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Libro N° 14619. Principales Conceptos De La Teoría Feminista Española. Johnson, Roberta.


© Libro N° 14619. Principales Conceptos De La Teoría Feminista Española. Johnson, Roberta. Emancipación. Diciembre 20 de 2025

 

Título Original: © Principales Conceptos De La Teoría Feminista Española. Roberta Johnson

 

Versión Original: © Principales Conceptos De La Teoría Feminista Española. Roberta Johnson

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/principales-conceptos-de-la-teoria-feminista-espanola/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

PRINCIPALES CONCEPTOS DE LA

TEORÍA FEMINISTA ESPAÑOLA

Roberta Johnson


 

 

 

Principales Conceptos De La

Teoría Feminista Española

Roberta Johnson

 

 

 

 

 

 

 

Reconocida especialista en literatura y pensamiento hispánico que ha desarrollado su carrera docente en las universidades de Kansas y de California (UCLA), Roberta Lee Johnson nos ofrece una visión general de la historia del pensamiento feminista español, centrándose en seis conceptos clave del soledad, personalidad, clase social, trabajo, diferencia e igualdad. Nos habla de «a story of revival and recovery» («una historia de resurgimiento y de recuperación») que ha de ser tratada con una perspectiva sociopolítica atenta a la recurrencia de los temas y a las vicisitudes de cada momento histórico. Combinando la aproximación temática y la cronológica, la autora observa las características que diferencian la teoría feminista española de la de otros países desde el siglo XVIII hasta la actualidad, destacando sus particulares aportaciones que, sostiene, deberían ser más valoradas internacionalmente de lo que lo han sido.



 

 

 

 

 

Roberta Johnson

 

Principales Conceptos De La

 

Teoría Feminista Española

 

Cátedra, Feminimos - 153

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 22.08.2025



 

 

 

 

 

 

Título original: Major Concepts in Spanish Feminist Theory Roberta Johnson, 2023

 

Traducción: Carmen Mejía Ruiz & Diego Muñoz Carrobles & Victoria Bazaine Gallegos & Xiana Sotelo García & María Fernanda Martínez Quintanilla & Teresa Santamaría Nacher Diseño de cubierta: aderal

 

Ilustración de cubierta: Verónica Perales Blanco

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Índice de contenido

 

 

 

Cubierta

 

Principales conceptos de la teoría feminista española Feminismos

NOTA A LA PRESENTE TRADUCCIÓN Un viaje, un proyecto, un libro traducido

 

INTRODUCCIÓN Principales conceptos de la teoría feminista española

 

LOS CONCEPTOS Y LAS MUJERES QUE LOS FORMULARON «Feminismo» y «teoría» en el contexto español

 

UNA HISTORIA CIRCULAR Y ARGUMENTOS DE LA HISTORIA

 

CAPÍTULO PRIMERO Soledad

 

CAPÍTULO 2 Personalidad

 

CAPÍTULO 3 Clase social

 

CAPÍTULO 4 Trabajo

 

CAPÍTULO 5 Diferencia

 

CAPÍTULO 6 Igualdad

 

EPÍLOGO Hacia un mundo mejor

 

Bibliografía



 

 

 

 

  

 

Feminismos

 

 

 

 

 

Consejo asesor:

 

Paloma Alcalá: Profesora de enseñanza media

 

Ester Barberá: Universitat de València

 

Cecilia Castaño: Universidad Complutense de Madrid

 

M.ª Ángeles Durán: CSIC

 

Ana de Miguel: Universidad Rey Juan Carlos

 

Alicia Miyares: Profesora de enseñanza media

 

Isabel Morant Deusa: Universitat de València

 

Mary Nash: Universitat de Barcelona

 

Verónica Perales: Universidad de Murcia

 

Concha Roldán: CSIC

 

Verena Stolcke: Universitat Autònoma de Barcelona

 

Amelia Valcárcel: UNED

 

Dirección y coordinación: Alicia Puleo, Universidad de Valladolid



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Dedico este libro a mi marido Ricardo Quiñones, por su gran paciencia a lo largo de los muchos años que me llevó escribirlo, y a Ben Quiñones, Laurel, Sarah y Cecilia, que nunca se cansaron de preguntarme cómo iba el trabajo



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

NOTA A LA PRESENTE TRADUCCIÓN

 

Un viaje, un proyecto, un libro traducido

 

 

 

 

 

Esta traducción es el resultado de un viaje que realicé en 2022 a California con objeto de impartir un seminario de Literatura en la Universidad de Santa Bárbara, invitada por la profesora Silvia Bermúdez. Entre las actividades programadas estaba mi participación en la California State University Dominguez Hills de Los Ángeles en una mesa redonda junto a Roberta Lee Johnson. Durante la cena que siguió a las ponencias, Johnson nos regaló un ejemplar de su libro Major Concepts in Spanish Feminist Theory publicado en 2019. Cuando llegué al hotel recorrí sus páginas y pensé que este libro debería traducirse al español. Así se lo propuse a su autora al día siguiente tomando un café. De esta forma surgió el proyecto que ahora ve la luz gracias a la colaboración de un grupo de personas que creyeron en mí y en mi propuesta desde el primer momento.

 

Especialista en el pensamiento hispánico, galardonada con diversos premios y distinciones, Roberta Lee Johnson es profesora emérita de Kansas University y profesora adjunta del Departamento de Español y Portugués en la Universidad de California, Los Ángeles (UCLA). Es autora de más de un centenar de artículos y de numerosos libros, entre los que destaca Crossfire: Philosophy and the Novel in Spain 1900-1934 (The University Press of Kentucky, 2009) (versión castellana: Fuego cruzado. Filosofía y novela en España [1900-1934], Madrid, Ediciones Libertarias/Prodhufi, 1997). Ha codirigido la Antología del pensamiento feminista español, 1726-2011, publicada en 2012 en esta misma colección Feminismos de la editorial Cátedra. Con Maryellen Bieder, ha coeditado Spanish Feminist Theory, Spanish Women Writers and Spain’s Civil War (2016) y, con Silvia Bermúdez, A New History of Iberian Feminism (2019) (versión castellana: Nueva historia del Feminismo ibérico, editada por Tirant Humanidades). El libro Major Concepts in Spanish Feminist Theory fue publicado por State University of New York Press en 2019.

 

De vuelta a Madrid comencé a pensar en quiénes podían constituir el equipo de traducción. Tenían que ser personas de absoluta confianza. Me pregunté cuántas necesitaba para que la traducción se pudiera hacer en un breve periodo de tiempo. El libro consta de una introducción y seis capítulos. Decidí que necesitaba por lo menos cuatro personas coordinadas por una quinta que unificase y diera una única voz a las cuatro traducciones.

 

La primera persona a la que se lo propuse fue a Victoria Bazaine Gallegos, doctora en Comunicación Social en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid. V. Bazaine posee un amplio dominio de la lengua inglesa y trabaja cotidianamente conmigo en el Instituto de Investigaciones Feministas de la UCM. Ha traducido la «Introducción» y el primer capítulo, «Soledad».

 

Xiana Sotelo García, miembro del Consejo del Instituto de Investigaciones Feministas, doctora en Estudios culturales y literarios en países de habla inglesa y profesora ayudante doctora en el Departamento de Filología Inglesa de la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid, fue la segunda persona con la que hablé para que se encargase de la traducción de los capítulos segundo y tercero, «Personalidad» y «Clase social», respectivamente. Aceptó la tarea con entusiasmo.

De los capítulos cuarto y quinto se ha encargado María Fernanda Martínez Quintanilla, licenciada en Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma de Nuevo León (México). Desde que tuve el placer de tenerla como alumna en el Máster de Estudios Literarios de la Facultad de Filología de la UCM, colabora estrechamente conmigo.

 

Por último, el capítulo sexto lo ha traducido Teresa Santamaría Nacher, graduada en Ciencias Políticas y Sociología. Ha realizado sus prácticas en el Instituto de Investigaciones Feministas de la UCM.

 

Diego Muñoz Carrobles, doctor en Filología Románica por la Universidad Complutense de Madrid y profesor ayudante doctor en el Departamento de Lenguas Modernas de la Universidad de Alcalá de Henares, ha coordinado las diferentes traducciones. Como experto en traducción imparte docencia en el Máster de Traducción de la Universidad de Alcalá de Henares. He de decir que gracias a su buen hacer esta traducción ha quedado unificada de manera impecable y rigurosa.

 

De esta forma, quedó repartido el trabajo, estrechamente vinculado al Instituto de Investigaciones Feministas de la UCM del que soy directora.

 

Los miembros del equipo de traducción y yo misma agradecemos muy sinceramente a la editorial Cátedra que acogiera esta iniciativa, puesto que estamos ante una obra de referencia para la historia del pensamiento feminista español. Y a ti, lectora, te agradecemos que nos acompañes en este recorrido.

 

CARMEN MEJÍA RUIZ



 

 

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Directora del equipo de traducción



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

Principales conceptos

 

de la teoría feminista española

 

 

 

 

LOS CONCEPTOS Y LAS MUJERES QUE LOS FORMULARON

 

¿Es España diferente? Son numerosas las voces que defienden la idea de que la posición geográfica española entre Europa y África y sus 800 años de dominación árabe (711-1492) habrían moldeado el país de forma particular. Pese a esta originalidad, la literatura y la filosofía españolas apenas aparecen en los principales estudios y antologías de la producción cultural occidental. Este es también el caso de la teoría feminista española.

 

Mary Nash señala, por ejemplo, que

 

el feminismo igualitario, basado en el principio de la igualdad entre hombres y mujeres y el ejercicio de derechos individuales, no representa la fundamentación teórica exclusiva del feminismo español, sino que coexiste con un fuerte arraigo de un feminismo que se legitima a partir del presupuesto de la diferencia de género y del reconocimiento de roles sociales distintos de hombres y mujeres (Nash, 1994: 158).

 

Maria Aurèlia Capmany, por su parte, sostiene que las feministas españolas, a diferencia de sus hermanas angloamericanas, no formaron un frente ideológico único, pues cada región de España tenía circunstancias sociales, económicas y políticas diferentes, que exigían soluciones distintas (cfr. Capmany, 1971: 23-24). También la obra A New History of Iberian Feminisms (Silvia Bermúdez y Roberta Johnson, 2018) tiene en cuenta esta situación.

 

En España, el liberalismo de finales del siglo XVIII y principios del XIX — y en concreto su noción de gobierno representativo— era débil comparado con el de otros países occidentales como Francia e Inglaterra. El Antiguo Régimen seguía de alguna manera vigente a través de un sistema medieval de propiedad de la tierra y una concepción vertical de las jerarquías política y socioeconómica, así como en una burguesía relativamente pequeña y que crecía lentamente.



 

 

 

 

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El derecho al voto estaba en manos de unos pocos hombres ricos. La falta de confianza generalizada en la democracia electoral no inspiró a las mujeres a situar el voto en el centro de su agenda para el cambio. Es más, la educación se convirtió en la fuerza motivadora, educación que ofrecería a las mujeres los medios para trabajar y conseguir la independencia económica de los hombres. Mary Nash observa otro factor de la sociedad española que orientó al incipiente feminismo español en direcciones distintas al sufragio: «el claro predominio del discurso de la domesticidad» (Nash, 1994: 160), que constituye la base del feminismo español y determina su curso. Entender esta diferencia fundamental entre el feminismo español y el de otros países occidentales es importante para los debates contemporáneos entre feministas de la diferencia y de la igualdad que han caracterizado la teoría feminista española reciente.

 

Existen varios estudios sobre el pensamiento feminista francés, estadounidense, inglés e italiano, pero hay menos sobre el discurso feminista español. Destacaremos, a continuación, algunos de ellos:

 

Palabra de mujer: hacia la reinvindicación y contextualización del discurso feminista español, de Estrella Cibreira (Fundamentos, 2007). El de Cibreira es una valiosa iniciación en el tema, está escrito en español e incluye comentarios tanto de ensayos como de obras de ficción.

El artículo de Catherine Davies «Feminist writers in Spain since 1900: from political strategy to personal inquiry» (1991), una investigación útil que trata sobre Carmen de Burgos, Margarita Nelken, Clara Campoamor, Federica Montseny, Carmen Laforet, Carmen Martín Gaite, Lidia Falcón, Monsterrat Roig, Esther Tusquets y Rosa Montero, incluye tanto a ensayistas como a novelistas.

Spanish Women Writers and the Essay: Gender, Politics, and the Self, editado por Kathleen M. Glenn y Mercedes Mazquiarán de Rodríguez (1998), contiene profundas consideraciones de escritoras específicas que escribieron ensayos, aunque no todos sobre temas feministas. El volumen incluye a Emilia Pardo Bazán, Carmen de Burgos, María Martínez Sierra, Margarita Nelken, Rosa Chacel, María Zambrano, Carmen Martín Gaite, Lidia Falcón, Montserrat Roig, Soledad Puértolas y Rosa Montero.

Constructing Spanish Womanhood: Female Identity in Modern Spain, editado por Victoria Lorée Enders y Pamela Beth Radcliff (1999), se compone de una serie de ensayos útiles sobre temas significativos relacionados con el feminismo español desde principios del siglo XIX



 

 

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hasta mediados del siglo XX: maternidad, catolicismo, trabajo y política[1].

Más recientemente, Recovering the Spanish Feminist Tradition, editado por Lisa Vollendorf para la Modern Language Association of America (2001), marca otro hito, ya que contiene importantes análisis de autoras concretas de todos los géneros literarios desde el Renacimiento en adelante.

Por último, mencionaremos dos obras nuestras, que complementan el presente volumen: Antología del pensamiento feminista español 1700-2012 (con Maite Zubiaurre, 2012) y A New History of Iberian Feminisms (con Silvia Bermúdez, 2018). El primero ofrece una muestra de textos del feminismo español a lo largo de tres siglos y el segundo hace una crónica de la historia del pensamiento feminista en España y en Portugal, prestándole una especial atención a los casos de Cataluña, Galicia y País Vasco.

 

Mientras que estos estudios se mueven cronológicamente de autora en autora, Principales conceptos de la teoría feminista española se organiza en torno a seis conceptos centrales que marcan el enfoque de sus capítulos: soledad, personalidad, trabajo, clase social, igualdad y diferencia. Estos seis conceptos están entrelazados y, de hecho, guardan afinidades particulares, en parte porque comparten el mismo marco temporal e histórico. El trabajo y la clase social fueron temas importantes del pensamiento feminista español en las décadas de 1920 y 1930, cuando los partidos políticos de izquierda ganaban terreno en la España anterior a la II República y durante el breve gobierno de esta.

 

Los feminismos de la igualdad y la diferencia, si bien tienen precedentes en el pensamiento feminista español anterior, están especialmente vinculados a la época democrática. Estos dos conceptos, de hecho, se identificaron con determinadas corrientes feministas españolas que entablaron un debate público abierto y a veces hostil, debate que sigue vivo hoy en día (cfr. Johnson, 2010). Los conceptos de soledad y de personalidad pueden rastrearse a lo largo de la historia moderna de la teoría feminista española. La importancia de estos conceptos en este campo puede atribuirse al hecho de que las mujeres españolas no eran consideradas tradicionalmente como personas por derecho propio, sino más bien como apéndices de los hombres —padres, hermanos, maridos, hijos— en sus vidas. Dado que ciertas autoras centraron su escritura en un concepto determinado, serán tratadas, pues, en sus respectivos capítulos. Tal es el caso, por ejemplo, de Rosa Chacel y de María Zambrano en los apartados dedicados a la soledad y a la personalidad.



 

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Además, puesto que estas escritoras presentan una inclinación más filosófica, sus aproximaciones al feminismo son menos sociológicas que otras tratadas en capítulos posteriores.

 

Los temas del presente volumen están ordenados de manera más o menos cronológica, desde 1700 hasta la actualidad. Así, las primeras autoras de mediados del siglo XX, como Zambrano y Chacel, aparecen menos en los capítulos posteriores, especialmente en los dedicados a la diferencia e igualdad, que cobran protagonismo en la España democrática (desde 1975 hasta la fecha).

 

Dentro de cada capítulo también se sigue esta línea semicronológica para analizar la obra de escritores y escritoras que han abordado el tema. Aunque Principales conceptos no es un estudio comparativo, la aproximación conceptual nos permite destacar las importantes aportaciones del pensamiento español a la teoría feminista occidental. Las cuestiones que se abordan en el presente volumen no son necesariamente las que configuraron el desarrollo de la teoría feminista en otros países. Así pues, tal y como revelan los capítulos dedicados a la soledad y a la personalidad, los temas que impulsaron el primer pensamiento feminista español habrían sido la educación y el desarrollo personal, más que la reivindicación sobre el sufragio de la mujer. Esta estructura también permite comparar los puntos de vista de varias autoras sobre un tema concreto. La polémica feminista en la España contemporánea (1868-1974), de Geraldine Scanlon (1976), también emplea una perspectiva temática, pero la obra de Scanlon es más bien una historia fáctica de los movimientos feministas españoles, si bien trata una serie de cuestiones teóricas que alimentaron los debates feministas entre 1868 y 1974.

 

Principales conceptos está organizado temáticamente, teniendo en cuenta la importancia de la historia y de la política para el pensamiento feminista español y considerando también el desarrollo cronológico de la filosofía feminista española. Se trata de una historia de resurgimiento y de recuperación, motivo por el cual su perspectiva debe ser histórica. Cada capítulo constata la recurrencia de ciertos temas en el pensamiento feminista español en diferentes momentos históricos, lo cual confirma las vicisitudes del camino un tanto circular de la historia española. De este modo, se analizan las modificaciones que cada concepto ha sufrido en diversos periodos desde el siglo XIX hasta la actualidad. A pesar de la existencia de escritos feministas significativos en la España del siglo XIX, el primer movimiento feminista español floreció durante la II República Española (1931-1939)[2]. Este



 

 

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movimiento, que consiguió el voto femenino y la igualdad social y política, se vio obstaculizado por la Guerra Civil española (1936-1939) y la subsiguiente dictadura represiva de Francisco Franco (1939-1975). Cuando el dictador murió en 1975 y España transitó hacia la democracia, el movimiento feminista español recuperó parte del terreno que las mujeres habían perdido entre 1939 y 1978, ya que la nueva constitución devolvió a las mujeres el derecho al voto y la igualdad ante la ley. Reaparecieron temas como el trabajo, la clase social y la solidaridad entre las mujeres, que habían quedado silenciados en la literatura femenina no ficcional entre 1939 y 1975. Incluso, hacia el final de la dictadura, con el tímido deshielo aparecieron algunos escritos feministas como Mujer y sociedad (1969) de Lidia Falcón; el libro de referencia de Geraldine Scanlon La polémica feminista en la España contemporánea (1868-1974) (1976), y otros estudios más recientes como los de Pilar Folguera (1998) y M. Nash (1994) proporcionan gran parte del trasfondo histórico en el que se sitúa el desarrollo de los seis conceptos principales abordados a lo largo de estas páginas. Los estudios históricos mencionados, a diferencia del presente volumen, no realizan análisis detallados de temas teóricos específicos, y el importante ensayo de Scanlon termina con el final de la dictadura franquista en 1975.

 

Principales conceptos incluye a destacados representantes del pensamiento feminista español del siglo XVIII (el padre B. Feijoo o Josefa de Amar); de la segunda mitad del siglo XIX (Concepción Arenal y Emilia Pardo Bazán); de principios del siglo XX (Carmen de Burgos, María Martínez Sierra, Margarita Nelken, Hildegart Rodríguez y Federica Montseny); de los años treinta y más allá del final de la Guerra Civil (Rosa Chacel y María Zambrano siguieron escribiendo en el exilio); del franquismo (María Laffitte, Lilí Álvarez, Carmen Laforet, Lidia Falcón y Montserrat Roig); de la Transición (Rosa Montero y Carmen Martín Gaite), y de la etapa democrática (Celia Amorós, Victoria Sendón de León, Alicia Puleo, Carmen Alborch, Milagros Rivera, Marina Subirats, Alicia Miyares y Lucía Extebarria), entre otras. Dado el entorno religioso, social y político ultraconservador y restrictivo en el que vivieron y trabajaron las intelectuales feministas españolas del siglo XIX hasta la década de 1980, sus logros nos parecen especialmente notables.

 

Concepción Arenal (1820-1893), cuyo padre liberal fue encarcelado y murió poco después, desafió a su ultracatólica madre y se vistió de hombre para asistir a clases de Derecho en la universidad. La condesa Emilia Pardo Bazán (1851-1921), prolífica escritora de ensayo y de ficción, fundó y



 

 

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escribió su propia revista Nuevo Teatro Crítico, donde publicó una serie de libros destinados a las mujeres. Joyce Tolliver opina que, a pesar de su prolífica producción de ficción, Pardo Bazán debe ser considerada principalmente una ensayista, y señala que «nunca fue tímida a la hora de expresar sus simpatías con los movimientos feministas que estaban ganando impulso en Europa y Estados Unidos» (Tolliver, 1998: 14). A pesar de que la cultura masculina dominante la ridiculizara, Pardo Bazán habló y escribió con vehemencia a favor de la educación de las mujeres. Como en el caso de María Laffitte (1902-1986) y de Lilí Álvarez (1905-1998) —ambas aristócratas y feministas durante el reaccionario régimen franquista—, la clase social de Pardo Bazán fue importante para hacer oír sus ideas feministas. Carmen de Burgos (1867-1932) rompió tabúes sociales al abandonar a su marido en el cambio al siglo XX para trasladarse a Madrid, donde vivió soltera y ejerció como periodista y como profesora. Escribió numerosas y populares novelas cortas de temas feministas, además de ensayos y de discursos del mismo corte. María Martínez Sierra (1874-1974), casada con Gregorio Martínez Sierra, empresario teatral, compuso obras de teatro que gozaron de una buena acogida, así como ensayos y discursos feministas, que Gregorio firmaba o pronunciaba en público. Margarita Nelken (1894-1968), crítica de arte y madre soltera, primero socialista y luego militante comunista, fue una de las primeras mujeres elegidas diputadas en la II República Española. Los padres de Federica Montseny, Joan Montseny y Soledad Gustavo, fueron importantes anarquistas, al igual que la propia Federica (1905-1994), quien vivió de acuerdo con la ideología que predicaba. Hildegart Rodríguez (1914-1933), una niña prodigio concebida por su madre fuera del matrimonio, fue educada para propagar las ideas de su progenitora sobre feminismo, liberación sexual y eugenesia. Irónicamente, su propia madre le asestó varios disparos cuando, a la edad de dieciocho años, empezó a mostrar cierta independencia de espíritu. Rosa Chacel (1898-1994), filósofa autodidacta, y María Zambrano (1904-1991), doctora en Filosofía, publicaron atrevidos ensayos feministas en un medio filosófico dominado por el misógino José Ortega y Gasset. Ambas continuaron escribiendo sobre feminismo en el exilio latinoamericano, puesto que el régimen franquista hizo la vida imposible en España a los intelectuales que simpatizaban con la República. Curiosamente, ambas se alejaron de la escritura feminista a principios de los años cincuenta, una vez quedó claro que los Aliados no iban a derrotar a Franco y que no regresarían en un futuro próximo a España, donde podrían haber tenido la oportunidad de causar un impacto feminista en su población. Evidentemente, ambas escritoras deseaban



 

 

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universalizar sus temas filosóficos y asegurarse de que su obra tuviera un eco más amplio. Como se detalla en el capítulo 2, Zambrano abandonó las preocupaciones de las mujeres para centrarse en la humanidad en general a través de su noción de «persona», especialmente en Persona y democracia (1955) y después en Saturnal (1970). Chacel dejó el ensayo para concentrarse en la ficción, que probablemente percibió como una actividad más lucrativa en su condición de exiliada.

 

La relación del individuo con la sociedad es uno de los temas que enlazan los capítulos dedicados a los conceptos de soledad, personalidad, clase social, trabajo, igualdad y diferencia, tal y como estos temas se han desarrollado en el pensamiento feminista español a lo largo de casi trescientos años. Surgen dos posturas enfrentadas: una pone el acento en la mujer en su medio social y la otra se centra en la mujer como individuo. En el siglo XIX, Concepción Arenal ejemplifica la primera postura cuando defiende la educación de la mujer como medio para mejorar la sociedad en su conjunto, mientras que Emilia Pardo Bazán argumenta que la mujer debe educarse para su propio desarrollo y disfrute. El argumento de Arenal desde el exterior tiene continuidad en los escritos feministas de los años veinte y treinta de Carmen de Burgos y Margarita Nelken a favor de la igualdad jurídica de la mujer. En este mismo periodo, y desde los años cuarenta hasta los setenta, desde su exilio en América Latina, Rosa Chacel y María Zambrano miraron hacia el interior de las mujeres como origen de su fuerza y de su lugar en el mundo. En el tardofranquismo y en el periodo democrático, estas dos posiciones, con importantes modificaciones, pueden detectarse en pensadoras como la feminista de la igualdad Celia Amorós y la feminista de la diferencia Milagros Rivera, que a menudo se basa en las ideas de María Zambrano.

 

 

«Feminismo» y «teoría» en el contexto español

 

Empleo el término «feminista» para referirme a la escritura que aborda la condición de la mujer con el fin de exponer y/o intentar corregir las desigualdades.

 

Lidia Falcón se refiere así al feminismo en el contexto español del franquismo: «La mujer está sometida al hombre desde que nace. Vive las condiciones que le han sido dadas por sus padres, por su ambiente, por su escuela, por la sociedad entera. Salir de ello requiere lucha y sacrificio y preparación, y no la tiene» (Falcón, 1980: 74)[3]. Yo añadiría a esta definición que el feminismo, especialmente el pensamiento feminista, no es solo la lucha



 

 

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sino también el intento de revelar las condiciones que mantienen a las mujeres en una posición subyugada. Como sostiene Najat El Hachmi, aunque el feminismo es un fenómeno global, tiene manifestaciones específicas en distintas zonas del mundo:

 

El feminismo es una lucha global de las mujeres que en cada una de sus realidades socioculturales tiene que encontrar el mecanismo más adecuado para cambiar el machismo particular que les ha tocado (El Periódico —en línea—, 27 de febrero de 2017).

 

A veces los argumentos son ontológicos, otras veces son políticos, jurídicos, sociales o se refieren a prácticas personales. María Ángeles Durán nos recuerda que el diccionario de la Real Academia Española define el feminismo como «una doctrina, un sistema elaborado de pensamiento […]; probablemente en el uso actual dominan las connotaciones relativas al estilo de conducta, a prácticas sociales» (Durán, 1993: 12). Como el presente volumen, Durán reconoce que el término «feminismo» cambia con el tiempo y con el lugar en que se utiliza.

 

Mientras que en el mundo angloamericano pocos de los que escriben o trabajan por la mejora de la situación de la mujer cuestionarían la etiqueta «feminista», no ha sido así en España. «Feminista» ha sido una categoría problemática, incluso para mujeres como Federica Montseny, Rosa Chacel, María Zambrano y Soledad Puértolas, que encajan en la mayoría de las definiciones de feminismo pero que eran o son reacias a ser llamadas «feministas». Por ejemplo, Kathleen Glenn declara que «Soledad Puértolas rechazó la idea de que, como autora, debía arrojar luz sobre el mundo de las mujeres» (Glenn, 2001: 374). Al mismo tiempo, Mercedes Mazquiarán de Rodríguez encuentra declaraciones feministas en La vida oculta de Puértolas:

 

La incapacidad auto reconocida de Puértolas para responder con rapidez y contundencia ante el público es resultado de un condicionamiento social, su propia molestia por este hecho es un indicio de su conciencia respecto de las limitaciones que las sociedades patriarcales han impuesto a las mujeres. La incomodidad ante la mirada pública ha sido tradicionalmente una reacción femenina en las culturas dominadas por los hombres (ibíd., 237)[4].

 

Mazquiarán de Rodríguez también cita a Puértolas sobre la escritura femenina: «¿Por qué ha de ser aceptable, se pregunta, que los escritores varones escriban sobre cualquier cosa que deseen sin que nadie cuestione las razones de sus elecciones, mientras que se espera que todas las mujeres escriban sobre las mismas cosas?». Una vez más, plantea una pregunta retórica cargada de ironía: «¿Es que las mujeres, tal vez, y dentro de esa



 

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categoría, las escritoras, están condenadas a ser exactamente iguales?» (ibíd., 238).

 

En España, mujeres como Emilia Pardo Bazán, muchos de cuyos escritos podrían identificarse como feministas, corren el riesgo de ser consideradas masculinas. Según Geraldine Scanlon, el Nuevo Teatro Crítico de Pardo Bazán, la revista que escribió y publicó completamente sola, «demuestra, escribió un biógrafo contemporáneo, las capacidades de su “varonil espíritu”» (anónimo); Gómez de Baquero afirma que pocos escritores masculinos contemporáneos estarían a la altura de la tarea que Pardo Bazán había emprendido, y Mariano de Cavia se refiere a ella como «La Madre Feijóo», llamándola «un autor» en lugar de autora porque «es mucho hombre esta mujer…» (Scanlon, 1995: 244-245).

 

No queda del todo claro por qué la etiqueta «feminista» presenta connotaciones tan negativas en España. A menudo, quienes se resisten a la etiqueta feminista contraponen el feminismo a lo que consideran preocupaciones humanas más universales. Algunas escritoras y activistas, como Federica Montseny, eran «dobles militantes» que no creían que los asuntos relacionados específicamente con las mujeres debieran tener prioridad sobre lo que consideraban cuestiones más amplias, como la opresión de clase. Lidia Falcón contrarrestó este argumento declarando que las mujeres son una clase social. Un elemento central del pensamiento feminista español es que los sexos son absolutamente iguales en todo tipo de comportamientos abyectos, incluido lo que consideran el matrimonio burgués. Las feministas españolas, cuya sociedad ha mantenido tradicional e institucionalmente un alto grado de diferenciación en los roles sexuales, han tenido que encontrar a menudo formas de mediar entre los ideales feministas de otros países y los que pueden aceptarse en España. Como señala Mary Lee Bretz, una de las aportaciones de María Martínez Sierra a la teoría feminista española sería emparejar las nociones «femenino» y «feminista». Martínez Sierra defiende que ninguna mujer debe rechazar la etiqueta «feminista», porque ser feminista no resta feminidad a la mujer (es decir, su domesticidad, maternidad y cuidados):

 

Toda actividad generosa que le haga traspasar por un momento los lindes encantados de su propio hogar, acercarse a la vida, ponerse en situación de comprenderla, de darse cuenta de que hay un más allá, o un más abajo, hecho de injusticias tremendas y de dolores insospechados, lejos de hacer perder feminidad a su espíritu, la aumentará, ensanchándole el corazón a medida que acrezca el conocimiento. Por saber más no es una mujer menos mujer […], no puede dar de sí más que un



 

 

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perfeccionamiento de sus facultades naturales, nunca un cambio de su naturaleza (Bretz, 1998: 13).

 

Maryellen Bieder señala que Carmen de Burgos fue, al principio de su carrera, una experta en mantener posturas feministas y llevar a cabo actividades feministas, al tiempo que rechazaba estratégicamente la etiqueta de feminista: «Como hace con frecuencia en sus declaraciones públicas, toma ambos lados de la cuestión, oponiéndose al feminismo, pero reconociendo su papel fundamental en la promulgación del cambio social» (Bieder, 2001: 250-251). En la década de 1920, sin embargo, Burgos se declaró inequívocamente feminista (ibíd., 251).

 

En muchos casos uno sospecha que, al rechazar la etiqueta «feminista», las escritoras españolas deseaban evitar las burlas de que fueron objeto las feministas, caricaturizadas desde los primeros años del siglo XX en la prensa popular y en novelas como Paradox, rey, de Pío Baroja, y El mundo es ansí. En estas novelas los personajes feministas son extranjeros (inglesas o rusas), por lo que puede estar operando un nacionalismo latente en la descripción que Baroja y otros escritores masculinos hacen del feminismo como un movimiento extranjero que podría invadir suelo español, donde la feminidad tradicional formaba parte de la identidad de la nación. Estas caricaturas persistieron, por ejemplo, en el desprecio a Carmen de Burgos, cuyo seudónimo Colombine se transformó en Colombone, aludiendo a la complexión gruesa de la autora, y en el ostracismo de importantes militantes feministas del tardofranquismo, como Lidia Falcón. Algunas escritoras aprendieron a rehuir cualquier asociación que intentara marginarlas de forma similar, aunque otras, como Carmen de Burgos, María Martínez Sierra, Margarita Nelken, Montserrat Roig, Rosa Montero y Lucía Etxebarria, se llamaron o se llaman abiertamente feministas. Sin embargo, algunas figuras públicas masculinas, como el dictador Miguel Primo de Rivera y el novelista Felipe Trigo, que adoptaron de buen grado la etiqueta feminista, pueden ser sospechosas[5].

 

La doble militancia, es decir, la militancia tanto por ideología política como por causas feministas, es otro aspecto del feminismo español que complica la identificación de las mujeres con la etiqueta feminista. Mireia Bofill destaca la importancia en España de la imbricación entre ideología política y pensamiento feminista, contrastando la situación española con la estadounidense:

 

Claro, en América, hay antologías de textos u otros de redacción, pero, vamos, no los hay desde nuestro punto de vista que a lo mejor es más político. A nivel de



 

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divulgación general, seguramente es más político y entonces hay que ver la relación de la lucha política con la situación de la mujer, si una está subordinada a la otra, si son dos luchas independientes, si las mujeres deben luchar solo por las mujeres y prescindir de la lucha política, o luchar solo políticamente y dejar lo de las mujeres o intentar coordinar las dos cosas. (Mireia Bofill [entrevista] en Linda Levine y Gloria Waldman [eds.], Feminismo ante el franquismo: entrevistas con feministas de España, Miami, Ediciones Universal, 1980, 49).

 

En la época anterior a la Guerra Civil, muchas feministas españolas se identificaban con uno u otro partido o ideología de izquierdas y militaban en diferente medida en ellos: Margarita Nelken, primero en el Partido Socialista y más tarde en el Partido Comunista; María Martínez Sierra, en el Partido Socialista (al menos en los años veinte y treinta); Federica Montseny, en el anarquismo. Así, las teóricas feministas españolas se vieron a menudo en la necesidad de priorizar sus diversos intereses. En el caso de Monstseny, por ejemplo, lo que ella consideraba preocupaciones humanas universales tenían prioridad sobre cuestiones que consideraba más estrechamente relacionadas con la mujer. María Martínez Sierra, aunque no abordara directamente la división entre militancia política más universal y militancia feminista, dedicó la mayor parte de sus ensayos a cuestiones feministas.

 

La doble militancia fue un tema divisivo en la década de 1970, tras la larga opresión tanto de las mujeres como de los partidos políticos de izquierda aliados con la clase obrera. En un intento de superar la dicotomía teórica entre género y clase, Lidia Falcón argumentó que las mujeres son una clase social aparte:

 

Nosotros consideramos que la mujer es una clase oprimida, por lo tanto, entra dentro de la problemática de la lucha de clases evidentemente y hasta que la problemática esta no se haya resuelto, tampoco se resolverá la de la mujer. Para mí, no tiene más importancia una cosa que otra, tiene la misma. La lucha debe llevarse al mismo nivel y además no es imposible (Falcón [entrevista] en Linda Levine y Gloria Waldman, op. cit., 71).

 

Carmen Alcalde veía la lucha de las mujeres como fundamental y, al igual que Falcón, consideraba a las mujeres como una clase social cuyos intereses debían primar sobre todos los demás:

 

Para mí es más importante la lucha de la mujer. Para mí, es la primera lucha de clases que existe […], es más importante la lucha de sexos, la lucha sexista. Mientras esto no se solucione la mujer seguirá colaborando con los partidos, con sus presidentes y directivas (Alcalde [entrevista] en Linda Levine y Gloria Waldman, op. cit., 33).

 

El término «teoría» presenta otra serie de problemas para el caso español. El mundo académico no ha solido considerar el pensamiento español cuando



 

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teoriza sobre cuestiones feministas en la escritura española, en parte porque esa escritura a menudo no se asemeja a la teoría tal y como nosotros la entendemos, principalmente abstracta. Muchos escritos feministas españoles, como el libro de Carmen de Burgos sobre el divorcio en España (1904) o La mujer moderna y sus derechos (1927), La condición social de la mujer en España (1919) de Margarita Nelken y Mujer y sociedad (1969) de Lidia Falcón, son de naturaleza más bien histórica, sociológica o política. Por supuesto, hay teoría detrás de los ensayos históricos, políticos o sociológicos, pero a veces está sumergida y latente. Hay que sacarla a la superficie y ponerla en primer plano. Las pensadoras feministas españolas suelen distinguir entre teoría y práctica, con cierta tendencia a favorecer esta última. Lidia Falcón menciona a una conocida que se desilusionó de acudir a reuniones feministas a principios de los setenta porque las asistentes dedicaban el tiempo a «una comparación de teorías feministas» (Falcón [entrevista] en Linda Levine y Gloria Waldman, op. cit., 75). Eva Forest, por su parte, apunta a la necesidad de basar la teoría en la experiencia:

 

Nosotras no queremos partir de textos; más bien los problemas que surgen en cada sesión nos llevan a los textos. Por ejemplo, nos preguntamos después de una discusión: ¿cómo respondieron las mujeres de cierta clase social a estos problemas? Entonces cada una se encarga y hace un poco un resumen de lo que se ha dicho sobre ese problema. Eso nos obliga a estudiar mucho y ver el problema como vinculado con todos los demás problemas (Forest [entrevista] en Linda Levine y Gloria Waldman, op. cit., 104).

 

Teóricas feministas francesas y estadounidenses como Luce Irigaray, Julia Kristeva, Hélène Cixous, Nancy Chodorow, Carol Gilligan y Judith Butler adoptan un enfoque mayoritariamente ahistórico, «universalista», filosófico abstracto o psicoanalítico para el estudio de cuestiones relacionadas con la mujer y con el género. Por el contrario, la teoría feminista española estaría más directamente vinculada a situaciones específicamente españolas, y las escritoras feministas españolas en su mayoría comienzan sus análisis y argumentos con una revisión histórica como trasfondo para comprender una situación actual. El predominio de la perspectiva histórica puede atribuirse al hecho de que, desde que el feminismo moderno comenzó a surgir a finales del siglo XIX, la historia política española ha variado más que la de Francia, Inglaterra o Estados Unidos.

 

Esta situación no significa que la teoría feminista española no esté filosóficamente informada. La mayoría de las pensadoras feministas españolas revelan la influencia de uno o más pensadores (normalmente varones), cuyas ideas han empleado y/o modificado para sus propios fines. El



 

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krausismo —un neokantianismo español— y el liberalismo de John Stuart Mill son evidentes en los escritos feministas de Concepción Arenal y de Emilia Pardo Bazán. De hecho, el krausismo es quizás una fuente de diferencias singularmente importante entre el feminismo español y otros feminismos europeos y americanos. El krausismo es una extraña mezcla de racionalismo alemán centrado en Dios y de reformismo social ético, que pretendía reconciliar las diversas corrientes del pensamiento moderno que se habían ido filtrando por las grietas de la hegemonía católica española desde finales del siglo XVIII.

 

Concepción Arenal, nacida en 1820, fue contemporánea de Julián Sanz del Río (nacido en 1814). Sanz del Río popularizó en España las ideas de Karl Christian Friedrich Krause con sus cursos en la Universidad de Madrid entre 1854 y 1867 y con la publicación de Lecciones para el sistema de filosofía analítica de K. Ch. F. Krause en 1850 e Ideal de la humanidad para la vida en 1860[6].

 

La formación intelectual de Arenal tuvo lugar en un ambiente y en unas circunstancias históricas similares a las de Julián Sanz del Río, salvo por la estancia de este en Bélgica y Alemania. Aunque Sanz del Río obtuvo el reconocimiento de destacados pensadores, entre ellos Francisco Giner de los Ríos, Gumersindo de Azcárate, Nicolás Salmerón y Pedro Dorado, durante mucho tiempo se ha olvidado que Arenal fue también una inspiración para los krausistas más jóvenes. Fue amiga íntima de Francisco Giner de los Ríos, con quien mantuvo una extensa correspondencia[7]. Pedro Dorado escribió un libro sobre ella y Gumersindo de Azcárate, que escribió ensayos sobre Arenal[8], profesaba un «verdadero culto […] hacia la excepcional y admirable personalidad de doña Concepción Arenal», según palabras de Pedro de Azcárate[9].

 

Considero las coincidencias entre el pensamiento de Arenal y el de los krausistas como desarrollos paralelos, especialmente en la década de 1860, cuando, en consonancia con Juan López Morillas, «la influencia de Sanz del Río fue extraordinaria» (López Morillas, 1956: 8)[10]. En la década de 1880, sin embargo, cuando el apogeo del krausismo había terminado y empezaron a aparecer parodias del mismo —por ejemplo, La familia de León Roch (1879) y El amigo Manso (1882) de Galdós—, Arenal adoptó un vocabulario más específicamente krausista para su propósito feminista. Su primer libro feminista, La mujer del porvenir, emplea de forma general conceptos de resonancia krausista, como perfección humana y armonía universal, para defender la educación de la mujer, mientras que en su obra posterior La mujer



 

 

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de su casa se mueve hacia un argumento filosófico más intricado a favor de la participación de la mujer en la esfera pública, algo que considera esencial para la salud del país. El empleo de conceptos krausistas es más técnico y preciso en La mujer de su casa, aunque el uso de vocabulario krausista en 1883 sea quizás irónico y no tanto subversivo. Como veremos en las páginas que siguen, Arenal podría haber adoptado la postura de «iguales pero diferentes» respecto de los géneros que está en el centro del pensamiento krausista sobre la materia (cfr. Labanyi, 2000: 83).

 

Asimismo, el krausismo incorpora lo que podrían parecer impulsos contradictorios en su teísmo racionalista. Es posible que el contacto temprano de Arenal con el pensamiento ilustrado y romántico en las bibliotecas de su padre y su familia empezara a teñirse de tintes krausistas ya en la década de 1840, cuando varios biógrafos de Arenal han determinado que se vestía con ropa masculina para asistir a las clases de Derecho en la Universidad de Madrid y a las tertulias de los cafés intelectuales. En 1841 se publicó la versión española del Cours de Droit naturel del jurista alemán Heinrich Ahrens, quien, según Juan López Morillas, «enseñaba, desde su cátedra de la Universidad de Bruselas, un sistema de filosofía del derecho directamente inspirado en las doctrinas de Krause». Si, como afirma López Morillas, el «primer contacto de Sanz del Río con el krausismo [a través de la traducción del libro de Ahren] […] parece haber despertado un interés que rozaba la obsesión», lo que le atrajo, y lo que Arenal debió de encontrar igualmente atractivo, fue su «ética progresista y humanitaria» (López Morillas, 1956: 5). Su «racionalismo armónico» posibilitaba el enlace entre los valores espirituales tradicionales españoles y la ciencia y la razón seculares modernas. Tal adaptación resultaba especialmente adecuada para Arenal, cuyo entorno familiar era un microcosmos de la España de principios del siglo XIX. Su padre era un partidario liberal de la Constitución de Cádiz y murió tras haber sido encarcelado por haber mantenido actividades conspirativas una vez se restauró el reinado de Fernando VII en 1823 y este incumplió su promesa de mantener los principios de la monarquía constitucional y volvió al absolutismo y la represión. La madre de Arenal era más conservadora y tradicional; sus opiniones discrepaban de las de su hija, a cuya ávida lectura de literatura laica y asistencia a la universidad se oponía firmemente.

 

El concepto de Mill de servidumbre femenina tendrá una gran importancia en la obra de Carmen de Burgos, de María Martínez Sierra y de Margarita Nelken, aunque cada una de ellas añade dimensiones significativas a las ideas de Mill, que se adaptan al contexto español. El raciovitalismo de José Ortega



 

 

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y Gasset y la noción de «persona» de Max Scheler son fundamentales en la formulación de la persona (femenina) de Rosa Chacel y de María Zambrano. El marxismo, el socialismo y el anarquismo son la base de los escritos de Margarita Nelken y de Federica Montseny en las décadas de 1920-1930 y de la concepción de la mujer como clase social de Lidia Falcón a finales de las décadas de 1960-1970. En el franquismo tardío y durante la Transición, el existencialismo, el racionalismo ilustrado y las teorías feministas francesa, estadounidense e italiana serán fuentes y métodos filosóficos relevantes. La noción de mística femenina de Betty Friedan tuvo un gran impacto en la escritura de Lidia Falcón a finales de los sesenta, y Carmen Martín Gaite descubrió las ideas feministas estadounidenses sobre la escritura femenina, especialmente las de Sandra Gilbert y Susan Gubar; Judith Fetterly y Adrienne Rich la inspiraron a teorizar de forma novedosa sobre la literatura femenina española (véase especialmente Desde la ventana). El feminismo español de la igualdad, desde la década de 1980 hasta la actualidad, rechaza las premisas del posestructuralismo en favor de la razón crítica del pensador ilustrado François Poullain de la Barre. El posestructuralismo, sin embargo, puede relacionarse indirectamente con el feminismo español de la diferencia del mismo periodo, a través de las huellas de la teoría feminista francesa e italiana que contiene. Aunque el presente estudio no es comparativo, se tendrá en cuenta, siempre que sea posible, la influencia de teóricas feministas extranjeras en pensadoras españolas. Simone de Beauvoir, Betty Friedan, Luce Irigaray y Luisa Muraro han tenido, por su parte, un impacto significativo en el pensamiento feminista español desde 1960.

 

 

UNA HISTORIA CIRCULAR Y ARGUMENTOS DE LA HISTORIA

 

Como ya se ha señalado, a diferencia de la trayectoria más lineal del pensamiento feminista en otros países, el de España habría recorrido un camino circular y paralelo a las vicisitudes de la historia del país en el siglo XX. Catherine Davies divide su estudio de la literatura feminista española del siglo XX (1991) en cuatro partes que corresponden a momentos clave de la vida política nacional. La primera sección, de 1900 a 1930, abarca los últimos años de la Restauración (1875-1931) y la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), especialmente la crucial época posterior a la I Guerra Mundial en la que las mujeres españolas se incorporaron al mundo laboral en mayor número y, por tanto, adquirieron plena conciencia de su inferior estatus social y legal. La segunda parte se centra en la II República (1931-1939),



 

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cuando las mujeres consiguieron el voto y la igualdad ante la ley y entraron en la vida política como diputadas y funcionarias. El tercer periodo abarca la dictadura de Francisco Franco (1939-1975), cuando se anularon todos los logros alcanzados bajo la República y se reinstauraron los códigos legales anteriores. Peor aún, algunos aspectos del papel de la mujer que antes habían sido una cuestión de convención social —por ejemplo, la domesticidad— se institucionalizaron a través de la Sección Femenina de Falange, que obligaba a las mujeres a asistir a cursos de cocina, labores domésticas y crianza. Finalmente, durante el cuarto periodo, la Transición y los primeros años de democracia (1975-1990), las mujeres volvieron a obtener el derecho al divorcio y al aborto limitado y gozaron nuevamente de igualdad ante la ley. La cronología aquí presentada comienza con Defensa de la mujer (1729), de Benito Jerónimo Feijoo, y La mujer del porvenir (1869), de Concepción Arenal, añadiendo así un periodo anterior (1729-1900) a la secuenciación propuesta por Davies. Los seis conceptos que se analizan a lo largo de estas páginas tienen sus inicios en los trabajos de pioneros como el padre Feijoo, Josefa Amar y Borbón, Inés de Joya, Concepción Arenal y Emilia Pardo Bazán en los siglos XVIII y XIX[11].

 

El pensamiento de Arenal y el de Pardo Bazán se inspiran en el de Feijoo; ambas escribieron ensayos sobre su pensamiento, aunque no necesariamente sobre su feminismo. Es curioso que las feministas de la igualdad españolas de la era democrática hayan pasado por alto a sus propios compatriotas y a paisanas ilustradas para encontrar inspiración en la Ilustración francesa. Seguir el esquema cronológico nos permitirá percibir brechas y repeticiones en el desarrollo de la teoría feminista española.

 

En la década de 1970, las feministas españolas tuvieron que «reinventar la rueda» tras la pausa de cuarenta años en el progreso legal y social de las mujeres durante la dictadura franquista. Muchas cuestiones feministas de las épocas pre- y republicana (1920 y 1930) resurgieron a finales de la década de 1960, cuando Francisco Franco se acercaba a la muerte. Los años previos a la República se rigieron por el Código Civil de 1889: una serie de estatutos legales que restringían severamente la independencia jurídica de la mujer. En La mujer moderna y sus derechos, Carmen de Burgos se muestra especialmente elocuente sobre la «construcción jurídica» de la feminidad española, que define como el descenso al estatus de «eterna menor» (Burgos, 1927: 144). Las mujeres solteras no podían vivir solas sin permiso paterno y tenían prohibido legalmente quedarse embarazadas. Si una mujer se quedaba embarazada fuera del matrimonio, la ley prohibía las investigaciones de



 

 

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paternidad. El marido de una mujer casada tenía que autorizar cualquier trabajo o viaje que esta quisiera emprender, y el marido controlaba el dinero de la mujer. El infame artículo 438 dictaba que el hombre que mataba a su mujer adúltera solo era condenado al exilio, pero si «solo» la golpeaba no había castigo. Mujer y sociedad (1969) de Lidia Falcón revisa la construcción jurídica de la feminidad cuarenta años después de la aparición de La mujer moderna y sus derechos, de Carmen de Burgos. Ambas apelan a instintos nacionalistas comparando las estructuras jurídicas españolas con las de otros países. Burgos destaca las conquistas de las mujeres en Inglaterra, mientras que Falcón incluye un capítulo sobre el «Tío Sam», con una fuerte carga de Betty Friedan. En Feminismo, María Martínez Sierra también compara España y Estados Unidos, aunque, en su mundo pre-Friedan, ve la situación de la mujer en Estados Unidos de forma más positiva.

 

Resistieron, por supuesto, algunos hilos feministas que no se cortaron durante los años de Franco, aunque, en general, las feministas de la época solo eran vagamente conscientes del trabajo que sus antecesoras habían hecho en el periodo de preguerra, si es que lo eran. Cuando las feministas de esta época citan el pensamiento feminista anterior a la guerra, rara vez mencionan aspectos concretos. Carmen Alcalde comenta, por ejemplo:

 

Nos quedamos un poco cortas. No supimos ver de verdad todos los valores que hubo en los años veinticinco, treinta y treinta y cinco, y en la Guerra, la gente de un valor extraordinario como Victoria Kent y Margarita Nelken o digamos «la Pasionaria», que ya es mito, y Federica Montseny y una cantidad de gente anónima con unos esfuerzos tan grandes y tan pioneras que verdaderamente no se puede decir que no hubo feminismo, tal como se dijo en este libro [se refiere a su obra El feminismo ibérico en co-autoría con María Aurèlia Capmany y publicado en 1970] (Alcalde [entrevista] en Linda Levine y Gloria Waldman, 1980: 27-28).

 

A la pregunta de si el trabajo de feministas como Margarita Nelken y Victoria Kent en los años veinte y treinta era conocido por las feministas de la posguerra, Elisa Lamas responde que había una «ignorancia total», porque las mujeres más jóvenes fueron todas educadas bajo el régimen franquista, que no reconocía nada de lo que había ocurrido en España antes del 18 de julio de 1936, cuando algunos generales del ejército, incluido Franco, se sublevaron contra la República. Señala que unas pocas mujeres con estudios superiores conocían el movimiento feminista en el periodo de preguerra, «pero son una parte muy pequeña de la población» (Lamas [entrevista] en Linda Levine y Gloria Waldman, op. cit., 117).

 

Como señala Catherine Davies, la preocupación por los temas que habían ocupado la escritura feminista en los años veinte y treinta no desapareció por



 

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completo entre 1939 y finales de 1960; pasaron a la clandestinidad y encontraron salidas de publicación en la novela: «La ficción [de 1940 a los años setenta] proporcionó virtualmente el único medio por el que las mujeres

[…]    fueron capaces de expresar sus preocupaciones, afirmar su identidad, concienciar a la opinión pública y evitar […] la censura arbitraria» (Davies, 1991: 208). El discurso abiertamente feminista desapareció de la escena pública en los primeros años del régimen franquista para ser reemplazado por la retórica y por los ideales tradicionales con respecto a la domesticidad, a la condición de esposa y a la maternidad propagados por la Sección Femenina de Falange[12].

 

La preocupación por temas como la educación, el trabajo y la clase social de las mujeres podemos encontrarla en novelas como Nada de Carmen Laforet (1945), en la que Andrea, una joven de dieciocho años, narra el año que pasó en Barcelona asistiendo a la universidad inmediatamente después de la Guerra Civil. Andrea encaja en el tipo de «chica rara» definido por Carmen Martín Gaite en un ensayo del mismo título. La chica rara va a contracorriente de la feminidad promovida por el régimen franquista: esposa, madre y ama de casa tradicional. No busca marido, le gusta estar sola y estudia una carrera. Rompe numerosos tabúes sociales. Aunque su familia es de clase media-alta, Andrea se relaciona cómodamente con su tía Gloria, una mujer trabajadora de clase media-baja. Son las mujeres de la casa —tía Gloria, tía Angustias, la criada Antonia— las que trabajan con constancia y mantienen a la familia a flote económicamente mientras los hombres son inútiles en el mundo laboral. Laforet vivió enteramente bajo el régimen franquista en España durante sus treinta y seis años de vida (veintiuno de ellos como mujer casada) y siguió trabajando, a menudo como importante sostén de la familia, cuando los ingresos de su marido no cubrían los gastos. Desvió su talento creativo hacia el periodismo, que era más rápido de producir y le proporcionaba unos ingresos más estables que sus escritos de ficción. Sin embargo, los rendimientos de Nada y de sus otras novelas y relatos fueron la fuente de sustento de Laforet cuando se separó de su marido en 1970.

 

La secreta guerra de los sexos (1948) de María Laffitte, condesa de Campo Alange, fue una importante excepción a la prohibición de publicar ensayos feministas «subversivos» en los años más restrictivos de la dictadura (1939-1953). Cabe destacar que la obra de Laffitte apareció un año antes que El segundo sexo de Simone de Beauvoir, que sí ejerció una influencia más importante en el feminismo español de la igualdad en los ochenta y noventa. En el texto de presentación de La secreta guerra de los sexos, Laffitte desafía



 

 

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de manera provocadora los estereotipos femeninos tradicionales que el régimen franquista imponía legalmente a través de los cursos de Sección Femenina sobre domesticidad y que todas las mujeres debían completar antes de poder cursar estudios, viajar o trabajar, siempre y cuando contaran con la aprobación de sus padres o maridos. La posición social de María Laffitte como noble con título seguramente ayudó a que los censores del gobierno hicieran la vista gorda cuando revisaron su manuscrito feminista.

 

En un pálido reflejo del surgimiento de la escritura feminista y del feminismo en otros países occidentales, España vio florecer tímidamente el ensayo feminista en los sesenta. Laffitte publicó La mujer como mito y como ser humano en 1961 mientras que Lidia Falcón hizo lo propio con Los derechos civiles de la mujer y Los derechos laborales de la mujer en 1962 y 1963, respectivamente. En 1962, María Laffitte y Lilí Álvarez formaron un grupo (Seminario de Estudios Sociológicos sobre la Mujer [SESM]) de mujeres aristócratas y de clase media alta, entre las que se encontraban Concepción Borreguero, Elena Catena, Consuelo de la Gándara, María Jiménez Bermejo, Carmen Pérez Seoane, María Salas y Pura Salas, para llevar a cabo investigaciones feministas. Se reunían a menudo en casa de Laffitte y escribieron varios libros de sociología feminista que firmaron colectivamente. Según María Salas, su ideología se caracterizaba por:

 

1.  Una actitud visceral, vivencial y reflexiva ante la vida, que compromete a toda la persona y se refleja en su comportamiento. 2. Un sistema de ideas que, partiendo de la problemática de la mujer, afecta a todas las dimensiones de la sociedad: educación, familia, trabajo, política, economía, religión, ocio, etc. 3. Una acción movilizadora que lleva en sí el cambio social (Amorós et al., 1987: 14).

 

Las publicaciones feministas de los años sesenta no recibieron mucha atención y la mayoría de las cuestiones feministas solo resurgieron como parte del discurso público en 1976 tras la muerte de Franco en noviembre de 1975. Según Linda Gould Levine y Gloria Feiman Waldman, en mayo de ese año:

 

Varios grupos feministas organizaron una manifestación «el Día de la Madre», para pedir la legalización del aborto, la venta libre y gratuita de anticonceptivos, derechos iguales para hijos legítimos, ilegítimos y naturales y la abolición de la funesta patria potestad paterna. Se recogieron firmas para un escritor solicitando del Ministerio de Justicia la abolición de la figura delictiva del adulterio (Levine y Waldman, 1980: 17).

 

Algunos temas, como la anticoncepción y el aborto, son nuevos en la literatura feminista posterior a 1975, pero los hijos ilegítimos, el adulterio y la



 

 

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patria potestad son cuestiones que ya habían sido planteadas por las feministas en los años veinte y treinta. En la década de 1970, Carmen Conde incluso repitió el estudio de 1904 de Carmen de Burgos sobre el divorcio.

Si las circunstancias históricas influyeron en las estructuras legales tan relevantes en el pensamiento feminista español, también ejercieron una importante influencia en el estilo de argumentación que encontramos en el pensamiento feminista tanto antes como después del franquismo. Algunos de los ensayos de principios del siglo XX más mencionados —La mujer moderna y sus derechos, de Carmen de Burgos, y La condición social de la mujer, de Margarita Nelken—, así como el más reciente (finales del franquismo) de Lidia Falcón, hacen hincapié en la situación histórica de la mujer española, especialmente en los aspectos de su condición derivados del derecho patriarcal romano, de las costumbres musulmanas y del derecho islámico. Todos ellos habrían contribuido de diferentes maneras al dominio de la Iglesia católica en materias relacionadas con la vida de las mujeres, lo que hace que la argumentación para las teóricas españolas sea un campo minado más difícil de lo que podría haber sido para las feministas de otros países[13]. Si bien tanto Burgos como Falcón argumentan a partir de hechos históricos, Falcón pone en primer plano la historia de la opresión de la mujer, comenzando en la Biblia, para explicar la situación de aquella en la España de Franco[14].

 

Burgos, por su parte, incorpora una visión histórica en los capítulos específicos de La mujer moderna que se centran en la naturaleza del género y en los derechos que ella cree que las mujeres deberían disfrutar en aquel entonces, los años veinte del siglo pasado. Entre ellos se encuentran la educación, el trabajo, la independencia económica, el divorcio, la igualdad en los ámbitos religioso y militar, el sufragio y la libertad para vestir. Así pues, Burgos es más prescriptiva, mientras que Falcón es más descriptiva. Incluso el ensayo «Esquema de los problemas prácticos y actuales del amor» de Rosa Chacel y su Saturnal, que se acercan más al estilo filosófico abstracto de teorización feminista que asociamos con la mayor parte del pensamiento feminista francés y angloamericano, incluyen una dimensión histórica. Chacel parte de la idea de José Ortega y Gasset de que cada persona vive inmersa en sus circunstancias históricas. Así, según Chacel, las mujeres no habrían sufrido necesariamente injusticias en una época concreta, sino que su situación es sincrónica con los tiempos que les ha tocado vivir. Sí considera que algunos pensadores —especialmente Georg Simmel— no están en sintonía con la época de los años veinte y treinta, al seguir afirmando que la cultura es masculina[15].



