© Libro N° 14620. Hijas Del Hormigón. Dos Santos, Aida. Emancipación. Diciembre 20 de 2025
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HIJAS DEL HORMIGÓN
Aida Dos Santos
Hijas Del
Hormigón
Aida Dos Santos
«Hablar de
extrarradio y de periferia significa hablar de clase obrera, de bloques de
ladrillo y hormigón, de toldos verdes comidos por el sol, de pisos sin ascensor
y de cierto porcentaje considerable de población migrante en edad de trabajar.
Aunque se conocen como barrios de clase trabajadora, también los habitan muchas
personas sin empleo que se arriesgan a perder una muela por no poder
empastarla».
Mientras que la
literatura obrerista se ha encargado de romantizar el mono azul de trabajo y la
academia feminista aboga por romper techos de cristal, las condiciones de
quienes se encargan de lavar los primeros y barrer los segundos han quedado
totalmente descuidadas y olvidadas. Cargadas de razones y muy cansadas de
cuidar para que otras concilien, un centenar de Hijas del hormigón le
han contado a la politóloga Aida dos Santos su día a día, porque la
precariedad y las privaciones no siempre las recoge la estadística. Ahí donde
leas «Esto a mí también me pasa» y asientas en silencio estará la prueba de que
lo que te atraviesa a ti, nos limita a todas.
Aida Dos Santos
Hijas Del Hormigón
Historias de
clasismo, sexismo y violencia en las
periferias
españolas
ePub r1.0
Titivillus 29-10-2025
Aida Dos Santos,
2025
Imagen de la
cubierta: Patricia Bolinches
Editor digital:
Titivillus
ePub base r2.1
A todas las que me
confiaron sus historias, y a las que no tuvieron tiempo.
A mi abuela Aurora,
que me enseñó a leer, y a mi abuela María Dolores, que apenas pudo
aprender a escribir
Presentación
Pese a lo que se
espera de alguien que afirma estar escribiendo un ensayo, soy desleal con la
expectativa ilustrada que excluye a la imaginación y el cuerpo embarrado en
subjetividad de la escritura que busca ser pensativa.
REMEDIOS
ZAFRA, Frágiles
ESO A MÍ TAMBIÉN ME
PASA
Sostienes el
trabajo de toda una vida. No la mía, quien escribe ha dedicado a ello tan solo
un par de años largos, pero aquí se compendia la de más de cien mujeres de
clase trabajadora de distintas periferias de España. Es un libro intenso, quien
lo escribe lo es, nuestras historias lo son. Este volumen puede parecer
inabarcable porque, a pesar del sensacionalismo, somos muy distintas y, a la
vez, obscenamente parecidas. Cada epígrafe, cada tema, es independiente del
anterior y del siguiente, aunque no pueden escribirse unos sin los otros.
El dinero que
entraba en casa, y quien lo traía, determinó durante nuestra infancia el barrio
en el que vivimos y el colegio al que fuimos. No siempre llegaba para
extraescolares que fomentaran la creatividad o el trabajo en equipo. Tener
hermanas o hermanos menores a los que cuidar nos ha quitado tiempo para bajar a
fumar al parque, pero también para practicar solfeo o aprender inglés. Las
madrugadas que hemos pasado en el transporte público nos han ayudado a leer más
y a dormir peor. Hemos pedido prestada la ropa con la que ir a una entrevista
de trabajo y nos hemos saltado los tornos del metro a fin de mes.
Hablar de
extrarradio y de periferia significa hablar de clase obrera, de barrios
humildes, bloques de ladrillo y hormigón, toldos verdes comidos por el sol,
pisos sin ascensor y un porcentaje considerable de población migrante
en edad de trabajar. Aunque se conocen como barrios de clase trabajadora, los
habitan las personas sin empleo que se arriesgan a perder una muela por no
poder empastarla.
Destinadas a cuidar
para que unos asciendan y otras concilien, sobreexigidas en el trabajo,
agotadas en casa, invadida nuestra sexualidad, desatendido nuestro bienestar,
excluidas en el deporte o estereotipadas en el cine, varias mujeres me han
contado su historia. La precariedad y las privaciones no siempre las recoge la
estadística, ahí donde leas y asientas en silencio eso a mí también me
pasa, estará la prueba; aunque nunca fuese delito, aunque haya prescrito,
aún nos sobran razones para contarlo. Lo que te atraviesa a ti nos limita a
todas.
PÓSITS EN LA
MEMORIA
La materia prima de
este ensayo son las miserias de las mujeres del extrarradio. Con la firme
convicción de que lo personal es político, la voluntad de este texto es
dotarnos de herramientas para afrontar las discriminaciones que nos atraviesan
por ser mujeres trabajadoras de la periferia. Arropar a todas aquellas que se
hayan podido ver solas para que dejen de sentirse culpables. Sanamos cuando
conocemos a quien pasó por lo mismo que nosotras.
Cada vez que un
caso de violencia de género se publica en la prensa, aparecen comentarios en la
web del medio y en las redes sociales que responsabilizan a la víctima
arrebatándole su dignidad: por haber elegido una pareja extranjera, por salir
de noche, por beber, por drogarse, por irse con un desconocido… Estos juicios
son propios de negacionistas, para los que el terrorismo machista, la
desigualdad estructural y la cultura de la violación no existen. Asumen que las
víctimas son parte actora en la agresión porque sus decisiones individuales las
han llevado a ese panorama: se lo ha buscado, es lo que le gusta, son sus
costumbres. Los agresores solo son culpables cuando la violencia es extrema o
se ejerce contra sujetos íntegros cuya voluntad ha sido doblegada, mujeres
honradas que merecen respeto, neonatos o infantes; es entonces cuando el
victimario es un monstruo, al que hay que aplicarle la pena de muerte en cuanto
se le coja. No es como los demás hijos sanos del patriarcado, este ha cruzado
la línea de lo que puede llegarse a razonar, de lo que normal mente es excitante, de lo que moralmente es aceptable.
Apelar a un supuesto consentimiento criminaliza el placer de las mujeres y su
libertad sexual, evitando abordar por qué exoneramos a los hombres de imponer a
la fuerza sus deseos y perversiones.
Mientras
transcribía y volvía a escuchar una y otra vez las entrevistas, comprobaba
cómo LA RISA DE LAS MUJERES[1] es una risa muchas
veces contenida, que surge a menudo frente a las contingencias de la vida. No
las vais a poder oír, pero esas carcajadas que salpican las más de doscientas
horas de audio recopiladas entre 2021 y 2024 me demuestran, nos demuestran, que
a pesar de todas esas dificultades con que nos hemos enfrentado, como diría
María Jiménez, ahora nuestro mundo es otro. Espero que si alguien tiene que
llorar ante estas páginas, sean ellos, seáis vosotros, quienes habéis
permanecido impasibles ante el sufrimiento de las mujeres que os rodean. Todas
tenemos al menos una amiga a la que han despedido tras quedarse embarazada, a
la que le ha mirado el móvil su pareja, a la que le ha pegado su padre o le han
tocado el culo en el autobús. Pero ninguno parece tener un colega que
discrimine, sea celoso, violento o acosador.
Si los hombres
quieren hacer algo útil después de leer este libro, que limpien en su casa, que
cuiden de sus hijos y que les pregunten a sus amigas si esto que han leído
también les pasa. Nuestra intención no es seguir haciendo pedagogía con quienes
consideran que escuchar los problemas de una amiga son preliminares.
Aunque en los
viajes en tren y autobús hacia la cita con las entrevistadas en distintas
ciudades de España ha habido tiempo para revisar muchísima literatura, más que
referencias vais a encontrar experiencias; este ensayo se ha documentado de
piel para dentro. Las mujeres hemos abierto los libros de texto sin vernos
protagonizar la mayoría de las épicas que vertebran la historia de la
humanidad, por lo que muchas de las entrevistadas dudaban de si realmente
tenían algo que aportar a una investigación social. Natividad, una exempleada
del hogar que ahora disfruta de las clases de informática municipales de
Móstoles y de pasear a su perrita, a sus 67 años, fue la primera jubilada con
la que hablé. Sus primeras palabras fueron: «Yo no he hecho más que trabajar y
coger el metro, no sé si te podré ayudar». Mercè, de 72 años, una tarraconense
animada a participar por una amiga, tuvo la misma preocupación: no ser
suficiente. «Yo no sé qué te interesa, ni qué quieres que te
cuente. Pregunta, yo te respondo, y ya irán saliendo cosas». Trabajó en
Telefónica, empezó como chica del cable y llegó a ser
directiva. Tiene muchísimo que contar.
Felizmente, las
mujeres jóvenes han interiorizado en los últimos años la importancia de
exponer lo que nos pasa, ya sea desde campañas como el #metoo, el
#cuéntalo o el #seacabó. Hay toda una generación que ha sido consciente del
valor del relato y que ha sabido recoger las palabras de Audre Lorde: «Tu
silencio no te protegerá».
Sindy, una joven de
30 años, cocinera en Benidorm, fue más visceral por WhatsApp cuando le pregunté
por qué se animaba a concederme una entrevista: «Porque tengo un trabajo de
mierda, cobro una mierda, y bueno, gracias a Dios, no me falta pero no me sobra».
He utilizado un
muestreo de bola de nieve porque, de forma directa o indirecta, se han
recomendado la participación en este ensayo unas a otras compartiendo el
cuestionario o las publicaciones de la cuenta de Instagram @hijasdelhormigon en
sus redes sociales. Las restricciones a consecuencia de la crisis sanitaria de
la COVID-19 me ayudaron a hacer posible una investigación tan plural. Antes
del boom de las videollamadas y del Zoom, me parecía imposible
hacer entrevistas tan personales sin desplazarme. Nietzsche decía que para
filosofar debíamos estar sentados el menor tiempo posible; los fisios que me
han tratado durante estos años de escritura infinita me han recomendado lo
mismo. Escribir es un ejercicio de soledad y sedentarismo. La soledad la
combatí haciendo todas las entrevistas posibles en los bares, el sedentarismo
andando entre bloques de hormigón de cada ciudad que he podido visitar. A
algunas, las menos, las he buscado porque quería incluir su experiencia vital,
no solo como mujeres en los márgenes sino también como profesionales. Es el
caso, entre otras, de Isabel Valdés, corresponsal de género en el diario El
País; de Sonia Lamas, responsable de comunicación de la clínica Dator; de
Sonia Herrero, profesora de Comunicación en la UOC; o de Bárbara Durán y Clara
García, al frente del proyecto OBRERAS SIN FÁBRICA, que está
recuperando la memoria de las esposas de los empleados de la Empresa Nacional
de Autocamiones que se instalaron en Ciudad Pegaso.
Las herramientas
cualitativas de investigación me han permitido ir más allá de los datos
estadísticos. A veces se nos olvida que tras las barras y las líneas de los
gráficos hay personas. Estas historias de vida pueden explotarse para señalar
muchos de los conflictos teóricos de clase y género en la
literatura académica obrerista o feminista. Durante estos años de recopilación
de información y de revisión, escribí un artículo académico que presenté como
trabajo de final de máster y otro que publiqué en prensa. He ido probando el
texto gracias a que ha habido cierto interés en los medios, así que he podido
ir tomándole la temperatura a la respuesta de las futuras lectoras y de los
lectores concediendo algunas entrevistas.
La fase de
documentación no solo ha sido una revisión de la literatura feminista y
obrerista, sino también de descarga y explotación de ficheros del CIS y del INE
(profesionalmente trabajo con herramientas cuantitativas a diario). Finalmente,
he obviado mencionar muchísimas de las cifras que hubiesen sido indispensables
para que la izquierda intelectual se sienta ante una investigadora que cita en
APA. Sorry not sorry. Aunque en todo momento he procurado evitar
que se confundiera correlación con causalidad, las generalizaciones
tienden a ello, y más cuando se trabaja desde el relato y las historias de
vida. Recientemente, Júlia Salander, politóloga y analista de datos, ha
publicado TU
ARGUMENTARIO
FEMINISTA EN DATOS. 150 RAZONES PARA COMBATIR EL MACHISMO Y DOTAR DE
OBJETIVIDAD A NUESTRO ACTIVISMO; espero que hallen consuelo
entre sus páginas
quienes necesiten ponerle decimales a la vulneración de nuestros derechos
fundamentales. A pesar de ser exhaustiva con todos los ámbitos de nuestra vida,
entrometiéndome en el consentimiento, la convivencia o la conciliación, no he
abordado en absoluto los temas más íntimos relativos al deseo, el sexo ni el
amor. Solo he abordado aquellos temas en los que había buenas y suficientes
publicaciones segregadas por género y clase. Para aproximarse al primero de
estos temas, recomiendo
MUJERES QUE FOLLAN, de Adaia Teruel;
al segundo, ¿POR QUÉ LAS MUJERES DISFRUTAN MÁS DEL SEXO BAJO EL
SOCIALISMO?, de Kristen Ghodsee, y al último, los papers de
Luis Ayuso Sánchez.
Me he centrado
principalmente en las experiencias de estas mujeres en el mundo del trabajo,
donde el prejuicio hacia nuestros barrios muchas veces ha podido costarles el
puesto. Pero también hemos hablado de las dificultades para conciliar vida
laboral y profesional cuando no se puede recurrir a la familia extensa porque
se quedó en el pueblo. Algunas entrevistas se han realizado del trabajo a casa,
mientras conducían o tomaban el autobús desde el polo industrial y de servicios
en el que trabajan hasta el barrio obrero mal comunicado. Otras limpiaban al
mismo tiempo que me atendían al teléfono, y poco a poco cada
vez fueron más las que me hablaban de una jornada reducida contra su voluntad;
de querer ser madres y no poder; de haber sido ninguneadas en el sindicato; de
no conseguir una beca para acabar los estudios; de cómo las habían empastillado
en atención primaria para seguir yendo a trabajar; de los campos de tierra en
los que entrenaban; de la música que les gusta; de nuestros miedos y de cuándo
dejaremos de tenerlos.
En una de las
ocasiones en las que probé a contar la historia de una de las entrevistadas a
otra persona para testar si conectaba con ella, no empatizó. Mi amigo me dijo
que debería hablar también con hombres para confrontar versiones. Nada más
lejos de mi propósito. Ellos ya tienen infinidad de espacios donde compartir en
comunidad que su ex era una intensa. Este libro va sobre percepciones y
experiencias de mujeres empobrecidas, porque hay percepciones muy distintas
ante experiencias muy parecidas y lo interesante para mí ha sido comprobar cómo
se han recuperado y que, a pesar de todo lo que me han contado, les gusta
convertir el llanto en trino, como a Gata Cattana.
Tampoco he
entrevistado a ninguna pija, con ánimo de hacer un estudio de género
interclasista comparado. Para conocer las miserias de las mujeres acomodadas de
este país basta con leer entre líneas el ¡Hola! o seguir
a influencers en Instagram. Adoran subir stories con
los ojos hinchados de llorar, es toda una pornografía del dolor. ¿Recordáis a
aquella que se quedó sin filipina a la vuelta de las
Navidades?, ¿habéis escuchado a Tamara Falcó avergonzada de su estilo durante
la adolescencia porque solo podía comprar ropa en El Corte Inglés? Sería un
insulto comparar el sufrimiento de la explotadora con el de la explotada, y
demasiado frívolo creer que las ricas no lloran. Stephanie Land, autora de la
novela CRIADA (en Netflix, La asistenta), no pasó
por alto en ninguna de las mansiones que limpió cómo la mayoría de las personas
para las que trabajaba tomaban somníferos, sufrían depresión, ansiedad o
dolores crónicos.
Más de cien mujeres
han sido entrevistadas. Son una pequeña representación de cualquier bloque de
hormigón de las periferias: distintas edades, distintas profesiones, distintas
nacionalidades, distintas orientaciones sexuales… No hay dos mujeres iguales ni
en este libro, ni en ninguno de nuestros barrios. Darles voz a estas pocas ha
sido una tarea preciosa. Son las que son porque en algún momento había que
dejar de preguntarle intimidades a desconocidas y volver a
ir al cine los miércoles por la tarde, jugar al Call Of Duty o
renovar el abono del Atleti.
Sus relatos han
sufrido ajustes mínimos para adecuarlos a una lectura ágil. Cada una de ellas
es presentada bajo seudónimo, junto a su edad, para contextualizar la
percepción de los cambios sociales que ha vivido nuestro país; mencionando su
lugar de residencia para enmarcar que siendo de distintas ciudades nos pasan
cosas demasiado parecidas; y nombrando su profesión (o una muy similar, para
preservar el anonimato). El trabajo ha producido identidades sociales tan
familiares que nos seguimos presentando a los demás a través de nuestra
actividad y nuestra profesión, como en la antigua Roma, mucho más que por
nuestras filiaciones y creencias. Casi todas han revisado sus notas antes de
que fueran incorporadas al texto, a muchísimas de ellas la vida les ha mejorado
mientras escribo, a otras su situación se les ha vuelto tan delicada que han
declinado exponerse en estas páginas.
Sobre lo que me han
contado, es importante mencionar que la memoria no es un fiel reflejo de
aquello que pasó, sino que está condicionada por el contexto que rodea esa
acción de recuperación. Los recuerdos que han querido compartir las
entrevistadas conmigo están influenciados y delimitados por los temas que aquí
se tratan. Ha habido una fuerte carga emocional que ha permitido recuperar los
detalles y las sensaciones en el relato; recordaban con más precisión eventos
traumáticos de la infancia, la adolescencia y los primeros años en el mercado
laboral que lo que habían comido el día anterior. Aunque hayamos olvidado
algunos aspectos, hay cosas más importantes que saber exactamente cuántas veces
te ha llamado loca tu ex; lo interesante es saber cómo te ha destrozado la vida
que tu hija te acabe llamando loca también.
La escritura de
este libro ha sido un ejercicio de reconsolidación de la memoria. Me he servido
de las publicaciones a través de las redes sociales para exponer a las
seguidoras a estímulos que les llamasen la atención sobre vivencias propias y
que, desde el eso a mí también me pasa, se animasen a contarlo.
Este estallido es el que compendió Cristina Fallarás en 2019, en su libro AHORA
CONTAMOS NOSOTRAS. #CUÉNTALO: UNA MEMORIA
COLECTIVA DE LA
VIOLENCIA y que aún hoy en día comparte en su Instagram. Recibir los
testimonios, para ella, fue y sigue siendo algo «abrumador, constante,
universal, inabarcable».
Resume el éxito de
esa conexión Rosalía, arquitecta coruñesa de 46 años: «Me siento identificada
con algunas de las cosas que te he leído en redes, aunque no de una manera tan
evidente, ni tan clara, ni tan heavy como les ha ocurrido a
otras. Pero la discriminación por ser mujer sí la he sufrido, en casi todos los
niveles: laboral, personal y en cuanto a la pareja. En casi todos los niveles,
esto está muy mal diseñado, muy mal pensado para nosotras».
Me limito a
ciudades y periferias porque las metrópolis reproducen las desigualdades,
reflejan la estratificación geográficamente, especialmente en la capital. Es en
ellas donde se dan las mayores contradicciones, donde encontramos a los grandes
rentistas y a quienes duermen en el cajero. En nuestras urbes convivimos en una
heterogeneidad socioeconómica mayor que en cualquier otro territorio. Y es
concretamente en el extrarradio donde se concentra cada vez más el proletariado
dedicado al sector servicios, minorías étnicas, migrantes, mujeres que
encabezan hogares monomarentales, familias que no pueden asumir los precios de
la vivienda, jóvenes que no pueden consumir en los barrios en los que trabajan,
quienes sirven la carne de kobe ecológica o el té matcha que nunca podrán
pagar, quienes mantienen limpias las sábanas de los hoteles en los que nunca
podrán dormir…
Según el Atlas
Digital de las Áreas Urbanas del Ministerio de Vivienda y Agenda Urbana, se
considera área urbana los municipios a partir de cincuenta mil habitantes.
Suponen menos del 10 por ciento del territorio nacional, en ellos reside el 70
por ciento de la población y, lo más importante, concentran tres de cada cuatro
puestos de trabajo. Del mismo modo que la identidad de las entrevistadas se ha
protegido cambiando su nombre y alterando algunos detalles de su biografía, los
barrios son revelados siempre y cuando su población sea tanta como la de un
área urbana y, por lo tanto, se pueda garantizar el anonimato. Es por este
motivo por el que se desconocen los barrios gallegos o asturianos, pero sí los
de la capital, la Ciudad Condal o hispalenses.
Hijas, mujeres, porque
la literatura obrerista en demasiadas ocasiones invisibiliza a las trabajadoras
bajo el masculino genérico. Hormigón, porque ese es el material de
nuestros barrios. En la villa de Madrid, el 80 por ciento de las familias
reside en edificios con diez o más viviendas. Según la Encuesta
Continua de Hogares de 2019, la capital concentra prácticamente uno de
cada ocho bloques de ladrillo de toda España.
¿Dónde están los
otros siete? Más allá de la meseta central también hay toldos verdes y patios
interiores en los que se acumulan las pinzas y el murmullo de una comunidad
entera. Con el runrún del centrifugado de la lavadora colándose con aún más
fuerza que la claridad por ese patio, no siempre con un cuarto propio, y muchas
veces DESDE LOS ZULOS, estamos sacando a la luz las crónicas de las
hijas del hormigón.
Introducción
Ya estaba bien,
ella pondría un palo en las ruedas de aquel sistema que obligaba a las mujeres
de clase trabajadora a engendrar obreros una generación tras otra. Porque en
otro tiempo las cosas funcionaban así, la madre debía criar a un nuevo obrero
para que ocupara el puesto del padre en la fábrica, para que lo reemplazara de
igual modo que se hace con un perno pelado. Pero, como el escribiente Bartleby,
ella dijo: «Preferiría no hacerlo». Y así fue. Ahora sigo escribiendo, escribo
mis historias para ti.
ALBERTO
PRUNETTI, El círculo de los blasfemos. Una comedia obrera
LA IDENTIDAD DE
CLASE
Este es un ensayo
que observa y escucha. Para observar necesitamos definiciones, pero la clase
trabajadora a estas alturas es tan polisémica que se puede estudiar hasta la
saciedad, sabiéndolo todo de ella sin saber qué es al mismo tiempo. Se pone en
duda su misma existencia. Es una tarea titánica definir quiénes la conforman,
pero se apela a ella continuamente.
Una de las
dificultades para analizarla es encontrar una buena definición de qué es, tanto
según la academia como según los medios de comunicación o los discursos
políticos. De acuerdo con E. P. Thompson, «la clase cobra existencia cuando
algunos hombres, como resultado de sus experiencias comunes
—heredadas o compartidas—, sienten y articulan la identidad de sus intereses
comunes frente a ellos mismos y frente a otros hombres cuyos intereses son
distintos —y habitualmente opuestos— a los suyos». En el volumen LA
FORMACIÓN DE LA CLASE OBRERA EN INGLATERRA, el
historiador
británico considera que «la clase» es un fenómeno histórico, tanto por
experiencia como por conciencia, iniciado en el siglo XVIII.
Dado que la
experiencia de clase está determinada por las relaciones de producción, y el
reconocimiento de su existencia depende de tomar conciencia de sí misma y de
ser así reconocida por quienes tienen intereses opuestos a los de ella —de ahí
la dialéctica—, en el contexto histórico que nos compete, primer cuarto del
siglo XXI, a las mujeres de la clase trabajadora empobrecida de la
periferia no nos interpela tanto ser proletarias como estar precarizadas. En
cómo aspiramos a superar ese estado de privación se define realmente quiénes
somos. Las soluciones van desde mejorar nuestra posición individual hasta
dinamitar la reproducción de las desigualdades. Será al final de este ensayo,
al mirar a través de todos los prismas de la discriminación de género, de raza,
de orientación sexual, de edad, de capacidades… cuando reconozcamos que el
mayor logro de nuestra identidad colectiva es haber sido capaces de vertebrar
las bases para un feminismo de clase que no aspire a ocupar posiciones de poder
para que las explotadas sean otras aún más empobrecidas. Nosotras, al poner en
común nuestras percepciones y experiencias, advertimos que tenemos que
confrontar nuestros intereses con los de otros, que no somos
como ellos, pero, sobre todo, que no queremos serlo.
Entre 1992 y 2017,
la clase social subjetiva se identificó en el Centro de Investigaciones
Sociológicas (CIS) a partir de la pregunta: ¿A qué clase social diría
usted que pertenece? Entre las cinco opciones de respuesta, la clase
media es la categoría más repetida durante toda la serie, con una brecha muy
importante entre los que se identificaban como tal y los que defendían estar
por debajo. La realidad es que la presentación de la jerarquía en el CIS sesga
los resultados, puesto que ser de clase trabajadora o pobre supone tener algo
de sometidas, y las personas encuestadas tienden a rehuir las posiciones
subalternas. Nadie quiere ser pobre, todos miran hacia otro lado, aunque TU
PRECARIEDAD sea CADA DÍA LA DE MÁS GENTE, como afirma
Patricia Castro.
El concepto clase
media se abraza al virtuosismo aristotélico, sus miembros se erigen como un
colectivo dotado de una identidad alejada de la genuinamente obrerista,
explotada, ignorante, embrutecida. Se crea así una distancia que aventaja a las
clases medias, mientras LA CLASE OBRERA NO VA AL PARAÍSO. Su
dialéctica no es con la clase propietaria de los medios de
producción, sino contra nosotras: las trabajadoras, las precarias, las
empobrecidas.
En CONTRA
LA IGUALDAD DE OPORTUNIDADES, César Rendueles aclara que
la clase media
estadística, en términos políticos y culturales, realmente no representa un
nivel de renta, sino la aspiración a vivir como el tercio más rico de la
sociedad. Al autoubicarse en el punto medio, «el individuo suelta lastre».
Aunque no pueda emular la renta de las clases más altas, sí busca imitar sus
comodidades.
Hay una brecha muy
sensible entre quiénes somos, quiénes contamos ser y los intereses que
defendemos con nuestras acciones en nombre de una posición de clase. Cada
centro e instituto de investigación maneja sus propias definiciones y
horquillas económicas, algo que queda patente al observar las tablas salariales
de los propios entrevistados por el CIS y los datos del Instituto Nacional de
Estadística: para diferentes cifras de ingresos, unas personas y otras se
sitúan en la misma posición de clase. Y viceversa, con los mismos sueldos
encontramos a gente autoubicándose en distintas posiciones de clase. También
hay diferencias de género en la autopercepción entre las mujeres y los hombres
que se consideran de clase trabajadora o media, aun declarando los mismos
ingresos.
A pesar de la
distancia de clase que se pretende proyectar, el día a día de las empleadas
creativas, de las mandos intermedios o de las profesionales liberales también
generan plusvalías y rentabilidad a la patronal, aunque esta sea algo más
sofisticada que la que empleaba a guajes en las minas asturianas. La
idealización del héroe proletario como el obrero de mono azul y hollín en la
frente ha invisibilizado la condición de clase trabajadora no solo de las
mujeres que curan las llagas de los encamados, sino también de quien se deje
las yemas en las teclas, o de aquella cuya voz coordina a sus subordinados bajo
unas normas que nadie comprende.
El propio Karl Marx
dictaminó en EL CAPITAL, mucho antes de que pudiésemos imaginar que
se enviase a periodistas freelance a cubrir una guerra, «como
en un sistema natural la cabeza y la mano se hallan unidas, así el proceso de
trabajo reúne el trabajo manual y el trabajo intelectual». Es absurdo seguir
redundando en las innumerables diferencias entre profesiones, sectores y
regímenes para superar la identidad de mujer trabajadora, que tanto
aglutinó y movilizó en el pasado. La finalidad de una clase es defender
unos intereses. Sin ella, estamos solas, ninguna conquista se logra
despreciando a lo colectivo.
Autodeterminarse,
autoubicarse e identificarse ha sido el primer paso que han dado las
entrevistadas entre estas páginas, más allá de su profesión, de su jornada y de
sus ingresos. RAMONA, en la obra de Rosario Villajos, se preguntaba
por qué decían que el suyo era un barrio obrero si había mucha gente sin
trabajo. Observando a los que sí lo tienen, Kiko Llaneras se pregunta en
su news letter de El País si somos
conscientes de cuán ricos somos, concluyendo que «la mayoría de la gente cree
que tiene una renta media, pero a menudo se equivoca». La mitad de las personas
en España gana más de 20 500 euros al año, solo una de cada diez supera los
44 000 euros. Aun no siendo de la mitad pobre, cobrando unos 1400 netos al mes,
no nos sentimos ricos porque el alquiler más barato de un estudio de pocos
metros cuadrados en las ciudades ronda, incluso supera, los 700 euros en
cualquier búsqueda que hagamos en Idealista o Fotocasa. Vivir hacinada o tener
que mudarse cada vez más hacia el extrarradio son características propias de la
clase trabajadora empobrecida, cuya libertad de movimiento y residencia está
limitada por el precio de una vivienda que no es suya.
La tesis de Julio
Embid en HIJOS DEL HORMIGÓN es que la desigualdad es el
principal problema que nos deja la crisis económica de 2008: la dualidad
creciente entre universitarios, trabajadores indefinidos y propietarios de
viviendas, y aquellos que no tienen trabajo estable y conforman el precariado.
Formar parte del precariado, destaca Joaquín Estefanía en el prólogo, «no es
solo estar en el paro a largo plazo, sino encadenar contratos temporales, a
tiempo parcial, por obra, por servicios, ser falso autónomo, convertirte en un
becario permanente: en definitiva, ser un trabajador pobre».
Guy Standing,
creador del término EL PRECARIADO, lo define como una clase laboral
atrapada en una condición insuficiente y sometida a una vida líquida: largas
jornadas, pocas oportunidades, múltiples empleos, estrés, falta de descanso y
la imposibilidad de tener una vida social y afectiva.
Cuando hablé con
Zelia y le pregunté por qué quería formar parte de Hijas del hormigón,
me respondió, atravesando el portal de su casa en una de las zonas
más ricas de Barcelona: «Hay que definir qué es clase obrera en el
siglo XXI, porque si tú me ves o me escuchas hablar soy una pija, pero ¿me
da para comer?, porque yo trabajo como una cerda. El que no es clase obrera es
el que vive de las rentas. Aunque residas en el barrio de Salamanca
de Madrid o en el de Sarriá en Barcelona… si necesitas un trabajo, eres clase
obrera. La discriminación más grande es la que se refiere al acceso a la
educación, la formación». Zelia es una mujer de 43 años que se dedica a la
banca. Gana más dinero del que cualquiera de las demás entrevistadas podría
saber gastar, pero su exmarido la maltrató y se llevó a su hija a Estados
Unidos. Lleva diez años sin verla. Gana muchísimo dinero, pero no el suficiente
como para costear un litigio en California, hacia donde corrió detrás de su
hija tan solo para ver cómo la dejaban en los márgenes. Compartiendo habitación
en las afueras. Trabajando en negro. Sin visado y tratada como una inmigrante
más en un país extranjero.
Su historia es la
de muchas otras que han vivido cómodamente en su país o en su ciudad, y se han
visto desclasadas tras emigrar, incluso en el siglo XXI. Es un recorrido
parecido al de Marta, una funcionaria de Hacienda que llegó a Madrid desde Murcia
para instalarse en el distrito más pobre dentro de la M-30, Tetuán. Y al de
Marya, una estudiante universitaria cuya familia fue desahuciada y ahora vive
en un alquiler social en el cinturón rojo de Barcelona, mientras su casa en
Argelia coge polvo. O al de Valentina, una periodista mexicana que huyó de su
país para protegerse de la violencia que recibían sus colegas de profesión. Por
el contrario, Almudena, que trabaja como auxiliar en las Cortes Generales,
siempre ha sido consciente de sus carencias. Tiene 30 años y, si hablamos de
dinero, exclama: «¡En Villaverde si ganas mil doscientos euros ya eres capitán
general!».
Pilar, 43 años,
administrativa y vecina del barrio zaragozano de La Jota, llegó al proyecto a
través de las redes sociales y se sintió identificada porque está divorciada y
vive sola con su hijo de 10 años. «Por suerte, tengo ayuda familiar, pero no
alcanza todos los aspectos de mi vida». Lucía, maestra jubilada, de 63 años, y
residente en el madrileño barrio de San Blas, contactó conmigo después de
escucharme en Hoy por hoy Madrid; su historia va mucho más allá de
lo que debería poder comprarse con dinero: «Quería comentarte un
hecho demostrable, y es que las familias que buscamos bebés robados en Madrid
vivíamos en esos barrios de clase obrera». Cuando hablé con ella por teléfono
añadió: «No solo es por tener que ir a sus barrios, a sus casas, a trabajar. Me
llegó al alma pensar que también les habíamos dado nuestros hijos, porque nos
habían robado muchos hijos».
Cuando amplié la
investigación hacia las periferias del norte más desarrollado conocí a Ainhoa,
de 58 años, profesora de euskera. Ella se siente partícipe de la clase obrera
desde la reivindicación del tejido siderometalúrgico de la Margen Izquierda de
Bilbao: «Siempre he sentido mucho orgullo de proceder de una zona industrial.
Es algo que hay que reivindicar, que no hay que dejar que se olvide. Parece que
aquí, en Bilbao, queremos renegar del pasado obrero y convertirnos en una
ciudad de servicios, súper moderna y limpia. Que se olvide que venimos de la
fábrica, del óxido y de la mugre. ¿Es eso lo que buscas? Pues acepto el
interrogatorio», afirmó entre risas.
Mariña, una
delineante de Vigo, a sus 52 años cuenta que se sintió clase trabajadora
haciendo una reivindicación hacia los márgenes de las ciudades: «Muchas veces
las mujeres somos las grandes olvidadas cuando se habla de clase. Es tan
necesario enfocar a las que vivíamos en las afueras, en los polígonos… Muchas
hemos crecido así, es algo que no se puede pasar por alto. Es algo diferente,
no era propiamente un barrio, tampoco era un PAU, pero es algo importante de
nuestra vida». Miriam, una técnico superior de 43 años, hace una proclama
semejante desde Leganés: «Creo que hemos perdido de vista el tema de la clase
social, ¿sabes? Porque están muy bien ahora el feminismo, el antirracismo y
todo eso, pero a veces creo que estamos dejando un poquito de lado el tema de
la clase, y esto está afectando a las mujeres porque, al final, en la mayoría
de los movimientos de izquierdas, estamos igualmente obviadas. Siempre se
centra todo en el hombre. Y por mucho que queramos, aunque estamos hablando de
feminismo, si nos olvidamos del contexto, acabamos haciendo un feminismo un
poco burgués».
Otras entrevistadas
no solo se sienten parte de la clase trabajadora cuando se hace un llamamiento
a compartir experiencias entre mujeres, sino que desean articular soluciones.
Es el caso de Yaiza, profesora en Lanzarote, que a sus 48 años cree «que ya es
hora de que hagamos algo realmente sincero sobre cómo solucionar los problemas
que tenemos nosotras». Al igual que Maca, antropóloga, 43 años, desde Puente de
Vallecas: «Creo que cuando estudias cualquier aspecto de la realidad ayudas a
que se transforme, a que cambie, a que se arregle un poco».
El asalto de la
agenda neoliberal estadounidense a las democracias liberales europeas ha hecho
que muchísimas mujeres, relativizando en exceso sus problemas individuales y
los de su clase y género en conjunto, se vean obligadas a
mencionar que gozan de ciertos privilegios. Así es como, por
ejemplo, Mariña, tras compararse con otras entrevistadas, me comentó: «Me he
parado a pensar y sí que soy consciente de tener una especie de estatus de
privilegiada, en el sentido de que sí me crie en un polígono de ese tipo, pero
después de que mi padre falleciera, nos mudamos a vivir a casa de mi abuela, en
un barrio mejor».
En esta dicotomía
de clase trabajadora empobrecida versus trabajador de clase media, el privilegiado parece
ser el cualificado e indefinido a tiempo completo. Al enfrentarse internamente
a quienes trabajan, se deja de apuntar hacia el propietario de los medios como
el verdadero privilegiado que permite y diseña todo un sistema de desigualdad
social y económica para perpetuar su acumulación de capital. Omitiendo, además,
por completo la particular desigualdad que padecen las mujeres trabajadoras,
tanto frente a las acomodadas como a los varones empobrecidos, en la estructura
social.
Cuando era muy
pequeña, al padre de Mariña lo asesinaron durante un asalto a su negocio. Su
madre, viuda y con cuatro hijos, cambió de ciudad para regresar a la casa
familiar en la que había crecido y empezó a trabajar para sacar adelante a una
familia de siete miembros. Ese es el estatus de privilegio del
que se siente convencida. Como no se crio con la cara llena de
churretes, no cree ser del todo una desfavorecida.
No solo tenemos que
autoubicarnos, para pertenecer a una clase precisamos de la mirada de
reconocimiento del otro. En ese compartir experiencias se eleva la conciencia.
Además, muchas veces da igual lo que opinemos de nosotras mismas, da igual lo
que creamos que somos, cualquier prejuicio clasista nos recordará cómo nos ven
aquellos que nos nombran. Si las clases no existiesen, no operaría el clasismo
como una de las más férreas discriminaciones que padecemos las mujeres de la
periferia.
Cuando Trini,
actriz profesional de 38 años, empezó a tener contacto con personas ajenas a
Torrejón de Ardoz, descubrió que la realidad de su localidad era bastante
desconocida para sus amigos de la capital, incluso ridiculizada: «Tuve un novio
del centro de Madrid que decía que aquí solo había quinquis y poligoneras, que
Torrejón era tierra de peluqueras». Quien diga que en Terrassa hay mucho cani o
que Torrejón es tierra de peluqueras, expresa un clasismo que solo puede
proyectarse desde el privilegio, que tiene sentido en tanto que se reconoce la
existencia de las clases sociales, y además las reconoce en
tanto que tienen intereses diferentes y contrapuestos, en posiciones y en
espacios separados y jerarquizados. No es baladí que los chistes clasistas, que
se contaban entre quien es presidenta de la Comunidad de Madrid por el PP y el
gurú informático inmerso en la trama Púnica, hicieran mención de las ciudades
del cinturón rojo de la capital: «¿Cómo se dice macarra en italiano? Di Parla.
¿Y en griego? Demóstoles».
Renegamos de
nuestra identidad como clase trabajadora porque aspiramos a que nos traten como
si fuésemos clase media, deseamos esquivar los chistes y los vetos clasistas
que nos humillan y obstaculizan nuestro desarrollo. Una forma de desprendernos
de esa losa es a partir de emular el habitus de la clase media
a través del consumo, tal y como señala el pensador Iñaki Domínguez en SOCIOLOGÍA
DEL MODERNEO. Cuando el materialismo domina nuestra cosmovisión, lo que
tenemos refleja la posición que ocupamos en la estructura social. Fernando de
Córdoba demuestra en LOS SECRETOS DE LAS MARC AS que esa
asociación de objeto-estatus no ha sido casualidad, sino el resultado del arduo
trabajo de publicistas que nos han convencido de que su producto nos
identificaría, nos definiría ante los demás. Que nuestro gusto al vestir, la
marca de nuestro teléfono o los conciertos a los que vamos determinaría el
trato que merecemos. Cuando somos lo que tenemos, somos dignas de respeto hasta
donde podamos pagar.
Según nos
acerquemos al horizonte, este se alejará más allá. Cuando alcancemos los
símbolos de estatus definidos, tal y como predijo Bourdieu, estos perderán su
valor. La clase media se valdrá de otros que a su vez habrán emulado a las
clases propietarias de los medios de producción. Y eso es justamente lo que ha
ocurrido cuando las hijas del hormigón hemos llegado a la universidad y hemos
aprendido inglés. La clase media se ha rehipotecado para matricular a sus hijas
en un MBA de Pekín.
Garantizar el
acceso a una formación de calidad similar a la que se reserva a las clases
acomodadas es la mejor manera de igualar nuestras oportunidades de
emancipación. En palabras de Mariña: «Mi madre nos inculcó la independencia,
siempre nos dijo: estudiad, formaos y sed siempre independientes, no
dependáis nunca de un hombre». En la misma línea, el economista
jefe de CaixaBank, Enric González, en su informe sobre IGUALDAD
DE OPORTUNIDADES Y MOVILIDAD SOCIAL, afirma: «Existen
pocas dudas de que
la mejor manera de igualar oportunidades es garantizar el acceso a una
formación educativa de calidad».
Por lo que, si la
clase social está asociada al nivel de estudios, y la renta disponible para
garantizar el acceso al grado universitario queda determinada por el origen
familiar, siendo realistas, la oportunidad de ascenso de las clases
trabajadoras dependerá de las políticas públicas de redistribución: la
prolongación de las etapas de educación obligatoria, las becas en todos los
niveles educativos o las plazas públicas en centros de formación profesional y
universidades, entre otras.
La horma en
la que crecemos (tal y como lo definió Esteban Hernández) determina
nuestras posibilidades, nos limita. Cualquier aspiración individual que
expresemos se verá acotada por las oportunidades que tengamos de desarrollarla
desde la posición que ocupamos en la estructura social. Dependemos, desde un
primer momento, de políticas que avalen el acceso a bienes y servicios que
nuestras familias no nos pueden garantizar, por lo que necesitamos un estado
social y agentes que apuesten por la igualdad de oportunidades.
Las mujeres de
clase trabajadora no solo merecemos un salario digno y una retribución justa,
sino que necesitamos confiar en que las instituciones del estado de bienestar
podrán cuidar de nosotras cuando caigamos enfermas, o formar a nuestras hijas
en competencias digitales en horario escolar. Para que haya una financiación
adecuada en los servicios públicos es preciso promover un ESTADO
EMPRENDEDOR, como el que describe Mariana Mazzucato. Sin esta inversión,
nos empobrecemos cuando reducimos la jornada laboral para cuidar a los nuestros
porque no hay plazas en el centro de día, ni en la escuela infantil. Nos
empobrecemos cuando comemos un sándwich de máquina frente a la pantalla porque
se ha retrasado el metro y hemos entrado tarde.
Hay quien se cree
emprendedora de sí misma, pero nosotras sabemos que todas somos codependientes.
MERITOCRACIA Y
CLASE MEDIA ASPIRACIONAL
Desiré es una joven
periodista de Getafe que se tuvo que dar de alta como autónoma para continuar
trabajando en la empresa en la que estaba contratada. Tiene
24 años y odia la Renfe. No cree en la meritocracia ni en que la educación nos
haya mejorado las condiciones de vida tanto como se nos prometió: «Hace veinte
años podías creer que estudiando te ascendían, pero ahora mismo no. Nos han vendido
la moto de que con una carrera, con un máster y con idiomas tienes la vida
resuelta, y es mentira. Tengo amigos con carrera, con másteres y con idiomas
que están comiéndose los mocos. Su mayor oportunidad ha sido la de trabajar
como becarios con treinta años. En algún momento me gustaría dejar de ganar
trescientos euros al mes. No creo en la meritocracia, hay un factor de suerte
importante. Que te lo curres es fundamental, pero no todo es eso. Puedes
haberlo hecho todo y aun así no tener trabajo».
Nos dijeron que si
nos aplicábamos y estudiábamos, si nos centrábamos… podríamos ir a la
universidad. Allí tendríamos que esforzarnos y renunciar a muchas cosas. Pero,
a cambio, tendríamos un trabajo mejor pagado y más estable, podríamos dejar de
ser clase trabajadora y llegaríamos a clase media, lo que podría suponer un mes
de vacaciones al año, fines de semana libres y cobrar catorce pagas. El cuento
de la lechera con el que nos fuimos a dormir cada noche resultó ser poco más
que eso, una fábula en la que proyectar anhelos y aspiraciones. Para las hijas
del hormigón estudiar en la universidad ha sido una meta que
hemos cruzado cada mañana, pero también ha supuesto volver cada tarde a la
casilla de salida: poner copas, doblar camisetas, atender llamadas o clasificar
cerezas para pagarse el piso, la matrícula, el abono transporte y las fotocopias.
Prácticamente todas las entrevistadas han simultaneado trabajo y estudios
becados.
Cuando la familia
no puede hacerse cargo de la manutención de sus hijas, cuando ya es
insostenible que compartan habitación de tres en tres en casa o que se tengan
que ir a estudiar fuera, aparecen los trabajos para estudiantes. Son
temporales, no cualificados y extremadamente precarios. Con una alta rotación,
plantillas atomizadas, sin sindicar e incapaces de articular demandas para
mejorar sus condiciones, estos empleos nos condenan al purgatorio. No hay
implicación porque estamos de paso, ya encontraremos algo mejor.
Durante varias décadas hemos participado de esta vorágine,
ignorando que se ha aceptado con ello que las estudiantes de clase trabajadora
solo puedan acceder a la universidad compaginando las clases con un empleo
basura. Esto contribuye a la idea de mérito y de esfuerzo que existe en el
imaginario colectivo para justificar que merecen el título
con el que batirle el cobre a la clase acomodada, que es la que goza de tiempo
libre para adquirir nuevas competencias, practicar deporte, dormir más de ocho
horas o sufrir por el calor en un festival.
Estos trabajos
para estudiantes ahondaron en la diferenciación entre clase obrera
(por no cualificada) y precariado intelectual (por subcontratado), impulsando
un discurso de ascenso social basado en la meritocracia. Solo desde el clasismo
se puede argumentar que las condiciones salariales de los trabajadores poco
cualificados no merecen mejoras. Si quieres un trabajo mejor, estudia,
porque para progresar en la mejora de las condiciones materiales de vida no
queda otra que el esfuerzo individual. No son las SICAV, es tu nota media en
Selectividad. De ese modo nos han convencido de que ya no existen
pobres, solo hay losers, negando la existencia de la sociedad como
colectivo que puede organizarse para reclamar mejoras en pro del interés
general. Michael J. Sandel advierte de un dogma perverso alrededor de la idea
de que un título universitario es una condición necesaria para conseguir un
trabajo digno y estima social en LA TIRANÍA DEL MÉRITO.
Aun si nos
situásemos en el marco demagógico de la meritocracia, los trabajos temporales
han dejado de ser propios de las personas sin experiencia o sin estudios. Esa
precarización ha contaminado la vida adulta, por lo que el deseo de
emancipación se desvanece, se aplaza más allá de lo que biológicamente nuestros
cuerpos reclaman (el abandono del hogar de nuestra familia para formar una
propia). Hemos sido educadas para enlazar trabajo y emancipación, pero se
descubre la impostura del chantaje renta-trabajo cuando no podemos
independizarnos aun acumulando dos o tres empleos. Afirma Remedios Zafra que
«trabajar más ya no es garantía de progreso o de promoción, sino de mantenerse
activo en la rueda», porque no hay oportunidades para todos y solo unos pocos podrán
trabajar con garantías y estabilidad; el resto, serán tremendamente
FRÁGILES.
La curva del gran
Gatsby relaciona de forma directa la desigualdad económica y la movilidad
social, es decir, las oportunidades para medrar a partir del esfuerzo y talento
individuales, siendo determinante la posición social de la familia. Cuanto peor
sea la situación de partida, más difícil es ascender en sociedades con grandes
brechas de clase: el suelo es más pegajoso cuanto más grueso es el techo de
cristal.
Lola, una médica de 33 años
nacida en Triana, tuvo claro que quería dar a conocer su trayectoria junto a la
de las demás entrevistadas que iba leyendo en redes sociales: «Creo que esto
puede ser un poco el altavoz, digamos, para animar a las mujeres que no venimos
de clases altas o que no lo hemos tenido todo resuelto en la vida. Ahora mismo
soy funcionaria, pero vengo de una familia de clase obrera y quiero demostrar
que, a pesar de las trabas, podemos llegar. Las que ya hemos llegado tenemos la
obligación, debido a la sociedad en la que vivimos, de seguir peleando por las
que no lo han conseguido. No podemos autocomplacernos. No podemos pensar que si
estamos aquí es porque nos lo hemos trabajado y que ahora se lo tienen que
trabajar las demás. Hay que ser el altavoz de quienes se han quedado por el
camino, de las que ni siquiera tienen la suerte que he tenido yo, que, al
menos, me dieron esta oportunidad. Eso es lo que me animó a participar, el
poder hablar de cómo afrontamos las mujeres de clase obrera los problemas del
día a día».
Recurriendo de
nuevo a la suerte, Lola es consciente de que las mujeres de clase trabajadora
no pueden dar por sentado el ascenso social, ni ser condescendientes con
quienes no han salido de la precariedad. Como persona que ha desafiado a las
estadísticas y ha mejorado sus ingresos, señala la obligación de tender la mano
para que otras sigan avanzando, sabiendo que con el esfuerzo individual no es
suficiente. Si life is a marathon, not a sprint, la conquista de
los espacios para las mujeres es una carrera de relevos en la que
la falacia meritocrática pone en marcha todo un sistema de valores que asalta
la solidaridad de clase y la sororidad femenina.
El orgullo de clase
se ha dinamitado también atribuyéndole nuestros logros a la suerte y no al
esfuerzo. A pesar de la retórica que nos anima a sacrificarnos, invalidamos
nuestra dedicación cuando aprobamos un examen o conseguimos un trabajo diciendo
que ha sido una casualidad que se nos preguntase exactamente por lo que mejor
nos sabíamos. Son los ricos los que han capitalizado el significado del
esfuerzo a pesar del enorme peso que tiene en su fortuna haber nacido en una
cuna rica. Aun cuando las estadísticas y las crónicas de la alta sociedad
demuestran la existencia de verdaderas estirpes de CEO, estos siguen empeñados
en convencernos de que no le deben nada a nadie, que se lo han ganado. Nos
ocultan las pruebas y abrazan el mito, solo así pueden exigir esfuerzos a
quienes aspiran a ser como ellos mientras trabajan para ellos.
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Pastora Filigrana, abogada y activista gitana, reflexiona en EL
PUEBLO GITANO CONTRA EL SISTEMA-MUNDO sobre cómo el capitalismo, en
tanto que orden económico, deriva en un orden civilizatorio del que
gran parte de la población mundial se convierte en garante y cuyas posturas
defiende. ¿Cómo puede ser esto? «Pues porque la creencia en la posibilidad de
ascender en la escala social y aumentar la riqueza desde el esfuerzo personal
mantiene la esperanza en las reglas del juego económico». El discurso de la
meritocracia sería, así, piedra angular del alienamiento de la clase
trabajadora, de la mujer, de los colectivos subalternos, de las minorías. «El
éxito y la riqueza están ahí para quien se esfuerce en conseguirlos sin la
ayuda de nadie»; esto justificaría la ruptura de la solidaridad en pro de la
competencia. Se aceptan las reglas del sistema porque se confía en ellas. Se
confía en el ascensor social, en la igualdad de oportunidades y en poder
demostrar las capacidades que el capitalismo valora. Se cuenta con escapar de
lo que se es, se aspira a conquistar posiciones de poder, pero no a transformar
las dinámicas que nos estigmatizan, criminalizan y precarizan. Es, en
definitiva, el pensamiento que nos coloniza cuando decidimos buscar
algo me jor en lugar de sindicarnos para optimizar las condiciones que
tenemos o reclamar una renta básica universal. Cuando cada una busca lo suyo,
se deja de apostar por lo nuestro.
El feminismo es un
movimiento antisistema, afirma la escritora Rita Segato, por ello no solo
aspiramos a mejorar nuestra posición de clase, sino que anhelamos transformar
las estructuras de producción. La principal diferencia entre quienes se suben
al ascensor social y quienes no podemos permitirnos tropezar por las escaleras
es si queremos o no queremos ser como los que están arriba, y qué pensamos
hacer con quienes siguen abajo mientras ascendemos. El feminismo no está aquí
para engrasar el mecanismo del montacargas, sino para estamparlo contra el
suelo, para abolir todo el sistema de clases que nos domina. No se trata
únicamente de romper el techo de cristal, sino de preocuparse de las
condiciones de trabajo de quien barre esos cristales rotos.
Sonia Herrera,
profesora universitaria y experta en comunicación, cree que al pertenecer a la
generación que salió de la universidad durante el estallido de la crisis
financiera de 2008, a muchas se las obligó a tomar una conciencia de clase que
quizá hubiesen perdido si las condiciones hubiesen sido otras. «En cierta
manera por vergüenza. Lo cual es bastante
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triste. Pero, bueno, en España el 15M y ciertos movimientos surgidos
durante los últimos años tienen mucho que ver con la reapropiación de la
conciencia de clase, llamémosle precariado o como queramos». Con la crisis se
les cayó el cuento del ascensor social, aunque «nos falte cierta conciencia de
cómo esto se plasma». Y menciona el paper de Montse
Santolino, Volver a los barrios, sobre el compromiso con el entorno
más próximo frente a quienes huyen de él cuando les empiezan a ir bien las
cosas: «Abandonaron las periferias para irse a sitios más bienestantes.
Hay un tema en cómo evitar el efecto centrifugadora y poder aprovechar el
talento, el curro, el activismo».
Como se aclaró
anteriormente, no hablamos de dinero. La cuantía de la nómina es básica para
muchísimos aspectos de nuestras vidas, pero no es la única variable, ni mucho
menos la más importante. Resulta fundamental tomar perspectiva de cómo se
conforma el patrimonio, qué ingresos se obtienen por cuenta ajena, por cuenta
propia, cuánto se percibe de rentas, de bonos o la liquidación de intereses de
los activos. También hay que tener en cuenta si se tiene salud o no se tiene y
cuántas visitas se hacen cada semana a la farmacia. Por ello, la heterogeneidad
de las rentas del trabajo de quienes dependen de una nómina, de varias o de un
sobre, nos lleva a que sea más importante observar la Encuesta de
Condiciones de Vida sobre qué nos podemos permitir mes a mes y qué no:
la tarifa de datos del móvil, las vacaciones, la calefacción, la
fruta o el pescado.
En la brecha de
clase entre los hundidos y los salvados incide Patricia Castro. Los primeros
somos todos aquellos «que formamos parte de la clase trabajadora, y también
aquellos a los que comúnmente se conoce como clase media; creen estar a salvo
porque gozan de una calidad de vida algo mejor, pero es un espejismo. Los
salvados son las élites económicas y financieras, […] el 1 por ciento». Sobre
ese espejismo las nuevas clases medias, más empobrecidas que las tradicionales,
insiste Castro, imitan los patrones de las clases dominantes. Ese somos
lo que tenemos se torna en un habitus infantiloide de
imitación pequeñoburguesa: esperar un Uber en el portal para ir al aeropuerto
de madrugada y volar con una compañía low cost.
En términos de
conflicto de clases, parecería sencillo que si el 99 por ciento empobrecido se
enfrenta al 1 por ciento acomodado, este último no tendría muchas posibilidades
para arrasar con las riquezas del primero. Pero la realidad es que el 99 por
ciento al que se alude cuando se arenga a
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las clases trabajadoras no es homogéneo, los intereses de unas no
coinciden con los intereses de otros. La competición por los recursos, la
confianza en que a través del esfuerzo se puede aspirar a una mejor posición
social, acaba provocando que en los estratos paupérrimos se acepten distintas
discriminaciones que dotan a algunos de sus miembros de cierta posición y
dignidad respecto a otros. Entre las diferencias que quiebran la capacidad de
acción de ese 99 por ciento, no son pocas las que se vertebran sobre la
desigualdad de género.
Si no se define
correctamente al sujeto del feminismo, e incluso si no se ve más allá del sexo
y del género para abordar las categorías oprimidas, las mujeres de clase
trabajadora podemos encontrarnos con la agenda colonizada por los intereses de
las compañeras acomodadas, tal y como denunció Angela Davis en MUJERES,
RAZA Y CLASE. Se había supuesto que nuestras contradicciones se
resolverían si alcanzábamos las mismas cuotas de poder e independencia que los
hombres. Esta suposición ignoró la parte de la conquista de derechos que
significó la opresión de otras personas de clase obrera, mayoritariamente
mujeres: que cuiden, que limpien, que cocinen, que soporten el tedio
administrativo mientras las demás nos dedicamos a trabajos creativos mejor
recompensados.
Nancy Fraser reflexiona sobre el empoderamiento en la obra
MANIFIESTO DE UN
FEMINISMO PARA EL 99 %, concluyendo que la conquista real
del poder es
inaccesible para la mayoría de mujeres, y esta estrategia del feminismo liberal
de empoderar a mujeres talentosas para que alcancen posiciones en igualdad con
los hombres de su propia clase «no tiene como objetivo la igualdad, sino la
meritocracia».
Si hablamos de
empoderamiento y no de emancipación, nos olvidamos sobre qué hombros ascendemos
(no suelen ser de un hombre blanco, sino de una mujer pobre, a menudo
racializada). Los estereotipos, el clasismo, el racismo, la lesbofobia, la
violencia contra las mujeres o el terror sexual han despojado a las féminas de
clase obrera de la emancipación.
A Bárbara, una
camarera de 42 años del Bierzo, la removieron las proclamas del 8 de marzo de
2019. «Se habla de techo de cristal y parece que todas esperan un puestazo en
la empresa. En el discurso del movimiento feminista se olvida a las obreras, a
las que hacen el trabajo más básico. Los sectores donde desempeñan un trabajo
físico. Hay que visibilizarlas, porque parece que no estamos ahí». Y es donde
más estamos.
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En LOS NUEVOS MITOS DEL FEMINISMO, la histórica Lidia Falcón
señala la trampa en la que hemos caído «al sustituir la oposición frontal al
sistema que ocasiona las grandes desigualdades económicas y sociales que
existen entre clases, razas y sexo, para aceptarlo, con la humilde pretensión
de arrancarle únicamente algunas concesiones». Las reclamaciones de cuotas,
paridad, discriminación positiva y ayudas sociales enmascaran que la igualdad
efectiva entre hombres y mujeres no va a superar las diferencias entre las
clases, las razas y los pueblos. Es decir, concluye Falcón, que «tendremos el
mismo número de mujeres pobres, explotadas y maltratadas que de hombres».
Cuando el marketing capitaliza
los valores del feminismo sin ninguna carga estructural y en pro del si
quieres, puedes, acabamos celebrando el nombramiento de mujeres al frente
de la patronal, olvidando que sin la represión franquista que permitió la
acumulación de capital entre los golpistas y sus allegados muchas de esas
empresas seguirían siendo PYMES, como advierte Dani Domínguez en la obra
colectiva IBEX 35. TRES DÉCADAS MARCANDO LA AGENDA POLÍTICA
DE ESPAÑA.
Se pasa por alto la
relevancia de la posición social de la familia, y cómo se ha alcanzado y
mantenido, cuando se afirma a la ligera que formalmente no existen trabas al
progreso individual. El ideal meritocrático ha parasitado nuestra conciencia de
tal modo que seguimos autoexplotándonos, confiadas en que la precariedad es
algo circunstancial. Aspiramos a la clase media y nos han instruido, de los
cuentos de los hermanos Grimm a los talent shows, para que creamos
que solo hay un camino y nada que nos impida llegar: si trabajamos duro
podremos conseguir aquello que nos propongamos. Ese es el pacto, esas son las
reglas del juego.
Laura por la mañana
es técnico de laboratorio y por la tarde logopeda, sin que los dos sueldos
juntos le permitan independizarse. Sigue creyendo que es responsable de su
situación, de tal modo que acaba diciendo: «Espero que vaya a cambiar, que sea
una racha mía personal… porque ahora es que lo veo todo negro. Muchas veces me
siento culpable por quejarme, ¿sabes?, me digo de qué te quejas si
estás trabajando en las dos cosas que has estudiado, estás en otra ciudad…
pero bueno, es que no es la idea que tenía para mi yo de 32 años».
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No necesitamos más meritocracia en sociedades desiguales, porque se
machaca a quien no llega. Los datos de LA BRECHA DE ORIGEN SOCIAL EN
LOS RESULTADOS DEL MERCADO LABORAL demuestran que quienes provienen de familias
acomodadas obtienen mejores trabajos y mayores ingresos, aún con el mismo nivel
de estudios y similares calificaciones, que sus colegas de familias
empobrecidas. Mientras nosotras nos dejamos la salud para conseguir una beca
que nos permita entrar en la universidad, las clases medias acomodadas se valen
de su capital social y económico para reservarle a sus familias una educación
acorde a lo que esperan de sus hijas e hijos, acudiendo a la universidad
privada cuando no consiguen plaza en la pública. El hermetismo de los
privilegiados, la parontocracia, nos lleva a estar más cerca del
darwinismo salvaje que de un ideal meritocrático donde la formación accione el
ascensor social.
El esfuerzo
individual no es garantía de movilidad de clase, ya se ha demostrado que no lo
es, pero se confía en él como si nos fuera a abrir las puertas del paraíso. Es
un fanatismo cuasi religioso, cuando no del todo religioso. La virtud del
talento vertebra la ética protestante, tal y como advirtió Max Weber hace más
de un siglo: el mérito es uno de los signos de salvación; cuanto más se cree
que la excelencia es recompensada en la sociedad donde uno vive, más se estima
que las desigualdades son aceptables porque cada quien merece la posición que
ocupa. Hemos dejado de reivindicar las identidades colectivas para demostrar,
en definitiva, que, dándole el bocado a la manzana mientras degustamos un pumpkin
spice latte y atendemos una call tras otra (que bien
podrían haber sido un e-mail), somos mejores que los
demás.
VIVIR PEOR QUE
NUESTRAS MADRES
El think
tank Politikon publicó en 2017 EL MURO INVISIBLE, un texto
en el que se trató de dar respuesta a las dificultades de ser joven en España
para una generación, la de los millennials, con mejores
oportunidades durante la infancia y la adolescencia que sus progenitores, pero
que al incorporarse al mercado de trabajo se encontraron con una triple crisis:
económica, social e institucional. Ese mismo año, el LIBRO BLANCO
SOBRE EL FUTURO DE EUROPA realizado por la Comisión Europea
afirmaba que «por primera vez
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desde la Segunda Guerra Mundial, existe un riesgo real de que la actual
generación de jóvenes adultos acabe teniendo unas condiciones de vida peores
que las de sus padres. Europa no puede permitirse perder al grupo de edad más
formado que ha tenido nunca y dejar que la desigualdad generacional arruine su
futuro».
Lucía, ahora
jubilada, recuerda que su introducción al mercado laboral en 1972 fue rápida:
«Después de COU, a los pocos días de acabar los exámenes fui a una Oficina de
Empleo con mi madre, porque tenía 17 años, y salí con dos entrevistas. Las dos
eran para secretaria pero una era jornada de mañana y tarde y la otra
intensiva. Mi madre me dijo que escogiera esta última para poder seguir
estudiando en la universidad. A ese primer puesto que me presenté, me cogieron,
y volví a ir con mi madre a hacer el examen de ingreso. Salí con trabajo de
secretaria en una farmacéutica. Ahora lo pienso y, en la actualidad, es tan
difícil encontrar empleo y digno… qué pena que gente con carrera, con un
máster, con el dinero que cuesta un máster, tenga tantos problemas para
emplearse».
Si se presta
atención, con rigor, a las tendencias y a la conflictividad laboral desde el
tardofranquismo hasta hoy, cualquier análisis sociológico que intente explicar
la transformación del mercado laboral basándose en el carácter de cada
generación no será más que astrología. Creer que las decisiones individuales de
las trabajadoras y trabajadores han sido las responsables de la definición de
las relaciones laborales de los últimos cuarenta años es, cuanto menos, un
descrédito a la patronal, think tanks neoliberales e
inversores. Merecen que alguien recuerde todo lo que han hecho para que
funcione el modelo extractivo. Quién iba a imaginar que promover el empleo
temporal de jóvenes a partir de un contrato de formación y aprendizaje que no
formaba podría menoscabar la identificación y el compromiso de las trabajadoras
con la empresa.
En 2004, se decía
de quienes tenían 24 años que eran la generación del botellón, que no
participaban en nada, que no votaban, que el que no curraba era un vago, pero,
sobre todo, que estaban estudiando más años que sus padres, que no estaban
teniendo hijos a la edad de sus padres, que no se estaban independizando tan
pronto como sus padres, que no querían trabajar tantas horas como sus padres,
que estaban demasiado deprimidos. Hoy, estos mismos han cumplido los 48 años,
son padres y nos dicen que la generación Z es la generación de cristal. Las
dificultades para la emancipación de LOS HIJOS DE
LAS REFORMAS LABORALES de los años
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noventa esquilmaron las oportunidades de las siguientes generaciones,
«gran parte de los jóvenes de mañana no van a pasar a ser los adultos de hoy»,
pero parecen haberlo olvidado.
Los análisis
generacionales son bastante engañosos, las millennials fuimos
«ninis», porque hace diez años no estudiábamos ni trabajábamos, pero de alguna
manera hemos llegado a ser la generación más preparada de la historia. Nos
definen muchas más cosas que las generalizaciones que se hacen por edades, no
estamos predestinadas por el horóscopo.
Por ejemplo, en la
actualidad, las jóvenes de Castilla y León son las que más ascienden
socialmente respecto a sus padres, y no porque hayan tenido una educación mejor
que la del resto de España, sino porque emigran. Se marchan para optar a
trabajos de alta cualificación en el tercer sector y sus progenitores se quedan
desarrollando oficios en el sector primario y secundario. No es magia, es la
despoblación. Las millennials son urbanitas porque nacieron de
una generación que emigró del campo a la ciudad (en los casos en que la
generación silenciosa, sus abuelas, no lo hizo antes) o de la localidad
intermedia a la gran metrópolis. A muchas ahora les queda, igual que a la
generación Z, marcharse al extranjero. Durante la crisis de 2008, causa de una
de las mayores salidas de jóvenes de nuestro país, se hablaba de fuga de
cerebros, como si en el siglo pasado nuestras madres y nuestras abuelas solo se
hubiesen llevado los brazos. Nuestro país tiene un largo historial de
emigraciones que acallaron el conflicto social.
A pesar de
representar distintas generaciones, muchas de las entrevistadas tienen pueblo
porque sus abuelas no eran de ciudad. Entre las millennials, Sindy,
por ejemplo, ha nacido en Benidorm. Pero toda su familia proviene
de diferentes pueblos andaluces y sigue visitando las piedras que un día fueron
el cortijo donde convivían con los animales. ¿Era aquello mejor que preparar
hamburguesas para guiris por mil euros? Mientras que una boomer como
Natividad emigró de Zaragoza a Madrid en los sesenta para que su hija, que es
generación X, se trasladase posteriormente a Cambridge. ¿La hija hubiese vivido
peor que sus padres a su edad de haberse quedado en Móstoles? Seguramente no,
pero prefirió emigrar, porque no siempre cargamos hatillos para buscarnos el
pan.
La democratización
del ocio y los servicios con los que las generaciones anteriores no podían ni
soñar se ha producido a través de una transformación digital sin precedentes,
pero también mediante una
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precarización de los salarios. Ya no estamos condenadas a vestir a la
moda de temporadas pasadas por comprar de rebajas en unos grandes almacenes con
un alto índice de sindicalización. Se han popularizado los outlets.
Ya no hay estaciones, vamos cada pocos meses de compras porque la ropa tiene
fecha de caducidad, casi la misma que las dependientas. Llevamos VIDAS
LOW COST en las que cobramos poco como empleadas y pagamos poco
a otras trabajadoras como clientas. No podemos permitirnos grandes gastos, la
inflación imposibilita rentabilizar el ahorro, la temporalidad nos veta el
acceso a una hipoteca. Pero sí se han facilitado microscópicas recompensas que
nos mantienen en la rueda, a la moda, en la conversación sobre la última
película, al día con las series y con los hits musicales.
Malvestimos, malcomemos y maldormimos principalmente porque nos malpagan.
Natalia, una
abogada madrileña de 32 años, se compara con su madre sobre todo a la hora de
hablar del acceso a la vivienda: «Soy una persona optimista y, en general, no
creo que tenga una mala vida… Pero es verdad que mis padres pudieron comprar un
piso cuando tenían 26 años y llevaban dos en España (desde Latinoamérica),
siendo él albañil y ella cuidadora. Yo soy abogada con pluriactividad y estoy
rezando para que me renueven el alquiler. El hecho de que la vivienda sea una
auténtica pesadilla que se come uno de los dos sueldos que entran en casa causa
mucha angustia, y te tiene siempre preocupada… Esa preocupación mis padres no
la tienen. No lo digo con rencor, pero pienso mucho en cómo hemos dejado que
nos hagan esto. Pienso en ello ahora mismo, que estamos pendientes de renovar
el contrato y, al mismo tiempo, buscando piso por si acaso… Vemos viviendas que
fueron de protección oficial, a las que se les están acabando los veinticinco
años de protección y están saliendo al mercado por 260 000 o 350 000 euros en
Simancas». Maribel, de 30 años e historiadora del arte, comparte la sensación:
«A los 32, mis padres ya tenían la hipoteca pagada y trabajo fijo. Vivían en un
barrio obrero de Almería y se sentían orgullosos de tener todo cubierto para
sus dos hijas… Yo sigo con ellos, sin casa propia y en un puto call
center… Y la hipoteca me parece algo imposible e inviable. Que sí, que no
tenían vacaciones… pero es que hoy las mías las han pagado ellos».
No ganamos el doble
que la generación anterior, pero no deberíamos destinar hasta el 85 por ciento
de nuestro salario precario a la vivienda para evitar compartir piso cumplidos
los treinta. Se dice que viajamos
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mucho y al mismo tiempo que nos quedamos los fines de semana viendo
Netflix porque no podemos salir a cenar. También se culpa a las suscripciones
de ser un gasto hormiga que arrasa nuestra cuenta corriente y nos impide
ahorrar para la entrada de una vivienda, como si las generaciones anteriores no
hubiesen gastado más en tabaco y en el videoclub que nosotras en plataformas.
Sol, trabajadora de
la industria en la periferia de Alicante y madre separada de dos hijos, a sus
43 años, duda: «Vivir peor no sé… pero sí es diferente, ya por el simple hecho
de no tener piso». Mariah, profesora de secundaria e investigadora social, tiene
un año menos y aun siendo expresidiaria no considera que vaya a vivir peor que
sus padres, «aunque a nivel económico he tardado más que ellos en
estabilizarme».
En España, aunque
los empleos basura han existido siempre y gente alquilada también, antes eran
ocupaciones y formas de vivir propias de la población inmigrante y joven. Las
mujeres de la clase trabajadora, a quienes convencieron de que estudiar una
carrera universitaria era sinónimo de ascender socialmente, no esperaban asumir
una posición subalterna en el mercado laboral, ni en el mercado inmobiliario.
Ser parte del precariado y del inquilinato es una cuestión que jamás nos habían
planteado.
La inestabilidad en
el empleo nos obliga a llevar un estilo de vida low cost, lo que
nos impide ahorrar lo suficiente para emprender inversiones que nos
ayudarían a tener más equilibrio financiero en nuestras vidas. En ese sentido,
Pepa, una deportista profesional de Dos Hermanas, menciona que ya se han
empezado a buscar formas creativas, propias de un suplemento dominical, para
sobrevivir a los precios prohibitivos de la vivienda: «Yo sigo en casa de mis
padres con 42 años. Justo acabo de ver en las noticias que se venden
habitaciones y estoy alucinando. Antes, bueno, ahorrabas para una casa en un
año o dos, pero eso ahora es impensable. Sí es cierto que en entornos rurales y
pueblos era más fácil ese tema, el acceso a la vivienda, pero hoy es mucho más
complicado que hace años… y el sistema nos obliga a todas a pasar por el aro».
Tan triste como que unas solo puedan permitirse poseer un porcentaje mínimo de
una casa es que otras se sientan en la obligación de venderlo.
Una reforma laboral
tras otra, se fue desregularizando el mercado de trabajo hasta desmantelar los
méritos de la ocupación como herramienta para salir de la pobreza. Tal y como
señala Azahara Palomeque, VIVIR PEOR
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QUE NUESTROS PADRES significa que ya no tenemos la certeza de que
el empleo nos pueda otorgar la estabilidad que los derechos laborales
conquistados por las luchas obreras habían consolidado.
En este
enfrentamiento generacional, hay gente que ha tenido la suerte de
nacer veinticinco años antes, con unas condiciones económicas y sociales muy
específicas, en un periodo del que únicamente ha sobrevivido el relato de quien
se incorporó y se mantuvo en los puestos de responsabilidad. De las
estadísticas de desempleo de larga duración en mayores de 52 años o de la
cronificación de las enfermedades profesionales no se habla cuando se envidia
la casa en propiedad con defectos estructurales de la VPO que pagó la
generación anterior.
Los recortes en el
estado de bienestar desde la ola neoliberal de Reagan en Estados Unidos o
Thatcher en Reino Unido hasta Aznar en España no beneficiaron en ningún sentido
a quienes se incorporaron en aquel momento al mercado laboral. La defensa a
ultranza de la libertad empresarial, las escasas políticas de prevención y las
mermas en servicios públicos provocaron que trabajadores afectados por
enfermedades profesionales, como las intoxicaciones de amianto, muriesen sin
ser recompensados. La llegada en masa de la mujer al trabajo asalariado y la
incapacidad del Estado para cubrir los cuidados asistenciales que precisaban
miles de embarazadas en nuestro país diezmaron a toda una generación afectada
por la talidomida. Se recortaron los servicios públicos y se privatizaron las
infraestructuras mínimas para nuestra supervivencia.
Las minas cerraron
y las industrias se desmantelaron. Ya no se acopian el capital y el poder según
la rentabilidad o la productividad, sino la privatización y la
financiarización. Esta acumulación por desposesión consistiría en nuestros
días, por ejemplo, en enriquecerse al privatizar un servicio público: el fondo
buitre que adquiere las promociones de vivienda protegida en alquiler está
transfiriendo al sector privado el suelo municipal y, al mismo tiempo, desposee
a la sociedad en general (y al inquilinato afectado por las subidas de las
mensualidades en particular) de la vivienda pública.
Esa desposesión
provocó «la economía de la miseria ajena» entre las clases populares, tal y
como demostró Julio Embid: cuanto más difícil se vuelva pagar el alquiler o la
hipoteca, más créditos rápidos tendrás que pedir, más electrodomésticos tendrás
que empeñar, más velas prenderás pidiendo un milagro, más locales de apuestas
frecuentarás para salir de la
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pobreza. Cuanto peor te vaya a ti, mejor le irá a quien te concede el
crédito, revende lavadoras, ofrece poderosos rituales para encontrar empleo o
regenta un bingo.
Cuando debato con
las entrevistadas si creen que van a vivir peor que la generación anterior,
mencionan la imposibilidad de acceder a una vivienda en propiedad, pero también
recuerdan los turnos que dejaban exhaustos a sus padres o las dobles jornadas
de sus madres. Es absurdo tachar de privilegiado a quien pudo comprarse un piso
de protección oficial en la periferia de una ciudad intermedia trabajando más
de diez horas al día solo porque en la actualidad sea imposible que las jóvenes
accedan a un alquiler en una capital de provincia. No es una cuestión
generacional, sino de la mercantilización de la vivienda; se ha hecho una
apuesta CONTRA LO COMÚN. Otro ejemplo de esta persecución a lo
colectivo es la baja tasa de afiliación sindical, que no solo supone peores
condiciones laborales, porque también dinamita la posibilidad de reproducir hoy
aquellas cooperativas de viviendas de las que tantas familias trabajadoras se
beneficiaron.
Esa sería la razón
por la que Trini duda sobre qué se le está preguntando, consciente de que se
puede caer fácilmente en una trampa conservadora que nos dé a elegir entre
derechos económicos y derechos civiles, cuando no directamente entre derechos
económicos y derechos humanos: «Definamos qué es vivir peor, a nivel económico
creo que estamos bastante peor… teniendo en cuenta que soy actriz con muy poco
trabajo… pero es que mi madre no trabajaba y con el sueldo de mi padre vivíamos
cinco. Por otro lado, a nivel personal creo que bastante mejor, sobre todo por
el hecho de no empezar a criar con 25 años».
Laura responde con
otra pregunta que enmarca en el tiempo la comparación: «¿Si vivo peor que mis
padres a mi edad? Vaya que sí. En cuanto a poder adquisitivo y estabilidad
laboral y económica, sí, rotundamente. Llevo toda la vida queriendo ser mayor y
ganar mi propio dinero para poder tener un perro, porque mis padres nunca
quisieron uno. Y, ahora, con dos trabajos no puedo mantener ni perro, ni gato,
ni ratón. Ni mucho menos hijos, porque no puedo, es que no puedo. He acabado
desencantada con la vida». Tamara, una psicóloga gallega de 30 años, compara
cómo estaban sus padres a su edad y afirma: «Vivían mejor que yo ahora. Sin
embargo, si comparo la época vital… andamos parecido. Me tuvieron muy jóvenes,
lo pasarían muy mal los primeros años para
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sacarme adelante. Yo ahora tengo una niña de tres años y otro en camino,
y también nos encontramos con dificultades económicas». Su testimonio está
vertebrado por la idea de que no es tanto ese vivir peor que nuestras
madres a nuestra edad, sino que a la misma edad no estamos en el mismo momento
vital. En su opinión, las dificultades seguramente tengan más que ver
con eso que con los años cumplidos.
Que se haya
sacrificado la maternidad por una carrera laboral llena de obstáculos lleva a
muchas mujeres a cuestionarse si la igualdad ha sido un timo. No son pocas las
que se sienten hoy más libres pero más infelices, ya que hemos salido de casa
para adentrarnos en un entorno laboral que nos explota tanto como a los
hombres, y además nosotras volvemos a casa cada tarde, bañamos a los niños y
hacemos la cena en menos tiempo y más cansadas. En demasiadas ocasiones,
nuestros compañeros han bajado los brazos ante nuestras demandas de
conciliación, pero también cuando nos hemos quejado del frío en la oficina. El
entorno laboral se diseñó para ellos, pocos hombres han estado dispuestos a
adaptarlos a nuestras necesidades o han puesto su tiempo libre a disposición
del cuidado de sus propias familias.
Ese mal negocio que
algunas advierten que se ha hecho con el feminismo está basado en el mito de la
libre elección, ya rebatido por Ana de Miguel en NEOLIBERALISMO SEXUAL.
Para poder afirmar que las mujeres vivían antes mejor que ahora,
deberíamos definir el sujeto y los complementos de esa frase: ¿qué
mujeres? ¿Qué momento es antes? ¿Qué entendemos por «mejor»? ¿Qué quiere decir
«ahora»? Si no respondemos con precisión y coherencia a todas estas preguntas
antes de someter a prueba la hipótesis, nos podría parecer que la culpa de la
brecha salarial, de la carga mental y de la falta de conciliación es nuestra,
de NOSOTRAS QUE
LO QUISIMOS TODO.
Ese antes que
se idealiza y romantiza nos lleva a creer que si fuésemos una mujer de finales
del siglo XIX o principios del XX, sin acceso al mercado de
trabajo, y no una del siglo XXI, sobreexplotada, seríamos la que escribía
en un cuarto propio con el apoyo de su familia y no la que convivía con un
marido violento y alcohólico. Es el efecto Sissi: «Cuando pensamos en un viaje
en el tiempo, siempre creemos que vamos a estar en el 1 por ciento
privilegiado».
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Inés, una abogada penalista a caballo entre Madrid y León, tiene claro
que ella no vive peor que sus padres: «He logrado estudiar, que es muchísimo
más de lo que pudieron hacer ellos. No me he tenido que casar y con 31 años no
tengo hijos. De verdad… stop pijos opinando. Son los de la
generación de doctorados por Wisconsin los que sí viven peor que sus padres,
porque fueron altos funcionarios del felipismo y ahora estos están de freelance haciendo
hilos de Twitter… y esa es una realidad, pero no la única realidad. Ninguna
generación ha tenido una posibilidad más grande que la nuestra para aprovechar
las poquitas oportunidades que teníamos y mejorar nuestra vida. Somos la
primera para la que ser buen estudiante, pese a todo, era una credencial a la
hora de poder sentarte en una oficina, cosa que nuestros padres no han visto…
eran trabajadores manuales». Ese llamamiento a no comparar la situación de las
hijas de las clases trabajadoras con las aspiraciones de las nuevas clases
medias es el antídoto contra la nostalgia rojiparda.
Entre nosotras
acabamos compartiendo una idea que pone los derechos humanos en el centro y
afirma que no vivimos peor quienes formamos parte de colectivos históricamente
oprimidos y subalternos. Hemos avanzado en la conquista de nuestras libertades.
El optimismo es progresista porque confía en que las próximas generaciones
avancen aún más en la expansión de derechos. «La nostalgia es involución y la
memoria es aprendizaje del pasado, pero nunca se puede volver a él si buscamos
que la sociedad progrese», comenta Zoe, una teleoperadora de 40 años. Esta es
la tesis de Héctor García Barnés en FUTUROFOBIA: «El pesimismo es
esencialmente conservador aunque eso no impide ser pesimista y de izquierdas.
Muchos lo son. Es conservador porque, literalmente, aspira a mantener la
situación en la que nos encontramos, a presentar todo cambio como una potencial
amenaza».
Las últimas
investigaciones económicas sobre la movilidad intergeneracional de la renta
revelan que EL ASCENSOR SOCIAL EN ESPAÑA se sitúa en un
punto intermedio. De ahí que las hijas del hormigón que han prestado sus
percepciones en este epígrafe sepan en qué dudar y en qué no. ¿Viviremos peor
que nuestros padres? Dependerá mucho de quienes hayan sido nuestros padres. Lo
que sí podemos afirmar es que viviremos mejor que nuestras madres.
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El dogma de la
meritocracia convive con la creencia en la igualdad de género. Ambas son un
subproducto de la mercadotecnia neoliberal: trabajar duro y quererlo
realmente. Se omite que el estigma, los estereotipos y los
prejuicios determinan nuestras oportunidades.
El NEOLIBERALISMO
SEXUAL consiste en dar por sentada la igualdad en tanto que vivimos en
sociedades formalmente igualitarias y la desigualdad ya no se produce por la
coacción explícita de las mujeres, ni por la aceptación de ideas sobre su
inferioridad, sino a través de una libre elección capaz de ignorar las
vicisitudes de la estructura social.
Las cartas ya nos
vienen marcadas incluso antes de haber aprendido a jugar. La mayoría de los
productos infantiles solo existen en rosa o en azul, lo que lleva a la prole a
elegir entre dos opciones que se presentan como excluyentes, afirma María
Gijón, experta en género y coeducación. Cuidados, muñecas y estética para
niñas. Acción, construcciones y superhéroes para niños. Unas han de preocuparse
por su imagen mientras otros son empujados al movimiento, a ocupar el espacio.
La responsabilidad
de la división sexual en nuestra estructura social va más allá de los juguetes;
también se encargan de ello otros productos culturales, como las pantallas, los
libros y la música. La artivista Yolanda Domínguez no solo detectó el MALDITO
ESTEREOTIPO; también descubrió que la representación conforma un mapa
visual: el papel que desempeña (en la ficción, en el reality, en la
cobertura de sucesos) el personaje más parecido a nosotras nos da una idea del
lugar exacto que ocupamos. En concreto, los mapas visuales son descriptivos, en
la medida en que nos indican dónde estamos situados dentro de la jerarquía
social, y además prescriben por qué lugares podemos o no transitar. Todo relato
necesita un punto de partida desde el que construirse; a ese enfoque inicial se
le denomina framing. Del desarrollo de ese marco se encargan los
medios de comunicación, que dado que son grupos empresariales, no son un actor
neutral en la creación de metáforas que definen y enmarcan al proletariado y la
clase obrera. En el relato neoliberal del éxito socioeconómico y la
meritocracia, habitar barrios humildes, el extrarradio o la periferia, se
describe como síntoma de un fracaso vital.
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Hablar de un orden social vertebrado a partir de la desigualdad de
género y de la división sexual del trabajo nos lleva a preguntarnos si es el
sexo, la condición biológica de las mujeres, o el género, la construcción
social de la feminidad, el origen de nuestra posición subalterna. Cuando Silvia
Federici vio la relación entre CALIBÁN Y LA BRUJA, demostró que la
literatura de clase había obviado las profundas transformaciones que el
capitalismo introdujo en la reproducción de la fuerza de trabajo y en la posición
de las mujeres. Federici pone de relevancia cómo «el cuerpo es para las mujeres
lo que la fábrica es para los trabajadores asalariados varones: el principal
terreno de su explotación y resistencia». Esta investigadora italiana confirma
que fue durante la transición al capitalismo cuando se produjo la redefinición
de las tareas productivas y reproductivas, y de las relaciones hombre-mujer.
Desde ese periodo, la identidad sexual es el soporte específico de las
funciones del trabajo, y por ende, el género no es una realidad puramente
cultural, sino una dimensión intrínseca de las relaciones de clase.
La gran caza de
brujas de los siglos XVI y XVII fue tan necesaria para la
división social del trabajo como el colonialismo. En ese periodo se degradó la
mano de obra femenina al hogar, invisibilizando la contribución de las mujeres
a la acumulación de capital hasta disfrazarla de inclinación natural.
Tomar conciencia de
la artificialidad misógina del framing supone para muchas
mujeres una agonía perturbadora; por ello, antes de querer darse cuenta de cómo
«todo esto está muy mal diseñado, muy mal pensado para nosotras», como me
comentaba una de las entrevistadas, muchas optan por sumarse al relato del ya
mencionado timo de la igualdad y renuncian a ser feministas. En los últimos
años, se han popularizado varias cuentas en Instagram de influencers dedicadas
al marido, la cocina y los hijos que en Estados Unidos se hacen llamar tradwives.
Esa reivindicación de un tiempo pasado en el que la mujer era tan solo ama de
casa omite muchas escenas, como la de nuestras antepasadas rurales, que han
arado, han plantado y han segado el campo que nunca llevó su nombre, mientras
criaban a sus hijos. Así como el de sus coetáneas en las ciudades, que han
cosido, han fregado y han cuidado con y sin contrato. En España no tenemos
narices para reivindicar a la esposa tradicional porque
sabemos perfectamente que la solución a la enésima crisis de ansiedad laboral
no es encerrarnos en la cocina a hornear tartas de manzana para monetizarlo en
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Instagram. Nuestros pisos son de interior, no hay un alféizar donde
poder imitar la bonita ventana al jardín de la nostalgia confederal.
El determinismo
biológico clásico hilvanó toda una serie de excusas para dejar fuera a las
mujeres de los grandes cambios socioeconómicos del siglo XIX como
respuesta a la primera ola del feminismo. La idea de una naturaleza diferente y
complementaria de los sexos, afirma la filósofa Ana de Miguel, ha legitimado la
separación entre el espacio público masculino y el espacio privado femenino
como dos mundos excluyentes. A través de unas supuestas diferencias orgánicas
se concluyó que la naturaleza femenina era el afecto y que la racionalidad era
masculina. A partir de ahí, viene a decirnos que por ser las mujeres menos
fuertes, racionales, intelectuales y morales, es necesaria la tutela y el
sometimiento al varón.
En realidad, el
contexto sociopolítico del siglo XIX fue el que designó con qué
perspectiva se iba a interpretar el origen de la humanidad, y se ignoró
deliberadamente la PREHISTORIA DE MUJERES. Aquellos hombres con
autoridad en las universidades y en las instituciones, sin pruebas y sin
titubeos, orquestaron un discurso sobre la naturaleza del poder y de la
división sexual del trabajo exagerando las diferencias, que históricamente sí
se habían contrastado, a su conveniencia. Su propósito no iba más allá de
justificar en la biología que fuesen ellos, los hombres cis, blancos, europeos
e ilustrados, los que legítimamente debían seguir ejerciendo dicha autoridad. A
partir de aquel determinismo biológico e histórico, cualquier intento de
ampliar los derechos políticos suponía un atentado contra la propia naturaleza
humana. La VINDICACIÓN DE LOS DERECHOS DE LA MUJER denunció la
relación, que llega hasta nuestros días, entre las cualidades
innatas de la feminidad y el requerimiento de la tutela de los hombres. Proteger
esa supuesta esencia biológica justificó que durante mucho tiempo no tuviésemos
acceso a la escuela, al mercado laboral o a la participación política.
El reconocimiento
de la familia como pilar institucional ha contribuido a reforzar el papel
tradicional de las mujeres como garantes del orden social. Esta visión
arraigada aún persiste; a ellas se las relega al ámbito doméstico para permitir
que sean los hombres quienes ocupen roles predominantes en la esfera pública,
perpetuando así las estructuras de poder patriarcales. La REVOLUCIÓN EN
PUNTO CERO de Silvia Federici demostró que no había, en realidad,
ninguna cualidad innata en nuestro
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género hacia el trabajo doméstico ni la reproducción. Ser ama de casa es
profundamente antinatural, preparar a alguien para ese rol requiere de al menos
veinte años de socialización y entrenamiento dirigido por madres no
remuneradas. El orden social quiebra cuando una de ellas pone pie en pared.
Cuando alguna de nosotras nos negamos a seguir reproduciendo estirpes de
abnegados ángeles del hogar, voluntaria o involuntariamente, la institución de
la familia entra en crisis. El título de una de las obras más icónicas de
Friedrich Engels, EL ORIGEN DE LA FAMILIA, LA PROPIEDAD PRIVADA
Y EL ESTADO, nos recuerda
justamente que la familia ha sido interpretada como un bastión fundamental: los
roles de género transmitidos en el hogar son los que dotan de sentido la
división sexual del trabajo en el orden social.
Para ilustrar ese
tiempo de entrenamiento, Dolores, a sus 52 años, recuerda cómo se abordaban las
tareas domésticas en su casa, en un pueblo de Sevilla. «Mi madre estaba siempre
con: Lola, a poner la mesa. Y yo contestaba que si no la ponían mis
hermanos no la ponía yo. ¡Pues no me ha costado pocos disgustos! Y fíjate qué
tontería era eso poner la mesa. Ella quería que hiciera las camas de mis
hermanos, pero yo siempre me rebelé, trabajé y estudié». La de Ada, barcelonesa
de 29 años, es una experiencia similar: «Mi madre me mandaba hacer todas las
tareas en casa. Mi padre trabajaba todo el día, así que siempre lo he hecho yo.
Cuando a ella le dieron un horario de mierda en el trabajo, me tocó empezar a
hacer la cena para todos. Tenía doce años. Debíamos repartirnos las tareas,
pero mi hermano mayor se hacía el sueco… Entonces, pues me tocaba a mí». Ese
adoctrinamiento fue extremo en el caso de Roxana, nacida en Latinoamérica hace
40 años: «Con dos hermanos mayores y dos hermanas menores, por ser la mayor de
las chicas me tocaba a mí siempre fregar, nunca les tocó a los chicos. En casa
me rebelaba. Me iba a casa de mi madrina y no entendía por qué tenía que hacer
yo las tareas, si ellos también tenían manos. Mi madre era muy dura, si estaban
los platos por fregar y me veía leyendo, me daba una paliza».
Al hablar con
Roxana sobre por qué su madre era violenta con ella sin exigirles nada a sus
hermanos, me respondió que ella también se lo preguntaba: «Le reclamaba que
ellos se encargaran de sus cosas y las de los demás, como me tocaba a mí. Pero
ella me decía que yo tendría que hacérselo a mi marido, y que ellos
encontrarían una mujer que se lo hiciera». Es ahí, en la creencia compartida,
donde se sostiene la
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superestructura a partir de la institución de la familia: las madres
enseñan a sus hijas y no a sus hijos, confiando en que otras madres serán las
que hagan lo propio con sus futuras nueras.
Cuando Blanca
Lacasa Carralón comenzó a entrevistar a mujeres, LAS HIJAS HORRIBLES constataron
que se espera de las madres que conviertan a sus descendientes en
oprimidas y, además, lo hagan por amor. A nosotras se nos educa en la
abnegación y para la entrega, ya que a los hombres se los educa en la autoridad
y para el poder. Ellos necesitan quien les planche con cariño y devoción para
dedicarse a tomar decisiones. Siguiendo a Kate Millet, que afirmaba que el amor
es el opio para las mujeres: la combinación analgésica, eufórica y sedante de
la validación masculina nos convence de estar haciendo lo correcto cuando
renunciamos a nuestra autonomía para cuidar de ellos.
Dado que hemos
acabado todas siendo unas yonkis del amor, carecemos de recursos de
interpretación colectivos, y muchas veces no somos capaces de comprender
nuestras propias experiencias. Por ello, nombrar las violencias que sufrimos es
la principal herramienta para la reparación y combatir la INJUSTICIA
SISTÉMICA. Eso, o militar en el lesbianismo político, pero queda descartado
para muchas, dado que la orientación sexual no es algo que podamos elegir.
A Triana, una
recepcionista treintañera de Santa Justa (Sevilla), la literatura feminista le
ha ayudado a politizar su situación personal: «Pues, a ver, no sé ni por dónde
empezar. Yo estoy en un proceso judicial largo contra mi empresa, a la que
demandé por discriminación por razón de sexo. Prácticamente desde que terminé
la carrera he considerado que la mujer (aunque digan que estamos en igualdad y
toda la historia, que lo he vivido en primera persona), continúa discriminada.
Me sentí identificada con las publicaciones de tu cuenta. Por lo menos pude ver
que no era una paranoia mía, ¿sabes?, que no estoy loca y que esto que me ha
tocado vivir tampoco es un caso aislado. Lo vi y digo, mira, que no estoy sola,
que no soy la única».
Matilde, productora
de teatro y vecina de Carabanchel de 55 años, empezó a hablar como un torrente
en cuanto encendí la grabadora: «Yo creo que había una necesidad imperiosa… yo
creo que es necesario que se comente. Hay una cosa que me ronda desde hace años
y es que existe una parte de la historia que no figura en ningún lado. Así que
cuando encontré
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tu proyecto me dije, bueno… qué bien que sea además alguien tan joven
(yo ya soy una persona mayor). Alguien que esté en esta misma onda, que cuente
la historia de quienes siempre han estado calladas, las mujeres que ni siquiera
han formado parte de la Historia, porque la Historia (con mayúsculas) la han
escrito siempre los hombres, dejando una parte totalmente invisibilizada. Me
encabrona mucho que solo la escriban ellos». Fue Federici quien dijo de sí
misma que escribía contra el olvido, «para garantizar que las luchas que las
mujeres han llevado adelante y las lecciones que hemos aprendido de ellas no
sean enterradas ni tergiversadas», denunciando que aquellos espacios de
persecución a las acusadas de brujería se hayan convertido en atracciones
turísticas.
Se dice cada mes de
marzo que el feminismo es un fenómeno pop, una moda (en Occidente y en los
países top de la OCDE, que a veces se nos olvida que en el Cuerno de África hay
más camisetas de Messi que tampones), y eso significa que ha renunciado a buena
parte de sus objetivos y estrategias. Si hablamos de él como una cuestión
identitaria, no hay uno sino diversos feminismos, con distintos objetivos y
agendas. Y en esa variedad está, ahora sí, la trampa: ¿son excluyentes, incluso
contradictorios? Cuando se habla de feminismo como sinónimo de derechos humanos
se está en el lado correcto de la historia, pero también bajo el paraguas de la
ONU y de las campañas institucionales que no tienen ninguna intención de dar
cabida a la agenda transformadora, revolucionaria, emancipatoria y
anticapitalista del movimiento. «Las herramientas del amo nunca desmontarán la
casa del amo», afirmaba la poeta Audre Lorde.
Desde las
instituciones no se pone en jaque al sistema, ya que conforman la
superestructura que describió Karl Marx. Harán suyos a los feminismos
igualitarios y empoderadores que pongan en valor el trabajo y la producción,
dándole también una oportunidad mercantilista a la reproducción social. ¿Qué es
sino aprobar leyes que permitan a mujeres ricas alquilar el vientre de una
pobre para no dejar ni un solo día de trabajar en empresas que ahondan en la
brecha de clase? Nunca habrá un espacio para orquestar la transformación de
nuestras condiciones de vida si no queremos incomodar a las adineradas. Para
emanciparnos es necesario hablar de posiciones de poder, pero también de
propiedad privada, del acceso al agua o la calidad del aire. Cuando se
popularizó la tarificación horaria en el suministro eléctrico, ¿quién supo en
casa cuál es la mejor
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hora para poner una lavadora? Si ocurriese lo mismo con el
abastecimiento de agua en los hogares, ¿quién modificaría sus hábitos para
bañar a sus hijos?
Una vez resueltas
las cuestiones del Código Civil y definida la igualdad entre mujeres y hombres
como un derecho humano articulado en decenas de constituciones, la conquista de
los textos da paso a la conquista de las calles, de la noche, de lo que pasa en
cada casa. Y nos preguntamos sobre lo que ocurre en cada cama, en cada oficina
y en cada despacho a puerta cerrada, en cada vagón de metro, en cada pasillo de
autobús, en cada arcén de las áreas industriales.
Desde el concepto
de hegemonía gramsciano se está dando una batalla cultural en el marco de LA
REACCIÓN PATRIARCAL y racista a esos mismos avances del feminismo,
que, como advertimos desde nuestra posición, no son suficientes. De poco sirven
las cuotas o que las mujeres tengamos derecho a ser diputadas nacionales si la
mayoría no tiene tiempo para formarse y participar en una política cuyos
espacios son hostiles a nuestra presencia, a nuestras demandas y a nuestros
horarios. De poco sirve legislar en el terreno laboral que los despidos a
embarazadas sean nulos si no se ha informado a las mismas de sus derechos como
trabajadoras, si desconocen cómo actuar o si no tienen a quién dirigirse ante
una administración de justicia injustamente lenta. De poco sirve que definamos
qué es y qué no es una agresión sexual en el Código Penal si al juez le parece
decisiva la ropa interior con la que salimos de casa para valorar nuestro
consentimiento. O si para valorar EL SENTIDO DE CONSENTIR, importa
más la foto que subamos a Instagram dos días después de lo que nos hicieron
contra nuestra voluntad. De nada sirve reconocer la autodeterminación de género
si seguimos esperando a saber el sexo del bebé para elegir el color de la cuna.
Los feminismos hoy
no buscan únicamente reformas legales sino transformar la forma en la que
entendemos e interpretamos ese tipo de textos y, en primera instancia,
modificar el marco, el framing en el que operan quienes los
promulgan y los poderes que los interpretan. Debemos huir de la nostalgia que
idealiza una sociedad que nunca existió. No basta con protegernos entre
nosotras mientras el sistema ampara los abusos masculinos y los intereses de
clase de otras. No vamos a elegir, porque lo queremos todo, queremos el pan,
pero también las rosas. Estar malament no és culpa nos tra. Ho volem
tot!
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EXPERIENCIAS DE TERROR Y VIOLENCIA
Las supervivientes
de la violencia machista aquí entrevistadas han hecho constantes referencias a
la suerte: a la mala por haber coincidido con agresores, y a la buena por haber
logrado esquivar un peligro mayor del padecido. En algunos casos, han tenido la
mala fortuna de cruzar una calle demasiado oscura, demasiado tarde en
la que un hombre, o varios, las han violentado verbalmente y se han
abalanzado sobre ellas, pero han sido afortunadas de solo ser manoseadas y no
violadas con penetración. Otras tienen el privilegio de poder contarlo, porque
solo han sido violadas y no asesinadas. En palabras de una entrevistada: «Me
sentí identificada con el proyecto porque casi todas las mujeres en algún
momento de su vida han sufrido algún tipo de acoso, ya sea verbal o físico.
Entonces, me parece que, desgraciadamente, lo raro sería no sentirse
identificada. Gracias a Dios las situaciones que yo he podido pasar no son
realmente duras, pero me ha removido la rabia de haber consentido cosas que te
callas por miedo a que te hagan algo más. Porque a veces vas tú sola, y ante un
grupillo de chavales, a ver quién se atreve a decir algo».
En realidad, aquí
la suerte, los tréboles de cuatro hojas, tocar madera, esquivar el gato negro,
pedir un deseo mientras se soplan las velas o comerse las doce uvas al compás
de las campanadas no han tenido nada que ver. Si analizamos la MICROFÍSICA
SEXISTA DEL PODER, la tortura sexual, el asesinato y la desaparición de
mujeres no son eventos fortuitos o aleatorios, son manifestaciones políticas
que subyacen y conforman la estructura del sistema social.
Todo lo que nos ha
pasado, todo lo que nos pasa, todo lo que nos seguirá pasando, es consecuencia
de una socialización misógina y violenta. DESARMAR LA MASCULINIDAD supone
para los hombres dejar de ejercer la violencia como una forma de representar y
de espectacularizar la virilidad para que sea reconocida por los pares. Cesar
en esa expresión dinamitaría el patriarcado, según la definición que hace bell
hooks de este orden: «Es un sistema político y social en que lo masculino es de
forma natural dominante, superior a todo».
La violencia sexual
es transversal a prácticamente cualquier cuestión identitaria, radica en el
hecho de ser mujeres. Expuestas a un sistema sostenido en el control de la
población, proyectando el terror sexual sobre
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nuestros cuerpos, acabamos normalizando que de vez en cuando tengamos
que enfrentarnos a ella, tal y como se resume de la conversación con otra de
las entrevistadas: «Bueno, he tenido cosas como todas, como todas. Desde un
intento de violación con once años en mi portal hasta el típico baboso que te
toca el culo de fiesta o estar bailando un lento en el instituto y que te
intenten tocar las tetas, o tener cincuenta años, pasar por una acera y notar
que alguien te mira tal… por desgracia, lo hemos normalizado. Hace no mucho
estábamos hablando cinco amigas, las de toda la vida, y todas, desde antes de
los catorce, habíamos sufrido un intento de violación o un intento de algo…
porque realmente no le puedes poner nombre. Con diez años no sabes lo que está
pasando, pero estás viendo que un tío mayor que tú está haciendo una fuerza que
no debería y no sabes muy bien lo que va a pasar. Por puta desgracia… lo de
siempre. Como nos ha pasado a todas… ¿por qué le vamos a prestar atención? Y es
algo que no cambia. Hablo con mi madre y seguro que ha tenido algo, y mi
abuela, y mi bisabuela… y por desgracia parece que hubo una temporada que fue a
menos, pero si hablas con una chica de quince años… quizá yo es que ya no tengo
edad, pero cuando era joven me enteraba a diario de intentos de violación. El
“le ha salido un tío en un portal a una niña” era lo común. Ahora se ha
sustituido, como en otros tantos sentidos, la calle por internet, ahora es un
baboso que te acosa por redes».
Más allá del daño
físico o psicológico real que se inflige a las víctimas, sabernos expuestas a
cualquier tipo de ataque sexual limita nuestra libertad de movimiento, así como
la forma en la que nos comportamos ante lo masculino. De manera más o menos consciente,
hemos ido abandonando aquellos espacios que no nos han parecido seguros,
provocando que fueran todavía más hostiles para aquellas que permanecían.
Abandonar espacios nos supone una pérdida de capital social, cultural y
económico que sigue siendo capitalizado por los hombres en nuestra ausencia.
Cuando abandonamos, cuando nos rendimos, el conjunto de la sociedad sufre una
pérdida de talentos, perspectivas y capacidades.
El terror sexual ha
sido una herramienta más de control social hacia las mujeres. El miedo se
instalaba en la consciencia de nuestras madres cuando nos ponían hora para
volver a casa e insistían en saber con quién regresábamos. A dónde viajar,
dónde podemos acampar, aparcar el coche, reservar un hotel. Se institucionaliza
el tipo de discotecas que podemos frecuentar, las copas que podemos tomar, los
porros que podemos fumar,
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cuánta droga podemos consumir, la ropa que nos tenemos que poner, la
cantidad de piel que podemos enseñar. Pero también las carreras que podemos
estudiar, a qué profesores podemos preguntar, los grupos de colegas que podemos
tener en clase. A quién le podemos dar nuestro contacto de WhatsApp o qué fotos
podemos subir a Instagram. En qué sectores podemos desarrollarnos
profesionalmente, cuántos compañeros de trabajo podemos tener, con qué
encargados podemos tomar una cerveza después del turno, con qué compañero
podemos salir a desayunar. Si podemos ir a casa solas a recoger nuestras cosas
después de romper con nuestro ex. ¿Si vamos con una amiga seguimos yendo dos
mujeres solas? ¿Y si vamos con dos? ¿Cuántas hacen falta para que se deje de
decir que vamos solas? ¿Alguna vez se dice que hay dos hombres solos?
Este desasosiego se construye todos y cada uno de los días de nuestras vidas
desde que nacemos: a cargo de qué tío jamás te dejaron estar, con qué vecino
nunca te dejaron pararte, a qué bar te dijeron que no podías entrar.
Hemos sido
socializadas en la precaución constante con el único fin de convertirnos en las
únicas responsables de lo que nos pasara, dando lugar a algo aún peor que la
mala suerte: la culpa. Nerea Barjola estudia los planteamientos de Foucault y
llega a la conclusión de que «los patrones de vigilancia social establecidos
sobre lo que una mujer puede o no hacer tratan de adoctrinar el cuerpo de las
mujeres, vulnerar su capacidad de decisión en un intento de someterlas a un
autocontrol y un autodominio continuos».
La socialización en
el terror sexual ha sido simplista, quienes han estado a cargo de nuestra
educación han caído en la contradicción constante al habitar un sistema que los
vertebra pero que tampoco entienden. De ello se derivó en España una histeria
masculina tras la aprobación de la «ley de solo sí es sí». Muchos,
autodenominados amantísimos padres y nobles caballeros, escucharon y leyeron
las denuncias de las víctimas de abuso muy nerviosos al reconocerse como
responsables de más de uno de esos «aprovechamientos de formas leves de
aflojamiento de la voluntad». Pero aún se escandalizan si se considera a sus
pares VIOLADORES EN POTENCIA, merecedores de que su cita comparta
la ubicación con sus amigas. Fueron noches muy divertidas para ellos cuando los
protagonizaron, pero al mismo tiempo, apunta el escritor y padre Pablo Batalla:
«Les espantaría a buen seguro que una hija suya pasase por lo que él hizo
alguna vez con las hijas de otros». Por lo que se convierten en
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estrictos padres con severos DAUGHTER ISSUES, incapaces de
aceptar que otros hombres se lleguen a aprovechar de la energía sexual de sus
pequeñas como ellos hicieron, y hacen, con el resto de las mujeres.
