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Libro N° 14592. Una Plaga De Orugas. Barley, Nigel.


© Libro N° 14592. Una Plaga De Orugas. Barley, Nigel. Emancipación. Diciembre 13 de 2025

 

Título Original: © Una Plaga De Orugas. Nigel Barley

 

Versión Original: © Una Plaga De Orugas. Nigel Barley

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/una-plaga-de-orugas/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

UNA PLAGA DE ORUGAS

Nigel Barley


 

 

 

 

 

Una Plaga De Orugas

Nigel Barley

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Tras el desopilante relato de su «trabajo de campo» con la tribu de los dowayo, en Camerún, el autor de El antropólogo inocente nos cuenta su regreso a tierras africanas. En el primer viaje no había conseguido asistir la ceremonia de la circuncisión de los jóvenes dowayo, un rito de paso fundamental para la cultura de esta tribu, y que solo se celebra cada seis o siete años, y ahora vuelve para presenciar —y estudiar— la ceremonia. Armado con pasteles de Navidad y un muy inglés queso Cheddar, Barley —afortunadamente para el lector— se encontró desde el primer momento con dificultades inesperadas. Por ejemplo, le resultaba imposible reconocer a ninguno de los dowayo con quienes había convivido durante el primer viaje. Claro, por aquel entonces los distinguía por el color de la camisa —los dowayo llevaban siempre la misma hasta que se deshacía en jirones—, y ahora, años después, todos tenían camisas nuevas. Pero, después de todo, ¿quién ha dicho que un antropólogo deba ser un buen fisonomista? Después, mientras esperaba en la aldea que le confirmaran la tan anhelada fecha de la circuncisión, llegaron a sus oídos rumores sobre otra ignota tribu, los ninga, cuyos hombres, al parecer, practicaban otra mutilación ritual, esta vez de los pezones. Y hacia allí partió Barley para verificar tan nebulosa información. Y con esta irreverente, iconoclasta crónica de sus peripecias antropológicas, el autor nos confirma que es un agudísimo e inteligente observador de diferentes realidades y culturas, y uno de los escritores más regocijantes que nos ha deparado la literatura inglesa en los últimos años.



 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

Nigel Barley

 

Una plaga de orugas

 

El antropólogo inocente regresa a la aldea africana

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 15.09.2025



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Título original: A Plague of Caterpillars: A Return to the African Bush Nigel Barley, 1986

 

Traducción: María José Rodellar

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r2.1



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1. SEGUNDA VISITA A DUALA

 

 

 

 

Así que es la primera vez que viene a nuestro país.

 

El funcionario de inmigración camerunés me dedicó una mirada de desconfianza y hojeó con desgana mi pasaporte. Unas manchas de transpiración que dibujaban el perfil de África se extendían por su camisa bajo las axilas, pues en Duala estábamos en plena canícula. Cada dedo dejaba una mancha pardusca de sudor en las páginas.

Exacto.

 

Había aprendido a no contrariar nunca a ningún funcionario africano. Al final siempre se tardaba más y se invertía más esfuerzo que si se actuaba con simple aquiescencia pasiva. Este recurso me lo había enseñado un viejo colono francés, quien lo definía como «adaptar la realidad a la burocracia».

Lo cierto era que no se trataba de la primera visita, sino de la segunda. Con anterioridad había pasado aproximadamente un año y medio en una aldea de montaña del norte estudiando a una tribu de paganos como antropólogo residente. No obstante, puesto que los emprendedores golfantes de Roma me habían robado la documentación, no existían pruebas incriminatorias en forma de visados antiguos que me delataran, de modo que me felicité por la dulce desinformación que ofrecía mi flamante pasaporte. Las cosas se presentaban fáciles. De haber confesado mi visita anterior, inmediatamente se me hubiera exigido que me lanzara a una orgía de burocracia, proporcionando fechas de entrada y salida, número de visados anteriores, etcétera. Lo absurdo de esperar que un pobre viajero recuerde todos esos detalles no servía de defensa.

 

—Espere aquí.

 

Me señaló perentoriamente un rincón y se llevó mi pasaporte, que desapareció detrás de un biombo. Al cabo de unos instantes, por encima de este asomó un rostro que me escrutó. Oí murmullo de páginas e imaginé que estarían buscándome en aquellos gruesos volúmenes de personas proscritas que había visto en la embajada camerunesa de Londres.



 

 

 

 

 

Página 5



El funcionario regresó y emprendió una minuciosa inspección de los documentos de un libio de aspecto profundamente furtivo. Ese caballero afirmaba ser «empresario general» y poseía una cantidad de equipaje poco plausible. Con pasmosa desvergüenza, alegó comerciales que beneficiaran al pueblo camerunés. Para enorme sorpresa mía, le indicaron que pasara sin otra formalidad. Tras él siguieron una sarta de personas descaradamente pomposas, una ridícula colección de ladrones, vagabundos y traficantes de arte, todos haciéndose pasar por turistas. Y todos fueron aceptados por su valor nominal. Luego estaba yo.

 

El funcionario se puso a revolver los papeles con toda tranquilidad. No tenía intenciones de apresurarse, Tras establecer a su satisfacción su predominio en nuestra relación, me concedió una mirada cargada de desdeñosa astucia y dijo:

—Usted, monsieur, tendrá que pasar a ver al inspector jefe.

 

Me condujo a través de una puerta y a lo largo de un pasillo que evidentemente no estaba destinado al público, y me indicó que tomara asiento en una habitación vacía, desprovista de toda comodidad. El linóleo estaba desgastado y manchado con un millar de pecados. Hacía un calor sofocante.

En el banco de la moral todos estamos en descubierto. La menor objeción por parte de la autoridad destapa profundos pozos de culpa. En el caso que nos ocupa, mi posición era más que dudosa. En mi primera visita a los dowayo, mi tribu de las montañas, me había enterado de que la ceremonia de la circuncisión ocupa una posición central en su cultura. Pero, como solo se celebra cada seis o siete años, no había podido presenciarla. Había anotado descripciones y fotografiado partes de la ceremonia que se reproducen en otras fiestas, pero no conocía la verdadera. Mis contactos locales me habían advertido hacía un mes que la celebración era inminente. ¿Quién sabía cuándo volvería a tener lugar la ceremonia, si es que sucedía alguna vez? Era una oportunidad inusual que no podía desaprovechar. Sabía por mi experiencia anterior que no había posibilidades de obtener a tiempo el permiso para el trabajo de campo: por tanto, entraba en el país como simple turista. Para mí, en esto no había falta de honradez inherente; simplemente me dedicaría a hacer lo que hacían todos los turistas, sacar fotos alegremente para el álbum de recuerdos. Parecía ilógico que a mí, como antropólogo, no se me permitiera hacer lo que podía hacer un contable de vacaciones.



 

 

 

Página 6



Pero ahora era evidente que lo habían averiguado. ¿Cómo? Me resultaba increíble que alguien leyera todos los papeles que había cumplimentado en la embajada y el aeropuerto. Me consolé pensando que, puesto que todavía me encontraba a 1600 kilómetros de la tierra de los dowayo, no podía haber cometido más que una falta leve.

 

La sala de espera del inspector jefe no es la mejor de las residencias. Causaría desesperación hasta a la más jubilosa de las disposiciones. El largo retraso alimentó de nuevo mi paranoia. Empecé a temer por mi equipaje. (Tuve una visión de sonrientes aduaneros metiendo mano y repartiéndose mi guardarropa. «Mira, estas maletas no son de nadie; podemos quedárnoslas»).

Finalmente, me acompañaron a un despacho espartano. Sentado tras la mesa había un hombre de aspecto pulcro y vivaracho, con un bigote militar y modales a juego. Estaba fumando un largo cigarrillo cuyo humo ascendía describiendo espirales hacia un bamboleante ventilador de techo colocado lo suficientemente bajo como para decapitar a cualquier atrevido nórdico que entrara. Yo no sabía si adoptar una actitud de inocencia ultrajada o de camaradería francesa. Puesto que desconocía qué pruebas tenían contra mí, pensé que la más indicada sería la de inglés bobalicón. Los ingleses tienen la fortuna de que la mayoría de la gente espera que sean un poco extraños y bastantes inútiles en cuestiones de documentación.

 

El funcionario pulcro y vivaracho agitó mi pasaporte, que ya estaba glauco de ceniza de cigarrillo, y declaró:

Monsíeur, se trata del problema de Sudáfrica.

 

Aquello me cogió verdaderamente desprevenido. ¿Qué había ocurrido? ¿Me iban a expulsar como revancha por las prácticas fraternales de algún equipo inglés de críquet? ¿Me tomaban por espía?

 

—Pero yo no tengo ninguna relación con Sudáfrica. Nunca la he visitado y ni siquiera tengo parientes allí.

Suspiró.

 

—No permitimos la entrada al país a personas que hayan apoyado a la pandilla de fascistas y racistas que aterroriza a esa tierra, oponiéndose a las justas aspiraciones de los pueblos oprimidos.

 

Pero…

 

Alzó una mano:



 

 

 

 

 

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Déjeme terminar. Para evitar que sepamos quién ha entrado y quién no ha entrado en ese desafortunado país, muchos regímenes están lo suficientemente mal dirigidos como para extender a los ciudadanos que han estado en Sudáfrica pasaportes nuevos a fin de que no haya visados incriminatorios en sus documentos. Usted, monsieur, tiene un pasaporte recién estrenado aun cuando el anterior seguía vigente. Para mí es obvio que ha estado usted en Sudáfrica.

 

Una lagartija cruzó precipitadamente la pared y me clavó una mirada acusadora con su ojillo saltón.

Pero no es cierto.

 

—¿Puede demostrarlo?

 

—Claro que no puedo demostrarlo.

 

Le dimos vueltas al problema lógico de demostrar una premisa negativa hasta que, de forma bastante repentina, el inspector se cansó de nuestra tosca filosofía. Llevado de un genuino alarde burocrático, propuso un acuerdo intermedio. Yo había de declarar verbalmente mi disposición a hacer una declaración escrita en el sentido de que no había estado nunca en Sudáfrica. Con ello bastaría. La lagartija inclinó la cabeza en señal de entusiasta aquiescencia.

 

Fuera, mi equipaje se amontonaba abandonado y despreciado. Al agacharme para llevarlo al mostrador de la aduana, un hombre de enorme contorno me agarró el brazo.

—Psst, patrón —susurró—, ¿va a ir a la capital mañana?

 

Asentí con la cabeza.

 

—Cuando facture el equipaje, o cuando regrese, pregunte por mí, Jacquo. Sin límite de peso. No tiene más que invitarme a una cerveza.

 

Y desapareció.

 

El funcionario de aduanas se mostró irritado por que me hubiera entretenido tanto con los demás funcionarios. Llevado del despecho, se negó a prestar la menor atención a mi equipaje y me hizo señas indicándome que prosiguiera hasta donde, ya sabía yo, acechaban los taxistas.

En algún lugar de África debe de haber taxistas simpáticos, pacíficos, bien informados, honrados y corteses. Por desgracia, yo no he dado con ese lugar. El recién llegado puede esperar, con razonable probabilidad, que le roben, engañen y maltraten. En una visita anterior a Duala, antes de que conociera la geografía de la población, tomé un taxi para ir a un lugar que



 

 

 

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estaba a menos de ochocientos metros. El conductor hizo como que me encontraba a por lo menos quince kilómetros, me cobró una carrera astronómica y me hizo dar vueltas y más vueltas hasta que perdí el sentido de la orientación, aprovechando el viaje para repartir periódicos por los barrios periféricos. Hasta que no emprendí el camino de regreso no vislumbré la inconfundible silueta de mi hotel a menos de diez minutos de distancia a pie. Tomar un taxi en África es casi siempre una ardua tarea. Con frecuencia, es mucho más fácil ir andando.

 

Inspiré profundamente y me lancé. De inmediato me agarraron dos taxistas que pretendían arrebatarme el equipaje. En el África occidental, el equipaje suele tratarse como un rehén por el que hay. que pagar un alto rescate.

Por aquí, patrón, mi taxi espera. ¿Adónde va? Lo sujeté con firmeza. Al olerse que podía haber una escena interesante, los transeúntes se volvieron a mirar. Yo era el último pasajero en varias horas, un botín que no podía dejarse pasar a la ligera. Siguió un forcejeo indecoroso: yo era como un hueso entre dos perros.

—¡Dígales a los dos que se larguen! gritó un espectador servicial.

 

A sabiendas de que ello los uniría a los dos contra mí, me dirigí a un tercer taxista. Al instante los dos primeros empezaron a reprenderlo con vehemencia. Aprovechando su distracción, me encaminé obstinadamente hacia la puerta, donde acechaba un cuarto taxista.

 

¿Adónde va?

 

Le di el nombre del hotel.

 

Bien. Le llevo.

 

—Antes acordemos el precio.

 

—Usted me da el equipaje, luego hablamos.

 

—Primero hablamos.

 

—Solo cobro cinco mil francos.

 

—El precio son mil doscientos.

 

Se quedó perplejo.

 

—¿No es la primera vez que viene? Tres mil.

 

—Mil trescientos.

 

Retrocedió en una pantomima de asombro.

 

—¿Quiere que me muera de hambre? ¿Es que no soy humano? Dos mil.

—Mil trescientos. Y ya es demasiado.



 

 

 

 

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—Dos mil. Menos imposible.

 

A sus ojos afloraron lágrimas de sinceridad. Evidentemente, habíamos alcanzado un punto del que no se movería durante un tiempo. Sentí que la fuerza y la determinación me abandonaban. Acordamos mil ochocientos. Como de costumbre, era demasiado.

El taxi disponía de todas las comodidades: una radio que emitía constantemente una música ensordecedora, un dispositivo que simulaba el canto de unos canarios cada vez que frenaba y una gama de amuletos que servían para todas las formas conocidas de fe y desesperación. Las manivelas para subir y bajar los cristales de las ventanillas habían sido extraídas. Parecía que no había embrague y los cambios de marcha iban acompañados de un estrepitoso chirrido. La conducción, como era habitual, consistía en una serie de aceleraciones bruscas y paradas de emergencia.

En África occidental existe la necesidad de poner a prueba todas las relaciones hasta la destrucción, un impulso irresistible de comprobar exactamente hasta dónde se puede llegar. Tal vez había sido demasiado duro en la negociación del precio. Vi entonces que los Ojos del taxista se clavaban en una mujer enorme que lo llamaba haciendo gestos desde el borde de la carretera. El conductor pisó vigorosamente el freno. Se produjo una breve discusión y trató de que la voluminosa mujer, que portaba además una enorme palangana de esmalte llena de lechugas, subiera también al taxi. Protesté. La corpulenta dama empujaba con palangana y muslos. Empezó a caerme agua fría por la pierna.

—Va casi por el mismo camino. No le voy a cobrar más.

 

El taxista parecía ofendido. La mujer trató de venderme una lechuga. Discutimos blandiendo los puños. La mujer hizo ademán de pegarme. Yo amenacé con apearme sin pagar. Gritamos, vociferamos. Finalmente, la mujer se retiró y continuamos la marcha sin ningún tipo de rencor ni hostilidad, el taxista incluso iba canturreando.

 

Unas horas antes había llegado fresco, relajado y gordo, después de seis meses de convalecencia en Inglaterra; ahora ya estaba demacrado, fatigado y deprimido, y ni siquiera había llegado todavía al hotel.

 

Llegamos. El taxista se volvió sonriente.

 

Dos mil.

 

—Habíamos quedado en mil ochocientos.

 

Pero ahora ya ha visto lo lejos que está. Dos mil.



 

 

 

 

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Revivimos todos los rituales del desacuerdo. Al final, saqué mil ochocientos francos y los lancé contra el techo.

 

—O coge esto o nada y llamo a la policía.

 

Sonrió dulcemente y se guardó el dinero.

 

Pronto me encontré instalado en una diminuta habitación sofocante de suelo recubierto de fresco linóleo. El aire acondicionado emitía un estruendo aterrador, pero no producía ni una brizna de aire frío. Con dificultad, logré conciliar un sueño intermitente.

Llamaron a la puerta. Al otro lado había una figura corpulenta de rostro rubicundo ataviada con unos pantalones cortos de corte imperial. Se presentó simplemente como Humphrey, de la habitación contigua, y habló en un tono de inconfundible carácter británico. Adoptó una actitud que no era exactamente de fastidio, sino más bien el aire de alguien profundamente ofendido.

—Es su aire acondicionado —explicó—. Hace tanto ruido que no puedo dormir si está encendido. El último ocupante era razonable y lo tenía apagado de noche. Muy razonable, sobre todo para ser holandés.

 

—Bueno, lamento mucho que lo incomode, pero si está apagado no puedo dormir. Las ventanas no se abren. Me asaría vivo. ¿Por qué no se queja al director?

Me dedicó una mirada de conmiseración.

 

—Naturalmente, ya lo he intentado. No sirvió de nada. Fingió no hablar inglés. Venga a mi habitación; tomaremos una copa y hablaremos.

Al cabo de varias copas, se creó entre nosotros ese brote de amistad exuberante y breve experimentado por los compatriotas en el extranjero. Me contó su vida. Al parecer, en aquel momento participaba en no sé qué proyecto de asistencia del interior, un plan para producir zumo de fruta enlatado para la exportación.

Anteriormente, Taiwán había financiado el proyecto, pero lo abandonaron cuando Camerún reconoció a la China comunista. Humphrey se pasaba la mayor parte del tiempo tratando de encontrar piezas de recambio compatibles con los tractores taiwaneses que le había legado la administración precedente.

Le conté a Humphrey lo que me había pasado en el aeropuerto, y le pareció bastante suave. Laboriosamente, explicó que el individuo del mostrador de facturación no quería una cerveza, sino un soborno de mil francos. Le agradecí la información, pero no era la primera vez que iba al



 

 

 

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Camerún, Humphrey propuso cenar y abrió la marcha hacia el restaurante del hotel, que estaba forrado de plástico rojo e iluminado mediante bombillas desnudas, lo cual le confería cierto aire de hotel checoslovaco de lujo de los años cincuenta. Las lagartijas se deslizaban en todas direcciones entre las bombillas.

 

El voluminoso y resplandeciente jefe de camareros se nos acercó y señaló las rodillas descubiertas de Humphrey.

—¡Vaya a cambiarse! —gritó.

 

Nos detuvimos y nos miramos. Humphrey se enfureció. Me di cuenta de que estaba verdaderamente colérico. Con toda calma, dijo:

—No. Acabo de llegar del campo y me están lavando la ropa. No tengo otra cosa.

El camarero jefe no se alteró.

 

—Si no va a cambiarse no cena.

 

Éramos como dos niños pequeños ante la institutriz.

 

Humphrey giró sobre sus talones y salió de la habitación a grandes zancadas y con la dignidad de una duquesa. Me vi obligado a seguirlo, pálido reflejo de su enojo.

En un impulso de fraternal solidaridad, me confesó que conocía un lugar mejor, no sin antes mirarme de arriba abajo como si me estuviera evaluando.

—No se lo digas a nadie.

 

Traté de mostrarme honrado.

 

Abrió la marcha por la puerta principal hacia donde esperaban los taxis y las damas de la noche. Las visiones que las diferentes culturas tienen una de otra son siempre interesantes. Un indicio claro es lo que intentan venderse mutuamente. Con la confianza con que esperamos que los americanos se mueran de ganas de tomar el té en una casa señorial, los africanos occidentales suponen que todos los europeos queremos comprar tallas y sexo. Parecía que la expresión facial de moda en ese momento entre las damas de las ciudades de África occidental era de voluptuosa agresividad. Estas chicas, cuya constitución era propia de jugadores de baloncesto, se la habían tomado a pecho, y caminaban lerdamente haciendo exageradas muecas y movimientos con la cabeza.

 

—Hoy no, gracias —dijo Humphrey con firmeza.

 

Su técnica para coger taxis era ciertamente superior a la mía. Las negociaciones fueron enérgicas e inflexibles. Embarcamos. Varias damas



 

 

 

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trataron de montar con nosotros. Humphrey las rechazó con mano paternal.

 

Siguió un largo recorrido por caminos de tierra bordeados de selva. Humphrey daba frecuentes indicaciones. Atravesamos y volvimos a atravesar líneas férreas que centelleaban perversas a la luz de la luna. Extraños olores a tierra fértil, excrementos humanos y ciénagas nos envolvían: Por fin salimos a una superficie asfaltada próxima a los muelles donde barcos desiertos se alzaban desde el agua grasienta.

 

Llegamos a una plaza cerrada en tres de sus lados por edificios de estilo imperial francés que debían de haber empezado a desmoronarse incluso antes de estar terminados. El estuco se desconchaba y las enredaderas habían invadido el pesado calado de cemento de los balcones. Confiadamente, Humphrey me condujo al cuarto lado de la plaza, donde las plantas selváticas y los recolectores urbanos de leña libraban una batalla cuyo resultado era una maraña de tallos.

 

—Ya hemos llegado dijo Humphrey inspirando profundamente.

 

La memoria suele hacernos la jugarreta de intensificar y simplificar. Tal vez yo solo lo veía a través de los ojos de Humphrey, pero lo recuerdo claramente como el único edificio recién pintado de la ciudad, resplandeciente a la luz de la luna, una joya de plata en un mar verde de vegetación. Era un restaurante vietnamita.

Evidentemente, conocían bien a Humphrey. La jefa de comedor, una dama oriental de belleza de porcelana, lo saludó con una delicada sonrisa y una inclinación. El propietario, su esposo, era un expatriado francés que había pasado muchos años en Indochina. Unos niños de color miel, que sonreían en hilera por orden descendente de edad, se acercaron a Humphrey, le dedicaron una reverencia y lo besaron, refiriéndose a él como «Tonton Umfréi». Humphrey se puso un poco sentimental. Me pareció verle secarse una lágrima viril. El patrón se sentó con nosotros y se sirvió cassis y vino blanco entre mutuos recuerdos y comentarios de las novedades familiares. Descubrí que Humphrey tenía una esposa en el norte de Inglaterra, así como algo a lo que se aludió como una «relación estable» en la capital.

 

Durante la hora siguiente, consumimos una comida delicada y sutil, de sabores y texturas exquisitamente variados. Como telón de fondo, sonaba una cinta de suave música oriental, una fina filigrana de flautas y gongs.

Al llegar a la fruta, Humphrey adoptó un aire confidencial:



 

 

 

 

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—De vez en cuando siento la necesidad de venir. Pero no lo hago demasiado a menudo, porque de lo contrario no funcionaría. Me aleja de la total falta de gracia de África. Lo peor son las mujeres, su forma de andar, zancajosas y desgarbadas. ¡Mira! —exclamó admirado.

 

Nuestra anfitriona se deslizaba elegantemente hacia nuestra mesa portando cuencos de agua de limón, que depositó ante nosotros en un único y grácil movimiento. Con un susurro de fino tejido, desapareció.

 

Hizo falta cierta dosis de persuasión para que Humphrey regresara a África. Salió malhumorado y deprimido entre las extrañas enredaderas.

En la plaza, lo olvidó todo de repente cuando vio, al otro lado, a un joven de llamativa indumentaria y andares desgarbados.

¡Madre mía! ¡Es precoz!

 

La misteriosa frase quedó aclarada cuando reveló que Precoz era el apodo del joven.

Es un personaje. Vamos.

 

Humphrey salió disparado.

 

Por muy seguro que estuviera Humphrey de conocer a Precoz, quedó de manifiesto que Precoz no conocía a Humphrey. Probablemente todos los blancos eran para él iguales. Mostró unos dientes blancos y uniformes.

—¿Queréis mujeras? —inquirió con deprimente inevitabilidad.

 

—Ni hablar —declaró Humphrey.

 

—¿Hierba jamaicana?

 

Remedó una inhalación y un profundo éxtasis impropio de este mundo.

 

Evidentemente, era un hombre de repertorio limitado.

 

—Basta ya, Precoz. Soy yo.

 

Precoz examinó a Humphrey con mirada algo turbia, alzando incluso sus gafas de sol de espejo a la última moda. De su rostro perplejo se infería que todavía no lo había situado.

—El Peugeot blanco.

 

—¡Ah!

 

Se hizo patente que ya lo había identificado pero distaba mucho de alegrarse. Humphrey, no obstante, insistiendo en sus buenas relaciones, no se sintió ofendido y nos condujo a un bar próximo donde contó la historia mientras Precoz adoptaba un aire mundano y voluptuoso.

A lo largo de su corta vida, Precoz había sido el juguete de la rueda de la Fortuna, con numerosos ascensos y descensos meteóricos. En la época en que lo conoció Humphrey, disfrutaba de la posesión de un Peugeot



 

 

 

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blanco que era toda su felicidad. Nos relató con mucha claridad cómo el coche había ido a parar a sus manos, sino que la cuestión se trató más bien por encima. Al parecer, Humphrey y él habían salido a investigar la vida nocturna de un club especialmente miserable llamado La Ciénaga. Los niños urbanos de África occidental tienen la encantadora costumbre de «vigilar» los coches de otros. De hecho, se trata de una estafa en estado embrionario. Por una pequeña suma, el coche está seguro. Si el propietario no estuviera dispuesto a desembolsar una propina, podría ser que, cuando regresara, encontrara la pintura rayada, los neumáticos rajados y las cerraduras rotas.

 

Al ver a Humphrey y Precoz bajar de un coche, un niño inocente, en su simpleza, supuso que Humphrey era el dueño, y Precoz, simplemente el chófer. Le pidió a Humphrey una «pequeña cantidad» y este se la negó, mostrándose además sumamente firme en la negativa, algunos dirían que demasiado firme.

Cuando Precoz regresó a buscar el coche, le habían robado los faros, de lo cual culpó a Humphrey. Debía comprarle unos faros nuevos. Puesto que ambos se habían dado a la bebida, la discusión fue larga y, al final, acalorada. Humphrey resultó abandonado. Precoz trató de llegar a casa en el coche sin faros y chocó. Salieron a la luz ciertas carencias en la documentación del automóvil, y este dejó de existir.

 

Precoz se cansó de recordar y se volvió esperanzado hacia mí. ¿Acababa de llegar? Ciertamente era una suerte que hubiera dado con él. Al parecer, era artista y hacía colgantes de marfil. Se sacó algunos del interior de la chaqueta, dejando bien claro que podían ser adquiridos inmediatamente. No ganaba nada vendiéndolos, recalcó. Simplemente cubría gastos. Para él era un modo de expresar su espíritu artístico, Normalmente no los vendía.

Los miré. Por lo visto, su espíritu artístico lo había llevado a producir elefantes en miniatura y siluetas de señoras negras con complejos peinados, todos los cachivaches corrientes que hay en todas las tiendas para turistas de la costa entera. Aparentemente, estaba obligado a venderlos para comprar unos taladros nuevos alemanes muy caros con los que proseguir su actividad artística.

Humphrey se inclinó hacia adelante. Sus palabras cayeron como el plomo:



 

 

 

 

 

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—No te lo va a comprar, Precoz. No es la primera vez que viene. — Me guiñó el ojo—. Pero quizá te invite a una cerveza.

 

Humphrey y yo regresamos al hotel Las siluetas furtivas de las damas de la noche seguían patrullando fuera. Nos retiramos a nuestras habitaciones y, como Humphrey era ahora un amigo, me pasé la noche desosegado, sudando, con el aparato de aire acondicionado apagado.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2. HACIA LOS MONTES

 

 

 

 

En África, los viajes por aire siempre tienen algo de irreal. Uno va sentado, envuelto en aire acondicionado y tomando zumo de fruta fresco, sobre las cabezas de personas que miran hacia arriba desde la sombra de su choza de barro y jamás han pensado en ir más allá de treinta kilómetros del lugar donde nacieron. Vivirán y morirán con la misma montaña en el horizonte. Esto no quiere decir que algunos africanos no hayan sido grandes viajeros. Los diarios de escritores del siglo XVIII como Gustavus Vassa hablan de viajes, desde África a las Indias Occidentales, Virginia, el Mediterráneo e incluso el Ártico. Pero también son elocuente testimonio de los peligros y penalidades que tenía que sufrir cualquiera lo suficientemente temerario como para aventurarse a demasiada distancia de la diminuta zona donde los vínculos de parentesco y de sangre ofrecen protección. La mayoría de los africanos rurales tienen un conocimiento de la geografía que tiende a la mitificación. En mi propia aldea, nadie había visto el mar, y, por la noche, los ancianos sentados en torno al fuego me preguntaban una y otra vez si existía de verdad tal cosa. Les horrorizaba solo pensarlo y, cuando les describía las olas, juraban que no deseaban ver nunca espanto semejante. Un viajero avezado afirmaba haberlo visto en la ciudad más próxima, situada a unos ciento veinte kilómetros de distancia, y hacía una gran descripción de su magnificencia. Yo no me atrevía a decirle que lo que había visto era el río crecido.

 

Nos detuvimos en la capital, Yaoundé, antes de seguir viaje a la meseta central, donde yo trataría de encontrar quien me llevara de nuevo hasta mis montañeses. Mientras el avión todavía rodaba por la pista, la azafata nos explicó que, durante la media hora que duraría la parada, podíamos quedarnos a bordo o bien acercarnos a la terminal.

Resultaba difícil saber qué era lo más sensato. ¿Qué hubiera hecho Humphrey? A veces en los aviones hay más reservas que plazas, especialmente en período de vacaciones, cuando los maestros venden en el mercado negro los billetes que les dan gratis. Valiente es aquel que abandona el asiento que posee. Por otra parte, sin duda la media hora sería



 

 

 

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una media hora centroafricana y duraría considerablemente más de lo normal. Tal vez un hombre sabio se procuraría las limitadas comodidades de la terminal en lugar de permanecer enjaulado en un caluroso avión. Decidí en favor de la terminal. Quizá fuera la última vez en muchos meses que vería un bocadillo de jamón. Por desgracia, me decidí demasiado tarde. La azafata me gritó que ya no podía salir del avión. Estaba prohibido. Debía regresar inmediatamente a mi asiento.

 

Las azafatas de África occidental distan mucho de las apariciones serenas y tranquilizadoras de zonas más frescas. Quizá son sometidas al mismo entrenamiento que las camareras de hotel rusas y las porteras francesas. Saben que su misión principal es mantener a los pasajeros en orden, vigilarlos y controlarlos. Sobre todo, deben ser obedecidas.

 

En un vuelo anterior, uno de los pasajeros había pasado el rato de la parada tomando fotos a través de la puerta abierta, seguramente habituándose a una cámara nueva. Parecía un empleado de la compañía que hubiera construido los aparatos que prestaban servicio en los vuelos interiores deseoso de enseñar con orgullo imágenes de su obra. Una azafata lo descubrió y denunció rápidamente. A esto siguió una prolongada discusión con un policía que lo acusaba de fotografiar instalaciones estratégicas y que le confiscó la cámara fotográfica. Este vuelo fue más tranquilo. La única distracción corrió a cargo de una niña que se marcó y vomitó en el pasillo. La estricta azafata obligó a la madre a limpiar el desaguisado.

 

Al cabo de aproximadamente una hora, regresaron los demás pasajeros con historias de refrescos y bienestar. Naturalmente, no hubo problema con los asientos. El avión continuó viaje casi vacío. Yo entablé conversación con un norteamericano del Cuerpo de Paz que se dirigía a un destino en las proximidades de Ngaoundere.

El Cuerpo de Paz es una organización que tiene como objetivo fomentar el entendimiento y la buena voluntad internacional enviando jóvenes por todo el mundo para trabajar en estrecha colaboración con los indígenas en diversas buenas obras, que pueden ir desde enseñar inglés a construir letrinas. En Camerún cierto número de veteranos de Vietnam, que todavía no habían cumplido los treinta años, se dedicaban a la organización de los parques naturales. Enormes gigantes peludos y gentiles deambulaban por la sabana en sus motocicletas localizando y contando elefantes. El estilo de vida de los miembros del Cuerpo de Paz



 

 

 

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podría calificarse razonablemente de «alegre». Pocos regresan a Estados Unidos tan limpios como llegaron. Sea cual sea su contribución al desarrollo del Tercer Mundo, experimentan una rápida transformación personal.

 

La sede del Cuerpo de Paz en Ngaoundere era siempre un establecimiento agradablemente destartalado por el que pasaban todo tipo de personajes itinerantes, de camino al mundo exterior o de regreso de él.

El mobiliario mostraba las señales de haber sido sometido a un uso intenso; no eran muchos los miembros del Cuerpo de Paz inclinados a ir por ahí con cera para muebles. Su ocupación múltiple hacia que el lugar entramara ciertos peligros. La botella de limonada del frigorífico podía contener con la misma probabilidad líquido para revelar fotografías, y el pedazo de carne lo mismo podía formar parte de la investigación de alguien sobre el envenenamiento de ratas en los barrios bajos que ser apta para el consumo humano.

Hay una figura que vivió allí durante muchos años y sigue proyectando una larga sombra. Su paso se vio particularmente marcado por una piel de animal extrañamente vulgar que servía de tapete sobre el rayado y pelado aparador. Intrigado por el objeto, una tarde pregunté qué hacía en una casa por lo demás firmemente entregada a la eliminación de lo no esencial, Parecía un perifollo fuera de lugar, como volantes en un monasterio. Se hizo el silencio.

—¿No sabes lo del gato de McTavish? —preguntó una voz incrédula. Al parecer, había existido un individuo llamado McTavish. Plenamente

asimilado a la mitología local, se le describía como increíblemente corpulento y peludo, de vasto apetito y generosa sexualidad. Según se rumoreaba, tan colosales eran sus correrías por el barrio de mala nota que asombró a muchos médicos por la virulencia de la enfermedad infecciosa de la que fue presa. Eso resultó su perdición. Fue repatriado y convertido objeto de una investigación médica. No obstante, en Ngaoundere su influencia permanece viva. Muchas amistades en germinación se secaron cuando la señorita comentaba a su acompañante miembro de la altruista organización: «Yo tuve un amigo en el Cuerpo de Paz. Se llamaba McTavish».

Fuera cual lucra el porcentaje de verdad o falsedad existente en el retrato que se hacia de McTavish, su presencia es patente en el tapete de pellejo de gato, ahora una estimadísima reliquia de la casa. El gato de



 

 

 

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McTavish, cuyo nombre no ha quedado registrado en el cuento, recordaba mucho a su dueño. Resultado del cruce de un macho salvaje y una hembra doméstica, era grandote, malvado, voraz y lascivo. Algunos testigos afirman que su pellejo tenía un ligero tinte verdoso que no es visible en el tapete.

