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Libro N° 14593. El Caso Del Inocente Niño Asesino. Gide, André


© Libro N° 14593. El Caso Del Inocente Niño Asesino. Gide, André. Emancipación. Diciembre 13 de 2025

 

Título Original: © El Caso Del Inocente Niño Asesino. André Gide

 

Versión Original: © El Caso Del Inocente Niño Asesino. André Gide

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

EL CASO DEL INOCENTE NIÑO ASESINO

André Gide


 

El Caso Del Inocente Niño Asesino

André Gide

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Si usted escoge a un niño, de unos quince años, bien domesticado, bien nutrido y mejor recomendado, y se lo lleva a su casa, para que le sirva de criado, pueden ocurrirle varias cosas: que a la larga no le guste el criadito y lo despache sin contemplaciones; que el criadito, al crecer, se case con una de sus preciosas hijas y se funda, así, una nueva rama de su ya bien cimentada y respetada familia; que dicho criado aumente el clan familiar sin las correspondientes legalizaciones previas. O que ese niño, ese tierno adolescente, un día, porque sí, asesine a toda la familia, entera, por completo, e, incluso, ¡qué horror!, a la compañera criada. El resultado son siete personas muertas. Y un niño, dócil, calmo, reconocido como perfecto de cuerpo y de espíritu, llevado ante un tribunal que ha de juzgarle por unos crímenes que, indudablemente, ha cometido pero que no tienen ninguna justificación. Porque, como se dice, mató a su padre sin causa justificada, y esa falta de justificación es lo que a todo el mundo molesta más.

 

André Gide, vuelve por sus fueros que no son los de esclarecer la justicia sino los de construir un puzzle con todas las piezas posibles para intentar encontrar la difícil justificación, ofreciéndonos este espeluznante dossier que constituye L’affaire Redureau.



 

 

André Gide

 

El Caso Del Inocente Niño Asesino

 

(El caso Redureau)

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 13.09.2025



 

  

 

 

 

 



 

 

 

 

Título original: L’affaire Redureau

 

André Gide, 1969

 

Traducción: Inmaculada Pantoja Mateu

 

En la Cubierta: dibujo de Topor

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1



 

 

 

 

 

 

 

 

Nota preliminar

 

 

El 15 de noviembre de 1930, André Gide anota en su Diario la impresión que le ha causado un juicio celebrado en Paris, al que asiste como espectador, en el que el reo, un italiano acusado de robo, es castigado a cinco años de prisión. Lo significativo es que Gide, después de dieciocho años de haber intervenido como jurado en un tribunal[1] exclama irritado: «Vuelvo a sentir la atroz angustia que me invadió en la Cour d'Assises de Rouen. La implacable requisitoria del Ministerio Público hablando en nombre de la sociedad, halagando los instintos conservadores de los jurados, defensa de la propiedad —“¿dónde iríamos a parar, si…?”— me convierten en anarquista»[2]. Creo que esa rebelión, aunque momentánea y periódica de André Gide, explica su actitud frente a esos affaires que le impulsan a reunir en lo que iba a ser el libro Ne jugez pas. Precisa Gide[3] que no desea agrupar procesos célebres sino casos no necesariamente criminales «a dont les motifs restent mystérieux, échappent aux règles de la psychologie traditionnelle, et déconcertent la justice humaine qui, lorsqu’elle cherche à appliquer ici sa logique: Is fecit cui prodest, risque de se laisser entraîner aux pires erreurs…». Lo que André Gide realiza no es la construcción de una tesis, y menos todavía la conclusión de un veredicto, sino la exposición de la dificultad humana de juzgar a los hombres desde el punto de vista de una justicia establecida por la sociedad actual que, en realidad, ha avanzado muy poco, dentro del proceso histórico, en el camino de la administración judicial. Es esa actitud de Gide, recelosa, expectante, testifical (aunque, a veces, los sofocos le impulsen a anarquizarse), investigadora, la que le impulsa, asimismo, a establecer ese contundente ne jugez pas, pequeña obra dentro de su más extensa, conocida y apreciada labor literaria.

 

André Gide publica en 1914 su Souvenirs de la Cour d’Assises. En 1930 funda en la editorial N.R.F. la colección «Ne jugez pas», «preocupado por los problemas de la justicia y la verdad». El primer dossier de la colección es este que hoy publicamos L’Affaire Redureau y el

segundo La Séquestrée de Poitiers (los dos en 1930). A La secuestrada de Poitiers, que publicamos en 1969 en esta misma serie Cotidiana, y a su prólogo nos remitimos para justificar la actitud investigadora de Gide. Estos dos dossiers, más los correspondientes a Souvenirs de la Cour d’Assises y a Faits divers, constituyen el volumen completo que, finalmente, Gallimard ha editado en 1969 en París, y que Tusquets Editor, más adelante, publicará íntegro en Ediciones de Bolsillo.

 

Ricardo Muñoz Suay



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Prólogo


 

 

La colección que les presentamos con este primer volumen[4] no consiste en una recopilación de Procesos célebres. No nos interesan los «crímenes perfectos», sino los «casos», no necesariamente criminales, cuyos motivos permanecen en el misterio, escapan a las reglas de la psicología tradicional y desconciertan a la justicia humana que, cuando intenta aplicar en ellos su lógica is fecit cui prodest, tiene el peligro de caer en los mayores errores. El Caso Redureau, por ejemplo, que exponemos aquí, nos muestra un niño dócil y dulce, declarado como perfectamente sano de cuerpo y alma, nacido de padres sanos y honestos que, sin que se llegue a comprender el por qué, degüella de repente a siete personas. «Psicología normal», es decir no patológica, declararon los médicos expertos. Pero los móviles de este acto abominable no son ni la avaricia, ni la envidia, ni el odio, ni el amor contrariado, ni nada que se pueda reconocer y catalogar fácilmente.

 

Es cierto que todo acto humano corresponde a un motivo; «acto gratuito» se da sólo en apariencia. Sin embargo, nos vemos obligados a aceptar el hecho de que los conocimientos actuales de la psicología no nos permiten comprenderlo todo y que, en el mapa del alma humana, existen regiones inexploradas, terrae incognitae. La presente exposición se propone atraer la atención sobre éstas y ayudar a entrever mejor lo que únicamente se ha comenzado a sospechar.

 

Ofreceremos, sobre los casos que expondremos[5], la máxima información posible, con cuidado de no cansar al lector. Nuestro propósito no consiste en distraer, sino en instruir. Nuestra postura ante los hechos no será la del pintor o la del novelista sino la del naturalista. A menudo, un relato resulta más emocionante que un sumario; pero, por nuestra parte no nos vamos a preocupar del efecto. Presentaremos, interviniendo lo menos posible, una documentación lo más auténtica posible; entendiendo por ello no una interpretación, sino los testimonios directos.

 

Se trata de una empresa cuyas dificultades no ignoramos. Los documentos de este género no ofrecen tanta escasez como dificultad en conseguirlos. Del mismo modo, hacemos una llamada a aquellos que se interesan en estas cuestiones y pueden señalarnos o comunicamos otros casos importantes.

 

A. G.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

I

 

 

 

 

 

El 30 de septiembre de 1913, el joven Marcel Redureau, de quince años de edad, empleado al servicio de los esposos Mabit, agricultores en Charente-Inférieure, asesinaba cruelmente a toda la familia Mabit y a la sirvienta Marie Dugast: en total siete personas.

 

Recordemos, en breves palabras, de qué se trata. Para ello, citaremos la parte del acta de acusación que relata el crimen:

«El 1.º de octubre de 1913, hacia las siete de la mañana, la señora Durant, casera en el Bas-Briacé, que tenía por costumbre ir a casa del matrimonio Mabit, sus vecinos, para aprovisionarse de leche, se sorprendió al encontrar la casa silenciosa y cerrada.

»En el umbral de la puerta se encontraba, lleno de lágrimas, vestido únicamente de una camisa, el pequeño Pierre Mabit, de cuatro años de edad. Interrogado el niño, respondió que su madre estaba en el interior de la casa, sangrando abundantemente, al igual que su abuela.

 

»Como la señora Durant sabía que la señora Mabit estaba en período de gravidez avanzada, pensó que se trataba de un alumbramiento prematuro y se retiró discretamente. El señor Gohaud, al enterarse de la conversación con el niño, se acercó a la casa y, empujando los postigos entreabiertos de la ventana de la cocina, vio, tendidos en el suelo y envueltos en un mar de sangre, los cuerpos inanimados de la señora Mabit y de la sirvienta de ésta, Marie Dugast. Otro vecino, el señor Aubron, acercándose a su vez, se unió a Gohaud y los dos hombres, penetrando en la cocina, constataron que las víctimas tenían la garganta cortada. Sin entretenerse en investigar qué les habría podido ocurrir a los otros habitantes de la casa, Aubron se dirigió en bicicleta a la comisaría de Loroux-Bottereau. Dos guardias de esta brigada se trasladaron inmediatamente al pueblo de Bas-Briacé y entraron en la casa Mabit donde un espectáculo terrorífico se ofreció a sus ojos. Descubrieron que en lugar de dos víctimas había siete y que todos los miembros de la familia Mabit, con excepción del pequeño Pierre, habían sido degollados, igual que Marie Dugast, la joven sirvienta.



