© Libro N° 14593. El Caso Del Inocente Niño Asesino. Gide, André. Emancipación. Diciembre 13 de 2025
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EL CASO DEL INOCENTE NIÑO
ASESINO
André Gide
El Caso Del
Inocente Niño Asesino
André Gide
Si usted escoge a
un niño, de unos quince años, bien domesticado, bien nutrido y mejor
recomendado, y se lo lleva a su casa, para que le sirva de criado, pueden
ocurrirle varias cosas: que a la larga no le guste el criadito y lo despache
sin contemplaciones; que el criadito, al crecer, se case con una de sus
preciosas hijas y se funda, así, una nueva rama de su ya bien cimentada y
respetada familia; que dicho criado aumente el clan familiar sin las
correspondientes legalizaciones previas. O que ese niño, ese tierno
adolescente, un día, porque sí, asesine a toda la familia, entera, por
completo, e, incluso, ¡qué horror!, a la compañera criada. El resultado son
siete personas muertas. Y un niño, dócil, calmo, reconocido como perfecto de
cuerpo y de espíritu, llevado ante un tribunal que ha de juzgarle por unos
crímenes que, indudablemente, ha cometido pero que no tienen ninguna
justificación. Porque, como se dice, mató a su padre sin causa justificada, y
esa falta de justificación es lo que a todo el mundo molesta más.
André Gide, vuelve
por sus fueros que no son los de esclarecer la justicia sino los de construir
un puzzle con todas las piezas posibles para intentar
encontrar la difícil justificación, ofreciéndonos este espeluznante dossier que
constituye L’affaire Redureau.
André Gide
El Caso Del
Inocente Niño Asesino
(El caso Redureau)
ePub r1.0
Titivillus 13.09.2025
Título
original: L’affaire Redureau
André Gide, 1969
Traducción:
Inmaculada Pantoja Mateu
En la Cubierta:
dibujo de Topor
Editor digital:
Titivillus
ePub base r2.1
Nota preliminar
El 15 de noviembre
de 1930, André Gide anota en su Diario la impresión que le ha
causado un juicio celebrado en Paris, al que asiste como espectador, en el que
el reo, un italiano acusado de robo, es castigado a cinco años de prisión. Lo
significativo es que Gide, después de dieciocho años de haber intervenido como
jurado en un tribunal[1] exclama irritado:
«Vuelvo a sentir la atroz angustia que me invadió en la Cour d'Assises de
Rouen. La implacable requisitoria del Ministerio Público hablando
en nombre de la sociedad, halagando los instintos conservadores de los jurados,
defensa de la propiedad —“¿dónde iríamos a parar, si…?”— me convierten en
anarquista»[2]. Creo que esa
rebelión, aunque momentánea y periódica de André Gide, explica su actitud
frente a esos affaires que le impulsan a reunir en lo que iba
a ser el libro Ne jugez pas. Precisa Gide[3] que no desea
agrupar procesos célebres sino casos no
necesariamente criminales «a dont les motifs restent mystérieux, échappent
aux règles de la psychologie traditionnelle, et déconcertent la justice humaine
qui, lorsqu’elle cherche à appliquer ici sa logique: Is fecit cui prodest, risque
de se laisser entraîner aux pires erreurs…». Lo que André Gide realiza no
es la construcción de una tesis, y menos todavía la conclusión de un veredicto,
sino la exposición de la dificultad humana de juzgar a los hombres desde el
punto de vista de una justicia establecida por la sociedad actual que, en
realidad, ha avanzado muy poco, dentro del proceso histórico, en el camino de
la administración judicial. Es esa actitud de Gide, recelosa, expectante,
testifical (aunque, a veces, los sofocos le impulsen a anarquizarse),
investigadora, la que le impulsa, asimismo, a establecer ese contundente ne
jugez pas, pequeña obra dentro de su más extensa, conocida y apreciada
labor literaria.
André Gide publica
en 1914 su Souvenirs de la Cour d’Assises. En 1930 funda en la
editorial N.R.F. la colección «Ne jugez pas», «preocupado por los problemas de
la justicia y la verdad». El primer dossier de la colección es este que hoy
publicamos L’Affaire Redureau y el
segundo La Séquestrée de Poitiers (los dos en 1930).
A La secuestrada de Poitiers, que publicamos en 1969 en esta misma
serie Cotidiana, y a su prólogo nos remitimos para
justificar la actitud investigadora de Gide. Estos dos dossiers, más los
correspondientes a Souvenirs de la Cour d’Assises y a Faits
divers, constituyen el volumen completo que, finalmente,
Gallimard ha editado en 1969 en París, y que Tusquets Editor, más adelante,
publicará íntegro en Ediciones de Bolsillo.
Ricardo Muñoz Suay
Prólogo
La colección que
les presentamos con este primer volumen[4] no consiste en una
recopilación de Procesos célebres. No nos interesan los «crímenes
perfectos», sino los «casos», no necesariamente criminales, cuyos motivos
permanecen en el misterio, escapan a las reglas de la psicología tradicional y
desconciertan a la justicia humana que, cuando intenta aplicar en ellos su
lógica is fecit cui prodest, tiene el peligro de caer en los
mayores errores. El Caso Redureau, por ejemplo, que exponemos aquí, nos muestra
un niño dócil y dulce, declarado como perfectamente sano de cuerpo y alma,
nacido de padres sanos y honestos que, sin que se llegue a comprender el por
qué, degüella de repente a siete personas. «Psicología normal», es decir no
patológica, declararon los médicos expertos. Pero los móviles de este acto
abominable no son ni la avaricia, ni la envidia, ni el odio, ni el amor
contrariado, ni nada que se pueda reconocer y catalogar
fácilmente.
Es cierto que todo
acto humano corresponde a un motivo; «acto gratuito» se da sólo en apariencia.
Sin embargo, nos vemos obligados a aceptar el hecho de que los conocimientos
actuales de la psicología no nos permiten comprenderlo todo y que, en el mapa del
alma humana, existen regiones inexploradas, terrae incognitae. La
presente exposición se propone atraer la atención sobre éstas y ayudar a
entrever mejor lo que únicamente se ha comenzado a sospechar.
Ofreceremos, sobre
los casos que expondremos[5], la máxima
información posible, con cuidado de no cansar al lector. Nuestro propósito no
consiste en distraer, sino en instruir. Nuestra postura ante los hechos no será
la del pintor o la del novelista sino la del naturalista. A menudo, un relato
resulta más emocionante que un sumario; pero, por nuestra parte no nos vamos a
preocupar del efecto. Presentaremos, interviniendo lo menos posible, una
documentación lo más auténtica posible; entendiendo por ello no una
interpretación, sino los testimonios directos.
Se trata de una
empresa cuyas dificultades no ignoramos. Los documentos de este género no
ofrecen tanta escasez como dificultad en conseguirlos. Del
mismo modo, hacemos una llamada a aquellos que se interesan en estas cuestiones
y pueden señalarnos o comunicamos otros casos importantes.
A. G.
I
El 30 de septiembre
de 1913, el joven Marcel Redureau, de quince años de edad, empleado al servicio
de los esposos Mabit, agricultores en Charente-Inférieure, asesinaba cruelmente
a toda la familia Mabit y a la sirvienta Marie Dugast: en total siete personas.
Recordemos, en
breves palabras, de qué se trata. Para ello, citaremos la parte del acta de
acusación que relata el crimen:
«El 1.º de octubre
de 1913, hacia las siete de la mañana, la señora Durant, casera en el
Bas-Briacé, que tenía por costumbre ir a casa del matrimonio Mabit, sus
vecinos, para aprovisionarse de leche, se sorprendió al encontrar la casa
silenciosa y cerrada.
»En el umbral de la
puerta se encontraba, lleno de lágrimas, vestido únicamente de una camisa, el
pequeño Pierre Mabit, de cuatro años de edad. Interrogado el niño, respondió
que su madre estaba en el interior de la casa, sangrando abundantemente, al igual
que su abuela.
»Como la señora
Durant sabía que la señora Mabit estaba en período de gravidez avanzada, pensó
que se trataba de un alumbramiento prematuro y se retiró discretamente. El
señor Gohaud, al enterarse de la conversación con el niño, se acercó a la casa
y, empujando los postigos entreabiertos de la ventana de la cocina, vio,
tendidos en el suelo y envueltos en un mar de sangre, los cuerpos inanimados de
la señora Mabit y de la sirvienta de ésta, Marie Dugast. Otro vecino, el señor
Aubron, acercándose a su vez, se unió a Gohaud y los dos hombres, penetrando en
la cocina, constataron que las víctimas tenían la garganta cortada. Sin
entretenerse en investigar qué les habría podido ocurrir a los otros habitantes
de la casa, Aubron se dirigió en bicicleta a la comisaría de Loroux-Bottereau.
Dos guardias de esta brigada se trasladaron inmediatamente al pueblo de
Bas-Briacé y entraron en la casa Mabit donde un espectáculo terrorífico se
ofreció a sus ojos. Descubrieron que en lugar de dos víctimas había siete y que
todos los miembros de la familia Mabit, con excepción del pequeño Pierre,
habían sido degollados, igual que Marie Dugast, la joven sirvienta.
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»Todos los cuerpos se hallaban horriblemente mutilados, evidenciándose
que el asesino, no contento con dar la muerte, se había encarnecido en sus
víctimas con tal saña que se hacía imposible contar los golpes atestados, tan
Cercanas unas de otras y tantas eran las Heridas.