 

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El feminismo español posfranquista está dominado por un debate que es propio del feminismo occidental de la segunda ola, esto es, la profunda división entre el feminismo de la diferencia y el de la igualdad. Si las manifestaciones iniciales del primero son ambiguas y parecen estar en la frontera entre ambos, a principios de la década de 1980, mientras España transitaba a la democracia tras el largo régimen antifeminista de Franco y bajo la doble influencia del Seminario de Madrid de Celia Amorós y de diversos grupos de Barcelona, inspirados en el feminismo de la diferencia italiano, la división entre las dos posiciones se radicalizó, dando lugar al debate entre las feministas de la igualdad y las de la diferencia que ha dominado la escritura teórica feminista española durante gran parte del periodo de la España constitucional[16]. Muchas pensadoras feministas contemporáneas son académicas cuya sólida formación filosófica ha servido para construir sus argumentos sobre la igualdad, aunque algunas hayan encontrado también medios para popularizar sus puntos de vista.

 

De hecho, el capítulo 5 del presente volumen analiza la noción de diferencia en la teoría feminista española, un concepto que, junto con el de igualdad, se convirtió en el centro de un acalorado debate en las décadas de 1980 y 1990. Sin embargo, la división diferencia/igualdad en la teoría feminista española tiene raíces históricas que se remontan a antes de la etapa democrática actual. Como ya se ha señalado, Mary Nash sostiene que la historia del pensamiento feminista español se entiende mejor dentro del marco de la diferencia que del de la igualdad, sobre todo porque el feminismo español no recibió su impulso inicial del deseo de conseguir el voto. Según Nash (1994), el primer feminismo español suscribió, en su conjunto, una posición feminista protodiferencialista. Sostiene que el feminismo español surgió en el siglo XIX del culto a la diferencia y que el protagonismo del discurso de la domesticidad en la configuración de valores y modelos de feminidad en la sociedad española contemporánea fue central en la falta de interés de las mujeres por alcanzar la igualdad política con los hombres —por ejemplo, no existió un movimiento sufragista español. Así, las primeras feministas españolas, como Concepción Arenal y Emilia Pardo Bazán, defendieron la igualdad en la educación, pero no en los derechos políticos.

 

El capítulo 6, por su parte, narra la larga historia de los argumentos a favor de la igualdad de la mujer con el hombre, que comienza en el siglo XVIII y continúa hasta nuestros días con los debates entre las feministas de la diferencia y las de la igualdad (o de la Ilustración). Algunas de las primeras feministas españolas, como Concepción Arenal y Carmen de Burgos, aunque



 

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aparentemente favorables a la igualdad, quizá, para hacer sus argumentos más aceptables a un público español escéptico, incluyen la diferencia en su argumentación. El capítulo termina con una evaluación del estado actual del debate sobre la diferencia y la igualdad en la era democrática. El epílogo resume algunas de las nuevas direcciones que ha tomado la teoría feminista española desde el cambio de milenio.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO PRIMERO

 

Soledad

 

 

 

 

 

Cuando pensamos en la noción de soledad en las letras españolas, normalmente nos vienen a la mente escritores varones: Luis de Góngora, Miguel de Unamuno, Azorín, Pío Baroja, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Juan José Millás, entre muchos otros[17]. Quizá inconscientemente consideramos la soledad como territorio existencial masculino, ya que la mujer se sitúa tradicionalmente dentro de sus relaciones con los demás, sobre todo con los miembros de la familia. En «Teóricas de la conciencia feminista», Alda Blanco establece que «a la mujer se le articuló principalmente como un ser relacional subordinado al hombre —ser hija, esposa, y madre era su cometido—, se le adscribió el hogar como espacio propio, el único ámbito para su existencia» (Blanco, 1998b: 446). Aquí, siguiendo una línea de investigación que Linda Chown inició cuando abogaba por «una mirada revitalizada a conceptos culturalmente influenciados como “soledad”, “yo” y/o “identidad” [en los escritos de mujeres españolas]» (Chown, 2000: 198), se estudia el concepto de soledad en el pensamiento feminista español desde finales del siglo XIX hasta el presente para destacar la importancia de esta noción para muchas escritoras españolas[18]. Estas la consideran una condición necesaria para que las mujeres formen su propia identidad y se realicen plenamente como individuos independientes: trabajadoras, intelectuales, escritoras, artistas o incluso compañeras de los hombres. Comenzaremos con las pensadoras del siglo XIX Concepción Arenal (1820-1893) y Emilia Pardo Bazán (1851-1921), que iniciaron un diálogo sobre la mujer en relación con la familia y la sociedad. Avanzaremos en el tiempo hasta Rosa Chacel (1898-1994), que escribió un artículo pionero en 1931 en respuesta a José Ortega y Gasset y otros pensadores europeos varones que dudaban de la capacidad intelectual de las mujeres. María Zambrano (1904-1991), aproximadamente de la misma edad que Chacel y también formada en el círculo intelectual de Ortega y Gasset, escribió sus ensayos clave sobre el concepto de soledad durante su exilio de España tras la Guerra Civil (1936-1939); por tanto, sus teorías sobre el tema están seguramente teñidas por su propia soledad personal en el exilio.



 

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Continuaremos con Carmen Laforet (1921-2004), Montserrat Roig (1946-1991) y Carmen Martín Gaite (1925-2000), que comenzaron sus carreras durante el restrictivo régimen franquista, y terminaremos este recorrido con Rosa Montero (1951-) y Carmen Alborch (1947-2018), que comenzaron a escribir en los últimos años de la dictadura y cuyos escritos ofrecen un nuevo enfoque de la soledad, que refleja la situación de las mujeres durante la Transición y los comienzos de la actual etapa democrática.

 

La soledad tiene diversos significados para las autoras mencionadas, pero en todos los casos la soledad es un estado positivo, de afirmación, repleto de posibilidades para el desarrollo humano; carece, pues, de las connotaciones negativas —aislamiento, alienación, melancolía e incluso desesperación— que los hombres suelen asociar con el estado solitario[19].

 

Como señala Linda Chown, «muchos escritores españoles consideran la soledad como una condición inevitable de la MENTE para todas las personas, una condición que, si se desarrolla, se convierte en un lugar de riqueza». Aquí Chown no distingue entre escritores y escritoras, pero sus citas son de mujeres como Carmen Martín Gaite: «[La soledad no es] una condena, sino una gracia» (Chown, 2000: 197). En un artículo anterior, observa que Martín Gaite escribió repetidamente sobre el encarcelamiento interior y sobre su capacidad para escapar de él a través de la imaginación. También nos recuerda que Elena Quiroga (1921-1995) evoca el viaje interior tras la máscara:

 

Nuestra visión de la liberación de la mujer presupone muy a menudo el trabajo, la creación, la actividad y el derecho al cambio… La soledad ha sido un tema problemático para los críticos estadounidenses, que subrayan el hecho de que la ficción española refleja una preocupación por la soledad de las personas.

 

Cita, asimismo, una entrevista que realizó a Ana María Matute (1925-2014): «Es un reflejo de algo personal pero no exclusivamente porque a menudo me doy cuenta de que mucha gente está sola, terriblemente sola… Confieso que la soledad me gusta» (Chown, 1983: 97-99; la traducción al inglés es de Chown).

 

El concepto de soledad que despliegan las escritoras españolas puede dividirse en dos categorías generales: en primer lugar, una visión que deriva de una perspectiva social o exterior en la que la mujer busca su propio espacio físico (en el sentido de «una habitación propia» de Virginia Woolf), aunque las pensadoras españolas casi nunca se limitan a un espacio aparte donde poder leer, pensar y escribir; en segundo lugar, una exploración desde una



 

 

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perspectiva interior en la que el espacio físico está vinculado a la conciencia que permite desarrollarse como persona, ser una misma y forjar una personalidad propia independiente. Ninguno de estos enfoques niega la importancia de relacionarse con otras personas. Con frecuencia, la soledad en el pensamiento feminista español es vista como un estado de la mente. Incluso cuando una autora feminista española adopta el modelo individualista anglosajón del yo, como Emilia Pardo Bazán, no adquiere las mismas connotaciones que el pensamiento americano e inglés, por ejemplo, el sentido de soledad absoluta en compañía de Dios de Elizabeth Cady Stanton, que se analizará más adelante[20].

 

Concepción Arenal y Emilia Pardo Bazán, las dos grandes teóricas feministas españolas del siglo XIX, difieren sobre cómo debe ser considerada la mujer en su relación con el resto del mundo. En su escrito de 1890, «La mujer española», Pardo Bazán articula esta diferencia en el pensamiento de ambas a través del discurso que pronunció en el Congreso Pedagógico de Madrid de 1892: «Lo que doña Concepción Arenal pide principalmente en interés de la colectividad lo pedimos otros principalmente en interés del individuo…» (1890: 111).

 

Arenal, defensora del primer feminista español, Benito Jerónimo Feijoo, seguidora de varias de las estrategias ilustradas en sus argumentos a favor de la educación de la mujer y su papel en la vida pública, entiende a la mujer y al hombre en su relación con el resto de la sociedad. Pardo Bazán, en cambio, en la estela de Kant, Schelling y, sobre todo, John Stuart Mill, se centra más en la mujer como individuo[21]. Resulta revelador que Pardo Bazán fuera admiradora de Kant, quien enfatizaba la subjetividad individual y empleaba argumentos sumamente abstractos. La aplicación práctica de una filosofía a problemas sociales concretos, del tipo evidente en el krausismo de Francisco Giner de los Ríos, seguramente ejerció, como se señaló en la Introducción, una cierta influencia en el pensamiento de Arenal. A lo largo de su carrera como teórica social, la corriente filosófica subyacente es de corte racionalista, y tiene mucho en común con Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764), sobre quien escribió un ensayo en 1876[22].

 

Algunos comentaristas han tachado a Concepción Arenal de pensadora romántica —véase en particular Juan Antonio Cabezas—; sin embargo, aunque los temas predilectos de esta autora, como la preocupación social hacia los pobres, encarcelados y débiles, con énfasis en emociones como la compasión, están ciertamente en consonancia con el liberalismo romántico, Arenal racionaliza las pasiones. Además, empleará la razón cartesiana para



 

 

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analizar el papel de las emociones en la vida humana, argumentando que las emociones son importantes por razones específicas, y al hacerlo, intentará reconciliar el racionalismo del siglo XVIII y el liberalismo romántico de su época. Concepción Arenal consideró la situación de la mujer española —la falta de formación y de incorporación al mundo laboral— dentro de un conjunto de problemas sociales como la pobreza, la prostitución y la delincuencia. La mujer en su ser social, «al no tener un oficio, no puede auxiliar a sus padres ancianos; esposa, no puede ayudar al marido; madre, se ve en el mayor desamparo, si la muerte la deja viuda o la perversidad de su marido la abandona». Para la escritora, es imposible entender a la mujer como un ente aislado[23]:

 

La mujer sin ocupación ni educación para sus facultades superiores va por el mar de la vida sin timón y sin brújula; el sentimiento que puede salvarla, si no es muy puro, puede extraviarla también, y cuando se estrella hace víctimas, porque no va sola (Arenal, 1993: 85).

 

El planteamiento social de la identidad de la mujer continúa en La mujer de su casa (1883), aunque ahora desde la perspectiva de la sociedad en su conjunto, no solo como miembro de una familia. Arenal argumenta contra el confinamiento femenino en el hogar, porque la mujer que está limitada a la esfera doméstica contempla los males sociales como mera espectadora y, por tanto, no participa en su remedio.

 

Aunque cuando escribe sobre la situación de la mujer española, los argumentos de Arenal suelen inclinarse hacia su dimensión social, en algunos pasajes considera a la mujer como individuo. Por ejemplo, apunta la necesidad de que las mujeres afirmen «su personalidad, independiente de su estado» (Arenal, 1974: 67), pero esta afirmación de una personalidad independiente sirve a fines sociales:

 

Dadme una mujer que tenga estas condiciones, y os daré una buena esposa y una buena madre, que no lo será sin ellas. ¡Cuánta falta le harán, y a sus hijos, si se queda viuda! Y si permanece soltera puede ser muy útil, mucho, a la sociedad, harto necesitada de personas que contribuyan a mejorarla, aunque no contribuyan a la conservación de la especie… Nada más propio para dar gravedad al carácter y consistencia a la personalidad que la contemplación compasiva de tantos dolores como entraña esa cuestión de cuestiones que se llama la cuestión social (ibíd., 67-68).

 

La versión abreviada de La mujer de su casa que Concepción Arenal envió al Congreso Pedagógico de 1892 pone aún más de relieve la formación de la personalidad de la mujer. Este desarrollo en el pensamiento de Arenal es



 

 

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digno de mención porque dicho congreso fue el foro en el que Emilia Pardo Bazán discrepó con aquella sobre si la finalidad de la educación de la mujer es social o individual. Doña Emilia argumenta fervientemente en contra de considerar a la mujer como un ser relacional; al final de su ponencia, menciona específicamente a Arenal:

 

El error fundamental que vicia el criterio común respecto de la criatura del sexo femenino […] es el de atribuirle un destino de mera relación; de no considerarla en sí, ni por sí, ni para sí, sino en los otros, por los otros y para los otros… Siempre tropezamos en lo mismo, en el concepto relativo del destino de la mujer (Pardo Bazán, 1999a: 158).

 

Al definir su posición filosófica, se alinea con el ensayo de John Stuart Mill The Subjection of Women y contra el concepto de contrato social de Jean-Jacques Rousseau[24]:

 

—¿Y quién es Stuart Mill?

 

—Un político. Su opúsculo De la libertad es tan excelente, como detestable el

 

Contrato social de su Rousseau de Uds.

 

—Son palabras mayores.

 

—Pues no exagero. Mill saca triunfante la independencia del individuo, mientras Rousseau implanta el despotismo del Estado (Pardo Bazán, 1890: 114-115; en cursiva en el original).

 

 

Pardo Bazán conocía muy bien The Subjection of Women, que había traducido al español con el título La esclavitud femenina para publicarlo en su serie Biblioteca de la Mujer en 1893. La obra termina con una sección que enfatiza la naturaleza individual de la mujer y la importancia de su felicidad como un bien en sí mismo: «el beneficio más directo de todos, la indecible ganancia en felicidad privada para la mitad liberada de la especie; la diferencia para ellas entre una vida de sujeción a la voluntad ajena y una vida de libertad racional» (Mill, 1911: 211; la traducción es nuestra), un punto que la autora también subraya[25]. Doña Emilia toma como modelo femenino a la señora Taylor, que inspiró a Mill para escribir su ensayo feminista: «En nombre del individualismo Mill reclama la igualdad de los sexos […] la señora Taylor

 

[…]      aunque esclava por la ley, como las demás de su sexo tenía alma independiente, digna de la libertad» (Pardo Bazán, 1890: 128). Curiosamente, para el énfasis que pone en la mujer individual, estructura su ensayo «La mujer española» (1889, versión inglesa; 1890, versión española) en torno a los grupos de clase social de las mujeres españolas. Defiende, por ejemplo, quizá en alusión a «la mujer de su casa» de Arenal, que las mujeres de clase media son especialmente propensas a salir de compras, de visita, al teatro o a



 

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la iglesia para pasar el tiempo. Este comportamiento, según dice, estaría motivado por el horror a la soledad de las féminas:

 

No puede dudarse que este afán de callejear revela ciertas deficiencias en la vida de familia. No es que yo crea, como Luis Vives, que la mujer al salir frecuentemente pone en peligro su honra: solamente digo que la salida, «por huir de la casa», indica falta de intimidad doméstica y algo como aborrecimiento de la soledad, que es indicio claro de tener la cabeza mal amueblada. De todos modos, con el hermoso cielo y el radiante sol de España, el «echarse a la calle» lo considero pecado venal (ibíd., 127).

 

En ninguno de los ensayos de Emilia Pardo Bazán encontramos el análisis de la interioridad femenina que propugna Mill. Aunque María Martínez Sierra (1874-1974) se refiere a estados interiores como la felicidad (al igual que doña Emilia), en la teoría feminista española un análisis genuino de los estados interiores solo surge con escritoras asociadas a la fenomenología como Rosa Chacel y María Zambrano. Por supuesto, la vasta producción de ficción de Emilia Pardo Bazán ofrece abundantes ejemplos del funcionamiento de la subjetividad femenina[26].

 

La interioridad de la mujer adquirida en la soledad se expresa, quizá por primera vez, en la poesía de Las Románticas (como las llama Susan Kirkpatrick). En la edición de 1843 de sus Poesías, Carolina Coronado publicó un himno «A la soledad» en el que perfila lo que se convertiría en una constante del pensamiento feminista español incluso hasta nuestros días: la soledad no como un estado angustioso, sino como condición necesaria para recuperarse de las pruebas de la vida:

 

Al fin hallo en tu calma,

 

Si no el que ya perdí contento mío,

 

Si no entero del alma

 

El noble señorío,

 

Blando reposo a mi penar tardío.

 

Al fin en tu sosiego,

 

Amiga soledad, tan suspirado,

 

El encendido fuego

 

De un pecho enamorado

Resplandece más dulce y más templado[27].

 

(Kirkpatrick, 1989: 308).

 

Esta paz y tranquilidad son indispensables para que una mujer escritora exprese sus sentimientos interiores y proyecte una visión de su ser existencial, tema recurrente en los escritos de Rosario de Acuña (1850-1923) a partir de la década de 1880 (véase especialmente su «Discurso pronunciado en el acto de la instalación de la logia femenina Hijas del Progreso», 1889) y en escritoras



 

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feministas españolas más recientes como Carmen Laforet y Carmen Martín Gaite.

Es interesante que Elizabeth Cady Stanton expusiera el mismo argumento más de cien años antes de que apareciera en el pensamiento feminista español. En 1892, el mismo año en que Concepción Arenal y Emilia Pardo Bazán participaron en el Congreso Pedagógico de Madrid, Stanton habló ante el Congreso de los Estados Unidos sobre «The Solitude of the Self» («La soledad del yo»). El punto principal de su discurso fue que cada alma humana es individual y que cada persona, sea hombre o mujer, tiene derecho a la conciencia individual y al juicio:

 

Al discutir los derechos de la mujer, debemos considerar, en primer lugar, lo que le pertenece como individuo, en un mundo propio, árbitro de su propio destino, un Robinson Crusoe imaginario, con su mujer Viernes en una isla solitaria (Stanton, 1989: 372).

 

Relaciona el aislamiento del alma humana con el hecho de que en el momento de la muerte tanto las mujeres como los hombres están solos. Asocia esta forma de entender a la persona con el protestantismo, por lo que es posible que la tardía entrada del concepto de soledad en el pensamiento feminista español pueda atribuirse, en parte, a la visión católica del alma mediada por la Iglesia. Al final del enérgico discurso de E. C. Stanton ante el Congreso, la mujer en su individualidad permanece sola ante Dios. Gracias a la intercesión de los sacerdotes, las mujeres católicas nunca están solas ante Dios ni ante la muerte.

Si bien, como se señaló anteriormente, en 1892 Emilia Pardo Bazán había defendido la importancia de la educación de la mujer, no tanto para mejorar sus contribuciones al bienestar de la sociedad en su conjunto sino para su bien individual, no profundiza en este beneficio individual como hace Stanton, quien afirma que «considerada como mujer, factor igual en la civilización, sus derechos y deberes siguen siendo los mismos; la felicidad y el desarrollo individuales» (ibíd.). Pardo Bazán podría haber conocido el discurso de Stanton, pronunciado en enero de 1892 y del que se publicaron diez mil ejemplares, con amplia difusión. Aunque la ponencia de doña Emilia en el Congreso Pedagógico fue pronunciada en octubre de 1892, la razón más probable de la coincidencia es que ambas pensadoras tuvieran como fuente común algunas de las ideas de John Stuart Mill.

 

En sus Nuevas cartas a las mujeres de España, María Martínez Sierra traslada la consideración de la mujer y la soledad al ámbito interior. De forma clarividente afirma que, aunque una mujer tenga marido, estará sola, situación



 

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a la que da un matiz positivo[28]. Según Martínez Sierra, el único refugio del alma es su soledad: «La única fuerza que realmente capacita al ser humano para seguir siendo “hombre” es la posibilidad de quedarse un instante a solas con su alma» (Martínez Sierra, 1932: 52; aquí «hombre» es sinónimo de «ser humano»). Como sostendrá Carmen Martín Gaite unos treinta años más tarde, la soledad es el único estado que puede permitir a una mujer alcanzar la plena condición de persona. En un movimiento bastante cartesiano, María Martínez exhorta a las mujeres a contemplarse a sí mismas en el mundo, porque son las únicas que existen por sí mismas. Aunque las mujeres se sacrifican todo el tiempo para acomodar los caprichos de los hombres en sus vidas, ellas son únicas e irreductibles: «Te prestas, te das, sí, ¡mas con qué soberana afirmación de personalidad!» (ibíd., 53). Los propios sacrificios son una afirmación inconsciente de la existencia de la mujer. Sostiene, además, que las mujeres no quieren que los hombres las comprendan, solo necesitan su aprobación o, si acaso, su admiración. La soledad —y también la incomprensión— constituye la salvación del espíritu. En otra carta afirma las cualidades fortificantes de la soledad: «Nunca es más fuerte el alma que cuando está sola. Y solo los cobardes forman rebaño» (ibíd., 71).

 

Al considerar a la mujer como individuo, Rosa Chacel continúa el camino marcado por Emilia Pardo Bazán, aunque aborda la situación de la mujer española desde una perspectiva interior y lleva el argumento a terrenos existenciales. Chacel reintroduce a la mujer como ser relacional, reformulando la configuración como un problema de su relación con los hombres en cuanto amantes[29]. Entendió su propia vida desde la soledad radical de su juventud como niña prodigio que no encajaba en la sociedad de las demás niñas de su edad y como niña enfermiza que tuvo que pasar largas temporadas sola recluida en su casa y en cama (véase Desde el amanecer). En su ensayo feminista «Esquema de los problemas prácticos y actuales del amor» de 1931, plantea una teoría del cambio social que comienza en la vida interior de las personas. Con esta afirmación, rebate la idea de Carl Jung de que los acontecimientos políticos —guerras y revoluciones— de las primeras décadas del siglo XX habían provocado los cambios y las tensiones entre hombres y mujeres. Según Chacel, primero se produce un cambio interno en los seres humanos y luego sobreviene el cambio social:

 

No es que la acomodación a un medio con su gradual proceso de conquista vaya creando un reducto anímico resultante de determinada combinación de sensaciones y resistencias, labor primaria, elemental en lo psíquico, sino al contrario, que el alma saturada de su medio, tranquilamente vencedora de todas las hostilidades naturales,



 

 

 

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anula en sí toda vida de relación tradicional y se queda frente a frente con su soledad.

 

El conflicto se crea de esta autocontemplación (Chacel, 1931: 157).

 

Este ensayo de Chacel es un desafío directo a las teorías sobre la mujer propuestas por eminentes hombres de la época, especialmente José Ortega y Gasset, Gregorio Marañón y Georg Simmel. Ortega insistía en la inferioridad intelectual de las mujeres y Marañón defendía la «igualdad» de hombres y mujeres, pero en esferas separadas: las mujeres en su maternidad y los hombres en su papel público. Frente a estos poderosos e influyentes pensadores, Chacel defiende la dimensión espiritual e intelectual de la mujer. A la afirmación de Ortega de que «el espíritu es siempre solidario de sí mismo; no puede en unos órdenes comportarse de una manera y en otros de otra», responde que «una de las cosas que con mayor evidencia pueden demostrarnos la adhesión de la mujer al mundo espiritual, a la cultura, es precisamente su primera manifestación de rebeldía a ella» (ibíd., 140). En otras palabras, la mujer rebelde se distancia de la cultura que la rodea. También argumenta enérgicamente contra Simmel, que niega a la mujer una vida individual y espiritual, entendiendo por espiritual una vida trascendente o generadora de cultura:

 

Creer que lo esencialmente femenino psíquico no tiene un fundamento inexpugnable como lo fisiológico, es igual que temer la influencia de los cataclismos sociales en los fenómenos cósmicos, es ese complejo de temor y soberbia que hace a la pequeñez humana montar la guardia al tabernáculo de la eternidad por creerlo en el fondo eterno merced a su custodia (ibíd., 153).

 

Rosa Chacel emplea el concepto de «individuo absoluto» de Max Scheler para formular su propia idea de la identidad de un ser (hombre o mujer): «Mediante la posesión y reconocimiento de su yo íntimo, el hombre concibe la identidad y diferencia de otros orbes externos» (ibíd., 163)[30]. Asimismo, la autora resitúa lo que Ortega, Marañón y Simmel llamaron la «masculinización» del papel social de la mujer, es decir, la salida de la mujer del ámbito doméstico para entrar en el mundo más amplio del trabajo y la calle. Chacel abandonará la consideración de mujer como entidad social, lo que conduce a la noción de «la mujer en relación con los demás» y da pie a la preocupación de los filósofos masculinos por la masculinización de la mujer. En su lugar, la escritora se centra en la ontología y en la conciencia individual de la mujer:

 

No es la galantería como expresión social, no es la idealización más o menos ilusionista de la mujer hecha por nuestros inmediatos antepasados, ni es tampoco la supervaloración dada por los feministas a la importancia social de la mujer lo que ha



 

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dificultado sus relaciones con el hombre. No es ni mucho menos la virilización de los valores de nuestra época, en cuanto esta expresión significa cerebralización, tecnicismo ni siquiera practicismo o finalismo… Es, sí, esa virilización en cuanto esto supone de vigorización espiritual, de exigencia, esfuerzo y autenticidad en los contenidos íntimos (ibíd., 166).

 

María Zambrano —nacida en 1904 y solo seis años más joven que Chacel— también se formó en el ambiente filosófico misógino dominado por José Ortega y Gasset, quien dirigió su tesis doctoral sobre Spinoza en la Universidad de Madrid. Como activista republicana, al igual que Chacel, se exilió en Hispanoamérica tras la Guerra Civil española. Probablemente la trayectoria filosófica de Zambrano habría sido diferente si hubiera permanecido en España, en lugar de haberse embarcado en un largo peregrinaje en el exilio, que la llevó de Francia a México, Cuba y Puerto Rico para volver a Francia, Cuba, Puerto Rico, Roma, Suiza y, finalmente, cerrar el círculo con su retorno a Madrid en 1984. Seguramente su desarrollo del concepto de soledad estuvo ligado a la experiencia del exilio y a su no tan infeliz separación del círculo madrileño de Ortega. La soledad es un concepto accesorio en su filosofía, aunque aparece en algunos de los principales escritos —La confesión: género literario, El hombre y lo divino y Persona y democracia— como una condición importante del pensamiento filosófico y, muy probablemente, como una buena posibilidad de dedicarse a la filosofía para una mujer en aquel tiempo y lugar.

 

A diferencia de las otras pensadoras que se abordan en este capítulo — Arenal, Pardo Bazán, Chacel, Roig y Martín Gaite—, que también consideran la soledad una condición previa necesaria para la formación del yo, Zambrano no relaciona la soledad y la formación del yo. Esta coincidencia nos recuerda que su exilio político ya estuvo precedido por su aislamiento de género como mujer filósofa solitaria en un medio intelectual dominado por hombres poderosos, como su maestro José Ortega y Gasset. Aunque no vincula la soledad per se con la identidad femenina, como hacen algunas intelectuales ya mencionadas, su camino hacia la noción de persona, que incluye la soledad, puede rastrearse en los escritos abiertamente feministas de su temprano exilio en la década de 1940. La ontología de Zambrano se basa en algunas de las ideas fundamentales de Ortega —«yo soy yo y mis circunstancias» y «ensimismamiento»— pero evoluciona gradualmente hacia una visión independiente del yo y del otro que se presta especialmente bien a sus ideas sobre el yo femenino en obras como «Eloísa o la existencia de una mujer» y «Respuesta a “La grandeza y servidumbre de la mujer” de Gustavo Pittaluga». Como veremos en el capítulo sexto, la filosofía de Zambrano,



 

 

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aunque no siempre referida específicamente a la mujer, se convirtió en fundacional del feminismo de la diferencia en Italia y España.

 

Mucho antes de su exilio en 1939, en el ensayo «Por qué se escribe», publicado en la Revista de Occidente en 1934, alude a la condición solitaria como esencial para llegar a ser pensadora y escritora. Dicho texto comienza con la observación de que

 

escribir es defender la soledad en que se está; es una acción que solo brota desde un aislamiento efectivo, pero desde un aislamiento comunicable, en que precisamente por la lejanía de toda cosa concreta se hace posible un descubrimiento de relaciones entre ellas (Zambrano, 1987b: 31)[31].

 

Si bien la soledad como requisito necesario para escribir se hace eco del ensayo feminista de Virginia Woolf Una habitación propia, publicado solo cinco años antes de «Por qué se escribe» de Zambrano, el desarrollo del tema por parte de esta última refleja la proximidad temporal y espacial de Ortega. En su distinción entre habla y escritura, Zambrano señala que el habla se rige por las circunstancias inmediatas, aunque, en un movimiento que ya señala una divergencia con el maestro, dota al habla de la posibilidad de liberar a uno de sus circunstancias. El lenguaje, sin embargo, no puede crearse a sí mismo: «Vencemos por la palabra al momento y luego somos vencidos por él». La palabra escrita, en cambio, emana del centro del yo «en recogimiento, irán a defendernos ante la totalidad de los momentos, ante la totalidad de las circunstancias, ante la vida “íntegra”». Mientras que la liberación de la palabra hablada es efímera, la de la escritura es permanente (ibíd., 31-32).

 

Como la escritura se realiza en soledad, el escritor puede descubrir «el secreto» (la verdad en lenguaje filosófico más común), aunque solo sea desvelado parcial y progresivamente. En el proceso de escritura, el escritor emerge de la soledad para comunicar el secreto en un acto de fe. Estos secretos solo visitan al escritor en la soledad y aislamiento, provocando su sed: «Solitario de sí y de los hombres y también de las cosas, pues solo en soledad se siente la sed de verdad que colma la vida humana». Zambrano acuña el término enormemente sugerente de «soledad sedienta» para el estado del escritor en el que aparece la verdad oculta. La descripción de este estado presagia la última etapa filosófica de Zambrano en los años setenta, que ha sido calificada de mística (véase especialmente Ana Bundgård). La soledad en la que surgen las ideas y el impulso de escribir parece paralela a la quietud mística previa al viaje hacia la unión con lo divino: «y se le muestra a él, aprovechando su soledad y ansia, su acallamiento de la algarabía de las pasiones». El propósito final de la escritura insinúa igualmente una unión



 

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mística, pues el escritor escribe para comunicar el secreto descubierto: «a quien en verdad se muestra es a esta comunicación, comunidad espiritual del escritor con su público» (ibíd., 37-38).

 

La separación forzosa de Zambrano de España en 1939 profundizó su reflexión sobre la soledad. El mismo año en que se trasladó a México (1939), escribió el breve ensayo «La soledad enamorada», centrado en Nietzsche, donde retrata al iconoclasta alemán de finales del siglo XIX como «condenado en vida a la soledad más desalojada», un estado que sin duda también experimentó cuando dio clases en Morelia, México, alejada tanto de su España natal como del centro de la intelectualidad del exilio español en Ciudad de México. Su propio y reciente exilio, así como el énfasis histórico de Ortega, pesan mucho en la meditación del artículo de Nietzsche sobre la relación del individuo con las circunstancias históricas: «El destino de un hombre cae sobre él, pero no nace de él, no depende de él, sino que le sobrevive porque es cosa de la historia». Haciéndose eco de Ortega, discrepa de la creencia individualista según la cual una persona puede aislarse de la historia, «abstrayéndose de las circunstancias concretas que presiden con la inexorabilidad de los astros, su pobre vida. El creer, en suma, que la separación es absoluta. El creer que puede determinarse a sí mismo». Para Zambrano, la soledad de Nietzsche le permitió superar los paradigmas sociales tradicionales para vislumbrar al hombre nuevo, al superhombre. Solo apartándose de sus circunstancias contemporáneas, que lo condenaban a vivir en absoluta soledad, llegó a sus conceptos más influyentes, que atacaban con dureza aquello de lo que se había separado (Zambrano, 1988a: 73 y 75).

 

En 1941, ya establecida en Cuba y Puerto Rico, Zambrano amplió sus ideas sobre la soledad en su ensayo La confesión: género literario, publicado en 1943 (Confession as a Literary Genre. Two Confessions, trad. de Noël Valis, 2015). Allí medita sobre la soledad en relación con el género confesional tal como lo desarrollaron san Agustín y Jean-Jacques Rousseau. Las circunstancias externas e históricas son menos relevantes aquí, y su concepto del yo se vuelve más interiorizado. No es que desaparezcan las circunstancias orteguianas —afirma que la confesión surge de determinadas situaciones (circunstancias)—, pero estas circunstancias dan paso a una orientación más subjetiva. La autora entiende el género confesional como «el lenguaje de quien no ha borrado su condición de sujeto; es el lenguaje del sujeto como tal» (Zambrano, 2015: 22). La confesión, sin embargo, ejecuta un doble movimiento; es a la vez una huida de uno mismo y una búsqueda de algo que sostenga y clarifique el yo. La confesión revela el carácter



 

 

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fragmentario de la vida; busca la unidad. La huida de uno mismo y la búsqueda de unidad sugieren de nuevo la experiencia mística, y también el sentido católico de comunidad, tan diferente del aislamiento protestante ante Dios. Recordemos el ya citado discurso de la feminista estadounidense Elizabeth Cady Stanton «The Solitude of the Self», en el que defendía la igualdad de la mujer ante la ley porque tanto el hombre como la mujer estarían solos ante Dios en el momento de la muerte.

 

Según Zambrano, san Agustín se ofreció a la mirada divina «hambriento de ser visto», y volvemos a oír ecos de la «soledad sedienta». En el género confesional lo importante no es ser visto, sino ofrecerse para ser visto, «que nos sintamos contemplados, recogidos y unidos por esa mirada». Ser visto ayuda a superar la pesadilla de la existencia (esta observación es anterior a El ser y la nada de Sartre) en la que nos sentimos aislados sin posibilidad de comunicación, como cuando gritamos en un sueño en el que nos persiguen y nadie puede oírnos: «Mientras nos sentimos solos, no podemos actuar. Toda acción nacida de la soledad es anárquica, es decir, violenta y destructiva». En ese sentido, Zambrano considera Crimen y castigo de Dostoievski la verdadera confesión de nuestro tiempo. Curiosamente, Rousseau, su otro gran ejemplo de escritor confesional, podría haber servido de modelo para Dostoievski y sus novelas confesionales, aunque este, a diferencia de Zambrano, encontraba que muchas confesiones eran ejemplos de mala fe. En pocas páginas, María Zambrano vuelve a san Agustín y plantea una visión más positiva del escritor de las Confesiones. La autora era incapaz de aceptar el terror que implica el verdadero existencialismo, pero sí se hará eco de la noción de «ensimismamiento» de Ortega, aunque añade una nota scheleriana al apuntar que Agustín, y de hecho nadie, puede encontrar la verdad «para sí solo, pues cuando se encuentra la verdad, ya es verdad compartida». Solo descubriéndose a sí mismo puede uno descubrir la verdad. Aunque Zambrano no menciona la vida intelectual de san Agustín fuera de La confesión, podemos recordar que san Agustín no solo comunicó sus iluminaciones en soledad a través de sus escritos, sino que fundó comunidades intelectuales basadas en la noción de soledad compartida (ibíd., 30, 32, 35 y 36).

 

Para Zambrano, el «yo» cartesiano había preparado el camino para las confesiones de Jean-Jacques Rousseau al establecer la «inmediatez de la conciencia: actos de conciencia y, en su centro último, como lo último, unidad interior, el yo, el yo en soledad». Según Zambrano, la soledad de Descartes es el punto final y no el punto de partida como lo fue en san Agustín. Afirma que el cogito cartesiano es «la soledad humana afirmando su propia existencia»

 

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(ibíd., 44), porque elimina todo lo que no puede subsumirse en ella. Se trata de una soledad completamente existencial —ligada al ser— que da lugar a la creatividad. La confesión de Rousseau es el resultado necesario de la nueva condición de soledad radical de la humanidad y del impulso de crear. Así, Rousseau ofrece su alma y nace la noción del corazón. El corazón será, de hecho, el tema del importante ensayo de Zambrano «La metáfora del corazón», publicado en la revista cubana Orígenes en 1944, un año después de la aparición del libro sobre la confesión. Aquí Zambrano pasa del quietismo místico de la soledad al estado siguiente; el corazón desea ahora vivir solo para sí y por sí mismo: «Vida pasiva que se alza en soledad, desprendida de todo objeto, pues a imagen y semejanza del yo, o confundiéndose con él, se ha erigido en principio» (Zambrano, 1987a: 53). Podemos imaginar a Zambrano comparándose a sí misma en el exilio en Cuba con Rousseau, quien, a la edad de cuarenta y cuatro años, asediado por acusaciones y persecuciones, se retiró a la remodelada casa de campo de Madame de Épinay en las afueras de París donde, según la autora, «se encuentra a solas consigo mismo y siente, precisamente en la holgada paz de sus días, en la felicidad, la insatisfacción, la presencia de lo que no había podido hallar» (ibíd., 55), condición que da pie a su imaginación.

 

Zambrano continuó su viaje hacia el yo interior con una sección sustancial sobre el tema en su El hombre y lo divino de 1955, probablemente escrita en Roma. Retomando el punto donde lo había dejado en 1943, con la soledad radical de la humanidad siguiendo la estela de Descartes y Rousseau, ahora recupera y desarrolla plenamente la noción de comunidad a través de la soledad que había asociado con san Agustín en el libro sobre la confesión, aunque no lo menciona explícitamente en el ensayo de 1955. La soledad sería un estado existencial que no tiene nada que ver con condiciones externas como el aislamiento, el abandono o la falta de comunicación. Su ejemplo, la obra El otro de Miguel de Unamuno, ayuda a situar su idea. En el fondo de su soledad, el protagonista se siente la sombra de otro, «ser a medias [que] tropieza con su mitad, con su alter, siempre en el asecho; obstáculo insuperable de su supremo anhelo: la unicidad». Solo cuando se experimenta esa unicidad, unidad o identidad, se pueden alcanzar el amor, la comunión y la comunidad: «Vivir en la identidad es estar a salvo del infierno; del infierno de verse en lo otro, de ver lo otro y de ver lo otro que imita a lo uno» (Zambrano, 1955: 290 y 294). Aunque, al igual que Unamuno, aboga por la individualidad en soledad ante la Divinidad, en lugar de permanecer en el estado solitario, el individuo solitario de Zambrano, a diferencia del de



 

 

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Unamuno, puede alcanzar la comunidad. En el ensayo «Eloísa o la existencia de la mujer» (1946), de diez años antes, Zambrano destaca a Eloísa como la primera mujer que crea y mantiene una identidad separada para sí misma.

Las ideas de Zambrano sobre la soledad culminan en Persona y democracia: La historia sacrificial, publicado en 1958. Forjada en la soledad, la persona es más que un individuo, «es el individuo dotado de conciencia, que se sabe a sí mismo y que se entiende a sí mismo como valor supremo, como última finalidad terrestre». Una vez más, vuelve al reino interior, donde la persona se desarrolla desde dentro hacia fuera: «este interior como San Agustín dijera, donde reside la verdad es soledad» (Zambrano, 1988b: 103 y 119). Sigue a Ortega (y a Scheler) al distinguir a los humanos (personas) de los animales por la capacidad de los primeros de sustraerse de vivir minuto a minuto en el mundo y eliminarse a sí mismos de la vida sociohistórica, pero las circunstancias históricas de sus ensayos de los años treinta sobre la soledad han desaparecido. Como se señaló anteriormente, el aprendizaje de Zambrano en el pensamiento sobre lo que constituye una persona había comenzado en sus ensayos feministas escritos en su temprano exilio en Cuba y Puerto Rico.

 

Dado que los escritos feministas de pensadoras republicanas como María Martínez Sierra, Carmen de Burgos, Margarita Nelken, Federica Montseny, Rosa Chacel y María Zambrano eran casi totalmente desconocidos en la España franquista —la obra de Carmen de Burgos, por ejemplo, fue prohibida en este periodo—, las pensadoras que permanecieron en España tuvieron que continuar más o menos donde Emilia Pardo Bazán había dejado el pensamiento feminista al comienzo del siglo XX, defendiendo el derecho de la mujer a una cierta educación, así como a un espacio e identidad propios. Durante el franquismo, la mujer volvió a ser concebida como un ser puramente relacional. Además de la inferioridad jurídica y social de la mujer, después de 1939, como se señalaba en la Introducción, las niñas fueron oficialmente obligadas a estudiar artes del hogar en las clases de la Sección Femenina de Falange, con el fin de socializarlas en el papel de ama de casa y madre que el régimen preveía para ellas. Tras el breve paréntesis de la

 

II   República (1931-1939) en el que Rosa Chacel había podido imaginar una subjetividad femenina completamente autónoma, las instituciones oficiales volvieron a reducir a las mujeres a un estatus dependiente. Esta nueva reclusión de la mujer en el hogar provocó un renovado deseo de soledad por parte de muchas mujeres intelectuales y creativas, una soledad que les brindaría un espacio propio y que las liberaría de las tareas del cuidado de la



 

 

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casa, del marido y de los hijos. El famoso libro de Virginia Woolf empezaba a ser conocido en pequeños círculos femeninos en España y leído por importantes pensadoras-escritoras como Carmen Martín Gaite y posiblemente Carmen Laforet.

 

La «chica rara» de Martín Gaite empieza a aparecer en las novelas de Carmen Laforet y otras escritoras, así como la imagen de la isla como refugio de este personaje con cualidades intelectuales y/o artísticas. A Andrea de la obra Nada (1945), de Laforet, le gusta pasear sola por las calles de Barcelona, a modo de escapatoria de la claustrofóbica casa donde vive con unos parientes. Matia, en Primera memoria (1960) de Ana María Matute, exiliada de la España peninsular durante la Guerra Civil y encerrada en casa de su abuela en la isla de Mallorca, encuentra innumerables medios para escapar de la severa vigilancia de su abuela tradicionalista, convirtiendo así su prisión isleña en un espacio de libertad. En El cuarto de atrás (1978), también de Martín Gaite, la protagonista y una amiga inventan Bergai, una isla imaginaria donde fantasean aventuras que las alejan de la cruda realidad de la Guerra Civil y la España de la primera posguerra. Significativamente, Gloria Fuertes (1917-1998) tituló su primer libro de poemas Isla ignorada (1950). Según Sylvia Sherno:

 

Fuertes declaró su identificación con esa isla, «en el centro de un mar / que no me entiende, / rodeada de nada, / sola solo». Estas primeras palabras prefiguran el reiterado tema de la soledad de la poeta y su insistencia en la autodefinición (Sherno, 1987: 312).

 

Aunque Carmen Laforet hizo de la soledad un componente central en el desarrollo de todos sus protagonistas, no teorizó sobre la soledad en las obras que publicó en vida. Sin embargo, gracias a la correspondencia que Israel Rolón Barada recopiló en su tesis doctoral, se han podido localizar declaraciones de la autora, casada y madre de cinco hijos durante el franquismo, sobre la importancia de la soledad para ella como escritora creativa que luchaba por mantener el sentido de su propia identidad. Laforet se casó en 1946, un año después de la publicación de su primera novela Nada, y sus cinco hijos nacieron en rápida sucesión. En 1961 empezó a sentir la presión de ser una mujer con vocación de escritora e importantes responsabilidades familiares en el clima social creado para las mujeres por el gobierno tradicionalista de Franco. En una carta al padre Arrizabalaga, revela que en ese momento de su vida y de su obra

 

en que después de haber estado de espaldas a las cosas durante muchos años [ahora quiero] hacer uso de esta experiencia en soledad para opinar sobre ellas y ayudar —



 

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en lo que pueda hacer— todo lo que [le parece] justo, hermoso e interesante, todo sin limitación ninguna (Rolón Barada, 2008: Carta 15, 15 de enero de 1961).

 

Dice basar este concepto en «el derecho natural».

 

Laforet se especializó en estudios jurídicos en las universidades de Barcelona y Madrid, aunque nunca llegó a licenciarse. Curiosamente, Elizabeth Cady Stanton basó su posición filosófica en el derecho natural, aunque no lo nombra como tal. Si en esta carta Laforet no reconoce abiertamente su sincronía con el mundo feminista norteamericano, en otras situaciones es consciente de su identificación con las costumbres estadounidenses relativas a la mujer. De hecho, con el paso de los años, Laforet llegó a apreciar Estados Unidos como un paraíso en el que se sentía más libre que en ningún otro lugar. Realizó su primer viaje a Estados Unidos en 1965 invitada por el Departamento de Estado y en la década de 1980 hizo un total de cinco visitas distintas a ese país durante las cuales habló en varias facultades y universidades[32]. Su lucha por seguir escribiendo las novelas que había esbozado en su cabeza, a pesar de los conflictos creados por el hogar, el marido, los hijos y la falta de dinero, dio lugar al siguiente comentario sobre John y Jackie Kennedy, a quienes veía como una pareja ideal, el tipo de pareja (vista desde el exterior) que Rosa Chacel había teorizado desde el interior, desde la conciencia intersubjetiva:

 

Jacqueline Kennedy que a mí particularmente me parecía una especie de maniquí a través de las fotos y la propaganda ha resultado a través de esas otras fotos y telefotos sin la más mínima preparación, una mujer de cuerpo entero, llena de valor. Y se comprende perfectamente su papel de trabajadora incansable junto al marido. Y alrededor de ella una serie de mujeres que, al parecer, son clave de lo mejor de la vida americana que gira alrededor de la confianza —y la importancia— de la pareja humana, como tal pareja (ibíd., Carta al padre Arrizabalaga, 29 de noviembre de 1963).

 

Las otras muchas alusiones a la soledad que se encuentran en las cartas de Laforet se centran en la necesidad de un estado solitario para emprender el trabajo creativo, una soledad a la que ella se refiere en una carta a su amigo Emilio Sanz de Soto como «la más salvaje soledad» (ibíd., Carta 27, 17 de marzo de 1965)[33]. Cuando se separó de su marido en 1970, buscó inmediatamente la soledad como condición esencial para encontrar su auténtico yo, sepultado bajo años de matrimonio con un hombre tradicional y bajo una maternidad condicionada por las normas sociales impuestas por el régimen franquista (al igual que Concepción Arenal, Laforet empleó el término «personalidad» para expresar el concepto de un auténtico yo):



 

 

 

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En cuatro meses últimos —y sobre todo los casi tres meses de soledad de aquí— han sido de aprendizaje (aún no terminado, la verdad) en la recuperación de la personalidad. Es como si hubiera vivido a otra luz durante 24 años, y con mis círculos mágicos de tiza alrededor… Así que estoy aprendiendo (ibíd., Carta 69 al padre —ahora «Bernardo»— Arrizabalaga y su esposa Carmen, 1 de febrero de 1971).

 

Siguiendo una línea de pensamiento que encontramos en otras pensadoras feministas españolas, Laforet conecta el estado de soledad con el de estar acompañada: «Al principio me hizo mucha falta este silencio absoluto, este aislamiento. Ahora ya creo que es contraproducente» (ibíd.). En otra carta a Sanz de Soto, escrita poco después de separarse de su marido, expresa de otra manera lo difícil que es encontrar el equilibrio entre ser uno mismo y ser para los demás (aquí el existencialismo sartreano o incluso beauvoiriano puede haber influido en el pensamiento sobre el yo de Laforet como posiblemente lo hizo en el de María Zambrano y sin duda en el de Carmen Martín Gaite y en el de las feministas de la igualdad de los años ochenta y noventa):

 

Ya sabes que mi vida ha cambiado, o mejor dicho por el momento lo que ha hecho es serenarse en una independencia de espíritu y una verdad que me hacían mucha falta. Encarar la verdad, es muy duro pero, al menos para mí, de un resultado bueno. La cara de la verdad para mí era ver que de nada sirve anular la propia personalidad en honor de lo que yo creía sagrado; la felicidad de mis hijos (ibíd., Carta 37, 14 de mayo de 1971).

 

Una vez que alcanzó la posibilidad de la soledad perpetua, ya no la anhelaba. Por desgracia, esta posibilidad perpetua, no le permitió recuperar de forma definitiva su estado ontológico prematrimonial. El ser existencial puede no estar precondicionado, pero en el caso de Carmen Laforet, este era acumulativo e irreversible. Aunque la autora siguió rehaciendo la segunda novela Al volver la esquina (publicada póstumamente en 2004) de una proyectada trilogía, Tres pasos fuera del tiempo, y otras novelas que tenía en mente, nunca recuperó a la Carmen relativamente despreocupada y desinhibida que escribió Nada.

Carmen Martín Gaite, por su parte, habría sido la primera escritora-intelectual española de la posguerra en reconocer de forma más sostenida y pública la centralidad de la soledad en la formación del yo de la mujer — especialmente de la mujer creadora— a partir de su propia conciencia como ser socialmente independiente y autónomo. Su teoría hunde sus raíces en una circunstancia biográfica, algo común a muchas pensadoras feministas españolas: en 1980, tras mudarse a un apartamento en Nueva York donde iba a dar clases en el Barnard College, se encontró completamente sola por



 

 

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primera vez en su vida, sin necesidad de rendir cuentas a nadie, «ni sentir[se] interferida por requerimientos o problemas de seres humanos vinculados [a ella]». Sin embargo, echaba de menos esos vínculos «porque la independencia siempre ha sido arma de dos filos para la mujer». En esa situación se propuso conscientemente «resistir a pie quieto la soledad en aquella habitación recién estrenada y carente de todo recuerdo, de conquistarla para [sí misma] a base de tesón y de mimo» (Martín Gaite, 1987a: 110), un pasaje que nos recuerda la observación de Emilia Pardo Bazán sobre el horror que sienten las mujeres españolas cuando se enfrentan a la soledad. En esta etapa de su vida, recién separada de su marido y sola en Nueva York, leyó Una habitación propia de Virginia Woolf, texto fundacional para el desarrollo del pensamiento feminista español en los años ochenta y noventa.

 

Martín Gaite propone que «no hay ninguna innovación posible en el campo del pensamiento que no se lleve a cabo desde dentro y enfrentándose a palo seco con la soledad. Porque solamente aceptándola, acabará dando fruto» (ibíd., 48). Reconoce que esta afirmación es igualmente cierta para mujeres y hombres, pero señala una diferencia fundamental entre los escritores de ambos sexos: mientras que los hombres entran en el estado de soledad desde el «bullicio mundanal», las mujeres, que tienen menos acceso a la vida pública, siguen siendo tentadas por el mundo, que representa para ellas la liberación. Aunque la soledad es más compleja para las mujeres que para los hombres, al fin y al cabo, la soledad es un requisito absoluto para la mujer creativa. Además de Virginia Woolf y algunas teóricas estadounidenses, considera a varias escritoras españolas en relación con el tema de la soledad. Por ejemplo, señala que, para la poeta del XIX Rosalía de Castro,

 

la soledad nunca le pareció una condena, sino una gracia que le permitía de vez en cuando escaparse de su circunstancia personal [de madre y esposa] para entablar diálogos con la luna, condolerse de la miseria de sus paisanos o ponerse a soñar con el hombre-musa (ibíd., 86).

 

Según Martín Gaite, Rosalía de Castro creía que la soledad nos permite comprendernos mejor a nosotros mismos y facilita la creación de mundos que no existen. Martín Gaite añade a esta observación que «la espoleta de este empeño la dispara el deseo de escapar de la realidad y desobedecer sus leyes rigurosas, atreviéndose a sustituirlas por otras de cuño propio» (ibíd., 49).

 

Martín Gaite señala a santa Teresa como ejemplo de una escritora que aceptó la soledad con objeto de afrontar los obstáculos sociales que hay que vencer: «Santa Teresa ejemplifica ese camino emprendido audazmente partiendo de cero y cuya exploración pone en cuestión y en juego la propia



 

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vida» (ibíd.). Vuelve a la noción de soledad en numerosas conferencias reproducidas en Pido la palabra. Su teoría de la narrativa como ejercicio de contar una historia a alguien, la necesidad esencial de un interlocutor, surge de la soledad radical del escritor: «Para vivir la vida como una novela, basta con que cuentes lo que te pasa o lo que desearías que te pasara. Si no tienes a quién contárselo, cuéntalo para ti; yo también estaba solo. En este caso sola» (Martín Gaite, 2022: 327). En consonancia con su argumento, la soledad debe aceptarse con orgullo y voluntariamente. Encuentra en el aislamiento, la introspección y la ensoñación las condiciones esenciales para las mujeres que escriben. En todos estos puntos aparece en sintonía con ideas que Carmen Laforet expresó de manera menos formal en su correspondencia.

 

Aunque Martín Gaite y Montserrat Roig escribían sus obras feministas aproximadamente al mismo tiempo (los primeros años de la transición a la democracia), la primera rechazaba la etiqueta de feminista, mientras que Roig, abiertamente feminista y política, denunció la siguiente afirmación de un escritor antifranquista anónimo:

 

La mujer no tiene, como el hombre, este poder —o este defecto— de quedar «alma sola», de desprenderse, de salir de ella misma —como lo tiene el hombre. Y no hay nada tan femenino como el alma, desnuda y sola. En la mujer, alma y cuerpo se involucran, se reclaman, no se pueden descompartir: su vida es unitaria (Roig, 1980: 151).

 

Montserrat Roig emplea estrategias similares a las de otras escritoras feministas españolas, incluyendo a la propia Martín Gaite y a Rosa Chacel, para analizar la posición de la mujer frente a la soledad. Por ejemplo, como María Zambrano y muchos filósofos masculinos modernos, critica la absurda distinción escolástica entre cuerpo y alma y, como Concepción Arenal y Emilia Pardo Bazán, se pregunta «por qué las mujeres no podemos quedarnos almas solas, salir de nosotras mismas. Cuáles son las causas de esa imposibilidad». Su respuesta es como las de Carmen Laforet y Virginia Woolf, a las que cita: «Para crear, hay que tener un cierto distanciamiento de la vida cotidiana, no estar atada a los problemas concretos de la organización doméstica» (ibíd., 152 y 153).

 

Sin embargo, a diferencia de todos los escritores anteriores, Roig atribuye al feminismo el hecho de que las mujeres hayan empezado a «desarrollar en el mundo de la imaginación sus propios aspectos de marginalidad y hoy ya es posible elaborar literariamente aquella necesidad oscura a la que se refería Sábato: su propio drama, la desdicha y la soledad». Aquí «soledad» tiene dos significados: primero, representa el espacio y el tiempo necesarios para la



 

 

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creación y, segundo, es un estado mental que es tema de esa creación. Al igual que Pardo Bazán, Roig se pregunta si las mujeres tienen miedo «a volar solo como mujeres», pero lleva el tema a un terreno más universalmente humano: «Miedo a la muerte y el terror ante la soledad, ¿no son acaso tan fuertes como el miedo a ser una misma?». Esta pregunta retórica nos recuerda que Rosa Chacel atribuía su libertad para realizar su trabajo artístico y filosófico a que su marido la protegía de «la crueldad y del desorden del mundo» y que Carmen Martín Gaite «afirma que la situación femenina de encierro, opresión y sosiego, es idónea para escribir» (ibíd., 159, 162 y 165). Roig había publicado su artículo en 1977, antes de que Martín Gaite viviera un año en Nueva York y, por lo tanto, antes de que esta escribiera los ensayos analizados anteriormente.

 

Las nuevas generaciones de mujeres feministas que han abordado el tema de la soledad lo enfocan más como una opción de vida que como una posición ontológica, aunque la soledad como condición existencial no desaparece del todo de la teoría feminista española reciente. En esta nueva etapa, la soltería, un tema abordado por Gloria Fuertes en poesía más que en ensayos teóricos, alcanza un lugar central en la escritura femenina español[34].

 

Rosa Montero, al igual que Rosa Chacel, afirma que su amor por la soledad proviene de una infancia larga y enfermiza:

 

Seguramente el haber tenido la suerte desde pequeña —producto de una enfermedad que la mantuvo cuatro años en casa— de haber leído como una descosida, fue el motivo de no sentirme integrada en la sociedad de niñas de cocinitas y muñecos («Rosa Montero», 1985: 8).

 

Nunca quiso casarse; de niña no jugaba con muñecas ni pretendía ser madre. Ahora las feministas españolas no vacilan ante la soledad como hacía Carmen Martín Gaite, para quien la soledad era un «arma de doble filo». Muchas feministas españolas de los noventa en adelante abrazan abiertamente la soltería y el estado solitario como condiciones positivas:

 

La soledad es absolutamente necesaria. Yo creo que para las mujeres más. Hemos sido educadas de una manera más castrante que ellos, pero todos tenemos que aprender a estar solos. Sentirte adulto, tener una idea de lo que eres y un mínimo control de tu vida. La soledad es buena para llevarte bien contigo misma, para tratarte bien, para aguantarte, y luego… para no hipotecarte. Si no sabemos vivir con nosotras mismas vamos a pagar unos precios desorbitantes, vamos a tener unas relaciones antropofágicas solamente por el miedo a la soledad. Me parece que no se lo puede una permitir (y uno tampoco), el ir perdiendo el culo buscando unas relaciones baratas y a veces canallas, solamente por no estar sola. La solución no es saber resignarse, sino saber descubrirla. Es fundamental su aprendizaje, sobre todo para las mujeres (ibíd., 9).



 

 

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Montero no rechaza formar parte de una pareja, pero cree que solo se debe entrar en una relación como persona completa, y de este modo afirma desde un planteamiento social lo que Rosa Chacel había teorizado desde una posición ontológica.

 

Esta línea de pensamiento culmina en la obra Solas de Carmen Alborch, publicada en 1999. Alborch (1947-2018), mujer con una brillante trayectoria profesional, estaba completamente segura de sí misma: doctora en Derecho y profesora titular de Derecho Mercantil en la Universidad de Valencia, de cuya facultad fue decana. También ocupó puestos como directora general de Cultura de la Generalitat Valenciana y directora del Instituto Valenciano de Arte Moderno. Fue ministra de Cultura de España entre 1993 y 1996, diputada socialista en el Congreso y presidenta, en este, de la Comisión Reguladora de RTVE. Aunque estuvo casada y/o en pareja, nunca perdió su identidad de mujer independiente. Para Alborch, la soledad es una forma de vida, aunque subtitula Solas: gozos y sombras de una manera de vivir y califica a su generación como «la cosecha del 68» que ha vivido inmersa en «serias contradicciones derivadas de la educación y del momento histórico que nos tocó vivir» (Alborch, 1999: 11). Al poner el énfasis en vivir sola en vez de en soledad como estado existencial, desplaza las asociaciones negativas que puede tener esta última a un terreno positivo. Recordaba que «estar sola» no significa ser una «persona solitaria» o no estar acompañada. Reconoció la red de apoyo social y emocional de que disfrutaba a través de la familia y los amigos y que le permitía ser autónoma.

 

Alborch comienza Solas con una meditación teórica sobre la soledad, seguida de una historia social de la mujer occidental y las razones de su falta de autonomía. El libro termina en el presente con una especie de guía de autoayuda para las mujeres que por elección o circunstancias —un divorcio, por ejemplo— se encuentran solas. Incluso en la primera sección, en la que considera el estado de soledad desde un punto de vista filosófico, divide los enfoques en filosófico y sociológico. Observa que, «sociológicamente, la soledad aparece como efecto del individualismo motor de las sociedades modernas occidentales, que establecen al individuo, con sus propios derechos y libertades, como objeto superior al grupo». En cambio, en

 

las sociedades comunitarias [cabe suponer que España se encuentra entre ellas] […] el sentimiento de soledad solo surge cuando el individuo —siempre subordinado en sus derechos a los del grupo, la familia, el clan, el pueblo o la tribu— se aleja y abandona la colectividad de la que forma parte, que rechaza cualquier iniciativa emanada de la libertad individual como intrínsecamente perversa (ibíd., 18).



