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Libro N° 14618. Corre, Atalanta. Luque, Herminia.


© Libro N° 14618. Corre, Atalanta. Luque, Herminia. Emancipación. Diciembre 20 de 2025

 

Título Original: © Herminia Luque. Corre, Atalanta

 

Versión Original: © Corre, Atalanta. Herminia Luque.

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

CORRE, ATALANTA

 Herminia Luque


 

 

Corre, Atalanta

Herminia Luque


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El deporte es una fuente inagotable de desigualdad para las mujeres, y a pesar de ser, como nos dice Herminia Luque, una de las estructuras visibles del patriarcado, escapa con facilidad a cualquier crítica teórica sistemática. Y cumple, además, a la perfección funciones pedagógicas de transmisión de valores y roles de masculinidad hegemónicos en todas las sociedades.

 

 

 

 

 

 

 

Herminia Luque

 

Corre, Atalanta

 

Cátedra, Feminismos - 154

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 21-08-2025

 

 

 

Herminia Luque, 2024

 

Ilustración de cubierta: Verónica Perales Blanco

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Feminismos

 

 

 

 

Consejo asesor:

 

Paloma Alcalá: Profesora de enseñanza media

 

Ester Barberá: Universitat de València

 

Cecilia Castaño: Universidad Complutense de Madrid

 

M.ª Ángeles Durán: CSIC

 

Ana de Miguel: Universidad Rey Juan Carlos

 

Alicia Miyares: Profesora de enseñanza media

 

Isabel Morant Deusa: Universitat de València

 

Mary Nash: Universitat de Barcelona

 

Verónica Perales: Universidad de Murcia

 

Concha Roldán: CSIC

 

Verena Stolcke: Universitat Autònoma de Barcelona

 

Amelia Valcárcel: UNED

 

Dirección y coordinación: Alicia Puleo, Universidad de Valladolid

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Las mujeres tenemos todavía mucho que pensar y dar que pensar para salir del lugar de lo no-pensado. Del lugar del no-reconocimiento, de la no-reciprocidad, por tanto, de la violencia.

 

CELIA AMORÓS

 

La gran diferencia y sus pequeñas consecuencias… para las

 

luchas de las mujeres

 

Caminar nos hizo humanos. Correr los cien metros lisos no nos hará más humanos.

 

HERMINIA LUQUE

 

Aforismos antideportivos

 

Corre, Atalanta, corre y tus rosas al viento

 

dejen de su perfume la embriagadora estela;

 

corre, Atalanta, corre, vuela, Atalanta vuela

 

veloz como el relámpago o como el pensamiento.

 

RUBÉN DARÍO

 

Envío de Atalanta

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

El deporte, una de las estructuras visibles del patriarcado

 

 

 

 

La idea central de este libro es que el deporte es una de las estructuras visibles del patriarcado. Y seguimos aquí la definición de Amelia Valcárcel de patriarcado como «un tipo de esquema de poder universal y ancestral en el cual las mujeres han estado y están, real y simbólicamente, bajo la autoridad masculina[1]». Lo asombroso, más allá de esa odiosa universalidad, quizá sea su pujanza, «su silenciosa vigencia[2]».

 

El deporte, creado por varones (en su doble origen, el del olimpismo clásico-coubertiniano y el balompédico de la high school), ha segregado por principio a las mujeres. Y ha servido y sigue sirviendo a la perfección al patriarcado, realizando funciones pedagógicas de transmisión de valores (competencia, lucha, riesgo) y de reforzamiento de los roles de masculinidad (agresividad, iniciativa, acción) que expresan la situación de hegemonía de los varones, así como funciones de socialización (de relación entre iguales) de estos. La conversión del deporte en actividades económicas de formidables dimensiones no hace sino reforzar y expandir un modelo de actividad que otorga privilegios a un sexo en detrimento de otro.

 

El solapamiento de la actividad física y el ejercicio físico con el deporte ha perjudicado a las mujeres, que se ven constreñidas dentro de un modelo de actividad que las minusvalora y las discrimina. Es preciso recalcar, antes de proseguir, que el deporte solo es eso, un modelo de actividad física entre otros posibles; el juego[3], por ejemplo (determinados tipos de juego), con el que tiene amplias concomitancias, es otro. Pero el deporte no es el único modelo posible de moverse y de hacer ejercicio[4]. Es un constructo (una construcción teórica además de un conjunto de actividades e instituciones) que nace en la Antigüedad, en un contexto histórico y social muy distinto al nuestro. De este modo, el deporte contemporáneo solo puede establecer una línea de filiación relativamente débil en relación el deporte antiguo, apreciable en el movimiento olímpico moderno. Con la creación de los Juegos Olímpicos, se estableció una serie de pruebas atléticas que remitían a las existentes en la época grecorromana. Aunque no debemos olvidar que las fuentes para la recuperación de dichas pruebas solo pudieron ser fuentes escritas o arqueológicas, al no haber una continuidad en el tiempo de esas prácticas atléticas. Y si no existía una tradición deportiva ininterrumpida, tampoco quedaban rastros del contexto político e ideológico en el que se desarrollaron esos juegos atléticos (no solo los olímpicos).

 

En puridad, el deporte es un fenómeno propio de la Edad Contemporánea, que surge en el contexto de una sociedad burguesa que conoce un excedente de ocio y recursos[5], canalizado en función de unos intereses que oscilan desde la pura exhibición de estatus hasta la necesidad de una actividad física de la que, precisamente, ese estatus económico y social le priva al evitarle actividades laborales que exijan un ejercicio físico ingente (las actividades agrícolas, de construcción, etc.).

 

El deporte conoce un desarrollo espectacular (la adjetivación es debordiana)[6] en las sociedades de consumo de la segunda mitad del siglo XX y en la edad del capitalismo brillante (globalizado e internetizado, documentizado, a decir de Maurizio Ferraris)[7] de comienzos del siglo XXI, insertándose con absoluto éxito en las estructuras productivas, mediáticas y políticas de dichas sociedades. La confusión entre deporte y educación física, muy presente en el imaginario popular, es crucial para entender la inserción masiva de las actividades deportivas en las políticas de cualquier nivel o entidad, incluidas las educativas. El currículo escolar, con materias o asignaturas específicas colonizadas en buena parte por el deporte y la presencia en actividades extraescolares o de carácter celebratorio, son el testimonio de un éxito mayúsculo, de apariencia ahistórica, sin principio ni fin, del deporte.

 

Un deporte que se practica (excepto en el contexto escolar lectivo y a veces en los ámbitos de preparación física) de forma separada: hombres y mujeres en espacios y actividades propios. Se da así la paradoja de que, en sociedades desarrolladas, con sistemas democráticos avanzados, en las que de iure no se puede discriminar por razón de sexo, se acepta con total naturalidad la creación de ámbitos deportivos de auténtico apartheid. Las razones anatómico-fisiológicas de dicha separación (fuerza, masa muscular, ausencia de embarazos…) remiten a una primacía de lo corporal y a un modelo de corporeidad que privilegia la fuerza, la habilidad y el sufrimiento físicos; a una ontología corporal que, hasta cierto punto, vacía la categoría de sujeto, si entendemos como tal la suma de las posibilidades de lo humano potenciadas por el intelecto y no como un cuerpo mediado únicamente por su rendimiento físico-cinético.

 

Si una de las funciones de la teoría feminista es interpelar críticamente las concepciones hegemónicas de una sociedad en la que se halla instalada la desigualdad entre géneros, en este ensayo trataré de mostrar los mecanismos de asignación de roles, de reforzamiento de la masculinización y la feminización normativas prescritas por el patriarcado que genera el complexum deporte.

 

En primer lugar, en el capítulo «Atalanta derrotada», hago referencia al mito que da título al libro. He tomado la derrota de Atalanta en la carrera con Hipómenes como símbolo de la derrota sistémica (es decir, incrustada dentro del sistema, no accidental) de las mujeres en el deporte, originada desde los inicios de este, ya que nace como un ámbito del que están excluidas las mujeres. La inclusión no se hará sino al precio de múltiples y variadas contradicciones entre las finalidades declaradas y los resultados obtenidos por parte de las mujeres. Ciertamente, en algunos aspectos, el deporte funciona como un factor emancipador e históricamente así lo podemos comprobar (por ejemplo, en los años veinte y treinta del siglo XX, cuando sirvió al nuevo modelo de mujer moderna como vector de autonomía y libertad personal). No obstante, las limitaciones en los beneficios que obtienen las mujeres, en comparación con los varones, son muchas y la estetización de las féminas en el deporte no es una de las menores.

 

El deporte (esta es la materia del capítulo segundo, «Espacios naturales de la desigualdad contemporánea») forma parte de esos espacios en los que en nuestra sociedad se ha naturalizado la desigualdad entre hombres y mujeres. Pues, aunque exista una libertad negativa (no hay leyes que discriminen por sexos, como sí ocurre en otras sociedades) y se regule incluso desde el punto de vista jurídico esa igualdad, corrigiéndose con leyes que tratan de paliar las situaciones de desventaja en las que se hallan las mujeres, lo cierto es que hay espacios de hombres y espacios de mujeres aceptados con toda normalidad. Espacios separados que, hasta cierto punto, funcionan autónomamente, si bien entre ellos existen pasillos comunicantes, puntos de contacto de mayor o menor extensión o intensidad, pero que no entorpecen el discurrir paralelo de los fenómenos que se dan en ellos.

 

Esos espacios, además de los propios del deporte, son la moda y la belleza, el cuidatoriado (la función del cuidado de los demás) y el conocimiento. Sobre el conocimiento, por escandaloso que resulte, aunque en teoría haya igualdad en el acceso al mismo, el orden epistemológico, la preeminencia honorífica, el canon vigente, la representación institucional y la trascendencia de las producciones teóricas son predominantemente masculinos. La prevención que despierta el sintagma «teoría feminista» o simplemente «feminismo» es buena muestra de la marginalidad epistémica del mundo de las mujeres, de la desvalorización epistémica de las propias mujeres (como afirman García Dauder y Pérez Sedeño), careciendo de centralidad y relevancia las teorías destinadas a mostrar esa misma marginalidad y los fenómenos que sustentan la desigualdad, es decir, la injusticia y el oprobio en sociedades actuales (y no solo pretéritas).

 

En el capítulo tercero, «La máquina de discriminar», expongo la tesis central de este ensayo: el deporte como estructura visible del patriarcado, y hago referencia a las funciones que cumple el deporte: funciones ideológicas (de reforzamiento del patriarcado) y económicas, siendo, no obstante, esta la prioritaria y no teniendo sentido aquella desconectada de esa dimensión económica. Ya que, en una sociedad hipercapitalista, atravesada por la virtualidad de la mercancía y el dinero (su omnipotencia), el deporte solo puede tener una relevancia global adquiriendo un correlato económico que no es posible obliterar sin más. Sintomáticamente, el deporte consigue colocar a un conjunto de actividades inanes (más parecidas al juego infantil que a cualquier otra cosa) en el centro de sectores económicos de dimensiones fabulosas, sin producir ningún valor fuera de su uso como espectáculo o como mercancía que refuerza dicho espectáculo o sirve a él de forma indirecta.

 

Los mecanismos que el deporte utiliza, en cuanto estructura patriarcal, son la asignación de espacios de lo femenino y el dominio del discurso normativo de los géneros (define qué es lo masculino deseable y lo femenino igualmente deseable), así como la colonización del lenguaje verbal con la creación de una retórica redundante que solo trata de reforzar el poderío de los segmentos económicos que viven de y para el deporte.

En el capítulo cuarto, «Lo que puede el cuerpo», presento una sucinta reflexión sobre el cuerpo. Pues reflexionar sobre el deporte es interrogarse en primer lugar sobre la herramienta del deporte, el cuerpo. Qué es ontológicamente el cuerpo, qué significa en nuestras sociedades el cuerpo (no hay concepciones históricamente inmutables, ni siquiera en sociedades coetáneas son idénticas). Cuáles son sus límites y sus finalidades. Y, tras enunciar esas cuestiones, podremos iniciar un debate sobre los fines del deporte y si la intervención en los cuerpos deportivos está justificada o no, y si lo está, hasta qué punto.

 

En el capítulo quinto, «El héroe y las cifras», hablo de la aparente disparidad de dos fenómenos que no son sino uno solo: el protagonista de la actividad, el héroe deportivo, y las cifras económicas de un sector, el del deporte, absolutamente mercantilizado. Para convertirse el deportista en héroe deportivo es necesario, además, un aparato retórico, todo un discurso legitimador de la figura heroica, que procede del campo de la violencia y se convierte en modelo de excelencia, y, paradójicamente también (puesto que no está fijado, sino que la vida del héroe deportivo ha de hacerse cotidianamente), de des-excelencia, de símbolo de la degradación y el oprobio (la vida o más bien la post-vida, la vida después del abandono de la actividad deportiva).

 

En el capítulo sexto, «Microhistoria del deporte», realizo un brevísimo (e irónico) repaso al desarrollo del deporte, aludiendo a uno de sus momentos fundacionales. Aparte de recordarnos el carácter histórico de toda actividad deportiva, es decir, su surgimiento y su desaparición en unas sociedades concretas, se resalta la originaria vinculación de juegos atléticos y ritos funerarios en el mundo clásico, algo extremadamente chocante desde nuestro punto de vista. La práctica exclusión de las mujeres en el mundo de las competiciones atléticas del mundo grecorromano y de los munera gladiatori y los ludi circenses del mundo romano y bizantino se explica desde unas coordenadas sociales específicas. Con todo, existen algunas excepciones. Lo cual no hace sino confirmar la regla, creando una cultura del privilegio que no socava la normatividad masculina del deporte.

 

En «Momentos estelares de la misoginia deportiva», capítulo séptimo, recojo algunos episodios de singular relevancia al respecto, tanto de la Antigüedad clásica como en nuestros días. La proscripción de las mujeres del espacio deportivo es el eje común de sucesos de la Grecia clásica (con Pausanias y Filóstrato como narradores) y en el siglo XX (con Katherine Switzer, la protagonista, como narradora).

 

En el capítulo octavo, «Hiparquia contra Atalanta», recabo testimonios de aquellos que, ya en la Antigüedad, hicieron una crítica de las actividades atléticas y el ejercicio físico desmesurado. Destacan los de Jenófanes de Colofón, por ser el primero cronológicamente (en los albores del pensamiento filosófico, en el siglo VI a. C.) y los de la filósofa Hiparquia (siglo IV a. C.). Siendo el de esta un testimonio indirecto, ya que sus palabras estarían recogidas en un poema que no es de su autoría, cobra una especial relevancia al contraponerse su labor intelectual a la actividad montaraz de Atalanta.

 

En el capítulo noveno, «Cinisca Olimpiónica, ¿primera vencedora en unos Juegos Olímpicos?», hago referencia a la que se considera como la primera mujer vencedora en unos Juegos Olímpicos, la espartana Cinisca. Sin embargo, cuando analizamos el papel de esta fémina en las victoriosas carreras de carros, comprobamos que se trata de una patrocinadora más bien: es la rica poseedora de veloces caballos, y no la auriga o conductora de los carros tirados por caballos.

 

A la imagen de la mujer deportiva del primer tercio de siglo, años veinte y treinta más concretamente, cuando el deporte equivalía a modernidad y potencial teórico de emancipación, dedico el capítulo décimo, «Mujeres modernas y deporte». La triste realidad es que los beneficios reales de la mujer deportista apenas traspasaron ese cliché de mujer moderna, quedando muchas veces cristalizada como imagen (desde la mirada masculina) en una literatura que se llamaba moderna a sí misma (en España, la de la Generación del 27)[8] y quería dejar constancia de su carácter auroral, de alba de un tiempo radicalmente nuevo.

 

Los tres capítulos siguientes (undécimo, duodécimo y décimo tercero) se hallan agrupados bajo el epígrafe de «Deporte y fascismo». El primero de ellos está dedicado a Leni Riefenstahl, la cineasta alemana que tradujo en lenguaje cinematográfico de gran plasticidad la épica de los Juegos Olímpicos (los de Berlín de 1936), de igual modo que había hecho con los fastos del Partido Nazi y su impresionante despliegue organizativo de Núremberg en 1934. La común finalidad propagandística de ambas producciones cinematográficas es más que evidente.

 

En el siguiente capítulo abordo el tema del líder fascista como héroe deportivo, siendo Mussolini su ejemplo más claro, pero también Putin en el siglo XXI. La contestación al modelo de virilidad juvenilista y misógino pudo darse, incluso, como veremos en el caso italiano, desde dentro del país que se quería controlado y ahormado totalitariamente.

 

A continuación, cerrando el tríptico de fascismo y deporte, se halla el capítulo dedicado a la Sección Femenina. Esta, surgida como institución subsidiaria de un minúsculo partido de inspiración fascista, Falange Española, se convirtió durante la dictadura franquista en el instrumento adoctrinador por excelencia de las mujeres. Un conjunto de actividades físicas, desde la gimnasia y el deporte escolares hasta las danzas tradicionales o los espectáculos conmemorativos, cumplió un papel exhortativo y propagandístico a la vez de indudable eficacia para la dictadura de Franco.

 

En el décimo cuarto capítulo, «Camila Valieva, patinadora Marisol», trato el tema del dopaje, singularizándolo en el fenómeno del «dopaje de Estado», una antigua tradición en los llamados países del Este y la antigua Unión Soviética y que continúa invicta en la Rusia putiniana. Por esta razón se le prohibió a Rusia, como país, la participación tanto en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020, como en los Juegos Olímpicos de Invierno de Pekín de 2022. Sus deportistas hubieron de participar bajo bandera del Comité Olímpico.

 

A continuación, en el décimo quinto capítulo, «El body de Florence Griffith», hablo del cuerpo deportivo femenino, tensado entre una hipersexualización normalizada y una lógica del rendimiento absolutamente demoledora.

 

En el décimo sexto capítulo, «Deportistas transexuales e intersexuales», abordo, en primer lugar, el tema de las deportistas trans, es decir, de aquellas que transitan desde el sexo masculino hasta el femenino y su polémica integración en las categorías de las mujeres. Porque a la inversa la cuestión carece de relevancia y no hay polémica ni normativas al uso. De lo que se infiere la desventaja que supone, en la práctica totalidad de las disciplinas deportivas, el cuerpo femenino. Y, en mi opinión, la imposibilidad de un horizonte de igualdad absoluta, no mediatizada por instancias regulatorias, de mujeres y hombres en el deporte. Lo que apunta al nódulo de significados intrínsecos del conglomerado deporte en la sociedad contemporánea y su hipertrofia económica, social y simbólica que actúa en demérito de las mujeres, subconjunto, clase B siempre en dicho conglomerado. El fenómeno de la intersexualidad abre, de igual modo, un nudo de problemas que afecta de modo muy especial a aquellas deportistas que lo viven en primera persona.

 

En el capítulo décimo séptimo, «El imperio de las zapatillas deportivas», se hace una cata mínima en una de las dimensiones económicas del deporte: el de la producción de ropa y otros elementos de la vestimenta. En este caso nos detenemos en el segmento de fabulosas dimensiones que supone el calzado, las llamadas zapatillas de deporte. Un tipo de zapatos arcaico, dotado de ineficientes y premodernos cordones de tejido, que, paradójicamente han proporcionado a las mujeres ciertas cotas de libertad, siempre dentro de los parámetros economicistas de la moda y la adaptación a las condiciones del mercado.

 

En el último de los capítulos, junto con las conclusiones, vuelvo al mito de Atalanta. El tratamiento literario que recibe en la literatura del Siglo de Oro, aun bebiendo de forma inequívoca de fuentes clásicas, muestra tanto una redefinición del papel de las mujeres en el contexto postridentino, como la dependencia de un imaginario plástico de inequívocas connotaciones eróticas en el que lo de menos son las actividades físicas o cinegéticas practicadas por una mujer. Lo importante, en el XVII como ahora, es sujetar a las mujeres a los marcos normativos del patriarcado.

 

Por último, en las conclusiones, se apela a la necesidad de socavar los torvos argumentarios del deporte, la deriva ideológica de unas prácticas de violencia y de predación económica absolutamente incuestionadas en la actualidad.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Guido Reni, Hipómenes y Atalanta, 1618-1619, Museo Nacional del Prado, Madrid. © ACI/Alamy

 

 

 

 

CAPÍTULO PRIMERO

 

Atalanta derrotada

 

 

 

El Museo del Prado de Madrid posee una obra, de muy bella factura, del pintor Guido Reni[9]. En él se representa la mítica carrera de Atalanta e Hipómenes.

 

De origen incierto, el lienzo tal vez fuese encargado por el duque de Mantua Ferdinando Gonzaga, quien había mostrado una especial predilección por el artista[10]. Adquirido por el virrey de Nápoles, Gaspar de Bracamonte y Guzmán, en esta ciudad para el rey Felipe IV, ingresó en las colecciones reales, en Madrid, en el año 1664. Fue colocado, en la Galería del Cierzo del antiguo alcázar, junto con obras de Rubens (Juicio de Paris), Annibale Carracci (Venus, Adonis y Cupido), Velázquez (El triunfo de Baco, también llamado Los borrachos) y otras de artistas flamencos como David Teniers y Frans Snyders, así como de pintores de la escuela veneciana como Tiziano, Veronés o Tintoretto.

 

Pasaría luego el cuadro, denominado ya Hipómenes y Atalanta, a exhibirse en el Museo del Prado de la misma capital madrileña, si bien dicha exhibición sería limitada, ya que se ubicó en la Sala Reservada, lugar donde se custodiaban las obras con lascivos desnudos. Para entrar en dicha sala era necesario un permiso especial.

 

En este lienzo, el pintor boloñés ha representado las figuras de Atalanta e Hipómenes[11] en el transcurso de la carrera pedestre en la que ambos compiten. Los dos jóvenes ocupan el primer plano del cuadro; sus cuerpos, de delicada complexión, están desnudos, si bien sus genitales se hallan decorosamente cubiertos por ligeros tejidos: un velo casi transparente en el caso de Atalanta, un tejido de un color púrpura desvaído en el de Hipómenes. Las extremidades inferiores de ambos, la pierna derecha del joven y la izquierda de la joven, se entrecruzan para el espectador, formando un curioso quiasmo. Pero la simetría no existe en esta composición: mientras Hipómenes se yergue, desplegando su brazo, Atalanta se inclina para recoger un objeto esférico; otro, de similar tamaño, está ya en la otra mano.

 

Ambos cuerpos resaltan sobre el fondo oscuro; el de Atalanta casi resplandece por su blancor. El uso del albayalde, un pigmento blanco, está

 

 

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detrás de ello. Además de la utilización, junto a ese pigmento, de grises violáceos y azules pálidos que, según el biógrafo de Guido Reni, Malvasía, proporcionaban «un brillo diáfano[12]» a la representación de la piel humana. El tono de la piel de Hipómenes es ligerísimamente más tostado, una convención pictórica muy antigua que representa el dimorfismo sexual desde la pigmentación de la epidermis.

 

«La gestualidad de Hipómenes frente a su amada y competidora», nos dice David García Cueto, «resulta algo enigmática, al extender hacia Atalanta la palma de su mano derecha en un ademán que ya en el siglo XVII aludía comúnmente al rechazo[13]»; en verdad, «una concepción visual cercana a la iconografía del noli me tangere» (el rechazo del Cristo resucitado a que lo toquen). El mismo rostro del joven (supuestamente enamorado) aparece serio, distante, indiferente.

 

En el fondo del cuadro se advierte un paisaje costero, dividido en franjas: en la parte superior, celajes azuloscuros con nubes de color acero; en la inferior, en la franja terrestre, un suelo de tonos parduzcos en el que pueden adivinarse minúsculas figuras humanas. Son estos tal vez los jueces o quizá potenciales espectadores de la escena que, sin embargo, se desarrolla para un privilegiado espectador: el que contemple el lienzo frontalmente.

En otro lienzo del mismo tema, esta vez de la mano de Rubens, los espectadores cobran un mayor protagonismo, si bien las figuras de Atalanta e Hipómenes siguen siendo centrales. La representación del personaje masculino carece aquí del pathos clásico, del cruce asombroso entre representación estatuaria y figuración viva que posee en el lienzo de Reni; incluso se nos antoja ligeramente ridícula esta figuración del pintor antuerpiano (¿o de su taller, quizá?).

 

No obstante, los dos cuadros, el del pintor flamenco y el del boloñés, representan el mismo momento del relato mítico: la carrera entre Atalanta e Hipómenes, justo en el preciso instante en el que la muchacha se inclina para recoger una manzana de oro. Según el relato de Ovidio, Hipómenes es uno de los primeros tramposos en una carrera deportiva. Ha arrojado manzanas de oro durante la carrera en la que compite con Atalanta con el fin de distraerla y vencer. El premio no es otro que el conseguir a la joven; la derrota supone la muerte (otros pretendientes ya habían muerto tras ser vencidos). La razón de este cruel desafío está en el oráculo que ha hecho una espantosa predicción: si Atalanta se casaba, sufriría grandes padecimientos. La joven había sido abandonada al nacer por su padre, decepcionado por el hecho de que no fuese un varón. Criada en el bosque por una osa, se ejercita en lo agreste en

 

 

 

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variados ejercicios. La destreza de Atalanta no se limita a las artes del correr, también es diestra con el arco. En cierta ocasión, mató a flechazos a dos centauros que, libidinosos, la perseguían.

 

Hipómenes no está dispuesto a correr la misma suerte que esos pretendientes poco veloces y la de los centauros acosadores. Pide ayuda a la diosa del amor, Venus, y esta le proporciona tres maravillosas manzanas de oro de su jardín chipriota. Hipómenes las irá arrojando, sucesivamente, durante la decisiva carrera para distraer a la poderosa corredora.

El corolario del mito es este: Atalanta es derrotada. Es una simple mujer, inferior a los hombres, como todas. Vencida, no le queda más remedio que casarse, como todas. Ella, que ama los bosques, que ha consagrado a Diana su virginidad, que ha ideado el ardid de la competición para no tener que aceptar el matrimonio, sucumbe ante una simple añagaza. Sorprendida y avariciosa tal vez, ha ido recogiendo los frutos de oro y por eso ha perdido en su cruento reto.

 

Atalanta, según una interpretación moralizante muy al estilo del Barroco, sería una Eva pagana que coge la fruta que no debe; una simple mujer, al fin y al cabo, derrotada, ya que no por la aptitud, sí por la argucia de un hombre. Un hombre ayudado, eso sí, por Venus. Pues acaso esta diosa no soporte a las jóvenes vírgenes, a las que desdeñan el amor, a las que no hacen como todas: sucumbir al amor. Ni tampoco aceptan de buen grado la sumisión conyugal, ni la maternidad; cosas a las que están destinadas por naturaleza…

Este es el mito de Atalanta[14], la atleta derrotada. Un mito que ha sido representado plásticamente a lo largo de los siglos[15] y que ha tenido en la literatura en lengua española una presencia significativa, desde la comedia y la poesía barrocas (con Lope y Góngora entre los más renombrados, también otros menos conocidos como Gaspar de Ovando o Soto de Rojas)[16] hasta Rubén Darío. Mythos, es preciso recordarlo, originalmente equivale a relato que funda la autoridad, a discurso público acreditado. Así nos lo dice Mary Beard, al referirse al uso que hace Telémaco de la palabra en la Odisea[17]. Pero el mito es, ante todo, narración y, en cuanto tal, no se puede probar, asegura Gadamer; es una verdad irrefutable. En tiempos de la llamada Ilustración griega, en la segunda mitad del siglo V a. C., el mito fue sustituido por el logos como discurso válido, como enunciado de autoridad. No se anula con ello el potencial cognoscitivo del mito, auténtico eje epistemológico sobre el que se vertebran experiencias de lo humano y de lo divino; experiencias impermeables al poder del logos racional, inasequibles a la fría disección crítica. Pues el mito no es solo explicación del mundo. El mito habla a los

 

 

 

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humanos de lo que les es dado conocer y de los límites del mundo humano también, de las limitaciones en el sentido de línea no susceptible de ser traspasada. Es, pues, conocimiento y prescripción, norma y relato de lo que es y lo que debe ser, a la vez que fantasía y narración maravillosa.

 

Se da la paradoja de que el mito admite múltiples variantes, no está fijado de un modo definitivo (como sí lo está la literatura, esa es su esencia), ni aspira a estarlo. Pero precisamente por ese carácter de permanencia multiforme, de existencia proteica, variable, se arroga un valor de símbolo, de representación de algo (suceso, cualidad, estado emocional) con validez universal. Pues sabe adaptarse a los más variados requerimientos y ofrecer siempre una respuesta, una definición, una imagen plástica a los interrogantes.

 

Por eso he escogido el mito de Atalanta para representar la derrota simbólica de las mujeres en el deporte: por su potencia simbólica, por su recursividad narrativa. Porque siempre estará Atalanta incursa en esa carrera infinita, en esa carrera sin inicio histórico ni conclusión posible; actualizada en cada nueva versión plástica, en cada nueva narración de su historia.

Podría haber escogido a una deportista o un acontecimiento del deporte actual como símbolo de esa suma de derrotas (la segregación, la sumisión, la minusvaloración que sufren en él las mujeres). Aunque la separación que existe en el mundo actual del deporte femenino y masculino no da lugar a un enfrentamiento entre un hombre y una mujer. Son dos esferas completamente separadas, un apartheid (como más abajo explico) perfectamente asumido y naturalizado en nuestras sociedades. Hace unos años, en una entrevista, la deportista Maurizia Cacciatori[18] hablaba de esta situación con toda crudeza. Decía que, para las deportistas, hay una renuncia, la más dura: vencer a los hombres. Lo expresaba así:

 

Hay otra renuncia. La más importante. Respecto a los hombres es la más importante y la más dolorosa. Si no la viera como lo más importante y la más dolorosa no sería una deportista. La renuncia a ser mejor que ellos. Cualquier mujer que se dedique al deporte sabe que esta renuncia es obligatoria. Yo no sé si hay alguna otra actividad humana donde las diferencias entre hombres y mujeres sean tan claras… y tan injustas… y tan imposibles de corregir. Trabajo lo mismo que un hombre. Me sacrifico más que él: ya he dicho lo de los hijos, o lo de los maridos. Pero si juego directamente contra él, me vencerá. Y si los dos luchamos para obtener una buena marca, la de él va a ser siempre mejor que la mía. Son más fuertes. El deporte es algo exacto. Indiscutible. No puedes decir que… Victoria moral, victoria moral… ¡Una victoria moral siempre es una derrota! El deporte deja a todo el mundo en su lugar exacto. Es la pura fuerza. O la pura habilidad. Pero el que gana tiene más fuerza o más habilidad que el que pierde. Y el mejor hombre gana a la mejor mujer. Y el peor hombre gana a la peor mujer.

 

 

 

 

 

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Quizá esto tan poco políticamente correcto (en el deporte es preferible hablar de valores positivos, etc.) tan solo pudiera decirlo una deportista que se declara, a continuación, antifeminista. Parece como si desde el feminismo no fuese legítimo hurgar en los orígenes y en la realidad misma de la desigualdad de las mujeres en el deporte. Hasta tal punto llega el poder retórico del deporte, que ha conseguido establecerse, en la mentalidad contemporánea, como el summum de lo bueno, el compendio de valores más necesario, de utilidad probada en los sistemas democráticos existentes, por si fuera poco. Pero lo cierto es que en el deporte existe una segregación entre hombres y mujeres porque inicialmente surgió como algo pensado para la educación de los hombres, una auténtica propedéutica para la guerra; eso en el mundo antiguo. Pero regímenes totalitarios del siglo XX, singularmente el nazi alemán y el fascista italiano, vieron en el deporte el precipitado perfecto de los ideales que pretendían inculcar a sus gobernados; el deporte se convirtió, además de en propaganda, en pura preparación para una guerra que se buscaba con ahínco.

 

En la actualidad, el deporte ha perdido ese carácter declarado de preparación para el enfrentamiento bélico o para la intervención con métodos violentos en la política (justamente lo que define a fascismos y neofascismos). No obstante, la mayoría de los deportes conservan unas dosis notables de agresividad. Agresividad que, junto con el afán de superioridad, de vencer al otro, y la primacía otorgada a la fuerza física y ciertas habilidades cinéticas, apelan a un modelo corporal y a un conjunto de valores que hemos de pensar si son los más deseables. El socorrido compañerismo de los deportes de equipo no es sino la suma de fuerzas frente al otro, el nosotros frente a los otros, esos adversarios a los que hay que vencer, derrotar, machacar. Por qué, me pregunto.

 

Podría haber escogido, como decía más arriba un relato contemporáneo (en lugar de Atalanta) como símbolo del lugar secundario que ocupan las mujeres en el deporte (la esencia de su derrota), un relato ejemplarizante; una historia que me sirviera también para titular el ensayo (el ensayo literario admite la inclusión de materiales narrativos, poéticos, hasta periodísticos; no en vano se le llama literatura mixta en el XVIII español)[19]. Por ejemplo, del ámbito del boxeo. Actividad esta que roza los límites de lo tolerable en cualquier sociedad que se llame a sí misma avanzada, siendo apenas una agresión sistemática y controlada entre dos contrincantes con el único fin de ser contemplada como espectáculo. Eso a pesar de los intentos realizados desde la cultura (cine, literatura) para su dignificación (el caso más chocante

 

 

 

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es el de la escritora Joyce Carol Oates, que en su libro sobre el boxeo lo califica como «el más trágico de los deportes»; para mí, esta disciplina deportiva, es agresión apenas disfrazada).

 

Mujeres y hombres no compiten juntos en el boxeo. Como en cualquier otro deporte. Pero existe el boxeo femenino, si bien, como especialidad deportiva minoritaria que es y con escaso recorrido histórico[20], encuentra poco eco en los medios de comunicación audiovisuales. En el caso de Joana Pastrana, razones extradeportivas, como el hecho de ser de nacionalidad española, hicieron que, en agosto de 2019, no solo la prensa deportiva, sino los medios generalistas, así como televisión y radio dieran cuenta de sus actividades. El acontecimiento fue la pérdida de su condición de campeona del mundo del peso mínimo frente a la costarricense Yokasta Valle.

 

El combate se realizó en el Arena Marbella de Puerto Banús (ya es significativo que se llame «arena» a muchos pabellones deportivos; el eco que resuena en esta palabra es el de los recintos que históricamente tenían o tienen arena para sus espectáculos: los cosos taurinos y los anfiteatros romanos). Cuarenta y cinco minutos de agresión metódica y disciplinada. La victoria se decidió por los puntos: una puntuación de 96-94, 93-97 y 93-97 tras los diez asaltos de rigor.

 

Joana, que dos años atrás era camarera, había perdido el título mundial. En declaraciones a un periódico deportivo[21], dos días después de su derrota afirmaba:

 

  hablaré con mi equipo de trabajo para trazarnos un plan. Tenemos claro que queremos volver al ring con algo emocionante y grande. Me gustaría que fuera algo que estuviera a la altura de la gente, que vuelva a tener expectación por verlo.

 

Declaraciones que corroboraban las hechas ante la televisión (rtve), en las que mostraba una gran serenidad ante su derrota y afirmaba que se había conseguido el objetivo de entretener. De un modo u otro la deportista es consciente del papel que juega su actividad deportiva en la sociedad actual: el del entretenimiento mercantilizado. Es una actividad-espectáculo alrededor de la que viven los integrantes de ese «equipo de trabajo» al que alude Joana y ella misma. Tanto la Joana derrotada, como la Yokasta vencedora ocupan el lugar que les es asignado (el de la inferioridad, el de la marginalidad). No obstante, obtienen un beneficio personal, un modo de vida, un sustento, una autonomía personal, un modo de decir yo-en-el-mundo. Así, su estadía en lo deportivo, si bien posee ese carácter periférico, no por ello deja de estar inserto en la dinámica normalizada del espectáculo deportivo.

 

Que el sexo de las participantes otorgue un valor distintivo (no podemos

 

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decir «añadido», pues comercialmente no está igual de valorado) al espectáculo del boxeo femenino es algo innegable. El deseo morboso de contemplar (o imaginar) a una mujer luchando subyace en el mito clásico de las amazonas, las temibles guerreras que acabaron dando nombre al más poderoso río de toda la Tierra, o en la propia figuración de la diosa Atenea con lanza, escudo, casco y égida. También en representaciones pictóricas como el Combate de mujeres (1636), de Jusepe Ribera, o en las mujeres vestidas de hombre en las comedias del Siglo de Oro español, féminas que no dudan en utilizar la espada para defender su honor (o más bien para vengarlo: así la Leonor/Leonardo de la comedia de Ana Caro de Mallén Valor, agravio y mujer)[22].

 

En cualquier caso, esas mujeres que luchan son neutralizadas, es decir, llevadas al lugar donde no molestan, donde no son una preocupación porque no desestabilizan el orden natural de la sociedad o de los sexos: o bien a la muerte (las pobres amazonas: Pentesilea asesinada por Aquiles) o a los márgenes, bien para ser convertidas en anécdota (la Leonor travestida en Leonardo para acabar en sacro connubio con su don Juan donjuanesco). O como elemento secundario en una estructura general, la del deporte, hecha por hombres y para hombres (Joana Pastrana).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 2

 

Espacios naturales de la desigualdad

 

contemporánea

 

 

 

 

No hay espacios naturales en nuestras sociedades; el nuestro es un mundo construido desde los parámetros que nos han hecho lo que somos, empezando por el lenguaje. Incluso fenómenos biológicos como el nacimiento y la muerte (por no hablar de la sexualidad, intensamente socializada) están atravesados por la técnica, los usos sociales, las costumbres y las creencias, es decir, por la cultura. Somos entes vivos, seres biológicos. Pero nuestro mundo está construido cultural, políticamente.

 

Francis Bacon ya nos advirtió, a comienzos del XVII, de que el dominio de la naturaleza convertiría a los seres humanos y al espacio que ocupan en el mundo en otra cosa; en algo completamente distinto a esa naturaleza primigenia que el ser humano apenas llegó a entrever. De ahí el sugerente mito del Edén (y la brutal expulsión del mismo) para hablar de un mundo natural y un ser humano natural definitivamente perdidos, desaparecidos, amputados en su esencia originaria a decir de algunos.

 

Sí podemos decir, en cambio, que hay elementos de nuestra cultura que se han naturalizado, es decir, que parecen connaturales a nuestra forma de ser y estar en el mundo. Somos seres biológicos, materiales (aunque de un modo fantástico el pensamiento occidental, desde Platón al menos, lo ha obviado), por supuesto. Pero no naturales, ya que estamos determinados por la cultura que hemos creado; hasta tal punto que podemos decir que la cultura nos ha auto-creado, que la especie humana se ha creado a partir de sus logros culturales (del fuego a la palabra, de la producción de alimentos a artefactos biomédicos: yo soy yo y mis lentillas y mi sensor de la diabetes y mis implantes dentales, etc.). Que somos tecnoseres.

 

Así, en cualquiera de las facetas humanas que imaginemos, podemos rastrear una construcción cultural allá donde creamos ver algo solo natural. Pensemos en la visión: la visión de los humanos, por ejemplo, de los colores, es un ejemplo de algo que es fruto de una percepción puramente humana, construida sobre determinados patrones que se transmiten culturalmente, es

 

 

 

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decir, mediante el aprendizaje. De modo que un bebé no percibe el color rojo, tiene que aprender que es una cualidad asociada a los objetos y solo a determinados y en ciertas condiciones de luz. En la naturaleza no existen los colores, sino un haz de hechos físicos que catalogamos de un modo determinado los humanos y no otros seres vivientes.

 

No hay, pues, espacios naturales, sino naturalizados, aquilatados, pesadamente definidos por la tradición, la historia o como queramos llamar al ominoso (ineluctable) paso del tiempo, hasta llegar a confundirse con lo propio del ser humano y de los grupos humanos que conforma la especie sapiens sapiens. En nuestras sociedades hay espacios naturalizados de una desigualdad lancinante, tácitamente aceptados, otros revocados, muchos más deslegitimados desde el pensamiento, las leyes o el activismo social. A qué desigualdades naturales me estoy refiriendo. Naturalmente, valga la redundancia irónica, me refiero a desigualdades entre hombres y mujeres. Existen otras desigualdades instaladas en campos de mayor o menor extensión; todas (piensen en cualquiera) están, de un modo u otro, atravesadas por la cuestión de género.

 

El feminismo se ha ocupado desde hace más de dos siglos de romper esa trampa de lo natural de la desigualdad, de las diferencias entre hombres y mujeres precisamente desde un siglo, el XVIII, que estaba haciendo hincapié desde el punto de vista científico en esas diferencias naturales entre los sexos. Esas desigualdades que el feminismo (como teoría, como activismo, como acción netamente política) trata hoy de corregir.

 

Tarea ingente la de hacer visible, señalar, denunciar, nombrar los núcleos duros, los nichos de esa desigualdad. Porque esa desigualdad proviene de un totalitarismo del cuerpo de todo punto intolerable, pues el destino de un ser humano queda completa y absolutamente determinado por su sexo: toda su peripecia vital estará marcada por la adscripción a uno u otro sexo.

Hay una agenda feminista que trata de cambiar esos paisajes de la desigualdad, mucho más abruptos, más escabrosos, más violentos en otras sociedades distintas de la nuestra. Pero, incluso en sociedades democráticas como esta, donde de iure se ha establecido la igualdad entre hombres y mujeres, hay brutales panoramas de la desigualdad. El más terrible, por supuesto, es el de la violencia de género, ya que supone la negación del sujeto-mujer autónomo, del sujeto capaz de tomar sus decisiones, de administrar su cuerpo y su vida. Violencia que, llevada a su desarrollo más extremo, supone la negación del propio derecho a existir; el asesino se arroga la potestad de destruir esa vida, de aplastar todas sus posibilidades, todas y

 

 

 

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cada una de las decisiones posibles. Para que no haya nada que reivindicar, nada que desear; nada, absolutamente nada que hacer.

 

Existen espacios naturalizados de la desigualdad; lugares donde se establece una discriminación por sexo que nos parece natural y que, por tanto, no se cuestiona. Espacios asumidos, poco o nada pensados, admitidos como necesarios y consustanciales al ser humano y la división genérica en hombres y mujeres.

 

Uno de esos espacios es el complejo moda-belleza (fashion-beauty complex en palabras de Sandra Lee Bartky)[23] que, unido al de la higiene, conforma un paisaje de desigualdad muy persistente. Hay ropa de hombre y ropa de mujer; hasta ahí lo podemos entender, porque la ropa es un elemento necesario y se enraíza en costumbres, gustos y modas más difíciles de cambiar de lo que se piensa. Pero lo que no es natural es que gran parte de esa moda, la de las mujeres, se hibride con el concepto de belleza y devenga en una imposición a las mujeres de estar siempre guapas y apetecibles: sexualmente atractivas por un decreto invisible, aunque existente y terriblemente coactivo.

 

Simone de Beauvoir lo sintetizó en su archifamoso dictum: la mujer no nace, se hace, es decir, se construye culturalmente. La llamada teoría del género ha ratificado, sistematizado y divulgado esa idea: una mujer es un constructo cultural y no meramente biológico. La mujer es lo otro; lo heterodesignado, lo nombrado y definido desde afuera: desde los hombres. La mujer es el «eterno femenino», lo que gusta y seduce al hombre, pero, ante todo, es para el hombre, le sirve en sus apetencias y sus necesidades (afectivas, sexuales, reproductivas, de cuidado).

 

En nuestras sociedades se halla instituida una dicotomía hombre/mujer que empieza a definirse en las horas posteriores al nacimiento (dicotomía puesta en entredicho desde diversos puntos de vista, el biológico el primero) [24]. La ropa es quizá la primera marca diferencial entre los sexos. Junto con el nombre, pensado con antelación. E incluso, en las primeras semanas de vida del recién nacido, hay técnicas ligeramente más brutales de resignificación sexual (de añadir contenido, forma, modelaje), en este caso a las niñas: la perforación del lóbulo de los pabellones auriculares. Una resignificación que podemos llamar fuerte porque es, hasta cierto punto, irreversible (dura toda la vida, aunque desconozco si hay técnicas para hacerla desaparecer). Esa marca, además de su carácter permanente, tiene otra característica: es vicaria, no útil en sí misma, sino que está conectada con el adorno a insertar: pendientes, aretes, arracadas, zarcillos (de todas estas formas podemos llamar

 

 

 

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a los elementos de joyería o bisutería adecuados para ser colocados ahí). En la actualidad no es tan frecuente esa temprana horadación de las orejitas de las niñas, pero sigue existiendo. Con esta práctica se está indicando a la niña el futuro a seguir: el del adorno, el de la resignificación, el de la heterodesignación. Tiene un carácter deíctico, útil incluso en las primeras semanas de vida, cuando parientes o desconocidos se acercan al bebé y lo reconocen, de un vistazo, como niña.

 

La ropa es, por supuesto, un indicador del sexo del bebé mucho más significativo, más visible, pues aporta una información de un modo rápido y eficaz. La ropa, con sus características específicas (color rosa, volantes, moñas, encajes, estampaciones de flores o elementos supuestamente delicados como mariposas —feísimos lepidópteros: mírenlos sin alas— o pajaritos, o personajes de dibujos animados o cómics feminizados (Daisy lleva tacones, un gran lazo en la cabeza, pestañas inmensas)), nos dice «este bebé es una chica».

 

El lenguaje se encargará de reforzar esas diferencias y a los bebés se les dirá «qué grandote», «qué fuerte» y a las niñas, más comúnmente, «qué linda» y otros lugares comunes por el estilo. Esta temprana diferenciación cultural algunos podrían llamarla «inevitable» o «natural»: es una niña y a los cuatro años le compro un vestidito de faralaes y le pongo unos tacones de lunares (hablo de mí y de mi lejana infancia). Pero la idea (o entramado de ideas, sub-ideas o prejuicios) subyacente es estremecedora: las niñas reciben ya desde esa tierna edad el mandato, el deber, la obligación de agradar, la «ley del agrado», en palabras de Amelia Valcárcel. Y además de agradar, ser bellas, lo que he llamado «el imperativo estético». Y como inevitable corolario, las mujeres deben ser sexualmente atractivas. Rosa Cobo habla de una auténtica hipersexualización de las mujeres que no es sino un «mecanismo de inferiorización», un modo de ontologizar la opresión. Los cuerpos femeninos son el soporte de la desigualdad que impone el sistema patriarcal. Así lo escribe:

 

Uno de los objetivos del dominio patriarcal es disciplinar los cuerpos de las mujeres, tanto para la reproducción como para disponibilidad sexual de los varones. Y para ello ha puesto en funcionamiento una variedad de dispositivos coactivos. El exigente canon de belleza, la moda, la industria de la cirugía plástica, las nuevas tecnologías reproductivas, la pornografía o la prostitución se han convertido en usos represivos sobre el cuerpo de las mujeres[25].

 

En mi ensayo Siempre guapa. El imperativo estético en la sociedad

 

contemporánea señalé tanto las características de ese imperativo de belleza

 

 

 

 

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(sin finalidad aparente, ubicuo, de carácter no expreso, basado en indecidibles —como la delgadez, la perfección formal o la juventud—, proactivo, generador de subcultura y retrógrado), como su radical historicidad[26]. Históricamente, hasta hace bien poco, predominaba un modelo de adoctrinamiento (de carácter religioso, sobre todo) de las mujeres regido por interdictos y prohibiciones con respecto a la belleza y los adornos, una auténtica demonización que, por otro lado, cumplía idénticas funciones a las de la hipersexualización: el control y la sumisión de las mujeres. Leer La perfecta casada, de fray Luis de León, puede ser un ejercicio literario práctico, es decir, ético. Con ese enfoque distinguiremos con toda nitidez el modelo de mujer pre-estética y anti-sexualizada, doméstica y devota, que era lo deseable a la altura del siglo XVI (no, definitivamente no hubo Renacimiento para las mujeres). Y que aún el franquismo intentaba imponer.

 

Un dispositivo de segregación, menor, aunque extraordinariamente estático y resistente (relacionado con el complexum moda/belleza, pero también con el espacio del cuidado, como veremos), es el de la higiene. La higiene en su espacialización pública. Hay una división clásica en relación con esto: hay aseos de hombres y aseos de mujeres. Pero no son espacios completamente simétricos: en los aseos masculinos hay mingitorios; en estos peculiares aparatos sanitarios los hombres escenifican un uso colectivo, puesto que carecen de separación física, de tabique o mampara alguna. Es un lugar idóneo para los chistes en las comedias televisivas; el lugar donde se compara, se mide la masculinidad, ante todo compartiéndola: todos tienen idénticos aparatos genitales externos, luego están autorizados a utilizarlos y a hacer uso de ellos de esa forma peculiar, de pie, sin esconderse ni ocultarse de ninguna forma.