 

 

 

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»Todos los cuerpos se hallaban horriblemente mutilados, evidenciándose que el asesino, no contento con dar la muerte, se había encarnecido en sus víctimas con tal saña que se hacía imposible contar los golpes atestados, tan Cercanas unas de otras y tantas eran las Heridas.

 

»Sorprendidos los policías de no encontrar en ninguna parte de la casa al criado del matrimonio Mabit, Marcel Redureau, intentaron buscarlo y lo descubrieron en un pabellón inhabitado, cerca del domicilio de sus padres, a quinientos metros de la casa del crimen. Como llevaba la cara y la camisa ensangrentadas, fue arrestado y, después de algunas vacilaciones, se confesó único autor de las muertes.

 

»Marcel Redureau persistió, durante todo el informe, en las confesiones que había hecho a los policías y precisó, en los diversos interrogatorios, sin ninguna emoción, las circunstancias en las que había realizado sus horribles crímenes.

»El 30 de septiembre, hacia las diez de la noche, Mabit y él trabajaban juntos en el lagar. El patrón maniobraba la barra que accionaba la prensa, mientras que Redureau, de pie en la plataforma, lo ayudaba en la tarea y secundaba sus esfuerzos. Como el sirviente mostraba desgana por el trabajo, Mabit le hizo la observación de que era un vago y que desde hacía días estaba descontento de él.

»Irritado Redureau por la observación, bajó del lagar y, armándose de un bastón de madera, especie de maza larga de unos cincuenta centímetros que encontró al alcance de la mano, descargó varios golpes en la cabeza de su amo que, soltando la barra, se desplomó lanzando gritos. Dándose cuenta de que aún vivía, Redureau tomó una enorme cuchilla, que en el campo se conoce con el nombre de podadera de uvas y que no se utiliza en las viñas sino para seccionar la masa de uvas que se acumula en el lagar.

 

»El arma, cuyo tamaño basta para comprender las enormes heridas que puede ocasionar, se compone de una hoja muy afilada, redondeada en la extremidad; pesa alrededor de dos kilos quinientos gramos, mide sesenta y cinco centímetros de largo y trece de ancho y termina en un puño de madera de un metro de largo aproximadamente[6].

 

»Sirviéndose de este instrumento, Redureau abrió la garganta de su amo que agonizaba y que no tardó en expirar.

 

»El acusado afirma que, perpetrado este primer crimen, tuvo la intención de huir, pero que, al dirigirse a la cocina para dejar la linterna del lagar, se encontró con la señora Mabit, ocupada en trabajos de costura con



 

 

 

Página 11



Marie Dugast, quien le preguntó qué hacía su marido. Temiendo que fuera al lagar donde habría descubierto el cadáver, Redureau tomó la resolución de suprimir a todos los testigos del crimen, para asegurar su impunidad. Sin responder a la señora Mabit, y disponiéndose a ejecutar su idea, el inculpado volvió al lagar; tomó la cuchilla ensangrentada que acababa de usar, volvió a la cocina y asesinó a las dos mujeres.

 

»La abuela, ya sea porque no durmiera o porque la despertara el drama que ocurría a pocos pasos de ella, no pudo dejar de acudir en socorro de su nuera. Era necesario que ella también desapareciera. Así, sin pérdida de tiempo, alumbrándose con la linterna, el machete en la mano, Redureau se dirigió en seguida hacia ella y la mató.

»Quedaban tres niños, cuyos gritos terroríficos podrían haber llamado la atención de los vecinos. Todos fueron sacrificados; el niño de dos años, al parecer demasiado joven para poder inquietar al criminal, no recibió mejor trato que los demás. Redureau le pegó con tanta ferocidad que, según él mismo confesó, fue sobre la cuna de esta última víctima donde rompió el mango del machete.

»El pequeño Pierre Mabit que dormía en la cocina y que, tal vez aterrorizado, tal vez adormecido, no había chillado, debe a esta circunstancia el no ser incluido en esta monstruosa matanza.

»Redureau tomó la precaución de devolver al lagar, donde fue encontrado al día siguiente, el instrumento homicida del cual se había servido y, después de haber colocado sobre el brocal del pozo del patio la linterna cubierta de manchas de sangre, regresó a su habitación donde pasó el resto de la noche. Por la mañana, se dirigió al domicilio de sus padres.

 

»Afirma haber tenido remordimientos y la idea de ahogarse en una alberca que se hallaba próxima; pero en todo caso, esta veleidad fue pasajera y podría sospecharse que su única intención fuera la de mojar su calzado y la extremidad inferior de su pantalon, para dar alguna verosimilitud a su intento de suicidio[7].

 

»El acusado pertenece a una honorable familia numerosa. Hacía sólo unos meses que estaba al servicio de los esposos Mabit. Inteligente, provisto del certificado de estudios primarios, pasaba, a los ojos de algunos testigos, por ser poco comunicativo y tener un carácter socarrón y rencoroso. Si se da crédito a un tal Chiron que, habiéndole encontrado hacia mediados de julio, le felicitó por haber entrado al servicio de los esposos Mabit, porque eran buena gente, Marcel Redureau habría hecho



 

 

 

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este grave comentario que justificaría de sobras los acontecimientos: “A mí, no me gustan, estaría bien matarlos; por mí, los mataría a todos; no quedaría ni uno”.»

 

Hay que hacer algunas observaciones con respecto a este único testigo de cargo. Las palabras aportadas indicarían, si no precisamente una premeditación del crimen, por lo menos una cierta disposición para cometerlo, que disminuiría en gran medida su extrañeza. Hojeando atentamente las notas del proceso, que un lector de la N.R.F.[8] ha tenido la atención de facilitarme (ya quien expreso desde aquí mi sincero reconocimiento), me ha parecido que este comentario es pura invención. Que el Presidente del Tribunal pensara que su deber era hacerlo constar en acta, pase. Pero, deseoso de apoyar convenientemente los testimonios favorables al señor Chiron, el ministerio público cometió la monstruosidad de no citar ante el jurado sino a los testigos favorables a dicho señor, olvidando a los demás, actitud que no hubiera debido adoptar. Es preciso señalar que las diversas personas favorables a Chiron, a quienes se dirigió la policía, son primero el tocinero a quien el señor Chiron vendía sus cerdos; segundo el carnicero, con quien el señor Chiron tenía negocios desde hacía bastante tiempo. Los demás testigos, cuyo testimonio hubiera modificado en gran parte la opinión de los jurados, habrían presentado al señor Chiron como un hombre tal vez honrado, pero «jactancioso» e «imaginativo».

 

«El señor Chiron, dijo uno de ellos, posee tal mentalidad que le lleva a explicar cosas imaginarias. Gusta atribuirse un papel en los acontecimientos importantes de la región». Así., respecto a cierta ley de 1898, que hizo época en esta región, Chiron había llegado a sostener que gracias a él esta ley había sido votada. Afirmaba que el documento que consignó el voto había sido redactado por él en la encuesta. Respecto al crimen del 30 de septiembre de 1913, que también debería marcar fecha en la historia local de Landreau, Chiron no pensó en seguida en este comentario, y no lo mencionó o inventó sino hasta dos días después. Primero, sólo emitió el juicio de que el crimen no pudo ser cometido más que por un extranjero.

 

Añadamos lo siguiente. Dije muy rápidamente que no habían sido convocados testigos desfavorables a Chiron; me equivocaba. El señor Pierre Bertin, de cuyo testimonio acerca de la «especial mentalidad» de Chiron he dado cuenta más arriba, había sido citado por error. He aquí



 

 

 

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cómo: figuraban en la instrucción dos Pierre Bertin. Uno de ellos era un testigo favorable, el único que el Procurador pretendía hacer oír. Cuando, inopinadamente, apareció el otro Pierre Bertin, testimonio desfavorable, el señor Chiron manifestó una gran contrariedad y una gran prisa por esquivarlo.

 

Que se me entienda; que se me comprenda bien: no pretendo, en modo alguno, atenuar la atrocidad del crimen de Redureau; pero cuando un caso es tan grave, se debe tener derecho a esperar que la misma acusación se vea en el deber de presentar honradamente ante la justicia todas las circunstancias, incluso aquéllas que podrían resultar favorables al acusado. Especialmente cuando éste es un pobre niño, que no tiene otros recursos que la ayuda de un abogado de oficio.

 

Si he insistido ampliamente sobre este punto es también porque el interés psicológico del caso Redureau desaparecería, en gran parte, si se probara que la idea del crimen habitaba desde hacía tiempo la mente del joven asesino, como dio a entender este comentario apócrifo. Es de señalar, por otra parte, que es el único punto sobre el que protesta con vehemencia Redureau que, al mismo tiempo, hizo confesiones completas reconociendo la exactitud de todo lo que se le acusa[9]. Pero él nunca había hecho este comentario; antes de cometer el crimen, nunca había concebido la idea de cometerlo.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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II

 

 

 

 

 

1.º El señor Henry Barby escribió en Le Journal (sábado, 4 de octubre de 1913):

 

Nantes, 3 de octubre (De nuestro enviado especial). — Les indicaba ayer, al final de mi crónica, que se rehusaba a admitir aquí que una simple regañina del patrón hubiera bastado, como declaraba Marcel Redureau, para hacer de él el asesino brutalmente cruel de siete personas.