»Sorprendidos los
policías de no encontrar en ninguna parte de la casa al criado del matrimonio
Mabit, Marcel Redureau, intentaron buscarlo y lo descubrieron en un pabellón
inhabitado, cerca del domicilio de sus padres, a quinientos metros de la casa
del crimen. Como llevaba la cara y la camisa ensangrentadas, fue arrestado y,
después de algunas vacilaciones, se confesó único autor de las muertes.
»Marcel Redureau
persistió, durante todo el informe, en las confesiones que había hecho a los
policías y precisó, en los diversos interrogatorios, sin ninguna emoción, las
circunstancias en las que había realizado sus horribles crímenes.
»El 30 de
septiembre, hacia las diez de la noche, Mabit y él trabajaban juntos en el
lagar. El patrón maniobraba la barra que accionaba la prensa, mientras que
Redureau, de pie en la plataforma, lo ayudaba en la tarea y secundaba sus
esfuerzos. Como el sirviente mostraba desgana por el trabajo, Mabit le hizo la
observación de que era un vago y que desde hacía días estaba descontento de él.
»Irritado Redureau
por la observación, bajó del lagar y, armándose de un bastón de madera, especie
de maza larga de unos cincuenta centímetros que encontró al alcance de la mano,
descargó varios golpes en la cabeza de su amo que, soltando la barra, se desplomó
lanzando gritos. Dándose cuenta de que aún vivía, Redureau tomó una enorme
cuchilla, que en el campo se conoce con el nombre de podadera de uvas y que no
se utiliza en las viñas sino para seccionar la masa de uvas que se acumula en
el lagar.
»El arma, cuyo
tamaño basta para comprender las enormes heridas que puede ocasionar, se
compone de una hoja muy afilada, redondeada en la extremidad; pesa alrededor de
dos kilos quinientos gramos, mide sesenta y cinco centímetros de largo y trece
de ancho y termina en un puño de madera de un metro de largo aproximadamente[6].
»Sirviéndose de
este instrumento, Redureau abrió la garganta de su amo que agonizaba y que no
tardó en expirar.
»El acusado afirma
que, perpetrado este primer crimen, tuvo la intención de huir, pero que, al
dirigirse a la cocina para dejar la linterna del lagar, se encontró con la
señora Mabit, ocupada en trabajos de costura con
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Marie Dugast, quien le preguntó qué hacía su marido. Temiendo que fuera
al lagar donde habría descubierto el cadáver, Redureau tomó la resolución de
suprimir a todos los testigos del crimen, para asegurar su impunidad. Sin
responder a la señora Mabit, y disponiéndose a ejecutar su idea, el inculpado
volvió al lagar; tomó la cuchilla ensangrentada que acababa de usar, volvió a
la cocina y asesinó a las dos mujeres.
»La abuela, ya sea
porque no durmiera o porque la despertara el drama que ocurría a pocos pasos de
ella, no pudo dejar de acudir en socorro de su nuera. Era necesario que ella
también desapareciera. Así, sin pérdida de tiempo, alumbrándose con la linterna,
el machete en la mano, Redureau se dirigió en seguida hacia ella y la mató.
»Quedaban tres
niños, cuyos gritos terroríficos podrían haber llamado la atención de los
vecinos. Todos fueron sacrificados; el niño de dos años, al parecer demasiado
joven para poder inquietar al criminal, no recibió mejor trato que los demás.
Redureau le pegó con tanta ferocidad que, según él mismo confesó, fue sobre la
cuna de esta última víctima donde rompió el mango del machete.
»El pequeño Pierre
Mabit que dormía en la cocina y que, tal vez aterrorizado, tal vez adormecido,
no había chillado, debe a esta circunstancia el no ser incluido en esta
monstruosa matanza.
»Redureau tomó la
precaución de devolver al lagar, donde fue encontrado al día siguiente, el
instrumento homicida del cual se había servido y, después de haber colocado
sobre el brocal del pozo del patio la linterna cubierta de manchas de sangre,
regresó a su habitación donde pasó el resto de la noche. Por la mañana, se
dirigió al domicilio de sus padres.
»Afirma haber
tenido remordimientos y la idea de ahogarse en una alberca que se hallaba
próxima; pero en todo caso, esta veleidad fue pasajera y podría sospecharse que
su única intención fuera la de mojar su calzado y la extremidad inferior de su
pantalon, para dar alguna verosimilitud a su intento de suicidio[7].
»El acusado
pertenece a una honorable familia numerosa. Hacía sólo unos meses que estaba al
servicio de los esposos Mabit. Inteligente, provisto del certificado de
estudios primarios, pasaba, a los ojos de algunos testigos, por ser poco
comunicativo y tener un carácter socarrón y rencoroso. Si se da crédito a un
tal Chiron que, habiéndole encontrado hacia mediados de julio, le felicitó por
haber entrado al servicio de los esposos Mabit, porque eran buena gente, Marcel
Redureau habría hecho
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este grave comentario que justificaría de sobras los acontecimientos: “A
mí, no me gustan, estaría bien matarlos; por mí, los mataría a todos; no
quedaría ni uno”.»
Hay que hacer
algunas observaciones con respecto a este único testigo de cargo. Las palabras
aportadas indicarían, si no precisamente una premeditación del crimen, por lo
menos una cierta disposición para cometerlo, que disminuiría en gran medida su
extrañeza. Hojeando atentamente las notas del proceso, que un lector de la
N.R.F.[8] ha tenido la
atención de facilitarme (ya quien expreso desde aquí mi sincero
reconocimiento), me ha parecido que este comentario es pura invención. Que el
Presidente del Tribunal pensara que su deber era hacerlo constar en acta, pase.
Pero, deseoso de apoyar convenientemente los testimonios favorables al señor
Chiron, el ministerio público cometió la monstruosidad de no citar ante el
jurado sino a los testigos favorables a dicho señor, olvidando a los demás,
actitud que no hubiera debido adoptar. Es preciso señalar que las diversas
personas favorables a Chiron, a quienes se dirigió la policía, son primero el
tocinero a quien el señor Chiron vendía sus cerdos; segundo el carnicero, con
quien el señor Chiron tenía negocios desde hacía bastante tiempo. Los demás
testigos, cuyo testimonio hubiera modificado en gran parte la opinión de los
jurados, habrían presentado al señor Chiron como un hombre tal vez honrado,
pero «jactancioso» e «imaginativo».
«El señor Chiron,
dijo uno de ellos, posee tal mentalidad que le lleva a explicar cosas
imaginarias. Gusta atribuirse un papel en los acontecimientos importantes de la
región». Así., respecto a cierta ley de 1898, que hizo época en esta región,
Chiron había llegado a sostener que gracias a él esta ley había sido votada.
Afirmaba que el documento que consignó el voto había sido redactado por él en
la encuesta. Respecto al crimen del 30 de septiembre de 1913, que también
debería marcar fecha en la historia local de Landreau, Chiron no pensó en
seguida en este comentario, y no lo mencionó o inventó sino hasta dos días
después. Primero, sólo emitió el juicio de que el crimen no pudo ser cometido
más que por un extranjero.
Añadamos lo
siguiente. Dije muy rápidamente que no habían sido convocados testigos
desfavorables a Chiron; me equivocaba. El señor Pierre Bertin, de cuyo
testimonio acerca de la «especial mentalidad» de Chiron he dado cuenta más
arriba, había sido citado por error. He aquí
Página 13
cómo: figuraban en la instrucción dos Pierre Bertin. Uno de ellos era un
testigo favorable, el único que el Procurador pretendía hacer oír. Cuando,
inopinadamente, apareció el otro Pierre Bertin, testimonio desfavorable, el
señor Chiron manifestó una gran contrariedad y una gran prisa por esquivarlo.
Que se me entienda;
que se me comprenda bien: no pretendo, en modo alguno, atenuar la atrocidad del
crimen de Redureau; pero cuando un caso es tan grave, se debe tener derecho a
esperar que la misma acusación se vea en el deber de presentar honradamente ante
la justicia todas las circunstancias, incluso aquéllas que podrían resultar
favorables al acusado. Especialmente cuando éste es un pobre niño, que no tiene
otros recursos que la ayuda de un abogado de oficio.
Si he insistido
ampliamente sobre este punto es también porque el interés psicológico del caso
Redureau desaparecería, en gran parte, si se probara que la idea del crimen
habitaba desde hacía tiempo la mente del joven asesino, como dio a entender
este comentario apócrifo. Es de señalar, por otra parte, que es el único punto
sobre el que protesta con vehemencia Redureau que, al mismo tiempo, hizo
confesiones completas reconociendo la exactitud de todo lo que se le acusa[9]. Pero él nunca
había hecho este comentario; antes de cometer el crimen, nunca había concebido
la idea de cometerlo.
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II
1.º El señor Henry
Barby escribió en Le Journal (sábado, 4 de octubre de 1913):
Nantes, 3 de
octubre (De nuestro enviado especial). — Les indicaba ayer, al final de mi
crónica, que se rehusaba a admitir aquí que una simple regañina del patrón
hubiera bastado, como declaraba Marcel Redureau, para hacer de él el asesino
brutalmente cruel de siete personas.
En efecto, no
existe en este chiquillo de quince años, ninguna tara hereditaria[10], ningún estigma de
degeneración de los que caracterizan al criminal nato. Marcel
Redureau es el cuarto de diez hijos, todos ellos
vigorosos, de buena salud y honrados como sus padres.
