/* ELIMINACIÓN DE TEXTOS RESIDUALES EN EL MENÚ */ .label-size, .label-name, .label-count, .cloud-label-widget-content, .label-wrapper, .label-item, .label-head, .label-list, .feed-link, .show-more, .status-msg-wrap { display: none !important; visibility: hidden !important; height: 0 !important; font-size: 0 !important; /* Mata el texto aunque el contenedor no cierre */ margin: 0 !important; padding: 0 !important; } /* SI ES PUBLICIDAD DE ADSENSE MAL UBICADA */ ins.adsbygoogle[data-ad-status="unfilled"], .google-auto-placed { display: none !important; } /* ====== FORMATO FIJO PARA ENTRADAS ====== */ /* Títulos */ h1 { font-size: 2.2em; font-weight: bold; text-align: center; margin: 25px 0; color: #d32f2f; } h2 { font-size: 1.8em; font-weight: bold; margin: 20px 0; color: #333333; } h3 { font-size: 1.4em; font-weight: bold; margin: 15px 0; color: #555555; } /* Texto */ p { margin-bottom: 15px !important; line-height: 1.6; } strong { font-weight: bold; color: #002060; } em { font-style: italic; color: #444444; } /* Imágenes */ img { max-width: 100%; height: auto; display: block; margin: 15px auto; border-radius: 5px; /* opcional */ }

Menú

Slider

Libros Más Recientes

EMANCIPACIÓN DE YOUTUBE, OTRA MANERA DE VER LA ACTUALIDAD

Libros Más Leídos

Libro N° 14620. Hijas Del Hormigón. Dos Santos, Aida.


© Libro N° 14620. Hijas Del Hormigón. Dos Santos, Aida. Emancipación. Diciembre 20 de 2025

 

Título Original: © Aida Dos Santos. Hijas Del Hormigón

 

Versión Original: © Aida Dos Santos. Hijas Del Hormigón

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/hijas-del-hormigon/


 

Licencia Creative Commons:

Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.

La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.

Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores

No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales

No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

 

Portada E.O. de: 

https://assets.lectulandia.co/b/ab/Aida%20Dos%20Santos/Hijas%20del%20hormigon%20(1)/big.jpg 

 

 

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

HIJAS DEL HORMIGÓN

Aida Dos Santos


 

 

 

 

 

Hijas Del Hormigón

Aida Dos Santos

 



 

 

«Hablar de extrarradio y de periferia significa hablar de clase obrera, de bloques de ladrillo y hormigón, de toldos verdes comidos por el sol, de pisos sin ascensor y de cierto porcentaje considerable de población migrante en edad de trabajar. Aunque se conocen como barrios de clase trabajadora, también los habitan muchas personas sin empleo que se arriesgan a perder una muela por no poder empastarla».

 

Mientras que la literatura obrerista se ha encargado de romantizar el mono azul de trabajo y la academia feminista aboga por romper techos de cristal, las condiciones de quienes se encargan de lavar los primeros y barrer los segundos han quedado totalmente descuidadas y olvidadas. Cargadas de razones y muy cansadas de cuidar para que otras concilien, un centenar de Hijas del hormigón le han contado a la politóloga Aida dos Santos su día a día, porque la precariedad y las privaciones no siempre las recoge la estadística. Ahí donde leas «Esto a mí también me pasa» y asientas en silencio estará la prueba de que lo que te atraviesa a ti, nos limita a todas.



 

 

 

 

Aida Dos Santos

 

Hijas Del Hormigón

 

Historias de clasismo, sexismo y violencia en las

 

periferias españolas

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 29-10-2025




 

 

Aida Dos Santos, 2025

 

Imagen de la cubierta: Patricia Bolinches

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1



 

 

 

 

 

A todas las que me confiaron sus historias, y a las que no tuvieron tiempo.

 

A mi abuela Aurora, que me enseñó a leer, y a mi abuela María Dolores, que apenas pudo aprender a escribir


 

 

 

 

  

 

Presentación

 

 

 

 

Pese a lo que se espera de alguien que afirma estar escribiendo un ensayo, soy desleal con la expectativa ilustrada que excluye a la imaginación y el cuerpo embarrado en subjetividad de la escritura que busca ser pensativa.

 

REMEDIOS ZAFRA, Frágiles

 

 

 

ESO A MÍ TAMBIÉN ME PASA

 

 

Sostienes el trabajo de toda una vida. No la mía, quien escribe ha dedicado a ello tan solo un par de años largos, pero aquí se compendia la de más de cien mujeres de clase trabajadora de distintas periferias de España. Es un libro intenso, quien lo escribe lo es, nuestras historias lo son. Este volumen puede parecer inabarcable porque, a pesar del sensacionalismo, somos muy distintas y, a la vez, obscenamente parecidas. Cada epígrafe, cada tema, es independiente del anterior y del siguiente, aunque no pueden escribirse unos sin los otros.

 

El dinero que entraba en casa, y quien lo traía, determinó durante nuestra infancia el barrio en el que vivimos y el colegio al que fuimos. No siempre llegaba para extraescolares que fomentaran la creatividad o el trabajo en equipo. Tener hermanas o hermanos menores a los que cuidar nos ha quitado tiempo para bajar a fumar al parque, pero también para practicar solfeo o aprender inglés. Las madrugadas que hemos pasado en el transporte público nos han ayudado a leer más y a dormir peor. Hemos pedido prestada la ropa con la que ir a una entrevista de trabajo y nos hemos saltado los tornos del metro a fin de mes.

 

Hablar de extrarradio y de periferia significa hablar de clase obrera, de barrios humildes, bloques de ladrillo y hormigón, toldos verdes comidos por el sol, pisos sin ascensor y un porcentaje considerable de población migrante en edad de trabajar. Aunque se conocen como barrios de clase trabajadora, los habitan las personas sin empleo que se arriesgan a perder una muela por no poder empastarla.

 

Destinadas a cuidar para que unos asciendan y otras concilien, sobreexigidas en el trabajo, agotadas en casa, invadida nuestra sexualidad, desatendido nuestro bienestar, excluidas en el deporte o estereotipadas en el cine, varias mujeres me han contado su historia. La precariedad y las privaciones no siempre las recoge la estadística, ahí donde leas y asientas en silencio eso a mí también me pasa, estará la prueba; aunque nunca fuese delito, aunque haya prescrito, aún nos sobran razones para contarlo. Lo que te atraviesa a ti nos limita a todas.

 

 

 

PÓSITS EN LA MEMORIA

 

 

La materia prima de este ensayo son las miserias de las mujeres del extrarradio. Con la firme convicción de que lo personal es político, la voluntad de este texto es dotarnos de herramientas para afrontar las discriminaciones que nos atraviesan por ser mujeres trabajadoras de la periferia. Arropar a todas aquellas que se hayan podido ver solas para que dejen de sentirse culpables. Sanamos cuando conocemos a quien pasó por lo mismo que nosotras.

 

Cada vez que un caso de violencia de género se publica en la prensa, aparecen comentarios en la web del medio y en las redes sociales que responsabilizan a la víctima arrebatándole su dignidad: por haber elegido una pareja extranjera, por salir de noche, por beber, por drogarse, por irse con un desconocido… Estos juicios son propios de negacionistas, para los que el terrorismo machista, la desigualdad estructural y la cultura de la violación no existen. Asumen que las víctimas son parte actora en la agresión porque sus decisiones individuales las han llevado a ese panorama: se lo ha buscado, es lo que le gusta, son sus costumbres. Los agresores solo son culpables cuando la violencia es extrema o se ejerce contra sujetos íntegros cuya voluntad ha sido doblegada, mujeres honradas que merecen respeto, neonatos o infantes; es entonces cuando el victimario es un monstruo, al que hay que aplicarle la pena de muerte en cuanto se le coja. No es como los demás hijos sanos del patriarcado, este ha cruzado la línea de lo que puede llegarse a razonar, de lo que normal mente es excitante, de lo que moralmente es aceptable. Apelar a un supuesto consentimiento criminaliza el placer de las mujeres y su libertad sexual, evitando abordar por qué exoneramos a los hombres de imponer a la fuerza sus deseos y perversiones.

 

Mientras transcribía y volvía a escuchar una y otra vez las entrevistas, comprobaba cómo LA RISA DE LAS MUJERES[1] es una risa muchas veces contenida, que surge a menudo frente a las contingencias de la vida. No las vais a poder oír, pero esas carcajadas que salpican las más de doscientas horas de audio recopiladas entre 2021 y 2024 me demuestran, nos demuestran, que a pesar de todas esas dificultades con que nos hemos enfrentado, como diría María Jiménez, ahora nuestro mundo es otro. Espero que si alguien tiene que llorar ante estas páginas, sean ellos, seáis vosotros, quienes habéis permanecido impasibles ante el sufrimiento de las mujeres que os rodean. Todas tenemos al menos una amiga a la que han despedido tras quedarse embarazada, a la que le ha mirado el móvil su pareja, a la que le ha pegado su padre o le han tocado el culo en el autobús. Pero ninguno parece tener un colega que discrimine, sea celoso, violento o acosador.

 

Si los hombres quieren hacer algo útil después de leer este libro, que limpien en su casa, que cuiden de sus hijos y que les pregunten a sus amigas si esto que han leído también les pasa. Nuestra intención no es seguir haciendo pedagogía con quienes consideran que escuchar los problemas de una amiga son preliminares.

Aunque en los viajes en tren y autobús hacia la cita con las entrevistadas en distintas ciudades de España ha habido tiempo para revisar muchísima literatura, más que referencias vais a encontrar experiencias; este ensayo se ha documentado de piel para dentro. Las mujeres hemos abierto los libros de texto sin vernos protagonizar la mayoría de las épicas que vertebran la historia de la humanidad, por lo que muchas de las entrevistadas dudaban de si realmente tenían algo que aportar a una investigación social. Natividad, una exempleada del hogar que ahora disfruta de las clases de informática municipales de Móstoles y de pasear a su perrita, a sus 67 años, fue la primera jubilada con la que hablé. Sus primeras palabras fueron: «Yo no he hecho más que trabajar y coger el metro, no sé si te podré ayudar». Mercè, de 72 años, una tarraconense animada a participar por una amiga, tuvo la misma preocupación: no ser suficiente. «Yo no sé qué te interesa, ni qué quieres que te cuente. Pregunta, yo te respondo, y ya irán saliendo cosas». Trabajó en Telefónica, empezó como chica del cable y llegó a ser directiva. Tiene muchísimo que contar.

 

Felizmente, las mujeres jóvenes han interiorizado en los últimos años la importancia de exponer lo que nos pasa, ya sea desde campañas como el #metoo, el #cuéntalo o el #seacabó. Hay toda una generación que ha sido consciente del valor del relato y que ha sabido recoger las palabras de Audre Lorde: «Tu silencio no te protegerá».

 

Sindy, una joven de 30 años, cocinera en Benidorm, fue más visceral por WhatsApp cuando le pregunté por qué se animaba a concederme una entrevista: «Porque tengo un trabajo de mierda, cobro una mierda, y bueno, gracias a Dios, no me falta pero no me sobra».

 

He utilizado un muestreo de bola de nieve porque, de forma directa o indirecta, se han recomendado la participación en este ensayo unas a otras compartiendo el cuestionario o las publicaciones de la cuenta de Instagram @hijasdelhormigon en sus redes sociales. Las restricciones a consecuencia de la crisis sanitaria de la COVID-19 me ayudaron a hacer posible una investigación tan plural. Antes del boom de las videollamadas y del Zoom, me parecía imposible hacer entrevistas tan personales sin desplazarme. Nietzsche decía que para filosofar debíamos estar sentados el menor tiempo posible; los fisios que me han tratado durante estos años de escritura infinita me han recomendado lo mismo. Escribir es un ejercicio de soledad y sedentarismo. La soledad la combatí haciendo todas las entrevistas posibles en los bares, el sedentarismo andando entre bloques de hormigón de cada ciudad que he podido visitar. A algunas, las menos, las he buscado porque quería incluir su experiencia vital, no solo como mujeres en los márgenes sino también como profesionales. Es el caso, entre otras, de Isabel Valdés, corresponsal de género en el diario El País; de Sonia Lamas, responsable de comunicación de la clínica Dator; de Sonia Herrero, profesora de Comunicación en la UOC; o de Bárbara Durán y Clara García, al frente del proyecto OBRERAS SIN FÁBRICA, que está recuperando la memoria de las esposas de los empleados de la Empresa Nacional de Autocamiones que se instalaron en Ciudad Pegaso.

 

Las herramientas cualitativas de investigación me han permitido ir más allá de los datos estadísticos. A veces se nos olvida que tras las barras y las líneas de los gráficos hay personas. Estas historias de vida pueden explotarse para señalar muchos de los conflictos teóricos de clase y género en la literatura académica obrerista o feminista. Durante estos años de recopilación de información y de revisión, escribí un artículo académico que presenté como trabajo de final de máster y otro que publiqué en prensa. He ido probando el texto gracias a que ha habido cierto interés en los medios, así que he podido ir tomándole la temperatura a la respuesta de las futuras lectoras y de los lectores concediendo algunas entrevistas.

 

La fase de documentación no solo ha sido una revisión de la literatura feminista y obrerista, sino también de descarga y explotación de ficheros del CIS y del INE (profesionalmente trabajo con herramientas cuantitativas a diario). Finalmente, he obviado mencionar muchísimas de las cifras que hubiesen sido indispensables para que la izquierda intelectual se sienta ante una investigadora que cita en APA. Sorry not sorry. Aunque en todo momento he procurado evitar que se confundiera correlación con causalidad, las generalizaciones tienden a ello, y más cuando se trabaja desde el relato y las historias de vida. Recientemente, Júlia Salander, politóloga y analista de datos, ha publicado TU

 

ARGUMENTARIO FEMINISTA EN DATOS. 150 RAZONES PARA COMBATIR EL MACHISMO Y DOTAR DE OBJETIVIDAD A NUESTRO ACTIVISMO; espero que hallen consuelo

 

entre sus páginas quienes necesiten ponerle decimales a la vulneración de nuestros derechos fundamentales. A pesar de ser exhaustiva con todos los ámbitos de nuestra vida, entrometiéndome en el consentimiento, la convivencia o la conciliación, no he abordado en absoluto los temas más íntimos relativos al deseo, el sexo ni el amor. Solo he abordado aquellos temas en los que había buenas y suficientes publicaciones segregadas por género y clase. Para aproximarse al primero de estos temas, recomiendo

 

MUJERES QUE FOLLAN, de Adaia Teruel; al segundo, ¿POR QUÉ LAS MUJERES DISFRUTAN MÁS DEL SEXO BAJO EL SOCIALISMO?, de Kristen Ghodsee, y al último, los papers de Luis Ayuso Sánchez.

 

Me he centrado principalmente en las experiencias de estas mujeres en el mundo del trabajo, donde el prejuicio hacia nuestros barrios muchas veces ha podido costarles el puesto. Pero también hemos hablado de las dificultades para conciliar vida laboral y profesional cuando no se puede recurrir a la familia extensa porque se quedó en el pueblo. Algunas entrevistas se han realizado del trabajo a casa, mientras conducían o tomaban el autobús desde el polo industrial y de servicios en el que trabajan hasta el barrio obrero mal comunicado. Otras limpiaban al mismo tiempo que me atendían al teléfono, y poco a poco cada vez fueron más las que me hablaban de una jornada reducida contra su voluntad; de querer ser madres y no poder; de haber sido ninguneadas en el sindicato; de no conseguir una beca para acabar los estudios; de cómo las habían empastillado en atención primaria para seguir yendo a trabajar; de los campos de tierra en los que entrenaban; de la música que les gusta; de nuestros miedos y de cuándo dejaremos de tenerlos.

 

En una de las ocasiones en las que probé a contar la historia de una de las entrevistadas a otra persona para testar si conectaba con ella, no empatizó. Mi amigo me dijo que debería hablar también con hombres para confrontar versiones. Nada más lejos de mi propósito. Ellos ya tienen infinidad de espacios donde compartir en comunidad que su ex era una intensa. Este libro va sobre percepciones y experiencias de mujeres empobrecidas, porque hay percepciones muy distintas ante experiencias muy parecidas y lo interesante para mí ha sido comprobar cómo se han recuperado y que, a pesar de todo lo que me han contado, les gusta convertir el llanto en trino, como a Gata Cattana.

 

Tampoco he entrevistado a ninguna pija, con ánimo de hacer un estudio de género interclasista comparado. Para conocer las miserias de las mujeres acomodadas de este país basta con leer entre líneas el ¡Hola! o seguir a influencers en Instagram. Adoran subir stories con los ojos hinchados de llorar, es toda una pornografía del dolor. ¿Recordáis a aquella que se quedó sin filipina a la vuelta de las Navidades?, ¿habéis escuchado a Tamara Falcó avergonzada de su estilo durante la adolescencia porque solo podía comprar ropa en El Corte Inglés? Sería un insulto comparar el sufrimiento de la explotadora con el de la explotada, y demasiado frívolo creer que las ricas no lloran. Stephanie Land, autora de la novela CRIADA (en Netflix, La asistenta), no pasó por alto en ninguna de las mansiones que limpió cómo la mayoría de las personas para las que trabajaba tomaban somníferos, sufrían depresión, ansiedad o dolores crónicos.

 

Más de cien mujeres han sido entrevistadas. Son una pequeña representación de cualquier bloque de hormigón de las periferias: distintas edades, distintas profesiones, distintas nacionalidades, distintas orientaciones sexuales… No hay dos mujeres iguales ni en este libro, ni en ninguno de nuestros barrios. Darles voz a estas pocas ha sido una tarea preciosa. Son las que son porque en algún momento había que dejar de preguntarle intimidades a desconocidas y volver a ir al cine los miércoles por la tarde, jugar al Call Of Duty o renovar el abono del Atleti.

 

Sus relatos han sufrido ajustes mínimos para adecuarlos a una lectura ágil. Cada una de ellas es presentada bajo seudónimo, junto a su edad, para contextualizar la percepción de los cambios sociales que ha vivido nuestro país; mencionando su lugar de residencia para enmarcar que siendo de distintas ciudades nos pasan cosas demasiado parecidas; y nombrando su profesión (o una muy similar, para preservar el anonimato). El trabajo ha producido identidades sociales tan familiares que nos seguimos presentando a los demás a través de nuestra actividad y nuestra profesión, como en la antigua Roma, mucho más que por nuestras filiaciones y creencias. Casi todas han revisado sus notas antes de que fueran incorporadas al texto, a muchísimas de ellas la vida les ha mejorado mientras escribo, a otras su situación se les ha vuelto tan delicada que han declinado exponerse en estas páginas.

 

Sobre lo que me han contado, es importante mencionar que la memoria no es un fiel reflejo de aquello que pasó, sino que está condicionada por el contexto que rodea esa acción de recuperación. Los recuerdos que han querido compartir las entrevistadas conmigo están influenciados y delimitados por los temas que aquí se tratan. Ha habido una fuerte carga emocional que ha permitido recuperar los detalles y las sensaciones en el relato; recordaban con más precisión eventos traumáticos de la infancia, la adolescencia y los primeros años en el mercado laboral que lo que habían comido el día anterior. Aunque hayamos olvidado algunos aspectos, hay cosas más importantes que saber exactamente cuántas veces te ha llamado loca tu ex; lo interesante es saber cómo te ha destrozado la vida que tu hija te acabe llamando loca también.

 

La escritura de este libro ha sido un ejercicio de reconsolidación de la memoria. Me he servido de las publicaciones a través de las redes sociales para exponer a las seguidoras a estímulos que les llamasen la atención sobre vivencias propias y que, desde el eso a mí también me pasa, se animasen a contarlo. Este estallido es el que compendió Cristina Fallarás en 2019, en su libro AHORA CONTAMOS NOSOTRAS. #CUÉNTALO: UNA MEMORIA

 

COLECTIVA DE LA VIOLENCIA y que aún hoy en día comparte en su Instagram. Recibir los testimonios, para ella, fue y sigue siendo algo «abrumador, constante, universal, inabarcable».

 

Resume el éxito de esa conexión Rosalía, arquitecta coruñesa de 46 años: «Me siento identificada con algunas de las cosas que te he leído en redes, aunque no de una manera tan evidente, ni tan clara, ni tan heavy como les ha ocurrido a otras. Pero la discriminación por ser mujer sí la he sufrido, en casi todos los niveles: laboral, personal y en cuanto a la pareja. En casi todos los niveles, esto está muy mal diseñado, muy mal pensado para nosotras».

 

Me limito a ciudades y periferias porque las metrópolis reproducen las desigualdades, reflejan la estratificación geográficamente, especialmente en la capital. Es en ellas donde se dan las mayores contradicciones, donde encontramos a los grandes rentistas y a quienes duermen en el cajero. En nuestras urbes convivimos en una heterogeneidad socioeconómica mayor que en cualquier otro territorio. Y es concretamente en el extrarradio donde se concentra cada vez más el proletariado dedicado al sector servicios, minorías étnicas, migrantes, mujeres que encabezan hogares monomarentales, familias que no pueden asumir los precios de la vivienda, jóvenes que no pueden consumir en los barrios en los que trabajan, quienes sirven la carne de kobe ecológica o el té matcha que nunca podrán pagar, quienes mantienen limpias las sábanas de los hoteles en los que nunca podrán dormir…

 

Según el Atlas Digital de las Áreas Urbanas del Ministerio de Vivienda y Agenda Urbana, se considera área urbana los municipios a partir de cincuenta mil habitantes. Suponen menos del 10 por ciento del territorio nacional, en ellos reside el 70 por ciento de la población y, lo más importante, concentran tres de cada cuatro puestos de trabajo. Del mismo modo que la identidad de las entrevistadas se ha protegido cambiando su nombre y alterando algunos detalles de su biografía, los barrios son revelados siempre y cuando su población sea tanta como la de un área urbana y, por lo tanto, se pueda garantizar el anonimato. Es por este motivo por el que se desconocen los barrios gallegos o asturianos, pero sí los de la capital, la Ciudad Condal o hispalenses.

 

Hijas, mujeres, porque la literatura obrerista en demasiadas ocasiones invisibiliza a las trabajadoras bajo el masculino genérico. Hormigón, porque ese es el material de nuestros barrios. En la villa de Madrid, el 80 por ciento de las familias reside en edificios con diez o más viviendas. Según la Encuesta Continua de Hogares de 2019, la capital concentra prácticamente uno de cada ocho bloques de ladrillo de toda España.

 

¿Dónde están los otros siete? Más allá de la meseta central también hay toldos verdes y patios interiores en los que se acumulan las pinzas y el murmullo de una comunidad entera. Con el runrún del centrifugado de la lavadora colándose con aún más fuerza que la claridad por ese patio, no siempre con un cuarto propio, y muchas veces DESDE LOS ZULOS, estamos sacando a la luz las crónicas de las hijas del hormigón.



 

 

 

 

 

Introducción

 

 

 

 

 

 

Ya estaba bien, ella pondría un palo en las ruedas de aquel sistema que obligaba a las mujeres de clase trabajadora a engendrar obreros una generación tras otra. Porque en otro tiempo las cosas funcionaban así, la madre debía criar a un nuevo obrero para que ocupara el puesto del padre en la fábrica, para que lo reemplazara de igual modo que se hace con un perno pelado. Pero, como el escribiente Bartleby, ella dijo: «Preferiría no hacerlo». Y así fue. Ahora sigo escribiendo, escribo mis historias para ti.

 

ALBERTO PRUNETTI, El círculo de los blasfemos. Una comedia obrera

 

 

 

LA IDENTIDAD DE CLASE

 

 

Este es un ensayo que observa y escucha. Para observar necesitamos definiciones, pero la clase trabajadora a estas alturas es tan polisémica que se puede estudiar hasta la saciedad, sabiéndolo todo de ella sin saber qué es al mismo tiempo. Se pone en duda su misma existencia. Es una tarea titánica definir quiénes la conforman, pero se apela a ella continuamente.

 

Una de las dificultades para analizarla es encontrar una buena definición de qué es, tanto según la academia como según los medios de comunicación o los discursos políticos. De acuerdo con E. P. Thompson, «la clase cobra existencia cuando algunos hombres, como resultado de sus experiencias comunes —heredadas o compartidas—, sienten y articulan la identidad de sus intereses comunes frente a ellos mismos y frente a otros hombres cuyos intereses son distintos —y habitualmente opuestos— a los suyos». En el volumen LA FORMACIÓN DE LA CLASE OBRERA EN INGLATERRA, el

 

historiador británico considera que «la clase» es un fenómeno histórico, tanto por experiencia como por conciencia, iniciado en el siglo XVIII.

 

Dado que la experiencia de clase está determinada por las relaciones de producción, y el reconocimiento de su existencia depende de tomar conciencia de sí misma y de ser así reconocida por quienes tienen intereses opuestos a los de ella —de ahí la dialéctica—, en el contexto histórico que nos compete, primer cuarto del siglo XXI, a las mujeres de la clase trabajadora empobrecida de la periferia no nos interpela tanto ser proletarias como estar precarizadas. En cómo aspiramos a superar ese estado de privación se define realmente quiénes somos. Las soluciones van desde mejorar nuestra posición individual hasta dinamitar la reproducción de las desigualdades. Será al final de este ensayo, al mirar a través de todos los prismas de la discriminación de género, de raza, de orientación sexual, de edad, de capacidades… cuando reconozcamos que el mayor logro de nuestra identidad colectiva es haber sido capaces de vertebrar las bases para un feminismo de clase que no aspire a ocupar posiciones de poder para que las explotadas sean otras aún más empobrecidas. Nosotras, al poner en común nuestras percepciones y experiencias, advertimos que tenemos que confrontar nuestros intereses con los de otros, que no somos como ellos, pero, sobre todo, que no queremos serlo.

 

Entre 1992 y 2017, la clase social subjetiva se identificó en el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) a partir de la pregunta: ¿A qué clase social diría usted que pertenece? Entre las cinco opciones de respuesta, la clase media es la categoría más repetida durante toda la serie, con una brecha muy importante entre los que se identificaban como tal y los que defendían estar por debajo. La realidad es que la presentación de la jerarquía en el CIS sesga los resultados, puesto que ser de clase trabajadora o pobre supone tener algo de sometidas, y las personas encuestadas tienden a rehuir las posiciones subalternas. Nadie quiere ser pobre, todos miran hacia otro lado, aunque TU PRECARIEDAD sea CADA DÍA LA DE MÁS GENTE, como afirma Patricia Castro.

 

El concepto clase media se abraza al virtuosismo aristotélico, sus miembros se erigen como un colectivo dotado de una identidad alejada de la genuinamente obrerista, explotada, ignorante, embrutecida. Se crea así una distancia que aventaja a las clases medias, mientras LA CLASE OBRERA NO VA AL PARAÍSO. Su dialéctica no es con la clase propietaria de los medios de producción, sino contra nosotras: las trabajadoras, las precarias, las empobrecidas.



En CONTRA LA IGUALDAD DE OPORTUNIDADES, César Rendueles aclara que

 

la clase media estadística, en términos políticos y culturales, realmente no representa un nivel de renta, sino la aspiración a vivir como el tercio más rico de la sociedad. Al autoubicarse en el punto medio, «el individuo suelta lastre». Aunque no pueda emular la renta de las clases más altas, sí busca imitar sus comodidades.

 

Hay una brecha muy sensible entre quiénes somos, quiénes contamos ser y los intereses que defendemos con nuestras acciones en nombre de una posición de clase. Cada centro e instituto de investigación maneja sus propias definiciones y horquillas económicas, algo que queda patente al observar las tablas salariales de los propios entrevistados por el CIS y los datos del Instituto Nacional de Estadística: para diferentes cifras de ingresos, unas personas y otras se sitúan en la misma posición de clase. Y viceversa, con los mismos sueldos encontramos a gente autoubicándose en distintas posiciones de clase. También hay diferencias de género en la autopercepción entre las mujeres y los hombres que se consideran de clase trabajadora o media, aun declarando los mismos ingresos.

 

A pesar de la distancia de clase que se pretende proyectar, el día a día de las empleadas creativas, de las mandos intermedios o de las profesionales liberales también generan plusvalías y rentabilidad a la patronal, aunque esta sea algo más sofisticada que la que empleaba a guajes en las minas asturianas. La idealización del héroe proletario como el obrero de mono azul y hollín en la frente ha invisibilizado la condición de clase trabajadora no solo de las mujeres que curan las llagas de los encamados, sino también de quien se deje las yemas en las teclas, o de aquella cuya voz coordina a sus subordinados bajo unas normas que nadie comprende.

El propio Karl Marx dictaminó en EL CAPITAL, mucho antes de que pudiésemos imaginar que se enviase a periodistas freelance a cubrir una guerra, «como en un sistema natural la cabeza y la mano se hallan unidas, así el proceso de trabajo reúne el trabajo manual y el trabajo intelectual». Es absurdo seguir redundando en las innumerables diferencias entre profesiones, sectores y regímenes para superar la identidad de mujer trabajadora, que tanto aglutinó y movilizó en el pasado. La finalidad de una clase es defender unos intereses. Sin ella, estamos solas, ninguna conquista se logra despreciando a lo colectivo.

 

Autodeterminarse, autoubicarse e identificarse ha sido el primer paso que han dado las entrevistadas entre estas páginas, más allá de su profesión, de su jornada y de sus ingresos. RAMONA, en la obra de Rosario Villajos, se preguntaba por qué decían que el suyo era un barrio obrero si había mucha gente sin trabajo. Observando a los que sí lo tienen, Kiko Llaneras se pregunta en su news letter de El País si somos conscientes de cuán ricos somos, concluyendo que «la mayoría de la gente cree que tiene una renta media, pero a menudo se equivoca». La mitad de las personas en España gana más de 20 500 euros al año, solo una de cada diez supera los 44 000 euros. Aun no siendo de la mitad pobre, cobrando unos 1400 netos al mes, no nos sentimos ricos porque el alquiler más barato de un estudio de pocos metros cuadrados en las ciudades ronda, incluso supera, los 700 euros en cualquier búsqueda que hagamos en Idealista o Fotocasa. Vivir hacinada o tener que mudarse cada vez más hacia el extrarradio son características propias de la clase trabajadora empobrecida, cuya libertad de movimiento y residencia está limitada por el precio de una vivienda que no es suya.

 

La tesis de Julio Embid en HIJOS DEL HORMIGÓN es que la desigualdad es el principal problema que nos deja la crisis económica de 2008: la dualidad creciente entre universitarios, trabajadores indefinidos y propietarios de viviendas, y aquellos que no tienen trabajo estable y conforman el precariado. Formar parte del precariado, destaca Joaquín Estefanía en el prólogo, «no es solo estar en el paro a largo plazo, sino encadenar contratos temporales, a tiempo parcial, por obra, por servicios, ser falso autónomo, convertirte en un becario permanente: en definitiva, ser un trabajador pobre».

 

Guy Standing, creador del término EL PRECARIADO, lo define como una clase laboral atrapada en una condición insuficiente y sometida a una vida líquida: largas jornadas, pocas oportunidades, múltiples empleos, estrés, falta de descanso y la imposibilidad de tener una vida social y afectiva.

 

Cuando hablé con Zelia y le pregunté por qué quería formar parte de Hijas del hormigón, me respondió, atravesando el portal de su casa en una de las zonas más ricas de Barcelona: «Hay que definir qué es clase obrera en el siglo XXI, porque si tú me ves o me escuchas hablar soy una pija, pero ¿me da para comer?, porque yo trabajo como una cerda. El que no es clase obrera es el que vive de las rentas. Aunque residas en el barrio de Salamanca de Madrid o en el de Sarriá en Barcelona… si necesitas un trabajo, eres clase obrera. La discriminación más grande es la que se refiere al acceso a la educación, la formación». Zelia es una mujer de 43 años que se dedica a la banca. Gana más dinero del que cualquiera de las demás entrevistadas podría saber gastar, pero su exmarido la maltrató y se llevó a su hija a Estados Unidos. Lleva diez años sin verla. Gana muchísimo dinero, pero no el suficiente como para costear un litigio en California, hacia donde corrió detrás de su hija tan solo para ver cómo la dejaban en los márgenes. Compartiendo habitación en las afueras. Trabajando en negro. Sin visado y tratada como una inmigrante más en un país extranjero.

 

Su historia es la de muchas otras que han vivido cómodamente en su país o en su ciudad, y se han visto desclasadas tras emigrar, incluso en el siglo XXI. Es un recorrido parecido al de Marta, una funcionaria de Hacienda que llegó a Madrid desde Murcia para instalarse en el distrito más pobre dentro de la M-30, Tetuán. Y al de Marya, una estudiante universitaria cuya familia fue desahuciada y ahora vive en un alquiler social en el cinturón rojo de Barcelona, mientras su casa en Argelia coge polvo. O al de Valentina, una periodista mexicana que huyó de su país para protegerse de la violencia que recibían sus colegas de profesión. Por el contrario, Almudena, que trabaja como auxiliar en las Cortes Generales, siempre ha sido consciente de sus carencias. Tiene 30 años y, si hablamos de dinero, exclama: «¡En Villaverde si ganas mil doscientos euros ya eres capitán general!».

 

Pilar, 43 años, administrativa y vecina del barrio zaragozano de La Jota, llegó al proyecto a través de las redes sociales y se sintió identificada porque está divorciada y vive sola con su hijo de 10 años. «Por suerte, tengo ayuda familiar, pero no alcanza todos los aspectos de mi vida». Lucía, maestra jubilada, de 63 años, y residente en el madrileño barrio de San Blas, contactó conmigo después de escucharme en Hoy por hoy Madrid; su historia va mucho más allá de lo que debería poder comprarse con dinero: «Quería comentarte un hecho demostrable, y es que las familias que buscamos bebés robados en Madrid vivíamos en esos barrios de clase obrera». Cuando hablé con ella por teléfono añadió: «No solo es por tener que ir a sus barrios, a sus casas, a trabajar. Me llegó al alma pensar que también les habíamos dado nuestros hijos, porque nos habían robado muchos hijos».

 

Cuando amplié la investigación hacia las periferias del norte más desarrollado conocí a Ainhoa, de 58 años, profesora de euskera. Ella se siente partícipe de la clase obrera desde la reivindicación del tejido siderometalúrgico de la Margen Izquierda de Bilbao: «Siempre he sentido mucho orgullo de proceder de una zona industrial. Es algo que hay que reivindicar, que no hay que dejar que se olvide. Parece que aquí, en Bilbao, queremos renegar del pasado obrero y convertirnos en una ciudad de servicios, súper moderna y limpia. Que se olvide que venimos de la fábrica, del óxido y de la mugre. ¿Es eso lo que buscas? Pues acepto el interrogatorio», afirmó entre risas.

 

Mariña, una delineante de Vigo, a sus 52 años cuenta que se sintió clase trabajadora haciendo una reivindicación hacia los márgenes de las ciudades: «Muchas veces las mujeres somos las grandes olvidadas cuando se habla de clase. Es tan necesario enfocar a las que vivíamos en las afueras, en los polígonos… Muchas hemos crecido así, es algo que no se puede pasar por alto. Es algo diferente, no era propiamente un barrio, tampoco era un PAU, pero es algo importante de nuestra vida». Miriam, una técnico superior de 43 años, hace una proclama semejante desde Leganés: «Creo que hemos perdido de vista el tema de la clase social, ¿sabes? Porque están muy bien ahora el feminismo, el antirracismo y todo eso, pero a veces creo que estamos dejando un poquito de lado el tema de la clase, y esto está afectando a las mujeres porque, al final, en la mayoría de los movimientos de izquierdas, estamos igualmente obviadas. Siempre se centra todo en el hombre. Y por mucho que queramos, aunque estamos hablando de feminismo, si nos olvidamos del contexto, acabamos haciendo un feminismo un poco burgués».

 

Otras entrevistadas no solo se sienten parte de la clase trabajadora cuando se hace un llamamiento a compartir experiencias entre mujeres, sino que desean articular soluciones. Es el caso de Yaiza, profesora en Lanzarote, que a sus 48 años cree «que ya es hora de que hagamos algo realmente sincero sobre cómo solucionar los problemas que tenemos nosotras». Al igual que Maca, antropóloga, 43 años, desde Puente de Vallecas: «Creo que cuando estudias cualquier aspecto de la realidad ayudas a que se transforme, a que cambie, a que se arregle un poco».

El asalto de la agenda neoliberal estadounidense a las democracias liberales europeas ha hecho que muchísimas mujeres, relativizando en exceso sus problemas individuales y los de su clase y género en conjunto, se vean obligadas a mencionar que gozan de ciertos privilegios. Así es como, por ejemplo, Mariña, tras compararse con otras entrevistadas, me comentó: «Me he parado a pensar y sí que soy consciente de tener una especie de estatus de privilegiada, en el sentido de que sí me crie en un polígono de ese tipo, pero después de que mi padre falleciera, nos mudamos a vivir a casa de mi abuela, en un barrio mejor».

 

En esta dicotomía de clase trabajadora empobrecida versus trabajador de clase media, el privilegiado parece ser el cualificado e indefinido a tiempo completo. Al enfrentarse internamente a quienes trabajan, se deja de apuntar hacia el propietario de los medios como el verdadero privilegiado que permite y diseña todo un sistema de desigualdad social y económica para perpetuar su acumulación de capital. Omitiendo, además, por completo la particular desigualdad que padecen las mujeres trabajadoras, tanto frente a las acomodadas como a los varones empobrecidos, en la estructura social.

Cuando era muy pequeña, al padre de Mariña lo asesinaron durante un asalto a su negocio. Su madre, viuda y con cuatro hijos, cambió de ciudad para regresar a la casa familiar en la que había crecido y empezó a trabajar para sacar adelante a una familia de siete miembros. Ese es el estatus de privilegio del que se siente convencida. Como no se crio con la cara llena de churretes, no cree ser del todo una desfavorecida.

No solo tenemos que autoubicarnos, para pertenecer a una clase precisamos de la mirada de reconocimiento del otro. En ese compartir experiencias se eleva la conciencia. Además, muchas veces da igual lo que opinemos de nosotras mismas, da igual lo que creamos que somos, cualquier prejuicio clasista nos recordará cómo nos ven aquellos que nos nombran. Si las clases no existiesen, no operaría el clasismo como una de las más férreas discriminaciones que padecemos las mujeres de la periferia.

Cuando Trini, actriz profesional de 38 años, empezó a tener contacto con personas ajenas a Torrejón de Ardoz, descubrió que la realidad de su localidad era bastante desconocida para sus amigos de la capital, incluso ridiculizada: «Tuve un novio del centro de Madrid que decía que aquí solo había quinquis y poligoneras, que Torrejón era tierra de peluqueras». Quien diga que en Terrassa hay mucho cani o que Torrejón es tierra de peluqueras, expresa un clasismo que solo puede proyectarse desde el privilegio, que tiene sentido en tanto que se reconoce la existencia de las clases sociales, y además las reconoce en tanto que tienen intereses diferentes y contrapuestos, en posiciones y en espacios separados y jerarquizados. No es baladí que los chistes clasistas, que se contaban entre quien es presidenta de la Comunidad de Madrid por el PP y el gurú informático inmerso en la trama Púnica, hicieran mención de las ciudades del cinturón rojo de la capital: «¿Cómo se dice macarra en italiano? Di Parla. ¿Y en griego? Demóstoles».

 

Renegamos de nuestra identidad como clase trabajadora porque aspiramos a que nos traten como si fuésemos clase media, deseamos esquivar los chistes y los vetos clasistas que nos humillan y obstaculizan nuestro desarrollo. Una forma de desprendernos de esa losa es a partir de emular el habitus de la clase media a través del consumo, tal y como señala el pensador Iñaki Domínguez en SOCIOLOGÍA DEL MODERNEO. Cuando el materialismo domina nuestra cosmovisión, lo que tenemos refleja la posición que ocupamos en la estructura social. Fernando de Córdoba demuestra en LOS SECRETOS DE LAS MARC AS que esa asociación de objeto-estatus no ha sido casualidad, sino el resultado del arduo trabajo de publicistas que nos han convencido de que su producto nos identificaría, nos definiría ante los demás. Que nuestro gusto al vestir, la marca de nuestro teléfono o los conciertos a los que vamos determinaría el trato que merecemos. Cuando somos lo que tenemos, somos dignas de respeto hasta donde podamos pagar.

 

Según nos acerquemos al horizonte, este se alejará más allá. Cuando alcancemos los símbolos de estatus definidos, tal y como predijo Bourdieu, estos perderán su valor. La clase media se valdrá de otros que a su vez habrán emulado a las clases propietarias de los medios de producción. Y eso es justamente lo que ha ocurrido cuando las hijas del hormigón hemos llegado a la universidad y hemos aprendido inglés. La clase media se ha rehipotecado para matricular a sus hijas en un MBA de Pekín.

Garantizar el acceso a una formación de calidad similar a la que se reserva a las clases acomodadas es la mejor manera de igualar nuestras oportunidades de emancipación. En palabras de Mariña: «Mi madre nos inculcó la independencia, siempre nos dijo: estudiad, formaos y sed siempre independientes, no dependáis nunca de un hombre». En la misma línea, el economista jefe de CaixaBank, Enric González, en su informe sobre IGUALDAD DE OPORTUNIDADES Y MOVILIDAD SOCIAL, afirma: «Existen

 

pocas dudas de que la mejor manera de igualar oportunidades es garantizar el acceso a una formación educativa de calidad».

 

Por lo que, si la clase social está asociada al nivel de estudios, y la renta disponible para garantizar el acceso al grado universitario queda determinada por el origen familiar, siendo realistas, la oportunidad de ascenso de las clases trabajadoras dependerá de las políticas públicas de redistribución: la prolongación de las etapas de educación obligatoria, las becas en todos los niveles educativos o las plazas públicas en centros de formación profesional y universidades, entre otras.

La horma en la que crecemos (tal y como lo definió Esteban Hernández) determina nuestras posibilidades, nos limita. Cualquier aspiración individual que expresemos se verá acotada por las oportunidades que tengamos de desarrollarla desde la posición que ocupamos en la estructura social. Dependemos, desde un primer momento, de políticas que avalen el acceso a bienes y servicios que nuestras familias no nos pueden garantizar, por lo que necesitamos un estado social y agentes que apuesten por la igualdad de oportunidades.

 

Las mujeres de clase trabajadora no solo merecemos un salario digno y una retribución justa, sino que necesitamos confiar en que las instituciones del estado de bienestar podrán cuidar de nosotras cuando caigamos enfermas, o formar a nuestras hijas en competencias digitales en horario escolar. Para que haya una financiación adecuada en los servicios públicos es preciso promover un ESTADO EMPRENDEDOR, como el que describe Mariana Mazzucato. Sin esta inversión, nos empobrecemos cuando reducimos la jornada laboral para cuidar a los nuestros porque no hay plazas en el centro de día, ni en la escuela infantil. Nos empobrecemos cuando comemos un sándwich de máquina frente a la pantalla porque se ha retrasado el metro y hemos entrado tarde.

 

Hay quien se cree emprendedora de sí misma, pero nosotras sabemos que todas somos codependientes.

 

 

 

MERITOCRACIA Y CLASE MEDIA ASPIRACIONAL

 

 

Desiré es una joven periodista de Getafe que se tuvo que dar de alta como autónoma para continuar trabajando en la empresa en la que estaba contratada. Tiene 24 años y odia la Renfe. No cree en la meritocracia ni en que la educación nos haya mejorado las condiciones de vida tanto como se nos prometió: «Hace veinte años podías creer que estudiando te ascendían, pero ahora mismo no. Nos han vendido la moto de que con una carrera, con un máster y con idiomas tienes la vida resuelta, y es mentira. Tengo amigos con carrera, con másteres y con idiomas que están comiéndose los mocos. Su mayor oportunidad ha sido la de trabajar como becarios con treinta años. En algún momento me gustaría dejar de ganar trescientos euros al mes. No creo en la meritocracia, hay un factor de suerte importante. Que te lo curres es fundamental, pero no todo es eso. Puedes haberlo hecho todo y aun así no tener trabajo».

 

Nos dijeron que si nos aplicábamos y estudiábamos, si nos centrábamos… podríamos ir a la universidad. Allí tendríamos que esforzarnos y renunciar a muchas cosas. Pero, a cambio, tendríamos un trabajo mejor pagado y más estable, podríamos dejar de ser clase trabajadora y llegaríamos a clase media, lo que podría suponer un mes de vacaciones al año, fines de semana libres y cobrar catorce pagas. El cuento de la lechera con el que nos fuimos a dormir cada noche resultó ser poco más que eso, una fábula en la que proyectar anhelos y aspiraciones. Para las hijas del hormigón estudiar en la universidad ha sido una meta que hemos cruzado cada mañana, pero también ha supuesto volver cada tarde a la casilla de salida: poner copas, doblar camisetas, atender llamadas o clasificar cerezas para pagarse el piso, la matrícula, el abono transporte y las fotocopias. Prácticamente todas las entrevistadas han simultaneado trabajo y estudios becados.

 

Cuando la familia no puede hacerse cargo de la manutención de sus hijas, cuando ya es insostenible que compartan habitación de tres en tres en casa o que se tengan que ir a estudiar fuera, aparecen los trabajos para estudiantes. Son temporales, no cualificados y extremadamente precarios. Con una alta rotación, plantillas atomizadas, sin sindicar e incapaces de articular demandas para mejorar sus condiciones, estos empleos nos condenan al purgatorio. No hay implicación porque estamos de paso, ya encontraremos algo mejor. Durante varias décadas hemos participado de esta vorágine, ignorando que se ha aceptado con ello que las estudiantes de clase trabajadora solo puedan acceder a la universidad compaginando las clases con un empleo basura. Esto contribuye a la idea de mérito y de esfuerzo que existe en el imaginario colectivo para justificar que merecen el título con el que batirle el cobre a la clase acomodada, que es la que goza de tiempo libre para adquirir nuevas competencias, practicar deporte, dormir más de ocho horas o sufrir por el calor en un festival.

 

Estos trabajos para estudiantes ahondaron en la diferenciación entre clase obrera (por no cualificada) y precariado intelectual (por subcontratado), impulsando un discurso de ascenso social basado en la meritocracia. Solo desde el clasismo se puede argumentar que las condiciones salariales de los trabajadores poco cualificados no merecen mejoras. Si quieres un trabajo mejor, estudia, porque para progresar en la mejora de las condiciones materiales de vida no queda otra que el esfuerzo individual. No son las SICAV, es tu nota media en Selectividad. De ese modo nos han convencido de que ya no existen pobres, solo hay losers, negando la existencia de la sociedad como colectivo que puede organizarse para reclamar mejoras en pro del interés general. Michael J. Sandel advierte de un dogma perverso alrededor de la idea de que un título universitario es una condición necesaria para conseguir un trabajo digno y estima social en LA TIRANÍA DEL MÉRITO.

 

Aun si nos situásemos en el marco demagógico de la meritocracia, los trabajos temporales han dejado de ser propios de las personas sin experiencia o sin estudios. Esa precarización ha contaminado la vida adulta, por lo que el deseo de emancipación se desvanece, se aplaza más allá de lo que biológicamente nuestros cuerpos reclaman (el abandono del hogar de nuestra familia para formar una propia). Hemos sido educadas para enlazar trabajo y emancipación, pero se descubre la impostura del chantaje renta-trabajo cuando no podemos independizarnos aun acumulando dos o tres empleos. Afirma Remedios Zafra que «trabajar más ya no es garantía de progreso o de promoción, sino de mantenerse activo en la rueda», porque no hay oportunidades para todos y solo unos pocos podrán trabajar con garantías y estabilidad; el resto, serán tremendamente

 

FRÁGILES.

 

La curva del gran Gatsby relaciona de forma directa la desigualdad económica y la movilidad social, es decir, las oportunidades para medrar a partir del esfuerzo y talento individuales, siendo determinante la posición social de la familia. Cuanto peor sea la situación de partida, más difícil es ascender en sociedades con grandes brechas de clase: el suelo es más pegajoso cuanto más grueso es el techo de cristal.

 Lola, una médica de 33 años nacida en Triana, tuvo claro que quería dar a conocer su trayectoria junto a la de las demás entrevistadas que iba leyendo en redes sociales: «Creo que esto puede ser un poco el altavoz, digamos, para animar a las mujeres que no venimos de clases altas o que no lo hemos tenido todo resuelto en la vida. Ahora mismo soy funcionaria, pero vengo de una familia de clase obrera y quiero demostrar que, a pesar de las trabas, podemos llegar. Las que ya hemos llegado tenemos la obligación, debido a la sociedad en la que vivimos, de seguir peleando por las que no lo han conseguido. No podemos autocomplacernos. No podemos pensar que si estamos aquí es porque nos lo hemos trabajado y que ahora se lo tienen que trabajar las demás. Hay que ser el altavoz de quienes se han quedado por el camino, de las que ni siquiera tienen la suerte que he tenido yo, que, al menos, me dieron esta oportunidad. Eso es lo que me animó a participar, el poder hablar de cómo afrontamos las mujeres de clase obrera los problemas del día a día».

 

Recurriendo de nuevo a la suerte, Lola es consciente de que las mujeres de clase trabajadora no pueden dar por sentado el ascenso social, ni ser condescendientes con quienes no han salido de la precariedad. Como persona que ha desafiado a las estadísticas y ha mejorado sus ingresos, señala la obligación de tender la mano para que otras sigan avanzando, sabiendo que con el esfuerzo individual no es suficiente. Si life is a marathon, not a sprint, la conquista de los espacios para las mujeres es una carrera de relevos en la que la falacia meritocrática pone en marcha todo un sistema de valores que asalta la solidaridad de clase y la sororidad femenina.

El orgullo de clase se ha dinamitado también atribuyéndole nuestros logros a la suerte y no al esfuerzo. A pesar de la retórica que nos anima a sacrificarnos, invalidamos nuestra dedicación cuando aprobamos un examen o conseguimos un trabajo diciendo que ha sido una casualidad que se nos preguntase exactamente por lo que mejor nos sabíamos. Son los ricos los que han capitalizado el significado del esfuerzo a pesar del enorme peso que tiene en su fortuna haber nacido en una cuna rica. Aun cuando las estadísticas y las crónicas de la alta sociedad demuestran la existencia de verdaderas estirpes de CEO, estos siguen empeñados en convencernos de que no le deben nada a nadie, que se lo han ganado. Nos ocultan las pruebas y abrazan el mito, solo así pueden exigir esfuerzos a quienes aspiran a ser como ellos mientras trabajan para ellos.



 

 

 

Página 25



Pastora Filigrana, abogada y activista gitana, reflexiona en EL PUEBLO GITANO CONTRA EL SISTEMA-MUNDO sobre cómo el capitalismo, en tanto que orden económico, deriva en un orden civilizatorio del que gran parte de la población mundial se convierte en garante y cuyas posturas defiende. ¿Cómo puede ser esto? «Pues porque la creencia en la posibilidad de ascender en la escala social y aumentar la riqueza desde el esfuerzo personal mantiene la esperanza en las reglas del juego económico». El discurso de la meritocracia sería, así, piedra angular del alienamiento de la clase trabajadora, de la mujer, de los colectivos subalternos, de las minorías. «El éxito y la riqueza están ahí para quien se esfuerce en conseguirlos sin la ayuda de nadie»; esto justificaría la ruptura de la solidaridad en pro de la competencia. Se aceptan las reglas del sistema porque se confía en ellas. Se confía en el ascensor social, en la igualdad de oportunidades y en poder demostrar las capacidades que el capitalismo valora. Se cuenta con escapar de lo que se es, se aspira a conquistar posiciones de poder, pero no a transformar las dinámicas que nos estigmatizan, criminalizan y precarizan. Es, en definitiva, el pensamiento que nos coloniza cuando decidimos buscar algo me jor en lugar de sindicarnos para optimizar las condiciones que tenemos o reclamar una renta básica universal. Cuando cada una busca lo suyo, se deja de apostar por lo nuestro.

 

El feminismo es un movimiento antisistema, afirma la escritora Rita Segato, por ello no solo aspiramos a mejorar nuestra posición de clase, sino que anhelamos transformar las estructuras de producción. La principal diferencia entre quienes se suben al ascensor social y quienes no podemos permitirnos tropezar por las escaleras es si queremos o no queremos ser como los que están arriba, y qué pensamos hacer con quienes siguen abajo mientras ascendemos. El feminismo no está aquí para engrasar el mecanismo del montacargas, sino para estamparlo contra el suelo, para abolir todo el sistema de clases que nos domina. No se trata únicamente de romper el techo de cristal, sino de preocuparse de las condiciones de trabajo de quien barre esos cristales rotos.

 

Sonia Herrera, profesora universitaria y experta en comunicación, cree que al pertenecer a la generación que salió de la universidad durante el estallido de la crisis financiera de 2008, a muchas se las obligó a tomar una conciencia de clase que quizá hubiesen perdido si las condiciones hubiesen sido otras. «En cierta manera por vergüenza. Lo cual es bastante



 

 

 

Página 26



triste. Pero, bueno, en España el 15M y ciertos movimientos surgidos durante los últimos años tienen mucho que ver con la reapropiación de la conciencia de clase, llamémosle precariado o como queramos». Con la crisis se les cayó el cuento del ascensor social, aunque «nos falte cierta conciencia de cómo esto se plasma». Y menciona el paper de Montse Santolino, Volver a los barrios, sobre el compromiso con el entorno más próximo frente a quienes huyen de él cuando les empiezan a ir bien las cosas: «Abandonaron las periferias para irse a sitios más bienestantes. Hay un tema en cómo evitar el efecto centrifugadora y poder aprovechar el talento, el curro, el activismo».

 

Como se aclaró anteriormente, no hablamos de dinero. La cuantía de la nómina es básica para muchísimos aspectos de nuestras vidas, pero no es la única variable, ni mucho menos la más importante. Resulta fundamental tomar perspectiva de cómo se conforma el patrimonio, qué ingresos se obtienen por cuenta ajena, por cuenta propia, cuánto se percibe de rentas, de bonos o la liquidación de intereses de los activos. También hay que tener en cuenta si se tiene salud o no se tiene y cuántas visitas se hacen cada semana a la farmacia. Por ello, la heterogeneidad de las rentas del trabajo de quienes dependen de una nómina, de varias o de un sobre, nos lleva a que sea más importante observar la Encuesta de Condiciones de Vida sobre qué nos podemos permitir mes a mes y qué no: la tarifa de datos del móvil, las vacaciones, la calefacción, la fruta o el pescado.

 

En la brecha de clase entre los hundidos y los salvados incide Patricia Castro. Los primeros somos todos aquellos «que formamos parte de la clase trabajadora, y también aquellos a los que comúnmente se conoce como clase media; creen estar a salvo porque gozan de una calidad de vida algo mejor, pero es un espejismo. Los salvados son las élites económicas y financieras, […] el 1 por ciento». Sobre ese espejismo las nuevas clases medias, más empobrecidas que las tradicionales, insiste Castro, imitan los patrones de las clases dominantes. Ese somos lo que tenemos se torna en un habitus infantiloide de imitación pequeñoburguesa: esperar un Uber en el portal para ir al aeropuerto de madrugada y volar con una compañía low cost.

 

En términos de conflicto de clases, parecería sencillo que si el 99 por ciento empobrecido se enfrenta al 1 por ciento acomodado, este último no tendría muchas posibilidades para arrasar con las riquezas del primero. Pero la realidad es que el 99 por ciento al que se alude cuando se arenga a



 

 

 

Página 27



las clases trabajadoras no es homogéneo, los intereses de unas no coinciden con los intereses de otros. La competición por los recursos, la confianza en que a través del esfuerzo se puede aspirar a una mejor posición social, acaba provocando que en los estratos paupérrimos se acepten distintas discriminaciones que dotan a algunos de sus miembros de cierta posición y dignidad respecto a otros. Entre las diferencias que quiebran la capacidad de acción de ese 99 por ciento, no son pocas las que se vertebran sobre la desigualdad de género.

 

Si no se define correctamente al sujeto del feminismo, e incluso si no se ve más allá del sexo y del género para abordar las categorías oprimidas, las mujeres de clase trabajadora podemos encontrarnos con la agenda colonizada por los intereses de las compañeras acomodadas, tal y como denunció Angela Davis en MUJERES, RAZA Y CLASE. Se había supuesto que nuestras contradicciones se resolverían si alcanzábamos las mismas cuotas de poder e independencia que los hombres. Esta suposición ignoró la parte de la conquista de derechos que significó la opresión de otras personas de clase obrera, mayoritariamente mujeres: que cuiden, que limpien, que cocinen, que soporten el tedio administrativo mientras las demás nos dedicamos a trabajos creativos mejor recompensados.

 

Nancy  Fraser reflexiona  sobre  el  empoderamiento en  la     obra

 

MANIFIESTO DE UN FEMINISMO PARA EL 99 %, concluyendo que la conquista real

 

del poder es inaccesible para la mayoría de mujeres, y esta estrategia del feminismo liberal de empoderar a mujeres talentosas para que alcancen posiciones en igualdad con los hombres de su propia clase «no tiene como objetivo la igualdad, sino la meritocracia».

 

Si hablamos de empoderamiento y no de emancipación, nos olvidamos sobre qué hombros ascendemos (no suelen ser de un hombre blanco, sino de una mujer pobre, a menudo racializada). Los estereotipos, el clasismo, el racismo, la lesbofobia, la violencia contra las mujeres o el terror sexual han despojado a las féminas de clase obrera de la emancipación.

A Bárbara, una camarera de 42 años del Bierzo, la removieron las proclamas del 8 de marzo de 2019. «Se habla de techo de cristal y parece que todas esperan un puestazo en la empresa. En el discurso del movimiento feminista se olvida a las obreras, a las que hacen el trabajo más básico. Los sectores donde desempeñan un trabajo físico. Hay que visibilizarlas, porque parece que no estamos ahí». Y es donde más estamos.



 

 

 

Página 28



En LOS NUEVOS MITOS DEL FEMINISMO, la histórica Lidia Falcón señala la trampa en la que hemos caído «al sustituir la oposición frontal al sistema que ocasiona las grandes desigualdades económicas y sociales que existen entre clases, razas y sexo, para aceptarlo, con la humilde pretensión de arrancarle únicamente algunas concesiones». Las reclamaciones de cuotas, paridad, discriminación positiva y ayudas sociales enmascaran que la igualdad efectiva entre hombres y mujeres no va a superar las diferencias entre las clases, las razas y los pueblos. Es decir, concluye Falcón, que «tendremos el mismo número de mujeres pobres, explotadas y maltratadas que de hombres».

 

Cuando el marketing capitaliza los valores del feminismo sin ninguna carga estructural y en pro del si quieres, puedes, acabamos celebrando el nombramiento de mujeres al frente de la patronal, olvidando que sin la represión franquista que permitió la acumulación de capital entre los golpistas y sus allegados muchas de esas empresas seguirían siendo PYMES, como advierte Dani Domínguez en la obra colectiva IBEX 35. TRES DÉCADAS MARCANDO LA AGENDA POLÍTICA DE ESPAÑA.

 

Se pasa por alto la relevancia de la posición social de la familia, y cómo se ha alcanzado y mantenido, cuando se afirma a la ligera que formalmente no existen trabas al progreso individual. El ideal meritocrático ha parasitado nuestra conciencia de tal modo que seguimos autoexplotándonos, confiadas en que la precariedad es algo circunstancial. Aspiramos a la clase media y nos han instruido, de los cuentos de los hermanos Grimm a los talent shows, para que creamos que solo hay un camino y nada que nos impida llegar: si trabajamos duro podremos conseguir aquello que nos propongamos. Ese es el pacto, esas son las reglas del juego.

 

Laura por la mañana es técnico de laboratorio y por la tarde logopeda, sin que los dos sueldos juntos le permitan independizarse. Sigue creyendo que es responsable de su situación, de tal modo que acaba diciendo: «Espero que vaya a cambiar, que sea una racha mía personal… porque ahora es que lo veo todo negro. Muchas veces me siento culpable por quejarme, ¿sabes?, me digo de qué te quejas si estás trabajando en las dos cosas que has estudiado, estás en otra ciudad… pero bueno, es que no es la idea que tenía para mi yo de 32 años».



 

 

 

 

 

 

Página 29



No necesitamos más meritocracia en sociedades desiguales, porque se machaca a quien no llega. Los datos de LA BRECHA DE ORIGEN SOCIAL EN LOS RESULTADOS DEL MERCADO LABORAL demuestran que quienes provienen de familias acomodadas obtienen mejores trabajos y mayores ingresos, aún con el mismo nivel de estudios y similares calificaciones, que sus colegas de familias empobrecidas. Mientras nosotras nos dejamos la salud para conseguir una beca que nos permita entrar en la universidad, las clases medias acomodadas se valen de su capital social y económico para reservarle a sus familias una educación acorde a lo que esperan de sus hijas e hijos, acudiendo a la universidad privada cuando no consiguen plaza en la pública. El hermetismo de los privilegiados, la parontocracia, nos lleva a estar más cerca del darwinismo salvaje que de un ideal meritocrático donde la formación accione el ascensor social.

 

El esfuerzo individual no es garantía de movilidad de clase, ya se ha demostrado que no lo es, pero se confía en él como si nos fuera a abrir las puertas del paraíso. Es un fanatismo cuasi religioso, cuando no del todo religioso. La virtud del talento vertebra la ética protestante, tal y como advirtió Max Weber hace más de un siglo: el mérito es uno de los signos de salvación; cuanto más se cree que la excelencia es recompensada en la sociedad donde uno vive, más se estima que las desigualdades son aceptables porque cada quien merece la posición que ocupa. Hemos dejado de reivindicar las identidades colectivas para demostrar, en definitiva, que, dándole el bocado a la manzana mientras degustamos un pumpkin spice latte y atendemos una call tras otra (que bien podrían haber sido un e-mail), somos mejores que los demás.

 

 

 

VIVIR PEOR QUE NUESTRAS MADRES

 

 

El think tank Politikon publicó en 2017 EL MURO INVISIBLE, un texto en el que se trató de dar respuesta a las dificultades de ser joven en España para una generación, la de los millennials, con mejores oportunidades durante la infancia y la adolescencia que sus progenitores, pero que al incorporarse al mercado de trabajo se encontraron con una triple crisis: económica, social e institucional. Ese mismo año, el LIBRO BLANCO SOBRE EL FUTURO DE EUROPA realizado por la Comisión Europea afirmaba que «por primera vez



 

 

 

 

Página 30



desde la Segunda Guerra Mundial, existe un riesgo real de que la actual generación de jóvenes adultos acabe teniendo unas condiciones de vida peores que las de sus padres. Europa no puede permitirse perder al grupo de edad más formado que ha tenido nunca y dejar que la desigualdad generacional arruine su futuro».

 

Lucía, ahora jubilada, recuerda que su introducción al mercado laboral en 1972 fue rápida: «Después de COU, a los pocos días de acabar los exámenes fui a una Oficina de Empleo con mi madre, porque tenía 17 años, y salí con dos entrevistas. Las dos eran para secretaria pero una era jornada de mañana y tarde y la otra intensiva. Mi madre me dijo que escogiera esta última para poder seguir estudiando en la universidad. A ese primer puesto que me presenté, me cogieron, y volví a ir con mi madre a hacer el examen de ingreso. Salí con trabajo de secretaria en una farmacéutica. Ahora lo pienso y, en la actualidad, es tan difícil encontrar empleo y digno… qué pena que gente con carrera, con un máster, con el dinero que cuesta un máster, tenga tantos problemas para emplearse».

 

Si se presta atención, con rigor, a las tendencias y a la conflictividad laboral desde el tardofranquismo hasta hoy, cualquier análisis sociológico que intente explicar la transformación del mercado laboral basándose en el carácter de cada generación no será más que astrología. Creer que las decisiones individuales de las trabajadoras y trabajadores han sido las responsables de la definición de las relaciones laborales de los últimos cuarenta años es, cuanto menos, un descrédito a la patronal, think tanks neoliberales e inversores. Merecen que alguien recuerde todo lo que han hecho para que funcione el modelo extractivo. Quién iba a imaginar que promover el empleo temporal de jóvenes a partir de un contrato de formación y aprendizaje que no formaba podría menoscabar la identificación y el compromiso de las trabajadoras con la empresa.

 

En 2004, se decía de quienes tenían 24 años que eran la generación del botellón, que no participaban en nada, que no votaban, que el que no curraba era un vago, pero, sobre todo, que estaban estudiando más años que sus padres, que no estaban teniendo hijos a la edad de sus padres, que no se estaban independizando tan pronto como sus padres, que no querían trabajar tantas horas como sus padres, que estaban demasiado deprimidos. Hoy, estos mismos han cumplido los 48 años, son padres y nos dicen que la generación Z es la generación de cristal. Las dificultades para la emancipación de LOS HIJOS DE LAS REFORMAS LABORALES de los años



 

 

 

Página 31



noventa esquilmaron las oportunidades de las siguientes generaciones, «gran parte de los jóvenes de mañana no van a pasar a ser los adultos de hoy», pero parecen haberlo olvidado.

 

Los análisis generacionales son bastante engañosos, las millennials fuimos «ninis», porque hace diez años no estudiábamos ni trabajábamos, pero de alguna manera hemos llegado a ser la generación más preparada de la historia. Nos definen muchas más cosas que las generalizaciones que se hacen por edades, no estamos predestinadas por el horóscopo.

Por ejemplo, en la actualidad, las jóvenes de Castilla y León son las que más ascienden socialmente respecto a sus padres, y no porque hayan tenido una educación mejor que la del resto de España, sino porque emigran. Se marchan para optar a trabajos de alta cualificación en el tercer sector y sus progenitores se quedan desarrollando oficios en el sector primario y secundario. No es magia, es la despoblación. Las millennials son urbanitas porque nacieron de una generación que emigró del campo a la ciudad (en los casos en que la generación silenciosa, sus abuelas, no lo hizo antes) o de la localidad intermedia a la gran metrópolis. A muchas ahora les queda, igual que a la generación Z, marcharse al extranjero. Durante la crisis de 2008, causa de una de las mayores salidas de jóvenes de nuestro país, se hablaba de fuga de cerebros, como si en el siglo pasado nuestras madres y nuestras abuelas solo se hubiesen llevado los brazos. Nuestro país tiene un largo historial de emigraciones que acallaron el conflicto social.

 

A pesar de representar distintas generaciones, muchas de las entrevistadas tienen pueblo porque sus abuelas no eran de ciudad. Entre las millennials, Sindy, por ejemplo, ha nacido en Benidorm. Pero toda su familia proviene de diferentes pueblos andaluces y sigue visitando las piedras que un día fueron el cortijo donde convivían con los animales. ¿Era aquello mejor que preparar hamburguesas para guiris por mil euros? Mientras que una boomer como Natividad emigró de Zaragoza a Madrid en los sesenta para que su hija, que es generación X, se trasladase posteriormente a Cambridge. ¿La hija hubiese vivido peor que sus padres a su edad de haberse quedado en Móstoles? Seguramente no, pero prefirió emigrar, porque no siempre cargamos hatillos para buscarnos el pan.

 

La democratización del ocio y los servicios con los que las generaciones anteriores no podían ni soñar se ha producido a través de una transformación digital sin precedentes, pero también mediante una



 

 

 

Página 32



precarización de los salarios. Ya no estamos condenadas a vestir a la moda de temporadas pasadas por comprar de rebajas en unos grandes almacenes con un alto índice de sindicalización. Se han popularizado los outlets. Ya no hay estaciones, vamos cada pocos meses de compras porque la ropa tiene fecha de caducidad, casi la misma que las dependientas. Llevamos VIDAS LOW COST en las que cobramos poco como empleadas y pagamos poco a otras trabajadoras como clientas. No podemos permitirnos grandes gastos, la inflación imposibilita rentabilizar el ahorro, la temporalidad nos veta el acceso a una hipoteca. Pero sí se han facilitado microscópicas recompensas que nos mantienen en la rueda, a la moda, en la conversación sobre la última película, al día con las series y con los hits musicales. Malvestimos, malcomemos y maldormimos principalmente porque nos malpagan.

 

Natalia, una abogada madrileña de 32 años, se compara con su madre sobre todo a la hora de hablar del acceso a la vivienda: «Soy una persona optimista y, en general, no creo que tenga una mala vida… Pero es verdad que mis padres pudieron comprar un piso cuando tenían 26 años y llevaban dos en España (desde Latinoamérica), siendo él albañil y ella cuidadora. Yo soy abogada con pluriactividad y estoy rezando para que me renueven el alquiler. El hecho de que la vivienda sea una auténtica pesadilla que se come uno de los dos sueldos que entran en casa causa mucha angustia, y te tiene siempre preocupada… Esa preocupación mis padres no la tienen. No lo digo con rencor, pero pienso mucho en cómo hemos dejado que nos hagan esto. Pienso en ello ahora mismo, que estamos pendientes de renovar el contrato y, al mismo tiempo, buscando piso por si acaso… Vemos viviendas que fueron de protección oficial, a las que se les están acabando los veinticinco años de protección y están saliendo al mercado por 260 000 o 350 000 euros en Simancas». Maribel, de 30 años e historiadora del arte, comparte la sensación: «A los 32, mis padres ya tenían la hipoteca pagada y trabajo fijo. Vivían en un barrio obrero de Almería y se sentían orgullosos de tener todo cubierto para sus dos hijas… Yo sigo con ellos, sin casa propia y en un puto call center… Y la hipoteca me parece algo imposible e inviable. Que sí, que no tenían vacaciones… pero es que hoy las mías las han pagado ellos».

 

No ganamos el doble que la generación anterior, pero no deberíamos destinar hasta el 85 por ciento de nuestro salario precario a la vivienda para evitar compartir piso cumplidos los treinta. Se dice que viajamos



 

 

 

Página 33



mucho y al mismo tiempo que nos quedamos los fines de semana viendo Netflix porque no podemos salir a cenar. También se culpa a las suscripciones de ser un gasto hormiga que arrasa nuestra cuenta corriente y nos impide ahorrar para la entrada de una vivienda, como si las generaciones anteriores no hubiesen gastado más en tabaco y en el videoclub que nosotras en plataformas.

 

Sol, trabajadora de la industria en la periferia de Alicante y madre separada de dos hijos, a sus 43 años, duda: «Vivir peor no sé… pero sí es diferente, ya por el simple hecho de no tener piso». Mariah, profesora de secundaria e investigadora social, tiene un año menos y aun siendo expresidiaria no considera que vaya a vivir peor que sus padres, «aunque a nivel económico he tardado más que ellos en estabilizarme».

 

En España, aunque los empleos basura han existido siempre y gente alquilada también, antes eran ocupaciones y formas de vivir propias de la población inmigrante y joven. Las mujeres de la clase trabajadora, a quienes convencieron de que estudiar una carrera universitaria era sinónimo de ascender socialmente, no esperaban asumir una posición subalterna en el mercado laboral, ni en el mercado inmobiliario. Ser parte del precariado y del inquilinato es una cuestión que jamás nos habían planteado.

La inestabilidad en el empleo nos obliga a llevar un estilo de vida low cost, lo que nos impide ahorrar lo suficiente para emprender inversiones que nos ayudarían a tener más equilibrio financiero en nuestras vidas. En ese sentido, Pepa, una deportista profesional de Dos Hermanas, menciona que ya se han empezado a buscar formas creativas, propias de un suplemento dominical, para sobrevivir a los precios prohibitivos de la vivienda: «Yo sigo en casa de mis padres con 42 años. Justo acabo de ver en las noticias que se venden habitaciones y estoy alucinando. Antes, bueno, ahorrabas para una casa en un año o dos, pero eso ahora es impensable. Sí es cierto que en entornos rurales y pueblos era más fácil ese tema, el acceso a la vivienda, pero hoy es mucho más complicado que hace años… y el sistema nos obliga a todas a pasar por el aro». Tan triste como que unas solo puedan permitirse poseer un porcentaje mínimo de una casa es que otras se sientan en la obligación de venderlo.

 

Una reforma laboral tras otra, se fue desregularizando el mercado de trabajo hasta desmantelar los méritos de la ocupación como herramienta para salir de la pobreza. Tal y como señala Azahara Palomeque, VIVIR PEOR



 

 

 

Página 34



QUE NUESTROS PADRES significa que ya no tenemos la certeza de que el empleo nos pueda otorgar la estabilidad que los derechos laborales conquistados por las luchas obreras habían consolidado.

 

En este enfrentamiento generacional, hay gente que ha tenido la suerte de nacer veinticinco años antes, con unas condiciones económicas y sociales muy específicas, en un periodo del que únicamente ha sobrevivido el relato de quien se incorporó y se mantuvo en los puestos de responsabilidad. De las estadísticas de desempleo de larga duración en mayores de 52 años o de la cronificación de las enfermedades profesionales no se habla cuando se envidia la casa en propiedad con defectos estructurales de la VPO que pagó la generación anterior.

Los recortes en el estado de bienestar desde la ola neoliberal de Reagan en Estados Unidos o Thatcher en Reino Unido hasta Aznar en España no beneficiaron en ningún sentido a quienes se incorporaron en aquel momento al mercado laboral. La defensa a ultranza de la libertad empresarial, las escasas políticas de prevención y las mermas en servicios públicos provocaron que trabajadores afectados por enfermedades profesionales, como las intoxicaciones de amianto, muriesen sin ser recompensados. La llegada en masa de la mujer al trabajo asalariado y la incapacidad del Estado para cubrir los cuidados asistenciales que precisaban miles de embarazadas en nuestro país diezmaron a toda una generación afectada por la talidomida. Se recortaron los servicios públicos y se privatizaron las infraestructuras mínimas para nuestra supervivencia.

 

Las minas cerraron y las industrias se desmantelaron. Ya no se acopian el capital y el poder según la rentabilidad o la productividad, sino la privatización y la financiarización. Esta acumulación por desposesión consistiría en nuestros días, por ejemplo, en enriquecerse al privatizar un servicio público: el fondo buitre que adquiere las promociones de vivienda protegida en alquiler está transfiriendo al sector privado el suelo municipal y, al mismo tiempo, desposee a la sociedad en general (y al inquilinato afectado por las subidas de las mensualidades en particular) de la vivienda pública.

Esa desposesión provocó «la economía de la miseria ajena» entre las clases populares, tal y como demostró Julio Embid: cuanto más difícil se vuelva pagar el alquiler o la hipoteca, más créditos rápidos tendrás que pedir, más electrodomésticos tendrás que empeñar, más velas prenderás pidiendo un milagro, más locales de apuestas frecuentarás para salir de la



 

 

 

Página 35



pobreza. Cuanto peor te vaya a ti, mejor le irá a quien te concede el crédito, revende lavadoras, ofrece poderosos rituales para encontrar empleo o regenta un bingo.

 

Cuando debato con las entrevistadas si creen que van a vivir peor que la generación anterior, mencionan la imposibilidad de acceder a una vivienda en propiedad, pero también recuerdan los turnos que dejaban exhaustos a sus padres o las dobles jornadas de sus madres. Es absurdo tachar de privilegiado a quien pudo comprarse un piso de protección oficial en la periferia de una ciudad intermedia trabajando más de diez horas al día solo porque en la actualidad sea imposible que las jóvenes accedan a un alquiler en una capital de provincia. No es una cuestión generacional, sino de la mercantilización de la vivienda; se ha hecho una apuesta CONTRA LO COMÚN. Otro ejemplo de esta persecución a lo colectivo es la baja tasa de afiliación sindical, que no solo supone peores condiciones laborales, porque también dinamita la posibilidad de reproducir hoy aquellas cooperativas de viviendas de las que tantas familias trabajadoras se beneficiaron.

 

Esa sería la razón por la que Trini duda sobre qué se le está preguntando, consciente de que se puede caer fácilmente en una trampa conservadora que nos dé a elegir entre derechos económicos y derechos civiles, cuando no directamente entre derechos económicos y derechos humanos: «Definamos qué es vivir peor, a nivel económico creo que estamos bastante peor… teniendo en cuenta que soy actriz con muy poco trabajo… pero es que mi madre no trabajaba y con el sueldo de mi padre vivíamos cinco. Por otro lado, a nivel personal creo que bastante mejor, sobre todo por el hecho de no empezar a criar con 25 años».

Laura responde con otra pregunta que enmarca en el tiempo la comparación: «¿Si vivo peor que mis padres a mi edad? Vaya que sí. En cuanto a poder adquisitivo y estabilidad laboral y económica, sí, rotundamente. Llevo toda la vida queriendo ser mayor y ganar mi propio dinero para poder tener un perro, porque mis padres nunca quisieron uno. Y, ahora, con dos trabajos no puedo mantener ni perro, ni gato, ni ratón. Ni mucho menos hijos, porque no puedo, es que no puedo. He acabado desencantada con la vida». Tamara, una psicóloga gallega de 30 años, compara cómo estaban sus padres a su edad y afirma: «Vivían mejor que yo ahora. Sin embargo, si comparo la época vital… andamos parecido. Me tuvieron muy jóvenes, lo pasarían muy mal los primeros años para



 

 

 

Página 36



sacarme adelante. Yo ahora tengo una niña de tres años y otro en camino, y también nos encontramos con dificultades económicas». Su testimonio está vertebrado por la idea de que no es tanto ese vivir peor que nuestras madres a nuestra edad, sino que a la misma edad no estamos en el mismo momento vital. En su opinión, las dificultades seguramente tengan más que ver con eso que con los años cumplidos.

 

Que se haya sacrificado la maternidad por una carrera laboral llena de obstáculos lleva a muchas mujeres a cuestionarse si la igualdad ha sido un timo. No son pocas las que se sienten hoy más libres pero más infelices, ya que hemos salido de casa para adentrarnos en un entorno laboral que nos explota tanto como a los hombres, y además nosotras volvemos a casa cada tarde, bañamos a los niños y hacemos la cena en menos tiempo y más cansadas. En demasiadas ocasiones, nuestros compañeros han bajado los brazos ante nuestras demandas de conciliación, pero también cuando nos hemos quejado del frío en la oficina. El entorno laboral se diseñó para ellos, pocos hombres han estado dispuestos a adaptarlos a nuestras necesidades o han puesto su tiempo libre a disposición del cuidado de sus propias familias.

 

Ese mal negocio que algunas advierten que se ha hecho con el feminismo está basado en el mito de la libre elección, ya rebatido por Ana de Miguel en NEOLIBERALISMO SEXUAL. Para poder afirmar que las mujeres vivían antes mejor que ahora, deberíamos definir el sujeto y los complementos de esa frase: ¿qué mujeres? ¿Qué momento es antes? ¿Qué entendemos por «mejor»? ¿Qué quiere decir «ahora»? Si no respondemos con precisión y coherencia a todas estas preguntas antes de someter a prueba la hipótesis, nos podría parecer que la culpa de la brecha salarial, de la carga mental y de la falta de conciliación es nuestra, de NOSOTRAS QUE

 

LO QUISIMOS TODO.

 

Ese antes que se idealiza y romantiza nos lleva a creer que si fuésemos una mujer de finales del siglo XIX o principios del XX, sin acceso al mercado de trabajo, y no una del siglo XXI, sobreexplotada, seríamos la que escribía en un cuarto propio con el apoyo de su familia y no la que convivía con un marido violento y alcohólico. Es el efecto Sissi: «Cuando pensamos en un viaje en el tiempo, siempre creemos que vamos a estar en el 1 por ciento privilegiado».



 

 

 

 

 

 

Página 37



Inés, una abogada penalista a caballo entre Madrid y León, tiene claro que ella no vive peor que sus padres: «He logrado estudiar, que es muchísimo más de lo que pudieron hacer ellos. No me he tenido que casar y con 31 años no tengo hijos. De verdad… stop pijos opinando. Son los de la generación de doctorados por Wisconsin los que sí viven peor que sus padres, porque fueron altos funcionarios del felipismo y ahora estos están de freelance haciendo hilos de Twitter… y esa es una realidad, pero no la única realidad. Ninguna generación ha tenido una posibilidad más grande que la nuestra para aprovechar las poquitas oportunidades que teníamos y mejorar nuestra vida. Somos la primera para la que ser buen estudiante, pese a todo, era una credencial a la hora de poder sentarte en una oficina, cosa que nuestros padres no han visto… eran trabajadores manuales». Ese llamamiento a no comparar la situación de las hijas de las clases trabajadoras con las aspiraciones de las nuevas clases medias es el antídoto contra la nostalgia rojiparda.

 

Entre nosotras acabamos compartiendo una idea que pone los derechos humanos en el centro y afirma que no vivimos peor quienes formamos parte de colectivos históricamente oprimidos y subalternos. Hemos avanzado en la conquista de nuestras libertades. El optimismo es progresista porque confía en que las próximas generaciones avancen aún más en la expansión de derechos. «La nostalgia es involución y la memoria es aprendizaje del pasado, pero nunca se puede volver a él si buscamos que la sociedad progrese», comenta Zoe, una teleoperadora de 40 años. Esta es la tesis de Héctor García Barnés en FUTUROFOBIA: «El pesimismo es esencialmente conservador aunque eso no impide ser pesimista y de izquierdas. Muchos lo son. Es conservador porque, literalmente, aspira a mantener la situación en la que nos encontramos, a presentar todo cambio como una potencial amenaza».

 

Las últimas investigaciones económicas sobre la movilidad intergeneracional de la renta revelan que EL ASCENSOR SOCIAL EN ESPAÑA se sitúa en un punto intermedio. De ahí que las hijas del hormigón que han prestado sus percepciones en este epígrafe sepan en qué dudar y en qué no. ¿Viviremos peor que nuestros padres? Dependerá mucho de quienes hayan sido nuestros padres. Lo que sí podemos afirmar es que viviremos mejor que nuestras madres.



 

 

 

 

 

 

 

Página 38



DESIGUALDAD DE GÉNERO

 

 

El dogma de la meritocracia convive con la creencia en la igualdad de género. Ambas son un subproducto de la mercadotecnia neoliberal: trabajar duro y quererlo realmente. Se omite que el estigma, los estereotipos y los prejuicios determinan nuestras oportunidades.

 

El NEOLIBERALISMO SEXUAL consiste en dar por sentada la igualdad en tanto que vivimos en sociedades formalmente igualitarias y la desigualdad ya no se produce por la coacción explícita de las mujeres, ni por la aceptación de ideas sobre su inferioridad, sino a través de una libre elección capaz de ignorar las vicisitudes de la estructura social.

 

Las cartas ya nos vienen marcadas incluso antes de haber aprendido a jugar. La mayoría de los productos infantiles solo existen en rosa o en azul, lo que lleva a la prole a elegir entre dos opciones que se presentan como excluyentes, afirma María Gijón, experta en género y coeducación. Cuidados, muñecas y estética para niñas. Acción, construcciones y superhéroes para niños. Unas han de preocuparse por su imagen mientras otros son empujados al movimiento, a ocupar el espacio.

La responsabilidad de la división sexual en nuestra estructura social va más allá de los juguetes; también se encargan de ello otros productos culturales, como las pantallas, los libros y la música. La artivista Yolanda Domínguez no solo detectó el MALDITO ESTEREOTIPO; también descubrió que la representación conforma un mapa visual: el papel que desempeña (en la ficción, en el reality, en la cobertura de sucesos) el personaje más parecido a nosotras nos da una idea del lugar exacto que ocupamos. En concreto, los mapas visuales son descriptivos, en la medida en que nos indican dónde estamos situados dentro de la jerarquía social, y además prescriben por qué lugares podemos o no transitar. Todo relato necesita un punto de partida desde el que construirse; a ese enfoque inicial se le denomina framing. Del desarrollo de ese marco se encargan los medios de comunicación, que dado que son grupos empresariales, no son un actor neutral en la creación de metáforas que definen y enmarcan al proletariado y la clase obrera. En el relato neoliberal del éxito socioeconómico y la meritocracia, habitar barrios humildes, el extrarradio o la periferia, se describe como síntoma de un fracaso vital.



 

 

 

 

 

 

Página 39



Hablar de un orden social vertebrado a partir de la desigualdad de género y de la división sexual del trabajo nos lleva a preguntarnos si es el sexo, la condición biológica de las mujeres, o el género, la construcción social de la feminidad, el origen de nuestra posición subalterna. Cuando Silvia Federici vio la relación entre CALIBÁN Y LA BRUJA, demostró que la literatura de clase había obviado las profundas transformaciones que el capitalismo introdujo en la reproducción de la fuerza de trabajo y en la posición de las mujeres. Federici pone de relevancia cómo «el cuerpo es para las mujeres lo que la fábrica es para los trabajadores asalariados varones: el principal terreno de su explotación y resistencia». Esta investigadora italiana confirma que fue durante la transición al capitalismo cuando se produjo la redefinición de las tareas productivas y reproductivas, y de las relaciones hombre-mujer. Desde ese periodo, la identidad sexual es el soporte específico de las funciones del trabajo, y por ende, el género no es una realidad puramente cultural, sino una dimensión intrínseca de las relaciones de clase.

 

La gran caza de brujas de los siglos XVI y XVII fue tan necesaria para la división social del trabajo como el colonialismo. En ese periodo se degradó la mano de obra femenina al hogar, invisibilizando la contribución de las mujeres a la acumulación de capital hasta disfrazarla de inclinación natural.

 

Tomar conciencia de la artificialidad misógina del framing supone para muchas mujeres una agonía perturbadora; por ello, antes de querer darse cuenta de cómo «todo esto está muy mal diseñado, muy mal pensado para nosotras», como me comentaba una de las entrevistadas, muchas optan por sumarse al relato del ya mencionado timo de la igualdad y renuncian a ser feministas. En los últimos años, se han popularizado varias cuentas en Instagram de influencers dedicadas al marido, la cocina y los hijos que en Estados Unidos se hacen llamar tradwives. Esa reivindicación de un tiempo pasado en el que la mujer era tan solo ama de casa omite muchas escenas, como la de nuestras antepasadas rurales, que han arado, han plantado y han segado el campo que nunca llevó su nombre, mientras criaban a sus hijos. Así como el de sus coetáneas en las ciudades, que han cosido, han fregado y han cuidado con y sin contrato. En España no tenemos narices para reivindicar a la esposa tradicional porque sabemos perfectamente que la solución a la enésima crisis de ansiedad laboral no es encerrarnos en la cocina a hornear tartas de manzana para monetizarlo en



 

 

 

Página 40



Instagram. Nuestros pisos son de interior, no hay un alféizar donde poder imitar la bonita ventana al jardín de la nostalgia confederal.

 

El determinismo biológico clásico hilvanó toda una serie de excusas para dejar fuera a las mujeres de los grandes cambios socioeconómicos del siglo XIX como respuesta a la primera ola del feminismo. La idea de una naturaleza diferente y complementaria de los sexos, afirma la filósofa Ana de Miguel, ha legitimado la separación entre el espacio público masculino y el espacio privado femenino como dos mundos excluyentes. A través de unas supuestas diferencias orgánicas se concluyó que la naturaleza femenina era el afecto y que la racionalidad era masculina. A partir de ahí, viene a decirnos que por ser las mujeres menos fuertes, racionales, intelectuales y morales, es necesaria la tutela y el sometimiento al varón.

 

En realidad, el contexto sociopolítico del siglo XIX fue el que designó con qué perspectiva se iba a interpretar el origen de la humanidad, y se ignoró deliberadamente la PREHISTORIA DE MUJERES. Aquellos hombres con autoridad en las universidades y en las instituciones, sin pruebas y sin titubeos, orquestaron un discurso sobre la naturaleza del poder y de la división sexual del trabajo exagerando las diferencias, que históricamente sí se habían contrastado, a su conveniencia. Su propósito no iba más allá de justificar en la biología que fuesen ellos, los hombres cis, blancos, europeos e ilustrados, los que legítimamente debían seguir ejerciendo dicha autoridad. A partir de aquel determinismo biológico e histórico, cualquier intento de ampliar los derechos políticos suponía un atentado contra la propia naturaleza humana. La VINDICACIÓN DE LOS DERECHOS DE LA MUJER denunció la relación, que llega hasta nuestros días, entre las cualidades innatas de la feminidad y el requerimiento de la tutela de los hombres. Proteger esa supuesta esencia biológica justificó que durante mucho tiempo no tuviésemos acceso a la escuela, al mercado laboral o a la participación política.

 

El reconocimiento de la familia como pilar institucional ha contribuido a reforzar el papel tradicional de las mujeres como garantes del orden social. Esta visión arraigada aún persiste; a ellas se las relega al ámbito doméstico para permitir que sean los hombres quienes ocupen roles predominantes en la esfera pública, perpetuando así las estructuras de poder patriarcales. La REVOLUCIÓN EN PUNTO CERO de Silvia Federici demostró que no había, en realidad, ninguna cualidad innata en nuestro



 

 

 

 

Página 41



género hacia el trabajo doméstico ni la reproducción. Ser ama de casa es profundamente antinatural, preparar a alguien para ese rol requiere de al menos veinte años de socialización y entrenamiento dirigido por madres no remuneradas. El orden social quiebra cuando una de ellas pone pie en pared. Cuando alguna de nosotras nos negamos a seguir reproduciendo estirpes de abnegados ángeles del hogar, voluntaria o involuntariamente, la institución de la familia entra en crisis. El título de una de las obras más icónicas de Friedrich Engels, EL ORIGEN DE LA FAMILIA, LA PROPIEDAD PRIVADA

 

Y EL ESTADO, nos recuerda justamente que la familia ha sido interpretada como un bastión fundamental: los roles de género transmitidos en el hogar son los que dotan de sentido la división sexual del trabajo en el orden social.

 

Para ilustrar ese tiempo de entrenamiento, Dolores, a sus 52 años, recuerda cómo se abordaban las tareas domésticas en su casa, en un pueblo de Sevilla. «Mi madre estaba siempre con: Lola, a poner la mesa. Y yo contestaba que si no la ponían mis hermanos no la ponía yo. ¡Pues no me ha costado pocos disgustos! Y fíjate qué tontería era eso poner la mesa. Ella quería que hiciera las camas de mis hermanos, pero yo siempre me rebelé, trabajé y estudié». La de Ada, barcelonesa de 29 años, es una experiencia similar: «Mi madre me mandaba hacer todas las tareas en casa. Mi padre trabajaba todo el día, así que siempre lo he hecho yo. Cuando a ella le dieron un horario de mierda en el trabajo, me tocó empezar a hacer la cena para todos. Tenía doce años. Debíamos repartirnos las tareas, pero mi hermano mayor se hacía el sueco… Entonces, pues me tocaba a mí». Ese adoctrinamiento fue extremo en el caso de Roxana, nacida en Latinoamérica hace 40 años: «Con dos hermanos mayores y dos hermanas menores, por ser la mayor de las chicas me tocaba a mí siempre fregar, nunca les tocó a los chicos. En casa me rebelaba. Me iba a casa de mi madrina y no entendía por qué tenía que hacer yo las tareas, si ellos también tenían manos. Mi madre era muy dura, si estaban los platos por fregar y me veía leyendo, me daba una paliza».

 

Al hablar con Roxana sobre por qué su madre era violenta con ella sin exigirles nada a sus hermanos, me respondió que ella también se lo preguntaba: «Le reclamaba que ellos se encargaran de sus cosas y las de los demás, como me tocaba a mí. Pero ella me decía que yo tendría que hacérselo a mi marido, y que ellos encontrarían una mujer que se lo hiciera». Es ahí, en la creencia compartida, donde se sostiene la



 

 

 

Página 42



superestructura a partir de la institución de la familia: las madres enseñan a sus hijas y no a sus hijos, confiando en que otras madres serán las que hagan lo propio con sus futuras nueras.

 

Cuando Blanca Lacasa Carralón comenzó a entrevistar a mujeres, LAS HIJAS HORRIBLES constataron que se espera de las madres que conviertan a sus descendientes en oprimidas y, además, lo hagan por amor. A nosotras se nos educa en la abnegación y para la entrega, ya que a los hombres se los educa en la autoridad y para el poder. Ellos necesitan quien les planche con cariño y devoción para dedicarse a tomar decisiones. Siguiendo a Kate Millet, que afirmaba que el amor es el opio para las mujeres: la combinación analgésica, eufórica y sedante de la validación masculina nos convence de estar haciendo lo correcto cuando renunciamos a nuestra autonomía para cuidar de ellos.

 

Dado que hemos acabado todas siendo unas yonkis del amor, carecemos de recursos de interpretación colectivos, y muchas veces no somos capaces de comprender nuestras propias experiencias. Por ello, nombrar las violencias que sufrimos es la principal herramienta para la reparación y combatir la INJUSTICIA SISTÉMICA. Eso, o militar en el lesbianismo político, pero queda descartado para muchas, dado que la orientación sexual no es algo que podamos elegir.

 

A Triana, una recepcionista treintañera de Santa Justa (Sevilla), la literatura feminista le ha ayudado a politizar su situación personal: «Pues, a ver, no sé ni por dónde empezar. Yo estoy en un proceso judicial largo contra mi empresa, a la que demandé por discriminación por razón de sexo. Prácticamente desde que terminé la carrera he considerado que la mujer (aunque digan que estamos en igualdad y toda la historia, que lo he vivido en primera persona), continúa discriminada. Me sentí identificada con las publicaciones de tu cuenta. Por lo menos pude ver que no era una paranoia mía, ¿sabes?, que no estoy loca y que esto que me ha tocado vivir tampoco es un caso aislado. Lo vi y digo, mira, que no estoy sola, que no soy la única».

 

Matilde, productora de teatro y vecina de Carabanchel de 55 años, empezó a hablar como un torrente en cuanto encendí la grabadora: «Yo creo que había una necesidad imperiosa… yo creo que es necesario que se comente. Hay una cosa que me ronda desde hace años y es que existe una parte de la historia que no figura en ningún lado. Así que cuando encontré



 

 

 

 

Página 43



tu proyecto me dije, bueno… qué bien que sea además alguien tan joven (yo ya soy una persona mayor). Alguien que esté en esta misma onda, que cuente la historia de quienes siempre han estado calladas, las mujeres que ni siquiera han formado parte de la Historia, porque la Historia (con mayúsculas) la han escrito siempre los hombres, dejando una parte totalmente invisibilizada. Me encabrona mucho que solo la escriban ellos». Fue Federici quien dijo de sí misma que escribía contra el olvido, «para garantizar que las luchas que las mujeres han llevado adelante y las lecciones que hemos aprendido de ellas no sean enterradas ni tergiversadas», denunciando que aquellos espacios de persecución a las acusadas de brujería se hayan convertido en atracciones turísticas.

 

Se dice cada mes de marzo que el feminismo es un fenómeno pop, una moda (en Occidente y en los países top de la OCDE, que a veces se nos olvida que en el Cuerno de África hay más camisetas de Messi que tampones), y eso significa que ha renunciado a buena parte de sus objetivos y estrategias. Si hablamos de él como una cuestión identitaria, no hay uno sino diversos feminismos, con distintos objetivos y agendas. Y en esa variedad está, ahora sí, la trampa: ¿son excluyentes, incluso contradictorios? Cuando se habla de feminismo como sinónimo de derechos humanos se está en el lado correcto de la historia, pero también bajo el paraguas de la ONU y de las campañas institucionales que no tienen ninguna intención de dar cabida a la agenda transformadora, revolucionaria, emancipatoria y anticapitalista del movimiento. «Las herramientas del amo nunca desmontarán la casa del amo», afirmaba la poeta Audre Lorde.

 

Desde las instituciones no se pone en jaque al sistema, ya que conforman la superestructura que describió Karl Marx. Harán suyos a los feminismos igualitarios y empoderadores que pongan en valor el trabajo y la producción, dándole también una oportunidad mercantilista a la reproducción social. ¿Qué es sino aprobar leyes que permitan a mujeres ricas alquilar el vientre de una pobre para no dejar ni un solo día de trabajar en empresas que ahondan en la brecha de clase? Nunca habrá un espacio para orquestar la transformación de nuestras condiciones de vida si no queremos incomodar a las adineradas. Para emanciparnos es necesario hablar de posiciones de poder, pero también de propiedad privada, del acceso al agua o la calidad del aire. Cuando se popularizó la tarificación horaria en el suministro eléctrico, ¿quién supo en casa cuál es la mejor



 

 

 

Página 44



hora para poner una lavadora? Si ocurriese lo mismo con el abastecimiento de agua en los hogares, ¿quién modificaría sus hábitos para bañar a sus hijos?

 

Una vez resueltas las cuestiones del Código Civil y definida la igualdad entre mujeres y hombres como un derecho humano articulado en decenas de constituciones, la conquista de los textos da paso a la conquista de las calles, de la noche, de lo que pasa en cada casa. Y nos preguntamos sobre lo que ocurre en cada cama, en cada oficina y en cada despacho a puerta cerrada, en cada vagón de metro, en cada pasillo de autobús, en cada arcén de las áreas industriales.

 

Desde el concepto de hegemonía gramsciano se está dando una batalla cultural en el marco de LA REACCIÓN PATRIARCAL y racista a esos mismos avances del feminismo, que, como advertimos desde nuestra posición, no son suficientes. De poco sirven las cuotas o que las mujeres tengamos derecho a ser diputadas nacionales si la mayoría no tiene tiempo para formarse y participar en una política cuyos espacios son hostiles a nuestra presencia, a nuestras demandas y a nuestros horarios. De poco sirve legislar en el terreno laboral que los despidos a embarazadas sean nulos si no se ha informado a las mismas de sus derechos como trabajadoras, si desconocen cómo actuar o si no tienen a quién dirigirse ante una administración de justicia injustamente lenta. De poco sirve que definamos qué es y qué no es una agresión sexual en el Código Penal si al juez le parece decisiva la ropa interior con la que salimos de casa para valorar nuestro consentimiento. O si para valorar EL SENTIDO DE CONSENTIR, importa más la foto que subamos a Instagram dos días después de lo que nos hicieron contra nuestra voluntad. De nada sirve reconocer la autodeterminación de género si seguimos esperando a saber el sexo del bebé para elegir el color de la cuna.

 

Los feminismos hoy no buscan únicamente reformas legales sino transformar la forma en la que entendemos e interpretamos ese tipo de textos y, en primera instancia, modificar el marco, el framing en el que operan quienes los promulgan y los poderes que los interpretan. Debemos huir de la nostalgia que idealiza una sociedad que nunca existió. No basta con protegernos entre nosotras mientras el sistema ampara los abusos masculinos y los intereses de clase de otras. No vamos a elegir, porque lo queremos todo, queremos el pan, pero también las rosas. Estar malament no és culpa nos tra. Ho volem tot!



 

 

 

Página 45



EXPERIENCIAS DE TERROR Y VIOLENCIA 

 

 

Las supervivientes de la violencia machista aquí entrevistadas han hecho constantes referencias a la suerte: a la mala por haber coincidido con agresores, y a la buena por haber logrado esquivar un peligro mayor del padecido. En algunos casos, han tenido la mala fortuna de cruzar una calle demasiado oscura, demasiado tarde en la que un hombre, o varios, las han violentado verbalmente y se han abalanzado sobre ellas, pero han sido afortunadas de solo ser manoseadas y no violadas con penetración. Otras tienen el privilegio de poder contarlo, porque solo han sido violadas y no asesinadas. En palabras de una entrevistada: «Me sentí identificada con el proyecto porque casi todas las mujeres en algún momento de su vida han sufrido algún tipo de acoso, ya sea verbal o físico. Entonces, me parece que, desgraciadamente, lo raro sería no sentirse identificada. Gracias a Dios las situaciones que yo he podido pasar no son realmente duras, pero me ha removido la rabia de haber consentido cosas que te callas por miedo a que te hagan algo más. Porque a veces vas tú sola, y ante un grupillo de chavales, a ver quién se atreve a decir algo».

 

En realidad, aquí la suerte, los tréboles de cuatro hojas, tocar madera, esquivar el gato negro, pedir un deseo mientras se soplan las velas o comerse las doce uvas al compás de las campanadas no han tenido nada que ver. Si analizamos la MICROFÍSICA SEXISTA DEL PODER, la tortura sexual, el asesinato y la desaparición de mujeres no son eventos fortuitos o aleatorios, son manifestaciones políticas que subyacen y conforman la estructura del sistema social.

 

Todo lo que nos ha pasado, todo lo que nos pasa, todo lo que nos seguirá pasando, es consecuencia de una socialización misógina y violenta. DESARMAR LA MASCULINIDAD supone para los hombres dejar de ejercer la violencia como una forma de representar y de espectacularizar la virilidad para que sea reconocida por los pares. Cesar en esa expresión dinamitaría el patriarcado, según la definición que hace bell hooks de este orden: «Es un sistema político y social en que lo masculino es de forma natural dominante, superior a todo».

 

La violencia sexual es transversal a prácticamente cualquier cuestión identitaria, radica en el hecho de ser mujeres. Expuestas a un sistema sostenido en el control de la población, proyectando el terror sexual sobre



 

 

 

 

Página 46



nuestros cuerpos, acabamos normalizando que de vez en cuando tengamos que enfrentarnos a ella, tal y como se resume de la conversación con otra de las entrevistadas: «Bueno, he tenido cosas como todas, como todas. Desde un intento de violación con once años en mi portal hasta el típico baboso que te toca el culo de fiesta o estar bailando un lento en el instituto y que te intenten tocar las tetas, o tener cincuenta años, pasar por una acera y notar que alguien te mira tal… por desgracia, lo hemos normalizado. Hace no mucho estábamos hablando cinco amigas, las de toda la vida, y todas, desde antes de los catorce, habíamos sufrido un intento de violación o un intento de algo… porque realmente no le puedes poner nombre. Con diez años no sabes lo que está pasando, pero estás viendo que un tío mayor que tú está haciendo una fuerza que no debería y no sabes muy bien lo que va a pasar. Por puta desgracia… lo de siempre. Como nos ha pasado a todas… ¿por qué le vamos a prestar atención? Y es algo que no cambia. Hablo con mi madre y seguro que ha tenido algo, y mi abuela, y mi bisabuela… y por desgracia parece que hubo una temporada que fue a menos, pero si hablas con una chica de quince años… quizá yo es que ya no tengo edad, pero cuando era joven me enteraba a diario de intentos de violación. El “le ha salido un tío en un portal a una niña” era lo común. Ahora se ha sustituido, como en otros tantos sentidos, la calle por internet, ahora es un baboso que te acosa por redes».

 

Más allá del daño físico o psicológico real que se inflige a las víctimas, sabernos expuestas a cualquier tipo de ataque sexual limita nuestra libertad de movimiento, así como la forma en la que nos comportamos ante lo masculino. De manera más o menos consciente, hemos ido abandonando aquellos espacios que no nos han parecido seguros, provocando que fueran todavía más hostiles para aquellas que permanecían. Abandonar espacios nos supone una pérdida de capital social, cultural y económico que sigue siendo capitalizado por los hombres en nuestra ausencia. Cuando abandonamos, cuando nos rendimos, el conjunto de la sociedad sufre una pérdida de talentos, perspectivas y capacidades.

 

El terror sexual ha sido una herramienta más de control social hacia las mujeres. El miedo se instalaba en la consciencia de nuestras madres cuando nos ponían hora para volver a casa e insistían en saber con quién regresábamos. A dónde viajar, dónde podemos acampar, aparcar el coche, reservar un hotel. Se institucionaliza el tipo de discotecas que podemos frecuentar, las copas que podemos tomar, los porros que podemos fumar,



 

 

 

Página 47



cuánta droga podemos consumir, la ropa que nos tenemos que poner, la cantidad de piel que podemos enseñar. Pero también las carreras que podemos estudiar, a qué profesores podemos preguntar, los grupos de colegas que podemos tener en clase. A quién le podemos dar nuestro contacto de WhatsApp o qué fotos podemos subir a Instagram. En qué sectores podemos desarrollarnos profesionalmente, cuántos compañeros de trabajo podemos tener, con qué encargados podemos tomar una cerveza después del turno, con qué compañero podemos salir a desayunar. Si podemos ir a casa solas a recoger nuestras cosas después de romper con nuestro ex. ¿Si vamos con una amiga seguimos yendo dos mujeres solas? ¿Y si vamos con dos? ¿Cuántas hacen falta para que se deje de decir que vamos solas? ¿Alguna vez se dice que hay dos hombres solos? Este desasosiego se construye todos y cada uno de los días de nuestras vidas desde que nacemos: a cargo de qué tío jamás te dejaron estar, con qué vecino nunca te dejaron pararte, a qué bar te dijeron que no podías entrar.