 

En efecto, no existe en este chiquillo de quince años, ninguna tara hereditaria[10], ningún estigma de degeneración de los que caracterizan al criminal nato. Marcel Redureau es el cuarto de diez hijos, todos ellos vigorosos, de buena salud y honrados como sus padres. Estos, pequeños propietarios campesinos, a la vez cultivadores y viñadores, viven del producto de sus cosechas. Su residencia se encuentra casi a trescientos metros de la finca Mabit. Son estimados en la región y sus niños no han recibido de ellos sino buenos consejos y buen ejemplo.

 

Su hijo, Marcel-Joseph-René, cuyo espantoso crimen viene a sumirlos en la desesperación, nació el 24 de junio de 1896. Tiene pues exactamente quince años y tres meses. Tuvo una infancia sin historia y fue la misma que la de los mozalbetes criados en el campo que, apenas llegados al uso de razón, van a ganarse la vida en otro lugar para aligerar la carga de su familia.

El alcalde de Landreau, señor de Boisgueheneuc, que le conocía bastante, no puede comprender cómo ha cometido el crimen:

«Marcel, declara, cuya familia vivía en excelentes relaciones con los Mabit, nunca había dado lugar hasta ahora a observación alguna. Era, quizá, un poco nervioso, pero nada más. Hoy se le califica de socarrón y solitario. Confieso que nadie antes había reparado en ello. No bebía, en fin, nada hacía suponer que fuera capaz de cometer tal crimen.»

 

Su antiguo maestro, señor Béranger, habla del mismo modo:

 

«De inteligencia media, dice, siempre se ha comportado bien. Era un buen alumno que me causaba buena impresión. Cuando recibía una



 

 

 

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reprimenda, no se sublevaba nunca. Era un niño muy dócil».

 

A los once años, Marcel obtuvo su certificado de estudios primarios y dejó la escuela. Sus padres le buscaron una colocación. Algo joven para entrar en casa de extraños, comenzó como pastor en casa de su tío, Louis Bouyer, agricultor en Bonnière, a dos kilómetros de Landreau. Bastante prudente, ni perezoso ni rencoroso, su tío lo tuvo durante tres años a su servicio y no hacía más que felicitarse por ello.

 

Después de haber trabajado durante diez meses con su familia, Marcel Redureau entró, en el pasado mes de junio, como empleado en la finca Mabit, donde reemplazaba a su hermano mayor que iba al servicio militar. Su salario anual era de trescientos sesenta francos.

«Era tan miedoso, declara su padre, que no se atrevía a salir de noche».

¿Qué pasó durante esos tres últimos meses para que, de tímido, de dulce, de pusilánime, se convirtiera en un salvaje, sediento de sangre?

 

Desde el descubrimiento del crimen, se pensó en el robo como móvil. El domingo anterior, el señor Mabit había guardado en la caja tres mil francos, producto de la venta de una parte de la vendimia. La suma, que se hallaba cerca del asesino, fue encontrada, sin embargo, intacta. Marcel ha matado pues (!) por venganza.

Ahora que la visión terrorífica del crimen comienza a borrarse, la gente habla y las lenguas se desatan tanto en Landreau como en el pueblo de Bas-Briacé y de estos chismes se desprende una versión inesperada.

Marcel Redureau no había permanecido insensible a los nacientes encantos de Marie Dugast, la joven sirvienta de los granjeros. Como él, Marie estaba al servicio de los esposos Mabit desde hacía tres meses.

 

Ahora bien, se dice en el pueblo que, en el día del crimen, Marcel Redureau había intentado abusar de la joven sirvienta que, como él, tenía quince años y que su acción le había valido una dura reprimenda de la señora Mabit. El granjero había añadido severas amonestaciones iguales a las de su mujer. Pero ¿fue exactamente así?

 

Sea lo que sea, tiene la palabra la investigación judicial. El señor Mallet, Juez de instrucción, encargado de instruir el crimen, ha escrito al decano del Colegio de abogados de Nantes rogándole que designe a un abogado para asistir a Marcel Redureau. El decano ha designado al señor Abel Durand.



 

 

 

 

 

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Henry Barby.

 

(Le Journal, sábado 4 de octubre de 1913).

 

 

 

2.° El corresponsal de Le Temps escribe a su diario:

 

Los funerales de las víctimas de Landreau se celebraron ayer a las tres, en medio de una numerosa asistencia. El juez de paz ha sellado la casa fúnebre.

 

El alcalde de Landreau ha declarado que conocía bastante a Redureau y que nada indicaba en este muchacho tal predisposición. No era socarrón ni solitario como ahora se pretendía. Tenía amigos. No bebía.

Sin embargo, desde hacía algún tiempo, había sido objeto de algunas observaciones por parte de su patrón. Tal vez dichas observaciones le irritaron hasta el punto de hacerle perder la cabeza.

Por otra parte, el antiguo maestro de Redureau declara que éste, aunque de inteligencia media, era un buen alumno, que le satisfacía. Obtuvo con éxito el certificado de estudios primarios. El maestro también se ha sorprendido ante la noticia del crimen.

Los médicos legistas declaran que rara vez se han encontrado con tal ensañamiento. Es imposible clasificar, en algunos de los cadáveres, la clase y el número de los golpes. Redureau debió golpear cincuenta o sesenta veces a cada una de las siete personas que mató.

 

El arma de la que se ha servido es una podadera de uvas que mide unos cincuenta centímetros. El mango es más largo que la hoja. La hoja es curva como un sable turco y recuerda un yatagán.

El asesino ha pasado una noche bastante tranquila en la prisión de Nantes. Al no tener todavía defensor, probablemente no será interrogado antes del lunes.

 

(Le Temps, 4 de octubre de 1913).

 

 

 

3.º Le Temps publica también la siguiente información:

 

Nuestro corresponsal de Nantes nos escribe:



 

 

 

 

 

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El decano del Colegio de abogados ha designado, al señor Abel Durand como defensor de Marcel Redureau. Redureau se beneficia de la aplicación de los artículos 66 y 67 del Código Penal, que dicen:

Art. 66. — Si el acusado tiene menos de dieciséis años y si se decide que ha actuado sin discernimiento, será absuelto, pero, según las circunstancias, será devuelto a sus padres o internado en un correccional para ser educado y detenido durante un plazo de tiempo que excederá a sus veinte años.

Art. 67. — Si, por el contrario, el acusado ha actuado con discernimiento, es necesario distinguir según la pena que le corresponde. Si es la pena de muerte, o la de trabajos forzados a perpetuidad, será condenado a la pena de diez a veinte años de prisión en un correccional. Si merece la pena a trabajos forzados por un tiempo o la reclusión, será condenado a un encierro en un correccional por un tiempo igual, como mínimo, al tercio y, como máximo, a la mitad del tiempo al que podía haber sido condenado.

De este modo, la pena más fuerte que podría caer al criminal de Landreau es la de veinte años de prisión.

Los móviles examinados desde que se cometió el crimen se esfuman uno a uno. Se había pensado en el robo, porque el patrón de Redureau había recibido el domingo anterior dos mil francos, producto de la venta de su vino. El dinero ha sido encontrado intacto. Así pues se descarta esa hipótesis. La idea de un crimen pasional no parece que deba ser sostenida. Queda la venganza, el resentimiento de Redureau contra su patrón que le habría tratado duramente. Parece ser que el Juez de instrucción dirigirá en esta dirección sus investigaciones.

 

Mientras tanto, el prisionero sigue mostrándose tranquilo, aparentemente inconsciente del horrible crimen del que es autor. Come y duerme bien y no parece obsesionado por el remordimiento. El viernes por la tarde recibió la visita de su abogado con el que mantuvo una larga entrevista.

 

(Le Temps, 5 de octubre 1913).



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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III.         Informe de los médicos legistas

 

 

 

 

 

Ahora cedo la palabra a los médicos legistas (A. Cullerre y Desclaux). Su relación es tan importante que, creo, nadie verá inconveniente en que la cite casi por entero:

 

«Lo que caracteriza este horrible drama es que su origen no se parece en nada a las características etiológicas habituales de la criminalidad juvenil. No se trata de herencia o de influencia del ambiente: su autor no tiene antecedentes hereditarios que constituyan taras. Ha sido educado en un ambiente intachable y no ha recibido más que buenos principios y ejemplos. No es tampoco la consecuencia de una tara regresiva tan frecuente en los jóvenes criminales, maleficencia instintiva, anestesia psíquica, ausencia de sentido moral: efectivamente, nada en las anamnésticas del joven asesino autoriza esta hipótesis. Es de señalar que ninguna de las personas de su ambiente o que le han visto crecer lo han presentado ante la audiencia como a un niño mentalmente tarado. Todos los que le conocen o le han tratado concuerdan en decir que es muy inteligente, buen trabajador y que no tenía vicio alguno. Sin embargo, existe un punto cuya importancia debe señalarse: los testigos le reconocen, casi por unanimidad, un carácter introvertido, un tanto difícil y socarrón[11].