Las experiencias de
sobresaltos y violencia de las entrevistadas aparecen en cada uno de los
epígrafes finales de cada uno de los siguientes capítulos sin especificar a
cuál de ellas le ha ocurrido ni en qué ciudad. Para advertir del contenido
violento de estos epígrafes, junto al título aparecerá el icono
Las mujeres de
clase trabajadora perdemos continuamente el favor de los hombres de nuestro
mismo estrato al abordar cuestiones de género. Nos sentimos traicionadas cuando
cuestionamos la dominación del capital y, al exigir tribunas donde
pronunciarnos, nuestros compañeros niegan que sea necesario cuestionar las
estructuras de poder masculinas, incluso dentro de las organizaciones de
izquierdas. Entre los estereotipos de clase compartidos y las particularidades
de cada una, todas las entrevistadas han experimentado una violencia común
contextualizada en la disputa por el espacio. Cuando entre nosotras ejercemos
unos FEMINISMOS DE CERCANÍA, comprendemos que «el patriarcado no
son los hombres malos que no nos quieren libres, sino una forma de entender el
mundo y las relaciones. El sistema produce el patriarcado para que el
capitalismo nos utilice, nos divida y, por supuesto, nos ordene por clases y
roles».
Libramos una
disputa por nuestra libertad sexual, de la que también existe una genealogía de
la violencia que nos construye, nos define, nos coacciona. En palabras de otra
de las entrevistadas: «Creo que he sufrido bastante en mis carnes la
discriminación de género en muchos ámbitos de mi vida. Y me han influido
también las discriminaciones que han tenido
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otras mujeres en mi vida, mis referentes: mamá, mis tías, mi abuela… Lo
he visto, en plan, desde una perspectiva muy de una niña. Soy de las más
pequeñas de mi familia. Ciertas cosas me han hecho preguntarme por qué las
mujeres estamos luchando por esto. Por qué hay tantos proyectos. Qué es esto
del feminismo. Cómo la gente tira para delante… Y ahora que tengo 25 años, que
evidentemente ya he aprendido bastante, me gusta dejar un trocito de mí en
proyectos como Hijas del hormigón».
Irrumpir en el
espacio público e instalarnos en lugares hostiles supone, aún hoy, enfrentarse
a LA MASCULINIDAD TÓXICA y violenta que trata de expulsarnos,
amedrentándonos incluso a través de la violencia sexual. Es el precio que hay
que pagar por entrar. Un buen ejemplo de violencia recibida por el simple hecho
de ocupar un entorno masculinizado es la que sufren las mujeres que arbitran
partidos de fútbol masculinos, advertida y denunciada el 25 de noviembre de
2018 por la propia Federación Española de Fútbol junto al Comité Técnico de
Árbitros.
No habrá
absolutamente ningún sitio seguro mientras la socialización sea patriarcal y
machista. Los cursos sobre nuevas masculinidades, los posts en
redes sociales, los bloques mixtos en las manifestaciones, les sirven
a muchos hombres para presumir de haberte seguido, leído, compartido, pero eso
no garantiza que no vayan a ejercer violencia sobre ti o sobre cualquier otra
mujer. Por ello, también en estas páginas encontraremos vivencias que
demuestran que ni siquiera los ámbitos de militancia política, también en la
izquierda, son un lugar libre de abusos ni de agresiones sexuales. No hay
refugios a salvo de una violencia que, como una entrevistada asumió al comienzo
de este epígrafe, es lo normal, también dentro de casa.
Tras el análisis de
cuatrocientas sentencias, Save the Children concluyó en 2023 que casi la mitad
de las agresiones sexuales a niñas y adolescentes las cometen familiares.
Aunque jamás denunció, a esa estadística podría ponerle rostro otra
entrevistada que recibió la llamada de su tío el día que cumplía cuarenta años.
La felicitó, pero también «me dijo que me quería confesar algo desde hace
tiempo y era que yo le encantaba desde niña, que le encantaban mis tetas.
Imagínate cómo me quedé, que no sabía qué contestar ni qué decir, solo alcancé
a colgar para poder respirar».
Existe cierto
consenso en la academia al afirmar que la igualdad entre hombres y mujeres
previene la violencia de género. Raquel López Merchan en su tesis doctoral
sobre migrantes y víctimas de violencia de
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género, REVICTIMIZADAS, sostiene esa hipótesis: «La
violencia es consecuencia del desequilibrio histórico entre ambos sexos, el
cual hace que el hombre domine y se crea superior a la mujer, ejerciendo la
violencia para mantener esa dominación». La también salmantina Luisa Velasco
Riego, doctora en Psicología e inspectora de Policía Local, afirma que «la
violencia de género es una manifestación de las desigualdades, y sus raíces
permanecen encubiertas por el patriarcado. La violencia ejercida por el hombre
contra la mujer se manifiesta como el símbolo más brutal de la desigualdad en
nuestra sociedad. Se trata de una violencia que se dirige sobre las mujeres por
el mismo hecho de serlo, por ser consideradas por sus agresores carentes de los
derechos mínimos de libertad, respeto y capacidad de decisión».
Pero otras
académicas, como Begoña Pernas, ponen en duda esa premisa, ya que han observado
que al quebrar el modelo de familia tradicional y con la promulgación de leyes
que materializan tanto la igualdad formal como la real ya no existen límites
institucionales, y «la ideología se convierte en la base de la intimidad y es
lo que se despliega con un programa de terror». En su opinión, no debemos
combatir la desigualdad para disminuir la violencia, sino porque es uno de los
más importantes valores de nuestras sociedades democráticas.
España, como el
conjunto de espacio público, como el conjunto de sus calles y plazas, sus
centros de trabajo, sus centros educativos, sus lugares de militancia, ocio y
cuidados, ha sido hostil para las mujeres. Desde lamentar que ESPAÑA NO
ES UN PAÍS PARA COÑOS, hasta poder afirmar que hoy España es otra, por
muchas batallas que nos queden por librar, ha sido necesario un ejercicio
valiente de miles de mujeres que han puesto sus vivencias, sus experiencias, su
tiempo, su intimidad, su salud física y mental, en acompañar a otras, pero
también en reeducar a la sociedad. Porque no es solo cuestión de contar lo que
nos han hecho, es dotarnos de una conciencia social, de propiciar una
transformación formal, real y legal para que no vuelva a ocurrir. Es contarnos
entre nosotras, y también contarles a ellos hasta que se den por aludidos.
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1
Urbanismo
Un barrio logrado
es un lugar que mantiene sus problemas a una distancia tal que no se deja
destruir por ellos. Un barrio fracasado es un lugar abrumado por sus defectos y
problemas y progresivamente indefenso ante ellos. Nuestras ciudades contienen
toda la escala deéxito y fracaso. […] Está de moda suponer que unos toques de
buena vida crearán un buen barrio: escuelas, parques, casas limpias y demás.
¡Qué fácil sería la vida si así fuese! Qué encantador sería poder controlar una
sociedad tan complicada y terca con solo derramar sobre ella unos simples
bienes materiales. En la vida real las causas y los efectos no son tan simples.
JANE JACOBS, Muerte
y vida de las grandes ciudades
ÉXODO RURAL
Empecemos por el
principio. Se lo debemos a quienes cargaron hatillos y ahorraron labrando un
desagradecido campo para ofrecer a las siguientes generaciones algo más allá
que la vara de los olivos o el polvo en los zapatos. A nuestras abuelas y a las
mujeres que encalaban las fachadas de las casas, que regaban las flores y
preparaban los patios, que embotellaban pisto, que azuzaban los braseros, que
limpiaban las losas de los cementerios, que confeccionaban las ropas que visten
los santos en procesión. Eran y son las mujeres las responsables de que aún
haya un pueblo al que ir. Cuando murió la abuela de Sindy la familia dejó de
tener razones para volver, «las nevadas nos tiraron el tejado y la casa se
empezó a caer, el Ayuntamiento nos buscó para decirnos que era un peligro, que
se iba a demoler».
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Fue en esa TIERRA DE MUJERES donde nuestras abuelas se
vieron obligadas a renunciar a una educación y a una independencia para dejarse
las manos trabajando las eras y cuidar de sus familias. La titularidad le sigue
dando visibilidad a los hombres, ellos acuden a las ferias y hacen los tratos.
Los abuelos de Salomé (58 años) son de pueblos colindantes de Cantabria, y sus
padres llegaron a Santander, «porque le salió trabajo en la fábrica a mi padre.
Mi madre fue ama de casa, que no es poco porque somos cuatro hermanos». Nuestras
abuelas mataban vacas que no estaban a su nombre para que sus hijas tuvieran
carne de matanza en casa, y a los pulmones de estas llegó el hollín y el
amianto de los monos de trabajo que no vistieron. Hoy en día, Salomé tiene
uniforme propio como funcionaria de Correos.
La expansión urbana
de nuestro país se sustentó en una migración traumática que esparció a las
familias y provocó un desarraigo generacional, los abuelos se quedaron en la
aldea, los padres en el pueblo, y los nenos en la ciudad, por lo que muchas
fuimos criadas desprovistas de una red familiar que sostuviera a nuestras
madres. Mientras Natividad solo pudo emplearse limpiando casas las horas en las
que su hija estaba en el colegio porque no tenía cerca a ninguna abuela que
pudiese ir a recogerla, Marta espera que la trasladen cerca de su familia para
asirse a su ayuda. «Mis abuelos estaban en Galicia, pero nosotras vivíamos en
Euskadi cuando mi madre enviudó, así que le tocó volver para no estar sola»,
recuerda Rosalía.
No viviríamos en
grandes urbes, hacinadas y sobreexpuestas a la prisa, si no se hubiese decidido
desde las administraciones públicas que en la ciudad se concentrasen,
injustamente, las oportunidades laborales y los servicios esenciales del
catálogo de prestaciones del estado de bienestar. El país que somos se gestó
con el desarrollismo franquista que propició una migración masiva hacia los
polos industriales de Cataluña y País Vasco desde los años cincuenta. En
paralelo, Madrid se erigió como una capital burocrática y el estallido del
turismo propició rápidamente el crecimiento económico de las costas
mediterráneas.
Con «actitud
urbanocéntrica» despreciamos las actividades agrícolas y nos enfadamos cuando
un tractor nos ralentiza. Nos gusta el aceite, pero no el olor de la almazara.
A las creativas del pumpkin café latte les gustan las sillas
de mimbre a la fresca, pero evitan a las gitanas que las bajan al portal de la
VPO. En todo el mundo se han sumergido pueblos para que
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los núcleos urbanos
contasen con luz y agua. Plantar girasoles para comer pipas es un pulso a la
hiperproductividad de las ciudades, pero se han segado para instalar molinos
eólicos a fin de alumbrar las grandes avenidas.
Para algunas de
nosotras ya no hay genealogía, ni pueblo originario, ni existe una casa
encalada que conecte de dónde venimos con adónde vamos. Melania, a sus 54 años,
desde el barrio madrileño de San Cristóbal, recuerda que «nosotros no teníamos
un pueblo al que ir en verano. Un abuelo de Extremadura y un bisabuelo de Soria
vendieron para venir a la capital, así que no había un sitio al que volver. Lo
más parecido a un pueblo que conocí era la casa de mi abuela en Vallecas, que
tenía un patio». Miriam, a sus 43 años, comparte la misma carencia: «Lo típico
de cuando eres pequeña, que se iban mis amigos al pueblo, yo no sé lo que es
tener pueblo. Mis abuelos y mis padres ya son de Leganés». En otras ocasiones,
esas ventas se produjeron hace tanto que no hay quien sepa describir en la
familia a qué olía la cebada: «Yo les pedía a mis padres un pueblo como les
había estado pidiendo una hermanita», añade Sol.
En las periferias,
el paseo de Extremadura señala de dónde venimos. alude a los pueblos de Toledo,
todos los caminos nos llevan
al sur originario y
los nombres de las calles hablan de quienes las habitan. Los prejuicios hacia
quienes vivimos en el extrarradio de las ciudades no es más que una adaptación
clasista de esa visión urbana que desprecia a quienes crecieron en los pueblos
y hoy habitan los barrios.
Desde finales del
siglo XIX, mientras las familias empobrecidas abandonaban el campo y los
pueblos, en las ciudades se les hacía hueco gracias a las desamortizaciones de
algunos bienes eclesiásticos que pasaron directamente a manos de la burguesía. En CAPITALISMO
Y MORFOLOGÍA URBANA EN ESPAÑA se demuestra la privatización de
las propiedades comunales y la especulación con los bienes de la
Iglesia. La secularización supuso una oportunidad para que las clases
dominantes adquiriesen amplios espacios de suelo en el interior de las
ciudades. Se enriquecieron creando barrios enteros y también mercados, como el
de la Boquería de Barcelona, alzado sobre el monasterio de Jerusalén. Aquella
súbita concentración de población supuso un debilitamiento generalizado en las
condiciones de vida de los hogares de los migrantes. Lo que hace setenta años
podrían ser asentamientos en las periferias urbanas, hoy son
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infraviviendas en los bajos del extrarradio. Lucía aún lo recuerda: «En
los años cincuenta-sesenta, a Madrid llegaron sobre todo campesinos de pueblos
de Extremadura y Andalucía, pero también de muchas otras zonas, atraídos por un
desarrollismo industrial incipiente. Trabajaban en fábricas y en la
construcción. Empezaron a crearse núcleos de chabolas en los suburbios. En
Vallecas, por ejemplo, se construían las chabolas en una noche y una vez que
tenían techo no podían derribarlas. Las familias se ayudaban entre ellas en
estas construcciones. Y así se construyó la mitad de Vallecas». Fueron LOS
AÑOS DEL BARRO.
El final feliz es
triunfar en la ciudad: salir de la aldea y comenzar una nueva vida cosmopolita
da respuesta a un ideal meritocrático, pero también a una concepción del pueblo
como origen, nunca como destino. Con 28 años, Sandra representa ese movimiento
migratorio desde la capital de provincia, Sevilla, a la del Estado, Madrid. Y
de ahí al extranjero, porque la inversión en formación y la expectativa sobre
nuestro propio futuro va más allá de las oportunidades nacionales: «Primero me
fui a Madrid, y ahora estoy viviendo en Varsovia. Siempre he tenido claro que
en Andalucía no me podía construir una vida en condiciones a nivel laboral, a
no ser que me quisiese dedicar al turismo o a la función pública y prepararme
unas oposiciones para la Junta. Pero para dedicarme a la consultoría sabía que
me tenía que ir a Madrid, y no solo por la oportunidad laboral, es que en
Sevilla solo me ofrecían quedarme en la universidad como una eterna becaria.
Por mucho que sea más barato vivir en Andalucía… en mi ciudad está tan caro el
alquiler como en Madrid, así que el viaje compensa porque los sueldos son más
altos. Claro, compartiendo piso en la Ventilla, que, aunque está al lado de las
Cuatro Torres, es un barrio humilde. Como becaria en Andalucía no llegaría a
los mil euros, en Madrid gano mil quinientos o mil ochocientos, por lo que
pagar el doble por una habitación, hasta quinientos euros, compensa. Y luego
acabé en Varsovia porque no había hecho ningún máster, ninguno me llamaba la
atención, y vi esta oferta en el Colegio de Europa. En Consultoría de Fondos
Europeos, en Madrid, ganaba dinero, pero no es algo que a mí me interese».
Sabrina tiene 27
años y es consciente de que en su pueblo no hay oportunidades laborales para
ella: «Solo hay campo, trabajo de albañilería, o la opción de montar una
tiendecita o un bar. Si me quiero dedicar a lo que he estudiado (Turismo y
ADE), me tengo que ir a Sevilla ciudad, o
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incluso a Madrid o Barcelona». En esa mención a Madrid se refiere a la
ciudad, tal y como expresa Esther (25 años) desde uno de los municipios del
norte de la región: «Ahora estoy estudiando Trabajo Social y ya encontrar algo
en Madrid me ha costado. Así que sé que, cuando acabe, mi sitio no estará en el
pueblo. Tengo claro que, si quiero evolucionar a nivel personal y profesional,
tengo que salir».
En nombre de ese
progreso, despreciamos lo pueblerino y reivindicamos lo cívico, hasta el punto
de denominar con gentilicios las posiciones socioeconómicas. Juan Marsé
enunciaba en ÚLTIMAS TARDES CON TERESA que en Barcelona
el término «charnego» era más gremial que geográfico. Aunque nació
como etiqueta asociada al simple desplazamiento de personas, al tránsito, se
utiliza como un adjetivo despectivo hacia la migración proveniente de regiones
de habla no catalana. Para las personas señaladas, como Sonia o Núria, que
rondan los 40 años y lo oyeron más de una vez durante su infancia, es un
descalificativo. Las connotaciones peyorativas de esa etiqueta, afirma el
escritor Javier López Menacho, son «el resultado de las tensiones territoriales
del país, de la lucha de clases, del orgullo migrante, de la aporofobia y del
odio xenófobo».
Desde la orilla del
Nervión, Ainhoa (58 años) recuerda cuando se insultaba con aquello de maquetos en
Bilbao: «Mis padres son de aquí y mis abuelos también. Los que se trasladaron
fueron mis bisabuelos. Llegaron con las primeras oleadas de migrantes a
trabajar en las minas. No venían de muy lejos: de la Vizcaya agrícola del
interior, de Álava, Burgos y Cantabria. Tengo apellidos castellanos y vascos, y
de niña sí tuve que aguantar alguna pulla por apellidarme González». Cuando
Edurne (49 años) le comentó a su hijo que iba a hablar conmigo sobre sus
bisabuelos porque eran emigrantes en la Margen Izquierda, el pequeño se quedó
perplejo: «Me ha preguntado que por qué, si no eran sudamericanos. Claro, como
tú ahora ves a la inmigración latinoamericana se veía entonces a quien provenía
de Andalucía, de Burgos, de Galicia… que llegaba con el mismo interés que ahora
traen desde Latinoamérica o desde el Este. Vienen a buscarse la vida». Vienen
desde lejos para encontrar una vida mejor, como antaño se fueron y muchas personas
hoy se siguen yendo. Las clases trabajadoras nunca nacemos cerca de las
oportunidades de prosperar.
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El bar El Asturiano o El Extremeño, la tapería andaluza o la pulpería
gallega son los precursores del kebab, el chino o el senegalés. Restaurantes
gestionados por emigrantes a los que no les reconocemos su formación, solo
queremos que nos sirvan. Ese reemplazo de jóvenes de provincia por jóvenes
inmigrantes se observa también en el campo, en el sector servicios, en la
construcción, en los cuidados de mayores, en quienes habitan las peores
viviendas de la periferia y en las víctimas de explotación sexual.
A los
descalificativos que recurren al origen se unen aquellos que apelan al acento.
Virginia, una cartagenera de 27 años, notó en cuanto entró en la universidad
que «tener acento del sur es algo que te menosprecian, a ver qué historia les
vas a contar tú con esa pronunciación». También Idaira a sus 50 años, desde
Lanzarote, lamenta que los turistas «dependiendo de la zona de la península de
donde vengan, más hacia al norte o a la mitad… Sí que se ríen bastante de
nuestro acento y nos hablan imitando el chacho, o nos llaman aplatanados porque
vamos a otro ritmo». Antonio Martín Piñero, lingüista de la Universidad de La
Laguna, observó en sus investigaciones que hay quien califica la entonación
canaria como «de gente vaga y aplatanada». Incluso entrevistó a un empresario,
insular, que reconoció que no contrataba a gente «que no sepa hablar porque da
mala imagen. O español neutro o canario suave». Sabina Urraca define la
glotofobia como la discriminación a causa del acento, y denuncia que «es el
último prejuicio, el resquicio que aún permanece, sorprendentemente aceptado,
entre personas que se dicen abiertas de mente, tolerantes».
Lo del sur no es
una cuestión de latitud, sino de clase. Amanda, a sus 27 años y trabajando como
maquilladora a domicilio, recuerda una delirante escena en el municipio más
rico de España: «Según la atendía, le hablaba sin marcar el acento de barrio,
pero acabamos tratando otros temas y me relajé, y la señora preguntó si era
extranjera, porque tenía acento de otro lado. Cuando le dije que era de Aluche,
se empezó a reír, a mearse encima, vamos, y me dijo que le parecía súper
exótica. No lo hacía con maldad, lo acojonante es que le parecía súper exótica
de verdad, por ser de Aluche, que está a diez minutos de Pozuelo».
Las dinámicas
centro-periferia operan más allá de la geografía, son interacciones coloniales.
En los márgenes habitan quienes se mantienen en posiciones subalternas a los
centros de poder. Hubo un sacrificio cuasi
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religioso de nuestros pueblos (recordemos todos aquellos que fueron
inundados para abastecer de luz a las incipientes periferias) que a su vez
albergaban la demanda de familias trabajadoras sin las que el desarrollismo
industrial y técnico, y después tecnológico y de servicios, no se hubiese
podido producir.
Además del agua
para calmar LA SED, el principal valor que donaron los pueblos a
las ciudades fueron las mujeres jóvenes que se ocuparon en las urbes, muchas
sirviendo, tras renunciar al campo y a casarse. Las nuevas economías y
servicios favorecieron la independencia de las solteras de clase media y con
formación, que protagonizaron una huida ilustrada. Aunque pocas podían afrontar
el coste de esa libertad ciudadana, su subordinación a la tutela masculina era
menor.
Se promovieron
caravanas de mujeres ahí donde se les había negado explotar las tierras, y se
las trataba como a ovejas en trashumancia. Aún hay quien se pregunta ¿POR
QUÉ SE VAN LAS MUJERES? en plena era de la romantización de las sociedades
rurales y aisladas, como si la falta de oportunidades de empleo, la estructura
social y los roles que tradicionalmente tenían asignados no fueran motivo
suficiente. Quien no sea joven, de clase media ni tenga una formación valorada
en la ciudad tendrá que sobrevivir como pueda en esa ESPAÑA VACÍA Y
OPRESIVA, que describió Berna González Harbour tras la lectura de UN
AMOR y LA FORASTERA: «Los libros de Sara Mesa y Olga
Merino nos recuerdan por qué vivimos en la ciudad».
La poesía neorrural es
propia de los nómadas digitales que explotan a los que han de quedarse en la
ciudad para que les entreguen los pedidos de Amazon mientras ellos juegan al
Botanicefa Plus. Aunque haya una literatura de NEORRANCIOS que
confunde los recuerdos de la infancia en el pueblo con la experiencia rural,
aún hoy siguen descapitalizándose las ciudades intermedias en favor de Madrid y
Barcelona. Carmen, a sus 40 años, menciona que es «de un pueblo más pequeño.
Pero bueno, para poder estudiar en el instituto y todo, pues me fui a Tarragona
con 14 años». A los 32, Laura reconoce que «en mi pueblo era imposible ser
logopeda, ni trabajar en un laboratorio. A raíz de la pandemia me ofrecieron
este centro de investigación por seis meses, vine a Albacete, y ya llevo más de
un año». El grupo extremeño de punk 6PK le canta en uno de sus temas a ese
amigo que hace las maletas y se va: «¿No te da pena
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partir? ¿Abandonar tu lugar? Tus calles, tus bares y el equipo local».
Es particularmente romántico este último detalle. La patria de muchos jóvenes
tiene como territorio los bares de su pueblo, los locales de las peñas en
fiestas y los campos de tierra; los colores de su equipo son su bandera. Sus
lugares de referencia son espacios que en demasiadas ocasiones han resultado
especialmente hostiles para las mujeres. Lo tiene bastante claro otra de las
entrevistadas: «En las fiestas del pueblo, sabías que a partir de una hora…
cuando ya solo quedaban chicos, lo mejor que podías hacer era volverte a casa».
¿Cómo no te vas a ir?
LAS CIUDADES EN LAS
QUE VIVIMOS
Las urbes se han
configurado como destino, como un lugar para vivir en el que hay de todo. A
todas horas. En todas partes. Hay mucha gente. Hay universidades. Hay trabajo.
Hay cines. Hay bares que ponen tostas con aguacate. Hay discotecas con ginebras
de colores y futbolistas canteranos. Se estrenan obras de teatro de actores que
salen por la tele. Te encuentras con famosos. Si no te gusta tu pareja, buscas
otra. Incluso puede que busques otra y tu pareja también se la busque y felices
los cuatro. Total,
HAY MÁS
CUERNOS EN UN BUENAS NOCHES. ¡Vivan las ciudades que nos
permiten ser quien
nos dé la gana de ser! ¡Vivan las ciudades que nos permiten expresar nuestra
propia identidad! ¡Incluso podemos ser varias personas a la vez!
Esta última
exclamación seguramente sea la más cierta de todas. Y no porque tengas
relaciones líquidas y acumules amantes, sino porque cuando el trabajo era
estable y para toda la vida, a ti te preguntaban quién eras y decías tu
profesión, como todo el mundo. Ahora serás varias personas a la vez y no
cotizarás a jornada completa por ninguna de ellas.
A las ciudades se
llega a trabajar, no son ciudades que acogen, son ciudades que emplean: «Le
salió trabajo a mi padre en la fábrica»; «Destinaron a mi padre aquí»; «No hay
de lo mío en el pueblo»; «El primer destino de la opo es Madrid». Otras veces
se llega con la esperanza de conseguir un contrato en algún momento, aunque
hayas bajado del avión, del autobús, del tren, del coche, sin oficio: «Buscaba
trabajo de interna hasta poder ahorrar, homologar el título y tener los
papeles». En
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los bolsillos de quienes anhelan ganarse la vida en una ciudad
cosmopolita hay más ilusiones que dinero.
La realidad para
muchísimas personas es que vivir en una ciudad es una trampa. Una trampa de la
que cada vez parece más difícil salir porque conforme dedicamos más dinero a
permanecer dentro, se encarece el billete de vuelta. Zoe recuerda cómo durante
«los años de universidad veía que muchos volvían a casa los findes, pero para
mí era imposible. Cuando no tenía trabajo no podía pagar el autobús, y cuando
era camarera, no podía ir». A las ciudades se llega porque se puede ganar
dinero y cierta calidad de vida, aunque no tardamos en darnos cuenta de que lo
primero no deja tiempo ni espacio para lo segundo.
Las diferencias con
lo rural no se limitan al número de árboles o a los kilómetros de asfalto. La
tradicional convivencia interclasista de un pueblo, donde hay pocos ricos muy
ricos, y pocos pobres muy pobres, desaparece en las ciudades desiguales y estratificadas.
La segregación urbana provoca una clara división de la ciudadanía por barrios
según su renta, patrimonio, sector laboral o hábitos de consumo cultural. Esta
distancia en la convivencia nos lleva a no mirar a quien es diferente, hasta el
punto de no ver esas diferencias. Dejamos de empatizar con sus problemas.
«Dicen que en Madrid hay tres millones de pobres, pues… ¿por dónde estarán?»,
se preguntaba un consejero autonómico en la capital con la brecha económica más
pronunciada de Europa.
La separación entre
el centro y la periferia no se puede trazar con un tiralíneas. No se define uno
y otro a partir del número π. No es la geometría, sino la demografía la que nos
señala que en el centro viven las que rompen el techo de cristal, y en la periferia
quienes lo barren.
En nuestras
ciudades, los ríos juegan un importante papel en la división de rentas. El
Guadalquivir, el Nervión, el Tajo, el Ebro, el Turia o el Manzanares son
fronteras naturales, eso es indiscutible, pero la renta media per cápita de
cada una de sus orillas son el resultado de un compendio de voluntades
políticas. No señalar a sus responsables sería un ultraje: numerosas personas
se han esforzado con ahínco durante las últimas décadas para que el modelo
funcione. «Cuando mi madre abrió la tienda en Triana, le decían los
repartidores que a este lado del río era peligroso venir, que fuese ella a por
el género», recuerda Pepa.
Uno de los que más
empeño puso en definir la sociedad que vivimos fue Carl Schmitt. «No existen
ideas y políticas sin un espacio de
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referencia, ni espacios o principios espaciales que no correspondan a
ideas políticas», afirmaba este jurista nazi alemán que huyó a Madrid evitando
escala en Núremberg. La serie The Man in the High Castle, producida
por Amazon Prime, ficciona un mundo distópico tras la victoria del Eje en la
Segunda Guerra Mundial. Para saber cómo hubiese sido el día a día de millones
de personas en la década de los sesenta bajo un régimen fascista, no hacían
falta guionistas, sino historiadores: bastaba con estudiar la España de Franco.
La ciudad no es un
fenómeno natural, ni biológico, sino una organización administrativa que trata
a sus vecinas, a su ciudadanía, a sus turistas, a sus desempleadas, a sus
precarias, a sus dependientes, tal y como la voluntad política ha querido que
sean tratadas. El calor en verano es un fenómeno natural, pero la tala de
árboles y las plazas duras sin sombras son una decisión política. Quienes
deciden hoy que nuestras suelas ardan sobre calles sin sombras han leído a
Schmitt, ni son unos ignorantes ni ha habido falta de previsión. Si los bancos
públicos estuviesen a la sombra no estaríamos dispuestas a pagar cuatro euros
por un tinto de verano en una terraza.
Las ideas políticas
de la industrialización han diseñado ciudades orientadas a la productividad. En
el espacio público, se le ha dado preferencia a los sujetos empleados en la
actividad económica, los hombres, que se desplazan en coche desde su casa hasta
la fábrica. «Yo no suelo ir en coche al trabajo porque donde están los coles no
hay dónde aparcar. Mi marido sí lo coge, porque en los polígonos no tiene
problema», apunta Irene. Ni siquiera las peatonalizaciones modernas responden a
un diseño de LA CIUDAD DE LOS CUIDADOS que mayoritariamente
asumen las mujeres, sino que se proyectan a partir de las preferencias de
consumo turístico y de la cuenta de resultados de los fondos de inversión que
monetizan nuestras calles, nuestras casas, nuestras stories de
Instagram y nuestros hashtags.
En España no
necesitamos preguntarnos qué pasaría si hubiese ganado el fascismo, pero sí qué
hubiese sido de nuestro urbanismo si Matilde Ucelay, nuestra primera
arquitecta, no hubiese sido apartada de su oficio y depurada durante la
dictadura junto a tantos profesionales de todos los ámbitos contrarios al
régimen. Debemos atrevernos a imaginar qué hubiese sido de nuestras ciudades si
en nuestro pasado más reciente, arquitectas con responsabilidades políticas,
como la exconcejala Itziar
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González, no se hubiesen visto incapaces de ponerle freno a la
turistificación y al saqueo urbanístico (que llegaron a los juzgados como caso
Ciutat Vella y caso Palau de la Música, por poner dos ejemplos). Nuestro
espacio público, la disposición de nuestros barrios, la proyección de nuestros
ensanches, son hoy el resultado de un modelo económico basado en la
especulación del suelo, la corrupción política y la segregación urbana.
Observando de nuevo
las fronteras naturales, el discurso meritocrático, que advierte que las
desigualdades de clase son la consecuencia orgánica de los talentos
individuales, no explicaría por qué siempre hay una ribera más rica que la
otra. ¿Qué extraño fenómeno lleva a concentrar en una orilla a los talentosos?
Defender esta postura lleva a justificar que la pobreza es consecuencia de la
falta de esfuerzo, y que vivir en zonas empobrecidas es fruto de solo
relacionarse con gente igual de vaga que tú, que no se ha sacrificado lo
suficiente para conseguir mejores viviendas, equipamientos o servicios. Si
quieres vivir mejor, tienes que salir del barrio.
Esas mudanzas se
plantean como viajes personales, pero en realidad las migraciones no son el
resultado de decisiones individuales, sino de estrategias de supervivencia
colectiva. En muchos casos, el origen geográfico determina el destino gremial:
a Madrid fueron tantos asturianos a emplearse como aguadores que se daba por
hecho que todos los aguadores eran asturianos. En la actualidad hay tantas
familias de origen paquistaní regentando tiendas de alimentación en Barcelona,
que a las tiendas de alimentación se las conoce como pakis.
El desarrollo de
infraestructuras de transporte fue el gran llamamiento de trabajadores hacia
las ciudades. En la Ciudad Condal, Dolores ha observado cierta correlación
entre los orígenes y la ocupación en los municipios del cinturón rojo: «El
metro de Hospitalet lo hicieron los murcianos, y así está Hospitalet, lleno de
murcianos». Gema, de 43 años, señala cómo en Alicante aún hay gent de
la de tota la vida que recuerda a las familias de castellanos y
andaluces que «vinieron con la autopista. Vinieron obreros. Algunos solos,
otros con la familia. Vinieron a hacer las obras de la autovía del Mediterráneo
en los años noventa y muchos se quedaron. Ellos, los forasteros,
fueron los primeros, prácticamente, en vivir en fincas, en bloques de
pisos. La gent de tota la vida vivía en casitas bajas». Unos
años antes llegó la migración a los Altos Hornos, en Bilbao.
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Ainhoa aún se acuerda de que «mi familia vivía en la Margen Izquierda y
una de mis abuelas, que era de la Margen Derecha, hablaba de nuestro barrio
como un demérito. Vivíamos en los bloques de viviendas que la fábrica ponía a
disposición de los trabajadores. Eran empresas muy paternalistas: pagaban un
seguro privado, venían a ponernos las inyecciones y las vacunas a casa, y hasta
les hacían regalos a los hijos de los empleados por Reyes».
Esas diferencias
obvias entre nativos y emigrantes subrayan una homogeneidad social en el
entorno acaudalado que es opuesta a la evidente y sustancial diversidad de la
de su némesis empobrecido: familias que si bien no comparten origen, cultura,
religión, formación o profesión con aquellas que se consideran nativas, tampoco
la comparten entre sí. Retomando la memoria de Ainhoa, se vislumbran las
jerarquías internas entre los recién llegados: «En mi barrio, a pesar de ser
paupérrimo, también había clases. Mi madre notaba que a mí, por vivir en las
casas de la fábrica, no me invitaban a los cumpleaños. Yo no le daba ninguna
importancia; mi madre, sí. Ella tuvo siempre esa espinita clavada».
Los mapas
turísticos de nuestras ciudades nos recuerdan que hubo un tiempo en el que eran
más pequeñas y estaban cercadas por murallas. En Berlín, basta unir los puntos
de las paradas de metro que acaban en tor, puerta, para vislumbrar
cómo fue el antaño de la ciudad más grande de la Unión Europea. El mismo miedo
que en su día levantó murallas ha alzado muros. Hoy ese pavor al pobre salvaje
que se imagina peligroso, esa intolerancia al migrante que no puede permitirse
una golden visa en un barrio caro, sigue operando en el diseño
de nuestro entorno con elementos que no precisan de centinelas ni de
concertinas, pero que permiten mantener una adecuada segregación urbana. Es el
caso de la autopista en Badalona, las vías del tren en el Polígono Sur de
Sevilla o en el barrio de Entrevías del madrileño Puente de Vallecas. «Cuando
tiraron el Calderón, plantearon con las asociaciones de vecinos las nuevas
instalaciones y, en las reuniones, algunos de Arganzuela se negaban a que
hubiese un nuevo paso desde el barrio de San Isidro. Decían que eran barrios de
rentas muy diferentes como para pasar directamente de uno al otro», apunta
Irene. Que las fronteras naturales, los ríos que atraviesan prácticamente todas
las ciudades españolas, carezcan de puentes a la altura de los barrios más
empobrecidos da buena cuenta de a quién se le reconoce el derecho a cruzar.
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Nos cuesta reconocer que se hayan diseñado nuestras ciudades pensando en
la renta de quién vivirá a cada lado de la acera, pero aceptamos las tesis que
mencionan el auge de la ultraderecha en Francia por los guetos de población de
origen migrante, que irá ya por su cuarta generación. Núria González mencionó
la frontera que supone la autopista en Badalona, y cómo se considera que,
realmente, a ese lado de la misma no estaban en la ciudad: «Mi barrio es el
Santo Cristo, obrero y del extrarradio. Aquí llegó todo el mundo a trabajar
desde Andalucía, desde Galicia… mi madre era administrativa y mi padre
mecánico. Eso de que trabajaran los dos y que yo no tuviera hermanos (hasta los
dieciséis años) nos permitió vivir un poquito mejor que, por ejemplo, mi
vecina. Los sábados por la tarde podíamos bajar a Badalona a comernos un frankfurt.
En la ciudad está muy marcada la frontera entre la autopista y la playa. La
autopista sigue siendo una cicatriz». Badalona, cinturón rojo de Barcelona, ha
proyectado su propio extrarradio. Qué es centro y qué es periferia no se acota
con la calculadora, pero pocas familias tendrán por costumbre los sábados por
la tarde ir de un punto de la ciudad a otro si no parten desde las afueras y
tienen como destino el centro.
No hace tanto
tiempo, ir de la periferia al corazón de nuestras urbes era ir a la
ciudad. «Mi madre aún habla como mi abuela, cuando Vallecas era un
pueblo», dice Fani, que ha montado con 41 años una peluquería en el salón de su
casa de toda la vida. Los barrios eran autosuficientes y muy pocos productos de
consumo o servicios no quedaban cubiertos en las compras que atareaban día a
día a las amas de casa, cuya renta hacía inaccesible la oferta diferenciada que
se podía encontrar en el centro. Hoy en día, los centros comerciales de las
afueras han dinamitado el pequeño negocio y el ocio local. Si quieres comprar
una nevera o ir al cine, tienes que coger el coche.
Lo más parecido a
la «ciudad de los quince minutos» que hoy tanto se reivindica fueron los
barrios del sindicato vertical, las colmenas y las colonias obreras. La más
icónica es Ciudad Pegaso, que empleó a sus vecinos, los pegasinos, y cuyas
fiestas populares las protagoniza San Cristóbal, patrón de los conductores. Las
nietas de las Obreras sin Fábrica recuperan la memoria de las mujeres de los
operarios de la empresa automovilística: «Se crea Ciudad Pegaso como una
burbuja en la que todas las necesidades se cubren desde el barrio. En el primer
edificio de la avenida Quinta vivían las maestras. En cada edificio de
servicios que se
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crea, se le entrega una vivienda a la gente que allí trabaja: el
guardés, los médicos, la matrona… todos vivían aquí. La gente que vive aquí
trabaja aquí».
La fábrica está en
el kilómetro 14 de la carretera de Barcelona (la actual A-2), a las afueras de
Madrid, y los operarios llegaban a trabajar en autocares. En 1967, se publicó
una tesis sobre Ciudad Pegaso en la que se recoge un mapa con el registro de los
empleados y sus familias, junto a su lugar de procedencia, en el momento del
éxodo rural que los atravesó, «y hace una correlación entre los puestos de los
procedentes del norte y los del sur. Los primeros tienen mejores puestos y
mejores empleos», me explican las responsables del proyecto. «Los que llegaban
desde León o Bilbao estaban cualificados, mientras que quienes venían de
Castilla-La Mancha eran generalmente peones».
La colonia obrera
sufrió su propio conflicto generacional por el acceso a la vivienda: «Nuestros
padres iban de la escuela de aprendices a la fábrica. Pero, claro, los pisos
son lo que son, no se han construido más. Nuestros abuelos tuvieron muchos
hijos, y teniendo en cuenta la solución habitacional disponible, sí que ha
habido gente que ha entrado a trabajar en la fábrica y se ha quedado en el
barrio. Pero nosotras, que nacimos en los noventa, nos hemos tenido que ir. Yo
vivo en Vicálvaro y ella en Vallecas. Ahora mismo es imposible residir aquí, no
hay casas para todos». Claudia recuerda que este fenómeno no es tan reciente,
«eso ya le pasó a mi tío, que hoy tiene 67 años y trabajaba en la fábrica. Se
tuvo que ir a Canillejas. Otros se trasladaron a Alcalá de Henares, o a
Torrejón de Ardoz. No había suficientes casas. Ahora mismo, desde la
construcción del Plenilunio y el Metropolitano [ambos se ven desde donde
estamos: el centro comercial Plenilunio se inauguró en 2006, y el estadio del
Atlético de Madrid alberga a la mejor afición del mundo desde la temporada
2017/2018], los precios han subido muchísimo, no tanto por el aeropuerto
(Barajas), que siempre ha estado ahí… Al final la gentrificación ha hecho que
quienes hemos nacido y crecido aquí tengamos que irnos. Están haciendo
viviendas a partir de locales comerciales. Pero viviendas para Airbnb, que para
los del aeropuerto y los que vienen al fútbol, para noches sueltas está bien.
Son zulos. La panadera ha cerrado y ahora en su tienda están montando un Tecnocasa».
El ocaso de los oficios que producían cosas ha sido un éxito para las
industrias de servicios que nos venden experiencias. Los establecimientos se
instalan en los centros comerciales
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de las afueras, mientras las sedes se concentran en las zonas más
emblemáticas de la ciudad, reconvirtiendo apartamentos en oficinas y despachos.
Así como podemos
comprobar el reparto de África con escuadra y cartabón, y el diseño de las
colonias obreras con una segregación urbana que respondía al tipo de puesto de
trabajo, podemos advertir la voluntad estratificadora del Plan Castro en la
construcción del Gran Madrid. Prácticamente un siglo y medio después de su
creación, permanece impertérrito en renta, empleo y esperanza de vida a cada
lado de la diagonal de la desigualdad. Los ensanches de la capital, así como
los de Valencia o los de Bilbao, venían motivados por un deseo de categorizar y
jerarquizar a la ciudadanía: en el centro quienes pueden diseñar y disfrutar el
modelo, en los márgenes quienes lo producen y padecen. En su novela RAYOS,
Miqui Otero aprovecha la ficción para lanzarnos la más certera de las
claves en la segregación urbana de la Ciudad Condal a partir de la upper Diagonal:
«Los pijos de Barcelona acabarán viviendo en una estación espacial,
porque son muy aficionados a tomar zonas cada vez más altas». En unos años se
rebuscará en la literatura una crónica de la capital de Catalunya, y ahí estará
Otero, como lo estuvo Juan Marsé.
También Galicia se
segregó por rentas, aunque a Rosalía las diferencias no le parecen tan
drásticas: «El barrio de Labañou era uno de los extremos de A Coruña, entonces…
Bueno, como los extremos siempre son así, pues son como más residuales. Al lado
estaba ya una zona de pescadores, de gente humilde y luego con el tema de las
drogas y demás…, pues bueno, había tres o cuatro barrios que no eran muy
estupendos, pero con los años, a ver, pues ha ido mejorando todo, han ido
construyendo más edificios. Se ha venido a vivir más gente, lo han organizado
todo más que antes. Había mucha casa pequeña, ¿sabes? Como restos de pueblito
que se van quedando ahí en medio, y bueno, descampados entre los edificios y
demás. Se ha ido organizando todo. Es una zona normal que ahora se llama Ciudad
Escolar. Y, a ver, quieras que no, le ha dado vida y calidad al barrio. Sigue
siendo de gente trabajadora, sigue habiendo casas sindicales y sigue viviendo
gente con recursos limitados, pero ahora somos un barrio normal. Creo que A Coruña
es bastante homogéneo. Sí que hay barrios bien, pero esos están en
la zona centro, que es la zona-pija-súper-mega-guay y lo ves
ya simplemente por el tipo de gente que camina por la calle».
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Esas diferencias en el habitus que menciona Rosalía
evocan a la película In Time, en la que el tiempo es lo que nos
permite cubrir nuestras necesidades y darnos lujos. Distrito a distrito, en la
película, parece que no cambia nada, pero se advierte un estilo de vestir
distinto, una forma de caminar hiperactiva en los barrios pobres y calmada en
los acomodados. La rebelde chica rica que protagoniza la cinta, prendada de un
pobre salvaje, lo advierte: sé que este no es tu barrio porque comes muy
rápido. Los ricos llegan a viejos, los pobres mueren jóvenes porque no heredan
y pagar el alquiler les exprime la existencia. Esa dualidad en la esperanza de
vida también se puede comprobar prácticamente en todas las ciudades de España;
si quieres, prueba a consultar nuestro futuro en los Mapas de la
mortalidad. Se vive menos y peor en la periferia empobrecida. Cada vez que
las cosas mejoran un poquito, nuestros barrios se gentrifican.
VENTA AMBULANTE DE
MUJERES
En los planes
generales de ordenación urbana, están ideados servicios públicos, espacios
dotacionales, comercios, zonas verdes, oficinas y fábricas con acceso a las
autovías, pero también está trazada la sexualización del cuerpo de la mujer, la
orografía del sexo de pago.
Es pertinente
denunciar en este epígrafe, enmarcado en la migración del campo a la ciudad, el
diseño urbano, el uso de los espacios públicos y el acceso a la vivienda, que
la prostitución y la trata son violencia machista. Beatriz Gimeno, directora
del Instituto de las Mujeres en el Ministerio de Igualdad dirigido por Irene
Montero, sostiene que el estigma de clase está profundamente ligado a LA
PROSTITUCIÓN, y que «no podrá desaparecer mientras permanezcan inalterables
las condiciones sociales y económicas en las que se produce».
La localización de
los espacios reservados para la prostitución de los cuerpos femeninos y
feminizados se proyecta incluso antes de que las recalificaciones del suelo se
lleven a Pleno. Apenas Sheldon Adelson planteó la posibilidad de ubicar
Eurovegas en Alcorcón, algunas asociaciones de empresarios de clubes de alterne
hicieron cuentas de a cuántos locales tocaban por casino. En CONTRAGEOGRAFÍAS
DE LA GLOBALIZACIÓN, Saskia Sassen destaca cómo algunos Estados asiáticos
ya
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han integrado la prostitución dentro de sus industrias del ocio y del
espectáculo.
España es uno de
los principales destinos turísticos del mundo, lo que ha tensionado el precio
de la vivienda y la oferta de ocio; también es uno de los países con mayores
índices de consumo de prostitución, ¿son dos fenómenos aislados? No solo es la
oferta de sol, playa y gastronomía mediterránea lo que atrae a turistas e
inversores. Si en Madrid no hay playa, y se come bastante peor que en otras
ciudades, ¿por qué es la elegida para el circuito urbano de la Fórmula 1? En la
capital hay identificados casi un millar de pisos utilizados como prostíbulos.
En Barcelona, no hay convocatoria del Mobile World Congress sin titulares que
vinculan a congresistas con el consumo de prostitución; en Baleares los
paquetes turísticos incluyen concursos de felaciones bajo la etiqueta de mamanding.
El sexo de pago es un evento más en nuestras ciudades, sometido a
la misma evaluación que los riders o los restaurantes. Fue
Torbe, condenado productor de películas porno, el que impulsó esa especie de
TripAdvisor para puteros en el que no solo deshumanizaban a mujeres
prostituidas en sus comentarios, sino que utilizaban las reseñas para
extorsionarlas y conseguir sexo gratis a cambio de no destruir su reputación en
el foro.
La industria de la
prostitución se nutre de la pobreza, de la discriminación y de la exclusión
social derivadas de la Ley de Extranjería. Beatriz Ranea anota que una de las
consecuencias de la crisis de 2008 fue el aumento de mujeres españolas haciendo
la calle de manera ocasional para garantizar la supervivencia propia y de la
familia a cargo, lo que «ha dinamitado las posibilidades de luchar por la
igualdad de oportunidades y de proyectar futuros distintos para las mujeres en
los márgenes». No hay mujer que no se queje de su situación laboral sin
escuchar, antes o después, más en serio o más en broma, «siempre te puedes
meter a puta».
Núria González, que
no solo es abogada y letrada de víctimas de trata, sino también una convencida
activista abolicionista, afirmó en El Mundo que «la
prostitución es incompatible con una sociedad igualitaria y que luche por la
justicia social y la dignidad. Esto es decidir si dejamos que haya gente que
pague por utilizar a otras personas. La prostitución existe porque hay pobreza
y porque el Estado le dice a la mujer pobre, tácitamente: “Tienes tu cuerpo,
vive de él porque no voy a hacer nada por ti”».
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En 2018, Hogar sí y la Fundación RAIS realizaron una investigación
conjunta acerca de mujeres en situación de calle y sin hogar, concluyendo que
las «que habían sufrido violencias físicas y verbales aseguraban que lo que más
daño les había hecho era que les ofrecieran prostituirse: la violencia sexual».
La explotación
sexual es una amenaza para todas, así como una perfecta escuela de desigualdad
que preserva la masculinidad reaccionaria. La perspectiva misógina y putófoba
estigmatiza aquellas zonas de las ciudad relacionadas con el ejercicio de la
prostitución. Cuando una de las entrevistadas le comentó a su pareja que ese
fin de semana salía con el grupo de chicas, él le escupió al verla en minifalda
un: «¿Qué pasa, que os vais a ir al polígono a hacer la calle?».
Las ordenanzas
municipales que abordan el asunto se limitan a regular su ubicación y su
visibilidad para que no moleste a los vecinos de los barrios acomodados, pero
permiten los clubes y los pisos en las zonas empobrecidas. Por lo que, en lugar
de promover la abolición de la explotación sexual, se ha dado alas al
proxenetismo bajo una política que criminaliza a las mujeres en situación de
prostitución.
Para quienes viven
en barrios degradados donde se ejerce la prostitución, como es el caso de
Piluca, de 41 años, el principal problema para la convivencia son los puteros:
«Los violentos son los hombres, los que dan problemas son los hombres que
vienen aquí a consumir prostitución. En mi calle (El Gancho, Zaragoza) son
mujeres trans, brasileñas la mayor parte de ellas. Veo su día a día y no me
vale que me digan que ejercen porque quieren. Vivimos situaciones de violencia,
de violencia contra ellas y contra cualquier otra vecina. Yo me he visto ya en
alguna situación en la que ellas me han tenido que proteger. A una conocida la
atracaron de camino al trabajo y la dejaron inconsciente, ha estado meses con
miedo, pensando que podrían haberla violado. Me sorprende cómo mucha gente hace
la vista gorda con ese tema. En este barrio, hay locales que permanecieron
abiertos durante la pandemia. Mientras yo no podía salir de casa a dar un paseo
con mis hijos, los hombres venían aquí a consumir prostitución y comprar droga
a cualquier hora». Al igual que la violación, la prostitución es un proceso de
intimidación consciente, en el que los hombres mantienen a todas las mujeres en
un estado de terror.
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Cuando Piluca va del trabajo a casa, le preguntan cuánto cobra. Porque
es la mirada del hombre, la mirada del putero, la que nos define en el espacio
público. No importa nuestra subjetividad, es el espacio que transitamos el que
nos objetiviza. Nos vemos obligadas a elegir otros caminos y transitar otras
calles para evitar la violencia sexual, nos autoimponemos toques de queda y nos
autolimitamos el espacio público. Y cuando no, siempre aparece un amabilísimo
novio que nos señala lo que no podemos hacer, como recuerda otra de las
entrevistadas: «Yo llevaba un pantalón corto negro y unas medias de rejilla
negras. Mi novio me miró de arriba a abajo y me dijo que si, para un día que
teníamos que pasar por el Raval, no tenía otra cosa que ponerme. Que me iban a
confundir con una chica de allí». Ese hombre sabía perfectamente cómo opera la
cultura de la violación: si su novia era una chica de allí, se
cuestionaría que fuese suya, porque las de allí están a la venta,
son de todos.
Sabemos de los
barrios en los que se concentran mujeres en situación de prostitución, sabemos
de los callejones infames, de los pisos, de los polígonos, de los clubes con
las luces de neón. Pero también hay restaurantes de lujo y discotecas
exclusivas con reservados en los que la mirada masculina sigue siendo la que
determina qué ha ido a hacer una joven latina allí: «El fin de semana pasado
salí con una amiga por el puerto y tuvimos que soportar que se nos acercaran
unos italianos. Al principio no sabíamos si es que no los estábamos
entendiendo… Nos preguntaron si éramos chicas normales o chicas de imagen.
Entendimos que querían saber si trabajábamos como relaciones públicas. Pero
cuando uno de ellos le dijo a otro que estaba siendo irrespetuoso… entendimos
que nos estaba llamando putas».
Rosa Cobo
sitúa LA PROSTITUCIÓN EN EL CORAZÓN DEL CAPITALISMO,
señalando así que
en ella los puteros encuentran un espacio en el que solo necesitan dinero para
poder desarrollar «la masculinidad más patriarcal, el dominio, el abuso y la
indiferencia emocional». El acceso a los cuerpos femeninos y feminizados los
repara de las conquistas del feminismo, se reconstruye su privilegio histórico,
se les permite de nuevo sexualizar a las mujeres y materializar un ideario
pornográfico que erotiza la violencia sexual. Algo que se agudiza cuando están
de vacaciones, y el destino turístico en su conjunto se les presenta como un
espacio liminal donde no existen las normas, tan pronto deja de ser reprobable
violar como se actúa al margen de las leyes de la física saltando desde el
balcón a la piscina.
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Los PUTEROS entrevistados por Beatriz Ranea evidencian
que les gusta el alterne en los clubes porque les permite tocar a las mujeres
sin haber pagado por un servicio. Es decir, tomar copas mientras «se magrea» y
«mete mano» a varias mujeres hasta decidir con quién acceder a una relación
sexual, o simplemente mirar hacia donde quieran sin que nadie les llame la
atención. Suelen ser espacios vetados a cualquier otra mujer que no esté
prostituida, por lo que se restituye la jerarquía heteropatriarcal. Mientras
nosotras defendemos poder ocupar los espacios de ocio sin sentirnos violentadas
por la mirada masculina, ellos han encontrado en la prostitución un refugio
donde poder hacerlo sin ser censurados.
Los prostíbulos son
los espacios ideales para que los hombres celebren acuerdos y cierren negocios
de espaldas a la perspectiva de género. Cuando nombraron a Mercè directiva, los
miembros de la Junta tuvieron que cambiar de costumbre: «Las copas se las tomaban
en clubes de alterne. No sé si pagaban por sexo, pero las copas se tomaban allí
hasta que yo llegué». Pagan por sexualizar, pagan por erotizar la violencia
sexual, pagan por sexo, pagan por saltarse las cuotas de mujeres en espacios de
decisión y poder: «También me encontraba que, un tema que había quedado a
medias, llegabas al día siguiente y ya lo habían decidido ellos».
Cuando Margarita
Nelken abordó LA CONDICIÓN SOCIAL DE LAS MUJERES
hace más de cien
años, la mayoría de las prostitutas jóvenes eran forzadas. Se captaba a
muchachas de provincias que llegaban a la capital a servir, tal y como ocurre
en la actualidad con la trata internacional de seres humanos con fines de
explotación sexual. EL PROXENETA al que se aproximó Mabel
Lozano llegó a anunciar falsas competiciones deportivas para embaucar a atletas
colombianas. Según Médicos sin Fronteras, nueve de cada diez mujeres en
situación de prostitución son extranjeras.
Las restricciones
de la Ley de Extranjería provocan que muchas de ellas acaben en situación
irregular en España, lo que unido al estigma putófobo obliga a las trabajadoras
sexuales a llevar una doble vida, en la que la ansiedad económica convive con
el miedo a ser descubiertas mientras intentan empoderarse a pesar de «haber
crecido con la idea de que ser puta era el escalón más bajo de la sociedad,
algo vergonzante», como confiesa Kenia García en LA TRINCHERA
DOMÉSTICA. Que las alternativas al trabajo sexual sea emplearse en
sectores no cualificados,
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feminizados y precarizados, no garantiza su emancipación, por lo que
algunas mujeres en situación de prostitución se llegan a cuestionar si «nos
quieren sacar de las calles porque nos quieren meter en sus cocinas», como se
denuncia en CRÍTICA DE LA RAZÓN PUTA. Es en esa cuestión, desde la
óptica de quienes se autodefinen como trabajadoras sexuales, en la que
cabe mencionar cuál
es EL PAPEL DE LOS HOMBRES EN LA PROSTITUCIÓN,
porque son ellos
los que deben resolver sus problemas de socialización para aprender a vivir sin
servidoras sexuales y domésticas.
Aquellos barrios en
los que los altos cargos de la dictadura le ponían un pisito a las queridas
jamás fueron estigmatizados porque ellas podían haber ejercido la prostitución,
pero ellos nunca fueron puteros. Aquellas mujeres salían de los cabaret para
estar a disposición de un sugar daddy de la época. Cuando más
de una, de dos, de tres, de cuatro y de cinco comparten el mismo portal, el
sexo de pago es una variable determinante en el diseño urbano.
BARRIOS POPULARES
En el Diccionario
de la Real Academia Española, gentrificación es «renovar una zona
urbana, generalmente popular o deteriorada, mediante un proceso que implica el
desplazamiento de su población original por parte de otra de mayor poder
adquisitivo». La idea de que sea generalmente popular o deteriorada es
la clave para que los poderes públicos se vean legitimados para
abrir paso a los buldóceres de los fondos de capital riesgo. Les basta con que
el barrio sea popular, es decir, que esté habitado por clases
trabajadoras, no necesitan avalar que realmente sea una zona deteriorada.
Simplemente les molesta que haya restaurantes de menú del día donde bien
podrían abrir las franquicias gourmet de moda.
Antes de que entre
la mototraílla, se despliega todo un entramado de actividades al borde de la
ley para «renovar» nuestros barrios a base de mobbing. En paralelo,
se promueve una retórica que criminaliza las demandas de las
personas empobrecidas y mercadea con el miedo de quienes se consideran clases
medias. Venden alarmas aunque los índices de asaltos a viviendas se hayan
desplomado, promueven la actividad de los Desokupas pese a que apenas se
producen allanamientos. Muchos de los rentistas de hoy no tienen más mérito que
ser nietos de los falangistas que
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ganaron la Guerra Civil, son administradores solidarios de FRANQUISMO S. A.
Por eso, los protocolos de mediación que ofrecen los recuperadores de inmuebles
no los diferencian tanto de los caballistas negros, aquellos hijos de la
burguesía que se divertían persiguiendo a los jornaleros rebeldes del campo
hasta asesinarlos.
Teniendo en mente
que la vivienda es un derecho, pero sobre todo un bien de mercado, los poderes
públicos han optado por hacerse adalides de la acumulación de capital en lugar
de aspirar a la redistribución de la riqueza. De ese modo, la inversión que, por
ejemplo, se hace en limpieza en las ciudades interfiere en la percepción de
seguridad de unas calles u otras, alterando el precio de la vivienda y la
atracción turística. Basta con googlear «la limpieza va por barrios» para ver
el panorama en casi todas las ciudades españolas. Pocas alcaldías se resisten a
lustrar las áreas acomodadas, en las que la participación electoral supera el
90 por ciento. En la prefería nos toca LUCHAR POR LA CALLE,
reclamar mejoras en las aceras a las puertas de los colegios, exigir menos
espacio para los coches y mendigar más zonas verdes mientras se talan árboles.
Tanto las peatonalizaciones como el comercio local hacen las ciudades más
vivibles, promoviendo una continua presencia de vecinas en las calles, que a su
vez contribuye a una convivencia basada en el respeto a los lugares que son de
uso compartido. En las comunidades cohesionadas, cualquier persona tiene
autoridad para llamarle la atención a otra cuando tira un papel al suelo.
«Considero que
podría invertirse más en la limpieza. Porque sí que creo que el casco
histórico, y toda la parte que es más visible, más turística, más accesible a
la gente de fuera, se mantiene en mejores condiciones que los barrios
colindantes, como puede ser el mío. En cuanto a limpieza, deja un poquito que
desear, y no solo por la educación y el civismo, donde hay que incidir, sino
por la inversión pública. La iluminación también podría mejorar, no solo en
calles, también en carreteras, porque sin ella son más peligrosas», cuenta
Fayna, desde Canarias. Se ha demostrado en repetidas ocasiones que la
iluminación, la accesibilidad y la limpieza son indicadores de la percepción de
seguridad. En algunos casos, es el propio Estado el que impulsa proyectos de reurbanización
para desplazar a los pobres y eliminar viviendas informales, con el fin de
atraer a inversores adinerados y una nueva clase media. Un simple cambio en la
licitación de las recogidas de basura o algo de retraso en reponer las
bombillas fundidas del alumbrado público pueden
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acelerar el proceso de pauperización de los barrios y manipular a la
opinión pública para que defienda la gentrificación como una apuesta por el
reemplazo de las familias empobrecidas, que atemorizan a las clases medias
suscritas a los periódicos digitales, por hípsters y turistas. Debemos revelar
el truco antes de asumir que LA GENTRIFICACIÓN ES INEVITABLE. Cuando
se retrata un barrio como degradado y peligroso, los cambios son bienvenidos,
se los considera esenciales, muy positivos y son celebrados: «Describir el
barrio como un lugar que necesitaba ser salvado hizo de la gentrificación una
heroína».
Combatir la
especulación no significa romantizar la marginalidad de las zonas olvidadas por
la administración, sino impedir que las mejoras en nuestras calles o la
apertura de centros culturales desplace a quienes han reivindicado desde las
asociaciones vecinales el aumento de las inversiones. No queremos seguir
aisladas, tan solo evitar que la inauguración de estaciones de metro sea el
preludio de la expulsión de las vecinas que han soportado la tala de los
árboles y el polvo de las obras. Desde que soterraron la M-30, hay más Airbnb y
menos familias en Carabanchel, el barrio de Matilde y de quien escribe.
Toñi, con 31 años,
ilustra cómo la gentrificación va trasladando los problemas de escasez de
vivienda hacia las periferias madrileñas: «En la posguerra, la familia de mi
madre vino aquí a trabajar, a buscarse un poco la vida. Empezaron en Lavapiés,
que entonces era una zona marginal. Terminaron en Orcasitas, como mucha gente
pobre y obrera, en casas de protección oficial. Cuando mis padres buscaron
piso, les fue imposible encontrarlo en Orcasitas. Buscaron en zonas similares,
y que económicamente se lo podían permitir: Carabanchel, Villaverde… y al final
lo encontraron en Palomeras, Vallecas». Toñi, al igual que Núria, que se tuvo
que marchar de Badalona, se verá expulsada de Vallecas el día que quiera formar
su propia familia.
Piluca ha observado
que, en los últimos años, los cascos históricos se han degradado mucho.
Especialmente en Zaragoza, el centro es la zona más deteriorada de la ciudad.
¿Este mapa de la miseria contradice la dinámica de dependencias
centro-periferia que se ha observado hasta ahora? No. Simplemente demuestra que
esa dinámica no es natural ni orgánica, sino más bien el resultado de un
proyecto histórico, político, económico y social con responsables, valedores y
perdedores. El centro no
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concentra, de momento, la atención turística y económica propia de la
explotación de la ciudad-marca, pero se aspira a que así sea.
En el corazón de
Zaragoza, de Murcia, o incluso de Valencia, las viviendas no se rehabilitan y
los vecinos se van a otros distritos. Según Piluca, la diferencia entre su
barrio, El Gancho, y otros como Delicias, San José o Las Fuentes, es que desde
los años cincuenta, cuando se colonizaron con emigrantes rurales de todo
Aragón, en El Gancho han quedado en pie construcciones de peor calidad, que han
llegado a nuestros días ya prácticamente como infraviviendas donde solo se
instalan familias extranjeras.
Sus moradores
originales, hijos del éxodo rural del siglo pasado, han accedido a otros pisos
de VPO en la periferia, y en las afueras, dejando un centro prácticamente en
ruinas a los inmigrantes extranjeros que se asientan en Zaragoza, que además
sufren los problemas de inseguridad derivados de la venta de droga, los
narcopisos, las okupaciones ilegales, el consumo de prostitución, la violencia
y la acumulación de basuras: «Las administraciones públicas han vaciado de
gente joven los cascos históricos y han dejado que se degraden, los han dejado
morir, que se conviertan en guetos de infraviviendas. Los edificios que son
propiedad de grandes tenedores acaban siendo okupados».
Quiebra el pequeño
comercio en favor de los centros comerciales y el e-commerce, las
tascas pasan a ser franquicias de fast food. Restaurantes canallitas,
que no alimentan, sino que te venden la experiencia de la smash burger,
el ritual del té matcha o los neones iluminando una gilda a cinco euros.
Cobrar por la decoración es la única forma de que la hostelería sea rentable,
con los alquileres de los locales presionando para que se conviertan en Airbnb.
El hecho de comerte
un bollo con forma de polla al que llaman pollofre después de
que el camarero lo haya servido enumerando una decena de frases infantiloides
sobre el sirope y los genitales no solo está lejos de ser un producto
ecosostenible, tampoco es un servicio cualificado, ni saludable. Bien podría
haber tantos coñofres como pollofres, pero es que ni poniéndole toppings conseguimos
que los cunnilingus se hagan tanto como las felaciones. Es una
experiencia que se reduce a merendar bollería ultraprocesada en mitad de una
plaza rodeada de gente que está comiendo más de lo mismo. Con distinto sirope.
De distinto tamaño. Con otro topping. Todos seguramente sin azúcar
perlado, que es el must de un gofre
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en condiciones. ¡Los belgas sí que saben turistificar! En definitiva,
los locales comerciales de las zonas gentrificadas solo son rentables cuando su
venta es intangible. Y, de vez en cuando, está muy bien darse al hedonismo,
tanto como saber que esa experiencia no tiene realidad material que la sustente
más allá del dividendo del fondo que especula con la renta del local.
La primera pollería de
este estilo abrió en Chueca en 2019. El glow up de «los
barrios gais», estudiados por Ignacio Elpidio y Shangay Lily en España o Alan
Collins en Inglaterra, no ha sido una casualidad histórica, sino que hay una
base material y una razón de ser, vinculada a la economía y a lo que han
denominado gaycapitalismo. Hoy en día es complicado encontrar en el
antiguo barrio del Barquillo un ambiente transgresor en lo político o en lo
económico, como cuando amparó a las víctimas del exilio, o más aún, cuando se
refugiaban allí vagas y maleantes. En el colectivo también hay clases y están
también muy atravesadas por el género; la cara B del encarecimiento de las
zonas gayfriendly es la expulsión de las lesboproletarias.
La revista Mirales, enfocada a las mujeres lesbianas y bisexuales,
subraya que mientras en Madrid los gays viven en Chueca, las lesbianas lo hacen
en Lavapiés. Ambos barrios están en el distrito Centro, pero mientras la renta
media de uno se sitúa en el 20 por ciento más rico, la del otro lo hace en el
20 por ciento más pobre. No es sencillo demostrar la brecha económica entre
gais y lesbianas dado que la orientación sexual no se recoge en las
estadísticas salariales ni en el catastro, pero diferentes estudios realizados
tanto por Ministerio de Igualdad como por UGT o CCOO sí que demuestran la
subalteridad de las mujeres homosexuales o bisexuales por su sexo, respecto a
los hombres dentro del colectivo en toda España.
Cerca del
denominado gayxample barcelonés, poco a poco el CARRER PARLAMENT ha
sido entregado a los turistas, que ahora estarán borrachos, bebiendo
y follando en los pisos que antes fueron de estudiantes y antes de eso, de
familias del interior. La turismofobia no es más que una expresión de clase,
del odio de clase, el de quienes trabajamos para que los demás descansen, el de
las que cuidamos para que las demás concilien. El de quienes nos marchamos a
vivir cada vez más lejos para que otros disfruten de sentirse como en casa, en
barrios donde no quedan casas.
Desde Canarias,
donde por la idiosincrasia de las islas se entiende que la limitación de
espacio es tiránica, Fayna, a sus 27 años, comenta que el
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centro es prohibitivo para las trabajadoras locales. «El casco histórico
es muy llamativo y turístico por la Iglesia gótica, pero nadie va a visitar los
barrios, donde hay mucha pobreza, muchísima. Como educadora social, soy
consciente de la situación del espacio donde vivo. Permitirte una casa, un
alquiler en el núcleo antiguo es inviable. Las casas coloniales, muy típicas de
Canarias, no bajan de ochocientos euros. Hacia las periferias encuentras otros
precios, y también pisos mucho más humildes».
El problema de la
vivienda no es la demanda inabarcable, sino la oferta censitaria. El Ministerio
de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana advierte que, en las últimas dos
décadas, por cada cien nuevos habitantes, se han construido setenta y siete
viviendas. Esta sobreconstrucción se justifica en la
inversión, ya que no cubren las necesidades de alojamiento, sino que se han
destinado y se destinan al sector turístico y a segundas residencias.
Basta una visita a
Airbnb para encontrar pisos pequeños y estudios disponibles en el carrer
Parlament, bastantes más en el centro, incluso en la periferia, en los
márgenes, y también a las afueras de Barcelona. Lo mismo empieza a ocurrir en
cualquier otra ciudad española, hasta llegar al límite en Baleares. Allí ya no
queda ni un sofá-cama libre, por lo que las trabajadoras que cada verano
emigran desde la península para limpiar las habitaciones de hotel desde las que
se hace balconing duermen en el coche. Constituirse como piso
turístico conlleva la formalización de unas normas que, pongamos como ejemplo
la ciudad de Madrid, solo cumple el 5 por ciento de la oferta conocida. La
seguridad jurídica que reclaman los propietarios y arrendadores es la misma que
exigimos como huéspedes, pero si son ellos quienes la tienen que garantizar,
les parece abusiva. Alquilarle el piso durante más de un año a una trabajadora
precaria, a una madre soltera, a una familia, a un par de compañeras de
facultad… son escenarios que les parecen terriblemente arriesgados a las
arrendadoras y propietarias, no vaya a ser que lo destrocen o dejen de pagar el
alquiler.
A las inversoras
les parece más seguro dejar las llaves debajo de una maceta en el portal o en
un cajetín junto al telefonillo y que venga un grupo de turistas con el que han
hablado tres veces gracias al traductor de Google. El riesgo de que los huéspedes
lo dejen hecho una leonera lo asumirá la limpiadora que aparecerá por allí el
domingo a media tarde. Seguramente sea una mujer migrante, que recibirá veinte
euros por Bizum cuando le pase las fotos a la señora con las camas hechas. Ni
el
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propietario, ni el intermediario, aparecerán muy a menudo por esa
propiedad tan preciada que no quieren poner en alquiler todo el año, porque a
saber quién se les mete ahí. Dicen que necesitan seguridad jurídica y contratar
pólizas para arrendamientos de larga duración, pero no firman ningún contrato
ni emiten factura cuando lo rentan a turistas porque, en realidad, lo que
quieren es más dinero.
Más allá de la
libertad para especular con el suelo en el extremo centro, en el levante y en
el sur, la periodista, escritora y camarera Ana Geranios denuncia cómo LAS
HIJAS DE LA COSTA DEL SOL forman parte de un paisaje
vacacional en el que los demás demandan y ellas agradecen su visita cubriendo
sus necesidades lo más rápido posible, con la mejor sonrisa posible, con la
esperanza de que vuelvan lo antes posible. Las hijas de padres de camisa blanca
y sacacorchos en el bolsillo del pantalón fueron criadas por amas de casa o
madres subempleadas, pero para ir a la universidad y tener algo más de lo que
tuvieron ellas se pasaron los veranos atendiendo mesas, como ellos.
La gentrificación
en Málaga viene de lejos. Antes que se acuñase ese término, ya era un destino
de retiro. El diseño urbano de la ciudad, y por extensión, de buena parte de la
provincia, lo impusieron «tres hombres ambiciosos, con planes innovadores, visionarios,
preocupados por el desarrollo y el reconocimiento». A partir de ahí, Geranios
articula un lamento compartido por todas: «Poco pensaron en quienes trabajaron,
trabajamos y trabajaremos en estas tierras de lujo y sombra inasequible en la
playa». Los tres caballeros a los que se refiere son Manuel Gutiérrez de la
Concha, quien siendo marqués del Duero fundó la colonia agrícola de San Pedro
de Alcántara en 1860, José Banús y Jesús Gil. Idearon «un lugar de vacaciones
para quien viene, como vinieron ellos, y de servilismo para quien nace y vive
allí».
José Banús
construyó Cuelgamuros, y tuvo claro para quién diseñaba cuando abría el
cuaderno: pisos con todas las comodidades en el madrileño barrio del Pilar,
estrechos apartamentos en las castizas colmenas del barrio de la Concepción. El
cortometraje Arquitectura emocional 1959 narra cómo la brecha
de clase está enmarcada por palacetes para ricos y bloques para pobres bajo la
misma firma.
Sobre Jesús Gil…
Nuestro desarrollo urbano no se entendería sin su buena dosis de
recalificaciones arbitrarias, licencias espurias, cohecho, corrupción y tráfico
de influencias. Hay literatura sobre ello, desde PLAYA
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BURBUJA, de Ana Tudela y Antonio Delgado, hasta el fenómeno comunicativo
del PORMISHUEVISMO, de Erik Harley.
La academia está
lejos de imaginar el infierno de quien vive inmersa en el proceso de la
guetificación a la gentrificación. Piluca, en el paupérrimo centro de Zaragoza,
sí que lo conoce: «Antes creía que podía haber algún interés en la degradación
por parte de los grandes tenedores, de los bancos, de la SAREB. Ahora ya no lo
sé. Llevamos treinta años pensando que es una apuesta por un modelo a
medio-largo plazo. Treinta años. También es que se construyen PAU… se levantan
fuera, porque de alguien son esos terrenos y se los compran. A un constructor
le sale más a cuenta un terreno limpio que rehabilitar otro en el que hay cinco
vecinos. Alguien se lucra a cambio de degradar determinados barrios obreros. Se
intentaron poner ascensores y recuperar construcciones sindicales, pero todo se
quedó en nada. Mi hija cuando va a otros barrios nuevos se sorprende de lo
limpias que están las calles y me pregunta por qué no nos vamos a vivir allí».
Piluca, con dos
hijos, profesional del marketing, se instaló en Gancho tras su
separación, y ahora mismo se considera una vecina convencida, que no quiere
irse a las afueras «por mucha piscina de VPO que me ofrezcan». Lejos de las
murallas de la ciudad y de las clásicas zonas periurbanas han proliferado
barrios de primeras calidades, a los que solo se puede acceder en coche, pero
que están muy bien. Que no tienen descampados, sino zonas verdes. Donde no hay
amas de casa, sino excedencias por maternidad. Allí la gente no acaba viviendo
expulsada por los precios de la vivienda en el centro, sino porque quiere.
¡Bienvenidas a las afueras!
VIVE A LA ALTURA DE
TUS SUEÑOS
Encontré una valla
publicitaria en un descampado de Alicante con este anuncio: «Vive a la altura
de tus sueños». No puede tener más razón, por lo aspiracional de mudarse a un
Programa de Actuación Urbanística (PAU) y porque, tras instalarte, pocas cosas podrás
hacer más allá de dormir, aunque la hipoteca te provoque pesadillas.
Cuando pensamos en
la periferia nos imaginamos bloques de ladrillo, toldos verdes, barrios pobres,
pero si alguien dice que vive en las afueras la cosa cambia. Nos viene a la
mente el adosado, las pérgolas, los barrios
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acomodados. Esa frontera simbólica entre la periferia y las afueras ni
siquiera está impregnada de una connotación geográfica real, no están más cerca
del centro, ni tienen nada que ver con el concepto periurbano o con las zonas
semirurales. Hablamos simplemente de una redefinición del espacio en cuanto a
rentas. La ciudad dormitorio y el barrio de clase trabajadora es periferia. El
PAU donde se han instalado las parejas jóvenes heteronormativas de las nuevas
clases medias son las afueras. Almudena vivía con su familia en el sur de
Madrid, con miedo a no ser aceptada fuera de su barrio: «Si conocía algún chico
una noche y le decía que era de Villaverde, notaba cómo se echaba dos pasos
hacia atrás, así que empecé a decir que era de los Rosales. Que es una zona
nueva donde se fue a vivir gente de Villaverde y se volvieron gilipollas,
porque de no tener nada pasaron a una urbanización con piscina y pensaron que
habían ascendido en la escala social. Con los años, te das cuenta de que no es
verdad. Notabas que todo eran ganas de salir del barrio, decían que no eran
Madrid, que eran Getafe». Nunca se está lo suficientemente lejos de aquello que
fuiste.
Las afueras es lo que
cada una quiere que sea. Es algo aspiracional, es un estado de gracia. Si todas
las periferias se parecen, si todas aquellas que somos de barrio nos sentimos
más en casa en la periferia de cualquier otra ciudad que en el centro
turistificado de la nuestra, no es menor la homogeneidad entre las
afueras. Salvando la gran distancia entre quien vive en altura y quien hace
lo propio en un adosado, si en los noventa revestían el salón del suelo al
techo de madera, hoy se amuebla de IKEA y se colocan calabazas en el patio,
incluso a las afueras de Zaragoza, para ahuyentar al diablo una vez pasan
Pilares.
Y es que los PAU
acaban siendo una especie de campamento de verano para adultos, allí se va a
procrear. Los adosados son el símbolo de la cría en libertad, y los bloques con
piscina, las granjas humanas en altura. Para formar parte de LA ESPAÑA
DE LAS PISCINAS, se necesitan dos personas que ganen cerca de tres mil
euros al mes: «Sin pareja, olvídese. Es un barrio de familias con hijos porque
es lo que promueve el modelo». El Programa de Actuación Urbanística se definió
a finales de los años setenta y, desde entonces, nos referimos a él como un
lugar, no como una norma. Son los nuevos desarrollos que conectan los barrios
de la periferia con las afueras y en ellos se endeudan las parejas a cuarenta
años, como si estadísticamente la mitad de los matrimonios no tendieran al
divorcio. Su
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prole necesitará emanciparse y, a su vez, se tendrá que ir a vivir más
allá, porque con veinte años pendientes de hipoteca no será posible avalar
otras operaciones. Con suerte, las nuevas generaciones heredarán una corrala o
un cuarto sin ascensor en el centro cuando estén a punto de comenzar su
proyecto de vida propio, como Amanda, que se crio en Aluche y ahora vive en lo
que fue una sastrería regentada por su abuelo en Malasaña. «Preferiría tener
padre, pero no tengo padre y tengo una casa». Su situación laboral es tan
precaria que, «aunque esto sea mío, tengo un contrato eventual y aquí no me
puedo mantener si no trabajo. Si me despiden, tendré que alquilar esto para
tener algún ingreso, y me tocará volver a casa de mi madre».
Si las familias son
tan pobres que no accedieron a la vivienda en propiedad, o las abuelas
necesitan una hipoteca inversa para costear la atención a la dependencia, las
nietas no podrán heredar. Quienes están contra del impuesto de patrimonio y de
sucesiones mencionan a Amanda, pero benefician a los Aznar. Por eso la mayoría
de las hijas con piscina, si siguen con el plan previsto, se marcharán fuera.
Para eso se les ha pagado un colegio bilingüe, como a la de Natividad, que vive
en Reino Unido.
Los cambios
sociales, la baja natalidad, la incorporación plena de la mujer al mercado de
trabajo y la inmigración han cambiado significativamente la estructura familiar
del Estado español: los hogares son más pequeños que hace veinte años, las
familias se quiebran y reestructuran, necesitando más opciones de vivienda con
el mismo número de habitantes. Aun existiendo sobreconstrucción, no
se satisface la demanda, porque está destinada a una oferta censitaria, a la
inversión financiera y al turismo, de manera que no todos los hogares, ni todas
las familias, tienen acceso a una vivienda.
Uno de los ejemplos
más recientes de esa oferta censitaria, de la acumulación por desposesión y la
privatización de vivienda pública, lo encontramos en el madrileño PAU de
Carabanchel. La joven activista de 32 años Arantxa Mejías, que sonríe al decir
que le viene bien la entrevista para recordar, mientras la megafonía del
autobús anuncia el cruce de General Ricardos con Eugenia de Montijo, comenta
cómo fue recibida por los concejales del Ayuntamiento cuando denunció la
insostenibilidad de las subidas en las mensualidades cuando su edificio dejó de
ser propiedad de la Empresa Municipal de la Vivienda y Suelo: «Hablándoles de
la problemática, de lo que nos había pasado, de lo que estábamos luchando y
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reivindicando, denunciando, diciéndoles qué es lo que queremos y cuáles
son nuestros objetivos, me dijeron: “Que quieran ustedes comprar estas casas al
mismo precio que las ha comprado el fondo de inversión es absurdo”. El fondo ha
comprado la casa de mis padres por sesenta mil euros y mis padres llevan ya
pagados más de cien mil en alquiler. Así que no, no es tan absurdo, es que no
hay igualdad de condiciones. No partimos del mismo punto».
Hay más casas que
familias, pero eso no quiere decir que todas las familias vayan a tener una. El
modelo pretende que unas pocas tengan más de una y que otras muchas vivamos
permanentemente de alquiler, transfiriendo nuestras rentas del trabajo a sus
cuentas de resultados.
Las ciudades
dormitorio basan su existencia en albergar a miles de personas en edad de
trabajar que no han podido comprar ni alquilar por falta de vivienda disponible
dentro de los límites ya urbanizados de la metrópoli. Aunque el cometido de ese
modelo urbanístico estaba claro, alrededor de los PAU con piscina se construyó
un relato opuesto al propósito similar que habían tenido LOS BLOQUES
NARANJAS. El gresite y la pérgola fueron la bandera de la clase media,
mientras el TOLDO VERDE seguía siendo recogido por la clase
trabajadora. Pocos reconocieron que se iban al PAU porque en el barrio ya no
cabían, si se mudaban era porque querían, porque se lo podían permitir, porque
se merecían la tele de plasma, la chaise longue y la terraza
de césped artificial y palés. En realidad, lo hicieron porque no podían pagar
los cien metros, el garaje y la piscina en el centro, y tampoco el chalé. Mucho
menos se habló de que hubo infinitas ventajas para hipotecarse en promociones
de obra nueva, porque estaban financiadas por el mismo banco que te concedía el
crédito. Ese era el modelo. Alrededor de los PAU se ha construido un relato que
insiste en ese salto de la clase obrera a la clase media. Cuando realmente los
PAU dan respuesta a que ni siquiera en los bloques de ladrillo había suficiente
vivienda disponible para las generaciones que crecieron en ellos, ni para los
nuevos modelos familiares en los que los divorciados necesitan un piso de
soltero y un coche deportivo para ir a trabajar, porque al PAU no llega el
metro.
Sandra, cuando
vivía con su madre entre semana y los fines de semana alternos, compartía línea
de autobús con prácticamente uno de cada diez hispalenses: «Sevilla Este se
divide en tres distritos. Están los dos más antiguos, más humildes, que es
donde yo vivo. Pero hay un tercero que
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tiene bastante dinero, en el que hay chalés y todo eso. Pero aquí solo
tenemos pisos. A medida que vino a vivir gente con más dinero, empezaron a
abrir más cosas y pusieron más líneas de transporte, con horarios pensados
prácticamente para entrar y salir a trabajar. Los distritos se siguen llamando
Veinte, Veintiuno y Veintidós. Sevilla Este, Torreblanca y Alcosa son la
periferia de Sevilla. Torreblanca será de los barrios más pobres de España, hay
bastantes problemas de droga; Alcosa es un barrio humilde… Sevilla Este es el
que mejor está. Hay diferencias también entre los pisos antiguos de VPO y los
de nueva construcción, con pistas de pádel y piscina. Esa gente, aunque tiene
más dinero, sigue siendo asalariada y lo pasa mal con cada crisis económica. Lo
de las pistas de pádel, de tenis y la piscina es un poco la ilusión». La renta
media en Sevilla Este llega a doblar la de Torreblanca.
La Cañada Real es
una zona famosa de Madrid en la que, acusadas de vender droga, se les ha
cortado la luz a sus vecinas. Lo que no todo el mundo sabe es que es una
extensión demasiado grande como para que toda la gente que vive allí venda
droga. Si no, tendríamos consumidores hasta en los consejos de administración
de quienes deciden el precio de la luz. O quizá los tengamos.
Desde Rivas
Vaciamadrid, a los 26 años Aroa está elaborando su tesis sobre adicciones y
urbanismo. Me comenta la estrategia que hay detrás del mapa de los narcopisos:
«En Madrid se vendía y se consumía droga en todas partes, pero la sociedad
punitivista y el prohibicionismo han hecho que la venta se concentre en los
márgenes, porque lo prohibido siempre acaba siendo desplazado hacia allí». A
los ricos les gusta la droga, pero no los drogadictos. «La droga ha sido
utilizada como excusa en el diseño de la ciudad de Madrid. En los años setenta
y ochenta se posiciona como gran ciudad europea, con grandes diferencias de
renta entre norte y sur, aunque también con poblados chabolistas en ambos
extremos (Chamartín, el entorno de la ciudad deportiva del Real Madrid…)».
Según avanzamos la entrevista, descubro que no solo conoce la Cañada por su
labor investigadora, sino que su familia tuvo, pretérito perfecto simple, una
casa de autoconstrucción allí: «Es flipante ver que cualquier zona problemática
entre comillas, donde yo no digo que se venda o no droga, a mí eso no me
importa, digamos que sí se compra, se vende o consume… como en el resto de la
ciudad… Pero justo allí, decides que, cómo es una zona problemática, puedes
quitar la luz, el agua, no limpiar ni asfaltar nunca sus
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calles. Señalas los espacios como conflictivos y acabas por generar una
opinión pública favorable a echar a esta gente, haya o no un realojo. Porque,
en nuestro caso, mi abuelo desde que llegó a Madrid ha tenido una casa en una
parcela en la Cañada Real, en la que hemos estado viviendo hasta hace dos años
y nos enteramos de que nos la habían tirado entera cuando lo vimos en las
noticias. Han demolido toda una calle con la excusa de que allí se vendía
droga, pero nadie ha informado de nada a mi abuelo. Poco a poco, fueron
haciendo que la vida allí fuese más difícil: las infraestructuras del barrio,
las líneas de transporte, los cortes de luz… te vas porque no es cómodo vivir
y, cuando no estás, te echan la casa abajo».
Las casas se tiran
abajo en los arrabales de la ciudad y la luz se corta sin que nadie, más allá
del activismo cliché afiliado a la preocupación constante, se movilice. El
desmantelamiento de viviendas precarias es la más gráfica violencia
inmobiliaria. Pero, en paralelo, durante semanas, durante meses, durante años,
se prepara una legislación que lo permite y una opinión pública que lo
consiente. Madrid necesita más vivienda, pero donde se va a levantar el
Cañaveral, ahora están las casitas de la Cañada Real Galiana. Mientras no
termina de llegar lo nuevo, las familias que ya habitan la zona son
desplazadas, y hasta que no se completa el realojo, malviven privadas de la red
eléctrica sin que el conjunto de la sociedad estalle ante tal vulneración de
derechos. Porque de allí, de los entornos empobrecidos, «de la Cañada Real no
salen astrofísicos, salen plantaciones de marihuana», afirmó un tertuliano en
enero de 2021. Quien define el framing determina quiénes son
las personas que se pueden permitir un piso de obra nueva y quién
es la gente que vive en chabolas. Ni siquiera son reconocidos como LOS
OTROS MADRILEÑOS, como sí lo fueron en el Pozo del Tío Raimundo, no se los
considera ciudadanos de Madrid y son estigmatizados en la prensa nacional. A
quien está al otro lado de la pantalla se le convence de que quien vive en los
márgenes no merece ni casa, ni luz, ni agua. En los márgenes habitan los
nadies, los salvajes que se reproducen descontroladamente y que descuidan a su
prole.
En Barcelona, a
pesar de las suposiciones derivadas de imágenes antiguas, el barrio del
Somorrostro y sus barracas no fueron eliminados del panorama urbano por tratar
de mejorar las condiciones de vida de la población gitana y los inmigrantes que
habían residido en esas barracas durante casi un siglo. Más bien se construyó
un discurso aporofóbico y civilizatorio contra el chabolismo para justificar
los derribos que darían
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paso a fincas de clase media y atracciones turísticas. Se necesitaba esa
zona, y sus habitantes sobraban.
De la Ventilla a la
avenida de los Austrias, de la calle Rodón a la avenida de Pamplona, de
Somorrostro a la Barceloneta, tan solo es cuestión de recalificaciones, pladur,
piscina y euríbor. La gentrificación de la vieja escuela no tiene nada que ver
con los monstruosos procesos que ejercen presión sobre nuestros barrios,
fuerzas mucho más poderosas que la del propietario promedio de clase media. De
la Cañada al Cañaveral, del polígono de Torreblanca a los Jardines de Hacienda
del Rosario, de la Coma a Godella, les gusta la zona; el problema es que
todavía viven pobres.
DEBERÁ DISPONER DEL
BILLETE CORRESPONDIENTE
En nombre de la
salubridad, se construyeron ensanches y zonas residenciales para las clases
medias y los turistas. En el proceso hubo que derribar las infraviviendas de
techos de uralita que construyeron en los arrabales, con sus propias manos, los
recién llegados a la ciudad que pudieron permitirse comprar aquellos pedazos de
tierra. En el mejor de los casos, las familias fueron realojadas en nuevos
emplazamientos, primero en las promociones de vivienda del sindicato vertical,
después en los pisos de protección oficial, algunos de alquiler social. En
Orcasitas, máxima expresión de las MEMORIAS VINCULANTES DE UN BARRIO,
fue la Asociación de Vecinos la que diseñó el Plan General y socializó el
suelo, evitando que el desmantelamiento del poblado chabolista supusiera la
expulsión del distrito de Usera de sus trabajadoras y trabajadores.
Las promociones de
vivienda destinadas a las clases trabajadoras siempre tuvieron la aspiración de
contener a la población socialmente vulnerable en espacios alejados de la
ciudad moderna. Las colonias obreras se proyectaron con una intención
autárquica, en la que sus habitantes tenían sus necesidades prácticamente
cubiertas. Pero, en muchas ocasiones, a la falta de recursos personales se le
añadía una deficiente cobertura de los servicios comerciales y de la
infraestructura de los servicios públicos, así como una insuficiente oferta de
centros de trabajo o de instituciones educativas. Esto aún sigue provocando que
quienes menos tienen se vean obligados a salir del barrio para cubrir sus
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necesidades y mejorar sus oportunidades. La demonización de la clase
obrera se recrudece cuando se concentra en áreas cuya falta de recursos, y la
ausencia de motivos para ir del centro a la periferia, permiten perpetuar la
estigmatización por el desconocimiento de las verdaderas historias personales
que se escriben en esos márgenes.
En Málaga, Dalia,
una joven ecuatoriana de 28 años, recuerda cómo se reproducía en el colegio la
diferenciación entre quien vivía en un PAU y quien lo hacía en el Palo, un
barrio empobrecido: «Yo notaba que los niños de la zona residencial se juntaban
en un grupito. Y de sus bloques, del complejo, no se movían. Los que venían de
barrios desfavorecidos se quedaban apartados y nadie quería juntarse con
ellos». Cuando rememora lo que le costó convencer a su madre de que le dejara
matricularse en la universidad para estudiar Derecho, menciona lo importante
que fue para ella, hija de una inmigrante en situación irregular, tener amigas
«de la zona residencial».
Romper el
aislamiento y relacionarse con compañeras de clase que aspiraban a ser
universitarias le permitió a Dalia pensar que ese espacio también era para
chicas como ella, mientras que la mayoría de sus amigas de origen
latinoamericano ni siquiera se plantearon terminar el instituto. Aun contando
con pocos recursos económicos, Dalia pudo imaginarse fuera del barrio gracias
al capital social, a las relaciones con personas acomodadas que la trataron
como a una igual y le permitieron soñar con ser algo más que una trabajadora
sin cualificación. Y pudo salir, cogiendo un autobús hasta la capital todas las
mañanas.
Almudena tenía 17
años cuando tomó la decisión de distanciarse de su barrio. «Se hacían carreras
(ilegales) de coches, una de las chicas que iba con nosotros al instituto, que
venía a los botellones previos a las carreras por la Gran Vía de Villaverde, se
mató en una de ellas. Posiblemente ese día fue el que dije que o cambiaba mi
modo de vivir y empezaba a plantearme otro tipo de ocio, otro tipo de cosas, o
podía terminar igual que ella. Tenía la necesidad de salir de ese ambiente. Lo
hice, y empecé a militar políticamente en otro distrito». Dos autobuses y un
par de transbordos en metro la separaban de la nueva vida que se empezó a
construir.
Al perro flaco todo
son pulgas, y para deshacernos de ellas debemos demostrar que no las merecemos.
Hay que ser guapa para engatusar a un pijo que nos saque de aquí, lista para
encontrar un trabajo que nos ayude a
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salir y limpias, sobre todo limpias, para que nadie pueda adivinar de
dónde venimos. A las mujeres empobrecidas, más aún si somos migrantes, más aún
proviniendo de familias desestructuradas o con enfermedades relacionadas con la
drogadicción, no se nos da la oportunidad de equivocarnos. Nadie justificará
nuestros desmanes como sí lo hacen con los macarras de clase alta. Para acceder
al empleo, para que nos alquilen una casa, para que no nos quiten la custodia
de nuestros hijos, debemos evitar que se nos relacione con aquello de lo que
tanto nos cuesta escapar. Se nos exige ejemplaridad para ganarnos el respeto.
No nos viene dado, necesitamos hacernos un hueco a codazos, sacudirnos el
estigma que pesa sobre nuestros barrios y que cargamos sobre los hombros.
El código postal
predice nuestro riesgo de exclusión. Por lo tanto, el desarrollo de un
transporte público de calidad es la primera opción para salir de un contexto
empobrecido y castigado. Salir cada mañana y volver a última hora de la tarde
es la única posibilidad que tenemos de acceder a los comercios, las
infraestructuras, el empleo y la educación, mientras esperamos a que se
desarrollen en nuestros barrios. Las peticiones de mejora de las conexiones
vienen de lejos y aún no han culminado. En los años sesenta, cuando Manolo
Vital, conductor de la línea 47 de Barcelona, les solicitó a los responsables
del Transporte Metropolitano que se ampliase el recorrido hasta su barrio,
Torre Baró, le preguntaron con sorpresa quién iba a querer ir a un barrio de chabolas
construidas por charnegos, que estaba al otro lado de la montaña. «Los que
bajan a trabajar a Barcelona todos los días», respondió Vital. Esta historia la
llevó a la pantalla Marcel Barrera en 2024, pero es solo un ejemplo entre
cientos. A los clasistas que ocupan los despachos siempre les parece que el
extrarradio, y las pobres que lo habitamos, estamos demasiado lejos como para
que alguien quiera venir, pero olvidan continuamente que estamos lo
suficientemente cerca como para sostener el ciclo productivo de la ciudad en la
que viven.
Julio Embid
defiende en HIJOS DEL HORMIGÓN que la periferia de Madrid
siempre ha necesitado el transporte público para sobrevivir. En estas páginas
se sostiene que el centro necesita tanto o más que el metro sea puntual para
que les cuiden a la prole o les sirvan los cafés a tiempo. Los confinamientos
de 2020 demostraron quién era esencial y quién no. Dedicar una hora de ida y
otra de vuelta de casa al trabajo, veintidós días al mes durante once meses,
supone diecinueve días completos al año. Ese
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tiempo de sueño robado, de descanso expoliado, se nos debe a nosotras;
quizá la mujer no sea ya el segundo sexo, pero sigue siendo el segundo coche.
A sus 57, Nagore
ejemplifica este fenómeno en Bilbao: «Vivo en pareja y en mi casa hay un
vehículo. Mi pareja lo suele utilizar más. Porque, bueno, pues porque yo el
trabajo lo tengo cerca. Y él, bueno, lo ha llegado a tener más lejos, como a
una hora, y en zonas que en transporte público hubiera necesitado más tiempo.
Ahora lo tiene más cerca, pero va en coche porque yo no lo necesito. Yo voy
andando». Alba es más joven, tiene 22 años y vive en Móstoles, todavía no ha
podido sacarse el carnet de conducir, «suspendí el teórico y lo dejé, porque no
sé si podré aprobar ni si tendré dinero para seguir o lo necesitaré para otra
cosa», así que depende del transporte público para llegar a las tiendas que la
contratan por horas en Preciados. A Sara, de Getafe, le queda un año de abono
joven. Después, pagará más de sesenta euros, la tarifa más barata por ser primera
línea de playa, para poder desplazarse desde su casa, zona B1, hasta el
centro, zona A: «Me muevo en transporte público, me acabo de sacar
el carnet, pero no iría nunca a trabajar al centro de Madrid en coche, no estoy
loca tampoco. Con lo que yo gano no me lo puedo permitir, pero sí tengo
compañeros, y compañeras, que se nota que a partir de los cuarenta años sí que
pueden pagar el parking en el centro». Un ANÁLISIS
DESCRIPTIVO Y
PREDICTIVO DEL USO
DE LA RED DE METRO DE MADRID demostró que las
diferencias entre
el número de viajeros en las diferentes estaciones de la red de metro tenían
que ver con el género, la edad y, sobre todo, la renta. En el momento en el que
mejora el salario, si hay una distancia considerable y además se tienen que realizar
transbordos, se empieza a utilizar el vehículo privado.
Los hombres
utilizan más el vehículo privado que las mujeres, y cuando nosotras cogemos el
coche, lo hacemos acompañadas de menores y personas dependientes que necesitan
transporte, algo que añade complejidad a los recorridos. A diferencia de los
desplazamientos directos y extensos de los hombres, combinamos actividades como
compras, trámites y recogida de hijos, reflejando nuestro rol en el hogar y en
los cuidados. Conducir es una extensión de las obligaciones. Es difícil hacer
recados en bicicleta, aunque Azahara, una madrileña de 44 años, lo intenta.
«Fue una experiencia de empoderamiento». Al convertirse en ciclista urbana, ve
el entorno con otros ojos: «El diseño urbano es
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horroroso. Madrid es súper peligrosa, no, lo siguiente, para la bici. A
pesar de eso, yo decido ir por la vía, tengo derecho a utilizar la carretera
porque si la abandonamos, Madrid nunca será una ciudad de bici. El otro día,
empecé a trabajar en la Castellana y tardo más de una hora en llegar
pedaleando. Y aun así, el carril 30 o ir por la vía es lo más rápido, porque el
carril bici da muchas más vueltas. En algunos tramos hay incluso cuatro
carriles por la vía central y el carril 30 lo dejan en la vía de servicio, que
al final es más peligroso que la propia calzada porque van los autobuses y las
furgonetas de carga y descarga. Al final no hay nada seguro para la bici. Pero
me niego a dejarla. Usarla también es un acto político».
Lo que más destaca
Sara de su experiencia como usuaria de la línea C4 del tren de Cercanías es la
imprevisibilidad. Puede llegar tarde por mucho que haya salido pronto: «El
transporte público lo detesto, saca cosas de mí… una violencia terrible. La
Renfe, que es lo que cojo yo, es una ruleta rusa. Puedo tardar cuarenta minutos
desde que salgo por la puerta de mi casa hasta que entro por la del trabajo, o
puede haber distintos tipos de problemas, una avería, un accidente… pueden
pasar mil cosas que hacen que el tren se retrase, y casi siempre se retrasa. Es
un trayecto de veinte minutos, es que no tarda más. Pero, una vez que te
montas, no sabes qué te va a pasar, puede que se pare, puede que no arranque,
puede que te cambien de tren en mitad de trayecto… Si todo va bien son veinte
minutos, pero también puede ser que sea hora y media. Es terrible, lo odio».
No solo no podemos
predecir lo que vamos a tardar en los transbordos, sino que el encarecimiento
de los desplazamientos, cuanto más en la periferia estemos, tiene una melodía:
«Deberá disponer del billete correspondiente». Aunque a algunos la dicotomía entre
el centro y la periferia les parezca una construcción ideológica e interesada,
es geográfica, está mapeada, diseñada y orquestada por personas que,
seguramente, ni usen el servicio público de transporte, ni se les escrute la
puntualidad en su puesto de trabajo. Cobrar de más por cada zona que cruzamos
empobrece a quienes no podemos permitirnos vivir cerca de nuestro puesto de
trabajo. Quizá hayas leído «Deberá disponer del billete correspondiente» con el
mismo soniquete que la megafonía y sonrías ante algo tan familiar. O tal vez te
haya activado el sistema biológico de alerta, porque al compás de esta melodía
cada día te tensas en el vagón pendiente de si pasan los revisores, y aprietas
los dientes mientras subes las
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escaleras, porque, para continuar tu trayecto, para salir de ahí, tienes
que saltar los tornos. «No lo he hecho mucho, la verdad, porque en Coslada
siempre he encontrado trabajo, pero sí que cuando estaba sin curro y me
llamaron para hacer una entrevista en Alcobendas, que hay que comprar otro
billete, tuve que esperar a que se fuera el segurata para salir de la
estación», comenta Zoe.
En Madrid, la
inauguración de nuevas dotaciones de transporte público ha tenido una clara
vocación electoralista que no ha repercutido tanto como se esperaba en el
bienestar de las usuarias de la periferia, ya que la tarificación hace que
desplazarse hacia el centro sea más caro para quien vive en barrios más
alejados y más pobres. Las familias propietarias vieron revalorizadas sus
viviendas con la recién estrenada estación a pocos metros del portal, pero las
que no podían pagar más de alquiler fueron expulsadas después de haberse
tragado el ruido y el polvo de las obras. En
AMPLIAR PARA GANAR:
LAS CONSECUENCIAS ELECTORALES DEL CRECIMIENTO DEL
METRO
EN MADRID, 1995-2007, se demuestra la correlación entre el liderazgo de Esperanza
Aguirre y la llegada del suburbano al sur.
El transporte
público es lo que nos podemos permitir, o lo que podemos rapiñar, para acceder
a los derechos básicos de ciudadanía. No solo es esencial para las mujeres de
clase trabajadora sin coche propio que vivimos en los barrios obreros y en las
ciudades dormitorio, sino también para las que viven en los PAU y en aquellos
distritos que se diseñaron sin hospitales, sin institutos, sin universidades,
sin centros de trabajo.
A pesar de la
alarma social que despiertan las actuaciones de los depredadores sexuales en
las inmediaciones de las estaciones y en las propias instalaciones, las
políticas relacionadas con la movilidad urbana, en demasiadas ocasiones,
carecen de los informes de impacto de género que prevendrían desde los
tocamientos hasta los asaltos que padecemos las usuarias. El miedo al acoso
sexual en el transporte público nos obliga a cambiar nuestro comportamiento.
Una vez más, somos nosotras mismas las que debemos evitar el peligro porque a
nadie parece importarle que exista una amenaza constante en determinados
espacios contra nuestra libertad sexual. Ya en los primeros tranvías, algunas
de nuestras predecesoras llevaban alfileres para pinchar con ellos a los hombres
que se les acercaban demasiado, una pequeña venganza contra los ACOSADORES
A BORDO. A las mujeres se nos limita la movilidad de mil maneras
diferentes,
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desde la violencia física hasta ser objeto de miradas provocadoras que
nos hacen sentirnos «fuera de lugar».
Una de las
entrevistadas recuerda cómo eran sus trayectos mientras estaba en la
universidad: «En los trenes y en los autobuses íbamos todos como sardinas y ahí
ha habido varias ocasiones en las que me han metido mano, claramente. Lo que
pasa es que en ese momento dudas de ti misma. Ahora lo diría, pero cuando eres
joven te quedas muy cortada. Porque, además, si te giras y les vas a decir algo
enseguida te piden disculpas para que tú ya no puedas continuar». La calidad
del transporte público para las mujeres tiene muchísimo que ver con su
frecuencia, no tanto porque podamos llegar más rápido a nuestro destino, sino
por evitar la masificación. En esa expresión, como sardinas en lata,
coinciden varias de las entrevistadas, de distinta edad y diversas ciudades,
que aseguran que es el escenario perfecto para la impunidad de quien cree que
puede tocar todo aquello que esté a su alcance.
Cuando no hemos
tenido dudas de lo que nos ha ocurrido, y nos hemos enfrentado a quien nos los
hacía, como en el caso de otra entrevistada, debemos ser nosotras las que
hagamos el trabajo de las cámaras de videovigilancia: «De repente saltó
un flash y me di cuenta de que el hombre que estaba junto a mí
me estaba haciendo fotos por debajo de la falda. Le recriminé y me dijo que era
una loca. Se bajó del metro y echó a correr. ¿Para qué querría esas fotos?
Hablé con la policía y me dijeron que la próxima vez fotografiase yo al tío y
subiera las fotos a la aplicación AlertCorps».
En SUPERSAURIO,
Meryem El Mehdati dedica un capítulo a una situación de acoso que podríamos
haber vivido cualquiera de nosotras en cualquier calle de cualquier ciudad y
que lleva a la protagonista de la novela a tomar la siguiente decisión: «No
vuelvo a ponerme esa camiseta en la vida». Cuando la leí volví a estremecerme
como el día que, unos pocos meses antes, una de las entrevistadas me hablaba de
ella misma y de la ropa que dejó de usar: «Accedes al transporte público
sabiendo a qué te expones. De joven, con 16 años, pasé un episodio traumático y
en esos años, década de los ochenta, no te atrevías a contar nada. Llevaba un
vestido precioso, que me había cosido mi madre, no me lo volví a poner nunca».
Todas tenemos una camiseta, un pantalón, una falda o un vestido que no hemos
vuelto a ponernos en la vida, y todas sabemos por qué,
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aunque no seamos capaces de explicárselo a alguien más. Yo tengo un
vestido negro, ¿y tú?