 

Puesto que la comida que le proporcionaba su dueño era irregular, al gato de McTavish le dio por matar a las gallinas de los vecinos. Cuando estos trataban de tenderle una emboscada, él daba grandes rodeos. Si ellos trataban de prepararle celadas, él destrozaba las trampas y continuaba llevándose las gallinas. Al final, McTavish no podía ya seguir haciendo caso omiso de las protestas y reclamaciones, y prometió librarse del gato. Lloroso, resolvió hacerlo con sus propias manos. La batalla fue larga y enconada; el gato despreciaba el veneno y evitaba con facilidad las saetas de la ballesta de McTavish. Además, se desquitaba atormentándolo con llantos nocturnos. Por fin, una tarde sofocante, McTavish lo arrinconó detrás del depósito de agua. A sabiendas de que había llegado su hora, el gato decidió vender cara su vida. Aunque la lucha fue terrible, el resultado no podía ser más que uno. El gato pereció y McTavish se retiró a lamerse las heridas. No obstante, un empleado de la compañía de electricidad había observado la batalla. Viendo que el gato estaba muerto, le pidió a McTavish que le permitiera comerse los ojos, pues le habían dicho que ello le proporcionaría videncia. McTavish, que no era de los que dejan pasar una nueva experiencia, lo permitió. Una cosa llevó a otra y se apoderó de él un acceso de utilitarismo. La carne de calidad era escasa. Así pues, guisó el gato con curry y curtió su pellejo. No está claro si los que cenaron allí aquella noche sabían lo que se iban a comer antes de hacerlo. Sin embargo, tan grande fue la furia ante tal incesto culinario que varios cayeron enfermos y hubo amistades que se rompieron para siempre. Los restos del curry permanecieron ominosamente en el frigorífico durante un mes hasta que McTavish los tiró. Los vecinos explicaron que se los había comido un gato salvaje cuyo pellejo tenía un tono verdoso.

 

Un joven americano presente en la conversación no se inmutó al oír el relato del gato de McTavish; estaba lleno de juvenil entusiasmo y altos ideales. Contó que había ido allí para ayudar a construir piscifactorías en la meseta a fin de que mejorara el contenido en proteínas de la dieta local. Recordé el caso de otro hombre del Cuerpo de Paz que había trabajado anteriormente en ese proyecto y, tras varios años, llegó a la conclusión de



 

 

 

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que su principal logro había sido incrementar la incidencia de las enfermedades transmitidas por el agua en un quinientos por ciento.

 

Pero también, en el trabajo de campo hay breves intervalos en que todo sale mal. Llegamos por fin a Ngaoundere, nos despedimos y yo pude alcanzar la misión protestante sin incidentes y con todo el equipaje.

Es una característica del viajero experto saber con qué se puede presentar en cada sitio. En Camerún, uno no lleva una botella de vino, sino un budín de Navidad y un queso Cheddar grande enlatado. Estos manjares le aseguran a uno una bienvenida instantánea.

Para mi considerable sorpresa, mi carta a Jon y Jeannie Berg, mis misioneros en la tierra de los dowayo, había llegado, y habían retrasado su partida de la ciudad de Ngaoundere para esperarme. Podíamos salir hacia los montes al día siguiente.

El trayecto en coche fue largo y con los incidentes usuales. Al llegar al borde del precipicio que separa la meseta central de la llanura septentrional, se produjo la usual tormenta acompañada de lluvia torrencial. Mientras descendíamos la pronunciada pendiente, con la primera marcha chirriando, el calor ascendió a unos asfixiantes treinta y ocho grados y siguió así durante el largo recorrido por la carretera asfaltada a trozos hasta el camino de tierra de Poli.

En cuanto llegamos a ese punto, se hizo evidente que se habían producido cambios. En mi primer viaje, el camino estaba tan lleno de piedras y socavones que en varios momentos me pregunté seriamente si no me habría apartado de él por error. Ahora, la influencia del nuevo sous-préfet, el representante del gobierno central, se dejaba notar. El camino estaba irreconocible, liso y ancho como una pista de aterrizaje nueva, una vistosa cinta roja que cortaba las tierras vírgenes. Cierto es que hacia el fin de la estación de las lluvias volvería a estar lleno de roderas y muestras de erosión, pero era un sorprendente signo de optimismo y empeño en una población que hacía tiempo que se había resignado al abandono y la decadencia.

 

Al final del largo y penoso trayecto hasta Poli constatamos otros cambios. En el mercado, se usaban balanzas para pesar las frutas y verduras en lugar de los sistemas más bien subjetivos que habían prevalecido hasta entonces. Los precios se anunciaban claramente. Por increíble que parezca, había carne a la venta. Ciertamente, parecía que



 

 

 

 

 

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todo esto habría servido para deprimir a los comerciantes en lugar de para levantarles el ánimo, pero había un bullicio desacostumbrado en el lugar.

 

Nos detuvimos en la misión, donde fuimos objeto de una entusiasta bienvenida por parte de Barney, el perro alsaciano de los Berg, y una salutación no menos entusiasta de Rubén, el mozo.

Iniciamos una larga rutina de: «¿Está el cielo despejado para ti?», «El cielo está despejado para mi. ¿Está despejado para ti?», y otras retahílas por el estilo, las fórmulas habituales de salutación. Pero Rubén no ponía el corazón en ello; sus ojos no paraban de deslizarse hacia la trasera del camión, donde yacía una flamante bicicleta nigeriana, todavía envuelta.

Como la mayoría de los habitantes de África occidental, Rubén estaba aquejado de deudas crónicas. Ello no se debe simplemente a una escasez de fondos en metálico frente a los deseables bienes de consumo, Es más bien un sistema tradicional de vida. Mientras que los occidentales gruñen bajo el peso de tener que comprar una casa, los africanos se hipotecan hasta las cejas para comprar una esposa. Las revistas de África occidental están llenas de las desgracias que causa a los jóvenes la necesidad de apoquinar grandes cantidades de dinero y de ganado para poder casarse. La juventud se mofa del sistema, pero nadie está dispuesto a ser el primero en entregar a su hija o hermana sin recibir nada a cambio. Si lo hiciera, ¿como podría él, a su vez, comprar una esposa para sí mismo o para su hijo? Y de este modo se mantiene. Los dowayo siempre se mostraban incrédulos cuando les contaba que «en mi aldea» entregábamos a nuestras hijas sin recibir nada a cambio. Un dowayo de disposición emprendedora pero escasa conciencia etnológica me preguntó si no podía hacer que me enviaran un cargamento. Podríamos casarnos con ellas y quedarnos el dinero. Todo parecía lógico.

 

Como consecuencia de los pagos nupciales, el país de los dowayo se halla en un constante estado de litigio. Los pagos se fragmentan a lo largo de muchos años y se espera que todos los parientes contribuyan. Casi inevitablemente, en un momento u otro la esposa de todo hombre huye, aunque solo sea para obligarlo a ceder en alguna disputa doméstica. Él intenta que le devuelvan lo pagado hasta el momento a cambio de la esposa. Los familiares de la esposa tratan de obligarlo a pagar todo lo que debe. Tal vez sus propios parientes le pregunten educadamente qué ha sido de su contribución, hasta que ya no vea salida, Las deudas pendientes se recuerdan durante varias generaciones y se heredan. Los dowayo incurren



 

 

 

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en incontables intrigas por estas viejas disputas. Como los jugadores de ajedrez, tienen la habilidad de planear varios movimientos por adelantado. El golpe supremo es cobrar una deuda que se creía incobrable. Así, si A le debe una vaca a B, que le debe una a C, amigo de A, A puede darle la vaca a C y permitirle cobrar una deuda vieja que todo el mundo hubiera dado por perdida. Por supuesto, B debería haber previsto el peligro y haber arreglado sus deudas de forma más hábil.

 

Es imposible vivir mucho tiempo en semejante clima de deudas feroces sin ser absorbido. Yo terminé endeudado con la misión. El jefe tenía una deuda conmigo, pero mi ayudante le debía dinero a la esposa del jefe, quien se lo había prestado al jefe de la lluvia. Todo esto hacía que comprar o vender cualquier cosa estuviera erizado de dificultades, pues probablemente el dinero de la transacción desaparecería a lo largo del proceso como liquidación de alguna deuda totalmente distinta, contraída tal vez hacía años.

Las finanzas de Rubén eran tan complejas como las de una corporación multinacional suiza, pero ansiaba desesperadamente tener una bicicleta. Jamás podía esperar ahorrar lo suficiente como para comprar una, pues todo el mundo sabía con exactitud cuánto ganaba y lo tenía todo comprometido con antelación, Así pues, Rubén había llegado a un acuerdo secreto por el cual, en lugar de que le aumentaran el sueldo como reconocimiento a sus buenos servicios, debían «regalarle» una bicicleta y retenerle el aumento hasta que esta estuviera pagada. Esto, naturalmente, constituía un considerable préstamo sin interés, pero también abría nuevas áreas de endeudamiento y obligaciones que no habían sido previstas, al menos por nadie que no fuera Rubén.

 

La principal característica de este modelo de bicicleta en particular, aparte de su enorme peso, era la incorporación de un tipo especial de tornillo hecho con una curiosa aleación, que seguramente había sido creada ex profeso para este propósito. Sea como fuere, los tornillos tenían la exasperante costumbre de partirse cada vez que alguien trataba de apretarlos o aflojarlos. El resultado fue un intenso comercio de piezas de recambio con la ciudad, situada a unos ciento veinte kilómetros. Yo mismo, los misioneros, el médico y los maestros, de hecho cualquiera que viajara, se veía en la obligación de actuar como agencia compradora de recambios. A lo largo de los años, el modelo había cambiado mucho, se había alterado el tamaño de los tornillos y no se podía estar seguro de que



 

 

 

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cualquier pieza fuera bien. Naturalmente, el intermediario era considerado responsable de todas las piezas inadecuadas que trajera.

 

Cada vez que la máquina de Rubén hacía alarde de su temperamento, él se mostraba triste, suspiraba profunda y dramáticamente por toda la casa y por lo general transformaba el ambiente reinante en el de una funeraria. Al final se hacía insoportable y se le suministraban recambios nuevos a crédito, ante lo cual él sonreía deslumbrante y llenaba la casa de cantos. No sé cómo, siempre se las arreglaba para crear en nosotros una persistente sensación de culpa por haber sido capaces de proporcionarle una máquina tan deficiente.

 

No habían pasado sino unas semanas cuando se me presentó un dowayo en la aldea pidiéndome un préstamo porque Rubén conseguía siempre las piezas de recambio pero insistía en cobrar en efectivo. Nunca quise hacer demasiadas averiguaciones, pero sospecho que, a cambio de una gratificación, se daba un intercambio de piezas entre los clientes y la bicicleta de Rubén. Este mostraba la pieza defectuosa como prueba de lo despreciable de la bicicleta que había comprado Jon, quien rápidamente debía suministrarle el repuesto a crédito, mientras Rubén disfrutaba del pago inmediato y cobraba por el servicio. Había convertido su bicicleta en un banco.

Pero las preocupaciones de Jon estaban lejos de las especulaciones financieras de Rubén. Sin desalentarse por mis propios intentos catastróficos de persuadir a la tierra de la zona de que diera fruto, había construido una huerta en la ladera de debajo de su casa. Para ello había levantado un sistema de barricadas y alambradas que cerraran el paso al ganado que merodeaba por allí y cuya tendencia a «saquear» era proverbial. Bajo la mirada de los caminantes, crecieron melones, judías, guisantes y todo tipo de plantas exóticas. Todos se detenían a dar consejos. La mayoría predecían maldiciones a la manera de los agricultores de todo el mundo. Pero Jon continuaba trabajando, y la operación de regar era un ritual vespertino que le producía una profunda satisfacción y llagas en las manos. Como había hecho yo antes que él, sin duda se imaginaba dándose un banquete de enormes guisantes y suculentas calabazas que le hacia babear mientras trabajaba.

 

En los trópicos, el sol se pone deprisa y, tras un breve crepúsculo, da paso a una profunda oscuridad. Una luna casi llena se alzó con indecente celeridad sobre los irregulares picos graníticos. En los lejanos montes,



 

 

 

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unos puntos de color rojo vivo señalaban el lugar donde se quemaba la maleza seca para que creciera una hornada nueva. El calor, el susurro de un millón de grillos, la suave luz de la luna, todo hacía de la galería un lugar agradable para adormecerse. De la huerta llegaba el sonido producido por Jon, que reía entre dientes con sus melones; de la parte de atrás, las complacidas risitas de Rubén, que acariciaba la brillante pintura negra de su flamante bicicleta, la primera cosa totalmente nueva que había poseído jamás. En la cocina, Marcel, el cocinero, se peleaba desesperadamente en francés con un budín de Navidad inglés y rezaba para que lloviera. Todo parecía completamente normal.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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3 PRESENTACIÓN ANTE EL CÉSAR

 

 

 

 

La llegada a una población de África occidental obliga al europeo a una serie de «formalidades» que, de ser descuidadas, representan para él un grave riesgo e implican una curiosa mezcla de vanidad y auto humillación. El visitante corriente se asombraría de que las autoridades se tomaran ningún interés por su presencia en tan hermosa localidad. Pero, si no cumpliera con las normas, probablemente se «descubriría» que era un espía o algo peor. Así pues, hay que hacer un recorrido bastante deprimente con objeto de ir anunciando la presencia de uno, de modo parecido a como en otra época los europeos dejaban sus tarjetas de visita en lugares estratégicas.

 

Inevitablemente, la primera visita había de dedicarla al jefe de policía, armado con todos los documentos pertinentes.

Al emprender el camino hacia la ciudad, me encontré con muchos rostros conocidos, algunos dowayo, otros, habitantes de la ciudad de ascendencia fulani o sureña. Educadamente, se interesaron por el bienestar de mis esposas y mi cosecha de mijo. Yo hice lo mismo.

Cuando visité África por primera vez me sorprendió muchísimo mi incapacidad para reconocer a los africanos individualmente, abrumado como estaba por las diferencias superficiales. Es similar a lo que suele ocurrir ante una galería de retratos de caballeros tocados con pelucas empolvadas. Cuando se llega al tercero, los anteriores han desaparecido de la memoria. Ahora me complacía poder recordar los nombres de la gente a quien no veía desde hacía cierto tiempo, hasta que llegué a un hombre que evidentemente me conocía pero que a mí me dejaba totalmente indiferente. Avergonzado, me di cuenta de que el problema era que se había cambiado de camisa. La mayoría de los dowayo poseen una sola camisa de diario, de modo que inevitablemente siempre visten la misma. Aunque por lo general se asean en el camino de regreso a casa desde el campo, casi nunca se lavan la ropa; simplemente la usan hasta que alcanza el estado de desintegración, y a veces más allá. El principiante aprende a reconocer a la gente por su ropa en lugar de por sus rasgos.



 

 

 

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En el puesto de policía había dos o tres alegres jóvenes que vestían holgados uniformes color caqui y haraganeaban con las botas quitadas para estar más cómodos. Se estaban enseñando las diversas cicatrices y heridas de los dedos y talones, recordando pasadas lesiones o aventuras.

 

Aquí es donde me picó una serpiente. Todo el mundo se sorprendió de que no muriera.

—Esto es de cuando me caí de la moto en los entrenamientos. El dolor era horrible.

África es muy dura con los pies.

 

Un solitario preso tarareaba en voz baja mientras pintaba las piedras blancas que rodeaban el mástil. Sobre su cabeza, la bandera pendía fláccida en el aire inmóvil.

Me saludó uno de los reclutas, al que conocía de mi anterior visita, un cristiano ferviente que hacía un curso de francés por correspondencia.

Bienvenido. Ha regresado. ¿Cómo se llama en francés el que tiene un molino?

Estaba mordisqueando un lápiz y parecía preocupado.

 

Por un costado apareció un cabo, claramente menos jovial que los holgazanes. Su primera acción fue advertirme que estaba en propiedad gubernamental y no debía sacar fotografías. Puesto que no llevaba cámara, se trataba de una advertencia superflua, pero la acepté con la debida sumisión. Procedimos a la inspección de mi pasaporte, frunciendo el entrecejo con suspicacia y alzando los sellos a la luz. Era una lástima que el jefe se hubiera marchado a Garoua en una importante y delicada misión. Solo él podía tomar la decisión de permitirme firmar en el libro destinado a los extranjeros. ¿Cuánto tiempo estaría fuera? ¿Debía esperar? No podía preverlo, pero llamaría a la Jefatura de Policía de Garoua para comprobar si había salido ya. Sacaron una gran radio de dentro de un armario y el cabo empezó a gritarle entre silbidos y descargas de electricidad estática. Se oía una voz tenue, como de un ahogado, que repetía algo con gran insistencia. Luego de una breve pausa, se oyó que decía muy claramente: «¿Qué quiere?». A lo cual el cabo contestó: «¿Quién?». Y la electricidad estática volvió a envolvernos como si de niebla se tratara.

 

—Condiciones meteorológicas adversas —anunció e cabo concluyentemente, plegando la antena.

Ambos miramos el cielo perfectamente azul que se extendía sobre los montes. Me pareció poco atinado decir nada más, de modo que me dispuse



 

 

 

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a marcharme.

 

En ese momento, rodeado por una nube de polvo, llegó un Land Rover algo destartalado. Su cubierta de lona verde había sido sustituida por otra azul celeste de fabricación casera que le confería un aspecto de campamento de vacaciones. De él bajó el jefe, algo acalorado y polvoriento, pero con el aire del que acaba de hacer un buen trabajo.

 

—Ahora me es imposible hablar con usted —declaró—. Vengo de buscar provisiones urgentes. Vuelva mañana a las once.

Mientras me alejaba, eché un vistazo a la trasera del automóvil. Tal como me había imaginado, estaba lleno de cerveza. Posteriores investigaciones revelaron el rumor de que el vehículo se utilizaba para transportar cerveza a las aldeas del río Faro, situadas a unos cuantos kilómetros de allí, que no tienen otro medio de obtener bebida, y donde, según se decía, se vendía a precios astronómicos.

Si era cierto, se trataba de una de las funciones más caritativas del jefe, y sin duda se merecía los pequeños beneficios que tan arriesgadamente obtenía.

En el otro extremo de la ciudad, el húmedo y deprimente despacho del sous-préfet que yo recordaba había sido engalanado con la aplicación de una capa de cal. Unas figuras con aire de oficinista, cubiertas con túnicas blancas, arrastraban unos pies calzados con sandalias de una habitación a otra cargando manojos de papeles. Si bien hay que admitir que sus andares no eran precisamente ágiles, era la primera vez que se veía a alguien en movimiento en ese edificio. El empleado encargado de la recepción me dijo que el sous-préfet no estaba visible. Sin embargo, como era dowayo, insinuó que tal vez lo encontraría si pasaba por casa del jefe municipal.

 

Cuando llegaron las fuerzas coloniales, en muchos lugares de Camerún encontraron un sistema según el cual los jefes fulani gobernaban a los pueblos paganos, y consideraron conveniente generalizar tal sistema a las zonas donde no habían llegado los invasores fulani, como Poli. Ahora hay en la ciudad un jefe fulani, que preside el tribunal nativo y reclama jurisdicción sobre la zona. Los dowayo indígenas se sienten muy agraviados por ello y procuran tener el menor trato posible con él. A su modo de ver, jamás fueron derrotados por los fulani, y el jefe no sería bien recibido en sus aldeas.

 

En mi visita anterior, no se había precisamente congraciado conmigo. Como propietario del furgón del correo, poseía virtualmente el monopolio



 

 

 

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del transporte entre Poli y las grandes ciudades. Puesto que era íntimo del sous-préfet anterior, se había esforzado por conseguir que no se autorizara ningún servicio de autobuses, no se vendiera gasolina y no se permitiera a nadie más transportar pasajeros. Puesto que la presencia de un extranjero había de atraer la atención de la policía sobre su camión siempre sobrecargado hasta la ilegalidad, indefectiblemente me ponía todas las trabas posibles para viajar en su vehículo, llegando incluso a cambiar los lugares de recogida de pasajeros o los días de salida cuando yo estaba fuera. Otra fuente de fricción fueron sus decididos intentos de hacerme miembro del único partido político autorizado en Camerún, operación por la cual recibía comisión.

 

No obstante, puesto que el tiempo había mitigado nuestra antipatía, decidí ir a buscar al sous-préfet en su cubil, aunque mucho me temía que en los montes ya se debía de estar llevando a cabo el rito de la circuncisión en tanto yo perdía el tiempo en la ciudad.

Tras mucho dar palmas ante la casa del jefe, apareció un niño que se escurrió en seguida a anunciar mi llegada. Cuando llegó el momento, me condujeron a un cuartito con el suelo cubierto de grava. Las paredes estaban pintadas con motivos geométricos fulani y la sensación general era de una vivienda limpia y agradable. Encontré al jefe y al sous-préfet tendidos en el suelo sobre alfombras escuchando música árabe procedente de la radio. Al entrar yo, el jefe escondió hábilmente entre sus ropajes una botella de whisky. Me pareció un movimiento perfeccionado por muchos años de práctica.

El sous-préfet se levantó a saludarme. Sonrió y dirigió unas palabras en fulani al jefe municipal, que frunció el ceño, sacó la botella y me sirvió una pequeña cantidad en un vaso en el que se leía «Recuerdo de Cannes». Nos aposentamos, y el sous-préfet se lanzó a una perorata en francés perfecto sobre sus planes para la ciudad. Sus ojos centelleaban de entusiasmo tras las gafas mientras hablaba de agua corriente y de nuevas instalaciones eléctricas (comodidad que se había dejado echar a perder desde la marcha de los franceses).

 

Estaba decidido a tener teléfono antes de que transcurrieran dos años. —Mi trabajo es animar —informó—. Ya le he explicado a mi amigo

aquí presente —dijo señalando al jefe que tal vez sea necesario derribar su casa para construir la centralita telefónica. Soltó una risita perversa a la que el jefe contestó con una lánguida media sonrisa—. Estoy decidido a



 

 

 

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volver activos a los dowayo. Usted, por favor, me suministrará información pertinente.

 

La ética de la antropología no es sencilla. Normalmente, el antropólogo trata de influir lo menos posible en el pueblo que está estudiando, aunque sabe que tiene algún efecto. En el mejor de los casos, tal vez devuelva a un pueblo desmoralizado y marginal cierto sentido de su propia valía y del mérito de su propia cultura. Pero, por el mero acto de redactar la monografía de rigor sobre cualquier pueblo, los presenta con una imagen de sí mismos coloreada mediante sus propios prejuicios e ideas preconcebidas, puesto que no existe una realidad objetiva sobre un pueblo extranjero. El uso que hagan de su imagen es imprevisible. Pueden rechazarla y reaccionar contra ella. También pueden cambiar para ajustarse mejor a ella y convertirse en actores fosilizados de sí mismos. De cualquier modo, la inocencia, la sensación de que algo se hace porque las cosas no pueden ser de otro modo, se pierde.

 

Durante la era colonial, los antropólogos siempre tenían una relación difícil con las autoridades, que deseaban usarlos para cambiar a los pueblos. Ahora, al parecer, me pasaba a mi.

—¿Por qué son tan perezosos los dowayo? —me preguntó.

 

¿Y por qué está usted tan lleno de energía? repliqué yo.

 

Se echó a reír y, blandiendo un ejemplar de un libro de la señora

 

Gandhi, añadió:

 

—He leído este libro de la hija de Gandhi. Dice muchas cosas buenas de los males del colonialismo.

Le dije que la señora Gandhi en realidad no era hija de Gandhi. Se quedó pasmado.

—Pero ¿cómo es posible? Es una falta de honradez. ¿Está usted seguro?

A partir de entonces, casi cada vez que nos encontrábamos me preguntaba si la señora Gandhi era o no hija de Gandhi. Yo mismo empecé a dudar; mi anterior certeza quedó debilitada por sus ansiosas preguntas. Parecía que la respuesta era crucial para el valor del libro. Cuando regresé a Inglaterra y me encontré con los amigos que venían a recibirme al aeropuerto, debió de parecerles raro que lo primero que les preguntara fuera: ¿Os acordáis de la señora Gandhi? ¿Es de verdad hija…?

 

Le mencioné al sous-préfet que acababa de ir a ver al jefe de policía y me preguntaba si estaba al corriente del subrepticio negocio que estaba



 

 

 

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haciendo con la cerveza. Se echó a reír y dijo:

 

—Una vez le hizo sudar a usted un poco.

 

Se refería a una ocasión en que me perdí en el campo de noche y, al dirigirme a la luz más próxima, me encontré detrás de la casa de su ayudante. El jefe de policía quedó inmediatamente convencido de que estaba espiando y me hizo pasar uno o dos momentos de desasosiego mientras me interrogaba.

—Es buen hombre —dijo el sous-préfet— quizá en ocasiones excesivamente entusiasta—. Sonrió, se inclinó hacia adelante y me aguijoneó con el compendio de sabiduría de la señora Gandhi. —Lo tenía bajo control, ¿sabe? No hubiera permitido que le ocurriera nada a usted.

Le di las gracias profusamente y me retiré; ahora le tenía incluso más simpatía que antes y me alegraba de que hubiera confundido a todos aquellos que estaban convencidos de que la persistente obstinación de Poli y sus habitantes quebraría rápidamente su optimismo. El jefe municipal no había dicho una palabra y me estrechó las manos de mala gana cuando me marché.

En la calle, habían empezado a caer las primeras lluvias, unas gotazas rodaban sobre la superficie de la tierra como si de hierro ardiente se tratara. Eché a andar penosamente por el espeso polvo de la estación seca; de pronto, la calle se llenó de niños que gritaban y corrían alborozados, extendiendo sus túnicas por el mero placer de sentirse mojados y frescos.

 

Cuando llegué al puente de la misión, el río se había convertido en un torrente furioso y no había posibilidad de cruzarlo. La fuerza del agua era tal que, sencillamente, podría haberme arrancado las piernas de debajo del cuerpo. Además, no me apetecía nada meter mis purísimos pies, que había limpiado de parásitos en Inglaterra («Mira, aquí es donde tuve lombrices de río, aquí es donde me quitaron las niguas»), en aquella inundación, la primera del año. Evidentemente, se trataba de la avenida que se llevaba río abajo toda la suciedad y contaminación acumuladas durante el año entero.

 

Cuando por fin llegué a la misión estaba oscureciendo, La única ropa seca que encontré fueron unas largas túnicas fulani que Jon y Jeannie habían comprado como recuerdo. Marcel y Rubén se pusieron histéricos de risa en cuanto me vieron, y empezaron a seguirme despiadadamente llamándome «¡Lamido, lamido!». («¡Jefe, jefe!»).



 

 

 

 

 

 

 

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4. NUEVAMENTE EN LA BRECHA

 

 

 

 

Tras cubrirme las espaldas con las autoridades, lo único que necesitaba para ponerme de nuevo en marcha era recuperar a Matthieu, mi antiguo ayudante. Por las cartas que había recibido de él en Inglaterra, largas disquisiciones en las que los problemas derivados de los precios de las novias desempeñaban un importante papel, sabía que intentaba entrar en el servicio de aduanas. Ese empleo, me contó, era un medio seguro de enriquecimiento, pero temía en gran manera ser destinado a una zona lejana, distanciado de otros miembros de su tribu, entre «salvajes» que tendrían costumbres asombrosas y comerían mala comida. ¿Había cristianos en la zona más septentrional del país? No estaba seguro.

 

Las investigaciones entre la juventud «privilegiada» del país de los dowayo, los que se dedicaban a pasear por la única calle del pueblo y mataban el tiempo en el bar Adamoua, revelaron que Matthieu esperó durante muchos meses el resultado de su examen de ingreso y luego se entregó al pecado y la desesperación y regresó a su aldea, Decidí ir a buscarlo.

Una vez más, la misión vino en mi ayuda evitándome una larga caminata hacia el río en la esperanza de que algún camión me recogiera, equipándome con una buena furgoneta, alquilada al precio debido, Me propuse emprender viaje la mañana siguiente al amanecer, con ganas de disfrutar de la vacía soledad del campo.

Sin embargo, un extraño servicio de inteligencia observa tales empresas y cuando salí de casa al día siguiente, con las primeras y frías luces del alba, un grupo de personas me aguardaba con su equipaje amontonado a los pies. Sabían exactamente adónde me dirigía y estaban decididos a acompañarme hasta allí, si no más lejos. Uno acaba aceptando rápidamente como inevitable la presencia de semejante banda de acompañantes. De no haberse materializado, hubiera sido una experiencia casi sobrenatural, un silencio repentino en una habitación abarrotada. Negarme era, por supuesto, imposible. Subimos al vehículo sin formalidades, dando furiosos gritos y empellones. Dejar sentado que yo



 

 

 

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debía disponer de espacio suficiente para acceder a la palanca de cambio de marchas y a los frenos requirió una gran firmeza, y solo me concedieron ese espacio a regañadientes. Anuncié formalmente adónde me dirigía. Ellos mostraron su conformidad inclinando la cabeza. Faltaría más. Aquello estaba claro. Así pues, podíamos partir de inmediato. Sujetaron con fuerza los fardos de ñames, ropa y gallinas enfurecidas, con las patas atadas para facilitar su transporte, y emprendimos la marcha. El viaje transcurrió sin incidentes. Solo hubo una pelea, causada por las gallinas de una mujer que picoteaban al niño de otra. Un pasajero trató de detenernos al salir al campo para sacar de su escondite a una esposa y seis grandes bultos de materia indeterminada. Todos los demás denunciaron con rabia esta maniobra, de modo que el hombre abandonó a su mujer y continuó con nosotros solo. Se distribuyeron cacahuetes, que se disfrutaron con gran alarde de chasqueo de labios y bromas sobre su efecto laxante sobre las mujeres.

 

De repente, vi una cosa que me hizo pisar con fuerza el freno y gritar alborozado. Una figura extraña y voluminosa desaparecía a toda prisa entre la maleza. A primera vista, era un cuerpo aproximadamente cónico de un metro ochenta de altura. Un cono de cestería, cubierto de hojas y ramas, equipado con dos brazos y dos pies, se inclinaba peligrosamente mientras corría hacia campo abierto. Por las descripciones que había oído, sabía que no se trataba de un espejismo, ni de un monstruo, ni de un amigable guardián inglés de los campos de golf. Era un muchacho que había sufrido la circuncisión hacía unos meses y circulaba protegido de la mirada de las mujeres mediante aquella cobertura de pies a cabeza. Señalé la masa en movimiento.

 

¿Cuándo circuncidaron a ese chico?

 

Inmediatamente, se produjo una explosión de escandalizadas risitas entre dientes y negaciones de que hubiera nada en el campo. Las mujeres desviaron los ojos o se cubrieron el rostro con las manos. Las gallinas vapuleadas chillaban. Un niño lloraba. Sabía muy bien que, aunque resultaba exasperante, estos asuntos no podían tratarse delante de las mujeres, pero se requería un gran auto control para tragarse las preguntas frustradas. Al fin y al cabo, para eso había ido hasta allí. ¿Quería ello decir que por unos pocos meses me había perdido el ritual, que ya había terminado?



 

 

 

 

 

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Continuamos viaje, yo hundido en la pesadumbre, hasta el cruce con el camino que conducía a la aldea de Matthieu. ¿No era aquel el camino?, pregunté. Me respondió un silencioso coro de sacudidas de cabeza. Seguramente el hombre que buscaba el patrón estaba varios kilómetros más adelante. De cualquier modo, lo sensato sería proseguir hasta la misión católica, que solo estaba a ocho kilómetros de allí, donde se podrían hacer las pesquisas necesarias. Todas estas aldeas parecían iguales y no se esperaba de mí que fuera capaz de distinguir una de otra. Un coro de gestos de asentimiento.

 

Desafortunadamente para mis pasajeros, ese fue el momento que eligió la madre de Matthieu para salir de entre las altas hierbas. Mientras hablábamos, los demás se esfumaron como por arte de magia. Sí, su hijo estaba en casa. Estaba dispuesta a llevarme hasta él.

 

Matthieu se encontraba encorvado sobre su azada, cortando con la hoja las raíces de una mala hierba recalcitrante, como un cuadro de pesado simbolismo sobre las fatigas africanas. El traje verde brillante había desaparecido. El sudor bañaba su rostro, considerablemente más delgado que cuando trabajaba para mí, y en su garganta retumbaba una canción de trabajo. Los dowayo acompañan con cantos la mayoría de las actividades rítmicas, convirtiendo las tareas tediosas y repetitivas en una suerte de danza. Su padre, un anciano marchito de aspecto corsario, me vio antes, le dio un golpecito a Matthieu en el hombro y señaló hacia donde estaba yo. Matthieu soltó la azada y echó a correr a través del campo con los brazos extendidos, como parodiando la escena inicial de Sonrisas y Lágrimas.

 

—¿Ha vuelto?

 

He vuelto.

 

—¿Está trabajando?

 

—Estoy trabajando. Solo voy a estar tres meses. ¿Vienes conmigo? —Voy.

Como cualquier hijo de cualquier lugar del mundo, Matthieu impidió todos mis intentos de hablar con su padre.

Ya le diré yo que me voy. No tiene importancia.

 

Nos retiramos a la nueva choza de Matthieu. Cuando los dowayo me construyeron una a mí, insistieron en que no debía ser redonda, como sus residencias, sino cuadrada como la escuela, el puesto de policía y la cárcel. Vivir en una choza redonda era una cosa sumamente indigna de un hombre blanco.



 

 

 

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Matthieu se había construido una vivienda que era una réplica de la mía, una choza cuadrada solo ligeramente mayor que las tradicionales, pero claro reflejo de que su asociación conmigo lo había alejado en cierta medida de su propia cultura.

 

Hablamos de las novedades. Como siempre, el mundo de Matthieu se centraba en el precio de las mujeres, Sus intenciones de casarse con una niña de doce años se habían frustrado porque la familia de ella pedía demasiado. Sabiendo que Matthieu trabajaba para mí, inmediatamente supusieron que era rico. Me miró pesaroso, como reprochándomelo. Yo refunfuñé interiormente, sabiendo que no se haría esperar la petición de una contribución al precio de la novia y que no podría proporcionarle la alta suma requerida pero que terminaría pagando algo, lo cual me dejaría a la vez empobrecido y con sensación de culpa. Finalmente, llegamos al tema de la circuncisión. Tratándose de Matthieu, siempre era un tema delicado. Puesto que era un cristiano moderno, le habían practicado la operación con anestesia en el hospital en lugar de sufrir los rigores de la mutilación genital tradicional. Por esta causa, durante toda su vida sería objeto de burlas por parte de los demás dowayo, que lo acusarían de cobardía. Además, al no poseer un grupo de «hermanos de circuncisión» que hubieran sido circuncidados con él y pudieran llevar a cabo por él los deberes rituales más importantes, quedaría aislado en muchas crisis de la vida.

 

Negó todo conocimiento de lo que se estaba preparando en las aldeas de la montaña, pero lo averiguaría y se uniría a mí al cabo de tres días. Entre tanto, quizá podría darle un adelanto de su salario.