Estos, pequeños propietarios campesinos, a la vez cultivadores y
viñadores, viven del producto de sus cosechas. Su residencia se encuentra casi
a trescientos metros de la finca Mabit. Son estimados en la región y sus
niños no han recibido de ellos sino buenos consejos y buen ejemplo.
Su hijo,
Marcel-Joseph-René, cuyo espantoso crimen viene a sumirlos en la desesperación,
nació el 24 de junio de 1896. Tiene pues exactamente quince años y tres meses.
Tuvo una infancia sin historia y fue la misma que la de los mozalbetes criados
en el campo que, apenas llegados al uso de razón, van a ganarse la vida en otro
lugar para aligerar la carga de su familia.
El alcalde de
Landreau, señor de Boisgueheneuc, que le conocía bastante, no puede comprender
cómo ha cometido el crimen:
«Marcel, declara,
cuya familia vivía en excelentes relaciones con los Mabit, nunca había dado
lugar hasta ahora a observación alguna. Era, quizá, un poco nervioso, pero nada
más. Hoy se le califica de socarrón y solitario. Confieso que nadie
antes había reparado en ello. No bebía, en fin, nada hacía
suponer que fuera capaz de cometer tal crimen.»
Su antiguo maestro,
señor Béranger, habla del mismo modo:
«De inteligencia
media, dice, siempre se ha comportado bien. Era un buen alumno que me
causaba buena impresión. Cuando recibía una
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reprimenda, no se sublevaba nunca. Era un niño muy dócil».
A los once años,
Marcel obtuvo su certificado de estudios primarios y dejó la escuela. Sus
padres le buscaron una colocación. Algo joven para entrar en casa de extraños,
comenzó como pastor en casa de su tío, Louis Bouyer, agricultor en Bonnière, a
dos kilómetros de Landreau. Bastante prudente, ni perezoso ni
rencoroso, su tío lo tuvo durante tres años a su servicio y no hacía más que
felicitarse por ello.
Después de haber
trabajado durante diez meses con su familia, Marcel Redureau entró, en el
pasado mes de junio, como empleado en la finca Mabit, donde reemplazaba a su
hermano mayor que iba al servicio militar. Su salario anual era de trescientos
sesenta francos.
«Era tan
miedoso, declara su padre, que no se atrevía a salir de noche».
¿Qué pasó durante
esos tres últimos meses para que, de tímido, de dulce, de pusilánime, se
convirtiera en un salvaje, sediento de sangre?
Desde el
descubrimiento del crimen, se pensó en el robo como móvil. El domingo anterior,
el señor Mabit había guardado en la caja tres mil francos, producto de la venta
de una parte de la vendimia. La suma, que se hallaba cerca del asesino, fue
encontrada, sin embargo, intacta. Marcel ha matado pues (!)
por venganza.
Ahora que la visión
terrorífica del crimen comienza a borrarse, la gente habla y las lenguas se
desatan tanto en Landreau como en el pueblo de Bas-Briacé y de estos chismes se
desprende una versión inesperada.
Marcel Redureau no
había permanecido insensible a los nacientes encantos de Marie Dugast, la joven
sirvienta de los granjeros. Como él, Marie estaba al servicio de los esposos
Mabit desde hacía tres meses.
Ahora bien, se dice
en el pueblo que, en el día del crimen, Marcel Redureau había intentado abusar
de la joven sirvienta que, como él, tenía quince años y que su acción le había
valido una dura reprimenda de la señora Mabit. El granjero había añadido severas
amonestaciones iguales a las de su mujer. Pero ¿fue exactamente así?
Sea lo que sea,
tiene la palabra la investigación judicial. El señor Mallet, Juez de
instrucción, encargado de instruir el crimen, ha escrito al decano del Colegio
de abogados de Nantes rogándole que designe a un abogado para asistir a Marcel
Redureau. El decano ha designado al señor Abel Durand.
Página 16
(Le Journal,
sábado 4 de octubre de 1913).
2.° El corresponsal
de Le Temps escribe a su diario:
Los funerales de
las víctimas de Landreau se celebraron ayer a las tres, en medio de una
numerosa asistencia. El juez de paz ha sellado la casa fúnebre.
El alcalde de
Landreau ha declarado que conocía bastante a Redureau y que nada
indicaba en este muchacho tal predisposición. No era socarrón ni solitario como
ahora se pretendía. Tenía amigos. No bebía.
Sin embargo, desde
hacía algún tiempo, había sido objeto de algunas observaciones por parte de su
patrón. Tal vez dichas observaciones le irritaron hasta el punto de hacerle
perder la cabeza.
Por otra parte, el
antiguo maestro de Redureau declara que éste, aunque de inteligencia
media, era un buen alumno, que le satisfacía. Obtuvo con éxito el
certificado de estudios primarios. El maestro también se ha sorprendido ante la
noticia del crimen.
Los médicos
legistas declaran que rara vez se han encontrado con tal ensañamiento. Es
imposible clasificar, en algunos de los cadáveres, la clase y el número de los
golpes. Redureau debió golpear cincuenta o sesenta veces a cada una de las
siete personas que mató.
El arma de la que
se ha servido es una podadera de uvas que mide unos cincuenta centímetros. El
mango es más largo que la hoja. La hoja es curva como un sable turco y recuerda
un yatagán.
El asesino ha
pasado una noche bastante tranquila en la prisión de Nantes. Al no tener
todavía defensor, probablemente no será interrogado antes del lunes.
(Le Temps, 4
de octubre de 1913).
3.º Le
Temps publica también la siguiente información:
Nuestro
corresponsal de Nantes nos escribe:
Página 17
El decano del
Colegio de abogados ha designado, al señor Abel Durand como defensor de Marcel
Redureau. Redureau se beneficia de la aplicación de los artículos 66 y 67 del
Código Penal, que dicen:
Art. 66. — Si el
acusado tiene menos de dieciséis años y si se decide que ha actuado sin
discernimiento, será absuelto, pero, según las circunstancias, será devuelto a
sus padres o internado en un correccional para ser educado y detenido durante
un plazo de tiempo que excederá a sus veinte años.
Art. 67. — Si, por
el contrario, el acusado ha actuado con discernimiento, es necesario distinguir
según la pena que le corresponde. Si es la pena de muerte, o la de trabajos
forzados a perpetuidad, será condenado a la pena de diez a veinte años de prisión
en un correccional. Si merece la pena a trabajos forzados por un tiempo o la
reclusión, será condenado a un encierro en un correccional por un tiempo igual,
como mínimo, al tercio y, como máximo, a la mitad del tiempo al que podía haber
sido condenado.
De este modo, la
pena más fuerte que podría caer al criminal de Landreau es la de veinte años de
prisión.
Los móviles
examinados desde que se cometió el crimen se esfuman uno a uno. Se había pensado
en el robo, porque el patrón de Redureau había recibido el domingo anterior dos
mil francos, producto de la venta de su vino. El dinero ha sido
encontrado intacto. Así pues se descarta esa hipótesis. La idea de
un crimen pasional no parece que deba ser sostenida. Queda la venganza, el
resentimiento de Redureau contra su patrón que le habría tratado duramente.
Parece ser que el Juez de instrucción dirigirá en esta dirección sus
investigaciones.
Mientras tanto, el
prisionero sigue mostrándose tranquilo, aparentemente inconsciente del horrible
crimen del que es autor. Come y duerme bien y no parece obsesionado por
el remordimiento. El viernes por la tarde recibió la visita de
su abogado con el que mantuvo una larga entrevista.
(Le Temps, 5
de octubre 1913).
Página 18
III. Informe
de los médicos legistas
Ahora cedo la
palabra a los médicos legistas (A. Cullerre y Desclaux). Su relación es tan
importante que, creo, nadie verá inconveniente en que la cite casi por entero:
«Lo que caracteriza
este horrible drama es que su origen no se parece en nada a las características
etiológicas habituales de la criminalidad juvenil. No se trata de herencia o de
influencia del ambiente: su autor no tiene antecedentes hereditarios que constituyan
taras. Ha sido educado en un ambiente intachable y no ha recibido más que
buenos principios y ejemplos. No es tampoco la consecuencia de una tara
regresiva tan frecuente en los jóvenes criminales, maleficencia instintiva,
anestesia psíquica, ausencia de sentido moral: efectivamente, nada en las
anamnésticas del joven asesino autoriza esta hipótesis. Es de señalar que
ninguna de las personas de su ambiente o que le han visto crecer lo han
presentado ante la audiencia como a un niño mentalmente tarado. Todos los que
le conocen o le han tratado concuerdan en decir que es muy inteligente, buen
trabajador y que no tenía vicio alguno. Sin embargo, existe un punto cuya
importancia debe señalarse: los testigos le reconocen, casi por unanimidad, un
carácter introvertido, un tanto difícil y socarrón[11].
»Sin embargo no es
un degenerado en el sentido somático de la palabra, a pesar de las
descripciones fantasiosas que se han podido leer en algunos periódicos que han
dado cuenta del proceso. “Este chiquillo, dice uno de ellos, es casi un niño
cuyo desarrollo físico no se ha producido por completo. Si la balaustrada que
separa el banquillo de los acusados del tribunal no fuera calada, no se le
vería cuando está sentado, y cuando está de pie no mide más que una bota”.