 

 

 

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Constata asimismo que muchas mujeres están solas porque no se hallan en sintonía con la sociedad en la que viven. En este punto, coincide con Rosa Chacel, quien defendía que las mujeres empezaban a adquirir autonomía e identidad precisamente cuando se rebelaban contra la cultura dominante. Aunque Alborch no cita a Chacel, sí menciona a Simone Weil, la pensadora existencialista francesa «para quien la soledad absoluta significaba la posesión de la verdad del mundo». Alborch afirma que la soledad es inherente a la condición humana; el estado solitario surge cuando nacemos debido a la ruptura del contacto embrionario con la madre. Así, para la escritora, la soledad no es tanto un concepto como «un estado de ánimo, un sentimiento, además de una circunstancia personal determinada». La autora sostiene también que la soledad comprende dos características fundamentales: la incomunicación y la durabilidad, que «conducen a la ansiedad dolorosa de alguien que reclama infructuosamente el auxilio de quien alivia su sufrimiento». Estos estados pueden conducir a «formas enfermizas de soledad» (ibíd., 15-16).

 

A lo largo del libro destaca la importancia que tiene para el ser humano relacionarse con los demás, «por ser la persona un animal esencialmente social». No hay

 

plenitud sin la relación con los otros, y de ellos buscamos el reconocimiento, la cooperación, la competencia, la imitación incluso, como antídotos contra la soledad. La existencia precisa de la mirada del otro. Nunca logramos gozar de nosotros mismos sin el concurso del otro, y hasta Crusoe precisó de la compañía de Viernes como testigo de su solitaria peripecia (ibíd., 20).

 

Alborch emplea el ejemplo de Robinson Crusoe y Viernes de un modo completamente distinto al de Elizabeth Cady Stanton, que se centraba en la soledad de Robinson Crusoe y le restaba importancia al papel de su compañero Viernes.

 

Si Rousseau era anatema para Emilia Pardo Bazán por su teoría sobre el contrato social, Alborch coincide con Rousseau en la necesidad de una «negociación permanente» con los demás. Al igual que Rosa Chacel, Alborch centra esta «negociación» en las relaciones amorosas y aboga por la reinvención del amor a través de un «nuevo equilibrio, el amor realmente recíproco, que […] exige y crea la igualdad de los que se aman de manera que el hombre testimonie su amor a una mujer tratándola como a una persona humana total, no como si fuera una meta» (ibíd., 23). En su opinión, el matrimonio, tal y como está constituido en la actualidad, supondría un



 

 

 

 

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obstáculo para este acuerdo, hasta el punto de que tanto hombres como mujeres rehúyen la institución:

 

Los cambios sociales, demográficos y económicos han traído a las mujeres (y también a los hombres) una mayor libertad individual para vivir y actuar independientemente de la familia tradicional. Ahora ya no queremos sentirnos atrapados en el esquema familiar. Queremos espacio, queremos ser libres para lo que deseamos ser (ibíd., 27-28).

 

Por esta razón, tanto las personas casadas como las solteras pueden experimentar la soledad, en sus diversas acepciones.

 

Alborch señala que, a lo largo de la Historia occidental, el modelo de mujer soltera ha cambiado, pero en su mayor parte la mujer no casada ha sido una figura negativa. Es una persona que no encaja en ninguna categoría social (como demuestra el término despectivo «solterona»): «La soltera es el antimodelo de la mujer ideal» (ibíd., 48). Sin embargo, no tiene en cuenta a las santas como mujeres solteras que actuaban de modo solitario. Por ejemplo, la conocida poeta y novelista Ana Rossetti (1950-) compartió la importancia que tuvieron para ella las historias de las santas cuando las leía de niña. Estas mujeres valientes y activas llenaban su imaginación de posibilidades que no estaban a su alcance en ningún otro aspecto de su vida en el pequeño pueblo rural andaluz donde creció durante la dictadura franquista. Asimismo, Carmen Martín Gaite encontró en la prosa de santa Teresa la «oscilante historia de la mujer ante la letra escrita […] aceptación de la soledad, mirada cauta y concreta, búsqueda de interlocutor, pasión incomprendida y desobediencia a los modelos propuestos» (Martín Gaite, 1987b: 49). Sin embargo, no es probable que la mayoría de las niñas españolas que leían historias de santas en la escuela pudieran sobreponerse a su entorno y pensar en las santas mártires como modelos a seguir, como hizo Rossetti[35].

 

En el capítulo de Alborch titulado «Solas y solos: una nueva categoría social», pasa de los aspectos históricos a los jurídicos y sociológicos de la actualidad en la que conceptos «como autonomía, independencia, identidad, individualidad o emancipación se relacionan estrechamente con las mujeres solas, aunque no exclusivamente con ellas». Señala que, aunque el estado civil ha cambiado, persiste un problema terminológico. El término angloamericano single tiene un significado más amplio que «soltera» en español, y no existe una traducción precisa para aquel al castellano. Así, prefiere «mujeres individuales» o «mujeres singulares», porque estos términos no indican el estado civil de una mujer (Alborch, op. cit., 90, 91 y 92).



 

 

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Observa que la mayoría de las mujeres españolas no son como la tía Tula, el personaje en la novela homónima escrita por Miguel de Unamuno, quien defiende ferozmente su estado de soltera (no casada):

 

[…]  ni tampoco todas buscan persistentemente la libertad entendida como ausencia o rechazo a cualquier tipo de compromiso. Hay mujeres que viven inmersas en la renovación cultural y son partícipes de un fenómeno social que rompe esquemas. Mujeres que sin «glorificar» su estado demuestran que vivir sin pareja es una alternativa legítima y positiva que, por otro lado, no necesariamente ha de ser definitiva (ibíd., 92).

 

Carmen Alborch divide a las mujeres solteras en diferentes subcategorías: voluntarias temporales solas, involuntarias temporales solas, voluntarias estables solas, involuntarias estables solas. Aunque estas clasificaciones puedan parecer más bien pseudocientíficas, en un sentido importante enfatizan la voluntad de la mujer; incluso cuando el estado de soltería no es voluntario, dota a la mujer de voluntad o capacidad de acción, en lugar de desamparo. Para Alborch, y este es el tema central del libro, «la soledad es necesaria a la hora de construir un mundo interior rico e intenso y para mantener desde el propio equilibrio las relaciones interpersonales» (ibíd., 95, 96 y 97). Este concepto se hace eco de la noción de «personalidad» que Concepción Arenal, Carmen Laforet y otras elaboraron (véase cap. 2). Además, su noción de las relaciones entre los sexos resuena con la intersubjetividad sexual que planteaba Rosa Chacel. Por ejemplo, Alborch afirma que

 

en las mujeres habría que fomentar su independencia y en los hombres, su capacidad para asumir una interdependencia madura y equilibrada, sin anhelos de fusión permanente porque somos completos, sino más bien con la firme voluntad común de alcanzar la mayor plenitud posible (ibíd., 104).

 

Al desarrollar su teoría de las relaciones interpersonales, no menciona la noción similar de Chacel. Quizá no la conocía.

 

Por desgracia, las escritoras de la época republicana y las que se exiliaron tras la Guerra Civil siguen siendo poco conocidas para las feministas españolas contemporáneas, quienes a menudo recurren a pensadoras feministas extranjeras como Virginia Woolf, Simone de Beauvoir, Betty Friedan y Luce Irigaray, entre un largo etcétera[36].

 

Al igual que Martín Gaite en Desde la ventana, Alborch postula una diferencia fundamental entre hombres y mujeres a la hora de elegir una vida solitaria. Refiriéndose a los varones que no se casan, observa que a los hombres se les considera inherentemente responsables y pertenecientes a la



 

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esfera pública, por lo que pueden elegir deliberadamente la soledad, acto considerado un noble sacrificio para poder cumplir su vocación creadora (ibíd., 107). De nuevo recurre a Rousseau y al contrato social:

 

[…]   aun siendo conscientes de que el poder no se cede o se comparte sin resistencias, y de las nuevas argucias o estrategias que pueden inventar quienes lo detentan, a las mujeres nos gustaría poder hablar con posibilidades de éxito y verosimilitud de un nuevo contrato social entre hombres y mujeres que llevara a compartir los derechos y las responsabilidades en las esferas públicas y privadas, a sabiendas también de las dificultades que un pacto así puede tener cuando una de las partes ocupa todavía posiciones de subordinación, lo que la lleva a rechazar y denunciar constantemente todo lo que sea un impedimento para la igualdad (ibíd., 110).

 

El libro de Carmen Alborch fue excepcionalmente popular en España y en otros países. Se ha traducido a otros idiomas y se han vendido miles de ejemplares. Iker González-Allende atribuye el éxito del libro a la originalidad y novedad del tema:

 

Por primera vez se dedicaba en España una monografía a analizar la soledad femenina, llegando a reivindicarla desde postulados feministas. De esta manera, numerosas mujeres y también algunos hombres vieron en la obra una representación de los cambios de los modelos de género en la sociedad contemporánea (González-Allende, 2009: 745).

 

Como hemos visto, lo social casi siempre triunfa sobre lo individual en el pensamiento feminista español, quizá porque la cultura española enfatiza más lo relacional que las culturas anglosajonas, que exaltarían el ideal individualista protestante. Recordemos la importante diferencia entre «La soledad del yo» de Elizabeth Cady Stanton, que defiende la igualdad de hombres y mujeres en los momentos más difíciles de la vida, especialmente cuando se acerca la muerte, posiblemente porque la soledad es inherente a la sociedad anglosajona. Esta soledad no ha sido un tema tan constante en la teoría feminista angloamericana como lo ha sido en el pensamiento feminista español. Las mujeres españolas han tenido que luchar por un concepto de soledad que no es aceptado como natural en su sociedad, especialmente para ellas. Así, las pensadoras feministas españolas se han inspirado en homólogos angloamericanos como John Stuart Mill, Virginia Woolf y Betty Friedan, entre muchos otros. Una vez concebida la idea básica de soledad, la han adaptado a sus propios valores y circunstancias, que siempre incluyen una dimensión social o relacional. Como se ha señalado, cuando Emilia Pardo Bazán defendía a la mujer como individuo, recurría a categorías de clase social. Rosa Chacel concebía a la mujer como individuo en su relación con un hombre. Carmen Laforet solo buscaba la soledad cuando estaba íntimamente



 

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relacionada con una familia numerosa. Carmen Martín Gaite definió la soledad como un arma de doble filo para la mujer y Carmen Alborch afirmó que vivir sola no es lo mismo que ser una persona solitaria.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 2

 

Personalidad

 

 

 

 

 

La soledad y la personalidad están íntimamente ligadas. Sin soledad resulta casi imposible que se pueda formar la personalidad. Dados los retos a los que se enfrentaban las mujeres españolas para disfrutar de una soledad propia, también se encontraban igualmente condicionadas a la hora de forjar una verdadera personalidad individual. La vigesimosegunda edición del Diccionario de la lengua española indica que la palabra «personalidad» deriva de «personal» y ofrece las siguientes definiciones del término:

 

Diferencia individual que constituye a cada persona y la distingue de otra. // 2. Conjunto de características o cualidades originales que destacan en algunas personas. Andrés, un escritor con personalidad. // 3. Persona de relieve, que destaca en una actividad o en un ambiente social. Al acto asistieron el gobernador y otras personalidades. // 4. Inclinación o aversión que se tiene a una persona, con preferencia o exclusión de las demás. // 5. Dicho o escrito que se contrae a determinadas personas, en ofensa o perjuicio de las mismas[37].

 

Tal como puede observarse, «personal» se define como: «Perteneciente o relativo a la persona. // 2. Propio o particular de ella». Por consiguiente, de una forma u otra, estas definiciones enfatizan a la persona o su personalidad como se observa desde fuera. Sobre todo, apuntan a lo diferente, distintivo y original como cualidades que componen una personalidad vista desde la perspectiva de otra persona. En este sentido, las escritoras españolas que han teorizado sobre la persona o personalidad emplean este aspecto del concepto de personalidad para elaborar teorías de la mujer que le dan más oportunidad de ser una persona distinta del hombre, que ha sido tradicionalmente el ser humano diferenciado y original. Sin embargo, la mayoría de las pensadoras que se abordan en este capítulo van más allá de las meras diferencias individuales para entender la personalidad como un conjunto de interacciones complejas entre el yo interior y el exterior de la persona. Por ello, la forma en que la pensadora decimonónica Concepción Arenal emplea este término se acerca a la definición de la Real Academia; es decir, diferencias individuales que distinguen a una persona de otra. Por otro lado, en escritoras del siglo XX como María Zambrano y Carmen Martín Gaite, el término «personalidad»



 

 

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tiene un significado más complejo. Así, en obras relevantes de estas autoras, el conjunto de características que menciona el Diccionario de la lengua se entiende como una manifestación externa de un rasgo interno o como una falta de correspondencia entre el interior y lo externo.

 

Concepción Arenal, la primera feminista española en cuya obra hemos encontrado el concepto de «personalidad», emplea el término en el primer sentido que aparece en el Diccionario de la lengua de 2001 —características que marcan la diferencia individual—, aunque en su análisis del concepto, la personalidad no viene dada ni es natural, a diferencia de la definición que se sugiere en la Real Academia.

 

Sin embargo, muchos diarios de mujeres publicados en las décadas anteriores a la influyente obra La mujer del porvenir de Arenal (escrita en 1861 y publicada en 1869) incluían el término «vergel» en su título. Según Christine Arkinstall, quien ha realizado una investigación exhaustiva sobre estas revistas en «A Feminist Press Gains Ground in Spain, 1822-1866»:

 

El concepto de tierra cultivada encapsulada en la palabra vergel, un jardín o huerto, también connota, sin embargo, un espacio más abierto de diversidad exuberante. Superando los límites de un jardín delicioso, o pensil, tal como se refleja en el título de los llamados Pensiles publicados entre 1845 y 1859, vergel desafía un entorno excesivamente ordenado para situarse a caballo entre la domesticación y el desierto. La posición liminal caracteriza la escritura de sus contribuyentes femeninas, quienes expresan sus demandas de emancipación a través de imágenes de la naturaleza… (2018a: 113).

 

De esta manera, se le preparó el terreno a Concepción Arenal para su idea de que la mujer es capaz de lograr una personalidad independiente y única, concepto que desarrollaría a lo largo de sus escritos.

 

Curiosamente, Arenal no emplea el término «personalidad» en su primer libro sobre mujeres La mujer del porvenir, y la palabra solo aparece una vez en su siguiente obra, La mujer de su casa (1881). Tal y como se pregunta en «El trabajo de las mujeres»:

 

¿Quién no se persuade de lo mucho que retrae de prestar auxilio directo ni indirecto a toda reforma ventajosa para la mujer, la sospecha, vaga unas veces, otras determinada, de que peligra la virtud de toda la que aspire a tener personalidad, y que, sin estar bajo la tutela del marido, sin ser eternamente menor, no puede hacer buena casada? (Arenal, 1974: 61).

 

Sin embargo, una década más tarde, en «La educación de la mujer», en el discurso que Arenal envió al Congreso Pedagógico de 1892, el concepto de personalidad se vuelve central en su noción de mujer. En ese discurso, Arenal defiende que la personalidad se adquiere y que se puede conseguir con el



 

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esfuerzo y, sobre todo, a través de la educación. Así, ella parte de la premisa de que «la educación procura formar el carácter, hacer del sujeto una persona con cualidades esenciales generales, de que no podrá prescindir nunca y necesitará siempre si ha de ser como debe». De la misma manera, Arenal recalca que la educación puede fortalecer «al que falta carácter, personalidad, aquello que es esencial para todo hombre».

 

Concepción Arenal cree que las mujeres deberían recibir una mayor educación que los hombres, ya que estas se enfrentan a más amenazas sociales que ellos, como por ejemplo la frivolidad, la esclavitud y la prostitución; y por ese motivo sostiene que

 

necesita mucha virtud […] fuerza, mucho carácter, mucha personalidad. La mujer, para ser persona, ha menester hoy y probablemente siempre (porque hay condiciones naturales que no pueden cambiarse), para tener personalidad… necesita ser más persona que el hombre […] (Arenal, 1974: 63; en cursiva en el original).

 

Aquí por tanto Arenal emplea la palabra «persona» de manera similar a como lo hará María Zambrano en el siglo XX.

 

Arenal defiende que la educación puede formar el carácter, puede convertir a un hombre o a una mujer en una persona que

 

no tiene sexo; es el cumplimiento del deber, sea el que quiera; la reclamación de un derecho sea el que fuere; la dignidad, que puede tenerse en todas las situaciones; la benevolencia, que si está en el ánimo, halla siempre medio de manifestarse de algún modo (ibíd., 197-198).

 

Para Arenal, «una personalidad sólida» (ibíd., 65) es la mejor forma de salir del círculo eterno en el que las mujeres no son respetadas porque no son respetables, y en el que a ellas no se las considera respetables porque no se las respeta. Tener personalidad es la base de todas las buenas acciones de las mujeres: «la buena esposa y la buena madre es una ilusión si se prescinde de la buena persona, y la buena persona es ilusoria si se prescinde de la personalidad» (ibíd., 66; en cursiva en el original). En su opinión, si la mujer se limita solo a ser esposa y madre:

 

[…]  equivale a decirle que por sí no puede ser nada, y aniquilar en ella su yo moral e intelectual, preparándola con absurdos deprimentes a la gran lucha de la vida, lucha que no suprimen, antes la hacen más terrible los mismos que la privan de fuerzas para sostenerla: cualquiera habrá notado que los que menos consideran a las mujeres son los que más se oponen a que se las ponga en condiciones de ser personas, y es natural (ibíd., 67).



 

 

 

 

 

 

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Según Arenal, una mujer debe afirmar su personalidad totalmente al margen de su estado civil, sea soltera, casada o viuda. Sus deberes, sus derechos y su dignidad no dependen de nadie más. Por lo tanto, tener personalidad será condición previa para que una mujer sea buena esposa y madre. Es más, solo la mujer con carácter, con personalidad, puede ser útil a la sociedad como madre y esposa o como mujer soltera haciendo obras de caridad. Para Arenal, la persona es alguien que trabaja; no se puede ser persona si no se trabaja. Consecuentemente, ella afirma que quien come y no trabaja se convierte en una cosa y no en una persona[38].

 

En este sentido, María Laffitte, condesa de Campo Alange (1902-1986), establece un interesante contraste entre el concepto de persona de Concepción Arenal y el de José Ortega y Gasset. Al referirse al amor, Ortega afirmaba que el alma de la mujer era más concéntrica, más unida a sí misma, más elástica[39]. Laffitte cita a Ortega: «Un alma muy unificada supone un régimen muy unitario del entender. Diríase que el alma femenina tiende a vivir con un único eje atencional que en cada época de su vida está puesto en una sola cosa» (Campo Alange, 1948: 119). Así, María Laffitte señala que mientras Arenal y Ortega parecen referirse a la misma visión limitada en las mujeres, de hecho, la declaración de Ortega indica que él cree que es una cualidad fija de las mujeres como género, mientras que Arenal lo atribuye a un rol que se les otorga de manera social a las mujeres y a la educación que reciben.

 

No obstante, tal y como se ha señalado anteriormente, aunque Arenal enfatiza algunas características que están asociadas con cómo se percibe a la persona de manera externa, una parte de su discurso de 1892 apunta hacia una dimensión interna, que también enfatizarán posteriormente las pensadoras feministas españolas del siglo XX. De hecho, en un interesante uso del lenguaje, Arenal transforma el concepto de «persona» en un estado de conciencia cuando afirma en La emancipación de la mujer en España que:

 

La persona es una actividad consciente y útil; todo lo demás son cosas que, según las circunstancias, podrán ser más o menos perjudiciales, pero que lo son siempre para sí y para los demás, porque en el combate de la vida no hay neutralidad posible; hay que decidirse por el bien o por el mal (Arenal, 1974: 69).

 

La distinción entre «actividad consciente» y «cosa» recuerda a la fenomenología y al existencialismo, que influyeron en el pensamiento de María Zambrano, pero lamentablemente Arenal murió al año siguiente y por lo tanto no tuvo oportunidad de desarrollar esta sugerente línea de razonamiento. Por ende, las opiniones sobre la naturaleza esencial y fija de las



 

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mujeres persistieron hasta bien entrado el nuevo siglo. Tal como señala Miquel d’Espluges en La paz interior en la vida cristiana de la mujer, «hay en la mujer algo permanente, fijo, invariable: y esta es la necesidad de amar» (véase Monserdà de Macià, 1909: 25).

 

En otro presagio del sentido existencial de «personalidad» de Zambrano, la librepensadora y masona Rosario de Acuña (1851-1924) empleó el término «personalidad» de manera similar al uso de Arenal, es decir, como un yo completo y autónomo[40]. En un artículo de 1883 sobre el trabajo de la mujer del campo, Acuña relaciona la personalidad con el trabajo satisfactorio. Tal y como sucede en el existencialismo, el sentido del yo surge en contraposición al otro. En concordancia, en Obras reunidas, III, se recalca cómo

 

desde el instante en que se rodean seres que esperan algo de ti, mujer, ya tienes en tu frente una corona regia, y en tus manos un cetro omnipotente; ya no puedes, no, en manera alguna ser escarnecida como inútil, ni presentada como fútil joya, y tu personalidad altísima, conceptuada como la parte media del género humano, es una personalidad tan imprescindible, tan necesaria en el concurso racional que, sin ti fuera la tierra un desierto y no sería el hombre un rey (Acuña, 2008: 698).

 

En su discurso «Consecuencias de la degeneración femenina» de 1888, Acuña inicia sus intervenciones con el acostumbrado agradecimiento a quienes la han invitado a hablar permitiéndole así

 

levantar [su] personalidad, ¡solitaria arista que los vientos sociales empujan al vacío del no ser!, hasta una altura de prestigio en que, a través de las rutinas que intentan denigrarme, veo surgir un auditorio en cuya inteligencia hallan eco mis palabras; y en cuyo corazón, no encallecido por la ruin vanidad, repercute con vibraciones de ternura el ritmo de mi corazón (ibíd., 506).

 

Señala, además, que ante este grupo todo su ser se renueva como si el alma de su público emitiera una energía que se fusionara con la suya propia, obligándola a luchar no por sí misma sino por todas ellas, ya que ella poseía la capacidad de transmitir lo que estaban pensando. El estilo de Acuña, a menudo florido, se eleva aún más al considerar cómo su personalidad se realza al estar delante del grupo de mujeres en el Fomento de Artes. Y así, esta autora les recuerda:

 

Medid por todo lo expuesto cuán profunda será mi gratitud, al sentirme subir desde la realidad de mi pequeñez hasta la altura de vuestra valía; desde el ciclo estéril y hueco donde rueda mi personalidad, hasta la órbita luminosa y fecunda donde giran las huestes civilizadoras; desde el fondo de un hogar desconocido, hasta el santuario donde se escriben con letras inmortales el nombre de los genios (ibíd., 507).



 

 

 

 

 

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En un cambio de posición sobre la permanencia de las mujeres en el hogar, que ya había expresado seis años antes, en 1882, y haciéndose eco de la preocupación de Arenal por el confinamiento de las mujeres en La mujer de su casa, Rosario de Acuña señalará, en un discurso de 1888 a la logia masónica de mujeres «Hijas del Progreso», que la personalidad es algo que se puede perder cuando la mujer casada se limita al ámbito doméstico. El hogar, afirma, se convierte en una tumba. Es un templo sagrado que debería ser un monumento a su grandeza, pero en cambio es un ataúd donde la personalidad de la mujer se deshace y donde se destruye el último vigor de su inteligencia, y si la violencia de su indignación permite que el odio penetre en ella, la arrastra a dedicarse a una vocación más desesperada vendiendo su cuerpo y atrayendo el desprecio de la gente decente. Anticipando nuevamente el concepto de «persona» de María Zambrano, Acuña evoca el yo completo y autónomo de la mujer con el mismo término:

 

¿Qué razón sana, qué imaginación convenientemente cultivada, qué inteligencia libre de prejuicios impuestos hará caso de ese vulgar, ignorante concepto que se arroja como arma de aniquilada contundencia cuando se está defendiendo la alteza del intelecto femenino, exponiendo al manifiesto aquel nuevo mundo donde la mujer está reconocida como persona? (Acuña, 1889: 507).

 

Al igual que hiciera Concepción Arenal, Acuña se basa en conceptos y vocabulario krausistas —especialmente la noción de la perfecta capacidad del ser humano— para forjar sus argumentos:

 

El eterno femenino, en su misión de sintetizar la vida, cuando acciona en el mundo intelectual, tampoco inicia la creación, sino que condensa, recoge, acumula, conforma, reúne, armoniza y abarca, hasta dejar un todo cumplido, capaz de transmitir con su riqueza de cohesiones los rasgos de la perfectibilidad (ibíd.).

 

A este respecto, Monserdà de Macià considera la pérdida de personalidad de la mujer desde un punto de vista histórico, atribuyendo al cristianismo el mérito de dotar de personalidad a la mujer. En Estudi Feminista: Orientacions per a la Dòna Catalana, la autora destaca el largo camino recorrido por las mujeres desde la era precristiana, cuando eran consideradas un mero instrumento de placer, hasta los tiempos cristianos, cuando

 

Jesús la recoge abatida, postergada, anulada, solo atendida por los hombres de aquella época como mero instrumento de placer y él la alza, la dignifica, y le devuelve la personalidad perdida y le entrega al cristianismo para que contribuya ella su obra de redención (Monserdà de Macià, 1909: 63).



 

 

 

 

 

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Por otro lado, la feminista y librepensadora española Belén de Sárraga (1873-1951) adoptará un enfoque mucho más secular al vincular la noción existencial de personalidad que hemos visto en Arenal y, en cierta medida, en Acuña con una dimensión legal:

 

El hombre hoy día tiene una personalidad jurídica, que no ha alcanzado la mujer; el hombre manda, la mujer ruega; el hombre se impone; la mujer suplica; el hombre castiga, la mujer llora; pero cuando la mujer que llora es madre y esposa la que ruega, la debilidad de la mujer ha vencido: el hombre más autoritario se abate… Esa influencia es absolutamente imposible de cambiarla y hay que aceptarla, buena o mala (Sárraga, 1913: 23).

 

Como hará María Martínez Sierra en sus Nuevas cartas a las mujeres de España de 1932, Sárraga habla de la personalidad plena en términos de ciudadanía cuando afirma:

 

Pero no es, señores, que la mujer sea de constitución inferior a la del hombre; no es que la Naturaleza no le haya dado dotes grandes, de valía a la mujer: es que la mujer tal como hoy existe, no es tipo natural de esposa, ¡es que la mujer es un tipo humano y enfermo por el misticismo religioso, de exceso de sentimentalismo, enfermo de hipertrofia natural!… Curemos a la enferma y tendremos entonces la ciudadana (ibíd., 24).

 

Sárraga, sin embargo, no está defendiendo a la mujer como un individuo tal y como había hecho Emilia Pardo Bazán o incluso Concepción Arenal, cuyo sentido del yo femenino generalmente se formaba en relación con los demás. Sárraga va mucho más allá al concebir el yo de la mujer como parte de un todo social, y así, se pregunta: «¿Por qué no han nacido el hombre y la mujer para entenderse, para juntarse, formar el individuo social, que crea el hogar y que, dando hijos al mundo, da hijos para la patria y grandes triunfos a la mujer?» (ibíd., 25). Presagiando las ideas de María Zambrano sobre la mujer y el alma, Sárraga citará el ejemplo del famoso concilio cristiano que debatió sobre si la mujer tenía alma o bien si carecía de ella.

 

En la década de 1920, cuando las feministas españolas comenzaron a organizarse eficazmente en grupos como ANME (Asociación Nacional de Mujeres Españolas) y cuando vieron algunos de sus objetivos alcanzados bajo la II República Española (1931-1939), tales como la igualdad ante la ley, el sufragio y el divorcio, Hildegart Rodríguez (1914-1933), feminista precoz, emplea el término «personalidad» al escribir sobre la relación con su madre, Aurora Rodríguez Carballeira. El caso de Hildegart fue una situación especial, ya que su lucha por lograr una personalidad no tuvo lugar en un entorno patriarcal, sino en circunstancias matriarcales. Su madre había decidido tener una niña como madre soltera y criarla de una manera

 

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totalmente científica para producir una nueva mujer intelectual, pensante y escritora que estaría preparada para reformar la sociedad de acuerdo con los principios eugenésicos de su progenitora. Todo resultó tal y como su madre había planeado. Desde temprana edad, Hildegart escribió libros y dio conferencias sobre eugenesia, sexo y amor. Incluso participó en la política española. Sin embargo, la madre de Hildegart no permitió su independencia, ya que siempre consideró a su hija como una extensión de sí misma. A pesar de la resistencia materna, a los dieciocho años Hildegart intentó liberarse de su madre y comenzó a escribir sobre temas que le interesaban a ella personalmente; incluso llegó a enamorarse y deseó vivir separada de su madre. Lamentablemente, la madre no pudo aceptar la rebelión de su hija y acabó asesinándola. En este contexto, el uso que hace Hildegart de la palabra «personalidad» en algunos de sus escritos nos recuerda a las circunstancias de su vida:

 

La madre, que es capaz de todos los sacrificios para beneficiar al ser querido, no puede apartarse de este. Ya no basta para ser madre con la acción de la naturaleza, hace falta ser muy culta, mucho más que una mujer corriente, porque aquella cultura habrá de polarizarse en el nuevo ser […] [el matrimonio] herido de muerte por la institución del divorcio no puede ofrecer ya, ninguna posibilidad […] hoy no existe más que la apariencia, como un bello fantasma, pero privado de personalidad (cfr. Domingo, 2008: 84)[41].

 

Parece que Hildegart, al igual que Concepción Arenal, entendía el concepto de personalidad como una fuerza en sí mima. Asimismo, Hildegart también introdujo la noción de «máscara» («hermoso fantasma»), que ella distingue de una personalidad supuestamente más auténtica. Como veremos en las próximas páginas, Carmen Martín Gaite fusionará los conceptos de máscara y de personalidad que Hildegart opone en una dicotomía que sugiere la oposición interior/exterior desarrollada por pensadoras posteriores como Rosa Chacel y María Zambrano.

 

Desde sus primeros escritos feministas, la teoría de la personalidad de María Martínez Sierra resaltaba el interior de la persona. Es importante recordar que esta autora apreciaba la soledad en la que la persona podía encontrarse a sí misma, sobre todo en el caso de las mujeres. En Nuevas cartas a las mujeres de España, Martínez Sierra desarrolla con mayor plenitud estas ideas en un capítulo titulado «Nunca la libertad ha destruido una virtud», escrito con un tono utópico. La nueva organización familiar que ella imagina se basaría en la absoluta independencia, en la individualidad y en el respeto por la personalidad. En este nuevo contexto en el que unas personas no dominarían a las otras, se pregunta qué será del amor y de la virtud. Estos



 

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conceptos son indestructibles: de ahí que el título afirme que la libertad nunca ha destruido una virtud. La segunda mitad del artículo desarrolla cómo esta independencia y esta personalidad plena permitirán, a las mujeres cuyos maridos han dejado de quererlas, redirigir sus vidas, abandonar a sus maridos y atreverse a vivir solas (de hecho, esa era exactamente la situación personal de Martínez Sierra). Ninguna mujer, señala, debería tener que soportar vivir con la infidelidad. Si la mujer elige vivir separada de su marido, tendrá una relación aún mejor con los hijos que vivan con ella. En la sociedad utópica de Martínez Sierra, los hijos adolescentes irían a vivir a comunidades donde estarían libres del «gregario egoísmo familiar», y estarían preparados «mediante la inevitable lucha entre iguales, a alcanzar el supremo triunfo individualista, la afirmación, el perfeccionamiento, el desenvolvimiento pleno de su personalidad» (Martínez Sierra, 1932: 130).

 

Rosa Chacel fue la primera escritora feminista española que elaboró plenamente la idea de la interacción entre el interior y el exterior de la persona que sugería Concepción Arenal en uno de sus últimos escritos y que también insinuaba Hildegart en la década de 1920. A principios de la década de 1930, Chacel introdujo en el pensamiento feminista español el concepto de un ser interior y un ser exterior diferenciables. En esta dicotomía, Chacel privilegia el ser interior como el más importante de los dos. Esta división del yo será importante en el pensamiento feminista español durante lo que queda del siglo XX a la hora de definir la personalidad. En su primer ensayo feminista, «Esquema de los problemas prácticos y actuales del amor», de 1931, Chacel teoriza que el cambio social se origina en el interior de la persona. Chacel contradice la afirmación de Carl Jung según la cual los acontecimientos políticos —guerras y revoluciones— de las primeras décadas del siglo XX provocaron cambios y tensiones entre hombres y mujeres, argumentando todo lo contrario. Según ella, primero ocurre un cambio interno y este cambio interno luego da lugar a cambios sociales:

 

No es que la acomodación a un medio con su gradual proceso de conquista vaya creando un reducto anímico resultante de determinada combinación de sensaciones y resistencias, labor primaria, elemental en lo psíquico, sino al contrario, que el alma saturada de su medio, tranquilamente vencedora de todas las hostilidades naturales, anula en sí toda vida de relación tradicional y se queda frente a frente con su soledad. El conflicto se crea de esta autocontemplación (Chacel, 1931: 157).

 

En este contexto, Chacel propone la idea de la individualidad de la mujer (un concepto relacionado con la personalidad), la cual surgirá posteriormente en otras pensadoras feministas tras la Guerra Civil. Ella deja claro que «una de



 

 

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las cosas que con mayor evidencia pueden demostrarnos la adhesión de la mujer al mundo espiritual, a la cultura, es precisamente su primera manifestación de rebeldía a ella» (ibíd., 140). En otras palabras, la mujer rebelde se distancia de la cultura que la rodea. Como se señalaba en el primer capítulo, Chacel se opuso a Georg Simmel, quien negaba a las mujeres un espíritu individual y empleaba el concepto de Max Scheler de un «individuo absoluto» para formular su propia idea de la identidad de un ser (hombre o mujer). En su argumentación, Chacel no distingue entre hombres y mujeres en la formación del ser, y emplea el término «hombre» como «ser humano», como era costumbre en los ensayos filosóficos hasta hace poco.

 

Quince años después, en 1946, María Zambrano se hace eco de algunas de las ideas de Chacel en la reseña que hace de Grandeza y servidumbre de la mujer de Gustavo Pittaluga y en Persona y democracia, escrita en 1956. En ellas, Zambrano desarrolla su concepto de «persona», que —si bien no es un concepto feminista— se puede vincular a su pensamiento feminista. Por ejemplo, uno de los puntos centrales de Persona y democracia es la distinción entre individuo y persona, distinción que ya estaba presente de forma esquemática en la reseña de 1946, donde Zambrano sí hace una referencia específica a las mujeres:

 

Y es que hay un problema pavoroso que el autor [Gustavo Pittaluga] ha soslayado: ¿puede la mujer ser «individuo» en la medida en que lo es el hombre? ¿Puede tener una vocación además de la vocación genérica sin contradecirla? ¿Puede una mujer, en suma, realizar la suprema y sagrada vocación de la Mujer siendo además una mujer atraída por una vocación determinada? ¿Puede unir en su ser la vocación de la Mujer con una de esas vocaciones que han absorbido y hecho la grandeza de algunos hombres: Filosofía, Poesía, Ciencia, es decir, puede crear la Mujer sin dejar de serlo? (Zambrano, 2007b: 202-203).

 

En este sentido, Juan Fernando Ortega Muñoz observa que, a finales de la década de 1940, Zambrano había dejado de escribir ensayos específicamente sobre mujeres y había comenzado a escribir sobre personas (Zambrano, 2007b: 57). Quizás llegase a esta posición gracias a que Gustavo Pittaluga en Grandeza y servidumbre de la mujer (1946) sugiriera que la sociedad estaba cada vez más cerca de eliminar las distinciones de género.

Lo cierto es que, aunque no emplea el término «personalidad», el concepto de persona de Zambrano coincide en muchos sentidos con lo que otros autores denominan «personalidad», en el sentido social de una entidad individual separada de otras por características marcadamente distintivas —la Real Academia nos recuerda la conexión etimológica entre «persona» y «personalidad». De hecho, es posible que el concepto de persona que define



 

 

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María Zambrano en Persona y democracia estuviera influenciado por los existencialistas franceses con los que ella entró en contacto a mediados de la década de 1940 cuando vivió en París (hay un apartado sobre la noción de la nada de Sartre en El hombre y lo divino de 1955)[42]. Sin embargo, mucho antes de haber leído El ser y la nada de Sartre, Zambrano había entrado ya en contacto con las ideas de Miguel de Unamuno sobre la personalidad. Unamuno, al ser él mismo un exiliado de la dictadura de Miguel Primo de Rivera en la década de 1920, era una referencia extremadamente importante para los exiliados de la Guerra Civil española.

Teniendo en cuenta que Unamuno también pudo ser fuente de inspiración para Carmen Martín Gaite en sus ensayos sobre la personalidad en los años sesenta, nos detendremos brevemente para esbozar lo que este intelectual pensaba sobre el tema, aunque sin ninguna pretensión feminista. Tal y como indica Antonio Sánchez Barbudo, para Unamuno «el problema de la personalidad lo provocaba el contraste entre lo íntimo y lo externo de la persona, de su persona» (Sánchez Barbudo, 1968: 175). El «problema» de la personalidad para Unamuno estaba directamente relacionado con su deseo de seguir existiendo después de la muerte física. Él explica este deseo en los comentarios que hizo en 1932 en el debut de su obra teatral El otro. En sus propias palabras, «el otro me ha brotado de la obsesión, mejor que preocupación, por el misterio —no problema— de la personalidad; del sentimiento congojoso de nuestra identidad y continuidad individual y personal» (ibíd., 176). En este sentido, pensadoras como María Zambrano y Carmen Martín Gaite entienden la personalidad como «identidad individual y personal», pero sin la angustia de Unamuno ni el deseo de una continuación de la vida después de la muerte. Su principal objetivo era el de asegurar un lugar digno para las mujeres en esta vida, por lo que el más allá era un yo profundo y permanente, que es el más auténtico, y hay otro yo más superficial, que va cambiando. Este último sentido del yo surge cuando

 

los diversos conceptos que de cada uno de nosotros se forjan los prójimos que nos tratan vienen a caer sobre nuestro espíritu y acaban por envolverlo en una especie de caparazón […]. Antes de hacer o decir algo reflexiona si es lo que de él esperaban los demás, para seguir siendo como los demás le creen se hace traición a sí mismo; es insincero (ibíd., 177).

 

De acuerdo con Unamuno, este yo interior no se puede conocer; así, él argumenta que es imposible deshacerse del yo superficial para alcanzar el yo verdadero. En este punto, pensadoras feministas españolas como Rosa Chacel, María Zambrano y Carmen Martín Gaite, si bien parten de la misma



 

 

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dicotomía entre el interior y el exterior, sin embargo no se lamentan ante la necesidad de superar la exterioridad impuesta por otros para descubrir el auténtico yo interior.

 

Es relevante recordar que el concepto de «alteridad» ya había comenzado a aparecer en la obra de Zambrano en 1928 en una serie de artículos para El Liberal donde empleó por primera vez el término «persona», especialmente en relación con las mujeres. De hecho, pensar en la formación de la personalidad de la mujer le proporcionó a Zambrano la articulación de intuiciones existenciales que coincidirían con las elaboradas por Jean-Paul Sartre algunos años más tarde. En estos artículos, Zambrano reflexiona sobre el potencial de la mujer para convertirse en una entidad sociopolítica, ciudadana, que incluye una dimensión interior, en la que «se trata, pues, solo de ser fiel a sí mismo, limpio espejo de la interior realidad» (Zambrano, 1946: 80). Aquí Zambrano prefigura la noción sartreana de mala fe, según la cual la persona niega que es libre de elegir y presenta una visión falsa de sí misma. En este sentido, Zambrano caracteriza a las mujeres como una clase que sistemáticamente ha negado su verdadera naturaleza y ha sucumbido a la mala fe:

 

No es la falta de potencia intelectual, dotes organizadoras, lo que nos inquieta en la mujer, sino resistencia a actuar de modo distinto a cómo lo hizo en su antiguo puesto, con las antiguas armas, que fueron su «grandeza y servidumbre». Es la actitud de la mujer, siempre pronta a naufragar en lo doméstico, a adscribirse a perpetuidad a unos lares con exclusión absoluta; es su ausencia de la vida ciudadana lo que nos preocupa a quienes esperamos con impaciencia la plena «entrada de la mujer en el imperio de la dignidad» (Zambrano, 2007: 89).

 

Aunque en estos primeros artículos Zambrano destaca la desigualdad jurídica de las mujeres en España, no cree que el cambio de las condiciones externas aporte una solución a los problemas de estas. Más bien, la mujer debe tender a «el cultivo y el cuidado de su espíritu» (ibíd., 91-92), idea que reaparecerá de manera más universal en su concepto de persona en 1956.

 

Esta noción de persona ya se vislumbra en los primeros artículos de Zambrano. Como el ser sartreano, la persona se forma en relación con el otro. En los artículos de El Liberal, la personalidad de la mujer surge de la interacción con los hombres. A medida que las mujeres desarrollan sus personalidades individuales, se producen enfrentamientos con los hombres que pueden resolverse compartiendo el ámbito espiritual y cultural: «La mujer camina en su evolución, adquiere personalidad día por día […] lucha y se esfuerza, aborda de frente los problemas, da la cara a la vida» (ibíd., 103). Los hombres resisten este nuevo impulso por parte de las mujeres, y el



 

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consiguiente conflicto «se nos hace de pronto persona» (ibíd.). Por lo tanto, la mujer se convierte en persona al cultivar su interioridad y a través de su interacción con el otro. De hecho, en el momento en que Zambrano escribe Persona y democracia, prima la parte interior —una importante diferencia con Sartre. En Horizonte del liberalismo, publicado dos años después de los artículos de El Liberal, Zambrano medita sobre el significado del individuo, que en Persona y democracia contrastará con el concepto de persona. El contacto entre el interior del ser humano y el exterior (el otro) no se centra en el hombre y la mujer sino en el individuo sin género y su confrontación con la vida, un choque con una dimensión política que forma parte de un trabajo espiritual/cultural:

 

Política es reforma, creación, revolución siempre, por tanto: Lucha —conjunción— entre el individuo y la vida. Y así, del predominio o dirección de uno de estos factores —la vida también reforma al individuo— nacen las diversas concepciones de la política, que no serán solo de la política —nada espiritual existe aislado— sino de la totalidad de la vida (Zambrano, 1996: 204).

 

Aquí Zambrano introduce la noción de conciencia; para ella, la política implica una conciencia histórica, y la Historia es un diálogo dramático entre el ser humano y el universo. Los seres humanos son conscientes de ser algo más que todo lo demás, lo que, como Sartre articularía en profundidad trece años después en El ser y la nada, es el quid del dilema existencial: «En el hecho mismo de su existencia ya tiene la duda, el problema, el poder ser y, por tanto, no ser» (Zambrano, 1996: 231). Es importante recordar que Zambrano llegó a estas posiciones acerca de la personalidad a mitad de su carrera gracias a su pensamiento anterior sobre la individualidad de las mujeres, que luego se universalizaría.

 

La noción de individuo de Zambrano incluye la libertad, anticipando el concepto central de Sartre del ser humano como necesariamente libre. La autora postula que para avanzar hay que tener fe, lo cual crea una «zona segura», una «tierra firme» que a su vez permite al individuo elegir, «tener libertad en suma» (ibíd., 233). Como teorizaría Sartre en El ser y la nada, Zambrano plantea la libertad de una persona siempre ligada a la de la otra:

 

Y así vemos que en la raíz misma del problema de la libertad —que es el del individuo y el mundo— encontramos la contradicción, la paradoja […] es que existen conceptos que se suponen unos a otros, y sin uno el otro no tiene sentido. (¿Y quizá no todos?) Tal vez ocurra del mismo modo con toda la vida humana —siempre en equilibrio inestable— y nada tendría sentido en su soledad, sino en conjunción — armonía— de contrarios (ibíd., 233-234).



 

 

 

 

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Zambrano critica al individuo absoluto por negar su conexión con los demás (tanto con hombres como con mujeres); así, ella cree que, en última instancia, es imposible existir aisladamente: «Tampoco el individuo, por fuerte que sea, puede existir aislado: necesita para tener sentido sentirse vinculado a algo, referirse a algo, llevar a alguien tras de sí. Es una figura —no un punto— pero incompleta en su actualidad» (ibíd., 253).

 

El concepto de persona de Zambrano alcanzó su máxima expresión en Persona y democracia después del largo periodo de gestación que comenzó con los artículos de El Liberal de 1928 sobre la condición de la mujer. La versión madura del concepto «persona», que trasciende el género y se refiere al ser humano como un universal, constituye una compleja dialéctica entre el individuo —lo interior— y la sociedad —el otro, lo exterior—, aunque al final es la parte interior la que prevalece. Tal y como se explica, «el lugar del “individuo” es la sociedad (individuo y sociedad aparecen simultáneamente), pero el lugar de la persona es un íntimo espacio […]. Solo lo es eso desconocido y sin nombre, que es soledad y libertad» (Zambrano, 1988b:

 

124). La condición esencial del ser humano es sentirse atrapado. Por ello:

 

Solemos tener la imagen inmediata de nuestra persona como una fortaleza en cuyo interior estamos encerrados, nos sentimos ser en sí mismo […] incomunicable, hermético, del que a veces querríamos escapar o abrir a alguien al amigo, a la persona a quien se ama, o a la comunidad. La persona vive en soledad y, por lo mismo, a mayor intensidad de vida personal (ibíd., 17).

 

Si bien Zambrano afirma que el interior de la persona puede conectarse con el otro, el proceso comienza y termina siempre en el interior. Es decir, el interior de la persona busca el exterior, busca salir de sí mismo para relacionarse con el otro, con la sociedad[43].

 

Sin emplear los términos específicos de Sartre, Zambrano intenta unificar el en soi como un interior amorfo y el pour soi como uno socialmente interactivo. Si la mirada del otro, como argumenta Sartre, determina la manera como el yo se ve a sí mismo, lo contrario también es cierto. Y así se pregunta:

 

La cuestión es que frente a cualquier sujeto de la acción habría que preguntarse, ¿quién es? ¿Es una persona real, con su sustancia propia, o es solamente el personaje inventado, máscara de un delirio? Si es este último estamos tratando entonces con alguien que es otro; otro no ya para mí, o para los demás, sino para sí mismo. Su verdadera persona está sojuzgada, yace víctima del personaje que lo sustituye (ibíd., 79; en cursiva en el original).



 

 

 

 

 

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Por lo tanto, la mala fe funciona en ambos sentidos. Es decir: la historia crea personajes y deforma a la persona.

 

Como ya hiciera en su ensayo sobre Unamuno y Ortega de 1949, en Persona y democracia Zambrano establece una dicotomía entre persona y personaje o enmascarado. El personaje surge cuando los seres humanos se dejan deformar por la historia, pero Zambrano argumenta que el amor y los sueños pueden disolver el personaje y devolver a la persona al ser auténtico:

 

Y puesto que la esperanza se expresa en sueños surge el de que algún día no sea el protagonista de la historia este pobre niño atormentado, ni ese pobre hombre, ni este fantasma agobiado, ni ese monstruo, sino simplemente el hombre mismo, sin máscaras y con una carga apropiada a sus fuerzas […]. Que la persona sea la máxima realidad y no el personaje (ibíd.).

 

En este proceso, Zambrano también reafirma la centralidad del ser interior: «En este caso, es “sí mismo”, para ser algo mejor, para ofrecerse por entero a una empresa y entregarse a la búsqueda o a la conquista de algo que ha de ser para todos; que debe servir a todos. Y esta universalidad es intimidad también» (ibíd,, 80). La mala fe es enajenación o alienación (términos que también suenan sartreanos), la cual Zambrano define como un «no reconocerse a sí mismo, no lograr ser fiel a la propia esencial condición» (ibíd., 77). En opinión de Zambrano, la libertad (posibilidad de la movilidad y parte fundamental del ser para Sartre) solo es posible «cuando no se pesa sobre nadie; cuando no se humilla a nadie, incluido a sí mismo […]. En cada hombre están todos los hombres» (ibíd, 76). Por lo tanto, para Zambrano, no se puede vivir como persona si se es consciente de ser un peso para los demás.

 

Según Zambrano, el ser humano «está formado por un yo y por una persona. La persona incluye el yo y lo trasciende» (ibíd., 79). El «yo» podría ser el equivalente del en soi de Sartre (ser para sí mismo), pero persona difiere del pour soi de Sartre (ser para los demás) por cuanto posee una dimensión moral. En este sentido, Zambrano define la enajenación o alienación, posiblemente tomado del existencialismo de Sartre, como «no reconocerse a sí mismo, no lograr ser fiel a la propia esencial condición» (ibíd., 77). También hay ecos de Sartre cuando Zambrano sitúa el origen del yo auténtico en el pensamiento: «Al pensar se hace un vacío, en el cual disponemos realmente de nuestro tiempo [mientras que] en la acción histórica es difícil que el sujeto de ella no sea el personaje que nos hemos forjado» (ibíd., 78). Lo que distingue la teoría de la persona y la máscara de Zambrano de la de los demás es la unión que la autora establece entre lo interior y lo



 

 

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exterior en una visión de la persona que siempre incluye un compromiso moral, social (o conciencia); por tanto: «Reconocerse, identificarse, quiere decir hacerse uno con aquel a quien se atribuía, como en Edipo Rey, la culpa de la peste en la ciudad. Y no es otro, es uno mismo. Y solo entonces la purificación se produce; la peste desaparece» (ibíd., 76). Significativamente, estas lecciones se ejemplifican en una de las pocas obras literarias de Zambrano —La tumba de Antígona (1965)— en que la figura femenina central, Antígona, no muere en su cueva/prisión, como ocurre en el texto original griego, sino que surge como una personalidad plena para tener un papel importante en el diálogo.

 

En Persona y democracia, Zambrano, al igual que Sartre, coloca el yo en un cuerpo, pero, a diferencia de Sartre, ella lo dota a «sí mismo incomunicable, hermético» con alma (las pasiones). De este modo, para Zambrano la conciencia de uno mismo incluye el alma: «Conocerse sería poder ver los movimientos más íntimos, esenciales y, por ello mismo describirlos y dirigirlos. El conocimiento de las llamadas “pasiones”, sin duda, forma parte de ello» (ibíd., 1988: 36). En pasajes posteriores del libro, alma y persona son sinónimos; tal y como afirma:

 

El esperar es el movimiento íntimo de la interioridad, se entiende como alma o persona y es, a la vez, pasividad y actividad […] se trata de desprenderse del poder al mismo tiempo que se ejerce, conservando íntegra la sustancia de la propia alma, de la propia persona (ibíd., 65, 70).

 

Conocerse a uno mismo es reconocer los movimientos más íntimos e inconscientes, «sorprendernos en ellos: poder describirlos y dirigirlos. El conocimiento de las llamadas “pasiones”» (ibíd., 36). Fundamental a todas las pasiones es la pasión de ser, de existir: «El anhelo es la primera manifestación de la vida humana […]. El anhelar es como la respiración del alma» (ibíd., 63). El alma —las pasiones asociadas con las mujeres en escritos anteriores— y la persona son indivisibles. Así persona es «algo más que el individuo; es el individuo dotado de conciencia, que se sabe a sí mismo y que se entiende a sí mismo como valor supremo, como última finalidad terrestre…» (ibíd., 103). Esta conciencia forma «un medio donde convivimos» (ibíd., 111). Sin embargo, «algo en el ser humano escapa y trasciende la sociedad en que vive» (ibíd., 114) y, como Sartre, Zambrano sitúa esta trascendencia en el tiempo, en el futuro.

 

El interior de la persona busca el exterior; quiere emerger de sí misma y conectarse con el otro. Haciéndose eco del concepto de «máscara» de Hildegart, Zambrano establece así una dicotomía entre persona y personaje.



 

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El personaje o persona enmascarada surge cuando la persona se deja distorsionar por la historia, clarifica, pero los sueños pueden devolver a esta persona a su ser:

 

Y puesto que la esperanza se expresa en sueños surge el de que algún día no sea el protagonista de la historia este pobre niño atormentado, ni ese pobre hombre, ni este fantasma agobiado, ni ese monstruo, sino simplemente el hombre mismo, sin máscaras y con una carga apropiada a sus fuerzas […]. Que la persona sea la máxima realidad y no el personaje (ibíd., 1988: 68-70).

 

Como veremos, casi al mismo tiempo, y tal vez también influida por el existencialismo francés, Carmen Martín Gaite también sitúa la dicotomía entre ser auténtico e inauténtico en el centro de su concepto de personalidad.

Durante la década de 1940, al mismo tiempo que la exiliada Zambrano desarrollaba sus ideas sobre la mujer que desembocarían en su tratado sobre la persona, y un año antes de que Simone de Beauvoir publicara su emblemático El segundo sexo, María Laffitte, condesa de Campo Alange, escribía en la España de Franco La secreta guerra de los sexos (1948). Allí aborda la hiperfeminidad de la España de su tiempo, aunque no señala que tal feminidad estuviera legalmente prescrita. Laffitte lamenta que cuando las mujeres muestran alguna iniciativa personal —personalidad—, se las acusa de haberse masculinizado: «sin pensar que en gran parte es que va adquiriendo una expresión más consciente y, por lo tanto, más parecido a la de los seres conscientes que ya lo eran con anterioridad» (Campo Alange, 1948: 67). En un capítulo sobre los estereotipos femeninos Eva/María, Laffitte señala que la división radical de la mujer en estos dos tipos desmiembra a la mujer y la vuelve inútil, condenándola a: «no ser plenamente» (ibíd., 103; en cursiva en el original). Quizás podamos detectar en esta afirmación —tal y como hicimos en algunas de las nociones de Zambrano— ecos del existencialismo de Sartre. Sin embargo, Laffitte cree que, a medida que pasa el tiempo, estos estereotipos se fusionan, toman forma y color propios y pierden su carácter de ideales míticos divinos e inaccesibles al ser humano. Y dentro del corazón de los hombres se van asociando con la compleja realidad humana de una mujer. Aquí no queda claro si Laffitte estaba pensando en términos diacrónicos o sincrónicos cuando afirma que la mujer llegará a convertirse en una persona real en el corazón de los hombres. En un capítulo sobre «Un ideal de la mujer en el siglo XIV», ella, igual que lo hiciera María Zambrano en su ensayo sobre Eloísa, está sin lugar a dudas pensando en términos históricos. En sus propias palabras: «Queda fuera de toda duda que la formación espiritual de la mujer tiene, por lo tanto, que llegar hasta ella por medios autodidácticos. Y es por



 

 

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esta razón por lo que solo en casos especialísimos logró darse forma a sí misma» (ibíd., 111).

 

En otro ensayo del mismo volumen, la autora parece aludir a la misma dicotomía entre un yo auténtico y otro inauténtico, sobre el que ya habían teorizado anteriormente Unamuno y Sartre. Así, se refiere especialmente al abismo entre el ideal de la feminidad en la literatura romántica y la mujer real de carne y hueso: «Todo brote de la verdadera personalidad del individuo que recogió al azar esta proyección sirve únicamente para demostrar la diferencia entre lo que creíamos haber encontrado y lo que es en realidad» (ibíd., 116). En su libro La mujer como mito y como ser humano, María Laffitte señala el malestar que provoca en los hombres esta dicotomía entre la mujer ideal y la real: «La personalidad en la mujer es un elemento incómodo para el varón» (Campo Alange, 1961: 59). Por consiguiente, las mujeres con «personalidad» complican la selección de pareja por parte del hombre, porque él preferirá evitar los ojos críticos de una mujer. Sin embargo, la autora cree que la personalidad de una mujer puede ayudar a construir una relación sólida para toda la vida.

 

En su juventud, Carmen Laforet, al igual que Hildegart —aunque no a tales extremos—, estuvo atrapada en diversas circunstancias familiares y nacionales y sufrió la falta de libertad personal. Por ello, no es de sorprender que su uso del término «personalidad» se haga eco del de Hildegart. Tras haber contraído matrimonio a la edad de veinticinco años, durante la época más represiva del franquismo, en la década de 1940, Laforet sintió que su personalidad había sido absorbida por su familia, y lucharía por recuperarla cuando se separó de su marido en 1970. Tal y como escribió a Bernardo Arrizabalaga y a la esposa de este, Carmen, poco después de separarse, Laforet sentía que, después de veinticuatro años de matrimonio y el nacimiento de cinco hijos, necesitaba urgentemente recuperar su personalidad. De igual manera, en una carta a su amigo Emilio Sanz de Soto, también escrita poco después de su separación matrimonial, expresa de otra manera lo difícil que es encontrar el equilibrio entre ser para una misma y ser para los demás:

 

Ya sabes que mi vida ha cambiado, o mejor dicho por el momento lo que ha hecho es serenarse en una independencia de espíritu y una verdad que me hacían mucha falta. Encarar la verdad, es muy duro pero, al menos para mí, de un resultado bueno. La cara de la verdad para mí era ver que de nada sirve anular la propia personalidad en honor de lo que yo creía sagrado; la felicidad de mis hijos (Rolón Barada, 2008).



 

 

 

 

 

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Si la personalidad (o la condición de ser persona) para todas las demás autoras aquí tratadas tiene un sentido positivo —algo que las mujeres desean adquirir —, en la obra de Carmen Martín Gaite el concepto se torna más ambiguo. En una serie de artículos publicados en la década de 1960 y posteriormente incluidos en La búsqueda de interlocutor (1973), Martín Gaite expresó por primera vez sus ideas sobre un ser femenino. «Personalidad y libertad» (1961), uno de sus primeros artículos sobre este tema, esboza el problema del ser auténtico sin referencia al género, aunque empleará las ideas que allí plantea como base para artículos posteriores que sí se centran en las mujeres. Como sucedió con María Zambrano, que en Persona y democracia no se refería específicamente a las mujeres, aunque su trabajo anterior fuera la base del libro, sospechamos que Martín Gaite llegó a sus ideas sobre la personalidad a través de su propia situación como mujer y a través del análisis de la mujer y de su estatus social y ontológico. Las ideas centrales de «Personalidad y libertad» forman la base de la mayoría de los ensayos feministas de Martín Gaite en La búsqueda y también de sus libros feministas Usos amorosos del siglo dieciocho en España (1972) y Usos amorosos de la posguerra española (1987).

 

En el ensayo de 1961, Martín Gaite emplea el término «personalidad» para referirse a algo afín al concepto griego de «persona» o máscara, una fachada que uno presenta a los demás y que no necesariamente corresponde a la naturaleza interior de la persona. Pero también se podría relacionar el concepto de personalidad de Martín Gaite con la noción de «mala fe» de Jean-Paul Sartre, ya que, al igual que en el caso de María Zambrano, es posible que Martín Gaite estuviera influenciada por el existencialismo francés[44]. Martín Gaite señala que, en esta construcción del ser, las actividades que alguien realiza están destinadas a mantener una imagen, «dejándonos llevar hasta donde requiera su cumplimiento, sin preocuparnos de la figura que ese cumplimiento nos haga componer» (Martín Gaite, 1973: 107). Ella propone como ejemplo el hecho de estudiar para sacar buenas notas con la finalidad de complacer a la madre y al padre, en lugar de estudiar por los conocimientos que se puedan adquirir. Tal enfoque de acción crearía un frasco etiquetado sin ningún contenido. Una vez que hemos creado ciertas expectativas en los demás de que nos comportaremos de cierta manera, preferimos no causar un escándalo o una decepción actuando de una manera que no es consistente con la imagen que hemos creado. Sin embargo, no somos libres a menos que podamos ignorar estas imágenes preconcebidas que



 

 

 

 

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provocan reacciones cada vez más automáticas. Así, para Martín Gaite, la personalidad y la libertad que se buscan de esta manera son ilusorias.