De nuevo en la carretera, se había congregado misteriosamente otro grupo de dowayo que se dirigían a la ciudad. Entre ellos estaba Gaston, de la aldea donde había vivido yo, con una bicicleta magníficamente engalanada con papel de regalo y flores de plástico. ¿Era una bicicleta nueva? Me miró avergonzado. No, patrón. Pero en la misión había alguien que sí tenía una bicicleta nueva y le había vendido el papel a Gaston para que adornara su bicicleta y la gente pensara que también era nueva.

Subieron los pasajeros, la bicicleta, los ñames y las gallinas, pero me opuse firmemente a que lo hiciera una cabra. El dueño se fue furibundo.

Gaston sabía francés, de modo que pudimos hablar de la circuncisión gracias a que ninguna de las mujeres entendía ese idioma. Echando miradas furtivas a nuestro alrededor y conversando en susurros, hablamos



 

 

 

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del muchacho que había visto antes. Parecía que no tenía por qué preocuparme. No era dowayo. Era pape, una tribu vecina de costumbres similares que celebraba la circuncisión en una época próxima. Era extraño que se encontrara tan al este. Seguro que por allí nadie le daría de comer. Era una atrocidad que anduviera poniendo en peligro la fertilidad de las mujeres dowayo en lugar de la de las doncellas pape. Si lo cogían los hombres, le darían una paliza. Gaston enrojeció de furia.

 

Gaston había oído que la ceremonia iba a celebrarse en la montaña del jefe de la lluvia, pero no sabía cuándo. Se enteraría. Un primo suyo era circuncidador y seguro que asistía al acontecimiento, pues serían numerosos los muchachos. Los dejé, a él y a la bicicleta adornada, en el cruce de Kongle, y le pedí que le dijera a Zuuldibo, el jefe, que lo visitaría al día siguiente.

Era necesario llevar un regalo. Precisaría cerveza.

 

En el bar de Poli, los maestros ya se habían aposentado para el resto del día. Como de costumbre, estaban enfrascados en disputas financieras. Sin embargo, en esta ocasión no se trataba de las deducciones totalmente imprevisibles que hacían las autoridades fiscales de sus salarios, sino del soborno que se debía pagar para importar una motocicleta ilegalmente desde Nigeria. Presté atención. Quizá le sería útil a Matthieu.

Por todo el pueblo corrían rumores sobre un cargamento que acababa de llegar. Aparentemente, alguien se había topado con un camión cargado de neumáticos y motocicletas averiado al otro lado del Faro. El camionero había tenido suerte de escapar vivo después de ser perseguido por los contrabandistas. Al día siguiente, cuando regresó nervioso y a escondidas al mismo trecho, no había ni rastro del camión. Hasta las huellas de las ruedas habían desaparecido. Pero el cargamento había llegado a Poli, nadie sabía cómo. La policía estaba averiguando qué camiones habían estado en las inmediaciones del río recientemente. Me miraron con suspicacia a mí y a la camioneta que conducía.

Un hombre, un granjero pape a juzgar por las apariencias, entró arrastrando los pies y pidió cerveza. Me miró con aire de complicidad, como suelen mirar los borrachos de Glasgow a quien están a punto de pegar, y se me acercó haciendo gestos como de escribir. En un francés sorprendentemente bueno, me preguntó muy educado si podía dejarle bolígrafo y papel. El impulso pedagógico tarda mucho tiempo en morir incluso en quien ha trabajado en universidades. Los bolígrafos son muy



 

 

 

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difíciles de encontrar en la tierra de los dowayo. Ni siquiera pueden comprarse en la ciudad. Hay que desplazarse unos cien kilómetros. Un modo seguro de causar un altercado es dejar un bolígrafo cerca de una escuela, pues sobre él se abalanzarán un centenar de niños ansiosos, Por lo tanto, ayudé complacido al hombre, que se sentó ante una mesa y se puso a escribir una larga carta con dolorosa lentitud, tallando cada carácter en la página entre largas sesiones de chupar el bolígrafo y volver los ojos hacia el techo. Los maestros se reían disimuladamente de la torpeza de sus dedos encallecidos. Entre tanto, yo entablé negociaciones para llevarle unas botellas de cerveza a Zuuldibo.

 

El gran problema son las botellas. Hay una importante escasez de botellas, pues muchas son apartadas del sistema y empleadas con propósitos bastante alejados de aquel para el que fueron creados. Los dowayo las transforman en instrumentos musicales, lámparas y rascadores. Entre otras cosas, las usan para guardar miel, agua y remedios vegetales. Hay un floreciente comercio de botellas vacías. El resultado de todo esto es que los vendedores de cerveza son reacios a dejar escapar botellas llenas si no reciben un número equivalente de botellas vacías. Sin duda, esto tiene como efecto beneficioso impedir que nadie se descarríe doblando su consumo de cerveza de la noche a la mañana, y funciona bastante bien una vez se dispone de las botellas vacías para cambiar. No obstante, el punto débil del sistema reside en la adquisición de las primeras botellas vacías. Resulta virtualmente imposible. Estoy tentado de recomendar que los organismos que lleven a cabo investigaciones en la antigua África occidental mantengan una reserva central de botellas y provean con ella a sus trabajadores. En esta ocasión tuve la suerte de que Jon me prestara dos botellas. Mi desgracia fue que no fueran exactamente del mismo tipo que las que deseaba llevarme.

 

Como muchos otros problemas de esta índole, se abordaba como si fuera una serie de sombreros que había que probarse ante un espejo, una fuente de divertidas posturas teóricas para saborear lentamente, en lugar de un impedimento que resolver lo antes posible.

 

Los maestros entraron en el asunto. Algunos reprendían al camarero por su mala disposición a desprenderse de las botellas; otros aplaudían su determinación de pasar el asunto a manos del dueño, que sin duda regresaría antes de que anocheciera. El granjero pape seguía trabajando. Finalmente, uno de los maestros se cansó de aquel coqueteo intelectual.



 

 

 

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Estaba dispuesto a venderme dos botellas suyas. Aquel osado movimiento lateral fue aplaudido como la maniobra ganadora de un campeón de ajedrez. Tardé media hora y me costó el cincuenta por ciento más que a cualquiera, pero conseguí comprar y llevarme dos botellas de cerveza. Me dispuse a salir de allí triunfante.

 

Cuando estaba a punto de iniciar la marcha, el somnoliento escriba me agarró y me metió en la mano la diatriba que tan dolorosamente había compuesto, junto con el bolígrafo que le había prestado. La leí con dificultad.

La carta estaba escrita en francés, expresada en términos de una comunicación entre embajadores del siglo XVII. Empezaba con la florida frase: «Distinguido señor, apelo a su gran benevolencia». De forma escueta, cosa que no era la carta, se trataba de una solicitud de préstamo. Según leí, «mi hermano», el misionero francés, se había marchado a la ciudad, donde había permanecido un día más de lo que se esperaba. Por lo tanto, aquel hombre, su jardinero, no había recibido su salario en el momento requerido, y yo debía compensarlo por ello inmediatamente, o, tal como se decía en la carta, «abonar el importe no percibido».

La etnografía de la comunicación es una cuestión de cierto interés para los antropólogos, pues cada cultura tiene sus reglas sobre lo que debe y no debe decirse, así como un sistema de asignar estilos al contenido y al contexto. Era interesante que no pudiera pedir el préstamo verbalmente, sino solo por escrito, hecho que había observado antes cuando miembros de la congregación de Jon le entregaban cartas similares.

En África occidental se hace mucho hincapié en la aptitud verbal. Aquel que es capaz de hablar en público con energía y estilo progresará en la sociedad, lo mismo que aquel capaz de escribir un inglés o francés elegante o gramaticalmente correcto. La forma de aquella carta se había tomado de uno de los muchos libros que ofrecen consejos sobre cómo redactar correspondencia rebuscada en África. Como en cualquier país en el que existen muchas lenguas, gran movilidad social y un importante grado de semialfabetización, hay muchas personas que dudan sobre qué es correcto y qué es incorrecto. Por lo tanto, con frecuencia los libros ofrecen cartas enteras que pueden adaptarse a cualquier ocasión cambiando una o dos palabras, de modo similar a como los malos estudiantes se aprenden de memoria redacciones enteras que emplean empecinadamente en las circunstancias más inapropiadas de cualquier examen. Por desgracia, las



 

 

 

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personas que compilan tales obras en África distan mucho de conocer en profundidad ninguno de los idiomas ni relaciones sociales y pueden perjudicar más que beneficiar.

 

Los jóvenes son particularmente presa de la inseguridad del escribiente, y se ha creado toda una subindustria que proporciona cartas de amor para todas las ocasiones. Estas se difunden entre los estudiantes universitarios con una rapidez y fervor reservados en nuestras secuelas a las obras de osada pornografía.

Contienen consejos tales como (tomado de un ejemplo nigeriano); «Las señas deben estar encima del lado derecho de su cuaderno, y debe recordar que el amor es dulce como el azul y que hay que tratar de escribir en papel azul porque el azul siempre demuestra un profundo amor».

Una de las cartas sugeridas reza así: «soy Jaguar Jones de Roseland. Soy la reina de las rosas, generalmente respetada en esta tierra como una dama formal, pero tu comportamiento me ha hecho hervir el cerebro y me ha vuelto inconstante y menos trabajadora».

En el presente caso, simplemente negarle el adelanto parecía una pobre recompensa a tanta aplicación y laboriosidad. Con gran profusión, le expliqué que el misionero no era hermano mío, que éramos de aldeas distintas, de pueblos distintos. Ni siquiera hablábamos la misma lengua. Además, sencillamente no podía ir por ahí dando dinero a personas a las que no había visto nunca.

El escriba retrocedió ofendido. Consideraba que su probidad se había puesto en tela de juicio.

—¿Acaso no soy honrado? —preguntó—. Le he devuelto el bolígrafo, ¿no?



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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5. LA MASTECTOMÍA INEXISTENTE

 

 

 

 

Al día siguiente, de buena mañana, emprendí el camino de la aldea donde había pasado alrededor de un año y medio. Durante el trayecto, las gentes que cultivaban los campos a ambos lados de la carretera corrían a saludarme. Me vi en grandes dificultades para rechazar los ofrecimientos de cerveza de mijo, mandioca putrefacta y carnes ahumadas. Al alcanzar la aldea, llevaba los bolsillos llenos de los huevos con que me habían obsequiado los dowayo. Caminaba con precaución, pues sabía que muchos estarían podridos.

 

Las viejas se acercaban a mí cojeando, apoyadas en bastones, me pellizcaban los brazos y se reían de cuánto había engordado. «Y nos dijo que no tenía esposas…», cloqueaban pícaramente, con las azadas apoyadas en el hombro. Los hombres se aproximaban a mirarme con la esperanza de que les diera cerveza, pues sus oídos habían captado el tintineo de las botellas que llevaba en la bolsa.

Una vez dentro de la aldea me sentía agotado de tantas preguntas, apretones de manos y desvergonzados comentarios sobre mi persona. Un profundo silencio únicamente interrumpido por los arañazos de las gallinas y el zumbido de las abejas envolvía las chozas. Los niños me observaban asomándose detrás de los árboles y echaban a correr con risitas cuando les hablaba.

Atravesé el círculo público y constaté con sorpresa que en el suelo había signos de que el ganado había sido conducido hasta el corral de piedra al anochecer en lugar de dejarlo vagar promiscuamente por el campo. Mentalmente aposté por que el nuevo sous-préfet estaba detrás de esta costumbre, pues los dowayo siempre habían declarado que tal práctica era demasiado pesada para resultar factible.

 

Mi derecho o no a entrar en el recinto del jefe sin ser invitado era una cuestión debatible. Al fin y al cabo, tenía una choza allí. Opté por pecar de educado y no de atrevido, de modo que me quedé en la entrada dando fuertes palmadas, práctica corriente en gran parte de África, donde no hay puertas a las que llamar; las moscas zumbaban, las cabras eructaban, en la



 

 

 

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distancia una mujer entonaba un canto de molienda acompañado por el roce sordo de piedra contra piedra.

 

Apartándome ligeramente de las normas de la buena educación, pregunté a gritos si había alguien. No obtuve respuesta. Abandoné, pues, mis aspiraciones a un comportamiento correcto y empujé la verja.

 

Todas las chozas estaban cerradas; unas esterillas de hierba actuaban como barricadas contra las incursiones de cabras disolutas, niños curiosos y, sin duda, antropólogos errantes. Zuuldibo, el jefe, se había comprado una hermosa puerta nueva hecha de aluminio acanalado que sostenía un candado taiwanés. Estaba cerrada. Pocos lugares pueden tener un aspecto tan desolado como una aldea africana sin gente. Mentalmente, redacté mi informe a las instituciones otorgadoras de becas: «El investigador visitó el pueblo dowayo del norte de Camerún para estudiar su ceremonia de circuncisión, pero por desgracia habían salido».

Decidí inspeccionar mi propia choza. Al retirar la puerta de hierba tejida y penetrar en el lóbrego interior sin aire, me asaltó un olor a excrementos de cabra y flatulencia rancia. De la oscuridad salía un ronquido rítmico: Zuuldibo.

Despertó sobresaltado, me saludó y se lanzó a una gran descripción del celo y dedicación con que había guardado mi choza en mi ausencia. Confesó también que era un buen lugar donde esconderse del inspector de Hacienda. Y ciertamente se había acomodado a su gusto. Las paredes estaban cubiertas de fotografías de señoras voluptuosas y cochazos americanos recortadas de revistas. En un rincón había una lanza. En la paja había introducido pequeños atados de tela que sin duda contenían objetos rituales importantes tales como huevos de pintada y bigotes de leopardo. Zuuldibo miró expectante mi bolsa; indudablemente había detectado la cerveza que había dentro. Saqué las dos botellas. Al cabo de un instante ya había arrancado los dos tapones con el abridor que siempre llevaba colgado del cuello y succionaba bocanadas de espuma con fruición.

 

Declaró que se alegraba de que hubiera llegado porque le preocupaban varias cuestiones. Primero estaba el problema de mi ayudante, Matthieu.

Al parecer, Matthieu se había dedicado al conocido juego dowayo de la manipulación de deudas. En la temporada que pasé en la aldea, llegué a actuar casi como banquero de Zuuldibo, quien, como la mayoría de los dowayo, siempre era objeto de peticiones de dinero por parte de parientes, recaudadores de impuestos, funcionarios del partido, etcétera. Solía



 

 

 

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presentarse en mi choza con la cara vuelta hacia un lado por la vergüenza para pedirme que le prestara alguna pequeña suma que aliviara en gran medida sus dificultades del momento. Y no dejaba nunca de insinuar grandes expectativas. Dado que en aquella época yo vivía en una de las chozas de su recinto sin que me cobrara nada, siempre estaba dispuesto a ayudar. Zuuldibo, por su parte, me devolvía religiosamente por lo menos la mitad antes de volver a pedirme la misma suma. Sospecho que se trataba de una conocida técnica tradicional para enredar las cuentas. Así pues, poco a poco, Zuuldibo acumuló una deuda considerable cuya categoría concreta quedó indeterminada. ¿Era un préstamo, un alquiler, un regalo…? Una vez regresé a Inglaterra, sabiendo que tal deuda era de todo punto imposible de cobrar, simplemente me contenté con considerarla un regalo a Zuuldibo a cambio de la amabilidad con que me había tratado.

 

Esto, naturalmente, era propio de un mero principiante de las relaciones sociales de los dowayo. Ahora me doy cuenta de que debiera haber dejado que la deuda corriera aludiendo de vez en cuando a ella para que no se olvidara, como señal de nuestra amistad. Había algo inherentemente insultante en mi insistencia en liquidar el asunto, de la misma manera que pagar todo lo adeudado a la tienda del pueblo implica una determinación de saldar la cuenta y, de este modo, terminar la relación.

No obstante, Matthieu estaba hecho de materia más dura y le disgustaba ver que se desaprovechaba una buena deuda. Decidió cobrar en mi nombre y empezó a importunar a Zuuldibo sin compasión. Si se trató de una cuestión de principios o de un acto de personal espíritu empresarial, jamás se aclaró. Tranquilicé a Zuuldibo indicándole que yo arreglaría el problema con Matthieu. No exigía que me pagara.

 

Me pareció el momento oportuno para mencionar la circuncisión. Zuuldibo asintió con la cabeza. Sí, la ceremonia iba a celebrarse cerca de la aldea del viejo jefe de la lluvia. Los muchachos ya habían sido adornados con cuernos y pellejos de animales y habían empezado a recorrer la zona bailando en las casas de los familiares. Aquel constituía por fin un signo firme y definitivo de que se había adoptado un compromiso de llevar a cabo el ritual; me sentí aliviado. Parecía que pronto tendría trabajo que hacer.

La circuncisión de los dowayo es un proceso establecido. Como en muchas otras partes del mundo, se considera que el muchacho vuelve a



 

 

 

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nacer con un nombre nuevo y debe aprender todas las características de la cultura como un niño pequeño. Empieza con la ornamentación de los jóvenes por los esposos de sus hermanas. Luego vagan por el campo bailando y se alimentan de lo que les dan en cualquier casa. Una vez se inician las lluvias intensas, se puede proceder a circuncidar a los muchachos. La operación debe de ser aterradora. Se les quita la ropa en el cruce de caminos y se les conduce al bosquecillo de la orilla del río donde se celebrará la ceremonia. Camino de allí, los circuncidadores se les echan encima rugiendo como leopardos de caza y amenazándolos con cuchillos. La operación es muy severa; se desprende la piel del pene en toda su longitud. Varios circuncidadores distintos pueden cortar un segmento diferente del prepucio. Los muchachos no deben gritar, pero los ancianos que me hablaron de la fiesta admitieron que muchos lo hacen. En realidad no importaba, siempre que las mujeres pensaran que eran valientes.

 

En la zona del río donde van a bañarse se ven los resultados de tales operaciones. Si se llevan a cabo en muchachos muy jóvenes, el pene adopta a veces una forma casi esférica que en parte debe de ser la causante del bajo índice de natalidad de los dowayo. Puesto que a todos se les practica con el mismo cuchillo y el riesgo de infección resulta muy alto, la mortalidad es considerable. Se dice que a los muchachos que mueren a consecuencia de la operación se los han comido los leopardos. De la correspondencia de los funcionarios coloniales franceses se desprende que estaban preocupados por el número de jóvenes que supuestamente eran devorados por los leopardos, aunque estos estaban virtualmente extinguidos en la zona. Como consecuencia, los dowayo pronto tuvieron fama de llevar a cabo espeluznantes ritos de canibalismo.

 

Los muchachos circuncidados deben permanecer aislados en el campo unos nueve meses, el mismo tiempo que pasan en el seno materno, y deben evitar a las mujeres. Solo al final de este período pueden deambular llevando la cobertura de cestería y hojas que había visto yo. Pero incluso entonces cada vez que cruzan un camino están obligados a formar un «puente» extendiendo hojas que luego han de recoger para evitar la contaminación. Los muchachos circuncidados son muy peligrosos. Pueden hacer que una embarazada pierda el niño y volver estéril a una recién casada. No deben hablar directamente a las mujeres, sino utilizar unas flautitas que reproducen los tonos de las palabras y «hablar» con música.



 

 

 

 

 

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Hasta después de transcurridos los nueve meses no pueden regresar a su aldea, donde les dan de comer, los visten y les enseñan el hogar. Luego se les lleva a la casa donde se guardan los cráneos de los antepasados varones, que entonces ven por primera vez. Se han convertido en hombres de verdad y pueden hacer juramentos por sus cuchillos. (Los niños que lo hacen son apaleados). Siempre me resultaba extraño oír a los hombres recitar la versión reducida del juramento para demostrar una gran furia, pues suena de forma parecida a una maldición en mi propia lengua. Cada vez que la usaba yo lo encontraban de lo más cómico.

 

Uno puede preguntarse por qué está tan extendida la circuncisión en el mundo y por qué parece que los antropólogos están tan obsesionados con ella. Podría pensarse que la deformación de los genitales resulta tan dolorosa y desagradable que debería ser lo último que la gente quisiera mutilar. Cuando se leen descripciones de ciertas prácticas habituales relativas a los órganos sexuales resulta difícil resistirse a la opinión de que tales mutilaciones se realizan precisamente porque son dolorosas. A veces se practican agujeros en el pene. Otras se frota regularmente con cristal para limpiarlo. En algunas tribus se corta de arriba abajo para que se abra como una flor cuando esté erecto. Los testículos se aplastan o cortan a hachazos. No se excluye nada.

 

Los antropólogos han seguido cayendo bajo la fascinación de tales prácticas como parte de su conocimiento de las «características diferenciales» de los pueblos exóticos. Si es posible «explicar» tales prácticas y relacionarlas con nuestros propios modos de vida, esa «diferencia» queda eliminada y tenemos la sensación de haber alcanzado una idea más universal de lo que representa ser humano. Parece que si las teorías antropológicas son capaces de explicar las costumbres sexuales, serán capaces de explicar cualquier cosa.

Una «explicación» común de la extendida extirpación del prepucio es que se considera una especie de elemento femenino que no tiene cabida en un verdadero hombre.

La pasión por extirpar el clítoris femenino se explica mediante teorías similares: este se considera residuo de un pene que no tiene razón de ser en las mujeres. La cultura ha tenido que actuar para pulir las costuras de una naturaleza imperfecta.

Según mis propios estudios de los dowayo, aunque la circuncisión de los varones es un elemento bastante importante de su cultura, están



 

 

 

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bastante dispuestos a combinar varios enfoques explicativos. Sin duda, consideran la circuncisión el equivalente masculino de la menstruación. Un hombre estará obligado a compartir bromas durante el resto de su vida con los hombres con quienes fue circuncidado —sus «hermanos de circuncisión»—, mientras que una mujer deberá compartir las bromas con las niñas que empezaron a menstruar el mismo año que ella —sus «hermanas de menstruación».

 

Por otra parte, era evidente que los dowayo consideraban el prepucio un elemento en cierto modo femenino y se quejaban de que los niños no circuncidados estaban mojados y olían mal «como las mujeres». Los dowayo no son muy propensos a dar explicaciones complejas de sus costumbres. Normalmente se limitan a decir que hacen las cosas porque así se lo dijeron sus antepasados. Pero en esta cuestión tenían una explicación preparada que constituía un interesante paralelismo con el comportamiento de los misioneros americanos locales, que también circuncidaban a sus hijos y explicaban con gran sinceridad que lo hacían porque científicamente era esencial para su salud y bienestar, pues estaba demostrado que el prepucio era una fuente de infecciones y suciedad. Mientras que los dowayo y los americanos estaban igualmente convencidos de la necesidad de la mutilación genital de sus jóvenes, los dowayo censuraban el método americano, en primer lugar porque apenas cortaban nada, y en segundo lugar porque no mantenían a los muchachos alejados de las mujeres inmediatamente después de la operación y, por lo tanto, constituían un peligro para la salud pública.

 

Pero si la circuncisión se considera únicamente un modo de pulir las costuras de la biología, falta un elemento. Ya he mencionado la posibilidad de la circuncisión femenina. Este tema se ha divulgado mucho últimamente, presentándolo como parte de una malvada conspiración tramada por los varones para dominar a las mujeres y esclavizarlas, por lo cual constituye tema de enardecida controversia. En cambio, la mutilación de los varones, mucho más común, pasa inadvertida.

No obstante, los dowayo no mutilan los genitales femeninos. Es cierto que hacia el fin de mi segunda visita recibí una extraña delegación de ancianos que habían oído hablar de tal práctica y me pidieron que se la explicara. Una vez más se deja sentir el problema ético. ¿Debe el etnógrafo participar en la enseñanza de prácticas que muchos observarían con horror? Aceptar tales limitaciones haría reprensible la mayor parte de



 

 

 

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la antropología, pues la mayoría de su temática inspira espanto en los salones educados.

 

Nos retiramos al campo con muchos susurros y risitas, Allí, ayudado de diagramas, traté de explicar las posibilidades básicas ante un público fascinado pero escéptico. Sacudían la cabeza y señalaban las rayas del suelo, asombrados por la perversidad de otros pueblos.

 

—Pero ¿no duele? —preguntaban, como ajenos a la agonía que sus propias prácticas hacían pasar a sus muchachos—. ¿De verdad impide que las mujeres vayan por ahí cometiendo adulterio?

En tales situaciones, pocas alternativas se le presentan a uno aparte de encogerse de hombros y recitar una fórmula convencional como:

 

No lo sé, Yo no lo he visto.

 

Así, la mutilación de las mujeres era al menos una posibilidad teórica para los dowayo. Pero persiste un problema. En las mujeres, los pechos son útiles y necesarios para alimentar a los recién nacidos. En los varones, no lo son. Entonces, ¿por qué no se cortan los hombres los pezones como elemento femenino intruso en lugar de extirparse el prepucio? Yo no conozco ejemplo documentado alguno en ningún lugar del mundo. Es, pues, imaginable mi emoción cuando Matthieu comentó casualmente que los ninga, un pueblo vecino, eran raros porque sus hombres no tenían pezones. Traté de confirmar esta afirmación preguntando a otros dowayo. Me costó lo mío llevar la conversación a este tema, pero coincidieron en que así era. Se imponía, pues, una expedición en busca de la mastectomía inexistente.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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6. VENI, VIDI, VISA

 

 

 

 

Matthieu se presentó ante mi choza al día siguiente. Sonreía y estaba de buen talante como un soldado a quien se vuelve a llamar a filas tras años de inactividad obligada. Mirándose tímidamente los pies, dijo:

 

Patrón, ahí fuera tengo a alguien para usted.

 

Me condujo por el patio, atravesamos la plaza pública y penetramos en la alta maleza de un sector de la aldea que yo no había visitado.

 

De repente, me encontré ante dos muchachos sumamente temerosos y sonrojados vestidos con el atuendo de la circuncisión. Llevaban dos túnicas largas, una azul y otra blanca, unos cuernos de búfalo atados el cuello con la tela gruesa y áspera que se usa para envolver cadáveres y comprar mujeres. A la espalda llevan pieles de leopardo extendidas sobre armazones de madera. Y aquí había un elemento de acomodo al mundo moderno. Los leopardos están actualmente extinguidos en la zona y los montes nigerianos son la única fuente de importaciones ilegales de tales pieles a precios astronómicos. Un emprendedor comerciante legal ha venido a llenar el hueco importando una tela de algodón estampada a imitación de la piel de leopardo. Y esto era lo que llevaba uno de los muchachos en lugar de una piel auténtica. Conocedor de las dificultades de los dowayo en esta materia, me había traído unos metros del tejido de piel de leopardo con que los caballeros ingleses elegantes tienen por costumbre tapizarse el interior de los automóviles. Cuando se lo enseñé a Zuuldibo, le gustó mucho y consideró que su apresto y el hecho de que fuera lavable eran importantes ventajas sobre el producto natural.

 

Parecía una buena oportunidad de probarlo en el campo. Mandé a Matthieu a buscarlo mientras los muchachos bailaban y yo los fotografiaba. Al cabo de un rato llegó su acompañante musical con el tambor y repetimos toda la operación con mi tela de leopardo espléndidamente colocada. Los muchachos realizaban marcadas inclinaciones y se agitaban furiosamente mientras hacían sonar las campanillas sujetas a sus pies.



 

 

 

 

 

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De conformidad con las normas de la hospitalidad de los dowayo, le hice un pequeño regalo a uno de ellos y les ofrecí cerveza. Entre tanto, caí en la cuenta con incomodidad de que, al adornar a cualquiera de ellos, había aceptado nuevas obligaciones sociales, me había convertido en «esposo» del chico, una relación que dura de por vida y que implicaba que tendría que vestirlo y alimentarlo una vez Analizada la circuncisión. A cambio, él bailaría en mi funeral.

 

Nos llamamos «esposa» y «esposo» respectivamente con abundancia de risitas disimuladas.

En una nueva muestra de su sobrenatural capacidad para oler la cerveza, Zuuldibo apareció de inmediato y se puso a observar cómo bebían los muchachos del mismo modo que un perro merodea alrededor de un niño que se está tomando un helado. Llevaba el sombrero un poco ladeado. Estaba claro que venía directamente de una fiesta con cerveza en el campo.

Tras haber encontrado por fin a mis aspirantes a la circuncisión, hermosos especímenes de unos catorce años, estaba poco dispuesto a dejarlos marchar fácilmente y los interrogué sin compasión sobre su extracción, qué preparativos se habían hecho ya, quién iba a organizar la ceremonia y otros detalles. Pronto empezaron a bostezar lastimeramente, apoyándose el uno en el otro y pidiendo que se les dejara dormir. Además, Zuuldibo había decidido que aquel era el mejor momento para abordar el problema del tejado de mi choza. Y no podía ser disuadido.

El tejado, observó, tendiéndose cómodamente en el suelo y soltando ventosidades, un signo amistoso de que nos encontrábamos en compañía exclusivamente masculina y podíamos conversar con libertad, había sido muy buen tejado. Él mismo había supervisado su construcción porque yo era amigo suyo. No pude resistir la tentación de objetar que tenía goteras desde el principio, pero Zuuldibo hizo caso omiso del comentario. Los muchachos se durmieron. Evidentemente, nos disponíamos a sufrir un discurso preparado. El tejado, afirmó Zuuldibo, había sido muy bueno y muy admirado. Había sido adecuado para un hombre de mi posición. Pero ahora tenía goteras. Zuuldibo sufría cuando estaba dentro de la choza guardándola. Sufría gustoso por mí, su amigo, sin recibir compensación, pero sin duda necesitaría un tejado nuevo, ¿Cuánto me costaría? Consideraba que era indecoroso hablar de esos temas. Él se ocuparía personalmente de la ejecución de las obras necesarias. Y se aseguraría de



 

 

 

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que se hacían bien. Yo no tenía más que darle lo que considerara apropiado a cambio de los padecimientos de los trabajadores.

 

Se trata de una estratagema frecuente para evitar el regateo. La vergüenza solía obligar al comprador a ofrecer mucho más de lo que de otra forma estaría dispuesto a pagar, Evidentemente, Zuuldibo estaba bebido; de no ser así hubiera visto que se estaba prestando a un colosal intercambio de deudas. Zuuldibo me debía dinero. Yo le debería dinero a Zuuldibo. Cuando me pidiera que le pagara el tejado, yo podría simplemente cancelar su deuda y dejar que se enfrentara solo a los trabajadores. Era una idea atractiva, pero me sabía totalmente incapaz de llevarla a la práctica. Mi propio concepto de la responsabilidad y la vergüenza lo impedirían. Me sentiría culpable cada vez que viera a los hombres con cara de desengaño.

 

El antropólogo es una gran molestia en cualquier aldea, siempre importunando a la pobre gente con fatigosas preguntas. Pone a prueba las reservas de paciencia y buena voluntad hasta límites insospechados. No es, pues, razonable que se niegue a hacer alguna pequeña contribución a la comunidad en que vive. Por otra parte, techar con paja es una labor muy desagradable cuyas incomodidades solo habían sido mencionadas marginalmente por Zuuldibo.

La idea inglesa de que el techador obtiene una satisfacción rural de la pausada tarea realizada con manos hábiles guarda poca relación con la fatiga de cubrir una choza africana. La hierba que se usa desprende sofocantes cantidades de polen, el cual causa espantosos sarpullidos y ahogos. Tras unos días de trabajo, se suele encontrar a los techadores jadeando abrasados bajo el tórrido sol. La tarea tiene más que ver con la minería del carbón que con la cestería.

Convine en que podíamos hablar del precio en otro momento, sabiendo, por supuesto, que el trabajo no se terminaría antes de que me marchara pero si tendría que pagarlo.

Zuuldibo se entusiasmó. Mandó traer cerveza y envió a un niñito sigiloso a pedir provisiones a su segunda esposa. Se apoyó en el tronco de un árbol y retornó el tema con nuevos bríos. Al parecer, también había meditado sobre su propia posición. Naturalmente, se daba por supuesto que me acompañaría a todas las fiestas relacionadas con la circuncisión. La dificultad estribaba en su sombrilla.



 

 

 

 

 

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Tradicionalmente, los jefes de África occidental se protegen del sol con sombrillas rojas. A veces estas se convierten en adornos de gran elaboración artística y se ornamentan y embellecen con rara vehemencia. Zuuldibo se había conformado con un ejemplar mucho más simple y había comprado un paraguas de mujer hecho en Hong Kong. A fin de ilustrar su razonamiento, sacó el paraguas de debajo de sus ropajes, lo alzó y adoptó una expresión de suma imbecilidad, dejando que la lengua le colgara fuera de la boca y poniendo los ojos en blanco, Todo el mundo se echó a reír. Capté el sentido de su explicación.

 

Zuuldibo era consciente de que una sombrilla inmaculada es una cosa inusual, pero una destartalada es un inmediato objeto de burla. Su sombrilla jamás había sido de las mejores. Tenía la tela rasgada y manchada por un centenar de desgracias fortuitas que parecían en gran medida asociadas a la cerveza. Las varillas desnudas salían proyectadas hacia adelante como los brazos de un huérfano. El mango estaba torcido.

Zuuldibo necesitaba una sombrilla nueva; si no, no podría asistir a las fiestas. Accedí a buscarle una a la primera oportunidad. Zuuldibo se inclinó hacia adelante ansioso. El jefe de Marko tenía una sombrilla con… Siguió un prolongado intervalo de discusiones lingüísticas, hasta que dimos con el término dowayo correspondiente a borla. ¿Podría él tener una así? Lo intentaría. Si era posible, si Dios así lo deseaba, tendría su borla. Zuuldibo estaba resplandeciente. Mi «esposa» se marchó, prometiéndome avisarme cuando fuera a tener lugar la ceremonia. Llegó entonces la cerveza acompañada de dos hermanos de Zuuldibo.

Zuuldibo, que era puntilloso en cuestiones de etiqueta, vertió una saludable dosis del solemne y burbujeante líquido en una calabaza y tomó un único sorbo protocolario para demostrar que no se pretendía nada perjudicial para el bienestar de sus invitados. A continuación me la ofreció a mí. Seguramente, su mismo espíritu obsequioso se me había contagiado, y, no sé por qué, en lugar de vaciar el vaso como era de esperar, lo alcé y proclamé el nombre de Zuuldibo como brindis. Inmediatamente, un profundo silencio de asombro descendió sobre los reunidos. Los muchachos dejaron de hablar. La sonrisa de Zuuldibo quedó congelada en su rostro. Incluso pareció que las propias moscas habían dejado de zumbar. Supe, como todo el que trabaja en una cultura extranjera, que había cometido un grave error.



 

 

 

 

 

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El problema reside en el hecho de que los dowayo no tienen noción de nuestra costumbre de brindar. Lo único que tienen es la institución de maldecir. Cuando un hombre ha sido ultrajado más allá de lo que se puede soportar, puede maldecir a otro pronunciando su nombre, tomando cerveza y escupiendo el contenido de su boca al suelo. Se espera entonces que la víctima se debilite y muera, sobre todo si tiene una relación de dependencia con quien le ha hecho objeto de la maldición, por ejemplo si es hijo suyo.