Ahora bien, la talla de Redureau es de 1 m. 584, sobrepasando la media de
Quételet en cinco centímetros respecto a los jóvenes de dieciséis años. El
mismo periódico continúa así: “La cabeza es voluminosa y sus cabellos rubios
forman mechas que caen sobre una frente pequeña y abombada. Su perfil, con la
nariz recta y una boca
Página 19
bastante hendida, es huidizo”[12]. Ninguno de estos
detalles es exacto y responde a la realidad. La frente no es ni pequeña ni
particularmente abombada, mucho menos huidiza. La cabeza y la cara tienen, en
conjunto, una conformación muy regular; en él no se descubre el menor estigma
de Morel. Mismo error acerca de las orejas que el periódico declara “enormes”.
Estas tienen, respecto a la ficha antropométrica, una altura de 6 cm. 8; son
absolutamente simétricas, bien proporcionadas, bien ribeteadas, sin despegarse
del cráneo. La única particularidad que presentan es la presencia del tubérculo
de Darwin que, sin duda, es una excepción pero no una anomalía.
»Otro periódico se
aproxima más a la verdad cuando hace del asesino el retrato siguiente: “Rubio,
muy rubio, con ojos azules, parece más bien un buen chico; está lejos de tener
un semblante tosco como el que se atribuye de costumbre a los asesinos[13]”.
»Ese joven es
introvertido y socarrón: es todo lo que se ha podido encontrar para explicar el
crimen. Antes de aquel día, a nadie se le ocurrió incriminar su carácter. Sus
familiares no le han conocido nunca este aspecto; el maestro que le dio clases
durante seis años, tampoco.
»La fogosidad
propia de los años climatéricos de la adolescencia, el formidable instrumento
de muerte que en esta región se llama podador de uvas, algo de
guadaña y algo de hacha y que el joven encontró al alcance de la
mano, tales son, sin duda, las circunstancias determinantes de esta deplorable
matanza.
»El crimen
realizado por el joven Redureau es uno de los más espantosos que se pueda
imaginar. El 30 de septiembre de 1913, hacia las dieciocho treinta de la noche,
mientras trabajaba en el lagar con su patrón, al hacerle éste algún reproche,
lo golpeó con un pilón y luego lo degolló con el podador de uvas. Después,
volvió a la vivienda donde, uno tras otro, mató de la misma forma a la señora
Mabit, a su sirvienta, a su suegra y a tres de sus hijos, encarnizándose con
sus víctimas con inaudita violencia. No insistiremos más sobre la descripción
detallada del drama cuyas circunstancias estudiaremos más adelante.
»Hemos recogido de
los mismos familiares del acusado los siguientes datos sobre sus antecedentes
hereditarios y personales:
»No hubo entre los
ascendentes directos, ni entre los antepasados, ni en las ramas colaterales,
ninguna afección vesánica o convulsiva. No
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existe tampoco entre ellos tipos originales, individuos extraños ni
alcohólicos.
»El padre y la
madre gozan de buena salud y son de constitución robusta. No han tenido ninguna
afección grave que haya afectado su constitución física o sus funciones
cerebrales.
»Han tenido once
hijos, de los cuales viven diez, seis varones y cuatro hijas. La mayor es una
chica de veintiún años y la más joven de veinte meses. El tercero, un varón,
murió cuatro días después de su nacimiento. El inculpado es el quinto por orden
de nacimiento. Los embarazos y los alumbramientos de la madre han sido
normales. Ninguno de los niños ha padecido enfermedades graves, ya sean de tipo
general, ya sean de las que perjudican al sistema nervioso o a las funciones
cerebrales. Todos son robustos y su salud nunca ha motivado preocupación
alguna.
»Con excepción de
algunas pequeñas indisposiciones propias de la infancia, Marcel, el inculpado,
no ha tenido otra enfermedad que una crisis reumática en septiembre de 1912;
cuando estaba al servicio del señor B…, fue preso de fiebre y dolores en las
articulaciones, principalmente en las rodillas que, sin embargo, no se
hincharon. Sólo estuvo ocho días enfermo y se reincorporó al trabajo quince
días después del comienzo de la enfermedad.
»Es inteligente y
ha recibido el certificado de estudios primarios. Nunca nadie se ha lamentado
de él por ningún motivo; ni sus patrones, ni sus compañeros, ni la gente de la
región. Nunca ha mostrado malos instintos. No es agresivo nunca ha sido cruel con
los animales.
»Los familiares
reconocen que es un tanto nervioso, vivo, travieso, pero sin mala intención. Es
temeroso en el sentido general de la palabra[14]. Sobre este punto,
así como sobre su carácter, no pueden precisar más. Marcel no se sentía atraído
por la disipación, no bebía y empleaba sus días de descanso en jugar con sus
compañeros. No han constatado que tuviera un gusto inmoderado por la lectura.
Había pasado con ellos el domingo anterior y no habían observado nada insólito
en él. Nunca se había lamentado entre ellos de su patrón Mabit. El crimen les
ha sorprendido mucho y no saben cómo explicarlo.
»Si relacionamos
estos datos con los que encontramos en el expediente del proceso y que emanan
de las autoridades o de los testigos interrogados por la instrucción,
constatamos que no difieren en ningún punto capital.
Página 21
»El juez de Loroux-Bottereau, en el informe que redactó sobre el
inculpado, declara que no se le conoce defecto esencial alguno, pero que posee
un carácter “algo nervioso, a veces socarrón”.
»El maestro que le
educó ha declarado: “Marcel Redureau tenía una inteligencia un poco superior a
la media, era buen alumno y fue pocas veces castigado. Mientras frecuentaba la
escuela, no dio lugar a ninguna queja. Tenía bastante buen carácter y no parecía
ser socarrón. Tenía buena conducta. No dio lugar a observación desfavorable
alguna en cuanto a la rectitud y a la moral”.
»Ninguna
declaración de los testigos diverge de la del maestro, salvo en un punto: el
carácter.
»El testigo Br…, su
tío, que lo tuvo a su servicio de los once a los catorce años, nunca se lamentó
de él, aunque fuera poco conversador y tuviera un carácter socarrón.
»El testimonio C…,
vecino del anterior, que conoció bien a Marcel, ha declarado que su conducta
era buena y que era buen trabajador, pese a su carácter “muy introvertido” y a
que con frecuencia no respondiera cuando se le dirigía la palabra.
»El testigo Br…,
que le tuvo a su servicio, le declara muy inteligente, pero le encuentra “un
carácter socarrón, muy independiente”.
»Todos los demás
testigos insisten sobre esta particularidad del carácter del acusado, pero
nadie hace observaciones desfavorables sobre sus tendencias y su moralidad.
»La señora Br…,
esposa del testigo precedente, no ha formulado ninguna observación desfavorable
sobre su carácter, su trabajo o su conducta y no se dio cuenta de que fuera
violento.
»Una de las
declaraciones, si es verídica, señala con mayor evidencia los defectos del
carácter de Marcel Redureau: es la del testigo Ch… Al encontrarse con el
inculpado hacia mediados de julio y al saber que estaba empleado en casa de los
Mabit, le felicitó diciéndole que eran buena gente. El acusado habría
respondido: “A mí, no me gustan; sería bueno matarlos; por mí, los mataría a
todos; no dejaría ni uno”. El testigo añade que Redureau “hablaba con un tono
muy duro y parecía encontrarse bajo la tensión de una contrariedad”. Este
comentario, hecho bajo la influencia de una irritación, indicaría sin duda un
humor violento y vengativo. Sin embargo, no debemos olvidar que el acusado
niega enérgicamente este comentario.
Página 22
»En suma, la única observación que se ha formulado sobre la mentalidad
de Redureau se refiere a su carácter. Y tampoco hay unanimidad sobre este
punto. Sin embargo, el maestro, persona ideal para apreciar el carácter de un
niño que ha podido estudiar durante cinco o seis años, no ha observado que
fuera socarrón; también su padre rehúsa reconocer “que fuera socarrón y
rencoroso”.
»La señora Br…, uno
de los testigos anteriormente citados, observó que leía mucho, sin poder decir
qué clase de lecturas eran. El testigo J…, en su declaración: “Me entero sólo
hoy de que se dedicaba a malas lecturas”, no era sin duda más que el eco del testigo
precedente. Hemos podido comprobar que esta particularidad no tenía por qué
llamar nuestra atención y que las lecturas de Redureau se limitaban a un diario
regional y al almanaque. Precisamente no ha leído nunca esas novelas populares
cuya materia favorita se compone de historias de crímenes y de asesinatos.
»Redureau tenía
quince años y cuatro meses el día que cometió las muertes de las que se le
acusa. Es un muchacho que mide 1 m. 584, con buen aspecto, de apariencia
normal, sin patentes signos de degeneración. No posee ninguna deformación en el
cráneo ni en la bóveda palatina. Las orejas están bien conformadas. El corazón
y los pulmones están sanos; el hígado y el bazo son de proporciones normales.
El sistema muscular está bastante bien desarrollado; la movilidad, en general,
no presenta ningún desorden. La sensibilidad general, bajo sus diferentes
aspectos, tacto, dolor, calor, frío, es sana. Los órganos de los sentidos no
presentan ninguna anomalía; no tiene alterado el sentido de los colores. Los
reflejos, examinados según el método clínico habitual, responden al estado
fisiológico.
»Su actitud ante
nosotros es la de un niño asustado. Apenas se logra hacerle levantar los ojos.
Habla en voz baja y casi únicamente por monosílabos; pero, insistiendo, se
consiguen respuestas más explícitas. El personal del correccional no ha
observado en él durante su larga detención, nada insólito desde el punto de
vista mental, a no ser que adopta fácilmente una actitud huraña y huidiza
cuando se le hace alguna observación. Participa en la vida común y se ajusta a
las normas como los demás detenidos.