 

Hemos sido socializadas en la precaución constante con el único fin de convertirnos en las únicas responsables de lo que nos pasara, dando lugar a algo aún peor que la mala suerte: la culpa. Nerea Barjola estudia los planteamientos de Foucault y llega a la conclusión de que «los patrones de vigilancia social establecidos sobre lo que una mujer puede o no hacer tratan de adoctrinar el cuerpo de las mujeres, vulnerar su capacidad de decisión en un intento de someterlas a un autocontrol y un autodominio continuos».

La socialización en el terror sexual ha sido simplista, quienes han estado a cargo de nuestra educación han caído en la contradicción constante al habitar un sistema que los vertebra pero que tampoco entienden. De ello se derivó en España una histeria masculina tras la aprobación de la «ley de solo sí es sí». Muchos, autodenominados amantísimos padres y nobles caballeros, escucharon y leyeron las denuncias de las víctimas de abuso muy nerviosos al reconocerse como responsables de más de uno de esos «aprovechamientos de formas leves de aflojamiento de la voluntad». Pero aún se escandalizan si se considera a sus pares VIOLADORES EN POTENCIA, merecedores de que su cita comparta la ubicación con sus amigas. Fueron noches muy divertidas para ellos cuando los protagonizaron, pero al mismo tiempo, apunta el escritor y padre Pablo Batalla: «Les espantaría a buen seguro que una hija suya pasase por lo que él hizo alguna vez con las hijas de otros». Por lo que se convierten en



 

 

 

Página 48



estrictos padres con severos DAUGHTER ISSUES, incapaces de aceptar que otros hombres se lleguen a aprovechar de la energía sexual de sus pequeñas como ellos hicieron, y hacen, con el resto de las mujeres.

 

Las experiencias de sobresaltos y violencia de las entrevistadas aparecen en cada uno de los epígrafes finales de cada uno de los siguientes capítulos sin especificar a cuál de ellas le ha ocurrido ni en qué ciudad. Para advertir del contenido violento de estos epígrafes, junto al título aparecerá el icono  . Muchas no están de acuerdo con redoblar el esfuerzo de anonimato en esta parte de su biografía y señalan durante la entrevista el nombre de las empresas, de los partidos políticos, de las discotecas y de los centros educativos. Aun así, he preferido que todas estas situaciones de abuso y agresiones hagan mayor referencia al espacio público que se abandona o al privado que se convierte en un infierno personal que al nombre del agresor o el de la víctima. No se trata de reunir pruebas, sino de sentirnos acompañadas. Sabemos qué nos pasa y en estas páginas se realiza el ejercicio de señalar por qué, no tanto a manos de quién, sino en qué tipo de sistema vivimos que permite que estas experiencias se repitan continuamente. Dar pie a que alguna de ellas necesite justificarse implicaría una revictimización innecesaria.

 

Las mujeres de clase trabajadora perdemos continuamente el favor de los hombres de nuestro mismo estrato al abordar cuestiones de género. Nos sentimos traicionadas cuando cuestionamos la dominación del capital y, al exigir tribunas donde pronunciarnos, nuestros compañeros niegan que sea necesario cuestionar las estructuras de poder masculinas, incluso dentro de las organizaciones de izquierdas. Entre los estereotipos de clase compartidos y las particularidades de cada una, todas las entrevistadas han experimentado una violencia común contextualizada en la disputa por el espacio. Cuando entre nosotras ejercemos unos FEMINISMOS DE CERCANÍA, comprendemos que «el patriarcado no son los hombres malos que no nos quieren libres, sino una forma de entender el mundo y las relaciones. El sistema produce el patriarcado para que el capitalismo nos utilice, nos divida y, por supuesto, nos ordene por clases y roles».

 

Libramos una disputa por nuestra libertad sexual, de la que también existe una genealogía de la violencia que nos construye, nos define, nos coacciona. En palabras de otra de las entrevistadas: «Creo que he sufrido bastante en mis carnes la discriminación de género en muchos ámbitos de mi vida. Y me han influido también las discriminaciones que han tenido



 

 

 

Página 49



otras mujeres en mi vida, mis referentes: mamá, mis tías, mi abuela… Lo he visto, en plan, desde una perspectiva muy de una niña. Soy de las más pequeñas de mi familia. Ciertas cosas me han hecho preguntarme por qué las mujeres estamos luchando por esto. Por qué hay tantos proyectos. Qué es esto del feminismo. Cómo la gente tira para delante… Y ahora que tengo 25 años, que evidentemente ya he aprendido bastante, me gusta dejar un trocito de mí en proyectos como Hijas del hormigón».

 

Irrumpir en el espacio público e instalarnos en lugares hostiles supone, aún hoy, enfrentarse a LA MASCULINIDAD TÓXICA y violenta que trata de expulsarnos, amedrentándonos incluso a través de la violencia sexual. Es el precio que hay que pagar por entrar. Un buen ejemplo de violencia recibida por el simple hecho de ocupar un entorno masculinizado es la que sufren las mujeres que arbitran partidos de fútbol masculinos, advertida y denunciada el 25 de noviembre de 2018 por la propia Federación Española de Fútbol junto al Comité Técnico de Árbitros.

 

No habrá absolutamente ningún sitio seguro mientras la socialización sea patriarcal y machista. Los cursos sobre nuevas masculinidades, los posts en redes sociales, los bloques mixtos en las manifestaciones, les sirven a muchos hombres para presumir de haberte seguido, leído, compartido, pero eso no garantiza que no vayan a ejercer violencia sobre ti o sobre cualquier otra mujer. Por ello, también en estas páginas encontraremos vivencias que demuestran que ni siquiera los ámbitos de militancia política, también en la izquierda, son un lugar libre de abusos ni de agresiones sexuales. No hay refugios a salvo de una violencia que, como una entrevistada asumió al comienzo de este epígrafe, es lo normal, también dentro de casa.

 

Tras el análisis de cuatrocientas sentencias, Save the Children concluyó en 2023 que casi la mitad de las agresiones sexuales a niñas y adolescentes las cometen familiares. Aunque jamás denunció, a esa estadística podría ponerle rostro otra entrevistada que recibió la llamada de su tío el día que cumplía cuarenta años. La felicitó, pero también «me dijo que me quería confesar algo desde hace tiempo y era que yo le encantaba desde niña, que le encantaban mis tetas. Imagínate cómo me quedé, que no sabía qué contestar ni qué decir, solo alcancé a colgar para poder respirar».

 

Existe cierto consenso en la academia al afirmar que la igualdad entre hombres y mujeres previene la violencia de género. Raquel López Merchan en su tesis doctoral sobre migrantes y víctimas de violencia de



 

 

 

Página 50



género, REVICTIMIZADAS, sostiene esa hipótesis: «La violencia es consecuencia del desequilibrio histórico entre ambos sexos, el cual hace que el hombre domine y se crea superior a la mujer, ejerciendo la violencia para mantener esa dominación». La también salmantina Luisa Velasco Riego, doctora en Psicología e inspectora de Policía Local, afirma que «la violencia de género es una manifestación de las desigualdades, y sus raíces permanecen encubiertas por el patriarcado. La violencia ejercida por el hombre contra la mujer se manifiesta como el símbolo más brutal de la desigualdad en nuestra sociedad. Se trata de una violencia que se dirige sobre las mujeres por el mismo hecho de serlo, por ser consideradas por sus agresores carentes de los derechos mínimos de libertad, respeto y capacidad de decisión».

 

Pero otras académicas, como Begoña Pernas, ponen en duda esa premisa, ya que han observado que al quebrar el modelo de familia tradicional y con la promulgación de leyes que materializan tanto la igualdad formal como la real ya no existen límites institucionales, y «la ideología se convierte en la base de la intimidad y es lo que se despliega con un programa de terror». En su opinión, no debemos combatir la desigualdad para disminuir la violencia, sino porque es uno de los más importantes valores de nuestras sociedades democráticas.

 

España, como el conjunto de espacio público, como el conjunto de sus calles y plazas, sus centros de trabajo, sus centros educativos, sus lugares de militancia, ocio y cuidados, ha sido hostil para las mujeres. Desde lamentar que ESPAÑA NO ES UN PAÍS PARA COÑOS, hasta poder afirmar que hoy España es otra, por muchas batallas que nos queden por librar, ha sido necesario un ejercicio valiente de miles de mujeres que han puesto sus vivencias, sus experiencias, su tiempo, su intimidad, su salud física y mental, en acompañar a otras, pero también en reeducar a la sociedad. Porque no es solo cuestión de contar lo que nos han hecho, es dotarnos de una conciencia social, de propiciar una transformación formal, real y legal para que no vuelva a ocurrir. Es contarnos entre nosotras, y también contarles a ellos hasta que se den por aludidos.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 51



 

 

 

 

 

 

1

 

Urbanismo

 

 

 

 

 

 

Un barrio logrado es un lugar que mantiene sus problemas a una distancia tal que no se deja destruir por ellos. Un barrio fracasado es un lugar abrumado por sus defectos y problemas y progresivamente indefenso ante ellos. Nuestras ciudades contienen toda la escala deéxito y fracaso. […] Está de moda suponer que unos toques de buena vida crearán un buen barrio: escuelas, parques, casas limpias y demás. ¡Qué fácil sería la vida si así fuese! Qué encantador sería poder controlar una sociedad tan complicada y terca con solo derramar sobre ella unos simples bienes materiales. En la vida real las causas y los efectos no son tan simples.

 

JANE JACOBS, Muerte y vida de las grandes ciudades

 

 

 

ÉXODO RURAL

 

 

Empecemos por el principio. Se lo debemos a quienes cargaron hatillos y ahorraron labrando un desagradecido campo para ofrecer a las siguientes generaciones algo más allá que la vara de los olivos o el polvo en los zapatos. A nuestras abuelas y a las mujeres que encalaban las fachadas de las casas, que regaban las flores y preparaban los patios, que embotellaban pisto, que azuzaban los braseros, que limpiaban las losas de los cementerios, que confeccionaban las ropas que visten los santos en procesión. Eran y son las mujeres las responsables de que aún haya un pueblo al que ir. Cuando murió la abuela de Sindy la familia dejó de tener razones para volver, «las nevadas nos tiraron el tejado y la casa se empezó a caer, el Ayuntamiento nos buscó para decirnos que era un peligro, que se iba a demoler».



 

 

 

 

 

Página 52



Fue en esa TIERRA DE MUJERES donde nuestras abuelas se vieron obligadas a renunciar a una educación y a una independencia para dejarse las manos trabajando las eras y cuidar de sus familias. La titularidad le sigue dando visibilidad a los hombres, ellos acuden a las ferias y hacen los tratos. Los abuelos de Salomé (58 años) son de pueblos colindantes de Cantabria, y sus padres llegaron a Santander, «porque le salió trabajo en la fábrica a mi padre. Mi madre fue ama de casa, que no es poco porque somos cuatro hermanos». Nuestras abuelas mataban vacas que no estaban a su nombre para que sus hijas tuvieran carne de matanza en casa, y a los pulmones de estas llegó el hollín y el amianto de los monos de trabajo que no vistieron. Hoy en día, Salomé tiene uniforme propio como funcionaria de Correos.

 

La expansión urbana de nuestro país se sustentó en una migración traumática que esparció a las familias y provocó un desarraigo generacional, los abuelos se quedaron en la aldea, los padres en el pueblo, y los nenos en la ciudad, por lo que muchas fuimos criadas desprovistas de una red familiar que sostuviera a nuestras madres. Mientras Natividad solo pudo emplearse limpiando casas las horas en las que su hija estaba en el colegio porque no tenía cerca a ninguna abuela que pudiese ir a recogerla, Marta espera que la trasladen cerca de su familia para asirse a su ayuda. «Mis abuelos estaban en Galicia, pero nosotras vivíamos en Euskadi cuando mi madre enviudó, así que le tocó volver para no estar sola», recuerda Rosalía.

 

No viviríamos en grandes urbes, hacinadas y sobreexpuestas a la prisa, si no se hubiese decidido desde las administraciones públicas que en la ciudad se concentrasen, injustamente, las oportunidades laborales y los servicios esenciales del catálogo de prestaciones del estado de bienestar. El país que somos se gestó con el desarrollismo franquista que propició una migración masiva hacia los polos industriales de Cataluña y País Vasco desde los años cincuenta. En paralelo, Madrid se erigió como una capital burocrática y el estallido del turismo propició rápidamente el crecimiento económico de las costas mediterráneas.

 

Con «actitud urbanocéntrica» despreciamos las actividades agrícolas y nos enfadamos cuando un tractor nos ralentiza. Nos gusta el aceite, pero no el olor de la almazara. A las creativas del pumpkin café latte les gustan las sillas de mimbre a la fresca, pero evitan a las gitanas que las bajan al portal de la VPO. En todo el mundo se han sumergido pueblos para que



 

 

 

Página 53



EL CALLEJERO

los núcleos urbanos contasen con luz y agua. Plantar girasoles para comer pipas es un pulso a la hiperproductividad de las ciudades, pero se han segado para instalar molinos eólicos a fin de alumbrar las grandes avenidas.

 

Para algunas de nosotras ya no hay genealogía, ni pueblo originario, ni existe una casa encalada que conecte de dónde venimos con adónde vamos. Melania, a sus 54 años, desde el barrio madrileño de San Cristóbal, recuerda que «nosotros no teníamos un pueblo al que ir en verano. Un abuelo de Extremadura y un bisabuelo de Soria vendieron para venir a la capital, así que no había un sitio al que volver. Lo más parecido a un pueblo que conocí era la casa de mi abuela en Vallecas, que tenía un patio». Miriam, a sus 43 años, comparte la misma carencia: «Lo típico de cuando eres pequeña, que se iban mis amigos al pueblo, yo no sé lo que es tener pueblo. Mis abuelos y mis padres ya son de Leganés». En otras ocasiones, esas ventas se produjeron hace tanto que no hay quien sepa describir en la familia a qué olía la cebada: «Yo les pedía a mis padres un pueblo como les había estado pidiendo una hermanita», añade Sol.

 

En las periferias, el paseo de Extremadura señala de dónde venimos. alude a los pueblos de Toledo, todos los caminos nos llevan

 

al sur originario y los nombres de las calles hablan de quienes las habitan. Los prejuicios hacia quienes vivimos en el extrarradio de las ciudades no es más que una adaptación clasista de esa visión urbana que desprecia a quienes crecieron en los pueblos y hoy habitan los barrios.

 

Desde finales del siglo XIX, mientras las familias empobrecidas abandonaban el campo y los pueblos, en las ciudades se les hacía hueco gracias a las desamortizaciones de algunos bienes eclesiásticos que pasaron directamente a manos de la burguesía. En CAPITALISMO Y MORFOLOGÍA URBANA EN ESPAÑA se demuestra la privatización de las propiedades comunales y la especulación con los bienes de la Iglesia. La secularización supuso una oportunidad para que las clases dominantes adquiriesen amplios espacios de suelo en el interior de las ciudades. Se enriquecieron creando barrios enteros y también mercados, como el de la Boquería de Barcelona, alzado sobre el monasterio de Jerusalén. Aquella súbita concentración de población supuso un debilitamiento generalizado en las condiciones de vida de los hogares de los migrantes. Lo que hace setenta años podrían ser asentamientos en las periferias urbanas, hoy son



 

 

 

 

Página 54



infraviviendas en los bajos del extrarradio. Lucía aún lo recuerda: «En los años cincuenta-sesenta, a Madrid llegaron sobre todo campesinos de pueblos de Extremadura y Andalucía, pero también de muchas otras zonas, atraídos por un desarrollismo industrial incipiente. Trabajaban en fábricas y en la construcción. Empezaron a crearse núcleos de chabolas en los suburbios. En Vallecas, por ejemplo, se construían las chabolas en una noche y una vez que tenían techo no podían derribarlas. Las familias se ayudaban entre ellas en estas construcciones. Y así se construyó la mitad de Vallecas». Fueron LOS AÑOS DEL BARRO.

 

El final feliz es triunfar en la ciudad: salir de la aldea y comenzar una nueva vida cosmopolita da respuesta a un ideal meritocrático, pero también a una concepción del pueblo como origen, nunca como destino. Con 28 años, Sandra representa ese movimiento migratorio desde la capital de provincia, Sevilla, a la del Estado, Madrid. Y de ahí al extranjero, porque la inversión en formación y la expectativa sobre nuestro propio futuro va más allá de las oportunidades nacionales: «Primero me fui a Madrid, y ahora estoy viviendo en Varsovia. Siempre he tenido claro que en Andalucía no me podía construir una vida en condiciones a nivel laboral, a no ser que me quisiese dedicar al turismo o a la función pública y prepararme unas oposiciones para la Junta. Pero para dedicarme a la consultoría sabía que me tenía que ir a Madrid, y no solo por la oportunidad laboral, es que en Sevilla solo me ofrecían quedarme en la universidad como una eterna becaria. Por mucho que sea más barato vivir en Andalucía… en mi ciudad está tan caro el alquiler como en Madrid, así que el viaje compensa porque los sueldos son más altos. Claro, compartiendo piso en la Ventilla, que, aunque está al lado de las Cuatro Torres, es un barrio humilde. Como becaria en Andalucía no llegaría a los mil euros, en Madrid gano mil quinientos o mil ochocientos, por lo que pagar el doble por una habitación, hasta quinientos euros, compensa. Y luego acabé en Varsovia porque no había hecho ningún máster, ninguno me llamaba la atención, y vi esta oferta en el Colegio de Europa. En Consultoría de Fondos Europeos, en Madrid, ganaba dinero, pero no es algo que a mí me interese».

 

Sabrina tiene 27 años y es consciente de que en su pueblo no hay oportunidades laborales para ella: «Solo hay campo, trabajo de albañilería, o la opción de montar una tiendecita o un bar. Si me quiero dedicar a lo que he estudiado (Turismo y ADE), me tengo que ir a Sevilla ciudad, o



 

 

 

Página 55



incluso a Madrid o Barcelona». En esa mención a Madrid se refiere a la ciudad, tal y como expresa Esther (25 años) desde uno de los municipios del norte de la región: «Ahora estoy estudiando Trabajo Social y ya encontrar algo en Madrid me ha costado. Así que sé que, cuando acabe, mi sitio no estará en el pueblo. Tengo claro que, si quiero evolucionar a nivel personal y profesional, tengo que salir».

En nombre de ese progreso, despreciamos lo pueblerino y reivindicamos lo cívico, hasta el punto de denominar con gentilicios las posiciones socioeconómicas. Juan Marsé enunciaba en ÚLTIMAS TARDES CON TERESA que en Barcelona el término «charnego» era más gremial que geográfico. Aunque nació como etiqueta asociada al simple desplazamiento de personas, al tránsito, se utiliza como un adjetivo despectivo hacia la migración proveniente de regiones de habla no catalana. Para las personas señaladas, como Sonia o Núria, que rondan los 40 años y lo oyeron más de una vez durante su infancia, es un descalificativo. Las connotaciones peyorativas de esa etiqueta, afirma el escritor Javier López Menacho, son «el resultado de las tensiones territoriales del país, de la lucha de clases, del orgullo migrante, de la aporofobia y del odio xenófobo».

 

Desde la orilla del Nervión, Ainhoa (58 años) recuerda cuando se insultaba con aquello de maquetos en Bilbao: «Mis padres son de aquí y mis abuelos también. Los que se trasladaron fueron mis bisabuelos. Llegaron con las primeras oleadas de migrantes a trabajar en las minas. No venían de muy lejos: de la Vizcaya agrícola del interior, de Álava, Burgos y Cantabria. Tengo apellidos castellanos y vascos, y de niña sí tuve que aguantar alguna pulla por apellidarme González». Cuando Edurne (49 años) le comentó a su hijo que iba a hablar conmigo sobre sus bisabuelos porque eran emigrantes en la Margen Izquierda, el pequeño se quedó perplejo: «Me ha preguntado que por qué, si no eran sudamericanos. Claro, como tú ahora ves a la inmigración latinoamericana se veía entonces a quien provenía de Andalucía, de Burgos, de Galicia… que llegaba con el mismo interés que ahora traen desde Latinoamérica o desde el Este. Vienen a buscarse la vida». Vienen desde lejos para encontrar una vida mejor, como antaño se fueron y muchas personas hoy se siguen yendo. Las clases trabajadoras nunca nacemos cerca de las oportunidades de prosperar.



 

 

 

 

 

Página 56



El bar El Asturiano o El Extremeño, la tapería andaluza o la pulpería gallega son los precursores del kebab, el chino o el senegalés. Restaurantes gestionados por emigrantes a los que no les reconocemos su formación, solo queremos que nos sirvan. Ese reemplazo de jóvenes de provincia por jóvenes inmigrantes se observa también en el campo, en el sector servicios, en la construcción, en los cuidados de mayores, en quienes habitan las peores viviendas de la periferia y en las víctimas de explotación sexual.

 

A los descalificativos que recurren al origen se unen aquellos que apelan al acento. Virginia, una cartagenera de 27 años, notó en cuanto entró en la universidad que «tener acento del sur es algo que te menosprecian, a ver qué historia les vas a contar tú con esa pronunciación». También Idaira a sus 50 años, desde Lanzarote, lamenta que los turistas «dependiendo de la zona de la península de donde vengan, más hacia al norte o a la mitad… Sí que se ríen bastante de nuestro acento y nos hablan imitando el chacho, o nos llaman aplatanados porque vamos a otro ritmo». Antonio Martín Piñero, lingüista de la Universidad de La Laguna, observó en sus investigaciones que hay quien califica la entonación canaria como «de gente vaga y aplatanada». Incluso entrevistó a un empresario, insular, que reconoció que no contrataba a gente «que no sepa hablar porque da mala imagen. O español neutro o canario suave». Sabina Urraca define la glotofobia como la discriminación a causa del acento, y denuncia que «es el último prejuicio, el resquicio que aún permanece, sorprendentemente aceptado, entre personas que se dicen abiertas de mente, tolerantes».

 

Lo del sur no es una cuestión de latitud, sino de clase. Amanda, a sus 27 años y trabajando como maquilladora a domicilio, recuerda una delirante escena en el municipio más rico de España: «Según la atendía, le hablaba sin marcar el acento de barrio, pero acabamos tratando otros temas y me relajé, y la señora preguntó si era extranjera, porque tenía acento de otro lado. Cuando le dije que era de Aluche, se empezó a reír, a mearse encima, vamos, y me dijo que le parecía súper exótica. No lo hacía con maldad, lo acojonante es que le parecía súper exótica de verdad, por ser de Aluche, que está a diez minutos de Pozuelo».

Las dinámicas centro-periferia operan más allá de la geografía, son interacciones coloniales. En los márgenes habitan quienes se mantienen en posiciones subalternas a los centros de poder. Hubo un sacrificio cuasi



 

 

 

Página 57



religioso de nuestros pueblos (recordemos todos aquellos que fueron inundados para abastecer de luz a las incipientes periferias) que a su vez albergaban la demanda de familias trabajadoras sin las que el desarrollismo industrial y técnico, y después tecnológico y de servicios, no se hubiese podido producir.

 

Además del agua para calmar LA SED, el principal valor que donaron los pueblos a las ciudades fueron las mujeres jóvenes que se ocuparon en las urbes, muchas sirviendo, tras renunciar al campo y a casarse. Las nuevas economías y servicios favorecieron la independencia de las solteras de clase media y con formación, que protagonizaron una huida ilustrada. Aunque pocas podían afrontar el coste de esa libertad ciudadana, su subordinación a la tutela masculina era menor.

 

Se promovieron caravanas de mujeres ahí donde se les había negado explotar las tierras, y se las trataba como a ovejas en trashumancia. Aún hay quien se pregunta ¿POR QUÉ SE VAN LAS MUJERES? en plena era de la romantización de las sociedades rurales y aisladas, como si la falta de oportunidades de empleo, la estructura social y los roles que tradicionalmente tenían asignados no fueran motivo suficiente. Quien no sea joven, de clase media ni tenga una formación valorada en la ciudad tendrá que sobrevivir como pueda en esa ESPAÑA VACÍA Y OPRESIVA, que describió Berna González Harbour tras la lectura de UN AMOR y LA FORASTERA: «Los libros de Sara Mesa y Olga Merino nos recuerdan por qué vivimos en la ciudad».

 

La poesía neorrural es propia de los nómadas digitales que explotan a los que han de quedarse en la ciudad para que les entreguen los pedidos de Amazon mientras ellos juegan al Botanicefa Plus. Aunque haya una literatura de NEORRANCIOS que confunde los recuerdos de la infancia en el pueblo con la experiencia rural, aún hoy siguen descapitalizándose las ciudades intermedias en favor de Madrid y Barcelona. Carmen, a sus 40 años, menciona que es «de un pueblo más pequeño. Pero bueno, para poder estudiar en el instituto y todo, pues me fui a Tarragona con 14 años». A los 32, Laura reconoce que «en mi pueblo era imposible ser logopeda, ni trabajar en un laboratorio. A raíz de la pandemia me ofrecieron este centro de investigación por seis meses, vine a Albacete, y ya llevo más de un año». El grupo extremeño de punk 6PK le canta en uno de sus temas a ese amigo que hace las maletas y se va: «¿No te da pena



 

 

 

 

Página 58



partir? ¿Abandonar tu lugar? Tus calles, tus bares y el equipo local». Es particularmente romántico este último detalle. La patria de muchos jóvenes tiene como territorio los bares de su pueblo, los locales de las peñas en fiestas y los campos de tierra; los colores de su equipo son su bandera. Sus lugares de referencia son espacios que en demasiadas ocasiones han resultado especialmente hostiles para las mujeres. Lo tiene bastante claro otra de las entrevistadas: «En las fiestas del pueblo, sabías que a partir de una hora… cuando ya solo quedaban chicos, lo mejor que podías hacer era volverte a casa». ¿Cómo no te vas a ir?

 

 

 

LAS CIUDADES EN LAS QUE VIVIMOS

 

 

Las urbes se han configurado como destino, como un lugar para vivir en el que hay de todo. A todas horas. En todas partes. Hay mucha gente. Hay universidades. Hay trabajo. Hay cines. Hay bares que ponen tostas con aguacate. Hay discotecas con ginebras de colores y futbolistas canteranos. Se estrenan obras de teatro de actores que salen por la tele. Te encuentras con famosos. Si no te gusta tu pareja, buscas otra. Incluso puede que busques otra y tu pareja también se la busque y felices los cuatro. Total,

 

HAY  MÁS CUERNOS EN UN BUENAS NOCHES. ¡Vivan las ciudades que nos

 

permiten ser quien nos dé la gana de ser! ¡Vivan las ciudades que nos permiten expresar nuestra propia identidad! ¡Incluso podemos ser varias personas a la vez!

 

Esta última exclamación seguramente sea la más cierta de todas. Y no porque tengas relaciones líquidas y acumules amantes, sino porque cuando el trabajo era estable y para toda la vida, a ti te preguntaban quién eras y decías tu profesión, como todo el mundo. Ahora serás varias personas a la vez y no cotizarás a jornada completa por ninguna de ellas.

A las ciudades se llega a trabajar, no son ciudades que acogen, son ciudades que emplean: «Le salió trabajo a mi padre en la fábrica»; «Destinaron a mi padre aquí»; «No hay de lo mío en el pueblo»; «El primer destino de la opo es Madrid». Otras veces se llega con la esperanza de conseguir un contrato en algún momento, aunque hayas bajado del avión, del autobús, del tren, del coche, sin oficio: «Buscaba trabajo de interna hasta poder ahorrar, homologar el título y tener los papeles». En



 

 

 

 

 

Página 59



los bolsillos de quienes anhelan ganarse la vida en una ciudad cosmopolita hay más ilusiones que dinero.

 

La realidad para muchísimas personas es que vivir en una ciudad es una trampa. Una trampa de la que cada vez parece más difícil salir porque conforme dedicamos más dinero a permanecer dentro, se encarece el billete de vuelta. Zoe recuerda cómo durante «los años de universidad veía que muchos volvían a casa los findes, pero para mí era imposible. Cuando no tenía trabajo no podía pagar el autobús, y cuando era camarera, no podía ir». A las ciudades se llega porque se puede ganar dinero y cierta calidad de vida, aunque no tardamos en darnos cuenta de que lo primero no deja tiempo ni espacio para lo segundo.

 

Las diferencias con lo rural no se limitan al número de árboles o a los kilómetros de asfalto. La tradicional convivencia interclasista de un pueblo, donde hay pocos ricos muy ricos, y pocos pobres muy pobres, desaparece en las ciudades desiguales y estratificadas. La segregación urbana provoca una clara división de la ciudadanía por barrios según su renta, patrimonio, sector laboral o hábitos de consumo cultural. Esta distancia en la convivencia nos lleva a no mirar a quien es diferente, hasta el punto de no ver esas diferencias. Dejamos de empatizar con sus problemas. «Dicen que en Madrid hay tres millones de pobres, pues… ¿por dónde estarán?», se preguntaba un consejero autonómico en la capital con la brecha económica más pronunciada de Europa.

 

La separación entre el centro y la periferia no se puede trazar con un tiralíneas. No se define uno y otro a partir del número π. No es la geometría, sino la demografía la que nos señala que en el centro viven las que rompen el techo de cristal, y en la periferia quienes lo barren.

 

En nuestras ciudades, los ríos juegan un importante papel en la división de rentas. El Guadalquivir, el Nervión, el Tajo, el Ebro, el Turia o el Manzanares son fronteras naturales, eso es indiscutible, pero la renta media per cápita de cada una de sus orillas son el resultado de un compendio de voluntades políticas. No señalar a sus responsables sería un ultraje: numerosas personas se han esforzado con ahínco durante las últimas décadas para que el modelo funcione. «Cuando mi madre abrió la tienda en Triana, le decían los repartidores que a este lado del río era peligroso venir, que fuese ella a por el género», recuerda Pepa.

 

Uno de los que más empeño puso en definir la sociedad que vivimos fue Carl Schmitt. «No existen ideas y políticas sin un espacio de



 

 

 

Página 60



referencia, ni espacios o principios espaciales que no correspondan a ideas políticas», afirmaba este jurista nazi alemán que huyó a Madrid evitando escala en Núremberg. La serie The Man in the High Castle, producida por Amazon Prime, ficciona un mundo distópico tras la victoria del Eje en la Segunda Guerra Mundial. Para saber cómo hubiese sido el día a día de millones de personas en la década de los sesenta bajo un régimen fascista, no hacían falta guionistas, sino historiadores: bastaba con estudiar la España de Franco.

 

La ciudad no es un fenómeno natural, ni biológico, sino una organización administrativa que trata a sus vecinas, a su ciudadanía, a sus turistas, a sus desempleadas, a sus precarias, a sus dependientes, tal y como la voluntad política ha querido que sean tratadas. El calor en verano es un fenómeno natural, pero la tala de árboles y las plazas duras sin sombras son una decisión política. Quienes deciden hoy que nuestras suelas ardan sobre calles sin sombras han leído a Schmitt, ni son unos ignorantes ni ha habido falta de previsión. Si los bancos públicos estuviesen a la sombra no estaríamos dispuestas a pagar cuatro euros por un tinto de verano en una terraza.

 

Las ideas políticas de la industrialización han diseñado ciudades orientadas a la productividad. En el espacio público, se le ha dado preferencia a los sujetos empleados en la actividad económica, los hombres, que se desplazan en coche desde su casa hasta la fábrica. «Yo no suelo ir en coche al trabajo porque donde están los coles no hay dónde aparcar. Mi marido sí lo coge, porque en los polígonos no tiene problema», apunta Irene. Ni siquiera las peatonalizaciones modernas responden a un diseño de LA CIUDAD DE LOS CUIDADOS que mayoritariamente asumen las mujeres, sino que se proyectan a partir de las preferencias de consumo turístico y de la cuenta de resultados de los fondos de inversión que monetizan nuestras calles, nuestras casas, nuestras stories de Instagram y nuestros hashtags.

 

En España no necesitamos preguntarnos qué pasaría si hubiese ganado el fascismo, pero sí qué hubiese sido de nuestro urbanismo si Matilde Ucelay, nuestra primera arquitecta, no hubiese sido apartada de su oficio y depurada durante la dictadura junto a tantos profesionales de todos los ámbitos contrarios al régimen. Debemos atrevernos a imaginar qué hubiese sido de nuestras ciudades si en nuestro pasado más reciente, arquitectas con responsabilidades políticas, como la exconcejala Itziar



 

 

 

Página 61



González, no se hubiesen visto incapaces de ponerle freno a la turistificación y al saqueo urbanístico (que llegaron a los juzgados como caso Ciutat Vella y caso Palau de la Música, por poner dos ejemplos). Nuestro espacio público, la disposición de nuestros barrios, la proyección de nuestros ensanches, son hoy el resultado de un modelo económico basado en la especulación del suelo, la corrupción política y la segregación urbana.

 

Observando de nuevo las fronteras naturales, el discurso meritocrático, que advierte que las desigualdades de clase son la consecuencia orgánica de los talentos individuales, no explicaría por qué siempre hay una ribera más rica que la otra. ¿Qué extraño fenómeno lleva a concentrar en una orilla a los talentosos? Defender esta postura lleva a justificar que la pobreza es consecuencia de la falta de esfuerzo, y que vivir en zonas empobrecidas es fruto de solo relacionarse con gente igual de vaga que tú, que no se ha sacrificado lo suficiente para conseguir mejores viviendas, equipamientos o servicios. Si quieres vivir mejor, tienes que salir del barrio.

Esas mudanzas se plantean como viajes personales, pero en realidad las migraciones no son el resultado de decisiones individuales, sino de estrategias de supervivencia colectiva. En muchos casos, el origen geográfico determina el destino gremial: a Madrid fueron tantos asturianos a emplearse como aguadores que se daba por hecho que todos los aguadores eran asturianos. En la actualidad hay tantas familias de origen paquistaní regentando tiendas de alimentación en Barcelona, que a las tiendas de alimentación se las conoce como pakis.

 

El desarrollo de infraestructuras de transporte fue el gran llamamiento de trabajadores hacia las ciudades. En la Ciudad Condal, Dolores ha observado cierta correlación entre los orígenes y la ocupación en los municipios del cinturón rojo: «El metro de Hospitalet lo hicieron los murcianos, y así está Hospitalet, lleno de murcianos». Gema, de 43 años, señala cómo en Alicante aún hay gent de la de tota la vida que recuerda a las familias de castellanos y andaluces que «vinieron con la autopista. Vinieron obreros. Algunos solos, otros con la familia. Vinieron a hacer las obras de la autovía del Mediterráneo en los años noventa y muchos se quedaron. Ellos, los forasteros, fueron los primeros, prácticamente, en vivir en fincas, en bloques de pisos. La gent de tota la vida vivía en casitas bajas». Unos años antes llegó la migración a los Altos Hornos, en Bilbao.



 

 

 

Página 62



Ainhoa aún se acuerda de que «mi familia vivía en la Margen Izquierda y una de mis abuelas, que era de la Margen Derecha, hablaba de nuestro barrio como un demérito. Vivíamos en los bloques de viviendas que la fábrica ponía a disposición de los trabajadores. Eran empresas muy paternalistas: pagaban un seguro privado, venían a ponernos las inyecciones y las vacunas a casa, y hasta les hacían regalos a los hijos de los empleados por Reyes».

 

Esas diferencias obvias entre nativos y emigrantes subrayan una homogeneidad social en el entorno acaudalado que es opuesta a la evidente y sustancial diversidad de la de su némesis empobrecido: familias que si bien no comparten origen, cultura, religión, formación o profesión con aquellas que se consideran nativas, tampoco la comparten entre sí. Retomando la memoria de Ainhoa, se vislumbran las jerarquías internas entre los recién llegados: «En mi barrio, a pesar de ser paupérrimo, también había clases. Mi madre notaba que a mí, por vivir en las casas de la fábrica, no me invitaban a los cumpleaños. Yo no le daba ninguna importancia; mi madre, sí. Ella tuvo siempre esa espinita clavada».

Los mapas turísticos de nuestras ciudades nos recuerdan que hubo un tiempo en el que eran más pequeñas y estaban cercadas por murallas. En Berlín, basta unir los puntos de las paradas de metro que acaban en tor, puerta, para vislumbrar cómo fue el antaño de la ciudad más grande de la Unión Europea. El mismo miedo que en su día levantó murallas ha alzado muros. Hoy ese pavor al pobre salvaje que se imagina peligroso, esa intolerancia al migrante que no puede permitirse una golden visa en un barrio caro, sigue operando en el diseño de nuestro entorno con elementos que no precisan de centinelas ni de concertinas, pero que permiten mantener una adecuada segregación urbana. Es el caso de la autopista en Badalona, las vías del tren en el Polígono Sur de Sevilla o en el barrio de Entrevías del madrileño Puente de Vallecas. «Cuando tiraron el Calderón, plantearon con las asociaciones de vecinos las nuevas instalaciones y, en las reuniones, algunos de Arganzuela se negaban a que hubiese un nuevo paso desde el barrio de San Isidro. Decían que eran barrios de rentas muy diferentes como para pasar directamente de uno al otro», apunta Irene. Que las fronteras naturales, los ríos que atraviesan prácticamente todas las ciudades españolas, carezcan de puentes a la altura de los barrios más empobrecidos da buena cuenta de a quién se le reconoce el derecho a cruzar.



 

 

 

Página 63



Nos cuesta reconocer que se hayan diseñado nuestras ciudades pensando en la renta de quién vivirá a cada lado de la acera, pero aceptamos las tesis que mencionan el auge de la ultraderecha en Francia por los guetos de población de origen migrante, que irá ya por su cuarta generación. Núria González mencionó la frontera que supone la autopista en Badalona, y cómo se considera que, realmente, a ese lado de la misma no estaban en la ciudad: «Mi barrio es el Santo Cristo, obrero y del extrarradio. Aquí llegó todo el mundo a trabajar desde Andalucía, desde Galicia… mi madre era administrativa y mi padre mecánico. Eso de que trabajaran los dos y que yo no tuviera hermanos (hasta los dieciséis años) nos permitió vivir un poquito mejor que, por ejemplo, mi vecina. Los sábados por la tarde podíamos bajar a Badalona a comernos un frankfurt. En la ciudad está muy marcada la frontera entre la autopista y la playa. La autopista sigue siendo una cicatriz». Badalona, cinturón rojo de Barcelona, ha proyectado su propio extrarradio. Qué es centro y qué es periferia no se acota con la calculadora, pero pocas familias tendrán por costumbre los sábados por la tarde ir de un punto de la ciudad a otro si no parten desde las afueras y tienen como destino el centro.

 

No hace tanto tiempo, ir de la periferia al corazón de nuestras urbes era ir a la ciudad. «Mi madre aún habla como mi abuela, cuando Vallecas era un pueblo», dice Fani, que ha montado con 41 años una peluquería en el salón de su casa de toda la vida. Los barrios eran autosuficientes y muy pocos productos de consumo o servicios no quedaban cubiertos en las compras que atareaban día a día a las amas de casa, cuya renta hacía inaccesible la oferta diferenciada que se podía encontrar en el centro. Hoy en día, los centros comerciales de las afueras han dinamitado el pequeño negocio y el ocio local. Si quieres comprar una nevera o ir al cine, tienes que coger el coche.

 

Lo más parecido a la «ciudad de los quince minutos» que hoy tanto se reivindica fueron los barrios del sindicato vertical, las colmenas y las colonias obreras. La más icónica es Ciudad Pegaso, que empleó a sus vecinos, los pegasinos, y cuyas fiestas populares las protagoniza San Cristóbal, patrón de los conductores. Las nietas de las Obreras sin Fábrica recuperan la memoria de las mujeres de los operarios de la empresa automovilística: «Se crea Ciudad Pegaso como una burbuja en la que todas las necesidades se cubren desde el barrio. En el primer edificio de la avenida Quinta vivían las maestras. En cada edificio de servicios que se



 

 

 

Página 64



crea, se le entrega una vivienda a la gente que allí trabaja: el guardés, los médicos, la matrona… todos vivían aquí. La gente que vive aquí trabaja aquí».

 

La fábrica está en el kilómetro 14 de la carretera de Barcelona (la actual A-2), a las afueras de Madrid, y los operarios llegaban a trabajar en autocares. En 1967, se publicó una tesis sobre Ciudad Pegaso en la que se recoge un mapa con el registro de los empleados y sus familias, junto a su lugar de procedencia, en el momento del éxodo rural que los atravesó, «y hace una correlación entre los puestos de los procedentes del norte y los del sur. Los primeros tienen mejores puestos y mejores empleos», me explican las responsables del proyecto. «Los que llegaban desde León o Bilbao estaban cualificados, mientras que quienes venían de Castilla-La Mancha eran generalmente peones».

 

La colonia obrera sufrió su propio conflicto generacional por el acceso a la vivienda: «Nuestros padres iban de la escuela de aprendices a la fábrica. Pero, claro, los pisos son lo que son, no se han construido más. Nuestros abuelos tuvieron muchos hijos, y teniendo en cuenta la solución habitacional disponible, sí que ha habido gente que ha entrado a trabajar en la fábrica y se ha quedado en el barrio. Pero nosotras, que nacimos en los noventa, nos hemos tenido que ir. Yo vivo en Vicálvaro y ella en Vallecas. Ahora mismo es imposible residir aquí, no hay casas para todos». Claudia recuerda que este fenómeno no es tan reciente, «eso ya le pasó a mi tío, que hoy tiene 67 años y trabajaba en la fábrica. Se tuvo que ir a Canillejas. Otros se trasladaron a Alcalá de Henares, o a Torrejón de Ardoz. No había suficientes casas. Ahora mismo, desde la construcción del Plenilunio y el Metropolitano [ambos se ven desde donde estamos: el centro comercial Plenilunio se inauguró en 2006, y el estadio del Atlético de Madrid alberga a la mejor afición del mundo desde la temporada 2017/2018], los precios han subido muchísimo, no tanto por el aeropuerto (Barajas), que siempre ha estado ahí… Al final la gentrificación ha hecho que quienes hemos nacido y crecido aquí tengamos que irnos. Están haciendo viviendas a partir de locales comerciales. Pero viviendas para Airbnb, que para los del aeropuerto y los que vienen al fútbol, para noches sueltas está bien. Son zulos. La panadera ha cerrado y ahora en su tienda están montando un Tecnocasa». El ocaso de los oficios que producían cosas ha sido un éxito para las industrias de servicios que nos venden experiencias. Los establecimientos se instalan en los centros comerciales



 

 

 

Página 65



de las afueras, mientras las sedes se concentran en las zonas más emblemáticas de la ciudad, reconvirtiendo apartamentos en oficinas y despachos.

 

Así como podemos comprobar el reparto de África con escuadra y cartabón, y el diseño de las colonias obreras con una segregación urbana que respondía al tipo de puesto de trabajo, podemos advertir la voluntad estratificadora del Plan Castro en la construcción del Gran Madrid. Prácticamente un siglo y medio después de su creación, permanece impertérrito en renta, empleo y esperanza de vida a cada lado de la diagonal de la desigualdad. Los ensanches de la capital, así como los de Valencia o los de Bilbao, venían motivados por un deseo de categorizar y jerarquizar a la ciudadanía: en el centro quienes pueden diseñar y disfrutar el modelo, en los márgenes quienes lo producen y padecen. En su novela RAYOS, Miqui Otero aprovecha la ficción para lanzarnos la más certera de las claves en la segregación urbana de la Ciudad Condal a partir de la upper Diagonal: «Los pijos de Barcelona acabarán viviendo en una estación espacial, porque son muy aficionados a tomar zonas cada vez más altas». En unos años se rebuscará en la literatura una crónica de la capital de Catalunya, y ahí estará Otero, como lo estuvo Juan Marsé.

 

También Galicia se segregó por rentas, aunque a Rosalía las diferencias no le parecen tan drásticas: «El barrio de Labañou era uno de los extremos de A Coruña, entonces… Bueno, como los extremos siempre son así, pues son como más residuales. Al lado estaba ya una zona de pescadores, de gente humilde y luego con el tema de las drogas y demás…, pues bueno, había tres o cuatro barrios que no eran muy estupendos, pero con los años, a ver, pues ha ido mejorando todo, han ido construyendo más edificios. Se ha venido a vivir más gente, lo han organizado todo más que antes. Había mucha casa pequeña, ¿sabes? Como restos de pueblito que se van quedando ahí en medio, y bueno, descampados entre los edificios y demás. Se ha ido organizando todo. Es una zona normal que ahora se llama Ciudad Escolar. Y, a ver, quieras que no, le ha dado vida y calidad al barrio. Sigue siendo de gente trabajadora, sigue habiendo casas sindicales y sigue viviendo gente con recursos limitados, pero ahora somos un barrio normal. Creo que A Coruña es bastante homogéneo. Sí que hay barrios bien, pero esos están en la zona centro, que es la zona-pija-súper-mega-guay y lo ves ya simplemente por el tipo de gente que camina por la calle».



 

 

 

Página 66



Esas diferencias en el habitus que menciona Rosalía evocan a la película In Time, en la que el tiempo es lo que nos permite cubrir nuestras necesidades y darnos lujos. Distrito a distrito, en la película, parece que no cambia nada, pero se advierte un estilo de vestir distinto, una forma de caminar hiperactiva en los barrios pobres y calmada en los acomodados. La rebelde chica rica que protagoniza la cinta, prendada de un pobre salvaje, lo advierte: sé que este no es tu barrio porque comes muy rápido. Los ricos llegan a viejos, los pobres mueren jóvenes porque no heredan y pagar el alquiler les exprime la existencia. Esa dualidad en la esperanza de vida también se puede comprobar prácticamente en todas las ciudades de España; si quieres, prueba a consultar nuestro futuro en los Mapas de la mortalidad. Se vive menos y peor en la periferia empobrecida. Cada vez que las cosas mejoran un poquito, nuestros barrios se gentrifican.

 

 

 

VENTA AMBULANTE DE MUJERES

 

 

En los planes generales de ordenación urbana, están ideados servicios públicos, espacios dotacionales, comercios, zonas verdes, oficinas y fábricas con acceso a las autovías, pero también está trazada la sexualización del cuerpo de la mujer, la orografía del sexo de pago.

 

Es pertinente denunciar en este epígrafe, enmarcado en la migración del campo a la ciudad, el diseño urbano, el uso de los espacios públicos y el acceso a la vivienda, que la prostitución y la trata son violencia machista. Beatriz Gimeno, directora del Instituto de las Mujeres en el Ministerio de Igualdad dirigido por Irene Montero, sostiene que el estigma de clase está profundamente ligado a LA PROSTITUCIÓN, y que «no podrá desaparecer mientras permanezcan inalterables las condiciones sociales y económicas en las que se produce».

 

La localización de los espacios reservados para la prostitución de los cuerpos femeninos y feminizados se proyecta incluso antes de que las recalificaciones del suelo se lleven a Pleno. Apenas Sheldon Adelson planteó la posibilidad de ubicar Eurovegas en Alcorcón, algunas asociaciones de empresarios de clubes de alterne hicieron cuentas de a cuántos locales tocaban por casino. En CONTRAGEOGRAFÍAS DE LA GLOBALIZACIÓN, Saskia Sassen destaca cómo algunos Estados asiáticos ya



 

 

 

 

 

Página 67



han integrado la prostitución dentro de sus industrias del ocio y del espectáculo.

 

España es uno de los principales destinos turísticos del mundo, lo que ha tensionado el precio de la vivienda y la oferta de ocio; también es uno de los países con mayores índices de consumo de prostitución, ¿son dos fenómenos aislados? No solo es la oferta de sol, playa y gastronomía mediterránea lo que atrae a turistas e inversores. Si en Madrid no hay playa, y se come bastante peor que en otras ciudades, ¿por qué es la elegida para el circuito urbano de la Fórmula 1? En la capital hay identificados casi un millar de pisos utilizados como prostíbulos. En Barcelona, no hay convocatoria del Mobile World Congress sin titulares que vinculan a congresistas con el consumo de prostitución; en Baleares los paquetes turísticos incluyen concursos de felaciones bajo la etiqueta de mamanding. El sexo de pago es un evento más en nuestras ciudades, sometido a la misma evaluación que los riders o los restaurantes. Fue Torbe, condenado productor de películas porno, el que impulsó esa especie de TripAdvisor para puteros en el que no solo deshumanizaban a mujeres prostituidas en sus comentarios, sino que utilizaban las reseñas para extorsionarlas y conseguir sexo gratis a cambio de no destruir su reputación en el foro.

 

La industria de la prostitución se nutre de la pobreza, de la discriminación y de la exclusión social derivadas de la Ley de Extranjería. Beatriz Ranea anota que una de las consecuencias de la crisis de 2008 fue el aumento de mujeres españolas haciendo la calle de manera ocasional para garantizar la supervivencia propia y de la familia a cargo, lo que «ha dinamitado las posibilidades de luchar por la igualdad de oportunidades y de proyectar futuros distintos para las mujeres en los márgenes». No hay mujer que no se queje de su situación laboral sin escuchar, antes o después, más en serio o más en broma, «siempre te puedes meter a puta».

 

Núria González, que no solo es abogada y letrada de víctimas de trata, sino también una convencida activista abolicionista, afirmó en El Mundo que «la prostitución es incompatible con una sociedad igualitaria y que luche por la justicia social y la dignidad. Esto es decidir si dejamos que haya gente que pague por utilizar a otras personas. La prostitución existe porque hay pobreza y porque el Estado le dice a la mujer pobre, tácitamente: “Tienes tu cuerpo, vive de él porque no voy a hacer nada por ti”».



 

 

 

Página 68



En 2018, Hogar sí y la Fundación RAIS realizaron una investigación conjunta acerca de mujeres en situación de calle y sin hogar, concluyendo que las «que habían sufrido violencias físicas y verbales aseguraban que lo que más daño les había hecho era que les ofrecieran prostituirse: la violencia sexual».

 

La explotación sexual es una amenaza para todas, así como una perfecta escuela de desigualdad que preserva la masculinidad reaccionaria. La perspectiva misógina y putófoba estigmatiza aquellas zonas de las ciudad relacionadas con el ejercicio de la prostitución. Cuando una de las entrevistadas le comentó a su pareja que ese fin de semana salía con el grupo de chicas, él le escupió al verla en minifalda un: «¿Qué pasa, que os vais a ir al polígono a hacer la calle?».

 

Las ordenanzas municipales que abordan el asunto se limitan a regular su ubicación y su visibilidad para que no moleste a los vecinos de los barrios acomodados, pero permiten los clubes y los pisos en las zonas empobrecidas. Por lo que, en lugar de promover la abolición de la explotación sexual, se ha dado alas al proxenetismo bajo una política que criminaliza a las mujeres en situación de prostitución.

 

Para quienes viven en barrios degradados donde se ejerce la prostitución, como es el caso de Piluca, de 41 años, el principal problema para la convivencia son los puteros: «Los violentos son los hombres, los que dan problemas son los hombres que vienen aquí a consumir prostitución. En mi calle (El Gancho, Zaragoza) son mujeres trans, brasileñas la mayor parte de ellas. Veo su día a día y no me vale que me digan que ejercen porque quieren. Vivimos situaciones de violencia, de violencia contra ellas y contra cualquier otra vecina. Yo me he visto ya en alguna situación en la que ellas me han tenido que proteger. A una conocida la atracaron de camino al trabajo y la dejaron inconsciente, ha estado meses con miedo, pensando que podrían haberla violado. Me sorprende cómo mucha gente hace la vista gorda con ese tema. En este barrio, hay locales que permanecieron abiertos durante la pandemia. Mientras yo no podía salir de casa a dar un paseo con mis hijos, los hombres venían aquí a consumir prostitución y comprar droga a cualquier hora». Al igual que la violación, la prostitución es un proceso de intimidación consciente, en el que los hombres mantienen a todas las mujeres en un estado de terror.



 

 

 

 

 

Página 69



Cuando Piluca va del trabajo a casa, le preguntan cuánto cobra. Porque es la mirada del hombre, la mirada del putero, la que nos define en el espacio público. No importa nuestra subjetividad, es el espacio que transitamos el que nos objetiviza. Nos vemos obligadas a elegir otros caminos y transitar otras calles para evitar la violencia sexual, nos autoimponemos toques de queda y nos autolimitamos el espacio público. Y cuando no, siempre aparece un amabilísimo novio que nos señala lo que no podemos hacer, como recuerda otra de las entrevistadas: «Yo llevaba un pantalón corto negro y unas medias de rejilla negras. Mi novio me miró de arriba a abajo y me dijo que si, para un día que teníamos que pasar por el Raval, no tenía otra cosa que ponerme. Que me iban a confundir con una chica de allí». Ese hombre sabía perfectamente cómo opera la cultura de la violación: si su novia era una chica de allí, se cuestionaría que fuese suya, porque las de allí están a la venta, son de todos.

 

Sabemos de los barrios en los que se concentran mujeres en situación de prostitución, sabemos de los callejones infames, de los pisos, de los polígonos, de los clubes con las luces de neón. Pero también hay restaurantes de lujo y discotecas exclusivas con reservados en los que la mirada masculina sigue siendo la que determina qué ha ido a hacer una joven latina allí: «El fin de semana pasado salí con una amiga por el puerto y tuvimos que soportar que se nos acercaran unos italianos. Al principio no sabíamos si es que no los estábamos entendiendo… Nos preguntaron si éramos chicas normales o chicas de imagen. Entendimos que querían saber si trabajábamos como relaciones públicas. Pero cuando uno de ellos le dijo a otro que estaba siendo irrespetuoso… entendimos que nos estaba llamando putas».

 

Rosa Cobo sitúa LA  PROSTITUCIÓN  EN  EL  CORAZÓN  DEL  CAPITALISMO,

 

señalando así que en ella los puteros encuentran un espacio en el que solo necesitan dinero para poder desarrollar «la masculinidad más patriarcal, el dominio, el abuso y la indiferencia emocional». El acceso a los cuerpos femeninos y feminizados los repara de las conquistas del feminismo, se reconstruye su privilegio histórico, se les permite de nuevo sexualizar a las mujeres y materializar un ideario pornográfico que erotiza la violencia sexual. Algo que se agudiza cuando están de vacaciones, y el destino turístico en su conjunto se les presenta como un espacio liminal donde no existen las normas, tan pronto deja de ser reprobable violar como se actúa al margen de las leyes de la física saltando desde el balcón a la piscina.



 

 

 

Página 70



Los PUTEROS entrevistados por Beatriz Ranea evidencian que les gusta el alterne en los clubes porque les permite tocar a las mujeres sin haber pagado por un servicio. Es decir, tomar copas mientras «se magrea» y «mete mano» a varias mujeres hasta decidir con quién acceder a una relación sexual, o simplemente mirar hacia donde quieran sin que nadie les llame la atención. Suelen ser espacios vetados a cualquier otra mujer que no esté prostituida, por lo que se restituye la jerarquía heteropatriarcal. Mientras nosotras defendemos poder ocupar los espacios de ocio sin sentirnos violentadas por la mirada masculina, ellos han encontrado en la prostitución un refugio donde poder hacerlo sin ser censurados.

 

Los prostíbulos son los espacios ideales para que los hombres celebren acuerdos y cierren negocios de espaldas a la perspectiva de género. Cuando nombraron a Mercè directiva, los miembros de la Junta tuvieron que cambiar de costumbre: «Las copas se las tomaban en clubes de alterne. No sé si pagaban por sexo, pero las copas se tomaban allí hasta que yo llegué». Pagan por sexualizar, pagan por erotizar la violencia sexual, pagan por sexo, pagan por saltarse las cuotas de mujeres en espacios de decisión y poder: «También me encontraba que, un tema que había quedado a medias, llegabas al día siguiente y ya lo habían decidido ellos».

 

Cuando Margarita Nelken abordó LA CONDICIÓN SOCIAL DE LAS MUJERES

 

hace más de cien años, la mayoría de las prostitutas jóvenes eran forzadas. Se captaba a muchachas de provincias que llegaban a la capital a servir, tal y como ocurre en la actualidad con la trata internacional de seres humanos con fines de explotación sexual. EL PROXENETA al que se aproximó Mabel Lozano llegó a anunciar falsas competiciones deportivas para embaucar a atletas colombianas. Según Médicos sin Fronteras, nueve de cada diez mujeres en situación de prostitución son extranjeras.

 

Las restricciones de la Ley de Extranjería provocan que muchas de ellas acaben en situación irregular en España, lo que unido al estigma putófobo obliga a las trabajadoras sexuales a llevar una doble vida, en la que la ansiedad económica convive con el miedo a ser descubiertas mientras intentan empoderarse a pesar de «haber crecido con la idea de que ser puta era el escalón más bajo de la sociedad, algo vergonzante», como confiesa Kenia García en LA TRINCHERA DOMÉSTICA. Que las alternativas al trabajo sexual sea emplearse en sectores no cualificados,



 

 

 

 

Página 71



feminizados y precarizados, no garantiza su emancipación, por lo que algunas mujeres en situación de prostitución se llegan a cuestionar si «nos quieren sacar de las calles porque nos quieren meter en sus cocinas», como se denuncia en CRÍTICA DE LA RAZÓN PUTA. Es en esa cuestión, desde la óptica de quienes se autodefinen como trabajadoras sexuales, en la que

 

cabe mencionar cuál es EL PAPEL DE LOS HOMBRES EN LA PROSTITUCIÓN,

 

porque son ellos los que deben resolver sus problemas de socialización para aprender a vivir sin servidoras sexuales y domésticas.

 

Aquellos barrios en los que los altos cargos de la dictadura le ponían un pisito a las queridas jamás fueron estigmatizados porque ellas podían haber ejercido la prostitución, pero ellos nunca fueron puteros. Aquellas mujeres salían de los cabaret para estar a disposición de un sugar daddy de la época. Cuando más de una, de dos, de tres, de cuatro y de cinco comparten el mismo portal, el sexo de pago es una variable determinante en el diseño urbano.

 

 

 

BARRIOS POPULARES

 

 

En el Diccionario de la Real Academia Española, gentrificación es «renovar una zona urbana, generalmente popular o deteriorada, mediante un proceso que implica el desplazamiento de su población original por parte de otra de mayor poder adquisitivo». La idea de que sea generalmente popular o deteriorada es la clave para que los poderes públicos se vean legitimados para abrir paso a los buldóceres de los fondos de capital riesgo. Les basta con que el barrio sea popular, es decir, que esté habitado por clases trabajadoras, no necesitan avalar que realmente sea una zona deteriorada. Simplemente les molesta que haya restaurantes de menú del día donde bien podrían abrir las franquicias gourmet de moda.

 

Antes de que entre la mototraílla, se despliega todo un entramado de actividades al borde de la ley para «renovar» nuestros barrios a base de mobbing. En paralelo, se promueve una retórica que criminaliza las demandas de las personas empobrecidas y mercadea con el miedo de quienes se consideran clases medias. Venden alarmas aunque los índices de asaltos a viviendas se hayan desplomado, promueven la actividad de los Desokupas pese a que apenas se producen allanamientos. Muchos de los rentistas de hoy no tienen más mérito que ser nietos de los falangistas que



 

 

 

Página 72



ganaron la Guerra Civil, son administradores solidarios de FRANQUISMO S. A. Por eso, los protocolos de mediación que ofrecen los recuperadores de inmuebles no los diferencian tanto de los caballistas negros, aquellos hijos de la burguesía que se divertían persiguiendo a los jornaleros rebeldes del campo hasta asesinarlos.

 

Teniendo en mente que la vivienda es un derecho, pero sobre todo un bien de mercado, los poderes públicos han optado por hacerse adalides de la acumulación de capital en lugar de aspirar a la redistribución de la riqueza. De ese modo, la inversión que, por ejemplo, se hace en limpieza en las ciudades interfiere en la percepción de seguridad de unas calles u otras, alterando el precio de la vivienda y la atracción turística. Basta con googlear «la limpieza va por barrios» para ver el panorama en casi todas las ciudades españolas. Pocas alcaldías se resisten a lustrar las áreas acomodadas, en las que la participación electoral supera el 90 por ciento. En la prefería nos toca LUCHAR POR LA CALLE, reclamar mejoras en las aceras a las puertas de los colegios, exigir menos espacio para los coches y mendigar más zonas verdes mientras se talan árboles. Tanto las peatonalizaciones como el comercio local hacen las ciudades más vivibles, promoviendo una continua presencia de vecinas en las calles, que a su vez contribuye a una convivencia basada en el respeto a los lugares que son de uso compartido. En las comunidades cohesionadas, cualquier persona tiene autoridad para llamarle la atención a otra cuando tira un papel al suelo.

 

«Considero que podría invertirse más en la limpieza. Porque sí que creo que el casco histórico, y toda la parte que es más visible, más turística, más accesible a la gente de fuera, se mantiene en mejores condiciones que los barrios colindantes, como puede ser el mío. En cuanto a limpieza, deja un poquito que desear, y no solo por la educación y el civismo, donde hay que incidir, sino por la inversión pública. La iluminación también podría mejorar, no solo en calles, también en carreteras, porque sin ella son más peligrosas», cuenta Fayna, desde Canarias. Se ha demostrado en repetidas ocasiones que la iluminación, la accesibilidad y la limpieza son indicadores de la percepción de seguridad. En algunos casos, es el propio Estado el que impulsa proyectos de reurbanización para desplazar a los pobres y eliminar viviendas informales, con el fin de atraer a inversores adinerados y una nueva clase media. Un simple cambio en la licitación de las recogidas de basura o algo de retraso en reponer las bombillas fundidas del alumbrado público pueden



 

 

 

Página 73



acelerar el proceso de pauperización de los barrios y manipular a la opinión pública para que defienda la gentrificación como una apuesta por el reemplazo de las familias empobrecidas, que atemorizan a las clases medias suscritas a los periódicos digitales, por hípsters y turistas. Debemos revelar el truco antes de asumir que LA GENTRIFICACIÓN ES INEVITABLE. Cuando se retrata un barrio como degradado y peligroso, los cambios son bienvenidos, se los considera esenciales, muy positivos y son celebrados: «Describir el barrio como un lugar que necesitaba ser salvado hizo de la gentrificación una heroína».

 

Combatir la especulación no significa romantizar la marginalidad de las zonas olvidadas por la administración, sino impedir que las mejoras en nuestras calles o la apertura de centros culturales desplace a quienes han reivindicado desde las asociaciones vecinales el aumento de las inversiones. No queremos seguir aisladas, tan solo evitar que la inauguración de estaciones de metro sea el preludio de la expulsión de las vecinas que han soportado la tala de los árboles y el polvo de las obras. Desde que soterraron la M-30, hay más Airbnb y menos familias en Carabanchel, el barrio de Matilde y de quien escribe.

 

Toñi, con 31 años, ilustra cómo la gentrificación va trasladando los problemas de escasez de vivienda hacia las periferias madrileñas: «En la posguerra, la familia de mi madre vino aquí a trabajar, a buscarse un poco la vida. Empezaron en Lavapiés, que entonces era una zona marginal. Terminaron en Orcasitas, como mucha gente pobre y obrera, en casas de protección oficial. Cuando mis padres buscaron piso, les fue imposible encontrarlo en Orcasitas. Buscaron en zonas similares, y que económicamente se lo podían permitir: Carabanchel, Villaverde… y al final lo encontraron en Palomeras, Vallecas». Toñi, al igual que Núria, que se tuvo que marchar de Badalona, se verá expulsada de Vallecas el día que quiera formar su propia familia.

 

Piluca ha observado que, en los últimos años, los cascos históricos se han degradado mucho. Especialmente en Zaragoza, el centro es la zona más deteriorada de la ciudad. ¿Este mapa de la miseria contradice la dinámica de dependencias centro-periferia que se ha observado hasta ahora? No. Simplemente demuestra que esa dinámica no es natural ni orgánica, sino más bien el resultado de un proyecto histórico, político, económico y social con responsables, valedores y perdedores. El centro no



 

 

 

 

 

Página 74



concentra, de momento, la atención turística y económica propia de la explotación de la ciudad-marca, pero se aspira a que así sea.

 

En el corazón de Zaragoza, de Murcia, o incluso de Valencia, las viviendas no se rehabilitan y los vecinos se van a otros distritos. Según Piluca, la diferencia entre su barrio, El Gancho, y otros como Delicias, San José o Las Fuentes, es que desde los años cincuenta, cuando se colonizaron con emigrantes rurales de todo Aragón, en El Gancho han quedado en pie construcciones de peor calidad, que han llegado a nuestros días ya prácticamente como infraviviendas donde solo se instalan familias extranjeras.

Sus moradores originales, hijos del éxodo rural del siglo pasado, han accedido a otros pisos de VPO en la periferia, y en las afueras, dejando un centro prácticamente en ruinas a los inmigrantes extranjeros que se asientan en Zaragoza, que además sufren los problemas de inseguridad derivados de la venta de droga, los narcopisos, las okupaciones ilegales, el consumo de prostitución, la violencia y la acumulación de basuras: «Las administraciones públicas han vaciado de gente joven los cascos históricos y han dejado que se degraden, los han dejado morir, que se conviertan en guetos de infraviviendas. Los edificios que son propiedad de grandes tenedores acaban siendo okupados».

 

Quiebra el pequeño comercio en favor de los centros comerciales y el e-commerce, las tascas pasan a ser franquicias de fast food. Restaurantes canallitas, que no alimentan, sino que te venden la experiencia de la smash burger, el ritual del té matcha o los neones iluminando una gilda a cinco euros. Cobrar por la decoración es la única forma de que la hostelería sea rentable, con los alquileres de los locales presionando para que se conviertan en Airbnb.

El hecho de comerte un bollo con forma de polla al que llaman pollofre después de que el camarero lo haya servido enumerando una decena de frases infantiloides sobre el sirope y los genitales no solo está lejos de ser un producto ecosostenible, tampoco es un servicio cualificado, ni saludable. Bien podría haber tantos coñofres como pollofres, pero es que ni poniéndole toppings conseguimos que los cunnilingus se hagan tanto como las felaciones. Es una experiencia que se reduce a merendar bollería ultraprocesada en mitad de una plaza rodeada de gente que está comiendo más de lo mismo. Con distinto sirope. De distinto tamaño. Con otro topping. Todos seguramente sin azúcar perlado, que es el must de un gofre



 

 

 

Página 75



en condiciones. ¡Los belgas sí que saben turistificar! En definitiva, los locales comerciales de las zonas gentrificadas solo son rentables cuando su venta es intangible. Y, de vez en cuando, está muy bien darse al hedonismo, tanto como saber que esa experiencia no tiene realidad material que la sustente más allá del dividendo del fondo que especula con la renta del local.

 

La primera pollería de este estilo abrió en Chueca en 2019. El glow up de «los barrios gais», estudiados por Ignacio Elpidio y Shangay Lily en España o Alan Collins en Inglaterra, no ha sido una casualidad histórica, sino que hay una base material y una razón de ser, vinculada a la economía y a lo que han denominado gaycapitalismo. Hoy en día es complicado encontrar en el antiguo barrio del Barquillo un ambiente transgresor en lo político o en lo económico, como cuando amparó a las víctimas del exilio, o más aún, cuando se refugiaban allí vagas y maleantes. En el colectivo también hay clases y están también muy atravesadas por el género; la cara B del encarecimiento de las zonas gayfriendly es la expulsión de las lesboproletarias. La revista Mirales, enfocada a las mujeres lesbianas y bisexuales, subraya que mientras en Madrid los gays viven en Chueca, las lesbianas lo hacen en Lavapiés. Ambos barrios están en el distrito Centro, pero mientras la renta media de uno se sitúa en el 20 por ciento más rico, la del otro lo hace en el 20 por ciento más pobre. No es sencillo demostrar la brecha económica entre gais y lesbianas dado que la orientación sexual no se recoge en las estadísticas salariales ni en el catastro, pero diferentes estudios realizados tanto por Ministerio de Igualdad como por UGT o CCOO sí que demuestran la subalteridad de las mujeres homosexuales o bisexuales por su sexo, respecto a los hombres dentro del colectivo en toda España.

 

Cerca del denominado gayxample barcelonés, poco a poco el CARRER PARLAMENT ha sido entregado a los turistas, que ahora estarán borrachos, bebiendo y follando en los pisos que antes fueron de estudiantes y antes de eso, de familias del interior. La turismofobia no es más que una expresión de clase, del odio de clase, el de quienes trabajamos para que los demás descansen, el de las que cuidamos para que las demás concilien. El de quienes nos marchamos a vivir cada vez más lejos para que otros disfruten de sentirse como en casa, en barrios donde no quedan casas.

 

Desde Canarias, donde por la idiosincrasia de las islas se entiende que la limitación de espacio es tiránica, Fayna, a sus 27 años, comenta que el



 

 

Página 76



centro es prohibitivo para las trabajadoras locales. «El casco histórico es muy llamativo y turístico por la Iglesia gótica, pero nadie va a visitar los barrios, donde hay mucha pobreza, muchísima. Como educadora social, soy consciente de la situación del espacio donde vivo. Permitirte una casa, un alquiler en el núcleo antiguo es inviable. Las casas coloniales, muy típicas de Canarias, no bajan de ochocientos euros. Hacia las periferias encuentras otros precios, y también pisos mucho más humildes».

 

El problema de la vivienda no es la demanda inabarcable, sino la oferta censitaria. El Ministerio de Transportes, Movilidad y Agenda Urbana advierte que, en las últimas dos décadas, por cada cien nuevos habitantes, se han construido setenta y siete viviendas. Esta sobreconstrucción se justifica en la inversión, ya que no cubren las necesidades de alojamiento, sino que se han destinado y se destinan al sector turístico y a segundas residencias.

Basta una visita a Airbnb para encontrar pisos pequeños y estudios disponibles en el carrer Parlament, bastantes más en el centro, incluso en la periferia, en los márgenes, y también a las afueras de Barcelona. Lo mismo empieza a ocurrir en cualquier otra ciudad española, hasta llegar al límite en Baleares. Allí ya no queda ni un sofá-cama libre, por lo que las trabajadoras que cada verano emigran desde la península para limpiar las habitaciones de hotel desde las que se hace balconing duermen en el coche. Constituirse como piso turístico conlleva la formalización de unas normas que, pongamos como ejemplo la ciudad de Madrid, solo cumple el 5 por ciento de la oferta conocida. La seguridad jurídica que reclaman los propietarios y arrendadores es la misma que exigimos como huéspedes, pero si son ellos quienes la tienen que garantizar, les parece abusiva. Alquilarle el piso durante más de un año a una trabajadora precaria, a una madre soltera, a una familia, a un par de compañeras de facultad… son escenarios que les parecen terriblemente arriesgados a las arrendadoras y propietarias, no vaya a ser que lo destrocen o dejen de pagar el alquiler.

 

A las inversoras les parece más seguro dejar las llaves debajo de una maceta en el portal o en un cajetín junto al telefonillo y que venga un grupo de turistas con el que han hablado tres veces gracias al traductor de Google. El riesgo de que los huéspedes lo dejen hecho una leonera lo asumirá la limpiadora que aparecerá por allí el domingo a media tarde. Seguramente sea una mujer migrante, que recibirá veinte euros por Bizum cuando le pase las fotos a la señora con las camas hechas. Ni el



 

 

 

Página 77



propietario, ni el intermediario, aparecerán muy a menudo por esa propiedad tan preciada que no quieren poner en alquiler todo el año, porque a saber quién se les mete ahí. Dicen que necesitan seguridad jurídica y contratar pólizas para arrendamientos de larga duración, pero no firman ningún contrato ni emiten factura cuando lo rentan a turistas porque, en realidad, lo que quieren es más dinero.

Más allá de la libertad para especular con el suelo en el extremo centro, en el levante y en el sur, la periodista, escritora y camarera Ana Geranios denuncia cómo LAS HIJAS DE LA COSTA DEL SOL forman parte de un paisaje vacacional en el que los demás demandan y ellas agradecen su visita cubriendo sus necesidades lo más rápido posible, con la mejor sonrisa posible, con la esperanza de que vuelvan lo antes posible. Las hijas de padres de camisa blanca y sacacorchos en el bolsillo del pantalón fueron criadas por amas de casa o madres subempleadas, pero para ir a la universidad y tener algo más de lo que tuvieron ellas se pasaron los veranos atendiendo mesas, como ellos.

 

La gentrificación en Málaga viene de lejos. Antes que se acuñase ese término, ya era un destino de retiro. El diseño urbano de la ciudad, y por extensión, de buena parte de la provincia, lo impusieron «tres hombres ambiciosos, con planes innovadores, visionarios, preocupados por el desarrollo y el reconocimiento». A partir de ahí, Geranios articula un lamento compartido por todas: «Poco pensaron en quienes trabajaron, trabajamos y trabajaremos en estas tierras de lujo y sombra inasequible en la playa». Los tres caballeros a los que se refiere son Manuel Gutiérrez de la Concha, quien siendo marqués del Duero fundó la colonia agrícola de San Pedro de Alcántara en 1860, José Banús y Jesús Gil. Idearon «un lugar de vacaciones para quien viene, como vinieron ellos, y de servilismo para quien nace y vive allí».

 

José Banús construyó Cuelgamuros, y tuvo claro para quién diseñaba cuando abría el cuaderno: pisos con todas las comodidades en el madrileño barrio del Pilar, estrechos apartamentos en las castizas colmenas del barrio de la Concepción. El cortometraje Arquitectura emocional 1959 narra cómo la brecha de clase está enmarcada por palacetes para ricos y bloques para pobres bajo la misma firma.

 

Sobre Jesús Gil… Nuestro desarrollo urbano no se entendería sin su buena dosis de recalificaciones arbitrarias, licencias espurias, cohecho, corrupción y tráfico de influencias. Hay literatura sobre ello, desde PLAYA



 

 

 

Página 78



BURBUJA, de Ana Tudela y Antonio Delgado, hasta el fenómeno comunicativo del PORMISHUEVISMO, de Erik Harley.

 

La academia está lejos de imaginar el infierno de quien vive inmersa en el proceso de la guetificación a la gentrificación. Piluca, en el paupérrimo centro de Zaragoza, sí que lo conoce: «Antes creía que podía haber algún interés en la degradación por parte de los grandes tenedores, de los bancos, de la SAREB. Ahora ya no lo sé. Llevamos treinta años pensando que es una apuesta por un modelo a medio-largo plazo. Treinta años. También es que se construyen PAU… se levantan fuera, porque de alguien son esos terrenos y se los compran. A un constructor le sale más a cuenta un terreno limpio que rehabilitar otro en el que hay cinco vecinos. Alguien se lucra a cambio de degradar determinados barrios obreros. Se intentaron poner ascensores y recuperar construcciones sindicales, pero todo se quedó en nada. Mi hija cuando va a otros barrios nuevos se sorprende de lo limpias que están las calles y me pregunta por qué no nos vamos a vivir allí».

 

Piluca, con dos hijos, profesional del marketing, se instaló en Gancho tras su separación, y ahora mismo se considera una vecina convencida, que no quiere irse a las afueras «por mucha piscina de VPO que me ofrezcan». Lejos de las murallas de la ciudad y de las clásicas zonas periurbanas han proliferado barrios de primeras calidades, a los que solo se puede acceder en coche, pero que están muy bien. Que no tienen descampados, sino zonas verdes. Donde no hay amas de casa, sino excedencias por maternidad. Allí la gente no acaba viviendo expulsada por los precios de la vivienda en el centro, sino porque quiere. ¡Bienvenidas a las afueras!

 

 

VIVE A LA ALTURA DE TUS SUEÑOS

 

 

Encontré una valla publicitaria en un descampado de Alicante con este anuncio: «Vive a la altura de tus sueños». No puede tener más razón, por lo aspiracional de mudarse a un Programa de Actuación Urbanística (PAU) y porque, tras instalarte, pocas cosas podrás hacer más allá de dormir, aunque la hipoteca te provoque pesadillas.

 

Cuando pensamos en la periferia nos imaginamos bloques de ladrillo, toldos verdes, barrios pobres, pero si alguien dice que vive en las afueras la cosa cambia. Nos viene a la mente el adosado, las pérgolas, los barrios



 

 

 

Página 79



acomodados. Esa frontera simbólica entre la periferia y las afueras ni siquiera está impregnada de una connotación geográfica real, no están más cerca del centro, ni tienen nada que ver con el concepto periurbano o con las zonas semirurales. Hablamos simplemente de una redefinición del espacio en cuanto a rentas. La ciudad dormitorio y el barrio de clase trabajadora es periferia. El PAU donde se han instalado las parejas jóvenes heteronormativas de las nuevas clases medias son las afueras. Almudena vivía con su familia en el sur de Madrid, con miedo a no ser aceptada fuera de su barrio: «Si conocía algún chico una noche y le decía que era de Villaverde, notaba cómo se echaba dos pasos hacia atrás, así que empecé a decir que era de los Rosales. Que es una zona nueva donde se fue a vivir gente de Villaverde y se volvieron gilipollas, porque de no tener nada pasaron a una urbanización con piscina y pensaron que habían ascendido en la escala social. Con los años, te das cuenta de que no es verdad. Notabas que todo eran ganas de salir del barrio, decían que no eran Madrid, que eran Getafe». Nunca se está lo suficientemente lejos de aquello que fuiste.

 

Las afueras es lo que cada una quiere que sea. Es algo aspiracional, es un estado de gracia. Si todas las periferias se parecen, si todas aquellas que somos de barrio nos sentimos más en casa en la periferia de cualquier otra ciudad que en el centro turistificado de la nuestra, no es menor la homogeneidad entre las afueras. Salvando la gran distancia entre quien vive en altura y quien hace lo propio en un adosado, si en los noventa revestían el salón del suelo al techo de madera, hoy se amuebla de IKEA y se colocan calabazas en el patio, incluso a las afueras de Zaragoza, para ahuyentar al diablo una vez pasan Pilares.

Y es que los PAU acaban siendo una especie de campamento de verano para adultos, allí se va a procrear. Los adosados son el símbolo de la cría en libertad, y los bloques con piscina, las granjas humanas en altura. Para formar parte de LA ESPAÑA DE LAS PISCINAS, se necesitan dos personas que ganen cerca de tres mil euros al mes: «Sin pareja, olvídese. Es un barrio de familias con hijos porque es lo que promueve el modelo». El Programa de Actuación Urbanística se definió a finales de los años setenta y, desde entonces, nos referimos a él como un lugar, no como una norma. Son los nuevos desarrollos que conectan los barrios de la periferia con las afueras y en ellos se endeudan las parejas a cuarenta años, como si estadísticamente la mitad de los matrimonios no tendieran al divorcio. Su



 

 

 

Página 80



prole necesitará emanciparse y, a su vez, se tendrá que ir a vivir más allá, porque con veinte años pendientes de hipoteca no será posible avalar otras operaciones. Con suerte, las nuevas generaciones heredarán una corrala o un cuarto sin ascensor en el centro cuando estén a punto de comenzar su proyecto de vida propio, como Amanda, que se crio en Aluche y ahora vive en lo que fue una sastrería regentada por su abuelo en Malasaña. «Preferiría tener padre, pero no tengo padre y tengo una casa». Su situación laboral es tan precaria que, «aunque esto sea mío, tengo un contrato eventual y aquí no me puedo mantener si no trabajo. Si me despiden, tendré que alquilar esto para tener algún ingreso, y me tocará volver a casa de mi madre».

 

Si las familias son tan pobres que no accedieron a la vivienda en propiedad, o las abuelas necesitan una hipoteca inversa para costear la atención a la dependencia, las nietas no podrán heredar. Quienes están contra del impuesto de patrimonio y de sucesiones mencionan a Amanda, pero benefician a los Aznar. Por eso la mayoría de las hijas con piscina, si siguen con el plan previsto, se marcharán fuera. Para eso se les ha pagado un colegio bilingüe, como a la de Natividad, que vive en Reino Unido.

 

Los cambios sociales, la baja natalidad, la incorporación plena de la mujer al mercado de trabajo y la inmigración han cambiado significativamente la estructura familiar del Estado español: los hogares son más pequeños que hace veinte años, las familias se quiebran y reestructuran, necesitando más opciones de vivienda con el mismo número de habitantes. Aun existiendo sobreconstrucción, no se satisface la demanda, porque está destinada a una oferta censitaria, a la inversión financiera y al turismo, de manera que no todos los hogares, ni todas las familias, tienen acceso a una vivienda.

Uno de los ejemplos más recientes de esa oferta censitaria, de la acumulación por desposesión y la privatización de vivienda pública, lo encontramos en el madrileño PAU de Carabanchel. La joven activista de 32 años Arantxa Mejías, que sonríe al decir que le viene bien la entrevista para recordar, mientras la megafonía del autobús anuncia el cruce de General Ricardos con Eugenia de Montijo, comenta cómo fue recibida por los concejales del Ayuntamiento cuando denunció la insostenibilidad de las subidas en las mensualidades cuando su edificio dejó de ser propiedad de la Empresa Municipal de la Vivienda y Suelo: «Hablándoles de la problemática, de lo que nos había pasado, de lo que estábamos luchando y



 

 

 

Página 81



reivindicando, denunciando, diciéndoles qué es lo que queremos y cuáles son nuestros objetivos, me dijeron: “Que quieran ustedes comprar estas casas al mismo precio que las ha comprado el fondo de inversión es absurdo”. El fondo ha comprado la casa de mis padres por sesenta mil euros y mis padres llevan ya pagados más de cien mil en alquiler. Así que no, no es tan absurdo, es que no hay igualdad de condiciones. No partimos del mismo punto».

 

Hay más casas que familias, pero eso no quiere decir que todas las familias vayan a tener una. El modelo pretende que unas pocas tengan más de una y que otras muchas vivamos permanentemente de alquiler, transfiriendo nuestras rentas del trabajo a sus cuentas de resultados.

 

Las ciudades dormitorio basan su existencia en albergar a miles de personas en edad de trabajar que no han podido comprar ni alquilar por falta de vivienda disponible dentro de los límites ya urbanizados de la metrópoli. Aunque el cometido de ese modelo urbanístico estaba claro, alrededor de los PAU con piscina se construyó un relato opuesto al propósito similar que habían tenido LOS BLOQUES NARANJAS. El gresite y la pérgola fueron la bandera de la clase media, mientras el TOLDO VERDE seguía siendo recogido por la clase trabajadora. Pocos reconocieron que se iban al PAU porque en el barrio ya no cabían, si se mudaban era porque querían, porque se lo podían permitir, porque se merecían la tele de plasma, la chaise longue y la terraza de césped artificial y palés. En realidad, lo hicieron porque no podían pagar los cien metros, el garaje y la piscina en el centro, y tampoco el chalé. Mucho menos se habló de que hubo infinitas ventajas para hipotecarse en promociones de obra nueva, porque estaban financiadas por el mismo banco que te concedía el crédito. Ese era el modelo. Alrededor de los PAU se ha construido un relato que insiste en ese salto de la clase obrera a la clase media. Cuando realmente los PAU dan respuesta a que ni siquiera en los bloques de ladrillo había suficiente vivienda disponible para las generaciones que crecieron en ellos, ni para los nuevos modelos familiares en los que los divorciados necesitan un piso de soltero y un coche deportivo para ir a trabajar, porque al PAU no llega el metro.

 

Sandra, cuando vivía con su madre entre semana y los fines de semana alternos, compartía línea de autobús con prácticamente uno de cada diez hispalenses: «Sevilla Este se divide en tres distritos. Están los dos más antiguos, más humildes, que es donde yo vivo. Pero hay un tercero que



 

 

 

Página 82



tiene bastante dinero, en el que hay chalés y todo eso. Pero aquí solo tenemos pisos. A medida que vino a vivir gente con más dinero, empezaron a abrir más cosas y pusieron más líneas de transporte, con horarios pensados prácticamente para entrar y salir a trabajar. Los distritos se siguen llamando Veinte, Veintiuno y Veintidós. Sevilla Este, Torreblanca y Alcosa son la periferia de Sevilla. Torreblanca será de los barrios más pobres de España, hay bastantes problemas de droga; Alcosa es un barrio humilde… Sevilla Este es el que mejor está. Hay diferencias también entre los pisos antiguos de VPO y los de nueva construcción, con pistas de pádel y piscina. Esa gente, aunque tiene más dinero, sigue siendo asalariada y lo pasa mal con cada crisis económica. Lo de las pistas de pádel, de tenis y la piscina es un poco la ilusión». La renta media en Sevilla Este llega a doblar la de Torreblanca.

 

La Cañada Real es una zona famosa de Madrid en la que, acusadas de vender droga, se les ha cortado la luz a sus vecinas. Lo que no todo el mundo sabe es que es una extensión demasiado grande como para que toda la gente que vive allí venda droga. Si no, tendríamos consumidores hasta en los consejos de administración de quienes deciden el precio de la luz. O quizá los tengamos.

Desde Rivas Vaciamadrid, a los 26 años Aroa está elaborando su tesis sobre adicciones y urbanismo. Me comenta la estrategia que hay detrás del mapa de los narcopisos: «En Madrid se vendía y se consumía droga en todas partes, pero la sociedad punitivista y el prohibicionismo han hecho que la venta se concentre en los márgenes, porque lo prohibido siempre acaba siendo desplazado hacia allí». A los ricos les gusta la droga, pero no los drogadictos. «La droga ha sido utilizada como excusa en el diseño de la ciudad de Madrid. En los años setenta y ochenta se posiciona como gran ciudad europea, con grandes diferencias de renta entre norte y sur, aunque también con poblados chabolistas en ambos extremos (Chamartín, el entorno de la ciudad deportiva del Real Madrid…)». Según avanzamos la entrevista, descubro que no solo conoce la Cañada por su labor investigadora, sino que su familia tuvo, pretérito perfecto simple, una casa de autoconstrucción allí: «Es flipante ver que cualquier zona problemática entre comillas, donde yo no digo que se venda o no droga, a mí eso no me importa, digamos que sí se compra, se vende o consume… como en el resto de la ciudad… Pero justo allí, decides que, cómo es una zona problemática, puedes quitar la luz, el agua, no limpiar ni asfaltar nunca sus



 

 

 

Página 83



calles. Señalas los espacios como conflictivos y acabas por generar una opinión pública favorable a echar a esta gente, haya o no un realojo. Porque, en nuestro caso, mi abuelo desde que llegó a Madrid ha tenido una casa en una parcela en la Cañada Real, en la que hemos estado viviendo hasta hace dos años y nos enteramos de que nos la habían tirado entera cuando lo vimos en las noticias. Han demolido toda una calle con la excusa de que allí se vendía droga, pero nadie ha informado de nada a mi abuelo. Poco a poco, fueron haciendo que la vida allí fuese más difícil: las infraestructuras del barrio, las líneas de transporte, los cortes de luz… te vas porque no es cómodo vivir y, cuando no estás, te echan la casa abajo».

 

Las casas se tiran abajo en los arrabales de la ciudad y la luz se corta sin que nadie, más allá del activismo cliché afiliado a la preocupación constante, se movilice. El desmantelamiento de viviendas precarias es la más gráfica violencia inmobiliaria. Pero, en paralelo, durante semanas, durante meses, durante años, se prepara una legislación que lo permite y una opinión pública que lo consiente. Madrid necesita más vivienda, pero donde se va a levantar el Cañaveral, ahora están las casitas de la Cañada Real Galiana. Mientras no termina de llegar lo nuevo, las familias que ya habitan la zona son desplazadas, y hasta que no se completa el realojo, malviven privadas de la red eléctrica sin que el conjunto de la sociedad estalle ante tal vulneración de derechos. Porque de allí, de los entornos empobrecidos, «de la Cañada Real no salen astrofísicos, salen plantaciones de marihuana», afirmó un tertuliano en enero de 2021. Quien define el framing determina quiénes son las personas que se pueden permitir un piso de obra nueva y quién es la gente que vive en chabolas. Ni siquiera son reconocidos como LOS OTROS MADRILEÑOS, como sí lo fueron en el Pozo del Tío Raimundo, no se los considera ciudadanos de Madrid y son estigmatizados en la prensa nacional. A quien está al otro lado de la pantalla se le convence de que quien vive en los márgenes no merece ni casa, ni luz, ni agua. En los márgenes habitan los nadies, los salvajes que se reproducen descontroladamente y que descuidan a su prole.

 

En Barcelona, a pesar de las suposiciones derivadas de imágenes antiguas, el barrio del Somorrostro y sus barracas no fueron eliminados del panorama urbano por tratar de mejorar las condiciones de vida de la población gitana y los inmigrantes que habían residido en esas barracas durante casi un siglo. Más bien se construyó un discurso aporofóbico y civilizatorio contra el chabolismo para justificar los derribos que darían



 

 

 

Página 84



paso a fincas de clase media y atracciones turísticas. Se necesitaba esa zona, y sus habitantes sobraban.

 

De la Ventilla a la avenida de los Austrias, de la calle Rodón a la avenida de Pamplona, de Somorrostro a la Barceloneta, tan solo es cuestión de recalificaciones, pladur, piscina y euríbor. La gentrificación de la vieja escuela no tiene nada que ver con los monstruosos procesos que ejercen presión sobre nuestros barrios, fuerzas mucho más poderosas que la del propietario promedio de clase media. De la Cañada al Cañaveral, del polígono de Torreblanca a los Jardines de Hacienda del Rosario, de la Coma a Godella, les gusta la zona; el problema es que todavía viven pobres.

 

 

 

DEBERÁ DISPONER DEL BILLETE CORRESPONDIENTE

 

 

En nombre de la salubridad, se construyeron ensanches y zonas residenciales para las clases medias y los turistas. En el proceso hubo que derribar las infraviviendas de techos de uralita que construyeron en los arrabales, con sus propias manos, los recién llegados a la ciudad que pudieron permitirse comprar aquellos pedazos de tierra. En el mejor de los casos, las familias fueron realojadas en nuevos emplazamientos, primero en las promociones de vivienda del sindicato vertical, después en los pisos de protección oficial, algunos de alquiler social. En Orcasitas, máxima expresión de las MEMORIAS VINCULANTES DE UN BARRIO, fue la Asociación de Vecinos la que diseñó el Plan General y socializó el suelo, evitando que el desmantelamiento del poblado chabolista supusiera la expulsión del distrito de Usera de sus trabajadoras y trabajadores.

 

Las promociones de vivienda destinadas a las clases trabajadoras siempre tuvieron la aspiración de contener a la población socialmente vulnerable en espacios alejados de la ciudad moderna. Las colonias obreras se proyectaron con una intención autárquica, en la que sus habitantes tenían sus necesidades prácticamente cubiertas. Pero, en muchas ocasiones, a la falta de recursos personales se le añadía una deficiente cobertura de los servicios comerciales y de la infraestructura de los servicios públicos, así como una insuficiente oferta de centros de trabajo o de instituciones educativas. Esto aún sigue provocando que quienes menos tienen se vean obligados a salir del barrio para cubrir sus



 

 

 

Página 85



necesidades y mejorar sus oportunidades. La demonización de la clase obrera se recrudece cuando se concentra en áreas cuya falta de recursos, y la ausencia de motivos para ir del centro a la periferia, permiten perpetuar la estigmatización por el desconocimiento de las verdaderas historias personales que se escriben en esos márgenes.

 

En Málaga, Dalia, una joven ecuatoriana de 28 años, recuerda cómo se reproducía en el colegio la diferenciación entre quien vivía en un PAU y quien lo hacía en el Palo, un barrio empobrecido: «Yo notaba que los niños de la zona residencial se juntaban en un grupito. Y de sus bloques, del complejo, no se movían. Los que venían de barrios desfavorecidos se quedaban apartados y nadie quería juntarse con ellos». Cuando rememora lo que le costó convencer a su madre de que le dejara matricularse en la universidad para estudiar Derecho, menciona lo importante que fue para ella, hija de una inmigrante en situación irregular, tener amigas «de la zona residencial».

 

Romper el aislamiento y relacionarse con compañeras de clase que aspiraban a ser universitarias le permitió a Dalia pensar que ese espacio también era para chicas como ella, mientras que la mayoría de sus amigas de origen latinoamericano ni siquiera se plantearon terminar el instituto. Aun contando con pocos recursos económicos, Dalia pudo imaginarse fuera del barrio gracias al capital social, a las relaciones con personas acomodadas que la trataron como a una igual y le permitieron soñar con ser algo más que una trabajadora sin cualificación. Y pudo salir, cogiendo un autobús hasta la capital todas las mañanas.

 

Almudena tenía 17 años cuando tomó la decisión de distanciarse de su barrio. «Se hacían carreras (ilegales) de coches, una de las chicas que iba con nosotros al instituto, que venía a los botellones previos a las carreras por la Gran Vía de Villaverde, se mató en una de ellas. Posiblemente ese día fue el que dije que o cambiaba mi modo de vivir y empezaba a plantearme otro tipo de ocio, otro tipo de cosas, o podía terminar igual que ella. Tenía la necesidad de salir de ese ambiente. Lo hice, y empecé a militar políticamente en otro distrito». Dos autobuses y un par de transbordos en metro la separaban de la nueva vida que se empezó a construir.

Al perro flaco todo son pulgas, y para deshacernos de ellas debemos demostrar que no las merecemos. Hay que ser guapa para engatusar a un pijo que nos saque de aquí, lista para encontrar un trabajo que nos ayude a



 

 

 

Página 86



salir y limpias, sobre todo limpias, para que nadie pueda adivinar de dónde venimos. A las mujeres empobrecidas, más aún si somos migrantes, más aún proviniendo de familias desestructuradas o con enfermedades relacionadas con la drogadicción, no se nos da la oportunidad de equivocarnos. Nadie justificará nuestros desmanes como sí lo hacen con los macarras de clase alta. Para acceder al empleo, para que nos alquilen una casa, para que no nos quiten la custodia de nuestros hijos, debemos evitar que se nos relacione con aquello de lo que tanto nos cuesta escapar. Se nos exige ejemplaridad para ganarnos el respeto. No nos viene dado, necesitamos hacernos un hueco a codazos, sacudirnos el estigma que pesa sobre nuestros barrios y que cargamos sobre los hombros.

 

El código postal predice nuestro riesgo de exclusión. Por lo tanto, el desarrollo de un transporte público de calidad es la primera opción para salir de un contexto empobrecido y castigado. Salir cada mañana y volver a última hora de la tarde es la única posibilidad que tenemos de acceder a los comercios, las infraestructuras, el empleo y la educación, mientras esperamos a que se desarrollen en nuestros barrios. Las peticiones de mejora de las conexiones vienen de lejos y aún no han culminado. En los años sesenta, cuando Manolo Vital, conductor de la línea 47 de Barcelona, les solicitó a los responsables del Transporte Metropolitano que se ampliase el recorrido hasta su barrio, Torre Baró, le preguntaron con sorpresa quién iba a querer ir a un barrio de chabolas construidas por charnegos, que estaba al otro lado de la montaña. «Los que bajan a trabajar a Barcelona todos los días», respondió Vital. Esta historia la llevó a la pantalla Marcel Barrera en 2024, pero es solo un ejemplo entre cientos. A los clasistas que ocupan los despachos siempre les parece que el extrarradio, y las pobres que lo habitamos, estamos demasiado lejos como para que alguien quiera venir, pero olvidan continuamente que estamos lo suficientemente cerca como para sostener el ciclo productivo de la ciudad en la que viven.

 

Julio Embid defiende en HIJOS DEL HORMIGÓN que la periferia de Madrid siempre ha necesitado el transporte público para sobrevivir. En estas páginas se sostiene que el centro necesita tanto o más que el metro sea puntual para que les cuiden a la prole o les sirvan los cafés a tiempo. Los confinamientos de 2020 demostraron quién era esencial y quién no. Dedicar una hora de ida y otra de vuelta de casa al trabajo, veintidós días al mes durante once meses, supone diecinueve días completos al año. Ese



 

 

 

Página 87



tiempo de sueño robado, de descanso expoliado, se nos debe a nosotras; quizá la mujer no sea ya el segundo sexo, pero sigue siendo el segundo coche.

 

A sus 57, Nagore ejemplifica este fenómeno en Bilbao: «Vivo en pareja y en mi casa hay un vehículo. Mi pareja lo suele utilizar más. Porque, bueno, pues porque yo el trabajo lo tengo cerca. Y él, bueno, lo ha llegado a tener más lejos, como a una hora, y en zonas que en transporte público hubiera necesitado más tiempo. Ahora lo tiene más cerca, pero va en coche porque yo no lo necesito. Yo voy andando». Alba es más joven, tiene 22 años y vive en Móstoles, todavía no ha podido sacarse el carnet de conducir, «suspendí el teórico y lo dejé, porque no sé si podré aprobar ni si tendré dinero para seguir o lo necesitaré para otra cosa», así que depende del transporte público para llegar a las tiendas que la contratan por horas en Preciados. A Sara, de Getafe, le queda un año de abono joven. Después, pagará más de sesenta euros, la tarifa más barata por ser primera línea de playa, para poder desplazarse desde su casa, zona B1, hasta el centro, zona A: «Me muevo en transporte público, me acabo de sacar el carnet, pero no iría nunca a trabajar al centro de Madrid en coche, no estoy loca tampoco. Con lo que yo gano no me lo puedo permitir, pero sí tengo compañeros, y compañeras, que se nota que a partir de los cuarenta años sí que pueden pagar el parking en el centro». Un ANÁLISIS DESCRIPTIVO Y

 

PREDICTIVO DEL USO DE LA RED DE METRO DE  MADRID  demostró que las

 

diferencias entre el número de viajeros en las diferentes estaciones de la red de metro tenían que ver con el género, la edad y, sobre todo, la renta. En el momento en el que mejora el salario, si hay una distancia considerable y además se tienen que realizar transbordos, se empieza a utilizar el vehículo privado.

 

Los hombres utilizan más el vehículo privado que las mujeres, y cuando nosotras cogemos el coche, lo hacemos acompañadas de menores y personas dependientes que necesitan transporte, algo que añade complejidad a los recorridos. A diferencia de los desplazamientos directos y extensos de los hombres, combinamos actividades como compras, trámites y recogida de hijos, reflejando nuestro rol en el hogar y en los cuidados. Conducir es una extensión de las obligaciones. Es difícil hacer recados en bicicleta, aunque Azahara, una madrileña de 44 años, lo intenta. «Fue una experiencia de empoderamiento». Al convertirse en ciclista urbana, ve el entorno con otros ojos: «El diseño urbano es



 

 

 

Página 88



horroroso. Madrid es súper peligrosa, no, lo siguiente, para la bici. A pesar de eso, yo decido ir por la vía, tengo derecho a utilizar la carretera porque si la abandonamos, Madrid nunca será una ciudad de bici. El otro día, empecé a trabajar en la Castellana y tardo más de una hora en llegar pedaleando. Y aun así, el carril 30 o ir por la vía es lo más rápido, porque el carril bici da muchas más vueltas. En algunos tramos hay incluso cuatro carriles por la vía central y el carril 30 lo dejan en la vía de servicio, que al final es más peligroso que la propia calzada porque van los autobuses y las furgonetas de carga y descarga. Al final no hay nada seguro para la bici. Pero me niego a dejarla. Usarla también es un acto político».

 

Lo que más destaca Sara de su experiencia como usuaria de la línea C4 del tren de Cercanías es la imprevisibilidad. Puede llegar tarde por mucho que haya salido pronto: «El transporte público lo detesto, saca cosas de mí… una violencia terrible. La Renfe, que es lo que cojo yo, es una ruleta rusa. Puedo tardar cuarenta minutos desde que salgo por la puerta de mi casa hasta que entro por la del trabajo, o puede haber distintos tipos de problemas, una avería, un accidente… pueden pasar mil cosas que hacen que el tren se retrase, y casi siempre se retrasa. Es un trayecto de veinte minutos, es que no tarda más. Pero, una vez que te montas, no sabes qué te va a pasar, puede que se pare, puede que no arranque, puede que te cambien de tren en mitad de trayecto… Si todo va bien son veinte minutos, pero también puede ser que sea hora y media. Es terrible, lo odio».

 

No solo no podemos predecir lo que vamos a tardar en los transbordos, sino que el encarecimiento de los desplazamientos, cuanto más en la periferia estemos, tiene una melodía: «Deberá disponer del billete correspondiente». Aunque a algunos la dicotomía entre el centro y la periferia les parezca una construcción ideológica e interesada, es geográfica, está mapeada, diseñada y orquestada por personas que, seguramente, ni usen el servicio público de transporte, ni se les escrute la puntualidad en su puesto de trabajo. Cobrar de más por cada zona que cruzamos empobrece a quienes no podemos permitirnos vivir cerca de nuestro puesto de trabajo. Quizá hayas leído «Deberá disponer del billete correspondiente» con el mismo soniquete que la megafonía y sonrías ante algo tan familiar. O tal vez te haya activado el sistema biológico de alerta, porque al compás de esta melodía cada día te tensas en el vagón pendiente de si pasan los revisores, y aprietas los dientes mientras subes las



 

 

 

Página 89



escaleras, porque, para continuar tu trayecto, para salir de ahí, tienes que saltar los tornos. «No lo he hecho mucho, la verdad, porque en Coslada siempre he encontrado trabajo, pero sí que cuando estaba sin curro y me llamaron para hacer una entrevista en Alcobendas, que hay que comprar otro billete, tuve que esperar a que se fuera el segurata para salir de la estación», comenta Zoe.

 

En Madrid, la inauguración de nuevas dotaciones de transporte público ha tenido una clara vocación electoralista que no ha repercutido tanto como se esperaba en el bienestar de las usuarias de la periferia, ya que la tarificación hace que desplazarse hacia el centro sea más caro para quien vive en barrios más alejados y más pobres. Las familias propietarias vieron revalorizadas sus viviendas con la recién estrenada estación a pocos metros del portal, pero las que no podían pagar más de alquiler fueron expulsadas después de haberse tragado el ruido y el polvo de las obras. En

 

AMPLIAR PARA GANAR: LAS CONSECUENCIAS ELECTORALES DEL CRECIMIENTO DEL

 

METRO EN MADRID, 1995-2007, se demuestra la correlación entre el liderazgo de Esperanza Aguirre y la llegada del suburbano al sur.

 

El transporte público es lo que nos podemos permitir, o lo que podemos rapiñar, para acceder a los derechos básicos de ciudadanía. No solo es esencial para las mujeres de clase trabajadora sin coche propio que vivimos en los barrios obreros y en las ciudades dormitorio, sino también para las que viven en los PAU y en aquellos distritos que se diseñaron sin hospitales, sin institutos, sin universidades, sin centros de trabajo.

 

A pesar de la alarma social que despiertan las actuaciones de los depredadores sexuales en las inmediaciones de las estaciones y en las propias instalaciones, las políticas relacionadas con la movilidad urbana, en demasiadas ocasiones, carecen de los informes de impacto de género que prevendrían desde los tocamientos hasta los asaltos que padecemos las usuarias. El miedo al acoso sexual en el transporte público nos obliga a cambiar nuestro comportamiento. Una vez más, somos nosotras mismas las que debemos evitar el peligro porque a nadie parece importarle que exista una amenaza constante en determinados espacios contra nuestra libertad sexual. Ya en los primeros tranvías, algunas de nuestras predecesoras llevaban alfileres para pinchar con ellos a los hombres que se les acercaban demasiado, una pequeña venganza contra los ACOSADORES A BORDO. A las mujeres se nos limita la movilidad de mil maneras diferentes,



 

 

 

 

Página 90



desde la violencia física hasta ser objeto de miradas provocadoras que nos hacen sentirnos «fuera de lugar».

 

Una de las entrevistadas recuerda cómo eran sus trayectos mientras estaba en la universidad: «En los trenes y en los autobuses íbamos todos como sardinas y ahí ha habido varias ocasiones en las que me han metido mano, claramente. Lo que pasa es que en ese momento dudas de ti misma. Ahora lo diría, pero cuando eres joven te quedas muy cortada. Porque, además, si te giras y les vas a decir algo enseguida te piden disculpas para que tú ya no puedas continuar». La calidad del transporte público para las mujeres tiene muchísimo que ver con su frecuencia, no tanto porque podamos llegar más rápido a nuestro destino, sino por evitar la masificación. En esa expresión, como sardinas en lata, coinciden varias de las entrevistadas, de distinta edad y diversas ciudades, que aseguran que es el escenario perfecto para la impunidad de quien cree que puede tocar todo aquello que esté a su alcance.