 

En «La influencia de la publicidad en las mujeres» (1973; incluido en La búsqueda), tal y como sugiere el título, a Martín Gaite le preocupan las presiones externas que influyen en la formación de la personalidad de las mujeres. El primer párrafo del ensayo resume las teorías sobre la formación del ser humano que ella ya había desvelado en su artículo sobre personalidad y libertad y luego las aplica al caso específico de la propaganda comercial dirigida específicamente a las mujeres. La aguda sensibilidad de Martín Gaite hacia el lenguaje revela las formas en que la publicidad aprovecha los sentimientos de insignificancia de las mujeres y su autopercepción como seres inferiores para alentarlas a comprar productos que mejoren su sentido de autoestima:

 

A la buena disposición femenina para recibir de otro normas por las que regirse (tendencia fácilmente comprensible si se piensa en su pobre papel de comparsa a lo largo de la sociedad patriarcal), hay que añadir la circunstancia de que nunca una mujer se ha visto tan sedienta de afirmación y diferenciación, tan obsesionada por conquistar esa «personalidad», que ha de valerle el aprecio de los demás, como en el seno de la sociedad actual, donde todos los letreros invitan al éxito, al amor y a la felicidad individual como metas absolutas y accesibles mediante recetas prácticas (ibíd., 115).

 

Según Martín Gaite, quienes diseñan los anuncios se abren camino en la vida vacía de las mujeres con un tono confidencial de entre «solo tú y yo». Es decir, explotan el deseo latente de mimetismo de las mujeres para vincularlas lo más posible a las estrellas de cine o personas ricas a través de pequeñas imágenes en los interiores de sus mansiones (ibíd., 116-117). Para Martín Gaite, la más corrosiva de estas estrategias es su énfasis en los hombres como único escenario de acción de las mujeres. De esta manera, la publicidad comercial es una forma poderosa de mantener el statu quo social: «Resumiendo: el daño más notable que hace la publicidad a la mujer es el de colmar fraudulentamente su deseo de ser tenida en cuenta y escuchada, alejándola cada vez más de esa independencia liberadora de que tanto le habla» (ibíd., 120).

 

Martín Gaite aplica su concepto de formación de la identidad de la mujer a dos ejemplos específicos en el ensayo «De Madame Bovary a Marilyn Monroe», un texto que no está fechado, pero que seguramente fuera escrito a mediados de la década de 1960, ya que fue en 1962 cuando se dio a conocer la noticia de la muerte de Marilyn Monroe.



 

 

 

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En este ensayo Martín Gaite plantea la hipótesis de que tanto Madame Bovary como Marilyn Monroe se suicidaron porque carecían de una auténtica personalidad interior. Martín Gaite sugiere que las dos trataron de responder a modelos de conducta impuestos desde fuera; y que ninguna de las dos fue capaz de escapar a estos modelos ni cuando los imitaban ni cuando se oponían a ellos. De esta manera Martín Gaite plantea que a Madame Bovary sus amantes no le interesaban mucho; simplemente le gustaba la imagen que se había creado de sí misma teniendo amantes. Emma Bovary se suicidó «porque su imagen se le había roto y porque ella no era capaz de buscar su identidad en otra imagen nueva y menos falsa» (ibíd., 142). Martín Gaite cree que lo mismo le pasó a Marilyn Monroe cuando se casó con Arthur Miller en 1956: «Su imagen se le debió romper y volver inservible» (ibíd.). De nuevo, la dicotomía entre el interior y el exterior está en el centro del problema de la identidad de la mujer.

 

«Las mujeres liberadas» (sin fecha)[45] está estrechamente relacionado con el problema de la soledad de la mujer, algo que, tal y como se señalaba en el primer capítulo del presente volumen, Martín Gaite denominó un «arma de doble filo» en su libro Desde la ventana (1987a: 10). Ahí Gaite afirma que la soledad es absolutamente necesaria para la formación de un yo interior fuerte y auténtico, lo que otras pensadoras feministas españolas llamarán «personalidad». Por consiguiente, si en «De Madame Bovary a Marilyn Monroe» Martín Gaite argumenta que la incapacidad de Emma Bovary y de Marilyn Monroe para «aguantarse a palo seco a sí mismas» (Martín Gaite, 1973: 125) fue la razón por la que no consiguieron desarrollar un auténtico yo interior, en «Las mujeres liberadas» plantea la necesidad de entablar relaciones por el propio deseo de «perdurar en el otro», en términos de Unamuno (ibíd., 130), y obtener así la vida eterna por el hecho de depender de otra persona, generalmente un hombre. Aquí Martín Gaite asume una postura muy diferente sobre las mujeres y su relación con los demás. En esta época, las mujeres ya podían abandonar el matrimonio —aunque todavía no existía el divorcio legal en España— y vivir solas, como harían Martín Gaite y Carmen Laforet a partir de 1970. En este sentido, el ensayo hace referencia a cómo la mujer casada siempre habría gozado de una mayor estima que la mujer soltera, incluso en épocas en que la autoridad del marido era absoluta. En un uso del término «persona» que nos recuerda al de María Zambrano, Martín Gaite remarca que la mujer casada siempre «se ha sentido más persona» que la mujer soltera (ibíd., 125). Esta situación, junto con otros factores, es una de las razones que explica por qué las mujeres se sienten



 

 

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atraídas al matrimonio. Sin embargo, prosigue Martín Gaite, el elevado estatus social de la mujer casada no compensa la falta de comunicación interpersonal en el matrimonio. Aún más, las mujeres que abandonan el matrimonio suelen entablar una serie de relaciones insatisfactorias, en parte porque no soportan la soledad, lo cual, paradójicamente, es la única manera de alcanzar la verdadera independencia.

 

Aunque el concepto de personalidad haya adquirido diferentes matices en el pensamiento feminista español durante los más de cien años transcurridos desde que Concepción Arenal lo empleara por vez primera a finales del siglo XIX, resulta interesante señalar que ambas palabras, «persona» y «personalidad», se han venido utilizando de una manera bastante constante. La palabra «personalidad», salvo en el caso de Carmen Martín Gaite, se asocia a la formación de la propia identidad individual que otorga independencia y dignidad a la mujer. Sin embargo, no hemos encontrado el uso de este término en pensadoras feministas españolas más recientes, quizás porque, con la llegada de la democracia y la igualdad jurídica de las mujeres —en la concepción de María Zambrano, por ejemplo, las mujeres españolas se han convertido en personas jurídicas—, ya no se hace obligatorio pensar en términos de personalidad. Sin embargo, con el dominio de la propaganda comercial que no ha disminuido desde que Carmen Martín Gaite escribiera «La influencia de la publicidad en las mujeres», cabe preguntarse si su preocupación por la influencia de la publicidad en la creación de falsas identidades femeninas todavía sigue estando vigente. En este contexto, la nueva sociedad creada por la publicidad puede explicar la presencia de la tercera acepción del término «personalidad» desde la vigesimosegunda edición del Diccionario de la lengua española: «Persona de relieve, que destaca en una actividad o en un ambiente social». Como puede verse, en esta nueva acepción, una personalidad es un hombre o una mujer que es reconocida por casi todo el mundo gracias a los medios de comunicación.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 3

 

Clase social

 

 

 

 

 

En comparación con el pensamiento feminista de otros países europeos y de Estados Unidos, podría decirse que la teoría feminista española está fuertemente marcada por una conciencia de clase social, especialmente desde finales del siglo XIX y durante la mayor parte del siglo XX, cuando España comenzaba por fin a recuperarse económica y socialmente y a situarse de nuevo a la altura de otras naciones industrializadas. Ya por 1981, Victoria Sendón de León escribía en Sobre diosas, amazonas y vestales que: «Esta historia del feminismo, esta lucha, esta disidencia, esta práctica política están insertadas —quién lo duda— en una sociedad de clases» (1981: 31). No hay que olvidar que, hasta bien entrado el siglo XX, un sistema feudal de terratenientes seguía siendo predominante en partes importantes del país tales como Andalucía, y que la industria moderna que fomentaba una clase media fuerte solo había comenzado a desarrollarse en las provincias vascas y en Cataluña. Por lo tanto, la conjunción del ascenso de la clase media y del activismo feminista, que se había producido mucho antes en el contexto angloamericano, tuvo lugar en España mucho más tarde, pero con una clara conciencia de clase. Así, a finales del siglo XIX, cuando la clase media española alcanzó una incipiente masa crítica, comienzan a surgir los primeros escritos feministas españoles que enfatizan las distinciones sociales y económicas de la clase trabajadora —la clase baja, media y alta— al analizar la situación de la mujer en España. Por su parte, Jo Labanyi señala la complejidad que supuso el cambio en la estructura de clases sociales en la España de finales del siglo XIX en relación con los roles de género:

 

[…]    independientemente de quién se beneficiara, la cuestión clave aquí es que «lo social» se construyó como un área femenina, ya que impulsaba a la esfera pública la ideología de la domesticidad. Esta situación desdibujaba la división entre lo público/privado, no solo porque el «talento femenino» entraba en la esfera pública, sino también porque el énfasis en los «valores familiares» fue un intento de «privatizar» en el ámbito público las relaciones de clase (Labanyi, 2000: 85-86).

 

Maria Aurèlia Capmany, en El feminismo ibérico, hace referencia a un elemento común dentro de una gran variedad de fuerzas en los países



 

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hispanos:

 

Sin duda alguna, las primeras reivindicaciones feministas aparecerán en los núcleos urbanos, allí donde la revolución industrial haya empujado a la mujer de la clase media a preguntarse sobre su propio destino, en el ámbito de la sociedad inestable en la que vive (1970: 23).

 

Sin embargo, Capmany opina que las feministas más tenaces se encuentran en el sector agrícola, donde las mujeres no han vivido una total alienación, ni tampoco la radical marginación que ha vivido la mujer burguesa. Por eso Capmany critica con dureza la idea predominante de que las mujeres españolas sean pasivas; al contrario, afirma que los obstáculos que bloquean el progreso de las mujeres españolas son los mismos contra los que se enfrentan las feministas anglosajonas.

 

Con todo ello, la noción de clase social aparece a veces en lugares inesperados del pensamiento feminista español, por ejemplo, en los ensayos de Emilia Pardo Bazán sobre mujeres españolas de clase alta publicados en la revista inglesa Fortnightly Review en 1889. Incluso en el siglo XVIII, en gran parte preindustrial, se pueden escuchar ecos de distinciones de clase. Por ejemplo, en su Defensa de las mujeres, Benito Jerónimo Feijoo emplea referencias a «los más ínfimos de la plebe» (1773: 328) y «el vulgo» (ibíd., 349). Por su parte, Josefa Amar y Borbón afirma en la introducción a su Discurso sobre la educación física y moral de las mujeres (1790) que su plan de educación femenina es solo para mujeres de clase alta, porque, debido a su aguda sensibilidad, estas mujeres necesitan más estimulación que las mujeres pobres. En raras ocasiones, en otras secciones del Discurso, Amar y Borbón se refiere a la clase, como cuando apunta: «modestia, moderación, cortesía y respeto por uno mismo y por los demás, de cualquier clase que sean» (cfr. Lewis, 2004: 83). Mónica Bolufer, en Women, Gender, and Enlightenment, señala también que:

 

Desde los siglos XV al XVIII, como respuesta a la misoginia dominante, se publicaron en casi todos los idiomas europeos cientos de diálogos, apologías, tratados y listas de «mujeres ilustres», todos buscando probar la nobleza y el mérito de las mujeres. Las obras pertenecientes a este género a menudo estaban dedicadas a mujeres de la realeza o de alto rango, y representaban la influencia política, social y cultural de una élite femenina. La discusión sobre la «excelencia» de las mujeres encontró su entorno natural en los círculos cortesanos y aristocráticos (Bolufer, 2005: 390-391).

 

En este contexto, las escritoras feministas del siglo XVIII defendían dos razones principales para la educación de las mujeres: en primer lugar, las



 

 

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mujeres educadas son mejores madres y, en segundo lugar, la educación de las mujeres es un bien en sí mismo para el mayor disfrute de sí mismas. Este último argumento se empleó especialmente en relación con las mujeres de clase alta (cfr. Teresa Anne Smith, 2006: 149-150).

 

Es evidente que la mayoría de los esfuerzos para mejorar la situación de la mujer en la España del siglo XVIII se concentraron en las mujeres de los niveles sociales más altos. De hecho, la lista que proporciona Teresa Anne Smith de las mujeres que participaban en la Junta de Damas (una sociedad de mujeres filial de la Sociedad Económica fundada en 1787) está repleta de títulos nobiliarios (ibíd., 137-138). Sin embargo, ya entonces había cierta conciencia de la aparición de una clase media en la escritura feminista española del siglo XVIII. Constance Sullivan observa que, a finales del siglo XVIII, Josefa Amar y Borbón registró el surgimiento de la clase media en el Discurso sobre la educación física y moral de las mujeres (1790). Así, Sullivan argumenta que

 

el libro habla de mujeres privilegiadas tanto de la nobleza tradicional como de la emergente clase media de ricos comerciantes y la extensa red burocrática de la monarquía. Amar revela una mayor sensibilidad hacia las diversas circunstancias de las mujeres dentro de las clases a las que se dirige. Consecuentemente, comenta de manera explícita sobre el hecho de que el estatus social y el dinero que una persona necesita para mantener su apariencia exterior y un estilo de vida acorde no siempre iban de la mano (Sullivan, 2001: 147).

 

La Junta de Damas fundó una escuela artesanal donde las mujeres podían aprender oficios para poder ganarse la vida tales como el bordado. Teresa Anne Smith señala que «para las clases bajas, este tipo de formación artesanal ofrecía numerosas ventajas. A nivel práctico, les proporcionaba una formación profesional que podía conducir a un progreso económico» (2006: 167). Las chicas incluso recibían un pequeño sueldo mientras acudían a clases.

 

Con todo ello, el ascenso de la clase media en el siglo XIX español hizo que el pensamiento sobre la mujer y la clase social empezara a tomarse cada vez más en consideración. Según Christine Arkinstall, ya en el trienio liberal (1820-1823), de enero a junio de 1822, «el semanario madrileño El Periódico de las Damas reunía a una comunidad de lectoras y escritoras burguesas» (2018a: 112). Arkinstall también señala que «aunque León Amarita fue el autor de la mayoría de los artículos (Hartzenbusch, 1893: 37), en estos destacan los derechos de las mujeres, la educación y la contribución a la



 

 

 

 

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nación, y celebran a notables escritoras, líderes y guerreras» (ibíd., 2018a:

 

112).

 

En este contexto, el concepto del ángel del hogar que había surgido en el siglo XIX industrializado y que siguió vigente en España hasta la muerte del dictador Francisco Franco en 1975 se interpreta principalmente como una noción que hace referencia a la clase media. De ahí que el pensamiento feminista de Concepción Arenal y Emilia Pardo Bazán, las dos grandes voces de la teoría feminista española del siglo XIX, refleje las clases sociales de las que ambas procedían —Arenal venía de una familia de clase media y Pardo Bazán pertenecía a la aristocracia—, aunque en su estilo de argumentación las dos son descendientes directas del pensamiento ilustrado del siglo XVIII sobre las mujeres. De hecho, ambas escribieron ensayos sobre Benito Jerónimo Feijoo para un concurso de ensayos en 1877, aunque la posición feminista de Arenal estuvo fuertemente influida por el krausismo mientras que la de Pardo Bazán lo estaba por Kant y por John Stuart Mill. Así, gracias a sus raíces ilustradas y postilustradas, ambas autoras privilegiaron la razón en la formulación de sus argumentos. Así, en las obras que no enfatizan la clase social como una característica distintiva de sus ideas feministas, las observaciones de estas dos mujeres generalmente se refieren, por defecto, a la clase media.

 

Aunque Concepción Arenal rara vez menciona la clase social en sus escritos sobre la mujer, en La mujer del porvenir reconoce explícitamente un sujeto de clase media: «La mujer regularmente acomodada, que es la que nos ocupa aquí principalmente, cuando no tiene tiempo es porque lo malgasta» (1993: 231)[46]. En uno de los escasos pasajes de La mujer del porvenir en los que aborda la clase social, Arenal compara a las mujeres de clase alta con las mujeres de clase media y baja en el gobierno de un hogar, una actividad que ella cree que no es una tarea tan difícil en comparación con la descripción que de ello hacen otras mujeres. Las mujeres de clase alta, opina Arenal, no gobiernan ni supervisan sus hogares. Esa ocupación se deja a las mujeres de clase media y baja, aunque estas últimas trabajan muchas horas solo para poder sacar su casa adelante. En la misma línea, Alejandro San Martín escribe en 1883 que

 

en la mujer no hay clase media, sino dos lejanas categorías sociales: la mujer de dinero y la pobre, como en los tiempos del feudalismo; y con la dolorosa particularidad de que la señorita nacida y educada en la clase media es mucho más pobre y desvalida por sí misma que la muchacha del pueblo (cfr. Nash, 1983: 342)

[47].



 

 

 

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Como señala Martínez Veiga, no hay mujeres de clase media porque las mujeres nacidas en ese grupo social están solas, como ocurre con las viudas y los huérfanos; y así, pasan a formar parte del sector más pobre de mujeres. Asimismo, señala que las mujeres de clase trabajadora que se quedan solas pueden buscar trabajo, lo que les da una ventaja sobre las mujeres de clase media en la misma situación.

En comparación con las escasas alusiones anteriores a la clase social en los escritos feministas españoles, nos resulta sorprendentemente diferente «The Women of Spain» de Emilia Pardo Bazán, un ensayo sobre las mujeres españolas publicado en la revista británica The Fortnightly Review en 1889, que está estructurado en torno a categorías de clase social: «la clase aristocrática», «la clase media» y «el populacho de las ciudades y del campo» (ibíd., 886)[48]. Curiosamente, Pardo Bazán dedicó aproximadamente el mismo número de páginas a cada una de las tres clases, aunque las desarrolla de una forma un tanto estereotipada. Por ejemplo, al referirse a la reina Isabel II, afirma que «es el típico ejemplo español […] lo que Taine llamaría un “tipo representativo”» (ibíd.)[49]. Pardo Bazán, sin embargo, intenta superar los estereotipos e introducir matices en su discurso. Dado que la propia Emilia Pardo Bazán era aristócrata, no sorprende que su análisis esté estructurado desde las capas más altas de la sociedad hacia las más bajas. De este modo, comienza su estudio de las tres clases a partir de la familia real y de la aristocracia. Si bien admite que a menudo puede parecer que las mujeres aristocráticas llevan una vida frívola, Pardo Bazán intenta rescatarlas de esta visión general al señalar que varias mujeres nobles

 

viven en un retiro modesto […] se dedican a sus hogares y supervisan en persona la educación de sus hijos e hijas, no pocos ocupan su tiempo en la caridad y la devoción y algunos manifiestan un interés loable por las cuestiones literarias, artísticas o científicas (Pardo Bazán, 1889: 888)[50].

 

El nacionalismo de Pardo Bazán se hace evidente en su valoración de la educación de las mujeres nobles, la cual considera deficiente, demasiado superficial y extranjera, ya que todas las institutrices y maestras vienen de Francia, de Alemania o de Inglaterra. La preferencia de la condesa doña Emilia por las costumbres nacionales también se refleja en su elogio del prototipo femenino tradicional español como:

 

La mujer de mediana estatura, forma menuda y redondeada, ondulada y de movimientos lánguidos o veloces y señoriales; ojos negros, expresivos, orlados de largas pestañas, labios algo descoloridos, tez oscura y cabello azabache (ibíd., 891).



 

 

 

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Doña Emilia también lamenta el creciente número de mujeres rubias, aunque «una gran parte de ellas… solo con la ayuda de tintes» (ibíd.) en Madrid. Asimismo, condena que las mujeres aristocráticas adopten vestimentas extranjeras, porque «los colores apagados, las prendas hechas a medida de producción inglesa, los impermeables largos y las capas» no favorecen a la figura española. Afirma así que las chulas de las clases bajas, que visten a la manera tradicional española, lucen mucho mejor, especialmente en el uso de la mantilla española, que las mujeres de las clases altas que han abandonado su uso excepto en las celebraciones de Semana Santa. Curiosamente, Pardo Bazán señala que la mantilla solía ser un elemento esencial en la vestimenta de las mujeres en las corridas de toros, pero que ahora habría sido reemplazada por el uso de sombreros. De hecho, lamenta que las mujeres ya casi no asistan a las corridas de toros y prefieran las carreras de caballos. Este cambio es especialmente cierto en el caso de las mujeres españolas de clase media, las cuales parecen no tener estómago para el espectáculo nacional por antonomasia que son las corridas de toros.

 

Como hará Margarita Nelken en La condición social de la mujer en España (1919), Pardo Bazán expresa un mayor recelo hacia las mujeres españolas de clase media, aunque por motivos diferentes. En primer lugar, define a qué se refiere con clase media, porque

 

los límites están tan mal definidos ya que el término abarca por un lado a la mujer del banquero rico, que es de clase media solo porque no es de la aristocracia; y, por otro lado, a la mujer del empleado de telégrafos o subteniente, que pertenece a esta clase social solo porque no puede ser clasificada entre la gente común (ibíd., 892).

 

Para Pardo Bazán, la forma más fácil de distinguir a una mujer de clase media es por su vestimenta, por tener una sirvienta y un salón en el que recibir invitados en su casa. Su marido no debe ganarse la vida con las manos; mucho mejor que sea un humilde oficinista, que gana cincuenta libras al año, que un relojero o un platero, que gana doscientas o cuatrocientas libras. La autora sostiene, por tanto, que este prejuicio contra el trabajo manual es un impedimento para que las mujeres de clase media se ganen la vida, relegándolas a esperar eternamente a un marido que las rescate de sus penurias. La mujer obrera —lo que Pardo Bazán llama «la mujer del pueblo» (ibíd., 893)—, sin embargo, «considera su deber ganarse la vida» (ibíd.). Así, la mujer de clase media, en comparación con la mujer de clase trabajadora, carece de personalidad. Está entrenada desde la más tierna edad para reprimir su yo natural y para permanecer pasiva tal y como los hombres prefieren que sean sus esposas, aunque, en este sentido, Pardo Bazán señala que en los



 

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últimos tiempos son cada vez más los hombres que sí quieren que sus esposas sepan leer y escribir:

 

Este sistema de educación en el que prevalecen las medias sombras, y en el que el asertividad y la profundidad se consideran impropias, tiene el resultado inevitable de limitar, controlar y estrechar a las mujeres, empequeñeciendo su crecimiento natural y manteniéndolas en una niñez perpetua (ibíd., 894).

 

Otra cosa que empequeñece a la mujer de clase media es su tendencia a imitar a la aristocracia, lo que revelaría «un anhelo de independencia y energía» (ibíd., 898).

 

En un pasaje a caballo entre la sección sobre mujeres de clase media y el análisis de mujeres de clase trabajadora, Pardo Bazán se centra en el convento como un lugar donde las tres clases «se entremezclan y viven en común» (ibíd.). Esta sección sobre «la gente común» se basa en gran medida en las ideas generalizadas sobre el carácter nacional, en las que: «El prototipo nacional más puro, tanto físico como moralmente, puede encontrarse entre la gente común y especialmente entre las mujeres» (ibíd., 899). Sin embargo, no todos estos prototipos siguen el mismo patrón. Pardo Bazán afirma que hay al menos «diez o doce prototipos femeninos populares muy diferentes» (ibíd.), incluyendo la ouvrière [obrera de fábrica] de Cataluña, la chula [muchacha de clase baja] de Madrid, la cigarrera andaluza [trabajadora de la fábrica de tabaco]. Si estos tres casos están marcados por los rasgos comunes de un carácter en el que impera el trabajo duro, la impulsividad y la «gracia» [encanto], es a las mujeres del País Vasco a las que más se las caracteriza como «trabajadoras y tenaces, inescrutables» (ibíd., 902). Termina su análisis de la mujer obrera con la observación de que las campesinas gallegas en su provincia natal asumen cargas inconmensurables, afanándose en los campos para mantener a sus familias bien alimentadas: «La señora ha sido emancipada por un libertador, eterno, despiadado y sordo —la necesidad» (ibíd., 904). Como señala Maryellen Bieder, las campesinas gallegas alcanzan la igualdad con los hombres como trabajadoras del campo, pero «es una emancipación de la desesperación, no la emancipación a través de la educación imaginada por los reformadores de clase media» (Bieder, 1998: 41). En su conocido discurso sobre la educación de la mujer pronunciado en el Congreso Pedagógico de 1892, aunque la conciencia de clase social no es un aspecto central, Pardo Bazán sí señala que «la cultura, hoy por hoy, se circunscribe a ciertas clases sociales» (1976: 88). De hecho, ella expresa su deseo de que la cultura se extendiese a un mayor número de personas: «Lo único que creo se debe en justicia a la mujer, es la desaparición de la



 

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incapacidad congénita, con que la sociedad la hiere. Iguálense las condiciones, y la libre evolución hará lo demás» (ibíd.).

 

Justo cuando la industrialización y la urbanización ganaban terreno en la España de finales del siglo XIX y quizás como reacción a ella, Rosario de Acuña optó por centrar una serie de artículos de 1885 en las mujeres del campo. Por sus observaciones y recomendaciones, se puede inferir que estaba pensando particularmente en las mujeres del norte de España que a menudo eran dueñas de una pequeña granja que requería de ellas una cierta cantidad de trabajo agrícola. Estas mujeres no pertenecen al peldaño más bajo del orden social; tienen sirvientas que las ayudan en las tareas del hogar, y así refuta: «Haceos traer vuestras criadas de las más ásperas y retiradas sierras» (Acuña, 2008: 88). Acuña aconseja a la terrateniente que instruya a estas mujeres de las sierras, que pueden haber sido pastoras, de tal manera que no tengan envidia del ocio que adquiere su ama con su trabajo. La señora también debe instruir a la pastora-criada en las cuestiones de caridad, es decir, mostrándoles amor y buena voluntad; sus rudos modales se transformarán en gentileza infundida de buenos sentimientos, algo capaz de formar una nueva estructura de clases basada en el conocimiento de «las ilustradas y las ignorantes» (ibíd., 764). Detrás de este consejo puede entreverse un posible diálogo con La mujer de su casa de Concepción Arenal, publicado apenas tres años antes. A diferencia de la mujer de ciudad a la que Arenal exhorta a salir de su casa para realizar obras de caridad, Acuña encuentra formas para que la mujer del campo se instruya y realice obras de caridad en su hogar. La campesina, señala, puede realizar una serie de labores agrícolas sin casi salir de su propiedad:

 

¿Y al realizar tales actos se rebajaría en algo la hermosa y casta dignidad de la mujer? ¿Quedarían abandonados su hogar y sus hijos? ¿Se olvidaría de sus deberes de esposa? Lejos de suceder esto, el hogar volvería a sentir ese calor de la virtud que ya le va faltando, los hijos no se verían tan olvidados como al presente, y sus deberes de esposa, cumplidos sin esos distingos de conveniencia con que en la actualidad se aceptan, llegarían a colocarla a la altura de verdadera compañera del hombre (ibíd., 668-669).

 

En una reafirmación aún más directa que la de La mujer de su casa que Arenal intenta desvirtuar, Acuña, haciéndose eco de la noción krausista de perfección a la que también apelaba Arenal, afirma claramente que «la ruta, para vosotras, no sale del hogar; en él se desenvuelve, en él se descubren las bellezas de sus paisajes, la amenidad de sus contornos; en el hogar tenéis vuestro camino hacia el porvenir» (ibíd., 770), donde vemos otro ejemplo de la influencia de un título de Arenal, en este caso, La mujer del porvenir.



 

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Si la clase social fue en su mayor parte —a excepción del ensayo de Emilia Pardo Bazán sobre las mujeres españolas— una consideración secundaria en el pensamiento feminista español del siglo XIX, a principios del siglo XX, en un contexto mucho más industrializado, la reflexión sobre las clases sociales se volverá más relevante. Gracias a la neutralidad mantenida por España durante la I Guerra Mundial, la industria española recibió un fuerte impulso y muchas más mujeres pudieron entrar en el mercado laboral. El nuevo papel de la mujer fuera del hogar le otorgó mayores beneficios económicos y una conciencia pública que daría lugar al desarrollo de una primera ola de feminismo tardío, muy concienciado sobre las diferencias de clase social entre las mujeres. Por otro lado, algunas de las nuevas ideologías políticas concebidas durante la revolución industrial —socialismo, marxismo, anarquismo— desarrollaron más en profundidad la conciencia de clase, desencadenando conflictos entre algunas pensadoras feministas.

 

Así, algunas intelectuales de izquierda, como la anarquista Federica Montseny, de quien cabría esperar que estuviera más interesada en la intersección del género y la clase, eran, sin embargo, mujeres que ejercían una doble militancia, al defender tanto una ideología política de izquierdas como la causa feminista. Tal y como se señaló en la introducción al presente volumen, Mireia Bofill ha resaltado la estrecha relación que ha habido en España entre la ideología política y el pensamiento feminista. En particular, destaca cómo el feminismo español no puede prosperar sin tener en cuenta la lucha política y opina que muchas feministas españolas se debaten entre «la lucha política general» y «los problemas de las mujeres», que intentan conciliar de la mejor manera.

 

En las décadas anteriores a la Guerra Civil, muchas feministas españolas se identificaron con algunos de los partidos de izquierda e incluso militaron en ellos. Así, Margarita Nelken primero estuvo en el Partido Socialista y luego en el Partido Comunista; María Martínez Sierra con el Partido Socialista (al menos en las décadas de 1920 y 1930), y Federica Montseny se alió con el anarquismo. Como resultado, las teóricas feministas españolas sintieron a menudo la necesidad de priorizar sus diversos intereses. En el caso de Monstseny, por ejemplo, lo que ella consideraba preocupaciones humanas universales prevalecía sobre cuestiones que consideraba más directamente relacionadas con las mujeres. María Martínez Sierra, si bien no abordó directamente la división entre militancia política de carácter universal y militancia feminista, dedicó la mayor parte de sus ensayos a cuestiones feministas.



 

 

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En este contexto, desde principios del siglo XX, la clase social se convierte en un rasgo importante de la teoría feminista española, especialmente en Cataluña, donde la clase media estaba más extendida. En una conferencia pronunciada en 1903 en el Centro Obrero de Barcelona, el periodista anarquista José Prat comenta que:

 

Si la mujer pertenece a la clase alta, es un simple objeto de lujo con derechos muy restringidos. Se la educa e instruye muy superficialmente. Lectura, escritura, un poco de historia y de geografía, pintura, un par de idiomas, música, baile, algo de bordado y de corte y una gran dosis de religión. De aquí no pasa. Con esto ya está en camino de brillar en los salones de contratación de matrimonios. Se le enseña el arte de cautivar al macho, que no al hombre, con su belleza natural y con los perifollos de la última moda. Se le perdonará que olvide lo poco que aprendió en el colegio, pero no se le perdonará que deje de vestir a la última moda (cfr. Nash, 1983: 79).

 

Los confesores de la mujer, prosigue Prat, se harían cargo del lado pensante y moral de su vida, mientras que el hombre sería el experto en mantenerla en la ignorancia sobre todo lo que debería saber. La mujer no puede revelar libremente sus sentimientos internos; solo tiene que esperar a que un hombre la elija y la lleve al altar, aunque no sea de su agrado, y por eso el adulterio sería tan común entre las clases altas. Prat también lamenta que las mujeres adineradas no tengan control sobre sus propias finanzas y que tampoco puedan ejercer una serie de profesiones reservadas para los hombres, ni se espera que tengan opiniones propias bien informadas. Si quieren ser artistas o actrices, estas mujeres son expulsadas de sus familias. Si se hacen monjas, son despojadas de sus bienes terrenales y expuestas a agresiones sexuales por parte de los sacerdotes.

 

Aun por muy sombría y confinada que fuese la vida de una mujer de clase alta, Prat relata que la situación de la mujer de clase trabajadora es todavía mucho menos afortunada, ya que, desde muy temprana edad, debe trabajar en una tienda o en las tareas del hogar (ibíd., 82). Aunque todavía está en edad de crecimiento, sin embargo, debe pasar largas horas expuesta a la intemperie, y sus familias, ya sea por necesidad o por puro egoísmo, no le permiten continuar con su educación y la internan en una fábrica textil, donde sus pulmones y su vista acabarán dañándose y donde además estará expuesta a una violencia sexual continua por parte de jefes abusivos. Ante esta situación tan horrible, el matrimonio podría parecer una escapatoria, aunque también acarrea una serie de peligros implícitos: un esposo que acabe utilizando su salario para mantener su adicción a la bebida, la posibilidad de tener embarazos problemáticos o que su marido la deje por una mujer más joven que ella y menos exhausta. Se diría, además, que estas mujeres trabajadoras



 

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no son conscientes de sus propios derechos, y solo reconocen su deber de ser sumisas y resignadas.

 

Por contraste, en 1932, el escritor y filósofo catalán Josep Capdevila ofrecía una visión ligeramente diferente sobre lo que implicaba el matrimonio de la clase trabajadora: «En esta familia honesta, humilde, trabajadora, sin vicios, fuerte y numerosa, habría de verse el refugio de la cultura latina y cristiana, de la flor de la civilización ante el descalabro de la familia burguesa» (ibíd., 202). Su objetivo final es el de argumentar en contra del Estado liberal burgués:

 

Pero, el individuo obrero, aislado, decidme ¿qué libertad posee? Sin embargo, los defensores del liberalismo económico, cuando hablan del individuo solo se acuerdan del individuo rico, burgués y opresor, y no del pobre, del obrero, del oprimido. Emparentada con la economía liberal está la ley del divorcio, con el consiguiente descalabro de la familia (ibíd., 203).

 

Para Capdevila, el divorcio permite que las mujeres jóvenes de clase trabajadora se sientan seducidas por el dinero de algunos hombres de clase media. Su recomendación para remediar esta situación es la de poner en funcionamiento una serie de subsidios familiares que permitan a las familias de clase trabajadora permanecer unidas.

 

A este respecto, Dolors Monserdà de Macià cree que las clases altas y la clase media tienen la responsabilidad de dar ejemplo a las mujeres de clase trabajadora: «Los estudios sociales mostrarán a las mujeres ricas o adineradas la forma de contribuir al progreso de la mujer de clase trabajadora de una manera exitosa formándose un protectorado a nivel moral, económico e intelectual como en el caso de los Estados Unidos, Bélgica, Inglaterra, Alemania, Francia y Suiza a través de la creación de escuelas del hogar, sindicatos, asociaciones, grupos de compradores, salones de venta, cooperativas, becas de viaje, etc.» (Monserdà de Macià, 1909: 27). Dolors Monserdà de Macià muestra así el fuerte sentido del deber que tienen las mujeres de clase alta hacia las mujeres de clase trabajadora, quienes desempeñan largas jornadas laborales con bajos salarios que apenas permiten cubrir sus necesidades diarias. Como ayuda ante esta situación tan desesperada, sugiere que las mujeres acomodadas espacien los pedidos de costura que necesitan hacer para que la carga de trabajo para las mujeres trabajadoras sea más desahogada y uniforme.

 

Como se deduce de las afirmaciones de Capdevila, a principios del siglo XX el término utilizado para referirse a la clase media se ha sustituido por «burgués», una práctica ya evidente en La condición social de la mujer



 

 

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(1919) de Margarita Nelken y La mujer moderna y sus derechos (1927) de Carmen de Burgos, en los que encontramos una distinción entre la mujer burguesa y la mujer de la clase trabajadora. En este sentido, una de las aportaciones más importantes de Margarita Nelken a la historia de la teoría feminista española es la completa intersección de las categorías de género y de clase. A Nelken le resultaba imposible abordar los problemas de las mujeres sin hacer referencia a su clase social; creía que el feminismo en España estaba inextricablemente ligado a la pertenencia a una clase social determinada. Según Mary Lee Bretz,

 

el conflicto entre género y clase y las complejas interacciones entre estas dos categorías, que a veces se superponen y a veces compiten entre sí, constituye un tema central en la obra The social condition of women in Spain, dirigida a mujeres lectoras y trabajadoras y donde se desarrollan preocupaciones tanto feministas como socialistas en un intento por establecer vínculos entre estos dos grupos, pero sin llegar a confundirlos (1998: 106).

 

Nelken creía que las mujeres de clase trabajadora, que ya eran iguales a los hombres en el trabajo, eran feministas por naturaleza. En sus propias palabras, una mujer de clase trabajadora tiene una «mentalidad más sana y espontánea, ignorante de los prejuicios y de los convencionalismos, se encuentra, implícitamente, al mismo nivel social que su hermano o su marido» (Nelken, 1919: 36); por lo tanto, su reivindicación se centra en conseguir una igualdad salarial y obtener una legislación protectora y unos sindicatos de trabajadores que defiendan su igualdad con los trabajadores varones. Nelken creía que las mujeres de clase media tenían que recorrer un camino más difícil porque también estaban combatiendo en contra de prejuicios sociales en «un ambiente mezquino» que creaba una verdadera carrera de obstáculos en la marcha hacia la liberación: «Su libertad de trabajo va siempre precedida de una emancipación moral, penosísima las más de las veces; de ahí la necesidad de la lucha, la solidaridad intuitiva con las que, en otros países, supieron ya unirse a estas, de imitarlas» (ibíd.).

 

El análisis de Nelken sobre la mujer de clase media, que ocupa todo un capítulo de La condición social de la mujer en España, sigue una línea marxista en sus fundamentos en economía, hasta tal punto que: «La cuestión feminista en España es una cuestión puramente económica» (ibíd., 49). La autora reitera que la economía acosa sobre todo a la mujer de clase media porque, por un lado, tiene que encontrar un marido que la mantenga, y, por otro, el estilo de vida que se le presupone constituirá una verdadera carga económica para su esposo. En contraposición, la mujer acomodada de clase



 

 

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alta tiene poca dificultad para encontrar marido y, si no lo encuentra, tiene recursos económicos para mantenerse a sí misma. Por el contrario, como en la clase trabajadora el dinero que tengan los pretendientes no supone ningún problema, hay mayor libertad a la hora de elegir una pareja, y de hecho el matrimonio beneficia al hombre trabajador, ya que una mujer puede ahorrarle mucho dinero tanto en costes del trabajo doméstico como en sexo con prostitutas. En ese sentido, Nelken señala que las mujeres de clase media en algunos otros países sí trabajan y aportan dinero al hogar, pero esa no es la costumbre en España. Insinúa así que el matrimonio para las mujeres de clase media sería una forma de prostitución, ya que el trabajo que tienen estas mujeres es tan denigrante y está tan mal pagado que las únicas opciones que les quedan son las de vender su cuerpo, o a extraños o a sus maridos: «La única diferencia es que, en el matrimonio, el agarradero es definitivo y que, una vez conseguido el comprador, la mujer no se preocupa ya, en compensación, de seguirle agradando» (ibíd., 51). Nelken concluye su capítulo sobre las mujeres de clase media refiriéndose a ellas duramente como «el mayor peso muerto de la nación y al mismo tiempo, lo que hay en ella más enérgico y más valiente» (ibíd., 56; en cursiva en el original).

 

Si el principal ensayo feminista de Nelken, La condición social, se centra en la clase social y el trabajo, el volumen paralelo de Carmen de Burgos, La mujer moderna y sus derechos (1927), publicado varios años después, se centra en la situación jurídica de las mujeres, un aspecto del feminismo que afecta por igual a todas las clases sociales, si no en la práctica, al menos en teoría. Si bien la reivindicación de la igualdad de derechos ante la ley podría implicar, en principio, que no fuera necesario considerar las diferencias de clase, en su historia introductoria del feminismo Burgos reconoce en algunas partes de su libro la existencia de distinciones de clase. Al esbozar los diversos tipos de feminismo en su primer capítulo, las dos primeras categorías a las que hace referencia son, por un lado, «El Feminismo Obrero» y, por el otro, «El Feminismo Burgués», los cuales aparecen antes de «El Feminismo Mundano», «El Feminismo Profesional», «Feminismo Cristiano», «Feminismo Revolucionario» y «Feminismo Independiente» (Burgos, 1927: 66). Ella señala que el feminismo surgió primero entre las mujeres de las clases bajas («mujeres del pueblo») porque eran las más afectadas por los problemas económicos, especialmente en las ciudades. También afirma que la clase media tardó en alzar la bandera feminista debido a su resistencia a tener que trabajar, y de hecho el trabajo de las mujeres fue uno de los aspectos más relevantes de la agenda feminista del momento. Así, Burgos destaca que la



 

 

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vanidad era uno de los mayores impedimentos en la aceptación del trabajo de las mujeres de clase media. Las hijas de la clase media eran criadas de una manera ociosa y sentían inclinación hacia la ostentación lujosa. Si el cabeza de familia moría, las mujeres de la familia se veían arrojadas repentinamente a una penuria de la que solo podían escapar a través del trabajo. Aunque la autora no especifica que su análisis se refiera concretamente a España, sería lo más probable, ya que en Inglaterra y en Estados Unidos el feminismo temprano —la primera ola— había sido un fenómeno liderado por la clase media. Sin embargo, en el contexto español, fueron las mujeres aristocráticas las que impulsaron un primer pensamiento feminista en el siglo XVIII. Por supuesto, se desconocía gran parte de este legado hasta hace relativamente poco tiempo, recuperado gracias al trabajo de investigadoras como Mónica Bolufer, Betsy Franklin Lewis y Catherine Jaffe. Por lo tanto, la percepción errónea de Burgos es comprensible. Cuando Burgos se dirige a la aristocracia, la denomina feminismo «mundano». Las mujeres aristocráticas, afirma, se aprovecharon del feminismo no para luchar por el trabajo ni por la responsabilidad, sino para escapar de una reclusión forzosa. Querían poder salir de casa, viajar solas o practicar deportes, actividades reservadas solo para los hombres. La de estas mujeres fue una emancipación a través de la apariencia externa: usar otro tipo de maquillaje, llevar otros peinados y vestir ropa de su propia elección. Burgos cree que estas manifestaciones feministas aristocráticas serían más auténticas que las actividades tradicionalmente asociadas a este tipo de mujeres, tales como las obras de caridad y los clubes sociales. Sin embargo, lamenta el hecho de que las diferentes facetas del feminismo —muchas de ellas con orígenes de clase— a menudo entren en conflicto cuando deberían trabajar juntas por el bien común. Curiosamente, esta fragmentación y la lucha interna se repetirán de nuevo en el contexto democrático español de finales del siglo XX y principios del XXI, más bien por razones ideológicas (feminismo de la igualdad versus feminismo de la diferencia) que por distinciones de clase (véanse los capítulos 5 y 6).

 

Las nociones de clase impregnan otros temas de la teoría feminista a lo largo de la división cronológica que se ha establecido en este volumen. Por ejemplo, algunas teóricas feministas españolas prefieren ver a la humanidad en términos de clase social en lugar de polarizarla en sexos masculino y femenino. En este sentido, la institución del matrimonio le ofrece a Margarita Nelken la oportunidad de privilegiar la clase social sobre el sexo. De hecho, Nelken consideraba el matrimonio de clase media como una especie de prostitución, en la que la mujer se vende al hombre, quien queda igualmente



 

 

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atrapado en una situación con mucha carga económica a sus espaldas. Asimismo, señala que la mujer de clase media no espera tener que trabajar y por lo general no lo hace, mientras que el hombre está esclavizado a las necesidades consumistas de su esposa, hijas e hijos: «Para el hombre de la clase media, el matrimonio significa verdaderamente una carga, y una carga que muchos no se atreven a sobrellevar» (Nelken, 1919: 50). Es más, las mujeres de clase media habrían sido educadas para formar parte de este perverso acuerdo, ya que «el matrimonio burgués se envilece desde un principio por culpa de la mujer que se vende legítimamente con no menos astucia, y a veces hasta no mayor hipocresía que una ramera» (ibíd., 51).

 

Curiosamente, dos de las pensadoras más abiertamente feministas de la era franquista, María Laffitte y Lilí Álvarez, eran aristócratas (ambas ostentaban el título de condesas). De hecho, es muy posible que fueran capaces de superar la censura franquista y publicar sus textos abiertamente feministas, como La secreta guerra de los sexos, La mujer como mito y como ser humano y Feminismo y religión, gracias a su elevado estatus social. Cabe resaltar que ambas mujeres evitaron hacer referencia a temas relacionados con la clase social, siendo conscientes de que la clase obrera y los intelectuales de clase media, columna vertebral de la derrotada II República, podrían haberlas asociado a cuestiones políticas, dejando a un lado los temas de género que abordaban en sus obras feministas. Así, la historia de la clase social como tema de la teoría feminista española, como otros tantos temas feministas, pasó a la clandestinidad a través de la novela, en la que se representaba la vida de las mujeres de todas las clases sociales en su cotidianidad durante las décadas de 1940, 1950 y 1960.

 

Será en la década de 1970 cuando la clase social resurja como un aspecto importante dentro del pensamiento feminista español. En realidad, podría afirmarse que España nunca había dejado realmente de ser una sociedad con conciencia de clase. La Guerra Civil, que en muchos sentidos fue una lucha de clases, y el franquismo, que privilegió a la aristocracia y a la alta burguesía, prolongaron estas viejas estructuras clasistas. Una vez iniciada la democracia en 1975, se intentó abordar de nuevo la persistente lucha de clases, convirtiéndose en uno de los aspectos más relevantes en el movimiento de mujeres durante la etapa de transición a la democracia. Durante la dictadura de Franco, las lealtades de la clase obrera a los partidos socialista y comunista sobrevivieron en la clandestinidad, donde también se mantuvo un pequeño residuo de la ideología feminista surgida en el periodo republicano. Cuando se restaura de nuevo la democracia tras la muerte del



 

 

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dictador, las viejas lealtades crearon las condiciones necesarias para que se produjeran rupturas internas en el feminismo español, visibles ya en 1979. Por ejemplo, el emergente feminismo igualitario se aliaría con el Partido Socialista Obrero Español. En este contexto, Lidia Falcón emplea la noción marxista de clase social en su articulación de las mujeres como una clase social en sí misma que a su vez lleva implícitas las categorías tradicionales de clase baja, media y alta.

 

Cuando la actividad y la escritura feministas se reanudaron de nuevo en España en la década de 1970 y la clase social volvió a asumir un lugar destacado, hay también un resurgir de la doble militancia que ya había provocado algunos conflictos en los años anteriores a la Guerra Civil y durante esta. Después de una larga opresión, tanto de las mujeres como de los partidos políticos de izquierda que se habían aliado con la causa de la clase trabajadora, la doble militancia constituía una fuente de división en la década de 1970. En un intento por superar la dicotomía teórica entre el género y la clase social, Lidia Falcón argumentó en Mujer y sociedad (1969) que las mujeres configuran en sí mismas una clase social separada. En una entrevista que concedió unos cinco años después de la publicación del libro, afirmaba que en el conflicto entre la lucha de clases y la liberación de la mujer

 

nosotros consideramos que la mujer es una clase oprimida, por lo tanto, entra dentro de la problemática de la lucha de clases evidentemente y hasta que la problemática esta no se haya resuelto, tampoco se resolverá la de la mujer. Para mí, no tiene importancia una cosa que otra, tiene la misma. La lucha debe llevarse al mismo nivel y además no es imposible (Levine y Waldman, 1980: 71).

 

Por su parte, Carmen Alcalde veía la lucha de las mujeres como el principal objetivo y, al igual que Falcón, reconocía a las mujeres como una clase social cuyos intereses debían prevalecer sobre todos los demás. Dice Alcalde:

 

Para mí es más importante la lucha de la mujer. Para mí, es la primera lucha de clases que existe […] es más importante, la lucha de sexos, la lucha sexista. Mientras esto no se solucione la mujer seguirá colaborando con los partidos, con sus presidentes y directivas (ibíd., 33).

 

Como se indicó anteriormente, Alcalde argumenta que ni los partidos políticos ni las mujeres de clase trabajadora tienen tiempo para la militancia feminista. Pero, al igual que Margarita Nelken, ella ve una íntima conexión entre las preocupaciones de las mujeres y la conciencia de clase. Señala, por ejemplo, que los anticonceptivos son necesariamente una cuestión relativa a la clase social, ya que las mujeres de clase media tienen acceso a ellos, mientras que no están al alcance de las mujeres de clase trabajadora —algo que sucedía



 

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en la década de 1970. En 1931, Rosa Chacel observó la tendencia en la teoría de género contemporánea —especialmente la de Georg Simmel— a dividir radicalmente los sexos y así «feminizar» a las mujeres.

 

Asimismo, en la década de 1970, Charo Ema se lamentaba de que el Partido Comunista «feminizaba» a las mujeres adoctrinándolas principalmente sobre el alto coste de la vida: «Les hablaban en unos términos demasiado femeninos» (ibíd., 51). Ema, quien representaba a la Asociación de Mujeres Universitarias, una asociación de mujeres de clase media con formación universitaria fundada en 1953, también destaca los conflictos de clase en relación con el feminismo español. Las mujeres de clase trabajadora del Partido Comunista, asegura, consideraban a las mujeres universitarias «pequeñas burguesas», mientras que las mujeres universitarias pensaban que las mujeres de clase trabajadora estaban demasiado comprometidas con la ideología del partido. Ema recuerda también que dentro de las filas del Partido Comunista aún imperaba el machismo, y que la liberación sexual y la igualdad de los sexos eran consideradas un anatema:

 

No puedes decir muchas cosas porque el Partido está diciendo las contrarias; no puedes ir allí hablando de la libertad sexual cuando el Partido no está hablando de eso ni le interesa que hables de eso, porque ahora lo que hay que discutir es la recogida de basuras, y la recogida de basuras para mí es un problema del hombre y de la mujer y de todos, ¿no? No es únicamente el problema de la mujer, porque si sigue siendo el problema de la mujer, seguimos en las mismas (ibíd., 60).

 

Haciendo hincapié en los contextos particulares de las mujeres en España, y reconociendo su deuda con Margarita Nelken, Maria Aurèlia Capmany declara en La dona a Catalunya que: «La situación de la mujer en España se halla dentro de las condiciones políticas y sociales de su historia» (Capmany, 1966: 272). Más que divisiones según la clase social per se, Capmany señala una dicotomía entre las mujeres del campo y las mujeres de la ciudad. En un contexto general, ella nos recuerda que el feminismo español se limitó a una pequeña minoría de hombres y mujeres que residían en las grandes ciudades. De hecho, la gran mayoría de las mujeres seguía viviendo en zonas rurales y en pequeños pueblos. Aun así, Capmany señala que existían importantes diferencias regionales: «La actitud de la mujer gallega, de la mujer catalana y de la mujer andaluza no es solo diferente porque estas regiones han sufrido con menor o mayor ímpetu las consecuencias de una revolución industrial» (ibíd.). Añade además que La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca, ambientada en la Andalucía rural, a una mujer campesina catalana o gallega bien podría parecerle una obra con tintes exóticos. Así, comparte con



 

 

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Margarita Nelken su visión de que el feminismo español no es un movimiento con una larga historia y que sería en sí mismo un reflejo de la influencia de feminismos llegados de otros lugares con un impulso promovido por unas acuciantes necesidades económicas. A su vez, la reivindicación económica debía ser el mecanismo por el cual el feminismo español pudiera alcanzar los logros legales conseguidos por las mujeres de otros países. Capmany está de acuerdo con Nelken en que las mujeres españolas modernas, si bien no son inferiores a las mujeres de otras naciones industrializadas, van con retraso en muchos aspectos como resultado de siglos de represión. En su último libro, De profesión mujer, Capmany afirma que «el talón de Aquiles del Feminismo, más que su error, consiste en estar vinculado a la clase que le dio origen —la burguesía» (Capmany, 1971: 356). Por todos estos motivos, Capmany concluye que la motivación del feminismo está ligada a las premisas del liberalismo.

 

En 1981, Lidia Falcón publicó el estudio más radical y extenso sobre la relación de la mujer española y la clase social en La razón feminista: La mujer como clase social y económica. El modo de producción doméstico. En este extenso ensayo, donde lleva a cabo una minuciosa investigación, Falcón argumenta que las mujeres —como categoría— comparten muchas características que tradicionalmente se habían asociado a otros grupos de clase social como el proletariado y la clase media, pero que, sin embargo, el tipo de trabajo que realizan las mujeres —procreación y trabajo doméstico— no goza de un reconocimiento social al no estar remunerado económicamente. Haciéndose eco de argumentos que hemos visto articulados anteriormente por María Zambrano y Rosa Chacel, Falcón señala que, según Marx, «el hombre ha empezado a vivir su historia social», pero que «la mujer sigue viviendo su historia natural […]. La hembra humana no es persona, si es sexo y fábrica de seres humanos» (Falcón, 1981: 29, 31). Por tener que desempeñar su rol reproductivo, la mayoría de las mujeres quedan al margen de las labores productivas, y cuando sí las realizan, será siempre desde los márgenes, donde están expuestas a una gran explotación, ya que «la religión, la política, la filosofía, la educación, el psicoanálisis, han sido inventados por el hombre, para teorizar la explotación de clase de mujer, y convencerla de que así debe ser» (ibíd., 32; en cursiva en el original). Falcón recuerda que siempre se han empleado argumentos basados en la naturaleza, en lo que es lo natural, con el objetivo de justificar así la dominación de una clase sobre otra, tal y como Aristóteles razonó la necesidad de que existiese la esclavitud.



 

 

 

 

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Aunque Falcón, al referirse a las mujeres como grupo, está articulando su teoría dentro de un marco marxista por centrarse en el concepto de clase social, también se manifiesta contraria a que Marx haya dejado a las mujeres fuera de su análisis:

 

[…]   no percibe que este análisis, como las consecuencias que inevitablemente se desprenden de él, de la dialéctica del desarrollo materialista de la historia, no hace referencia a la mujer. Las clases que se comportan en su lucha como Marx define, están compuestas solo por hombres (ibíd., 41).

 

Tanto para el marxismo como para la burguesía, todos los seres humanos son iguales, y la lucha de clases es igual tanto en el caso de los hombres como en el de las mujeres. Es el tipo de trabajo que realizan mujeres y hombres lo que determina si las mujeres pueden o no entrar en la historia social. En este sentido, Falcón propone que, en lugar de cambiar el tipo de trabajo que realizan las mujeres en la sociedad, se reconozca la reproducción y el trabajo doméstico de igual manera que el trabajo remunerado fuera del hogar. Aquí Falcón toma prestado el término marxista «alienación», que venía siendo empleado para referirse al empobrecimiento de la clase trabajadora masculina, para describir también a aquellas mujeres que mantienen el mismo tipo de relación con sus maridos que los hombres con sus empleadores industriales: «Es el hombre —aunque sea obrero explotado a su vez por el patrono— que se beneficia del trabajo de la mujer por el que paga la mínima cuota: la comida, y muchas veces lo obtiene gratuitamente» (ibíd., 47).

 

Siguiendo con la línea de argumentación iniciada por Feijoo y desarrollada por Arenal, Pardo Bazán, Nelken, Burgos y otras autoras, Falcón reflexiona sobre si está en las leyes, más que en la biología, la raíz del problema de la servidumbre de la mujer: «La lucha de clases es una explicación política, económica y filosófica, no biológica» (ibíd., 297); ahora bien, la autora añade la importancia de la dimensión de clase. Por ello, no abandona la noción tradicional de clase según los estratos sociales —clase obrera, burguesía y clase alta— cuando formula una nueva división entre hombres —clase dominante— y mujeres —clase subordinada. De hecho, las antiguas divisiones de clase refuerzan sus argumentos sobre la explotación de la mujer. Por ejemplo, Falcón señala que las mujeres de todas las clases mencionadas serían las primeras víctimas de una ideología burguesa que exalta al individuo y la división del trabajo por sexos. La autora también apunta que el discurso de izquierdas no sería mucho mejor, puesto que, aunque los ideólogos de la izquierda usen términos como «cooperación» entre los sexos en lugar de «obediencia» de las mujeres hacia los hombres, «la tal



 

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“cooperación” en el trabajo, lleva a una división “natural” de funciones que “naturalmente” destina al hombre a las tareas de gobierno y a la mujer a las tareas domésticas» (ibíd., 325). Asimismo, entrecomilla el supuesto «poder» que tienen las mujeres, a través de su papel en el hogar, a la hora de influir en sus maridos cuando se manifiestan en público o a la hora de educar a sus hijos. A pesar de todo el «poder» que puedan tener en este sentido, las mujeres todavía poseen una porción muy pequeña de los recursos materiales del mundo y ocupan muy pocos puestos de liderazgo.

 

De igual manera, Falcón distingue entre una burguesía a la que pertenecen muy pocas mujeres en la década de 1980 —como por ejemplo Barbara Hutton, Elizabeth Arden, Helena Rubinstein y Joan Crawford— y otra burguesía más pequeña, que incluiría a cientos de miles o millones de carniceras, pescaderas, tintoreras, modistas, peluqueras y fruteras. Sería importante destacar que también alude a las diferencias entre países. Así, al final de su libro, utiliza el ejemplo de Chile —aunque también reconoce que la situación chilena difiere bastante de otros contextos nacionales— porque en este país los hombres de la izquierda revolucionaria prefirieron prescindir del apoyo de las mujeres antes que darles autonomía y poder de organización. En España, los izquierdistas españoles también habrían sido lo suficientemente poderosos como para manipular a las mujeres para obtener sus fines:

 

En la Guerra Civil los campos se delimitaron perfectamente. Los burgueses dispusieron de sus mujeres, y los revolucionarios de las suyas. En la conflagración las mujeres de los socialistas, de los anarquistas sobre todo y de los comunistas, aprestaron su esfuerzo, su apoyo, su lucha, su trabajo y hasta su vida, en defensa de los intereses de sus hombres (ibíd., 597).

 

Haciéndose eco nuevamente de la noción de individuo desarrollada por María Zambrano, para Falcón las mujeres no son individuos de la misma manera que los hombres, es decir, mientras que los hombres se afirman a través de su trabajo, la producción práctica en un mundo objetivo, manipulando la naturaleza como si fuera su obra y su realidad, las mujeres, por su parte, estarían ligadas al concepto de especie, condicionadas por ello, separadas desde su propia individualidad, y no se les permite afirmarse como un ser universal tal y como lo hace el hombre a través del trabajo que transforma la naturaleza. Las mujeres no trabajan, esto es, no transforman la naturaleza inorgánica, sino que solo se transformarían periódica y fatalmente en una nueva naturaleza orgánica identificada con todo lo que las rodea, pero que son incapaces de dominar (ibíd., 48-49): «En ella vence la especie sobre el individuo, mientras el hombre va separándose de la especie y afirmándose



 

 

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como ser genérico mediante el trabajo que transforma la naturaleza y la somete a su voluntad» (ibíd., 48). Los marxistas, defiende Falcón, no teorizan sobre el ser de la mujer como un problema a resolver: «Ni ellos [los marxistas] ni los comentaristas posteriores advirtieron que admitiendo que el destino de todas las mujeres es el mismo, sin distinción por clase social, estaban definiendo las condiciones de la clase mujer» (ibíd., 56; en cursiva en el original). Sobre estas premisas básicas, Falcón revisa a un gran número de teóricos del siglo XX, entre ellos Charles Fourier, Sigmund Freud y Dhoquois, quienes, al igual que Marx, no habrían tomado en consideración a la mujer como una entidad separada del hombre, en estado puro de naturaleza.