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»Su sensibilidad moral no está alterada. Se pone a llorar cuando se
evoca el recuerdo de su madre o el de uno de sus hermanos que acaba de marchar
a Argelia para hacer el servicio militar. Respecto a los actos que ha cometido,
expresa sentimientos de pesar que parecen sinceros. Veremos más tarde cómo no
ignora el remordimiento.
»Responde con
pertinencia a todas las preguntas que le hacemos. Tiene buena orientación del
tiempo y del espacio. En sus conversaciones da muestras de inteligencia y de
buenos conocimientos primarios relativos a historia, geografía, gramática y
cálculo. Todas las respuestas que nos da de su vida pasada, de sus amos, de su
trabajo, de sus salarios, son exactas o plausibles.
»Nunca se ha
excedido en la bebida y nunca ha estado metido en peleas, de manera que no se
puede decir cómo se comportaría si se embriagara por casualidad. Frecuentaba
los chicos de su edad y se citaba con ellos el domingo para jugar a las cartas;
las ganancias o las pérdidas no pasaban de diez céntimos. No iba al cabaret.
»No frecuentaba
chicas y nunca tuvo relaciones sexuales. Era compañero de la joven sirvienta de
sus amos, pero no había sentido por ella sentimiento particular alguno y nunca
la había cortejado.
»Nunca había
sentido preocupaciones emotivas y no había tenido obsesiones ni ideas fijas.
Cualesquiera que sean nuestras preguntas en este orden de ideas, no obtenemos
más que respuestas negativas.
»Sin embargo,
particularidad ya señalada por su padre, reconoce que es miedoso. Por la noche,
teme la oscuridad y no sabe si sería capaz de ir de noche a hacer un recado
lejos de su casa. Si se lo hubieran ordenado, “no habría querido ir”. Se trata
de una impresión vaga, indefinida, que no tiene nada de electivo ni de
sistematizado, ni responde a lo que se designa en psiquiatría con el nombre
de fobia. No cree en fantasmas, no tendría miedo de pasar cerca de
un cementerio, no teme a los brujos y no admite que puedan existir en su
región. En una palabra, es pura y simplemente miedoso, de una forma tal vez
excesiva para un chico de su edad, pero si esto es un signo de nerviosidad no
es un signo pertinente de la patología.
»Interrogado acerca
de sus sentimientos hacia su amo y su familia, declara formalmente no haber
tenido que lamentarse jamás de ellos ni albergado sentimientos de rencor o de
aversión. Se entendía bien con el ama y la joven sirvienta. Únicamente, desde
la vendimia, el patrón hablaba algunas veces fuerte y lo insultaba. Niega
formalmente la charla que le
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atribuye el testigo Ch…, por la cual resultaría que desde hacía tiempo
guardaba resentimiento y forjaba ideas de venganza contra ellos.
»Insistimos mucho
para saber si, en el día del crimen, había hecho algún exceso inusitado de
vino, para sostener sus fuerzas. Se deduce de sus respuestas, provocadas en
varias ocasiones y siempre invariables, que no tomó vino más que en las horas
acostumbradas de las comidas y en cantidad normal, como dos vasos cada vez; era
vino tinto. Únicamente antes de cenar, bebió con su amo dos sorbos de vino
blanco embotellado. Esta declaración concuerda con los datos facilitados por la
instrucción. Se ha encontrado en efecto en la bodega una botella de vino blanco
en la que faltaba un tercio de su contenido. Eso lo confirma, y creemos que la
declaración puede tomarse por exacta y que no estaba bajo el efecto del alcohol
en el momento del drama.
»En lo que
concierne al crimen, sus explicaciones son invariables. Su patrón Mabit y él
hacían funcionar la prensa. Mabit estaba en la barra y Redureau en la
plataforma para reparar un tornillo. Como no hacía con suficiente rapidez el
trabajo encomendado, el patrón le hizo una escena, gritándole que “era un
torpe, un vago, que desde hacía ocho días no trabajaba bien”. Fue
entonces cuando descendió del lagar y armándose con un pilón que estaba a su
alcance, golpeó a Mabit por detrás, en la cabeza. Mabit soltó la barra y cayó
al suelo. Como gemía, Redureau, después de haberle mirado un momento, tomó la
podadora de uvas (hoja ancha y larga muy afilada, de unos 65 centímetros de
largo y 13 de ancho, y unos 2 kilos 500 de peso) y le cortó la garganta.
»Luego, tomó la
linterna y se dirigió a la casa donde creía que todos estarían acostados. Pero
al llegar a la cocina, vio a la señora Mabit y a la sirvienta que estaban
trabajando cerca de la mesa. Al principio, tuvo la intención de huir, pero al
preguntarle el ama donde se encontraba su marido, salió sin responder, se armó
de la podadora de uvas que había quedado en la bodega, volvió y golpeó primero
a la sirvienta, luego a la señora Mabit. Como estaban de espalda no tuvieron
tiempo de hablar; no gritaron más que al ser golpeadas. “Golpeé, dice, a la
sirvienta en el cuello; cayó en seguida; golpeé al ama también en el cuello y
cayó. Una vez en el suelo, le di un cuchillazo en el vientre”. En las dos
habitaciones vecinas, la suegra acostada en una y tres de los niños acostados
en la otra, despertados por el ruido, se pusieron a chillar. Entonces, tomó la
linterna, se dirigió en primer lugar a la de la suegra a quien golpeó en la
garganta:
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“No dijo nada; no tuvo tiempo”. Luego se dirigió a la otra habitación:
“Di un golpe en la garganta de una de las niñas que chillaba y a su hermana que
estaba acostada cerca de ella y, como se despertaba en aquel momento, la golpeé
también con el podador. El niño que estaba acostado en su cuna, al despertarse
por el ruido, también se puso a chillar; entonces lo maté”[15]. El mango del
instrumento se rompió con el último golpe. Redureau se llevó los trozos a la
bodega, cerca del lagar, donde fueron encontrados. Un niño pequeño que estaba
acostado en la cocina fue el único que escapó a la matanza.
»La explicación que
el acusado da de este horrible drama siempre ha sido la misma: por culpa del
amo, cedió a una violenta cólera. Una vez realizada la muerte, al volver a la
casa, estaba trastornado, sin tener plena conciencia de lo que hacía. Cuando el
ama le preguntó dónde estaba su marido, perdió la cabeza. Imaginó que ella iba
a ir a la bodega y descubriría su crimen, entonces decidió hacer desaparecer a
todos los testigos.
»Estas son sus
respuestas textuales: “Tenía miedo de que el ama fuera a ver a su marido a la
bodega…, golpeé a la sirvienta porque estaba con el ama…, golpeé a los demás
porque chillaban”. La veracidad de sus respuestas parece corroborada por la
siguiente, que comprueba su sinceridad: “No toqué al pequeño Pierre porque no
dijo nada y porque dormía”.
»Respecto a la
multiplicidad y a la violencia de los golpes propinados a las víctimas (roturas
de cráneo, heridas en el cuello y cara, cortes en la columna vertebral), no
puede dar explicación alguna; tampoco puede decir por qué abrió el vientre de
la señora Mabit que estaba a punto de dar a luz. Únicamente protesta afirmando
que no obedeció a ningún pensamiento obsceno o sádico. Este acto es de la misma
naturaleza que los otros y no se debe más que a la cólera.
»Cuando depositó el
podador y el mango roto en la bodega, subió a su habitación y se sentó. Poco a
poco volvió a recuperar su sangre fría y comprendió la gravedad de lo que
acababa de hacer. Entonces sintió pesar. “Tuve remordimientos,
dice, quise suicidarme”. Haría casi una hora que se encontraba en su habitación
cuando bajó para ir a ahogarse en un estanque que estaba a unos cincuenta
metros de la casa. Se puso en el agua, dio unos pasos, pero le faltó el valor y
volvió a su habitación; allí permaneció
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hasta el amanecer. Fue entonces cuando se dirigió a la casa de sus
padres donde fue arrestado.
»La tentativa de
suicidio parece plausible; está en armonía con los remordimientos
experimentados por el acusado; parece comprobarse por el hecho de haber
encontrado en su habitación un pantalón mojado. En resumen, su versión nos
parece sincera; todo se coordina de una forma lógica y él no procura atenuar su
culpabilidad.
»Nos parece, por
otra parte, establecer claramente que ha tenido plena conciencia de los hechos
realizados y de su responsabilidad. Si ha experimentado remordimientos, es que
sabe discernir el bien del mal y lo sabe tanto más cuanto que posee una inteligencia
no sólo normal para su edad, sino incluso, según el maestro que le ha educado,
por encima de la media. Por lo tanto no caben dudas acerca de la cuestión del
discernimiento en el sentido legal de la palabra.
»Lo expuesto
demuestra que Redureau no presenta en la actualidad ningún trauma mental.
Tiende también a establecer que en el momento en que cometió las muertes de las
que se le acusa no estaba bajo la influencia de un estado mental patológico.
Sin embargo, este punto requiere ser examinado con mayor precisión.