 

Zuuldibo y los demás permanecieron sentados, observándome horrorizados y esperando que escupiera. ¿Qué mal podía haber conducido a un acto tan vil por mi parte?

Esbocé lo que con toda mi alma esperaba que fuera una sonrisa encantadora y traté de explicarme. Repentinamente se aflojó la tensión, Nuestros papeles se trocaron de inmediato de un modo ridículo: Zuuldibo era el etnógrafo, y yo, el confuso y desamparado informante.

 

—Es una cosa que hacemos en mi aldea —expliqué para demostrar que deseamos larga vida y muchas esposas e hijos al hombre cuyo nombre pronunciamos. Es una costumbre de mi pueblo.

Zuuldibo frunció el entrecejo.

 

—Pero ¿cómo pueden las palabras hacer que un hombre viva mucho tiempo?

—No, no es exactamente así. Solo demostramos que lo deseamos, que somos amigos.

—Pero ¿significa eso que deseas que los otros hombres presentes, los que no nombras, mueran, que sus esposas no tengan hijos?

 

—No. No lo entiendes. —Inspiración—. Es como lo contrario de maldecir. Significa cosas buenas.

—¡Ah!

 

Era el afamado «método comparativo» de la antropología en acción, un ejemplo esclarecedor de que cada uno teníamos media imagen carente de significado hasta que se unía a la otra media, Me di cuenta también de que Zuuldibo me había obligado a dirigir mi pensamiento por caminos que no eran los naturales. Hasta que hablé con él, yo carecía de ideas claras sobre los brindis, sobre por qué lo hacíamos, qué efectos esperábamos que tuvieran. Resultaba muy desconcertante.

 

Los muchachos se levantaron y se alejaron por el sendero con zancada ligera hasta ser pronto engullidos por la alta maleza. El sonido discordante



 

 

 

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de las campanillas que llevaban en los tobillos regresaba hasta nosotros en oleadas. Bruscamente, un sonido nuevo venció al anterior. Era una motocicleta, Suzuki yo en dowayo. La llegada de una motocicleta no es cosa de cada día en la aldea, y todos corrimos al seto de cactus que la rodeaba para ver quién era. El sonido se apagó al descender el vehículo a una hondonada. Seguidamente, montado sobre una máquina que daba violentas sacudidas, apareció un gendarme con una carabina automática colgada a la espalda. Zuuldibo y yo nos miramos en mudo reconocimiento de que venía por uno de nosotros. Plegó con rapidez su cómica sombrilla y se esfumó, doblando las rodillas como Groucho Marx por si acaso la cabeza le sobresalía por encima del seto. De repente, me encontré solo. La gente huyó en todas direcciones, como si se hubiera anunciado la visita de Atila, rey de los hunos. Siguió una pausa mientras el gendarme estacionaba la motocicleta y amenazaba a la muchedumbre de niños con diversas formas de desmembramiento físico si tocaban su máquina. Apareció, no sin cierta timidez, en la verja, dejó caer la carabina y me estrechó la mano. Para mi alivio, lo reconocí como uno de los simpáticos haraganes del puesto de policía. Al entrar en mi choza, temí por un momento encontrar allí a Zuuldibo, pero estaba vacía.

 

—¿Dónde está la gente? —preguntó en francés, Deben de estar en el campo.

Y el jefe, ¿está aquí?

 

—Creo que ha tenido que salir.

 

Bueno, de todas formas, es a usted a quien he venido a ver. Pero el capitán dice que hay que saludar siempre al jefe cuando se entra en una aldea.

Sacó una carta adornada con sellos y números. Dentro había un endeble trozo de papel en el que se leía la palabra citación. Era un completo misterio para mí.

¿Eh? ¿Qué significa esto?

 

El gendarme me dedicó una mirada compasiva.

 

—Tiene que presentarse inmediatamente en el despacho del prefecto en Garoua. Supongo que quiere decir que lo van a deportar. —Sonrió beatíficamente.

Estaba claro que iba a ser uno de esos días. Aparentemente, el trabajo de campo consta de largos períodos imposibles de reconstruir después



 

 

 

 

 

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porque no ocurrió nada, que alternan con días de intensa actividad en que uno va montado en unas montañas rusas de buena fortuna y desastre.

 

Le ofrecí una cerveza, la última de mis existencias, e intenté averiguar más. Fue inútil, él no sabía nada; pero estuvo encantado de quitarse las botas, acomodar sus pies e interrogarme sobre los dowayo, a la manera de un buen bobby inglés informándose sobre su «rebaño». Hoy en día, todo el mundo es antropólogo. Como era del sur, sacudió mucho la cabeza ante sus «primitivas costumbres» e insistió en que yo escribiera un relato de su propia circuncisión en los bosques de su zona. Hizo mucho hincapié en el hecho de que, al casarse, su esposa había tenido que pagarle un franco, «por el dolor de la circuncisión que había sufrido para darle gozo a ella».

 

Tras descubrir por fin un informante desesperadamente ansioso, aunque de una zona que no me interesaba nada, resultaba desalentador tener que dirigir la conversación hacia temas más mundanos. La citación.

El mensaje había llegado por radio aquella mañana, y el capitán lo había mandado a buscarme. Parecía avergonzado y se miraba los pies con arrebatada atención. Naturalmente, siempre podía decirle al capitán que yo estaba en el campo y había tenido que dejar la nota en mi puerta. Eso me daría tiempo de ver al sous-préfet antes de que me localizara la policía. Incluso me llevaría al pueblo en la trasera de la moto si prometía bajarme de un salto y esconderme si venía alguien en dirección contraria.

Nos fuimos acompañados de abundante aleteo de cortinas de hierba detrás de las cuales miraban múltiples pares de ojos, como si de nobles damas observando tras visillos de encaje se tratara. Me dejó antes de llegar al pueblo.

Mi visita resultó asombrosamente simple. El sous-préfet estaba en casa, libre y dispuesto a recibirme. Me hizo pasar y escuchó mi historia. Inspeccionó mi pasaporte. Tras una rápida lectura, le dio un golpe con el dedo.

—Aquí está el problema. En la capital le dieron un visado provisional, no temporal. —Ciertamente, allí estaba el visado, una insultante caricatura del perfil de una mujer africana. Inevitablemente, me acordé de Precoz y de sus espantosos colgantes de marfil. A un lado estaban estampadas las palabras cargadas de fatalidad: «Válido para tres semanas. No renovable,» Con mano diestra, el sous-préfet borró la cláusula de no renovación y le puso un sello—. Más vale que vaya a Garoua —me indicó—. Le escribiré una nota para que se la dé al prefecto.



 

 

 

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Balbucí mi agradecimiento…

 

No se preocupe. Otra cosa: mi automóvil tiene que ir a la ciudad mañana por la mañana. Si lo desea, puede ir en él.

Así pues, lejos de que me expulsaran encadenado como me había imaginado, terminé siendo transportado por un chófer. Tan drásticas alteraciones de la fortuna tienen un notable efecto sobre la mente. Los antropólogos se distinguen tal vez por poseer un equipo suplementario al que pueden acudir en momentos de frustración y desastre. Se trata de un estado de muerte aparente, carente de sensibilidad, en que las desgracias más temibles y las andanadas de pequeñas irritaciones simplemente traen sin cuidado al trabajador de campo, de un modo que asombraría a amigos y conocidos que pueden tenerle por enérgico e incisivo.

Mientras pasaba a toda velocidad rodeado de un mar de ecuanimidad, los policías de la carretera me saludaban. No tuve que someterme a ninguno de los usuales controles de documentación. En tales situaciones, inevitablemente uno recuerda relatos infantiles de personajes felices ignorantes que corren hacia la perdición, portando la orden de su propia ejecución. No obstante, cuando llegamos a la ciudad, mi saludo magistral de condescendencia otorgada a quienes presenciaban mi paso casi había alcanzado la perfección. Empecé a pensar que tal vez le había cogido el tranquillo a la burocracia africana.

 

El despacho del prefecto me devolvió el golpe de un modo relativamente silencioso. La nota del sous-préfet levantó cierta sospecha. La manipulaban con gran circunspección, como si pudiera llegar a convertirse en importante prueba inculpatoria.

—¿Qué relación tiene usted con el sous-préfet? —me preguntó un funcionario hostil.

—Se casó con mi hermana.

 

El funcionario inclinó la cabeza satisfecho. En seguida mi pasaporte lucía un nuevo visado que contravenía la cláusula de no renovación, El funcionario sonreía.

—Hay un problema. Necesita un sello fiscal de doscientos francos y ahora no tenemos ninguno. —Se encogió de hombros—. No hay ningún sello fiscal de doscientos francos en la ciudad. —Se inclinó hacia adelante

—. Si se encuentra usted conmigo detrás del edificio dentro de diez minutos, quizá pueda ayudarle. Si no, puede esperar en Garoua hasta que



 

 

 

 

 

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lleguen. —Su exagerado uso de la boca y las cejas sugería que esta última no sería una opción sensata.

 

Me retiré y me quedé remoloneando un poco ante la puerta con estudiada inocencia antes de deslizarme hacia la puerta trasera del edificio.

Allí, furtivamente, nos encontramos. El resultado final fue que pagué cuatrocientos francos por un sello de doscientos. Al marcharme, volvió a preguntarme:

—¿Es cierto que está casado con su hermana? Lo miré extrañado abriendo unos ojos como platos.

—Claro que sí.

 

Había llegado el momento de buscar hospedaje para pasar la noche y, como de costumbre, me encaminé a un hotelito formado por un puñado de chozas de cemento pero con agua corriente. Se erigía junto al flamante y deliberadamente imponente Novotel, al otro lado de la ciudad. A todas horas del día y de la noche, autocares dotados de aire acondicionado descargaban ante él rebaños de turistas franceses y alemanes vestidos con trajes da safari firmados por Yves Saint Laurent.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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7. DE SIMIOS Y CINES

 

 

 

 

En este mundo es importante saber a quién le resulta uno atractivo. Había una vez un anuncio de loción contra los mosquitos particularmente efectivo que empezaba así: «De cada dos millares de personas hay una que no les resulta atractiva a los mosquitos». Por desgracia, mientras estaba sentado en la terraza del hotelito de Garoua se hizo dolorosamente evidente que yo no entraba en esa categoría. Los mosquitos de esa población son resueltos y perversos, y solo abandonan su inexorable procreación para atacar con furia a desventurados seres humanos. Cuando la valiente exploradora Oliver McLeod visitó esta ciudad, poco después de iniciado el siglo, y cenó en compañía del gobernador alemán, los criados de librea colocaron un sapo doméstico junto a cada uno de los invitados a fin de disminuir los estragos de los sanguinarios insectos.

 

Pero los mosquitos no acaparan todo mi encanto. Ejerzo un efecto todavía más fuerte sobre los monos. En Inglaterra, esta atracción permanece latente, pero en África aflora a la superficie.

En la tierra de los dowayo había encontrado babuinos, seguramente los simios menos agraciados. En las rocas próximas al camino que conducía a los dominios del jefe de la lluvia una caterva de ejemplares vivía una existencia ruidosa y anodina. Mientras me arrastraba por ese sendero extremadamente escarpado, me chillaban, farfullaban y de vez en cuando me lanzaban piedras. No obstante, ahora sospecho que lo que tomé por ira y agresión no era sino una manifestación de afecto frustrado.

El encuentro siguiente con un babuino tuvo lugar mientras permanecía sentado en una roca en medio de un río. En los alrededores de Ngaoundere había un agradable lugar donde el río descendía unos quince o veinte metros formando una hermosa cascada. El aire era siempre fresco y estaba lleno de iris y de libélulas. Además, había una roca convenientemente situada para tomar el sol.

 

Estando allí sentado, mientras contemplaba los prodigios de la naturaleza, se me acercó un babuino, que se sentó a observarme con evidente interés desde la orilla del río en tanto se buscaba pulgas por el



 

 

 

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cuerpo con la mayor impudicia. Pronto nació entre nosotros cierta simpatía y, tras avanzar delicadamente a cuatro patas hasta donde me encontraba yo, el animal se me quedó mirando fijamente a la cara como si esperara descubrir que era un pariente con el que había perdido el contacto hacía tiempo. De repente, bostezó y señaló algo situado por encima de mi cabeza. Tan grande era la simpatía que había entre nosotros que no se me ocurrió que no se tratara de un gesto dirigido a mi, y me volví a ver lo que señalaba. El babuino, aprovechando mi distracción, me agarró el pezón izquierdo por la camisa abierta y empezó a succionar vigorosamente, El sagaz animal no tardó en darse cuenta de que se trataba de una empresa infructuosa, y nos retiramos mutuamente avergonzados. El babuino llegó incluso a escupir ofensivamente. Es posible que este incidente fuera en parte responsable de la mastectomía inexistente y los acontecimientos concomitantes que relataré más adelante.

 

Mientras estaba sentado en la terraza, espantando mosquitos en silencio, vi a un viejo amigo, Bob, un antropólogo norteamericano de raza negra. Decidimos ponernos al corriente de las novedades respectivas en tanto saboreábamos una cerveza. Pero con el rabillo del ojo distinguí un movimiento a la vez extraño y familiar. Era un mono que se balanceaba por los árboles. Sabía que venía por mí.

Luego resultó que el zoo tenía dos monitos, no sé de qué clase, monas, chimpancés, gorilas…, todos sienten por mí el mismo cariño. Cuando la hembra de la pareja murió, el macho se sumió en el más profundo duelo. Puesto que se trataba de una criatura inteligente, observó que el candado de su jaula estaba roto. El guarda, de conformidad con las normas que gobernaban sus acciones, solicitó por triplicado un candado nuevo a la capital, sin respuesta. Cualquier modo de cerrar la jaula que resistiera los esfuerzos nocturnos del mono para abrirla resultaba demasiado oneroso e incómodo para el guarda, y cualquier método menos drástico era burlado por el mono, que vagaba a voluntad durante las horas de oscuridad. Pero por la mañana siempre regresaba a su jaula, el único hogar que había conocido. Ambas partes habían alcanzado un acuerdo tácito a satisfacción mutua.

 

A cambio de prestarse a la inspección pública durante el día, se autorizaba al mono a realizar excursiones nocturnas que le subían notablemente la moral. Cada anochecer, abría pacientemente el candado de su puerta, saltaba a los árboles y emprendía la búsqueda de compañía



 

 

 

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adecuada, Hay que admitir que, si bien en ocasiones abusaba de tal privilegio debido a su fogosidad, nunca había dejado de presentarse al trabajo a la mañana siguiente. Uno de sus lugares predilectos era la piscina del hotel de lujo que había junto al mío. Se deleitaba metiéndose en las casetas y apoderándose de la ropa para luego retirarse a la seguridad de los árboles. Allí, revolvía las carteras y los bolsos de los turistas y dejaba caer el dinero, los documentos y sin duda más de un secreto sobre las cabezas de quienes se encontraran debajo, inmune a sus gritos y lisonjas. Esto se convirtió en una importante fuente de ingresos para los empleados del hotel que ahora fomentaban sus visitas.

 

Después de pasar un momento contemplándome desde un árbol, el mono saltó al suelo, se acercó al trote a nuestra mesa y se me quedó mirando con profunda gravedad. A través de la pared que dividía ambos establecimientos llegaban aullidos de furia. Era evidente que acababa de realizar una visita especialmente productiva.

 

Al verlo, un camarero echó a correr de inmediato con la intención de darle en la cabeza con una piedra. Esta actitud representa una respuesta bastante corriente en Camerún a la fauna salvaje. Sabiamente, el animal se agarró a mi cuello con los dos brazos y se deslizó hasta mi regazo, enseñándole unos dientes verdes y horripilantemente apestosos a su agresor. No sin extrema dificultad pude por fin convencer al camarero de que era más razonable no golpear al mono —que ahora estaba adherido a mí como una lapa—, pues seguramente me haría entonces blanco de su furia, sino alejarlo con un plato de cacahuetes. Con el ceño fruncido y murmurando, el camarero acabó por hacerme caso, dejando bien sentado que me cobraría los cacahuetes. No obstante, el mono se negaba a separarse de mí. Empezó a roncar y a echarme vaharadas de maloliente halitosis a la cara, desdeñando los manjares ofrecidos. Los bienintencionados intentos de deshacer su abrazo produjeron rugidos enfurecidos y exhibición de colmillos rabiosos. Al acariciarle la cabeza emitía suspiros y gruñidos de tan profunda tristeza que hubiera hecho falta un corazón más endurecido que el mío para intentar siquiera librarse del animal.

 

El problema era que Bob y yo habíamos pensado ir al cine. Los cines no suelen revestir mucha importancia en los relatos de los antropólogos; sin embargo, son curiosamente fundamentales para ellos cuando se encuentran haciendo trabajo de campo. Puesto que por lo general son



 

 

 

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totalmente inaccesibles, se convierten en foco de sentimientos de privación y nostalgia. Cada vez que el antropólogo está en una ciudad, ha de acudir forzosamente al cine. Da lo mismo si sabe de antemano que la película será terrible; el sonido, incomprensible, y la experiencia, plena de calor, polvo y sudor. Hay que hacerlo. Y en aquella ciudad había una nueva maravilla. Acababan de inaugurar un flamante palacio del cinematógrafo. Incluso disponía de asientos y de tejado. La instalación del aire acondicionado era inminente. Y aquella noche era la única en que la película, aunque no sería ni muchísimo menos reciente, no era un espectáculo de kung-fu ni una epopeya musulmana que reflejara una monumental matanza de infieles.

 

La vida está llena de actos que en el momento de realizarlos parecen perfectamente razonables. Sin embargo, la lógica de una situación es una cuestión puramente local. Luego muchas acciones, contemplándolas retrospectivamente, nos resultan extrañas e inexplicables.

¿Por qué no nos lo llevamos? sugirió Bob.

 

En ese momento nada parecía más natural que llevarme a aquel simio roncador al cine. Unos cuantos movimientos tentativos revelaron que el traslado era posible siempre que mantuviera una mano libre para acariciar a la bestia. De lo contrario, volvía a exhibir los dientes y a gruñir. Solo hizo falta una habilidad ligeramente superior a la de un contorsionista corriente para introducirme en una chaqueta que no había sido diseñada para llevar un mono y abrocharla encima de este. Con el húmedo calor de la noche, me sentía verdaderamente sofocado. La buena fortuna me había proporcionado un furgón propiedad de mis sufridos amigos de la misión, y nuestro variopinto trío emprendió el camino del cine.

Estaría bien poder decir que la película que ponían era King Kong, pero me temo que se trataba de una comedia americana corrientucha sobre el divorcio que aparentemente dejaba bastante indiferentes a los polígamos musulmanes.

Hicimos cola en la taquilla, no sin despertar las miradas sospechosas de varios miembros del público hacia mi barriga roncadora. Para gran inquietud mía, la irritable taquillera descubrió el mono, me miró iracunda haciendo aletear las ventanas de la nariz y llamó al jefe francés. Yo esperaba que aquello fuera el fin de la cuestión. El jefe aprovecharía la oportunidad para dar rienda suelta a la furia gala y enumerar con una



 

 

 

 

 

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lógica aplastante todas las razones por las que se prohibía la entrada a los simios. Acto seguido, nos acompañarían a la puerta.

 

Sorprendentemente, la cuestión principal que se planteaba no era la admisibilidad de los monos, sino qué tipo de entrada requerían. Bob entró rápidamente en situación y declaró que evidentemente el mono era un «menor» y, por lo tanto, tenía derecho a un descuento. Ni siquiera iba a ocupar un asiento. El jefe no estaba dispuesto a admitir tal extremo, temiendo quizá sentar precedente. ¿De verdad preveía una avenida de gente acompañada de leones y osos hormigueros que se negaran a pagar alegando aquel débil pretexto? Al final acordamos que le cobraría al mono la mitad del precio de la localidad más barata y nos sentaríamos en la zona menos elegante de la casa. Pagué. El mono volvió a meterse bajo la chaqueta y se puso de nuevo a roncar.

 

La primera parte del programa no gozaba del favor popular. Consistía en un verborreico documental sensacionalista sobre cruceros en las Indias Occidentales. Como de costumbre, las barreras entre los asistentes eran pocas y las normas que imponían guardar estricto silencio no eran en absoluto observadas. El caballero que tenía a mi lado, tras quitarse los zapatos para acomodar sus grandes pies aplastados y desabrocharse el uniforme militar hasta el ombligo, empezó a hacer bromitas sobre que mis antepasados les habían dado a sus antepasados pasajes gratuitos para aquellos barcos durante el comercio de esclavos. Bob, un norteamericano negro con una fuerte conciencia de raza, se tomó los comentarios bastante mal y se creó un claro ambiente de tensión entre el militar y él.

 

En aquel momento pareció que el tan anunciado aire acondicionado entraba repentinamente en acción. La temperatura fue descendiendo de forma constante hasta que el frescor del aire se hizo perceptible. Daba la impresión de que el aparato se volvía cada vez más activo. En lugar de limitarse a mitigar el sofocante calor, le declaró la guerra arrojando chorros de aire helado al recinto. Debajo de la pantalla se formó una especie de niebla miasmática mientras el insípido locutor francés seguía loando las virtudes de «escapar del frío este invierno» haciendo un crucero por el Caribe.

El caballero militar comenzó a abotonarse el uniforme y a enfundarse trabajosamente las botas. Y, lo que es peor, el frío repentino penetró hasta mi amigo el simio, que asomó la cabeza, para considerable inquietud de la señora de atrás. Por desgracia, la dama poseía un gran bolso de mano rojo



 

 

 

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brillante. El mono se encaprichó desesperadamente del bolso y se enfureció ante la firme negativa de la dama a entregárselo. En un intento de distraer al mono, le compré un gran mango rojo brillante a un vendedor. Sin embargo, los mangos eran una cosa extraña. Fuera cual fuera la comida habitual de los simios, los mangos no formaban parte de ella. El mono se limitó a arrancar tiras de la fruta para lanzárselas directamente de la boca a los miembros del público. Su furia era sorprendentemente intensa. Los espectadores, aburridos de la película, se lo tomaron bien y empezaron a comprar mangos y a escupírselos al mono, lo cual quería decir, inevitablemente, a mí. El director, alertado por sus subordinados, que temían por la decoración, se apresuró a amenazarnos con la expulsión. El público se dispuso a disfrutar de una buena pelea mientras se empezaban a proyectar las noticias.

 

Al parecer, la historia principal era una reunión entre el presidente y un ministro chino inidentificable que había prestado ayuda al país. Vimos la inevitable escena del presidente dedicando una sonrisa forzada a la cámara, con los ojos fijos en la lente, mientras ofrecía al visitante uno de los espantosos sillones de plástico que siempre aparecían en esas escenas. «Debería usar la ayuda para comprar muebles nuevos», opinó el militar en voz alta. El público reía estrepitosamente, las noticias estallaron en el himno nacional, la mitad de los espectadores se pusieron en pie y la otra mitad se dedicó a alborotar. Todo aquello era demasiado para el mono. Harto de tanta compañía, empezó a gritar y parlotear. Al público le gustó, pero el hecho de tener el himno nacional como fondo acercaba peligrosamente nuestro comportamiento a un delito de lesa majestad. Había llegado el momento de marcharnos, aun sin ver la película principal. En un acto de deslealtad digno de san Pedro, Bob se quedó.

 

Regresamos en silencio. Mientras yo bajaba del coche delante del hotel, el mono se deslizó suavemente hasta el suelo y me miró una última vez como si se preguntara si el abrazo había sido demasiado atrevido para tratarse de la primera ocasión que salíamos juntos. Decidió que no era oportuno hacer más demostraciones de afecto, atravesó el patio con sus poco elegantes andares y saltó a los árboles camino del zoo.

Tras todas estas emociones, yo me sentía bastante cansado y no me importó en absoluto perderme la película. Sin embargo, no dormí muy bien. Tenía pulgas, pulgas de mono.



 

 

 

 

 

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8. ANTE LA DUDA, ¡A LA CARGA!

 

 

 

 

De nuevo en Poli, todo estaba tranquilo. En la misión reinaba un sombrío silencio. Unas bestias sin identificar habían devastado la cosecha de Jon. Se sospechaba del ganado del jefe municipal. No sé porqué, yo estaba seguro de que habían sido los babuinos. Si esposa de Jon hubiera pertenecido al pueblo dowayo, en aquel momento habría esperado que la apalearan por adulterio, la causa indiscutible de cualquier daño sufrido por la cosecha de un hombre.

 

En la aldea, Zuuldibo, tras ser extraído de debajo de mi cama, proclamó que continuaban los preparativos de la circuncisión, pero que no sucedería nada importante durante un tiempo. Por mi experiencia anterior sabía que lo que marcaba el momento decisivo era la preparación de la cerveza. Cuando me enterara de que esta se había iniciado, sabría que la ceremonia se acercaba. Para asegurarme, mandé a Matthieu a la aldea donde debía celebrarse con un poco de tabaco como obsequio para un pariente suyo que vivía allí. Así me avisarían a tiempo.

Entre tanto, tenía suficiente material para mantenerme ocupado, pues había empezado a estudiar a los curanderos y sus remedios. Pero, dado que podía contar con varias semanas de paréntesis, decidí emprender la misión que podía constituir mi única contribución importante a la antropología. Iría a ver a los ninga para investigar el ritual de extirpación del pecho masculino, la mastectomía inexistente que habían mencionado mis informantes dowayo.

Desde el principio quedó claro que Matthieu no quería ir a ver a los ninga. Los caminos eran peligrosos, me aseguró. En esta época del año no habría nadie. Nadie hablaba su lengua. No querrían hablar conmigo. Eran mala gente.

Uno de los descubrimientos más deprimentes del antropólogo es que casi todos los pueblos aborrecen, temen y desprecian a sus vecinos.

Me había enterado a través de uno de los enfermeros del hospital de que el jefe ninga estaba en Poli, y decidí localizarlo. Ello requirió horas de merodear por las chozas de las afueras. Una vez más, estaba claro para



 

 

 

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todo el mundo lo que buscaba un hombre blanco, pese a sus protestas y patéticas explicaciones. Hasta entonces no me había dado cuenta de que en una ciudad tan pequeña existiera la comercialización del vicio como tal. Pero ciertamente existía, y a mí me ofrecieron infatigablemente la mayoría de las existencias. También tuve un extraño encuentro con un miembro de la policía, que salió bastante desaliñado de una casa y se empeñó en explicarme que estaba investigando la bebida ilegal.

 

Hasta el anochecer, cansado, acalorado y de muy mal humor, no di con el jefe de los ninga. Fui conducido a su presencia por un chiquillo que había contratado como guía. Evidentemente, sus técnicas de despiste eran tan buenas como las de Zuuldibo. El jefe era un enano, totalmente cubierto por una túnica de franela roja muy similar a la de los ayudantes de Papá Noel. Debajo de la túnica asomaban atrevidas las puntas de unos relucientes zapatos blancos. cuando entré en su recinto, corrió hacia mí como un terrier entusiasmado, me abrazó efusivamente enterrando su rostro en mi vientre y manifestó su alegría de verme.

 

Nos sentamos en sendas cajas de madera vueltas al revés y dimos comienzo a la audiencia, con el golfillo como intérprete. Declaré el placer que me producía ver al jefe y expliqué que mi misión en aquellas tierras era estudiar las «costumbres». Él asintió con la cabeza sabiamente. Yo había oído muchas cosas interesantes de los ninga y mi corazón ansiaba visitarlo en su aldea para conocer la vida ninga. En general, este enfoque me pareció preferible a simplemente decir: «Mire, me interesan los pezones de los hombres».

Sonrió benévolo al oír la traducción de mis palabras. Sabía que yo había estado con los dowayo, que eran siempre amigos de su pueblo. Su corazón anhelaba llevarme a la aldea. De buen grado me hablaría de la vida ninga. Había oído que yo era un hombre de palabras directas. Adoptó una expresión de timidez. Solo había un problema. Él era pobre. No podía albergarme como yo desearía. Sin embargo, era orgulloso. No podía recibirme y decepcionarme. Suspiró. Solo había una manera de solucionarlo. Yo tendría que comprar una cabra. Con mil francos bastaría. Y ya que estábamos en ello, podía darle el dinero en aquel mismo momento. Yo me negué. Era la petición de dinero más directa con que me había topado hasta entonces. Resultaba difícil discernir si se trataba de un momento adecuado para la firmeza pragmática de hombre a hombre o para la generosidad espontánea sin regateos. Por desgracia, la antropología



 

 

 

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exige cierta medida de hipocresía y astucia. Una rápida inspección de mis bolsillos reveló una suma total de quinientos francos, de modo que la generosidad quedó descartada.

 

Desafortunadamente, expliqué, también yo era pobre. Puesto que no era jefe, no estaba habituado a comer cabras enteras, de modo que le daría al jefe el precio de media cabra, quinientos francos. Quedó muy desilusionado. Después de haber venido tan lejos y haber descubierto un fenómeno tan importante como la extirpación de los pezones masculinos, parecía ridículo discutir por una cantidad solo ligeramente superior a una libra esterlina. No sé por qué, era este un argumento que siempre usaba conmigo mismo antes de ceder. Añadí que, naturalmente, pensaba hacerle un obsequio al jefe cuando lo visitara. «Ningún invitado se presenta con las manos vacías».

 

El rostro del jefe se iluminó visiblemente y acordamos que al cabo de una semana nuestro chiquillo intérprete vendría a buscarme a la aldea y ascenderíamos juntos al monte. Cuando traté de marcharme, el jefe volvió a venir corriendo hacia mí y apretó mi dócil cuerpo contra el suyo. Me agarró la mano y la llevó apasionadamente a su corazón.

 

—Los blancos y los negros son hermanos —observó—. Pero los blancos son más listos.

Era difícil responder adecuadamente a eso. Después de ser despojado de todo mi dinero, no me sentía especialmente listo, de modo que dejamos el tema tal como estaba.

—No se quede mucho rato por esta zona —me advirtió solemnemente —. Hay muchas mujeres malas.

Empecé entonces a adivinar adónde iban a ir a parar mis quinientos francos.

Nueve días después no había tenido noticias del jefe de los ninga. La noción del tiempo es en África más amplia que la nuestra. Recordé con vergüenza la llegada del jefe de la lluvia dowayo el día siguiente a mi fiesta de despedida esperando que le hubiéramos guardado bebida.

 

Con todo, parecía que una visita al jefe de los ninga sin pezones no estaría fuera de lugar. Pese a sus previsibles predicciones de fatalidad, me puse en camino con Matthieu en cuanto amaneció. Una vez más tuvimos que dar muchas vueltas. En los hogares poligínicos suele darse un elemento nómada a la hora de acostarse. La gente estaba acurrucada en torno a las hogueras, envueltos en mantas para protegerse del frío de la



 

 

 

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madrugada mientras esperaban comida o cerveza caliente. Por todos lados resonaban potentes expectoraciones.

 

La casa del jefe estaba vacía. Nadie sabía dónde estaba. Nadie sabía cuándo regresaría. Matthieu explicó que aquello se debía a que todos eran malos. Decidí probar suerte con mi informante enfermero del hospital.

Puesto que ello exigía pasar justo por delante de la casa del sous-préfet, también sería necesario hacerle una visita de cortesía.

La figura rechoncha del sous-préfet estaba ya encorvada sobre su mesa de trabajo con un montón de papeles esparcidos delante. Cuando nos estrechamos la mano, una amplia sonrisa afloró a su rostro. Seguidamente agitó un papel en el aire.

—¡Ajá! Tengo un informe de la policía sobre usted. Por lo visto, ha estado viendo a una dama de la noche.

Cuanto más lo negaba yo, con más deleite rehusaba él creer otra cosa que no fuera lo peor de mí. Finalmente, abordamos la cuestión del jefe ninga.

—¿El jefe de los ninga? Yo puedo decirle dónde está.

 

Se apoyó en el respaldo del sillón y adoptó su expresión más angelical. —Lo mandé de regreso a su aldea. Es un mal ejemplo, haraganeando por aquí, sin hacer otra cosa que beber y fornicar. ¿Cómo van a respetar los jóvenes a sus jefes si se comportan así? Lo he mandado a cobrar los impuestos debidamente. —Alzó un dedo reprobador—. Y usted más vale

que se porte bien o también lo mandaré de regreso a su tierra.

 

La conversación tocó el tema de la circuncisión. El punto de vista del sous-préfet estaba marcado por todos los desagrados no resueltos de cualquier administrador de una cultura que gobierna a los miembros de otra. Como musulmán, naturalmente consideraba la circuncisión una cosa buena en sí misma. Era inherentemente civilizada y, por tanto, había que fomentarla entre los paganos. No obstante, era consciente de que resultaba desestabilizadora, peligrosa y cara. Por lo que tenía la costumbre de enviar a los enfermeros a realizar la operación en las aldeas en lugar de permitir que lo hiciera la gente «con una azada sucia». Al menos eran más moderados en las incisiones y relativamente higiénicos, aunque la norma de que todas las heridas deben empaparse en alcohol debía de incrementar notablemente el dolor. Lo que el sous-préfet no sabía era que algunos ancianos, insatisfechos con esta práctica, volvían a circuncidar a los muchachos una vez se habían marchado los enfermeros. Así pues, las



 

 

 

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medidas humanitarias de un buen administrador no hacían sino aumentar el dolor, el sufrimiento y la mortalidad de los muchachos, dentro de la mejor tradición colonial.

 

Durante esta conversación oí hablar por primera vez del proyecto hidráulico que luego habría de convertirse en un grave problema. El sous-préfet, en colaboración con el Cuerpo de Paz norteamericano, había decidido que la ciudad necesitaba un sistema de suministro de agua potable. Mientras regresaba a mi aldea, poco imaginaba el embrollo que aquello iba a ocasionar; me preocupaba más mi búsqueda de la mastectomía inexistente.

Uno de los principios del ejército británico ha sido siempre «Ante la duda, ¡a la carga!». Parecía llegado el momento de aplicarlo a mi trabajo de campo. Zuuldibo confirmó que varios hombres de la aldea conocían los senderos que llevaban a los ninga, pero había que realizar peligrosas ascensiones. Me mandaría uno que era fuerte, inteligente, honrado, etcétera. Decidí salir al alba. Matthieu estaba muy contrariado. Si los ninga de la aldea ya eran malos, los de la montaña eran mucho peores.

—No  es  la  estación  adecuada  para  subir  al  monte  —declaró—.

 

Lloverá. Nos arrastrará el agua. No habrá agua potable.