 

Los aseos de mujeres, por el contrario, carecen de un espacio de micción colectivo. Pero suelen tener espejos más grandes, zonas en las que embellecerse, donde retocar el maquillaje o rehacer el peinado. Asimismo, suelen tener unos adminículos singulares que no es frecuente que estén en los aseos de hombres: cambiadores de pañales para bebé. Y además puede haber elementos, en aparatos sanitarios o en el acceso a los mismos o al habitáculo del aseo, que facilitan las tareas de utilización del espacio y sus servicios a personas con determinadas discapacidades físicas, sobre todo las relacionadas con la locomoción.

 

Es probable que esta división (hombres a un lado, mujeres, bebés y personas con discapacidad física al otro) sea considerada aberrante dentro de unos años, pero ahora es aceptada con toda naturalidad. O al menos por la

 

 

 

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mayor parte de la población. Bien es cierto que ha habido conflictos en la utilización de unos y no de otros servicios por parte de personas transexuales. Conflictos que denotan, a fuer de una incomprensión absoluta de lo que significa la transexualidad, una dosis importante de intolerancia.

 

El asunto de los cambiadores de bebé situados en los aseos de las mujeres ha suscitado, en general, pocas protestas. Tan solo recientemente algunos padres, conscientes de sus deberes paternales, han protestado por este hecho, haciendo patentes sus reivindicaciones en plataformas de peticiones (en verdad, empresas con personalidad jurídica que obtienen beneficios lo mismo de la publicidad que a través de crowfunding) como www.change.org.

 

Y el hecho de que los aseos preparados para el acceso de personas con movilidad reducida (en silla de ruedas) sean los de las mujeres tiene la raíz en un hecho idéntico: las labores de cuidado, tanto de niños pequeños como de personas discapacitadas, han estado tradicionalmente en manos de las mujeres. Toda esa labor, en su mayor parte no profesionalizada, integrada en el contexto familiar, ha recaído en las mujeres. El cuidado se ha considerado un valor asociado a lo femenino; valor que deviene en aspectos muy crudos de lo que María Ángeles Durán llama cuidatoriado. Miles, millones de mujeres en el mundo sacrifican sus posibilidades educativas, de trabajo y de ocio para dedicarse al cuidado de bebés, niños y ancianos. Sin remuneración (porque los cuidados, cuando se pagan son una profesión, ese cuidatoriado se convierte en grupo, casi una clase social, formado en gran parte por inmigrantes). Sin más compensación que la afectiva o, en el peor de los casos, la de la conciencia del deber cumplido, como señala María Ángeles Durán. Ana de Miguel nos habla en su libro Ética para Celia del «chollo ontológico de ser cuidados y no cuidar[27]».

 

La crianza de los hijos, a pesar de los avances legales en permisos paternos o los cambios en las costumbres, sigue siendo mayoritariamente cosa de mujeres. Carmen Castro realiza una acre lectura del papel del Estado en esas políticas familiares que deberían garantizar la igualdad de las mujeres y los hombres en las tareas del cuidado, pero que, con el giro neoliberal que han experimentado las políticas sociales, se convierten en cómplices de la persistencia de la división sexual del trabajo y del reparto asimétrico de las responsabilidades. No es casual tampoco, nos advierte la autora, el hecho de que con las crisis económicas resurjan nuevas «místicas de la maternidad». Afirma así que «en tiempos de crisis siempre emerge ese papel bucólico de crianza y maternidad asociado a la mujer[28]».

 

 

 

 

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La escritora barcelonesa Laura Freixas cuenta en su autobiografía de un modo divertido (trágico en el fondo) que ella quería tener hijos, pero que, antes que ser madre, hubiera preferido ser padre: es decir, volver del trabajo y tener los niños duchados y cenados. O mejor aún: hubiera deseado tener hijos después de haber trabajado, viajado y disfrutado todo lo posible, o sea, a los sesenta o sesenta y cinco años[29]… «Mi cuerpo es mi niño», decía de forma muy gráfica una amiga mía, que no tiene hijos. Porque las madres carecen de cuerpo propio, son entes descorporeizados; se han transmutado en afectos, en cuidados, en desvelo puro para/con/sobre el hijo, que lo ocupa todo, lo oculta todo, la sexualidad de la madre incluso. El espacio de la maternidad se convierte en un campo propio de las mujeres, segregadas (temporalmente o no) del mundo del trabajo, separadas de sí en ámbitos de lo que fueron (aficiones, diversiones, sexualidad).

 

En tercer lugar, aludiré al conocimiento como otro espacio de separación, de hiato, que crea especificidades en razón del género, unas veces de un modo sutil, otras de un modo groseramente visible. No hay que olvidar que, hasta bien entrado el siglo XX, aunque de forma sistemática y muy caracterizada en el XIX, la mujer que se acercaba al conocimiento era ridiculizada cuando no directamente insultada y vejada. Feminidad y saber eran incompatibles; las mujeres, por esencia, no debían dedicarse a las tareas del conocimiento, eso les restaba encanto y energías para su tarea fundamental, que era la de ser madre. Las mujeres poseían unas capacidades intelectuales menores; carecían de dotes superiores, de racionalidad. Y estaba muy mal visto tanto que las mujeres adquirieran conocimientos como que los mostrasen. Así, en 1921, un padre agustino podía escribir esto y quedarse tan ancho:

 

Por mucho que sepa, la mujer jamás debe hacer alardes de suficiencia y de cultura por medio de una cháchara ingeniosa y buída, estudiada de antemano, y con todos los remilgos de mímica que algunas coquetas ensayan al espejo. Nada más feo en quien por instinto tiende siempre a la belleza, que la infatuación científica desbordando en petulante verbosidad[30].

 

Y más abajo remacha: «A una cultura así, es mil veces preferible la ignorancia».

 

El mismísimo Ortega y Gasset (al que se considera como el filósofo más importante del panorama español de la pasada centuria, aunque en verdad lo sea María Zambrano) aseguraba:

 

El varón, cuanto más lo sea, más lleno está, hasta los bordes, de racionalidad. Todo lo que hace y obtiene lo hace y obtiene por razones, sobre todo por razones utilitarias. […]. El centro del alma femenina, por muy inteligente que sea la mujer, está ocupado

 

 

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por un poder irracional. Si el varón es la persona racional, es la fémina la persona irracional. Y esta es la delicia suprema que en ella encontramos. El animal es también irracional, pero no es persona; es incapaz de darse cuenta de sí mismo y de respondernos, de darse cuenta de nosotros. No cabe trato, intimidad con él. La mujer ofrece al hombre la mágica ocasión de tratar a otro sin razones, de influir en él, de dominarlo, de entregarse a él sin que ninguna razón intervenga[31].

 

Eso por no citar el retroceso que en la condición de las mujeres y por supuesto en lo relacionado con el saber supuso la dictadura franquista. En ella, el órgano ideológico dedicado a las mujeres, la Sección Femenina, hizo una labor incansable en pro de la minusvaloración de las mujeres (Pilar Primo de Rivera pensaba que las mujeres carecían de «talento creador, reservado por Dios a los hombres[32]») y de su reducción al ámbito doméstico. Un intento parcialmente fracasado gracias al acceso a la educación y al trabajo de miles de mujeres, sobre todo en la década de los sesenta y principios de los setenta.

 

En la actualidad, a pesar de que en sociedades como la nuestra existe para las mujeres un acceso educativo en igualdad de condiciones al de los hombres, el conocimiento se nombra en masculino aún. El caso de la palabra genio es paradigmático: no existe el femenino genia, nos dice Amelia Valcárcel[33].

 

El prestigio, el poder, la influencia, «los honores y las medallas», Valcárcel dixit, así como las compensaciones económicas relacionadas con el mundo del saber (léase ciencia, arte, literatura, etc.), siguen siendo predominantemente masculinos. Las estadísticas son tozudas, ya tomemos como ejemplo el número de mujeres que han obtenido el Premio Nobel o tienen sillón propio en la Real Academia Española o son Premio Cervantes (Premio de Literatura en Lengua Castellana «Miguel de Cervantes», el más prestigioso de los concedidos en España)[34]. La presencia de las mujeres sigue siendo insignificante en los libros de historia escolares, como si las mujeres no hubieran estado en el devenir de las sociedades, e incluso en algunos manuales de literatura de bachillerato, al hablar de la literatura del siglo XIX en España solo se cita de pasada a Emilia Pardo Bazán, sin estudiar su obra, como sí se hace con Benito Pérez Galdós[35] (por suerte, a nivel académico, está Isabel Burdiel y su monumental biografía sobre doña Emilia). El canon literario sigue siendo, en la literatura actual y en la del pasado, fundamentalmente masculino. No debemos olvidar, empero, que el canon es «una lectura intencional del pasado[36]». Y la intención de marginar, minusvalorar, guetizar la literatura escrita por mujeres sigue estando presente.

 

En el panorama literario siguen funcionando una serie de inercias según las cuales las escritoras escriben para mujeres sobre temas de mujeres. Se dice

 

 

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que hay una «literatura de mujeres», pero para no confrontarla con una «literatura de hombres»: los escritores hacen literatura, a secas, no desde ni para un colectivo secundario e inferiorizado. Lo femenino equivale a subcultura, como no deja de señalar Laura Freixas; la mujer sigue siendo marginada en todos los campos de la cultura y del saber. Baste recordar la escasa representación de escritoras en la Bienal Vargas Llosa de 2019: Berna González Harbour se preguntaba (interrogación retórica) si no había escritoras de calidad para un evento en el que en el jurado solo había una mujer entre cinco integrantes, tres mujeres ponentes de un total de dieciséis y una fémina entre cuatro finalistas del premio[37].

 

Ciertamente en el panorama de la lengua española en España, valga la necesaria redundancia (no tengo datos del euskera o del catalán), hay más libros publicados por hombres que por mujeres. Las cifras de los libros publicados en 2022 e inscritos en el ISBN dicen que el 62 % de los libros inscritos los firman hombres y el 37,8 % mujeres; del 0,2 % no consta el sexo[38]. Lo cual no quiere decir que las mujeres escriban menos: tan solo que las editoriales publican más libros de autoría masculina (las dificultades en el acceso a la publicación las podría escribir prácticamente cualquier escritora en primera persona).

 

Produce verdadera congoja revisar datos de algunas encuestas, como la realizada en 2015 para una empresa de química ligera, según la cual el 63 % de los españoles pensaban que las mujeres no estaban capacitadas para ocupar cargos científicos de mayor responsabilidad, debido a su falta de interés y perseverancia en este ámbito[39]. Tras leer esto, podemos llevarnos las manos a la cabeza y, si somos mujeres, quizá toquemos algunos de los productos que esa misma empresa fabrica: tintes y laca para el cabello; quizá ese mismo cabello luzca limpio y suave gracias al champú o la crema de esa misma marca de cosméticos y productos de perfumería. Los cuales nos venden al reclamo publicitario de «porque yo lo valgo». Lema que, al parecer, tenemos que repetirnos las mujeres, ya que, visto lo visto, los hombres no parecen estar de acuerdo con ello.

 

Y llegamos al último espacio de desigualdad natural[40], al que dedicamos este libro: el deportivo. Un auténtico apartheid (segregación en afrikáner, la lengua de una parte de los antiguos colonos del territorio de Sudáfrica), pues así funciona el deporte en nuestras sociedades. Como campos separados e intocables, donde mujeres juegan con mujeres y hombres con hombres.

 

¿Hay alguna ley que prohíba que una mujer juegue en un equipo de fútbol de primera división? No, no la hay, porque sería inconstitucional. Pero

 

 

 

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aceptamos esta división y, peor aún, la primacía, el prestigio y el poderío económico de una actividad (el deporte) en la que las mujeres tienen siempre (o casi siempre)[41] menores oportunidades económicas, deportivas y de reconocimiento social.

 

No es un tema menor el asunto de la separación de ámbitos, otrora incluso inaccesibles. Pensemos, por ejemplo, que las mujeres estuvieron excluidas en los inicios del olimpismo moderno (en los primeros juegos de Atenas, en 1896, no admitiéndose su presencia hasta los Juegos Olímpicos de París de 1900)[42]. Esa separación y esa exclusión siguen existiendo porque existen unas estructuras de poder masculinas o patriarcado que las mantienen. Pero, como señala Amelia Valcárcel en una obra con un título bien expresivo, La política de las mujeres, la auténtica democracia no tiene (no debería) tener zonas inaccesibles[43]. Zonas opacas donde esa desigualdad entre hombres y mujeres está perfectamente caracterizada y asumida, siendo causa de profundas injusticias. Uno de los lugares donde esa opacidad hasta hace bien poco era total es la familia; en su interior podía darse la violencia, violencia doméstica, es decir, propia del hogar, que atañía a la familia y nada más. Con la acuñación del concepto «violencia de género» vino a evidenciarse el carácter estructural de esa violencia, fruto de un sistema de opresión secular que hacía de las mujeres las víctimas predecibles y necesarias para el mantenimiento del orden existente.

 

Comparado con el tema de la violencia de género, el asunto del deporte puede parecer, lo es indudablemente, menor. Pero muestra la persistencia de unas estructuras (el entramado deportivo) que perjudican a las mujeres porque en él son discriminadas e inferiorizadas. Hablando en plata: no participan en él de igual modo de sus beneficios. Beneficios económicos, de prestigio social, de presencia mediática, de poder político, al fin y al cabo.

La cuestión de fondo (pero que no suscita debate alguno, tapado por creencias que, reducidas a axiomas, resuenan así: el deporte es sano, el deporte transmite valores, etc.) es si las mujeres han de empeñarse en incrustarse en unas estructuras que las marginan sistemáticamente. O dirigir sus esfuerzos a otros empeños, a otras tareas en las que la discriminación ontológica, por género, no sea ya posible. Tareas humanísticas y científicas, tareas económicas, tareas de la política profesionalizada… Porque el núcleo de la cuestión apunta a la pregunta clásica: si el beneficio que obtienen las mujeres con su participación en el deporte es solo privado, individual, o repercute en el colectivo, en el conjunto de las mujeres. Por ejemplo, que Ona Carbonell obtenga una cantidad prodigiosa de medallas en su especialidad

 

 

 

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acuática ¿beneficia de igual modo a como lo hace María Blasco, siendo directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas, o Carme Riera, siendo académica de la RAE y escritora? Beneficios en cuanto a erigirse como un modelo a seguir; beneficios para una sociedad que se quiere (o se querría) autonombrar avanzada, desarrollada, material e intelectualmente rica; científica, creativa, literariamente relumbrante.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 3

 

La máquina de discriminar

 

 

 

 

 

No hay nada casual o dejado al azar en el diseño del patio de un centro escolar.

 

Como docente en un centro de secundaria, cada jornada atravieso el patio en dirección al aulario. Si lo cruzo (o más bien lo rodeo para no interrumpir) durante las horas lectivas, hay alumnos y alumnas realizando las actividades físicas prescritas; si lo cruzo durante los recreos, solo hay chicos que juegan sus partidos de fútbol o de baloncesto. Las pistas deportivas (hay dos) ocupan el lugar central de ese patio escolar; el resto son lugares marginales, zonas de tránsito o de jardín. O lugares donde comerse el bocadillo, pero no donde realizar cualquier otro tipo de actividades organizadas. Las chicas, aunque no solo ellas, ocupan esos espacios; espacios que aceptan aun con su carga de marginalidad. Los chicos juegan al fútbol; las chicas, no. Los chicos ocupan la mayor parte del espacio, el espacio central del patio; las chicas, no. Es un aprendizaje, claro, nada sutil si lo analizamos mínimamente.

 

Tomar conciencia de esta situación absolutamente extendida es lo que hicieron docentes y estudiosas del campo de la pedagogía como Marina Subirats y Amparo Tomé. Quien ocupa el espacio es quien en verdad ocupa un lugar preeminente en un contexto determinado. Eso ocurre en el ámbito doméstico, donde hay lugares preferenciales que, tradicionalmente, han ocupado los varones. Por ejemplo, el despacho del pater familias. Incluso no estando justificado por razones profesionales, se ha reservado desde el XIX y se ha conservado en casas contemporáneas, pisos de reducida superficie incluso, el lugar de la intimidad masculina, mitad biblioteca, mitad fumadero de tabaco; lugar de exhibición, asimismo, de objetos de prestigio no incompatibles con cierto concepto de masculinidad, o de objetos que informan de las actividades de ocio o los gustos y aficiones del ocupante habitual. La mujer, en cambio, carecía de un espacio propio, siendo ella misma el espíritu doméstico, la dueña y ama de esa casa (de esto ya había hablado Virginia Woolf[44] al referirse a una habitación propia. Si bien no solo se refería al espacio: el dinero era fundamental también para que una mujer pudiese escribir novelas).

 

 

 

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En el ámbito escolar, los alumnos (varones) ocupan un espacio preferente al realizar una actividad diseñada para ellos y que, a la vez, los diseña (los conforma) a ellos, como el deporte. Es lo normal, es lo natural (tan natural como que los niños visten de azul y las niñas de rosa, según una ministra de un gobierno neopopulista de derechas, brasileño para más señas; la misma que afirmaba que a las niñas pobres las violaban porque no llevaban bragas, sic). Desde pequeños, los chicos han recibido como juguete balones de fútbol, han jugado con cromos de futbolistas, se les ha alentado en esta práctica deportiva u otra homóloga, en lo que se considera tradicionalmente cosas de chicos. Y en el ámbito doméstico y en los medios de comunicación, se ven reforzados en una preferencia que parece ser mayoritaria entre los adultos varones. Así, no es raro que, a día de hoy, cuando se les pregunta a niños y niñas qué quieren ser de mayores, los niños declaran que quieren ser futbolistas en un 25,1 %; las niñas, profesoras, en un 19,9 %, si bien un 7 % de niñas manifiesta también su deseo de ser futbolista[45]. Ello a pesar de que la realidad deportiva es la que es: en España, desde 1992, solo un 2 % de las transmisiones deportivas en las televisiones públicas y privadas han estado dedicadas al deporte femenino[46].

 

El deporte es una máquina de discriminar. Forma parte de los mecanismos de separación entre chicos y chicas, de la desvalorización de estas; una minusvaloración que comienza con el juego y la apreciación de que no sirven, por ejemplo, para jugar al fútbol, ergo no sirven para los deportes, ergo valen menos en la vida cotidiana. Estas prácticas y las creencias anejas se institucionalizan en el contexto educativo, y se refuerzan luego en la profesionalización del deporte y en su conversión en pingües negocios, mediáticos o de mercancía: son los hombres los que están ahí, en las ligas, en las noticias, hasta en los cromos.

 

Cierto es que esa inferioridad de las chicas, por su menor disponibilidad/capacidad para el deporte, no es frecuente que se declare de forma abierta. Ya no se puede decir impunemente lo que escribía Ortega y Gasset finalizando el primer tercio del siglo XX:

 

  así como la mujer no puede en ningún caso ser definida sin referirla al varón, tiene este el privilegio de que la mayor y mejor porción de sí mismo es independiente por completo de que la mujer exista o no. Ciencia, técnica, guerra, política, deporte, etc., son cosas que el hombre se ocupa [sic] con el centro vital de su persona, sin que la mujer tenga intervención sustantiva[47].

 

Esta realidad ontológica de lo femenino (dependiente de lo masculino) es la que le impide, según Ortega, una dedicación a tareas que son las que

 

 

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construyen el mundo. Él no inventa nada, nos dice el filósofo madrileño: «Es una realidad de primera magnitud con que la naturaleza, inexorable en sus voluntades, nos obliga a contar[48]». La apelación a la «naturaleza», tan socorrida…

 

Menos de un siglo después, la realidad histórica ha desmentido al filósofo madrileño: las mujeres trabajamos en todos los ámbitos, incluso el deportivo (aunque con las rémoras que observamos). Las mujeres no somos para los hombres, sino para nosotras mismas; tenemos derechos y aspiraciones propias. Aunque bajo fenómenos tan aberrantes como la violencia de género o la prostitución subyacen aún ideas de cosificación, de dependencia, de servicio y hasta de esclavitud de las mujeres. Ideas machistas que se traslucen en algunos deportistas de éxito, muy especialmente del fútbol (hay por ahí vídeos de una megaestrella del fútbol que desprecia a su hijita a favor de su hijito cuando de jugar al balón se trata; o ese mismo individuo dejándose hacer masajes por su pareja: qué destino más deseable para una mujer el procurar, no ya placer, sino alivio a un semihéroe).

 

El fenómeno de las WAGS (wife and girlfriends) es muy significativo: esposas y novias de estrellas del deporte, cuya relevancia personal estriba en eso, en «tener una relación con», si bien muchas de ellas también pueden ser modelos o realizar actividades relacionadas con el mundo de la imagen que son monetizables (influencers o similares).

 

Ya hemos señalado, en el capítulo anterior, los espacios en los que la discriminación se instala con total naturalidad, aceptándose secularmente como parcelas propias de hombres y mujeres sin mayor contestación. Bien es cierto que, desde la teoría feminista, viene impugnándose la legitimidad de esos espacios de discriminación, el del imperativo estético, el del cuidatoriado y el de la deslegitimación del saber femenino.

 

Por el contrario, el deporte es una estructura incuestionada dentro de las sociedades occidentales[49]. Convertido en paradigma de vida saludable, travestido de valor educativo, transmutado en eje de socialización, convertido en negocio multimillonario, apenas si existe un movimiento crítico de calado con respecto a él. Al menos en el ámbito español. En Francia sí lo hay, siendo una de las figuras señeras Jean-Marie Brohm. Este autor, profesor de Sociología de la Universidad de Montpellier, realiza una crítica contundente del fenómeno deportivo. Partiendo, precisamente, de lo que se ha convenido en llamar théorie critique, de inspiración marxista. El indisoluble lazo que liga deporte y capitalismo global es el eje principal de su reflexión teórica. Considera que la transformación del deporte en un espectáculo planetario

 

 

 

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permanente «representa el paradigma de la obnubilación de las conciencias[50]», una auténtica automutilación de la conciencia; es, siguiendo el dictum marxiano, «un opio del pueblo»; es la sustancia estupefaciente por antonomasia de sociedades parcialmente secularizadas. El imperio deportivo, dice, se transforma en «un formidable poder ideológico que extiende sus tentáculos sobre el planeta entero, imponiendo su espectáculo, sus dinámicas, su red de instituciones a todas las sociedades, a todos lo grupos humanos, a todos los regímenes políticos…»[51]. También se apoya, para la contestación del fenómeno deportivo, en un minucioso análisis del cuerpo humano desde el punto de vista ontológico. Rechaza la cosificación, la reificación que impone el deporte. Cuando el cuerpo, la corporeidad es un para-sí, el horizonte subjetivo de toda percepción, de toda sensibilidad.

 

Afirma Brohm, pues, que la crítica del deporte es la condición preliminar de toda crítica social. Las mujeres, esclavizadas por las estructuras patriarcales capitalistas, no se benefician de las dinámicas del deporte, que no hacen sino institucionalizar las diferencias entre sexos, existiendo deportes adecuados para hombres y deportes adecuados para mujeres; la participación de estas en los deportes masculinos conlleva una identificación con el hombre, «lo que perpetúa el sistema patriarcal[52]».

 

En el feminismo, las críticas se dirigen hacia las dinámicas de desigualdad existentes en el deporte, pero sin ahondar en las raíces históricas del fenómeno ni en su naturaleza. La profesora y doctora en Filosofía Matilde Fontecha sí ha destacado en un valioso trabajo (El deporte se instala en las cavernas de la igualdad) que el deporte sirve para apuntalar el orden patriarcal, pues con él se sigue reforzando las divisiones y los roles de género, discriminando a niñas y mujeres. Fontecha, licenciada también en Ciencias de la Actividad Física, aboga por el desarrollo de la competencia motriz y la práctica de actividades físicas por parte de mujeres y niñas. Lo cual no es una contradicción, sino la constatación de que la actividad física empodera a las mujeres, ya que les proporciona un conocimiento y un control de su propio cuerpo. No obstante, el deporte, tal y como está concebido en la actualidad y como se desarrolla (con la enorme difusión que le proporcionan los medios de comunicación de masas), consigue ahondar las diferencias entre hombres y mujeres, y relega a estos a lugares de subordinación y estetización.

 

En mi opinión, hay que profundizar en las raíces históricas del fenómeno deportivo y, más aún, dilucidar qué es exactamente el deporte, cuál es su naturaleza. De esto último me he ocupado en otros textos y no es el lugar para una nueva explanación de la ontología del deporte. Tan solo traeré a colación

 

 

 

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la definición que hago del deporte y una de las características que me parecen fundamentales: la necesidad que tiene de un soporte retórico. Es decir, al incidir en la inanidad constituyente de las actividades deportivas (actividades irrelevantes en sí mismas que no tienen otra finalidad que su conversión en negocio, bien sea en su uso privado, bien en su conversión en espectáculos de masas), se hará patente la necesidad de un aparato retórico que informe y decida sobre qué es lo deportivo y qué lo relevante dentro de ello; el deporte femenino no, desde luego.

 

Mi definición de deporte es esta:

 

La actividad física estrictamente reglada, arbitraria, no creativa y hecha para ser vista, cuya ejecución no presupone la producción de un bien (tangible o de uso) distinto de ella misma. La significación de dicha actividad tiene que ser formalmente decidida en otra instancia, la verbal, que afirmará la relevancia, la pertinencia o la inadecuación a los presupuestos de la actividad deportiva de cualquier elemento que intervenga o interfiera en ella. La utilización económica y mediática, pública en suma, del deporte no es un hecho ajeno al mismo, sino que es la instancia indecidible de un conjunto de actividades en sí mismas irrelevantes y carentes de significado.

 

Cuando digo «arbitraria», quiero decir perfectamente banal e insignificante. Justo lo contrario de una actividad trascendente, es decir, que aspira a comprender el mundo, insertándolo en prácticas cognitivas y creativas comprensibles y transmisibles. El deporte en sí es irrelevante, pues está hecho de acciones como insertar una pelota en un aro o entre una estructura adintelada con una red, arrojar una jabalina o una flecha, correr por un lugar determinado y con unas condiciones específicas, etc., cuya importancia hay que decidir previamente, pues en sí no la tienen.

 

Al decir que no presupone la producción de un bien, podemos pensar que la salud es un bien que se puede conseguir con el deporte. En realidad, es un bien, en contra de lo que pudiera parecer, no esencial, colateral, y a veces en franca colisión con el deporte. Más abajo hablaremos del deporte y las lesiones o el deterioro físico inherentes a una práctica deportiva profesionalizada o en condiciones extremas, y también de la propia muerte, que no le es ajena. Pues la salud no es la prioridad del deporte. Y una pulsión de muerte, corolario de la agresividad y la autoagresión sistémicas inscritas en la práctica deportiva, late en él. El origen del deporte como preparación para la guerra explicaría en buena parte esa pulsión de muerte, aunque no del todo. Habría que ahondar en la búsqueda patológica de lo arriesgado, de lo peligroso, de lo que niega lo estable y lo tranquilo, tanteando sin pudor, obscenamente, la delgada línea de lo fatigoso y lo esforzado con lo dañino y lo ya, sin remedio, letal.

 

 

 

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A pesar de lo dicho, no es la finalidad del deporte ese riesgo o cúmulo de riesgos inherente a su práctica, ni siquiera en los deportes extremos.

 

Dos son las finalidades u objetivos del deporte: la ideológica y la económica, habiendo fagocitado la segunda de ellas a la primera, por más que haya una propaganda (incrustada incluso en el sistema educativo) que quiere hacernos creer que «el deporte es sano», «el deporte educa», «el deporte fomenta valores», encubriendo la finalidad ideológica esencial que es la reproducción de los valores de masculinidad asociados al patriarcado. Quiero con esto decir que la razón económica pesa más que la ideológica, porque si el deporte no fuese rentable desde el punto de vista económico (más adelante veremos algunas cifras), no existiría como tal; se habría convertido en otra cosa, en otro tipo de fenómeno que siguiese cumpliendo su función aleccionadora, pedagógica, de difusión y asentamiento del ideario patriarcal.

 

Como escribe Celia Amorós, el patriarcado no es una «unidad ontológica estable[53]», sino que constituye «un sistema de prácticas reales y simbólicas». Y el deporte, en mi opinión, cumple a la perfección ese carácter de práctica efectiva (mensurable, observable, convertida en espectáculo ergo en negocio) y nodo simbólico que refuerza, nutre, alimenta esa práctica, ese negocio, ese carácter incuestionable del fenómeno deportivo, que tantos beneficios económicos y educativos, se dice, reporta.

 

De modo que, si esas prácticas deportivas se ven (de hecho, tienen una presencia inmensa en los medios de comunicación audiovisuales, en las prácticas educativas, en el espacio urbano), el carácter simbólico de las mismas es más difícil de discernir. Sobre todo, porque no se realiza, al respecto, esfuerzo alguno de discernimiento. Y al statu quo existente (la industria del espectáculo, las industrias varias de adminículos deportivos, los medios de comunicación, pero también el Estado educador y apaciguador, por no decir embrutecedor, de ciudadanos demediados, alienados) le interesa silenciar cualquier disidencia, cualquier crítica.

 

La filósofa Celia Amorós incide en la idea de que la ideología patriarcal es precisamente el «no-pensamiento» acerca de las mujeres. Pues no tiene el más mínimo interés en ello y sí en reforzar todo aquello que asegure las condiciones de privilegio de los hombres (en este caso dentro del deporte). Comenzando por los axiomas misóginos. Que serían «pensamiento», dice la filósofa, si se pudiera llamar así «a decisiones prácticas de oprimir al otro promocionadas para siempre como definición[54]». Dentro de esos axiomas, la idea de que «el deporte es sano» lo convierte en la mejor práctica posible y en legitimadora de cualquier uso que se haga de esa estructura de tan difícil

 

 

 

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delimitación que es el deporte, incluidos aquellos usos que van en detrimento de la idea de igualdad de géneros, en contra de la idea de que nadie puede ser discriminado en razón de su sexo. Cuando esto no ocurre en nuestro ordenamiento jurídico, ni siquiera en el matrimonio (en España desde la ley 13/2005 del 1 de julio, que permitió que los contrayentes del matrimonio fueran del mismo sexo).

Subyace, pues, en todo el fenómeno deportivo, un axioma que ni siquiera es posible enunciar porque sería el colmo de lo incorrecto, de lo impolítico, de lo descortés hablando en términos sexistas: el axioma de que «el deporte es cosa de hombres[55]». Así, el fútbol, por antonomasia, es el masculino; el femenino, algo que está ahí, muy bien, ánimo chicas, pero el importante es el otro, que es un coto cerrado en sus ligas principales, sus primeras divisiones (o como se llamen, con el nombre de la entidad bancaria de turno adherido) y sus champions, sus mundiales correspondientes; un coto cerradísimo a la presencia femenina, incuestionablemente cerrado a las mujeres. Cuestión de calidad, se dirá, no sirven: tienen menos fuerza, corren menos, se cansan antes; incluso parecen ridículas o poco femeninas; o, al contrario, demasiado varoniles.

 

Así, una atleta renuncia a participar en una carrera de Águilas, Murcia, por discriminación sexista: el premio de la carrera para los hombres es de 700 euros. Y el de las mujeres de 400. Lo sabemos por la polémica creada tras la intervención de la atleta, Paloma Sánchez Sala, en una red social y su repercusión en los medios periodísticos. La respuesta desde el ayuntamiento fue, en primer lugar, que el monto de los premios iba en función de la distancia a recorrer (10 kilómetros en la prueba masculina, 5 en la femenina). Como la atleta insistiese en sus críticas, desde la organización se aseguró que las carreras estaban abiertas tanto a hombres como a mujeres, si bien en las bases de la prueba se especifica de forma muy clara «Trofeo alcaldesa de Águilas mujeres», «Trofeo alcaldesa de Águilas hombres», con una tabla con la cuantía de los premios[56].

 

Resulta evidente que el esfuerzo deportivo masculino vale más. La separación es cualitativa (hombres y mujeres), pero también valorativa (mejor resultado en los récords del año anterior, que también se especifica en la tabla). Curiosamente, el cartel que publicita la prueba muestra una silueta femenina recortada sobre una luna (es una carrera nocturna).

 

Existe un pacto deportivo que produce una segregación entre hombres y mujeres. Un pacto no explícito, como los que conforman el patriarcado. Al menos en las sociedades occidentales, no hay discursos para marcar la

 

 

 

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inferioridad de las mujeres. Pero el pacto (llamémoslo consenso) existe. Ab ovo, el patriarcado es un sistema de pactos. Carol Pateman, en su libro El contrato sexual (un clásico en toda regla), reeditado en español por Ménades, lo expuso con meridiana claridad. Merece la pena reproducir sus palabras:

 

La diferencia sexual es una diferencia política, la diferencia sexual es la diferencia entre libertad y sujeción. Las mujeres no son parte del contrato originario a través del cual los hombres transforman su libertad natural en la seguridad de la libertad civil. Las mujeres son el objeto del contrato. El contrato (sexual) es el vehículo mediante el cual los hombres transforman su derecho natural sobre la mujer en la seguridad del derecho civil patriarcal[57].

 

Contra este pacto, que convierte a las mujeres en objeto de transacción, ya sea por matrimonio, ya sea por la prostitución; contra esto es lo que ha luchado secularmente el feminismo. Desde el momento mismo, auroral, del inicio de la Edad Contemporánea; momento en el que, herido de muerte el orden estamental, se ponen los cimientos de una nueva sociedad, la que creará los regímenes liberales y democráticos de los siglos siguientes. En ese mismo momento fundacional en el que se origina el patriarcado moderno, actualizado, de manos de un teórico, literato y seductor de primer orden como es Jean-Jacques Rousseau. Patriarcado roussoniano que ha estudiado en profundidad Rosa Cobo[58].

 

Surgen esas sociedades burguesas en las que se afianza una férrea división entre la esfera pública (propia de los varones) y la privada o doméstica (propia de las mujeres). A las mujeres les son negados, pues, derechos políticos, pero también le son escamoteados el derecho a una educación superior y el acceso a profesiones cualificadas, así como su libertad sexual y lo que ahora conocemos como derechos reproductivos.

 

Qué quieren las mujeres, esas feministas, dice un cantante español de medio pelo, tan representativo de cierta mentalidad, por desgracia con cierto repunte en la actualidad por razones políticas (la irrupción de la extrema derecha en el arco parlamentario). Qué quieren esas mujeres, si ya tienen todos los derechos[59]. Tal vez, habría que replicarle, con tranquilidad, con sorna, con toda la autoridad de una razón que nos asiste, que lo que quieren es que, por el simple hecho de ser mujer, no se tenga más posibilidades (estadísticas, perfectamente cuantificables) de morir a manos de la pareja sentimental; o de tener un salario inferior; o de cuidar a sus mayores; o de caer en la prostitución, ese estado mezcla de humillación, oprobio y pobreza absolutamente insoportable (y que encima se reviste de glamur en intolerables

 

 

 

 

 

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panfletos cinematográficos como el filme Pretty Woman, producción ya añeja, pero servida una y otra vez por las cadenas de televisión generalistas).

Que lo que quieren es darle una patadita a ese conjunto de pactos que forman el patriarcado; ese patriarcado del que él, como tantos otros, forman parte tan gustosamente. Pues en él hallan innúmeros beneficios.

 

Volviendo al tema del deporte, como se dijo en el resumen inicial, el deporte es una de las estructuras visibles del patriarcado. Una estructura visible (el deporte está en todas partes, es contenido preferente de los medios de comunicación audiovisuales, es una parte sustancial del capitalismo supitáneo y brillante en el que nos movemos). Estructura que se basa (y se actualiza en su práctica constante) mediante un pacto, mediante un contrato que deja fuera a las mujeres, reservándoles, a lo sumo, un lugar secundario.

El pacto deportivo supone exclusión e inferiorización para las mujeres. Una mujer, por ejemplo, no tiene libertad para entrar como futbolista en el Real Madrid de la Primera División masculina. No hay precedentes, no hay aspirantes tampoco. Si a una chica le gusta el fútbol, deberá conformarse siempre con jugar en ligas femeninas. Hay una aceptación tácita de la inferioridad en el deporte por parte de las mujeres, por más que no sea lo usual el proclamarlo. No es «políticamente correcto» proclamar esa inferioridad, tampoco entre los hombres, por más que estemos hablando de actividades y de características físicas, fácilmente mensurables. Al respecto decía Jean Giraudoux: «La única actividad humana en que las mujeres aceptan el principio de su inferioridad ante el hombre y de su capacidad para competir con él es el deporte. Tal vez se debe a que las hazañas deportivas se miden utilizando el metro y el kilogramo[60]».

 

La aceptación de esa inferioridad es, pues, implícita, raras veces se verbaliza. En todo caso, desde el punto de vista fisiológico, se hace alusión a las características físicas que hacen que las mujeres tengan menos fuerza o menos capacidad en actividades concretas. Como que el tamaño de su corazón es menor, por lo que tienen un rendimiento cardíaco menor, un menor poder anaeróbico. O que los hombres posean una masa muscular mayor, debido a la acción anabolizante de la testosterona, y las mujeres más grasa corporal, debido a la acción de los estrógenos, lo cual es algo desfavorable para la práctica deportiva. No está bien hablar del dimorfismo de la especie humana, calculado en un 15 % de mayor volumen en el conjunto de los hombres que en el de las mujeres[61].

 

Pero de estas características fisiológicas se infieren consecuencias que son fruto de prejuicios inmemoriales: la naturaleza de las mujeres es así; ellas

 

 

 

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están determinadas por el sexo, por sus órganos sexuales y las funciones reproductivas. Porque ellas son el sexo.

 

Si la mujer (el ilegítimo genérico, que mete en un saco conceptual a la mitad de la población del mundo y les asigna unas características muy concretas y determinadas, algo absolutamente necesario para una visión patriarcal del mundo) es lo sexuado, el sexo por excelencia, cómo van a ser ellas las protagonistas del deporte. Mejor en las gradas, como WAGS, como cheerleaders agitando pompones o como entregadoras de trofeos.

 

Ellas, si quieren (esa es otra: ¿quieren de verdad?), pueden hacer deporte. Pero no pueden en lo sustancial, en lo que verdaderamente importa: participando en jugosas ligas de deportes de equipo, consiguiendo récords absolutos de velocidad, altura, fuerza, etc.

 

¿Deportes propios, hiperestetizados, como la gimnasia rítmica o la natación sincronizada? Pues claro, que se dediquen a sus parcelas, tan propias, tan femeninas.

 

¿Deporte de mantenimiento? Por supuesto. Que hagan lo que quieran. Encima serán unas fabulosas consumidoras de ropa y calzado deportivo (para hacer o hacer como si se hiciera deporte). Aparte de que así cuidarán el aspecto físico-estético, les ayudará a conservar la línea, etc. E incluso reforzarán suelo pélvico e incrementarán su agilidad y flexibilidad (tan necesaria para el contorsionismo en el acto sexual; ah, pero esa función ya la cumplen los bailes del reguetón, metonimia perfecta de lo que es, sobran explicaciones).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 4

 

Lo que puede el cuerpo

 

 

 

 

 

Al reflexionar sobre el fenómeno deportivo, surge de modo inevitable el tema del cuerpo, que es instrumento técnico del deporte tanto como sujeto del mismo. Y esa reflexión hay que insertarla en una ontología corporal que recoja aspectos aún embrionarios, junto con otros más evidentes por tener ya un cierto recorrido temporal.

 

Fue Spinoza quien, asombrado, resumía en su famosa expresión lo que puede el cuerpo el desconocimiento que en su época había sobre el cuerpo, la indescifrabilidad del mismo. Y el estupor ante tal constatación. Pero también deja entrever el filósofo la posibilidad de un conocimiento más amplio del cuerpo Lo escribió así:

 

Y el hecho es que nadie, hasta ahora, ha determinado lo que puede el cuerpo, es decir, a nadie ha enseñado la experiencia, hasta ahora, qué es lo que puede hacer el cuerpo en virtud de las solas leyes de la naturaleza, considerada como puramente corpórea, y qué es lo que no puede hacer salvo que el alma lo determine. Pues nadie hasta ahora ha conocido la fábrica del cuerpo de un modo lo suficientemente preciso como para poder explicar todas sus funciones[62]…

 

Ese cuerpo spinoziano, inserto en una estructura dual alma/cuerpo, pero atenido a unas leyes de la naturaleza en virtud de esa corporeidad, es el cuerpo sobre el que comienza una reflexión que llega a nuestros días. Es de notar que la repetición, tres veces nada menos, de ese «hasta ahora», nos habla del insuficiente conocimiento a nivel fisiológico del cuerpo humano en el siglo XVII, tanto como de las esperanzas del filósofo amstelodano de que esto, en el futuro, dejase de ser así. No olvidemos que es el siglo de la Revolución Científica y aunque esta implica, sobre todo, el conocimiento de las ciencias física y matemática y el desarrollo del método propio de ellas, también ampara un crecimiento sustancial del conocimiento de la anatomía y la fisiología humanas, que parte de la anterior centuria[63].

 

Con todo, el conocimiento sobre el cuerpo humano no experimentó un salto cualitativo hasta el siglo XX, cuando las ciencias biomédicas pueden ofrecer una comprensión de los fenómenos anatómicos, fisiológicos y genéticos del cuerpo, impensable para un filósofo del XVII.

 

 

 

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Por otro lado, la reflexión sobre el cuerpo humano no ha crecido de un modo paralelo, hasta el punto de que podemos decir que existe un corpus científico-tecnológico hipertrofiado sobre el que no se reflexiona de un modo integral. En parte, debido al carácter cuasi infinito de la información acumulada; en parte, por la dificultad propiciada por la hiperparcelación, la hiperespecialización de los saberes, donde cada grupo de investigadores y estudiosos está versado en lo suyo y nada más.

 

De ahí la urgencia de un proceso reflexivo transespecialista, globalizador, pero también, por así decirlo, a pie de calle. Pues, al fin y al cabo, de la información hiperespecializada deviene una práctica, y sobre esa práctica hay que tomar decisiones; decisiones que no solo atañen a los científicos, a los especialistas, a los profesionales, sino a todos y cada uno de nosotros en algún momento de la vida. Por eso, el campo de reflexión más completo y sistemático procede de la ética, transformada en bioética en cuanto disciplina que piensa sobre las consecuencias en los sujetos de las decisiones de carácter biomédico (sobre las condiciones de la muerte, sobre el uso de embriones humanos, sobre la clonación, etc.). Y, sin embargo, existen muchas cuestiones sobre las que hay que interrogarse e interrogar a la práctica científica. O, más bien, a las migajas de esas ciencias que están al alcance del común de los mortales. Reclamar, incluso, una adecuada canalización del conocimiento científico, una intensificación de su presencia en medios de difusión; reclamar una preeminencia, una relevancia de la ciencia y sus profesionales es una de las cuestiones más acuciantes y menos dignas, al parecer, de ser pensadas. Ese conocimiento científico, lo hemos comprobado en medio de la pandemia de la covid-19, es más necesario ahora que nunca.

 

Son extraordinariamente pertinentes las reflexiones de carácter global sobre el cuerpo porque están mutando los paradigmas desde los que entendemos nuestro cuerpo. Y aún cambiarán más en la era pospandemia.

Las preguntas, muchas y acuciosas, sobre el cuerpo las podemos sintetizar en dos cuestiones esenciales: una, qué es el cuerpo, nuestro cuerpo, y otra, cuáles son sus límites, qué le es dado hacer y qué no a ese cuerpo entendido de tal modo.

 

Al deporte parece que le importase solo la segunda pregunta. Es decir, hasta dónde puede llegar el cuerpo en determinadas actividades físicas y en relación con determinados parámetros como son la velocidad, el espacio, la elasticidad o la resistencia (es decir, en cuántos segundos se puede rebajar el récord de los 100 metros lisos, etc.). Cuál es su rendimiento máximo; cómo, en todo caso, se puede optimizar dicho rendimiento[64].

 

 

 

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No obstante, la primera pregunta (qué es el cuerpo) suscita un conjunto de cuestiones en absoluto indiferentes a la cuestión deportiva. Pues nos lleva a interrogarnos, en primer lugar, desde un punto de vista ontológico, qué somos (¿solo cuerpo?, ¿de qué manera?), qué nos es propio, cuál es nuestro lugar en el mundo físico (también desde el punto de vista filogenético, en cuanto especie), cómo incidimos en el mundo, con qué actividades. Y, en segundo lugar, esa pregunta, desde un punto de vista ético, nos compele a interrogarnos sobre los fines: cuáles son las finalidades de ese cuerpo deportivo, si es lícito operar con él, en determinados contextos, con determinados usos o elementos técnicos concretos en aras de la obtención de unos resultados cinético-deportivos específicos.

 

La cuestión de los límites del cuerpo queda, pues, estrechamente vinculada a la cuestión primera (qué es el cuerpo) y la segunda (para qué el cuerpo).

 

Por todo ello cabe interrogarse sobre el estatuto del cuerpo en las sociedades contemporáneas. A mi parecer, lo que caracteriza al cuerpo en ellas es su fragmentación y su intervención. El cuerpo contemporáneo es una adición de fragmentos intervenidos y operados desde instancias técnicas, políticas, sociales y culturales, cuya característica unificadora es, paradójicamente, la posibilidad de cambio: todo puede mutar, cambiar, bien intencionalmente, bien de modo fortuito. Así, en ese flujo de cambios se puede incluir el crecimiento o la muerte, y también el implante de prótesis (exoesqueletos, audífonos, sensores de glucosa) o cambios efímeros, realizados al albur del puro capricho personal y la moda (un tatuaje) o la enfermedad (una vía intravenosa para la administración de suero)[65].

 

Ese cuerpo fragmentado ha roto unos límites imposibles de superar en otros contextos históricos; límites otrora sagrados. A saber:

 

el limes exterior/interior, que las técnicas de exploración como radiografía, tomografía, etc., pero también la licitud de la disección de cadáveres (prohibida durante siglos), han volatilizado.

 

el limes vivo/muerto, cuyo carácter problemático nace de las mismas técnicas, capaces de sostener la vida en formas, cuando menos, ambiguas como el coma.

 

el limes sexo/cuerpo, pues a un cuerpo con un sexo determinado le es posible cambiar, adquirir características sexuales de otro sexo (características no cromosómicas, no reproductivas, al menos aún) o de un sexo intermedio, ni hombre ni mujer.

 

 

 

 

 

 

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el limes maternidad/filiación, ya que con la gestación subrogada ese vínculo poderoso puede ser cortado y sustituido por una maternidad/paternidad legal, de modo independiente a la carga genética del nacido (si es fruto de óvulos o esperma de los padres legales o no). Con el nacimiento de bebés con tres progenitores, por ejemplo, se rompen esquemas tradicionales de filiación que, de un modo u otro, también pueden afectar a la identidad del individuo.

 

el limes animal/humano, roto ya el paradigma de excepcionalidad de la especie humana (compartimos el 98 % de nuestro genoma con primates superiores); se busca, por ejemplo, crear órganos en animales con características humanas, a modo de repositorio, para cuando fallen los humanos, y realizar xenotrasplantes.

 

el limes individuo hospedador/entes víricos, bacterianos o priónicos (hoy sabemos que al menos un 8 % de nuestro material genético procede de los virus con los que interactuaron las especies predecesoras de la especie humana)[66].

 

el limes natural/artificial (o protésico): la intervención con artefactos en el cuerpo humano, incluidas determinadas sustancias químicas, para conseguir determinados objetivos (por ejemplo, el incremento de la masa muscular) o artefactos (un sensor de glucosa o una bomba de insulina, por decir algo que me toca de cerca).

 

 

La cuestión de esos límites traspasados nos lleva a preguntarnos: ¿hasta dónde es posible intervenir en esos límites que para el deporte pueden ser, en sí mismos, limitaciones para su expansión? El tema del dopaje no es marginal, sino consustancial a este debate. Si el cuerpo humano tiene unos límites físico-mecánicos (no puede correr cien metros en cinco segundos), ¿es lícito intervenir en él para superarlos?