 

»Sin embargo no es un degenerado en el sentido somático de la palabra, a pesar de las descripciones fantasiosas que se han podido leer en algunos periódicos que han dado cuenta del proceso. “Este chiquillo, dice uno de ellos, es casi un niño cuyo desarrollo físico no se ha producido por completo. Si la balaustrada que separa el banquillo de los acusados del tribunal no fuera calada, no se le vería cuando está sentado, y cuando está de pie no mide más que una bota”. Ahora bien, la talla de Redureau es de 1 m. 584, sobrepasando la media de Quételet en cinco centímetros respecto a los jóvenes de dieciséis años. El mismo periódico continúa así: “La cabeza es voluminosa y sus cabellos rubios forman mechas que caen sobre una frente pequeña y abombada. Su perfil, con la nariz recta y una boca



 

 

 

 

 

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bastante hendida, es huidizo”[12]. Ninguno de estos detalles es exacto y responde a la realidad. La frente no es ni pequeña ni particularmente abombada, mucho menos huidiza. La cabeza y la cara tienen, en conjunto, una conformación muy regular; en él no se descubre el menor estigma de Morel. Mismo error acerca de las orejas que el periódico declara “enormes”. Estas tienen, respecto a la ficha antropométrica, una altura de 6 cm. 8; son absolutamente simétricas, bien proporcionadas, bien ribeteadas, sin despegarse del cráneo. La única particularidad que presentan es la presencia del tubérculo de Darwin que, sin duda, es una excepción pero no una anomalía.

 

»Otro periódico se aproxima más a la verdad cuando hace del asesino el retrato siguiente: “Rubio, muy rubio, con ojos azules, parece más bien un buen chico; está lejos de tener un semblante tosco como el que se atribuye de costumbre a los asesinos[13]”.

 

»Ese joven es introvertido y socarrón: es todo lo que se ha podido encontrar para explicar el crimen. Antes de aquel día, a nadie se le ocurrió incriminar su carácter. Sus familiares no le han conocido nunca este aspecto; el maestro que le dio clases durante seis años, tampoco.

 

»La fogosidad propia de los años climatéricos de la adolescencia, el formidable instrumento de muerte que en esta región se llama podador de uvas, algo de guadaña y algo de hacha y que el joven encontró al alcance de la mano, tales son, sin duda, las circunstancias determinantes de esta deplorable matanza.

»El crimen realizado por el joven Redureau es uno de los más espantosos que se pueda imaginar. El 30 de septiembre de 1913, hacia las dieciocho treinta de la noche, mientras trabajaba en el lagar con su patrón, al hacerle éste algún reproche, lo golpeó con un pilón y luego lo degolló con el podador de uvas. Después, volvió a la vivienda donde, uno tras otro, mató de la misma forma a la señora Mabit, a su sirvienta, a su suegra y a tres de sus hijos, encarnizándose con sus víctimas con inaudita violencia. No insistiremos más sobre la descripción detallada del drama cuyas circunstancias estudiaremos más adelante.

 

»Hemos recogido de los mismos familiares del acusado los siguientes datos sobre sus antecedentes hereditarios y personales:

»No hubo entre los ascendentes directos, ni entre los antepasados, ni en las ramas colaterales, ninguna afección vesánica o convulsiva. No



 

 

 

 

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existe tampoco entre ellos tipos originales, individuos extraños ni alcohólicos.

 

»El padre y la madre gozan de buena salud y son de constitución robusta. No han tenido ninguna afección grave que haya afectado su constitución física o sus funciones cerebrales.

»Han tenido once hijos, de los cuales viven diez, seis varones y cuatro hijas. La mayor es una chica de veintiún años y la más joven de veinte meses. El tercero, un varón, murió cuatro días después de su nacimiento. El inculpado es el quinto por orden de nacimiento. Los embarazos y los alumbramientos de la madre han sido normales. Ninguno de los niños ha padecido enfermedades graves, ya sean de tipo general, ya sean de las que perjudican al sistema nervioso o a las funciones cerebrales. Todos son robustos y su salud nunca ha motivado preocupación alguna.

»Con excepción de algunas pequeñas indisposiciones propias de la infancia, Marcel, el inculpado, no ha tenido otra enfermedad que una crisis reumática en septiembre de 1912; cuando estaba al servicio del señor B…, fue preso de fiebre y dolores en las articulaciones, principalmente en las rodillas que, sin embargo, no se hincharon. Sólo estuvo ocho días enfermo y se reincorporó al trabajo quince días después del comienzo de la enfermedad.

»Es inteligente y ha recibido el certificado de estudios primarios. Nunca nadie se ha lamentado de él por ningún motivo; ni sus patrones, ni sus compañeros, ni la gente de la región. Nunca ha mostrado malos instintos. No es agresivo nunca ha sido cruel con los animales.

 

»Los familiares reconocen que es un tanto nervioso, vivo, travieso, pero sin mala intención. Es temeroso en el sentido general de la palabra[14]. Sobre este punto, así como sobre su carácter, no pueden precisar más. Marcel no se sentía atraído por la disipación, no bebía y empleaba sus días de descanso en jugar con sus compañeros. No han constatado que tuviera un gusto inmoderado por la lectura. Había pasado con ellos el domingo anterior y no habían observado nada insólito en él. Nunca se había lamentado entre ellos de su patrón Mabit. El crimen les ha sorprendido mucho y no saben cómo explicarlo.

 

»Si relacionamos estos datos con los que encontramos en el expediente del proceso y que emanan de las autoridades o de los testigos interrogados por la instrucción, constatamos que no difieren en ningún punto capital.



 

 

 

 

 

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»El juez de Loroux-Bottereau, en el informe que redactó sobre el inculpado, declara que no se le conoce defecto esencial alguno, pero que posee un carácter “algo nervioso, a veces socarrón”.

 

»El maestro que le educó ha declarado: “Marcel Redureau tenía una inteligencia un poco superior a la media, era buen alumno y fue pocas veces castigado. Mientras frecuentaba la escuela, no dio lugar a ninguna queja. Tenía bastante buen carácter y no parecía ser socarrón. Tenía buena conducta. No dio lugar a observación desfavorable alguna en cuanto a la rectitud y a la moral”.

»Ninguna declaración de los testigos diverge de la del maestro, salvo en un punto: el carácter.

»El testigo Br…, su tío, que lo tuvo a su servicio de los once a los catorce años, nunca se lamentó de él, aunque fuera poco conversador y tuviera un carácter socarrón.

»El testimonio C…, vecino del anterior, que conoció bien a Marcel, ha declarado que su conducta era buena y que era buen trabajador, pese a su carácter “muy introvertido” y a que con frecuencia no respondiera cuando se le dirigía la palabra.

»El testigo Br…, que le tuvo a su servicio, le declara muy inteligente, pero le encuentra “un carácter socarrón, muy independiente”.

 

»Todos los demás testigos insisten sobre esta particularidad del carácter del acusado, pero nadie hace observaciones desfavorables sobre sus tendencias y su moralidad.

»La señora Br…, esposa del testigo precedente, no ha formulado ninguna observación desfavorable sobre su carácter, su trabajo o su conducta y no se dio cuenta de que fuera violento.

»Una de las declaraciones, si es verídica, señala con mayor evidencia los defectos del carácter de Marcel Redureau: es la del testigo Ch… Al encontrarse con el inculpado hacia mediados de julio y al saber que estaba empleado en casa de los Mabit, le felicitó diciéndole que eran buena gente. El acusado habría respondido: “A mí, no me gustan; sería bueno matarlos; por mí, los mataría a todos; no dejaría ni uno”. El testigo añade que Redureau “hablaba con un tono muy duro y parecía encontrarse bajo la tensión de una contrariedad”. Este comentario, hecho bajo la influencia de una irritación, indicaría sin duda un humor violento y vengativo. Sin embargo, no debemos olvidar que el acusado niega enérgicamente este comentario.



 

 

 

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»En suma, la única observación que se ha formulado sobre la mentalidad de Redureau se refiere a su carácter. Y tampoco hay unanimidad sobre este punto. Sin embargo, el maestro, persona ideal para apreciar el carácter de un niño que ha podido estudiar durante cinco o seis años, no ha observado que fuera socarrón; también su padre rehúsa reconocer “que fuera socarrón y rencoroso”.

»La señora Br…, uno de los testigos anteriormente citados, observó que leía mucho, sin poder decir qué clase de lecturas eran. El testigo J…, en su declaración: “Me entero sólo hoy de que se dedicaba a malas lecturas”, no era sin duda más que el eco del testigo precedente. Hemos podido comprobar que esta particularidad no tenía por qué llamar nuestra atención y que las lecturas de Redureau se limitaban a un diario regional y al almanaque. Precisamente no ha leído nunca esas novelas populares cuya materia favorita se compone de historias de crímenes y de asesinatos.

 

 

 

»Redureau tenía quince años y cuatro meses el día que cometió las muertes de las que se le acusa. Es un muchacho que mide 1 m. 584, con buen aspecto, de apariencia normal, sin patentes signos de degeneración. No posee ninguna deformación en el cráneo ni en la bóveda palatina. Las orejas están bien conformadas. El corazón y los pulmones están sanos; el hígado y el bazo son de proporciones normales. El sistema muscular está bastante bien desarrollado; la movilidad, en general, no presenta ningún desorden. La sensibilidad general, bajo sus diferentes aspectos, tacto, dolor, calor, frío, es sana. Los órganos de los sentidos no presentan ninguna anomalía; no tiene alterado el sentido de los colores. Los reflejos, examinados según el método clínico habitual, responden al estado fisiológico.