Fayna, que padece
el diseño urbano destinado al turismo de su isla canaria, reconoce que prefiere
el coche al transporte público para ir de casa al trabajo porque «si fuese en
guagua a trabajar y me bajase en la parada más próxima a mi casa, me bajaría en
medio de la carretera en unas cuestas poco iluminadas». Podemos empezar con
ella a hacernos una idea de cómo accedemos al mercado de trabajo si no tenemos
posibilidad de conducir un vehículo propio.
Tenemos miedo a las
zonas poco iluminadas por lo que nos ha pasado alguna vez, por lo que les ha
pasado a otras, por esa genealogía del terror sexual compuesto por las páginas
de sucesos. Ese miedo no solo nos limita a la hora de decidir si podremos ir a
un centro de trabajo o no, nos coarta el disfrute de unas calles, que también
son nuestras, cuando queremos llegar a casa de noche, como comenta una
entrevistada: «A veces me podría apetecer ir andando a casa, pero me reservaba
una parte de mi sueldo para el taxi porque sabía que a mi barrio no podía
volver de noche, que era una zona mucho más solitaria y era violento pillar el
Búho desde los locales del centro». EL OCIO DE LAS MUJERES EN EL
AMBIENTE URBANO está
determinado no solo
por nuestro tiempo disponible después de trabajar y de poner lavadoras, o de
nuestro dinero para asumir ese gasto extra, sino por toda una memoria
colectiva, de temores y culpas, que determina la vida nocturna que nos podemos
permitir.
Otra de las
experiencias que tuvo una de las entrevistadas fue particularmente abusiva, no
por la crudeza del acto en sí, sino porque lo cometió quien debía velar para
que no sucediese en el transporte público: el conductor del autobús. «Quise que
me entrevistases recordando lo que me pasó con veintipocos años, fue una cosa
chunga. Ya ves tú… estaba haciendo unas prácticas curriculares y tenía que ir
en autobús, y el conductor pues… por lo que se ve, se fijó en mí. Y, bueno,
pasó un poco el límite… me tocaba, me hacía gestos con la cara, me tocaba así
las manos al darme el billete. Un día pasó a cogerme la mano cuando le daba el
dinero, otro día me quedé la última para salir y me cerró las puertas. En otra
ocasión, esperando el bus de la ciudad a mi casa, se quedó por detrás de mí, lo
tuve a pocos metros y ahí me acojoné». Ante estos episodios continuados,
decidió cambiar de medio de transporte, pero no habiéndose invertido en
infraestructuras, ni en mejores conexiones que la autovía, se
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vio ante la siguiente situación: «Fíjate que, del miedo que me entró,
tuve que recurrir al tren, que para mí era más largo porque tenía que ir con el
coche al pueblo de al lado (mi pueblo no tiene tren), desde allí cogerlo hasta
otro pueblo, y allí un tranvía hasta lo más próximo al centro. Al final,
llegaba andando hasta las prácticas. Todo por no coger el autobús, por no
cruzarme con él. Después ya, tener coche me permitió ser independiente a lo
largo de mi vida».
Esa es la cuestión,
que cuando se les dice que el coche propio es el único medio de transporte que
les garantiza libertad, libertad sexual en el caso de las mujeres,
independencia y puntualidad, ya no hay manera de revocar esa creencia, porque
saben que han estado más protegidas viajando solas que en medio de una
multitud. Ya no hay política pública que revoque la percepción de seguridad,
mucho menos la comodidad de conducir tu propio coche. A pesar de que el
cochismo contribuya a EL MALESTAR DE LAS CIUDADES y haya
empeorado la calidad del aire que respiramos, es indiscutible que
la democratización del acceso al automóvil propició la autonomía de la clase
trabajadora y mejoró su grado de empleabilidad.
En la España
periurbana no tener coche, advierte Celia, se puede volver un problema para
acceder al mercado laboral en lugares como Cartagena: «Hay pueblos con una alta
tasa de desempleo de mujeres que no tienen ni apoyo a la conciliación si se
ponen a trabajar, ni cómo llegar al trabajo. Muchas no tienen carnet de
conducir, y, para ir al campo o a los almacenes, dependen de que la empresa
ponga autobuses, porque no hay líneas. Las más jóvenes se sacan el carnet, son
unas privilegiadas. Las racializadas, por ejemplo, comparten coche y el gasto
en gasolina».
¿Cuántos trabajos
perdemos por no poder llegar a tiempo a la entrevista? ¿Cuántas mañanas tenemos
que colarnos en el transporte? ¿Cuántas mujeres forman parte de la población
inactiva o del desempleo feminizado de este país por no tener cómo desplazarse diariamente
al trabajo? ¿Y por no tener quien cuide de quien ellas cuidan? ¿Cuántas
rechazamos los turnos rotativos para no volver demasiado tarde? Habitar la
ciudad debe ser algo más que ir de casa al trabajo y del trabajo a casa con
prisas, con miedo. Pero lleva mucho tiempo siendo simplemente eso para muchas.
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CASAS SIN GENTE Y GENTE SIN CASAS
En el año 2006, con
María Antonia Trujillo como ministra de Vivienda, el Consejo de la Juventud de
España lanzó la campaña KeliFinder.com. Se trataba de un portal único para
jóvenes que ponía en contacto a propietarias y propietarios con futuras
inquilinas e inquilinos. No solo era la versión beta de Idealista, sino que se
ofrecía información sobre líneas de ayudas públicas a la emancipación. De
aquello, solo recordamos las Keli Finders, unas zapatillas de loneta que
servían de recurso a la campaña publicitaria del portal web, y la indignación
que despertó la propuesta de pisos para estudiantes de treinta metros
cuadrados. En la actualidad, no podemos ponernos unas zapatillas para buscar
piso en la ciudad. A la cita con el tipo de la inmobiliaria —ni se nos ocurre
ir a un banco a pedir financiación— hay que llegar vestida como para un
bautizo, con tres meses de alquiler en el bolsillo, la pensión de las dos
abuelas como aval y una pareja estable con mejor nómina que tú.
Hace veinte años,
tan solo el 41 por ciento de los jóvenes menores de 34 años se había emancipado
del hogar familiar. Adquirir una vivienda en propiedad suponía el 53 por ciento
de sus ingresos. En 2023, el precio de la entrada de un piso suponía cuatro años
y medio del sueldo íntegro de una persona joven, según el Observatorio de
Emancipación del propio Consejo de la Juventud de España (CJE). ¿Qué ha
ocurrido en la actualidad con las hipotecas? Las jóvenes precarias no somos un
buen partido para la banca, no tenemos ahorros que les den ninguna
rentabilidad, ni antigüedad en las empresas y reclamamos Bizums al céntimo, con
dudosos conceptos, cada vez que salimos a cenar. La concentración bancaria nos
hace casi imposible salir de la lista negra en la que nos han metido las
tarjetas Revolving, hemos pasado de más de ochenta entidades a las que acudir a
pedir un crédito en 2008 a diez, según Funcas, y bajando. La desaparición del
sistema de Cajas de Ahorro ha supuesto la pérdida de la soberanía financiera de
las capitales de provincia; ahora todo se decide en las sedes sociales, en las
capitales mundiales. De la generación millennial en adelante
es más complicado acceder a la compra de vivienda porque el mundo que proyectó
sombras de ladrillo y hormigón ya no existe, se ha concentrado en fondos de
inversión que pagan al contado a precios que no se publican ni se discuten.
Adquieren por lotes, jugando a la ruleta rusa con los planes de pensiones de
algún
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gremio profesional del norte de Europa. Esas viviendas de nuestros
centros históricos y de los barrios periféricos de moda les dan resultados
porque son disfrutadas, un fin de semana tras otro, por jóvenes centroeuropeos
dispuestos a pagar diez veces lo que ni nos podemos permitir cualquiera de
nosotras al mes.
Ya no se habla de
primera vivienda en propiedad, porque la emancipación pasa por arrendar. Para
que una persona mileurista alquile en solitario, necesita destinar más del 90
por ciento de su sueldo a vivir en una casa que jamás será suya, y en la que no
puede decidir ni los agujeros que se hacen en la pared. Hemos pasado de que sea
un drama que tan solo el 41 por ciento de los menores de 35 años puedan
independizarse, a darle mayoría absoluta a quien se enorgullece de no hacer
nada para controlar los precios del alquiler en un país en el que la tasa de
emancipación en 2023 era del 16 por ciento entre los menores de 30 años. Tras
la puesta en marcha de la renta básica de emancipación y la promoción de
viviendas destinadas a la venta y al alquiler de personas jóvenes, la tasa
mejoró entre 2006 y 2008, pero fue empeorando a partir de la crisis, hasta
alcanzar los raquíticos datos pospandemia, particularmente en las grandes
ciudades. Si hubo alguna posibilidad de mejorar la independencia habitacional
de la juventud, desapareció por las consecuencias económicas de la COVID-19.
No hay generación
de trabajadoras que no haya experimentado hacinamientos, desplazamientos o
desahucios. Y no solo es algo que afecte a las clases más empobrecidas de la
sociedad; vivir en el centro de las ciudades está al alcance de muy pocos.
La GENT D’ORDRE de Barcelona se ha tenido que mudar, ha dejado
de vivir en Sarrià porque ya no se lo puede permitir. La precarización del
empleo y la especulación en la vivienda nos exprime; no es mala suerte, es un
modelo de acumulación por desposesión trabajando para quienes lo diseñaron. En
la Ciudad Condal se habla de «una generación inquilina», el Institut de Recerca
Urbana advierte que el 65 por ciento de quienes viven de alquiler tienen más de
35 años. La desigualdad en el acceso a la vivienda de las generaciones actuales
con respecto a las anteriores tiene que ver con cómo se ha destruido la
protección al trabajo y el paralelo encarecimiento del suelo. Según el Banco de
España, pagar una casa de tipo medio, entre 180 000 y 190 000 euros, requiere
de ocho años de renta bruta, tras abonar una entrada de 45 000 euros, el doble
que hace tres décadas. Antes de que @elzulista se hiciese conocido por generar
a millones de personas ansiedad y frustración
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en una infructuosa búsqueda de hogar, en la periferia de la periferia de
la Ciudad Condal, Núria recuerda la yincana que vivió al independizarse hace
veinte años: «Dejé de vivir en Badalona porque me fui a estudiar a Granada y,
cuando volví, era tan caro que no me lo podía permitir. Luego compré un piso
donde me lo podía comprar, en Granollers, que era todavía más barato».
Una tasa del 16 por
ciento de emancipación, para que nos entendamos, quiere decir que, de cada cien
jóvenes, únicamente dieciséis tienen realmente la libertad de elegir a qué hora
se come, pero también la responsabilidad de llenar la nevera o poner la lavadora
en su casa. ¿Cómo te afecta la inflación si no eres quien hace la compra? ¿Cómo
te afecta la subida de la luz si no está a tu nombre el recibo? Una de las
consecuencias de la precariedad es el retraso en los hitos vitales.
LA ESPAÑA
PRECARIA está sufriendo un retraso en la madurez. Los menores de 30 años
solo se pueden emancipar en pareja o compartiendo. Es irónico que en esta era
neoliberal y posmoderna, donde se premia y reconoce la máxima expresión de los
valores individualistas, sea tan inaccesible tener una habitación propia y se
tengan que repartir las baldas del frigorífico con desconocidos. Y, mientras
tanto, según datos del INE, alrededor de un 15 por ciento de nuestro parque
inmobiliario, casi cuatro millones de casas, está vacíos. No es una cuestión
generacional. Es el sistema desposeyendo a la clase trabajadora de la
posibilidad de habitar una vivienda digna.
No emanciparse no
siempre es sinónimo de haberse infantilizado. Sindy tuvo un hijo siendo
adolescente y quince años después sigue viviendo con su madre porque no se
puede permitir un alquiler con un sueldo de mil quinientos euros en Benidorm.
Su caso es un ejemplo de hacinamiento. En su casa llegaron a vivir nueve
personas durante la COVID-19, incluida su hermana, personal sanitario: «Sigo
viviendo con mi madre, mis hijos, mi hermana, su marido y mi ex, que aún no
tiene a dónde ir… ¿por qué? Porque la vivienda es muy cara, es imposible
independizarse, y más con el sueldo de mierda que tengo». Cada familia duerme
en una habitación, como en el Madrid de las aguadoras de principios del
siglo XX que describe Victoria Gallardo en FUIMOS
INDÓMITAS.
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La orientadora del instituto le dijo a Maca que debía pensarse muy bien
qué quería estudiar en la universidad, porque eso le garantizaría un buen
trabajo para acceder a una casa en la que formar una familia. Este último hito
para ella ha estado siempre muy presente, porque quiere ser madre. Así que fue
paso a paso, adaptándose a sus propias circunstancias: se cambió de carrera.
Antes de acabar los estudios, tenía dos trabajos, y cuando ahorró lo
suficiente, a los 24 años, se fue a vivir con una amiga. Conoció a un chico y
se mudaron juntos, pero aquello no acabó bien. Volvió a compartir gastos con
otra amiga, porque, aunque ya trabajaba de lo suyo, «con un sueldo de maestra
en la escuela concertada ninguna inmobiliaria te enseña pisos, todos superan el
30 por ciento de lo que ganas». En el momento en el que le hago la entrevista,
a sus 42 años, sigue en la misma situación laboral, pero ahora necesita pagar
el alquiler con dos chicas más. Y aunque no tiene pareja, sigue queriendo ser
madre, así que, con todo en contra, va a someterse a una inseminación por
tercera vez.
Un año después,
cuando Maca revisó la transcripción de su entrevista, añadió un comentario
justo aquí: «Me ha gustado leer lo que dije, sobre todo la parte en la que
hablo de la inseminación y del intento de quedarme embarazada. Aprovecho para
decirte que lo he conseguido… Hace casi ya un mes que nació mi peque». Esa niña
hizo saltar la sucesión de hitos por los aires. Cuando releo este párrafo, me
pregunto si alguna vez tuvo sentido esa secuencia de
carrera-trabajo-pareja-casa-familia para las mujeres de clase trabajadora.
Quizá no es que NOSOTRAS VINIMOS TARDE, sino que se deberían haber
tenido en cuenta nuestras circunstancias e inquietudes antes de plantearnos esa
serie ordenada de aspiraciones vitales.
El malestar por la
imposibilidad de vivir mejor que nuestros padres está intrínsecamente
relacionado con no tener acceso a una vivienda digna o poder formar una
familia. Hace veinte años, quienes criticaban las KeliFinder aún tenían a sus
abuelos vivos para recordarles que ellos habían criado a una camada de cinco
miembros en la sala de estar de un piso con un dormitorio. A nadie se le
ocurría decir que estaban viviendo peor que sus padres, porque aún había
memoria. Ahora que nuestros padres son abuelos, hay quien pretende que añoremos
un momento de nuestra historia que nunca existió, promulgando un enfrentamiento
generacional. Inventarse el pasado es otro síntoma de invocar EL TIEMPO
PERDIDO.
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Cuando le pregunté a Sara si vivía sola, la resignación habló por ella:
«Tengo 27 años, he intentado independizarme en Getafe, pero no he podido porque
solo me he encontrado pegas: precios, avalistas, la edad… Siendo de
extrarradio, tengo menos recursos a nivel económico para poder lograrlo», al
igual que Fayna, de la misma edad pero con la particularidad insular: «Sigo
viviendo con mis padres porque actualmente es imposible hacer otra cosa. Para
alquilar piden muchísimas condiciones, avalistas, o que si te independizas sea
en pareja, no con amigos, por el estereotipo de jóvenes y fiesta. Tendría que
salir de la zona en la que vivo, que se ha convertido en una ciudad-barrio
dormitorio, muy tranquila. La gente prefiere vivir aquí que en Las Palmas de
Gran Canaria. Aquí son setecientos euros y en la capital de ochocientos para
arriba, a no ser que quieras vivir en un zulo o en una casa muy antigua por
quinientos euros, teniendo que comprar electrodomésticos y amueblar tú».
Antes que se
hablase en los medios de las dificultades de emancipación, el gran tema de la
vivienda eran los desahucios, que no solo han empobrecido a las familias por
hacer frente al pago de la hipoteca, sino que han esquilmado oportunidades de
acceder a una vivienda a sus hijas. Por ejemplo, la joven de 18 años Marya no
podrá verse avalada cuando necesite pedir un préstamo, aunque sus padres vivan
al día: «Al principio, nuestra casa la tenían hipotecada y con la crisis no
podían pagar. La devolvieron al banco. Y el banco nos la tiene en forma de
alquiler. Durante el último año tuvimos problemas porque no querían renovarnos
el contrato, aunque se había pagado todos los meses el precio acordado, no
éramos okupas ni nada. Esto se ha solucionado hace semanas, literalmente. Mis
padres han estado muy agobiados con esto. Intentaron ir a la Plataforma de
Afectados por la Hipoteca, la PAH, pero tampoco les solucionaba mucho, porque
se centraban más bien en personas a las que iban a desalojar ya de ya, y en
personas que eran okupas y tal. Y mis padres, pues no se sentían… eso, no sé.
Es que son muy orgullosos… Esto del alquiler les ha hecho pisar tierra, ahora
se sienten más de clase obrera, ¿sabes? Mi madre se vio, con el orgullo que
tiene, en una reunión de la PAH, con prostitutas, con okupas, con los gitanos y
tal. Y ella, pues era como “pero cómo me van a meter en el mismo saco si yo
jamás he hecho esto”, estando afectada por lo mismo que los demás».
Para el sistema de
acumulación por desposesión ha sido clave dinamitar la solidaridad ciudadana
que estalló contra los banqueros que se
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dedicaron a VOTAR Y COBRAR. Hemos pasado de la empatía
con las DESAHUCIADAS a la criminalización de los impagos del
alquiler. Para África, una joven técnico de luces de 27 años, esa
es una manipulación de los medios, que «no dejan de ser empresas a las que les
interesa vender alarmas y meter miedo. Okupar es una movida, tienes que saber
si es una morada, si es una segunda o una primera y, realmente, si te metes y
es una de primera morada te pueden echar rápido. Hay una desinformación
increíble y muy poca cultura del movimiento okupa. No tengo amigos que vivan de
okupas, ni que hayan okupado. Sí que tengo conocidos que no pueden pagar el
alquiler, pero realmente saben que putean al casero, y que se tienen que ir, no
se quedan. ¿En qué necesidad te tienes que ver para vivir en un piso patada?
Empecemos por ahí, el problema real no son los okupas. El problema es que los
jóvenes estamos tan precarizados que no podemos vivir, que tenemos que
compartir. Si yo no comparto piso, no llego a fin de mes pagando un alquiler, y
te estoy hablando de un piso en el extrarradio de Madrid, en Usera».
Se habla en los
medios de desahucios que les ocurren a otros y de okupaciones que nos pueden
pasar a cualquiera. En ese contexto pone el cuerpo Sonia, profesora de
universidad en Barcelona y procedente de Nou Barris. A ella no le preocupan los
desahucios en abstracto, «me preocupa que mi primo se quede en el paro, porque
mi tía lo avaló con su piso. Esta es la diferencia entre los que procedemos de
clase trabajadora y los que no. Estas realidades se materializan a nuestro
alrededor, en nuestras preocupaciones diarias».
A quien llega a
buscarse la vida sin romantizar el desayuno en Instagram, la ciudad le tiene
deparada una singular acogida: ya está alquilada. El racismo latente de
arrendadores e intermediarios lo ha sufrido Roxana: «Con el padre de mi hija
mayor alquilé el piso en Aluche. Nos costó bastante, no quiero pensar que fuese
porque yo soy boliviana y él moldavo… Quiero pensar que es porque no cumplimos
los requisitos que te pedían: no sé cuántas nóminas y un contrato. Esas son las
condiciones antes de ver el piso… Lo que sí me daba cuenta es que a él
enseguida lo rechazaban cuando llamaba, lo tomaban por rumano, y los rumanos
tienen muy mala fama, así que prefería llamar yo, aunque no tenía papeles y
tampoco trabajo». Así como Valentina, que se ha encontrado los mismos problemas
y, en su caso, no duda de la xenofobia de los propietarios: «Cuando buscamos
vivienda mi hermano y yo notamos muchísimo que no
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nos quieren alquilar. Si nos escribimos, no hay ningún problema, pero
cuando descolgamos el teléfono lo primero que me preguntan es de dónde soy, si
tengo los papeles en regla, de dónde son mis padres. Aunque es mi madre la que
me mantiene, el aval de mi alquiler es la pensión de mi abuelo español porque,
de mi madre, en México, no querían aval, y de mi padre, como es autónomo,
tampoco». Además, Valentina ha experimentado la carga de la intersección
género-raza al ver cómo opera de manera muy diferente el estereotipo del hombre
latino salvaje y el estereotipo de la mujer latina sumisa: «Incluso creo que yo
lo tengo más fácil que mi hermano para encontrar piso. Al ser mexicano, hombre
y llevar mullet, tiene pinta más chida, más molona y menos seria».
Luna tiene 50 años
y es una más de la diáspora venezolana en Madrid, pero no de las que llegó con
la golden visa y gentrificó el barrio de las Cortes. Ella vive
en las afueras de la periferia, en un PAU de Moratalaz: «Cuando llegué, sin NIE
y sin nómina, dimos cinco meses por adelantado hasta que pudimos entregar un
recibo de nómina. Y eso porque el casero era amigo del amigo. El padre de mis
hijos se ha hecho pareja de hecho con la madre de un amigo de los niños, sin
ser realmente pareja ni conocerse mucho, porque para ella era la única manera
de poder firmar el contrato de alquiler sin depender de la nómina o de que le
quisiera hacer el favor su ex. Le fue mejor pedirle el favor a otro ex, el mío,
que a su propio ex». La experiencia buscando vivienda de Aurora, a sus 54 años,
tras separarse de su marido y tratar de empezar una nueva vida en Villaverde o
en Cuatro Caminos es similar a la de cualquier migrante intentando alquilar una
casa, con la excepción de que Aurora, como toda su familia, nació en España,
por mucho que su tez morena sea la excusa para que le pregunten de qué país es.
Es española, pero gitana: «Me puse a buscar piso y, de tenerlo casi cerrado,
con la documentación y todo, se echaban atrás cuando me veían. En cuanto te ve
el de la inmobiliaria, se lo alquila a otra persona que no sea racializada. Yo
no tengo una nómina baja, tengo estudios, tengo trabajo fijo… pero les da
igual».
Las dificultades
para encontrar una alternativa a la vivienda familiar provocan en muchas
ocasiones que las separaciones se pospongan o que los divorcios nunca lleguen.
Mariña, desde Vigo, me confiesa: «Yo no tengo grandes traumas relacionados con
el hormigón, pero sí soy consciente de que, a mi alrededor, había paro y malos
tratos. Soy consciente porque ese tipo de viviendas se construyeron con
materiales de
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no muy buena calidad, por lo que escuchabas todo de los vecinos, y te
enterabas de cosas, aunque no quisieras. Entonces, por ejemplo, sabías, o por
lo menos intuías, lo que tal vecina podía tener en casa, ya no tanto por los
gritos, que a lo mejor no te coincidía justo en el patio de luces, sino por
otras cosas que veías».
Estadísticamente,
es en ese momento, en el de las separaciones, cuando saltan todas las alarmas y
aparecen las grandes dificultades económicas, aunque junto con el bulo de las
denuncias falsas, el divorcio es el mito por excelencia de la injusticia que se
está cometiendo contra los hombres, afirma la investigadora Begoña Pernas. Los
hombres se sienten desbancados, rechazados, abandonados por sus parejas, pero
también vilipendiados por el Estado cuando la justicia les niega que la
custodia compartida pueda sostenerse entre su madre y la madre de la criatura.
Según Javier Ruiz, en su radiografía del EDIFICIO ESPAÑA que
disecciona la desigualdad económica y de oportunidades en nuestro país, sobre
todo para las mujeres, «la separación puede ser el gatillo que dispara la
pobreza». Ese fue el caso de la madre de Sandra, en Sevilla, que vio cómo la
situación económica de su padre mejoraba mientras que su madre, que los cuidaba
y tenía un trabajo a media jornada, llegó a un acuerdo con el banco para evitar
el desahucio a través de un alquiler social. No es solo tener que seguir
conviviendo cuando ya no hay amor, es saberse haciéndolo en un PAU cuando el
coche es de tu pareja, no podrías pagar sola la hipoteca, tienes reducción de
jornada por cuidados y el niño necesita que le pongan aparato. La especulación
del suelo es violencia contra las mujeres.
Tras la venta de
las viviendas del PAU de Carabanchel a un fondo buitre, dos mujeres afectadas
por la subida de alquiler y posterior orden de desahucio se suicidaron, «una de
ellas, separada, se acabó ahorcando», recuerda Arantxa.
UNA PUERTA VIOLETA
EN LA PARED
La única manera de
emanciparnos de la vivienda familiar y no compartir piso sin que medie una
herencia es la pareja: sumar dos sueldos, dos ahorros, dos familias que ayuden
con la entrada ocon el mes corriente, en caso de alquiler, y con los gastos.
Aunque nos acusen de INTENSAS cuando
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lo advertimos, no deja de ser cierto que nuestro sistema inmobiliario es
el mejor aliado del modelo más clásico de monogamia. Aquel eslogan franquista
del país de propietarios, no de proletarios, jamás incluyó a las mujeres como
dueñas de sus viviendas. Ellas, y nosotras, seguimos siendo profundamente
proletarias, dependientes. Aun habiendo accedido al trabajo remunerado, incluso
a algún puesto muy bien remunerado, ninguna mujer ha logrado emanciparse por
completo de la dominación masculina y, por ende, de su máxima expresión: la
violencia de género.
A partir de nuestra
legislación, podríamos definir la violencia de género como todo acto de
violencia basado en la discriminación y desigualdad de género, ejercido por
cónyuges o parejas actuales o pasadas, que cause o pueda causar daño físico,
sexual o psicológico a la mujer, incluyendo amenazas, coacción o privación de
libertad, tanto en la vida pública como privada.
Aunque la violencia
está en todos los ámbitos, cobra especial relevancia, fuerza e impunidad dentro
de la relación de pareja. Cuando te ves con un trabajo a media jornada para
poder atender a tus criaturas y vives con una hipoteca que se comió todos tus ahorros
y los de tu familia, plantearte salir de una relación de maltrato es harto
complicado. Si emanciparse es prácticamente imposible para cualquier joven con
un empleo precario, para alguien que no se tiene más que a sí misma, si acaso
un gato (menos del 5 por ciento de las viviendas anunciadas en Idealista
permiten mascotas), para una madre con hijas o hijos menores es una odisea. Una
odisea como la de Penélope, que teje y desteje porque no tiene a donde ir, y
casi mejor si Ulises sale a por tabaco y la deja en paz.
Cuando las víctimas
de violencia de género toman conciencia de su estatus, aparece el desamparo
ante la idea de perder su hogar o tener que cambiar de barrio. Las razones por
las que las relaciones de maltrato se extienden en el tiempo son múltiples y complejas.
En cada pareja operan unas vulnerabilidades y unas dinámicas de opresión
particulares, pero no podemos pasar por alto que la precariedad, el estigma
hacia las mujeres de clase trabajadora y la crisis de la vivienda no ofrecen la
posibilidad de imaginar de manera sencilla un futuro sin el agresor,
especialmente cuando es él quien mayores ingresos económicos aporta. No siempre
es fácil separarse de él, sobre todo si no se cuenta con apoyo familiar y
social, o con la autonomía de unos ingresos propios. A la dependencia afectiva
se le suma el miedo a que cumpla sus amenazas, entre ellas la posibilidad de
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que ejerza violencia vicaria sobre la prole si la madre deja de estar
presente.
No hay razones
estadísticas para pensar que una mujer de clase trabajadora sea más vulnerable
a la violencia de género que otra de clase acomodada. Ello supondría dar por
válidas las teorías que describen a los hombres de clase trabajadora como más
violentos y machistas, cuando no es así. Hay más víctimas de clase trabajadora
porque somos más las que trabajamos que las que viven de las rentas.
La vulnerabilidad
es consecuencia de nuestra posición subalterna en el mercado laboral, en la
oferta de vivienda en alquiler, en la cada vez más escueta red pública de
centros y profesionales que puedan atender, acompañar y ofrecer alternativas.
Casos como el de Nevenka Fernández, Bárbara Rey, María Jiménez, Carmina Ordóñez
y Antonia Dell’Atte en nuestro país, o el de Britney Spears, Rihanna y Kim
Kardashian en el panorama internacional, demuestran que la violencia es
transversal al nivel de vida, pero que en cualquier caso opera hacia las
mujeres humillando, sometiendo y poniendo en riesgo su vida, su carrera y su
independencia económica, además de la relación con su familia o su proyección
pública.
Por supuesto que no
siempre todo es lo que parece, muchísimas veces nuestra percepción está errada.
Ninguna de nosotras somos seres de luz, ni la feminista perfecta capaz de
identificar qué es exactamente lo que le está pasando mientras le está pasando.
Una de las entrevistadas que mejor opinión tenía de su pareja en torno a la
conciliación, la corresponsabilidad, la deconstrucción masculina y la
implicación con la igualdad, tan solo un año después de la entrevista, cuando
le solicité que revisase las notas antes de incluirlas en el ensayo, había
interpuesto varias denuncias por malos tratos. Su ya expareja llevaba una
tobillera, tenía una orden de alejamiento y estaba a la espera de juicio. Hoy
en día ella es una víctima de violencia de género con un nivel estimado de
riesgo alto en el sistema de VioGén.
Dado el
encarecimiento de la vivienda en nuestras ciudades, algunas parejas deciden
mudarse juntas a los pocos meses del inicio de la relación para poder ir más
desahogadas, tener más intimidad… En definitiva, dejar de compartir piso y
aprovechar mejor los escuetos salarios. El problema de esta aceleración es que
el despliegue de la violencia se desarrolla progresivamente, por lo que, en
ocasiones, esas red flags que todas tenemos tan claras en la
teoría, dejan de ser visibles entremezcladas con
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las dificultades propias de la vida en pareja los primeros meses. Cuando
queremos darnos cuenta, ya estamos pagando una airfryer a
plazos.
En el mejor de los
casos, para nuestra vida, le empezamos a dar importancia a los primeros signos
de violencia según la agresividad va en aumento un ciclo tras otro. Ese fue el
caso de una de las entrevistadas en la capital. Entre ella y sus amigas, las relaciones
de pareja que se iniciaron en el instituto se prolongaron hasta el primer o
segundo año de universidad. Con el tiempo, la formación y tras varios sucesos
trágicos, la joven identificó que estaba en «una relación bastante tóxica».
Hasta aquel momento, incluso un bofetón lo veían completamente normal, los
justificaban «si le habías dejado mal delante de sus amigos, si le contestabas
mal, si no le gustaba cómo ibas vestida. Nosotras entendíamos que una bronca,
un empujón o un “Tía, vete a cambiarte, no me gusta que vayas así” era normal».
Eso se dice a sí misma, aún hoy, que aquello era lo normal, lo que veían en
algunas madres. Incluso se censuraban unas a otras justificando las reacciones
violentas de sus parejas. Durante la conversación repara en aquel «tía, para
qué te pones esa camiseta» que se recriminaban entre ellas. En el grupo de
amigas estaban todas igualmente cohibidas, alienadas y completamente
atemorizadas. Ninguna levantaba la voz, a ninguna le parecía fuera de lugar lo
que les hacían, nadie era capaz de identificar el maltrato y el control, «era
más fácil decir: “Pues si no le gusta, si ya sabes que no le gusta, no te
pongas esa camiseta”».
Otra de las
entrevistadas esperó a la aprobación de su psicóloga para participar en esta
edición, puesto que no había hablado nunca del maltrato que padeció durante su
adolescencia: «Sufrí violencia de género en pareja con catorce años. Empecé a
salir con un chico que era año y medio mayor que yo, del barrio, español. Perdí
la virginidad con él la noche que me lo presentaron. Y, días después, empezaron
los chismes, me decían que era una chalada por estar follando con una persona a
la que no conocía. Él me decía que me quería y me vi en la situación de tener
una relación, aunque yo no lo quería. Estuvimos juntos un año y cuatro meses».
El respeto que merecemos las mujeres, ya sea en el centro o en los márgenes,
sigue relacionado con el contexto en el que mantenemos relaciones sexuales: en
pareja monógama y con la luz apagada, bien. En el asiento de atrás de quien
acabas de conocer, fatal. Se sigue prefiriendo el orden social patriarcal a la
libertad de las mujeres, muchas veces a costa de nuestra integridad física.
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«A las pocas semanas, se puso en marcha una escalada de violencia
psicológica, de control, de la que yo no era consciente, pero ahora… buah, es
que este tío me las ha liado muy pardas. Me venía a buscar a la puerta del
colegio, quería estar a todas horas conmigo. Al principio yo no le veía mala
intención, pensaba que si me pedía que dejase de quedar con los punkis del
barrio era porque me quería proteger. Pero en realidad, él no quería que me
juntase con nadie. Después se hizo con mi grupo de amigos, y dejé de ir sola a
ningún sitio sin él. Había un montón de red flags que, con esa
edad, no las veía, como que los primeros días de relación, después de follar,
él me daba veinte pavos. Me decía que era para mis cosas, porque su familia
tenía y la mía no», continúa. «Nuestras relaciones sexuales eran con
preservativo, pero él decía que se nos rompían. Desde que le dejé no se me ha
vuelto a romper ninguno. Tuve un aborto, y ahí me rallé. Él decía que quería
que fuéramos padres y que no le parecía bien que no hubiese seguido adelante
con el embarazo. Después de aquello, yo ya no quería seguir, no quería follar,
y entonces empezó a agredirme sexualmente cada vez que a él le apetecía y yo no
quería. Empezó a ponerme los cuernos, y cada vez que yo me enteraba, después de
la bronca, venía a mi casa con flores. Otro día se puso a revisar los SMS del
Nokia 3310 y, al ver que me había escrito un compañero de clase, me cruzó la
cara. Ese fue el punto de inflexión. Eso fue lo que me hizo darme cuenta. En
ese momento me dije que yo no quería ser una mujer maltratada. No era aún
consciente de que lo había estado siendo durante un año. Cuando me cruzó la
cara, me quedé sentada en la cama y solo pensaba, no quiero ser una
mujer maltratada, no quiero ser una mujer maltratada, tengo que salir de aquí.
Se fue de mi casa y estuvo tres días sin hablarme, que para
nosotros era un mundo. Volvió a aparecer diciendo que tenía cáncer, falsificó
una analítica y vino diciendo que había reaccionado así por el cáncer. No volví
con él, pero me tuvo amenazada durante años. Me pedía que quedáramos para
hablar las cosas en un descampado, que, a ver, si te parece, me voy pegando yo
las cuatro puñalás. Y la última fue que en un paso de cebra, yendo
yo con mi madre, intentó atropellarme con el coche. Mi madre me
mandó inmediatamente a casa de una amiga que vive en Toledo. Hasta entonces no
le había contado por qué lo había dejado, ni lo que me había estado haciendo».
El testimonio de
otra millennial: «Sufrí agresiones sexuales con mi segunda pareja…
me violó en varias ocasiones, una de ellas mientras yo
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dormía. Lo vendió como que era algo que él había hecho sin tener
conocimiento, dormido también. Básicamente, me obligaba a mantener relaciones
con él mediante manipulación. No lo hacía de forma violenta, sino, eso, de
forma más psicológica». Con quince años más, casada y con un hijo, desde los
márgenes de la capital llega otro testimonio similar de violencia sexual en
pareja: «Mi marido me forzó sexualmente una vez. O sea, estábamos en la cama,
estábamos desnudos, a mí no me apetecía. Llegó un momento en el que le dije que
no me encontraba bien y entonces él me cogió de las muñecas y me penetró porque
sí. Porque le vino bien. Yo se lo dije, le dije que me acababa de violar porque
le había estado diciendo que no, que no quería, que me dejara y que me había agarrado
de las muñecas para poder metérmela. Se enfadó muchísimo, se lo tomó fatal.
Llamé al 016… me fui dando cuenta de muchas cosas».
Los monstruos
grises en nuestras cocinas sobre los que cantaba Rozalén son innumerables. Ya
cumplidos los cuarenta, durante una videollamada otra de las participantes
confiesa que «viviendo en pareja tienes para otra entrevista completa. Por el
tema de posesividad. A partir de cierta edad ves que desaparece la necesidad de
tener pareja. Con pareja, mi tiempo ha sido más agobiado e infeliz que feliz.
No sé si ha sido mala suerte mía, porque yo veo a otras parejas felices. Pero a
mí me han tocado celosos, maniáticos, manipuladores, infieles… Y la infidelidad
no es lo peor que te puede ocurrir. Engañarte, manipularte, tratarte como a una
tonta y que seas una marioneta, eso es muchísimo peor. Sé que hay cosas que me
oprimen, ser consciente de ello es importante. Pero cuando una pareja te
manipula, cuando te tiene de tonta… Un día despiertas y es un derrumbe. Te das
cuenta del engaño, de que te ha conducido y manipulado».
Una de las más
terribles extensiones de la violencia de género es la vicaria, que es
psicológica y puede llegar a provocarle a quien la padece la muerte en vida
cuando la expareja acaba asesinando a quienes más quiere: sus progenitores o
sus descendientes. Rosalía González, presidenta de la Asociación Mami, detalla
sus vivencias en primera persona, y algunas de las más de ciento cuarenta
mujeres organizadas contra el maltrato infantil.
El dolor infligido
a los menores, las presiones con las que se violenta a las hijas y los hijos
para que quiebren la confianza en sus madres, persigue perpetuar el maltrato al
que ha sido sometida la mujer una vez cesa la relación, y más si cabe cuando se
imponen medidas de protección tras una
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denuncia pero no se incluye a las hijas y a los hijos como víctimas.
«Tú, si sabes que cuando tus hijos están con él no van a comer, o van a ser
abusados sexualmente, sufres. Y demostrar eso nos enfrenta a unas trabas y a
una violencia institucional muy grande. Parece que a nadie le importan los
niños, la frasecita del bienestar superior del menor no puede limitarse por el
derecho del padre, maltratador, a ver a su hijo», indica González.
Otra de las madres
separadas entrevistadas compara la situación con cada una de sus exparejas,
sendos padres ausentes, pero uno más que el otro: «Con el padre de mi hija no
tengo ninguna relación. Una vez se marchó, no compartimos nada, nos abandonó
por completo tanto a mí como a ella. Pero con el de mi hijo… justamente hoy he
puesto la novena denuncia porque no cumple el régimen de visitas ni el convenio
que tenemos. Se desapareció durante tres años, volvió hace un mes y ahora tengo
que llevarle todas las semanas a mi hijo a un punto de encuentro porque un juez
ha dictaminado que el niño tiene derecho a ver a su padre, aunque desapareciese
durante tres años y no cumpliese con la manutención ni las visitas. Pero como
cambió la ley y las visitas no son una obligación sino un derecho, apareces
cuando quieres. Si quieres ejerces el derecho y si no, no, y le pones la vida
patas arriba al niño. Al principio, mi hijo quería pasar tiempo con él, pero
ahora le parece una pérdida de tiempo estar en el punto de encuentro con él dos
horas. Está totalmente desestabilizado de sus idas y venidas. Quiero que lo vea
un psicólogo, pero tengo que pedirle autorización al padre hasta para que le
hagan pruebas médicas… hay que pedirle autorización a una persona que, cuando
le viene en gana, se esfuma sin dar explicaciones. Tuvo que ser el juez quien
reconociese el derecho de mi hijo a ser atendido por un psicólogo, pero solo de
la Seguridad Social, como si eso fuese garantía de algo, porque en dos años ha
tenido cinco visitas y cada una ha sido con un profesional diferente. Así no
tiene un buen seguimiento, ni un tratamiento continuado».
González refrenda
este caso anterior, ya que la mayoría de las atenciones psicológicas de menores
con padres divorciados se da por sentencia judicial. La terapia es un espacio
seguro para el menor. En ella se exponen los patrones de manipulación del progenitor,
y ese es un riesgo que los padres no quieren correr, especialmente si deben
costear al menos la mitad de los gastos de la sesión.
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El caso más extremo de violencia vicaria entre las entrevistadas es el
de Zelia, una abogada de la ciudad condal, víctima de la MISOGINIA
JUDICIAL. Durante toda la conversación, se identifica con la experiencia de Rocío
Carrasco, protagonista de todo un fenómeno en prime time exquisitamente
abordado por la periodista especialista en violencia de género Ana Bernal
Triviño. El factor clase aquí es relevante. Insiste en que, aunque
económicamente podría tener unos medios económicos similares a los de Carrasco,
también a ella la acompañó la palabra «loca» durante todo el proceso judicial.
Cuando su ex demandó la custodia, fue ella quien debió demostrar que era una
buena madre. A pesar de las causas pendientes por violencia de género, la
disputa por la custodia se libró al margen de los informes médicos y de los
testimonios. Sufrió agresiones por parte de la pareja del padre de su hija
cuando se disponía a dejar a la menor con ellos para pasar el fin de semana, y
una viandante llamó a emergencias, donde un doctor le diagnosticó un ataque de
ansiedad, le recetó ansiolíticos e informó de oficio de un caso de violencia de
género, recién estrenados los protocolos de la Ley Orgánica de Medidas de
Protección Integral contra la Violencia de Género, en 2005. «Siento que fui un
conejillo de Indias, todo aquello era nuevo». El día que apareció en los
juzgados en condición de víctima, sus propios compañeros la acusaron de
aprovecharse de sus conocimientos jurídicos para obtener la custodia. Fue
revictimizada al mismo tiempo que se le negaba su estatus de víctima. Aunque la
denuncia no la puso ella, sino aquel médico. Decidió abandonar su colegiatura y
su carrera. «Esto no es lo que yo he estudiado, me desengañé de ser abogada».
Dada su posición económica, en cierta medida acomodada, dejó de trabajar, tiró
de ahorros y se dedicó en exclusiva a la maternidad, a preparar el proceso
judicial y al cuidado médico y psicológico que exigen sus ataques de ansiedad.
«Yo quería que los informes recogieran que él era un psicópata demasiado listo
como para agredir con sus propias manos, que yo no estaba con la cabeza
cortocircuitada», apunta.
Pero los exámenes
psicológicos, lejos de demostrar el origen de la violencia a la que se ve
sometida por parte de su ex, dejaron en evidencia que está siendo medicada, que
no es emocionalmente estable y que, además, no trabaja. El plan de él era
mudarse a Estados Unidos para alejar a la niña de ella mientras se recuperaba.
El juez accedió. Fue una medida excepcional en un contexto que tan solo concede
el 4 por ciento de las
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custodias en exclusiva al padre. Más de diez años después, una década
con cada uno de sus días, no ha vuelto a ver a su hija. «Comprendí que cuando
un hombre en España te dice que te va a quitar a la niña, te la quita». En un
primer momento, viajó tras ellos a Estados Unidos, donde descubrió que habían
dado orden en el colegio para que no pudiese acceder, ni siquiera a las
funciones escolares. Las condiciones impuestas por el tribunal en España no se
estaban cumpliendo. El traslado temporal se convirtió en secuestro parental.
Durante su estancia
en el país norteamericano empezó a temer ser procesada allí si su ex interponía
alguna demanda o si desde el colegio se asustaban por su insistencia en ver a
su hija: «Me veía como María José Carrascosa, en la cárcel. No tenía visa de
trabajo. Sentía pánico porque él dijo en el colegio que yo estaba loca de
atar». Como inmigrante, rápidamente fue desclasada, perdió «la inocencia naíf de
niña pija que pensaba que todo me podía salir bien». Allí fue una hispana más
con un «empleo para inmigrantes», compartiendo piso. Finalmente, inició un
procedimiento judicial, pero se vio obligada a representarse a sí misma ante la
incapacidad de hacer frente a los honorarios de los profesionales
norteamericanos, sin éxito. Hoy en día, de vuelta en Barcelona, su única
esperanza es que, una vez su hija cumpla la mayoría de edad, quiera pasar
tiempo con ella y que empiece sus estudios universitarios aquí. También hay
hijas del hormigón en la upper Diagonal.
Página 109
2
Trabajo
Jamás he sido un
empleado. Fui creado para trabajar. Tampoco tuve nunca una infancia. Pero he
intentado imaginarme una. A veces mi compañero humano habla de no querer
trabajar, y también dice algo muy raro, totalmente absurdo, sí, ¿cómo es? Dice
que «uno es más que su trabajo», ¿o dice más bien que «uno no es solo su
trabajo»? Pero ¿qué otra cosa podría ser entonces? ¿De qué manera obtendrías
comida, quién te haría compañía?
OLGA RAVN, Los
empleados
¿QUÉ OTRA COSA
PODRÍA SER ENTONCES?
En la nave seis mil
que describe Olga Ravn conviven humanos y humanoides. Un humanoide, testimonio
031, se cuestiona qué seríamos más allá del trabajo, cómo podríamos socializar.
Si seguimos
reivindicando el derecho al trabajo en tiempos de hiperproductividad y
ansiolíticos, es porque la respuesta que históricamente se nos ha ofrecido a
las mujeres ante los interrogantes que se hace el autómata es ser ama de casa.
Ser dependientes y retroceder a las posiciones subalternas de la jerarquía
económica.
En los años
setenta, la madre de Carmina empezó a servir en la calle Alcalá a escondidas de
su marido. «Mi padre fue un machirulo que no tenía educación, no quería que
ella trabajara fuera de casa. Después del curro, que no había otra distracción
ni otro medio para sostener la mierda de vida que llevaba, él se iba de vinos.
Uno aquí, otro ahí, otro allí. Así que la mierda que ganaba no nos llegaba. Mi
madre, entonces, se iba a limpiar sin decírselo, porque él se negaba a que su
mujer tuviese un empleo. Cuando se enteró, cogió una mañana y no se levantó de
la cama.
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“No voy a ir a trabajar, porque ya me he enterado de que trabajas tú”,
le dijo a mi madre. A los machirulos no los necesitamos, pero ellos se creen
imprescindibles».
Hablamos del
derecho a que se reconozca y se remunere nuestro tiempo, porque ocupaciones
feminizadas han existido siempre. Despojadas históricamente de una
gratificación justa, el mero hecho de desempeñar tareas productivas no
garantiza nuestra plena autonomía. A pesar de ello, es el único medio de
liberación que tenemos en la sociedad para acceder al desarrollo personal, más
allá de nuestra identidad como hijas, esposas o madres enfrascadas en
actividades no remuneradas.
Es lícito que un
humanoide se pregunte qué podría ser más allá de un empleado, puesto que nos
hemos socializado a partir de las identidades laborales, categorizando la
dignidad personal según la ocupación y las aspiraciones profesionales. Hace
cincuenta años, si una mujer no era empleada y tampoco se dedicaba a sus
labores, era una vaga, y por ende, una maleante.
Hasta 1985, en
nuestro país el DNI incluía la profesión. Hoy, el NIE depende mayoritariamente
del empleo. La garantía de un derecho fundamental, como el de la salud, está
supeditada al alta en la Seguridad Social. Los recortes a la universalidad
producidos durante la crisis no se han derogado por completo. Las prestaciones
de maternidad o de paternidad son contributivas. En los talleres ocupacionales
para personas con discapacidad, no se valora el producto final sino lo que
supone para su inserción en la sociedad el cumplimiento de los horarios y las
tareas. Se aplica el mismo criterio para los penados y para las penadas: deben
conseguir un contrato de trabajo para poder acceder a los beneficios
penitenciarios de semilibertad.
El derecho de las
mujeres al trabajo es tan reciente en nuestro país que, a la mínima, se nos
recluta de nuevo para las tareas domésticas. Cada vez que vivimos una recesión
económica, se prioriza la actividad masculina, y en el momento en el que
nosotras nos desocupamos profesionalmente, adoptamos el rol de ángel del hogar
en la organización del tiempo. Sin embargo, los parados no asumen esas
actividades, propias de la reproducción, sin visibilización ni reconocimiento.
De vosotros se dirá que estáis en búsqueda activa de empleo, que sois un
emprendedor en ciernes o un opositor dedicado. Ni siquiera los permisos
retribuidos relacionados con los cuidados son destinados a la conciliación: en
esas semanas ellos
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desarrollan su vocación por ser campeones de triatlón o deciden formarse
para cambiar de sector. En 2024, la mitad de los hombres hicieron coincidir su
permiso de paternidad con el de maternidad: uno de cada dos evitó hacerse cargo
en solitario de la crianza.
Maca recuerda cómo
se le impuso de un día para otro llevar al día las tareas domésticas según
perdió su empleo. «Mi novio me decía: “Es que me he ido hoy, y cuando he vuelto
todavía está la ropa en el tendedero, no la has recogido”. Y dices, ya tío, es
que busco curro, y sigo estudiando. O sea, que una cosa es estar en paro y otra
cosa estar parada y meterme en la cocina». La temporalidad y la parcialidad de
los empleos feminizados provocan que, en demasiadas ocasiones, las desempleadas
no cuenten con prestaciones que las mantengan enganchadas a los servicios
públicos. Sin incentivos para constar como población activa, salen del sistema
de demandantes y pierden el derecho a subsidios. Pasan a constar como población
inactiva y, mientras no decidan retomar los estudios, serán consideradas
socialmente como amas de casa.
Dolores, que acaba
de cumplir 52 años y lleva cinco desempleada, insiste en que «yo me niego a ser
la fregona de mi casa. Mierda que tú hagas, mierda que tú limpias. Quiero
trabajar, no estoy hecha para estar en casa». Para reengancharse, está
preparando unas oposiciones y está aprendiendo catalán. No se quiere conformar
con lo que podría conseguir siendo una charnega sin formación, porque considera
que «la gente de aquí, la derechona catalana, a los obreros no los quiere. A
nosotras nos quieren de criadas, nos tratan como a la Juani de Médico
de familia, como nos han tenido siempre, sirviendo a los catalanes».
Instruidas en el
hogar y socializadas en el mandato de los roles de género, se da por hecho que
como mujeres seremos capaces de cuidar de los demás y de quitarle el polvo a
cualquier cosa que nos pongan por delante. Limpiar otras casas cuando falta
dinero en la nuestra es la propuesta favorita que nos hacen los hombres
educados como proveedores. Si ejercemos un empleo feminizado y precarizado en
la intimidad de otro hogar, no ven cuestionada su autoridad ni su masculinidad.
Todas anhelamos ser
alguien más allá de las tareas invisibilizadas que realizamos diariamente en
casa. Cuando ese sueño se ve frustrado provoca un malestar que ya fue bautizado
hace sesenta años como LA MÍSTICA DE LA FEMINIDAD. Hasta las
abnegadas tradwives que han tomado Instagram están
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enganchadas a la reafirmación de su vanidad a partir de los likes,
los comentarios y los followers. Presumen de ser unas mantenidas
mientras monetizan sus publicaciones, por lo que no han abandonado las
dinámicas productivistas aunque parezca que no es trabajo la decoración de
interiores, la cocina y el unboxing. Quieren convencernos de las
ventajas de quedarse en casa, pero, sin duda, su interacción diaria con miles
de personas demuestra que no saben lo que es aislarse. Su dependencia de
su alter ego, eso sí, las hace más humanoides que empleadas.
Belinda, nacida en
Rumanía, tiene una profesión alejada de la sujeción al hogar: viaja y pasa
fines de semana fuera de su ciudad, Córdoba, algo muy difícil de encajar en la
vida de una madre de tres hijos. Un detalle que su ex, particularmente, no
puede soportar: «Cuando estábamos juntos me decía que tenía que ir a trabajar a
un supermercado, para tener un horario fijo y dejar de viajar. Mi independencia
económica como traductora le ha molestado tanto que desapareció un día que yo
me tenía que ir de viaje y, claro, se iba a quedar él con los niños. Llegaba la
hora de la salida del tren y no aparecía… En ese sentido, mi jefe ha sido muy
comprensivo y ante la duda de que pudiera ocurrir de nuevo, la empresa prevé
que a algunos viajes me puedan acompañar mis hijos».
Entender la
violencia de género como expresión de la desigualdad nos hace creer que sin
desigualdad no habría violencia, recuerda Begoña Pernás. Pero, en realidad, los
problemas económicos afectan mucho más a los hombres que han sido instruidos
para ser trabajadores a tiempo completo, y algunos compensan esa pérdida de
estatus ejerciendo violencia contra sus parejas. La autora afirma que es el
desequilibrio entre los roles de género lo que garantizaría, en teoría, la paz
social. Su tesis es que el sometimiento económico es la coartada con la que los
hombres oprimen a la pareja, y cuando pierden el control financiero, bien por
perder el empleo, bien porque ellas obtengan mejores ingresos, recurren a la
violencia para mantener esa posición de dominio.
Nosotras aún no
hemos conquistado plenamente el mercado laboral, pero al menos desempeñamos
tareas en sectores que nos estaban vetados, en los que hace tan solo unas
décadas jamás hubiésemos sido entrevistadas. La igualdad no es un sprint,
es una carrera de relevos en la que, generación tras generación, tenemos la
oportunidad de consolidar derechos para ampliar nuestra autonomía. Aun así, no
podemos dar por sentado que no se vaya a retroceder en los avances que tantas
vidas han
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costado. Las mujeres de clase trabajadora primero nos reivindicamos como
sujetos de derecho más allá de las obligaciones familiares, después exigimos el
reconocimiento de nuestro trabajo y una remuneración justa, y en la actualidad
nos rebelamos contra la hiperproductividad que niega nuestra dignidad más allá
del éxito profesional.
EL ORIGEN DE LA
DIVISIÓN SEXUAL DEL TRABAJO
El diseño de la
colonia obrera de Ciudad Pegaso nos recuerda que en ningún momento se contaba
con que las OBRERAS SIN FÁBRICA, las esposas de los trabajadores de
aquella industria de automoción en un barrio prácticamente autárquico,
trabajasen fuera de casa. La abuela de Claudia dedicaba los veranos a tejer la
ropa de invierno, y los inviernos a confeccionar toda la ropa de verano de sus
cuatro hijos y de su marido, «pero le preguntas y te dice que ella no
trabajaba», comenta Bárbara Durán. «Ciudad Pegaso se crea como una cantera en
la que, desde el cole, la formación que recibió la generación de nuestros
padres estaba dirigida a los oficios. Se creó la escuela de aprendices para que
los jóvenes fuesen y acabasen en la fábrica». ¿Y las mujeres? Para que ellos
produjeran, ellas tenían que cuidar, se las instruía en sus labores. Tan solo
tenían acceso a la fábrica si se quedaban viudas. Eran colaboradoras necesarias
para la idílica proyección de una colonia obrera de trabajadores industriales y
amas de casa: «Mis abuelos se casaron el último día del plazo, el 31 de
diciembre del 55, porque si no, no les daban el piso». No se instalaron en
condición de propietarios, sino de proletarios. Según la ocupación que se
desarrollase en la fábrica, y en la colonia, se tenía derecho a un tipo de
adosado o a un tipo de piso. Perder el puesto de trabajo significaba perder la
vivienda. «La gente que vive aquí, trabaja aquí».
La filósofa Susan
Sontag se remontaba a «la división biológica del trabajo» para advertir que, si
la diferencia se sustenta en la capacidad de alumbrar a la prole, no habría
ningún motivo por el cual la fisiología reproductiva de la mujer se deba llegar
a convertir en una vocación que abarque nuestra vida entera. Más si cabe cuando
la concepción se ha reducido a mínimos históricos. Tras revisar más de
seiscientas tumbas neolíticas, el Consejo Superior de Investigaciones
Científicas publicó que
LA DIVISIÓN SEXUAL
DEL TRABAJO YA EXISTÍA EN EUROPA HACE SIETE MIL AÑOS. A
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partir de las herramientas con las que fueron enterrados, sabemos que
«estos primeros grupos neolíticos reconocían y representaban diferencias en la
simbología de lo masculino y lo femenino, lo cual evidencia una construcción de
la identidad basada en gran medida en la diferenciación de género». De lo que
nos advierte el CSIC es que si bien se podría llegar a concluir que los hombres
utilizaban herramientas de caza y las mujeres trataban las pieles, los objetos
funerarios representarían la actividad por la que quisieron recordarles, que no
tenía por qué ser exclusiva, ni excluyente, de otras muchas tareas igualmente
necesarias para la evolución de la humanidad.
Sin perder de vista
la sucesión de civilizaciones que han reproducido la desigualdad de género
hasta el presente, Silvia Federici advierte que no fue hasta los
siglos XVI y XVII cuando se impuso con fuerza una nueva
división sexual, y también geográfica, del trabajo. Se subordinaron las tareas
feminizadas al hogar y a la familia, su capacidad de gestar pasó a ser
imprescindible para la reproducción social, por lo que fueron apartadas del
trabajo asalariado. Basándose en ello, aquellas mujeres que supieron controlar
la fertilidad o que se negaron a subordinarse a los hombres fueron acusadas de
brujería, ya que cuestionaban la viabilidad de la transición al capitalismo. En
paralelo, la definición de negritud y de feminidad como marcas de bestialidad e
irracionalidad se correspondía con la exclusión de las mujeres en Europa, así
como la de mujeres y hombres de las colonias, tal y como se afirma en CALIBÁN
Y LA BRUJA. Dado que se impuso con violencia la redefinición de las tareas
productivas y reproductivas, Federici afirma que el género no debería ser
considerado una realidad puramente cultural, ya que la feminidad se ha
constituido como una función-trabajo que oculta la producción de la fuerza de
trabajo bajo la cobertura de un destino biológico.
Entre la idea de
que la división sexual del trabajo es intrínseca a la especie desde el
Neolítico o que es una dinámica capitalista, cabe una tercera vía: que se hayan
dividido convencionalmente las actividades de ambos sexos y generalizado los
hallazgos según los prejuicios de los estudiosos, como defiende Marga Sánchez
Romero en PREHISTORIA DE MUJERES. Varones, blancos y europeos, han
aportado a los análisis de las sociedades del pasado una
perspectiva masculina, blanca y eurocéntrica. La historia de EL CONTRATO
SEXUAL revela que «la construcción patriarcal
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de la diferencia entre masculinidad y feminidad es la diferencia
política entre libertad y sujeción» y que «el dominio sexual es el medio más
importante por el que los varones afirman su virilidad». El relato familiar de
Carmina se desprende de esta genealogía en que el hombre, para ser
autopercibido y reconocido como tal por sus semejantes, debe ser proveedor
mientras su mujer se queda en casa.
Mercè entró a
trabajar en Telefónica en los años sesenta, cuando «era un mundo de mujeres
donde los que mandaban eran hombres. Yo fui de las primeras (que mandaba) ya en
los ochenta. Entonces también empezaron a entrar hombres, los telefonistos.
En aquel momento no, pero pocos años atrás, cuando una telefonista se casaba,
la Telefónica la obligaba a dejar el empleo con una dote. De hecho, a
principios de la democracia, a todas las que habían echado así les dieron la
oportunidad de regresar y trabajar los años que les quedaran para poder cobrar
la jubilación».
Que solo pudiesen
acceder al empleo las solteras fue el resultado de aplicar el Fuero del Trabajo
promulgado durante la dictadura: «El Estado libertará a la mujer casada del
taller y de la fábrica». Aquel no era solo un ideal de los fascismos del siglo XX.
Muchos años antes del golpe de Estado, una joven llamada Amelia había apuñalado
al director general de la Unión Telefónica Argentina cuando la despidió al
anunciar su compromiso. LA EXCEDENCIA Y LA DOTE LABORAL DE LA MUJER
TRABAJADORA se
justificó en
nuestro país más allá de los años setenta, como un compromiso galante de los
hombres para mantener a las mujeres apartadas de la penosidad y peligrosidad
laboral. Manuel Fraga, ministro durante la dictadura y fundador del Partido
Popular, abogó en los años setenta por revalorizar el trabajo en el hogar: ser
ama de casa, a su juicio, debía ser la dedicación principal femenina el máximo
tiempo posible.
En la actualidad,
hay quien se niega a imponer la paridad, para que nosotras no tengamos que
pescar o poner ladrillos, por lo que solo nos cabría agradecer a los hombres
que desarrollan esas tareas por nosotras. Es fácil defender la división sexual
del trabajo mientras se le pide a un varón que construya soleras de hormigón
para que una mujer pueda dedicarse a presidir la región más rica de España.
Pero no sabemos muy bien si le tiene algo que agradecer la percebeira al
mariscador, o la geriatra que levanta ancianos al albañil que carga sacos de
yeso.
El hoy es producto
del ayer: para descubrir qué otra cosa podríamos ser, necesitamos saber qué
otras cosas fuimos. Quien describe el pasado
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según sus intereses del presente, tiene en su mano limitar cómo
dibujaremos el futuro. Dotar de valor los oficios históricos a partir del
reconocimiento de las profesiones que se ejercen en la actualidad, ignora que
las prioridades de cada época pueden tener poco o nada que ver unas con otras.
Quizá no hace tanto que las parteras ganaban más dinero que los barberos que
extraían muelas, a pesar de que hoy una comadrona cobre infinitamente menos que
un dentista.
No solo se ha
justificado la discriminación sexual desde la experiencia científica, sino
también desde la narrativa del mito. La escritora Cristina Fallarás desmontó
en EL EVANGELIO SEGÚN MARÍA MAGDALENA diversos
milagros que, lejos de ser el resultado de la intervención divina, son el fruto
del trabajo de las mujeres. Desde multiplicar los panes y los peces metiéndose
en la cocina hasta cuidar y rehabilitar enfermos a los que daban por muertos.
Reconocerle a Dios que nos haya echado una mano mientras minusvaloramos nuestro
esfuerzo es algo recurrente en nuestra forma de narrarnos. Marta, por ejemplo,
cuando enumera las ventajas de ser funcionaria, comenta: «Si Dios quiere,
pasaré las tardes con mi familia». Como si el acceso al empleo público o
acogerse a las medidas de conciliación fuese una bendición y no una conquista.
Pero no es la única entrevistada que le da gracias a Dios por haber encontrado
un empleo o porque hoy las mujeres podamos votar o ir a la universidad. Cabe
citar de vez en cuando a Clara Campoamor para que no nos olvidemos de que los
únicos que han tenido un puesto de trabajo por derecho divino fueron los
monarcas.
Cuando aparecieron
las teorías económicas liberales también se articularon sobre la idea de una
mano invisible, una naturaleza biológica que, en realidad, a poco que
levantemos la vista más allá de los carpianos, tiene rostro de mujer. Para
dedicarse a pensar sobre el destino de la nación hace falta alguien que cuide
ti. ¿QUIÉN LE HACÍA LA CENA A ADAM SMITH?: su madre. «Smith
nunca se casó. El padre de la ciencia económica vivió la mayor parte de su vida
con su madre, que se encargaba de la casa». ¡Vaya! La mano invisible del gran
pensador era una señora, Margaret Douglas. Al igual que hoy son las madres de
los streamers con mentalidad de tiburón las que les quitan los
grumitos al ColaCao.
Tanto en el sector
servicios como entre las trabajadoras del hogar, las mujeres ocupamos nueve de
cada diez vacantes. Tres de cada cuatro en sanidad, siete de cada diez en
educación y tres de cada diez en
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comunicación.
Cuidados, sanidad, educación, pilares básicos del estado del bienestar y de las
democracias liberales. Están en todo momento vilipendiados, infravalorados, mal
pagados y radicalmente feminizados. La patronal de las residencias de día de
Euskadi afirma que «en este sector no hay hombres porque el sueldo no da para
mantener una familia».
Nuestros oficios,
en muchas ocasiones, se profesionalizan a partir del reconocimiento del trabajo
voluntario y de la extensión de las obligaciones domésticas de las mujeres.
Reclamar un salario por una actividad que se nos reconoce innata desafía al
orden cultural en el que la feminidad ha sido la antítesis de las finanzas.
«Las mujeres no lloran, L
FACTURAN»: a un lado de la
coma, el amor: lo que se considera altruista,
sentimental e
infantil; al otro, el dinero: lo que se estima autosuficiente, racional y
egoísta, afirma Yolanda Domínguez.
El sesgo
androcentrista europeo ha jerarquizado la división sexual del trabajo que se da
desde el Neolítico hasta hoy basándose en la idea de subalternidad de unas
funciones, las desempeñadas por las mujeres, a otras funciones, las
desempeñadas por los hombres, porque así era el mundo en el que vivían quienes
hicieron los hallazgos. Lo vieron desde sus ojos acostumbrados a criterios de
binarismo sexual, desigualdad de género, colonialismo, monarquías y monoteísmo,
ciegos ante cualquier hipótesis que pusiera en duda el derecho masculino a
gobernar al segundo sexo.
El oficio de
aparadora es paradigmático sobre cómo opera la división sexual del trabajo. En
España, son mujeres provenientes de familias humildes con hijas e hijos
menores. En Latinoamérica, son varones negros. A la minería se dedicaron los
británicos empobrecidos, pero también las bolivianas más vulnerables. Cuando
Victoria Gallardo enumeró los oficios desaparecidos de las mujeres de Madrid
en FUIMOS INDÓMITAS, se vislumbra la reconversión de algunos de
esos sectores. Donde antes se ocupaban las provincianas que
llegaban a la ciudad a malvivir, huyendo del hambre en la España latifundista,
ahora nos encontramos hombres jóvenes de origen migrante: de las aguadoras con
el botijo a cuestas a los jóvenes que nos ofrecen latas de cerveza de una bolsa
verde durante las noches de verano. De las castañeras a los inmigrantes que
tuestan mazorcas de maíz en las plazas. De las verduleras del Mercado de la
Cabeza a los fruteros de origen magrebí que insuflan vida a los locales
comerciales cerrados con la crisis en nuestros barrios. Nuestras
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ciudades se construyen día a día gracias a esos oficios, como se
construyeron sobre los hombros de las aguadoras, los sabañones de las
lavanderas o las manos que tornaban cucuruchos de castañas.
Si la división
sexual del trabajo fuese algo biológico, sería universal y transversal a todas
las naciones y culturas. Encontraríamos exactamente las mismas profesiones
masculinizadas y feminizadas en los distintos puntos del planeta. Con más
razón, si cabe, a partir del adoctrinamiento colonialista, que impuso los usos
y las costumbres europeos como marca civilizatoria. Pero resulta que no es así.
La biología está tan poco presente en todo esto del saber hacer que,
dependiendo del sector económico predominante en cada zona, cuando menstruamos
podemos echar a perder la mayonesa, el queso, el vino o el sushi.
¿TIENES HIJOS?
Proteger a la
familia de amenazas ha sido la excusa de la humanidad para levantar murallas y
librar guerras. Sin embargo, lo óptimo era que los cancerberos no tuviesen de
quién preocuparse particularmente. Las exigencias de disponibilidad,
presencialidad, flexibilidad horaria, incluso la peligrosidad de algunos
empleos, han reservado el mercado de trabajo a quienes no anteponen sus
intereses familiares a su éxito profesional o a los objetivos empresariales:
los hombres, socializados en la competitividad y en su rol como proveedores.
Con el mismo tesón, las mujeres hemos sido instruidas en el cuidado del hogar.
Nuestra socialización de género ha sido causa y efecto de la subordinación que
nos ha mantenido relegadas al ámbito privado.
A sus 52 años,
Mariña recuerda su primera experiencia buscando empleo, tras abandonar Vigo,
hace tres décadas: «Me rechazaban como delineante en empresas en las que no te
lo imaginarías. El chasco más grande que me llevé fue en una casa de muebles de
cocina de Madrid. Un profesor que me dio clases me ofreció el contacto, pero al
día siguiente me llamó para decirme que no querían mujeres. Y claro, tú, que
quedas preguntándote… A ver, pero entonces, ¿ahora yo qué hago? Porque mi
formación es de delineante y quiero trabajar en ese campo. ¿Qué pasa? ¿Que por
ser mujer no valgo? Fue un chasco morrocotudo, porque no me lo esperaba de una
empresa que fabrica muebles de cocina, y se supone
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que, por desgracia, en aquella época, y ahora también, quien más está en
la cocina es la mujer».
Mucho antes que la
mayoría de nosotras pueda teorizar la brecha salarial, el techo de cristal, el
síndrome de la impostora, el suelo pegajoso, la conciliación o la paridad,
debemos tener la oportunidad de entrar en el mercado laboral, y aún hoy la
selección de personal es absolutamente sexista: desde el diseño de los perfiles
y de las vacantes hasta las políticas de promoción, pasando por los algoritmos
de los portales de búsqueda de empleo o el cálculo del grado de empleabilidad.
A siete de cada diez mujeres nos preguntan si tenemos hijos.
Para Nagore, ese
momento de la entrevista es el que aún sigue demostrando que no es compatible
el trabajo con la maternidad: «Es algo bastante incómodo, porque estás haciendo
la prueba y estás viendo que casi que te están echando directamente. Como para que
seas tú la que diga que eso no va contigo».
El mercado laboral
siempre ha sido el ámbito natural de los hombres. No se ha reconocido, por más
que hayamos participado, nuestra presencia y desempeño. La mujer trabajadora ha
sido LA MUJER INVISIBLE, adaptándose a unos horarios, unos puestos,
unos uniformes y unas funciones diseñadas desde la perspectiva androcéntrica de
la productividad. Por eso llegamos a sectores peor remunerados, con jornadas
reducidas o directamente discriminadas salarialmente. Esta desigualdad es un
incentivo para que abandonemos el mercado laboral y regresemos al ámbito
doméstico.
La última vez que
Mónica, una periodista de 46 años criada en un edificio marrón de toldo verde
de Leganés, pudo desempeñar con cierta continuidad su profesión, la pregunta se
la hicieron cuando ya estaba trabajando, el día en que el jefe se dio cuenta de
la alianza de casada: «Me llamó a su despacho y me dijo: “Ahora que te acabas
de casar, no tengas hijos, que eso es malo para tu carrera”. Al año me quedé
embarazada, y ya me avisaron de que no me iban a dar la reducción de jornada,
así que mientras estaba de baja empecé a hacer entrevistas para encontrar una
jornada parcial y dejarle el niño a mi madre». Con veinte años menos, a
Virginia le acaba de ocurrir algo parecido: «Se han quedado embarazadas dos
trabajadoras a la vez, y la encargada nos ha reunido a todas, las que estamos
fijas y las que no. Y ha empezado a preguntarnos si teníamos
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pensamiento de ser madres, si lo queríamos ser pronto y si esperábamos
quedarnos embarazadas… Claro, todas hemos dicho que no».
Las estadísticas de
la Seguridad Social demuestran que son, mayoritariamente y casi en
exclusividad, mujeres quienes reducen su jornada laboral o solicitan
excedencias tras la maternidad o por el cuidado de familiares dependientes. En
otras ocasiones, como fue el caso de Mónica, sacrifican su puesto de trabajo
para hacerse cargo de la crianza, dado que son quienes menos ingresos aportan a
la unidad familiar. La existencia de medidas de conciliación en las empresas y
la extensión de los servicios públicos ayudaría a pasar el frío del invierno
demográfico. Pero, para ello, merecemos una patronal y una administración mucho
menos cortoplacistas que las que hemos tenido estas últimas décadas.
El análisis
presupuestario con enfoque feminista es clave para advertir que la eliminación
de plazas de educación infantil públicas, las reducciones de jornada lectiva en
los colegios, la desaparición del servicio de comedor en los centros escolares
o el coste de las actividades extraescolares impiden que las madres de clase
trabajadora puedan compatibilizar la maternidad con su carrera profesional. La
corriente neoliberal de privatizaciones es en sí misma una ola reaccionaria y
conservadora puesto que, cuanto más débil sea la prestación de cuidados por
parte del estado de bienestar, más mujeres y durante más tiempo se verán
excluidas de la emancipación, del salario, de los descansos, de las vacaciones…
condenadas al trabajo no remunerado. A partir del tercer alumbramiento, casi la
mitad abandonan el mercado laboral por completo.
El mercado de
trabajo moderno se diseñó para los padres ausentes atendidos por esposas
abnegadas. Pero cuando la competitividad domina la proyección de la marca y los
inversores advierten que la mitad del talento es femenino, no saben cómo
retenerlo, porque no hay medidas de conciliación que nos permitan estar
presentes en casa y desarrollar una carrera profesional. Los empleadores que
entrevistaron a Dalia (28 años), cuando comenzó a buscar empleo en despachos
jurídicos de la capital se pusieron muy contentos cuando respondió que no
quería tener hijos, «les pareció genial. Me dijeron que no les gustaría tener
que prescindir de mí. En otro, me llegaron a decir que no querían contratar a
mujeres porque nos embarazamos, nos vamos de baja, nos casamos, nos vamos de
luna de miel y lo dejamos todo por el marido».
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La disponibilidad tiene mucho que ver con la ausencia de hijos, pero
también con estar sola: si vives lejos de tu ciudad, concentrarás las
vacaciones para pasar más días fuera cerca de tu familia, pero las empresas
también saben que no necesitarás salir antes ningún día porque haya un
cumpleaños de un familiar importante que celebrar, ni deberás acompañar a nadie
al médico. Esa curiosidad personal sobre la vida privada de las trabajadoras,
en realidad, indaga sobre las preferencias en cuanto a la presencialidad y el
compromiso con la empresa. Así se lo hicieron saber a Sandra: «Cuando terminé
la carrera. En consultoría, las preguntas iban sobre la disponibilidad para
echar más horas».
«Antes de trabajar
en una taberna, he estado en panaderías, y de aquellas sí me preguntaron si
tenía pareja, qué planes tenía de futuro». Pero Bárbara jamás revelaba esos
datos, puesto que no quería hablar de su orientación sexual. Cuando salió del
armario en el ámbito laboral y trabajó con otras mujeres lesbianas de camarera,
ocurrió un evento de estos que podemos llamar canónicos en la normalización del
colectivo: «Empezamos siendo el bar de les bolleres, entraron los
parroquianos y entonces éramos el bar de las chicas, y ya con el paso de los
años, conseguimos ser una sidrería». Recuerda Rosalía que también le han hecho
las mismas preguntas en A Coruña, aunque «ya no son así de directos, pero van
por ahí. Ahora me preguntan si tengo algún problema para viajar… Claro, porque
si tienes hijos, pues dan por hecho que será una traba… que puedes tener esa o
cualquier otra. Entonces prefiero decir que no tengo ningún problema con nada y
una vez que estemos dentro ya veremos cómo lidiamos con lo que venga. La cosa
está muy compleja, y la cosa cada vez está peor». Idaira (50 años) también
intenta no decir nada sobre su vida personal porque le parece que cualquier
cosa les sirve como excusa: «Ser madre es un hándicap y, por desgracia, también
mi edad. Muchas veces no lo digo hasta que no estoy dentro. Incluso si puedo no
lo cuento, cumplo mi horario y me busco la vida. No me parece justo que la
maternidad o la paternidad sean un hándicap para trabajar en la hostelería, y
más en las islas, que es lo único que hay, cumpliendo como cumplimos».
La pregunta durante
la entrevista es el examen final, pero previamente ya nos han estado inculcando
la idea de que el embarazo y la crianza son un estorbo. Dalia recibió ese
mensaje desde quien sienta cátedra: «En ICADE se organizaban comidas y en una
de ellas llegaron a decir que si las mujeres queríamos llegar alto en la
abogacía teníamos que olvidarnos
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de tener hijos y familia. Hijos solo podían tener los hombres. Cuando
nos quejamos a nuestra profesora su respuesta fue que, sintiéndolo mucho, era
la verdad. Que si queríamos ser alguien en la profesión nos teníamos que
olvidar de los niños, que ella al suyo solo lo veía por la mañana y por la
noche. Y era la única mujer en la directiva. En ninguno de los despachos en los
que estuve trabajando había socias». ¿Quién quiere ser madre cuando estás
precarizada y ves empobrecerse más aún a las compañeras que maternan? También
lo recibió Martina a sus 52 años, criada en Manoteras (Madrid): «Entre mis
propias compañeras se vio mal que ascendieran a una mujer, madre de tres hijos.
Lo criticaron las propias mujeres porque decían que no iba a atender bien el
trabajo, por sus hijos, y que, además, iba a ser mala madre».
Una vez más
aparecen los sesgos, otro prejuicio sexista: que los hombres tienen mayor
ambición profesional que las mujeres y, en consecuencia, serán aplicados en
cualquier petición que se les haga para mejorar sus ingresos o su proyección:
viajar, hacer horas extra, trabajar los fines de semana o renunciar a las
vacaciones.
Por mucho que
preguntas y comentarios como estos sean ilegales, la denuncia necesita ser
respaldada con pruebas prácticamente imposibles de reunir. Pocas llegan a la
entrevista con una grabadora en el bolsillo, y siempre le quedará a la parte
empresarial excusar dicho interés en dar la debida información sobre los planes
referentes a la conciliación o cualquier otro beneficio social al respecto.
Como le ocurrió a Ángela, quien hoy tiene 55 años, de forma recurrente para
diferentes puestos: «Me preguntaban si pensaba ser madre, luego añadían que esa
institución lo apoyaba totalmente, y me metían cualquier coletilla. Pero
siempre me hacían la pregunta. Que a mí, como está planteado el mundo, no me
interesa ser madre, pero aun así, mañana podría cambiar de opinión y qué tiene
que ver eso con cómo haga yo de bien mi trabajo».
No solo debemos
probar que nos han hecho preguntas relacionadas con nuestra intimidad y
nuestros deseos presentes o futuros al respecto, sino que debemos demostrar que
dichas preguntas han condicionado nuestra expulsión del proceso de selección,
que hemos sido discriminadas.
YA TE LLAMAREMOS
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Además de interrogarnos sobre si queremos o tenemos hijos, se nos
pregunta por el barrio en el que vivimos. Ante cualquier reclamación que
hagamos, la respuesta es similar: querían informarnos de las políticas de
conciliación, o se han interesado por nuestra zona para ofrecernos cheques
gasolina o transporte. La desigualdad en la relación laboral es palpable desde
el primer momento. Si acudes a una entrevista de trabajo, no puedes llegar
tarde, pero los empleadores sí pueden convocar a la misma hora a distintas
personas aun sabiendo que eso hará que unas pierdan más tiempo que otras con el
currículum en la mano.
Cuando a Melania,
de San Cristóbal, le preguntan por su lugar de residencia, ella lo justifica,
«por si pasa cualquier cosa que llegues rápido… pero, bueno, en mi barrio
tenemos metro desde el año 2007. En la última entrevista, cuando me llamaron
para concertar la cita me preguntaron dónde vivía y si me supondría algún
problema llegar al trabajo en media hora». Teniendo en cuenta las frecuencias
del transporte público, las habituales incidencias y la dispersión de las
estaciones de metro, o que las mujeres disponen en menor medida que los hombres
de permiso de conducir o de vehículo propio, según datos de la DGT,
generalmente sí, supone un problema para nosotras llegar al trabajo en media
hora. La sinceridad podría expulsarnos del proceso de selección, pero coger un
taxi cada vez que nos necesitan a deshoras, nos esquilma. Piluca nota que,
reiteradamente, «se preguntan por qué vives en El Gancho, en una zona tan
degradada», por lo que ha dejado de poner su dirección en el currículum. «Vivir
en una determinada zona te marca».
Cuando Almudena le
mencionó su barrio al reclutador de la ETT, este señaló «que ya había tenido
trabajadoras de Villaverde que no querían trabajar. Le tuve que decir que no,
que a ver, que hay zonas en el distrito. La parte baja era, digamos, la parte
buena, donde no había tantos gitanos, ni tantos robos, era la parte más guay.
Nosotros mismos hacíamos esa diferenciación muchas veces, salíamos del barrio y
decíamos: “Ah, no, pero eso pasa en Villaverde Alto, Villaverde Bajo no es
igual”. Le dije que era del Bajo, que las otras serían del Alto. Me
contrataron». El prejuicio hacia nuestros barrios dinamita en buena medida
nuestras oportunidades laborales. Les cabrean tanto las generalizaciones que
hasta tienen un hashtag, #notallmen, pero «las trabajadoras de Villaverde Alto
no quieren trabajar».
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El clasismo y la segregación entre centro y periferia subrayan
continuamente que estamos ocupando espacios que no nos pertenecen. Como
Arantxa, que trabajando como secretaria en Chamberí se ha visto obligada a dar
explicaciones a «compañeros que te miran con condescendencia. “Claro, eso es
que tú no lo has visto en Carabanchel”. Se piensan que a este lado del río no
hay vino, no hay copas, no nos vamos de vacaciones. Casi como la imagen que hay
de las personas latinoamericanas cuando piensan que van en taparrabos y que nos
esperan, que están por civilizar». Ni siquiera se consideran a sí mismos
clasistas, pero cada vez que Arantxa celebra su cumpleaños en casa, sus
compañeros creen que van allí de SAFARI EN LA POBREZA. Núria
recuerda perfectamente escenas similares en sus primeros empleos: «Una vez
trabajé haciendo socios para un club de automóvil y, en la entrevista, no era
lo mismo decir que eras de Badalona, Santa Coloma, que de Sant Just. Era muy
raro, y te estoy hablando de hace ya veinte años, encontrar a chavalas jóvenes
trabajando ahí. Todas allí eran chicas de fuera, con otros idiomas, chicas de
Erasmus. En las que entraban, tenía mucho peso el físico». Años después, a la
hora de acceder a puestos cualificados, «directamente, cuando te presentabas en
un despacho de abogados y decías que venías de un barrio, es que ni te miraban.
Para empezar, como te vieran hablar castellano ya empezábamos mal. Porque la
etiqueta de “charnega” no te la quitaba nadie. Y, para seguir, es que no
entraban ni a valorarte. En los despachos preferían siempre contratar a alguien
que fuese de Barcelona. Eso estaba clarísimo. Para poder trabajar en un sitio
así tenías que ser una chica mona, calladita, que hablara catalán, que viniera
de determinado lugar… A mí nunca jamás me llamaron». Por otra parte, Rocío Yu,
una joven veinteañera de origen chino adoptada en Valencia, aún no tiene claro
cómo aplicar a un puesto de trabajo después de hacer el máster de abogacía: «A
veces me quito el segundo nombre, para que no sepan que no tengo cara
de española antes de llamarme, pero otras lo pongo con toda la
intención de ir avisando que soy asiática».
No hay objetividad
en los procesos de empleo de un país en el que solo son publicadas y
publicitadas una de cada cuatro vacantes. La reiteración de los apellidos en
los despachos, notarías y juzgados demuestra la endogamia jurídica, aunque ni
mucho menos es el único sector autoabastecido, ni parentocrático. El mercado
oculto de trabajo lo ha advertido Mónica también en el periodismo: «Llevo un
año buscando y no
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sale nada, las empresas se preguntan entre ellas para contratar y no
salen las ofertas». ¿Por qué no se publican? Por un lado, porque se crean ad
hoc. Un bufete tiene tantos socios como hermanos abogados. Y, por el otro,
las empresas dicen que lo ocultan para evitar dar pistas a la competencia, pero
la realidad es que muchísimas veces no publican nada por no generar malestar en
la plantilla mientras se está prescindiendo, en paralelo, de quienes en la
actualidad ocupan esos puestos.
Habiéndolo
politizado más o menos, todas lo sabemos, así que nos disfrazamos de chica mona
que no llame mucho la atención, que se implique y demuestre más de lo que se le
pide. Procuramos adaptarnos a sus códigos de vestimenta, a sus horarios, a su
café de máquina y a que el aire acondicionado siempre esté demasiado frío. No
se nos puede ver Carabanchel ni en las uñas.
Las cuestiones
relacionadas con la buena presencia durante la entrevista y en el puesto sirven
para excluir del mercado laboral a las mujeres de clase trabajadora que no
pueden ocultar las canas, disimular las arrugas, los kilos de más o el desgaste
en las coderas y en la puntera de los zapatos. La ensayista Susan Sontag nos
advertía de que la belleza también es una cuestión de clase. Si no teníamos
suficiente con la titulitis, el C2 de inglés o los ahijados para los que
siempre hay hueco, también debemos prestarle atención a la idolatría que tiene
esta sociedad, dentro y fuera de los contextos laborales, por la juventud de
las mujeres. La gente pobre parece vieja mucho antes que la rica, por lo que el
clasismo y el edadismo se retroalimentan. Recién cumplidos los 52 años, Dolores
ha notado que «yo estoy discriminada por la edad. No me lo van a decir, pero
cuando la oculté me llamaron. Me lo han demostrado. A la gente de mi edad no
nos quieren, no nos quieren cara al público. Yo me veo estupenda, pero claro, no
tengo el físico que tenía con 20 años, ni la imagen, ni el cuerpo. A mi marido,
que es instructor, nunca le han dicho nada de cuántos años tiene, ni de si sabe
catalán».
Cuando pugnamos por
un empleo, a menudo nuestras posibilidades dependen de «tener la edad
apropiada». En caso de no tenerla, mentiremos si creemos que así conseguiremos
llegar a la entrevista, incluso al puesto. Ellos, en cambio, se pondrán
experiencia de más, responsabilidades de más, pero nosotras necesitamos tener
un currículum que no intimide, más sabe el diablo por viejo que por diablo.
«Con nuestra experiencia ya no nos manipulan», advierte Dolores.
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En el sector hostelero, Idaira nota que «ahora se le da prioridad a la
gente joven. Se está impulsando que, con dieciséis años, cuando deja de ser
obligatoria la escolarización, se pongan a trabajar para que no se formen. Las
personas que tienen familia se quedan sin trabajo y las tienen que mantener sus
hijos, dejando de estudiar. Aunque queremos que sigan, no nos queda otra. Nos
dicen que ya estamos muy mayores para trabajar en ciertos sectores. Quieren
tener a gente joven que corra, que echen mil horas, poder reventarlos. Los
niños de 20 años que cobran lo mismo que yo con 50 viven con sus padres
todavía, ayudan con la hipoteca, hacen alguna compra… así les parece bueno el
sueldo».
No solo se valora
la juventud, sino que también se juzga nuestro capital erótico discriminando a
todas aquellas mujeres que se alejen del ideal estereotípico que sexualiza la
mirada masculina. Nos lo cuenta Sandra, quien al buscar empleo en bares de la capital
hispalense mientras estudiaba, «es cuando más entrevistas raras he tenido con
comentarios sobre mi físico, sobre mi apariencia. Me decían, en plan, que tenía
que ir más arreglada o más guapa. Yo siempre he sido una persona gordita, y
ellos lo que querían decir por arreglada era más firme, que me escondiera la
barriga, que se me viera una cosa menos voluminosa».
Cuando Carmen dejó
el currículum en una empresa de tantas buscando empleo como administrativa
mientras estudiaba, jamás hubiese imaginado que aquel «ya te llamaremos» no era
irónico, sino una promesa que se cumplió cuando al empleador le pareció que
tenía la edad adecuada para trabajar con él: «Me dijeron: “Mira, que hace mucho
tiempo que dejaste aquí el currículum y queremos entrevistarte”, y digo: “Mira,
en estos momentos no estoy buscando trabajo, pero si me llamáis voy para saber
de qué va el trabajo” y, a veces, no sé… Por cambiar, a veces cambias para
bien. Pero salí de la entrevista con un mal cuerpo impresionante. Porque el
señor que me entrevistó empezó: “Bueno, es que tú cuando viniste a dejar el
currículum eras más joven, pero ahora eres así, más mujer. Y a mí me gustan
así, más mujeres. Ahora tendrías que venir, que las mujeres como tú me gustan
mucho”. Yo me quedé buscando la cámara oculta, no lo podía creer».
Huyendo de los
sesgos en la selección y de la violencia en el proceso de contratación y
promoción, Cristina (55 años) se presentó a las oposiciones de su pueblo hace
veinticinco años, en el Corredor del Henares. No fue por huir de las preguntas
relativas a si era madre, o si
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pensaba serlo. Hasta el momento habían ido directamente a preguntarle
quién era ella porque, como mujer trans, ha necesitado reivindicarse
continuamente en un mundo que castiga la feminidad. «Me hice funcionaria con
treinta años, y ahí se acabó el miedo a quedarme sin trabajo». En la encuesta
realizada por el sindicato UGT en 2023, más de la mitad de las personas trans y
no binarias habían sido rechazadas directa o indirectamente en entrevistas de
trabajo. «Si no tienes dinero, no puedes vivir en sociedad; si no puedes vivir
en sociedad, te recluyes, y si te recluyes, vuelves a la marginalidad. Es un
círculo del que no sales si no tienes una oportunidad laboral real», puntualiza
Adriana, una joven trans entrevistada en El Confidencial.
¿Qué otra cosa
podría ser, entonces?, se preguntaba el humanoide. Para las mujeres trans y
para las mujeres cis en situación de vulnerabilidad y marginalidad, la
alternativa a ser trabajadoras ha ido más allá de la invisibilidad del trabajo
reproductivo como amas de casa. A todas nos lo han dicho alguna vez: «Siempre
te puedes meter a puta», lo que ocurre es que cuando te cierran una puerta
detrás de otra, la última opción resulta ser la única salida.
Mariah adquirió un
buen nivel de inglés gracias a su inquietud por la música de Michael Jackson
desde que era muy joven, eso le permitió trabajar en varias academias dando
clases particulares. Era profesora antes que la detuvieran por su relación con
la Nación Latin King, y lo siguió siendo después de quedar en libertad, hasta
que «fue obligatorio presentar un Certificado de Delitos de Naturaleza Sexual,
porque aquellos que hubiesen abusado de menores o delitos relacionados no
podrían tener contacto con ellos. El problema es que empezaron a pedir ese
certificado antes de que la administración estuviese preparada para expedirlo,
así que nos exigían el de penales. Lo entregué, y en mi trabajo se enteraron de
que estaba condenada. Aunque al principio me dijeron que no pasaba nada, al
final sí pasó, no me contrataron y yo estuve prácticamente durante dos cursos
sin poder trabajar como profesora». Más de un año condenada al ostracismo por
un error de la administración, una interrupción que dificultó su reinserción
laboral y la expulsó hacia el trabajo precario. Nadie le pregunta a una
camarera si tiene antecedentes cuando se trata de serviles refrescos a
adolescentes.
Hace más de veinte
años, cuando aún se llegaba a las entrevistas con una carpeta bajo el brazo, en
Madrid, una reportera de la Cadena Ser
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encontró en plena calle más de doscientas cincuenta solicitudes de
empleo con anotaciones grapadas que contenían insultos sobre el aspecto físico,
el origen social o las circunstancias familiares de las aspirantes a cajeras:
«No, por gitana y fea»; «Gordita, con granos, tiene barbita (pelusa) en bigote,
perilla y mentón»; «Vive en Parla y es fea»; «No, por mayor»; «No, macarra»;
«Barrios bajos, pinta de drogadicta»; «No me gusta su cara y además es separada
con 26 años»; «Leucemia, radioterapia. En dos meses tendrá el pelo».
El Ministerio de
Trabajo consideró que no hubo discriminación en el reclutamiento realizado por
la cadena de supermercados Sánchez Romero, y que no cabía penalización, ya que
el responsable del proceso de contratación había sido despedido. Tras el cambio
de Gobierno se quiso llevar al Parlamento la Ley de Igualdad de Trato y No
Discriminación, conocida como Ley Zerolo. Se establecería, con ella, un sistema
propio para sancionar esas conductas. Entre todos los recortes que pidió
Bruselas, este proyecto se quedó en el cajón. Hemos tenido que esperar hasta el
12 de julio de 2023, veintiún años después de aquellas notas que señalaban a
quien no iban a llamar, para que el Parlamento apruebe la norma.
IMPECABLE, COMO SI
NO VINIERAS A TRABAJAR
Es paradójico que
la clase obrera se encuentre tan fuera de lugar en los centros de trabajo, no
solo porque estén más allá de las zonas que frecuentamos las mujeres de barrio
en nuestro día a día, o porque los horarios sean incompatibles con la jornada lectiva
y los cuidados. Pisamos oficinas cuyos cuartos de baño no están equipados para
que nos cambiemos la copa menstrual y hemos normalizado trabajar delante del
ordenador con un escalón debajo de la mesa porque no nos llegan los pies al
suelo. Cuando nos piden que nos pongamos un uniforme, no sabemos qué es peor:
si uno masculino que no tenga en cuenta nuestra cadera ni el tamaño de nuestro
pecho, u otro femenino que los pronuncie.
La indumentaria
laboral nos aliena más allá de nuestro horario. Nos obliga en muchos casos a
salir de casa ya uniformadas, a cubrirnos los tatuajes, quitarnos los piercings,
depilarnos o maquillarnos. Lo que se espera de nosotras es que mantengamos una
imagen cuidada e impecable,
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que nos peinemos, nos maquillemos, nos calcemos y nos vistamos como si
no fuésemos a trabajar, pero sin llamar demasiado la atención.
En la nave
hortofrutícola en la que faena Celia les piden a las mujeres que vistan de
acuerdo con la normativa de la manipulación de alimentos: manga larga, pantalón
largo, gorro, mascarilla y guantes, «aun así, que no se nos ve nada, tenemos
que aguantar que nuestros compañeros nos silben como si fuésemos un perro». A
Dalia, quien la contrató le advirtió que se cerrase la camisa mientras
estuviese en el bufete: «Me dijo que no llevase escote porque los
desconcentraba. Que ya habían tenido que echar a una recepcionista que se operó
las tetas y las presumía. Fue un cerdo».
Tener que
avergonzarnos continuamente de nuestro cuerpo, preguntarnos si vamos poco
formales o demasiado arregladas para ir a trabajar, es otro sutil mensaje que
inconscientemente nos advierte que nunca encajaremos en el mercado laboral. No
sabemos qué ponernos para estar cómodas porque a quien históricamente le ha
pertenecido ese espacio le incomoda que se lo disputemos, y nos lo hace saber
insinuando que somos meras distracciones. Nos sexualizan y nos cosifican porque
amenazamos su hegemonía en el sector productivo. Si dejamos de ser femeninas,
nos acusan de estar aún más fuera de lugar: un cuerpo femenino y feminizado
ocupa posiciones subalternas, un cuerpo masculinizado les disputa la autoridad
y el liderazgo.
En los años noventa
se publicó en España EL LIBRO DE LA SECRETARIA EFICAZ, que, entre
otros consejos para las jóvenes aspirantes a oficinistas, advertía
que «la imagen de cada secretaria influirá directamente sobre la forma en que
su interlocutor la trate, el respeto que le demuestre y la opinión que tenga
sobre ella». Monty Peiró, una antropóloga en el escenario y una rockera en la
universidad, entona EL DIABLO VINO A MÍ para recordarnos que
es inútil culpabilizarnos por cómo vestimos. Los códigos morales de vestimenta
que controlan socialmente a las mujeres cambian continuamente: «¿Cuánta ropa es
respetable? ¿Quién establece cuánta sensualidad es permisible? Encontrar ese
punto en que seremos respetables si adaptamos nuestra imagen y actitud a ese
fin es una utopía que, como el horizonte, se aleja cuando nos intentamos
acercar».
Anna Vai,
guitarrista de la banda Crazy Night, recuerda que «para mi primer concierto
estaba igual de nerviosa por lo que me iba a poner y cómo se me iba a ver en el
escenario que por tocar». Así mismo se siente
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Núria al representar a sus clientes en sala. Percibe que lo que lleva
puesto es tan importante como sus alegatos: «En los juzgados donde no vas con
toga además de preparar el caso también tienes que ir pensando en el modelito.
Porque de eso también va, de que luzcas el palmito. Mientras ellos se ponen un
traje y ya van que chutan. ¿Por qué este tío puede ir comodísimo y yo no? Yo he
visto en sala a compañeras con unos tacones de aguja que con eso no puedes ni
pensar».
EL PODER DEL
UNIFORME tiene tres efectos: la desindividualización, el orden y la
jerarquía. Al ponernos el traje, dejamos de ser individuos y nos convertimos en
un grupo, nos colectivizamos a partir del privilegio que supone desempeñar un
oficio u otro, de la remuneración y del reconocimiento social de nuestro
gremio. Nos clasificamos en grupos exclusivos y excluyentes. En la era
individualista y ensimismada, a la clase trabajadora se le exige homogeneidad y
despersonalización. Solo se pueden permitir ser tú mismo aquellos que no
necesitan trabajar para otros.
En una de las
oficinas en las que trabajó Toñi, «había un dress code de
veinte páginas, dieciocho dirigidas a cómo debíamos vestir las mujeres y dos a
cómo debían ir los hombres. Nos decían hasta cómo pintarnos las uñas y
maquillarnos para que se notase que estábamos por subcontrata. Como secretaria,
daba un poco igual la formación que tuvieras, pero te exigían una serie de
cosas, no solamente a nivel laboral, sino también a nivel físico, como los
zapatos de tacón, algo por lo que en un principio yo pasé. Porque, bueno,
necesitas el trabajo y necesitas encajar, pero llegó un momento en el que me
negué. Y cuando dejé de llevar tacones, me dijeron que no me levantara del
sitio. Que no querían verme ni ir al baño, que ya podía ponerme una sonda».
Cristina González,
quien participó en SOMOS LAS QUE ESTÁBAMOS ESPERANDO como
tripulante ferroviaria, no se pudo librar de los tacones en más de
dos décadas de trabajo. Hoy en día, que lleva tres operaciones de juanetes y
otra de metatarsos, le niegan que sean lesiones profesionales. Que el cuerpo
acumule sobrecargas, heridas, llagas, ampollas y lesiones propias de haber
estado trabajando, es algo que los propios empleadores no pueden admitir. Que
haya surcos de sudor en las camisas, pelos más allá de las horquillas, ojeras
sobre la sonrisa y carreras en las medias o que nos salgan canas es para ellos
una demostración de ser poco profesional. Esperan de nosotras que trabajemos
sin que se nos note.
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El primer atuendo laboral para mujeres patentado fue el de las modelos
de Playboy. Aquella caracterización demostraba que la
identificación de la trabajadora con la marca se recrudece cuando el cuerpo de
las mujeres es fetichizado, porque ellas eran la imagen, pero también el
producto. La capitalización de nuestra sexualidad por parte de la patronal no
se limita a las revistas para adultos. El atractivo físico de Amparo era
utilizado por sus jefes para convencer a los clientes más difíciles: «Llamaba
mucho la atención, soy muy alta, les parecía mona… era siempre yo quien tenía
que ir a las cenas para cerrar los contratos más delicados». A los 52 años,
esta madrileña del barrio de Prosperidad tiene su propia empresa de marketing.
A Triana la
contrataron como secretaria, pero la vestían como un reclamo para atender a las
personas que necesitaban llevar el coche al taller. «Es un sector totalmente
masculinizado. Cuando se creó el departamento de Recepción tan solo éramos tres
mujeres. Los hombres visten el mono del taller para estar cómodos y hacer su
trabajo lo mejor posible, con sus botas de seguridad. Y nosotras… tenemos que
acompañar al cliente desde la entrada hasta donde esté su vehículo en mitad del
taller con una falda de tubo y un tacón de nueve centímetros. Después de
quejarme muchas veces lo acabé denunciando. La prensa se quedó con que yo
reclamaba el pantalón y el zapato plano, pero demandaba mucho más: saber los
turnos con la antelación que marca la ley, el plus de nocturnidad, la igualdad
salarial… Aquello se viralizó en redes y llegué a recibir comentarios en
Facebook diciéndome que ese uniforme es lo que hay, que si es que yo no quiero
trabajar. Las compañeras no se pronuncian al respecto porque tienen miedo de lo
que pueden hacerles, después de ver mi despido. Y los compañeros no empatizan.
Creen que las recepcionistas trabajamos sentadas, y no. Yo he llegado a caerme
acompañando a clientes por el taller entre todo lo que hay por en medio. Detrás
de la falda y el tacón también se esconden comentarios machistas. Te das cuenta
de que simplemente te tratan como a un objeto, sin tener en cuenta tu opinión.
Como si no fueras una profesional, sino una mujer florero».
Las faldas cortas
llevan el escrutinio sobre nuestros cuerpos a otra dimensión: la
depilación A CONTRA PELO. Nuestra sociedad relaciona la
presencia del vello corporal con la ausencia de la higiene, por ello Ángela se
lo sigue retirando aunque no quiera: «Estoy ahora empezando a liberarme de la
depilación, pero sería incapaz de ir a dar una clase con los pelos en las
piernas. Me sentiría demasiado incómoda y sé que los
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alumnos no me atenderían. Sé que una de las jefas que tengo también me
haría algún comentario. Sé que tendría que dar demasiadas explicaciones, que me
acabaría cabreando y que me pondría a mí misma en una situación en la que a lo
mejor no quiero verme dentro del entorno laboral. Hay que saber qué batallas
vas a dar y dónde te vas a dejar la energía». Ese tiempo de más que tenemos que
dedicar las mujeres a cumplir con los códigos de vestimenta es un tiempo de
trabajo no remunerado. Poder permitirse sesiones láser todo el año o utilizar
un tinte que cubra las canas por más tiempo es un privilegio de clase.
La presión estética
pretende homogeneizarnos y negar nuestra expresión identitaria, cultural,
étnica e incluso biológica. Desirée Bela-Lobedde nos recuerda que SER
MUJER NEGRA EN ESPAÑA la ha sometido a una «esclavitud estética
que sigue promoviendo la dualidad entre pelo bueno y pelo malo». Jendayi es
hija de un matrimonio colombiano que se afincó en Benimaclet, Valencia; a sus
29 años, no se podía creer que después de un doble grado en derecho y
económicas y un MBA, se siguiese valorando su profesionalidad según cómo
decidiese peinarse: «Llegaron a enviar un correo electrónico a toda la
plantilla, recordando que éramos una empresa seria en la que los chicos debían
ir afeitados y las mujeres con pelo largo nos lo teníamos que recoger.
Obviamente, no lo decían por las que llevaban el pelo liso por debajo de los
hombros, pero sí por mí, que con el pelo afro suelto soy un palmo más alta que
el jefe». El estigma hacia la melena rizada, como menos limpia, menos peinada y
menos formal, es el enésimo prejuicio hacia las minorías.
Emma Dabiri exclama
un rotundo NO ME TOQUES EL PELO para recordar que no es una
cuestión estética sino identitaria. La cabellera tiene el poder de definir la
experiencia de las personas migrantes, como la de Marya, a quien no han
excluido del empleo en la misma medida que a otras mujeres racializadas porque
«desde pequeña, como tenía el pelo liso y tal… he tenido cierto privilegio. Una
vez por semana escucho el comentario: “pues no pareces mora”». En una gran
cadena de supermercados, a Gema le advirtieron que «si los tatuajes se veían
con el uniforme puesto, no me contratarían. Por supuesto tampoco podía llevar
ningún piercing a la vista», allí los derechos laborales
también son de marca blanca. Mientras escribo este capítulo, comparto
impresiones con mi amiga María Aurora, que acaba de terminar su doctorado, y no
tarda en comentarme, cortita y al pie: «Mi padre me ha preguntado hoy si me
pienso esconder el septum
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para la defensa de la tesis». La uniformidad y los códigos de vestimenta
son en realidad un debate sobre el buen gusto y la respetabilidad que merecemos
las mujeres a partir de nuestra forma de vestir, de maquillarnos o de
peinarnos. Y esa forma no deja de ser el habitus que definió
Bourdieu, siendo, por lo tanto, la categoría de formal o informal, así como la
jerarquía entre hortera y estético, definida por la clase dominante que puede
imponer su criterio al conjunto de la sociedad. Es así como se construyen las
estructuras mentales y los mapas visuales, que juzgan la forma en la que somos
y estamos en el mundo para delimitar el espacio que merecemos ocupar. Por mucho
que se pongan de moda los aros como hula hoops, llevar a la vista
los tatuajes o el chándal reflectante entre futbolistas y artistas
urbanos, LA ESPAÑA PRECARIA se presenta en las
entrevistas de trabajo con la única camisa que tiene en el armario.
TRABAJO A DOMICILIO
Los sectores
feminizados y precarizados por excelencia son el cuidado y la limpieza. Se
confunden, pero no exigen ni la misma preparación ni el mismo desempeño.
Equivocar a una cuidadora con una limpiadora es un deje sexista que toma a la
mujer como proveedora de cuidados asistenciales y del mantenimiento del hogar.
Creer que hay un
instinto femenino abocado al cuidado nos ha privado de promulgar las atenciones
específicas en cada etapa y circunstancia de nuestras vidas, negando la
profesionalidad y la justa retribución a quienes desempeñan estas funciones.
Afirma la periodista Irantzu Varela que la única razón por la que están
feminizados estos sectores es porque «nos han obligado a cuidar por amor, por
culpa, por costumbre, por mendicidad, para que no nos señalen o para que no nos
maten». En pleno debate sobre la ampliación de los servicios públicos, hay
quien se sigue preguntando por qué debería el Estado hacerse cargo de algo que
siempre han hecho gratis las mujeres. La segregación ocupacional reduce nuestro
talento a una sola actividad, ya sea remunerada o sin remunerar: salir a cuidar
o quedarse cuidando.
Somos enseñadas
desde bien niñas a cuidar de nuestro aseo personal, a fregar la vajilla y a no
mezclar lejía con amoniaco, así que cuando llegamos a la edad adulta ya
contamos con años de experiencia. Se dice
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que es un trabajo sin cualificación, pero en realidad llevan toda la
vida instruyéndonos. Nuestros primeros empleos están relacionados con lo que ya
sabemos hacer, con lo que se da por hecho que sabemos hacer las mujeres, como
en el caso de Irene, que tiene 34 años y vive en Carabanchel. Lleva trabajando
como monitora desde los catorce años, incluso antes de titularse o de graduarse
en Pedagogía.