 

Cuando no hemos tenido dudas de lo que nos ha ocurrido, y nos hemos enfrentado a quien nos los hacía, como en el caso de otra entrevistada, debemos ser nosotras las que hagamos el trabajo de las cámaras de videovigilancia: «De repente saltó un flash y me di cuenta de que el hombre que estaba junto a mí me estaba haciendo fotos por debajo de la falda. Le recriminé y me dijo que era una loca. Se bajó del metro y echó a correr. ¿Para qué querría esas fotos? Hablé con la policía y me dijeron que la próxima vez fotografiase yo al tío y subiera las fotos a la aplicación AlertCorps».

En SUPERSAURIO, Meryem El Mehdati dedica un capítulo a una situación de acoso que podríamos haber vivido cualquiera de nosotras en cualquier calle de cualquier ciudad y que lleva a la protagonista de la novela a tomar la siguiente decisión: «No vuelvo a ponerme esa camiseta en la vida». Cuando la leí volví a estremecerme como el día que, unos pocos meses antes, una de las entrevistadas me hablaba de ella misma y de la ropa que dejó de usar: «Accedes al transporte público sabiendo a qué te expones. De joven, con 16 años, pasé un episodio traumático y en esos años, década de los ochenta, no te atrevías a contar nada. Llevaba un vestido precioso, que me había cosido mi madre, no me lo volví a poner nunca». Todas tenemos una camiseta, un pantalón, una falda o un vestido que no hemos vuelto a ponernos en la vida, y todas sabemos por qué,



 

 

 

 

 

Página 91



aunque no seamos capaces de explicárselo a alguien más. Yo tengo un vestido negro, ¿y tú?

 

Fayna, que padece el diseño urbano destinado al turismo de su isla canaria, reconoce que prefiere el coche al transporte público para ir de casa al trabajo porque «si fuese en guagua a trabajar y me bajase en la parada más próxima a mi casa, me bajaría en medio de la carretera en unas cuestas poco iluminadas». Podemos empezar con ella a hacernos una idea de cómo accedemos al mercado de trabajo si no tenemos posibilidad de conducir un vehículo propio.

Tenemos miedo a las zonas poco iluminadas por lo que nos ha pasado alguna vez, por lo que les ha pasado a otras, por esa genealogía del terror sexual compuesto por las páginas de sucesos. Ese miedo no solo nos limita a la hora de decidir si podremos ir a un centro de trabajo o no, nos coarta el disfrute de unas calles, que también son nuestras, cuando queremos llegar a casa de noche, como comenta una entrevistada: «A veces me podría apetecer ir andando a casa, pero me reservaba una parte de mi sueldo para el taxi porque sabía que a mi barrio no podía volver de noche, que era una zona mucho más solitaria y era violento pillar el Búho desde los locales del centro». EL OCIO DE LAS MUJERES EN EL AMBIENTE URBANO está

 

determinado no solo por nuestro tiempo disponible después de trabajar y de poner lavadoras, o de nuestro dinero para asumir ese gasto extra, sino por toda una memoria colectiva, de temores y culpas, que determina la vida nocturna que nos podemos permitir.

 

Otra de las experiencias que tuvo una de las entrevistadas fue particularmente abusiva, no por la crudeza del acto en sí, sino porque lo cometió quien debía velar para que no sucediese en el transporte público: el conductor del autobús. «Quise que me entrevistases recordando lo que me pasó con veintipocos años, fue una cosa chunga. Ya ves tú… estaba haciendo unas prácticas curriculares y tenía que ir en autobús, y el conductor pues… por lo que se ve, se fijó en mí. Y, bueno, pasó un poco el límite… me tocaba, me hacía gestos con la cara, me tocaba así las manos al darme el billete. Un día pasó a cogerme la mano cuando le daba el dinero, otro día me quedé la última para salir y me cerró las puertas. En otra ocasión, esperando el bus de la ciudad a mi casa, se quedó por detrás de mí, lo tuve a pocos metros y ahí me acojoné». Ante estos episodios continuados, decidió cambiar de medio de transporte, pero no habiéndose invertido en infraestructuras, ni en mejores conexiones que la autovía, se



 

 

 

Página 92



vio ante la siguiente situación: «Fíjate que, del miedo que me entró, tuve que recurrir al tren, que para mí era más largo porque tenía que ir con el coche al pueblo de al lado (mi pueblo no tiene tren), desde allí cogerlo hasta otro pueblo, y allí un tranvía hasta lo más próximo al centro. Al final, llegaba andando hasta las prácticas. Todo por no coger el autobús, por no cruzarme con él. Después ya, tener coche me permitió ser independiente a lo largo de mi vida».

 

Esa es la cuestión, que cuando se les dice que el coche propio es el único medio de transporte que les garantiza libertad, libertad sexual en el caso de las mujeres, independencia y puntualidad, ya no hay manera de revocar esa creencia, porque saben que han estado más protegidas viajando solas que en medio de una multitud. Ya no hay política pública que revoque la percepción de seguridad, mucho menos la comodidad de conducir tu propio coche. A pesar de que el cochismo contribuya a EL MALESTAR DE LAS CIUDADES y haya empeorado la calidad del aire que respiramos, es indiscutible que la democratización del acceso al automóvil propició la autonomía de la clase trabajadora y mejoró su grado de empleabilidad.

 

En la España periurbana no tener coche, advierte Celia, se puede volver un problema para acceder al mercado laboral en lugares como Cartagena: «Hay pueblos con una alta tasa de desempleo de mujeres que no tienen ni apoyo a la conciliación si se ponen a trabajar, ni cómo llegar al trabajo. Muchas no tienen carnet de conducir, y, para ir al campo o a los almacenes, dependen de que la empresa ponga autobuses, porque no hay líneas. Las más jóvenes se sacan el carnet, son unas privilegiadas. Las racializadas, por ejemplo, comparten coche y el gasto en gasolina».

¿Cuántos trabajos perdemos por no poder llegar a tiempo a la entrevista? ¿Cuántas mañanas tenemos que colarnos en el transporte? ¿Cuántas mujeres forman parte de la población inactiva o del desempleo feminizado de este país por no tener cómo desplazarse diariamente al trabajo? ¿Y por no tener quien cuide de quien ellas cuidan? ¿Cuántas rechazamos los turnos rotativos para no volver demasiado tarde? Habitar la ciudad debe ser algo más que ir de casa al trabajo y del trabajo a casa con prisas, con miedo. Pero lleva mucho tiempo siendo simplemente eso para muchas.



 

 

 

 

 

 

 

Página 93



CASAS SIN GENTE Y GENTE SIN CASAS

 

 

En el año 2006, con María Antonia Trujillo como ministra de Vivienda, el Consejo de la Juventud de España lanzó la campaña KeliFinder.com. Se trataba de un portal único para jóvenes que ponía en contacto a propietarias y propietarios con futuras inquilinas e inquilinos. No solo era la versión beta de Idealista, sino que se ofrecía información sobre líneas de ayudas públicas a la emancipación. De aquello, solo recordamos las Keli Finders, unas zapatillas de loneta que servían de recurso a la campaña publicitaria del portal web, y la indignación que despertó la propuesta de pisos para estudiantes de treinta metros cuadrados. En la actualidad, no podemos ponernos unas zapatillas para buscar piso en la ciudad. A la cita con el tipo de la inmobiliaria —ni se nos ocurre ir a un banco a pedir financiación— hay que llegar vestida como para un bautizo, con tres meses de alquiler en el bolsillo, la pensión de las dos abuelas como aval y una pareja estable con mejor nómina que tú.

 

Hace veinte años, tan solo el 41 por ciento de los jóvenes menores de 34 años se había emancipado del hogar familiar. Adquirir una vivienda en propiedad suponía el 53 por ciento de sus ingresos. En 2023, el precio de la entrada de un piso suponía cuatro años y medio del sueldo íntegro de una persona joven, según el Observatorio de Emancipación del propio Consejo de la Juventud de España (CJE). ¿Qué ha ocurrido en la actualidad con las hipotecas? Las jóvenes precarias no somos un buen partido para la banca, no tenemos ahorros que les den ninguna rentabilidad, ni antigüedad en las empresas y reclamamos Bizums al céntimo, con dudosos conceptos, cada vez que salimos a cenar. La concentración bancaria nos hace casi imposible salir de la lista negra en la que nos han metido las tarjetas Revolving, hemos pasado de más de ochenta entidades a las que acudir a pedir un crédito en 2008 a diez, según Funcas, y bajando. La desaparición del sistema de Cajas de Ahorro ha supuesto la pérdida de la soberanía financiera de las capitales de provincia; ahora todo se decide en las sedes sociales, en las capitales mundiales. De la generación millennial en adelante es más complicado acceder a la compra de vivienda porque el mundo que proyectó sombras de ladrillo y hormigón ya no existe, se ha concentrado en fondos de inversión que pagan al contado a precios que no se publican ni se discuten. Adquieren por lotes, jugando a la ruleta rusa con los planes de pensiones de algún



 

 

 

 

 

Página 94



gremio profesional del norte de Europa. Esas viviendas de nuestros centros históricos y de los barrios periféricos de moda les dan resultados porque son disfrutadas, un fin de semana tras otro, por jóvenes centroeuropeos dispuestos a pagar diez veces lo que ni nos podemos permitir cualquiera de nosotras al mes.

 

Ya no se habla de primera vivienda en propiedad, porque la emancipación pasa por arrendar. Para que una persona mileurista alquile en solitario, necesita destinar más del 90 por ciento de su sueldo a vivir en una casa que jamás será suya, y en la que no puede decidir ni los agujeros que se hacen en la pared. Hemos pasado de que sea un drama que tan solo el 41 por ciento de los menores de 35 años puedan independizarse, a darle mayoría absoluta a quien se enorgullece de no hacer nada para controlar los precios del alquiler en un país en el que la tasa de emancipación en 2023 era del 16 por ciento entre los menores de 30 años. Tras la puesta en marcha de la renta básica de emancipación y la promoción de viviendas destinadas a la venta y al alquiler de personas jóvenes, la tasa mejoró entre 2006 y 2008, pero fue empeorando a partir de la crisis, hasta alcanzar los raquíticos datos pospandemia, particularmente en las grandes ciudades. Si hubo alguna posibilidad de mejorar la independencia habitacional de la juventud, desapareció por las consecuencias económicas de la COVID-19.

 

No hay generación de trabajadoras que no haya experimentado hacinamientos, desplazamientos o desahucios. Y no solo es algo que afecte a las clases más empobrecidas de la sociedad; vivir en el centro de las ciudades está al alcance de muy pocos. La GENT D’ORDRE de Barcelona se ha tenido que mudar, ha dejado de vivir en Sarrià porque ya no se lo puede permitir. La precarización del empleo y la especulación en la vivienda nos exprime; no es mala suerte, es un modelo de acumulación por desposesión trabajando para quienes lo diseñaron. En la Ciudad Condal se habla de «una generación inquilina», el Institut de Recerca Urbana advierte que el 65 por ciento de quienes viven de alquiler tienen más de 35 años. La desigualdad en el acceso a la vivienda de las generaciones actuales con respecto a las anteriores tiene que ver con cómo se ha destruido la protección al trabajo y el paralelo encarecimiento del suelo. Según el Banco de España, pagar una casa de tipo medio, entre 180 000 y 190 000 euros, requiere de ocho años de renta bruta, tras abonar una entrada de 45 000 euros, el doble que hace tres décadas. Antes de que @elzulista se hiciese conocido por generar a millones de personas ansiedad y frustración



 

 

 

Página 95



en una infructuosa búsqueda de hogar, en la periferia de la periferia de la Ciudad Condal, Núria recuerda la yincana que vivió al independizarse hace veinte años: «Dejé de vivir en Badalona porque me fui a estudiar a Granada y, cuando volví, era tan caro que no me lo podía permitir. Luego compré un piso donde me lo podía comprar, en Granollers, que era todavía más barato».

 

Una tasa del 16 por ciento de emancipación, para que nos entendamos, quiere decir que, de cada cien jóvenes, únicamente dieciséis tienen realmente la libertad de elegir a qué hora se come, pero también la responsabilidad de llenar la nevera o poner la lavadora en su casa. ¿Cómo te afecta la inflación si no eres quien hace la compra? ¿Cómo te afecta la subida de la luz si no está a tu nombre el recibo? Una de las consecuencias de la precariedad es el retraso en los hitos vitales.

LA ESPAÑA PRECARIA está sufriendo un retraso en la madurez. Los menores de 30 años solo se pueden emancipar en pareja o compartiendo. Es irónico que en esta era neoliberal y posmoderna, donde se premia y reconoce la máxima expresión de los valores individualistas, sea tan inaccesible tener una habitación propia y se tengan que repartir las baldas del frigorífico con desconocidos. Y, mientras tanto, según datos del INE, alrededor de un 15 por ciento de nuestro parque inmobiliario, casi cuatro millones de casas, está vacíos. No es una cuestión generacional. Es el sistema desposeyendo a la clase trabajadora de la posibilidad de habitar una vivienda digna.

 

No emanciparse no siempre es sinónimo de haberse infantilizado. Sindy tuvo un hijo siendo adolescente y quince años después sigue viviendo con su madre porque no se puede permitir un alquiler con un sueldo de mil quinientos euros en Benidorm. Su caso es un ejemplo de hacinamiento. En su casa llegaron a vivir nueve personas durante la COVID-19, incluida su hermana, personal sanitario: «Sigo viviendo con mi madre, mis hijos, mi hermana, su marido y mi ex, que aún no tiene a dónde ir… ¿por qué? Porque la vivienda es muy cara, es imposible independizarse, y más con el sueldo de mierda que tengo». Cada familia duerme en una habitación, como en el Madrid de las aguadoras de principios del siglo XX que describe Victoria Gallardo en FUIMOS

 

INDÓMITAS.



 

 

 

 

 

 

 

Página 96



La orientadora del instituto le dijo a Maca que debía pensarse muy bien qué quería estudiar en la universidad, porque eso le garantizaría un buen trabajo para acceder a una casa en la que formar una familia. Este último hito para ella ha estado siempre muy presente, porque quiere ser madre. Así que fue paso a paso, adaptándose a sus propias circunstancias: se cambió de carrera. Antes de acabar los estudios, tenía dos trabajos, y cuando ahorró lo suficiente, a los 24 años, se fue a vivir con una amiga. Conoció a un chico y se mudaron juntos, pero aquello no acabó bien. Volvió a compartir gastos con otra amiga, porque, aunque ya trabajaba de lo suyo, «con un sueldo de maestra en la escuela concertada ninguna inmobiliaria te enseña pisos, todos superan el 30 por ciento de lo que ganas». En el momento en el que le hago la entrevista, a sus 42 años, sigue en la misma situación laboral, pero ahora necesita pagar el alquiler con dos chicas más. Y aunque no tiene pareja, sigue queriendo ser madre, así que, con todo en contra, va a someterse a una inseminación por tercera vez.

 

Un año después, cuando Maca revisó la transcripción de su entrevista, añadió un comentario justo aquí: «Me ha gustado leer lo que dije, sobre todo la parte en la que hablo de la inseminación y del intento de quedarme embarazada. Aprovecho para decirte que lo he conseguido… Hace casi ya un mes que nació mi peque». Esa niña hizo saltar la sucesión de hitos por los aires. Cuando releo este párrafo, me pregunto si alguna vez tuvo sentido esa secuencia de carrera-trabajo-pareja-casa-familia para las mujeres de clase trabajadora. Quizá no es que NOSOTRAS VINIMOS TARDE, sino que se deberían haber tenido en cuenta nuestras circunstancias e inquietudes antes de plantearnos esa serie ordenada de aspiraciones vitales.

 

El malestar por la imposibilidad de vivir mejor que nuestros padres está intrínsecamente relacionado con no tener acceso a una vivienda digna o poder formar una familia. Hace veinte años, quienes criticaban las KeliFinder aún tenían a sus abuelos vivos para recordarles que ellos habían criado a una camada de cinco miembros en la sala de estar de un piso con un dormitorio. A nadie se le ocurría decir que estaban viviendo peor que sus padres, porque aún había memoria. Ahora que nuestros padres son abuelos, hay quien pretende que añoremos un momento de nuestra historia que nunca existió, promulgando un enfrentamiento generacional. Inventarse el pasado es otro síntoma de invocar EL TIEMPO

 

PERDIDO.



 

 

 

 

 

Página 97



Cuando le pregunté a Sara si vivía sola, la resignación habló por ella: «Tengo 27 años, he intentado independizarme en Getafe, pero no he podido porque solo me he encontrado pegas: precios, avalistas, la edad… Siendo de extrarradio, tengo menos recursos a nivel económico para poder lograrlo», al igual que Fayna, de la misma edad pero con la particularidad insular: «Sigo viviendo con mis padres porque actualmente es imposible hacer otra cosa. Para alquilar piden muchísimas condiciones, avalistas, o que si te independizas sea en pareja, no con amigos, por el estereotipo de jóvenes y fiesta. Tendría que salir de la zona en la que vivo, que se ha convertido en una ciudad-barrio dormitorio, muy tranquila. La gente prefiere vivir aquí que en Las Palmas de Gran Canaria. Aquí son setecientos euros y en la capital de ochocientos para arriba, a no ser que quieras vivir en un zulo o en una casa muy antigua por quinientos euros, teniendo que comprar electrodomésticos y amueblar tú».

 

Antes que se hablase en los medios de las dificultades de emancipación, el gran tema de la vivienda eran los desahucios, que no solo han empobrecido a las familias por hacer frente al pago de la hipoteca, sino que han esquilmado oportunidades de acceder a una vivienda a sus hijas. Por ejemplo, la joven de 18 años Marya no podrá verse avalada cuando necesite pedir un préstamo, aunque sus padres vivan al día: «Al principio, nuestra casa la tenían hipotecada y con la crisis no podían pagar. La devolvieron al banco. Y el banco nos la tiene en forma de alquiler. Durante el último año tuvimos problemas porque no querían renovarnos el contrato, aunque se había pagado todos los meses el precio acordado, no éramos okupas ni nada. Esto se ha solucionado hace semanas, literalmente. Mis padres han estado muy agobiados con esto. Intentaron ir a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, la PAH, pero tampoco les solucionaba mucho, porque se centraban más bien en personas a las que iban a desalojar ya de ya, y en personas que eran okupas y tal. Y mis padres, pues no se sentían… eso, no sé. Es que son muy orgullosos… Esto del alquiler les ha hecho pisar tierra, ahora se sienten más de clase obrera, ¿sabes? Mi madre se vio, con el orgullo que tiene, en una reunión de la PAH, con prostitutas, con okupas, con los gitanos y tal. Y ella, pues era como “pero cómo me van a meter en el mismo saco si yo jamás he hecho esto”, estando afectada por lo mismo que los demás».

 

Para el sistema de acumulación por desposesión ha sido clave dinamitar la solidaridad ciudadana que estalló contra los banqueros que se



 

 

 

Página 98



dedicaron a VOTAR Y COBRAR. Hemos pasado de la empatía con las DESAHUCIADAS a la criminalización de los impagos del alquiler. Para África, una joven técnico de luces de 27 años, esa es una manipulación de los medios, que «no dejan de ser empresas a las que les interesa vender alarmas y meter miedo. Okupar es una movida, tienes que saber si es una morada, si es una segunda o una primera y, realmente, si te metes y es una de primera morada te pueden echar rápido. Hay una desinformación increíble y muy poca cultura del movimiento okupa. No tengo amigos que vivan de okupas, ni que hayan okupado. Sí que tengo conocidos que no pueden pagar el alquiler, pero realmente saben que putean al casero, y que se tienen que ir, no se quedan. ¿En qué necesidad te tienes que ver para vivir en un piso patada? Empecemos por ahí, el problema real no son los okupas. El problema es que los jóvenes estamos tan precarizados que no podemos vivir, que tenemos que compartir. Si yo no comparto piso, no llego a fin de mes pagando un alquiler, y te estoy hablando de un piso en el extrarradio de Madrid, en Usera».

 

Se habla en los medios de desahucios que les ocurren a otros y de okupaciones que nos pueden pasar a cualquiera. En ese contexto pone el cuerpo Sonia, profesora de universidad en Barcelona y procedente de Nou Barris. A ella no le preocupan los desahucios en abstracto, «me preocupa que mi primo se quede en el paro, porque mi tía lo avaló con su piso. Esta es la diferencia entre los que procedemos de clase trabajadora y los que no. Estas realidades se materializan a nuestro alrededor, en nuestras preocupaciones diarias».

 

A quien llega a buscarse la vida sin romantizar el desayuno en Instagram, la ciudad le tiene deparada una singular acogida: ya está alquilada. El racismo latente de arrendadores e intermediarios lo ha sufrido Roxana: «Con el padre de mi hija mayor alquilé el piso en Aluche. Nos costó bastante, no quiero pensar que fuese porque yo soy boliviana y él moldavo… Quiero pensar que es porque no cumplimos los requisitos que te pedían: no sé cuántas nóminas y un contrato. Esas son las condiciones antes de ver el piso… Lo que sí me daba cuenta es que a él enseguida lo rechazaban cuando llamaba, lo tomaban por rumano, y los rumanos tienen muy mala fama, así que prefería llamar yo, aunque no tenía papeles y tampoco trabajo». Así como Valentina, que se ha encontrado los mismos problemas y, en su caso, no duda de la xenofobia de los propietarios: «Cuando buscamos vivienda mi hermano y yo notamos muchísimo que no



 

 

 

Página 99



nos quieren alquilar. Si nos escribimos, no hay ningún problema, pero cuando descolgamos el teléfono lo primero que me preguntan es de dónde soy, si tengo los papeles en regla, de dónde son mis padres. Aunque es mi madre la que me mantiene, el aval de mi alquiler es la pensión de mi abuelo español porque, de mi madre, en México, no querían aval, y de mi padre, como es autónomo, tampoco». Además, Valentina ha experimentado la carga de la intersección género-raza al ver cómo opera de manera muy diferente el estereotipo del hombre latino salvaje y el estereotipo de la mujer latina sumisa: «Incluso creo que yo lo tengo más fácil que mi hermano para encontrar piso. Al ser mexicano, hombre y llevar mullet, tiene pinta más chida, más molona y menos seria».

 

Luna tiene 50 años y es una más de la diáspora venezolana en Madrid, pero no de las que llegó con la golden visa y gentrificó el barrio de las Cortes. Ella vive en las afueras de la periferia, en un PAU de Moratalaz: «Cuando llegué, sin NIE y sin nómina, dimos cinco meses por adelantado hasta que pudimos entregar un recibo de nómina. Y eso porque el casero era amigo del amigo. El padre de mis hijos se ha hecho pareja de hecho con la madre de un amigo de los niños, sin ser realmente pareja ni conocerse mucho, porque para ella era la única manera de poder firmar el contrato de alquiler sin depender de la nómina o de que le quisiera hacer el favor su ex. Le fue mejor pedirle el favor a otro ex, el mío, que a su propio ex». La experiencia buscando vivienda de Aurora, a sus 54 años, tras separarse de su marido y tratar de empezar una nueva vida en Villaverde o en Cuatro Caminos es similar a la de cualquier migrante intentando alquilar una casa, con la excepción de que Aurora, como toda su familia, nació en España, por mucho que su tez morena sea la excusa para que le pregunten de qué país es. Es española, pero gitana: «Me puse a buscar piso y, de tenerlo casi cerrado, con la documentación y todo, se echaban atrás cuando me veían. En cuanto te ve el de la inmobiliaria, se lo alquila a otra persona que no sea racializada. Yo no tengo una nómina baja, tengo estudios, tengo trabajo fijo… pero les da igual».

 

Las dificultades para encontrar una alternativa a la vivienda familiar provocan en muchas ocasiones que las separaciones se pospongan o que los divorcios nunca lleguen. Mariña, desde Vigo, me confiesa: «Yo no tengo grandes traumas relacionados con el hormigón, pero sí soy consciente de que, a mi alrededor, había paro y malos tratos. Soy consciente porque ese tipo de viviendas se construyeron con materiales de



 

 

 

Página 100



no muy buena calidad, por lo que escuchabas todo de los vecinos, y te enterabas de cosas, aunque no quisieras. Entonces, por ejemplo, sabías, o por lo menos intuías, lo que tal vecina podía tener en casa, ya no tanto por los gritos, que a lo mejor no te coincidía justo en el patio de luces, sino por otras cosas que veías».

 

Estadísticamente, es en ese momento, en el de las separaciones, cuando saltan todas las alarmas y aparecen las grandes dificultades económicas, aunque junto con el bulo de las denuncias falsas, el divorcio es el mito por excelencia de la injusticia que se está cometiendo contra los hombres, afirma la investigadora Begoña Pernas. Los hombres se sienten desbancados, rechazados, abandonados por sus parejas, pero también vilipendiados por el Estado cuando la justicia les niega que la custodia compartida pueda sostenerse entre su madre y la madre de la criatura. Según Javier Ruiz, en su radiografía del EDIFICIO ESPAÑA que disecciona la desigualdad económica y de oportunidades en nuestro país, sobre todo para las mujeres, «la separación puede ser el gatillo que dispara la pobreza». Ese fue el caso de la madre de Sandra, en Sevilla, que vio cómo la situación económica de su padre mejoraba mientras que su madre, que los cuidaba y tenía un trabajo a media jornada, llegó a un acuerdo con el banco para evitar el desahucio a través de un alquiler social. No es solo tener que seguir conviviendo cuando ya no hay amor, es saberse haciéndolo en un PAU cuando el coche es de tu pareja, no podrías pagar sola la hipoteca, tienes reducción de jornada por cuidados y el niño necesita que le pongan aparato. La especulación del suelo es violencia contra las mujeres.

 

Tras la venta de las viviendas del PAU de Carabanchel a un fondo buitre, dos mujeres afectadas por la subida de alquiler y posterior orden de desahucio se suicidaron, «una de ellas, separada, se acabó ahorcando», recuerda Arantxa.

 

 

 

UNA PUERTA VIOLETA EN LA PARED 

 

 

La única manera de emanciparnos de la vivienda familiar y no compartir piso sin que medie una herencia es la pareja: sumar dos sueldos, dos ahorros, dos familias que ayuden con la entrada ocon el mes corriente, en caso de alquiler, y con los gastos. Aunque nos acusen de INTENSAS cuando



 

 

 

Página 101



lo advertimos, no deja de ser cierto que nuestro sistema inmobiliario es el mejor aliado del modelo más clásico de monogamia. Aquel eslogan franquista del país de propietarios, no de proletarios, jamás incluyó a las mujeres como dueñas de sus viviendas. Ellas, y nosotras, seguimos siendo profundamente proletarias, dependientes. Aun habiendo accedido al trabajo remunerado, incluso a algún puesto muy bien remunerado, ninguna mujer ha logrado emanciparse por completo de la dominación masculina y, por ende, de su máxima expresión: la violencia de género.

 

A partir de nuestra legislación, podríamos definir la violencia de género como todo acto de violencia basado en la discriminación y desigualdad de género, ejercido por cónyuges o parejas actuales o pasadas, que cause o pueda causar daño físico, sexual o psicológico a la mujer, incluyendo amenazas, coacción o privación de libertad, tanto en la vida pública como privada.

Aunque la violencia está en todos los ámbitos, cobra especial relevancia, fuerza e impunidad dentro de la relación de pareja. Cuando te ves con un trabajo a media jornada para poder atender a tus criaturas y vives con una hipoteca que se comió todos tus ahorros y los de tu familia, plantearte salir de una relación de maltrato es harto complicado. Si emanciparse es prácticamente imposible para cualquier joven con un empleo precario, para alguien que no se tiene más que a sí misma, si acaso un gato (menos del 5 por ciento de las viviendas anunciadas en Idealista permiten mascotas), para una madre con hijas o hijos menores es una odisea. Una odisea como la de Penélope, que teje y desteje porque no tiene a donde ir, y casi mejor si Ulises sale a por tabaco y la deja en paz.

 

Cuando las víctimas de violencia de género toman conciencia de su estatus, aparece el desamparo ante la idea de perder su hogar o tener que cambiar de barrio. Las razones por las que las relaciones de maltrato se extienden en el tiempo son múltiples y complejas. En cada pareja operan unas vulnerabilidades y unas dinámicas de opresión particulares, pero no podemos pasar por alto que la precariedad, el estigma hacia las mujeres de clase trabajadora y la crisis de la vivienda no ofrecen la posibilidad de imaginar de manera sencilla un futuro sin el agresor, especialmente cuando es él quien mayores ingresos económicos aporta. No siempre es fácil separarse de él, sobre todo si no se cuenta con apoyo familiar y social, o con la autonomía de unos ingresos propios. A la dependencia afectiva se le suma el miedo a que cumpla sus amenazas, entre ellas la posibilidad de



 

 

 

Página 102



que ejerza violencia vicaria sobre la prole si la madre deja de estar presente.

 

No hay razones estadísticas para pensar que una mujer de clase trabajadora sea más vulnerable a la violencia de género que otra de clase acomodada. Ello supondría dar por válidas las teorías que describen a los hombres de clase trabajadora como más violentos y machistas, cuando no es así. Hay más víctimas de clase trabajadora porque somos más las que trabajamos que las que viven de las rentas.

 

La vulnerabilidad es consecuencia de nuestra posición subalterna en el mercado laboral, en la oferta de vivienda en alquiler, en la cada vez más escueta red pública de centros y profesionales que puedan atender, acompañar y ofrecer alternativas. Casos como el de Nevenka Fernández, Bárbara Rey, María Jiménez, Carmina Ordóñez y Antonia Dell’Atte en nuestro país, o el de Britney Spears, Rihanna y Kim Kardashian en el panorama internacional, demuestran que la violencia es transversal al nivel de vida, pero que en cualquier caso opera hacia las mujeres humillando, sometiendo y poniendo en riesgo su vida, su carrera y su independencia económica, además de la relación con su familia o su proyección pública.

Por supuesto que no siempre todo es lo que parece, muchísimas veces nuestra percepción está errada. Ninguna de nosotras somos seres de luz, ni la feminista perfecta capaz de identificar qué es exactamente lo que le está pasando mientras le está pasando. Una de las entrevistadas que mejor opinión tenía de su pareja en torno a la conciliación, la corresponsabilidad, la deconstrucción masculina y la implicación con la igualdad, tan solo un año después de la entrevista, cuando le solicité que revisase las notas antes de incluirlas en el ensayo, había interpuesto varias denuncias por malos tratos. Su ya expareja llevaba una tobillera, tenía una orden de alejamiento y estaba a la espera de juicio. Hoy en día ella es una víctima de violencia de género con un nivel estimado de riesgo alto en el sistema de VioGén.

 

Dado el encarecimiento de la vivienda en nuestras ciudades, algunas parejas deciden mudarse juntas a los pocos meses del inicio de la relación para poder ir más desahogadas, tener más intimidad… En definitiva, dejar de compartir piso y aprovechar mejor los escuetos salarios. El problema de esta aceleración es que el despliegue de la violencia se desarrolla progresivamente, por lo que, en ocasiones, esas red flags que todas tenemos tan claras en la teoría, dejan de ser visibles entremezcladas con



 

 

 

 

 

Página 103



las dificultades propias de la vida en pareja los primeros meses. Cuando queremos darnos cuenta, ya estamos pagando una airfryer a plazos.

 

En el mejor de los casos, para nuestra vida, le empezamos a dar importancia a los primeros signos de violencia según la agresividad va en aumento un ciclo tras otro. Ese fue el caso de una de las entrevistadas en la capital. Entre ella y sus amigas, las relaciones de pareja que se iniciaron en el instituto se prolongaron hasta el primer o segundo año de universidad. Con el tiempo, la formación y tras varios sucesos trágicos, la joven identificó que estaba en «una relación bastante tóxica». Hasta aquel momento, incluso un bofetón lo veían completamente normal, los justificaban «si le habías dejado mal delante de sus amigos, si le contestabas mal, si no le gustaba cómo ibas vestida. Nosotras entendíamos que una bronca, un empujón o un “Tía, vete a cambiarte, no me gusta que vayas así” era normal». Eso se dice a sí misma, aún hoy, que aquello era lo normal, lo que veían en algunas madres. Incluso se censuraban unas a otras justificando las reacciones violentas de sus parejas. Durante la conversación repara en aquel «tía, para qué te pones esa camiseta» que se recriminaban entre ellas. En el grupo de amigas estaban todas igualmente cohibidas, alienadas y completamente atemorizadas. Ninguna levantaba la voz, a ninguna le parecía fuera de lugar lo que les hacían, nadie era capaz de identificar el maltrato y el control, «era más fácil decir: “Pues si no le gusta, si ya sabes que no le gusta, no te pongas esa camiseta”».

 

Otra de las entrevistadas esperó a la aprobación de su psicóloga para participar en esta edición, puesto que no había hablado nunca del maltrato que padeció durante su adolescencia: «Sufrí violencia de género en pareja con catorce años. Empecé a salir con un chico que era año y medio mayor que yo, del barrio, español. Perdí la virginidad con él la noche que me lo presentaron. Y, días después, empezaron los chismes, me decían que era una chalada por estar follando con una persona a la que no conocía. Él me decía que me quería y me vi en la situación de tener una relación, aunque yo no lo quería. Estuvimos juntos un año y cuatro meses». El respeto que merecemos las mujeres, ya sea en el centro o en los márgenes, sigue relacionado con el contexto en el que mantenemos relaciones sexuales: en pareja monógama y con la luz apagada, bien. En el asiento de atrás de quien acabas de conocer, fatal. Se sigue prefiriendo el orden social patriarcal a la libertad de las mujeres, muchas veces a costa de nuestra integridad física.



 

 

 

Página 104



«A las pocas semanas, se puso en marcha una escalada de violencia psicológica, de control, de la que yo no era consciente, pero ahora… buah, es que este tío me las ha liado muy pardas. Me venía a buscar a la puerta del colegio, quería estar a todas horas conmigo. Al principio yo no le veía mala intención, pensaba que si me pedía que dejase de quedar con los punkis del barrio era porque me quería proteger. Pero en realidad, él no quería que me juntase con nadie. Después se hizo con mi grupo de amigos, y dejé de ir sola a ningún sitio sin él. Había un montón de red flags que, con esa edad, no las veía, como que los primeros días de relación, después de follar, él me daba veinte pavos. Me decía que era para mis cosas, porque su familia tenía y la mía no», continúa. «Nuestras relaciones sexuales eran con preservativo, pero él decía que se nos rompían. Desde que le dejé no se me ha vuelto a romper ninguno. Tuve un aborto, y ahí me rallé. Él decía que quería que fuéramos padres y que no le parecía bien que no hubiese seguido adelante con el embarazo. Después de aquello, yo ya no quería seguir, no quería follar, y entonces empezó a agredirme sexualmente cada vez que a él le apetecía y yo no quería. Empezó a ponerme los cuernos, y cada vez que yo me enteraba, después de la bronca, venía a mi casa con flores. Otro día se puso a revisar los SMS del Nokia 3310 y, al ver que me había escrito un compañero de clase, me cruzó la cara. Ese fue el punto de inflexión. Eso fue lo que me hizo darme cuenta. En ese momento me dije que yo no quería ser una mujer maltratada. No era aún consciente de que lo había estado siendo durante un año. Cuando me cruzó la cara, me quedé sentada en la cama y solo pensaba, no quiero ser una mujer maltratada, no quiero ser una mujer maltratada, tengo que salir de aquí. Se fue de mi casa y estuvo tres días sin hablarme, que para nosotros era un mundo. Volvió a aparecer diciendo que tenía cáncer, falsificó una analítica y vino diciendo que había reaccionado así por el cáncer. No volví con él, pero me tuvo amenazada durante años. Me pedía que quedáramos para hablar las cosas en un descampado, que, a ver, si te parece, me voy pegando yo las cuatro puñalás. Y la última fue que en un paso de cebra, yendo yo con mi madre, intentó atropellarme con el coche. Mi madre me mandó inmediatamente a casa de una amiga que vive en Toledo. Hasta entonces no le había contado por qué lo había dejado, ni lo que me había estado haciendo».

 

El testimonio de otra millennial: «Sufrí agresiones sexuales con mi segunda pareja… me violó en varias ocasiones, una de ellas mientras yo



 

 

 

Página 105



dormía. Lo vendió como que era algo que él había hecho sin tener conocimiento, dormido también. Básicamente, me obligaba a mantener relaciones con él mediante manipulación. No lo hacía de forma violenta, sino, eso, de forma más psicológica». Con quince años más, casada y con un hijo, desde los márgenes de la capital llega otro testimonio similar de violencia sexual en pareja: «Mi marido me forzó sexualmente una vez. O sea, estábamos en la cama, estábamos desnudos, a mí no me apetecía. Llegó un momento en el que le dije que no me encontraba bien y entonces él me cogió de las muñecas y me penetró porque sí. Porque le vino bien. Yo se lo dije, le dije que me acababa de violar porque le había estado diciendo que no, que no quería, que me dejara y que me había agarrado de las muñecas para poder metérmela. Se enfadó muchísimo, se lo tomó fatal. Llamé al 016… me fui dando cuenta de muchas cosas».

 

Los monstruos grises en nuestras cocinas sobre los que cantaba Rozalén son innumerables. Ya cumplidos los cuarenta, durante una videollamada otra de las participantes confiesa que «viviendo en pareja tienes para otra entrevista completa. Por el tema de posesividad. A partir de cierta edad ves que desaparece la necesidad de tener pareja. Con pareja, mi tiempo ha sido más agobiado e infeliz que feliz. No sé si ha sido mala suerte mía, porque yo veo a otras parejas felices. Pero a mí me han tocado celosos, maniáticos, manipuladores, infieles… Y la infidelidad no es lo peor que te puede ocurrir. Engañarte, manipularte, tratarte como a una tonta y que seas una marioneta, eso es muchísimo peor. Sé que hay cosas que me oprimen, ser consciente de ello es importante. Pero cuando una pareja te manipula, cuando te tiene de tonta… Un día despiertas y es un derrumbe. Te das cuenta del engaño, de que te ha conducido y manipulado».

 

Una de las más terribles extensiones de la violencia de género es la vicaria, que es psicológica y puede llegar a provocarle a quien la padece la muerte en vida cuando la expareja acaba asesinando a quienes más quiere: sus progenitores o sus descendientes. Rosalía González, presidenta de la Asociación Mami, detalla sus vivencias en primera persona, y algunas de las más de ciento cuarenta mujeres organizadas contra el maltrato infantil.

 

El dolor infligido a los menores, las presiones con las que se violenta a las hijas y los hijos para que quiebren la confianza en sus madres, persigue perpetuar el maltrato al que ha sido sometida la mujer una vez cesa la relación, y más si cabe cuando se imponen medidas de protección tras una



 

 

 

Página 106



denuncia pero no se incluye a las hijas y a los hijos como víctimas. «Tú, si sabes que cuando tus hijos están con él no van a comer, o van a ser abusados sexualmente, sufres. Y demostrar eso nos enfrenta a unas trabas y a una violencia institucional muy grande. Parece que a nadie le importan los niños, la frasecita del bienestar superior del menor no puede limitarse por el derecho del padre, maltratador, a ver a su hijo», indica González.

 

Otra de las madres separadas entrevistadas compara la situación con cada una de sus exparejas, sendos padres ausentes, pero uno más que el otro: «Con el padre de mi hija no tengo ninguna relación. Una vez se marchó, no compartimos nada, nos abandonó por completo tanto a mí como a ella. Pero con el de mi hijo… justamente hoy he puesto la novena denuncia porque no cumple el régimen de visitas ni el convenio que tenemos. Se desapareció durante tres años, volvió hace un mes y ahora tengo que llevarle todas las semanas a mi hijo a un punto de encuentro porque un juez ha dictaminado que el niño tiene derecho a ver a su padre, aunque desapareciese durante tres años y no cumpliese con la manutención ni las visitas. Pero como cambió la ley y las visitas no son una obligación sino un derecho, apareces cuando quieres. Si quieres ejerces el derecho y si no, no, y le pones la vida patas arriba al niño. Al principio, mi hijo quería pasar tiempo con él, pero ahora le parece una pérdida de tiempo estar en el punto de encuentro con él dos horas. Está totalmente desestabilizado de sus idas y venidas. Quiero que lo vea un psicólogo, pero tengo que pedirle autorización al padre hasta para que le hagan pruebas médicas… hay que pedirle autorización a una persona que, cuando le viene en gana, se esfuma sin dar explicaciones. Tuvo que ser el juez quien reconociese el derecho de mi hijo a ser atendido por un psicólogo, pero solo de la Seguridad Social, como si eso fuese garantía de algo, porque en dos años ha tenido cinco visitas y cada una ha sido con un profesional diferente. Así no tiene un buen seguimiento, ni un tratamiento continuado».

 

González refrenda este caso anterior, ya que la mayoría de las atenciones psicológicas de menores con padres divorciados se da por sentencia judicial. La terapia es un espacio seguro para el menor. En ella se exponen los patrones de manipulación del progenitor, y ese es un riesgo que los padres no quieren correr, especialmente si deben costear al menos la mitad de los gastos de la sesión.



 

 

 

 

 

Página 107



El caso más extremo de violencia vicaria entre las entrevistadas es el de Zelia, una abogada de la ciudad condal, víctima de la MISOGINIA JUDICIAL. Durante toda la conversación, se identifica con la experiencia de Rocío Carrasco, protagonista de todo un fenómeno en prime time exquisitamente abordado por la periodista especialista en violencia de género Ana Bernal Triviño. El factor clase aquí es relevante. Insiste en que, aunque económicamente podría tener unos medios económicos similares a los de Carrasco, también a ella la acompañó la palabra «loca» durante todo el proceso judicial. Cuando su ex demandó la custodia, fue ella quien debió demostrar que era una buena madre. A pesar de las causas pendientes por violencia de género, la disputa por la custodia se libró al margen de los informes médicos y de los testimonios. Sufrió agresiones por parte de la pareja del padre de su hija cuando se disponía a dejar a la menor con ellos para pasar el fin de semana, y una viandante llamó a emergencias, donde un doctor le diagnosticó un ataque de ansiedad, le recetó ansiolíticos e informó de oficio de un caso de violencia de género, recién estrenados los protocolos de la Ley Orgánica de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género, en 2005. «Siento que fui un conejillo de Indias, todo aquello era nuevo». El día que apareció en los juzgados en condición de víctima, sus propios compañeros la acusaron de aprovecharse de sus conocimientos jurídicos para obtener la custodia. Fue revictimizada al mismo tiempo que se le negaba su estatus de víctima. Aunque la denuncia no la puso ella, sino aquel médico. Decidió abandonar su colegiatura y su carrera. «Esto no es lo que yo he estudiado, me desengañé de ser abogada». Dada su posición económica, en cierta medida acomodada, dejó de trabajar, tiró de ahorros y se dedicó en exclusiva a la maternidad, a preparar el proceso judicial y al cuidado médico y psicológico que exigen sus ataques de ansiedad. «Yo quería que los informes recogieran que él era un psicópata demasiado listo como para agredir con sus propias manos, que yo no estaba con la cabeza cortocircuitada», apunta.

 

Pero los exámenes psicológicos, lejos de demostrar el origen de la violencia a la que se ve sometida por parte de su ex, dejaron en evidencia que está siendo medicada, que no es emocionalmente estable y que, además, no trabaja. El plan de él era mudarse a Estados Unidos para alejar a la niña de ella mientras se recuperaba. El juez accedió. Fue una medida excepcional en un contexto que tan solo concede el 4 por ciento de las



 

 

 

Página 108



custodias en exclusiva al padre. Más de diez años después, una década con cada uno de sus días, no ha vuelto a ver a su hija. «Comprendí que cuando un hombre en España te dice que te va a quitar a la niña, te la quita». En un primer momento, viajó tras ellos a Estados Unidos, donde descubrió que habían dado orden en el colegio para que no pudiese acceder, ni siquiera a las funciones escolares. Las condiciones impuestas por el tribunal en España no se estaban cumpliendo. El traslado temporal se convirtió en secuestro parental.

 

Durante su estancia en el país norteamericano empezó a temer ser procesada allí si su ex interponía alguna demanda o si desde el colegio se asustaban por su insistencia en ver a su hija: «Me veía como María José Carrascosa, en la cárcel. No tenía visa de trabajo. Sentía pánico porque él dijo en el colegio que yo estaba loca de atar». Como inmigrante, rápidamente fue desclasada, perdió «la inocencia naíf de niña pija que pensaba que todo me podía salir bien». Allí fue una hispana más con un «empleo para inmigrantes», compartiendo piso. Finalmente, inició un procedimiento judicial, pero se vio obligada a representarse a sí misma ante la incapacidad de hacer frente a los honorarios de los profesionales norteamericanos, sin éxito. Hoy en día, de vuelta en Barcelona, su única esperanza es que, una vez su hija cumpla la mayoría de edad, quiera pasar tiempo con ella y que empiece sus estudios universitarios aquí. También hay hijas del hormigón en la upper Diagonal.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 109



 

 

 

 

 

 

2

 

Trabajo

 

 

 

 

 

 

Jamás he sido un empleado. Fui creado para trabajar. Tampoco tuve nunca una infancia. Pero he intentado imaginarme una. A veces mi compañero humano habla de no querer trabajar, y también dice algo muy raro, totalmente absurdo, sí, ¿cómo es? Dice que «uno es más que su trabajo», ¿o dice más bien que «uno no es solo su trabajo»? Pero ¿qué otra cosa podría ser entonces? ¿De qué manera obtendrías comida, quién te haría compañía?

 

OLGA RAVN, Los empleados

 

 

 

¿QUÉ OTRA COSA PODRÍA SER ENTONCES?

 

 

En la nave seis mil que describe Olga Ravn conviven humanos y humanoides. Un humanoide, testimonio 031, se cuestiona qué seríamos más allá del trabajo, cómo podríamos socializar.

 

Si seguimos reivindicando el derecho al trabajo en tiempos de hiperproductividad y ansiolíticos, es porque la respuesta que históricamente se nos ha ofrecido a las mujeres ante los interrogantes que se hace el autómata es ser ama de casa. Ser dependientes y retroceder a las posiciones subalternas de la jerarquía económica.

En los años setenta, la madre de Carmina empezó a servir en la calle Alcalá a escondidas de su marido. «Mi padre fue un machirulo que no tenía educación, no quería que ella trabajara fuera de casa. Después del curro, que no había otra distracción ni otro medio para sostener la mierda de vida que llevaba, él se iba de vinos. Uno aquí, otro ahí, otro allí. Así que la mierda que ganaba no nos llegaba. Mi madre, entonces, se iba a limpiar sin decírselo, porque él se negaba a que su mujer tuviese un empleo. Cuando se enteró, cogió una mañana y no se levantó de la cama.



 

 

 

Página 110



“No voy a ir a trabajar, porque ya me he enterado de que trabajas tú”, le dijo a mi madre. A los machirulos no los necesitamos, pero ellos se creen imprescindibles».

 

Hablamos del derecho a que se reconozca y se remunere nuestro tiempo, porque ocupaciones feminizadas han existido siempre. Despojadas históricamente de una gratificación justa, el mero hecho de desempeñar tareas productivas no garantiza nuestra plena autonomía. A pesar de ello, es el único medio de liberación que tenemos en la sociedad para acceder al desarrollo personal, más allá de nuestra identidad como hijas, esposas o madres enfrascadas en actividades no remuneradas.

Es lícito que un humanoide se pregunte qué podría ser más allá de un empleado, puesto que nos hemos socializado a partir de las identidades laborales, categorizando la dignidad personal según la ocupación y las aspiraciones profesionales. Hace cincuenta años, si una mujer no era empleada y tampoco se dedicaba a sus labores, era una vaga, y por ende, una maleante.

Hasta 1985, en nuestro país el DNI incluía la profesión. Hoy, el NIE depende mayoritariamente del empleo. La garantía de un derecho fundamental, como el de la salud, está supeditada al alta en la Seguridad Social. Los recortes a la universalidad producidos durante la crisis no se han derogado por completo. Las prestaciones de maternidad o de paternidad son contributivas. En los talleres ocupacionales para personas con discapacidad, no se valora el producto final sino lo que supone para su inserción en la sociedad el cumplimiento de los horarios y las tareas. Se aplica el mismo criterio para los penados y para las penadas: deben conseguir un contrato de trabajo para poder acceder a los beneficios penitenciarios de semilibertad.

 

El derecho de las mujeres al trabajo es tan reciente en nuestro país que, a la mínima, se nos recluta de nuevo para las tareas domésticas. Cada vez que vivimos una recesión económica, se prioriza la actividad masculina, y en el momento en el que nosotras nos desocupamos profesionalmente, adoptamos el rol de ángel del hogar en la organización del tiempo. Sin embargo, los parados no asumen esas actividades, propias de la reproducción, sin visibilización ni reconocimiento. De vosotros se dirá que estáis en búsqueda activa de empleo, que sois un emprendedor en ciernes o un opositor dedicado. Ni siquiera los permisos retribuidos relacionados con los cuidados son destinados a la conciliación: en esas semanas ellos



 

 

 

Página 111



desarrollan su vocación por ser campeones de triatlón o deciden formarse para cambiar de sector. En 2024, la mitad de los hombres hicieron coincidir su permiso de paternidad con el de maternidad: uno de cada dos evitó hacerse cargo en solitario de la crianza.

 

Maca recuerda cómo se le impuso de un día para otro llevar al día las tareas domésticas según perdió su empleo. «Mi novio me decía: “Es que me he ido hoy, y cuando he vuelto todavía está la ropa en el tendedero, no la has recogido”. Y dices, ya tío, es que busco curro, y sigo estudiando. O sea, que una cosa es estar en paro y otra cosa estar parada y meterme en la cocina». La temporalidad y la parcialidad de los empleos feminizados provocan que, en demasiadas ocasiones, las desempleadas no cuenten con prestaciones que las mantengan enganchadas a los servicios públicos. Sin incentivos para constar como población activa, salen del sistema de demandantes y pierden el derecho a subsidios. Pasan a constar como población inactiva y, mientras no decidan retomar los estudios, serán consideradas socialmente como amas de casa.

 

Dolores, que acaba de cumplir 52 años y lleva cinco desempleada, insiste en que «yo me niego a ser la fregona de mi casa. Mierda que tú hagas, mierda que tú limpias. Quiero trabajar, no estoy hecha para estar en casa». Para reengancharse, está preparando unas oposiciones y está aprendiendo catalán. No se quiere conformar con lo que podría conseguir siendo una charnega sin formación, porque considera que «la gente de aquí, la derechona catalana, a los obreros no los quiere. A nosotras nos quieren de criadas, nos tratan como a la Juani de Médico de familia, como nos han tenido siempre, sirviendo a los catalanes».

 

Instruidas en el hogar y socializadas en el mandato de los roles de género, se da por hecho que como mujeres seremos capaces de cuidar de los demás y de quitarle el polvo a cualquier cosa que nos pongan por delante. Limpiar otras casas cuando falta dinero en la nuestra es la propuesta favorita que nos hacen los hombres educados como proveedores. Si ejercemos un empleo feminizado y precarizado en la intimidad de otro hogar, no ven cuestionada su autoridad ni su masculinidad.

Todas anhelamos ser alguien más allá de las tareas invisibilizadas que realizamos diariamente en casa. Cuando ese sueño se ve frustrado provoca un malestar que ya fue bautizado hace sesenta años como LA MÍSTICA DE LA FEMINIDAD. Hasta las abnegadas tradwives que han tomado Instagram están



 

 

 

Página 112



enganchadas a la reafirmación de su vanidad a partir de los likes, los comentarios y los followers. Presumen de ser unas mantenidas mientras monetizan sus publicaciones, por lo que no han abandonado las dinámicas productivistas aunque parezca que no es trabajo la decoración de interiores, la cocina y el unboxing. Quieren convencernos de las ventajas de quedarse en casa, pero, sin duda, su interacción diaria con miles de personas demuestra que no saben lo que es aislarse. Su dependencia de su alter ego, eso sí, las hace más humanoides que empleadas.

 

Belinda, nacida en Rumanía, tiene una profesión alejada de la sujeción al hogar: viaja y pasa fines de semana fuera de su ciudad, Córdoba, algo muy difícil de encajar en la vida de una madre de tres hijos. Un detalle que su ex, particularmente, no puede soportar: «Cuando estábamos juntos me decía que tenía que ir a trabajar a un supermercado, para tener un horario fijo y dejar de viajar. Mi independencia económica como traductora le ha molestado tanto que desapareció un día que yo me tenía que ir de viaje y, claro, se iba a quedar él con los niños. Llegaba la hora de la salida del tren y no aparecía… En ese sentido, mi jefe ha sido muy comprensivo y ante la duda de que pudiera ocurrir de nuevo, la empresa prevé que a algunos viajes me puedan acompañar mis hijos».

 

Entender la violencia de género como expresión de la desigualdad nos hace creer que sin desigualdad no habría violencia, recuerda Begoña Pernás. Pero, en realidad, los problemas económicos afectan mucho más a los hombres que han sido instruidos para ser trabajadores a tiempo completo, y algunos compensan esa pérdida de estatus ejerciendo violencia contra sus parejas. La autora afirma que es el desequilibrio entre los roles de género lo que garantizaría, en teoría, la paz social. Su tesis es que el sometimiento económico es la coartada con la que los hombres oprimen a la pareja, y cuando pierden el control financiero, bien por perder el empleo, bien porque ellas obtengan mejores ingresos, recurren a la violencia para mantener esa posición de dominio.

 

Nosotras aún no hemos conquistado plenamente el mercado laboral, pero al menos desempeñamos tareas en sectores que nos estaban vetados, en los que hace tan solo unas décadas jamás hubiésemos sido entrevistadas. La igualdad no es un sprint, es una carrera de relevos en la que, generación tras generación, tenemos la oportunidad de consolidar derechos para ampliar nuestra autonomía. Aun así, no podemos dar por sentado que no se vaya a retroceder en los avances que tantas vidas han



 

 

 

Página 113



costado. Las mujeres de clase trabajadora primero nos reivindicamos como sujetos de derecho más allá de las obligaciones familiares, después exigimos el reconocimiento de nuestro trabajo y una remuneración justa, y en la actualidad nos rebelamos contra la hiperproductividad que niega nuestra dignidad más allá del éxito profesional.

 

 

EL ORIGEN DE LA DIVISIÓN SEXUAL DEL TRABAJO

 

 

El diseño de la colonia obrera de Ciudad Pegaso nos recuerda que en ningún momento se contaba con que las OBRERAS SIN FÁBRICA, las esposas de los trabajadores de aquella industria de automoción en un barrio prácticamente autárquico, trabajasen fuera de casa. La abuela de Claudia dedicaba los veranos a tejer la ropa de invierno, y los inviernos a confeccionar toda la ropa de verano de sus cuatro hijos y de su marido, «pero le preguntas y te dice que ella no trabajaba», comenta Bárbara Durán. «Ciudad Pegaso se crea como una cantera en la que, desde el cole, la formación que recibió la generación de nuestros padres estaba dirigida a los oficios. Se creó la escuela de aprendices para que los jóvenes fuesen y acabasen en la fábrica». ¿Y las mujeres? Para que ellos produjeran, ellas tenían que cuidar, se las instruía en sus labores. Tan solo tenían acceso a la fábrica si se quedaban viudas. Eran colaboradoras necesarias para la idílica proyección de una colonia obrera de trabajadores industriales y amas de casa: «Mis abuelos se casaron el último día del plazo, el 31 de diciembre del 55, porque si no, no les daban el piso». No se instalaron en condición de propietarios, sino de proletarios. Según la ocupación que se desarrollase en la fábrica, y en la colonia, se tenía derecho a un tipo de adosado o a un tipo de piso. Perder el puesto de trabajo significaba perder la vivienda. «La gente que vive aquí, trabaja aquí».

 

La filósofa Susan Sontag se remontaba a «la división biológica del trabajo» para advertir que, si la diferencia se sustenta en la capacidad de alumbrar a la prole, no habría ningún motivo por el cual la fisiología reproductiva de la mujer se deba llegar a convertir en una vocación que abarque nuestra vida entera. Más si cabe cuando la concepción se ha reducido a mínimos históricos. Tras revisar más de seiscientas tumbas neolíticas, el Consejo Superior de Investigaciones Científicas publicó que

LA DIVISIÓN SEXUAL DEL TRABAJO YA EXISTÍA EN EUROPA HACE SIETE MIL AÑOS. A



 

 

 

Página 114



partir de las herramientas con las que fueron enterrados, sabemos que «estos primeros grupos neolíticos reconocían y representaban diferencias en la simbología de lo masculino y lo femenino, lo cual evidencia una construcción de la identidad basada en gran medida en la diferenciación de género». De lo que nos advierte el CSIC es que si bien se podría llegar a concluir que los hombres utilizaban herramientas de caza y las mujeres trataban las pieles, los objetos funerarios representarían la actividad por la que quisieron recordarles, que no tenía por qué ser exclusiva, ni excluyente, de otras muchas tareas igualmente necesarias para la evolución de la humanidad.

 

Sin perder de vista la sucesión de civilizaciones que han reproducido la desigualdad de género hasta el presente, Silvia Federici advierte que no fue hasta los siglos XVI y XVII cuando se impuso con fuerza una nueva división sexual, y también geográfica, del trabajo. Se subordinaron las tareas feminizadas al hogar y a la familia, su capacidad de gestar pasó a ser imprescindible para la reproducción social, por lo que fueron apartadas del trabajo asalariado. Basándose en ello, aquellas mujeres que supieron controlar la fertilidad o que se negaron a subordinarse a los hombres fueron acusadas de brujería, ya que cuestionaban la viabilidad de la transición al capitalismo. En paralelo, la definición de negritud y de feminidad como marcas de bestialidad e irracionalidad se correspondía con la exclusión de las mujeres en Europa, así como la de mujeres y hombres de las colonias, tal y como se afirma en CALIBÁN Y LA BRUJA. Dado que se impuso con violencia la redefinición de las tareas productivas y reproductivas, Federici afirma que el género no debería ser considerado una realidad puramente cultural, ya que la feminidad se ha constituido como una función-trabajo que oculta la producción de la fuerza de trabajo bajo la cobertura de un destino biológico.

 

Entre la idea de que la división sexual del trabajo es intrínseca a la especie desde el Neolítico o que es una dinámica capitalista, cabe una tercera vía: que se hayan dividido convencionalmente las actividades de ambos sexos y generalizado los hallazgos según los prejuicios de los estudiosos, como defiende Marga Sánchez Romero en PREHISTORIA DE MUJERES. Varones, blancos y europeos, han aportado a los análisis de las sociedades del pasado una perspectiva masculina, blanca y eurocéntrica. La historia de EL CONTRATO SEXUAL revela que «la construcción patriarcal



 

 

 

 

Página 115



de la diferencia entre masculinidad y feminidad es la diferencia política entre libertad y sujeción» y que «el dominio sexual es el medio más importante por el que los varones afirman su virilidad». El relato familiar de Carmina se desprende de esta genealogía en que el hombre, para ser autopercibido y reconocido como tal por sus semejantes, debe ser proveedor mientras su mujer se queda en casa.

Mercè entró a trabajar en Telefónica en los años sesenta, cuando «era un mundo de mujeres donde los que mandaban eran hombres. Yo fui de las primeras (que mandaba) ya en los ochenta. Entonces también empezaron a entrar hombres, los telefonistos. En aquel momento no, pero pocos años atrás, cuando una telefonista se casaba, la Telefónica la obligaba a dejar el empleo con una dote. De hecho, a principios de la democracia, a todas las que habían echado así les dieron la oportunidad de regresar y trabajar los años que les quedaran para poder cobrar la jubilación».

 

Que solo pudiesen acceder al empleo las solteras fue el resultado de aplicar el Fuero del Trabajo promulgado durante la dictadura: «El Estado libertará a la mujer casada del taller y de la fábrica». Aquel no era solo un ideal de los fascismos del siglo XX. Muchos años antes del golpe de Estado, una joven llamada Amelia había apuñalado al director general de la Unión Telefónica Argentina cuando la despidió al anunciar su compromiso. LA EXCEDENCIA Y LA DOTE LABORAL DE LA MUJER TRABAJADORA se

 

justificó en nuestro país más allá de los años setenta, como un compromiso galante de los hombres para mantener a las mujeres apartadas de la penosidad y peligrosidad laboral. Manuel Fraga, ministro durante la dictadura y fundador del Partido Popular, abogó en los años setenta por revalorizar el trabajo en el hogar: ser ama de casa, a su juicio, debía ser la dedicación principal femenina el máximo tiempo posible.

 

En la actualidad, hay quien se niega a imponer la paridad, para que nosotras no tengamos que pescar o poner ladrillos, por lo que solo nos cabría agradecer a los hombres que desarrollan esas tareas por nosotras. Es fácil defender la división sexual del trabajo mientras se le pide a un varón que construya soleras de hormigón para que una mujer pueda dedicarse a presidir la región más rica de España. Pero no sabemos muy bien si le tiene algo que agradecer la percebeira al mariscador, o la geriatra que levanta ancianos al albañil que carga sacos de yeso.

El hoy es producto del ayer: para descubrir qué otra cosa podríamos ser, necesitamos saber qué otras cosas fuimos. Quien describe el pasado



 

 

Página 116



según sus intereses del presente, tiene en su mano limitar cómo dibujaremos el futuro. Dotar de valor los oficios históricos a partir del reconocimiento de las profesiones que se ejercen en la actualidad, ignora que las prioridades de cada época pueden tener poco o nada que ver unas con otras. Quizá no hace tanto que las parteras ganaban más dinero que los barberos que extraían muelas, a pesar de que hoy una comadrona cobre infinitamente menos que un dentista.

 

No solo se ha justificado la discriminación sexual desde la experiencia científica, sino también desde la narrativa del mito. La escritora Cristina Fallarás desmontó en EL EVANGELIO SEGÚN MARÍA MAGDALENA diversos milagros que, lejos de ser el resultado de la intervención divina, son el fruto del trabajo de las mujeres. Desde multiplicar los panes y los peces metiéndose en la cocina hasta cuidar y rehabilitar enfermos a los que daban por muertos. Reconocerle a Dios que nos haya echado una mano mientras minusvaloramos nuestro esfuerzo es algo recurrente en nuestra forma de narrarnos. Marta, por ejemplo, cuando enumera las ventajas de ser funcionaria, comenta: «Si Dios quiere, pasaré las tardes con mi familia». Como si el acceso al empleo público o acogerse a las medidas de conciliación fuese una bendición y no una conquista. Pero no es la única entrevistada que le da gracias a Dios por haber encontrado un empleo o porque hoy las mujeres podamos votar o ir a la universidad. Cabe citar de vez en cuando a Clara Campoamor para que no nos olvidemos de que los únicos que han tenido un puesto de trabajo por derecho divino fueron los monarcas.

 

Cuando aparecieron las teorías económicas liberales también se articularon sobre la idea de una mano invisible, una naturaleza biológica que, en realidad, a poco que levantemos la vista más allá de los carpianos, tiene rostro de mujer. Para dedicarse a pensar sobre el destino de la nación hace falta alguien que cuide ti. ¿QUIÉN LE HACÍA LA CENA A ADAM SMITH?: su madre. «Smith nunca se casó. El padre de la ciencia económica vivió la mayor parte de su vida con su madre, que se encargaba de la casa». ¡Vaya! La mano invisible del gran pensador era una señora, Margaret Douglas. Al igual que hoy son las madres de los streamers con mentalidad de tiburón las que les quitan los grumitos al ColaCao.

 

Tanto en el sector servicios como entre las trabajadoras del hogar, las mujeres ocupamos nueve de cada diez vacantes. Tres de cada cuatro en sanidad, siete de cada diez en educación y tres de cada diez en



 

 

 

Página 117



AS MUJERES

comunicación. Cuidados, sanidad, educación, pilares básicos del estado del bienestar y de las democracias liberales. Están en todo momento vilipendiados, infravalorados, mal pagados y radicalmente feminizados. La patronal de las residencias de día de Euskadi afirma que «en este sector no hay hombres porque el sueldo no da para mantener una familia».

 

Nuestros oficios, en muchas ocasiones, se profesionalizan a partir del reconocimiento del trabajo voluntario y de la extensión de las obligaciones domésticas de las mujeres. Reclamar un salario por una actividad que se nos reconoce innata desafía al orden cultural en el que la feminidad ha sido la antítesis de las finanzas. «Las mujeres no lloran, L

 

FACTURAN»: a un lado de la coma, el amor: lo que se considera altruista,

 

sentimental e infantil; al otro, el dinero: lo que se estima autosuficiente, racional y egoísta, afirma Yolanda Domínguez.

 

El sesgo androcentrista europeo ha jerarquizado la división sexual del trabajo que se da desde el Neolítico hasta hoy basándose en la idea de subalternidad de unas funciones, las desempeñadas por las mujeres, a otras funciones, las desempeñadas por los hombres, porque así era el mundo en el que vivían quienes hicieron los hallazgos. Lo vieron desde sus ojos acostumbrados a criterios de binarismo sexual, desigualdad de género, colonialismo, monarquías y monoteísmo, ciegos ante cualquier hipótesis que pusiera en duda el derecho masculino a gobernar al segundo sexo.

 

El oficio de aparadora es paradigmático sobre cómo opera la división sexual del trabajo. En España, son mujeres provenientes de familias humildes con hijas e hijos menores. En Latinoamérica, son varones negros. A la minería se dedicaron los británicos empobrecidos, pero también las bolivianas más vulnerables. Cuando Victoria Gallardo enumeró los oficios desaparecidos de las mujeres de Madrid en FUIMOS INDÓMITAS, se vislumbra la reconversión de algunos de esos sectores. Donde antes se ocupaban las provincianas que llegaban a la ciudad a malvivir, huyendo del hambre en la España latifundista, ahora nos encontramos hombres jóvenes de origen migrante: de las aguadoras con el botijo a cuestas a los jóvenes que nos ofrecen latas de cerveza de una bolsa verde durante las noches de verano. De las castañeras a los inmigrantes que tuestan mazorcas de maíz en las plazas. De las verduleras del Mercado de la Cabeza a los fruteros de origen magrebí que insuflan vida a los locales comerciales cerrados con la crisis en nuestros barrios. Nuestras



 

 

 

 

Página 118



ciudades se construyen día a día gracias a esos oficios, como se construyeron sobre los hombros de las aguadoras, los sabañones de las lavanderas o las manos que tornaban cucuruchos de castañas.

Si la división sexual del trabajo fuese algo biológico, sería universal y transversal a todas las naciones y culturas. Encontraríamos exactamente las mismas profesiones masculinizadas y feminizadas en los distintos puntos del planeta. Con más razón, si cabe, a partir del adoctrinamiento colonialista, que impuso los usos y las costumbres europeos como marca civilizatoria. Pero resulta que no es así. La biología está tan poco presente en todo esto del saber hacer que, dependiendo del sector económico predominante en cada zona, cuando menstruamos podemos echar a perder la mayonesa, el queso, el vino o el sushi.

 

 

 

¿TIENES HIJOS?

 

 

Proteger a la familia de amenazas ha sido la excusa de la humanidad para levantar murallas y librar guerras. Sin embargo, lo óptimo era que los cancerberos no tuviesen de quién preocuparse particularmente. Las exigencias de disponibilidad, presencialidad, flexibilidad horaria, incluso la peligrosidad de algunos empleos, han reservado el mercado de trabajo a quienes no anteponen sus intereses familiares a su éxito profesional o a los objetivos empresariales: los hombres, socializados en la competitividad y en su rol como proveedores. Con el mismo tesón, las mujeres hemos sido instruidas en el cuidado del hogar. Nuestra socialización de género ha sido causa y efecto de la subordinación que nos ha mantenido relegadas al ámbito privado.

 

A sus 52 años, Mariña recuerda su primera experiencia buscando empleo, tras abandonar Vigo, hace tres décadas: «Me rechazaban como delineante en empresas en las que no te lo imaginarías. El chasco más grande que me llevé fue en una casa de muebles de cocina de Madrid. Un profesor que me dio clases me ofreció el contacto, pero al día siguiente me llamó para decirme que no querían mujeres. Y claro, tú, que quedas preguntándote… A ver, pero entonces, ¿ahora yo qué hago? Porque mi formación es de delineante y quiero trabajar en ese campo. ¿Qué pasa? ¿Que por ser mujer no valgo? Fue un chasco morrocotudo, porque no me lo esperaba de una empresa que fabrica muebles de cocina, y se supone



 

 

 

Página 119



que, por desgracia, en aquella época, y ahora también, quien más está en la cocina es la mujer».

 

Mucho antes que la mayoría de nosotras pueda teorizar la brecha salarial, el techo de cristal, el síndrome de la impostora, el suelo pegajoso, la conciliación o la paridad, debemos tener la oportunidad de entrar en el mercado laboral, y aún hoy la selección de personal es absolutamente sexista: desde el diseño de los perfiles y de las vacantes hasta las políticas de promoción, pasando por los algoritmos de los portales de búsqueda de empleo o el cálculo del grado de empleabilidad. A siete de cada diez mujeres nos preguntan si tenemos hijos.

Para Nagore, ese momento de la entrevista es el que aún sigue demostrando que no es compatible el trabajo con la maternidad: «Es algo bastante incómodo, porque estás haciendo la prueba y estás viendo que casi que te están echando directamente. Como para que seas tú la que diga que eso no va contigo».

El mercado laboral siempre ha sido el ámbito natural de los hombres. No se ha reconocido, por más que hayamos participado, nuestra presencia y desempeño. La mujer trabajadora ha sido LA MUJER INVISIBLE, adaptándose a unos horarios, unos puestos, unos uniformes y unas funciones diseñadas desde la perspectiva androcéntrica de la productividad. Por eso llegamos a sectores peor remunerados, con jornadas reducidas o directamente discriminadas salarialmente. Esta desigualdad es un incentivo para que abandonemos el mercado laboral y regresemos al ámbito doméstico.

 

La última vez que Mónica, una periodista de 46 años criada en un edificio marrón de toldo verde de Leganés, pudo desempeñar con cierta continuidad su profesión, la pregunta se la hicieron cuando ya estaba trabajando, el día en que el jefe se dio cuenta de la alianza de casada: «Me llamó a su despacho y me dijo: “Ahora que te acabas de casar, no tengas hijos, que eso es malo para tu carrera”. Al año me quedé embarazada, y ya me avisaron de que no me iban a dar la reducción de jornada, así que mientras estaba de baja empecé a hacer entrevistas para encontrar una jornada parcial y dejarle el niño a mi madre». Con veinte años menos, a Virginia le acaba de ocurrir algo parecido: «Se han quedado embarazadas dos trabajadoras a la vez, y la encargada nos ha reunido a todas, las que estamos fijas y las que no. Y ha empezado a preguntarnos si teníamos



 

 

 

 

 

Página 120



pensamiento de ser madres, si lo queríamos ser pronto y si esperábamos quedarnos embarazadas… Claro, todas hemos dicho que no».

 

Las estadísticas de la Seguridad Social demuestran que son, mayoritariamente y casi en exclusividad, mujeres quienes reducen su jornada laboral o solicitan excedencias tras la maternidad o por el cuidado de familiares dependientes. En otras ocasiones, como fue el caso de Mónica, sacrifican su puesto de trabajo para hacerse cargo de la crianza, dado que son quienes menos ingresos aportan a la unidad familiar. La existencia de medidas de conciliación en las empresas y la extensión de los servicios públicos ayudaría a pasar el frío del invierno demográfico. Pero, para ello, merecemos una patronal y una administración mucho menos cortoplacistas que las que hemos tenido estas últimas décadas.

El análisis presupuestario con enfoque feminista es clave para advertir que la eliminación de plazas de educación infantil públicas, las reducciones de jornada lectiva en los colegios, la desaparición del servicio de comedor en los centros escolares o el coste de las actividades extraescolares impiden que las madres de clase trabajadora puedan compatibilizar la maternidad con su carrera profesional. La corriente neoliberal de privatizaciones es en sí misma una ola reaccionaria y conservadora puesto que, cuanto más débil sea la prestación de cuidados por parte del estado de bienestar, más mujeres y durante más tiempo se verán excluidas de la emancipación, del salario, de los descansos, de las vacaciones… condenadas al trabajo no remunerado. A partir del tercer alumbramiento, casi la mitad abandonan el mercado laboral por completo.

 

El mercado de trabajo moderno se diseñó para los padres ausentes atendidos por esposas abnegadas. Pero cuando la competitividad domina la proyección de la marca y los inversores advierten que la mitad del talento es femenino, no saben cómo retenerlo, porque no hay medidas de conciliación que nos permitan estar presentes en casa y desarrollar una carrera profesional. Los empleadores que entrevistaron a Dalia (28 años), cuando comenzó a buscar empleo en despachos jurídicos de la capital se pusieron muy contentos cuando respondió que no quería tener hijos, «les pareció genial. Me dijeron que no les gustaría tener que prescindir de mí. En otro, me llegaron a decir que no querían contratar a mujeres porque nos embarazamos, nos vamos de baja, nos casamos, nos vamos de luna de miel y lo dejamos todo por el marido».



 

 

 

 

 

Página 121



La disponibilidad tiene mucho que ver con la ausencia de hijos, pero también con estar sola: si vives lejos de tu ciudad, concentrarás las vacaciones para pasar más días fuera cerca de tu familia, pero las empresas también saben que no necesitarás salir antes ningún día porque haya un cumpleaños de un familiar importante que celebrar, ni deberás acompañar a nadie al médico. Esa curiosidad personal sobre la vida privada de las trabajadoras, en realidad, indaga sobre las preferencias en cuanto a la presencialidad y el compromiso con la empresa. Así se lo hicieron saber a Sandra: «Cuando terminé la carrera. En consultoría, las preguntas iban sobre la disponibilidad para echar más horas».

 

«Antes de trabajar en una taberna, he estado en panaderías, y de aquellas sí me preguntaron si tenía pareja, qué planes tenía de futuro». Pero Bárbara jamás revelaba esos datos, puesto que no quería hablar de su orientación sexual. Cuando salió del armario en el ámbito laboral y trabajó con otras mujeres lesbianas de camarera, ocurrió un evento de estos que podemos llamar canónicos en la normalización del colectivo: «Empezamos siendo el bar de les bolleres, entraron los parroquianos y entonces éramos el bar de las chicas, y ya con el paso de los años, conseguimos ser una sidrería». Recuerda Rosalía que también le han hecho las mismas preguntas en A Coruña, aunque «ya no son así de directos, pero van por ahí. Ahora me preguntan si tengo algún problema para viajar… Claro, porque si tienes hijos, pues dan por hecho que será una traba… que puedes tener esa o cualquier otra. Entonces prefiero decir que no tengo ningún problema con nada y una vez que estemos dentro ya veremos cómo lidiamos con lo que venga. La cosa está muy compleja, y la cosa cada vez está peor». Idaira (50 años) también intenta no decir nada sobre su vida personal porque le parece que cualquier cosa les sirve como excusa: «Ser madre es un hándicap y, por desgracia, también mi edad. Muchas veces no lo digo hasta que no estoy dentro. Incluso si puedo no lo cuento, cumplo mi horario y me busco la vida. No me parece justo que la maternidad o la paternidad sean un hándicap para trabajar en la hostelería, y más en las islas, que es lo único que hay, cumpliendo como cumplimos».

 

La pregunta durante la entrevista es el examen final, pero previamente ya nos han estado inculcando la idea de que el embarazo y la crianza son un estorbo. Dalia recibió ese mensaje desde quien sienta cátedra: «En ICADE se organizaban comidas y en una de ellas llegaron a decir que si las mujeres queríamos llegar alto en la abogacía teníamos que olvidarnos



 

 

 

Página 122



de tener hijos y familia. Hijos solo podían tener los hombres. Cuando nos quejamos a nuestra profesora su respuesta fue que, sintiéndolo mucho, era la verdad. Que si queríamos ser alguien en la profesión nos teníamos que olvidar de los niños, que ella al suyo solo lo veía por la mañana y por la noche. Y era la única mujer en la directiva. En ninguno de los despachos en los que estuve trabajando había socias». ¿Quién quiere ser madre cuando estás precarizada y ves empobrecerse más aún a las compañeras que maternan? También lo recibió Martina a sus 52 años, criada en Manoteras (Madrid): «Entre mis propias compañeras se vio mal que ascendieran a una mujer, madre de tres hijos. Lo criticaron las propias mujeres porque decían que no iba a atender bien el trabajo, por sus hijos, y que, además, iba a ser mala madre».

 

Una vez más aparecen los sesgos, otro prejuicio sexista: que los hombres tienen mayor ambición profesional que las mujeres y, en consecuencia, serán aplicados en cualquier petición que se les haga para mejorar sus ingresos o su proyección: viajar, hacer horas extra, trabajar los fines de semana o renunciar a las vacaciones.

Por mucho que preguntas y comentarios como estos sean ilegales, la denuncia necesita ser respaldada con pruebas prácticamente imposibles de reunir. Pocas llegan a la entrevista con una grabadora en el bolsillo, y siempre le quedará a la parte empresarial excusar dicho interés en dar la debida información sobre los planes referentes a la conciliación o cualquier otro beneficio social al respecto. Como le ocurrió a Ángela, quien hoy tiene 55 años, de forma recurrente para diferentes puestos: «Me preguntaban si pensaba ser madre, luego añadían que esa institución lo apoyaba totalmente, y me metían cualquier coletilla. Pero siempre me hacían la pregunta. Que a mí, como está planteado el mundo, no me interesa ser madre, pero aun así, mañana podría cambiar de opinión y qué tiene que ver eso con cómo haga yo de bien mi trabajo».

 

No solo debemos probar que nos han hecho preguntas relacionadas con nuestra intimidad y nuestros deseos presentes o futuros al respecto, sino que debemos demostrar que dichas preguntas han condicionado nuestra expulsión del proceso de selección, que hemos sido discriminadas.

 

 

YA TE LLAMAREMOS



 

 

 

 

 

 

Página 123



Además de interrogarnos sobre si queremos o tenemos hijos, se nos pregunta por el barrio en el que vivimos. Ante cualquier reclamación que hagamos, la respuesta es similar: querían informarnos de las políticas de conciliación, o se han interesado por nuestra zona para ofrecernos cheques gasolina o transporte. La desigualdad en la relación laboral es palpable desde el primer momento. Si acudes a una entrevista de trabajo, no puedes llegar tarde, pero los empleadores sí pueden convocar a la misma hora a distintas personas aun sabiendo que eso hará que unas pierdan más tiempo que otras con el currículum en la mano.

 

Cuando a Melania, de San Cristóbal, le preguntan por su lugar de residencia, ella lo justifica, «por si pasa cualquier cosa que llegues rápido… pero, bueno, en mi barrio tenemos metro desde el año 2007. En la última entrevista, cuando me llamaron para concertar la cita me preguntaron dónde vivía y si me supondría algún problema llegar al trabajo en media hora». Teniendo en cuenta las frecuencias del transporte público, las habituales incidencias y la dispersión de las estaciones de metro, o que las mujeres disponen en menor medida que los hombres de permiso de conducir o de vehículo propio, según datos de la DGT, generalmente sí, supone un problema para nosotras llegar al trabajo en media hora. La sinceridad podría expulsarnos del proceso de selección, pero coger un taxi cada vez que nos necesitan a deshoras, nos esquilma. Piluca nota que, reiteradamente, «se preguntan por qué vives en El Gancho, en una zona tan degradada», por lo que ha dejado de poner su dirección en el currículum. «Vivir en una determinada zona te marca».

 

Cuando Almudena le mencionó su barrio al reclutador de la ETT, este señaló «que ya había tenido trabajadoras de Villaverde que no querían trabajar. Le tuve que decir que no, que a ver, que hay zonas en el distrito. La parte baja era, digamos, la parte buena, donde no había tantos gitanos, ni tantos robos, era la parte más guay. Nosotros mismos hacíamos esa diferenciación muchas veces, salíamos del barrio y decíamos: “Ah, no, pero eso pasa en Villaverde Alto, Villaverde Bajo no es igual”. Le dije que era del Bajo, que las otras serían del Alto. Me contrataron». El prejuicio hacia nuestros barrios dinamita en buena medida nuestras oportunidades laborales. Les cabrean tanto las generalizaciones que hasta tienen un hashtag, #notallmen, pero «las trabajadoras de Villaverde Alto no quieren trabajar».



 

 

 

 

 

Página 124



El clasismo y la segregación entre centro y periferia subrayan continuamente que estamos ocupando espacios que no nos pertenecen. Como Arantxa, que trabajando como secretaria en Chamberí se ha visto obligada a dar explicaciones a «compañeros que te miran con condescendencia. “Claro, eso es que tú no lo has visto en Carabanchel”. Se piensan que a este lado del río no hay vino, no hay copas, no nos vamos de vacaciones. Casi como la imagen que hay de las personas latinoamericanas cuando piensan que van en taparrabos y que nos esperan, que están por civilizar». Ni siquiera se consideran a sí mismos clasistas, pero cada vez que Arantxa celebra su cumpleaños en casa, sus compañeros creen que van allí de SAFARI EN LA POBREZA. Núria recuerda perfectamente escenas similares en sus primeros empleos: «Una vez trabajé haciendo socios para un club de automóvil y, en la entrevista, no era lo mismo decir que eras de Badalona, Santa Coloma, que de Sant Just. Era muy raro, y te estoy hablando de hace ya veinte años, encontrar a chavalas jóvenes trabajando ahí. Todas allí eran chicas de fuera, con otros idiomas, chicas de Erasmus. En las que entraban, tenía mucho peso el físico». Años después, a la hora de acceder a puestos cualificados, «directamente, cuando te presentabas en un despacho de abogados y decías que venías de un barrio, es que ni te miraban. Para empezar, como te vieran hablar castellano ya empezábamos mal. Porque la etiqueta de “charnega” no te la quitaba nadie. Y, para seguir, es que no entraban ni a valorarte. En los despachos preferían siempre contratar a alguien que fuese de Barcelona. Eso estaba clarísimo. Para poder trabajar en un sitio así tenías que ser una chica mona, calladita, que hablara catalán, que viniera de determinado lugar… A mí nunca jamás me llamaron». Por otra parte, Rocío Yu, una joven veinteañera de origen chino adoptada en Valencia, aún no tiene claro cómo aplicar a un puesto de trabajo después de hacer el máster de abogacía: «A veces me quito el segundo nombre, para que no sepan que no tengo cara de española antes de llamarme, pero otras lo pongo con toda la intención de ir avisando que soy asiática».

 

No hay objetividad en los procesos de empleo de un país en el que solo son publicadas y publicitadas una de cada cuatro vacantes. La reiteración de los apellidos en los despachos, notarías y juzgados demuestra la endogamia jurídica, aunque ni mucho menos es el único sector autoabastecido, ni parentocrático. El mercado oculto de trabajo lo ha advertido Mónica también en el periodismo: «Llevo un año buscando y no



 

 

 

Página 125



sale nada, las empresas se preguntan entre ellas para contratar y no salen las ofertas». ¿Por qué no se publican? Por un lado, porque se crean ad hoc. Un bufete tiene tantos socios como hermanos abogados. Y, por el otro, las empresas dicen que lo ocultan para evitar dar pistas a la competencia, pero la realidad es que muchísimas veces no publican nada por no generar malestar en la plantilla mientras se está prescindiendo, en paralelo, de quienes en la actualidad ocupan esos puestos.

 

Habiéndolo politizado más o menos, todas lo sabemos, así que nos disfrazamos de chica mona que no llame mucho la atención, que se implique y demuestre más de lo que se le pide. Procuramos adaptarnos a sus códigos de vestimenta, a sus horarios, a su café de máquina y a que el aire acondicionado siempre esté demasiado frío. No se nos puede ver Carabanchel ni en las uñas.

Las cuestiones relacionadas con la buena presencia durante la entrevista y en el puesto sirven para excluir del mercado laboral a las mujeres de clase trabajadora que no pueden ocultar las canas, disimular las arrugas, los kilos de más o el desgaste en las coderas y en la puntera de los zapatos. La ensayista Susan Sontag nos advertía de que la belleza también es una cuestión de clase. Si no teníamos suficiente con la titulitis, el C2 de inglés o los ahijados para los que siempre hay hueco, también debemos prestarle atención a la idolatría que tiene esta sociedad, dentro y fuera de los contextos laborales, por la juventud de las mujeres. La gente pobre parece vieja mucho antes que la rica, por lo que el clasismo y el edadismo se retroalimentan. Recién cumplidos los 52 años, Dolores ha notado que «yo estoy discriminada por la edad. No me lo van a decir, pero cuando la oculté me llamaron. Me lo han demostrado. A la gente de mi edad no nos quieren, no nos quieren cara al público. Yo me veo estupenda, pero claro, no tengo el físico que tenía con 20 años, ni la imagen, ni el cuerpo. A mi marido, que es instructor, nunca le han dicho nada de cuántos años tiene, ni de si sabe catalán».

 

Cuando pugnamos por un empleo, a menudo nuestras posibilidades dependen de «tener la edad apropiada». En caso de no tenerla, mentiremos si creemos que así conseguiremos llegar a la entrevista, incluso al puesto. Ellos, en cambio, se pondrán experiencia de más, responsabilidades de más, pero nosotras necesitamos tener un currículum que no intimide, más sabe el diablo por viejo que por diablo. «Con nuestra experiencia ya no nos manipulan», advierte Dolores.



 

 

 

Página 126



En el sector hostelero, Idaira nota que «ahora se le da prioridad a la gente joven. Se está impulsando que, con dieciséis años, cuando deja de ser obligatoria la escolarización, se pongan a trabajar para que no se formen. Las personas que tienen familia se quedan sin trabajo y las tienen que mantener sus hijos, dejando de estudiar. Aunque queremos que sigan, no nos queda otra. Nos dicen que ya estamos muy mayores para trabajar en ciertos sectores. Quieren tener a gente joven que corra, que echen mil horas, poder reventarlos. Los niños de 20 años que cobran lo mismo que yo con 50 viven con sus padres todavía, ayudan con la hipoteca, hacen alguna compra… así les parece bueno el sueldo».

 

No solo se valora la juventud, sino que también se juzga nuestro capital erótico discriminando a todas aquellas mujeres que se alejen del ideal estereotípico que sexualiza la mirada masculina. Nos lo cuenta Sandra, quien al buscar empleo en bares de la capital hispalense mientras estudiaba, «es cuando más entrevistas raras he tenido con comentarios sobre mi físico, sobre mi apariencia. Me decían, en plan, que tenía que ir más arreglada o más guapa. Yo siempre he sido una persona gordita, y ellos lo que querían decir por arreglada era más firme, que me escondiera la barriga, que se me viera una cosa menos voluminosa».

Cuando Carmen dejó el currículum en una empresa de tantas buscando empleo como administrativa mientras estudiaba, jamás hubiese imaginado que aquel «ya te llamaremos» no era irónico, sino una promesa que se cumplió cuando al empleador le pareció que tenía la edad adecuada para trabajar con él: «Me dijeron: “Mira, que hace mucho tiempo que dejaste aquí el currículum y queremos entrevistarte”, y digo: “Mira, en estos momentos no estoy buscando trabajo, pero si me llamáis voy para saber de qué va el trabajo” y, a veces, no sé… Por cambiar, a veces cambias para bien. Pero salí de la entrevista con un mal cuerpo impresionante. Porque el señor que me entrevistó empezó: “Bueno, es que tú cuando viniste a dejar el currículum eras más joven, pero ahora eres así, más mujer. Y a mí me gustan así, más mujeres. Ahora tendrías que venir, que las mujeres como tú me gustan mucho”. Yo me quedé buscando la cámara oculta, no lo podía creer».

 

Huyendo de los sesgos en la selección y de la violencia en el proceso de contratación y promoción, Cristina (55 años) se presentó a las oposiciones de su pueblo hace veinticinco años, en el Corredor del Henares. No fue por huir de las preguntas relativas a si era madre, o si



 

 

 

Página 127



pensaba serlo. Hasta el momento habían ido directamente a preguntarle quién era ella porque, como mujer trans, ha necesitado reivindicarse continuamente en un mundo que castiga la feminidad. «Me hice funcionaria con treinta años, y ahí se acabó el miedo a quedarme sin trabajo». En la encuesta realizada por el sindicato UGT en 2023, más de la mitad de las personas trans y no binarias habían sido rechazadas directa o indirectamente en entrevistas de trabajo. «Si no tienes dinero, no puedes vivir en sociedad; si no puedes vivir en sociedad, te recluyes, y si te recluyes, vuelves a la marginalidad. Es un círculo del que no sales si no tienes una oportunidad laboral real», puntualiza Adriana, una joven trans entrevistada en El Confidencial.

 

¿Qué otra cosa podría ser, entonces?, se preguntaba el humanoide. Para las mujeres trans y para las mujeres cis en situación de vulnerabilidad y marginalidad, la alternativa a ser trabajadoras ha ido más allá de la invisibilidad del trabajo reproductivo como amas de casa. A todas nos lo han dicho alguna vez: «Siempre te puedes meter a puta», lo que ocurre es que cuando te cierran una puerta detrás de otra, la última opción resulta ser la única salida.

Mariah adquirió un buen nivel de inglés gracias a su inquietud por la música de Michael Jackson desde que era muy joven, eso le permitió trabajar en varias academias dando clases particulares. Era profesora antes que la detuvieran por su relación con la Nación Latin King, y lo siguió siendo después de quedar en libertad, hasta que «fue obligatorio presentar un Certificado de Delitos de Naturaleza Sexual, porque aquellos que hubiesen abusado de menores o delitos relacionados no podrían tener contacto con ellos. El problema es que empezaron a pedir ese certificado antes de que la administración estuviese preparada para expedirlo, así que nos exigían el de penales. Lo entregué, y en mi trabajo se enteraron de que estaba condenada. Aunque al principio me dijeron que no pasaba nada, al final sí pasó, no me contrataron y yo estuve prácticamente durante dos cursos sin poder trabajar como profesora». Más de un año condenada al ostracismo por un error de la administración, una interrupción que dificultó su reinserción laboral y la expulsó hacia el trabajo precario. Nadie le pregunta a una camarera si tiene antecedentes cuando se trata de serviles refrescos a adolescentes.

 

Hace más de veinte años, cuando aún se llegaba a las entrevistas con una carpeta bajo el brazo, en Madrid, una reportera de la Cadena Ser



 

 

 

Página 128



encontró en plena calle más de doscientas cincuenta solicitudes de empleo con anotaciones grapadas que contenían insultos sobre el aspecto físico, el origen social o las circunstancias familiares de las aspirantes a cajeras: «No, por gitana y fea»; «Gordita, con granos, tiene barbita (pelusa) en bigote, perilla y mentón»; «Vive en Parla y es fea»; «No, por mayor»; «No, macarra»; «Barrios bajos, pinta de drogadicta»; «No me gusta su cara y además es separada con 26 años»; «Leucemia, radioterapia. En dos meses tendrá el pelo».

 

El Ministerio de Trabajo consideró que no hubo discriminación en el reclutamiento realizado por la cadena de supermercados Sánchez Romero, y que no cabía penalización, ya que el responsable del proceso de contratación había sido despedido. Tras el cambio de Gobierno se quiso llevar al Parlamento la Ley de Igualdad de Trato y No Discriminación, conocida como Ley Zerolo. Se establecería, con ella, un sistema propio para sancionar esas conductas. Entre todos los recortes que pidió Bruselas, este proyecto se quedó en el cajón. Hemos tenido que esperar hasta el 12 de julio de 2023, veintiún años después de aquellas notas que señalaban a quien no iban a llamar, para que el Parlamento apruebe la norma.

 

 

 

IMPECABLE, COMO SI NO VINIERAS A TRABAJAR

 

 

Es paradójico que la clase obrera se encuentre tan fuera de lugar en los centros de trabajo, no solo porque estén más allá de las zonas que frecuentamos las mujeres de barrio en nuestro día a día, o porque los horarios sean incompatibles con la jornada lectiva y los cuidados. Pisamos oficinas cuyos cuartos de baño no están equipados para que nos cambiemos la copa menstrual y hemos normalizado trabajar delante del ordenador con un escalón debajo de la mesa porque no nos llegan los pies al suelo. Cuando nos piden que nos pongamos un uniforme, no sabemos qué es peor: si uno masculino que no tenga en cuenta nuestra cadera ni el tamaño de nuestro pecho, u otro femenino que los pronuncie.

 

La indumentaria laboral nos aliena más allá de nuestro horario. Nos obliga en muchos casos a salir de casa ya uniformadas, a cubrirnos los tatuajes, quitarnos los piercings, depilarnos o maquillarnos. Lo que se espera de nosotras es que mantengamos una imagen cuidada e impecable,



 

 

 

 

 

Página 129



que nos peinemos, nos maquillemos, nos calcemos y nos vistamos como si no fuésemos a trabajar, pero sin llamar demasiado la atención.

 

En la nave hortofrutícola en la que faena Celia les piden a las mujeres que vistan de acuerdo con la normativa de la manipulación de alimentos: manga larga, pantalón largo, gorro, mascarilla y guantes, «aun así, que no se nos ve nada, tenemos que aguantar que nuestros compañeros nos silben como si fuésemos un perro». A Dalia, quien la contrató le advirtió que se cerrase la camisa mientras estuviese en el bufete: «Me dijo que no llevase escote porque los desconcentraba. Que ya habían tenido que echar a una recepcionista que se operó las tetas y las presumía. Fue un cerdo».

 

Tener que avergonzarnos continuamente de nuestro cuerpo, preguntarnos si vamos poco formales o demasiado arregladas para ir a trabajar, es otro sutil mensaje que inconscientemente nos advierte que nunca encajaremos en el mercado laboral. No sabemos qué ponernos para estar cómodas porque a quien históricamente le ha pertenecido ese espacio le incomoda que se lo disputemos, y nos lo hace saber insinuando que somos meras distracciones. Nos sexualizan y nos cosifican porque amenazamos su hegemonía en el sector productivo. Si dejamos de ser femeninas, nos acusan de estar aún más fuera de lugar: un cuerpo femenino y feminizado ocupa posiciones subalternas, un cuerpo masculinizado les disputa la autoridad y el liderazgo.

 

En los años noventa se publicó en España EL LIBRO DE LA SECRETARIA EFICAZ, que, entre otros consejos para las jóvenes aspirantes a oficinistas, advertía que «la imagen de cada secretaria influirá directamente sobre la forma en que su interlocutor la trate, el respeto que le demuestre y la opinión que tenga sobre ella». Monty Peiró, una antropóloga en el escenario y una rockera en la universidad, entona EL DIABLO VINO A MÍ para recordarnos que es inútil culpabilizarnos por cómo vestimos. Los códigos morales de vestimenta que controlan socialmente a las mujeres cambian continuamente: «¿Cuánta ropa es respetable? ¿Quién establece cuánta sensualidad es permisible? Encontrar ese punto en que seremos respetables si adaptamos nuestra imagen y actitud a ese fin es una utopía que, como el horizonte, se aleja cuando nos intentamos acercar».

 

Anna Vai, guitarrista de la banda Crazy Night, recuerda que «para mi primer concierto estaba igual de nerviosa por lo que me iba a poner y cómo se me iba a ver en el escenario que por tocar». Así mismo se siente



 

 

 

 

Página 130



Núria al representar a sus clientes en sala. Percibe que lo que lleva puesto es tan importante como sus alegatos: «En los juzgados donde no vas con toga además de preparar el caso también tienes que ir pensando en el modelito. Porque de eso también va, de que luzcas el palmito. Mientras ellos se ponen un traje y ya van que chutan. ¿Por qué este tío puede ir comodísimo y yo no? Yo he visto en sala a compañeras con unos tacones de aguja que con eso no puedes ni pensar».

 

EL PODER DEL UNIFORME tiene tres efectos: la desindividualización, el orden y la jerarquía. Al ponernos el traje, dejamos de ser individuos y nos convertimos en un grupo, nos colectivizamos a partir del privilegio que supone desempeñar un oficio u otro, de la remuneración y del reconocimiento social de nuestro gremio. Nos clasificamos en grupos exclusivos y excluyentes. En la era individualista y ensimismada, a la clase trabajadora se le exige homogeneidad y despersonalización. Solo se pueden permitir ser tú mismo aquellos que no necesitan trabajar para otros.

 

En una de las oficinas en las que trabajó Toñi, «había un dress code de veinte páginas, dieciocho dirigidas a cómo debíamos vestir las mujeres y dos a cómo debían ir los hombres. Nos decían hasta cómo pintarnos las uñas y maquillarnos para que se notase que estábamos por subcontrata. Como secretaria, daba un poco igual la formación que tuvieras, pero te exigían una serie de cosas, no solamente a nivel laboral, sino también a nivel físico, como los zapatos de tacón, algo por lo que en un principio yo pasé. Porque, bueno, necesitas el trabajo y necesitas encajar, pero llegó un momento en el que me negué. Y cuando dejé de llevar tacones, me dijeron que no me levantara del sitio. Que no querían verme ni ir al baño, que ya podía ponerme una sonda».

 

Cristina González, quien participó en SOMOS LAS QUE ESTÁBAMOS ESPERANDO como tripulante ferroviaria, no se pudo librar de los tacones en más de dos décadas de trabajo. Hoy en día, que lleva tres operaciones de juanetes y otra de metatarsos, le niegan que sean lesiones profesionales. Que el cuerpo acumule sobrecargas, heridas, llagas, ampollas y lesiones propias de haber estado trabajando, es algo que los propios empleadores no pueden admitir. Que haya surcos de sudor en las camisas, pelos más allá de las horquillas, ojeras sobre la sonrisa y carreras en las medias o que nos salgan canas es para ellos una demostración de ser poco profesional. Esperan de nosotras que trabajemos sin que se nos note.



 

 

 

 

Página 131



El primer atuendo laboral para mujeres patentado fue el de las modelos de Playboy. Aquella caracterización demostraba que la identificación de la trabajadora con la marca se recrudece cuando el cuerpo de las mujeres es fetichizado, porque ellas eran la imagen, pero también el producto. La capitalización de nuestra sexualidad por parte de la patronal no se limita a las revistas para adultos. El atractivo físico de Amparo era utilizado por sus jefes para convencer a los clientes más difíciles: «Llamaba mucho la atención, soy muy alta, les parecía mona… era siempre yo quien tenía que ir a las cenas para cerrar los contratos más delicados». A los 52 años, esta madrileña del barrio de Prosperidad tiene su propia empresa de marketing.

 

A Triana la contrataron como secretaria, pero la vestían como un reclamo para atender a las personas que necesitaban llevar el coche al taller. «Es un sector totalmente masculinizado. Cuando se creó el departamento de Recepción tan solo éramos tres mujeres. Los hombres visten el mono del taller para estar cómodos y hacer su trabajo lo mejor posible, con sus botas de seguridad. Y nosotras… tenemos que acompañar al cliente desde la entrada hasta donde esté su vehículo en mitad del taller con una falda de tubo y un tacón de nueve centímetros. Después de quejarme muchas veces lo acabé denunciando. La prensa se quedó con que yo reclamaba el pantalón y el zapato plano, pero demandaba mucho más: saber los turnos con la antelación que marca la ley, el plus de nocturnidad, la igualdad salarial… Aquello se viralizó en redes y llegué a recibir comentarios en Facebook diciéndome que ese uniforme es lo que hay, que si es que yo no quiero trabajar. Las compañeras no se pronuncian al respecto porque tienen miedo de lo que pueden hacerles, después de ver mi despido. Y los compañeros no empatizan. Creen que las recepcionistas trabajamos sentadas, y no. Yo he llegado a caerme acompañando a clientes por el taller entre todo lo que hay por en medio. Detrás de la falda y el tacón también se esconden comentarios machistas. Te das cuenta de que simplemente te tratan como a un objeto, sin tener en cuenta tu opinión. Como si no fueras una profesional, sino una mujer florero».

 

Las faldas cortas llevan el escrutinio sobre nuestros cuerpos a otra dimensión: la depilación A CONTRA PELO. Nuestra sociedad relaciona la presencia del vello corporal con la ausencia de la higiene, por ello Ángela se lo sigue retirando aunque no quiera: «Estoy ahora empezando a liberarme de la depilación, pero sería incapaz de ir a dar una clase con los pelos en las piernas. Me sentiría demasiado incómoda y sé que los



 

 

 

Página 132



alumnos no me atenderían. Sé que una de las jefas que tengo también me haría algún comentario. Sé que tendría que dar demasiadas explicaciones, que me acabaría cabreando y que me pondría a mí misma en una situación en la que a lo mejor no quiero verme dentro del entorno laboral. Hay que saber qué batallas vas a dar y dónde te vas a dejar la energía». Ese tiempo de más que tenemos que dedicar las mujeres a cumplir con los códigos de vestimenta es un tiempo de trabajo no remunerado. Poder permitirse sesiones láser todo el año o utilizar un tinte que cubra las canas por más tiempo es un privilegio de clase.

 

La presión estética pretende homogeneizarnos y negar nuestra expresión identitaria, cultural, étnica e incluso biológica. Desirée Bela-Lobedde nos recuerda que SER MUJER NEGRA EN ESPAÑA la ha sometido a una «esclavitud estética que sigue promoviendo la dualidad entre pelo bueno y pelo malo». Jendayi es hija de un matrimonio colombiano que se afincó en Benimaclet, Valencia; a sus 29 años, no se podía creer que después de un doble grado en derecho y económicas y un MBA, se siguiese valorando su profesionalidad según cómo decidiese peinarse: «Llegaron a enviar un correo electrónico a toda la plantilla, recordando que éramos una empresa seria en la que los chicos debían ir afeitados y las mujeres con pelo largo nos lo teníamos que recoger. Obviamente, no lo decían por las que llevaban el pelo liso por debajo de los hombros, pero sí por mí, que con el pelo afro suelto soy un palmo más alta que el jefe». El estigma hacia la melena rizada, como menos limpia, menos peinada y menos formal, es el enésimo prejuicio hacia las minorías.

 

Emma Dabiri exclama un rotundo NO ME TOQUES EL PELO para recordar que no es una cuestión estética sino identitaria. La cabellera tiene el poder de definir la experiencia de las personas migrantes, como la de Marya, a quien no han excluido del empleo en la misma medida que a otras mujeres racializadas porque «desde pequeña, como tenía el pelo liso y tal… he tenido cierto privilegio. Una vez por semana escucho el comentario: “pues no pareces mora”». En una gran cadena de supermercados, a Gema le advirtieron que «si los tatuajes se veían con el uniforme puesto, no me contratarían. Por supuesto tampoco podía llevar ningún piercing a la vista», allí los derechos laborales también son de marca blanca. Mientras escribo este capítulo, comparto impresiones con mi amiga María Aurora, que acaba de terminar su doctorado, y no tarda en comentarme, cortita y al pie: «Mi padre me ha preguntado hoy si me pienso esconder el septum



 

 

 

Página 133



para la defensa de la tesis». La uniformidad y los códigos de vestimenta son en realidad un debate sobre el buen gusto y la respetabilidad que merecemos las mujeres a partir de nuestra forma de vestir, de maquillarnos o de peinarnos. Y esa forma no deja de ser el habitus que definió Bourdieu, siendo, por lo tanto, la categoría de formal o informal, así como la jerarquía entre hortera y estético, definida por la clase dominante que puede imponer su criterio al conjunto de la sociedad. Es así como se construyen las estructuras mentales y los mapas visuales, que juzgan la forma en la que somos y estamos en el mundo para delimitar el espacio que merecemos ocupar. Por mucho que se pongan de moda los aros como hula hoops, llevar a la vista los tatuajes o el chándal reflectante entre futbolistas y artistas urbanos, LA ESPAÑA PRECARIA se presenta en las entrevistas de trabajo con la única camisa que tiene en el armario.

 

 

 

TRABAJO A DOMICILIO

 

 

Los sectores feminizados y precarizados por excelencia son el cuidado y la limpieza. Se confunden, pero no exigen ni la misma preparación ni el mismo desempeño. Equivocar a una cuidadora con una limpiadora es un deje sexista que toma a la mujer como proveedora de cuidados asistenciales y del mantenimiento del hogar.