 

A la mañana siguiente, antes del amanecer, oí una tosecilla educada fuera de mi choza, demasiado suave para ser de cabra. Me asomé y vi a un niño desamparado que vestía unos harapientos pantalones cortos y una magnífica gorra roja al estilo de los Beatles. En la mano llevaba un pajarito domesticado multicolor; no un loro, sino algo más parecido a un martín pescador. Era el guía que me mandaba Zuuldibo, un niño de unos ocho años. Tomamos café y nos sentamos en las frías piedras a charlar. Al parecer, la madre del niño era ninga, casada con un dowayo, y el niño había trabajado en varios traslados de ganado de la meseta al valle. sus conocimientos no podían ponerse en entredicho. Con cierta dificultad, despertamos a Matthieu. Una hora después, salíamos cargados con cámara fotográfica, cuadernos, tabaco, etcétera, todos los elementos corrientes del oficio etnográfico. Nuestro guía se colocó el vistoso pájaro sobre la gorra a modo de indicador y tomó la cabeza de la marcha. Matthieu iba rezagado con semblante melancólico, quejándose de lo escaso del desayuno.

 

Sobre el fondo del valle rodaban espesas hebras de niebla lanosa. Avanzamos chapoteando entre barro y piedras hasta la base de la cadena montañosa. De la neblina salían repentinamente vacas sorprendidas que



 

 

 

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desaparecían resoplando entre las altas hierbas. Hacía un frío penetrante y todos oteábamos el horizonte con la esperanza de que los débiles rayos del sol se abrieran pronto camino y nos calentaran. El pajarillo ahuecó las plumas e intentó un par de gorjeos.

 

Al cabo de media hora nos encontramos con un grupo que se dirigía a un funeral más allá de Kongle. Portaban recipientes de burbujeante cerveza y pieles de animales secas y crujientes para envolver el cadáver. Evidentemente se encontraban de muy buen humor ante la perspectiva de comer la carne de las reses que se iban a sacrificar. Me alegré de que Zuuldibo no viniera con nosotros. No hubiera dejado pasar la cerveza sin probarla. Los miembros de la comitiva fúnebre gastaron bromas sobre mi constante asistencia a los funerales dowayo, lo mismo que hacían los cuervos. Intercambiamos tabaco y plátanos de la montaña, y siguieron su camino felices, exhalando humo; habían liado los cigarrillos con una página de mi cuaderno. Nuestro pequeño guía le dio un poco de plátano a su pájaro, lo volvió a colocar en la gorra con una festiva inclinación y empezamos a ascender.

 

La ascensión no fue agradable. Con frecuencia el sendero era muy angosto y sus quebradizos bordes descendían hacia las rocas. Cuando está mojado, el granito es muy resbaladizo e implacable con cualquiera que pierda pie. Mientras subíamos, pesadas gotas de frío rocío se deslizaban por nuestros cuellos y brazos cada vez que tocábamos la vegetación que brotaba frondosa en las grietas. Pronto alcanzamos una profunda hendidura donde se amontonaban botellas rotas y calabazas aplastadas. Nuestro pequeño guía se detuvo, nos explicó que allí habitaba un vigoroso espíritu de la tierra y nos instó a hacer una ofrenda de cualquier alimento que lleváramos. Yo renuncié a un plátano y una porción de chocolate, y Matthieu, con cierta mala gana, entregó un pellizco de café en polvo y un poco de carne ahumada que había escondido en el fondo de su fardo para casos de necesidad. Nuestro guía mostró su aprobación inclinando la cabeza y echó a andar de nuevo; el pájaro iba dando sacudidas mientras el niño trepaba con esfuerzo sobre las rocas. Al poco tiempo, las moscas vinieron a atormentarnos, alimentándose de nuestro sudor y entrando y saliendo de forma enloquecedora de nuestros ojos. El calor del sol iba en aumento. Sin aliento, mortificado por las moscas y las magulladuras, asombré a mis compañeros insistiendo en que descansáramos.



 

 

 

 

 

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Sin embargo, ello no fue posible. Aquel era un sendero utilizado por el ganado. Para animarme en uno de los trechos más difíciles, el guía me señaló los huesos de algunos de los animales de pasos menos firmes. Daba la impresión de que la altitud había estimulado la defecación de los bovinos rumiantes, Se sucedían boñigas infestadas de moscas, que pronto pusieron de manifiesto su mayor preferencia por nuestras propias secreciones. El sol se había vuelto ya ardiente y me alegré de haber salido temprano.

 

Matthieu rezongaba contra las boñigas como si fueran otra muestra de la vileza de los ninga. Cuando bajaban al valle, dejaban los campos dowayo cubiertos de excrementos de vaca. Ello, afirmaba, hacía crecer las malas hierbas y, por lo tanto, dificultaba el cultivo.

 

Empecé a pensar que se trataba de un testigo hostil.

 

Al cabo de cierto tiempo, llegamos a las afueras de la aldea. En África occidental, cuando uno se acerca a una aldea normalmente encuentra ciertas señales inconfundibles. En primer lugar, se atraviesan campos. Con frecuencia, resuenan los golpes de mortero producidos por las mujeres que separan las cáscaras del grano o se oyen sus voces que cantan mientras muelen con piedras. Inevitablemente, hay niños que gritan y corretean. Y suele haber también risas. De esta aldea solo llegaba un profundo silencio.

 

Pronto se hizo evidente que había sobrevenido algún desastre demográfico. Cuando las casas se quedan vacías, generalmente se abandonan. Con las lluvias tropicales, el barro de que están hechas vuelve a incorporarse pronto a la naturaleza y solo quedan los visibles círculos de piedras que servían de cimientos a cabañas o graneros. Esto es muy triste para los arqueólogos y un gran motivo de alegría para los ecologistas. Aquí parecía que toda la aldea estaba formada por casas derrumbadas. En muy pocos años, no quedaría nada que marcara el lugar donde habían vivido y fallecido familias enteras. Nos abrimos paso entre aquella desolación hacia el centro, y nos sentamos en un muro de piedras encajadas mientras nuestro pequeño guía iba a buscar a nuestro reacio anfitrión.

 

Matthieu aprovechó el prolongado paréntesis que siguió para deleitarme con un largo relato de las muchas observaciones que había hecho durante nuestro viaje y que reforzaban su negativa valoración de aquellas gentes. ¿Dónde estaban todos? ¿Qué les había ocurrido? Era evidente que Dios los había castigado por sus malas costumbres. Anunció



 

 

 

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su veredicto con considerable satisfacción. Habían abandonado aquel lugar maligno. Ahora estaban siendo mala gente en otro sitio.

 

Por fin apareció el jefe, su llegada anunciada por un golpeteo rítmico. Pero no se trataba del acompañamiento de un cantor de alabanzas y un tambor, como supuse al principio. ¿Cómo no me había dado cuenta hasta entonces de que tenía un pie deforme que le hacía cojear? La ascensión a la montaña debía de haber sido una agonía para él.

Pese a su impedimento físico, volvió a abalanzarse hacia mí como un terrier y casi me tira del muro. Apretó mi mano contra su pecho y repitió el placer que le producía mi llegada. Mientras trataba de bajarme, con el rabillo del ojo vi a Matthieu haciendo muecas de repugnancia. Saqué dos botellas de cerveza comprada. Después de una pequeña pantomima entre Matthieu y yo sobre si debíamos compartir una botella, saqué otra y, cante la visible contrariedad del jefe, se la entregué a Matthieu. Teniendo en cuenta la cantidad de sufrimiento humano que había sido necesario invertir para hacerla llegar a aquel lugar en aquel preciso momento, debía de ser una de las botellas más costosas del mundo.

El jefe explicó que ciertos deberes públicos urgentes lo habían obligado a regresar; además, había soñado que tina de sus esposas estaba enferma y la preocupación por su bienestar había pesado más que los buenos modales, Mostré mi conformidad inclinando la cabeza. Nos asignaría una choza a Matthieu y a mi, y volveríamos a encontrarnos al anochecer, cuando yo hubiera descansado. Solo había un pequeño problema. Cuando nos encontramos en la ciudad yo pagué media cabra. No obstante, era imposible matar solo medio animal. ¿Podía tal vez ver ahora el camino despejado para pagar la otra mitad? Si lo hacía así, no me cobraría por usar la choza.

Le pagué mientras Matthieu sacudía la cabeza y murmuraba lo «mala gente» que eran.

La choza que nos asignó era una de las más destrozadas que había visto. Las vigas del techo, carcomidas por las termitas, se habían derrumbado, y toda la cubierta de paja podrida pendía sobre las paredes dejando un costado descubierto. Esperaba que no lloviera. Nuestro joven guía se despidió, pero prometió regresar más tarde para actuar de intérprete.

—Antes de que te vayas, ¿cuántos ninga hay? Se detuvo y efectuó complicados cálculos que exigían una prolongada contemplación de los



 

 

 

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cielos, hechos los cuales sonrió y repuso:

 

—Veintiséis.

 

Dejándome algo desconcertado, se metió el pájaro en la gorra, se la puso en la cabeza y emprendió el camino hacia el pueblo de su madre.

 

Supongo que debería habérseme ocurrido preguntarlo antes, pero tal como hablaban de ellos los dowayo supuse que los ninga eran un pueblo similar a los propios dowayo. A nadie se le ocurrió informarme de que fueran tan pocos.

Cuando le pregunté al jefe más tarde, se mostró algo vago respecto a lo que le había ocurrido a su gente, como si estuvieran simplemente extraviados. En otro tiempo habían sido más numerosos. Hubo una enfermedad. Algunos se marcharon a causa de una disputa. Otros se casaron con otros pueblos. Familias fulani se establecieron alrededor de los ninga para aprovechar los pastos de la estación seca, pues en las montañas siempre había agua. Muchas de las casas vacías que habíamos visto pertenecían a fulani que estaban fuera con su ganado. Parecía que dentro de muy pocos años los ninga no existirían.

 

Todo esto me resultó un golpe más bien duro. Cierto es que algunos de los pueblos que estudian los antropólogos en Sudamérica no son más numerosos. La enfermedad, el desposeimiento y la guerra los han reducido a diminutas fracciones de lo que eran. Pero trabajar sobre un pueblo tan mermado como aquel sería arqueología en la misma medida que antropología. Dada la importancia de la mastectomía inexistente, era una suerte que me encontrara allí en un momento tan crítico, pues, cuando un pueblo pierde su identidad, lo que más lamenta el antropólogo es la pérdida de una visión particular del mundo, resultado de millares de años de interacción y pensamiento. Desde ese momento, nuestra visión de la gama de posibilidades humanas se ve disminuida. La importancia de un pueblo no tiene nada que ver con las cifras.

 

Esa noche, durante la cena con el jefe apareció la cabra que se nos había prometido. Desafortunadamente, hay cabras y cabras. Las cabras jóvenes son tiernas y suculentas. Las hembras pueden ser un buen manjar, aunque fibroso. Los machos viejos son cosa bastante distinta. Los machos cabríos son tan malolientes que cuando se recorre un sendero de montaña se nota si ha pasado por allí un macho cabrio en los últimos diez minutos. La carne de tal animal está impregnada con un sabor como de axilas



 

 

 

 

 

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viejas. Pocas especias son lo suficientemente fuertes para atenuar siquiera su olor. El sabor llega potente y nítido.

 

El jefe explicó que nos honraba con la cabra más grande (y presumiblemente más vieja) de su rebaño. Aquello, debíamos comprenderlo, era un honor. Y el sabor no dejaba lugar a dudas sobre la virilidad del animal. Mi paladar occidental lo encontró muy desagradable, pero me propuse comérmelo. Por una vez, parecía que a Matthieu le resultaba también difícil; su prodigioso apetito de carne había desaparecido ante la cocina ninga. No obstante, daba la impresión de que el jefe disfrutaba inmensamente engullendo grandes cantidades de la fétida carne negruzca. Un hombre que nos fue presentado como el hermano del jefe se unió a nuestro grupo. En África ese término puede indicar simplemente que dos hombres son de la misma aldea. Pero el hecho de que el individuo fuera jorobado parecía confirmar que existía algún vínculo biológico. Nuestro pequeño guía reapareció y se agazapó en un nivel más bajo como señal de respeto. Se le había asignado un plato inferior de intestinos quemados en aceite. Se sentó y dio feliz cuenta de ellos.

 

Para compensar la comida, el jefe nos ofreció una gran calabaza de excelente leche fresca. Aquello sí era un lujo, una leche extraordinariamente sabrosa y fresca, la primera que había probado en África. Felicité al jefe por la calidad de la leche, puesto que mejor era pasar por alto la de la carne. Ciertamente, era una suerte que hubiera muchos fulani cerca de su aldea, pues, según dijo, eran grandes pastores. Sus vacas daban leche de calidad para beber, a diferencia de las vacas enanas de los dowayo. Además, se mantenía fresca gracias a que las mujeres fulani orinaban en ella para evitar que cuajara. Desde ese momento bebí menos que antes.

El jefe, poco acostumbrado a tener compañía, se rindió a una fatiga tan contagiosa que en seguida estuvimos todos bostezando de forma irrefrenable. No obstante, acordamos que al día siguiente visitaríamos juntos varios lugares de culto y el jefe me contaría los fundamentos de la cultura ninga.

Nuestra primera noche con los ninga parecía haber satisfecho todas las sombrías predicciones de Matthieu. Era un lugar curiosamente inquieto. Había un constante movimiento de ganado entre las casas, que se deslizaba caprichosamente primero en una dirección y luego en la contraria. Empezaron a caer unos goterones de lluvia grandes y pegajosos. Matthieu



 

 

 

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y yo nos acurrucamos en un rincón de la choza mientras las vacas se daban encontronazos con las paredes por fuera y un charco de agua en constante crecimiento avanzaba hacia nosotros. Finalmente, la esterilla de hierba que cerraba la entrada de la choza cedió y una barahúnda de frenéticas cabras entró en tropel pugnando por cobijarse de la lluvia. Por el olor, supimos que predominaban los machos. Estaba claro que la aldea se especializaba en machos cabríos. Seguramente, aquella choza era para ellas una guarida habitual, y nosotros, unos intrusos. Nuestros gritos y golpes no consiguieron alejarlas, sino que nos valieron un remolino de cuernos de aspecto amenazador y pezuñas retumbantes. Les mostramos nuestra ira. Ellas nos miraron malévolas. Finalmente, con la inspiración nacida de la desesperación, disparé el flash de mi cámara un par de veces y así logré ahuyentarlas. El último macho viejo huyó por fin con una salva de malolientes excrementos como despedida.

 

Llegados a este punto abandonamos toda pretensión de comportarnos como buenos huéspedes. Matthieu se apoderó de las podridas vigas de un lado del techo mientras yo encendía un fueguecito con un puñado de paja de la propia techumbre. Pronto tuvimos una hoguera respetable y pudimos conciliar el sueño de forma intermitente apoyados en la pared.

Matthieu se consoló leyendo la Biblia en francés. Desafortunadamente, no había aprendido a leer en silencio y declamaba versículo tras versículo con una voz lúgubre que poco contribuía a disipar la tenebrosidad del lugar.

Al día siguiente, me complació comprobar que el jefe estaba poco menos destrozado que nosotros. Emprendimos una gira rápida de los lugares religiosos y objetos ceremoniales más propia de una visita turística que de la antropología seria. Pero cráneos, vasijas y bailes no eran lo que me había llevado allí, de modo que les presté tan solo una atención somera. En la búsqueda de la mastectomía inexistente parecía especialmente importante evitar las preguntas, puesto que quería información voluntaria. Matthieu y yo nos sentamos a observar y esperar. La suerte nos sonrió ante el primer grupo de calaveras de antepasados, todas aparentemente cortadas con un hacha. Al igual que muchos otros grupos paganos de la zona, los ninga se desnudan para acercarse a lo sagrado. Mientras se aproximaba cojeando a los restos de sus antepasados, el jefe se desprendió de su larga y amorfa túnica. Allí, finalmente, expuestas a todo el mundo, podían verse dos manchas planas y



 

 

 

 

 

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descoloridas donde hubieran tenido que estar los pezones. Confieso haber experimentado un momento de júbilo que Matthieu fue incapaz de compartir conmigo. A él, las mamas del jefe le eran totalmente indiferentes. Le interesaban otras cosas. Lo que lo tenía preocupado eran los dedos amputados.

 

Los ninga, pese a su resistencia montañesa al frío y la humedad, sufrían de reumatismo y artritis, sobre todo en las extremidades. Al parecer, los dedos de manos y pies solían causar frecuentes problemas a los ancianos, es decir, a cualquiera de más de cuarenta años. La drástica respuesta del afectado solía ser simplemente cercenar la articulación problemática con un hacha o una azada. En sus lecturas de la noche anterior, Matthieu había dado casualmente con el siguiente pasaje: «Si tu mano te ofende, córtala». No comprendía cómo unos paganos ignorantes como los ninga podían haber adoptado una práctica claramente derivada del conocimiento de la Biblia cuando todavía estaban sumidos en la más pura idolatría. El problema se había convertido en obsesión al poner en tela de juicio la nítida línea que él mismo había trazado entre las viejas y malas costumbres paganas y las nuevas y buenas cristianas. Me explicó la dificultad mientras el jefe murmuraba, les susurraba a los muertos y salpicaba los cráneos con cerveza. Eramos como una ridícula reproducción del mundo en miniatura. El pagano se afanaba con sus calaveras, sin advertir mi obsesión por los pezones masculinos, mientras la religión de Matthieu era puesta a prueba por los dedos amputados. Resultaba difícil no sentirse un poco ridículo.

 

Se unió a nosotros el hermano jorobado del jefe, quien vertió más cerveza sobre los cráneos. Cuando se volvió, comprobé complacido que tampoco él tenía pezones.

Mientras regresábamos a las chozas, traté de llevar la conversación a través de la circuncisión hacia las amputaciones, con la esperanza de encontrar pruebas de que los ninga las relacionaban. Le pregunté al jefe si me había hecho una descripción completa. Sí. ¿No se había dejado nada? No. ¿Y el sacrificio del cuerpo? Los dowayo, por ejemplo, suelen grabarse dibujos geométricos en la piel. ¿Lo hacían también los ninga? No, ellos solo se cortaban los dedos. (Matthieu estaba abatido). ¿Se afilaban los ninga los dientes en la circuncisión? Tal vez algunos. Entonces nos encontramos con una mujer de pecho descubierto que nos fue presentada como la hermana del jefe. Parecía que también sus pechos habían sufrido



 

 

 

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la cirugía. Empecé a vislumbrar una horrible verdad. Abandonando toda discreción, señalé sus pechos. ¿Había nacido con los pechos así o (astutamente) le habían hecho aquello para embellecerla? Todos se echaron a reír. Naturalmente que había nacido así. ¿Quién sería capaz de cortarse el pecho? Sería muy doloroso.

 

Era evidente que, aparte de todo lo que podía haberles sucedido a los ninga, sufrían malformaciones genéticas. Los pies deformes y el enanismo del jefe, la joroba del hermano y los pezones inexistentes de todos formaban parte de la misma anormalidad congénita y no de un simbolismo cultural como suponía yo. Sin embargo, el amargo desengaño pronto dio paso al sentido del ridículo. Mientras permanecía sentado sobre una piedra bajo una lluvia incipiente, Matthieu y los ninga se me quedaron mirando y estuvieron riendo sin causa aparente durante varios minutos.

Cuando dejamos a los ninga, tras otra noche de descanso intermitente, yo tenía ya una sensación mucho más positiva sobre la experiencia de lo que había creído posible. Incluso la preocupación de Matthieu por los pies de los ninga me parecía más razonable.

A la mañana siguiente muy temprano, antes de nuestra marcha, nos visitó otro ninga, un desconocido, que nos pidió que lo acompañásemos. Alguien deseaba vernos.

Nos condujo a través de la aldea hasta una casa todavía más desvencijada que la nuestra. Ante ella, bajo los primeros rayos vacilantes de sol, se acurrucaba una anciana de pechos caídos y vacíos y rostro muy arrugado, en contraste con su cabello, espeso y cortado como una adolescente. Se me agarró a las rodillas y se dirigió a mí en dowayo. Se había enterado de que había regresado el hombre blanco y deseaba ver uno antes de morir.

Con voz temblorosa y aguda, empezó a contarnos la historia de su vida. Al parecer, había nacido dowayo. No sabía cuántos años hacía de eso. De joven, había sido amante de un soldado, un blanco. Desapareció en el interior de su choza y empezó a revolver un abollado baúl metálico. Su hijo, que sin duda había oído la historia muchas veces, parecía profundamente aburrido. Tras una prolongada búsqueda, volvió a aparecer con una descolorida fotografía de un joven más bien rechoncho con un uniforme de sargento del ejército francés. Una inscripción visible en el dorso revelaba que estaba dedicada «A la Héloise negra, de Henri». Al volver a oír su nombre después de tantos años, se puso tristísima. ¿Qué fue



 

 

 

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de Henri? Regresó a su tierra. Pero tuvieron dos hijos. Por desgracia, ambos habían muerto. Luego la acogió un soldado nativo, un ninga. Volvió a desaparecer y sacó un certificado de buena conducta en francés y un disco metálico que parecía una prueba de haber realizado los trabajos obligatorios en las carreteras. Me lo mostró con orgullo. Era de Henri, un regalo. Se lo habían dado porque había sido valiente, y él se lo había regalado a ella. Me pregunté si su hijo, que hablaba francés y, por lo tanto, tal vez también lo leía, conocía el tosco engaño de Henri. Por su expresión suplicante, supuse que sí. Admiré el despreciable disco de aluminio y se lo devolví. Al marcharnos, declaró que los hombres blancos siempre habían sido muy buenos con ella y me dio a entender con la mirada que si hubiera sido unos años más joven no me escaparía tan fácilmente.

 

Nos encontramos con nuestro guía, cuyo pajarito seguía saltando sobre la gorra, y descendimos el monte para regresar a lo que para mí se había convertido en una especie de normalidad, el mundo dowayo.

 

Íbamos comiendo plátanos a la vez que andábamos, contentos de alejarnos del frío y la tristeza de la montaña. De repente, oímos un crujido. Mis incisivos, reparados en Inglaterra tras el accidente automovilístico de mi visita anterior al país de los dowayo, se partieron limpiamente en dos, dejándome estupefacto y desdentado.

Una de las características de las personas que han vivido en el campo africano es que raras veces se sorprenden de las habilidades de los demás. Son capaces de construir casas, urbanizar poblaciones enteras y ejecutar operaciones quirúrgicas menores con un entusiasmo y una confianza egotista en extremo. Dado que la habilidad de cualquier dentista de la zona sería extraordinariamente rudimentaria, el auto tratamiento parecía una opción mucho más viable. Como en muchas otras ocasiones, al ver que teníamos problemas, Matthieu y yo nos dirigimos a la misión.

Ya que los dientes estaban hechos de un tipo de plástico, se consideró sensato efectuar la reparación con un pegamento de resina. Por fortuna, mis amigos de la misión, Jon y Jeannie, tenían un tubo en su caja de herramientas. Por desgracia, tardaba seis horas en secarse. Una esperanzadora nota de la etiqueta advertía que la resina se endurecía más de prisa si se le aplicaba calor. Rápidamente ideamos una solución. Extendimos el pegamento sobre los dientes, los sujetamos con dos pinzas de tender y los calentamos con un secador de cabello. En conjunto, el procedimiento resultó solo ligeramente más incómodo que las prácticas



 

 

 

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dentales normales, aunque la sed que sentía era notable. Dos de los intentos fallaron debido a la humedad de las superficies. Nuevamente, ideamos una solución. Calentaríamos primero los dientes en el horno para secarlos. Se trataba de un ejercicio peligroso. Jon y Jeannie solo poseían un viejo horno de leña cuya temperatura era prácticamente incontrolable. Yo me imaginaba ya los dientes derretidos. El cocinero alimentaba el fuego con decisión, luciendo su excelente dentadura. La suerte nos acompañó. Con un hábil giro de muñeca, Jon sacó los dientes calientes, les aplicó el pegamento y los unió con las pinzas. Una ráfaga de aire caliente del secador completó el tratamiento. Los minutos siguientes no fueron agradables. Habíamos olvidado tener en cuenta el hecho de que el calor de los dientes pasaría a las raíces. Pero permanecieron en su sitio y me duraron hasta el final del viaje. El único problema fue que se pusieron verdes en seguida, como emulando a mi amigo el mono.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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9. LUZ Y SOMBRA

 

 

 

 

Esa noche la cena estuvo muy animada. El pastor Brown había hecho suya la causa del proyecto hidráulico y convocó una conferencia. Su última innovación era la energía solar. Con bastante lógica, había llegado a la conclusión de que era un escandaloso desperdicio de recursos transportar gas y parafina hasta el corazón de África simplemente para quemarlos. Tras la investigación de sus catálogos favoritos de venta por correo, y la espera de rigor, había recibido una enorme batería de paneles solares que instaló en el tejado de su casa. Mediante el sencillo procedimiento de exponerlos a la cegadora luz del sol durante todo el día, lograba tener encendida una solitaria bombilla durante varias horas de la noche. Inmediatamente, suspendió toda otra forma de suministro de energía, lo cual obligó a su familia a moverse con linternas mientras la Gran Bombilla brillaba en la sala de estar. Y allí nos sentamos a cenar, parpadeando como puerco espines ante los faros de un automóvil.

 

A fin de posibilitar el suministro de la Gran Bombilla, se habían practicado en el techo grandes orificios. Se daba además la desafortunada circunstancia de que el tejado estaba habitado hasta rebosar por murciélagos de curiosa expresión burlona. Atraídos por la Gran Bombilla, descendían y describían círculos, proyectando enormes sombras en las paredes. Cegados por la Gran Bombilla, topaban regularmente con cualquier obstáculo o amenazaban con enredarse en el cabello de los comensales. Uno de los famélicos gatos había decidido aprovechar la situación y, con repentinos saltos, lograba abatir murciélagos que se llevaba a un rincón y devoraba con horrendos crujidos y sorbetones. De vez en cuando, estas sabandijas voladoras sumían al pastor Brown en un estado de rabia incoherente que lo llevaba a disparar un par de andanadas con la escopeta de aire que tenía junto a la silla en tanto vociferaba en fulani. Los invitados, el gato y otros miembros de la familia se echaban al suelo mientras fragmentos de murciélago y de yeso caían en la comida.

 

El misionero católico y el médico también se encontraban presentes, junto con un joven del Cuerpo de Paz. Reinaba la buena voluntad



 

 

 

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ecuménica. Todo el mundo realizaba corteses comentarios sobre la Gran Bombilla y, cuidadosamente, hacía caso omiso de los murciélagos.

 

Con la bendición del sous-préfet se decidió, como ya he dicho antes, que la ciudad debía tener agua corriente. Se trataba, en verdad, de una necesidad urgente. La mayoría de los fallecimientos de la zona se debían a enfermedades transmitidas por el agua. Poco sentido tenía que el médico dedicara tiempo y medicamentos al tratamiento de la bilharziosis y otras enfermedades parasitarias, pues, en cuanto la gente se acercaba al río — que todos usaban para lavarse, beber y verter aguas residuales—, volvían a infectarse. se contemplaron varias posibilidades. Se propuso el empleo de pozos. Ello hubiera resultado descabelladamente caro. Por otra parte, los pozos se contaminan fácilmente. Por fin se decidió que el único sistema viable era coger el agua de uno de los ríos de flujo constante que discurrían por los montes habitados por los dowayo. Ahí era donde entraba yo en escena.

 

Los proyectos comunitarios de este tipo parecen siempre eminentemente sensatos. El que se niega a cooperar queda como egoísta e insensible. No obstante, suelen estar plagados de dificultades, tanto de índole práctica como moral. Y los motivos no acaban de estar nunca claros.

El doctor, bastante lógicamente, esperaba erradicar de un solo golpe una parte importante de su volumen de casos. La mayoría de las enfermedades endémicas mortales o bien eran consecuencia directa del agua impura o bien esta debilitaba de tal forma a los individuos que las infecciones más ligeras podían resultar fatales. Había desistido de tratar a los aldeanos, que volvían a infectarse en cuanto regresaban a casa. El suministro de agua potable era el único modo de romper el círculo vicioso.

Resultaba evidente que el miembro del Cuerpo de Paz necesitaba un proyecto de envergadura dotado de presupuesto para justificar su propia existencia y congraciarse con sus superiores. Como fuente de dinero y de empleo, también le serviría para adquirir poder.

Ciertamente, los misioneros velaban por la mejora material de la población, pero sin duda eran asimismo conscientes de que, controlando el agua, quebrarían el poder del jefe de la lluvia y en consecuencia dañarían las creencias paganas.

Como antropólogo, yo era el que estaba más incómodo. Aunque la antropología estudia a las personas, lo hace desde cierta distancia, no tanto



 

 

 

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en su calidad de individuos como en la de representantes de una cultura colectiva. Estudiar el comportamiento de un pueblo y tratar de dirigir ese comportamiento son, en teoría, dos cosas distintas, aunque ningún antropólogo deja a su pueblo inalterado. Si bien no le deseaba enfermedades endémicas a nadie, dudaba de que el proyecto se llevara a cabo sin perjudicar a los dowayo, quienes considerarían que llevarse el agua de los montes a la ciudad era un robo del que les hacían objeto en beneficio de los invasores fulani.

 

Normalmente, ni siquiera los propios dowayo podían beber el agua de ese río sin contar con la autorización expresa del jefe de la lluvia, puesto que le pertenecía a él. El agua era vital para la irrigación de las colinas y para el mantenimiento de las vacas enanas que constituían el orgullo del pueblo. Yo conocía la situación lo suficiente como para suponer que se esperaba que los dowayo proporcionaran la mayor parte de la mano de obra. Y ellos estarían bien poco dispuestos a hacerlo a no ser que fuera con sus propias condiciones. Por otra parte, el sous-préfet era un hombre enérgico que no toleraría oposición alguna a lo que evidentemente había de redundar en gran beneficio general. Si los dowayo no querían trabajar a las buenas, lo harían a las malas. Yo preveía una gran desdicha y numerosas complicaciones para el que, de forma inevitablemente paternalista, había acabado considerando «mi» pueblo. Es cierto que se hicieron declaraciones en favor de salvaguardar los derechos de acceso al agua por parte de los dowayo, pero resultaba difícil saber cuánto crédito cabía concederles.

 

Nunca supe cómo terminó el proyecto, si dio fruto o no, si los fondos simplemente desaparecieron silenciosamente por el camino, si murió de amargura o de entumecimiento. La última vez que oí hablar de él fue, justo antes de salir hacia Inglaterra, en boca del sous-préfet, quien me explicó que los últimos cálculos presupuestarios indicaban que, para abastecer a la ciudad, habría que meter el caudal entero en una tubería sin construir accesos para los dowayo en el trayecto, pues esto resultaría demasiado caro. Al principio se darían ciertas incomodidades y ajustes, pero se haría un uso más eficaz del agua y, al fin y al cabo, los dowayo siempre podían trasladarse.

 

Pero aquella noche, todos los presentes en la casa, excepto los murciélagos y yo, aparentemente pasaron una agradable velada y partieron envueltos en el rosado resplandor del altruismo en acción. Mientras



 

 

 

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recorría solitario el largo y penoso camino de la aldea me sentía bastante deprimido. Como antropólogo, no deseaba que se debilitara la posición del jefe de la lluvia. Era un viejo pirata, pero le tenía aprecio. Más que eso, era interesante.

 

Al llegar, la paz de la aldea parecía extrañamente alterada. Se oían voces de hombres hablando en el campo. Un peculiar zumbido llenaba la noche. En el cielo reinaba un fulgor sobrenatural, como si un milagroso hacedor hubiera trasladado la Gran Bombilla al centro de la aldea.

Los primeros temores suelen ser egoístas. Debía de haberse incendiado una choza. Presentí con extraña seguridad que se trataba de la mía. Sin duda todas mis notas sobre las técnicas de curación, mi cámara fotográfica y el resto de mi equipo, mis documentos y demás papeles, estaban desapareciendo en una nube de humo. Eché a correr y llegué al seto de cactus acalorado y hecho una pena.

Al asomarme entre las punzantes plantas, me saludó una curiosa escena. Parecía que me perseguían los cines. En el círculo público se había congregado una multitud. Prácticamente todos los dowayo con capacidad para moverse, incluidos los cojos y los lisiados, se habían reunido ante el santuario de los cráneos de las vacas sacrificadas.

 

Ante el santuario de los hombres, se había alzado una pantalla portátil, iridiscente bajo el fulgor de un proyector encendido. A un lado había una flota de relucientes Land Rovers cuyas puertas llevaban pintado el distintivo de no sé qué organismo dependiente de las Naciones Unidas.

Aunque carente del atractivo ecológico de la Gran Bombilla, el despliegue era impresionante. De uno de los vehículos, que ronroneaba suavemente, manaba la electricidad. Con la curiosidad natural en los jóvenes, los niños se habían agrupado en torno a él y metían los dedos en las partes en movimiento haciendo poco caso de la película. Llevados de un espíritu de exploración experimental, comprobaban el efecto que causaban los arcos y las flechas cuando los metían en el mecanismo. Un hombretón airado tocado de una gorra de visera los espantaba de vez en cuando.

Un grupo de viejas damas dowayo, ataviadas con las voluminosas hojas de la viudez, habían tomado asiento en el espeso polvo de debajo de la pantalla. Dedicando a la película la misma semi atención que les concederían a las cabras de sus hijos, se pasaban una calabaza de cacahuetes de mano en mano, mascaban vigorosamente las cáscaras y



 

 

 

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escupían los restos a un lado con gesto melindroso. Lo que realmente les llamaba la atención era el escandaloso comportamiento de una de las jóvenes de la aldea, a la que criticaban duramente y con fruición.

 

También se oía la conversación mantenida en voz alta por un grupo de mujeres jóvenes que, sin apartar los ojos de la pantalla, movían las manos velozmente con gestos automáticos sobre un montón de tiras de corteza de árbol que convertían en «esta» semiesféricas. Luego recubrirían el interior con excrementos de vaca a fin de adecuarlas para el transporte de alimentos.

Matthieu y Zuuldibo, que no se habían dado cuenta de mi regreso, estaban de pie discutiendo ardorosamente con un hirsuto hombre blanco, claramente el organizador del acontecimiento, sobre cuánto dinero exigía Zuuldibo a cambio de permitir que proyectaran la película en su aldea. Me escabullí discretamente hacia la parte de atrás y me acomodé en las raíces de un árbol. No había ningún mono en los alrededores.

Por lo que me contaron después, al parecer me perdí la introducción, unos dibujos animados de Tom y Jerry. Había empezado ya la segunda película, una presentación bastante macabra sobre la relación entre los mosquitos y la malaria, instando a los aldeanos a matar a los primeros para evitar la segunda.

Para el antropólogo, se trataba de una oportunidad llovida del cielo de hacer un poco de antropología visual, con un equipo con el que un investigador normalmente no podría soñar siquiera. En mi trabajo anterior, había descubierto que muchos de los dowayo de más edad parecían incapaces de interpretar las fotografías de rostros humanos o de animales. Sencillamente, nunca habían aprendido a hacerlo. Sería interesante comprobar cómo reaccionaban ante la primera proyección cinematográfica. Los jóvenes, naturalmente, habían estado en la ciudad y habían probado gran número de los manjares de la modernidad, como el cinematógrafo. Lo que sí era seguro era que las ancianas no habían visto jamás una cosa ni remotamente similar. Me acomodé tranquilamente y elaboré la lista de preguntas que haría. Con suerte, me daría para un articulito.