 

De hecho, en algunas disciplinas atléticas se plantea la paradoja de los límites del cuerpo humano no sin cierta carga dramática. Pues si se espera (es una de las expectativas de ese tipo de deporte) conseguir récords, se sabe que los límites a los que puede llegar el cuerpo humano están ya cerca o simplemente se ha llegado a ellos. Que el récord de salto masculino permanezca imbatido desde 1991, con los 8,95 metros de Mike Powell (récord discutido incluso, por la calidad del suelo utilizado en dicho salto, con lo cual habría que remontarse al récord de Bob Beamon en 1968, también discutido por haberse producido en México, con su peculiar situación geográfica de altitud), o el récord de salto femenino, con los 7,52 metros de Galina Chistiakova, de igual modo permanezca imbatido desde 1988, nos habla con claridad de esos límites del cuerpo humano. La paradoja se acentúa

 

 

 

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si se compara con los cambios históricos acaecidos: las marcas deportivas permanecen, pero, al indagar en la hazaña de Chistiakova, habremos de referirnos a una ciudad, un país y un régimen que ya no existen (Leningrado, Unión Soviética, régimen comunista); son parte del pasado, mientras que la marca de la atleta permanece: marca de esa condición humana, de esa corporeidad física resistente a los cambios. O al menos a cambios inmediatos. Pues es más que una mera hipótesis que la evolución humana siga en curso y, en cuanto especie, siga cambiando sujeta como está a mutaciones, digamos naturales, y a cambios introducidos por el mismo ser humano y cuyas consecuencias no alcanzaremos a ver.

 

De modo que la consecución de nuevos logros pueda conseguirse, o bien puntualmente, con figuras excepcionales que consigan metas linealmente imposibles incluso para el grupo privilegiado de los deportistas de élite dedicados a ello (como es el caso de Simone Biles con su doble salto mortal con triple pirueta, que no había sido realizado por ninguna mujer hasta ese momento, agosto de 2019)[67], o bien con ayuda de elementos externos (vestimenta, calzado, utillaje de las especialidad deportiva, materiales del entorno o condiciones de este, etc.) o protésicos. Entiéndanse estas prótesis como elementos tecnológicos susceptibles de mejorar el rendimiento deportivo, bien a nivel biomecánico o interno. De hecho, este último tipo de elementos protésicos es el más utilizado, pues no de otro modo podemos entender las sustancias utilizadas en el dopaje: como elementos de ayuda, internos e invisibles en su funcionamiento, pero con entidad físico-farmacológica perfectamente visible y por supuesto mercantilizada.

 

Esa mejora del rendimiento también podría conseguirse con la intervención ab ovo, en el material genético de quien sería en un futuro un deportista de alto rendimiento. La creación de cuerpos favorecidos genéticamente para la práctica deportiva, es decir, la intervención de terceros en una fase no autónoma del individuo (el embrión) para crear sujetos del deporte, presenta graves implicaciones éticas. Esta intervención (como afirma Habermas para una intervención genérica en la dotación genética del sujeto[68]) afectaría a nuestra comprensión como especie. Si nos tenemos (nos entendemos) como sujetos autónomos, responsables autobiográficamente de nosotros mismos, a partir de una hipotética intervención en el genoma de un futuro individuo se crearía una relación asimétrica (incomparablemente más profunda que la de la crianza), pues habría una responsabilidad difícilmente soslayable por parte de quienes han decidido dicha intervención.

 

 

 

 

 

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Aneja a esta cuestión subyace otra crucial: la intervención, la modificación del genoma ¿para qué fines? ¿Esos fines son lo deseable, justificarían una intervención de carácter irreversible? ¿El individuo, poseedor de ese cuerpo modificado, con esas inmejorables condiciones para la práctica deportiva se vería impelido, constreñido a ella? ¿Podría renegar, no ya de ese cuerpo cerradamente preparado para, sino de la decisión tomada por otros y que lo compromete a él tan directamente? Se puede argüir que los padres siempre toman decisiones por sus hijos cuando estos no están en condiciones de tomarlas. Y que, de esas decisiones, se pueden seguir consecuencias en su salud, en su cuerpo en general (vacunas, determinado tipos de dieta o de régimen de vida). El carácter reversible (o al menos no determinante del futuro individuo y del futuro del individuo) de esas intervenciones marcaría la diferencia.

 

Sobre todo lo dicho planea una cuestión más amplia, si cabe. Sería lo que algunos autores han llamado el cierre del cuerpo[69]: la completa identificación del individuo con su cuerpo. El cuerpo es el individuo y las posibilidades de aquel son este. En el deporte, ese cierre es el broche, garfio, brida, crampón que liga indisolublemente al individuo con las posibilidades cinéticas de su cuerpo; con las prestaciones mecánicas de una fisiología que se mimetiza con los logros de ese individuo como tal.

 

Se genera, de este modo, un modelo de comprensión del cuerpo, una ontología corporal reduccionista. Pues, aunque la primacía del cuerpo[70] sea una de las características más relevantes de nuestra forma de ver el cuerpo (desaparecido o, en todo caso, desdibujado, el otrora potente dualismo alma/cuerpo), tampoco es viable la institución de una tiranía del cuerpo. Un totalitarismo (una violencia) impuesto desde el cuerpo, en cuanto instancia que generaría, de modo automático e incontestable, lo que es el individuo. Cuando la persona, el individuo, no puede verse reducida a su cuerpo: es su cuerpo, indefectiblemente[71], pero no solo es su cuerpo. Una persona es lo que es, somáticamente, y además lo que hace y lo que decide en su vida; lo que decide hacer incluso con ese cuerpo. Lo que dice de su cuerpo también.

 

Que somos criaturas de lenguaje, construidas por él, nos pone en la pista de esas capacidades simbólicas (de imaginación y proyección, pero también conectadas con la acción) que articulan lo propiamente humano, lo diferencialmente humano en relación con otros vivientes, otras criaturas capaces de movimiento. Como asegura José Antonio Marina, el lenguaje es la creación nuclear de la cultura, la que ha intervenido con mayor intensidad más en el cambio evolutivo, en la emergencia de nuestra naturaleza humana.

 

 

 

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La que coadyuva a lo que el autor llama «el bucle prodigioso», esa inteligencia que se crea a sí misma, que inventa posibilidades y que convierte a la ficción (lo ficticio, lo imaginado, lo que no es y puede no ser) en la esencia del ser humano. Si la necesidad de comunicarse es anterior en el ser humano al lenguaje, el aprendizaje de este estimula la inteligencia y el desarrollo del niño. Él lo expresa así:

 

Lo que añade el lenguaje a la producción automática de significados es la facilidad para crear y manejar irrealidades (significados, conceptos, cadenas de pensamientos, etc.). La inteligencia humana conoce la realidad e inventa posibilidades gestando y gestionando la irrealidad. Y la gran herramienta para hacerlo es el lenguaje[72].

 

El lenguaje, el gran ausente de la actividad deportiva, pero que ha de superponerse a dicha actividad para cargarla de unos significados ajenos a ella misma. Un desarrollo retórico del que no puede prescindir el deporte para gestionar una realidad (el hecho deportivo) en la que, por definición, está ausente la palabra, una realidad en la que la ampliación de posibilidades y la capacidad proyectiva sobre ella está limitada ad nauseam. El deporte, con su limitada realidad (una carrera de 100 metros siempre es y solo es una carrera de 100 metros), necesita ser magnificado y amplificado, justificado por la palabra. Necesita ser encuadrado en un relato que, si es épico (es decir, multiplicado en su relevancia por el capital y los medios de comunicación), ha de estar protagonizado por el héroe deportivo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 5

 

El héroe y las cifras

 

 

 

 

 

No hay deporte sin soporte retórico; no hay deporte sin adoctrinamiento; no hay deporte sin apoyo institucionalizado. Pero, sobre todo, no hay deporte sin narrativa. Y la narrativa del deporte está protagonizada por el héroe. El héroe condensa, en su figura hazañosa, en su hazaña figurada (convertida en imagen), todos los significados posibles del deporte; los encarna llevándolos hasta el paroxismo. Es el encargado de llevar el acto deportivo hacia el lugar al que el ciudadano común, el espectador corriente, el curioso moliente, no puede acceder, aunque sí contemplar (ese es, en fin, uno de los elementos constitutivos del deporte, sine qua non, el ser contemplado).

 

Ordinariamente, se pinta al héroe como ejecutor de lo hazañoso, abolido como se halla el estatuto de lo semidivino en que se movió en sus orígenes. Cuando eran mortales y, sin embargo, capaces de realizar aventuras extraordinarias: dar término a doce trabajos sobrehumanos, cortar una cabeza con serpientes por cabellos o salir indemne del laberinto del monstruo que engulle jóvenes.

 

Un filósofo, Fernando Savater, ha propuesto al héroe como ideal ético. Para Savater, «héroe es quien logra ejemplificar con su acción la virtud como fuerza y excelencia[73]». El héroe, nos dice, es en todas las tradiciones alguien fuerte; el héroe proviene de la épica, el género poético de lo belicoso, de lo extraordinario también. El héroe es intrépido, no teme la destrucción, no retrocede ante lo que debe y puede hacer. El héroe «se sostiene y funda a sí mismo[74]»; la decisión heroica tiene, pues, un carácter autofundante, una función ejemplar, un talante jubiloso en su empeño. Que es el de descubrirse, atreverse a ser quien ya se es. Javier Gomá le dedica un ensayo a esa tarea que, a fin de cuentas, todo hombre ha de realizar: la de ser él mismo, la de fundar una casa; la de fundar su subjetividad. En el ensayo Aquiles en el gineceo, Gomá toma como punto de partida y leitmotiv el episodio del joven Aquiles, vestido de mujer y encerrado en el gineceo para escapar a un destino trágico (el que le llevará a la muerte en la guerra de Troya). Pero el carácter del futuro héroe no se puede encubrir: él elige la espada, elige su destino hazañoso, desdeñando cualquier otra consideración (su tranquilidad, la piedad

 

 

 

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filial, su propia existencia); elige la cualidad mortal, la que, según el mito, le sería asignada si iba a la guerra de Ilión, como se le había advertido a su madre, la diosa Tetis (él, como hijo de diosa, era inmortal…).

Gomá acude al filósofo de Stuttgart para definir esa cualidad de héroe: «Los héroes, sigue diciendo Hegel, son individuos que, a partir de la autonomía y fuerza de carácter, asumen y consuman en sí el todo de la acción, su individualidad poderosa es ley para sí misma[75]».

 

Cabría preguntarse si el héroe deportivo posee, acaso, trazas de ese carácter ético. Y no solo en sentido etimológico estricto, ya que ethos, el vocablo griego, hace referencia a modo de ser, a naturaleza o esencia de un ser concreto, a cualquier forma de ser. ¿Se parece el héroe deportivo al héroe dotado de autonomía moral, el que se da a sí mismo las normas que luego cumple por encima de lo normal o de lo esperable de cualquier otro? No lo es, evidentemente, en el sentido de despreciar las normas, las reglas, que el deportista ha de cumplir al milímetro.

 

¿Cómo es, entonces, ese héroe deportivo?

 

Es, claro está, un hombre. Un varón dotado de virtudes (virtud procede del término latino vir, hombre). Una «virtus generalis que llamamos excelencia[76]». Su razón de ser es el acto heroico, lo que nadie o difícilmente otro puede hacer. Su empeño ha de ser sobrehumano, su logro ha de conseguirse con sacrificio, hasta con desprecio de su propia vida. Héroe es el que desdeña el bien que hace posible todos los demás, la vida, en razón de un logro, de un objetivo, una conquista.

 

Puede argüirse que eso solo es propio de los deportes extremos o de riesgo, de las actividades anejas a ellas; cuando se tantean los límites de lo posible en lo relativo al cuerpo, pero también a la máquina. Leo en la prensa generalista que la piloto Jessi Combs ha muerto intentando superar un récord de velocidad; cuando corría a más de ochocientos kilómetros por hora[77]. Eso no es deporte, dirá alguien; está dentro de un descabellado intento de superar una velocidad inverosímil. Bien. En realidad, competía contra el récord alcanzado por otra mujer, Kitty O’Nell, en 1976.

 

Algunos autores piensan que la muerte es consustancial al hecho deportivo; un hálito de muerte rodea al deporte. Una lógica de la aniquilación que se dirige al otro, al que hay que eliminar. Jean-Marie Brohm lo expresa así:

 

La competición con otros competidores es la forma más evidente de la guerra deportiva o del duelo deportivo, en los que se trata de triunfar, de vencer, de afirmarse, de batir al adversario (por ejemplo, en el tenis, en el fútbol, en las carreras

 

 

 

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de Fórmula 1, en atletismo, en natación, etc.). Es la forma más corriente de «voluntad de poder», con su narcisismo agresivo y su megalomanía de dominación[78].

 

Pero también una violencia suicida anida en el deporte (Brohm habla de «competiciones suicidas y suicidas competitivos»); una violencia dirigida hacia sí mismo, al que no importa sacrificar en aras del logro deportivo. Una lógica martirial del sacrificio recorre todo el deporte; una razón ascética que estaría en las antípodas de un hedonismo epicúreo, de una razón del disfrute.

 

No obstante, la presencia de la muerte entorpece el relato mítico. No se trata ya de quedar glorificado por una acción extraordinaria, al modo de los gemelos Cleobis y Bitón. Los cuales, según Heródoto, se uncieron ellos mismos, a falta de bueyes, al carro para transportar a su madre a la fiesta consagrada a la diosa Hera. Y cuando la dichosa madre le pidió a la diosa lo mejor para sus hijos después de ese comportamiento esforzado, de ese hecho hazañoso, a la deidad no se le ocurrió nada mejor que el descanso sin interrupción, o sea, la muerte. La vida, después de un acto magnífico, no puede ofrecer nada superior. Y así lo entendieron sus conciudadanos, que les elevaron las famosas estatuas que hoy aún podemos contemplar en el Museo Arqueológico de Delfos.

 

No: la muerte destruye el relato deportivo, no puede ser este el final, como tampoco lo puede ser una sobrevida de decadencia, fracasos y autodestrucción. Como en multitud de ocasiones ocurre, dada la brevedad de la vida deportiva y la longevidad esperable en sociedades contemporáneas.

Para el escritor y periodista Manuel Vázquez Montalbán[79], el deporte, en sí mismo, es «un mito falso, en realidad técnica de dominio de la necesidad épica del pueblo[80]». A través del deporte, vicariamente, los espectadores, los aficionados, viven esa épica de triunfo, desviándose de sus auténticas necesidades. Partiendo de un análisis marxista, Vázquez Montalbán (ferviente seguidor él mismo de determinado club de fútbol) no puede, sin embargo, obviar que el deporte es «una técnica de manipulación de la conducta humana[81]»; ha servido, históricamente, a las clases adineradas como práctica higiénica y de ocio. Y, en cambio, las clases más desfavorecidas solo poseen el deporte como medio de promoción social (el deportista que llegue a conseguir los rendimientos y el éxito adecuados), o como ese modo de satisfacer sus ansias de triunfo, delegándolo en otros, y compensando así sus frustraciones vitales y personales.

 

El mito deportivo por excelencia de la actual era global (lejos ya de análisis marxistas) es aquel en el que el deportista triunfador se funde con el personaje de éxito, rico y famoso, de buena presencia de añadidura. El mito

 

 

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deportivo es también el personaje extradeportivo, o fundamentalmente él: el que disfruta de bienes materiales sin cuento, de relaciones amorosas y sexuales hiperbólicas (aquí entran las mujeres, por vía de sujeto reificado, cosificado, hipersexualizado, estetizado, sumiso también); el que cuenta con una ración extra de placeres, de los placeres que ordinariamente procura el dinero (ese sucedáneo de la felicidad que decía Savater).

 

Y aquí es donde se superpone el mito del triunfador capitalista y el deportivo, hasta hacerse indistinguibles. Si acaso la aparente instantaneidad de la fortuna del deportista (pienso en futbolistas, las estrellas deportivas por excelencia), su indispensable juventud y la insolencia en sus modos de administrar fortuna material y logros deportivos, sean los marchamos propios, intransferibles, del mítico deportista. Aquel que tanta admiración, tanta envidia suscita. Aquel que se erige en el modelo a imitar en una sociedad del hiperconsumo, donde la persona vale exactamente lo que parece valer, siendo proporcional su valía a los beneficios que reporta a un sistema en apariencia extradeportivo, pero que no es sino el cogollo, la chicha, la médula de lo deportivo (su finalidad esencial, como escribimos más arriba, aunque no su fin declarado).

 

Pues qué es, si no, el fútbol en un país como España, donde el 1,37 % del producto interior bruto (más de 15.000 millones de euros) pivota en torno al fútbol, con unos 185.000 puestos de trabajo danzando en su órbita (incluyendo casa de apuestas, negocios hoteleros y turísticos y otros)[82], un vasto subsector de la industria del ocio (si estos términos no fueran una aporía, pues lo que se fabrica es precisamente actividad que inutiliza el ocio en su sentido más prístino, bien por vía de la ocupación laboral —el camarero que te sirve la cerveza mientras contemplas el partido—, bien por vía de la conversión de lo puramente ocioso —o contrario al negocio— en negocio mismo). A modo de comparación, cabe señalar que la industria editorial española (tan relevante, por otro lado), no representa más que el 0,19 % del producto interior bruto, poco más de 1.200 millones de euros de generación de riqueza frente a los 15.000 millones del fútbol y actividades anejas[83]…

 

El héroe deportivo no vive en la memoria, en el mito o relato legendario: el héroe deportivo vive en los medios de comunicación, en el meollo de la actividad productiva, en el imaginario colectivo presente. Nadie quiere héroes deportivos muertos (púgiles destrozados, deportistas infartadas, pilotos estrellados, ciclistas atropellados), ni siquiera lesionados (equivale a inactividad económica y funcional del sistema).

 

 

 

 

 

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El subsector deportivo quiere héroes vivos, pero recambiables, incesantemente nuevos sin ser los mismos (recuerdo cierta enumeración de ronaldos y ronaldinhos, una auténtica aliteración, pero con historias reales y dispares de caída y auge de héroes del balompié).

 

El mejor héroe no es el que es él mismo: el mejor es el último, el más productivo, el más vivo. No hay estatuas de bronce, epinicios pindáricos, coronas inmarcesibles para los vencedores deportivos: solo filas de ceros, números significativos, que, raudos, van de unas cuentas corrientes a otras. Incluidas las filas de ceros de las cifras de lo que defraudan a Hacienda estos héroes de pierna[84].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 6

 

Microhistoria del deporte

 

 

 

 

 

Una microhistoria del deporte podría ser esta:

 

La Humanidad, en general, apenas ha hecho deporte; hace dos mil quinientos años, algunos varones de las clases aristocráticas helénicas lo practicaban como elemento de educación de los jóvenes varones, junto con la música y la pederastia. En el siglo XIX, jóvenes británicos bien alimentados y sin responsabilidades laborales específicas, ocuparon su tiempo en tareas deportivas, a la espera de poder dedicarse al comercio, las finanzas o la política. Se inventaron entonces el fútbol y el rugby como trasunto de los ocios escolares. A finales de ese siglo a un barón (luego admirador de Hitler) se le ocurrió resucitar los viejos juegos de las polis pederastas. Y dictaduras y débiles democracias aplaudieron a rabiar la ocurrencia coubertiniana. Después de la Segunda Guerra Mundial, el deporte se constituyó como uno de los segmentos más boyantes del capitalismo del espectáculo. Logró también instalarse en los sistemas educativos. En los países más allá del Telón de Acero el deporte sirvió como elemento propagandístico de primer orden, aunque el chollo les duró poco. Durante el último tercio del siglo XX y primero del XXI, sustentó una industria de calzado con arcaicos cordones de proporciones fabulosas. Las mujeres, ausentes en los orígenes del deporte, ocuparon siempre un lugar secundario dentro de él[85].

 

Quiero resaltar con esta apretada (e irónica) síntesis el carácter puramente histórico del deporte: nace en sociedades concretas, con unos usos determinados. Y dentro de esas sociedades cumple unas funciones, es decir, es utilizado por instancias políticas para finalidades concretas. Puede parecer una obviedad, pero con frecuencia lo olvidamos; parece como si el deporte hubiera estado siempre ahí y no necesitara ni una justificación ni una evaluación crítica sobre su implementación o sobre los valores y las bondades que supuestamente lleva consigo. El hecho de su solapamiento con la actividad física resulta muy útil para su aceptación acrítica. O quién va a oponerse a una práctica con beneficios para la salud. Lo cual es una falacia, ya que actividad física adecuada para la conservación o el acrecentamiento de la salud no quiere decir deporte, ya que a este se asocian una serie de patologías (lesiones) y otros fenómenos contrarios a la salud (las prácticas de dopaje), así como una serie de riesgos inherentes que pueden conducir a la muerte.

 

Hay que buscar, pues, unos orígenes históricos al concepto deporte. En Occidente, nos hemos de remontar al mundo clásico, que es donde surge en

 

 

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cuanto tal. Si bien la palabra, y por supuesto el concepto contemporáneo de deporte, no surgen hasta mucho después.

En el caso de la palabra, parece estar relacionada con el vocablo latino deportare. Este verbo se transforma en la palabra depuerto en el castellano del siglo XIII y deporte a mediados del siglo XIV, si bien con un sentido genérico de entretenimiento relacionado con el ejercicio físico. Así, en la Refundición de la crónica, de 1344, se documenta por primera vez la palabra deporte y, curiosamente, relacionado con mujeres. Ahí podemos leer: «E muchas doncellas, hijas de muy altos omnes, que con la reina estaban, cada que algunas horas se avían ganas de bañar en aquella alberca, dexaban al rey e a la reina durmiendo e ivanse folgar allí aquella a quien plazia de aquel deporte[86]».

 

El uso de la palabra deporte parece no consolidarse en siglos posteriores, pues son escasos los ejemplos de dicha utilización. No se halla, por ejemplo, en el famoso diccionario de Covarrubias de 1611.

 

El verbo deportarse se consigna de igual modo en el Cantar de Mío Cid, si bien con ese sentido vago de divertirse o descansar. Durante siglos, deporte no se identifica de un modo claro con actividades físicas de carácter competitivo y así en el Diccionario de Autoridades de 1732 aún equivale a «diversión, holgura, pasatiempo». Será convertido en anglicismo (sport) como regrese al castellano, para retomar su primitiva forma (deporte) con el significado actual[87].

 

En cuanto al origen en las sociedades antiguas, habremos de atenernos a las fuentes escritas y a las evidencias arqueológicas, sin tratar de hacer ningún esfuerzo imaginativo sobre cómo pudieron ser estas en épocas anteriores a la Edad del Bronce. Obviaremos aquí las tesis que consideran al deporte como algo inherente al mundo animal y, por tanto, a los seres humanos. Pues el que existan ciertas formas de juego entre los mamíferos superiores (en los cachorros, sobre todo) no nos autoriza a ponerlas bajo el rótulo de deporte. El deporte es una estructura cultural muy concreta, que toma la actividad física como fundamento, pero que ni puede asimilarse a esta ni al concepto de juego.

 

En Occidente, de un modo inequívoco, las competiciones deportivas nacen en la Grecia antigua, en un período indeterminado de la Edad Oscura, si bien no disponemos de fuentes escritas hasta la Edad Arcaica (siglos VIII-VI a. C.), sobre todo en la Ilíada, como más abajo veremos.

 

Para comprender su origen, hemos de tener en cuenta que son un conjunto de actividades propias de la clase aristocrática y que expresan valores propios

 

 

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de este grupo social. Especialmente significativa es la areté o excelencia, valor ético primordial. González Aja, historiadora del deporte, cita a Jaeger para una cabal descripción de esa areté arcaica:

 

Los griegos, que consideraron siempre la destreza y la fuerza sobresalientes como el supuesto evidente de toda posición dominante, utilizaron la palabra areté para designar «de acuerdo con la modalidad de pensamiento de los tiempos primitivos, la fuerza y la destreza de los guerreros o de los luchadores, y ante todo el valor heroico considerado, no en nuestro sentido de la acción moral y separada de la fuerza, sino íntimamente unido[88]».

 

Y es en el agón (vocablo que quiere decir a la vez competición y lucha) donde se demuestra esa areté o excelencia. En el lugar donde se cruzan rivalidad y violencia con resultados más o menos cruentos. Por supuesto, solo los varones podían ser los portadores de esa excelencia a la que ni las mujeres ni las clases inferiores, ni menos aún los esclavos, podían aspirar.

 

Este es el bonito origen del espíritu competitivo: elitismo, segregación, violencia y afán de aplastar al otro por amor a sí mismo (cuando Coubertin decide resucitar los Juegos Olímpicos, lo hace desde una mentalidad que se permite decir que «un ejército de sportmen sería más humano, más generoso, más compasivo en la lucha, más tranquilo después de ella[89]». Los participantes de la Primera y Segunda Guerras Mundiales —ambas produjeron en torno a sesenta millones de muertos— no debían ser, claro, muy deportistas).

 

La mejor expresión de ese espíritu agonal del mundo griego arcaico e incluso de un mundo anterior, de plena Edad del Bronce, aparece en los juegos funerarios del canto XXIII de la Ilíada. Leerlo es, en sí mismo, un ejercicio hermenéutico fascinante. Independientemente de la formación histórica que se posea, no puede dejar de sorprendernos el nivel de brutalidad que se escenifica en ellos y en la ceremonia funeraria en sí. Esto nos puede llevar a interrogarnos cómo ese cúmulo de atrocidades constituyó durante siglos uno de los pilares de la educación clásica o paideia. El modelo del héroe propuesto, Aquiles, dejando aparte su carácter trágico, actúa con una violencia inconcebible, obscena, que nos es mostrada sin pudor alguno.

 

Todo el episodio es de una crueldad espeluznante. Y no está reflejando la guerra de Troya, sino un acontecimiento anejo: las honras fúnebres que, dirigidas por Aquiles (el asesino), se realizan al amigo caído, el también criminal Patroclo (siendo niño mató a otro chaval por un juego de tabas).

 

Homero nos describe con todo tipo de detalles las ceremonias funerarias, el banquete y la cremación del cadáver de Patroclo. Junto a la pira se matan

 

 

 

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multitud de ovejas y bueyes. Y el mismo Aquiles unta el cadáver de su amigo con la grasa de estos animales. Se arrojan a la pira también cuatro caballos y dos perros, matados estos últimos por Aquiles. Pero además asesina, a sangre fría, nada menos que a doce jóvenes troyanos, cuyos cadáveres también se ponen en la pira para que el fuego los consuma.

 

Al día siguiente, apagada la hoguera y recogidos y depositados en una urna de oro los huesos de Patroclo, se organizan los juegos. Afligido, Aquiles no participa, aunque sí se encarga de preparar los premios. Atención, que viene otra cosa preciosa: el primer premio de la carrera de aurigas es una mujer; una mujer, se especifica, diestra en primorosas labores. Y un trípode con asas de añadidura.

 

En la prueba de lucha, se establece como premio otro trípode; para el perdedor, en cambio, una mujer valorada nada menos que en cuatro bueyes. Como la victoria se otorga a los dos contendientes, Áyax y Odiseo, estos reciben igual premio. Si bien no se especifica si trocearon, modo salomónico, el trípode y a la mujer, de paso.

 

Áyax y Odiseo vuelven a enfrentarse en la carrera pedestre. Parece que Áyax era más rápido. Odiseo, el de muchos recursos y ardides, pide ayuda a la diosa Atenea y esta hace que Áyax resbale en una boñiga de buey. De modo que lo rebasa sin problemas y se lleva el primer premio, una crátera de plata; el segundo premio esta vez era un buey.

 

Odiseo, como vemos, sobre buen corredor, hizo honor a su fama de urdidor de añagazas, aunque en este caso fuese por vía divina. Hipómenes, pidiendo a Afrodita las manzanas para distraer a Atalanta, no era ninguna excepción: las victorias se conseguían, en este mundo heroico, al precio que fuera.

 

Conocemos el nombre de los héroes deportivos; no sabemos, en cambio, cómo se llamaban esas mujeres constituidas como premio de unos juegos que se instituían en honor de un muerto, Homero no nos lo dice (hubiera tenido gracia que alguna de ellas se llamara Atalanta).

 

Las otras modalidades deportivas de los juegos funerarios eran la lucha con escudo, pica y casco (a primera sangre), el lanzamiento de bola de hierro y el lanzamiento de flechas a una «tímida paloma».

 

Hasta aquí el precioso y edificante origen de las competiciones deportivas en el mundo griego.

También hay un Virgilio deportivo[90]. El poeta latino, tomando como modelo el poema homérico, relata en la Eneida una serie de pruebas deportivas. La que el piadoso Eneas organiza en el aniversario de la muerte de

 

 

 

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su padre, Anquises. Virgilio se deshace aquí de la crudeza extrema de los comportamientos que observamos en los juegos funerarios de la Ilíada, caracterizadamente violentos y misóginos. Al menos, en el poeta latino, no hay asesinatos de jóvenes. Los premios, no obstante, incluyen también una esclava, Fóloe, de origen cretense, y dos hijos a los que amamantaba. Aparte de los consabidos trípodes, las palmas y las verdes coronas, armamento (flechas, cascos) y vestimentas de púrpura y monedas de oro y plata.

 

No obstante, la lucha entre Entelo y Dares es feroz, y este, derrotado, escupe sangre y hasta los propios dientes. Mas, en vez de matar a su rival, Entelo desvía su furia y descarga un golpe al toro que había ganado como premio, partiéndole el cráneo. Como se observa, pese al refinamiento de la poesía virgiliana y la sofisticación de un público oyente o lector romano, persiste el gusto por los detalles morbosos.

 

Por otro lado, la situación de la escena en un pasado mítico obliga a Virgilio a conservar el carácter funerario de la competición deportiva, algo inusual entre los romanos. La Roma imperial ya no es la Hélade arcaica (siete siglos las separan cronológicamente), ni lo que significarán las actividades deportivas en una y otra sociedad. Pero el vínculo literario queda establecido. Y el gusto por la competición deportiva, espectacular y no exenta de crudeza, permanece.

 

Poco conocido es el final de los Juegos Olímpicos, aunque conectado con una dimensión ligada al deporte helénico que con frecuencia olvidamos: la religiosa. La supresión de estos juegos fue debida a un emperador de origen hispano, Teodosio. El Imperio Romano era aún un territorio unificado, pero sería el propio Teodosio quien lo dividiría entre sus hijos Honorio y Arcadio. Los últimos juegos celebrados en el santuario de Olimpia fueron los del año 394 d. C.

 

Teodosio nació en Cauca (actual Coca, Segovia), en el seno de una noble familia terrateniente. El cronista Hidacio nos da fe de ese origen hispano y cita en concreto esa localidad del valle del Duero perteneciente a la antigua provincia de la Gallaecia.

 

No es que al emperador le repatease (como a mí) cualquier práctica deportiva ni que, de pequeño, la nota de gimnasia le estropease el boletín de notas (como a mí) y le guardase, por tanto, a la asignatura un rencor inmarcesible. La medida que tomó el caucense hay que encuadrarla en el contexto de su legislación antipagana. Una política llevada a cabo con el fin, no tanto de favorecer al cristianismo, como de reforzar el poder imperial (el

 

 

 

 

 

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suyo) al unirlo a la suerte de la naciente, pero cada vez más poderosa, religión cristiana.

 

Hemos de recalcar que los juegos tuvieron originariamente un carácter religioso. Estaban ligados al culto de determinados dioses, aunque a veces podían tener también un carácter funerario, como hemos visto en el canto XXIII de la Ilíada y los bonitos juegos que se realizan en honor al difunto Patroclo.

 

En uno de los santuarios más prestigiosos de toda la Hélade, en Olimpia, se celebraban unos certámenes deportivos de origen no totalmente conocido. En ese santuario estaba el templo de Zeus, con la fantástica estatua crisoelefantina encargada a Fidias; una de las siete maravillas de la Antigüedad, aunque para el gusto contemporáneo estaría en el hit-parade de lo kitsch (no desentonaría en absoluto en un establecimiento de «todo-a-un-euro», a no ser por sus dimensiones gigantescas: doce metros de dios sedente). Pero varios siglos atrás, Olimpia era un modesto lugar de culto enclavado en una zona ganadera, adonde se acudía a depositar exvotos de bronce a la diosa Gaia y sacrificar animales en su honor. Con posterioridad, fue frecuente el ofrecimiento de armas y corazas de bronce a las divinidades. Lo que nos indica que alguna deidad se especializó en proteger a los que acudían a la guerra y, en especial, a los que volvían de ella.

 

Los Juegos Olímpicos se convertirían, con el tiempo, en una cita de todos los griegos, quienes afirmaban su pertenencia a una misma cultura frente a los no griegos, los bárbaros (los que no hablaban griego sino una jerga incomprensible cuya onomatopeya sería bar-bar; de ahí el nombre). Aglutinaban, pues, en sí mismos, múltiples estratos de la civilización helénica: eran celebración religiosa, acontecimiento social y evento de implicaciones políticas: mientras duraban, se establecía una tregua sagrada en todo el ámbito griego.

 

Al hispano Teodosio, el esplendor de Olimpia le quedaba, cultural y temporalmente, muy lejos. Pensemos, por ejemplo, que cuando se crea una especie de tribunal de arbitraje y se proclama la fraternidad entre todos los griegos, corre el año 476 antes de Cristo, unos setecientos años antes del gobierno de Teodosio. Es decir, hay tanta distancia entre el emperador hispano y el auge de Olimpia, como entre nuestro mundo actual y la edad de las primeras catedrales góticas y la filosofía escolástica, el siglo XIII. Le quedaba un poco a trasmano, la verdad.

 

Teodosio se limitó, pues, a liquidar mediante una serie de decretos los restos de la religión pagana. En el año 381 había prohibido el sacrificio de

 

 

 

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animales inocentes a dioses «sordos y mudos». Un decenio después, la prohibición afecta al culto de los dioses paganos, castigándose incluso la visita a sus templos. Al año siguiente, la proscripción se ceba con las prácticas adivinatorias de los arúspices y los oráculos, cosas a las que los antiguos romanos eran muy aficionados y que dejaban sus buenos ingresos a los templos. Es decir, que se busca, sin ningún reparo, el estrangulamiento económico de la religión pagana.

 

Este celo antipagano puede resultar sorprendente si se tiene en cuenta que el emperador Teodosio solo se había bautizado hacía poco más de un decenio y, al parecer, por hallarse en peligro de muerte por una enfermedad. El prurito religioso del emperador albergaba motivaciones que difícilmente calificaríamos hoy de espirituales. En el mundo de la Antigüedad tardía comenzaba a unirse inextricablemente poder temporal y poder religioso. Uno legitimaba al otro y viceversa. Teodosio se apoyaba en el creciente poder de una iglesia episcopalizada, con fuertes personalidades como el obispo Ambrosio; y la iglesia reforzaba su legalidad e incrementaba su patrimonio con el apoyo explícito del aparato estatal y las donaciones territoriales de elementos significativos de la aristocracia tardorromana.

 

El último atleta de la Antigüedad de nombre conocido es Zopyros, un boxeador de Atenas que participó en la olimpiada del 385 d. C. Ignoramos todo lo referente a este deportista, cuyo nombre se ha conservado en una lámina de bronce encargada por el gremio de atletas. Pero puede recordarnos, en todo caso, el auge que la lucha, en sus distintas modalidades, tenía entre los antiguos helenos. Una de estas modalidades de lucha, el pancracio, era extraordinariamente bestial. En él estaba permitido casi todo, excepto sacarle los ojos al contrario o meterle los dedos en el gaznate. En cambio, resultaba admisible administrar puntapiés en el vientre o intentar el estrangulamiento del adversario, nos recuerda Marrou en su delicioso libro sobre la educación en la Antigüedad[91].

 

Había también competiciones de pancracio para niños, así como de pugilato. El propio Píndaro nos transmite el recuerdo de algunos de estos niños vencedores en la lucha, pequeños agresores encargados de perpetuar la fama de su linaje a costa de su integridad física y es posible que psicológica también (sin duda en estos niños pancracistas rebozados en barro no pensaba el barón de Coubertin cuando, en una de sus declaraciones a la prensa, aludía a «las virtudes pacíficas y moralizantes del deporte». La fe del barón era inconmensurable, a pesar de que le quedaba por ver, ya anciano, lo más

 

 

 

 

 

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grande: las olimpiadas organizadas por los nazis en 1936, los Juegos Olímpicos celebrados en Berlín, en el cénit del poder de Hitler).

 

Las mujeres estaban, en principio, excluidas de estos tipos de lucha, si bien existen referencias a mujeres gladiadoras de la época imperial. Alusiones en poetas satíricos, como Juvenal, y en historiadores, como Tácito, nos ponen en la pista de que existió, en efecto, esa figura de la luchadora de anfiteatro. Tácito refiere cómo, durante el gobierno del depravado Nerón, en el año 63 d. C., hubo espectáculos de gladiadores igual de brillantes que otros años, «pero un mayor número de damas ilustres y senadores se deshonró en la arena[92]».

 

Juvenal menciona, en su sátira primera, a la gladiadora Mevia. Esta se dedica, con el pecho al descubierto, como las antiguas amazonas, a empuñar el venablo (lanza corta arrojadiza) y traspasar «jabalíes etruscos[93]».

Recientes investigaciones han puesto en circulación el sustantivo gladiatrix, que no existía en el latín de la época. Y ciertamente el fenómeno de las mujeres gladiadoras pudo tener una dimensión que hasta hace poco no sospechábamos. Esa gladiatura femenina tendría un origen etrusco, como el conjunto de los munera gladiatori. Y, asimismo, se enraizaba en juegos funerarios, como vimos en la Ilíada. Según refiere Nicolás de Damasco, «alguno había especificado en su testamento que las bellas mujeres que había comprado debían enfrentarse entre sí, e incluso otro podía haber decretado que dos chicos, sus favoritos, debían hacer eso[94]».

En el Satiricón, Petronio describe, como cima del lujo, la exhibición de una mujer gladiadora en los juegos que se organizan para un fulano que acaba de heredar la fabulosa cantidad de treinta millones de sestercios: «Traerá las mejores espadas, se luchará hasta el final y las víctimas quedarán en el centro para que las pueda ver el anfiteatro. […] Ya tiene contratados a varios manios, a una esedaria y al intendente de Glicón, que fue cogido in fraganti haciendo el amor con su patrona[95]».

 

Los esedarios combatían al estilo de los britanos, sobre un carro o essedum, y constituían una auténtica sensación[96].

Con todo, en torno al año 200 d. C. el emperador Septimio Severo decretó la prohibición de que las mujeres participasen en las luchas.

 

Volviendo al fin de los Juegos Olímpicos, no es que les beneficiase tampoco mucho a las mujeres la desaparición de esas antañonas formas de competición al final de la Antigüedad. El cristianismo expandía su fe y sus instituciones, las eclesiásticas. En sus jerarquías no tenían cabida las mujeres, como tampoco habría lugar para ellas en la explanación doctrinal: la patrística

 

 

 

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es el conjunto de obras escritas por los padres de la Iglesia; madres eruditas y explicadoras no había[97].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 7

 

Momentos estelares de la misoginia deportiva

 

 

 

 

 

Para los atletas, en la Grecia clásica, era una práctica usual untarse el cuerpo con aceite de oliva. En esta época no existía el jabón y la mugre corporal debía ser arrastrada con expeditivos instrumentos de hierro, los estrígiles (Filóstrato nos cuenta del caso de un atleta asesinado con uno de estos instrumentos, una almohaza en la traducción de Francesca Mestre).

 

En Grecia, lo usual era practicar el deporte desnudo. Según el historiador Tucídides, esto era una idea importada de Esparta junto con las friegas de aceite. Pausanias (eximio turista del Imperio Romano que se entretuvo en dejar por escrito sus impresiones sobre la vieja y decadente Grecia), en cambio, remite esta desnudez a la estricta separación de sexos existente. Asegura Pausanias que a las mujeres les estaba prohibido acercarse a Olimpia durante los juegos, evento en el que desde luego no podían participar. Como tampoco le gustaba la participación femenina al restaurador de los Juegos Olímpicos de la era moderna (en 1896).

 

Pausanias cuenta, para justificar esa desnudez masculina, la leyenda de Calipatira, una viuda que se convirtió en entrenadora de lucha de su propio hijo. Y que para acceder al recinto donde competía su hijo se disfrazó de hombre. Pero fue descubierta al saltar una tapia y engancharse sus ropajes, quedando, a la vista de todos, su fraudulento cuerpo de mujer. No sabemos qué fue de la pobre Calipatira porque una ley de los eleos establecía el mandato de despeñar por el monte Tipeo a las mujeres que burlasen la prohibición y acudiesen a los juegos de Olimpia. Pausanias nos dice que, a partir de entonces, se promulgó una ley que obligaba a la desnudez completa a participantes y entrenadores, pero no nos cuenta nada acerca de la suerte personal de esta osada mujer.

 

Si el acceso a los juegos estaba prohibido o restringido para las mujeres, la práctica deportiva no les era ajena. No podía ser algo extraño a un pueblo que tenía una diosa cazadora, Artemisa, y otra diosa guerrera, Atenea, a la que se solía representar con casco, lanza (como la Atenea Prómacos de la Acrópolis de Atenas) y égida en pecho. Aunque por supuesto las divinidades

 

 

 

 

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protectoras del deporte eran masculinas, Hermes y Heracles, con cuyas figuras se decoraban gimnasios y palestras.

Había, sí, juegos femeninos específicos, como los Juegos Hereos, que se celebraban en Olimpia también. Como su nombre indica, estaban dedicados a la diosa Hera, protectora del matrimonio y de la familia, y no al padre de los dioses Zeus. La parquedad de las fuentes clásicas sobre la esencia, la periodicidad y el carácter de esos Juegos Hereos ha dado lugar a una multiplicidad de interpretaciones. Lo que sí parece claro es que el tipo de actividad realizada conserva un carácter cultual y ritual más acentuado que en los juegos masculinos. En estos, el carácter agonístico, de pura competición deportiva, fue creciendo con el tiempo, si bien nunca se desligaron de esa raíz religiosa y por ello, como veremos más adelante, se precipitó su fin cuando el panorama religioso cambió por completo.

 

Pausanias, que escribe para los habitantes del Imperio Romano en el siglo II d. C., nos da algunos detalles de estos Juegos Hereos. Pero, más que reportar un acontecimiento vívido, parece estar narrando la escenificación atrofiada de un mito; algo que necesita explicación y, más aún, una justificación en un pasado mítico. Lo refiere de este modo:

 

Cada cuatro años tejen a Hera un peplo las dieciséis mujeres y ellas mismas convocan una competición, los Juegos Hereos. La competición consiste en una carrera para muchachas, no todas de la misma edad, sino que corren las primeras las más jóvenes y después de ellas las segundas en edad y las últimas las muchachas que son mayores. Y corren de la siguiente manera: llevan suelto el cabello y una túnica les llega un poco por encima de la rodilla y enseñan el hombro derecho hasta el pecho. También a ellas les está asignado para la competición el estadio olímpico, pero se les reduce para la carrera aproximadamente la sexta parte de él. A las vencedoras les conceden coronas de olivo y parte de la vaca sacrificada a Hera, y además les está permitido ofrendar imágenes con inscripciones. Y también hay mujeres que prestan ayuda a las dieciséis que dirigen estas competiciones. Estos juegos de muchachas los hacen remontar también a una época antigua, diciéndose que Hipodamía, para dar gracias a Hera por su boda con Pélope, reunió a las dieciséis mujeres y con ellas fue la primera en organizar los Juegos Hereos. Recuerdan también que venció Cloris, la única hija que sobrevivió de la casa de Anfión[98].

 

Las chicas vestían túnicas cortas y llevaban el pelo suelto, sin trenzados ni recogidos. Los hombres, como hemos visto, prescindían de la ropa, aunque es posible que pudiesen llevar aditamentos como gorritos, protectores de orejas y hasta es probable que utilizasen «suspensores» para los órganos genitales (un cordón que cerraba el prepucio y se unía luego a la cintura), si bien a Marrou esto no le parece que esté del todo claro.

Nuestro apreciado Marrou hace una anotación muy acertada que nos permite atisbar el abismo de mentalidades entre el mundo griego clásico y el

 

 

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nuestro. Señala la relación existente entre la desnudez de los atletas y la pederastia helénica. La pederastia era una institución educativa entre los griegos. Formaba parte de lo que Jaeger denominó paideia griega, es decir, más o menos lo que llamaríamos ahora sistema educativo (incluyendo los principios ideológicos que lo sustentan). De modo que si en la actualidad se pretende el desarrollo de las capacidades del alumno a través de diversas metodologías (el estudio incluido, sí), en la polis griega acostarse con el alumno formaba parte de la educación.

 

Esto era una parte más, tal vez ni siquiera la más significativa, de una sociedad estrictamente dividida entre hombres y mujeres, pudiendo ser los primeros ciudadanos (no todos, no olvidemos la existencia de la esclavitud, seres humanos cosificados, despojados de cualquier atisbo de lo que ahora llamamos derechos humanos) y siendo las segundas entes de inferior categoría, sin derecho a la participación en las tareas de la polis.

 

Como el propio Marrou dice, la polis era «un club de hombres». En ella pervivirá la pederastia como un compañerismo de guerreros; hombres que se han ejercitado en los mismos valores y están ligados por los mismos ideales. El respeto y la admiración podían derivar con facilidad en una atracción física, un amor entre camaradas. En esta homosexualidad griega de origen militar solía haber un hombre adulto y otro más joven, un muchacho cuya edad solía oscilar entre los quince y los dieciocho años. Y este tipo de relaciones era un auténtico compendio de pedagogía. El adulto inculcaba al joven un deseo de emulación, una vez que este admiraba las virtudes viriles de las que aquel era acreedor: «El deseo que siente el primero de seducir, de afirmarse, engendra en el segundo un sentimiento de admiración ferviente y aplicada: el mayor es el héroe, el tipo superior a cuya imagen y semejanza debe modelarse, a cuya altura tratará poco a poco de encumbrarse[99]».

 

La esencia de este método pedagógico pederástico es, según el erudito francés (a quien seguimos en esta exposición), «un ideal misógino de virilidad total». Las mujeres tenían poco que decir al respecto y, así las cosas, daba igual si despeñaban o no a la desdichada Calipatira.

 

Por cierto, Filóstrato nos transmite una historia muy parecida a la de Calipatira. Solo que la protagonista, en su relato, se llama Ferenice y su hijo es Pisidoro, un joven púgil:

 

 la hija del pugilista Diágoras, Ferenice de Rodas, era tan fuerte físicamente que los eleos creyeron primero que era un hombre. Se presentó en Olimpia, cubierta por un manto, como gimnasta de su hijo Pisidoro; este era tan diestro en el arte del pugilato que no era en nada inferior al abuelo. Cuando se dieron cuenta del engaño, no se atrevieron a matarla por respeto a Diágoras y a sus hijos —ya que en casa de

 

 

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Ferenice eran todos vencedores olímpicos—, pero fue dictada una norma según la cual el gimnasta tenía que desnudarse y someterse a la aceptación de los eleos[100].

 

A Ferenice le perdonan la vida por respeto a Diágoras e hijo, vencedores en los juegos olímpicos, no porque su vida valga un hueso de aceituna…

 

Un episodio contemporáneo de misoginia, absolutamente memorable, fue la agresión que sufrió la atleta Katherine Switzer al participar en una prueba de maratón, la de Boston[101]. Era la primera vez que una mujer lo hacía. Corría el año 1967[102]. Curiosamente, no había ninguna restricción en cuanto al sexo. Ella se inscribió con sus iniciales y pagó su cuota. En plena carrera, fue agredida por un individuo; no un tipo anónimo: era uno de los directores de la carrera, Jock Semple. La atleta lo cuenta en un documento audiovisual muy ilustrativo. El tipo, mientras la empujaba, intentando tirarla al suelo, le gritó: «Lárgate de mi carrera y dame esos números (el dorsal)». Su furia la aterró. Pero ella siguió corriendo. Se dio cuenta de que, si no lo hacía, todo el mundo pensaría que una mujer era incapaz de correr esa distancia. Aquí hay que hacer un inciso para señalar que fue el novio de Katherine quien libró a esta de su acosador, empujándolo fuera del espacio de la carrera.

 

Todavía se tardaría cinco años en conseguir que las mujeres pudiesen correr la maratón de Boston. Y no se incluyó en los Juegos Olímpicos como especialidad femenina ¡hasta 1984!

 

En agosto de 2019 se produjo un hecho insólito: por primera vez una mujer arbitró un partido de fútbol de la Supercopa (liga masculina, por supuesto; lo otro una liga femenina, sería irrelevante). Stèphanie Frappart estuvo asistida por dos árbitras, además. En España, la liga de fútbol (masculina), en Primera División, contó con una árbitra, Guadalupe Porras, también por primera vez en 2019. Una victoria pírrica… Porque recordemos que, en este país en el que tenemos residencia, las mujeres, por ejemplo, hace cuarenta años ya que pudieron ingresar en el Cuerpo Nacional de Policía. Y en la judicatura otros tantos (hay ciertas discrepancias en las fuentes hemerográficas consultadas sobre a quién le corresponde el honor de ser la primera jueza española), constituyendo, además, en el conjunto total de la institución, el 54,8 % (dato de 2021). De modo que esa presencia femenina en el arbitraje resulta esclarecedora con respecto a la situación de las mujeres en el deporte.