 

»Su actitud ante nosotros es la de un niño asustado. Apenas se logra hacerle levantar los ojos. Habla en voz baja y casi únicamente por monosílabos; pero, insistiendo, se consiguen respuestas más explícitas. El personal del correccional no ha observado en él durante su larga detención, nada insólito desde el punto de vista mental, a no ser que adopta fácilmente una actitud huraña y huidiza cuando se le hace alguna observación. Participa en la vida común y se ajusta a las normas como los demás detenidos.



 

 

 

 

 

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»Su sensibilidad moral no está alterada. Se pone a llorar cuando se evoca el recuerdo de su madre o el de uno de sus hermanos que acaba de marchar a Argelia para hacer el servicio militar. Respecto a los actos que ha cometido, expresa sentimientos de pesar que parecen sinceros. Veremos más tarde cómo no ignora el remordimiento.

 

»Responde con pertinencia a todas las preguntas que le hacemos. Tiene buena orientación del tiempo y del espacio. En sus conversaciones da muestras de inteligencia y de buenos conocimientos primarios relativos a historia, geografía, gramática y cálculo. Todas las respuestas que nos da de su vida pasada, de sus amos, de su trabajo, de sus salarios, son exactas o plausibles.

»Nunca se ha excedido en la bebida y nunca ha estado metido en peleas, de manera que no se puede decir cómo se comportaría si se embriagara por casualidad. Frecuentaba los chicos de su edad y se citaba con ellos el domingo para jugar a las cartas; las ganancias o las pérdidas no pasaban de diez céntimos. No iba al cabaret.

»No frecuentaba chicas y nunca tuvo relaciones sexuales. Era compañero de la joven sirvienta de sus amos, pero no había sentido por ella sentimiento particular alguno y nunca la había cortejado.

»Nunca había sentido preocupaciones emotivas y no había tenido obsesiones ni ideas fijas. Cualesquiera que sean nuestras preguntas en este orden de ideas, no obtenemos más que respuestas negativas.

 

»Sin embargo, particularidad ya señalada por su padre, reconoce que es miedoso. Por la noche, teme la oscuridad y no sabe si sería capaz de ir de noche a hacer un recado lejos de su casa. Si se lo hubieran ordenado, “no habría querido ir”. Se trata de una impresión vaga, indefinida, que no tiene nada de electivo ni de sistematizado, ni responde a lo que se designa en psiquiatría con el nombre de fobia. No cree en fantasmas, no tendría miedo de pasar cerca de un cementerio, no teme a los brujos y no admite que puedan existir en su región. En una palabra, es pura y simplemente miedoso, de una forma tal vez excesiva para un chico de su edad, pero si esto es un signo de nerviosidad no es un signo pertinente de la patología.

»Interrogado acerca de sus sentimientos hacia su amo y su familia, declara formalmente no haber tenido que lamentarse jamás de ellos ni albergado sentimientos de rencor o de aversión. Se entendía bien con el ama y la joven sirvienta. Únicamente, desde la vendimia, el patrón hablaba algunas veces fuerte y lo insultaba. Niega formalmente la charla que le



 

 

 

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atribuye el testigo Ch…, por la cual resultaría que desde hacía tiempo guardaba resentimiento y forjaba ideas de venganza contra ellos.

 

»Insistimos mucho para saber si, en el día del crimen, había hecho algún exceso inusitado de vino, para sostener sus fuerzas. Se deduce de sus respuestas, provocadas en varias ocasiones y siempre invariables, que no tomó vino más que en las horas acostumbradas de las comidas y en cantidad normal, como dos vasos cada vez; era vino tinto. Únicamente antes de cenar, bebió con su amo dos sorbos de vino blanco embotellado. Esta declaración concuerda con los datos facilitados por la instrucción. Se ha encontrado en efecto en la bodega una botella de vino blanco en la que faltaba un tercio de su contenido. Eso lo confirma, y creemos que la declaración puede tomarse por exacta y que no estaba bajo el efecto del alcohol en el momento del drama.

 

»En lo que concierne al crimen, sus explicaciones son invariables. Su patrón Mabit y él hacían funcionar la prensa. Mabit estaba en la barra y Redureau en la plataforma para reparar un tornillo. Como no hacía con suficiente rapidez el trabajo encomendado, el patrón le hizo una escena, gritándole que “era un torpe, un vago, que desde hacía ocho días no trabajaba bien”. Fue entonces cuando descendió del lagar y armándose con un pilón que estaba a su alcance, golpeó a Mabit por detrás, en la cabeza. Mabit soltó la barra y cayó al suelo. Como gemía, Redureau, después de haberle mirado un momento, tomó la podadora de uvas (hoja ancha y larga muy afilada, de unos 65 centímetros de largo y 13 de ancho, y unos 2 kilos 500 de peso) y le cortó la garganta.

 

»Luego, tomó la linterna y se dirigió a la casa donde creía que todos estarían acostados. Pero al llegar a la cocina, vio a la señora Mabit y a la sirvienta que estaban trabajando cerca de la mesa. Al principio, tuvo la intención de huir, pero al preguntarle el ama donde se encontraba su marido, salió sin responder, se armó de la podadora de uvas que había quedado en la bodega, volvió y golpeó primero a la sirvienta, luego a la señora Mabit. Como estaban de espalda no tuvieron tiempo de hablar; no gritaron más que al ser golpeadas. “Golpeé, dice, a la sirvienta en el cuello; cayó en seguida; golpeé al ama también en el cuello y cayó. Una vez en el suelo, le di un cuchillazo en el vientre”. En las dos habitaciones vecinas, la suegra acostada en una y tres de los niños acostados en la otra, despertados por el ruido, se pusieron a chillar. Entonces, tomó la linterna, se dirigió en primer lugar a la de la suegra a quien golpeó en la garganta:



 

 

 

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“No dijo nada; no tuvo tiempo”. Luego se dirigió a la otra habitación: “Di un golpe en la garganta de una de las niñas que chillaba y a su hermana que estaba acostada cerca de ella y, como se despertaba en aquel momento, la golpeé también con el podador. El niño que estaba acostado en su cuna, al despertarse por el ruido, también se puso a chillar; entonces lo maté”[15]. El mango del instrumento se rompió con el último golpe. Redureau se llevó los trozos a la bodega, cerca del lagar, donde fueron encontrados. Un niño pequeño que estaba acostado en la cocina fue el único que escapó a la matanza.

 

»La explicación que el acusado da de este horrible drama siempre ha sido la misma: por culpa del amo, cedió a una violenta cólera. Una vez realizada la muerte, al volver a la casa, estaba trastornado, sin tener plena conciencia de lo que hacía. Cuando el ama le preguntó dónde estaba su marido, perdió la cabeza. Imaginó que ella iba a ir a la bodega y descubriría su crimen, entonces decidió hacer desaparecer a todos los testigos.

»Estas son sus respuestas textuales: “Tenía miedo de que el ama fuera a ver a su marido a la bodega…, golpeé a la sirvienta porque estaba con el ama…, golpeé a los demás porque chillaban”. La veracidad de sus respuestas parece corroborada por la siguiente, que comprueba su sinceridad: “No toqué al pequeño Pierre porque no dijo nada y porque dormía”.

»Respecto a la multiplicidad y a la violencia de los golpes propinados a las víctimas (roturas de cráneo, heridas en el cuello y cara, cortes en la columna vertebral), no puede dar explicación alguna; tampoco puede decir por qué abrió el vientre de la señora Mabit que estaba a punto de dar a luz. Únicamente protesta afirmando que no obedeció a ningún pensamiento obsceno o sádico. Este acto es de la misma naturaleza que los otros y no se debe más que a la cólera.

 

»Cuando depositó el podador y el mango roto en la bodega, subió a su habitación y se sentó. Poco a poco volvió a recuperar su sangre fría y comprendió la gravedad de lo que acababa de hacer. Entonces sintió pesar. “Tuve remordimientos, dice, quise suicidarme”. Haría casi una hora que se encontraba en su habitación cuando bajó para ir a ahogarse en un estanque que estaba a unos cincuenta metros de la casa. Se puso en el agua, dio unos pasos, pero le faltó el valor y volvió a su habitación; allí permaneció



 

 

 

 

 

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hasta el amanecer. Fue entonces cuando se dirigió a la casa de sus padres donde fue arrestado.

 

»La tentativa de suicidio parece plausible; está en armonía con los remordimientos experimentados por el acusado; parece comprobarse por el hecho de haber encontrado en su habitación un pantalón mojado. En resumen, su versión nos parece sincera; todo se coordina de una forma lógica y él no procura atenuar su culpabilidad.

»Nos parece, por otra parte, establecer claramente que ha tenido plena conciencia de los hechos realizados y de su responsabilidad. Si ha experimentado remordimientos, es que sabe discernir el bien del mal y lo sabe tanto más cuanto que posee una inteligencia no sólo normal para su edad, sino incluso, según el maestro que le ha educado, por encima de la media. Por lo tanto no caben dudas acerca de la cuestión del discernimiento en el sentido legal de la palabra.

 

»Lo expuesto demuestra que Redureau no presenta en la actualidad ningún trauma mental. Tiende también a establecer que en el momento en que cometió las muertes de las que se le acusa no estaba bajo la influencia de un estado mental patológico. Sin embargo, este punto requiere ser examinado con mayor precisión.