 

Creer que hay un instinto femenino abocado al cuidado nos ha privado de promulgar las atenciones específicas en cada etapa y circunstancia de nuestras vidas, negando la profesionalidad y la justa retribución a quienes desempeñan estas funciones. Afirma la periodista Irantzu Varela que la única razón por la que están feminizados estos sectores es porque «nos han obligado a cuidar por amor, por culpa, por costumbre, por mendicidad, para que no nos señalen o para que no nos maten». En pleno debate sobre la ampliación de los servicios públicos, hay quien se sigue preguntando por qué debería el Estado hacerse cargo de algo que siempre han hecho gratis las mujeres. La segregación ocupacional reduce nuestro talento a una sola actividad, ya sea remunerada o sin remunerar: salir a cuidar o quedarse cuidando.

 

Somos enseñadas desde bien niñas a cuidar de nuestro aseo personal, a fregar la vajilla y a no mezclar lejía con amoniaco, así que cuando llegamos a la edad adulta ya contamos con años de experiencia. Se dice



 

 

 

Página 134



que es un trabajo sin cualificación, pero en realidad llevan toda la vida instruyéndonos. Nuestros primeros empleos están relacionados con lo que ya sabemos hacer, con lo que se da por hecho que sabemos hacer las mujeres, como en el caso de Irene, que tiene 34 años y vive en Carabanchel. Lleva trabajando como monitora desde los catorce años, incluso antes de titularse o de graduarse en Pedagogía.

Ser capaces de atender a nuestros familiares cuando necesitan ayuda o dedicar nuestra adolescencia a los campamentos urbanos dista mucho de convertirnos en una cuidadora profesional. Levantar a un encamado tras otro no tiene nada que ver con la asistencia a un pariente. Tanto en las residencias como en la atención a domicilio se trabaja a destajo, levantado más kilos que un albañil y sin la ayuda de todos esos avances ortopédicos que se pueden permitir tan solo unos pocos dependientes. Los riesgos para la salud, tanto de las funciones propias de la prestación del servicio de ayuda a domicilio como de las tareas extraoficiales, son innumerables.

 

Con tan solo 29 años, Ada ya posee un historial de enfermedades profesionales, tras graduarse en atención a personas en situación de dependencia: «Me volqué más para la parte de auxiliar en educación especial y trabajé con niños con discapacidad. La mar de feliz estaba, porque era un trabajo bastante agradecido. Me destrozaba la espalda y las cervicales, pero por lo demás a mí me encantaba. Eso sí, me pagaban una mierda». Hija de una limpiadora y con un hermano discapacitado, los cuidados asistenciales los había mamado en casa. Antes de cumplir los treinta ya es consciente de lo que le ha supuesto cargar a pulso a dependientes: «Ahora tengo miedo de levantar cualquier cosa. Como alce mucho peso un día tengo que tomarme un ibuprofeno, me duele el cuerpo, no me puedo mover. Por la noche me tenía que tomar relajantes musculares para descansar, porque con el dolor me costaba conciliar el sueño. Por mucho que me dieran de tres en tres los antiinflamatorios, me seguía doliendo».

 

Cuando los teatros cerraron durante las medidas contra la COVID-19, Matilde se buscó la vida para poder mantener a sus hijos y se fue a «limpiar un hospital, que ha sido algo tremendo. Entré en uno de la Sierra Norte porque agotaron su propia bolsa de empleo. Yo fui la única que se quedó hasta el final. Hubo gente que salió antes que acabase la pandemia, y lo entiendo. Íbamos a saco todos y, por aquel entonces, no teníamos ni puta idea de nada, ni si nos íbamos a morir cada vez que entrábamos a



 

 

 

Página 135



desinfectar una habitación de un exitus o no. Allí había compañerismo, nos turnábamos para no entrar siempre los mismos, estábamos pendientes de que quien entrase no tuviera ningún agujero en el EPI. Y, aun así, no me contagié de COVID durante esos meses, sino al volver a la compañía de teatro. Allí, ¡que teníamos que hacernos las pruebas a diario! Pero como hubiese función los positivos seguían trabajando. Cuando llegaba a casa del hospital llamaba al timbre con el codo. Mis hijos abrían y se iban, y yo iba directa a la ducha. Y ya tenía allí mi bolsita de basura y mi tal. Me daba una ducha, dejaba la ropa en esa bolsa de basura y desinfectaba los zapatos. Después los dejaba fuera y, en ese sentido, sí que era un circo aquello. Especialmente después de estar ocho horas ahí, dándole, dándole… La ducha sí me apetecía, pero el resto del tinglado, pues no. De dos de la tarde a diez de la noche. A veces nos reímos de cómo ha sido aquello, pero nos ha dejado tocados. Teníamos también nuestros momentos… El otro día mi hija encontró un audio de cuando mi hijo me mandaba canciones con la guitarra mientras yo estaba limpiando».

 

Natividad fue expulsada de la hostelería en un momento en el que en Madrid no se empleaba a mujeres en la restauración, mucho menos después de haberse casado, un criterio de contratación que ya describió Luisa Carnés en TEA ROOMS y que en plena transición a la democracia seguía vigente. «En aquel tiempo eran camareros, no camareras. Ahora vas a cualquier sitio y encuentras más, pero entonces no. Me salió lo de las casas porque una amiga mía me lo buscó, y hasta ahora». Emprendió su profesionalización como empleada del hogar hasta el punto de hacerse cargo ella misma de su cotización a la Seguridad Social para garantizar una pensión futura. «Nunca me pusieron problemas, la verdad es que tuve suerte. Con una estuve veinte años, hasta que se murió. Y con la otra estuve desde que nació mi hija hasta que me he jubilado, veinticinco años. Está mal que yo lo diga, pero es que he sido muy trabajadora. Más que ahora en mi casa. Ya he limpiado bastante». Ahora disfruta de la pensión que ella misma se procuró, recuperando todo el tiempo que el trabajo y los traslados desde Móstoles hasta el barrio de Salamanca le robaron: «Yo a mi marido solo lo veía los lunes, porque teníamos los turnos completamente partidos. Yo madrugaba y él venía a las dos de la mañana. Cuando él llegaba, yo estaba durmiendo, y cuando yo me iba él no se había despertado aún. Y el único día que él libraba, el lunes, es cuando nos veíamos el rato que yo no trabajaba. Ahora que estamos los dos jubilados



 

 

 

Página 136



estamos juntos, estamos más juntos que nunca. Me jubilé y me apunté a gimnasia en un centro de mayores, y a un curso de informática, para aprender un poquito. Fue jubilarme y llegar la pandemia, así que de no vernos… a estar todo el día juntos». Como no la esperaban en los bares, sin más formación que saber atender comensales, solo encontró empleo poniendo la mesa en casa de otra.

Los puestos de au pair tienen un carácter temporal, como de periodo de transición. Nos vamos a cuidar niños al extranjero para aprender idiomas, para regresar siendo más competitivas cuando busquemos trabajo de lo nuestro. Para Laura, ser au pair en el extranjero fue una experiencia muy positiva, pero para Esther no lo fue en absoluto. «Escapando de casa con dieciocho años me fui de au pair. Así que ya estamos otra vez con los cuidados. Tuve suerte, porque en mi primera entrevista de trabajo, al terminar el grado en Integración Social, me adoraron y me quisieron contratar. A los dos meses ya estaba en Irlanda, pero me vi allí sola teniendo que cuidar de cuatro niños entre cero y siete años. Incorporaron a otra más y nos tocó trabajar mucho también con la abuela. Me daba mucha vergüenza hablar en inglés y sentí que no me estaban ayudando lo suficiente para aprender. No a ser au pair, porque los cuidados básicos parece que los traemos aprendidos desde que nacemos, que nos han metido un gen a la hora de cuidar y todo eso. Daban por hecho que por ser mujer ya venías aprendida. Pero sí que les tuve que pedir que me hicieran el favor de corregirme en ciertos momentos con el inglés, porque yo quería hablar inglés fluido. No solo por relacionarme con ellos, sino para poder salir de casa».

 

Por el contrario, venir de interna es la única forma de llegar a Europa para miles de mujeres no tan jóvenes que hasta comparten nuestro idioma. No es una experiencia cultural, tampoco es un periodo de transición hasta encontrar trabajo de lo suyo. El primer objetivo para muchas es conseguir los papeles y perder el miedo a ser deportadas. Para las más afortunadas, convalidar las titulaciones obtenidas en su país de origen.

Rosario Fernández, desde Chile, demostró que EL TRABAJO DOMÉSTICO

 

PAGADO ES LA SOLUCIÓN PERFECTA PARA LA FAMILIA FELIZ: el oficio de interna

 

reafirma las distinciones de clase, también las raciales y étnicas. Eran mujeres de provincias las que servían en Madrid, recordemos el origen andaluz de Manuela, la cocinera interna de Ana y los siete, y son ahora migrantes las que visten casulla. Con o sin necesidad de atención a la



 

 

 

Página 137



dependencia, la burguesía acostumbra a externalizar sus cuidados. A cualquiera que niegue el poder del urbanismo para la estratificación social habría que recordarle en qué barrios están los pisos sin ascensor y en cuáles los portales tienen escaleras y montacargas para el servicio, con una puerta que da directamente a la cocina. Esa no es una costumbre exclusiva de ricos conservadores: Winifred Banks recurrió a Mary Poppins para que cuidase de sus hijos mientras ella acudía a las manifestaciones sufragistas.

 

Tanto Roxana como su madre se emplearon como internas desde que se instalaron en España. Aunque las contactaron en origen, llegaron sin contrato y Roxana recuerda que «mi madre estuvo de interna sin tener días libres durante casi dos años. Con un matrimonio de españoles de toda la vida que se andaban con unos protocolos que ni la Casa Real. Ella era dependiente, ambos estaban jubilados, y teniendo la casa en propiedad… pagar cuatrocientos euros por una interna sin días libres es de ser un poco agarrados. Pero mi madre nunca renunció, es una putada que esa fuese su primera experiencia aquí, pero, claro, tampoco tenía otra cosa, no tenía papeles, no tenía mucho donde elegir».

Según los datos de contratación en el sector disponibles en el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, la mitad de las empleadas son extranjeras, como el caso de Flor, que consta en las estadísticas porque estaba dada de alta. Llegó a España como cuidadora, en Perú solo se había ocupado de su familia: «Hice el viaje después de quedarme viuda. Aquí he trabajado con una señora, de interna. Vine con contrato de trabajo para estar con ella, y nunca estuve sin contrato. Yo trabajaba en el distrito de Chamberí, con un matrimonio que no había tenido hijos. Se murió él, y seguí trabajando con ella hasta que también murió. Me querían adoptar y todo, me trataban muy bien. Sé que hay otras personas que tratan mal a las internas, pero no es mi caso». Actualmente vive con su hija y la familia de esta en Usera. Aunque ya ha cumplido los setenta años, no se ha podido jubilar porque no llegó a cotizar en nuestro país el mínimo de años exigido.

 

Cuando Roxana llegó a España, su principal preocupación fue «buscar un sitio donde genere dinero y no tenga gastos. Y entré con una familia, a cuidar a sus hijos. Estuve interna casi cuatro años. Tuve la suerte de que esta familia era encantadora y me trataba como a una más. Tenía un plato en su mesa, y eso fue lo que hizo que me mantuviese con ellos tantos años, en Pozuelo, aunque nunca me tramitaron los papeles». En 1957 se



 

 

 

Página 138



prohibió a todo aquel que no viviese en Madrid instalarse en la villa, a no ser que el empleador le facilitase una vivienda. Nuestra Ley de Extranjería nace de aquellos polvos que fueron barrizales en los suburbios de la periferia, donde las migrantes se establecieron. Lo de nuestro tiempo es el chabolismo vertical: Roxana y su madre compartían una habitación interior sin ventilación para descansar sus días libres.

 

La contratación surge con el boca a boca: una recién llegada sin papeles que necesita trabajar y una familia que necesita ayuda y pagar poco. En esa mediación participan activamente distintas confesiones religiosas y el culmen de esas prácticas es la llamada lotería de sirvientas que realizan algunas iglesias, como la de Religiosas de María Inmaculada, originariamente llamada Hermanas del Servicio Doméstico.

 

La casa de protección a víctimas de violencia de género regentada por monjas que acogió a Kenia (LA TRINCHERA DOMÉSTICA) en Ourense, «frecuentemente recibía visitas de señoras con recogidos fijados con laca y collares de perlas que buscaban mano de obra para sus casas. A Kenia nunca le preguntaron cuál era su formación o en qué nicho laboral deseaba abrirse paso, cuál era su experiencia en Paraguay, qué la motivaba. Kenia era latina y eso se traducía en mujer que limpia, mujer que cuida». A la madre de Sofía, que en su país era una reconocida creadora plástica, al llegar a España también se lo dejaron claro: «Mi abuela le dijo a mi madre, “Bueno, pero tú puedes encontrar trabajo muy fácilmente limpiando. ¿De lo tuyo por qué tienes que trabajar?”. Para mi madre aquello fue una desilusión más, ella esperaba encontrarse un país mucho más avanzado, un país europeo. Pero acabaron por regresar, porque allá sí encontraba ocupación como escenógrafa. Yo quise venir aquí a estudiar moda en Barcelona y mi madre me buscó un trabajo en una mensajería. También me envía dinero todos los meses para el alquiler de la habitación en el Raval, aunque ya con 25 años debería estar económicamente mejor, soy rider como falsa autónoma».

 

El colectivo madrileño de Servicio Doméstico Activo quiere ABRIR EL MELÓN de la Ley de Extranjería, el marco que empuja a las migradas a trabajar como internas, puesto que es lo único a lo que se puede acceder sin papeles. Virginia, desde Murcia, lamenta que no haya programas específicos de formación para mujeres. «Todo lo que se nos ofrece va enfocado a limpieza y cuidados».



 

 

 

 

 

Página 139



En un portal web de un Centro Especial de Empleo en Barcelona, se cita la Declaración Universal de Derechos Humanos para destacar cómo el trabajo refuerza nuestra pertenencia a la comunidad. Nos brinda libertad, autonomía, independencia económica y autorrealización, todo ello ilustrado con una mano enguantada en amarillo sosteniendo una bayeta. Ese es el mensaje. Desde las oficinas donde se diseñan los itinerarios de formación se espera de nosotras, las pobrecitas, que nos sintamos dignas sacándole brillo al techo de cristal. Que cantemos supercalifragilisticoespialidoso mientras cuidamos a los hijos de quienes pueden empoderarse.

 

 

 

¿QUÉ HACE U NA MUJER COMO TÚ EN UN SECTOR COMO ESTE?

 

 

La invisibilidad de las mujeres en los sectores masculinizados no se limita a cuestión de cifras, es que además se trata de que pasemos desapercibidas. Para Rosalía, delineante de profesión, el ambiente «depende mucho. En la labor de oficina entre compañeros por lo general no suele haber problemas, pero yo sí me he encontrado con jefes muy machistas, a nivel de que si hay que ir a medir o ver algo de alguna obra te dicen que tú no, que tú eres mujer, que tú no sabes, que tú no entiendes, que a ver si te van a decir algo o no te van a hacer ni caso». El machismo en el sector llevaba a sus jefes a impedir que fuese la cara visible en las obras, porque entendían que siendo mujer carecía de legitimidad. «Te hacen sentir que el puesto siempre te viene grande y, claro, al final… al final acabas creyéndote menos. Tú sabes que no, pero son muchos años con el mismo trato».

 

Hay una especial hostilidad hacia las mujeres de clase trabajadora en los puestos cualificados; la experimenta Núria: «Llegas a los juzgados y ves a compañeros de profesión en despachos de ocho apellidos con juristas que van con tres asistentes para llevarles el maletín. Y tú, es que no pintas nada allí. Además, es que en ese mundo nadie te está esperando. No perteneces a él. No tienes nada que ver con eso. Tú has podido estudiar Derecho porque podías estudiar Derecho. Y porque has tenido el tiempo y el dinero que dedicar a aprobarlo. Pero en el mundo del Derecho no está preparado, ni está previsto, que haya tías del barrio de Santo Cristo con toga. Llegas a un mundo de tíos. Porque el Derecho es un mundo de tíos,



 

 

 

Página 140



por mucho que haya abogadas y juezas. Los que manejan el cotarro son los tíos. Y viene un señor con puñetas que te humilla, porque te puede humillar, porque las salas son de los jueces. Ves también mucha connivencia entre los grandes abogados mayores y sus señorías. Ves ese compadreo patriarcal hacia el abogado que lleva toda la vida y cómo te miran, como esa chiquita que tendrá que aprender, con condescendencia y toda esa mierda. No te hace caso nadie hasta que tú misma ganas seguridad. Veinte años después, lo sigo viendo y creo que lo veré hasta que me muera, porque tengo compañeras que ya se han jubilado y hasta el último día fue así».

 

Miriam recuerda que la división sexual del trabajo dentro de la misma empresa tecnológica en la que trabajaba castigaba a las mujeres a tareas sin cualificación: «El primer día que llegué, éramos tres chicos y tres chicas. El encargado nos mandó a nosotras a limpiar las piezas y a ellos a trabajar con los ordenadores», una diferenciación que va más allá de la típica dicotomía entre software y hardware. Cuando toda la plantilla se dedica al hardware, el criterio para que unas preparen las piezas y otros las ensamblen es el sexo. A Natividad le decían en Madrid que solo querían contratar a camareros, mientras que Idaira, empleada en la hostelería en Canarias, se encontraba que «si pedía ayuda para alguna tarea me gritaban: “¿No querías igualdad? Pues cambia tú sola el barril, tira tú sola la basura, ¿no querías igualdad? Pues lo haces tú”». En paralelo, Sindy ha sufrido «menosprecio en el trabajo y maltrato psicológico y físico de un encargado hacia mí también. Porque soy mujer, obvio. Gracias a que hablé con mi jefe, fue despedido».

 

Esos desprecios intentaron hacérselos a Carmina, a quien le pusieron en los polígonos el mote de la Nancy Camionera. En las naves se reían mientras le pedían que cargase ella sola los palés: «El camionero no debería mover la mercancía, pero yo sí lo hacía, para quedar bien. Algunos, cuando me veían aparecer, me preguntaban a qué iba yo allí. Cuando les decía que a recoger la carga, me mandaban a la cocina. Recibía comentarios jocosos, también críticas. Pero ya llevo puesta en el mundo muchos años. Yo les respondía: “Tengo huevos para estar en la cocina y para estar aquí. Tú solo para estar aquí”. Llevaba un toldado, era una paliza subir las traviesas de madera y enganchar los toldos. Un esfuerzo físico que hacía con miedo a perder la estabilidad subida ahí arriba… porque si te caes te pegas una hostia de campeonato. Cargaba un montón



 

 

 

Página 141



de aires acondicionados, también tuberías que pesan mucho y las recogía en Vallecas. Después de sacarme el carnet, llevé un camión elevable».

 

Tan solo el 2 por ciento de las personas entrevistadas por el CIS en 2024 confesó que esperaría encontrarse una taxista al subirse a un taxi. En cambio, casi la mitad de las personas entrevistadas suponían que al buscar a alguien que cuidase a un familiar con dependencia, la candidata sería mujer. A pesar de las estadísticas, Adela, de 42, y Amaya, de 44 años, son taxistas en la capital.

En el caso de la primera, «le compré la licencia a mi padre por unos noventa mil euros y me ahorré tener bancos de por medio. Con 24 años empecé a conducir con un jefe. El taxi es un trabajo de hombres, pero jamás, nunca, me han discriminado mis compañeros. Nunca. Al contrario, si me han podido ayudar, me han ayudado. Lo que sí me ha ocurrido es que algunos, que de lejos no ven si eres una conductora, no se han querido subir al llegar a su altura. No te dicen que es porque sea mujer, pero se nota porque es un perfil muy concreto: el típico señor mayor de barrio pijo. Ya no le vas a cambiar la mentalidad ni por asomo. Es una persona que sufre mucho cuando se sube al autobús y ve a una conductora, cuando va a una farmacia y ve a una farmacéutica, cuando va a un supermercado y ve una cajera, incluso en el hospital, cuando ve doctoras. Es el típico señor mayor de la ultraderecha… joven no he tenido ninguno así. Creo que están en peligro de extinción, porque ya hace bastante tiempo que no me pasa. La mentalidad ha cambiado mucho, como mucho nos preguntan si nos da miedo trabajar por la noche, pero a mí solo me han robado una vez».

 

Amaya también empezó conduciendo para otro, se hizo taxista de casualidad, cuando cerraron el negocio familiar y su tío, que estaba en el gremio, la animó a sacarse el carnet. Aunque estaba viviendo fuera y a punto de titularse de azafata, regresó a Alcorcón. «Me dijo que cada vez había más chicas, y a la vuelta del verano ya me había sacado el BTP y encontrado un jefe que me dejó conducir un taxi para probar». Tampoco ha sentido desprecios ni desaires por parte de sus colegas, comenta, «salvo alguno que hay de la época de cromañón, yo me he sentido muy arropada, me han tratado siempre como a una princesa, y me respetan mucho. Tengo mucho carácter y me respetan mucho. No he tenido problemas con mis compañeros, me han cambiado la rueda, las luces del coche… con ellos, al fin del mundo. A veces, algún cliente me ve y tuerce el morro, pero cuando me ven conducir se les pasa. Haciendo noches, lo que me toca es



 

 

 

Página 142



pararles los pies porque los recoges con tres copas encima y se creen que todo el monte es orégano».

 

Mapi tiene 32 años y es de Zaragoza, ha estudiado tanatopraxia, pero lo vivido durante la crisis sanitaria en 2020 le ha hecho replantearse su carrera profesional. Más allá del duelo a escala mundial, la joven experimentó una férrea división sexual del trabajo. «Durante la pandemia, en la funeraria, como tanatopractora no tenía nada que hacer. Veíamos en las noticias que había familiares que pasaban días con un fallecido en casa porque no se daba abasto con los traslados, y le solicité a mi jefe unirme a una cuadrilla de los coches fúnebres para poder ser una más recogiendo difuntos. Yo quería ayudar, tener un uniforme para salir a la calle como estaban saliendo los conductores con los asistentes. Y mi director, lo que me respondió es que no, que dónde se ha visto que una mujer conduzca un coche fúnebre».

 

¿Dónde se ha visto que una mujer conduzca un coche fúnebre? ¿Dónde se ha visto que convivas durante días con un difunto en tu propia casa sin que haya suficientes hombres conduciendo? ¿Dónde se ha visto que una mujer desempeñe un oficio mejor pagado que el de maquilladora?

En el madrileño barrio de Hortaleza, Mercedes, a sus 39 años, también considera que está en un mundo de hombres. Fotógrafa de profesión, desde sus inicios se enfrentó a las reticencias de contratar a mujeres en estudios y productoras, porque «los equipos pesan», como le dijeron también a África como técnico de luces, que tiene veinte años menos. La veterana añade que, como en el origen de la fotografía, en el revelado todo era física, química y matemática, «para hacer una buena fotografía lo primero que tienes que aprender es la física de la luz, y en el laboratorio cualquier descuido te puede provocar quemaduras». Mientras las mujeres no tenían acceso al conocimiento, no podían ejercer, por lo que ahora carecen de referentes. Cuando empezó a compaginar trabajo —cuidadora de niños, vendedora del Círculo de Lectores, camarera— y estudios, «me encontré que de una clase de treinta éramos solo cinco o seis chicas». Dedicada principalmente al laboratorio, el jefe siempre era un hombre, y «cuando llegabas tú, mujer, poquita cosa y jovencita, tenías que demostrar que sabías algo». No está segura de si es porque las personas como ella son conscientes de que se tienen que esforzar más, pero puede afirmar que «somos capaces de sacar adelante lo que nos echen. Aunque cuando entramos nos tira la vocación y todos queremos ser Robert Capa. Acabar



 

 

 

Página 143



haciendo la BBC (bodas, bautizos y comuniones) no es lo que esperábamos. Tienes que comer, y de comer da la foto de carnet». Antes de fundar su propia empresa trabajaba para otro fotógrafo, «y tenía ganas de hacer las cosas yo, que se viera cuando las restauraciones pasaban por mi mano».

 

Por otra parte, aunque tanto la industria como el campo son sectores masculinizados, resulta curioso observar cómo el sector conservero está feminizado. Mientras los hombres se embarcaban o salían a trabajar en las explotaciones agrícolas y ganaderas, las mujeres ocupaban tareas auxiliares, primero para sus propias familias, más tarde para las cofradías. Dado su carácter subalterno y doméstico, las conserveras están peor pagadas que los técnicos, operarios y peones de almacén con los que comparten planta procesadora.

 

En la actualidad, Celia es operaria del envasado de fruta en Cartagena, aunque entró a trabajar como limpiadora, otra actividad feminizada pero imprescindible para que la nave opere con normalidad. «En la línea de fruta, cuando nos pedían que echásemos más horas a pesar de que estábamos agotadas (porque hay campañas que son muy duras), llegó a venir un encargado de carretilleros a decirnos que todas las mujeres éramos unas piojosas por no querer quedarnos más horas. Viendo las condiciones que tengo, solo pienso en reengancharme a los estudios».

 

Además de insistir en nuestra incorporación al mercado laboral en igualdad de condiciones con los hombres de clase trabajadora, no solo exigimos participar de forma equitativa en el empleo para demostrar que podemos ser igual de competentes, sino porque al igual que los sectores feminizados se están precarizando, los mejor remunerados están viviendo un proceso de revalorización. La segregación ocupacional y salarial imposibilita que las mujeres de clase trabajadora mejoremos nuestras expectativas vitales, nuestra emancipación y nuestra plena autonomía.

 

 

 

ME SOBRA MES AL FINAL DEL SUELDO

 

 

Combatir la brecha salarial es combatir la plusvalía. Aun así, las mujeres no contamos con la complicidad del trabajador sindicado en la batalla de la igualdad retributiva. Los hombres con conciencia de clase también



 

 

 

 

 

Página 144



necesitan reafirmar su masculinidad siendo el cabeza de familia que decide cómo compensar el trabajo no remunerado del hogar.

 

La contribución al PIB de las tareas domésticas o la desigualdad económica son temas que solo aparecen en los medios en fechas puntuales. Pero si se difundiese la evolución de la brecha salarial en España con el mismo ahínco y periodicidad que se han publicado las cifras de la prima de riesgo o la inflación, la sociedad tomaría conciencia de que es un dato importante con implicaciones en nuestro día a día. Cuando una cifra genera alarma ciudadana, los poderes públicos deben demostrar implicación para que haya paz social.

 

De lo que no se habla se desconoce todo, por lo que pocas mujeres son conscientes de cuánto cobran ellas en relación con sus compañeros. A pesar de ello, en las auditorías retributivas que hemos realizado en Red Talento Consultoras (RTC), pocas empresas cumplen la igualdad salarial. El informe realizado por la consultora PWC para la CEOE cuantificó que en España la brecha salarial ajustada es del 12,2 por ciento.

Cuando Ángela comentó que ella se había visto discriminada, no cabía más que asentir con cada uno de los pasos que recordaba haber dado, que son los que hemos dado todas. Desde percatarse de lo que se podían permitir sus compañeros y ella no, hasta acabar enfrentándose a sus responsables: «En la universidad privada me he encontrado una diferencia salarial brutal. Llegó un momento en que yo me preguntaba cómo la gente se compraba esto o lo otro, o no sé… veía que mi poder adquisitivo era mucho menor al lado del de mis compañeros, ¿sabes? Era como muy obvio. Sin hablar de cifras, yo veía que se compraban casa, que viajaban… y un día fui les pregunté, les dije lo que cobraba y se quedaron con la boca abierta. Ganaba una media de quince mil euros menos al año que colegas con expedientes parecidos, y eso que daba clase en varios idiomas, cosa que esta gente no hacía. Me dirigí al decano, y la reacción fue decirme que eso eran imaginaciones mías. Cuando le puse las cifras delante, me dijo que la culpa era mía porque había negociado mal al principio. Entré con 24 años y me contrató él, ¿qué voy a negociar? Encima me echaba la culpa a mí, porque no había sabido negociar. Eso me lo dicen ahora, que he leído más de feminismo, y no me quedo callada. Pero en ese momento, que tú ves las cosas tan obvias y te sueltan esas respuestas tan cortas y estúpidas, te quedas planchada intentando procesar eso a qué viene. Pero, capullo, si me contrataste tú, que eres un catedrático, me dijiste que no tenías más



 

 

 

Página 145



presupuesto. A los pocos meses cambió el jefe y volví a hablarlo con la siguiente. Ella no buscó ninguna justificación, dijo que le parecía una vergüenza y me subieron, de entrada, cinco mil euros».

Las mujeres no nos postulamos para ascensos ni negociamos al alza nuestro salario, porque se nos penaliza mostrarnos interesadas en cuestiones impropias de nuestro género, como el dinero. La perfecta ama de casa administra la miseria sin pedir un aumento. En EL SÍNDROME DE LA IMPOSTORA se describe que cuanto mayor es el éxito, mayor es la duda. Los logros se atribuyen a la suerte. Algo en lo que todas las entrevistadas han redundado en algún momento: pensar que no somos realmente merecedoras de ocupar ese espacio, ejercer esa responsabilidad o cobrar ese sueldo, nos paraliza ante la posibilidad de aspirar a más. Nos hacemos pequeñitas creyendo que ni siquiera nos corresponde del todo estar así de bien. Así que nos conformamos y no pedimos un aumento. Esa es una gran ventaja para la patronal, porque encima nos estamos dejando la piel para demostrar nuestra valía. Aunque en realidad, en cuanto preguntemos a nuestro alrededor, cualquier compañero seguramente cobre más que nosotras.

 

En las encuestas que realizamos en RTC sobre el clima laboral se incluye un enunciado sobre los motivos por los que no se ha cambiado aún de trabajo cuando se está a disgusto en la empresa. En más de una ocasión, nos hemos encontrado con que el cien por cien de quienes mencionan que necesitan formarse más en el sector, mejorar sus competencias digitales o aprender idiomas antes de ponerse a buscar otro empleo son mujeres. Mientras tanto, los hombres no mencionan que les falte nada más allá de una oferta salarial que les convenza. El síndrome de la impostora es la otra cara de la moneda del efecto Dunning-Kruger o, como nos gusta llamarlo a nosotras, el síndrome del flipado. Es un principio darwiniano: «La ignorancia genera confianza más frecuentemente que el conocimiento».

 

A sus 52 años, Mariña tiene miedo a hacerse notar cuando pide más dinero. «En algunas empresas, como mujer, el tema económico me interesa y me importa, pero tampoco quieres hablar del tema con tus compañeros. Cuando entras, son unos desconocidos, y te da reparo llamar la atención, luchar por lo que quieres y te mereces. Se habla mucho ahora del síndrome de la impostora, que la mayoría de las mujeres lo hemos tenido siempre. Porque yo sé que estoy formada, que tengo cualidades y que valgo pero, a veces, reclamarlo y pelear no es nada fácil, o a mí no me



 

 

 

Página 146



resulta nada fácil. Eso es un rollo, porque ves cómo otros hombres, o incluso otras mujeres con mucha menos capacidad o con capacidades distintas a las tuyas, se lo saben manejar mejor y conseguir un puesto o un sueldo más alto. Ahí sí que me da un poco de rabia no tener ese espíritu comercial para saber venderme mejor a mí misma. Se me da bien apoyar y empujar a otra mujer para que se valore más, pero no valorarme más a mí misma».

 

Ese miedo a manifestar nuestro malestar nos lleva a la resignación y al conformismo; por temor a parecer unas INTENSAS creemos que es mejor no pedir y no enfadarnos, así que nos quedamos con lo que hay. Cualquier cosa parece un exceso cuando la solicita una mujer. El enfrentamiento conlleva castigo, como en el caso de Minerva, que sufrió mobbing cuando fue madre: pidió la reducción de jornada y se la aisló de la toma de decisiones, fue relegada a funciones menores y propuesta para el ERE que la expulsó del mercado. Años después, se reenganchó como administrativa en una empresa energética, «de las que hacen muchas cosas el 8M, pero seguimos cobrando menos las mujeres. Nos quitaron pluses, como el de idiomas… Pero a los que venían de las estaciones, los hombres, les mantuvieron el sueldo a pesar de haber dejado la nocturnidad». En ese caso, la negociación sindical desligó la compensación de la actividad para que nadie (ningún hombre) perdiera dinero como consecuencia de una reestructuración empresarial. La misma negociación a la que no pareció importarle que las que cobraban en la oficina el plus de idioma, mayoritariamente mujeres, y que no iban a tener ningún inconveniente organizativo por seguir desarrollando su actividad sin bilingüismo, lo dejaran de percibir. Con 45 años, esta madrileña de la Elipa necesita dedicar las tardes a coser por encargo para llegar a fin de mes, su marido tiene dos trabajos porque no quieren renunciar a que ninguno de sus tres hijos vaya a la universidad.

 

Además de que no se nos ofrezcan salarios más altos en la contratación y de los complementos salariales discriminatorios, otra de las razones por las que las mujeres trabajamos POR CUATRO DUROS es porque nos subempleamos. Ya sea en trabajos de baja cualificación, ya sea con jornadas reducidas, cuando no ambas cuestiones a la vez. Estos empleos nos ofrecen la flexibilidad que necesitamos, aunque no sea el salario que merecemos. Por ello, hay quien considera que la segregación salarial es una opción, pero en realidad no nos queda otra, ya que no existe



 

 

 

Página 147



adaptabilidad en los sectores masculinizados que permita una conciliación real.

 

Otra madrileña del corredor del Henares, Marisol, se quedó sola con su primer hijo cuando el padre los abandonó. A pesar de haber ido a la universidad en un centro adscrito, se empleó en un invernadero para garantizarse un horario adaptado «gracias a que un amigo me daba trabajo, en plan, necesito ayuda puntual aquí, no te doy de alta pero puedes venir cuando quieras. En ese momento, sabía que no estaba cotizando, pero podía estar con mi niño los ratos que no se lo podía dejar a mi madre. Así, hasta que pude montármelo por mi cuenta. Ahora con 37 años estoy mucho mejor».

Si la brecha de género no era suficiente, padecemos también la generacional a partir de los descuentos salariales de los contratos formativos para jóvenes. Las prácticas no remuneradas se han convertido en un peaje de entrada indispensable para algunos sectores profesionales. Quien se ha rebelado, ha sido expulsada de la carrera, así que carecemos de referentes sobre quienes pusieron pie en pared. Se ha cronificado la precariedad mientras la codicia de la patronal sigue sin haber tocado techo.

 

La universalización del sistema meritocrático vincula el reconocimiento del éxito al esfuerzo personal y nos responsabiliza individualmente del fracaso. Durante la competición queremos ser las elegidas, así que olvidamos que el crecimiento académico y profesional está influenciado por el origen de clase. Valentina no ha encontrado muchas más oportunidades laborales que seguir siendo becaria con 23 años: «Empecé a trabajar en el periódico de la universidad con un contrato de prácticas. Tenía más carga de trabajo que los demás, pero cada vez que me quejaba me decían: “Tú estás aquí con una beca pública, y deberías aprovecharla”. Después empecé en la radio. Al principio bien, pero somos becarios (aunque nos necesitan para las emisiones). Se me acaba el contrato en dos meses y la opción que me han dado para poder quedarme es ser autónoma y facturar por programa. Fue mi gran desilusión. Disociaba porque denunciaba lo mismo que me ocurría. Colgaba stories en Instagram buscando a quien me quisiera contar lo mismo que a mí me estaba pasando».

 

Rizar el rizo es pasar de ser becaria a ser falsa autónoma mientras nos han estado prometiendo que seríamos asalariadas. Y aun si eres una TRADE puedes estar más tranquila que una autónoma que necesite buscar



 

 

 

Página 148



continuamente clientes para subsistir. Cuando no tenemos asegurados los encargos caemos en la inercia del no parar, N ON-STOP INERTIA, porque somos responsables de crear nuestro propio empleo.

 

Diana tiene 27 y aún vive con sus padres en Las Águilas, Madrid, aunque lleva varios años como traductora freelance. «Era muy dependiente del móvil, sobre todo al principio, que estaba más insegura y me sentía con la necesidad de estar disponible 24/7. Alguna vez se aprovecharon de eso, igual que de mandarme proyectos un viernes por la tarde para que los entregase el lunes. Aunque reconozco que era porque no sabía poner límites». De nuevo, sintiendo culpa por estar en permanente estado de alerta y complacencia. Estar pendiente de recibir un encargo en una aplicación, un correo o una llamada es la versión más moderna de un disciplinamiento de clase: el reloj en hora, el móvil encendido, no hay mayor rectitud moral que responder rápido los mensajes a tu jefe, al patrón no se le hace esperar.

 

A la asalariada hay que ingresarle la nómina todos los meses y si se produce la quiebra se prioriza que cobre. Pero ¿cuándo hay que pagarle a una freelance? Nos responde también Diana: «Después de un tiempo, el cobro de las facturas pasó a ser a mes vencido. Lo que me pedían en febrero, quizá se facturaba en marzo y lo cobraba a finales de abril».

 

Como vivimos en ese impás descrito por Antonio Gramsci en el que aparecen los monstruos (porque lo viejo no acaba de morir y aún no se ha terminado de instaurar lo nuevo), podemos encontrarnos con una joven en una terraza de la madrileña Plaza Elíptica que se levanta de un salto porque ha recibido una notificación para ir a pasear unos perros al barrio de Ibiza. No es la primera vez que la contrata ese usuario. Le añade una nota: «Los perros están en casa y se los bajará el portero». De camino al metro, a sumergirse cuarenta minutos en el subsuelo hasta su destino, se cruza con dos docenas de subsaharianos. Tienen su edad, pero aparentan diez años más. Esperan con la mochila al hombro que aparezca por allí cualquier furgoneta sin rotular de las que los llevan a trabajar por horas a recoger fruta, descargar camiones o demoler paredes. Quienes permiten, un día tras otro, ese mercado de esclavos, son los monstruos.

 

Presentamos un alto número de trabajadoras pobres que ven frustradas sus carreras profesionales y sus aspiraciones personales más íntimas. Para Idaira, la desigualdad es galopante, «es muy triste que en un país donde somos gente trabajadora de buen corazón, que todos salimos a ayudar, los



 

 

 

Página 149



ricos siempre sean los mismos y cada vez haya más gente pobre. Aquí se está blanqueando mucho dinero. Y yo lo veo en mi empresa, veo cómo trabajan y lo que ganan, cuánto dinero pagan en negro y a quién. Además, me pasa que me siento culpable por permitirlo, pero tienen que ser los jóvenes los que se rebelen, porque yo tengo dos hijos y si me rebelo sola lo pierdo todo».

 

Un par de años después de conversar con Idaira, se convocaron diferentes manifestaciones en las islas bajo el lema Canarias tiene un límite. Las organizaciones convocantes denuncian que la turistificación ha convertido los archipiélagos en un páramo inhabitable. La amenaza no solo es un problema de vivienda (como en el caso de las Illes Balears), sino que se está poniendo en riesgo el paraje natural y la sostenibilidad de aquello que van buscando quienes los visitan. No queda mucho más suelo para vivienda del que ya hay y, aun así, una de cada tres propiedades las compran extranjeros para veranear. Hace décadas que las administraciones ignoran las demandas de formación que pudiese garantizar a las jóvenes canarias un futuro más próspero que el que ofrece el comandero.

 

Quizá no consigamos matar de hambre al capitalismo, pero podemos empezar por dejar de ponerle la mesa a cambio de visibilidad.

 

 

LA PARTE CONTRATANTE DE LA PRIMERA PARTE

 

 

Las conquistas sindicales de los años ochenta y noventa han ido desapareciendo de nuestras nóminas mediante la subcontratación. En las últimas décadas, se ha considerado aceptable, y deseable, que un mismo servicio se lleve a cabo por empleadas con distintos pagadores y horarios. Este modelo implica crear empresas para realizar partes específicas del producto con condiciones laborales más flexibles. Por lo que hay trabajadoras de empresa, que son de primera, y trabajadoras de subcontrata, que son de segunda.

 

A través de las Empresas de Trabajo Temporal, la patronal se nutre de mano de obra indispensable para desarrollar las labores que le dan sentido a su actividad empresarial. Una ETT no produce nada, ni transforma nada, sino que se encarga de que la externalización transforme los gastos salariales en pagos de servicios haciéndolos pasar por labores excepcionales.



 

 

 

Página 150



En la industria ya se había denunciado EL CHANTAJE DE LA DESLOCALIZACIÓN de las empresas españolas que trasladaban plantas a países extranjeros para abaratar costes, sobre todo salariales. Si aquí una costurera tiene derecho a vacaciones, la subcontratación en el sector del retail consistió en buscarlas donde la legislación permitiese más horas de trabajo por menos dinero. No se le está ganando dinero a la ropa, sino a quien la cose.

 

Otra forma de deslocalizar sin ir muy lejos era tener a las aparadoras en sus casas, como fue el caso de la madre de Gema, en Alicante. Primero se extrajo de las cuentas de la sastrería, y a continuación de la zapatería, no solo el coste social y la nómina, sino también el desgaste de las máquinas de coser (que compraba ella) y la bombilla bajo la que cosía cada noche. Se las sacó de la fábrica, de forma que no podían hablar entre ellas sobre el tiempo que llevaba cada pieza, ni lo que les pagaban por hacerlas. La fragmentación de la plantilla, ya sea por operar en remoto desde casa, en distintas oficinas o países, ya sea en plataformas digitales, supone un divide y vencerás. Bajo un modelo sindical que depende del número de trabajadoras por centro de trabajo, si segmentamos la plantilla en diferentes subcontratas, no hay organización sindical posible.

 

Las Kellys se reunieron en la Comisión Europea en 2019 solicitando la prohibición de subcontratar su trabajo en el sector hotelero. Si en un hotel lo que se ofrece en primera instancia es hospedaje, y esas habitaciones se deben limpiar todos los días, lo más lógico es que quienes hacen las camas estén contratadas por el propio establecimiento. Encontramos asesorías jurídicas que tienen en nómina a la persona que les repasa con lejía los urinarios y les aspira la moqueta, pero la patronal hotelera en masa decidió que quien ahuecaba las almohadas no merecía estar en nómina. Concha tiene 59 años y lleva treinta trabajando en el mismo resort de Málaga. El año que cumplía sus bodas de plata profesionales, se ilusionaba con el fin de semana de regalo que les hacía la cadena a las trabajadoras en cualquiera de los centros en España. Su sorpresa fue descubrir que a ella no le iba a tocar porque tres años antes pasó a depender de una subcontrata, «y me da coraje. Sigo haciendo las mismas camas. Es que, vamos, te digo yo que hay habitaciones en las que son los mismos colchones». Los veraneantes la conocen por su nombre, es la que limpia el hotel, pero ya no es trabajadora del resort. Si diese algún problema como para merecer esta degradación, no hubiesen contado con ella durante más



 

 

 

Página 151



de veinte años como fija discontinua, ni la seguirían llamando cada verano desde la subcontrata. Pero es tan solo una más, un número que ponía a la empresa a expensas del convenio colectivo del sector. Tanto las subcontratas como las ETT no operan para facilitar la búsqueda de perfiles, sino para precarizar la profesión y evitar que sea posible en el propio centro de trabajo la organización sindical. A Concha no hacía falta salir a buscarla. Todos y cada uno de los intentos por flexibilizar el mercado de trabajo se han traducido en un empobrecimiento de las trabajadoras.

 

Zoe ha vivido diferentes versiones de la subcontratación en el telemarketing: «En uno, yo llamaba y vendía seguros, y las que se sentaban en la fila de delante filtraban currículums para una ETT. Todas estábamos pagadas por el mismo, pero hacíamos cosas diferentes. En otro, yo atendía llamadas de clientes de un banco que necesitaban hacer alguna operación y me pagaba una empresa que no era dicho banco. Las que hacían eso mismo, pero si llamaba un extranjero lo atendían en inglés, recibían el salario de una segunda empresa. A mi lado había otro chico que hacía las operaciones si el cliente no sabía, y estaba contratado por una tercera empresa. Y por allí había otros que hacían llamadas para venderte tarjetas de crédito, y cobraban de una cuarta empresa diferente. Estábamos todos en un edificio enorme del banco».

 

La otra modalidad la representa la joven vitoriana Izaskun, que trabajó como teleoperadora mientras estudiaba auxiliar de enfermería. «Me pagaba una empresa multiservicios. Para el Ayuntamiento hacía la asistencia en euskera y en castellano, pero como hablo francés, porque mi padre es de Iparralde, también tenía otro programa en el ordenador para trabajar para una empresa de carsharing. Estaba en un sitio, me pagaba una empresa, pero trabajaba en dos servicios. De sueldo, cobraba lo del convenio con el plus de idiomas, no cobraba por dos».

 

Firmando un contrato temporal tras otro, se encadenan campañas semanales con quincenales, y otras mensuales. Poca gente permanece más de un año en el mismo sitio. Algunas cronifican la eventualidad sin solución de continuidad. La rotación es altísima. Podemos coincidir cien, doscientas o trescientas personas en el mismo centro sin compartir empleador, sin la posibilidad de organizarnos ni de sindicarnos para mejorar nuestras condiciones laborales. Nos han atomizado, han desdibujado las identidades relacionadas con el trabajo y la ocupación.



 

 

 

Página 152



Tenemos más líneas en la vida laboral que los títulos de crédito de El señor de los anillos porque la patronal ha sido guionista, productor y director mientras que nosotras hemos sido relegadas a extras de nuestras propias vidas. Han utilizado los contratos de obra y servicio sabiendo perfectamente que esas funciones no eran excepcionales y hasta qué día les haríamos falta, pero a nosotras no nos lo decían.

 

Quedarse embarazada siendo eventual supone que cuando se acaba la relación laboral nadie renueva a quien tiene que ser sustituida. Como le ocurrió a Irene, que encadena contratos temporales en una escuela infantil y le coincidió el inicio del curso escolar con el posparto. No le está siendo fácil encontrar un trabajo que le respete la lactancia o le conceda una reducción de jornada: «Quiero poder ajustar los horarios para maternar y verla crecer. Mi marido ya trabaja a una hora de casa». A Maca también la despiden cada verano del colegio concertado religioso en el que da clase y no quiere pensar en cómo sería conciliar su vida personal, la maternidad y la inestabilidad del empleo, porque quiere ser madre y en lo único que se preocupa es en ahorrar lo suficiente para la próxima inseminación artificial.

 

La estacionalidad ya no solo es propia de la hostelería o particularmente cíclica en el campo; en los servicios públicos también se han disparado las rotaciones y se ha desregularizado la contratación. Lola, doctora de atención primaria en Sevilla, tampoco ha firmado, aún, un contrato fijo a sus 33 años. Sus relaciones laborales van de mes en mes, como mucho dos meses, en distintos centros andaluces, lo cual le imposibilita realizar un correcto seguimiento de los pacientes: «Pido pruebas que jamás sabré si se han hecho, ni cómo han salido».

 

La canariona Pino, a sus 56 años, sigue siendo eventual. Como monitora sociocultural en una ciudad canaria siente que «en el trabajo que yo hago estoy en la parte más baja de la pirámide. Las personas afectadas somos novecientas mil en toda España, la mayoría mujeres, con más de cincuenta años, con salarios muy bajos, y a tiempo parcial. Ahora estamos, además, con la Ley de Estabilización, que estabiliza plazas, no personas». Pocas expresiones pueden resumir mejor el sentir de la deshumanización. No importa quién ocupe el puesto, sino que se cubra. Las rotaciones no son un fallo del sistema, las mujeres de clase trabajadora vivimos al día. Donde estamos hoy, mañana estará otra y nadie recordará nuestra presencia aquí.



 

 

 

Página 153



Nos acusan de haber renunciado a las identidades del siglo XX, pero la realidad para nosotras, en un contexto de sociedad líquida, es que necesitamos acomodar nuestras aspiraciones a la realidad material. Solo sobrevive quien fluye, porque hacer planes nos condena a las expectativas. Podemos lamentar la incapacidad del mercado laboral para absorber nuestros perfiles, o desarrollar una nueva vocación que tenga mejores oportunidades de empleo sin temor a decepcionar a la niña que soñaba con ser actriz. La trampa de las inclinaciones profesionales es creer que se trabaja menos cuando se trabaja en lo que nos gusta.

 

Entre todas las VERDADES PENÚLTIMAS que podemos enunciar, destaca que el mundo siempre ha sido fluido, solo que ahora es más obvio. El gran error de quienes citan a Zygmunt Bauman es reafirmar una sociedad más justa vertebrada a partir de una presunta solidez del pasado que las trabajadoras nunca vivimos, puesto que la condición de clase no solo describía nuestras circunstancias, sino que prescribía nuestras oportunidades.

La ansiedad y el miedo se nos están llevando por delante, simultaneamos la vida que nos ha tocado vivir con la que estamos deseando tener. El trabajo que nos da de comer nos agota, tenemos problemas para dormir, pero no desistimos: seguimos formándonos para el trabajo de nuestros sueños. Así le ocurre a Laura, que me resume su día a día: «Por la mañana soy técnico de laboratorio (trabajo para la universidad en un proyecto de investigación que ya han prorrogado un año y espero que el año que viene continúe), y por la tarde logopeda en una clínica privada, donde estoy indefinida a media jornada. Si me quedo con solo una cosa no llego, pero con las dos juntas cobro bien. Y esto de llevarlo todo a la vez se me está llevando por delante. Tengo mucho desgaste, tanto a nivel físico como mental. Es un desastre. Estoy saturada. Si quiero hacer vida social, no tengo tiempo. Salgo de mi casa a las siete de la mañana y llego a las nueve de la noche, que ya no me apetece ni irme de cervezas. Me encantaría, pero no tengo fuerzas. No tengo tiempo para cuidarme ni para hacer deporte. Hace unos meses me vi desbordada, hubiese necesitado ir a terapia, pero no disponía del momento. Es una locura. Me planteo qué hacer el año que viene, porque ya se me está juntando un poco todo. Pero bueno, veremos a ver qué pasa». Es el sentir de la generación millennial, cargarse con todo hasta que petan.



 

 

 

 

 

Página 154



La flexiseguridad con la que nos adornaron las reformas laborales que promovieron la precarización nos obliga a ser polivalentes y resilientes. Debemos ser capaces de desarrollar nuestras tareas, las auxiliares y las cualificadas, cuando haya oportunidad de demostrar que sabemos hacer mucho más de lo que nos dejan. En un mundo que nos bombardea con la especialización, el mensaje es que debemos dominar muy bien muchas cosas. Debemos ser la perfecta mujer orquesta, que cada instrumento suene como si nuestra atención siempre hubiese estado puesta en él. Así enumera Matilde, a sus 55 años, las diferentes tareas y los distintos oficios que ha asumido en el sector teatral durante los últimos años: «Lo último que hice como actriz fue antes de la pandemia. Pero ahora estoy trabajando, por ejemplo, como coordinadora técnica, otras veces he ejercido de regidora. Sé hacer un poco de todo». El acrónimo mocatriz (modelo, cantante y actriz) para referirse en un tono jocoso a la pluriactividad de las mujeres en la industria del espectáculo es la demostración de cómo se ha instaurado en el sistema que nosotras tengamos que saber hacer de todo para que nos dejen hacer algo. No se habla de mocactor para referirse a un modelo, cantante y actor. La identidad obrerista del mono azul, la uniformidad, el trabajo de toda la vida, el oficio, el gremio, son cuestiones reservadas para ellos.

 

Las mujeres percibimos la indefinición de nuestras tareas como un aspecto más de la discriminación laboral, en comparación con la especialización de los puestos masculinos. Al respecto, Sindy interviene: «En mi caso me contrataron como cocinera, pero además de limpiar la cocina tenía que barrer y fregar la sala o recoger la terraza. La camarera tenía también que limpiar los baños. Pero los chicos no, el cocinero solo cocinaba y, como mucho, se limpiaba su plancha o se ponía el lavaplatos. El camarero, si acaso, limpiaba los vasos y la cafetera, pero no cogía una escoba». Lucía recuerda que como secretaria llegó incluso a taparle los líos de faldas a su jefe. No solo tenía un trabajo administrativo para pagarse la carrera, también creativo: no hay un manual de excusas para darle a la mujer del jefe.

 

Técnica de laboratorio al amanecer, logopeda al atardecer. Abogada en prácticas de lunes a viernes y camarera los sábados. Socióloga en paro, pero maquilladora a tiempo completo. Periodista sin medio, pero administrativa a media jornada. Opositora a maestra y en búsqueda de empleo como dependienta para dejar de trabajar poniendo copas por las



 

 

 

Página 155



noches. Administrativa en la vida laboral e ilustradora en Instagram. Estudiante de Pedagogía en invierno, monitora de ocio y tiempo libre gratis en verano. Aparadora sin contrato, ama de casa. Graduada en Biología, preparando las pruebas físicas a Policía Nacional, trabajando de monitora en la ruta escolar de lunes a viernes y de camarera los fines de semana, quizá también se matricule en el máster de Formación del Profesorado, por si acaso. Las mujeres de clase trabajadora que habitamos la periferia jamás tuvimos esa férrea identidad del obrerismo que hacía del oficio una suerte de apellido. Siempre fuimos algo más en un mundo que continuamente nos hace de menos.

 

 

 

COMO EN CASA, EN NINGÚN SITIO

 

 

La conciliación o la corresponsabilidad no se puede conjugar cuando los padres pasan más tiempo fuera de casa que con su familia. Natividad trabajaba como empleada del hogar poniendo un plato de comida en una mesa que no era suya y, de vuelta en Móstoles, cada tarde preparaba la cena con el sonido del tambor de la lavadora colándose por el patio. «También limpiaba yo sola mi casa, porque mi marido estaba todo el día en el hotel. Él se iba a las once de la mañana y volvía de plaza Castilla en el búho, el autobús nocturno, de madrugada. Así que no me ha ayudado nunca en nada de la casa».

 

Ainhoa nos cuenta con resignación que «mi madre era ama de casa, así que dentro de esas cuatro paredes mi padre no daba palo al agua. Tenía tiempo para las tareas, pero no las habría hecho de ninguna manera. No hacía absolutamente nada, y no porque se lo impidiera su horario, que eran ocho horas, sino porque su mentalidad no se lo permitía. Aunque tengo conciencia feminista y he intentado no reproducir en mis relaciones la que había entre mis padres, hay conductas que se te quedan pegadas. Es bastante difícil librarse de ello». Es consciente de que, además de la necesidad de que los hombres revisen sus privilegios masculinos, ella ha desarrollado conductas tóxicas, como la codependencia o la necesidad de validación, para tener seguridad en sus decisiones, esperando que, como vio en su casa, el hombre tenga la última palabra.

 

La feminidad se ha visto reforzada en tanto se mantenía en posiciones subalternas. El correcto sometimiento a la dominación masculina definía a



 

 

 

Página 156



la buena esposa. Las madres que han transmitido los roles de género lo han hecho con su mejor intención, procurando el bienestar de sus hijas, entendiendo que el éxito suponía encontrar un buen marido y formar una familia. Dolores se tuvo que enfrentar en muchas ocasiones a la educación que su madre le quiso dar en Sevilla. Y, en contraste, se siente orgullosa de las conversaciones que ha tenido con sus hijos, hasta afirmar que «los he educado en el feminismo. Pero yo tengo amigas, de mi misma edad, que sí son fregonas de su casa. Lo entiendo, porque no han tenido oportunidad de trabajar ni de estudiar. También tenemos amigos que, cuando han visto a mi marido levantarse a cambiar al niño, de maricón no lo bajaban».

 

Amparo, que está muy satisfecha con la corresponsabilidad en su hogar, rehúye de esas dinámicas de mujeres que de tanto creerse en un matriarcado por ser ellas las que toman las decisiones, acaban maternando con su pareja. Le provocan un fuerte rechazo, «tengo amigas que le compran camisas a sus maridos, que te da hasta grima. En mi entorno, si tu marido va mal vestido, la culpa es tuya. Esa sociedad existe, aunque parezca mentira. Va cambiando, pero la casa, los mayores y los hijos siguen siendo tarea femenina».

El varón heterosexual educado para ser el proveedor principal tiene la sensación de que la emancipación femenina, y en particular que su pareja tenga un trabajo remunerado, atenta contra su identidad y lo mantiene célibe contra su voluntad. Los roles de género se han definido desde y para la familia. Muchos de los hombres que han crecido con un modelo de masculinidad que sostenía económicamente el hogar pero ejercía una paternidad ausente, se están viendo impedidos de reproducir esas dinámicas, tanto desde las demandas feministas de autonomía financiera y corresponsabilidad como por la crisis del empleo.

A sus 57 años, Nagore recuerda que su padre no estaba nunca en casa, «y si estaba era para descansar. Mi madre lo hacía todo, pero todo, que no teníamos ni electrodomésticos. Cuando se sentaba era para tejernos ropa. Siempre estaba haciendo algo. Desde la mañana hasta la noche». La socialización de género que recibió su hermano pequeño consistió en que «mi madre nos decía que a él no le tocaba porque era un niño. Eso lo escuchábamos a diario. Yo veo que esto a él le ha pesado para relacionarse. No se independizó. Directamente, dijo que dónde iba a estar mejor que en una casa donde lo trataban como un rey. Se quedó con mi padre y con mi madre hasta que murieron. Le decíamos a ella que no le



 

 

 

Página 157



estaba haciendo ningún favor, a última hora se quejaba de que no les ayudaba en nada… y, claro, él se había cogido ese rol de “a mí no me han dicho nunca que tenga que hacer nada”».

 

A los hijos se les ha permitido no asumir tareas domésticas al mismo tiempo que se los ha animado a salir a buscar trabajo, pero también a disfrutar del ocio. Mientras, la responsabilidad que forzaba a las hijas a ejercer de amas de casa ha limitado su libertad de movimiento, domesticando sus anhelos y restringiendo sus posibilidades de adquirir capital social y cultural. Se nos priva de ocupar el espacio público desde que somos niñas, mientras a los niños los animan a embarcarse en todo tipo de actividades al aire libre. En la edad adulta, las mujeres volvemos del trabajo a casa porque no nos sentimos tan a gusto en ningún otro sitio, pudiendo alternar pequeñas tareas con el descanso. Pero los varones se van de cabeza a los bares, o a los centros deportivos, dedicándose en exclusiva a su cuidado personal y a su disfrute durante su tiempo libre. El privilegio va más allá de que, cada día al volver, se encuentren la cena hecha. El privilegio es ver la mesa puesta y los niños bañados después de haber pasado tarde sí y tarde también desconectando del trabajo. Así fue educada Pino: «Tenía que ayudar a mi madre y saber llevar una casa. En cambio, mis dos hermanos no. Mis hermanos después del colegio se iban al parque, no necesitaban tener esas habilidades que yo, como mujer, sí necesitaría. Mi madre no les dejaba ni que se hicieran la cama. Mi cuñada ha reeducado a mi hermano mediano y ahora no tiene nada que ver, cuando necesito que venga a cuidar a nuestra madre no pone ningún problema y está dispuesto a todo lo que haga falta, no se limita a hacer compañía».

 

Mientras que Dolores ha encontrado un hombre capaz de renunciar a vivir como en un hotel, Nagore aún está lejos de disfrutar de la corresponsabilidad, sobre todo en torno a la carga mental: «Aunque los dos trabajamos, ha habido siempre algo como: “He ayudado, mira qué majo soy”. No están acostumbrados a hacerse cargo. Esto no es ayudar, aquí los dos trabajamos y las tareas son de los dos. Él hacía un poquito y ya parecía que había que reconocérselo. Pero es que hay muchas cosas que hacer, y también que pensar. Con todas las amigas que tengo, lo hablo. Hay una parte que es hacer, pero luego hay otra de darle vueltas a saber que hay que hacer la compra, pensar qué vamos a comer… Y todo eso es un trabajo que igual no se ve. Pero es un trabajo que tienes en la cabeza. Todo esto requiere una organización que llevas contigo mientras estás



 

 

 

Página 158



haciendo otras cuatro cosas a la vez». Rosalía no tuvo una socialización de género en su familia, ya que «viví siempre con mujeres, mi madre trabajaba mañana y tarde fuera de A Coruña. A mí prácticamente me criaron mis abuelos. Y como mi abuela tenía una situación un poco especial, con artrosis, artritis, reuma…, quien hacía todas las cosas en casa era él. Eso de que el hombre no haga nada lo he visto en otras casas, ese machismo de que no se meta en la cocina, que no haga recados, que no se ponga a hacer faenas porque viene de trabajar, en mi casa no lo vi». Sin embargo, se casó con un hombre en cuyo hogar «se daba todo lo contrario. O sea, su madre es ama de casa, su padre fue marino mercante. Él venía a casa como de vacaciones después de tropecientos meses en la mar y no se le podía molestar. Así que mi ex tiene la idea de que así es como se hacen las cosas, y lo imita… No es consciente de que no es un marinero, es un ingeniero que como mucho tiene fines de semana de guardia en las presas. En mi caso, fue un matrimonio y una convivencia difícil».

 

Para Pilar, llegar del trabajo significa comenzar la yincana de los cuidados: «Los días que salgo a las tres, tengo el tiempo justo para comer y recoger a mi hijo en el colegio. Pasamos la tarde haciendo deberes y, como tiene que madrugar, cenamos pronto, por lo que sus tardes son más cortas. Entre semana no tengo tiempo para nada más que trabajar, cuidar de él y atender la casa. Durante los fines de semana, tengo amigos con hijos e intentamos hacer actividades con ellos al aire libre. Después del divorcio, mi ex se quedó en el pueblo y yo volví a la ciudad, así que el referente masculino para mi hijo es su abuelo». Idaira es madre soltera de tres hijos y si tiene alguna facilidad para conciliar es gracias a sus padres, porque «los niños salen del colegio a la una, pero las jornadas de trabajo pasan de las diez horas. No tiene nada que ver lo que te dicen cuando te contratan con todo lo que trabajas después. Mi vida está en manos de mi jefe».

 

Más o menos es la misma sensación que tiene, desde Oviedo, Isabel, a sus 37 años. «He llegado a ponerme contenta cuando mi hijo ha estado enfermo y he tenido que quedarme cuidando de él. Normalmente trabajo todo el día y paso muy poco tiempo en casa, solo lo veo por la mañana al meterlo en el coche. Por la noche, cuando vuelvo, ya está dormido. Y sí, me siento súper mala madre por decir esto, pero estoy súper feliz de que mi hijo esté enfermo porque es una excusa para poder ser madre y cuidar de él».



 

 

 

Página 159



No hay fórmulas mágicas para la corresponsabilidad, pero sí coinciden las entrevistadas en que todo se inicia con una conversación. La conversación que nace de TODA LA RABIA contenida en anteriores relaciones, una rabia organizada y politizada para dotarnos de una mayor autonomía que nos permita construir relaciones sanas.

 

Ángela nos recuerda que la conciliación no es sinónimo de una vida dedicada a la crianza: «No he tenido hijos ni los voy a tener, pero hay más cosas que conciliar en casa y hay una carga mental y todo eso. Yo, al principio de la relación, tuve que explicarlo muy bien para dejarlo muy claro, porque en el pasado había aceptado cosas que ahora ya no tolero. Sencillamente, solo hace falta explicar que somos dos personas y que todo tiene que estar dividido. Parece una tontería, pero cada semana se encarga uno de la comida, la cena y las compras. Tenía claro que quería una distribución real, no como la que he vivido en casa de mis padres, donde mi madre se encargaba de todo y lo tenía todo controlado, y mi padre se limitaba a pulular alrededor preguntando: “¿Y qué hago?”, porque eso no me quita carga mental. En otras relaciones no había llegado a tener esa conversación. Pero, para mí, esto es importante y es decisivo para que yo esté o no esté… mucho más que el físico, más que otras cosas». Marta, con menos de treinta años, ha puesto a prueba su futuro de pareja con una convivencia de práctica. Libres de cargas, porque para ambos es su primera relación, aquellos días resultaron una negociación donde establecieron sus límites. Sin dar por hecho que las tareas debían hacerse de una determinada forma, ni que debía hacerlas una persona en concreto: «La primera semana fue horrorosa, pero creo que fue la necesaria para explicar las cosas. Porque, a ver, él es que no ha vivido nunca solo, simplemente se ha hecho cargo de ganar dinero desde que faltó su padre, haciendo su madre de ama de casa. Entonces, aquella primera semana fue horrible, pero teníamos que hablarlo porque yo iba viendo que me iba a tocar todo a mí y eso no lo soporto. Veía cosas que no me gustan, no me gusta sentirme la chacha de nadie, ni la madre de nadie. Hubo que dejar las cosas claras, es importante hablar en pareja y tener las dos versiones, porque también le estaba agobiando verme detrás de él diciéndole que no sabía limpiar. Así que lo hablamos, lo dejamos claro y, a partir de ahí, por ejemplo, cuando cocinamos, si yo hago un plato, él hace el otro, si él pone la mesa, yo la quito y él friega».



 

 

 

 

 

Página 160



En las genz entrevistadas no solo se menciona la conversación, sino también la necesidad de delimitar, como resume esta intervención: «Cuando tengamos que vivir juntos», comenta agobiada, «me imagino trazando una línea en medio de la casa, y diciendo: “Como no asumas tu parte, yo me hago mi cena, me pongo mis lavadoras, limpio mi baño…”, porque veo que es algo que nos pasa factura a las mujeres… Maternamos antes de ser madres».

 

La versión más extrema de esta nueva feminidad subversiva son las mujeres que reivindican con ANSIA ser «una madre horrible, pero un padre estupendo». Se ha juzgado históricamente de forma muy distinta a ambos progenitores según su desempeño doméstico o su éxito profesional, respectivamente. Hannah, de origen germánico y trabajadora de una delegación alemana en Madrid, siente continuamente cómo su padre la juzga por no estar ocupándose de su hijo con la misma dedicación que lo hizo su madre con ella, «y le preguntó, pero ¿qué hacías tú? Porque a mí, si me tienes que comparar con alguien, me tienes que comparar con mi padre a los 33 años, que es el que tenía un trabajo como el mío, no con una ama de casa».

 

Carmen, quien ya ha cumplido los 52 años, ha identificado, tras varias relaciones de pareja, que «la táctica que ellos emplean, porque en ese sentido son como muy cucos (yo no sé si es que les han dado un curso que a nosotras no nos lo dan) es la del escaqueo y de hacerlo todo como de esa forma tan lenta y torpe, que acabas diciendo: “Bah, ya lo hago yo”. Eso es una cagada monumental. Pues al final acabas cargando tú con un montón de faena. Y, bueno, te dices, ¡maldita sea! Yo ya no quiero volver a convivir. Porque en el fondo soy consciente de que para ellos es un chollo, pero para nosotras no lo es en absoluto. Por el mismo precio, ellos tienen criada, cocinera y amante. Y nosotras tenemos mucho más trabajo».

 

Con miedo a que se puedan reproducir patrones que ya creíamos superados, temiendo que LA DOBLE JORNADA agote a las trabajadoras y boicotee su proyección profesional, el consejo que deja Mercè a las más jóvenes es que «a un hombre nunca hay que decirle que algo lo hace mal, porque entonces tiene la excusa perfecta para dejar de hacerlo».

 

Que los hombres reconozcan la importancia de los cuidados y redescubran una paternidad implicada no solo descargará de responsabilidades a sus parejas, sino que generará un clima laboral en el que las nuevas formas de ejercer de padre reivindiquen estar más ausentes



 

 

 

Página 161



en la oficina y más presentes en casa, como un derecho conquistado. Hacerse cargo de las tareas del hogar deja menos tiempo para ir al bar después del curro, y si no puedes evadirte de una jornada de mierda delante de una cerveza, imagínate lo que puede llegar a pasar si tomas conciencia de tu posición de clase y te da por sindicarte, por exigir una racionalización de los horarios de acuerdo con la productividad o con la desconexión digital. A los hombres que no reproducen el orden social son a los que acaban llamando de maricones para arriba.

 

 

 

LAS JEFAS, A TRAVÉS DEL TECHO DE CRISTAL

 

 

Cuando realmente emprendemos, lo hacemos desde la posición subalterna que ocupamos siempre. Invertimos nuestros ahorros, si acaso también los de algún familiar, pero no corremos grandes riesgos ni acudimos al crédito, según los datos de ENISA. Nuestro capital semilla es la mitad que el de los hombres. Al poco tiempo de inaugurarlo, Gema tuvo que cerrar el bar donde lo apostó todo, «el tiempo que estuve pendiente de los permisos me dejó a cero. Cuando pude abrir, me daba pánico coger a alguien sin saber si le iba a poder pagar, estaba sola llevando todo, hasta que, a los seis meses, eché las llaves, porque el cuerpo no tiraba más y veía que no me daba apenas para vivir». Fracasó. Seguramente, si se hubiese aupado sobre los hombros de una camarera a la que pagase tarde y en negro, o si hubiese recibido a tiempo el crédito subvencionado que solicitó, las cosas hubieran sido diferentes. Pero «sé lo que hacían los bares de a mi alrededor y sé lo que hacía yo. Hoy en día, puedo abrir el buzón tranquila de que no me va a llegar ningún requerimiento, ni ninguna multa, ni ninguna demanda laboral». No somos como ellos, ni queremos serlo.

 

Algo parecido le pasó a Mariah: «En 2012 me quedé con el traspaso de una academia en la que había estado trabajando. Los primeros dos años capeé la crisis, pero nunca fue un negocio rentable. Di de alta con todas sus horas en regla al profesor que tenía para ciencias, no como habían hecho conmigo en la mayoría de academias y trabajos que había tenido. Busqué algo de camarera los fines de semana, y cerré porque me di cuenta de que era absurdo tener un segundo empleo para poder mantener abierto un negocio que da pérdidas».



 

 

 

 

 

Página 162



En el caso de Maca, su emprendimiento social a través de una subvención europea le hizo ver que «en el mundo empresarial estaba un poco más estigmatizada, no solo por ser de Vallecas, sino por mi estética e ideología. Llegué a un sitio donde la gente estaba muy extrañada de tenerme, a un ambiente en el que me decían cosas como “los de Vallecas sois muy punkis, ¿no? Siempre estáis liándola… Vaya barrios en los que has vivido, bonita”. Me trataban como si no tuviera cultura, no fuera educada… con ese prejuicio, que sí, puedo ser punki, entre comillas, pero también me sé comportar en los sitios».

 

La política de cuotas para que haya cada vez más mujeres tomando decisiones no supone, por defecto, que se vaya a instaurar en el clima laboral la perspectiva de género. Ser mujer no te hace feminista. Bien lo saben las entrevistadas que están bajo las órdenes de una jefa. Matilde, actriz y productora, reconoce que sus problemas en el ámbito laboral han sido «con mujeres. Parece que nos cuesta tanto llegar que luego solo sabemos competir. Y yo no quiero competir, así que noto cómo me voy quedando fuera… Yo pelearía por la vida de mis hijos, incluso por un gato, pero ¿por esto? ¿Por un sueldo de mil euros? ¿Por un contrato de obra de seis meses? A mí, esa competencia entre nosotras me da mucha rabia». Desde una terraza en Carabanchel continúa criticando esa concepción esencialista de que la mujer ejercerá el liderazgo mejor que un hombre. «En el espacio en el que trabajo, las tres jefas somos mujeres. Y da igual, porque estamos reproduciendo roles machistas, tengamos lo que tengamos entre las piernas. No estamos cambiando la manera de hacer las cosas, repetimos los mismos patrones. El feminismo no solo depende de nuestros genitales, depende de muchas más cosas. Y ahora es una cosa que vende, también hay capitalismo aquí». Ya lo decía Alexandra Kollontai: «A la mujer obrera le es indiferente si su patrón es hombre o mujer».

 

Idaira comparte la misma indignación. Se manifiesta traicionada por su superior y se pregunta para quién es lo del techo de cristal: «Mi jefa es mujer y permite los abusos, es quien nos hace estas cosas. No hemos arreglado mucho con toda la lucha que hemos hecho las mujeres. Siento decepción. A mí me dieron una educación de izquierdas, del bien para el pueblo con el pueblo, y veo que lo que me enseñaron no se parece a lo que hacen las mujeres que están en política de izquierdas. Tengo una hija y un hijo, y no quiero que entre ellos haya diferencias. Que no reciban menos por ser hombre o por ser mujer, que se les dé por igual, que se los respete



 

 

 

Página 163



por igual, porque ellos van a hacer el esfuerzo por igual». Del mismo modo lo ha visto Ana, de Valencia, a sus 57 años: «Nunca he cedido a las presiones. Sé que he perdido oportunidades laborales por ello. Tanto en unos como en otros he visto el machismo. Había comportamientos muy establecidos, que forman parte de la sociedad, y mujeres en puestos directivos seguían con los mismos roles de los hombres. Hay mucha competitividad, no ayudaban a otras mujeres». ¿Podrá la mujer incorporarse al mundo de las profesiones sin verse contaminada por él? Este era uno de los dilemas de Virginia Woolf.

 

Al otro lado del espejo está Mercè, que ubica, a los 72 años, cómo fue para ella ser jefa en Telefónica desde los años ochenta, tras haber crecido como hija de un trabajador del campo: «A mí me dieron responsabilidad sobre unas setecientas personas en Barcelona, de las cuales el 90 por ciento eran mujeres. Tenía un grupo pequeño que eran solo hombres, que también hacían turnos. Todo el mundo me decía: “Uy, con tantas mujeres, la de problemas que vas a tener”. Porque, claro, nosotras somos las histéricas, nos quejamos de todo, etcétera, ¿no? Pues el primer gran follón que tuve fue con ellos. Serían unos quince y dos que se pelearon, ¡que llegaron a las manos!, porque en un turno que estaban ambos, uno quería la ventana abierta y el otro cerrada. ¡Y después somos nosotras las folloneras!».

 

Mary Beard apuesta, en MUJERES Y PODER, por redefinir el concepto en lugar de copiar las expresiones masculinas para ejercer el liderazgo. Lamentablemente, muchas de ellas se limitan a ser men in pink, aportan el toque de color pero no alteran el statu quo como sí lo hacen aquellas con conciencia feminista. A las jefas que no se comportan como hombres, ni descienden de una dinastía de gente que manda, se les recuerda, sin tregua, que están fuera de lugar, teniendo incluso gestos impropios de la relación entre altos cargos. La presencia de Mercè en las altas instancias de la compañía estuvo continuamente sometida a un proceso de invisibilización. «Cuando fui a México, estábamos en un grupo de diez personas (nueve hombres y yo). Un día, nos invitó a cenar el presidente de la Telefónica local y, cuando nos fue saludando, a mí me pasó de largo porque no entendió que yo también era una directiva. Pensó que sería la traductora o la intérprete. En otras ocasiones, me pasaba que si estaba en una oficina de cara al público, siendo la responsable de la misma, cuando venían clientes que querían hablar con el jefe, no les servía yo porque era mujer». Las



 

 

 

Página 164



estructuras informales de poder caían sobre Mercè. Sus experiencias nos recuerdan que los techos de cristal se refuerzan en los bares con el vidrio que envuelve las rondas de copas que se pagan unos jefes a otros. Por ello, estaba convencida María Moreno, en BLACK OUT, de que las mujeres debían ganar las tabernas. «Hombres y mujeres tenemos formas diferentes de trabajar. Por ejemplo, ellos salen del trabajo y se van al bar a tomar algo y a arreglar las cosas que no han terminado. Tú te vas a tu casa porque tienes otros deberes, y cuando llegas al día siguiente, resulta que sobre aquello que había quedado pendiente, ya habían tomado una decisión entre ellos. Eso lo he vivido y me lo han contado también mis amigas, a las que les pasaba exactamente lo mismo, porque nosotras hemos tenido siempre el doble de trabajo. Aunque fueras gente que tuviese ayuda en casa, por así decirlo, no se te ocurriría irte al bar. En cambio, ellos se iban a tomar una cerveza. En los años noventa, yo estaba en Madrid, y en mi grupo (donde, otra vez, era la excepción femenina) todos éramos gerentes de diferentes servicios. Teníamos reuniones por toda España y, después de trabajar, íbamos al hotel a cenar y más tarde a tomar una copa. Pues conmigo tuvieron que cambiar sus costumbres, porque, claro, no podían llevarme a un bar de alterne, que era lo que hacían. Después se irían o no se irían a pagar por sexo. En eso ya no entro. Pero sí que conmigo tuvieron que buscar otros bares. Y yo tuve que acabar aprendiendo chistes feministas, porque la mayoría de los que contaban ellos eran machistas».

 

Nuestra promoción profesional es cuestionada y censurada; nuestros méritos, invisibilizados hasta el punto del ensañamiento y la humillación: «Cuando me ascendieron, yo tenía muy buena relación con mi jefe, un tipo que estaba de muy buen ver. Él se había acostado con media compañía, pero conmigo siempre tuvo mucha relación de amistad, nada más. Le llegué a decir a mis amigas que, si les iban con el cuento, debían saber que no, que nunca me lo había propuesto, que yo nunca había tenido ni la oportunidad de decirle que no. Me lo quise tomar a cachondeo, porque la verdad es que daban por sentado que cuando una mujer triunfaba era porque se había liado con su jefe». No nos queda otra que tomarnos todo esto a risa, organizar la rabia sin dejar de defender la alegría, porque no tardarán en decirnos que solo era una broma cuando dejemos de reírles los chistes.



 

 

 

 

 

 

 

Página 165



SOLO ERA UNA BROMA 

 

 

La principal diferencia entre trabajadoras y trabajadores es quea los malestares propios de una relación laboral se les suman los característicos de la desigualdad de género, que operan tanto dentro como fuera del centro de trabajo. La presión estética, la infantilización o los chistes sexistas conforman un contexto hostil y humillante hacia las mujeres. El acoso ambiental es el detonante del acoso sexual, del acoso por razón de sexo o de cualquier comportamiento discriminatorio en ese sentido.

 

Al igual que en cualquier otro contexto, ante la más mínima advertencia de peligro domina el miedo y pensamos en cómo evitar que se produzca el hostigamiento. Pero, sobre todo, entre nosotras se instala la culpa. Nos enfrentamos al acoso sexual por abandonar el hogar, por transitar de casa al trabajo, por ejercer una profesión contradiciendo el mandato de permanecer al cuidado de la familia…

Aun entre nosotras opera el estigma, culpabilizando a la víctima del acoso sexual en el mercado laboral, dando por hecho que es consecuencia de no haber sabido poner límites: «Siempre he trabajado muy rodeada de hombres y, bueno, claro… es un ambiente muy masculino. Y aunque yo no he sentido, ni he tenido insinuaciones o momentos complicados (bueno, porque a lo mejor yo nunca he dado pie, y siempre he distinguido muy claramente el ámbito laboral del ámbito afectivo, del ámbito privado), sí he visto cómo otras mujeres a lo mejor no lo han tenido tan fácil».

 

Según la Macroencuesta de Violencia contra la Mujer de 2019, el 98,2 por ciento de las que han sufrido acoso sexual lo experimentaron por parte de un agresor hombre, el 17,3 por ciento de las ocasiones sucedió en el entorno laboral. Según las autoras de PATRIARCADO Y CAPITAL, es una de las formas de agresión sexual más frecuentes y menos denunciadas en el mundo. Las mujeres migrantes se enfrentan a este tipo de situaciones en trabajos de limpieza, cuidados, trabajos agrícolas u hostelería. La incertidumbre por estar en situación ilegal, el temor a ser deportadas, a perder el salario, la precariedad general, las vuelve más vulnerables. Desde UGT se ha observado que este tipo de violencias muchas veces no llegan a denunciarse, como consecuencia de la escasa sensibilización social al respecto, el miedo al despido, la dificultad para conseguir pruebas o unos insuficientes canales de denuncia, seguimiento y protección de las



 

 

 

 

Página 166



víctimas, así como por la normalización de la violencia con la que convivimos las mujeres. A esto hay que sumarle el juicio del entorno, el estigma o el sentimiento de culpa.

 

En muchas ocasiones, los comentarios y el acoso ambiental están presentes desde el primer día en que ponemos un pie en el centro de trabajo, sin que nos haya dado tiempo a hacer absolutamente nada que se nos pueda volver en contra. Hay hombres que sienten que su posición les da el derecho a opinar de todo cuerpo que ocupe su espacio, y más cuando está en su mano controlar el acceso al edificio: «Mientras cruzaba el arco de seguridad les oí decirse uno al otro: “Eso es un derbi y la otra una liguilla regional”».

Esa culpa hegemónica razona la barbarie y responsabiliza a la víctima por haber dado pie, por haberse confiado, por no haberlo sabido parar. Hemos naturalizado todo lo que nos pasa a nosotras cuando ocupamos sus espacios, lo que nos hacen ellos que son los dueños del lugar. Es un mecanismo de control que nos señala y nos humilla, para que sintamos remordimiento y nos cuestionemos a nosotras mismas por haberlo consentido.

Ninguna de las entrevistadas que ha ofrecido su testimonio para este epígrafe denunció, y al igual que en las experiencias de violencia anteriores y en las de los siguientes capítulos, los testimonios pasan a ser anónimos, también las referencias explícitas a las empresas donde ocurrió. ¿Quién podría corroborar que un paciente le dio dos cachetes en el culo a una médico de familia a puerta cerrada? Ni siquiera quienes mejor conocen la norma, las abogadas, han tomado medidas legales. La han soportado como una fatiga más de la relación laboral, porque es muy difícil señalar a quien se dedica a la ley y no está cumpliendo la norma: «Cuando me incorporé en un despacho del distrito financiero, mi superior me presentó al jefe y este se dirigió a mí, sorprendido: “Uy, pues las morenas tienen buen culo, y tú no lo pareces con esa ropa ancha. Ya me fijaré yo a ver qué culo tienes”. Me soltó eso el primer día. Mi superior agachó la cabeza. Tenía que evitar quedarme a solas con mi jefe, porque siempre había miraditas y nos toqueteaba a todas». La humillación también actúa como una estrategia de negociación, intentando desestabilizar a las letradas: «Vino un abogado contrario mientras esperábamos a entrar en sala a preguntarme qué hacía esa noche y a decirle a mi compañero que se había buscado una ayudante muy guapa.



 

 

 

Página 167



No sé qué pretenden. Aunque no seas tú quien intervenga en sala ese día, cualquier comentario de ese tipo es normal que nos ponga nerviosas. En un entorno profesional, y a media hora de un juicio, me sobra muchísimo».

 

Los chistes, los comentarios sexistas, los gestos o las miradas insinuantes, el contacto físico o las invitaciones de naturaleza sexual vulneran nuestro derecho al desarrollo personal y profesional, a ocupar el puesto, a ejercer la responsabilidad. Se atenta contra nuestra intimidad por ser mujeres, mientras vemos cómo «eso a mis compañeros hombres seguro que no les ha pasado. Nadie les ha preguntado qué hacían esa noche».

 

Quizá una de las situaciones más desconcertantes fue la de una de las entrevistadas, acostumbrada a pasar noches fuera de casa por trabajo. «Cuando viajo, como llevo a un grupo de gente, pues normalmente suelo darles mi número de teléfono por si tienen cualquier problema o si se pierden. A veces se ha dado el caso de que se quedan retrasados y hay que ir a buscarlos, porque no saben dónde están. Una vez me llevé a un grupo de mayores de Madrid y uno de los hombres, cuando ya habíamos acabado el viaje y yo ya estaba en mi casa, me llamó. No me escribió, me llamó. Estamos hablando de una persona de setenta años. Tuvo la desfachatez de decir que durante el viaje no me había dicho nada porque iba con su mujer, me empezó a alabar y me preguntó si me podía volver a llamar. Le dije que no. Me preguntó si es que yo nunca iba a ir a Madrid y volví a decirle que no. Lo bloqueé, por si acaso. Mira, las tecnologías ayudan. Años después, me contactó desde otro número de teléfono y lo volví a bloquear. Yo no voy a dejar que sea obsesivo. Con la primera llamada, me demostró que aquello podía ser peligroso. De momento, hay cuatrocientos kilómetros de distancia».

 

La hipersexualización a la que estamos sometidas llega incluso a robarnos nuestra identidad. «Me enteré de que mis compañeros no se sabían ni mi nombre, ¡y somos solo tres mujeres! Yo era la del buen culo. Eso al contrario no sucede, y tampoco con la jefa. Igual no te sabes su nombre, pero no hablarías de que es la jefa del buen culo. No se les ocurre decírmelo a la cara, porque les parto la boca en cuatro trozos. Y a mí no se me ocurre hablar así de un compañero, primero porque me sabría su nombre, como mínimo, y segundo, que antes digo el de las orejas que reducirlo a su sexualidad. Pero nosotras nos pasamos la vida en modo difícil. No sé, no sé qué estoy haciendo con mi vida. No puedo más».



 

 

 

 

 

Página 168



El miedo al despido nos paraliza en muchas ocasiones, por lo que solo entre quienes pueden renunciar al empleo encontramos osadas que lo cuentan: «Estuve haciendo un curso del paro en unos grandes almacenes, etiquetando prendas para las rebajas. Un día me quedé yo sola, se me acercó un encargado de planta y me hizo proposiciones deshonestas. Le dije que no, que lo sentía mucho pero que yo no había ido allí para eso. Y me respondió que me olvidase de trabajar allí. Me quedé mirándolo… y era verdad que a mí no me hacía falta ni me interesaba. Le dije de vuelta que afortunadamente ni lo necesito, ni quiero trabajar con esas condiciones. Se dio media vuelta y se fue. No fui de las elegidas para el puesto. Cumplió su palabra».

 

La principal consecuencia del acoso sexual en el trabajo es el abandono del espacio, ya sea a través de cambios en el departamento, ya sea en los turnos o, definitivamente, renunciando al empleo. Como comenta otra de las entrevistadas, «en mis primeras experiencias como reponedora tuve un compañero que se pasaba el día contándome que había tenido líos con bisexuales que recurrían a él porque echaban de menos follar de verdad. Hasta que un día se me lanzó, le hice una cobra. Nos quedaba una semana de contrato. Fui a la supervisora y le pregunté si nos iba a renovar a todos, y le pedí que a mí no. Se extrañó, pero no iba a dar explicaciones. Me fui». Su compañero no solo había invadido su intimidad con aquellos mensajes, o vulnerado su libertad sexual al intentar besarla, también había invalidado la orientación sexual de la entrevistada. En

 

HETEROSEXUALIDAD OBLIGATORIA Y EXISTENCIA LESBIANA se aborda este tipo de

 

intimidación, no solo como una cuestión de género, sino desde el sinfín de medidas diseñadas para mantener a las mujeres dentro del contexto sexual de los hombres heteronormativos.

 

Las víctimas de acoso en el trabajo experimentan inseguridad, tensión y miedo, sintiéndose cosificadas y menospreciadas en sus habilidades profesionales. Sienten vergüenza a la reacción del agresor si se muestran manifiestamente incómodas y alguien lo advierte. Esta situación provoca estrés, ansiedad, baja concentración y desconfianza. Modifican su apariencia y cambian de actitud para evitar llamar la atención, para evitar que haya algo en ellas que justifique el hostigamiento. La consecuencia es la exclusión de las redes informales: desaparecemos de los cafés, de los afterworks. La ansiedad se cronifica, llegan los problemas de salud y el absentismo, el bajo rendimiento y la desmotivación, afectando



 

 

 

Página 169



negativamente en su carrera y en la percepción que tienen de ella el resto de los compañeros y superiores.

 

No solo en el centro de trabajo encontramos este tipo de situaciones. Los clientes, el público o los proveedores también juegan un papel muy importante. En la hostelería, la barra separa a quienes descansan de quienes estamos trabajando. Varias entrevistadas señalan la erotización de la profesión, con especial énfasis en el ocio nocturno. «Una mujer detrás de la barra con un buen escote es un reclamo, pero no le daba ni le doy muchísima importancia. Si vas preocupada por lo que piensan, lo que dicen… no vives, y si te dicen algo, pues les mandas a tomar por culo».

Los agresores ni siquiera necesitan estar en la misma estancia, ni en la misma ciudad para propasarse: «Trabajando de teleoperadora viví lo más surrealista con un cliente que me pedía mi nombre, mi número, mi Facebook… no dejaba de decirme que tenía una voz muy bonita. Y yo me espantaba porque, vamos a ver, colega, que no me estás viendo. No sabes si tengo veinte o sesenta años. No sabes de mí. No sabes si tengo un careto».

En el ámbito de la cultura, los clientes son los espectadores: «Un día vinieron de público unos amigos del director que quisieron seguir la fiesta por su cuenta en el jardín, pero les tuve que decir que se debían marchar, y el tipo me miraba… me miraba a los ojos-me miraba al pecho-me miraba los ojos-me miraba al pecho, y me preguntó: “¿No te apetece sentarte con nosotros?”. Y te quedas ehhh… Sois un grupo de cuarenta y tantos años, yo soy una chica joven claramente con pinta de becaria y… “Os tenéis que ir de aquí ya”».

 

Otras veces, es el sexismo el que se instala en el clima laboral: «En el anterior trabajo en el que estuve, en el sector del metal, había un tío que siempre tenía comentarios. De hecho, tengo un par de compañeras que se quejaron de él, porque no se cortaba un cacho. Les decía a las tías “qué tetas” y cosas así, y lo más sorprendente es que lo hacía delante de gente responsable, del encargado, y nadie le decía nada. Que es increíble… que a mí eso es lo que me deja flipando, porque encima, si les dices algo, te saltan con “es que son bromas”, pero ¿qué bromas son esas?». En el mejor de los casos, los trabajadores que acosan y abusan son denunciados y despedidos, pero en alguna ocasión se van por su propio pie, no sin antes despedirse con algún recado: «Dejó el trabajo, pero al irse nos dijo que iba a otro sitio, para, literal, tener muchos más “chochitos”».



 

 

 

Página 170



Las mujeres lesbianas y bisexuales no visibles en su puesto de trabajo sufren una especial violencia cuando son caricaturizadas y objeto de outing (es decir, obligadas a salir del armario dando explicaciones sobre su orientación sexual o su identidad de género contra su voluntad). Estas agresiones se agravan cuando no solo perjudican a la trabajadora en su intimidad y en sus relaciones familiares, sino que son orquestadas por la dirección y se transforman en la enésima expresión del poder patronal para humillar a sus empleadas: «Estuve trabajando de dependienta en una tienda, cambiábamos de locales constantemente y en una ocasión se acercó una compañera a decirme: “Creo que sospechan de ti”. Yo me quedé un poco: ¿que sospechan de qué? Y me dijo: “Pues de que te gustan las tías. Como no llevas pendiente y tal… cada vez que viene la jefa por la tienda, te critica”. Yo me quedé a cuadros. Aquello coincidió con mi toma de conciencia de los espacios resbaladizos que tenemos las personas LGBTQIA+ en el entorno laboral. Se estaba organizado una cena de empresa, y la compañera me advirtió de que me iban a sacar allí el tema. Entonces, yo dije que no iba. Las demás se dieron cuenta de que la jefa estaba organizando la cena para reírse de mí, para sacarme del armario, para hacerme bromas y cachondearse todo lo que no se atrevía en el día a día; todas fueron poniendo excusas y al final no fue ninguna a la cena. Si me pasara hoy, iría y le dejaría las cosas claras, pero en aquel momento yo no quería salir del armario todavía».

 

Mercedes, como fotógrafa, ha identificado al perfil de modelos que únicamente quiere trabajar con mujeres, no solo por la mirada o por la perspectiva que le puedan dar, o por esa búsqueda de expresión más allá del cuerpo: «Los hombres tienden a ver más un maniquí que una mujer. Hay chicas que llegan con miedo, porque han pasado por situaciones muy jodidas en una sesión. Si haces unas fotos para las que ella no está preparada, dejas a la profesión por los suelos. No todas las modelos pueden hacer todas las fotos».

Ni siendo nuestras propias jefas y titulares del centro de trabajo estamos libres de las insinuaciones sexuales. Una de las taxistas recuerda que «un cliente me empezó a preguntar cosas de mi vida y a contarme de la suya. Me preguntó si tenía hijos, le dije que no, y me respondió que él me hacía cuatro. Se me infló tanto la vena del cuello que paré el taxi, le dije que me parecía perfecto que viniera de fiesta, de ponerse hasta el culo y de tomarse lo que le saliera de los cojones, pero yo acababa de empezar



 

 

 

Página 171



a trabajar y no me iba a amargar la noche. El taxímetro marcaba 16,20 euros, me dio 20 y se bajó. No lo eché yo».

 

Estos episodios tan lamentables no solo se dan en la empresa privada o en actividades lúdicas nocturnas. A plena luz del día, «la de borderías que me decían los tíos asquerosos que trabajan allí, y me tenía que enfrentar a ellos. Me tenía que pelear con mis propios compañeros y con mis jefes, los concejales, que eran unos sinvergüenzas. En aquel Ayuntamiento, si no pasabas por la piedra te echaban, te despedían, y yo era de las que no pasaban por la piedra. Si eso llega a ser ahora en vez de hace treinta años, tengo a medio Ayuntamiento metido en la cárcel. Allí, te ponías una falda o un pantalón cortos, y aunque no era yo muy femenina ni me pintaba, había que recogerles las babas del suelo. Era asqueroso».

Por último, una de las entrevistadas padeció no solo la vejación de un acoso sexual, sino también el cuestionamiento de las decisiones que tomaba en su vida privada, la pérdida de amistades y el aislamiento social, llevándola totalmente a abandonar la profesión. «Empecé unas prácticas en el “ilustre”, entre comillas, colegio profesional al que pertenecía. Soy la primera universitaria de mi familia, y en aquel momento todo para mí era ilusión, mucha ilusión. Según empezamos, me asignaron un tutor y enseguida noté que yo le gustaba. Al principio no era una cosa romántica ni de pareja, pero sí que me prestaba más atención. Me ponía los ejercicios más difíciles para probarme, y así me gané su respeto. En el momento en que hubo complicidad, me empezó a tirar los tejos. Le daba igual quien estuviera delante, lo hacía a vista de todos. Y no me hacía mucha gracia, pero lo cierto es que me ganó. Me enamoré. Estuvimos quedando hasta que se enteró el decano y quiso zanjar el tema, porque yo no era nadie, mi familia no era nadie, y el tutor era hijo de catedrático. Cuando lo supe, pensé si seguir con la relación, pero a mi tutor parecía no importarle nada. Hasta ahí todo bien, lo normal de la diferencia de clase y de la diferencia de edad». Lo que parecía un cuento, pronto se convirtió en una pesadilla. «Aquello se entendió mal. Una tarde que estaba sola en la biblioteca se me acercó otro profesor y me tocó el culo. Me quedé estupefacta y salí rabiosa de allí sin decir nada. Ser alumna y tener un lío con un tutor parecía significar que todos podían tener un lío conmigo. Ante mi negativa, su venganza fue aprovechar unas jornadas de psicología para dejarme en evidencia. Durante toda su ponencia los ejemplos, las situaciones, las descripciones, se dirigían a mí. Yo no sabía qué hacer, me moría de



 

 

 

Página 172



vergüenza. En los días siguientes no se hablaba de otra cosa, todo el mundo se enteró de que mi tutor y yo estábamos juntos. Y empezaron los rumores. No podía creer que me estuviera pasando a mí, y que estuvieran todos en contra. Me acusaron de ser una salida, de ir buscando dinero… lo típico de lo que se tacha primero a una mujer». La estrategia es siempre la misma, nos sexualizan y somos objeto de deseo, pero nos penalizan si mantenemos algún tipo de relación y nos acusan de usar el sexo para obtener beneficios. Ni siquiera reivindicar el amor consiguió evitar que la avergonzasen y señalasen. Denunciamos el acoso y los abusos sexuales no porque seamos unas puritanas escandalizadas, sino porque queremos reivindicar nuestra sexualidad, en un FEMINISMO VIBRANTE que en absoluto condena la seducción: «Estamos cuestionando que nuestros cuerpos puedan ser comentados, acechados, perseguidos, tocados por hombres que creen que tienen el derecho a hacerlo. Estamos cuestionando que nuestros jefes y nuestros compañeros de trabajo miren sistemáticamente culos y escotes mientras nos piden profesionalidad en el puesto de trabajo».

 

Expresar deseo por un superior, incluso enamorarse, le sirvió a la entrevistada para que se invalidasen todas las demás cualidades de que venía dando prueba durante el ejercicio de su carrera profesional. Como ella demostró que le gustaba el sexo con su tutor, se entendió que también le gustaría con cualquier otro superior. El cliché de la mujer viciosa se le impuso en la biblioteca y en la ponencia, con el beneplácito de todos aquellos presentes que prefirieron ahondar en el estereotipo y seguir la broma, a enfrentarse a un profesor abusador que podría dejarlos fuera de la bolsa de empleo.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 173



 

 

 

 

 

 

3

 

Activismo

 

 

 

 

 

 

Las mujeres han protagonizado luchas laborales importantes, desde el principio de las sociedades industriales fueron ellas también las que se movieron y pagaron su osadía con sus cuerpos tendidos en el asfalto, o quemados salvajemente por protagonizar heroicas huelgas.

 

CARMEN BARRIOS CORREDERA,

 

Rojas y trabajadoras

 

 

 

EL GEN ROJO

 

 

Las preguntas personales a las que nos enfrentamos en una entrevista de trabajo no son más que las herederas del aval que necesitaron nuestros abuelos y abuelas para poder trabajar en la posguerra. Antiguamente, era imprescindible contar con alguien respetable que diera fe de que no se habían opuesto a los nacionales. No solo hay que hacer memoria para ponerle nombre a quien yace en las cunetas, también para recordar que los fusilamientos condenaron a la miseria a las viudas: ellas jamás pudieron ir a emplearse con dignidad para sacar a sus familias adelante.

 

La victoria de los fascistas auguró prosperidad a quienes vencieron y hambre para quienes fueron derrotadas. Señaladas en sus pueblos, las familias repudiadas llegaron a la ciudad para emplearse en lo que podían, en aquellos oficios tan penosos que poco importaba que los ocupasen los depurados. Labores tan peligrosas que muchos perdieron la vida intentando ganársela. Trabajos tan precarios que se instalaron en las únicas zonas que se podían permitir quienes malcomían: aquellas que aún eran campo. La ciudad les dio trabajo, pero muchas de ellas tuvieron que



 

 

 

 

 

 

Página 174



procurarse un techo con sus propias manos los domingos en los arrabales, antes de que amaneciera.

 

Haciendo arcilla en el propio barro se construyeron los barrios a los que fueron destinados religiosos jóvenes con la misión de inaugurar nuevas iglesias. Pronto se vieron desbordados por la necesidad de las familias, a las que les faltaba el aliento y el alimento. Recuerda Ainhoa: «En mi barrio, la parroquia organizaba grupos scout para ir al monte. Los mayores nos cogían a los pequeños como pupilos y nos formaban también políticamente. Entrábamos con ellos a los bares y no había ningún impedimento para beber. Montábamos coros para cantar en las fiestas. Íbamos mucho al cine. Al principio nos organizó la parroquia, pero luego nos soltó de la mano y no había ningún adoctrinamiento religioso. Los curas eran bastante progresistas, contestatarios. Eran curas obreros. Habían elegido vivir en barrios desfavorecidos de Bilbao».

 

En Vallecas, «hubo una época en los años setenta que llegaron los grupos de jóvenes a las parroquias y eran como un poco de izquierdas. Bueno, para que me entiendas, a lo mejor esas personas ahora no serían de izquierdas. Pero en aquella época, dentro de la parroquia, se nos daba margen para ser un poco contestatarios y hablábamos de temas que se debaten en la universidad», aclara Lucía. «Estos curas estaban en barrios más pobres ayudando a los vecinos, organizaban grupos para intentar crear conciencia social de ayuda, formación y educación. Yo lo viví en los años de la Transición».

 

A partir de los años sesenta, aquellas oraciones estaban salpicadas de la teología de la liberación. Se ordenaron religiosos y religiosas comprometidas con las demandas de las personas más desamparadas, promovieron la justicia social y se manifestaron contra las opresiones. Todo lo contrario a la retórica de la posguerra, que señalaba y condenaba la miseria como un castigo que debían soportar los traidores a los valores nacionales católicos. «Tengo un buen recuerdo de los curas y de las monjas. En comparación con la vida de nuestras madres, que se pasaban todo el día limpiando, lavando, cosiendo o cocinando, las monjas conducían coches, ¡dirigían el colegio!, ¡eran intelectuales!», concluye Ainhoa.

 

La politización de la periferia empobrecida, donde se habían instalado familias depuradas de distintos puntos de España en busca de anonimato, reforzó el aislamiento y el castigo. De Vallecas, que NO ES FIERA PARA



 

 

 

Página 175



DOMAR, se diría que en ella «anidaban en una compleja confabulación los rencores políticos, las fobias sociales, el odio a la religión y el desprecio a los principios morales». La resistencia de los barrios obreros ha demostrado, década tras década, aquella famosa frase de Miguel de Unamuno: «Venceréis pero no convenceréis». Hasta que llegaron las nuevas clases medias a los PAUS y los profesionales liberales a las corralas, los barrios obreros fueron feudos de los partidos de izquierdas. En la asociación vecinal Maraña, desde la que se impulsa el proyecto OBRERAS SIN FÁBRICA, sienten el abandono de los poderes públicos y la falta de inversión: «Ciudad Pegaso es un barrio de tradición roja en un Ayuntamiento y en una comunidad gobernada siempre por la derecha».

 

EL ARTE DE INVOCAR LA MEMORIA de algunas entrevistas cuenta lo que las Leyes de Concordia pretenden que olvidemos, y es que hasta el Gobierno socialista de Felipe González centenares de familias represaliadas por la dictadura de Franco no pudieron restituirse. Dolores, hija de una costurera y de un camionero, pudo tramitar el reconocimiento gracias a su tía, porque su madre «era una ignorante de la Iglesia. Mi abuela, en cambio, era una mujer de la República». La contraofensiva ultra nos demuestra que la historia no es una línea recta. La escritora Almudena Grandes también tenía esa sensación de que su abuela había sido más moderna de lo que lo era su madre.

 

La madre de Amparo proviene de una familia acomodada de Galicia que fue depurada: el abuelo había sido concejal socialista, y el bisabuelo no pudo ejercer ya nunca más como secretario del Ayuntamiento. En la Desbandá andaluza, su padre perdió a cuatro hermanas. Aún soñaba con los bombardeos cuando era abuelo. De profesión delineante, había sido destinado al norte, donde conoció a la que sería su mujer, «luego se vinieron a Madrid, al barrio de la Prosperidad, cuando le ofrecieron trabajo a mi padre». Con esa historia familiar, no entiende cómo puede haber nostálgicos del franquismo. En el grupo de amigos de su hija (19 años) conoce a jóvenes de derecha y de ultraderecha, ninguno de ultraizquierda. Los califica como «tremendamente agresivos y violentos. Lo graban todo y lo comparten en redes sociales». Esa violencia neofascista no es solo una moda reforzada por los resultados electorales de Vox. Durante la Transición, cuando Martina empezó a salir de fiesta, ya apaleaban: «Estuve con un chico que me gustaba muchísimo, un chico de instituto al



 

 

 

 

Página 176



que en los bajos de Argüelles unos fachas le metieron una paliza. A la que te pillaran con pintas de ser de izquierdas, solo por parecerlo, ya iban a por ti».

 

Estos caballistas negros de ciudad añoran el régimen que apartó a las mujeres de sus puestos de trabajo y les revocó las titulaciones que habían obtenido. Durante la dictadura, nuestras abuelas y nuestras madres se tuvieron que conformar con empleos mal remunerados e invisibilizados, ya que tenían vetadas aquellas profesiones que precisan una titulación superior. No era necesario que hubiese una prohibición explícita a su capacitación, tanto la escasa presencia de las materias científicas en las escuelas femeninas como el currículum escolar dedicado al cuidado, el elitismo de las carreras universitarias o el hambre que pasaban las familias y las doctrinas de la Sección Femenina fueron suficiente para que la inmensa mayoría de ellas no pudieran formarse. Tener ambición profesional o estudiar más allá del propósito de formar una familia supuso, para muchas, ser consideradas INDIGNAS HIJAS DE SU PATRIA. Quienes se organizasen contra esos preceptos podían ser internadas en el Patronato de Protección de la Mujer para que no alterasen el orden social.