 

Los libros de viajes están cuajados de reacciones de crédulos nativos ante el cine. Se dice que la gente va detrás de la pantalla a buscar los cuerpos de los vaqueros que han visto asesinar, para su disfrute, delante de la misma. Sin embargo, parece que los problemas de otros pueblos son de



 

 

 

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una naturaleza distinta. Si bien aceptan la índole inmaterial e insustancial de las imágenes que se les presentan, no creen que los vaqueros no sean más que actores y que no mueran de verdad sino que solo lo finjan. Otros antropólogos les han regalado cámaras a los indígenas y dan gran importancia al hecho de que las apuntan hacia sus pies. A los dowayo la experiencia los dejó bastante indiferentes.

Llenaban la pantalla repulsivas representaciones en gran escala de inmundos mosquitos babosos portadores de enfermedades que introducían afiladas probóscides en la carne humana. A estas seguían inmediatamente, implicando para nosotros una relación causal, primeros planos de rostros humanos agonizantes, empapados de sudor. Una música de resonancia marcial partía de los altavoces instalados en el techo de uno de los Land Rovers como acompañamiento de un mapa de África por el cual se extendía, como el vino sobre un mantel blanco, una especie de nube oscura. Se oía también un leve ruido de fondo que correspondía a un comentario en francés ahogado por la improvisada versión en fulani del hombre de la gorra de visera. Las ancianas seguían mascando impasibles, aplastando de vez en cuando alguno de los numerosísimos mosquitos atraídos por la luz, que se deleitaban a expensas del público.

 

Finalmente, el blanco peludo me vio y se acercó a mí. Nos olisqueamos con la precaución de dos perros desconocidos. Resultó ser alemán y parecía estar bastante molesto por el hecho de que el interés hacia la película de los mosquitos no fuera mayor. Me explicó con visible satisfacción que en ocasiones la gente huía dando alaridos al ver aquellos insectos gigantescos. Sobre esta base, había elaborado una especie de filosofía del tamaño. La gente solo veía la realidad cuando era grande. Mediante una simple magnificación se podría transformar el mundo. ¿Acaso no había cambiado la lupa nuestra percepción de las cosas? La cámara todavía lo haría más. De forma bastante gratuita, yo me acordé de unos dibujos animados que había visto sobre un conejo enorme que tumbaba los rascacielos de Nueva York. Un subtítulo rezaba así: «Si se tratara de un gorila, la gente estaría preocupada». Cautelosamente, me guardé el recuerdo para mí solo. Por lo general, me reveló, únicamente proyectaba una película seria para evitar que la gente confundiera el mensaje que trataba de comunicar. Puesto que la de los mosquitos no había llegado muy bien al público, tal vez pasaría un programa muy bueno sobre el control de la natalidad. Hacía cierto tiempo que lo tenía, pero siempre



 

 

 

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dudaba si proyectarlo ante una audiencia musulmana, aunque solo lo fuera en parte. Puesto que aquellas gentes eran paganas, seguramente no habría problemas.

 

Parece inevitable que los occidentales supongan que los problemas éticos son una invención exclusiva de las religiones del gran mundo, que la culpa y el miedo al castigo son simplemente conceptos perniciosos exportados por misioneros fanáticos.

Aunque los dowayo son muy dados a la fornicación desde una edad temprana; y el adulterio desempeña en sus actividades de tiempo libre una función muy similar a la que para nosotros desempeña la televisión, son muy puritanos. Las personas de distinto sexo no deben verse desnudas ni aun estando casadas. Hacerlo sería correr un riego de espantosas repercusiones. El hombre se volvería catatónico, y la mujer, ciega. Un muchacho no debe saber nada de la sexualidad de su madre ni de sus hermanas, quienes, a su vez, se sentirían terriblemente humilladas si se hiciera referencia ante ellas a la sexualidad de un pariente varón. La insistente obscenidad de los rituales reservados a los hombres es el pretexto más común utilizado para excluir a las mujeres de las actividades más importantes. Los verdaderos amigos íntimos del mismo sexo son aquellos que pueden compartir obscenidades cuando se hablan, y ha de hacerse así so pena de estropear la relación.

 

Al echar una mirada sobre el círculo público, vi a Marie, la tercera esposa del jefe, con sus hermanos, que habían venido a visitarla desde los montes; uno de ellos tenía a su hijita sobre las rodillas. Al otro lado había una venerable madre con sus hijos y nietos respetuosamente alineados a su alrededor. Resultaba muy tentador soltar allí en medio una película de contenido explícitamente sexual. Ciertamente sería la prueba definitiva sobre quién era capaz de comprender lo que tenía lugar en la pantalla. Me imaginé los resultados: todo el mundo huiría en direcciones opuestas, sonrojados de vergüenza, dando gritos de ultraje, con el rostro descompuesto, los ojos fijos en el suelo y agarrándose los genitales presa de un profundo pudor.

 

Todos llevamos algo dentro que nos hace desear romper ventanas, soltar ratones en una reunión de tías solteronas o echarles ginebra en el té sin que lo sepan. La perspectiva de la película sobre el control de la natalidad resultaba tremendamente tentadora. Sin embargo, yo sabía que los aldeanos sufrirían algo más que una gran impresión de la que se reirían



 

 

 

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luego, sufrirían una vergüenza profunda y permanente. La única solución hubiera sido hacer pases separados para hombres y para mujeres.

 

Al indagar más, descubrí que la película era de origen sueco y solo aparecían personajes blancos con los rostros desdibujados. Era difícil saber qué pensarían los dowayo de eso. No obstante, parecía improbable que fueran capaces de captar ningún mensaje correcto respecto al control de la natalidad; más bien se quedarían tan solo con la anécdota de la representación. Desde luego, a los dowayo no les interesa para nada el control de la natalidad. En este tema tienen mucho en común con el resto de los africanos occidentales. No sin cierto grado de justicia, se ha dicho que el único material que puede mandarse por el servicio postal interno sin ningún riesgo son los anticonceptivos. A los dowayo les preocupa más tener todos los hijos que les sea posible y la infertilidad se considera con frecuencia motivo de divorcio. «¿Acaso se labra un campo para no obtener cosecha?», como dijo Zuuldibo con gran tacto. Ello no debe considerarse fruto de un disparatado desenfreno, ciego a los problemas ecológicos. La fertilidad natural de los dowayo es tan baja a causa de las enfermedades venéreas endémicas, los desequilibrios dietéticos y las mutilaciones de la ceremonia de la circuncisión, y el índice de mortalidad infantil tan elevado, que no hay riesgo de explosión demográfica. Entristecido, el alemán se alejó y se puso a guardar sus cosas.

 

Aprovechando esta suerte inesperada, al día siguiente pude empezar mi investigación en el terreno de la antropología visual. Primero, me dirigí hacia el grupo de locuaces ancianas que habían presenciado el espectáculo, a todas las cuales conocía por su nombre. Los relatos de lo que habían presenciado eran comprensiblemente confusos. En África occidental no suele darse el caso de que actuantes y público se diferencien, es decir, que este último haya de limitarse a observar en silencio las actividades de los primeros. La divisoria jamás está tan bien dibujada. El «público» espera participar en las actividades de los «actores» de un modo que justificaría la expulsión en la mayoría de los espectáculos occidentales. Lo que recordaban eran los comentarios ingeniosos que habían hecho sobre la representación que habían visto. Por otra parte, algunas eran tan ancianas y sufrían unas cataratas tan agudas que solo tenían una idea muy turbia de lo que había ocurrido en la pantalla. Esto se hizo patente cuando comprobé que cada anciana me daba una lista distinta de las amigas que formaban el grupo.



 

 

 

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Con los jóvenes me fue mucho mejor. Había varias interpretaciones interesantes que estudiar. Tom había sido identificado de forma bastante general como un leopardo; aunque carecía de manchas, tampoco contaba con las franjas que suelen caracterizar a los gatos en el país de los dowayo. En esta zona, los gatos son siempre atigrados.

 

La mayoría parecía haber llegado a una interpretación sorprendentemente coherente de lo ocurrido en la pantalla. Es cierto que yo no había visto la película con ellos, pero la recordaba bien de mi desaprovechada juventud. Matthieu y yo nos afanábamos en tomar notas. Por ejemplo, era interesante que los dowayo relataran la película según patrones propios de las leyendas de su pueblo y acabaran con la fórmula: «Así pues, ha terminado».

Hasta al cabo de varios días de trabajo no descubrí que, inmediatamente después del espectáculo, todos los hombres, algo desconcertados, se reunieron en torno a una hoguera, donde un joven, un habitante de la ciudad versado en la interpretación cinematográfica, les volvió a contar la historia como si se tratara de un cuento popular.

 

En cuanto a la moraleja de la película de los mosquitos, me temo que se perdió. Naturalmente, explicaban, aceptaban que unos mosquitos enormes y babeantes como los que habían visto en la pantalla podían ser peligrosos e incluso matar a un hombre. Por suerte, los que había en sus tierras no eran mayores que un hombre. Allí, en las tierras de los dowayo, eran muchísimo más pequeños. ¿Cómo era posible que el hombre blanco no se hubiera dado cuenta?



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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10. EMOCIONES DE LA CAZA

 

 

 

 

Una aldea del país de los dowayo hacia fines de la estación seca se caracteriza por una enfebrecida actividad creativa. Los dowayo viven en un mundo de límites muy estrictos. En la estación lluviosa, una vez el jefe ha aplicado los remedios a las vasijas de la lluvia y ha congregado las nubes de la tormenta, se permite cierto tipo de actividades. En la estación seca, cuando las vasijas de la lluvia se han secado a base de frotarlas o se han purificado con fuego, se permite la ejecución de otra serie de habilidades humanas. Llevar a cabo tareas propias de la estación seca durante la estación de las lluvias o viceversa es alterar el orden cósmico y podría tener consecuencias desastrosas para todo el mundo. Las manos que realizaran tales actos se llenarían de forúnculos, las mujeres abortarían, las ollas explotarían. Del mismo modo, una línea bien definida separa las actividades masculinas de las femeninas. Un hombre jamás debe sacar agua. Es trabajo de mujeres. Una mujer no debe tejer: es tarea masculina. Los dowayo viven bastante felices dentro de la trama de tales prohibiciones. Tienen un reconfortante sentido de lugar y tiempo apropiados. El etnógrafo aprende y llega a temer la respuesta: «No es el momento de hablar de esto». Ningún tipo de engatusamiento ni de pantomima de desilusión derretirá el corazón de un dowayo una vez se ha declarado que no es momento de hacer algo.

 

Al final de la estación seca hay siempre una acumulación de cosas que no se han hecho o no se han terminado. Hay que cortar hierba para las reparaciones de las techumbres. La alfarera ha de cocer todas esas vasijas que hay por la casa. El cazador ha de colgar su arco en el santuario de los animales salvajes y hacer ofrendas en forma de huevos. Todo esto ha de hacerse antes de que el jefe de la lluvia declare la estación de las lluvias y estas actividades queden prohibidas. En tales momentos, el ritmo normalmente lánguido de la vida de los dowayo se transforma. Un visitante de paso relataría luego la frenética laboriosidad y la ética protestante de esa pequeña tribu montañesa, asombrando a los que conocen mejor a los dowayo.



 

 

 

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No obstante, las restricciones del trabajo no terminan aquí. Dentro de la aparente uniformidad del contacto con el ganado y los campos hay un sistema de demarcación que sería la envidia de cualquier trabajador de unos astilleros. Solo los herreros pueden forjar. Solo sus mujeres pueden hacer vasijas. Los cazadores no pueden tener ganado. Los brujos de la lluvia no pueden encontrarse con los herreros. Cada actividad tiene sus responsabilidades y peligros. Si no se toman precauciones, no se hace caso de las prohibiciones, las consecuencias se dejarán sentir en la comunidad.

Y en medio de todo esto, llega un antropólogo que quiere «estudiar la cultura material».

Por una vez, no faltan cosas que mirar. En esta enfebrecida fase de actividad artesanal, el problema radica más bien en por dónde empezar.

 

Claro indicio de la anómala posición de un trabajador de campo extranjero es que puede pasar por alto sin problemas casi todas las prohibiciones que han de observar los dowayo. Si lleva a cabo tareas femeninas, es una cuestión chistosa, una historia que comentar con risitas en torno a la hoguera. Inevitablemente, resultará un inepto en cualquier intento de hacer algo con las manos. Cuando trate de fabricar vasijas, se quemará. Si se empeña en tejer, seguro que se enreda en los hilos, tira el telar al suelo y echa a perder el tejido del tamaño de un pañuelo que ha tardado horas en hacer. Todo esto forma parte de la contribución del antropólogo a las gentes que lo han aguantado. Proporciona un frívolo divertimento, es un bufón de pantalones cortos. Uno de los objetos favoritos de los dowayo es la cesta que hice bajo el ojo escrutador de una vieja sentada en el otro extremo del recinto. Tropecé casualmente con ella un día que estaba a la sombra de una enramada manipulando hábilmente cortezas de árbol y cañas, quedé fascinado por esa imagen de domesticidad rural. En la elegante economía de sus gestos había algo profundamente terapéutico y sedante. Tenía que probarlo.

 

Solo ver a un hombre haciendo cestas bastaba para que toda la aldea se partiera de risa. Mi instructora lloraba de hilaridad. Zuuldibo, que vino a ver a qué se debía tanto ruido, estalló en carcajadas y se puso a imitar la expresión de ofendida concentración de mi rostro. Me di cuenta de que la utilizaría cuando llegara el momento de contarles la historia a los hombres. Los niños me. miraban profundamente extrañados. Había algo en mi actitud no susceptible de explicación.



 

 

 

 

 

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Mientras iba apareciendo entre mis torpes dedos, la forma de la cesta era para ellos motivo de gran alegría. Tradicionalmente, las cestas de los dowayo son redondas y poco profundas. La mía no respondía a forma alguna a la que la geometría pudiera dar nombre. Era elíptica, ligeramente cuadrada en un lado y claramente redondeada en el otro. Hacia la mitad de su altura presentaba un abultamiento que, por mucho que tirara y aflojara, no podía hacer desaparecer. De ella salían unos enigmáticos cabos sueltos que amenazaban con acabar de deshacerse.

 

—¿Dónde va esta punta? —pregunté.

 

Gritos de risa. Zuuldibo se golpeó el muslo con el puño y se sujetó el estómago. Repitió la frase. También esta formaría parte de su relato. Mi ayudante se alejó disimuladamente con cara de sufrimiento. Una vez más, lo estaba dejando en mal lugar.

La única nota amarga fue la aportada por mi vecina, Alice. Alice era una arpía. Los dowayo carecían de término equivalente; la consideraban una «vagina amarga». Jamás descubrí lo que le había ocurrido para amargarle la vida, qué traición o decepción había originado tan malhumorado carácter. Fuera lo que fuese, demostraba tal disposición a ser desagradable en todas las ocasiones que no entendía cómo había evitado ser acusada de bruja, destino normal de cualquier mujer que molesta o intimida en África. sus hijos vivían con el temor a su lengua y habían aprovechado la oportunidad que les brindaba un matrimonio indecentemente temprano, incluso según las normas de los dowayo, para irse a vivir con la familia de sus esposas, alegando que, al ser demasiado jóvenes para poder pagar el precio completo de la esposa, debían trabajar al servicio de sus suegros. Hacía muchísimo ya que, a fuerza de regañinas, había matado al último de una serie de maridos cada vez más temerosos y había sido inmediatamente expulsada de la aldea de este. En la vejez, había regresado a incomodar a Zuuldibo, que era sobrino suyo. Aun cuando sus extremidades se habían atrofiado y precisaba de considerable ayuda en el campo, todavía tenía la lengua fuerte y activa.

 

Sus observaciones sobre mi trabajo de cestería no eran amables, ni siquiera pretendían ser útiles. La risa se evaporaba a su alrededor como el rocío bajo el sol. Cuando me favorecía con sus comentarios sobre cualquier tema, y Alice tenía unas opiniones firmes y bien formadas sobre la mayoría de las cosas, incidía constantemente en los males de la soltería frente a las bondades del matrimonio, aunque ella misma constituía un



 

 

 

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poderoso argumento contra su propia tesis. Aquel suceso era demasiado para ella. ¡Que un hombre hiciera una cesta! Bajo los efectos de su fulminante lengua, me alejé cabizbajo y escondí el producto de mi incipiente arte. Durante toda mi estancia, de vez en cuando un dowayo me pedía que se lo enseñara, para luego partirse de risa nada más verlo.

 

Yo tenía muchos motivos para estarle agradecido a Alice. Después de instalarme en la aldea, descubrí que si el jefe había permitido que un extraño viviera en su propio recinto era para que sirviera de amortiguador entre Alice y él. Le venía muy bien que a todas horas del día pudiera apoyarse en el murito bajo que nos separaba y hablara, hablara y hablara. Siendo así, en el transcurso de una mañana mi exposición a la lengua de los dowayo era superior a lo que sería normal en una semana entera. Para mí aquello era bueno. Zuuldibo se reía disimuladamente y me hacía observar que alcanzaría una gran pericia en las expresiones negativas. En sus numerosas declaraciones, Alice jamás decía nada agradable de nadie.

En antropología, el grado de disfrute suele interpretarse como medida de la comprensión alcanzada. Si a un antropólogo no le gusta nada de lo que encuentra en un pueblo extraño, se trata de etnocentrismo. Si desaprueba algo, se debe a que aplica unos criterios erróneos. Con frecuencia no se tiene presente que la cultura que el etnógrafo suele apreciar menos es la propia, la que debería conocer mejor. Sin embargo, el placer no suele ser objeto de tales restricciones. Un etnógrafo a quien le guste alguna faceta de la cultura que está estudiando no es jamás acusado de etnocentrismo ni de aplicar criterios erróneos. Este curioso hecho ha conducido a un extraño sesgo en las monografías sobre la materia, en las cuales se representa al trabajador de campo revolcándose en un deleite total por las cosas que experimenta. Seguramente, a esto se debe que la experiencia real del trabajo de campo resulte un golpe tan fuerte para el principiante y aparentemente ponga en cuestión su dedicación al tema.

 

Si los dowayo no hubieran compartido mi aversión hacia Alice, habría tenido grandes dificultades para mantener el principio del placer que, irreflexivamente, también yo había aceptado siempre. Por fortuna, la compartían. Cuando Alice estaba en plena diatriba, despotricando contra alguien o algo lo suficientemente desafortunado como para llamarle la atención, solía oírse a Zuuldibo hacer un irónico comentario. Sotto voce desde detrás de la otra pared del recinto. Matthieu alcanzó una gran



 

 

 

 

 

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destreza en imitar la voz de Alice, y hacerse pasar por ella se convirtió en una de sus gracias habituales.

 

De repente, un día, Alice murió. Por lo general, cuando ocurría una muerte con tal rapidez en ausencia de enfermedad previa, se sospechaba de brujería. En este caso, nadie sentía demasiados deseos de investigar el asunto. Más bien se dejó sentir una especie de suspiro colectivo de alivio. Fue el funeral más alegre al que he asistido jamás. Se prestó una especial atención a las partes más formales del ritual; bastante molestos son ya los espíritus de los muertos. Nadie deseaba que Alice volviera. Y así quedó el tema durante cierto tiempo.

 

A partir de ese momento, yo dediqué toda mi atención a las alfareras, con quienes había trabajado anteriormente. Mis actividades suscitaron en este caso mucha menor diversión pública, puesto que las alfareras y sus esposos, los herreros, están segregados del resto de la aldea debido a la enfermedad venérea y a las hemorroides que se supone causan sus actividades. Era importante reproducir todo el proceso de fabricación de las vasijas y aclarar los secretos del oficio que solo ellos conocen.

Los procesos técnicos no solo originan objetos; también nos ofrecen modelos para pensar en otras cosas, principalmente en nosotros mismos. La invención de la bomba nos ofreció nuevos modos de ver el corazón humano. La invención del ordenador nos ha proporcionado recientemente nuevas maneras de pensar en el cerebro, desplazando los modelos basados en los sistemas de telefonía. Para los dowayo, el proceso de fabricar una vasija constituye un modelo para pensar en la maduración del ser humano a lo largo del tiempo y de las estaciones del año. El sistema ritual es bastante complejo pero se advierten en seguida las líneas maestras. Los humanos nacen con la cabeza blanda. Los objetos calientes y los animales son peligrosos para ellos y pueden causar fiebres. En la circuncisión, un muchacho está en el momento más húmedo cuando se arrodilla en el río y sangra sobre el agua. Luego se seca mediante la aplicación de fuego mientras también el tiempo se va haciendo más seco. Los diversos procesos culminan en la cocción de las cabezas de los muchachos, amontonándolos y encendiendo ramas sobre ellos. A partir de entonces se considera que los muchachos tienen la cabeza dura y que las cabezas (glandes) de sus penes también se han secado y son ya propiamente masculinas. De forma similar, se considera que los diversos cambios que tienen lugar tras la muerte van secando la cabeza hasta que se convierte en



 

 

 

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un cráneo limpio de carne. El uso del modelo de la alfarería está bastante claro en el sistema ritual, pero jamás se expresa con palabras. Por lo tanto, para mí era una importante prueba confirmatoria que los herreros y las alfareras unieran en su vocabulario técnico los procesos de maduración humana y de fabricación de vasijas de barro.

 

Como de costumbre, la investigación no podía proseguir sin incidentes, pese a lo agradable que resultaba estar sentado en el recinto de las alfareras jugando con barro como en el parvulario.

En rápida sucesión, fueron apareciendo varias personas extrañas. Primero, un español barbudo de cabello entrecano que viajaba de España a El Cabo. Como sus conocimientos del terreno que se disponía a cruzar eran escasos, aparte de que el Sáhara estaba lleno de arena y el resto lleno de barro con pocas carreteras, se había preparado para tales contingencias simplemente eligiendo un tractor como vehículo. A unos magníficos veinticinco kilómetros por hora, había cruzado el Sáhara valientemente con su triquitraque y había llegado hasta Camerún. Como protección contra los embates del calor, el viento, la arena y ahora la lluvia, se había construido un toldo de aluminio. Las provisiones y el equipo necesario iban en un remolque que venía arrastrando sin problemas a lo largo de miles de kilómetros. Sorprendentemente, la idea le funcionaba de maravilla. Descubrió que el tractor era el vehículo ideal para las tierras africanas. Su principal problema había sido atravesar las fronteras, donde encajaba en la curiosa y siempre potencialmente desastrosa categoría de importador de equipo agrícola. Se lo estaba pasando estupendamente, y era evidente que me consideraba un típico inglés excéntrico, al estilo de todos los ingleses excéntricos, por vivir en medio del campo africano. Como apoyo de sus alegaciones en contra de la raza, me contó la historia de un inglés, residente desde hacía tiempo en Barcelona, que montaba en vaca en lugar de a caballo. Desapareció lentamente, y no volví a verlo.

 

Apenas habían desaparecido el rastro de su humo azul y la potencia de su ruido ensordecedor, cuando asomó en el horizonte una muchacha de asombrosa blancura montada en una bicicleta. También ella, al parecer, pretendía cruzar África para visitar el escenario de su nacimiento, algún lugar del este. Lo más destacable era su atuendo de ciclista, que le cubría todas las partes del cuerpo para protegerla del sol. Confirmó que era albina y que, por lo tanto, podía sufrir terribles quemaduras. Ello le



 

 

 

 

 

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imposibilitaba utilizar los usuales pantalones cortos y camiseta. Envuelta en tal cantidad de tela, tenía un aire eduardiano algo gazmoño.

 

—Pero ¿y el Sáhara? ¿Cómo te las has arreglado?

 

—Perfectamente. Por lo general, viajo de noche. Ahora voy un poco retrasada y por eso intento adelantar algo de día. Por la noche es maravilloso. No ves a nadie. Hay una tranquilidad…

—Pero ¿por qué lo haces?

 

Me miró como si estuviera loco.

 

—Por el paisaje.

 

Y se alejó pedaleando y dejando a los lugareños profundamente impresionados. Resulta sorprendente que, si bien en teoría es posible ir andando desde cualquier parte del mundo hasta cualquier otra parte, el miedo nos impida hacerlo.

El último visitante fue el más intrigante en muchos aspectos. En un viaje a la ciudad me había topado con un americano bastante gallardo de mediana edad, mirada penetrante y cierto talante evasivo.

—¿Es usted americano?

 

—Más o menos.

 

—¿Qué hace en Camerún?

 

—Bueno, podríamos decir que estoy de vacaciones.

 

—¿A qué se dedica?

 

—Pues… a un poco de esto y un poco de aquello.

 

—¿Va a quedarse mucho tiempo?

 

—Depende.

 

No obstante, me hizo objeto de un detallado interrogatorio sobre mis movimientos y sobre las actividades de los dowayo. Le supuse alguna relación con la embajada y no le di más vueltas. Regresé a Poli.

 

Pronto quedó claro que era traficante de arte africano. Ello se puso de manifiesto cuando la gente empezó a hablarme de mi «hermano», que había pasado el otro día en coche buscando cosas para comprar. Al principio, pensé que se referían a Jon, mi amigo el misionero americano. Sin embargo, era tal la magnitud del saqueo, tan persuasivos y resueltos sus métodos, que pronto dejó de ser probable e incluso posible.

Muchas de sus compras eran claramente dudosas en el sentido de que quienes vendían no tenían derecho legal a enajenar los objetos de los que, estrictamente, no eran sino meros guardianes. También me molestó un poco el uso que hizo de mi nombre. Mi único consuelo era que los dowayo



 

 

 

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tienen muy poco que pueda tener valor en el mercado del arte, y su botín no le reportaría grandes beneficios económicos.

 

Al cabo de cierto tiempo, regresé con mis alfareras. En el transcurso de mi trabajo con ellas, había seguido las vasijas durante todas las etapas de su preparación. El mejor modo de lograrlo fue hacer yo mismo algunas. Ello fue recibido con la usual diversión por parte de mis instructoras, pero resultó una útil fuente de conocimiento sobre los nombres de las técnicas empleadas, por ejemplo. Como declaradas bromistas que eran, las alfareras habían prometido cocer mis excéntricas obras junto con las suyas la próxima vez que lo hicieran. Aquella sería la última ocasión antes de la estación de las lluvias, cuando la operación quedaría prohibida. Yo estaba particularmente ansioso por ver cómo resultaría uno de mis esfuerzos, que había decorado con motivos florales grabados. Me habían prometido informarme de cuándo se iba a efectuar la cocción, pero yo no solía tener demasiada fe en tales promesas, que eran olvidadas con mayor frecuencia que cumplidas.

 

Al agacharme y penetrar en su recinto a través de la puerta baja se hizo evidente que la cocción se había llevado a cabo hacía cierto tiempo. Las vasijas nuevas estaban pulcramente amontonadas en todos los rincones del recinto, rojas las de uso normal, negras las destinadas a las viudas. Se estaba comprobando que las jarras de agua no tenían aberturas indeseadas; varias vasijas nuevas, aunque rotas, estaban dispuestas para ser usadas como recipientes. Reconocí una de las mías, que evidentemente había explotado al cocerla.

 

Vino a mí la alfarera principal. ¿Había terminado la cocción? Sí, sí, hacía ya tiempo. ¿Por qué no me habían avisado? Lo habían intentado, pero no estaba en casa. ¿Había sobrevivido alguna de mis vasijas? Ciertamente, todas menos la rota que ya había visto. ¿Podía verlas? Se quedó desconcertada. Mi hermano había venido a buscarlas el otro día en su coche. Se las había llevado todas. La que más le había gustado era la de las flores.

Los traficantes han hecho cosas mucho peores a lo largo de la historia. Actualmente, es práctica común en etnografía cambiar los topónimos en las publicaciones con el fin de que los traficantes no puedan usarlas como guías para realizar sus compras ilegales y sus robos. Los motivos florales son inusuales, casi inexistentes, en al alfarería de los dowayo. Normalmente, estos ornamentan sus obras con sencillas figuras



 

 

 

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geométricas. Así pues, tal vasija constituye una considerable curiosidad. No obstante, los compradores potenciales quedan desde este momento advertidos.

 

Durante mi breve trayectoria como creador de peculiares artilugios dowayo, tuve un crítico que se esperaba hubiera callado para siempre. La precisión ritual con que se llevó a cabo el funeral de Alice pretendía asegurar que su marcha era permanente y total.

Con todo, la vida no es tan simple. En la tierra de los dowayo, los muertos no se limitan a desaparecer de este mundo. Los vivos mantienen con ellos una relación continuada, aunque incómoda. Varios días después del funeral, apareció Zuuldibo con el sombrero torcido, claramente marcado por una noche inquieta en su casa de barro aplastado. Confesó que había estado soñando. Algunos hombres me dirían que los sueños procedían de los espíritus de los muertos. Sin embargo, él era un hombre honesto, desconocía esas cosas. No obstante, por si yo era creyente, era justo advertirme de que Alice había empezado a regresar en los sueños. Tenía mucho que comentar sobre el modo en que el jefe se ocupaba de sus asuntos domésticos, así como de la falta de ofrendas a su cráneo. Con todo, su mensaje principal iba dirigido a mí: «Deja de jugar. Compra tus vasijas como todo el mundo y toma una esposa mejor de lo que te mereces».

 

Ese mismo día, nos acercamos trabajosamente al desalentador montón de cráneos de mujer abandonados detrás de una choza alejada. Siempre estaban cubiertos de maleza y de hojas como si de un montón de estiércol se tratara. Vertimos cerveza sobre el de Alice y le pedimos que nos dejara en paz.

—No es que sirviera de mucho cuando estaba viva —refunfuñó el jefe. Se me brindaba una oportunidad para dirigir la conversación hacia la idea de la reencarnación. El jefe estaba preocupado porque una de sus hijas había quedado embarazada a la vez que moría Alice. Normalmente, se cree que tal yuxtaposición de muerte y vida nueva demuestra que el fallecido se las ha arreglado para colarse y renacer inmediatamente sin pasar por todos los complejos ritos que usan los dowayo para hacer acceder a los muertos a la categoría de antepasados. Puesto que se espera que el recién nacido tome muchas de las cualidades del muerto que lo antecede, Zuuldibo se sentía visiblemente deprimido ante la idea de estar acompañado por una nueva versión de Alice durante el resto de sus días.



 

 

 

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Le sugerí que el hecho de que Alice se le hubiera aparecido en un sueño era indicio de que todavía no estaba preparada para reencarnarse.

 

—No se me había ocurrido. —El rostro se le iluminó perceptiblemente.

Pero ¿y la circuncisión? ¿Había alguna noticia? Zuuldibo suspiró. Debía tener paciencia. Todo iba bien. Probablemente la ceremonia se celebraría. Aquello me sobresaltó. Nadie me había hablado de «probablemente». Todos los comentarios habían sido de una alentadora seguridad. Caí en la desesperación.

En tales momentos es preciso hacer algo para subirse la moral. Misteriosamente, a través del servicio postal recibía una publicación a la que no estaba suscrito. En la última página llevaba la necrológica de un folklorista griego menor elevado a lugar destacado por el cambio político de su país. Al parecer, había muerto en la prisión insular donde el régimen albergaba a aquellos que no eran de su agrado. El investigador en cuestión había publicado unos datos sobre el argot homosexual de la Atenas moderna. Claramente, aquello era lo que había hecho que las autoridades se fijaran en él. Había sido advertido. Aferrándose a sus convicciones sobre la libertad académica, había continuado la investigación y había publicado el todavía más escandaloso «Argot homosexual en la prostitución masculina». Condenado a la encarcelación por haber desacreditado la masculinidad griega, no se acobardó. Póstumamente, publicó un estudio sobre el argot homosexual en las prisiones griegas.

 

Aquel era un ejemplo de un hombre que convertía cualquier desgracia en tema de investigación. Comparados con aquello, mis propios problemas parecían relativamente benignos. La antropología puede ensalzar en exceso a ciertos trabajadores de campo, pero también tiene ciertos fracasados heroicos que tienden a ser tratados rápidamente en los cursos universitarios.

P. Amaury Talbot es conocido como un meticuloso investigador de la etnografía del sur de Nigeria. No obstante, en sus áridas monografías no hay indicio de su talento real, que era claramente el de la auto mutilación consecuencia de su propensión a los accidentes. Resulta sorprendente que, en su viaje a través de Nigeria y Camerún en compañía de su esposa y de la formidable Olíve MacLeod, mientras ellas dos se volvían cada vez más robustas, él se debilitaba de forma creciente. Empezó cayéndose de cabeza del caballo. Apenas se había recuperado, se dio un golpe en la cabeza con



 

 

 

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una viga. «Por desgracia exactamente en el mismo lugar donde se había herido al caer del caballo en el Camerún. Como consecuencia, sufrió delirios y tuvo que guardar cama varios días». Recuperado una vez más, come dátiles envenenados y casi perece. Nuevamente a caballo, choca con una vaca. También le muerde una serpiente, pero eso le sucede a casi todo el mundo. En comparación con él, a mí me iba muy bien. Los Estudios del Museo nos ofrecen precursores todavía más edificantes. A mediados del siglo XIX, la infatigable heredera Miss Alexandrine Tinné organizó una expedición al Alto Nilo en la que murieron su madre, su tía y sus criados. Sin dejarse disuadir por tal desgracia, decidió atravesar el Sáhara desde Trípoli hasta Bornu pero, adoctrinada por las fatalidades anteriores, contrató guardaespaldas tuareg, que la mataron.

 

Grandemente animado por los recuerdos de la diferencia existente entre el rostro privado y el público de la antropología, pude enfrentarme de nuevo al mundo. Matthieu y yo nos encaminamos a la entrada de la aldea. Allí, toda pretensión de carretera desaparecía y comenzaban los senderos de montaña. El cruce era la materialización de la encrucijada que tan importante es para los rituales. Nuestra cultura no es la única en la que las encrucijadas están asociadas a todo tipo de creencias. Lógicamente, revisten importancia por el hecho de que son un lugar pero no tienen extensión, como un punto en geometría, pues pertenecen simultáneamente a varios caminos diferentes.

 

Ahí es donde los dowayo se deshacen de muchos objetos peligrosos, como si se tratara de un cómodo «ninguna parte» cultural donde se pueden tirar los trajes de luto y los despojos humanos contaminantes, tales como el pelo. A un lado se habían colocado varios troncos para que se sentaran los hombres al regreso de los campos. Allí daban descanso durante un rato a sus fatigados huesos, fumaban y conversaban. Inevitablemente, entraban en temas y discusiones generales sobre los asuntos de la aldea. Mientras que una reunión de hombres en el interior del pueblo siempre adoptaría la apariencia de un tribunal de justicia, los encuentros celebrados fuera eran informales y oficiosos.