»El número de
víctimas, la forma en que el asesino se encarnizó en ellas, el furor que guio
su brazo, evocan a priori la idea de un delirio transitorio
súbito, como el que se observa algunas veces en los estados epilépticos
larvados y excepcionalmente en algunos estados de intoxicación. Pero ésta es
una hipótesis en la que no podemos entretenernos por las siguientes razones:
Redureau no ha manifestado nunca el menor síntoma que pueda relacionarse con la
epilepsia. No estaba bajo la influencia de intoxicación alguna, de ningún
trauma producido por el delirio, usaba toda su inteligencia y ha conservado la
plena conciencia de todos sus actos referentes a la noche fatal. Ahora bien, la
amnesia es el síntoma patognómico de los delirios transitorios y un individuo
que haya actuado en un estado de trauma mental epiléptico o epileptoideo no
conserva el recuerdo de los hechos realizados o bien no conserva más que
algunos detalles vagos y confusos.
»La declaración del
testigo Ch…, según la cual el inculpado, dos meses y medio antes del crimen,
había expresado la idea de que “a sus amos sería bueno matarlos”, plantea,
desde el punto de vista psiquiátrico, una nueva hipótesis: ¿No estaba obcecado
Redureau desde hacía tiempo
Página 27
por la obsesiva idea de matar a su amo? ¿No habrá sucumbido a un
irresistible impulso de matar como otros casos científicamente conocidos?
»Pero, por una
parte, Redureau niega tal conversación. Por otra, hemos comprobado que nunca ha
estado obsesionado por idea fija de ninguna naturaleza y que, cualesquiera que
hayan sido nuestros tanteos en este sentido, sus respuestas han sido siempre
negativas. Por otra parte, sería inverosímil el comentario atribuido a Redureau
en boca de un obseso. El individuo al que acosa el impulso de matar sufre
moralmente de esta obsesión: cuando recrimina, no lo hace contra su futura
víctima sino contra sí mismo: se acusa y no condena. Redureau no ha sucumbido
pues â una idea fija, ni obedecido a un impulso irresistible consciente.
»Hemos estudiado en
qué condiciones físicas se encontraba el acusado en el momento del crimen. ¿No
estaba cansado, fatigado, en estado de débil resistencia orgánica y nerviosa?
El trabajo de la vendimia es bastante duro y sabemos, por una encuesta hecha a
nuestro requerimiento, que empezaba con los Mabit a las cinco de la mañana y no
terminaba hasta las diez de la noche sin otro descanso que el momento de las
comidas. Pero resulta también de esta encuesta que las vendimias tuvieron lugar
en varios períodos separados por intervalos de reposo. Se realizaron en las
siguientes fechas: 17, 18, 19 de septiembre; interrumpidas el 20, 21 y 22
reemprendieron del 23 al 27. El domingo 28 hubo reposo. El 29 sólo duraron una
parte del día y el 30, día del crimen, todo el día. Así es que este trabajo,
aunque penoso para un adolescente de quince años, fue interrumpido en vanas
ocasiones y no se realizó en condiciones que hubieran producido fatiga física y
verdadero abatimiento nervioso[16].
»En el curso de
nuestro examen, el señor Juez de Instrucción ha recibido y nos ha comunicado
una carta anónima que llama su atención sobre la acción perturbadora que ejerce
“el vapor del vino en los lagares donde se elabora y fermenta” sobre el cerebro
de los hombres que realizan ese trabajo. Aunque nosotros no tengamos,
médicamente, ninguna razón para pensar que tal causa baya podido intervenir en
el crimen de Redureau, hemos procedido a una encuesta entre médicos
competentes, pero no hemos recibido más que respuestas negativas. Ninguno de
los médicos consultados ha observado que la excitación cerebral pueda ser
atribuida a las emanaciones del vino. Esto se explica si se observa que el
mosto en fermentación desprende muchos más gases estupefacientes que vapores
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excitantes. Predominan los gases carbónicos y sus propiedades son las de
causar la asfixia, no la embriaguez furiosa.
»Por otra parte, en
lo que concierne a Redureau, se ha establecido que, desde el comienzo de las
vendimias, pasaba la mayor parte del tiempo al aire libre, en las viñas; que el
trabajo del lagar no le ocupaba más que algunas horas al día y que, la noche del
crimen, no había permanecido más que media hora en la bodega. Él mismo afirma
sobre este punto que no se hallaba ni trastornado, ni excitado, ni embriagado
cuando golpeó a su patrón.
»En
definitiva, no es en la psicopatía sino en la fisiología normal del
adolescente donde se ha de investigar el verdadero determinante de los actos
cometidos por el acusado. Es evidente que la época del desarrollo de la
pubertad está marcada por profundas modificaciones, no sólo de las funciones
orgánicas, sino también de las funciones físicas: sensibilidad, inteligencia y
actividad voluntaria. Es también evidente que la resistencia física disminuye y
que el cuerpo presenta menos inmunidad contra las influencias morbíficas, se
produce una especie de ruptura momentánea del equilibrio mental con un
desarrollo excesivo del sentido de la personalidad, susceptibilidad exagerada,
hiperestesia psíquica. Se observa una verdadera tendencia a la combatividad y
una notable exageración de los actos impulsivos y de las tendencias a la
violencia. El adolescente es muy sensible a las alabanzas, y por el contrario,
se resiente mucho más vivamente de las heridas al amor propio. Las impresiones
que llegan a su cerebro se transforman irresistiblemente en excitaciones
motrices, es decir en actos impulsivos. Los especialistas que se han ocupado de
la psicología de la pubertad señalan con frecuencia que es hacia los quince
años cuando, en los centros dedicados a la educación, se encuentra el mayor
número de sujetos castigados por mala conducta, altercados y violencias, ya
que, en los jóvenes llegados a esta edad, los primeros movimientos encuentran
poco freno y la irreflexión es la característica principal de su estado mental.
Es en este orden de ideas donde la ciencia encuentra hoy la principal causa que
predispone a la criminalidad a los adolescentes en época de pubertad.
»Lo que precede
permite comprender hasta qué grado de violencia pueden llegar ciertos
movimientos pasionales de la adolescencia y que es preciso evitar aplicarles un
criterio ajustado a la mentalidad del hombre adulto.
Página 29
» Así pues, normalmente, ciertos actos difíciles de
explicar, como los que se le acusan al inculpado, pueden ser consecuencia de
un estado mental que no tiene nada que ver con la patología, en una
palabra, que se trata de fisiología. Añadamos que Redureau, sin ser
un tarado desde el punto de vista psíquico, es indudablemente poseedor de un
temperamento nervioso y que, según parece, por el número de testimonios, tiene
un carácter particular, calificado de “socarrón”, que sin duda podría
traducirse también por “susceptible y vengativo”, circunstancias que han
favorecido en él la explosión de actos impulsivos y violentos.
»En consecuencia,
respondemos como sigue a las cuestiones que nos han sido planteadas:
1.º Marcel Redureau
no estaba en estado de demencia, en el sentido que prevé el artículo 64 del
Código Penal, cuando cometió los actos que se le acusan;
2.º En el momento
del crimen gozaba de pleno y normal discernimiento, y de completa conciencia de
sus actos;
3.º El examen
psiquiátrico y biológico no ha revelado en él ninguna anomalía mental o
psíquica. Las particularidades constatadas relativas a su temperamento y a su
carácter permanecen en los límites de las variaciones psicológicas individuales
y no nos parecen de naturaleza capaz de modificar su responsabilidad».
Nantes, 17 de enero
de 1914.
Página 30
IV
La tarea del
abogado defensor se hacía muy difícil debido a tan notable informe facultativo
que significaba casi necesariamente para Redureau la pena máxima. La excelente
defensa del abogado Durand, de la que citaré más adelante algunos fragmentos,
no pudo evitar la condena de su cliente a veinte años de arresto.
Es desconcertante
pensar que, en el actual estado de la jurisprudencia, hubiera sido más
ventajoso para el acusado presentar las características de degeneración de un
ser predispuesto al crimen. Su irresponsabilidad, reconocida en ese caso por
los médicos, hubiera permitido a los jurados recurrir a «circunstancias
atenuantes» y, por ende, conseguir una sensible atenuación de la pena para
Redureau. Ante las preguntas a las que el jurado tuvo que responder con
precisión sí o no, no tuvieron otra alternativa que la afirmación.
Y yo tampoco la hubiera tenido. Sin embargo, habría pensado que, una vez más,
el procedimiento y las leyes que se muestran menos duras con el delincuente
predestinado, que no puede evitar dar la muerte, y que dejan a éste mayor
libertad que al que se deja arrastrar accidentalmente por una dementia
brevis, protegen mal la sociedad y no satisfacen enteramente nuestra
necesidad de justicia. Me callo porque sobre esta cuestión habría mucho que
decir… Pero se me agradecerá que reproduzca aquí las consideraciones que
extraigo del informe del abogado Durand, abogado de la defensa, y algunas citas
de eminentes juristas que él menciona en su discurso. Estas reflexiones tan
justas han podido parecer, desgraciadamente, sutiles argucias a los espíritus,
con frecuencia incultos, de la mayoría de los jurados. Es sabido que la
elección de éstos se hace al azar, y que las deliberaciones de un jurado no
prueban, por desgracia, que el «el sentido común es lo que mejor está
distribuido en el mundo», como pretendía Descartes.
Nada mejor para
hacernos comprender los defectos de un procedimiento cuyo absurdo denunciaba ya
en mis Souvenirs de Cour d’Assises (absurdo demostrado varias
veces desde entonces), que las líneas que siguen. Veremos que el
jurado, para satisfacer su sentimiento de
Página 31
justicia, no halla otro recurso que decir no, a despecho de
toda evidencia; lo que le fuerza con frecuencia a decir sí, a
despecho de toda justicia.