 

Atalanta tampoco corre en el césped de los estadios de fútbol, ni siquiera como jueza. Es decir, a ese futbolista que comete un delito en cualquier ámbito de la vida cotidiana lo podrá juzgar y enviar a la cárcel una mujer, una

 

 

 

 

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señora jueza. En el campo de juego ya será más raro que lo sancione una mujer. Esto es el deporte, señoras y señores.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 8

 

Hiparquia contra Atalanta: filósofa contra deportista

 

 

 

 

El deporte, como lo entendemos en la actualidad, ya lo hemos visto, nace en la Antigüedad clásica. Cierto es que, hasta donde podemos saber, en muchas sociedades antiguas y medievales hubo juegos y actividades físicas asimilables: desde el juego de pelota maya (del que se conservan recintos destinados a ello) hasta el patinaje que nos muestran los cuadros de Brueghel el Viejo, pasando por las carreras de cuadrigas bizantinas (los azules y los verdes eran el Barça y el Real Madrid de Constantinopla) o los juegos de viras (lanzas) en la Castilla del siglo XV. Si bien en el mundo antiguo clásico es donde adquieren una especial relevancia, en parte por imbricarse en la educación, en parte por convertirse en los primeros espectáculos de masas (munera gladiatoria, ludi circenses), siendo patrocinados por el poder político, desde el centro imperial hasta la periferia edilicia (o municipal).

 

También en la Antigüedad clásica surgen (y muy tempranamente) voces críticas frente a las actividades atléticas y los espectáculos. No podía ser de otro modo. La sustitución del pensamiento mítico por nuevas formas de pensamiento atravesado por un fortísimo vector de racionalidad lleva consigo el cuestionamiento de las costumbres, las instituciones y las creencias. Y siendo el deporte un fenómeno ligado a lo religioso (el santuario de Olimpia es buena muestra de ello) y, por tanto, al mundo del mito, pero también un conjunto de prácticas sociales muy caracterizadas, con el surgimiento de las nuevas formas de interpretación de la realidad, es susceptible de ser puesto en tela de juicio. Como he dicho más arriba, hay que tener en cuenta que el deporte es una parte sustancial de la paideia griega, del modo de entender la educación y las prácticas educativas del mundo helénico. El especialista clásico en educación de la Antigüedad, Marrou, así nos lo transmite. De modo que una crítica a determinadas prácticas deportivas o a la figura del atleta no es solo una crítica a determinadas costumbres o usos sociales, sino que es un dardo en el centro mismo de las instituciones que conforman la polis. En cambio, críticas posteriores, como las de Galeno, que vive entre los siglos II-III

 

 

 

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d. C., se desarrollan siguiendo la lógica de la disciplina sobre la que escribe, la medicina.

No obstante, autores dramáticos, tratadistas varios y filósofos expresan críticas acerbas a determinados aspectos del deporte, deteniéndose sobre todo en cualidades negativas en relación con la salud y la desproporcionada importancia que se le otorga a los atletas en su época. De hecho, se ha llegado a decir que durante una buena parte del arte griego (siglos VII a V a. C.) solo se representan atletas. Pues no de otra forma se interpretan los kouroi arcaicos y en puridad lo son el Auriga de Delfos, el Discóbolo de Mirón o el Doríforo de Policleto. Todos hombres jóvenes, expertos en disciplinas como las carreras de carros, el lanzamiento de disco o el lanzamiento de jabalina. La obra literaria de Píndaro nos transmite el elogio más acendrado de la actividad deportiva, centrándose en la figura del vencedor en cada una de las modalidades.

 

Pero las voces discrepantes también se alzaron desde la literatura. Por ejemplo, para el gran trágico Eurípides los atletas eran lo peor de la Hélade. Los considera unos indignos glotones que no benefician en nada a su ciudad. En lugar de ello, los ciudadanos deberían preocuparse más por sus gobernantes, afirma. El fragmento pertenece a una tragedia perdida, Autólico, de la cual se ha conservado este espléndido fragmento:

 

De los innumerables males que hay en Grecia, ninguno es peor que la raza de los atletas. En primer lugar, estos ni aprenden a vivir bien ni podrían hacerlo, pues ¿cómo un hombre esclavo de sus mandíbulas y víctima de su vientre puede obtener riqueza superior a la de su padre? Y tampoco son capaces de soportar la pobreza ni remar en el mar de la fortuna, pues al no estar habituados a las buenas costumbres, difícilmente cambian en las dificultades. Radiantes en su juventud, van de un lado para otro como si fueran adornos de la ciudad, pero cuando se abate sobre ellos la amarga vejez, desaparecen como mantos raídos que han perdido el pelo. Y censuro también la costumbre de los griegos, que se reúnen para contemplarlos y rendir honor a placeres inútiles… ¿Pues qué buen luchador, qué hombre rápido de pies o qué lanzador de disco o quien habitualmente ponga en juego su mandíbula ha socorrido a su patria obteniendo una corona? ¿Acaso lucharán contra los enemigos llevando los discos en la mano o por entre los escudos golpeándolos con los pies expulsarán a los enemigos de la patria? Nadie hace esas locuras cuando está frente al hierro. Sería preciso, entonces, coronar con guirnaldas a los hombres sabios y buenos y a quien conduce a la ciudad de la mejor manera siendo prudente y justo, y a quien con sus palabras aleja las acciones perniciosas, suprimiendo luchas y revueltas. Tales cosas, en efecto, son beneficiosas para la ciudad y para todos los griegos[103].

 

El filósofo Jenófanes de Colofón ya se había quejado, un poco antes que Eurípides, en el siglo VI a. C., de los excesivos honores que se dispensaba a un atleta, ya que no es tan merecedor de ello como él mismo. «Pues mejor que la fuerza de los caballos y los hombres es nuestro saber […] injusto es preferir

 

 

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al saber verdadero la fuerza corpórea[104]». Asertos que sin duda muchos suscribimos. Pero añade Jenófanes un argumento contundente: por mucho que una ciudad tenga un campeón de pentatlón o un excelente corredor, no por eso tiene un mejor gobierno: «Mínimo gozo consigue la ciudad sacar de eso[105]».

 

Aunque quizá el varapalo más fuerte es el que Galeno le endilga a los atletas. El médico más famoso de todos los tiempos (el que nos dejó su nombre propio como sinónimo de la profesión) aseguraba que los atletas no participaban de los beneficios de la mente, ahogándose sus almas en su masa de carne. Ni siquiera reconocía beneficios a la actividad deportiva: según él, los deportistas no tenían ni salud ni belleza, comían como cerdos y se convertían en personas obesas y abotargadas. Encima, rara vez llegaban a una edad avanzada…

 

Hipócrates, al que se le considera el padre de la medicina, ya había señalado en el siglo V antes de Cristo lo antinatural que resultaba la constitución de los atletas. En los aforismos a él atribuidos se expresa la dificultad de conservar el estado físico para los atletas, pues, una vez conseguida su robustez, solo puede haber una decadencia cierta. En el tratado hipocrático Sobre la alimentación se sentencia: «La constitución del atleta no va con la naturaleza[106]».

 

Quizá tanto Galeno como Hipócrates solo se refieran a los luchadores, que seguían una dieta hipercalórica y tenían una fama de tragones descomunal. Pero Filóstrato, un autor contemporáneo de Galeno, hace referencia a la proverbial glotonería de los atletas, siempre dispuestos a comer; incluso el pan con semillas de adormidera que les prescriben los médicos[107]… Famosos por su voracidad fueron los atletas Milón de Crotona, capaz de comerse un buey entero; o Egón, que engullía él solito el banquete de ochenta personas. Eso al menos nos cuenta Ateneo[108], que vivió también entre los siglos II y III d. C.

 

Las críticas están ahí. Y en el contexto del período imperial hablan de una profesionalización de la práctica deportiva. Y aunque se proponga una auténtica reviviscencia del antiguo deporte, simbolizado en sus espacios de palestra, gimnasio y estadio, la realidad de la época nos habla de una prevalencia del deporte-espectáculo en sus espacios concomitantes, el circo y el anfiteatro.

El arte figurativo muestra la relevancia de las actividades deportivas y de quienes las practican. Las esculturas del período helenístico (y sus copias romanas) representan al atleta o al púgil en su acmé carnal: ese monumental

 

 

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Hércules Farnesio del Museo Arqueológico de Nápoles (en verdad una copia romana), con su musculatura hipertrofiada, y que fue dibujado por un Rubens admirado (más o menos como lo podemos estar nosotros al pensar en la inexistencia en la época de esteroides anabolizantes). O el púgil del Museo de las Termas de Roma, menos musculado, aunque igualmente desnudo. Estos cuerpos se alejan del ideal clásico de belleza. No olvidemos que es el cuerpo humano el objeto prioritario del arte griego. Y el cuerpo, un invento del mundo clásico, según la estudiosa del tema Carmen Sánchez[109]; un auténtico acto de creatividad visual. Así, en el desnudo canónico masculino del clasicismo concurren una serie de elementos casi inverosímiles (exagerado pliegue inguinal, pies grandes, glúteos redondeados, genitales mínimos…), muy difíciles de conciliar en un solo cuerpo de hombre. Ese cuerpo masculino que es el culmen de la belleza; el cuerpo femenino es inarticulado, como el de los fetos, los bárbaros o los esclavos.

 

Volviendo a las críticas al deporte, señalaremos un común reproche: el de la inutilidad para el conjunto de la sociedad. El teórico de la arquitectura romana, Vitruvio (siglo I a. C.), ya había expresado uno de los argumentos centrales de la crítica a las actividades deportivas: su patente inutilidad. Desde una ardiente defensa del trabajo intelectual, que puede ser de utilidad a muchos, expresa la convicción de que los triunfos atléticos solo sirven a la fama de un sujeto concreto. Así, en el prefacio del IX libro de su tratado arquitectónico escribe:

 

Los antiguos griegos concedieron a los atletas más famosos, que habían alcanzado la victoria en los juegos Olímpicos, Píticos, Ístmicos y Nemeos, unos honores tan extraordinarios que no solo recibían los honores del público en los escenarios cuando se levantaban con su palma y su corona, sino que, al volver victoriosos a sus propias ciudades, eran conducidos como triunfadores en una cuadriga hasta las calles de sus ciudades de origen y además estaban exentos de pagar ciertos impuestos durante toda su vida, como premio acordado por el Estado. Al recapacitar ahora sobre estar costumbres, no deja de admirarme que no concedan honores similares o aún mayores a los escritores, que aportan mayores beneficios a todos los pueblos y a lo largo de los tiempos. Ciertamente sería mucho mejor establecer esta costumbre, pues los atletas consiguen fortalecer simplemente sus músculos, mediante entrenamientos, pero los escritores no solo perfeccionan su propia inteligencia sino también la de todos los hombres y con la información de sus libros fijan unas normas instructivas para alentar el talento y el ingenio de todos los hombres. ¿Qué utilidad ha proporcionado a la humanidad el hecho de que Milón de Crotona resultara invicto en todas sus competiciones?, ¿qué provecho han prestado otros muchos vencedores si no es el de disfrutar de la fama entre sus conciudadanos mientras vivieron? Mas las enseñanzas de Pitágoras, Demócrito, Platón, Aristóteles y de otros muchos pensadores, elaboradas día a día gracias a su incesante trabajo, han dado frutos nuevos y espléndidos tanto a sus propios conciudadanos como a todo el mundo[110].

 

 

 

 

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En el mundo helénico, el sofista Isócrates (436-338 a. C.) ya había formulado esta cuestión con anterioridad, haciendo hincapié en el beneficio exclusivamente particular que obtiene el deportista, mientras que los frutos del ingenio sí tienen una vertiente social, pues es posible compartirlos. Naturalmente que barría para adentro (un sofista era un profesor de retórica altamente especializado y muy bien remunerado), pero resulta convincente su argumentación:

 

Con frecuencia me ha causado asombro que quienes convocaron las fiestas solemnes y establecieron los certámenes gimnásticos, consideran merecedores de tan enormes premios los éxitos físicos y que, en cambio, a los que particularmente se esforzaron por el interés común y tanto aprestaron sus espíritus para ayudar a los demás, no les concedieran honor alguno. A estos últimos hubiera sido lógico prestarles más atención; porque si los atletas duplicaran su fuerza no resultaría mayor beneficio para los demás, pero de un solo hombre inteligente se beneficiarían todos los que quisieran participar de su pensamiento[111].

 

Esto lo asegura en el contexto de una cultura preeminentemente oral como la ateniense de los siglos V y IV antes de Cristo. Por extraño que nos parezca, Platón, por ejemplo, gran escritor él mismo, desdeña la escritura, a la que considera, en cierto modo, corruptora de la memoria. Cuando el libro se convierta en el vehículo de transmisión cultural por excelencia, las palabras de Isócrates adquirirán mayor relevancia aún: lo que piense y escriba una persona puede beneficiar a sus contemporáneos y a cuantos le sucedan en el tiempo…

 

Unas opiniones que solo pueden considerarse negativas del espectáculo deportivo (las competiciones atléticas) son las que nos transmite Diógenes Laercio de su tocayo, el filósofo cínico Diógenes. Cuando este fue preguntado al volver de Olimpia (es de suponer que de ver los Juegos Olímpicos) si había mucha gente, él replicó: «Mucha gente, sí, pero pocas personas[112]». Y ante uno que fanfarroneaba sobre su victoria sobre otros hombres en los Juegos Píticos, él exclamó: «Yo venzo a hombres, tú solo a esclavos». Con lo cual deja clara su idea de la supremacía de la actividad filosófica (entendida de una forma agonística, como era frecuente en la época) frente a una actividad inferior, propia de los inferiores en la sociedad griega, los esclavos.

 

La crítica de Cicerón (pensador, por otro lado, en absoluto radical o rompedor) de la actividad física o deportiva es suave. En De senectute (Sobre la vejez) no critica explícitamente tal actividad, si bien la recluye en la juventud, en la que es adecuada. A la vez, expresa los mayores elogios de la actividad intelectual. Así, afirma que «las grandes hazañas no se llevan a cabo con las fuerzas, la velocidad o la agilidad de los cuerpos, sino con el consejo,

 

 

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el prestigio y el juicio[113]». Y más abajo escribe: «Se dice que Milón atravesó el estadio de Olimpia sosteniendo una vaca en sus hombros. Pero ¿tú que prefieres?, ¿qué se te dé una fuerza corporal como esa o la fuerza del talento de Pitágoras?»[114].

 

Hay que cuidar la salud, hay que hacer ejercicios moderados, opina. Mas su elogio es para los placeres intelectuales, que no admiten parangón ni con la comida, las cortesanas o los juegos. «En verdad, no puede haber un placer mayor que el del intelecto[115]».

 

Uno de los fenómenos que suscitaron mayor número de críticas, ya en la Antigüedad, fueron las luchas en el anfiteatro. Los propios romanos (un número limitado de ellos, bien es cierto) fueron conscientes de la brutalidad de las luchas de gladiadores; ello en un momento, ya en época imperial, en el que la filosofía se impregna del rigor moral del estoicismo y en el que el emergente cristianismo va imponiendo también un orden de valores distinto al del mundo pagano.

 

Epicteto, el filósofo de inspiración estoica (55-135 d. C.), aconsejaba esto a sus coetáneos sobre los entretenimientos populares: «Casi todo lo que se acepta como legítimo entretenimiento es inferior o ridículo y solo atiende o explota las debilidades de la gente. Procura no formar parte de la multitud que se entrega a semejantes pasatiempos. La vida es demasiado corta y tienes cosas importantes que hacer[116]».

 

El emperador Marco Aurelio (siglo II d. C.), filósofo también, mostró su rechazo a las muertes que se producían en las luchas de gladiadores. Y así, en las que patrocinó él, prohibió la muerte de los contendientes, obligando a que estos llevasen armas romas. Pero no hizo nada por evitar las muertes en el resto de las luchas gladiatorias[117]. E incluso, cuando él se ausentaba, procuraba que hubiera ricos patrocinadores de estas actividades para así tener a la plebe entretenida (y poco propicia a las revueltas). El emperador Diocleciano (finales del siglo III) se mostró contrario a este tipo de espectáculos, pero solo por razones económicas, ya que le parecían un dispendio insoportable.

 

Pero será desde el cristianismo donde se generen las críticas más duras para el deporte. Hay que tener en cuenta que en la Antigüedad la actividad deportiva estuvo conectada con la religión, siendo el origen de las competiciones determinados cultos ofrecidos a los dioses como en el santuario de Olimpia, por ejemplo. Los cristianos rechazan, pues, el deporte al estar ligado de modo indisoluble al paganismo.

 

 

 

 

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Tertuliano dice al respecto en su libro De spectaculis que los festivales deportivos estaban originalmente dedicados a los dioses. Como él habla desde el mundo romano, cita a Líber, Neptuno, Marte y Júpiter. Para él incluso la denominación de esos espectáculos (juegos capitolinos, por ejemplo) demuestra «el pecaminoso origen de los juegos en conexión con la herejía». Y Novaciano, en un texto de idéntico título, De spectaculis, insiste en que en cualquier espectáculo, si se investiga su origen y su creación, se hallará «un ídolo, un demonio o un fantasma[118]». Como adalid del cristianismo, Novaciano apunta que el placer está también por medio: el demonio unió paganismo con el deleite que producen los espectáculos, ya que sabía que la idolatría produciría, por sí sola, horror. El rigorismo, muy arraigado en determinadas corrientes del cristianismo de la época, aflora aquí con toda su vehemencia. Los espectáculos son placer, admite Tertuliano. Una indeseable concupiscencia, tan peligrosa como la concupiscencia de la gula o la del dinero. Aunque también este apologeta utilizará argumentos humanitarios para abominar de los juegos del anfiteatro, crueles y depravados, que pueden llevar la muerte a inocentes, bien por la rapidez del juicio, la debilidad de la defensa o el deseo de venganza del juez. Incluso cuando se utilizan delincuentes para ellos argumenta que de qué sirve que aquellos que son condenados a luchar por haber cometido un delito se conviertan, de pequeños delincuentes, en auténticos asesinos.

 

Mas Tertuliano desprecia las actividades deportivas por lo que significan en sí. Advierte al cristiano que debe desdeñar la inútil exhibición de fuerza; menos aún debe apreciar el cuidado artificial del cuerpo, pues pretende superar la obra de Dios. El cristiano debe despreciar a los fornidos atletas que son el fruto del «ocio griego». La gimnasia es, ni más ni menos, que un asunto del diablo:

 

No aprobarás nunca las inútiles carreras, el lanzamiento de dardos, los saltos todavía más inútiles; no te debe agradar la injuriosa e inútil exhibición de fuerzas, ni el cuidado artificial del cuerpo que pretende superar la mano de Dios; despreciarás a los fornidos atletas, producto del ocio griego. La gimnasia es también un negocio del diablo; y es que el diablo engañó ya a los primeros hombres; sus gestos tienen la habilidad de una culebra: tenaz a la hora de agarrarse, tortuosa a la hora de liar, y resbaladiza a la hora de escaparse[119].

 

Taciano, en el Discurso contra los griegos, insiste sobre la violencia y el refuerzo positivo que conlleva su uso en este contexto: a hombres fatigados por el entrenamiento se les engatusa con premios y coronas y los organizadores de combates los incitan a competir con insolencia. Naturalmente es coronado «el que mejor golpea[120]».

 

 

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Ya Pablo de Tarso, en una de sus cartas (I Tim 4, 7-8), decía utilizando el lenguaje deportivo a la vez que repudiaba esas mismas prácticas deportivas: «Entrénate para desarrollar tu religiosidad, pues la gimnasia corporal es provechosa para poco, mientras que la religiosidad es provechosa para todo».

 

Hay que tener en cuenta que, en la parte oriental del Imperio Romano, más helenizada, subsiste aún la paideia griega, es decir, los modos educativos propios de la antigua Grecia. Marrou, el gran especialista en la educación de la Antigüedad clásica (al que no nos cansamos de citar), nos habla de la vigencia en el contexto del Mediterráneo oriental (no olvidemos que Pablo nace en una ciudad de la península anatolia, hoy perteneciente a Turquía).

 

Que a la altura del siglo IV las luchas de gladiadores conservan todo su vigor nos lo transmite Agustín de Hipona en un pasaje revelador. En él se aprecian con toda claridad los poderes adictivos de este tipo de espectáculos. En el libro VI de las Confesiones, nos cuenta cómo un amigo y compatriota suyo (nacido en Tagaste, hoy localidad de Argelia), Alipio, era aficionado a las carreras del circo. Agustín se burlaba de él por dejarse arrastrar por tan «insano deporte». Pero lo peor sucedió cuando el joven se trasladó a Roma para proseguir sus estudios de Derecho. Al principio se resistía a acudir a los espectáculos de gladiadores, desdeñándolos. Un día tanto insistieron sus amigos que fanfarroneó diciendo que, de acuerdo, que estaría con ellos en cuerpo, pero no con su alma, pues permanecería con los ojos cerrados. Los oídos, en cambio, permanecieron abiertos. Merece la pena reproducir el párrafo:

 

El clamor de la muchedumbre había taladrado sus oídos, obligándole a abrir los ojos, dejando su alma abierta para recibir la herida que le derribó. Un alma más presuntuosa que fuerte, y tanto más débil cuanto más confiada en sí misma en vez de confiar en Ti. Porque tan pronto como vio la sangre corriendo, bebió la crueldad y no apartó los ojos. Antes se puso a mirar muy atento y se enfureció sin darse cuenta deleitándose con la maldad de aquella pelea y embriagándose con aquel sangriento placer[121].

 

Las vivas pinceladas de esta descripción nos dan algunas claves para comprender el poder adictivo de esos espectáculos, el cariz de locura colectiva que tomaban, si bien, como está narrado aquí, había determinadas personalidades más propensas a caer fascinadas por ellas.

 

Las luchas de gladiadores serían prohibidas por el emperador Honorio a comienzos del siglo V d. C. Al Imperio Romano de Occidente le quedaban ya escasos años para su colapso en Occidente. Y con ello el advenimiento de una nueva época, la medieval, en la que el deporte nunca tendrá la relevancia que en el mundo antiguo.

 

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Como hemos podido comprobar, las críticas a determinados aspectos deportivos (utilizamos siempre con cautela el término, ya que sensu stricto es un anacronismo) no las realizan las mujeres. No tienen las féminas, en el mundo antiguo, la capacidad material ni la posibilidad intelectual de articular un discurso propio. Tan excluidas del deporte como de la palabra.

 

Pero sí conservamos un testimonio indirecto de una filósofa que recusa la actividad física. Ella es Hiparquia[122], pensadora incluida en el círculo de los filósofos cínicos, los de la secta del perro (Diógenes, Crates). Estos filósofos repudian las estructuras y las convenciones de las sociedades en las que viven, el mundo en descomposición de las antiguas poleis. Unas ciudades en crecimiento, pero también con una creciente desigualdad en el reparto de las riquezas, con acumulación de estas en manos de unos pocos. Unas ciudades en las que los viejos ideales políticos están en descomposición.

 

Hiparquia se ha unido a esos filósofos contestatarios, auténticos hippies avant la lettre, que aspiran a una vida en consonancia con los principios de la naturaleza y se burlan de las normas sociales, incluidas las del pudor; también se mofan de las riquezas y del afán inmoderado por poseerlas.

Para una mujer, convertirse en uno más de esos filósofos lleva aparejado, además, el abandono del hogar (pues prefieren el vagabundeo), el lugar femenino por excelencia. Y reniegan también, como no podía ser de otro modo, de las tareas domésticas. Entre ellas, la caracterizada como propia de toda mujer honesta como es el hilado de la lana; labor tediosa donde las hubiere, pero imprescindible en una sociedad que no había mecanizado dicha tarea.

 

El escándalo que producía tal abandono por parte de una mujer, proveniente además de una familia acomodada, era mayúsculo. Asistía incluso a banquetes, cenáculos literarios o filosóficos que no eran aptos para mujeres decentes. En uno de ellos, un tal Teodoro que quiso ridiculizarla, la interpeló preguntando si ella era la que había abandonado el telar[123]. E Hiparquia, sin cortarse un pelo, le replicó: «Yo soy, Teodoro. ¿Es que te parece que he tomado una decisión equivocada sobre mí misma, al dedicar el tiempo que iba a gastar en el telar en mi educación?»[124].

 

Antípatro de Sidón nos transmite en un poema su rechazo de los bienes materiales, que son a la vez un repudio de lo considerado femenino (el adorno). Y su preferencia por una existencia nómada y libre, aunque extraordinariamente austera. Lo singular es que también subraya su desagrado por la actividad física, la que consideraría un desperdicio, por la vida

 

 

 

 

 

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montaraz de una Atalanta, ocupada en sus cacerías y sus carreras. En el poema, recogido en la Antología palatina, se expresa así:

 

Yo, Hiparquia, las labores de mujeres de amplios vestidos no elegí, sino la vida vigorosa de los perros.

 

No las ropas con broches, ni el calzado de gruesas

 

suelas, ni la redecilla reluciente me agradaron,

 

sino la alforja camarada del bastón, su acorde

 

doble manto y el cobertor del jergón en el suelo.

 

Y afirmo así ser mejor que Atalanta la de Menalión,

en la medida en que la sabiduría es superior a la montería[125].

 

Carlos García Gual recoge la versión de Manuel Fernández-Galiano del epigrama de Antípatro:

 

Yo, Hiparquia, prefiero a la muelle labor femenina

 

la vida viril que los cínicos llevan;

 

no me agrada la túnica sujeta con fíbulas; odio las sandalias de suela gruesa y las redecillas brillantes. Me gustan la alforja y el bastón de viajero y la manta que en tierra por la noche me cubre. No me aventaja en verdad la menalia Atalanta,

Que el saber a la vida montaraz sobrepuja[126].

 

Hiparquia recusa el modelo tradicional de feminidad, ya que rechaza ropas, calzado y otros adornos (fíbulas o broches y redecillas para el pelo) propios de las mujeres. Y adopta en cambio el «uniforme» del filósofo cínico, que en realidad es el de un viajero de escasos recursos: bastón (para ayudarse a caminar), alforja (para llevar algún alimento) y manto (que hace las veces de saco de dormir). Aunque más significativo aún para su contexto histórico (Hiparquia floreció, como decían los antiguos, es decir, tuvo su momento de esplendor vital en los años 336-333 a. C.) es su rechazo de las labores en las que se ocuparon sin descanso las mujeres hasta la Revolución Industrial: el hilado y el tejido.

 

En el libro que dedica a las mujeres filósofas, en el siglo XVII, el erudito Gilles Ménage[127] reproduce el poema en esta versión, vertida aquí al español:

 

Yo, Hiparquia, no seguí las costumbres del sexo femenino, sino que con corazón varonil seguí a los fuertes perros. No me gustó el manto sujeto con la fíbula, ni el pie calzado y mi cinta se olvidó del perfume. Voy descalza, con un bastón, un vestido me cubre los miembros y tengo la dura tierra en vez de un lecho. Soy dueña de mi vida para saber, tanto y más que las ménades para cazar[128].

 

 

 

 

 

 

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La autonomía moral, el dominio de sí misma, lo obtiene Hiparquia, claro, del conocimiento, no de ningún deporte como lo son la carrera o la actividad cinegética.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 9

 

Cinisca Olimpiónica, ¿primera vencedora en unos Juegos Olímpicos de la Antigüedad?

 

 

 

Diversas fuentes antiguas nos han transmitido el nombre de Cinisca como la primera mujer que obtuvo una victoria en unos Juegos Olímpicos. Según Pausanias (el escritor-turista del siglo II d. C.), se proclamó vencedora en la carrera de caballos en la nonagésima sexta edición de dichos juegos, en el 396 a. C. Y volvió a hacerlo cuatro años después. El escultor Apeles fue el autor de un grupo escultórico en bronce, destinado a glorificar su hazaña.

Lo más asombroso es que una excavación realizada en Olimpia, en un lugar cercano al templo de Hera, recuperó la basa del grupo escultórico. En ella hay grabada una inscripción, incompleta, pero que conocemos entera, ya que el texto se ha conservado en la llamada Antología palatina. Dice así:

 

Mis padres y hermanos fueron reyes de Esparta.

 

Yo, Cinisca, vencedora con un carro de veloces corceles,

 

erijo esta estatua. Y afirmo que, de todas las mujeres de Grecia, soy la única en haber ganado esta corona.

 

Pero ¿quién fue Cinisca? Nacida en Esparta, era hija del rey Arquidamo II (siglo V a. C.) y hermana también de otros dos diarcas (los dos reyes que gobernaban a la vez), Agis II y Agesilao II. No se conocen ni la fecha de su nacimiento ni la de su muerte, como también se ignora si contrajo matrimonio o no (algo fundamental en la vida de una mujer en la antigua Grecia). Su nombre, Cinisca, significa algo así como «cachorro» o «pequeño perro cazador», por lo que se cree que pudo ser en realidad un apodo. En todo caso, resulta significativa esa apelación a la actividad cinegética; la caza, no lo olvidemos, era una de las actividades favoritas de la realeza y, a la vez, era considerada como una actividad preparatoria para la guerra. Esto puede ser indicativo de un carácter aguerrido y una mentalidad fuertemente agonística, propia de los varones de su entorno social y geográfico (la mera referencia a Esparta ya nos pone sobre aviso).

 

Cinisca fue la primera mujer heroizada por sus hazañas. Dejamos aparte, pues, a Helena, que contaba con un templo en cuanto esposa de Menelao y

 

 

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cuyos méritos pueden ser cuestionados.

 

A quien vencía en una prueba tan prestigiosa como las carreras de caballos se lo consideraba como un protegido de los dioses y cubierto con un aura especial o carisma. Cinisca, además, era una mujer, lo que incrementa su carácter excepcional.

 

Ahora bien, Pausanias nos ofrece también un dato revelador: Cinisca consiguió sus triunfos sin pisar Olimpia. Sabido es que a las mujeres les estaba totalmente prohibida la participación en los juegos, ya fuesen los olímpicos, los píticos, los ístmicos o los nemeos. Incluso como espectadoras.

Entonces ¿por qué se arroga esa victoria? Cinisca era, más que una deportista, el equivalente actual al poseedor de una escudería de coches de Fórmula 1 o al dueño de un equipo de fútbol.

 

En la estatua broncínea de Apeles, por tanto, estaban representados los caballos, el carro y el auriga, el verdadero triunfador, desde nuestro punto de vista, de la carrera. Cinisca era la promotora de esa victoria (y de la estatua), no la deportista victoriosa.

 

Ciertamente era inusual que una mujer se dedicara a esas actividades anejas a la práctica deportiva. Si bien pudo no ser algo infrecuente que las mujeres condujesen también sus propios carros fuera de un escenario competitivo. En la Odisea, se nos muestra a una intrépida Nausícaa que conduce su carro. Eso sí, lo hace para llevar a lavar, junto con sus criadas, sus ropajes: «La joven subió al carro […]. Empuñó ella el látigo y las espléndidas riendas y las hizo restallar para azuzar la partida. Hubo un tintineo y se pusieron en movimiento las mulas con ímpetu. Llevaban la ropa y la joven, no sola, ya que con ella marchaban a pie sus sirvientas[129]».

Precioso y muy adecuado para una muchacha de la Edad Arcaica…

 

En época helenística (es decir, quinientos años después) no resulta raro que mujeres espartiatas pudientes, como lo era Cinisca, dedicasen buena parte de sus fortunas a la cría de caballos y a subvenir los ingentes gastos que llevaba consigo el participar en la carrera de carros de unos juegos panhelénicos.

 

La Esparta posterior a la Guerra del Peloponeso, en cuanto vencedora, era la potencia hegemónica. Y en ella se produjeron una serie de cambios socioeconómicos, acentuándose la desigualdad social. Muchos espartiatas acumularon riquezas y poder, mientras que otros tenían severas dificultades para contribuir al sostenimiento de la comida diaria en común y perdían, por tanto, la categoría de ciudadanos. Cinisca, en cuanto mujer, no podía tener esa categoría. Pero por estirpe real y sus abundantes recursos económicos, pudo

 

 

 

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dedicarse a una actividad que debía producirle un indudable orgullo. También los habitantes de Esparta debían estar orgullosos de ella, ya que tras su muerte recibió un culto heroico. Pausanias asegura haber visto, en el centro de la ciudad, donde se le rendía culto a su memoria, un gimnasio en el que se realizaban combates rituales, cerca del dromos; en este se efectuaban las carreras de muchachos y de muchachas (siempre por separado, claro).

El mismísimo Aristóteles criticó el poder económico que tenían las mujeres (sus coetáneas) en Esparta. Ello a causa de las leyes que les permitían tener dos quintas partes de las tierras en herencia y podían acumular, por tanto, junto con dotes y otros bienes, cuantiosos patrimonios.

Otra espartana participante en los juegos olímpicos fue Eurileónide. En el 368 a. C., venció en la carrera de carros de dos caballos. Y en su honor fue erigida una estatua en la acrópolis de Esparta, junto al templo de Atenea Calcieco. Hay que señalar que la diosa Atenea, aunque ejerce su patronazgo sobre las artes de la hilatura y el tejido (ocupaciones femeninas por excelencia), es, ante todo, una diosa guerrera, que nace adulta y armada ya, directamente de su padre Zeus; una diosa ajena a las tareas de la maternidad y al amor conyugal.

 

Se conservan testimonios de otras mujeres vencedoras en las carreras de carros de Olimpia, si bien no son espartanas y pertenecen ya al período helenístico. Son Belistique y Berenice II, esposa esta de Ptolomeo III, rey de Egipto. Belistique, vencedora en la 129 Olimpiada, vivió en la segunda mitad del siglo III a. C. y, según nos refiere Pausanias, fue una mujer de las costas de Macedonia (no hace constar relación familiar, algo insólito)[130]. Fue, al parecer, amante del rey Ptolomeo II Filadelfo y habría gozado de un amplio poder en la corte de Alejandría[131].

 

En los nuevos reinos helenísticos, surgidos tras la muerte de Alejandro Magno en el 323 a. C., la práctica deportiva de las mujeres nunca tuvo la relevancia que sí poseyó en Esparta, ni la volverá a tener en otro territorio o momento histórico. O al menos eso ha repetido la historiografía siguiendo determinadas fuentes antiguas. El hallazgo de documentos epigráficos, como el descubierto en Nápoles en 2003 que ha permitido recuperar el listado de nombres de vencedores de unos juegos instituidos en honor del emperador Augusto, abre nuevas vías de investigación.

 

Se sabe que había determinadas competiciones, como la carrera pedestre, reservadas a muchachas solteras. Competiciones que, a partir del siglo I d. C., han perdido su primigenio sentido religioso… Pero, como señala Diva Di Nanni[132], la participación de las mujeres permaneció en un nivel de

 

 

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aficionado y con un marcado carácter elitista, frente a la creciente profesionalización de las actividades deportivas, en el período imperial romano, para los hombres. Las actividades deportivas y los espectáculos circenses tenían una presencia cotidiana tan habitual en la época de los Antoninos, que se convierten en elementos habituales de los sueños y de las artes adivinatorias se encargan de desentrañar su significado (soñar con el pentatlón, la lucha, el pancracio o la carrera con armas)[133].

 

Existen, asimismo, evidencias arqueológicas de la participación de las mujeres en cierta actividad deportiva en la civilización minoica. Esta, como es bien sabido, se desarrolla en la isla de Creta entre los años 1700 a. C. y 1450 a. C., y se la considera el primer desarrollo de la civilización griega.

 

Dicha actividad deportiva tenía una función cultual, realizándose en un contexto religioso cuyos perfiles exactos se desconocen. Se trata de los saltos de toro, practicados tanto por mujeres como por hombres, según los elementos iconográficos que se han analizado en frescos y cerámicas, pero también en bronces, relieves y sellos. Como señaló Rodríguez Adrados, estos saltos de origen religioso se convirtieron en puro espectáculo deportivo: «[…] espectáculo en torno a un agón entre el hombre y la bestia, con el sacrificio final de esta; un espectáculo de origen ritual, religioso […], el estilizado juego del toro, que, convertido sin duda ya en espectáculo, estaba a cargo de los hombres y mujeres que saltaban sobre el toro[134]».

 

Esas acrobacias podrían estar ligadas a un ritual de fertilidad en el que quizá el toro simbolizase el poder regenerador de la naturaleza. Y tal vez esas saltadoras representasen a la diosa-madre en una escenificación de las bodas sagradas con el toro (lo que estaría relacionado con el mito de Pasifae y el toro y el posterior nacimiento del Minotauro). Parece evidente que eran, asimismo, espectáculo y diversión para el público asistente.

 

En todo caso, es un precedente del deporte demasiado singular y del que carecemos de fuentes escritas coetáneas como para valorarlo en su exacta dimensión. Sí poseemos, en cambio, testimonios escritos, aunque parcos, de siglos posteriores.

 

En la Esparta arcaica (siglos VIII y VI a. C.) y clásica (siglos V y IV a. C.), las chicas no eran ajenas a la práctica deportiva. Constituía una parte de su educación. Esas actividades físicas las ayudarían a consolidar la fortaleza de sus cuerpos, preparándolas para ser madres de hijos igualmente fuertes y robustos.

 

Según refiere Plutarco, Licurgo, mítico legislador espartano, estableció de este modo la educación deportiva para las chicas también:

 

 

 

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  considerando que para las mujeres libres lo más importante era la procreación de hijos, en primer lugar ordenó que el sexo femenino se ejercitase no menos que el masculino, y en segundo lugar estableció para las mujeres, como también para los hombres, competiciones de velocidad y fuerza entre ellas, estimando que de unos padres fuertes nacen asimismo hijos más robustos[135].

 

La finalidad eugenésica de la práctica deportiva se muestra con toda crudeza. En Atenas, la participación de las mujeres en el deporte posee un carácter de marginalidad mayor aún. Las razones estriban en las diferentes políticas educativas con respecto a las chicas. Pues, mientras en Esparta se consideraba deseable la práctica deportiva para las jóvenes, ya que el conjunto de actividades físicas las preparaba para su principal cometido en la vida, el ser madres, en Atenas no se consideraba pertinente. En la polis ateniense, por el contrario, las actividades deportivas se consideraban muy importantes para la educación de los varones. De hecho, Platón consideraba a la educación física

 

como uno de los puntales en la modelación de los buenos ciudadanos.

 

Platón, frustrado reformador social, fracasó estrepitosamente al tratar de llevar a la práctica sus fantásticas ideas acerca de la ordenación de la polis. El filósofo hubo de contentarse con verter en sus diálogos, en Las Leyes y, sobre todo, en La República o El Estado, su utopía social, en la que incluyó un curioso programa pedagógico. Quizá fue lo mejor: sus contemporáneos no padecieron sus fantasías totalitarias y nosotros, en cambio, podemos disfrutar de su legado filosófico y literario. Siempre será más divertido, desde luego, leer sobre las prácticas eugenésicas que desea para su estado ideal que padecerlas. Propugnaba, por ejemplo, apareamientos entre mancebos adecuadamente engañados para creer que elegían por voluntad propia y en realidad estarían proporcionando a la ciudad robustos ciudadanos.

 

En La República (diálogo filosófico escrito en torno al año 375 a. C.), Platón se detiene con cierta morosidad en los fundamentos de la enseñanza que él considera idónea. Puede resultarnos chocante que declare dos disciplinas como fundamentales, base indispensable de la educación, justamente dos de las que ahora se consideran menos importantes en el currículo escolar (presidido por la tríada capitolina de Lengua, Matemáticas e Inglés). Esas disciplinas en las que Platón pone todo el énfasis son la música y la gimnasia. Ambas modelarían el alma (la música) y el cuerpo (las actividades deportivas). Pese al aparente dualismo, esos dos tipos de saberes serían los encargados de formar el carácter (el alma) de los ciudadanos. Platón lo dice explícitamente:

 

Los dioses han hecho a los hombres el presente de la música y la gimnasia, no con objeto de cultivar el alma y el cuerpo (porque si este último saca alguna ventaja, es

 

 

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solo indirectamente), sino para cultivar el alma sola, y perfeccionar en ella la sabiduría y el valor, concertándolos, ya dándoles expansión, ya conteniéndolos dentro de justos límites[136].

 

Es decir, que la gimnasia no sería el instrumento para crear amorcillados chicarrones, más pendientes de su físico y su placer que de otra cosa, sino valerosos guerreros; la música, de igual modo, no constituiría una materia hedonista. Ambas disciplinas serían herramientas adecuadas para modelar el carácter, llenar de valor a los ciudadanos y, sobre todo, a un grupo escogido de ellos, los guerreros encargados de defender la polis, la ciudad-estado griega, ya en crisis en la época de Platón.

 

Esto, claro, a nosotros nos suena un poco raro, sobre todo en el caso de la música, porque, en nuestras sociedades, tiene una connotación de placer indiscutible, habiéndose erigido en actividad lúdica y hedonista por excelencia. Apenas si nos acordamos de la eficacia política y religiosa que puede tener la música en su versión hímnica (ya sea La Internacional, el Prietas las filas o los himnos a San Blas), que es la idea que Platón y sus contemporáneos tienen. En general, le conferimos un valor de estricto divertimento. Quizá sea el sino de las artes desde el siglo XVIII, cuando comenzó a colgársele la etiqueta de actividades «desinteresadas», es decir, desligadas de intereses prácticos inmediatos y, por tanto, susceptibles de producir placer sin las servidumbres ideológicas anejas.

 

La gimnasia, en cambio, sí parece tener una relación lógica con el entrenamiento para la guerra. De hecho, forma parte del entrenamiento actual de los jóvenes que integran los ejércitos profesionalizados de Occidente[137]. Y también forma parte de las actividades preparatorias para el ingreso en los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, tengan o no carácter militar.

 

Siguiendo a Platón, Tommaso Campanella, un utopista de la Edad Moderna (1568-1639), también prescribiría una formación gimnástica como estricta propedéutica de las actividades militares. En su libro, publicado en 1623, La Ciudad del Sol (nombre de la ciudad ideal del escritor calabrés; ahora sería el nombre adecuado para una urbanización costera), un interlocutor informa a otro de que los llamados «atletas» enseñarían a todos la práctica militar:

 

  dichos atletas son hombres de edad ya madura, guías prudentes que ejercitan a los muchachos a partir de los doce años, si bien ya están acostumbrados con antelación a la lucha, a la carrera, al lanzamiento de piedras y demás bajo la vigilancia de maestros de rango inferior. Ahora en cambio se les enseña a herir al enemigo, a los caballos y a los elefantes; a manejar la espada, la lanza, el arco, la honda; a cabalgar, perseguir, huir; a permanecer en formación, ayudar al compañero,

 

 

 

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a anticiparse hábilmente al enemigo y a vencerlo. También enseñan a las mujeres estas artes […] alaban en este punto a los lacedemonios y a las amazonas[138].

 

El adiestramiento físico comenzaría desde los primeros momentos de la educación y sería aplicado tanto a niños como a niñas:

 

  los varones y las mujeres llevan el mismo tipo de vestimenta, apta para la guerra, si bien las mujeres llevan el vestido por debajo de la rodilla y los hombres por encima. Todos son instruidos conjuntamente en todas las artes […] los ejercitan en la gimnasia, la carrera, el lanzamiento de disco y demás ejercicios y juegos, a fin de que fortalezcan por igual todos sus miembros[139].

 

Campanella, monje dominico condenado por la Inquisición y salvado de la muerte in extremis, escribe este tratado en el que no podemos dejar de ver el modelo totalitario más perfecto.

 

En Platón, la música y la gimnasia formarían, a partes iguales, a los guerreros. Estos serían los mejores jóvenes, la lana más blanca en palabras de Sócrates, la que es más adecuada para recibir el más prestigioso y caro de los tintes de la Antigüedad, la púrpura.

 

A Adimanto le dice Sócrates:

 

¿Sabes la manera como se arreglan los tintoreros cuando quieren teñir lanas de color de púrpura? Entre las lanas de toda clase de colores, escogen la blanca, la preparan en seguida con el mayor cuidado, a fin de que tome mejor el color de que se trata, y después de esto la tiñen. Esta clase de tintura no se borra; y la tela, ya se lave simplemente o ya se la jabone, no pierde su brillantez; mientras que si la lana que se intenta teñir tiene ya otro color, o si se sirve de la blanca sin la conveniente preparación, ya sabes lo que sucede[140].

 

Y más abajo continúa:

 

  nosotros nos hemos esforzado para hacer lo mismo, escogiendo nuestros guerreros con las mayores precauciones y preparándolos mediante la música y la gimnasia. Nuestra intención, al obrar así, es que tomen una tintura sólida de las leyes; que su alma, bien nacida y bien educada, se penetre de tal manera de la idea de las cosas que son de temer, lo mismo que todas las demás, que ninguna clase de loción pueda borrarla, ni la del placer […] ni el dolor, ni el temor, ni el deseo. Esta idea justa y legítima de lo que es de temer y de lo que no lo es, esta idea que nada puede borrar, es a lo que yo llamo valor[141].

 

Es decir, que Platón plantea con toda crudeza la educación como la creación de dóciles ciudadanos, con los valores adecuados (los que son adecuados para la ciudad-estado), perfectamente lixiviados, libres de criterios y pensamiento propios. No en vano, Platón temía a los poetas más que a la peste: eran el germen destructivo por excelencia, ya que no someten su imaginación a los criterios políticos establecidos. Como las teóricas feministas actuales.

 

 

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CAPÍTULO 10

 

Las modernas y el deporte

 

 

 

 

 

Es algo comúnmente aceptado que el deporte constituyó un factor de modernización en las sociedades occidentales del primer tercio del siglo XX. En este período fue conformándose como una de las principales actividades de ocio de masas. Eso, no lo olvidemos, partiendo de su carácter primigenio elitista y minoritario[142].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Juana Francisca Rubio, Campamento de Unión de Muchachas (1937), litografía sobre papel.

 

Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid.

 

Para las mujeres, sobre todo, fue un elemento emancipador, ya que les permitió de un modo singular el acceso al espacio público en parcelas otrora reservadas a los hombres. Hasta cierto punto fue el motor de actitudes transgresoras que rompían con un modelo de feminidad tradicional: las chicas que hacían deporte en los años veinte y treinta desafiaban seculares estereotipos de inmovilidad, de pudor, de pacatería y otros valores (o contravalores) asimilados a las mujeres. La práctica deportiva permitió a las mujeres moverse con mayor libertad en el espacio urbano (las urbes más populosas, como Madrid y Barcelona, o lugares de veraneo, como San

 

 

 

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Sebastián) y establecer también una relación con su propio cuerpo diferente de esa pudibundez obligatoria, tan característica de la mujer decimonónica.

Bien es verdad que se trata de un fenómeno relativamente restringido. En España, por ejemplo, al deporte solo acceden sectores muy minoritarios, ya por cuestiones ideológicas (para los grupos más conservadores resulta escandaloso), ya por las mismas dinámicas económicas (una raqueta o una bicicleta es algo costoso y raro aún); mujeres y jóvenes pertenecientes a la burguesía, al sector más acomodado de la misma. Para una obrera del textil o una empleada doméstica carece de pertinencia, no ya a nivel económico, sino por la propia naturaleza del deporte, dedicarse a una actividad física costosa en términos de inversión de energía. O quién, después de estar diez horas en una fábrica o sirviendo pasteles en un Tea Room (la novela de Luisa Carnés titulada Tea Room. Mujeres obreras narra las vidas de las trabajadoras[143] de uno de estos establecimientos), puede tener ganas de darle a una raqueta (la raqueta, símbolo de esa modernidad deportiva, aparece en uno de los cuadros de Maruja Mallo[144], mujer transgresora, pero, ante todo, pintora excepcional).

 

Como afirman María Dolores Ramos y Ana Aguado, en los años veinte y treinta las mujeres acceden en mayor número a los espacios del ocio, y el deporte no iba a ser una excepción. Aseguran estas historiadoras que esto ocurre en un marco histórico

 

en el que destacan pautas políticas y prácticas de vida que oscilan entre la inercia y la modernidad, y se percibe la distancia que media entre la cultura elitista, hegemónicamente masculina (a pesar de la importancia de las mujeres intelectuales y artistas ligadas a las generaciones de 1898, 1914 y 1927), y una incipiente cultura de masas que comienza a consolidarse y feminizarse[145].