Mientras nos acercábamos, advertimos ya cierta excitación, el zumbido de la conversación era ciertamente más animado de lo corriente. ¡Se había decidido llevar a cabo la última cacería del año! Todo el mundo reía y charlaba con entusiasmo. Habría antílopes, dijo uno. ¿Antílopes? Habría



 

 

 

 

 

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leopardos, dijo otro. ¡Elefantes!, gritó un tercero. ¡Elefantes con leopardos a la espalda! Todos se echaron a reír.

 

Seguramente, hubo un tiempo en que en la tierra de los dowayo había elefantes, pero ningún dowayo vivo los ha visto. Es cierto que en las montañas había leopardos, aunque el último había sido cazado hacía más de treinta años. De vez en cuando, aún se veía a algún antílope suelto que bajaba al río, pero eran muy escasos. Los dowayo habían hecho un uso intensivo de las trampas de alambre y las escopetas (formas eficaces de exterminación), de modo que el número de anima les salvajes quedó reducido en enormes proporciones y la mayoría de las especies grandes fueron simplemente exterminadas.

 

En la aldea quedaba todavía un «cazador verdadero», depositario de la magia de la caza y del lugar sagrado destinado a los animales que cazara, un especialista en las artes de la caza y en evitar los peligros de ellas derivados. En realidad, raras veces descolgaba el arco del santuario donde lo guardaba. Debido a su ocupación y a que tenía las manos calientes por la sangre animal que había derramado, no podía poseer ganado, pues este moriría.

Él dirigiría la cacería y coordinaría las actividades de los hombres. Lo más importante era que ningún hombre tuviera relaciones sexuales con una mujer durante tres días antes. Todos estuvieron de acuerdo. El cazador les dirigió un sermón sobre lo importante que era esta condición. Al parecer, el problema principal no era el coito en sí mismo, sino el hecho de que la mujer podía haber cometido adulterio. El hombre quedaría impregnado del olor. Los dowayo no esperan demasiada fidelidad de sus mujeres y consideran las relaciones adúlteras como un excelente deporte. Un hombre infectado de esta manera no sería capaz de disparar ni el tiro más sencillo. Le temblaría la mano y se le nublaría la vista. Su flecha saldría desviada. Y, lo peor de todo, las bestias peligrosas del campo irían por él. Le rondarían los leopardos y los escorpiones, correría el riesgo de sufrir una muerte terrible. Lo olerían a kilómetros de distancia. Así pues, representaría una amenaza para todos. Mientras pronunciaba este discurso hubo numerosas miraditas de reojo que lentamente dieron paso a las obscenidades obligatorias que se daban siempre en presencia exclusivamente masculina. La prohibición entraba en vigor aquella noche.

 

La atmósfera de la aldea era como la de una casa en la que varias personas han jurado que van a dejar de fumar al mismo tiempo y han



 

 

 

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apostado dinero por el mantenimiento de la resolución. Todo el mundo sospecha que los demás hacen trampas. Las ausencias cortas invitan al comentario; las ausencias largas, al interrogatorio. Y el problema empeora en un contexto en que los hombres no pueden admitir ante las mujeres que tienen que defecar, puesto que esta es una de las principales razones por las que los hombres desaparecen disimuladamente.

 

Los viejos vigilaban especialmente a los miembros más jóvenes y viriles de la partida, y consideraban que con la retirada de sus servicios sexuales se estaba poniendo a prueba más de lo usual la ya titubeante fidelidad de sus esposas. Algunos hombres llegaron a acompañar a sus mujeres a la charca cuando estas iban a buscar el agua verde y fétida de la estación seca. Naturalmente, ellos no las ayudaban a cargar con los cántaros.

Los arcos no deben guardarse cerca de las mujeres. El arco del cazador es el más peligroso. Puede hacer que una mujer aborte. Por lo tanto, los cazadores tienden a evitar los caminos principales y eluden la aldea mediante largos rodeos. Si se encuentran con una mujer bajan inmediatamente el arco, apuntando en la dirección contraria a ella, y no le hablan hasta haberlo hecho. Los arcos de los cazadores ocasionales corrientes tienen efectos menos graves, pero ningún hombre sería lo suficientemente necio como para introducir uno en un recinto donde haya una mujer con un niño. No obstante, las mujeres son también muy peligrosas para ellos, especialmente cuando están menstruando. Se cree que sus efluvios «estropean» los arcos y los inutilizan. Parece que, según el pensamiento dowayo, lo que los une es la similitud de los diferentes flujos de sangre que se dan en estos fenómenos, la caza y la menstruación. Son lo bastante similares para que haya que mantenerlos rigurosamente separados.

 

Por lo tanto, los hombres sacan las armas de las chozas y las esconden en el campo. Allí se reforzarán mediante ciertos remedios y las flechas se afilarán e impregnarán de veneno.

Había suficiente material para que el etnógrafo empezara trabajar.

 

La fragua del herrero resplandeció durante los dos días siguientes. Los hombres se dirigían a él para proveerse de flechas y sistemas refinadísimos de púas destinados a evitar que los animales heridos se liberaran de las saetas que se les hubieran clavado. Las grandes matas de enredaderas que



 

 

 

 

 

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crecían detrás de las chozas de los hombres desaparecían para ser hervidas hasta desprender un veneno ceroso usado por los guerreros.

 

Los extraños de paso por la aldea parecían notablemente nerviosos. ¿Por qué se estaban rearmando los dowayo de Kongle?

Los ancianos prodigaron sus recuerdos. En otro tiempo, las cosas eran distintas. Los animales, afirmaban, eran más feroces. Obligado por las preguntas, Zuuldibo hubo de admitir que carecía de arco, aunque ello no le impediría en absoluto desempeñar un papel destacado en la cacería, como correspondía a su dignidad de jefe. Podía dedicarse a otras cosas: organizar a los hombres, hacer mucho ruido o sacrificar animales. Se sacó el cuchillo e hizo como que le cortaba el cuello a alguno. Era un experto en sacrificar animales. Además, su famoso perro, Venganza, era esencial para la partida. Ya llevaba dos días atado sin comer para que estuviera más ansioso.

El día amaneció claro y alegre. La aldea entera estaba alborotada. Con las primeras luces, se reunieron los niños pequeños portando los arquitos que les habían hecho sus amorosos padres. Practicaban fieras expresiones y juraban sobre sus cuchillos hasta que les regañaban los mayores. Atraparon un escorpión algo lento y lo rodearon de paja ardiendo hasta que estalló, ante sus gritos de alegría.

 

Los hombres rebosaban el buen humor que suele abundar en la tierra de los dowayo cuando los varones participan en algo de lo que están excluidas las mujeres. Empezaron a reunirse en las afueras de la aldea. Llegaban a pie y en bicicleta, con los arcos incongruentemente colgados encima de gabardinas de plástico y los carcajs repletos de flechas atados a las barras con tiras de caucho procedentes de neumáticos viejos. La cerveza estaba al caer.

Las mujeres dieron rienda suelta a su mal humor. Las suficientemente ricas para poseer ollas de esmalte en lugar de vasijas de barro se dedicaron a golpearlas, creando un extraño efecto. Las demás tuvieron que contentarse con gritarles a sus hijos o dar puntapiés a los perros.

La evidente desaprobación de las mujeres despertaba un inmenso placer en los hombres. Era prueba de la contención sexual y de la superioridad de los varones. Una mujer se acercó a su joven esposo para darle la bolsa del tabaco que se había olvidado. Se oyó un murmullo. ¿A qué aquella amabilidad? ¿Dónde se había dejado la bolsa? Varios pares de ojos suspicaces se movían acusadoramente. El cazador empezó a decir



 

 

 

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muy serio que toda la expedición se echaría a perder por el egoísmo y por los hombres que se portaban como mujeres. El joven se sonrojó y bajó la vista. Intervino entonces un anciano. Habló suave y tristemente de la sangre ardiente de la juventud, y de las importunas mujeres, que no dejaban a los hombres en paz. Le aconsejó al joven que se retirara de la cacería; así nadie podría culparlo si ocurría algo malo. Pero ¡era inocente!, se defendió él. Con todo, un hombre sensato lo pensaría antes de proseguir el camino. El joven permaneció un rato sentado en silencio mientras iban llegando otras mujeres, de un humor más acorde, que lanzaban vasijas de cerveza contra el suelo. El joven se retiró con lágrimas en los ojos. ¿Qué iba a hacer? Darle una paliza a su esposa, naturalmente.

 

Zuuldibo, que no tenía triunfos de caza que contar, recurrió a los de su padre. Fue el primer dowayo en tener escopeta, que por desgracia vendió neciamente. Con tal arma había hecho grandes prodigios. Incluso la había usado alguna vez contra los fulani. Los hombres suspiraron con añoranza pensando en los viejos tiempos en que las guerras eran frecuentes.

La cerveza volvió a pasar de mano en mano, caliente y humeante. Yo los invité a cigarrillos. Ojalá que el olor del Hombre Blanco no asustara a las presas, observó un anciano. ¿El olor? ¿Qué querían decir? Yo me lavaba cada día. ¿Acaso no lo habían visto? Efectivamente, y con mucha probabilidad ahí radicaba en parte el problema. Seguramente, parte del olor era el del jabón. Todos los blancos olían. ¿A qué olía? Los dowayo tienen una abundante serie de extraños sonidos para describir los olores, convencionalizados pero sin que formen estrictamente parte de la lengua, más bien como si se tratara de onomatopeyas. Estalló entonces una acalorada controversia sobre si era sok, sok, sok (como la carne podrida, me explicó Matthieu solícito) o virr (leche agria), en la cual todos participaron enérgicamente. Puesto que para la mente europea muchos dowayo apestan a más no poder, aquella conversación resultó reveladora. Prometí mantenerme a favor del viento.

 

Tras un nuevo período de agitación, todos emprendieron la marcha. Yo iba detrás con los niños pequeños, los perros y otros seguidores. Había risas y gritos desaforados a granel. Algunos hombres estaban evidentemente borrachos. En general, parecía más seguro estar detrás de ellos que delante.

Llegados a este punto, se entabló una prolongada discusión sobre la naturaleza de la empresa en que estábamos metidos. Algunos declararon



 

 

 

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que deberíamos dirigirnos a las principales charcas, ocultarnos en los árboles y aguardar a que los animales bajaran a beber. Sin embargo, la mayoría pensaba que era demasiado poco emocionante para su estado mental y tacharon a los disconformes de cobardes. Irritados, se alejaron a su propia suerte. El grupo restante, formado por unos veinte, siguió avanzando.

 

Descendimos hacia una depresión situada entre dos montes donde la hierba era alta y relativamente lozana gracias al agua acumulada. Al parecer, alguien había visto antílopes allí hacía unos días. Una expedición particular de reconocimiento por parte del cazador había confirmado la presencia de ciervos. Se hizo callar a los hombres y los niños y en seguida empezaron a oírse risitas como si de colegiales robando manzanas se tratara. Muchos de los hombres habían sido circuncidados juntos, de modo que tenían que gastarse bromas los unos a los otros. Se acordó que el cazador y seis hombres se desplazarían al otro lado del valle y nosotros dirigiríamos a las presas hacia ellos al oír el grito convenido. Puesto que las laderas del valle eran empinadas, los ciervos no podrían escapar. Los rodearíamos a todos.

 

Llegó entonces uno de esos períodos insípidos en los que parece que el trabajo de campo consiste exclusivamente en días malos. Aguardamos alrededor de una hora escondidos en la hierba. Empezó a caer una llovizna continua; daba la impresión de que el agua no caía, sino que simplemente nos iba empapando hasta dejarnos en un estado lastimoso. A algunos empezó a dolerles la cabeza y culpaban a la cerveza de Zuuldibo en voz alta.

Por fin, oímos un grito procedente del otro extremo. Todos nos pusimos de pie y avanzamos en fila por la depresión. Zuuldibo parecía realmente un valiosísimo elemento. Era capaz de proferir un agudo aullido digno de asombro pero no susceptible de imitación. Cualquier ser viviente saldría huyendo al oírlo. La excitación se les había contagiado a los perros, que gruñían y trataban de echar a correr entre nuestras piernas. Por desgracia, la humedad de la zona había facilitado el crecimiento de arbustos espinosos que aparentemente habían entrelazado las ramas para impedir nuestro paso. Nunca se aclaró de quién fue la idea de prender fuego, pero pronto se formó una línea de llamas. Fue una lástima que no se hubiera discutido antes el tema, porque el viento soplaba en la dirección totalmente incorrecta. En seguida nos vimos envueltos en un humo



 

 

 

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sofocante, y el calor de las llamas nos obligó a retroceder. Los niños, aterrorizados, abrían unos ojos como platos y se echaban a llorar. Matthieu y yo los subimos por las desnudas paredes rocosas y los llevamos al otro lado de las llamas. Allí nos recibieron siete hombres sumamente irritados, con las flechas dispuestas para clavarse en cualquier cosa que se moviera. Poco a poco, algunos hombres y algunos perros lograron alcanzar el otro lado con aspecto desconsolado. Gracias a unos gritos que nos llegaban desde cierta distancia, nos enteramos de que en la confusión había sido abatido un antílope pequeño, mientras que los demás habían escapado.

 

De repente se oyó un estrépito. Todos los hombres armados se volvieron y alzaron los arcos. Los perros salieron incontrolados. Asistimos a una barahúnda de gruñidos y aullidos, una batalla de gigantes entre bastidores. Avanzamos detrás de los cazadores. Ante nosotros se revolcaba una enmarañada masa de perros. Parecía que uno de ellos había resultado herido y los demás, al oler la sangre, se lanzaron sobre él y empezaron a descuartizarlo en el fragor del combate. No intervino nadie. El pobre sufrió una muerte horripilante y los demás perros se dieron un sensacional festín caníbal. Aparentemente, yo era el único a quien perturbaba todo aquello. Los hombres reían y bromeaban. El dueño del can no estaba presente. Los perros desmenuzaban y mascaban la carne de forma repugnante.

 

De súbito, se oyó ruido de fuertes pisadas y apareció una vaca dowayo, que nos miró con cortés sorpresa y rodeó delicadamente el hervidero de perros antes de desaparecer en la alta hierba del otro lado.

 

Uno de los hombres, sorprendido, le había disparado y había fallado. Los arcos de África occidental, al estar tensados permanentemente, a diferencia de los de otras partes del mundo, no suelen ser muy exactos. Y su alcance también es limitado. Ese día no matamos nada importante. Después de su banquete, los perros perdieron interés. Los hombres estaban abatidos. Alguien había visto una tortuga de tierra, signo inequívoco de que iba a morir un pariente suyo. Los demás se dedicaron a ahumar ratas de monte metiendo tizones por un extremo de sus túneles y clavándoles un pincho cuando salían por el otro. Aquella no era una actividad digna de cazadores; más bien una distracción de niños. Varios de los que nos acompañaban demostraron ser muy duchos en las partes más difíciles de la operación e instruyeron a sus mayores. Mientras se golpeaba o apuñalaba a las ratas, estas orinaban sobre sus asesinos. Por fortuna, hasta que no



 

 

 

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regresé a Europa no me dijeron que aquella era la fuente de la enfermedad mortal conocida como fiebre de Lassa. Al parecer, la causa un virus que vive en la orina de las ratas, al cual los niños son inmunes, pero que puede resultar letal para los adultos. Ignorante de ello en aquel momento, observé la operación durante un rato y ayudé a transportar el botín de ratas hasta la aldea.

 

Los hombres mantenían que habían disfrutado de un día espléndido. Pero no había manera de esconderles a las mujeres que no regresaban con las espaldas dobladas bajo el peso de la carne de antílope. Aquella noche no habría ningún festín desenfrenado en la aldea ni se apilarían calaveras en el santuario del cazador. Las mujeres sabían secretamente que los hombres lo habían pasado fatal y parecían alegrarse.

 

Al día siguiente llegó un anciano hecho una furia quejándose de que unos imbéciles habían prendido fuego cerca del monte y le habían quemado todas las vallas. Había tenido grandes dificultades para salvar el granero. Zuuldibo le recordó gravemente que hacía cierto tiempo había transmitido instrucciones del sous-préfet según las cuales todos los aldeanos debían hacer un cortafuego alrededor de sus chozas. Aquel hombre no lo había hecho. Era culpa suya. Lo que debía hacer era regresar a su aldea antes de que se enterara nadie y le pusieran una multa.

 

Tras esta desastrosa cacería se entablaron numerosas discusiones sobre las conclusiones que debían sacarse. Yo, naturalmente, estaba más que dispuesto a alentar la charla sobre todos estos temas y adquirí una inoportuna fama de murmurador. Todo el mundo coincidió en que la cacería había sido un fracaso debido a la desenfrenada autocomplacencia sexual de casi todos los demás. Un hombre confesó que no había podido pasarse todo aquel período sin satisfacción y esperaba que ello no tuviera que ver con el desastre ocurrido al pie de la montaña. Solo por precaución, había acusado a su esposa de adulterio y le había pegado.

El modo en que el fuego se volvió contra ellos, el hecho de que los perros se pelearon entre sí, el antílope que se convirtió en vaca, todo aquello apuntaba o bien hacia el adulterio o bien hacia la brujería, o tal vez las dos cosas. En la aldea se respiraba un persistente tufo o desconfianza mutua. Los vecinos habían resultado ser unos glotones sexuales y unos mentirosos. Posiblemente, las esposas eran adúlteras. Se percibía la mano de las brujas.



 

 

 

 

 

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Los dowayo tienen épocas malas y épocas buenas, como todo el mundo. Esperan una mezcla de buena y mala fortuna, y no buscan demasiado lejos las causas últimas de la desgracia. Han creado toda una serie de dispositivos que explican de forma más o menos libre las complejidades de lo que nosotros llamamos suerte. Un hombre puede tener buena suerte si toma las pócimas mágicas adecuadas o usa amuletos y hechizos. La mala fortuna puede tener origen en la brujería de otros o en la intervención de antepasados hostiles. Todo esto se mezcla para hacer el mundo difícil de interpretar. Los antepasados pueden intensificar la brujería de un rival vivo. También pueden interferir en la operación de adivinar, que normalmente es el único medio de determinar qué factores intervienen en un suceso determinado. No se espera demasiada seguridad. Lo sorprendente es el grado en que, en un período muy corto de tiempo, puede cambiar el modo como se contemplan los mismos acontecimientos. Una vez se ha manifestado la sospecha de brujería, se generan automáticamente todas las pruebas necesarias para confirmar tal creencia.

 

Los genitales de las vacas de Zuuldibo se infectaron de gusanos. Su hijo tropezó en un sendero pedregoso y se torció el tobillo. Una cerveza que debía fermentar se echó a perder. Todas estas cosas son bastante comunes en la vida de los dowayo y normalmente no provocarían ningún comentario especial. No obstante, en el clima reinante entonces todas se consideraron como partes de un mismo todo, como pruebas de que algo más general andaba mal. Zuuldibo estaba claramente preocupado. Una noche se presentó un niño ante mi puerta preguntándome si tenía alguna «raíz» que ayudara a dormir al jefe. Le entregué unas que había recibido del médico local durante un brote de malaria, pero al día siguiente Zuuldibo estaba descontento y explicó que había tenido pesadillas.

 

La noche siguiente se vieron búhos cerca del ganado. Dos de las esposas empezaron ostentosamente a poner púas de puerco espín y otros remedios contra la brujería en las techumbres de sus chozas. Los búhos se asocian a la brujería y los dowayo les tienen un profundo temor «por su mirada fija», el mismo motivo al que atribuyen su miedo a los leopardos. Las esposas estaban poniendo claramente de manifiesto que sabían que había brujería de por medio pero ellas no tenían nada que ver.

Esta es una zona en que un extraño disfruta de una posición muy privilegiada. Todos los dowayo coinciden en que los blancos no saben de brujería. En su tierra se han perdido todos los secretos. Ni pueden ser



 

 

 

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brujos ni víctimas de la brujería. En mi viaje anterior, tras una serie de desastres que incluían un accidente automovilístico, enfermedad y dificultades financieras, les insinué a varios dowayo que tal vez estaba siendo víctima de un ataque de brujería. Todos se rieron como si les hubiera contado un chiste estupendo.

 

Unos días después, una mujer informó que la charca se había puesto verde y viscosa. Mandaron a buscar a un adivino. Era un hombre famoso en toda la tierra de los dowayo. Iba a resultar muy caro.

 

Su aparición fue un poco decepcionante. No llevaba amuletos, ropajes extravagantes, ni bastón en forma de serpiente, y tampoco miraba fijamente a aquellos con quienes hablaba. Era callado y discreto, y vestía una túnica gris. Me recordaba en todos los aspectos a un eminente especialista de un hospital occidental. Reunió a toda la familia del jefe y los interrogó sobre lo que había ocurrido, asintiendo con la cabeza y murmurando por lo bajo mientras les sacaba confidencias. Fue interesante constatar que nadie mencionó la cacería, que a mí me había parecido el suceso más importante de todos, pues había determinado todo lo que vino después. Pidió un cuenco de agua e hizo salir a las mujeres. Mandó que colocaran cuidadosamente el cuenco ante él y sopló sobre su superficie varias veces antes de dejar que se calmara. Lo miró fijamente durante unos treinta segundos mientras todos conteníamos la respiración. Cuando carraspeó todo el mundo se inclinó hacia adelante para evitar que se les escapara lo que iba a decir.

 

Al parecer, se trataba de un caso difícil. Iba a usar el oráculo zepto. ¡Ah! Revolvió el interior de su bolsita de cuero y sacó unos trozos de la planta cactácea rectangular. Cortó dos secciones y se inició la sesión. No parecía adecuado que aquello se realizara en pleno día, mientras la luz del sol penetraba por la puerta de la choza. Lo más apropiado parecía la temblorosa luz de una hoguera y unas sombras dramáticas que transformaran los rostros en decorados teatrales. Todo era absolutamente normal. Teníamos delante a un hombre que dominaba su trabajo e inspiraba confianza. Los movimientos de sus manos eran pocos y precisos. La adivinación consistía en frotar dos trozos de la planta uno contra otro mientras se hacían preguntas. Los trozos de la planta se quedan pegados o se separan completamente una vez se ha formulado la pregunta. Acto seguido se toman dos fragmentos nuevos de zepto y prosigue el interrogatorio.



 

 

 

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Empezamos por la brujería. ¿Había brujería? El oráculo dictó que la había. ¿De qué tipo? El adivino fue nombrando las diversas artes. El oráculo eligió una. ¿Eran las mujeres? El oráculo reveló que lo eran. Mediante preguntas cada vez más afinadas, parecía que por fin había llegado el momento de decir nombres. ¿Era el hombre blanco? El oráculo no respondió. Los hombres se echaron a reír. Yo empecé a sudar. Las dos superficies continuaban deslizándose suavemente una sobre otra. Si el zepto se quedaba pegado en cualquier momento, me involucraría. Me dio la impresión de que transcurría un injusto lapso de tiempo hasta que siguió adelante, como el momento del juego de las sillas musicales en que hay que abandonar el dominio de un asiento sin esperanza de alcanzar el siguiente.

 

Los dowayo saben, naturalmente, que los adivinos pueden hacer trampas y manipular el oráculo. Uno espera calidad a cambio de su dinero, no solo en el propio hombre sino también en el poder de su planta.

Identificarme a mí como la fuente de la brujería socavaría gravemente la fe de su público en su fiabilidad.

Señaló como culpable a una mujer del recinto vecino. Al contrario de lo que se esperaba, el adivino no se detuvo ahí. Cogió otros dos trozos de planta. ¿Había espíritus? Los había. ¡Ah!, aquel era un caso complicado. Los presentes mostraron su aquiescencia inclinando la cabeza. Ciertamente, era un hombre competente. A todos los enfermos les gusta que les digan que su dolencia es especial, que el médico ha de emplearse a fondo.

Por la expresión del rostro de Zuuldibo, sabía igual que yo dónde iba a terminar la adivinación. Era nuevamente Alice, que sin duda reforzaba la brujería de los vecinos.

El adivino señaló otro nombre, una mujer fallecida hacía tiempo sin antecedentes de haber molestado a nadie. Dio la impresión de que en ese momento perdía a su público. Los asistentes empezaron a sacudir la cabeza y a mirarse unos a otros. Él también lo notó. Se puso a trabajar con más afán y sacó a la luz un material bastante complejo sobre las exigencias de la fallecida. Pero había perdido credibilidad. Un intento de regresar a la brujería de la supuesta arpía de la casa vecina no tuvo buena acogida. Ya nadie parecía convencido.

 

No resultó, pues, sorprendente que un par de días más tarde algunos hombres dispusieran que el suegro de Zuuldibo, que también era un hábil



 

 

 

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cortador de zepto, realizara otra sesión. Más familiarizado con las condiciones locales, descubrió que todo se debía a Alice y a su manía de entrometerse. Esa misma noche se confirmó su diagnóstico. Otro hombre soñó que Alice se aparecía y explicaba con cierto detalle la naturaleza de su agravio. Por lo general, los muertos solo suelen quejarse de abandono general, de no haber recibido ofrendas de sangre o cerveza, de que no se hayan hecho los preparativos de las ceremonias que los hacen aptos para la reencarnación. Alice era bastante distinta. Del mismo modo que en vida no había centrado su atención en las cuestiones consideradas estrictamente asunto suyo, una vez muerta se permitía disponer las actividades de sus descendientes. Por lo visto, estaba escandalizada porque su sobrino Zuuldibo no hacía lo suficiente para promover la proyectada circuncisión. Su hijo menor, aunque ya estaba casado, todavía no había sido circuncidado. Deseaba que se hiciera algo al respecto. Pensé que, por fin, se había convertido en aliada mía.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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11. EL HOMBRE BLANCO NEGRO

 

 

 

 

El tiempo transcurría lentamente en la tierra de los dowayo. Parecía que mis propios procesos metabólicos se habían adaptado a un ritmo de vida más lento. Daba la impresión de que los extraños que aparecían cruzaban el horizonte a una velocidad insospechada. Yo me levantaba, comía, bebía, excretaba y hablaba. El tiempo iba pasando. La mayor parte del día la pasaba con un curandero que me había aceptado como pupilo. Salíamos juntos y comentábamos enfermedades. (¿Cómo sabe que es una enfermedad? ¿Es un signo de otra enfermedad o una enfermedad en sí misma?). Adquirí una gran pericia en el arte del diagnóstico. Aprendí a frotar trozos de zepto uno contra otro, como los curanderos, para adivinar si la causa última de la enfermedad era el desagrado de algún antepasado, la brujería, la violación de una prohibición, el contacto con gente contaminada, etc. Aprendí a usar los remedios vegetales. Aprendí a hacer sangrar a una mujer que sufre por el exceso de sangre producido por una exposición demasiado prolongada al sol. Mi instructor era tan sagaz, gentil y riguroso como el tutor que había tenido en Oxford.

 

No obstante, pese a lo valioso que era todo esto, no notaba que me acercara a la información sobre la circuncisión, que, al fin y al cabo, era lo que me había llevado allí. Presencié incontables ensayos ejecutados con la paciencia de un ejército en tiempo de paz. Matthieu y yo limpiamos y comprobamos el estado del equipo. Los hongos y los ataques de las termitas solo habían afectado a partes poco importantes de los instrumentos. Hicimos prácticas de cargar la película en la cámara fotográfica. También le enseñé a Matthieu a sacar fotografías tanto con una cámara automática como con una manual, y aprendió rápidamente los dos métodos.

 

Mientras estábamos ocupados en tales pasatiempos veíamos con frecuencia a la hija menor del jefe, Irma, quien tomó por costumbre venir a atildarse en el espacio que había ante nuestras chozas. Esto no tiene nada de inusual. Al fin y al cabo, todo el recinto pertenecía a su padre. Las doncellas dowayo son muy dadas al auto embellecimiento. Se trenzan el



 

 

 

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cabello en complicadas filigranas y se untan la piel de aceite y arcilla roja hasta que brillan como la caoba antigua.

 

No obstante, al cabo de un rato, tendida sobre los troncos que hacían las veces de asiento ante la puerta de la casa de su padre, empezaba a adoptar lo que parecían poses conscientemente lánguidas. Canturreaba extrañas melodías y exhibía su perfil. La vergüenza de Matthieu era manifiesta. Resultaba evidente para todos que suspiraba por él. Por supuesto, ya estaba casada, pero ello no tenía por qué contar demasiado. Los dowayo se divorcian con frecuencia. La introducción de un joven, libre pero buen partido como Matthieu, en el círculo del jefe forzosamente tenía que producir cierto efecto desbaratador en la vida social. Yo me alegré de que el efecto se dejara sentir en una hija de Zuuldibo y no en una de sus esposas. Hasta el momento, no había oído ni murmuraciones ni quejas, señal de que todo el mundo debía de haberse comportado intachablemente en un lugar donde había tantas mujeres celosas observando cada uno de los movimientos de las demás.

 

Irma no había sido muy favorecida por la naturaleza. De su padre había heredado la complexión gruesa, nada aliviada por una mínima expresión de lo que es una cintura, y el cráneo ahusado que ella destacaba afeitándose constantemente la cabeza. No obstante, su verdadera aportación al matrimonio no eran sus encantos físicos. Su gran atractivo consistía en haber demostrado una inusual fertilidad al dar a luz a dos niños (uno de los cuales por desgracia ya había muerto) en tan solo dos años de matrimonio. Y volvía a estar embarazada. Si se hubiera divorciado en aquel momento, la propiedad del niño habría constituido una espléndida disputa legal que los dowayo habrían acogido con deleite. Lo cierto era que aventajaba algo a Matthieu en edad, pero ello no resulta un gran impedimento en una cultura en que los hijos heredan las esposas de los padres o se hacen cargo de las de un tío protector. Habría sido una muy buena pareja para él si hubiera podido reunir el importe de su precio. Yo sabía con resignada certeza que sus esperanzas se centrarían en mí como fuente financiera. Sería sometido a súplicas, engatusamientos y malos humores hasta que, en un momento de debilidad, prometiera ayudarlo.

 

Pensando en las conversaciones de los últimos días, paranoicamente detecté un tema común en el discurso de Matthieu. Las vacas de su padre estaban enfermas, el mijo no tenía buen aspecto aquel año. Decidí



 

 

 

 

 

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devolverle la pelota con unas cuantas observaciones solapadas sobre mi propia pobreza y mi falta de dinero en efectivo.

 

Una técnica particularmente ofensiva practicada por Matthieu en el pasado para hacer presión era colocar parientes en puntos estratégicos de lugares públicos. Estos saltaban sobre mí, abrazándome las rodillas y proclamando mi generosidad al mundo. Las lágrimas de gratitud afloraban espontáneamente a sus rostros mientras comparaban mi riqueza con su pobreza, mi dadivosa caridad con la dureza de corazón de los que exigían un precio por una esposa. Gemían y gritaban, dándome las gracias por cosas que jamás había accedido a hacer, hasta que la gente acabara viéndome como culpable de la peor perfidia si me negaba.

Durante los días siguientes, Irma decidió aumentar ella misma la presión. Siempre estábamos jugando con cámaras fotográficas; ¿no queríamos hacerle fotos a ella? ¿Preferíamos una fotografía con su hijo (¿sabíamos que había tenido ya dos hijos?) o sin él? Era una lástima que no hubiera podido adornarse —señaló sus amplias formas con un gesto elegante—, pero tal vez nos contentaríamos con su aspecto cotidiano. En un impulso de perversidad gratuita, sugerí que Matthieu tomara unas fotos de Irma para practicar.

Así pues, hasta después de haber disfrutado de nuestra compañía durante un tiempo bastante prolongado, Irma no se retiró a la choza de invitados en que se alojaba con su esposo. Zuuldibo les había hecho el gran honor de situarlos junto a la choza de la cerveza, una posición que denotaba gran confianza. Inmediatamente, oímos voces crispadas, el sonido de un manotazo marital, y vimos la cabeza del yerno de Zuuldibo asomarse por encima del murito de barro para lanzarnos una mirada iracunda. El hecho de que hiciera aquello en la aldea del padre de su esposa demostraba que se avecinaba una crisis. Decidí que se imponía una expedición que nos alejara de la aldea hasta que se calmaran las cosas.

 

En ese preciso momento llegó Gaston con su bicicleta. Había un hombre en la ciudad, un hombre blanco negro, que decía conocerme y me buscaba. Gaston lo había mandado a la misión y había venido a advertirme por si no deseaba verlo. Aquella visión que tenían los dowayo de un mundo lleno de gente que debía ser evitada, rico en oportunidades para no ver a la gente, siempre me ha atraído.

De inmediato me imaginé quién era: mi colega Bob, el que me acompañaba en el incidente del mono y el cine. La designación «hombre



 

 

 

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blanco negro» no indica una mezcla de razas (Bob era muy oscuro), sino un negro occidentalizado que se comporta como un blanco.

 

Bob y yo nos habíamos conocido por pura casualidad hacía un tiempo. Yo iba a la ciudad a buscar provisiones cuando me topé con una extraña imagen. Allí, de pie junto a la carretera, había un autoestopista. En principio, ello no tiene por qué sorprender. En África la gente hace autoestop constantemente. Lo hacen familias enteras, a menudo portando la mayor parte de sus posesiones y ganado sobre la cabeza. No obstante, el método aceptado es situarse junto a la carretera agitando todo el antebrazo con un curioso movimiento aleteante que se consigue dejando la muñeca muerta. El viaje, si se logra, no suele ser un acto benéfico, sino que se espera una compensación. Ello constituye un importante complemento del sueldo de los camioneros, por ejemplo. Ningún vehículo se considera inadecuado para el transporte en gran escala de pasaje y bienes muebles. Los camiones cisterna, por ejemplo, se consideran ideales para este propósito, y se ven pasar continua y estruendosamente cargados de pasajeros con los ojos muy abiertos agarrados a sus redondeados remolques.

 

La figura que nos ocupa era inusual porque hacía autoestop a la manera occidental, levantando el pulgar extendido al aire cuando se acercaban vehículos. Aquel gesto era poco afortunado. En África, las interpretaciones pueden variar, pero todas coinciden en que es sumamente grosero. Tal gesto, ejecutado ante un corpulento camionero africano, podría provocar de inmediato furia y violencia. Si un miembro femenino de su familia, como por ejemplo su madre o su hermana, se encontrara en la cabina del camión que se pretendiera detener así, es probable que las consecuencias fueran extremas.

El autoestopista parecía inocente de provocación ofensiva. En su rostro había estampada una expresión de perpleja incredulidad. De vez en cuando un camión viraba peligrosamente hacia él; en ocasiones un rostro distorsionado por la ira aparecía brevemente por la ventanilla de una cabina y le lanzaba silenciosas palabras coléricas. Ninguno paraba. Yo lo hice.