 

Dado que los sueldos del cabeza de familia daban para poco más que la subsistencia, en el momento en que Lucía y sus hermanos quisieron acceder a la educación universitaria su madre se puso a coser en el barrio madrileño de San Blas para las tiendas de moda de alta costura de barrios burgueses. «A su vez, daba trabajo a algunas vecinas que le ayudaban cuando tenía muchas entregas. Hasta yo misma le ayudaba con patrones, a pasar hilos, a hilvanar y a recoger o entregar pedidos. Las mujeres de los barrios obreros iban a servir, a ser criadas en las zonas ricas, y no solo contribuyeron con su trabajo al bienestar de esos barrios, sino que fueron víctimas de las familias pudientes, que les robaron los hijos. Eran tachadas de locas, pero solo quienes hemos vivido el drama de los bebés robados sabemos lo que nos hicieron realmente».

 

La sustracción de menores nacidos en familias represaliadas, del vientre de madres viudas o solteras, fue una práctica que se inició con una motivación política represiva. Esos menores que perdieron a sus madres y sus sonajeros rojos serían educados en los valores del nacionalcatolicismo, en el seno de familias adeptas al régimen que no habían podido tener descendencia y querían reservarse neonatos que no hicieran cuestionar a su



 

 

 

 

 

Página 177



entorno la virilidad del marido, ni la fertilidad de la mujer. De ese modo pudieron reescribir la historia.

 

«Mis padres eran hijos únicos. A mi madre le gustaban los niños y estaba encantada con sus hijos, quería que fuéramos una familia numerosa», continúa Lucía. «El parto de mi hermano pequeño fue un poco duro para ella en la Seguridad Social. Y dijo: “Pues yo, a partir de ahora, si tengo algún niño más, busco un médico por privado”. Entonces es cuando localizó a ese hombre, el doctor V., que prometía partos sin dolor. Le habían hablado fenomenal. Tuvo a una niña, mi hermana Carmela, le fue bien y siguió con ese ginecólogo. A finales de los setenta, se quedó embarazada de nuevo. Pero una semana antes de dar a luz, el especialista le dijo que… que bueno, que ya era muy mayor y que a lo mejor podía tener complicaciones en el parto. Ella llegó a casa y me dijo: “Fíjate que lo que me ha dicho el médico, que soy mayor”. Solo tenía 38 años».

 

El día del parto «llegó a la Clínica. Se fue con mi padre y la metieron en quirófano. La durmieron, y al rato salió el médico con una monja, para decirle a mi padre que el niño había nacido muerto con múltiples malformaciones. Él quiso ver al bebé, y los dos, al unísono, que “no, no, no. No lo puede ver porque está fatal, se va a quedar con un recuerdo malísimo”. “No, no señor, no se preocupe”. Total, que volvió a la carga y preguntó si era un niño o una niña, y el doctor le respondió: “Mire, está tan malformado que no le puedo decir ni el sexo”. Pero mi abuela, que había vivido la guerra y se consideraba republicana y sabía lo que habían hecho en la guerra y en la posguerra, insistió en verlo. Al final, la monja le decía a mi padre: “Señor, ¡pare a su suegra!”».

 

Tras la victoria del fascismo, se separó a miles de familias republicanas de sus hijas e hijos para eliminar el gen rojo a la población. Durante la dictadura y en los primeros años de la democracia, se le sustrajeron los bebés incluso a las mujeres vulnerables, diciéndoles que habían fallecido. Fue Antonio Vallejo-Nágera quien buscaba ese gen rojo. Al Mengele español solo le faltó trepanar a los prisioneros de los campos de trabajo para explicar la inclinación hacia el socialismo y el comunismo. El psiquiatra del ejército franquista quiso determinar que el izquierdismo era un defecto biológico y, una vez hubo patologizado a la oposición política, la deshumanizó y permitió su discriminación, persecución y exterminio. Privarlos de su descendencia fue de lo que mayor rentabilidad obtuvieron.



 

 

 

Página 178



«Mi padre pagó el parto, pagó el ingreso, pagó todo, todo, todo, todo y nada. Ah bueno, el doctor V. le dijo que, para que no se preocupara, él se encargaba de todo el papeleo del sepelio. Le pusieron una cajita y le dijeron que lo acompañaban al cementerio en un taxi y, como había nacido muerto, lo enterraban como feto. Mi madre salió del hospital desgarrada y destrozada, con el vacío de no tener a su hijo. Volvió a casa con los pechos vendados y tomando pastillas para cortar la leche. Estuvo tiempo con depresión, aunque entonces no se diagnosticaba. Yo veía su tristeza. Como hija, me afectó mucho, como hermana me afectó mucho y como mujer siempre pensaba que si tuviera hijos podrían estar malformados». Aquel terror le impidió plantearse la maternidad: hasta ese punto el legado fascista ha limitado la felicidad de las mujeres de clase trabajadora.

 

«En el año 82, que vivía mi padre, empezaron a salir los primeros casos de bebés robados en la Interviú y yo, como tenía siempre presente cómo había sido ese parto de mi madre y lo que sufrió por ese bebé… tuve la sensación de que ese hermano o hermana podría haber sufrido la suerte de uno de los bebés robados que comenzaban a denunciar en la prensa. Mi madre había muerto y, aunque yo le transmití mi inquietud, mi padre me dijo que no podía ser verdad… ¡cómo le iban a robar a él un hijo!». Su abuela materna, aquella que vivió la posguerra, era la única que no había dado por buena la historia del hospital. «Debía de haber vivido, oído o conocido, cómo a algunas se les decía que sus bebés nacían muertos. Con estas historias te das cuenta de cómo fue su mundo aquellos años. Las mujeres saben lo que sienten. Vive en hijas y nietas ese sentimiento femenino, que los hombres no comprenden muchas veces, que no es más que el dolor heredado de tus antepasadas».

 

En los medios de comunicación empezó a surgir un altavoz para los primeros adoptados, que descubrieron que lo eran al pedir partidas de nacimiento para casarse. «Se empezaron a formar plataformas, como la de adoptados de la Clínica, las primeras asociaciones, y ahí es donde empezamos a reunirnos y comprender la dimensión real del asunto. Los robos de bebés sucedieron a lo largo de muchos años y hasta bien entrada la democracia. Es realmente imposible localizarlos, porque la documentación está falsificada y los padres adoptivos no les decían la verdad. Muchos incluso aparecían como biológicos porque las madres adoptivas entraban con “cojín” al hospital y salían con un bebé. Mientras, por otra puerta, salía otra madre con las manos vacías».



 

 

 

Página 179



Ni las instituciones públicas, ni ningún organismo gubernamental hicieron nada para buscar e identificar a estos niños que hoy son adultos con más de cincuenta años. No se abren nichos, ni se consultan archivos, ni se cotejan los ADN. ¿Quién podría imaginar que sus padres no son sus padres y son LADRONES DE VIDAS? Mientras, tanto los médicos como las monjas, las madres que parieron y las mujeres que compraron, fallecen sin confesar sus pecados. Se crean algunas leyes, pero nada es efectivo sin la financiación suficiente y sin la colaboración de la Iglesia. Nadie diría que TU NOMBRE NO ES TU NOMBRE. Los bebés robados, por desgracia, no son exclusivos de nuestro país, y es algo que va más allá del gen rojo o de las barbaries de una guerra, porque se trata de penalizar la pobreza. En Reino Unido o Irlanda, que han tenido una larga tradición democrática, al menos desde los años cincuenta, aquellas jóvenes que se quedaban embarazadas durante la adolescencia eran internadas en hogares para madres solteras, gestionados en su mayoría por organizaciones católicas, para que las familias evitasen la vergüenza de tener una hija que mantenía relaciones extramatrimoniales, y tras el alumbramiento, eran forzadas a dar el bebé en adopción.

 

Reconocer que, primero a las familias que perdieron la guerra, y después a las mujeres más vulnerables, se les arrebató la descendencia para que la esterilidad no impidiese a las ricas jugar a las casitas supondría afirmar que aquellos valores nacionalcatólicos que abanderaron los vencedores jamás fueron ideales ni de convivencia ni de paz.

LA CRIS IS SOCIAL Y POLÍTICA QUE SUPUSO EL TERROR FRANQUISTA  fue

 

especialmente vejatoria con las mujeres. No se limitaron a castigar a las militantes antifascistas: a quienes osaron desafiar los roles tradicionales que defendía el ideario reaccionario español se les rapó la cabeza, fueron torturadas y violadas y se les obligó a beber aceite de ricino en procesión, acompañadas de una banda musical. El escarnio público al que fueron sometidas las que expresaban su opinión política o se enfrentaron a la división sexual del trabajo supuso una medida ejemplarizante que evitó su movilización contestataria. Pudieron con casi todas, pero no contaban con que recordaríamos su historia y les tomaríamos el relevo.

 

 

 

UNA PUÑALADA EN EL CORAZÓN



 

 

 

 

 

Página 180



Las personas jóvenes siempre organizan su rebeldía y conjugan su espíritu iconoclasta contra las normas y las convenciones sociales y morales de cada época. Desde el tardofranquismo en España, fueron populares bandas juveniles de todo tipo. Más allá del color de la bandana, la música, las chapas de la cazadora y los rotos en los vaqueros, en el origen de muchas de ellas está el enfrentamiento ala autoridad y, en concreto, a una violencia institucional heredera de la persecución franquista a toda persona considerada peligrosa, a «vagos y maleantes», a homosexuales, a mujeres prostituidas y a inmigrantes, a rojos y anarquistas. Fueron organizaciones informales, que no siempre aspiraban a ser legalizadas y reconocidas como sí era el caso de las asociaciones políticas o los sindicatos que operaban en la clandestinidad.

 

Tampoco eran sus intenciones siempre buenas. Para Iñaki Domínguez, «macarra y entorno urbano forman una simbiosis: la identidad de uno no puede existir sin el otro». Pendientes de dónde paraban las diferentes bandas de macarras, las hijas del hormigón han decidido si cruzar o no un parque o una plaza. No solo les hemos tenido miedo, también han sido nuestros amigos y compañeros de clase, hermanos o parejas. Para algunas han sido sus hijos, y para otras, sus padres. Aunque alguna de nosotras también ha sido una macarra o se ha metido en una banda, el fenómeno del macarrismo es «eminentemente masculino y más propio de la juventud». El macarra habita las calles y para reafirmar su identidad públicamente, indica Domínguez, en muchos casos hace uso de los puños o delinque.

 

Las mujeres somos entendidas en este contexto como parte del territorio que conquistar. La violencia ejercida hacia nosotras por los miembros de unos grupos u otras demuestran su poder. Aunque deseemos mantenernos al margen de sus enfrentamientos y no formemos parte de ninguna banda, somos parte del paisaje urbano, por lo que nos vemos obligadas a tomar decisiones sobre el espacio público que habitamos pensando en nuestra seguridad: «La época de mi adolescencia fue el boom de las bandas latinas. Era todo muy chungo, así que fui hasta cuarto de la ESO en el colegio concertado de mi barrio, Aluche, y el bachillerato de Artes lo hice en el San Isidro, en el distrito Centro», comenta Amanda.

 

Aunque es un fenómeno que siempre ha sido muy latente en la capital, Madrid no ha sido el único escenario de las peleas de macarras. Tampoco todas las bandas se enfrentan a la autoridad, ni son perseguidas por los cuerpos policiales. Las organizaciones políticas de ultraderecha que



 

 

 

Página 181



anhelan la restitución del nacionalsocialismo y del fascismo son organizaciones prácticamente paramilitares, operan bajo el radar de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado sin que sus actuaciones al margen de la ley sean denunciadas, perseguidas y juzgadas con la misma contundencia que la protagonizada por bandas urbanas antifascistas.

 

Los boneheads de derecha radical no solo han copiado la estética punk de la izquierda radical haciendo muy sutil la diferencia entre ambos, también okupan locales para tener sus propios centros sociales tal cual lo hacen los anarquistas. Desde la proliferación de los bancos de alimentos y de los comedores solidarios para paliar la crisis económica de 2008 y los efectos de la crisis sanitaria en 2020, los neonazis han montado sus propios puntos de donación de alimentos en barrios empobrecidos, pero ofreciendo su ayuda tan solo a quienes fuesen españoles. Cuenta Miquel Ramos, autor del ensayo ANTIFASCISTAS, fuente de muchos de los datos de este epígrafe, que «los neofascistas llevaban décadas reivindicando esa supuesta transversalidad en la que pretendían situarse, negando el eje izquierda-derecha y apelando a un pueblo enfrentado a las élites, algo parecido a lo que reivindicó el 15M. Lo que de primeras no explicaban los neofascistas era que ese pueblo al que se referían era cultural y a veces racialmente homogéneo, porque, para ellos, la diversidad era precisamente una imposición de esas élites que llamaban a combatir».

 

Las asociaciones estudiantiles vinculadas al régimen aún en democracia y hasta hoy han sido fuertes en la facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid, una institución que han considerado siempre su feudo, y así se los hicieron saber a Maca cuando llegó desde la periferia en autobús con una bandera republicana en la carpeta: «En varias ocasiones me acorralaron en las escaleras, uno a cada lado, y me amenazaron diciéndome que no querían a gente como yo en la facultad, que me fuera a Filosofía. En segundo, que empecé a tener alguna relación más con las compañeras, me di cuenta de que no era un rechazo solo por mis pintas: mi pelo morado, las camisetas, o las botas Dr. Martens; también era una cuestión de clase. Porque ellas ya sabían que iban a trabajar en el bufete con sus padres y cuando veían que no eras nadie, que tú tenías vocación de abogada de oficio o de ayudar a gente necesitada, te miraban por encima del hombro. Los compañeros eran violentos pero las compañeras eran las que me hacían el vacío».



 

 

 

 

 

Página 182



También las personas migrantes, los cuerpos no heteronormativos, desde las organizaciones de izquierdas hasta las asociaciones de mujeres, o quienes vagan por la ciudad sin un techo donde dormir, son el objetivo de los neonazis, como lo fueron en su día de la policía que velaba por el cumplimiento de la Ley de Peligrosidad Social. Los grupúsculos de ultraderecha protagonizaron atentados terroristas durante la Transición, como el asalto del despacho de abogados laboralistas de la calle Atocha, en Madrid, donde fueron asesinados cinco abogados el 24 de enero de 1977 a manos de militantes de Fuerza Nueva. En 1991, Sonia Rescalvo, una mujer trans, dormía en una glorieta de Ciutat Vella, en Barcelona, junto a otra persona sin hogar cuando seis neonazis que calzaban botas con bola de acero encontraron un palo de escoba en un contenedor y se dirigieron a ellas para darles una paliza. A Sonia le dieron tantas patadas en la cara que en el primer informe del forense se creyó que era negra. A pesar no ser competencia de los Mossos d’Esquadra la investigación de los homicidios, aquella vez se tuvieron que hacer cargo de las pesquisas porque uno de aquellos neonazis era hijo de un policía nacional. Otro de ellos, tras salir de prisión, en 2016, fue de nuevo detenido por patear a una mujer musulmana embarazada en plena calle, también en Barcelona.

 

Entre los asesinos confesos del asalto neonazi que acabó con la vida de Lucrecia Pérez en 1992, una joven dominicana que malvivía en las ruinas de una discoteca abandonada a las afueras de Madrid, había un guardia civil fuera de servicio que salió a cazar migrantes con la pistola reglamentaria y un par de amigos armados con machetes. En 1994, los asesinos del joven castellonense sharpero Guillem Agulló estaban vinculados a Democracia Nacional y a Alianza Nacional, partidos de extrema derecha. Guillem murió de una puñalada en el corazón, al igual que Carlos Palomino, un antifascista asesinado por un soldado del Ejército de Tierra que se dirigía a una manifestación contra la inmigración convocada por Democracia Nacional en Madrid en 2007.

 

En 1998 el joven aficionado de la Real Sociedad Aitor Zabaleta fue apuñalado en el corazón por un miembro del grupo neonazi Bastión, vinculado al Frente Atlético. Aquel asesinato dio la voz de alarma sobre cómo los grupos vinculados a la extrema derecha estaban organizándose en torno a las gradas de animación de los campos de fútbol. Tras el asesinato de Guillem, el grupo ultra Yomus, que anima al Valencia C. F., reivindicó con varias pancartas la autoría del crimen y pedían la libertad



 

 

 

Página 183



del asesino. Años después pidieron desde esas mismas gradas lo mismo para el asesino de Carlos, avergonzando una vez más a la afición y al cuadro técnico ché. La presencia de los ultras en los estadios convierte esos espacios en un lugar especialmente hostil para las mujeres y los migrantes, la competencia entre los equipos es la excusa para dar rienda suelta a todo un discurso xenófobo y misógino que justifica la violencia contra el rival.

 

Según se sitúen los estadios y los locales de las peñas, se orquesta el mapa de la peligrosidad los días de partido. En la actualidad, Gema vive cerca del estadio de Mestalla, y aunque tiene amigas en común con miembros de Yomus que evitarían que le agrediesen, su forma de vestir le convierte en un objetivo de los neonazis cuando salen de caza: «No tengo miedo pero sí me imponen mucho y he temido que me hagan algo. Les he escuchado desde mi casa sus cánticos nazis. Le tengo más miedo a los que son jóvenes, esos no respetan nada, las nuevas manadas son más peligrosas, los viejos saben que la violencia tiene consecuencias. También hay un bar cerca, donde te los encuentras siempre borrachos y eso da más miedo. Les evito, sé dónde están sus bares, sus zonas, el propio estadio, y al final los esquivas. También sabes que si llevas una camiseta republicana, o antifascista o alguna cosa que te identifique y están de caza van a ir a por ti. Le pasó a un chico hace unos años, le alcanzaron miembros de Yomus por llevar una camiseta de Working Class Records, tras un partido entre el Valencia y el Atlético de Madrid. No era una cosa del fútbol, no era un chico con la camiseta del Atleti, le pegaron a un rojo. Lo de ser del Valencia para los Yomus es lo de menos».

 

La ultraderecha campa en los estadios porque la izquierda se ha desvinculado del deporte; tan solo la grada del Rayo Vallecano con los Bukaneros, la del R. C. Deportivo de A Coruña con los Riazor Blues, o la del Sevilla con los Biris, han destacado en algún momento porque alguno de sus miembros ha hecho uso de la violencia en nombre de la extrema izquierda. Hasta que la extrema derecha fue un problema para la seguridad de los aficionados al fútbol y amenazaron los ingresos de los clubes vendiendo por su cuenta merchandising de los equipos, no fueron investigados por la Guardia Civil. Enmarcar como una simple rivalidad deportiva el enfrentamiento entre nazis y antifascistas oculta el propósito de la ultraderecha de utilizar los viajes de la afición para amedrentar a vascos, catalanes o gallegos por el simple hecho de serlo.



 

 

 

Página 184



Que el fútbol es solo la excusa también lo piensa Toñi: «Yo he vivido las bandas juveniles. Lo de decir que son bandas latinas me parece una gilipollez máxima. Porque los chavales y las chavalas, cuando están en una situación súper precaria, en un momento tan delicado como la adolescencia, si hay un lugar donde te puedas sentir aceptada, ahí te metes. Yo conocí a gente que estaba en los Bukaneros y acabó en los Ultrasur. En plan, que se la suda todo en la vida. Que solamente quieren tener un sentimiento de pertenencia. Y creo que al final eso se romantiza cuando detrás hay un sufrimiento gigante de la gente que lo vive. Situaciones complicadísimas. Yo he vivido bandas juveniles, y mis padres en los ochenta también las vivieron, porque siempre los adolescentes han necesitado tener una “familia”, por decirlo así, entre comillas, han necesitado un sitio donde haya gente que te acepte».

 

Vinculado a los Ultrasur del Real Madrid está la asociación Out Law, que podría traducirse como Fuera de la Ley. En ella militaba Borja Villacís, condenado por agredir a dos hombres que intentaron defender a una joven a la que le gritaba insultos racistas en el metro de Madrid en 2004. En 2012 volvió a ser detenido por pegarle una paliza a un joven en los bajos de Argüelles. El mismo sitio donde le pegaron al novio punki de Martina en los noventa y a Maca en los dos mil. Argüelles es la zona neonazi por excelencia de la capital, en ese barrio del distrito Moncloa está el colegio Fray Luis de Léon, al que fue Villacís y también el escritor Rafael Narbona, quien conserva «muy malos recuerdos de aquella época.

[…]   No creo que sea una casualidad que el Fray Luis de León fuera una cantera de ultraderechistas. Las familias del barrio anhelaban el franquismo y muchos curas exaltaban la dictadura». En las elecciones generales de 2023, el PP fue la primera fuerza y Vox la segunda, sumando entre ambas formaciones el 80 por ciento de los votos emitidos en esa manzana.

El colegio está tan solo a quinientos metros de la calle Ferraz, donde está la sede federal del PSOE que estuvo asediada durante meses por grupos de ultraderecha entre 2023 y 2024. Allí también acudieron los miembros de la organización Rezar no es Delito, vinculados a una secta ultracatólica y de extrema derecha, El Yunque. Son también los que organizan los rosarios antiabortistas frente a la clínica Dator. La clínica se encuentra entre bloques de acomodados exmilitares en el empobrecido distrito de Tetuán, dice Sonia Lamas, portavoz de la clínica, que les



 

 

 

Página 185



hostigan porque «esta clínica ha estado siempre vinculada al movimiento feminista, es un icono. Estos grupos creen que, si Dator cae, caerán el resto de las clínicas».

 

Cuenta Pastora Filigrana que en Sevilla la lucha antifascista también ha condicionado el urbanismo: «Los grupos antifascistas y el movimiento punk sevillano plantó cara a la violencia fascista organizada poniendo el cuerpo y marcando los límites geográficos a un movimiento ultraderechista que crecía al mismo tiempo que el control policial del orden público y la gentrificación del centro de la ciudad. En la Sevilla liberada, en la zona norte del centro histórico de la ciudad, ningún nazi ponía un pie. Aquí pudieron proliferar mercadillos de libros, huertos urbanos, centros sociales, comedores populares, ateneos libertarios y asociaciones de migrantes sin miedo a ser atacados. Los nazis tenían su otra parte de la ciudad, los barrios ricos y sus tugurios».

 

Esta ordenación del territorio, desde el tardofranquismo hasta hoy, ha supuesto, entre otras dinámicas, que aquellos barrios de nuestras ciudades donde las personas no heterosexuales se sentían seguras de la ira de la homofobia de ultraderecha fuesen el destino de las y los jóvenes LGBTQIA+ sexiliados. Concentrarse de una manera tan clara en los que se ha llamado «barrios gais» también ha servido para ponerlos en el mapa de objetivos de las agresiones de ultraderecha, al igual que las zonas de cruising o los bares de ambiente.

 

Desde 2021, tras el asesinato de Samuel Luiz, un joven brasileño, al grito de «¡Maricón!» en A Coruña, el temor a las agresiones indiscriminadas contra el colectivo sacudió a todo el país. Lola confiesa que «yo tengo miedo a que vengan un día organizados a la Alameda (Sevilla), a los bares donde le gusta ir a mi hermano. Tengo miedo de los que se organizan en busca de pegarle una paliza a un gay y que le toque a él». Varias asociaciones que amparan al colectivo LGBTQIA+ han sido asaltadas con pintadas neonazis, como COGAM en Madrid, Lambda en Valencia o Avante en Vigo. Bancos municipales pintados a propuesta de las concejalías de Igualdad con la bandera arcoíris han sido repintados por ultras con la bandera de su España en decenas de ciudades y municipios de nuestro país.

 

Las organizaciones feministas también son el objetivo de la ultraderecha. Cuando los nazis tomaron el Ejido en respuesta por el asesinato de una joven a manos de un migrante marroquí, a pesar de



 

 

 

Página 186



justificar su xenofobia en el hecho de proteger a las mujeres, tras atacar la mezquita de la localidad se dirigieron al local de la Federación de Mujeres Progresistas. Los murales que reivindican a referentes en el avance de los derechos de las mujeres o que han roto techos de cristal en empresas e instituciones han sido vandalizados en la capital y también en Huelva, Bilbao, Ciudad Real o Valencia, entre otras muchas localidades. En el caso de las OBRERAS SIN FÁBRICA, comenta Clara García: «Cuando nos pintaron el mural sentimos que habían pegado a nuestras abuelas, no me quiero ni imaginar lo que sintió mi abuela. Cuando lo restauremos haremos un diseño nuevo, no volveremos a poner la cara de nadie». El objetivo de la ultraderecha en esas pintadas siempre son los rostros de las mujeres, buscan justamente sembrar el miedo a que demos la cara por la defensa de los derechos humanos. Hablar de ultraderecha en estos actos vandálicos no es una suposición: un excargo de Vox en Madrid fue condenado por las pintadas sobre el mural feminista de Ciudad Lineal.

Aquellos espacios donde se defiende los derechos de la clase trabajadora, las víctimas de violencia de género, las personas migrantes o LGBTQIA+ son el objetivo de la ultraderecha porque la cohesión social no deja espacio para sus teorías conspiranoicas de razas superiores. Los lugares del saber también son la diana de su ira, el Comando Adolf Hitler quemó librerías en Zaragoza, Játiva, Sevilla y Albacete. A sus 57 años, recuerda Ana que durante la Transición hubo en Valencia atentados de ultraderecha contra librerías que comenzaban a vender libros en valenciano, «libros en nuestro idioma o libros de izquierdas».

La connivencia entre los cuerpos de seguridad ha dejado impunes muchas de esas agresiones y violencias protagonizadas por la ultraderecha. Para el periodista Xavier Viander, que cubrió el asesinato de dos miembros de ETA a manos de integrantes de Fuerza Nueva: «El Estado nunca ha visto a la extrema derecha como un peligro, sino como un ente colaborador». Quizá el motivo por el que no ha habido polémicas infiltraciones policiales en grupúsculos de ultraderecha, como sí ha ocurrido en la izquierda radical e independentista, sea que ya está la ultraderecha infiltrada en la policía. Los casos de uniformados condenados por asesinato u homicidio a antifascistas nos dejan una duda razonable del valor de las pruebas psicotécnicas para seleccionar a demócratas.

 

Aunque por suerte no han sido todos, muchos de aquellos grises que perseguían a sindicalistas que se reunían en la clandestinidad siguieron



 

 

 

Página 187



persiguiendo a los anarquistas del movimiento okupa, y cuando no había motivo para detener a rojos, fuera de servicio daban palizas mortales, como en el caso ya mencionado de Sonia. La lucha antiterrorista ha dado cobertura para un sinfín de extralimitaciones policiales e institucionales, como la guerra sucia contra ETA y la creación de los GAL durante el Gobierno de Felipe González. En todo el país se ha justificado la persecución de los grupos anarquistas, las organizaciones comunistas o socialistas vinculándolos con el terrorismo y la juventud abertzale, como si la autodefensa antifascista fuese patrimonio de la organización juvenil Jarrai y ella instruyera a los antifas de todo el país. Recordemos, por ejemplo, a Esperanza Aguirre criminalizando el botellón comparándolo con el kale borroka, y también con el mismo símil a los activistas de Paremos el Tarifazo, que protestaron en 2012 contra la subida de las tarifas de metro accionando el freno de emergencia en varios vagones.

 

Incluso al independentismo catalán se le han intentado imputar delitos de terrorismo. Mención aparte merece el caso de los independentistas fugados de la ley en Waterloo gracias a que los belgas no le perdonan a España que le diese amparo en 1945 a León Dregelle, un comandante de las SS nazi que fue condenado por colaborar con los invasores alemanes en la Región Valona. Fue acogido por Franco, quien le concedió un nuevo nombre y un pasaporte español. Lejos de esconderse y disimular su pasado, estuvo hasta su muerte, de un infarto en 1994, negando el Holocausto en libros y conferencias.

 

Contra ese negacionismo Isabel Ginés rueda documentales sobre la memoria histórica en España: «Desde el movimiento memorialístico trabajamos para contar las historias de las personas asesinadas por los fascistas durante la Guerra Civil y la dictadura. Y denunciamos públicamente aquellos monumentos que homenajean los asesinatos, los bombardeos y los fusilamientos, porque no deberían estar en un país democrático. Luchamos por un País Valencià libre de homenajes a quienes fusilaron a los nuestros». La politización de Ginés está vertebrada por el asesinato de Guillem Agulló: «Yo era muy pequeña y aun así aquello nos marcó a todos. Según fui creciendo, con cada aniversario en los homenajes tomaba conciencia de que aquel asesinato neonazi había quedado prácticamente impune. Que el juicio fue bochornoso para su familia y para el movimiento antifascista. Guillem es el ejemplo de lo que hace el fascismo callejero e institucional contra los antifas».



 

 

 

Página 188



Al igual que Gema se politizó visitando blogs sindicales en los ciberlocutorios, o Amanda se acercó al feminismo con los fanzines, Ginés se concienció con estos últimos y se informaba a través de My Space y Blogspot: «Poco a poco te documentabas, te bajabas libros, y conocías la historia. Y a medida que creces, ya te unes a donde tú crees que mejor puedes luchar contra el fascismo. En mi caso, ha sido la memoria histórica, ya que se habló mucho de ella durante mi adolescencia cuando Zapatero aprobó la Ley en 2007. A mí me cambió la vida conocer a Pepita Celda, que ahora todo el mundo la conoce porque protagoniza la novela gráfica de Paco Roca y Rodrigo Terrasa, EL ABISMO DEL OLVIDO. O a Pilar Alcorisa. Conocer a estas mujeres, porque las supervivientes que buscan a sus familiares fusilados son casi todas mujeres, te cambia la vida y te cambia todo».

 

En la Comunidad Valenciana tiene su origen el bastión antifascista La Cosa Nostra, de quienes también escribe Ramos en su ensayo. Dice Ginés que son «un referente para toda España. Han dado siempre la cara, y más ahora que Vox les señala porque les tienen una tirria que no pueden con ellos. Organizan y van a las manifestaciones, crean conciencia y hacen muchas cosas en los barrios. Son un ejemplo luchando contra los ultras del fútbol».

El trabajo de Ginés se centra en documentar e investigar los crímenes del fascismo en Alicante, Valencia y Castellón. «Aquí se hizo mucho daño. Aquí está el paredón de Paterna, el mercado de Alicante y el Cementerio de Castellón. Se fusiló a muchísima gente, porque, al ser de las últimas ciudades republicanas, aquí se concentraban obreros, sindicalistas, anarquistas o socialistas. Se les persiguió durante la dictadura y aquí se hizo muchísimo daño. El movimiento memorialístico valenciano en el que participo es fuerte porque aquí hay muchas cunetas, muchas familias que buscan a sus muertos. Mi gente está en las cunetas. Ahora solo pedimos reparación, poder enterrarles dignamente junto a sus familias. Ponerles nombre».

 

En uno de sus últimos documentales, sobre la cruz de los caídos en el parque de Ribalta de Castellón, «mi equipo y yo acudimos a la retirada de la cruz, que se había pedido por parte de los grupos antifascistas y de las familias de los perseguidos por la dictadura. Grabábamos la demolición junto a la emoción de quienes habían luchado tanto por dejar de tener aquel homenaje infame en su ciudad, y de repente acudieron decenas de



 

 

 

Página 189



nazis a intentar detener a los operarios, a amenazar a las familias y a mi equipo. Nos hacían gestos de rebanarnos el cuello, gritaban loas a Hitler con el brazo en alto, cantaban que “Ojalá estar en el año 36” o que íbamos a acabar en una cuneta a hostias. Lo hacían frente a las cámaras y frente al cordón policial con total impunidad. Saben que las denuncias que les ponemos no llegarán a ningún lado. Cuando te ves amenazada por los herederos de quienes llevaron al paredón a los que estamos buscando sabes que estás en el lado bueno de la historia. Ahora que el ambiente se ha radicalizado, cada vez que estrenamos un nuevo documental recibimos amenazas. Nunca habíamos tenido a ningún alcalde en contra de nuestro trabajo, pero desde que llegó Vox a los ayuntamientos nos censuran el uso de los centros culturales para proyectar nuestros documentales. Quieren que la gente no sepa, tener a la gente callada, por eso hay mucha desinformación».

 

Cuando Nerea con 15 años dejó a su novio, este le pidió ayuda a un grupo de neonazis, algunos militares de la base aérea de Cuatro Vientos, en el sur de Madrid, para que fuesen a pegarle una paliza: «Tuve suerte porque no me encontraron, pero ahí me estuvieron buscando». La razón que tuvo su exnovio para convencer a unos neonazis a llevar aún más lejos su violencia de género fue que ella era una punki, una ratcheta, que iba con latinos.

Mariah Oliver es de Collado Villalba, un municipio de la sierra de Madrid; su familia, aunque un tanto desestructurada, con una madre dedicada a tres trabajos para darle un techo a su hija, es una familia española precaria más. Mariah tiene una predisposición a involucrarse en las causas justas. Cuando era joven estaba en auge la migración latinoamericana y la música que llegó con ella, por lo que, entre la lucha de clases, el feminismo y la igualdad racial, se involucró en la lucha antirracista. «Vivía de forma vicaria, a través de mis amistades, lo que significaba ser una persona extranjera, de piel oscura o sin papeles en la España del año 2000. Además, aunque convivíamos con la ultraderecha en las calles de mi zona, siempre me había considerado antifascista y en mi barrio ya había presenciado enfrentamientos contra los fachas. Cuando fui víctima de una agresión por parte de un grupo de nazis, ya no pude seguir teniendo amistades que se habían pasado a la ultraderecha en el instituto».

 

Según cuenta en sus memorias, LATIN QUEEN, entró a formar parte de la Nación Latin King, «guiada por un sentimiento de empatía hacia los



 

 

Página 190



emigrantes que llegaron a mi barrio y que recibían constantes desprecios por parte de algunos sectores de la gente joven del pueblo. Me atraía la novedad, su música y su estética. Mis amigas y yo ya escuchábamos rap antes de que llegasen, así que cuando les vimos, pensamos: “Esta es nuestra gente”».

 

A Mariah le encomendaron varias veces la tarea de atraer a mujeres al grupo, que con su implantación en España, la Nación Latin King quería transformarse en una organización social y comunitaria que dejase atrás su pasado violento y pandillero. Ella descartaba a todas aquellas chicas españolas que buscaban unirse a la Nación atraídas por la moda de los chicos latinos, porque «cuando descubrían que no podían pasarse el día detrás de los chicos y que tenían que presentarle a la madrina las notas para demostrar que están estudiando, que tienen que abonar una cuota o asistir a una reunión semanal, se van por donde llegaron. El grupo femenino no era una pandilla de groupies, teníamos nuestra propia agenda. Me alejé de la organización porque cada vez me requerían más para poner orden en líos de parejas, cosa que a mí me aburría. Además empezaban a surgir conflictos con los Ñetas».

 

Para Mariah, la amalgama de bandas latinas que surgieron en aquellos años y que llegan hasta nuestros días debían estar todas unidas contra las injusticias, el abuso, el racismo, la explotación, pero en cambio, «estaban todos enfrentados por territorio, colores y poder. Les inculcan una crueldad y una enemistad que no conocían, una división que nada tiene que ver con el antirracismo con el que son atraídos a la causa ni con la literatura de la Nación».

En 2007, la Audiencia Provincial de Madrid condenó a Mariah a dos años de prisión por haber contribuido a la implantación de la organización, aunque nunca se probó que incitase a la violencia a las miembros del grupo de mujeres, de lo único que ella era responsable. «Algo que me ayudó mucho durante el proceso judicial fue conocer a personas provenientes de la academia, la primera fue Carles Freixa, antropólogo y juvenólogo experto en grupos juveniles que testificó como perito en el juicio, a petición de mi abogado. Él me enseñó que mientras en Madrid se nos detenía y juzgaba como estrategia para disolver el grupo, en Cataluña se había optado por pedir ayuda a la academia y a las entidades sociales para abordarnos como un problema social. Por eso, mientras en 2006 se nos detenía por asociación ilícita, en Cataluña nacía la Organización



 

 

 

Página 191



Cultural de Reyes y Reinas Latinos de Cataluña. Pero con la entrada en vigor de la Ley Orgánica 7/2010, que endurecía las penas para quienes formasen parte de las bandas latinas, considerándolas organizaciones criminales, abandoné toda esperanza de conseguir sacar adelante en Madrid una organización social con el grupo. Yo estuve en prisión, pero Queen Melody, de Barcelona, no».

La institucionalización de la Nación Latin King y su inclusión en la Federación de Entidades Latinas de Cataluña, en 2006, se hizo por unanimidad y se apoyó en entidades religiosas de Poble Sec, el Ayuntamiento de Barcelona, la Universidad de Lleida o el Instituto de Derechos Humanos. Pero cuando en la capital quisieron tomar el mismo camino ese mismo año, los representantes del Ayuntamiento, del Consejo de la Juventud y del Defensor del Menor se negaron a sentarse con Mariah porque ya estaba a la espera de juicio.

La espectacularización de los sucesos relacionados con la seguridad urbana ha facilitado el marco discursivo de la extrema derecha. En los matinales se acusa a quien da soporte a migrantes de hacer una llamada a la inmigración irregular, y a quien vela por la salud sexual y reproductiva, con especial atención al colectivo LGBTQIA+, de adoctrinar a la infancia. No hay discurso sobre la prevención de la violencia de género que no sea interrumpido con un #notallmen. Vox y la extrema derecha, tal y como afirma Miquel Ramos, no tienen un proyecto de mayorías, sino de romper consensos. Así se lo reconocía el portavoz de educación de Vox al diputado socialista Ignacio Urquizu en un pleno de las Cortes de Aragón sobre incluir la asignatura de religión en la media de Bachillerato para acceder a la universidad: «Para eso ha venido Vox a la política, para reabrir debates y romper consensos que llevaban mucho tiempo cerrados». Asaltaron las urnas porque antes encendieron las calles, apuñalando en el corazón de nuestros barrios.

 

 

 

ACTIVISTA, MASCULINO SINGULAR

 

 

En unos casos porque la politización surgió en la adolescencia en torno al contacto con organizaciones informales, a veces por una identidad familiar o bien por distintos sucesos a lo largo de nuestra vida, muchas de las



 

 

 

 

 

Página 192



entrevistadas se han organizado en asociaciones, han militado en un partido político o se han afiliado a un sindicato.

 

Todos los sindicatos a los que se hará referencia en este epígrafe son de clase y todos los partidos son de izquierdas. A partir de la irrupción de la extrema derecha, se tiende a analizar el populismo europeo como si el descontento en Reino Unido o Francia fuese similar al de España. Las tesis que cogen EL TORO POR LOS CUERNOS no señalan a los barrios obreros como culpables del auge de los líderes ultras, porque no lo son. La viralización de los bulos que tanto preocupa a los doctorandos está mucho más relacionada con la satisfacción interclasista de verse respaldado por un titular que reafirma nuestras convicciones más cuestionables, que por una supuesta vulnerabilidad de la clase obrera con baja formación al BULLSHIT, A LA CHARLATANERÍA. La barbarización de nuestros distritos cuando un partido de derechas es la primera fuerza suele ignorar, deliberadamente, varias cuestiones: que la fragmentación de la izquierda da pie a esa mayoría; que hace mucho tiempo que en la periferia no se escupe amianto ni carbón; que hace casi el mismo tiempo que los desplazamientos provocados por la gentrificación modificaron el perfil sociológico de quienes habitan los márgenes de la ciudad; que quien vive en LA ESPAÑA DE LAS PISCINAS no se identifica con la clase trabajadora; que no hay un conflicto entre el obrerismo y lo woke, porque la obrera también es bollo o migrante; y, sobre todo, que en los bloques de vivienda social donde viven las familias cañís gana la abstención y que la primera fuerza es, en la mayoría de ocasiones, el Partido Socialista.

 

Si en el poselectoral del CIS de las Elecciones a Cortes Generales de 2023 (recodificado y agrupado, pero sin ponderar) observamos los municipios con más de cien mil habitantes, entre las mujeres que manifestaron cierta conciencia de clase al identificarse con la clase trabajadora, obreras o proletarias, el 10 por ciento votó al PP, el 2 por ciento a Vox, el 32 por ciento al PSOE y el 27 por ciento a Sumar. Entre las que podrían entender como desclasadas (siendo su identidad de clase «pobres»), el 11 por ciento votó al PP, el 6 por ciento a Vox, el 26 por ciento al PSOE y el 10 por ciento a Sumar. Y entre la clase media empobrecida, un 19 por ciento al PP, un 6 por ciento a Vox, un 26 por ciento al PSOE y un 18 por ciento a Sumar. ¿Se le puede imputar a las



 

 

 

 

 

 

Página 193



mujeres de los distritos empobrecidos de las grandes ciudades la victoria del Partido Popular? Estos datos nos dicen claramente que no.

 

Cuando se visualiza la ciudad en su conjunto, en los mapas que muestran los resultados calle a calle, se observa que el trío de Colón tendría mayoría absoluta en los distritos acomodados, no en los nuestros. Ninguna de las entrevistadas ha hablado de su militancia en partidos políticos de derechas porque, básicamente, si tienes conciencia feminista y conciencia de clase trabajadora, las posibilidades de participar en un partido de derechas o de ultraderecha y, al mismo tiempo, querer participar en una investigación social con perspectiva de género, son mínimas. Eso no quita, como veremos más adelante, que las votantes, simpatizantes y militantes de los partidos de izquierdas y las mujeres con conciencia de clase y feministas tengan actitudes xenófobas, no sean ecologistas, sean asiduas a los toros o a misa de doce o cuelguen la rojigualda en el balcón.

 

En el último epígrafe de este capítulo se describirán algunas de las razones más violentas por las que se abandona la militancia activa. En cualquier caso, la defensa de que los espacios de politización y debate deben ser ocupados por las mujeres para que nuestras necesidades sean escuchadas se describe en estas páginas a partir del impulso a la participación de muchas de nosotras en estas organizaciones, donde las fronteras entre asociaciones, partidos y sindicatos, como veremos, son difusas. No se especifican las siglas de unos ni de otros, para preservar el anonimato hablaremos de el Sindicato y el Partido en cada caso, aunque cada entrevistada se haya referido a una organización diferente. Sí se hará mención a las organizaciones vecinales y a las asociaciones, puesto que son un pilar fundamental en la cohesión de nuestros barrios y han supuesto un espacio seguro para las participantes.

 

Por ejemplo, Maca se tomó la militancia como una actividad que desarrollar en su tiempo libre, pero, sin duda, aportando un trabajo voluntario sin el que las entidades no podrían sostenerse: «He sido activista de base en colectivos autogestionados de los barrios por los que he pasado. Cuando vivía en Lavapiés, estaba un poco con la Plataforma de Vivienda Digna del barrio. Desde muy jovencita he intentado ser participativa en todo lo que tenía que ver con mi realidad directa y en cómo podía hacer algo para mejorarla. Durante mi época de estudiante, en los colectivos estudiantiles en el instituto, en la universidad. Cuando ya me vine a Vallecas, entré a colaborar con alguna cosita en algún espacio de



 

 

 

Página 194



apoyo mutuo, que en mi caso es La Brecha, un sitio que me gusta mucho. Luego estuve en una asamblea de intervención social. Estuve en un Sindicato y en el último movimiento de la pandemia que surgió en Vallecas, que es Somos Tribu. Pero solo he sido activista de base, todo lo que he hecho es muy light. Muy light». Tres entidades, «muy light» todo.

 

Por otro lado, la joven Esther se enfoca más al movimiento feminista. Comenta que «nunca he participado en nada de política, pero me gustaría. Ahora que estoy de vuelta en Madrid, y que estoy leyendo a otras mujeres, buscaré algo. Hay cosas de mí que he empezado a entender porque estoy leyendo a autoras feministas. Con EL SEGUNDO SEXO he tenido que parar porque me estaba encabronando. Fue mi tía, que tiene 65 años, ya jubilada de una fábrica que había en el pueblo, quien me aficionó a la lectura. Cada vez que le iba con algún problema, me hablaba de una feminista. Aunque luego, ves que en su relación no se lo está aplicando. Me gustaría hacer activismo feminista más allá de compartir cosas en redes».

 

No siempre se le puede hacer un hueco al activismo entre la vida personal y la profesional, y no por ello se debe renunciar a las utopías. En eso, Ángela es un referente: «Hace como un año decidí hacer mi militancia en la investigación, que es donde veo que tengo más armas para ayudar, difundir y colarme en los planes de estudio y todo lo demás a partir de los textos y los artículos. Puedo hacer investigaciones feministas por mi cuenta siempre que no haga mucho ruido en el departamento. Si, de repente, les rompo la estética que tanto les gusta, será cuando se acabe esto de que no me dicen nada, me dejan libertad y me pagan congresos». En una de sus asignaturas hizo un llamamiento a cuestionar la sobrerrepresentación de los hombres en los libros que utilizan, puesto que el 80 por ciento de las profesionales en el sector de la traducción e interpretación son mujeres y solo tienen un chico en la clase.

 

A partir de la crisis de 2008, el pinchazo de la burbuja inmobiliaria, que le había facilitado a muchísimas familias de clase trabajadora una vivienda en propiedad, supuso la quiebra de un tejido productivo sostenido por la construcción. El desempleo provocó el derrumbe del calendario vital de quienes esperaban tener trabajo y casa para comenzar su proyecto personal al terminar sus estudios. Para las millennials, el 15M supuso el despertar de la politización. Nerea recuerda que fue lo que acabó de formar su pensamiento crítico: «Yo estudiaba Artes cerca de Atocha, así que me comí todo el 15M, me tiraba el día allí. Salí en mazo periódicos.



 

 

 

Página 195



FACHA, y de los HOMBRES

En mi casa había libros de Descartes y de Nietzsche. Con ocho años tuve la fase de cishetero interesante intensita con las cuestiones de la Segunda Guerra Mundial, porque me pasaba los veranos sola en el pueblo y leía de lo que tenía mi abuelo por casa. Me leí El terrorismo en España con doce años, me regalaron Las trece rosas al año siguiente… ahora no tengo concentración para leer todo eso. Y, sin embargo, me metí a Sociología en Somosaguas sin saber que era allí donde se había montado todo. Me interesaba, pero no le prestaba mucha atención a los que lo habían organizado».

 

Es una buena prueba de que se pudo haber trascendido a los líderes que más tarde fundaron partidos a la izquierda de la socialdemocracia. Reducir el clamor de aquella juventud sin futuro únicamente a quienes se podían permitir la acampada sin miedo a los suspensos porque no dependían de una beca sería ser tremendamente injusto con el movimiento. Sin bien a corto plazo les brindó mayorías absolutas a los partidos conservadores, sentó las bases de una mayor transparencia en la política y movilizó a la opinión pública hacia derechos de tercera generación que no solían estar sobre la mesa.

 

A pesar de que hubo un intento de EL 15M

 

(BLANCOS) CABREADOS o de la contraofensiva de extrema derecha que ha tomado gobiernos en todo el mundo, Pino reconoce que «queda mucho por hacer, pero soy optimista. Los sectores reaccionarios son minoritarios, aunque tengan mucho altavoz. Solo hay que salir a las calles y ver en las manifestaciones del 8M a familias enteras. Tenemos una sociedad muy avanzada, aunque debemos seguir rompiendo estereotipos». Ella se politizó a partir del movimiento feminista, y más tarde se afilió a un partido comunista porque «no dejo de tener presente como mujer trabajadora que no te oprimen por placer, sino para obtener un beneficio. A los hombres también se los explota».

 

Pero a Davinia, que a sus 38 años se ha ido alejando con cada mudanza del centro, sí que le preocupan los ramalazos neofascistas de los jóvenes porque es madre soltera. Procura que su hijo de 14 años sea consciente de que «no hay que respetarlo todo. No puedo tolerar a quien no respeta la vida de un ser humano, ni a quien nos diga que unos son inferiores a otros. Tampoco se puede admitir el odio. A él le va a tocar convivir con gente que está fomentando delitos, pero no me pidas que justifique que tú quieres pegarle una paliza a un negro. No puedo tolerar que cinco tíos se



 

 

 

Página 196



aprovechen de una mujer porque estaba borracha, no quiero. No te puedo valorar si no eres buena persona. No está bien robarle a alguien cincuenta euros, porque no sabes qué ha tenido que hacer esa persona para ganarlos». Vivió los años en los que las pandillas tomaban la ciudad desde el barrio de las Letras, por lo que su intención pedagógica, aunque está relacionada con «la paradoja de la tolerancia» desarrollada por Karl Popper en LA SOCIEDAD ABIERTA Y SUS ENEMIGOS, tiene mucho más que ver con querer evitar que su hijo se convierta en un joven que no pueda cuestionar las actitudes ultras de su grupo de amigos, antes que sea demasiado tarde, dada la fanatización galopante entre los más jóvenes por referentes ultras en redes sociales.

 

Aunque la población adulta debería ser mucho más capaz de identificar los bulos, la popularidad de los discursos de odio ha provocado que Amparo, en su propio negocio, disimule el profundo rechazo que le provocan las actitudes ultraconservadoras ante las bromas y los chistes que ya creíamos haber olvidado. Aunque no milita en ninguna organización, se declara de izquierdas y feminista, siendo partícipe de algunas causas puntuales: «Manifestaciones del 8 de marzo, contra el terrorismo (sea cual sea), apoyo a movimientos sociales, contra intervenciones militares en países o periodistas sin fronteras… Sí que soy activa en ese sentido, y en casa lo somos todos». Aprendió a leer con las páginas de huecograbado del ABC, que ha comprado su familia desde el primer número. Perteneciente a una familia de represaliados por el franquismo, creció siendo consciente de que lo que se hablaba en la mesa no podía comentarlo en la calle: «Estábamos muy politizados. Me hablaron de las Sinsombrero, siempre supe quién era ETA, quién era GRAPO. Mi padre incluso me llevó a ver el agujero que dejó Carrero Blanco».

 

Esa prudencia que tiene Amparo con sus clientes contrasta con la libertad con la que el jefe de Sindy se manifiesta: «Me pasa memes con la frasecita: “Viva España, el rey, el orden y la ley”. Él me habla de política en modo que si el Coletas, el Perro Sanxe, me manda stickers de cosas así. Cuando le pido cualquier cosa, me anima a que rece y me manda oraciones por WhatsApp y cosas de fachillas». La patronal nacionalcatólica siempre ha sido libre de significarse negando la mayor, ellos no se meten en política, son apolíticos y de derechas. ¡Como Dios manda! Como lo fueron sus padres.



 

 

 

 

 

Página 197



Aunque en muchas casas aún se bajaba la voz para hablar del Gobierno, a Núria su familia la animó a afiliarse a un partido. «Más que empezar yo en política fue mi madre la que me llevó. Ella era la que siempre estaba preocupada porque me relacionara con los demás. Mis padres eran votantes de izquierdas y me llevó allí y me dijo que, por lo menos, conocería a gente. Me llevó al local de Badalona. Y sí, es verdad, hice muchas amigas. Y aprendí un montón de cosas. Pero cuando la cosa se empezó a poner seria, fue incompatible con todo lo demás. Porque el Partido es un aparato perfecto, pero fuera del aparato no se puede mover nada».

 

Esa concepción del Partido como un lugar al que ir a socializar es la que tuvo también Almudena cuando decidió huir del ambiente de carreras ilegales en Villaverde. La distancia con el barrio y pasar tiempo sin su pareja de la adolescencia le ayudó a advertir que tenía una relación de maltrato. Pero las ventajas de hacer amistad en torno a unas utopías compartidas no siempre son idílicas. Si el Partido es un aparato perfecto es porque reproduce la estructura del Estado y las jerarquías sociales, también el machismo, el clasismo y el racismo. Aunque era consciente de la necesidad de distanciarse de aquella espiral delictiva, le recordaban continuamente que en el Partido no se esperaba a jóvenes como ella. «Ahora me los tomo más a broma. Pero decían en mi propia cara que vigilasen las carteras para que no se las llevase la de Villaverde».

 

A pesar de que la mayoría de los votos que reciben las candidaturas de izquierdas se depositen en el sur y en los distritos empobrecidos, las candidatas de esos barrios siempre se quedan fuera de las posiciones de salida en las listas electorales. «A mí me ha costado mucho verlo. A pesar de ser un partido de izquierdas, si no tienes dos carreras y tres másteres no piensan en ti para ningún puesto. A la hora de defender derechos, una persona no es menos válida por no tener una carrera. Eso no se hace con los hombres. No les pesa no tener carrera, como a nosotras». Sofía ha observado cómo se levanta un muro a nuestra participación cuando nos advierten que no nos corresponde estar en política: «Se insiste mucho en recordar que Irene Montero ha sido cajera, es un horror ese clasismo. Cuando debería ser un motivo de orgullo, que más humilde no puede ser, se mezcla el clasismo con el machismo. Cada dos por tres es trending topic y todo el insulto es por ser “mujer de”».



 

 

 

 

 

Página 198



Desde un cargo institucional que compatibiliza con su dedicación en atención primaria, Lola es consciente de que forma parte de la cuota. «Nos guste o no nos guste, es la realidad, todavía llegamos a estos puestos por la cuota. Me siento una privilegiada y ahora tengo la obligación de demostrar mi valía; pero sin las cuotas y sin las listas cremallera, no estaríamos». Y Carmen, en Cataluña, se ha encontrado con una férrea división sexual a la hora de nombrar a los responsables de cada área: «Te dicen que a ti eso no te lo pueden dar porque eres mujer. ¿Y que tendrá que ver? Tú tienes que estar demostrando el doble que puedes hacer lo mismo y te van a reconocer la mitad. Tienes que insistir todos los días para que tengan en consideración tu trabajo. Cuando he sido yo la que ha tenido que hacer las llamadas, me he dado cuenta de que, de treinta y ocho secretarios, veintiocho eran hombres. Con las mismas, llamé a la que lleva los temas feministas y le dije: “Oye, ahora ya no podemos cambiar, pero esto para las próximas hay que corregirlo, que somos un partido que se considera feminista”».

 

Sin perder de vista la influencia de la tradición republicana de muchos hogares, fueron las calamidades del trabajo las que encendieron por completo para algunas de nosotras la llama de la militancia política. Seguramente yo no estaría escribiendo este libro si no hubiese visto a mi familia pasarlo realmente mal cuando había retrasos en el cobro de la nómina, en la adjudicación de una beca, o con la subida del euríbor. Tenemos DOS FORMAS DE ENTENDER LA POLÍTICA: una como identidad y otra como opción. La primera explicaría el voto a partir del grupo al que se pertenece: los intereses de cada uno ante la urna vendrían predefinidos por la posición que ocupa en la estructura social. Como veremos, las identidades no son férreas, sino más bien líquidas, por lo que esa predisposición, si bien se torna más sentimental que racional, no tiene por qué sostenerse de unos comicios a los siguientes. En la segunda, la elección apela al sujeto individual, libre ya de ataduras a la lealtad del grupo, que actúa en función de distintos factores relacionados con la oferta política y produce mayor volatilidad electoral. En este sentido, el voto es un hábito. La mera participación ya delimita una posición de clase distinta a la abstención. La papeleta se llega a entender como un objeto de consumo con el cual podemos manifestar nuestro deseo de ascender de posición económica, adelantándonos al depositar el voto en la defensa de



 

 

 

 

 

Página 199



unos intereses de clase que en ese momento nos son ajenos, pero que aspiramos a conquistar.

 

Habitar la periferia y haber estado siempre en los márgenes nos ha condicionado tanto nuestra posición en la estructura social que es muy difícil que las mujeres feministas con conciencia de clase podamos guiarnos a la hora de votar por algo más allá de la defensa de nuestros derechos más básicos. Por ello, los postelectorales en diversos países están advirtiendo que somos nosotras las únicas que estamos presentando resistencia a los movimientos de extrema derecha.

 

A pesar del esfuerzo sostenido de la caverna misógina internacional, que pretende barrernos del espacio público hasta que se dejen de oír nuestras voces por las calles, cada 8 de marzo seguimos recordando a las 140 trabajadoras neoyorquinas asesinadas en el incendio de una fábrica en 1911. La hemeroteca de sucesos nos descubre que desde el siglo XIX, a las cigarreras de toda España las acusaban de organizar motines. El primer sindicato integrado exclusivamente por mujeres se organizó en la Fábrica de Cerillas de Carabanchel en 1908, pero la invisibilización de los oficios feminizados no solo ha sesgado los referentes en el mundo del trabajo, que tanta falta nos hacen cuando nos preguntan qué queremos ser de mayores; también nos ha ocultado los derechos que conquistaron con sus reivindicaciones, permitiendo que se deroguen. Nos quieren hacer creer que las mujeres siempre hemos estado en casa para que ellos sigan ocupando los puestos de trabajo, y lo más importante, los de poder.

 

Las organizaciones sindicales se nutren de los grandes centros de trabajo, por lo que se ha excluido del conflicto entre patronal y trabajadoras a las que cosían en sus casas o servían en las de otros. Así que cuando llegó la desregularización de los mercados y la economía de las plataformas, los sindicatos entraron en una grave crisis de representatividad.

Como exsindicalista, Violeta desde Fuenlabrada cuenta que reconoció durante su etapa con responsabilidades orgánicas unos estatus muy diferentes y jerarquizados dentro del movimiento: «Si la sección de empleados públicos decía que había que tirarse por un puente y Las Kellys decían que no, se hacía caso a los primeros. Un servicio de limpieza público estaba por encima de uno privado de una cadena de hoteles que, a lo mejor, en volumen eran el mismo número de trabajadores (o más), pero en cuota de poder no, porque los empleados de los segundos no estaban en



 

 

 

Página 200



la federación grande que más poder tenía dentro del Sindicato. Recorrer las cadenas de hoteles es mucho trabajo para el body», afirma, ya fuera de todo, a los 29 años.

 

Han quedado desamparadas mujeres como Idaira, que se ha acercado más de una vez al Sindicato para pedir ayuda en el sector de la hostelería, pero se ha encontrado con que, a pesar de que los abusos laborales los padezcan todas, tienen que meterse en la guerra de una en una, poniendo en riesgo su puesto de trabajo: «Qué triste, ¿no? Pides información en un sindicato para hacer una reclamación laboral y ya te advierten de que te vas a meter en una guerra en la que vas a tener que pelear y que vas a perder. Entonces, al final, la gente para qué se va a querer defender si te pones a leer y siempre hay una letra pequeña a la que se agarra el otro… Si tampoco tenemos tiempo para buscar la información. Te dicen: “Léete el BOE”, pero cómo, ¡si no entiendo ni papa! Cuando te quejas, lo pierdes todo, te quedas en la calle, y no pasa nada».

 

Como Triana, que elevó su queja individual solicitando la convocatoria de elecciones sindicales y fue despedida: «No podían tolerar que una mujer fuera elegida delegada y se sentara con ellos en el comité de empresa. Me enviaron burofaxes con amenazas y les tuve que interponer otra demanda por vulneración de la libertad sindical. En esos días, me escribió una compañera de una sede de otra provincia que también había interpuesto demanda por el uniforme, por la falda y el tacón. A los compañeros que hablaban conmigo los sancionaron (tal cual se lo explicaron en las cartas de sanción, que colgaron en los tablones de anuncios de la empresa para que los viera todo el mundo). Eso es lo que han hecho hasta conseguir que todos me dieran de lado».

 

La persecución a las organizaciones de trabajadoras demuestra que siguen siendo una resistencia al juego del libre mercado y a la misoginia de la patronal. Obviar que la estabilidad laboral o los salarios que permiten condiciones de vida adecuadas son conquistas de la organización obrera es el primer paso hacia la rendición de las victorias de clase por las que han entregado su tiempo y su vida miles de trabajadoras y de trabajadores. La precariedad del empleo ha despojado a la plantilla de aquellas conquistas que matizaban la explotación en la que se basa la relación laboral, al tiempo que se ha reducido el papel del Estado en la economía, de tal forma que se ha neutralizado el papel de la administración como autoridad laboral capaz de frenar los abusos de las empresas.



 

 

 

Página 201



Sin un Estado que vele por el cumplimiento de las normas laborales conquistadas por las organizaciones sindicales de clase, estamos más cerca del TECNOFEUDALISMO que anuncia Yanis Varoufakis que de la jornada de cuatro días. La ansiedad tecnológica demuestra que los cambios que se anuncian están dando paso a un miedo entre la clase trabajadora a un futuro donde no haya espacio para las personas. La automatización ya no solo amenaza las líneas de montaje de las fábricas: la digitalización y el desarrollo de la inteligencia artificial supone la desaparición de oficios rutinarios y repetitivos, justamente aquellos en los que son empleadas muchas mujeres: teleoperadoras, administrativas, archiveras, carteras, cajeras, secretarias, asistentes. Somos nosotras a quienes más nos preguntan ¿TE VA A SUSTITUIR UN ALGORITMO?, porque hay menos mujeres que hombres con habilidades digitales. La digitalización podría haber sido una oportunidad para paliar las brechas de género en el empleo y en la participación sindical, pero se están reproduciendo las mismas dinámicas que en el trabajo y en las organizaciones analógicas, porque los sesgos que se habían desarrollado offline se han traslado online.

 

Con todo lo que supuso la indiscutible lucha antifascista durante la clandestinidad de las organizaciones de trabajadores, en las que participaba Mercè como anarquista, no se puede justificar de ninguna manera que los sindicatos de clase no hayan sido capaces de adaptarse a las nuevas dinámicas laborales. Sobrevivieron al exilio, la cárcel y la condena a muerte de cientos de afiliados tras perder la guerra, pero no parecen capaces de superar la desaparición de las fábricas, ni de darle espacio a las mujeres en sus órganos de decisión.

 

La alternativa es un sindicalismo feminista y antirracista frente al paternalismo que ha tratado, demasiadas veces, las luchas de las mujeres trabajadoras con condescendencia o les ha dado una importancia secundaria y las ha querido tutelar. Han hecho lo mismo que la patronal, jerarquizando los sectores. Dado que hay pocas coberturas desde la sindicación clásica hacia los empleos feminizados, en los últimos años ha surgido un BIOSINDICALISMO DESDE LOS TERRITORIOS DOMÉSTICOS que no solo

 

ha reivindicado los derechos de las trabajadoras olvidadas por las estructuras de los comités de empresa, sino que ha puesto de manifiesto que otras formas de hacer también podían dar resultados.



 

 

 

 

 

 

Página 202



En ese sentido, desde el comité de empresa de la conservera que preside Celia se propuso una huelga «por el acoso que sufrían las operarias del campo en general, por los salarios y los derechos. Al principio la empresa no puso pegas porque creyó que solo la haríamos las del Sindicato, pero cuando vieron que iba a parar toda la nave quisieron echarnos». Las temporeras no se pueden sindicar, pero las que sí lo están y quieren luchar por todas ven peligrar su puesto, por lo que se desincentivan las grandes reivindicaciones que vayan más allá de las cuestiones puntuales en el centro de trabajo.

 

La baja afiliación sindical de las mujeres no se debe a que tengan un menor interés en las cuestiones a defender por la organización, sino a que no se sienten representadas, tal y como comenta Mariña. «Sindicada… Sindicada no estoy. Ahora estoy en paro, pero cuando vuelva a trabajar sí querría, bueno… ¿Sabes qué pasa?, que como en este país solo hay dos grandes sindicatos, pues como que parece que falta algo, ¿no? Por visión estoy más cercana a uno, pero aun así me parece que los principios que tenían hace unos años ya no son tan visibles, ya no están tan claros… Bueno, sí que me gustaría ser más activa en ese ámbito también, sobre todo por mí, pero supongo que a lo mejor me gustaría en un sindicato de mujeres, que se peleen por nuestros derechos. Porque, claro, por los de los hombres hay mucho que pelear todavía, pero en el fondo donde hay que hacer trabajo es en el tema de la equiparación salarial y la igualdad de oportunidades. Sumarme a algo así me gustaría más».

 

Con años de experiencia, pero en los márgenes del diálogo social nacional, puesto que se apoyan en sindicatos autonómicos, desde los años ochenta miles de trabajadoras de las residencias vascas han dado la batalla y han conquistado mejoras huelga tras huelga. Desde sus comienzos, vieron muy difícil torcer el brazo de una patronal a la que no se le pasaba por la cabeza que las gerocultoras fuesen a exigir ser económicamente independientes. Aunque estaban atrapadas en un sistema machista y patriarcal, que veía el trabajo en las residencias como una prolongación de las obligaciones domésticas de las mujeres, consiguieron grandes logros que aún hoy marcan las diferencias con el resto de las residencias del Estado. Fueron continuamente ninguneadas, NO ERAN TRABAJADORAS, SoLO M UJERES, pero se mantuvieron firmes y metieron ruido sin prenderle fuego a ningún contenedor, ni quemar coches.



 

 

 

 

 

Página 203



La falta de compromiso con los sectores feminizados se traduce en problemas de paridad en los sindicatos clásicos, como recuerda Violeta. Cuando tienen que hacer las listas llegan los problemas: «“¡Ay, Dios mío, que no hay mujeres, faltan mujeres, vamos a buscar mujeres!”. Pero no se ponen a pensar por qué sucede eso. Luego van a buscarlas, y les dicen: “Como somos unos retrasados mentales que no sabemos cuidar lo que tenemos… ahora te necesitamos”. Y esa mujer tendría que decir: “Ah, que ahora me necesitas porque tengo una puta raja, pero te dan igual mis méritos”». Lamentablemente, no ocurre así. «Al final, entras. Y las personas que siguen ese juego son las que cierran el círculo. Si no pudieran hacer esa lista, tendrían un merecido baño de realidad. Pero, al final, por disciplinadas, entramos en el juego». Las mismas dinámicas informales de poder que operan en la empresa nos las encontramos en los sindicatos, por lo que aquellas que quieren pasar tiempo con su familia, necesitan cuidar a menores o atender a dependientes poco a poco se van quedando fuera de los grandes foros de discusión y debate, que siguen estando masculinizados. Se reproduce así la traición de clase: los hombres pactan con la patronal las mejoras de sus condiciones en sectores estratégicos, mientras se precariza el empleo externalizado que ocupan mujeres, jóvenes y migrantes con baja tasa de afiliación.

 

Combatir la discriminación de género es una cuestión de justicia social, pero nuestros compañeros no están por la labor, porque la estructura misma de la sociedad en la que vivimos necesita que las mujeres sigamos cuidando sin remuneración y que el MACHO se reafirme sosteniendo económicamente a la familia. Ellos no nos van a ayudar, por mucho que lograr nuestra emancipación sea lo más humano y justo, porque nuestro sometimiento no solo es de clase, también es de género, y liberarnos del patrón también implica liberarnos del marido. Eso es lo que no van a consentir. El sindicalismo industrial del mono azul olvida que en esa sociedad que conforman PATRIARCADO Y CAPITAL, «en el Estado español cientos de gestas obreras hubieran sido imposibles de llevarse a cabo sin el apoyo de las comisiones de mujeres, formadas por esposas, madres o hermanas de los huelguistas para hacer cajas de resistencia».

 

Pretenden que olvidemos que las trabajadoras que nos precedieron se sindicaron para conquistar derechos que hoy damos por hechos. Nos creemos con suerte por haber nacido en el momento oportuno para ser la mujer que nos dé la gana de ser, como si nadie hubiese trabajado hasta la



 

 

 

Página 204



extenuación para que no nos faltase de nada, desde un plato en la mesa hasta un hospital público, pasando por un colegio electoral. Los gurús de TikTok nos animan a formarnos para cambiar de sector, o a encontrar a nuestra persona vitamina. Así esperan que nos culpemos de nuestro propio malestar para evitar el conflicto social que se despertaría si descubriésemos por qué les va bien siempre a los mismos desde que sus abuelos ganaron la guerra.

 

Cuando se imponen cuotas para que haya MÁS POLÍTICAS PARA OTRA POLÍTICA, se hace desde el convencimiento de que no es lo mismo estar que poder ejercer, «las organizaciones tienden a expulsar a los miembros que promueven cambios estructurales importantes». Necesitamos más presencia de las mujeres de clase trabajadora, que vayan desde los márgenes hasta el centro de las organizaciones y propongan nuevas formas de hacer, más mujeres molestas contra «el fatriarcado», incómodas para la organización, y menos adeptas discretas. No pueden echarnos a todas si somos mayoría y nos sostenemos entre nosotras. Aún no hemos llegado al poder, aunque se nos reconozca el derecho para ostentar y decidir su devenir. Hemos sido votantes mucho más tarde que los hombres y de ahí derivan gran parte de los prejuicios sobre la capacidad de liderazgo y de formulación de soluciones públicas, pero hemos venido para quedarnos. Para que nadie se quede atrás y sea menos hostil tomar la palabra. Necesitamos estar para no quedarnos fuera mientras los hombres o las mujeres enriquecidas siguen tomando decisiones por nosotras y, lo que es peor, contra nosotras.

 

 

 

CONCILIAR CON GILIPOLLAS 

 

 

Nos preguntamos mucho por qué la afiliación política y sindical de las mujeres está tan lejos de asimilarse a los carnets masculinos, y quizá la clave esté no tanto en por qué no vienen, sino en por qué se han ido.

 

En el mejor de los casos, es un desengaño entre los propósitos y la práctica. Matilde, que a sus 55 años no es precisamente una joven politizada en las plazas, explica que se alejó por la fractura generacional y las ilusiones rotas de los proyectos post15M que han devenido en descontento. «Estoy muy descreída con la política, estoy en el partido pero me siento lejos… veo que la media de las mujeres aquí dentro es de cien



 

 

 

Página 205



años. Algo estamos haciendo mal si no hay caras nuevas». Que a sus crisis internas aún las llamemos «la resaca del 15M» es una broma. Estaría durando la cefalea ya demasiado, incluso hasta para un hombre blanco heterosexual mayor de treinta años.

 

Entre todas las entrevistadas, tan solo una, Pino, está satisfecha con lo que se ha encontrado: «En mi organización, aunque es verdad que por muy radical que sea hay reparto por sexos de las tareas, ocurre que, mayoritariamente, los cuadros somos mujeres. Se considera y se valora la tenacidad, el esfuerzo, la capacidad… No se piensa en el sexo». Por lo que, sin necesidad de aplicar cuotas por sexo, se siente cómoda en una «organización totalmente democrática en la que si demuestras implicación en el área te acaban dando la responsabilidad».

 

Casi todas las que participan en algún partido, sindicato o entidad acaban con la misma sensación que tiene Gloria, quien a sus 26 años ya sufrió el techo de cristal al querer tener un papel político más allá de su barrio en Córdoba: «El papel de la mujer está supeditado a labores de organización y secretarías. Apenas ocupamos espacios de poder y representación más allá de los altos cargos del partido y parlamentarias que van por cuota. En la ciudad, apenas estamos en la cabeza de los distritos, y las que lo son lo consiguen con el beneplácito de los hombres. Pasa un congreso y, claro, lo gana un hombre, y para estar en la ejecutiva dependes de su aprobación. Se sigue invisibilizando y discriminando a quienes, por nosotras mismas, damos un paso adelante sin tener a un varón que nos abra paso. Es algo que me da bastante lástima: llegar a un lugar por el hecho de que un señor sienta aprecio por ti, independientemente del tipo de aprecio, no supone romper ningún techo de cristal. Las oportunidades que consigamos nos las tienen que dar por nuestra valía, de la misma manera que se las conceden a ellos; no se le puede negar oportunidades a las mujeres por el mero hecho de que no sean tus amigas o no las puedas controlar». Comparte sensaciones con Núria, quien «desde que llegué de joven veo que, por mucho que hiciese, siempre había un tío por encima. El número uno siempre era un fulano, aunque fuese más tonto que pichote, ellos son cuota por sus familias y por sus territorios. Para mí, irme fue un desgarro emocional. No es cualquier cosa salir de un sitio donde llevas veinte años. No fue algo que hiciese alegremente. Es como si me hubiese divorciado o algo así. Fue muy jodido».



 

 

 

 

 

 

 

Página 206



Nos vamos agotadas de ser la cuota, de ocupar cargos simbólicos, sin presupuesto, sin capacidad de acción y con la mera herramienta transformadora que te proporciona conocer las contraseñas de las redes sociales de la agrupación. Nos vamos hartas de oír que tenemos ese cargo de mierda que no quería nadie por habérsela chupado al último tonto que tuvo la clave de Twitter (ahora X), y que ha tenido que resetearla antes de dártela porque tenía el inicio de sesión automático y ni se acordaba de ella. Siete semanas sin un tuit propio, el gurú de la comunicación, que se va entre aplausos y likes. A otra de las entrevistadas, la primera vez que tuvo un cargo orgánico le decían que si estaba allí era porque «había pasado algún casting. Cuando te hacen sentir que solo estás ahí para cubrir la cuota, consiguen que nos matemos entre nosotras». Nos vamos porque dimitir no es un nombre ruso, pero se conjuga en femenino. A Mónica Oltra o Yolanda Díaz nadie les pidió que se quedaran cuando se las atacó, pero para respaldar a Pedro Sánchez se convocaron movilizaciones durante todo un fin de semana, nos recuerda Nuria Varela a propósito de EL SÍNDROME BORGEN. La renovación también tiene género femenino, de unas listas a otras ellos siguen y a ellas las echan. No solo dinamitan su carrera política, sino también la civil. Pocos becarios de recursos humanos perdonan que los aspirantes aparezcan en el BOE bajo las siglas de una formación de izquierdas. Otra de las entrevistadas ha declinado los cargos que le han ofrecido porque «he tenido ofertas que olían a cuota. Las he rechazado porque veía que no me iban a dejar ni ser, ni estar, ni pensar. Pero también tuve un episodio bastante violento. El responsable me prometía que me iban a dar la liberación pero, bueno, me insinuaba ciertos condicionantes. No diría en materia sexual, porque nunca se dijo explícitamente, pero sí que eran llamadas un poco fuera de tono y a horas intempestivas. Nunca se hizo nada, tuve que seguir trabajando con esa persona aun a pesar de que todos sabían lo que había pasado».

 

Azahara se vio sobrepasada tras el divorcio y necesitó tiempo para ella misma, así que abandonó los espacios en los que estaba. «Entre todo este proceso personal y mi trabajo, me puse a mí en el centro y dejé la militancia. Me dije que me tocaba cuidarme a mí, y llevo tres años en ello. Hace tan solo unos meses que vuelvo a acudir a algo». Sobre cómo fue su relación de pareja mientras ocupó el cargo, Carmen recuerda que «al principio tuvimos bastantes problemas, porque él no entendía que te pueda llamar gente a las diez de la noche. Al final, yo ayudaba a concejales y



 

 

 

Página 207



alcaldes, que eso lo hacen en su tiempo libre, y te llaman cuando pueden. Él no entendía que tuviera reuniones, no entendía que me tuviera que ir de fin de semana, y le dije: “Mira, tú me conociste así y esto es lo que hay. Si te gusta, bien. Y si no…”. Cuando en el último congreso le comenté que había posibilidades de que me incluyesen en el Comité me llegó a decir: “Mejor que te digan que no”».

Nos vamos porque no podemos conciliar. Concretamente, no podemos ni queremos conciliar con gilipollas. Nos vamos porque nos cansamos de señores que nos explican cosas. Porque descubrimos otros espacios en los que crecer, en los que transformar, o simplemente porque encontramos un sitio donde dedicar las tardes a clubes de lectura feministas sin que nos sexualicen. Llega un día en el que cumplimos años y ya empieza a molestarnos de más que nos infantilicen, como le ocurrió a Nerea: «He estado en asociaciones de barrio, casas okupas, organizando manis y pegando carteles. No he militado nunca, he sido una activista freelance. De pequeña no notaba el trato diferente por ser mujer, porque entendía que con 12, con 14, con 15 años, los militantes de partido que tienen 20, pues que no me hacían ni puto caso porque era una cría. Pero de mayor sí he notado que estaba más apartada». O a otra de ellas, que tenía «algún compañero, así, un poco más mayor, que se dirigía a mí como “la Niña”. Ya sabes, y es que yo no soy una niña». Lo sabemos.

 

También lo sabe Arantxa, activista y presidenta de la plataforma de afectados por la venta de viviendas del PAU de Carabanchel, en Madrid, a los fondos buitre. Comenzó a tener presencia mediática con 25 años. «Cuando he ido a alguna reunión, me han hecho esperar. Yo preguntaba, desde el desconocimiento: “¿Por qué no empezamos?”, y me respondían que estaban esperando a la presidenta de la asociación. Les tenía que decir que era yo. La gente se quedaba como: “¿Tú, una chavala de barrio?”. Creían que me podían ningunear, y me tenía que cuadrar. Esas cosas me han tocado por ser mujer, joven y de barrio». Continúa hablando de su interacción con los responsables de los partidos políticos que se interesaron por el caso durante la contienda electoral de las municipales de 2015. En general, observó un trato condescendiente y paternalista. «Te puedo contar una anécdota bastante curiosa de un partido de izquierdas, que se supone que son los más cercanos a los barrios. Estábamos en una reunión a la que yo iba con más vecinos y se presentaron dos personas de ese partido. Se presentaron con más cargos… que si secretario general de



 

 

 

Página 208



no sé qué, que si presidente de no sé qué comisión, bueno, bueno, bueno, tenían más títulos que la duquesa de Alba. De una manera que les pudiera tocar los cojones, porque yo soy así, presenté a mis vecinos diciendo: mira, pues aquí está “el Luis”, aquí está “la Carmen”, poniendo el artículo delante. Me di cuenta de cómo nos miraban, después de presentarse ostentando cargos absurdos (porque normalmente la gente importante, cuando importa de verdad, no necesita tantos títulos)». En realidad, solo presumían de un poder que no tenían. Fayna también ha visto, en bastantes contextos combativos, que aunque los hombres tengan una presencia minoritaria necesitan hacerse notar, «quieren hacerse con la voz principal. Pero, claro, al haber tantas mujeres con carrera y combativas, no he visto que puedan hacerse con el protagonismo».

 

Carmen se ha dado cuenta de que cuando tenía veintitantos años le hacían cosas que ya no, pero ve cómo siguen haciéndoselo a las nuevas. «Muchas veces estamos en reuniones, y cuando hablan ellos los tienes que escuchar, pero en tu turno de palabra empiezan todos a cuchichear. Esto nos pasa siempre. Claro, yo a veces me quedo mirándolos y digo: “Bueno, cuando vosotros habláis yo escucho. Pues… pido lo mismo”. Y sí que hay gente que te mira un poco mal. Pero ahora ya me da igual, porque ya soy la que siempre lo está advirtiendo».

 

Incluso en el movimiento LGBTQIA+, Miriam se han percatado de cómo los hombres intentan copar el espacio. «En el mundo de estas asociaciones no te vas a encontrar tanta violencia… pero, al final, los hombres gais copan el tiempo. Les encanta escucharse hablar, ¿sabes? Vale, que es verdad que las mujeres nos implicamos mucho menos, que vas a un colectivo y ocho son hombres y dos son mujeres. Pero, precisamente, si hay solo dos y el 90 por ciento o el 95 por ciento del tiempo están ellos hablando, al final no hay ningún ambiente que sea libre. Voy más allá, si vas a una asociación exclusivamente femenina, por ejemplo de lesbianas, te vas a encontrar casos de esa masculinidad tóxica, con lesbianas masculinas que también van a acaparar y que también van a querer ser la líder. Ves que no hay ningún sitio donde se organice una asamblea igualitaria, donde todo el mundo pueda hablar y participar sin que nadie intente liderar o acaparar. Al final, me terminé yendo de todos los sitios porque no veo la igualdad en ningún lado. O sea, ya solo participo en cosas puntuales, alguna charla, alguna manifestación, las concentraciones por la sanidad pública… siempre lo seguiré haciendo,



 

 

 

Página 209



pero la militancia, tanto LGBTQIA+ como de partido me ha acabado decepcionando por las luchas de poder. Que no lo entiendo, porque parece que todos queremos lo mismo. Pero por esas ganas de ser concejal y para que no pueda serlo otro, al final hay luchas de poder y toda esa mierda».

 

Haciendo un poco el camino inverso, Yosu Álvarez ha conseguido en Gijón que, aunque «Xega empezó siendo un espacio exclusivamente gay, se organizaba puntualmente con otra asociación en la que solo había mujeres feministas y lesbianas. Cuando este colectivo desapareció, a principios de los años dos mil, lesbianas y bisexuales se inscribieron en Xega y reclamaron abrirla a sus necesidades. A mediados de esa década llegaron también las personas trans, y la forma de trabajar evolucionó para dar cabida a todas las necesidades. Al aunar agendas, los chicos tenían claro que los objetivos eran compartidos, pero también pensaban que el camino sería el mismo. Les tuvimos que explicar que nuestro ritmo y nuestras necesidades eran distintas porque, a pesar de que sufríamos la misma discriminación, a las mujeres nos atravesaban también otro tipo de discriminaciones. Ellos hablaban de conquistar espacio en la sociedad. Económicamente estaban mejor, por ejemplo. Existe la brecha salarial entre heterosexuales y homosexuales, pero también de género dentro de esta segunda categoría. Hubo mujeres que se marcharon porque no estaban dispuestas a educar a los compañeros. Las que nos quedamos, reivindicamos otra manera de hacer las cosas». La conquista feminista en aquel espacio tan masculinizado ha llegado a ser casi total. «Cuando asumí la coordinación, en 2010, introduje todo lo que tiene que ver con el discurso feminista, los cuidados… Los compañeros gais lo asumieron bien, y hasta hacían la chanza de que, como hombre europeo, blanquito y burgués, se quedan en la retaguardia. Los chicos jóvenes llegan con el discurso feminista ya asumido. También trabajamos con que las personas trans se integren en el colectivo y no vayan por libre».

 

A pesar de esas victorias en espacios de militancia muy concretos, incluso las MUJERES DE FRENTE nos vamos de la política y del sindicato para escapar de señores que te doblan la edad y te preguntan qué te da tu novio para seguir con él, mientras debates enmiendas para una ponencia que no se va a leer nadie y a la que el líder no hará ni puñetero caso. Nos vamos de la política para evitar las puertas de despacho cerradas, las noches de congreso fuera de casa, en hoteles que solo tienen una habitación doble. Nos vamos porque no le tenemos que agradecer ser delegadas a nadie que



 

 

 

Página 210



nos coja de los hombros. «El día que se proclamó la ejecutiva vino a felicitarme un señor que conozco del partido. Y en el momento que lo hacía, me dio dos besos y me dice: “Las ganas que tengo de quedar contigo, a ver cuándo vienes y nos lo pasamos bien”. Me amargó la mañana. Yo tendría que haberle contestado, pero en aquel momento, pues como no te lo esperas, hice como aquel que no oyó nada». Nuestras compañeras, sean del partido o del sindicato que sean, merecen que dejemos de aplaudir las intervenciones de los acosadores, que dejemos de hacernos fotos con ellos, que dejemos de compartir sus publicaciones.

 

«Había un ambiente que no se decía, pero que existía, en el que parecía que si eras complaciente con determinadas personas tendrías tu posición asegurada. En los círculos de decisión de la política a gran nivel no tengo cabida, porque yo tampoco cumplo los estándares que se solicitan: el de la obediencia, el silencio y hacer determinados acompañamientos, en determinadas actitudes. Yo es que no». Esas ganas de quedar también las manifiestan sin ningún pudor los que sostienen las pancartas del 8 de marzo o del 25 de noviembre. Incluso diseñan carteles y firman manifiestos virales en las redes sociales.

 

Una de las entrevistadas estuvo presente cuando se hicieron públicas las denuncias por acoso a un cargo del partido. «Hablaba con una amiga de otra localidad y ella me decía que le encantaba, que lo admiraba muchísimo, y yo le decía: “Pero ¿por qué admiráis a esos hombres?, ¡si es que se los ve a legua!”. Cuando salieron las denuncias, me decían: “Pero qué razón tenías”. Lo que no entiendo es por qué no lo veían ellas, que se preguntan por qué sé tanto de hombres siendo lesbiana. Es precisamente por eso, porque no tienen filtro con las lesbianas, y si ya tienen actitudes machistas y violentas en las asambleas… si ya estás viendo cómo son públicamente, que se los ve de lejos, pues imagínate en la intimidad».

A punto de terminar la entrevista, una exmilitante no dejó pasar la oportunidad de desahogarse: «No sé si lo quieres meter, pero me gustaría hablar del acoso a las militantes. Porque desde bien pequeña fui consciente de que siempre hay un baboso detrás de ti. Y con 18 años yo no lo sabía manejar como ahora, que tengo 40. Pero echo la vista atrás y pienso: “¡Madre mía, qué asco de tíos!”. Muchos todavía siguen en política. No precisamente en el partido, porque han tirado por rollos indepes y toda esa mierda, pero hay tíos que siguen en política activa, que los veo… ¡Cerdos! Que yo tenía 17 años, ellos 50 y me estaban metiendo ficha. Yo no lo



 

 

 

Página 211



entendía, y no había nadie que me explicara que eso no estaba bien. Te ponían en una situación asquerosa. A partir de ahí, no me relacionaba con tanta gente y solo estaba metida en mis propios círculos jóvenes para protegerme. Pero entiendo que hay quien no ha podido encontrar refugio como yo. O que no ha tenido la suerte de conseguirlo. O le han faltado amigos de verdad que te hicieran un poco de guardia pretoriana. Porque no falta el cabrón que se aprovecha del asunto. Y te lo callabas, porque hasta te daba vergüenza. No estaremos ya en el mismo sitio, pero no querrá la vida cruzarme con un desgraciado de estos, ¿sabes? Porque no era solo uno. Te hablo de tíos que tenían ese modus operandi con las jóvenes. Y estaba, pues, bueno, normalizado. Ni siquiera se negaba que eso pasara. Sencillamente, no se hablaba».

 

En cierto modo, seguimos sintiéndonos culpables por ser víctimas de acoso sexual, como si nuestra actitud, nuestra mera presencia en un espacio masculinizado hubiese dado pie a ello: «No creo que me haya ocurrido por ser del extrarradio, solo por ser una mujer joven». Aunque se abruma al hablar de su físico y bromea con que no es un bellezón, ir maquillada y ser coqueta en las reuniones llevó a una de las entrevistadas a tener que explicarles a algunos políticos, cargos públicos, que ella no buscaba tener una cita, que lo que quería era tratar temas de su asociación. «El día que pase todo esto, escribiré un libro y pondré nombres y apellidos», sentencia. «Que también hubiese sido legítimo que yo hubiese accedido porque esa persona me hubiese gustado». Pero, no siendo ese el caso, denuncia que ha soportado comentarios que vincularon su proyección mediática a haber mantenido relaciones con políticos o periodistas. «Pero si follo menos que un perro atao con tanta vida activista y tanto follón. Seguro que si fuese un hombre no dirían que me he acostado con nadie. No piensan que hay un trabajo con tesón y por eso nuestra denuncia ha llegado tan lejos. Ya te digo yo que joder me han jodido mucho, pero follar, he follado muy poco».

 

Algunas no se han ido, todavía siguen ahí. Aunque solo unas pocas lo hacen PARTICIPANDO DESDE LOS FEMINISMOS, todas continúan eligiendo con mimo la ropa de cada comparecencia para no parecer ni muy sobrias ni muy frívolas, para evitar el pie de foto que, ignorando el contenido de su discurso, hable de cuántos botones tiene la camisa. Son muchísimas, deberían ser más, deberían ser más de la mitad. A ver cuántas no tienen



 

 

 

 

 

Página 212



Lexatín en la mesilla para poder conciliar con los gilipollas que se encuentran en el trabajo, en el partido y en casa.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 213



 

 

 

 

 

 

4

 

Educación

 

 

 

 

 

 

Como en casi todas las universidades europeas, el postre era yogurt o fruta. Con una mano sostendría la pieza pelada (o no) y, con la otra, el cuchillo, con el que iría cortando cada pedazo y llevándomelo a la boca, cogiéndolo con los dientes directamente del filo. Es verdad que este uso del cuchillo se asemeja quizá al de una navaja o un pequeño machete. Es verdad que ese era el modo en que mi padre y mi madre habían comido siempre la fruta y no solo la fruta. Podría ser verdad también que fuera una herencia del trabajo en el campo, que les obligaba a comer sentados sobre una piedra mientras tomaban un mínimo descanso. No obstante, yo no había pensado nunca en todo eso. No me había dado cuenta de que una cosa tan sencilla y cotidiana como el modo de comerse una pieza de fruta delataba mi origen. De hecho, mientras escribía este texto, me ha costado unos segundos darme cuenta de que he utilizado la palabra delataba, y delatar implica revelar algo que es reprochable, algo que es malo. Y así, mal, es exactamente como me sentí cuando algunos compañeros, tras varios días almorzando juntos, me señalaron que les hacía mucha gracia mi modo de comer. Desde ese día intenté coger siempre el yogurt como postre, a pesar de que nunca me han gustado los lácteos.

 

BIBIANA COLLADO, Yeguas exhaustas

 

 

 

¿A QUÉ COLE IBAS?

 

 

A pesar de la cultura del esfuerzo que se nos ha inculcado, la mayoría de las veces que se ha intentado contrastar científicamente el funcionamiento de la meritocracia, ha sido refutada. Investigadores de la banca italiana se preguntaron por el devenir de LA MOVILIDAD INTERGENERACIONAL EN LOS



 

 

 

 

 

Página 214



ÚLTIMOS SEIS SIGLOS, concluyendo que las familias más poderosas de Florencia siguen siendo las mismas que hace seiscientos años: la clave de la riqueza no es el esfuerzo, sino apellidarse como un rico. Observando EL

 

CAPITAL HUMANO Y EL ASCENSO Y CAÍDA DE LAS FAMILIAS, en lugar de ver cómo

 

el nieto arruina el negocio del abuelo, es más probable que las inversiones del veterano repercutan en mejores oportunidades educativas del benjamín, sin importar demasiado sus habilidades. Quizá el pequeño no pueda más que exprimir el legado familiar pero, sin duda, mantiene una posición de ventaja respecto a las nietas de las mujeres que aparaban calzado en sus casas.

 

Hasta el estallido de la crisis económica, hubo cierto consenso sobre

 

cómo LA UNIVERSIDAD ESPAÑOLA SUAVIZA LAS DIFERENCIAS DE CLASE EN LA INSERCIÓN LABORAL. Las personas universitarias lograron mejorar su posición social respecto a la generación anterior, en mayor medida y con más éxito que las no universitarias. Lo relevante, además, es que las oportunidades para emplearse después de titularse dependían de las salidas profesionales del área y, una vez más, del género. En Móstoles, Águeda se ha dado cuenta también de estos cambios durante los 39 años que tiene. «Cada vez hay más chicas de barrio con carreras, y al final se está diluyendo un poco la idea de que somos unos paletos. No es lo mismo la generación de mis padres que la mía o la de los que tienen ahora 18 años. Nos preparamos más y hay una mayor igualdad de oportunidades para encontrar trabajo. Aunque es verdad que el que tiene pasta se prepara mejor. La gran lucha será la de género: seguirá habiendo brecha salarial, seguiremos cobrando menos».

 

El acceso a la educación ha sido muy diferente en cada región. En LA TIERRA DESNUDA, pocas chicas de clase trabajadora pudieron estudiar hace varias generaciones. La madre de Salomé, en un pueblo de Cantabria, no pudo ni siquiera soñar con ir a la universidad, así que hizo todo lo posible para que su hija pudiera marcharse. La movilidad social empezaba con un viaje a la ciudad para formarse y aspirar a algo más que las obligaciones del hogar. Se preocupó por hacer números para que la niña no tuviese que salir a trabajar y se pudiese centrar en mantener un buen expediente, que le permitiese recibir las becas que le cubrían manutención y matrícula en Bilbao.



 

 

 

 

 

 

Página 215



Aunque María Montessori abogó por LA CAUSA DE LAS MUJERES promoviendo su empleabilidad para asegurar el bienestar de las clases trabajadoras y la aparición de una generación de niños más fuertes y prometedores, su pedagogía se cita con frecuencia para justificar la segregación escolar. Más allá de la clásica educación diferenciada por género de los colegios religiosos, los conciertos educativos están sirviendo para ahondar en la división social en nuestras ciudades, principalmente en Madrid, donde los BORRIQUITOS CON CHÁNDAL de los colegios de pago superan en número a los de la escuela pública. Cuanto más cara sea la cuota voluntaria de las actividades del centro concertado, menos compañeros de origen migrante, hijos de madre soltera o de desempleados tendrá la prole de quien se la puede permitir. LA SEGREGACIÓN ESCOLAR ES UN PROBLEMA DE TODOS, porque no solo reproduce, sino que proyecta una desigualdad que ha llegado a ser mayor que la residencial.

 

Las madres de clase trabajadora, como es el caso de una de las amigas de Matilde, también eligen itinerarios alejados de la infrafinanciación que padece la escuela pública en algunas comunidades, para brindar las mejores oportunidades posibles a las hijas del hormigón: «Me pregunto si soy una mujer de barrio, yo, que soy una obrera de la cultura y llevo a mis hijos a la pública, comparándome con una amiga, que limpia para pagarle un colegio privado a su hija. No sé si ese es el camino para que la niña no tenga que limpiar como ella». Núria, por ejemplo, también acudió a un colegio concertado porque en el público de su barrio solo se ofrecía la jornada intensiva, por lo que aquellas familias en las que tanto la madre como el padre trabajaban por las tardes, como era su caso, eligieron la opción que les permitía mantener el empleo. «Yo vivía una disociación cada día cruzando el puente de la autopista de mi barrio al colegio de monjas. Realmente, ese puente es lo que marcaba la diferencia entre la gente bien y la gente normal. Y, aunque todas íbamos con uniforme, se notaba mucho las que estaban allí digamos, por derecho, porque eran del centro de Badalona, y las que íbamos de otros barrios. Se notaba cantidad, aunque fuera en las cosas más tontas: la cartera nueva, el estuche nuevo, los lápices nuevos. El resto éramos las de fuera. A mí aquello no me gustó nunca. Aquella diferencia era muy asquerosa, horrible, porque, además, las niñas (éramos casi todas niñas, aunque también había niños) lo hacían notar. Lo presumían bastante».



 

 

 

 

Página 216



La brecha a un lado y a otro de la autopista se hacía cada vez más ancha según avanzaban las etapas educativas, porque la gente de su barrio se quedaba por el camino. «Después del colegio de monjas quise ir a un instituto público. De la ESO a primero de Bachillerato pasamos muchísimos, pero en segundo ya se notó el corte. Se necesitaba tener un espacio para estudiar, un tiempo para estudiar, un entorno para estudiar. De cuarenta, pasamos quince. Eso venía predeterminado por el ambiente, por si tu familia te podía ayudar, por las horas que le podías dedicar, o si tenías que trabajar los fines de semana. Recuerdo tener muchas compañeras que estaban de camareras en las discotecas incluso antes de la edad legal, que no tenían ni dieciséis años. El lujo no era el que tenía o no tenía moto. El lujo era el que podía prepararse la selectividad y escoger la carrera que quisiera, que era en lo que estábamos pensando todos. El lujo en el instituto del barrio era el tiempo. El tiempo que podías estudiar sin pensar en otra cosa».

 

Justamente ese espacio para estudiar es lo que más necesitó Esther y lo que no tuvo. «Me daba mucha vergüenza que vinieran amigos a verme. Es que ni para estudiar. Porque había momentos en los que ni mi hermano ni yo teníamos nuestra propia habitación. Dentro de mi propia casa las cosas no estaban bien gestionadas, así que me absorbía mucho en la biblioteca, porque era el único espacio seguro y tranquilo para estudiar. Me daba mucha vergüenza pensar que algún compañero podía descubrir el entorno en el que vivía. Sigue condicionándome mucho hoy en día y todavía lo trato con el psicólogo».

 

Quienes sostienen EL DISCURSO ROJIPARDO EN EDUCACIÓN, obvian desde

 

el sesgo del superviviente la competitividad en la que están ahora mismo inmersas las menores. Al desembolso de los libros de texto y los corticoles habituales, hay que añadir los gastos en la digitalización. No se le puede exigir el mismo rendimiento al esfuerzo de la hija de una universitaria que a la menor que comparte una tablet de primera generación con dos hermanas. Idaira, madre soltera de tres hijos, ejemplifica perfectamente esa BRECHA DIGITAL DE GÉNERO: los hogares monomarentales disponen de menos ordenadores de cualquier tipo que los hogares compuestos por parejas. «Durante el confinamiento, cuando los niños no podían ir a los colegios, nos ofrecieron desde el cabildo unas tablets y conexión a internet. Pero al final no llegó nada. Las actividades en línea las hacía desde mi teléfono y pagaba yo el internet de mi casa. Durante aquellos



 

 

 

Página 217



meses no pudieron seguir el ritmo de la clase, yo no tengo ordenador. Para el pequeño me pedían que le pusiera unos vídeos que no le podía poner mientras la mayor usaba el móvil».

 

Tanto Núria, que pudo cambiar más adelante, como Ana fueron a colegios concertados porque sus padres querían que estuvieran más vigiladas, menos expuestas a las distracciones del barrio, que podrían haber truncado sus estudios: «Mi padre nunca quiso llevarme a un colegio público. Decía que yo necesitaba un control y que allí no me iban a controlar, así que fui al mismo tipo de concertado al que había ido mi madre en Barcelona, porque ella tenía un buen recuerdo. Pero a mis hijos no los he llevado al mismo, porque yo no lo tengo. Los llevé a un colegio donde me importó más el personal que la fama. Es un privado. Con el tiempo, una amiga me convenció de sacarlos de allí porque a las profesoras las tenían por obra y servicio, sin asegurarlas ni nada en verano, y que las trataban de un modo denigrante para decirles quién continuaba al curso siguiente y quién no. Más tarde descubrí que la directora era una mentirosa… yo apuntaba a los niños a cursos de verano, porque mi marido y yo trabajábamos y no teníamos dos meses de vacaciones. Por mi amiga, me enteraba de que no hacían nada de docencia, que los niños se quedaban jugando. Y cada vez que reclamaba, la directora me mentía en la cara sin que yo pudiese tampoco delatar a quien me había advertido desde dentro».

 

Esta inversión, lícita, que realizan las familias en capital humano, apostando por la educación concertada o privada, repercute en la marginalización de la diferencia. Cuando coinciden aquellas que han tenido mejores condiciones económicas con las jóvenes de clase trabajadora en la universidad pública, sondean de qué colegio procedes para saber hasta dónde podrás llegar. «No vienen y te dicen: “¡Eh tú, pobre!”», comenta Alba, pero sus temas de conversación no son los nuestros. «Cuando entré, conocí a una chica y nos hicimos amigas. Yo estaba trabajando en una marca de ropa bastante cara, y cuando se lo dije me comentó: “Jo tía, pero qué guay, a mí me encanta la ropa de esa tienda, compro allí todos los días”». Ahora, que lo ve con perspectiva, reflexiona: «Tú compras y yo trabajo. Tenía un contrato de veinte horas a la semana, cobraba alrededor de doscientos euros. El jersey más barato que vendía costaba sesenta». Esa amistad no pasó de curso, «si has mamado el dinero desde pequeña, necesitas tener amigas que se puedan ir contigo tres semanas a la playa».



 

 

 

Página 218



La oportunidad de iniciarse en el deporte que intentan brindar las AMPAS y las AFAS se queda muy lejos de ser universal. Toñi nunca pudo participar en ninguna de aquellas escapadas. «Cuando era pequeña sí notaba esa diferencia. Se puso de moda lo de la Semana Blanca, un puente por primavera antes de Semana Santa, donde se hacían excursiones a esquiar. Ni yo ni mis hermanas hemos ido. Como nosotras, había mucha gente que ni se lo planteaba. Algunos estaban en tal riesgo de exclusión que para los niños no era ningún trauma no acudir a la Semana Blanca, porque había otras cosas más importantes, como saber si ibas o no a comer. Después, en el instituto, mis amigas tenían familias desestructuradas y un nivel económico bajísimo. Estábamos en un centro que tenía el bachillerato de Artes, pero también las líneas de diversificación que esperaban que pasaran a la FP, así que nos lo acabó sudando bastante todo el tema de los viajes». En los barrios empobrecidos siempre hay algo más importante que las vacaciones, el descanso y el deporte, por eso vivimos peor y vivimos menos.

 

Marya tampoco pudo participar nunca en las actividades extraescolares. A la falta de recursos económicos de su familia se le sumaba el extremado celo con el que fue educada, teniendo prohibido pasar noches fuera de casa. «No me dejaban ir por miedo a que alguien me tocase. El primer viaje organizado en el colegio, en plan el de P5, que tienes cinco años, fueron unas colonias, pero mis padres no quisieron que fuera. En segundo de primaria tampoco. En cuarto de primaria tampoco. Y esto luego lo fui comprendiendo. Al principio no entendía por qué toda mi clase iba y yo no. Por fin en sexto ya me dejaron ir a unas colonias en la playa. Mi colegio tiene bastantes ayudas para pagarlo fraccionado, para que todos los niños puedan ir. Las colonias que ha hecho este año mi hermana han costado unos treinta euros, que es poquísimo, porque el Ayuntamiento ha ayudado bastante. Tenemos un Ayuntamiento bastante bueno en eso».

 

A pesar del discurso racista que sobredimensiona el número de personas inmigrantes en nuestras ciudades, Marya, de origen argelino, no ha tenido a otras compañeras de su misma procedencia en clase hasta llegar a la universidad, y «no me llevo con ellas porque no me han transmitido buenas vibras, la verdad». La joven demuestra que hay que tener mucho más en común que un origen geográfico para mantener una amistad. A pesar del passing (siendo de origen migrante no se le



 

 

 

Página 219



discrimina porque «no se le nota»), del que ciertamente se beneficia al alisarse el pelo y no ir velada, la relación con sus profesores siempre ha sido distinta de la que tenían las alumnas nativas. «A veces sí que notaba una especie de cambio de trato de algunos profesores al saber mis apellidos. Sobre todo los del Conservatorio, que allí son muy pijos. Uno me decía que le parecía muy exótica». Por su parte, Valentina notó mucho más el racismo que la discriminación de clase o de género: «Y me ha sorprendido, porque una viene con la idea de que en la universidad la gente tiene una cabeza abierta, con ganas de aprender, sin prejuicios. Y te encuentras que no es así. Que la universidad es justamente eso, un universo, y que hay de todo. Durante las primeras semanas nadie me dirigió la palabra. El resto del tiempo fue difícil encontrar un grupo con el que formar afinidad. No la tenía entre mis compañeros justamente por los prejuicios. Yo notaba que entre ellos se llevaban bien, pero a mí me hacían unas preguntas muy fuertes, como: “¿En México se pueden comprar cigarrillos? Es que con el tema droga no sé si estará prohibido”, o “Vosotros no estáis tan avanzados en algunos temas”. Al responder, enfrentarme… llegó el comentario típico: “Nosotros os conquistamos”».

 

Varias entrevistadas coinciden en que el clasismo en la universidad fue especialmente notorio en las carreras jurídicas. Recuerda Carmen que «los pijos iban con Levi’s y Volkswagen Golf y se juntaban entre ellos. Los que eran de barrio se relacionaron con los que éramos de pueblo. Te decían: “Es que este es el hijo del alcalde”, y yo les decía: “Bueno, yo también”, porque mi padre también fue alcalde. Yo también soy la hija de alcalde y no voy con esos humitos por ahí. Estaban estudiando para acabar en la empresa del padre y te decían: “Este es el hijo de no sé quién”, “Este es el hijo de”, ¿sabes? Como que ahí no los toques. Los profesores también los trataban de manera diferente porque, al final, Tarragona es una ciudad grande pero las élites se conocen todas y saben quién es el hijo de quién».

 

La segregación que empieza con la pedagogía Montessori y los trenecitos de madera desemboca en un endogámico capital social que dificulta el acceso al empleo a quien no ha tenido la oportunidad, no ya de acceder a los mismos recursos formativos, sino a los espacios donde se intercambian los favores. Mónica nota que ha perdido la posibilidad de ejercer su vocación por ese motivo: «Estudié Periodismo en la Complutense. Los que estábamos allí en los noventa éramos más o menos todos de familias obreras. Quienes tenían dinero, se iban directamente a



 

 

 

Página 220



las universidades privadas que tuvieran convenio con alguna cadena de televisión, porque así ya salían colocadas. Mi carrera como periodista la dejé apartada hace mucho tiempo porque sé que no hay trabajo de eso para mí. Para conseguirlo necesitas tener dinero, ir a una universidad privada, hacer un máster y muchos contactos. Así que siempre me tuve que buscar la vida como administrativa».