 

Del vigor de este renacer cultural femenino (a pesar de su carácter minoritario) es buena muestra la fundación del Lyceum Club Femenino en 1926. Una institución que aglutina a buena parte de las mujeres que están protagonizando un fenómeno inédito en la sociedad española: la presencia en ámbitos profesionales e intelectuales hasta hace muy poco reservados a los hombres o en los que han sido secularmente preteridas. Así vemos, entre las socias fundadoras, a Victoria Kent (abogada y futura directora general de Prisiones)[146], a Zenobia Camprubí (traductora y dietarista) o Isabel de Oyarzábal (que sería la primera mujer embajadora en España). Y a escritoras como Elena Fortún o María Lejárraga.

 

En 1931 nace, asimismo, el Lyceum Club de Barcelona. En el texto fundacional del mismo, Manifest a les dones, se dice que ni es un club

 

 

 

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cultural donde escuchar una corta charla o un concierto íntimo ni un lugar de «ferotge feminism». Bajo el explícito lema de «llibertat i cultura» se busca elevar el nivel cultural de las mujeres, sabiendo desde qué ínfimos parámetros se parte: «En una paraula, contribuir amb totes les nostres forces a treure la done del poble de la terrible ignorancia que l’aclapara[147]». El carácter más abierto, menos elitista, más pedagógico que su homónimo madrileño es bien notorio.

 

A pesar de las limitaciones programáticas y también en cuanto a recursos e influencia de estas instituciones, como señala Encarna Alonso Valero, los sectores más conservadores de la sociedad de la época consideraban que las mujeres «estaban abandonando el que consideran su lugar natural, es decir, el hogar y el cuidado de la familia[148]».

 

Para constatar las limitaciones que tiene ese renacer cultural femenino, basta acudir a algunas cifras que nos hablan del panorama educativo de la época: la mitad de las mujeres eran analfabetas al comienzo de la década de los treinta; solo el 2 % de los universitarios en 1920 eran mujeres. La poeta Concha Méndez (1898-1986), por ejemplo, perteneciente a una familia acomodada, no accedió a la universidad. Presa del cúmulo de convencionalismos característico de las clases burguesas, no obstante esa incipiente modernización, ella nos cuenta en sus memorias, de un modo humorístico y trágico a la vez, cómo su madre le dio con el teléfono en la sien, hiriéndola, al enterarse de que había asistido a una conferencia en la universidad. La propia Méndez, que fue novia del cineasta Luis Buñuel, cuenta cómo este llevaba una «doble vida», pues nunca le presentó a sus amigos de la Residencia de Estudiantes (que eran nada menos que Federico García Lorca y Salvador Dalí). Hasta que decidió telefonear ella misma a Federico y acabaron siendo amigos.

 

Concha Méndez encarnó con singular eficacia el modelo de mujer moderna, aunando las facetas de deportista y poeta. Jugaba al tenis, nadaba, montaba en bicicleta, conducía su automóvil y escribía. Era, además, una consumada atleta. En un poema, titulado Estadio, se describe a sí misma como lanzadora de disco y de jabalina:

 

En el Estadio me entreno

 

al disco y la jabalina.

 

Al verme jugar, sonríen

las aguas de la piscina[149].

 

Que esa afición al deporte no resultaba inocua era algo evidente. Ella refiere así una de las consecuencias indeseadas de la práctica competitiva de la

 

 

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natación:

 

Uno de los últimos veraneos que pasé en San Sebastián gané un concurso de natación de las Vascongadas. Tenía ya publicados mis primeros libros Inquietudes, Surtidor y El ángel cartero, y acababa de vender un guion de cine. Las crónicas señalaron que la campeona de natación era poeta y cineasta, y publicaron mi fotografía; mi padre, al verme en los periódicos, me comentó: «Apareces retratada como cualquier criminal[150]».

 

Más allá de la anécdota particular, la reacción del padre nos habla del profundo rechazo que experimentan muchos hombres ante la ocupación de espacios de lo público (la prensa, en este caso) por parte de las mujeres, frente a la deseable domesticidad de estas. No se trata, pues, de un exabrupto aislado, sino que forma parte de una espesa capa de convicciones misóginas que portan incluso la inmensa mayoría de la intelectualidad de la época. Alba Martín Santaella ha analizado las ideas que en torno a las mujeres se vierten en una publicación decisiva para el desarrollo cultural del período anterior a la Guerra Civil, la Revista de Occidente; revista que, fundada por José Ortega y Gasset en 1923, se convertiría en difusor de primera magnitud de las vanguardias literarias y artísticas coetáneas. Además de dar cabida a textos de conspicuos antifeministas del primer tercio de siglo que declaran rampantemente la inferioridad intelectual de las mujeres, el propio Ortega y Gasset dejó traslucir sus ideas, absolutamente reaccionarias, sobre las mujeres.

 

Como señala García Jaramillo, «quizá el primer escollo para el lector incauto resida en que el machismo de Ortega se encubre a menudo bajo la forma del halago, el requiebro y la aparente galantería para con la mujer, mostrando solo en el núcleo profundo su sólida visión de la relación de géneros en la que el hombre siempre es dominante[151]». Así, el filósofo madrileño podía escribir sin empacho (encima para el prólogo de un libro de su amiga la escritora y editora Victoria Ocampo) este florilegio misógino: «[…] la excelencia varonil radica, pues, en un hacer, la de la mujer en un ser y en un estar, o con otras palabras, el hombre vale por lo que hace, la mujer por lo que es. Cuando menos, lo que al hombre atrae de ellas no son sus actos, sino su esencia[152]».

 

De este modo, la Revista de Occidente, con Ortega y Gasset a la cabeza, siguió amparando unas ideas misóginas que se justificaban, desde el punto de vista científico incluso, en la diferencia biológica y psicológica de los sexos. La mujer seguía viéndose como un ser inferior subordinado al varón. Alba Martín concluye el estudio antes citado asegurando que:

 

 

 

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La revista de Ortega siguió reproduciendo, por tanto, la violencia simbólica de la ideología patriarcal y androcéntrica, fuertemente excluyente, que relegaba al sexo femenino a un restringido espacio, a la vez que lo convertía en un conjunto homogéneo de seres incapacitados para trabajos de corte intelectual[153].

 

Este era el contexto intelectual donde destacaba esa nueva mujer o mujer moderna. Esa mujer que se veía como un potencial peligro.

 

Como señala Ángela Ena Bordonada, el modelo de mujer moderna se creó antes incluso de que se normalizase en la realidad española de la época. Esto a pesar de que existía un ambiente hostil hacia «cualquier iniciativa orientada a proporcionar un progresivo, aunque definitivo, jaque al ángel del hogar[154]». Junto con escritoras nacidas a mediados del XIX, pero que llegan en plena actividad creadora a principios del XX, como Concepción Gimeno de Flaquer o la impagable Emilia Pardo Bazán, las auténticas pioneras de esa nueva mujer fueron escritoras y periodistas como Carmen de Burgos, María Lejárraga, Sofía Casanova, Concha Espina o Isabel de Oyarzábal. A las que se unirían las autoras nacidas a partir de 1885 y que crean sus primeras obras en las décadas de los veinte y treinta, como Margarita Nelken, Elena Fortún, Rosa Chacel, Lucía Sánchez Saornil, Carlota O’Neill, Luisa Carnés, Carmen Conde, Elisabeth Mulder, Ana María Martínez Sagi (consumada deportista)

 

  o la propia Concha Méndez[156]. Mulder y Sagi mantuvieron una estrecha relación personal. Aquella escribió sobre esta:

 

  pese a su educación y a sus tendencias modernas, se ahonda un poco en Ana María Martínez Sagi y la lirófora aparece. Bajo su dinamismo de muchacha entregada al amor del deporte y al culto de la actividad, se adivinan los grandes silencios líricos de un espíritu contemplativo. Y un gran apasionamiento también[157].

 

Desde luego no puede haber descripción más acertada de muchacha moderna, aquella que aúna la práctica deportiva con la escritura de una novedosa lírica, una poesía no vedada al sujeto femenino[158].

 

Concha Méndez publicó su primer libro, Inquietudes, en esa emblemática fecha de 1926. Ya apunté en la introducción que, según autorizadas opiniones, habría que hablar de una Generación del 26, formada por las poetas excluidas del canónico grupo del 27. La poesía femenina de la época es una historia de la exclusión, un incomprensible borrado que solo hace poco tiempo se ha tratado de remediar. Como señalé más arriba, las mujeres encontraron un notable ambiente de hostilidad que no excluyó a los intelectuales y a los propios poetas de su generación, quienes no las consideraban sus pariguales y no les otorgaron, por tanto, idéntica

 

 

 

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consideración como poetas ni iguales oportunidades para sus creaciones literarias que a sus colegas varones.

 

Maruja Mallo, amiga de Concha Méndez, le hizo un retrato en el que aparecía reclinada con un fondo de cipreses. Por desgracia, la obra no ha llegado hasta nuestros días. Según refiere la poetisa, cuando abandonó la casa familiar, en contra de la voluntad de sus padres, estos, enfurecidos, acuchillaron el cuadro[159].

 

Ambas, Maruja Mallo y Concha Méndez, se retroalimentaron en sus intereses artísticos y literarios. Mallo pudo encontrar en su amiga la imagen de una mujer nueva, independiente y autónoma; practicante de varios deportes. En La ciclista, la pintora reflejó esas nuevas prácticas abiertas a las mujeres. Entre 1927 y 1928 realiza una serie de dibujos, Estampas deportivas, que reflejan, con el dinamismo requerido, esas nuevas formas de ocio de la modernidad.

 

Tan rompedoras fueron Mallo y Méndez que incluso las convirtieron en personajes de novela… para burlarse de ellas, claro. Las transgresiones no salen gratis: el otrora novio de Concha Méndez, Buñuel, no le perdonará a esta que renuncie a su vida de chica bien (y privilegios anejos, los del dinero) para iniciar una incierta carrera de intelectual; acabará llamándola «zorra ágil», según José Luis Ferris[160]. Como se puede comprobar, una de las cualidades que potencia la actividad deportiva (la agilidad corporal) solo sirve para adjetivar el mismo insulto de siempre…

 

El caso de Lilí Álvarez (1905-1998), compartiendo algunos rasgos con el de Concha Méndez (ambas aunarán la actividad deportiva y las aspiraciones intelectuales), posee características diferenciadoras.

 

Símbolo de esa modernidad deportiva, Lilí (Elia María González-Álvarez y López-Chicheri) fue jugadora de tenis, representando a España en los Juegos Olímpicos de París de 1924 (era la primera vez que había presencia femenina española en unos Juegos Olímpicos), junto con Rosa Torrás. Pero también practicó el esquí y la natación. De su faceta deportiva, cabría destacar tanto el grado de notoriedad que le proporcionó (fue portada del diario La Vanguardia en 1930, por ejemplo), como su renuncia explícita a convertir el deporte en una actividad profesional y remunerada. Antes bien, siempre consideró como un valor el amateurismo, precisamente porque el deporte era, para ella, portador de valores, no un mero esfuerzo físico.

 

Conocemos su forma de pensar por las entrevistas que concedió a diversos medios de la prensa escrita, así como por sus conferencias y los libros que escribió. Deplora Álvarez los espectáculos deportivos de masas y la

 

 

 

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importancia que se concede al traje de baño y no a la natación en sí por parte de los grupos de población cada vez mayores que acceden al ocio acuático… Todo ello perfectamente congruente con su extracción social (pertenecía a la alta burguesía). Al escrutar su biografía, puede resultar inquietante comprobar la deriva espiritualista que toman tanto sus vivencias como sus producciones intelectuales. La mayor parte de las obras que publicó entre los años cincuenta y sesenta (En tierra extraña, El seglarismo y su integridad, Feminismo y espiritualidad) estuvieron dedicadas a reivindicar el papel de los laicos en el seno de la Iglesia católica. Es decir, a protestar por la secular marginación que las mujeres sufrían dentro de ella, siendo, por contra, mayoría dentro del número de los católicos practicantes.

 

Este énfasis religioso tampoco era raro en el contexto de la dictadura franquista. Aunque hoy resulta difícil de imaginar, el peso de la religión católica era inmenso. Resultaba difícil, para una mujer, sobre todo, sustraerse al modelaje que una educación religiosa y una práctica obligatoria ejercían en la sociedad. En una época de ciudadanía secuestrada, con muy pocas posibilidades de cambio en cuanto a derechos políticos y en la condición de las mujeres sobre todo, la religión constituyó, en ocasiones (por paradójico que parezca) un ámbito de refugio frente al ominoso marco político y social. Y en el que ejercer tímidamente (así nos lo dice Celia Valiente) la ciudadanía (lo poco que de ella quedaba) en una época tan frustrante como la de la dictadura de Franco (1939-1975). Escritoras como Carmen Laforet, por ejemplo, dan cuenta en su vida personal de un misticismo cuando menos sorprendente; incoherente, en todo caso, con sus primicias literarias (la novela Nada, ganadora del premio Nadal, en su primera edición, en 1944), pero en perfecta armonía con el mundo espiritual de su novela La mujer nueva[161].

 

El libro que Lilí Álvarez dedica al deporte propiamente es Plenitud, publicado en 1946. Leyéndolo podemos ver que su posterior evolución espiritual no está tan desligada de su faceta deportiva como pudiera parecer. Porque, para ella, el deporte posee unas cualidades espirituales, hasta tal punto que solo el espíritu puede desarrollar las posibilidades que lleva consigo el deporte, engrandeciéndolo y llevándolo a su máximo esplendor. Solo el espíritu, nos dice, puede desentrañar sus sublimidades y sus exquisiteces. Y se aproxima a una definición de deporte cuando afirma: «El deporte consiste en delegar al cuerpo algunas de las virtudes más fuertes del alma: energía, audacia y paciencia. Es lo contrario de la enfermedad[162]». El carácter elitista de la actividad deportiva queda bien explícito en Lilí Álvarez cuando afirma: «El deporte delimita nuestro cuerpo frente a la masa

 

 

 

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espantosamente vaga de los otros cuerpos[163]». La verborrea espiritualista llega a extremos como estos:

 

Cuando digo deporte, lo de menos es correr un poco en una cancha o hacer unos cuantos estirones rítmicos delante de nuestra ventana al frescor mañanero; se trata, ante todo, de lograr la participación activa, por el dinamismo de la acción afirmativa, esa revolución inconsciente, honda, subterránea, sustancial: ese cambio radical de nuestro modo de ser. Se trata de cambiar, de variar lo más importante y decisivo en nosotros, el arcano mismo de nuestra personalidad; es decir, de nuestra actitud ante lo vivo, la postura elementalísima, profundísima de nuestro ser frente a la vida[164].

 

Con todo, es en la parte de este texto (en realidad concebido como un prólogo a las máximas deportivas de Jean Giradoux), dedicado a España, donde se pueden ver las limitaciones del proyecto modernizador del deporte. Admite que el deporte es un medio poderoso para que el Estado desarrolle «un vivir propiamente nacional». Y para la autora, la misión que puede desempeñar España es la de conquistar la Modernidad, la de mostrar en la «nueva» vida material «la llama divinal del Espíritu». Lo cual, teniendo en cuenta que Lilí Álvarez publica este texto en los primeros años de la dictadura franquista, es harto significativo: el proyecto «modernizador» del deporte queda al servicio de una dictadura filofascista.

 

No fue lo usual esta deriva espiritualista del deporte. El deporte implicaba modos de vida caracterizadamente laicos y, en cierto modo, hedónicos. La imagen de modernidad que ofrecía el deporte en los años veinte y treinta fue capitalizada de un modo singular por la literatura. La del 27 fue una generación deportiva, en el sentido de que muchos de sus integrantes tomaron el deporte como tema de una incontestable modernidad. Ello en la línea que lo había hecho el Futurismo italiano. Antonio Gallego Morell, en la década de los sesenta, ya se había ocupado de la literatura de tema deportivo (en los sesenta todo era joven, había esperanzas, crecimiento económico; era posible, incluso, que se acabase la dictadura de Franco). De ella extraigo un fragmento del poema, uno de los muchos, de materia natatoria. El poema es de Jorge Guillén; se titula Nadadoras y termina así:

 

El ímpetu que asciende a esta belleza

 

del movimiento exacto.

 

¡Regocijo del músculo obediente,

 

qué gozo en el contacto,

 

qué noble libertad por su corriente,

 

piel todavía flor,

 

carne que ya es amor,

 

muchachas que son música en la mano

 

de nuestra primavera!

 

Las nadadoras, frente al sumo arcano,

 

 

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dirigen la armonía de la Esfera,

maravillada por el cuerpo humano[165].

 

El poeta no oculta esa admiración por la maravilla que es el cuerpo de las nadadoras (cuerpo humano, piel, carne), por su belleza; admiración ligeramente velada con el ropaje de una cosmología antigua.

 

Frente a esta golosa visión estética de las muchachas que nadan, Concha Méndez escribe este breve y bellísimo poema, tan esclarecedor, titulado Nadadora[166] (de la antología de Pepa Merlo de escritoras en torno a la Generación del 27):

 

Mis brazos:

 

los remos.

 

La quilla:

 

mi cuerpo.

 

Timón:

 

mi pensamiento.

 

(Si yo fuera sirena,

 

mis cantos serían

 

mis versos).

 

Como podemos observar, aquí la nadadora no es solo un objeto de goce estético y erótico, sino una mujer que piensa y hace versos. Esta es la deseable modernidad, la de la acción de un sujeto femenino que incide en el mundo de un modo trascendente, es decir, para actuar en él, para cambiarlo.

 

La pregunta sería si el deporte tiene poder para transformar el mundo de las mujeres. Y si lo tiene, en qué medida y para qué. Para quién. Para Atalanta ya no.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 11

 

Deporte y fascismo, I. Leni Riefenstahl

 

 

 

 

 

En 1936 se inauguraron en Berlín los undécimos Juegos Olímpicos de la era moderna. En el primer tercio del siglo XX, los Juegos Olímpicos carecieron de la trascendencia que tenían en la antigua Hélade, donde no solamente eran reuniones de carácter deportivo, sino festivales con connotaciones religiosas, asociados al santuario de un dios, en este caso Zeus (en los juegos que se celebraban en Delfos, estaban relacionados con el dios Apolo). Eran, asimismo, acontecimientos con connotaciones políticas innegables, pues congregaban a los que hablaban un mismo idioma y compartían una misma cultura, los griegos (o helenos), y los cohesionaban frente a los «bárbaros». Incluso la cronología del mundo helénico se regía por la primera olimpiada registrada, de igual modo que en el mundo occidental se toma como punto de partida el nacimiento de Cristo o en el mundo islámico se parte de la hégira o la marcha a Medina de Mahoma en el 632.

 

En 1936 los Juegos Olímpicos no tenían, pues, la relevancia simbólica del mundo antiguo, pero van adquiriendo poco a poco dimensiones hasta entonces desconocidas. No han desarrollado aún estos eventos las dimensiones gigantescas que tendrán en la segunda mitad del siglo XX, cuando, con el soporte técnico de los medios de comunicación audiovisuales, el decidido apoyo de los Estados, así como con una ingente inversión de capital, se conviertan en un fenómeno de masas, es decir, en un potente evento con inmensas repercusiones políticas y económicas.

 

En 1936 la televisión era un medio embrionario, la publicidad tenía unos medios muy limitados, la sociedad de consumo propiamente dicha no existía. Pero los Estados se comprometen cada vez más con el fenómeno deportivo. Sobre todo, porque van comprendiendo que el deporte es un venero riquísimo de cohesión nacional y un medio de propaganda eficaz. Esto lo supo, tal vez en primer lugar, Goebbels, el ministro de propaganda de Hitler. Aunque en puridad las relaciones íntimas entre poder político y deporte venían de lejos.

En la antigua Grecia ambas facetas, actividad deportiva y política, se entremezclaban con naturalidad, siendo la literatura el medio para unirlas. Así, el poeta Simónides de Ceos es pagado por Escópadas y otros tiranos

 

 

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como Hierón de Siracusa para que componga epinicios que hablen de sus victorias en los juegos. Estos cantos corales alaban, sin resquicio de pudor, las excelencias de estos gobernantes, que lo mismo son duchos púgiles que hábiles conductores de carros con mulas.

 

Píndaro (siglos VI-V a. C.) dedica su Olímpica primera también a Hierón, «rey siracusano de ecuestres aficiones», ayudando con ello a extender la fama del gobernante fuera de la ciudad siciliana, donde ejercía su tiránico poder.

 

Hitler había llegado al poder en 1933. El historiador Ian Kershaw trata de explicar en su excelente monografía cómo un pintor de ínfima categoría (auténtico poetastro de los pinceles, quien, ironía suprema, llegaría a ser el poseedor de algunos de los mejores cuadros de la historia de la pintura, como El astrónomo, de Vermeer de Delft), el desempleado del asilo de Viena, el soldado enceguecido por los gases de la Gran Guerra, el protagonista de un golpe de Estado de opereta en Múnich, el mediocre panfletista de Mein Kampf el vociferante orador de cervecería, pudo llegar a ser canciller de Alemania. Y el inductor de la mayor catástrofe que haya conocido, hasta la fecha, la Humanidad: la Segunda Guerra Mundial.

 

Hoy cuesta creer que su retórica plana, llena de ideas absurdas y mezquindades ideológicas, de incoherencias discursivas y de mentiras históricas, haya podido convencer a un país y arrastrar a un continente a la guerra más mortífera con un genocidio paralelo, el del pueblo judío (pero también de población gitana, disidentes políticos, personas con discapacidad, etc.). El conglomerado propagandístico puede explicar una parte, pero solo una parte minúscula, de este terrible desarrollo histórico.

 

Volvamos a 1936. Mientras se celebran los Juegos Olímpicos en Berlín, una cineasta de treinta y cuatro años trabaja. Es Leni Riefenstahl, una mujer fuera de lo corriente. Porque mientras el régimen nazi preconiza una vuelta de la mujer a su papel tradicional (sintetizado en el lema «Kinder, Küche, Kirche», niños, cocina, iglesia), la actriz berlinesa había fundado en 1931 su propia productora, la Riefenstahl-Produktion, que se encargaría nada más y nada menos que de hacer el documental del congreso del partido nazi celebrado en Núremberg en 1934. El filme, titulado El triunfo de la voluntad, reflejaría, hasta límites insospechados, la naturaleza del nuevo poder emergente. Su calidad técnica era innegable y por ello la cineasta fue la encargada de filmar la olimpiada berlinesa, la que tendría que certificar el triunfo de la raza aria y el esplendor del régimen alemán.

 

Dos años tardó en montar (se habían grabado más de quinientas horas) y perfeccionar el producto, Olympia. El filme fue estrenado en el día del

 

 

 

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cumpleaños del Führer de 1938. El documental, ahora de seis horas de duración, es un canto a la belleza del cuerpo humano en movimiento y por su calidad técnica recibió el León de Oro de la Bienal de Venecia de ese mismo año. Para Allen Guttman[167], pese al innegable reconocimiento crítico, el filme no era otra cosa sino un artefacto de propaganda nazi. Como señala este autor, el entusiasmo de Hitler por el deporte era mínimo y apenas hay referencias a él ni en Mein Kampf ni en el diario oficial del nazismo, el Völkische Beobachter. Sin duda el deporte, en su vertiente competitiva, llevaba consigo la idea de un acceso igualitario, sin diferencia de raza, ideología, etc., que chocaba con el ideario nazi. De hecho, el Völkische Beobachter pedía en 1932 unos juegos olímpicos limitados a los atletas de raza blanca. Cosa, por otra parte, que estaba dentro de la tradición de la exclusión de los antiguos juegos, reservados solo a los griegos, no a los bárbaros, como refiere Heródoto (en el libro V).

 

Pero el astuto Goebbels comprendió que la celebración de un evento de tales características (exitoso y multitudinario como había sido la cita olímpica de Los Ángeles en 1932) era una oportunidad perfecta para demostrar la capacidad organizativa de Alemania, a la vez que enseñaría la faz más amable del régimen nazi. Que se prohibiese la participación de atletas judíos estuvo a punto de costarle al régimen de Berlín un boicot estruendoso, auspiciado sobre todo por los Estados Unidos, aunque finalmente se evitó. Y los Juegos Olímpicos berlineses fueron todo un éxito. Hasta el barón de Coubertin, promotor de los primeros juegos olímpicos de la era moderna, proclamó que habían «servido magníficamente al ideal olímpico». Claro que, por entonces, el ilustre personaje estaba arruinado y financieramente mantenido por los nazis. De hecho, fue propuesto para el premio Nobel de la Paz por el régimen hitleriano. Siniestra deriva que no se suele mencionar al hablar del promotor del olimpismo contemporáneo…

 

Desde 1945, con la derrota de las potencias del Eje y el subsecuente proceso de desnazificación de la sociedad alemana, Leni Riefenstahl sostuvo con pertinacia que ella era solo una artista; sus intenciones eran puramente artísticas y sus obras cinematográficas solo poseen una finalidad estética. En un texto de 1937 ya dice de forma explícita que ella solo persigue la belleza, Olympia no busca documentar exhaustivamente un evento ni es prioritaria la faceta deportiva. Todo en este filme, asegura, es bello: la idea olímpica, el corredor que portaba la antorcha, el estadio, los atletas. Para ella, los dieciséis días de los juegos berlineses fueron una fiesta de la juventud y de la belleza.

 

 

 

 

 

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Esa autopercepción como esteta desinteresada no impidió que, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y la derrota del régimen nazi, fuese detenida por los franceses (los americanos fueron más benevolentes con ella) y encarcelada. A fin de cuentas, se había casado con un oficial de infantería nazi en plena guerra siendo recibida poco después por Hitler en su residencia de las montañas… Sus bienes fueron confiscados y su riquísimo archivo fotográfico y cinematográfico fue trasladado a París. Y aunque fue puesta en libertad, los materiales audiovisuales no se le devolvieron hasta 1953.

 

De forma reiterada (en sus Memorias, publicadas en 1987, de modo conspicuo), Leni Riefenstahl siguió afirmando que sus documentales no estuvieron guiados por consigna ideológica alguna; ella se limitó a ser testigo de los acontecimientos que le tocó vivir. Su pasión era la belleza, no le interesaba la política. Que le regalase al Führer las obras completas de Fichte, con una dedicatoria en la que le expresaba su admiración, carece de la menor importancia. O que felicitase a Hitler cuando el régimen nazi conquistó París es una mera anécdota. Como el hecho de que utilizase, en una de sus películas, a gitanos procedentes del campo de concentración de Maxglan, cercano a Salzburgo, para mostrar los degenerados habitantes de una población española… (es posible que la mitad de esos gitanos muriese luego en Auschwitz, aunque este extremo no está comprobado).

 

Cuando se contemplan las tersas imágenes de Olympia (la referencia arqueológica: el santuario griego de Olimpia, los atletas desnudos, el discóbolo mironiano y el de carne, la nadadora china, las muchachas danzantes), la engañosa pátina de limpidez no puede hacernos olvidar la suciedad ideológica que encubren. La escritora Susan Sontag ya llamó la atención sobre la «fascinación del fascismo», los medios de seducción de esta ideología que incluye un poderosísimo culto a la belleza. Una estética de la perfección física peligrosa cuando se lleva a los extremos más aberrantes, como el intento de producción de arios de forma masiva (en las lebensborn) o la esterilización de personas con deficiencias psíquicas o físicas.

 

Como escribe el filósofo Roberto Esposito, citando a un conspicuo nazi, el nazismo no es una filosofía, sino una biología llevada a la práctica; es una biopolítica totalitaria. El control de la vida y de la muerte, de todos los aspectos de los cuerpos individuales que integran el cuerpo de la población alemana, era prioritario. La belleza de los cuerpos era, asimismo, susceptible de ser controlada, propugnada, propagada.

 

El filme Olympia rezuma un esteticismo construido con una poderosa retórica que incluye un amplio abanico de procedimientos, yendo desde la

 

 

 

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sublimación de la belleza de filiación clásica hasta la simple exaltación de la fuerza y el vigor corporales o la utilización, desde el mayor refinamiento, de expedientes de seducción desde la pura belleza corporal. Román Gubern ha relacionado, categórico, ese canon de belleza ideal con el modelo racial propuesto por el nazismo, no tanto como horizonte de logro como mandato coactivo:

 

A la luz de la filosofía racista alemana podemos ya asegurar que el modelo griego del prólogo de Olympia no lo suministraba Atenas, sino Esparta, la Esparta militarista y de prácticas eugenésicas similares a las de la Alemania nazi. Las leyes raciales, el exterminio de judíos y de minusválidos, la esterilización y la eutanasia se llevaron a cabo en nombre de la pureza aria y la creación científica del superhombre ario[168]…

 

Por lo demás, no resulta ocioso reproducir las palabras de la prestigiosa especialista en deporte Torbjörn Tännsjö, quien relaciona la veneración por los logros deportivos atléticos, propios del olimpismo, y el núcleo duro, la almendra más amarga, de la ideología fascista. Dice así:

 

  nuestra admiración por los logros de los grandes héroes deportivos, como los atletas que triunfan en las Olimpiadas, refleja una ideología fascistoide. Mientras que el nacionalismo puede ser peligroso, y ha sido con frecuencia asociado con el fascismo, el caso de nuestro entusiasmo por los héroes atléticos individuales es aún peor. Nuestro entusiasmo surge del núcleo mismo de la ideología fascista: la admiración por la fuerza y el desprecio por la debilidad[169].

 

Se mire como se mire, Olympia no fue sino una refinada y artística forma de propaganda del régimen nazi. Una de las pocas obras con un interés estético en sí mismo que el nazismo patrocinó, porque las artes plásticas, las de vanguardia, corrieron peor suerte en su apreciación: fueron tachadas de «arte degenerado» y destruidas o retiradas del mercado artístico y de las exposiciones. La Bauhaus, almáciga vanguardista de las artes plásticas, fue cerrada y sus profesores y alumnos, desperdigados y obligados a exiliarse para proseguir sus carreras; muchas vocaciones y trayectorias fueron fatalmente truncadas.

Como muestra de la vesania del régimen, un botón: Alfred Flatow, un gimnasta vencedor en la olimpiada de 1896, fue asesinado en un campo de exterminio nazi. Leni Riefensthal, en cambio, murió, extinguiéndose como una llamita de hojas secas, a los ciento un años en su casa a orillas del lago Starnberg.

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 12

 

Deporte y fascismo, II. Los deportivos líderes fascistas. El cuerpo deportivo fascista

 

 

 

Al comienzo de la invasión de un país soberano, Ucrania (invasión que él mismo había diseñado con tanto secretismo como furor sádico), Vladimir Putin fue desposeído de la presidencia honorífica de la Federación Internacional de Judo. Esto ocurría antes de que acabase el desdichado mes de febrero de 2022 (el día 24 comenzó el injustificado ataque putiniano a Ucrania).

Putin ha sido uno de los mandatarios que con mayor ahínco ha cultivado esa faceta de héroe deportivo. De deportista multitarea, capaz de destacar lo mismo en las llamadas artes marciales (esa mezcla indisociable de coreografía y mala leche)[170] que en la caza, la pesca o la equitación, cual nuevo Atila al trote.

 

Cierto es que muchos jefes de Estado, presidentes y hasta ministros y ministras no dudan en ofrecer una imagen deportiva de sí mismos. Buscan una adecuada puesta en escena de sus personas con la práctica de un deporte concreto, ya sea pádel, baloncesto o marcha con o sin bastones. El mensaje que intentan transmitir no es tanto la adscripción a una práctica deportiva saludable, como el de una supuesta eficacia que inspira una persona que cuida su organismo con la necesaria dosis de autocontrol, la disciplina y hasta las necesarias gotas de sufrimiento que requiere el deporte (el único ascetismo laico tolerado).

 

Putin fue más allá. A la adherencia a un amplio espectro deportivo unía un narcisismo exacerbado cuya piedra de toque era la exhibición con el torso desnudo ya con una edad avanzada. Ya fuera bañándose en aguas heladas o practicando tal o cual actividad depredadora pseudodeportiva, como la pesca, disfrutaba exhibiéndose en una puesta en escena cuidadísima con evidentes funciones propagandísticas. O eso creía él. En todo ello seguía una aquilatada tradición fascista, la de Benito Mussolini. El Duce, como en tantas cosas, fue un precursor (no olvidemos que el concepto y el término fascista es

 

 

 

 

 

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mussoliniano, y el acceso al poder del líder fascista tuvo lugar una década antes que Hitler, en 1922).

Mussolini era el hiperdeportista, el deportista número uno de la nueva Italia que, cual neoimperio romano, creyó fundar. Tras esta imagen había elementos psicológicos y conductuales del más puro estilo narcisístico-exhibicionista (no es exclusivo del mundo de las redes sociales del primer tercio del siglo XXI), pero también elementos ideológicos muy caros al fascismo.

 

Un elemento ideológico bien caracterizado y con alta visibilidad fue la exaltación vitalista del cuerpo. Los cuerpos sanos, jóvenes y deportivos eran considerados la «fuerza viva» del fascismo. Los jóvenes fueron aleccionados para ser, a través de sus cuerpos modelados por la práctica del deporte, símbolos vivos del fascismo. Mediante la educación física, con la Opera Nazionale Balilla como instrumento pedagógico, se articulaban actividades escolares y extraescolares que convertían a los jóvenes en expresión del fascismo triunfante. La aberrante mezcla de actividad física e ideología del Fascio se expresa en textos como este: «El paso de los jóvenes debe ser tan ágil y veloz que exprese la energía, el atletismo y la perfecta forma física

 

  En la carrera no existen solo velocidad y desarrollo de la armonía, también está representado el símbolo de la acción rápida y del movimiento constante del fascismo[171]».

 

Como corolario, estaba la búsqueda de un arquetipo de joven viril, según unos estándares estéticos y de rendimiento deportivo determinados. El régimen totalitario requería el ahormamiento físico de los jóvenes en función de sus requerimientos ideológicos y sus consignas políticas predeterminadas. Lo que se requería era el mayor número posible de cuerpos sanos, fuertes y disciplinados físicamente, desechándose los que no se ajustaban a los parámetros óptimos de salud, vigor y rendimiento físico. Así, los jóvenes que no los cumplían, por razones de salud o de constitución física, no eran bien recibidos en las organizaciones juveniles fascistas.

 

Este juvenilismo deportivo requería un líder siempre en forma, hiperdeportivo; desafiantemente activo, como se había preconizado desde el movimiento futurista italiano. El movimiento en sí ya era un valor; el paroxismo cinético, la máxima expresión tanto del vigor físico como del poder político (ya resulta significativo que el único partido del régimen franquista, de inspiración fascista, recibiera el nombre de Movimiento).

 

El cuerpo deportivo era, pues, el símbolo perfecto del Estado fascista. Y el deporte, la herramienta para que ese Estado totalitario ejerciera su control, no

 

 

 

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solo sobre el aspecto físico de sus ciudadanos, sino en buena parte de sus relaciones interpersonales y en su vida social. Las actividades deportivas eran vehículo de socialización y de ocupación del tiempo libre, de educación y de adiestramiento militar, y cómo no, de cohesión nacional y de propaganda. «El deporte fue considerado como un sector en el que el régimen debía ejercer su jurisdicción para analizar mejor desde ese punto de vista el mundo de los jóvenes y así controlar su potencialidad[172]».

 

Con idénticos fines, en el ámbito alemán, se organizarían las Juventudes Hitlerianas, con los segmentos infantiles y juveniles de la población alemana. Lo que fue al comienzo una afiliación voluntaria se convirtió en un servicio obligatorio para niños y jóvenes de ambos sexos entre los ocho y los dieciocho años. En 1936 había ya más de cinco millones de chicos y chicas inscritos. El deporte era la disciplina por excelencia para ahormar y adoctrinar a estos chicos. Y a las chicas también, que contaban con su asociación específica, la Bund Deutsche Mädel.

 

Esta insistencia en lo deportivo no era casual. Hitler ya había señalado en Mein Kampf que el fortalecimiento corporal era el mandato supremo de los jóvenes nazis. Y afirmaba: «El Estado nacional no tiene que dirigir de forma prioritaria su labor educativa meramente a inculcar conocimientos, sino a cultivar cuerpos rebosantes de salud. Solamente en segundo lugar se encuentra la formación de las facultades intelectuales, y en último lugar la enseñanza científica[173]».

 

Las prioridades educativas son muy elocuentes. El irracionalismo nazi, como ya sabemos, acabó en una conflagración mundial con más de cincuenta millones de muertos. Como para Platón, las actividades deportivas eran la perfecta preparación para la guerra, lo que nos lleva a otro elemento ideológico axial en el pensamiento fascista del período de entreguerras como es el militarismo. Ya resulta significativo que en el Campeonato del Mundo Universitario, celebrado en 1939 (en una Austria anexionada a Alemania por el régimen nazi), hubiese una prueba deportiva con obstáculos de guerra[174]. El deporte mostraba del modo más descarnado su faz como propedéutica del enfrentamiento bélico. Que, como se sabe, llegaría tras la invasión de Polonia por parte de Hitler ese mismo año.

 

Otro elemento ideológico vertebrador del discurso fascista italiano y sustento del ideal viril deportivo es, asimismo, común al nazismo. Se trata de la misoginia. Esta beberá de múltiples fuentes de una cultura popular de siglos, así como de un aquilatado adoctrinamiento religioso, pero también de un discurso filosófico caracterizado como es la misoginia romántica.

 

 

 

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Como señala Amelia Valcárcel, dicha misoginia, mientras crea un tipo ideal de mujer, priva a las mujeres de derechos reales y efectivos. Y les niega su capacidad de convertirse en individuos autónomos, circuyéndolas en el ámbito de la naturaleza, es decir, esencializándolas y convirtiéndolas en el arquetipo indiferenciado de «la mujer». Todas las mujeres son «la mujer», ese ser con un mismo oficio y un único negocio: agradar al hombre del cual dependerá su estatus. La mujer carecerá de otros intereses que no sean los domésticos y reproductivos, los naturales en ellas. Por mucho que, partiendo de herramientas epistemológicas ilustradas, pudiera deducirse el carácter convencional, es decir, ético o político de la división de roles de hombres y mujeres.

 

El penoso lema de las tres «k» («Kinder, Küche, Kirche»: niños, cocina, iglesia), antiguo proverbio alemán, volvía a diseñar el horizonte vital de la buena mujer del período de entreguerras. Justo cuando se estaban produciendo las transformaciones, que a la larga serían irreversibles, de ese grotesco paradigma de lo apropiado (o perteneciente a la esencia del sexo femenino) y lo conveniente (bueno de por sí) para las mujeres. El propio Hitler hablará de ese horizonte femenino, llamándolo «mundo pequeño», en contraposición al «mundo grande» de los hombres, en una famosa alocución de 1934[175].

 

Los figurones filosóficos que encarnan esa misoginia romántica que sigue rellenando el armario ideológico alemán son Hegel[176], Schopenhauer (el más feroz detractor de las mujeres)[177], Kierkegaard[178] y Nietzsche.

 

Nietzsche, además, será el pergeñador de esa figura simbólica, el Übermensch, o superhombre, que tantos quebraderos de cabeza ha proporcionado a sus exégetas y del que, en su más penca dimensión, se apropiaría el irracionalista discurso nazi. Antes incluso del ascenso al poder de Hitler en 1933, Nietzsche se había convertido en el filósofo de cabecera del nazismo. Este no era ni más ni menos que la realización práctica de las ideas de Nietzsche. No importaba que el filósofo hubiera rechazado el racismo y el antisemitismo: el filósofo, con su imagen del superhombre y el concepto de «voluntad de poder», estaba prefigurando una nueva raza de superhombres heroicos y militaristas, según conspicuos pensadores nazis y la morralla de escritores panfletarios que proliferaron en el período de entreguerras.

 

En un manual fascista español (publicado en Granada en 1938) se explicitaba que los valores «universales» del fascismo eran: «Antimarxismo, antidemocracia y antiparlamentarismo; nacionalismo; intransigencia política;

 

 

 

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espiritualidad; táctica de acción; culto al superhombre y a las elites; gobierno autoritario; jerarquía y disciplina[179]».

 

La mujer, por naturaleza, era el reverso de ese mítico superhombre, ese hombre de acción cuya primacía era indiscutible en la jerarquía de los sexos. Esa mujer inferiorizada no podía ser la protagonista del nuevo amanecer político que los Estados totalitarios fascistas se daban prisa por crear. En un Estado en el que había una jerarquía de razas (supremacismo ario en el caso alemán), también existía una lógica primacía del sexo masculino sobre el femenino. Los cuerpos distintos, de hombres o de mujeres, fatalmente, creaban destinos distintos dentro de un único cuerpo social, el Estado totalitario. El cuerpo era deber y era destino. El cuerpo de las mujeres, de un modo ineluctable, debía ponerse al servicio del Estado mediante la procreación. La biología modelaba los imperativos vitales. Como lo expresó Rudolph Hess, «el nacionalsocialismo no es otra cosa que biología aplicada[180]».

 

Amalia Rosado Orquín especifica así el papel de las mujeres en el fascismo y más concretamente en la Alemania nazi, a la que considera un exponente de una sociedad patriarcal llevada al paroxismo:

 

Los fascismos compartían un trasfondo de modelo femenino basado casi exclusivamente en la reproducción y, obviamente, la supeditación completa al varón, y en ese sentido encaminaron sus políticas hacia la instrumentalización de la figura femenina para ponerla al servicio de una ideología perversa. El cuerpo de la mujer fue concebido por el (III) Reich como un espacio más de conquista, bajo su dominación, para obtener rendimientos[181].

 

Los regímenes fascistas, pues, no necesitaban en absoluto mujeres deportivas y sí hombres deportivos (preparados para la guerra, jóvenes y sanos, organizados jerárquicamente) para la concreción de sus ideales políticos.

 

Desafiando el modelo deportivo hipermasculinizante que encarna el propio líder fascista, unas chicas milanesas deciden jugar al fútbol. Y organizan su propio equipo de fútbol, el Grupo Femenino Futbolista Milanés. Como se ve, un equipo de mujeres ha de rotularse como «femenino», mientras que en los masculinos no, ya que se da por hecho que están siempre compuestos exclusivamente por varones.

 

La historia ha sido recogida por la periodista Federica Seneghini y en ella se muestra la marginalidad de lo deportivo en el ámbito femenino durante el régimen fascista italiano. Al Estado totalitario fascista le repugnaba la actividad deportiva de esas chicas, no porque fuese algo relevante en sí misma (que no lo era), sino porque conculcaba, desde el punto simbólico, el principio

 

 

 

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de virilidad del deporte. Así, cuando las integrantes del equipo de fútbol milanés dirigen una misiva al departamento de la Federación provincial solicitando una autorización oficial para practicar el deporte, han de justificarse. Y lo hacen argumentando la compatibilidad de la actividad deportiva y ser «señoritas de bien» y mujeres de su casa[182]…

Significativamente, en el periódico que da la noticia de la aparición del libro el titular es «Fútbol y faldas para retar al fascismo de Mussolini[183]». El uso metonímico de «faldas» (la prenda-objeto en vez de la mujer-sujeto) es también característico de la mentalidad de quien rotula; inconscientemente, está diciendo que una mujer es lo que porta, su vestimenta tópica; una mujer es una falda. Por eso es tan fácil disfrazarse de mujer, nos había dicho ya Amelia Valcárcel. Una mujer es los adminículos que porta, sea su falda, sus tacones o su móvil de color rosa. Y no hay más que hablar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 13

 

Deporte y fascismo, III. La Sección Femenina

 

 

 

 

 

La Sección Femenina fue la institución que sirvió con más ahínco al adoctrinamiento de las mujeres durante la dictadura de Franco (1939-1975) [184]. Ese adoctrinamiento cobró un especial relieve al encomendarse a dicha institución, según la ley del 6 de diciembre de 1940, la educación física de las niñas y las jóvenes, al igual que se le había asignado al Frente de Juventudes la educación física de los chicos y los jóvenes. Se sustituyó, pues, un sistema deportivo liberal por un sistema de control político que utilizaba el deporte como vehículo de instrucción doctrinaria y de propaganda.

 

La segregación educativa por sexos se normalizó[185] (la ley de 1945 prohibió la educación «mixta»), persistiendo en el ámbito escolar hasta la ley educativa de 1970, en la que no se especificaba, pero que permitió, de facto, que niños y niñas estudiasen en las mismas aulas.

 

Por la orden de 16 de octubre de 1941, la Sección Femenina se encargaría además de la enseñanza de tres materias: Formación del Espíritu Nacional, Formación Política y Enseñanzas del Hogar. El adoctrinamiento de las niñas y las adolescentes estaba asegurado.

 

Hay que señalar que, pese a la intensa imbricación con el régimen de Franco, el origen de la Sección Femenina es anterior al propio régimen, ya que se creó en 1934 tras la negativa del partido de inspiración fascista, Falange Española, a incluir entre sus afiliados a mujeres. Entre esas mujeres a las que se les denegó la afiliación estaba la hermana del fundador de Falange, Pilar Primo de Rivera. Ironías del destino, José Antonio Primo de Rivera sería asesinado en los primeros momentos de la Guerra Civil, y Pilar, por el contrario, tendría una vida longeva y dirigió la Sección Femenina hasta 1977.

 

La finalidad de esta institución era la de ahormar a las mujeres según el modelo de feminidad tradicional, que incluía religiosidad, abnegación y sumisión. Se incluían también, de modo indirecto, aprendizajes emocionales que ponían el acento en la obligatoriedad, por parte de las chicas, de la simpatía y el agrado. Esto como parte de las tareas de cuidado a las que estaban destinadas. Así, a las mujeres se les decía, en una emisión radiofónica dedicada «a la mujer y al hogar», que «los cuidados ajenos harán que

 

 

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olvidemos los propios, sentiremos más ligero el espíritu por cumplir deber moral y de paso conseguiremos tener un carácter amable que nos haga ser queridas, cosa esta la más principal[186]».

 

El destino femenino estaba limitado a la familia. Con total desfachatez, así lo expresaba (prescribiéndolo sin posibilidad de refutación alguna) un manual para uso escolar, editado por la Sección Femenina en 1962: «El destino de la mujer es ser esposa y compañera del hombre, formar con él una familia y cuidar bien a sus hijos; por tanto, sus deberes a esposo e hijos se refieren. El lugar donde la mujer desarrolla sus actividades es la casa, porque allí vive la familia[187]».

 

Para más abajo asegurar que la ciencia doméstica era «su bachillerato». La Sección Femenina era la encargada de organizar, asimismo, el llamado

 

Servicio Social, un cursillo teóricamente obligatorio para todas las mujeres entre 17 y 35 años; imprescindible, en todo caso, para aquellas que quisieran tener una titulación académica u obtener cualquier documento de carácter oficial (como el pasaporte o el carné de conducir). El carácter adoctrinador de dicho cursillo quedaba bien patente en los contenidos sobre nacionalsindicalismo que se impartían en la materia Formación política. Aunque más demoledores (desde el punto de vista de las expectativas vitales del sexo femenino) eran los contenidos clasificados como Economía Doméstica, Higiene, Decoración, Convivencia Social y Ropa Blanca. Contenidos cuya finalidad, obviamente, era convertir a las mujeres en buenas amas de casa:

 

No se improvisa a una ama de casa, como no se improvisa una institutriz o una enfermera. Cada oficio, cada profesión, exigen un período de aprendizaje; el de ama de casa como los demás. No suele tomarse en serio el papel que representa la mujer en el hogar y a menudo se descuida la preparación de las jóvenes que, en su mayoría, necesariamente deberán asumir un día la dura pero bella tarea de ama de casa […] los oficios que ejerce la mujer en el hogar son innumerables: ¡Cocinera, doncella, costurera, bordadora, zurcidora, planchadora, recadera, enfermera, contable, economista, maestra, higienista[188]!.

 

«Oficios» no remunerados, evidentemente, que entran dentro de lo que Hannah Arendt categorizó como «labor»: tarea consuntiva, repetitiva, ligada a las necesidades vitales y opuesta a la acción y al trabajo en su prístina definición. Labor y consumo que, siguiendo a Marx, no serían sino dos etapas del reiterativo ciclo de la vida[189].

 

Como corolario, una inmensa mayoría de mujeres españolas, durante el franquismo, estamparon en sus documentos nacionales de identidad, como profesión, «sus labores». Y, a nivel más anecdótico, pero también muy

 

 

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revelador, una de las revistas femeninas más populares del tardofranquismo se llamaba Ama: ama de casa, claro, no primera persona del modo imperativo del verbo amar.

 

La mujer, en el discurso de género de la Sección Femenina, debía quedarse en casa: «Que la mujer permanezca en su hogar, que no luche por la existencia, que su máxima aspiración sea pensar en casarse y después en cuidar a su marido y a sus hijos[190]».