Pero comprobemos
primero el esfuerzo del abogado defensor para ensanchar el nudo corredizo del
informe médico:
«Las
particularidades constatadas en su temperamento y en su carácter están en los
límites de las variaciones psicológicas individuales y no nos parecen de
naturaleza capaz de modificar su responsabilidad».
El abogado Durand
responde:
«Acepto la primera
parte de la opinión así expresada por los expertos. El examen psiquiátrico y
biológico no nos revela ninguna anomalía mental o psíquica. Pero me referiré a
la consecuencia que se desprende de ello. Está en contradicción con la tesis que
han desarrollado sobre la psicología de la pubertad. Si relaciono esta tesis
con los principios generales del derecho penal, tengo que concluir
necesariamente que Redureau no puede ser considerado plenamente responsable de
sus actos.»
Más adelante añade
el abogado Durand:
«El valor moral de
un acto está subordinado al grado de libertad del que lo realiza.»
Cita estas frases
del deán Villey:
«La libertad es la
condición y la justificación de la responsabilidad del hombre. Y no entendemos
por ello una posibilidad física de actuar en un sentido o en otro; los animales
tienen esta libertad y no se nos ocurre pedirles cuenta de sus actos. Entendemos
una libertad inteligente y razonada. De modo que dos condiciones forman la base
de la imputabilidad penal; la inteligencia, en el sentido de razón
moral que da la noción de bien y de mal; la voluntad libre o libertad,
que permite elegir entre el bien y el mal. “Sin libertad, no existe
responsabilidad”, dice por su parte el profesor Saleilles; y, precisando lo que
debe entenderse por libertad, dice: “La libertad es un estado, el estado del
hombre en pleno dominio de sí mismo”. El hombre no es responsable cuando se
halla en estado de demencia; en ese caso, le faltan la inteligencia y la
libertad. Entonces no existe ni crimen ni delito, dice el artículo 64 del
Código Penal. El Código de 1810 no admitía que pudiera existir responsabilidad
fuera de los casos de enfermedad mental, es decir fuera de lo que los médicos
llaman estados patológicos. Pero la ciencia penal ha progresado y nuestro
propio Código ha cambiado. Ha escapado de esa concepción estrecha. Estos son,
señores, sus antepasados, éste es el tribunal francés
Página 32
que, por sus veredictos, forzó al poder legislativo a atenuar los
rigores del Código. El Código Penal de 1810 no admitía ninguna atenuación a la
responsabilidad fuera de la demencia. No conocía las circunstancias atenuantes.
Ahora bien, el jurado tenía con frecuencia frente a sí a un hombre que se
defendía poniendo al desnudo todas las circunstancias de su vida, todos los
arrebatos que había sufrido, todas las perturbaciones que podían haberle
cegado: el jurado era plenamente consciente de que, incluso fuera de la locura,
podían darse grados dentro de la libertad. Al no poder dosificar, por decirlo
así, la responsabilidad, indultaba pura y simplemente. Es entonces cuando, por
dos veces en 1824 y en 1832, el legislador, cediendo a las tendencias del
jurado, introduce las circunstancias atenuantes. “La prueba judicial, dice
Saleilles —de quien acabo de apropiarme casi palabra por palabra el
razonamiento precedente
— la prueba
judicial debe alcanzar desde ahora no sólo los estados de diagnóstico
patológico, lo cual es una cuestión relativamente simple y de pura comprobación
médica, sino también una cuestión de psicología moral, la cuestión de saber si
el acto (concreto) ha sido realizado en estado de libertad moral”.»
Más adelante,
deseoso de instruir a los jurados sobre las consecuencias que sus respuestas
supondrán para el acusado, el abogado Durand añadió lo que motivaría mis
reflexiones precedentes:
«Independientemente
de la específica cuestión del discernimiento, a la que volveré más adelante, se
plantearán, señores, dos preguntas referentes a cada una de las siete víctimas,
una principal y otra accesoria: “¿Redureau deseó voluntariamente dar la muerte?…”
Responderán afirmativamente. La accesoria se propondrá a partir de las
circunstancias agravantes. “¿No será la misma en el caso Mabit que en el caso
de los otros seis?”
»La circunstancia
agravante señalada en el caso del padre es: “¿Precedió, acompañó o siguió el
homicidio a los otros crímenes?”.
»Les ruego,
señores, que contesten negativamente a esta pregunta y les diré por qué: es
cierto que materialmente la muerte de Mabit ha acompañado, precedido la muerte
de las otras seis víctimas. Pero esta circunstancia, puramente material, es
insuficiente para constituir la agravación prevista por la ley. La
circunstancia a la que el fiscal ha querido alcanzar es la simultaneidad moral,
o sea el hecho de que un crimen ha sido perpetrado con el fin de facilitar el
cumplimiento de otro crimen. Para que la circunstancia agravante exista, es
necesario que los
Página 33
dos crímenes hayan sido concebidos con un mismo objeto. Es lo que
nuestro ilustre compatriota, Faustin Hélie, enseña en su Teoría del Código
Penal (T. 3 n.º 13.047): “En general, dice, los dos crímenes no deben ser
considerados simultáneos más que cuando son la ejecución de un mismo objeto, la
continuidad de una misma acción y son cometidos al mismo tiempo y en el mismo
lugar”. Ahora bien, no cabe duda que, en el momento en que golpeó a Mabit,
Redureau no pensaba en hacer otras víctimas.
»Así pues,
responderán negativamente a esta pregunta accesoria».
Es lo que no han
hecho los jurados.
Página 34
V
A manera de
conclusion, citemos finalmente este apéndice del informe médico:
«Después de dos
audiencias que no aportaron al proceso ninguna nueva luz, habiendo lanzado el
jurado un veredicto afirmativo a todas las preguntas, Redureau fue condenado
por la Corte a la máxima pena que podía comportar su edad, es decir, a veinte
años de prisión.
»Durante los
debates, hundido en su banco, cabizbajo, el semblante triste, su actitud fue la
de un niño que ha cometido un error y espera una severa corrección. Sólo la
declaración del testigo Ch…, que tendía a establecer la premeditación, provocó
en él nuevas y formales negativas[17]. Lloró cuando su
tío se presentó ante el tribunal para hacer su declaración. También derramó
algunas lágrimas durante la requisitoria y durante la defensa de su abogado. En
definitiva, no se comportó jamás como el héroe precoz de los tribunales.
»Durante los meses
de prevención que Redureau pasó en la enfermería de la Prisión de Nantes, no
dio lugar a ninguna observación digna de señalarse. El jefe guardián de la
prisión hizo una declaración que el periódico Le Phare reprodujo
así: “El testigo ha señalado que Redureau es esquivo, socarrón, que se mantiene
siempre en guardia y no responde más que por monosílabos. Duerme bien, come
bien; no parece asustado por su caso. No puede decir si el acusado ha lamentado
su acto, pero supo que Redureau lloró una vez después de haber visto a su
abogado”. Redureau no lloró una sola vez: lloraba cuando recibía la visita de
su madre; lloró muchas veces delante de nosotros, cuando le evocábamos el
recuerdo de sus víctimas. Al día siguiente de su condena, lloró largo tiempo,
con sentidas lágrimas, como un niño; y, una vez secas las lágrimas, se le vio
volver, poco a poco, a la movilidad de sentimientos y a la despreocupación del
niño al que todo divierte, que ríe por nada y que está por entero bajo las
influencias del mundo exterior. Sólo el recuerdo de su familia le devolvía por
un momento a la realidad y le hacía verter alguna lágrima. Por cierto, gracias
a la amabilidad del señor Abel Durand, el distinguido
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abogado que se encargó de la defensa, podemos transcribir aquí una carta[18] que escribió a sus
padres al día siguiente del proceso, carta que nos parece de las más
características:
Queridos padres,
Os escribo para
deciros que ha pasado el gran día aunque desgraciadamente sin buenos resultados y como
ya sabéis, estoy condenado a veinte largos años de prisión en una colonia
penitenciaria y como veis queridos padres la muerte vendrá a
llevarnos antes de volvernos a ver por eso tenéis que venir a buscar mis cosas
pues se perderían y cuando vengáis venid el sábado y el martes
porque los demás días está prohibido ver a los condenados fuera del martes y
del sábado.
No dejéis de darme
vuestra dirección cuando os hayáis marchado de la región donde estábamos tan
bien antes del día fatal del 30 de septiembre en que cometí el horrible crimen
que me ha alejado para siempre de un padre tan bueno y de una madre tan buena y
de unos hermanos y hermanas tan buenos a los que no volveré a ver y mi abuelo a
quien tanto quería ya no volveré a verlo y Clémentine y Berthe a quienes quería
tanto y Jean que está en Argelia él que era tan bueno conmigo qué vergüenza
para todos vosotros que no tenéis ninguna culpa. Me diréis si Marie está
siempre en T… porque sus compañeras deben hablarle de mí si todavía está allí y
no deben ya mirarla y sin embargo no es la culpable.
Acabo de enterarme
por mi abogado que papá está muy enfermo por tener que marchar de la región
espero que curará pronto para alejarse de este país de desgracia que era tan
hermoso antes de este crimen de un joven tan miserable como yo.
No creo que estaré
mucho tiempo en Nantes cuando esté en otro lugar os daré la dirección para que
pueda recibir noticias vuestras pues me sería muy duro no recibirlas.