Ser capaces de
atender a nuestros familiares cuando necesitan ayuda o dedicar nuestra
adolescencia a los campamentos urbanos dista mucho de convertirnos en una
cuidadora profesional. Levantar a un encamado tras otro no tiene nada que ver
con la asistencia a un pariente. Tanto en las residencias como en la atención a
domicilio se trabaja a destajo, levantado más kilos que un albañil y sin la
ayuda de todos esos avances ortopédicos que se pueden permitir tan solo unos
pocos dependientes. Los riesgos para la salud, tanto de las funciones propias
de la prestación del servicio de ayuda a domicilio como de las tareas
extraoficiales, son innumerables.
Con tan solo 29
años, Ada ya posee un historial de enfermedades profesionales, tras graduarse
en atención a personas en situación de dependencia: «Me volqué más para la
parte de auxiliar en educación especial y trabajé con niños con discapacidad.
La mar de feliz estaba, porque era un trabajo bastante agradecido. Me
destrozaba la espalda y las cervicales, pero por lo demás a mí me encantaba.
Eso sí, me pagaban una mierda». Hija de una limpiadora y con un hermano
discapacitado, los cuidados asistenciales los había mamado en casa. Antes de
cumplir los treinta ya es consciente de lo que le ha supuesto cargar a pulso a
dependientes: «Ahora tengo miedo de levantar cualquier cosa. Como alce mucho
peso un día tengo que tomarme un ibuprofeno, me duele el cuerpo, no me puedo
mover. Por la noche me tenía que tomar relajantes musculares para descansar,
porque con el dolor me costaba conciliar el sueño. Por mucho que me dieran de
tres en tres los antiinflamatorios, me seguía doliendo».
Cuando los teatros
cerraron durante las medidas contra la COVID-19, Matilde se buscó la vida para
poder mantener a sus hijos y se fue a «limpiar un hospital, que ha sido algo
tremendo. Entré en uno de la Sierra Norte porque agotaron su propia bolsa de empleo.
Yo fui la única que se quedó hasta el final. Hubo gente que salió antes que
acabase la pandemia, y lo entiendo. Íbamos a saco todos y, por aquel entonces,
no teníamos ni puta idea de nada, ni si nos íbamos a morir cada vez que
entrábamos a
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desinfectar una habitación de un exitus o no. Allí había compañerismo,
nos turnábamos para no entrar siempre los mismos, estábamos pendientes de que
quien entrase no tuviera ningún agujero en el EPI. Y, aun así, no me contagié
de COVID durante esos meses, sino al volver a la compañía de teatro. Allí, ¡que
teníamos que hacernos las pruebas a diario! Pero como hubiese función los
positivos seguían trabajando. Cuando llegaba a casa del hospital llamaba al
timbre con el codo. Mis hijos abrían y se iban, y yo iba directa a la ducha. Y
ya tenía allí mi bolsita de basura y mi tal. Me daba una ducha, dejaba la ropa
en esa bolsa de basura y desinfectaba los zapatos. Después los dejaba fuera y,
en ese sentido, sí que era un circo aquello. Especialmente después de estar
ocho horas ahí, dándole, dándole… La ducha sí me apetecía, pero el resto del
tinglado, pues no. De dos de la tarde a diez de la noche. A veces nos reímos de
cómo ha sido aquello, pero nos ha dejado tocados. Teníamos también nuestros
momentos… El otro día mi hija encontró un audio de cuando mi hijo me mandaba
canciones con la guitarra mientras yo estaba limpiando».
Natividad fue
expulsada de la hostelería en un momento en el que en Madrid no se empleaba a
mujeres en la restauración, mucho menos después de haberse casado, un criterio
de contratación que ya describió Luisa Carnés en TEA ROOMS y
que en plena transición a la democracia seguía vigente. «En aquel tiempo eran
camareros, no camareras. Ahora vas a cualquier sitio y encuentras más, pero
entonces no. Me salió lo de las casas porque una amiga mía me lo buscó, y hasta
ahora». Emprendió su profesionalización como empleada del hogar hasta el punto
de hacerse cargo ella misma de su cotización a la Seguridad Social para
garantizar una pensión futura. «Nunca me pusieron problemas, la verdad es que
tuve suerte. Con una estuve veinte años, hasta que se murió. Y con la otra
estuve desde que nació mi hija hasta que me he jubilado, veinticinco años. Está
mal que yo lo diga, pero es que he sido muy trabajadora. Más que ahora en mi
casa. Ya he limpiado bastante». Ahora disfruta de la pensión que ella misma se
procuró, recuperando todo el tiempo que el trabajo y los traslados desde
Móstoles hasta el barrio de Salamanca le robaron: «Yo a mi marido solo lo veía
los lunes, porque teníamos los turnos completamente partidos. Yo madrugaba y él
venía a las dos de la mañana. Cuando él llegaba, yo estaba durmiendo, y cuando
yo me iba él no se había despertado aún. Y el único día que él libraba, el
lunes, es cuando nos veíamos el rato que yo no trabajaba. Ahora que estamos los
dos jubilados
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estamos juntos, estamos más juntos que nunca. Me jubilé y me apunté a
gimnasia en un centro de mayores, y a un curso de informática, para aprender un
poquito. Fue jubilarme y llegar la pandemia, así que de no vernos… a estar todo
el día juntos». Como no la esperaban en los bares, sin más formación que saber
atender comensales, solo encontró empleo poniendo la mesa en casa de otra.
Los puestos
de au pair tienen un carácter temporal, como de periodo de
transición. Nos vamos a cuidar niños al extranjero para aprender idiomas, para
regresar siendo más competitivas cuando busquemos trabajo de lo nuestro. Para
Laura, ser au pair en el extranjero fue una experiencia muy
positiva, pero para Esther no lo fue en absoluto. «Escapando de casa con
dieciocho años me fui de au pair. Así que ya estamos otra vez con
los cuidados. Tuve suerte, porque en mi primera entrevista de trabajo, al
terminar el grado en Integración Social, me adoraron y me quisieron contratar.
A los dos meses ya estaba en Irlanda, pero me vi allí sola teniendo que cuidar
de cuatro niños entre cero y siete años. Incorporaron a otra más y nos tocó
trabajar mucho también con la abuela. Me daba mucha vergüenza hablar en inglés
y sentí que no me estaban ayudando lo suficiente para aprender. No a ser au
pair, porque los cuidados básicos parece que los traemos aprendidos desde
que nacemos, que nos han metido un gen a la hora de cuidar y todo eso. Daban
por hecho que por ser mujer ya venías aprendida. Pero sí que les tuve que pedir
que me hicieran el favor de corregirme en ciertos momentos con el inglés,
porque yo quería hablar inglés fluido. No solo por relacionarme con ellos, sino
para poder salir de casa».
Por el contrario,
venir de interna es la única forma de llegar a Europa para miles de mujeres no
tan jóvenes que hasta comparten nuestro idioma. No es una experiencia cultural,
tampoco es un periodo de transición hasta encontrar trabajo de lo suyo. El primer
objetivo para muchas es conseguir los papeles y perder el miedo a ser
deportadas. Para las más afortunadas, convalidar las titulaciones obtenidas en
su país de origen.
Rosario Fernández,
desde Chile, demostró que EL TRABAJO DOMÉSTICO
PAGADO ES LA
SOLUCIÓN PERFECTA PARA LA FAMILIA FELIZ: el oficio de interna
reafirma las
distinciones de clase, también las raciales y étnicas. Eran mujeres de
provincias las que servían en Madrid, recordemos el origen andaluz de Manuela,
la cocinera interna de Ana y los siete, y son ahora migrantes las
que visten casulla. Con o sin necesidad de atención a la
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dependencia, la burguesía acostumbra a externalizar sus cuidados. A
cualquiera que niegue el poder del urbanismo para la estratificación social
habría que recordarle en qué barrios están los pisos sin ascensor y en cuáles
los portales tienen escaleras y montacargas para el servicio, con una puerta
que da directamente a la cocina. Esa no es una costumbre exclusiva de ricos
conservadores: Winifred Banks recurrió a Mary Poppins para que cuidase de sus
hijos mientras ella acudía a las manifestaciones sufragistas.
Tanto Roxana como
su madre se emplearon como internas desde que se instalaron en España. Aunque
las contactaron en origen, llegaron sin contrato y Roxana recuerda que «mi
madre estuvo de interna sin tener días libres durante casi dos años. Con un
matrimonio de españoles de toda la vida que se andaban con unos protocolos que
ni la Casa Real. Ella era dependiente, ambos estaban jubilados, y teniendo la
casa en propiedad… pagar cuatrocientos euros por una interna sin días libres es
de ser un poco agarrados. Pero mi madre nunca renunció, es una putada que esa
fuese su primera experiencia aquí, pero, claro, tampoco tenía otra cosa, no
tenía papeles, no tenía mucho donde elegir».
Según los datos de
contratación en el sector disponibles en el Ministerio de Inclusión, Seguridad
Social y Migraciones, la mitad de las empleadas son extranjeras, como el caso
de Flor, que consta en las estadísticas porque estaba dada de alta. Llegó a España
como cuidadora, en Perú solo se había ocupado de su familia: «Hice el viaje
después de quedarme viuda. Aquí he trabajado con una señora, de interna. Vine
con contrato de trabajo para estar con ella, y nunca estuve sin contrato. Yo
trabajaba en el distrito de Chamberí, con un matrimonio que no había tenido
hijos. Se murió él, y seguí trabajando con ella hasta que también murió. Me
querían adoptar y todo, me trataban muy bien. Sé que hay otras personas que
tratan mal a las internas, pero no es mi caso». Actualmente vive con su hija y
la familia de esta en Usera. Aunque ya ha cumplido los setenta años, no se ha
podido jubilar porque no llegó a cotizar en nuestro país el mínimo de años
exigido.
Cuando Roxana llegó
a España, su principal preocupación fue «buscar un sitio donde genere dinero y
no tenga gastos. Y entré con una familia, a cuidar a sus hijos. Estuve interna
casi cuatro años. Tuve la suerte de que esta familia era encantadora y me trataba
como a una más. Tenía un plato en su mesa, y eso fue lo que hizo que me
mantuviese con ellos tantos años, en Pozuelo, aunque nunca me tramitaron los
papeles». En 1957 se
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prohibió a todo aquel que no viviese en Madrid instalarse en la villa, a
no ser que el empleador le facilitase una vivienda. Nuestra Ley de Extranjería
nace de aquellos polvos que fueron barrizales en los suburbios de la periferia,
donde las migrantes se establecieron. Lo de nuestro tiempo es el chabolismo
vertical: Roxana y su madre compartían una habitación interior sin ventilación
para descansar sus días libres.
La contratación
surge con el boca a boca: una recién llegada sin papeles que necesita trabajar
y una familia que necesita ayuda y pagar poco. En esa mediación participan
activamente distintas confesiones religiosas y el culmen de esas prácticas es
la llamada lotería de sirvientas que realizan algunas
iglesias, como la de Religiosas de María Inmaculada, originariamente llamada
Hermanas del Servicio Doméstico.
La casa de
protección a víctimas de violencia de género regentada por monjas que acogió a
Kenia (LA TRINCHERA DOMÉSTICA) en Ourense, «frecuentemente recibía
visitas de señoras con recogidos fijados con laca y collares de perlas que
buscaban mano de obra para sus casas. A Kenia nunca le preguntaron cuál era su
formación o en qué nicho laboral deseaba abrirse paso, cuál era su experiencia
en Paraguay, qué la motivaba. Kenia era latina y eso se traducía en mujer que
limpia, mujer que cuida». A la madre de Sofía, que en su país era una
reconocida creadora plástica, al llegar a España también se lo dejaron claro:
«Mi abuela le dijo a mi madre, “Bueno, pero tú puedes encontrar trabajo muy
fácilmente limpiando. ¿De lo tuyo por qué tienes que trabajar?”. Para mi madre
aquello fue una desilusión más, ella esperaba encontrarse un país mucho más
avanzado, un país europeo. Pero acabaron por regresar, porque allá sí
encontraba ocupación como escenógrafa. Yo quise venir aquí a estudiar moda en
Barcelona y mi madre me buscó un trabajo en una mensajería. También me envía
dinero todos los meses para el alquiler de la habitación en el Raval, aunque ya
con 25 años debería estar económicamente mejor, soy rider como
falsa autónoma».
El colectivo
madrileño de Servicio Doméstico Activo quiere ABRIR EL MELÓN de
la Ley de Extranjería, el marco que empuja a las migradas a trabajar
como internas, puesto que es lo único a lo que se puede acceder sin papeles.
Virginia, desde Murcia, lamenta que no haya programas específicos de formación
para mujeres. «Todo lo que se nos ofrece va enfocado a limpieza y cuidados».
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En un portal web de un Centro Especial de Empleo en Barcelona, se cita
la Declaración Universal de Derechos Humanos para destacar cómo el trabajo
refuerza nuestra pertenencia a la comunidad. Nos brinda libertad, autonomía,
independencia económica y autorrealización, todo ello ilustrado con una mano
enguantada en amarillo sosteniendo una bayeta. Ese es el mensaje. Desde las
oficinas donde se diseñan los itinerarios de formación se espera de nosotras,
las pobrecitas, que nos sintamos dignas sacándole brillo al techo de cristal.
Que cantemos supercalifragilisticoespialidoso mientras cuidamos a los hijos de
quienes pueden empoderarse.
¿QUÉ HACE U NA
MUJER COMO TÚ EN UN SECTOR COMO ESTE?
La invisibilidad de
las mujeres en los sectores masculinizados no se limita a cuestión de cifras,
es que además se trata de que pasemos desapercibidas. Para Rosalía, delineante
de profesión, el ambiente «depende mucho. En la labor de oficina entre compañeros
por lo general no suele haber problemas, pero yo sí me he encontrado con jefes
muy machistas, a nivel de que si hay que ir a medir o ver algo de alguna obra
te dicen que tú no, que tú eres mujer, que tú no sabes, que tú no entiendes,
que a ver si te van a decir algo o no te van a hacer ni caso». El machismo en
el sector llevaba a sus jefes a impedir que fuese la cara visible en las obras,
porque entendían que siendo mujer carecía de legitimidad. «Te hacen sentir que
el puesto siempre te viene grande y, claro, al final… al final acabas
creyéndote menos. Tú sabes que no, pero son muchos años con el mismo trato».
Hay una especial
hostilidad hacia las mujeres de clase trabajadora en los puestos cualificados;
la experimenta Núria: «Llegas a los juzgados y ves a compañeros de profesión en
despachos de ocho apellidos con juristas que van con tres asistentes para llevarles
el maletín. Y tú, es que no pintas nada allí. Además, es que en ese mundo nadie
te está esperando. No perteneces a él. No tienes nada que ver con eso. Tú has
podido estudiar Derecho porque podías estudiar Derecho. Y porque has tenido el
tiempo y el dinero que dedicar a aprobarlo. Pero en el mundo del Derecho no
está preparado, ni está previsto, que haya tías del barrio de Santo Cristo con
toga. Llegas a un mundo de tíos. Porque el Derecho es un mundo de tíos,
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por mucho que haya abogadas y juezas. Los que manejan el cotarro son los
tíos. Y viene un señor con puñetas que te humilla, porque te puede humillar,
porque las salas son de los jueces. Ves también mucha connivencia entre los
grandes abogados mayores y sus señorías. Ves ese compadreo patriarcal hacia el
abogado que lleva toda la vida y cómo te miran, como esa chiquita que tendrá
que aprender, con condescendencia y toda esa mierda. No te hace caso nadie
hasta que tú misma ganas seguridad. Veinte años después, lo sigo viendo y creo
que lo veré hasta que me muera, porque tengo compañeras que ya se han jubilado
y hasta el último día fue así».
Miriam recuerda que
la división sexual del trabajo dentro de la misma empresa tecnológica en la que
trabajaba castigaba a las mujeres a tareas sin cualificación: «El primer día
que llegué, éramos tres chicos y tres chicas. El encargado nos mandó a nosotras
a limpiar las piezas y a ellos a trabajar con los ordenadores», una
diferenciación que va más allá de la típica dicotomía entre software y hardware.
Cuando toda la plantilla se dedica al hardware, el criterio para
que unas preparen las piezas y otros las ensamblen es el sexo. A Natividad le
decían en Madrid que solo querían contratar a camareros, mientras que Idaira,
empleada en la hostelería en Canarias, se encontraba que «si pedía ayuda para
alguna tarea me gritaban: “¿No querías igualdad? Pues cambia tú sola el barril,
tira tú sola la basura, ¿no querías igualdad? Pues lo haces tú”». En paralelo,
Sindy ha sufrido «menosprecio en el trabajo y maltrato psicológico y físico de
un encargado hacia mí también. Porque soy mujer, obvio. Gracias a que hablé con
mi jefe, fue despedido».
Esos desprecios
intentaron hacérselos a Carmina, a quien le pusieron en los polígonos el mote
de la Nancy Camionera. En las naves se reían mientras le pedían que
cargase ella sola los palés: «El camionero no debería mover la mercancía, pero
yo sí lo hacía, para quedar bien. Algunos, cuando me veían aparecer, me
preguntaban a qué iba yo allí. Cuando les decía que a recoger la carga, me
mandaban a la cocina. Recibía comentarios jocosos, también críticas. Pero ya
llevo puesta en el mundo muchos años. Yo les respondía: “Tengo huevos para
estar en la cocina y para estar aquí. Tú solo para estar aquí”. Llevaba un
toldado, era una paliza subir las traviesas de madera y enganchar los toldos.
Un esfuerzo físico que hacía con miedo a perder la estabilidad subida ahí
arriba… porque si te caes te pegas una hostia de campeonato. Cargaba un montón
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de aires acondicionados, también tuberías que pesan mucho y las recogía
en Vallecas. Después de sacarme el carnet, llevé un camión elevable».
Tan solo el 2 por
ciento de las personas entrevistadas por el CIS en 2024 confesó que esperaría
encontrarse una taxista al subirse a un taxi. En cambio, casi la mitad de las
personas entrevistadas suponían que al buscar a alguien que cuidase a un
familiar con dependencia, la candidata sería mujer. A pesar de las
estadísticas, Adela, de 42, y Amaya, de 44 años, son taxistas en la capital.
En el caso de la
primera, «le compré la licencia a mi padre por unos noventa mil euros y me
ahorré tener bancos de por medio. Con 24 años empecé a conducir con un jefe. El
taxi es un trabajo de hombres, pero jamás, nunca, me han discriminado mis
compañeros. Nunca. Al contrario, si me han podido ayudar, me han ayudado. Lo
que sí me ha ocurrido es que algunos, que de lejos no ven si eres una
conductora, no se han querido subir al llegar a su altura. No te dicen que es
porque sea mujer, pero se nota porque es un perfil muy concreto: el típico
señor mayor de barrio pijo. Ya no le vas a cambiar la mentalidad ni por asomo.
Es una persona que sufre mucho cuando se sube al autobús y ve a una conductora,
cuando va a una farmacia y ve a una farmacéutica, cuando va a un supermercado y
ve una cajera, incluso en el hospital, cuando ve doctoras. Es el típico señor
mayor de la ultraderecha… joven no he tenido ninguno así. Creo que están en
peligro de extinción, porque ya hace bastante tiempo que no me pasa. La
mentalidad ha cambiado mucho, como mucho nos preguntan si nos da miedo trabajar
por la noche, pero a mí solo me han robado una vez».
Amaya también
empezó conduciendo para otro, se hizo taxista de casualidad, cuando cerraron el
negocio familiar y su tío, que estaba en el gremio, la animó a sacarse el
carnet. Aunque estaba viviendo fuera y a punto de titularse de azafata, regresó
a Alcorcón. «Me dijo que cada vez había más chicas, y a la vuelta del verano ya
me había sacado el BTP y encontrado un jefe que me dejó conducir un taxi para
probar». Tampoco ha sentido desprecios ni desaires por parte de sus colegas,
comenta, «salvo alguno que hay de la época de cromañón, yo me he sentido muy
arropada, me han tratado siempre como a una princesa, y me respetan mucho.
Tengo mucho carácter y me respetan mucho. No he tenido problemas con mis
compañeros, me han cambiado la rueda, las luces del coche… con ellos, al fin
del mundo. A veces, algún cliente me ve y tuerce el morro, pero cuando me ven
conducir se les pasa. Haciendo noches, lo que me toca es
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pararles los pies porque los recoges con tres copas encima y se creen
que todo el monte es orégano».
Mapi tiene 32 años
y es de Zaragoza, ha estudiado tanatopraxia, pero lo vivido durante la crisis
sanitaria en 2020 le ha hecho replantearse su carrera profesional. Más allá del
duelo a escala mundial, la joven experimentó una férrea división sexual del trabajo.
«Durante la pandemia, en la funeraria, como tanatopractora no tenía nada que
hacer. Veíamos en las noticias que había familiares que pasaban días con un
fallecido en casa porque no se daba abasto con los traslados, y le solicité a
mi jefe unirme a una cuadrilla de los coches fúnebres para poder ser una más
recogiendo difuntos. Yo quería ayudar, tener un uniforme para salir a la calle
como estaban saliendo los conductores con los asistentes. Y mi director, lo que
me respondió es que no, que dónde se ha visto que una mujer conduzca un coche
fúnebre».
¿Dónde se ha visto
que una mujer conduzca un coche fúnebre? ¿Dónde se ha visto que convivas
durante días con un difunto en tu propia casa sin que haya suficientes hombres
conduciendo? ¿Dónde se ha visto que una mujer desempeñe un oficio mejor pagado
que el de maquilladora?
En el madrileño
barrio de Hortaleza, Mercedes, a sus 39 años, también considera que está en un
mundo de hombres. Fotógrafa de profesión, desde sus inicios se enfrentó a las
reticencias de contratar a mujeres en estudios y productoras, porque «los
equipos pesan», como le dijeron también a África como técnico de luces, que
tiene veinte años menos. La veterana añade que, como en el origen de la
fotografía, en el revelado todo era física, química y matemática, «para hacer
una buena fotografía lo primero que tienes que aprender es la física de la luz,
y en el laboratorio cualquier descuido te puede provocar quemaduras». Mientras
las mujeres no tenían acceso al conocimiento, no podían ejercer, por lo que
ahora carecen de referentes. Cuando empezó a compaginar trabajo —cuidadora de
niños, vendedora del Círculo de Lectores, camarera— y estudios, «me encontré
que de una clase de treinta éramos solo cinco o seis chicas». Dedicada
principalmente al laboratorio, el jefe siempre era un hombre, y «cuando
llegabas tú, mujer, poquita cosa y jovencita, tenías que demostrar que sabías
algo». No está segura de si es porque las personas como ella son conscientes de
que se tienen que esforzar más, pero puede afirmar que «somos capaces de sacar
adelante lo que nos echen. Aunque cuando entramos nos tira la vocación y todos
queremos ser Robert Capa. Acabar
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haciendo la BBC (bodas, bautizos y comuniones) no es lo que esperábamos.
Tienes que comer, y de comer da la foto de carnet». Antes de fundar su propia
empresa trabajaba para otro fotógrafo, «y tenía ganas de hacer las cosas yo,
que se viera cuando las restauraciones pasaban por mi mano».
Por otra parte,
aunque tanto la industria como el campo son sectores masculinizados, resulta
curioso observar cómo el sector conservero está feminizado. Mientras los
hombres se embarcaban o salían a trabajar en las explotaciones agrícolas y
ganaderas, las mujeres ocupaban tareas auxiliares, primero para sus propias
familias, más tarde para las cofradías. Dado su carácter subalterno y
doméstico, las conserveras están peor pagadas que los técnicos, operarios y
peones de almacén con los que comparten planta procesadora.
En la actualidad,
Celia es operaria del envasado de fruta en Cartagena, aunque entró a trabajar
como limpiadora, otra actividad feminizada pero imprescindible para que la nave
opere con normalidad. «En la línea de fruta, cuando nos pedían que echásemos más
horas a pesar de que estábamos agotadas (porque hay campañas que son muy
duras), llegó a venir un encargado de carretilleros a decirnos que todas las
mujeres éramos unas piojosas por no querer quedarnos más horas. Viendo las
condiciones que tengo, solo pienso en reengancharme a los estudios».
Además de insistir
en nuestra incorporación al mercado laboral en igualdad de condiciones con los
hombres de clase trabajadora, no solo exigimos participar de forma equitativa
en el empleo para demostrar que podemos ser igual de competentes, sino porque al
igual que los sectores feminizados se están precarizando, los mejor remunerados
están viviendo un proceso de revalorización. La segregación ocupacional y
salarial imposibilita que las mujeres de clase trabajadora mejoremos nuestras
expectativas vitales, nuestra emancipación y nuestra plena autonomía.
ME SOBRA MES AL
FINAL DEL SUELDO
Combatir la brecha
salarial es combatir la plusvalía. Aun así, las mujeres no contamos con la
complicidad del trabajador sindicado en la batalla de la igualdad retributiva.
Los hombres con conciencia de clase también
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necesitan reafirmar su masculinidad siendo el cabeza de familia que
decide cómo compensar el trabajo no remunerado del hogar.
La contribución al
PIB de las tareas domésticas o la desigualdad económica son temas que solo
aparecen en los medios en fechas puntuales. Pero si se difundiese la evolución
de la brecha salarial en España con el mismo ahínco y periodicidad que se han
publicado las cifras de la prima de riesgo o la inflación, la sociedad tomaría
conciencia de que es un dato importante con implicaciones en nuestro día a día.
Cuando una cifra genera alarma ciudadana, los poderes públicos deben demostrar
implicación para que haya paz social.
De lo que no se
habla se desconoce todo, por lo que pocas mujeres son conscientes de cuánto
cobran ellas en relación con sus compañeros. A pesar de ello, en las auditorías
retributivas que hemos realizado en Red Talento Consultoras (RTC), pocas
empresas cumplen la igualdad salarial. El informe realizado por la consultora
PWC para la CEOE cuantificó que en España la brecha salarial ajustada es del
12,2 por ciento.
Cuando Ángela
comentó que ella se había visto discriminada, no cabía más que asentir con cada
uno de los pasos que recordaba haber dado, que son los que hemos dado todas.
Desde percatarse de lo que se podían permitir sus compañeros y ella no, hasta
acabar enfrentándose a sus responsables: «En la universidad privada me he
encontrado una diferencia salarial brutal. Llegó un momento en que yo me
preguntaba cómo la gente se compraba esto o lo otro, o no sé… veía que mi poder
adquisitivo era mucho menor al lado del de mis compañeros, ¿sabes? Era como muy
obvio. Sin hablar de cifras, yo veía que se compraban casa, que viajaban… y un
día fui les pregunté, les dije lo que cobraba y se quedaron con la boca
abierta. Ganaba una media de quince mil euros menos al año que colegas con
expedientes parecidos, y eso que daba clase en varios idiomas, cosa que esta
gente no hacía. Me dirigí al decano, y la reacción fue decirme que eso eran
imaginaciones mías. Cuando le puse las cifras delante, me dijo que la culpa era
mía porque había negociado mal al principio. Entré con 24 años y me contrató
él, ¿qué voy a negociar? Encima me echaba la culpa a mí, porque no había sabido
negociar. Eso me lo dicen ahora, que he leído más de feminismo, y no me quedo
callada. Pero en ese momento, que tú ves las cosas tan obvias y te sueltan esas
respuestas tan cortas y estúpidas, te quedas planchada intentando procesar eso
a qué viene. Pero, capullo, si me contrataste tú, que eres un catedrático, me
dijiste que no tenías más
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presupuesto. A los pocos meses cambió el jefe y volví a hablarlo con la
siguiente. Ella no buscó ninguna justificación, dijo que le parecía una
vergüenza y me subieron, de entrada, cinco mil euros».
Las mujeres no nos
postulamos para ascensos ni negociamos al alza nuestro salario, porque se nos
penaliza mostrarnos interesadas en cuestiones impropias de nuestro género, como
el dinero. La perfecta ama de casa administra la miseria sin pedir un aumento.
En EL SÍNDROME DE LA IMPOSTORA se describe que cuanto mayor es
el éxito, mayor es la duda. Los logros se atribuyen a la suerte.
Algo en lo que todas las entrevistadas han redundado en algún momento: pensar
que no somos realmente merecedoras de ocupar ese espacio, ejercer esa
responsabilidad o cobrar ese sueldo, nos paraliza ante la posibilidad de
aspirar a más. Nos hacemos pequeñitas creyendo que ni siquiera nos corresponde
del todo estar así de bien. Así que nos conformamos y no pedimos un aumento.
Esa es una gran ventaja para la patronal, porque encima nos estamos dejando la
piel para demostrar nuestra valía. Aunque en realidad, en cuanto preguntemos a
nuestro alrededor, cualquier compañero seguramente cobre más que nosotras.
En las encuestas
que realizamos en RTC sobre el clima laboral se incluye un enunciado sobre los
motivos por los que no se ha cambiado aún de trabajo cuando se está a disgusto
en la empresa. En más de una ocasión, nos hemos encontrado con que el cien por cien
de quienes mencionan que necesitan formarse más en el sector, mejorar sus
competencias digitales o aprender idiomas antes de ponerse a buscar otro empleo
son mujeres. Mientras tanto, los hombres no mencionan que les falte nada más
allá de una oferta salarial que les convenza. El síndrome de la impostora es la
otra cara de la moneda del efecto Dunning-Kruger o, como nos gusta llamarlo a
nosotras, el síndrome del flipado. Es un principio darwiniano: «La ignorancia
genera confianza más frecuentemente que el conocimiento».
A sus 52 años,
Mariña tiene miedo a hacerse notar cuando pide más dinero. «En algunas
empresas, como mujer, el tema económico me interesa y me importa, pero tampoco
quieres hablar del tema con tus compañeros. Cuando entras, son unos
desconocidos, y te da reparo llamar la atención, luchar por lo que quieres y te
mereces. Se habla mucho ahora del síndrome de la impostora, que la mayoría de
las mujeres lo hemos tenido siempre. Porque yo sé que estoy formada, que tengo
cualidades y que valgo pero, a veces, reclamarlo y pelear no es nada fácil, o a
mí no me
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resulta nada fácil. Eso es un rollo, porque ves cómo otros hombres, o
incluso otras mujeres con mucha menos capacidad o con capacidades distintas a
las tuyas, se lo saben manejar mejor y conseguir un puesto o un sueldo más
alto. Ahí sí que me da un poco de rabia no tener ese espíritu comercial para
saber venderme mejor a mí misma. Se me da bien apoyar y empujar a otra mujer
para que se valore más, pero no valorarme más a mí misma».
Ese miedo a
manifestar nuestro malestar nos lleva a la resignación y al conformismo; por
temor a parecer unas INTENSAS creemos que es mejor no pedir y
no enfadarnos, así que nos quedamos con lo que hay. Cualquier cosa parece un
exceso cuando la solicita una mujer. El enfrentamiento conlleva castigo, como
en el caso de Minerva, que sufrió mobbing cuando fue madre:
pidió la reducción de jornada y se la aisló de la toma de decisiones, fue
relegada a funciones menores y propuesta para el ERE que la expulsó del
mercado. Años después, se reenganchó como administrativa en una empresa
energética, «de las que hacen muchas cosas el 8M, pero seguimos cobrando menos
las mujeres. Nos quitaron pluses, como el de idiomas… Pero a los que venían de
las estaciones, los hombres, les mantuvieron el sueldo a pesar de haber dejado
la nocturnidad». En ese caso, la negociación sindical desligó la compensación
de la actividad para que nadie (ningún hombre) perdiera dinero como
consecuencia de una reestructuración empresarial. La misma negociación a la que
no pareció importarle que las que cobraban en la oficina el plus de idioma,
mayoritariamente mujeres, y que no iban a tener ningún inconveniente
organizativo por seguir desarrollando su actividad sin bilingüismo, lo dejaran
de percibir. Con 45 años, esta madrileña de la Elipa necesita dedicar las
tardes a coser por encargo para llegar a fin de mes, su marido tiene dos
trabajos porque no quieren renunciar a que ninguno de sus tres hijos vaya a la
universidad.
Además de que no se
nos ofrezcan salarios más altos en la contratación y de los complementos
salariales discriminatorios, otra de las razones por las que las mujeres
trabajamos POR CUATRO DUROS es porque nos subempleamos. Ya sea
en trabajos de baja cualificación, ya sea con jornadas reducidas, cuando no
ambas cuestiones a la vez. Estos empleos nos ofrecen la flexibilidad que
necesitamos, aunque no sea el salario que merecemos. Por ello, hay quien
considera que la segregación salarial es una opción, pero en realidad no nos
queda otra, ya que no existe
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adaptabilidad en los sectores masculinizados que permita una
conciliación real.
Otra madrileña del
corredor del Henares, Marisol, se quedó sola con su primer hijo cuando el padre
los abandonó. A pesar de haber ido a la universidad en un centro adscrito, se
empleó en un invernadero para garantizarse un horario adaptado «gracias a que
un amigo me daba trabajo, en plan, necesito ayuda puntual aquí, no te doy de
alta pero puedes venir cuando quieras. En ese momento, sabía que no estaba
cotizando, pero podía estar con mi niño los ratos que no se lo podía dejar a mi
madre. Así, hasta que pude montármelo por mi cuenta. Ahora con 37 años estoy
mucho mejor».
Si la brecha de
género no era suficiente, padecemos también la generacional a partir de los
descuentos salariales de los contratos formativos para jóvenes. Las prácticas
no remuneradas se han convertido en un peaje de entrada indispensable para
algunos sectores profesionales. Quien se ha rebelado, ha sido expulsada de la
carrera, así que carecemos de referentes sobre quienes pusieron pie en pared.
Se ha cronificado la precariedad mientras la codicia de la patronal sigue sin
haber tocado techo.
La universalización
del sistema meritocrático vincula el reconocimiento del éxito al esfuerzo
personal y nos responsabiliza individualmente del fracaso. Durante la
competición queremos ser las elegidas, así que olvidamos que el crecimiento
académico y profesional está influenciado por el origen de clase. Valentina no
ha encontrado muchas más oportunidades laborales que seguir siendo becaria con
23 años: «Empecé a trabajar en el periódico de la universidad con un contrato
de prácticas. Tenía más carga de trabajo que los demás, pero cada vez que me
quejaba me decían: “Tú estás aquí con una beca pública, y deberías
aprovecharla”. Después empecé en la radio. Al principio bien, pero somos
becarios (aunque nos necesitan para las emisiones). Se me acaba el contrato en
dos meses y la opción que me han dado para poder quedarme es ser autónoma y
facturar por programa. Fue mi gran desilusión. Disociaba porque denunciaba lo
mismo que me ocurría. Colgaba stories en Instagram buscando a
quien me quisiera contar lo mismo que a mí me estaba pasando».
Rizar el rizo es
pasar de ser becaria a ser falsa autónoma mientras nos han estado prometiendo
que seríamos asalariadas. Y aun si eres una TRADE puedes estar más tranquila
que una autónoma que necesite buscar
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continuamente clientes para subsistir. Cuando no tenemos asegurados los
encargos caemos en la inercia del no parar, N ON-STOP INERTIA,
porque somos responsables de crear nuestro propio empleo.
Diana tiene 27 y
aún vive con sus padres en Las Águilas, Madrid, aunque lleva varios años como
traductora freelance. «Era muy dependiente del móvil, sobre todo al
principio, que estaba más insegura y me sentía con la necesidad de estar
disponible 24/7. Alguna vez se aprovecharon de eso, igual que de mandarme
proyectos un viernes por la tarde para que los entregase el lunes. Aunque
reconozco que era porque no sabía poner límites». De nuevo, sintiendo culpa por
estar en permanente estado de alerta y complacencia. Estar pendiente de recibir
un encargo en una aplicación, un correo o una llamada es la versión más moderna
de un disciplinamiento de clase: el reloj en hora, el móvil encendido, no hay
mayor rectitud moral que responder rápido los mensajes a tu jefe, al patrón no
se le hace esperar.
A la asalariada hay
que ingresarle la nómina todos los meses y si se produce la quiebra se prioriza
que cobre. Pero ¿cuándo hay que pagarle a una freelance? Nos
responde también Diana: «Después de un tiempo, el cobro de las facturas pasó a
ser a mes vencido. Lo que me pedían en febrero, quizá se facturaba en marzo y
lo cobraba a finales de abril».
Como vivimos en ese
impás descrito por Antonio Gramsci en el que aparecen los monstruos (porque lo
viejo no acaba de morir y aún no se ha terminado de instaurar lo nuevo),
podemos encontrarnos con una joven en una terraza de la madrileña Plaza
Elíptica que se levanta de un salto porque ha recibido una notificación para ir
a pasear unos perros al barrio de Ibiza. No es la primera vez que la contrata
ese usuario. Le añade una nota: «Los perros están en casa y se los bajará el
portero». De camino al metro, a sumergirse cuarenta minutos en el subsuelo
hasta su destino, se cruza con dos docenas de subsaharianos. Tienen su edad,
pero aparentan diez años más. Esperan con la mochila al hombro que aparezca por
allí cualquier furgoneta sin rotular de las que los llevan a trabajar por horas
a recoger fruta, descargar camiones o demoler paredes. Quienes permiten, un día
tras otro, ese mercado de esclavos, son los monstruos.
Presentamos un alto
número de trabajadoras pobres que ven frustradas sus carreras profesionales y
sus aspiraciones personales más íntimas. Para Idaira, la desigualdad es
galopante, «es muy triste que en un país donde somos gente trabajadora de buen
corazón, que todos salimos a ayudar, los
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ricos siempre sean los mismos y cada vez haya más gente pobre. Aquí se
está blanqueando mucho dinero. Y yo lo veo en mi empresa, veo cómo trabajan y
lo que ganan, cuánto dinero pagan en negro y a quién. Además, me pasa que me
siento culpable por permitirlo, pero tienen que ser los jóvenes los que se
rebelen, porque yo tengo dos hijos y si me rebelo sola lo pierdo todo».
Un par de años
después de conversar con Idaira, se convocaron diferentes manifestaciones en
las islas bajo el lema Canarias tiene un límite. Las organizaciones
convocantes denuncian que la turistificación ha convertido los
archipiélagos en un páramo inhabitable. La amenaza no solo es un problema de
vivienda (como en el caso de las Illes Balears), sino que se está poniendo en
riesgo el paraje natural y la sostenibilidad de aquello que van buscando
quienes los visitan. No queda mucho más suelo para vivienda del que ya hay y,
aun así, una de cada tres propiedades las compran extranjeros para veranear.
Hace décadas que las administraciones ignoran las demandas de formación que
pudiese garantizar a las jóvenes canarias un futuro más próspero que el que
ofrece el comandero.
Quizá no consigamos
matar de hambre al capitalismo, pero podemos empezar por dejar de ponerle la
mesa a cambio de visibilidad.
LA PARTE
CONTRATANTE DE LA PRIMERA PARTE
Las conquistas
sindicales de los años ochenta y noventa han ido desapareciendo de nuestras
nóminas mediante la subcontratación. En las últimas décadas, se ha considerado
aceptable, y deseable, que un mismo servicio se lleve a cabo por empleadas con
distintos pagadores y horarios. Este modelo implica crear empresas para
realizar partes específicas del producto con condiciones laborales más
flexibles. Por lo que hay trabajadoras de empresa, que son de primera, y
trabajadoras de subcontrata, que son de segunda.
A través de las
Empresas de Trabajo Temporal, la patronal se nutre de mano de obra
indispensable para desarrollar las labores que le dan sentido a su actividad
empresarial. Una ETT no produce nada, ni transforma nada, sino que se encarga
de que la externalización transforme los gastos salariales en pagos de
servicios haciéndolos pasar por labores excepcionales.
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En la industria ya se había denunciado EL CHANTAJE DE LA
DESLOCALIZACIÓN de las empresas españolas que trasladaban plantas a países
extranjeros para abaratar costes, sobre todo salariales. Si aquí una costurera
tiene derecho a vacaciones, la subcontratación en el sector del retail consistió
en buscarlas donde la legislación permitiese más horas de trabajo
por menos dinero. No se le está ganando dinero a la ropa, sino a quien la cose.
Otra forma de
deslocalizar sin ir muy lejos era tener a las aparadoras en sus casas, como fue
el caso de la madre de Gema, en Alicante. Primero se extrajo de las cuentas de
la sastrería, y a continuación de la zapatería, no solo el coste social y la
nómina, sino también el desgaste de las máquinas de coser (que compraba ella) y
la bombilla bajo la que cosía cada noche. Se las sacó de la fábrica, de forma
que no podían hablar entre ellas sobre el tiempo que llevaba cada pieza, ni lo
que les pagaban por hacerlas. La fragmentación de la plantilla, ya sea por
operar en remoto desde casa, en distintas oficinas o países, ya sea en
plataformas digitales, supone un divide y vencerás. Bajo un modelo
sindical que depende del número de trabajadoras por centro de
trabajo, si segmentamos la plantilla en diferentes subcontratas, no hay
organización sindical posible.
Las Kellys se
reunieron en la Comisión Europea en 2019 solicitando la prohibición de
subcontratar su trabajo en el sector hotelero. Si en un hotel lo que se ofrece
en primera instancia es hospedaje, y esas habitaciones se deben limpiar todos
los días, lo más lógico es que quienes hacen las camas estén contratadas por el
propio establecimiento. Encontramos asesorías jurídicas que tienen en nómina a
la persona que les repasa con lejía los urinarios y les aspira la moqueta, pero
la patronal hotelera en masa decidió que quien ahuecaba las almohadas no
merecía estar en nómina. Concha tiene 59 años y lleva treinta trabajando en el
mismo resort de Málaga. El año que cumplía sus bodas de plata profesionales, se
ilusionaba con el fin de semana de regalo que les hacía la cadena a las
trabajadoras en cualquiera de los centros en España. Su sorpresa fue descubrir
que a ella no le iba a tocar porque tres años antes pasó a depender de una
subcontrata, «y me da coraje. Sigo haciendo las mismas camas. Es que, vamos, te
digo yo que hay habitaciones en las que son los mismos colchones». Los
veraneantes la conocen por su nombre, es la que limpia el hotel, pero ya no es
trabajadora del resort. Si diese algún problema como para merecer
esta degradación, no hubiesen contado con ella durante más
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de veinte años como fija discontinua, ni la seguirían llamando cada
verano desde la subcontrata. Pero es tan solo una más, un número que ponía a la
empresa a expensas del convenio colectivo del sector. Tanto las subcontratas
como las ETT no operan para facilitar la búsqueda de perfiles, sino para
precarizar la profesión y evitar que sea posible en el propio centro de trabajo
la organización sindical. A Concha no hacía falta salir a buscarla. Todos y
cada uno de los intentos por flexibilizar el mercado de trabajo se han
traducido en un empobrecimiento de las trabajadoras.
Zoe ha vivido
diferentes versiones de la subcontratación en el telemarketing: «En
uno, yo llamaba y vendía seguros, y las que se sentaban en la fila
de delante filtraban currículums para una ETT. Todas estábamos pagadas por el
mismo, pero hacíamos cosas diferentes. En otro, yo atendía llamadas de clientes
de un banco que necesitaban hacer alguna operación y me pagaba una empresa que
no era dicho banco. Las que hacían eso mismo, pero si llamaba un extranjero lo
atendían en inglés, recibían el salario de una segunda empresa. A mi lado había
otro chico que hacía las operaciones si el cliente no sabía, y estaba
contratado por una tercera empresa. Y por allí había otros que hacían llamadas
para venderte tarjetas de crédito, y cobraban de una cuarta empresa diferente.
Estábamos todos en un edificio enorme del banco».
La otra modalidad
la representa la joven vitoriana Izaskun, que trabajó como teleoperadora
mientras estudiaba auxiliar de enfermería. «Me pagaba una empresa
multiservicios. Para el Ayuntamiento hacía la asistencia en euskera y en
castellano, pero como hablo francés, porque mi padre es de Iparralde, también
tenía otro programa en el ordenador para trabajar para una empresa de carsharing.
Estaba en un sitio, me pagaba una empresa, pero trabajaba en dos servicios. De
sueldo, cobraba lo del convenio con el plus de idiomas, no cobraba por dos».
Firmando un
contrato temporal tras otro, se encadenan campañas semanales con quincenales, y
otras mensuales. Poca gente permanece más de un año en el mismo sitio. Algunas
cronifican la eventualidad sin solución de continuidad. La rotación es
altísima. Podemos coincidir cien, doscientas o trescientas personas en el mismo
centro sin compartir empleador, sin la posibilidad de organizarnos ni de
sindicarnos para mejorar nuestras condiciones laborales. Nos han atomizado, han
desdibujado las identidades relacionadas con el trabajo y la ocupación.
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Tenemos más líneas en la vida laboral que los títulos de crédito
de El señor de los anillos porque la patronal ha sido
guionista, productor y director mientras que nosotras hemos sido
relegadas a extras de nuestras propias vidas. Han utilizado los contratos de
obra y servicio sabiendo perfectamente que esas funciones no eran excepcionales
y hasta qué día les haríamos falta, pero a nosotras no nos lo decían.
Quedarse embarazada
siendo eventual supone que cuando se acaba la relación laboral nadie renueva a
quien tiene que ser sustituida. Como le ocurrió a Irene, que encadena contratos
temporales en una escuela infantil y le coincidió el inicio del curso escolar
con el posparto. No le está siendo fácil encontrar un trabajo que le respete la
lactancia o le conceda una reducción de jornada: «Quiero poder ajustar los
horarios para maternar y verla crecer. Mi marido ya trabaja a una hora de
casa». A Maca también la despiden cada verano del colegio concertado religioso
en el que da clase y no quiere pensar en cómo sería conciliar su vida personal,
la maternidad y la inestabilidad del empleo, porque quiere ser madre y en lo
único que se preocupa es en ahorrar lo suficiente para la próxima inseminación
artificial.
La estacionalidad
ya no solo es propia de la hostelería o particularmente cíclica en el campo; en
los servicios públicos también se han disparado las rotaciones y se ha
desregularizado la contratación. Lola, doctora de atención primaria en Sevilla,
tampoco ha firmado, aún, un contrato fijo a sus 33 años. Sus relaciones
laborales van de mes en mes, como mucho dos meses, en distintos centros
andaluces, lo cual le imposibilita realizar un correcto seguimiento de los
pacientes: «Pido pruebas que jamás sabré si se han hecho, ni cómo han salido».
La canariona Pino,
a sus 56 años, sigue siendo eventual. Como monitora sociocultural en una ciudad
canaria siente que «en el trabajo que yo hago estoy en la parte más baja de la
pirámide. Las personas afectadas somos novecientas mil en toda España, la mayoría
mujeres, con más de cincuenta años, con salarios muy bajos, y a tiempo parcial.
Ahora estamos, además, con la Ley de Estabilización, que estabiliza plazas, no
personas». Pocas expresiones pueden resumir mejor el sentir de la
deshumanización. No importa quién ocupe el puesto, sino que se cubra. Las
rotaciones no son un fallo del sistema, las mujeres de clase trabajadora
vivimos al día. Donde estamos hoy, mañana estará otra y nadie recordará nuestra
presencia aquí.
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Nos acusan de haber renunciado a las identidades del siglo XX, pero
la realidad para nosotras, en un contexto de sociedad líquida, es que
necesitamos acomodar nuestras aspiraciones a la realidad material. Solo
sobrevive quien fluye, porque hacer planes nos condena a las expectativas.
Podemos lamentar la incapacidad del mercado laboral para absorber nuestros
perfiles, o desarrollar una nueva vocación que tenga mejores oportunidades de
empleo sin temor a decepcionar a la niña que soñaba con ser actriz. La trampa
de las inclinaciones profesionales es creer que se trabaja menos cuando se
trabaja en lo que nos gusta.
Entre todas
las VERDADES PENÚLTIMAS que podemos enunciar, destaca que el
mundo siempre ha sido fluido, solo que ahora es más obvio. El gran error de
quienes citan a Zygmunt Bauman es reafirmar una sociedad más justa vertebrada a
partir de una presunta solidez del pasado que las trabajadoras nunca vivimos,
puesto que la condición de clase no solo describía nuestras circunstancias,
sino que prescribía nuestras oportunidades.
La ansiedad y el
miedo se nos están llevando por delante, simultaneamos la vida que nos ha
tocado vivir con la que estamos deseando tener. El trabajo que nos da de comer
nos agota, tenemos problemas para dormir, pero no desistimos: seguimos
formándonos para el trabajo de nuestros sueños. Así le ocurre a Laura, que me
resume su día a día: «Por la mañana soy técnico de laboratorio (trabajo para la
universidad en un proyecto de investigación que ya han prorrogado un año y
espero que el año que viene continúe), y por la tarde logopeda en una clínica
privada, donde estoy indefinida a media jornada. Si me quedo con solo una cosa
no llego, pero con las dos juntas cobro bien. Y esto de llevarlo todo a la vez
se me está llevando por delante. Tengo mucho desgaste, tanto a nivel físico
como mental. Es un desastre. Estoy saturada. Si quiero hacer vida social, no
tengo tiempo. Salgo de mi casa a las siete de la mañana y llego a las nueve de
la noche, que ya no me apetece ni irme de cervezas. Me encantaría, pero no tengo
fuerzas. No tengo tiempo para cuidarme ni para hacer deporte. Hace unos meses
me vi desbordada, hubiese necesitado ir a terapia, pero no disponía del
momento. Es una locura. Me planteo qué hacer el año que viene, porque ya se me
está juntando un poco todo. Pero bueno, veremos a ver qué pasa». Es el sentir
de la generación millennial, cargarse con todo hasta que petan.
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La flexiseguridad con la que nos adornaron las reformas laborales que
promovieron la precarización nos obliga a ser polivalentes y resilientes.
Debemos ser capaces de desarrollar nuestras tareas, las auxiliares y las
cualificadas, cuando haya oportunidad de demostrar que sabemos hacer mucho más
de lo que nos dejan. En un mundo que nos bombardea con la especialización, el
mensaje es que debemos dominar muy bien muchas cosas. Debemos ser la perfecta
mujer orquesta, que cada instrumento suene como si nuestra atención siempre
hubiese estado puesta en él. Así enumera Matilde, a sus 55 años, las diferentes
tareas y los distintos oficios que ha asumido en el sector teatral durante los
últimos años: «Lo último que hice como actriz fue antes de la pandemia. Pero ahora
estoy trabajando, por ejemplo, como coordinadora técnica, otras veces he
ejercido de regidora. Sé hacer un poco de todo». El acrónimo mocatriz (modelo,
cantante y actriz) para referirse en un tono jocoso a la pluriactividad de las
mujeres en la industria del espectáculo es la demostración de cómo se ha
instaurado en el sistema que nosotras tengamos que saber hacer de todo para que
nos dejen hacer algo. No se habla de mocactor para referirse a
un modelo, cantante y actor. La identidad obrerista del mono azul, la
uniformidad, el trabajo de toda la vida, el oficio, el gremio, son cuestiones
reservadas para ellos.
Las mujeres
percibimos la indefinición de nuestras tareas como un aspecto más de la
discriminación laboral, en comparación con la especialización de los puestos
masculinos. Al respecto, Sindy interviene: «En mi caso me contrataron como
cocinera, pero además de limpiar la cocina tenía que barrer y fregar la sala o
recoger la terraza. La camarera tenía también que limpiar los baños. Pero los
chicos no, el cocinero solo cocinaba y, como mucho, se limpiaba su plancha o se
ponía el lavaplatos. El camarero, si acaso, limpiaba los vasos y la cafetera,
pero no cogía una escoba». Lucía recuerda que como secretaria llegó incluso a
taparle los líos de faldas a su jefe. No solo tenía un trabajo administrativo
para pagarse la carrera, también creativo: no hay un manual de excusas para
darle a la mujer del jefe.
Técnica de
laboratorio al amanecer, logopeda al atardecer. Abogada en prácticas de lunes a
viernes y camarera los sábados. Socióloga en paro, pero maquilladora a tiempo
completo. Periodista sin medio, pero administrativa a media jornada. Opositora
a maestra y en búsqueda de empleo como dependienta para dejar de trabajar
poniendo copas por las
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noches. Administrativa en la vida laboral e ilustradora en Instagram.
Estudiante de Pedagogía en invierno, monitora de ocio y tiempo libre gratis en
verano. Aparadora sin contrato, ama de casa. Graduada en Biología, preparando
las pruebas físicas a Policía Nacional, trabajando de monitora en la ruta
escolar de lunes a viernes y de camarera los fines de semana, quizá también se
matricule en el máster de Formación del Profesorado, por si acaso. Las mujeres
de clase trabajadora que habitamos la periferia jamás tuvimos esa férrea
identidad del obrerismo que hacía del oficio una suerte de apellido. Siempre
fuimos algo más en un mundo que continuamente nos hace de menos.
COMO EN CASA, EN
NINGÚN SITIO
La conciliación o
la corresponsabilidad no se puede conjugar cuando los padres pasan más tiempo
fuera de casa que con su familia. Natividad trabajaba como empleada del hogar
poniendo un plato de comida en una mesa que no era suya y, de vuelta en
Móstoles, cada tarde preparaba la cena con el sonido del tambor de la lavadora
colándose por el patio. «También limpiaba yo sola mi casa, porque mi marido
estaba todo el día en el hotel. Él se iba a las once de la mañana y volvía de
plaza Castilla en el búho, el autobús nocturno, de madrugada. Así que no me ha
ayudado nunca en nada de la casa».
Ainhoa nos cuenta
con resignación que «mi madre era ama de casa, así que dentro de esas cuatro
paredes mi padre no daba palo al agua. Tenía tiempo para las tareas, pero no
las habría hecho de ninguna manera. No hacía absolutamente nada, y no porque se
lo impidiera su horario, que eran ocho horas, sino porque su mentalidad no se
lo permitía. Aunque tengo conciencia feminista y he intentado no reproducir en
mis relaciones la que había entre mis padres, hay conductas que se te quedan
pegadas. Es bastante difícil librarse de ello». Es consciente de que, además de
la necesidad de que los hombres revisen sus privilegios masculinos, ella ha
desarrollado conductas tóxicas, como la codependencia o la necesidad de
validación, para tener seguridad en sus decisiones, esperando que, como vio en
su casa, el hombre tenga la última palabra.
La feminidad se ha
visto reforzada en tanto se mantenía en posiciones subalternas. El correcto
sometimiento a la dominación masculina definía a
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la buena esposa. Las madres que han transmitido los roles de género lo
han hecho con su mejor intención, procurando el bienestar de sus hijas,
entendiendo que el éxito suponía encontrar un buen marido y formar una familia.
Dolores se tuvo que enfrentar en muchas ocasiones a la educación que su madre
le quiso dar en Sevilla. Y, en contraste, se siente orgullosa de las
conversaciones que ha tenido con sus hijos, hasta afirmar que «los he educado
en el feminismo. Pero yo tengo amigas, de mi misma edad, que sí son fregonas de
su casa. Lo entiendo, porque no han tenido oportunidad de trabajar ni de
estudiar. También tenemos amigos que, cuando han visto a mi marido levantarse a
cambiar al niño, de maricón no lo bajaban».
Amparo, que está
muy satisfecha con la corresponsabilidad en su hogar, rehúye de esas dinámicas
de mujeres que de tanto creerse en un matriarcado por ser ellas las que toman
las decisiones, acaban maternando con su pareja. Le provocan un fuerte rechazo,
«tengo amigas que le compran camisas a sus maridos, que te da hasta grima. En
mi entorno, si tu marido va mal vestido, la culpa es tuya. Esa sociedad existe,
aunque parezca mentira. Va cambiando, pero la casa, los mayores y los hijos
siguen siendo tarea femenina».
El varón
heterosexual educado para ser el proveedor principal tiene la sensación de que
la emancipación femenina, y en particular que su pareja tenga un trabajo
remunerado, atenta contra su identidad y lo mantiene célibe contra su voluntad.
Los roles de género se han definido desde y para la familia. Muchos de los
hombres que han crecido con un modelo de masculinidad que sostenía
económicamente el hogar pero ejercía una paternidad ausente, se están viendo
impedidos de reproducir esas dinámicas, tanto desde las demandas feministas de
autonomía financiera y corresponsabilidad como por la crisis del empleo.
A sus 57 años,
Nagore recuerda que su padre no estaba nunca en casa, «y si estaba era para
descansar. Mi madre lo hacía todo, pero todo, que no teníamos ni
electrodomésticos. Cuando se sentaba era para tejernos ropa. Siempre estaba
haciendo algo. Desde la mañana hasta la noche». La socialización de género que
recibió su hermano pequeño consistió en que «mi madre nos decía que a él no le
tocaba porque era un niño. Eso lo escuchábamos a diario. Yo veo que esto a él
le ha pesado para relacionarse. No se independizó. Directamente, dijo que dónde
iba a estar mejor que en una casa donde lo trataban como un rey. Se quedó con
mi padre y con mi madre hasta que murieron. Le decíamos a ella que no le
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estaba haciendo ningún favor, a última hora se quejaba de que no les
ayudaba en nada… y, claro, él se había cogido ese rol de “a mí no me han dicho
nunca que tenga que hacer nada”».
A los hijos se les
ha permitido no asumir tareas domésticas al mismo tiempo que se los ha animado
a salir a buscar trabajo, pero también a disfrutar del ocio. Mientras, la
responsabilidad que forzaba a las hijas a ejercer de amas de casa ha limitado
su libertad de movimiento, domesticando sus anhelos y restringiendo sus
posibilidades de adquirir capital social y cultural. Se nos priva de ocupar el
espacio público desde que somos niñas, mientras a los niños los animan a
embarcarse en todo tipo de actividades al aire libre. En la edad adulta, las
mujeres volvemos del trabajo a casa porque no nos sentimos tan a gusto en
ningún otro sitio, pudiendo alternar pequeñas tareas con el descanso. Pero los
varones se van de cabeza a los bares, o a los centros deportivos, dedicándose
en exclusiva a su cuidado personal y a su disfrute durante su tiempo libre. El
privilegio va más allá de que, cada día al volver, se encuentren la cena hecha.
El privilegio es ver la mesa puesta y los niños bañados después de haber pasado
tarde sí y tarde también desconectando del trabajo. Así fue educada Pino:
«Tenía que ayudar a mi madre y saber llevar una casa. En cambio, mis dos
hermanos no. Mis hermanos después del colegio se iban al parque, no necesitaban
tener esas habilidades que yo, como mujer, sí necesitaría. Mi madre no les
dejaba ni que se hicieran la cama. Mi cuñada ha reeducado a mi hermano mediano
y ahora no tiene nada que ver, cuando necesito que venga a cuidar a nuestra
madre no pone ningún problema y está dispuesto a todo lo que haga falta, no se
limita a hacer compañía».
Mientras que
Dolores ha encontrado un hombre capaz de renunciar a vivir como en un hotel,
Nagore aún está lejos de disfrutar de la corresponsabilidad, sobre todo en
torno a la carga mental: «Aunque los dos trabajamos, ha habido siempre algo
como: “He ayudado, mira qué majo soy”. No están acostumbrados a hacerse cargo.
Esto no es ayudar, aquí los dos trabajamos y las tareas son de los dos. Él
hacía un poquito y ya parecía que había que reconocérselo. Pero es que hay
muchas cosas que hacer, y también que pensar. Con todas las amigas que tengo,
lo hablo. Hay una parte que es hacer, pero luego hay otra de darle vueltas a
saber que hay que hacer la compra, pensar qué vamos a comer… Y todo eso es un
trabajo que igual no se ve. Pero es un trabajo que tienes en la cabeza. Todo
esto requiere una organización que llevas contigo mientras estás
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haciendo otras cuatro cosas a la vez». Rosalía no tuvo una socialización
de género en su familia, ya que «viví siempre con mujeres, mi madre trabajaba
mañana y tarde fuera de A Coruña. A mí prácticamente me criaron mis abuelos. Y
como mi abuela tenía una situación un poco especial, con artrosis, artritis,
reuma…, quien hacía todas las cosas en casa era él. Eso de que el hombre no
haga nada lo he visto en otras casas, ese machismo de que no se meta en la
cocina, que no haga recados, que no se ponga a hacer faenas porque viene de
trabajar, en mi casa no lo vi». Sin embargo, se casó con un hombre en cuyo
hogar «se daba todo lo contrario. O sea, su madre es ama de casa, su padre fue
marino mercante. Él venía a casa como de vacaciones después de tropecientos meses
en la mar y no se le podía molestar. Así que mi ex tiene la idea de que así es
como se hacen las cosas, y lo imita… No es consciente de que no es un marinero,
es un ingeniero que como mucho tiene fines de semana de guardia en las presas.
En mi caso, fue un matrimonio y una convivencia difícil».
Para Pilar, llegar
del trabajo significa comenzar la yincana de los cuidados: «Los días que salgo
a las tres, tengo el tiempo justo para comer y recoger a mi hijo en el colegio.
Pasamos la tarde haciendo deberes y, como tiene que madrugar, cenamos pronto,
por lo que sus tardes son más cortas. Entre semana no tengo tiempo para nada
más que trabajar, cuidar de él y atender la casa. Durante los fines de semana,
tengo amigos con hijos e intentamos hacer actividades con ellos al aire libre.
Después del divorcio, mi ex se quedó en el pueblo y yo volví a la ciudad, así
que el referente masculino para mi hijo es su abuelo». Idaira es madre soltera
de tres hijos y si tiene alguna facilidad para conciliar es gracias a sus
padres, porque «los niños salen del colegio a la una, pero las jornadas de
trabajo pasan de las diez horas. No tiene nada que ver lo que te dicen cuando
te contratan con todo lo que trabajas después. Mi vida está en manos de mi
jefe».
Más o menos es la
misma sensación que tiene, desde Oviedo, Isabel, a sus 37 años. «He llegado a
ponerme contenta cuando mi hijo ha estado enfermo y he tenido que quedarme
cuidando de él. Normalmente trabajo todo el día y paso muy poco tiempo en casa,
solo lo veo por la mañana al meterlo en el coche. Por la noche, cuando vuelvo,
ya está dormido. Y sí, me siento súper mala madre por decir esto, pero estoy
súper feliz de que mi hijo esté enfermo porque es una excusa para poder ser
madre y cuidar de él».
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No hay fórmulas mágicas para la corresponsabilidad, pero sí coinciden
las entrevistadas en que todo se inicia con una conversación. La conversación
que nace de TODA LA RABIA contenida en anteriores relaciones,
una rabia organizada y politizada para dotarnos de una mayor autonomía que nos
permita construir relaciones sanas.
Ángela nos recuerda
que la conciliación no es sinónimo de una vida dedicada a la crianza: «No he
tenido hijos ni los voy a tener, pero hay más cosas que conciliar en casa y hay
una carga mental y todo eso. Yo, al principio de la relación, tuve que explicarlo
muy bien para dejarlo muy claro, porque en el pasado había aceptado cosas que
ahora ya no tolero. Sencillamente, solo hace falta explicar que somos dos
personas y que todo tiene que estar dividido. Parece una tontería, pero cada
semana se encarga uno de la comida, la cena y las compras. Tenía claro que
quería una distribución real, no como la que he vivido en casa de mis padres,
donde mi madre se encargaba de todo y lo tenía todo controlado, y mi padre se
limitaba a pulular alrededor preguntando: “¿Y qué hago?”, porque eso no me
quita carga mental. En otras relaciones no había llegado a tener esa
conversación. Pero, para mí, esto es importante y es decisivo para que yo esté
o no esté… mucho más que el físico, más que otras cosas». Marta, con menos de treinta
años, ha puesto a prueba su futuro de pareja con una convivencia de práctica.
Libres de cargas, porque para ambos es su primera relación, aquellos días
resultaron una negociación donde establecieron sus límites. Sin dar por hecho
que las tareas debían hacerse de una determinada forma, ni que debía hacerlas
una persona en concreto: «La primera semana fue horrorosa, pero creo que fue la
necesaria para explicar las cosas. Porque, a ver, él es que no ha vivido nunca
solo, simplemente se ha hecho cargo de ganar dinero desde que faltó su padre,
haciendo su madre de ama de casa. Entonces, aquella primera semana fue
horrible, pero teníamos que hablarlo porque yo iba viendo que me iba a tocar
todo a mí y eso no lo soporto. Veía cosas que no me gustan, no me gusta
sentirme la chacha de nadie, ni la madre de nadie. Hubo que dejar las cosas
claras, es importante hablar en pareja y tener las dos versiones, porque
también le estaba agobiando verme detrás de él diciéndole que no sabía limpiar.
Así que lo hablamos, lo dejamos claro y, a partir de ahí, por ejemplo, cuando
cocinamos, si yo hago un plato, él hace el otro, si él pone la mesa, yo la
quito y él friega».
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En las genz entrevistadas no solo se menciona la conversación,
sino también la necesidad de delimitar, como resume esta intervención: «Cuando
tengamos que vivir juntos», comenta agobiada, «me imagino trazando una línea en
medio de la casa, y diciendo: “Como no asumas tu parte, yo me hago mi cena, me
pongo mis lavadoras, limpio mi baño…”, porque veo que es algo que nos pasa
factura a las mujeres… Maternamos antes de ser madres».
La versión más
extrema de esta nueva feminidad subversiva son las mujeres que reivindican
con ANSIA ser «una madre horrible, pero un padre estupendo».
Se ha juzgado históricamente de forma muy distinta a ambos progenitores según
su desempeño doméstico o su éxito profesional, respectivamente. Hannah, de
origen germánico y trabajadora de una delegación alemana en Madrid, siente
continuamente cómo su padre la juzga por no estar ocupándose de su hijo con la
misma dedicación que lo hizo su madre con ella, «y le preguntó, pero ¿qué
hacías tú? Porque a mí, si me tienes que comparar con alguien, me tienes que
comparar con mi padre a los 33 años, que es el que tenía un trabajo como el
mío, no con una ama de casa».
Carmen, quien ya ha
cumplido los 52 años, ha identificado, tras varias relaciones de pareja, que
«la táctica que ellos emplean, porque en ese sentido son como muy cucos (yo no
sé si es que les han dado un curso que a nosotras no nos lo dan) es la del escaqueo
y de hacerlo todo como de esa forma tan lenta y torpe, que acabas diciendo:
“Bah, ya lo hago yo”. Eso es una cagada monumental. Pues al final acabas
cargando tú con un montón de faena. Y, bueno, te dices, ¡maldita sea! Yo ya no
quiero volver a convivir. Porque en el fondo soy consciente de que para ellos
es un chollo, pero para nosotras no lo es en absoluto. Por el mismo precio,
ellos tienen criada, cocinera y amante. Y nosotras tenemos mucho más trabajo».
Con miedo a que se
puedan reproducir patrones que ya creíamos superados, temiendo que LA
DOBLE JORNADA agote a las trabajadoras y boicotee su proyección
profesional, el consejo que deja Mercè a las más jóvenes es que «a un hombre
nunca hay que decirle que algo lo hace mal, porque entonces tiene la excusa
perfecta para dejar de hacerlo».
Que los hombres
reconozcan la importancia de los cuidados y redescubran una paternidad
implicada no solo descargará de responsabilidades a sus parejas, sino que
generará un clima laboral en el que las nuevas formas de ejercer de padre
reivindiquen estar más ausentes
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en la oficina y más presentes en casa, como un derecho conquistado.
Hacerse cargo de las tareas del hogar deja menos tiempo para ir al bar después
del curro, y si no puedes evadirte de una jornada de mierda delante de una
cerveza, imagínate lo que puede llegar a pasar si tomas conciencia de tu
posición de clase y te da por sindicarte, por exigir una racionalización de los
horarios de acuerdo con la productividad o con la desconexión digital. A los
hombres que no reproducen el orden social son a los que acaban llamando de
maricones para arriba.
LAS JEFAS, A TRAVÉS
DEL TECHO DE CRISTAL
Cuando realmente
emprendemos, lo hacemos desde la posición subalterna que ocupamos siempre.
Invertimos nuestros ahorros, si acaso también los de algún familiar, pero no
corremos grandes riesgos ni acudimos al crédito, según los datos de ENISA.
Nuestro capital semilla es la mitad que el de los hombres. Al poco tiempo de
inaugurarlo, Gema tuvo que cerrar el bar donde lo apostó todo, «el tiempo que
estuve pendiente de los permisos me dejó a cero. Cuando pude abrir, me daba
pánico coger a alguien sin saber si le iba a poder pagar, estaba sola llevando
todo, hasta que, a los seis meses, eché las llaves, porque el cuerpo no tiraba
más y veía que no me daba apenas para vivir». Fracasó. Seguramente, si se
hubiese aupado sobre los hombros de una camarera a la que pagase tarde y en
negro, o si hubiese recibido a tiempo el crédito subvencionado que solicitó,
las cosas hubieran sido diferentes. Pero «sé lo que hacían los bares de a mi
alrededor y sé lo que hacía yo. Hoy en día, puedo abrir el buzón tranquila de
que no me va a llegar ningún requerimiento, ni ninguna multa, ni ninguna
demanda laboral». No somos como ellos, ni queremos serlo.
Algo parecido le
pasó a Mariah: «En 2012 me quedé con el traspaso de una academia en la que
había estado trabajando. Los primeros dos años capeé la crisis, pero nunca fue
un negocio rentable. Di de alta con todas sus horas en regla al profesor que
tenía para ciencias, no como habían hecho conmigo en la mayoría de academias y
trabajos que había tenido. Busqué algo de camarera los fines de semana, y cerré
porque me di cuenta de que era absurdo tener un segundo empleo para poder
mantener abierto un negocio que da pérdidas».
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En el caso de Maca, su emprendimiento social a través de una subvención
europea le hizo ver que «en el mundo empresarial estaba un poco más
estigmatizada, no solo por ser de Vallecas, sino por mi estética e ideología.
Llegué a un sitio donde la gente estaba muy extrañada de tenerme, a un ambiente
en el que me decían cosas como “los de Vallecas sois muy punkis, ¿no? Siempre
estáis liándola… Vaya barrios en los que has vivido, bonita”. Me trataban como
si no tuviera cultura, no fuera educada… con ese prejuicio, que sí, puedo ser
punki, entre comillas, pero también me sé comportar en los sitios».
La política de
cuotas para que haya cada vez más mujeres tomando decisiones no supone, por
defecto, que se vaya a instaurar en el clima laboral la perspectiva de género.
Ser mujer no te hace feminista. Bien lo saben las entrevistadas que están bajo
las órdenes de una jefa. Matilde, actriz y productora, reconoce que sus
problemas en el ámbito laboral han sido «con mujeres. Parece que nos cuesta
tanto llegar que luego solo sabemos competir. Y yo no quiero competir, así que
noto cómo me voy quedando fuera… Yo pelearía por la vida de mis hijos, incluso
por un gato, pero ¿por esto? ¿Por un sueldo de mil euros? ¿Por un contrato de
obra de seis meses? A mí, esa competencia entre nosotras me da mucha rabia».
Desde una terraza en Carabanchel continúa criticando esa concepción
esencialista de que la mujer ejercerá el liderazgo mejor que un hombre. «En el
espacio en el que trabajo, las tres jefas somos mujeres. Y da igual, porque
estamos reproduciendo roles machistas, tengamos lo que tengamos entre las
piernas. No estamos cambiando la manera de hacer las cosas, repetimos los
mismos patrones. El feminismo no solo depende de nuestros genitales, depende de
muchas más cosas. Y ahora es una cosa que vende, también hay capitalismo aquí».
Ya lo decía Alexandra Kollontai: «A la mujer obrera le es indiferente si su
patrón es hombre o mujer».
Idaira comparte la
misma indignación. Se manifiesta traicionada por su superior y se pregunta para
quién es lo del techo de cristal: «Mi jefa es mujer y permite los abusos, es
quien nos hace estas cosas. No hemos arreglado mucho con toda la lucha que hemos
hecho las mujeres. Siento decepción. A mí me dieron una educación de
izquierdas, del bien para el pueblo con el pueblo, y veo que lo que me
enseñaron no se parece a lo que hacen las mujeres que están en política de
izquierdas. Tengo una hija y un hijo, y no quiero que entre ellos haya
diferencias. Que no reciban menos por ser hombre o por ser mujer, que se les dé
por igual, que se los respete
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por igual, porque ellos van a hacer el esfuerzo por igual». Del mismo
modo lo ha visto Ana, de Valencia, a sus 57 años: «Nunca he cedido a las
presiones. Sé que he perdido oportunidades laborales por ello. Tanto en unos
como en otros he visto el machismo. Había comportamientos muy establecidos, que
forman parte de la sociedad, y mujeres en puestos directivos seguían con los
mismos roles de los hombres. Hay mucha competitividad, no ayudaban a otras
mujeres». ¿Podrá la mujer incorporarse al mundo de las profesiones sin verse
contaminada por él? Este era uno de los dilemas de Virginia Woolf.
Al otro lado del
espejo está Mercè, que ubica, a los 72 años, cómo fue para ella ser jefa en
Telefónica desde los años ochenta, tras haber crecido como hija de un
trabajador del campo: «A mí me dieron responsabilidad sobre unas setecientas
personas en Barcelona, de las cuales el 90 por ciento eran mujeres. Tenía un
grupo pequeño que eran solo hombres, que también hacían turnos. Todo el mundo
me decía: “Uy, con tantas mujeres, la de problemas que vas a tener”. Porque,
claro, nosotras somos las histéricas, nos quejamos de todo, etcétera, ¿no? Pues
el primer gran follón que tuve fue con ellos. Serían unos quince y dos que se
pelearon, ¡que llegaron a las manos!, porque en un turno que estaban ambos, uno
quería la ventana abierta y el otro cerrada. ¡Y después somos nosotras las
folloneras!».
Mary Beard apuesta,
en MUJERES Y PODER, por redefinir el concepto en lugar de copiar
las expresiones masculinas para ejercer el liderazgo. Lamentablemente, muchas
de ellas se limitan a ser men in pink, aportan el toque de color
pero no alteran el statu quo como sí lo hacen aquellas con
conciencia feminista. A las jefas que no se comportan como hombres, ni
descienden de una dinastía de gente que manda, se les recuerda, sin tregua, que
están fuera de lugar, teniendo incluso gestos impropios de la relación entre
altos cargos. La presencia de Mercè en las altas instancias de la compañía
estuvo continuamente sometida a un proceso de invisibilización. «Cuando fui a
México, estábamos en un grupo de diez personas (nueve hombres y yo). Un día,
nos invitó a cenar el presidente de la Telefónica local y, cuando nos fue
saludando, a mí me pasó de largo porque no entendió que yo también era una
directiva. Pensó que sería la traductora o la intérprete. En otras ocasiones,
me pasaba que si estaba en una oficina de cara al público, siendo la
responsable de la misma, cuando venían clientes que querían hablar con el jefe,
no les servía yo porque era mujer». Las
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estructuras informales de poder caían sobre Mercè. Sus experiencias nos
recuerdan que los techos de cristal se refuerzan en los bares con el vidrio que
envuelve las rondas de copas que se pagan unos jefes a otros. Por ello, estaba
convencida María Moreno, en BLACK OUT, de que las mujeres debían
ganar las tabernas. «Hombres y mujeres tenemos formas diferentes de trabajar.
Por ejemplo, ellos salen del trabajo y se van al bar a tomar algo y a arreglar
las cosas que no han terminado. Tú te vas a tu casa porque tienes otros
deberes, y cuando llegas al día siguiente, resulta que sobre aquello que había
quedado pendiente, ya habían tomado una decisión entre ellos. Eso lo he vivido
y me lo han contado también mis amigas, a las que les pasaba exactamente lo
mismo, porque nosotras hemos tenido siempre el doble de trabajo. Aunque fueras
gente que tuviese ayuda en casa, por así decirlo, no se te ocurriría irte al
bar. En cambio, ellos se iban a tomar una cerveza. En los años noventa, yo
estaba en Madrid, y en mi grupo (donde, otra vez, era la excepción femenina)
todos éramos gerentes de diferentes servicios. Teníamos reuniones por toda
España y, después de trabajar, íbamos al hotel a cenar y más tarde a tomar una
copa. Pues conmigo tuvieron que cambiar sus costumbres, porque, claro, no
podían llevarme a un bar de alterne, que era lo que hacían. Después se irían o
no se irían a pagar por sexo. En eso ya no entro. Pero sí que conmigo tuvieron
que buscar otros bares. Y yo tuve que acabar aprendiendo chistes feministas, porque
la mayoría de los que contaban ellos eran machistas».
Nuestra promoción
profesional es cuestionada y censurada; nuestros méritos, invisibilizados hasta
el punto del ensañamiento y la humillación: «Cuando me ascendieron, yo tenía
muy buena relación con mi jefe, un tipo que estaba de muy buen ver. Él se había
acostado con media compañía, pero conmigo siempre tuvo mucha relación de
amistad, nada más. Le llegué a decir a mis amigas que, si les iban con el
cuento, debían saber que no, que nunca me lo había propuesto, que yo nunca
había tenido ni la oportunidad de decirle que no. Me lo quise tomar a
cachondeo, porque la verdad es que daban por sentado que cuando una mujer
triunfaba era porque se había liado con su jefe». No nos queda otra que
tomarnos todo esto a risa, organizar la rabia sin dejar de defender la alegría,
porque no tardarán en decirnos que solo era una broma cuando dejemos de reírles
los chistes.
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La principal
diferencia entre trabajadoras y trabajadores es quea los malestares propios de
una relación laboral se les suman los característicos de la desigualdad de
género, que operan tanto dentro como fuera del centro de trabajo. La presión
estética, la infantilización o los chistes sexistas conforman un contexto
hostil y humillante hacia las mujeres. El acoso ambiental es el detonante del
acoso sexual, del acoso por razón de sexo o de cualquier comportamiento
discriminatorio en ese sentido.
Al igual que en
cualquier otro contexto, ante la más mínima advertencia de peligro domina el
miedo y pensamos en cómo evitar que se produzca el hostigamiento. Pero, sobre
todo, entre nosotras se instala la culpa. Nos enfrentamos al acoso sexual por
abandonar el hogar, por transitar de casa al trabajo, por ejercer una profesión
contradiciendo el mandato de permanecer al cuidado de la familia…
Aun entre nosotras
opera el estigma, culpabilizando a la víctima del acoso sexual en el mercado
laboral, dando por hecho que es consecuencia de no haber sabido poner límites:
«Siempre he trabajado muy rodeada de hombres y, bueno, claro… es un ambiente muy
masculino. Y aunque yo no he sentido, ni he tenido insinuaciones o momentos
complicados (bueno, porque a lo mejor yo nunca he dado pie, y siempre he
distinguido muy claramente el ámbito laboral del ámbito afectivo, del ámbito
privado), sí he visto cómo otras mujeres a lo mejor no lo han tenido tan
fácil».
Según la Macroencuesta
de Violencia contra la Mujer de 2019, el 98,2 por ciento de las que
han sufrido acoso sexual lo experimentaron por parte de un agresor hombre, el
17,3 por ciento de las ocasiones sucedió en el entorno laboral. Según las
autoras de PATRIARCADO Y CAPITAL, es una de las formas de agresión
sexual más frecuentes y menos denunciadas en el mundo. Las mujeres migrantes se
enfrentan a este tipo de situaciones en trabajos de limpieza, cuidados,
trabajos agrícolas u hostelería. La incertidumbre por estar en situación
ilegal, el temor a ser deportadas, a perder el salario, la precariedad general,
las vuelve más vulnerables. Desde UGT se ha observado que este tipo de
violencias muchas veces no llegan a denunciarse, como consecuencia de la escasa
sensibilización social al respecto, el miedo al despido, la dificultad para
conseguir pruebas o unos insuficientes canales de denuncia, seguimiento y
protección de las
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víctimas, así como por la normalización de la violencia con la que
convivimos las mujeres. A esto hay que sumarle el juicio del entorno, el
estigma o el sentimiento de culpa.
En muchas
ocasiones, los comentarios y el acoso ambiental están presentes desde el primer
día en que ponemos un pie en el centro de trabajo, sin que nos haya dado tiempo
a hacer absolutamente nada que se nos pueda volver en contra. Hay hombres que
sienten que su posición les da el derecho a opinar de todo cuerpo que ocupe su
espacio, y más cuando está en su mano controlar el acceso al edificio:
«Mientras cruzaba el arco de seguridad les oí decirse uno al otro: “Eso es un
derbi y la otra una liguilla regional”».
Esa culpa
hegemónica razona la barbarie y responsabiliza a la víctima por haber dado pie,
por haberse confiado, por no haberlo sabido parar. Hemos naturalizado todo lo
que nos pasa a nosotras cuando ocupamos sus espacios, lo que nos hacen ellos
que son los dueños del lugar. Es un mecanismo de control que nos señala y nos
humilla, para que sintamos remordimiento y nos cuestionemos a nosotras mismas
por haberlo consentido.
Ninguna de las
entrevistadas que ha ofrecido su testimonio para este epígrafe denunció, y al
igual que en las experiencias de violencia anteriores y en las de los
siguientes capítulos, los testimonios pasan a ser anónimos, también las
referencias explícitas a las empresas donde ocurrió. ¿Quién podría corroborar
que un paciente le dio dos cachetes en el culo a una médico de familia a puerta
cerrada? Ni siquiera quienes mejor conocen la norma, las abogadas, han tomado
medidas legales. La han soportado como una fatiga más de la relación laboral,
porque es muy difícil señalar a quien se dedica a la ley y no está cumpliendo
la norma: «Cuando me incorporé en un despacho del distrito financiero, mi
superior me presentó al jefe y este se dirigió a mí, sorprendido: “Uy, pues las
morenas tienen buen culo, y tú no lo pareces con esa ropa ancha. Ya me fijaré
yo a ver qué culo tienes”. Me soltó eso el primer día. Mi superior agachó la
cabeza. Tenía que evitar quedarme a solas con mi jefe, porque siempre había
miraditas y nos toqueteaba a todas». La humillación también actúa como una
estrategia de negociación, intentando desestabilizar a las letradas: «Vino un
abogado contrario mientras esperábamos a entrar en sala a preguntarme qué hacía
esa noche y a decirle a mi compañero que se había buscado una ayudante muy
guapa.
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No sé qué pretenden. Aunque no seas tú quien intervenga en sala ese día,
cualquier comentario de ese tipo es normal que nos ponga nerviosas. En un
entorno profesional, y a media hora de un juicio, me sobra muchísimo».
Los chistes, los
comentarios sexistas, los gestos o las miradas insinuantes, el contacto físico
o las invitaciones de naturaleza sexual vulneran nuestro derecho al desarrollo
personal y profesional, a ocupar el puesto, a ejercer la responsabilidad. Se atenta
contra nuestra intimidad por ser mujeres, mientras vemos cómo «eso a mis
compañeros hombres seguro que no les ha pasado. Nadie les ha preguntado qué
hacían esa noche».
Quizá una de las
situaciones más desconcertantes fue la de una de las entrevistadas,
acostumbrada a pasar noches fuera de casa por trabajo. «Cuando viajo, como
llevo a un grupo de gente, pues normalmente suelo darles mi número de teléfono
por si tienen cualquier problema o si se pierden. A veces se ha dado el caso de
que se quedan retrasados y hay que ir a buscarlos, porque no saben dónde están.
Una vez me llevé a un grupo de mayores de Madrid y uno de los hombres, cuando
ya habíamos acabado el viaje y yo ya estaba en mi casa, me llamó. No me
escribió, me llamó. Estamos hablando de una persona de setenta años. Tuvo la
desfachatez de decir que durante el viaje no me había dicho nada porque iba con
su mujer, me empezó a alabar y me preguntó si me podía volver a llamar. Le dije
que no. Me preguntó si es que yo nunca iba a ir a Madrid y volví a decirle que
no. Lo bloqueé, por si acaso. Mira, las tecnologías ayudan. Años después, me
contactó desde otro número de teléfono y lo volví a bloquear. Yo no voy a dejar
que sea obsesivo. Con la primera llamada, me demostró que aquello podía ser
peligroso. De momento, hay cuatrocientos kilómetros de distancia».
La
hipersexualización a la que estamos sometidas llega incluso a robarnos nuestra
identidad. «Me enteré de que mis compañeros no se sabían ni mi nombre, ¡y somos
solo tres mujeres! Yo era la del buen culo. Eso al contrario no sucede, y
tampoco con la jefa. Igual no te sabes su nombre, pero no hablarías de que
es la jefa del buen culo. No se les ocurre decírmelo a la cara,
porque les parto la boca en cuatro trozos. Y a mí no se me ocurre hablar así de
un compañero, primero porque me sabría su nombre, como mínimo, y segundo, que
antes digo el de las orejas que reducirlo a su sexualidad.
Pero nosotras nos pasamos la vida en modo difícil. No sé, no sé qué estoy
haciendo con mi vida. No puedo más».
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El miedo al despido nos paraliza en muchas ocasiones, por lo que solo
entre quienes pueden renunciar al empleo encontramos osadas que lo cuentan:
«Estuve haciendo un curso del paro en unos grandes almacenes, etiquetando
prendas para las rebajas. Un día me quedé yo sola, se me acercó un encargado de
planta y me hizo proposiciones deshonestas. Le dije que no, que lo sentía mucho
pero que yo no había ido allí para eso. Y me respondió que me olvidase de
trabajar allí. Me quedé mirándolo… y era verdad que a mí no me hacía falta ni
me interesaba. Le dije de vuelta que afortunadamente ni lo necesito, ni quiero
trabajar con esas condiciones. Se dio media vuelta y se fue. No fui de las
elegidas para el puesto. Cumplió su palabra».
La principal
consecuencia del acoso sexual en el trabajo es el abandono del espacio, ya sea
a través de cambios en el departamento, ya sea en los turnos o,
definitivamente, renunciando al empleo. Como comenta otra de las entrevistadas,
«en mis primeras experiencias como reponedora tuve un compañero que se pasaba
el día contándome que había tenido líos con bisexuales que recurrían a él
porque echaban de menos follar de verdad. Hasta que un día se me
lanzó, le hice una cobra. Nos quedaba una semana de contrato. Fui a
la supervisora y le pregunté si nos iba a renovar a todos, y le pedí que a mí
no. Se extrañó, pero no iba a dar explicaciones. Me fui». Su compañero no solo
había invadido su intimidad con aquellos mensajes, o vulnerado su libertad
sexual al intentar besarla, también había invalidado la orientación sexual de
la entrevistada. En
HETEROSEXUALIDAD
OBLIGATORIA Y EXISTENCIA LESBIANA se aborda este tipo de
intimidación, no
solo como una cuestión de género, sino desde el sinfín de medidas diseñadas
para mantener a las mujeres dentro del contexto sexual de los hombres
heteronormativos.
Las víctimas de
acoso en el trabajo experimentan inseguridad, tensión y miedo, sintiéndose
cosificadas y menospreciadas en sus habilidades profesionales. Sienten
vergüenza a la reacción del agresor si se muestran manifiestamente incómodas y
alguien lo advierte. Esta situación provoca estrés, ansiedad, baja
concentración y desconfianza. Modifican su apariencia y cambian de actitud para
evitar llamar la atención, para evitar que haya algo en ellas que justifique el
hostigamiento. La consecuencia es la exclusión de las redes informales:
desaparecemos de los cafés, de los afterworks. La ansiedad se
cronifica, llegan los problemas de salud y el absentismo, el bajo
rendimiento y la desmotivación, afectando
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negativamente en su carrera y en la percepción que tienen de ella el
resto de los compañeros y superiores.
No solo en el
centro de trabajo encontramos este tipo de situaciones. Los clientes, el
público o los proveedores también juegan un papel muy importante. En la
hostelería, la barra separa a quienes descansan de quienes estamos trabajando.
Varias entrevistadas señalan la erotización de la profesión, con especial
énfasis en el ocio nocturno. «Una mujer detrás de la barra con un buen escote
es un reclamo, pero no le daba ni le doy muchísima importancia. Si vas
preocupada por lo que piensan, lo que dicen… no vives, y si te dicen algo, pues
les mandas a tomar por culo».
Los agresores ni
siquiera necesitan estar en la misma estancia, ni en la misma ciudad para
propasarse: «Trabajando de teleoperadora viví lo más surrealista con un cliente
que me pedía mi nombre, mi número, mi Facebook… no dejaba de decirme que tenía
una voz muy bonita. Y yo me espantaba porque, vamos a ver, colega, que no me
estás viendo. No sabes si tengo veinte o sesenta años. No sabes de mí. No sabes
si tengo un careto».
En el ámbito de la
cultura, los clientes son los espectadores: «Un día vinieron de público unos
amigos del director que quisieron seguir la fiesta por su cuenta en el jardín,
pero les tuve que decir que se debían marchar, y el tipo me miraba… me miraba a
los ojos-me miraba al pecho-me miraba los ojos-me miraba al pecho, y me
preguntó: “¿No te apetece sentarte con nosotros?”. Y te quedas ehhh… Sois un
grupo de cuarenta y tantos años, yo soy una chica joven claramente con pinta de
becaria y… “Os tenéis que ir de aquí ya”».
Otras veces, es el
sexismo el que se instala en el clima laboral: «En el anterior trabajo en el
que estuve, en el sector del metal, había un tío que siempre tenía comentarios.
De hecho, tengo un par de compañeras que se quejaron de él, porque no se cortaba
un cacho. Les decía a las tías “qué tetas” y cosas así, y lo más sorprendente
es que lo hacía delante de gente responsable, del encargado, y nadie le decía
nada. Que es increíble… que a mí eso es lo que me deja flipando, porque encima,
si les dices algo, te saltan con “es que son bromas”, pero ¿qué bromas son
esas?». En el mejor de los casos, los trabajadores que acosan y abusan son
denunciados y despedidos, pero en alguna ocasión se van por su propio pie, no
sin antes despedirse con algún recado: «Dejó el trabajo, pero al irse nos dijo
que iba a otro sitio, para, literal, tener muchos más “chochitos”».
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Las mujeres lesbianas y bisexuales no visibles en su puesto de trabajo
sufren una especial violencia cuando son caricaturizadas y objeto de outing (es
decir, obligadas a salir del armario dando explicaciones sobre su orientación
sexual o su identidad de género contra su voluntad). Estas agresiones se
agravan cuando no solo perjudican a la trabajadora en su intimidad y en sus
relaciones familiares, sino que son orquestadas por la dirección y se
transforman en la enésima expresión del poder patronal para humillar a sus
empleadas: «Estuve trabajando de dependienta en una tienda, cambiábamos de
locales constantemente y en una ocasión se acercó una compañera a decirme:
“Creo que sospechan de ti”. Yo me quedé un poco: ¿que sospechan de qué? Y me
dijo: “Pues de que te gustan las tías. Como no llevas pendiente y tal… cada vez
que viene la jefa por la tienda, te critica”. Yo me quedé a cuadros. Aquello
coincidió con mi toma de conciencia de los espacios resbaladizos que tenemos
las personas LGBTQIA+ en el entorno laboral. Se estaba organizado una cena de
empresa, y la compañera me advirtió de que me iban a sacar allí el tema.
Entonces, yo dije que no iba. Las demás se dieron cuenta de que la jefa estaba
organizando la cena para reírse de mí, para sacarme del armario, para hacerme
bromas y cachondearse todo lo que no se atrevía en el día a día; todas fueron
poniendo excusas y al final no fue ninguna a la cena. Si me pasara hoy, iría y
le dejaría las cosas claras, pero en aquel momento yo no quería salir del
armario todavía».
Mercedes, como
fotógrafa, ha identificado al perfil de modelos que únicamente quiere trabajar
con mujeres, no solo por la mirada o por la perspectiva que le puedan dar, o
por esa búsqueda de expresión más allá del cuerpo: «Los hombres tienden a ver
más un maniquí que una mujer. Hay chicas que llegan con miedo, porque han
pasado por situaciones muy jodidas en una sesión. Si haces unas fotos para las
que ella no está preparada, dejas a la profesión por los suelos. No todas las
modelos pueden hacer todas las fotos».
Ni siendo nuestras
propias jefas y titulares del centro de trabajo estamos libres de las
insinuaciones sexuales. Una de las taxistas recuerda que «un cliente me empezó
a preguntar cosas de mi vida y a contarme de la suya. Me preguntó si tenía
hijos, le dije que no, y me respondió que él me hacía cuatro. Se me infló tanto
la vena del cuello que paré el taxi, le dije que me parecía perfecto que
viniera de fiesta, de ponerse hasta el culo y de tomarse lo que le saliera de
los cojones, pero yo acababa de empezar
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a trabajar y no me iba a amargar la noche. El taxímetro marcaba 16,20
euros, me dio 20 y se bajó. No lo eché yo».
Estos episodios tan
lamentables no solo se dan en la empresa privada o en actividades lúdicas
nocturnas. A plena luz del día, «la de borderías que me decían los tíos
asquerosos que trabajan allí, y me tenía que enfrentar a ellos. Me tenía que
pelear con mis propios compañeros y con mis jefes, los concejales, que eran
unos sinvergüenzas. En aquel Ayuntamiento, si no pasabas por la piedra te
echaban, te despedían, y yo era de las que no pasaban por la piedra. Si eso
llega a ser ahora en vez de hace treinta años, tengo a medio Ayuntamiento
metido en la cárcel. Allí, te ponías una falda o un pantalón cortos, y aunque
no era yo muy femenina ni me pintaba, había que recogerles las babas del suelo.
Era asqueroso».
Por último, una de
las entrevistadas padeció no solo la vejación de un acoso sexual, sino también
el cuestionamiento de las decisiones que tomaba en su vida privada, la pérdida
de amistades y el aislamiento social, llevándola totalmente a abandonar la profesión.
«Empecé unas prácticas en el “ilustre”, entre comillas, colegio profesional al
que pertenecía. Soy la primera universitaria de mi familia, y en aquel momento
todo para mí era ilusión, mucha ilusión. Según empezamos, me asignaron un tutor
y enseguida noté que yo le gustaba. Al principio no era una cosa romántica ni
de pareja, pero sí que me prestaba más atención. Me ponía los ejercicios más
difíciles para probarme, y así me gané su respeto. En el momento en que hubo
complicidad, me empezó a tirar los tejos. Le daba igual quien estuviera
delante, lo hacía a vista de todos. Y no me hacía mucha gracia, pero lo cierto
es que me ganó. Me enamoré. Estuvimos quedando hasta que se enteró el decano y
quiso zanjar el tema, porque yo no era nadie, mi familia no era nadie, y el
tutor era hijo de catedrático. Cuando lo supe, pensé si seguir con la relación,
pero a mi tutor parecía no importarle nada. Hasta ahí todo bien, lo normal de
la diferencia de clase y de la diferencia de edad». Lo que parecía un cuento,
pronto se convirtió en una pesadilla. «Aquello se entendió mal. Una tarde que
estaba sola en la biblioteca se me acercó otro profesor y me tocó el culo. Me
quedé estupefacta y salí rabiosa de allí sin decir nada. Ser alumna y tener un
lío con un tutor parecía significar que todos podían tener un lío conmigo. Ante
mi negativa, su venganza fue aprovechar unas jornadas de psicología para
dejarme en evidencia. Durante toda su ponencia los ejemplos, las situaciones,
las descripciones, se dirigían a mí. Yo no sabía qué hacer, me moría de
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vergüenza. En los días siguientes no se hablaba de otra cosa, todo el
mundo se enteró de que mi tutor y yo estábamos juntos. Y empezaron los rumores.
No podía creer que me estuviera pasando a mí, y que estuvieran todos en contra.
Me acusaron de ser una salida, de ir buscando dinero… lo típico de lo que se
tacha primero a una mujer». La estrategia es siempre la misma, nos sexualizan y
somos objeto de deseo, pero nos penalizan si mantenemos algún tipo de relación
y nos acusan de usar el sexo para obtener beneficios. Ni siquiera reivindicar
el amor consiguió evitar que la avergonzasen y señalasen. Denunciamos el acoso
y los abusos sexuales no porque seamos unas puritanas escandalizadas, sino
porque queremos reivindicar nuestra sexualidad, en un FEMINISMO
VIBRANTE que en absoluto condena la seducción: «Estamos cuestionando
que nuestros cuerpos puedan ser comentados, acechados, perseguidos, tocados por
hombres que creen que tienen el derecho a hacerlo. Estamos cuestionando que
nuestros jefes y nuestros compañeros de trabajo miren sistemáticamente culos y
escotes mientras nos piden profesionalidad en el puesto de trabajo».
Expresar deseo por
un superior, incluso enamorarse, le sirvió a la entrevistada para que se
invalidasen todas las demás cualidades de que venía dando prueba durante el
ejercicio de su carrera profesional. Como ella demostró que le gustaba el sexo
con su tutor, se entendió que también le gustaría con cualquier otro superior.
El cliché de la mujer viciosa se le impuso en la biblioteca y en la ponencia,
con el beneplácito de todos aquellos presentes que prefirieron ahondar en el
estereotipo y seguir la broma, a enfrentarse a un profesor abusador que podría
dejarlos fuera de la bolsa de empleo.
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3
Activismo
Las mujeres han
protagonizado luchas laborales importantes, desde el principio de las
sociedades industriales fueron ellas también las que se movieron y pagaron su
osadía con sus cuerpos tendidos en el asfalto, o quemados salvajemente por
protagonizar heroicas huelgas.
CARMEN BARRIOS
CORREDERA,
Rojas y
trabajadoras
EL GEN ROJO
Las preguntas
personales a las que nos enfrentamos en una entrevista de trabajo no son más
que las herederas del aval que necesitaron nuestros abuelos y abuelas para
poder trabajar en la posguerra. Antiguamente, era imprescindible contar con
alguien respetable que diera fe de que no se habían opuesto a los nacionales.
No solo hay que hacer memoria para ponerle nombre a quien yace en las cunetas,
también para recordar que los fusilamientos condenaron a la miseria a las
viudas: ellas jamás pudieron ir a emplearse con dignidad para sacar a sus
familias adelante.
La victoria de los
fascistas auguró prosperidad a quienes vencieron y hambre para quienes fueron
derrotadas. Señaladas en sus pueblos, las familias repudiadas llegaron a la
ciudad para emplearse en lo que podían, en aquellos oficios tan penosos que
poco importaba que los ocupasen los depurados. Labores tan peligrosas que
muchos perdieron la vida intentando ganársela. Trabajos tan precarios que se
instalaron en las únicas zonas que se podían permitir quienes malcomían:
aquellas que aún eran campo. La ciudad les dio trabajo, pero muchas de ellas
tuvieron que
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procurarse un techo con sus propias manos los domingos en los arrabales,
antes de que amaneciera.
Haciendo arcilla en
el propio barro se construyeron los barrios a los que fueron destinados
religiosos jóvenes con la misión de inaugurar nuevas iglesias. Pronto se vieron
desbordados por la necesidad de las familias, a las que les faltaba el aliento
y el alimento. Recuerda Ainhoa: «En mi barrio, la parroquia organizaba
grupos scout para ir al monte. Los mayores nos cogían a los
pequeños como pupilos y nos formaban también políticamente. Entrábamos con
ellos a los bares y no había ningún impedimento para beber. Montábamos coros
para cantar en las fiestas. Íbamos mucho al cine. Al principio nos organizó la
parroquia, pero luego nos soltó de la mano y no había ningún adoctrinamiento
religioso. Los curas eran bastante progresistas, contestatarios. Eran curas obreros.
Habían elegido vivir en barrios desfavorecidos de Bilbao».
En Vallecas, «hubo
una época en los años setenta que llegaron los grupos de jóvenes a las
parroquias y eran como un poco de izquierdas. Bueno, para que me entiendas, a
lo mejor esas personas ahora no serían de izquierdas. Pero en aquella época,
dentro de la parroquia, se nos daba margen para ser un poco contestatarios y
hablábamos de temas que se debaten en la universidad», aclara Lucía. «Estos
curas estaban en barrios más pobres ayudando a los vecinos, organizaban grupos
para intentar crear conciencia social de ayuda, formación y educación. Yo lo
viví en los años de la Transición».
A partir de los
años sesenta, aquellas oraciones estaban salpicadas de la teología de la
liberación. Se ordenaron religiosos y religiosas comprometidas con las demandas
de las personas más desamparadas, promovieron la justicia social y se
manifestaron contra las opresiones. Todo lo contrario a la retórica de la
posguerra, que señalaba y condenaba la miseria como un castigo que debían
soportar los traidores a los valores nacionales católicos. «Tengo un buen
recuerdo de los curas y de las monjas. En comparación con la vida de nuestras
madres, que se pasaban todo el día limpiando, lavando, cosiendo o cocinando,
las monjas conducían coches, ¡dirigían el colegio!, ¡eran intelectuales!»,
concluye Ainhoa.
La politización de
la periferia empobrecida, donde se habían instalado familias depuradas de
distintos puntos de España en busca de anonimato, reforzó el aislamiento y el
castigo. De Vallecas, que NO ES FIERA PARA
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DOMAR, se diría que en ella «anidaban en una compleja confabulación los
rencores políticos, las fobias sociales, el odio a la religión y el desprecio a
los principios morales». La resistencia de los barrios obreros ha demostrado,
década tras década, aquella famosa frase de Miguel de Unamuno: «Venceréis pero
no convenceréis». Hasta que llegaron las nuevas clases medias a los PAUS y los
profesionales liberales a las corralas, los barrios obreros fueron feudos de
los partidos de izquierdas. En la asociación vecinal Maraña, desde la que se
impulsa el proyecto OBRERAS SIN FÁBRICA, sienten el abandono de los
poderes públicos y la falta de inversión: «Ciudad Pegaso es un barrio de
tradición roja en un Ayuntamiento y en una comunidad gobernada siempre por la
derecha».
EL ARTE DE INVOCAR
LA MEMORIA de algunas entrevistas cuenta lo que las Leyes de Concordia
pretenden que olvidemos, y es que hasta el Gobierno socialista de Felipe
González centenares de familias represaliadas por la dictadura de Franco no
pudieron restituirse. Dolores, hija de una costurera y de un camionero, pudo
tramitar el reconocimiento gracias a su tía, porque su madre «era una ignorante
de la Iglesia. Mi abuela, en cambio, era una mujer de la República». La
contraofensiva ultra nos demuestra que la historia no es una línea recta. La
escritora Almudena Grandes también tenía esa sensación de que su abuela había
sido más moderna de lo que lo era su madre.
La madre de Amparo
proviene de una familia acomodada de Galicia que fue depurada: el abuelo había
sido concejal socialista, y el bisabuelo no pudo ejercer ya nunca más como
secretario del Ayuntamiento. En la Desbandá andaluza, su padre perdió a cuatro
hermanas. Aún soñaba con los bombardeos cuando era abuelo. De profesión
delineante, había sido destinado al norte, donde conoció a la que sería su
mujer, «luego se vinieron a Madrid, al barrio de la Prosperidad, cuando le
ofrecieron trabajo a mi padre». Con esa historia familiar, no entiende cómo
puede haber nostálgicos del franquismo. En el grupo de amigos de su hija (19
años) conoce a jóvenes de derecha y de ultraderecha, ninguno de ultraizquierda.
Los califica como «tremendamente agresivos y violentos. Lo graban todo y lo
comparten en redes sociales». Esa violencia neofascista no es solo una moda
reforzada por los resultados electorales de Vox. Durante la Transición, cuando
Martina empezó a salir de fiesta, ya apaleaban: «Estuve con un chico que me
gustaba muchísimo, un chico de instituto al
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que en los bajos de Argüelles unos fachas le metieron una paliza. A la
que te pillaran con pintas de ser de izquierdas, solo por parecerlo, ya iban a
por ti».
Estos caballistas
negros de ciudad añoran el régimen que apartó a las mujeres de sus puestos de
trabajo y les revocó las titulaciones que habían obtenido. Durante la
dictadura, nuestras abuelas y nuestras madres se tuvieron que conformar con
empleos mal remunerados e invisibilizados, ya que tenían vetadas aquellas
profesiones que precisan una titulación superior. No era necesario que hubiese
una prohibición explícita a su capacitación, tanto la escasa presencia de las
materias científicas en las escuelas femeninas como el currículum escolar
dedicado al cuidado, el elitismo de las carreras universitarias o el hambre que
pasaban las familias y las doctrinas de la Sección Femenina fueron suficiente
para que la inmensa mayoría de ellas no pudieran formarse. Tener ambición
profesional o estudiar más allá del propósito de formar una familia supuso,
para muchas, ser consideradas INDIGNAS HIJAS DE SU PATRIA. Quienes
se organizasen contra esos preceptos podían ser internadas en el Patronato de
Protección de la Mujer para que no alterasen el orden social.
Dado que los
sueldos del cabeza de familia daban para poco más que la subsistencia, en el
momento en que Lucía y sus hermanos quisieron acceder a la educación
universitaria su madre se puso a coser en el barrio madrileño de San Blas para
las tiendas de moda de alta costura de barrios burgueses. «A su vez, daba
trabajo a algunas vecinas que le ayudaban cuando tenía muchas entregas. Hasta
yo misma le ayudaba con patrones, a pasar hilos, a hilvanar y a recoger o
entregar pedidos. Las mujeres de los barrios obreros iban a servir, a ser
criadas en las zonas ricas, y no solo contribuyeron con su trabajo al bienestar
de esos barrios, sino que fueron víctimas de las familias pudientes, que les
robaron los hijos. Eran tachadas de locas, pero solo quienes hemos vivido el
drama de los bebés robados sabemos lo que nos hicieron realmente».
La sustracción de
menores nacidos en familias represaliadas, del vientre de madres viudas o
solteras, fue una práctica que se inició con una motivación política represiva.