 

La Sección Femenina se encargó, como hemos dicho, de las actividades deportivas y de educación física, tanto en el aspecto curricular (contenidos y estructura de la disciplina), como organizativo, siendo la responsable de las maestras que impartían dicha materia. Asimismo, dictaba las normas en cuanto a la vestimenta a utilizar en las actividades deportivas. Como muestra de la pacatería (e incluso miedo u horror al cuerpo femenino) estaba la obligatoriedad de llevar unos pantalones (pololos) debajo de las faldas para las danzantes, también faldas con pantalones bombachos debajo para la práctica del excursionismo o los gruesos albornoces que debían vestir inmediatamente después de salir de la piscina (para aquellas privilegiadas que practicasen la natación). Estaba prohibido, asimismo, vestir ropa deportiva fuera de los recintos adecuados.

 

La promoción del deporte excluía el carácter competitivo en disciplinas deportivas individuales (tan solo se admitía en deportes de equipo) y los ejercicios que requiriesen fuerza, ya que podían ser perjudiciales (así se creía) para el organismo femenino. La argumentación era de este jaez:

 

Creemos que el atletismo de competición exige unas cualidades completamente opuestas a la constitución femenina (potencia muscular, velocidad contráctil, gran velocidad de reacción, considerable resistencia a la fatiga) […]. Son ya varios los casos de campeonas atléticas que han dado lugar a problemas de rectificación del sexo, y uno de ellos tuvo lugar no hace mucho en España[191].

 

El deporte profesional solo se consideraba útil en sus fines propagandísticos. Y para esto el fútbol cumplía con creces las expectativas. Naturalmente este era practicado solo por hombres. El deporte competitivo femenino, en palabras del asesor médico de la Sección Femenina, provocaba «repugnancia». Y especialmente «peligroso» era el atletismo.

 

Los ejercicios físicos propuestos para las mujeres incluían gimnasia sueca, danzas, juegos, deportes (o «juegos deportivos», como preferían llamarlos), como el balonmano o el voleibol.

 

La finalidad de la actividad física femenina estaba relacionada con la salud, tratándose de no poner en riesgo la función procreadora de las mujeres,

 

 

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y no con la consecución de objetivos personales, ni siquiera en el aprendizaje de habilidades o destrezas físicas relevantes en sí mismas o en un contexto deportivo. De modo que lo importante: «No son el desarrollo de las capacidades personales, sino la mejora de la raza, por una parte, y la inculcación de una disciplina y una moral que pudiese servir a los intereses del alma, por lo que gimnasia física sí, pero con gimnasia espiritual, higiene corporal, mas con higiene moral[192]».

 

Pilar Primo de Rivera ya lo expresaba así en 1938: «Nuestra principal preocupación fue y es que nuestra Educación Física tenga como base un fondo espiritual […], he aquí la meta de nuestra Educación Física: el perfeccionamiento del cuerpo a fin de que pueda mejor servir a los intereses del alma que en él se encierran[193]».

 

Esto conectaba muy bien con la doctrina de la Iglesia católica, para la que el deporte no era algo que tuviera un valor en sí mismo, sino que debía estar conectado con valores netamente religiosos. Servía, pues, de un modo intensamente eficaz para disciplinar al sujeto moderno, separándolo de las constantes tentaciones del pecado. Asimismo, asegura Aurora Morcillo, a las mujeres había que apartarlas del materialismo moderno. Y siendo consideradas a la vez como objeto y como sujeto de pecado, había que incidir en el preciado valor del recato. Sin perder de vista nunca el objetivo declarado de la práctica deportiva como preparación física para la maternidad[194].

 

Para comprender la intensa intervención política en lo deportivo, basta ver cómo se promocionaba el deporte (la gimnasia, en concreto) entre las chicas. Desde instituciones específicas, como el Sindicato Español Universitario (sindicato de Falange Española y de las JONS), se instaba así a las jóvenes a hacer deporte en medio del período de la Guerra Civil española:

 

Es necesario que la dulce compañera del que muere por la España Azul, comprenda, como comprendemos nosotros los estudiantes, cuál es su por-venir. Es necesario que comprenda, que ella también tiene que tener una preparación física, que quizá crean va contra la estética. Es preciso que la Mujer Española sea, como las demás naciones civilizadas, y ante todo rindamos culto a la alemana e imitémosla, fuerte en espíritu y en cuerpo. No crean las muchachas españolas que por eso perderían la belleza y elegancia. No lo crean pues están equivocadas. La española debe ver que la vida no se limita solamente a saber coser y cocinar. Tiene que comprender que el Deporte tiene que ser algo más que un espectáculo. Si no, ved las revistas alemanas en las que figuran muchachas alemanas practicando deporte. ¡Qué pureza y belleza de línea! ¡Qué femeniles parecen al hombre español! Y esto no lo han hecho tal o cual medicamento que solamente sirven para sacar dinero. Lo ha hecho el DEPORTE. Esto trata de hacer el SEU al organizar su sección femenina. Cuando veamos a las muchachas falangistas y no falangistas levantarse a las x de la mañana para ir a hacer gimnasia, se nos caerán las lágrimas de alegría. Que pronto lleguen esos tiempos de Alegría y Juventud. ¡Arriba España! Fdo.: El delegado de Prensa del SEU[195].

 

 

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En resumidas cuentas, el deporte constituyó un elemento eficaz de adoctrinamiento, se promocionó su práctica y se difundió su teorización en función exclusiva de los intereses de la dictadura franquista. Sin ambages, el deporte se había definido ya en el decreto de 1941 por el que se creaba la Delegación Nacional de Deportes como un ámbito en el que el Estado tenía un instrumento privilegiado para la educación del hombre español. Es decir, se desvinculaba la actividad deportiva de sus aspectos puramente pedagógicos y asociativos para ser herramienta de la difusión del modelo político y social de un Estado autoritario de corte fascista.

 

Para las mujeres, en el desiderátum del régimen franquista, el deporte era tan solo una forma de transmitir ideología y coadyuvar a la creación del modelo de mujer que necesitaba en cuanto reproductora biológica e ideológica. Que lo consiguiera, eso es más dudoso.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 14

 

Camila Valieva, la patinadora marisol

 

 

 

 

 

En los Juegos Olímpicos de Tokio de 2021 (los únicos de la historia que han cambiado de fecha por mor de la pandemia) y en los Juegos de Invierno de Pekín 2022, Rusia no pudo participar en cuanto país. Sus deportistas participaron bajo la bandera del ROC, acrónimo en inglés de Comité Olímpico Ruso. La causa era el veto de la Agencia Mundial Antidopaje a Rusia por ser esta responsable de la manipulación de los datos del laboratorio de Moscú donde se reflejaban los resultados de los análisis de dopaje de los atletas rusos.

 

La cuestión del dopaje en Rusia, pues, no era algo circunstancial, particular o limitado a determinados individuos o sectores. Existía un sistema estatal de dopaje. Es decir, una voluntad sistemática y sostenida económicamente por el aparato estatal ruso de fomentar conductas fraudulentas en el deporte. Conductas y prácticas relacionadas, en buena medida, con la administración de fármacos que mejorasen los rendimientos de los deportistas rusos. Los éxitos deportivos eran considerados un elemento clave para el sistema de propaganda política putiniana. El régimen dictatorial ruso no podía por menos que aprovechar el formidable escaparate del deporte en un sistema globalizado de medios audiovisuales masivos.

 

En sí mismo, este sistema de dopaje institucionalizado no constituía ninguna novedad. La extinta Unión Soviética, de la cual se desgajó Rusia (o más bien, otras repúblicas se separaron de ella), se caracterizó por una práctica despiadada de los métodos de dopaje con sus deportistas. Al igual que los países del llamado Pacto de Varsovia, aquellos allende el Telón de Acero que orbitaban en torno a la Unión Soviética, incluida la Alemania del Este, la RDA.

 

Para ilustrar este tipo de prácticas, nada mejor que acudir a uno de los casos que tuvo cierta resonancia en los medios de comunicación, con una deriva inesperada, una vez que la Unión Soviética hubo pasado ya a mejor vida.

 

Su protagonista es, cómo no, una mujer.

 

 

 

 

 

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No mucho antes de la caída del Muro de Berlín, en 1986, la atleta de la República Democrática Alemana Heidi Krieger conseguía la medalla de oro de lanzamiento de peso en el Campeonato Europeo de Atletismo en Stuttgart (República Federal Alemana). Los deseos de la joven debieron verse colmados. Años de sacrificio y duro entrenamiento se veían recompensados de este modo. Los entrenadores, los asesores médicos, los responsables del deporte del país, los habitantes del país entero también se sentirían colmados de dicha (Sloterdijk ha escrito que el héroe, «el que vive en el cénit del propio ideal», puede materializar «sus propios sueños y los colectivos»)[196].

 

La Guerra Fría daba sus últimas boqueadas, aunque ellos no podían saberlo. Y era un honor para la Alemania del Este, como para la propia Heidi, mostrar su superioridad técnica y sus éxitos, lo que tenía una incuestionable lectura política.

 

Los problemas vendrían después. Para la Alemania de Honecker y para la pobre Heidi. Para la atleta, comenzó una época dominada por fuertes dolores en las articulaciones, episodios de agresividad incontrolable y depresiones que la llevarían al borde del suicidio.

 

En 1997, Heidi Krieger cerró una etapa de su vida al someterse a un cambio de sexo. Se convirtió en Andreas Krieger. La jovencita de flequillo espeso de Sttutgart era remplazada por el maduro Andreas de despejadas sienes. El nombre, desde luego, era el más apropiado para certificar el cambio: su etimología nos remite al sustantivo griego aner, andros, hombre.

La transexualidad, a finales del siglo XX, excluyendo su vertiente dramática personal, no constituía un problema grave desde el punto de vista social y mucho menos desde el punto de vista médico. Pero el caso de Heidi sí reviste especial gravedad porque implica, culposamente, a otras personas. Desde los quince años, la joven promesa del atletismo había estado recibiendo importantes dosis de hormonas masculinas. Su organismo, no maduro aún, fue modelado por ciertos fármacos; «vitaminas» era al parecer la respuesta que obtenían sus padres cuando preguntaban por la composición de los mismos.

 

El cuerpo de Heidi se transformó según un patrón formal masculino, incrementándose su masa muscular, a la vez que su voz sufría un paulatino enronquecimiento. Eso como elementos exteriores perceptibles. Pero es posible que sufriera o sufra además los efectos secundarios que, como cola de cometa, lleva la ingesta de esteroides anabolizantes: interrupción del crecimiento, alopecia, esterilidad, problemas de tiroides, hipertensión, acné,

 

 

 

 

 

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desgarros de tendones, disfunciones del hígado, desarrollo del clítoris, crecimiento del vello pectoral y facial, complicaciones cardiovasculares…

 

El dopaje con hormonas masculinas, por supuesto, no era un fenómeno exclusivo de los países del Este ni estaba en manos solo de desaprensivos médicos que trataban a niñas inocentes.

 

La hormona masculina, la testosterona, fue aislada por primera vez en 1927 en Chicago por Fred Koch, a partir de toneladas de testículos de toro, lo cual desde luego carecía de utilidad comercial. Un investigador yugoslavo la sintetizó alterando la estructura molecular del colesterol. Su verdadero apóstol sería Paul de Kruif, quien la experimentó en sí mismo (conducta muy loable, pero poco usual entre los científicos y los cocineros con estrellas y soles), considerándola como «virilidad prestada», porque alargaba la vida sexual del individuo. Y previó las ventajas de su uso por parte de los atletas, ya que incrementa la masa muscular y, por tanto, la fuerza.

 

Posiblemente fuese utilizada, entre otros, por los integrantes del equipo de halterofilia de la Unión Soviética. Pero pronto debió de extenderse su uso porque las compañías farmacéuticas produjeron sus versiones comerciales, como el Dianabol, puesto a la venta en 1958 en Estados Unidos por la empresa Ciba. Claro que era para determinadas afecciones geriátricas y postoperatorios. Su utilidad deportiva no iba a pasar desapercibida para los expertos. Y con la connivencia de los deportistas, ha sido y es utilizada, siendo uno de los productos dopantes de mayor éxito.

Otros productos dopantes muy utilizados son la somatropina (hormona del crecimiento), el dopaje sanguíneo y algunos estimulantes como la efedrina.

De la extensión del uso de sustancias dopantes solo podemos conocer una pequeña parte. Cada equis tiempo, los escándalos que afectan a determinados deportistas de élite conmocionan a la opinión pública. Pero son solo una muestra de un fenómeno que debe estar muy difundido. Hasta tal punto que el dopaje es considerado como una de las lacras más severas del deporte contemporáneo.

 

Se considera un mal endémico en el deporte de alta competición, aunque también puede aparecer en prácticas deportivas de aficionados o en la propia periferia del deporte (por ejemplo, en actividades de musculación privadas; ha generado incluso una serie de trastornos que reciben el nombre de vigorexia o afán desmedido por conseguir un cuerpo hipermusculado).

Hasta tal punto afecta al deporte de élite que setenta países se comprometieron, en la Declaración de Copenhague de marzo de 2003, a adaptar las legislaciones nacionales a las indicaciones del Código Mundial

 

 

 

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Antidopaje. Este código es impulsado por la Agencia Mundial Antidopaje, un organismo vinculado al Comité Olímpico Internacional. Aunque el compromiso de los setenta países es meramente moral y carece por tanto de validez jurídica, resulta cuando menos curioso el acatamiento ante una agencia que está supeditada a un organismo dedicado a la celebración de unos fastos cuatrienales.

En España en noviembre de 2006 se aprobó la Ley Orgánica de Protección de la Salud y de Lucha contra el Dopaje, que entró en vigor el 23 de febrero del año siguiente. Curiosamente, concitó tal consenso que fue aprobada sin ningún voto en contra; eso es algo que solo podía pasar en las Cortes españolas en relación con un tema deportivo, lo cual es bastante sintomático.

 

Puede resultar chocante que los poderes públicos se erijan en árbitros de situaciones conflictivas surgidas en el contexto de la actividad deportiva, pero más pintoresco aún es el papel de la AMA (Agencia Mundial Antidopaje). Una fundación de derecho privado regida por el ordenamiento jurídico suizo y cuya sede principal está en Montreal, que se autoerige como guardiana del tarro de las esencias deportivas (de su pureza, de la idoneidad de determinadas actividades relacionadas con la práctica deportiva) y que elaboró en 2003 un Código Mundial Antidopaje.

 

Las sustancias y métodos prohibidos por la Agencia Mundial Antidopaje incluyeron, a partir de 2022, las siguientes: agentes anabolizantes, hormonas peptídicas, factores de crecimiento y sustancias afines; agonistas beta-2, moduladores hormonales y metabólicos, diuréticos y agentes enmascarantes, estimulantes, narcóticos, cannabinoides y gluticorticoides; betabloqueantes (para algunos deportes). La lista es sencillamente apabullante[197].

 

En el fenómeno del dopaje chocan dos tradiciones del deporte bien distintas que tienen concepciones muy diferentes del deporte. Por un lado, la tradición aristocratizante del fair play, del juego limpio, que hunde sus raíces en la propia génesis del deporte contemporáneo: un conjunto de prácticas deportivas de las public school británicas que, poco a poco, fueron sistematizándose hasta convertirse en contenidos adecuados para la educación de los jóvenes de clase alta. Dicha sistematización incluyó tanto las normativas adecuadas al tipo de juego como la condensación de una serie de valores inherentes a la práctica deportiva; valores más o menos explícitos que en última instancia remiten a la clase social de los que dimana y con los que esta quiere autorrepresentarse (caballerosidad, generosidad, lealtad, respeto a las normas). Este tipo de deporte, por su carácter propedéutico, de

 

 

 

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preparación para la posterior vida adulta, solo puede ser amateur, es decir, no remunerado ni puede devenir en una profesión normalizada. El ideario olímpico del barón de Coubertin (impulsor de la restauración de los Juegos Olímpicos en la era contemporánea) está fuertemente impregnado de esta concepción elitista del deporte, amén de un idealismo esteticista en su devoción por la Grecia clásica.

 

Por otro lado, la tradición del rendimiento neto, de la extrema competitividad del deporte, leámosla en clave de liberalismo económico o en clave estalinista de planificación y objetivos a cubrir; de taylorismo corporal desaforado o estajanovismo somático enfebrecido. Muy pronto, en los ámbitos de los Juegos Olímpicos o en los del sport de origen británico, se impone la remuneración de los deportistas. El amateurismo se revela como una ficción imposible de sostener desde el mismo momento en que el fenómeno deportivo se hace masivo, y las masas de seguidores y aficionados exigen la excelencia y el resultado óptimo, conseguido este al precio que sea. Al público, por ejemplo, no solo no le importa pagar para ver a su equipo favorito, sino que ve con naturalidad la remuneración elevada que se hace a sus ídolos deportivos. De igual modo, la excelencia en el rendimiento deportivo solo puede conseguirse con una dedicación completa que excluye la práctica de otras actividades o el ejercicio de una profesión (ser carnicero de lunes a sábado y el domingo futbolista es un poco pesado).

 

La necesidad de una dedicación exclusiva es clara en las especialidades del atletismo, cuando, por la dinámica intrínseca de las mismas, pronto se ralentiza el crecimiento de las marcas; los récords son cada vez más difíciles de batir y las diferencias son de milímetros o de décimas de segundo. Dramáticamente, el atleta olímpico se ve compelido, según el lema citius, altius, fortius, a sobrepasar barreras que a la fisiología humana le cuesta más trabajo rebasar (por mucho que se esfuerce un humano, me temo que no llegará jamás a sobrepasar la velocidad puntera —67 km/hora— del bípedo más rápido de la Tierra, el avestruz, no digamos ya los 110 km/hora del mamífero más veloz, el guepardo).

 

De modo que el deportista, según la ideología dominante, debe competir lealmente (jugar limpio); ser el mejor; aplastar al vecino, pero con elegancia, simbólicamente, no pisándole los callos en sentido literal. La extrema competitividad debe estar tamizada por el respeto al adversario y a unas normas abstractas de cumplimiento obligado.

 

Pero qué pasará cuando los beneficios objetivos derivados de la competición (beneficios económicos, beneficios más efímeros como la fama o

 

 

 

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puramente subjetivos, como la satisfacción de haber batido al rival, etc.) están reservados a unos pocos. Solo caben tres en un podio; la liga la gana solo un equipo de fútbol; los contratos publicitarios son solo para uno, el más guapo. La competitividad extrema crea sus propias distorsiones. La tentación es fuerte y siempre estuvo ahí, incluso antes que la recompensa económica. Por ejemplo, el tercer atleta en cruzar la meta del primer maratón de los Juegos Olímpicos de la Era Moderna (Atenas, 1896) fue descalificado al comprobarse que había efectuado parte del recorrido escondido en un automóvil. Pero es fama también que el vencedor de esa prueba, Spyridion Louis, llegado al kilómetro treinta del recorrido, se paró y se tomó un buen vaso de vino tinto, lo que pareció darle alas.

 

Eliminadas estas prácticas tan toscas en el deporte de competición, surge como horizonte la optimización de la máquina humana, la puesta a punto que permitirá la consecución de los objetivos previstos. Esa optimización no solo proviene de las prácticas del entrenamiento. Existe un deseo firme, un anhelo fáustico de conseguir, al precio que sea, una mejora sustancial del organismo en la realización de las actividades físicas.

Ese deseo de dominio no es ajeno al deseo de dominio sobre la Naturaleza en su conjunto. Desde el inicio de la era industrial ese dominio técnico no solo se planteó como posible, sino sumamente deseable. La Naturaleza debía ser domesticada en beneficio del hombre. Ahora bien, el ser humano se sentía excluido de ese dominio, en parte porque se seguía contemplando como un ser superior, distinto sustancialmente a todos los demás entes de la Naturaleza. Eran operativas categorías conceptuales heredadas de una concepción trascendente de la naturaleza humana, con las que el darwinismo todavía tendrá que pelear con firmeza.

 

Como siempre, la literatura acertó a expresar la dolorosa contradicción del deseo de dominio de los resortes del propio cuerpo humano y sus limitaciones. Mary Shelley, en su novela de 1818, intuye las posibilidades asombrosas que se abren con la ciencia (aún en un estadio muy incipiente: se habla de «galvanismo», de «filosofía natural», etc.). El doctor Víctor Frankenstein hace encaje de bolillos con piezas rescatadas en los osarios, las salas de disección y los mataderos. Como era más fácil trabajar con piezas grandes, crea un ser de dimensiones descomunales, feo por añadidura. Y moralmente monstruoso, un asesino.

 

El libro, estructuralmente, es un desastre; los conocimientos científicos están mediocremente expresados, los personajes resultan burdos estereotipos. Aun así, ha tenido una fortuna inmensa porque es el inicio de una imaginería

 

 

 

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poderosísima en el mundo contemporáneo. Mary Shelley indaga, en los prolegómenos de la industrialización irreversible del planeta, las posibilidades de dominio técnico del cuerpo humano. Dominio que incluye su faceta más impensable, la génesis artificial de vida. Y vislumbra, sombríamente, su fracaso.

 

El deseo de dominio de la máquina corporal humana, no obstante, persistirá. El poder de las ficciones literarias es, en contra de lo que se pudiera suponer, modesto, y una admonición novelada no iba a hacer mella en ese afán por controlar la propia fábrica humana del cuerpo. Pero, como apunta con sagacidad Habermas: «Parece que los conocimientos científicos, cuanto más tocan a nuestro cuerpo (Leib), más inquietan a nuestra autocomprensión[198]». Nos enfrentan a nuestra propia autorrepresentación como especie humana, obligándonos a reflexionar sobre las implicaciones éticas que la instrumentalización corporal puede conllevar.

 

Esa intervención tecnocientífica sobre el cuerpo humano cómo no iba a concretarse de forma perentoria en quienes utilizan el cuerpo humano como herramienta de trabajo y dependen, en última instancia, de sus rendimientos concretos. Pero ese deseo carecería de sentido sin la promesa técnica de mejoramiento del cuerpo humano, ya sea mediante acciones quirúrgicas, farmacológicas o de ingeniería genética. Es decir, el deseo existe previamente, pero resulta imprescindible la existencia de un núcleo determinado de investigadores dedicados a estudiar la forma de incrementar la eficiencia de los deportistas. Investigadores no desinteresados, sino ceñidos por unos criterios epistemológicos concretos y ligados a líneas de investigación aplicada y a tecnologías concretas del mundo industrial. Resulta curioso constatar, por ejemplo, que sustancias dopantes como la eritropoietina (la famosa EPO de los ciclistas) o la hormona del crecimiento son propiedad de empresas e instituciones privadas; en el primer caso, de la empresa californiana Amgen, y en el segundo, la Universidad de California.

 

La combinación de determinados intereses personales (el menor de los cuales, al parecer, no es el deseo de gloria, de reconocimiento multitudinario, de éxito en sí mismo por encima de cualquier compensación crematística) con intereses macroeconómicos, e incluso el cruce de políticas nacionalistas de cortísimo alcance, puede conducir a resultados verdaderamente desastrosos.

 

El triunfo es efímero. Las ilusiones se esfuman. Heidi lo sabe. Muchos se lucraron con la organización de los eventos en los que ella participó, el orgullo nacionalista del cuadrante nororiental alemán se engrosó con sus éxitos y con el de otros atletas seguramente. Y ella se quedó con su cuerpo

 

 

 

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ambiguo y su equilibrio mental amenazado. En ella, el dopaje dejó su marca feroz.

 

La dicha matrimonial probablemente sea efímera también. Pero puede servir de consuelo (por lo menos a veces). Heidi-Andreas contrajo matrimonio en 2002 con Ute, nadadora de élite, víctima ella también de problemas relacionados con el dopaje. Ute padeció desajustes en su percepción corporal tras incrementar de modo notorio su musculatura (unos quince kilitos). La bulimia fue su particular calvario.

 

Tras un proceso judicial, Ute y Andreas recibieron, a modo de compensación, 6.000 euros (en España con ese dinero se podían comprar, en 2003, año de la sentencia, cuatro ordenadores portátiles o diez colchones de ciento treinta y cinco centímetros de anchura de mediana calidad). Los responsables (los que encontraron, supongo), un médico y un funcionario, hubieron de soportar entre 18 y 22 meses de libertad vigilada.

Diecinueve años después, todos ellos a la sombra ominosa del régimen autocrático instituido por Vladimir Putin (que culminaría con la ominosa invasión y el genocidio ucranianos), el sistema de dopaje estatal persistía.

Una de sus víctimas (y lo era, dada su minoría de edad) fue la patinadora Camila Valieva. A pesar de la constatación de su dopaje, le permitieron la participación en los Juegos Olímpicos de Invierno de Pekín (los mismos a los que acudió Putin para obtener el refrendo de Xi Jinping para destruir e invadir Ucrania, y es fama que este le pidió que esperase, al menos, a que concluyeran los juegos).

 

Camila consiguió una proeza técnica en su disciplina deportiva: realizar el primer salto cuádruple de una mujer en una competición olímpica. Obtuvo una medalla de oro. Medalla que, no obstante, no se le otorgó ante la investigación por dopaje en el que estaba inmersa. En los análisis que le fueron realizados a finales de 2021, se determinó que en su cuerpo había trimetazidina, sustancia capaz de mejorar la circulación coronaria y prohibida, por tanto. Con todo, se le permitió la participación en los juegos pekineses.

Abrumada por una presión psicológica extrema, Camila sufrió dos caídas en el ejercicio libre. Lo que cercenó cualquier posibilidad de medalla. En el podio estuvieron, por tanto, dos compatriotas suyas y una patinadora japonesa, Kaori Sakamoto, feliz de romper la, en apariencia indestructible, hegemonía de las rusas en la disciplina.

 

En los Juegos de Pekín también dio positivo en un control antidopaje la patinadora española Laura Barquero. La diferencia estriba en que esta tenía veinte años en el momento de la competición, es decir, era mayor de edad. Y

 

 

 

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desde luego no tenía sobre sí la constricción de un sistema que normalizaba la administración de sustancias dopantes a los deportistas. Mientras que Camila Valieva tenía solo quince años.

 

Los regímenes dictatoriales necesitan símbolos susceptibles de ser admirados y adorados, héroes y heroínas, deportivas o no, que encarnen aspectos positivos de sistemas políticos en sí mismos aborrecibles, siendo ellos o ellas epítomes de lo extraordinario. Nadia Comaneci fue el símbolo deportivo de la Rumanía de Nicolae Ceaucescu (jefe de Estado de 1974 a 1989, cuando fue depuesto y fusilado junto a su esposa). La jovencísima campeona de los Juegos Olímpicos de Montreal de 1976 fue utilizada como elemento propagandístico por el régimen de Ceacescu. Recibía las máximas distinciones y reconocimientos (el título de «Heroína del Trabajo Socialista» o la medalla de oro de la Hoz y el Martillo), a la par que era sometida a un control intensivo por los servicios de información del régimen, la temida Securitate. Control que se volvió tan opresivo como para, al parecer, provocar un intento de suicidio de la joven gimnasta en 1978[199].

 

En una España franquista, carente de infraestructuras y de oportunidades para otro deporte que no fuera el fútbol, el símbolo elegido fue una niña de aspecto angelical y voz prodigiosa, Marisol. Camila Valieva fue, durante un brevísimo lapso, una marisol del patinaje. Luego Putin arrasó Ucrania, masacró a un pueblo y los deportistas rusos fueron vetados en todas las competiciones internacionales. Con la excepción del tenis, donde rusos y serbios filorrusos siguieron campando a sus anchas[200].

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 15

 

El body de Florence Griffith

 

 

 

 

 

Cuando la revista de un diario de tirada nacional dedicada a la moda (y dirigida a un público lector femenino: ya anoté más arriba que el complexum moda/belleza también es un espacio segregado) recordó a la atleta Florence Griffith, lo hizo a cuenta de un detalle de su vestimenta[201]. En el texto se rememoraban, eso sí, sus éxitos deportivo-medallísticos, así como la muerte de la atleta en 1998 (desdichada muerte: a los treinta y ocho de edad). Pese a ello, lo esencial era hacer un paralelismo de una de sus prendas fetiche (los monos de una sola pierna) que, al parecer, unas hermanas muy famosas (de profesión, su imagen exterior) habían reeditado y vestían en la foto ad hoc (las hermanas, con monos unipérnidos o sin ellos, cobran miles de dólares por posar así).

 

Recordaba, asimismo, quien escribiere el texto (no está firmado), que la atleta también lució en su momento prendas de encaje, mallas de licra con capucha y de colores vivos, uñas larguísimas de gel con los colores de la bandera norteamericana.

 

Desconocemos el mensaje exacto que quería transmitir la famosa corredora cuando llevaba tales aditamentos. Quizá fuese una mezcla de autoafirmación personal y pura excentricidad con buenas dosis de apelación al graderío (es decir, al espectador/consumidor por mor de las marcas patrocinadoras de zapatillas y otras prendas deportivas). En todo caso, pese al evidente afán de notoriedad, lo que sí podemos decir es que Florence Griffith no se separó un ápice de la presentación tópica femenina. Es decir, que se adscribió a los códigos de feminidad prescritos según ese no enunciado, pero omnipresente mandato de belleza, al que yo he denominado «imperativo estético[202]». Mandato que obliga a las mujeres de nuestro tiempo a una presentación impecable, sexualizada a ser posible; en todo caso, para gustar a los hombres.

 

El caso de la atleta es complejo. Porque esa presentación hiperfemenina (el encaje, por ejemplo, es en la actualidad el paradigma de lo femenino, si bien en el siglo XVIII los hombres de la nobleza vestían con buenas dosis de él) coincide con un aspecto corporal caracterizado por una fuerte

 

 

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musculación. Lo que se considera poco femenino, como, en cierto modo, el deporte también es considerado como poco femenino. La duda sobre la utilización de esteroides anabolizantes que coadyuvaran a la consecución de fuerza muscular y, por ende, esa peculiar silueta, siempre rodeó a Griffith.

 

Esa, en el fondo, es la aparente paradoja subyacente en el cuerpo deportivo de las mujeres: que, si por un lado, adquiere una masa muscular necesaria para el desempeño del deporte, por otra ha de sacrificar cierta normatividad de la belleza femenina secularmente identificada con un cuerpo más mórbido, más redondeado, menos articulado, menos subrayado en su musculatura que el cuerpo masculino. «Un cuerpo musculado se aleja de lo bello, del canon de belleza aceptado para la mujer (femenino)» nos dice Ana Pastor Pascual, ya que «las deportistas con su vigor y corporalidad saltan los límites que el género impone». De este modo[203]:

 

La masculinidad femenina de las deportistas supone un desafío por tres razones: primero, porque rompe con las expectativas de género; segundo, porque intimida con una nueva corporalidad que puede suponer una amenaza para los hombres (tanto a nivel físico como a nivel de rendimiento) y, tercero, porque se asocia al lesbianismo[204].

 

Lo ideal, claro, es someterse a los parámetros estéticos considerados femeninos, a un canan de belleza aceptable.

 

El canon de belleza femenino, la obligatoriedad del mismo, el imperativo estético (del que ya he hablado en el capítulo segundo) definido así:

 

El imperativo estético es un mandato (o conjunto de normas) no escrito, que se ejerce en las sociedades occidentales sin una coerción directa o explícita pero que obliga a las mujeres a una presentación tópica que tiende a un ideal de belleza determinado. Este ideal estético se consigue con prácticas de belleza que necesitan la adquisición de determinados objetos y el requerimiento, como servicio, de acciones personales concretas […]. El mandato, como se deduce de la propia semántica de la palabra, nace de una jerarquía de poder: parte de la estructura de poder tradicionalmente dominante (la masculina) y se dirige hacia la estructura social inferiorizada y secularmente subyugada (la femenina)[205].

 

Hay estudios sociológicos que indican que este mandato de belleza es todo un obstáculo para las chicas que practican deporte y la causa de que algunas lo abandonen llegadas a la adolescencia, cuando otro tipo de intereses aparece en su horizonte. Y vence entonces la adscripción a un modelo de feminidad heterodesignada, muy sexualizado e incompatible con la práctica del deporte. O al menos lo entienden así.

 

Porque no es menos cierto que, para la práctica de ciertos deportes, existe una verdadera resignificación femenina, es decir, una vestimenta, unos

 

 

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adminículos e incluso un modo de presentación que ha de cumplir con los parámetros adecuados. Eso ocurre con especialidades deportivas caracterizadamente femeninas, como las modalidades de gimnasia rítmica, en las que hay unas normas sobre la indumentaria muy precisas e incluso restrictivas, pero que dejan lugar a una presentación no solo funcional sino estética en alto grado.

De igual modo, en la natación sincronizada o en el patinaje artístico el grado de refinamiento estético es obligatorio y a la vez ayuda en la eficacia de una presentación espectacularizada.

 

Sobre el cuerpo de las deportistas, como vemos, se escriben unos códigos de belleza y feminidad, en estos casos imposibles de rechazar por la misma naturaleza estética de las disciplinas deportivas.

 

Otras veces ocurre, por ejemplo en deportes de equipo, que con la uniformidad se pretende sexualizar en grado superlativo el cuerpo de las mujeres. Ocurre en vóley playa, disciplina olímpica. En otros deportes (fútbol femenino), cuando se ha querido imponer un tipo de vestimenta caracterizadamente sexual (prendas cortas o ceñidas al cuerpo), se ha provocado el rechazo de las practicantes de ese deporte. Pues, al fin y al cabo, se entiende que debe primar la funcionalidad del equipamiento deportivo (la comodidad en el doble sentido de ser cómodas las prendas y sentirse cómodas las deportistas) y no el placer estético (para el espectador, claro).

 

Un elemento distorsionador de la vestimenta deportiva femenina, pero extraordinariamente elocuente sobre el estatuto de las mujeres en algunas sociedades, es la presencia del hiyab en algunas de estas prendas. En un país tan desfavorable para el desarrollo de la igualdad entre hombres y mujeres como es Afganistán (algunas veces se dice el peor del mundo para nacer mujer), se incorporó este adminículo (en forma de capucha cerrada de forma muy ostensible bajo la barbilla) en el equipamiento de la selección femenina de fútbol. Una marca comercial danesa fue la encargada de la fabricación de esas prendas. Y de difundirlo en la prensa internacional, pues de otro modo no hubiera tenido la difusión que tuvo.

 

Como vemos, de un modo u otro, el cuerpo de las mujeres es el soporte donde se escriben los distintos modos de sujeción, en este caso la sujeción a un modelo de mujer deportista tolerable (dentro del estrecho margen de tolerancia a la autonomía de las mujeres afganas, sea este el caso). O el modelo de mujer deseable, como en las sociedades occidentales. Rosa Cobo ha escrito sobre la «carga sexual» que soportan las mujeres, la

 

 

 

 

 

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hipersexualización que se ha acentuado en las últimas décadas. Ella expresa así la génesis de este fenómeno:

 

El creciente proceso de sexualización de las mujeres hunde sus raíces en aquellas estructuras simbólicas que definen a las mujeres como naturaleza, biología y sexo y en aquellas estratificaciones sociales que subordinan, inferiorizan y devalúan a las mujeres. La definición de las mujeres como sexualidad implica una operación de largo alcance que desemboca colectivamente en procesos de inferioridad social y política de desindividuación. Esta operación tiene como objetivo que las alternativas vitales para las mujeres no salgan de los límites asignados en el contrato sexual: matrimonio y prostitución[206].

 

A partir de los años ochenta del pasado siglo, se observa una creciente objetualización del cuerpo de las mujeres en las sociedades neoliberales más desarrolladas, explicable como reacción al feminismo de los setenta que ha generado espacios críticos para esa normatividad femenina, pero, sobre todo, ha ampliado las posibilidades reales y efectivas de autonomía de las mujeres; mujeres que pueden elegir sus opciones vitales ajenas a ese modelo de hipersexualización.

 

El cuerpo femenino deportivo no escapa a esa dinámica: también el modelado por la práctica deportiva debe ser, de igual modo, bello y sexualmente apetecible, siendo, sobre ello, adecuado para las prestaciones necesarias en los deportes correspondientes.

 

Pese a todo, el cuerpo deportivo por excelencia es el masculino. Teresa González Aja hace referencia a un modelo de virilidad aún vigente:

 

Hablaremos por tanto de la imagen de la masculinidad, que en definitiva es el modo en el que los hombres afirman aquello que consideran la propia virilidad, y que impregna por completo la cultura occidental. El ideal de la masculinidad ha sido invocado por todas partes como símbolo de la regeneración nacional y personal, pero también como elemento fundacional de la sociedad moderna […]. La idea moderna de la masculinidad propugnaba una visión bien definida de la naturaleza y de las acciones humanas capaces de servir a las causas más diversas y que dejó rastros de sí en todas o casi todas las ideologías modernas. En términos generales podemos afirmar que las virtudes viriles inmutables eran la fuerza de voluntad, el honor y el coraje[207].

 

La propia historiadora reconoce que, aunque se refiere a la primera mitad del siglo XX, lo cierto es que dichas virtudes están en el centro de nuestro lenguaje (entendiendo «coraje» como valor o valentía, ya que en algunas zonas de Andalucía equivale a «rabia»). O sea, de nuestra mentalidad. Un ideal de masculinidad que el deporte se encarga de esculpir y fomentar. Se fue gestando un estereotipo de belleza masculina, con un cuerpo sano y entrenado en destrezas físicas varias. «La identidad entre cuerpo y alma fue el aspecto

 

 

 

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central de la actividad atlética como factor para la construcción del modelo de la masculinidad moderna», afirma. El cuerpo masculino se fortalecía en sus aspectos físicos y de igual modo el carácter viril se fortalecía.

 

Este ideal viril deportivo, ya lo hemos visto, fue utilizado por los fascismos de los años veinte y treinta para crear el estereotipo de «hombre nuevo», el hombre disciplinado y fuerte que necesitaban los regímenes totalitarios de Hitler y Mussolini. El mismo Benito Mussolini, como ahora el presidente ruso (hasta 2023), Putin, fue un asiduo practicante de diversos deportes. Y un especialista también en difundir las imágenes de un Duce deportivo y lustroso, el «hombre fuerte» que necesitaba la nación y que se aprestaba a dirigirla con toda su energía, violencia incluida si era lo que tocaba…

 

No es necesario abundar en qué terminó todo esto. Solo cabe apuntar que, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y la consolidación de las democracias occidentales, así como los regímenes comunistas tras el Telón de Acero, se produjo una inusitada reviviscencia del fenómeno deportivo. El modelo viril del atleta sobrevivió casi intacto, si bien ahora servía a intereses diferenciados: al modelo político que basaba su éxito en el incremento del bienestar y del consumo como héroe de un deporte de masas cada vez más convertido en espectáculo (o capitalismo de las sociedades de consumo); al modelo político que basaba su éxito en la extensión de su poderío ideológico y militar a la mitad del planeta, como símbolo auroral de una nueva era posestalinista (comunismo soviético y de los mal llamados países del Este de Europa).

 

Tras la Guerra Fría, el monstruo de fauces omnívoras (el Leviatán dinerario, el Dragón de plástico y producción masiva) venció al Oso Soviético. Disuelta la Unión Soviética en 1991, no obstante, el imperialismo ruso pugnaría por sobrevivir a instancias de un exmiembro del KGB (Putin) en las primeras décadas del siglo XXI.

 

Entretanto, el deporte y sus fastos (campeonatos de toda laya, juegos falsamente de Olimpia, ligas profesionales, uefas/ champions), con su cohorte de apuestas deportivas (de la prehistórica quiniela al juego online, federaciones y conglomerados organizativos varios, patrocinios institucionales, doxa escolar y pedagogía publicitaria e imaginería mediática, se desarrolló hasta límites insospechados. Los regímenes cayeron, se transformaron. El homo sportivus sobrevivió.

 

Y el ideal de virilidad deportiva persistió. Entretanto, el modelo de mujer deportista se debatía entre múltiples contradicciones; el carácter secundario,

 

 

 

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subsidiario, inferior, la principal de ellas.

 

El deporte adquirió el rango de deixis. La función deíctica, de señalar qué era lo masculino, qué lo femenino, qué adecuado a los hombres y qué a las mujeres, le fue adjudicada, con total eficacia, en prácticamente todas las sociedades del planeta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 16

 

Deportistas transexuales. El cuerpo masculino como ventaja. Las polémicas

 

 

 

 

Una de las primeras deportistas transexuales que participó en un torneo femenino de golf fue Mianne Bagger, deportista nacida en Copenhague en 1966. Lo hizo en el Abierto de Australia de 2004. En declaraciones a la prensa, ella confesó que, al revés de lo que pudiera parecer, el haber nacido varón no la favorecía de una forma clara. Si bien es cierto que era más alta y sus brazos, más largos que los de muchas mujeres, estas características no eran decisivas en absoluto para la práctica deportiva. Y, en todo caso, sus niveles de testosterona eran inferiores a los de cualquier mujer, ya que, tras someterse a un tratamiento hormonal de estrógenos desde 1992, la testosterona se había reducido y con ella su masa muscular. También se había sometido a cirugía para la reasignación de sexo en 1995.

 

Lo cierto es que ganó dicho torneo femenino.

 

La polémica suscitada por la participación de deportistas nacidos como hombres, pero con nueva asignación de sexo como mujeres, no había hecho más que empezar

 

En marzo de 2022 la nadadora trans Lia Thomas venció en la prueba de las 500 yardas en la final de la liga universitaria estadounidense. Por delante de dos subcampeonas olímpicas de Tokio, Erica Sullivan y Emma Weyant[208]. Las muestras tanto de rechazo como de apoyo fueron notorias desde el mismo podio.

 

Pero la polémica continúa.

 

Unas declaraciones de la atleta Ana Peleteiro, en junio de 2023, en el suplemento de moda de un conocido diario español, provocó un cúmulo de respuestas llenas de indignación. La atleta llegó a recibir múltiples insultos en redes sociales e incluso amenazas para ella y su familia. Peleteiro se había limitado a expresar su disconformidad con que las mujeres trans compitieran en pruebas atléticas femeninas. Ante la pregunta de qué le parecía la prohibición (por parte de la Federación Internacional de Atletismo) de la participación de atletas transexuales en competiciones femeninas, ella dijo:

 

 

 

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Tengo amigos trans, pienso en lo que sufren para mostrarse como se sienten, y tienen mi apoyo, pero el tema de la competición deportiva es delicado. Si has madurado como hombre, aunque bajes tus niveles de testosterona, tu densidad ósea y desarrollo muscular es diferente al de otras mujeres. En atletismo la mujer que más salta son 15 metros y pico y el hombre 18 metros y pico. Se deben abrir las puertas a las personas trans, pero en el deporte no profesional[209].

 

La reacción a estas declaraciones (pese a las cautelas de la hablante) fue desproporcionada e incluso criminosa.

 

La controversia apunta a una cuestión esencial que modula el deporte y a la que aludimos en el capítulo segundo de este ensayo: la configuración del deporte como uno de los escasos espacios del mundo contemporáneo en el que la desigualdad (y la consiguiente segregación por sexos) está normalizada, es decir, aceptada sin discusión alguna. Cuando en las sociedades democráticas occidentales van desapareciendo los más conspicuos elementos de desigualdad, con la acción política, la legislativa y la judicial, así como los nuevos usos sociales y los cambios en las mentalidades (paradójicamente estos de un modo más lento) como herramientas de dicha desaparición o, al menos, su desleimiento en un medio en el que dejan sus grumos. Antes, la reflexión política feminista articuló la deslegitimación de esa desigualdad (y las estructuras anejas de opresión) desde el punto de vista teórico.

 

Lo cierto es que, dada la especificidad de las actividades deportivas, es muy difícil obviar la cuestión corporal en aras de una igualdad en la competición. Quiere decirse que hombres y mujeres no compiten en categorías distintas por puro capricho o afán de segregación, sino porque el cuerpo masculino otorga, en sí mismo, una ventaja competitiva. Así lo hace notar Irene Aguiar cuando escribe en su aportación al libro colectivo Transgénero y deporte que:

 

  los hombres tienen una mayor masa corporal total, mayor altura, mayor masa y densidad muscular, menor masa grasa, mayor densidad ósea, mayores niveles de hemoglobina y corazón y pulmones de mayor tamaño. La estructura ósea también es diferente, entre otros (sic), el hombre tiene una mayor caja torácica, hombros más anchos y caderas más estrechas[210].

 

Todo lo cual se traduce en varias ventajas deportivas. Por ejemplo, los hombres tienen una fuerza entre un 50 y 60 % mayor que las mujeres. De modo que su rendimiento es superior en multitud de disciplinas, habiéndose cuantificado, por ejemplo, en el fútbol entre un 16 y un 22 % o en halterofilia entre un 29 y un 34 %, nos sigue diciendo Aguiar. La autora recalca con cifras muy llamativas la desventaja de las féminas en determinadas disciplinas

 

 

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deportivas. Así, aludiendo a un estudio en el que se comparan las marcas deportivas de chicos menores de 18 años obtenidas en competiciones específicas (como la New Balance Nationals Outdoor) y las de mujeres deportistas (que participaron en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro de 2016), las conclusiones son espectaculares: las mujeres solo hubieran ganado 6 medallas y los chicos 81; y en las competiciones de 100, 200, 400 y 800 metros, las mujeres ni siquiera hubieran obtenido la marca necesaria para su competición en las pruebas. Asimismo, en la comparación entre chicos y mujeres, de 22 récords mundiales de otras tantas especialidades deportivas (velocidad, salto de altura, lanzamiento de jabalina, etc.), en 21 de ellas, los chicos (de edades entre 14 y 18 años) superaron los récords femeninos[211].

 

En este contexto es donde se articula la cuestión de la labilidad del sexo, es decir, del paso de un sexo a otro con consecuencias legales, pero sin necesidad de cambios físicos anejos, solo de adscripción a un género que no coincide con el sexo definido biológicamente, y por tanto legalmente desde la inscripción en el registro civil tras el nacimiento. En el tema que tratamos, pasar de ser hombre a mujer, una reasignación de género, sin hacer la consabida transición médico-quirúrgica que incida en los caracteres sexuales de la persona en cuestión.

 

Dicha reasignación tendría como fundamento ideológico una de las ideas centrales de la teoría queer, según la cual el sexo es un constructo social y no hay dos sexos (masculino y femenino), sino una gradación entre los dos polos, hombre y mujer. La negación de ese binarismo absoluto (mujer/hombre) sería, en última instancia, la consecuencia más clara (algo que sí queda claro en las teorizaciones generistas queer).

 

Como señalan Errasti y Pérez, desde el punto de vista científico esto no se sostiene. La reproducción humana, como la de muchos animales, es sexual. Y en términos evolutivos ha dado lugar a funciones y órganos determinados para fecundar y gestar, es decir, para proporcionar espermatozoides u óvulos para la creación de un nuevo ser. No hay estadios o posibilidades intermedias entre ambas funciones fisiológicas[212].

 

Otra cosa es el género, denominación que se ha solapado con la de sexo y que tiene un carácter social y cultural, es decir, configurado y desarrollado por la acción del ser humano. De modo que el género femenino tendría su armazón en todas aquellas cosas que se han considerado propias de las mujeres históricamente, desde la vestimenta y el adorno, a los ademanes y posturas corporales, aficiones y actividades, modos afectivos, formas de relación con los otros y creación de lazos familiares (incluidos los cuidados

 

 

 

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dentro de los núcleos familiares), hasta profesiones consideradas más o menos «femeninas»: «Todo el entramado cultural y normativo que garantiza la divergencia entre varones (masculinidad) y mujeres (feminidad)», en palabras de Alicia Miyares[213]. Como señala Miyares, el género es una categoría analítica que nos permite comprender las relaciones de poder que han determinado el orden social y político de dominio de los hombres sobre las mujeres, la construcción de roles apropiados para varones y mujeres (tan explícitos en el caso de algunas religiones), y cómo las prescripciones de la masculinidad y la feminidad inciden en la configuración del yo o la subjetividad. Pues no somos sujetos fuera o aparte de esa normativización de género. «El feminismo político ha hecho uso del término género como categoría analítica para reafirmarse en la idea de igualdad[214]», escribe Miyares.

 

Para la teoría queer, el género, aunque cultural, es cualidad ontológica que define al sujeto, esencia que es percibida, transmitida como deseo y desanclada de un correlato biológico. El género es la categoría adscriptiva que debe prevalecer por encima de la denominación fisiológica binaria hombre/mujer.

 

La distinción entre sexo y género ya fue establecida en 1968 por Robert Stoller, quien «entendería por género la convicción íntima de una persona de pertenecer a un género determinado. Sería, pues, una característica de orden psicológico[215]». Esta idea/fuerza sigue presente en la teoría queer, que adopta el concepto género como explicación causal y no como teoría crítica, tal y como lo hace el feminismo de la igualdad.