 

Siguiendo el dicho marxista de que no es la conciencia del hombre la que determina su ser sino al contrario, que el ser social determina la conciencia, Falcón analiza la estructura de la mujer como clase social. Como punto de partida, las mujeres viven en un mundo aparte, que se rige por diferentes leyes, derivadas de ideas abstractas, tales como la bondad, la belleza, la justicia y la religión. Así, la mujer no es material; su cuerpo, que la esclaviza, es espíritu, y su «desarrollo social», si así puede llamarse, sería el terreno de la ternura, de la inconstancia, de lo sublime y del sacrificio. Falcón argumenta además que, por estar aún muy ligada a lo material, la mujer no tiene un desarrollo social propio y, por lo tanto, es pura idea. En este sentido, de acuerdo con los tipos de argumentación que hemos visto en la teoría feminista española desde al menos principios del siglo XVIII en el padre Feijoo, Falcón proporciona una historia del pensamiento sobre las mujeres para probar su teoría sobre cómo estas habrían sido vistas como un ideal y no como un ser social.

 

Falcón también hace referencia al padre Feijoo, a Concepción Arenal y al estilo argumentativo de ambos cuando resume las ideas de los demás y señala algunas carencias en su pensamiento. En concreto, emplea este estilo de argumentación en los capítulos donde pretende demostrar que las mujeres han de ser consideradas una clase social en sí misma. Falcón sostiene que cualquier estudio de los modos de producción debe partir de una definición y análisis de clase, concepto que ella remonta a la lucha de clases. Por lo tanto, solo cuando se tenga en cuenta la lucha de clases, se podrá considerar a las mujeres como una clase social:

 

Solo a partir de su cualificación como clase, del lugar que ocupa en la producción de bienes, y del trabajo excedente que le es sustraído por la clase antagónica, podremos conocer el modo de producción doméstico y por ende las relaciones de producción con la clase antagónica (ibíd., 112).



 

 

 

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En concordancia con esto, Falcón también afirma que «es preciso por tanto entender que el acento ha de ponerse en la división social del trabajo, en el lugar que ocupan los individuos en la producción. Lugar condicionado por las relaciones de producción que se establecen» (ibíd., 117).

 

Podría entonces afirmarse que Falcón consigue superar la exclusión tradicional —y marxista— de los tipos de trabajo que realizan las mujeres al redefinir la naturaleza del trabajo como parte de la clase social: «la actividad con la cual el ser humano obtiene los medios para mantenerse, reproducirse y desarrollarse» (ibíd., 127; en cursiva en el original). Citando la definición de «trabajo» que proporciona el Diccionario de la lengua española como «el esfuerzo humano aplicado a la producción de riqueza» (ibíd.), Lidia Falcón considera que el trabajo sería absolutamente esencial para el desempeño de tres actividades humanas básicas: mantenerse económicamente, reproducirse y desarrollarse. La autora entiende la «riqueza» en un sentido más amplio de riqueza humana, material, cultural y artística. Partiendo de la afirmación de Marta Harnecker según la cual el trabajo humano es la base de toda la vida social, Falcón afirma que el ser humano es la base de toda sociedad y que los seres humanos no pueden existir sin la reproducción femenina. En este sentido, Falcón recuerda que, en el caso de la mujer, los meses de gestación y de lactancia no se tienen en cuenta a la hora de calcular el gasto humano de energía y trabajo productivo. Según la autora, incluso los teóricos marxistas consideran que la reproducción de la fuerza de trabajo ocurre libremente (ibíd., 135). Por ello, al expresar la reproducción en términos marxistas, Falcón introduce en la ecuación económica el tiempo y el esfuerzo necesarios para que la especie humana pueda reproducirse:

 

[…]    la aseveración de Marx de que cada modo de producción posee su ley de población es errónea. Las leyes de la reproducción son las determinantes de las leyes de la producción. La forma y el modo en que se realiza la producción humana y todos los ítems que le son inherentes: la larga gestación de nueve meses, el parto doloroso y peligroso, tantas veces mortal, la larga inversión de la madre en la nueva cría, su tardanza en desarrollarse, en adquirir el suficiente aprendizaje, la costosa inversión de tiempo, de salud y de trabajo de la madre en la producción de nuevas criaturas, el despilfarro de vidas femeninas que cuesta la reproducción, todo ello constituye los determinantes del modo de producción (ibíd., 138; en cursiva en el original).

 

De este modo, para Falcón, las leyes de la reproducción son primarias y determinan las leyes de producción, porque la reproducción rige el desarrollo de las fuerzas productivas. Observa además que la función reproductiva que las mujeres aportan a la producción nunca es remunerada, aunque la producción dependa enteramente de la reproducción: esto es, a mayor

 

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reproducción, mayor producción. Por lo tanto, la autora plantea la idea radical según la cual

 

la reproducción es el proceso de trabajo fundamental. Las fuerzas de trabajo determinantes son por tanto las mujeres. El desarrollo de las fuerzas de trabajo humanas, el aumento de la población es el determinante en el desarrollo de una sociedad y en los cambios que esta pueda sufrir (ibíd., 165).

 

Las mujeres son la clase explotada (ibíd., 253) para Falcón: «la única clase dominada y explotada de las comunidades domésticas» (ibíd., 255; en cursiva en el original). Tal y como demuestra Charo Ema, las ideas de Falcón sobre la mujer como clase social fueron muy debatidas en el momento en que se hicieron públicas. En 1974, Charo Ema afirmaba:

 

Yo creo que para entrar en un trabajo clandestino hace falta estar muy convencida, realmente, y estar muy de acuerdo, incluso todas. Nosotras no estamos de acuerdo todas, ni siquiera si la mujer tiene un conflicto con el hombre de lucha de clases. Hemos discutido mucho con Lidia Falcón si la mujer es una clase o si no es una clase, en qué medida la mujer proletaria y la mujer burguesa tienen puntos de contacto, en qué medida la familia es el problema principal (cfr. Levine y Waldman, 1980: 58).

 

En Sobre diosas, amazonas y vestales (1981), Victoria Sendón de León deja constancia de su profundo desacuerdo con la idea de la mujer como clase social:

 

No es el lugar de la mujer en la producción lo que la incluye en la misma clase, ¡solo nos faltaba ser clase! ¡Qué ordinariez! Es la pluralidad de sus marcas enraizadas en la ausencia y la diferencia las que la hacen precisamente inclasificable, pura posibilidad (Sendón de León, 1981: 119).

 

Por el contrario, Carmen Rodríguez afirma que el sector verdaderamente explotado de la sociedad española durante el franquismo habría sido el hombre y opina que las mujeres casadas vivían como parásitos del trabajo del hombre. Aquí Rodríguez se hace eco de los argumentos de Margarita Nelken en su obra La condición social de la mujer en España de 1919, aunque probablemente sin conocer directamente esta obra. Carmen Rodríguez parece estar pensando en las mujeres de clase media, que tienen un amplio servicio doméstico en el hogar y, por lo tanto, tienen pocas responsabilidades más allá de ir a la peluquería tres veces por semana, supervisar al servicio doméstico y reunirse con amigas en tertulias o para jugar a las cartas:

 

Pues estas esposas de estos señores, que quizá han hecho hasta una carrera universitaria o que podrían hacer cualquier tipo de trabajo comercial o en una agencia, no sé, no se plantean en ningún momento que están viviendo los dos



 

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esclavizados, aunque de diferente modo. Por otra parte, ¿cómo convencerle al hombre de que es un esclavo? (cfr. Levine y Waldman, 1980: 143).

 

El hombre no sería, pues, consciente de su esclavitud y tendría una falsa sensación de poder y de dominación, al ejercer el control económico. El trabajo, para Rodríguez, es, como lo había sido para Martínez Sierra, para Burgos y para Nelken, una cuestión de dignidad individual —una cuestión existencial—, pero también una cuestión de igualdad para ambos sexos: «Se trata de una esclavitud mutua. El hombre es un esclavo de su trabajo, la mujer es una esclava de su dependencia y de su mente. Ella esclaviza a su marido, pero a la vez, la sociedad o el marido la esclavizan a ella como individuo» (ibíd., 145).

La cuestión de la clase social ha ido perdiendo importancia en la España democrática, quizás porque la europeización y la americanización experimentadas por España en las últimas décadas habrían contribuido a diluir la conciencia de clase, que habría sido sustituida por la sensación de que, en democracia, las distinciones de clase resultan anacrónicas. En una democracia se espera que todas las personas —hombres y mujeres— contribuyan por igual al bien común a través del trabajo. La clase social, como hemos visto, está íntimamente relacionada con el hecho de que una persona trabaje o no, y, si lo hace, qué tipo de trabajo realiza. En el capítulo siguiente se retomará este tema del trabajo como concepto fundamental dentro de la teoría feminista española.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 4

 

Trabajo

 

 

 

 

 

Como acabamos de exponer en la conclusión del capítulo anterior, el trabajo está estrechamente asociado con la clase social, un tema recurrente en todo el corpus del pensamiento feminista español desde el siglo XIX hasta nuestros días. La importancia del trabajo para la mujer moderna la destacó ya F. Scott Fitzgerald en el comentario que hizo sobre su esposa Zelda Sayre Fitzgerald, que sería internada en un sanatorio hacia el final de su vida: «Ella entendió que el trabajo era dignidad» (véase Liesl Schillinger, 2006: 18). De manera similar, Carmen Martín Gaite sugiere una ociosidad enfermiza tanto en Madame Bovary como en Marilyn Monroe, quienes, en su opinión, se habrían suicidado porque su autoestima provenía únicamente de su feminidad, más que de cualquier tipo de capacidad productiva (Martín Gaite, 1970).

 

Maria Aurèlia Capmany señala la intersección que existe entre la clase y el trabajo, especialmente desde el siglo XIX en adelante. Afirma también que las mujeres de clase obrera siempre han trabajado, pero que el problema del trabajo para las mujeres de clase media solo habría cobrado relevancia a partir del siglo XIX. La industrialización de dicho siglo dio lugar a mujeres de clase media con medios limitados que no crecieron con la expectativa de tener que trabajar, pero cuya precaria situación económica podría requerirlo. También señala que la clase media baja —la pequeña burguesía—, especialmente presente en Cataluña, por ser un territorio más orientado al comercio, era más receptiva al trabajo de las mujeres que los estratos más altos de ese grupo social. El concepto mismo de trabajo, cuando se relaciona con las mujeres, es difícil de definir, puesto que el trabajo no remunerado que las mujeres hacen en el hogar o en los campos no se contabiliza en los datos estadísticos. Cristina Borderías, Cristina Carrasco y Carmen Alemany evalúan esta dificultad en el Prólogo al libro Las mujeres y el trabajo: rupturas conceptuales:

 

El concepto de «trabajo» mismo, como se podrá apreciar a través de las páginas de este libro, es actualmente un concepto polisémico y ambiguo, objeto en sí mismo de una larga y compleja discusión en las distintas disciplinas (Borderías, Carrasco y Alemany, 1997: 13).



 

 

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Como Ubaldo Martínez Veiga observa, «lo que es considerado como trabajo es, precisamente, el industrial» (1995: 9), y en su libro Mujer, trabajo y domicilio explora por qué el trabajo doméstico que realizan las mujeres no es considerado trabajo[51]. Acuña así el término «no-trabajo» para el trabajo realizado en la esfera doméstica. En términos marxistas, el trabajo que no genera productos vendibles acentúa la naturaleza del trabajo «realizado fuera de casa» como trabajo «real»: el trabajo «remunerado» y el «no remunerado» resultan ser características menos determinantes a la hora de declarar qué es considerado trabajo que las características de «doméstico» y «no doméstico». Ya hemos dado cuenta, en el capítulo anterior, del intento de Lidia Falcón por evitar la definición marxista del trabajo.

Sin darse cuenta de que sus observaciones se centran en las mujeres de las clases más privilegiadas, el padre Feijoo, en su obra Defensa de las mujeres (1726), argumenta que las mujeres están especialmente capacitadas para el trabajo político y alaba también la sagacidad para la política de mujeres como Semíramis —reina de los asirios—, Artemisa, las dos Aspasias, Agripina, Isabel I de Inglaterra e Isabel I de España. Al citar como ejemplo a las mujeres de la isla de Formosa, donde son sacerdotisas y ejercen el poder político, Feijoo sugiere que las mujeres tienen una aptitud para desempeñar un rol más importante en otras confesiones religiosas que en el cristianismo. No obstante, este sutil razonamiento deja abierta una cuestión sobre las mujeres en la religión cristiana, ya que parece existir un conflicto entre el amor divino y el amor terrenal. El designio divino dicta que la mujer esté sujeta al poder del hombre, aunque, de hecho, las mujeres dirijan y deban ser obedecidas en muchos lugares del reino humano. Feijoo comenta un ejemplo ridículo: en Persia, a la esposa fallecida de un rey le coronaron el vientre, pues, al morir, estaba embarazada y se creía que esperaba un varón. Además, Feijoo también señala que las mujeres pueden hacerse cargo de la administración económica, pues ya lo hacen en el manejo de los asuntos del hogar.

 

Pedro Rodríguez Campomanes, como es habitual en el pensamiento del siglo XVIII, se posiciona pública y conscientemente sobre la necesidad de que las mujeres trabajen. En su «Discurso sobre la educación popular de los artesanos», considera urgente aumentar la base social de trabajadores: «para ampliar la prosperidad de la nación, el trabajo femenino se erigía como indispensable. Por lo que había que sacudir la abulia de tanto tiempo e instar a las mujeres “para que no permanezcan ociosas en pueblo, ni provincia alguna sin producir utilidad al Estado”» (Folguera, 1998: 24).



 

 

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Basándose en su observación directa, Jovellanos insiste en que las mujeres ejerzan el mismo tipo de actividades que los hombres, y cree que las mujeres son las compañeras inseparables del hombre, no solo en el hogar, sino también en el bosque, en la playa, en el campo, durante la cacería, de paseo, pastoreando, cultivando la tierra y siguiéndolo en todos los otros aspectos de su vida; esencialmente, justificaba la capacidad de la mujer de realizar cualquier actividad. Richard Herr asegura que Campomanes ensalzó el trabajo que las mujeres realizaban en regiones costeras como Galicia y Asturias, donde ejercían todo tipo de actividades, que iban desde pescar hasta trabajar la maleza y ocuparse de los cultivos. También argumenta que, en el norte de España, donde la conquista de la parte española bajo dominación musulmana se había iniciado en el siglo VIII:

 

Asturias, particularmente, había sido el hogar de Pelayo, un líder cristiano que había dirigido exitosamente una batalla en contra de los musulmanes en el año 722 en Covadonga. La victoria de Pelayo marcó el inicio de la Reconquista, que fue llevada a cabo por los súbditos de los sucesores de Pelayo en Asturias y Galicia. Españoles como Campomanes se consideran a sí mismos como descendientes de Pelayo. Así, para Campomanes, el éxito de España consiste en la expulsión de las prácticas islámicas que había traído consigo la invasión proveniente de África del Norte en el año 711 y en hacer regresar a los españoles a las prácticas europeas de su pasado. La erradicación de la ociosidad femenina y de los remanentes indeseables del pasado musulmán español era esencial para impulsar la sociedad española del futuro (Herr, 1971: 76).

 

Tal y como apunta Rebecca Haidt, Campomanes ensalzó el papel del trabajo significativo para las mujeres urbanas, advirtiendo

 

en su Discurso sobre la educación popular de 1775 que la ociosidad era especialmente problemática entre las mujeres de la clase urbana trabajadora —para las cuales el servicio doméstico era una de las categorías de empleo más numerosas

 

— e instó a las mujeres de las ciudades a llevar «una vida activa y atareada, en lugar de la flojedad voluptuosa» (Haidt, 2011: 49).

 

Campomanes recomendaba especialmente la elaboración de encajes y de botones, la pintura de abanicos y la preparación de otros materiales artísticos como medios de subsistencia apropiados para las mujeres urbanas ociosas. Haidt, además, realiza un relato fascinante de las mujeres españolas del siglo XVIII que, al ir vendiendo de casa en casa, proporcionaban a las «petimetras» las galas que requerían para mantener la apariencia pública adecuada, como consta en su capítulo tercero, «Petimetras, costureras, modistas: el trabajo de la confección y los márgenes de “decencia”».



 

 

 

 

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Concepción Arenal y Emilia Pardo Bazán, al igual que el padre Feijoo, habían pasado sus primeros años en Galicia, una región de España donde las mujeres siempre habían trabajado, en especial en el sector agrícola. Según Maria Aurèlia Capmany:

 

Sin duda alguna el comportamiento de la mujer gallega del pueblo, que ellas conocían profundamente, no les dejaba lugar a dudas sobre las facultades ante el trabajo de ambos sexos. Es notorio que tanto Concepción Arenal, como la condesa de Pardo Bazán jamás se plantea la duda sobre las facultades de la mujer para trabajar, para estudiar, para intervenir en la vida pública de la nación (Capmany, 1975: 12).

 

Concepción Arenal pone como ejemplo a Norteamérica, que había sido construida sobre el trabajo, lo cual sustenta, a su vez, la igualdad (Arenal, 1993: 203-204). De la misma manera que Carmen de Burgos lo hará setenta años después, Arenal afirma que la mujer tiene «derecho al trabajo»; basándose en el principio de igualdad, argumenta que la sociedad no puede negarle a la mujer la capacidad de ejercer sus facultades (ibíd., 88). También defiende que las mujeres pueden «ejercer toda profesión u oficio que no exija mucha fuerza física y para la que no perjudique la ternura de su corazón» (ibíd., 79). Pronto se retracta de su declaración acerca de la fuerza física, pues reconoce el trabajo de carga que las mujeres realizan en el trabajo agrícola — actividad que ella habría observado de cerca en Galicia y Asturias. Aunque vacila en cuanto al principio de igualdad de capacidades intelectuales entre mujeres y hombres, pues no es capaz de nombrar a mujeres para equiparar con Platón, Galileo, Leibniz, Pascal, Kant y Cervantes, la autora cree firmemente que las mujeres son capaces de ejercer profesiones en sectores como la farmacia, el derecho, la medicina, la notaría, la docencia, el sacerdocio, el trabajo administrativo y otros muchos empleos cotidianos. Arenal destaca que las mujeres, naturalmente más compasivas, religiosas y más castas, serían aptas para ejercer el sacerdocio, en especial el sacerdocio en la religión católica, que tiene como requisito el celibato y la escucha para la confesión. Apunta también que, si las mujeres pudieran ser sacerdotes, todos los conflictos que surgen en las confesiones hechas entre sexos opuestos desaparecerían, y cabe preguntarse si su argumento saldría reforzado por las noticias de abusos sexuales dentro de la Iglesia católica. La autora cree que algunas cualidades femeninas —compasión, piedad y sensibilidad— preparan especialmente a las mujeres para escuchar confesiones, ya que «la religión es principalmente un sentimiento» (ibíd., 81). Aquí, Arenal es una precursora de la ciencia cognitiva contemporánea[52].



 

 

 

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Arenal continúa argumentando que, al considerar a la mujer capaz de ejercer cualquier profesión, lo que hace es tomar en consideración el bien de la sociedad en general. Opina que lo que importa más en cualquier profesión no es el conocimiento, sino la conciencia. Por ejemplo, si un cliente está buscando un abogado, la rectitud del abogado es fundamental y, para evitar demandas, este debe informar a su cliente de lo que es posible y no, de acuerdo con la ley. Los médicos necesitan conocer los datos científicos, pero «¡ay del enfermo si no tiene conciencia también!» (ibíd., 83). Arenal argumenta lo mismo para el caso de oficinistas y farmacéuticos. Asegura que las mujeres, al ser más compasivas, religiosas, castas y morales, serían ideales para ejercer estas profesiones, en especial la medicina, si se trata de atender a mujeres, a niños y a los pobres. Resulta interesante que, a pesar de sus primeras declaraciones de que la mujer debe ser admitida en cualquier profesión, Arenal ponga algunos límites. La autora, por ejemplo, no cree que una médica deba llevar a cabo operaciones, y también excluye a las mujeres del ejército y de la guerra, excepto si su función consiste en ser médica o enfermera para atender a los heridos. Asimismo, Arenal excluiría a las mujeres de la carrera judicial, para evitar que su naturaleza compasiva fuera un obstáculo a la hora de dictar sentencias duras, y de profesiones en las que tenga que ejercer autoridad, pues sería este un rasgo incompatible con su naturaleza dulce y cariñosa. La autora tampoco cree que las mujeres deban tener derechos políticos, ya que la política puede ser militante y pasional, llena de intrigas y deshonestidad. Duda de que los cambios prometidos en las estrategias políticas puedan ocurrir de verdad. Arenal recomienda, por fin, que las mujeres se atengan a la esfera doméstica y que dejen el espacio público a los hombres, consejo que cambiará radicalmente en La mujer de su casa, publicado veinte años después.

 

Resulta significativo que, entre los muchos proyectos incompletos en los que estaba trabajando Arenal durante sus últimos años, cuando ya estaba aquejada de graves problemas de salud que amenazaban su vida, eligiera concentrar sus energías en el campo del feminismo hasta su fallecimiento. Claramente, sintió que era urgente corregir o reelaborar algunas de las ideas que había manifestado anteriormente. El prefacio de La mujer de su casa nos informa de que La mujer del porvenir era un boceto más que un cuadro, aunque muchas de las ideas en él vertidas aparecieran revestidas de diferente manera. Por ejemplo, alienta a las mujeres a que dejen la esfera doméstica y a que participen en la esfera pública para favorecer la salud de la familia, ya que todos los hombres estarían influenciados por las mujeres desde el



 

 

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momento en que nacen hasta que mueren. Así, «los hombres […] en la medida que rebajan a las mujeres, son rebajados por ellas, material, moral e intelectualmente» (Arenal, 1974: 204). Una mujer que deja la casa para hacer visitas de caridad a los pobres o a los presos puede ver ejemplos importantes de lo que una persona no debe ser. Arenal está en contra de la opinión generalizada de que las mujeres que se dedican a estas actividades descuidan su hogar y a su familia, y señala que la mayoría de las mujeres económicamente acomodadas tienen un exceso de tiempo libre que permite el desarrollo de actividades ociosas e inútiles. Esta situación resultaría ser física y moralmente debilitante y contribuiría, en su opinión, a la ruina de las mujeres y de sus familias. Arenal cree que el trabajo de las mujeres es tedioso y que no ejercita el cerebro: combaten este tedio leyendo novelas que alimentan sus pasiones y conducen a males sociales como el adulterio. Las mujeres sin educación, por su parte, serían infelices, una condición con efectos dañinos en los hijos e hijas. Además, y apuntando a un argumento que Carmen de Burgos desarrollaría a principios del siglo XX, Arenal sostiene que, si las mujeres pudieran encargarse de su sustento, no existirían matrimonios infelices, un argumento que resurge en el franquismo cuando las mujeres fueron nuevamente relegadas a la casa.

 

Sea como fuere, al igual que en La mujer del porvenir, el núcleo de su argumento a favor de que las mujeres realicen diferentes trabajos reside en los beneficios sociales que conlleva para la nación en su conjunto. De acuerdo con Arenal, otros países habrían avanzado más, puesto que sus ciudadanos contribuyen al bien común a través de su trabajo: «No es posible que el Gobierno […] ni la legislación más completa y sabia vivifiquen a un pueblo cuando los legislados son masa pasiva, ciudadanos mecánicos, que no hacen otros movimientos que el que les imprime el resorte legal» (ibíd., 218). Arenal sitúa todos los trabajos en igualdad de condiciones y elimina la distinción entre el trabajo de los hombres como el de mayor importancia y el trabajo de las mujeres como el menos relevante. Para subrayar este punto, Arenal marca la distinción entre «espíritu» y «materia», conceptos centrales en el pensamiento feminista de María Zambrano y Rosa Chacel, reflejados en sus ensayos de las décadas de 1930 y 1940 e inspirados en la filosofía de Max Scheler. Al escribir sobre el trabajo de hombres y mujeres, Arenal asegura que «el hombre no es espíritu puro, y existe bajo la forma de materia organizada» (ibíd., 239). Ella consideraba que la culpa de que el trabajo manual estuviera infravalorado recaía en el cristianismo; Arenal no encuentra ninguna diferencia notable entre cazar un ciervo —trabajo de hombres— y



 

 

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convertirlo en alimento —trabajo de mujeres. Al final, tanto hombres como mujeres estarían sujetos a las leyes materiales. Absolutamente todos necesitan el ejercicio físico que el trabajo material proporciona, y aquellos que pertenecen a la clase alta, que no realizan trabajos físicos, deben recurrir a un gimnasio o a otra forma de ejercicio no laboral. Nuevamente, las distinciones de clase y género coinciden: cuando se trata de la mente y del cuerpo en el trabajo, Arenal insinúa que las mujeres tendrían mucho en común con la clase obrera, un argumento que reaparece en el ensayo Mujer y sociedad de Lidia Falcón. Arenal insiste en que el trabajo intelectual y el trabajo físico no se oponen, y que tal división del trabajo no supone más que una falsa dicotomía.

 

En La mujer de su casa una razón importante para que las mujeres tengan empleos relevantes sería liberarlas del aburrimiento; Elisa Lamas defendía el mismo argumento para el caso de las mujeres de clase media durante el franquismo. Utilizando un vocabulario que seguramente deriva de la noción de armonía del krausismo, Arenal opina que

 

la inacción intelectual, y aun material, de la mujer, no puede ser la paz, porque no es la armonía; y el hombre, engañado por aparente sosiego, siente escozores y picaduras de insectos invisibles, o dormido en un oasis despierta sobre un abismo (ibíd., 257).

 

Asimismo, basándose en este argumento diez años después, en 1891, Arenal dedicará un ensayo entero al trabajo de las mujeres («El trabajo de las mujeres», publicado en el Boletín de la Institución Libre de Enseñanza). En él, Arenal resalta la poca remuneración que reciben las mujeres y las consecuencias personales y sociales que provoca tal desigualdad. Al estilo del padre Feijoo, Arenal se propone desmentir la idea de que las mujeres no requieren un pago elevado porque su sueldo solo serviría como complemento al sueldo del hombre, ya sea del padre o del esposo. La autora también refuta el mito de que el trabajo de las mujeres se desarrolle principalmente en la casa, una idea que niega e ignora a las mujeres obreras:

 

La mujer ha trabajado siempre fuera del hogar; trabajará; es preciso que trabaje, y para que esté el menor tiempo posible fuera de él, no hay más medio que mejorar su educación y las condiciones de este trabajo: si ganara en seis horas lo que gana en doce, podría estar dieciocho en casa (ibíd., 86).

 

Sus argumentos en favor de mejorar las condiciones de trabajo para las mujeres se refuerzan por la noción de que la esfera de la mujer es, en esencia, la casa. Es imposible saber si Arenal recurrió a este argumento —menos horas en la fábrica y más en casa— solo para calmar a quienes creían que el lugar



 

 

 

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de la mujer era el hogar o si, por el contrario, verdaderamente creía en ello: no obstante, en su propio caso, Arenal no se adhirió a esta regla[53].

 

Mientras que la mayor parte de la escritura feminista de Emilia Pardo Bazán se centra en la educación de las mujeres, su artículo «La exposición de trabajos de la mujer» (1893) trata el tema del trabajo realizado por mujeres. Este escrito repasa las muestras de costura y de escritura femenina que España había mandado a la exposición internacional de Chicago. Aunque Pardo Bazán se lamenta de que las piezas fueran escogidas de manera apresurada y, por lo tanto, no fueran de la mejor calidad que España podía ofrecer, sí destaca que fue la primera vez que España reconocía el trabajo de las mujeres incluyéndolo en un proyecto internacional. Como hemos visto en la escritura sobre clases sociales de Pardo Bazán, su interés en el trabajo de las mujeres destaca el realizado por las mujeres de clase alta. La lista de contribuidoras de las muestras de costura para la exposición de Chicago está llena de títulos aristocráticos. El artículo describe principalmente los elementos que formaron parte de la muestra, pero le dio una oportunidad a Pardo Bazán para verter algunas opiniones sobre el trabajo de las mujeres en general, y llama la atención especialmente sobre la presencia de las mujeres en los campos de su región de nacimiento, Galicia: «En mi país la mujer ara, cava, poda, siega, riega, hace leña» (Pardo Bazán, 1999b: 234).

 

Pardo Bazán considera también que las mujeres, aunque estén menos involucradas en el sector industrial, serían fundamentales para la industria tabaquera, una contribución que no formó parte de la exposición de Chicago. La costura de las mujeres españolas sería, en aquel momento, la muestra de trabajo femenino más llamativa, algo que brinda a Pardo Bazán la oportunidad de resaltar que dicho trabajo no es más que una pérdida de tiempo, un sentimiento del que se haría eco María Martínez Sierra años después. Pardo Bazán escribe que su naturaleza femenina la inclinaría a apreciar la belleza del trabajo de hilo y aguja; sin embargo:

 

Mi razón y mi piedad por la mujer me inspiran cierta antipatía y guerra a la labor de aguja. Pena causa imaginar la paciencia, el tiempo, el derroche de vista, las interminables horas de encierro que representan esas labores, no siempre bellas, rara vez aprovechables, y en algunas ocasiones contrarias hasta al fin útil del objeto que enriquecen (ibíd., 166).

 

Toma como ejemplo, además, el encaje de las sábanas, que solo se utilizan cuando se duerme. También apunta que los más reconocidos en el arte de bordar eran hombres, ejemplo de lo cual es el propio nombre de la calle de los Bordadores en Madrid.



 

 

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Una característica interesante y única en la historia del trabajo remunerado de las mujeres en España fue la industria del tabaco en el siglo XIX, cuando la fabricación de cigarros se convirtió casi en su totalidad en una tarea femenina, como reflejan la novela Carmen de Prosper Mérimée y la ópera Carmen de Georges Bizet (véase D. J. O’Connor para un listado más completo sobre las representaciones de las tabaqueras). Desde muy pronto, los administradores de las fábricas de tabaco se dieron cuenta de que las manos femeninas eran más diestras para trabajar las hojas de tabaco y refinarlas. Estas fábricas estaban bien reguladas y las condiciones laborales eran particularmente favorables para las mujeres. Las trabajadoras del tabaco eran consideradas personas completas en el sentido descrito en el capítulo 2 de este libro:

 

A la tabaquera se le exigía un nivel educativo mínimo en un país donde la mitad de la población femenina era analfabeta (y el nivel era más alto entre las clases modestas y en ciertas regiones), no cabía duda de que lo sería o podría fácilmente convertirse en una figura distintiva entre aquellos que trabajaban en la industria, con una personalidad propia (Capel Martínez, 1999: 136).

 

Además de esto, las fábricas de tabaco proveían oportunidades para el desarrollo profesional, ya que las mujeres podían alcanzar un puesto administrativo o de supervisor[54].

 

En 1900 se había hecho evidente la existencia de una conciencia nacional que reconocía el trabajo remunerado de la mujer, puesto que en ese año se promulgó la primera de las leyes que protegían a las mujeres en el lugar de trabajo (Nuño Gómez, 2010: 255), aunque, como señala Nuño Gómez, «las ínfimas condiciones laborales de las mujeres obreras no serían objetivo de esta nueva regulación» (ibíd., 256). Hacia la década de 1920, cuando María Martínez Sierra, Margarita Nelken y Carmen de Burgos escribían sobre la cantidad de mujeres españolas que entraron en el mercado de trabajo durante la I Guerra Mundial, justo cuando la economía española crecía y los precios de los bienes básicos subían de forma simultánea, el trabajo ocupó un lugar de gran importancia. En el escrito Feminismo, cartas a las mujeres de España y en Nuevas cartas a las mujeres de España, de María Martínez Sierra, en La condición social de la mujer de Margarita Nelken y en La mujer moderna y sus derechos de Carmen de Burgos, queda registrado este fenómeno de conciencia feminista. En 1920, José Francos Rodríguez da cuenta de esta nueva situación y considera que la carrera profesional de la mujer no puede limitarse únicamente a asegurarse un marido (cit. en Nash, 1983: 105). Este



 

 

 

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autor cree, además, que solo las habilidades de una mujer deben definir su actividad laboral, y no la tiranía masculina:

 

¿No están ellas manifiestas en diversas profesiones y en distintos empleos? Puede pedirse que por motivos de carácter económico, por fines que tienden a la armonía social, se estudie el modo de impedir el desequilibrio que ocasione la entrada de la mujer en la vida del trabajo. Pero ¿cerrar el camino a la independencia personal, negar el derecho que la mujer tiene a ganarse la vida? Eso no es justo ni además posible, porque el ímpetu de los acontecimientos destruirá los prejuicios y egoístas resistencias que traten de mantener el dominio masculino (ibíd., 106-107)[55].

 

En 1916, en pleno boom de entrada mujeres en el mercado laboral español, como consecuencia de la I Guerra Mundial, Carme Karr de Lasarte se hace eco de La mujer de su casa de Concepción Arenal. Arenal había colocado la misión del bien común en primer lugar, por encima de la familia, y había defendido que el amor a la humanidad y al prójimo era una misión noble para las mujeres, tanto como la maternidad:

 

Únicamente preparando a la mujer para hacer sola el camino de la existencia tendremos buenas esposas, buenas madres, buenas ciudadanas. Es necesario por todos los medios romper aquel antiguo molde de la formación femenina que no tenía otro ideal para la mujer que el matrimonio o el convento (ibíd., 97-99).

 

No obstante, el conservadurismo de Karr se impondrá al final, cuando asegura que la misión social de la mujer comienza en el hogar.

 

Por otro lado, los argumentos de María Martínez Sierra acerca de los derechos de la mujer a trabajar apelaban más, y de forma muy clara, a los valores españoles tradicionales, esto es, cristianos y maternales. En un discurso pronunciado en favor de «la protección al trabajo de la mujer» en 1917, Martínez Sierra sostenía que se debía proporcionar un empleo a las mujeres que necesitaran de él y que los sueldos tendrían que ser justos y acordes con el trabajo realizado, como «una obra cristiana, ultramoderna y feminista» (Martínez Sierra, 1917: 12). Esta autora se dio cuenta de que las mujeres del público podrían molestarse con la palabra «feminismo», así que intentó darle una vuelta al término para buscarle un tono más caritativo. Por otro lado, las mujeres burguesas deberían encontrar un trabajo honesto para las menos favorecidas:

 

[…]     en vez de darles un socorro como limosna; administrando su labor honradamente; librándolas de la tiranía de un intermediario explotador; hacen ustedes obra de puro feminismo, puesto que, mujeres, trabajan ustedes en favor de sus hermanas desvalidas… (ibíd.).



 

 

 

 

 

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Martínez Sierra disuade a las mujeres españolas de realizar labores de costura en casa y las insta a contratar a costureras profesionales para que se ocupen de estas tareas. Considera también que las amas de casa deberían aprovechar mejor el tiempo saliendo a hacer la compra que quedándose en la casa cosiendo: «Si se pasan ustedes el día cosiendo, serán ustedes viejas a los treinta años; engordarán ustedes, cosa que les causa tan saludable horror…» (ibíd., 169). Sin embargo, resulta inevitable darse cuenta de que la autora carece de empatía para con las costureras profesionales, que, en cambio, pasan el día confinadas y envejecen prematuramente por este motivo.

 

En «Un oficio de mujer noble y desdeñado», Martínez Sierra se lamenta de que muchas mujeres españolas denuesten la profesión de niñera. Las familias españolas deben recurrir a buscar niñeras en países como Suiza, Alemania o Inglaterra porque las jóvenes españolas desdeñan este tipo de empleo y prefieren un trabajo como tutora o profesora particular al de niñera, otra manifestación de la dicotomía entre el trabajo físico y el intelectual. Martínez Sierra sostiene que la escasez de niñeras en España provoca que el salario por cuidar a los hijos de otros sea más elevado que el de enseñarles lectura, historia o geografía. En «Iniciativa laudable en favor de la mujer. Una carrera esencialmente femenina» se emociona al saber que en Cataluña se han abierto diez plazas para estudiantes mujeres en una escuela de biblioteconomía. La autora cree que las cualidades femeninas de orden, limpieza, paciencia, aptitud para clasificar y estudio de la lengua convierten a las mujeres en candidatas especialmente hábiles para ejercer el puesto de bibliotecaria. Si bien el trabajo en una biblioteca sería una profesión esencialmente de clase media, Martínez Sierra se dirige también a la mujer obrera en «Celia en los infernos», al elogiar un libro que trata sobre una mujer adinerada que visita barrios residenciales de clase trabajadora y las fábricas donde sus habitantes se ganan la vida. La historia de Celia le recuerda a Martínez Sierra el caso de dos mujeres de clase media-alta en los Estados Unidos que aceptaron empleos en fábricas para conocer de primera mano las condiciones laborales que imperaban en esos lugares. El libro que escribieron a partir de esa experiencia despertó gran interés en Estados Unidos, provocando que el Congreso mismo redactara leyes sobre la presencia de menores y mujeres en el espacio de trabajo: «El infierno, el infierno: el hambre, el frío, la angustia, la desnudez […] la tentación esperando a la puerta del taller a la obrera cansada y hambrienta» (ibíd., 157).

 

En Nuevas cartas a las mujeres de España, Martínez Sierra se ocupa del controvertido tema de la doble jornada laboral que realizan las mujeres: por



 

 

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un lado, el trabajo remunerado fuera de casa y, por otro, el interminable quehacer dentro de ella, un asunto que el feminismo español reciente ha vuelto a retomar. La solución que propone Martínez Sierra resulta ser utópica. En primer lugar, reconoce que cada vez resulta más complicado tener una vivienda asequible y que, al haber más oportunidades laborales para las mujeres, el servicio doméstico de calidad es difícil de encontrar. Además, como los hijos a menudo trabajan lejos de la casa de sus padres, la vida familiar tiene que cambiar radicalmente. La solución que propone Martínez Sierra es un estilo de vivienda cooperativa o cohabitación en la que cada pareja o individuo viva en dos «amplias y ventiladas» habitaciones con un baño. El edificio entero estaría atendido por profesionales —no por criadas— que se encargarían de los servicios de calefacción, agua corriente, limpieza, recogida de basura y cocina. La autora es consciente de que este tipo de solución puede ser un poco aterrador para quienes leen sus obras, pero les asegura que la «libertad personal» que ganarían sería altamente satisfactoria (Martínez Sierra, 1932: 117). Este proyecto permitiría a las madres de familia ser relevadas de las tareas tediosas de la casa y las mujeres solteras podrían relajarse al llegar a casa después del trabajo en lugar de preocuparse por calentar agua para el baño, preparar la comida y hacer la limpieza. Martínez Sierra cree que este nuevo tipo de viviendas mejoraría notoriamente las relaciones humanas, especialmente entre hombres y mujeres.

 

Como Margarita Nelken, Martínez Sierra también emplea razones nacionalistas en sus argumentaciones feministas, aunque incorpora la maternidad a la ecuación, asunto que Nelken no tocaba. Martínez Sierra defiende el derecho de las mujeres a recibir educación y a ejercer el sufragio, ya que las mujeres educadas y que voten criarán mejores ciudadanos varones:

 

Y… figúrense ustedes que tienen un hijo, el primero, hijo de amor y de ilusión, y que sueñen ustedes para él toda la gloria del mundo y toda la felicidad, por añadidura. Le quieren ustedes héroe, santo, sabio… ¿No les gustaría a ustedes que ese hijo, esperanza viva, pudiera educarse en una escuela que le enseñase a ser hombre de veras, en una Universidad que formase su espíritu para nobles batallas, para gloriosos triunfos? Pues bien: esa escuela y esa Universidad pueden y deben crearlas las leyes. Si las madres españolas votasen las leyes, ¿creen ustedes que estaría la enseñanza oficial en España en el lamentable estado en que hoy se encuentra?… Piensen ustedes que, si la patria es como una madre para los hombres, para las mujeres es como un hijo… (ibíd., 28).

 

Su argumento nos parece estratégico. Por una sucesión de circunstancias, las mujeres son las madres de la nación. Educadas como ciudadanas con derecho al voto, ellas abogarán por disponer de mejores escuelas y universidades que,



 

 

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subsecuentemente, educarán de mejor manera a sus hijos para que sean, en el futuro, líderes de la nación.

 

Geraldine Scanlon juzgaba el estilo argumentativo de Martínez Sierra como paternalista: «Escribe como un maestro de Escuela severo pero amable» (Scanlon, 1976: 197), pero cuando Scanlon escribió su libro en 1974, todavía se creía que era el esposo de María, Gregorio, quien había escrito las lecciones y ensayos feministas de Martínez Sierra. Aun después de descubrir que el autor era realmente una mujer, los argumentos pueden parecer paternalistas, pero también corresponden a la mentalidad de su época e intentan convencer a las mujeres tradicionales de España —la mayoría de ellas de clase media— para que consideren medidas progresistas, hablándoles en un lenguaje que resulte cómodo y familiar.

 

Scanlon comenta que «el tono insípido de la propaganda feminista de Gregorio Martínez Sierra nos da una idea bastante exacta del espíritu de la mujer de clase media» (ibíd.). Alda Blanco aboga persuasivamente por una visión mucho más firmemente feminista de los ensayos que María Martínez Sierra escribió bajo el nombre de su esposo:

 

Pero si en parte los ensayos de «Gregorio Martínez Sierra» registran la rica complejidad de la protesta contra la subordinación de las mujeres, revelan también los giros teóricos de un corpus de ideas que siempre parecen ir afinando y precisando lo que significa ser mujer en el patriarcado (Blanco, 1998a: 81)[56].

 

En Cartas a las mujeres de España, Martínez Sierra incluye una extensa misiva dirigida a las mujeres españolas sobre el asunto de «La mujer y el trabajo», carta en la que advierte a sus lectoras de que no se dejen asustar por la noción de trabajo: «El trabajo no tiene de terrible más que el nombre» (Martínez Sierra, 1916: 17). De hecho, asegura que el trabajo es «la sal de la vida y lo mejor de lo mejor que se puede encontrar en este mundo pícaro» (ibíd.). Martínez Sierra argumenta que, al afrontar el tema del trabajo, las mujeres deberían tomarlo con felicidad antes que con resignación y deberían tener más en cuenta el resultado y no tanto el proceso; por eso emplea la metáfora del viaje, en el que la travesía en sí puede resultar tediosa —sucia y larga— pero las vistas desde la ventana y en el lugar de destino serían un placer. También apunta al propio placer de trabajar: mejorar las habilidades, crear algo, sentirse a cargo de algo. Recurriendo a un argumento histórico común en la escritura feminista española, Martínez Sierra les recuerda a sus lectores que, desde tiempos remotos, el trabajo ha sido distribuido de manera equitativa entre hombres y mujeres. Las mujeres preparaban la comida con lo que cazaban los hombres; los hombres se encargaban de la guerra mientras las



 

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mujeres se hacían cargo del cultivo; las mujeres hacían la ropa, cocinaban el pan, construían cabañas o chozas y preparaban las bebidas.

 

Martínez Sierra señala que, cuando la defensa armada se volvió menos necesaria, los hombres comenzaron a realizar algunas labores que habían hecho las mujeres. Desde la Edad Media y hasta el siglo XIX, las mujeres habían criado a sus hijos y se habían encargado de las tareas domésticas. Sin embargo, con la llegada de las máquinas, la vida de las mujeres cambió drásticamente: las mujeres ya no tejían, ni cocían pan ni fabricaban ropa; así, se habían convertido en parásitos de los hombres que trabajaban, provocando un retroceso tanto social como personal para ellas: «La mujer que no trabaja se corrompe, y de compañera del hombre se convierte en esclava del hombre» (ibíd., 21). La crianza de los hijos seguiría siendo, eso sí, un asunto de las mujeres, que solo pueden hacer bien esta labor si están bien informadas. Basándose en la misma noción krausista de perfección en la que se basaba Concepción Arenal, Martínez Sierra argumentará lo siguiente:

 

La Humanidad camina hacia Dios al caminar hacia su perfección: el camino de la Humanidad es la vida. De nuestras madres la recibimos hombres y mujeres, en un escalón de marcha. Hombres y mujeres tenemos obligación, al pasarla a nuestros hijos, de haberla hecho subir otro escalón al menos. Este es el verdadero espíritu del progreso, y este progreso, todos, hombres y mujeres, tenemos el deber de traer nuestro grano de arena (ibíd.).

 

Martínez Sierra continúa su análisis sobre el valor del trabajo femenino en «El derecho a trabajar», un título que Carmen de Burgos citará en La mujer moderna y sus derechos. Como en muchos otros ensayos feministas españoles sobre dicho tema, Martínez Sierra considera cuáles serían las profesiones más apropiadas para las mujeres. Antes de abordar este asunto, Martínez Sierra siente la necesidad de responder a la pregunta feminista fundamental: «¿Es la mujer un ser humano?» (ibíd., 26). Para Martínez Sierra, a los ojos de Dios, «la mujer y el hombre son absolutamente iguales» (ibíd.). Sin embargo, esta igualdad no se habría traducido en una igualdad de oportunidades laborales. Martínez Sierra señala que a las mujeres no se les permite ejercer profesiones «liberales» como abogacía, arquitectura, judicatura o medicina. Los hombres, en cambio, tienen trabajos con salarios altos, mientras que las mujeres son relegadas a fregar suelos, sacar agua de los pozos, dedicarse a la agricultura o a la costura. Cree que las preocupaciones de los hombres con respecto al trabajo de las mujeres no tienen que ver con el tipo de trabajo, sino con el salario. De la misma manera que Concepción Arenal, Martínez Sierra cree que las mujeres son particularmente aptas para ejercer la medicina, y defiende



 

 

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que en las sociedades primitivas este era un territorio exclusivamente femenino. Según ella, en España son las costumbres y no tanto las leyes las que impiden que las mujeres tengan acceso a estudios que, a su vez, conduzcan a profesiones más lucrativas y de mayor prestigio, e insta a las mujeres a estudiar el Código Civil para que conozcan sus derechos. En la carta titulada «Una vida heroica [sic]. La primera mujer de los tiempos modernos que se ha doctorado en medicina», Martínez Sierra confirma la aptitud de las mujeres para este campo. Con el fin de lograr que su ejemplo — una mujer escocesa— resulte más atractivo para el público español, Martínez Sierra compara a la primera mujer en doctorarse en medicina con santa Teresa.

 

En otra carta, «Del amor a la patria. Obligaciones diversas; un solo deber», Martínez Sierra llama la atención de las mujeres ricas para que proporcionen trabajo bien remunerado a las menos favorecidas socialmente en lugar de darles limosna, ya que, en su opinión, esto fomentaría la pereza que condena a España como nación. Y en «Algunas consideraciones sobre el ejercicio de la caridad», Martínez Sierra sigue de cerca los pasos de Concepción Arenal al evaluar el trabajo caritativo. En lugar de permanecer en el nivel más superficial sobre cómo administrar las obras de caridad, Martínez Sierra considera un mal social la necesidad misma de que exista la caridad, y por ello reclama a las mujeres adineradas y ociosas que empleen su tiempo en instruir a quienes no disponen de los medios suficientes: será mejor donar tiempo e inteligencia antes que donar dinero. La autora retoma con más fuerza este mensaje en «Caridad social. Un problema angustioso y urgente que pueden resolver fácilmente las mujeres de buena voluntad», y lo dirige especialmente a mujeres de clase media, que no pagan bien a sus empleadas —costureras y planchadoras— pero dan limosna a personas que no trabajan. Martínez Sierra realizará tres recomendaciones para remediar esta situación, que detallamos a continuación. En primer lugar, y en consonancia con lo expuesto en La mujer de su casa de Concepción Arenal, opina que las mujeres son individualistas y excluyentes porque habrían vivido siempre en un tipo de claustro apartadas del mundo y las exhorta a despertar su sentido de solidaridad hacia las mujeres trabajadoras y ayudarlas a entender que son explotadas. En segundo lugar, se deberían crear almacenes para vender las mercancías que fabrican las mujeres, al mismo precio que la venta al por menor para el público en general. Al eliminar a los intermediarios, las mujeres podrían cobrar un buen sueldo. En tercer y último lugar, los talleres deberían adecuar sus condiciones para que las mujeres realicen su trabajo en



 

 

 

 

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espacios amplios, con suficiente luz y con una correcta ventilación. La autora cree, además, que el «trabajo a domicilio» no es saludable.

 

Martínez Sierra realiza numerosas recomendaciones para las mujeres de clase media que trabajan. En «Para las que nunca se divierten», anima a las mujeres que trabajan como mecanógrafas, secretarias o telegrafistas a que busquen diversión, incluso cuando parezca que no hay suficiente dinero para salir y gastar. Señala que salir ocasionalmente y divertirse tiene beneficios para la salud física y no es más costoso que una receta en la farmacia. Recomienda especialmente que las mujeres de clase media se asocien en grupos femeninos:

 

Lo esencial es que tengáis un lugar «vuestro» que no sea la casa, que no sea el taller, o la oficina, o la escuela, o la tienda; un salón amplio donde podáis olvidaros una hora al día de la obligación, hablando unas con otras, leyendo periódicos o libros, según vuestra afición; haciendo algo de música, seria o ligera, según vuestra cultura y vuestro estado de ánimo; bailando si os parece (ibíd., 157).

 

En «Caridad social. La protección al trabajo de la mujer», Martínez Sierra continúa con su preocupación por las mujeres trabajadoras de clase media, organizando una exposición benéfica a favor de La Protección al Trabajo de la Mujer, una entidad encargada de velar por el trabajo femenino. También invita a sus lectores a que consuman únicamente en locales y tiendas que tengan un trato justo hacia sus empleadas:

 

Es preciso limitar las ganancias de algunos para que vivan todos; es preciso que para todos haya pan; es preciso que la mujer que se dispone a emplear su dinero en una compra, sepa que su dinero va a parar a manos de quienes pertenece de justicia, a las que se cansaron trabajando para crear lo que ella es menester (ibíd., 166).

 

De los catorce capítulos en La condición social de la mujer en España, Margarita Nelken le dedica cuatro al tema del trabajo, más que a cualquier otro. En el capítulo «Las carreras», Nelken lamenta que pocas mujeres emprendan estudios universitarios que las lleven a ejercer profesiones relacionadas con el derecho, la medicina y otras áreas que requieran una amplia formación. Las que sí ingresan en la universidad se enfrentan al aislamiento, a la ridiculización y al escarnio sociales. Partiendo de algunas de las ideas que hemos visto anteriormente en el caso de Concepción Arenal, Nelken argumenta que las mujeres que estudian en los niveles universitarios son intelectualmente disciplinadas y poseen una fuerza moral superior. Así, rebate algunos argumentos biológicos propios de su época sobre el tamaño del cerebro de las mujeres y afirma que un cerebro más pequeño corresponde a un cuerpo más pequeño, hecho que no tiene relación alguna con la complejidad



 

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ni con la capacidad del cerebro en sí mismo. Las diferencias entre la capacidad intelectual de hombres y mujeres se deben al uso del cerebro de cada persona. Como sus antecesoras, Nelken se apoya en ejemplos históricos para probar sus puntos, citando a santa Hildegarda, que elaboró una teoría de circulación de la sangre antes de que Harvey lo hiciera, o a Marie Curie, que colaboró con su marido en el descubrimiento del radio. Como se ha señalado antes, Nelken emplea un tono y un razonamiento feministas que aluden a la maternidad y al nacionalismo, de manera similar a lo que sucedía en el caso de María Martínez Sierra; sin embargo, el tono de la escritura de Nelken es menos conciliador. Mary Lee Bretz señala que «La condición social de las mujeres en España llama a un cambio radical y expresa una fuerte crítica a las estructuras sociales existentes» (Bretz, 1998: 103). Así, como observa Bretz, Nelken emplea retóricamente términos como «maternidad, futuros ciudadanos» (ibíd., 111; énfasis en el original) y

 

critica a quienes combaten el feminismo en nombre de la «maternidad» y quienes aceptan, a ciegas, ciertas ocupaciones «femeninas» sin ningún reparo por los peligros ambientales que enfrentan tanto la madre, como el feto y el infante (ibíd., 111-112).

 

Si bien su marco ideológico feminista es, en esencia, igualitario, Nelken no rechaza utilizar argumentos del feminismo de la diferencia de manera ocasional. Por ejemplo, señala que la habilidad natural de las mujeres para la cocina haría de ellas buenas científicas de laboratorio o farmacéuticas.

 

A pesar del aumento de mujeres que trabajan, sus sueldos y los tipos de trabajo a los que podían acceder eran muy inferiores a los de los hombres. Margarita Nelken atribuye esta situación a la educación de las mujeres y relaciona el trabajo con la dignidad básica del ser humano:

 

La preparación en una carrera, o en un empleo da porvenir que responda al imperioso mandato que se presenta a todo individuo digno de bastarse a sí mismo y de ser lo más útil posible a los demás. Poco a poco, casi inconscientemente, estas muchachas van formando una conciencia nueva, una moral nueva, en la mujer española (Nelken, 1919: 55).

 

Para defender sus argumentos sobre el trabajo, Margarita Nelken toma algunas ideas de la obra de Concepción Arenal y de otras feministas españolas del siglo XIX, que apelaban al nacionalismo como una razón para que las mujeres dejen la casa y ocupen más funciones en la esfera pública. Estas pensadoras, entre ellas Nelken, probablemente intentaban elaborar un discurso más fácil de trasladar a sus lectoras, conservadoras, católicas y escépticas sobre cualquier papel de la mujer fuera del hogar. El trabajo,



 

 

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defiende Nelken, conduce a la independencia de las mujeres, haciendo que sea menos probable que existan matrimonios abusivos e infelices. También sostiene que las mujeres que cuentan con una cierta disciplina intelectual poseen una mayor moralidad. En última instancia, el argumento de la importancia del trabajo individual se convertirá en un beneficio en favor de la nación. Como hemos apuntado en el capítulo anterior, Nelken cree que las mujeres de clase media son un peso muerto para la nación. Así, ella concibe el trabajo como el centro del ser individual —es su propio núcleo existencial — y como la espina dorsal de una nación fuerte.

 

Maria Aurèlia Capmany («Prólogo») revela lo importante que fue para ella haberse encontrado con el libro de Nelken de 1919 cuando escribía La dona a Catalunya en 1965. Durante los años del régimen de Franco, libros como los de Nelken habían sido completamente borrados de la memoria pública. Capmany estaba sorprendida cuando descubrió que muchos de los temas feministas que habían sido tratados por Nelken en La condición social de la mujer en España seguían sin resolverse:

 

Margarita Nelken hablaba con una prosa dúctil y eficaz, con un absoluto rigor dialéctico, con un propósito de inserción en la circunstancia histórica que resultaba —¡desgraciadamente!— terriblemente actual en 1965, como —¡por nuestros pecados!— en 1975 (Capmany, 1975: 17).

 

Capmany lo define como un libro agresivo que denuncia al manso feminismo español de la época y aboga por introducir los temas que atañen a las mujeres en la revolución social, que no podrá tener lugar si no atiende las preocupaciones de las mujeres. Capmany aprecia especialmente que Nelken analice la situación de las mujeres de acuerdo con su clase social y ofrece, además, un resumen muy útil de la acogida pública que tuvo el libro de Nelken, que Capmany describirá como «violenta». Mientras que los periódicos conservadores lo criticaron, otras reseñas más liberales lo defendieron. El ministro de Instrucción Pública permitió que se procediera en contra de una maestra que mandó leer dicho libro a sus estudiantes.

 

Carmen de Burgos dedica uno de sus catorce capítulos de La mujer moderna y sus derechos a tratar sobre el derecho al trabajo. Como sucede con el enfoque general de este volumen, Burgos traza la historia del trabajo de las mujeres en España, tomando como inicio su legitimación bajo el reinado de Carlos III en el siglo XVII con el establecimiento de la industria tabaquera en Sevilla. Aunque la fábrica de tabaco fue un gran paso para algunas españolas que deseaban o necesitaban trabajar, tenían todavía dificultades que superar. De vuelta al concepto de «mujer de su casa» que Concepción Arenal había



 

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abordado en 1881, Burgos observa que, a pesar de las muchas objeciones en contra de que las mujeres trabajaran fuera de la casa, resultaba asombroso que nadie se preocupara u objetara lo mismo a propósito del trabajo doméstico realizado por las sirvientas, un trabajo que requiere que las mujeres abandonen completamente sus hogares: «Criadas, asistentas, costureras, lavanderas, planchadoras a domicilio abandonaban su casa sin protesta de nadie» (Burgos, 1927: 133). Esta situación, señala Burgos, no es la misma que el caso del trabajo industrial, que provoca reacciones mucho mayores. Como tantas otras teóricas feministas españolas, Burgos recurre a la historia para defender el trabajo remunerado de las mujeres fuera del hogar. Ella provee un largo listado de mujeres aristocráticas, como Penélope, Nausícaa o Isabel I, que cosían y lavaban sus ropas —aquí se confunde trabajo remunerado con realizar las tareas del propio hogar—, y mujeres rurales que, desde Grecia y Roma, habían sido representadas en labores de agricultura, textiles y de transporte de mercancías. Burgos apunta que, entre los primeros pobladores de España, las mujeres trabajaban más que los hombres. Las mujeres godas labraban la tierra, y en tiempos de san Isidoro las mujeres estaban tan sobrecargadas de trabajo que el concilio del año 1020 prohibió que se las obligase a cocer pan para el rey si no eran sus sirvientas.

 

Burgos recalca las contradicciones entre las leyes decretadas y la realidad. En la Edad Media, las mujeres estaban exentas de trabajo por ley, pero nadie se inmutó por el hecho de que algunas realizaran las tareas agrícolas más agotadoras en todas las regiones de España. Incluso en su propia época — finales del siglo XIX y principios del XX—, las mujeres eran las encargadas de alimentar a los animales durante la noche —mientras los hombres dormían— y las que cosechaban los campos. De esta manera, Burgos señala que «no es un sentimiento de piedad por el sexo débil maltratado, ni por los niños y los hogares lo que levanta el movimiento de protesta de que la mujer vaya al taller. Lo formulan la ruina de un lado y el egoísmo de otro» (ibíd., 134). Sin embargo, Burgos argumenta que el trabajo en una fábrica tiene ventajas por encima del trabajo doméstico: cuentan con leyes que regulan la jornada laboral de ocho horas y hay inspecciones en los espacios de trabajo que aseguran unas condiciones más higiénicas y seguras que en las casas. La jornada laboral de menos horas le da más tiempo a la mujer para que administre la casa, se ocupe de la familia y descanse; además, la remuneración es mejor en las fábricas.

 

Por otra parte, el estado civil —casadas o solteras— y la clase social entran en el análisis de Burgos sobre el trabajo de las mujeres. De la misma



 

 

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manera que Margarita Nelken, Burgos presta una especial atención a la anómala situación de las mujeres de clase media cuando se refiere al trabajo, aunque la actitud que mantiene hacia las mujeres de su misma clase social será más compasiva que la de Nelken. Burgos considera lamentable que las mujeres de clase media, de quienes no se espera que trabajen, algunas veces tengan que hacerlo por necesidad, algo que intentarán encubrir siempre que puedan. Las mujeres de esta clase social que se ven obligadas a trabajar acabarán realizando trabajos como costurera, florista o pastelera, que pueden llevar a cabo lejos de la mirada pública. Mientras que el trabajo intelectual, como la enseñanza, es aceptable para las mujeres de clase media, cualquier otro trabajo manual es rechazado; por lo tanto, las mujeres ocultarán con mucho celo este tipo de empleos. Esto provocará que el trabajo manual esté mal remunerado y, unido a esto, al requerir mucho tiempo, que las mujeres que se dedican a ello tengan poco espacio en su día a día para el ejercicio o para el ocio. Las mujeres casadas son otra clase que no debería trabajar fuera del hogar, principalmente porque la ausencia de la madre puede ser perjudicial para los hijos. Sin embargo, Burgos no considera que la tasa de mortalidad de los hijos de las mujeres que trabajan sea mayor que la de los hijos de mujeres que no lo hacen.