Esos menores que perdieron a sus madres y sus sonajeros rojos serían educados
en los valores del nacionalcatolicismo, en el seno de familias adeptas al
régimen que no habían podido tener descendencia y querían reservarse neonatos
que no hicieran cuestionar a su
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entorno la virilidad del marido, ni la fertilidad de la mujer. De ese
modo pudieron reescribir la historia.
«Mis padres eran
hijos únicos. A mi madre le gustaban los niños y estaba encantada con sus
hijos, quería que fuéramos una familia numerosa», continúa Lucía. «El parto de
mi hermano pequeño fue un poco duro para ella en la Seguridad Social. Y dijo:
“Pues yo, a partir de ahora, si tengo algún niño más, busco un médico por
privado”. Entonces es cuando localizó a ese hombre, el doctor V., que prometía
partos sin dolor. Le habían hablado fenomenal. Tuvo a una niña, mi hermana
Carmela, le fue bien y siguió con ese ginecólogo. A finales de los setenta, se
quedó embarazada de nuevo. Pero una semana antes de dar a luz, el especialista
le dijo que… que bueno, que ya era muy mayor y que a lo mejor podía tener
complicaciones en el parto. Ella llegó a casa y me dijo: “Fíjate que lo que me
ha dicho el médico, que soy mayor”. Solo tenía 38 años».
El día del parto
«llegó a la Clínica. Se fue con mi padre y la metieron en quirófano. La
durmieron, y al rato salió el médico con una monja, para decirle a mi padre que
el niño había nacido muerto con múltiples malformaciones. Él quiso ver al bebé,
y los dos, al unísono, que “no, no, no. No lo puede ver porque está fatal, se
va a quedar con un recuerdo malísimo”. “No, no señor, no se preocupe”. Total,
que volvió a la carga y preguntó si era un niño o una niña, y el doctor le
respondió: “Mire, está tan malformado que no le puedo decir ni el sexo”. Pero
mi abuela, que había vivido la guerra y se consideraba republicana y sabía lo
que habían hecho en la guerra y en la posguerra, insistió en verlo. Al final,
la monja le decía a mi padre: “Señor, ¡pare a su suegra!”».
Tras la victoria
del fascismo, se separó a miles de familias republicanas de sus hijas e hijos
para eliminar el gen rojo a la población. Durante la dictadura y en
los primeros años de la democracia, se le sustrajeron los bebés incluso a las
mujeres vulnerables, diciéndoles que habían fallecido. Fue Antonio
Vallejo-Nágera quien buscaba ese gen rojo. Al Mengele español solo le faltó
trepanar a los prisioneros de los campos de trabajo para explicar la
inclinación hacia el socialismo y el comunismo. El psiquiatra del ejército
franquista quiso determinar que el izquierdismo era un defecto biológico y, una
vez hubo patologizado a la oposición política, la deshumanizó y permitió su
discriminación, persecución y exterminio. Privarlos de su descendencia fue de
lo que mayor rentabilidad obtuvieron.
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«Mi padre pagó el parto, pagó el ingreso, pagó todo, todo, todo, todo y
nada. Ah bueno, el doctor V. le dijo que, para que no se preocupara, él se
encargaba de todo el papeleo del sepelio. Le pusieron una cajita y le dijeron
que lo acompañaban al cementerio en un taxi y, como había nacido muerto, lo
enterraban como feto. Mi madre salió del hospital desgarrada y destrozada, con
el vacío de no tener a su hijo. Volvió a casa con los pechos vendados y tomando
pastillas para cortar la leche. Estuvo tiempo con depresión, aunque entonces no
se diagnosticaba. Yo veía su tristeza. Como hija, me afectó mucho, como hermana
me afectó mucho y como mujer siempre pensaba que si tuviera hijos podrían estar
malformados». Aquel terror le impidió plantearse la maternidad: hasta ese punto
el legado fascista ha limitado la felicidad de las mujeres de clase
trabajadora.
«En el año 82, que
vivía mi padre, empezaron a salir los primeros casos de bebés robados en
la Interviú y yo, como tenía siempre presente cómo había sido
ese parto de mi madre y lo que sufrió por ese bebé… tuve la sensación de que
ese hermano o hermana podría haber sufrido la suerte de uno de los bebés
robados que comenzaban a denunciar en la prensa. Mi madre había muerto y,
aunque yo le transmití mi inquietud, mi padre me dijo que no podía ser verdad…
¡cómo le iban a robar a él un hijo!». Su abuela materna, aquella que vivió la
posguerra, era la única que no había dado por buena la historia del hospital.
«Debía de haber vivido, oído o conocido, cómo a algunas se les decía que sus
bebés nacían muertos. Con estas historias te das cuenta de cómo fue su mundo
aquellos años. Las mujeres saben lo que sienten. Vive en hijas y nietas ese
sentimiento femenino, que los hombres no comprenden muchas veces, que no es más
que el dolor heredado de tus antepasadas».
En los medios de
comunicación empezó a surgir un altavoz para los primeros adoptados, que
descubrieron que lo eran al pedir partidas de nacimiento para casarse. «Se
empezaron a formar plataformas, como la de adoptados de la Clínica, las
primeras asociaciones, y ahí es donde empezamos a reunirnos y comprender la
dimensión real del asunto. Los robos de bebés sucedieron a lo largo de muchos
años y hasta bien entrada la democracia. Es realmente imposible localizarlos,
porque la documentación está falsificada y los padres adoptivos no les decían
la verdad. Muchos incluso aparecían como biológicos porque las madres adoptivas
entraban con “cojín” al hospital y salían con un bebé. Mientras, por otra
puerta, salía otra madre con las manos vacías».
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Ni las instituciones públicas, ni ningún organismo gubernamental
hicieron nada para buscar e identificar a estos niños que hoy son adultos con
más de cincuenta años. No se abren nichos, ni se consultan archivos, ni se
cotejan los ADN. ¿Quién podría imaginar que sus padres no son sus padres y
son LADRONES DE VIDAS? Mientras, tanto los médicos como las monjas,
las madres que parieron y las mujeres que compraron, fallecen sin confesar sus
pecados. Se crean algunas leyes, pero nada es efectivo sin la financiación
suficiente y sin la colaboración de la Iglesia. Nadie diría que TU
NOMBRE NO ES TU NOMBRE. Los bebés robados, por desgracia, no son exclusivos
de nuestro país, y es algo que va más allá del gen rojo o de las barbaries de
una guerra, porque se trata de penalizar la pobreza. En Reino Unido o Irlanda,
que han tenido una larga tradición democrática, al menos desde los años
cincuenta, aquellas jóvenes que se quedaban embarazadas durante la adolescencia
eran internadas en hogares para madres solteras, gestionados en su mayoría por
organizaciones católicas, para que las familias evitasen la vergüenza de tener
una hija que mantenía relaciones extramatrimoniales, y tras el alumbramiento,
eran forzadas a dar el bebé en adopción.
Reconocer que,
primero a las familias que perdieron la guerra, y después a las mujeres más
vulnerables, se les arrebató la descendencia para que la esterilidad no
impidiese a las ricas jugar a las casitas supondría afirmar que aquellos
valores nacionalcatólicos que abanderaron los vencedores jamás fueron ideales
ni de convivencia ni de paz.
LA CRIS IS SOCIAL Y
POLÍTICA QUE SUPUSO EL TERROR FRANQUISTA fue
especialmente
vejatoria con las mujeres. No se limitaron a castigar a las militantes
antifascistas: a quienes osaron desafiar los roles tradicionales que defendía
el ideario reaccionario español se les rapó la cabeza, fueron torturadas y
violadas y se les obligó a beber aceite de ricino en procesión, acompañadas de
una banda musical. El escarnio público al que fueron sometidas las que
expresaban su opinión política o se enfrentaron a la división sexual del
trabajo supuso una medida ejemplarizante que evitó su movilización
contestataria. Pudieron con casi todas, pero no contaban con que recordaríamos
su historia y les tomaríamos el relevo.
UNA PUÑALADA EN EL
CORAZÓN
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Las personas jóvenes siempre organizan su rebeldía y conjugan su
espíritu iconoclasta contra las normas y las convenciones sociales y morales de
cada época. Desde el tardofranquismo en España, fueron populares bandas
juveniles de todo tipo. Más allá del color de la bandana, la música, las chapas
de la cazadora y los rotos en los vaqueros, en el origen de muchas de ellas
está el enfrentamiento ala autoridad y, en concreto, a una violencia
institucional heredera de la persecución franquista a toda persona considerada
peligrosa, a «vagos y maleantes», a homosexuales, a mujeres prostituidas y a
inmigrantes, a rojos y anarquistas. Fueron organizaciones informales, que no
siempre aspiraban a ser legalizadas y reconocidas como sí era el caso de las
asociaciones políticas o los sindicatos que operaban en la clandestinidad.
Tampoco eran sus
intenciones siempre buenas. Para Iñaki Domínguez, «macarra y entorno urbano
forman una simbiosis: la identidad de uno no puede existir sin el otro».
Pendientes de dónde paraban las diferentes bandas de macarras, las hijas del
hormigón han decidido si cruzar o no un parque o una plaza. No solo les hemos
tenido miedo, también han sido nuestros amigos y compañeros de clase, hermanos
o parejas. Para algunas han sido sus hijos, y para otras, sus padres. Aunque
alguna de nosotras también ha sido una macarra o se ha metido en una banda, el
fenómeno del macarrismo es «eminentemente masculino y más propio de la
juventud». El macarra habita las calles y para reafirmar su identidad
públicamente, indica Domínguez, en muchos casos hace uso de los puños o
delinque.
Las mujeres somos
entendidas en este contexto como parte del territorio que conquistar. La
violencia ejercida hacia nosotras por los miembros de unos grupos u otras
demuestran su poder. Aunque deseemos mantenernos al margen de sus
enfrentamientos y no formemos parte de ninguna banda, somos parte del paisaje
urbano, por lo que nos vemos obligadas a tomar decisiones sobre el espacio
público que habitamos pensando en nuestra seguridad: «La época de mi
adolescencia fue el boom de las bandas latinas. Era todo muy
chungo, así que fui hasta cuarto de la ESO en el colegio concertado de mi
barrio, Aluche, y el bachillerato de Artes lo hice en el San Isidro, en el
distrito Centro», comenta Amanda.
Aunque es un
fenómeno que siempre ha sido muy latente en la capital, Madrid no ha sido el
único escenario de las peleas de macarras. Tampoco todas las bandas se
enfrentan a la autoridad, ni son perseguidas por los cuerpos policiales. Las
organizaciones políticas de ultraderecha que
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anhelan la restitución del nacionalsocialismo y del fascismo son
organizaciones prácticamente paramilitares, operan bajo el radar de los cuerpos
y fuerzas de seguridad del Estado sin que sus actuaciones al margen de la ley
sean denunciadas, perseguidas y juzgadas con la misma contundencia que la
protagonizada por bandas urbanas antifascistas.
Los boneheads de
derecha radical no solo han copiado la estética punk de la izquierda radical
haciendo muy sutil la diferencia entre ambos, también okupan locales para tener
sus propios centros sociales tal cual lo hacen los anarquistas. Desde la
proliferación de los bancos de alimentos y de los comedores solidarios para
paliar la crisis económica de 2008 y los efectos de la crisis sanitaria en
2020, los neonazis han montado sus propios puntos de donación de alimentos en
barrios empobrecidos, pero ofreciendo su ayuda tan solo a quienes fuesen
españoles. Cuenta Miquel Ramos, autor del ensayo ANTIFASCISTAS,
fuente de muchos de los datos de este epígrafe, que «los neofascistas llevaban
décadas reivindicando esa supuesta transversalidad en la que pretendían
situarse, negando el eje izquierda-derecha y apelando a un pueblo enfrentado a
las élites, algo parecido a lo que reivindicó el 15M. Lo que de primeras no
explicaban los neofascistas era que ese pueblo al que se referían era cultural
y a veces racialmente homogéneo, porque, para ellos, la diversidad era
precisamente una imposición de esas élites que llamaban a combatir».
Las asociaciones
estudiantiles vinculadas al régimen aún en democracia y hasta hoy han sido
fuertes en la facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid, una
institución que han considerado siempre su feudo, y así se los hicieron saber a
Maca cuando llegó desde la periferia en autobús con una bandera republicana en
la carpeta: «En varias ocasiones me acorralaron en las escaleras, uno a cada
lado, y me amenazaron diciéndome que no querían a gente como yo en la facultad,
que me fuera a Filosofía. En segundo, que empecé a tener alguna relación más
con las compañeras, me di cuenta de que no era un rechazo solo por mis pintas:
mi pelo morado, las camisetas, o las botas Dr. Martens; también era una
cuestión de clase. Porque ellas ya sabían que iban a trabajar en el bufete con
sus padres y cuando veían que no eras nadie, que tú tenías vocación de abogada
de oficio o de ayudar a gente necesitada, te miraban por encima del hombro. Los
compañeros eran violentos pero las compañeras eran las que me hacían el vacío».
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También las personas migrantes, los cuerpos no heteronormativos, desde
las organizaciones de izquierdas hasta las asociaciones de mujeres, o quienes
vagan por la ciudad sin un techo donde dormir, son el objetivo de los neonazis,
como lo fueron en su día de la policía que velaba por el cumplimiento de la Ley
de Peligrosidad Social. Los grupúsculos de ultraderecha protagonizaron
atentados terroristas durante la Transición, como el asalto del despacho de
abogados laboralistas de la calle Atocha, en Madrid, donde fueron asesinados
cinco abogados el 24 de enero de 1977 a manos de militantes de Fuerza Nueva. En
1991, Sonia Rescalvo, una mujer trans, dormía en una glorieta de Ciutat Vella,
en Barcelona, junto a otra persona sin hogar cuando seis neonazis que calzaban
botas con bola de acero encontraron un palo de escoba en un contenedor y se
dirigieron a ellas para darles una paliza. A Sonia le dieron tantas patadas en
la cara que en el primer informe del forense se creyó que era negra. A pesar no
ser competencia de los Mossos d’Esquadra la investigación de los homicidios,
aquella vez se tuvieron que hacer cargo de las pesquisas porque uno de aquellos
neonazis era hijo de un policía nacional. Otro de ellos, tras salir de prisión,
en 2016, fue de nuevo detenido por patear a una mujer musulmana embarazada en
plena calle, también en Barcelona.
Entre los asesinos
confesos del asalto neonazi que acabó con la vida de Lucrecia Pérez en 1992,
una joven dominicana que malvivía en las ruinas de una discoteca abandonada a
las afueras de Madrid, había un guardia civil fuera de servicio que salió a
cazar migrantes con la pistola reglamentaria y un par de amigos armados con
machetes. En 1994, los asesinos del joven castellonense sharpero Guillem Agulló
estaban vinculados a Democracia Nacional y a Alianza Nacional, partidos de
extrema derecha. Guillem murió de una puñalada en el corazón, al igual que
Carlos Palomino, un antifascista asesinado por un soldado del Ejército de
Tierra que se dirigía a una manifestación contra la inmigración convocada por
Democracia Nacional en Madrid en 2007.
En 1998 el joven
aficionado de la Real Sociedad Aitor Zabaleta fue apuñalado en el corazón por
un miembro del grupo neonazi Bastión, vinculado al Frente Atlético. Aquel
asesinato dio la voz de alarma sobre cómo los grupos vinculados a la extrema
derecha estaban organizándose en torno a las gradas de animación de los campos
de fútbol. Tras el asesinato de Guillem, el grupo ultra Yomus, que anima al
Valencia C. F., reivindicó con varias pancartas la autoría del crimen y pedían
la libertad
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del asesino. Años después pidieron desde esas mismas gradas lo mismo
para el asesino de Carlos, avergonzando una vez más a la afición y al cuadro
técnico ché. La presencia de los ultras en los estadios convierte esos espacios
en un lugar especialmente hostil para las mujeres y los migrantes, la
competencia entre los equipos es la excusa para dar rienda suelta a todo un
discurso xenófobo y misógino que justifica la violencia contra el rival.
Según se sitúen los
estadios y los locales de las peñas, se orquesta el mapa de la peligrosidad los
días de partido. En la actualidad, Gema vive cerca del estadio de Mestalla, y
aunque tiene amigas en común con miembros de Yomus que evitarían que le agrediesen,
su forma de vestir le convierte en un objetivo de los neonazis cuando salen de
caza: «No tengo miedo pero sí me imponen mucho y he temido que me hagan algo.
Les he escuchado desde mi casa sus cánticos nazis. Le tengo más miedo a los que
son jóvenes, esos no respetan nada, las nuevas manadas son más peligrosas, los
viejos saben que la violencia tiene consecuencias. También hay un bar cerca,
donde te los encuentras siempre borrachos y eso da más miedo. Les evito, sé
dónde están sus bares, sus zonas, el propio estadio, y al final los esquivas.
También sabes que si llevas una camiseta republicana, o antifascista o alguna
cosa que te identifique y están de caza van a ir a por ti. Le pasó a un chico
hace unos años, le alcanzaron miembros de Yomus por llevar una camiseta de
Working Class Records, tras un partido entre el Valencia y el Atlético de
Madrid. No era una cosa del fútbol, no era un chico con la camiseta del Atleti,
le pegaron a un rojo. Lo de ser del Valencia para los Yomus es lo de menos».
La ultraderecha
campa en los estadios porque la izquierda se ha desvinculado del deporte; tan
solo la grada del Rayo Vallecano con los Bukaneros, la del R. C. Deportivo de A
Coruña con los Riazor Blues, o la del Sevilla con los Biris, han destacado en
algún momento porque alguno de sus miembros ha hecho uso de la violencia en
nombre de la extrema izquierda. Hasta que la extrema derecha fue un problema
para la seguridad de los aficionados al fútbol y amenazaron los ingresos de los
clubes vendiendo por su cuenta merchandising de los equipos,
no fueron investigados por la Guardia Civil. Enmarcar como una simple rivalidad
deportiva el enfrentamiento entre nazis y antifascistas oculta el propósito de
la ultraderecha de utilizar los viajes de la afición para amedrentar a vascos,
catalanes o gallegos por el simple hecho de serlo.
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Que el fútbol es solo la excusa también lo piensa Toñi: «Yo he vivido
las bandas juveniles. Lo de decir que son bandas latinas me parece una
gilipollez máxima. Porque los chavales y las chavalas, cuando están en una
situación súper precaria, en un momento tan delicado como la adolescencia, si
hay un lugar donde te puedas sentir aceptada, ahí te metes. Yo conocí a gente
que estaba en los Bukaneros y acabó en los Ultrasur. En plan, que se la suda
todo en la vida. Que solamente quieren tener un sentimiento de pertenencia. Y
creo que al final eso se romantiza cuando detrás hay un sufrimiento gigante de
la gente que lo vive. Situaciones complicadísimas. Yo he vivido bandas
juveniles, y mis padres en los ochenta también las vivieron, porque siempre los
adolescentes han necesitado tener una “familia”, por decirlo así, entre
comillas, han necesitado un sitio donde haya gente que te acepte».
Vinculado a los
Ultrasur del Real Madrid está la asociación Out Law, que podría traducirse como
Fuera de la Ley. En ella militaba Borja Villacís, condenado por agredir a dos
hombres que intentaron defender a una joven a la que le gritaba insultos
racistas en el metro de Madrid en 2004. En 2012 volvió a ser detenido por
pegarle una paliza a un joven en los bajos de Argüelles. El mismo sitio donde
le pegaron al novio punki de Martina en los noventa y a Maca en los dos mil.
Argüelles es la zona neonazi por excelencia de la capital, en ese barrio del
distrito Moncloa está el colegio Fray Luis de Léon, al que fue Villacís y
también el escritor Rafael Narbona, quien conserva «muy malos recuerdos de
aquella época.
[…] No
creo que sea una casualidad que el Fray Luis de León fuera una cantera de
ultraderechistas. Las familias del barrio anhelaban el franquismo y muchos
curas exaltaban la dictadura». En las elecciones generales de 2023, el PP fue
la primera fuerza y Vox la segunda, sumando entre ambas formaciones el 80 por
ciento de los votos emitidos en esa manzana.
El colegio está tan
solo a quinientos metros de la calle Ferraz, donde está la sede federal del
PSOE que estuvo asediada durante meses por grupos de ultraderecha entre 2023 y
2024. Allí también acudieron los miembros de la organización Rezar no es Delito,
vinculados a una secta ultracatólica y de extrema derecha, El Yunque. Son
también los que organizan los rosarios antiabortistas frente a la clínica
Dator. La clínica se encuentra entre bloques de acomodados exmilitares en el
empobrecido distrito de Tetuán, dice Sonia Lamas, portavoz de la clínica, que
les
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hostigan porque «esta clínica ha estado siempre vinculada al movimiento
feminista, es un icono. Estos grupos creen que, si Dator cae, caerán el resto
de las clínicas».
Cuenta Pastora
Filigrana que en Sevilla la lucha antifascista también ha condicionado el
urbanismo: «Los grupos antifascistas y el movimiento punk sevillano plantó cara
a la violencia fascista organizada poniendo el cuerpo y marcando los límites
geográficos a un movimiento ultraderechista que crecía al mismo tiempo que el
control policial del orden público y la gentrificación del centro de la ciudad.
En la Sevilla liberada, en la zona norte del centro histórico de la ciudad,
ningún nazi ponía un pie. Aquí pudieron proliferar mercadillos de libros,
huertos urbanos, centros sociales, comedores populares, ateneos libertarios y
asociaciones de migrantes sin miedo a ser atacados. Los nazis tenían su otra
parte de la ciudad, los barrios ricos y sus tugurios».
Esta ordenación del
territorio, desde el tardofranquismo hasta hoy, ha supuesto, entre otras
dinámicas, que aquellos barrios de nuestras ciudades donde las personas no
heterosexuales se sentían seguras de la ira de la homofobia de ultraderecha
fuesen el destino de las y los jóvenes LGBTQIA+ sexiliados. Concentrarse de una
manera tan clara en los que se ha llamado «barrios gais» también ha servido
para ponerlos en el mapa de objetivos de las agresiones de ultraderecha, al
igual que las zonas de cruising o los bares de ambiente.
Desde 2021, tras el
asesinato de Samuel Luiz, un joven brasileño, al grito de «¡Maricón!» en A
Coruña, el temor a las agresiones indiscriminadas contra el colectivo sacudió a
todo el país. Lola confiesa que «yo tengo miedo a que vengan un día organizados
a la Alameda (Sevilla), a los bares donde le gusta ir a mi hermano. Tengo miedo
de los que se organizan en busca de pegarle una paliza a un gay y que le toque
a él». Varias asociaciones que amparan al colectivo LGBTQIA+ han sido asaltadas
con pintadas neonazis, como COGAM en Madrid, Lambda en Valencia o Avante en
Vigo. Bancos municipales pintados a propuesta de las concejalías de Igualdad
con la bandera arcoíris han sido repintados por ultras con la bandera de su
España en decenas de ciudades y municipios de nuestro país.
Las organizaciones
feministas también son el objetivo de la ultraderecha. Cuando los nazis tomaron
el Ejido en respuesta por el asesinato de una joven a manos de un migrante
marroquí, a pesar de
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justificar su xenofobia en el hecho de proteger a las mujeres, tras
atacar la mezquita de la localidad se dirigieron al local de la Federación de
Mujeres Progresistas. Los murales que reivindican a referentes en el avance de
los derechos de las mujeres o que han roto techos de cristal en empresas e
instituciones han sido vandalizados en la capital y también en Huelva, Bilbao,
Ciudad Real o Valencia, entre otras muchas localidades. En el caso de las OBRERAS
SIN FÁBRICA, comenta Clara García: «Cuando nos pintaron el mural sentimos
que habían pegado a nuestras abuelas, no me quiero ni imaginar lo que sintió mi
abuela. Cuando lo restauremos haremos un diseño nuevo, no volveremos a poner la
cara de nadie». El objetivo de la ultraderecha en esas pintadas siempre son los
rostros de las mujeres, buscan justamente sembrar el miedo a que demos la cara
por la defensa de los derechos humanos. Hablar de ultraderecha en estos actos
vandálicos no es una suposición: un excargo de Vox en Madrid fue condenado por
las pintadas sobre el mural feminista de Ciudad Lineal.
Aquellos espacios
donde se defiende los derechos de la clase trabajadora, las víctimas de
violencia de género, las personas migrantes o LGBTQIA+ son el objetivo de la
ultraderecha porque la cohesión social no deja espacio para sus teorías
conspiranoicas de razas superiores. Los lugares del saber también son la diana
de su ira, el Comando Adolf Hitler quemó librerías en Zaragoza, Játiva, Sevilla
y Albacete. A sus 57 años, recuerda Ana que durante la Transición hubo en
Valencia atentados de ultraderecha contra librerías que comenzaban a vender
libros en valenciano, «libros en nuestro idioma o libros de izquierdas».
La connivencia
entre los cuerpos de seguridad ha dejado impunes muchas de esas agresiones y
violencias protagonizadas por la ultraderecha. Para el periodista Xavier
Viander, que cubrió el asesinato de dos miembros de ETA a manos de integrantes
de Fuerza Nueva: «El Estado nunca ha visto a la extrema derecha como un
peligro, sino como un ente colaborador». Quizá el motivo por el que no ha
habido polémicas infiltraciones policiales en grupúsculos de ultraderecha, como
sí ha ocurrido en la izquierda radical e independentista, sea que ya está la
ultraderecha infiltrada en la policía. Los casos de uniformados condenados por
asesinato u homicidio a antifascistas nos dejan una duda razonable del valor de
las pruebas psicotécnicas para seleccionar a demócratas.
Aunque por suerte
no han sido todos, muchos de aquellos grises que perseguían a sindicalistas que
se reunían en la clandestinidad siguieron
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persiguiendo a los anarquistas del movimiento okupa, y cuando no había
motivo para detener a rojos, fuera de servicio daban palizas mortales, como en
el caso ya mencionado de Sonia. La lucha antiterrorista ha dado cobertura para
un sinfín de extralimitaciones policiales e institucionales, como la guerra
sucia contra ETA y la creación de los GAL durante el Gobierno de Felipe
González. En todo el país se ha justificado la persecución de los grupos
anarquistas, las organizaciones comunistas o socialistas vinculándolos con el
terrorismo y la juventud abertzale, como si la autodefensa antifascista fuese
patrimonio de la organización juvenil Jarrai y ella instruyera a los antifas de
todo el país. Recordemos, por ejemplo, a Esperanza Aguirre criminalizando el
botellón comparándolo con el kale borroka, y también con el mismo
símil a los activistas de Paremos el Tarifazo, que protestaron en 2012 contra
la subida de las tarifas de metro accionando el freno de emergencia en varios
vagones.
Incluso al
independentismo catalán se le han intentado imputar delitos de terrorismo.
Mención aparte merece el caso de los independentistas fugados de la ley en
Waterloo gracias a que los belgas no le perdonan a España que le diese amparo
en 1945 a León Dregelle, un comandante de las SS nazi que fue condenado por
colaborar con los invasores alemanes en la Región Valona. Fue acogido por
Franco, quien le concedió un nuevo nombre y un pasaporte español. Lejos de
esconderse y disimular su pasado, estuvo hasta su muerte, de un infarto en
1994, negando el Holocausto en libros y conferencias.
Contra ese
negacionismo Isabel Ginés rueda documentales sobre la memoria histórica en
España: «Desde el movimiento memorialístico trabajamos para contar las
historias de las personas asesinadas por los fascistas durante la Guerra Civil
y la dictadura. Y denunciamos públicamente aquellos monumentos que homenajean
los asesinatos, los bombardeos y los fusilamientos, porque no deberían estar en
un país democrático. Luchamos por un País Valencià libre de homenajes a quienes
fusilaron a los nuestros». La politización de Ginés está vertebrada por el
asesinato de Guillem Agulló: «Yo era muy pequeña y aun así aquello nos marcó a
todos. Según fui creciendo, con cada aniversario en los homenajes tomaba
conciencia de que aquel asesinato neonazi había quedado prácticamente impune.
Que el juicio fue bochornoso para su familia y para el movimiento antifascista.
Guillem es el ejemplo de lo que hace el fascismo callejero e institucional
contra los antifas».
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Al igual que Gema se politizó visitando blogs sindicales en los
ciberlocutorios, o Amanda se acercó al feminismo con los fanzines, Ginés se
concienció con estos últimos y se informaba a través de My Space y Blogspot:
«Poco a poco te documentabas, te bajabas libros, y conocías la historia. Y a
medida que creces, ya te unes a donde tú crees que mejor puedes luchar contra
el fascismo. En mi caso, ha sido la memoria histórica, ya que se habló mucho de
ella durante mi adolescencia cuando Zapatero aprobó la Ley en 2007. A mí me
cambió la vida conocer a Pepita Celda, que ahora todo el mundo la conoce porque
protagoniza la novela gráfica de Paco Roca y Rodrigo Terrasa, EL ABISMO
DEL OLVIDO. O a Pilar Alcorisa. Conocer a estas mujeres, porque las
supervivientes que buscan a sus familiares fusilados son casi todas mujeres, te
cambia la vida y te cambia todo».
En la Comunidad
Valenciana tiene su origen el bastión antifascista La Cosa Nostra, de quienes
también escribe Ramos en su ensayo. Dice Ginés que son «un referente para toda
España. Han dado siempre la cara, y más ahora que Vox les señala porque les
tienen una tirria que no pueden con ellos. Organizan y van a las
manifestaciones, crean conciencia y hacen muchas cosas en los barrios. Son un
ejemplo luchando contra los ultras del fútbol».
El trabajo de Ginés
se centra en documentar e investigar los crímenes del fascismo en Alicante,
Valencia y Castellón. «Aquí se hizo mucho daño. Aquí está el paredón de
Paterna, el mercado de Alicante y el Cementerio de Castellón. Se fusiló a
muchísima gente, porque, al ser de las últimas ciudades republicanas, aquí se
concentraban obreros, sindicalistas, anarquistas o socialistas. Se les
persiguió durante la dictadura y aquí se hizo muchísimo daño. El movimiento
memorialístico valenciano en el que participo es fuerte porque aquí hay muchas
cunetas, muchas familias que buscan a sus muertos. Mi gente está en las
cunetas. Ahora solo pedimos reparación, poder enterrarles dignamente junto a
sus familias. Ponerles nombre».
En uno de sus
últimos documentales, sobre la cruz de los caídos en el parque de Ribalta de
Castellón, «mi equipo y yo acudimos a la retirada de la cruz, que se había
pedido por parte de los grupos antifascistas y de las familias de los
perseguidos por la dictadura. Grabábamos la demolición junto a la emoción de
quienes habían luchado tanto por dejar de tener aquel homenaje infame en su
ciudad, y de repente acudieron decenas de
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nazis a intentar detener a los operarios, a amenazar a las familias y a
mi equipo. Nos hacían gestos de rebanarnos el cuello, gritaban loas a Hitler
con el brazo en alto, cantaban que “Ojalá estar en el año 36” o que íbamos a
acabar en una cuneta a hostias. Lo hacían frente a las cámaras y frente al
cordón policial con total impunidad. Saben que las denuncias que les ponemos no
llegarán a ningún lado. Cuando te ves amenazada por los herederos de quienes
llevaron al paredón a los que estamos buscando sabes que estás en el lado bueno
de la historia. Ahora que el ambiente se ha radicalizado, cada vez que
estrenamos un nuevo documental recibimos amenazas. Nunca habíamos tenido a
ningún alcalde en contra de nuestro trabajo, pero desde que llegó Vox a los
ayuntamientos nos censuran el uso de los centros culturales para proyectar
nuestros documentales. Quieren que la gente no sepa, tener a la gente callada,
por eso hay mucha desinformación».
Cuando Nerea con 15
años dejó a su novio, este le pidió ayuda a un grupo de neonazis, algunos
militares de la base aérea de Cuatro Vientos, en el sur de Madrid, para que
fuesen a pegarle una paliza: «Tuve suerte porque no me encontraron, pero ahí me
estuvieron buscando». La razón que tuvo su exnovio para convencer a unos
neonazis a llevar aún más lejos su violencia de género fue que ella era una
punki, una ratcheta, que iba con latinos.
Mariah Oliver es de
Collado Villalba, un municipio de la sierra de Madrid; su familia, aunque un
tanto desestructurada, con una madre dedicada a tres trabajos para darle un
techo a su hija, es una familia española precaria más. Mariah tiene una
predisposición a involucrarse en las causas justas. Cuando era joven estaba en
auge la migración latinoamericana y la música que llegó con ella, por lo que,
entre la lucha de clases, el feminismo y la igualdad racial, se involucró en la
lucha antirracista. «Vivía de forma vicaria, a través de mis amistades, lo que
significaba ser una persona extranjera, de piel oscura o sin papeles en la
España del año 2000. Además, aunque convivíamos con la ultraderecha en las
calles de mi zona, siempre me había considerado antifascista y en mi barrio ya
había presenciado enfrentamientos contra los fachas. Cuando fui víctima de una
agresión por parte de un grupo de nazis, ya no pude seguir teniendo amistades
que se habían pasado a la ultraderecha en el instituto».
Según cuenta en sus
memorias, LATIN QUEEN, entró a formar parte de la Nación Latin
King, «guiada por un sentimiento de empatía hacia los
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emigrantes que llegaron a mi barrio y que recibían constantes desprecios
por parte de algunos sectores de la gente joven del pueblo. Me atraía la
novedad, su música y su estética. Mis amigas y yo ya escuchábamos rap antes de
que llegasen, así que cuando les vimos, pensamos: “Esta es nuestra gente”».
A Mariah le
encomendaron varias veces la tarea de atraer a mujeres al grupo, que con su
implantación en España, la Nación Latin King quería transformarse en una
organización social y comunitaria que dejase atrás su pasado violento y
pandillero. Ella descartaba a todas aquellas chicas españolas que buscaban
unirse a la Nación atraídas por la moda de los chicos latinos, porque «cuando
descubrían que no podían pasarse el día detrás de los chicos y que tenían que
presentarle a la madrina las notas para demostrar que están estudiando, que
tienen que abonar una cuota o asistir a una reunión semanal, se van por donde
llegaron. El grupo femenino no era una pandilla de groupies, teníamos nuestra
propia agenda. Me alejé de la organización porque cada vez me requerían más
para poner orden en líos de parejas, cosa que a mí me aburría. Además empezaban
a surgir conflictos con los Ñetas».
Para Mariah, la
amalgama de bandas latinas que surgieron en aquellos años y que llegan hasta
nuestros días debían estar todas unidas contra las injusticias, el abuso, el
racismo, la explotación, pero en cambio, «estaban todos enfrentados por
territorio, colores y poder. Les inculcan una crueldad y una enemistad que no
conocían, una división que nada tiene que ver con el antirracismo con el que
son atraídos a la causa ni con la literatura de la Nación».
En 2007, la
Audiencia Provincial de Madrid condenó a Mariah a dos años de prisión por haber
contribuido a la implantación de la organización, aunque nunca se probó que
incitase a la violencia a las miembros del grupo de mujeres, de lo único que
ella era responsable. «Algo que me ayudó mucho durante el proceso judicial fue
conocer a personas provenientes de la academia, la primera fue Carles Freixa,
antropólogo y juvenólogo experto en grupos juveniles que testificó como perito
en el juicio, a petición de mi abogado. Él me enseñó que mientras en Madrid se
nos detenía y juzgaba como estrategia para disolver el grupo, en Cataluña se
había optado por pedir ayuda a la academia y a las entidades sociales para
abordarnos como un problema social. Por eso, mientras en 2006 se nos detenía
por asociación ilícita, en Cataluña nacía la Organización
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Cultural de Reyes y Reinas Latinos de Cataluña. Pero con la entrada en
vigor de la Ley Orgánica 7/2010, que endurecía las penas para quienes formasen
parte de las bandas latinas, considerándolas organizaciones criminales,
abandoné toda esperanza de conseguir sacar adelante en Madrid una organización
social con el grupo. Yo estuve en prisión, pero Queen Melody, de Barcelona,
no».
La
institucionalización de la Nación Latin King y su inclusión en la Federación de
Entidades Latinas de Cataluña, en 2006, se hizo por unanimidad y se apoyó en
entidades religiosas de Poble Sec, el Ayuntamiento de Barcelona, la Universidad
de Lleida o el Instituto de Derechos Humanos. Pero cuando en la capital
quisieron tomar el mismo camino ese mismo año, los representantes del
Ayuntamiento, del Consejo de la Juventud y del Defensor del Menor se negaron a
sentarse con Mariah porque ya estaba a la espera de juicio.
La
espectacularización de los sucesos relacionados con la seguridad urbana ha
facilitado el marco discursivo de la extrema derecha. En los matinales se acusa
a quien da soporte a migrantes de hacer una llamada a la inmigración irregular,
y a quien vela por la salud sexual y reproductiva, con especial atención al
colectivo LGBTQIA+, de adoctrinar a la infancia. No hay discurso sobre la
prevención de la violencia de género que no sea interrumpido con un #notallmen.
Vox y la extrema derecha, tal y como afirma Miquel Ramos, no tienen un proyecto
de mayorías, sino de romper consensos. Así se lo reconocía el portavoz de
educación de Vox al diputado socialista Ignacio Urquizu en un pleno de las
Cortes de Aragón sobre incluir la asignatura de religión en la media de
Bachillerato para acceder a la universidad: «Para eso ha venido Vox a la
política, para reabrir debates y romper consensos que llevaban mucho tiempo
cerrados». Asaltaron las urnas porque antes encendieron las calles, apuñalando
en el corazón de nuestros barrios.
ACTIVISTA,
MASCULINO SINGULAR
En unos casos
porque la politización surgió en la adolescencia en torno al contacto con
organizaciones informales, a veces por una identidad familiar o bien por
distintos sucesos a lo largo de nuestra vida, muchas de las
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entrevistadas se han organizado en asociaciones, han militado en un
partido político o se han afiliado a un sindicato.
Todos los
sindicatos a los que se hará referencia en este epígrafe son de clase y todos
los partidos son de izquierdas. A partir de la irrupción de la extrema derecha,
se tiende a analizar el populismo europeo como si el descontento en Reino Unido
o Francia fuese similar al de España. Las tesis que cogen EL TORO POR
LOS CUERNOS no señalan a los barrios obreros como culpables del auge
de los líderes ultras, porque no lo son. La viralización de los bulos que tanto
preocupa a los doctorandos está mucho más relacionada con la satisfacción
interclasista de verse respaldado por un titular que reafirma nuestras
convicciones más cuestionables, que por una supuesta vulnerabilidad de la clase
obrera con baja formación al BULLSHIT, A LA CHARLATANERÍA. La
barbarización de nuestros distritos cuando un partido de derechas
es la primera fuerza suele ignorar, deliberadamente, varias cuestiones: que la
fragmentación de la izquierda da pie a esa mayoría; que hace mucho tiempo que
en la periferia no se escupe amianto ni carbón; que hace casi el mismo tiempo
que los desplazamientos provocados por la gentrificación modificaron el perfil
sociológico de quienes habitan los márgenes de la ciudad; que quien vive
en LA ESPAÑA DE LAS PISCINAS no se identifica con la
clase trabajadora; que no hay un conflicto entre el obrerismo y
lo woke, porque la obrera también es bollo o migrante; y, sobre
todo, que en los bloques de vivienda social donde viven las familias cañís gana
la abstención y que la primera fuerza es, en la mayoría de ocasiones, el
Partido Socialista.
Si en el
poselectoral del CIS de las Elecciones a Cortes Generales de 2023 (recodificado
y agrupado, pero sin ponderar) observamos los municipios con más de cien mil
habitantes, entre las mujeres que manifestaron cierta conciencia de clase al
identificarse con la clase trabajadora, obreras o proletarias, el 10 por ciento
votó al PP, el 2 por ciento a Vox, el 32 por ciento al PSOE y el 27 por ciento
a Sumar. Entre las que podrían entender como desclasadas (siendo su identidad
de clase «pobres»), el 11 por ciento votó al PP, el 6 por ciento a Vox, el 26
por ciento al PSOE y el 10 por ciento a Sumar. Y entre la clase media
empobrecida, un 19 por ciento al PP, un 6 por ciento a Vox, un 26 por ciento al
PSOE y un 18 por ciento a Sumar. ¿Se le puede imputar a las
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mujeres de los distritos empobrecidos de las grandes ciudades la
victoria del Partido Popular? Estos datos nos dicen claramente que no.
Cuando se visualiza
la ciudad en su conjunto, en los mapas que muestran los resultados calle a
calle, se observa que el trío de Colón tendría mayoría absoluta en los
distritos acomodados, no en los nuestros. Ninguna de las entrevistadas ha
hablado de su militancia en partidos políticos de derechas porque, básicamente,
si tienes conciencia feminista y conciencia de clase trabajadora, las
posibilidades de participar en un partido de derechas o de ultraderecha y, al
mismo tiempo, querer participar en una investigación social con perspectiva de
género, son mínimas. Eso no quita, como veremos más adelante, que las votantes,
simpatizantes y militantes de los partidos de izquierdas y las mujeres con
conciencia de clase y feministas tengan actitudes xenófobas, no sean
ecologistas, sean asiduas a los toros o a misa de doce o cuelguen la rojigualda
en el balcón.
En el último
epígrafe de este capítulo se describirán algunas de las razones más violentas
por las que se abandona la militancia activa. En cualquier caso, la defensa de
que los espacios de politización y debate deben ser ocupados por las mujeres
para que nuestras necesidades sean escuchadas se describe en estas páginas a
partir del impulso a la participación de muchas de nosotras en estas
organizaciones, donde las fronteras entre asociaciones, partidos y sindicatos,
como veremos, son difusas. No se especifican las siglas de unos ni de otros,
para preservar el anonimato hablaremos de el Sindicato y el
Partido en cada caso, aunque cada entrevistada se haya referido a una
organización diferente. Sí se hará mención a las organizaciones vecinales y a
las asociaciones, puesto que son un pilar fundamental en la cohesión de
nuestros barrios y han supuesto un espacio seguro para las participantes.
Por ejemplo, Maca
se tomó la militancia como una actividad que desarrollar en su tiempo libre,
pero, sin duda, aportando un trabajo voluntario sin el que las entidades no
podrían sostenerse: «He sido activista de base en colectivos autogestionados de
los barrios por los que he pasado. Cuando vivía en Lavapiés, estaba un poco con
la Plataforma de Vivienda Digna del barrio. Desde muy jovencita he intentado
ser participativa en todo lo que tenía que ver con mi realidad directa y en
cómo podía hacer algo para mejorarla. Durante mi época de estudiante, en los
colectivos estudiantiles en el instituto, en la universidad. Cuando ya me vine
a Vallecas, entré a colaborar con alguna cosita en algún espacio de
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apoyo mutuo, que en mi caso es La Brecha, un sitio que me gusta mucho.
Luego estuve en una asamblea de intervención social. Estuve en un Sindicato y
en el último movimiento de la pandemia que surgió en Vallecas, que es Somos
Tribu. Pero solo he sido activista de base, todo lo que he hecho es muy light.
Muy light». Tres entidades, «muy light» todo.
Por otro lado, la
joven Esther se enfoca más al movimiento feminista. Comenta que «nunca he
participado en nada de política, pero me gustaría. Ahora que estoy de vuelta en
Madrid, y que estoy leyendo a otras mujeres, buscaré algo. Hay cosas de mí que
he empezado a entender porque estoy leyendo a autoras feministas. Con EL
SEGUNDO SEXO he tenido que parar porque me estaba encabronando. Fue mi
tía, que tiene 65 años, ya jubilada de una fábrica que había en el pueblo,
quien me aficionó a la lectura. Cada vez que le iba con algún problema, me
hablaba de una feminista. Aunque luego, ves que en su relación no se lo está
aplicando. Me gustaría hacer activismo feminista más allá de compartir cosas en
redes».
No siempre se le
puede hacer un hueco al activismo entre la vida personal y la profesional, y no
por ello se debe renunciar a las utopías. En eso, Ángela es un referente: «Hace
como un año decidí hacer mi militancia en la investigación, que es donde veo que
tengo más armas para ayudar, difundir y colarme en los planes de estudio y todo
lo demás a partir de los textos y los artículos. Puedo hacer investigaciones
feministas por mi cuenta siempre que no haga mucho ruido en el departamento.
Si, de repente, les rompo la estética que tanto les gusta, será cuando se acabe
esto de que no me dicen nada, me dejan libertad y me pagan congresos». En una
de sus asignaturas hizo un llamamiento a cuestionar la sobrerrepresentación de
los hombres en los libros que utilizan, puesto que el 80 por ciento de las
profesionales en el sector de la traducción e interpretación son mujeres y solo
tienen un chico en la clase.
A partir de la
crisis de 2008, el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, que le había facilitado
a muchísimas familias de clase trabajadora una vivienda en propiedad, supuso la
quiebra de un tejido productivo sostenido por la construcción. El desempleo provocó
el derrumbe del calendario vital de quienes esperaban tener trabajo y casa para
comenzar su proyecto personal al terminar sus estudios. Para las millennials,
el 15M supuso el despertar de la politización. Nerea recuerda que fue lo que
acabó de formar su pensamiento crítico: «Yo estudiaba Artes cerca de Atocha,
así que me comí todo el 15M, me tiraba el día allí. Salí en mazo periódicos.
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En mi casa había
libros de Descartes y de Nietzsche. Con ocho años tuve la fase de cishetero
interesante intensita con las cuestiones de la Segunda Guerra Mundial, porque
me pasaba los veranos sola en el pueblo y leía de lo que tenía mi abuelo por
casa. Me leí El terrorismo en España con doce años, me
regalaron Las trece rosas al año siguiente… ahora no tengo
concentración para leer todo eso. Y, sin embargo, me metí a Sociología en
Somosaguas sin saber que era allí donde se había montado todo. Me interesaba,
pero no le prestaba mucha atención a los que lo habían organizado».
Es una buena prueba
de que se pudo haber trascendido a los líderes que más tarde fundaron partidos
a la izquierda de la socialdemocracia. Reducir el clamor de aquella juventud
sin futuro únicamente a quienes se podían permitir la acampada sin miedo a los
suspensos porque no dependían de una beca sería ser tremendamente injusto con
el movimiento. Sin bien a corto plazo les brindó mayorías absolutas a los
partidos conservadores, sentó las bases de una mayor transparencia en la
política y movilizó a la opinión pública hacia derechos de tercera generación
que no solían estar sobre la mesa.
A pesar de que hubo
un intento de EL 15M
(BLANCOS) CABREADOS o de la
contraofensiva de extrema derecha que ha tomado gobiernos en todo el mundo,
Pino reconoce que «queda mucho por hacer, pero soy optimista. Los sectores
reaccionarios son minoritarios, aunque tengan mucho altavoz. Solo hay que salir
a las calles y ver en las manifestaciones del 8M a familias enteras. Tenemos
una sociedad muy avanzada, aunque debemos seguir rompiendo estereotipos». Ella
se politizó a partir del movimiento feminista, y más tarde se afilió a un
partido comunista porque «no dejo de tener presente como mujer trabajadora que
no te oprimen por placer, sino para obtener un beneficio. A los hombres también
se los explota».
Pero a Davinia, que
a sus 38 años se ha ido alejando con cada mudanza del centro, sí que le
preocupan los ramalazos neofascistas de los jóvenes porque es madre soltera.
Procura que su hijo de 14 años sea consciente de que «no hay que respetarlo
todo. No puedo tolerar a quien no respeta la vida de un ser humano, ni a quien
nos diga que unos son inferiores a otros. Tampoco se puede admitir el odio. A
él le va a tocar convivir con gente que está fomentando delitos, pero no me
pidas que justifique que tú quieres pegarle una paliza a un negro. No puedo
tolerar que cinco tíos se
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aprovechen de una mujer porque estaba borracha, no quiero. No te puedo
valorar si no eres buena persona. No está bien robarle a alguien cincuenta
euros, porque no sabes qué ha tenido que hacer esa persona para ganarlos».
Vivió los años en los que las pandillas tomaban la ciudad desde el barrio de
las Letras, por lo que su intención pedagógica, aunque está relacionada con «la
paradoja de la tolerancia» desarrollada por Karl Popper en LA SOCIEDAD
ABIERTA Y SUS ENEMIGOS, tiene mucho más que ver con querer evitar que su
hijo se convierta en un joven que no pueda cuestionar las actitudes ultras de
su grupo de amigos, antes que sea demasiado tarde, dada la fanatización
galopante entre los más jóvenes por referentes ultras en redes sociales.
Aunque la población
adulta debería ser mucho más capaz de identificar los bulos, la popularidad de
los discursos de odio ha provocado que Amparo, en su propio negocio, disimule
el profundo rechazo que le provocan las actitudes ultraconservadoras ante las
bromas y los chistes que ya creíamos haber olvidado. Aunque no milita en
ninguna organización, se declara de izquierdas y feminista, siendo partícipe de
algunas causas puntuales: «Manifestaciones del 8 de marzo, contra el terrorismo
(sea cual sea), apoyo a movimientos sociales, contra intervenciones militares
en países o periodistas sin fronteras… Sí que soy activa en ese sentido, y en
casa lo somos todos». Aprendió a leer con las páginas de huecograbado del ABC,
que ha comprado su familia desde el primer número. Perteneciente a una familia
de represaliados por el franquismo, creció siendo consciente de que lo que se
hablaba en la mesa no podía comentarlo en la calle: «Estábamos muy politizados.
Me hablaron de las Sinsombrero, siempre supe quién era ETA, quién era GRAPO. Mi
padre incluso me llevó a ver el agujero que dejó Carrero Blanco».
Esa prudencia que
tiene Amparo con sus clientes contrasta con la libertad con la que el jefe de
Sindy se manifiesta: «Me pasa memes con la frasecita: “Viva España, el rey, el
orden y la ley”. Él me habla de política en modo que si el Coletas, el
Perro Sanxe, me manda stickers de cosas así. Cuando le
pido cualquier cosa, me anima a que rece y me manda oraciones por WhatsApp y
cosas de fachillas». La patronal nacionalcatólica siempre ha sido libre de
significarse negando la mayor, ellos no se meten en política, son apolíticos y
de derechas. ¡Como Dios manda! Como lo fueron sus padres.
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Aunque en muchas casas aún se bajaba la voz para hablar del Gobierno, a
Núria su familia la animó a afiliarse a un partido. «Más que empezar yo en
política fue mi madre la que me llevó. Ella era la que siempre estaba
preocupada porque me relacionara con los demás. Mis padres eran votantes de
izquierdas y me llevó allí y me dijo que, por lo menos, conocería a gente. Me
llevó al local de Badalona. Y sí, es verdad, hice muchas amigas. Y aprendí un
montón de cosas. Pero cuando la cosa se empezó a poner seria, fue incompatible
con todo lo demás. Porque el Partido es un aparato perfecto, pero fuera del
aparato no se puede mover nada».
Esa concepción del
Partido como un lugar al que ir a socializar es la que tuvo también Almudena
cuando decidió huir del ambiente de carreras ilegales en Villaverde. La
distancia con el barrio y pasar tiempo sin su pareja de la adolescencia le
ayudó a advertir que tenía una relación de maltrato. Pero las ventajas de hacer
amistad en torno a unas utopías compartidas no siempre son idílicas. Si el
Partido es un aparato perfecto es porque reproduce la estructura del Estado y
las jerarquías sociales, también el machismo, el clasismo y el racismo. Aunque
era consciente de la necesidad de distanciarse de aquella espiral delictiva, le
recordaban continuamente que en el Partido no se esperaba a jóvenes como ella.
«Ahora me los tomo más a broma. Pero decían en mi propia cara que vigilasen las
carteras para que no se las llevase la de Villaverde».
A pesar de que la
mayoría de los votos que reciben las candidaturas de izquierdas se depositen en
el sur y en los distritos empobrecidos, las candidatas de esos barrios siempre
se quedan fuera de las posiciones de salida en las listas electorales. «A mí me
ha costado mucho verlo. A pesar de ser un partido de izquierdas, si no tienes
dos carreras y tres másteres no piensan en ti para ningún puesto. A la hora de
defender derechos, una persona no es menos válida por no tener una carrera. Eso
no se hace con los hombres. No les pesa no tener carrera, como a nosotras».
Sofía ha observado cómo se levanta un muro a nuestra participación cuando nos
advierten que no nos corresponde estar en política: «Se insiste mucho en
recordar que Irene Montero ha sido cajera, es un horror ese clasismo. Cuando
debería ser un motivo de orgullo, que más humilde no puede ser, se mezcla el
clasismo con el machismo. Cada dos por tres es trending topic y
todo el insulto es por ser “mujer de”».
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Desde un cargo institucional que compatibiliza con su dedicación en
atención primaria, Lola es consciente de que forma parte de la cuota. «Nos
guste o no nos guste, es la realidad, todavía llegamos a estos puestos por la
cuota. Me siento una privilegiada y ahora tengo la obligación de demostrar mi
valía; pero sin las cuotas y sin las listas cremallera, no estaríamos». Y
Carmen, en Cataluña, se ha encontrado con una férrea división sexual a la hora
de nombrar a los responsables de cada área: «Te dicen que a ti eso no te lo
pueden dar porque eres mujer. ¿Y que tendrá que ver? Tú tienes que estar
demostrando el doble que puedes hacer lo mismo y te van a reconocer la mitad.
Tienes que insistir todos los días para que tengan en consideración tu trabajo.
Cuando he sido yo la que ha tenido que hacer las llamadas, me he dado cuenta de
que, de treinta y ocho secretarios, veintiocho eran hombres. Con las mismas,
llamé a la que lleva los temas feministas y le dije: “Oye, ahora ya no podemos
cambiar, pero esto para las próximas hay que corregirlo, que somos un partido
que se considera feminista”».
Sin perder de vista
la influencia de la tradición republicana de muchos hogares, fueron las
calamidades del trabajo las que encendieron por completo para algunas de
nosotras la llama de la militancia política. Seguramente yo no estaría
escribiendo este libro si no hubiese visto a mi familia pasarlo realmente mal
cuando había retrasos en el cobro de la nómina, en la adjudicación de una beca,
o con la subida del euríbor. Tenemos DOS FORMAS DE ENTENDER LA POLÍTICA:
una como identidad y otra como opción. La primera explicaría el voto a partir
del grupo al que se pertenece: los intereses de cada uno ante la urna vendrían
predefinidos por la posición que ocupa en la estructura social. Como veremos,
las identidades no son férreas, sino más bien líquidas, por lo que esa
predisposición, si bien se torna más sentimental que racional, no tiene por qué
sostenerse de unos comicios a los siguientes. En la segunda, la elección apela
al sujeto individual, libre ya de ataduras a la lealtad del grupo, que actúa en
función de distintos factores relacionados con la oferta política y produce
mayor volatilidad electoral. En este sentido, el voto es un hábito. La mera
participación ya delimita una posición de clase distinta a la abstención. La
papeleta se llega a entender como un objeto de consumo con el cual podemos
manifestar nuestro deseo de ascender de posición económica, adelantándonos al
depositar el voto en la defensa de
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unos intereses de clase que en ese momento nos son ajenos, pero que
aspiramos a conquistar.
Habitar la
periferia y haber estado siempre en los márgenes nos ha condicionado tanto
nuestra posición en la estructura social que es muy difícil que las mujeres
feministas con conciencia de clase podamos guiarnos a la hora de votar por algo
más allá de la defensa de nuestros derechos más básicos. Por ello, los
postelectorales en diversos países están advirtiendo que somos nosotras las
únicas que estamos presentando resistencia a los movimientos de extrema
derecha.
A pesar del
esfuerzo sostenido de la caverna misógina internacional, que pretende barrernos
del espacio público hasta que se dejen de oír nuestras voces por las calles,
cada 8 de marzo seguimos recordando a las 140 trabajadoras neoyorquinas
asesinadas en el incendio de una fábrica en 1911. La hemeroteca de sucesos nos
descubre que desde el siglo XIX, a las cigarreras de toda España las
acusaban de organizar motines. El primer sindicato integrado exclusivamente por
mujeres se organizó en la Fábrica de Cerillas de Carabanchel en 1908, pero la
invisibilización de los oficios feminizados no solo ha sesgado los referentes
en el mundo del trabajo, que tanta falta nos hacen cuando nos preguntan qué
queremos ser de mayores; también nos ha ocultado los derechos que conquistaron
con sus reivindicaciones, permitiendo que se deroguen. Nos quieren hacer creer
que las mujeres siempre hemos estado en casa para que ellos sigan ocupando los
puestos de trabajo, y lo más importante, los de poder.
Las organizaciones
sindicales se nutren de los grandes centros de trabajo, por lo que se ha
excluido del conflicto entre patronal y trabajadoras a las que cosían en sus
casas o servían en las de otros. Así que cuando llegó la desregularización de
los mercados y la economía de las plataformas, los sindicatos entraron en una
grave crisis de representatividad.
Como
exsindicalista, Violeta desde Fuenlabrada cuenta que reconoció durante su etapa
con responsabilidades orgánicas unos estatus muy diferentes y jerarquizados
dentro del movimiento: «Si la sección de empleados públicos decía que había que
tirarse por un puente y Las Kellys decían que no, se hacía caso a los primeros.
Un servicio de limpieza público estaba por encima de uno privado de una cadena
de hoteles que, a lo mejor, en volumen eran el mismo número de trabajadores (o
más), pero en cuota de poder no, porque los empleados de los segundos no
estaban en
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la federación grande que más poder tenía dentro del Sindicato. Recorrer
las cadenas de hoteles es mucho trabajo para el body», afirma, ya
fuera de todo, a los 29 años.
Han quedado
desamparadas mujeres como Idaira, que se ha acercado más de una vez al
Sindicato para pedir ayuda en el sector de la hostelería, pero se ha encontrado
con que, a pesar de que los abusos laborales los padezcan todas, tienen que
meterse en la guerra de una en una, poniendo en riesgo su puesto de trabajo:
«Qué triste, ¿no? Pides información en un sindicato para hacer una reclamación
laboral y ya te advierten de que te vas a meter en una guerra en la que vas a
tener que pelear y que vas a perder. Entonces, al final, la gente para qué se
va a querer defender si te pones a leer y siempre hay una letra pequeña a la
que se agarra el otro… Si tampoco tenemos tiempo para buscar la información. Te
dicen: “Léete el BOE”, pero cómo, ¡si no entiendo ni papa! Cuando te quejas, lo
pierdes todo, te quedas en la calle, y no pasa nada».
Como Triana, que
elevó su queja individual solicitando la convocatoria de elecciones sindicales
y fue despedida: «No podían tolerar que una mujer fuera elegida delegada y se
sentara con ellos en el comité de empresa. Me enviaron burofaxes con amenazas y
les tuve que interponer otra demanda por vulneración de la libertad sindical.
En esos días, me escribió una compañera de una sede de otra provincia que
también había interpuesto demanda por el uniforme, por la falda y el tacón. A
los compañeros que hablaban conmigo los sancionaron (tal cual se lo explicaron
en las cartas de sanción, que colgaron en los tablones de anuncios de la
empresa para que los viera todo el mundo). Eso es lo que han hecho hasta
conseguir que todos me dieran de lado».
La persecución a
las organizaciones de trabajadoras demuestra que siguen siendo una resistencia
al juego del libre mercado y a la misoginia de la patronal. Obviar que la
estabilidad laboral o los salarios que permiten condiciones de vida adecuadas
son conquistas de la organización obrera es el primer paso hacia la rendición
de las victorias de clase por las que han entregado su tiempo y su vida miles
de trabajadoras y de trabajadores. La precariedad del empleo ha despojado a la
plantilla de aquellas conquistas que matizaban la explotación en la que se basa
la relación laboral, al tiempo que se ha reducido el papel del Estado en la
economía, de tal forma que se ha neutralizado el papel de la administración
como autoridad laboral capaz de frenar los abusos de las empresas.
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Sin un Estado que vele por el cumplimiento de las normas laborales
conquistadas por las organizaciones sindicales de clase, estamos más cerca
del TECNOFEUDALISMO que anuncia Yanis Varoufakis que de la
jornada de cuatro días. La ansiedad tecnológica demuestra que los cambios que
se anuncian están dando paso a un miedo entre la clase trabajadora a un futuro
donde no haya espacio para las personas. La automatización ya no solo amenaza
las líneas de montaje de las fábricas: la digitalización y el desarrollo de la
inteligencia artificial supone la desaparición de oficios rutinarios y
repetitivos, justamente aquellos en los que son empleadas muchas mujeres:
teleoperadoras, administrativas, archiveras, carteras, cajeras, secretarias,
asistentes. Somos nosotras a quienes más nos preguntan ¿TE VA A SUSTITUIR UN
ALGORITMO?, porque hay menos mujeres que hombres con habilidades digitales.
La digitalización podría haber sido una oportunidad para paliar las brechas de
género en el empleo y en la participación sindical, pero se están reproduciendo
las mismas dinámicas que en el trabajo y en las organizaciones analógicas,
porque los sesgos que se habían desarrollado offline se han
traslado online.
Con todo lo que
supuso la indiscutible lucha antifascista durante la clandestinidad de las
organizaciones de trabajadores, en las que participaba Mercè como anarquista,
no se puede justificar de ninguna manera que los sindicatos de clase no hayan
sido capaces de adaptarse a las nuevas dinámicas laborales. Sobrevivieron al
exilio, la cárcel y la condena a muerte de cientos de afiliados tras perder la
guerra, pero no parecen capaces de superar la desaparición de las fábricas, ni
de darle espacio a las mujeres en sus órganos de decisión.
La alternativa es
un sindicalismo feminista y antirracista frente al paternalismo que ha tratado,
demasiadas veces, las luchas de las mujeres trabajadoras con condescendencia o
les ha dado una importancia secundaria y las ha querido tutelar. Han hecho lo
mismo que la patronal, jerarquizando los sectores. Dado que hay pocas
coberturas desde la sindicación clásica hacia los empleos feminizados, en los
últimos años ha surgido un BIOSINDICALISMO DESDE LOS TERRITORIOS
DOMÉSTICOS que no solo
ha reivindicado los
derechos de las trabajadoras olvidadas por las estructuras de los comités de
empresa, sino que ha puesto de manifiesto que otras formas de hacer también
podían dar resultados.
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En ese sentido, desde el comité de empresa de la conservera que preside
Celia se propuso una huelga «por el acoso que sufrían las operarias del campo
en general, por los salarios y los derechos. Al principio la empresa no puso
pegas porque creyó que solo la haríamos las del Sindicato, pero cuando vieron
que iba a parar toda la nave quisieron echarnos». Las temporeras no se pueden
sindicar, pero las que sí lo están y quieren luchar por todas ven peligrar su
puesto, por lo que se desincentivan las grandes reivindicaciones que vayan más
allá de las cuestiones puntuales en el centro de trabajo.
La baja afiliación
sindical de las mujeres no se debe a que tengan un menor interés en las
cuestiones a defender por la organización, sino a que no se sienten
representadas, tal y como comenta Mariña. «Sindicada… Sindicada no estoy. Ahora
estoy en paro, pero cuando vuelva a trabajar sí querría, bueno… ¿Sabes qué
pasa?, que como en este país solo hay dos grandes sindicatos, pues como que
parece que falta algo, ¿no? Por visión estoy más cercana a uno, pero aun así me
parece que los principios que tenían hace unos años ya no son tan visibles, ya
no están tan claros… Bueno, sí que me gustaría ser más activa en ese ámbito
también, sobre todo por mí, pero supongo que a lo mejor me gustaría en un
sindicato de mujeres, que se peleen por nuestros derechos. Porque, claro, por
los de los hombres hay mucho que pelear todavía, pero en el fondo donde hay que
hacer trabajo es en el tema de la equiparación salarial y la igualdad de
oportunidades. Sumarme a algo así me gustaría más».
Con años de
experiencia, pero en los márgenes del diálogo social nacional, puesto que se
apoyan en sindicatos autonómicos, desde los años ochenta miles de trabajadoras
de las residencias vascas han dado la batalla y han conquistado mejoras huelga
tras huelga. Desde sus comienzos, vieron muy difícil torcer el brazo de una
patronal a la que no se le pasaba por la cabeza que las gerocultoras fuesen a
exigir ser económicamente independientes. Aunque estaban atrapadas en un
sistema machista y patriarcal, que veía el trabajo en las residencias como una
prolongación de las obligaciones domésticas de las mujeres, consiguieron
grandes logros que aún hoy marcan las diferencias con el resto de las
residencias del Estado. Fueron continuamente ninguneadas, NO ERAN
TRABAJADORAS, SoLO M UJERES, pero se mantuvieron firmes y metieron ruido
sin prenderle fuego a ningún contenedor, ni quemar coches.
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La falta de compromiso con los sectores feminizados se traduce en
problemas de paridad en los sindicatos clásicos, como recuerda Violeta. Cuando
tienen que hacer las listas llegan los problemas: «“¡Ay, Dios mío, que no hay
mujeres, faltan mujeres, vamos a buscar mujeres!”. Pero no se ponen a pensar
por qué sucede eso. Luego van a buscarlas, y les dicen: “Como somos unos
retrasados mentales que no sabemos cuidar lo que tenemos… ahora te
necesitamos”. Y esa mujer tendría que decir: “Ah, que ahora me necesitas porque
tengo una puta raja, pero te dan igual mis méritos”». Lamentablemente, no
ocurre así. «Al final, entras. Y las personas que siguen ese juego son las que
cierran el círculo. Si no pudieran hacer esa lista, tendrían un merecido baño
de realidad. Pero, al final, por disciplinadas, entramos en el juego». Las
mismas dinámicas informales de poder que operan en la empresa nos las
encontramos en los sindicatos, por lo que aquellas que quieren pasar tiempo con
su familia, necesitan cuidar a menores o atender a dependientes poco a poco se
van quedando fuera de los grandes foros de discusión y debate, que siguen
estando masculinizados. Se reproduce así la traición de clase: los hombres
pactan con la patronal las mejoras de sus condiciones en sectores estratégicos,
mientras se precariza el empleo externalizado que ocupan mujeres, jóvenes y
migrantes con baja tasa de afiliación.
Combatir la
discriminación de género es una cuestión de justicia social, pero nuestros
compañeros no están por la labor, porque la estructura misma de la sociedad en
la que vivimos necesita que las mujeres sigamos cuidando sin remuneración y que
el MACHO se reafirme sosteniendo económicamente a la familia.
Ellos no nos van a ayudar, por mucho que lograr nuestra emancipación sea lo más
humano y justo, porque nuestro sometimiento no solo es de clase, también es de
género, y liberarnos del patrón también implica liberarnos del marido. Eso es
lo que no van a consentir. El sindicalismo industrial del mono azul olvida que
en esa sociedad que conforman PATRIARCADO Y CAPITAL, «en el Estado
español cientos de gestas obreras hubieran sido imposibles de llevarse a cabo
sin el apoyo de las comisiones de mujeres, formadas por esposas, madres o
hermanas de los huelguistas para hacer cajas de resistencia».
Pretenden que
olvidemos que las trabajadoras que nos precedieron se sindicaron para
conquistar derechos que hoy damos por hechos. Nos creemos con suerte por haber
nacido en el momento oportuno para ser la mujer que nos dé la gana de ser, como
si nadie hubiese trabajado hasta la
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extenuación para que no nos faltase de nada, desde un plato en la mesa
hasta un hospital público, pasando por un colegio electoral. Los gurús de
TikTok nos animan a formarnos para cambiar de sector, o a encontrar a nuestra
persona vitamina. Así esperan que nos culpemos de nuestro propio malestar para
evitar el conflicto social que se despertaría si descubriésemos por qué les va
bien siempre a los mismos desde que sus abuelos ganaron la guerra.
Cuando se imponen
cuotas para que haya MÁS POLÍTICAS PARA OTRA POLÍTICA, se hace
desde el convencimiento de que no es lo mismo estar que poder
ejercer, «las organizaciones tienden a expulsar a los miembros que promueven
cambios estructurales importantes». Necesitamos más presencia de las mujeres de
clase trabajadora, que vayan desde los márgenes hasta el centro de las
organizaciones y propongan nuevas formas de hacer, más mujeres molestas contra
«el fatriarcado», incómodas para la organización, y menos adeptas discretas. No
pueden echarnos a todas si somos mayoría y nos sostenemos entre nosotras. Aún
no hemos llegado al poder, aunque se nos reconozca el derecho para ostentar y
decidir su devenir. Hemos sido votantes mucho más tarde que los hombres y de
ahí derivan gran parte de los prejuicios sobre la capacidad de liderazgo y de
formulación de soluciones públicas, pero hemos venido para quedarnos. Para que
nadie se quede atrás y sea menos hostil tomar la palabra. Necesitamos estar
para no quedarnos fuera mientras los hombres o las mujeres enriquecidas siguen
tomando decisiones por nosotras y, lo que es peor, contra nosotras.
CONCILIAR CON
GILIPOLLAS
Nos preguntamos
mucho por qué la afiliación política y sindical de las mujeres está tan lejos
de asimilarse a los carnets masculinos, y quizá la clave esté no tanto en por
qué no vienen, sino en por qué se han ido.
En el mejor de los
casos, es un desengaño entre los propósitos y la práctica. Matilde, que a sus
55 años no es precisamente una joven politizada en las plazas, explica que se
alejó por la fractura generacional y las ilusiones rotas de los proyectos post15M
que han devenido en descontento. «Estoy muy descreída con la política, estoy en
el partido pero me siento lejos… veo que la media de las mujeres aquí dentro es
de cien
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años. Algo estamos haciendo mal si no hay caras nuevas». Que a sus
crisis internas aún las llamemos «la resaca del 15M» es una broma. Estaría
durando la cefalea ya demasiado, incluso hasta para un hombre blanco
heterosexual mayor de treinta años.
Entre todas las
entrevistadas, tan solo una, Pino, está satisfecha con lo que se ha encontrado:
«En mi organización, aunque es verdad que por muy radical que sea hay reparto
por sexos de las tareas, ocurre que, mayoritariamente, los cuadros somos
mujeres. Se considera y se valora la tenacidad, el esfuerzo, la capacidad… No
se piensa en el sexo». Por lo que, sin necesidad de aplicar cuotas por sexo, se
siente cómoda en una «organización totalmente democrática en la que si
demuestras implicación en el área te acaban dando la responsabilidad».
Casi todas las que
participan en algún partido, sindicato o entidad acaban con la misma sensación
que tiene Gloria, quien a sus 26 años ya sufrió el techo de cristal al querer
tener un papel político más allá de su barrio en Córdoba: «El papel de la mujer
está supeditado a labores de organización y secretarías. Apenas ocupamos
espacios de poder y representación más allá de los altos cargos del partido y
parlamentarias que van por cuota. En la ciudad, apenas estamos en la cabeza de
los distritos, y las que lo son lo consiguen con el beneplácito de los hombres.
Pasa un congreso y, claro, lo gana un hombre, y para estar en la ejecutiva
dependes de su aprobación. Se sigue invisibilizando y discriminando a quienes,
por nosotras mismas, damos un paso adelante sin tener a un varón que nos abra
paso. Es algo que me da bastante lástima: llegar a un lugar por el hecho de que
un señor sienta aprecio por ti, independientemente del tipo de aprecio, no
supone romper ningún techo de cristal. Las oportunidades que consigamos nos las
tienen que dar por nuestra valía, de la misma manera que se las conceden a
ellos; no se le puede negar oportunidades a las mujeres por el mero hecho de
que no sean tus amigas o no las puedas controlar». Comparte sensaciones con
Núria, quien «desde que llegué de joven veo que, por mucho que hiciese, siempre
había un tío por encima. El número uno siempre era un fulano, aunque fuese más
tonto que pichote, ellos son cuota por sus familias y por sus territorios. Para
mí, irme fue un desgarro emocional. No es cualquier cosa salir de un sitio
donde llevas veinte años. No fue algo que hiciese alegremente. Es como si me
hubiese divorciado o algo así. Fue muy jodido».
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Nos vamos agotadas de ser la cuota, de ocupar cargos simbólicos, sin
presupuesto, sin capacidad de acción y con la mera herramienta transformadora
que te proporciona conocer las contraseñas de las redes sociales de la
agrupación. Nos vamos hartas de oír que tenemos ese cargo de mierda que no
quería nadie por habérsela chupado al último tonto que tuvo la clave de Twitter
(ahora X), y que ha tenido que resetearla antes de dártela porque tenía el
inicio de sesión automático y ni se acordaba de ella. Siete semanas sin un tuit
propio, el gurú de la comunicación, que se va entre aplausos y likes.
A otra de las entrevistadas, la primera vez que tuvo un cargo orgánico le
decían que si estaba allí era porque «había pasado algún casting.
Cuando te hacen sentir que solo estás ahí para cubrir la cuota, consiguen que
nos matemos entre nosotras». Nos vamos porque dimitir no es un nombre ruso,
pero se conjuga en femenino. A Mónica Oltra o Yolanda Díaz nadie les pidió que
se quedaran cuando se las atacó, pero para respaldar a Pedro Sánchez se
convocaron movilizaciones durante todo un fin de semana, nos recuerda Nuria
Varela a propósito de EL SÍNDROME BORGEN. La renovación
también tiene género femenino, de unas listas a otras ellos siguen
y a ellas las echan. No solo dinamitan su carrera política, sino también la
civil. Pocos becarios de recursos humanos perdonan que los aspirantes aparezcan
en el BOE bajo las siglas de una formación de izquierdas. Otra de las
entrevistadas ha declinado los cargos que le han ofrecido porque «he tenido
ofertas que olían a cuota. Las he rechazado porque veía que no me iban a dejar
ni ser, ni estar, ni pensar. Pero también tuve un episodio bastante violento.
El responsable me prometía que me iban a dar la liberación pero, bueno, me
insinuaba ciertos condicionantes. No diría en materia sexual, porque nunca se
dijo explícitamente, pero sí que eran llamadas un poco fuera de tono y a horas
intempestivas. Nunca se hizo nada, tuve que seguir trabajando con esa persona
aun a pesar de que todos sabían lo que había pasado».
Azahara se vio
sobrepasada tras el divorcio y necesitó tiempo para ella misma, así que
abandonó los espacios en los que estaba. «Entre todo este proceso personal y mi
trabajo, me puse a mí en el centro y dejé la militancia. Me dije que me tocaba
cuidarme a mí, y llevo tres años en ello. Hace tan solo unos meses que vuelvo a
acudir a algo». Sobre cómo fue su relación de pareja mientras ocupó el cargo,
Carmen recuerda que «al principio tuvimos bastantes problemas, porque él no
entendía que te pueda llamar gente a las diez de la noche. Al final, yo ayudaba
a concejales y
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alcaldes, que eso lo hacen en su tiempo libre, y te llaman cuando
pueden. Él no entendía que tuviera reuniones, no entendía que me tuviera que ir
de fin de semana, y le dije: “Mira, tú me conociste así y esto es lo que hay.
Si te gusta, bien. Y si no…”. Cuando en el último congreso le comenté que había
posibilidades de que me incluyesen en el Comité me llegó a decir: “Mejor que te
digan que no”».
Nos vamos porque no
podemos conciliar. Concretamente, no podemos ni queremos conciliar con
gilipollas. Nos vamos porque nos cansamos de señores que nos explican cosas.
Porque descubrimos otros espacios en los que crecer, en los que transformar, o
simplemente porque encontramos un sitio donde dedicar las tardes a clubes de
lectura feministas sin que nos sexualicen. Llega un día en el que cumplimos
años y ya empieza a molestarnos de más que nos infantilicen, como le ocurrió a
Nerea: «He estado en asociaciones de barrio, casas okupas, organizando manis y
pegando carteles. No he militado nunca, he sido una activista freelance.
De pequeña no notaba el trato diferente por ser mujer, porque entendía que con
12, con 14, con 15 años, los militantes de partido que tienen 20, pues que no
me hacían ni puto caso porque era una cría. Pero de mayor sí he notado que
estaba más apartada». O a otra de ellas, que tenía «algún compañero, así, un
poco más mayor, que se dirigía a mí como “la Niña”. Ya sabes, y es que yo no
soy una niña». Lo sabemos.
También lo sabe
Arantxa, activista y presidenta de la plataforma de afectados por la venta de
viviendas del PAU de Carabanchel, en Madrid, a los fondos buitre. Comenzó a
tener presencia mediática con 25 años. «Cuando he ido a alguna reunión, me han
hecho esperar. Yo preguntaba, desde el desconocimiento: “¿Por qué no
empezamos?”, y me respondían que estaban esperando a la presidenta de la
asociación. Les tenía que decir que era yo. La gente se quedaba como: “¿Tú, una
chavala de barrio?”. Creían que me podían ningunear, y me tenía que cuadrar.
Esas cosas me han tocado por ser mujer, joven y de barrio». Continúa hablando
de su interacción con los responsables de los partidos políticos que se
interesaron por el caso durante la contienda electoral de las municipales de
2015. En general, observó un trato condescendiente y paternalista. «Te puedo
contar una anécdota bastante curiosa de un partido de izquierdas, que se supone
que son los más cercanos a los barrios. Estábamos en una reunión a la que yo
iba con más vecinos y se presentaron dos personas de ese partido. Se
presentaron con más cargos… que si secretario general de
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no sé qué, que si presidente de no sé qué comisión, bueno, bueno, bueno,
tenían más títulos que la duquesa de Alba. De una manera que les pudiera tocar
los cojones, porque yo soy así, presenté a mis vecinos diciendo: mira, pues
aquí está “el Luis”, aquí está “la Carmen”, poniendo el artículo delante. Me di
cuenta de cómo nos miraban, después de presentarse ostentando cargos absurdos
(porque normalmente la gente importante, cuando importa de verdad, no necesita
tantos títulos)». En realidad, solo presumían de un poder que no tenían. Fayna
también ha visto, en bastantes contextos combativos, que aunque los hombres
tengan una presencia minoritaria necesitan hacerse notar, «quieren hacerse con
la voz principal. Pero, claro, al haber tantas mujeres con carrera y
combativas, no he visto que puedan hacerse con el protagonismo».
Carmen se ha dado
cuenta de que cuando tenía veintitantos años le hacían cosas que ya no, pero ve
cómo siguen haciéndoselo a las nuevas. «Muchas veces estamos en reuniones, y
cuando hablan ellos los tienes que escuchar, pero en tu turno de palabra empiezan
todos a cuchichear. Esto nos pasa siempre. Claro, yo a veces me quedo
mirándolos y digo: “Bueno, cuando vosotros habláis yo escucho. Pues… pido lo
mismo”. Y sí que hay gente que te mira un poco mal. Pero ahora ya me da igual,
porque ya soy la que siempre lo está advirtiendo».
Incluso en el
movimiento LGBTQIA+, Miriam se han percatado de cómo los hombres intentan copar
el espacio. «En el mundo de estas asociaciones no te vas a encontrar tanta
violencia… pero, al final, los hombres gais copan el tiempo. Les encanta
escucharse hablar, ¿sabes? Vale, que es verdad que las mujeres nos implicamos
mucho menos, que vas a un colectivo y ocho son hombres y dos son mujeres. Pero,
precisamente, si hay solo dos y el 90 por ciento o el 95 por ciento del tiempo
están ellos hablando, al final no hay ningún ambiente que sea libre. Voy más
allá, si vas a una asociación exclusivamente femenina, por ejemplo de
lesbianas, te vas a encontrar casos de esa masculinidad tóxica, con lesbianas
masculinas que también van a acaparar y que también van a querer ser la líder.
Ves que no hay ningún sitio donde se organice una asamblea igualitaria, donde
todo el mundo pueda hablar y participar sin que nadie intente liderar o
acaparar. Al final, me terminé yendo de todos los sitios porque no veo la
igualdad en ningún lado. O sea, ya solo participo en cosas puntuales, alguna
charla, alguna manifestación, las concentraciones por la sanidad pública…
siempre lo seguiré haciendo,
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pero la militancia, tanto LGBTQIA+ como de partido me ha acabado
decepcionando por las luchas de poder. Que no lo entiendo, porque parece que
todos queremos lo mismo. Pero por esas ganas de ser concejal y para que no
pueda serlo otro, al final hay luchas de poder y toda esa mierda».
Haciendo un poco el
camino inverso, Yosu Álvarez ha conseguido en Gijón que, aunque «Xega empezó
siendo un espacio exclusivamente gay, se organizaba puntualmente con otra
asociación en la que solo había mujeres feministas y lesbianas. Cuando este
colectivo desapareció, a principios de los años dos mil, lesbianas y bisexuales
se inscribieron en Xega y reclamaron abrirla a sus necesidades. A mediados de
esa década llegaron también las personas trans, y la forma de trabajar
evolucionó para dar cabida a todas las necesidades. Al aunar agendas, los
chicos tenían claro que los objetivos eran compartidos, pero también pensaban
que el camino sería el mismo. Les tuvimos que explicar que nuestro ritmo y
nuestras necesidades eran distintas porque, a pesar de que sufríamos la misma
discriminación, a las mujeres nos atravesaban también otro tipo de
discriminaciones. Ellos hablaban de conquistar espacio en la sociedad.
Económicamente estaban mejor, por ejemplo. Existe la brecha salarial entre
heterosexuales y homosexuales, pero también de género dentro de esta segunda
categoría. Hubo mujeres que se marcharon porque no estaban dispuestas a educar
a los compañeros. Las que nos quedamos, reivindicamos otra manera de hacer las
cosas». La conquista feminista en aquel espacio tan masculinizado ha llegado a
ser casi total. «Cuando asumí la coordinación, en 2010, introduje todo lo que
tiene que ver con el discurso feminista, los cuidados… Los compañeros gais lo
asumieron bien, y hasta hacían la chanza de que, como hombre europeo,
blanquito y burgués, se quedan en la retaguardia. Los chicos jóvenes llegan
con el discurso feminista ya asumido. También trabajamos con que
las personas trans se integren en el colectivo y no vayan por libre».
A pesar de esas
victorias en espacios de militancia muy concretos, incluso las MUJERES
DE FRENTE nos vamos de la política y del sindicato para escapar de
señores que te doblan la edad y te preguntan qué te da tu novio para seguir con
él, mientras debates enmiendas para una ponencia que no se va a leer nadie y a
la que el líder no hará ni puñetero caso. Nos vamos de la política para evitar
las puertas de despacho cerradas, las noches de congreso fuera de casa, en
hoteles que solo tienen una habitación doble. Nos vamos porque no le tenemos
que agradecer ser delegadas a nadie que
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nos coja de los hombros. «El día que se proclamó la ejecutiva vino a
felicitarme un señor que conozco del partido. Y en el momento que lo hacía, me
dio dos besos y me dice: “Las ganas que tengo de quedar contigo, a ver cuándo
vienes y nos lo pasamos bien”. Me amargó la mañana. Yo tendría que haberle
contestado, pero en aquel momento, pues como no te lo esperas, hice como aquel
que no oyó nada». Nuestras compañeras, sean del partido o del sindicato que
sean, merecen que dejemos de aplaudir las intervenciones de los acosadores, que
dejemos de hacernos fotos con ellos, que dejemos de compartir sus
publicaciones.
«Había un ambiente
que no se decía, pero que existía, en el que parecía que si eras complaciente
con determinadas personas tendrías tu posición asegurada. En los círculos de
decisión de la política a gran nivel no tengo cabida, porque yo tampoco cumplo
los estándares que se solicitan: el de la obediencia, el silencio y hacer
determinados acompañamientos, en determinadas actitudes. Yo es que no».
Esas ganas de quedar también las manifiestan sin ningún pudor
los que sostienen las pancartas del 8 de marzo o del 25 de noviembre. Incluso
diseñan carteles y firman manifiestos virales en las redes sociales.
Una de las
entrevistadas estuvo presente cuando se hicieron públicas las denuncias por
acoso a un cargo del partido. «Hablaba con una amiga de otra localidad y ella
me decía que le encantaba, que lo admiraba muchísimo, y yo le decía: “Pero ¿por
qué admiráis a esos hombres?, ¡si es que se los ve a legua!”. Cuando salieron
las denuncias, me decían: “Pero qué razón tenías”. Lo que no entiendo es por
qué no lo veían ellas, que se preguntan por qué sé tanto de hombres siendo
lesbiana. Es precisamente por eso, porque no tienen filtro con las lesbianas, y
si ya tienen actitudes machistas y violentas en las asambleas… si ya estás
viendo cómo son públicamente, que se los ve de lejos, pues imagínate en la
intimidad».
A punto de terminar
la entrevista, una exmilitante no dejó pasar la oportunidad de desahogarse: «No
sé si lo quieres meter, pero me gustaría hablar del acoso a las militantes.
Porque desde bien pequeña fui consciente de que siempre hay un baboso detrás de
ti. Y con 18 años yo no lo sabía manejar como ahora, que tengo 40. Pero echo la
vista atrás y pienso: “¡Madre mía, qué asco de tíos!”. Muchos todavía siguen en
política. No precisamente en el partido, porque han tirado por rollos indepes y
toda esa mierda, pero hay tíos que siguen en política activa, que los veo…
¡Cerdos! Que yo tenía 17 años, ellos 50 y me estaban metiendo ficha. Yo no lo
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entendía, y no había nadie que me explicara que eso no estaba bien. Te
ponían en una situación asquerosa. A partir de ahí, no me relacionaba con tanta
gente y solo estaba metida en mis propios círculos jóvenes para protegerme.
Pero entiendo que hay quien no ha podido encontrar refugio como yo. O que no ha
tenido la suerte de conseguirlo. O le han faltado amigos de verdad que te
hicieran un poco de guardia pretoriana. Porque no falta el cabrón que se
aprovecha del asunto. Y te lo callabas, porque hasta te daba vergüenza. No
estaremos ya en el mismo sitio, pero no querrá la vida cruzarme con un
desgraciado de estos, ¿sabes? Porque no era solo uno. Te hablo de tíos que
tenían ese modus operandi con las jóvenes. Y estaba, pues,
bueno, normalizado. Ni siquiera se negaba que eso pasara. Sencillamente, no se
hablaba».
En cierto modo,
seguimos sintiéndonos culpables por ser víctimas de acoso sexual, como si
nuestra actitud, nuestra mera presencia en un espacio masculinizado hubiese
dado pie a ello: «No creo que me haya ocurrido por ser del extrarradio, solo
por ser una mujer joven». Aunque se abruma al hablar de su físico y bromea con
que no es un bellezón, ir maquillada y ser coqueta en las reuniones llevó a una
de las entrevistadas a tener que explicarles a algunos políticos, cargos
públicos, que ella no buscaba tener una cita, que lo que quería era tratar
temas de su asociación. «El día que pase todo esto, escribiré un libro y pondré
nombres y apellidos», sentencia. «Que también hubiese sido legítimo que yo
hubiese accedido porque esa persona me hubiese gustado». Pero, no siendo ese el
caso, denuncia que ha soportado comentarios que vincularon su proyección
mediática a haber mantenido relaciones con políticos o periodistas. «Pero si
follo menos que un perro atao con tanta vida activista y tanto
follón. Seguro que si fuese un hombre no dirían que me he acostado con nadie.
No piensan que hay un trabajo con tesón y por eso nuestra denuncia ha llegado
tan lejos. Ya te digo yo que joder me han jodido mucho, pero follar, he follado
muy poco».
Algunas no se han
ido, todavía siguen ahí. Aunque solo unas pocas lo hacen PARTICIPANDO
DESDE LOS FEMINISMOS, todas continúan eligiendo con mimo la ropa de cada
comparecencia para no parecer ni muy sobrias ni muy frívolas, para evitar el
pie de foto que, ignorando el contenido de su discurso, hable de cuántos
botones tiene la camisa. Son muchísimas, deberían ser más, deberían ser más de
la mitad. A ver cuántas no tienen
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Lexatín en la mesilla para poder conciliar con los gilipollas que se
encuentran en el trabajo, en el partido y en casa.
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Educación
Como en casi todas
las universidades europeas, el postre era yogurt o fruta. Con una mano
sostendría la pieza pelada (o no) y, con la otra, el cuchillo, con el que iría
cortando cada pedazo y llevándomelo a la boca, cogiéndolo con los dientes
directamente del filo. Es verdad que este uso del cuchillo se asemeja quizá al
de una navaja o un pequeño machete. Es verdad que ese era el modo en que mi
padre y mi madre habían comido siempre la fruta y no solo la fruta. Podría ser
verdad también que fuera una herencia del trabajo en el campo, que les obligaba
a comer sentados sobre una piedra mientras tomaban un mínimo descanso. No
obstante, yo no había pensado nunca en todo eso. No me había dado cuenta de que
una cosa tan sencilla y cotidiana como el modo de comerse una pieza de fruta
delataba mi origen. De hecho, mientras escribía este texto, me ha costado unos
segundos darme cuenta de que he utilizado la palabra delataba, y
delatar implica revelar algo que es reprochable, algo que es malo. Y así, mal,
es exactamente como me sentí cuando algunos compañeros, tras varios días
almorzando juntos, me señalaron que les hacía mucha gracia mi modo de comer.
Desde ese día intenté coger siempre el yogurt como postre, a pesar de que nunca
me han gustado los lácteos.
BIBIANA
COLLADO, Yeguas exhaustas
¿A QUÉ COLE
IBAS?
A pesar de la
cultura del esfuerzo que se nos ha inculcado, la mayoría de las veces que se ha
intentado contrastar científicamente el funcionamiento de la meritocracia, ha
sido refutada. Investigadores de la banca italiana se preguntaron por el
devenir de LA MOVILIDAD INTERGENERACIONAL EN LOS
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ÚLTIMOS SEIS SIGLOS, concluyendo que las familias más poderosas de
Florencia siguen siendo las mismas que hace seiscientos años: la clave de la
riqueza no es el esfuerzo, sino apellidarse como un rico. Observando EL
CAPITAL HUMANO Y EL
ASCENSO Y CAÍDA DE LAS FAMILIAS, en lugar de ver cómo
el nieto arruina el
negocio del abuelo, es más probable que las inversiones del veterano repercutan
en mejores oportunidades educativas del benjamín, sin importar demasiado sus
habilidades. Quizá el pequeño no pueda más que exprimir el legado familiar pero,
sin duda, mantiene una posición de ventaja respecto a las nietas de las mujeres
que aparaban calzado en sus casas.
Hasta el estallido
de la crisis económica, hubo cierto consenso sobre
cómo LA
UNIVERSIDAD ESPAÑOLA SUAVIZA LAS DIFERENCIAS DE CLASE EN LA INSERCIÓN LABORAL.
Las personas universitarias lograron mejorar su posición social
respecto a la generación anterior, en mayor medida y con más éxito que las no
universitarias. Lo relevante, además, es que las oportunidades para emplearse
después de titularse dependían de las salidas profesionales del área y, una vez
más, del género. En Móstoles, Águeda se ha dado cuenta también de estos cambios
durante los 39 años que tiene. «Cada vez hay más chicas de barrio con carreras,
y al final se está diluyendo un poco la idea de que somos unos paletos. No es
lo mismo la generación de mis padres que la mía o la de los que tienen ahora 18
años. Nos preparamos más y hay una mayor igualdad de oportunidades para
encontrar trabajo. Aunque es verdad que el que tiene pasta se prepara mejor. La
gran lucha será la de género: seguirá habiendo brecha salarial, seguiremos
cobrando menos».
El acceso a la
educación ha sido muy diferente en cada región. En LA TIERRA DESNUDA,
pocas chicas de clase trabajadora pudieron estudiar hace varias
generaciones. La madre de Salomé, en un pueblo de Cantabria, no pudo ni
siquiera soñar con ir a la universidad, así que hizo todo lo posible para que
su hija pudiera marcharse. La movilidad social empezaba con un viaje a la
ciudad para formarse y aspirar a algo más que las obligaciones del hogar. Se
preocupó por hacer números para que la niña no tuviese que salir a trabajar y
se pudiese centrar en mantener un buen expediente, que le permitiese recibir
las becas que le cubrían manutención y matrícula en Bilbao.
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Aunque María Montessori abogó por LA CAUSA DE LAS MUJERES promoviendo
su empleabilidad para asegurar el bienestar de las clases trabajadoras y la
aparición de una generación de niños más fuertes y prometedores, su pedagogía
se cita con frecuencia para justificar la segregación escolar. Más allá de la
clásica educación diferenciada por género de los colegios religiosos, los
conciertos educativos están sirviendo para ahondar en la división social en
nuestras ciudades, principalmente en Madrid, donde los BORRIQUITOS CON
CHÁNDAL de los colegios de pago superan en número a los de la escuela
pública. Cuanto más cara sea la cuota voluntaria de las actividades del centro
concertado, menos compañeros de origen migrante, hijos de madre soltera o de
desempleados tendrá la prole de quien se la puede permitir. LA
SEGREGACIÓN ESCOLAR ES UN PROBLEMA DE TODOS, porque no solo reproduce, sino
que proyecta una desigualdad que ha llegado a ser mayor que la
residencial.
Las madres de clase
trabajadora, como es el caso de una de las amigas de Matilde, también eligen
itinerarios alejados de la infrafinanciación que padece la escuela pública en
algunas comunidades, para brindar las mejores oportunidades posibles a las hijas
del hormigón: «Me pregunto si soy una mujer de barrio, yo, que soy una obrera
de la cultura y llevo a mis hijos a la pública, comparándome con una amiga, que
limpia para pagarle un colegio privado a su hija. No sé si ese es el camino
para que la niña no tenga que limpiar como ella». Núria, por ejemplo, también
acudió a un colegio concertado porque en el público de su barrio solo se
ofrecía la jornada intensiva, por lo que aquellas familias en las que tanto la
madre como el padre trabajaban por las tardes, como era su caso, eligieron la
opción que les permitía mantener el empleo. «Yo vivía una disociación cada día
cruzando el puente de la autopista de mi barrio al colegio de monjas.
Realmente, ese puente es lo que marcaba la diferencia entre la gente bien y la
gente normal. Y, aunque todas íbamos con uniforme, se notaba mucho las que
estaban allí digamos, por derecho, porque eran del centro de Badalona, y las
que íbamos de otros barrios. Se notaba cantidad, aunque fuera en las cosas más
tontas: la cartera nueva, el estuche nuevo, los lápices nuevos. El resto éramos
las de fuera. A mí aquello no me gustó nunca. Aquella diferencia era muy
asquerosa, horrible, porque, además, las niñas (éramos casi todas niñas, aunque
también había niños) lo hacían notar. Lo presumían bastante».
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La brecha a un lado y a otro de la autopista se hacía cada vez más ancha
según avanzaban las etapas educativas, porque la gente de su barrio se quedaba
por el camino. «Después del colegio de monjas quise ir a un instituto público.
De la ESO a primero de Bachillerato pasamos muchísimos, pero en segundo ya se
notó el corte. Se necesitaba tener un espacio para estudiar, un tiempo para
estudiar, un entorno para estudiar. De cuarenta, pasamos quince. Eso venía
predeterminado por el ambiente, por si tu familia te podía ayudar, por las
horas que le podías dedicar, o si tenías que trabajar los fines de semana.
Recuerdo tener muchas compañeras que estaban de camareras en las discotecas
incluso antes de la edad legal, que no tenían ni dieciséis años. El lujo no era
el que tenía o no tenía moto. El lujo era el que podía prepararse la
selectividad y escoger la carrera que quisiera, que era en lo que estábamos
pensando todos. El lujo en el instituto del barrio era el tiempo. El tiempo que
podías estudiar sin pensar en otra cosa».
Justamente ese
espacio para estudiar es lo que más necesitó Esther y lo que no tuvo. «Me daba
mucha vergüenza que vinieran amigos a verme. Es que ni para estudiar. Porque
había momentos en los que ni mi hermano ni yo teníamos nuestra propia
habitación. Dentro de mi propia casa las cosas no estaban bien gestionadas, así
que me absorbía mucho en la biblioteca, porque era el único espacio seguro y
tranquilo para estudiar. Me daba mucha vergüenza pensar que algún compañero
podía descubrir el entorno en el que vivía. Sigue condicionándome mucho hoy en
día y todavía lo trato con el psicólogo».
Quienes
sostienen EL DISCURSO ROJIPARDO EN EDUCACIÓN, obvian desde
el sesgo del
superviviente la competitividad en la que están ahora mismo inmersas las
menores. Al desembolso de los libros de texto y los corticoles habituales, hay
que añadir los gastos en la digitalización. No se le puede exigir el mismo
rendimiento al esfuerzo de la hija de una universitaria que a la menor que
comparte una tablet de primera generación con dos hermanas.
Idaira, madre soltera de tres hijos, ejemplifica perfectamente esa BRECHA
DIGITAL DE GÉNERO: los hogares monomarentales disponen de menos ordenadores
de cualquier tipo que los hogares compuestos por parejas. «Durante el
confinamiento, cuando los niños no podían ir a los colegios, nos ofrecieron
desde el cabildo unas tablets y conexión a internet. Pero al
final no llegó nada. Las actividades en línea las hacía desde mi teléfono y
pagaba yo el internet de mi casa. Durante aquellos
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meses no pudieron seguir el ritmo de la clase, yo no tengo ordenador.
Para el pequeño me pedían que le pusiera unos vídeos que no le podía poner
mientras la mayor usaba el móvil».
Tanto Núria, que
pudo cambiar más adelante, como Ana fueron a colegios concertados porque sus
padres querían que estuvieran más vigiladas, menos expuestas a las
distracciones del barrio, que podrían haber truncado sus estudios: «Mi padre
nunca quiso llevarme a un colegio público. Decía que yo necesitaba un control y
que allí no me iban a controlar, así que fui al mismo tipo de concertado al que
había ido mi madre en Barcelona, porque ella tenía un buen recuerdo. Pero a mis
hijos no los he llevado al mismo, porque yo no lo tengo. Los llevé a un colegio
donde me importó más el personal que la fama. Es un privado. Con el tiempo, una
amiga me convenció de sacarlos de allí porque a las profesoras las tenían por
obra y servicio, sin asegurarlas ni nada en verano, y que las trataban de un
modo denigrante para decirles quién continuaba al curso siguiente y quién no.
Más tarde descubrí que la directora era una mentirosa… yo apuntaba a los niños
a cursos de verano, porque mi marido y yo trabajábamos y no teníamos dos meses
de vacaciones. Por mi amiga, me enteraba de que no hacían nada de docencia, que
los niños se quedaban jugando. Y cada vez que reclamaba, la directora me mentía
en la cara sin que yo pudiese tampoco delatar a quien me había advertido desde
dentro».
Esta inversión,
lícita, que realizan las familias en capital humano, apostando por la educación
concertada o privada, repercute en la marginalización de la diferencia. Cuando
coinciden aquellas que han tenido mejores condiciones económicas con las jóvenes
de clase trabajadora en la universidad pública, sondean de qué colegio procedes
para saber hasta dónde podrás llegar. «No vienen y te dicen: “¡Eh tú, pobre!”»,
comenta Alba, pero sus temas de conversación no son los nuestros. «Cuando
entré, conocí a una chica y nos hicimos amigas. Yo estaba trabajando en una
marca de ropa bastante cara, y cuando se lo dije me comentó: “Jo tía, pero qué
guay, a mí me encanta la ropa de esa tienda, compro allí todos los días”».
Ahora, que lo ve con perspectiva, reflexiona: «Tú compras y yo trabajo. Tenía
un contrato de veinte horas a la semana, cobraba alrededor de doscientos euros.
El jersey más barato que vendía costaba sesenta». Esa amistad no pasó de curso,
«si has mamado el dinero desde pequeña, necesitas tener amigas que se puedan ir
contigo tres semanas a la playa».
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La oportunidad de iniciarse en el deporte que intentan brindar las AMPAS
y las AFAS se queda muy lejos de ser universal. Toñi nunca pudo participar en
ninguna de aquellas escapadas. «Cuando era pequeña sí notaba esa diferencia. Se
puso de moda lo de la Semana Blanca, un puente por primavera antes de Semana
Santa, donde se hacían excursiones a esquiar. Ni yo ni mis hermanas hemos ido.
Como nosotras, había mucha gente que ni se lo planteaba. Algunos estaban en tal
riesgo de exclusión que para los niños no era ningún trauma no acudir a la
Semana Blanca, porque había otras cosas más importantes, como saber si ibas o
no a comer. Después, en el instituto, mis amigas tenían familias
desestructuradas y un nivel económico bajísimo. Estábamos en un centro que
tenía el bachillerato de Artes, pero también las líneas de diversificación que
esperaban que pasaran a la FP, así que nos lo acabó sudando bastante todo el
tema de los viajes». En los barrios empobrecidos siempre hay algo más
importante que las vacaciones, el descanso y el deporte, por eso vivimos peor y
vivimos menos.
Marya tampoco pudo
participar nunca en las actividades extraescolares. A la falta de recursos
económicos de su familia se le sumaba el extremado celo con el que fue educada,
teniendo prohibido pasar noches fuera de casa. «No me dejaban ir por miedo a
que alguien me tocase. El primer viaje organizado en el colegio, en plan el de
P5, que tienes cinco años, fueron unas colonias, pero mis padres no quisieron
que fuera. En segundo de primaria tampoco. En cuarto de primaria tampoco. Y
esto luego lo fui comprendiendo. Al principio no entendía por qué toda mi clase
iba y yo no. Por fin en sexto ya me dejaron ir a unas colonias en la playa. Mi
colegio tiene bastantes ayudas para pagarlo fraccionado, para que todos los
niños puedan ir. Las colonias que ha hecho este año mi hermana han costado unos
treinta euros, que es poquísimo, porque el Ayuntamiento ha ayudado bastante.
Tenemos un Ayuntamiento bastante bueno en eso».
A pesar del
discurso racista que sobredimensiona el número de personas inmigrantes en
nuestras ciudades, Marya, de origen argelino, no ha tenido a otras compañeras
de su misma procedencia en clase hasta llegar a la universidad, y «no me llevo
con ellas porque no me han transmitido buenas vibras, la verdad». La joven
demuestra que hay que tener mucho más en común que un origen geográfico para
mantener una amistad. A pesar del passing (siendo de origen
migrante no se le
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discrimina porque «no se le nota»), del que ciertamente se beneficia al
alisarse el pelo y no ir velada, la relación con sus profesores siempre ha sido
distinta de la que tenían las alumnas nativas. «A veces sí que notaba una
especie de cambio de trato de algunos profesores al saber mis apellidos. Sobre
todo los del Conservatorio, que allí son muy pijos. Uno me decía que le parecía
muy exótica». Por su parte, Valentina notó mucho más el racismo que la
discriminación de clase o de género: «Y me ha sorprendido, porque una viene con
la idea de que en la universidad la gente tiene una cabeza abierta, con ganas
de aprender, sin prejuicios. Y te encuentras que no es así. Que la universidad
es justamente eso, un universo, y que hay de todo. Durante las primeras semanas
nadie me dirigió la palabra. El resto del tiempo fue difícil encontrar un grupo
con el que formar afinidad. No la tenía entre mis compañeros justamente por los
prejuicios. Yo notaba que entre ellos se llevaban bien, pero a mí me hacían
unas preguntas muy fuertes, como: “¿En México se pueden comprar cigarrillos? Es
que con el tema droga no sé si estará prohibido”, o “Vosotros no estáis tan
avanzados en algunos temas”. Al responder, enfrentarme… llegó el comentario
típico: “Nosotros os conquistamos”».
Varias
entrevistadas coinciden en que el clasismo en la universidad fue especialmente
notorio en las carreras jurídicas. Recuerda Carmen que «los pijos iban con
Levi’s y Volkswagen Golf y se juntaban entre ellos. Los que eran de barrio se
relacionaron con los que éramos de pueblo. Te decían: “Es que este es el hijo
del alcalde”, y yo les decía: “Bueno, yo también”, porque mi padre también fue
alcalde. Yo también soy la hija de alcalde y no voy con esos humitos por ahí.
Estaban estudiando para acabar en la empresa del padre y te decían: “Este es el
hijo de no sé quién”, “Este es el hijo de”, ¿sabes? Como que ahí no los toques.
Los profesores también los trataban de manera diferente porque, al final,
Tarragona es una ciudad grande pero las élites se conocen todas y saben quién
es el hijo de quién».
La segregación que
empieza con la pedagogía Montessori y los trenecitos de madera desemboca en un
endogámico capital social que dificulta el acceso al empleo a quien no ha
tenido la oportunidad, no ya de acceder a los mismos recursos formativos, sino
a los espacios donde se intercambian los favores. Mónica nota que ha perdido la
posibilidad de ejercer su vocación por ese motivo: «Estudié Periodismo en la
Complutense. Los que estábamos allí en los noventa éramos más o menos todos de
familias obreras. Quienes tenían dinero, se iban directamente a
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las universidades privadas que tuvieran convenio con alguna cadena de
televisión, porque así ya salían colocadas. Mi carrera como periodista la dejé
apartada hace mucho tiempo porque sé que no hay trabajo de eso para mí. Para
conseguirlo necesitas tener dinero, ir a una universidad privada, hacer un
máster y muchos contactos. Así que siempre me tuve que buscar la vida como
administrativa».
A Dalia le llamaba
mucho la atención la naturalidad con la que sus compañeros hablaban de sus
planes de ocio, dando por hecho que todas las personas que van a la universidad
tienen acceso a las mismas estancias y peripecias. «Eran muy típicas las
preguntas de a dónde iba a ir yo a esquiar… y es que yo no iba a ir a ningún
lado porque yo nunca he esquiado. Cuando se lo decías, te miraban sorprendidos:
“¿Cómo que nunca has esquiado? ¿Cómo que nunca vas en verano a Sotogrande?”. En
Málaga iban con cochazos y se reían de quienes teníamos que esperar el autobús.