 

La negación de las implicaciones políticas del binomio género/sexo y la reclusión en ámbitos personales, psicológicos y sexuales lleva a la utilización del concepto género en lugar de sexo con fines descriptivos, administrativos y estadísticos, políticos, en suma, además de teóricos, es decir, ontológicos. Lo que tiene una vertiente singular que se manifiesta en la disforia de género. Un número de personas (según algunos especialistas, algo superior al 1 %) sienten que no concuerda su género con su sexo. Es decir, se sienten chicos estando en un cuerpo de chica. O afirman que su género es fluido, no binario, basculando entre esos dos polos genéricos y sexuales binariamente definidos. Una cuestión que, en efecto, requiere una lectura minuciosa del impacto en las personas en las que se manifiestan y las consecuencias psicológicas, pero también sociales y administrativas que de ello puedan derivarse.

 

En España, en febrero de 2023, se aprobó la ley promovida por el Ministerio de Igualdad que reconoce la libre determinación de género y de

 

 

 

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identidad, es decir, el cambio de sexo en el registro civil sin necesidad de informe ni tratamiento médico o psiquiátrico. Ello a partir de los 14 años de edad (asistida, eso sí, la persona que desea dicho cambio por sus representantes legales). El texto de la ley dice así:

 

  Toda persona de nacionalidad española mayor de dieciséis años podrá solicitar por sí misma ante el Registro Civil la rectificación de la mención registral relativa al sexo.

  Las personas menores de dieciséis años y mayores de catorce podrán presentar la solicitud por sí mismas, asistidas en el procedimiento por sus representantes legales. En el supuesto de desacuerdo de las personas progenitoras o representantes legales, entre sí o con la persona menor de edad, se procederá al nombramiento de un defensor judicial de conformidad con lo previsto en los artículos 235 y 236 del Código Civil[216].

 

En el preámbulo de la ley se acude a las recomendaciones del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, según el cual:

 

  la prohibición de discriminación contemplada en el artículo 14 del Convenio Europeo de Derechos Humanos comprende cuestiones relacionadas con la identidad de género y ha instado a que se realice el cambio registral del sexo sin el requisito previo de sufrir procedimientos médicos tales como una operación de reasignación sexual o una terapia hormonal[217].

 

Una parte del feminismo (el que parte de la idea de igualdad y que ha alimentado las corrientes progresistas incorporadas, en muchas ocasiones, a partidos de izquierda) piensa que es un grave error confundir sexo y género y determinar mediante un acto voluntarista, de deseo, la adscripción sexual. Con ello, un acto administrativo (la inscripción en un registro, en un doble acto para mayor certeza) eliminaría la conexión con una realidad fisiológica, la existencia, por tanto, de sexos femenino y masculino. La prevalencia, el dominio y la opresión que este ha ejercido sobre aquel serían irrelevantes, pues pueden ser eliminadas mediante una acción bien sencilla. Es decir, que, si te sientes oprimida como mujer, pues conviértete en hombre inscribiéndote como tal. O, más fantásticamente aún: adminístrate los productos hormonales que la industria farmacéutica pone a tu disposición y que cambiarán la densidad de tu vello, tu timbre de voz o la presencia de hormonas en tu sangre.

 

La joven pensadora Elizabeth Duval (Alcalá de Henares, 2000) realiza, desde su propio relato autobiográfico, un acercamiento no exento de rigor intelectual a la definición de trans. Su libro Después de lo trans hace hincapié, por un lado, en la falacia de agrupar a un colectivo heterogéneo bajo esa denominación y, por otro, en la historicidad del término. Pero, ante todo,

 

 

 

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critica la noción de «autodeterminación» de género. Según ella, «el individuo no se piensa y se determina mujer y, por ende, como consecuencia de su decisión de serlo o de su autodeterminación, resulta ser una mujer[218]». Existe una determinación ajena al sujeto «que después se ve sometida a una internalización que está muy lejos de constituir en ningún caso un proceso autoconsciente[219]».

 

Duval pone de relieve esa realidad que, a su modo de ver, sobrepasa al individuo y que debiera servir para atemperar las críticas de quienes ven en el fenómeno trans vetas de una moda e incluso una frivolidad buscada o ejercitada de forma consciente y racionalmente elegida.

 

El libre tránsito de un género a otro (confundido ya de forma perenne este término con el de sexo, como se ha visto en la ley) afecta de un modo especial al deporte. No en el sentido de las mujeres que se declaren varones, porque esto, desde el punto de vista deportivo, parece que carece de relevancia dada la primacía de la fuerza muscular y de la agresividad competitiva en la mayor parte de los deportes. Sí en el sentido de que haya varones que se declaren mujeres y participen en las categorías de estas.

De hecho, el Comité Olímpico Internacional no ha establecido ninguna exigencia para las mujeres que hagan la transición a hombres. En cambio, para los hombres que hagan la transición a mujeres, una vez que se han eliminado las antiguas exigencias de operaciones quirúrgicas, se especifica que tienen que declararse mujeres y no podrán cambiar de género al menos durante cuatro años. Asimismo, hay análisis de sangre que determinan un tope máximo de testosterona que puede tener una mujer que participe en pruebas femeninas (diez nanogramos por mililitro de sangre)[220]. Lo que estaría justificado porque existe una correlación entre testosterona circulante y fuerza y masa muscular, responsable, en última instancia, de la superior capacidad ergogénica de los hombres con respecto a las mujeres (calculada en entre un 8

 

  y un 12 %). Las diferencias son patentes a partir de la pubertad, cuando se incrementa en los chicos la cantidad de testosterona en sangre:

 

Existe una gran diferencia según el sexo en las concentraciones de testosterona circulante y una relación dosis-respuesta entre la testosterona circulante y la masa y la fuerza muscular, así como la hemoglobina circulante, tanto en hombres como en mujeres.

 

Estas dicotomías explican en gran medida las diferencias según el sexo en la masa y la fuerza muscular y en los niveles de hemoglobina circulante, que se traducen en una ventaja ergogénica de al menos un 8 % o 12 % en los hombres. La supresión de los niveles elevados de testosterona circulante en atletas hiperandrogénicos tiene efectos negativos sobre el rendimiento, que se invierten cuando cesa la supresión[221].

 

 

 

 

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Con todo, hay deportes, como el rugby, en el que sus federaciones internacionales prohíben de forma tajante la participación de transexuales en competiciones o ligas femeninas.

La ley española para la igualdad real y efectiva de las personas trans, anteriormente citada, en el artículo 26, hace referencia a que «la práctica deportiva y la actividad física se realicen con pleno respeto al principio de igualdad de trato y no discriminación por orientación sexual, identidad sexual, expresión de género y características sexuales».

 

Y más abajo, en el mismo artículo, se determina que:

 

En las prácticas, eventos y competiciones deportivas en el ámbito del deporte federado, se estará a lo dispuesto en la normativa específica aplicable, nacional, autonómica e internacional, incluidas las normas de lucha contra el dopaje, que, de modo justificado y proporcionado, tengan por objeto evitar ventajas competitivas que puedan ser contrarias al principio de igualdad.

 

Con esta ambigüedad, la polémica está servida. Se parte de un principio de respeto hacia la identidad sexual y la expresión de género, pero la alusión a evitar esas ventajas competitivas contrarias al principio de igualdad y la necesaria aplicación de normativas internacionales en las competiciones internacionales generan una falta de concreción que puede dar al traste con ese bienintencionado principio de respeto y de no discriminación.

El Comité Olímpico Internacional permitió la participación de una deportista transexual, la neozelandesa Laurel Hubbard, en los Juegos Olímpicos de Tokio 2020 (realizados en 2021), en halterofilia. La deportista participó en esta modalidad deportiva, si bien no obtuvo ningún resultado en el total olímpico. A pesar de ello, el presidente de la Federación Española de Halterofilia, Constantino Iglesias, terció en el debate señalando la injusticia manifiesta que ello constituye, dada la ventaja muscular que posee una atleta transexual[222]; ello puede equipararse con el dopaje, es decir, como un elemento que desvirtúa la prístina competición.

 

Irene Aguiar, en el trabajo anteriormente citado, finaliza su exposición asegurando que, dada la superioridad física masculina y que esta otorga una ventaja en el deporte que no es posible eliminar mediante tratamientos de reducción de testosterona, la participación de mujeres trans en categorías femeninas es, en verdad, una exclusión. Puesto que, por cada mujer trans que participa, queda excluida una mujer que no ha podido participar en igualdad de condiciones. Y concluye:

 

El mantenimiento de la categoría femenina según el sexo biológico se hace, por tanto, necesario para mantener la integridad de la competición y para garantizar la

 

 

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posibilidad de que las mujeres tengan las mismas oportunidades para acceder a la práctica deportiva, que compitan en igualdad de condiciones y que, en determinados deportes, su integridad física no se vea comprometida, lo que es además necesario en consonancia con el derecho a la igualdad y no discriminación por razón de sexo de la mujer, los valores de la Carta Olímpica y de la Unión Europea[223].

 

Especialistas en el tema de la regulación tecnológica del dualismo sexual, como S. García Dauder, expresan su convicción de que hay que desechar la idea de que un cuerpo femenino es un cuerpo en desventaja siempre en el ámbito deportivo:

 

El debate está ahora en torno al constructo de «ventaja competitiva» que ancla a las mujeres en una permanente inferioridad en lo deportivo. El no tener una ventaja competitiva es lo que te convierte en «mujer». Se parte de que, en el plano deportivo, las mujeres son inferiores por su naturaleza física a los varones; ergo, si existe una mujer cuyas marcas se acercan a las de los varones y además posee un cuerpo musculado, fuerte y no es apologetic, está bajo sospecha de no ser una mujer, independientemente de su propia historia personal y de su identidad de género como mujer[224].

 

Ciertamente existe una diversidad de cuerpos femeninos. Aquí hablaríamos ya del fenómeno de la intersexualidad. Una diversidad que desafía el binarismo ortodoxo y que, por ello, está bajo sospecha. García Dauder lo ejemplifica en deportistas como María José Martínez Patiño, cuya carrera se vio truncada por las dudas sobre su sexo. Al no responder su cuerpo al patrón estándar cromosómico XX, fue acusada de fraude y expulsada del equipo olímpico español en 1986. Hubo de luchar en los tribunales para que se retirase el criterio cromosómico como detector de declaración fraudulenta de sexo. Las dudas sobre su sexo, expuestas en los medios de comunicación con sesgos sensacionalistas, provocaron un daño irreparable en sus expectativas deportivas. No obstante, pudo competir para la clasificación de los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992.

 

El caso de la atleta sudafricana Caster Semenya[225] posee algunas características similares, si bien el Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha fallado en su favor, señalando que hubo «discriminación de sexo» por parte de la Federación Internacional de Atletismo, al negarle su participación en determinadas pruebas a causa de sus elevados niveles de testosterona[226]. Semenya, tres veces campeona mundial y dos veces campeona olímpica en la distancia de 800 metros, es intersexual. Carece de útero y posee órganos sexuales masculinos internos y esas tasas elevadas de testosterona en sangre. Ella se identifica como mujer y reclama ser tenida en cuanto tal[227]. Pero, ante todo, siempre ha rechazado la idea de que debía bajar sus niveles de

 

 

 

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testosterona como prescribía una norma de la Federación Internacional de Atletismo al respecto, aprobada en 2019, con el fin de preservar la «integridad» del deporte femenino. El Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas ya había advertido en ese mismo año que normas como esa no estaban justificadas y que reforzaban el sexismo, el racismo y la estigmatización, así como los estereotipos de género.

 

Al respecto, el Tribunal Arbitral du Sport (TAS) determinó que, tras el análisis de sus resultados deportivos, el porcentaje de la diferencia con respecto a otras mujeres (en la prueba de 800 metros) no alcanzaba el 3 %. De modo que, si se establecía que la diferencia en el rendimiento deportivo entre hombres y mujeres se puede fijar en el rango entre 10 % y el 12 % en el atletismo de élite, no resultaba significativo. Por lo que no estaba justificada «la inelegibilidad de las mujeres con hiperandrogenismo con fundamento en una supuesta ventaja competitiva similar a la condición femenina[228]».

 

Para Semenya quizás no era demasiado tarde, ya que tenía treinta y dos años cuando se produjo la sentencia del tribunal de Estrasburgo. En el caso de Martínez Patiño, su carrera profesional quedó seriamente comprometida. De hecho, con posterioridad, encauzaría su trayectoria profesional hacia el mundo académico y la investigación sobre temas deportivos, siendo profesora en la Facultad de Ciencias de la Educación y el Deporte de la Universidad de Vigo.

 

Como investigadora, Martínez Patiño ha firmado artículos como el que, realizado en colaboración con otros autores, aboga por una igualdad de las mujeres. Reproduzco las conclusiones de este:

 

Dado que el deporte es un bien social, es todavía más importante finalizar con el reto de la deuda histórica para con la mujer en el siglo XXI de que se le garantice la total integración en un mundo al que ha llegado con retraso, pero que la realidad nos demuestra que está inmerso en él de pleno derecho, y con la búsqueda continua de que se la considere en igualdad con el varón[229].

 

Con lo que se insiste en un horizonte de igualdad, desde mi punto de vista, ineficaz, puesto que el punto de partida de la práctica deportiva es el cuerpo en desventaja de las mujeres. Las características corporales, tan dependientes del sexo, son decisivas en el deporte y no una mera circunstancia. Sobre esas características pivotan las posibilidades que impiden o dificultan un acceso al deporte competitivo, profesionalizado, rentabilizado económicamente y socialmente valorado en igualdad de condiciones con los hombres y en los mismos ámbitos que los hombres. No hay igualdad en cuanto a marcas en las disciplinas del atletismo; no hay igualdad en deportes de equipo que requieren

 

 

 

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no solo destreza, sino fuerza y resistencia. Insistir en la importancia del deporte para las mujeres, desde mi punto de vista, es seguir apostando por espacios de segregación y de declaración explícita de desigualdad. Y habría que plantearse si realmente merece la pena.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 17

 

El imperio de las zapatillas deportivas

 

 

 

 

 

El poderío del deporte es inconmensurable. Es un poder omnímodo, ubicuo; es uno y trino. Uno, en cuanto ha convencido (arrasa esta convicción) de que es bueno en sí y necesario. Trino por los tres ámbitos de escenificación de su poder: el ideológico, el económico y el visual. Los tres, más que complementarse, se solapan hasta hacerse indistinguibles.

 

El ideológico se resume en un eficacísimo apotegma de una simplicidad hipocrática: el deporte es bueno. A lo que cabría responder que ciertas dosis de actividad física, como se expresan en determinados deportes, pueden generar ciertos beneficios en el organismo humano. Pero la actividad física hiperbólica, extrema, propia no solo del deporte profesional, sino de la imitación amateur del mismo, consigue efectos perniciosos.

Jean-Marie Brohm enumera de forma muy plástica los efectos del intenso esfuerzo que requiere una de esas pruebas atléticas como es la maratón, en medio de esa «autoflagelación» y ese «embrutecimiento voluntario» que no es, para el autor francés, sino una forma de profunda alienación, el símbolo de una impotencia colectiva para cambiar la sociedad: «[…] caras demacradas, torsos escuálidos, piernas semi-anoréxicas, miradas perdidas, expectorando, jadeando, con las pantorrillas acalambradas, las plantas de los pies destrozadas por las ampollas, el torso chorreando de sudor[230]».

 

Esas carreras agotadoras, ese deporte tan machacante no es sino una coartada para incidir solo en el propio cuerpo; un cuerpo apolítico y des-ideologizado, un cuerpo entendido como «capital corporal sano». Un cuerpo dócil que interesa sobremanera a las estructuras sociales y económicas tal y como están, pues no va a incidir en ellas y sí se va a convertir en un cuerpo consumidor. En este caso, como veremos en este capítulo, consumidor de adminículos y vestimenta deportivos. Brohm insiste (y estamos de acuerdo con él) en que «el deporte aleja de la política. Simplemente refuerza la alienación masiva de individuos deportivamente despolitizados, en plena deriva onírica controlada por los mercaderes de sueños[231]».

 

Desde el punto de vista científico, está suficientemente estudiado que el exceso de actividad física es perjudicial. Un especialista en la relación entre

 

 

 

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cerebro y deporte afirma que los beneficios de cierta actividad física para el cerebro desaparecen cuando esta se intensifica:

 

De este modo, mientras presenta efectos beneficiosos para el cerebro a ciertas intensidades, induce ciertos efectos negativos a mayor intensidad. Se ha descrito curvas horméticas de este tipo, en relación con el ejercicio y el cerebro, para la función mitocondrial, para la formación de neuronas nuevas en el hipocampo adulto, para los niveles de neurotransmisores, para los factores de crecimiento tanto en el líquido cefalorraquídeo, como dentro del tejido cerebral, para la arborización dendrítica de las neuronas, para la angiogénesis inducida por la actividad, etc. A partir de cierto punto, a mayor cantidad de ejercicio (se mida como se mida dicho ejercicio, lo que varía de unos trabajos a otros), todos estos beneficios simplemente desaparecen[232].

 

Es decir que, en proporciones moderadas, la actividad física puede ser beneficiosa. Pero una vez rebasados determinados límites (que son precisamente los que requiere una práctica deportiva competitiva o profesionalizada), los beneficios se esfuman.

 

En cuanto al segundo ámbito de escenificación del deporte que hemos señalado, el económico, podemos distinguir:

 

La conversión en negocio de las actividades y eventos deportivos.

 

 

La conexión con productos relacionados con el mismo, desde adminículos necesarios para su práctica hasta libros relacionados con el tema. Y, cómo no, ocupando un lugar de privilegio, la ropa y el calzado deportivos.

 

 

Nos fijaremos en el fenómeno de las zapatillas deportivas, que adquiere las características paradójicas de un epifenómeno que arrastra tras de sí unas consecuencias de dimensiones sencillamente gigantescas. Una de esas consecuencias es la de conversión en un producto de moda; algo, en sí mismo, irrelevante (la moda arrastra esa superabundancia de lo contingente y lo innecesario que la caracteriza), pero que, oh, paradoja de las paradojas, acaba incidiendo en el producto interior bruto y en el número de empleados en un sector industrial de un país, como veremos más abajo.

 

Otra de esas consecuencias, quizá menos previsible, está relacionada con el proceso emancipatorio de las mujeres.

Es sabido que determinadas prendas de vestir de uso cotidiano tienen su origen en la uniformización o la creación ad hoc para determinados deportes. Algunas de estas prendas, incluso, conservan este origen en su denominación. Así ocurre, por ejemplo, con el polo (vinculado a este deporte de amplio seguimiento en algunas zonas del antiguo imperio británico), los tenis

 

 

 

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(denominación popular todavía en España para un tipo básico de zapatillas deportivas, hechas de loneta o canvas) o los nikis (sustantivo, poco usado ya, para las camisetas deportivas, metonímicamente de la marca Nike).

 

Resulta asombroso que un calzado relativamente arcaico, provisto de ojetes circulares y cordones con herretes de plástico, poco sofisticado en su estructura y hasta en su diseño, como lo es el surgido originalmente para la práctica del tenis y del baloncesto, tenga un éxito exorbitante entre los jóvenes. Para comprobarlo, no tiene más que darse una vuelta por un establecimiento de enseñanza secundaria: incluso en un tórrido mes de junio mediterráneo, chicos y chicas calzan zapatillas deportivas de proporciones gigantescas, con o sin calcetines, pero estrictamente cerradas. Las chicas pueden llevar camisetas de tirantes invisibles o espaldas al aire, pero guardan con el mayor celo, al estilo tradicional chino, sus pies. En invierno, con temperaturas relativamente bajas, siguen utilizando las mismas zapatillas baloncestistas de loneta, con o sin tobillos al aire (eso dependerá de la moda, no del termómetro).

 

Otros tipos de zapatillas tienen su origen en las carreras de velocidad. Y, curiosamente, dos marcas de fama mundial también tienen su origen en los Juegos Olímpicos nazis, en el Berlín de 1936 (mientras Leni Riefenstahl filmaba su preciosista documental). Los hermanos Dassler, Adolf y Rudolf, utilizaron la estrategia comercial de ofrecer sus productos a los atletas participantes en los juegos. Con ello conseguían una publicidad inmejorable. En este caso, acertaron de pleno, porque uno de los atletas elegidos fue nada menos que Jesse Owens, ganador de cuatro medallas. No importaba que los hermanos Dassler estuvieran afiliados al Partido Nazi, ni que la oscura piel de Owens desmintiera, por vía de la velocidad de su carrera, la superioridad de la raza aria (esa idea tan preciada para los nazis): business is business.

 

Herederos ambos del negocio familiar, tras la Segunda Guerra Mundial, separaron sus empresas y crearon, el primero, Adidas (de Adi-Dassler) y el segundo, la marca Puma (iba a ser Ruda, pero no lo fue; no creo que el significado en castellano tuviera nada que ver).

 

Por poner un ejemplo del «modesto» volumen de negocio de Adidas, diremos que en el año 2002 ya vendían 100 millones de pares de zapatillas. Es decir que, si hubiesen decidido regalar un par a todos los habitantes de Francia y España, lo hubieran podido hacer sin mayor problema. En 2014, Adidas empleaba, de forma directa, a más de cincuenta y cinco mil personas. En la segunda década del siglo XXI, ambas marcas seguían entre las más importantes del sector a nivel global, pero también seguían una encarnizada

 

 

 

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rivalidad, fruto de ese origen edénico-cainita de la empresa familiar. Las acusaciones de plagio que formalizó Adidas contra Puma por la utilización del poliuretano termoplástico en sus zapatillas no eran solo rencillas comerciales (familiares directamente ya no: Adolf y Rudolf Dassler habían fallecido ya en la década de los setenta). Afectaba a un modelo de zapatillas del que, solo en 2015, había vendido doce millones de pares…

 

Lo cierto es que la ropa y el calzado aptos para determinada práctica deportiva se utilizan cada vez más en cualquier momento de la vida cotidiana, en ocupaciones de ocio y de trabajo. Es el athleisure. Un término que, según el diccionario Merriam-Webster, califica a la ropa informal diseñada para la práctica deportiva y para un uso general (se sobrentiende que no en contextos de actividad deportiva) de igual modo[233]. También para la pandemia. La ropa y el calzado deportivos se adaptaron a las necesidades del confinamiento, tanto como a la práctica deportiva o paseadora de perros, actividades permitidas en determinadas franjas horarias. Se convirtieron, por tanto, en un sector boyante en medio de la crisis global que supuso la pandemia de la covid-19 (de 2020 a 2022). En el año 2020, año de la extensión a Europa y al continente americano de la pandemia de origen chino, el volumen de negocio del calzado deportivo rondó los 70.000 millones de euros.

 

Y el período pospandémico siguió aprovechando el tirón de la demanda de prendas para la realización de actividades en su versión más solipsista, ese correr solitario tan propio de la era covídica…

 

Aunque tal vez lo más significativo sea la conversión en productos de estricta moda de zapatos y prendas que cumplen otras funciones diferentes a las meramente utilitarias, siendo auténticos símbolos distintivos de un alto poder adquisitivo o marchamos de una adscripción juvenil a determinadas formas de estar y parecer. Por si fuera poco, se han convertido en objetos de coleccionista y, por ello, en materia privilegiada para actividades especulativas de compra y venta. Una auténtica moneda de curso social; un activo en el que invertir[234].

 

En la Grecia clásica, todos estos fabricantes, coleccionistas y especuladores de zapatos no hubieran hecho fortuna. Ni los de ropa deportiva. En todo caso, los fabricantes de aceite, por la costumbre de los deportistas, como apuntamos más arriba, de darse friegas con el untuoso zumo de la aceituna. En la antigua Roma, los gladiadores calzaban altas botas de cuero, con una evidente función protectora.

 

 

 

 

 

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Volviendo a las consecuencias imprevisibles del epifenómeno de las zapatillas de moda, nos hemos referido al proceso emancipador de las mujeres. Podrá resultar grotesca, si no disparatada, la afirmación del carácter emancipador de las zapatillas deportivas. A muchas chicas y mujeres, este tipo de calzado es posible no las haya arrastrado de forma instantánea a la práctica deportiva; ponerte unas zapatillas no te convierte, automáticamente, en consumada deportista, por más que lo del hábito y el monje lo predique. Pero sí ha contribuido a bajarlas de los tacones. De la irracionalidad biomecánica que suponen los zapatos de tacón.

 

Los caballeros, usuarios de los tacones en los siglos XVII y XVIII (empezando por el rey Luis XIV de Francia), se bajaron de esos incómodos zapatos con el ciclo revolucionario burgués. Y, salvo contadas excepciones, no han vuelto a subirse. Las mujeres occidentales, en cambio, siguen presas de un espejismo de elegancia y seducción, un arquetipo extraordinariamente sexualizado, como lo son los tacones (los llamados stilettos son ya, sin paliativos, armas de fruición lesiva).

 

Simone de Beauvoir advirtió ya lo que significan la vestimenta y el calzado femeninos, una resignificación, una adscripción a esa feminidad, una caracterización artificiosa de lo genérico/mujer:

 

No hay nada tan poco natural como vestirse de mujer; sin duda, la ropa masculina también es artificio, pero es más cómoda y simple, está hecha para favorecer la acción en lugar de entorpecerla; George Sand e Isabelle Eberhardt llevaban trajes de hombre […]. A las mujeres activas les gustan los zapatos planos y las telas robustas[235].

 

También la pensadora española Concepción Arenal (1820-1893) prefería vestimentas cómodas para sus paseos. Para asistir a las clases de la universidad directamente tenía que (tra)vestirse de hombre, pues a las mujeres, a mediados del siglo XIX, no les estaba permitido asistir[236]. Desde luego, para realizar determinadas tareas, incluidas las intelectuales, había que prescindir del corsé y abandonar los kilos de faldas y enaguas que las mujeres burguesas arrastraban consigo como signo de feminidad y de estatus también.

 

El sentido del arreglo femenino, nos dice Beauvoir, es muy claro: «[…] es una forma de “engalanarse” y engalanarse es ofrecerse[237]».

 

La moda de las zapatillas deportivas iguala a chicos y chicas por los pies, a hombres y mujeres, que calzan modelos similares (aunque los diseños y las tallas varíen en función del sexo hasta llegar a un dimorfismo acentuado). Hay cierta uniformidad en la que es más difícil encontrar esa estetización/erotización del calzado de tacón femenino.

 

 

 

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Desde luego las zapatillas de deporte han constituido, para las mujeres, una opción de calzado cómodo, deserotizado y apto no solo para las actividades deportivas, sino para el mundo del trabajo, para callejear y para viajar.

 

Asimismo, la palabra zapatilla ha perdido su connotación casera exclusiva y su antigua e inequívoca ligazón con lo doméstico, con las tareas de casa e incluso las educativas (o anti-educativas, como esa zapatilla alzada como símbolo del castigo materno).

 

Ahora bien, la pregunta que cabe hacerse es si merece la pena esa adscripción a lo deportivo. Una adscripción cerrada a un fenómeno, el de la moda deportiva, que retroalimenta la ideología y la imagen del deporte. Dicho de forma simplificada: llevas zapatillas deportivas, luego eres tú parte de ese deporte; eres, de asentimiento o de convicción, adepta a lo deportivo. Emblema visual de lo deportivo, formas parte de esa inmensa máquina económica-ideológica-iconográfica del deporte.

 

Y volvemos a uno de los argumentos de este ensayo: la participación de las mujeres en el deporte, tal y como está organizado, en sus estructuras socioeconómicas e ideológicas, supone la aceptación de la pertenencia a una clase inferior a la dominante, que es la masculina. Una de las tareas principales del deporte femenino consiste en circuir a las mujeres en parcelas propias de su sexo (espacios, modalidades, segmentos económicos), donde quedarán, por medio de una segregación inimaginable ya en la mayoría de las sociedades occidentales, recluidas en esa clase B. Segregadas y separadas en un apartheid que ni se nos ocurre enunciar. Y mucho menos denunciar.

 

Del poder omnímodo, uno y trino, del deporte habla este minúsculo hecho: hasta yo tengo zapatillas deportivas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 18

 

Corre, Atalanta, corre. Conclusiones

 

 

 

 

 

El mito de Atalanta posee dimensiones sorprendentes e insospechadas. Una de ellas es el relato de su nacimiento. Atalanta, según Apolodoro, es abandonada en el bosque porque su padre solo desea tener hijos varones. Amamantada por una fiera, como otros personajes míticos (aquí por una osa), logra sobrevivir. Es acogida luego por un grupo de mujeres, con las que vive en una cueva. Según nos narra Franco Durán:

 

Atalanta toma, entre estas mujeres, la firme decisión de permanecer virgen y no desea separarse de Ártemis, con quien se dedica a cazar. Es una apasionada de las armas y cultiva todo lo relacionado con los menesteres de la gimnasia porque quiere tener el cuerpo más desarrollado de todas las doncellas. Ya desde niña observaba los ejercicios gimnásticos durante el verano y se sentía atraída por ellos[238].

 

Atalanta es, pues, una joven que cultiva sus aptitudes físicas para tareas propias de los hombres (la caza, la carrera, la destreza con el arco), desdeñando aquellas que son consideradas propias de las mujeres (el hilado, el tejido). Pero Atalanta es, al fin y al cabo, una mujer. Su belleza la traiciona, la hace deseable. Y no constituye ningún freno para los hombres su voto de castidad. La institución de la carrera como medio para alejar a inoportunos pretendientes no funciona. Ni el castigo mortal para aquellos que pierdan en la prueba con la veloz Atalanta.

 

El tema atalantino conoció un inesperado resurgir en la literatura española de los siglos XVI y XVII. Interesa por la bizarría del personaje; Atalanta es una mujer que desafía las convenciones de su sexo. Por sus aficiones, por su vida montaraz, por su desdén hacia los hombres. Como la Marcela cervantina[239].

 

Interesa Atalanta por lo excitante de su caracterización como corredora semidesnuda. La plasticidad de las imágenes literarias aguijonearía, sin duda, la fantasía erótica de los lectores. Como cazadora en lo agreste, como partícipe de un reto mortal, es una mujer peligrosa, si bien esto multiplica el atractivo del personaje.

 

Está la mítica Atalanta en Diego Hurtado de Mendoza, en el conde de

 

Villamediana, en Soto de Rojas. Hay referencias en Tirso de Molina, en

 

Góngora. Lope de Vega recoge la historia en la comedia Adonis y Venus,

 

 

 

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publicada en 1621. Gaspar de Ovando escribe una comedia titulada La Atalanta. El marqués de San Felices dedica su Poema trágico de Atalanta e Hipómenes, en 1171 octavas reales, distribuidas en doce cantos, a la historia de la afamada corredora.

 

En todas estas obras poéticas y dramáticas se narra la derrota de Atalanta en la singular competición deportiva. Y la ultraderrota vital que supone el castigo de perder su figura humana y transformarse en leona uncida al carro de la diosa Cibeles. No cabe mayor desdicha, mayor humillación.

 

En Lope, de acuerdo con los parámetros de la comedia áurea, se produce el enamoramiento de Atalanta, la esquiva mujer que prefería despedazar a sus pretendientes antes que sucumbir a las delicias del matrimonio. La cruel joven acaba enamorándose:

 

A correr vencida fui

 

y tu vitorioso fuiste.

 

No fue codicia del oro

 

de las manzanas, mi bien;

 

de ti sí, que eres tesoro

 

de mayor valor, y a quien

por oro del alma adoro[240].

 

No derrotan a Atalanta ni el puro engaño ni la codicia de las manzanas de oro que se agacha a recoger: la derrotan el amor y el consiguiente connubio. Atalanta es derrotada por su condición femenina; no puede escapar ni al amor ni al deseo de casarse. A ellos sacrifica su invencibilidad.

 

Pero existe una versión cristianizada de la derrota de Atalanta. Esta versión (o conjunto de versiones más bien) proviene, en última instancia, de la moralización medieval que sufren los mitos clásicos. Durante la Edad Media, se procede a pasar por el tamiz moral relatos y leyendas como los grecorromanos, de los que se pretende extraer una enseñanza apta para el lector (o el oyente) cristiano. Así, en L’Ovide Moralisé, extenso poema del siglo XIII, la carrera de Atalanta e Hipómenes se convierte en una alegoría de la lucha del alma cristiana. Las tres manzanas simbolizarían las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad, necesarias para alcanzar el cielo, victoria suprema.

 

Según otra interpretación, las tres manzanas que arroja Hipómenes son el símbolo de la seducción erótica, pues no en vano se las ha entregado la propia diosa del amor, Venus, al joven para que consiga la mano de Atalanta; la manzana, como en la tradición judeo-cristiana, es la fruta del engaño artero y fatal, aunque no violento. Cada una de las manzanas vendría a representar los tres pecados de la concupiscencia: la carne (el acto sexual), los ojos (el deseo

 

 

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lujurioso, que se activa mediante el sentido de la vista) y el orgullo (y su cohorte aneja de vanidad y presunción).

 

Como señala el erudito Lleó Cañal, el tema de Atalanta se convierte en alegoría de la lujuria y de la infidelidad. Asimismo, ya en el siglo XVI, es emblema de la Voluptuosidad[241].

 

Curiosamente, el mito de Atalanta también aparece en un libro de Christine de Pizan, la primera escritora profesional de la que tenemos noticia. En torno al año 1400, la autora, bien situada en la corte francesa, pero viuda y con hijos (es decir, sola y sin recursos), escribe un tratado pedagógico que acabará ofreciendo al duque de Orleans, hijo del rey Carlos V. Se trata de Le Livre d’Epître d’Othéa à Hector. En él una diosa de su invención, Othea (trasunto de ella misma, claro está), aconseja al joven Héctor, futuro caballero, sobre su comportamiento, a la par que lo instruye y lo deleita con historias memorables. Una de ellas es la de Atalanta. Christine hace una lectura particular de nuestra heroína, convertida aquí en una ninfa de extraordinaria hermosura. Avisa la escritora, en los preceptivos cuatro versos preliminares, que, puesto que Atalanta es la más rápida, no se compita con ella: ella tiene un «talento» superior y no conviene desgastarse en una innecesaria lucha… Hagamos o no una lectura feminista (o, cuando menos, protofeminista) de este aserto, podemos imaginar lo divertido que le debió resultarle a Christine de Pizan lanzar una admonición de no luchar contra una mujer talentosa, de más talento incluso («car plus que toy grant talenta[242]»; esta palabra rima con «Athalenta» tal y como llama al personaje mítico al final del verso anterior). Y que luego, en la parte llamada «alegoría», donde explica el relato desde el punto de vista moral, Pizan acuda a san Agustín y a san Juan Evangelista para decir que el alma no debe ser obstaculizada por lo mundano, lo que a los lectores actuales nos resulta demasiado forzado, poco o nada congruente con el mito originario[243].

 

No obstante, en la traslación al lienzo por parte de Guido Reni del mito de Atalanta, debió pesar esa versión cristianizada que pone el acento en los aspectos más negativos de las mujeres según la consolidada tradición que las convertía en fuente de todos los males. La misoginia de Reni, referida ampliamente por el historiador Richard Spear[244], debió ser decisiva al respecto.

 

De este modo, la Atalanta de Reni

 

se interpreta como una «pintura de meditación» característica del Seiscientos, es decir, una imagen capaz de provocar a la concentración y el recogimiento, contraponiendo la voluptuosidad de Atalanta (aferrada a la tierra) y la espiritualidad

 

 

 

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de Hipomenes, entendido como un caballero cristiano, que rechaza el amor carnal y la voluptuosidad, de acuerdo con las aclaraciones del Ovidio moralizado y lejos del sentido original del texto del poeta de Sulmona[245].

 

La versión moralizada y misógina del mito se asienta. Atalanta, como Eva, es algo más que una atolondrada que acepta frutas de alguien con oscuras intenciones…

 

El nombre de Atalanta se utiliza también en una novela del siglo XX que acaba convirtiéndose en un cabal alegato antifeminista. Publicada en España en 1978, hemos de suponer que se escribe en ese tiempo de la Transición inmediatamente anterior a la Constitución de ese año. Con la Constitución demográfica comenzaba para las mujeres un arduo camino hacia la igualdad. Mas la sociedad seguía anclada en mentalidades eminentemente conservadoras, si no directamente antifeministas. En la narración de José Manuel Laffón, Atalanta, la protagonista que da nombre a la novela, es una joven singular, extraordinariamente dotada tanto para el deporte como para los estudios. Pero estas cualidades generan rechazo en los chicos y también en las chicas, que no comparten su actitud de independencia y menos su altivez. El narrador, un joven a quien no se le da nombre en la novela, se enamora de Atalanta. Y como considera su conquista como algo extremadamente difícil, recurre a un personaje, la tía Clara, una mujer que parece trasunto nada más y nada menos que de Venus. Los consejos que le da al joven van encaminados a seducir a una joven a la que considera como una «nueva rica» de la cultura; alguien que no ha asimilado su libertad y su acceso a la cultura, y por eso muestra esa presunción que desanima al enamorado. Y él se convence de que Atalanta no es distinta de cualquier otra mujer:

 

Y estoy seguro de que toda mujer, pasada, presente o futura, sea cual sea el nivel que alcance en cualquier terreno, en el fondo de su ego estaría dispuesta a cambiar todos sus éxitos científicos, literarios, deportivos, políticos o de cualquier otra clase por ser la mujer más guapa del mundo[246].

 

Las estratagemas a las que recurrirán Clara y el enamorado para torcer el destino de Atalanta son ciertamente siniestras. Al final consiguen que la joven Atalanta ni se interese por el deporte, ni se presente a las oposiciones a las que aspiraba y que, al fin, se convierta en la dócil esposa que se esperaba.

 

La derrota de Atalanta, en cuanto que no ha desarrollado todo su potencial, abdicando de sí misma y entregándose a un anodino matrimonio, es completa. Incluso su marido muestra remordimientos por ello:

 

  si al convertirla en una esposa, dulce, capaz, abnegada […] pero vulgar, no habré cometido un terrible e imperdonable acto de egoísmo, privando a Atalanta de

 

 

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su desarrollo natural y quizá privando también a la humanidad de un talento que podría haber llegado a dar frutos insospechados[247].

 

En el relato mítico, Atalanta, engañada por un inescrupuloso Hipómenes, ejemplifica la derrota de las mujeres que se atreven a adoptar una vida activa y en soledad. Más allá incluso de esta derrota, Atalanta es una mujer vencida y castigada por los dioses. No puede resultar triunfante aquella que contraviene las normas establecidas para su sexo: Atalanta vive la vida que quiere, no se pliega a los deseos de los hombres y se defiende incluso con la muerte de ellos.

 

Ha de ser castigada y lo es de una forma cruel: desposeyéndola de su carácter humano, transformándola en bestia cuando ha creído encontrar la felicidad junto al hombre que la ha vencido o por el que se ha dejado vencer…

 

Esta enseñanza era valiosa en la Antigüedad clásica y en la Edad Moderna; los perfiles de la narración mítica varían, pero persiste el corolario. Ninguna mujer puede quedar impune tras rebasar los límites que le han sido impuestos. Las mujeres deben quedar sometidas siempre al imperio de los hombres; las mujeres serán siempre seres subordinados, demediados, inferiores. Este es el axioma del patriarcado.

 

Las mujeres también son inferiores en las tareas del deporte, son clase B: no compiten con los hombres, en muchos aspectos quizás no los superen jamás (en aquellos en los que el dimorfismo sexual juega en contra de ellas). Poseen sus parcelas, algunas de ellas altamente estetizadas, dentro del deporte, pero la actividad que protagonizan es un subconjunto inferior y peor valorado en la totalidad de las prácticas deportivas.

El deporte, que nace del espíritu de lucha en relación con actividades guerreras y sucedáneos, se desarrolla en el siglo XIX como un conjunto de actividades de ocio de élites para terminar convirtiéndose en un sector económico y contenido privilegiado, a la vez en los medios de comunicación de masas y en el sistema educativo. Tal y como está organizado (apenas se puede decir «pensado») es una estructura que sirve a la perfección a las necesidades de reproducción ideológica del patriarcado. Y a la lógica capitalista con mayor eficacia, si cabe.

 

La perpetua confusión entre actividad física y deporte lleva de forma casi sistemática a obviar el debate sobre la pertinencia o no de las prácticas deportivas, incluso entre las feministas y las teóricas del movimiento. Siendo la cuestión (o el nódulo de cuestiones a plantearse, con todas sus derivas) si el fenómeno deportivo colisiona o no con los intereses de las mujeres y del

 

 

 

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desarrollo humano en su totalidad. Y si no habría que ir socavando los tristes argumentarios del deporte, sus lógicas de violencia y de predación económica (en el sentido de desvío ilegítimo de recursos)[248], tan absolutamente lamentables.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Página 160

 

 

 

 

 

 

  Amelia Valcárcel, Feminismo en el mundo global, Madrid, Cátedra, 2008, pág. 257. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 161

 

 

 

 

 

 

  Amelia Valcárcel, La política de las mujeres, Madrid, Cátedra, 1997, pág. 51. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 162

 

 

 

 

 

 

  Fue Huizinga quién hablo de un «homo ludens», del juego como fenómeno cultural universal, Johan Huizinga, Homo Ludens, Madrid, Alianza, 2016. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 163

 

 

 

 

 

 

  Podemos seguir estas acertadas definiciones de Trejo y Sanfeliu: actividad física es «cualquier movimiento corporal producido por la contracción del músculo esquelético»; ejercicio físico es una actividad física «sistemática y con una frecuencia más o menos establecida. Es planificada, estructurada, repetitiva y con un propósito». Y deporte es «ejercicio físico sujeto a reglas o normas concretas, que puede ser recreativo o de competición», José Luis Trejo y Coral Sanfeliu, Cerebro y ejercicio, Madrid, CSIC/Catarara, 2020, cap. 1. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 164

 

 

 

 

 

 

  Veblen habló, ya en 1899, del surgimiento de una clase «ociosa», Thorstein Veblen, Teoría de la clase ociosa, Madrid, Alianza, 2011. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 165

 

 

 

 

 

  Guy Debord, La sociedad del espectáculo, Valencia, Pre-Textos, 1999. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 166

 

 

 

 

 

 

  Maurizio Ferraris, Documanidad, Madrid, Alianza, 2023. Después de un capitalismo industrial y un capitalismo financiero, adviene este capitalismo documedial en el que estamos inmersos, en el que el consumo es el eje central y la web su medio ambiente. El optimismo de Ferraris, que convierte a la web en «un instrumento de emancipación» (pág. 19), resulta estimulante y chocante a la vez. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Página 167

 

 

 

 

 

 

  O Generación del 26 (fecha de la fundación del Lyceum Club femenino), denominación preferida por escritoras como Laura Freixas para resaltar el papel de las mujeres, excluidas hasta hace poco de las historias literarias y artísticas al uso. Ciertamente ha calado más la denominación de Las Sinsombrero para el conjunto de mujeres (escritoras, pintoras o filósofas) como Concha Méndez, Maruja Mallo o María Zambrano, que vivificaron el mundo cultural del período de los años veinte y de la Segunda República española. <<

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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  El pintor Guido Reni (1575-1642), apodado «il divino», fue muy apreciado por sus contemporáneos. No obstante, su fama sufrió un cierto desvanecimiento hasta mediados del siglo XX, cuando comienza su recuperación historiográfica. Entre marzo y julio de 2023 fue objeto de una espléndida exposición dedicada a su obra en el Museo Nacional del Prado de Madrid. Del catálogo realizado para la misma extraigo algunas informaciones que serán convenientemente referenciadas. <<

 


 

  David García Cueto, «Guido Reni», en el catálogo Guido Reni de la exposición celebrada en el Museo Nacional del Prado entre el 28 de marzo y el 9 de julio de 2023, pág. 319. <<

 


 

  El Museo de Capodimonte de Nápoles posee otro lienzo de Atalanta e Hipómenes de casi idénticas características. Se pensó, incluso, que era la obra original y la del Museo del Prado, una obra del taller del artista. El exhaustivo estudio de Alfonso Pérez Sánchez demostró que no era así, siendo la napolitana una obra posterior, aunque tal vez retocada por el propio Guido Reni. También se ha expuesto en la exposición madrileña de 2023. <<

 


  Aoife Brady, «Pintar para la posteridad: los materiales y la técnica de Guido Reni», en el catálogo Guido Reni de la exposición celebrada en el Museo Nacional del Prado entre el 28 de marzo y el 9 de julio de 2023, pág. 109. <<

 


 

  David García Cueto, op. cit., págs. 318-319. <<

 


 

  Un mito con presencia en el imaginario actual, ya que da nombre a una editorial (la fundada por Jacobo Siruela e Inka Martí), una misión militar (Operación Atalanta, en aguas del golfo de Adén y Somalia) y hasta a un equipo de fútbol italiano (el Atalanta Bergamasco Calcio). <<

 

 

 

 

  Cfr. María Jesús Franco Durán, El mito de Atalanta e Hipómenes: fuentes grecolatinas y su pervivencia en la literatura española, Madrid, CSIC, 2016.

 

<< 

 

 


 

 

  Mary Beard, Mujeres y poder. Un manifiesto, Barcelona, Crítica, 2018, pág. 16. <<

 

 

  El País, 3 de agosto de 2003. La entrevista fue realizada por Arcadi Espada. <<

 

 

 

 

  De ello habla fray Benito Jerónimo Feijoo (1676-1764). Cfr. Francisco Sánchez Blanco (ed.), El ensayo español. El siglo XVIII, Barcelona, Crítica, 1997, pág. 28. Del carácter literario del ensayo no se duda ya; la aportación de Gérad Genette (Fiction et diction) fue decisiva: el ensayo, esa prosa factual con pretensiones de verdad, queda incorporado a la literatura. <<

 

 

 

 

  Paula Irene Verderosa, «Boxeo femenino. El parejo avance de la mujer en la sociedad y el deporte», trabajo final de grado, Universidad de Palermo. <<

 

 

 

 

 

 

 

  Mundo deportivo, 6 de agosto de 2019. <<

 

 

 

  Ana Caro de Mallén, Teatro completo, edición de Juana Escabias. Madrid, Cátedra, 2023. Escabias ha proporcionado datos biográficos esenciales de esta autora, casi una desconocida hasta este siglo XXI. La obra Valor, agravio y mujer fue puesta en escena por la Compañía Nacional de Teatro Clásico, en la temporada 2022-2023, bajo la dirección de Beatriz Argüello. En el programa de mano de la obra, Juana Escabias escribe, refiriéndose a la autora: «Fue poetisa laureada, autora de relaciones (crónicas de sucesos consideradas el antecedente del periodismo) y dramaturga que estrenó en los corrales de comedias y recibió encargos para componer autos sacramentales. Obtuvo el reconocimiento de sus contemporáneos por la excelencia de su pluma, fue miembro de selectas academias literarias, recibió remuneración por sus trabajos de escritora…». <<


Sandra Lee Bartky, Feminity and Domination. Studies in the Phenomenology of Opression, Londres/Nueva York, Routledge, 1990. Para Bartky, la feminidad se traduce en alienación, ya que el patriarcado capitalista (ese conglomerado de corporaciones, técnicas, procedimientos y personajes públicos que forman el llamado complejo moda-belleza) fomenta estereotipos de lo femenino que convierten a las mujeres solo en un cuerpo del que se sienten permanentemente insatisfechas y que, por tanto, han de cuidar y embellecer. Bajo la apariencia de una glorificación del cuerpo femenino, solo hay una desvalorización y un golpe a su narcisismo. La insatisfacción de las mujeres (compuesta de culpa, vergüenza y obsesión) solo se remedia con la adopción de esos estándares de belleza que las acercan a los estereotipos. Esto, sin embargo, limita la autonomía de las mujeres y dificulta su desarrollo personal, así como su desenvolvimiento social. <<

Página 183

Así, Anne Fausto-Sterling, en Cuerpos sexuados (Barcelona, Melusina, 2006), habla de cinco sexos: tres intersexos, herms, merms y ferms, además de hombres y mujeres. Los cuerpos intersexuales desafían la lógica de una oposición binaria de dos sexos, masculino y femenino. Ahora bien, el asunto adquiere una complejidad extrema cuando se trata desde el punto de vista de la endocrinología, estableciéndose una categorización de las distintas anomalías de la diferenciación sexual, que se dividen entre las anomalías de los cromosomas sexuales, del desarrollo gonadal (testículo), de la síntesis o acción del factor inhibidor de los conductos de Müller (estructuras del desarrollo embrionario que dan lugar a las trompas de Falopio), anomalías del desarrollo gonadal (ovario), etc. Cfr. Jonathan Andrés Ospina Betencurt, Controles de sexo, género, hormonales y la inelegibilidad de las mujeres con hiperandrogenismo en el deporte femenino de alto nivel, tesis doctoral, Universidad Politécnica de Madrid, Facultad de Ciencias de la Actividad Física y del Deporte, 2017, págs. 10 y ss. <<

Página 184

Rosa Cobo, La prostitución en el corazón del capitalismo, Madrid, Catarata, 2017, pág. 57. <<

Página 185

Herminia Luque, Siempre guapa. El imperativo estético en la sociedad contemporánea, Almería, Instituto de Estudios Almerienses, 2015. Desde el punto de vista histórico he tratado el tema en Los ojos pintados y relumbrantes de la serpiente, Valencia, Pre-Textos, 2022, Premio Celia Amorós de Ensayo, en los XXXIX Premios Ciutat de València. <<

Página 186

Ana de Miguel, Ética para Celia, Barcelona, Penguin Random House, 2021, pág. 141. <<

Página 187

Carmen Castro, Políticas para la igualdad, citado por Marta Sanz, Monstruas y centauras, Barcelona, Anagrama, 2018, pág. 45. <<

Página 188

Laura Freixas, A mí no me iba a pasar, Barcelona, Penguin Random House, 2019, pág. 114. <<

Página 189

Graciano Martínez, El libro de la mujer española. Hacia un feminismo cuasi dogmático, Madrid, Imprenta del Asilo de Huérfanos, 1921, pág. 102.