»El número de víctimas, la forma en que el asesino se encarnizó en ellas, el furor que guio su brazo, evocan a priori la idea de un delirio transitorio súbito, como el que se observa algunas veces en los estados epilépticos larvados y excepcionalmente en algunos estados de intoxicación. Pero ésta es una hipótesis en la que no podemos entretenernos por las siguientes razones: Redureau no ha manifestado nunca el menor síntoma que pueda relacionarse con la epilepsia. No estaba bajo la influencia de intoxicación alguna, de ningún trauma producido por el delirio, usaba toda su inteligencia y ha conservado la plena conciencia de todos sus actos referentes a la noche fatal. Ahora bien, la amnesia es el síntoma patognómico de los delirios transitorios y un individuo que haya actuado en un estado de trauma mental epiléptico o epileptoideo no conserva el recuerdo de los hechos realizados o bien no conserva más que algunos detalles vagos y confusos.

 

»La declaración del testigo Ch…, según la cual el inculpado, dos meses y medio antes del crimen, había expresado la idea de que “a sus amos sería bueno matarlos”, plantea, desde el punto de vista psiquiátrico, una nueva hipótesis: ¿No estaba obcecado Redureau desde hacía tiempo



 

 

 

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por la obsesiva idea de matar a su amo? ¿No habrá sucumbido a un irresistible impulso de matar como otros casos científicamente conocidos?

 

»Pero, por una parte, Redureau niega tal conversación. Por otra, hemos comprobado que nunca ha estado obsesionado por idea fija de ninguna naturaleza y que, cualesquiera que hayan sido nuestros tanteos en este sentido, sus respuestas han sido siempre negativas. Por otra parte, sería inverosímil el comentario atribuido a Redureau en boca de un obseso. El individuo al que acosa el impulso de matar sufre moralmente de esta obsesión: cuando recrimina, no lo hace contra su futura víctima sino contra sí mismo: se acusa y no condena. Redureau no ha sucumbido pues â una idea fija, ni obedecido a un impulso irresistible consciente.

»Hemos estudiado en qué condiciones físicas se encontraba el acusado en el momento del crimen. ¿No estaba cansado, fatigado, en estado de débil resistencia orgánica y nerviosa? El trabajo de la vendimia es bastante duro y sabemos, por una encuesta hecha a nuestro requerimiento, que empezaba con los Mabit a las cinco de la mañana y no terminaba hasta las diez de la noche sin otro descanso que el momento de las comidas. Pero resulta también de esta encuesta que las vendimias tuvieron lugar en varios períodos separados por intervalos de reposo. Se realizaron en las siguientes fechas: 17, 18, 19 de septiembre; interrumpidas el 20, 21 y 22 reemprendieron del 23 al 27. El domingo 28 hubo reposo. El 29 sólo duraron una parte del día y el 30, día del crimen, todo el día. Así es que este trabajo, aunque penoso para un adolescente de quince años, fue interrumpido en vanas ocasiones y no se realizó en condiciones que hubieran producido fatiga física y verdadero abatimiento nervioso[16].

 

»En el curso de nuestro examen, el señor Juez de Instrucción ha recibido y nos ha comunicado una carta anónima que llama su atención sobre la acción perturbadora que ejerce “el vapor del vino en los lagares donde se elabora y fermenta” sobre el cerebro de los hombres que realizan ese trabajo. Aunque nosotros no tengamos, médicamente, ninguna razón para pensar que tal causa baya podido intervenir en el crimen de Redureau, hemos procedido a una encuesta entre médicos competentes, pero no hemos recibido más que respuestas negativas. Ninguno de los médicos consultados ha observado que la excitación cerebral pueda ser atribuida a las emanaciones del vino. Esto se explica si se observa que el mosto en fermentación desprende muchos más gases estupefacientes que vapores



 

 

 

 

 

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excitantes. Predominan los gases carbónicos y sus propiedades son las de causar la asfixia, no la embriaguez furiosa.

 

»Por otra parte, en lo que concierne a Redureau, se ha establecido que, desde el comienzo de las vendimias, pasaba la mayor parte del tiempo al aire libre, en las viñas; que el trabajo del lagar no le ocupaba más que algunas horas al día y que, la noche del crimen, no había permanecido más que media hora en la bodega. Él mismo afirma sobre este punto que no se hallaba ni trastornado, ni excitado, ni embriagado cuando golpeó a su patrón.

»En definitiva, no es en la psicopatía sino en la fisiología normal del adolescente donde se ha de investigar el verdadero determinante de los actos cometidos por el acusado. Es evidente que la época del desarrollo de la pubertad está marcada por profundas modificaciones, no sólo de las funciones orgánicas, sino también de las funciones físicas: sensibilidad, inteligencia y actividad voluntaria. Es también evidente que la resistencia física disminuye y que el cuerpo presenta menos inmunidad contra las influencias morbíficas, se produce una especie de ruptura momentánea del equilibrio mental con un desarrollo excesivo del sentido de la personalidad, susceptibilidad exagerada, hiperestesia psíquica. Se observa una verdadera tendencia a la combatividad y una notable exageración de los actos impulsivos y de las tendencias a la violencia. El adolescente es muy sensible a las alabanzas, y por el contrario, se resiente mucho más vivamente de las heridas al amor propio. Las impresiones que llegan a su cerebro se transforman irresistiblemente en excitaciones motrices, es decir en actos impulsivos. Los especialistas que se han ocupado de la psicología de la pubertad señalan con frecuencia que es hacia los quince años cuando, en los centros dedicados a la educación, se encuentra el mayor número de sujetos castigados por mala conducta, altercados y violencias, ya que, en los jóvenes llegados a esta edad, los primeros movimientos encuentran poco freno y la irreflexión es la característica principal de su estado mental. Es en este orden de ideas donde la ciencia encuentra hoy la principal causa que predispone a la criminalidad a los adolescentes en época de pubertad.

 

»Lo que precede permite comprender hasta qué grado de violencia pueden llegar ciertos movimientos pasionales de la adolescencia y que es preciso evitar aplicarles un criterio ajustado a la mentalidad del hombre adulto.



 

 

 

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»   Así pues, normalmente, ciertos actos difíciles de explicar, como los que se le acusan al inculpado, pueden ser consecuencia de un estado mental que no tiene nada que ver con la patología, en una palabra, que se trata de fisiología. Añadamos que Redureau, sin ser un tarado desde el punto de vista psíquico, es indudablemente poseedor de un temperamento nervioso y que, según parece, por el número de testimonios, tiene un carácter particular, calificado de “socarrón”, que sin duda podría traducirse también por “susceptible y vengativo”, circunstancias que han favorecido en él la explosión de actos impulsivos y violentos.

 

»En consecuencia, respondemos como sigue a las cuestiones que nos han sido planteadas:

 

1.º Marcel Redureau no estaba en estado de demencia, en el sentido que prevé el artículo 64 del Código Penal, cuando cometió los actos que se le acusan;

 

2.º En el momento del crimen gozaba de pleno y normal discernimiento, y de completa conciencia de sus actos;

3.º El examen psiquiátrico y biológico no ha revelado en él ninguna anomalía mental o psíquica. Las particularidades constatadas relativas a su temperamento y a su carácter permanecen en los límites de las variaciones psicológicas individuales y no nos parecen de naturaleza capaz de modificar su responsabilidad».

 

Nantes, 17 de enero de 1914.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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IV

 

 

 

 

 

La tarea del abogado defensor se hacía muy difícil debido a tan notable informe facultativo que significaba casi necesariamente para Redureau la pena máxima. La excelente defensa del abogado Durand, de la que citaré más adelante algunos fragmentos, no pudo evitar la condena de su cliente a veinte años de arresto.

 

Es desconcertante pensar que, en el actual estado de la jurisprudencia, hubiera sido más ventajoso para el acusado presentar las características de degeneración de un ser predispuesto al crimen. Su irresponsabilidad, reconocida en ese caso por los médicos, hubiera permitido a los jurados recurrir a «circunstancias atenuantes» y, por ende, conseguir una sensible atenuación de la pena para Redureau. Ante las preguntas a las que el jurado tuvo que responder con precisión sí o no, no tuvieron otra alternativa que la afirmación. Y yo tampoco la hubiera tenido. Sin embargo, habría pensado que, una vez más, el procedimiento y las leyes que se muestran menos duras con el delincuente predestinado, que no puede evitar dar la muerte, y que dejan a éste mayor libertad que al que se deja arrastrar accidentalmente por una dementia brevis, protegen mal la sociedad y no satisfacen enteramente nuestra necesidad de justicia. Me callo porque sobre esta cuestión habría mucho que decir… Pero se me agradecerá que reproduzca aquí las consideraciones que extraigo del informe del abogado Durand, abogado de la defensa, y algunas citas de eminentes juristas que él menciona en su discurso. Estas reflexiones tan justas han podido parecer, desgraciadamente, sutiles argucias a los espíritus, con frecuencia incultos, de la mayoría de los jurados. Es sabido que la elección de éstos se hace al azar, y que las deliberaciones de un jurado no prueban, por desgracia, que el «el sentido común es lo que mejor está distribuido en el mundo», como pretendía Descartes.

 

Nada mejor para hacernos comprender los defectos de un procedimiento cuyo absurdo denunciaba ya en mis Souvenirs de Cour d’Assises (absurdo demostrado varias veces desde entonces), que las líneas que siguen. Veremos que el jurado, para satisfacer su sentimiento de



 

 

 

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justicia, no halla otro recurso que decir no, a despecho de toda evidencia; lo que le fuerza con frecuencia a decir , a despecho de toda justicia.