Si ya allí había clasismo en la facultad de Derecho, siendo todos de la
provincia, imagínate en ICADE. Me reivindiqué cuando acabamos porque fui una de
las tres matrículas de honor. Yo, que venía de una pública de provincias».
Si comprobamos la
formación superior de quienes cayeron en LA TRAMPA DEL OPTIMISMO de
los años noventa, se desprende que los títulos no eran suficiente
para conseguir un buen empleo. La competitividad tras la llegada a la
universidad de la clase trabajadora sacó a la palestra otras capacidades a
menudo difíciles de conseguir que, si bien no son imprescindibles, desempatan
en caso de duda. Las extraescolares le están dando forma a un currículum
oculto que no consta en los itinerarios educativos, pero que deja al
margen del mercado laboral a las alumnas de la pública sin inversión en
profesores de apoyo que desarrollen actividades más elevadas. Vivimos en
barrios donde la oferta está muy limitada, donde los colegios no pueden ofrecer
robótica porque apenas han dado el salto de la mecanografía a la informática.
Por otro lado, estamos a cargo de quien no se puede permitir andar de aquí para
allá, ni mucho menos que se vayan a poder pagar las clases todos los meses. A
menudo, somos nosotras, desde bien pequeñitas, quienes nos tenemos que quedar
al cuidado de alguna hermana o de algún hermano.
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Un estudio
norteamericano que examina la relación entre las habilidades
de NUMERACIÓN,
ALFABETIZACIÓN Y GANANCIAS demuestra que en aquellas
sociedades en las
que los roles de género animan a las niñas a los cuidados y a los niños a ser
curiosos, no se invierte lo suficiente en que las alumnas puedan desarrollar su
pensamiento abstracto ni el razonamiento lógico. De esta forma, se coarta la libertad
de elección de las mujeres hacia profesiones en las que precisan habilidades de
cálculo que, además, son las mejor pagadas. LOS ABC DE
LA IGUALDAD DE GÉNERO EN LA EDUCACIÓN
publicados por la
OCDE lo advierten: accedemos en mucha menor medida a los puestos de trabajo
mejor remunerados porque no hemos sido formadas en los llamados campos STEM
que, en sus siglas en inglés, abarcan ciencia, tecnología, ingeniería y
matemáticas.
La apertura de las
universidades hacia las clases populares, y a las mujeres de clase trabajadora
en particular, les otorga a las instituciones la oportunidad de producir mucho
más talento del que se obtenía cuando la competitividad estaba restringida a quienes
heredan los métodos de estudio y la dedicación exclusiva. Dicen «demasiados
universitarios» cuando, en realidad, lo que pasa es que les sobramos nosotras,
porque a mayor tasa de población universitaria, menor tolerancia social hacia
el liderazgo mediocre que ejercen quienes han confiado en que el capital social
les garantizaría una buena posición económica. Si hay falta de competitividad
en la oferta de profesionales habrá hombres ocupando puestos para los que no
tienen la capacidad adecuada.
La Guerra Civil, la
victoria fascista y los cuarenta años de dictadura afianzaron una enseñanza de
naturaleza religiosa que impuso la subordinación más completa y leal al
Magisterio de la Iglesia Católica. La herramienta más poderosa durante aquellas
décadas INFAMES para reproducir la división sexual del trabajo
y la segregación de clase fueron los crucifijos sobre las pizarras. «Nos
robaron hasta los cuentos y mataron a quienes nos los contaban». Podríamos
haber sido un país mejor sin LAS MAESTRAS REPUBLICANAS EN EL EXILIO y
sin una educación sexista que limitó la educación primaria femenina
a preparar a las mujeres para la vida del hogar, la artesanía y las industrias
domésticas.
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El filósofo Javier Gomá se refiere al principio de vulgaridad como
consecuencia de haber promovido la igualdad y la libertad. El conocimiento
científico ya no está reservado a las élites, no hay restricciones legales a la
formación. Hace ya varias décadas que se democratizó la universidad en nuestro
país: a través de la creación de nuevas facultades en capitales de provincias,
se posibilitó que no solo quienes podían mantener a una hija en el centro de
Madrid o Barcelona tuvieran una universitaria en la familia. Aun así, Águeda
señala que hay diferencias entre las titulaciones dependiendo de dónde te hayas
matriculado: «No se valora igual graduarte en una universidad de Móstoles,
Alcorcón, Getafe o Fuenlabrada. No sé si porque son nuevas, por donde están, o
porque se descubrió que les regalaban másteres a los políticos».
Las becas permiten
que las hijas del hormigón accedamos a los estudios superiores, ya sean
universitarios o de grado. La incorporación a la universidad de las clases
populares ha generado un descenso de la calidad. Por supuesto que se nota
cuando ya no solo acceden al título aquellos que veraneaban en Irlanda o han
podido esquiar un puente de mayo en los Alpes. Ahora están haciendo los mismos
exámenes quienes tienen una biblioteca de primeras ediciones encuadernadas en
piel en casa y quienes se refugiaron, como Esther, en la biblioteca del pueblo.
Ahora que ocupamos espacios reservados solo para las élites, que las vemos en
su día a día, nos sentamos a su lado en el pupitre y escuchamos las preguntas
que hacen cuando levantan la mano, se nos ha caído el mito: tan listas no son.
Que tengamos acceso a sus calificaciones en el corcho del pasillo es algo que
les da una vergüenza tremenda. Justamente esa vulgaridad que han estado
escondiendo siempre, está a la vista de quienes tenemos menos. Ese aluvión no
tiene pausa. A pesar de las grandes crisis de los noventa y de 2008,
prácticamente la mitad de la juventud menor de 35 años tiene estudios
superiores.
Existe una
segregación espacial que concentra a más de la mitad de las personas sin
títulos universitarios en los barrios empobrecidos. Además, las posibilidades
de acabar los estudios dependen en gran medida de la educación que se llegó a
superar en nuestra familia. Solamente dos de cada diez hijas de padre o madre
universitaria no estudia una carrera. Mientras que en las familias más
vulnerables un tercio de los progenitores no acabó la primaria y la mitad dejó
los estudios en la secundaria.
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Susan Ferguson explica en MUJERES Y TRABAJO que fue el
propio Estado quien declaró la obligatoriedad de la educación para que las
próximas generaciones pudiesen satisfacer las exigencias laborales de la
economía del futuro. La promoción de mujeres en las ramas STEM tiene el mismo
objetivo: procurarle a la sociedad suficientes profesionales como para que
pueda elegir a las mejores. En eso consiste el principio de vulgaridad. Las
hijas del hormigón constituimos ese tercio de personas que fueron a la
universidad a pesar de que sus padres tan solo obtuvieron el graduado escolar y
trabajos no cualificados. Somos ese tercio que ha podido mejorar su posición
respecto a quienes siguen atrapadas haciendo un TRABAJO SUCIO que
cada vez está más expuesto a la automatización.
La apuesta por la
formación, cuando no se ha tenido, es el mayor regalo que han podido hacernos
nuestras familias. Es el caso de la Doctora Tancredi (sí, le he puesto el
nombre de la de Prison Break), nacida en Sevilla hace 29 años, que
fue la primera universitaria de su familia, hija de administrativa y de
camionero. Que haya estudiado Medicina no es una casualidad, a las mujeres
atraídas por las ciencias y las carreras técnicas se las guía hacia profesiones
que cumplan las expectativas propias de su género, es decir, ayudar a los
demás, buscar el bien común. Si lo que nos hace DIGNOS DE SER HUMANOS,
según muchos pensadores, es el altruismo y no el egoísmo, no se debería
insistir tanto en que las mujeres elijamos los cuidados por vocación mientras
se anima a los hombres a ganar dinero. Deberían darles a ellos también la
oportunidad de realizarse sacrificando su tiempo para atender las necesidades
de los demás sin ningún tipo de reconocimiento ni de remuneración.
Henar Aguilera
publicó CIENCIA: FEMENINO SINGULAR como una guía en la que las
jóvenes puedan identificar posibles obstáculos a los que vayan a enfrentarse en
una carrera STEM y, así, prepararse y elaborar estrategias para superarlos.
Conocer a tantas SABIAS como a sabios, así como saber por lo
que han pasado otras que han cursado los estudios que nos interesan, y que
ocupan los espacios con los que soñamos, nos ayuda a advertir que, aunque no
sea un camino fácil, es una meta a nuestro alcance. En esta guía, Aguilera
afirma que, si una mujer percibe que los roles sociales que debería demostrar
son incompatibles con la imagen estereotipada de una profesión STEM, buscará
una alternativa que le haga sentirse menos fuera de lugar. Por ello, muchas
jóvenes con habilidades, capacidades y
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resultados académicos suficientes para emprender estudios en ciencias o
en tecnología prefieren carreras que les reporten el beneplácito de su entorno
y les garanticen un espacio de trabajo menos hostil que los masculinizados
grupos de investigación o las empresas tecnológicas. «En principio, mi idea era
hacer Arquitectura, pero mi padre en aquella época ya había fallecido y no
teníamos esa facultad en Vigo, así que tendría que irme fuera porque no me daba
la nota para quedarme cerca. Cuando tenía tiempo para hacer COU, no tenía
dinero. Y más adelante, cuando tuve el dinero, no tenía el tiempo porque estaba
ya trabajando. Primero estuve dando clases de gimnasia a mujeres, luego entré
en la FP, hice delineación en tres años y después me casé. Me costó bastante
encontrar trabajo porque en el 93 había una crisis de la construcción bastante
gorda. Al final estuve viviendo en Madrid y en Coruña, y trabajé durante muchos
años en un estudio de arquitectura». Así resume Mariña su experiencia.
En las etapas
educativas en las que empiezan las dificultades y se necesita mayor
concentración para resolver problemas matemáticos complejos, las jóvenes
atravesamos grandes cambios hormonales y asumimos más responsabilidades en el
hogar. Mientras se castiga a los niños que sacan malas notas con perderse el
próximo partido de fútbol, a nosotras nos imponen tareas domésticas de las que
jamás nos desharemos. Las mismas que nos roban tiempo de estudio en la
adolescencia y que nos robarán tiempo de descanso cuando seamos adultas. A los
niños se les castiga a estudiar en su cuarto; a las niñas, a recoger la mesa y
fregar los platos.
Así es como vamos
abandonando los espacios y se moldea nuestro carácter. Ante cualquier falta,
nuestro lugar es el hogar, la cocina, cuidar de los demás. Cuando Carmina
llegaba a cargar el camión, quienes no la querían por allí la mandaban a
fregar. Si alteramos el orden social, ocupando puestos en los que se gana más
dinero que limpiando escaleras o cosiendo en casa, se nos castiga y se nos
corrige para que no nos descarriemos. Nos mandan de vuelta a la casilla de
salida.
Las dificultades
económicas de nuestras familias, como la de Mariña o la de África, nos
encaminan hacia la formación profesional. A la hora de plantearse los estudios
superiores, África comenta que «opté, optamos por hacer un módulo, primero
fotografía y luego realización, porque mis padres no tenían dinero para pagarme
la uni. Por mi escuela pasan los modernitos, y también la gente que no tiene
recursos para hacer una
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carrera o que tiene muy claro que quiere hacer una FP». La desigualdad
se notaba en las cámaras a las que podían acceder unas y otras, es decir, en
los recursos y materiales con los que podían contar para poner en marcha su
talento. «Igual yo llevaba una 500D, que es una cámara un poco cochambrosa, y
otros compañeros ya tenían su 6D, que cuesta un cojón y medio». La diferencia
era más obvia si atendíamos al género: «Éramos muy pocas mujeres, la mayor
parte del tiempo me sentía la única chica». Esa misma sensación, la de estar en
un mundo masculino, la tuvo Miriam, mientras cursaba Técnico Superior de
Imagen. «Eran más hombres. Pero me sorprendió bastante que ya había muchas
chicas. O sea, no esperaba encontrarme a tantas». Ocupando un espacio tan
virilizado, las hostilidades no tardaron tiempo en aparecer. «No había tanto
machismo con los profesores, lo notaba más con los compañeros, cuyos
comportamientos me parecían muchísimo más machistas. El mundo de la imagen
tiene dos extremos: la gente que es más técnica (iluminación, cámaras y demás)
tiende un poco a ser más machista. Luego la gente más de dirección, realización
y tal, es como más moderna, más progresista. Yo me he visto un poco beneficiada
con el tema de que muchas veces se me ha tratado como a un chico. Ningún
profesor me iba a decir que no cogiera una cámara porque no iba a poder con
ella. Mido un metro setenta y peso ochenta y cinco kilos, así que a lo mejor yo
no lo noté tanto. Pero a los compañeros, no sé qué narices se les pasa por la
cabeza… se ponían a hacer bromas de mal gusto cuando estábamos todos con la
cámara, enfocando el culo o los pechos a las mujeres. Ni siquiera cuando nos
estaban explicando algo a nosotras podían mantenerse a un lado, tenían que
hacerse presentes y los graciosos. Cuando había que salir a rodar, las cuatro
chicas que éramos nos íbamos juntas porque al final estábamos más cómodas. Era
la forma de dejar de tener a un tío que te dice lo que hacer, que quiere
hacerlo todo él y cargar con todo el equipo».
Miriam, que se
define a sí misma como una lesbiana masculina, ha esquivado la discriminación
que sí han padecido sus compañeras ya que su identidad butch la
aleja de la feminidad, que es lo que se castiga en los espacios masculinizados.
Habiendo jugado al fútbol desde la infancia y criada entre hermanos, está más
que preparada para superar cualquier desprecio que pudiera recibir en el
entorno laboral por violar las prescripciones de cómo debe comportarse una
mujer. Los estereotipos de género provocan en muchas ocasiones confusión entre
las características
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típicas y las necesarias de los oficios. Las profesiones relacionadas
con la tecnología no exigen ninguna cualidad específicamente varonil para su
correcto desarrollo, pero la masculinización de los sectores
científico-tecnológicos nos lleva a pensar que los hombres tienen un don
especial para llevarlos a cabo. Lúa tiene 29 años y es informática de
casualidad, porque ninguna de las orientadoras del instituto le planteó esa
posibilidad (las jóvenes confiamos el doble que nuestros compañeros en el
consejo de nuestros padres y orientadores para elegir una carrera). A pesar de
ser buena en matemáticas, no confiaron en que la rapaza pudiera hacer una
carrera tecnológica.
Los entornos muy
masculinizados refuerzan la discriminación hacia las mujeres. Aunque sea de
forma subliminal e inconsciente, se crea un clima beligerante, los
comportamientos sexistas son continuos y, en el caso de Lúa, en su curso en
digitalización a distancia: «Seguramente fue todo bastante menos hostil que
haber estado cinco o seis años en una facultad de tíos, pero sí me daba cuenta
de que había dos tipos de compañeros: los que te hacen de menos, y los que se
esfuerzan por echarte cuentas de más. Casi todos me doblaban la edad y ya
tenían la vida hecha, ellos estaban “reciclándose”, yo acababa de empezar. Pero
al mismo tiempo, a pesar de ser padres, tenían una disponibilidad a cualquier
hora que yo no tenía, y me decían continuamente que me pensase bien si iba a
poder hacer mi parte, si cumpliría los plazos, si era justo que se nos
corrigiesen en grupo algunas cosas». Según Aguilera, uno de los motivos por el
que las mujeres abandonan las carreras STEM se debe a las expectativas y
actitudes de los compañeros y supervisores, que todavía conservan creencias
tradicionales sobre la capacidad de la mujer para ocupar esos puestos. «Durante
los meses de confinamiento, los grupos de WhatsApp de los cursos pasaron a
tratar temas personales y ahí se me cayeron algunos mitos. Compañeros que
parecían, ya no te digo feministas, sino menos machistas que el resto
compartían noticias culpando a la manifestación del 8M de los contagios.
Abrieron veda para criticar sin ningún tipo de filtro a las mujeres, a las
feministas, nuestras demandas de igualdad. Era una conversación en la que las
cuatro chicas que estábamos en el grupo no teníamos nada que decir. Yo no me
iba a exponer a sus gilipolleces porque me di cuenta de que, en realidad,
estaban hablando entre ellos sobre las mujeres sin preguntarnos a las que
podíamos hablar por nosotras mismas. Lo que menos le deseaban a cualquier
feminista que saliese reclamando algo en prensa aquellos meses
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era que la violasen. Tenían toda una enciclopedia de vejaciones con las
que se partían el culo, pero yo les hubiese abierto la cabeza». Educados entre
chascarrillos sobre agresiones sexuales refuerzan la brecha entre la
socialización de hombres y mujeres, que está alcanzando las mayores distancias
prácticamente ante cualquier debate social en la generación Z. El día en que la
informática deje de dar dinero, estos jóvenes acabarán convertidos en un grupo
vulnerable e inadaptado a los avances en materia de igualdad de género y
diversidad sexual de nuestro país. Ser incel es mucho más que
querer echarte novia y no saber cómo iniciar la conversación porque la única
mujer con la que has cruzado más de tres frases es tu madre. Según la socióloga
Maike van Damme, las jóvenes heterosexuales ya no están tan dispuestas a tener
una pareja que no tenga valores en igualdad de género como lo estuvieron sus
predecesoras. LOS HOMBRES QUE ODIAN A LAS MUJERES comparten
todo un decálogo de valores misóginos y de victimización del varón
blanco heterosexual por no poder ejercer violencia y control como las
generaciones anteriores de padres proveedores. Ellos son los que más lamentan
que ya no pueden vivir como vivieron sus padres. Se resisten a LA CAÍDA
DEL HOMBRE.
En el caso de
Jendayi, la discriminación fue múltiple. Tanto directamente hacia ella como, en
repetidas ocasiones, hacia quienes eran como ella, inmigrantes. El clima del
aula empujaba a muchos a abandonar los estudios en el instituto: «Mi madre tuvo
que ir a hablar con un profesor de matemáticas que tuve, debido a algunos
comentarios que hacía. Cuando una compañera, peruana, se equivocaba en alguna
respuesta, él comentaba que, claro, que como nuestros países no estaban
preparados educativamente, luego veníamos aquí a aprovecharnos y a bajar el
nivel del resto de la clase. Este tipo de cosas nos decía. Nos preguntaba a los
inmigrantes de clase, cada vez que sacábamos malas notas, si no nos daba
vergüenza estar en un instituto público haciendo que los españoles gastaran
dinero en nosotros para luego suspender».
La clase, el género
y la raza siguen siendo dimensiones básicas de opresión y, aunque no
necesariamente las que más nos marginan (en cada contexto, quedarse fuera tiene
un motivo irracional y una consecuencia más o menos perjudicial), sí que son
las dimensiones que con mayor incidencia podemos encontrar, o la más fáciles de
identificar, puesto que las mujeres de clase trabajadora con origen migrante
somos muchísimas
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más, tantas que es absurdo seguir escuchando que conformamos un
colectivo o minoría.
De una manera o de
otra, esas actitudes pretenden recordarnos que hay espacios que no nos
pertenecen. Bien sea desde la condescendencia, bien sea ignorando nuestras
particularidades hasta hacernos sentir incómodas al vernos incluidas en un
grupo de WhatsApp para organizar un viaje a la nieve mientras tenemos el pago
de la matrícula fraccionado. Utilizando equipos alta gama, o demostrando
habilidades en idiomas que solo se consiguen con tiempo y dinero para cursos,
práctica y estancias en el extranjero, insisten en hacernos sentir fuera de
lugar. Si ese espacio fuese tan nuestro como suyo, quizá no cupiéramos todos,
quizá solo habría hueco para los mejores y cabe la posibilidad de que no fueran
ellos.
THE FRUSTRATION OF
POOR WOMEN
Según el Índice de
Competencia en Inglés (English Proficiency Index, para quien haya entendido el
título del epígrafe), solo dos de cada diez personas en España sabe hablar ese
idioma de manera fluida. Los datos del INE al respecto desvelanque las ciudades
más ricas, y aquellas dedicadas al sector turístico, son las que concentran a
más población con mejor nivel. En la era neoliberal del selfmade man y
la selfmade woman se ha puesto de moda aprender idiomas
con apps en el smartphone, lo que ha desviado la frustración
de las aulas, en las que se nos enseña gramática por profesionales que muchas
veces no son ni siquiera bilingües, hacia nosotras mismas. Si no ves películas
de Hollywood en versión original ni escuchas a Taylor Swift y tampoco juegas
al LOL con daneses, es porque no quieres.
Que las mujeres de
clase trabajadora seamos quienes menos tiempo tenemos para todas esas cosas es
algo que no entra en los planes de quienes nos animan a la poliglotía viendo
Netflix en versión original al llegar a casa después de nueve horas de currar y
dos más de transporte público. Querida, no eres tú, tienes el cerebro frito, y
así no se puede aprender nada.
Dalia tuvo que ser
autodidacta, mientras que entre sus compañeros de instituto «si la familia
tenía recursos, los veías con buen nivel de inglés porque iban a academia por
las tardes. Los que no teníamos posibilidades,
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nos teníamos que buscar la vida. El inglés me lo tuve que preparar yo
por mi cuenta. Libros, películas, música. Me tuve que dar mucha caña, porque
todos mis compañeros en ICADE lo hablaban perfecto, igual que el francés. Todos
controlaban como dos o tres idiomas. Así que en las entrevistas se les quedaba
corto mi nivel. También me ha ayudado tener una pareja de Estados Unidos, con
él hablo en inglés».
A las estudiantes
de familias vulnerables muchas veces se las anima a itinerarios de formación
adaptados para que puedan obtener el graduado escolar, pero en esos mismos
trayectos se ven condenadas a no estudiar idiomas. Entre todo el temario
obligatorio para cualquier adolescente hay una creencia compartida de que
aprender inglés o francés es superfluo para las personas en riesgo de exclusión
social. Luego son imprescindibles para la empleabilidad, pero quien diseña el
currículum educativo no parece hablar mucho con quien convoca las vacantes de
empleo. Esa es la gran frustración de Ada: «Me acuerdo de que quería hacer
francés, porque me atraía el idioma y era el único que se podía escoger. Al
principio me dijeron que sí, pero a la hora de empezar cambiaron de opinión
porque se hacían intercambios y, bueno, “dada tu situación, a lo mejor no
puedes hacerlo”». Ante la vergüenza y el poco apoyo que recibió de los
profesores en el instituto, optó por abandonar su sueño sin decirle a sus
padres los motivos, hasta que «años después se los comenté y me dijeron que
podrían haber pagado los intercambios haciendo un esfuerzo, no un sacrificio,
pero sí un esfuerzo. Y con el inglés… me cabrea muchísimo, porque en cuarto de
la ESO me enviaron a un grupo reducido y yo iba muy bien, tenía una media de
ocho, pero allí me retrasaron muchísimo». Hasta la crisis sanitaria de la
COVID-19, más de un tercio de las ofertas de trabajo requerían conocimientos en
algún idioma extranjero, siendo el inglés el más demandado. Curiosamente, ahora
que rozamos el pleno empleo, ese requisito ha empezado a desaparecer: menos de
dos de cada diez ofertas lo mencionan. Se está ajustando la demanda de empleo a
la oferta de trabajadoras y trabajadores que lo dominan. Eso nos ha demostrado
que saber idiomas era otro requisito, harto inútil, cuya exigencia servía para
rechazar la candidatura de quien, habiendo obtenido la misma titulación, no
había podido aprender otras lenguas más allá de las horas lectivas, frustrando
a las mujeres pobres.
El tiempo
disponible y la competitividad en el mercado de trabajo acaba desmereciendo
nuestros esfuerzos lingüísticos, nunca estamos a la
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altura. Sara comenta que «cuando acabé la carrera estuve tres años en la
escuela de idiomas. Pues bien, los pijos llevan desde los cinco años veraneando
en Irlanda y van a por el chino». El consumo diferencial también juega un papel
en las opciones a las que podemos acceder en lenguas extranjeras: cuando las
clases populares tienen cierto acceso al inglés y no solo las familias
acomodadas le han podido garantizar a su prole la destreza en la lengua de
Shakespeare, apuestan por diferenciarse aprendido otro idioma que les parezca
más competitivo a la hora de emprender una carrera profesional. El horizonte
siempre va dos pasos más allá de lo que podemos alcanzar las mujeres de clase
trabajadora.
En cada reforma
educativa se han ido ampliando las horas lectivas dedicadas al inglés y se ha
mejorado la capacitación del profesorado. Así lo ha notado Marta, que «a
diferencia de mi hermano, que tuvo antes la oportunidad de estudiar inglés en
el colegio, porque es más pequeño, yo voy con mucho retraso. Lo tengo muy
pendiente, pero es que nunca encuentro el momento».
Generaciones y
generaciones de familias acomodadas mandando cada verano a su prole al
extranjero para mejorar su speaking, y esperan que nosotras seamos
bilingües rellenando huecos en la pantalla del móvil de casa al trabajo. Para
poder asimilar nuestras competencias a las suyas, necesitamos tener la
oportunidad de disfrutar también de esas inmersiones. Abigail fue beneficiaria
de una de las becas que se dedicaban a ese propósito. «Realicé un viaje a los
14 años a Irlanda, donde estudié un semestre de colegio mientras vivía con una
familia; estoy tremendamente agradecida a mis padres por el esfuerzo que les
supuso enviarme allí». Reconoce además que, sin esta oportunidad, nunca hubiese
podido estudiar inglés, «que era algo que aborrecía en el colegio, pero que a
partir del primer viaje a Irlanda retomé con muchas ganas y, hoy en día, lo
valoro inmensamente».
Sandra también hizo
el esfuerzo por su cuenta y se reforzó con las becas: «Aprendí inglés sola. En
el instituto teníamos inglés, pero en Andalucía pues tampoco es que… Me puse
con él porque tenía súper claro desde los 14 años que quería salir de allí, así
que saber idiomas era la única opción. Y viendo películas, series, escuchando
música, copiando palabra por palabra y yendo a cafeterías de intercambios de
idiomas en Sevilla, me hice con el idioma de una forma bastante autodidacta.
Tuve suerte, también, porque se me dio bien desde el principio, que hay gente a
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la que le cuesta más. Con el francés hice lo mismo, ahí me pagaba las
clases, también con las becas que me daban en la universidad, o trabajando en
hostelería, y me iba de viaje con las ayudas para aprender inglés en el
extranjero. No estaría donde estoy si no fuera por el estado del bienestar».
Tenemos que dar las
gracias por las becas y además demostrar que las hemos aprovechado y que
volvemos bilingües. No fue el caso de Gema, y la frustración que siente es
continua: «Te diría que es algo más, que es ira. En la universidad yo no me
podía permitir ni la escuela oficial de idiomas, ni la de la universidad y,
además, trabajaba. Cada vez que en mi familia sale el tema del esfuerzo
económico que supuso que yo no trabajase un verano porque me fui a Estados
Unidos de beca, pierdo los papeles. El esfuerzo fue mío, dormía con otras siete
personas en literas y solo comía sándwiches porque fui con el dinero justo para
pagar la academia. No tenía ni para billetes de metro».
En LA
TRINCHERA DOMÉSTICA, Cristina Barrial Berbén afirma que hay maneras de
aprender idiomas para pobres y otras para no tan pobres. «Si no tienes dinero
puedes optar a alguno de esos cursos de inmersión lingüística con alojamiento y
actividades, o a algún intensivo de varias horas al día con profesores nativos
en tu misma ciudad. Para quienes no están en esa posición, ser au pair es
una opción mucho más viable, sobre todo siendo mujer». Los recortes en
educación no solo afectaron a las ratios en el aula o a las becas; también
desaparecieron las ayudas económicas para que pudiésemos ir a estudiar idiomas
en el extranjero durante tres semanas, o los cursos intensivos en la
universidad internacional Menéndez Pelayo. Durante aquellos años que se nos
negó cualquier posibilidad de soñar con ser algo más allá de lo que nuestras
familias pudieran financiar, nos volvimos aventureras au pairs o
friegaplatos. Pusimos el body mientras hablaban de brain
drain.
Esther se fue
de au pair con 18 años a Irlanda y, además de cuidar a cuatro
niños y a una abuela, tenía que pedirles por favor que no se rieran de ella,
sino que le corrigieran las expresiones en su idioma. «Llegué allí y me daba
mucha vergüenza hablar en inglés. Yo lo entendía, porque siempre he escuchado
música (me gusta mucho el rap, el reggae y demás). El problema
era a la hora de la pronunciación porque, además, yo estaba con una familia
bastante acomodada que tienen otro rollo en el acento». Laura hizo lo mismo con
24 y le fue mejor: «Me fui por mejorar el idioma y por aburrimiento, porque
aquí ya era imposible trabajar. Es imposible. Y
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es una cosa que también llevaba mucho tiempo queriendo hacer. Y bueno,
pues como no tenía nada aquí, me metí en una página de estas de au pair,
encontré una familia y me quedé trece meses con ellos. La experiencia fue
genial, si lo llego a saber lo hubiese hecho antes».
En la España de las
lenguas cooficiales, tu lengua materna se puede llegar a convertir en un
termómetro de clase. Ainhoa tiene bastante claro que «existe cierta
discriminación lingüística. En la Margen Izquierda nos pesa el mito de que aquí
se habla poco euskera. También en el euskaldunak munduan estamos
en los márgenes. Yo reivindico que no. Que tengamos vecinos que
hablen otros idiomas no le quita peso al euskera. Hay actitudes con un punto
clasista y racista». A Ada también le recuerdan que donde ella vive son poco
catalanes: «Hay cierta discriminación, de personas que te dicen: “Pero ¿siendo
de Cornellà hablas catalán?”, “Ah, pero ¿llega la luz?”. Te lo dicen así, como
en broma, pero no es broma». Cuando la familia de Dolores decidió mudarse a
Barcelona, empezaron a aprender catalán por internet, sobre todo por el
pequeño, que iba a ser escolarizado y lo utilizaría como lengua vehicular.
«Desde febrero de antes de venirnos nos empezamos a preparar. Pensé que se lo
cargarían, así que me puse a buscar en internet cursos. Nos vendieron a
Cataluña desde que el catalán es la lengua vehicular. Como niño que es, se
adapta a todo, pero esta es la putada más grande que nos hicieron a los hijos
de inmigrantes y emigrantes, a todos los que no somos de aquí». Por el
contrario, Sonia defiende la inmersión lingüística y cita al diputado de En
Comú Podem, Joan Mena, quien se definió como hijo del bilingüismo en la
tribuna, porque «ser bilingüe no hace a nadie mejor ni peor persona, pero da
igualdad de oportunidades». Defiende que la inmersión lingüística facilita la
cohesión social, permitiendo que los hijos de catalanohablantes y de no
catalanohablantes convivan en las aulas. Sonia destaca que las nuevas
generaciones «ya han podido escolarizarse en catalán, o bien aprender el idioma
en los centros de normalización», lo que les ha dado un acceso al mercado
laboral que solicita profesionales capaces de atender a clientes o negociar con
proveedores en catalán.
Quizá las
reticencias que tienen muchas personas hacia la enseñanza en catalán estén
sesgadas por las experiencias de bilingüismo en la Comunidad de Madrid. Que las
asignaturas básicas se impartan en inglés sin haber capacitado a los docentes y
con unas ratios desorbitadas han provocado que las notas medias del alumnado de
colegios e institutos
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bilingües sean más bajas que las del resto de los centros. Puede
parecernos algo absurdo que una charnega en Tarragona estudie l’orografia de
la península ibérica en català, pero no hay cómo defender que una
niña de Orcasitas tenga que estudiar the mutiny of Aranjuez in
English.
LAS BECAS DE
COMEDOR
Si hay alguna beca
más importante que la de la matrícula que garantiza la escolarización de la
infancia, son las de comedor. Margaret Thatcher lo sabía, esa fue la razón por
la que en cuanto llegó al poder retiró el vaso de leche que desayunaban las
menores británicas. Y por eso mismo empiezan a desaparecer los comedores
escolares en los colegios públicos a merced de la jornada intensiva. La
situación económica que la familia de Carmina tenía durante su adolescencia
supuso que dejase de ir al colegio «porque no podíamos permitirnos que me
llevara la comida todos los días. Nos habíamos mudado. Perdí mis amistades y lo
perdí todo. Así que empecé a trabajar en un supermercado».
Cuando Natividad
quiso trabajar más horas, necesitó una escuela infantil para su hija puesto
que, al emigrar, carecía de una red familiar próxima. «Estuve buscando
guardería, me costó muchísimo hasta que encontré una. Era la mitad del sueldo
que ganaba de limpiar casas, en pesetas, que no es como ahora». Dar por hecho
que los cuidados son responsabilidad de la madre conlleva que ningún padre se
pregunte cuánto supone la guardería de sus hijos y de sus hijas con respecto a
su sueldo. Cuando la inversión pública en educación de cero a tres años es
insuficiente, esa cuenta solo se hace revisando el salario de las madres, o de
las hijas que se convierten en madres de sus padres cuando se hacen mayores.
Que Natividad fuese la responsable de que la suya tuviese plaza en algún jardín
de infancia conllevaba una logística de la que muy pocos padres se hacen cargo,
y que tampoco se cuantifica ni valora en el discurso del tiempo de cuidados:
«Me tenía que levantar dos horas antes, la niña iba dormida en el metro, le llevaba
la comida en el bolso y a veces el yogur se me rompía».
En el momento en
que los gobiernos recortan servicios públicos financiados por impuestos, la
demanda no desaparece sino que se transfiere a las mujeres, y eso afecta a su
participación en el mercado
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laboral. Nosotras somos quienes debemos echar números sobre si merece la
pena seguir trabajando, como le ocurrió a Mónica o a Minerva. Es una crisis de
cuidados consecuencia de las faltas de cobertura del Estado, pero se acusa a
las madres de ausencia de aspiraciones profesionales si abandonan sus carreras.
Advirtiendo que
vivimos un TIEMPO DE CUIDADOS, Victoria Camps teoriza sobre la
carga mental, ya que cuidar implica detectar necesidades y repartir
responsabilidades. Más allá de la pareja y de la familia, algunas «deberían ser
asumidas por sus instituciones». Pero en los últimos años la agenda política ha
ido en sentido contrario. Además, las reducciones de impuestos sobre activos y
patrimonio benefician desproporcionadamente a los hombres, que suelen controlar
estos bienes, y lo hacen a expensas de las mujeres que cubren los servicios no
prestados mediante horas dedicadas al trabajo no remunerado. Un ejemplo claro
de estos casos es el recorte en la subvención del comedor escolar, o incluso la
desaparición del mismo con la jornada intensiva. Si las niñas y los niños dejan
de comer en el colegio, ¿quién estará en casa a mediodía para alimentarlos?
Según un estudio
realizado por Cookpad y Gallup en 2022, los padres cocinan prácticamente la
mitad que las madres y menos que los hombres sin hijos. Si tenemos en cuenta
las excedencias y las reducciones de jornada, según los datos del INE que
expone la Unión General de Trabajadores en su informe sobre las políticas de
conciliación con motivo de la celebración del 8 de marzo de 2024, ocho de cada
diez permisos laborales por cuidados de familiares los solicitan las mujeres.
Mientras los permisos retribuidos se demandan por igual entre ambos sexos,
nosotras pedimos mayoritariamente los no retribuidos. La Encuesta de
Empleo del Tiempo demuestra, para más señas, que nueve de cada diez
personas inactivas que ocupan su tiempo cuidando a menores,
personas enfermas o dependientes son mujeres. La escasa cobertura de
prestaciones del estado de bienestar también es una de las principales
explicaciones a que tres de cada cuatro empleos a tiempo parcial lo ocupemos
nosotras. Prácticamente todos los trabajadores varones de nuestro tejido
productivo desempeñan sus funciones a jornada completa, por lo que son las
mujeres quienes suplen la brecha entre el horario laboral y las jornadas
escolares. Que nosotras dediquemos cuatro horas y media más que ellos a los
cuidados supone que trabajamos seis horas, pero también que al llegar a casa
ponemos lavadoras y ayudamos con los deberes mientras ellos, tras sus
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ocho horas, descansan. Mientras están en el gimnasio, nosotras vamos a
hacer la compra. Cuando los monoplazas aceleran en Interlagos y cogen una lata
de cerveza para verlos, nosotras encendemos el horno.
Quien se meterá en
la cocina cuando a la criatura le entre hambre será la madre, especialmente si
tenemos en cuenta dinámicas familiares como la que comenta Belinda: «Tanto en
casa con mis padres como en casa de mis amigos he visto siempre esa cultura de
llevarle al hombre el plato a la mesa. Encima, cuando ellos hacen cualquier
cosa hay que agradecerles la ayuda. Mi hermano, por ejemplo, mantiene esa
costumbre con su mujer. Que yo sepa, no llega al extremo de pegarle si no lo
atiende (como hacía mi padre con mi madre), pero si ella se va a trabajar o
tiene que salir de casa en las horas de comida, se la deja preparada y está
pendiente del tiempo para que no se le quede fría».
Cuando Carmen quiso
promocionarse profesionalmente y revisó la oferta de posgrados, consultó la
decisión con su marido: «Lo que le planteé fue: “Ahora quiero hacer un máster,
pero si tú no colaboras más en casa, no lo puedo hacer. No solo tienes que hacer,
tienes que planificar qué hacer, pensar qué preparamos para comer, comprar lo
que hace falta…”. Y su respuesta fue: “No te angusties por nada, que nos vamos
todos los días a comer al restaurante”. Aún hoy, esta es la lucha de cada día».
Ir a comer todos
los días a un restaurante o llevar la colada a la tintorería son ocurrencias de
quien no tiene el más absoluto mimo por la ternura que nace cuando nos
preocupamos por el bienestar de los demás, por ALIMENTAR LO COTIDIANO.
Ese cariño que profesaba el padre de Edurne a su profesión y a sus alumnos,
teniendo siempre en cuenta lo importante que era para los pequeños cualquier
gesto que les apaciguara el hambre en un barrio pobre de la Margen Izquierda:
«Llevaba magdalenas de casa al colegio porque sabía que iban a su clase niños
que no habían desayunado. Cortaba uñas y quitaba piojos. Esto era en el año 65,
no estamos tan alejados».
Según la Asociación
Española de Pediatría de Atención Primaria, los adolescentes que no desayunan
antes de ir a clase tienen un menor rendimiento escolar y pueden sufrir
irritabilidad y cansancio. La OCDE también defiende que las familias cenen
juntas y conversen sobre el desempeño escolar de la prole para potenciar sus
resultados académicos. En definitiva, pasar tiempo de calidad alrededor de la
mesa es importantísimo, tanto en la infancia como en la adolescencia, para
obtener
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buenas notas. Pero las horas extras, la falta de medidas de conciliación
o la disparidad entre el horario escolar y el laboral hacen imposible que las
familias de clase trabajadora o los hogares monomarentales puedan disfrutar de
conversaciones más allá de la itinerancia del día a día, frente a un plato
caliente y saludable, todos los días del mes, al menos tres veces al día. Como
pudo comprobar el padre de Edurne hace varias décadas, y Aroa en 2021, cuando
hizo las prácticas universitarias en «un instituto de secundaria de la Cañada
con alumnos que tenían cortes de luz en casa, y era bastante fuerte lo que
ellos te contaban y lo que tú veías en su rendimiento».
En nuestras
ciudades se concentran las élites intelectuales que se reúnen en el café Gijón
o en Montpensier. Pero en sus arrabales, en los márgenes, se oculta de la
postal urbana a las familias más desfavorecidas. A quienes no pueden garantizar
ni siquiera la educación básica. Lucía, en Madrid, recuerda perfectamente lo
que significaron los peores años de la droga para unos barrios no tan distantes
de lo que hoy es la Cañada Real donde trabajó Aroa: «Como maestra, recuerdo la
época durísima de la droga y el sida. Trabajé en varios colegios de Vallecas
donde estos problemas afectaron muchísimo a finales de los ochenta. Mis alumnos
los tenían dentro de sus propias familias: muchos de sus padres, madres o
ambos, estaban enganchados o muriéndose. En muchos casos eran los abuelos los
que tenían la tutela de los niños. En esas circunstancias, tienes que adaptar
las enseñanzas y los contenidos a los alumnos que tienes en clase. Compensas la
carencia de recursos con grandes dosis de afecto y creatividad. No solo de maestros,
también de los niños».
El desmantelamiento
de la Cañada Real es similar al que se produjo en los años noventa en Sevilla,
coincidiendo con la Expo de 1992. En un primer momento se trasladó a las
personas más empobrecidas desde diferentes puntos de la ciudad hacia la
periferia, donde coincidían con familias recién llegadas desde los pueblos del
interior esperando emplearse en la urbe. Más tarde, cuando la ciudad necesitó
crecer para dotar de infraestructuras de vivienda a las nuevas generaciones que
ya no podían permitirse el alojamiento en el centro, decidió edificar en la
periferia, donde se habían autoconstruido las familias desplazadas varias
generaciones anteriores.
Inma fue docente en
la capital hispalense: «Empecé a dar clase a finales de los noventa en un
colegio del Polígono Sur en las Ochocientas».
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A los 68 años, ya jubilada, recuerda cómo vivió en primera persona los
realojos: «Se deshizo el asentamiento de Los Bermejales, pasado el campo del
Betis. En aquello, con toda la expansión de la Expo, había unos intereses
económicos y aquella colonia no se podía quedar ahí. De la noche a la mañana,
se levantó y aquella gente se tuvo que ir al Polígono Sur. Hubo familias con
niños que acabaron debajo de un puente. La delegación de Sevilla se implicó. Se
pidieron maestros y maestras voluntarios de la zona para atender a los niños.
Las asociaciones los recogían en bus y los trasladaban a un complejo educativo,
los duchaban y les daban de comer. Ahí estalló la bomba, se concentró a todos
los niños del poblado en dos o tres colegios del Polígono Sur».
«A mí me da mucha
pena. No es justo que la gente pierda las oportunidades, y la administración
debería hacer algo, porque para salir de la marginación solo puede ser a través
de la educación, pero dejan de asistir a clase y nadie hace nada», continúa Inma.
«Me parece catastrófico. Es una obligación de los padres que los niños vayan
todos los días al colegio. Hay niños muy buenos, que quieren seguir estudiando,
pero completar el Bachillerato es muy difícil y no te lo ponen fácil en casa
cuando no valoran el esfuerzo. Al final todo varía mucho. Yo estoy a punto de
tener un juicio por absentismo de un niño que tuve hace cuatro años en sexto de
primaria. ¿Ese juicio para qué coño vale ahora? Procesos así, que cuando llegan
ya están en edad legal de dejar de estudiar, he tenido tres». Lo que más
lamenta Inma es cómo les arrebatan las oportunidades a las niñas. «Me encontré
a una exalumna que, cumplidos los 25, el año pasado, tuvo a su quinto hijo.
Pero, claro, estas mujeres no pueden salir de ahí, porque, ¿a dónde van? No
saben hacer nada, no han aprendido a hacer nada… Tú les preguntas y todas
quieren ser peluqueras, y ya. No conocen otra cosa. Allí no se les dan
oportunidades ni se preocupa nadie de que vayan al colegio. Parece que la
administración está interesada en convertir este barrio en un armario empotrado
donde esconder la miseria».
En la construcción
de lo que somos no solo importa lo que tenemos a nuestro alrededor, sino lo que
creemos que podemos llegar a ser y lo que el sistema nos permite alcanzar. La
segregación escolar agudiza LOS ROTOS en nuestras
expectativas: los centros de formación profesional en nuestros barrios, los
empobrecidos, se limitan a ciclos de peluquería, estética, albañilería o
mecánica. Las alumnas de Inma sueñan con un empleo en tierra de peluqueras.
Para ser otra cosa, necesitarían referentes, pero el
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aislamiento al que están sometidas también supone que quienes quieren
acceder a la formación superior y al empleo cualificado se ven obligadas a
marcharse, dejando así de ser un ejemplo para quienes se quedan. Yaiza, con
veinte años menos que Inma y aun en activo en Canarias, tiene sensaciones muy
similares: «Mi profesión es muy social, porque la gente que vive en el Hierro
es gente con una autoestima muy bajita, un nivel cultural bajísimo. La mayoría
ha abandonado la escuela. Incluso les cuesta ordenar sus ideas porque no han
tenido educación básica. Me he sorprendido al encontrar tanto analfabetismo. Al
final, aquí la población se divide entre quienes saben que van a poder irse a
seguir estudiando y los que no. Estos últimos abandonan las aulas pronto porque
saben que no van a obtener ninguna titulación. Tienen la autoestima muy baja y
poquísimo interés, ni siquiera curiosidad, sobre la vida. Así que en lugar de
enseñarles contenidos teóricos, tratamos de que puedan sacar provecho a nivel
personal, que puedan reconstruirse como personas y aprendan que la formación
sirve, aunque no te puedas mover del sitio en el que estás. Que, por cierto, es
precioso, con un montón de posibilidades. Y que el dinero no puede limitar a
nadie, que si nosotros queremos algo, lo vamos a conseguir porque nosotros
mismos somos el recurso para hacerlo. Basta creer, que es lo más difícil, creer
en nosotros mismos».
La experiencia de
Dalia, en un barrio empobrecido de Málaga, pasó por ver cómo el resto de
migrantes de su clase «se autoboicoteaban, porque nos hacían sentir inferiores
por nuestro origen, clase social, acento o falta de oportunidades educativas.
Finalmente, muchas se convencieron de que estudiar no era para ellas y
prefirieron trabajos seguros, como ser camarera o limpiar, en lugar de
arriesgarse a perseguir un título que les supusiese otro tipo de reto. Las
habían convencido de que eso no es para la gente como nosotras». Candela ya
está de vuelta en su Lleida natal, pero también ha sido maestra durante
veinticinco años en zonas empobrecidas de Barcelona, donde «esas familias,
sienten que las administraciones no se involucran en sus problemas. A menudo, no
saben a dónde dirigirse para pedir ayuda, y sienten que los docentes no quieren
trabajar allí».
La estigmatización
de las zonas con menos recursos supone que se prefiera la exclusión del
diferente que la integración en el conjunto de la ciudad. Es ese armario donde
esconder nuestras miserias al que se refería Inma porque, en paralelo, se ha
empoderado a las clases medias para que apuesten por la mejor educación posible
para su descendencia y así
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procurarle un ascenso social. Nadie está dispuesto a que el futuro de su
familia dependa de experimentos docentes para mejorar las condiciones de vida
de quienes habitan los límites de la ciudad y, por ende, la construcción social
del espacio nos dice que están al margen de la civilización. Incluso las
familias más progresistas priorizan el éxito educativo y la apuesta por la
empleabilidad de los críos, aunque sea a costa de empeorar las escasas
oportunidades de quienes menos posibilidades tienen. Tanto fuera como dentro de
la escuela pública, en las grandes ciudades se ha tendido hacia el elitismo y
la competitividad escolar.
Si observamos LA
ESCUELA PÚBLICA Y EL PAPEL DEL ESTADO EN LA EDUCACIÓN en los
últimos treinta años, es innegable el protagonismo del mercado y de
sus valores en la pedagogía y en los centros de formación. La segregación
escolar es, como en el caso de Madrid, más discriminatoria que la propiamente
urbana porque al haber abandonado la tradicional conexión entre el lugar de
residencia y el centro escolar, se ha recompensado a las clases medias y a las
familias acomodadas con la libertad de centro. Aquellas madres que no se pueden
permitir grandes distancias entre el centro escolar y el hogar para, por
ejemplo, que las menores vayan a comer en casa, no acceden a las ventajas de la
zona única.
A mayor capacidad
económica, menor dependencia de los servicios públicos de proximidad, por lo
que quien ya podía salir del barrio, ahora además cuenta con cheques escolares
que se lo financian. La capacitación laboral, la libre elección y la equidad en
la educación están muy lejos de ser tres conceptos relacionados entre sí para
las familias de clase trabajadora, ya que tan solo las familias con mejor
capacidad económica y más capital cultural tienen las herramientas suficientes
para elegir, con garantías, el mejor centro escolar para su prole. Si la
escuela pública, con mejor oferta bilingüe y un programa especial de
transformación digital, tiene jornada intensiva, solo podrán ser escolarizados
en ella aquellas niñas y niños cuyos progenitores se puedan permitir que uno de
los dos no trabaje por las tardes, o bien que una tercera persona, con o sin
remuneración, se haga cargo de ellos. En ese sentido, para estudiar robótica en
inglés las migrantes sin familia en la ciudad quedan descartadas, las familias
empobrecidas sin capacidad para pagar cuidados también y, por supuesto, LAS
MADRES SOLTERAS. La libertad de centro no ha
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permitido que las niñas de entornos desfavorecidos vayan a un colegio
mejor que el infrafinanciado de su barrio, sino que lo ha convertido en un
gueto.
La segregación
escolar se ha visto reforzada en el momento en el que la competitividad en las
instituciones, bien sean públicas, concertadas o privadas, ha provocado que los
mejores centros, en las mejores zonas de la ciudad, tengan más solicitudes que
plazas, por lo que pueden rechazar a los alumnos que les parezcan conflictivos
o que tengan un menor rendimiento, pudiendo incluso exigir, en el caso de la
concertada y de la privada, pagos extras más allá de los inicialmente
estipulados. La libertad de elección supone, de facto, que quienes
eligen «realmente son un grupo de familias y cierta categoría de
centros». LA EDUCACIÓN DE LA TERCERA OLA
Y LA IDEOLOGÍA DE
LA PARENTOCRACIA han supuesto, para la clase media
acomodada, una
«sabiduría de clase» que les ha proporcionado ventaja en los «circuitos
escolares diferenciados» y en la obtención de títulos, así como acceso a toda
una serie de actividades extraescolares que garantizan capacidades y
habilidades más allá del currículum oficial, y que más tarde serán valoradas en
el mercado laboral. Esto refuerza los mecanismos de exclusión y debilita el
principio de igualdad de oportunidades.
Mantener la plaza
en un colegio que tu familia no se puede permitir económicamente refuerza la
dependencia de las becas públicas y de las ayudas de diferentes instituciones.
En el caso de Nagore, la fábrica en la que trabajaba su padre «daba becas para
los niños. Teníamos que hacer un examen. No te las daban porque sí. Y yo desde
los cinco años iba a la fábrica y lo hacía. Era una responsabilidad, no podía
suspenderlo. Tenía que aprobar para que nos dieran ese dinero para pagar mis
estudios, los libros y todo el gasto que se generaba, porque éramos cuatro
hermanos. Eso fue así hasta que cerraron la fábrica. Luego, en la universidad
las becas ya iban por renta y no tenías esa responsabilidad de si hacías algo
mal, o si tenías un mal día… desde pequeña tuve esa presión. Mis padres no nos
pedían nada, pero éramos conscientes de la situación que teníamos en casa.
Entre ellos lo hablaban. Los oíamos. Yo soy la tercera y nunca me compraron
ropa nueva. Siempre la heredaba». Esa autoexigencia que tuvo Nagore puede llegar
a generar estrés y ansiedad en la infancia, incluso depresión, según la ONG
Educo. El miedo a perder la ayuda es una constante que debilita la salud mental
de las estudiantes de clase trabajadora con mayor dificultad para afrontar los
gastos derivados de la
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educación superior sin el empujón de las transferencias públicas. Hasta
la reforma en la adjudicación de las becas del Ministerio de Educación, las
solicitudes de becas se realizaban una vez comenzado el curso, por lo que ya
estaba bien avanzado el primer semestre universitario cuando llegaba la
resolución y sabías hasta qué punto te podrían afectar los recortes o
beneficiar las inversiones.
Compaginar trabajo
y estudios, siempre que el mercado laboral ha sido capaz de absorber a las
estudiantes como población activa, ha sido la única forma de poder acceder a
los estudios superiores de las mujeres de barrio. Los recortes en educación
fueron el detonante para que muchas de nosotras nos quedáramos atrás.
TRABAJOS DE
ESTUDIANTES
Nos dijeron que si
estudiábamos y nos esforzábamos, podríamos ir a la universidad y conseguir un
buen sueldo. Sin embargo, a las hijas de la clase trabajadora, los recortes en
educación y la desaparición de las becas de manutención nos han obligado a compaginar
trabajo y estudios. Esos puestos para estudiantes, que no requieren titulación
y permiten contratos de pocas horas o por temporadas para poder ir a clase,
están muy mal pagados, pero son nuestra única opción. Mientras nosotras nos
jugamos la beca de la matrícula echando horas extra, las hijas de las familias
acomodadas practican la fonética de un segundo idioma extranjero.
Bien fuese por
cubrir necesidades básicas o gastos de ocio, muchas de nosotras hemos
necesitado combinar aprendizaje con esfuerzo, como Yaiza. «Mis hermanos y yo
teníamos presente que teníamos que trabajar si queríamos algún extra. Nuestros
padres nos pagaban las matrículas, pero a la hora de salir o hacer algún viaje,
eso corría de nuestra cuenta. Una parte del dinero que ganábamos la dábamos en
casa y otra nos la quedábamos. Durante la universidad he sido muchas cosas:
secretaria, ayudante dos o tres meses, patinadora en las degustaciones del
supermercado. Lo que me iba saliendo, cuatro, cinco horas… a veces a jornada
completa. Dependienta no, porque soy un desastre doblando ropa».
Marta pasó de
recoger a unos niños del colegio y darles de merendar mientras iba a la
universidad («me pagaban cuarenta euros a la semana y me venían bien para salir
a cenar los fines de semana») a recibir la nota del
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examen de la oposición en el baño de la nave donde envasaba cerezas.
«Estuve allí catorce horas al día. Era muy duro, pero a mí no se me caen los
anillos. En la peor semana de trabajo, un día fui al baño y cogí el móvil (ese
era el único momento en que podíamos hacerlo) y pegué un bote al ver un mensaje
de mi preparador dándome la enhorabuena. Llevaba dos semanas en el almacén de
la cereza y no sabía que habían salido las listas ese día. Me eché a llorar, no
sé cuántas lágrimas cayeron ese día. Trabajé hasta la una de la madrugada, al
día siguiente entré a las ocho de la mañana y salí a medianoche, y ya el
viernes no podía con mi vida. Aún no había podido hablar con mis padres porque
cuando yo entraba y salía de casa, estaban durmiendo. Hacía tres días que sabía
que tenía plaza pero no se lo había podido decir a nadie. El viernes a mediodía
le dije a la encargada que me encontraba mal y que me tenía que ir a casa, comí
un plato de macarrones caliente que me hizo mi madre y pude abrazar a mi padre
y a mi novio. A partir de ahí, ya volví a trabajar normal. Había pasado lo más
duro y solo echábamos diez horas al día hasta el final de la campaña, dos meses
después». No todas pueden soportar la presión de esta doble y exigente vida.
Así lo recuerda Ainhoa: «Algunas chicas de mi alrededor dejaron los estudios
porque no acabaron de encontrar su vocación o porque las venció la presión
emocional. Intelectualmente eran muy capaces, pero emocionalmente no lo fueron.
Y eso también tiene un componente social».
A Dalia le costó
convencer a su madre, que trabaja de limpiadora. «Cuando le dije que quería
estudiar en la universidad me recomendó que primero echara dos años trabajando
para ahorrar. Eso me daba miedo, porque el mercado laboral es súper competitivo
y si no te sacas los estudios en la edad que toca luego te cuesta mucho más
engancharte. Pero también podía pasar que al ponerme a trabajar se me
complicara la vida, y la universidad pasara a segundo plano. Luego está el tema
de querer estudiar Derecho. Eso a mi madre también le parecía mal porque en mi
familia, ni hay abogados, ni tenemos contactos. Y decía que cómo me iba a meter
en una carrera sin salidas para mí. Para poder pagar las tasas de selectividad
tuve que trabajar de camarera. En la uni tenía la matrícula fraccionada y,
cuando me retrasaba en los pagos, había un hombre en secretaría que me trataba
fatal. Me decía que si no podía costearla, me largase. Y que para qué me metía
en cosas que no podía pagar. Ya en bachiller me di cuenta, cuando nos preguntaban
si queríamos ir a la
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universidad, que muy pocas chicas extranjeras levantábamos la mano.
También había compañeras evangélicas que no iban a ir porque tenían un rol
mucho más sumiso y esperaban tener hijos. Creo que soy la única extranjera de
mi curso en el instituto que cursó estudios superiores. Las chicas como yo no
suelen hacerlo». Cuando Maca se cambió a Educación Social, vio que «no podía
hacer las cosas que hacían mis compañeros. Yo tenía dos años más que ellos y
tres trabajos, más el estudio. Ellos eran hijos e hijas de papá, de estos
rebeldes que son de urba pero tienen rastas, veinticinco tatuajes y van de
salvadores del mundo. Claro, es muy fácil salvar el mundo cuando tu padre te
paga el alquiler, ¿no? Así también lo salvo yo y así también soy activista,
¿no? Pero yo tenía que trabajar porque mi madre enfermó. Me costaba lidiar con
sus incoherencias, me parecían muy superficiales».
También la
enfermedad en casa llevó a Martina a dejar los estudios. «Había hecho un módulo
de Comercio Exterior porque me quería ir pronto de casa, y estaban incluidas
unas prácticas en Inglaterra. Pero como murió mi padre no hubo dinero para
irme. Le detectaron un cáncer y fue cuestión de días. Se me cortó la red de
apoyo, se me cortó la vida. Mi madre no lo superó, pasó de ser dependiente de
su marido a serlo de mí. Mi hermano aún era pequeño, tenía solo 16 años, y mi
madre buscaba apoyo en mí cuando yo no estaba para apoyar a nadie. Tuve que ser
yo con mi coche quien se hiciera cargo de todos los viajes, de llevarla al
pueblo, de todos los recados, porque ella no conducía. Tuve que hacer el papel
de padre, vivir con 22 años una vida que no me correspondía, así que dejé de
estudiar porque mi desahogo era irme de juergas y no podía con todo».
Marya intenta
adquirir libertad a través de la independencia económica, pero los viajes a
Argelia durante las vacaciones y los algoritmos de selección se lo complican
mucho: «Este verano fue horrible. Ahora estaba buscando dar clases particulares
de economía, estaba tirando currículums y me están descartando en todas las
ofertas. Pero, bueno, es que solo quiero trabajar los findes. Llevo desde los
13 años dando clases de violín a niños pequeños, pero son de una hora a la
semana. Actualmente, tengo dos alumnos. Uno me da 50 euros al mes y el otro 15
euros la hora. Así que gano unos 100 euros, que es poco, pero me las voy
apañando. Vivo con mis padres y me pagan los estudios, pero si me quiero
comprar ropa o quedar con mis amigas… Desde los 13 años no me han dado ni un
duro. Nunca he tenido una paguita o 20 euros para salir con las
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amigas. A los demás se la empiezan a dar a la edad en la que yo empecé a
trabajar con los niños. Que me lo paso genial. Son un amor, me encantan las
clases, aunque a veces es como… “Uf, jolines, ojalá me dieran esos 20 euros y
ya está”. Pero luego, esto es una hora de la semana en la que me lo paso muy
bien. Me vienen y me dicen: “¿Por qué tienes muelles en el pelo?”. Son
adorables».
Durante la crisis
de 2008 se hizo difícil compaginar trabajo y estudios porque los recortes en
educación expulsaron a las clases trabajadoras de la formación superior y el
desempleo llegó a ser del 30 por ciento. Pero antes, recuerda Mónica, era
diferente: «En mi época, estudiar y trabajar era lo normal. Recibía una beca
por familia numerosa, pero también había que pagar las fotocopias. No se veía
raro que una persona fuese a la universidad y al mismo tiempo tuviese un
empleo. Había gente con pocos recursos, y era lo normal. Yo hacía promociones
en unos grandes almacenes, como otros compañeros, porque les gustaba coger a
gente con estudios, gente educada, a muchos universitarios. Pero estuve también
de cajera en una cadena de supermercados donde tuve problemas porque a la
encargada no le gustaba que yo fuese a la universidad. Me tenía como manía,
envidia. Me decía que yo era muy fina, que no valía para estar allí. Me
consideraba una amenaza, como si fuese más lista y le fuese a quitar el
puesto». En un insólito viaje a la inversa, fue en la universidad donde a Núria
le ponían pegas por ganar dinero en paralelo. «Preparé la asignatura por mi
cuenta, porque ya estaba trabajando. Pero el profesor me suspendió por no ir a
sus clases. Me dijo que si de él dependiera, la gente como yo no sería abogada
nunca, que la gente que trabajaba tenía que buscar otra carrera en una
universidad que fuese a distancia. Puse queja al decano y me dijo que más valía
que me cambiara. En tres meses en la UNED saqué un diez. Un diez redondo. Con
14 años, pasaba el verano en el taller de mi padre limpiando coches mientras
todo el mundo se iba a la playa. Ni me pagaba ni nada, era mi obligación ayudar
en casa. Eso de sacar buenas notas y que tus padres te hagan un regalo no lo he
visto en mi vida. Pero es que yo no recuerdo cuándo fue la última vez que no
trabajé».
Introducir en
edades tempranas a la prole en el trabajo, bien sea doméstico o profesional,
forma parte del habitus de las familias de clase trabajadora.
Tienden a LA REPRODUCCIÓN de las desigualdades educativas,
porque carecen de experiencias propias con la educación superior y no
consideran que el tiempo de estudio sea productivo, sino que lo ven
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prácticamente como ocio, descanso. Las dificultades económicas, la
enfermedad incapacitante de algún progenitor o la orfandad son los principales
motivos por los que las jóvenes empobrecidas empiezan a trabajar incluso antes
de la edad legal, quitándole horas al estudio y cargando con la responsabilidad
de disimular los problemas familiares en el aula. Cualquier comportamiento
fuera de la norma puede reforzar el estereotipo que pesa sobre las chicas como
nosotras.
LA WARRA DE
LA CLASE
En FEMINISMO
DE BARRIO, Mikki Kendall define las políticas de la respetabilidad como «el
intento de que los grupos marginados supervisen internamente a sus miembros
para que estos encajen en las normas de la cultura dominante». Son esas
moralinas que no siempre están recogidas en los textos legales, pero que nos
dicen cómo debemosactuar, una especie de asistente que te da indicaciones sobre
el mapa visual. Este epígrafe comienza a partir de la lectura de una escritora
afroamericana porque son ellas, las negras, las afro, las latinas, las gitanas,
quienes han identificado las moralinas que encorsetan la forma de vestir, de
hablar, de discutir, de andar y de masticar de las mujeres.
Debemos hacernos
respetar, pero mostrando EL DESCONTENTO JUSTO porque, de lo
contrario, nos dirán que si perdemos las formas, perdemos la razón, como le
ocurrió a una de las entrevistadas: «Da la casualidad de que hice la EGB en el
mismo colegio donde ahora trabajo de maestra. El director, que en aquel momento
fue mi tutor, era muy sobón, nos hacía pasearnos en clase el día que quería ver
cómo íbamos vestidas, nos tocaba las piernas, los brazos… Con 12 o 13 años, me
quiso abrazar cuando estábamos solos en el pasillo y yo le metí un empujón. Con
el paso de los años, me he enterado de que las maestras de aquella época se
daban cuenta y se preocupaban por las niñas evitando que fueran solas a su
despacho. Ya siendo maestra, cada dos por tres me recuerda que le di un empujón
cuando él solo me quería abrazar. Incluso algunos días, en el comedor, se
sienta a mi lado y me empieza a decir que ha soñado conmigo. Yo pongo unas
caras de asco…, en ese momento solo quiero morirme. Por debajo de la mesa me
toca las piernas. La última vez, pegué un golpe sobre la mesa y se lo recriminé
a gritos para que me escucharan todos. Al salir del
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comedor me echó en cara mi carácter y que no tolere que él es
“superamoroso conmigo”. Y bueno, es que yo no quiero que sea ni deje de ser
“amoroso”. Quiero que sea un profesional de la educación. En la administración
lo sabían, nunca tuvo denuncias, pero le fueron rebajando horas de docencia y
lo apartaron de los cursos de las más pequeñas. Desde que se jubiló, la
dirección la llevan mujeres. Son igual de machistas, aunque ya no haya acoso».
Desde el colegio
hasta la universidad, la misoginia ambiental crea un clima intimidatorio hacia
las mujeres, tanto alumnas como docentes, que se expresa con mayor o menor
violencia. Como por ejemplo, alegres comentarios en medio de un seminario del
tipo: «“La mujer está para perdonar y el hombre para castigar”. Cuando los
escuchas, te quedas que no sabes ni qué hacer, ni qué decir… encima en un curso
sobre la democracia en Occidente por el que has pagado casi doscientos euros».
O los códigos de vestimenta, que les prohíben a los chicos llevar gorra y a
nosotras crecer: «Un inicio de curso llegaron dos chicas rusas en shorts y
camisetas de tirantes y la profesora les dijo que si volvían a venir así no les
iba a dejar entrar, que tenían que taparse los hombros. Era Málaga, con un
calor que te mueres. Los chicos sí que iban en camisetas de tirantes». En otro
caso, «tenía unos 15 años y empezaba a ponerme escotes. Un compañero del
instituto, siempre que podía, me tocaba. Yo me iba con grupos de amigos más
grandes, pero en cuanto me veía un poco sola, otra vez a tocarme. Yo no quería.
Un día se lo dije al director del centro y me dijo: “Voy a hablar con él a ver
si es verdad”. ¿Cómo que a ver si es verdad? Que yo no era ninguna guarra, que
con 15 años aún era virgen. Aquello me dejó muy tocada, empecé a vestir cuellos
altos y tardé mucho en tener mi primera relación sexual. Tardé mucho en
quererme a mí misma y en dejar que otra persona me tocara».
Otra de las
experiencias aquí compartidas no tuvo nombre hasta una década después, cuando
el 7 de julio de 2016 cinco hombres violaron en un portal a una joven
universitaria en Pamplona. Desde entonces, a los agresores sexuales que actúan
en grupo se les denomina manadas. «Eran siete, yo tenía 12 años y
aquello se venía venir. Se veía venir porque llevaban bastantes meses
acosándome. Yo lo hice saber siempre, no me gustaba. Tuve la suerte o la
desgracia de ser de las primeras de clase en ponerse sujetador, de ser de las
primeras en que me bajase la regla, y también fui de las primeras en dar el
primer beso y en quedar por las
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tardes con algún chico del colegio. Ahí empezó un infierno, porque
cuando dejamos de enrollarnos me convertí en la putita del centro. A partir de
entonces, cualquier queja con la que fuese a los profesores o a la dirección
con respecto a lo que me decían, a lo que me tocaban o a los gestos que me
hacían era un “Es que tú también…”. ¿Yo también qué? Después de clase, el acoso
continuaba por SMS. Y la última semana antes de vacaciones, me acorralaron. Me
escabullí de allí con la camiseta rota y un corte en la espalda por el empujón
que me dieron contra la ventana del barracón. Mi madre lo vio al recogerme y
montó el pollo más grande que te puedas imaginar. Los expulsaron. A ella
también se lo había contado desde el principio, y me animaba a defenderme. Pero
contra siete, ¿qué iba a hacer yo? Me recomendaron cambiarme de escuela porque,
total, delito no era: tenían todos menos de 14 años. Fui al instituto de otro
pueblo y nunca más supe de ellos. Hasta ahora que lo estás leyendo, como si
este libro no fuese conmigo, no se lo había vuelto a contar a nadie».
Para las niñas y
las adolescentes, el trayecto de casa al colegio es un infierno en sí mismo. Y
tiene distintas capas, empezando por las más superficiales: «Yo tenía 15 años.
Iba al instituto. Y me acuerdo de que pasó un tipejo y me dijo: “Te haría reina
por un día y madre para toda la vida”. Me dio un susto que salí corriendo». Y
continuando con las más profundas: «Cuando mi hermana tenía 12 años fue víctima
de un secuestro mientras volvía a casa de clase. Al señor lo detuvieron, estuvo
tres años en la cárcel y ella tuvo que presenciar todo el juicio. Aún insiste
en que no recuerda nada, que estuvo todo el tiempo llorando. Lo normal, si eso
pasa ahora, es que se la hubiese llevado a un psicólogo, pero entonces no fue
así. Aquel episodio desencadenó el alcoholismo en mi padre, que nunca más pudo
volver a trabajar. Mi hermana fue a la universidad, pero luego tuvo una
relación con un tío que le pegaba y se le vino todo encima. Ahora vive de la
ayuda municipal».
La excusa de que
las mujeres maduramos antes que los hombres es perfecta para sexualizarnos,
justificando la barbarie sin que aflore la culpabilidad. El término fast-tailed
girl se refiere a las niñas adelantadas en un sentido peyorativo,
puesto que implica un desarrollo precoz de nuestros cuerpos, del que nos hacen
responsables. Como si el hecho de que nos saliesen las tetas, se nos pronuncie
la cadera o nuestra PRIMERA SANGRE nos convirtiera en lolitas
deseantes de hombres, siempre hombres, que nos doblan la edad. Mucho pin
parental para que no les pique la cobra gay a
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sus hijos, pero bien que nos hacen leer LA FLAQUEZA DEL
BOLCHEVIQUE hasta que normalizamos que los señores vengan a buscarnos
a la puerta del colegio.
La estigmatización
de nuestra pubertad provoca que se culpabilice a nuestras hormonas, a nuestra
sensualidad y a nuestro erotismo de cualquier bajón en el rendimiento
académico. Nadie parece preocuparse de si nuestra hipersexualización es una
llamada de atención, si tenemos problemas en casa o si estamos siendo víctimas
de violencias. Nadie augura que el niño que presume de matarse a pajas y
consumir porno acabe en la prostitución o provenga de una familia
desestructurada; a las que la vida nos irá mal si enseñamos las tetas solo es a
nosotras. Somos niñas de la periferia, estamos al margen de la civilización,
nadie espera que la warra de la clase se saque una carrera.
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Sanidad
Nadie puede salir
indemne de una vida entera dedicada a reventarse el cuerpo para mantener un
hogar en pie. El puto trabajo nos había quitado el tiempo y la oportunidad de
educarnos juntos y solo teníamos el amor en bruto, algo demasiado poderoso como
para no saberlo dosificar.
ALANA S.
PORTERO, La mala costumbre
ME DUELE LO NORMAL
En los años
noventa, Bernadine Patricia Healy, primera directora de los Institutos
Nacionales de Salud de Estados Unidos, advirtió que las mujeres no recibían un
tratamiento adecuado para los problemas cardiovasculares porque eran
enfermedades tradicionalmente asociadas a los hombres. A ese subdiagnóstico y a
su consecuente tasa de mortalidad se los denominó «síndrome de Yentl». Un
cuerpo femenino infartado presenta síntomas atípicos de un ataque al corazón,
porque los síntomas popularmente conocidos son los propios de los cuerpos
masculinos. Lo que nos pasa a nosotras se sale de lo normal, de lo sabido,
porque la norma es el varón blanco heterosexual.
La doctora
Tancredi, especialista en enfermedades autoinmunes, es consciente de los sesgos
en su profesión. Puesto que «en medicina trabajamos con campanas de normalidad,
prevalencia e incidencia», se descarta paso a paso, prueba a prueba, «desde lo
más típico y común a lo más concreto y excepcional». Se toma al hombre como lo
normal: «Al inicio de mis estudios, jamás podría haber imaginado que una rama
del conocimiento como esta, que extrae sus conclusiones de la evidencia
científica, estuviera construida sobre el androcentrismo. Pero así es: todo
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el recorrido, desde la extracción de la evidencia (por ejemplo, por la
falta de inclusión de mujeres en los ensayos clínicos o de estudios sobre
patologías que nos afectan sobre todo a nosotras) hasta la práctica clínica
habitual (por ejemplo, mediante la medicalización excesiva o la minimización de
síntomas), está marcadamente influido por sesgos, lo que explica que la
atención a los problemas de salud de la mitad de la población sea deficiente».
Cuando
reivindicamos la perspectiva de género en sanidad y medicina, no estamos
enmendando a la ciencia, parafraseando a Ursula K. Le Guin, no pretendemos
contraponer nuestras opiniones a la observación científica, pero sí
confrontarlas con las de los científicos que han errado, con unas hipótesis
particulares que pueden y deben ser revisadas cuando la experiencia de nuestros
cuerpos demuestra que no se sostienen. No tenemos que encajar nuestras
dolencias en sus definiciones, sino que sus definiciones deben contemplar la
particularidad de nuestro malestar en tanto que mujeres de clase trabajadora
con unas vivencias alejadas de los cuerpos masculinos que no menstrúan, ni
tienen dobles jornadas, ni paren, ni crían.
Las investigaciones
acerca de la salud de las mujeres se han reducido al ámbito sexual y
reproductivo. El sesgo androcéntrico en medicina provoca que incluso el
diagnóstico correcto de las enfermedades más comunes tarde en llegar, puesto
que lo normal será tratarnos como a un varón y solo cuando no
respondamos al tratamiento normal se nos derivará a un
especialista, con su correspondiente lista de espera y cronificación de nuestro
malestar. «La sintomatología clásica no es clásica,
sino que es lo más recurrente entre los varones», señala la doctora. La
normalidad registrada y estudiada ha sido la de ellos. Además, aunque las
mujeres formamos parte de los ensayos clínicos desde finales de los ochenta,
cuestiones como nuestro ritmo hormonal siguen sin tenerse en cuenta con el
rigor que se debería antes de distribuir un nuevo fármaco. Como muestra, las
innumerables alteraciones del ciclo menstrual referidas tras la vacunación
contra la COVID-19. Es el caso de Lúa: «Estamos a ver si me mandan a
ginecología, porque desde la vacuna tengo dolores de regla que antes no tenía.
Unos dolores fortísimos que me hacen marearme. Esos días del mes estoy que no
estoy».
Se nos ha educado
en los roles de género y se nos ha impuesto la abnegación, de tal modo que nos
cuesta identificar qué es cansancio o qué
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es una enfermedad. Como castigo bíblico, se han multiplicado nuestros
dolores y algunas pequeñas dolencias acaban siendo incurables porque ante la
más mínima queja nos aleccionan diciéndonos que la regla duele o que en la
familia todas las mujeres han tenido migrañas, estreñimiento, náuseas por la
mañana, tos seca, incontinencia… Es lo normal, porque a ninguna de
las mujeres de la familia les han querido prestar atención cuando se han hecho
un ovillo. Tan solo han sido LA CHICA QUE LLORÓ DE DOLOR sin
ser tratada de forma adecuada. Ainhoa es muy rotunda en este aspecto:
«Yo veo continuamente que se nos infravalora. De hecho, creo que antes de vivir
eso en los servicios públicos lo he vivido en mi casa, donde parecía que las
mujeres no nos podíamos poner enfermas. Todo era cuento. Eso ha hecho que no
fuéramos al médico. Hoy en día, aún me cuesta muchísimo ir. Tenemos toda una
serie de malestares que de alguna parte vendrán, pero nadie les hace caso. Son
molestias que no te matan, pero te joden bastante la vida. Y no hay respuesta.
Te acostumbras a vivir malamente». Antes de la universalidad de la atención
médica, las familias de clase trabajadora no se podían permitir atender con
asiduidad sus problemas de salud, y en la actualidad la infrafinanciación de
nuestro sistema público hace que haya menos centros médicos y con menor
dotación en los barrios empobrecidos y en las zonas rurales. Quitarle
importancia a lo que nos ocurre a las mujeres es una apuesta segura por el
descongestionamiento del sistema.
Muchas dejamos de
confiar en las instituciones sanitarias cuando sentimos que prescriben
generalidades sin detenerse en las dolencias concretas con las que acudimos a
la cita. Celia ha empezado a detectar esos sesgos de género en la consulta: «Mi
médico podría ser de la prehistoria. Tengo migrañas desde los doce años, he
tenido pinzamientos y tengo contracturas por mi trabajo, por estar siempre en
la misma postura, de pie, moviendo solo brazos y hombros. Pero es entrar en la
consulta con cualquier dolor y su solución es que salga a andar. Si le digo que
tengo ansiedad y que no duermo bien por las noches o que tengo problemas en el
curro, me dice que haga piscina y que se me pasará. Todo lo arregla con piscina
y con que salga a andar. Alguna vez le ha dado por la bicicleta. Yo creo que
tiene contacto con la piscina municipal, porque si no, no me lo explico, a todo
el mundo lo manda a la piscina. No me da ninguna medicación ni me manda
pruebas».
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Practicar deporte es esencial para la salud, pero para la práctica
deportiva necesitamos tiempo y, en muchísimas ocasiones, también dinero. Las
jornadas prolongadas y los sueldos míseros nos impiden tener uno y lo otro. Por
eso, es muy importante apostar porque personas con conciencia de clase y con
perspectiva de género, como la doctora Tancredi, puedan realizar estudios
universitarios y ejercer su profesión.
El sistema público
de educación, las becas y las prestaciones posibilitan que tengamos
profesionales que, antes de proponer practicar deporte, medicarse o cambiar de
trabajo, se preocupen por las posibilidades reales de la paciente para seguir
los consejos: «Les recomendamos deporte y resulta que no tienen tiempo ni para
caminar una hora al día: son madres, cuidadoras de hijos, de abuelas y de
suegros. Trabajan en lo que pueden, con el nivel de estudios que tienen, así
que mi prescripción tiene que ser realista, porque si no les prescribo algo que
puedan realizar, no puedo trasladarles a ellas esa responsabilidad». Esta joven
especialista, por ejemplo, visita frecuentemente las webs municipales de las
pacientes a las que atiende para poder indicarles actividades gratuitas en sus
centros culturales. Les pregunta sobre la corresponsabilidad en sus casas, los
horarios laborales, menores a cargo y personas mayores para conocer la realidad
material y el entorno en el que una mujer fibromiálgica debe hacer frente a sus
dolencias. A la hora de prescribir, observa el porcentaje que cada una aporta
al sistema y cuánto pagaría por cada fármaco, para recetar el mejor tratamiento
que se puedan permitir más allá del genérico. «Si les pongo uno que sé que no
se lo pueden permitir económicamente aunque sea el mejor, no lo van a comprar,
no se lo van a tomar y no puedo culparlas. Yo siempre digo que tu
código postal es más importante para tu salud que tu código genético, por
lo que los determinantes sociales de la salud deberían ser prioritarios en
nuestras facultades, pero para eso queda un largo camino». En este punto es
cuando advierte que toda la información que no les proporcione en la cita, la
buscarán fuera del sistema: «Acabarán googleando los síntomas y apostando por
terapias alternativas, por ofertas que no sabemos si servirán o no, pero que
prometen ayudarles y se presentan como más económicas o definitivas de lo que
se les ha ofrecido en la consulta».
No es difícil
apostar por la homeopatía, el palo santo o las infusiones de hierbaluisa cuando
el médico te pauta como todo tratamiento comer mejor, dormir más o caminar y te
prescribe un blíster de ansiolíticos. La
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conveniencia de esos tratamientos dará sus frutos a medio o largo plazo
y, mientras tanto, las mujeres de clase trabajadora seguirán teniendo que ir a
trabajar cada día, estudiar para los exámenes, cuidar de sus hijos y preparar
la cena. Prescribir autocuidado y responsabilizar a las pacientes de su propia
recuperación es la excusa perfecta para prescindir del estado de bienestar.
CUANDO LOS
ESTEREOTIPOS DE GÉNERO SE CONVIERTEN EN UN GRAVE PELIGRO PARA LA SALUD DE LAS
MUJERES, nos encontramos casos como el de Minerva, donde primero hay que
descartar que todos los síntomas estén en su imaginación: «He tenido varios
episodios de vértigos. Y, claro, eso es algo que no se puede medir con un
termómetro o con una placa. Ha sido complicado. Fui varias veces, sin saber muy
bien lo que implicaba aquello, y pensaron que podría ser de nervios. Cosas de
nervios… Tú escuchas eso y dices, bueno, cosas de nervios. Nervios de lo
normal. Como a todo el mundo, que nos pasan cosas. No había nada concreto que
pudiera tener… y sí que te llevan a pensar que estás un poco pirada. Como que
te estás generando tú tus problemas sin saber por qué ni para qué. Fue cuestión
de tiempo, hasta que me fue dando con más frecuencia y un día tuvo que venir
una médico de Urgencias porque empecé a vomitar. Ella fue la que me dijo que
estuviese tranquila, que sabía lo que era y que con una inyección estaría
estupendamente. A partir de entonces, cuando me da, pues ya sé la medicación
que me tengo que tomar».
Ante bases de datos
alimentadas con la sintomatología de los hombres, con ensayos clínicos que han
protagonizado ellos y con los historiales clínicos de las mujeres limitados a
la salud sexual y reproductiva, ante la más mínima desviación de la
norma, lo primero que quieren descartar quienes visten la bata blanca es
que no le estamos echando cuento y, sobre todo, que no estemos locas.
Yaiza siente que ha
vivido cosas muy parecidas: «Ante cualquier problema, lo primero que te dicen
los médicos es que es ansiedad, y más fácil que me lo digan a mí que a mi
marido. Veo que a él lo escuchan, le hacen algún examen, le preguntan si se ha
operado alguna vez… pero si eres mujer, lo tuyo es estrés o ansiedad. Me han
mandado ansiolíticos incluso cuando me diagnosticaron que era celiaca. A mi
hermana le confundieron la celiaquía con alcoholismo. Cuando la ingresaron
pesaba treinta y dos kilos, mientras le pedían a mi madre que se quedase fuera
de la consulta y le preguntaban cuánto bebía». Primero había que
descartar lo
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normal, y lo normal en una adolescente que vomita es que
tenga un problema de salud mental.
Nuestro peso
siempre es un tema médico, y antes de descartar cualquier patología, ponernos a
dieta es una tentación recurrente en atención primaria. A Daniela, pacense
vecina del barrio de San Roque, empezó a dolerle la espalda y una rodilla
después de tener a su primer hijo, con 30 años. Aquello coincidió además con la
campaña de Navidad en la ferretería donde trabaja de dependienta. «Cuando el
médico de cabecera me derivó a un especialista, la traumatóloga que me vio me
dijo que yo era obesa. En ese momento pesaba sesenta y dos kilos, mido un metro
sesenta, y la tía me dijo que estaba obesa. Me afectó tremendo, porque siempre
he luchado con mi peso. Pedí una segunda opinión y me tocó uno maravilloso que
me hizo todas las pruebas del mundo y me derivaron a la unidad del dolor, donde
me trataron durante meses. Pero para la primera, todos mis dolores se resumían
en que era una gorda». Lejos de ser una escena puntual, ha vuelto a padecer lo
mismo con el segundo embarazo. «La matrona y una de las ginecólogas que me han
tratado hablaban de lo mismo, de obesa. Tengo un bebé creciendo. He pasado
nueve meses de culpa por comer. Iba a las revisiones con angustia de pensar en
qué me iba a soltar».
Se idiotiza a las
pacientes, siente Maca. «Los médicos piensan que tú eres tonta. Y, oye, mira,
igual que tú has estudiado Medicina, yo puedo ponerme a averiguar qué
tratamiento es el mejor para solucionar esta movida que tengo. Pero siento que
me tratan como a una menor de edad, que no me dan información para poder
decidir sobre mi cuerpo». En la misma línea, Fayna se ha sentido tan
infantilizada que ha empezado, con 24 años, a ir acompañada por su madre a las
consultas. Minerva, además, advirtió que la atención que recibía su hijo no era
la misma cuando era ella quien lo llevaba a Urgencias que cuando iba el padre:
«Era la cuarta vez en esa semana que estábamos en Urgencias porque se ahogaba,
le costaba mucho respirar. Aquel día me quedé yo fuera y pasó su padre con él
dentro. Le pusieron el oxígeno, como siempre, pero les llamó la atención que
estuviese un padre y lo exploraron dos veces. Aquel día se le diagnosticó un
colapso pulmonar». La gestión de los tiempos de cuidados y los estereotipos con
respecto a la mujer que los ejerce presupone que exageramos y somos
sobreprotectoras con los menores. Esto lleva, en demasiadas ocasiones, a que el
personal médico, exhausto y sometido a
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una presión constante, se detenga menos en el detalle ante una madre
nerviosa. Pero «como va con su padre, es porque la cosa ya es grave. Así que lo
miraron dos veces».
Las conversaciones
con la doctora Tancredi nos permiten discernir la fina línea entre las
negligencias médicas que pueden realizar los profesionales de la salud, ya sea
por error, ya sea por omisión, y el diseño sistémico de un modelo sanitario que
estigmatiza e ignora las dolencias presentadas o padecidas mayoritariamente por
mujeres. Un modelo sanitario con cada vez menos recursos en una población cada
vez más envejecida, que se debate entre el sedentarismo de las trabajadoras de
oficina y las jornadas maratonianas de quienes, en pleno siglo XXI, se
dejan la espalda en las tareas de cuidados, en la industria y en la
agricultura. Recibe en su consulta a «trabajadores y trabajadoras del campo que
con 45 años ya presentan espaldas propias de octogenarios. La mejora en la
esperanza de vida no ha ido acompañada de una apuesta por preservar una calidad
de vida digna».
Con el envejecimiento y la dependencia, María Ángeles Durán
advierte que uno
de LOS COSTES INVISIBLES DE LA ENFERMEDAD es que las
mujeres cuidan,
mientras que los hombres abandonan. Las relaciones se rompen cuando ellas
enferman, pero no cuando la situación es al revés. Un estudio reciente de la
Sociedad Americana contra el Cáncer demuestra que las parejas heterosexuales en
las que la mujer padece cáncer o esclerosis se divorcian nueve veces más que
cuando el afectado es el varón.
El rol de cuidadora
que se nos ha impuesto alcanza límites insospechados, como los que se traspasan
a diario con Miriam, a medida que sus padres necesitan más atenciones: «Al
final me sale más a mí estar pendiente de las cuestiones que son más personales,
más de aseo. A mis hermanos no les importa acompañarlos a comprar o ir a echar
un ojo a casa, y ver que está todo bien. Mis padres tiran más de mí para los
cuidados íntimos a pesar de que uno de mis hermanos es cuidador a domicilio y
tendría mucha más lógica que lo hiciese él. Ellos ya llevan más tiempo en su
trabajo y no lo quieren arriesgar para estar con nuestros padres, pero claro,
por eso mismo, porque ya tienen una estabilidad deberían pedir los días o
reducir su jornada, en vez de tener que hacerlo yo».
Davinia es madre
soltera y, de momento, es su hijo de quince años quien lleva la compra, saca a
los perros y se ocupa de las tareas más
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pesadas. Hace dos años que necesita muletas, y teletrabaja como
teleoperadora, así que de momento puede hacerlo «con la pierna en alto sobre
una silla». Pero Carmina, transportista, desde que le operaron de la muñeca no
ha podido volver a conducir. «De tanta fuerza se va desgastando, se va
deteriorando. Primero se centraron en el túnel carpiano, pero al abrir se
dieron cuenta que había más que injertar. Me operaron dos veces de una mano y
una vez de la otra. Tuve cada brazo escayolado durante cuarenta días. Para
ducharme, me ponía una bolsa en la escayola, la ataba bien con cinta americana
y sujetaba con esa mano la alcachofa con dos dedos. Hice mucha rehabilitación y
ahora formo parte de un colectivo al que no le da trabajo nadie. Con 62 años no
me contrata ni Dios, y menos en una profesión que exige fuerza. Prefieren a un
tío cachas que a una mujer que tiene más deterioro que otra cosa. Con las manos
operadas y a mi edad no puedo manejar un palé de mil kilos con el riesgo de que
se me venga encima o que haga daño a otra persona. Yo he pedido la incapacidad,
pero no me la han dado». Está separada, pero aún convive con el padre de su
hija porque nunca llegaron a formalizar el divorcio, y él considera que la casa
también es suya. Así que, al menos, «todos los días tengo la comida y la cena
hechas».
«No he tenido un
episodio, he tenido una historia», así empieza Pino a relatar sus experiencias
en la sanidad pública del subtrópico norte. «Desde muy joven tengo problemas en
una cadera. Del dolor, caminaba coja. No sabían decirme muy bien qué era, me mandaban
calmantes y ejercicios. Luego me diagnosticaron artrosis, pero era muy joven
para poner una prótesis, así que hasta los 55 años no me operaron». El lento
ritmo de la atención pública le ha dilatado el dolor y ha ido acumulando
parches que la han limitado durante demasiado tiempo: «He estado coja la mitad
de mi vida», sentencia. El último traumatólogo reconoció que le habían dejado
aguantar demasiado, «me podrían haber operado diez años antes, pero me los he
pasado tomando calmantes, despertándome con el dolor por la noche, con el
estómago destrozado por la medicación». Señala que «subir las escaleras del
portal ya era un reto» y que ha estado toda su vida «sin coger nunca una baja
laboral por ello. Las mujeres somos más sufridas, aguantamos, parece como que
somos más feas si nos quejamos».
Nuestras quejas
sobre el dolor y el malestar se consideran predominantemente psicosomáticas,
por lo que son tratadas con ansiolíticos y sedantes. LAS MUJERES SOMOS
INVISIBLES PARA LA MEDICINA y
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esto nos ha extirpado la posibilidad de empoderarnos como pacientes, nos
callamos ante nuestras propias dolencias porque al comentarlas, nuestro entorno
las pasa por alto y nos piden que no exageremos ni llamemos la atención. A
partir de la fibromialgia diagnosticada a su madre, Sonia empezó a pensar que
«hay una sobremedicalización de los malestares emocionales de las mujeres que
muchas veces tienen que ver con tener dolores a consecuencia de unas
condiciones laborales muy duras, de las que se derivan enfermedades
autoinmunes».
Natividad recuerda
que en sus últimos años en activo tenía que tomarse analgésicos, como Concha
para hacer camas, antes de planchar, «porque si no, no podía del dolor de manos
que tenía. Pero hasta los 65 y medio no podía parar, no me podía jubilar». Como
no estaba dada de alta, su artrosis no es una enfermedad laboral. No consta en
ningún sitio, salvo en sus huesos, que lleva toda la vida trabajando. «Desde
los diez años que empecé a cuidar críos cuando murió mi padre. Un poco más
mayorcita pasé a triar fruta y cargar camiones, todas éramos mujeres. Hasta que
me pude ir a Formigal. Hacía muchísimo frío, se nos ponían las manos…
Llevábamos una botella con agua caliente para cogerla de vez en cuando».
La doctora Tancredi
afirma que en los últimos años la fibromialgia se ha convertido en un cajón de
sastre que puede enmascarar otros diagnósticos: «Excusan todos los dolores que
presentes en tu cuadro de fibromialgia, incluso podrían pasar desapercibidas
otras enfermedades autoinmunes». Lo más doloroso para ella es oír cómo se
estigmatiza la salud mental de las mujeres que la padecen. «Comentas los
expedientes con las compañeras y siempre hay alguien que suelta: “Esta está un
poquito loca”». A los hombres que acuden con la sintomatología propia, en
cambio, concreta la especialista, «se les echa en cuenta mucho más el dolor.
Solo el 10 por ciento de los diagnosticados son varones». La médica ha
identificado claramente las dificultades que padecen las mujeres de clase
obrera en el diagnóstico y tratamiento de la fibromialgia. Frente a su mesa se
sientan profesionales de la geriatría y cuidadoras que con 20 años ya presentan
dorsalgias mecánicas. Levantan y duchan a medio centenar de ancianos a diario,
y no es que tengan una mala postura en el trabajo, no es cuestión de cambiar
hábitos, es que «trabajar las rompe», y en sus diez años de ejercicio ya ha
visto a demasiadas mujeres perder su puesto de trabajo a medida que avanzan en
el tratamiento y en el diagnóstico. «Lo ideal sería adaptar las labores
profesionales, pero es que las suyas
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consisten en cargar a gente». Cuando hablamos de las incapacidades
temporales que se prescriben, advierte que la estigmatización de las
enfermedades autoinmunes —que van por brotes y alternan periodos de buena y de
mala salud— suelen provocar cuadros depresivos. Esto incide en que las
pacientes sean tratadas como exageradas e inestables, incluso se las denomina
«dementores» cuando su actitud en la consulta demuestra que están agotadas y
desesperadas sin recibir un tratamiento ni una cura que les alivie su dolor:
«La fibromialgia no tiene cura, les recomendamos deporte, analgésicos o
antidepresivos, pero a partir del diagnóstico que descarta otras enfermedades
autoinmunes que sí pueden tener algún tratamiento, se les da el alta».
Por su parte,
Martina ya no titubea cuando habla de salud: «Tengo esclerosis múltiple y el
diagnóstico fue muy complicado, porque mis síntomas no eran especialmente
típicos. Lo que ocurrió fue que de repente empecé a perder fuerza, no podía ni
estar en el cuarto de baño y fui al médico y me dieron la baja… Un mes después,
aún no tenía ni pruebas ni diagnósticos claros, y querían ver qué pasaba porque
buscaban que me reincorporase, pero la médica de cabecera de la Seguridad
Social no me mandaba ninguna prueba. Solo me decían que buscase yo a ver qué
podía ser a través del seguro privado, que también tardaba lo suyo en darme
citas. Aquello no era la purga Benito. Di con un equipo de neurología que vio
los síntomas más encaminados, me hizo pruebas, me hizo una resonancia, por fin,
ya que hasta entonces en la Seguridad Social solo recomendaban un TAC, que
fuera al cardiólogo, que fuera a psicología… Y entonces, ya por privado, con la
resonancia y derivada al equipo del Hospital la Princesa, sí se detectó la movida».
Una mujer enferma
supone una cuidadora menos en la familia. Incluso un gasto que se debe detraer
de otras partidas en el hogar. Por lo que tachar cualquiera de nuestras
dolencias de sintomáticas, caricaturizar que cerremos las persianas cuando nos
duele la cabeza, la bolsa de agua caliente para la regla y las infusiones para
el dolor de tripa, son la estrategia perfecta para evitar que nos demos la
importancia que merecemos. Si nos priorizamos, dejamos de cuidar a los demás, y
eso es algo que el orden social no puede soportar. Si nos priorizamos, dejando
de hacernos a un lado y de poner en el centro las necesidades de nuestra
familia, los deadlines en el trabajo y los pagos del préstamo,
el sistema se cae.
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¿SE PUEDE PERMITIR LA GENTE PAGAR POR LA ATENCIÓN SANITARIA?, se
preguntaron algunos
economistas especializados en salud en 2021. Al observar las consecuencias de
los recortes en sanidad y el copago sanitario, concluyeron que las familias se
habían empobrecido. Para quienes supuso un «gasto catastrófico», el quintil más
pobre de la sociedad española, aumentaron las necesidades insatisfechas, es
decir, las dolencias no tratadas, y las listas de espera.
Más allá de las
estadísticas de cada comunidad autónoma, la experiencia propia de las
entrevistadas nómadas permite hacerse una idea de cómo impacta realmente la
infrafinanciación sanitaria sobre nuestra salud. Por ejemplo, Dolores, que es
sevillana y reside en Barcelona, compara ambos sistemas: «Aquí me vigilan más
de lo que me lo hacían en Andalucía. Fui por una tos y hasta me hicieron
pruebas para descartar un cáncer, porque yo soy fumadora». Ahora, a sus 52
años, pone en valor las cartas que les remiten como parte de la política de
prevención del cáncer desde la Conselleria de Salut. Ya se había hecho pruebas
preventivas para el diagnóstico del cáncer de colon y en el momento de nuestra
conversación tenía cita para una mamografía de control. La Red Europea de Lucha
contra la Pobreza y la Exclusión Social en el Estado Español indicó en 2019 que
«la mitad de las mujeres pobres no se han hecho nunca una mamografía». Por lo
que no es baladí que la Conselleria normalice el acceso a estos controles en el
catálogo de salud pública.
Dolores cree que
entre los dos sistemas que ella conoce no solía haber tantas diferencias. «En
Andalucía, desde el cambio de Gobierno, desde que ha llegado esta gente (Partido
Popular), está todo hecho una mierda, la sanidad y la educación. Porque ni en
mis partos, ni antes, he tenido un problema. Ya estaba viviendo en Barcelona
cuando me llamaron para quitarme una verruga. Era una cita que había pedido un
año antes de venir. Lo que están intentando es que la gente, el pueblo, se
aburra y contrate seguros privados». El ejemplo de este pueblo que se cansa y
se va a la sanidad privada es Sabrina: «En enero de 2020 me empezó a crecer en
el ojo derecho un bultito de grasa. Un bultito pequeño, me dijeron que se
diluiría solo y, si no, lo tendrían que operar. Pero llegó el confinamiento,
pasaron los meses y fue creciendo. Con esto del COVID, en Andalucía la
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atención primaria ha sido toda telefónica, incluso cuando ya habían
abierto, por ejemplo, discotecas y pubs. En abril de 2021 me
apareció un segundo bultito, y tuve que ir de nuevo al consultorio, me dieron
cita telefónica y olvidaron hacerme la llamada. Así que tuve que volver a
solicitarla. Cuando ya conseguí hablar con el médico, me dijo que me pasara,
evidentemente. Tenía que verlo. Efectivamente, confirmó que tenía dos bultitos
de grasa encapsulados y me mandaron los papeles para la intervención en Sevilla
en un centro público. Allí me vio el especialista, que decidió operarme del
bulto inferior y que en el bulto superior me pondrían un pinchazo de
corticoides. Pero conforme llegó el verano el tema fue empeorando. Tuve que ir
a Urgencias porque se me creó una bolsa hasta el pómulo, estaba acojonada. Allí
me dijeron que solo se operaban desprendimientos de retina, que reclamase yo la
cita de la intervención para que me la adelantasen. Solo me dieron una cremita.
Reclamé, sin respuesta, y lo mío cada día iba a peor, se me achicó el ojo, ni
se me veía. De nuevo en Urgencias, me recetaron antibióticos, porque ya mismo
tenía la operación y así estaría limpia. Pero no, llegó el día de la
intervención y no me pudieron operar porque tenía infección en un tercer
bultito, se había recogido la inflamación del pómulo en un tercer bulto».
Cancelada la intervención, le indicaron que tenía que esperar a que remitiera
la infección y comenzar el proceso de nuevo desde la atención primaria. Después
de año y medio, harta de la burocracia y la desatención, «contacté con una
clínica privada. A los tres días tuve la cita, en una semana me operaron y
ahora estoy bien». Sin tener un seguro privado, desglosa los gastos que ha
tenido que asumir después de todo ese tiempo esperando a ser atendida en el
Sistema Andaluz de Salud sin éxito: «La primera consulta fueron 90 euros, firmé
los papeles, y me dijeron ya, ahí, que la operación me iba a costar 800 euros.
Te tienes que hacer la preanestesia (te dicen que te la puedes hacer donde tú
quieras pero te dan dos lugares: 50 euros la analítica de sangre y 100 euros
más para que me dieran los resultados, me tomaran la tensión y me hicieran un
electrocardiograma). Y ahora tengo que volver a que me vean. Me dijeron que la
consulta del postoperatorio entraba en los 800 euros, menos mal».
Prácticamente mil
euros en total. Sin ellos, no sabemos qué hubiese sido del ojo de Sabrina. Pero
entre Andalucía y Madrid, Sandra no tiene dudas: «Para mí, sinceramente, la
peor sanidad, con todo el cariño, es la de Madrid. En Andalucía he vivido
listas de espera de meses, que las sufrió
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mi madre con problemas ginecológicos. Yo tengo problemas de rodilla y en
Madrid he llegado a gastarme la mitad de los ahorros en rehabilitación porque,
aun teniendo un seguro privado, no quieren tratarte por esa vía, y las listas
de espera en la sanidad pública son una locura».
Virginia advierte
que los principales problemas en Murcia son las distancias. «En general, nos
tenemos que desplazar a cualquier médico especializado. Del tipo ginecología,
radiografías… Aquí tenemos solo un centro de salud. Para cualquier cosa, hay
que ir a Cartagena, necesitamos coche». Para Edurne, «la sanidad pública aquí,
en Euskadi, era mejor que la que podía haber en Cantabria, pero hoy en día
tampoco funciona bien. No sé si ha tenido que ver la pandemia, los despidos o
los recortes que ha habido en servicios públicos. Han afectado muchísimo y se
nota».
Lo que nos recuerda
que cuando LA SANIDAD ESTÁ EN LLAMAS, se debe poner en valor de
nuevo la defensa de la clase trabajadora, la defensa de las profesionales
sanitarias, «porque eso va en beneficio siempre de la atención al paciente, que
es lo más importante. […] Existen personas dispuestas a ganar dinero aprovechando
la desgracia, sin el más mínimo escrúpulo, ni conciencia ni miramiento. La
especulación ha llegado al terreno de la salud».
La
infrafinanciación de las instituciones sanitarias está íntimamente relacionada
con la invisibilización de nuestras enfermedades. Sin investigación, no hay
ensayos clínicos ni tratamientos. Tampoco la cronificación de nuestros dolores
es ajena a nuestra red de cuidados o a nuestra situación económica y laboral.
La doctora Tancredi recurre al libro SALUBRISMO O BARBARIE para
explicar el impacto de la precariedad en nuestro bienestar. «Por
ejemplo, hay estudios donde aquellos pacientes que sufren temporalidad laboral
declaran tener una peor salud percibida, y otros que sugieren que las jornadas
laborales prolongadas están relacionadas con un mayor consumo de alcohol y
riesgo cardiovascular. Así, la mayor precariedad de las mujeres y las dobles
jornadas que sufren (fuera y dentro de casa) se proponen como posibles causas
de las desigualdades en salud de hombres y mujeres». Esta joven especialista en
enfermedades autoinmunes denuncia cómo lo privado parasita lo público, vive de
las «pruebas de por si acaso» que dejan a los pacientes tranquilos, pero no
curan, «se nutre de la patología que no es crónica». Poniendo como ejemplo qué
ocurre con las resonancias electromagnéticas, durante la entrevista comenta que
la maquinaria necesaria no está operativa
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durante los fines de semana en los centros de salud públicos, pero sí en
los privados, y son los mismos profesionales quienes las realizan. «Esta
parasitación de los servicios públicos por parte de iniciativas privadas», como
indica Javier Padilla en ¿A QUIÉN VAMOS A DEJAR MORIR?, «se da
en su relación mediante conciertos o a través de mecanismos de gestión basados
en la disminución de costes sin criterios de equidad. Las externalizaciones de
los servicios se han generalizado».
Mientras se
contrata por millones de euros a empresas privadas, se deja otras muchas
cuestiones básicas en manos de organizaciones sin ánimo de lucro y se apela a
la generosidad de las personas que trabajan por cuenta propia, como en el caso
de las taxistas. Tanto Adela como Amaya fueron esenciales durante la COVID-19,
en palabras de la segunda: «Estuve haciendo los servicios gratuitos durante la
pandemia, porque yo qué sé, es que son héroes. Fue una experiencia muy bonita y
personalmente muy gratificante. Solo podías trabajar con los hospitales porque
gente por la calle no había, y estoy segura de que salvamos bastantes vidas,
porque la rapidez que tiene un taxi no la tiene una ambulancia. Al médico que
yo llevaba le he visto llorar como a un niño chico. Lo hemos pasado mal, ha
sido muy duro, pero bueno, aquí estamos».
Después de que los
protocolos adoptados durante la crisis sanitaria nos hayan demostrado que se
toman decisiones políticas aun sabiendo que miles de personas MORIRÁ N
DE FORMA INDIGNA, la expulsión de migrantes del sistema sanitario ha sido
otra de las grandes brechas en cuanto a salud pública. Salud entre Culturas es
un equipo multidisciplinar que forma parte de la Asociación para el Estudio de
las Enfermedades Infecciosas. Desde su despacho en el Hospital Ramón y Cajal,
bajo la dirección del doctor Rogelio López-Vélez, el equipo busca integrar a la
población migrante a través de la salud y, para ello, desarrolla desde el año
2006 diferentes programas que tienen la novedad de estar cultural y
lingüísticamente adaptados a cada una de las poblaciones a las que se dirige.
Cristina Arcas, enfermera en la entidad, señala que a la mujer en general y a
la migrante en particular solo se la investiga y se la trata en el ámbito de la
salud sexual y reproductiva. «A partir de ahí, a no ser que sea una dolencia
que les impida hacer vida normal y que no puedan gestionar ellas mismas, las
migrantes no consideran acceder al sistema sanitario». Esta profesional
denuncia que ha calado el mensaje racista de «no tengo derecho a ir al médico»,
que las excluye de la ciudadanía plena, y que fue
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institucionalizado a partir del Real Decreto Ley 16/2012, con el que el
Partido Popular inició su reforma sanitaria (una exclusión que el Tribunal
Constitucional avaló en 2016, cuando Médicos del Mundo ya había identificado
que, desde su aprobación, más de ochocientas mil personas perdieron el derecho
a la asistencia sanitaria).
También lo
integraron los profesionales médicos. Dalia ha padecido cómo «a mi madre y a mi
abuela, que tienen los rasgos más marcados, las han tratado peor en consulta.
Incluso cuando les salieron bultos en el pecho tuvieron que escuchar a un
doctor que les dijo que estaba harto de que los inmigrantes fuesen allí a
quitarle el tiempo y a colapsar la sanidad. Que cuando pagara impuestos fuese y
que, mientras tanto, acudiese al privado, que encima de que le daban la sanidad
gratis se quejaba de la lista de espera. Al final, el bulto en el pecho resultó
ser un tumor. Pero aquel día el médico la despachó diciéndole que era la
menopausia». En México, Valentina siempre recurrió a «la sanidad privada, y eso
ha sido endeudarse hasta cinco años después. Acudir allí a lo público es
arriesgarte a que no haya material. Pero aquí, lo que noto es que cuando llego
al mostrador del centro de salud me piden directamente el NIE, no el DNI. Al
verme, sobreentienden que no tengo derecho a estar allí».