Contestadme dándome noticias de mi querido padre que llora a su hijo condenado
a no volverlo a ver jamás, espero que pronto esté curado y que
se anime y dadme noticias del abuelo que debe haber envejecido.
Vuestro hijo que
piensa en lo que ha hecho y que llora al pensar en un crimen tan horrible que
os ha causado dolor y vergüenza para el resto de vuestra vida así como la de
mis buenos hermanos y hermanas que llorarán siempre un crimen tan grande hecho
por su joven hermano prisionero para siempre.
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Vuestro hijo que abraza llorando a sus buenos padres que están alejados
de él para siempre.
Marcel Redureau.
»Por su mezcla de
ingenuas preocupaciones y sentimientos sinceros, esta carta constituye un
documento psicológico que parece confirmar enteramente nuestra forma de
apreciar la mentalidad de su autor y que nos dispensa de mayores comentarios.»
«Después de la
condena, me escribe el señor Gaëtan Rondeau, mi muy amable corresponsal, las
relaciones de Marcel Redureau con su abogado no terminaron. Éste permanecía
angustiado por el misterio psicológico que, tras un examen cuidadoso del
informe, no había logrado elucidar. Después del veredicto, Marcel Redureau dio
prueba hasta su muerte de sentimientos edificantes y su defensor no pudo evitar
sentir por él, hasta el final, una simpatía análoga a la que Mauriac siente por
sus héroes “criminales”. Marcel Redureau murió tuberculoso en la colonia
correccional de X…, hacia febrero de 1916. Pocas semanas antes, su abogado
defensor había recibido de él una conmovedora carta de despedida. Su conducta
en la colonia había siempre causado satisfacción».
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ANDRÉ GIDE (París,
1869 - 1951) es uno de los autores esenciales de la literatura francesa del
siglo XX y uno de los más controvertidos. Galardonado con el Premio
Nobel en 1947, su obra abarca la novela, el teatro, la poesía y la crítica. Sus
títulos más famosos son: Los alimentos terrestres (1897), El
inmoral (1902), La puerta estrecha (1909), Isabel (1911), La
sinfonía pastoral (1919), El retorno del hijo pródigo (1907), Prometeo
mal encadenado (1899), Los sótanos del Vaticano (1914), Los
monederos falsos (1929), Corydon (1923), Si
la semilla muere (1926). Producto de sus viajes son: Viaje
al Congo (1928), El regreso del Chad (1928) y Vuelta
de Rusia (1936), donde expresó su desagrado por el régimen
estalinista. Entre su obra crítica destacan: Pretextos (1903), Nuevos
pretextos (1919), Dostoievsky (1923), Ensayos
sobre Montaigne (1929), Entrevistas imaginarias (1943)
y Literatura de compromiso
(1950). Su Diario
(1885-1949) fue publicado en 1950.
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Notas
[1] André
Gide, designado como jurado, se sentó del 13 al 25 de mayo de 1912, en la
Audiencia de Rouen. Sus impresiones le impulsaron a escribir sus Souvenirs
de la Cour d’Assises. <<
[2] Págs.
1016-7 del Journal, 1889-1939. «Bibliothèque de la Pléiade». París,
1939. <<
[3] Texto
correspondiente al prefacio de Gide que reproducimos a continuación y que
insertó al frente del caso Redureau. <<
[4] Se trata
de la colección «Ne jugez pas», publicada bajo la dirección de André
Gide, cuyo primer volumen apareció en 1930 en Editions Gallimard. N. del
Ed. <<
[5] El
otro caso tratado por Gide es el de «La secuestrada de Poitiers», publicado ya
por nosotros en la misma colección. N. del Ed. <<
[6] Tratándose
del arma de la que se sirvió Redureau, las heridas no podían ser leves. Esta
arma «parecida más a una guadaña o a un hacha» que a un cuchillo, tenía un
corte tal que fácilmente se explica la profundidad de las heridas.
Evidentemente, Redureau había perdido toda su sangre fría y golpeaba
como un sordo. En un principio consideré una prueba de su inconciencia
momentánea el hecho de que fue precisamente al matar la víctima más tierna, que
era la que menos resistencia podía oponerle, cuando su arma se rompió; pero
reflexionando, me doy cuenta de que el largo mango de la podadera de uvas pudo
estrellarse contra un trozo de hierro o de madera de la cuna en la que sin duda
descansaba el niño de dos años. <<
[7] Los médicos
legistas no comparten el escepticismo del señor Procurador. Sobre este punto
(la tentativa de suicidio) como sobre los demás, Redureau —que no busca en modo
alguno atenuar su culpabilidad
— les parece
completamente sincero.
Observemos, del
mismo modo, que Redureau, realizadas sus muertes, no pensó ni por un momento en
tomar del armario el dinero que seguramente se encontraba allí y que tal vez le
habría servido para huir. Ni por un sólo instante tuvo la intención de fugarse. <<
[8] N.R.F.:
«Nouvelle Revue Française». Editions Gallimard. N. del Ed. <<
[9] También
es digno de tenerse en cuenta la inexactitud de los diarios sobre este aspecto
como sobre tantos otros: «Hoy, Redureau pretende que nunca hizo este
comentario, pero numeraos testigos afirman lo contrario.» (Le Journal, marzo,
1914.) <<
[10] Todos los
pasajes en cursiva están subrayados por mí. <<
[11]Otro rasgo de
carácter que me asombra, que no se indica aquí, y que deseo recordar es el
siguiente: Marcel Redureau sería, según algunos, miedoso; un miedo
que tal vez podría reducirse a una excesiva «nerviosidad». <<
[12] Se trata
nada menos que del periódico Le Temps (2 de octubre de 1913),
no veo mejor ejemplo de los errores que pueden llevar a un individuo a la
prisión. <<
[13] Le Phare
de la Loire, 2 de octubre de 1913. <<
[14] Algunos
testigos han insistido sobre esta disposición de Redureau al miedo y debo decir
que ello me ha sorprendido. He podido observar, educando a un cachorro
nervioso, cómo con la mayor naturalidad el miedo se transformó en él en maldad.
El perro, que se sobresaltaba al menor ruido, se ponía al acto a la defensiva…
No me cuesta creer pues que, en el caso de Redureau, fue el miedo lo que le
hizo perder la cabeza. Si la embriología, como tan elocuentemente remarcó
Agassiz (De la clarificación en zoología), contribuyó tanto a aclarar
algunas relaciones, hasta entonces insospechadas, entre especies de
animales aparentemente diferentes, creo que, de la misma forma, podría ser muy
instructivo estudiar ciertas sensaciones en estado, por decirlo así,
embrionario. Sin duda, el miedo es el embrión de la breve locura que condujo a
Redureau hasta el crimen. Un sobrino mío, que se comportó heroicamente durante
la guerra, está convencido de que es precisamente la sensación de miedo la que
puede enloquecer a un soldado hasta el punto de hacerle cometer actos análogos
al del joven Redera, actos que, en su caso, merecieron una medalla. <<
[15]Para pasar de
una habitación a otra se alumbraba con la linterna del lagar que llevaba
consigo, la lámpara que alumbraba al ama y a la sirvienta había sido derribada
desde el principio del drama. <<
[16] El abogado
defensor, señor Durand, observa sin embargo: «Las vendimias se realizaron en
períodos separados por intervalos de reposo, dirán los expertos. Es cierto.
Pero ¿qué clase de intervalos? Si tomamos los datos aportados por los expertos
y el señor Mabit, hermano de la víctima, he aquí lo que constatamos:
»Las vendimias
comenzaron el miércoles de la 3.ª semana de septiembre. Se le dedicaron tres
días de esa semana: miércoles, jueves y viernes, o sea, 17, 18 y 19 de
septiembre. Entonces se produce una interrupción de algunos días, pero a la
semana siguiente se reemprende el trabajo el martes y dura hasta el sábado
inclusive. Se respeta el reposo dominical, el lunes comienzan las vendimias por
la tarde. El martes 30 el sirviente estaba trabajando con su amo desde las 5 de
la mañana, y todavía lo estaba a las diez y media de la noche.
»Así pues, ¿cuál
era la duración de la jornada de trabajo?
»En casa de los
Mabit el trabajo comenzaba a las 5 de la mañana. Sólo se interrumpía en las
comidas. Se solía acabar hacia las diez de la noche.
»La ley limita a
diez horas la jornada de trabajo para niños de su edad en los establecimientos
industriales. Sus jornadas constaban de catorce a quince horas.
»No acuso a Mabit
de haber sido un amo inhumano, actuaba según las costumbres de la región en que
habitaba. Se las imponía a sí mismo. Pero es necesario decirlo todo: podía
imponérselas a los jornaleros de 25 o 30 años; cometía un error cuando imponía
el mismo régimen a un chiquillo de 15 años. Así pues, no contradigo a los
expertos cuando, con la autoridad que les es propia, vienen a declarar que el
trabajo de las vendimias no había producido en el acusado un estado de
excitación nerviosa. Pero, al leer en su informe que la explicación de los
actos cometidos por Redureau debe buscarse en una disposición particular a la
irritabilidad, la fatiga me parece, sin duda, una de las cansas que pudo llevar
hasta el extremo esa irritabilidad.» <<
[17]Conviene
observar que durante la audiencia el abogado formuló contra este testigo hechos
que inducían a considerarle como una variante del mitómano. (Es lo que hemos
hecho observar ampliamente.) <<
[18] Hemos
respetado la ortografía y la puntuación. <<
FIN

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