 

Pero comprobemos primero el esfuerzo del abogado defensor para ensanchar el nudo corredizo del informe médico:

«Las particularidades constatadas en su temperamento y en su carácter están en los límites de las variaciones psicológicas individuales y no nos parecen de naturaleza capaz de modificar su responsabilidad».

 

El abogado Durand responde:

 

«Acepto la primera parte de la opinión así expresada por los expertos. El examen psiquiátrico y biológico no nos revela ninguna anomalía mental o psíquica. Pero me referiré a la consecuencia que se desprende de ello. Está en contradicción con la tesis que han desarrollado sobre la psicología de la pubertad. Si relaciono esta tesis con los principios generales del derecho penal, tengo que concluir necesariamente que Redureau no puede ser considerado plenamente responsable de sus actos.»

Más adelante añade el abogado Durand:

 

«El valor moral de un acto está subordinado al grado de libertad del que lo realiza.»

Cita estas frases del deán Villey:

 

«La libertad es la condición y la justificación de la responsabilidad del hombre. Y no entendemos por ello una posibilidad física de actuar en un sentido o en otro; los animales tienen esta libertad y no se nos ocurre pedirles cuenta de sus actos. Entendemos una libertad inteligente y razonada. De modo que dos condiciones forman la base de la imputabilidad penal; la inteligencia, en el sentido de razón moral que da la noción de bien y de mal; la voluntad libre o libertad, que permite elegir entre el bien y el mal. “Sin libertad, no existe responsabilidad”, dice por su parte el profesor Saleilles; y, precisando lo que debe entenderse por libertad, dice: “La libertad es un estado, el estado del hombre en pleno dominio de sí mismo”. El hombre no es responsable cuando se halla en estado de demencia; en ese caso, le faltan la inteligencia y la libertad. Entonces no existe ni crimen ni delito, dice el artículo 64 del Código Penal. El Código de 1810 no admitía que pudiera existir responsabilidad fuera de los casos de enfermedad mental, es decir fuera de lo que los médicos llaman estados patológicos. Pero la ciencia penal ha progresado y nuestro propio Código ha cambiado. Ha escapado de esa concepción estrecha. Estos son, señores, sus antepasados, éste es el tribunal francés



 

 

 

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que, por sus veredictos, forzó al poder legislativo a atenuar los rigores del Código. El Código Penal de 1810 no admitía ninguna atenuación a la responsabilidad fuera de la demencia. No conocía las circunstancias atenuantes. Ahora bien, el jurado tenía con frecuencia frente a sí a un hombre que se defendía poniendo al desnudo todas las circunstancias de su vida, todos los arrebatos que había sufrido, todas las perturbaciones que podían haberle cegado: el jurado era plenamente consciente de que, incluso fuera de la locura, podían darse grados dentro de la libertad. Al no poder dosificar, por decirlo así, la responsabilidad, indultaba pura y simplemente. Es entonces cuando, por dos veces en 1824 y en 1832, el legislador, cediendo a las tendencias del jurado, introduce las circunstancias atenuantes. “La prueba judicial, dice Saleilles —de quien acabo de apropiarme casi palabra por palabra el razonamiento precedente

 

— la prueba judicial debe alcanzar desde ahora no sólo los estados de diagnóstico patológico, lo cual es una cuestión relativamente simple y de pura comprobación médica, sino también una cuestión de psicología moral, la cuestión de saber si el acto (concreto) ha sido realizado en estado de libertad moral”.»

Más adelante, deseoso de instruir a los jurados sobre las consecuencias que sus respuestas supondrán para el acusado, el abogado Durand añadió lo que motivaría mis reflexiones precedentes:

 

«Independientemente de la específica cuestión del discernimiento, a la que volveré más adelante, se plantearán, señores, dos preguntas referentes a cada una de las siete víctimas, una principal y otra accesoria: “¿Redureau deseó voluntariamente dar la muerte?…” Responderán afirmativamente. La accesoria se propondrá a partir de las circunstancias agravantes. “¿No será la misma en el caso Mabit que en el caso de los otros seis?”

 

»La circunstancia agravante señalada en el caso del padre es: “¿Precedió, acompañó o siguió el homicidio a los otros crímenes?”.

»Les ruego, señores, que contesten negativamente a esta pregunta y les diré por qué: es cierto que materialmente la muerte de Mabit ha acompañado, precedido la muerte de las otras seis víctimas. Pero esta circunstancia, puramente material, es insuficiente para constituir la agravación prevista por la ley. La circunstancia a la que el fiscal ha querido alcanzar es la simultaneidad moral, o sea el hecho de que un crimen ha sido perpetrado con el fin de facilitar el cumplimiento de otro crimen. Para que la circunstancia agravante exista, es necesario que los



 

 

 

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dos crímenes hayan sido concebidos con un mismo objeto. Es lo que nuestro ilustre compatriota, Faustin Hélie, enseña en su Teoría del Código Penal (T. 3 n.º 13.047): “En general, dice, los dos crímenes no deben ser considerados simultáneos más que cuando son la ejecución de un mismo objeto, la continuidad de una misma acción y son cometidos al mismo tiempo y en el mismo lugar”. Ahora bien, no cabe duda que, en el momento en que golpeó a Mabit, Redureau no pensaba en hacer otras víctimas.

 

»Así pues, responderán negativamente a esta pregunta accesoria».

 

Es lo que no han hecho los jurados.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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V

 

 

 

 

 

A manera de conclusion, citemos finalmente este apéndice del informe médico:

 

«Después de dos audiencias que no aportaron al proceso ninguna nueva luz, habiendo lanzado el jurado un veredicto afirmativo a todas las preguntas, Redureau fue condenado por la Corte a la máxima pena que podía comportar su edad, es decir, a veinte años de prisión.

»Durante los debates, hundido en su banco, cabizbajo, el semblante triste, su actitud fue la de un niño que ha cometido un error y espera una severa corrección. Sólo la declaración del testigo Ch…, que tendía a establecer la premeditación, provocó en él nuevas y formales negativas[17]. Lloró cuando su tío se presentó ante el tribunal para hacer su declaración. También derramó algunas lágrimas durante la requisitoria y durante la defensa de su abogado. En definitiva, no se comportó jamás como el héroe precoz de los tribunales.

 

»Durante los meses de prevención que Redureau pasó en la enfermería de la Prisión de Nantes, no dio lugar a ninguna observación digna de señalarse. El jefe guardián de la prisión hizo una declaración que el periódico Le Phare reprodujo así: “El testigo ha señalado que Redureau es esquivo, socarrón, que se mantiene siempre en guardia y no responde más que por monosílabos. Duerme bien, come bien; no parece asustado por su caso. No puede decir si el acusado ha lamentado su acto, pero supo que Redureau lloró una vez después de haber visto a su abogado”. Redureau no lloró una sola vez: lloraba cuando recibía la visita de su madre; lloró muchas veces delante de nosotros, cuando le evocábamos el recuerdo de sus víctimas. Al día siguiente de su condena, lloró largo tiempo, con sentidas lágrimas, como un niño; y, una vez secas las lágrimas, se le vio volver, poco a poco, a la movilidad de sentimientos y a la despreocupación del niño al que todo divierte, que ríe por nada y que está por entero bajo las influencias del mundo exterior. Sólo el recuerdo de su familia le devolvía por un momento a la realidad y le hacía verter alguna lágrima. Por cierto, gracias a la amabilidad del señor Abel Durand, el distinguido



 

 

 

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abogado que se encargó de la defensa, podemos transcribir aquí una carta[18] que escribió a sus padres al día siguiente del proceso, carta que nos parece de las más características:

 

Queridos padres,

 

Os escribo para deciros que ha pasado el gran día aunque desgraciadamente sin buenos resultados y como ya sabéis, estoy condenado a veinte largos años de prisión en una colonia penitenciaria y como veis queridos padres la muerte vendrá a llevarnos antes de volvernos a ver por eso tenéis que venir a buscar mis cosas pues se perderían y cuando vengáis venid el sábado y el martes porque los demás días está prohibido ver a los condenados fuera del martes y del sábado.

No dejéis de darme vuestra dirección cuando os hayáis marchado de la región donde estábamos tan bien antes del día fatal del 30 de septiembre en que cometí el horrible crimen que me ha alejado para siempre de un padre tan bueno y de una madre tan buena y de unos hermanos y hermanas tan buenos a los que no volveré a ver y mi abuelo a quien tanto quería ya no volveré a verlo y Clémentine y Berthe a quienes quería tanto y Jean que está en Argelia él que era tan bueno conmigo qué vergüenza para todos vosotros que no tenéis ninguna culpa. Me diréis si Marie está siempre en T… porque sus compañeras deben hablarle de mí si todavía está allí y no deben ya mirarla y sin embargo no es la culpable.

Acabo de enterarme por mi abogado que papá está muy enfermo por tener que marchar de la región espero que curará pronto para alejarse de este país de desgracia que era tan hermoso antes de este crimen de un joven tan miserable como yo.

No creo que estaré mucho tiempo en Nantes cuando esté en otro lugar os daré la dirección para que pueda recibir noticias vuestras pues me sería muy duro no recibirlas. Contestadme dándome noticias de mi querido padre que llora a su hijo condenado a no volverlo a ver jamás, espero que pronto esté curado y que se anime y dadme noticias del abuelo que debe haber envejecido.