 

Adelantándose a lo que harán Rosa Chacel y María Zambrano unos años después, Burgos se opone a Georg Simmel y a sus ideas sobre el trabajo de mujeres y de hombres, que debería ser rigurosamente dividido según el esfuerzo físico que requiera. Hay mujeres, señala Burgos, que se dedican a sectores como la agricultura, la pesca, la albañilería o la metalurgia, trabajos que requieren esfuerzo físico; mientras que también hay hombres, en cambio, que son sastres, peluqueros o bordadores, profesiones que no exigirían ningún trabajo físico. También se opone a Simmel cuando este opina que las mujeres no necesitan recibir el mismo salario que los hombres por el mismo trabajo. Burgos sostiene que la vida es igual de costosa para una mujer que para un hombre, y si una mujer es jefa del hogar y está a cargo de sus padres, hermanos, hijos y a veces hasta de su esposo, sacarlos adelante no tendría un coste menor que el de cualquier hombre en la misma situación. De hecho, añade Burgos, todo es más difícil para la mujer, pues tiene que contar con más garantías en el momento de alquilar una vivienda, y algunas empresas exigen fianzas a las mujeres, pero no a los hombres. No obstante, las mujeres ahorrarían más, ya que no gastan en tabaco, alcohol o café, lo cual las hace mejores trabajadoras, pues descansan más y sus mentes están más despejadas.



 

 

 

 

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Burgos se manifiesta fervientemente en contra de que las mujeres reciban una protección especial en el lugar de trabajo, puesto que está a favor de una igualdad absoluta, tanto en condiciones laborales como en remuneración: «Lo indispensable es la igualdad; la llamada protección perjudica a la mujer más que sus mismos enemigos […]. El verdadero feminismo no desea privilegios» (ibíd., 141-142). Por ejemplo, prohibir que las mujeres trabajen por las noches limita unas oportunidades laborales que no pueden permitirse perder. Burgos también cree que cualquier protección legislada hacia las mujeres debería ser extendida a los hombres, como sucede con el límite de peso que pueden cargar en los hombros. Ni hombres ni mujeres, observa, deberían verse obligados a llevar a cabo ningún trabajo que sea peligroso o lesivo. Las prohibiciones deberían hacerse de forma individual y no en función del género. Con su usual lógica infalible, Burgos defiende que tanto hombres como mujeres merecen ser protegidos, y que sería absurdo cuidar solo de una niña y no de un niño: «La protección debe acompañar desde la cuna al sepulcro a los dos sexos por igual» (ibíd., 143). También destaca la autora que los tipos de trabajo prohibidos para las mujeres no son ni siquiera los más peligrosos, sino que son los que levantan envidia y competencia, ya que nadie se preocupa de las mujeres que se dedican a lavar ropa, trabajo que ha acumulado numerosas víctimas, ni de las que planchan ropa, un empleo agotador y que se desarrolla a altas temperaturas; tampoco de las que manufacturan flores, tarea que conlleva el uso de tintes tóxicos, ni de las que manejan una máquina de coser, que aumenta el ritmo cardiaco, o de las que manipulan tabaco, un trabajo que provoca problemas oculares y respiratorios, como la tuberculosis.

 

Burgos concluye su capítulo sobre las mujeres y el trabajo con un claro ejemplo de Henry Ford, que aumentó el salario por hora, estableció una jornada de ocho horas y redujo los días laborables a cinco por semana, medidas todas ellas que dieron excelentes resultados. En lugar de trabajar menos porque ganaban más por hora, los trabajadores —descansados y satisfechos— producían lo mismo en menos tiempo. Además de esto, Burgos señala que los trabajadores tendrían así más tiempo para hacer uso de su dinero, lo cual mejora la economía nacional. Burgos cree que las ideas de Ford deberían aplicarse a las mujeres, quienes, si tuvieran más descanso y un buen sueldo, podrían contribuir más al desarrollo de la economía. En una economía nacional próspera, habría suficiente trabajo tanto para hombres como para mujeres, lo que eliminaría cualquier disputa entre los dos sexos. Concluye Burgos con una llamada en pro de la unidad entre hombres y



 

 

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mujeres con el fin de mejorar las condiciones laborales, porque «la causa de la humanidad es solo una» (ibíd., 149).

 

En 1939, con el Movimiento Nacional, bajo el mandato de Francisco Franco después de haber ganado la Guerra Civil, la situación legal de las mujeres españolas vivió un inmenso retroceso. Muchos de los avances que habían tenido lugar con respecto a la familia y a las mujeres desaparecieron al volver a adoptar el Código Civil anterior, de inspiración napoleónica, instituido en 1889. El trabajo de las mujeres se redefinió como doméstico y atado al hogar, y era conveniente evitar el trabajo de fuera de la casa —en especial para las mujeres casadas—, que estaba rigurosamente vigilado por leyes. Se prohibió que las mujeres ejercieran trabajos nocturnos y se las invitó a abandonarlos para volver al hogar; después de 1942 las mujeres casadas se vieron obligadas a renunciar a sus trabajos y a recibir, a cambio, una pensión por parte del Estado. Para resarcir los ingresos que las mujeres ya no percibían debido a las prohibiciones sobre el trabajo, el gobierno franquista otorgaba un subsidio a las familias con más de un cierto número de hijos. El salario de las mujeres casadas que sí tenían trabajo podía ser pagado directamente a sus esposos. Se prohibió por completo, además, que las mujeres ejercieran profesiones como administradora-jefa en puestos estatales (incluida la compañía telefónica), diplomática, notaria, funcionaria en el Ministerio de Justicia, abogada del Estado, policía o administración de la bolsa de valores. Incluso una pensadora política y religiosamente conservadora como Mercedes Formica, que había cursado estudios de derecho, veía imposible dicha legislación dadas las circunstancias económicas después de la Guerra Civil española.

 

En una reseña de El segundo sexo de Simone de Beauvoir —libro cuya distribución fue prohibida en España hasta después de la muerte de Franco—, Formica proclama que

 

ya nadie puede plantear en conciencia, si una mujer debe o no trabajar. La española de este momento tiene que trabajar, se enfrenta con este imperativo, inesquivable en nuestro medio, aunque precisamente nuestro medio, por paradoja, no se caracterice por facilitar el trabajo de la mujer (cit. en Ruiz Franco, 2008: 50).

 

Aun cuando el feminismo militante de las décadas de 1920 y 1930, que se había formado con el trabajo de las pioneras del siglo XIX como Concepción Arenal, Emilia Pardo Bazán, Concepción Gimeno de Flaquer y Rosario de Acuña, tuvo que esperar hasta los años sesenta del siglo XX para tener un atisbo de regreso, la feminista decimonónica Concepción Arenal no fue olvidada durante el franquismo, quizás debido a su catolicismo. Es cierto, sin



 

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embargo, que en la época de Franco los escritos sobre Arenal no ponen énfasis en sus ensayos feministas. Por ejemplo, el texto de Juan Antonio Cabezas, Concepción Arenal o el sentido romántico de la justicia (1942), es una biografía que detalla cómo la vida de Arenal se entrelazó con los románticos liberales de su época. Cabezas no menciona La mujer del porvenir hasta la página 216, en la que señala que «no es el de Concepción un feminismo histérico, influido por las teorías que ya vienen incubando en el extranjero. Su feminismo es un “feminismo aceptable” como lo califica el padre Alarcón» (Cabezas, 1942: 216), y luego, en la página 220, Cabezas refutará algunos de los preceptos feministas de Arenal. Otros libros del periodo de Franco que hablan de Arenal son Concepción Arenal en su aspecto pedagógico, de Manuel Casas Fernández, y Las ideas sociales de Concepción Arenal, de Jesús Fabio Fernández, pero ninguno de ellos aborda los aspectos feministas de su pensamiento[57].

 

Resulta interesante destacar que, si bien el trabajo remunerado era visto como un logro importante para las mujeres del siglo XIX y principios del XX, durante el franquismo sería un motivo de sospecha. Para 1966, cuando Maria Aurèlia Capmany escribió La dona a Catalunya, ya se percibía un nuevo aire de liberación en España; en este ambiente su capítulo sobre el trabajo titulado «El trabajo, ¿una nueva esclavitud?» suena alarmante. Capmany repite argumentos que hemos visto anteriormente en otras pensadoras feministas de España, resaltando el hecho de que las mujeres siempre habían trabajado en

 

los campos, haciendo esfuerzos para lavar y cargar con montones de ropa, transportando cualquier tipo de pesos, habiendo hecho tejido, hilado, haciendo cerámica, habiendo ido a vender en los mercadillos […] naturalmente todo esto sin un contrato de trabajo (Capmany, 1966: 171).

 

La autora cita a Lidia Falcón y su libro Los derechos laborales de la mujer (1963) que, a su vez, cita a Gregorio Marañón sobre la capacidad de las mujeres para realizar ciertos tipos de trabajos que requieran paciencia, destreza con las manos y atención al detalle. Capmany difiere de Marañón, puesto que él limita sus observaciones a las mujeres de la clase media, que representan un porcentaje menor de mujeres en España. Campany también apunta que la ley española no distingue salarios para hombres y mujeres, pero en realidad sí existen diferencias significativas. Si Lidia Falcón considera a las mujeres como una clase social, Capmany contemplará la feminidad como una profesión en su ensayo «De profesión mujer».

 

Si bien Lidia Falcón dedica algunas secciones de Mujer y sociedad al trabajo de las mujeres, especialmente a las restricciones legales contra el



 

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trabajo femenino durante el franquismo, a diferencia de algunas feministas anteriores a la Guerra Civil, Falcón no cree que el trabajo y la independencia económica consigan la verdadera liberación femenina. El trabajo no es central en la concepción existencial de Falcón sobre el estado de independencia de las mujeres. Ella defiende que, si las mujeres adquirieran un sentido de sí mismas como mujeres, la independencia económica vendría después, y no cree que las mujeres hayan sido económicamente oprimidas, pues nunca han poseído riquezas, y si las han tenido, es gracias a que el padre o esposo lo han permitido:

 

Ella es un personaje, un ser oprimido, lo mismo económicamente que sexualmente, que personalmente… Porque no ha tenido nunca poder económico, ni ha tenido tampoco el poder político. La mujer se liberará como ser humano, mas tiene que liberarse en una sociedad en que no haya distinciones de clases (Falcón, 1969: 72).

 

Eva Forest también argumenta que el trabajo por sí mismo no posee necesariamente un efecto liberador: «El trabajo por sí solo no libera a nadie. Aunque estuvieran en igualdad de condiciones con el hombre, tampoco liberaría el trabajo» (Levine y Waldman, 1980: 102). Falcón se refiere también al trabajo en algunas sociedades —incluida la española— como un tipo de esclavitud tanto para hombres como para mujeres, aunque considera que estas sufren una doble opresión si trabajan fuera y dentro del hogar, pues en la casa el trabajo seguiría siendo el mismo. De acuerdo con Forest, para que el trabajo sea liberador, este debe ser apropiado y satisfactorio.

 

Mireia Bofill también aborda la cuestión de si el trabajo es liberador o no y señala que las mujeres de alrededor de treinta años están cansadas de quedarse en casa y desarrollan un deseo por trabajar. Bofill cree que estas mujeres son explotadas «porque esta mujer ve el trabajo como una liberación, no lo ve como la explotación por parte de la empresa donde trabaja» (ibíd., 45). Bofill considera que esta situación se da sobre todo en el trabajo más intelectual, mientras que Carmen Alcalde señala que las mujeres de clase trabajadora, que deberían ser las más conscientes de la opresión de la mujer, están demasiado ocupadas trabajando para ser conscientes de nada, y mucho menos para hacer algo con respecto a su opresión (ibíd., 32).

 

Elisa Lamas aborda el trabajo femenino desde el punto de vista de la mujer casada y sostiene que es muy raro que un hombre español considere a la mujer como un ser humano completo, capaz de hacer algo más que ocuparse del hogar y de los hijos, y alega, además, que los hombres españoles no están dispuestos a compartir las responsabilidades domésticas. Lamas también señala que, cuando se trata de estudiar una carrera, si los ahorros



 

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familiares son limitados, los que hay se destinan a educar a los hijos varones, dejando fuera a las hijas. Si las mujeres consiguen obtener un título para acceder a una profesión —por ejemplo, derecho o ingeniería—, los empleadores seleccionarán invariablemente a un candidato hombre antes que a una mujer. Una mujer candidata a un trabajo tendría que ser diez veces mejor que el hombre para ser tomada en cuenta seriamente.

 

Asimismo, Lamas sostiene que, en los empleos no cualificados, donde se supone que debe haber equidad salarial por el mismo trabajo realizado, los propietarios de las fábricas esquivan esta norma basando el salario en los índices de producción. Sin embargo, las mujeres que trabajan tanto en casa como en una fábrica a menudo son incapaces de producir tanto como los hombres, que suelen estar más descansados. Lamas predijo con acierto en 1974 que, si llegaba a haber un cambio en el sistema político español, el movimiento feminista latente hasta entonces afloraría con toda su fuerza como una respuesta a las lamentables condiciones en las que trabajaban las mujeres. Cuando finalmente murió el dictador Francisco Franco en noviembre de 1975, eso fue exactamente lo que ocurrió. Las pensadoras feministas de la época franquista, alineadas con la izquierda revolucionaria, buscaron nuevos modelos en la Unión Soviética y en China. Mireia Bofill, por ejemplo, opina que bajo Stalin la Unión Soviética devolvió a las mujeres al hogar y a la familia para avanzar económicamente mediante la adopción de algunas ideas capitalistas. En cierto modo, su argumento reconoce el deseo de Lidia Falcón de incorporar el trabajo de la mujer en el ámbito del hogar familiar a la economía nacional, aunque le da a esa apropiación económica del hogar y la familia un matiz negativo. Bofill señala que China, en cambio, sería menos rígida ideológicamente sobre la posición de la mujer en la población activa que la Unión Soviética estalinista. La autora siente una especial predilección por el modelo que había descubierto en un libro de la feminista francesa Claudie Broyelle; en dicho libro Broyelle describe algunas pequeñas empresas fundadas por mujeres en sus barrios, lo que les permite dedicarse a un empleo fuera del hogar sin dejar de estar cerca de casa.

 

En un sistema que guarda ciertas similitudes con la sociedad utópica que proponía María Martínez Sierra, estas empresas generan guarderías, equipos de personas que limpian las casas y realizan otras tareas domésticas para las mujeres que trabajan en las industrias locales. La guardería es un servicio especialmente crucial para las mujeres que trabajan y, de acuerdo con Bofill, fue un asunto que había ocasionado todo un movimiento en el tardofranquismo porque el Estado hacía poco a este respecto. El gobierno



 

 

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franquista animó a las empresas a ofrecer guarderías para sus empleadas, pero este enfoque, apunta Bofill, tuvo el efecto secundario negativo de hacer a las trabajadoras más dependientes de las empresas para las que trabajaban y menos capaces de negociar con ellas. Bofill prefiere que existan guarderías públicas y subvencionadas por el gobierno en los barrios antes que guarderías financiadas por una empresa. Lidia Falcón asegura que el gobierno de Franco, a pesar de sus políticas abiertas sobre la permanencia de la mujer en el hogar, hará posible que las mujeres trabajen: «Las utilizarán para trabajar porque ya se sabe que trabajan, y bien, y que son un sostén de la economía de cualquier país, muy importante. Y para que trabajen, les pondrán guarderías infantiles para que lleven los niños» (ibíd., 76).

 

Carmen Rodríguez plantea la cuestión de la mujer casada de clase media que no necesariamente tiene que trabajar para sobrevivir, pero que siente una necesidad existencial de trabajar: «Lo que yo deseaba era sentirme útil para mí misma y para los demás» (ibíd., 136). Como sus hijos estaban en la escuela y había contratado ayuda para las tareas domésticas, las opciones para estas mujeres eran o bien convertirse en la típica burguesa que va a la peluquería, hace visitas sociales y va de compras, o bien quedarse en casa y volverse neurótica —temía que esto último fuera lo que le ocurriera. Esta autora encontró trabajo en una revista, pero no le satisfacía porque los redactores le encargaban a ella todas las tareas que nadie más quería hacer. Trabajaba muchas horas y llegaba a casa cansada, lo que le creaba problemas con su marido. Esta experiencia despertó tanto su conciencia como la de quienes la rodeaban. Al final, las personas del entorno de Carmen Rodríguez entendieron que ella trabajaba porque tenía una necesidad vital de hacerlo. Cuando la revista en la que trabajaba hizo recorte de personal, la autora fue la primera en ser despedida, pero llevó su caso a los tribunales y terminó ascendiendo al mundo del periodismo televisivo, donde tuvo la oportunidad de realizar algunos programas acerca de temas femeninos. Rodríguez se hace eco del pensamiento de Margarita Nelken —aunque no la reconoce, probablemente porque no había tenido ocasión de leer La condición social de la mujer en España— cuando afirma que los hombres de clase media son explotados —ella utiliza el término «esclavizados»— porque deben trabajar para mantener a sus esposas, que no trabajan, y a sus familias.

 

Ya en la época democrática, cuando las mujeres accedieron a la igualdad de derechos en virtud de la Constitución de 1978 el tema del trabajo retrocedió en la agenda feminista española dando paso, como veremos en los capítulos siguientes, al polémico debate sobre la igualdad y la diferencia[58].



 

 

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Sin embargo, la igualdad teórica de derechos de las mujeres en el trabajo — tanto de oportunidades como de salarios— no siempre se refleja en la realidad. En 2004, Ana María Díaz Gutiérrez escribe sobre la «engañosa paridad» de las mujeres en el trabajo. En el gobierno y en las grandes empresas existiría un techo de cristal para los puestos más altos y prestigiosos que las mujeres no pueden traspasar, y le preocupa que «estemos entrando en un periodo de involución o desaceleración en el proceso de inserción de la mujer en la sociedad» (véase Zecchi, 2004: 103). Esta autora insiste en que las mujeres deben continuar exigiendo cuotas y una reforma educativa, ya que son los medios más eficaces para lograr la igualdad real en el lugar de trabajo. Señala que las mujeres reciben el 59 por 100 de los títulos universitarios, pero este porcentaje no se refleja en las profesiones más prestigiosas y mejor pagadas. El número de mujeres es significativo en enfermería (83,3 por 100), lenguas y literatura (75,4 por 100), farmacia (72,2 por 100), medicina (63,3 por 100), economía y empresa (53,7 por 100) y pedagogía (79,9 por 100), pero sigue siendo bastante bajo en ingeniería industrial (20 por 100), ingeniería civil (17 por 100), arquitectura (34 por 100), física (13,15 por 100) e informática (17,6 por 100).

 

Las mujeres también tienen una menor representación en la obtención de doctorados, y solo entre el 5 por 100 y el 18 por 100 de los catedráticos son mujeres, mientras que el 36 por 100 de los profesores asistentes y asociados son mujeres. Concluye que existe un enorme desequilibrio entre el número de mujeres universitarias y el número de catedráticas:

 

Las instituciones educativas […] mantienen las actitudes estereotipadas con respecto al género existentes en la sociedad y utilizan para el estudio textos que las reproducen y difunden los roles tradicionales, con lo que las estudiantes no están suficientemente alentadas hacia una carrera profesional y continúan contemplando el trabajo fuera de casa como algo secundario en su vida (ibíd., 115).

 

El objetivo que queda aún por lograr es aumentar el número de mujeres en los puestos de gobierno de las instituciones educativas y en los niveles más altos de la enseñanza universitaria, así como promulgar una legislación laboral que favorezca la incorporación de la mujer al trabajo y que defienda su igualdad en derechos laborales y condiciones salariales. Díaz Gutiérrez advierte de que, sin esa legislación, las mujeres correrán mayores riesgos en los periodos de recesión económica.

 

Resulta igualmente difícil para la legislación en materia de igualdad tratar el problema de la doble jornada, especialmente en el caso de mujeres casadas y con hijos a su cargo. Como indica Laura Nuño Gómez,



 

 

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la pauta observada por la transformación de los modelos familiares y por los nuevos roles de género anuncia una mayor implicación de los varones en el cuidado y en la educación de sus hijos o hijas. Sin embargo, la descompensada relación entre la incorporación de las mujeres al mercado laboral y de los hombres a las responsabilidades del cuidado ha provocado que el problema que representa la conciliación siga percibiéndose como un asunto de organización familiar que afecta mayoritariamente a las mujeres (Nuño Gómez, 2010: 200).

 

La consecuencia de esta situación para las mujeres que trabajan fuera de casa es que muchas solo tienen empleos a tiempo parcial.

 

En gran medida, las preocupaciones con respecto al trabajo de las mujeres españolas siguen conservando un sesgo de clase, especialmente en el ámbito del servicio doméstico, que durante mucho tiempo no estuvo regulado. Por ejemplo, una ley de 1927 dictaba un mínimo de doce horas entre turnos para las mujeres empleadas en «fábricas, talleres y demás explotaciones y establecimientos industriales y mercantiles» (Martínez Veiga, 1995: 212), pero excluye explícitamente a «las mujeres dedicadas al servicio doméstico, las que realizan trabajo a domicilio y las que trabajan en talleres de familia» (ibíd.). Así, las mujeres dedicadas al servicio doméstico estaban sometidas a turnos de trabajo de veinticuatro horas, sin tiempo para el descanso ni para el esparcimiento. Eran las últimas en acostarse y las primeras en levantarse por la mañana, y estaban de guardia para emergencias a cualquier hora de la noche[59]. Martínez Veiga señala las contradicciones inherentes a este vacío legal. Mientras que el trabajo de la mujer estaría hiperregulado en otros sectores —por ejemplo, las mujeres tenían prohibido trabajar en turnos de noche en las fábricas—, no era el caso en la esfera doméstica, donde se podía pedir a las mujeres que trabajaran a cualquier hora de la noche. Incluso una ley de 1985, que fijaba una semana laboral de cuarenta horas para el servicio doméstico, permitía a los empleadores imponer un «tiempo de presencia» (ibíd., 213) que podía alcanzar las dieciséis horas diarias.

 

En 1995, Victoria Camps analizó la situación de la mujer y del trabajo desde la perspectiva del Estado de bienestar que se había instaurado en España a inicios de los años ochenta, cuando los socialistas obtuvieron la mayoría en el gobierno español. Sopesa lo que las mujeres han ganado —el derecho al trabajo y otras prestaciones y beneficios sociales— y lo que la sociedad ha perdido —por encima de todo, el cuidado de la familia. Camps lamenta que, en un Estado de bienestar, el cuidado familiar se haya deshumanizado mediante la proliferación de guarderías y de residencias para los mayores y desea recuperar los «valores cálidos» que solo se encuentran en pequeñas estructuras sociales y privadas como la familia. Además, el mercado



 

 

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de trabajo no puede absorber a tantas mujeres que se añaden al número de hombres que trabajan. Esta autora señala que algunos pensadores han sugerido el trabajo femenino a tiempo parcial como solución a este déficit, pero no cree que las mujeres deban soportar la carga de renunciar al empleo de jornada completa, y cree que la reducción de horas en la jornada laboral podría ser una solución, a la par que aumentaría el tiempo que hombres y mujeres tendrían para dedicarlo a sus familias: «Es de esa manera, desde abajo y desde la cotidianidad, desde donde podemos romper la estructura patriarcal de nuestras instituciones» (Camps, 1998: 49). Como veremos en los dos próximos capítulos, este planteamiento supone un desafío al feminismo racional ilustrado de las feministas de la igualdad, aunque sus sugerencias también se basan en la igualdad entre mujeres y hombres tanto en el hogar como en el lugar de trabajo.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 5

 

Diferencia

 

 

 

 

 

La teoría feminista española desde 1975 se ha dividido entre las teóricas que se aproximan al feminismo desde un punto de vista igualitario y quienes se aproximan desde la perspectiva de la diferencia. Las feministas de la «igualdad» creen que la mujer debe seguir buscando una paridad con los hombres, asunto que sigue siendo eludido a pesar de la Constitución, y garantías específicas para la igualdad en instituciones como el matrimonio y el espacio de trabajo. Para las feministas de la igualdad, la realidad de la mujer incluye peor acceso al trabajo, diferencias salariales, más responsabilidades en el hogar, aun con un trabajo a jornada completa, o restricciones con respecto al aborto, entre otros problemas. Las feministas de la igualdad ubican sus raíces en el siglo XVIII, cuando el concepto de igualdad social culminó con la Revolución Francesa. Algunas feministas de la igualdad se hicieron llamar «feministas ilustradas» a partir de que filósofos como François Poullain de la Barre (1647-1723) abogaran por la igualdad entre hombres y mujeres. El método de este filósofo privilegia la razón o el logos como el único camino seguro hacia un mundo más justo para las mujeres. Las feministas de la igualdad recurren a su vez a Descartes, Rousseau y Kant en sus argumentos racionales sobre el papel del Estado y/o la sociedad en la vida individual de los seres humanos. Así, las feministas de la igualdad insisten especialmente en las instituciones sociales oficiales y en la ley como medios para lograr la igualdad entre los sexos. En cuanto a sus raíces históricas en la tradición feminista española, las feministas de la igualdad en la España democrática, como Amelia Valcárcel y Celia Amorós, han continuado la labor de pensadoras feministas anteriores al franquismo como Margarita Nelken (La condición social de la mujer en España, 1919) y Carmen de Burgos (La mujer moderna y sus derechos, 1927), aunque no necesariamente reconocen a sus antecesoras en el contexto español.

 

Por otro lado, las feministas españolas de la diferencia mantienen que la mujer es esencialmente diferente al hombre y, por ende, no debe intentar equipararse a él en la esfera pública, sino más bien cultivar sus cualidades femeninas propias, como la maternidad y el cuidado. Las feministas de la



 

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diferencia en España se inspiraron en las feministas italianas lideradas por Luisa Muraro. Además de la división filosófica, el cisma entre feministas de la igualdad y de la diferencia tiene que ver con diferencias geográficas. El campo de la igualdad se centra primordialmente en Madrid y en los años ochenta tuvo vínculos con el gobierno socialista de ese momento; el grupo de la diferencia tenía presencia principalmente en Barcelona, que además es la rival de Madrid como ciudad hegemónica y potencia cultural de España.

 

Mientras que las feministas de la igualdad acuden a la ley para enmendar los daños que perciben en la sociedad española, las feministas de la diferencia como Victoria Sendón de León y Milagros Rivera están más interesadas en el espacio interior de la mujer; partiendo de una postura centrada en la mujer, identifican cualidades femeninas distintivas que, si se cultivaran dentro de una jerarquía femenina, contribuirían notoriamente a mejorar la vida tanto de las mujeres como de la sociedad. Se oponen enérgicamente a la noción de igualdad, pues consideran que acepta los valores patriarcales. Las feministas de la diferencia en España rechazan la idea de ejercer la acción política para garantizar derechos. Filosóficamente, las feministas de la diferencia suelen basarse en feministas francesas e italianas más recientes como Luce Irigaray, Carla Lonzi y la ya mencionada Luisa Muraro, quienes proponen un yo femenino, un modo de existencia de la mujer que difiere del ser masculino en el mundo. Es interesante que las feministas españolas de la diferencia hayan encontrado una aliada en la obra de la filósofa republicana exiliada María Zambrano. Mientras que los artículos sobre la mujer publicados en 1928 en el periódico de izquierdas El Liberal y su ensayo Horizonte del liberalismo (1930) podrían convertir a Zambrano en una fuente para las feministas de la igualdad, su «Hacia un saber sobre el alma» de 1934, y gran parte de sus escritos en el exilio, apuntan su movimiento hacia ese territorio interior de la mujer, el «alma», que coincide con la noción de «partir de sí» del feminismo de la diferencia.

 

Sin embargo, la división diferencia-igualdad en la teoría feminista española tiene raíces históricas que se remontan a varios siglos antes de la reciente era democrática. Como señalamos en la introducción de este libro, Mary Nash sostiene que la historia del pensamiento feminista español se comprende mejor dentro de un marco referencial de diferencia y no de igualdad, sobre todo si se tiene en cuenta que el feminismo español no recibió su impulso inicial del deseo de conseguir el derecho a voto. Según Nash, en su conjunto, el primer feminismo español suscribió una posición feminista protodiferencial. Esta autora sostiene que el feminismo español había surgido



 

 

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en el siglo XIX a partir del culto a la diferencia y que «el claro predominio del discurso de la domesticidad en la configuración de los valores y modelos de feminidad en la sociedad española contemporánea» (Nash, 1994: 160) fue crucial para la falta de interés de las mujeres españolas por alcanzar la igualdad política con los hombres, ya que, por ejemplo, no existió ningún movimiento sufragista español. Este supuesto desinterés permite a Nash sostener que

 

ni siquiera el proceso de modernización económica, cultural y política en las primeras décadas del siglo XX que conllevó una reformulación modernizadora de un nuevo prototipo femenino —la «Mujer Nueva» o «Mujer Moderna»— cambió el eje constitutivo del discurso tradicional de la domesticidad ya que la maternidad seguía representando la base esencial de la identidad cultural femenina (ibíd., 160).

 

Sin embargo, Nash considera que el feminismo de la diferencia abrió un espacio para el feminismo en un país conservador y católico, que posteriormente condujo a la aparición de un debate sobre la igualdad de derechos para las mujeres: «El discurso de la domesticidad amparó en términos políticos la noción de una ciudadanía diferenciada por género, es decir, una ciudadanía política para los varones y una ciudadanía social para las mujeres» (ibíd., 163). Así, Nash observa que las feministas españolas decimonónicas defendían la igualdad en materia de educación, pero no en materia de derechos políticos.

De la misma manera, Mónica Bolufer cree que el primer feminismo español parte de la orientación diferencialista y señala que en la segunda mitad del siglo XVIII en el resto de Europa:

 

La tendencia más común era la configuración de un modelo de la diferencia que presentaba a los hombres y las mujeres como esencialmente distintos e irreductibles, sosteniendo que entre ellos no existía una jerarquía, sino una complementariedad natural. Se argumentaba que los hombres eran más propensos a la acción, la reflexión abstracta y la actividad exterior, mientras que las mujeres tendían hacia la vida interior, el mundo de las emociones y la familia, lo cual se redefinía durante el siglo XVIII en términos más íntimos y sentimentales. Esta representación de la organización social entre los sexos atribuía a hombres y mujeres cualidades morales, intelectuales y físicas que se correspondían con diferentes funciones y espacios asignados a cada sexo. Para la representación de la diferencia fue clave la emergente cultura de la sensibilidad, particularmente en la literatura sentimental y en la medicina popular (Bolufer, 2018: 43).

 

Pensadores como Concepción Arenal y Benito Jerónimo Feijoo creían que era complicado permanecer únicamente en el camino del feminismo de la igualdad. Por ejemplo, después de señalar las ventajas que las mujeres tienen por encima de los hombres, Feijoo asegura que no es su propósito «persuadir



 

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la ventaja, sino la igualdad» (Feijoo, 1773: 331). En la época de la Constitución de 1812, los avances que la mujer había conseguido hacia la igualdad en el siglo XVIII, por lo menos en el pensamiento, si es que no en los hechos, se vieron revertidos cuando las ideas liberales empezaron a arraigar en España. La Constitución de 1812 ni siquiera menciona a la mujer en la nación liberal: se daba por supuesto que no estaban incluidas. En España no hubo una ley de matrimonio diferente a la de la Iglesia católica hasta 1870. Las leyes con respecto al adulterio durante el régimen liberal (1820-1830) fueron especialmente retrógradas, reflejo de un código de honor propio del Siglo de Oro. Esta situación seguiría vigente hasta bien entrado el siglo XX, como lo atestiguan las novelas de Carmen de Burgos, entre ellas La mujer moderna y sus derechos. La educación de las niñas y jóvenes también languideció durante la primera mitad del siglo XIX, hasta que en 1857 entró en vigor la Ley Moyano, que estipulaba que las niñas debían recibir formación escolar, aunque el plan de estudios las preparara solo para ser maestras de primaria. Como observa Jo Labanyi a propósito de los krausistas,

 

aunque el prospecto de la Institución Libre afirmaba que las niñas debían ser educadas «con» y «como» sus homólogos masculinos, prácticamente todos los krausistas (el fundador de la Institución, Giner, entre ellos) insistían en que las mujeres eran complementarias de los hombres (es decir, iguales pero diferentes) y, por tanto, debían recibir una educación especialmente adaptada (Labanyi, 2000: 83).

 

Concepción Arenal también defiende la igualdad dentro de la diferencia. En La mujer del porvenir afirma que las mujeres son moralmente superiores a los hombres porque son menos impulsivas, más compasivas y más pacientes. Las pasiones de las mujeres, afirma, son menos agresivas, y sus instintos, menos fuertes, por lo que es menos probable que cometan delitos. Además, para Arenal las mujeres son más religiosas que los hombres y están especialmente dotadas para el arte y el teatro. En última instancia, la autora se inclina más hacia el feminismo de la diferencia al hacer hincapié en las áreas en que las mujeres son diferentes de los hombres: «Es moralmente superior aquel que siente menos impulsos malos o los enfrene con mayor energía, aquel que haga más bien y menos mal a sus semejantes. Bondad, sensibilidad, compasión, paciencia» (Arenal, 1993: 67).

 

Sin embargo, para 1881, cuando Arenal escribió La mujer de su casa, su postura se había fortalecido y defendió fervientemente el papel de la mujer fuera del hogar, aunque en términos diferentes del que ejercían los hombres, destacando por ejemplo el papel de las mujeres como trabajadoras de caridad. Aun así, basándose en nuevas observaciones, se retracta de su afirmación



 

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anterior en La mujer del porvenir sobre la igualdad de inteligencia de mujeres y hombres:

 

Debemos declarar que hoy no abrigamos aquel íntimo convencimiento de la igualdad de inteligencia de los dos sexos, manifestado en La mujer del porvenir. Nuevos hechos observados y una reflexión más detenida nos han inspirado dudas que sinceramente exponemos: la infalibilidad no es cosa que razonablemente nadie deba conceder a otro ni reclamar para sí (Arenal, 1974: 269).

 

Arenal se pregunta entonces si no habría una diferencia de intelecto entre los dos sexos análoga a las diferencias más evidentes del físico. ¿Son las mujeres más espontáneas y menos reflexivas que los hombres? ¿Acaso son menos observadoras y más intuitivas? ¿Son las acciones de las mujeres de mayor extensión y menor intensidad? ¿Son ellas más perseverantes? Y, por último, ¿poseen una inteligencia comparable a la de los hombres, pero no igual? Arenal solo hace estas preguntas, pero no ofrece ninguna respuesta, pues considera que no hay suficiente evidencia para poder determinar nada, y remite a sus lectores al History of Woman Suffrage de Elizabeth Cady Stanton, Susan B. Anthony y Matilde Joslyn Gage para mayor información para combatir errores convencionales sobre la condición inferior de la mujer. Su conclusión sobre la igualdad intelectual de la mujer y el hombre es ambigua:

 

Que, llegue hasta donde llegue la inteligencia de la mujer, debe procurarse que vaya hasta donde puede llegar; porque si el hombre se perfecciona cultivándola, ella no puede menos de estar sujeta a la misma ley […]. Que las dudas respecto a la igualdad de la inteligencia de la mujer no se refieren a su aptitud para los conocimientos comunes y su aplicación (ibíd., 277).

 

Rosario de Acuña (1850-1923), cuyo estilo extravagante se reflejará en el de la feminista de la diferencia Victoria Sendón de León, parte de la premisa de que los dos sexos son iguales al nacer. En lugar de elaborar un argumento a este respecto, Acuña toma esta verdad como algo evidente. En un artículo de 1881, escribe y afirma lo siguiente:

 

Entremos de lleno en la cuestión y, puesto que de igualdades se trata y unos quieren propinárnosla con relación al bruto y otros la subliman hasta la naturaleza del ángel, juro y perjuro, sin que en esto haya ofensa para ninguna de las dos escuelas, que tan iguales nos hicieron nuestros padres Adán y Eva, si es que existieron tan inéditos personajes, como iguales venimos siendo a través de los siglos y a pesar de sus variables alternativas. Pues, repartido por igualdad de partes entre la raza del hombre el imperio de la naturaleza, lo que a ellos les sobró de brutalidad, nos lo pusieron de astucia y, lo que a nosotras se nos dio de más en ternura, lo poseen ellos de fuerza (Acuña, 2008: 166).



 

 

 

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La autora utiliza algunos de sus argumentos previos sobre el tamaño del cerebro, que no sería lo importante, sino cómo lo utilice cada uno y cómo lo ejercite, antes de entrar en un argumento bastante novedoso que, como Amelia Valcárcel hará unos cien años después, emplea la ironía y la hipérbole. Así pues, sostiene que las mujeres son iguales a los hombres y tienen la misma influencia en los asuntos públicos a través de las conversaciones de almohada. Los hombres que son jueces, médicos y ejercen otras profesiones consultan a menudo a sus esposas, que habrían aprendido los entresijos de estas profesiones en compañía de sus maridos. Una cualidad que, sin embargo, se cimienta en la diferencia, según Acuña:

 

A pesar de que las leyes de la naturaleza se rigen por principios fijos y, por tanto, lo inmutable es su esencial condición; a pesar de que nunca podrán alterarse las diferencias que distinguen sin inferioridad por ninguna de ambas partes nuestros opuestos sexos, pudiera muy bien venir un lamentable periodo revolucionario que nos sumiese por largo espacio de tiempo en las más funestas consecuencias. ¡Alerta, mujeres! Nuestros emancipadores quieren para nosotras la libertad de medios, pero no os olvidéis que con ella perdemos la libertad de acción, mil veces mejor que el falso oropel de los aparentes poderes (ibíd., 175).

 

Para Acuña, algunas características serían innatas —una especie de determinismo biológico—, y plantea la hipótesis de una ternura inherente que llena los vastos espacios vacíos de los cerebros de los hombres; además, reprende a sus «hermanas» para que huyan de la emancipación, porque socavaría el poder real que ejercen en su posición actual:

 

He aquí el único ideal posible del porvenir, que nunca se llamará emancipación porque […] solamente al esclavo se le puede manumitir, y nosotras nunca lo fuimos. El que otra cosa os haga ambicionar, os lanzará de lleno en el país de las quimeras, vestidas con el burlesco traje del ridículo, a la par que aquellos que intentan arrojarnos del pedestal donde nos colocó la naturaleza, no consiguen más que anudarse con dobles vueltas el dogal de las astucias femeninas (ibíd., 179).

 

Como María Zambrano argumentará en la década de 1940, Rosario de Acuña cree que la mujer es pasión, especialmente amor: «La luz de sus pasiones bastardeadas por el matiz de ilegítimas que las imprime la ley, será la que caiga en el cerebro femenino, en lluvia de frases elegidas para llevar sensaciones a las alturas fantásticas» (Johnson y Zubiaurre, 2012: 99). Y en un artículo de 1885 defendía que el papel de la mujer era vivir para los otros (Acuña, 2008: 1031-1035).

 

En un discurso pronunciado en el Fomento de Artes en 1888, Acuña reiteraba las diferencias entre ambos sexos: «Entre los sexos de nuestra raza existe la diferencia; repito que es imposible negarla, al menos en el estado



 

 

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adulto» (ibíd., 522). Señalaba especialmente la división entre el intelecto atribuido al hombre y el sentimiento que es competencia de la mujer, aunque su objetivo era unir estas dos cualidades tanto en el hombre como en la mujer:

 

[…]   igualad sus cerebros; rebajad la fatuidad del hombre; elevad la dignidad de la mujer; enseñadlos a pensar en la misma escala, a sentir en el mismo tono; educad al varón para que sea justo con la mujer, no galante […]. Que la mujer tenga conciencia de sí misma; hacedla inteligente. Para que tenga inteligencia desarrollad su organismo con elementos iguales que aquellos que rigen la educación del hombre (ibíd., 530-531).

 

Su nueva visión era la unión entre hombres y mujeres en una suerte de apoteosis que combinara una vaga iconografía religiosa con un halo krausista de perfección terrenal: «la grandeza de ese ideal sublime que surge en los orientes del porvenir, levantando sobre apoteosis gloriosa al hombre y a la mujer, unidos por eterno abrazo de sus inteligencias y de sus corazones, para un solo fin de ventura humana» (ibíd., 533). Y en su discurso de 1888, proclamado durante la inauguración de una nueva logia femenina, Hijas del Progreso, habla sobre

 

la mujer por la mujer, la mujer engrandecida, ilustrada, dignificada por la mujer, la mujer […] probando sus fuerzas como ser pensante, manifestando sus condiciones como ser racional en su radio de acción pura y genuinamente femenino (Acuña, 1889: 163; en cursiva en el original).

 

Concepción Gimeno de Flaquer, por su parte, propone lo que ella llama «feminismo moderado», que resulta difícil de clasificar entre el feminismo de la igualdad y la diferencia. En «El problema feminista» primero aboga por la igualdad:

 

Anhelan los feministas que el matrimonio sea la asociación de dos seres conscientes, libres e iguales; exigen la misma ley moral, civil y económica para los dos sexos, alcanzando con el triunfo de sus ideas que la mujer deje de ser moralmente menor, civilmente esclava (Johnson y Zubiaurre, 2012: 105).

 

Empleando argumentos que ya hemos visto en autoras anteriores, Gimeno de Flaquer señala que, si las mujeres fuesen inferiores, como algunos pretenden, no deberían ser juzgadas iguales al momento de cometer un crimen y recibir sentencia. Sin embargo, concluye su discurso de 1903 afirmando que existe una diferencia en la mujer y sugiriendo que las mujeres pueden prevalecer sobre el hombre si emplean su feminidad. ¿Por qué —se pregunta— querrían las mujeres participar de un sistema político corrupto del que serían culpadas



 

 

 

 

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si tuvieran injerencia en él por medio del voto? Así, Gimeno de Flaquer resume los objetivos de feminismo moderado, evitando

 

todo obstáculo a las manifestaciones de las facultades intelectuales de la mujer; educar esas facultades para que puedan utilizarse, teniendo en cuenta que las mentales, como las musculares, atrófianse si no se ejercitan; darle trabajo bien remunerado que la defienda de la inmoralidad, concederle la libre disposición del capital, proporcionarle empleos en Bancos, Museos, Bibliotecas y Administración de Sociedades benéficas, mejorar la suerte de la obrera, suprimir la trata de blancas, dejarle ejercer profesiones literarias, artísticas y científicas, especialmente la medicina, para la que posee grandes facultades, superando al hombre en ginecología y en el tratamiento de las enfermedades de la infancia (ibíd., 108).

 

Es evidente que las profesiones para las que cree que las mujeres están especialmente capacitadas tienen que ver con la anatomía femenina y el cuidado de los niños.

 

A principios del siglo XX, otras pensadoras feministas españolas recurrieron a los argumentos del feminismo de la diferencia con el objetivo de aumentar la aceptación de sus ideas, cada vez más osadas a propósito del lugar de la mujer en el mundo. En los años veinte, María Martínez Sierra defendió que el feminismo no tenía por qué excluir la feminidad. En Cartas a las mujeres de España, define como feminista a la persona que es

 

partidaria de que la mujer debe pasar su vida lo más feliz posible, haciendo la mayor suma de bien posible, siendo lo más útil posible a la humanidad, gozando con tan perfecta naturalidad como el hombre la plenitud de sus derechos de ser humano, basta haber nacido «ser humano», y por añadidura, mujer (Martínez Sierra, 1916: 14).

 

Martínez Sierra parece conectar directamente con el siglo XVIII cuando en su capítulo «Algunas consideraciones acerca de la felicidad» defiende que la misión del ser humano es ser feliz (puede consultarse a Elizabeth Franklin Lewis y su tratado sobre la noción de la felicidad en el siglo XVIII). Y añade la felicidad al precepto krausista de perfección: «La felicidad es un deber tan absoluto como la perfección» (Johnson y Zubiaurre, 2012: 171). También apunta que no podemos quedarnos sentados, quietos, esperando a que la felicidad nos alcance, sino que tenemos que trabajar por ella. Como si tuviera una visión sobre la neurociencia contemporánea acerca de cómo las expresiones faciales pueden influir en los sentimientos —una sonrisa puede producir una sensación de alegría, por ejemplo—, Martínez Sierra hace la siguiente sugerencia: «Acerquémonos al espejo y sonriamos a nuestra propia imagen. La imagen nos devolverá la sonrisa y nos obligará a sonreír de nuevo… Sonriamos, pues, para que la vida nos sonría» (ibíd., 172). La idea



 

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de feminidad que Martínez Sierra presenta en su libro es el de la mujer santa y mártir que reprime cualquier resentimiento o amargura por su vida, confinada en el hogar, aguantando el llanto de los niños.

 

De acuerdo con un argumento que recuerda al padre Feijoo y a Concepción Arenal, entre otras feministas españolas, y apelando al sentimiento de un «yo» de la mujer, en «Poder de la belleza y deberes que impone», Martínez Sierra afirma que las mujeres son libres de disfrutar las cualidades comúnmente asociadas al hombre —fuerza, conocimiento—, pero que poseen un arma adicional, la belleza. La mujer, asegura la autora, tiene la misma fuerza y fortaleza, conocimiento, lengua y poder que el hombre; además de estas, enumera las cualidades distintivas propias de una mujer, incluyendo la bondad y añadiendo la belleza a la ecuación. Como Carmen de Burgos hará en su libro La mujer moderna y sus derechos de 1927, Martínez Sierra tratará el tema de la moda y de la forma de vestir. Para Burgos, el vestido es liberador (véase «Fashion as Feminism» de Roberta Johnson), pero el pasaje de Martínez Sierra sobre dicho asunto adquiere un tono moralizante, pues aconseja a las mujeres vestir de manera prudente, de forma que no despierten el apetito de los hombres, ya que, en caso de hacerlo, estos tendrán que satisfacerlo ilícitamente. La autora recomienda que las mujeres utilicen la caridad y no el busto para conquistar el corazón de los hombres: «Y todas estas almas consoladas, confortadas, amparadas por ustedes, serán su imperio, y para conquistarlas no habrá solo menester pintarse los ojos ni agrandar el escote, siguiendo el último insensato figurín de París» (ibíd., 180).

 

Martínez Sierra también aborda el eterno tema feminista español sobre la educación de las mujeres, refiriéndose a la «felicidad de la humanidad» como razón para que las mujeres reciban formación. Empleando argumentos que hemos visto en pensadoras feministas españolas de los siglos XVIII y XIX sobre el papel de la mujer como educadora de las generaciones futuras, Martínez Sierra añade que se trata de una obra divina: «Somos obreros de una labor divina, colaboradores con Dios en una de sus obras maestras, soñadores con Él en su divino sueño de perfección» (ibíd., 182). Como sucedía con Concepción Arenal, Martínez Sierra está claramente influida por las nociones krausistas sobre la perfección. Ella especialmente recomienda que la mujer, fuente de vida, estudie ciencias naturales, e insta a las mujeres a estudiar la naturaleza, no a partir de libros, sino por medio de la vista y de la observación de sus propios jardines o de las flores que crecen en sus macetas: «Así, pues, ciencia en primer lugar: ciencia maestra de la vida: Fisiología, Botánica, Historia Natural, Física, Química, Geografía en todas sus ramas, y siempre en



 

 

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el terreno y sobre el terreno. Realidad, ante todo» (ibíd., 183). También recomienda que las mujeres estudien historia, pues así pueden ser una fuerza para la paz: «Aprenderéis a aborrecer el privilegio —aunque tal vez pertenezcáis a las clases privilegiadas—, a detestar la guerra, a desear apasionadamente la igualdad (que no es la identidad, y otro día hablaremos de eso)» (ibíd., 186). A pesar de que Martínez Sierra menciona la igualdad, queda claro por sus otros múltiples argumentos que considera a la mujer diferente del hombre en muchos aspectos y que ambos tienen intereses y roles distintos en la vida.

 

Otras feministas de la Edad de Plata, como Margarita Nelken, Clara Campoamor, Hildegart Rodríguez y Carmen de Burgos, pertenecen más bien al terreno del feminismo de la igualdad, y no tanto al de la diferencia. No obstante, Carmen de Burgos constantemente navega entre las dos posturas. Por ejemplo, Anja Louis, en Women and the Law; Carmen de Burgos, an Early Feminist, explora «dónde, cómo y por qué el feminismo de la igualdad imperante se resistió a su propia política y se deslizó hacia el feminismo de la diferencia» (Louis, 2005: 19), y en «Carmen de Burgos: Modern Spanish Woman», Maryellen Bieder anota que, en La mujer moderna y sus derechos, Burgos «se identifica abiertamente con el feminismo, entendido como la “causa de la liberación de la mujer, en acuerdo con su naturaleza”, pero de una manera que sigue reconociendo su diferencia» (Bieder, 2001: 255). El estilo racional de argumentación de Burgos, su fría sensatez y su capacidad para ir directamente al quid de la cuestión con pruebas irrefutables la alinean con la larga tradición feminista de igualdad racional que comenzó en España con Benito Jerónimo Feijoo, inspirada a su vez —como ahora sabemos, gracias a Mónica Bolufer— por el pensador ilustrado François Poullain de la Barre. Más recientemente, el pensamiento de este filósofo cartesiano habría inspirado también a feministas de la época democrática posfranquista, como Celia Amorós. En el capítulo 14 de La mujer moderna y sus derechos, Burgos menciona lo que el racionalismo de Descartes ofrece al feminismo: «Descartes no acepta por verdadero más que lo que muestra la razón, y al querer demoler prejuicios sirve la causa femenina» (Burgos, 1927: 111). Burgos señala, mucho antes de que lo hiciera el feminismo de la igualdad de los años ochenta, que François Poullain de la Barre, discípulo de Descartes, «pide en Educación de las Damas en Igualdad de sexos, todos los derechos de la mujer» (ibíd.).

 

A pesar de que Burgos argumenta a favor de la igualdad ante la ley: «La base está en las leyes, en la proclamación de la “Igualdad de derechos”»



 

 

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(ibíd., 60), como señalan Anja Louis y Maryellen Bieder, sus argumentos algunas veces se deslizan hacia el feminismo de la diferencia cuando el punto que defiende parece beneficiarse de ello. Por ejemplo, cuando Burgos realiza una llamada en pos de la igualdad legal, declara que el feminismo nunca había tenido «un deseo de inversión de sexos o de funciones, y mucho menos de aspiración a la igualdad, que hace imposible la naturaleza» (ibíd., 61). Sin embargo, Burgos parece hacer una distinción entre la biología y la ley. En el capítulo segundo de La mujer moderna, por ejemplo, contraataca los argumentos biológicos que perpetúan la desigualdad de Gregorio Marañón, Otto Weininger y Paul Julius Moebius.

 

Como mencionamos anteriormente, Bieder y Louis también señalan que la postura feminista de Burgos va evolucionando con el tiempo, pues empieza cercana al feminismo de la diferencia y termina más próxima al feminismo de la igualdad. Incluso en su último trabajo, La mujer moderna y sus derechos, su posición era sutil, compleja y pragmática. Quizás haya tenido más en común con autoras posfeministas como Carmen Alborch (Solas y Libres: ciudadanas del mundo) y Lucía Extebarria (La Eva futura y En brazos de la mujer fetiche), que intentan superar los estrechos límites entre el feminismo de la igualdad y de la diferencia para defender el derecho de las mujeres a ser, a la vez, femeninas y feministas. Sin embargo, a pesar de las posiciones normalmente originales y eclécticas de Burgos con respecto a algunos temas feministas, su estilo argumentativo la posiciona firmemente en el campo del feminismo ilustrado o de la igualdad, tal y como se analizará en el siguiente capítulo.

 

El franquismo, que duraría desde 1939 hasta 1975, fue un periodo de ideas conservadoras sobre la feminidad y sirvió como terreno fértil para el feminismo de la diferencia. Es difícil entender cómo el libro La secreta guerra de los sexos, de María Laffitte, pasó los filtros de la censura franquista y pudo ser publicado en 1948, pero quizás haber recurrido a la antigua tradición feminista de rebatir textos anteriores sobre la mujer le haya servido, sobre todo porque gran parte de su capítulo clave «¿Qué es lo femenino?» contiene muchas citas de La perfecta casada de fray Luis de León. Aunque Laffitte refuta las afirmaciones misóginas del autor sobre las mujeres, el gran número de citas que emplea de este texto del siglo XVI confiere un cierto peso a las ideas de fray Luis. Laffitte claramente diferencia los sexos como:

 

La mujer —dicen— es un ser intuitivo, mientras el hombre es reflexivo…

 

El sexo femenino es el afectivo, mientras el masculino es el activo…

 

La mujer es subjetiva.

 

El hombre es objetivo.



 

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La mujer es centrípeta, gira sobre sí misma, teniendo en ella su fin.

 

El hombre se orienta al exterior, en busca de aventuras —ciencias, comercio, guerras, arte (Johnson y Zubiaurre, 2012: 318).

 

 

El título del libro y del capítulo homónimo «La secreta guerra de los sexos» resalta el mensaje sobre la diferencia. Esta orientación diferencialista, así como el título nobiliario de la autora —condesa de Campo Alange, como vimos anteriormente—, podrían haber favorecido a Laffitte con los censores. El capítulo sobre la guerra entre ambos sexos recurre a la vieja técnica de los tratados feministas españoles: la Historia como prueba. Después de describir el triunfo del patriarcado en la época clásica, Laffitte encuentra en la Edad Media y el Renacimiento una mejora para la situación de la mujer, aunque argumenta que no sería hasta el siglo XIX cuando se observa un progreso real con respecto a la capacidad de acción de las mujeres. Sin embargo, esta libertad se habría diluido por el hecho de que las mujeres limitaron sus acciones al intentar imitar al hombre. Haciéndose eco de la terminología aprendida de Max Scheler y de José Ortega y Gasset —a quienes Rosa Chacel y María Zambrano rebatieron en los años veinte y treinta, especialmente la noción de la cultura como dominio masculino—, Laffitte señala que, desde el siglo XIX, los hombres habrían luchado ferozmente por mantener su dominio sobre la cultura. El hecho de que las mujeres fueran derrotadas en esta batalla habría provocado, según la autora, que la maternidad quedara relegada a un estatus inferior.

 

María Laffitte, junto a su amiga Lilí Álvarez, fundaron en 1962 el Seminario de Estudios Sociológicos de la Mujer (SESM) para llevar a cabo investigaciones feministas. Este grupo publicó varios volúmenes colectivos. Álvarez fue una figura importante en el mundo deportivo europeo antes de dedicarse al feminismo y a la escritura durante el franquismo. Hija ilegítima de un hombre rico, Lilí Álvarez vivió sus primeros años en las grandes ciudades de Europa y de América Latina. Se hizo famosa como patinadora, esquiadora y finalista del torneo de tenis de Wimbledon en tres ocasiones. Ganó un campeonato de automovilismo en Cataluña y en 1924 fue la primera mujer española en participar en los Juegos Olímpicos. Su carrera de escritora comenzó con crónicas deportivas y posteriormente se dedicó a escribir sobre temas espirituales. Su libro Plenitud (1947) combina espiritualismo y feminismo en algunos de sus capítulos.

 

En «Feminismo y masculinismo», Álvarez señala que el feminismo y el masculinismo son dos caras de la misma moneda, aunque se hable poco de



 

 

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masculinismo y mucho de feminismo. Álvarez argumenta que no se puede entender el feminismo sin el concepto de masculinismo porque «el feminismo de las mujeres no es más que la reacción tardía y consciente al masculinismo previo, preestablecido y, por eso mismo, inconsciente y potentísimo de los hombres» (ibíd., 339). También señala que el feminismo de las mujeres es un esfuerzo consciente, mientras que los hombres no son conscientes de su masculinismo. Así pues, un rasgo distintivo del feminismo sería esta conciencia, si bien el masculinismo se caracterizaría por su naturaleza inconsciente: «El masculinismo reside en la inconsciencia» (ibíd., 340). Concluye que el remedio a esta situación es que los hombres tomen conciencia de su masculinismo. Por su parte, Maria Aurèlia Capmany escribía, poco antes del final del franquismo, que las mujeres habían sido convencidas por abogados, médicos, psiquiatras y modistas de que eran diferentes, por lo que renunciaron a su lucha por la igualdad: «La habían convencido de que en este su modo de ser diferente se hallaban su felicidad y su gloria» (ibíd., 34). Este argumento calará en las teóricas feministas de la diferencia de los años ochenta y noventa.

 

La historia del movimiento feminista español desde el tardofranquismo hasta mediados de los años noventa está bien documentada. La mayoría de los relatos posteriores hacen referencia a la ya clásica cronología de María Ángeles Durán y María Teresa Gallego que divide el movimiento en tres fases: en la primera, de 1975 a 1979, el movimiento feminista se creó, expandió y organizó; durante la segunda, de 1979 a 1982, «el movimiento se dividió por fuertes disputas y divisiones internas» (Durán y Gallego, 1986: 207), y en la tercera, de 1982 a 1985, el movimiento organizado se fragmentó en «muchas micro organizaciones por todo el país», y las instituciones aceptaron «la cuestión feminista» (ibíd.)[60]. Durán y Gallego, al igual que la destacada feminista de la igualdad Celia Amorós («Algunos») y otras, sitúan la hostilidad pública y notoria entre las feministas de la igualdad y de la diferencia en la asamblea general del movimiento feminista español celebrada en Granada en mayo de 1979. Anny Brooksbank Jones cree que el cisma era ya evidente cuando se votó la Constitución en 1978[61]. Según Brooksbank Jones, el propio referéndum constitucional fue una ocasión para que se afirmaran las diferencias de opinión:

 

Las feministas radicales que consideraban que la política de los partidos era irremediablemente patriarcal tendían a rechazar la [Constitución] por «machista», mientras que la mayoría de las activistas duales le daban un apoyo matizado. Sin embargo, a medida que se ponía en marcha la minuciosa y detallada incorporación de los principios constitucionales a la ley, resultó imposible mantener los niveles



 

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anteriores de activismo y movilización concertados. Fuera de los partidos, la coexistencia prometida también empezó a parecer cada vez menos realista, ya que la pérdida de concentración fomentó la proliferación de grupos de activistas individuales y la correspondiente dispersión de energías (Brooksbank Jones, 1997: 10).

 

Brooksbank Jones señala, sin embargo, que en las Jornadas Feministas de Granada de 1979 «la distinción familiar entre activismo único y dual [fue] redibujada en torno a los ejes de la igualdad y la diferencia» (ibíd., 11). Según Durán y Gallego, en dicho evento de Granada las feministas españolas aún no habían teorizado los conceptos de igualdad y diferencia como lo harían en las décadas de 1980 y 1990:

 

Nunca se intentó llegar a un verdadero análisis teórico de ninguno de estos dos conceptos. A grandes rasgos, la idea de igualdad fue adoptada por el sector de la doble militancia que defendía la formación de una plataforma política que reivindicara los derechos y libertades de las mujeres y la eliminación de todas las barreras con las que se encontraban las mujeres. Las mujeres que defendían el feminismo de la «diferencia» estaban implicadas con los grupos radicales [aquellos no aliados con partidos políticos que querían dar prioridad a las preocupaciones feministas más allá de las plataformas más generales de los partidos] (Durán y Gallego, 1986: 213).

 

Como el feminismo español de la época democrática había comenzado durante el tardofranquismo —cuando muchas feministas eran dobles militantes que pertenecían a los todavía clandestinos partidos comunista o socialista—, en los primeros años de la Transición este movimiento funcionó principalmente a través del activismo antidictatorial, prodemocrático o incluso socialdemócrata de los partidos[62]. Así pues, la teoría feminista española posfranquista continuó nutriéndose de la ideología política, aunque, como observa Brooksbank Jones, siguiendo a Monica Threlfall,

 

las feministas españolas que buscaban legitimidad política se vieron obstaculizadas por la ausencia de una tradición feminista fuerte, la falta de una cultura democrática que simpatizara con la idea de la igualdad de derechos y la reticencia de muchas mujeres progresistas a volver a las actividades segregadas por sexos después de años de formación en escuelas católicas divididas por sexo (Brooksbank Jones, 1997: 7)

[63].