A Dalia le llamaba mucho la atención la naturalidad con la que sus compañeros hablaban de sus planes de ocio, dando por hecho que todas las personas que van a la universidad tienen acceso a las mismas estancias y peripecias. «Eran muy típicas las preguntas de a dónde iba a ir yo a esquiar… y es que yo no iba a ir a ningún lado porque yo nunca he esquiado. Cuando se lo decías, te miraban sorprendidos: “¿Cómo que nunca has esquiado? ¿Cómo que nunca vas en verano a Sotogrande?”. En Málaga iban con cochazos y se reían de quienes teníamos que esperar el autobús. Si ya allí había clasismo en la facultad de Derecho, siendo todos de la provincia, imagínate en ICADE. Me reivindiqué cuando acabamos porque fui una de las tres matrículas de honor. Yo, que venía de una pública de provincias».

 

Si comprobamos la formación superior de quienes cayeron en LA TRAMPA DEL OPTIMISMO de los años noventa, se desprende que los títulos no eran suficiente para conseguir un buen empleo. La competitividad tras la llegada a la universidad de la clase trabajadora sacó a la palestra otras capacidades a menudo difíciles de conseguir que, si bien no son imprescindibles, desempatan en caso de duda. Las extraescolares le están dando forma a un currículum oculto que no consta en los itinerarios educativos, pero que deja al margen del mercado laboral a las alumnas de la pública sin inversión en profesores de apoyo que desarrollen actividades más elevadas. Vivimos en barrios donde la oferta está muy limitada, donde los colegios no pueden ofrecer robótica porque apenas han dado el salto de la mecanografía a la informática. Por otro lado, estamos a cargo de quien no se puede permitir andar de aquí para allá, ni mucho menos que se vayan a poder pagar las clases todos los meses. A menudo, somos nosotras, desde bien pequeñitas, quienes nos tenemos que quedar al cuidado de alguna hermana o de algún hermano.



 

 

 

 

 

 

 

 

Página 221



DESPEJANDO XX DE LA ECUACIÓN

 

 

Un estudio norteamericano que examina la relación entre las habilidades

 

de NUMERACIÓN, ALFABETIZACIÓN Y GANANCIAS  demuestra que en aquellas

 

sociedades en las que los roles de género animan a las niñas a los cuidados y a los niños a ser curiosos, no se invierte lo suficiente en que las alumnas puedan desarrollar su pensamiento abstracto ni el razonamiento lógico. De esta forma, se coarta la libertad de elección de las mujeres hacia profesiones en las que precisan habilidades de cálculo que, además, son las mejor pagadas. LOS ABC DE LA IGUALDAD DE GÉNERO EN LA EDUCACIÓN

 

publicados por la OCDE lo advierten: accedemos en mucha menor medida a los puestos de trabajo mejor remunerados porque no hemos sido formadas en los llamados campos STEM que, en sus siglas en inglés, abarcan ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas.

 

La apertura de las universidades hacia las clases populares, y a las mujeres de clase trabajadora en particular, les otorga a las instituciones la oportunidad de producir mucho más talento del que se obtenía cuando la competitividad estaba restringida a quienes heredan los métodos de estudio y la dedicación exclusiva. Dicen «demasiados universitarios» cuando, en realidad, lo que pasa es que les sobramos nosotras, porque a mayor tasa de población universitaria, menor tolerancia social hacia el liderazgo mediocre que ejercen quienes han confiado en que el capital social les garantizaría una buena posición económica. Si hay falta de competitividad en la oferta de profesionales habrá hombres ocupando puestos para los que no tienen la capacidad adecuada.

 

La Guerra Civil, la victoria fascista y los cuarenta años de dictadura afianzaron una enseñanza de naturaleza religiosa que impuso la subordinación más completa y leal al Magisterio de la Iglesia Católica. La herramienta más poderosa durante aquellas décadas INFAMES para reproducir la división sexual del trabajo y la segregación de clase fueron los crucifijos sobre las pizarras. «Nos robaron hasta los cuentos y mataron a quienes nos los contaban». Podríamos haber sido un país mejor sin LAS MAESTRAS REPUBLICANAS EN EL EXILIO y sin una educación sexista que limitó la educación primaria femenina a preparar a las mujeres para la vida del hogar, la artesanía y las industrias domésticas.



 

 

 

 

 

 

Página 222



El filósofo Javier Gomá se refiere al principio de vulgaridad como consecuencia de haber promovido la igualdad y la libertad. El conocimiento científico ya no está reservado a las élites, no hay restricciones legales a la formación. Hace ya varias décadas que se democratizó la universidad en nuestro país: a través de la creación de nuevas facultades en capitales de provincias, se posibilitó que no solo quienes podían mantener a una hija en el centro de Madrid o Barcelona tuvieran una universitaria en la familia. Aun así, Águeda señala que hay diferencias entre las titulaciones dependiendo de dónde te hayas matriculado: «No se valora igual graduarte en una universidad de Móstoles, Alcorcón, Getafe o Fuenlabrada. No sé si porque son nuevas, por donde están, o porque se descubrió que les regalaban másteres a los políticos».

 

Las becas permiten que las hijas del hormigón accedamos a los estudios superiores, ya sean universitarios o de grado. La incorporación a la universidad de las clases populares ha generado un descenso de la calidad. Por supuesto que se nota cuando ya no solo acceden al título aquellos que veraneaban en Irlanda o han podido esquiar un puente de mayo en los Alpes. Ahora están haciendo los mismos exámenes quienes tienen una biblioteca de primeras ediciones encuadernadas en piel en casa y quienes se refugiaron, como Esther, en la biblioteca del pueblo. Ahora que ocupamos espacios reservados solo para las élites, que las vemos en su día a día, nos sentamos a su lado en el pupitre y escuchamos las preguntas que hacen cuando levantan la mano, se nos ha caído el mito: tan listas no son. Que tengamos acceso a sus calificaciones en el corcho del pasillo es algo que les da una vergüenza tremenda. Justamente esa vulgaridad que han estado escondiendo siempre, está a la vista de quienes tenemos menos. Ese aluvión no tiene pausa. A pesar de las grandes crisis de los noventa y de 2008, prácticamente la mitad de la juventud menor de 35 años tiene estudios superiores.

 

Existe una segregación espacial que concentra a más de la mitad de las personas sin títulos universitarios en los barrios empobrecidos. Además, las posibilidades de acabar los estudios dependen en gran medida de la educación que se llegó a superar en nuestra familia. Solamente dos de cada diez hijas de padre o madre universitaria no estudia una carrera. Mientras que en las familias más vulnerables un tercio de los progenitores no acabó la primaria y la mitad dejó los estudios en la secundaria.



 

 

 

Página 223



Susan Ferguson explica en MUJERES Y TRABAJO que fue el propio Estado quien declaró la obligatoriedad de la educación para que las próximas generaciones pudiesen satisfacer las exigencias laborales de la economía del futuro. La promoción de mujeres en las ramas STEM tiene el mismo objetivo: procurarle a la sociedad suficientes profesionales como para que pueda elegir a las mejores. En eso consiste el principio de vulgaridad. Las hijas del hormigón constituimos ese tercio de personas que fueron a la universidad a pesar de que sus padres tan solo obtuvieron el graduado escolar y trabajos no cualificados. Somos ese tercio que ha podido mejorar su posición respecto a quienes siguen atrapadas haciendo un TRABAJO SUCIO que cada vez está más expuesto a la automatización.

 

La apuesta por la formación, cuando no se ha tenido, es el mayor regalo que han podido hacernos nuestras familias. Es el caso de la Doctora Tancredi (sí, le he puesto el nombre de la de Prison Break), nacida en Sevilla hace 29 años, que fue la primera universitaria de su familia, hija de administrativa y de camionero. Que haya estudiado Medicina no es una casualidad, a las mujeres atraídas por las ciencias y las carreras técnicas se las guía hacia profesiones que cumplan las expectativas propias de su género, es decir, ayudar a los demás, buscar el bien común. Si lo que nos hace DIGNOS DE SER HUMANOS, según muchos pensadores, es el altruismo y no el egoísmo, no se debería insistir tanto en que las mujeres elijamos los cuidados por vocación mientras se anima a los hombres a ganar dinero. Deberían darles a ellos también la oportunidad de realizarse sacrificando su tiempo para atender las necesidades de los demás sin ningún tipo de reconocimiento ni de remuneración.

 

Henar Aguilera publicó CIENCIA: FEMENINO SINGULAR como una guía en la que las jóvenes puedan identificar posibles obstáculos a los que vayan a enfrentarse en una carrera STEM y, así, prepararse y elaborar estrategias para superarlos. Conocer a tantas SABIAS como a sabios, así como saber por lo que han pasado otras que han cursado los estudios que nos interesan, y que ocupan los espacios con los que soñamos, nos ayuda a advertir que, aunque no sea un camino fácil, es una meta a nuestro alcance. En esta guía, Aguilera afirma que, si una mujer percibe que los roles sociales que debería demostrar son incompatibles con la imagen estereotipada de una profesión STEM, buscará una alternativa que le haga sentirse menos fuera de lugar. Por ello, muchas jóvenes con habilidades, capacidades y



 

 

 

 

Página 224



resultados académicos suficientes para emprender estudios en ciencias o en tecnología prefieren carreras que les reporten el beneplácito de su entorno y les garanticen un espacio de trabajo menos hostil que los masculinizados grupos de investigación o las empresas tecnológicas. «En principio, mi idea era hacer Arquitectura, pero mi padre en aquella época ya había fallecido y no teníamos esa facultad en Vigo, así que tendría que irme fuera porque no me daba la nota para quedarme cerca. Cuando tenía tiempo para hacer COU, no tenía dinero. Y más adelante, cuando tuve el dinero, no tenía el tiempo porque estaba ya trabajando. Primero estuve dando clases de gimnasia a mujeres, luego entré en la FP, hice delineación en tres años y después me casé. Me costó bastante encontrar trabajo porque en el 93 había una crisis de la construcción bastante gorda. Al final estuve viviendo en Madrid y en Coruña, y trabajé durante muchos años en un estudio de arquitectura». Así resume Mariña su experiencia.

 

En las etapas educativas en las que empiezan las dificultades y se necesita mayor concentración para resolver problemas matemáticos complejos, las jóvenes atravesamos grandes cambios hormonales y asumimos más responsabilidades en el hogar. Mientras se castiga a los niños que sacan malas notas con perderse el próximo partido de fútbol, a nosotras nos imponen tareas domésticas de las que jamás nos desharemos. Las mismas que nos roban tiempo de estudio en la adolescencia y que nos robarán tiempo de descanso cuando seamos adultas. A los niños se les castiga a estudiar en su cuarto; a las niñas, a recoger la mesa y fregar los platos.

Así es como vamos abandonando los espacios y se moldea nuestro carácter. Ante cualquier falta, nuestro lugar es el hogar, la cocina, cuidar de los demás. Cuando Carmina llegaba a cargar el camión, quienes no la querían por allí la mandaban a fregar. Si alteramos el orden social, ocupando puestos en los que se gana más dinero que limpiando escaleras o cosiendo en casa, se nos castiga y se nos corrige para que no nos descarriemos. Nos mandan de vuelta a la casilla de salida.

 

Las dificultades económicas de nuestras familias, como la de Mariña o la de África, nos encaminan hacia la formación profesional. A la hora de plantearse los estudios superiores, África comenta que «opté, optamos por hacer un módulo, primero fotografía y luego realización, porque mis padres no tenían dinero para pagarme la uni. Por mi escuela pasan los modernitos, y también la gente que no tiene recursos para hacer una



 

 

 

Página 225



carrera o que tiene muy claro que quiere hacer una FP». La desigualdad se notaba en las cámaras a las que podían acceder unas y otras, es decir, en los recursos y materiales con los que podían contar para poner en marcha su talento. «Igual yo llevaba una 500D, que es una cámara un poco cochambrosa, y otros compañeros ya tenían su 6D, que cuesta un cojón y medio». La diferencia era más obvia si atendíamos al género: «Éramos muy pocas mujeres, la mayor parte del tiempo me sentía la única chica». Esa misma sensación, la de estar en un mundo masculino, la tuvo Miriam, mientras cursaba Técnico Superior de Imagen. «Eran más hombres. Pero me sorprendió bastante que ya había muchas chicas. O sea, no esperaba encontrarme a tantas». Ocupando un espacio tan virilizado, las hostilidades no tardaron tiempo en aparecer. «No había tanto machismo con los profesores, lo notaba más con los compañeros, cuyos comportamientos me parecían muchísimo más machistas. El mundo de la imagen tiene dos extremos: la gente que es más técnica (iluminación, cámaras y demás) tiende un poco a ser más machista. Luego la gente más de dirección, realización y tal, es como más moderna, más progresista. Yo me he visto un poco beneficiada con el tema de que muchas veces se me ha tratado como a un chico. Ningún profesor me iba a decir que no cogiera una cámara porque no iba a poder con ella. Mido un metro setenta y peso ochenta y cinco kilos, así que a lo mejor yo no lo noté tanto. Pero a los compañeros, no sé qué narices se les pasa por la cabeza… se ponían a hacer bromas de mal gusto cuando estábamos todos con la cámara, enfocando el culo o los pechos a las mujeres. Ni siquiera cuando nos estaban explicando algo a nosotras podían mantenerse a un lado, tenían que hacerse presentes y los graciosos. Cuando había que salir a rodar, las cuatro chicas que éramos nos íbamos juntas porque al final estábamos más cómodas. Era la forma de dejar de tener a un tío que te dice lo que hacer, que quiere hacerlo todo él y cargar con todo el equipo».

 

Miriam, que se define a sí misma como una lesbiana masculina, ha esquivado la discriminación que sí han padecido sus compañeras ya que su identidad butch la aleja de la feminidad, que es lo que se castiga en los espacios masculinizados. Habiendo jugado al fútbol desde la infancia y criada entre hermanos, está más que preparada para superar cualquier desprecio que pudiera recibir en el entorno laboral por violar las prescripciones de cómo debe comportarse una mujer. Los estereotipos de género provocan en muchas ocasiones confusión entre las características



 

 

 

Página 226



típicas y las necesarias de los oficios. Las profesiones relacionadas con la tecnología no exigen ninguna cualidad específicamente varonil para su correcto desarrollo, pero la masculinización de los sectores científico-tecnológicos nos lleva a pensar que los hombres tienen un don especial para llevarlos a cabo. Lúa tiene 29 años y es informática de casualidad, porque ninguna de las orientadoras del instituto le planteó esa posibilidad (las jóvenes confiamos el doble que nuestros compañeros en el consejo de nuestros padres y orientadores para elegir una carrera). A pesar de ser buena en matemáticas, no confiaron en que la rapaza pudiera hacer una carrera tecnológica.

 

Los entornos muy masculinizados refuerzan la discriminación hacia las mujeres. Aunque sea de forma subliminal e inconsciente, se crea un clima beligerante, los comportamientos sexistas son continuos y, en el caso de Lúa, en su curso en digitalización a distancia: «Seguramente fue todo bastante menos hostil que haber estado cinco o seis años en una facultad de tíos, pero sí me daba cuenta de que había dos tipos de compañeros: los que te hacen de menos, y los que se esfuerzan por echarte cuentas de más. Casi todos me doblaban la edad y ya tenían la vida hecha, ellos estaban “reciclándose”, yo acababa de empezar. Pero al mismo tiempo, a pesar de ser padres, tenían una disponibilidad a cualquier hora que yo no tenía, y me decían continuamente que me pensase bien si iba a poder hacer mi parte, si cumpliría los plazos, si era justo que se nos corrigiesen en grupo algunas cosas». Según Aguilera, uno de los motivos por el que las mujeres abandonan las carreras STEM se debe a las expectativas y actitudes de los compañeros y supervisores, que todavía conservan creencias tradicionales sobre la capacidad de la mujer para ocupar esos puestos. «Durante los meses de confinamiento, los grupos de WhatsApp de los cursos pasaron a tratar temas personales y ahí se me cayeron algunos mitos. Compañeros que parecían, ya no te digo feministas, sino menos machistas que el resto compartían noticias culpando a la manifestación del 8M de los contagios. Abrieron veda para criticar sin ningún tipo de filtro a las mujeres, a las feministas, nuestras demandas de igualdad. Era una conversación en la que las cuatro chicas que estábamos en el grupo no teníamos nada que decir. Yo no me iba a exponer a sus gilipolleces porque me di cuenta de que, en realidad, estaban hablando entre ellos sobre las mujeres sin preguntarnos a las que podíamos hablar por nosotras mismas. Lo que menos le deseaban a cualquier feminista que saliese reclamando algo en prensa aquellos meses



 

 

 

Página 227



era que la violasen. Tenían toda una enciclopedia de vejaciones con las que se partían el culo, pero yo les hubiese abierto la cabeza». Educados entre chascarrillos sobre agresiones sexuales refuerzan la brecha entre la socialización de hombres y mujeres, que está alcanzando las mayores distancias prácticamente ante cualquier debate social en la generación Z. El día en que la informática deje de dar dinero, estos jóvenes acabarán convertidos en un grupo vulnerable e inadaptado a los avances en materia de igualdad de género y diversidad sexual de nuestro país. Ser incel es mucho más que querer echarte novia y no saber cómo iniciar la conversación porque la única mujer con la que has cruzado más de tres frases es tu madre. Según la socióloga Maike van Damme, las jóvenes heterosexuales ya no están tan dispuestas a tener una pareja que no tenga valores en igualdad de género como lo estuvieron sus predecesoras. LOS HOMBRES QUE ODIAN A LAS MUJERES comparten todo un decálogo de valores misóginos y de victimización del varón blanco heterosexual por no poder ejercer violencia y control como las generaciones anteriores de padres proveedores. Ellos son los que más lamentan que ya no pueden vivir como vivieron sus padres. Se resisten a LA CAÍDA DEL HOMBRE.

 

En el caso de Jendayi, la discriminación fue múltiple. Tanto directamente hacia ella como, en repetidas ocasiones, hacia quienes eran como ella, inmigrantes. El clima del aula empujaba a muchos a abandonar los estudios en el instituto: «Mi madre tuvo que ir a hablar con un profesor de matemáticas que tuve, debido a algunos comentarios que hacía. Cuando una compañera, peruana, se equivocaba en alguna respuesta, él comentaba que, claro, que como nuestros países no estaban preparados educativamente, luego veníamos aquí a aprovecharnos y a bajar el nivel del resto de la clase. Este tipo de cosas nos decía. Nos preguntaba a los inmigrantes de clase, cada vez que sacábamos malas notas, si no nos daba vergüenza estar en un instituto público haciendo que los españoles gastaran dinero en nosotros para luego suspender».

 

La clase, el género y la raza siguen siendo dimensiones básicas de opresión y, aunque no necesariamente las que más nos marginan (en cada contexto, quedarse fuera tiene un motivo irracional y una consecuencia más o menos perjudicial), sí que son las dimensiones que con mayor incidencia podemos encontrar, o la más fáciles de identificar, puesto que las mujeres de clase trabajadora con origen migrante somos muchísimas



 

 

 

 

Página 228



más, tantas que es absurdo seguir escuchando que conformamos un colectivo o minoría.

 

De una manera o de otra, esas actitudes pretenden recordarnos que hay espacios que no nos pertenecen. Bien sea desde la condescendencia, bien sea ignorando nuestras particularidades hasta hacernos sentir incómodas al vernos incluidas en un grupo de WhatsApp para organizar un viaje a la nieve mientras tenemos el pago de la matrícula fraccionado. Utilizando equipos alta gama, o demostrando habilidades en idiomas que solo se consiguen con tiempo y dinero para cursos, práctica y estancias en el extranjero, insisten en hacernos sentir fuera de lugar. Si ese espacio fuese tan nuestro como suyo, quizá no cupiéramos todos, quizá solo habría hueco para los mejores y cabe la posibilidad de que no fueran ellos.

 

 

 

THE FRUSTRATION OF POOR WOMEN

 

 

Según el Índice de Competencia en Inglés (English Proficiency Index, para quien haya entendido el título del epígrafe), solo dos de cada diez personas en España sabe hablar ese idioma de manera fluida. Los datos del INE al respecto desvelanque las ciudades más ricas, y aquellas dedicadas al sector turístico, son las que concentran a más población con mejor nivel. En la era neoliberal del selfmade man y la selfmade woman se ha puesto de moda aprender idiomas con apps en el smartphone, lo que ha desviado la frustración de las aulas, en las que se nos enseña gramática por profesionales que muchas veces no son ni siquiera bilingües, hacia nosotras mismas. Si no ves películas de Hollywood en versión original ni escuchas a Taylor Swift y tampoco juegas al LOL con daneses, es porque no quieres.

 

Que las mujeres de clase trabajadora seamos quienes menos tiempo tenemos para todas esas cosas es algo que no entra en los planes de quienes nos animan a la poliglotía viendo Netflix en versión original al llegar a casa después de nueve horas de currar y dos más de transporte público. Querida, no eres tú, tienes el cerebro frito, y así no se puede aprender nada.

Dalia tuvo que ser autodidacta, mientras que entre sus compañeros de instituto «si la familia tenía recursos, los veías con buen nivel de inglés porque iban a academia por las tardes. Los que no teníamos posibilidades,



 

 

 

Página 229



nos teníamos que buscar la vida. El inglés me lo tuve que preparar yo por mi cuenta. Libros, películas, música. Me tuve que dar mucha caña, porque todos mis compañeros en ICADE lo hablaban perfecto, igual que el francés. Todos controlaban como dos o tres idiomas. Así que en las entrevistas se les quedaba corto mi nivel. También me ha ayudado tener una pareja de Estados Unidos, con él hablo en inglés».

 

A las estudiantes de familias vulnerables muchas veces se las anima a itinerarios de formación adaptados para que puedan obtener el graduado escolar, pero en esos mismos trayectos se ven condenadas a no estudiar idiomas. Entre todo el temario obligatorio para cualquier adolescente hay una creencia compartida de que aprender inglés o francés es superfluo para las personas en riesgo de exclusión social. Luego son imprescindibles para la empleabilidad, pero quien diseña el currículum educativo no parece hablar mucho con quien convoca las vacantes de empleo. Esa es la gran frustración de Ada: «Me acuerdo de que quería hacer francés, porque me atraía el idioma y era el único que se podía escoger. Al principio me dijeron que sí, pero a la hora de empezar cambiaron de opinión porque se hacían intercambios y, bueno, “dada tu situación, a lo mejor no puedes hacerlo”». Ante la vergüenza y el poco apoyo que recibió de los profesores en el instituto, optó por abandonar su sueño sin decirle a sus padres los motivos, hasta que «años después se los comenté y me dijeron que podrían haber pagado los intercambios haciendo un esfuerzo, no un sacrificio, pero sí un esfuerzo. Y con el inglés… me cabrea muchísimo, porque en cuarto de la ESO me enviaron a un grupo reducido y yo iba muy bien, tenía una media de ocho, pero allí me retrasaron muchísimo». Hasta la crisis sanitaria de la COVID-19, más de un tercio de las ofertas de trabajo requerían conocimientos en algún idioma extranjero, siendo el inglés el más demandado. Curiosamente, ahora que rozamos el pleno empleo, ese requisito ha empezado a desaparecer: menos de dos de cada diez ofertas lo mencionan. Se está ajustando la demanda de empleo a la oferta de trabajadoras y trabajadores que lo dominan. Eso nos ha demostrado que saber idiomas era otro requisito, harto inútil, cuya exigencia servía para rechazar la candidatura de quien, habiendo obtenido la misma titulación, no había podido aprender otras lenguas más allá de las horas lectivas, frustrando a las mujeres pobres.

 

El tiempo disponible y la competitividad en el mercado de trabajo acaba desmereciendo nuestros esfuerzos lingüísticos, nunca estamos a la



 

 

 

Página 230



altura. Sara comenta que «cuando acabé la carrera estuve tres años en la escuela de idiomas. Pues bien, los pijos llevan desde los cinco años veraneando en Irlanda y van a por el chino». El consumo diferencial también juega un papel en las opciones a las que podemos acceder en lenguas extranjeras: cuando las clases populares tienen cierto acceso al inglés y no solo las familias acomodadas le han podido garantizar a su prole la destreza en la lengua de Shakespeare, apuestan por diferenciarse aprendido otro idioma que les parezca más competitivo a la hora de emprender una carrera profesional. El horizonte siempre va dos pasos más allá de lo que podemos alcanzar las mujeres de clase trabajadora.

 

En cada reforma educativa se han ido ampliando las horas lectivas dedicadas al inglés y se ha mejorado la capacitación del profesorado. Así lo ha notado Marta, que «a diferencia de mi hermano, que tuvo antes la oportunidad de estudiar inglés en el colegio, porque es más pequeño, yo voy con mucho retraso. Lo tengo muy pendiente, pero es que nunca encuentro el momento».

Generaciones y generaciones de familias acomodadas mandando cada verano a su prole al extranjero para mejorar su speaking, y esperan que nosotras seamos bilingües rellenando huecos en la pantalla del móvil de casa al trabajo. Para poder asimilar nuestras competencias a las suyas, necesitamos tener la oportunidad de disfrutar también de esas inmersiones. Abigail fue beneficiaria de una de las becas que se dedicaban a ese propósito. «Realicé un viaje a los 14 años a Irlanda, donde estudié un semestre de colegio mientras vivía con una familia; estoy tremendamente agradecida a mis padres por el esfuerzo que les supuso enviarme allí». Reconoce además que, sin esta oportunidad, nunca hubiese podido estudiar inglés, «que era algo que aborrecía en el colegio, pero que a partir del primer viaje a Irlanda retomé con muchas ganas y, hoy en día, lo valoro inmensamente».

 

Sandra también hizo el esfuerzo por su cuenta y se reforzó con las becas: «Aprendí inglés sola. En el instituto teníamos inglés, pero en Andalucía pues tampoco es que… Me puse con él porque tenía súper claro desde los 14 años que quería salir de allí, así que saber idiomas era la única opción. Y viendo películas, series, escuchando música, copiando palabra por palabra y yendo a cafeterías de intercambios de idiomas en Sevilla, me hice con el idioma de una forma bastante autodidacta. Tuve suerte, también, porque se me dio bien desde el principio, que hay gente a



 

 

 

Página 231



la que le cuesta más. Con el francés hice lo mismo, ahí me pagaba las clases, también con las becas que me daban en la universidad, o trabajando en hostelería, y me iba de viaje con las ayudas para aprender inglés en el extranjero. No estaría donde estoy si no fuera por el estado del bienestar».

 

Tenemos que dar las gracias por las becas y además demostrar que las hemos aprovechado y que volvemos bilingües. No fue el caso de Gema, y la frustración que siente es continua: «Te diría que es algo más, que es ira. En la universidad yo no me podía permitir ni la escuela oficial de idiomas, ni la de la universidad y, además, trabajaba. Cada vez que en mi familia sale el tema del esfuerzo económico que supuso que yo no trabajase un verano porque me fui a Estados Unidos de beca, pierdo los papeles. El esfuerzo fue mío, dormía con otras siete personas en literas y solo comía sándwiches porque fui con el dinero justo para pagar la academia. No tenía ni para billetes de metro».

 

En LA TRINCHERA DOMÉSTICA, Cristina Barrial Berbén afirma que hay maneras de aprender idiomas para pobres y otras para no tan pobres. «Si no tienes dinero puedes optar a alguno de esos cursos de inmersión lingüística con alojamiento y actividades, o a algún intensivo de varias horas al día con profesores nativos en tu misma ciudad. Para quienes no están en esa posición, ser au pair es una opción mucho más viable, sobre todo siendo mujer». Los recortes en educación no solo afectaron a las ratios en el aula o a las becas; también desaparecieron las ayudas económicas para que pudiésemos ir a estudiar idiomas en el extranjero durante tres semanas, o los cursos intensivos en la universidad internacional Menéndez Pelayo. Durante aquellos años que se nos negó cualquier posibilidad de soñar con ser algo más allá de lo que nuestras familias pudieran financiar, nos volvimos aventureras au pairs o friegaplatos. Pusimos el body mientras hablaban de brain drain.

 

Esther se fue de au pair con 18 años a Irlanda y, además de cuidar a cuatro niños y a una abuela, tenía que pedirles por favor que no se rieran de ella, sino que le corrigieran las expresiones en su idioma. «Llegué allí y me daba mucha vergüenza hablar en inglés. Yo lo entendía, porque siempre he escuchado música (me gusta mucho el rap, el reggae y demás). El problema era a la hora de la pronunciación porque, además, yo estaba con una familia bastante acomodada que tienen otro rollo en el acento». Laura hizo lo mismo con 24 y le fue mejor: «Me fui por mejorar el idioma y por aburrimiento, porque aquí ya era imposible trabajar. Es imposible. Y



 

 

 

Página 232



es una cosa que también llevaba mucho tiempo queriendo hacer. Y bueno, pues como no tenía nada aquí, me metí en una página de estas de au pair, encontré una familia y me quedé trece meses con ellos. La experiencia fue genial, si lo llego a saber lo hubiese hecho antes».

 

En la España de las lenguas cooficiales, tu lengua materna se puede llegar a convertir en un termómetro de clase. Ainhoa tiene bastante claro que «existe cierta discriminación lingüística. En la Margen Izquierda nos pesa el mito de que aquí se habla poco euskera. También en el euskaldunak munduan estamos en los márgenes. Yo reivindico que no. Que tengamos vecinos que hablen otros idiomas no le quita peso al euskera. Hay actitudes con un punto clasista y racista». A Ada también le recuerdan que donde ella vive son poco catalanes: «Hay cierta discriminación, de personas que te dicen: “Pero ¿siendo de Cornellà hablas catalán?”, “Ah, pero ¿llega la luz?”. Te lo dicen así, como en broma, pero no es broma». Cuando la familia de Dolores decidió mudarse a Barcelona, empezaron a aprender catalán por internet, sobre todo por el pequeño, que iba a ser escolarizado y lo utilizaría como lengua vehicular. «Desde febrero de antes de venirnos nos empezamos a preparar. Pensé que se lo cargarían, así que me puse a buscar en internet cursos. Nos vendieron a Cataluña desde que el catalán es la lengua vehicular. Como niño que es, se adapta a todo, pero esta es la putada más grande que nos hicieron a los hijos de inmigrantes y emigrantes, a todos los que no somos de aquí». Por el contrario, Sonia defiende la inmersión lingüística y cita al diputado de En Comú Podem, Joan Mena, quien se definió como hijo del bilingüismo en la tribuna, porque «ser bilingüe no hace a nadie mejor ni peor persona, pero da igualdad de oportunidades». Defiende que la inmersión lingüística facilita la cohesión social, permitiendo que los hijos de catalanohablantes y de no catalanohablantes convivan en las aulas. Sonia destaca que las nuevas generaciones «ya han podido escolarizarse en catalán, o bien aprender el idioma en los centros de normalización», lo que les ha dado un acceso al mercado laboral que solicita profesionales capaces de atender a clientes o negociar con proveedores en catalán.

 

Quizá las reticencias que tienen muchas personas hacia la enseñanza en catalán estén sesgadas por las experiencias de bilingüismo en la Comunidad de Madrid. Que las asignaturas básicas se impartan en inglés sin haber capacitado a los docentes y con unas ratios desorbitadas han provocado que las notas medias del alumnado de colegios e institutos



 

 

 

Página 233



bilingües sean más bajas que las del resto de los centros. Puede parecernos algo absurdo que una charnega en Tarragona estudie l’orografia de la península ibérica en català, pero no hay cómo defender que una niña de Orcasitas tenga que estudiar the mutiny of Aranjuez in English.

 

 

LAS BECAS DE COMEDOR

 

 

Si hay alguna beca más importante que la de la matrícula que garantiza la escolarización de la infancia, son las de comedor. Margaret Thatcher lo sabía, esa fue la razón por la que en cuanto llegó al poder retiró el vaso de leche que desayunaban las menores británicas. Y por eso mismo empiezan a desaparecer los comedores escolares en los colegios públicos a merced de la jornada intensiva. La situación económica que la familia de Carmina tenía durante su adolescencia supuso que dejase de ir al colegio «porque no podíamos permitirnos que me llevara la comida todos los días. Nos habíamos mudado. Perdí mis amistades y lo perdí todo. Así que empecé a trabajar en un supermercado».

 

Cuando Natividad quiso trabajar más horas, necesitó una escuela infantil para su hija puesto que, al emigrar, carecía de una red familiar próxima. «Estuve buscando guardería, me costó muchísimo hasta que encontré una. Era la mitad del sueldo que ganaba de limpiar casas, en pesetas, que no es como ahora». Dar por hecho que los cuidados son responsabilidad de la madre conlleva que ningún padre se pregunte cuánto supone la guardería de sus hijos y de sus hijas con respecto a su sueldo. Cuando la inversión pública en educación de cero a tres años es insuficiente, esa cuenta solo se hace revisando el salario de las madres, o de las hijas que se convierten en madres de sus padres cuando se hacen mayores. Que Natividad fuese la responsable de que la suya tuviese plaza en algún jardín de infancia conllevaba una logística de la que muy pocos padres se hacen cargo, y que tampoco se cuantifica ni valora en el discurso del tiempo de cuidados: «Me tenía que levantar dos horas antes, la niña iba dormida en el metro, le llevaba la comida en el bolso y a veces el yogur se me rompía».

 

En el momento en que los gobiernos recortan servicios públicos financiados por impuestos, la demanda no desaparece sino que se transfiere a las mujeres, y eso afecta a su participación en el mercado



 

 

 

Página 234



laboral. Nosotras somos quienes debemos echar números sobre si merece la pena seguir trabajando, como le ocurrió a Mónica o a Minerva. Es una crisis de cuidados consecuencia de las faltas de cobertura del Estado, pero se acusa a las madres de ausencia de aspiraciones profesionales si abandonan sus carreras.

 

Advirtiendo que vivimos un TIEMPO DE CUIDADOS, Victoria Camps teoriza sobre la carga mental, ya que cuidar implica detectar necesidades y repartir responsabilidades. Más allá de la pareja y de la familia, algunas «deberían ser asumidas por sus instituciones». Pero en los últimos años la agenda política ha ido en sentido contrario. Además, las reducciones de impuestos sobre activos y patrimonio benefician desproporcionadamente a los hombres, que suelen controlar estos bienes, y lo hacen a expensas de las mujeres que cubren los servicios no prestados mediante horas dedicadas al trabajo no remunerado. Un ejemplo claro de estos casos es el recorte en la subvención del comedor escolar, o incluso la desaparición del mismo con la jornada intensiva. Si las niñas y los niños dejan de comer en el colegio, ¿quién estará en casa a mediodía para alimentarlos?

 

Según un estudio realizado por Cookpad y Gallup en 2022, los padres cocinan prácticamente la mitad que las madres y menos que los hombres sin hijos. Si tenemos en cuenta las excedencias y las reducciones de jornada, según los datos del INE que expone la Unión General de Trabajadores en su informe sobre las políticas de conciliación con motivo de la celebración del 8 de marzo de 2024, ocho de cada diez permisos laborales por cuidados de familiares los solicitan las mujeres. Mientras los permisos retribuidos se demandan por igual entre ambos sexos, nosotras pedimos mayoritariamente los no retribuidos. La Encuesta de Empleo del Tiempo demuestra, para más señas, que nueve de cada diez personas inactivas que ocupan su tiempo cuidando a menores, personas enfermas o dependientes son mujeres. La escasa cobertura de prestaciones del estado de bienestar también es una de las principales explicaciones a que tres de cada cuatro empleos a tiempo parcial lo ocupemos nosotras. Prácticamente todos los trabajadores varones de nuestro tejido productivo desempeñan sus funciones a jornada completa, por lo que son las mujeres quienes suplen la brecha entre el horario laboral y las jornadas escolares. Que nosotras dediquemos cuatro horas y media más que ellos a los cuidados supone que trabajamos seis horas, pero también que al llegar a casa ponemos lavadoras y ayudamos con los deberes mientras ellos, tras sus



 

 

 

Página 235



ocho horas, descansan. Mientras están en el gimnasio, nosotras vamos a hacer la compra. Cuando los monoplazas aceleran en Interlagos y cogen una lata de cerveza para verlos, nosotras encendemos el horno.

 

Quien se meterá en la cocina cuando a la criatura le entre hambre será la madre, especialmente si tenemos en cuenta dinámicas familiares como la que comenta Belinda: «Tanto en casa con mis padres como en casa de mis amigos he visto siempre esa cultura de llevarle al hombre el plato a la mesa. Encima, cuando ellos hacen cualquier cosa hay que agradecerles la ayuda. Mi hermano, por ejemplo, mantiene esa costumbre con su mujer. Que yo sepa, no llega al extremo de pegarle si no lo atiende (como hacía mi padre con mi madre), pero si ella se va a trabajar o tiene que salir de casa en las horas de comida, se la deja preparada y está pendiente del tiempo para que no se le quede fría».

Cuando Carmen quiso promocionarse profesionalmente y revisó la oferta de posgrados, consultó la decisión con su marido: «Lo que le planteé fue: “Ahora quiero hacer un máster, pero si tú no colaboras más en casa, no lo puedo hacer. No solo tienes que hacer, tienes que planificar qué hacer, pensar qué preparamos para comer, comprar lo que hace falta…”. Y su respuesta fue: “No te angusties por nada, que nos vamos todos los días a comer al restaurante”. Aún hoy, esta es la lucha de cada día».

 

Ir a comer todos los días a un restaurante o llevar la colada a la tintorería son ocurrencias de quien no tiene el más absoluto mimo por la ternura que nace cuando nos preocupamos por el bienestar de los demás, por ALIMENTAR LO COTIDIANO. Ese cariño que profesaba el padre de Edurne a su profesión y a sus alumnos, teniendo siempre en cuenta lo importante que era para los pequeños cualquier gesto que les apaciguara el hambre en un barrio pobre de la Margen Izquierda: «Llevaba magdalenas de casa al colegio porque sabía que iban a su clase niños que no habían desayunado. Cortaba uñas y quitaba piojos. Esto era en el año 65, no estamos tan alejados».

 

Según la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria, los adolescentes que no desayunan antes de ir a clase tienen un menor rendimiento escolar y pueden sufrir irritabilidad y cansancio. La OCDE también defiende que las familias cenen juntas y conversen sobre el desempeño escolar de la prole para potenciar sus resultados académicos. En definitiva, pasar tiempo de calidad alrededor de la mesa es importantísimo, tanto en la infancia como en la adolescencia, para obtener



 

 

 

Página 236



buenas notas. Pero las horas extras, la falta de medidas de conciliación o la disparidad entre el horario escolar y el laboral hacen imposible que las familias de clase trabajadora o los hogares monomarentales puedan disfrutar de conversaciones más allá de la itinerancia del día a día, frente a un plato caliente y saludable, todos los días del mes, al menos tres veces al día. Como pudo comprobar el padre de Edurne hace varias décadas, y Aroa en 2021, cuando hizo las prácticas universitarias en «un instituto de secundaria de la Cañada con alumnos que tenían cortes de luz en casa, y era bastante fuerte lo que ellos te contaban y lo que tú veías en su rendimiento».

 

En nuestras ciudades se concentran las élites intelectuales que se reúnen en el café Gijón o en Montpensier. Pero en sus arrabales, en los márgenes, se oculta de la postal urbana a las familias más desfavorecidas. A quienes no pueden garantizar ni siquiera la educación básica. Lucía, en Madrid, recuerda perfectamente lo que significaron los peores años de la droga para unos barrios no tan distantes de lo que hoy es la Cañada Real donde trabajó Aroa: «Como maestra, recuerdo la época durísima de la droga y el sida. Trabajé en varios colegios de Vallecas donde estos problemas afectaron muchísimo a finales de los ochenta. Mis alumnos los tenían dentro de sus propias familias: muchos de sus padres, madres o ambos, estaban enganchados o muriéndose. En muchos casos eran los abuelos los que tenían la tutela de los niños. En esas circunstancias, tienes que adaptar las enseñanzas y los contenidos a los alumnos que tienes en clase. Compensas la carencia de recursos con grandes dosis de afecto y creatividad. No solo de maestros, también de los niños».

 

El desmantelamiento de la Cañada Real es similar al que se produjo en los años noventa en Sevilla, coincidiendo con la Expo de 1992. En un primer momento se trasladó a las personas más empobrecidas desde diferentes puntos de la ciudad hacia la periferia, donde coincidían con familias recién llegadas desde los pueblos del interior esperando emplearse en la urbe. Más tarde, cuando la ciudad necesitó crecer para dotar de infraestructuras de vivienda a las nuevas generaciones que ya no podían permitirse el alojamiento en el centro, decidió edificar en la periferia, donde se habían autoconstruido las familias desplazadas varias generaciones anteriores.

 

Inma fue docente en la capital hispalense: «Empecé a dar clase a finales de los noventa en un colegio del Polígono Sur en las Ochocientas».



 

 

 

Página 237



A los 68 años, ya jubilada, recuerda cómo vivió en primera persona los realojos: «Se deshizo el asentamiento de Los Bermejales, pasado el campo del Betis. En aquello, con toda la expansión de la Expo, había unos intereses económicos y aquella colonia no se podía quedar ahí. De la noche a la mañana, se levantó y aquella gente se tuvo que ir al Polígono Sur. Hubo familias con niños que acabaron debajo de un puente. La delegación de Sevilla se implicó. Se pidieron maestros y maestras voluntarios de la zona para atender a los niños. Las asociaciones los recogían en bus y los trasladaban a un complejo educativo, los duchaban y les daban de comer. Ahí estalló la bomba, se concentró a todos los niños del poblado en dos o tres colegios del Polígono Sur».

 

«A mí me da mucha pena. No es justo que la gente pierda las oportunidades, y la administración debería hacer algo, porque para salir de la marginación solo puede ser a través de la educación, pero dejan de asistir a clase y nadie hace nada», continúa Inma. «Me parece catastrófico. Es una obligación de los padres que los niños vayan todos los días al colegio. Hay niños muy buenos, que quieren seguir estudiando, pero completar el Bachillerato es muy difícil y no te lo ponen fácil en casa cuando no valoran el esfuerzo. Al final todo varía mucho. Yo estoy a punto de tener un juicio por absentismo de un niño que tuve hace cuatro años en sexto de primaria. ¿Ese juicio para qué coño vale ahora? Procesos así, que cuando llegan ya están en edad legal de dejar de estudiar, he tenido tres». Lo que más lamenta Inma es cómo les arrebatan las oportunidades a las niñas. «Me encontré a una exalumna que, cumplidos los 25, el año pasado, tuvo a su quinto hijo. Pero, claro, estas mujeres no pueden salir de ahí, porque, ¿a dónde van? No saben hacer nada, no han aprendido a hacer nada… Tú les preguntas y todas quieren ser peluqueras, y ya. No conocen otra cosa. Allí no se les dan oportunidades ni se preocupa nadie de que vayan al colegio. Parece que la administración está interesada en convertir este barrio en un armario empotrado donde esconder la miseria».

 

En la construcción de lo que somos no solo importa lo que tenemos a nuestro alrededor, sino lo que creemos que podemos llegar a ser y lo que el sistema nos permite alcanzar. La segregación escolar agudiza LOS ROTOS en nuestras expectativas: los centros de formación profesional en nuestros barrios, los empobrecidos, se limitan a ciclos de peluquería, estética, albañilería o mecánica. Las alumnas de Inma sueñan con un empleo en tierra de peluqueras. Para ser otra cosa, necesitarían referentes, pero el



 

 

 

Página 238



aislamiento al que están sometidas también supone que quienes quieren acceder a la formación superior y al empleo cualificado se ven obligadas a marcharse, dejando así de ser un ejemplo para quienes se quedan. Yaiza, con veinte años menos que Inma y aun en activo en Canarias, tiene sensaciones muy similares: «Mi profesión es muy social, porque la gente que vive en el Hierro es gente con una autoestima muy bajita, un nivel cultural bajísimo. La mayoría ha abandonado la escuela. Incluso les cuesta ordenar sus ideas porque no han tenido educación básica. Me he sorprendido al encontrar tanto analfabetismo. Al final, aquí la población se divide entre quienes saben que van a poder irse a seguir estudiando y los que no. Estos últimos abandonan las aulas pronto porque saben que no van a obtener ninguna titulación. Tienen la autoestima muy baja y poquísimo interés, ni siquiera curiosidad, sobre la vida. Así que en lugar de enseñarles contenidos teóricos, tratamos de que puedan sacar provecho a nivel personal, que puedan reconstruirse como personas y aprendan que la formación sirve, aunque no te puedas mover del sitio en el que estás. Que, por cierto, es precioso, con un montón de posibilidades. Y que el dinero no puede limitar a nadie, que si nosotros queremos algo, lo vamos a conseguir porque nosotros mismos somos el recurso para hacerlo. Basta creer, que es lo más difícil, creer en nosotros mismos».

 

La experiencia de Dalia, en un barrio empobrecido de Málaga, pasó por ver cómo el resto de migrantes de su clase «se autoboicoteaban, porque nos hacían sentir inferiores por nuestro origen, clase social, acento o falta de oportunidades educativas. Finalmente, muchas se convencieron de que estudiar no era para ellas y prefirieron trabajos seguros, como ser camarera o limpiar, en lugar de arriesgarse a perseguir un título que les supusiese otro tipo de reto. Las habían convencido de que eso no es para la gente como nosotras». Candela ya está de vuelta en su Lleida natal, pero también ha sido maestra durante veinticinco años en zonas empobrecidas de Barcelona, donde «esas familias, sienten que las administraciones no se involucran en sus problemas. A menudo, no saben a dónde dirigirse para pedir ayuda, y sienten que los docentes no quieren trabajar allí».

 

La estigmatización de las zonas con menos recursos supone que se prefiera la exclusión del diferente que la integración en el conjunto de la ciudad. Es ese armario donde esconder nuestras miserias al que se refería Inma porque, en paralelo, se ha empoderado a las clases medias para que apuesten por la mejor educación posible para su descendencia y así



 

 

 

Página 239



procurarle un ascenso social. Nadie está dispuesto a que el futuro de su familia dependa de experimentos docentes para mejorar las condiciones de vida de quienes habitan los límites de la ciudad y, por ende, la construcción social del espacio nos dice que están al margen de la civilización. Incluso las familias más progresistas priorizan el éxito educativo y la apuesta por la empleabilidad de los críos, aunque sea a costa de empeorar las escasas oportunidades de quienes menos posibilidades tienen. Tanto fuera como dentro de la escuela pública, en las grandes ciudades se ha tendido hacia el elitismo y la competitividad escolar.

 

Si observamos LA ESCUELA PÚBLICA Y EL PAPEL DEL ESTADO EN LA EDUCACIÓN en los últimos treinta años, es innegable el protagonismo del mercado y de sus valores en la pedagogía y en los centros de formación. La segregación escolar es, como en el caso de Madrid, más discriminatoria que la propiamente urbana porque al haber abandonado la tradicional conexión entre el lugar de residencia y el centro escolar, se ha recompensado a las clases medias y a las familias acomodadas con la libertad de centro. Aquellas madres que no se pueden permitir grandes distancias entre el centro escolar y el hogar para, por ejemplo, que las menores vayan a comer en casa, no acceden a las ventajas de la zona única.

 

A mayor capacidad económica, menor dependencia de los servicios públicos de proximidad, por lo que quien ya podía salir del barrio, ahora además cuenta con cheques escolares que se lo financian. La capacitación laboral, la libre elección y la equidad en la educación están muy lejos de ser tres conceptos relacionados entre sí para las familias de clase trabajadora, ya que tan solo las familias con mejor capacidad económica y más capital cultural tienen las herramientas suficientes para elegir, con garantías, el mejor centro escolar para su prole. Si la escuela pública, con mejor oferta bilingüe y un programa especial de transformación digital, tiene jornada intensiva, solo podrán ser escolarizados en ella aquellas niñas y niños cuyos progenitores se puedan permitir que uno de los dos no trabaje por las tardes, o bien que una tercera persona, con o sin remuneración, se haga cargo de ellos. En ese sentido, para estudiar robótica en inglés las migrantes sin familia en la ciudad quedan descartadas, las familias empobrecidas sin capacidad para pagar cuidados también y, por supuesto, LAS MADRES SOLTERAS. La libertad de centro no ha



 

 

 

 

 

Página 240



permitido que las niñas de entornos desfavorecidos vayan a un colegio mejor que el infrafinanciado de su barrio, sino que lo ha convertido en un gueto.

 

La segregación escolar se ha visto reforzada en el momento en el que la competitividad en las instituciones, bien sean públicas, concertadas o privadas, ha provocado que los mejores centros, en las mejores zonas de la ciudad, tengan más solicitudes que plazas, por lo que pueden rechazar a los alumnos que les parezcan conflictivos o que tengan un menor rendimiento, pudiendo incluso exigir, en el caso de la concertada y de la privada, pagos extras más allá de los inicialmente estipulados. La libertad de elección supone, de facto, que quienes eligen «realmente son un grupo de familias y cierta categoría de centros». LA EDUCACIÓN DE LA TERCERA OLA

 

Y LA IDEOLOGÍA DE LA PARENTOCRACIA  han supuesto, para la clase media

 

acomodada, una «sabiduría de clase» que les ha proporcionado ventaja en los «circuitos escolares diferenciados» y en la obtención de títulos, así como acceso a toda una serie de actividades extraescolares que garantizan capacidades y habilidades más allá del currículum oficial, y que más tarde serán valoradas en el mercado laboral. Esto refuerza los mecanismos de exclusión y debilita el principio de igualdad de oportunidades.

 

Mantener la plaza en un colegio que tu familia no se puede permitir económicamente refuerza la dependencia de las becas públicas y de las ayudas de diferentes instituciones. En el caso de Nagore, la fábrica en la que trabajaba su padre «daba becas para los niños. Teníamos que hacer un examen. No te las daban porque sí. Y yo desde los cinco años iba a la fábrica y lo hacía. Era una responsabilidad, no podía suspenderlo. Tenía que aprobar para que nos dieran ese dinero para pagar mis estudios, los libros y todo el gasto que se generaba, porque éramos cuatro hermanos. Eso fue así hasta que cerraron la fábrica. Luego, en la universidad las becas ya iban por renta y no tenías esa responsabilidad de si hacías algo mal, o si tenías un mal día… desde pequeña tuve esa presión. Mis padres no nos pedían nada, pero éramos conscientes de la situación que teníamos en casa. Entre ellos lo hablaban. Los oíamos. Yo soy la tercera y nunca me compraron ropa nueva. Siempre la heredaba». Esa autoexigencia que tuvo Nagore puede llegar a generar estrés y ansiedad en la infancia, incluso depresión, según la ONG Educo. El miedo a perder la ayuda es una constante que debilita la salud mental de las estudiantes de clase trabajadora con mayor dificultad para afrontar los gastos derivados de la



 

 

 

Página 241



educación superior sin el empujón de las transferencias públicas. Hasta la reforma en la adjudicación de las becas del Ministerio de Educación, las solicitudes de becas se realizaban una vez comenzado el curso, por lo que ya estaba bien avanzado el primer semestre universitario cuando llegaba la resolución y sabías hasta qué punto te podrían afectar los recortes o beneficiar las inversiones.

Compaginar trabajo y estudios, siempre que el mercado laboral ha sido capaz de absorber a las estudiantes como población activa, ha sido la única forma de poder acceder a los estudios superiores de las mujeres de barrio. Los recortes en educación fueron el detonante para que muchas de nosotras nos quedáramos atrás.

 

 

 

TRABAJOS DE ESTUDIANTES

 

 

Nos dijeron que si estudiábamos y nos esforzábamos, podríamos ir a la universidad y conseguir un buen sueldo. Sin embargo, a las hijas de la clase trabajadora, los recortes en educación y la desaparición de las becas de manutención nos han obligado a compaginar trabajo y estudios. Esos puestos para estudiantes, que no requieren titulación y permiten contratos de pocas horas o por temporadas para poder ir a clase, están muy mal pagados, pero son nuestra única opción. Mientras nosotras nos jugamos la beca de la matrícula echando horas extra, las hijas de las familias acomodadas practican la fonética de un segundo idioma extranjero.

 

Bien fuese por cubrir necesidades básicas o gastos de ocio, muchas de nosotras hemos necesitado combinar aprendizaje con esfuerzo, como Yaiza. «Mis hermanos y yo teníamos presente que teníamos que trabajar si queríamos algún extra. Nuestros padres nos pagaban las matrículas, pero a la hora de salir o hacer algún viaje, eso corría de nuestra cuenta. Una parte del dinero que ganábamos la dábamos en casa y otra nos la quedábamos. Durante la universidad he sido muchas cosas: secretaria, ayudante dos o tres meses, patinadora en las degustaciones del supermercado. Lo que me iba saliendo, cuatro, cinco horas… a veces a jornada completa. Dependienta no, porque soy un desastre doblando ropa».

 

Marta pasó de recoger a unos niños del colegio y darles de merendar mientras iba a la universidad («me pagaban cuarenta euros a la semana y me venían bien para salir a cenar los fines de semana») a recibir la nota del



 

 

 

Página 242



examen de la oposición en el baño de la nave donde envasaba cerezas. «Estuve allí catorce horas al día. Era muy duro, pero a mí no se me caen los anillos. En la peor semana de trabajo, un día fui al baño y cogí el móvil (ese era el único momento en que podíamos hacerlo) y pegué un bote al ver un mensaje de mi preparador dándome la enhorabuena. Llevaba dos semanas en el almacén de la cereza y no sabía que habían salido las listas ese día. Me eché a llorar, no sé cuántas lágrimas cayeron ese día. Trabajé hasta la una de la madrugada, al día siguiente entré a las ocho de la mañana y salí a medianoche, y ya el viernes no podía con mi vida. Aún no había podido hablar con mis padres porque cuando yo entraba y salía de casa, estaban durmiendo. Hacía tres días que sabía que tenía plaza pero no se lo había podido decir a nadie. El viernes a mediodía le dije a la encargada que me encontraba mal y que me tenía que ir a casa, comí un plato de macarrones caliente que me hizo mi madre y pude abrazar a mi padre y a mi novio. A partir de ahí, ya volví a trabajar normal. Había pasado lo más duro y solo echábamos diez horas al día hasta el final de la campaña, dos meses después». No todas pueden soportar la presión de esta doble y exigente vida. Así lo recuerda Ainhoa: «Algunas chicas de mi alrededor dejaron los estudios porque no acabaron de encontrar su vocación o porque las venció la presión emocional. Intelectualmente eran muy capaces, pero emocionalmente no lo fueron. Y eso también tiene un componente social».

 

A Dalia le costó convencer a su madre, que trabaja de limpiadora. «Cuando le dije que quería estudiar en la universidad me recomendó que primero echara dos años trabajando para ahorrar. Eso me daba miedo, porque el mercado laboral es súper competitivo y si no te sacas los estudios en la edad que toca luego te cuesta mucho más engancharte. Pero también podía pasar que al ponerme a trabajar se me complicara la vida, y la universidad pasara a segundo plano. Luego está el tema de querer estudiar Derecho. Eso a mi madre también le parecía mal porque en mi familia, ni hay abogados, ni tenemos contactos. Y decía que cómo me iba a meter en una carrera sin salidas para mí. Para poder pagar las tasas de selectividad tuve que trabajar de camarera. En la uni tenía la matrícula fraccionada y, cuando me retrasaba en los pagos, había un hombre en secretaría que me trataba fatal. Me decía que si no podía costearla, me largase. Y que para qué me metía en cosas que no podía pagar. Ya en bachiller me di cuenta, cuando nos preguntaban si queríamos ir a la



 

 

 

Página 243



universidad, que muy pocas chicas extranjeras levantábamos la mano. También había compañeras evangélicas que no iban a ir porque tenían un rol mucho más sumiso y esperaban tener hijos. Creo que soy la única extranjera de mi curso en el instituto que cursó estudios superiores. Las chicas como yo no suelen hacerlo». Cuando Maca se cambió a Educación Social, vio que «no podía hacer las cosas que hacían mis compañeros. Yo tenía dos años más que ellos y tres trabajos, más el estudio. Ellos eran hijos e hijas de papá, de estos rebeldes que son de urba pero tienen rastas, veinticinco tatuajes y van de salvadores del mundo. Claro, es muy fácil salvar el mundo cuando tu padre te paga el alquiler, ¿no? Así también lo salvo yo y así también soy activista, ¿no? Pero yo tenía que trabajar porque mi madre enfermó. Me costaba lidiar con sus incoherencias, me parecían muy superficiales».

 

También la enfermedad en casa llevó a Martina a dejar los estudios. «Había hecho un módulo de Comercio Exterior porque me quería ir pronto de casa, y estaban incluidas unas prácticas en Inglaterra. Pero como murió mi padre no hubo dinero para irme. Le detectaron un cáncer y fue cuestión de días. Se me cortó la red de apoyo, se me cortó la vida. Mi madre no lo superó, pasó de ser dependiente de su marido a serlo de mí. Mi hermano aún era pequeño, tenía solo 16 años, y mi madre buscaba apoyo en mí cuando yo no estaba para apoyar a nadie. Tuve que ser yo con mi coche quien se hiciera cargo de todos los viajes, de llevarla al pueblo, de todos los recados, porque ella no conducía. Tuve que hacer el papel de padre, vivir con 22 años una vida que no me correspondía, así que dejé de estudiar porque mi desahogo era irme de juergas y no podía con todo».

 

Marya intenta adquirir libertad a través de la independencia económica, pero los viajes a Argelia durante las vacaciones y los algoritmos de selección se lo complican mucho: «Este verano fue horrible. Ahora estaba buscando dar clases particulares de economía, estaba tirando currículums y me están descartando en todas las ofertas. Pero, bueno, es que solo quiero trabajar los findes. Llevo desde los 13 años dando clases de violín a niños pequeños, pero son de una hora a la semana. Actualmente, tengo dos alumnos. Uno me da 50 euros al mes y el otro 15 euros la hora. Así que gano unos 100 euros, que es poco, pero me las voy apañando. Vivo con mis padres y me pagan los estudios, pero si me quiero comprar ropa o quedar con mis amigas… Desde los 13 años no me han dado ni un duro. Nunca he tenido una paguita o 20 euros para salir con las



 

 

 

Página 244



amigas. A los demás se la empiezan a dar a la edad en la que yo empecé a trabajar con los niños. Que me lo paso genial. Son un amor, me encantan las clases, aunque a veces es como… “Uf, jolines, ojalá me dieran esos 20 euros y ya está”. Pero luego, esto es una hora de la semana en la que me lo paso muy bien. Me vienen y me dicen: “¿Por qué tienes muelles en el pelo?”. Son adorables».

Durante la crisis de 2008 se hizo difícil compaginar trabajo y estudios porque los recortes en educación expulsaron a las clases trabajadoras de la formación superior y el desempleo llegó a ser del 30 por ciento. Pero antes, recuerda Mónica, era diferente: «En mi época, estudiar y trabajar era lo normal. Recibía una beca por familia numerosa, pero también había que pagar las fotocopias. No se veía raro que una persona fuese a la universidad y al mismo tiempo tuviese un empleo. Había gente con pocos recursos, y era lo normal. Yo hacía promociones en unos grandes almacenes, como otros compañeros, porque les gustaba coger a gente con estudios, gente educada, a muchos universitarios. Pero estuve también de cajera en una cadena de supermercados donde tuve problemas porque a la encargada no le gustaba que yo fuese a la universidad. Me tenía como manía, envidia. Me decía que yo era muy fina, que no valía para estar allí. Me consideraba una amenaza, como si fuese más lista y le fuese a quitar el puesto». En un insólito viaje a la inversa, fue en la universidad donde a Núria le ponían pegas por ganar dinero en paralelo. «Preparé la asignatura por mi cuenta, porque ya estaba trabajando. Pero el profesor me suspendió por no ir a sus clases. Me dijo que si de él dependiera, la gente como yo no sería abogada nunca, que la gente que trabajaba tenía que buscar otra carrera en una universidad que fuese a distancia. Puse queja al decano y me dijo que más valía que me cambiara. En tres meses en la UNED saqué un diez. Un diez redondo. Con 14 años, pasaba el verano en el taller de mi padre limpiando coches mientras todo el mundo se iba a la playa. Ni me pagaba ni nada, era mi obligación ayudar en casa. Eso de sacar buenas notas y que tus padres te hagan un regalo no lo he visto en mi vida. Pero es que yo no recuerdo cuándo fue la última vez que no trabajé».

 

Introducir en edades tempranas a la prole en el trabajo, bien sea doméstico o profesional, forma parte del habitus de las familias de clase trabajadora. Tienden a LA REPRODUCCIÓN de las desigualdades educativas, porque carecen de experiencias propias con la educación superior y no consideran que el tiempo de estudio sea productivo, sino que lo ven



 

 

 

Página 245



prácticamente como ocio, descanso. Las dificultades económicas, la enfermedad incapacitante de algún progenitor o la orfandad son los principales motivos por los que las jóvenes empobrecidas empiezan a trabajar incluso antes de la edad legal, quitándole horas al estudio y cargando con la responsabilidad de disimular los problemas familiares en el aula. Cualquier comportamiento fuera de la norma puede reforzar el estereotipo que pesa sobre las chicas como nosotras.

 

 

 

LA WARRA DE LA CLASE 

 

 

En FEMINISMO DE BARRIO, Mikki Kendall define las políticas de la respetabilidad como «el intento de que los grupos marginados supervisen internamente a sus miembros para que estos encajen en las normas de la cultura dominante». Son esas moralinas que no siempre están recogidas en los textos legales, pero que nos dicen cómo debemosactuar, una especie de asistente que te da indicaciones sobre el mapa visual. Este epígrafe comienza a partir de la lectura de una escritora afroamericana porque son ellas, las negras, las afro, las latinas, las gitanas, quienes han identificado las moralinas que encorsetan la forma de vestir, de hablar, de discutir, de andar y de masticar de las mujeres.

 

Debemos hacernos respetar, pero mostrando EL DESCONTENTO JUSTO porque, de lo contrario, nos dirán que si perdemos las formas, perdemos la razón, como le ocurrió a una de las entrevistadas: «Da la casualidad de que hice la EGB en el mismo colegio donde ahora trabajo de maestra. El director, que en aquel momento fue mi tutor, era muy sobón, nos hacía pasearnos en clase el día que quería ver cómo íbamos vestidas, nos tocaba las piernas, los brazos… Con 12 o 13 años, me quiso abrazar cuando estábamos solos en el pasillo y yo le metí un empujón. Con el paso de los años, me he enterado de que las maestras de aquella época se daban cuenta y se preocupaban por las niñas evitando que fueran solas a su despacho. Ya siendo maestra, cada dos por tres me recuerda que le di un empujón cuando él solo me quería abrazar. Incluso algunos días, en el comedor, se sienta a mi lado y me empieza a decir que ha soñado conmigo. Yo pongo unas caras de asco…, en ese momento solo quiero morirme. Por debajo de la mesa me toca las piernas. La última vez, pegué un golpe sobre la mesa y se lo recriminé a gritos para que me escucharan todos. Al salir del



 

 

 

Página 246



comedor me echó en cara mi carácter y que no tolere que él es “superamoroso conmigo”. Y bueno, es que yo no quiero que sea ni deje de ser “amoroso”. Quiero que sea un profesional de la educación. En la administración lo sabían, nunca tuvo denuncias, pero le fueron rebajando horas de docencia y lo apartaron de los cursos de las más pequeñas. Desde que se jubiló, la dirección la llevan mujeres. Son igual de machistas, aunque ya no haya acoso».

 

Desde el colegio hasta la universidad, la misoginia ambiental crea un clima intimidatorio hacia las mujeres, tanto alumnas como docentes, que se expresa con mayor o menor violencia. Como por ejemplo, alegres comentarios en medio de un seminario del tipo: «“La mujer está para perdonar y el hombre para castigar”. Cuando los escuchas, te quedas que no sabes ni qué hacer, ni qué decir… encima en un curso sobre la democracia en Occidente por el que has pagado casi doscientos euros». O los códigos de vestimenta, que les prohíben a los chicos llevar gorra y a nosotras crecer: «Un inicio de curso llegaron dos chicas rusas en shorts y camisetas de tirantes y la profesora les dijo que si volvían a venir así no les iba a dejar entrar, que tenían que taparse los hombros. Era Málaga, con un calor que te mueres. Los chicos sí que iban en camisetas de tirantes». En otro caso, «tenía unos 15 años y empezaba a ponerme escotes. Un compañero del instituto, siempre que podía, me tocaba. Yo me iba con grupos de amigos más grandes, pero en cuanto me veía un poco sola, otra vez a tocarme. Yo no quería. Un día se lo dije al director del centro y me dijo: “Voy a hablar con él a ver si es verdad”. ¿Cómo que a ver si es verdad? Que yo no era ninguna guarra, que con 15 años aún era virgen. Aquello me dejó muy tocada, empecé a vestir cuellos altos y tardé mucho en tener mi primera relación sexual. Tardé mucho en quererme a mí misma y en dejar que otra persona me tocara».

 

Otra de las experiencias aquí compartidas no tuvo nombre hasta una década después, cuando el 7 de julio de 2016 cinco hombres violaron en un portal a una joven universitaria en Pamplona. Desde entonces, a los agresores sexuales que actúan en grupo se les denomina manadas. «Eran siete, yo tenía 12 años y aquello se venía venir. Se veía venir porque llevaban bastantes meses acosándome. Yo lo hice saber siempre, no me gustaba. Tuve la suerte o la desgracia de ser de las primeras de clase en ponerse sujetador, de ser de las primeras en que me bajase la regla, y también fui de las primeras en dar el primer beso y en quedar por las



 

 

 

Página 247



tardes con algún chico del colegio. Ahí empezó un infierno, porque cuando dejamos de enrollarnos me convertí en la putita del centro. A partir de entonces, cualquier queja con la que fuese a los profesores o a la dirección con respecto a lo que me decían, a lo que me tocaban o a los gestos que me hacían era un “Es que tú también…”. ¿Yo también qué? Después de clase, el acoso continuaba por SMS. Y la última semana antes de vacaciones, me acorralaron. Me escabullí de allí con la camiseta rota y un corte en la espalda por el empujón que me dieron contra la ventana del barracón. Mi madre lo vio al recogerme y montó el pollo más grande que te puedas imaginar. Los expulsaron. A ella también se lo había contado desde el principio, y me animaba a defenderme. Pero contra siete, ¿qué iba a hacer yo? Me recomendaron cambiarme de escuela porque, total, delito no era: tenían todos menos de 14 años. Fui al instituto de otro pueblo y nunca más supe de ellos. Hasta ahora que lo estás leyendo, como si este libro no fuese conmigo, no se lo había vuelto a contar a nadie».

 

Para las niñas y las adolescentes, el trayecto de casa al colegio es un infierno en sí mismo. Y tiene distintas capas, empezando por las más superficiales: «Yo tenía 15 años. Iba al instituto. Y me acuerdo de que pasó un tipejo y me dijo: “Te haría reina por un día y madre para toda la vida”. Me dio un susto que salí corriendo». Y continuando con las más profundas: «Cuando mi hermana tenía 12 años fue víctima de un secuestro mientras volvía a casa de clase. Al señor lo detuvieron, estuvo tres años en la cárcel y ella tuvo que presenciar todo el juicio. Aún insiste en que no recuerda nada, que estuvo todo el tiempo llorando. Lo normal, si eso pasa ahora, es que se la hubiese llevado a un psicólogo, pero entonces no fue así. Aquel episodio desencadenó el alcoholismo en mi padre, que nunca más pudo volver a trabajar. Mi hermana fue a la universidad, pero luego tuvo una relación con un tío que le pegaba y se le vino todo encima. Ahora vive de la ayuda municipal».

 

La excusa de que las mujeres maduramos antes que los hombres es perfecta para sexualizarnos, justificando la barbarie sin que aflore la culpabilidad. El término fast-tailed girl se refiere a las niñas adelantadas en un sentido peyorativo, puesto que implica un desarrollo precoz de nuestros cuerpos, del que nos hacen responsables. Como si el hecho de que nos saliesen las tetas, se nos pronuncie la cadera o nuestra PRIMERA SANGRE nos convirtiera en lolitas deseantes de hombres, siempre hombres, que nos doblan la edad. Mucho pin parental para que no les pique la cobra gay a



 

 

 

Página 248



sus hijos, pero bien que nos hacen leer LA FLAQUEZA DEL BOLCHEVIQUE hasta que normalizamos que los señores vengan a buscarnos a la puerta del colegio.

 

La estigmatización de nuestra pubertad provoca que se culpabilice a nuestras hormonas, a nuestra sensualidad y a nuestro erotismo de cualquier bajón en el rendimiento académico. Nadie parece preocuparse de si nuestra hipersexualización es una llamada de atención, si tenemos problemas en casa o si estamos siendo víctimas de violencias. Nadie augura que el niño que presume de matarse a pajas y consumir porno acabe en la prostitución o provenga de una familia desestructurada; a las que la vida nos irá mal si enseñamos las tetas solo es a nosotras. Somos niñas de la periferia, estamos al margen de la civilización, nadie espera que la warra de la clase se saque una carrera.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 249



 

 

 

 

 

 

5

 

Sanidad

 

 

 

 

 

 

Nadie puede salir indemne de una vida entera dedicada a reventarse el cuerpo para mantener un hogar en pie. El puto trabajo nos había quitado el tiempo y la oportunidad de educarnos juntos y solo teníamos el amor en bruto, algo demasiado poderoso como para no saberlo dosificar.

 

ALANA S. PORTERO, La mala costumbre

 

 

 

ME DUELE LO NORMAL

 

 

En los años noventa, Bernadine Patricia Healy, primera directora de los Institutos Nacionales de Salud de Estados Unidos, advirtió que las mujeres no recibían un tratamiento adecuado para los problemas cardiovasculares porque eran enfermedades tradicionalmente asociadas a los hombres. A ese subdiagnóstico y a su consecuente tasa de mortalidad se los denominó «síndrome de Yentl». Un cuerpo femenino infartado presenta síntomas atípicos de un ataque al corazón, porque los síntomas popularmente conocidos son los propios de los cuerpos masculinos. Lo que nos pasa a nosotras se sale de lo normal, de lo sabido, porque la norma es el varón blanco heterosexual.

 

La doctora Tancredi, especialista en enfermedades autoinmunes, es consciente de los sesgos en su profesión. Puesto que «en medicina trabajamos con campanas de normalidad, prevalencia e incidencia», se descarta paso a paso, prueba a prueba, «desde lo más típico y común a lo más concreto y excepcional». Se toma al hombre como lo normal: «Al inicio de mis estudios, jamás podría haber imaginado que una rama del conocimiento como esta, que extrae sus conclusiones de la evidencia científica, estuviera construida sobre el androcentrismo. Pero así es: todo



 

 

 

 

Página 250



el recorrido, desde la extracción de la evidencia (por ejemplo, por la falta de inclusión de mujeres en los ensayos clínicos o de estudios sobre patologías que nos afectan sobre todo a nosotras) hasta la práctica clínica habitual (por ejemplo, mediante la medicalización excesiva o la minimización de síntomas), está marcadamente influido por sesgos, lo que explica que la atención a los problemas de salud de la mitad de la población sea deficiente».

 

Cuando reivindicamos la perspectiva de género en sanidad y medicina, no estamos enmendando a la ciencia, parafraseando a Ursula K. Le Guin, no pretendemos contraponer nuestras opiniones a la observación científica, pero sí confrontarlas con las de los científicos que han errado, con unas hipótesis particulares que pueden y deben ser revisadas cuando la experiencia de nuestros cuerpos demuestra que no se sostienen. No tenemos que encajar nuestras dolencias en sus definiciones, sino que sus definiciones deben contemplar la particularidad de nuestro malestar en tanto que mujeres de clase trabajadora con unas vivencias alejadas de los cuerpos masculinos que no menstrúan, ni tienen dobles jornadas, ni paren, ni crían.

 

Las investigaciones acerca de la salud de las mujeres se han reducido al ámbito sexual y reproductivo. El sesgo androcéntrico en medicina provoca que incluso el diagnóstico correcto de las enfermedades más comunes tarde en llegar, puesto que lo normal será tratarnos como a un varón y solo cuando no respondamos al tratamiento normal se nos derivará a un especialista, con su correspondiente lista de espera y cronificación de nuestro malestar. «La sintomatología clásica no es clásica, sino que es lo más recurrente entre los varones», señala la doctora. La normalidad registrada y estudiada ha sido la de ellos. Además, aunque las mujeres formamos parte de los ensayos clínicos desde finales de los ochenta, cuestiones como nuestro ritmo hormonal siguen sin tenerse en cuenta con el rigor que se debería antes de distribuir un nuevo fármaco. Como muestra, las innumerables alteraciones del ciclo menstrual referidas tras la vacunación contra la COVID-19. Es el caso de Lúa: «Estamos a ver si me mandan a ginecología, porque desde la vacuna tengo dolores de regla que antes no tenía. Unos dolores fortísimos que me hacen marearme. Esos días del mes estoy que no estoy».

 

Se nos ha educado en los roles de género y se nos ha impuesto la abnegación, de tal modo que nos cuesta identificar qué es cansancio o qué



 

 

 

Página 251



es una enfermedad. Como castigo bíblico, se han multiplicado nuestros dolores y algunas pequeñas dolencias acaban siendo incurables porque ante la más mínima queja nos aleccionan diciéndonos que la regla duele o que en la familia todas las mujeres han tenido migrañas, estreñimiento, náuseas por la mañana, tos seca, incontinencia… Es lo normal, porque a ninguna de las mujeres de la familia les han querido prestar atención cuando se han hecho un ovillo. Tan solo han sido LA CHICA QUE LLORÓ DE DOLOR sin ser tratada de forma adecuada. Ainhoa es muy rotunda en este aspecto: «Yo veo continuamente que se nos infravalora. De hecho, creo que antes de vivir eso en los servicios públicos lo he vivido en mi casa, donde parecía que las mujeres no nos podíamos poner enfermas. Todo era cuento. Eso ha hecho que no fuéramos al médico. Hoy en día, aún me cuesta muchísimo ir. Tenemos toda una serie de malestares que de alguna parte vendrán, pero nadie les hace caso. Son molestias que no te matan, pero te joden bastante la vida. Y no hay respuesta. Te acostumbras a vivir malamente». Antes de la universalidad de la atención médica, las familias de clase trabajadora no se podían permitir atender con asiduidad sus problemas de salud, y en la actualidad la infrafinanciación de nuestro sistema público hace que haya menos centros médicos y con menor dotación en los barrios empobrecidos y en las zonas rurales. Quitarle importancia a lo que nos ocurre a las mujeres es una apuesta segura por el descongestionamiento del sistema.

 

Muchas dejamos de confiar en las instituciones sanitarias cuando sentimos que prescriben generalidades sin detenerse en las dolencias concretas con las que acudimos a la cita. Celia ha empezado a detectar esos sesgos de género en la consulta: «Mi médico podría ser de la prehistoria. Tengo migrañas desde los doce años, he tenido pinzamientos y tengo contracturas por mi trabajo, por estar siempre en la misma postura, de pie, moviendo solo brazos y hombros. Pero es entrar en la consulta con cualquier dolor y su solución es que salga a andar. Si le digo que tengo ansiedad y que no duermo bien por las noches o que tengo problemas en el curro, me dice que haga piscina y que se me pasará. Todo lo arregla con piscina y con que salga a andar. Alguna vez le ha dado por la bicicleta. Yo creo que tiene contacto con la piscina municipal, porque si no, no me lo explico, a todo el mundo lo manda a la piscina. No me da ninguna medicación ni me manda pruebas».



 

 

 

 

 

Página 252



Practicar deporte es esencial para la salud, pero para la práctica deportiva necesitamos tiempo y, en muchísimas ocasiones, también dinero. Las jornadas prolongadas y los sueldos míseros nos impiden tener uno y lo otro. Por eso, es muy importante apostar porque personas con conciencia de clase y con perspectiva de género, como la doctora Tancredi, puedan realizar estudios universitarios y ejercer su profesión.

 

El sistema público de educación, las becas y las prestaciones posibilitan que tengamos profesionales que, antes de proponer practicar deporte, medicarse o cambiar de trabajo, se preocupen por las posibilidades reales de la paciente para seguir los consejos: «Les recomendamos deporte y resulta que no tienen tiempo ni para caminar una hora al día: son madres, cuidadoras de hijos, de abuelas y de suegros. Trabajan en lo que pueden, con el nivel de estudios que tienen, así que mi prescripción tiene que ser realista, porque si no les prescribo algo que puedan realizar, no puedo trasladarles a ellas esa responsabilidad». Esta joven especialista, por ejemplo, visita frecuentemente las webs municipales de las pacientes a las que atiende para poder indicarles actividades gratuitas en sus centros culturales. Les pregunta sobre la corresponsabilidad en sus casas, los horarios laborales, menores a cargo y personas mayores para conocer la realidad material y el entorno en el que una mujer fibromiálgica debe hacer frente a sus dolencias. A la hora de prescribir, observa el porcentaje que cada una aporta al sistema y cuánto pagaría por cada fármaco, para recetar el mejor tratamiento que se puedan permitir más allá del genérico. «Si les pongo uno que sé que no se lo pueden permitir económicamente aunque sea el mejor, no lo van a comprar, no se lo van a tomar y no puedo culparlas. Yo siempre digo que tu código postal es más importante para tu salud que tu código genético, por lo que los determinantes sociales de la salud deberían ser prioritarios en nuestras facultades, pero para eso queda un largo camino». En este punto es cuando advierte que toda la información que no les proporcione en la cita, la buscarán fuera del sistema: «Acabarán googleando los síntomas y apostando por terapias alternativas, por ofertas que no sabemos si servirán o no, pero que prometen ayudarles y se presentan como más económicas o definitivas de lo que se les ha ofrecido en la consulta».

 

No es difícil apostar por la homeopatía, el palo santo o las infusiones de hierbaluisa cuando el médico te pauta como todo tratamiento comer mejor, dormir más o caminar y te prescribe un blíster de ansiolíticos. La



 

 

 

Página 253



conveniencia de esos tratamientos dará sus frutos a medio o largo plazo y, mientras tanto, las mujeres de clase trabajadora seguirán teniendo que ir a trabajar cada día, estudiar para los exámenes, cuidar de sus hijos y preparar la cena. Prescribir autocuidado y responsabilizar a las pacientes de su propia recuperación es la excusa perfecta para prescindir del estado de bienestar.

 

CUANDO LOS ESTEREOTIPOS DE GÉNERO SE CONVIERTEN EN UN GRAVE PELIGRO PARA LA SALUD DE LAS MUJERES, nos encontramos casos como el de Minerva, donde primero hay que descartar que todos los síntomas estén en su imaginación: «He tenido varios episodios de vértigos. Y, claro, eso es algo que no se puede medir con un termómetro o con una placa. Ha sido complicado. Fui varias veces, sin saber muy bien lo que implicaba aquello, y pensaron que podría ser de nervios. Cosas de nervios… Tú escuchas eso y dices, bueno, cosas de nervios. Nervios de lo normal. Como a todo el mundo, que nos pasan cosas. No había nada concreto que pudiera tener… y sí que te llevan a pensar que estás un poco pirada. Como que te estás generando tú tus problemas sin saber por qué ni para qué. Fue cuestión de tiempo, hasta que me fue dando con más frecuencia y un día tuvo que venir una médico de Urgencias porque empecé a vomitar. Ella fue la que me dijo que estuviese tranquila, que sabía lo que era y que con una inyección estaría estupendamente. A partir de entonces, cuando me da, pues ya sé la medicación que me tengo que tomar».

 

Ante bases de datos alimentadas con la sintomatología de los hombres, con ensayos clínicos que han protagonizado ellos y con los historiales clínicos de las mujeres limitados a la salud sexual y reproductiva, ante la más mínima desviación de la norma, lo primero que quieren descartar quienes visten la bata blanca es que no le estamos echando cuento y, sobre todo, que no estemos locas.

Yaiza siente que ha vivido cosas muy parecidas: «Ante cualquier problema, lo primero que te dicen los médicos es que es ansiedad, y más fácil que me lo digan a mí que a mi marido. Veo que a él lo escuchan, le hacen algún examen, le preguntan si se ha operado alguna vez… pero si eres mujer, lo tuyo es estrés o ansiedad. Me han mandado ansiolíticos incluso cuando me diagnosticaron que era celiaca. A mi hermana le confundieron la celiaquía con alcoholismo. Cuando la ingresaron pesaba treinta y dos kilos, mientras le pedían a mi madre que se quedase fuera de la consulta y le preguntaban cuánto bebía». Primero había que descartar lo



 

 

 

Página 254



normal, y lo normal en una adolescente que vomita es que tenga un problema de salud mental.

 

Nuestro peso siempre es un tema médico, y antes de descartar cualquier patología, ponernos a dieta es una tentación recurrente en atención primaria. A Daniela, pacense vecina del barrio de San Roque, empezó a dolerle la espalda y una rodilla después de tener a su primer hijo, con 30 años. Aquello coincidió además con la campaña de Navidad en la ferretería donde trabaja de dependienta. «Cuando el médico de cabecera me derivó a un especialista, la traumatóloga que me vio me dijo que yo era obesa. En ese momento pesaba sesenta y dos kilos, mido un metro sesenta, y la tía me dijo que estaba obesa. Me afectó tremendo, porque siempre he luchado con mi peso. Pedí una segunda opinión y me tocó uno maravilloso que me hizo todas las pruebas del mundo y me derivaron a la unidad del dolor, donde me trataron durante meses. Pero para la primera, todos mis dolores se resumían en que era una gorda». Lejos de ser una escena puntual, ha vuelto a padecer lo mismo con el segundo embarazo. «La matrona y una de las ginecólogas que me han tratado hablaban de lo mismo, de obesa. Tengo un bebé creciendo. He pasado nueve meses de culpa por comer. Iba a las revisiones con angustia de pensar en qué me iba a soltar».

 

Se idiotiza a las pacientes, siente Maca. «Los médicos piensan que tú eres tonta. Y, oye, mira, igual que tú has estudiado Medicina, yo puedo ponerme a averiguar qué tratamiento es el mejor para solucionar esta movida que tengo. Pero siento que me tratan como a una menor de edad, que no me dan información para poder decidir sobre mi cuerpo». En la misma línea, Fayna se ha sentido tan infantilizada que ha empezado, con 24 años, a ir acompañada por su madre a las consultas. Minerva, además, advirtió que la atención que recibía su hijo no era la misma cuando era ella quien lo llevaba a Urgencias que cuando iba el padre: «Era la cuarta vez en esa semana que estábamos en Urgencias porque se ahogaba, le costaba mucho respirar. Aquel día me quedé yo fuera y pasó su padre con él dentro. Le pusieron el oxígeno, como siempre, pero les llamó la atención que estuviese un padre y lo exploraron dos veces. Aquel día se le diagnosticó un colapso pulmonar». La gestión de los tiempos de cuidados y los estereotipos con respecto a la mujer que los ejerce presupone que exageramos y somos sobreprotectoras con los menores. Esto lleva, en demasiadas ocasiones, a que el personal médico, exhausto y sometido a



 

 

 

Página 255



una presión constante, se detenga menos en el detalle ante una madre nerviosa. Pero «como va con su padre, es porque la cosa ya es grave. Así que lo miraron dos veces».

 

Las conversaciones con la doctora Tancredi nos permiten discernir la fina línea entre las negligencias médicas que pueden realizar los profesionales de la salud, ya sea por error, ya sea por omisión, y el diseño sistémico de un modelo sanitario que estigmatiza e ignora las dolencias presentadas o padecidas mayoritariamente por mujeres. Un modelo sanitario con cada vez menos recursos en una población cada vez más envejecida, que se debate entre el sedentarismo de las trabajadoras de oficina y las jornadas maratonianas de quienes, en pleno siglo XXI, se dejan la espalda en las tareas de cuidados, en la industria y en la agricultura. Recibe en su consulta a «trabajadores y trabajadoras del campo que con 45 años ya presentan espaldas propias de octogenarios. La mejora en la esperanza de vida no ha ido acompañada de una apuesta por preservar una calidad de vida digna».

 

Con  el  envejecimiento  y  la  dependencia,  María  Ángeles  Durán

 

advierte que uno de LOS COSTES INVISIBLES DE LA ENFERMEDAD es que las

 

mujeres cuidan, mientras que los hombres abandonan. Las relaciones se rompen cuando ellas enferman, pero no cuando la situación es al revés. Un estudio reciente de la Sociedad Americana contra el Cáncer demuestra que las parejas heterosexuales en las que la mujer padece cáncer o esclerosis se divorcian nueve veces más que cuando el afectado es el varón.

 

El rol de cuidadora que se nos ha impuesto alcanza límites insospechados, como los que se traspasan a diario con Miriam, a medida que sus padres necesitan más atenciones: «Al final me sale más a mí estar pendiente de las cuestiones que son más personales, más de aseo. A mis hermanos no les importa acompañarlos a comprar o ir a echar un ojo a casa, y ver que está todo bien. Mis padres tiran más de mí para los cuidados íntimos a pesar de que uno de mis hermanos es cuidador a domicilio y tendría mucha más lógica que lo hiciese él. Ellos ya llevan más tiempo en su trabajo y no lo quieren arriesgar para estar con nuestros padres, pero claro, por eso mismo, porque ya tienen una estabilidad deberían pedir los días o reducir su jornada, en vez de tener que hacerlo yo».

 

Davinia es madre soltera y, de momento, es su hijo de quince años quien lleva la compra, saca a los perros y se ocupa de las tareas más



 

 

 

Página 256



pesadas. Hace dos años que necesita muletas, y teletrabaja como teleoperadora, así que de momento puede hacerlo «con la pierna en alto sobre una silla». Pero Carmina, transportista, desde que le operaron de la muñeca no ha podido volver a conducir. «De tanta fuerza se va desgastando, se va deteriorando. Primero se centraron en el túnel carpiano, pero al abrir se dieron cuenta que había más que injertar. Me operaron dos veces de una mano y una vez de la otra. Tuve cada brazo escayolado durante cuarenta días. Para ducharme, me ponía una bolsa en la escayola, la ataba bien con cinta americana y sujetaba con esa mano la alcachofa con dos dedos. Hice mucha rehabilitación y ahora formo parte de un colectivo al que no le da trabajo nadie. Con 62 años no me contrata ni Dios, y menos en una profesión que exige fuerza. Prefieren a un tío cachas que a una mujer que tiene más deterioro que otra cosa. Con las manos operadas y a mi edad no puedo manejar un palé de mil kilos con el riesgo de que se me venga encima o que haga daño a otra persona. Yo he pedido la incapacidad, pero no me la han dado». Está separada, pero aún convive con el padre de su hija porque nunca llegaron a formalizar el divorcio, y él considera que la casa también es suya. Así que, al menos, «todos los días tengo la comida y la cena hechas».

 

«No he tenido un episodio, he tenido una historia», así empieza Pino a relatar sus experiencias en la sanidad pública del subtrópico norte. «Desde muy joven tengo problemas en una cadera. Del dolor, caminaba coja. No sabían decirme muy bien qué era, me mandaban calmantes y ejercicios. Luego me diagnosticaron artrosis, pero era muy joven para poner una prótesis, así que hasta los 55 años no me operaron». El lento ritmo de la atención pública le ha dilatado el dolor y ha ido acumulando parches que la han limitado durante demasiado tiempo: «He estado coja la mitad de mi vida», sentencia. El último traumatólogo reconoció que le habían dejado aguantar demasiado, «me podrían haber operado diez años antes, pero me los he pasado tomando calmantes, despertándome con el dolor por la noche, con el estómago destrozado por la medicación». Señala que «subir las escaleras del portal ya era un reto» y que ha estado toda su vida «sin coger nunca una baja laboral por ello. Las mujeres somos más sufridas, aguantamos, parece como que somos más feas si nos quejamos».

 

Nuestras quejas sobre el dolor y el malestar se consideran predominantemente psicosomáticas, por lo que son tratadas con ansiolíticos y sedantes. LAS MUJERES SOMOS INVISIBLES PARA LA MEDICINA y



 

 

 

Página 257



esto nos ha extirpado la posibilidad de empoderarnos como pacientes, nos callamos ante nuestras propias dolencias porque al comentarlas, nuestro entorno las pasa por alto y nos piden que no exageremos ni llamemos la atención. A partir de la fibromialgia diagnosticada a su madre, Sonia empezó a pensar que «hay una sobremedicalización de los malestares emocionales de las mujeres que muchas veces tienen que ver con tener dolores a consecuencia de unas condiciones laborales muy duras, de las que se derivan enfermedades autoinmunes».

 

Natividad recuerda que en sus últimos años en activo tenía que tomarse analgésicos, como Concha para hacer camas, antes de planchar, «porque si no, no podía del dolor de manos que tenía. Pero hasta los 65 y medio no podía parar, no me podía jubilar». Como no estaba dada de alta, su artrosis no es una enfermedad laboral. No consta en ningún sitio, salvo en sus huesos, que lleva toda la vida trabajando. «Desde los diez años que empecé a cuidar críos cuando murió mi padre. Un poco más mayorcita pasé a triar fruta y cargar camiones, todas éramos mujeres. Hasta que me pude ir a Formigal. Hacía muchísimo frío, se nos ponían las manos… Llevábamos una botella con agua caliente para cogerla de vez en cuando».

 

La doctora Tancredi afirma que en los últimos años la fibromialgia se ha convertido en un cajón de sastre que puede enmascarar otros diagnósticos: «Excusan todos los dolores que presentes en tu cuadro de fibromialgia, incluso podrían pasar desapercibidas otras enfermedades autoinmunes». Lo más doloroso para ella es oír cómo se estigmatiza la salud mental de las mujeres que la padecen. «Comentas los expedientes con las compañeras y siempre hay alguien que suelta: “Esta está un poquito loca”». A los hombres que acuden con la sintomatología propia, en cambio, concreta la especialista, «se les echa en cuenta mucho más el dolor. Solo el 10 por ciento de los diagnosticados son varones». La médica ha identificado claramente las dificultades que padecen las mujeres de clase obrera en el diagnóstico y tratamiento de la fibromialgia. Frente a su mesa se sientan profesionales de la geriatría y cuidadoras que con 20 años ya presentan dorsalgias mecánicas. Levantan y duchan a medio centenar de ancianos a diario, y no es que tengan una mala postura en el trabajo, no es cuestión de cambiar hábitos, es que «trabajar las rompe», y en sus diez años de ejercicio ya ha visto a demasiadas mujeres perder su puesto de trabajo a medida que avanzan en el tratamiento y en el diagnóstico. «Lo ideal sería adaptar las labores profesionales, pero es que las suyas



 

 

 

Página 258



consisten en cargar a gente». Cuando hablamos de las incapacidades temporales que se prescriben, advierte que la estigmatización de las enfermedades autoinmunes —que van por brotes y alternan periodos de buena y de mala salud— suelen provocar cuadros depresivos. Esto incide en que las pacientes sean tratadas como exageradas e inestables, incluso se las denomina «dementores» cuando su actitud en la consulta demuestra que están agotadas y desesperadas sin recibir un tratamiento ni una cura que les alivie su dolor: «La fibromialgia no tiene cura, les recomendamos deporte, analgésicos o antidepresivos, pero a partir del diagnóstico que descarta otras enfermedades autoinmunes que sí pueden tener algún tratamiento, se les da el alta».

 

Por su parte, Martina ya no titubea cuando habla de salud: «Tengo esclerosis múltiple y el diagnóstico fue muy complicado, porque mis síntomas no eran especialmente típicos. Lo que ocurrió fue que de repente empecé a perder fuerza, no podía ni estar en el cuarto de baño y fui al médico y me dieron la baja… Un mes después, aún no tenía ni pruebas ni diagnósticos claros, y querían ver qué pasaba porque buscaban que me reincorporase, pero la médica de cabecera de la Seguridad Social no me mandaba ninguna prueba. Solo me decían que buscase yo a ver qué podía ser a través del seguro privado, que también tardaba lo suyo en darme citas. Aquello no era la purga Benito. Di con un equipo de neurología que vio los síntomas más encaminados, me hizo pruebas, me hizo una resonancia, por fin, ya que hasta entonces en la Seguridad Social solo recomendaban un TAC, que fuera al cardiólogo, que fuera a psicología… Y entonces, ya por privado, con la resonancia y derivada al equipo del Hospital la Princesa, sí se detectó la movida».

 

Una mujer enferma supone una cuidadora menos en la familia. Incluso un gasto que se debe detraer de otras partidas en el hogar. Por lo que tachar cualquiera de nuestras dolencias de sintomáticas, caricaturizar que cerremos las persianas cuando nos duele la cabeza, la bolsa de agua caliente para la regla y las infusiones para el dolor de tripa, son la estrategia perfecta para evitar que nos demos la importancia que merecemos. Si nos priorizamos, dejamos de cuidar a los demás, y eso es algo que el orden social no puede soportar. Si nos priorizamos, dejando de hacernos a un lado y de poner en el centro las necesidades de nuestra familia, los deadlines en el trabajo y los pagos del préstamo, el sistema se cae.



 

 

 

Página 259



SALUD, DINERO Y AMOR

 

 

¿SE  PUEDE  PERMITIR  LA  GENTE  PAGAR  POR  LA  ATENCIÓN  SANITARIA?,  se

 

preguntaron algunos economistas especializados en salud en 2021. Al observar las consecuencias de los recortes en sanidad y el copago sanitario, concluyeron que las familias se habían empobrecido. Para quienes supuso un «gasto catastrófico», el quintil más pobre de la sociedad española, aumentaron las necesidades insatisfechas, es decir, las dolencias no tratadas, y las listas de espera.

Más allá de las estadísticas de cada comunidad autónoma, la experiencia propia de las entrevistadas nómadas permite hacerse una idea de cómo impacta realmente la infrafinanciación sanitaria sobre nuestra salud. Por ejemplo, Dolores, que es sevillana y reside en Barcelona, compara ambos sistemas: «Aquí me vigilan más de lo que me lo hacían en Andalucía. Fui por una tos y hasta me hicieron pruebas para descartar un cáncer, porque yo soy fumadora». Ahora, a sus 52 años, pone en valor las cartas que les remiten como parte de la política de prevención del cáncer desde la Conselleria de Salut. Ya se había hecho pruebas preventivas para el diagnóstico del cáncer de colon y en el momento de nuestra conversación tenía cita para una mamografía de control. La Red Europea de Lucha contra la Pobreza y la Exclusión Social en el Estado Español indicó en 2019 que «la mitad de las mujeres pobres no se han hecho nunca una mamografía». Por lo que no es baladí que la Conselleria normalice el acceso a estos controles en el catálogo de salud pública.

 

Dolores cree que entre los dos sistemas que ella conoce no solía haber tantas diferencias. «En Andalucía, desde el cambio de Gobierno, desde que ha llegado esta gente (Partido Popular), está todo hecho una mierda, la sanidad y la educación. Porque ni en mis partos, ni antes, he tenido un problema. Ya estaba viviendo en Barcelona cuando me llamaron para quitarme una verruga. Era una cita que había pedido un año antes de venir. Lo que están intentando es que la gente, el pueblo, se aburra y contrate seguros privados». El ejemplo de este pueblo que se cansa y se va a la sanidad privada es Sabrina: «En enero de 2020 me empezó a crecer en el ojo derecho un bultito de grasa. Un bultito pequeño, me dijeron que se diluiría solo y, si no, lo tendrían que operar. Pero llegó el confinamiento, pasaron los meses y fue creciendo. Con esto del COVID, en Andalucía la



 

 

 

 

Página 260



atención primaria ha sido toda telefónica, incluso cuando ya habían abierto, por ejemplo, discotecas y pubs. En abril de 2021 me apareció un segundo bultito, y tuve que ir de nuevo al consultorio, me dieron cita telefónica y olvidaron hacerme la llamada. Así que tuve que volver a solicitarla. Cuando ya conseguí hablar con el médico, me dijo que me pasara, evidentemente. Tenía que verlo. Efectivamente, confirmó que tenía dos bultitos de grasa encapsulados y me mandaron los papeles para la intervención en Sevilla en un centro público. Allí me vio el especialista, que decidió operarme del bulto inferior y que en el bulto superior me pondrían un pinchazo de corticoides. Pero conforme llegó el verano el tema fue empeorando. Tuve que ir a Urgencias porque se me creó una bolsa hasta el pómulo, estaba acojonada. Allí me dijeron que solo se operaban desprendimientos de retina, que reclamase yo la cita de la intervención para que me la adelantasen. Solo me dieron una cremita. Reclamé, sin respuesta, y lo mío cada día iba a peor, se me achicó el ojo, ni se me veía. De nuevo en Urgencias, me recetaron antibióticos, porque ya mismo tenía la operación y así estaría limpia. Pero no, llegó el día de la intervención y no me pudieron operar porque tenía infección en un tercer bultito, se había recogido la inflamación del pómulo en un tercer bulto». Cancelada la intervención, le indicaron que tenía que esperar a que remitiera la infección y comenzar el proceso de nuevo desde la atención primaria. Después de año y medio, harta de la burocracia y la desatención, «contacté con una clínica privada. A los tres días tuve la cita, en una semana me operaron y ahora estoy bien». Sin tener un seguro privado, desglosa los gastos que ha tenido que asumir después de todo ese tiempo esperando a ser atendida en el Sistema Andaluz de Salud sin éxito: «La primera consulta fueron 90 euros, firmé los papeles, y me dijeron ya, ahí, que la operación me iba a costar 800 euros. Te tienes que hacer la preanestesia (te dicen que te la puedes hacer donde tú quieras pero te dan dos lugares: 50 euros la analítica de sangre y 100 euros más para que me dieran los resultados, me tomaran la tensión y me hicieran un electrocardiograma). Y ahora tengo que volver a que me vean. Me dijeron que la consulta del postoperatorio entraba en los 800 euros, menos mal».

 

Prácticamente mil euros en total. Sin ellos, no sabemos qué hubiese sido del ojo de Sabrina. Pero entre Andalucía y Madrid, Sandra no tiene dudas: «Para mí, sinceramente, la peor sanidad, con todo el cariño, es la de Madrid. En Andalucía he vivido listas de espera de meses, que las sufrió



 

 

 

Página 261



mi madre con problemas ginecológicos. Yo tengo problemas de rodilla y en Madrid he llegado a gastarme la mitad de los ahorros en rehabilitación porque, aun teniendo un seguro privado, no quieren tratarte por esa vía, y las listas de espera en la sanidad pública son una locura».

 

Virginia advierte que los principales problemas en Murcia son las distancias. «En general, nos tenemos que desplazar a cualquier médico especializado. Del tipo ginecología, radiografías… Aquí tenemos solo un centro de salud. Para cualquier cosa, hay que ir a Cartagena, necesitamos coche». Para Edurne, «la sanidad pública aquí, en Euskadi, era mejor que la que podía haber en Cantabria, pero hoy en día tampoco funciona bien. No sé si ha tenido que ver la pandemia, los despidos o los recortes que ha habido en servicios públicos. Han afectado muchísimo y se nota».

Lo que nos recuerda que cuando LA SANIDAD ESTÁ EN LLAMAS, se debe poner en valor de nuevo la defensa de la clase trabajadora, la defensa de las profesionales sanitarias, «porque eso va en beneficio siempre de la atención al paciente, que es lo más importante. […] Existen personas dispuestas a ganar dinero aprovechando la desgracia, sin el más mínimo escrúpulo, ni conciencia ni miramiento. La especulación ha llegado al terreno de la salud».

 

La infrafinanciación de las instituciones sanitarias está íntimamente relacionada con la invisibilización de nuestras enfermedades. Sin investigación, no hay ensayos clínicos ni tratamientos. Tampoco la cronificación de nuestros dolores es ajena a nuestra red de cuidados o a nuestra situación económica y laboral. La doctora Tancredi recurre al libro SALUBRISMO O BARBARIE para explicar el impacto de la precariedad en nuestro bienestar. «Por ejemplo, hay estudios donde aquellos pacientes que sufren temporalidad laboral declaran tener una peor salud percibida, y otros que sugieren que las jornadas laborales prolongadas están relacionadas con un mayor consumo de alcohol y riesgo cardiovascular. Así, la mayor precariedad de las mujeres y las dobles jornadas que sufren (fuera y dentro de casa) se proponen como posibles causas de las desigualdades en salud de hombres y mujeres». Esta joven especialista en enfermedades autoinmunes denuncia cómo lo privado parasita lo público, vive de las «pruebas de por si acaso» que dejan a los pacientes tranquilos, pero no curan, «se nutre de la patología que no es crónica». Poniendo como ejemplo qué ocurre con las resonancias electromagnéticas, durante la entrevista comenta que la maquinaria necesaria no está operativa



 

 

 

Página 262



durante los fines de semana en los centros de salud públicos, pero sí en los privados, y son los mismos profesionales quienes las realizan. «Esta parasitación de los servicios públicos por parte de iniciativas privadas», como indica Javier Padilla en ¿A QUIÉN VAMOS A DEJAR MORIR?, «se da en su relación mediante conciertos o a través de mecanismos de gestión basados en la disminución de costes sin criterios de equidad. Las externalizaciones de los servicios se han generalizado».

 

Mientras se contrata por millones de euros a empresas privadas, se deja otras muchas cuestiones básicas en manos de organizaciones sin ánimo de lucro y se apela a la generosidad de las personas que trabajan por cuenta propia, como en el caso de las taxistas. Tanto Adela como Amaya fueron esenciales durante la COVID-19, en palabras de la segunda: «Estuve haciendo los servicios gratuitos durante la pandemia, porque yo qué sé, es que son héroes. Fue una experiencia muy bonita y personalmente muy gratificante. Solo podías trabajar con los hospitales porque gente por la calle no había, y estoy segura de que salvamos bastantes vidas, porque la rapidez que tiene un taxi no la tiene una ambulancia. Al médico que yo llevaba le he visto llorar como a un niño chico. Lo hemos pasado mal, ha sido muy duro, pero bueno, aquí estamos».

 

Después de que los protocolos adoptados durante la crisis sanitaria nos hayan demostrado que se toman decisiones políticas aun sabiendo que miles de personas MORIRÁ N DE FORMA INDIGNA, la expulsión de migrantes del sistema sanitario ha sido otra de las grandes brechas en cuanto a salud pública. Salud entre Culturas es un equipo multidisciplinar que forma parte de la Asociación para el Estudio de las Enfermedades Infecciosas. Desde su despacho en el Hospital Ramón y Cajal, bajo la dirección del doctor Rogelio López-Vélez, el equipo busca integrar a la población migrante a través de la salud y, para ello, desarrolla desde el año 2006 diferentes programas que tienen la novedad de estar cultural y lingüísticamente adaptados a cada una de las poblaciones a las que se dirige. Cristina Arcas, enfermera en la entidad, señala que a la mujer en general y a la migrante en particular solo se la investiga y se la trata en el ámbito de la salud sexual y reproductiva. «A partir de ahí, a no ser que sea una dolencia que les impida hacer vida normal y que no puedan gestionar ellas mismas, las migrantes no consideran acceder al sistema sanitario». Esta profesional denuncia que ha calado el mensaje racista de «no tengo derecho a ir al médico», que las excluye de la ciudadanía plena, y que fue



 

 

 

Página 263



institucionalizado a partir del Real Decreto Ley 16/2012, con el que el Partido Popular inició su reforma sanitaria (una exclusión que el Tribunal Constitucional avaló en 2016, cuando Médicos del Mundo ya había identificado que, desde su aprobación, más de ochocientas mil personas perdieron el derecho a la asistencia sanitaria).