Vuestro hijo que piensa en lo que ha hecho y que llora al pensar en un crimen tan horrible que os ha causado dolor y vergüenza para el resto de vuestra vida así como la de mis buenos hermanos y hermanas que llorarán siempre un crimen tan grande hecho por su joven hermano prisionero para siempre.



 

 

 

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Vuestro hijo que abraza llorando a sus buenos padres que están alejados de él para siempre.

 

Marcel Redureau.

 

»Por su mezcla de ingenuas preocupaciones y sentimientos sinceros, esta carta constituye un documento psicológico que parece confirmar enteramente nuestra forma de apreciar la mentalidad de su autor y que nos dispensa de mayores comentarios.»

 

 

 

«Después de la condena, me escribe el señor Gaëtan Rondeau, mi muy amable corresponsal, las relaciones de Marcel Redureau con su abogado no terminaron. Éste permanecía angustiado por el misterio psicológico que, tras un examen cuidadoso del informe, no había logrado elucidar. Después del veredicto, Marcel Redureau dio prueba hasta su muerte de sentimientos edificantes y su defensor no pudo evitar sentir por él, hasta el final, una simpatía análoga a la que Mauriac siente por sus héroes “criminales”. Marcel Redureau murió tuberculoso en la colonia correccional de X…, hacia febrero de 1916. Pocas semanas antes, su abogado defensor había recibido de él una conmovedora carta de despedida. Su conducta en la colonia había siempre causado satisfacción».



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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ANDRÉ GIDE (París, 1869 - 1951) es uno de los autores esenciales de la literatura francesa del siglo XX y uno de los más controvertidos. Galardonado con el Premio Nobel en 1947, su obra abarca la novela, el teatro, la poesía y la crítica. Sus títulos más famosos son: Los alimentos terrestres (1897), El inmoral (1902), La puerta estrecha (1909), Isabel (1911), La sinfonía pastoral (1919), El retorno del hijo pródigo (1907), Prometeo mal encadenado (1899), Los sótanos del Vaticano (1914), Los monederos falsos (1929), Corydon (1923), Si la semilla muere (1926). Producto de sus viajes son: Viaje al Congo (1928), El regreso del Chad (1928) y Vuelta de Rusia (1936), donde expresó su desagrado por el régimen estalinista. Entre su obra crítica destacan: Pretextos (1903), Nuevos pretextos (1919), Dostoievsky (1923), Ensayos sobre Montaigne (1929), Entrevistas imaginarias (1943) y Literatura de compromiso

 

(1950). Su Diario (1885-1949) fue publicado en 1950.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Notas

 

 

 

 

 

 

 

[1] André Gide, designado como jurado, se sentó del 13 al 25 de mayo de 1912, en la Audiencia de Rouen. Sus impresiones le impulsaron a escribir sus Souvenirs de la Cour d’Assises<<

 

 

 

[2]  Págs. 1016-7 del Journal, 1889-1939. «Bibliothèque de la Pléiade». París, 1939. <<

 

 

[3]   Texto correspondiente al prefacio de Gide que reproducimos a continuación y que insertó al frente del caso Redureau. <<

 

[4] Se trata de la colección «Ne jugez pas», publicada bajo la dirección de André Gide, cuyo primer volumen apareció en 1930 en Editions Gallimard. N. del Ed. <<

 

 

[5]  El otro caso tratado por Gide es el de «La secuestrada de Poitiers», publicado ya por nosotros en la misma colección. N. del Ed. <<

 

 

[6] Tratándose del arma de la que se sirvió Redureau, las heridas no podían ser leves. Esta arma «parecida más a una guadaña o a un hacha» que a un cuchillo, tenía un corte tal que fácilmente se explica la profundidad de las heridas. Evidentemente, Redureau había perdido toda su sangre fría y golpeaba como un sordo. En un principio consideré una prueba de su inconciencia momentánea el hecho de que fue precisamente al matar la víctima más tierna, que era la que menos resistencia podía oponerle, cuando su arma se rompió; pero reflexionando, me doy cuenta de que el largo mango de la podadera de uvas pudo estrellarse contra un trozo de hierro o de madera de la cuna en la que sin duda descansaba el niño de dos años. <<

 

[7]       Los médicos legistas no comparten el escepticismo del señor Procurador. Sobre este punto (la tentativa de suicidio) como sobre los demás, Redureau —que no busca en modo alguno atenuar su culpabilidad

 

— les parece completamente sincero.

 

Observemos, del mismo modo, que Redureau, realizadas sus muertes, no pensó ni por un momento en tomar del armario el dinero que seguramente se encontraba allí y que tal vez le habría servido para huir. Ni por un sólo instante tuvo la intención de fugarse. <<

 

 

[8] N.R.F.: «Nouvelle Revue Française». Editions Gallimard. N. del Ed. <<

 

 

[9]  También es digno de tenerse en cuenta la inexactitud de los diarios sobre este aspecto como sobre tantos otros: «Hoy, Redureau pretende que nunca hizo este comentario, pero numeraos testigos afirman lo contrario.» (Le Journal, marzo, 1914.) <<

 

[10] Todos los pasajes en cursiva están subrayados por mí. <<

 

 

 

[11]Otro rasgo de carácter que me asombra, que no se indica aquí, y que deseo recordar es el siguiente: Marcel Redureau sería, según algunos, miedoso; un miedo que tal vez podría reducirse a una excesiva «nerviosidad». <<

 

 

 

[12] Se trata nada menos que del periódico Le Temps (2 de octubre de 1913), no veo mejor ejemplo de los errores que pueden llevar a un individuo a la prisión. <<

 

 

 

[13] Le Phare de la Loire, 2 de octubre de 1913. <<

 

 

 

[14] Algunos testigos han insistido sobre esta disposición de Redureau al miedo y debo decir que ello me ha sorprendido. He podido observar, educando a un cachorro nervioso, cómo con la mayor naturalidad el miedo se transformó en él en maldad. El perro, que se sobresaltaba al menor ruido, se ponía al acto a la defensiva… No me cuesta creer pues que, en el caso de Redureau, fue el miedo lo que le hizo perder la cabeza. Si la embriología, como tan elocuentemente remarcó Agassiz (De la clarificación en zoología), contribuyó tanto a aclarar algunas relaciones, hasta entonces insospechadas, entre especies de animales aparentemente diferentes, creo que, de la misma forma, podría ser muy instructivo estudiar ciertas sensaciones en estado, por decirlo así, embrionario. Sin duda, el miedo es el embrión de la breve locura que condujo a Redureau hasta el crimen. Un sobrino mío, que se comportó heroicamente durante la guerra, está convencido de que es precisamente la sensación de miedo la que puede enloquecer a un soldado hasta el punto de hacerle cometer actos análogos al del joven Redera, actos que, en su caso, merecieron una medalla. <<

 

[15]Para pasar de una habitación a otra se alumbraba con la linterna del lagar que llevaba consigo, la lámpara que alumbraba al ama y a la sirvienta había sido derribada desde el principio del drama. <<

 

[16]   El abogado defensor, señor Durand, observa sin embargo: «Las vendimias se realizaron en períodos separados por intervalos de reposo, dirán los expertos. Es cierto. Pero ¿qué clase de intervalos? Si tomamos los datos aportados por los expertos y el señor Mabit, hermano de la víctima, he aquí lo que constatamos:

 

»Las vendimias comenzaron el miércoles de la 3.ª semana de septiembre. Se le dedicaron tres días de esa semana: miércoles, jueves y viernes, o sea, 17, 18 y 19 de septiembre. Entonces se produce una interrupción de algunos días, pero a la semana siguiente se reemprende el trabajo el martes y dura hasta el sábado inclusive. Se respeta el reposo dominical, el lunes comienzan las vendimias por la tarde. El martes 30 el sirviente estaba trabajando con su amo desde las 5 de la mañana, y todavía lo estaba a las diez y media de la noche.

 

»Así pues, ¿cuál era la duración de la jornada de trabajo?

 

»En casa de los Mabit el trabajo comenzaba a las 5 de la mañana. Sólo se interrumpía en las comidas. Se solía acabar hacia las diez de la noche.

 

 

»La ley limita a diez horas la jornada de trabajo para niños de su edad en los establecimientos industriales. Sus jornadas constaban de catorce a quince horas.

 

»No acuso a Mabit de haber sido un amo inhumano, actuaba según las costumbres de la región en que habitaba. Se las imponía a sí mismo. Pero es necesario decirlo todo: podía imponérselas a los jornaleros de 25 o 30 años; cometía un error cuando imponía el mismo régimen a un chiquillo de 15 años. Así pues, no contradigo a los expertos cuando, con la autoridad que les es propia, vienen a declarar que el trabajo de las vendimias no había producido en el acusado un estado de excitación nerviosa. Pero, al leer en su informe que la explicación de los actos cometidos por Redureau debe buscarse en una disposición particular a la irritabilidad, la fatiga me parece, sin duda, una de las cansas que pudo llevar hasta el extremo esa irritabilidad.» <<


 

[17]Conviene observar que durante la audiencia el abogado formuló contra este testigo hechos que inducían a considerarle como una variante del mitómano. (Es lo que hemos hecho observar ampliamente.) <<

 

[18] Hemos respetado la ortografía y la puntuación. <<

 



FIN

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