<<

Página 190

Anna Caballé, Una breve historia de la misoginia. Antología y crítica, Barcelona, Penguin Random House, 2019, pág. 373. <<

Página 191

Ibíd., pág. 448. <<

Página 192

Amelia Valcárcel, Feminismo en el mundo global, Madrid, Cátedra, 2008, pág. 127. <<

Página 193

Instituido en 1976, lo concede el (hoy) Ministerio de Cultura y Deporte con las propuestas de la Asociación de Academias de la Lengua Española. Hasta 1988, no se concedió el premio a una mujer, a la filósofa María Zambrano. Y hasta 2022, de los 48 galardonados, solo 6 son mujeres: Cristina Peri Rossi, Ida Vitale, Elena Poniatowska, Ana María Matute, Dulce María Loynaz y María Zambrano. <<

Página 194

En un libro de texto de Lengua y Literatura de 1.º de Bachillerato, publicado en 2018, se resalta en un recuadro: «Junto con Cervantes y su coetáneo Clarín, Galdós está considerado uno de los mejores novelistas de nuestra literatura» (y doña Emilia, que se fastidie, si pudiere. Por si no hubiera tenido bastante con los ninguneos y los sarcasmos feroces de sus contemporáneos, entre ellos del mismísimo Clarín). <<

Página 195

José Carlos Mainer, Historia, literatura, sociedad (y una coda española) de la vanguardia, Madrid, Biblioteca Nueva, 2000, pág. 235. <<

Página 196

Berna González Harbour, El País, 28 de mayo de 2019 (el premio de la bienal lo ganó el escritor venezolano Rodrigo Blanco Calderón), en https://elpais.com/elpais/2019/05/28/opinion/1559065848_921890.html. <<

Página 197

Cifras ofrecidas por el Ministerio de Cultura y Deporte. Consultado el 4 de julio de 2023, en Indicadores y Estadísticas Culturales desagregadas por sexo. Situación actual y perspectivas de futuro. <<

Página 198

Disponible en: https://www.abc.es/ciencia/20150924/abci-mujeres-ciencia-loreal-201509231940.html. <<

Página 199

Hay otro espacio conspicuo de la desigualdad, el de la religión. En nuestra cultura, lo representa a la perfección la Iglesia católica. Este tema, por su enjundia, no se trata en este capítulo. <<

Página 200

Hay excepciones, como el torneo de tenis de Wimbledon. Aunque la preeminencia del espectáculo es para la final masculina (que se celebra el último día), al menos los ganadores tanto hombres como mujeres, obtienen idéntica ganancia económica (la nada despreciable cantidad de 2,75 millones de euros en 2023). <<

Página 201

El barón de Coubertin, promotor de esos primeros juegos de la edad contemporánea, pensaba que una «pequeña olimpiada femenina» al lado de la «gran olimpiada masculina» sería poco interesante, inestética e incorrecta. Cfr. Fonsi Loaiza, Siempre saltando vallas. Deporte femenino y medios de comunicación, Jaén, Piedra Papel Libros, 2019, pág. 18. <<

Página 202

Amelia Valcárcel, La política de las mujeres, op. cit., pág. 78. <<

Página 203

Existe una traducción que cambia el tradicional título en español pero que recoge mejor la idea original: un cuarto en el que nadie la moleste para escribir. Virginia Woolf, Un cuarto para ella sola, Enrique Girón y Andrés Arenas (trads.), Madrid, Langre, 2022. <<

Página 204

XV Encuesta Adecco «Qué quieres ser de mayor», https://tribunafeminista.elplural.com/2019/08/un-199-de-ninas-espanolas-quiere-ser-profesora-y-el-251-de-ninos-futbolista-o-policia. <<

Página 205

El País, 21 de agosto de 2019: «Según un informe de Barlovento Comunicación, solo el 2 por 100 de las emisiones deportivas en España desde 1992, tanto en cadenas de pago como en abierto, son de deporte femenino. Solo 10.086 frente a las 606.499 que conforman el total». <<

Página 206

Citado por Jairo García Jaramillo, La mitad ignorada. En torno a las mujeres intelectuales de la Segunda República, Madrid, Devenir, 2013, pág. 110. <<

Página 207

Ibíd., pág. 111. <<

Página 208

La escritora Lionel Shriver hace una crítica extraordinariamente acre del deporte (del deporte extremo, sobre todo) en una narración en la que habla del fanatismo, de la auténtica secta en la que se convierte un conjunto de practicantes de triatlón. Escribe: «Hoy en día agotarse significa alcanzar cierto estado de santidad. Todos esos novatos parecen pensar que están dando el salto de hombre a divinidad», Lionel Shriver, El movimiento del cuerpo a través del espacio, Barcelona, Anagrama, 2023, pág. 59. <<

Página 209

Jean-Marie Brohm, La Tyrannie sportive, París, Beauchesne, 2006, pág. 104. La traducción es nuestra. <<

Página 210

Ibíd. <<

Página 211

Jean-Marie Brohm, «20 tesis sobre el deporte», en José Ignacio Barbero, Materiales de sociología del deporte, Madrid, La Piqueta, 1993, págs. 54-55.

<<

Página 212

Celia Amorós, La gran diferencia y sus pequeñas consecuencias… para las luchas de las mujeres, Madrid, Cátedra, 2005, pág. 127. <<

Página 213

Ibíd., pág. 123. <<

Página 214

Como el alcohol o el ejército lo eran en ese formidable anuncio de coñac, llamado, sin retranca alguna, sino con decisión y firmeza, Soberano. Cfr. https://www.youtube.com/watch?v=_zBBL3bakb8. <<

Página 215

ABC, 25 de agosto de 2019. <<

Página 216

Carol Pateman, El contrato sexual, Barcelona, Anthropos, 1995, pág. 15.

<<

Página 217

Rosa Cobo, Fundamentos del patriarcado moderno. Jean-Jacques Rousseau, Madrid, Cátedra, 1995. <<

Página 218

El mismo cantante que confesó en una entrevista haber pegado a mujeres, disponible en www.youtube.com/watch?v=eBmwLzMOLC0. <<

Página 219

Citado por Bernardo Marín Fernández, Mujer y deporte, Oviedo, Universidad de Oviedo, 1996, pág. 12. <<

Página 220

Aunque Nolasc Acarín dice que eso es una singularidad en el conjunto de los mamíferos, donde puede haber diferencias de hasta el 100 %, pág. 74. <<

Página 221

Spinoza, Ética, Madrid, Alianza, 2007, pág. 197. <<

Página 222

El siglo XVI fue el del renacimiento de la anatomía, con un interés renovado por las disecciones, preteridas por el conocimiento desde el siglo III a. C. La proliferación de anfiteatros anatómicos, las obras de Vesalio o de Realdo Colombo (ilustrada por el gran artista Miguel Ángel) indican un cambio de paradigma en el conocimiento del cuerpo. Arte y ciencia se alían en aras de una cultura visual que funde percepción estética y conocimiento. Rafael Mandressi, «Disecciones y anatomía», en Georges Vigarello (dir.), Historia del cuerpo, vol. 1: Del Renacimiento al Siglo de las Luces, Madrid, Taurus, 2005, págs. 301-321. En el XVII, Rembrandt (neerlandés como Spinoza) pintaría dos cuadros sobre disecciones, la famosa del doctor Tulp y otra, con un potentísimo escorzo del cadáver, de la que solo se ha conservado un fragmento. <<

Página 223

David Muhlmann habla de la metáfora del deporte utilizada para expresar el rendimiento en el trabajo, un auténtico compromiso del cuerpo que necesita su energía y su esfuerzo optimizado. David Muhlmann, Capitalismo y colonización mental, Madrid, Alianza, 2023, pág. 81. A la inversa, podemos ver el deporte como esa actividad atravesada por las lógicas de la competitividad y la productividad capitalistas (cómo detesto esa palabra, competitividad). <<

Página 224

Sobre ese cuerpo fragmentado he escrito en Carne de pensamiento. El cuerpo postcontemporáneo, premiado en el VII Certamen Internacional de Creación Literaria Miguel Hernández 2022 de la Universidad de Jaén, en la modalidad de ensayo. Un cuerpo triunfante que ha vencido al tradicional dualismo cuerpo/alma, pero que, paradójicamente, es un cuerpo fragmentado e intervenido desde instancias políticas, biosanitarias y culturales hasta límites inconcebibles. <<

Página 225

José Antonio López, Virus. Ni vivos ni muertos, Córdoba, Guadalmazán, 2018, pág. 23. <<

Página 226

La Vanguardia, 12 de agosto de 2019, sección «Otros deportes». <<

Página 227

Jürgen Habermas, El futuro de la naturaleza humana, Barcelona, Paidós, 2002, pág. 45. <<

Página 228

Roberto Esposito, siguiendo a Levinas, habla del «doble cierre del cuerpo» en el nazismo, reducido a la pura identificación del individuo con su cuerpo, con su herencia genética y con el supra-cuerpo de una etnia o raza; el cuerpo como destino. Roberto Esposito, Bíos, biopolítica y filosofía, Buenos Aires, Amorrortu, 2006, págs. 226 y ss. <<

Página 229

A esa primacía o primado del cuerpo hago referencia en el ensayo Carne de pensamiento. El cuerpo postcontemporáneo, anteriormente citado. <<

Página 230

El filósofo Henry Michel habla de una teoría del cuerpo subjetivo, rechazando la tradicional división de cuerpo y espíritu. Afirma la inmanencia absoluta del cuerpo, al que, sin embargo, no podemos considerar como un objeto más del mundo material: nuestra experiencia parte de nuestro cuerpo, nunca estamos fuera de nuestro cuerpo, que no es sino «une sphère pathétique secrètement habitée par un sujet, qui ne saurait être confondue avec un quelconque objet dans le monde, puisque notre corps ne peut être à un monde qu’à la condition de n’être rien du monde». Citado por Jean-Marie Brhom, «Le corps, un référent philosophique paradoxal», en Ontologies du corps, Nanterre, Presses universitaires de Paris, 2017. <<

Página 231

José Antonio Marina, El bucle prodigioso, Barcelona, Anagrama, 2012, pág. 97. <<

Página 232

Fernando Savater, El contenido de la felicidad, Barcelona, Suma de Letras, 2000, pág. 97. <<

Página 233

Ibíd., pág, 100. <<

Página 234

Javier Gomá Lanzón, Aquiles en el gineceo, Valencia, Pre-Textos, 2007, pág. 28. <<

Página 235

Ibíd. <<

Página 236

El País 29 de agosto de 2019. <<

Página 237

Jean-Marie Brohm, La Tyrannie sportive, op. cit., pág. 176. <<

Página 238

Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003), prolífico periodista y novelista, fue también poeta; uno de los nueve novísimos de la antológica antología de José María Castellet. <<

Página 239

Citado por Jordi Osúa Quintana, «Manuel Vázquez Montalbán: una teoría crítica del deporte», Cultura, Ciencia y Deporte, 38, año 14, volumen 13, Murcia, 2018, pág. 161. <<

Página 240

Ibíd. <<

Página 241

El País 3 de abril de 2019. Cifras que revelan el estado prepandémico de la cuestión. <<

Página 242

En 2021, en pleno período pandémico, el sector editorial conoció un inusitado crecimiento del 5,6 %, el mayor en lo que va de siglo, con el que el monto total sería de 2.576,7 millones. Cfr. Cinco días, 19 de julio de 2022. Durante la pandemia, la mayor parte de los espectáculos deportivos se paralizaron, pero la lectura debió de incrementarse, a tenor de estos datos. <<

Página 243

En el año 2016 (El País, 7 de julio de 2016) el jugador de fútbol Lionel Messi y su progenitor, Jorge Horacio, fueron condenados a una pena de veintiún meses de cárcel por tres delitos fiscales. Se demostró que habían defraudado a Hacienda la nada despreciable cantidad de cuatro millones cien mil euros (aproximadamente lo que cuesta la construcción de un centro escolar; entretanto, en el instituto en el que doy clase tenemos que aguantarnos con tres edificios vetustos, originalmente no construidos para ser un centro de secundaria, sin calefacción ni refrigeración y sin más mobiliario que sillas y mesas, además de otras aulas instaladas en módulos prefabricados; aulas prefabricadas con una innegable vocación de perennidad). <<

Página 244

Esta definición la publiqué en mi blog —llamado «No sport»— para el que escribí desde 2007 y con el que conseguí… siete seguidores. <<

Página 245

Belén García-Delgado Giménez y Almudena Revilla Guijarro, «La imagen de la mujer deportista en la literatura española», Feminismo/s, 21, junio de 2013, pág. 55. Citan la edición de la crónica hecha por Menéndez Pidal. <<

Página 246

Cfr. http://cdeporte.rediris.es/revista/revista57/artsport530.pdf. <<

Página 247

Teresa González Aja, «La educación heroica y agonal en el mundo homérico y su repercusión en las manifestaciones artísticas», en Historia de la Educación, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, pág. 32. <<

Página 248

Andrés Mercé Varela, Pierre de Coubertin, Barcelona, Península, 1992, pág. 59. <<

Página 249

Seguimos el texto de Vicente Cristóbal, «Virgilio, poeta deportivo (Aen. v. 42-544)», Liburna, 14, mayo de 2019, págs. 171-185. <<

Página 250

Henri-Iréneé Marrou, Historia de la educación en la Antiguedad, México, FCE, 1998. <<

Página 251

Cornelio Tácito, Anales. Libros XI-XVI, Madrid, Gredos, 1980, página 234. <<

Página 252

Juvenal, Sátiras, Madrid, Alianza, 1996, pág. 70. <<

Página 253

Mireya Hernández Rodríguez, Gladiatrix: la participación de la mujer en los juegos gladiatorio romanos, trabajo fin de grado, Universidad de Zaragoza, 2020, pág. 13. <<

Página 254

Petronius, Satiricón, Madrid, Alianza, 1987, págs. 76-77. <<

Página 255

Alfonso Mañas Bastidas, Munera gladiatoria: origen del deporte espectáculo de masas, tesis doctoral, Universidad de Granada, 2011, págs. 138-139. <<

Página 256

Teresa de Ávila (1515-1582) no fue reconocida como «doctora» de la iglesia hasta 1970. <<

Página 257

Citado por Fernando García Romero, «Saltos del toro y carreras rituales. Deporte femenino y religión en la antigua Grecia», El futuro del pasado, 6, 2015, págs. 50-51. <<

Página 258

Henri-Irénée Marrou, Historia de la educación en la Antigüedad, México, FCE, 1998, pág. 59. <<

Página 259

Filóstrato. Heroico. Gimnástico. Descripciones de cuadros, Madrid, Gredos, 1996, págs. 180-181. <<

Página 260

Katherine Switzer, la primera mujer en correr la maratón de Boston, en https://www.youtube.com/watch?v=zE32Rx4ii2E. <<

Página 261

Aunque un año antes, la también corredora Bobbi Gibb finalizó la competición «de incógnito, con capucha y sin tiempo oficial», Fonsi Loaiza, op. cit., pág. 29. <<

Página 262

Fernando García Romero. «El deporte en la sociedad griega según las fuentes literarias», Stylos, 12, 2003, págs. 35-36. <<

Página 263

Carlos García Gual y Antonio Guzmán Guerra (eds.), Antología de la literatura griega (s. VIII a. C.-IV d. C.), Madrid, Alianza, 2015, pág. 169. <<

Página 264

Ibíd. <<

Página 265

Fernando García Romero, «El deporte en la sociedad…», art. cit., pág. 36. <<

Página 266

Filóstrato. Heroico. Gimnástico. Descripciones de cuadros, Madrid, Gredos, 1996, pág. 199. <<

Página 267

Ibíd., nota al pie. <<

Página 268

Carmen Sánchez, La invención del cuerpo, Madrid, Siruela, 2015. <<

Página 269

Vitruvio, Los diez libros de arquitectura, Madrid, Alianza, 1995, pág.

217. <<

Página 270

Isócrates, Discursos, Madrid, Gredos, 1982, págs. 78-79. <<

Página 271

Carlos García Gual y Diógenes Laercio, La sacta del perro / Vidas de filósofos cínicos, Madrid, Alianza, 2011, pág. 120. <<

Página 272

Cicerón, Sobre la vejez. Sobre la amistad, Madrid, Alianza, 2009 (sexta reimpresión), pág. 65. <<

Página 273

Ibíd., pág. 74. <<

Página 274

Ibíd., pág. 86. <<

Página 275

Epicteto. Un manual de vida, Palma de Mallorca, José J. de Olañeta editor, 1997, pág. 70. <<

Página 276

Alfonso Mañas Bastidas, Munera gladiatoria. Origen del deporte espectáculo de masas, pág. 280, tesis, Universidad de Granada. <<

Página 277

Eustaquio Sánchez Salor, Polémica entre cristianos y paganos, Madrid, Akal, 1986, pág. 432. <<

Página 278

Ibíd., pág. 440. <<

Página 279

Jesús María Nieto Ibáñez, «La educación física en la paideia cristiana: ejercicio y espectáculo», en Esteban Calderón, Alicia Morales y Mariano Valverde (eds.), Koinós lógos. Homenaje al profesor José García López, Murcia, Universidad de Murcia, 2006. <<

Página 280

Agustín, Confesiones, Madrid, Alianza, 1990, pág. 154. <<

Página 281

Hiparquia dedica sus esfuerzos filosóficos a la lógica. La «enciclopedia» bizantina Suda (del siglo X d. C., ordenada alfabéticamente) recoge las obras que Hiparquia escribió: Hipótesis filosóficas, Epiqueremas, Silogismos incompletos o de probabilidades y Cuestiones, dirigidas a Teodoro el Ateo.

<<

Página 282

Hay una resonancia de la tragedia Las bacantes de Eurípides. Agave

dice: «Hablo de todas, pero principalmente de mí que abandoné las lanzaderas junto a los telares, y he llegado a algo más grande, apresar fieras con mis manos», Eurípides, Andrómaca. Heracles loco. Las bacantes, Francisco Rodríguez Adrados (trad.), Madrid, Alianza, 1990, pág. 234. El destino de Agave es trágico, pues acaba matando a su propio hijo; la pregunta, por tanto, no es nada inocente. <<

Página 283

Carlos García Gual y Diógenes Laercio, La secta del perro / Vidas de filósofos cínicos, Madrid, Alianza, 2011, pág. 79. <<

Página 284

José María Zamora Calvo, «Viviendo en co-herencia con la filosofía cínica: Hiparquia de Maronea», Co-herencia, 15, 2018, pág. 114, disponible en DOI: 10.17230/co-herencia.15.28.5. <<

Página 285

Carlos García Gual y Diógenes Laercio, op. cit., pág. 74. <<

Página 286

Gilles Ménage (1613-1692) fue amigo y lector de escritoras llamadas galante y despectivamente preciosas, como Mlle. Scudèry o Mme. de La Fayette, y su obra sobre las filósofas de la Antigüedad está dedicada a la traductora y erudita Mme. Dacier. <<

Página 287

Gilles Ménage, Historia de las mujeres filósofas, Barcelona, Herder, 2009, pág. 96. Me sorprendió la referencia a la caza en las ménades o bacantes, seguidoras del dios Baco o Dionisos, famosas, eso sí, por despedazar animales y comer su carne cruda (omofagia). Como refiere Robert Graves, la costumbre de las ménades de arrancar la cabeza a sus víctimas, quizá sea un trasunto del arrancar la cabeza (llamada sombrero o píleo) al hongo alucinógeno que comían, Robert Graves, Los mitos griegos, vol. I, Madrid, Alianza, 2023, décima reimpresión, pág. 13. Lo cierto es que el mito habla del despedazamiento, por parte de las ménades, del rey Penteo, quien se había propuesto castigarlas. Jean Humbert, Mitología griega y romana, Barcelona, Gustavo Gili, 1993, págs. 72-73. Ahora bien, una vez que recurro al original de Gilles Ménage, Historia mulierum philosopharum, descubro que habla de Menalia, Manalia o Maenalia (la letra cursiva favorece la duda); este sobrenombre se le aplica a Atalanta, por el monte Ménalo (Maenalus en latín), donde cazaba y donde, según la leyenda, salió al encuentro de Jasón para partir con él hacia la Cólquide. Para algunos autores, su padre sería Ménalo (Menalión en el texto de José María Zamora Calvo antes citado), quien daría nombre a dicho monte de la Arcadia. Aegidio Menagio (Gilles Ménage), Historia mulierum philosopharum, Lugduni (Lyon), Anissonios, Joan Posuel y Claudiun Rigaud, 1690, pág. 69. <<

Página 288

Homero, Odisea, versión de Carlos García Gual, Madrid, Alianza, 2005, pág. 151. <<

Página 289

Pausanias, Descripción de Grecia. Ática y Élide, Madrid, Alianza, 2000, pág. 202. <<

Página 290

Diva di Nanni Durante, «Le regine dello sport. Atlete et artiste in gara nel mondo greco-romano», Historika, VII, 2017, pág. 276. <<

Página 291

Ibíd., pág. 288. <<

Página 292

Artemidoro, La interpretación de los sueños, Madrid, Alianza, 2021, págs. 119 y ss. <<

Página 293

Citado por Fernando García Romero, «Saltos del toro…», art. cit., pág. 38. <<

Página 294

Citado por Fernando García Romero, «El cuerpo del atleta en la antigua Grecia», Bitarte, 37, 2005, pág. 12. <<

Página 295

Platón, La República o El Estado, Madrid, Espasa-Calpe, 1990, pág. 118.

<<

Página 296

Tanto «ejército» como «ejercitarse» proceden del vocablo latino «exercere», ejercitar o hacer trabajar sin descanso. <<

Página 297

Tommaso Campanella, La Ciudad del Sol, Madrid, Tecnos, 2007, págs. 43-44. <<

Página 298

Ibíd., pág. 19. <<

Página 299

Platón, op. cit., pág. 133. <<

Página 300

Ibid. <<

Página 301

El deporte practicado por las mujeres y, caracterizadamente, por las mujeres que tratamos aquí, es un deporte o conjunto de prácticas deportivas propias de una clase burguesa acomodada, la única poseedora, en esos momentos, de recursos económicos y de tiempo para la práctica de la natación, el tenis o el atletismo. En una época, la de los años veinte y treinta, en la que se asiste a una eclosión del deporte y su conversión en fenómeno de masas, surge también el llamado deporte obrero. Se creó una Internacional Deportiva Obrera Socialista que convocó sus propias olimpiadas obreras. En España, las Juventudes Socialistas encontraron un arma política formidable. Pero solo se crea un movimiento específicamente femenino, la Unión de Muchachas, en un contexto ya de Guerra Civil. Francisco de Luis Martín, Historia del deporte obrero en España. De los orígenes al final de la Guerra Civil, Salamanca, Universidad de Salamanca, 2019. <<

Página 302

La dureza (la injusticia) de las condiciones laborales de los empleos femeninos se pone de manifiesto ya desde el comienzo de la novela, cuando la protagonista tira el recorte de un anuncio que reza: «Urge mecanógrafa modestas pretensiones». Luisa Carnés, Tea Rooms. Mujeres obreras, Gijón, Hoja de Lata, 2016, pág. 10. <<

Página 303

Véase la biografía de José Luis Ferris, Maruja Mallo. La gran transgresora del 27, Madrid, Temas de Hoy, 2004. Para la etapa de exilio en Argentina, véase Carmen Gaitán Salinas, Las artistas del exilio republicano español. El refugio latinoamericano, Madrid, Cátedra, 2019, págs. 295-305.

<<

Página 304

Ana Aguado y María Dolores Ramos Palomo, «La modernidad que viene. Mujeres, vida cotidiana y espacios de ocio en los años veinte y treinta», Arenal, 14, 2, julio-diciembre de 2007, págs. 265-289. <<

Página 305

Su época republicana es la más conocida, pero Victoria Kent es una mujer proteica con, al menos, dos vidas más: la de superviviente en el París ocupado por los nazis, perseguida por la Gestapo (cuando escribe su formidable libro autobiográfico, Cuatro años en París, 1940-1944, Madrid, Gadir, 2007), y la de mujer que vive su pasión lésbica en Estados Unidos. Sobre este último período escribí una novela corta, cuyo título alude al auténtico nombre de Victoria Kent. Herminia Luque, Adela O’Kean, Málaga, Ediciones del Genal, 2018. <<

Página 306

Fran Garcerá, «Ya no tienen donde morir las Ofelias. Elisabet Mulder y Ana María Martínez Sagi», Revista Internacional de Culturas y Literaturas,

23, 2020, pág. 10, disponible en: revistascientificas.us.es/index.php/CulturasyLiteraturas/article/view/1293 http://dx.doi.org/10.12795/RICL.2020.i23.01. <<

Página 307

Encarna Alonso Valero, Machismo y vanguardia. Escritoras y artistas en la España de preguerra, Madrid, Devenir, 2016, pág. 83. <<

Página 308

Concha Méndez, Canciones de mar y tierra, Buenos Aires, Talleres gráficos argentinos, 1930, págs. 137-138. También se halla recogido en La Generación del 27, una Generación Deportiva, edición y prólogo de José Antonio Mesa Toré y Alfonso Sánchez, Málaga, Centro Cultural de la Generación del 27, 2003, pág. 31. <<

Página 309

Paloma Ulacia Altolaguirre, Concha Méndez. Memorias habladas, memorias armadas, Sevilla, Renacimiento, 2018, pág. 56 (tengo la suerte de poseer un ejemplar dedicado por la propia Paloma Ulacia). <<

Página 310

Jairo García Jaramillo, La mitad ignorada. En torno a las mujeres intelectuales de la Segunda República, Madrid, Devenir, 2013, pág. 109. <<

Página 311

Ibíd. <<

Página 312

Alba Martín Santaella, Desde la otra orilla. Las mujeres en la Revista de Occidente (1923-1936), tesis doctoral, Departamento de Filología, Universidad de Almería, 2017, pág. 812. <<

Página 313

Ángela Ena Bordonada, «Jaque al ángel del hogar: escritoras en busca de la nueva mujer del siglo XX», en Romper el espejo: la mujer y la transgresión de códigos en la literatura española, ed. de María José Porro, Universidad de Córdoba, 2001. <<

Página 314

Una antología de su obra es la preparada por Juan Manuel de Prada, La voz sola, Santander, Fundación Banco de Santander, 2019. En cuanto a su faceta deportiva, el mismo Prada habla de que llegó a disputar la final del Campeonato de España de tenis y batió varias marcas nacionales de lanzamiento de jabalina. Además, la autora fundó el pionero «Club Femeni i d’Esports» y desempeñó durante un tiempo un cargo de responsabilidad en la Junta del F.C. Barcelona, convirtiéndose en la primera mujer directiva de un equipo de fútbol. Citado por Marta Gómez Garrido, La ambigüedad sexual en tres poetas de la Modernidad: Lucía Sánchez Saornil, Ana María Martínez Sagi y Carmen Conde, trabajo fin de máster, Facultad de Filología, Universidad Complutense de Madrid, 2011, pág. 23. <<

Página 315

Ángela Ena Bordonada, La invención de la mujer moderna en la Edad de Plata, Feminismo/s, 37, enero de 2021, págs. 45-46. <<

Página 316

Fran Garcerá, art. cit., pág. 19. <<

Página 317

El poemario de Martínez Sagi se publica en 1929. En este momento, comienza a haber un número significativamente mayor de libros de poemas escritos por mujeres. Pero hemos de tener en cuenta que son escasísimos los publicados por mujeres entre la muerte de Rosalía de Castro, en 1885, y 1923, Pepa Merlo solo documentó cuatro. <<

Página 318

Paloma Ulacia, op. cit., pág. 62. <<

Página 319

José Luis Ferris, Maruja Mallo, op. cit., pág. 113. <<

Página 320

Carmen Laforet, La mujer nueva, Barcelona, Destino, 2019. La protagonista, Paulina, es una mujer que vive una crisis espiritual en un país (la España de los cincuenta) en el que una mujer no podía entrar en una iglesia sin medias… Carmen Laforet y Lilí Álvarez se conocieron cuando la primera tenía veintinueve años y la segunda cuarenta y seis, quedando mutuamente fascinadas. La mujer nueva tiene esta dedicatoria: «A Lilí Álvarez, con agradecimiento, con mi gran cariño, como madrina mía de confirmación». La influencia de Lilí en la conversión religiosa de Carmen es patente. <<

Página 321

Lilí Álvarez, Plenitud, Madrid, EPESA, 1946, pág. 122. <<

Página 322

Ibíd., pág. 121. <<

Página 323

Ibíd., págs. 99-100. <<

Página 324

Antonio Gallego Morell, Literatura de tema deportivo, Madrid, Prensa Española, 1969, pág. 208. <<

Página 325

Pepa Merlo (ed.), Peces en la tierra. Antología de mujeres poetas en torno a la Generación del 27, Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2010, pág. 144. <<

Página 326

Allen Guttman, «Los Juegos Olímpicos nazis y el boicot americano. Controversia», en Teresa González Aja (ed.), Sport y autoritarismos, Madrid, Alianza, 2002, págs. 49-77. <<

Página 327

Román Gubern, La imagen pornográfica y otras perversiones ópticas, Barcelona, Anagrama, 1989, pág. 247. <<

Página 328

Torbjörn Tänsjö, «Is Our Admiration for Sports Heroes fascistoid?», citado por José Luis Pérez Triviño, «La filosofía del deporte», Dilemata, año 2, núm. 5, pág. 90. <<

Página 329

La autocita completa es esta: «Las artes marciales no son ni artes (en sentido técnico) ni marciales (las cosas de la guerra, me temo, van por otros derroteros). Una mezcla indisociable de coreografía y mala leche». Herminia Luque, Aforismos antideportivos (inédito). <<

Página 330

Citado por Marta Mauri Medrano, «El cuerpo juvenil sano como símbolo político. La normalización de los cuerpos a través del discurso médico del fascismo», Revista Iberoamericana Patrimonio Histórico-Educativo, Campinas (SP), vol. 2, núm. 3, 2016, pág. 120. <<

Página 331

Ángela Teja, «Deporte y relaciones internacionales durante el fascismo en Italia», en Teresa González Aja, Sport y autoritarismo, op. cit., pág. 241.

<<

Página 332

Citado por Guido Knopp, Los niños de Hitler, Barcelona, Planeta, 2005, pág. 39. <<

Página 333

Ángela Teja, op. cit., pág. 243. <<

Página 334

Merece la pena reproducir el fragmento (y pensar también que no han pasado ni noventa años desde que se pronunció): «Cuando se sostiene que el mundo del varón es el Estado, que el mundo del varón es la lucha, la disposición por servir a la comunidad, podría tal vez derivarse que el mundo de la mujer es más pequeño, puesto que su mundo es su marido, su familia, sus hijos y su hogar. Sin embargo, ¿dónde estaría el mundo grande si nadie se hiciese cargo del mundo pequeño? ¿Cómo podría sobrevivir el mundo grande si nadie se hiciese cargo de las tareas del mundo pequeño? ¡No, el mundo grande se erige sobre este mundo pequeño! El mundo grande no puede perdurar cuando el pequeño no está garantizado. La providencia ha asignado a la mujer las tareas propias de su mundo, a partir del cual se forma y construye el mundo de los varones». Jesús Casquete, «Un mundo pequeño, otro mundo grande: el discurso de género del nacional socialismo», Revista de Estudios Políticos, núm. 159, Madrid, enero-marzo de 2013, pág. 181. <<

Página 335

Hegel filosofa: «Por tanto el hombre tiene su efectiva vida sustancial en el Estado, la ciencia, y similares, y por lo demás en la lucha y en el trabajo con el mundo exterior y consigo mismo, de suerte que solo a partir de su desdoblamiento obtiene la unión autónoma consigo, cuya serena intuición y la afectiva eticidad subjetiva encuentra él en la familia, en la cual la mujer tiene su determinación sustancial, y en esta piedad su carácter ético». Citado por Alexander Téllez Aguilar, «La mujer indeseable. El modelo de lo femenino según Hegel», Filosofía Universidad Costa Rica, XLVII, 120-121, enero-agosto de 2009, pág. 71. <<

Página 336

Para muestra, un botón. Dice Schopenhauer: «Las mujeres son sexus sequior (el segundo sexo), inferior al masculino en todo respecto […]. Las mujeres no tienen verdadero talento ni sensibilidad para la música, la poesía o las artes plásticas». Arthur Schopenhauer, El arte de tratar a las mujeres, Madrid, Alianza, 2008, pág. 36. <<

Página 337

Escribe el danés, tratando de definir a «la mujer»: «¿Y qué definición podrá ser la más adecuada? La de un ser que encuentra su finalidad en otro ser. […] La mujer es un ser que existe para otros seres». Sören Kierkegaard, Diario de un seductor, Madrid, Espasa, 2000, pág. 188. <<

Página 338

Citado por Joan Antón Mellón, «Las concepciones nucleares, axiomas e ideas-fuerza del fascismo clásico (1919-1945)», Revista de Estudios Políticos (nueva época), núm. 146, Madrid, octubre-diciembre de 2009, págs. 49-79.

<<

Página 339

Citado por Roberto Esposito, Bíos, biopolítica y filosofía, Buenos Aires, Amorrortu, 2006, pág. 178. <<

Página 340

Amalia Rosado Orquín, «La cosificación de las mujeres como instrumento de una ideología perversa: los cuerpos del fascismo», Asparkía, 33, 2018, pág. 186. <<

Página 341

Federica Seneghini, Las futbolistas que desafiaron a Musssolini, Madrid, Altamarea, 2022, pág. 84. <<

Página 342

La Razón, 27 de febrero de 2022. <<

Página 343

Exceptuando, claro está, a la Iglesia católica. <<

Página 344

Con la orden de 1 de mayo de 1939 se suprimió la coeducación en los grupos escolares. La educación de niños y niñas, se decía, debía obedecer «a los principios de una sana moral […] de acuerdo en todo con los postulados de nuestra gloriosa tradición». Citado por Soraya Cruz Sayavera, «El sistema educativo durante el franquismo: las leyes de 1945 y 1970», Aequitas, núm. 8, 2016, págs. 35-62, esp. pág. 37. <<

Página 345

Citado por Begoña Barrera, La Sección Femenina, 1934-1975. Historia de una tutela emocional, Madrid, Alianza, 2019, pág. 301. <<

Página 346

Enciclopedia elemental, Madrid, Sección Femenina de las F.E.T. y de las J.ON.S., 1962, pág. 645. <<

Página 347

Citado por Desiré Rodríguez Martínez, «La Sección Femenina de Falange como guía adoctrinadora de la mujer durante el franquismo», Asparkía, 30, 2017, pág. 136. <<

Página 348

Hannah Arendt, La condición humana, Barcelona, Paidós, 2005, pág.

120. <<

Página 349

Citado por Teresa Rabazas Romero, «La construcción del género en el franquismo y los discursos educativos de la Sección Femenina», Encounters of Education, vol. 7, otoño de 2006, págs. 43-70, esp. pág. 53. <<

Página 350

Cristina María Machado Arenós, «La educación física y el deporte femenino en el régimen franquista», Materiales para la Historia del Deporte, núm. 19, 2019, pág. 48. <<

Página 351

Ibíd., pág. 49. <<

Página 352

Ibíd., pág. 47. <<

Página 353

Aurora Morcillo Gómez, En cuerpo y alma. Ser mujer en tiempos de Franco, Madrid, Siglo XXI, 2015, pág. 283. <<

Página 354

Laura Esther Castro-Hernández, Patricia Delponti y Carmen Rodríguez Wangüemert, «Una mirada mediática del deporte practicado por mujeres durante la Guerra Civil y el primer franquismo (1939-1959)». Femeris, vol. 7, núm. 3, 2022, págs. 50-51, disponible en https://doi.org/10.20318/femeris. 2022.7152. <<

Página 355

Peter Sloterdijk, Crítica de la razón única, Madrid, Siruela, 2003, pág.

332. <<

Página 356

[197] https://www.wada-ama.org/sites/default/files/resources/files/2022list_final_sp.pdf <<

Página 357

Jürgen Habermas, El futuro de la naturaleza humana, Barcelona, Paidós, 2002, pág. 134. <<

Página 358

Stejarel Olaru, Nadia Comaneci y la policía secreta, Madrid, Oberón, 2023, pág. 178. <<

Página 359

Daniil Medvéded (Moscú, 1996) participó en el torneo de Wimbledon de 2023, mientras la invasión de su país de origen, Rusia, de Ucrania superaba los 500 días. La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos estimaba que el número de víctimas civiles provocadas por el conflicto hasta finales de junio de 2023 era de 25.170 personas, de las cuales 15.993 resultaron heridas y 9.177 acabaron falleciendo. El 6,5 % de las víctimas eran niños. Asimismo, según el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), calculaba que, a principios de julio de 2023, la criminal invasión de Ucrania había provocado más de 6,3 millones de desplazados (como si todos los habitantes de la Comunidad de Madrid, que cuenta con 6,8 millones de habitantes, hubieran tenido que marcharse de sus hogares; esa es la magnitud de la tragedia). Pero estos de Wimbledon, a su bola. La derrota de Medvéded a manos del tenista español Carlos Alcaraz le evitó a la princesa de Gales, Kate Middleton, en cuanto patrona del campeonato, el hipotético mal trago de tener que entregarle el trofeo del vencedor. Middleton, apareció en la presentación del Festival de Eurovisión de ese año tocando al piano la canción ganadora del certamen del año anterior, Stefania, del grupo ucraniano Kalush Orchestra, en https://ukraine.un.org/en/238956-civilian-casualties-ukraine-24-february-2022-30-june-2023. Para los refugiados, cfr. https://data2.unhcr.org/en/situations/ukraine. <<

Página 360

El País, S Moda, 8 de agosto de 2019. <<

Página 361

Como ya apunté en el capítulo 2, tratado desde el punto de vista teórico, en Siempre guapa. El imperativo estético en la sociedad contemporánea, Almería, Instituto de Estudios Almerienses, 2015. Y, desde el punto de vista histórico, lo he tratado en Los ojos pintados y relumbrantes de la serpiente, Valencia, Pre-Textos, 2022, Premio Celia Amorós de Ensayo, en los XXXIX Premios Ciutat de València. <<

Página 362

Ana Pastor Pascual, Chandaleras, Masculinidad femenina vs. feminidad obligatoria en el deporte, Jaén, Piedra Papel Libros, 2021, pág. 46. <<

Página 363

Ibíd. <<

Página 364

Herminia Luque Ortiz, Siempre guapa. El imperativo estético en la sociedad contemporánea, Almería, Instituto de Estudios Almerienses, 2015, pág. 133. <<

Página 365

Rosa Cobo Bedia, «El cuerpo de las mujeres y la sobrecarga de sexualidad», Investigaciones Feministas, vol. 6, 2015, págs. 7-19. Este tema también lo trata en su libro La prostitución en el corazón de capitalismo, Madrid, Catarata, 2017. <<

Página 366

Teresa González Aja, «Un ideal masculino: el atleta olímpico», Materiales para la Historia del Deporte, suplemento especial, núm. 2, 2015, págs. 37-45. <<

Página 367

[208] Diario Marca, 17 de marzo de 2022, en

https://www.marca.com/natacion/2022/03/17/6233807322601d242e8b45e3.

<<

Página 368

Natalia Junquera, Moda, El País, 24 de junio de 2023. <<

Página 369

Irene Aguiar Gallardo, «Derechos en conflicto en las regulaciones trans en el deporte: entre la inclusión, la equidad y la seguridad», en José Luis Pérez Triviño, Transgénero y deporte, Terrassa, Hexis, 2022, pág. 19. <<

Página 370

Ibíd., págs. 22-23. <<

Página 371

José Errasti y Marino Pérez, Nadie nace en un cuerpo equivocado, Barcelona, Deusto, 2022 (la ausencia de paginación en los libros electrónicos de cierta empresa de librerías, más allá de un fastidio, es un auténtico problema para las citas). <<

Página 372

Alicia Miyares, Distopías patriarcales. Análisis feminista del «generismo queer», Madrid, Cátedra, 2021, pág. 125. <<

Página 373

Ibíd., pág. 126. <<

Página 374

Ibíd., pág. 127. <<

Página 375

Ley 4/2023, de 28 de febrero, para la igualdad real y efectiva de las personas trans y para la garantía de los derechos de las personas LGTBI, Título II, artículo 43, en https://www.boe.es/buscar/pdf/2023/BOE-A-2023-5366-consolidado.pdf.

En ese mismo año de 2023, el 14 de julio, la cámara baja de la Rusia putiniana aprobó una ley que prohibía el cambio de sexo, tanto a nivel quirúrgico como registral. Yulia Alióshina había declarado a la agencia EFE, en junio de ese año, que se estaba realizando un auténtico «genocidio contra los transexuales», El País, 14 de julio de 2023. En mi opinión, no puede obviarse el contexto bélico (la invasión de Ucrania por parte de Rusia), además del manido argumentario moralista ultraconservador. <<

Página 376

Ley 4/2023, pág. 8. <<

Página 377

Elizabeth Duval, Después de lo trans, Valencia, La Caja Books, 2021, pág. 48. <<

Página 378

Ibíd., pág. 46. <<

Página 379

Carlos Arribas, «La propuesta de ley “trans” choca con las normas del deporte», El País, 3 de febrero de 2021. <<

Página 380

David J. Handelsman, Angelica L. Hirschberg y Stephane Bermon, «Circulating Testosterone as the Hormonal Basis of Sex Differences in Athletic Performance», Endocrine Rewiews, 39, 2018, pág. 803. La traducción es nuestra. <<

Página 381

El País, 2 de enero de 2022. <<

Página 382

Irene Aguiar, op. cit., pág. 41. <<

Página 383

S. García Dauder, «La regulación tecnológica del dualismo sexual y el diseño de cuerpos normativos», en Eulalia Pérez Sedeño y Esther Ortega Arjonilla (eds.), Cartografías del cuerpo. Biopolíticas de la ciencia y la tecnología, Madrid, Cátedra, 2014, págs. 504-505. <<

Página 384

Hortensia Moreno, «¿Quién teme a Caster Semenya?», Debate feminista, 47, 2013, págs. 108-121. <<

Página 385

El Mundo, 11 de julio de 2023. <<

Página 386

María Eugenia Gaite, «Intersexualidad y deporte: saber conceptual que invita a la formación docente humanística en Educación Física», Congreso Argentino de Educación Física y Ciencias, del 30 de septiembre al 4 de octubre de 2019, Ensenada, Argentina, disponible en: http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/trab_eventos/ev.12928/ev.12928.pd

<<

Página 387

Jonathan Andrés Ospina Betencurt, op. cit., pág. 121. <<

Página 388

María José Martínez Patiño, Covadonga Mateos Padorno y Domingo Rodríguez Teijeiro, «Identidad y estereotipos de la mujer en el deporte. Una aproximación a la evolución histórica», Revista de Investigación en Educación, vol. 2, 2005, págs. 109-121, disponible en: http://reined.webs.uvigo.es/index.php/reined/article/view/17. <<

Página 389

Jean-Marie Brohm y Fabien Ollier, «El deporte como arma de distracción masiva», Revista Española de Sociología, vol. 28, núm. 3, 2019, pág. 432. <<

Página 390

Ibíd., pág. 431. <<

Página 391

Cfr. José Luis Trejo y Coral Sanfeliu, Cerebro y ejercicio, Madrid, CSIC/Catarata, 2020, capítulo primero, epígrafe «El ejercicio induce una respuesta hormética de adaptación». <<

Página 392

Sofía Agostini, El País, 27 de marzo de 2020 (sí, en medio del pandemiazo se escribían estas cosas). <<

Página 393

Rafa Rodríguez, «Más alto, más rápido, más potente: por qué la ropa deportiva es el único negocio que ahora lo resiste todo», El País, 23 de julio de 2021. <<

Página 394

Christine Bard, Historia política del pantalón, Barcelona, Tusquets, 2012, pág. 18. <<

Página 395

Escribe Anna Caballé: «Fallecida su madre, Concha pudo desarrollar su vocación intelectual sin los frenos que aquella le imponía. Es seguro que asistió a algunas clases en la universidad ataviada con pantalones […] se trataba de clases de ciencias naturales, o medicina, o física, y lo hacía vistiendo una indumentaria que ya sería habitual en ella y que consistía en una sencilla falda o pantalón, levita y chalina, sin corsé ni miriñaque ni otros complementos femeninos», Anna Caballé, Concepción Arenal, la caminante y su sombra, Barcelona, Penguin Random House, 2018, pág. 127. <<

Página 396

Simone de Beauvoir, El segundo sexo, Madrid, Cátedra, 2023 [1949], pág. 492. <<

Página 397

María Jesús Franco Durán, op. cit., pág. 27. <<

Página 398

Miguel de Cervantes, Quijote, I, XIV. Habitualmente se hace hincapié en la libertad de Marcela, pues ella misma comienza su afamado discurso afirmándola: «Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos». No obstante, en esta misma frase hallamos el germen de una contradicción: su libertad se funda en la huida de la sociedad humana y su reclusión en la soledad de lo agreste, lo que podemos interpretar como una derrota (no puede ejercer su libertad en una sociedad organizada patriarcalmente, porque se siente compelida a aceptar el matrimonio que ella rechaza). María González-Díaz habla de esa reclusión «en lo más cerrado de un monte» a la que la destina el autor. María González-Díaz, «La pastora Marcela: un personaje recluido textualmente», Lemir, 25, 2021. <<

Página 399

Cit. en María Jesús Franco Durán, op. cit., pág. 168. <<

Página 400

En estas explicaciones sigo a María Isabel Rodríguez López, «Atalanta e Hipómenes: recreación iconográfica de un mito», Eikón Imago, 13, 2018, págs. 167-196. <<

Página 401

Christine de Pizan, Les cent hystoires de Troye. Lepistre de Othea deese de prudence envoyee a lesperit chevalereux Hector de Troye avec cent hystoires, París, Philippe, 1522. <<

Página 402

En todo caso, lo referido por Christine de Pizan del mito de Atalanta se centra en los corredores vencidos, que pierden también la vida. El consejo al joven se resume en que haga lo más provechoso para el cuerpo y lo más conveniente para el alma, y que huya de lo demás (de pruebas absurdas que pueden acarrear perjuicios enormes). Literalmente: «Tu dois faire ce qui est le plus prouffitable au corps et le plus convenable a l’ame et fuyt le contraire».

<<

Página 403

Escribe Spear sobre un Reni misógino obsesionado con las brujas, es decir, con cualquier mujer sospechosa (todas, excepto su madre, lo eran) que pudiera rozarlo o tocar sus pertenencias (una de las precauciones a tomar según uno de los libros más famosos sobre brujería, el Malleus Maleficarum). Richard E. Spear, The Divine Guido. Religion, Sex, Money and Art in the World of Guido Reni, New Haven/Londres, Yale University Press, 1997, pág. 46. <<

Página 404

María Isabel Rodríguez López, op. cit., pág. 182. <<

Página 405

María Jesús Franco Durán, El mito de Atalanta e Hipómenes. Fuentes grecolatinas y su pervivencia en la literatura española, op. cit., pág. 289. <<

Página 406

Ibíd., pág. 295. <<

Página 407

Un topos básico en economía es la escasez de recursos: ella es la que guía las decisiones económicas. Es decir, que si dedicamos ingentes recursos económicos a un espectáculo deportivo, no lo estaremos haciendo hacia problemas de una urgencia insoslayable como la escasez del agua, la desertificación de suelos, la contaminación por microplásticos, la destrucción de la biodiversidad, los incendios forestales, que contribuyen en un tercio a la producción de gases de efecto invernadero… En fin, minucias de ese tipo. <<




FIN

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