 

También lo integraron los profesionales médicos. Dalia ha padecido cómo «a mi madre y a mi abuela, que tienen los rasgos más marcados, las han tratado peor en consulta. Incluso cuando les salieron bultos en el pecho tuvieron que escuchar a un doctor que les dijo que estaba harto de que los inmigrantes fuesen allí a quitarle el tiempo y a colapsar la sanidad. Que cuando pagara impuestos fuese y que, mientras tanto, acudiese al privado, que encima de que le daban la sanidad gratis se quejaba de la lista de espera. Al final, el bulto en el pecho resultó ser un tumor. Pero aquel día el médico la despachó diciéndole que era la menopausia». En México, Valentina siempre recurrió a «la sanidad privada, y eso ha sido endeudarse hasta cinco años después. Acudir allí a lo público es arriesgarte a que no haya material. Pero aquí, lo que noto es que cuando llego al mostrador del centro de salud me piden directamente el NIE, no el DNI. Al verme, sobreentienden que no tengo derecho a estar allí».

 

Las mujeres migrantes que desconocen las virtudes de nuestro sistema público temen no ser atendidas, que la atención sanitaria implique una factura que no pueden pagar, o una identificación que les suponga la expulsión. Así que no van al médico por sí mismas, ni por sus dolencias propias. La enfermera Arcas apunta que las puedes ver en el ámbito pediátrico y en el ginecológico, «incluso, en ocasiones, aparecen directamente en Urgencias a la hora del parto sin haber accedido a ningún tipo de seguimiento durante el embarazo». El trabajo de las entidades pasa por que se acerquen al centro médico y conozcan sus derechos como pacientes pero, una vez la cuestión legal y burocrática es superada, pueden surgir barreras de acceso idiomáticas y culturales. No siempre es el inmigrante el que desconoce los trámites que hay que seguir para solicitar una cita médica, también hay falta de compromiso con la población extranjera a la hora de garantizarle el acceso a la sanidad. Durante la entrevista, Ignacio Peña, coordinador de Salud entre Culturas, recuerda el que ha sido para él el enésimo episodio racista dentro de las propias instituciones sanitarias: «Un día nos llaman desde otro centro y nos dicen que tienen allí a un señor, pero que no entienden lo que quiere. Le



 

 

 

 

 

Página 264



preguntamos en qué idioma hablaba, para poder acudir con el intérprete correspondiente, y la respuesta de la compañera fue: “No lo sé, es un poco negro”. Cuando fuimos, el paciente nos saludó en francés».

 

Años después de mudarse a España, pero aún en situación irregular, a Roxana le detectaron una enfermedad tropical: «Me hice las pruebas del Chagas porque me lo pidió mi madre, a ella se lo habían diagnosticado y le advirtieron que sus hijos podríamos tenerlo también. Me daba mucha pereza hacerlas, lo fui dejando, y cuando por fin la hice dio positivo. Se lo comenté a la familia con la que estaba trabajando de interna y ellos no pusieron ningún problema ni sufrí ningún rechazo, me dijeron que les avisara cuando tuviera las citas y ya. Me sentí mal en el centro médico y me cambié al más próximo de mi trabajo, en Pozuelo. Allí hay poca gente, y pocas latinas, y me trataron bien. Es una enfermedad con la que empiezas a tener problemas graves a partir de los cuarenta años. Yo solo tengo una arritmia que se puede tratar, pero mi madre ya está mayor y me preocupa más. Ahora trabajo en una fundación concienciando sobre el Chagas, animando a la población en riesgo a que se hagan las pruebas y se traten. Me he dado cuenta de que cuando hago presentaciones se espera de mí un cierto victimismo, que diga soy la boliviana enferma de Chagas… la gente se me queda mirando y se pregunta dónde están mis trenzas y mi pollera».

 

Las brechas entre comunidades autónomas no solo están relacionadas con las listas de espera, los recursos, o con que no compartan entre sí la información de los pacientes, también que se prestan unos servicios u otros dependiendo de dónde vivas y, al final, la responsabilidad de esa desigualdad en la cobertura la sufren las madres, como le ocurrió a Melania: «Déjame hablarte del calendario de vacunación de mi hija… Primeras vacunas aquí en Madrid. Me sale trabajo en Zaragoza y tienen otro calendario. Luego en Castilla y Léon, otro calendario. Y en todas partes me echaban la bronca porque llevaba las vacunas mal puestas. Me

vi   yendo con los calendarios de cada sitio, para que entendieran que se las habían puesto según tocaba donde estuviéramos. Y teniendo que dar explicaciones: yo no me estoy saltando la vacunación de mi hija, es que aquí la ponéis a los doce meses y allí a los quince».

Los recortes y el copago sanitario han exacerbado las desigualdades y precarizado aún más la vida de las familias más pobres. La infrafinanciación del sistema público de salud provoca listas de espera que



 

 

 

Página 265



obligan a muchas personas a recurrir a intervenciones por lo privado, evidenciando la privatización encubierta de servicios esenciales. Esta situación no solo pone en peligro la salud de los ciudadanos, sino que también socava el principio de equidad en el acceso a la atención médica. Más allá del BOE y de los Presupuestos Generales del Estado, necesitamos que se eduque en todos los niveles de las instituciones asistenciales a sus profesionales para que nadie crea que su dolor duele menos por ser mujer, un poco negra, un poco migrante o un poco pobre.

 

 

 

LO PEOR ES QUE NO ME PASA NADA

 

 

Las expectativas laborales de las mujeres que nos formamos en estudios superiores nos han causado muchísima frustración, al darnos de bruces con

 

LA  AUTOMATIZACIÓN  DE  LA  DESIGUALDAD. Haber dejado de ser obreras

 

manuales nos lleva a darle vueltas al término «precariedad», como si nos diese vergüenza reconocer que, a pesar de haber pasado por la universidad, incluso habiendo encontrado trabajo de lo nuestro, no somos felices porque seguimos necesitando trabajar todos los días.

 

Se normaliza hasta tal punto que trabajar es pasarlo mal, que los tratamientos para la ansiedad derivados de la precariedad y la inestabilidad abordan cualquier aspecto de nuestra existencia, excepto la hiperproductividad. Como en el caso de Celia: «He tenido contracturas y ansiedad por la faena. Me querían despedir, tenía problemas con recursos humanos desde que estaba en el sindicato. No me daban horas para estudiar. Pedí vacaciones para ir a clase y me las negaron… Y el médico, a todo lo que le conté, me preguntó: “Dieta no estás haciendo, ¿verdad?”».

Una vez se ha normalizado que es una lata el trabajar, nos enfrentamos a la desigualdad económica desde la responsabilidad individual, sin orquestar demandas colectivas. Estamos tan enfrascadas en qué podemos hacer cada una de nosotras para mejorar nuestras condiciones que no sabemos qué otra cosa podríamos ser más allá de trabajadoras. Desde pequeñas, jugamos a cuidar y a currar, nos disfrazamos de oficios. No jugamos a la organización sindical, ni a la huelga general, ni a colectivizar la fábrica. Jugamos a comprar la fábrica, la planta eléctrica, las calles o los hoteles. Ha desaparecido el conflicto,



 

 

 

 

 

Página 266



porque ya no tenemos enfrente una clase burguesa, ni al patrón, ni al jefe.

 

No podemos cuestionar sus decisiones porque no sabemos quién las toma.

 

Estamos a las órdenes de un mando intermedio que no sabe muy bien cuáles son sus funciones, pero ahí está, cobrando cien euros más que los demás; del algoritmo de una plataforma programada por, no sabemos muy bien quién CUANDO TU JEFE ES UNA APP; de un fondo de inversión que sella los planos de un cohousing y el menú del comedor escolar con el mismo tampón de tinta. Ha desaparecido el conflicto, que era el motor de la lucha de clases y de las manifestaciones de sus intereses antagónicos, porque se ha instalado EL MURMULLO de autoayuda y palo santo, para que creamos que podemos ser lo que nos dé la gana, siempre y cuando trabajemos incansablemente para serlo. Hasta que sean los humanoides, los drones, quienes admiren nuestra capacidad de producción y destrucción. Ahí es cuando las PERSIANAS METÁLICAS BAJAN DE GOLPE.

 

Siendo maestra, Lucía ha tenido la oportunidad de conocer la realidad de diferentes barrios desde la perspectiva de la infancia y la familia. «En los años noventa, cuando trabajaba en Vallecas, notaba que el estado de salud de las personas no es el mismo que en barrios ricos. El envejecimiento es galopante, mucho mayor en las mujeres. Creo que la falta de recursos y educación en las áreas desfavorecidas provocan un tipo de enfermedades diferentes a las de las ricas». En Estados Unidos se concluyó que existe una MORTALIDAD ATRIBUIBLE A LOS BAJOS NIVELES DE

 

EDUCACIÓN: «Una mejor educación se asocia a una vida más larga, porque aquellos que tienen mayor nivel educativo son más propensos a tener los recursos y el conocimiento para seguir unos comportamientos más saludables, ganar más dinero y vivir con menos estrés crónico».

 

En cada capítulo del DSM-V, el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales, se describe un trastorno y se enumeran sus síntomas. Cuando un paciente coincide con el 60 por ciento de ellos (suelen ser seis de cada nueve, más o menos), se confirma el diagnóstico. Si entendemos la lista de factores que nos llevan a la precariedad como un compendio de síntomas, ¿qué combinación de sinsabores nos hace más o menos precarias? ¿Cuántas de nosotras no presentamos al menos uno? ¿Por qué nos sentimos más cómodas si nos describimos como precarias y no como explotadas?



 

 

 

 

 

 

Página 267



En muchísimas ocasiones, los empleos que requieren poca cualificación no solo están mal pagados, sino que son penosos y peligrosos. Aún se sigue trabajando a destajo en condiciones de semiesclavitud, viviendo al día bajo unos niveles inaceptables de estrés. El riesgo a sufrir accidentes laborales, enfermedades profesionales o siniestralidad es mayor en los puestos a los que podemos acceder cuando nuestro capital cultural y social no nos garantiza una función digna. En España, dos empleados pierden la vida mientras intentan ganársela cada día, son MUERTES POR DESESPERACIÓN.

 

Ada sabía perfectamente que su familia no podía hacer frente a sus gastos universitarios, así que siempre fue consciente de lo que le esperaba si quería subirse al ascensor social: «Fui haciendo prácticas de educación especial mientras estudiaba y, además, estaba dada de alta en una bolsa de empleo para servicios a domicilio con bebés que tenían ciertos problemas porque habían nacido con malformaciones. Eso me supuso más de una vez ir a un examen sin dormir, porque me tocaba el turno de noche, que era el que me daban». A Ada no le pasaba realmente nada grave, salvo que no quería vivir la vida que le hubiese tocado, y el precio de aspirar a algo más que lo que su familia le podía dar fue sacrificar su salud antes de cumplir los treinta. «Tengo la espalda completamente destrozada, necesito relajantes musculares para dormir». Comparte blíster con Natividad, con la única diferencia es que esta última le dobla la edad y tiene casa en propiedad. ¿Qué es lo peor de lo que adolece a la generación Z? LO PEOR ES QUE NO ME PASA NADA. Simplemente no quieren seguir en la rueda, aunque no se haya terminado de imaginar una nueva. Padecen una MÍSTICA DE LA FEMINIDAD que no solo quiere independencia económica, además ambiciona tiempo libre. Cuando la patronal afirma en la tribuna que sobran universitarios, lo que en realidad le sobran son hijas de la clase trabajadora con la oportunidad de desarrollar el pensamiento crítico suficiente como para negarse a aceptar un trabajo que no les dé para una habitación propia.

 

La explotación laboral es la razón de ser de la laboralidad y sus beneficios. En demasiadas ocasiones se nos olvida que ocupamos un puesto porque generamos plusvalía, porque aportamos mucho más de lo que nos pagan. Vamos a la universidad y se nos olvida que cuando dejemos nuestro trabajo no cualificado seguiremos haciéndolo como



 

 

 

 

Página 268



subordinadas. Cuando somos camareras, servimos copas más caras que nuestra hora de trabajo. Cuando somos dentistas, también ponemos empastes más caros que nuestra hora de trabajo. Concha no se puede permitir dormir en el hotel donde hace las camas. Por sus pasillos corre en crocs, en zapatos ortopédicos, pero jamás lo hará en sandalias ni con su ropa de calle, no lo tiene permitido. El sistema fordista, aquel que buscaba garantizar que la plantilla pudiese acceder a los mismos bienes y servicios que producía y desarrollaba, ha sido superado por otro sistema, a todas luces peor. Para irse de vacaciones, las trabajadoras de los hoteles de cinco estrellas deben buscar alojamiento allí donde sí puedan permitirse pagar una noche, allí donde quien les cambie las toallas gane aún menos que ellas.

 

¿Se puede tener salud presentando síntomas de precariedad y explotación? ¿Por qué es tolerable una vida en la que tenemos que someternos hasta la extenuación para pagar una habitación y una balda del frigorífico en un quinto sin ascensor? ¿Por qué aceptamos aprovecharnos de quien está todavía peor para que llegue en bici hasta nuestro portal y se suba los cinco pisos con un poke? Llevamos varios años hablando de la salud mental, de soluciones individuales, como si lo que nos ocurre necesitase presentar varios síntomas sostenidos en el tiempo para que se nos pueda tratar. Como si lo que nos pasa se tratase con la medicación y las pautas que recomienda el DSM-V para cada trastorno, cuando la realidad es que necesitamos que la Inspección de Trabajo actúe de inmediato. Necesitamos un rescate. Porque esto no es un trastorno individual. Es, en el peor de los casos, un delito contra los derechos de las trabajadoras y, en el mejor, la consecuencia del propio chantaje renta-trabajo.

 

Podría decirse que Ángela, docente, ha visto crecer a los hijos de su fisioterapeuta. «Por sobrecarga de trabajo he tenido muchos episodios, se me rotaron las cervicales por exceso de estrés y tantas horas delante del ordenador. A otros compañeros les han pasado cosas parecidas». Para evitar estas situaciones necesitamos parar, pero eso significaría que somos unas flojas, que no nos estamos tomando en serio la oportunidad que nos han dado para ascender socialmente. Debemos lucir con orgullo que no nos da la vida, estar muy ocupadas, que nuestro peor defecto que destacar en la entrevista es que somos muy perfeccionistas, unas adictas al refuerzo intermitente del mando intermedio. Pretenden que trabajemos más horas



 

 

 

Página 269



de las que cualquiera de nosotras desearía estar despierta. En el momento en el que no somos nadie más allá de nuestro puesto de trabajo, la patronal ha derribado a la reina y se enfila hacia el jaque mate.

 

Cuando la hiperproductividad se ha convertido en un hábito, las horas libres solo pueden existir si una enfermedad nos postra en la cama, en el momento en que nos recuerda que somos humanas. No queremos mostrarnos FRÁGILES, somos incapaces de reclamar un descanso en medio de tantas privaciones a nuestro alrededor, exhaustas, agotadas… la sobreexigencia oculta la culpa hasta normalizar «una ansiedad que se tolera como daño colateral del privilegio de quien al menos vive y trabaja y mejor se calla ante la pobreza y mayor vulnerabilidad de los demás». Maca ilustra la teoría de las ensaladillas rusas: «Desde muy jovencita he sentido la presión de que soy la que tengo que cuidar, y me es más difícil romper este rol que ejercerlo. Entonces, soy la cuidadora principal en mi familia y hasta he ido perdiendo las ganas de rebelarme. Digo, venga, pues ya está, toca hacerse cargo de tres personas dependientes… Y me encuentro maternando otros ámbitos, porque es mi forma de socializar. Materno en el trabajo con los alumnos, con mis compañeras, con mis amigas, con mi pareja… No digo que a todas las mujeres les pase, pero en mi caso, como es algo reconocido socialmente, que todo el mundo me da refuerzo positivo por lo bien que lo hago, por lo bien que cuido de los demás, al final es como que estoy a gusto haciéndolo. Aunque esté cansada, me siento reconocida. Lo que pasa es que voy aprendiendo un poco a poner límites. Antes de sobrecargarme en exceso, ya lo hablo y digo: “Oye, mira, aunque a mí me gusta hacer esto, lo voy a hacer hasta aquí”. En terapia lo estoy trabajando, de momento gestiono mejor el estrés que la culpa… Por eso tiendo a sobrecargarme cuidando de los demás y no me puedo desentender de sus necesidades. Cuando tienes una familia disfuncional como la mía, eliges entre susto o muerte».

 

La tendencia de la patronal hacia la automatización no busca únicamente ahorrar salarios, también quiere amansar a la plantilla atemorizándola con la sustitución y el desempleo si demandan más salario, más descansos o más derechos. Nos priva de pensamiento crítico y de cualquier necesidad o inquietud más allá de las cubiertas por la empresa. Un adoctrinamiento sin pausa. Hasta que renunciemos a parecer humanas, para que nadie perciba que podemos ser reemplazadas por una máquina. Negarnos a realizar una tarea, dejar sin terminar un proyecto, responder



 

 

 

Página 270



sin contemplaciones a un chiste machista, ponernos enfermas, que se case un hermano, que muera un padre, acompañar a una abuela al médico, acudir a una reunión con la maestra de nuestra hija, todas son cosas que nunca haría un algoritmo. Y si no queremos ser sustituidas, reemplazables, prescindibles, tampoco debemos hacerlas nosotras. Amparo se centró en que su rol de cuidadora en casa no arrastrase su productividad en el trabajo. Fue madre con 35 años y se vio, al mismo tiempo, responsabilizándose de sus padres, ya que a su madre le diagnosticaron Alzheimer prematuro: «Durante trece años, mi vida se limitó a ir de casa a la oficina, de la oficina al colegio de mi hija, del colegio de mi hija a casa de mis padres, de casa de mis padres a la mía, y vuelta a empezar. Cuando murió mi padre, mi hermana y yo estábamos las dos con los portátiles en las rodillas a los pies de su cama».

 

Nuestros compañeros, los hombres de clase trabajadora, no han tenido una explotación laboral inferior a la nuestra, pero han disfrutado de más tiempo libre y de descanso a costa de nuestro trabajo no remunerado en el hogar. Quienes estamos accediendo a los empleos con los que las generaciones anteriores no pudieron ni soñar, advertimos que el curro de nuestros sueños no nos permite un techo digno bajo el que dormir, mucho menos en propiedad. No podemos entregarnos al cien por cien en un sistema que nos paga la mitad. Son las jóvenes las que mejor han comprendido que no se puede exigir una identificación con la empresa si no te pagan la ropa que te piden que vistas y tienes un contrato temporal.

El crop top dejará una PANZA DE BURRO al aire, pero al menos hemos cesado en la persecución de la zanahoria. Por supuesto que hay una falta de compromiso, cómo vamos a querer que nos defina nuestra ocupación, si la sujeción al puesto es una camisa de fuerza que corrige nuestras aspiraciones vitales y nos somete incluso cuando plegamos porque nos duelen hasta las pestañas.

 

Lo peor es que no nos pasa nada porque nos pasa a todas, y ya se sabe: normalidad, supuesta salud. Normalizamos de una manera generalizada, y que llega a la enajenación, que el trabajo nos rompe y que NO TENER TIEMPO es síntoma de éxito, por lo que quien no puede soportarlo necesita ser tratada, reeducada. Solo así el sistema seguirá girando. Triana empezó a ir a terapia porque todo el mundo le decía que era una exagerada, que se cogía las cosas muy a pecho, que tenía que relativizar un poco y tomarse la vida menos en serio. «En mis sesiones me doy cuenta de todo lo que he



 

 

 

Página 271



ido tragando que no debería haber tragado. Gracias a ello decidí interponer una demanda. Fue la psiquiatra, haciendo terapia online, porque me pilló con el confinamiento, la que me ayudó a ver las cosas con distancia. Me di cuenta de lo que me estaba pasando, de lo que me estaban haciendo, y me puse en contacto con una abogada laboralista, porque, incluso siendo yo abogada, no me estaba dando cuenta. Priorizaba tener un trabajo fijo a sufrir discriminación». Cuando todo es salud mental, parece que nada es estructural, pero de vez en cuando se demuestra que no es cuestión de actitud, ni de empezar a levantarnos a las cinco de la mañana, ni de leer a Marco Aurelio. Cuando contamos lo que nos pasa, nos permitimos en muchísimas ocasiones politizar que MALESTAMOS y elevar esa experiencia personal que nos hacía sentir raras en un mundo de normas en el que no encajamos. Ese orden social, descrito y consuetudinario, solo puede ser transformado por la acción organizada.

 

Se da por hecho que lo normal es el blíster de pastillas en el cajón de la oficina, en el delantal de la fast food, en la riñonera de rider. «La empresa creía que debía poder hacer el trabajo de tres personas. Peté. Yo creí que era algo físico, que me faltaba azúcar, que tenía la tensión baja. Perdía las fuerzas, me mareaba, llegaba a perder el conocimiento en la calle. Le comenté a la médica de cabecera que me sentía cansada, que no me podía levantar, que me costaba muchísimo hacer todo. Y ella, después de hacerme pruebas, me dijo que era una depresión. Fue la primera que me recetó antidepresivos», recuerda Toñi. Nos han exprimido hasta quitarnos el sueño y, ahora que no podemos más, nos recetan pastillas para dormir.

 

 

 

LEXATÍN O CERVEZA

 

 

Nuestros barrios, los de la periferia, de edificios de ladrillo naranja y toldos verdes, han estado continuamente estigmatizados porque aquí vivimos losers: «Parece fácil caer en los discursos que justifican el consumo a partir de que se ha perdido el empleo, se tiene una familia desestructurada… que, como estás jodido, lo normal es que te drogues», señala Aroa, historiadora especializada en la transformación de Madrid tras la llegada de la heroína. Pero la trampa de esas explicaciones, concluimos, es que se estereotipa al drogodependiente y también a las personas que viven situaciones jodidas. Si normalizamos que el abuso esté



 

 

 

Página 272



justificado entre quienes tienen una vida difícil en un barrio empobrecido y sin una familia que le cuide, cualquier persona en condiciones similares podrá desarrollar un problema de adicción. Lo tenga o no lo tenga, el prejuicio consiste en dar por hecho que podría suceder y que, por ende, lo mejor que puede hacer quien tiene una situación acomodada y disfruta de cierta respetabilidad dentro del orden social es no acercarse a la periferia.

 

Aroa ha enfocado su tesis a las adicciones porque «es algo que siempre me ha llamado la atención. Hace años, mi madre murió por VIH. Lo había contraído a partir del consumo de heroína y, claro, eso hizo que en casa ese fuera un tema tabú, algo de lo que no se podía hablar. Y basta que te digan que no puedes saber para que quieras indagar. Estudié Historia, y cada vez que salía el tema, me llamaba la atención esa proyección del drogadicto como una persona problemática. Investigar esto me ayuda a entender el porqué, darle agencia, entender que al final las personas hacen lo que quieren y eso te puede llevar a un sitio o a otro, y que esa es la vida que mi madre eligió vivir. Esto me ha ayudado a entender que lo que le sucedió no dependía de mí. Con seis años no podía comprenderlo. Y que la adicción y la enfermedad no son algo que per se implique un abandono o una falta de interés por tu familia o por tus hijos, que es algo inherente al estigma sobre las madres consumidoras y no sobre los padres consumidores. Mi madre contrajo la enfermedad y mi padre tenía problemas con el alcohol, por lo que, tras la muerte de ella, me criaron mis abuelos paternos, bastante mayores. Ya no trabajaban (obrero y limpiadora de origen extremeño) y nunca quisieron hablar del tema. Yo no supe de qué había muerto mi madre hasta la adolescencia. Me preguntaba cosas, había cosas que no entendía… Rivas no es un barrio tan grande y se hacían comentarios. Al empezar en el instituto fue cuando recibí los primeros comentarios explícitos de que mi madre se drogaba. Mi primera reacción fue decir que eso era mentira, era un choque. Tras hablar con mi familia me dijeron que sí, que era verdad y que había pasado esto, esto y esto. Lo primero que pensé es que era una mujer horrible, todo eran sentimientos negativos».

 

Las adicciones son un problema de salud profundamente atravesado por los roles de género. En el alcoholismo, de ese abandono de los hijos se habla cuando eres una BORRACHA MENOR, pero no cuando confiesas que eres un hombre que solo piensa en BEBER. No es para menos el juicio



 

 

 

 

 

 

Página 273



clasista: ponerse COMO LAS GRECAS es muy diferente a ser un obrero del metal al que apodan VINAGRE.

 

Que una chica esté sola en un bar conlleva un estigma, sea lo que sea lo que le hayan servido en la copa. Aún viven aquellas ANIMALAS FEMINISTAS que fueron internadas en el Patronato de Protección de la Mujer al ser sorprendidas de madrugada en la barra de un bar: frecuentarla era la forma más rápida de coger mala fama en el vecindario. EL LABERINTO DE ARIADNA denuncia que beber en exceso es incompatible con ser una «buena mamá», pero jamás se cuestiona que los alcohólicos estén ejerciendo o no su paternidad de la manera correcta. A las madres adictas se las dinamita apartándolas de su prole, ya sea por lo civil, ya sea a partir de una decisión familiar sin que medie ninguna institución, como fue el caso de Aroa, que vivió con sus abuelos sin tener apenas contacto con la suya, «aunque se rehabilitó y tenía ganas de vivir. Es bastante fuerte, porque era alguien que empezaba a rehacer su vida, que quería volver a reunir a sus hijos. Pero le llegó el diagnóstico, la enfermedad y la muerte. Fue un bajón. Es algo propio de estas situaciones. Es una cuestión de suerte. Conozco a amigas suyas que han consumido y que siguen vivas, que tienen a sus hijas y a sus familias».

 

Es una falacia hablar de que las sustancias más duras no son malas poniendo ejemplos de grandes artistas. La historiadora insiste en ello por varios motivos: «Primero, depende de la calidad de lo que consumes, que esa droga sea la que tú normalmente consumías. La heroína popular estaba cortada, y esa parte adulterada es la que te mataba. Por otra parte, el espacio donde la consumes, si es seguro (como tu casa, o la casa de un amigo). Y los recursos que existen (sean públicos o privados) para acudir a un tratamiento cuando quieras dejarlo. Hay que romper con esa imagen de que en los barrios como no había otra cosa que hacer, pobrecitos, se drogaban. Había otras cosas que hacer, había gente que las hacía, y también había gente que las hacía y después se drogaba. Las muertes de drogodependientes no tienen tanto que ver con la sustancia sino con la adulteración».

 

Los relatos de algunas de las entrevistadas que vivieron los setenta y los ochenta cubren las lagunas que tiene Aroa tras la pérdida de su madre. «He notado mucho en falta ese referente. Mi identidad se ha construido en torno a la orfandad y a la ausencia de una figura sobre la que tienes



 

 

 

 

Página 274



muchas preguntas que nadie te contesta. Pero pude estudiar, sin carencias, en la educación pública, desde el colegio hasta la universidad». Su investigación se centra en la heroína. «Desde muy pronto se habla de consecuencias perjudiciales para la salud. Sobre todo morales. Muchas veces los oprobios giran en torno a la moralidad. A partir del 85-86, con los primeros casos de VIH y de sida, es cuando alcanza un mayor pico el discurso que liga droga y enfermedad. Se creía que la mayoría de las personas enfermas en España lo habían hecho por vía intravenosa, por ser consumidores de heroína. En Estados Unidos el contagio estaba más vinculado, de cara a la opinión pública, a las relaciones sexuales homosexuales. A mediados de los ochenta empieza a organizarse la respuesta social en España ante la drogadicción».

 

En Galicia, la Asociación de Vecinos de Lavadores trataba de vez en cuanto el tema, pero asociándolo a las bandas, a los delincuentes, no como un problema social que podía afectar a cualquiera y que tenía culpables. Hasta que los hijos de las madres de la asociación cayeron en la heroína, no empezaron a ser vistos como enfermos. En FARIÑA se describe una generación perdida: en 1995 un tercio de los colegios gallegos reconocía que se vendía droga en sus alrededores. Aquello afectó de lleno a Mariña: «Mi hermano cayó varias veces. Yo tenía una pandilla, que éramos como diez o doce, todos en las mismas edades, más o menos… Y, claro, algunos fallecieron por sobredosis. Es muy curioso, porque fíjate, era un grupo bastante homogéneo en cuanto al número de chicas y de chicos. Todos ellos lo probaron todo y lo hicieron todo. De nosotras, solo dos. El resto estudiamos, salimos adelante y seguimos vivas. Ellos no salieron. Es significativo y siempre me ha llamado la atención. Y luego, pues ya te digo, fue durísimo porque yo creo que lastró a toda mi generación. No sé. Muchos muchos conocidos, amigos. Uno de mis primos falleció de sobredosis. Un antiguo novio de una de mis hermanas también. Mi hermano se salvó. Bueno, no sé… Tampoco te queda la tranquilidad de que esté salvado del todo, ¿sabes? Porque siempre piensas que queda ahí ese poso, que podría recaer en cualquier otro momento. La droga es algo muy concreto, pero el alcoholismo también está ahí, y él se refugia mucho en el alcohol. Yo qué sé, es que fue una época muy dura y… te dejaban abandonado a tu suerte, ¿sabes? En aquella época, había una asociación particular de ayuda a toxicómanos que se llamaba Érguete. No era algo gubernamental o promovido por la sanidad pública o algo así. De hecho,



 

 

 

Página 275



por ejemplo, las desintoxicaciones de mi hermano siempre fueron privadas. O sea, nunca recibimos ninguna ayuda. Las clínicas no eran baratas precisamente».

 

En la Valencia de extramurs, Paqui, una teleco de 50 años, también hizo «la ruta del bakalao, que empezó en los años noventa. Había empezado a salir en los ochenta, que eran los años de la movida, de la liberación… no era aún música del bakalao pero sí que había mucha droga. ¿Cómo lo viví? Pues le tengo pánico. Entonces y ahora, le tengo mucho respeto a las inyecciones. Tenía mucha información de lo que era. No te digo que no probara nada, porque sí que probé (era demasiado fácil en aquella época), pero no fui adicta a nada. Sí, conocí a gente: el hermano de una amiga de mi hermana era adicto a la heroína. Su madre, que era paciente de mi padre (que era médico) en el seguro, venía a por recetas. Lamentablemente, un día se lo encontraron en el patio con una sobredosis. También teníamos unos amigos del grupo cuyos padres estaban enganchados a la heroína. Por la profesión de mi padre veía de cerca muchos casos, le cogí miedo, y por eso creo que nunca me acerqué. Creo que es básicamente información lo que necesitas: lo que hay y lo que hace. He probado la coca, que hizo más daño en los noventa. Muchas cosas de sola una vez: un tripi, una mescalina… pero la heroína jamás, ni pinchada, ni fumada, ni nada».

 

En Bilbao, Ainhoa recuerda aquella generación perdida más relacionada con el consumo de hachís y marihuana: «Conocí a muchos a los que mató la droga. Alguno consiguió salir del pozo, pero otros se quedaron estancados. Eran chicos listos que podían haber estudiado, pero, claro, fumar porros era más divertido que cualquier otra cosa. Abandonaron los estudios y eso los lastró de cara al futuro. Había mucha gente enganchada, pero en aquella época no se hablaba abiertamente de esto, no éramos conscientes. Con el alcohol había también una tolerancia absoluta, total. No teníamos ningún problema para entrar a los bares. Con catorce o quince años ya bebíamos».

 

Estadísticamente, las mujeres consumimos más alcohol y benzodiacepinas, sustancias legales, que los hombres, aunque cada vez estamos más SEDADOS en el conjunto de la sociedad. Nos evadimos con lo que venden en el súper porque no tenemos tiempo para resacas de dos días, ni dinero para permitirnos pastillas que no vendan sin receta. Un detalle sobre el que Marisol reflexiona cuando abordamos las diferentes



 

 

 

Página 276



«vías de escape» que tiene la clase trabajadora ante una realidad que la supera. Incidiendo en salud mental y autocuidados, como la necesidad de tener tiempo para el ocio y el descanso, resalta que «la tarde libre» que se ha popularizado entre los varones, y es normal verla en las series americanas como «la tarde de bolos», no existe para las mujeres. Estar sobrepasada o tener ansiedad se ha estigmatizado, aunque sea así como estamos todas: «Yo tomo ansiolíticos por la ansiedad que me causa todo. Mi marido tiene ansiedad pero no recurre a ellos, se bebe una cerveza. Él tiene la opción de salir de trabajar, sentarse en una terraza con un colega, pedir una caña, echarse cuatro risas y relajarse. Pero yo, para hacer eso, tengo que dejar al niño con mi madre, porque si no, no me voy tranquila. También te digo que es algo que sienta genial. Cuando estoy con mis amigas, con una cerveza y un cigarro, estoy en la gloria. Ahí no necesito ansiolíticos. Eso tendría que ser diario, pero no es viable». Lo cotidiano, lo que las mujeres de clase trabajadora se pueden permitir, es el ansiolítico.

 

Cuando trato este tema con Yaiza, identifica en los jóvenes con los que trabaja una relación clara entre el consumo de alcohol y la inversión pública en espacios de ocio: «Cuando tú no tienes nada que hacer, ningún sitio al que ir un sábado por la tarde en el que sientas que puedes desarrollarte y estar con tus colegas tranquilamente, ¿qué haces? Pues un botellón en el parque. Porque, uno, es lo más barato, y dos, estás con tus colegas y es lo único a lo que tienes acceso». Como educadora social, ha realizado talleres de ocio alternativo que sí se promovieron en distritos diferentes al suyo. «Nos los llevábamos a hacer talleres de manualidades, a pintar tazas, cosas que aquí en el barrio no hay, y los chavales estaban encantados. Cuando no tienes esa oferta, ni unos billares, que es lo más básico, lo más normal es que estén en el parque echándose un peta». Maribel ha discutido mucho con quienes criminalizan el consumo de drogas en la periferia, «porque no creo que se haga más aquí que en los barrios ricos. Aquí los ves (y lo hueles) porque están en el parque. Pero si lo hacen en un garaje de un chalé en Retamar o en un barco del puerto no lo sabes, y entonces qué buenos parecen todos tus chavales».

 

Detrás de los menores que se «drogaban bastante», suele estar una madre preocupada. «Son ellas las que tienen la carga mental, y un sentimiento de culpabilidad, de “mi hijo se está drogando porque yo he hecho algo mal durante toda su vida”». Davinia describe cómo ese reproche presiona a las madres de adolescentes: «¿Estaré siendo una buena



 

 

 

Página 277



madre para que él sea un buen hombre?». Romper con eso es muy difícil. Irene identificaba que les ocurría más a las familias migrantes, quienes se encontraban en un país que no es el suyo, sin referentes juveniles con los que poderse identificar. El choque de realidad con el que se enfrentaban las progenitoras era importante y ella, como educadora social, las acompañaba en el acceso a los recursos para hacer frente a la situación y no hundirse. Mientras tanto, los padres se desentendían de las nefastas consecuencias que podían derivar de su falta de atención a la crianza: «Ellos se justifican en que, si están todo el día trabajando, lo que pase con el niño no es cosa suya: Al niño lo llevas tú al cole, así que si le va mal es culpa tuya, si se droga es culpa tuya, y si no sabe es porque no le has ayudado a hacer los deberes». Son las madres las que, por estar en casa, tienen que saber ayudar a sus hijos e hijas con los deberes, sin que haya ningún tipo de reflexión sobre las materias o el propio acceso a la educación que ellas hayan tenido, sobre de cuántos menores se deben hacer cargo, sobre si hay alguna persona dependiente o si trabaja fuera de casa. La única vez que Irene ha visto intervenir a un padre, recuerda, fue en un campamento, «con una actitud nada conciliadora, y sin preocupación, sino abroncando a las monitoras».

 

En lo personal, Irene ha ido a la psicóloga derivada desde la Seguridad Social, «y no quería que me dieran pastillas. El componente de clase te genera mucho más estrés, tensión e inestabilidad. Al final, una persona con problemas puede acabar enganchada, sea de la clase que sea, pero alguien con más poder adquisitivo tiene muchos más recursos para que le cuiden la salud mental, por así decirlo. También para estar menos estresado, para no tener problemas para llegar a fin de mes, que al final eso es lo que nos acaba condicionando a todos». El titular fue ESPAÑA, A TERAPIA, pero la realidad es que España, en femenino, está sobremedicada porque no hay financiación en la sanidad pública ni medios suficientes para la atención privada en las unidades de salud mental.

 

 

 

LAS CIGÜEÑAS NO HIBERNAN

 

 

Ana retrasó su embarazo hasta que estuvo segura de poder ser la madre que deseaba ser, con un trabajo que le permitiese cuidar sin depender de nadie: «Cuando tuvimos hijos, mi marido trabajaba de noche y yo de



 

 

 

Página 278



mañana. Yo podía estar con los niños sin tener que recurrir a nadie para que los cuidara. Tardé en tenerlos, pero me dije que el día que estuvieran aquí, no iba a darle su educación a nadie, la llevaría yo. Lo tenía muy claro. No por nada, es que, si no, ¿para qué los tienes? Es un periodo de la vida que no se puede recuperar. Yo no volví a salir de casa, con el trabajo, hasta que los niños fueron mayores. A ver a quién metes en casa mientras duermen: mi marido trabajaba de noche, mi madre murió cuando yo era joven, a mi padre, que no se había hecho cargo de mí, no le iba a dejar a mi hijo; y mis suegros estaban muy mayores y viven en otra ciudad. Alguna vez he recurrido a mis hermanas, pero no como algo seguido».

 

Nos han programado para posponer la gestación hasta encontrar la situación propicia, determinada por la estabilidad laboral y afectiva. Mientras tanto, las ricas han seguido teniendo quien herede. Tal y como afirma Javier Ruiz al radiografiar por quintiles la sociedad española, la crisis de 2008 supuso un retraso en la edad de maternidad, pero solo entre las mujeres más pobres, en los tres primeros quintiles. Las ricas no cambiaron el ritmo. Y ahora esos repeinados serán nuestros jefes y nos preguntarán si queremos tener hijos porque, dada su proyección internacional en el plan de ascensos interanual, es difícil encajar las políticas de conciliación del Gobierno socialcomunista. En su cuenta de resultados encajan mejor las prestaciones universales a las familias numerosas que concilian divinamente deduciendo el sueldo de la interna.

 

Para Fayna, la principal culpable de la baja natalidad es la situación económica. Opina que, en comparación con la generación de sus padres, tenemos menos estabilidad. «Con 24-25 años estaban casados, tenían una casa, hijos y hasta un coche. Hoy eso es impensable. Todavía puedes estar perfectamente de prácticas en cualquier sitio, estudiando y viviendo en casas de tus padres. Los jóvenes tenemos muchas menos oportunidades a nivel económico y laboral, por eso se está retrasando la maternidad. Y también porque el feminismo nos ha enseñado que es una opción para quien la quiera. Pero la principal razón son las pocas oportunidades que, a nivel laboral, nos permiten establecernos y llevar una vida independiente». En su entorno ve una mayor presión sobre las mujeres. «Ningún amigo mío me ha dicho que quiera ser padre y que no pueda, por lo que sea. Muchos tendrán el deseo, pero es la mujer la que parece incompleta sin hijos, aunque ellos también puedan estar pasándolo mal. Pero ponte tú a



 

 

 

 

 

Página 279



tener hijos. No puedo ocuparme de mí misma, como para cuidar de otra persona».

 

Ada tiene 29 años, y no se imagina cómo podría encajar un hijo en su vida. Tampoco se siente incompleta. «Nos dicen que ganando poco no podemos tenerlos, nos han metido eso en la cabeza para que no nos reproduzcamos, es malvado. Pero me aburre ese tema, si quieres ser madre o no quieres ser madre… aún podemos elegir. Ni se me está pasando el arroz, ni necesito procrear o echarme novio para realizarme».

Una vez asumido que la precariedad es intrínseca a nuestra condición de asalariadas, algunas entrevistadas proyectan su maternidad al margen de las imposiciones sociales y de los hitos vitales convencionales. Toñi, a sus 31 años, prefiere serlo sola a esperar a la pareja ideal. «He conocido a bastantes hombres, pero no me iría a vivir con ninguno. Ni con el más progre, rojo y aliado. Quiero compartir momentos de mi vida, no mi vida entera. Y quiero ser madre, madre soltera. No quiero caer en la trampa de la familia feliz, con papá y mamá, porque la mayoría de mujeres que conozco se han separado justo después de tener criaturas».

Cuando entrevisté a Maca, estaba soltera y ahorrando para la fecundación in vitro. «Ahora es cuando peor lo estoy pasando, porque llevo tratando de quedarme embarazada desde hace un año y medio o dos y son todo dificultades. Se me han acabado los intentos con la Seguridad Social. Me he sentido como un número, ¿sabes? Como que solo se ve tu edad y no las circunstancias. La inseminación no salió bien, y la primera fecundación in vitro tampoco, así que me he tenido que pasar a la privada. Ahora recibo muchos juicios de valor, que cómo se me ocurre ponerme a tener un hijo con 40 años, que fue cuando empecé. El primer médico me dijo: “Eres vieja para tener hijos”. Ahora han cambiado a “eres mayor”, lo han suavizado un poquito». A la tercera fue la vencida, un año después lo ha conseguido.

 

Después de toda esa retórica contraconceptiva que recibíamos en los barrios empobrecidos, que ya le parecía incluso algo malvado a Ada, nos acusan de estar tardando demasiado en concebir mano de obra. Se ha dinamitado la vivienda pública y no podemos emanciparnos hasta bien cumplidos los treinta, edad a la que muchas seguimos encadenando contratos temporales, pero somos nosotras las que no queremos ser madres jóvenes por culpa del feminismo, que nos ha hecho egoístas. Al parecer los hombres no tienen nada que decir. Se emancipan aún más tarde, no tienen



 

 

 

Página 280



ni para comprarse un coche con el que pisar el centro de la ciudad, pero EL VIENTRE VACÍO del que hablaba Noemí López Trujillo solo es el nuestro. A ellos nadie les pregunta qué diablos han estado haciendo con su vida en vez de ponerse a criar hijos. Ellos no tienen prisa, parece que podrán ser padres cuando quieran, que no tendrán jamás el esperma vago, ni les dará lumbago aupar a las criaturas pasados los cuarenta.

 

Marisol cree que la precarización llega a afectar a las decisiones que puede tomar en torno a su propio cuerpo: «Si no le quieres dar el pecho, tienes que plantearte cuánto cuesta la leche de fórmula». Ser madre joven mientras se ingresa al mercado laboral implica sentirse constantemente requerida y exigida. Davinia, abrumada por la llegada de su hijo, el trabajo y los estudios, describe su experiencia a los 24 años: «Lo malo de la maternidad es cuando crecen, saber si lo estás haciendo bien, si realmente se ha convertido en una persona con unos valores, para que el día de mañana no te salga… yo qué sé, un facha, un intolerante o un xenófobo. Ese miedo hace que las madres (no sé otras, al menos en mi caso) nos sintamos completamente vulnerables y frustradas. Piensas Dios mío, cómo la cague en una época como la adolescencia, vete tú a saber en qué lo convierto. Si habrán servido todos los años anteriores en los que lo he educado para ser respetuoso, y para pensar por sí mismo». Ser madre no deja de ser UN TRABAJO PARA TO DA LA VIDA.

 

Sindy podría haber protagonizado cualquier capítulo de aquella serie americana, 16 and Pregnant. Eran mujeres reales, madres adolescentes, que veían su graduación del instituto malograda porque no había vestido con el que disimular la creciente barriga. Con ese discurso que mencionaba Silvia Nanclares, el de que «un hijo te arruina la vida», crecimos las nacidas a mediados de los ochenta y hasta hoy. Nos decían que teníamos que acabar la ESO, luego Bachillerato, después la universidad, viajar fuera, aprender idiomas, hacer un Erasmus, un máster y estar de becaria para empezar desde abajo, pasito a pasito.

 

Pero Sindy no, ella fue madre durante la adolescencia, antes de acabar la ESO, en un entorno empobrecido, con una pareja migrante en situación irregular residiendo en otra provincia. Cuando hablamos de este tema lo tiene claro: «De lo que me siento más orgullosa es de mis tres hijos. Ser madre con 16 me cambió la vida, evidentemente. Como aquel que dice, dejé de jugar con muñecos bebés para cuidar, criar, guiar, y hacerlo lo



 

 

 

 

Página 281



mejor que podía con mi bebé de verdad. Si te soy sincera, no me siento arrepentida y es lo mejor que hice, ser madre joven. Primero a los 16, después a los 22 y por último a los 28. No tuve un trabajo de verdad, no estuve contratada, hasta después de tener al segundo. Sí, es más complicado organizarse, pero tengo a mi madre y la guardería. Y una cosa te voy a decir, tener hijos siendo joven cansa menos que cuando los tienes casi en los treinta. Que ahora estoy reventada con la más chiquitina… pero son mi mayor orgullo. Quizá los papás no los elegí bien, ya que los dos mayores son de un padre y la pequeña de otro, pero dicen que son los hijos los que nos eligen a nosotros, y en este caso fue así. Estoy agradecida de que me hayan elegido a mí mis tres tesoros. Fui hace poco a las orlas de la mayor, la graduación de la ESO que yo no tuve».

 

Las horas de sueño que nos roba el metro mientras se acelera «el reloj biológico» acaban afectando a nuestra salud reproductiva. Incluso entre aquellas mujeres que no desean quedarse embarazadas, cuando la precariedad se cronifica, se activan los mecanismos de supervivencia. Muchas sentimos la bajada de la libido cuando el estrés ambiental se prolonga. Nuestro cuerpo interpreta que, si estamos en una situación de riesgo, debe ahorrar, prescindir de algunas funciones.

 

En el mejor momento biológico, LA MITAD QUE SANGRA sigue siendo becaria o, en el mejor de los casos, está disputándose la proyección profesional en un entorno cada vez más hostil, feroz y ávido. Zoe se sintió absurdamente desbordada por la situación la primera vez que dejó de bajarle la regla por el estrés en el trabajo, aunque al principio no sabía lo que era: «Estaba en el call center con contratos de interinidad a los veintimuchos y, claro, muy tensa. Tras cuatro meses sin la regla, noté el chorretón. Me crucé con mi jefa en el baño, me vio mal, y se lo conté. Confesó que estaba igual desde que la habían hecho responsable. Y mientras entraba a cambiarme lo pensé: ¿por qué tengo yo que encontrarme con los mismos problemas de salud por el estrés que ella?».

 

Tan solo una de cada diez mujeres no quiere ser madre al margen de su salud, su situación económica o sentimental. Las no madres convencidas, por el feminismo o por cualquier otro motivo, somos una minoría. En España, casi tres de cada cuatro mujeres tienen descendencia, aunque se posponga tanto que nos hayamos convertido en el país europeo con más madres primerizas a los cuarenta años que a los veinte. Tender a que el permiso de paternidad sea igual al de maternidad, así como ampliar el



 

 

 

Página 282



tiempo en ambos casos y que haya deducciones en las cuotas a la Seguridad Social de las sustituciones son decisiones políticas que palian las desigualdades de género en el ámbito profesional. Pero no son suficientes para que dejemos de estar escrutadas con especial atención cada vez que nos enfrentamos a los algoritmos de selección, o a los responsables que siguen temiendo que las madres no puedan comprometerse a full time en la empresa.

 

Al ver la foto de WhatsApp de Triana, cualquiera podría creer que es madre. Cuando comencé a preguntarle sobre la maternidad y la conciliación, corrigió el error de suposición: «Son mis sobrinas. Como estoy, no puedo. ¡Ojalá! Me gustaría, pero no puedo, no puedo. Cuando me despidieron tuvimos que irnos a vivir a casa de mi suegra, porque no llegábamos a pagar el alquiler con un solo sueldo mientras yo esperaba el juicio. Es muy jodido. Estoy en tratamiento psiquiátrico, quería haber sido madre este año. Me planteo que aprobar una oposición es la única salida hacia un trabajo digno. Aunque gane el juicio y me reincorpore, me harán la vida imposible. Así no se puede tener un proyecto de maternidad».

La precariedad y la temporalidad (pero sobre todo la arbitrariedad con la que se accede promociona y mantiene el empleo en nombre de la libertad de la empresa y los acuerdos individuales) han provocado que muchas mujeres se orienten hacia el empleo público. El Estado parece el único empleador estable, garante de unos mínimos de mérito y capacidad en su selección y respetuoso, llegado el momento, de las medidas de conciliación que se puedan precisar. Marta tiene 29 años y quiere ser madre, pero sabe que no lo será a corto plazo, porque aún no ha conseguido una plaza de funcionaria cerca de su familia, y porque su novio acaba de aprobar las suyas como policía local, a los 33 años. Lo que tiene claro es que siendo funcionarios es la manera más fácil para acceder a una vivienda y formar una familia. «No sé si es muy tradicional, pero es que soy así. Desde pequeña, me ilusiona tener mi casa, mi pareja y mis hijos, porque a mí los niños me encantan. Y ser funcionaria también. Aparte de que me encanta trabajar en la Agencia Tributaria, es que tendré las tardes libres para en un futuro, si Dios quiere, pasarlas con mi familia y cuidar de mí también, que me gusta cuidarme y no solo vivir para trabajar, sino poder disfrutar un poco también de la vida y de mi familia».

 

Esencializar los cuidados maternos lleva a miles de empresas privadas en nuestro país a permitirse la fuga del talento femenino simplemente por



 

 

 

Página 283



no conceder la flexibilidad que necesitan las familias para conciliar vida profesional y laboral. Contabilizar mensualmente cuántas demandas de despido se presentan relacionadas con el embarazo nos ayudaría a tomar conciencia de quién está dejando en la calle a las mujeres en pleno invierno demográfico.

 

 

 

PÓNTELO, PÓNSELO 

 

 

Si hay una forma de poner pie en pared en este sistema en el que las clases empobrecidas reproducen la fuerza de trabajo a través de la familia, es con el control de la natalidad. A principios del siglo pasado, Margaret Sanger difundía LO QUE CADA MUJER DEBERÍA SABER, dando consejos a las trabajadoras de estratos bajos para evitar el embarazo. El zénit de su propósito llegó en los años cincuenta, al confiar en el científico que desarrolló la píldora anticonceptiva: un método controlado por la mujer sin que su pareja interfiriera.

 

La doctora Tancredi advierte de las implicaciones de género que hay en el consumo de anticonceptivos hormonales entre adolescentes. «Necesitamos profesionales de ginecología que sepan diferenciar cuándo una chica pide la píldora porque quiere y cuándo es el novio el que realmente quiere. A veces está siendo sometida a presiones que tienen más que ver con el deseo de él que con la necesidad de ella». En los últimos años, bastantes mujeres han decidido prescindir de los métodos hormonales y apostar por los preservativos, y no como una vuelta al pasado, sino porque la igualdad tiene más que ver con que el hombre pueda perder cierta sensibilidad a cambio de que la mujer no se tenga que medicar.

 

Fue justamente esa falta de igualdad en las responsabilidades de la contraconcepción las que sentía Mariña: «Tomé la decisión yo, a nivel particular, de tomar anticonceptivos. Fui al ginecólogo, y los pedí y tal porque mi marido era hiperreacio al preservativo. Era como: “Vale, genial, otra carga más que cae sobre mí”. Y la verdad es que no me sentaron muy bien, porque engordé bastante. Estuve diez años tomándolos, luego me puse un DIU y, todo esto, ya te digo, es decisión mía. Con su apoyo, sí, porque a él le venía muy bien que fuera yo la que me ocupaba del tema. Es verdad que no me he quedado embarazada, pero infecciones y cosas así sí



 

 

 

Página 284



que he tenido. Si hubiéramos utilizado el preservativo, pues todo eso que me habría ahorrado».

 

La campaña Póntelo, pónselo surgió del Ministerio de Asuntos Sociales y del de Sanidad en 1990; el CJE lo rescató años después cuando volvió el PSOE al ejecutivo. Son los hombres los que deben ponerse un condón para tener relaciones sexuales seguras, pero como no podían ser ellos los únicos responsables de prevenir ITS, ni embarazos, incluso para que se lo pusieran hubo que interpelar y que llamar a la acción a las mujeres.

El androcentrismo también presupone nuestra heterosexualidad en la consulta. Relata Miriam: «Si te pregunta la ginecóloga o el ginecólogo que si ya has tenido relaciones sexuales con penetración con 30 años y tú contestas que no, se te queda mirando en plan: “¿No?”, como si no existiese nada más allá de la penetración. Con 25 años me acompañó mi madre y la doctora me miraba, y me preguntaba en bajito si no quería decirlo porque estaba allí mi madre. Otra vez, un ginecólogo me dijo al entrar por la puerta: “Madre mía, qué de testosterona tienes”. Entienden que sin penetración no hay relaciones sexuales, por lo tanto no hay riesgo, y no te dan ninguna información sobre métodos de barrera contra enfermedades, ni infecciones de transmisión sexual. En el momento en el que dices lesbiana y que no hay penetración, para ellos ya está, no hay riesgo de contagio de nada, ni candidiasis, ni papiloma. Si eres lesbiana no puedes contagiarte de nada».

 

Una de las cuestiones más curiosas de los anticonceptivos hormonales es que se recetan para absolutamente cualquier cosa, menos como inhibidor de la fertilidad. Aunque solo estén testados como tal, y no como reguladores hormonales, para prevenir los dolores o bloquear el acné. La revolución de la píldora supuso avances incuestionables para la liberación de la mujer, pero también fue el mejor remedio para todos aquellos males relacionados con la ovulación que no se habían abordado en profundidad porque nos afectaban únicamente a nosotras.

Cuando los métodos contraconceptivos fallan, acudimos a la píldora del día después para evitar el embarazo, pero no sin prejuicio y estigma, como en el caso de Núria: «Recuerdo de jovencita haber pasado por la típica experiencia horrible de ir a pedirla. No era como ahora, que la dispensan en la farmacia. Tenías que ir al centro de la mujer y pasar cuatro exámenes para que te dieran la puta pastilla. Fue una experiencia muy



 

 

 

Página 285



traumática. Ya ibas acojonada porque tenías 17 años y te había pasado lo que fuera que te hubiese pasado, y te hacían doscientas preguntas que tú tampoco sabías contestar y, al fin y al cabo… Eso sí que ha mejorado bastante. No es lo mismo ir a la farmacia que tener que pasar por eso». Aunque se adquieren sin receta, conseguirlas tampoco es siempre sencillo, tal y como explica Sandra: «En Madrid cuando fui a por la píldora del día después, porque yo no tomo pastillas anticonceptivas, utilizo preservativo, me encontré con una farmacia objetora de conciencia que no las vende. Algo bastante flipante, porque te vas a la farmacia de enfrente y sí te la venden». Lo que puede ocurrir si no tenemos acceso a la píldora del día después, que no es precisamente tan barata como para estar al alcance de chicas sin empleo y que dependen de una paga semanal, es dar positivo semanas después en un test de embarazo.

 

La clínica Dator se creó en 1985, desde que en España es legal abortar. Fue la primera acreditada en el país, aunque algunos de sus profesionales ya actuaban en la clandestinidad. Y nació con un fuerte vínculo al movimiento feminista. Esto les ha supuesto, como ya nos ha indicado su portavoz, Sonia Lamas, ser la diana de los grupos ultraderechistas y antiderechos que acosan a trabajadoras y a pacientes en la propia puerta del centro, en Tetuán, Madrid, que el día de la entrevista, había amanecido con pintadas y con un local en la acera de enfrente con la cara de un bebé gigante. Que para estos grupos no sea moral la interrupción de un embarazo no lo hace ilegal; defiende Lamas que tanto Dator como el resto de las clínicas de la región «operan a través de convenios de acreditación con la Comunidad de Madrid. Para decirlo bien sencillito: mientras en las propias instalaciones de la sanidad pública no se asuman las interrupciones voluntarias del embarazo, las clínicas acreditadas seguiremos trabajando para la sanidad pública. Llevamos treinta y siete años de derecho al aborto en este país, con una prestación sanitaria de excelencia, con una tasa de mortalidad prácticamente igual a cero. Se ofrece con calidad a pesar del estigma con el que cargan las mujeres y de la objeción de conciencia en el Sistema Nacional de Salud, que más allá de la cuestión moral se debe al poco reconocimiento hacia las unidades: las y los profesionales no quieren formar parte de una unidad que no da puntos curriculares».

 

Una de las entrevistadas se quedó embarazada con 15 años siendo víctima de violencia de género: «Fui directamente a una clínica privada por mi edad. A mi madre le daba muchísima vergüenza. No pude opinar ni



 

 

 

Página 286



sobre el tipo de anestesia. Yo quería local porque mi novio me había metido miedo de morirme, pero me pusieron general, que casualmente también suponía más dinero. El médico me dijo que “si has sido tan irresponsable de quedarte preñada con 15 años, ¿vas a ser tú responsable de elegir la anestesia que quieres?”. Con estas palabras. Mientras que a mi madre le decían que era porque así no tendría ningún recuerdo y no me quedarían secuelas, que era por mi bien. Discutíamos entre las dos por lo que nos decían a la una y la otra. A mí, el tema del aborto me ha pasado mucha factura. Ahora me estoy dando cuenta de que existe violencia obstétrica. Nadie me preguntó por qué me había quedado embarazada, se asume que si te ocurre con 15 años es porque eres una puta que va con el coño suelto, que a saber qué polla te has metido. Pero nadie me preguntó qué había pasado, qué pasaba con mi novio, ni dónde estaba él. Abortar fue la mejor decisión, lo mejor que pude hacer, imagínate que soy madre con 16 años en cuarto de la ESO con el peor hombre que he conocido nunca».

 

Otra de las entrevistadas se tuvo que enfrentar a una interrupción voluntaria del embarazo cuando tenía 23. Una negligencia médica retrasó los resultados de las pruebas de control, en las que se detectó una grave cardiopatía incompatible con la vida. Le indicaron que en el sistema sanitario público de Aragón no se realizaban esas intervenciones, pero que le pagaban un billete de autobús a Madrid. «Se lavaron las manos y me remitieron a una clínica privada, haciéndose cargo de los gastos». Tan solo obtuvo el apoyo profesional de una trabajadora social que se limitó a informarle del protocolo. Su pareja, y padre de la criatura, que había sido deseada, se negó a que hiciera el trayecto sola y fueron ambos en coche desde Zaragoza hasta Madrid, donde ella se sometería a la interrupción. Una vez allí, él tan solo pudo acompañarla mientras intentaba dilatar. «Fue un caos, pretendieron que lo expulsara sin anestesia por vía vaginal a base de goteros de oxitocina y antibióticos; fue imposible. Un día después, me durmieron, y se acabó…». Cuando despertó de la anestesia, se vio en una habitación de hospital junto a una mujer que acababa de dar a luz a su pequeño, acompañada de la procesión de familiares que sostenían en brazos a un neonato que había llegado sano. Todo, a dos metros de su cama. Ni siquiera estuvo en observación en el propio hospital. Y como el postoperatorio la dejó incapacitada para viajar, según lo previsto, de vuelta a casa, necesitaron una noche de hotel para guardar reposo. «Una semana



 

 

 

Página 287



después ya en Zaragoza, en el hospital donde se negaron a practicarme el aborto, tuvieron que operarme de urgencia y ponerme transfusiones de sangre. Me habían dejado restos de placenta en el útero durante el procedimiento. Eso sí, les faltó tiempo para decirme cuánto dinero “me ahorré” (millón y medio de las antiguas pesetas). El lema “mujer legrada, mujer preñada” lo tienen grabado a fuego y les importan una mierda las secuelas psicológicas que conlleva un aborto. Dan por hecho que todas abortamos por olvidarnos de tomar anticonceptivos o no usar condones». Se quedó embarazada de nuevo en julio de ese mismo año. Como ella, miles de mujeres han decidido no tener más de un hijo debido a la violencia obstétrica, pero no llegaremos nunca a tener datos para elevar esta afirmación.

 

Tanto Pilar como Azahara mencionan haber tenido un plan de parto que no se siguió durante el mismo. «Quedé tocada. Tuvo sus cosas buenas y sus cosas malas». La violencia que sufrimos en la atención médica es especialmente humillante cuando se trata de nuestros órganos reproductores; como recuerda Yaiza: «Sufro de enfermedades autoinmunes y tengo una condición especial en la piel. Me acuerdo de que cuando tenía 18 o 19 años me salió en los genitales y fui a Urgencias. Era realmente muy molesto, me picaba muchísimo. La enfermera me trató de guarra. Me dijo: “Claro, es que si te vas acostando con todos”, cuando yo aún no me había acostado con nadie. Fue totalmente humillante. Ese comentario, si hubiese sido un chico, no se lo hubiese permitido».

 

La estigmatización de nuestro deseo provoca el rechazo del entorno cuando contraemos una infección o desarrollamos alguna enfermedad. «El primer comentario que me hizo mi novio cuando le conté que me habían detectado el papiloma fue: “A saber con quién te has acostado antes de estar conmigo”. Y luego solo había que estar pendiente de lo que le estaba pasando a él… y era como, tronco, o sea, yo puedo tener un cáncer de útero, tú tienes cuatro putas verrugas».

 

Los prejuicios sobre nuestra sexualidad pueden llegar a afectarnos tanto psicológicamente como físicamente. Es el caso de otra entrevistada: «Era incapaz de tener relaciones sexuales con penetración. Pero tenía miedo de ir al médico por si se enteraba mi madre. Seguía a muchas sexólogas y cuentas de información sexual en Instagram, así que iba leyendo sobre estas cosas, hasta que un día di con el vaginismo y al empezar a leerlo, sentí que era lo que me pasaba. Cuando me animé a



 

 

 

Página 288



pedir la cita con el ginecólogo, a mi madre se le olvidó y fui yo sola, así que me pude explicar bien. De regreso a casa, mi madre estaba muy preocupada por si me habían metido algo que me rompiese el himen y no pudiese casarme con un buen musulmán. Empecé a ir al psicólogo de la seguridad social a escondidas, saltándome clases. Contacté con fisioterapeutas de suelo pélvico por Instagram y eran setenta euros la sesión, yo no me lo puedo permitir, y me daba una pena… Algún día me gustaría ir. Aunque el vaginismo ya lo tengo solucionado, soy consciente de que mi suelo pélvico es muy débil, sé que sigo tensa. Me lo he intentado solucionar yo misma con ejercicios para destensar esa zona, algunos que me dio la ginecóloga y masajes… Así conseguí superarlo un poco. Durante esa época perdí mucho peso, tuve un estrés emocional muy grande, porque, claro, tenía que ir al ginecólogo y al psicólogo a escondidas. Tengo relaciones sexuales sin que mi familia lo sepa. Ellos quieren que me case».

 

La idealización de la maternidad conlleva unos protocolos médicos alejados de la realidad de las pacientes que no desean ser madres. Cuando a Yaiza le dieron los resultados de sus pruebas indicando que tenía menopausia precoz, «hicieron entrar a un psicólogo, como si no tener hijos fuese el trauma más grande para una mujer, cuando el mío era lo mal que me sentía por tener esas sudoraciones con 35 años. Lo que menos me importaba en ese momento era aquello. Me sorprendió la valoración de juicio que hizo el ginecólogo: a mí me afectaba saber los efectos que iban a tener las hormonas, pero ellos no estaban preocupados en que yo me sintiera bien, sino en mantener mi función reproductiva. Y yo les decía que eso me daba igual, que veía una ventaja no tener nunca más la regla porque para mí era una tortura, pero se empeñaban en que tomara hormonas para seguir ovulando. Tuve que cambiar de médico, pasé por cuatro ginecólogos hasta que uno me escuchó».

 

Las mujeres somos responsables de cuánto pesamos y de las horas de ejercicio que hacemos al día, pero en el momento en el que nos negamos a cumplir con los roles de género y las normas heteropatriarcales, nuestro cuerpo pasa a ser intervenido, juzgado y medicado para dejar de ser un elemento perturbador del orden social. Nadie se pregunta por qué un hombre no ha querido ponerse el preservativo, se da por hecho que le molesta. Y a este mundo, ninguno de ellos ha venido a sentirse incómodo. La responsabilidad de tomar la píldora del modo correcto, o de acudir a la



 

 

 

Página 289



farmacia, siempre es nuestra. La culpa cada vez que algo falla es el precio por habernos negado a ser tuteladas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 290



 

 

 

 

 

 

6

 

Deporte

 

 

 

 

 

 

Hay algo común en los recuerdos de todos los que vamos a un estadio por primera vez: la salida por los vomitorios es una bofetada de lo que es el fútbol desde la grada. La inmensidad del espacio, el sentimiento de vacío por la altura y a la vez de calor, por la gente que se agolpa en el escalón de cemento. El olor a señor y la sensación de que yo no debía estar allí, asistiendo a un espectáculo tan adulto y masculino, es un cosquilleo en el estómago al que se debe volver de vez en cuando, para no olvidar esa ilusión de la primera vez. Todavía recuerdo la cara de la pequeña de la Casa, que nos agarraba temblando más que aquella mole de cemento, con esa sonrisa de medio lado de los niños que se mueren de miedo y de gusto a la vez.

 

MÓNICA CRESPO, Por mí, por ti, por todos

 

 

 

NI CONVOCADAS EN EL PATIO, NI BIEN RECIBIDAS EN LAS GRADAS

 

 

Nos prescriben ejercicio físico para mejorar nuestra salud, pero desde la infancia nos expulsan de los lugares destinados a las actividades deportivas. Después de un par de horas sentadas en una silla frente a una pizarra, salimos al patio y nos encontramos con que la zona central se reserva para la pista de fútbol, y no estamos en la lista de convocados. Las niñas ocupamos, una vez más, los márgenes. Se nos limita el espacio, por lo tanto también el movimiento. Osar cruzar su patio de recreo nos expone a la violencia de los balonazos. Mientras los niños asimilan el tiempo de descanso a sus actividades de ocio favoritas, a las niñas les enseñamos que los minutos de inactividad son para ir al baño y almorzar fruta. Hemos aprendido a permanecer pasivas y estáticas, y ellos a protagonizar la acción. Ni siquiera los miramos, nos dan igual sus goles o sus canastas, sus



 

 

 

 

Página 291



gritos son parte del paisaje, un ruido sordo. Los días de partido, en los bares, a las novias se nos sienta dándole la espalda a la tele.

 

A los 57 años, Nagore recuerda su patio del colegio, y no está muy lejos de lo que podemos encontrarnos en la actualidad: «Potenciaban los deportes masculinos: el fútbol y el baloncesto. Que sí, es cierto, eran muy buenos. Pero, claro, cómo no lo iban a ser si llevaban mucho tiempo jugando, practicando casi a diario y todo el dinero que había se invertía en ellos. Había un gimnasio y, si llovía, tenían preferencia para entrenar ellos dentro. Por lo tanto, tampoco se podía jugar a nada más. Varios años intentaron darles un empujón a otros deportes, montaron grupos de chicas de balonmano y de baloncesto, pero era algo testimonial. Si algún día nadie nos podía llevar a competir con otro centro, pues la cosa quedaba ahí, no pasaba nada. No estaba tan organizado como con ellos, que siempre tenían a alguien responsable de que todos pudieran acudir, y con equipamiento de todo tipo. Nosotras nos teníamos que buscar la equipación y cómo ir y cómo movernos. Solo nos dieron una camiseta. Se promovió también un grupo de montaña. Pero tampoco íbamos porque aparecía otro grupo de hombres, que daba la impresión de que eran los que sabían y los que todo».

 

La campaña Equal Playgrounds da respuesta a estas brechas de género en el aprovechamiento y disfrute de los patios escolares. En el valenciano barrio de Campanar, la junta directiva de uno de sus colegios intentó que el deporte rey dejase de acaparar el espacio: «El patio era minúsculo y quedaban trescientas alumnas y alumnos condenados a quedarse por las esquinas mientras unos quince chutaban el balón. Desde el claustro diseñamos la alternancia de fútbol con otras actividades, pero seguíamos teniendo el problema del espacio y los conflictos», denuncia Elena, docente en el centro, en X. «Acabamos teniendo claro que el deporte rey debía quedar fuera del tiempo de recreo, y así lo hicimos. El resultado final fue muy positivo, pero en el camino tuve que soportar a padres acosadores en el despacho. Está absolutamente extendido el maltrato y hostigamiento contra quienes gestionan y toman decisiones que rompen con dinámicas que sostienen un mundo de acosadores y acosados, de fuertes y débiles, de ganadores y perdedores. Al final, en la escuela se reproduce el mundo adulto».

 

Acostumbrados a dedicar su tiempo libre al deporte, cuando esos niños crecen se convierten en adultos que priorizan su actividad física a



 

 

 

Página 292



cualquier otra responsabilidad. La madre de Mónica se hizo cargo de la crianza y las tareas domésticas, y no porque su pareja debiese cumplir una jornada maratoniana: «En mi casa, el problema no era tanto por horas para conciliar después del trabajo, porque mi padre trabajaba de seis de la mañana a tres de la tarde. El problema es que él todas las tardes se las dedicaba al fútbol, porque era presidente del club del barrio. Ha sido un poco machista en ese sentido. Porque trabajaba y se ocupaba del fútbol todos los días, los fines de semana… y mi madre cuidando niños».

 

Laura Vargas identificó cuatro tipos de BARRERAS PARA LA PRÁCTICA DE

 

ACTIVIDAD FÍSICA Y DEPORTIVA EN LAS PERSONAS ADULTAS DE LA COMUNIDAD DE

 

MADRID: individuales, intrapersonales, comunidad-institucionales y obligaciones-tiempo. Las mujeres nos enfrentamos a todas ellas en mayor proporción que los hombres. Los motivos que enumera en su tesis doctoral por los que nosotras practicamos menos deporte están presentes en las conversaciones con las entrevistadas en las diferentes provincias de nuestro país. Solo unas pocas consiguen saltar todas las vallas y llegar a meta, son LAS MUJERES SALMÓN.

En primer lugar, es recurrente que, al preguntarles sobre el deporte, muchas reconozcan que son bastante sedentarias, que llegan a casa demasiado cansadas y que no les gusta nada. No podemos encontrarle hueco a algo en nuestro día a día, si jamás hemos sido incluidas. Por eso, Mercè menciona la falta de hábito para definirse: «Soy bastante vaga y, además, tampoco es que sea muy ágil. Cuando era joven iba y venía en bicicleta a mi pueblo, ahora tengo en casa una estática, y me gusta mucho caminar. Pero hasta ahí llegó el deporte: el caminar y la bici. Lo demás… Nunca se me ha dado bien correr, nunca se me ha dado bien nada de todas esas cosas».

 

La segunda barrera son las tareas domésticas y el cuidado de los hijos, dado que reducen significativamente el tiempo y la energía disponibles para que las mujeres se involucren en actividades deportivas. «Con otras madres, en el colegio y en el trabajo, me he dado cuenta de que en el tema crianza, cuando asumes la carga de los cuidados porque no hay padre, porque está ausente o porque no le da la gana hacerlo… no hay alternativas para que las mujeres practiquen deporte. No es que digas que mientras vas a spinning en el polideportivo tienes un servicio con una gente que te esté cuidando al pequeño o a la pequeña. Eso no existe y es



 

 

 

 

Página 293



básico. No está bien pensado el mundo de la cultura y del deporte. En esta ciudad no hay una oferta que no sea masculina y patriarcal. ¿Y qué pasa con los que cuidamos? ¿Cómo se cuida al que cuida? En mi caso, se la dejaba a mi hermana, pero hay gente que no tiene esta red de apoyo para seguir practicando deporte. Y que no deberías estar tirando de red para recuperarte de un proceso biológico súper duro. Tener acceso a servicios sanitarios tanto como a actividades culturales y deportivas debería ser parte del proceso de recuperación. No tener esto en cuenta es consecuencia de una estructura que no nos cuida, y eso me parece bastante grave, la verdad», confirma Azahara.

 

En tercer lugar, que nos sobre mes al final del sueldo también supone menos recursos para gastos extras, como el gimnasio, las extraescolares deportivas o la ficha federativa. Dalia se quedó fuera de la actividad física, y de los espacios de socialización que se promueven a su alrededor porque «durante mi infancia no pude hacer deporte. Mi madre trabajaba un montón y no tenía disponibilidad para llevarme. Además… eso costaba dinero. Aunque fuese poco. Estaba jodido. Así que el deporte lo he venido a hacer ya cuando he sido autosuficiente». Matilde se ha rendido ante sus circunstancias: «Antes hacía yoga, pero desde que nos volvimos al piso no hago nada. La casa es pequeña, duermo en el salón y no encuentro mi hueco. Tampoco soy de apuntarme a nada, ni me lo puedo permitir».

 

La inversión pública en lugares donde practicar deporte a precios económicos es escasa, y cuando empieza a rodar, a algunas mujeres les falta el hábito, como le ocurría a Martina. Cuando inauguraron los espacios, prefirió camelar: «En mi barrio es que no había muchas opciones donde practicar deporte. Tierno Galván hizo unas pistas de tenis pero yo ya era un poco más de juergas. Me había gustado la gimnasia de pequeña, pero no quedaba con mis amigos para hacer deporte, quedaba para salir, que era lo que se hacía en esa época». Por otra parte, está la mirada masculina y sexualizante en el gimnasio, en palabras de Jendayi: «Cuando empecé en CrossFit, siempre había algún hombre que se te quedaba mirando y riéndose. Con el tiempo ya está más normalizado que haya mujeres con pesas y ejercicios de fuerza. Pero hace diez años daba bastante vergüenza. Incluso hay entrenadores y monitores que son muy invasivos e intentan ligar contigo, así que al final dejas de ir». La hija de Sindy, con 14 años, ha dejado de ir al gimnasio porque se siente



 

 

 

 

 

Página 294



violentada. «Me dice que le da mucho asco cómo la miran los hombres, que además aquí nos conocemos todos, y que ya no quiere ir más sola».

 

Como todo lo que hacemos las mujeres, se espera que lo hagamos por amor y de forma altruista. El deporte rey se profesionalizó para nosotras en 2018. Hasta entonces, carecíamos de convenio colectivo. Debería confesar que no he escrito este epígrafe desde una perspectiva neutral. Mi único compromiso religioso es para con el Atlético de Madrid, así que aquí va una historia de nuestras féminas. «La principal diferencia entre cuando era presidenta y ahora que soy directora es que como presidenta ponía dinero y como directora me paga el Club, fíjate si hay diferencia. El convenio es la puesta en marcha de la profesionalización», confiesa Lola Romero durante la cita anual de las Colchoneras y los 50. Priscila Borja era jugadora del Atlético y empleada en la pastelería de Romero antes de la aprobación del Convenio del Futfem. Cuando se publicó, su presidenta y jefa tenía dos noticias para ella: la mala era que estaba despedida y ya no iba a repartir más sus famosas palmeras de chocolate; la buena era que pasaría a ser contratada por el club, con alta en la Seguridad Social y una retribución económica justa para, por fin, poder dedicar la jornada completa a su gran pasión.

 

La cuarta barrera a que nos enfrentamos hace referencia a la falta de tiempo para el deporte debido a la doble jornada laboral y doméstica. Ya antes de acceder al empleo, durante la adolescencia, cuando empezamos a responsabilizarnos de las tareas en casa, abandonamos LA EDUCACIÓN FÍSICA. Sabrina practicaba baloncesto y competía en las ligas deportivas hasta que empezó el instituto y vio, «sinceramente, que no lo podía llevar todo. Me centré en sacar las más altas calificaciones en los estudios». Hija de un supervisor de las torretas de alta tensión y de una ama de casa que cuida de la abuela, siempre ha dependido de sus notas para obtener las becas que le garantizaran poder formarse en la universidad. Por su parte, Bárbara recuerda que, «desde el instituto no he vuelto a hacer deporte. Primero en balonmano y, después, un año de bádminton. Lo dejé según fui teniendo que trabajar y ya no podía mantener una actividad regular».

 

Otras tantas mujeres que desean practicar deporte se enfrentan al muro de hormigón de la misoginia y los prejuicios machistas. El hombre que promovió la vuelta de los Juegos Olímpicos en la era moderna rescató de la Antigüedad el papel que la mujer debería desarrollar en la cita deportiva: «El mismo que habrían desarrollado en Grecia: coronar a los



 

 

 

Página 295



vencedores». Los roles de género también están aquí presentes, la literatura que se publicó durante la dictadura desanimaba a las jóvenes de participar en deportes como fútbol, remo, lucha, boxeo, ciclismo o rugby. Su práctica resulta «perniciosa, nociva para el organismo femenino», se afirma en VOSOTRAS Y EL DEPORTE, publicado en 1966. El sesgo de clase en el listado de deportes sí recomendados a las mujeres porque no atañen riesgo de masculinización es notable: navegación a vela, esgrima, equitación, gimnasia deportiva, hockey, golf, frontón, tiro con arco, esquí, balonmano, voleibol, baloncesto, tenis o montañismo.

 

Cuando nos preguntan qué queremos ser de mayores, nos faltan referentes para poder imaginarnos siendo deportistas de élite o MÁS QUE OLÍMPICAS. Las actuales campeonas del Mundial de Fútbol y las medallistas de esta generación han sido las primeras en aparecer en las portadas, sin apenas una genealogía en la que sostenerse. No porque no la hubiera, sino porque las pocas que conseguían saltar a la pista y competir al más alto nivel no contaron con los medios necesarios para que sus proezas quedasen registradas en la prensa y en nuestra memoria. A Amelia del Castillo, nacida en 1946, exjugadora y fundadora del Atlético de Pinto, menos bonita, le llamaban de todo: «Igual me cambiaban el sexo que me llamaban fulanilla. Las madres de mis amigas les prohibieron que hablaran conmigo. Era la oveja negra de Pinto». Machismo y racismo son dos actitudes reprobables muy extendidas, también entre los obreros de mono azul que disfrutan del fútbol los domingos. Jade Boho competía en el primer equipo femenino de Orcasitas en Madrid, ciudad en la que se asentó toda su familia: «Soy mujer, negra y futbolista. Era lo peor que te podía pasar. Salía de los partidos llorando por tantos insultos y tanta vejación». Tanto Jennifer Hermoso como Alexia Putellas, de Carabanchel y de Mollet del Vallès, se han convertido en las referentes que no tuvieron. Las niñas que hoy quieren seguir sus pasos le han perdido el miedo a decir

 

YO TAMBIÉN QUIERO JUGAR AL FÚTBOL.

 

Amanda creció en los años dos mil, pero su padre no. Un día llegó a casa diciendo que quería hacer judo. «Estaba empeñada. De pequeña era una niña muy poco niña. Yo quería hacer judo pero mis padres me apuntaron a patinaje artístico en el polideportivo de Aluche y, como se me daba muy bien y competía, seguí allí todas las tardes y los fines de semana mientras mi madre estaba trabajando. Además, me apuntaron por deseo de



 

 

 

 

Página 296



mi padre. Dos meses después murió, así que es una actividad que me unía a él y, aunque ya no compito, suelo patinar de vez en cuando».

 

Aprovechar la oferta en las actividades físicas para conciliar fue algo muy popular desde finales de los años ochenta. Toñi recuerda que «durante mi infancia sí que practiqué deporte. Soy de los noventa, y fue ahí cuando se pusieron súper de moda las actividades extraescolares. En plan, que la madre que no llevaba a sus hijos a extraescolares era como un monstruo. He hecho atletismo, judo, gimnasia rítmica… Todo en el cole. Los chicos que hacían fútbol sí que salían fuera». También ocurre en la actualidad, tal y como comenta Adela: «Mi hija hace taekwondo. De pequeña fue a baile moderno, multideporte, también ha ido a flamenco fusión y yo creo que ya. Tenía ocupados todos los días, y había días que tenía dos cosas… las horas que mi marido y yo estábamos trabajando en el taxi». Según la Universidad Complutense de Madrid, cuando se observa QUÉ HACEN LOS

 

ESTUDIANTES DE EDUCACIÓN PRIMARIA ESPAÑOLES FUERA DEL HORARIO ACADÉMICO, la brecha de género se mantiene. Se perpetúa el tópico «ellos a hacer deporte y ellas a estudiar y bailar». Mientras que ellos pasan la tarde en fútbol, baloncesto, tenis o pádel, ellas ensayan las artes escénicas. Además, este sesgo de género también se pone de manifiesto en actividades como la robótica y la programación, donde predominan los niños, lo que puede agravar la baja presencia de las mujeres en las carreras tecnológicas.

 

En otras ocasiones, aunque a la menor se le permita practicar la disciplina que haya elegido, se limita su proyección y competitividad, como le ocurrió a Dolores, que hacía mucho deporte de joven. Empezó con el baloncesto en el colegio y siguió en el equipo cuando pasó al instituto. Sospecha que antes los críos pasaban mucho más tiempo que ahora en la calle y ella, siendo la mayor de cinco hermanos, jugaba al fútbol con el resto de vecinos. Eso le hacía enfrentarse a las madres que «querían a las niñas en la puerta de casa bordando». Se lamenta, porque «yo no fui deportista en mi tiempo porque mi madre no me dejaba salir del pueblo. A mí me llamaron de Sevilla para jugar y no me dejaron ir. Me he criado dentro de una familia machista, no podía hacer cosas que sí podían los hombres. A mis hermanos sí que les dejaron competir».

 

El deporte estrella de nuestro país es caminar. Hizo proselitismo de los paseos incluso el mismísimo presidente del Gobierno M. Rajoy. Pero se



 

 

 

 

Página 297



convierte en un deporte de riesgo cuando lo practicamos las mujeres: no podemos hacerlo solas, ni en caminos apartados, tampoco de noche, ni muy temprano, ni con ropa que demuestre que quien va por ahí sola es una mujer. Yaiza ha experimentado grandes diferencias en cuanto a la percepción de seguridad para nosotras cuando compara distintas ciudades y países. «En Italia salíamos a correr en grupo mujeres que no nos conocíamos de nada. Lo hacíamos por protección, porque no nos sentíamos libres saliendo solas. Había demasiados episodios de violaciones, cuestiones desagradables… y una tienda de deportes local organizó el grupo de WhatsApp. Aquello no tenía nada que ver con la sensación de seguridad que tengo cuando salgo a correr ahora, en este barrio de El Hierro no hay nadie. Elegí vivir aquí por la tranquilidad que hay. Igual que me sentía segura en Valencia, siempre digo que es una ciudad de mujeres». Daniela, que participa en maratones de todo el país y hace montañismo, comenta que «tengo testimonios sobre lo que supone hacer deporte o salir a correr por nuestros barrios como para un libro. Con cada anécdota de payasos diciendo lo que ya te haces una idea».

 

Aunque el motociclismo se emite en el canal de los deportes, Rosalía tiene reparos en reconocerse a sí misma como deportista subida a una moto. «Como deporte, si se le puede llamar deporte, a mí me gustan las motos y tengo moto. De hecho, no tengo coche. Me gusta salir y hacer mis rutas, a veces con el grupo motero al que pertenezco. En otras ocasiones, igual una vez al año, nos vamos dos o tres días fuera. Y ese es mi vicio, mi divertimento. Es un ambiente muy masculinizado, también machista. A veces pienso que lo mío es masoquismo, como si no me llegara con ese ambiente en el trabajo. Aunque te lo vendan muy guay… es machista y es clasista. Pero es como todo, depende de con quién des. Lo que he vivido en el grupo con el que estoy (donde me sacan como diez años) es paternalismo, meten miedo con que me pase algo. Es el mismo que tiene mi madre cuando salgo». Siempre le hacen la misma pregunta: «Si la moto es mía, creen que me viene grande. Porque es grande. La gente te ve y se pregunta qué a dónde vas tú tan pequeña, tan bajita, con esa moto… y ya hasta me preguntan si puedo con ella, que me digo hostia…, pues si no tengo que cargar yo en la espalda la moto, la que me tiene que llevar es ella mí. Para mí esos comentarios ya son normales, aunque no deberían serlo. Hace quince días o así fuimos a un evento con un grupo motero de Lugo, una ruta instruida, de cincuenta motos, y solo íbamos conduciendo



 

 

 

Página 298



cinco mujeres. Todas las demás, de acompañante, de paquete. Escuché un día a mi sobrina decirle a mi hijo que cuando fuese mayor querría que la llevara en moto, que a ella le gustan las motos. Le dije que cuando sea mayor, como le gustan las motos, que sea ella la que conduzca. Te sacas el carnet de moto, te compras tu moto y te vas a dar una vuelta con quien quieras. Pero cada uno con su moto, no te vas a quedar tú mirando cómo los demás tienen la suya. Les digo que tienen que ganar su dinero y hacer con él lo que les salga del coñete. Pero parece que hay algo que no termina de avanzar, que hasta que llegamos a los 30 no vemos la luz».

 

Hasta que nos libramos de la presión académica, de la doble jornada y de la crianza de los menores no conseguimos priorizarnos. Hasta que el cuerpo peta y en la cita médica nos pautan el ejercicio no caemos en la cuenta de lo poco que nos movemos por y para nosotras mismas, de la vida tan sedentaria que tenemos y de lo mal que comemos delante del ordenador o dentro del coche mientras esperamos que nuestra prole acabe las extraescolares. Jugar se conjuga en masculino porque las mujeres, ya lo decía la canción, tenemos que planchar.

 

 

 

PERDER

 

 

A nuestros distritos no llegaban las inversiones en espacios deportivos, pero sí proliferaron los locales de apuestas. Para África, estos establecimientos, en Marcelo Usera «cada dos pasos», en la plaza de Oporto o en cualquier otro punto de los barrios obreros de nuestras ciudades, representan la heroína de los años ochenta. «Lo que buscan es empobrecer aún más a la clase obrera. ¿Cuántos hay en el barrio de Salamanca? En el centro solo están los bingos a los que van las abuelas y el casino. ¿Por qué hay más en nuestros barrios? En la FP yo ya tenía compañeros que le echaban a la ruletilla. Ahora ya no conozco a tantos, es cosa de chavalines más jóvenes, que tienen tiempo libre pero no ocio accesible. Aunque en mi curro sí tengo a uno enganchado a las apuestas online. Estos locales están dirigidos a críos que no tienen nada y que pueden conseguir mucho con un par de pavos. Es un problema de chavales jóvenes, pero también de señoras mayores enganchadas al bingo o que han salido a hacer la compra y se quedan tostadas en la tragaperras».



 

 

 

 

 

 

 

Página 299



Cristina Barrial y Pepe del Amo denunciaron en LA APUESTA PERDIDA. LUDOPATÍA, CIUDAD Y RESISTENCIA cómo los locales de apuestas forman parte del ecosistema urbano en las periferias. En otoño de 2019, la Federación Regional de Asociaciones de Vecinos de Madrid puso el foco sobre un claro patrón en la ubicación de los mismos: renta baja, desempleo y población migrante. «Hablar de migración y casa de apuestas es, paradójicamente, hablar de espacio público». Si la calle no es un lugar seguro, si el asedio policial es generalizado y recuerda constantemente que tú no perteneces a ese lugar, si el mercado laboral te expulsa por no tener permiso de residencia, si el uso compartido de pequeñas viviendas hace imposible hacer vida en casa, si las alternativas al espacio público son iniciativas de ocio imposibles de costear… aparecen los locales de apuestas dándote la bienvenida. Mientras la oferta televisiva del fútbol es censitaria y los canales de pago son más caros, en ese establecimiento puedes ver los partidos acompañado de tus amigos y seguir tu liga nacional, marinando cada «siuu» con consumiciones más baratas que en cualquier otro bar. Para colmo, existe la opción de salir con unos euros más en el bolsillo. ¿Cómo no iban a proliferar? «Las casas de apuestas son el escenario de la sociabilidad negada más allá de las paredes opacas del Codere, más allá del parque, donde los cuerpos no blancos son cuerpos sospechosos».

 

Las apuestas siempre han estado relacionadas con el hampa y con las periferias, con una masculinidad que se echa a las espaldas la responsabilidad de ofrecerle a su familia algo más de lo que puede conseguir desde los espacios subalternos del mercado de trabajo. Caravaggio ya retrató a los jugadores de cartas como hombres tramposos. Los juegos de azar le disputan el marco de la meritocracia mientras le dan al jugador la oportunidad de sentirse especial, tocado por la mano de Dios, para rendirse a la superstición y a las microdosis de dopamina al verse recompensado en un local con aire acondicionado con la misma, o casi, aleatoriedad con la que se le recompensa el esfuerzo en su puesto de trabajo. ¿Cómo no vas a creer que es mejor apostar que echar horas extra si al que ascienden es al más vago y pelota de la empresa?

 

En Madrid fue especialmente expansiva la inauguración de estos sitios porque los poderes públicos se esforzaron en ser alumnos aplicados cuando se planteó Eurovegas. Mientras la patronal proxeneta hacía una regla de tres en una servilleta de bar para saber a cuántos lupanares



 

 

 

Página 300



tocaban por casino, se flexibilizaron las normativas de la industria de los juegos de azar. En Alcorcón al final no se construyeron aquellos resorts ni aquellos burdeles, pero TROCEARON EUROVEGAS Y NOS LO METIERON EN

 

CARABANCHEL, en Usera, en Ciudad Lineal, en Aluche, en las dos Vallecas, en Tetuán y en Villaverde, también en Terrassa, en Santa Coloma, en la Cabra o en Triana.

 

En la capital, se estima que nueve de cada diez casas de apuestas están a menos de quinientos metros de un colegio. En Valencia, esta distancia estaba prohibida hasta que Vox entró en el Gobierno, en 2023, así que de nuevo son las familias, las madres, las responsables de vigilar que sus hijos no se enganchen del mismo modo que la generación anterior se enganchó a la heroína. Ana, por ejemplo, decidió que sus hijos no tuvieran paga ni una asignación fija semanal: «Les dábamos el dinero que les hiciera falta para algo concreto. Así que no tenía con qué meterse a una casa de apuestas. Cuando quiso dinero para él, se puso a trabajar en una nave preparando pedidos».

 

Los centros concertados que ocupan la cuarta planta de un edificio de viviendas son los aliados perfectos para que los menores pasen el rato del recreo apostando. Cuando vas a un colegio que no tiene patio, tu patio es la calle. Y lo que haya en la calle, a menos de cinco minutos de la puerta del colegio, se convierte en tu entorno educativo. Los locales con los colores de UPyD, donde te deshaces de lo que ya no quieres, son colaboradores necesarios en el desarrollo de las adicciones y forman parte de la economía de la miseria ajena. Allí es a donde se lleva la consola vieja, pero también el robot de cocina, que aún se está pagando a plazos, cuando llega el recibo de la tarjeta de crédito de las apuestas online.

La adicción al juego afecta a muchos más hombres que mujeres por diversos motivos, enraizados todos en estereotipos de género y en la división sexual del trabajo. Son ellos los encargados de ganar dinero, son sus espacios en los que se apuesta, son ellos los que entienden de fútbol, quienes lo darían todo por su club, salvo un pleno al quince en una quiniela. Son románticos pero ambiciosos, Goliat jamás pierde contra el equipo local en su pronóstico.

Es la misma segregación ocupacional que les da a ellos los trabajos mejor pagados, y también los más peligrosos, la que los condena a perder su identidad y su propósito vital cuando dejan de poder ganarse la vida por sí mismos. Como cualquier otra adicción, afecta a la salud mental y



 

 

 

Página 301



demanda cuidados del entorno. Entendamos el entorno como las mujeres que empiezan a esconder el dinero en un calcetín para que el enfermo no se lo meta por la nariz, no se lo inyecte en el brazo, no se lo fume ni se lo juegue en una combinada.

 

El padre de una de las entrevistadas sería un joven más de cualquier pueblo corriente del sur, que llega a una capital de provincias a buscarse la vida, si no fuese porque lo que le tenía reservado el mercado laboral eran empleos con los que no podían aspirar más que a hallar cucarachas en la bañera de un quinto sin ascensor. «Fue mi tío el que llevaba a mi padre a jugar a los salones. Le fue tan bien que consiguió así el dinero para comprar una casa cuando nos queríamos ir de donde estábamos, porque vivíamos de alquiler en un piso horrible. Con el dinero en el banco prefirieron hipotecar, por si acaso, pero a los meses se lo había gastado todo. Mi madre también trabajaba, y como veía que él se lo gastaba todo, empezó a sacar el dinero y a esconderlo. Hubo un día que tuvimos que abrir mi hucha para comprar el pan. Llegamos a un punto que (aún hoy, cuando sacamos el tema en casa, mi madre dice que no y que se equivocó) fuimos a comprar el pan y algo pa’ echarle dentro. Cogió un bote de paté, lo metió en mi mochila y dijo: “Ahora lo sacamos y lo pagamos junto al pan…”. Solo pagó el pan. Cada vez que yo pedía algo, me decían que “mañana, mañana”. Pero un día me encontré a mi padre en la puerta del salón de juegos. Conforme me vio, me dio veinte euros, que eso era algo que en mi casa no se veía, y me dijo: “No le digas nada a tu madre”».

 

Como la relación entre la entrevistada y su padre era de una hija con un padre ausente, se lo contó a su madre. Aunque aún era muy niña empezó a prestarle mucha más atención a las discusiones que había en casa en torno al dinero. «Entonces mi padre tuvo un accidente en el trabajo. Se cayó en la obra y estuvo muchas semanas hospitalizado y luego sin salir de casa. Durante ese tiempo dejó el juego. Pero pusimos internet para que se distrajera, creíamos que solo se echaba unas risas con el chat del Terra… Cuando ganaba estaba feliz, pero cuando perdía se hundía. Y llegaron los intentos de suicidio. Lo hacía cuando estaba solo y sabía que en cinco o diez minutos llegaría mi madre: se bebía salfumán con vino y pastillas, metía la cabeza en bolsas… Lo ingresaron en psiquiatría y solo dejaba que entrara a verlo mi tío, el que lo enganchó al juego».

 

Los meses siguientes, cuenta la entrevistada, fueron de entradas y salidas del hospital y de la unidad de psiquiatría, de peleas con la empresa



 

 

 

Página 302



para que lo indemnizaran y de peleas con el centro médico para volver a caminar por sí mismo. «Se escapaba del hospital y venía a casa a pedirnos tabaco: “Allí no quiero estar, que no me dejan fumar”, nos decía. Hasta que un día se levantó, se fue al banco y sacó todo el dinero que había. Se lo gastó en las máquinas y, de allí, tiró hacia la gasolinera con una botella de Coca-Cola vacía, a ver si alguien le daba gasolina. Él decía que para una moto, ya ves tú, si iba con muletas. Pero alguien se la llenaría. Los vecinos dicen que lo vieron entrar en casa con la botella y, como lo habían oído gritar otros días diciendo que quería quemar la casa, estuvieron pendientes. Pero salió al momento y nadie se atrevió ya a decirle nada. Había sacado los papeles del seguro y su cartera. Se tomaría pastillas porque allí dejó un blíster vacío, y dejó el móvil habiendo enviado un mensaje a mi tío: “Me despido, ya te enterarás en las noticias”. Una vecina lo vio salir del portal y caminar con la botella hacia la puerta del ayuntamiento. Se la echó por encima y se puso a dar vueltas hasta que se fue hacia un banco, se sentó, encendió un cigarro y se acabó. A los pocos minutos, estábamos de vuelta mi madre y yo cruzando la plaza. Solo quedó ropa quemada y carne, pero yo supe que era mi padre. Le dije a mi madre: “Mamá, esta vez le ha salido mal. Esta vez no le ha dado tiempo a que llegues para salvarlo”».

 

 

 

SE ACABÓ 

 

 

Cuando la capitana de la Selección Española de Fútbol y dos veces balón de oro Alexia Putellas tuiteó aquel hashtag a raíz de los abusos de la directiva de la Federación hacia las jugadoras, se prendió una mecha. Demostraron que no iban a abandonar el espacio por mucho que se las invitase a marcharse.

 

Aun con las medallas, las copas y los mundiales, a las mujeres no se las está recibiendo con una alfombra roja en los campos de césped. Macarena, después de toda una vida de afición llegó con 35 años a ser vicepresidenta de uno de los clubes centenarios del infrafútbol, ese que no sale por la tele y todavía se ve desde gradas de hormigón. No ha habido un solo día durante su mandato en el que no la hayan cuestionado, ni ninguna diferencia de opinión que no haya incluido la amenaza de cesarla: «Llega el 8 de marzo y te preguntas si de verdad quieren hablar del día de la



 

 

 

Página 303



Mujer Trabajadora. Muchos clubes son unos hipócritas en redes, conmemorando este día cuando solo uno de cada diez directivos es una mujer. Hablamos de lugares donde se reproducen los roles de género tradicionales. Donde se percibe la gran diferencia de poder en este sector. Un mundo de hombres donde te sientes una extraña. Cuando una mujer llega a la directiva, es cuestionada por su validez en el cargo, soporta sus pactos entre varones, el conocido techo de cristal, rumores de su vida personal y bastante discriminación indirecta. Me gustaría tener un espacio seguro donde poder hablar del abuso de poder que he sufrido durante toda la temporada. Hasta me han propuesto sexo por dinero, y me gustaría que todo pudiese quedar retratado. Tomo Lorazepam para poder ir al club. Pero pese a todo luchas, luchas por las que vendrán, por las niñas que entrenan por primera vez en un club histórico. Pero creo que hasta que no esté fuera, cuando haya terminado mi trabajo, no me veré con fuerzas para contarlo todo».

 

La protesta de las quince que se negaron a ser convocadas para el Mundial evidenció la falta de recursos, la brecha en equipación, instalaciones, cuerpo técnico y primas de la selección absoluta femenina respecto a la masculina. Esos desequilibrios se dan a lo largo de toda la vida de las jugadoras, desde que empiezan en los equipos de barrio, como comenta Miriam: «De siempre he ido al fútbol, claro, para qué voy a practicar otra cosa más. ¿Qué es de bollera típica?, pues el fútbol. En Leganés el femenino era bastante desesperante, porque muchas de las instalaciones tenían bastantes años y a veces incluso no te podías duchar porque no había agua caliente. Entrenaba en San Nicasio y no había ni césped artificial. Antes, éramos la cuna de fútbol femenino, había un montón de equipos. Pero a pesar de esa proliferación, faltaba siempre el dinero, porque la mitad de las veces el Ayuntamiento se lo daba a la sección masculina. Así que no nos quedaba más remedio que pagarnos la ropa. Olvídate de ascender de categoría, porque no había opción de viajar. En ese aspecto, pues fue bastante deficiente, porque incluso una vez quedamos campeonas y no pudimos subir porque el club no se lo podía permitir. A las familias ya les suponía un problema costear todos los años el chándal. ¡Cómo cambiaba la equipación! Al final siempre había que poner ochenta euros, que pensábamos… ¡si tenemos los chándales nuevos del año pasado! Pero es que cambiaban hasta los bolsos. Cuando era pequeña, mis padres no tenían problema por pagarme la ficha, pero sí el



 

 

 

Página 304



resto de los materiales. Los mismos problemas que cuando empecé a pagármelo yo».

 

Durante muchos años, en Leganés se cantaron los goles del Lega como si fuesen los bandos del alcalde. LA GRAN BURBUJA DEL FÚTBOL consiste en rentabilizar los sentimientos: «Los ingresos de los clubes dependen cada vez más del apartado comercial, y eso quiere decir que han de esforzarse para extraer el mejor rendimiento del mismo. Están obligados a constituirse como verdaderas marcas. Empezamos a rentabilizar el señorío madrileño, el orgullo colchonero y el més que un club del Barça». Aunque haya menos GRADAS POPULARES y más CLUBES A LA FUGA, cada vez que un hombre se harte de su madre, de su abuela, de su hermana o de su mujer, llegar al estadio y estar rodeado de sus pares será encontrarse en su elemento. Es el colmo de la masculinidad, donde hasta los más progresistas y leídos se reivindican como hooligans ilustrados. Quienes no comparten la afición por el deporte rey se preguntan en QUÉ PENSAMOS CUANDO PENSAMOS EN FÚTBOL, y la realidad es que el fútbol es «el teatro de la identidad: familia, tribu, ciudad, nación». Es otra guarida más de la virilidad, de los insultos racistas, xenófobos y capacitistas. LA TRIBU

 

VERTICAL donde se refugian LOS HOMBRES QUE NO AMABAN A LAS MUJERES,

 

donde se proporciona identidad y pertenencia, donde se politizan ultras y radicales. La bufanda de su equipo es la bula para gritar todo aquello que en ningún otro contexto se toleraría. Aunque, como bien nos recuerda Pino, poco a poco llegan los cambios: «Ahora las mujeres llenan estadios».

 

Después de las imágenes que todas vimos en la entrega de medallas del Mundial de Australia, empezó a hablarse no solo de las brechas en la inversión, sino también de acoso sexual y de agresiones sexistas. Cuando en el club de balonmano de otra de las entrevistadas se descubrió que un monitor mantenía una relación con una jugadora, menor de edad, no hizo falta que ellas se fueran. Entre los padres, las madres y el club se encargaron de que aquello no se volviera a repetir de la forma más definitiva que se les ocurrió: haciendo desaparecer la liga femenina. Total, solo eran unas pocas quinceañeras federadas haciendo cosas sin importancia en su tiempo libre: «Fue bastante traumático, además de por la gravedad de la situación, debido a la diferencia de edad y la relación de poder que existía… Para mí, él era un referente, de las personas que más



 

 

 

 

Página 305



oportunidades me había dado en el club, me llevaba a comprarme zapatillas de deporte cuando lo necesitaba, se quedaba hablando conmigo cuando me veía mal. Era un poco como una especie de padre o hermano mayor. Cuando me enteré, me vi desbordada. Lloré mucho, mis padres se asustaron bastante y me hicieron bloquearlo de todos los sitios. El club se puso patas arriba, mucha gente se fue, y aguanté un año más pero finalmente desapareció». Aquel episodio condicionó su relación con los hombres. «Me costó mucho asimilarlo. El año que aguanté, apenas quería relacionarme con ningún entrenador… Y aunque mi último año de balonmano fue en otro club maravilloso, nunca dejé de tener de fondo esa situación. No es algo de lo que hablásemos, porque se convirtió en un tema tabú».

 

Al hilo de las situaciones violentas en el trabajo, otra entrevistada confesaba sentirse a salvo porque trabaja en un sector feminizado, pero pronto le vino a la mente cómo se había comportado con ella el monitor de hockey que la contrató para dar clases a los más pequeños: «A mí ya me sonaba raro que quisiera contar conmigo de un día para otro. Aún más raro fue que me convocase en su casa para organizar los horarios». Más allá de cuestiones que podrían haberse sacado de contexto, los episodios fueron cada vez más recurrentes y físicos. «Otro día le comenté que tenía a un niño al que le costaba prestarme atención y concentrarse en los ejercicios, y en ese momento me empezó a acariciar y a cogerme las manos dándome indicaciones de cómo debía yo acariciar y coger al alumno para que se calmara». Entonces comenzaron los olvidos de agenda y las citas traspapeladas que los dejaban a solas: «Otro día habíamos quedado a las cinco para dar la clase de cinco a seis. Cuando llegué, no había nadie. Ni niños, ni padres, ni monitores. Lo veo y le pregunto qué pasa, y me responde que me ha citado a mí media hora antes para hablar, le pregunto que de qué, esperando que hubiera que organizar horarios o alguna clase y me dice que para conocernos mejor. Me lesioné y lo estuve alargando, porque no quería volver al trabajo, pero él me llamaba tres veces al día y me escribía otras tantas con el “Amor, ¿cómo estás?”». Aunque nunca se vio violentada físicamente, acabó dejándolo porque no la había dado de alta y además le regateaba las horas: «Le vi la patita de explotación laboral y le vi la patita de acoso sexual, y me dije que cuanto antes me fuese de allí mejor».



 

 

 

 

 

Página 306



Nos desaniman a practicar deporte por miedo a que nos masculinicemos, porque preservar nuestra feminidad es más importante que cualquier evidencia científica acerca de los beneficios de ejercitar la fuerza y la coordinación en equipo entre las mujeres. Cabe citar que es la propia familia de otra de las entrevistadas la que le prohíbe participar en cualquier actividad que ponga en riesgo que su himen llegue intacto a la noche de bodas con el hombre que elijan para ella. Puede ser que LA VIRGINIDAD NO EXISTE ¿O SÍ?, pero preservarla sigue siendo nuestra principal misión en la adolescencia y la pubertad. Temer que el ejercicio físico nos masculinice demuestra que el deporte es un evento por y para los hombres, al que no estamos invitadas. No hay sitio para nuestros cuerpos, nuestras necesidades y nuestros horarios. La única competición a la que se nos ha alentado es a la de buscar marido y formar una familia, justificando incluso que se abandone cualquier ambición de mantenerse en forma, una vez los laureles del matrimonio nos han llevado a la meta.