Las mujeres
migrantes que desconocen las virtudes de nuestro sistema público temen no ser
atendidas, que la atención sanitaria implique una factura que no pueden pagar,
o una identificación que les suponga la expulsión. Así que no van al médico por
sí mismas, ni por sus dolencias propias. La enfermera Arcas apunta que las
puedes ver en el ámbito pediátrico y en el ginecológico, «incluso, en
ocasiones, aparecen directamente en Urgencias a la hora del parto sin haber
accedido a ningún tipo de seguimiento durante el embarazo». El trabajo de las
entidades pasa por que se acerquen al centro médico y conozcan sus derechos
como pacientes pero, una vez la cuestión legal y burocrática es superada,
pueden surgir barreras de acceso idiomáticas y culturales. No siempre es el
inmigrante el que desconoce los trámites que hay que seguir para solicitar una
cita médica, también hay falta de compromiso con la población extranjera a la
hora de garantizarle el acceso a la sanidad. Durante la entrevista, Ignacio
Peña, coordinador de Salud entre Culturas, recuerda el que ha sido para él el
enésimo episodio racista dentro de las propias instituciones sanitarias: «Un
día nos llaman desde otro centro y nos dicen que tienen allí a un señor, pero
que no entienden lo que quiere. Le
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preguntamos en qué idioma hablaba, para poder acudir con el intérprete
correspondiente, y la respuesta de la compañera fue: “No lo sé, es un poco
negro”. Cuando fuimos, el paciente nos saludó en francés».
Años después de
mudarse a España, pero aún en situación irregular, a Roxana le detectaron una
enfermedad tropical: «Me hice las pruebas del Chagas porque me lo pidió mi
madre, a ella se lo habían diagnosticado y le advirtieron que sus hijos
podríamos tenerlo también. Me daba mucha pereza hacerlas, lo fui dejando, y
cuando por fin la hice dio positivo. Se lo comenté a la familia con la que
estaba trabajando de interna y ellos no pusieron ningún problema ni sufrí
ningún rechazo, me dijeron que les avisara cuando tuviera las citas y ya. Me
sentí mal en el centro médico y me cambié al más próximo de mi trabajo, en
Pozuelo. Allí hay poca gente, y pocas latinas, y me trataron bien. Es una
enfermedad con la que empiezas a tener problemas graves a partir de los cuarenta
años. Yo solo tengo una arritmia que se puede tratar, pero mi madre ya está
mayor y me preocupa más. Ahora trabajo en una fundación concienciando sobre el
Chagas, animando a la población en riesgo a que se hagan las pruebas y se
traten. Me he dado cuenta de que cuando hago presentaciones se espera de mí un
cierto victimismo, que diga soy la boliviana enferma de Chagas… la gente se me
queda mirando y se pregunta dónde están mis trenzas y mi pollera».
Las brechas entre
comunidades autónomas no solo están relacionadas con las listas de espera, los
recursos, o con que no compartan entre sí la información de los pacientes,
también que se prestan unos servicios u otros dependiendo de dónde vivas y, al
final, la responsabilidad de esa desigualdad en la cobertura la sufren las
madres, como le ocurrió a Melania: «Déjame hablarte del calendario de
vacunación de mi hija… Primeras vacunas aquí en Madrid. Me sale trabajo en
Zaragoza y tienen otro calendario. Luego en Castilla y Léon, otro calendario. Y
en todas partes me echaban la bronca porque llevaba las vacunas mal puestas. Me
vi yendo
con los calendarios de cada sitio, para que entendieran que se las habían
puesto según tocaba donde estuviéramos. Y teniendo que dar explicaciones: yo no
me estoy saltando la vacunación de mi hija, es que aquí la ponéis a los doce
meses y allí a los quince».
Los recortes y el
copago sanitario han exacerbado las desigualdades y precarizado aún más la vida
de las familias más pobres. La infrafinanciación del sistema público de salud
provoca listas de espera que
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obligan a muchas personas a recurrir a intervenciones por lo privado,
evidenciando la privatización encubierta de servicios esenciales. Esta
situación no solo pone en peligro la salud de los ciudadanos, sino que también
socava el principio de equidad en el acceso a la atención médica. Más allá del
BOE y de los Presupuestos Generales del Estado, necesitamos que se eduque en
todos los niveles de las instituciones asistenciales a sus profesionales para
que nadie crea que su dolor duele menos por ser mujer, un poco negra, un poco
migrante o un poco pobre.
LO PEOR ES QUE NO
ME PASA NADA
Las expectativas
laborales de las mujeres que nos formamos en estudios superiores nos han
causado muchísima frustración, al darnos de bruces con
LA AUTOMATIZACIÓN DE LA DESIGUALDAD. Haber dejado de
ser obreras
manuales nos lleva
a darle vueltas al término «precariedad», como si nos diese vergüenza reconocer
que, a pesar de haber pasado por la universidad, incluso habiendo encontrado
trabajo de lo nuestro, no somos felices porque seguimos necesitando trabajar todos
los días.
Se normaliza hasta
tal punto que trabajar es pasarlo mal, que los tratamientos para la ansiedad
derivados de la precariedad y la inestabilidad abordan cualquier aspecto de
nuestra existencia, excepto la hiperproductividad. Como en el caso de Celia:
«He tenido contracturas y ansiedad por la faena. Me querían despedir, tenía
problemas con recursos humanos desde que estaba en el sindicato. No me daban
horas para estudiar. Pedí vacaciones para ir a clase y me las negaron… Y el
médico, a todo lo que le conté, me preguntó: “Dieta no estás haciendo,
¿verdad?”».
Una vez se ha
normalizado que es una lata el trabajar, nos enfrentamos a la
desigualdad económica desde la responsabilidad individual, sin orquestar
demandas colectivas. Estamos tan enfrascadas en qué podemos hacer cada una de
nosotras para mejorar nuestras condiciones que no sabemos qué otra cosa
podríamos ser más allá de trabajadoras. Desde pequeñas, jugamos a cuidar y a
currar, nos disfrazamos de oficios. No jugamos a la organización sindical, ni a
la huelga general, ni a colectivizar la fábrica. Jugamos a comprar la fábrica,
la planta eléctrica, las calles o los hoteles. Ha desaparecido el conflicto,
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porque ya no tenemos enfrente una clase burguesa, ni al patrón, ni al
jefe.
No podemos
cuestionar sus decisiones porque no sabemos quién las toma.
Estamos a las
órdenes de un mando intermedio que no sabe muy bien cuáles son sus funciones,
pero ahí está, cobrando cien euros más que los demás; del algoritmo de una
plataforma programada por, no sabemos muy bien quién CUANDO TU JEFE ES
UNA APP; de un fondo de inversión que sella los planos de un cohousing y
el menú del comedor escolar con el mismo tampón de tinta. Ha desaparecido el
conflicto, que era el motor de la lucha de clases y de las manifestaciones de
sus intereses antagónicos, porque se ha instalado EL MURMULLO de
autoayuda y palo santo, para que creamos que podemos ser lo que nos dé la gana,
siempre y cuando trabajemos incansablemente para serlo. Hasta que sean los
humanoides, los drones, quienes admiren nuestra capacidad de producción y
destrucción. Ahí es cuando las PERSIANAS METÁLICAS BAJAN DE GOLPE.
Siendo maestra,
Lucía ha tenido la oportunidad de conocer la realidad de diferentes barrios
desde la perspectiva de la infancia y la familia. «En los años noventa, cuando
trabajaba en Vallecas, notaba que el estado de salud de las personas no es el
mismo que en barrios ricos. El envejecimiento es galopante, mucho mayor en las
mujeres. Creo que la falta de recursos y educación en las áreas desfavorecidas
provocan un tipo de enfermedades diferentes a las de las ricas». En Estados
Unidos se concluyó que existe una MORTALIDAD ATRIBUIBLE A LOS BAJOS
NIVELES DE
EDUCACIÓN: «Una mejor
educación se asocia a una vida más larga, porque aquellos que tienen mayor
nivel educativo son más propensos a tener los recursos y el conocimiento para
seguir unos comportamientos más saludables, ganar más dinero y vivir con menos
estrés crónico».
En cada capítulo
del DSM-V, el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, se
describe un trastorno y se enumeran sus síntomas. Cuando un paciente coincide
con el 60 por ciento de ellos (suelen ser seis de cada nueve, más o menos), se
confirma el diagnóstico. Si entendemos la lista de factores que nos llevan a la
precariedad como un compendio de síntomas, ¿qué combinación de sinsabores nos
hace más o menos precarias? ¿Cuántas de nosotras no presentamos al menos uno?
¿Por qué nos sentimos más cómodas si nos describimos como precarias y no como
explotadas?
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En muchísimas ocasiones, los empleos que requieren poca cualificación no
solo están mal pagados, sino que son penosos y peligrosos. Aún se sigue
trabajando a destajo en condiciones de semiesclavitud, viviendo al día bajo
unos niveles inaceptables de estrés. El riesgo a sufrir accidentes laborales,
enfermedades profesionales o siniestralidad es mayor en los puestos a los que
podemos acceder cuando nuestro capital cultural y social no nos garantiza una
función digna. En España, dos empleados pierden la vida mientras intentan
ganársela cada día, son MUERTES POR DESESPERACIÓN.
Ada sabía
perfectamente que su familia no podía hacer frente a sus gastos universitarios,
así que siempre fue consciente de lo que le esperaba si quería subirse al
ascensor social: «Fui haciendo prácticas de educación especial mientras
estudiaba y, además, estaba dada de alta en una bolsa de empleo para servicios
a domicilio con bebés que tenían ciertos problemas porque habían nacido con
malformaciones. Eso me supuso más de una vez ir a un examen sin dormir, porque
me tocaba el turno de noche, que era el que me daban». A Ada no le pasaba
realmente nada grave, salvo que no quería vivir la vida que le hubiese tocado,
y el precio de aspirar a algo más que lo que su familia le podía dar fue
sacrificar su salud antes de cumplir los treinta. «Tengo la espalda completamente
destrozada, necesito relajantes musculares para dormir». Comparte blíster con
Natividad, con la única diferencia es que esta última le dobla la edad y tiene
casa en propiedad. ¿Qué es lo peor de lo que adolece a la generación Z? LO
PEOR ES QUE NO ME PASA NADA. Simplemente no quieren seguir en la
rueda, aunque no se haya terminado de imaginar una nueva. Padecen
una MÍSTICA DE LA FEMINIDAD que no solo quiere independencia
económica, además ambiciona tiempo libre. Cuando la patronal afirma
en la tribuna que sobran universitarios, lo que en realidad le sobran son hijas
de la clase trabajadora con la oportunidad de desarrollar el pensamiento
crítico suficiente como para negarse a aceptar un trabajo que no les dé para
una habitación propia.
La explotación
laboral es la razón de ser de la laboralidad y sus beneficios. En demasiadas
ocasiones se nos olvida que ocupamos un puesto porque generamos plusvalía,
porque aportamos mucho más de lo que nos pagan. Vamos a la universidad y se nos
olvida que cuando dejemos nuestro trabajo no cualificado seguiremos haciéndolo
como
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subordinadas. Cuando somos camareras, servimos copas más caras que
nuestra hora de trabajo. Cuando somos dentistas, también ponemos empastes más
caros que nuestra hora de trabajo. Concha no se puede permitir dormir en el
hotel donde hace las camas. Por sus pasillos corre en crocs, en
zapatos ortopédicos, pero jamás lo hará en sandalias ni con su ropa
de calle, no lo tiene permitido. El sistema fordista, aquel que buscaba
garantizar que la plantilla pudiese acceder a los mismos bienes y servicios que
producía y desarrollaba, ha sido superado por otro sistema, a todas luces peor.
Para irse de vacaciones, las trabajadoras de los hoteles de cinco estrellas
deben buscar alojamiento allí donde sí puedan permitirse pagar una noche, allí
donde quien les cambie las toallas gane aún menos que ellas.
¿Se puede tener
salud presentando síntomas de precariedad y explotación? ¿Por qué es tolerable
una vida en la que tenemos que someternos hasta la extenuación para pagar una
habitación y una balda del frigorífico en un quinto sin ascensor? ¿Por qué
aceptamos aprovecharnos de quien está todavía peor para que llegue en bici
hasta nuestro portal y se suba los cinco pisos con un poke?
Llevamos varios años hablando de la salud mental, de soluciones individuales,
como si lo que nos ocurre necesitase presentar varios síntomas sostenidos en el
tiempo para que se nos pueda tratar. Como si lo que nos pasa se tratase con la
medicación y las pautas que recomienda el DSM-V para cada trastorno, cuando la
realidad es que necesitamos que la Inspección de Trabajo actúe de inmediato.
Necesitamos un rescate. Porque esto no es un trastorno individual. Es, en el
peor de los casos, un delito contra los derechos de las trabajadoras y, en el
mejor, la consecuencia del propio chantaje renta-trabajo.
Podría decirse que
Ángela, docente, ha visto crecer a los hijos de su fisioterapeuta. «Por
sobrecarga de trabajo he tenido muchos episodios, se me rotaron las cervicales
por exceso de estrés y tantas horas delante del ordenador. A otros compañeros
les han pasado cosas parecidas». Para evitar estas situaciones necesitamos
parar, pero eso significaría que somos unas flojas, que no nos estamos tomando
en serio la oportunidad que nos han dado para ascender socialmente. Debemos
lucir con orgullo que no nos da la vida, estar muy ocupadas, que nuestro peor
defecto que destacar en la entrevista es que somos muy perfeccionistas, unas
adictas al refuerzo intermitente del mando intermedio. Pretenden que trabajemos
más horas
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de las que cualquiera de nosotras desearía estar despierta. En el
momento en el que no somos nadie más allá de nuestro puesto de trabajo, la
patronal ha derribado a la reina y se enfila hacia el jaque mate.
Cuando la
hiperproductividad se ha convertido en un hábito, las horas libres solo pueden
existir si una enfermedad nos postra en la cama, en el momento en que nos
recuerda que somos humanas. No queremos mostrarnos FRÁGILES, somos
incapaces de reclamar un descanso en medio de tantas privaciones a nuestro
alrededor, exhaustas, agotadas… la sobreexigencia oculta la culpa hasta
normalizar «una ansiedad que se tolera como daño colateral del privilegio de
quien al menos vive y trabaja y mejor se calla ante la pobreza y mayor
vulnerabilidad de los demás». Maca ilustra la teoría de las
ensaladillas rusas: «Desde muy jovencita he sentido la presión de que soy
la que tengo que cuidar, y me es más difícil romper este rol que ejercerlo.
Entonces, soy la cuidadora principal en mi familia y hasta he ido perdiendo las
ganas de rebelarme. Digo, venga, pues ya está, toca hacerse cargo de tres
personas dependientes… Y me encuentro maternando otros ámbitos, porque es mi
forma de socializar. Materno en el trabajo con los alumnos, con mis compañeras,
con mis amigas, con mi pareja… No digo que a todas las mujeres les pase, pero
en mi caso, como es algo reconocido socialmente, que todo el mundo me da
refuerzo positivo por lo bien que lo hago, por lo bien que cuido de los demás,
al final es como que estoy a gusto haciéndolo. Aunque esté cansada, me siento
reconocida. Lo que pasa es que voy aprendiendo un poco a poner límites. Antes
de sobrecargarme en exceso, ya lo hablo y digo: “Oye, mira, aunque a mí me
gusta hacer esto, lo voy a hacer hasta aquí”. En terapia lo estoy trabajando,
de momento gestiono mejor el estrés que la culpa… Por eso tiendo a
sobrecargarme cuidando de los demás y no me puedo desentender de sus
necesidades. Cuando tienes una familia disfuncional como la mía, eliges entre
susto o muerte».
La tendencia de la
patronal hacia la automatización no busca únicamente ahorrar salarios, también
quiere amansar a la plantilla atemorizándola con la sustitución y el desempleo
si demandan más salario, más descansos o más derechos. Nos priva de pensamiento
crítico y de cualquier necesidad o inquietud más allá de las cubiertas por la
empresa. Un adoctrinamiento sin pausa. Hasta que renunciemos a parecer humanas,
para que nadie perciba que podemos ser reemplazadas por una máquina. Negarnos a
realizar una tarea, dejar sin terminar un proyecto, responder
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sin contemplaciones a un chiste machista, ponernos enfermas, que se case
un hermano, que muera un padre, acompañar a una abuela al médico, acudir a una
reunión con la maestra de nuestra hija, todas son cosas que nunca haría un
algoritmo. Y si no queremos ser sustituidas, reemplazables, prescindibles,
tampoco debemos hacerlas nosotras. Amparo se centró en que su rol de cuidadora
en casa no arrastrase su productividad en el trabajo. Fue madre con 35 años y
se vio, al mismo tiempo, responsabilizándose de sus padres, ya que a su madre
le diagnosticaron Alzheimer prematuro: «Durante trece años, mi vida se limitó a
ir de casa a la oficina, de la oficina al colegio de mi hija, del colegio de mi
hija a casa de mis padres, de casa de mis padres a la mía, y vuelta a empezar.
Cuando murió mi padre, mi hermana y yo estábamos las dos con los portátiles en
las rodillas a los pies de su cama».
Nuestros
compañeros, los hombres de clase trabajadora, no han tenido una explotación
laboral inferior a la nuestra, pero han disfrutado de más tiempo libre y de
descanso a costa de nuestro trabajo no remunerado en el hogar. Quienes estamos
accediendo a los empleos con los que las generaciones anteriores no pudieron ni
soñar, advertimos que el curro de nuestros sueños no nos permite un techo digno
bajo el que dormir, mucho menos en propiedad. No podemos entregarnos al cien
por cien en un sistema que nos paga la mitad. Son las jóvenes las que mejor han
comprendido que no se puede exigir una identificación con la empresa si no te
pagan la ropa que te piden que vistas y tienes un contrato temporal.
El crop top dejará
una PANZA DE BURRO al aire, pero al menos hemos cesado en la
persecución de la zanahoria. Por supuesto que hay una falta de compromiso, cómo
vamos a querer que nos defina nuestra ocupación, si la sujeción al puesto es
una camisa de fuerza que corrige nuestras aspiraciones vitales y nos somete
incluso cuando plegamos porque nos duelen hasta las pestañas.
Lo peor es que no
nos pasa nada porque nos pasa a todas, y ya se sabe: normalidad, supuesta
salud. Normalizamos de una manera generalizada, y que llega a la enajenación,
que el trabajo nos rompe y que NO TENER TIEMPO es síntoma de
éxito, por lo que quien no puede soportarlo necesita ser tratada, reeducada.
Solo así el sistema seguirá girando. Triana empezó a ir a terapia porque todo
el mundo le decía que era una exagerada, que se cogía las cosas muy a pecho, que
tenía que relativizar un poco y tomarse la vida menos en serio. «En mis
sesiones me doy cuenta de todo lo que he
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ido tragando que no debería haber tragado. Gracias a ello decidí
interponer una demanda. Fue la psiquiatra, haciendo terapia online,
porque me pilló con el confinamiento, la que me ayudó a ver las cosas con
distancia. Me di cuenta de lo que me estaba pasando, de lo que me estaban
haciendo, y me puse en contacto con una abogada laboralista, porque, incluso
siendo yo abogada, no me estaba dando cuenta. Priorizaba tener un trabajo fijo
a sufrir discriminación». Cuando todo es salud mental, parece que nada es estructural,
pero de vez en cuando se demuestra que no es cuestión de actitud, ni de empezar
a levantarnos a las cinco de la mañana, ni de leer a Marco Aurelio. Cuando
contamos lo que nos pasa, nos permitimos en muchísimas ocasiones politizar
que MALESTAMOS y elevar esa experiencia personal que nos hacía
sentir raras en un mundo de normas en el que no encajamos. Ese orden social,
descrito y consuetudinario, solo puede ser transformado por la acción
organizada.
Se da por hecho que
lo normal es el blíster de pastillas en el cajón de la oficina, en el delantal
de la fast food, en la riñonera de rider. «La empresa
creía que debía poder hacer el trabajo de tres personas. Peté. Yo creí que era
algo físico, que me faltaba azúcar, que tenía la tensión baja. Perdía las
fuerzas, me mareaba, llegaba a perder el conocimiento en la calle. Le comenté a
la médica de cabecera que me sentía cansada, que no me podía levantar, que me
costaba muchísimo hacer todo. Y ella, después de hacerme pruebas, me dijo que
era una depresión. Fue la primera que me recetó antidepresivos», recuerda Toñi.
Nos han exprimido hasta quitarnos el sueño y, ahora que no podemos más, nos
recetan pastillas para dormir.
LEXATÍN O CERVEZA
Nuestros barrios,
los de la periferia, de edificios de ladrillo naranja y toldos verdes, han
estado continuamente estigmatizados porque aquí vivimos losers:
«Parece fácil caer en los discursos que justifican el consumo a partir de que
se ha perdido el empleo, se tiene una familia desestructurada… que, como estás
jodido, lo normal es que te drogues», señala Aroa, historiadora especializada
en la transformación de Madrid tras la llegada de la heroína. Pero la trampa de
esas explicaciones, concluimos, es que se estereotipa al drogodependiente y
también a las personas que viven situaciones jodidas. Si normalizamos que el
abuso esté
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justificado entre quienes tienen una vida difícil en un barrio
empobrecido y sin una familia que le cuide, cualquier persona en condiciones
similares podrá desarrollar un problema de adicción. Lo tenga o no lo tenga, el
prejuicio consiste en dar por hecho que podría suceder y que, por ende, lo
mejor que puede hacer quien tiene una situación acomodada y disfruta de cierta
respetabilidad dentro del orden social es no acercarse a la periferia.
Aroa ha enfocado su
tesis a las adicciones porque «es algo que siempre me ha llamado la atención.
Hace años, mi madre murió por VIH. Lo había contraído a partir del consumo de
heroína y, claro, eso hizo que en casa ese fuera un tema tabú, algo de lo que no
se podía hablar. Y basta que te digan que no puedes saber para que quieras
indagar. Estudié Historia, y cada vez que salía el tema, me llamaba la atención
esa proyección del drogadicto como una persona problemática. Investigar esto me
ayuda a entender el porqué, darle agencia, entender que al final las personas
hacen lo que quieren y eso te puede llevar a un sitio o a otro, y que esa es la
vida que mi madre eligió vivir. Esto me ha ayudado a entender que lo que le
sucedió no dependía de mí. Con seis años no podía comprenderlo. Y que la
adicción y la enfermedad no son algo que per se implique un
abandono o una falta de interés por tu familia o por tus hijos, que es algo
inherente al estigma sobre las madres consumidoras y no sobre los padres
consumidores. Mi madre contrajo la enfermedad y mi padre tenía problemas con el
alcohol, por lo que, tras la muerte de ella, me criaron mis abuelos paternos,
bastante mayores. Ya no trabajaban (obrero y limpiadora de origen extremeño) y
nunca quisieron hablar del tema. Yo no supe de qué había muerto mi madre hasta
la adolescencia. Me preguntaba cosas, había cosas que no entendía… Rivas no es
un barrio tan grande y se hacían comentarios. Al empezar en el instituto fue
cuando recibí los primeros comentarios explícitos de que mi madre se drogaba.
Mi primera reacción fue decir que eso era mentira, era un choque. Tras hablar
con mi familia me dijeron que sí, que era verdad y que había pasado esto, esto
y esto. Lo primero que pensé es que era una mujer horrible, todo eran sentimientos
negativos».
Las adicciones son
un problema de salud profundamente atravesado por los roles de género. En el
alcoholismo, de ese abandono de los hijos se habla cuando eres una BORRACHA
MENOR, pero no cuando confiesas que eres un hombre que solo piensa en BEBER. No
es para menos el juicio
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clasista: ponerse COMO LAS GRECAS es muy diferente a
ser un obrero del metal al que apodan VINAGRE.
Que una chica esté
sola en un bar conlleva un estigma, sea lo que sea lo que le hayan servido en
la copa. Aún viven aquellas ANIMALAS FEMINISTAS que fueron
internadas en el Patronato de Protección de la Mujer al ser sorprendidas de
madrugada en la barra de un bar: frecuentarla era la forma más rápida de coger
mala fama en el vecindario. EL LABERINTO DE ARIADNA denuncia
que beber en exceso es incompatible con ser una «buena mamá», pero jamás se
cuestiona que los alcohólicos estén ejerciendo o no su paternidad de la manera
correcta. A las madres adictas se las dinamita apartándolas de su prole, ya sea
por lo civil, ya sea a partir de una decisión familiar sin que medie ninguna
institución, como fue el caso de Aroa, que vivió con sus abuelos sin tener
apenas contacto con la suya, «aunque se rehabilitó y tenía ganas de vivir. Es
bastante fuerte, porque era alguien que empezaba a rehacer su vida, que quería
volver a reunir a sus hijos. Pero le llegó el diagnóstico, la enfermedad y la
muerte. Fue un bajón. Es algo propio de estas situaciones. Es una cuestión de
suerte. Conozco a amigas suyas que han consumido y que siguen vivas, que tienen
a sus hijas y a sus familias».
Es una falacia
hablar de que las sustancias más duras no son malas poniendo ejemplos de
grandes artistas. La historiadora insiste en ello por varios motivos: «Primero,
depende de la calidad de lo que consumes, que esa droga sea la que tú
normalmente consumías. La heroína popular estaba cortada, y esa parte
adulterada es la que te mataba. Por otra parte, el espacio donde la consumes,
si es seguro (como tu casa, o la casa de un amigo). Y los recursos que existen
(sean públicos o privados) para acudir a un tratamiento cuando quieras dejarlo.
Hay que romper con esa imagen de que en los barrios como no había otra cosa que
hacer, pobrecitos, se drogaban. Había otras cosas que hacer, había gente que
las hacía, y también había gente que las hacía y después se drogaba. Las
muertes de drogodependientes no tienen tanto que ver con la sustancia sino con
la adulteración».
Los relatos de
algunas de las entrevistadas que vivieron los setenta y los ochenta cubren las
lagunas que tiene Aroa tras la pérdida de su madre. «He notado mucho en falta
ese referente. Mi identidad se ha construido en torno a la orfandad y a la
ausencia de una figura sobre la que tienes
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muchas preguntas que nadie te contesta. Pero pude estudiar, sin
carencias, en la educación pública, desde el colegio hasta la universidad». Su
investigación se centra en la heroína. «Desde muy pronto se habla de
consecuencias perjudiciales para la salud. Sobre todo morales. Muchas veces los
oprobios giran en torno a la moralidad. A partir del 85-86, con los primeros
casos de VIH y de sida, es cuando alcanza un mayor pico el discurso que liga
droga y enfermedad. Se creía que la mayoría de las personas enfermas en España
lo habían hecho por vía intravenosa, por ser consumidores de heroína. En
Estados Unidos el contagio estaba más vinculado, de cara a la opinión pública,
a las relaciones sexuales homosexuales. A mediados de los ochenta empieza a
organizarse la respuesta social en España ante la drogadicción».
En Galicia, la
Asociación de Vecinos de Lavadores trataba de vez en cuanto el tema, pero
asociándolo a las bandas, a los delincuentes, no como un problema social que
podía afectar a cualquiera y que tenía culpables. Hasta que los hijos de las
madres de la asociación cayeron en la heroína, no empezaron a ser vistos como
enfermos. En FARIÑA se describe una generación perdida: en
1995 un tercio de los colegios gallegos reconocía que se vendía droga en sus
alrededores. Aquello afectó de lleno a Mariña: «Mi hermano cayó varias veces.
Yo tenía una pandilla, que éramos como diez o doce, todos en las mismas edades,
más o menos… Y, claro, algunos fallecieron por sobredosis. Es muy curioso,
porque fíjate, era un grupo bastante homogéneo en cuanto al número de chicas y
de chicos. Todos ellos lo probaron todo y lo hicieron todo. De nosotras, solo
dos. El resto estudiamos, salimos adelante y seguimos vivas. Ellos no salieron.
Es significativo y siempre me ha llamado la atención. Y luego, pues ya te digo,
fue durísimo porque yo creo que lastró a toda mi generación. No sé. Muchos
muchos conocidos, amigos. Uno de mis primos falleció de sobredosis. Un antiguo
novio de una de mis hermanas también. Mi hermano se salvó. Bueno, no sé…
Tampoco te queda la tranquilidad de que esté salvado del todo, ¿sabes? Porque
siempre piensas que queda ahí ese poso, que podría recaer en cualquier otro
momento. La droga es algo muy concreto, pero el alcoholismo también está ahí, y
él se refugia mucho en el alcohol. Yo qué sé, es que fue una época muy dura y…
te dejaban abandonado a tu suerte, ¿sabes? En aquella época, había una
asociación particular de ayuda a toxicómanos que se llamaba Érguete. No era
algo gubernamental o promovido por la sanidad pública o algo así. De hecho,
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por ejemplo, las desintoxicaciones de mi hermano siempre fueron
privadas. O sea, nunca recibimos ninguna ayuda. Las clínicas no eran baratas
precisamente».
En la Valencia
de extramurs, Paqui, una teleco de 50 años, también hizo «la ruta
del bakalao, que empezó en los años noventa. Había empezado a salir en los
ochenta, que eran los años de la movida, de la liberación… no era aún música
del bakalao pero sí que había mucha droga. ¿Cómo lo viví? Pues le tengo pánico.
Entonces y ahora, le tengo mucho respeto a las inyecciones. Tenía mucha
información de lo que era. No te digo que no probara nada, porque sí que probé
(era demasiado fácil en aquella época), pero no fui adicta a nada. Sí, conocí a
gente: el hermano de una amiga de mi hermana era adicto a la heroína. Su madre,
que era paciente de mi padre (que era médico) en el seguro, venía a por
recetas. Lamentablemente, un día se lo encontraron en el patio con una
sobredosis. También teníamos unos amigos del grupo cuyos padres estaban
enganchados a la heroína. Por la profesión de mi padre veía de cerca muchos
casos, le cogí miedo, y por eso creo que nunca me acerqué. Creo que es
básicamente información lo que necesitas: lo que hay y lo que hace. He probado
la coca, que hizo más daño en los noventa. Muchas cosas de sola una vez: un
tripi, una mescalina… pero la heroína jamás, ni pinchada, ni fumada, ni nada».
En Bilbao, Ainhoa
recuerda aquella generación perdida más relacionada con el consumo de hachís y
marihuana: «Conocí a muchos a los que mató la droga. Alguno consiguió salir del
pozo, pero otros se quedaron estancados. Eran chicos listos que podían haber estudiado,
pero, claro, fumar porros era más divertido que cualquier otra cosa.
Abandonaron los estudios y eso los lastró de cara al futuro. Había mucha gente
enganchada, pero en aquella época no se hablaba abiertamente de esto, no éramos
conscientes. Con el alcohol había también una tolerancia absoluta, total. No
teníamos ningún problema para entrar a los bares. Con catorce o quince años ya
bebíamos».
Estadísticamente,
las mujeres consumimos más alcohol y benzodiacepinas, sustancias legales, que
los hombres, aunque cada vez estamos más SEDADOS en el
conjunto de la sociedad. Nos evadimos con lo que venden en el súper porque no
tenemos tiempo para resacas de dos días, ni dinero para permitirnos pastillas
que no vendan sin receta. Un detalle sobre el que Marisol reflexiona cuando
abordamos las diferentes
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«vías de escape» que tiene la clase trabajadora ante una realidad que la
supera. Incidiendo en salud mental y autocuidados, como la necesidad de tener
tiempo para el ocio y el descanso, resalta que «la tarde libre» que se ha
popularizado entre los varones, y es normal verla en las series americanas como
«la tarde de bolos», no existe para las mujeres. Estar sobrepasada o tener
ansiedad se ha estigmatizado, aunque sea así como estamos todas: «Yo tomo
ansiolíticos por la ansiedad que me causa todo. Mi marido tiene ansiedad pero
no recurre a ellos, se bebe una cerveza. Él tiene la opción de salir de
trabajar, sentarse en una terraza con un colega, pedir una caña, echarse cuatro
risas y relajarse. Pero yo, para hacer eso, tengo que dejar al niño con mi
madre, porque si no, no me voy tranquila. También te digo que es algo que
sienta genial. Cuando estoy con mis amigas, con una cerveza y un cigarro, estoy
en la gloria. Ahí no necesito ansiolíticos. Eso tendría que ser diario, pero no
es viable». Lo cotidiano, lo que las mujeres de clase trabajadora se pueden
permitir, es el ansiolítico.
Cuando trato este
tema con Yaiza, identifica en los jóvenes con los que trabaja una relación
clara entre el consumo de alcohol y la inversión pública en espacios de ocio:
«Cuando tú no tienes nada que hacer, ningún sitio al que ir un sábado por la
tarde en el que sientas que puedes desarrollarte y estar con tus colegas
tranquilamente, ¿qué haces? Pues un botellón en el parque. Porque, uno, es lo
más barato, y dos, estás con tus colegas y es lo único a lo que tienes acceso».
Como educadora social, ha realizado talleres de ocio alternativo que sí se
promovieron en distritos diferentes al suyo. «Nos los llevábamos a hacer
talleres de manualidades, a pintar tazas, cosas que aquí en el barrio no hay, y
los chavales estaban encantados. Cuando no tienes esa oferta, ni unos billares,
que es lo más básico, lo más normal es que estén en el parque echándose un
peta». Maribel ha discutido mucho con quienes criminalizan el consumo de drogas
en la periferia, «porque no creo que se haga más aquí que en los barrios ricos.
Aquí los ves (y lo hueles) porque están en el parque. Pero si lo hacen en un
garaje de un chalé en Retamar o en un barco del puerto no lo sabes, y entonces
qué buenos parecen todos tus chavales».
Detrás de los
menores que se «drogaban bastante», suele estar una madre preocupada. «Son
ellas las que tienen la carga mental, y un sentimiento de culpabilidad, de “mi
hijo se está drogando porque yo he hecho algo mal durante toda su vida”».
Davinia describe cómo ese reproche presiona a las madres de
adolescentes: «¿Estaré siendo una buena
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madre para que él sea un buen hombre?». Romper con eso es muy difícil.
Irene identificaba que les ocurría más a las familias migrantes, quienes se
encontraban en un país que no es el suyo, sin referentes juveniles con los que
poderse identificar. El choque de realidad con el que se enfrentaban las
progenitoras era importante y ella, como educadora social, las acompañaba en el
acceso a los recursos para hacer frente a la situación y no hundirse. Mientras
tanto, los padres se desentendían de las nefastas consecuencias que podían
derivar de su falta de atención a la crianza: «Ellos se justifican en que, si
están todo el día trabajando, lo que pase con el niño no es cosa suya: Al
niño lo llevas tú al cole, así que si le va mal es culpa tuya, si se droga es
culpa tuya, y si no sabe es porque no le has ayudado a hacer los deberes».
Son las madres las que, por estar en casa, tienen que saber ayudar
a sus hijos e hijas con los deberes, sin que haya ningún tipo de reflexión
sobre las materias o el propio acceso a la educación que ellas hayan tenido,
sobre de cuántos menores se deben hacer cargo, sobre si hay alguna persona
dependiente o si trabaja fuera de casa. La única vez que Irene ha visto
intervenir a un padre, recuerda, fue en un campamento, «con una actitud nada
conciliadora, y sin preocupación, sino abroncando a las monitoras».
En lo personal,
Irene ha ido a la psicóloga derivada desde la Seguridad Social, «y no quería
que me dieran pastillas. El componente de clase te genera mucho más estrés,
tensión e inestabilidad. Al final, una persona con problemas puede acabar
enganchada, sea de la clase que sea, pero alguien con más poder adquisitivo
tiene muchos más recursos para que le cuiden la salud mental, por así decirlo.
También para estar menos estresado, para no tener problemas para llegar a fin
de mes, que al final eso es lo que nos acaba condicionando a todos». El titular
fue ESPAÑA, A TERAPIA, pero la realidad es que España, en femenino,
está sobremedicada porque no hay financiación en la sanidad pública ni medios
suficientes para la atención privada en las unidades de salud mental.
LAS CIGÜEÑAS NO
HIBERNAN
Ana retrasó su
embarazo hasta que estuvo segura de poder ser la madre que deseaba ser, con un
trabajo que le permitiese cuidar sin depender de nadie: «Cuando tuvimos hijos,
mi marido trabajaba de noche y yo de
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mañana. Yo podía estar con los niños sin tener que recurrir a nadie para
que los cuidara. Tardé en tenerlos, pero me dije que el día que estuvieran
aquí, no iba a darle su educación a nadie, la llevaría yo. Lo tenía muy claro.
No por nada, es que, si no, ¿para qué los tienes? Es un periodo de la vida que
no se puede recuperar. Yo no volví a salir de casa, con el trabajo, hasta que
los niños fueron mayores. A ver a quién metes en casa mientras duermen: mi
marido trabajaba de noche, mi madre murió cuando yo era joven, a mi padre, que
no se había hecho cargo de mí, no le iba a dejar a mi hijo; y mis suegros
estaban muy mayores y viven en otra ciudad. Alguna vez he recurrido a mis
hermanas, pero no como algo seguido».
Nos han programado
para posponer la gestación hasta encontrar la situación propicia, determinada
por la estabilidad laboral y afectiva. Mientras tanto, las ricas han seguido
teniendo quien herede. Tal y como afirma Javier Ruiz al radiografiar por
quintiles la sociedad española, la crisis de 2008 supuso un retraso en la edad
de maternidad, pero solo entre las mujeres más pobres, en los tres primeros
quintiles. Las ricas no cambiaron el ritmo. Y ahora esos repeinados serán
nuestros jefes y nos preguntarán si queremos tener hijos porque, dada su
proyección internacional en el plan de ascensos interanual, es difícil encajar
las políticas de conciliación del Gobierno socialcomunista. En su cuenta de
resultados encajan mejor las prestaciones universales a las familias numerosas
que concilian divinamente deduciendo el sueldo de la interna.
Para Fayna, la
principal culpable de la baja natalidad es la situación económica. Opina que,
en comparación con la generación de sus padres, tenemos menos estabilidad. «Con
24-25 años estaban casados, tenían una casa, hijos y hasta un coche. Hoy eso es
impensable. Todavía puedes estar perfectamente de prácticas en cualquier sitio,
estudiando y viviendo en casas de tus padres. Los jóvenes tenemos muchas menos
oportunidades a nivel económico y laboral, por eso se está retrasando la
maternidad. Y también porque el feminismo nos ha enseñado que es una opción
para quien la quiera. Pero la principal razón son las pocas oportunidades que,
a nivel laboral, nos permiten establecernos y llevar una vida independiente».
En su entorno ve una mayor presión sobre las mujeres. «Ningún amigo mío me ha
dicho que quiera ser padre y que no pueda, por lo que sea. Muchos tendrán el
deseo, pero es la mujer la que parece incompleta sin hijos, aunque ellos
también puedan estar pasándolo mal. Pero ponte tú a
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tener hijos. No puedo ocuparme de mí misma, como para cuidar de otra
persona».
Ada tiene 29 años,
y no se imagina cómo podría encajar un hijo en su vida. Tampoco se siente
incompleta. «Nos dicen que ganando poco no podemos tenerlos, nos han metido eso
en la cabeza para que no nos reproduzcamos, es malvado. Pero me aburre ese
tema, si quieres ser madre o no quieres ser madre… aún podemos elegir. Ni se me
está pasando el arroz, ni necesito procrear o echarme novio para realizarme».
Una vez asumido que
la precariedad es intrínseca a nuestra condición de asalariadas, algunas
entrevistadas proyectan su maternidad al margen de las imposiciones sociales y
de los hitos vitales convencionales. Toñi, a sus 31 años, prefiere serlo sola a
esperar a la pareja ideal. «He conocido a bastantes hombres, pero no me iría a
vivir con ninguno. Ni con el más progre, rojo y aliado. Quiero compartir
momentos de mi vida, no mi vida entera. Y quiero ser madre, madre soltera. No
quiero caer en la trampa de la familia feliz, con papá y mamá, porque la
mayoría de mujeres que conozco se han separado justo después de tener
criaturas».
Cuando entrevisté a
Maca, estaba soltera y ahorrando para la fecundación in vitro.
«Ahora es cuando peor lo estoy pasando, porque llevo tratando de quedarme
embarazada desde hace un año y medio o dos y son todo dificultades. Se me han
acabado los intentos con la Seguridad Social. Me he sentido como un número,
¿sabes? Como que solo se ve tu edad y no las circunstancias. La inseminación no
salió bien, y la primera fecundación in vitro tampoco, así que
me he tenido que pasar a la privada. Ahora recibo muchos juicios de valor, que
cómo se me ocurre ponerme a tener un hijo con 40 años, que fue cuando empecé.
El primer médico me dijo: “Eres vieja para tener hijos”. Ahora han cambiado a
“eres mayor”, lo han suavizado un poquito». A la tercera fue la vencida, un año
después lo ha conseguido.
Después de toda esa
retórica contraconceptiva que recibíamos en los barrios empobrecidos, que ya le
parecía incluso algo malvado a Ada, nos acusan de estar tardando demasiado en
concebir mano de obra. Se ha dinamitado la vivienda pública y no podemos emanciparnos
hasta bien cumplidos los treinta, edad a la que muchas seguimos encadenando
contratos temporales, pero somos nosotras las que no queremos ser madres
jóvenes por culpa del feminismo, que nos ha hecho egoístas. Al parecer los
hombres no tienen nada que decir. Se emancipan aún más tarde, no tienen
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ni para comprarse un coche con el que pisar el centro de la ciudad,
pero EL VIENTRE VACÍO del que hablaba Noemí López Trujillo
solo es el nuestro. A ellos nadie les pregunta qué diablos han
estado haciendo con su vida en vez de ponerse a criar hijos. Ellos no tienen
prisa, parece que podrán ser padres cuando quieran, que no tendrán jamás el
esperma vago, ni les dará lumbago aupar a las criaturas pasados los cuarenta.
Marisol cree que la
precarización llega a afectar a las decisiones que puede tomar en torno a su
propio cuerpo: «Si no le quieres dar el pecho, tienes que plantearte cuánto
cuesta la leche de fórmula». Ser madre joven mientras se ingresa al mercado
laboral implica sentirse constantemente requerida y exigida. Davinia, abrumada
por la llegada de su hijo, el trabajo y los estudios, describe su experiencia a
los 24 años: «Lo malo de la maternidad es cuando crecen, saber si lo estás
haciendo bien, si realmente se ha convertido en una persona con unos valores,
para que el día de mañana no te salga… yo qué sé, un facha, un intolerante o un
xenófobo. Ese miedo hace que las madres (no sé otras, al menos en mi caso) nos
sintamos completamente vulnerables y frustradas. Piensas Dios mío, cómo
la cague en una época como la adolescencia, vete tú a saber en qué lo convierto.
Si habrán servido todos los años anteriores en los que lo he educado para ser
respetuoso, y para pensar por sí mismo». Ser madre no deja de ser UN
TRABAJO PARA TO DA LA VIDA.
Sindy podría haber
protagonizado cualquier capítulo de aquella serie americana, 16 and
Pregnant. Eran mujeres reales, madres adolescentes, que veían su graduación
del instituto malograda porque no había vestido con el que disimular la
creciente barriga. Con ese discurso que mencionaba Silvia Nanclares, el de que
«un hijo te arruina la vida», crecimos las nacidas a mediados de los ochenta y
hasta hoy. Nos decían que teníamos que acabar la ESO, luego Bachillerato,
después la universidad, viajar fuera, aprender idiomas, hacer un Erasmus, un
máster y estar de becaria para empezar desde abajo, pasito a pasito.
Pero Sindy no, ella
fue madre durante la adolescencia, antes de acabar la ESO, en un entorno
empobrecido, con una pareja migrante en situación irregular residiendo en otra
provincia. Cuando hablamos de este tema lo tiene claro: «De lo que me siento
más orgullosa es de mis tres hijos. Ser madre con 16 me cambió la vida,
evidentemente. Como aquel que dice, dejé de jugar con muñecos bebés para
cuidar, criar, guiar, y hacerlo lo
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mejor que podía con mi bebé de verdad. Si te soy sincera, no me siento
arrepentida y es lo mejor que hice, ser madre joven. Primero a los 16, después
a los 22 y por último a los 28. No tuve un trabajo de verdad, no estuve
contratada, hasta después de tener al segundo. Sí, es más complicado
organizarse, pero tengo a mi madre y la guardería. Y una cosa te voy a decir,
tener hijos siendo joven cansa menos que cuando los tienes casi en los treinta.
Que ahora estoy reventada con la más chiquitina… pero son mi mayor orgullo.
Quizá los papás no los elegí bien, ya que los dos mayores son de un padre y la
pequeña de otro, pero dicen que son los hijos los que nos eligen a nosotros, y
en este caso fue así. Estoy agradecida de que me hayan elegido a mí mis tres
tesoros. Fui hace poco a las orlas de la mayor, la graduación de la ESO que yo
no tuve».
Las horas de sueño
que nos roba el metro mientras se acelera «el reloj biológico» acaban afectando
a nuestra salud reproductiva. Incluso entre aquellas mujeres que no desean
quedarse embarazadas, cuando la precariedad se cronifica, se activan los
mecanismos de supervivencia. Muchas sentimos la bajada de la libido cuando el
estrés ambiental se prolonga. Nuestro cuerpo interpreta que, si estamos en una
situación de riesgo, debe ahorrar, prescindir de algunas funciones.
En el mejor momento
biológico, LA MITAD QUE SANGRA sigue siendo becaria o, en el
mejor de los casos, está disputándose la proyección profesional en un entorno
cada vez más hostil, feroz y ávido. Zoe se sintió absurdamente desbordada por
la situación la primera vez que dejó de bajarle la regla por el estrés en el
trabajo, aunque al principio no sabía lo que era: «Estaba en el call
center con contratos de interinidad a los veintimuchos y, claro, muy
tensa. Tras cuatro meses sin la regla, noté el chorretón. Me crucé con mi jefa
en el baño, me vio mal, y se lo conté. Confesó que estaba igual desde que la
habían hecho responsable. Y mientras entraba a cambiarme lo pensé: ¿por qué
tengo yo que encontrarme con los mismos problemas de salud por el estrés que
ella?».
Tan solo una de
cada diez mujeres no quiere ser madre al margen de su salud, su situación
económica o sentimental. Las no madres convencidas, por el feminismo o por
cualquier otro motivo, somos una minoría. En España, casi tres de cada cuatro
mujeres tienen descendencia, aunque se posponga tanto que nos hayamos
convertido en el país europeo con más madres primerizas a los cuarenta años que
a los veinte. Tender a que el permiso de paternidad sea igual al de maternidad,
así como ampliar el
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tiempo en ambos casos y que haya deducciones en las cuotas a la
Seguridad Social de las sustituciones son decisiones políticas que palian las
desigualdades de género en el ámbito profesional. Pero no son suficientes para
que dejemos de estar escrutadas con especial atención cada vez que nos
enfrentamos a los algoritmos de selección, o a los responsables que siguen
temiendo que las madres no puedan comprometerse a full time en
la empresa.
Al ver la foto de
WhatsApp de Triana, cualquiera podría creer que es madre. Cuando comencé a
preguntarle sobre la maternidad y la conciliación, corrigió el error de
suposición: «Son mis sobrinas. Como estoy, no puedo. ¡Ojalá! Me gustaría, pero
no puedo, no puedo. Cuando me despidieron tuvimos que irnos a vivir a casa de
mi suegra, porque no llegábamos a pagar el alquiler con un solo sueldo mientras
yo esperaba el juicio. Es muy jodido. Estoy en tratamiento psiquiátrico, quería
haber sido madre este año. Me planteo que aprobar una oposición es la única
salida hacia un trabajo digno. Aunque gane el juicio y me reincorpore, me harán
la vida imposible. Así no se puede tener un proyecto de maternidad».
La precariedad y la
temporalidad (pero sobre todo la arbitrariedad con la que se accede promociona
y mantiene el empleo en nombre de la libertad de la empresa y los acuerdos
individuales) han provocado que muchas mujeres se orienten hacia el empleo
público. El Estado parece el único empleador estable, garante de unos mínimos
de mérito y capacidad en su selección y respetuoso, llegado el momento, de las
medidas de conciliación que se puedan precisar. Marta tiene 29 años y quiere
ser madre, pero sabe que no lo será a corto plazo, porque aún no ha conseguido
una plaza de funcionaria cerca de su familia, y porque su novio acaba de
aprobar las suyas como policía local, a los 33 años. Lo que tiene claro es que
siendo funcionarios es la manera más fácil para acceder a una vivienda y formar
una familia. «No sé si es muy tradicional, pero es que soy así. Desde pequeña,
me ilusiona tener mi casa, mi pareja y mis hijos, porque a mí los niños me
encantan. Y ser funcionaria también. Aparte de que me encanta trabajar en la
Agencia Tributaria, es que tendré las tardes libres para en un futuro, si Dios
quiere, pasarlas con mi familia y cuidar de mí también, que me gusta cuidarme y
no solo vivir para trabajar, sino poder disfrutar un poco también de la vida y
de mi familia».
Esencializar los
cuidados maternos lleva a miles de empresas privadas en nuestro país a
permitirse la fuga del talento femenino simplemente por
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no conceder la flexibilidad que necesitan las familias para conciliar
vida profesional y laboral. Contabilizar mensualmente cuántas demandas de
despido se presentan relacionadas con el embarazo nos ayudaría a tomar
conciencia de quién está dejando en la calle a las mujeres en pleno invierno
demográfico.
PÓNTELO,
PÓNSELO
Si hay una forma de
poner pie en pared en este sistema en el que las clases empobrecidas reproducen
la fuerza de trabajo a través de la familia, es con el control de la natalidad.
A principios del siglo pasado, Margaret Sanger difundía LO QUE CADA
MUJER DEBERÍA SABER, dando consejos a las trabajadoras de estratos bajos
para evitar el embarazo. El zénit de su propósito llegó en los años cincuenta,
al confiar en el científico que desarrolló la píldora anticonceptiva: un método
controlado por la mujer sin que su pareja interfiriera.
La doctora Tancredi
advierte de las implicaciones de género que hay en el consumo de
anticonceptivos hormonales entre adolescentes. «Necesitamos profesionales de
ginecología que sepan diferenciar cuándo una chica pide la píldora porque
quiere y cuándo es el novio el que realmente quiere. A veces está siendo
sometida a presiones que tienen más que ver con el deseo de él que con la
necesidad de ella». En los últimos años, bastantes mujeres han decidido
prescindir de los métodos hormonales y apostar por los preservativos, y no como
una vuelta al pasado, sino porque la igualdad tiene más que ver con que el
hombre pueda perder cierta sensibilidad a cambio de que la mujer no se tenga
que medicar.
Fue justamente esa
falta de igualdad en las responsabilidades de la contraconcepción las que
sentía Mariña: «Tomé la decisión yo, a nivel particular, de tomar
anticonceptivos. Fui al ginecólogo, y los pedí y tal porque mi marido era
hiperreacio al preservativo. Era como: “Vale, genial, otra carga más que cae
sobre mí”. Y la verdad es que no me sentaron muy bien, porque engordé bastante.
Estuve diez años tomándolos, luego me puse un DIU y, todo esto, ya te digo, es
decisión mía. Con su apoyo, sí, porque a él le venía muy bien que fuera yo la
que me ocupaba del tema. Es verdad que no me he quedado embarazada, pero
infecciones y cosas así sí
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que he tenido. Si hubiéramos utilizado el preservativo, pues todo eso
que me habría ahorrado».
La campaña Póntelo,
pónselo surgió del Ministerio de Asuntos Sociales y del de Sanidad en
1990; el CJE lo rescató años después cuando volvió el PSOE al ejecutivo. Son
los hombres los que deben ponerse un condón para tener relaciones sexuales
seguras, pero como no podían ser ellos los únicos responsables de prevenir ITS,
ni embarazos, incluso para que se lo pusieran hubo que interpelar y que llamar
a la acción a las mujeres.
El androcentrismo
también presupone nuestra heterosexualidad en la consulta. Relata Miriam: «Si
te pregunta la ginecóloga o el ginecólogo que si ya has tenido relaciones
sexuales con penetración con 30 años y tú contestas que no, se te queda mirando
en plan: “¿No?”, como si no existiese nada más allá de la penetración. Con 25
años me acompañó mi madre y la doctora me miraba, y me preguntaba en bajito si
no quería decirlo porque estaba allí mi madre. Otra vez, un ginecólogo me dijo
al entrar por la puerta: “Madre mía, qué de testosterona tienes”. Entienden que
sin penetración no hay relaciones sexuales, por lo tanto no hay riesgo, y no te
dan ninguna información sobre métodos de barrera contra enfermedades, ni
infecciones de transmisión sexual. En el momento en el que dices lesbiana y que
no hay penetración, para ellos ya está, no hay riesgo de contagio de nada, ni
candidiasis, ni papiloma. Si eres lesbiana no puedes contagiarte de nada».
Una de las
cuestiones más curiosas de los anticonceptivos hormonales es que se recetan
para absolutamente cualquier cosa, menos como inhibidor de la fertilidad.
Aunque solo estén testados como tal, y no como reguladores hormonales, para
prevenir los dolores o bloquear el acné. La revolución de la píldora supuso
avances incuestionables para la liberación de la mujer, pero
también fue el mejor remedio para todos aquellos males relacionados con la
ovulación que no se habían abordado en profundidad porque nos afectaban
únicamente a nosotras.
Cuando los métodos
contraconceptivos fallan, acudimos a la píldora del día después para evitar el
embarazo, pero no sin prejuicio y estigma, como en el caso de Núria: «Recuerdo
de jovencita haber pasado por la típica experiencia horrible de ir a pedirla.
No era como ahora, que la dispensan en la farmacia. Tenías que ir al centro de
la mujer y pasar cuatro exámenes para que te dieran la puta pastilla. Fue una
experiencia muy
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traumática. Ya ibas acojonada porque tenías 17 años y te había pasado lo
que fuera que te hubiese pasado, y te hacían doscientas preguntas que tú
tampoco sabías contestar y, al fin y al cabo… Eso sí que ha mejorado bastante.
No es lo mismo ir a la farmacia que tener que pasar por eso». Aunque se
adquieren sin receta, conseguirlas tampoco es siempre sencillo, tal y como
explica Sandra: «En Madrid cuando fui a por la píldora del día después, porque
yo no tomo pastillas anticonceptivas, utilizo preservativo, me encontré con una
farmacia objetora de conciencia que no las vende. Algo bastante flipante,
porque te vas a la farmacia de enfrente y sí te la venden». Lo que puede
ocurrir si no tenemos acceso a la píldora del día después, que no es
precisamente tan barata como para estar al alcance de chicas sin empleo y que
dependen de una paga semanal, es dar positivo semanas después en un test de
embarazo.
La clínica Dator se
creó en 1985, desde que en España es legal abortar. Fue la primera acreditada
en el país, aunque algunos de sus profesionales ya actuaban en la
clandestinidad. Y nació con un fuerte vínculo al movimiento feminista. Esto les
ha supuesto, como ya nos ha indicado su portavoz, Sonia Lamas, ser la diana de
los grupos ultraderechistas y antiderechos que acosan a trabajadoras y a
pacientes en la propia puerta del centro, en Tetuán, Madrid, que el día de la
entrevista, había amanecido con pintadas y con un local en la acera de enfrente
con la cara de un bebé gigante. Que para estos grupos no sea moral la
interrupción de un embarazo no lo hace ilegal; defiende Lamas que tanto Dator
como el resto de las clínicas de la región «operan a través de convenios de
acreditación con la Comunidad de Madrid. Para decirlo bien sencillito: mientras
en las propias instalaciones de la sanidad pública no se asuman las
interrupciones voluntarias del embarazo, las clínicas acreditadas seguiremos
trabajando para la sanidad pública. Llevamos treinta y siete años de derecho al
aborto en este país, con una prestación sanitaria de excelencia, con una tasa
de mortalidad prácticamente igual a cero. Se ofrece con calidad a pesar del
estigma con el que cargan las mujeres y de la objeción de conciencia en el
Sistema Nacional de Salud, que más allá de la cuestión moral se debe al poco
reconocimiento hacia las unidades: las y los profesionales no quieren formar
parte de una unidad que no da puntos curriculares».
Una de las
entrevistadas se quedó embarazada con 15 años siendo víctima de violencia de
género: «Fui directamente a una clínica privada por mi edad. A mi madre le daba
muchísima vergüenza. No pude opinar ni
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sobre el tipo de anestesia. Yo quería local porque mi novio me había
metido miedo de morirme, pero me pusieron general, que casualmente también
suponía más dinero. El médico me dijo que “si has sido tan irresponsable de
quedarte preñada con 15 años, ¿vas a ser tú responsable de elegir la anestesia
que quieres?”. Con estas palabras. Mientras que a mi madre le decían que era
porque así no tendría ningún recuerdo y no me quedarían secuelas, que era por
mi bien. Discutíamos entre las dos por lo que nos decían a la una y la otra. A
mí, el tema del aborto me ha pasado mucha factura. Ahora me estoy dando cuenta
de que existe violencia obstétrica. Nadie me preguntó por qué me había quedado
embarazada, se asume que si te ocurre con 15 años es porque eres una puta que
va con el coño suelto, que a saber qué polla te has metido. Pero nadie me
preguntó qué había pasado, qué pasaba con mi novio, ni dónde estaba él. Abortar
fue la mejor decisión, lo mejor que pude hacer, imagínate que soy madre con 16
años en cuarto de la ESO con el peor hombre que he conocido nunca».
Otra de las
entrevistadas se tuvo que enfrentar a una interrupción voluntaria del embarazo
cuando tenía 23. Una negligencia médica retrasó los resultados de las pruebas
de control, en las que se detectó una grave cardiopatía incompatible con la
vida. Le indicaron que en el sistema sanitario público de Aragón no se
realizaban esas intervenciones, pero que le pagaban un billete de autobús a
Madrid. «Se lavaron las manos y me remitieron a una clínica privada, haciéndose
cargo de los gastos». Tan solo obtuvo el apoyo profesional de una trabajadora
social que se limitó a informarle del protocolo. Su pareja, y padre de la
criatura, que había sido deseada, se negó a que hiciera el trayecto sola y
fueron ambos en coche desde Zaragoza hasta Madrid, donde ella se sometería a la
interrupción. Una vez allí, él tan solo pudo acompañarla mientras intentaba
dilatar. «Fue un caos, pretendieron que lo expulsara sin anestesia por vía
vaginal a base de goteros de oxitocina y antibióticos; fue imposible. Un día
después, me durmieron, y se acabó…». Cuando despertó de la anestesia, se vio en
una habitación de hospital junto a una mujer que acababa de dar a luz a su
pequeño, acompañada de la procesión de familiares que sostenían en brazos a un
neonato que había llegado sano. Todo, a dos metros de su cama. Ni siquiera
estuvo en observación en el propio hospital. Y como el postoperatorio la dejó
incapacitada para viajar, según lo previsto, de vuelta a casa, necesitaron una
noche de hotel para guardar reposo. «Una semana
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después ya en Zaragoza, en el hospital donde se negaron a practicarme el
aborto, tuvieron que operarme de urgencia y ponerme transfusiones de sangre. Me
habían dejado restos de placenta en el útero durante el procedimiento. Eso sí,
les faltó tiempo para decirme cuánto dinero “me ahorré” (millón y medio de las
antiguas pesetas). El lema “mujer legrada, mujer preñada” lo tienen grabado a
fuego y les importan una mierda las secuelas psicológicas que conlleva un
aborto. Dan por hecho que todas abortamos por olvidarnos de tomar
anticonceptivos o no usar condones». Se quedó embarazada de nuevo en julio de
ese mismo año. Como ella, miles de mujeres han decidido no tener más de un hijo
debido a la violencia obstétrica, pero no llegaremos nunca a tener datos para elevar
esta afirmación.
Tanto Pilar como
Azahara mencionan haber tenido un plan de parto que no se siguió durante el
mismo. «Quedé tocada. Tuvo sus cosas buenas y sus cosas malas». La violencia
que sufrimos en la atención médica es especialmente humillante cuando se trata
de nuestros órganos reproductores; como recuerda Yaiza: «Sufro de enfermedades
autoinmunes y tengo una condición especial en la piel. Me acuerdo de que cuando
tenía 18 o 19 años me salió en los genitales y fui a Urgencias. Era realmente
muy molesto, me picaba muchísimo. La enfermera me trató de guarra. Me dijo:
“Claro, es que si te vas acostando con todos”, cuando yo aún no me había
acostado con nadie. Fue totalmente humillante. Ese comentario, si hubiese sido
un chico, no se lo hubiese permitido».
La estigmatización
de nuestro deseo provoca el rechazo del entorno cuando contraemos una infección
o desarrollamos alguna enfermedad. «El primer comentario que me hizo mi novio
cuando le conté que me habían detectado el papiloma fue: “A saber con quién te
has acostado antes de estar conmigo”. Y luego solo había que estar pendiente de
lo que le estaba pasando a él… y era como, tronco, o sea, yo puedo tener un
cáncer de útero, tú tienes cuatro putas verrugas».
Los prejuicios
sobre nuestra sexualidad pueden llegar a afectarnos tanto psicológicamente como
físicamente. Es el caso de otra entrevistada: «Era incapaz de tener relaciones
sexuales con penetración. Pero tenía miedo de ir al médico por si se enteraba
mi madre. Seguía a muchas sexólogas y cuentas de información sexual en
Instagram, así que iba leyendo sobre estas cosas, hasta que un día di con el
vaginismo y al empezar a leerlo, sentí que era lo que me pasaba. Cuando me
animé a
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pedir la cita con el ginecólogo, a mi madre se le olvidó y fui yo sola,
así que me pude explicar bien. De regreso a casa, mi madre estaba muy
preocupada por si me habían metido algo que me rompiese el himen y no pudiese
casarme con un buen musulmán. Empecé a ir al psicólogo de la seguridad social a
escondidas, saltándome clases. Contacté con fisioterapeutas de suelo pélvico
por Instagram y eran setenta euros la sesión, yo no me lo puedo permitir, y me
daba una pena… Algún día me gustaría ir. Aunque el vaginismo ya lo tengo
solucionado, soy consciente de que mi suelo pélvico es muy débil, sé que sigo
tensa. Me lo he intentado solucionar yo misma con ejercicios para destensar esa
zona, algunos que me dio la ginecóloga y masajes… Así conseguí superarlo un poco.
Durante esa época perdí mucho peso, tuve un estrés emocional muy grande,
porque, claro, tenía que ir al ginecólogo y al psicólogo a escondidas. Tengo
relaciones sexuales sin que mi familia lo sepa. Ellos quieren que me case».
La idealización de
la maternidad conlleva unos protocolos médicos alejados de la realidad de las
pacientes que no desean ser madres. Cuando a Yaiza le dieron los resultados de
sus pruebas indicando que tenía menopausia precoz, «hicieron entrar a un psicólogo,
como si no tener hijos fuese el trauma más grande para una mujer, cuando el mío
era lo mal que me sentía por tener esas sudoraciones con 35 años. Lo que menos
me importaba en ese momento era aquello. Me sorprendió la valoración de juicio
que hizo el ginecólogo: a mí me afectaba saber los efectos que iban a tener las
hormonas, pero ellos no estaban preocupados en que yo me sintiera bien, sino en
mantener mi función reproductiva. Y yo les decía que eso me daba igual, que
veía una ventaja no tener nunca más la regla porque para mí era una tortura,
pero se empeñaban en que tomara hormonas para seguir ovulando. Tuve que cambiar
de médico, pasé por cuatro ginecólogos hasta que uno me escuchó».
Las mujeres somos
responsables de cuánto pesamos y de las horas de ejercicio que hacemos al día,
pero en el momento en el que nos negamos a cumplir con los roles de género y
las normas heteropatriarcales, nuestro cuerpo pasa a ser intervenido, juzgado y
medicado para dejar de ser un elemento perturbador del orden social. Nadie se
pregunta por qué un hombre no ha querido ponerse el preservativo, se da por
hecho que le molesta. Y a este mundo, ninguno de ellos ha venido a sentirse
incómodo. La responsabilidad de tomar la píldora del modo correcto, o de acudir
a la
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farmacia, siempre es nuestra. La culpa cada vez que algo falla es el
precio por habernos negado a ser tuteladas.
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Deporte
Hay algo común en
los recuerdos de todos los que vamos a un estadio por primera vez: la salida
por los vomitorios es una bofetada de lo que es el fútbol desde la grada. La
inmensidad del espacio, el sentimiento de vacío por la altura y a la vez de
calor, por la gente que se agolpa en el escalón de cemento. El olor a señor y
la sensación de que yo no debía estar allí, asistiendo a un espectáculo tan
adulto y masculino, es un cosquilleo en el estómago al que se debe volver de
vez en cuando, para no olvidar esa ilusión de la primera vez. Todavía recuerdo
la cara de la pequeña de la Casa, que nos agarraba temblando más que aquella
mole de cemento, con esa sonrisa de medio lado de los niños que se mueren de
miedo y de gusto a la vez.
MÓNICA
CRESPO, Por mí, por ti, por todos
NI CONVOCADAS EN EL
PATIO, NI BIEN RECIBIDAS EN LAS GRADAS
Nos prescriben
ejercicio físico para mejorar nuestra salud, pero desde la infancia nos
expulsan de los lugares destinados a las actividades deportivas. Después de un
par de horas sentadas en una silla frente a una pizarra, salimos al patio y nos
encontramos con que la zona central se reserva para la pista de fútbol, y no
estamos en la lista de convocados. Las niñas ocupamos, una vez más, los
márgenes. Se nos limita el espacio, por lo tanto también el movimiento. Osar
cruzar su patio de recreo nos expone a la violencia de los balonazos. Mientras
los niños asimilan el tiempo de descanso a sus actividades de ocio favoritas, a
las niñas les enseñamos que los minutos de inactividad son para ir al baño y
almorzar fruta. Hemos aprendido a permanecer pasivas y estáticas, y ellos a
protagonizar la acción. Ni siquiera los miramos, nos dan igual sus goles o sus
canastas, sus
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gritos son parte del paisaje, un ruido sordo. Los días de partido, en
los bares, a las novias se nos sienta dándole la espalda a la tele.
A los 57 años,
Nagore recuerda su patio del colegio, y no está muy lejos de lo que podemos
encontrarnos en la actualidad: «Potenciaban los deportes masculinos: el fútbol
y el baloncesto. Que sí, es cierto, eran muy buenos. Pero, claro, cómo no lo
iban a ser si llevaban mucho tiempo jugando, practicando casi a diario y todo
el dinero que había se invertía en ellos. Había un gimnasio y, si llovía,
tenían preferencia para entrenar ellos dentro. Por lo tanto, tampoco se podía
jugar a nada más. Varios años intentaron darles un empujón a otros deportes,
montaron grupos de chicas de balonmano y de baloncesto, pero era algo
testimonial. Si algún día nadie nos podía llevar a competir con otro centro,
pues la cosa quedaba ahí, no pasaba nada. No estaba tan organizado como con
ellos, que siempre tenían a alguien responsable de que todos pudieran acudir, y
con equipamiento de todo tipo. Nosotras nos teníamos que buscar la equipación y
cómo ir y cómo movernos. Solo nos dieron una camiseta. Se promovió también un
grupo de montaña. Pero tampoco íbamos porque aparecía otro grupo de hombres,
que daba la impresión de que eran los que sabían y los que todo».
La campaña Equal
Playgrounds da respuesta a estas brechas de género en el
aprovechamiento y disfrute de los patios escolares. En el valenciano barrio de
Campanar, la junta directiva de uno de sus colegios intentó que el deporte rey
dejase de acaparar el espacio: «El patio era minúsculo y quedaban trescientas
alumnas y alumnos condenados a quedarse por las esquinas mientras unos quince
chutaban el balón. Desde el claustro diseñamos la alternancia de fútbol con
otras actividades, pero seguíamos teniendo el problema del espacio y los
conflictos», denuncia Elena, docente en el centro, en X. «Acabamos teniendo
claro que el deporte rey debía quedar fuera del tiempo de recreo, y así lo
hicimos. El resultado final fue muy positivo, pero en el camino tuve que soportar
a padres acosadores en el despacho. Está absolutamente extendido el maltrato y
hostigamiento contra quienes gestionan y toman decisiones que rompen con
dinámicas que sostienen un mundo de acosadores y acosados, de fuertes y
débiles, de ganadores y perdedores. Al final, en la escuela se reproduce el
mundo adulto».
Acostumbrados a
dedicar su tiempo libre al deporte, cuando esos niños crecen se convierten en
adultos que priorizan su actividad física a
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cualquier otra responsabilidad. La madre de Mónica se hizo cargo de la
crianza y las tareas domésticas, y no porque su pareja debiese cumplir una
jornada maratoniana: «En mi casa, el problema no era tanto por horas para
conciliar después del trabajo, porque mi padre trabajaba de seis de la mañana a
tres de la tarde. El problema es que él todas las tardes se las dedicaba al
fútbol, porque era presidente del club del barrio. Ha sido un poco machista en
ese sentido. Porque trabajaba y se ocupaba del fútbol todos los días, los fines
de semana… y mi madre cuidando niños».
Laura Vargas
identificó cuatro tipos de BARRERAS PARA LA PRÁCTICA DE
ACTIVIDAD FÍSICA Y
DEPORTIVA EN LAS PERSONAS ADULTAS DE LA COMUNIDAD DE
MADRID: individuales,
intrapersonales, comunidad-institucionales y obligaciones-tiempo. Las mujeres
nos enfrentamos a todas ellas en mayor proporción que los hombres. Los motivos
que enumera en su tesis doctoral por los que nosotras practicamos menos deporte
están presentes en las conversaciones con las entrevistadas en las diferentes
provincias de nuestro país. Solo unas pocas consiguen saltar todas las vallas y
llegar a meta, son LAS MUJERES SALMÓN.
En primer lugar, es
recurrente que, al preguntarles sobre el deporte, muchas reconozcan que son
bastante sedentarias, que llegan a casa demasiado cansadas y que no les gusta
nada. No podemos encontrarle hueco a algo en nuestro día a día, si jamás hemos
sido incluidas. Por eso, Mercè menciona la falta de hábito para definirse: «Soy
bastante vaga y, además, tampoco es que sea muy ágil. Cuando era joven iba y
venía en bicicleta a mi pueblo, ahora tengo en casa una estática, y me gusta
mucho caminar. Pero hasta ahí llegó el deporte: el caminar y la bici. Lo demás…
Nunca se me ha dado bien correr, nunca se me ha dado bien nada de todas esas
cosas».
La segunda barrera
son las tareas domésticas y el cuidado de los hijos, dado que reducen
significativamente el tiempo y la energía disponibles para que las mujeres se
involucren en actividades deportivas. «Con otras madres, en el colegio y en el
trabajo, me he dado cuenta de que en el tema crianza, cuando asumes la carga de
los cuidados porque no hay padre, porque está ausente o porque no le da la gana
hacerlo… no hay alternativas para que las mujeres practiquen deporte. No es que
digas que mientras vas a spinning en el polideportivo tienes
un servicio con una gente que te esté cuidando al pequeño o a la pequeña. Eso
no existe y es
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básico. No está bien pensado el mundo de la cultura y del deporte. En
esta ciudad no hay una oferta que no sea masculina y patriarcal. ¿Y qué pasa
con los que cuidamos? ¿Cómo se cuida al que cuida? En mi caso, se la dejaba a
mi hermana, pero hay gente que no tiene esta red de apoyo para seguir
practicando deporte. Y que no deberías estar tirando de red para recuperarte de
un proceso biológico súper duro. Tener acceso a servicios sanitarios tanto como
a actividades culturales y deportivas debería ser parte del proceso de
recuperación. No tener esto en cuenta es consecuencia de una estructura que no
nos cuida, y eso me parece bastante grave, la verdad», confirma Azahara.
En tercer lugar,
que nos sobre mes al final del sueldo también supone menos recursos para gastos
extras, como el gimnasio, las extraescolares deportivas o la ficha federativa.
Dalia se quedó fuera de la actividad física, y de los espacios de socialización
que se promueven a su alrededor porque «durante mi infancia no pude hacer
deporte. Mi madre trabajaba un montón y no tenía disponibilidad para llevarme.
Además… eso costaba dinero. Aunque fuese poco. Estaba jodido. Así que el
deporte lo he venido a hacer ya cuando he sido autosuficiente». Matilde se ha
rendido ante sus circunstancias: «Antes hacía yoga, pero desde que nos volvimos
al piso no hago nada. La casa es pequeña, duermo en el salón y no encuentro mi
hueco. Tampoco soy de apuntarme a nada, ni me lo puedo permitir».
La inversión
pública en lugares donde practicar deporte a precios económicos es escasa, y
cuando empieza a rodar, a algunas mujeres les falta el hábito, como le ocurría
a Martina. Cuando inauguraron los espacios, prefirió camelar: «En mi barrio es
que no había muchas opciones donde practicar deporte. Tierno Galván hizo unas
pistas de tenis pero yo ya era un poco más de juergas. Me había gustado la
gimnasia de pequeña, pero no quedaba con mis amigos para hacer deporte, quedaba
para salir, que era lo que se hacía en esa época». Por otra parte, está la
mirada masculina y sexualizante en el gimnasio, en palabras de Jendayi: «Cuando
empecé en CrossFit, siempre había algún hombre que se te quedaba mirando y
riéndose. Con el tiempo ya está más normalizado que haya mujeres con pesas y
ejercicios de fuerza. Pero hace diez años daba bastante vergüenza. Incluso hay
entrenadores y monitores que son muy invasivos e intentan ligar contigo, así
que al final dejas de ir». La hija de Sindy, con 14 años, ha dejado de ir al
gimnasio porque se siente
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violentada. «Me dice que le da mucho asco cómo la miran los hombres, que
además aquí nos conocemos todos, y que ya no quiere ir más sola».
Como todo lo que
hacemos las mujeres, se espera que lo hagamos por amor y de forma altruista. El
deporte rey se profesionalizó para nosotras en 2018. Hasta entonces, carecíamos
de convenio colectivo. Debería confesar que no he escrito este epígrafe desde
una perspectiva neutral. Mi único compromiso religioso es para con el Atlético
de Madrid, así que aquí va una historia de nuestras féminas. «La principal
diferencia entre cuando era presidenta y ahora que soy directora es que como
presidenta ponía dinero y como directora me paga el Club, fíjate si hay
diferencia. El convenio es la puesta en marcha de la profesionalización»,
confiesa Lola Romero durante la cita anual de las Colchoneras y los 50.
Priscila Borja era jugadora del Atlético y empleada en la pastelería de Romero
antes de la aprobación del Convenio del Futfem. Cuando se publicó, su
presidenta y jefa tenía dos noticias para ella: la mala era que estaba
despedida y ya no iba a repartir más sus famosas palmeras de chocolate; la
buena era que pasaría a ser contratada por el club, con alta en la Seguridad
Social y una retribución económica justa para, por fin, poder dedicar la
jornada completa a su gran pasión.
La cuarta barrera a
que nos enfrentamos hace referencia a la falta de tiempo para el deporte debido
a la doble jornada laboral y doméstica. Ya antes de acceder al empleo, durante
la adolescencia, cuando empezamos a responsabilizarnos de las tareas en casa,
abandonamos LA EDUCACIÓN FÍSICA. Sabrina practicaba baloncesto y
competía en las ligas deportivas hasta que empezó el instituto y
vio, «sinceramente, que no lo podía llevar todo. Me centré en sacar las más
altas calificaciones en los estudios». Hija de un supervisor de las torretas de
alta tensión y de una ama de casa que cuida de la abuela, siempre ha dependido
de sus notas para obtener las becas que le garantizaran poder formarse en la
universidad. Por su parte, Bárbara recuerda que, «desde el instituto no he
vuelto a hacer deporte. Primero en balonmano y, después, un año de bádminton.
Lo dejé según fui teniendo que trabajar y ya no podía mantener una actividad
regular».
Otras tantas
mujeres que desean practicar deporte se enfrentan al muro de hormigón de la
misoginia y los prejuicios machistas. El hombre que promovió la vuelta de los
Juegos Olímpicos en la era moderna rescató de la Antigüedad el papel que la
mujer debería desarrollar en la cita deportiva: «El mismo que habrían
desarrollado en Grecia: coronar a los
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vencedores». Los roles de género también están aquí presentes, la
literatura que se publicó durante la dictadura desanimaba a las jóvenes de
participar en deportes como fútbol, remo, lucha, boxeo, ciclismo o rugby.
Su práctica resulta «perniciosa, nociva para el organismo femenino», se afirma
en VOSOTRAS Y EL DEPORTE, publicado en 1966. El sesgo de clase en
el listado de deportes sí recomendados a las mujeres porque no atañen riesgo de
masculinización es notable: navegación a vela, esgrima, equitación, gimnasia
deportiva, hockey, golf, frontón, tiro con arco, esquí, balonmano,
voleibol, baloncesto, tenis o montañismo.
Cuando nos
preguntan qué queremos ser de mayores, nos faltan referentes para poder
imaginarnos siendo deportistas de élite o MÁS QUE OLÍMPICAS. Las
actuales campeonas del Mundial de Fútbol y las medallistas de esta
generación han sido las primeras en aparecer en las portadas, sin apenas una
genealogía en la que sostenerse. No porque no la hubiera, sino porque las pocas
que conseguían saltar a la pista y competir al más alto nivel no contaron con
los medios necesarios para que sus proezas quedasen registradas en la prensa y
en nuestra memoria. A Amelia del Castillo, nacida en 1946, exjugadora y
fundadora del Atlético de Pinto, menos bonita, le llamaban de todo: «Igual me
cambiaban el sexo que me llamaban fulanilla. Las madres de mis
amigas les prohibieron que hablaran conmigo. Era la oveja negra de Pinto».
Machismo y racismo son dos actitudes reprobables muy extendidas, también entre
los obreros de mono azul que disfrutan del fútbol los domingos. Jade Boho
competía en el primer equipo femenino de Orcasitas en Madrid, ciudad en la que
se asentó toda su familia: «Soy mujer, negra y futbolista. Era lo peor que te
podía pasar. Salía de los partidos llorando por tantos insultos y tanta
vejación». Tanto Jennifer Hermoso como Alexia Putellas, de Carabanchel y de Mollet
del Vallès, se han convertido en las referentes que no tuvieron. Las niñas que
hoy quieren seguir sus pasos le han perdido el miedo a decir
YO TAMBIÉN QUIERO
JUGAR AL FÚTBOL.
Amanda creció en
los años dos mil, pero su padre no. Un día llegó a casa diciendo que quería
hacer judo. «Estaba empeñada. De pequeña era una niña muy poco niña. Yo quería
hacer judo pero mis padres me apuntaron a patinaje artístico en el
polideportivo de Aluche y, como se me daba muy bien y competía, seguí allí
todas las tardes y los fines de semana mientras mi madre estaba trabajando.
Además, me apuntaron por deseo de
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mi padre. Dos meses después murió, así que es una actividad que me unía
a él y, aunque ya no compito, suelo patinar de vez en cuando».
Aprovechar la
oferta en las actividades físicas para conciliar fue algo muy popular desde
finales de los años ochenta. Toñi recuerda que «durante mi infancia sí que
practiqué deporte. Soy de los noventa, y fue ahí cuando se pusieron súper de
moda las actividades extraescolares. En plan, que la madre que no llevaba a sus
hijos a extraescolares era como un monstruo. He hecho atletismo, judo, gimnasia
rítmica… Todo en el cole. Los chicos que hacían fútbol sí que salían fuera».
También ocurre en la actualidad, tal y como comenta Adela: «Mi hija hace
taekwondo. De pequeña fue a baile moderno, multideporte, también ha ido a
flamenco fusión y yo creo que ya. Tenía ocupados todos los días, y había días
que tenía dos cosas… las horas que mi marido y yo estábamos trabajando en el
taxi». Según la Universidad Complutense de Madrid, cuando se observa QUÉ
HACEN LOS
ESTUDIANTES
DE EDUCACIÓN PRIMARIA ESPAÑOLES FUERA DEL HORARIO ACADÉMICO, la brecha de
género se mantiene. Se perpetúa el tópico «ellos a hacer deporte y ellas a
estudiar y bailar». Mientras que ellos pasan la tarde en fútbol, baloncesto,
tenis o pádel, ellas ensayan las artes escénicas. Además, este sesgo de género
también se pone de manifiesto en actividades como la robótica y la
programación, donde predominan los niños, lo que puede agravar la baja
presencia de las mujeres en las carreras tecnológicas.
En otras ocasiones,
aunque a la menor se le permita practicar la disciplina que haya elegido, se
limita su proyección y competitividad, como le ocurrió a Dolores, que hacía
mucho deporte de joven. Empezó con el baloncesto en el colegio y siguió en el
equipo cuando pasó al instituto. Sospecha que antes los críos pasaban mucho más
tiempo que ahora en la calle y ella, siendo la mayor de cinco hermanos, jugaba
al fútbol con el resto de vecinos. Eso le hacía enfrentarse a las madres que
«querían a las niñas en la puerta de casa bordando». Se lamenta, porque «yo no
fui deportista en mi tiempo porque mi madre no me dejaba salir del pueblo. A mí
me llamaron de Sevilla para jugar y no me dejaron ir. Me he criado dentro de
una familia machista, no podía hacer cosas que sí podían los hombres. A mis
hermanos sí que les dejaron competir».
El deporte estrella
de nuestro país es caminar. Hizo proselitismo de los paseos incluso el
mismísimo presidente del Gobierno M. Rajoy. Pero se
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convierte en un deporte de riesgo cuando lo practicamos las mujeres: no
podemos hacerlo solas, ni en caminos apartados, tampoco de noche, ni muy
temprano, ni con ropa que demuestre que quien va por ahí sola es una mujer.
Yaiza ha experimentado grandes diferencias en cuanto a la percepción de
seguridad para nosotras cuando compara distintas ciudades y países. «En Italia
salíamos a correr en grupo mujeres que no nos conocíamos de nada. Lo hacíamos
por protección, porque no nos sentíamos libres saliendo solas. Había demasiados
episodios de violaciones, cuestiones desagradables… y una tienda de deportes
local organizó el grupo de WhatsApp. Aquello no tenía nada que ver con la
sensación de seguridad que tengo cuando salgo a correr ahora, en este barrio de
El Hierro no hay nadie. Elegí vivir aquí por la tranquilidad que hay. Igual que
me sentía segura en Valencia, siempre digo que es una ciudad de mujeres».
Daniela, que participa en maratones de todo el país y hace montañismo, comenta
que «tengo testimonios sobre lo que supone hacer deporte o salir a correr por
nuestros barrios como para un libro. Con cada anécdota de payasos diciendo lo
que ya te haces una idea».
Aunque el
motociclismo se emite en el canal de los deportes, Rosalía tiene reparos en
reconocerse a sí misma como deportista subida a una moto. «Como deporte, si se
le puede llamar deporte, a mí me gustan las motos y tengo moto. De hecho, no
tengo coche. Me gusta salir y hacer mis rutas, a veces con el grupo motero al
que pertenezco. En otras ocasiones, igual una vez al año, nos vamos dos o tres
días fuera. Y ese es mi vicio, mi divertimento. Es un ambiente muy
masculinizado, también machista. A veces pienso que lo mío es masoquismo, como
si no me llegara con ese ambiente en el trabajo. Aunque te lo vendan muy guay…
es machista y es clasista. Pero es como todo, depende de con quién des. Lo que
he vivido en el grupo con el que estoy (donde me sacan como diez años) es
paternalismo, meten miedo con que me pase algo. Es el mismo que tiene mi madre
cuando salgo». Siempre le hacen la misma pregunta: «Si la moto es mía, creen
que me viene grande. Porque es grande. La gente te ve y se pregunta qué a dónde
vas tú tan pequeña, tan bajita, con esa moto… y ya hasta me preguntan si puedo
con ella, que me digo hostia…, pues si no tengo que cargar yo en la espalda la
moto, la que me tiene que llevar es ella mí. Para mí esos comentarios ya son
normales, aunque no deberían serlo. Hace quince días o así fuimos a un evento
con un grupo motero de Lugo, una ruta instruida, de cincuenta motos, y solo
íbamos conduciendo
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cinco mujeres. Todas las demás, de acompañante, de paquete. Escuché un
día a mi sobrina decirle a mi hijo que cuando fuese mayor querría que la
llevara en moto, que a ella le gustan las motos. Le dije que cuando sea mayor,
como le gustan las motos, que sea ella la que conduzca. Te sacas el carnet de
moto, te compras tu moto y te vas a dar una vuelta con quien quieras. Pero cada
uno con su moto, no te vas a quedar tú mirando cómo los demás tienen la suya.
Les digo que tienen que ganar su dinero y hacer con él lo que les salga del
coñete. Pero parece que hay algo que no termina de avanzar, que hasta que
llegamos a los 30 no vemos la luz».
Hasta que nos
libramos de la presión académica, de la doble jornada y de la crianza de los
menores no conseguimos priorizarnos. Hasta que el cuerpo peta y en la cita
médica nos pautan el ejercicio no caemos en la cuenta de lo poco que nos
movemos por y para nosotras mismas, de la vida tan sedentaria que tenemos y de
lo mal que comemos delante del ordenador o dentro del coche mientras esperamos
que nuestra prole acabe las extraescolares. Jugar se conjuga en masculino
porque las mujeres, ya lo decía la canción, tenemos que planchar.
PERDER
A nuestros
distritos no llegaban las inversiones en espacios deportivos, pero sí
proliferaron los locales de apuestas. Para África, estos establecimientos, en
Marcelo Usera «cada dos pasos», en la plaza de Oporto o en cualquier otro punto
de los barrios obreros de nuestras ciudades, representan la heroína de los años
ochenta. «Lo que buscan es empobrecer aún más a la clase obrera. ¿Cuántos hay
en el barrio de Salamanca? En el centro solo están los bingos a los que van las
abuelas y el casino. ¿Por qué hay más en nuestros barrios? En la FP yo ya tenía
compañeros que le echaban a la ruletilla. Ahora ya no conozco a tantos, es cosa
de chavalines más jóvenes, que tienen tiempo libre pero no ocio accesible.
Aunque en mi curro sí tengo a uno enganchado a las apuestas online.
Estos locales están dirigidos a críos que no tienen nada y que pueden
conseguir mucho con un par de pavos. Es un problema de chavales jóvenes, pero
también de señoras mayores enganchadas al bingo o que han salido a hacer la
compra y se quedan tostadas en la tragaperras».
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Cristina Barrial y Pepe del Amo denunciaron en LA APUESTA
PERDIDA. LUDOPATÍA, CIUDAD Y RESISTENCIA cómo los locales de apuestas
forman parte del ecosistema urbano en las periferias. En otoño de
2019, la Federación Regional de Asociaciones de Vecinos de Madrid puso el foco
sobre un claro patrón en la ubicación de los mismos: renta baja, desempleo y
población migrante. «Hablar de migración y casa de apuestas es,
paradójicamente, hablar de espacio público». Si la calle no es un lugar seguro,
si el asedio policial es generalizado y recuerda constantemente que tú no
perteneces a ese lugar, si el mercado laboral te expulsa por no tener permiso
de residencia, si el uso compartido de pequeñas viviendas hace imposible hacer
vida en casa, si las alternativas al espacio público son iniciativas de ocio
imposibles de costear… aparecen los locales de apuestas dándote la bienvenida.
Mientras la oferta televisiva del fútbol es censitaria y los canales de pago
son más caros, en ese establecimiento puedes ver los partidos acompañado de tus
amigos y seguir tu liga nacional, marinando cada «siuu» con consumiciones más
baratas que en cualquier otro bar. Para colmo, existe la opción de salir con
unos euros más en el bolsillo. ¿Cómo no iban a proliferar? «Las casas de
apuestas son el escenario de la sociabilidad negada más allá de las paredes
opacas del Codere, más allá del parque, donde los cuerpos no blancos son cuerpos
sospechosos».
Las apuestas
siempre han estado relacionadas con el hampa y con las periferias, con una
masculinidad que se echa a las espaldas la responsabilidad de ofrecerle a su
familia algo más de lo que puede conseguir desde los espacios subalternos del
mercado de trabajo. Caravaggio ya retrató a los jugadores de cartas como
hombres tramposos. Los juegos de azar le disputan el marco de la meritocracia
mientras le dan al jugador la oportunidad de sentirse especial, tocado por la
mano de Dios, para rendirse a la superstición y a las microdosis de dopamina al
verse recompensado en un local con aire acondicionado con la misma, o casi,
aleatoriedad con la que se le recompensa el esfuerzo en su puesto de trabajo.
¿Cómo no vas a creer que es mejor apostar que echar horas extra si al que
ascienden es al más vago y pelota de la empresa?
En Madrid fue
especialmente expansiva la inauguración de estos sitios porque los poderes
públicos se esforzaron en ser alumnos aplicados cuando se planteó Eurovegas.
Mientras la patronal proxeneta hacía una regla de tres en una servilleta de bar
para saber a cuántos lupanares
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tocaban por casino, se flexibilizaron las normativas de la industria de
los juegos de azar. En Alcorcón al final no se construyeron aquellos resorts ni
aquellos burdeles, pero TROCEARON EUROVEGAS Y NOS LO METIERON EN
CARABANCHEL, en Usera, en
Ciudad Lineal, en Aluche, en las dos Vallecas, en Tetuán y en Villaverde,
también en Terrassa, en Santa Coloma, en la Cabra o en Triana.
En la capital, se
estima que nueve de cada diez casas de apuestas están a menos de quinientos
metros de un colegio. En Valencia, esta distancia estaba prohibida hasta que
Vox entró en el Gobierno, en 2023, así que de nuevo son las familias, las
madres, las responsables de vigilar que sus hijos no se enganchen del mismo
modo que la generación anterior se enganchó a la heroína. Ana, por ejemplo,
decidió que sus hijos no tuvieran paga ni una asignación fija semanal: «Les
dábamos el dinero que les hiciera falta para algo concreto. Así que no tenía
con qué meterse a una casa de apuestas. Cuando quiso dinero para él, se puso a
trabajar en una nave preparando pedidos».
Los centros
concertados que ocupan la cuarta planta de un edificio de viviendas son los
aliados perfectos para que los menores pasen el rato del recreo apostando.
Cuando vas a un colegio que no tiene patio, tu patio es la calle. Y lo que haya
en la calle, a menos de cinco minutos de la puerta del colegio, se convierte en
tu entorno educativo. Los locales con los colores de UPyD, donde te deshaces de
lo que ya no quieres, son colaboradores necesarios en el desarrollo de las
adicciones y forman parte de la economía de la miseria ajena. Allí es a donde
se lleva la consola vieja, pero también el robot de cocina, que aún se está
pagando a plazos, cuando llega el recibo de la tarjeta de crédito de las
apuestas online.
La adicción al
juego afecta a muchos más hombres que mujeres por diversos motivos, enraizados
todos en estereotipos de género y en la división sexual del trabajo. Son ellos
los encargados de ganar dinero, son sus espacios en los que se apuesta, son
ellos los que entienden de fútbol, quienes lo darían todo por su club, salvo un
pleno al quince en una quiniela. Son románticos pero ambiciosos, Goliat jamás
pierde contra el equipo local en su pronóstico.
Es la misma
segregación ocupacional que les da a ellos los trabajos mejor pagados, y
también los más peligrosos, la que los condena a perder su identidad y su
propósito vital cuando dejan de poder ganarse la vida por sí mismos. Como
cualquier otra adicción, afecta a la salud mental y
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demanda cuidados del entorno. Entendamos el entorno como las mujeres que
empiezan a esconder el dinero en un calcetín para que el enfermo no se lo meta
por la nariz, no se lo inyecte en el brazo, no se lo fume ni se lo juegue en
una combinada.
El padre de una de
las entrevistadas sería un joven más de cualquier pueblo corriente del sur, que
llega a una capital de provincias a buscarse la vida, si no fuese porque lo que
le tenía reservado el mercado laboral eran empleos con los que no podían aspirar
más que a hallar cucarachas en la bañera de un quinto sin ascensor. «Fue mi tío
el que llevaba a mi padre a jugar a los salones. Le fue tan bien que consiguió
así el dinero para comprar una casa cuando nos queríamos ir de donde estábamos,
porque vivíamos de alquiler en un piso horrible. Con el dinero en el banco
prefirieron hipotecar, por si acaso, pero a los meses se lo había gastado todo.
Mi madre también trabajaba, y como veía que él se lo gastaba todo, empezó a
sacar el dinero y a esconderlo. Hubo un día que tuvimos que abrir mi hucha para
comprar el pan. Llegamos a un punto que (aún hoy, cuando sacamos el tema en
casa, mi madre dice que no y que se equivocó) fuimos a comprar el pan y algo
pa’ echarle dentro. Cogió un bote de paté, lo metió en mi mochila y dijo:
“Ahora lo sacamos y lo pagamos junto al pan…”. Solo pagó el pan. Cada vez que
yo pedía algo, me decían que “mañana, mañana”. Pero un día me encontré a mi
padre en la puerta del salón de juegos. Conforme me vio, me dio veinte euros,
que eso era algo que en mi casa no se veía, y me dijo: “No le digas nada a tu
madre”».
Como la relación
entre la entrevistada y su padre era de una hija con un padre ausente, se lo
contó a su madre. Aunque aún era muy niña empezó a prestarle mucha más atención
a las discusiones que había en casa en torno al dinero. «Entonces mi padre tuvo
un accidente en el trabajo. Se cayó en la obra y estuvo muchas semanas
hospitalizado y luego sin salir de casa. Durante ese tiempo dejó el juego. Pero
pusimos internet para que se distrajera, creíamos que solo se echaba unas risas
con el chat del Terra… Cuando ganaba estaba feliz, pero cuando perdía se
hundía. Y llegaron los intentos de suicidio. Lo hacía cuando estaba solo y
sabía que en cinco o diez minutos llegaría mi madre: se bebía salfumán con vino
y pastillas, metía la cabeza en bolsas… Lo ingresaron en psiquiatría y solo
dejaba que entrara a verlo mi tío, el que lo enganchó al juego».
Los meses
siguientes, cuenta la entrevistada, fueron de entradas y salidas del hospital y
de la unidad de psiquiatría, de peleas con la empresa
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para que lo indemnizaran y de peleas con el centro médico para volver a
caminar por sí mismo. «Se escapaba del hospital y venía a casa a pedirnos
tabaco: “Allí no quiero estar, que no me dejan fumar”, nos decía. Hasta que un
día se levantó, se fue al banco y sacó todo el dinero que había. Se lo gastó en
las máquinas y, de allí, tiró hacia la gasolinera con una botella de Coca-Cola
vacía, a ver si alguien le daba gasolina. Él decía que para una moto, ya ves
tú, si iba con muletas. Pero alguien se la llenaría. Los vecinos dicen que lo
vieron entrar en casa con la botella y, como lo habían oído gritar otros días
diciendo que quería quemar la casa, estuvieron pendientes. Pero salió al
momento y nadie se atrevió ya a decirle nada. Había sacado los papeles del seguro
y su cartera. Se tomaría pastillas porque allí dejó un blíster vacío, y dejó el
móvil habiendo enviado un mensaje a mi tío: “Me despido, ya te enterarás en las
noticias”. Una vecina lo vio salir del portal y caminar con la botella hacia la
puerta del ayuntamiento. Se la echó por encima y se puso a dar vueltas hasta
que se fue hacia un banco, se sentó, encendió un cigarro y se acabó. A los
pocos minutos, estábamos de vuelta mi madre y yo cruzando la plaza. Solo quedó
ropa quemada y carne, pero yo supe que era mi padre. Le dije a mi madre: “Mamá,
esta vez le ha salido mal. Esta vez no le ha dado tiempo a que llegues para
salvarlo”».
SE ACABÓ
Cuando la capitana
de la Selección Española de Fútbol y dos veces balón de oro Alexia Putellas
tuiteó aquel hashtag a raíz de los abusos de la directiva de
la Federación hacia las jugadoras, se prendió una mecha. Demostraron que no
iban a abandonar el espacio por mucho que se las invitase a marcharse.
Aun con las
medallas, las copas y los mundiales, a las mujeres no se las está recibiendo
con una alfombra roja en los campos de césped. Macarena, después de toda una
vida de afición llegó con 35 años a ser vicepresidenta de uno de los clubes
centenarios del infrafútbol, ese que no sale por la tele y todavía
se ve desde gradas de hormigón. No ha habido un solo día durante su mandato en
el que no la hayan cuestionado, ni ninguna diferencia de opinión que no haya
incluido la amenaza de cesarla: «Llega el 8 de marzo y te preguntas si de
verdad quieren hablar del día de la
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Mujer Trabajadora. Muchos clubes son unos hipócritas en redes,
conmemorando este día cuando solo uno de cada diez directivos es una mujer.
Hablamos de lugares donde se reproducen los roles de género tradicionales.
Donde se percibe la gran diferencia de poder en este sector. Un mundo de
hombres donde te sientes una extraña. Cuando una mujer llega a la directiva, es
cuestionada por su validez en el cargo, soporta sus pactos entre
varones, el conocido techo de cristal, rumores de su vida personal
y bastante discriminación indirecta. Me gustaría tener un espacio seguro donde
poder hablar del abuso de poder que he sufrido durante toda la temporada. Hasta
me han propuesto sexo por dinero, y me gustaría que todo pudiese quedar
retratado. Tomo Lorazepam para poder ir al club. Pero pese a todo luchas,
luchas por las que vendrán, por las niñas que entrenan por primera vez en un
club histórico. Pero creo que hasta que no esté fuera, cuando haya terminado mi
trabajo, no me veré con fuerzas para contarlo todo».
La protesta de las
quince que se negaron a ser convocadas para el Mundial evidenció la falta de
recursos, la brecha en equipación, instalaciones, cuerpo técnico y primas de la
selección absoluta femenina respecto a la masculina. Esos desequilibrios se dan
a lo largo de toda la vida de las jugadoras, desde que empiezan en los equipos
de barrio, como comenta Miriam: «De siempre he ido al fútbol, claro, para qué
voy a practicar otra cosa más. ¿Qué es de bollera típica?, pues el fútbol. En
Leganés el femenino era bastante desesperante, porque muchas de las
instalaciones tenían bastantes años y a veces incluso no te podías duchar
porque no había agua caliente. Entrenaba en San Nicasio y no había ni césped
artificial. Antes, éramos la cuna de fútbol femenino, había un montón de
equipos. Pero a pesar de esa proliferación, faltaba siempre el dinero, porque
la mitad de las veces el Ayuntamiento se lo daba a la sección masculina. Así
que no nos quedaba más remedio que pagarnos la ropa. Olvídate de ascender de
categoría, porque no había opción de viajar. En ese aspecto, pues fue bastante
deficiente, porque incluso una vez quedamos campeonas y no pudimos subir porque
el club no se lo podía permitir. A las familias ya les suponía un problema
costear todos los años el chándal. ¡Cómo cambiaba la equipación! Al final
siempre había que poner ochenta euros, que pensábamos… ¡si tenemos los
chándales nuevos del año pasado! Pero es que cambiaban hasta los bolsos. Cuando
era pequeña, mis padres no tenían problema por pagarme la ficha, pero sí el
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resto de los materiales. Los mismos problemas que cuando empecé a
pagármelo yo».
Durante muchos
años, en Leganés se cantaron los goles del Lega como si fuesen los bandos del
alcalde. LA GRAN BURBUJA DEL FÚTBOL consiste en rentabilizar
los sentimientos: «Los ingresos de los clubes dependen cada vez más del
apartado comercial, y eso quiere decir que han de esforzarse para extraer el
mejor rendimiento del mismo. Están obligados a constituirse como verdaderas
marcas. Empezamos a rentabilizar el señorío madrileño, el orgullo
colchonero y el més que un club del Barça». Aunque haya
menos GRADAS POPULARES y más CLUBES A LA FUGA,
cada vez que un hombre se harte de su madre, de su abuela, de su hermana o de
su mujer, llegar al estadio y estar rodeado de sus pares será encontrarse en su
elemento. Es el colmo de la masculinidad, donde hasta los más progresistas y
leídos se reivindican como hooligans ilustrados. Quienes no
comparten la afición por el deporte rey se preguntan en QUÉ PENSAMOS
CUANDO PENSAMOS EN FÚTBOL, y la realidad es que el fútbol es «el teatro de la
identidad: familia, tribu, ciudad, nación». Es otra guarida más de la
virilidad, de los insultos racistas, xenófobos y capacitistas. LA TRIBU
VERTICAL donde se
refugian LOS HOMBRES QUE NO AMABAN A LAS MUJERES,
donde se
proporciona identidad y pertenencia, donde se politizan ultras y radicales. La
bufanda de su equipo es la bula para gritar todo aquello que en ningún otro
contexto se toleraría. Aunque, como bien nos recuerda Pino, poco a poco llegan
los cambios: «Ahora las mujeres llenan estadios».
Después de las
imágenes que todas vimos en la entrega de medallas del Mundial de Australia,
empezó a hablarse no solo de las brechas en la inversión, sino también de acoso
sexual y de agresiones sexistas. Cuando en el club de balonmano de otra de las
entrevistadas se descubrió que un monitor mantenía una relación con una
jugadora, menor de edad, no hizo falta que ellas se fueran. Entre los padres,
las madres y el club se encargaron de que aquello no se volviera a repetir de
la forma más definitiva que se les ocurrió: haciendo desaparecer la liga
femenina. Total, solo eran unas pocas quinceañeras federadas haciendo cosas sin
importancia en su tiempo libre: «Fue bastante traumático, además de por la
gravedad de la situación, debido a la diferencia de edad y la relación de poder
que existía… Para mí, él era un referente, de las personas que más
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oportunidades me había dado en el club, me llevaba a comprarme
zapatillas de deporte cuando lo necesitaba, se quedaba hablando conmigo cuando
me veía mal. Era un poco como una especie de padre o hermano mayor. Cuando me
enteré, me vi desbordada. Lloré mucho, mis padres se asustaron bastante y me
hicieron bloquearlo de todos los sitios. El club se puso patas arriba, mucha
gente se fue, y aguanté un año más pero finalmente desapareció». Aquel episodio
condicionó su relación con los hombres. «Me costó mucho asimilarlo. El año que
aguanté, apenas quería relacionarme con ningún entrenador… Y aunque mi último
año de balonmano fue en otro club maravilloso, nunca dejé de tener de fondo esa
situación. No es algo de lo que hablásemos, porque se convirtió en un tema tabú».
Al hilo de las
situaciones violentas en el trabajo, otra entrevistada confesaba sentirse a
salvo porque trabaja en un sector feminizado, pero pronto le vino a la mente
cómo se había comportado con ella el monitor de hockey que la
contrató para dar clases a los más pequeños: «A mí ya me sonaba
raro que quisiera contar conmigo de un día para otro. Aún más raro fue que me
convocase en su casa para organizar los horarios». Más allá de cuestiones que
podrían haberse sacado de contexto, los episodios fueron cada vez más
recurrentes y físicos. «Otro día le comenté que tenía a un niño al que le
costaba prestarme atención y concentrarse en los ejercicios, y en ese momento
me empezó a acariciar y a cogerme las manos dándome indicaciones de cómo debía
yo acariciar y coger al alumno para que se calmara». Entonces comenzaron los
olvidos de agenda y las citas traspapeladas que los dejaban a solas: «Otro día
habíamos quedado a las cinco para dar la clase de cinco a seis. Cuando llegué,
no había nadie. Ni niños, ni padres, ni monitores. Lo veo y le pregunto qué
pasa, y me responde que me ha citado a mí media hora antes para hablar, le
pregunto que de qué, esperando que hubiera que organizar horarios o alguna
clase y me dice que para conocernos mejor. Me lesioné y lo estuve alargando,
porque no quería volver al trabajo, pero él me llamaba tres veces al día y me
escribía otras tantas con el “Amor, ¿cómo estás?”». Aunque nunca se vio
violentada físicamente, acabó dejándolo porque no la había dado de alta y
además le regateaba las horas: «Le vi la patita de explotación laboral y le vi
la patita de acoso sexual, y me dije que cuanto antes me fuese de allí mejor».
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Nos desaniman a practicar deporte por miedo a que nos masculinicemos,
porque preservar nuestra feminidad es más importante que cualquier evidencia
científica acerca de los beneficios de ejercitar la fuerza y la coordinación en
equipo entre las mujeres. Cabe citar que es la propia familia de otra de las
entrevistadas la que le prohíbe participar en cualquier actividad que ponga en
riesgo que su himen llegue intacto a la noche de bodas con el hombre que elijan
para ella. Puede ser que LA VIRGINIDAD NO EXISTE ¿O SÍ?, pero
preservarla sigue siendo nuestra principal misión en la
adolescencia y la pubertad. Temer que el ejercicio físico nos masculinice
demuestra que el deporte es un evento por y para los hombres, al que no estamos
invitadas. No hay sitio para nuestros cuerpos, nuestras necesidades y nuestros
horarios. La única competición a la que se nos ha alentado es a la de buscar
marido y formar una familia, justificando incluso que se abandone cualquier
ambición de mantenerse en forma, una vez los laureles del matrimonio nos han
llevado a la meta.