 

La estridencia del debate y la naturaleza sui generis de la brecha entre feministas de la diferencia y de la igualdad en España, única entre los feminismos occidentales, solo se pueden entender en su contexto: las mujeres españolas tuvieron que superar cuarenta años de prohibiciones institucionalizadas por el régimen franquista y su virulenta represión de los avances conseguidos durante la II República hacia la igualdad legal de las



 

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mujeres. Que el feminismo posfranquista tuviera sus orígenes en la clandestinidad de la oposición al dictador dejó una huella indeleble tanto en el feminismo de la igualdad como en el de la diferencia. Resulta significativo que el medio elegido para airear el debate sobre varios puntos clave fuese la revista de izquierdas El Viejo Topo, primero con una sección especial titulada «Masculino/Femenino» en 1980, justo cuando el recién legitimado PSOE ascendía en el panorama político —y ganaba las elecciones generales de 1982 —, y de nuevo a mediados de los noventa, cuando los escándalos de corrupción acabaron con la hegemonía política socialista.

 

Las ideas feministas de la diferencia habían circulado en España desde los años setenta[64], y un grupo feminista de la diferencia (LA MAR) existió fugazmente de 1977 a 1978. Como se ha indicado antes, las feministas de la diferencia rechazan la política institucionalizada. Mercedes de Grado anota que

 

el ideario feminista de la diferencia originó una réplica en las filas de las militantes de corte socialista, que evolucionan en sus posiciones y empiezan a abogar por un feminismo de la igualdad que contrarreste la reivindicación de la diferencia. Sin embargo, estos dos tipos de feminismo van perdiendo progresivamente contacto con el feminismo como movimiento de masa (De Grado, 2004: 30).

 

La obra Sobre diosas, amazonas y vestales. Utopías para un feminismo radical (1981), de Victoria Sendón de León, destaca por el carácter utópico de gran parte del pensamiento feminista de la diferencia. Este libro marca una ruptura en el debate más atemperado sobre la diferencia y la igualdad que ha tenido lugar hasta la fecha en España. Sendón de León arremete contra la lógica racional, una de las principales herramientas del feminismo de la igualdad, y la base de su argumentación es oponer la razón al mito:

 

Se trataría de concebir la representación como estrategia política, pero no una política restrictiva de cambio de estructuras, sino una auténtica política creadora de nuevas percepciones, mitos y ritos que respalden afectivamente al mundo de la lógica y de la acción. Lo demás son reformismos ya caducos (Sendón de León, 1981: 206).

 

Y, oponiéndose directamente a la Ilustración, afirma:

 

No sé si se trata de un juicio heredado del siglo de las luces, pero cuando se habla de liberación, de libertad en general, se presupone que indefectiblemente va unida a una fuerte carga de racionalización, a un triunfo de la lógica con la consiguiente destrucción de mitos y religiones. Creo que se trata de un esfuerzo inútil además de perjudicial. Inútil porque convivimos con los mitos al igual que convivimos con nuestros sueños o nuestro inconsciente. Cuando se desmitifica se hace en aras del mito de la ciencia como saber supremo; cuando se seculariza se cambian mitos de primera clase por mitos de segunda. La teoría marxista pudo llegar a ser inspiradora



 

 

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de una revolución por los mitos que albergaba y no por su carácter de ciencia. El mito del proletariado como clase salvadora o el mito de la futura sociedad comunista como parusía final (ibíd., 206).

 

Sendón de León arremete implacablemente contra la razón como fuerza motivadora del pensamiento feminista, y pretende seguir a Deleuze y Guattari en su modo de exposición rizomático. Sin embargo, sigue un patrón argumentativo que hemos visto en la teoría feminista española desde sus comienzos con el padre Feijoo: desacreditar las ideas establecidas para sustituirlas por otras nuevas y supuestamente más válidas. Su primer capítulo, «Las vacas sagradas», aborda a Freud y a Marx. Con un estilo epistolar, la autora se dirige primero a Freud criticando su total olvido del individuo, y luego a «don Carlos», que inspiró una doble militancia (socialismo y feminismo), en resumen «hechas un lío» (ibíd., 51). El estructuralismo no es mejor; un mero «plato de lentejas» (ibíd., 74). ¿Qué podemos esperar, se pregunta, de una forma de pensar que tan solo acepta, o al menos revisa ligeramente, el marxismo y el freudismo, los dos grandes sistemas de pensamiento de nuestra época? Ambos, tanto la derecha como la izquierda, son mecanismos para convertir a los individuos en una masa indiferenciada. Necesitamos una nueva manera de pensar, y su respuesta a esto es ritualista, pues una nueva forma de pensamiento produciría una nueva forma de vivir: «Los mitos nos ponen en comunicación directa con el inconsciente colectivo, una memoria de la especie que aún ignoramos hasta qué punto sigue moviendo los hilos de la historia» (ibíd., 85). Sendón busca un antídoto contra el estructuralismo en nociones como la discontinuidad y la ambigüedad, que ella asocia a las culturas orientales. En lugar de paralelismo, antagonismo, taxonomías, pasado, futuro, ella plantea presente puro, forma, gesto, juego, desafío y sorpresa. Cree que el pensamiento moderno ha perdido de vista los beneficios del ritual para la humanidad, precisamente porque se ha centrado en el trabajo y en la única alternativa a este: el tiempo libre, «que tiene todo menos de libre, y de tiempo nada excepto la matemática del reloj» (ibíd., 211).

 

Sendón de León también desarrolla brevemente una teoría del tiempo, que demuestra conocer las ideas de Gaston Bachelard sobre el tema. El instante sería la única unidad temporal significativa, y en una cita de Roupnel, afirma:

 

La idea que tenemos del presente es de una plenitud y de una evidencia positiva singulares. Allí nos instalamos con nuestra personalidad completa, y encontramos una identidad absoluta entre el sentimiento del presente y el sentimiento de la vida (ibíd., 93).



 

 

 

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Muchas de sus ideas recuerdan a otras que hemos visto en María Zambrano, aunque no debe sorprendernos que el pensamiento de Zambrano haya sido profundamente influyente en algunas feministas españolas de la diferencia como Milagros Rivera y en feministas de la diferencia italianas como Luisa Muraro. Ahora bien, no hemos conseguido encontrar referencias a Zambrano en Sendón de León; es posible que la afinidad entre ambas derive de tener fuentes en común como la fenomenología. De hecho, Heidegger pudo ser una inspiración para ambas en sus ideas sobre el tiempo. José Ortega y Gasset también está presente en las afirmaciones sobre la centralidad de las circunstancias propias del ser: «El ser humano no puede pensar, ni crear, ni siquiera vivir más allá de sus propias circunstancias y entre sus circunstancias también están las económicas, las de clase» (ibíd., 95). Así como Zambrano mantuvo contacto con el existencialismo de Sartre en los años cuarenta, Sendón de León deja entrever algunas ideas sartreanas en su concepto de ser mujer en el mundo.

 

Sendón quiere empezar de cero, no desde el interior radical del existencialismo o desde el exterior radical del marxismo, ambos originados dentro del patriarcado. En cierto modo, ella adopta una filosofía del punto de vista: «Mi tesis es que este “dónde estamos” como mujeres no podemos seguir interpretándolo desde esquemas que han servido para la comprensión y transformación del mundo enraizadas en el sustrato de una civilización patriarcal» (ibíd., 100). Afirma que las mujeres son el «eslabón perdido» en cualquier práctica revolucionaria y que no se puede pensar en términos marxistas de estructura y superestructura, cuya jerarquía ella no acepta. En su lugar, debemos considerar primero la lucha entre los sexos, entre amo y esclavo. Las mujeres son alienadas porque viven en un mundo de dominación masculina. Para que el mundo sea suyo, de la mujer, esta debe transformarlo completamente: primero la teoría, «pensamiento-estructura», seguida de la «situación-estructura» y, finalmente, el «individuo-sociedad» (ibíd., 103). Su afirmación más importante tal vez sea que el sexo prevalece por encima de la clase en cualquier reconsideración de estructura social, ya que una persona no pertenece a un sexo de la misma manera que se pertenece a una clase social: alguien es de un determinado sexo. Como apuntamos en el capítulo 3, Sendón de León rechaza rotundamente la noción de la mujer como clase social de Lidia Falcón:

 

No es el lugar de la mujer en la producción lo que la incluye en una misma clase, ¡solo nos faltaba ser clase! ¡qué ordinariez! Es la pluralidad de sus marcas enraizadas en la ausencia y la diferencia las que la hacen precisamente inclasificable, pura posibilidad (ibíd., 119).



 

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Sendón considera que la igualdad es un mito, un fantasma: «Quiero la diferencia. Me repugna profundamente la igualdad» (ibíd., 113). Niega también que la igualdad sea la base de la libertad y afirma que el sexo es el fin de la humanidad, no la igualdad: «Ser mujer o varón constituye la marca que instaura todo un código de comportamiento, sentimientos, posibilidades, formas, leyes, tiempos, espacios, hábitos y frustraciones» (ibíd., 115). Rechaza completamente cualquier intento de incorporar a la mujer a una sociedad patriarcal. Las mujeres son un misterio y un objeto de miedo para el hombre, justamente por su diferencia, y así, los hombres habrían creado instituciones que reprimen aquello a lo que temen. Sendón sintetiza el feminismo como «la fisura entre la fantasía del hombre y la realidad de mujer» (ibíd., 152). Señala además que el psicoanálisis empírico intenta determinar el complejo, designación que en sí misma indica la polivalencia de todos los significados conectados, mientras que el psicoanálisis existencial, apunta, intenta determinar la elección originaria. Esta elección, que opera como una toma de posición frente al mundo, es totalizadora, como también lo es el complejo. Como el complejo antecede a la lógica, elige la actitud de la persona con respecto a ella y a los principios; no se trata de interrogarla con respecto a la lógica. Esta elección recoge, en una síntesis prelógica, la totalidad de lo que existe y, como tal, es el centro de referencia de una infinidad de significados polivalentes.

 

Sendón de León continúa y arroja a la papelera la noción de igualdad con un lenguaje provocador y ácido:

 

Nos ronda el fantasma de un mito o el mito de un fantasma: la igualdad […]. ¿Iguales en qué? […]. Quiero la diferencia. Me repugna profundamente la igualdad. […]. ¿A qué igualdad se refiere? […]. No me vale esa falacia de que la igualdad es requisito para la libertad. La libertad no crece en putrefactas aguas pantanosas (ibíd., 112-114).

 

Como presagiaba el comentario de Sendón, a mediados de los noventa se intensificó el debate entre el feminismo de la igualdad y el de la diferencia. Quizá lo que estaba en juego era más importante en un momento en que el gobierno socialista estaba desacreditado y cuando algunas reformas legales e instituciones como el Instituto de la Mujer se veían amenazadas tras el desmoronamiento de la hegemonía socialista de Felipe González. Las feministas de la diferencia se sintieron más desilusionadas por la discrepancia entre la teoría de la igualdad de género y la realidad de la vida de las mujeres en el mundo cotidiano. También lamentaron la pérdida de algunas cualidades «femeninas» en la vida española: la voluntad de actuar como cuidadoras, el culto a la maternidad y la función central del hogar y de la vida familiar. En



 

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un incierto clima político, las feministas de la diferencia probablemente se sintieron empujadas hacia un rechazo al compromiso político tradicional. En 1994, El Viejo Topo publicó un número especial sobre feminismo donde revelaba la profunda división que existía entre los feminismos de la igualdad y de la diferencia a medida que definían más sus posiciones en términos de alianzas filosóficas. A diferencia del número de 1980 de la misma revista, sobre feminidad y masculinidad, ahora ambos lados del cisma estaban igualmente representados.

 

En su ensayo «Partir de sí», publicado en el número especial de El Viejo Topo, Milagros Rivera prefiere la expresión «práctica política de la diferencia» antes que «feminismo de la diferencia». De acuerdo con Rivera, tal «práctica» no exige derechos, cuotas o poder dentro de un orden patriarcal, y tampoco se mide contra los valores patriarcales (Rivera, 1994: 31) y, por lo tanto, lo opuesto al feminismo de la igualdad es la «desigualdad, no diferencia» (ibíd.). Rivera anima a las feministas a pensar lo impensable y a decir lo indecible, «mirar el mundo entero y decirlo con palabras nacidas de una política que no cancele el cuerpo femenino» (ibíd., 31-32). La autora invoca un nuevo orden simbólico donde resuenan las ideas propuestas por las feministas francesas Luce Irigaray y Hélène Cixous, así como las ideas de los grupos italianos Librería de Mujeres de Milán y la comunidad filosófica de Diotima, en Verona. Se apoya especialmente en El orden simbólico de la madre, de Luisa Muraro, aunque acercando el concepto de orden simbólico de la madre al hogar, comparándolo con la noción de razón poética de María Zambrano, un vínculo que desarrollará posteriormente en El fraude de la igualdad (1997).

 

Para lograr un nuevo orden en el que las mujeres puedan intervenir libremente en el mundo, resulta fundamental el concepto de «partir de sí, partir de lo que tenemos, que es principalmente la experiencia femenina personal» (ibíd., 53). «Partir de sí» permite una «política en primera persona» que concede un amplio espacio a la experiencia personal femenina, algo que, según Rivera, el estructuralismo y ciertos autores posmodernos habían devaluado por completo (señalaremos aquí que el feminismo español de la igualdad también rechazaría la posmodernidad). Una política en primera persona libera a las mujeres de vivir una realidad parcial, una existencia limitada por el sexo masculino. Por eso Rivera está en contra de la discriminación positiva, pues una política en primera persona no entra en diálogo con el sistema de representación democrática. En la política en primera persona, la estrategia clave es la mediación de otra mujer o mujeres,



 

 

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cuya autoridad se reconoce; la relación de mujer a mujer les permite realizarse, significarse, y abre así el camino a una libertad femenina que modifica las relaciones de poder existentes en la sociedad. La primera de estas relaciones es la relación con la madre, la mujer que enseñó a otra mujer a hablar, garantizando así una concordancia entre las palabras y las cosas.

 

La respuesta mordaz de Celia Amorós al concepto del orden simbólico de la madre apareció en 1998:

 

¿A quién beneficia este nuevo tratado de paz entre los sexos, cuyos términos, esta vez, han sido definidos por las propias mujeres, sin que se sepa qué batalla han ganado, a menos que sea la victoria «simbólica»? ¿No habremos cambiado nuestra participación en el derecho a la primogenitura —¡oh, qué concepto tan patriarcal!— por un plato de simbólicas lentejas? Simbólicas, desde luego, porque no sé cómo se va a paliar la feminización de la pobreza desde la política de la «diferencia sexual» (Amorós, 1998: 133).

 

La cada vez más encendida polémica entre feministas de la igualdad y de la diferencia se había empezado a gestar en 1996 cuando El Viejo Topo publicó la versión española de El final del patriarcado, el mismo año que fue editado en italiano por la Librería de Mujeres de Milán. No solo teorizaban las feministas acerca del orden simbólico de la madre, sino que ahora declaraban que el patriarcado, como fuente de la identidad femenina, había terminado. Celia Amorós expresa su preocupación por el optimista título del escrito y cree, en un principio, que significaba que la dominación sistemática del hombre sobre la vida colectiva de las mujeres había cesado, a pesar de que todas las pruebas demostraban que no era así: la persistente feminización de la pobreza, la violencia rampante contra las mujeres, la notoria desigualdad en la distribución de las tareas domésticas, la segregación en el trabajo según el sexo y la falta de acceso a puestos de responsabilidad para las mujeres. Amorós se decepcionó cuando descubrió que, en lugar de hablar sobre asuntos concretos relacionados con la vida de las mujeres, «estamos hablando de lo simbólico, nada menos que de “la política de lo simbólico”» (Amorós, 1996: 64). Así, se podría decir que el patriarcado había sido desterrado por «un efecto de conjuro que emana de la actitud despectiva de quienes han llegado a la verdadera “toma de conciencia”» (ibíd., 64). Se puede detectar fácilmente la aversión hacia la filosofía posmoderna en esta interpretación de la orientación lingüística hacia un orden simbólico.

 

En esa declaración del fin del patriarcado, Amorós escucha ecos heideggerianos familiares sobre el fin del reinado del sujeto: «con sus pretensiones fundamentales y sus designios objetivadores y manipuladores de un ente que ha perdido el aroma y el halo del ser en un mundo desencantado»



 

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(ibíd.). La autora desmantela una a una todas las felices circunstancias, presentes y futuras, que describían las feministas de la diferencia. Por ejemplo, el grupo de Milán cita la optimista estadística según la cual Italia — y probablemente España siguiéndola de cerca— cuenta con el número más alto de mujeres que trabajan dentro y fuera del hogar, con el fin de probar que los roles domésticos tradicionales ya no limitan la vida de las mujeres y han dejado de ser un obstáculo para tener un trabajo remunerado. Amorós considera que el grupo milanés presenta dicha estadística como un tipo de «armonía preestablecida[65]» y señala que esta interpretación positiva sobre la doble jornada para las mujeres le inspira un «hermenéutica de la sospecha» (ibíd., 67). Amorós categoriza como «nuevo estoicismo» o «algo parecido a la mentalidad esclavista» (ibíd., 67) la opinión que tienen las feministas de la diferencia según la cual el derecho abstracto no puede tomar en consideración la complejidad de las decisiones que deben tomar las mujeres, quienes deben ignorar el patriarcado y dar lugar a algo diferente a partir de sus impulsos internos. Se dirige directamente a las feministas de la diferencia como «inefables anunciadoras del fin del patriarcado», y replica que «los muertos que ustedes matan gozan de muy buena salud» (ibíd., 67). Además, argumenta que las posturas adoptadas por las feministas de la diferencia, intencionadamente o no, refuerzan las posiciones políticas de derechas.

 

El tono beligerante del intercambio entre igualdad y diferencia en la década de los noventa fue quizás autoincendiario, aunque Milagros Rivera intentó reavivar los rescoldos humeantes con su ácido título El fraude de la igualdad en 1997. Si bien El fraude de la igualdad, al igual que el artículo de Rivera para el número especial de El Viejo Topo de 1994, se basa en conceptos como el orden simbólico de la madre, tomado de Luce Irigaray y Luisa Muraro, ahora integra plenamente ideas inspiradas en María Zambrano. Invoca la frase de Zambrano de su ensayo de 1945 «Eloísa o la existencia de la mujer»: «“La vida de la mujer es la vida del alma” […]. Vida misteriosa de las entrañas, que se consume sin alcanzar la objetividad…» (Rivera, 1997: 79-80) para reforzar la noción de «partir de sí» que, según ella, estaría siendo borrada por el concepto de la igualdad. Como Zambrano, Rivera desarrolla algunas ideas sobre la importancia del lenguaje para fraguar el reino femenino o, en términos de Zambrano, el espacio poético. En el orden simbólico de la madre,

 

la capacidad de transformación de la palabra aprendida de la madre […] la fluidez de la lengua que ella [la madre] enseña, la fortuna mudable del azar que abre la vida a la necesidad de relacionarse con los demás, sin cuya percepción y escucha no hay ni sociedad ni palabra (ibíd., 31-32).



 

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En este punto cita España, sueño y verdad de Zambrano: «Y la peña se hace así entraña maternal, alma […]. El alma virginal de la palabra. Allí se da a ver algo propio de la palabra: ser como agua allí donde la realidad es como piedra» (ibíd., 31). Coincidiendo con Zambrano, Rivera desconfía de priorizar el lenguaje a expensas de lo corporal. De esta manera Rivera se separa de algunas feministas de la diferencia italianas y francesas, que siguen a Lacan al privilegiar el lenguaje como la forma última de realidad. Rivera cree que cuerpo y lenguaje son inseparables, «o sea, unidos equilibradamente» (ibíd., 97), y critica a Luisa Muraro por dividir alma y cuerpo, «cuidando en este caso el estudio de la lengua y descuidando el del cuerpo, lo cual desequilibra esa unidad que… es la obra y el gran don de la madre» (ibíd., 95).

 

Seguiremos viendo cómo se desarrolló el debate entre las feministas de la igualdad y las de la diferencia en el siguiente y último capítulo sobre la igualdad, que, como la diferencia, había tenido una larga trayectoria en el pensamiento feminista español, aunque por circunstancias históricas —sobre todo la censura franquista— no había sido tenida en cuenta por las feministas de la igualdad de la época democrática.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 6

 

Igualdad

 

 

 

 

 

El concepto de igualdad es transversal, en múltiples sentidos, al resto de conceptos tratados en este libro —soledad, personalidad, clase social, trabajo y diferencia—, pero decidimos reservarlo para el final, como un resumen de todo lo anterior, por ser el tema que mejor nos acerca al estado actual del pensamiento feminista en España. La igualdad dentro de la diferencia es una constante en el pensamiento feminista español (Stuurman, 2004: 86) y es uno de los grandes temas que se repiten en cada una de las épocas analizadas. Fray Jerónimo Feijoo, probablemente influenciado por la obra De l’égalité des deux sexes (1673), de François Poullain de la Barre, cuando escribió en Defensa de las mugeres (1726), inició lo que serían tres siglos de pensamiento acerca de la igualdad entre los dos sexos, pues «mi empeño no es persuadir la ventaja, sino la igualdad» (Feijoo, 1773: 331), a pesar de que el propio autor presenta a la vez una serie de contextos en los cuales las mujeres serían diferentes de los hombres, o incluso mejores que ellos. Poullain de la Barre, que publicó tres tratados sobre la igualdad entre mujeres y hombres, es considerado el fundador y pilar fundamental sobre el que se construyó el concepto feminista español de igualdad. Su obra muy probablemente llegó a la biblioteca del monasterio benedictino de Feijoo a través de la vasta circulación de textos e ideas que dicha organización representaba en Europa y se recuperó a finales del siglo XX como inspiración para Celia Amorós y otras feministas de la Ilustración o de la igualdad. Feijoo es el primer pensador español que distingue entre desigualdad y falta de igualdad refiriéndose a diferencias físicas: «Mi voto, pues, es que no hay desigualdad en las capacidades de uno y otro sexo» (ibíd., 384). De este modo, el fraile benedictino concluye que, a pesar de la completa igualdad respecto a las habilidades, es necesaria cierta jerarquía como medida para evitar el caos. También en el siglo XVIII, Inés de Joyes se manifestó a favor de la igualdad entre las almas de los hombres y de las mujeres, lo cual podría recordarnos a la feminista estadounidense Elizabeth Cady Stanton, pues en el siglo XIX utilizó argumentos similares. Emilia Pardo Bazán, quien podría haber conocido el trabajo de Stanton, dada la alta circulación de sus textos, defendió



 

 

 

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que el alma no tiene género, ya que, por naturaleza e intención divina, hombres y mujeres fueron creados desde la igualdad (Hyland, 2002).

 

La situación cambió durante las décadas de 1920 y 1930 con Clara Campoamor, Margarita Nelken, Victoria Kent y María Martínez Sierra, quienes «tenían en común su concepción liberal del feminismo» (Nash, 1994: 155). Encontramos varios ejemplos de teorización sobre la igualdad en trabajos realizados previamente o durante la República. Por ejemplo, Antonina Rodrigo, citando el discurso «De Feminismo» de María Martínez Sierra, nos recuerda que «María Lejárraga cifraba el sentido y la aspiración del feminismo en la igualdad, en la creencia de que “no hay libertad donde el deber no ata por igual a los dos que soportan el yugo”» (Rodrigo, 1994: 125). Sin ir más lejos, Martínez Sierra, en su obra Cartas a las mujeres de España, sostiene que la ley reconoce a las mujeres como iguales en cuanto a responsabilidades y sanciones, pero no por lo que respecta a derechos (Martínez Sierra, 1916: 16). La autora recurre a las más ancestrales tradiciones españolas para reforzar sus argumentos en su obra Feminismo (1917), a favor de la igualdad de derechos para las mujeres ante la ley:

 

[…]   leyes visigodas, fundamento de nuestro españolismo, y díganme ustedes lo que encuentren en ellas. Individualismo absoluto e igualdad perfecta en derechos y deberes para el hombre y la mujer; todas las restricciones antifeministas, señores españolizantes, nos han venido de extranjis (Martínez Sierra, 1917: 131).

 

Aunque no mencione directamente a Rousseau, realmente la autora sigue una de sus premisas principales en torno al contrato social cuando afirma que «no hay libertad donde no hay igualdad» (ibíd., 84), pero sí cita a John Stuart Mill en la necesidad de «igualdad absoluta» (ibíd., 26). Carmen de Burgos, del mismo modo, aboga en La mujer moderna por la igualdad legal absoluta entre hombres y mujeres: «La base está en las leyes, en la proclamación de la Igualdad de derechos: estudiar la manera de borrar la injusticia de la desigualdad es el fin del feminismo moderno» (Burgos, 1927: 8). Siguiendo argumentos naturalistas sobre cómo la biología determina el destino de las mujeres, Burgos responde que la desigualdad no es natural; por lo tanto, el feminismo pretende restablecer el orden natural. Cree que la desigualdad en el hogar «perjudica a la familia toda» (ibíd., 200), y alaba el interés de las mujeres por la moda, pues esta «tiende a igualarlo todo» (ibíd., 267).

 

Pese a que Mary Nash no menciona los argumentos específicos en pos de la igualdad de género que hemos enumerado aquí, sí que identifica en la defensora del sufragismo Clara Campoamor «una clara postura teórica de signo igualitario» (Nash, 1994: 171). Por consiguiente, el esencialismo



 

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biológico, que conceptualiza a las mujeres como madres, abre un espacio público para la «ciudadanía diferenciada que ignora el principio de la igualdad y de la individualidad» y permite la emancipación de proyectos políticos «desde el reconocimiento de la diferencia de roles de género» (ibíd., 163). Una vez que esta transición fue llevada a cabo, las mujeres empezaron a cuestionar la existencia de esferas diferenciadas y a exigir un lugar propio en el dominio público. La igualdad para las mujeres estaba legalmente establecida desde la Constitución de 1931 promulgada durante la

 

II   República. El artículo 2 declara que «todos los españoles son iguales ante la ley», y el artículo 25 contiene aspectos relacionados con la igualdad, incluyendo la igualdad de género: «No podrán ser fundamento de privilegio: la naturaleza, la filiación, el sexo, la clase social, la riqueza, las ideas políticas ni las creencias religiosas». El artículo 43 establece además que «el matrimonio se funda en la igualdad de derechos para ambos sexos y podrá disolverse por mutuo deseo o petición de cualquiera de los cónyuges».

De acuerdo con Siep Stuurman, las ideas de Poullain sobre la igualdad de género son probablemente

 

las ideas igualitarias más radicales publicadas en Europa antes de la Revolución Francesa […]. Poullain es el primer pensador moderno en Europa que construye toda su teoría social alrededor del concepto universal de la igualdad (Stuurman, 2004: 1-2).

 

Poullain basaba sus argumentos en la observación y en la razón autónoma y señalaba que cualquier diferencia destacable entre ambos sexos no era natural, sino que se debía a «la casualidad, el poder y la costumbre» (ibíd., 8). Stuurman destaca que la Ilustración radical de Poullain aportó las bases filosóficas necesarias para el republicanismo y para la masonería. Estos avances no tendrían lugar en España hasta finales del siglo XIX, debido a que el espíritu revolucionario había sido reprimido durante la invasión napoleónica de 1808, a la que siguió un periodo reaccionario marcado por una guerra civil y por la inestabilidad política, lo cual provocó que los inicios del pensamiento feminista en el siglo XVIII quedaran suspendidos hasta las décadas de 1840 y 1850 gracias a contribuciones esporádicas de autoras como la española de origen cubano Gertrudis Gómez de Avellaneda. Christine Arkinstall recientemente descubrió un tesoro escondido de diarios de mujeres de mitad del siglo XIX que demuestran que hubo mucha más escritura feminista en este periodo de lo que se había pensado hasta el momento (Arkinstall, 2018: parte II, caps. 3 y 5).



 

 

 

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Mónica Bolufer destaca dos puntos de vista sobre la igualdad entre ambos sexos que coexistían a la vez que estaban en conflicto durante el siglo XVIII en España. Mientras unos defendían la complementariedad de los sexos, otros «afirmaban, en el nombre de la razón, la cualidad esencial del ser humano, a pesar de admitir que en sociedad sí es cierto que hombres y mujeres tienen diferentes funciones y responsabilidades» (Bolufer, 2018: 50). Josefa Amar y Borbón (1749-1833) defendió la segunda posición como

 

la más extendida entre las mujeres que defienden la igualdad de género, para aquellos que presuponen características innatas acordes a la feminidad o la masculinidad, estas realmente son productos morales, intelectuales y sentimentales que moldean la educación de hombres y mujeres en direcciones muy distintas (ibíd.).

 

Bolufer cita a otra autora, Margarita Hickey (1753-1793), quien escribió en Poesías varias «que el alma no es hombre / ni mujer, y es fijo // que en entrambos casos / su ser es el mismo» (ibíd.).

 

La afirmación de Feijoo según la cual se privilegia la igualdad entre ambos sexos surge tras afirmar que muchas mujeres tienen vicios —aunque se apresura a atribuirlos a la instigación masculina— y que una serie de atributos podrían ser considerados superiores en las mujeres. Así las cosas, la proclamación en favor de la igualdad es bastante ambigua, aunque establece las pautas que seguirán diferentes voces y nombres hasta el día de hoy. Por ejemplo, María Ángeles Durán señala las sombras existentes en la Constitución de 1978 alrededor del significado de igualdad: «igualitarismo radical, igualitarismo nominal, discriminación evidente, igualdad de mercado» (Durán, 1993: 299-300). Al igual que Poullain de la Barre, Feijoo, que argumenta desde la observación y la tipificación, se adhiere a un tipo de igualdad desde la diferencia. Tras enumerar las cualidades femeninas positivas, se atreve a afirmar que «las buenas calidades que atribuyo a las mugeres, son comunes a entrambos sexos» (Feijoo, 1773: 33). En el capítulo cuarto de este estudio, en el concepto de «trabajo», vimos la postura de Feijoo sobre cómo las mujeres son igualmente aptas para el trabajo político. Las mujeres —escribe el fraile benedictino— demuestran sus habilidades para la gestión económica a través de sus responsabilidades domésticas.

 

Una de las contribuciones más importantes por parte de Feijoo es su defensa sobre la habilidad de las mujeres para razonar. Contradice la obra Arte de investigar la verdad de Malebranche —y sobre todo el enfoque cartesiano del conocimiento—, que afirma la habilidad de las mujeres para «discernir las cosas sensibles» (ibíd., 351) pero las sitúa muy por detrás de los hombres en el manejo de las ideas abstractas. Feijoo defiende que si las



 

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mujeres no son tan buenas en el discurso abstracto, «no proviene de la desigualdad de talento, sino de la diferencia de aplicación y uso» (ibíd., 352). Feijoo señala el error que supondría asumir que las mujeres fueran intelectualmente inferiores a los hombres, pues al comparar a un trabajador del campo con un político, el desarrollo intelectual de dichos hombres diferiría también entre sí. Si una mujer tuviera el mismo acceso a la estimulación intelectual que tiene lugar fuera del ámbito del hogar, sus talentos naturales podrían ser desarrollados: «El no discurrir, o discurrir mal depende, no de falta de talento, sino de falta de noticias» (ibíd., 353). Feijoo se sirve de un ejemplo similar —sobre las diferencias entre ambos sexos— para argumentar contra las comparaciones de las dimensiones de las cabezas de las mujeres y de los hombres y sus implicaciones. Habiendo desacreditado la creencia sobre diferentes intelectos entre hombres y mujeres, el autor vuelve a la importancia de las almas, al escribir en favor de la igualdad entre estas. Feijoo dice que aquellos que citan a san Agustín para reafirmar la inferioridad del alma femenina se equivocan, pues no se encuentra ninguna mención sobre el alma de las mujeres en las obras del santo. Las almas, asegura él, no tienen sexo. Con una lógica nítida, Feijoo vuelve a Malebranche señalando que simplemente no podemos conocer cómo es la relación entre la mente y el cuerpo, de la misma manera que no sabemos cómo arde el fuego ni cómo la nieve se congela.

 

Tal y como venimos observando a lo largo de este trabajo, la teoría feminista española —empezando por Feijoo— utiliza argumentos históricos. Feijoo desarrolla el argumento central de su defensa a través de ejemplos históricos de mujeres cuyas vidas servirían para defender que no son intelectualmente inferiores a los hombres. Organiza su lista de intelectuales por países —España, Francia, Italia, Alemania y Oriente Próximo— concluyendo, una vez más, que «no hay desigualdad en las capacidades de uno, y otro sexo» (ibíd., 384). Feijoo continúa su ensayo ensalzando las habilidades de las mujeres en las artes plásticas —sobre todo en pintura y en escultura— de nuevo mediante ejemplos. Concluye su trabajo destacando por qué, dadas las pruebas anteriores de igualdad de las mujeres respecto a los hombres, Dios habría permitido que los hombres dominasen a las mujeres, citando el Génesis: «Sub viri potestate eris» (ibíd., 387). Feijoo recalca que hay varias versiones de los textos bíblicos y que ni entre los más eruditos se ha alcanzado un consenso sobre el significado exacto de dicho pasaje. Su segundo argumento recuerda al lector que la subordinación femenina no existía en el estado de inocencia original y que solo surge una vez cometido el



 

 

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pecado. Añade además que, si uno de los integrantes de la pareja no se impone mínimamente, terminarían sumidos en el caos. A diferencia de una entidad política, como podría ser una república en la que existiera un sufragio universal,

 

entre marido, y muger, no solo sería imperfecto este modo de mandar en quanto al gobierno económico, sino imposible; porque en la multitud del Pueblo, quando haya diversidad de dictámenes, se puede decidir la dificultad por pluralidad de votos; lo que entre marido, y muger no puede suceder, porque están uno a uno: y así en caso de oponerse en el dictamen, no se puede determinar sino es uno de los dos superior (ibíd., 388).

 

Entonces, si la absoluta igualdad no puede materializarse en la práctica, el autor se contenta con el reconocimiento de la igualdad teórica, pues «es utilidad bastante conocer la verdad, y desviar el error» (ibíd., 389). A la gran mayoría de pensadoras feministas modernas les costaría asumir y aceptar esta manera de pensar.

 

Theresa Ann Smith reconoce que los argumentos de Feijoo alentaron el debate sobre la igualdad de las mujeres en las décadas de 1720 y 1730, consiguiendo que para 1740 y 1750 ya se hubiera aceptado entre los intelectuales españoles la racionalidad de las mujeres y su igualdad con respecto a los hombres. La circulación masiva de esos textos y la lectura de los tratados tuvieron un efecto palpable en las vidas de las mujeres,

 

como jóvenes reformistas empezaron a repensar la sociedad española a través de la creación de instituciones capaces de mejorar la nación, su nuevo reconocimiento a la igualdad natural entre sexos y el potencial de sus capacidades intelectuales les permitió incluir a las mujeres en el anteproyecto a favor de la reforma (Smith, 2006: 18).

 

Gracias a su obra Teatro crítico, donde el capítulo «Defensa de la mujer» tuvo un peso muy importante, Feijoo consiguió crear una amplia red de lectores, influenciar futuras publicaciones y animar debates públicos, especialmente en Madrid, pues proliferaban cafés y otros establecimientos que servían como lugar de encuentro y de discusión política. Las mujeres tuvieron la oportunidad de participar en la Real Academia de Bellas Artes y en las tertulias, aunque el debate sobre el papel que debían ocupar en la sociedad continuó a lo largo de las décadas de 1760 y 1770. Uno de los puntos más relevantes de dichos debates era la posibilidad de que las mujeres pudieran ser miembros de las prestigiosas Sociedades Económicas Amigos del País, la primera de las cuales se fundó en el País Vasco en 1753 y sería también la primera en admitir a una mujer. Estas sociedades tan influyentes se



 

 

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establecieron en algunas localidades como un medio que facilitara la formulación de las políticas, pues informaban sobre las decisiones de la monarquía sobre asuntos importantes del Estado.

 

De acuerdo con Theresa Ann Smith, Gaspar Melchor de Jovellanos «no ve a hombres y mujeres como completamente iguales» (ibíd., 79), aunque sí se pronunció —a favor de las mujeres— en la importancia de la membresía de estas en las Sociedades Económicas. Jovellanos criticaba aquellas sociedades donde permitían que las mujeres asistieran a las reuniones, pero sin garantizarles la completa igualdad en sus estatutos:

 

Desengañémonos, señores; estos puntos son indivisibles: si admitimos a las señoras, no podemos negarle la plenitud de derechos que supone el título de socios […] las señoras deben ser admitidas con las mismas formalidades y derechos que los demás individuos; que no debe formarse de ellas clase separada; que se debe recurrir a su consejo y a su auxilio en las materias propias de su sexo, y del celo, talento y facultades de cada una; y finalmente que todo esto se debe acordar, por acta formal, y si pareciese, extender un reglamento separado, que fije esta materia para lo sucesivo (Nieto, 2008: 403-404).

 

Aunque Jovellanos inicialmente no abogaba por la igualdad absoluta, sí que pensaba que, a pesar de que las mujeres hubieran sido dotadas de menor fuerza física que los hombres de manera que siempre se mantuvieran obedientes, estas habían sido creadas como acompañantes de los hombres en todos los aspectos vitales, pues ciertamente pueden desempeñar cualquier tipo de trabajo.

Como vimos en el capítulo anterior, a mediados del siglo XIX Concepción Arenal, sirviéndose del estilo ilustrado de Feijoo basado en la observación y en la lógica para sustentar sus argumentos, continúa moviéndose por la fina línea existente entre feminismo de la igualdad y feminismo de la diferencia, lo cual no debería sorprendernos, puesto que Arenal fue una de las primeras figuras feministas —precedida por Gertrudis Gómez de Avellaneda— surgidas tras la escasez de publicaciones feministas a principios del siglo XIX. De acuerdo con Christine Arkinstall, el número de periódicos publicados en España disminuyó durante la invasión napoleónica de 1808 y la posterior guerra por la independencia (véanse sus contribuciones en A New History of Iberian Feminisms). Todas las energías nacionales se concentraron en derrotar a los franceses y, posteriormente, en gestionar los vaivenes políticos de los liberales durante el mandato de Fernando VII. Como apuntábamos también en el capítulo anterior, la Constitución liberal de 1812 tampoco reconocía a las mujeres como seres iguales a los hombres. De hecho, en este nuevo texto ni siquiera se las mencionaba. Hasta 1870 no se estableció por



 

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primera vez una ley que regulara el matrimonio civil, pues solo existía el matrimonio católico. Las leyes sobre adulterio, adheridas a un antiguo código de honor, fueron especialmente severas en el régimen liberal. Hasta la Ley Moyano de 1857 la educación de las mujeres no estaba consagrada por la ley y aun así fue para la creación de un currículum específicamente femenino. El primer libro feminista escrito por Arenal, titulado La mujer del porvenir, probablemente fue escrito en 1861, pero no sería publicado hasta 1869 durante el Sexenio Revolucionario (1868-1874), cuando se intentaron diferentes alternativas a la monarquía borbónica, incluida una breve república. Esta obra supuso una llamada importante, aunque tímida, a favor de la entrada de la mujer en la esfera pública. Como vimos en el capítulo sobre la diferencia, Arenal teorizaba desde una posición que aceptaba la diferencia entre hombres y mujeres, sobre todo las diferencias físicas.

 

Manteniendo un fuerte biologismo, algo característico de mediados del siglo XIX, en este trabajo inicial Arenal reconoce la condición física desigual entre hombres y mujeres, pero se niega a aceptar que dichas diferencias biológicas sean determinantes en la manera como hombres y mujeres gestionan sus vidas. Arenal estudia la condición femenina desde una continuidad histórica en la que las diferencias físicas son cada vez menos importantes, dado que la evolución humana sería cada vez más espiritual e intelectual. Utilizando el mismo método de observación aplicada que ya vimos en Feijoo, Arenal señala que no se observa ninguna diferencia intelectual ni de capacidades entre hombres y mujeres sin acceso a educación o entre chicos y chicas de las clases más formadas. Por lo tanto, ella se pregunta en su obra La emancipación «¿a qué edad empieza la superioridad intelectual del hombre?» (Arenal, 1974: 121-122). Responde a su propia pregunta con otra pregunta: ¿no deberíamos sospechar de la educación si la diferencia entre chicos y chicas coincide con la formación a la que estos tienen acceso? Junto a la desigualdad en cuanto a la educación, Arenal también destapa la desigualdad ante la ley, defendiendo que no se puede considerar la moralidad sin considerar la inteligencia (ibíd., 127). Señala lo absurdo de las leyes que juzgan a las mujeres como seres inferiores en derechos pero las tratan como iguales en cuanto cometen algún tipo de delito (ibíd., 106). La autora también reivindica el derecho de la mujer a poder trabajar, en virtud del «principio equitativo de que la sociedad no puede en justicia prohibir el ejercicio honrado de sus facultades a la mitad del género humano» (Arenal, 1993: 88). Su argumentación final en esta obra tan importante concluye con que



 

 

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la desigualdad de carácter (una forma de la debilidad), más daño aún que al marido hace a los hijos, pues, lejos de neutralizarla, la suman con la suya. En la voluble irreflexión de la infancia son indispensables ciertos puntos cardinales bien fijos: la fijeza les da carácter de ley, sello de verdad, porque cuando no se sostiene o se varía el mandato, los niños, y aun los hombres, miden por la facilidad el derecho de infringirle, suponiendo que no importará mucho lo que se defiende tan poco (ibíd., 280).

 

Arenal, al escribir La educación de la mujer para el Congreso Pedagógico de 1892, afirma muy sinceramente que la educación de las mujeres debería ser la misma que la de los hombres. De hecho, la autora insiste en que la educación de las mujeres es mucho más urgente para poder revertir los efectos negativos provocados por los sistemas legales y sociales del país. En una versión muy temprana de la discriminación positiva, Arenal apunta que, para desarticular las condiciones en las que las mujeres se han visto obligadas a desarrollarse desde una desventaja natural y social, con el objetivo de alcanzar la paridad con los hombres, ellas deberían recibir más educación que ellos. Esta medida salvaría a las mujeres de desperdiciar sus vidas en asuntos banales o, aún peor, en la esclavitud o la prostitución. Como vimos en el capítulo 2 sobre la personalidad, Arenal cree que la personalidad de las mujeres es débil y podría fortalecerse mediante esta educación adicional, ya que les brindaría la misma fuerza que a los hombres. Relacionando clase y género, concluye que las condiciones exteriores son productoras de muchas de las desigualdades sociales: «Los accidentes, las exterioridades, las apariencias, podrían variar; pero las condiciones esenciales que la educación perfecciona son las mismas cualquiera que sea la posición social del que las tiene» (ibíd., 66). Por lo tanto, si las mujeres tienen deberes que cumplir, derechos que reclamar y acciones caritativas que llevar a cabo, entonces no debería existir ninguna diferencia entre la educación entre hombres y mujeres.

 

En una conferencia similar a la de 1892, Emilia Pardo Bazán observa que chicos y chicas reciben una misma educación religiosa, pero no moralmente igualitaria. Señala entonces uno de los puntos clave sobre la conciencia de las mujeres que adelanta algunas ideas que desarrollaría María Zambrano a partir de 1940. En La mujer española, Pardo Bazán señalaba:

 

El cristianismo dignificó a la mujer, pero no como piensa el vulgo, pues no es exacto que antes del cristianismo viviese la mujer en general relajación de costumbres, ni que después del cristianismo y entre las mismas cristianas no haya habido mujeres tan escandalosas y depravadas como las Agripinas y Mesalinas; ni menos se puede afirmar en presencia de los datos históricos, que la mujer, en la familia y la sociedad, fuese menos considerada bajo el paganismo que bajo el cristianismo, siendo cierto que la matrona romana será siempre en el mundo antiguo estereotipo de dignidad e influencia moral, social y política, a la par que de severa virtud. La grande obra



 

 

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progresiva del cristianismo, en este particular, fue emancipar la conciencia de la mujer, afirmar su personalidad y su libertad moral, de la cual se deriva necesariamente la libertad práctica. No fue en la familia, sino en el interior santuario de la conciencia, donde el cristianismo emancipó a la mujer. Y si en esta parte no ha dado todo su fruto la obra divina, débese a la malicia humana, al egoísmo y a la fuerza estática de las viejas ideas, conjuradas contra la palabra de Cristo (Pardo Bazán, 1890: 83-84).

 

Cita además las Sagradas Escrituras: «De hoy más no habrá entre vosotros amo ni esclavo, hombre ni mujer, sino todos hijos de mi Padre». Por supuesto, la autora critica que la voluntad de Cristo no se haya trasladado verdaderamente a la realidad social, pues aún existe la esclavitud y una distinción entre hombres y mujeres en el seno de los propios cristianos.

 

Sin embargo, las verdaderas desigualdades se encuentran en la educación intelectual:

 

Cuando menos, la educación religiosa parte del supuesto de que las almas son entitativamente iguales, e idéntico su valor a los ojos de Dios; mientras en la educación intelectual funda sus anomalías y desigualdades en la presunción de la inferioridad intelectual congénita de todo el sexo femenino (ibíd., 85-86).

 

Siguiendo a sus predecesores Feijoo y Concepción Arenal, doña Emilia señala las incongruencias inherentes a la situación de las mujeres. Se les permite estudiar, pero no ejercer una profesión; escribir un libro sobre metafísica, pero no ser veterinarias, e incluso sentarse en el trono, pero no elegir a los legisladores:

 

La cultura, hoy por hoy, se circunscribe a ciertas clases sociales, aunque el ideal sea extenderla y comunicarla al mayor número. Lo único que creo se debe en justicia a la mujer, es la desaparición de la incapacidad congénita, con que la sociedad la hiere. Iguálense las condiciones, y la libre evolución hará lo demás (ibíd., 88).

 

La autora va un paso más allá y revela que la educación de las mujeres solamente se basa en la tradición. Cree que una vez que se supere dicho límite, cuando se eduque a las mujeres igual que a los hombres, equiparando los derechos de ambos sexos, se confirmará de una vez la igualdad en cuanto a capacidades de las mujeres. Pardo Bazán no considera que este planteamiento deba ser tratado como utópico, puesto que ya se estaba convirtiendo en realidad en algunos de los países desarrollados (ibíd., 95-96). Al final de su discurso, aludirá al nacionalismo español, recordando a los Reyes Católicos como iguales en el trono, aunque hayamos sabido posteriormente que esto no fue realmente así gracias a investigaciones recientes, pero no afecta al argumento de Pardo Bazán. El nacionalismo



 

 

 

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siempre había sido un elemento muy importante en sus argumentaciones feministas:

 

Y si en un lema pretendiese encarnar mi ideal, sería en el lema a que se debió en tanta parte el descubrimiento de América; el lema que señaló la mayor época de prosperidad y florecimiento para España; el lema que recuerda la intervención gloriosísima de la mujer en los más altos destinos de la humanidad y en los más arduos problemas de la ciencia y de la política: el lema de la gran Isabel: Tanto monta (ibíd., 97).

 

En las actas de esta misma conferencia, y haciéndose eco de la noción krausista de armonía, destaca que «la sociedad no puede marchar a ningún estado armónico mientras no equilibre los dos platillos de la balanza humana» (ibíd., 105). Recordemos que la autora ya había señalado que las clases en los conventos eran igualitarias, y Hyland había destacado el argumento de la autora sobre la no distinción entre las almas en cuanto al género, mostrando cómo la naturaleza e intención divinas crean a hombres y mujeres desde la igualdad.

 

María Martínez Sierra, en su obra Cartas a las mujeres de España, escrita en 1920, recurre sin saberlo a los argumentos protestantes de Elizabeth Cady Stanton para reafirmar que «Ante Dios, la mujer y el hombre son absolutamente iguales» (Martínez Sierra, 1916: 26). Continúa sus argumentos religiosos en favor de la igualdad en la última carta de la colección:

 

Con Él vino a la tierra el sentimiento de hermandad entre todos los hombres, la noción de justicia: una para todos; la afirmación de igualdad ante el derecho y ante la ley sobre que están fundadas, teóricamente al menos, las sociedades modernas (ibíd., 204).

 

Como Maryellen Bieder ha identificado y explicado acertadamente, el feminismo de Carmen de Burgos evolucionó desde un feminismo de la diferencia hasta uno de igualdad en el momento en que escribió La mujer moderna y sus derechos en 1927. Así, en sus primeros ensayos e intervenciones, Burgos no apoyaba la participación política de las mujeres e incluso se posicionó en contra del sufragio femenino:

 

Finalmente […] las ideas de las feministas portuguesas Elzira Dantes y Ana de Castro influenciaron el pensamiento de la autora, pues apoyó las demandas a favor del sufragio femenino. En 1921 organizó la primera manifestación pública exigiendo que el Parlamento se ocupara de ello. Posteriormente, como Presidenta de la Liga Internacional de Mujeres Ibéricas […] continuó con la lucha hasta conseguir que se aprobara el voto femenino en 1931 (Vollendorf, 2001: 215).



 

 

 

 

 

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A menudo recurre al tipo de observación y de razones características de Feijoo y de Arenal: «Es un hecho evidente que las mujeres que ejercitan la fuerza superan a los hombres que no trabajan o se dedican a deportes», escribía en su obra La mujer moderna (1927), abogando por una igualdad legal absoluta entre hombres y mujeres: «La base está en las leyes, en la proclamación de la Igualdad de derechos […]. Estudiar la manera de borrar la injusticia de la desigualdad es el fin del feminismo moderno».

 

Sin embargo, a diferencia de Poullain de la Barre, que defendía la igualdad absoluta en toda esfera pública y privada, Burgos se mantiene a medio camino entre dicho planteamiento y la igualdad limitada de Locke y de Feijoo. Defendía la igualdad ante la ley, pero no su aplicación en el día a día de hombres y mujeres. Por ejemplo, aunque Burgos crea que «el espíritu de nuestras leyes ha sido de igualdad» (Burgos, 1927: 166), su idea de igualdad en las relaciones entre ambos sexos presenta un componente mucho más ideal que legal: «Solo el amor, que supera a toda ley, establece la igualdad entre los cónyuges y mantiene el hogar indisoluble» (ibíd., 161). De esta manera, distingue entre la igualdad ante la ley y la igualdad biológica y social. Al tratar el trabajo remunerado, su concepto de igualdad será mucho más absoluto: como señalábamos en el capítulo 4, Burgos creía que las mujeres trabajadoras debían percibir el mismo salario que sus compañeros hombres, sin ningún tipo de desigualdad en las condiciones de trabajo: «Lo indispensable es la igualdad; la llamada protección perjudica a la mujer más que sus mismos enemigos» (ibíd., 141). En su opinión, el verdadero feminismo no busca privilegios, y, como hacía Arenal, destaca que: «En cuanto a obligaciones sí somos iguales. La mujer paga las mismas contribuciones que los hombres […]. ¡En Derecho penal las leyes son muy generosas para conceder la igualdad!» (ibíd., 212, 243).

 

En El voto femenino y yo: Mi pecado mortal, la abogada, escritora y feminista Clara Campoamor señala que el liberalismo masculino no dejaba espacio para la libertad de las mujeres, una situación que se había mantenido en España desde hacía más de un siglo, desde que el movimiento liberal diera sus primeros pasos en las Cortes de Cádiz en 1810:

 

El hombre liberal español, que se llama de ideas avanzadas, en general, salvo excepciones, cuanto más reducidas más honrosísimas por reducidas, consentía y alentaba una incomprensible dualidad ideológica en el hogar en el que parecían convivir el sentimiento liberal avanzado, republicano y laico del varón, con el ultramontano y católico militante de la mujer (Campoamor, 2006: 22).



 

 

 

 

 

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Cree firmemente que España no avanzará realmente hasta superar y resolver la perspectiva dual y completamente contradictoria que se mantiene acerca de la idea de mujer.

 

Una vez elegida diputada en el Parlamento en 1931, Campoamor trabajó sin descanso en la promoción del derecho a voto de las mujeres. Su agudo raciocinio tuvo un innegable impacto en la aprobación parlamentaria del sufragio femenino en 1932. Se había referido a la errónea lógica que derivaba de la versión preliminar del concepto de igualdad en la Constitución, la cual establecía que: «No podrán ser fundamento de privilegio jurídico el nacimiento, la clase social, la riqueza, las ideas políticas y las creencias religiosas. Se reconoce en principio, la igualdad de derechos de los sexos» (ibíd., 43; en cursiva en el original). Campoamor siente que ambas oraciones se contradicen mutuamente. La primera alude a un tipo de igualdad universal, por y para todos, aunque la igualdad entre sexos se relega a la segunda oración, la cual asegura esta igualdad solo en principio, algo que reprochó a sus compañeros parlamentarios varones. Consideraba que lo oportuno habría sido incluir la igualdad entre ambos sexos en la primera oración y suprimir la segunda:

 

Esta declaración constituía una burda ficción de la igualdad que la mujer tenía derecho a esperar de la Constitución republicana. Era la eterna cicatería masculina, la reminiscencia de su vanidosa tutela, incapaz de abordar lealmente el problema de la dignificación de la mujer y de resolverlo totalitariamente, cuando se veía en trance de no poder desconocerlo, una reminiscencia de diosecillo dispensador de la ley, la justicia o la merced, que en trance de desprenderse de algo que constituyó su plena y absoluta soberanía, le duele hacerlo totalmente y aspira a hacerlo poco a poco, concesión a concesión, en la graciosa y galante avenencia a la eterna demanda, a la obligada súplica femenina (ibíd., 45).

 

Su propósito principal era asegurar la igualdad entre hombres y mujeres a través de la redefinición del artículo 25 de la Constitución de 1931 y finalmente se consiguió; la versión definitiva quedó de la siguiente manera: «No podrán ser fundamento de privilegio jurídico: la naturaleza, la filiación, el sexo, la clase social, la riqueza, las ideas políticas ni las creencias religiosa». Campoamor también introdujo otras enmiendas relacionadas con la igualdad entre sexos, como garantizar por ley que las mujeres también pudieran ser elegidas para ocupar altos cargos, el derecho de las mujeres casadas a conservar su nacionalidad, el derecho a investigar la paternidad, el hecho de que el matrimonio estuviera basado en la igualdad entre ambos cónyuges, así como el derecho al divorcio. Menciona, sin embargo, que fue suprimida una de las cláusulas que habría hecho posible que las mujeres



 

 

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pidieran el divorcio sin tener que demostrar ninguna causa o justificación para ello. Muchos de los diputados no estaban a favor de esta última enmienda y, por conveniencia, Campoamor aceptó mantener la legislación sobre el divorcio tal y como estaba entonces, incluyendo la necesidad de alegar justa causa. Campoamor apoyó personalmente la enmienda, pues era «acorde con un principio humano de ayuda preferente a seres desiguales» (ibíd.), y era una versión de lo que actualmente llamaríamos «acción positiva». Para su gran consternación y decepción, tras haber luchado y defendido tan enérgicamente la igualdad de las mujeres y su derecho a voto, no consiguió revalidar su escaño en las elecciones de 1933. Rechazó admitir, en cambio, que el sufragio universal femenino hubiera sido precisamente una de las causas de su derrota.

 

Algunas teóricas feministas tanto del periodo previo a la Guerra Civil como durante la posterior dictadura franquista no solo escribieron sobre relaciones igualitarias y colaborativas entre ambos sexos, sino que las vivieron ellas mismas. Un ejemplo de ello fue María Martínez Sierra, que trabajó junto a su marido en «su» producción creativa y ensayística, aunque durante los primeros años fuera él quien se llevara el reconocimiento y mérito por ello. Federica Montseny mantuvo una relación estable con un hombre y fue madre con él, sin estar casados. Ambas propugnaron este tipo de relaciones entre ambos sexos en sus obras y en sus escritos describieron personajes femeninos que trabajaban junto a sus compañeros masculinos. Este tipo de planteamientos reaparece en el pensamiento feminista español de la década de los setenta. Charo Ema, por ejemplo, decía que ella y otras feministas de izquierdas querían «hacer un feminismo aceptable para los hombres de izquierdas […]. Queremos tratar de ser feministas pero no quedarnos solas» (Levine y Waldman, 1980: 63). Las relaciones entre hombres y mujeres continuaron siendo uno de los temas centrales del pensamiento feminista español aun iniciada la etapa democrática. Las feministas de la igualdad, incluso en sus publicaciones más recientes, se esfuerzan por encontrar la manera en que hombres y mujeres puedan vivir juntos desde la igualdad genuina y compartir las cargas de trabajo.

 

Las feministas de la diferencia que reciben las críticas de las autoras españolas son extranjeras. El artículo de Empar Pineda titulado «El mito de la feminidad cabalga de nuevo» atacaba al feminismo de la diferencia de la autora Carla Lonzi basándose en los argumentos de Simone de Beauvoir incluidos en El segundo sexo, contrarios al destino biológico de las mujeres y a favor de una identidad femenina construida socialmente. Pineda supera lo que ella considera mera igualdad formal ante la ley para proponer «profundas



 

 

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transformaciones […) para que la igualdad plena sea posible» (Pineda, 1980: 19). Afirma que no se debe convertir a las mujeres en hombres, sino que también estos deberían liberarse de las limitaciones sociales que les han sido impuestas. Estas transformaciones incluyen la abolición de la familia patriarcal, la socialización del trabajo doméstico, así como una completa reestructuración de la conciencia individual y colectiva para superar «la ideología y la dominación machistas» (ibíd.).

 

En la segunda parte de su artículo, Pineda intenta equilibrar su punto de vista para poder entender mejor a las mujeres que encuentran un valor positivo en los rasgos tradicionalmente considerados femeninos, pues les ayuda a «autoafirmarse» (ibíd.). La autora describe esta argumentación basada en la razón, actualmente llamada feminismo de la igualdad, como un subtipo del feminismo de la diferencia. Argumenta que este feminismo de la igualdad mantiene la división entre lo femenino y lo masculino, pues se basa en que las mujeres adopten una manera de pensar más masculina, lo cual termina reproduciendo la misma división entre sexos que mantiene el feminismo de la diferencia. Este último opone un modo de pensar masculino basado en la razón frente a un modo femenino cuyo estilo se caracteriza por la intuición, la sensibilidad y la experiencia vital. Pineda se posiciona a sí misma fuera de esas polaridades, que considera peligrosas por llegar a defender posiciones pseudocientíficas (ibíd., 23). Está especialmente en contra de que el feminismo de la diferencia se base en el cuerpo y en el placer sexual de las mujeres, a la vez que propone, como alternativa a ese espacio únicamente femenino, un espacio común para hombres y mujeres: «el del trabajo social, el de la acción, el de la ciencia, el del arte y la poesía, el de la economía, el de las relaciones afectivas, el de la política… Querer ocupar este terreno es reinvindicar la igualdad. Que es lo que reivindico» (ibíd., 24).

 

Amelia Valcárcel desarrolló en su artículo «El derecho al mal», siguiendo la misma línea que en El Viejo Topo, una perspectiva aún más subversiva que la de Pineda en cuanto a la defensa de la igualdad. Afirma que las mujeres tienen el mismo derecho que los hombres a ser inmorales. A diferencia de Pineda, la autora no menosprecia el pensamiento racional. Se rebela contra pensadores como Herbert Marcuse, que sugieren que las mujeres servirían como modelos de conducta social y ética con el fin de reformar la sociedad hacia una utopía benévola más allá de la razón: «Se espera que las mujeres, sistemáticamente alejadas del Logos, tengan, por esta secular costumbre, un discurso diverso en el que se pueda confiar» (Valcárcel, 1980: 28). Valcárcel rechaza las propuestas feministas extremistas basadas en la destrucción



 

 

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utópica de todo lo relacionado con las mujeres, especialmente la reproducción: «la utopía puede ser, más que una guía, un cul de sac» (ibíd.), y por ello propone de nuevo la igualdad como único concepto capaz de abordar eficazmente la situación actual de las mujeres. Si las mujeres no pueden convertir a los hombres y guiarlos hacia el buen comportamiento, entonces deben ser ellas las que adopten los valores masculinos, despojándose de valores tradicionales como la castidad, la dulzura y la generosidad. Esta propuesta enfureció a las feministas de la diferencia, que consideraban que la adopción del feminismo de la igualdad no era más que una versión distinta del patriarcado.