 

Los raquetazos que recibió Sindy por parte de sus compañeros de tenis cada vez que el monitor no miraba, hasta que le cogió miedo, o las aguadillas que le hacían a Carmen en cada clase de natación tan solo son pequeñas anécdotas que forman parte de un relato de terror que ni siquiera nos atrevemos a compartir entre nosotras. Justifican nuestra ausencia por una supuesta falta de competitividad pero, entre ellos, cuando pierden, dicen que lo importante es participar. Jamás se nos va a aplaudir que queramos protagonizar una INVASIÓN DE CAMPO. Cuestionar el liderazgo de quienes coartan nuestra ambición solo nos servirá para ser tachadas de caprichosas y de niñatas, por ello Danae Boronat desde 2021 pide que NO

 

LAS LLAMES CHICAS, LLÁMALAS FUTBOLISTAS, se las deje de maltratar y se las

 

reconozca en igualdad dentro y fuera del verde. Las violencias recibidas en las pistas y en las gradas son la enésima prueba de que no podemos transitar espacios que no nos son propios sin enfrentarnos a la ira de los guardianes, y de las guardianas, de los roles de género y del orden social. Las mujeres de clase trabajadora estamos condenadas a vivir menos y a vivir peor mientras no podamos recuperarnos bien de la más mínima dolencia.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 307



 

 

 

 

 

 

7

 

Representaciones

 

 

 

 

 

 

En el cine también hay clases. […] detrás incluso de aquellas obras que pretenden ser más empáticas con nuestra visión e intereses, se puede esconder el peor de los paternalismos.

 

ARANTXA TIRADO, Apuntes de cine.

 

Clase obrera y mundo del trabajo

 

 

 

DRAMÁTICAS, HISTÉRICAS Y RIDÍCULAS

 

 

Los medios son sancionadores sociales de las cosas permitidas y de las prohibidas. Por un lado, la manera en la que cubren los sucesos define a los protagonistas dela acción, a sus héroes y a sus villanos, banqueros corruptos y desahuciados, propietarios y okupas. Por el otro, según LA TEORÍA DEL CULTIVO, cuanto más tiempo pasemos frente a la pantalla, más confiamos en las descripciones que nos ofrece. Los datos de las audiencias nos indican que las mujeres, las clases empobrecidas y la población más envejecida es la más expuesta a la programación sensacionalista.

Ajustando la iluminación de este espectáculo tenemos a miles de trabajadoras como África, que enciende los focos de late nights y talent shows. De los lates españoles, destaca que no hay presentadoras, y de los talents, que «son concursos entre pobres. A la gente rica nunca la verás en esos programas, van de invitados. ¿De quién son los dramas? Siempre son de los pobres». A la vez que se precarizó el empleo, los concursos de cocina sustituyeron a los programas de recetas. Cuando las entrevistas de trabajo han empezado a parecer un casting, quedarnos fuera deja de significar estar desempleada para convertirte en una loser: en el mejor de



 

 

 

 

 

Página 308



los casos no hemos tenido suerte y, en el peor, no hemos sabido aprovecharla.

 

En el montaje de cada programa se decide la historia, continúa esta técnico de luces: «Los medios de comunicación son súper manipuladores. No es lo que te lo voy a contar sino cómo te lo quiero contar. No es lo mismo que te diga que esta persona ha tenido un problema, o que te ponga imágenes que te enseñen cómo esta persona genera problemas». Menciona cuando «a los que iban rodando miserias les tiraban piedras porque no aprovechaban la oportunidad de entrar con una cámara a la Cañada Real para denunciar la existencia misma de ese lugar. El hecho de que miles de personas vivan en chabolas sin acceso a luz ni agua corriente, o que decenas de niños nacidos allí no consten en el Registro Civil». Esta profesional de los medios reconoce que la gente que decide qué se emite en televisión no tienen ningún interés en contar lo que ocurre en los barrios obreros: «Cuanto más desunidos estemos todos y más pensemos en nosotros mismos, creo que somos más manipulables».

 

Al volante del taxi, Adela celebra no poder enterarse de lo que está pasando: «Ni veo la tele, ni pongo la radio, son todo malas noticias. Soy más feliz viviendo en la ignorancia. Así que en el taxi voy siempre con música de Los 40 Principales, y, cuando se sube alguien, bajo el sonido, porque no sé si le puede gustar lo que yo escucho o no. Cuando hay un partido de fútbol, me piden que ponga Radio Marca y vamos escuchándolo. Todo lo que sea facilitar y dar un buen servicio, no hay problema». Aunque esa ha sido su manera de desintoxicarse de la agonía que proyectan quienes pretenden HABLAR DE TODO Y NO SABER DE NADA, el hecho de que los anuncios que se emiten entre canciones hagan referencia a las alarmas y a los seguros de salud, o que durante el partido se promocionen coches de segunda mano y aplicaciones de apuestas deportivas, es una sutil forma reforzar el orden social a partir de las necesidades creadas por la publicidad. Estos mensajes, además de vender productos, imponen ideologías, valores y opiniones que penetran en nuestra psique y moldean nuestra percepción de la realidad. Crean el mundo y lo definen a partir de la forma que tienen de referirse a él. Los jingles nos dijeron que nos lo podríamos montar con poco, y definieron qué era la felicikas. Los hombres con bata blanca nos enseñaron qué



 

 

 

 

 

 

 

Página 309



dentífrico utilizar o cómo evitar la cal en la lavadora, la IMAGEN DE LA

 

MUJER Y EL HOMBRE EN PUBLICIDAD es muy distinta.

 

En lo que incumbe a la prensa escrita, Isabel Valdés, corresponsal de género en el diario El País, defiende que la crónica de sucesos en su medio se escribe teniendo en cuenta que «los lugares donde se producen, el tipo de vivienda, el tipo de vida que llevan, no solo lo laboral, sino también el ocio, todo eso es importante». Aun así, la periodista reconoce que, aunque el LIBRO DE ESTILO da instrucciones claras a los periodistas sobre la línea editorial, sigue abierto el debate sobre si titular o no del origen étnico de quienes protagonizan la noticia: «Eso no implica que esas personas maten más, que es lo que los lectores muchas veces entienden».

 

La criminalización comporta deshumanización. A partir de la distancia entre las personas (nosotros) y la gente (ellos), se quiebra la empatía por semejanza. En ¿CÓMO SOMOS? UN RETRATO ROBOT DE LA GENTE CORRIENTE se

 

afirma que estamos más dispuestas a ayudar a quien es como nosotras, porque la supervivencia del grupo asegura la nuestra. Quien emite los programas no deja de ser una empresa audiovisual que espera ganar dinero a través de la publicidad. La combinación entre tertulianos rentistas, testimonios de propietarios a los que les han ocupado su vivienda y anuncios de alarmas es recurrente en los matinales. Que la clase trabajadora haya dejado de reivindicar el derecho a la vivienda, como se hizo hace una década contra los desahucios, es el ejemplo más notorio de cómo se ha disuelto lo que un día interpeló al 99 por ciento.

 

Bourdieu destacó que la mera asignación de un nombre a un colectivo concreto constituía un primer paso para formarse como grupo y atribuirle una identidad. En este sentido, debemos sospechar de la identidad que se le atribuye a la clase trabajadora cuando es denominada como chavs en Gran Bretaña, o cuando quienes viven en el extrarradio son barriobajeros. Que se nos llame chonis o poligoneras no es, ni mucho menos, una elección estéril. Hablar de okupas cuando se refieren a morosos no es inocente.

Para Aroa, las connotaciones peyorativas asociadas a la pobreza se consolidan con la sanción social a algunas actividades próximas a la marginalidad, como el consumo de drogas, haciendo retrospectiva de la prensa desde la Transición: «El sida fue un punto de inflexión en la cobertura mediática, porque se cruzó una línea importante al hablar, ya no



 

 

 

 

Página 310



del miedo a que te roben a punta de navaja para comprar droga, sino que te amenacen con una jeringuilla. Se instauró el terror a los parques porque te las encontrabas. La diferencia de clase, en este caso, está en que, cuando quieres consumir y no tienes dinero, todo el mundo acaba sabiendo en qué andas, porque te pillan robando». Esa cobertura ha interferido en el diseño urbano de nuestras ciudades. Se han devaluado las zonas consideradas peligrosas y se ha encarecido la vivienda en los distritos con un poético

 

CIRCUITO CERRADO DE VIGILANCIA.

 

Además del sesgo de género y de clase, en la cobertura de los sucesos y en la definición de qué es noticia, Sandra advierte que en nuestro país hay muchísimo centralismo: «La tele, en general, está muy enfocada a lo que es Madrid. Yo no me he sentido nunca representada. Me gusta ver Canal Sur porque es donde se habla de los pueblos y barrios del sur. Hasta en la ficción, en las series y en las películas, se retrata mucho Madrid, también con sus barrios humildes, pero limitándose a la choni, a la poligonera. Como si no hubiese gente de barrio que estudia, que trabaja. Como si toda la gente de barrio fuese problemática. Como si no tener estudios te hiciese una persona conflictiva. No siento que estemos bien contadas cuando aparecen mujeres cosmopolitas viviendo solas en pisos de Madrid que, en realidad, no podrían pagar siendo camareras».

 

Sí hubo un tiempo en el que se reservaba un bloque informativo para hablar de cosas que no sucedían en Madrid, sino en el País Vasco, y fue durante las décadas en las que la organización terrorista ETA estuvo activa: investigaciones policiales, citas judiciales, negociaciones políticas, disturbios, treguas, presos, extorsiones, secuestros, asesinatos. Un sinfín de cuestiones complejísimas que se abordaban entre la inflación y los fichajes galácticos. Ainhoa ha escuchado tres bombas. Los simulacros en su colegio eran tan frecuentes que «llegó un momento en el que los padres se negaron a que nos desalojaran. Ahora te planteas cómo es posible que lo viviéramos con tantísima normalidad. El ser humano se acostumbra a todo», reflexiona. «Teníamos una compañera de Asturias a la que le preguntamos cómo lo veía desde fuera. Y nos dijo que no era ni tan grave como se veía en el resto de España, ni tan poco grave como queríamos hacer creer nosotros. O sea, nosotros intentábamos, como un mecanismo de supervivencia y de defensa, decir: “Bueno, se puede vivir, no pasa nada. Tampoco es que vayamos esquivando balazos por la calle”. Queríamos quitarle importancia. Quitarle hierro. Y decir que, a pesar del



 

 

 

Página 311



entorno de absoluta violencia, conseguíamos hacer una vida normal». Por su parte, Edurne entiende que eso es lo que vendía, y que los medios y las producciones de ficción lo amplificaban. «Se quedaron con lo que más destacaba: en los años sesenta y setenta, pues de aquí se hablaba de la miseria, la droga, las muertes y la política en Ezkerraldea. Si alguien tiene una panadería súper bonita y le va bien, pues no es noticia».

 

Triana salió en la prensa por haber denunciado que su empresa le obligaba a trabajar en tacones y minifalda, y aunque se sintió comprendida y defendida, la empresa no dudó en utilizar su oportunidad de réplica para difundir datos personales de la trabajadora. «Cuando aquello se viralizó, en Facebook me insultaban. Se publicó mi dirección, me llamaban perroflauta, me decían que era una vaga que no quería trabajar». También fue fundamental el eco mediático de la venta de las viviendas del PAU de Carabanchel a un fondo buitre para impulsar la denuncia y buscar soluciones. La primera vez que Arantxa se puso frente a una cámara tenía 25 años. Pero dar la cara con estos temas no es precisamente un agradable salto a la fama. «Como mujer, como vecina de Carabanchel y como joven, esa exposición mediática ha propiciado que se me haya estereotipado. Me tachan de verdulera, me dicen que me quejo por todo. Yo lucho y defiendo lo que creo que es de justicia».

 

Da igual lo trabajadora que sea Triana y da lo mismo lo educada que sea Arantxa, porque cuando están en pantalla dejan de ser Triana y Arantxa para quedar reducidas a mujeres de barrio y quienes están en sus casas al otro lado tienen que hacer encajar lo que están viendo con todo lo que ya han visto sobre chicas de periferia que hablan a gritos y siempre están muy enfadadas: Aída en Mediaset, la Vane en Pelotas de RTVE, o Yolanda de Física o Química en Atresmedia.

 

De la popular serie Aída, Ada recuerda que vivían todos hacinados y con el supermercado del barrio fiando. La protagonista «era la típica madre de barrio que no había tenido la oportunidad de estudiar y tenía que sacar adelante a sus hijos sola, porque estaba también divorciada, y no le quedaba otra más que limpiar escaleras o trabajar en las oficinas, pero limpiando. No es diferente a lo que yo he vivido en Cornellá con las madres de mis amigas. La mayoría no habían podido formarse, con suerte algunas eran amas de casa. Las que no eran amas de casa tenían un perfil profesional muy bajo: recepcionistas, limpiadoras o cuidadoras de niños cuatro o cinco horas. Ninguna era abogada, ni trabajaba en un despacho de



 

 

 

Página 312



la hostia. Quien más tenía, tenía una empresa de transporte que se limitaba a ella y su marido haciendo mudanzas con una furgoneta. Y mis amigas gitanas se dedicaban al mercadillo, unas vendían fruta y otras ropa».

 

Si continuamente somos retratadas como unas dramáticas (qué le costará ponerse la falda), unas histéricas (no es para tanto) o unas ridículas (cómo va a pagar lo mismo ella que un fondo buitre), primero tenemos que alejarnos del estereotipo para que nuestras demandas puedan empezar siquiera a ser tomadas en serio. Pero en realidad no podemos, porque no solo se ha anulado la legitimidad de las barriobajeras, sino que se ha neutralizado la de todas las mujeres. Cualquier mujer que defienda con vehemencia sus ideas es tachada de ser una maleducada, aunque sea Tita Cervera. A pesar de la búsqueda continua de nuevos formatos televisivos, los medios no persiguen el cambio, sino la reproducción del statu quo, de sus jerarquías y desigualdades. Lo que nos quieren contar nos lo demuestran las estadísticas: más de la mitad de las películas que vemos y de la música que escuchamos hablan de amor, de desamor, de conquistas y de celos.

 

A los hombres, tanto los sucesos como la ficción les han enseñado a protagonizar la acción; a nosotras, que estamos en peligro. «A la Yoli la violan en la serie. Todo lo malo le pasa a ella. También es eso lo que te venden. Si eres de barrio, todo mal: tu vida tiene que ser una puta basura, no puedes ser una mujer feliz porque eres del extrarradio. A la Yoli la violan, la pegan, abusa de ella el padre de su novio, es muy basto. Y ella de todo salía ilesa, porque nosotras somos de otra pasta, estamos hechas para sufrir. Aparecían con ella con los pantalones por los tobillos, eso la pasaba a la Yoli», señala África. El papel desempeñado por el personaje más próximo a nuestra experiencia nos ha indicado el lugar que ocupamos en la sociedad y hasta dónde podemos llegar, así como los riesgos que asumiríamos por aspirar a escapar de esos espacios. Con los mapas visuales ocurre igual que con cualquier otro mapa: más allá de lo conocido, hic sunt dracones.

 

Una de las consecuencias de los estereotipos clasistas que revisten a los barrios humildes es la vergüenza de reconocerse como mujeres de clase trabajadora y de la periferia, reforzada por la espiral del silencio que definió Elisabeth Noelle-Neumann. Nadie de clase trabajadora u empobrecida reivindica su posición de clase. No hay nada que celebrar cuando pierdes una muela por no poder empastarla. Algunas de las



 

 

 

Página 313



entrevistadas han mentido sobre el lugar en el que han crecido durante una entrevista de trabajo o a la hora de conocer a gente fuera del barrio. Otras han aprehendido que el ascenso social implica un desplazamiento, salir del barrio. Al fin y al cabo, de eso iban Mis adorables vecinos (2004), El correo (2024) o Chavalas (2021).

 

La generación millennial fue la última que vivió con cierta asiduidad la comunión familiar en torno al televisor, ya que las plataformas han dinamitado los datos de audiencia que demostraban que estábamos todos al mismo tiempo viendo lo mismo. Los noventa fueron los años de la expansión de los centros comerciales y de la crisis de los cines de barrio. En las salas multicines de Villaverde, la entrada costaba seis euros, mientras que en las de los barrios acomodados llegaba a doce. Las brechas de renta en los grupos de amigos interclasistas se manifestaron con agudeza en los años dos mil cuando Almudena empezó a salir: «Ellos querían irse de conciertos y para nosotros eso era impensable, era imposible. A ver obras del teatro íbamos con la excursión del instituto, pero conocía a gente que con dieciséis, diecisiete o dieciocho años vivían en la zona norte de Madrid e iban por su cuenta. Para nosotras, desde Villaverde, suponía coger el metro, y si empezaba a las nueve, salías a las once… si quieres tomar algo tienes que pagar allí cinco euros por una Coca-Cola, y vuelves tarde. Un taxi, 22 euros entre cuatro, vas sumando… Al final, no sales por el centro porque no puedes pagarlo». La segregación espacial limita nuestras oportunidades de acceso al capital cultural.

 

Davinia resalta la distancia entre la cobertura informativa que criminaliza a los barrios humildes y a la inmigración con la apuesta de las plataformas audiovisuales por la multiculturalidad: «Está claro que ahora la diversidad está muy de moda. Los estereotipos existen y han existido siempre, lo que pasa es que ahora nos los están metiendo con calzador, así de claro te lo digo: una persona de color, un homosexual, un inmigrante, un chino, un afroamericano. No quiero decir que esté ni bien ni mal, no quiero entrar en ese debate, pero creo que lo están haciendo porque es necesario concienciar a la gente de que eso tiene que existir, de que eso tiene que ser una normalidad. Lo que vemos en la televisión nos dice qué es bueno y qué es lo que tenemos que hacer. Por desgracia, bajo mi punto de vista, la televisión nos está vendiendo los valores que deberían habernos dado en casa, pero que no se están dando en todas las casas. Depende también de la edad que tengamos. A mí me han educado en unos



 

 

 

Página 314



valores de los que estoy súper orgullosa y que yo estoy intentando transmitir a mi hijo en mayor o menor medida. Me refiero a que, luego, cada uno tiene sus ideas. Porque ya has visto en las elecciones (Asamblea de Madrid, 2021) que la gente no tiene pensamiento crítico. Es triste que sea la televisión la que nos tenga que enseñar que no se puede pegar a un negro, o que una serie nos tenga que decir que ver a dos hombres o a dos mujeres besándose es bueno. Es triste que nos lo diga la tele porque no nos lo han dicho nuestros padres».

 

Las autoproducciones en streaming y los pódcasts alumbran nuevas voces y sus problemáticas, más allá de la mediatización de la opinión pública que orquestan los grupos empresariales de comunicación. Alicia Valdés, doctora en Humanidades, defiende que los pódcasts pueden salvar a las izquierdas en tanto que su éxito ha demostrado que se puede democratizar la producción cultural y la opinión publicada. Han conseguido despegar bajo los radares escudándose en que son un producto de nicho, que no necesitan cumplir los estándares radiofónicos en lo relativo a la calidad del sonido, han dinamitado la dictadura de la neutralidad en la fonética y la vocalización melódica. A pesar de que se haya intentado contrarrestar la hegemonía de las jóvenes contestatarias que graban con sus propios móviles patrocinando a exmodelos reaccionarias, es justamente el aura de la incorrección política lo que justifica que sea en ese espacio, y no en otro, donde se quiera librar la batalla cultural.

 

Si revisamos lo que consumen las más pequeñas en casa, Piluca considera que en los dibujos animados todavía hay una oferta muy Disney, donde LA BRUJA DEBE MORIR y todo es perfecto, pero la realidad es otra. «Se debería hacer un trabajo de base. Sí hay cuentos ilustrados que te ayudan a tratar ciertos asuntos, pero producto televisivo, cero. Hay temas que no se tratan, no se trabaja en la realidad social. Hay alguna cosa con la homosexualidad en plataformas, pero la violencia contra la mujer o la exclusión social y la pobreza están vetadas. Puedes encontrar incluso algo sobre abusos sexuales a menores, pero nada para explicarles la prostitución, para poder contarles por qué esas mujeres están semidesnudas en la calle a las ocho de la mañana todo el año».

 

Sonia Herrera, doctora en Comunicación Audiovisual, afirma que las mujeres de las periferias estamos invisibilizadas en los medios. No se retrata nuestra cotidianidad más allá de nuestra figura como madres y cuidadoras. Aun así, destaca una excepción: «Me gusta mucho la escena



 

 

 

Página 315



de Carmina Barrios en Carmina o revienta en la que está en la cocina y se enciende un cigarro con un mechero de esos largos de prender los fogones. Me conecta mucho con mi madre, con mis tías, con todo un imaginario que para mí es cotidiano, es de clase, es de casa. Estoy harta de ver a hombres abriéndose una lata o un botellín de cerveza, para sus costumbres siempre hay acetato. Es una chorrada, parece una cosa supertonta, con poco glamour, pero yo me he encendido con mi madre muchos cigarros en la cocina y ver ese gesto en la pantalla, como algo excepcional, nos recuerda que la representación habitual, aunque escasa, de las mujeres de los barrios es muy sesgada y victimizante».

 

La profesora considera que la lucha de clase en los productos culturales ha sido masculina. «La épica del movimiento obrero a nivel cultural está vinculada mayormente a los hombres, aunque las mujeres participaran». Pone Ni Dios, ni patrón, ni marido (2010) como ejemplo de película que sí le da un espacio digno a la lucha obrera protagonizada por mujeres. Dirigida por Laura Mañá, relata las penosas condiciones laborales de las hilanderas en Argentina a finales del siglo XIX. Del cine español, la profesora e investigadora menciona Techo y comida (2015), de Juan Miguel del Castillo, o La hija de un ladrón (2019), dirigida por Belén Funes; ambos filmes tienen un componente de clase clarísimo y están asociados a la maternidad precoz, a la precariedad y a la falta de formación de las protagonistas. «Las dos son arquetipos de lo que entendemos por un relato de resiliencia, individual, pero nada hay en estas historias sobre organización colectiva o sindical. Si revisamos el cine de Ken Loach, por el contrario, el protagonismo femenino es escaso, pero vemos una mayor politización del discurso». Herrera defiende que podemos encontrar perfiles potentes de mujeres en la clase obrera que ameritan un biopic: «Pienso en Simone Weil, por ejemplo, filósofa que fue trabajadora en una fábrica. Considero que tiene una vida lo suficientemente interesante, como muchas otras, como para empezar a reivindicar nuestro propio star-system con una perspectiva de clase y también de género, por supuesto».

 

El cine narrativo y la ficción, en general, no tienen solamente que representar realidades, también podrían proponer nuevas ventanas de posibilidad. Esas narrativas y ficciones ya se han escrito, pero carecen de financiación. Las productoras siguen apostando por ficciones cuyos personajes se construyeron durante la Segunda Guerra Mundial. Al revisar la PRODUCCIÓN INFORMATIVA Y LA TRANSMISIÓN DE ESTEREOTIPOS DE GÉNERO EN



 

 

 

Página 316



LA PRENSA DIARIA, las conclusiones en torno a la no ficción son la misma, los medios no son los culpables de los males sociales, pero su papel es crucial y no deben eludir su responsabilidad. Son nuestras ventanas al mundo y «deben poder ofrecernos las mejores y más profundas vistas posibles».

 

En esta construcción de nuevas posibilidades, Herrera resignifica la crítica a la serie sobre la ajedrecista Beth Harmon, Gambito de dama (2020): «Claro que no es realista que una mujer en esa época y dentro del mundo del ajedrez no encontrara más trabas. La serie no es realista, okey, pero el caso es que nunca en la historia se han apuntado tantas niñas a clases de ajedrez. Esa es la capacidad de generar otros modelos, otras maneras de ser y de estar en el mundo». En la misma línea, hay decenas de profesionales de los medios que llegaron a la facultad de Ciencias de la Información por la serie Periodistas, o que se animaron a seguir formándose en ciencias por The Big Bang Theory. Ni siquiera necesitamos ser las heroínas, las mujeres tan solo queremos poder identificarnos con otras profesionales que no parezcan un bicho raro en pantalla.

 

En opinión de Lúa, aún queda mucho por recorrer: «Cuando buscas series en el campo de la informática, son todo hombres con comportamientos de machitos».

«Si no utilizamos ese potencial, estamos perdiendo un arma política súper potente», concluye Herrera. En el debate entre si la cultura es prescriptiva o descriptiva, de lo que no hay ninguna duda es de que crea y refuerza opinión. En torno a la trama, los personajes y los escenarios, se crea empatía y se identifican mensajes. Las decisiones de los protagonistas y las consecuencias de sus actos se politizan. Si queremos defender que no hay una industria llevándonos al lado oscuro de la sala de producción, sino que la ficción describe como ya somos, no podemos olvidar que las cosas se definen a partir de cómo hablamos de ellas. Quizá su función no es decirnos cómo orquestar una revolución, pero si no promueve utopías, nos prescribe quedarnos como estamos. Mientras tanto, en la periferia seguirá habiendo miserias y nosotras no sabremos hacer otra cosa más que esperar a que un pijo venga a salvarnos y nos saque del barrio.

 

 

MUJERES DE PELÍCULA



 

 

 

 

 

Página 317



Otra representación polémica es la de la maternidad. En Abre los ojos, Pepa Blanes aborda desde una perspectiva clasista la ridiculización de las jóvenes empobrecidas que se quedan embarazadas, y que son tachadas de irresponsables frente a las mujeres de clase media que apuestan por el ideal curro-casa-pareja-hijos. Para Desiré, lejos de describir la figura del padre ausente, las películas nos hablan de unos padres que no tenemos: «En pantalla se edulcora su figura. En las películas americanas, los padres van a ver todos los partidos de los hijos. Pero la realidad es que si tienes que recurrir a alguien recurres a tu madre. Si mi padre me pregunta qué me pasa, le digo que llame a mamá».

 

En opinión de Sonia Herrera, debería superarse la imagen de la maternidad coraje y lastre a la vez, proyectada en La hija de un ladrón, incluso sintiéndose identificada con la escena en la que «le corta las uñas a bocaos al bebé. Siempre le damos vueltas al mismo estereotipo: mujeres jóvenes con los mismos hándicaps, sin mostrar que en esa misma precariedad se fraguan otras historias. El pregón de las fiestas de La Mercè de Barcelona del año 2021 lo dio Custodia Moreno Rivero, una líder vecinal de toda la vida, del barrio del Carmel, que se sacó la carrera de enfermería en condiciones muy precarias. También es necesario que se vean esas historias, porque nos solemos quedar en la capa superficial de la mera lucha por sobrevivir y es necesario visibilizar hazañas de trabajo incansable y conquista de derechos sociales en las que muchas mujeres tuvieron un papel fundamental».

 

Tiene la misma impresión Davinia. Apenas ve la televisión porque el tiempo libre lo dedica a estar con su hijo, un adolescente de 15 años al que le gustan las series y las películas de superhéroes, esa mitología que con CON CAPA Y ANTIFAZ carga contra la deficiencia de los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, tomándose la justicia por su mano. Eso es lo que ella ve en plataformas. Tiene claro que la maternidad no está bien reflejada en la pantalla: «Creo que es completamente irreal, nadie te cuenta lo que es la maternidad en realidad. Hablando con un montón de personas, no te digo que no sea bonita, a ver, que yo quiero muchísimo a mi hijo, pero no sé si es porque fui madre muy joven, sin haber querido tener hijos… La maternidad es muy difícil, es un miedo constante. En las películas ves a madres coraje, que no se enfadan, con una comprensión que yo no sé, mi hijo es un adolescente cuya pereza, irresponsabilidad y falta de higiene hace que a mí me hierva la sangre. No sé, no sé explicarlo. No me parece



 

 

 

Página 318



tan bonita como la cuentan en las películas, no te pintan todo lo que hay detrás. No saben el trabajo que es ser madre, no se ve que estás preocupada constantemente, sin saber si lo estás haciendo bien, sin saber si el niño tiene frío, porque no habla, qué le pasa, si no come… Es muy difícil reflejar todos esos miedos en la pantalla y se quedan en lo más superficial, en qué bonita es la maternidad y cuánto quieres a tus hijos. Claro que los quieres, pero también llega un momento en que quieres matarlos. Porque tú les dices quince veces que estudie y, sí mamá estoy estudiando, pero de repente llega con cinco suspensos de los que no te había dicho nada».

 

La aparición de personajes no normativos y minorías étnicas en la ficción provocan un enorme rechazo en la machoesfera porque la construcción de protagonistas, hasta hace nada, había sido radicalmente conservadora. Se escandalizan si osamos darle el papel principal de la trama a una persona que pertenece a una minoría, porque en su concepción de la cultura como descriptiva, es imposible que esas vidas sean lo suficientemente interesantes como para hablar de ellas. Aunque, en realidad, la verdadera minoría es el hombre blanco caucásico heterosexual con un cuerpo normativo, sin ningún tipo de discapacidad y con una situación económica desahogada. Por lo que, hasta ahora, la ficción se ha limitado a prescribirnos que la excepcionalidad era digna de un biógrafo oficial. Nosotras hemos sido siempre las malas, pero ya va siendo hora de decir que esas historias estaban mal contadas. Los hombres han dominado el relato y la ficción, pero otros puntos de vista quedaron registrados en los márgenes. Hubo cronistas que repararon en los defectos que han disimulado los pintores de cámara, y mujeres que siguieron firmando sus obras aunque las patentes invisibilizaran a las creadoras, inventoras, científicas, artistas y descubridoras.

 

Parir y cuidar han sido las tareas que el patriarcado ha atribuido a las mujeres como su principal función natural. Lo doméstico se ha considerado un espacio carente de interés, haciéndoles pensar que sus experiencias como amas de casa y sus vivencias como madres no eran relevantes ni merecían ser contadas. Más allá de ese rol, en la pantalla y en la vida, no somos seres de luz, sino REBELDES Y PELIGROSAS. Basta recordar a Natividad, que creyó que no tenía mucho que aportar a este ensayo: «Yo no he hecho más que trabajar y viajar en metro, no sé si te podré ayudar», respondió al descolgar el teléfono.



 

 

 

Página 319



Existen miles de imágenes que normalizan la maternidad asociada a la figura femenina, con vírgenes amantísimas que sostienen, miman y alimentan a sus bebés, pero ni rastro de la paternidad de san José. Los datos sobre conciliación coinciden con la sobrecarga que se refleja en las madres en los productos culturales, tanto en las series como en las películas. Las entrevistadas recuerdan a la mujer como cuidadora, conciliando vida laboral y familia, pero muy pocas veces aparecen hombres con esa misma responsabilidad familiar, ni señoras adineradas con la misma carga mental que las madres de barrios humildes. En las últimas décadas está surgiendo un nuevo arquetipo femenino, la superwoman, que emprende fuera del hogar, es sexi y viste a la moda, pero que al regresar cada tarde asume que debe GUARDAR LA CASA Y CERRAR LA BOCA sin riña, con la ayuda de los electrodomésticos que han patrocinado parte del rodaje, o incluso de una persona remunerada, incluyendo así a las minorías étnicas en la trama desde el lugar que el orden social les ha reservado.

 

La representación de las minorías es aún más violenta y estereotipada. Tanto Dalia como Valentina, jóvenes racializadas, coinciden en la influencia que la ficción ha ejercido en el estigma de las mujeres latinas. «La serie Narcos, aunque parezca una tontería, es tan popular que al final todo el mundo se piensa que en Latinoamérica estamos traficando todo el día. Y que todas las tías están locas por operarse. Estas ficciones que muestran más la violencia de Latinoamérica perpetúan eso de que somos delincuentes, que estamos todo el día de fiesta, con cocaína, vestidas con las tetas por aquí (la barbilla) y microvestidos». Por eso Valentina destaca la excepción: «La casa de las flores ha ayudado a que la gente piense que México es más que un poncho y un sombrero».

 

A sus 72 años, Flor confiesa que «me gustan mucho las telenovelas. A mar en tiempos revueltos la veo desde que llegué a España. Veinticinco años llevo aquí, y también he visto todos los días Saber y ganar. Jordi Hurtado sigue igual. Pasapalabra me encanta, así una va aprendiendo cosas, no te creas que es ver la tele por ver». La trama y los personajes de las telenovelas producidas en España rompen con el imaginario de las que tienen su origen en Latinoamérica o Turquía, que también consumimos cada tarde. Sobre las del otro lado del charco, se investigó la INFLUENCIA DE

 

LAS TELENOVELAS EN LAS JÓVENES y LAS TELENOVELAS COMO GENERADORAS DE



 

 

 

 

 

Página 320



ESTEREOTIPOS DE GÉNERO: EL CASO DE MÉXICO, ya que muchas retratan a los

 

personajes femeninos como seres pasivos y sexuados, demostrando que la mujer que aparece en los medios mexicanos está construida sobre «el modelo de la mujer caucásica y responde al estereotipo hipersexual». Muchas jóvenes de los años noventa y dos mil aprendieron a comportarse en sociedad con las telenovelas. Absorbimos aquel estilo de ser, vestir y hablar, imitando comportamientos en situaciones similares y al relacionarnos con los hombres.

 

No podemos pasar por alto la representación que se ha hecho, tanto en sucesos como en ficción, de las mujeres LGBTQIA+. Pino considera que «las series sobre los vecinos, Aquí no hay quien viva o La que se avecina, me parecen muy conservadoras, reaccionarias, con mensajes casposos… En Canarias somos muy inclusivos con las personas transgénero, hemos tenido el referente de Carla Antonelli, a quien se admiraba. Y en esa serie se incluyen personajes trans para la burla». En el caso de los referentes lésbicos, Miriam recuerda que «durante mi adolescencia, en la inmensa mayoría de las películas, la lesbiana se moría, se suicidaba o acababa muerta. Siempre le pasaba algo así. Me encanta el cine, lo veo analizando el guion y, de siempre, cuando mis amigas me decían que les encantaba una cinta les decía, pero ¿no ves que la lesbiana se suicida? La única que no me parecía así es la canadiense Better Than Chocolate, la primera que

 

vi    con personajes lésbicos positivos, con una militancia de izquierdas, incluso con un personaje transfemenino lésbico. A mí aquello me voló el cerebro, porque yo tenía 14 años y en aquel momento me preguntaba cómo siendo transexual podía ser lesbiana. En general, los personajes lésbicos eran negativos y las mujeres masculinas eran caricaturizadas con lo más negativo de la masculinidad (cuestiones que en los hombres vemos normales, pero nos daba asco verlo en la versión femenina). Con los años han aparecido ya personajes positivos, y otros cuya trama no se centra en su sexualidad, sino que esta está ahí como puede ser cualquier otra cosa, como al que le gusta el helado de fresa».

 

En Gijón, en la asociación XEGA, donde participa Yosu, «estamos recuperando quedar para ver series y películas y generar debate. En la última lista con propuesta de títulos que hicimos, un compañero dijo que por favor nada de dramas: nos matan, nos asesinan, son todo humillaciones. Lo que tenemos que hacer es buscar una cinta para pasar el sábado por la tarde, una historia de amor, coses positives. Que les



 

 

 

Página 321



problemátiques ya nos las sabemos. Cuando incluyen a un personaje LGBTQIA+ dentro de les trames sin que tenga nada que ver con la trama. Nosotras en las series no tenemos que ser ni lo central ni lo residual. Tanto en el cine social como en las plataformas comerciales, vemos que se está cuidando la representación. Ya hay tramas más allá de los dramas, como Sex Education. La adaptación nueva de Star Trek también tiene a persones LGBTQIA+. Me gustó mucho Orange Is the New Black por cómo se trata a las mujeres en las cárceles, y por cómo están las mujeres trans y emigrantes».

 

 

 

OBRERAS DE LA CULTURA

 

 

El ANÁLISIS DE LA DEMANDA CULTURAL COMO MARCO PARA EL ANÁLISIS DE LA RECEPCIÓN estaría sesgado si en el mismo no se incluyese la participación en la cultura desde la perspectiva de la creación, ya sea particular, como actividad de ocio, un hobby caro o como actividad semiprofesional. La producción creativa ayuda a la sociedad a reflexionar y transformarse, mientras que a los individuos les proporciona una vía para gestionar su identidad o aliviar su día a día, permitiéndoles imaginar y vivir otras vidas, como sucede con muchas obras de ficción. La segregación de clase también está presente en el consumo cultural, no solo por las entradas que podemos pagar, sino por el tiempo del que disponemos para el ocio y por qué tipo de planes se consideran alta cultura.

 

En términos culturales, el confinamiento por la COVID-19 supuso el mayor ensayo general de nesting, algo que ya practicábamos las mujeres trabajadoras empobrecidas los fines de semana que nos quedábamos leyendo en el sofá mientras los demás hacían planes que no nos podíamos permitir. Vivir a través de personajes de ficción fue la única vía de escape durante el confinamiento para miles de personas en infraviviendas sin apenas ventanas al exterior. Ese mismo año también fue un fenómeno de ventas el libro ¡ME CAGO EN GODARD!, donde se reclama el derecho a pasarlo bien y consumir cultura para divertirse y abstraerse, en lugar de para demostrar un esnobismo propio de un grupo social con un capital cultural superior al propio. O lo que Umberto Eco llama la «prefabricación e imposición del efecto», como una característica propia del mal gusto en



 

 

 

 

Página 322



los productos culturales entre un público que necesita «convencerse a sí mismo de que los disfruta». El discurso sobre la representación de la mujer en los medios se ve enriquecido con las experiencias de las obreras de la cultura entrevistadas, quienes demuestran que el propio hecho de ser mujer ya te sitúa en los márgenes de la audiencia.

 

Trini ha cumplido su sueño de ser actriz, «después de haber probado todos los deportes que había en mi cole, al fin me dejaron apuntarme a teatro. Me pareció la hostia y me dije que eso es lo que quería hacer toda mi vida». Ahora hace publicidad, y es donde más estereotipos de género está identificando: «Querían hacer un anuncio de electrodomésticos con corresponsabilidad y diversidad familiar. La idea de base estaba muy bien, pero a mí me pusieron un marido de sesenta años. Un señor. Iban de supermodernos pero no se les ocurría poner a una tía de sesenta con un tío de treinta y pico». Otras veces, ha hecho anuncios en los que se limita a ser acompañante, un accesorio. «Parecen tonterías, pero al final no lo son. Íbamos, el que hacía de mi novio y yo, en un coche, él conducía y hablaba a cámara. Yo solo ponía cara de ajá, ajá, lo que diga mi marido. Igual los espectadores no se dan cuenta, pero yo veo que al que han puesto a conducir y a hablar es a él. ¿Qué me estás contando?».

 

Como consumidora, Mercè ha observado que «les está costando mucho a las mujeres, sobre todo en los niveles técnicos. Hay muchas directoras de cine que han ejercido el cargo en una sola película, porque les cuesta muchísimo encontrar financiación. Ahora busco cintas y series en que las protagonistas sean mujeres, y de una determinada edad. La última que me ha hecho reír mucho es una que se llama Damas de hierro. La más joven tiene 75 años, es una especie de Thelma y Louise, pero actual y en Finlandia y con tres mujeres. No me gusta que la gente intente disimular su edad para hacer papeles que no tienen nada que ver con ella. La primera vez que fui al teatro vi a una señora de unos 60 años interpretar a una adolescente, y salí pensando que no me gustaba el teatro. Yo quiero que las mujeres, igual que los hombres, si tenemos 60 años, los aparentemos y tengamos papeles para señoras de 60 años. En ese sentido, como espectadora busco cosas que también se acerquen a lo que soy, que me puedan permitir soñar de alguna manera, porque una cosa que creo que tengo buena, y que me mantiene un espíritu, es que sigo soñando y sigo queriendo aprender cosas y teniendo curiosidad. Todo eso te ayuda».



 

 

 

 

 

Página 323



Matilde es totalmente consciente de cómo se penaliza el envejecimiento de las mujeres: «En mi sector, como tengas el pelo blanco y no te lo quieras teñir, ya estás fuera. Como mujer, midiendo metro y medio y pesando cuarenta kilos, al principio me costó mucho en el mundo técnico. Pero, vamos, hay muchos niveles de artisteo. Yo siempre digo que soy una obrera de la cultura y conozco a obreros de la cultura, gente que se está dejando los cuernos y que no tiene ningún interés en salir en no sé dónde. He trabajado mucho fuera de España y no encontré grandes diferencias entre hacerlo en el teatro o ser funcionario. Aquí hay mucho más ego en todo: en teatro, en política, en empresa. Hay una intención por llegar el primero, por estar siempre, por la presencia. En el extranjero era todo mucho más relajado».

 

Además de los problemas de financiación que mencionaba Mercè, el boom de los nepobabies que copan el sector audiovisual gracias al capital cultural de sus familias o la mirada masculina que solo aprueba la representación de cuerpos femeninos mientras sean jóvenes, a las obreras de la cultura se les pregunta constantemente si lo que hacen es también para los hombres o solo es para mujeres. A la escritora Elena Fernández Alonso esta limitación de la audiencia la desquicia: «Mis novelas tienen a mujeres protagonistas. Son cosas que nos pasan a nosotras pero que también le podrían pasar a hombres. Y cuando voy a presentaciones, me dicen que, bueno, que son para grupos de lectura femeninos. O sea, como que si hay una protagonista a la que le pasan cosas reales de la vida, solo le puede interesar a las mujeres. Y cuando hay un protagonista masculino, le interesa a todo el mundo. Escribí una novela sobre una futbolista (La chica de los grilletes) que se metía en problemas por apuestas deportivas. ¿Eso no le puede interesar a cualquiera? Pues es que esos comentarios hacen que no puedas realizarte. La primera novela que escribí está ambientada aquí (Cerezas amargas). A pesar de todo, siempre me he sentido muy orgullosa de donde he nacido y de donde vivo. A pesar de todas las veces que sigo oyendo risas cuando digo que soy de Barakaldo».

 

 

 

YO NO SOY NI VOY A SER TU BIZCOCHITO

 

 

Año tras año, en la Encuesta de Hábitos y Consumo Cultural en España la música obtiene el segundo puesto. Solo una de cada diez personas es



 

 

 

Página 324



totalmente ajena a los hits y a la canción del verano. Más allá de las mesas de mezclas, la materia prima de los temas que nos emocionan es la experiencia de quien las compone y las interpreta.

 

Carolina es de Badajoz, tiene 25 años y toca la tuba, «un instrumento mayormente manejado por hombres, pero algunas mujeres también lo hacemos sonar. Como se dice en Galicia, haberlas, haylas, como las meigas. Recuerdo cuando fui a hacer unas pruebas para una orquesta joven (nunca he coincidido en las pruebas con otra chica, siempre soy la única). Encontré a compañeros que conocía, a los que mi tutor tenía en estima porque eran para él unos supercracks. Cuando salieron las notas, yo había quedado primera, y el profesor me llamó para preguntarme qué había hecho. Lo primero fue preguntarme que qué hice, no darme la enhorabuena por todo el esfuerzo que había detrás, como si les hubiera enseñado una teta o algo a los del jurado. Me quedé totalmente descolocada al teléfono. Cuando había comentado que iba a presentarme, ningún colega me tomó en serio, no me consideraban competencia. Pero yo estaba tan contenta de haber quedado primera que me dolió ese comentario del maestro, porque sabía que había estado estudiando como una loca. Hace poco tuve otras pruebas para una bolsa de trabajo. Me tocaba entrar la última a la audición y, cuando le pregunté a un chico en su camerino, me dijo: “¿Ah, pero que tú también tocas?”, como si no pudiesen valorar que si estás ahí es porque eres música profesional. Siempre he notado que no me tenían en cuenta, ni me respetaban como a los demás».

 

En la periferia suena la MÚSICA DE GASOLINERA, parafraseando a Juan Sánchez Porta, tan alejada del canto lírico de la ópera como de la camisa vaporosa del indie. La música que coreamos en el coche y que se cuela por las ventanas mientras ponemos lavadoras cada sábado nos pide que perreemos hasta el suelo, hasta quitarle el polvo al rodapié. Las mujeres en la industria han sido reducidas a cuerpos semidesnudos en los videoclips, y las imitamos con un moño de tres días creyéndonos Amy Winehouse. Creer que las intérpretes a las que admiramos son solo «muslos y pechuga» es la enésima demonización de lo que nos gusta y de quienes lo representan. BEYONCÉ EN LA INTERSECCIÓN denuncia cómo se lee el cuerpo de la cantante en términos de vulgaridad porque es negra, hace música pop y tiene un público femenino y/o homosexual.



 

 

 

 

 

Página 325



Para Nerea esa sexualización, ese ser vista como «la chica para divertirse», ha sido un problema: «Yo siempre sentí que para los tíos era el modo fácil. Y de eso tiene mucha culpa el trap. Sé que suena boomer, pero es que eso que canta la Zowi de “follo con quien quiero, puta no es un insulto, puta es lo mejor que me podríais llamar”, pues no. No nos vamos a empoderar por ahí, porque eso se nos vuelve rápido en contra. En Tinder más de una vez me han entrado con que tengo pinta de ser una chica muy abierta, con la mente muy abierta, liberal… y, claro, yo ya les pregunto qué en qué sentido. Siempre me dicen que en el sexual, así que ya les digo que si me están llamando guarra. Porque, literalmente, me lo están llamando. Y ahora resulta que eso tiene que ser un piropo. Lo que siempre ha sido un insulto, ahora me lo aplauden. Prefería lo de antes, porque me permitía cuestionarme por qué les iba bien a los tíos que fuese una guarra. Ahora, los chavales esperan que hagamos twerk y bailemos en tanga, y tener cancha para hacer lo de siempre, la misma dinámica, la misma dominación. Ahora tú no eres más libre, solo se lo estás poniendo más fácil porque te estás sintiendo bien con eso, y se construye en torno a ti esa imagen de que eres la tía para follar. A mí esa imagen me ayudaba a enmascarar los traumas. Entre los traumas, la imagen que tienes que construir, tu profesión y el rollo que te gusta, los hombres se han quedado con la idea de que soy la tía solo para follar. Soy lista, pero me toman por fácil y por tonta por mis pintas. Se imaginan que me van a proponer un trío y les voy a decir que sí, soy a la que miran y señalan hablando con sus amigos mientras uno dice: “Esta fijo que se lo traga”».

 

El ocio nocturno de Diana está alejado de su casa. Es una rockera empedernida que se va al centro en busca de salas de conciertos que poco o nada tienen que ver con los bares de reguetón que proliferan en su distrito. Siempre ha sentido que en aquellos locales del centro todos eran de otros barrios. Para ella hay más respeto e igualdad en las salas de rock que en los espacios más reguetoneros, o incluso de música electrónica. «Creo que se cosifica más a la mujer que en el rock, aunque también me he encontrado a mucho baboso, quizá porque está la idea de que hay menos rockeras. Así que, si ven a alguna, pues van a por ella». Sobre las situaciones más desagradables que recuerda, destaca: «Me intentan entrar de formas un poco raras, como aquella vez que se me acercó un chico y, sin venir a cuento, me preguntó si quería ver su tatuaje. O se me acercaban directamente a darme su teléfono, que tú te quedas: “¿Para qué quiero yo



 

 

 

Página 326



tu teléfono? Si no te conozco de nada”». Maca es más de punk, pero los locales a los que solía ir han ido desapareciendo en pro de músicas latinas, con muchísima más demanda. No deja de resultar irónico que en bares que ya no existen sonasen las letras de los HIJOS DEL BREXIT, que cantaban con ira contra los procesos de gentrificación, la falta de oportunidades, el capitalismo o el auge de la extrema derecha. En torno al ambiente en las salas, «a los chicos del punk como que no se los ve a primera vista. De palabra, se supone que tienen un discurso muy feminista, muy igualitario, pero en la práctica no lo tienen. He visto claro que son machirulos. Es un entorno muy machista, pero creo que menos que el reguetón».

 

Para Fayna, «en la polémica de las letras y los géneros musicales hay mucho racismo y clasismo. Se categoriza mucho al reguetón por sus letras súper misóginas, que algunas sí que lo son, pero a veces se nos olvida que los géneros que están más popularizados por blancos también hacen referencia al machismo. Y nadie se lleva las manos a la cabeza con la canción, por ejemplo, de “Brown Sugar” de los Rolling Stones, que directamente habla de una esclava negra. Sin embargo, con el reguetón existe una demonización y una persecución horrorosa. Y no podemos olvidar que es un género urbano, nacido de las zonas con menos poder adquisitivo de Latinoamérica… Hay ahí un racismo clarísimo, aunque la gente no quiera ser consciente de ello». También llega a la misma conclusión Alba: «Misógino es el artista. Puedes marcarte un rap hablando de putas, de cómo te quieren comer todas la polla, con un videoclip de tías figurantes enseñando el culo. O puedes hacer un rap denunciando la situación de la clase obrera en España». En ese estilo, Esther ha empezado hace poco a escuchar a raperas, «y es que, fíjate en el trasfondo de sus letras. No tienen nada que ver con el “mírame, estoy aquí en el barrio con mis colegas” de ellos».

 

Presumir de un origen humilde y barriobajero es lo que han popularizado en las últimas décadas decenas de artistas que, realmente, crecieron en familias de una clase trabajadora más acomodada y alejada de la delincuencia callejera. Para interpretar a los MACARRAS INTERSECULARES se centran en cuestiones estéticas y proyectan una identidad sin las incomodidades, padecimientos y riesgos vinculados a la experiencia real: «Antes los propios macarras eran estrellas, ahora las estrellas se hacen pasar por macarras».



 

 

 

 

 

Página 327



El CINE QUINQUI fue UN RETRATO DE UNA SOCIEDAD A TRAVÉS DE LA MÚSICA,

 

documentó y mitificó a quienes malvivían en los márgenes. Se romantizaron sus miserias elevando a banda sonora los casetes que nadie reconocía escuchar, pero que hoy se reeditan en vinilos, crean tendencia y llenan estadios. Águeda recuerda que «choni era un insulto hacia cualquier mujer del sur, la típica con los aros dorados gigantescos, el chándal y los tacones. Eso, así, es de aquí de toda la vida. Como es ahora la Rosalía». La cantante catalana ha conseguido que hasta quienes se agarran el bolso al cruzarse con una mujer en bata tarareen: «En mi piel, los corales / me protejan, me salven, / me iluminen, me guarden […]. Malamente».

 

A ella, como a otras muchas artistas, se le exige hacer música que no solo suene bien, sino que se interprete de una forma válida para la mirada masculina, que no suponga una amenaza para ellos, pero que contenga arengas feministas acordes con nuestra época. Monty Peiró rescata la biografía de las Pioneres y reivindica la pluralidad de las voces actuales, que no tienen por qué transmitir ese mensaje, ni cualquier cosa que hagan las mujeres debe ser sometida a un análisis constante. A veces una chica, simplemente, quiere bailar.

 

 

 

TRAMPAS Y RATONES 

 

 

Lourdes, desde Valencia, se hace pasar por un hombre en las redes sociales donde comparte ilustraciones antifascistas para esquivar el hate misógino. Decenas de miles de jugadoras utilizan NICKS MASCULINOS Y DISTORSIONADORES DE VOZ cuando echan una partida online. Los videojuegos siguen siendo un ocio muy masculinizado: los principales creadores de contenido son hombres y las pocas que se han atrevido a emularlos se han parapetado frente a toda esa hostilidad que recibimos cuando transitamos espacios en los que no se nos espera. El nombre de la consola, Game Boy, es toda una declaración de intenciones de cuál es el público objetivo de esa industria. Cuando se popularizó la Nintendo DS proliferaron toda una línea de juegos destinados a las niñas que hacían referencia a los cuidados y a la división sexual del mercado de trabajo: imagina ser mamá, veterinaria, decoradora…



 

 

 

 

 

 

Página 328



Quizá la influencia de esa forma de estar y de ser de nuestro yo digital nos haya llevado a transmitir lo que hacemos día a día como si estuviéramos poniendo a prueba nuevos talentos y necesitáramos la aprobación de los demás para poder avanzar hacia el siguiente reto. A Marya, esa sobreexposición le hace sentir mal. Sus veranos son para volver a Argelia, tiene dos trabajos para poder pagar la universidad y, cuando dispone de un momento y coge el móvil, «ves a tus amigas salir de fiesta, o personas a las que ni siquiera conoces. Menos mal que no sigo a influencers y estos personajes que tremendos viajes se pegan, porque hubiese estado toda machacada».

 

El anonimato en las redes sociales permite que el personaje experimente una vida muy alejada de la realidad de la persona sin que nadie le arranque la máscara. Pero este anonimato también es la coartada perfecta para expresar clasismo, misoginia y xenofobia. Desiré ha sido moderadora en foros dependientes de la empresa de comunicación donde trabaja: «Todas las mujeres con cierto número de seguidores o más o menos conocidas reciben insultos de hombres, llamándolas de todo. Es ínfimo el porcentaje de mujeres que insultan». Recuerda a la perfección el día que ardieron sus redes personales: «En los foros machistas y misóginos se orquestan ataques contra activistas feministas. Eso no pasaba en la vida real, no quedaban en grupo para ir a insultarte por la calle». El acoso que sufrimos ocho de cada diez mujeres en redes sociales también es intimidatorio y violento. No solo se nos increpa con comentarios de carácter sexual, sino que se nos amenaza con palizas, violaciones e incluso la muerte.

 

Abandonamos las redes ante el odio y el acoso machista, como antes ya nuestro género abandonó las calles, la noche, los bares, los pubs. Las mujeres que crean contenido en internet pasan a ser una comunidad. No queremos sentirnos solas, una mujer sola siempre es objetivo de acoso. Ellos siempre sienten que actúan en manada.

La hija de una de las entrevistadas tiene 19 años y se ha visto afectada por robos de identidad. Alguien ha creado cuentas falsas con sus fotos. «Por suerte, dispone de medios y de la confianza para contar con sus padres y hacerles frente a esos problemas». Sin entrar en detalles, porque los desconoce, indica que «mi hija ha caído en la trampa de hacerse fotos en las que salía monísima de la muerte. Está en su derecho, pero eso le ha traído problemas, críticas desde el instituto hasta la universidad. Ha



 

 

 

Página 329



llegado a tal punto que, desde hace unos meses, no tiene redes sociales en general, porque dice que le quitan demasiado tiempo». La entrevistada no sabe realmente cómo esos ataques han podido influir en su vida, ella cree que bastante. «El comentario que a mí me hacían con 19 años y me molestaba, simplemente se quedaba ahí, pero a ella se lo hacen y tiene un corro de gente mirando».

 

Otra de las entrevistadas recibió de madrugada un WhatsApp de un número desconocido interesándose por ella y ofreciéndole ayuda tras su separación. «Y yo me quedé, ¿¿¿perdona??? Que era para responderle: “Pues de ti no me hace falta nada”. Yo creo que el WhatsApp y las redes sociales no nos ayudan en nada, porque la gente como que no se corta por ahí. Era el cura del pueblo». Bromea cuando recuerda la insistencia de los hombres en redes sociales: «Te escriben: “Pues quedamos cuando quieras tomar un café… o algo más”. Y conmigo, si quieres un café, sí, pero nada más, así que esos cafés hoy en día no me los he tomado».

Pero no todos nuestros males empezaron en un smartphone. Cuando otra de las entrevistadas tenía 12 años, las muchachas de clase trabajadora apenas teníamos un ordenador en casa. Entrábamos en los cíber para utilizar el Messenger, pasar el rato en los blogs, visitar YouTube o subir fotos por cable desde la cámara digital a Fotolog: «Todas mis amistades íbamos ahí. Un día entré a ver unos vídeos de música y mis amigas estaban fuera fumando. Total, que llega uno de los que trabajaban allí y cierra la persiana. Estábamos solos y me cagué. Entonces por la puerta de atrás entró otro, me cague más. Y de ahí me meten en el cuartito de atrás y me coge uno por la espalda y el otro se pone delante. Me cagué un montón… Empecé a chillar y a decirles que me dejaran, y nada, no hacían caso, me tocaron entre las piernas y querían tocarme el pecho. Así que en una de esas le metí una patada en los huevos a uno, y al otro lo empujé y empecé a chillar más todavía. De repente, abrieron la puerta y la persiana desde la calle. Salí llorando, corrí a mi casa, se lo dije a mi padre y se encargó de ellos».

 

La red es la plaza pública que sustituye a las verbenas. No es, por ende, ni más ni menos peligrosa para las mujeres de lo que son las fiestas populares, solo es el enésimo escenario en el que conocemos a maltratadores, como en el caso de otra entrevistada: «Había quedado ya varias veces con un chico, nos habíamos acostado. De hecho, nos conocimos en Twitter, lo típico del politiqueo madrileño. Pasamos de estar



 

 

 

Página 330



en un momento íntimo, de estar guay y bien a que me hiciese daño. Y yo: “pero ¿qué coño estás haciendo, tío?” y él: “¿No te gusta?”. Lo quise excusar por la educación que tienen. Pensé que sería por el porno de mierda, pero, claro… Después de aquello volvimos a quedar y volvió a hacer lo mismo, cuando ya le había dicho que no me gustaba. No sé cómo verbalizar lo incómoda que me hizo sentir».

Las fotopollas solo son un producto de esta época, antes acostumbraban a sacársela contra nuestra voluntad sin que pudiésemos dejar de seguir, silenciar y bloquear a quien nos quiere encerrar en el cuarto de atrás. En la era digital, no solo el ciberacoso es una forma de violencia de género, desde el ghosting (no atender llamadas ni responder mensajes, retirarle la palabra, castigar con el silencio) hasta el catfishing (crear una identidad falsa para ligar, incluso para estafar), nos encontramos toda una serie de actitudes tóxicas en las relaciones sexoafectivas que, lejos de ser la consecuencia sana de distintos niveles de interés y compromiso, conforman un patrón de manipulación en el que las mujeres casi siempre acabamos siendo las intensas que hemos sentido de más. Enfrentarse a estos chantajes emocionales precisa de una buena autoestima y de una red de apoyo con la que no siempre contamos las mujeres de clase trabajadora de la periferia. Muchas de nosotras hemos crecido en familias desestructuradas, con un padre ausente que ha dinamitado cualquier posibilidad de tener un buen referente de relación sana a la que aspirar, por lo que somos más vulnerables, también en la red.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 331



 

 

 

 

 

 

8

 

Interseccionalidades

 

 

 

 

 

 

La interseccionalidad de todo lo que soy hace imposible mi integración en la sociedad homogeneizada y homogeneizante, de payos machos progres y mujeres blancas con camisetas de Mango con las que reivindican su feminismo esponsorizado. No, ahí no quepo, ni siquiera quiero caber: no me da la gana de integrarme, que lo sepas.

 

SILVIA AGÜERO FERNÁNDEZ,

 

Mi feminismo es gitano

 

 

Los medios de comunicación han ayudado a elevar las reivindicaciones de la multitudinaria manifestación del 8 de marzo de 2018. Pero no podemos dejar en manos de nepobabies de colegio católico de pago la genealogía sobre las mujeres que nacimos, crecimos y habitamos los barrios obreros. Para politizar nuestra experiencia debemos narrarnos, compartirnos, con los medios de los que cada una dispone y en los espacios que cada una ocupa.

 

La cuarta ola del feminismo nos ha pillado viralizando nuestros malestares en redes sociales. Las mujeres que salieron a la calle a defender el divorcio o el aborto se han convertido de repente en abuelas que nos hablan sobre sus marchas cada vez que nuestros derechos se vuelven a cuestionar. Aunque creemos que somos la generación más abierta de la historia, aprendemos de ellas las infinitas formas de ser y de amar en este mundo que ejercían antes de que hubiese nacido Judith Butler.

 

Las más jóvenes le estamos poniendo nombre a malestares que no los tenían, a cuestiones transversales a la clase, pero que padecen más quienes menos tienen. Nacer en una familia sin recursos económicos supone que un mal día durante los exámenes finales se traduzca en fracaso escolar, o que la lista de espera en atención primaria ponga en riesgo nuestra salud.



 

 

 

 

Página 332



La brecha salarial entre trabajadores y trabajadoras se hace aún más grande cuando el puesto lo ocupa una migrante, una mujer con discapacidad, dependiente o trans. Y queda totalmente excluida del mercado laboral aquella en situación de calle.

 

Nos dirigimos hacia la quinta ola del feminismo preocupadas por el cambio climático, el asalto a las estructuras de poder o la redefinición de la masculinidad. Hasta de eso debemos ocuparnos nosotras. Si las tías tenemos fama de poder hacer más de una cosa a la vez, por qué no se iba a dar por hecho que podríamos con más de una tarea en el puesto de trabajo, y que íbamos a poder dar una batalla sorora, poniendo el cuerpo por todas, aun cuando hay colectivos empobrecidos y marginalizados que jamás lo harían por nosotras, o que directamente se movilizan y votan en cada comicio en nuestra contra.

 

El debate sobre si el feminismo debe o no servir de paraguas a las reivindicaciones de colectivos discriminados sigue siendo un punto propio en el orden del día de cualquier asamblea. Estando de acuerdo en que NOSOTRAS debemos dar batallas ajenas porque nos interpelan las injusticias, nuestras demandas deberían estar presentes en otras luchas. La interseccionalidad y la transversalidad de las desigualdades ponen de manifiesto que el reconocimiento de las reivindicaciones de determinadas minorías promueve cuestiones identitarias que han dividido al movimiento, para gloria del neoliberalismo, y en perjuicio justamente de quienes son despojadas de su derecho a la existencia. Angela Davis hablaba de MUJERES, RAZA Y CLASE, pero algunas feministas son como

 

aquellos blancos que quieren cumbia pero no bailar con lxs ñerxs.

 

Desde que en 1910 Clara Zetkin propuso la celebración del día de la Mujer Trabajadora hasta nuestros días, el 8M ha ido perdiendo su apelativo de clase. Ya no se hace referencia a las trabajadoras, sino a todas las mujeres. Para advertir el error de no ver más allá del género, Joan Scott insistió en que la relación género-cuerpo no se inscribe socialmente bajo una uniformidad porque tiene peculiaridades distintas, como la raza, la edad, la sexualidad y la clase social: estos indicadores jerarquizan la condición social de las mujeres creando diferencias entre ellas.

 

A la mínima que intentamos desmontar los prejuicios que recaen sobre nosotras, advertimos que necesitamos definir quiénes somos, y que, lamentablemente, en ese ejercicio cobra protagonismo la mirada del otro: «No fue la identidad, sino el juicio de los demás sobre ella», declaraba



 

 

 

Página 333



Guillaume Galliene ante C3PO EN LA CORTE DEL REY FELIPE: «Nuestra identidad sexual, territorial, ideológica o de clase es más útil a terceros que a nosotros mismos». Las etiquetas nos atribuyen aptitudes y talentos que poco tienen que ver con quién somos y mucho con qué parecemos, por eso pervive la división sexual del trabajo y la segregación racial del mercado laboral a espaldas de las cualidades reales de cada una. Ojalá que definirnos como mujeres de clase trabajadora empobrecidas en la periferia sirva para centrarnos en qué vamos a hacer y, sobre todo, dónde vamos a estar cuando la gentrificación nos desplace de nuevo. No somos dueñas de quienes somos, porque no tenemos el privilegio de vivir al margen de lo que opinan los empleadores de nosotras.

 

Concluyo este ensayo apelando a la necesidad de observar al patriarcado como colaborador necesario en los crímenes del capitalismo y de la enorme vertebración del colonialismo en las desigualdades centro-periferia del sistema-mundo. Es un llamamiento a no perder de vista que la precariedad, la pobreza, la xenofobia y la exclusión social influyen significativamente en las vivencias de las mujeres y en cómo se comportan.

Relegarnos a las tareas reproductivas sin remuneración y a los hombres al trabajo productivo retribuido y a la vida pública ha sustentado la socialización de la desigualdad de género, el patriarcado en sí mismo, desde el Paleolítico, tal y como señalaMarylène Patou-Mathis cuando nos recuerda que EL HOMBRE PREHISTÓRICO ES TAMBIÉN UNA MUJER. No es

 

casualidad queYuval Noah Harari advierta, en SAPIENS, que también hay justificaciones biologicistas en el discurso racista que impone aún hoy el colonialismo y la hegemonía del norte occidental sobre el sur global.

 

Hoy en día, hay sectores del movimiento feminista a los que les cuesta abrirse a amparar otras reivindicaciones, incluso a otras mujeres DESPUÉS DE LO TRANS. La militancia es agotadora y a veces hay que centrarse. Pero si nos compartimentamos, no hacemos más que retroalimentar la criminalización de la diferencia. Solo si damos una respuesta interseccional, amparando a todas las que estamos en los márgenes, podremos ampliar hacia la periferia los derechos que se han reservado para quienes habitan el centro.

 

Por eso, debemos construir una alternativa más cañí de lo que los académicos racistas querrían cuando proclaman discursos



 

 

 

 

Página 334



antiglobalización. Pastora Filigrana defiende que mientras el sistema capitalista y patriarcal imponga un valor distinto al trabajo según la raza, la etnia, las capacidades físicas o el sexo, no hay batalla que se pueda ganar sin plantear una alternativa a la totalidad del sistema-mundo.

 

El antigitanismo es una de las formas de xenofobia más arraigadas en nuestra sociedad. A pesar de que muchas entrevistadas se proclaman de izquierdas, progresistas y antirracistas, no han faltado comentarios prejuiciosos sobre la etnia romaní. Sobre todo, en cuestiones relacionadas con la educación y las escuelas: «Hubo un par de chicos más conflictivos de lo normal, el típico gitano que te toca en clase que está repitiendo. Además, como el colegio era concertado, era de monjas, nos decían que no nos juntásemos mucho con él, que era un liante. No dejarlo de lado, pero sí tener cuidado. Yo no sé si habrá acabado el instituto o no, pero el chaval sigue viviendo en el barrio».

 

«Sobre los gitanos de la Cañada Real lo que se dice es que son vendedores de droga, ni siquiera que sean consumidores. Se ha proyectado esa imagen de moralidad y de mito de la clase media que nos martillea con que quienes viven en la Cañada Real no pagan ni luz, ni agua. Y entonces, desde la superioridad moral, las clases medias se preguntan: ¿por qué estos desechos sociales pueden vivir gratis cuando yo sí tengo que pagar? Te hablo de un discurso que ha calado entre gente súper humilde cuyos padres vivieron también en una chabola cuando llegaron a Madrid. Las drogas aparecen en el discurso para deshumanizarlos. Acusarlos de la venta es el plan perfecto para justificar cómo se les está quitando el derecho a la vivienda». Existe cierta idealización de la lucha vecinal, pero mientras hacía entrevistas descubrí que algunas de esas asociaciones tenían prejuicios xenófobos. Fueron sus miembros quienes quemaron las infraviviendas de las que se habían emancipado para que no las ocupasen familias gitanas. Rafael Buhigas Jiménez investigó las circunstancias y

 

consecuencias de los realojos en LOS «OTROS» MADRILEÑOS. EL CONFLICTO POR LA VIVIENDA DE LOS GITANOS EN LA CAPITAL (1950-1986).

Al igual que el nazismo designaba a los judíos y a los gitanos Untermensch, «infrahombres», el antigitanismo no reconoce a la población romaní como compatriotas de pleno derecho: «En el barrio solo hay un colegio público, que todo el mundo denomina “colegio gueto”. Los profesores van por comisión de servicios. Hace unos años tenía diecisiete nacionalidades diferentes de extranjeros y gitanos. No había ni un español.



 

 

 

Página 335



Los niños iban sin duchar y sin comer, montaron duchas en el colegio y les daban el desayuno. Hay voluntarias en el comedor escolar para poder alimentarlos. Es un colegio con pocos recursos, y los han metido a todos ahí, la administración prefiere que estén así. Ningún amigo mío o conocido del barrio quiere escolarizar a sus hijos aquí. Los llevan a otros barrios o a un concertado donde el porcentaje de inmigración está más normalizado».

 

También hay entrevistadas que militan contra esa xenofobia, cuya resistencia a la explotación laboral incluye a las gitanas que no solo se enfrentan a la opresión patriarcal, sino también al racismo y la marginalización social. Desde RESISTENCIAS GITANAS, Silvia Agüero denuncia que el feminismo hegemónico, aquel que se centra en la brecha salarial entre hombres y mujeres o el techo de cristal, olvida que también existen grandes brechas en el acceso al empleo entre payas y gitanas. Aurora Serrano, sindicalista en UGT y militante romaní, asegura que «el antigitanismo está arraigado en nuestra sociedad como el racismo y el machismo. Pensamos que somos mejores que el otro, por lo que en el espejo proyectamos la imagen de los que no queremos ser. Esa imagen es la de la mujer gitana: que no le gusta trabajar, que es una inculta, que no estudia».

 

Se han hecho múltiples referencias a la Yoli de Física o Química, la joven de extrarradio sexualizada de la que sus profesores esperan que acabe de cajera. Ni tan mal, porque a otras les auguran irse sin pagar: «El estereotipo que se tiene del gitano y de la gitana es como el de un pobre delincuente que no quiere salir del gueto. Es muy duro que vayas a comprar la merienda de unas jornadas, que yo he ido como educadora, acompañada por niños de Vicálvaro, y el guardia jurado me haya hecho abrir el bolso delante de ellos, porque se pensaría que eran mis churumbeles. Desde que entras en el supermercado tienes al segurata detrás». A esos niños, que participan en una actividad extraescolar, ya les están diciendo que las personas como ellos no son gente de fiar. Vivirán sometidos a una hipervigilancia. La discriminación hacia la población gitana viene desde que en 1499 los Reyes Católicos les prohibieron ser nómadas y los obligaron a renunciar a sus oficios para adaptarse a las estructuras gremiales. Buhigas también estudió cómo se ha permitido esa persecución de lo cañí en BAJO SOSPECHA. UN PRIMER ABORDAJE SOBRE LA



 

 

 

 

 

Página 336



TIPIFICACIÓN DE LA «CRIMINALIDAD GITANA» POR LA GUARDIA CIVIL EN LOS SIGLOS XIX Y XX.

 

Según el informe ACTITUDES Y PAUTAS DE COMPORTAMIENTO DE LA POBLACIÓN GITANA DE LA COMUNIDAD DE MADRID EN RELACIÓN A SU SALUD,

 

publicado en 2008, aún vivían muchas familias romanís en «asentamientos ilegales», aunque desde los años setenta se llevan a cabo periódicamente políticas de realojo en nuevos barrios, como el Ruedo de Moratalaz, en Media Legua, donde reubicaron a mi abuela en los años noventa, los bloques del Alto de San Isidro o Pan Bendito, en Carabanchel. Aurora Serrano denuncia que «estamos confinados en barrios-guetos un 80 por ciento de la población gitana porque, por desgracia, la gran mayoría de nosotros somos pobres. Y salir de ese círculo es imposible, más si no sales de tu núcleo social, de ese colegio donde vas a estudiar con los mismos niños que son vecinos tuyos. No nos interrelacionamos con otro tipo de gente y no tenemos referentes en la historia paya, no aparecemos en los libros de texto y la historia de nuestro pueblo se ha transmitido de forma oral de padres a hijos. Cuando se publica alguna información sobre la población gitana, siempre es mala. No hacen documentales sobre quienes están estudiando, los abogados gitanos, las juezas, los que están en el Congreso de los Diputados. No todos estamos fuera de la sociedad paya, pero a los que estamos nos invisibilizan, nos diluimos». En realidad, nunca se negaron a integrarse porque nuestra cultura también es cañí, lo que no quieren es renunciar a su identidad romaní, ni a desintegrarse dentro de un sistema para el que tienen alternativas.

 

Las actitudes xenófobas en el discurso de algunas entrevistadas no solo fueron antigitanas, sino también racistas: «Hablando con una amiga, me dijo: “Sí, lo de la multiculturalidad está muy bien y tal, pero a veces habría que revisarles un poco los principios”. O sea, el machismo que viene de otras culturas… No es que me molesten pero, joder, si yo estoy intentando hacer algo con los de aquí y me cuesta, para que encima me vengan de fuera a ponérmelo peor. Es como si vinieran de hace, pues no sé, de cincuenta años atrás. Tenemos que luchar contra los de aquí, más lo que te viene de fuera, de otras culturas, en las que, pues eso, la mujer es la última mierda a la que pisar. Y ves que no hacen nada por cambiarlo ni por integrarse».



 

 

 

 

 

 

Página 337



BEYONCÉ EN LA INTERSECCIÓN

En muchos casos no es una cuestión de inclusión, puesto que España ya está criando a su tercera generación de migrantes, AFROPEANS, que son tan ibéricos como quienes tienen pueblo. Las nietas de las guineanas en España, las de caboverdianas en Portugal o las de argelinas en Francia no necesitan integración, sino que se las deje de discriminar. Una de las formas más visibles de convivencia son las parejas entre autóctonos y extranjeros, pero el deseo y el amor en nuestro país no dejan de tener una dimensión patriarcal y racista: los hombres españoles protagonizan más matrimonios mixtos que las españolas, y suelen contraer matrimonio en segundas nupcias con mujeres jóvenes de origen latinoamericano a las que les pretenden imponer un rol subalterno en el hogar que las mujeres jóvenes españolas cada vez aceptan menos, por eso van en busca de

 

FLORES DE OTRO MUNDO.

 

Dalia, de origen ecuatoriano, ha tenido que soportar que la acusen de haber dado un braguetazo. Ya desde el instituto, «había chicos que no podían ser amigos nuestros porque las novias no les dejaban. Porque decían que las latinas “vamos a lo que vamos”. O que vamos a estar con ellos por los papeles. Aunque ya tengas la nacionalidad, te decían que si te juntabas con españoles era porque algo querías. Para sacarles todo. Les decían a las compañeras cubanas y colombianas que tenían que ser unas guarras en la cama». Y ya en la vida adulta, «he notado el clasismo bastante, incluso con los amigos de mi novio. En general, son amables e intentan no hacer muchos comentarios. Pero cuando están en confianza, empiezan a decir que están deseando que los manden a Latinoamérica porque allí se van a hinchar, que allí están las tías desesperadas por pillar a un americano… Y que con un poco de dinero tienen a la que quieran. Consideran Colombia no como un destino al que les mande la empresa por el negocio, sino como un parque de turismo sexual».

 

Esto mismo denuncian en la obra de teatro Las latinas son. El ensayo reivindica el tema «Single Ladies» para abrir

 

el debate sobre el mercado matrimonial: «Debemos hablar de las dinámicas sexistas y racistas en la elección de las parejas íntimas en la lógica heterosexual, en connivencia con las dinámicas coloristas, y del funcionamiento de las imágenes estereotipadas que perfilan a las mujeres negras como sexualmente accesibles mientras que se les niega el derecho a ser sujetos de amor y cuidado». La sexualización de las niñas y



 

 

 

 

Página 338



adolescentes gitanas, latinas o afrodescendientes justifica los abusos y las agresiones que se cometen contra menores. Como si fuese menos niña una niña gitana. Según el macrocuestionario QueSeSepa realizado en 2019, las mujeres racializadas son violentadas por hombres con mayor frecuencia y desde edades más tempranas que las blancas. Rocío Yu, al llegar a la pubertad experimentó que «a pesar de que a las asiáticas (adoptadas) en la familia nos educan para ser tías blancas, a la hora de desarrollarnos vamos a otro ritmo. Mientras a las demás las erotizan, a nosotras nos fetichizan e infantilizan. Incluso en clase, he visto que intentaban tirarme fichas que iban más allá del morbo que les pudiese dar tener una profesora joven».

 

Para Valentina es: «la cadena alimenticia del migrante. A lo mejor a mí no me tocaba estar tan jodida. O sea, no me tocaban los comentarios jodidos como sí le podían tocar a una persona árabe o a otra negra. Porque no había tanto conocimiento o tanto prejuicio como lo hay en España de las personas latinoamericanas. En Bélgica era como: “Ah, pues colombianos, ecuatorianos, Pablo Escobar, México, narcotráfico”, y ya. Como que su desconocimiento eliminaba muchos prejuicios. Es como el relato del migrante bueno. Yo era una migrante buena porque estaba allí de intercambio estudiantil para aprender de la cultura belga. Pero si mi fenotipo fuese distinto, no sería vista así». Otra entrevistada comentaba: «En el pueblo de mis abuelos la mayoría de los que trabajan en el campo son inmigrantes. Cuando había buenos trabajos, el campo no lo quería nadie y lo han sacado adelante ellos. Eso ahora se les compensa, porque en la mayoría de las fincas los encargados son extranjeros». Pero cuando abordamos la explotación laboral en el sector, su discurso vira: «Los pobres negritos se parecen mucho. Bueno, a nosotros nos cuesta mucho diferenciarlos. Así que lo que hacen es intentar colársela al jefe y, con los papeles de uno, porque alguno consigue que le hagan los papeles, se cuela otro. Así trabajan en las fincas. Ahí el jefe no lo está viendo, porque es que no se da cuenta de quién es quién. El problema es que van los inspectores y, si hay alguien sin papeles, la multa le cae al jefe, aunque no sepa que tiene a gente sin papeles porque no sabe diferenciarlos. No sé al resto de la gente, a mí me cuesta. No sé cómo se podría evitar eso».

 

Aunque en la misma ciudad, otra entrevistada es totalmente consciente de que «en el campo hay racismo pero también hay un racismo institucional. No tienen ninguna ayuda para evitar la barrera idiomática, y algunos se aprovechan para revender las citas en extranjería por doscientos



 

 

 

Página 339



o por trescientos euros. Además, hay redadas constantes desde que está la ultraderecha en el Gobierno. Vienen con las lecheras y a todo el que tiene pinta de inmigrante le piden la documentación».

 

En el caso de Toñi, ser una mujer blanca occidental con estudios superiores en una gran ciudad le hace advertir que la administración no nos atiende a todas por igual: «Tengo familia de origen marroquí y a ellos siempre los han tratado muy mal. Al no hablar bien el idioma y no poder expresarse con la misma fluidez, sus problemas son considerados menores. Cuando una persona que habla bien castellano acude de acompañante y se puede expresar, entonces las cosas cambian. He visto que a mis sobrinos y a mis sobrinas les han pasado cosas de gravedad que no hubiesen llegado hasta ese punto si los hubieran tratado antes». Para estas visitas, es precisa la ayuda de intérpretes que hagan a la población migrante menos dependiente de sus familias, como Salud entre Culturas. En los talleres, que muchas veces parten de tareas tan transversales como las clases de castellano, identifican las barreras de acceso al sistema sanitario, como «que no los atiendan, directamente», señala Cristina Arcas. Estas barreras las han padecido incluso hombres y mujeres migrantes que administrativamente cumplían los requisitos pero en el momento en el que han acudido, la persona de admisiones no ha sabido realizar la gestión, «o no le ha dedicado el tiempo suficiente, porque era algo que se salía del A, B y C diario, o no la ha llevado a cabo por razones que ellos sabrán. No puedo saber cuáles son los motivos, nunca le he preguntado a un administrativo por qué decide no admitirle. Tanto en atención primaria como en Urgencias (donde tienen obligatoriedad de asistencia), la manera en que los tratan no es agradable, parece que le están pagando personalmente la atención. Eso a cualquier persona la echa para atrás. Mi experiencia acompañando a pacientes es que nunca me he sentido bienvenida, y no era para mí. Posiblemente, una persona que acuda a ventanilla sin acompañamiento, a no ser que le duela mucho, puede sentirse rechazado, sentir que su dolencia no es tan importante, que nadie lo puede atender o que no está en su derecho ni ese es el sitio al que debe acudir», señala la enfermera.

 

La ISLAMOFOBIA DE GÉNERO COMO VIOLENCIA MACHISTA nos obliga, desde

 

el feminismo, a realizar una reflexión transversal de la emergencia que nos aísla y nos divide. Para Brigitte Vasallo, es urgente dar un espacio central en la agenda feminista blanca a esta forma de violencia machista,



 

 

 

Página 340



percibida, anota, «hasta ahora como una cuestión únicamente racista». Combativa contra el «feminismo blanco», la autora denuncia que la violencia xenófoba entre mujeres no es horizontal, ya que sería una violencia estructural reforzada y legitimada tanto por el sistema colonial como por el sistema patriarcal, y añade que la discriminación hacia las mujeres racializadas «adquiere las formas características del machismo: cuestionamiento del derecho al propio cuerpo, infantilización y cosificación».

 

No es baladí tampoco el señalamiento hacia la comunidad islámica que se vislumbra en algunas conversaciones, también relacionadas con la escolarización: «A ese colegio solo los llevas si no te queda otra. Hay muchísimos conflictos raciales, agresiones a profesoras porque había padres árabes que no querían que a sus críos les diera clase una mujer. No sé cómo abordar con mis hijos el tema de la diversidad, cómo explicarles por qué la madre de la vecina lleva pañuelo y las niñas no».

 

Al igual que se sostiene a las católicas o evangélicas practicantes, merecen apoyo y herramientas de emancipación aquellas educadas en el islam que no se pueden permitir el lujo de obviar su identidad cultural en su enfrentamiento contra la desigualdad de género. «Ver a las mujeres musulmanas como eternas víctimas es islamófobo», afirmó en una entrevista Vanessa Rivera, subrayando que la demonización que sostiene que el islam es la raíz de todos los males de las musulmanas es reduccionista y prejuiciosa.

En el mismo sentido, hay todo un llamamiento CONTRA EL FEMINISMO BLANCO para que nos atrevamos a criticar nuestra perspectiva empoderadora, que ha sido construida desde los centros de poder y ha definido sus propias verdades como universales. Superar los prejuicios coloniales nos ayudará a emanciparnos con mucha más consistencia al prestarle atención a diversos factores en cada contexto, como la religión, la política, la economía, la distribución de los roles de género, la raza, la clase, las redes de apoyo, el nivel educacional, el desarrollo de la ciudadanía y la relación con el Estado como garante de derechos.

 

La gran polémica en torno a la islamofobia de género y el feminismo islámico es la de aceptar o no el velo desde posiciones feministas. Sirin Adlbi afirma que el laicismo buscó la separación del poder político del de la Iglesia católica en un contexto europeo que nada tiene que ver con el



 

 

 

 

 

Página 341



islámico. En COLONIALIDAD, FEMINISMOS E ISLAM, la pensadora llegó a definir el laicismo como «otra religión que surge en respuesta a la Iglesia católica, una especie de mística materialista». Para ella, feminismo e islam no son una contradicción, y sitúa el feminismo islámico en el movimiento contrahegemónico integrado en los feminismos de la tercera ola, tal y como hace Filigrana con el gitano. Hace un llamamiento a superar la universalidad de la lectura masculina de los textos islámicos y darle la importancia que merece a la relectura que plantean las mujeres musulmanas, abandonando la beligerancia contra las religiones.

 

Por el contrario, el ensayo EL HIMEN Y EL HIYAB: POR QUÉ EL MUNDO ÁRABE NECESITA UN A REVOLUCIÓN SEXUAL, de la egipcia Mona Eltahawy y los editoriales de la catalano-marroquí Najat El Hachmi, militan activamente contra cualquier forma de velar a la mujer musulmana. Eltahawy responsabiliza a las revoluciones islámicas y a fuerzas políticas como los Hermanos Musulmanes de la proliferación de las mujeres veladas, puesto que las convirtieron en un símbolo de adhesión a lo que la revolución promovía. El Hachmi promueve la prohibición de los velos en los colegios españoles por entender que son un símbolo patriarcal y machista, no identitario.

 

Otra de las entrevistadas podría haber sido protagonista de la novela LOS LUNES NOS QUERRÁN, ya que recuerda que la práctica de la religión en su casa se reforzó cuando la comunidad musulmana en su barrio empezó a ser más grande. «Mi familia es una hipócrita de la hostia. Porque mis padres no son practicantes, en plan, son musulmanes, pero solo son practicantes para lo que les conviene. No hacen el Ramadán, por ejemplo, siempre les da pereza. Yo tampoco lo hago, pero me dicen que, en clase, a mis compañeros musulmanes les tengo que decir que sí que lo hago. Me permiten comer en casa, pero no me puedo llevar la botella, ni el bocadillo, y los días de Ramadán me muero de hambre. Mi padre bebe alcohol. De hecho, es bastante alcohólico. Mi madre no aparta el cerdo si vamos a comer a un restaurante, pero obviamente, no lo hace de manera explícita. Cuando compra comida que no es halal en el súper, la esconde al fondo del carro».

 

Al contrario de lo que defiende Filigrana cuando dice que el patriarcado solo es uno, el imaginario colonial que se proyecta en la islamofobia de género señala al hombre moro como a un hombre «más



 

 

 

 

Página 342



machista, violento e irracional que el occidental». Entender la violencia de género como expresión de la desigualdad nos hace creer que sin esa desigualdad no habría violencia, y que cuanto más crezca una, más episodios habrá de la otra. Hablar de desigualdad en abstracto supone evitar actuar contra las discriminaciones de género y por razón de sexo concretas que la provocan. ¿Habría menos casos de violencia de género si acabásemos con la brecha salarial? ¿Y si hubiese más mujeres trabajando en profesiones STEM? ¿Y si más hombres trabajasen en residencias de mayores? Es demasiado complejo como para reducirlo a la desigualdad. Begoña Pernás se preguntó si ¿SIEMPRE HA HABIDO VIOLENCIA DE GÉNERO?

 

tras revisar la crisis en el patriarcado y la relación de la violencia con la igualdad. Lo que sí sabemos es que aumentaron las llamadas al 016 durante la retransmisión de los programas especiales sobre Rocío Carrasco, en las primeras semanas de la pandemia o cuando estalló el volcán de la Palma. Las estadísticas también nos revelan que se producen más asesinatos machistas durante las vacaciones, Navidades o fines de semana. Y no por ello creemos que acabar con los días no laborales dinamitará la violencia de género. Creemos que los descansos son una cuestión de justicia social, como lo debe ser la igualdad, más allá de que con ella se contribuya a disminuir las cifras de víctimas mortales.

 

Viendo más particularidades de las intersecciones a partir de nuestro género, la Macroencuesta de Violencia contra la Mujer realizada por el CIS y el Ministerio de Igualdad ese mismo año, demostró que tener una discapacidad es un factor de riesgo en términos de vulnerabilidad. Estas mujeres sufren violencia no solo de sus parejas o exparejas, sino también de sus cuidadores. Teresa Palahí atiende a muchas de ellas en la Fundación ONCE: «Se acercan a buscar trabajo y es en ese momento cuando empiezan a verbalizarlo todo […] Cada caso te rebela por dentro, nunca te acostumbras». Según el CERMI (Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad), el 11 por ciento de las limitaciones son sobrevenidas a causa de la violencia de género, desde problemas mentales hasta pérdidas de audición, de visión o de movilidad. Mientras que se mencionan continuamente los problemas para acceder al sexo que pueden llegar a padecer los hombres con discapacidad, desde las posturas regulacionistas de la prostitución suelen olvidar que la libertad sexual de las mujeres con discapacidad se ve continuamente asaltada contra su voluntad.



 

 

 

Página 343



De la hipersexualización de las menores latinas o las pruebas del pañuelo que se viralizan en TikTok hasta el cuerpo de las mujeres en disputa por el hiyab, también hay espacio para la presión estética. Nunca estamos suficientemente guapas, delgadas y peinadas, porque hacernos sentir insuficientes es la mejor forma de tenernos sometidas. Insultos como «fea» y «gorda» actúan como mecanismos de control social y vigilancia hacia las mujeres en espacios públicos y privados. Estas agresiones verbales perpetúan la imposición y el refuerzo de normas que nos valoran principalmente por nuestra apariencia física. Tanto Sindy como Sandra han sufrido esas violencias, desde insultos en el colegio hasta que les pidan que se pongan una faja para servir copas. Las canas de Matilde han sido un problema para encontrar papeles como actriz, y Dolores se está quedando fuera del mercado laboral porque está LA EDAD BAJO SOSPECHA. Miriam es una lesbiana masculina que considera que «en mi aspecto hay un 1 por ciento de masculinidad que se debe a no querer que se me acerquen los hombres, a no verme tan vulnerable, porque los tacones y las faldas nos hacen vulnerables. Si tienes que salir corriendo, ¿cómo lo haces? En mi época, cuando era jovencita, a las mujeres femeninas que eran lesbianas también se les decía: “Pero qué vas a ser tú lesbiana…”, como si fuera imposible porque se maquillen y lleven falda. Y ahora parece que es al revés, todas las lesbianas ahora parecen Dulceida. Siento que hay cierto rechazo hacia la masculinidad de la lesbiana». Dada la heteronorma, tenemos que salir del armario en cada centro de trabajo. Y, vista la precariedad y la temporalidad, esto equivale a un par de conversaciones incómodas como mínimo al año. Para muestra, una de las entrevistadas: «Va todo el mundo de que es muy respetuoso y que son súper abiertos, pero con cuidado. Yo no digo que tengo novia hasta que no conozco bien a la persona y el ambiente. Porque siempre es cierto que te tratan distinto. Tanto para bien como para mal, de: “Ay, qué bien que tengas novia” a manteniendo la distancia. Cuando coincidimos trabajando mi hermana y yo juntas, le fueron a decir que era una pena, con lo bonica que yo era».

 

La heterosexualidad impuesta nos obliga a dar un primer paso con la familia. Bárbara ejemplifica perfectamente lo que significa el SEXILIO: «Mi madre nunca me dijo que me tenía que casar con un hombre, pero desde bien pequeña me fue confeccionando el ajuar para hacerlo. Esto representa su aspiración. Simbólicamente, yo me crie con esa presión social en una zona minera del Bierzo que era muy homófoba y machista. De mi



 

 

 

Página 344



generación, en el pueblo hay muy poca gente LGBTQIA+ que se hiciera visible. Quienes quisieron serlo se fueron a Barcelona, Mallorca, Ibiza o Madrid. Se fueron a buscarse la vida fuera para poder vivir como querían vivir. Yo me lo planteé, pero no me hizo falta llegar más lejos de Oviedo y de Gijón, donde empecé a salir por el ambiente. Cuando ya me había independizado fue cuando lo conté. Viviendo con mi familia ni se me pasaba por la cabeza salir del armario. Estuvieron una temporada sin hablarme y sin tener trato. Con la única con la que no tuve ningún problema fue con mi hermana. Hoy en día, ya vienen al Orgullo y a todo».

 

Para Fayna, «todavía falta visibilidad de las personas bisexuales, incluso dentro del colectivo se sigue nombrando mucho más a los gais y a las lesbianas. Pero también existen las personas bi, ahora también hay un gran movimiento, por suerte, que está visibilizando a las trans. Pero creo que todavía el hecho que haya personas bisexuales no está tan aceptado, a veces creen que tienes que ser gay o lesbiana. Yo, en general, no lo hablo porque considero que no hay que salir del armario, pero por otra parte sé que lo que no se nombra no existe».

 

Ha habido un antes y un después en la microfísica del terror al que estamos sometidas las mujeres no heterosexuales al darnos cuenta de que NOS ACECHAN TODAVÍA. Por un lado, Miriam reconoce que «cuando pasó lo de Samuel, lo hablé con un amigo mío que también es gay, jamás en mi vida, te lo digo en serio, he tenido miedo por ser lesbiana. He podido ir por la calle y me gritaban bollera o marimacho, lo que quieras. Incluso de mayor, desde los coches y tal. Pero se quedaba ahí. No me generaba miedo, ¿sabes? Pero después de lo de Samuel y otras agresiones que ha habido, veo que son muchísimo más físicas y brutales… De hecho, con mi novia, no sé, depende de por dónde estemos, hasta me da cosa darle la mano. Y eso no me había pasado jamás en mis 43 años de vida. Ni en los ochenta, ni en los noventa, ni al principio de los dos mil había tenido miedo».

 

Por otro lado, la familia de Minerva es uno de los ejemplos de cómo las agresiones al colectivo LGBTQIA+ han sembrado el pavor en las madres de sus miembros. Ella se preocupa por el hijo mediano, que es gay, tanto como por su hija, pero mucho más que por el mayor. Ya se han dado situaciones en las que el muchacho ha llamado a la policía. Ante esta situación, ambos padres han tomado medidas, como mantener siempre activas la localización de sus hijos, pudiendo acceder en todo momento a



 

 

 

Página 345



su posición, que con 23, 20 y 15 años no son precisamente unos niños. Si fuesen una familia acomodada, no tendrían ningún problema en frecuentar sitios con porteros que velaran por su integridad, independientemente de su orientación sexual y de su género, o procurarse una vuelta segura en taxi sin depender de que su padre siga despierto, del ambiente que haya en la parada del autobús o en el paseo de vuelta a casa. Moverse en su propio coche también sería un plus en su percepción de la seguridad. «Me da rabia sentirme como me siento», comenta Minerva, «tenía tranquilidad por mis hijos y miedo por mi hija, por lo que he pasado yo como mujer. Pero con las alas que se le ha dado a Vox, los agresores se sienten impunes… El verano de 2021, con la oleada de agresiones, con el asesinato de Samuel, la cosa estaba desmadrada y cada vez que salía el mediano, lo pasaba mal». Sus declaraciones pueden equipararse a las de Dolores en relación con su hijo gay de 25 años: «Lo apunté a defensa personal y le dije: “Si me llaman los Mossos d’Esquadra, que no sea diciéndome que te han matado”». Compara con su otro hijo, del que no sabe ni por dónde sale, y no le parece justo: «¿Por qué no puedo dormir tranquila, por qué mi hijo no tiene seguridad en la calle por ser homosexual? Pero claro, esa es la educación que les están dando en las casas a los homófobos».

 

Por último, cabe mencionar que en las periferias habita LA ESPAÑA INVISIBLE, aquella que no solo malvive, sino que sobrevive en situación de calle esperando que haya un hueco en el albergue. Varias entrevistadas han tenido a algún miembro de su familia o se han visto a sí mismas CASI en esa tesitura. El SILENCIO ADMINISTRATIVO al que somos sometidas cuando intentamos que nos ampare la administración acaba siendo un laberinto burocrático en el que nos quedamos atrapadas mientras lo perdemos todo. Una de las entrevistadas se independizó muy joven porque, tras la separación de sus padres, acabó viviendo hacinada con unos familiares de su madre. Otras tantas aún malviven con seres queridos, sin poder emanciparse y compartiendo habitación con abuelas, madres o hermanas, porque no pueden permitirse un cuartito para ellas solas. Muchas veces, es su sueldo el único sustento de la vivienda, bien porque hayan decidido ser madres sin tener pareja, bien por la volatilidad de la figura del padre ausente. Hay menos mujeres en situación de calle que hombres debido a múltiples factores, pero sobre todo porque el paternalismo les proporciona



 

 

 

 

 

 

Página 346



alternativas habitacionales a las más vulnerables para evitar que sean agredidas sexualmente o acaben víctimas de la explotación sexual.

 

Creer que nuestra posición de clase es consecuencia de nuestras decisiones personales ignora cómo nos pueden ayudar los ahorros de nuestra familia y lo que nos pueden lastrar sus deudas. También el orden social machista, racista y capacitista, que remunera de muy diferente manera nuestro trabajo según lo que nos alejemos de la concepción androcentrista del éxito. La horma en la que crecemos determina nuestras posibilidades, nos limita, de ahí EL RENCOR DE LA CLASE MEDIA del que nos advierte Esteban Hernández cuando las aspiraciones individuales se ven sesgadas por nuestra dependencia de la sociedad.

 

En la misma línea, Mark Fisher señaló que desde mediados de los años ochenta estamos expuestos a un chantaje ideológico en el REALISMO CAPITALISTA. Nos creemos individuos compasivos y solidarios capaces de terminar con la pobreza sin necesidad de ninguna solución política o reorganización sistémica: «Lo único que tenemos que hacer es comprar los productos correctos». ¿Quieres acabar con la desertización del Amazonas? Compra chocolate de comercio justo. Entregamos nuestro tiempo y nuestra salud a cambio de un salario que tan solo es una pequeña parte de lo que consigue la empresa combinando el tiempo y la salud del conjunto de la plantilla. Todas las formas de empleo se vuelven precarias cuando nos convertimos en paquetes de tiempo sin derechos o necesidades. Se nos deshumaniza hasta quedar reducidas a la disponibilidad y la inmediatez.

 

La dinamización de la economía nos ha llevado a la indeterminación. El capitalismo financiero le estaba ganando la batalla al capitalismo productivo mucho antes de que nos entregásemos a las pantallas durante el confinamiento. Los centros comerciales ya habían anunciado cierres mientras aún había quien mostraba reticencias a comprar por internet. Cuando estalló la pandemia, en 2020, YA ESTÁBAMOS AL FINAL DE ALGO: el capitalismo se devora a sí mismo en una crisis medioambiental en la que, «desde un punto de vista individual, no podemos hacer más de lo que ya estamos haciendo».

 

Un tercio de los fallecidos por golpe de calor estaban trabajando. Mientras tanto, a nosotras nos venden optimismo en camisetas, tazas y almohadones. Pretendemos SER FELIZ A MARTILLAZOS de cuarzo rosa dándonos masajes en la cara para relajar el bruxismo. Apretamos los



 

 

 

 

Página 347



dientes y sonreímos mientras los eventos fuera de nuestro control nos desestabilizan, sin importar cuán positiva sea nuestra actitud o cuántas veces inspiremos. Estamos viendo una progresiva desintegración de la economía, en la que la precariedad se vuelve cada vez más común y las clases medias están desapareciendo. El capitalismo se está autodestruyendo, pero no parece que vayamos a lograr nuestra emancipación y a colectivizar las fábricas, porque ahora cada una de nosotras somos una marca.

 

Esta llamada a la acción, a modo de conclusiones, está vertebrada por las publicaciones de las autoras que reflexionan y estudian sobre su propia situación en tanto que mujeres racializadas, porque sus condiciones y su opresión superan mi observación. Quedan muchas vidas por contar y muchas problemáticas que abordar más allá de estas páginas. No sé QUÉ HACER EN CASO DE INCENDIO, pero sé que nosotras siempre hemos sido las responsables de bajar las persianas a la hora exacta para poder conciliar el sueño sin fatigarnos de calor. Tenemos a nuestro alcance a teóricas y activistas suficientes como para darnos la oportunidad de aprender de ellas.

 

Ojalá todo esto que nos hemos contado quede pronto desactualizado, ojalá podamos hablar en pasado de la falta de servicios en la periferia y de la marginalidad de la clase obrera o de la violencia sexual contra las trabajadoras. Conquistar el centro no es una cuestión geográfica, sino de agenda.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 348



 

 

 

 

 

 

Agradecimientos

 

 

 

 

A todas las mujeres que quisieron combatir el negacionismo con el feminismo de clase y confiaron en mí para compendiar nuestros malestares desde las periferias.

 

A David Calvo, por hacerme feliz y carabanchelera, valga la redundancia; por todas esas tildes que le puso a los solo, diga lo que diga la RAE, por ocuparse de casi todo mientras yo me dedicaba a escribir.

A Julio Embid, por permitirme que cientos de mujeres se sintiesen hijas del hormigón. A Rakel Markos, por darme la oportunidad de aquella doble página en Marie Claire. A todas esas becarias de periodismo que hablaron de nosotras en su redacción y me permitieron llevar el proyecto de investigación más lejos. A Jorge Freire, por abrirme las puertas de Debate. A Paloma Abad, mi editora, por creer en nuestras historias y en mi manera de contarlas. A Iñaki Domínguez, por animarme a escribir un ensayo con entrevistas. A Isabel Ginés y Aldo Conway, por leerse el manuscrito hasta los pósits. A todas las personas que me han ayudado a documentar este ensayo: las instituciones que recogen estadísticas, quienes publican libros o comparten sus pensamientos en redes sociales.

 

A todo lo bueno que pasa los viernes: jamás me he sentido tan escritora como en esa mesa. A ese espacio seguro en el que podemos hablar sin filtros. A Laura y Gabriel, por darme techo, comida y razones para vivir.

A mi abuelo Domingo, por transmitirme su pasión por hacer cuentas y solucionar problemas. A mis abuelas, Aurora y María Dolores, por absolutamente todo lo que hicieron por mí y por las batallas que libró su generación. Ellas representan el éxodo, la migración interior, la soledad de las mujeres en la ciudad o la viudedad en los pueblos. A mi familia biológica, adoptiva, política y elegida, en particular a mis tíos, Domingo y Gema, a mi primo Izan, por creer en mí y sostenerme desde que nací. A mi hermana, Laura, ella es el futuro en el que pienso cada vez que se anuncian



 

 

 

 

Página 349



avances feministas. A mi padre, Antonio, por acogerme y permitirme que le llame «papá», por darme un pueblo y una familia. A mi psicóloga, a mis fisios, a los neurocirujanos que han hecho posible que los dolores neuropáticos no impidiesen que escribiese este libro.

 

A la educación pública, a la que se lo debo todo; a las maestras y a las profes que me animaron a escribir e hicieron la vista gorda mientras creaba historias en los márgenes de las lecciones. Al Ayuntamiento de Teulada, que me premió por escribir ficción cuando aún me colgaban los pies en el pupitre. Al Centro de Estudios Europeos Jean Monnet-Antonio Truyol de la Complutense, por hacer lo propio con redacciones que fueron la base de mi estilo ensayístico. A mis profesoras de la UNED: sus consejos procurando rebajar la rabia con la que escribo evitaron que este libro sea una aburridísima tesis. Al Ministerio de Educación y al Centro de Investigaciones Sociológicas, por las becas sin las que no hubiese podido ir a la universidad ni tener una profesión creativa; aunque llegasen siempre tarde y fuesen insuficientes, preferí comer arroz blanco a servir paellas. A las bibliotecas públicas, por permitir que no me quedase atrás sin poder comprarme un libro en cuatro años de carrera. A la Renfe, por acercarme a las mujeres entrevistadas con puntualidad. Al Atlético de Madrid, por enseñarme que hay que ir partido a partido. A Red Talento Consultoras, por animarme a cobrar por mi trabajo. A todas aquellas personas que me dieron un espacio para escribir columnas, aun con más motivo a quienes lo hicieron pagando. A las librerías, sobre todo a Nieves, de Pulgarcito, por atender todos mis encargos y seguir preguntándose si me leo todo lo que le compro. A Twitter: todavía sigo creyendo que allí pasan cosas extraordinarias. A todo el equipo de Penguin Random House, por hacer llegar este libro hasta ti; las escritoras somos contingentes, pero las editoriales son necesarias.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 350



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aida Dos Santos (Algarve, 1992) es una escritora y politóloga española, es licenciada en Ciencias Políticas (UCM), técnica de investigación social aplicada y analista de datos. Ha ganado dos veces el Premio CEDEJEM en ensayo Europeo y colabora con varios medios de comunicación.

 

A raíz de la publicación, en 2016, del libro Hijos del hormigón donde su amigo Julio Embid describe la vida de la clase obrera de Madrid, en barrios como Aluche, Carabanchel, Usera o Villaverde, se dio cuenta de que, en general en los libros, las mujeres de estos contextos nunca estaban presentes con un estatus de trabajadoras equiparable al de los hombres y decidió ver si era posible desmontar el mito de que las mujeres de las periferias de la generación de su abuela no trabajaban. En 2021, inició el proyecto Hijas del hormigón, basado en entrevistas a mujeres procedentes de las periferias de grandes ciudades de España. Comenzó entrevistando a mujeres de su entorno, pero al tratarse de un grupo bastante homogéneo, se propuso trabajar con uno más representativo. Para ello, difundió en redes sociales un formulario destinado a mujeres, con preguntas sobre los comercios y servicios de los barrios, sus condiciones económicas y los obstáculos que habían encontrado en el desarrollo de sus vidas. El proyecto cristalizó, en 2025, en el libro Hijas del hormigón: Historias de clasismo, sexismo y violencia en las periferias españolas que recorre ámbitos de la vida pública en la que las mujeres han sido invisibilizadas, apartadas, maltratadas o acosadas, a partir de entrevistas a 175 mujeres de entre las más de mil recogidas.



 

 

 

 

 

 

Notas



 

[1] A lo largo del texto se han destacado de este modo los títulos de las obras escritas a modo de bibliografía informal. <<


FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Suscripcion

📚 Biblioteca Emancipación

Accede y recibe automáticamente cada nuevo libro publicado

Suscríbete gratis

📩 Contacto: emancipacionbiblioteca@gmail.com