Los raquetazos que
recibió Sindy por parte de sus compañeros de tenis cada vez que el monitor no
miraba, hasta que le cogió miedo, o las aguadillas que le hacían a Carmen en
cada clase de natación tan solo son pequeñas anécdotas que forman parte de un
relato de terror que ni siquiera nos atrevemos a compartir entre nosotras.
Justifican nuestra ausencia por una supuesta falta de competitividad pero,
entre ellos, cuando pierden, dicen que lo importante es participar. Jamás se
nos va a aplaudir que queramos protagonizar una INVASIÓN DE CAMPO. Cuestionar
el liderazgo de quienes coartan nuestra ambición solo nos servirá para ser
tachadas de caprichosas y de niñatas, por ello Danae Boronat desde 2021 pide
que NO
LAS LLAMES CHICAS,
LLÁMALAS FUTBOLISTAS, se las deje de maltratar y se las
reconozca en
igualdad dentro y fuera del verde. Las violencias recibidas en las pistas y en
las gradas son la enésima prueba de que no podemos transitar espacios que no
nos son propios sin enfrentarnos a la ira de los guardianes, y de las
guardianas, de los roles de género y del orden social. Las mujeres de clase
trabajadora estamos condenadas a vivir menos y a vivir peor mientras no podamos
recuperarnos bien de la más mínima dolencia.
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7
Representaciones
En el cine también
hay clases. […] detrás incluso de aquellas obras que pretenden ser más
empáticas con nuestra visión e intereses, se puede esconder el peor de los
paternalismos.
ARANTXA
TIRADO, Apuntes de cine.
Clase obrera y
mundo del trabajo
DRAMÁTICAS,
HISTÉRICAS Y RIDÍCULAS
Los medios son
sancionadores sociales de las cosas permitidas y de las prohibidas. Por un
lado, la manera en la que cubren los sucesos define a los protagonistas dela
acción, a sus héroes y a sus villanos, banqueros corruptos y desahuciados,
propietarios y okupas. Por el otro, según LA TEORÍA DEL CULTIVO,
cuanto más tiempo pasemos frente a la pantalla, más confiamos en
las descripciones que nos ofrece. Los datos de las audiencias nos indican que
las mujeres, las clases empobrecidas y la población más envejecida es la más
expuesta a la programación sensacionalista.
Ajustando la
iluminación de este espectáculo tenemos a miles de trabajadoras como África,
que enciende los focos de late nights y talent shows.
De los lates españoles, destaca que no hay presentadoras, y de
los talents, que «son concursos entre pobres. A la gente rica nunca
la verás en esos programas, van de invitados. ¿De quién son los
dramas? Siempre son de los pobres». A la vez que se precarizó el empleo, los
concursos de cocina sustituyeron a los programas de recetas. Cuando las
entrevistas de trabajo han empezado a parecer un casting, quedarnos
fuera deja de significar estar desempleada para convertirte en una loser:
en el mejor de
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los casos no hemos tenido suerte y, en el peor, no hemos sabido
aprovecharla.
En el montaje de
cada programa se decide la historia, continúa esta técnico de luces: «Los
medios de comunicación son súper manipuladores. No es lo que te lo voy a contar
sino cómo te lo quiero contar. No es lo mismo que te diga que esta persona ha
tenido un problema, o que te ponga imágenes que te enseñen cómo esta persona
genera problemas». Menciona cuando «a los que iban rodando miserias les tiraban
piedras porque no aprovechaban la oportunidad de entrar con una cámara a la
Cañada Real para denunciar la existencia misma de ese lugar. El hecho de que
miles de personas vivan en chabolas sin acceso a luz ni agua corriente, o que
decenas de niños nacidos allí no consten en el Registro Civil». Esta
profesional de los medios reconoce que la gente que decide qué se emite en
televisión no tienen ningún interés en contar lo que ocurre en los barrios
obreros: «Cuanto más desunidos estemos todos y más pensemos en nosotros mismos,
creo que somos más manipulables».
Al volante del
taxi, Adela celebra no poder enterarse de lo que está pasando: «Ni veo la tele,
ni pongo la radio, son todo malas noticias. Soy más feliz viviendo en la
ignorancia. Así que en el taxi voy siempre con música de Los 40
Principales, y, cuando se sube alguien, bajo el sonido, porque no sé si le
puede gustar lo que yo escucho o no. Cuando hay un partido de fútbol, me piden
que ponga Radio Marca y vamos escuchándolo. Todo lo que sea facilitar y dar un
buen servicio, no hay problema». Aunque esa ha sido su manera de desintoxicarse
de la agonía que proyectan quienes pretenden HABLAR DE TODO Y NO SABER
DE NADA, el hecho de que los anuncios que se emiten entre canciones hagan
referencia a las alarmas y a los seguros de salud, o que durante el partido se
promocionen coches de segunda mano y aplicaciones de apuestas deportivas, es
una sutil forma reforzar el orden social a partir de las necesidades creadas
por la publicidad. Estos mensajes, además de vender productos, imponen
ideologías, valores y opiniones que penetran en nuestra psique y moldean
nuestra percepción de la realidad. Crean el mundo y lo definen a partir de la
forma que tienen de referirse a él. Los jingles nos dijeron
que nos lo podríamos montar con poco, y definieron qué era la felicikas.
Los hombres con bata blanca nos enseñaron qué
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dentífrico utilizar o cómo evitar la cal en la lavadora, la IMAGEN
DE LA
MUJER Y EL HOMBRE
EN PUBLICIDAD es muy distinta.
En lo que incumbe a
la prensa escrita, Isabel Valdés, corresponsal de género en el diario El
País, defiende que la crónica de sucesos en su medio se escribe teniendo en
cuenta que «los lugares donde se producen, el tipo de vivienda, el tipo de vida
que llevan, no solo lo laboral, sino también el ocio, todo eso es importante».
Aun así, la periodista reconoce que, aunque el LIBRO DE ESTILO da
instrucciones claras a los periodistas sobre la línea editorial, sigue abierto
el debate sobre si titular o no del origen étnico de quienes protagonizan la
noticia: «Eso no implica que esas personas maten más, que es lo que los
lectores muchas veces entienden».
La criminalización
comporta deshumanización. A partir de la distancia entre las personas (nosotros)
y la gente (ellos), se quiebra la empatía por semejanza.
En ¿CÓMO SOMOS? UN RETRATO ROBOT DE LA GENTE CORRIENTE se
afirma que estamos
más dispuestas a ayudar a quien es como nosotras, porque la supervivencia del
grupo asegura la nuestra. Quien emite los programas no deja de ser una empresa
audiovisual que espera ganar dinero a través de la publicidad. La combinación entre
tertulianos rentistas, testimonios de propietarios a los que les han ocupado su
vivienda y anuncios de alarmas es recurrente en los matinales. Que la clase
trabajadora haya dejado de reivindicar el derecho a la vivienda, como se hizo
hace una década contra los desahucios, es el ejemplo más notorio de cómo se ha
disuelto lo que un día interpeló al 99 por ciento.
Bourdieu destacó
que la mera asignación de un nombre a un colectivo concreto constituía un
primer paso para formarse como grupo y atribuirle una identidad. En este
sentido, debemos sospechar de la identidad que se le atribuye a la clase
trabajadora cuando es denominada como chavs en Gran Bretaña, o
cuando quienes viven en el extrarradio son barriobajeros. Que se
nos llame chonis o poligoneras no es, ni
mucho menos, una elección estéril. Hablar de okupas cuando se refieren a
morosos no es inocente.
Para Aroa, las
connotaciones peyorativas asociadas a la pobreza se consolidan con la sanción
social a algunas actividades próximas a la marginalidad, como el consumo de
drogas, haciendo retrospectiva de la prensa desde la Transición: «El sida fue
un punto de inflexión en la cobertura mediática, porque se cruzó una línea
importante al hablar, ya no
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del miedo a que te roben a punta de navaja para comprar droga, sino que
te amenacen con una jeringuilla. Se instauró el terror a los parques porque te
las encontrabas. La diferencia de clase, en este caso, está en que, cuando
quieres consumir y no tienes dinero, todo el mundo acaba sabiendo en qué andas,
porque te pillan robando». Esa cobertura ha interferido en el diseño urbano de
nuestras ciudades. Se han devaluado las zonas consideradas peligrosas y se ha
encarecido la vivienda en los distritos con un poético
CIRCUITO CERRADO DE
VIGILANCIA.
Además del sesgo de
género y de clase, en la cobertura de los sucesos y en la definición de qué es
noticia, Sandra advierte que en nuestro país hay muchísimo centralismo: «La
tele, en general, está muy enfocada a lo que es Madrid. Yo no me he sentido nunca
representada. Me gusta ver Canal Sur porque es donde se habla de los pueblos y
barrios del sur. Hasta en la ficción, en las series y en las películas, se
retrata mucho Madrid, también con sus barrios humildes, pero limitándose a la
choni, a la poligonera. Como si no hubiese gente de barrio que estudia, que
trabaja. Como si toda la gente de barrio fuese problemática. Como si no tener
estudios te hiciese una persona conflictiva. No siento que estemos bien
contadas cuando aparecen mujeres cosmopolitas viviendo solas en pisos de Madrid
que, en realidad, no podrían pagar siendo camareras».
Sí hubo un tiempo
en el que se reservaba un bloque informativo para hablar de cosas que no
sucedían en Madrid, sino en el País Vasco, y fue durante las décadas en las que
la organización terrorista ETA estuvo activa: investigaciones policiales, citas
judiciales, negociaciones políticas, disturbios, treguas, presos, extorsiones,
secuestros, asesinatos. Un sinfín de cuestiones complejísimas que se abordaban
entre la inflación y los fichajes galácticos. Ainhoa ha escuchado tres bombas.
Los simulacros en su colegio eran tan frecuentes que «llegó un momento en el
que los padres se negaron a que nos desalojaran. Ahora te planteas cómo es
posible que lo viviéramos con tantísima normalidad. El ser humano se acostumbra
a todo», reflexiona. «Teníamos una compañera de Asturias a la que le
preguntamos cómo lo veía desde fuera. Y nos dijo que no era ni tan grave como
se veía en el resto de España, ni tan poco grave como queríamos hacer creer
nosotros. O sea, nosotros intentábamos, como un mecanismo de supervivencia y de
defensa, decir: “Bueno, se puede vivir, no pasa nada. Tampoco es que vayamos
esquivando balazos por la calle”. Queríamos quitarle importancia. Quitarle
hierro. Y decir que, a pesar del
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entorno de absoluta violencia, conseguíamos hacer una vida normal». Por
su parte, Edurne entiende que eso es lo que vendía, y que los medios y las
producciones de ficción lo amplificaban. «Se quedaron con lo que más destacaba:
en los años sesenta y setenta, pues de aquí se hablaba de la miseria, la droga,
las muertes y la política en Ezkerraldea. Si alguien tiene una panadería súper
bonita y le va bien, pues no es noticia».
Triana salió en la
prensa por haber denunciado que su empresa le obligaba a trabajar en tacones y
minifalda, y aunque se sintió comprendida y defendida, la empresa no dudó en
utilizar su oportunidad de réplica para difundir datos personales de la trabajadora.
«Cuando aquello se viralizó, en Facebook me insultaban. Se publicó mi
dirección, me llamaban perroflauta, me decían que era una vaga que no quería
trabajar». También fue fundamental el eco mediático de la venta de las
viviendas del PAU de Carabanchel a un fondo buitre para impulsar la denuncia y
buscar soluciones. La primera vez que Arantxa se puso frente a una cámara tenía
25 años. Pero dar la cara con estos temas no es precisamente un agradable salto
a la fama. «Como mujer, como vecina de Carabanchel y como joven, esa exposición
mediática ha propiciado que se me haya estereotipado. Me tachan de verdulera,
me dicen que me quejo por todo. Yo lucho y defiendo lo que creo que es de
justicia».
Da igual lo
trabajadora que sea Triana y da lo mismo lo educada que sea Arantxa, porque
cuando están en pantalla dejan de ser Triana y Arantxa para quedar reducidas a
mujeres de barrio y quienes están en sus casas al otro lado tienen que hacer
encajar lo que están viendo con todo lo que ya han visto sobre chicas de
periferia que hablan a gritos y siempre están muy enfadadas: Aída en
Mediaset, la Vane en Pelotas de RTVE, o Yolanda de Física
o Química en Atresmedia.
De la popular
serie Aída, Ada recuerda que vivían todos hacinados y con el
supermercado del barrio fiando. La protagonista «era la típica madre de barrio
que no había tenido la oportunidad de estudiar y tenía que sacar adelante a sus
hijos sola, porque estaba también divorciada, y no le quedaba otra más que
limpiar escaleras o trabajar en las oficinas, pero limpiando. No es diferente a
lo que yo he vivido en Cornellá con las madres de mis amigas. La mayoría no
habían podido formarse, con suerte algunas eran amas de casa. Las que no eran
amas de casa tenían un perfil profesional muy bajo: recepcionistas, limpiadoras
o cuidadoras de niños cuatro o cinco horas. Ninguna era abogada, ni trabajaba
en un despacho de
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la hostia. Quien más tenía, tenía una empresa de transporte que se
limitaba a ella y su marido haciendo mudanzas con una furgoneta. Y mis amigas
gitanas se dedicaban al mercadillo, unas vendían fruta y otras ropa».
Si continuamente
somos retratadas como unas dramáticas (qué le costará ponerse la falda), unas
histéricas (no es para tanto) o unas ridículas (cómo va a pagar lo mismo ella
que un fondo buitre), primero tenemos que alejarnos del estereotipo para que
nuestras demandas puedan empezar siquiera a ser tomadas en serio. Pero en
realidad no podemos, porque no solo se ha anulado la legitimidad de las
barriobajeras, sino que se ha neutralizado la de todas las mujeres.
Cualquier mujer que defienda con vehemencia sus ideas es tachada de ser una
maleducada, aunque sea Tita Cervera. A pesar de la búsqueda continua de nuevos
formatos televisivos, los medios no persiguen el cambio, sino la reproducción
del statu quo, de sus jerarquías y desigualdades. Lo que nos
quieren contar nos lo demuestran las estadísticas: más de la mitad de las
películas que vemos y de la música que escuchamos hablan de amor, de desamor,
de conquistas y de celos.
A los hombres,
tanto los sucesos como la ficción les han enseñado a protagonizar la acción; a
nosotras, que estamos en peligro. «A la Yoli la violan en la serie. Todo lo
malo le pasa a ella. También es eso lo que te venden. Si eres de barrio, todo
mal: tu vida tiene que ser una puta basura, no puedes ser una mujer feliz
porque eres del extrarradio. A la Yoli la violan, la pegan, abusa de ella el
padre de su novio, es muy basto. Y ella de todo salía ilesa, porque nosotras
somos de otra pasta, estamos hechas para sufrir. Aparecían con ella con los
pantalones por los tobillos, eso la pasaba a la Yoli», señala África. El papel
desempeñado por el personaje más próximo a nuestra experiencia nos ha indicado
el lugar que ocupamos en la sociedad y hasta dónde podemos llegar, así como los
riesgos que asumiríamos por aspirar a escapar de esos espacios. Con los mapas
visuales ocurre igual que con cualquier otro mapa: más allá de lo
conocido, hic sunt dracones.
Una de las
consecuencias de los estereotipos clasistas que revisten a los barrios humildes
es la vergüenza de reconocerse como mujeres de clase trabajadora y de la
periferia, reforzada por la espiral del silencio que definió
Elisabeth Noelle-Neumann. Nadie de clase trabajadora u empobrecida reivindica
su posición de clase. No hay nada que celebrar cuando pierdes una muela por no
poder empastarla. Algunas de las
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entrevistadas han mentido sobre el lugar en el que han crecido durante
una entrevista de trabajo o a la hora de conocer a gente fuera del barrio.
Otras han aprehendido que el ascenso social implica un desplazamiento, salir
del barrio. Al fin y al cabo, de eso iban Mis adorables vecinos (2004), El
correo (2024) o Chavalas (2021).
La generación millennial fue
la última que vivió con cierta asiduidad la comunión familiar en torno al
televisor, ya que las plataformas han dinamitado los datos de audiencia que
demostraban que estábamos todos al mismo tiempo viendo lo mismo. Los noventa
fueron los años de la expansión de los centros comerciales y de la crisis de
los cines de barrio. En las salas multicines de Villaverde, la entrada costaba
seis euros, mientras que en las de los barrios acomodados llegaba a doce. Las
brechas de renta en los grupos de amigos interclasistas se manifestaron con
agudeza en los años dos mil cuando Almudena empezó a salir: «Ellos querían irse
de conciertos y para nosotros eso era impensable, era imposible. A ver obras
del teatro íbamos con la excursión del instituto, pero conocía a gente que con
dieciséis, diecisiete o dieciocho años vivían en la zona norte de Madrid e iban
por su cuenta. Para nosotras, desde Villaverde, suponía coger el metro, y si
empezaba a las nueve, salías a las once… si quieres tomar algo tienes que pagar
allí cinco euros por una Coca-Cola, y vuelves tarde. Un taxi, 22 euros entre
cuatro, vas sumando… Al final, no sales por el centro porque no puedes
pagarlo». La segregación espacial limita nuestras oportunidades de acceso al
capital cultural.
Davinia resalta la
distancia entre la cobertura informativa que criminaliza a los barrios humildes
y a la inmigración con la apuesta de las plataformas audiovisuales por la
multiculturalidad: «Está claro que ahora la diversidad está muy de moda. Los
estereotipos existen y han existido siempre, lo que pasa es que ahora nos los
están metiendo con calzador, así de claro te lo digo: una persona de color, un
homosexual, un inmigrante, un chino, un afroamericano. No quiero decir que esté
ni bien ni mal, no quiero entrar en ese debate, pero creo que lo están haciendo
porque es necesario concienciar a la gente de que eso tiene que existir, de que
eso tiene que ser una normalidad. Lo que vemos en la televisión nos dice qué es
bueno y qué es lo que tenemos que hacer. Por desgracia, bajo mi punto de vista,
la televisión nos está vendiendo los valores que deberían habernos dado en
casa, pero que no se están dando en todas las casas. Depende también de la edad
que tengamos. A mí me han educado en unos
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valores de los que estoy súper orgullosa y que yo estoy intentando
transmitir a mi hijo en mayor o menor medida. Me refiero a que, luego, cada uno
tiene sus ideas. Porque ya has visto en las elecciones (Asamblea de Madrid,
2021) que la gente no tiene pensamiento crítico. Es triste que sea la
televisión la que nos tenga que enseñar que no se puede pegar a un negro, o que
una serie nos tenga que decir que ver a dos hombres o a dos mujeres besándose
es bueno. Es triste que nos lo diga la tele porque no nos lo han dicho nuestros
padres».
Las
autoproducciones en streaming y los pódcasts alumbran nuevas
voces y sus problemáticas, más allá de la mediatización de la opinión pública
que orquestan los grupos empresariales de comunicación. Alicia Valdés, doctora
en Humanidades, defiende que los pódcasts pueden salvar a las izquierdas en
tanto que su éxito ha demostrado que se puede democratizar la producción
cultural y la opinión publicada. Han conseguido despegar bajo los radares
escudándose en que son un producto de nicho, que no necesitan cumplir los
estándares radiofónicos en lo relativo a la calidad del sonido, han dinamitado
la dictadura de la neutralidad en la fonética y la vocalización melódica. A
pesar de que se haya intentado contrarrestar la hegemonía de las jóvenes
contestatarias que graban con sus propios móviles patrocinando a exmodelos
reaccionarias, es justamente el aura de la incorrección política lo que
justifica que sea en ese espacio, y no en otro, donde se quiera librar la
batalla cultural.
Si revisamos lo que
consumen las más pequeñas en casa, Piluca considera que en los dibujos animados
todavía hay una oferta muy Disney, donde LA BRUJA DEBE MORIR y
todo es perfecto, pero la realidad es otra. «Se debería hacer un trabajo de
base. Sí hay cuentos ilustrados que te ayudan a tratar ciertos asuntos, pero
producto televisivo, cero. Hay temas que no se tratan, no se trabaja en la
realidad social. Hay alguna cosa con la homosexualidad en plataformas, pero la
violencia contra la mujer o la exclusión social y la pobreza están vetadas.
Puedes encontrar incluso algo sobre abusos sexuales a menores, pero nada para
explicarles la prostitución, para poder contarles por qué esas mujeres están
semidesnudas en la calle a las ocho de la mañana todo el año».
Sonia Herrera,
doctora en Comunicación Audiovisual, afirma que las mujeres de las periferias
estamos invisibilizadas en los medios. No se retrata nuestra cotidianidad más
allá de nuestra figura como madres y cuidadoras. Aun así, destaca una
excepción: «Me gusta mucho la escena
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de Carmina Barrios en Carmina o revienta en la que está
en la cocina y se enciende un cigarro con un mechero de esos largos de prender
los fogones. Me conecta mucho con mi madre, con mis tías, con todo un
imaginario que para mí es cotidiano, es de clase, es de casa. Estoy harta de
ver a hombres abriéndose una lata o un botellín de cerveza, para sus costumbres
siempre hay acetato. Es una chorrada, parece una cosa supertonta, con
poco glamour, pero yo me he encendido con mi madre muchos cigarros
en la cocina y ver ese gesto en la pantalla, como algo excepcional, nos
recuerda que la representación habitual, aunque escasa, de las mujeres de los
barrios es muy sesgada y victimizante».
La profesora
considera que la lucha de clase en los productos culturales ha sido masculina.
«La épica del movimiento obrero a nivel cultural está vinculada mayormente a
los hombres, aunque las mujeres participaran». Pone Ni Dios, ni patrón,
ni marido (2010) como ejemplo de película que sí le da un espacio
digno a la lucha obrera protagonizada por mujeres. Dirigida por Laura Mañá,
relata las penosas condiciones laborales de las hilanderas en Argentina a
finales del siglo XIX. Del cine español, la profesora e investigadora
menciona Techo y comida (2015), de Juan Miguel del Castillo,
o La hija de un ladrón (2019), dirigida por Belén Funes; ambos
filmes tienen un componente de clase clarísimo y están asociados a la
maternidad precoz, a la precariedad y a la falta de formación de las
protagonistas. «Las dos son arquetipos de lo que entendemos por un relato de
resiliencia, individual, pero nada hay en estas historias sobre organización
colectiva o sindical. Si revisamos el cine de Ken Loach, por el contrario, el
protagonismo femenino es escaso, pero vemos una mayor politización del
discurso». Herrera defiende que podemos encontrar perfiles potentes de mujeres
en la clase obrera que ameritan un biopic: «Pienso en Simone Weil,
por ejemplo, filósofa que fue trabajadora en una fábrica. Considero que tiene
una vida lo suficientemente interesante, como muchas otras, como para empezar a
reivindicar nuestro propio star-system con una perspectiva de
clase y también de género, por supuesto».
El cine narrativo y
la ficción, en general, no tienen solamente que representar realidades, también
podrían proponer nuevas ventanas de posibilidad. Esas narrativas y ficciones ya
se han escrito, pero carecen de financiación. Las productoras siguen apostando
por ficciones cuyos personajes se construyeron durante la Segunda Guerra
Mundial. Al revisar la PRODUCCIÓN INFORMATIVA Y LA TRANSMISIÓN DE
ESTEREOTIPOS DE GÉNERO EN
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LA PRENSA DIARIA, las conclusiones en torno a la no ficción son la
misma, los medios no son los culpables de los males sociales, pero su papel es
crucial y no deben eludir su responsabilidad. Son nuestras ventanas al mundo y
«deben poder ofrecernos las mejores y más profundas vistas posibles».
En esta
construcción de nuevas posibilidades, Herrera resignifica la crítica a la serie
sobre la ajedrecista Beth Harmon, Gambito de dama (2020):
«Claro que no es realista que una mujer en esa época y dentro del mundo del
ajedrez no encontrara más trabas. La serie no es realista, okey, pero el caso
es que nunca en la historia se han apuntado tantas niñas a clases de ajedrez.
Esa es la capacidad de generar otros modelos, otras maneras de ser y de estar
en el mundo». En la misma línea, hay decenas de profesionales de los medios que
llegaron a la facultad de Ciencias de la Información por la serie Periodistas,
o que se animaron a seguir formándose en ciencias por The Big Bang
Theory. Ni siquiera necesitamos ser las heroínas, las mujeres tan solo
queremos poder identificarnos con otras profesionales que no parezcan un bicho
raro en pantalla.
En opinión de Lúa,
aún queda mucho por recorrer: «Cuando buscas series en el campo de la
informática, son todo hombres con comportamientos de machitos».
«Si no utilizamos
ese potencial, estamos perdiendo un arma política súper potente», concluye
Herrera. En el debate entre si la cultura es prescriptiva o descriptiva, de lo
que no hay ninguna duda es de que crea y refuerza opinión. En torno a la trama,
los personajes y los escenarios, se crea empatía y se identifican mensajes. Las
decisiones de los protagonistas y las consecuencias de sus actos se politizan.
Si queremos defender que no hay una industria llevándonos al lado oscuro de la
sala de producción, sino que la ficción describe como ya somos, no podemos
olvidar que las cosas se definen a partir de cómo hablamos de ellas. Quizá su
función no es decirnos cómo orquestar una revolución, pero si no promueve
utopías, nos prescribe quedarnos como estamos. Mientras tanto, en la periferia
seguirá habiendo miserias y nosotras no sabremos hacer otra cosa más que
esperar a que un pijo venga a salvarnos y nos saque del barrio.
MUJERES DE PELÍCULA
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Otra representación polémica es la de la maternidad. En Abre los
ojos, Pepa Blanes aborda desde una perspectiva clasista la ridiculización
de las jóvenes empobrecidas que se quedan embarazadas, y que son tachadas de
irresponsables frente a las mujeres de clase media que apuestan por el ideal
curro-casa-pareja-hijos. Para Desiré, lejos de describir la figura del padre
ausente, las películas nos hablan de unos padres que no tenemos: «En pantalla
se edulcora su figura. En las películas americanas, los padres van a ver todos
los partidos de los hijos. Pero la realidad es que si tienes que recurrir a
alguien recurres a tu madre. Si mi padre me pregunta qué me pasa, le digo que
llame a mamá».
En opinión de Sonia
Herrera, debería superarse la imagen de la maternidad coraje y lastre a la vez,
proyectada en La hija de un ladrón, incluso sintiéndose
identificada con la escena en la que «le corta las uñas a bocaos al
bebé. Siempre le damos vueltas al mismo estereotipo: mujeres jóvenes
con los mismos hándicaps, sin mostrar que en esa misma precariedad se fraguan
otras historias. El pregón de las fiestas de La Mercè de Barcelona del año 2021
lo dio Custodia Moreno Rivero, una líder vecinal de toda la vida, del barrio
del Carmel, que se sacó la carrera de enfermería en condiciones muy precarias.
También es necesario que se vean esas historias, porque nos solemos quedar en
la capa superficial de la mera lucha por sobrevivir y es necesario visibilizar
hazañas de trabajo incansable y conquista de derechos sociales en las que
muchas mujeres tuvieron un papel fundamental».
Tiene la misma
impresión Davinia. Apenas ve la televisión porque el tiempo libre lo dedica a
estar con su hijo, un adolescente de 15 años al que le gustan las series y las
películas de superhéroes, esa mitología que con CON CAPA Y ANTIFAZ carga
contra la deficiencia de los cuerpos y fuerzas de seguridad del
Estado, tomándose la justicia por su mano. Eso es lo que ella ve en
plataformas. Tiene claro que la maternidad no está bien reflejada en la
pantalla: «Creo que es completamente irreal, nadie te cuenta lo que es la
maternidad en realidad. Hablando con un montón de personas, no te digo que no
sea bonita, a ver, que yo quiero muchísimo a mi hijo, pero no sé si es porque
fui madre muy joven, sin haber querido tener hijos… La maternidad es muy
difícil, es un miedo constante. En las películas ves a madres coraje, que no se
enfadan, con una comprensión que yo no sé, mi hijo es un adolescente cuya
pereza, irresponsabilidad y falta de higiene hace que a mí me hierva la sangre.
No sé, no sé explicarlo. No me parece
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tan bonita como la cuentan en las películas, no te pintan todo lo que
hay detrás. No saben el trabajo que es ser madre, no se ve que estás preocupada
constantemente, sin saber si lo estás haciendo bien, sin saber si el niño tiene
frío, porque no habla, qué le pasa, si no come… Es muy difícil reflejar todos
esos miedos en la pantalla y se quedan en lo más superficial, en qué bonita es
la maternidad y cuánto quieres a tus hijos. Claro que los quieres, pero también
llega un momento en que quieres matarlos. Porque tú les dices quince veces que
estudie y, sí mamá estoy estudiando, pero de repente llega con cinco suspensos
de los que no te había dicho nada».
La aparición de
personajes no normativos y minorías étnicas en la ficción provocan un enorme
rechazo en la machoesfera porque la construcción de protagonistas, hasta hace
nada, había sido radicalmente conservadora. Se escandalizan si osamos darle el
papel principal de la trama a una persona que pertenece a una minoría, porque
en su concepción de la cultura como descriptiva, es imposible que esas vidas
sean lo suficientemente interesantes como para hablar de ellas. Aunque, en
realidad, la verdadera minoría es el hombre blanco caucásico heterosexual con
un cuerpo normativo, sin ningún tipo de discapacidad y con una situación
económica desahogada. Por lo que, hasta ahora, la ficción se ha limitado a
prescribirnos que la excepcionalidad era digna de un biógrafo oficial. Nosotras
hemos sido siempre las malas, pero ya va siendo hora de decir que esas
historias estaban mal contadas. Los hombres han dominado el relato y la
ficción, pero otros puntos de vista quedaron registrados en los márgenes. Hubo
cronistas que repararon en los defectos que han disimulado los pintores de
cámara, y mujeres que siguieron firmando sus obras aunque las patentes
invisibilizaran a las creadoras, inventoras, científicas, artistas y
descubridoras.
Parir y cuidar han
sido las tareas que el patriarcado ha atribuido a las mujeres como su principal
función natural. Lo doméstico se ha considerado un espacio carente de interés,
haciéndoles pensar que sus experiencias como amas de casa y sus vivencias como
madres no eran relevantes ni merecían ser contadas. Más allá de ese rol, en la
pantalla y en la vida, no somos seres de luz, sino REBELDES Y
PELIGROSAS. Basta recordar a Natividad, que creyó que no tenía mucho que
aportar a este ensayo: «Yo no he hecho más que trabajar y viajar en metro, no
sé si te podré ayudar», respondió al descolgar el teléfono.
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Existen miles de imágenes que normalizan la maternidad asociada a la
figura femenina, con vírgenes amantísimas que sostienen, miman y alimentan a
sus bebés, pero ni rastro de la paternidad de san José. Los datos sobre
conciliación coinciden con la sobrecarga que se refleja en las madres en los
productos culturales, tanto en las series como en las películas. Las
entrevistadas recuerdan a la mujer como cuidadora, conciliando vida laboral y
familia, pero muy pocas veces aparecen hombres con esa misma responsabilidad
familiar, ni señoras adineradas con la misma carga mental que las madres de
barrios humildes. En las últimas décadas está surgiendo un nuevo arquetipo
femenino, la superwoman, que emprende fuera del hogar, es sexi y
viste a la moda, pero que al regresar cada tarde asume que
debe GUARDAR LA CASA Y CERRAR LA BOCA sin riña, con la ayuda
de los electrodomésticos que han patrocinado parte del rodaje, o
incluso de una persona remunerada, incluyendo así a las minorías étnicas en la
trama desde el lugar que el orden social les ha reservado.
La representación
de las minorías es aún más violenta y estereotipada. Tanto Dalia como
Valentina, jóvenes racializadas, coinciden en la influencia que la ficción ha
ejercido en el estigma de las mujeres latinas. «La serie Narcos,
aunque parezca una tontería, es tan popular que al final todo el mundo se
piensa que en Latinoamérica estamos traficando todo el día. Y que todas las
tías están locas por operarse. Estas ficciones que muestran más la violencia de
Latinoamérica perpetúan eso de que somos delincuentes, que estamos todo el día
de fiesta, con cocaína, vestidas con las tetas por aquí (la barbilla) y
microvestidos». Por eso Valentina destaca la excepción: «La casa de las
flores ha ayudado a que la gente piense que México es más que un
poncho y un sombrero».
A sus 72 años, Flor
confiesa que «me gustan mucho las telenovelas. A mar en tiempos
revueltos la veo desde que llegué a España. Veinticinco años
llevo aquí, y también he visto todos los días Saber y ganar. Jordi
Hurtado sigue igual. Pasapalabra me encanta, así una va
aprendiendo cosas, no te creas que es ver la tele por ver». La trama y los
personajes de las telenovelas producidas en España rompen con el imaginario de
las que tienen su origen en Latinoamérica o Turquía, que también consumimos
cada tarde. Sobre las del otro lado del charco, se investigó la INFLUENCIA
DE
LAS TELENOVELAS EN
LAS JÓVENES y LAS TELENOVELAS COMO GENERADORAS DE
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ESTEREOTIPOS DE GÉNERO: EL CASO DE MÉXICO, ya que muchas
retratan a los
personajes
femeninos como seres pasivos y sexuados, demostrando que la mujer que aparece
en los medios mexicanos está construida sobre «el modelo de la mujer caucásica
y responde al estereotipo hipersexual». Muchas jóvenes de los años noventa y
dos mil aprendieron a comportarse en sociedad con las telenovelas. Absorbimos
aquel estilo de ser, vestir y hablar, imitando comportamientos en situaciones
similares y al relacionarnos con los hombres.
No podemos pasar
por alto la representación que se ha hecho, tanto en sucesos como en ficción,
de las mujeres LGBTQIA+. Pino considera que «las series sobre los
vecinos, Aquí no hay quien viva o La que se avecina,
me parecen muy conservadoras, reaccionarias, con mensajes casposos… En Canarias
somos muy inclusivos con las personas transgénero, hemos tenido el referente de
Carla Antonelli, a quien se admiraba. Y en esa serie se incluyen personajes
trans para la burla». En el caso de los referentes lésbicos, Miriam recuerda
que «durante mi adolescencia, en la inmensa mayoría de las películas, la
lesbiana se moría, se suicidaba o acababa muerta. Siempre le pasaba algo así.
Me encanta el cine, lo veo analizando el guion y, de siempre, cuando mis amigas
me decían que les encantaba una cinta les decía, pero ¿no ves que la lesbiana
se suicida? La única que no me parecía así es la canadiense Better Than
Chocolate, la primera que
vi con
personajes lésbicos positivos, con una militancia de izquierdas, incluso con un
personaje transfemenino lésbico. A mí aquello me voló el cerebro, porque yo
tenía 14 años y en aquel momento me preguntaba cómo siendo transexual podía ser
lesbiana. En general, los personajes lésbicos eran negativos y las mujeres
masculinas eran caricaturizadas con lo más negativo de la masculinidad
(cuestiones que en los hombres vemos normales, pero nos daba asco verlo en la
versión femenina). Con los años han aparecido ya personajes positivos, y otros
cuya trama no se centra en su sexualidad, sino que esta está ahí como puede ser
cualquier otra cosa, como al que le gusta el helado de fresa».
En Gijón, en la
asociación XEGA, donde participa Yosu, «estamos recuperando quedar para ver
series y películas y generar debate. En la última lista con propuesta de
títulos que hicimos, un compañero dijo que por favor nada de dramas: nos matan,
nos asesinan, son todo humillaciones. Lo que tenemos que hacer es buscar una
cinta para pasar el sábado por la tarde, una historia de amor, coses positives.
Que les
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problemátiques ya nos las sabemos. Cuando incluyen a un personaje
LGBTQIA+ dentro de les trames sin que tenga nada que ver con la trama. Nosotras
en las series no tenemos que ser ni lo central ni lo residual. Tanto en el cine
social como en las plataformas comerciales, vemos que se está cuidando la
representación. Ya hay tramas más allá de los dramas, como Sex
Education. La adaptación nueva de Star Trek también tiene
a persones LGBTQIA+. Me gustó mucho Orange Is the New Black por
cómo se trata a las mujeres en las cárceles, y por cómo están las mujeres trans
y emigrantes».
OBRERAS DE LA
CULTURA
El ANÁLISIS
DE LA DEMANDA CULTURAL COMO MARCO PARA EL ANÁLISIS DE LA RECEPCIÓN estaría
sesgado si en el mismo no se incluyese la participación en la
cultura desde la perspectiva de la creación, ya sea particular, como actividad
de ocio, un hobby caro o como actividad semiprofesional. La
producción creativa ayuda a la sociedad a reflexionar y transformarse, mientras
que a los individuos les proporciona una vía para gestionar su identidad o
aliviar su día a día, permitiéndoles imaginar y vivir otras vidas, como sucede
con muchas obras de ficción. La segregación de clase también está presente en
el consumo cultural, no solo por las entradas que podemos pagar, sino por el
tiempo del que disponemos para el ocio y por qué tipo de planes se consideran
alta cultura.
En términos
culturales, el confinamiento por la COVID-19 supuso el mayor ensayo general
de nesting, algo que ya practicábamos las mujeres trabajadoras
empobrecidas los fines de semana que nos quedábamos leyendo en el sofá mientras
los demás hacían planes que no nos podíamos permitir. Vivir a través de
personajes de ficción fue la única vía de escape durante el confinamiento para
miles de personas en infraviviendas sin apenas ventanas al exterior. Ese mismo
año también fue un fenómeno de ventas el libro ¡ME CAGO EN GODARD!,
donde se reclama el derecho a pasarlo bien y consumir cultura para divertirse y
abstraerse, en lugar de para demostrar un esnobismo propio de un grupo social
con un capital cultural superior al propio. O lo que Umberto Eco llama la
«prefabricación e imposición del efecto», como una característica propia del
mal gusto en
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los productos culturales entre un público que necesita «convencerse a sí
mismo de que los disfruta». El discurso sobre la representación de la mujer en
los medios se ve enriquecido con las experiencias de las obreras de la cultura
entrevistadas, quienes demuestran que el propio hecho de ser mujer ya te sitúa
en los márgenes de la audiencia.
Trini ha cumplido
su sueño de ser actriz, «después de haber probado todos los deportes que había
en mi cole, al fin me dejaron apuntarme a teatro. Me pareció la hostia y me
dije que eso es lo que quería hacer toda mi vida». Ahora hace publicidad, y es
donde más estereotipos de género está identificando: «Querían hacer un anuncio
de electrodomésticos con corresponsabilidad y diversidad familiar. La idea de
base estaba muy bien, pero a mí me pusieron un marido de sesenta años. Un
señor. Iban de supermodernos pero no se les ocurría poner a una tía de sesenta
con un tío de treinta y pico». Otras veces, ha hecho anuncios en los que se
limita a ser acompañante, un accesorio. «Parecen tonterías, pero al final no lo
son. Íbamos, el que hacía de mi novio y yo, en un coche, él conducía y hablaba
a cámara. Yo solo ponía cara de ajá, ajá, lo que diga mi marido. Igual los
espectadores no se dan cuenta, pero yo veo que al que han puesto a conducir y a
hablar es a él. ¿Qué me estás contando?».
Como consumidora,
Mercè ha observado que «les está costando mucho a las mujeres, sobre todo en
los niveles técnicos. Hay muchas directoras de cine que han ejercido el cargo
en una sola película, porque les cuesta muchísimo encontrar financiación. Ahora
busco cintas y series en que las protagonistas sean mujeres, y de una
determinada edad. La última que me ha hecho reír mucho es una que se
llama Damas de hierro. La más joven tiene 75 años, es una especie
de Thelma y Louise, pero actual y en Finlandia y con tres mujeres.
No me gusta que la gente intente disimular su edad para hacer papeles que no
tienen nada que ver con ella. La primera vez que fui al teatro vi a una señora
de unos 60 años interpretar a una adolescente, y salí pensando que no me
gustaba el teatro. Yo quiero que las mujeres, igual que los hombres, si tenemos
60 años, los aparentemos y tengamos papeles para señoras de 60 años. En ese
sentido, como espectadora busco cosas que también se acerquen a lo que soy, que
me puedan permitir soñar de alguna manera, porque una cosa que creo que tengo
buena, y que me mantiene un espíritu, es que sigo soñando y sigo queriendo
aprender cosas y teniendo curiosidad. Todo eso te ayuda».
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Matilde es totalmente consciente de cómo se penaliza el envejecimiento
de las mujeres: «En mi sector, como tengas el pelo blanco y no te lo quieras
teñir, ya estás fuera. Como mujer, midiendo metro y medio y pesando cuarenta
kilos, al principio me costó mucho en el mundo técnico. Pero, vamos, hay muchos
niveles de artisteo. Yo siempre digo que soy una obrera de la cultura y conozco
a obreros de la cultura, gente que se está dejando los cuernos y que no tiene
ningún interés en salir en no sé dónde. He trabajado mucho fuera de España y no
encontré grandes diferencias entre hacerlo en el teatro o ser funcionario. Aquí
hay mucho más ego en todo: en teatro, en política, en empresa. Hay una
intención por llegar el primero, por estar siempre, por la presencia. En el
extranjero era todo mucho más relajado».
Además de los
problemas de financiación que mencionaba Mercè, el boom de
los nepobabies que copan el sector audiovisual gracias al
capital cultural de sus familias o la mirada masculina que solo
aprueba la representación de cuerpos femeninos mientras sean jóvenes, a las
obreras de la cultura se les pregunta constantemente si lo que hacen es también
para los hombres o solo es para mujeres. A la escritora Elena Fernández Alonso
esta limitación de la audiencia la desquicia: «Mis novelas tienen a mujeres
protagonistas. Son cosas que nos pasan a nosotras pero que también le podrían
pasar a hombres. Y cuando voy a presentaciones, me dicen que, bueno, que son
para grupos de lectura femeninos. O sea, como que si hay una protagonista a la
que le pasan cosas reales de la vida, solo le puede interesar a las mujeres. Y
cuando hay un protagonista masculino, le interesa a todo el mundo. Escribí una
novela sobre una futbolista (La chica de los grilletes) que se metía en
problemas por apuestas deportivas. ¿Eso no le puede interesar a
cualquiera? Pues es que esos comentarios hacen que no puedas realizarte. La
primera novela que escribí está ambientada aquí (Cerezas amargas). A
pesar de todo, siempre me he sentido muy orgullosa de donde he nacido y de
donde vivo. A pesar de todas las veces que sigo oyendo risas cuando digo que
soy de Barakaldo».
YO NO SOY NI VOY A
SER TU BIZCOCHITO
Año tras año, en
la Encuesta de Hábitos y Consumo Cultural en España la música
obtiene el segundo puesto. Solo una de cada diez personas es
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totalmente ajena a los hits y a la canción del verano.
Más allá de las mesas de mezclas, la materia prima de los temas que nos
emocionan es la experiencia de quien las compone y las interpreta.
Carolina es de
Badajoz, tiene 25 años y toca la tuba, «un instrumento mayormente manejado por
hombres, pero algunas mujeres también lo hacemos sonar. Como se dice en
Galicia, haberlas, haylas, como las meigas. Recuerdo cuando fui a hacer unas
pruebas para una orquesta joven (nunca he coincidido en las pruebas con otra
chica, siempre soy la única). Encontré a compañeros que conocía, a los que mi
tutor tenía en estima porque eran para él unos supercracks. Cuando salieron las
notas, yo había quedado primera, y el profesor me llamó para preguntarme qué
había hecho. Lo primero fue preguntarme que qué hice, no darme la enhorabuena
por todo el esfuerzo que había detrás, como si les hubiera enseñado una teta o
algo a los del jurado. Me quedé totalmente descolocada al teléfono. Cuando
había comentado que iba a presentarme, ningún colega me tomó en serio, no me
consideraban competencia. Pero yo estaba tan contenta de haber quedado primera
que me dolió ese comentario del maestro, porque sabía que había estado estudiando
como una loca. Hace poco tuve otras pruebas para una bolsa de trabajo. Me
tocaba entrar la última a la audición y, cuando le pregunté a un chico en su
camerino, me dijo: “¿Ah, pero que tú también tocas?”, como si no pudiesen
valorar que si estás ahí es porque eres música profesional. Siempre he notado
que no me tenían en cuenta, ni me respetaban como a los demás».
En la periferia
suena la MÚSICA DE GASOLINERA, parafraseando a Juan Sánchez Porta,
tan alejada del canto lírico de la ópera como de la camisa vaporosa del indie.
La música que coreamos en el coche y que se cuela por las ventanas mientras
ponemos lavadoras cada sábado nos pide que perreemos hasta el suelo, hasta
quitarle el polvo al rodapié. Las mujeres en la industria han sido reducidas a
cuerpos semidesnudos en los videoclips, y las imitamos con un moño de tres días
creyéndonos Amy Winehouse. Creer que las intérpretes a las que admiramos son
solo «muslos y pechuga» es la enésima demonización de lo que nos gusta y de
quienes lo representan. BEYONCÉ EN LA INTERSECCIÓN denuncia
cómo se lee el cuerpo de la cantante en términos de vulgaridad porque es negra,
hace música pop y tiene un público femenino y/o homosexual.
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Para Nerea esa sexualización, ese ser vista como «la chica para
divertirse», ha sido un problema: «Yo siempre sentí que para los tíos era el
modo fácil. Y de eso tiene mucha culpa el trap. Sé que suena boomer,
pero es que eso que canta la Zowi de “follo con quien quiero, puta no es un
insulto, puta es lo mejor que me podríais llamar”, pues no. No nos vamos a
empoderar por ahí, porque eso se nos vuelve rápido en contra. En Tinder más de
una vez me han entrado con que tengo pinta de ser una chica muy abierta, con la
mente muy abierta, liberal… y, claro, yo ya les pregunto qué en qué sentido.
Siempre me dicen que en el sexual, así que ya les digo que si me están llamando
guarra. Porque, literalmente, me lo están llamando. Y ahora resulta que eso
tiene que ser un piropo. Lo que siempre ha sido un insulto, ahora me lo
aplauden. Prefería lo de antes, porque me permitía cuestionarme por qué les iba
bien a los tíos que fuese una guarra. Ahora, los chavales esperan que
hagamos twerk y bailemos en tanga, y tener cancha para hacer
lo de siempre, la misma dinámica, la misma dominación. Ahora tú no eres más
libre, solo se lo estás poniendo más fácil porque te estás sintiendo bien con
eso, y se construye en torno a ti esa imagen de que eres la tía para follar. A
mí esa imagen me ayudaba a enmascarar los traumas. Entre los traumas, la imagen
que tienes que construir, tu profesión y el rollo que te gusta, los hombres se
han quedado con la idea de que soy la tía solo para follar. Soy lista, pero me
toman por fácil y por tonta por mis pintas. Se imaginan que me van a proponer
un trío y les voy a decir que sí, soy a la que miran y señalan hablando con sus
amigos mientras uno dice: “Esta fijo que se lo traga”».
El ocio nocturno de
Diana está alejado de su casa. Es una rockera empedernida que se va al centro
en busca de salas de conciertos que poco o nada tienen que ver con los bares de
reguetón que proliferan en su distrito. Siempre ha sentido que en aquellos locales
del centro todos eran de otros barrios. Para ella hay más respeto e igualdad en
las salas de rock que en los espacios más reguetoneros, o
incluso de música electrónica. «Creo que se cosifica más a la mujer que en
el rock, aunque también me he encontrado a mucho baboso, quizá
porque está la idea de que hay menos rockeras. Así que, si ven a alguna, pues
van a por ella». Sobre las situaciones más desagradables que recuerda, destaca:
«Me intentan entrar de formas un poco raras, como aquella vez que se me acercó
un chico y, sin venir a cuento, me preguntó si quería ver su tatuaje. O se me
acercaban directamente a darme su teléfono, que tú te quedas: “¿Para qué quiero
yo
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tu teléfono? Si no te conozco de nada”». Maca es más de punk, pero los
locales a los que solía ir han ido desapareciendo en pro de músicas latinas,
con muchísima más demanda. No deja de resultar irónico que en bares que ya no
existen sonasen las letras de los HIJOS DEL BREXIT, que
cantaban con ira contra los procesos de gentrificación, la falta de
oportunidades, el capitalismo o el auge de la extrema derecha. En torno al
ambiente en las salas, «a los chicos del punk como que no se los ve a primera
vista. De palabra, se supone que tienen un discurso muy feminista, muy
igualitario, pero en la práctica no lo tienen. He visto claro que son
machirulos. Es un entorno muy machista, pero creo que menos que el reguetón».
Para Fayna, «en la
polémica de las letras y los géneros musicales hay mucho racismo y clasismo. Se
categoriza mucho al reguetón por sus letras súper misóginas, que algunas sí que
lo son, pero a veces se nos olvida que los géneros que están más popularizados
por blancos también hacen referencia al machismo. Y nadie se lleva las manos a
la cabeza con la canción, por ejemplo, de “Brown Sugar” de los Rolling Stones,
que directamente habla de una esclava negra. Sin embargo, con el reguetón
existe una demonización y una persecución horrorosa. Y no podemos olvidar que
es un género urbano, nacido de las zonas con menos poder adquisitivo de
Latinoamérica… Hay ahí un racismo clarísimo, aunque la gente no quiera ser
consciente de ello». También llega a la misma conclusión Alba: «Misógino es el
artista. Puedes marcarte un rap hablando de putas, de cómo te quieren comer
todas la polla, con un videoclip de tías figurantes enseñando el culo. O puedes
hacer un rap denunciando la situación de la clase obrera en España». En ese
estilo, Esther ha empezado hace poco a escuchar a raperas, «y es que, fíjate en
el trasfondo de sus letras. No tienen nada que ver con el “mírame, estoy aquí
en el barrio con mis colegas” de ellos».
Presumir de un
origen humilde y barriobajero es lo que han popularizado en las últimas décadas
decenas de artistas que, realmente, crecieron en familias de una clase
trabajadora más acomodada y alejada de la delincuencia callejera. Para
interpretar a los MACARRAS INTERSECULARES se centran en
cuestiones estéticas y proyectan una identidad sin las incomodidades,
padecimientos y riesgos vinculados a la experiencia real: «Antes los propios
macarras eran estrellas, ahora las estrellas se hacen pasar por macarras».
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El CINE QUINQUI fue UN RETRATO DE UNA SOCIEDAD
A TRAVÉS DE LA MÚSICA,
documentó y
mitificó a quienes malvivían en los márgenes. Se romantizaron sus miserias
elevando a banda sonora los casetes que nadie reconocía escuchar, pero que hoy
se reeditan en vinilos, crean tendencia y llenan estadios. Águeda recuerda que
«choni era un insulto hacia cualquier mujer del sur, la típica con los aros
dorados gigantescos, el chándal y los tacones. Eso, así, es de aquí de toda la
vida. Como es ahora la Rosalía». La cantante catalana ha conseguido que hasta
quienes se agarran el bolso al cruzarse con una mujer en bata tarareen: «En mi
piel, los corales / me protejan, me salven, / me iluminen, me guarden […].
Malamente».
A ella, como a
otras muchas artistas, se le exige hacer música que no solo suene bien, sino
que se interprete de una forma válida para la mirada masculina, que no suponga
una amenaza para ellos, pero que contenga arengas feministas acordes con
nuestra época. Monty Peiró rescata la biografía de las Pioneres y
reivindica la pluralidad de las voces actuales, que no tienen por qué
transmitir ese mensaje, ni cualquier cosa que hagan las mujeres debe ser
sometida a un análisis constante. A veces una chica, simplemente, quiere
bailar.
TRAMPAS Y
RATONES
Lourdes, desde
Valencia, se hace pasar por un hombre en las redes sociales donde comparte
ilustraciones antifascistas para esquivar el hate misógino.
Decenas de miles de jugadoras utilizan NICKS MASCULINOS Y
DISTORSIONADORES DE VOZ cuando echan una partida online.
Los videojuegos siguen siendo un ocio muy masculinizado: los
principales creadores de contenido son hombres y las pocas que se han atrevido
a emularlos se han parapetado frente a toda esa hostilidad que recibimos cuando
transitamos espacios en los que no se nos espera. El nombre de la consola, Game
Boy, es toda una declaración de intenciones de cuál es el público objetivo de
esa industria. Cuando se popularizó la Nintendo DS proliferaron toda una línea
de juegos destinados a las niñas que hacían referencia a los cuidados y a la
división sexual del mercado de trabajo: imagina ser mamá, veterinaria,
decoradora…
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Quizá la influencia de esa forma de estar y de ser de nuestro yo digital
nos haya llevado a transmitir lo que hacemos día a día como si estuviéramos
poniendo a prueba nuevos talentos y necesitáramos la aprobación de los demás
para poder avanzar hacia el siguiente reto. A Marya, esa sobreexposición le
hace sentir mal. Sus veranos son para volver a Argelia, tiene dos trabajos para
poder pagar la universidad y, cuando dispone de un momento y coge el móvil,
«ves a tus amigas salir de fiesta, o personas a las que ni siquiera conoces.
Menos mal que no sigo a influencers y estos personajes que
tremendos viajes se pegan, porque hubiese estado toda machacada».
El anonimato en las
redes sociales permite que el personaje experimente una vida muy alejada de la
realidad de la persona sin que nadie le arranque la máscara. Pero este
anonimato también es la coartada perfecta para expresar clasismo, misoginia y
xenofobia. Desiré ha sido moderadora en foros dependientes de la empresa de
comunicación donde trabaja: «Todas las mujeres con cierto número de seguidores
o más o menos conocidas reciben insultos de hombres, llamándolas de todo. Es
ínfimo el porcentaje de mujeres que insultan». Recuerda a la perfección el día
que ardieron sus redes personales: «En los foros machistas y misóginos se
orquestan ataques contra activistas feministas. Eso no pasaba en la vida real,
no quedaban en grupo para ir a insultarte por la calle». El acoso que sufrimos
ocho de cada diez mujeres en redes sociales también es intimidatorio y
violento. No solo se nos increpa con comentarios de carácter sexual, sino que
se nos amenaza con palizas, violaciones e incluso la muerte.
Abandonamos las
redes ante el odio y el acoso machista, como antes ya nuestro género abandonó
las calles, la noche, los bares, los pubs. Las mujeres que crean
contenido en internet pasan a ser una comunidad. No queremos sentirnos solas,
una mujer sola siempre es objetivo de acoso. Ellos siempre sienten que actúan
en manada.
La hija de una de
las entrevistadas tiene 19 años y se ha visto afectada por robos de identidad.
Alguien ha creado cuentas falsas con sus fotos. «Por suerte, dispone de medios
y de la confianza para contar con sus padres y hacerles frente a esos problemas».
Sin entrar en detalles, porque los desconoce, indica que «mi hija ha caído en
la trampa de hacerse fotos en las que salía monísima de la muerte. Está en su
derecho, pero eso le ha traído problemas, críticas desde el instituto hasta la
universidad. Ha
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llegado a tal punto que, desde hace unos meses, no tiene redes sociales
en general, porque dice que le quitan demasiado tiempo». La entrevistada no
sabe realmente cómo esos ataques han podido influir en su vida, ella cree que
bastante. «El comentario que a mí me hacían con 19 años y me molestaba,
simplemente se quedaba ahí, pero a ella se lo hacen y tiene un corro de gente
mirando».
Otra de las
entrevistadas recibió de madrugada un WhatsApp de un número desconocido
interesándose por ella y ofreciéndole ayuda tras su separación. «Y yo me quedé,
¿¿¿perdona??? Que era para responderle: “Pues de ti no me hace falta nada”. Yo
creo que el WhatsApp y las redes sociales no nos ayudan en nada, porque la
gente como que no se corta por ahí. Era el cura del pueblo». Bromea cuando
recuerda la insistencia de los hombres en redes sociales: «Te escriben: “Pues
quedamos cuando quieras tomar un café… o algo más”. Y conmigo, si quieres un
café, sí, pero nada más, así que esos cafés hoy en día no me los he tomado».
Pero no todos
nuestros males empezaron en un smartphone. Cuando otra de las
entrevistadas tenía 12 años, las muchachas de clase trabajadora apenas teníamos
un ordenador en casa. Entrábamos en los cíber para utilizar el Messenger, pasar
el rato en los blogs, visitar YouTube o subir fotos por cable desde la cámara
digital a Fotolog: «Todas mis amistades íbamos ahí. Un día entré a ver unos
vídeos de música y mis amigas estaban fuera fumando. Total, que llega uno de
los que trabajaban allí y cierra la persiana. Estábamos solos y me cagué.
Entonces por la puerta de atrás entró otro, me cague más. Y de ahí me meten en
el cuartito de atrás y me coge uno por la espalda y el otro se pone delante. Me
cagué un montón… Empecé a chillar y a decirles que me dejaran, y nada, no
hacían caso, me tocaron entre las piernas y querían tocarme el pecho. Así que
en una de esas le metí una patada en los huevos a uno, y al otro lo empujé y
empecé a chillar más todavía. De repente, abrieron la puerta y la persiana
desde la calle. Salí llorando, corrí a mi casa, se lo dije a mi padre y se
encargó de ellos».
La red es la plaza
pública que sustituye a las verbenas. No es, por ende, ni más ni menos
peligrosa para las mujeres de lo que son las fiestas populares, solo es el
enésimo escenario en el que conocemos a maltratadores, como en el caso de otra
entrevistada: «Había quedado ya varias veces con un chico, nos habíamos
acostado. De hecho, nos conocimos en Twitter, lo típico del politiqueo
madrileño. Pasamos de estar
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en un momento íntimo, de estar guay y bien a que me hiciese daño. Y yo:
“pero ¿qué coño estás haciendo, tío?” y él: “¿No te gusta?”. Lo quise excusar
por la educación que tienen. Pensé que sería por el porno de mierda, pero,
claro… Después de aquello volvimos a quedar y volvió a hacer lo mismo, cuando
ya le había dicho que no me gustaba. No sé cómo verbalizar lo incómoda que me
hizo sentir».
Las fotopollas solo
son un producto de esta época, antes acostumbraban a sacársela contra nuestra
voluntad sin que pudiésemos dejar de seguir, silenciar y bloquear a quien nos
quiere encerrar en el cuarto de atrás. En la era digital, no solo el ciberacoso
es una forma de violencia de género, desde el ghosting (no
atender llamadas ni responder mensajes, retirarle la palabra, castigar con el
silencio) hasta el catfishing (crear una identidad falsa para
ligar, incluso para estafar), nos encontramos toda una serie de actitudes
tóxicas en las relaciones sexoafectivas que, lejos de ser la consecuencia sana
de distintos niveles de interés y compromiso, conforman un patrón de
manipulación en el que las mujeres casi siempre acabamos siendo las intensas
que hemos sentido de más. Enfrentarse a estos chantajes emocionales precisa de
una buena autoestima y de una red de apoyo con la que no siempre contamos las
mujeres de clase trabajadora de la periferia. Muchas de nosotras hemos crecido
en familias desestructuradas, con un padre ausente que ha dinamitado cualquier
posibilidad de tener un buen referente de relación sana a la que aspirar, por
lo que somos más vulnerables, también en la red.
Página 331
8
Interseccionalidades
La
interseccionalidad de todo lo que soy hace imposible mi integración en la
sociedad homogeneizada y homogeneizante, de payos machos progres y
mujeres blancas con camisetas de Mango con las que reivindican su feminismo
esponsorizado. No, ahí no quepo, ni siquiera quiero caber: no me da la gana de
integrarme, que lo sepas.
SILVIA AGÜERO
FERNÁNDEZ,
Mi feminismo es
gitano
Los medios de
comunicación han ayudado a elevar las reivindicaciones de la multitudinaria
manifestación del 8 de marzo de 2018. Pero no podemos dejar en manos de nepobabies de
colegio católico de pago la genealogía sobre las mujeres que nacimos, crecimos
y habitamos los barrios obreros. Para politizar nuestra experiencia debemos
narrarnos, compartirnos, con los medios de los que cada una dispone y en los
espacios que cada una ocupa.
La cuarta ola del
feminismo nos ha pillado viralizando nuestros malestares en redes sociales. Las
mujeres que salieron a la calle a defender el divorcio o el aborto se han
convertido de repente en abuelas que nos hablan sobre sus marchas cada vez que
nuestros derechos se vuelven a cuestionar. Aunque creemos que somos la
generación más abierta de la historia, aprendemos de ellas las infinitas formas
de ser y de amar en este mundo que ejercían antes de que hubiese nacido Judith
Butler.
Las más jóvenes le
estamos poniendo nombre a malestares que no los tenían, a cuestiones
transversales a la clase, pero que padecen más quienes menos tienen. Nacer en
una familia sin recursos económicos supone que un mal día durante los exámenes
finales se traduzca en fracaso escolar, o que la lista de espera en atención
primaria ponga en riesgo nuestra salud.
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La brecha salarial entre trabajadores y trabajadoras se hace aún más
grande cuando el puesto lo ocupa una migrante, una mujer con discapacidad,
dependiente o trans. Y queda totalmente excluida del mercado laboral aquella en
situación de calle.
Nos dirigimos hacia
la quinta ola del feminismo preocupadas por el cambio climático, el asalto a
las estructuras de poder o la redefinición de la masculinidad. Hasta de eso
debemos ocuparnos nosotras. Si las tías tenemos fama de poder hacer más de una
cosa a la vez, por qué no se iba a dar por hecho que podríamos con más de una
tarea en el puesto de trabajo, y que íbamos a poder dar una batalla sorora,
poniendo el cuerpo por todas, aun cuando hay colectivos empobrecidos y
marginalizados que jamás lo harían por nosotras, o que directamente se
movilizan y votan en cada comicio en nuestra contra.
El debate sobre si
el feminismo debe o no servir de paraguas a las reivindicaciones de colectivos
discriminados sigue siendo un punto propio en el orden del día de cualquier
asamblea. Estando de acuerdo en que NOSOTRAS debemos dar
batallas ajenas porque nos interpelan las injusticias, nuestras
demandas deberían estar presentes en otras luchas. La interseccionalidad y la
transversalidad de las desigualdades ponen de manifiesto que el reconocimiento
de las reivindicaciones de determinadas minorías promueve cuestiones
identitarias que han dividido al movimiento, para gloria del neoliberalismo, y
en perjuicio justamente de quienes son despojadas de su derecho a la
existencia. Angela Davis hablaba de MUJERES, RAZA Y CLASE, pero
algunas feministas son como
aquellos blancos
que quieren cumbia pero no bailar con lxs ñerxs.
Desde que en 1910
Clara Zetkin propuso la celebración del día de la Mujer Trabajadora hasta
nuestros días, el 8M ha ido perdiendo su apelativo de clase. Ya no se hace
referencia a las trabajadoras, sino a todas las mujeres. Para advertir el error
de no ver más allá del género, Joan Scott insistió en que la relación
género-cuerpo no se inscribe socialmente bajo una uniformidad porque tiene
peculiaridades distintas, como la raza, la edad, la sexualidad y la clase
social: estos indicadores jerarquizan la condición social de las mujeres
creando diferencias entre ellas.
A la mínima que
intentamos desmontar los prejuicios que recaen sobre nosotras, advertimos que
necesitamos definir quiénes somos, y que, lamentablemente, en ese ejercicio
cobra protagonismo la mirada del otro: «No fue la identidad, sino el juicio de
los demás sobre ella», declaraba
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Guillaume Galliene ante C3PO EN LA CORTE DEL REY FELIPE:
«Nuestra identidad sexual, territorial, ideológica o de clase es más útil a
terceros que a nosotros mismos». Las etiquetas nos atribuyen aptitudes y
talentos que poco tienen que ver con quién somos y mucho con qué parecemos, por
eso pervive la división sexual del trabajo y la segregación racial del mercado
laboral a espaldas de las cualidades reales de cada una. Ojalá que definirnos
como mujeres de clase trabajadora empobrecidas en la periferia sirva para
centrarnos en qué vamos a hacer y, sobre todo, dónde vamos a estar cuando la
gentrificación nos desplace de nuevo. No somos dueñas de quienes somos, porque
no tenemos el privilegio de vivir al margen de lo que opinan los empleadores de
nosotras.
Concluyo este
ensayo apelando a la necesidad de observar al patriarcado como colaborador
necesario en los crímenes del capitalismo y de la enorme vertebración del
colonialismo en las desigualdades centro-periferia del sistema-mundo. Es un
llamamiento a no perder de vista que la precariedad, la pobreza, la xenofobia y
la exclusión social influyen significativamente en las vivencias de las mujeres
y en cómo se comportan.
Relegarnos a las
tareas reproductivas sin remuneración y a los hombres al trabajo productivo
retribuido y a la vida pública ha sustentado la socialización de la desigualdad
de género, el patriarcado en sí mismo, desde el Paleolítico, tal y como señalaMarylène Patou-Mathis cuando nos recuerda
que EL HOMBRE PREHISTÓRICO ES TAMBIÉN UNA MUJER. No es
casualidad queYuval Noah Harari advierta, en SAPIENS,
que también hay justificaciones biologicistas en el discurso racista que impone
aún hoy el colonialismo y la hegemonía del norte occidental sobre el sur
global.
Hoy en día, hay
sectores del movimiento feminista a los que les cuesta abrirse a amparar otras
reivindicaciones, incluso a otras mujeres DESPUÉS DE LO TRANS. La
militancia es agotadora y a veces hay que centrarse. Pero si nos
compartimentamos, no hacemos más que retroalimentar la criminalización de la
diferencia. Solo si damos una respuesta interseccional, amparando a todas las
que estamos en los márgenes, podremos ampliar hacia la periferia los derechos
que se han reservado para quienes habitan el centro.
Por eso, debemos
construir una alternativa más cañí de lo que los académicos racistas querrían
cuando proclaman discursos
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antiglobalización. Pastora Filigrana defiende que mientras el sistema
capitalista y patriarcal imponga un valor distinto al trabajo según la raza, la
etnia, las capacidades físicas o el sexo, no hay batalla que se pueda ganar sin
plantear una alternativa a la totalidad del sistema-mundo.
El antigitanismo es
una de las formas de xenofobia más arraigadas en nuestra sociedad. A pesar de
que muchas entrevistadas se proclaman de izquierdas, progresistas y
antirracistas, no han faltado comentarios prejuiciosos sobre la etnia romaní.
Sobre todo, en cuestiones relacionadas con la educación y las escuelas: «Hubo
un par de chicos más conflictivos de lo normal, el típico gitano que te toca en
clase que está repitiendo. Además, como el colegio era concertado, era de
monjas, nos decían que no nos juntásemos mucho con él, que era un liante. No
dejarlo de lado, pero sí tener cuidado. Yo no sé si habrá acabado el instituto
o no, pero el chaval sigue viviendo en el barrio».
«Sobre los gitanos
de la Cañada Real lo que se dice es que son vendedores de droga, ni siquiera
que sean consumidores. Se ha proyectado esa imagen de moralidad y de mito de la
clase media que nos martillea con que quienes viven en la Cañada Real no pagan
ni luz, ni agua. Y entonces, desde la superioridad moral, las clases medias se
preguntan: ¿por qué estos desechos sociales pueden vivir gratis cuando yo sí
tengo que pagar? Te hablo de un discurso que ha calado entre gente súper
humilde cuyos padres vivieron también en una chabola cuando llegaron a Madrid.
Las drogas aparecen en el discurso para deshumanizarlos. Acusarlos de la venta
es el plan perfecto para justificar cómo se les está quitando el derecho a la
vivienda». Existe cierta idealización de la lucha vecinal, pero mientras hacía
entrevistas descubrí que algunas de esas asociaciones tenían prejuicios
xenófobos. Fueron sus miembros quienes quemaron las infraviviendas de las que
se habían emancipado para que no las ocupasen familias gitanas. Rafael Buhigas
Jiménez investigó las circunstancias y
consecuencias de
los realojos en LOS «OTROS» MADRILEÑOS. EL CONFLICTO POR LA VIVIENDA DE
LOS GITANOS EN LA CAPITAL (1950-1986).
Al igual que el
nazismo designaba a los judíos y a los gitanos Untermensch,
«infrahombres», el antigitanismo no reconoce a la población romaní
como compatriotas de pleno derecho: «En el barrio solo hay un colegio público,
que todo el mundo denomina “colegio gueto”. Los profesores van por comisión de
servicios. Hace unos años tenía diecisiete nacionalidades diferentes de
extranjeros y gitanos. No había ni un español.
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Los niños iban sin duchar y sin comer, montaron duchas en el colegio y
les daban el desayuno. Hay voluntarias en el comedor escolar para poder
alimentarlos. Es un colegio con pocos recursos, y los han metido a todos ahí,
la administración prefiere que estén así. Ningún amigo mío o conocido del
barrio quiere escolarizar a sus hijos aquí. Los llevan a otros barrios o a un
concertado donde el porcentaje de inmigración está más normalizado».
También hay
entrevistadas que militan contra esa xenofobia, cuya resistencia a la
explotación laboral incluye a las gitanas que no solo se enfrentan a la
opresión patriarcal, sino también al racismo y la marginalización social.
Desde RESISTENCIAS GITANAS, Silvia Agüero denuncia que el feminismo
hegemónico, aquel que se centra en la brecha salarial entre hombres y mujeres o
el techo de cristal, olvida que también existen grandes brechas en el acceso al
empleo entre payas y gitanas. Aurora Serrano, sindicalista en UGT y militante
romaní, asegura que «el antigitanismo está arraigado en nuestra sociedad como
el racismo y el machismo. Pensamos que somos mejores que el otro, por lo que en
el espejo proyectamos la imagen de los que no queremos ser. Esa imagen es la de
la mujer gitana: que no le gusta trabajar, que es una inculta, que no estudia».
Se han hecho
múltiples referencias a la Yoli de Física o Química, la joven de
extrarradio sexualizada de la que sus profesores esperan que acabe de cajera.
Ni tan mal, porque a otras les auguran irse sin pagar: «El estereotipo que se
tiene del gitano y de la gitana es como el de un pobre delincuente que no
quiere salir del gueto. Es muy duro que vayas a comprar la merienda de unas
jornadas, que yo he ido como educadora, acompañada por niños de Vicálvaro, y el
guardia jurado me haya hecho abrir el bolso delante de ellos, porque se
pensaría que eran mis churumbeles. Desde que entras en el supermercado tienes
al segurata detrás». A esos niños, que participan en una actividad
extraescolar, ya les están diciendo que las personas como ellos no son gente de
fiar. Vivirán sometidos a una hipervigilancia. La discriminación hacia la
población gitana viene desde que en 1499 los Reyes Católicos les prohibieron
ser nómadas y los obligaron a renunciar a sus oficios para adaptarse a las
estructuras gremiales. Buhigas también estudió cómo se ha permitido esa
persecución de lo cañí en BAJO SOSPECHA. UN PRIMER ABORDAJE SOBRE LA
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TIPIFICACIÓN DE LA «CRIMINALIDAD GITANA» POR LA GUARDIA CIVIL
EN LOS SIGLOS XIX Y XX.
Según el
informe ACTITUDES Y PAUTAS DE COMPORTAMIENTO DE LA POBLACIÓN GITANA DE
LA COMUNIDAD DE MADRID EN RELACIÓN A SU SALUD,
publicado en 2008,
aún vivían muchas familias romanís en «asentamientos ilegales», aunque desde
los años setenta se llevan a cabo periódicamente políticas de realojo en nuevos
barrios, como el Ruedo de Moratalaz, en Media Legua, donde reubicaron a mi abuela
en los años noventa, los bloques del Alto de San Isidro o Pan Bendito, en
Carabanchel. Aurora Serrano denuncia que «estamos confinados en barrios-guetos
un 80 por ciento de la población gitana porque, por desgracia, la gran mayoría
de nosotros somos pobres. Y salir de ese círculo es imposible, más si no sales
de tu núcleo social, de ese colegio donde vas a estudiar con los mismos niños
que son vecinos tuyos. No nos interrelacionamos con otro tipo de gente y no
tenemos referentes en la historia paya, no aparecemos en los libros de texto y
la historia de nuestro pueblo se ha transmitido de forma oral de padres a
hijos. Cuando se publica alguna información sobre la población gitana, siempre
es mala. No hacen documentales sobre quienes están estudiando, los abogados
gitanos, las juezas, los que están en el Congreso de los Diputados. No todos
estamos fuera de la sociedad paya, pero a los que estamos nos invisibilizan,
nos diluimos». En realidad, nunca se negaron a integrarse porque nuestra
cultura también es cañí, lo que no quieren es renunciar a su identidad romaní,
ni a desintegrarse dentro de un sistema para el que tienen alternativas.
Las actitudes
xenófobas en el discurso de algunas entrevistadas no solo fueron antigitanas,
sino también racistas: «Hablando con una amiga, me dijo: “Sí, lo de la
multiculturalidad está muy bien y tal, pero a veces habría que revisarles un
poco los principios”. O sea, el machismo que viene de otras culturas… No es que
me molesten pero, joder, si yo estoy intentando hacer algo con los de aquí y me
cuesta, para que encima me vengan de fuera a ponérmelo peor. Es como si
vinieran de hace, pues no sé, de cincuenta años atrás. Tenemos que luchar
contra los de aquí, más lo que te viene de fuera, de otras culturas, en las
que, pues eso, la mujer es la última mierda a la que pisar. Y ves que no hacen
nada por cambiarlo ni por integrarse».
Página 337
En muchos casos no
es una cuestión de inclusión, puesto que España ya está criando a su tercera
generación de migrantes, AFROPEANS, que son tan ibéricos como
quienes tienen pueblo. Las nietas de las guineanas en España, las de
caboverdianas en Portugal o las de argelinas en Francia no necesitan
integración, sino que se las deje de discriminar. Una de las formas más
visibles de convivencia son las parejas entre autóctonos y extranjeros, pero el
deseo y el amor en nuestro país no dejan de tener una dimensión patriarcal y
racista: los hombres españoles protagonizan más matrimonios mixtos que las
españolas, y suelen contraer matrimonio en segundas nupcias con mujeres jóvenes
de origen latinoamericano a las que les pretenden imponer un rol subalterno en
el hogar que las mujeres jóvenes españolas cada vez aceptan menos, por eso van
en busca de
FLORES DE OTRO
MUNDO.
Dalia, de origen
ecuatoriano, ha tenido que soportar que la acusen de haber dado un braguetazo.
Ya desde el instituto, «había chicos que no podían ser amigos nuestros porque
las novias no les dejaban. Porque decían que las latinas “vamos a lo que
vamos”. O que vamos a estar con ellos por los papeles. Aunque ya tengas la
nacionalidad, te decían que si te juntabas con españoles era porque algo
querías. Para sacarles todo. Les decían a las compañeras cubanas y colombianas
que tenían que ser unas guarras en la cama». Y ya en la vida adulta, «he notado
el clasismo bastante, incluso con los amigos de mi novio. En general, son
amables e intentan no hacer muchos comentarios. Pero cuando están en confianza,
empiezan a decir que están deseando que los manden a Latinoamérica porque allí
se van a hinchar, que allí están las tías desesperadas por pillar a un
americano… Y que con un poco de dinero tienen a la que quieran. Consideran
Colombia no como un destino al que les mande la empresa por el negocio, sino
como un parque de turismo sexual».
Esto mismo
denuncian en la obra de teatro Las latinas son. El ensayo
reivindica el tema «Single Ladies» para abrir
el debate sobre el
mercado matrimonial: «Debemos hablar de las dinámicas sexistas y racistas en la
elección de las parejas íntimas en la lógica heterosexual, en connivencia con
las dinámicas coloristas, y del funcionamiento de las imágenes estereotipadas
que perfilan a las mujeres negras como sexualmente accesibles mientras que se
les niega el derecho a ser sujetos de amor y cuidado». La sexualización de las
niñas y
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adolescentes gitanas, latinas o afrodescendientes justifica los abusos y
las agresiones que se cometen contra menores. Como si fuese menos niña una niña
gitana. Según el macrocuestionario QueSeSepa realizado en
2019, las mujeres racializadas son violentadas por hombres con mayor frecuencia
y desde edades más tempranas que las blancas. Rocío Yu, al llegar a la pubertad
experimentó que «a pesar de que a las asiáticas (adoptadas) en la familia nos
educan para ser tías blancas, a la hora de desarrollarnos vamos a otro ritmo.
Mientras a las demás las erotizan, a nosotras nos fetichizan e infantilizan.
Incluso en clase, he visto que intentaban tirarme fichas que iban más allá del
morbo que les pudiese dar tener una profesora joven».
Para Valentina es:
«la cadena alimenticia del migrante. A lo mejor a mí no me tocaba estar tan
jodida. O sea, no me tocaban los comentarios jodidos como sí le podían tocar a
una persona árabe o a otra negra. Porque no había tanto conocimiento o tanto
prejuicio como lo hay en España de las personas latinoamericanas. En Bélgica
era como: “Ah, pues colombianos, ecuatorianos, Pablo Escobar, México,
narcotráfico”, y ya. Como que su desconocimiento eliminaba muchos prejuicios.
Es como el relato del migrante bueno. Yo era una migrante buena porque estaba
allí de intercambio estudiantil para aprender de la cultura belga. Pero si mi
fenotipo fuese distinto, no sería vista así». Otra entrevistada comentaba: «En
el pueblo de mis abuelos la mayoría de los que trabajan en el campo son
inmigrantes. Cuando había buenos trabajos, el campo no lo quería nadie y lo han
sacado adelante ellos. Eso ahora se les compensa, porque en la mayoría de las
fincas los encargados son extranjeros». Pero cuando abordamos la explotación laboral
en el sector, su discurso vira: «Los pobres negritos se parecen mucho. Bueno, a
nosotros nos cuesta mucho diferenciarlos. Así que lo que hacen es intentar
colársela al jefe y, con los papeles de uno, porque alguno consigue que le
hagan los papeles, se cuela otro. Así trabajan en las fincas. Ahí el jefe no lo
está viendo, porque es que no se da cuenta de quién es quién. El problema es
que van los inspectores y, si hay alguien sin papeles, la multa le cae al jefe,
aunque no sepa que tiene a gente sin papeles porque no sabe diferenciarlos. No
sé al resto de la gente, a mí me cuesta. No sé cómo se podría evitar eso».
Aunque en la misma
ciudad, otra entrevistada es totalmente consciente de que «en el campo hay
racismo pero también hay un racismo institucional. No tienen ninguna ayuda para
evitar la barrera idiomática, y algunos se aprovechan para revender las citas
en extranjería por doscientos
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o por trescientos euros. Además, hay redadas constantes desde que está
la ultraderecha en el Gobierno. Vienen con las lecheras y a todo el que tiene
pinta de inmigrante le piden la documentación».
En el caso de Toñi,
ser una mujer blanca occidental con estudios superiores en una gran ciudad le
hace advertir que la administración no nos atiende a todas por igual: «Tengo
familia de origen marroquí y a ellos siempre los han tratado muy mal. Al no hablar
bien el idioma y no poder expresarse con la misma fluidez, sus problemas son
considerados menores. Cuando una persona que habla bien castellano acude de
acompañante y se puede expresar, entonces las cosas cambian. He visto que a mis
sobrinos y a mis sobrinas les han pasado cosas de gravedad que no hubiesen
llegado hasta ese punto si los hubieran tratado antes». Para estas visitas, es
precisa la ayuda de intérpretes que hagan a la población migrante menos
dependiente de sus familias, como Salud entre Culturas. En los talleres, que
muchas veces parten de tareas tan transversales como las clases de castellano,
identifican las barreras de acceso al sistema sanitario, como «que no los
atiendan, directamente», señala Cristina Arcas. Estas barreras las han padecido
incluso hombres y mujeres migrantes que administrativamente cumplían los
requisitos pero en el momento en el que han acudido, la persona de admisiones
no ha sabido realizar la gestión, «o no le ha dedicado el tiempo suficiente,
porque era algo que se salía del A, B y C diario, o no la ha llevado a cabo por
razones que ellos sabrán. No puedo saber cuáles son los motivos, nunca le he
preguntado a un administrativo por qué decide no admitirle. Tanto en atención
primaria como en Urgencias (donde tienen obligatoriedad de asistencia), la
manera en que los tratan no es agradable, parece que le están pagando
personalmente la atención. Eso a cualquier persona la echa para atrás. Mi
experiencia acompañando a pacientes es que nunca me he sentido bienvenida, y no
era para mí. Posiblemente, una persona que acuda a ventanilla sin
acompañamiento, a no ser que le duela mucho, puede sentirse rechazado, sentir
que su dolencia no es tan importante, que nadie lo puede atender o que no está
en su derecho ni ese es el sitio al que debe acudir», señala la enfermera.
La ISLAMOFOBIA
DE GÉNERO COMO VIOLENCIA MACHISTA nos obliga, desde
el feminismo, a
realizar una reflexión transversal de la emergencia que nos aísla y nos divide.
Para Brigitte Vasallo, es urgente dar un espacio central en la agenda feminista
blanca a esta forma de violencia machista,
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percibida, anota, «hasta ahora como una cuestión únicamente racista».
Combativa contra el «feminismo blanco», la autora denuncia que la violencia
xenófoba entre mujeres no es horizontal, ya que sería una violencia estructural
reforzada y legitimada tanto por el sistema colonial como por el sistema
patriarcal, y añade que la discriminación hacia las mujeres racializadas
«adquiere las formas características del machismo: cuestionamiento del derecho
al propio cuerpo, infantilización y cosificación».
No es baladí
tampoco el señalamiento hacia la comunidad islámica que se vislumbra en algunas
conversaciones, también relacionadas con la escolarización: «A ese colegio solo
los llevas si no te queda otra. Hay muchísimos conflictos raciales, agresiones
a profesoras porque había padres árabes que no querían que a sus críos les
diera clase una mujer. No sé cómo abordar con mis hijos el tema de la
diversidad, cómo explicarles por qué la madre de la vecina lleva pañuelo y las
niñas no».
Al igual que se
sostiene a las católicas o evangélicas practicantes, merecen apoyo y
herramientas de emancipación aquellas educadas en el islam que no se pueden
permitir el lujo de obviar su identidad cultural en su enfrentamiento contra la
desigualdad de género. «Ver a las mujeres musulmanas como eternas víctimas es
islamófobo», afirmó en una entrevista Vanessa Rivera, subrayando que la
demonización que sostiene que el islam es la raíz de todos los males de las
musulmanas es reduccionista y prejuiciosa.
En el mismo
sentido, hay todo un llamamiento CONTRA EL FEMINISMO BLANCO para
que nos atrevamos a criticar nuestra perspectiva empoderadora, que
ha sido construida desde los centros de poder y ha definido sus propias
verdades como universales. Superar los prejuicios coloniales nos ayudará a
emanciparnos con mucha más consistencia al prestarle atención a diversos
factores en cada contexto, como la religión, la política, la economía, la
distribución de los roles de género, la raza, la clase, las redes de apoyo, el
nivel educacional, el desarrollo de la ciudadanía y la relación con el Estado
como garante de derechos.
La gran polémica en
torno a la islamofobia de género y el feminismo islámico es la de aceptar o no
el velo desde posiciones feministas. Sirin Adlbi afirma que el laicismo buscó
la separación del poder político del de la Iglesia católica en un contexto europeo
que nada tiene que ver con el
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islámico. En COLONIALIDAD, FEMINISMOS E ISLAM, la pensadora
llegó a definir el laicismo como «otra religión que surge en respuesta a la
Iglesia católica, una especie de mística materialista». Para ella, feminismo e
islam no son una contradicción, y sitúa el feminismo islámico en el movimiento
contrahegemónico integrado en los feminismos de la tercera ola, tal y como hace
Filigrana con el gitano. Hace un llamamiento a superar la universalidad de la
lectura masculina de los textos islámicos y darle la importancia que merece a
la relectura que plantean las mujeres musulmanas, abandonando la beligerancia
contra las religiones.
Por el contrario,
el ensayo EL HIMEN Y EL HIYAB: POR QUÉ EL MUNDO ÁRABE NECESITA UN A
REVOLUCIÓN SEXUAL, de la egipcia Mona Eltahawy y los editoriales
de la catalano-marroquí Najat El Hachmi, militan activamente contra cualquier
forma de velar a la mujer musulmana. Eltahawy responsabiliza a las revoluciones
islámicas y a fuerzas políticas como los Hermanos Musulmanes de la
proliferación de las mujeres veladas, puesto que las convirtieron en un símbolo
de adhesión a lo que la revolución promovía. El Hachmi promueve la prohibición
de los velos en los colegios españoles por entender que son un símbolo
patriarcal y machista, no identitario.
Otra de las
entrevistadas podría haber sido protagonista de la novela LOS LUNES NOS
QUERRÁN, ya que recuerda que la práctica de la religión en su casa
se reforzó cuando la comunidad musulmana en su barrio empezó a ser más grande.
«Mi familia es una hipócrita de la hostia. Porque mis padres no son
practicantes, en plan, son musulmanes, pero solo son practicantes para lo que
les conviene. No hacen el Ramadán, por ejemplo, siempre les da pereza. Yo
tampoco lo hago, pero me dicen que, en clase, a mis compañeros musulmanes les
tengo que decir que sí que lo hago. Me permiten comer en casa, pero no me puedo
llevar la botella, ni el bocadillo, y los días de Ramadán me muero de hambre.
Mi padre bebe alcohol. De hecho, es bastante alcohólico. Mi madre no aparta el
cerdo si vamos a comer a un restaurante, pero obviamente, no lo hace de manera
explícita. Cuando compra comida que no es halal en el súper, la esconde al
fondo del carro».
Al contrario de lo
que defiende Filigrana cuando dice que el patriarcado solo es uno,
el imaginario colonial que se proyecta en la islamofobia de género
señala al hombre moro como a un hombre «más
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machista, violento e irracional que el occidental». Entender la
violencia de género como expresión de la desigualdad nos hace creer que sin esa
desigualdad no habría violencia, y que cuanto más crezca una, más episodios
habrá de la otra. Hablar de desigualdad en abstracto supone evitar actuar
contra las discriminaciones de género y por razón de sexo concretas que la
provocan. ¿Habría menos casos de violencia de género si acabásemos con la
brecha salarial? ¿Y si hubiese más mujeres trabajando en profesiones STEM? ¿Y
si más hombres trabajasen en residencias de mayores? Es demasiado complejo como
para reducirlo a la desigualdad. Begoña Pernás se preguntó si ¿SIEMPRE HA
HABIDO VIOLENCIA DE GÉNERO?
tras revisar la
crisis en el patriarcado y la relación de la violencia con la igualdad. Lo que
sí sabemos es que aumentaron las llamadas al 016 durante la retransmisión de
los programas especiales sobre Rocío Carrasco, en las primeras semanas de la
pandemia o cuando estalló el volcán de la Palma. Las estadísticas también nos
revelan que se producen más asesinatos machistas durante las vacaciones,
Navidades o fines de semana. Y no por ello creemos que acabar con los días no
laborales dinamitará la violencia de género. Creemos que los descansos son una
cuestión de justicia social, como lo debe ser la igualdad, más allá de que con
ella se contribuya a disminuir las cifras de víctimas mortales.
Viendo más
particularidades de las intersecciones a partir de nuestro género, la Macroencuesta
de Violencia contra la Mujer realizada por el CIS y el Ministerio de
Igualdad ese mismo año, demostró que tener una discapacidad es un factor de
riesgo en términos de vulnerabilidad. Estas mujeres sufren violencia no solo de
sus parejas o exparejas, sino también de sus cuidadores. Teresa Palahí atiende
a muchas de ellas en la Fundación ONCE: «Se acercan a buscar trabajo y es en
ese momento cuando empiezan a verbalizarlo todo […] Cada caso te rebela por
dentro, nunca te acostumbras». Según el CERMI (Comité Español de Representantes
de Personas con Discapacidad), el 11 por ciento de las limitaciones son
sobrevenidas a causa de la violencia de género, desde problemas mentales hasta
pérdidas de audición, de visión o de movilidad. Mientras que se mencionan
continuamente los problemas para acceder al sexo que pueden llegar a padecer
los hombres con discapacidad, desde las posturas regulacionistas de la
prostitución suelen olvidar que la libertad sexual de las mujeres con
discapacidad se ve continuamente asaltada contra su voluntad.
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De la hipersexualización de las menores latinas o las pruebas del
pañuelo que se viralizan en TikTok hasta el cuerpo de las mujeres en disputa
por el hiyab, también hay espacio para la presión estética. Nunca estamos
suficientemente guapas, delgadas y peinadas, porque hacernos sentir
insuficientes es la mejor forma de tenernos sometidas. Insultos como «fea» y
«gorda» actúan como mecanismos de control social y vigilancia hacia las mujeres
en espacios públicos y privados. Estas agresiones verbales perpetúan la
imposición y el refuerzo de normas que nos valoran principalmente por nuestra
apariencia física. Tanto Sindy como Sandra han sufrido esas violencias, desde
insultos en el colegio hasta que les pidan que se pongan una faja para servir
copas. Las canas de Matilde han sido un problema para encontrar papeles como
actriz, y Dolores se está quedando fuera del mercado laboral porque está LA
EDAD BAJO SOSPECHA. Miriam es una lesbiana masculina que considera que «en
mi aspecto hay un 1 por ciento de masculinidad que se debe a no querer que se
me acerquen los hombres, a no verme tan vulnerable, porque los tacones y las
faldas nos hacen vulnerables. Si tienes que salir corriendo, ¿cómo lo haces? En
mi época, cuando era jovencita, a las mujeres femeninas que eran lesbianas
también se les decía: “Pero qué vas a ser tú lesbiana…”, como si fuera
imposible porque se maquillen y lleven falda. Y ahora parece que es al revés,
todas las lesbianas ahora parecen Dulceida. Siento que hay cierto rechazo hacia
la masculinidad de la lesbiana». Dada la heteronorma, tenemos que salir del
armario en cada centro de trabajo. Y, vista la precariedad y la temporalidad,
esto equivale a un par de conversaciones incómodas como mínimo al año. Para
muestra, una de las entrevistadas: «Va todo el mundo de que es muy respetuoso y
que son súper abiertos, pero con cuidado. Yo no digo que tengo novia hasta que
no conozco bien a la persona y el ambiente. Porque siempre es cierto que te
tratan distinto. Tanto para bien como para mal, de: “Ay, qué bien que tengas
novia” a manteniendo la distancia. Cuando coincidimos trabajando mi hermana y
yo juntas, le fueron a decir que era una pena, con lo bonica que yo era».
La heterosexualidad
impuesta nos obliga a dar un primer paso con la familia. Bárbara ejemplifica
perfectamente lo que significa el SEXILIO: «Mi madre nunca me dijo
que me tenía que casar con un hombre, pero desde bien pequeña me fue
confeccionando el ajuar para hacerlo. Esto representa su aspiración.
Simbólicamente, yo me crie con esa presión social en una zona minera del Bierzo
que era muy homófoba y machista. De mi
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generación, en el pueblo hay muy poca gente LGBTQIA+ que se hiciera
visible. Quienes quisieron serlo se fueron a Barcelona, Mallorca, Ibiza o
Madrid. Se fueron a buscarse la vida fuera para poder vivir como querían vivir.
Yo me lo planteé, pero no me hizo falta llegar más lejos de Oviedo y de Gijón,
donde empecé a salir por el ambiente. Cuando ya me había independizado fue
cuando lo conté. Viviendo con mi familia ni se me pasaba por la cabeza salir
del armario. Estuvieron una temporada sin hablarme y sin tener trato. Con la
única con la que no tuve ningún problema fue con mi hermana. Hoy en día, ya
vienen al Orgullo y a todo».
Para Fayna,
«todavía falta visibilidad de las personas bisexuales, incluso dentro del
colectivo se sigue nombrando mucho más a los gais y a las lesbianas. Pero
también existen las personas bi, ahora también hay un gran movimiento, por
suerte, que está visibilizando a las trans. Pero creo que todavía el hecho que
haya personas bisexuales no está tan aceptado, a veces creen que tienes que ser
gay o lesbiana. Yo, en general, no lo hablo porque considero que no hay que
salir del armario, pero por otra parte sé que lo que no se nombra no existe».
Ha habido un antes
y un después en la microfísica del terror al que estamos sometidas las mujeres
no heterosexuales al darnos cuenta de que NOS ACECHAN TODAVÍA. Por
un lado, Miriam reconoce que «cuando pasó lo de Samuel, lo hablé
con un amigo mío que también es gay, jamás en mi vida, te lo digo en serio, he
tenido miedo por ser lesbiana. He podido ir por la calle y me gritaban bollera
o marimacho, lo que quieras. Incluso de mayor, desde los coches y tal. Pero se
quedaba ahí. No me generaba miedo, ¿sabes? Pero después de lo de Samuel y otras
agresiones que ha habido, veo que son muchísimo más físicas y brutales… De
hecho, con mi novia, no sé, depende de por dónde estemos, hasta me da cosa
darle la mano. Y eso no me había pasado jamás en mis 43 años de vida. Ni en los
ochenta, ni en los noventa, ni al principio de los dos mil había tenido miedo».
Por otro lado, la
familia de Minerva es uno de los ejemplos de cómo las agresiones al colectivo
LGBTQIA+ han sembrado el pavor en las madres de sus miembros. Ella se preocupa
por el hijo mediano, que es gay, tanto como por su hija, pero mucho más que por
el mayor. Ya se han dado situaciones en las que el muchacho ha llamado a la
policía. Ante esta situación, ambos padres han tomado medidas, como mantener
siempre activas la localización de sus hijos, pudiendo acceder en todo momento
a
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su posición, que con 23, 20 y 15 años no son precisamente unos niños. Si
fuesen una familia acomodada, no tendrían ningún problema en frecuentar sitios
con porteros que velaran por su integridad, independientemente de su
orientación sexual y de su género, o procurarse una vuelta segura en taxi sin
depender de que su padre siga despierto, del ambiente que haya en la parada del
autobús o en el paseo de vuelta a casa. Moverse en su propio coche también
sería un plus en su percepción de la seguridad. «Me da rabia sentirme como me
siento», comenta Minerva, «tenía tranquilidad por mis hijos y miedo por mi
hija, por lo que he pasado yo como mujer. Pero con las alas que se le ha dado a
Vox, los agresores se sienten impunes… El verano de 2021, con la oleada de agresiones,
con el asesinato de Samuel, la cosa estaba desmadrada y cada vez que salía el
mediano, lo pasaba mal». Sus declaraciones pueden equipararse a las de Dolores
en relación con su hijo gay de 25 años: «Lo apunté a defensa personal y le
dije: “Si me llaman los Mossos d’Esquadra, que no sea diciéndome que te han
matado”». Compara con su otro hijo, del que no sabe ni por dónde sale, y no le
parece justo: «¿Por qué no puedo dormir tranquila, por qué mi hijo no tiene
seguridad en la calle por ser homosexual? Pero claro, esa es la educación que
les están dando en las casas a los homófobos».
Por último, cabe
mencionar que en las periferias habita LA ESPAÑA INVISIBLE,
aquella que no solo malvive, sino que sobrevive en situación de calle
esperando que haya un hueco en el albergue. Varias entrevistadas han tenido a
algún miembro de su familia o se han visto a sí mismas CASI en
esa tesitura. El SILENCIO ADMINISTRATIVO al que somos
sometidas cuando intentamos que nos ampare la administración acaba siendo un
laberinto burocrático en el que nos quedamos atrapadas mientras lo perdemos
todo. Una de las entrevistadas se independizó muy joven porque, tras la
separación de sus padres, acabó viviendo hacinada con unos familiares de su
madre. Otras tantas aún malviven con seres queridos, sin poder emanciparse y
compartiendo habitación con abuelas, madres o hermanas, porque no pueden
permitirse un cuartito para ellas solas. Muchas veces, es su sueldo el único
sustento de la vivienda, bien porque hayan decidido ser madres sin tener
pareja, bien por la volatilidad de la figura del padre ausente. Hay menos
mujeres en situación de calle que hombres debido a múltiples factores, pero sobre
todo porque el paternalismo les proporciona
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alternativas habitacionales a las más vulnerables para evitar que sean
agredidas sexualmente o acaben víctimas de la explotación sexual.
Creer que nuestra
posición de clase es consecuencia de nuestras decisiones personales ignora cómo
nos pueden ayudar los ahorros de nuestra familia y lo que nos pueden lastrar
sus deudas. También el orden social machista, racista y capacitista, que remunera
de muy diferente manera nuestro trabajo según lo que nos alejemos de la
concepción androcentrista del éxito. La horma en la que crecemos determina
nuestras posibilidades, nos limita, de ahí EL RENCOR DE LA CLASE MEDIA del
que nos advierte Esteban Hernández cuando las aspiraciones individuales se ven
sesgadas por nuestra dependencia de la sociedad.
En la misma línea,
Mark Fisher señaló que desde mediados de los años ochenta estamos expuestos a
un chantaje ideológico en el REALISMO CAPITALISTA. Nos creemos
individuos compasivos y solidarios capaces de terminar con la
pobreza sin necesidad de ninguna solución política o reorganización sistémica:
«Lo único que tenemos que hacer es comprar los productos correctos». ¿Quieres
acabar con la desertización del Amazonas? Compra chocolate de comercio justo.
Entregamos nuestro tiempo y nuestra salud a cambio de un salario que tan solo
es una pequeña parte de lo que consigue la empresa combinando el tiempo y la
salud del conjunto de la plantilla. Todas las formas de empleo se vuelven
precarias cuando nos convertimos en paquetes de tiempo sin derechos o
necesidades. Se nos deshumaniza hasta quedar reducidas a la disponibilidad y la
inmediatez.
La dinamización de
la economía nos ha llevado a la indeterminación. El capitalismo financiero le
estaba ganando la batalla al capitalismo productivo mucho antes de que nos
entregásemos a las pantallas durante el confinamiento. Los centros comerciales
ya habían anunciado cierres mientras aún había quien mostraba reticencias a
comprar por internet. Cuando estalló la pandemia, en 2020, YA ESTÁBAMOS
AL FINAL DE ALGO: el capitalismo se devora a sí mismo en una crisis
medioambiental en la que, «desde un punto de vista individual, no podemos hacer
más de lo que ya estamos haciendo».
Un tercio de los
fallecidos por golpe de calor estaban trabajando. Mientras tanto, a nosotras
nos venden optimismo en camisetas, tazas y almohadones. Pretendemos SER
FELIZ A MARTILLAZOS de cuarzo rosa dándonos masajes en la cara para
relajar el bruxismo. Apretamos los
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dientes y sonreímos mientras los eventos fuera de nuestro control nos
desestabilizan, sin importar cuán positiva sea nuestra actitud o cuántas veces
inspiremos. Estamos viendo una progresiva desintegración de la economía, en la
que la precariedad se vuelve cada vez más común y las clases medias están
desapareciendo. El capitalismo se está autodestruyendo, pero no parece que
vayamos a lograr nuestra emancipación y a colectivizar las fábricas, porque
ahora cada una de nosotras somos una marca.
Esta llamada a la
acción, a modo de conclusiones, está vertebrada por las publicaciones de las
autoras que reflexionan y estudian sobre su propia situación en tanto que
mujeres racializadas, porque sus condiciones y su opresión superan mi
observación. Quedan muchas vidas por contar y muchas problemáticas que abordar
más allá de estas páginas. No sé QUÉ HACER EN CASO DE INCENDIO,
pero sé que nosotras siempre hemos sido las responsables de bajar
las persianas a la hora exacta para poder conciliar el sueño sin fatigarnos de
calor. Tenemos a nuestro alcance a teóricas y activistas suficientes como para
darnos la oportunidad de aprender de ellas.
Ojalá todo esto que
nos hemos contado quede pronto desactualizado, ojalá podamos hablar en pasado
de la falta de servicios en la periferia y de la marginalidad de la clase
obrera o de la violencia sexual contra las trabajadoras. Conquistar el centro
no es una cuestión geográfica, sino de agenda.
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Agradecimientos
A todas las mujeres
que quisieron combatir el negacionismo con el feminismo de clase y confiaron en
mí para compendiar nuestros malestares desde las periferias.
A David Calvo, por
hacerme feliz y carabanchelera, valga la redundancia; por todas esas tildes que
le puso a los solo, diga lo que diga la RAE, por ocuparse de casi todo mientras
yo me dedicaba a escribir.
A Julio Embid, por
permitirme que cientos de mujeres se sintiesen hijas del hormigón. A Rakel
Markos, por darme la oportunidad de aquella doble página en Marie
Claire. A todas esas becarias de periodismo que hablaron de nosotras en su
redacción y me permitieron llevar el proyecto de investigación más lejos. A
Jorge Freire, por abrirme las puertas de Debate. A Paloma Abad, mi editora, por
creer en nuestras historias y en mi manera de contarlas. A Iñaki Domínguez, por
animarme a escribir un ensayo con entrevistas. A Isabel Ginés y Aldo Conway,
por leerse el manuscrito hasta los pósits. A todas las personas que me han
ayudado a documentar este ensayo: las instituciones que recogen estadísticas,
quienes publican libros o comparten sus pensamientos en redes sociales.
A todo lo bueno que
pasa los viernes: jamás me he sentido tan escritora como en esa mesa. A ese
espacio seguro en el que podemos hablar sin filtros. A Laura y Gabriel, por
darme techo, comida y razones para vivir.
A mi abuelo
Domingo, por transmitirme su pasión por hacer cuentas y solucionar problemas. A
mis abuelas, Aurora y María Dolores, por absolutamente todo lo que hicieron por
mí y por las batallas que libró su generación. Ellas representan el éxodo, la
migración interior, la soledad de las mujeres en la ciudad o la viudedad en los
pueblos. A mi familia biológica, adoptiva, política y elegida, en particular a
mis tíos, Domingo y Gema, a mi primo Izan, por creer en mí y sostenerme desde
que nací. A mi hermana, Laura, ella es el futuro en el que pienso cada vez que
se anuncian
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avances feministas. A mi padre, Antonio, por acogerme y permitirme que
le llame «papá», por darme un pueblo y una familia. A mi psicóloga, a mis
fisios, a los neurocirujanos que han hecho posible que los dolores neuropáticos
no impidiesen que escribiese este libro.
A la educación
pública, a la que se lo debo todo; a las maestras y a las profes que me
animaron a escribir e hicieron la vista gorda mientras creaba historias en los
márgenes de las lecciones. Al Ayuntamiento de Teulada, que me premió por
escribir ficción cuando aún me colgaban los pies en el pupitre. Al Centro de
Estudios Europeos Jean Monnet-Antonio Truyol de la Complutense, por hacer lo
propio con redacciones que fueron la base de mi estilo ensayístico. A mis
profesoras de la UNED: sus consejos procurando rebajar la rabia con la que
escribo evitaron que este libro sea una aburridísima tesis. Al Ministerio de
Educación y al Centro de Investigaciones Sociológicas, por las becas sin las
que no hubiese podido ir a la universidad ni tener una profesión creativa;
aunque llegasen siempre tarde y fuesen insuficientes, preferí comer arroz
blanco a servir paellas. A las bibliotecas públicas, por permitir que no me
quedase atrás sin poder comprarme un libro en cuatro años de carrera. A la
Renfe, por acercarme a las mujeres entrevistadas con puntualidad. Al Atlético
de Madrid, por enseñarme que hay que ir partido a partido. A Red Talento
Consultoras, por animarme a cobrar por mi trabajo. A todas aquellas personas
que me dieron un espacio para escribir columnas, aun con más motivo a quienes
lo hicieron pagando. A las librerías, sobre todo a Nieves, de Pulgarcito, por
atender todos mis encargos y seguir preguntándose si me leo todo lo que le
compro. A Twitter: todavía sigo creyendo que allí pasan cosas extraordinarias.
A todo el equipo de Penguin Random House, por hacer llegar este libro hasta ti;
las escritoras somos contingentes, pero las editoriales son necesarias.
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Aida Dos Santos
(Algarve, 1992) es una escritora y politóloga española, es licenciada en
Ciencias Políticas (UCM), técnica de investigación social aplicada y analista
de datos. Ha ganado dos veces el Premio CEDEJEM en ensayo Europeo y colabora
con varios medios de comunicación.
A raíz de la publicación, en 2016, del libro Hijos del hormigón donde su amigo Julio Embid describe la vida de la clase obrera de Madrid, en barrios como Aluche, Carabanchel, Usera o Villaverde, se dio cuenta de que, en general en los libros, las mujeres de estos contextos nunca estaban presentes con un estatus de trabajadoras equiparable al de los hombres y decidió ver si era posible desmontar el mito de que las mujeres de las periferias de la generación de su abuela no trabajaban. En 2021, inició el proyecto Hijas del hormigón, basado en entrevistas a mujeres procedentes de las periferias de grandes ciudades de España. Comenzó entrevistando a mujeres de su entorno, pero al tratarse de un grupo bastante homogéneo, se propuso trabajar con uno más representativo. Para ello, difundió en redes sociales un formulario destinado a mujeres, con preguntas sobre los comercios y servicios de los barrios, sus condiciones económicas y los obstáculos que habían encontrado en el desarrollo de sus vidas. El proyecto cristalizó, en 2025, en el libro Hijas del hormigón: Historias de clasismo, sexismo y violencia en las periferias españolas que recorre ámbitos de la vida pública en la que las mujeres han sido invisibilizadas, apartadas, maltratadas o acosadas, a partir de entrevistas a 175 mujeres de entre las más de mil recogidas.
Notas
[1] A lo largo
del texto se han destacado de este modo los títulos de las obras escritas a
modo de bibliografía informal. <<
FIN

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