 

Aunque el tono de Valcárcel en dicho artículo es bastante irónico, el debate igualdad/diferencia se mantiene en términos de cordialidad. Celia Amorós se sitúa a sí misma en una posición conciliadora entre Valcárcel y las feministas de la diferencia, formulando educadamente algunas preguntas:

 

¿Cómo debería orientarse en la lucha el movimiento feminista? ¿Sería posible que tuviera la idea de igualdad con el hombre como criterio regulador de su teoría y de su práctica? ¿O debe afirmarse ante todo como voluntad de diferencia de lo femenino, como propuesta de alternativa de valores formulada a partir de la especificidad de la experiencia y la inserción en el mundo de las mujeres? (Amorós, 1991: 132).

 

Esta posición más moderada, en comparación con la de Valcárcel, tiene en cuenta la dificultad de definir lo femenino, siendo todo un reto separar lo verdaderamente femenino de lo que denominamos «femenino» tras siglos de opresión y de marginación.

 

Amorós se basa en el concepto de «subcultura femenina» de Giulia Adinolfi para mostrar la diferencia entre lo definido por el esencialismo biológico y lo que es socialmente construido[66]. Le preocupa que el discurso del feminismo de la diferencia se dirija hacia la propia autodestrucción, en tanto en cuanto valores como «la dulzura, la ternura, y la emocionalidad» (ibíd., 134) no pueden ser universales ni trascender del mismo modo en que los valores masculinos lo han hecho a lo largo de la Historia. Amorós sostiene que los valores asociados con lo femenino habrían sido construidos también por los hombres. Además, ataca la excesiva ambigüedad del discurso diferencialista y sugiere que

 

el discurso ilustrado de la igualdad tiene la ventaja indudable de librarse de las ambigüedades, de ser directamente incisivo e irrenunciablemente reivindicativo, de tener un punto de referencia polémico claro al manejar en la discusión de términos precisos como los de superioridad e inferioridad para establecer las impugnaciones de las definiciones patriarcales (ibíd., 140-141).



 

 

 

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Amorós reconoce inmediatamente que dicha afirmación podría ser entendida como una simplificación excesiva, y señala que la ausencia de ambigüedad no significa ausencia de complejidad, pues «el contenido mismo de la igualdad es un cajón de sastre tan confuso como ambiguo es el de la diferencia» (ibíd., 142). Al final de su artículo, intenta encontrar la forma de validar ambos feminismos. Citando a Hegel para referirse al camino hacia el espíritu como un «rodeo», Amorós defiende que el camino hacia la liberación de las mujeres es el «rodeo de los rodeos» en el que las teóricas deberán moverse más allá de los postulados de la igualdad y de la diferencia para servirse de ambos al mismo tiempo que estos se ven modificados por la propia experiencia (ibíd.). Ese camino no se tomó, aunque varias teóricas feministas españolas —Justa Montero y Marina Subirats, entre otras— hayan intentado explorar esta tercera vía a partir de mediados de la década de los noventa. Mientras tanto, la división entre las feministas de la igualdad y de la diferencia se ha ido haciendo más profunda y más hostil a medida que las pensadoras españolas abrazaban el feminismo de la diferencia.

 

Al año siguiente, en 1982, Amorós continuó su enfoque conciliador. En «Feminismos ilustrados y feminismos helenísticos» califica al feminismo de la diferencia de ambiguo y al de la igualdad de confuso, dado que «los contenidos de tal discurso de la igualdad distan de ser cartesianamente claros y distintos» (Amorós, 1991: 157). Sin embargo, asume ahora una posición más agresiva con respecto al feminismo de la diferencia, tal vez como reacción al ataque de Sendón de León al feminismo de la igualdad, que «recoge resonancias ancestrales, caras a la sensibilidad romántica como lo abismático, lo misterioso, lo incontrolable, lo insondable» (ibíd., 148). Asimismo, compara el feminismo de la diferencia con tendencias filosóficas antiguas como el cinismo, el epicureísmo y el estoicismo y, aunque considera que dicho feminismo se encuentra ante los mismos callejones sin salida que esas escuelas filosóficas, acepta la noción diferencialista de autoafirmación, pues les proporciona a los oprimidos mecanismos para combatir su marginación.

 

En 1983 se fundó el Instituto de la Mujer tras la victoria electoral del Partido Socialista Obrero Español (PSOE) un año antes, lo cual supuso un hito histórico en el desarrollo del feminismo español en su reciente era democrática. El principal objetivo de la entidad —ahora denominada Instituto de las Mujeres— era promover la igualdad de la mujer, un concepto constitucional que ocupaba un lugar prominente en su declaración de principios:



 

 

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El Instituto de la Mujer tiene como finalidad primordial, en cumplimiento y desarrollo de los principios constitucionales, la promoción y el fomento de las condiciones que posibiliten la igualdad social de ambos sexos y la participación de la mujer en la vida política, cultural, económica y social[67].

 

En 1986, Celia Amorós, repitiendo algunas de las ideas ya planteadas en 1982 al pronunciarse sobre los paralelismos entre el feminismo de la diferencia, a los que se refiere como una «curiosa combinación de elementos ideológicos» (Amorós, 1986: 53), y las filosofías clásicas, menciona abiertamente a Victoria Sendón de León. Evitando la estridencia de esta autora, Amorós se refiere al libro de Sendón titulado Sobre diosas, amazonas y vestales como «vibrante» y «una reelaboración relativamente original» del feminismo de la diferencia. Amorós seguirá deconstruyendo las ideas centrales de esta obra y señala que, para Sendón, el logos racional sería un invento del propio patriarcado, mientras que ella propone la versión cartesiana de «autoconciencia feminista transparente y directa que saltaría por encima de mediaciones definitorias de la propia cultura patriarcal […] para que la mujer se autorreconociera a partir de sí misma en ese cuerpo marcado» (ibíd.).

 

El año 1998 supuso un punto de inflexión en el debate igualdad/diferencia en la teoría feminista española. En ese año Marina Subirats publicó Con diferencia en un intento de reconciliar ambas posiciones, mientras que Cristina Caruncho y Purificación Mayobre, por su parte, editaron una colección de ensayos titulada Entre a igualdade e a diferencia. La disposición para intentar conciliar ambas corrientes ya era más que evidente en el número especial de 1994 de El Viejo Topo. En esta publicación Justa Montero sostenía que un feminismo pragmático debería superar las diferencias filosóficas existentes entre todos los grupos feministas del país con el fin de seguir sumando logros para las mujeres en el mundo real. Montero defiende una posición filosófica común que mezcla elementos importantes de los feminismos de la igualdad y de la diferencia. Señala además que todos los supuestos igualitarios parten implícita o explícitamente del reconocimiento de la diferencia, puesto que lo que se reclama es la misma consideración para quienes no gozan de ella, precisamente porque no son idénticos: «hemos entendido la lucha por la igualdad de derechos, que durante estos años ha desarrollado el movimiento feminista, unida a la reafirmación de nuestra identidad como mujeres y la autonomía de las mujeres» (Montero, 1994: 40). Rechaza la idea, utilizada por ambos feminismos, de que la búsqueda de la igualdad implique asumir la identidad masculina tradicional, siendo «una falsa analogía entre igualdad e identidad» (ibíd., 41).



 

 

 

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Marina Subirats, exdirectora del Instituto de la Mujer, propone eliminar el género de nuestro pensamiento y reemplazar toda referencia a hombres y mujeres por «individuos de experiencia diferenciada, y diferenciada en tanto que individuos, no en tanto que seres pertenecientes a un género» (Subirats, 1998: 25)[68]. Subirats supera las cuestiones legales y los argumentos que suelen limitar el pensamiento feminista de igualdad y los programas que incluyen transformaciones internas y sostiene que, en contraposición a las feministas de la diferencia, los hombres son tan necesarios como las mujeres para redefinir sus propias conciencias. Si queremos que todo ser humano alcance el estatus de individuo, debería aplicarse la igualdad absoluta en todos los aspectos de la vida, sin limitarse a la esfera pública. Al estar tan centrado en la igualdad ante la ley, el feminismo de la igualdad habría tenido muchas dificultades para alcanzar la esfera privada, donde se negocian las tareas domésticas y demás actividades fuera del alcance de la ley. En esta área quizás las feministas de la diferencia les llevan cierta ventaja, al haberse dedicado mucho más a fortalecer el yo interior femenino.

 

En Democracia feminista (2003) la filósofa Alicia Miyares propuso la democracia feminista como alternativa a los dos modelos clásicos en Occidente: la democracia liberal y la socialdemocracia. Considera imposible que en ninguno de los dos modelos las mujeres puedan alcanzar sus metas y, por consiguiente, la igualdad. Siendo feminismo y política lo mismo, esta debería centrarse en lograr la igualdad. Su investigación empieza con la discusión de los conceptos de libertad y de igualdad según recoge la Constitución de 1978. Intenta encontrar medios para conciliar estos dos modelos políticos hasta ahora irreconciliables, afirmando que para un feminismo político la defensa de la igualdad debe ser también la defensa de la libertad, y toda igualdad es libertad, mientras que toda desigualdad es un déficit de libertad (Miyares, 2003: 154). En su reconciliación, de nuevo haciéndose eco de Rousseau, opta por priorizar la igualdad sobre la libertad:

 

El cambio institucional que facilita la cohesión social no depende del énfasis que pongamos en la idea de libertad, sino en la idea de igualdad. La igualdad ha de presidir todas las instancias por las que nos socializamos y si no hay igualdad la cohesión social no será posible y la libertad será cosa de muy pocos (ibíd., 13).

 

La autora observa que, en una democracia feminista, además de libertad individual, es necesario una profunda reforma institucional. Con el objetivo de alcanzar la integración entre libertad e igualdad, se apoya en el concepto «conciencia de sexo», pues considera que este incluye «tanto libertad individual como igualdad en el completo sentido distributivo y de



 

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reconocimiento» (ibíd.). Propone este nuevo concepto como alternativa a «género», pues considera que «está totalmente despolitizado y parece referirse únicamente a cierta identidad cultural que implica la aceptación de la mal denominada cultura femenina» (ibíd., 137). La conciencia de sexo, que ella define como la aceptación tanto por parte de los hombres como de las mujeres de que la realidad no puede estar determinada por categorías sexuales, disuelve cualquier relación entre libertad y roles de género. Así pues, si la igualdad se libera de la normatividad, el sexo deja de tener cabida en las discusiones sobre las relaciones entre mujeres y hombres, en los recursos para la obtención de trabajo y en las formas de vivir la intimidad o la religiosidad (ibíd., 171). Para Miyares, la conciencia de sexo politiza la discusión entre los sexos con respecto a la igualdad, siendo tan esencial para el feminismo como la conciencia de clase lo es para el marxismo o el individualismo para el liberalismo[69].

 

Miyares propone el reconocimiento, «la capacidad para abatir las designaciones sexuales» (ibíd., 154) como aspecto fundamental —junto a la libertad y la igualdad— de la conciencia de sexo. A pesar de sus intentos por incorporar a su teoría el enfoque diferencialista sobre lo interior, su aversión hacia ese tipo de feminismo resulta más que evidente. En un claro ataque contra el feminismo de la diferencia, que tan triunfalmente había anunciado el fin del patriarcado en 1996, señala irónicamente que la muerte de una ideología no implica la muerte de la familia jerárquica. Cree que mediante los conceptos de opresión y de dominación, la justicia sexual puede visibilizar algunas injusticias que tradicionalmente habían sido aceptadas como parte de la vida privada y de los valores culturales: «La justicia sexual aborda principalmente la injusticia del poder sexual y la división sexual del trabajo» (ibíd., 31). Su estudio incluye el análisis de las consecuencias negativas que provocan tanto el liberalismo como el socialismo sobre la vida de las mujeres. El liberalismo, basado en la realización personal, «el pacífico goce de la independencia privada» (ibíd., 47), produce un tipo de autoestima perteneciente a la vida privada, entendida como «las relaciones que no determinan en absoluto la organización del Estado […] caracterizada por el lenguaje emocional […] relaciones mediadas por los afectos y los sentimientos negativos o positivos» (ibíd., 61). La vida privada se rige más por la costumbre que por las leyes, y la vida de las mujeres habría estado más sometida a la educación emocional que a la cívica. El liberalismo no reconoce que la esfera privada haya sido un terreno de injusticia para las mujeres: «Todo apunta a que la esfera privada está regida por la jerarquía y la



 

 

 

 

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desigualdad» (ibíd., 50). La realización personal depende del bienestar de la sociedad en su conjunto, hecho que requiere una redefinición de la privacidad: «La libertad, por lo tanto, ha de salir de los reductos de la privacidad y asentarse sobre la ciudadanía» (ibíd., 49).

 

La solución que Miyares propone frente a la sumisión a la normatividad cultural y a la desigualdad de la vida privada y familiar a la cual las mujeres se ven sometidas será hacer pública la vida privada:

 

La base del cambio en la familia se halla en que sea tomada como esfera pública y, por lo tanto, susceptible de cualquier regulación jurídica y valorativa que la convierta en una instancia igualitaria. La base de la familia ha de ser el reconocimiento (ibíd., 121).

 

Aludiendo a algunos de los argumentos que Empar Pineda empleara en 1980, en la versión de Miyares de feminismo político, la igualdad debería cambiar la posición tanto de hombres como de mujeres. Ninguna medida particular debe ir enfocada solo a la modificación de las actitudes de las mujeres: los hombres siempre deberían ser considerados parte de la ecuación. La autora considera que el aura de privacidad que rodea a la familia y la dependencia de las mujeres en las relaciones afectivas provocan que estas soporten la violencia doméstica. Cita un pasaje de Milagros Rivera para demostrar que defender la privacidad del entorno familiar puede terminar en lo que ella llama posiciones erráticas. Cita en concreto la obra Mujeres en relación, en defensa de las mujeres maltratadas: «su ofrendarse, a mantener viva la memoria de la importancia del vínculo, de su amor al vínculo» (Rivera, 1997: 37). En varias de sus declaraciones, Miyares responde directamente a las posiciones de las feministas de la diferencia. Considera perversa cualquier teoría política que conciba como inamovible una cultura femenina basada en el amor, en la intimidad y en los cuidados y señala que «segregación es un modo de adaptación» (Miyares, 2003: 139). Finalmente, no concibe por qué el feminismo de la diferencia es incapaz de aceptar un individualismo no condicionado por el sexo (ibíd., 140). Las soluciones que Miyares propone para los conflictos humanos suenan tan utópicas como la noción de una cultura femenina diferenciada, propia del feminismo de la diferencia. De manera idealista, la autora propone que una persona pueda ser a la vez cuidadora y ambiciosa, educar a los hijos y estar comprometida cívicamente, combinar el afecto con la eficiencia y el sacrificio con la autoridad.

 

Los principios de la conciencia de sexo y del reconocimiento colocan a Miyares en su «tercera vía» de la democracia feminista, la cual, a diferencia del liberalismo y del marxismo, es inclusiva. El liberalismo no puede tener en



 

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cuenta la situación concreta de las mujeres porque el concepto de persona está basado en la propiedad privada, y el marxismo no considera a las mujeres como una clase social independiente[70]. La autora afirma que la conciencia sexual deriva del individualismo, puesto que el sexo ya habría dejado de ser un rasgo diferencial entre hombres y mujeres, y también deriva de la idea de igualdad porque permite que tenga lugar el reconocimiento requerido socialmente (ibíd., 171). Esta conciencia de sexo opera en los distintos niveles de la realidad. Una democracia feminista reduciría la esfera privada a la intimidad y las creencias, no permitiría que los medios de comunicación usaran a las mujeres como objetos sexuales ni que las motivaciones religiosas penetraran en la esfera pública para agravar los conflictos entre ambos sexos. La democracia feminista establecería la igualdad absoluta entre ambos sexos, y las mujeres tendrían acceso al poder político, que se les había negado por sus responsabilidades familiares. Al combinar las oportunidades de desarrollo personal que ofrece la autonomía liberal a través de la unión del Estado y de la sociedad civil en la socialdemocracia: «Vincula […] autonomía de los individuos con compromiso cívico y constata que la amplia definición de privacidad debilita el estatus de las mujeres» (ibíd., 189).

 

La polémica del feminismo español en torno a la igualdad y a la diferencia está lejos de solucionarse. Siguen apareciendo libros que se refieren a la igualdad de género y a la diferencia. En Rebeldes. Hacia la paridad (2000), Amelia Valcárcel mantiene que las metas de la igualdad no se han conseguido. Victoria Sendón de León, en Marcar las diferencias (2002), continúa justificando vigorosamente las tesis del feminismo de la diferencia, aunque ahora complica sus propios argumentos y modula su tono a través de nociones sartreanas sobre el ser para el otro. Carlos Lomas publica en 2004 Los chicos también lloran: identidades masculinas, igualdad entre los sexos y coeducación, donde aporta una perspectiva masculina sobre la polémica. También centrándose en la educación escribe Yolanda Herranz Gómez Igualdad bajo sospecha: el poder transformador de la educación (2006). Y María Elena Simón Rodríguez, en Hijas de la igualdad, herederas de injusticias (2008), tiene en cuenta la segunda generación de mujeres en la era democrática que han vivido bajo la paridad legal. Carlos Lomas de nuevo aporta un punto de vista masculino en ¿El otoño del patriarcado? Luces y sombras de la igualdad entre mujeres y hombres (2008).

 

Podría decirse que las feministas de la igualdad parecían haber conseguido oficialmente la victoria con la creación en 2008 del Ministerio de Igualdad, dentro del gobierno del socialista Rodríguez Zapatero, aunque un



 

 

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artículo en el periódico madrileño ABC titulado «La Comisión de Igualdad se aburre» criticaba que dicho órgano, encargado de velar por la igualdad, tenía menos puntos en su agenda política que ninguna otra comisión, excepto la dedicada a la vivienda. El trabajo teórico oficial en torno a la igualdad, iniciado varios años antes de la Constitución de 1978 y ratificado por esta misma, aún no se ha completado. Podemos asegurar que el debate entre feminismo de la igualdad y feminismo de la diferencia seguirá siendo un tema de interés entre las teóricas feministas españolas durante algunos años más, aunque indudablemente introduciendo nuevas dimensiones y consideraciones.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EPÍLOGO

 

Hacia un mundo mejor

 

 

 

 

 

Este libro debe tener un final abierto. Seguirán surgiendo nuevos temas en la teoría feminista española según vayan avanzando los antiguos. Seguramente habrá voces que traten toda la cuestión de las mujeres migrantes y sus problemáticas específicas, que aquí apenas han sido mencionadas al hacer referencia a Najat El Hachmi, y esas voces habrán de ser tenidas en cuenta. Otra nueva rama que ha encontrado su forma de expresión es el ecofeminismo, especialmente impulsado en España por la filósofa Alicia Puleo, que fue en su momento miembro de Seminario Permanente Feminismo e Ilustración (1987-1994), de Celia Amorós, proseguido después en el proyecto de investigación «Feminismo, Ilustración y Postmodernidad» (1995-1999). El ecofeminismo se ocupa tanto de cuestiones ecológicas como de asuntos feministas y aúna ambos temas en su pensamiento y en sus escritos, así como en su activismo. Esta perspectiva feminista nace en 1974 de la mano de Françoise d’Eaubonne, quien creía que la jerarquía social de dominación de la mujer podía compararse con la explotación del medio ambiente. El pensamiento ecofeminista cree que considerar al mismo tiempo feminismo y ecología refuerza algunos aspectos de ambos campos que, si no, podrían quedar sin tratar. Por ejemplo, al observar el deterioro ambiental desde una perspectiva de género, se destaca el hecho de que las mujeres puedan ver su salud en peligro por la presencia de toxinas similares al estrógeno en la tierra y en el agua. La esperanza en ambos sectores —el ecologista y el feminista— es que su unión tenga un impacto global en la concienciación sobre los problemas medioambientales y feministas que quedan por resolver y que pueden ser tratados de manera que se respeten tanto los derechos del medio ambiente como los de las mujeres.

 

Tal y como Alicia Puleo ha venido demostrando en sus numerosos trabajos sobre la historia y la teoría del ecofeminismo, en sus casi cincuenta años de historia, el propio tema se habría manifestado de manera diferente en distintas partes del mundo, desde una perspectiva más mística en lugares como India —pone a Vandana Shiva como ejemplo— hasta la militancia política anarquista o socialista —Carolyn Merchant y Mary Mellor serían dos



 

 

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de las representantes de esta corriente. Puleo ha escrito sobre estas diferentes perspectivas desde principios de los noventa y ha desarrollado un enfoque propio del ecofeminismo que integra las nociones adquiridas del feminismo de la igualdad de Celia Amorós. Su obra Ecofeminismo: Para otro mundo posible (2011) es una intensa y extensa argumentación en favor de un ecofeminismo ilustrado o crítico. En ella sintetiza sus primeros escritos histórico-críticos sobre el tema, a la vez que propone una nueva toma de posición situada en un punto intermedio entre los históricos enfoques ecofeministas, el racional y el afectivo.

 

La base del pensamiento ecofeminista de Puleo es la idea de mujer como individuo a escala universal. Puleo defiende el potencial del ecofeminismo para superar las diferencias existentes entre el feminismo de la diferencia y el de la igualdad. En su opinión, el feminismo de la diferencia presenta puntos en común con las primeras tendencias del ecofeminismo que igualaban a las mujeres con la naturaleza, respaldando así la creencia tradicional de que existirían diferencias ontológicas entre los dos sexos. Puleo cree que el ecofeminismo puede cambiar el paradigma humano y dejar atrás la tradición de hacer equivaler lo humano con lo masculino. En la obra mencionada, la autora afirma que la tarea pendiente del presente sería «superar la ignorancia, combatir la injusticia y cultivar la sensibilidad moral. ¿Acaso no es un buen lema ilustrado? Las luces se curan con más luces. Hoy, feminismo y ecología pueden revitalizar el impulso emancipatorio ilustrado» (Puleo, 2011: 146). La crítica ecofeminista de Alicia Puleo es una teoría lo suficientemente amplia como para cubrir una serie de principios —razón, emociones, igualdad, libertad, ética de los cuidados, política— considerados en una relación dialéctica, donde unos conceptos moderan y matizan a los otros. Según Puleo, los movimientos de defensa de la ecología y de la causa feminista habrían surgido en el mismo contexto histórico del siglo XVIII, donde emergieron tanto la razón como la preocupación por el bienestar animal: Puleo pone como ejemplo el horror que suponía la vivisección para las mujeres de aquella época. La razón, entendida como razón crítica, debería siempre incluir una dimensión ética. Y esta opinión sería fundamental para que la autora pueda fusionar razón y afecto como núcleo de su posición ecofeminista actual; para ello:

 

Es necesario favorecer el desarrollo conjunto de la razón y la emoción y abandonar lo que el ecofeminismo ha llamado «lógica del dominio». Razón y emoción tienen que estar conectadas para que los humanos seamos seres equilibrados capaces de alcanzar una calidad de vida que no pase por la multiplicación ad infinitum de los objetos materiales, sino por la mejora de las relaciones interpersonales en la igualdad por



 

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disponer de más tiempo libre y ser capaces de usarlo de maneras no alienadas (ibíd., 17).

 

La obra de Puleo va más allá de la filosofía y de las teorías feministas y ecologistas hasta tocar incluso aspectos de neurociencia, cuyos hallazgos permiten afirmar que algunas especies animales practican una forma de ética de los cuidados, un comportamiento que podría tener valor evolutivo y que permite considerarlo una práctica humana universal.

 

Puleo se une a una larga lista de feministas españolas, como María Martínez Sierra, Rosa Chacel o María Zambrano, que defienden «la idea radical de que las mujeres somos personas» (ibíd., 265). Al insistir en esta idea, se muestra contraria a varias tendencias sociales y teóricas recientes, que podemos considerar legados de la filosofía posmoderna. Por ejemplo, si se observa desde una perspectiva crítica, algunos actos sexuales considerados transgresores, y que ahora parecen socialmente aceptables para las mujeres, solo proporcionarán una pseudoliberación. Ver dichos actos como liberadores de la mujer significaría simplemente adoptar los estándares masculinos y reforzar la dicotomía naturaleza/cultura. Estas observaciones han orientado a Puleo hacia la crítica de la teoría queer, ya que esta perpetuaría las nociones constructivistas del sujeto, que niega las identidades femenina y homosexual. También entra Puleo en conflicto con Donna Haraway y su concepto de cíborg, por su excluyente idea del Otro. Puleo considera que la tendencia posestructuralista de negar «toda instancia natural es problemática para la ecología. La reducción de la realidad a construcción discursiva es falsa e incita a intensificar los procesos de colonización de la Naturaleza» (ibíd., 252). Para ella, la transgresión no es siempre algo positivo y habría que distinguir entre la transgresión que es verdaderamente emancipadora y la que ignora a la naturaleza, pues provoca sufrimiento, enfermedad y muerte.

 

De este modo, Puleo habría efectuado una toma de posición audaz y habría realizado una importante contribución a las teorías ecofeministas anteriores, desde la perspectiva del feminismo español de la igualdad. Al escaparse de la polarizadora división entre feminismo de la igualdad y feminismo de la diferencia que había caracterizado la teoría feminista española en las décadas de 1980 y 1990, Puleo habría encontrado formas de combinar la razón del feminismo de la igualdad y el afecto del feminismo de la diferencia.



 

 

 

 

 

 

 

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[1]  Podría haber incluido otros temas o conceptos, como la literatura de mujer, aunque en el caso del feminismo español no sea un tema destacado, al contrario de lo que ocurre en la teoría feminista estadounidense o francesa. Como muestra de la teoría española sobre la literatura de mujer, podemos apuntar los nombres de Carmen Laforet y de Carmen Martín Gaite. Aunque las ideas de Laforet no se dirigieran al público en general, en 1967 la autora escribió una carta a Ramón J. Sender: «Quisiera escribir una novela (que no es de la célebre frase en El Banquete, ¿verdad? “Tenemos las mujeres del gineceo para la casa y los hijos…”). En verdad, es el mundo que domina secretamente la vida. Secretamente. Instintivamente la mujer se adapta y organiza unas leyes inflexibles, hipócritas en muchas situaciones para un dominio terrible… Las pobres escritoras no hemos contado nunca la verdad, aunque queramos. La literatura la inventó el varón y seguimos empleando el mismo enfoque para las cosas. Yo quisiera intentar una tradición para dar algo de ese secreto, para que poco a poco vaya dejando de existir esa fuerza de dominio, y hombres y mujeres nos entendamos mejor, sin sometimientos, ni aparentes ni reales, de unos a otros… tiene que llover mucho para eso. Pero ¿verdad que está usted de acuerdo, en que lo verdaderamente femenino en la situación humana las mujeres no lo hemos dicho, y cuando lo hemos intentado ha sido con lenguaje prestado, que resultaba falso por muy sinceras que quisiéramos ser?» (Laforet y Sender, 2003: 97).

 

En una serie de conferencias que tuvieron lugar a mediados de la década de los ochenta, Martín Gaite, que había entrado en contacto con la teoría feminista anglosajona mientras daba clases en Barnard College, realiza una brillante lectura de la novela El hombre de las botas azules, de Rosalía de Castro, y destaca que Rosalía le da la vuelta al típico motivo romántico de la mujer como musa al inventar un hombre musa para una mujer. La propia Martín Gaite había utilizado ese procedimiento en su novela El cuarto de atrás, publicada en 1978. Otro ejemplo de autora española que teoriza sobre este tema es Soledad Puértolas, citada en el cuerpo del texto. <<

 

[2]  Mary Nash («Experiencia») describe la ruta alternativa que siguió el feminismo español del siglo XIX, pues se desarrolló dentro de la tradición católica del país y en un sistema político que carecía de sufragio universal incluso en el caso de los hombres. <<

[3]  Carmen Alcalde define también el feminismo español como activismo. Alcalde se pregunta si habría habido un movimiento feminista como tal en España antes de la Guerra Civil y centra su argumento en la noción teórica del feminismo como suma de actos individuales o como esfuerzo de grupo: «Lo que pasa precisamente es que la Guerra frustró completamente al feminismo, lo cortó. Entonces vino la reacción y la mujer volvió al hogar. Quizás ahora lo ampliaría más y quizás lo trasladaría mucho más a la política, al problema del no feminismo en España […]. Yo no sé en esos momentos qué se entiende por feminismo, porque me parece que está muy confuso todo esto. Si lo entiendes como un movimiento militante, no sé hasta qué punto lo somos. Ahora, si el feminismo se entiende simplemente a nivel individual, la realización verdadera de la mujer como ser, entonces yo creo que no se puede decir que no hubo feminismo en España. Creo que hubo feminismo. Lo que pasa es que España lleva un lastre de un siglo y más, de mucha castración y mucha reacción. Entonces no hay posibilidad de feminismo en un clima de reacciones imposibles» (Levine y Waldman, 1980: 27-28). <<

[4]   Glenn también cita a Cristina Fernández Cubas, quien declaró que «ninguno de nuestros libros se puede considerar feminista […]. Y es que literatura y feminismo no tienen nada que ver» (Glenn, 2001: 374). <<

[5]Wadda Ríos-Font examina detenidamente las obras de Trigo para descubrir que su autoproclamado feminismo no queda confirmado por sus estrategias narrativas. <<

 

[6]  Resulta interesante, pero no sorprendente, saber que los estudios que se hicieron sobre Concepción Arenal durante el régimen de Franco enfatizan tanto su catolicismo como los elementos de su pensamiento feminista que podían considerarse compatibles con el conservadurismo social, como la mujer emotiva y cuidadora. Al mismo tiempo, se eliminaron las referencias de la obra de Arenal al krausismo, que se consideraba una ideología liberal y subversiva, tanto durante el franquismo como en el periodo anterior a la I República. Jesús Tobío Fernández, por ejemplo, afirma que «su feminismo es decidido, pero no avanzado. Merece en todo el calificativo de “aceptable” que le aplicó el padre Alarcón» (1960: 110), y destaca que Arenal ataca «hábil y poderosa dialéctica contra las concepciones utópicas de la sociedad, “los idilios sociales compuestos de los que no saben lo que pasa” y ataca también las ideologías subversivas del anarquismo y el comunismo y, en particular las figuras de Proudhon, a quien llama “una gran caverna con muchos errores”, y Fourier» (19). Este autor continúa afirmando, sin prueba alguna, que «del krausismo, felizmente, no se advierte en su obra vestigio de influencia alguna» (21). <<



[7]  Juan Antonio Cabezas, en Concepción Arenal o el sentido romántico de la justicia, sitúa a la autora dentro del Romanticismo español de comienzos del siglo XIX, algo que hace que sus ideas suenen arcaicas, aunque Arenal fuera una gran inspiración para el movimiento feminista de los años veinte y treinta del siglo XX. Sin embargo, en Concepción Arenal en su aspecto pedagógico, Manuel Casas Fernández sí admite que «aquella idea de Krause de constituir la Sociedad científica (Wissenschafthund) de la cual todos forman parte no es ajena al deseo de Concepción Arenal de que la ciencia se extienda a todos los hombres sin distinción de clases; porque la cultura y la educación son las dos paralelas que señalan el camino de la perfección individual y social» (57). <<



[8] Este texto fue publicado junto a otros por Rafael Salillas, Gumersindo de Azcárate y Antonio Sánchez Moguel en una colección titulada Doña Concepción Arenal y sus obras<<

 

[9] «Entre los papeles de Azcárate aparece, entre otras, el autógrafo de doña Concepción Arenal a doña Constancia Caveda dándole el pésame por la muerte de su esposo don Anselmo Cifuentes, verdadero modelo en su género; carta que con toda seguridad dio a Azcárate su cuñada doña Constancia Cifuentes, hija de don Anselmo, y que Azcárate conservó como una verdadera reliquia» (Azcárate, 1969: 32). <<

 

[10] López Morillas, por su parte, menciona el periodo comprendido entre 1857 hasta la muerte de Sanz del Río en 1869 como los años principales de su influencia. <<

 

[11] Lou Charnon-Deutsch destaca la importancia del siglo XIX en la historia de los feminismos, incluido el español: «El siglo XIX es uno de los periodos de prueba preferidos por el feminismo para oponerse a los valores del patriarcado porque la ideología de género está muy presente en sus discursos y porque, como sostiene Carolyn Heilbrun, es un siglo de gran polarización sexual (Towards a Recognition, 54)» (Charnon-Deutsch, 1990: xii). <<

 

 

[12] Se puede consultar la obra de Martín Gaite Usos amorosos de la posguerra en España, donde se describe la vida de las mujeres bajo el dictado de la ideología de la Sección Femenina de la Falange. <<

 

[13]Mary Lee Bretz, por ejemplo, analiza el argumento histórico de Margarita Nelken: «Al comienzo del texto [La condición social de la mujer en España] la culpa por el poco progreso de la mujer en España se les atribuye por igual a la influencia musulmana y a la Iglesia (13), pero en un sutil giro textual posterior, admitirá que en la supuestamente misógina al-Ándalus, hubo varias mujeres doctoras en la Universidad de Córdoba (44). El lector se quedará con la sensación de que la causa principal del atraso de la causa femenina en España es la Iglesia católica (103)». Michael Ugarte observa que Carmen de Burgos «es cuidadosa a la hora de distinguirse del popular discurso anticlerical que fue crucial para entender la historia de la izquierda española. Por el contrario, usará ejemplos de las vidas de Jesucristo, de los santos, así como escritos teológicos para apoyar sus argumentos en favor de los derechos sociales y legales de las mujeres» (1988: 63). <<

 

[14]Su enfoque histórico es muy similar al de Simone de Beauvoir en El segundo sexo, obra que cita en varios capítulos. <<

 

 

[15]Véase Shirley Mangini (1998: 129-132) para un análisis de las aparentes inconsistencias y contradicciones de Chacel en «Esquema de los problemas prácticos y actuales del amor», cuando intenta superar la polaridad hombre-mujer: «Uno de los conceptos que Chacel defiende con mayor insistencia es la creencia según la cual el desarrollo intelectual de la mujer habría sido frenado por el estancamiento de las instituciones sociales; sin embargo, rechaza sistemáticamente, en todos sus escritos sobre el papel inferior de la mujer en la cultura y en la sociedad, culpar a los instigadores y a los defensores de dichas instituciones» (132). Mangini también sugiere la importancia de los artículos de Chacel como «marcos teóricos para comprender las cambiantes y ambiguas realidades de sus personajes de ficción» (132). <<

 

[16]Vanessa Knights (2001) y Mercedes de Grado (2004) cubren parte de este terreno. Resumen la historia del debate igualdad/diferencia desde el final del franquismo hasta 1996 y 2000 respectivamente. La obra de De Grado contiene bastante información útil, pero se alinea con el feminismo de la igualdad. El objetivo del artículo de Knights será demostrar cómo el conocimiento acerca de la dicotomía igualdad/diferencia puede arrojar luz sobre la ficción escrita por mujeres en el periodo democrático español, y, por ello, la mitad del texto está dedicado a novelistas. Aquí nos concentraremos en la teoría feminista desde la perspectiva de cómo se trata el feminismo en obras literarias, analizando a escritoras y sus influencias históricas y filosóficas. <<

 

[17]    Por ejemplo, entre los poemas más celebrados de Luis de Góngora encontramos Las soledades, y Geoffrey Ribbans ha estudiado la melancolía en las Soledades de Antonio Machado. Curiosamente, la protagonista femenina de la novela La soledad era esto, de Juan José Millás, define la soledad de la manera siguiente: «Bueno, pues la soledad era esto: encontrarte de súbito en el mundo como si acabaras de llegar de otro planeta del que no sabes por qué has sido expulsada. Te han dejado traerte dos objetos (en mi caso, la butaca y el reloj) que tienes que llevar a cuestas como una maldición, hasta que encuentres un lugar en el que recompones tu vida a partir de esos objetos y de la confusa memoria del mundo del que procedes. La soledad es una amputación no visible, pero tan eficaz como si se te arrancaran la vista y el oído y así aislada de todas las sensaciones exteriores de todos los puntos de referencia, y solo habitar y que te habita. ¿Qué había en esto de literario, qué había de divertido? ¿Por qué nos gustaba tanto?» (Millás, 1990: 133-134).

 

Con estas palabras, la protagonista se hace eco de muchas de las inquietudes del feminismo español desde los años veinte del pasado siglo, y en especial de los últimos veinte años. <<



 

 

[18] Como nos interesa principalmente el pensamiento, nos limitamos aquí a textos filosóficos o teóricos y hemos de dejar fuera muchas obras literarias que serían de gran interés para este análisis. Si se incluyera la ficción en este estudio, tendríamos que comentar la novela catalana Solitud, de Víctor Català —seudónimo de Caterina Albert—, publicada en 1905 y que cuenta la vida de Mila, casada con Matías, con quien se encargará de cuidar una ermita en las montañas de Cataluña. Matías es perezoso y aficionado al juego, mientras que Mila tiene que ocuparse de todo el trabajo en el templo. En este sentido, su soledad es menos positiva que la de las autoras mencionadas en este capítulo. Sin embargo, al final de la novela, después de que Mila haya sido violada por un conocido de Matías, esta decide dejarlo y empezar una nueva vida sola. <<



 

 

 

[19]Solo existe una palabra en español para las palabras inglesas solitude, que puede tener connotaciones positivas y negativas, y loneliness, que indica la ausencia de algo o de alguien y que es más negativa. De este modo, la palabra española «soledad» resulta ambigua y debe interpretarse según el contexto en que aparezca. Linda Chown describe su sorpresa al preguntar a unos estudiantes universitarios en el País Vasco a propósito de la diferencia entre las dos palabras inglesas —solitude y loneliness—, pues estos afirmaban desconocer qué significaba loneliness: «De hecho, la mera idea de soledad (loneliness) no tenía para ellos ningún sentido ni emocional ni conceptual» (Chown, 2000: 197). Hacia el final de este capítulo, otras autoras feministas más recientes —Rosa Montero, Carmen Alborch—, quizás influenciadas por las palabras inglesas y/o por el existencialismo francés, suelen aceptar el significado de loneliness para el español «soledad». <<

 

 

 

 

[20] Agradecemos a la profesora Janet Sharistanian, de la Universidad de Kansas, que nos indicara la existencia del discurso de Stanton. <<

 

 

[21]  No podemos olvidar, sin embargo, que Emilia Pardo Bazán se alió indirectamente con Feijoo al titular la revista que ella misma fundó y de cuyo contenido se ocupó Nuevo Teatro Crítico, en un guiño al título que el padre Feijoo les dio a sus obras completas, Teatro crítico universal<<

 

 

[22]La Ilustración y el krausismo tienen en común su racionalismo. Al ser una corriente neokantiana, lo racional tiene un papel fundamental en el krausismo: «La razón es la sede de la rectitud, en el doble sentido de integridad y de disciplina» (López Morillas, 1956: 38). <<

 

[23] Al formular su concepto de mujer, Arenal prefiere el término «social» en vez de «relacional», que para ella presenta una connotación más negativa que la que le otorga Alda Blanco. Según esta, «feminismo relacional y feminismo individualista conviven en la Europa decimonónica y elaboran diferentes representaciones ontológicas de la mujer» (1998: 453). Concepción Arenal reclama la dimensión relacional (o social) de la vida de las mujeres para sacarlas del hogar; para ella las mujeres pueden hacer mucho más bien a la sociedad visitando a los pobres o desempeñando otras labores de caridad. <<

 

 

[24]  Concepción Arenal también habría leído a Rousseau, si bien no disponemos de fuentes que indiquen cuál era su opinión sobre el contrato social, aunque la orientación teórica de la autora parece estar en línea con este concepto filosófico. <<



[25]      Igualmente, María Martínez Sierra manifiesta la misma opinión en Carta a las mujeres de España<<

 

 

[26] Como se indicaba en la introducción a este volumen, se puede defender que la literatura constituye una fuente para el estudio del pensamiento feminista español, especialmente en periodos como el franquismo, cuando era muy difícil que las obras de corte feminista pasaran el filtro de la censura. Sin embargo, la presente obra se ciñe a obras de no ficción. <<

 

[27]  La escritora del siglo XIX Carolina Coronado también adopta una perspectiva política al tratar el tema de la soledad o de la individualidad — libertad— femeninas en su poema «Libertad», de 1846, puesto que las mujeres quedaron fuera de las libertades políticas del Romanticismo, tan celebradas por los hombres: «Mas por nosotras, / las hembras, / ni lo aplaudo ni lo siento, / pues aunque leyes se muden, / para nosotras no hay fueros. / ¡Libertad!, ¿qué nos importa? / ¿qué ganamos, qué tendremos? […]. ¡Libertad!, ¿de qué nos vale / si son los tiranos nuestros / no el yugo de los monarcas, / el yugo de nuestro sexo?» (Poesías, 1853; véase Kirkpatrick, 1989: 319). <<

 

 

 

[28]  María Martínez Sierra —su nombre verdadero era María de la O Lejárraga— se casó muy joven con su novio de toda la vida Gregorio Martínez Sierra. Marido y mujer colaboraron en proyectos teatrales; mientras María escribía las obras utilizando el nombre de Gregorio, este las llevaba a escena. Gregorio dejó a María cuando su amante, la actriz Catalina Bárcena, se quedó embarazada, pero siguieron trabajando juntos en el mundo del teatro. <<

 

[29]Véase Shirley Mangini (1998: 130-132) para consultar un análisis de las posibles ambigüedades en el argumento de Chacel. <<



 

[30]      Al utilizar el término «hombre» para referirse a todos los seres humanos, según era costumbre en los textos filosóficos de la época, Chacel explica que «al decir el hombre, lo hago con sentido estrictamente humano. El problema, el pathos de esta lucha, lo llevan igualmente en su fondo íntimo el hombre y la mujer» (ibíd., 168; en cursiva en el original). <<

 

[31]Se puede notar aquí una cierta influencia de la distinción de Scheler sobre humanos y animales. <<

 

[32]  Véase la correspondencia entre Ramón J. Sender y Carmen Laforet, publicada en Puedo contar contigo (editada por Israel Rolón Barada), y en las cartas a Roberta Johnson, en La correspondencia… de Rolón Barada. <<

 

[33] Por ejemplo: «Yo estoy deseando quedarme sola, decir a todo el mundo que me he marchado o marcharme de verdad si fuera posible y terminar mi famoso libro» (Rolón Barada, 2008, Carta 38 al padre Arrizabalaga, 7 de febrero de 1964); «Las vacaciones de Semana Santa fueron un paréntesis muy bueno, lleno de descanso y lujo espiritual y material también porque tenía sol, soledad en el bosque cuando quería y compañía de viejas amigas al atardecer y decidí olvidar toda preocupación de todas clases en aquellos días» (Carta 39 al padre Arrizabalaga, 7 de abril de 1964). <<



 

 

[34]Véase Arsova (2011) para un análisis de Gloria Fuertes y del tema de la soledad. <<

 

 

[35]Montserrat Roig escribe: «Las “heroínas” de la Sección Femenina eran en el orden religioso, “mártires, las vírgenes y, en general, todas las santas, cuya vida fue un total renunciamiento para llegar a Cristo”. En la pirámide de la santidad, del máximo valor, estaba la virginidad. Cuando era una niña, siempre me pareció más santa Lucía, sin ojos, o santa Eulalia, sin pechos, que no santa Francisca viuda. Esta última, por muy santa que fuese, no dejaba de estar “contaminada”» (1980: 66). <<



 

[36]En Desde la ventana, Carmen Martín Gaite cita a Judith Fetterley, Sandra Gilbert y Susan Gubar, Adrienne Rich y Elaine Showalter, mientras que, en Solas, Carmen Alborch menciona a Helen Gurley Brown, Kate Millett, E. A. Kaplan, Susan Faludi, Toni Morrison, Gloria Steinem, Lillian B. Rubin, Naomi Wolf, Ann Kaplan y Betty Friedan. <<

 

 

[37] Existen algunas diferencias entre esta definición y la que aparece en la decimoctava edición de 1956 y posteriores. Por ejemplo, la cuarta definición de 2001 se encuentra en segundo lugar en 1956, y la quinta, en tercer lugar. La tercera definición no existe en la edición de 1956. Joaquín Sánchez de Toca emplea el término «personalidad» en un trabajo titulado «El matrimonio», de 1973. Aunque su mensaje no es exactamente feminista, sí que plantea que las mujeres tienen una personalidad distinta a la de los hombres: «Desde el punto de vista ideal, el marido y la mujer no forman más que un mismo ser: el amor conyugal confundió su carne y su espíritu, y de las dos criaturas distintas se formó una sola persona moral que solo tiene una misma voluntad, un mismo afecto, idénticos sentimientos, iguales deseos, las mismas penas y los mismos placeres. Pero esto no es más que un ideal irrealizable, pues de otro modo la unión conyugal no constituiría una sociedad, porque para la existencia de cualquier sociedad se necesitan varias personas, varias voluntades, distintas individualidades unidas en el logro del mismo objeto; considerada la unión conyugal como antes la considerábamos, no formarían ambos cónyuges más que una misma personalidad, un mismo ser moral. Aun en el seno de la más íntima unión conyugal concebimos al marido y a la mujer como dos personalidades distintas: indisoluble aparece su unión, eterna fuerza del amor que las enlaza, sorprendente la misteriosa unidad que entre ellas reina; pero en el fondo resulta siempre distinta la individualidad de los seres. Y al mismo tiempo que la razón nos dice que son ambos cónyuges dos personalidades diversas, y nos los enseña como iguales entre sí, como complemento uno de otro, y como miembros de una sociedad, vemos por otro lado que la idea de autoridad entraña la idea de superioridad, y por consiguiente aquel de los dos que tenga la autoridad, debe por lo tanto poseer también superioridad» (Sánchez de Toca, 1998: 84). <<



 

[38]  Curiosamente, Emilia Pardo Bazán, en su discurso de clausura del Congreso Pedagógico de 1892 —al que Arenal no pudo asistir por problemas de salud—, rinde un particular homenaje a la fundadora del feminismo español: «El Congreso, señores, tributaría a la autora de las Cartas a los delincuentes, de la Cuestión social y del Visitador del pobre, el homenaje debido a la dama insigne, a quien leen, traducen y consultan los sociólogos de Alemania y de Inglaterra, y a quien corona ya, con la augusta diadema de los años, el lauro de la sabiduría y la gloria del más ejemplar empleo de las facultades afectivas e intelectivas, no de una mujer, sino, como ella quiere que se diga, de una persona» («La mujer española»). <<

[39]El concepto de alma de María Zambrano se expresa en femenino. Véase Johnson (2012). <<



[40]Véase Christine Arkinstall (1984) para obtener más información sobre la vida y el pensamiento de Rosario de Acuña. <<

 

 

 

[41]      Durante el juicio a la madre de Hildegart, acusada de asesinarla, la palabra «personalidad» surge en numerosas ocasiones: «Había una lucha entre la personalidad de la madre y la hija, predominando la de la madre […]. Hildegart, que tenía personalidad suficiente para vivir emancipada de la madre, quisiera separarse de ella […] el deseo de Hildegart de independizarse de su madre, recobrando su personalidad […]. Hildegart quería tener una personalidad propia ya que la madre absorbía la suya» (Domingo, 2008: 180, 185). <<

 

[42]Véase nuestro artículo «María Zambrano’s Solitude…». <<



[43]El concepto de ser o de persona y sus circunstancias que María Zambrano elabora en Persona y democracia combina el enfoque intimista de Unamuno y la visión más historicista de su mentor y director de tesis Ortega y Gasset, para conseguir una definición verdaderamente original del ser humano como individuo en relación con la sociedad. <<



 

 

[44]      Véase Mercedes Carbayo Abengózar (1998: 43-73) para un análisis de la influencia del existencialismo europeo en Martín Gaite y en otras voces de su generación. <<



 

 

[45] Las referencias que Martín Gaite hace a las manifestaciones públicas feministas indican que se trataría de finales de los sesenta o principios de los setenta, cuando se separó de su marido Rafael Sánchez Ferlosio. <<



 

 

[46] Como hará Lidia Falcón a finales del siglo XX, Arenal sitúa a la mujer junto a la clase trabajadora como una entidad social paralela que requiere atención: «La cuestión social de la mujer, si no formalmente como la del obrero, está esencialmente planteada, y que, como todas las cuestiones que se plantean en la sociedad, es preciso resolverlo» (Nash, 1983: 142). <<

 

[47] San Martín añade que «así pues, tratándose de mujeres, esta información requiere más amplitud que en lo referente al trabajo de los hombres; porque hay seres más desgraciados que el obrero, la mujer y la hija de este, y hay todavía mujeres más desamparadas que las obreras: la viuda y la huérfana de las clases medias trabajadoras» (Nash, 1983: 342). <<

 

 

 

[48] El artículo fue publicado en español el año siguiente en La España Moderna, XVII (1890): 101-113; XVIII (1890): 5-15; XIX (1890): 121-131; XX (1890): 143-154. <<

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[49]      Maryellen Bieder (1998: 39-40) señala que Pardo Bazán sigue el formato del estudio de la pintura de tipos nacionales, tan común en la España del XIX, aunque en este caso doña Emilia intenta darle a su análisis un barniz científico. <<



 

[50] Geraldine Scanlon cree que la postura de Pardo Bazán coincide con la de la burguesía liberal: «[Ella] es consciente del carácter clasista del discurso antifeminista que identifica a la “mujer” con la mujer de clase media pero su propia postura ideológica es la de una feminista burguesa liberal, una postura notablemente radical en la España de finales del siglo XIX, que permanecía rezagada de otros países europeos en esta materia» (1995: 231-232). <<

 

[51]Martínez Veiga señala que esta dicotomía entre lo doméstico y lo exterior a la casa tuvo repercusiones legales cuando se promulgó la ley de accidentes de 1900, que cubría a todos los trabajadores que trabajaban fuera del hogar y, por tanto, dejaba sin cobertura a las mujeres. <<

 

 

[52] Lou Charnon-Deutsch también se ocupa de las ideas de Arenal con respecto a las mujeres y al trabajo, aunque de manera algo diferente. Charnon-Deutsch destaca por su análisis del uso del lenguaje que hace Arenal en sus argumentaciones. <<

 

[53] A lo largo de sus escritos sobre el trabajo femenino en España a finales del siglo XIX, San Martín (cfr. Nash, 1983: 315-342) mantiene un tono neutro, si bien las cifras que aporta sobre el número de horas que trabajan las mujeres y lo insalubre de algunas de las tareas que desempeñan —por ejemplo, fabricar flores artificiales con materiales que contienen arsénico— presentan un tono más crítico. El extracto de la obra A la dona grávida (A la mujer embarazada; cfr. Nash, 1983: 354-360) del doctor F. Carreras proporciona más detalles científicos de los riesgos para la salud de muchos de los trabajos ejercidos por mujeres. <<

 

[54]  En Las damas del liberalismo respetable Mónica Burguera trata también el tema de las mujeres en la industria española del tabaco (cfr. «El trabajo femenino industrial y la reforma moral de las cigarreras madrileñas», 115-147). Burguera aporta estadísticas interesantes, como el hecho de que a comienzos del siglo XIX hubiera fábricas de tabaco en casi todas las principales ciudades españolas —Alicante, Barcelona, Cádiz, A Coruña, Gijón, Madrid, Santander, Sevilla o Valencia—, de modo que, gracias a esta industria, el trabajo femenino remunerado fuera del hogar estaba presente por todo el país. Además, incluye material relevante acerca de los cuidados y de la educación que las fábricas de tabaco ofrecían a los hijos de sus empleadas.

 

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[55] Ya en 1910, la CNT emitió el siguiente «Dictamen sobre el trabajo de la mujer»: «Entendiendo que para lograr su independencia la mujer necesita del trabajo y por consiguiente este es penoso y mal retribuido. Proponemos: a) Que el salario responda a su trabajo con idéntica proporción al del hombre. b) Que sea deber de las entidades que integran la C. N. del T. Española, se comprometan a hacer una activa campaña para asociar a las mujeres y para disminuir las horas de labor» (cfr. Nash, 1983: 365). <<

 

 

 

[56]El artículo de Blanco proporciona un análisis detallado de las numerosas estrategias literarias empleadas por Martínez Sierra para convencer a su público, como el uso del género epistolar. Blanco destaca también algunos aspectos teóricos importantes en la escritura feminista de Martínez Sierra, por ejemplo, la posibilidad teórica de unir feminidad y feminismo, la importancia de desarrollar una conciencia, el lugar que ocupan los sentimientos y las pasiones, el impulso solidario de las mujeres, las emociones sociales o el divorcio. <<

 

 

[57] Geraldine Scanlon, refiriéndose a Emilia Pardo Bazán, señala que se omitió cualquier alusión a la obra feminista de Arenal en el momento de su muerte el 4 de febrero de 1898: «No solo [Pardo Bazán] observa que estas conferencias y obituarios sobre Arenal omiten cualquier alusión a su pensamiento sobre la emancipación femenina, ocultándolos como si fueran un crimen, sino que también la describen como una mujer consagrada a las labores de su sexo, y la convierten en un tipo de mujer que ella misma había descrito como un ideal equivocado» (Scanlon, 1995: 232). <<

 

[58] La cantidad de mujeres que entró en el mercado laboral español después de 1975 fue enorme. Laura Nuño Gómez, en El mito del varón sustentador, afirma que «desde el año 1981 se ha producido una masiva incorporación de las mujeres españolas al mercado laboral. En concreto, según los datos de la EPA para el período de referencia las tasas de actividad y de ocupación femenina han experimentado un crecimiento de 22,5 y 20,8 puntos porcentuales, respectivamente […] la vinculación de las mujeres españolas con la actividad económica se ha ido aproximando a la pauta observada entre los varones. De forma que, si en etapas precedentes se constataba una retirada del mercado tras el matrimonio o la maternidad, esta práctica, aunque todavía presente, ha ido perdiendo vigencia a lo largo del período, siendo cada vez menos habitual» (Nuño Gómez, 2010: 271). <<



 

[59]     El libro de Martínez Veiga contiene un exhaustivo análisis del intenso trabajo que realizaban las mujeres en sus casas más que en las fábricas, así como de los problemas relacionados con sueldos, saneamiento y otras regulaciones de ese tipo de actividad. <<


 

 

[60]  Para consultar más estudios que emplean la cronología de Durán y Gallego, véanse Folguera, Brooksbank Jones (1997), Knights y De Grado. El volumen de Brooksbank es más esquemático, mientras que la obra de Mercedes de Grado es más detallada. Según Durán y Gallego, «las dos principales tendencias que aparecieron después de 1975 —los feminismos de doble o de única militancia— resultaron ser irreconciliables […]. Además de la dicotomía de la doble o de la única militancia, el debate entre igualdad y diferencia fue agrio e intenso» (1986: 213). Tanto Brooksbank como De Grado señalan que el feminismo de la diferencia surgió en parte del descontento que las feministas españolas sintieron después de que se apagara la euforia inicial del movimiento feminista con la llegada de la democracia, cuando dicho movimiento se fragmentó en varias facciones. <<


 

 

[61]  Mercedes de Grado define este cisma como una división entre «feminismo socialista y feminismo radical» (2004: 29). <<

 

[62] Véase Brooksbank Jones (1997: 1-6) para un resumen de los orígenes del feminismo español de la posguerra y sus actividades de oposición a la dictadura de Franco. <<


[63]      La «ausencia de una tradición feminista fuerte» no es del todo exacta, ya que, como Geraldine Scanlon ha demostrado sobradamente, hubo un importante movimiento feminista español en los años veinte del siglo XX, que tuvo un papel decisivo al proclamarse la II República en 1932 y al aprobarse el sufragio femenino en 1932. La actividad feminista continuó de forma clandestina durante la dictadura. 
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[64] La obra de la feminista de la diferencia Carla Lonzi, Escupamos sobre Hegel, estaba disponible en español en 1975 —publicada en Buenos Aires—, Speculum, de Luce Irigaray, se publicó en español en Madrid en 1978. <<

 

[65] Esta afirmación deja claro que la larga tradición krausista de prestarle su vocabulario al feminismo español habría llegado a su fin. Aquí, la «armonía» ya no es un término positivo, sino negativo —o, al menos, irónico. <<

 

[66]      Rosa Chacel realizó la misma observación en su artículo «Esquema» de 1931 y, de nuevo, en su obra Saturnal<<


[67]El Instituto de la Mujer dependió en principio del Ministerio de Asuntos Sociales hasta que se creó el Ministerio de Igualdad en 2008. En la actualidad se denomina Instituto de las Mujeres. 
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[68]    Aunque el Instituto fue concebido como una entidad autónoma, Brooksbank señala que «los críticos de esta institución lo vieron como un medio del PSOE para imponer su política feminista y cuestionaron que las estructuras y prioridades de la nueva institución le granjearan más apoyos a la causa feminista […]. Las feministas de la diferencia han atacado el feminismo institucional por no haber sido capaz de cumplir sus compromisos con las mujeres y por arrogarse el derecho de hablar en nombre de las mujeres que no comparten sus políticas, así como por unirse al capitalismo a través de medidas que son potencialmente opresivas» (1997: 262). El Instituto de la Mujer elaboró planes generales en 1988 y en 1993. El primero, que pone en práctica el artículo 14 de la Constitución Española, dice que «los gobiernos socialistas toman como prioridad acabar con las desigualdades sociales, y dirigirán una parte importante de su acción política a la consecución de una mayor igualdad de oportunidades para las mujeres» (ibíd., 263). Brooksbank cita a María Morón sobre el modelo masculino subyacente en las políticas del Instituto: «El discurso de la igualdad, al provenir de políticas institucionales, así como los cambios legislativos que promueven leyes más justas y menos discriminatorias, se unen para anular el discurso de la diferencia. Es cierto que ha habido cambios que han contribuido a la igualdad de género, pero el punto de referencia sigue siendo el modelo masculino hegemónico» (ibíd., 265). Añade que «la oposición de las feministas de la diferencia contra el Instituto de la Mujer se basa en la creencia según la cual los partidos políticos existentes nunca serán capaces de asimilar la legitimidad del movimiento feminista sin una profunda y razonada reformulación de sus convenciones androcéntricas» (ibíd., 265). Según Brooksbank, «el Instituto de la Mujer se está enfocando cada vez más hacia la materialización de lo que siguen siendo, en muchos casos, derechos meramente formales. Esto se deduce muy claramente de su segundo plan, que cubre el periodo 1993-1995 y cuyo objetivo principal ya no será la igualdad ante la ley, sino la igualdad en la vida real» (ibíd., 266). El nuevo objetivo principal será «la desigual distribución de las responsabilidades domésticas, que se describe como la principal causa de desigualdad entre hombres y mujeres» (ibíd., 267). <<

 

[69] Mucho antes, María Martínez Sierra se había pronunciado en favor de la mujer como ser humano: «¿No soy un ser humano, mundo dentro del mundo, compendio de humilde pero firme grandeza? […]. ¿Por qué no he de lograr, si únicamente de mí depende, esa eminencia impasionable?» (1917: 42). Este concepto es asimilable a la noción de «persona» que María Zambrano desarrolló en los cincuenta. (Véase Ortega Muñoz para un análisis del concepto «persona» en Zambrano como categoría filosófica). <<

[70] De manera sorprendente, Miyares no recurre a Lidia Falcón, que había abogado también por la mujer como clase social. Es evidente que la amnesia de algunas feministas españolas recientes a propósito de sus antecesoras se ha convertido en una costumbre, incluso con el fácil acceso a la información de que disponemos hoy día. <<


FIN

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