Mi pasajero, suponiendo que yo era francés, conversó conmigo en esa lengua durante un rato. Tras comprobar que también hablaba inglés, cambió a ese idioma, aunque con un marcado acento americano. Todavía no había quedado claro que sus orígenes no eran totalmente africanos. Con



 

 

 

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frecuencia, la juventud «privilegiada» de África adopta un inglés que imita el de los héroes de la pantalla, que ya había dejado de ser muda, y consiguen dejes a lo John Wayne y acentos ricos en la tradición de las plantaciones, sin haber estado nunca en Estados Unidos.

 

Hasta después de haber recorrido unos cuantos kilómetros no confesó a regañadientes ser norteamericano negro o, en sus propios términos, «africano de origen americano». Al parecer, su furgoneta se había averiado unos kilómetros al este de donde lo había recogido yo. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Tal vez pertenecía al Cuerpo de Paz? La expresión de Bob traicionó una cierta falta de admiración por el Cuerpo y sus valores. Era antropólogo. Su investigación se centraba en los comerciantes de las ciudades. Trataba de determinar qué factores afectaban al tipo y al precio de los productos del mercado, así como de estudiar los aspectos sociales más sutiles de las operaciones comerciales. Puesto que él se había mostrado tan reservado respecto a sus orígenes, yo me callé los míos y lo alenté a darme una conferencia sobre la naturaleza de la empresa antropológica. No recuerdo exactamente lo que dijo, pero parecía reservar un tipo especial de desdén para los antropólogos que se dedicaban a la religión y a los ritos como yo. A decir de él, eran inherentemente frívolos y malvados, por desviar la atención, como lo hacían, de las realidades de la explotación económica.

 

Supongo que si Bob y yo nos hubiésemos conocido en Europa o en América, habríamos llegado rápidamente a la conclusión de que no era probable que nos aviniéramos y simplemente habríamos dejado las cosas así. Pero tan grande es la sensación de aislamiento que experimentan los occidentales en África, que todas las diferencias parecen débiles e insignificantes. Uno termina sintiendo afecto por gente con quien en el propio país ni siquiera hablaría.

En aquel momento, parecía desesperado por hablar inglés con alguien y, al dejarlo en uno de los barrios menos elegantes de la ciudad, me ofreció la forma usual de hospitalidad: una cerveza.

Su casa era moderna pero modesta, hecha de ladrillos cuadrados de barro cubiertos de una fina capa de cemento. En la parte de atrás tenía una pequeña huerta junto a una choza separada que hacía las veces de cocina. A los africanos les parece inaudito que los europeos estén dispuestos a guisar y dormir bajo el mismo techo. Tenía muebles, observé con envidia; entre ellos, muestras de lujo tales como una cama y sillas de hierro.



 

 

 

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Curiosamente, aunque su resistencia es inmensa, en Camerún siempre estaban rotas. A los ejemplares que nos ocupan les faltaban patas y brazos, como si fueran veteranos de alguna encarnizada campaña. La más cruel de las comodidades era una mesita auxiliar sobre la cual depositamos nuestras cervezas. Para compensar tantas finuras, bebimos virilmente a morro de la botella. A juzgar por la temperatura de la cerveza, también tenía frigorífico.

 

Bob y yo llegamos a conocernos bastante bien en el transcurso de los meses siguientes. Los occidentales solitarios tienden a buscarse mutuamente en la misma selección restringida de locales. Pasaron casi dos meses hasta que me preguntó qué hacía yo en Camerún, sin duda suponiendo que participaba en uno de los muchos proyectos de desarrollo y que me estaba proporcionando una especie de camafeo del antropólogo en su ambiente natural. Cuando por fin lo descubrió, se convirtió en una especie de chiste entre nosotros, y Bob empezó a amenazarme constantemente con venir a verme a la aldea.

Bob tenía una mente singular. La mayoría de sus problemas dimanaban del hecho de ser negro y de su esfuerzo por adoptar una postura sensata, sensible y consciente respecto a su color y sus implicaciones. Había cursado algo llamado «Estudios negros» en una universidad del Este porque opinaba que resultaba vital para los norteamericanos de color tener una tradición cultural alternativa que les asignara una posición más elevada que la que les reservaba la cultura blanca. Jamás celebraba las Navidades, sino una especie de oscura fiesta de origen swahili. Cuando descubrió que los africanos jamás habían oído hablar de ella se afligió mucho. Había aprendido swahili y obligaba a su esposa e hijos a hablarlo un día a la semana. Puesto que jamás le habían informado de lo contrario y suponía que África constituía en cierto sentido una unidad, se quedó absolutamente pasmado al descubrir que en Camerún nadie hablaba tal idioma y ni siquiera sabían que existía.

 

Todo esto, confesó, había ocurrido en sus días de novato ingenuo. Desde su llegada a África, se había propuesto aprender fulani, una lengua que le planteaba dificultades, y había elegido un tema de investigación soso, pero sin duda estimable, en el que había trabajado apasionadamente. A fin de hacer patente su buena intención ante los lugareños, insistía en vivir en una de las zonas no patricias de la ciudad, en una choza sin agua corriente. A veces parecía que la ausencia de cañerías era su credencial



 

 

 

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antropológica fundamental. Allí había instalado a su esposa y sus tres hijos para que compartieran la rica y vistosa vida de los lugareños y «encontraran sus raíces». El problema era que a su esposa la vida de allí no le parecía ni rica ni vistosa.

 

La primera crisis tuvo lugar al cabo de solo unas semanas. Su hija pequeña cayó enferma. No hay nada como la enfermedad para penetrar las capas de fingimiento con que la gente esconde su idea del respeto a sí misma. Todos los amigos africanos de Bob sugerían potentes filtros purgantes y abundante sangría de la niña haciendo ventosa con cuernos. Bob quería un médico americano, alguien que tuviera el instrumental esterilizado y una tranquilizadora bata blanca. En esto, su esposa coincidía plenamente y rechazaba con firmeza el socorro de los curanderos locales, sabiendo que ya habría tiempo de preocuparse de las implicaciones que ello tendría para su declarada «africanidad». No obstante, Bob insistió en que la niña debía permanecer con la familia en aquel barrio caluroso, ruidoso, sucio y sin agua corriente. La esposa de Bob insistió en trasladarse a un hotel hasta que la niña se recuperase. Se pronunciaron palabras ásperas, imposibles de repetir. La vida se convirtió en una tensa tregua.

 

La siguiente erupción se produjo por la cuestión de si debían permitir que los niños se bañaran en el río infestado de bilharzia como los hijos de los vecinos. Dieron con una ingeniosa solución. Bob tuvo que abandonar dos semanas su trabajo para intentar convencer a los vecinos de que les prohibieran a sus hijos acercarse al río. No lo logró por completo, pero consiguió las suficientes conversiones para justificar su postura. Así, se acomodaba a la normalidad cambiando la normalidad.

Pero la ruptura irreversible se produjo cuando se descubrió que Bob, de conformidad con las normas locales de la amistad, había permitido que las esposas de los vecinos dieran de mamar a su hija pequeña cuando se ponía rebelde. Su esposa se horrorizó al pensar que aquellos pechos sin lavar pudieran haberse introducido promiscuamente en la boca de su inmaculada descendencia. Acabaron mandando a la niña a vivir con su abuela en Estados Unidos, «por motivos de salud».

 

Los asuntos por fin llegaron al punto decisivo con la cuestión de la escolarización de los niños. Bob, plenamente consciente del potencial efecto divisorio de la segregación en la educación, en un principio se mostró inamovible en su resolución de mandarlos a la escuela local. Su



 

 

 

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esposa no lograba comprender que los abismales niveles académicos que encontrarían allí los niños debieran contemplarse como parte de la rica y vistosa vida local. Puesto que Bob y ella habían sufrido las consecuencias de una mala escolarización en la niñez y habían tenido que hacer esfuerzos hercúleos para avanzar en los estudios universitarios, Bob comprendía su punto de vista y ofreció una resistencia moderada. La moderación llevó inexorablemente a la derrota. Los demás niños siguieron a la pequeña, «para estar con su hermana». Los cimientos de la teoría de Bob habían empezado a desmoronarse. Pero lo peor aún estaba por venir: la deserción de su esposa.

 

Aunque era bondadosa y desprendida por naturaleza, la vida en aquel barrio la fue desgastando lentamente. Lo peor era que todos los vecinos insistían en tratarla a ella y a su marido primero como americanos y luego como negros. Las efusiones de hermandad de alma no eran recíprocas. La determinación de Bob de vivir en una barraca incómoda y pequeña fue recibida con asombro. Un borracho reconvino a Bob por la calle. ¿Qué clase de hombre era que vivía en la miseria cuando era sabido que todos los americanos tenían dinero?. Poco servicio le hacía su tacañería a su esposa e hijos. Incluso le recitó varios proverbios a un indefenso Bob.

Puesto que los padres de Bob se habían dedicado al servicio doméstico, él rechazaba firmemente todas las ofertas de lavanderos, jardineros, reparadores, conductores y similares porque, en su ansia por eliminar los grilletes de una servidumbre anticuada, era reacio a imponer a sus semejantes la indignidad de las tareas serviles. Una vez más, sus vecinos se tomaron a mal aquella actitud, que vició todos sus intentos de mantener buenas relaciones. En África suele ser deber del rico proporcionar empleo al pobre; así es exactamente como se lo explicaron a la esposa de Bob. Los habitantes del barrio se negaban a comprender la mala disposición de Bob a ayudarlos. La única razón posible era su notoria tacañería. La tacañería está mucho peor considerada en las culturas en que se predican las virtudes paganas, aunque no siempre se practiquen, que en la nuestra. Allí donde unos derechos y obligaciones de generosidad recíproca difícilmente exigibles mantienen unido todo el tejido social, un hombre mísero supone una amenaza para el mundo. Fue esto, añadido al tedio de la vida social, a la imposibilidad de encontrar lo que ella consideraba comida apta para el consumo y a la animadversión general de las demás mujeres, que censuraban en ella un comportamiento que



 

 

 

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hubieran considerado aceptable en una americana blanca, lo que la llevó a marcharse «para estar con los niños».

 

Así pues, Bob se quedó solo con su proyecto, y pronto cayó bajo la protección de una vecina matronal cuyas relaciones con el «hombre blanco negro» provocaron la circulación de escandalosos rumores.

 

La gota que colmó el vaso fue el trabajo de Bob en los mercados. Los mercaderes fulani gobernaban el mercado local con un monopolio sumamente rígido que excluía a todos los recién llegados y a todos los no fulani. Por otra parte, se adjudicaban a sí mismos unos beneficios de proporciones tales que dejaron a Bob pasmado. Tras experimentar durante toda su vida las asperezas de las privaciones impuestas por el dominio blanco, le resultaba difícil aceptar la idea de que los africanos negros pudieran oprimir a los africanos negros con el mismo fervor y complacencia. Al final acabó abandonando su estudio y regresando a América. Curiosamente, su dedicación a la disciplina «Estados negros» no disminuyó. Lo último que supe de él es que estaba organizando un plan de estudios sobre literatura africana. Pues Bob, en su peregrinaje cultural a África tuvo una experiencia que lo salvó.

 

Yo no me atribuyo mérito alguno en esa salvación de un ser humano, pero creo que algo debe reconocérseles a los dowayo y, especialmente, a Irma.

Al cabo de cierto tiempo, Bob apareció por la aldea. Matthieu y yo ya habíamos abandonado toda esperanza de librarnos de Irma, que se había apostado, con la misma sonrisa tonta, al otro extremo del recinto. Bob explicó que iba de camino a una de las ciudades del sur para «hacer un poco de trabajo comparativo» y decidió parar a verme unas horas. Matthieu y yo nos lo llevamos a hacer un recorrido turístico. Visitamos al jefe, las calaveras de los muertos y, finalmente, el lugar donde se lavaban los hombres, un rincón tranquilo entre árboles donde los hombres se bañaban en un agua fría que manaba a borbotones para luego tenderse sobre las soleadas losas a descansar y charlar. Bob se quedó extasiado. Jamás había visitado una aldea aislada, pues había estado siempre en ciudades y en los pueblos que bordeaban la carretera y abastecían de verdura y fruta los mercados urbanos.

 

Le encantaron las casas, con sus frescos patios enlosados con fragmentos de vasijas rotas y sus lisas paredes rojas. Le encantaron los delicados dibujos de luz y sombra proyectados en el suelo por los



 

 

 

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umbráculos de hierba entretejida. Le encantaron los prados que descendían ondulantes hasta el agitado río. Le encantaron los montes, afilados y brutales, que se alzaban entre las nubes. Le encantaron los campos, con sus pulcras hileras de plantas.

 

La tierra de los dowayo conspiró con él para responder a un concepto idílico de paz y satisfacción rural. La aldea se complacía en su benevolente calidez. La gallinas no gritaban; se arrullaban. Los niños solo existían como fuente de risas puras e inocentes que nos deleitaban los oídos como si de música se tratara. Las vacas mugían bajito exudando oronda satisfacción. No había jovenzuelos pavoneándose con transistores a todo volumen que recordaran un mundo mayor y más cruel. También la radio de Matthieu yacía silenciosa bajo la funda roja brillante que le había hecho. Habían desaparecido las figuras humanas que trabajaban arduamente hora tras hora, dobladas bajo el sol abrasador y que ahora se divisaban como delicadas esculturas, recostadas en los cobertizos de los campos. La elegancia de sus gestos, el dulce musitar de sus voces, sugería poesía en lugar de una disputa por la propiedad del ganado. Los propios campos tenían una apariencia afable y completa, como si no precisaran del esfuerzo humano para existir. Aparentemente, reinaba una paz suntuosa, un acto cósmico de falsedad.

 

Bob lo contempló todo embelesado. Y lo que más embeleso le produjo fue Irma, que se entregó a él con fiera devoción, adoptando una postura de desvanecimiento a sus pies cuando nos sentamos ante mi choza. Entre ellos la comunicación era difícil. Matthieu actuó como intérprete, e interpretó con gran libertad. Ella le regaló un manojito de pimientos rojos. Él a ella unos chicles y una fotografía suya, debidamente dedicada. No pude evitar que me recordaran a la Héloise negra. ¿Aparecería aquella imagen sonriente en el fondo del baúl de una anciana dentro de cincuenta años? Bob estaba entusiasmado. Irma, declaró, era fresca y natural, la verdadera África. Lo malo eran las ciudades, y las ciudades, como todo el mundo sabía, eran importadas. Ahora se daba cuenta de que todo lo malo procedía de las fuerzas opresoras de Occidente. Pero todavía quedaban reductos de sabiduría indígena. Y, lleno de brío, insistió en el tema, comparando las ásperas privaciones de la vida en la ciudad con mi buena fortuna por vivir con aquellos maravillosos seres humanos. Matthieu dejó rápidamente de traducir todo esto, que le era manifestado en el titubeante francés de Bob entremezclado con extáticos arranques en inglés. «Ha



 

 

 

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dicho que la aldea parece rica», o «Ha dicho que la ciudad es cara», le explicaba a una Irma trastornada.

 

Al cabo de unas horas, Bob e Irma habían alcanzado un fervor mutuo. Pero, de forma algo anticlimática, Bob anunció su marcha, montó en su vehículo dotado de aire acondicionado y se fue. La traicionera fase arcádica se quebró en una amarga disputa entre Irma y su esposo. Las gallinas volvieron a chillar y los niños a pelearse. Se veía nuevamente a los dowayo trabajar los campos sacando un magro rendimiento de una tierra hostil.

La imagen que tenía Bob de África, de sí mismo y de la América negra se salvó gracias a una visión romántica. No es de extrañar, entonces, que buscara refugio en la literatura en lugar de adentrarse en la antropología. En cuanto a Irma, lloró desconsoladamente cuando lo vio marchar, pero al menos le quedó alguien con quien soñar. Seguramente, eso era todo lo que buscaba. Desde ese día, no volvió a hacerle ningún caso a Matthieu.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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12. UNA EXTRAORDINARIA PLAGA DE ORUGAS NEGRAS Y PELUDAS

 

 

 

El concepto de transmisión se usa mucho en antropología. Cierto enfoque considera las culturas en conjunto como sistemas que gobiernan la transmisión de mujeres, bienes, derechos y obligaciones, y mensajes. Una obra clásica trata de la importancia de hacer regalos como medio de unir a individuos y a grupos para formar la base de la sociedad. Por lo tanto, podría parecer que al antropólogo esperanzado estas cuestiones le resultarían un fructífero tema de investigación y un medio útil de crear sus propios vínculos con el pueblo que está estudiando.

 

Una de las costumbres que atrae la mirada ansiosa del etnógrafo es el lenguaje sustitutorio que usan los dowayo en la circuncisión. Los «tambores parlantes» de África occidental aparecen con frecuencia en la etnografía y en los relatos sensacionalistas de aventuras. En principio, generalmente guardan un gran paralelismo con el lenguaje sustitutorio de los muchachos dowayo aislados, tras la circuncisión, en el campo. Mientras que los tambores varían de tono para imitar los patrones tonales del habla, los dowayo usan unas flautitas para copiar los patrones del lenguaje. Tales flautas deben usarse para comunicarse con las mujeres, para quienes los muchachos son muy peligrosos. Unas flautas similares «cantan» canciones en fiestas determinadas. Tal uso podría ser fácilmente adaptado con propósitos más prácticos. En el terreno montañoso de las islas Canarias, un lenguaje formado a base de silbidos permite a los hombres comunicarse a kilómetros de distancia, separación que de otro modo tardarían muchas horas en salvar. No obstante, en los montes de los dowayo, los únicos que le encontramos utilidad fuimos Matthieu y yo cuando andábamos a la búsqueda del escurridizo jefe de la lluvia. Cada uno podía ir a uno de los picos donde se suponía que se encontraba simultáneamente e informar al otro, salvando el vacío, de si lo había hallado o no.



 

 

 

 

 

 

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Para el que aprendía la lengua, tenía muchas ventajas: ayudaba a distinguir los distintos tonos en un idioma que, para el oído occidental, hace distinciones casi imposibles de captar. Puesto que los muchachos iban a usar abundantemente el lenguaje sustitutorio como una especie de recurso para aislarse del contacto demasiado directo, era aconsejable procurarse una mayor instrucción en él al igual que ellos.

 

El joven que hacía la colada en la misión resultó muy versado en la materia y nos retiramos al campo, fuera del alcance de los ojos curiosos de las mujeres, para que pudiera transmitirnos las sutilezas de la lengua. Allí me fue entregada una flautita e iniciamos la instrucción. Fue la única experiencia de enseñanza formal que he tenido en la tierra de los dowayo. Estos, hasta la introducción de la enseñanza del francés en las escuelas, aprendían los idiomas de pequeños a través de los contactos sociales. La idea de proponerse deliberadamente aprender una lengua, de estudiar un verbo en todas sus formas, era desconocida. No obstante, a los chicos había que enseñarles los usos de la flauta en un ejercicio bastante intensivo de instrucción paso a paso. Se requería entonces una presentación ordenada del material y el uso de técnicas caseras de enseñanza. Todo ello era completamente opuesto al caso de la lengua hablada, en cuyo aprendizaje no podía intervenir ayuda sistemática alguna.

 

Avancé rápidamente. Mi maestro era genial y sabio, y jamás pidió compensación alguna por el tiempo que invertía en ayudarme. Se imponía un regalo. Hacer regalos, en cualquier cultura, requiere un cierto tacto. Han de ser adecuados. En nuestra cultura, a los hombres no se les regala flores. La entrega también ha de hacerse de manera apropiada. Regalarle tabaco a un dowayo en público es como no darle nada, pues los demás se lo quitarán inmediatamente por derecho propio.

Puesto que fundamentalmente seguía siendo occidental, siempre había sentido una ligera inquietud social por el hecho de que parecía que el hombre que me lavaba las camisas en la misión no tenía ninguna propia. Pensé que regalarle una camisa sería lo indicado. Tenía una que también había sido un regalo y había despertado especial admiración entre los dowayo, una creación bastante vistosa en tonos morados. Quedaría la mar de bien regalándosela.

No obstante, hacer regalos puede humillar a quien los recibe. La actitud de magnífica beneficencia que el trabajo de campo había hecho recaer sobre mí encajaba bastante mal con la imagen que tenía de mí



 

 

 

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mismo; por otra parte, si el regalo era demasiado importante, el receptor podía sentir vergüenza.

 

No tardó en presentarse la solución. Unas semanas antes me había enganchado la manga en una espina y se me había hecho un pequeño desgarrón. La siguiente vez que me devolvieron la camisa simulé descubrirlo con exclamaciones de horror. ¡La camisa estaba inservible! Tal vez, insinué, el lavandero querría quedársela. El desgarrón era pequeño, no se vería.

Ese engaño ya lo había usado anteriormente con mi ayudante, que tenía un guardarropa igualmente excéntrico pero era propenso a la susceptibilidad. En esa ocasión aceptó la camisa supuestamente imperfecta y la guardó por demasiado buena para usarla. Así pues, no se benefició de ella. Tal vez ahora las cosas irían mejor.

El lavandero se puso la camisa y aparentemente resplandecía de orgullo por su nueva prenda. Su rostro dibujó una sonrisa de alegría pura que no dejaba lugar a malentendidos etnográficos. Se marchó en un estado de sorprendida complacencia. Yo sentí la satisfacción que experimenta el que está completamente seguro de haber hecho una buena obra. Pero hasta que no me llegó la siguiente remesa de camisas no se hicieron evidentes los efectos de mi regalo. Ahora cada una de ellas tenía una ligera imperfección. Cuidadosamente, se habían practicado pequeños cortes en mangas, cuellos y bolsillos.

Recibir regalos también puede crear dificultades. Puesto que mi casa era modesta, siempre me las había arreglado para guisar en dos cazuelas, que lo mismo me servían de cafetera o tetera. Poseer una tetera en lugar tan remoto me hubiera hecho culpable de excentricidad deliberada. Esta situación era perfectamente satisfactoria para todo el mundo menos para Matthieu. En algún sitio, seguramente en la misión, había visto servir el té como lo haría un mayordomo, con bandeja, azucarero y tetera. Puesto que su propia posición, de la cual se preocupaba mucho, dependía de la mía, se opuso enérgicamente a que a los dignatarios que me visitaban se les sirviera el té con una olla de aluminio. Suspiraba por una tetera.

Un día apareció aferrado a un ejemplar de aluminio muy deteriorado. Se lo había dado un maestro que había sido destinado al sur, tierra en que, al parecer, abundaban las teteras. El maestro no quería llevarse la suya, de modo que se la dio a Matthieu.



 

 

 

 

 

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Matthieu me la regaló a mí con orgullo. Confieso que me sentí profundamente emocionado. La tapa ya no encajaba. Presentaba abolladuras en toda su superficie, cual si hubiera sido utilizada como pelota de fútbol. Pero hacía feliz a Matthieu. Canté sus virtudes y le di las gracias. Matthieu se la llevó y la frotó con arena hasta dejarla reluciente como la plata.

 

Esa tarde celebramos una larga sesión con el curandero, que nos explicó diversas clases de enfermedades. Como de costumbre, ir a verlo representaba subir un monte hablando y fumando en abundancia. Cuando regresamos, avanzada la tarde, ambos estábamos cansados y teníamos sed.

 

—Bauticemos la tetera nueva —propuse.

 

Matthieu me miró sorprendido, pero fue a buscar su tesoro y lo utilizamos. Se hizo evidente que el pitorro estaba obturado, pero rápidamente aprendimos a verter el líquido por el costado con un desperdicio mínimo.

Matthieu me había hecho un regalo. Yo había demostrado cuánto se lo agradecía. Todo ello, sin duda, mejoraría y fortalecería nuestras relaciones. Sin embargo, extrañamente, Matthieu estuvo sumamente taciturno toda la velada. A última hora, daba ya muestras de claro malhumor. Fuera lo que fuese, yo esperaba que a la mañana siguiente se le hubiera pasado.

 

Me sorprendió que Matthieu me despertara muy temprano dando golpes en la puerta.

—¿Acaso no soy cristiano? —me espetó con un ceño terrible—. ¿Acaso soy hombre de palabras torcidas? Llevo toda la noche pensando. Si hubiera querido matarlo, ¿acaso no hubiera podido hacerlo muchas veces?

 

Confieso que a las cinco de la madrugada tenía el cerebro un poco embotado, y simplemente me quedé boquiabierto.

Por fin, lo convencí para que se sentara mientras preparaba un poco de té. La visión de la tetera lo enfureció todavía más. Temblaba de ira.

 

Gradualmente, se me fue aclarando la enormidad de mi delito. El fallo consistía en mi uso irreflexivo de la palabra bautizar refiriéndome a «usar por primera vez». Obviamente, Matthieu se había imaginado que pretendía llevar a cabo algún rito de exorcismo dirigido a la tetera a fin de hacer desaparecer el conjuro que hubiera podido echarle él. Efectivamente, lo había acusado de querer matarme.

De nuevo, iban transcurriendo las semanas. Mi trabajo con los curanderos avanzaba, pero seguía siendo secundario. Lo que yo realmente



 

 

 

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quería presenciar era el festival de la circuncisión en toda su sangrienta intimidad, la jugosa sangre roja de la etnografía.

 

Puesto que no tenía a quien molestar, decidí localizar a mi «esposa». Tras una larga búsqueda, lo encontramos agazapado displicentemente bajo un tamarindo. Caía un fuerte aguacero, una breve pero intensa incomodidad. Todos nos cobijamos bajo el escaso follaje. Su atavío estaba ya notablemente deteriorado. Las colas de caballo, antes erectas y plumosas, estaban caídas y apelmazadas. Las largas túnicas estaban manchadas de barro, cerveza, aceite y sudor. Mi tela imitando la piel de leopardo había resistido bien en lo que se refiere a la parte superior, pero la capa pegajosa del envés había respondido peor. Una espesa maraña compuesta de pelo, mosquitos y la tierra roja de África occidental se había adherido como con cola a su superficie. El vistoso tocado pendía desaliñado sobre un ojo y el muchacho ponía una. perceptible mala cara. Era evidente que aquel período, que se anunciaba como un tiempo de licencia e indulgencia, alegre en la mente de los hombres, se había vuelto tedioso para él. Al parecer, sus parientes ya no lo acogían con cerveza y algazara; tantas veces los había visitado con su atuendo festivo que habían empezado a poner excusas o a salir corriendo hacia el campo para encontrarse convenientemente ausentes cuando se presentara. Las doncellas que debían observarlo con lascivo fervor esgrimían azadas bajo la supervisión de madres de mirada vigilante. El amor de los jóvenes estaba muy bien, pero las cosechas tenían preferencia. El insulto máximo lo había recibido la noche anterior. Obligado a ir a visitar a parientes cada vez más alejados, de lazos cada vez más tenues, se había perdido el espectáculo del alemán hirsuto.

 

Incluso Matthieu estaba conmovido. Unimos nuestros recursos con ánimo de proporcionar consuelo suficiente. Lo máximo que recogimos fue una botella de cerveza y un cómic de Superman en francés. Lo obligamos a aceptar este alivio, instándolo a no ceder al pecado de la desesperación. Nosotros mismos nos ocuparíamos de averiguar qué había ocurrido.

Se había hecho evidente que las previsiones sobre la circuncisión tenían pocos visos de cumplirse. Las operaciones ya deberían haberse efectuado y los muchachos ya deberían estar aislados en el campo. Ritualmente es importante que el fluir de la sangre de las heridas coincida con las primeras lluvias intensas. La cicatrización de las heridas debe coincidir con el comienzo del tiempo seco. De esta forma habría armonía



 

 

 

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entre los hombres y el mundo en que viven, ambos sujetos a un ritmo común. Ahora parecía que esta comunión no podía asegurarse.

 

Puesto que el plan simultáneo del cambio humano y cósmico requería que los muchachos regresaran de su aislamiento el primer día de la cosecha, el resto de los rituales habrían de condensarse extraordinariamente si habían de celebrarse todos, lo cual quería decir que yo volvería a tener problemas con el visado antes de que terminaran. En una sociedad acéfala no hay nadie que organice estas cosas, nadie con poder y autoridad para imponer su voluntad. Los asuntos de trascendencia pública se dejan a su aire hasta que las circunstancias obligan a emprender alguna acción o hasta que haya pasado el momento oportuno para emprenderla, de modo que no se hace nunca nada. Es reconfortante saber que este sistema ha funcionado tan bien; prueba de que gran parte del frenesí y la diligencia del mundo es fútil.

 

No obstante, había una persona indispensable para la terminación de las ceremonias, que al menos estaría al corriente de lo que se había y no se había hecho en las aldeas alejadas: el jefe de la lluvia. Había llegado el momento de volver a ascender al monte donde vivía.

Tras la visita a los despezonados ninga, la escalada había perdido gran parte de su atractivo. Los montes dowayo son ya de por sí bastante ingratos. Carecen del tonificante encanto que se atribuye en Europa al ascenso a las montañas. Por otra parte, tomarlos tan en serio como a los Alpes sería ridículo. Estás ante algo que puede hacerte caer varias decenas de metros para aterrizar sobre rocas graníticas, pero a lo cual hay que acceder sin botas adecuadas siquiera. En la base son montañas húmedas y llenas de peñas afiladas que obligan a gatear mucho y resbalar mucho. Hacia la mitad están plagadas de desconcertantes hendiduras muy profundas pero de poca anchura. Para salvarlas no cabe sino saltar mientras mentalmente uno se aferra al recuerdo de hazañas de salto de longitud realizadas en el colegio. Arriba son peladas y frías.

 

El jefe de la lluvia ocupaba lo que en otra parte se consideraría un lugar privilegiado, un valle abrigado situado en la cima de un pico pero protegido por otro. Se trataba de un valle verde, pues disfrutaba de agua pura todo el año, y más fresco que las abrasadoras llanuras. Incomprensiblemente, abundaban las vacas enanas. El acceso de los funcionarios gubernamentales era difícil, pues ni siquiera las motocicletas todo terreno de la policía podían llegar hasta allí; de modo que, aparte de



 

 

 

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una visita superficial efectuada por un funcionario francés hacía cuarenta años, el jefe de la lluvia vivía en tranquilo aislamiento patriarcal. Había sido testigo del declive del tráfico de esclavos por parte de los fulani en los valles, del paso de los alemanes, de su sustitución por los franceses y del advenimiento de la independencia; o, mejor dicho, casi no había tenido conciencia de ello. Tan inmutable y pétreo como su monte, había sobrevivido a las muchas vicisitudes del siglo y seguía imperturbable bajo la nube de lluvia que se cernía constantemente sobre su aldea y servía de indicador de su especialización como hombre que controlaba el tiempo.

 

Los dowayo, que son profundamente sociables, jamás harán solos nada que se pueda hacer en comunidad. Como de costumbre, los preparativos de nuestra excursión no habían pasado desapercibidos. Al salir de la aldea se nos unió un hombre de aspecto avergonzado que se dirigía a la aldea del jefe de la lluvia para una consulta médica. De todos es sabido que el jefe de la lluvia es el maestro de la fertilidad masculina, de modo que consultarle era probablemente una declaración tácita de esterilidad o de impotencia. Abundaban las risitas. Mientras avanzábamos por los angostos senderos se nos fueron uniendo otras varias personas que habían decidido aprovechar nuestro viaje para solventar diversas cuestiones con el jefe de la lluvia. Una de sus trece esposas venía también con un enorme hato en la cabeza. Y, lo más sorprendente, también se presentó Irma.

 

Esa no era la Irma de antes. se la veía seria y formal; los residuos del coqueteo habían ardido en el fuego de la pasión verdadera. A sus pies había un gran saco de plástico lleno de mijo molido que su padre le enviaba al jefe de la lluvia como pago de alguna antigua deuda. Encima mantenían el equilibrio sus zapatos de plástico azul, que solo se pondría para hacer una entrada triunfal en la aldea después de escalar el monte descalza. Caminaba delante con valientes zancadas, sin mirar ni a derecha ni a izquierda. Ni siquiera volvía los ojos atrás en busca de miradas de admiración por su atlética gallardía, aunque no escaseaban.

 

El elevado nivel de los ríos que se precipitaban montaña abajo demostraba, caso de hacer sido necesaria alguna prueba, el avanzado estado de la estación de las lluvias. Ya no se trataba de los amistosos hilillos refrescantes de la estación seca que te lamían los pies como cachorros. Rugían, corrían y saltaban sobre las peñas. Yo, naturalmente, me caí al agua.



 

 

 

 

 

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No hay manera más segura de romper el hielo que caerse al agua, puestos a mezclar metáforas. Nuestro silencio anterior se quebró y el impotente empezó a contar anécdotas. Uno de los temas inevitables de conversación en esta marcha era un hombre que vivía al pie de la montaña. Su esposa y él eran famosos por atraer a viajeros varones, que luego eran sorprendidos en circunstancias comprometedoras con la mujer. A esto seguían exigencias de compensación. El marido se declaraba profundamente ultrajado. Y era un hombre muy corpulento.

 

Nuestra alegría se vio algo menguada cuando nos topamos con el esqueleto de una gran cabra cornuda que se estaba descomponiendo en medio de un riachuelo junto a un vado. Aplastada y sanguinolenta, era evidente que se había caído de uno de los senderos que discurrían más arriba. Los augurios afectan mucho a los dowayo. Al parecer, se trataba de un presagio especialmente malo. Su interés no se centraba en el hecho de que algo que había estado alto estuviera ahora bajo, ni en el marcado contraste entre un macho cabrío de sexualidad exuberante y su impotencia en la muerte; se centraba más bien en el hecho evidente de que aquello había sucedido hacía tanto tiempo que la carne estaba demasiado putrefacta para que se la comieran los dowayo, aunque están habituados a consumir una carne que solo con cortés prudencia podría ser calificada de «pasada».

 

Tales incidentes asaltan constantemente al antropólogo. ¿Podía ello ser el puente que llevara a algún descubrimiento fundamental sobre una cultura extraña o sobre la naturaleza básica de la mente humana? Casi con seguridad no, pero es imposible predecir con antelación qué será importante y qué no lo será. Después de todo, los antropólogos han tenido iluminaciones en el cuarto de baño, mientras jugaban al críquet o disecaban pulpos. Lo más sensato es archivarlo en un cuaderno donde encontrarlo años después, con la tinta corrida por las salpicaduras de los ríos y las letras manchadas de dedos marrones. La enfurecedora sensación que se tiene es: «Esto es algo que un antropólogo podría explicar». Y esto va casi siempre asociado a: «No tengo ni idea de qué puede querer decir».

 

La muerte de la cabra causó mucho revuelo. Llegué a dudar de que intentáramos la ascensión. Hasta que Irma no hubo reiterado nuestra resolución de proseguir, apoyada a regañadientes por Matthieu, el grupo no accedió a enfilar el sendero. El ambiente era tenso y opresivo, como una de esas escenas premonitorias de Shakespeare donde chocan los



 

 

 

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cometas y los terremotos hacen que los muertos se levanten de sus tumbas. Cada vez que alguien tropezaba se intercambiaban numerosas miradas y se dejaba sentir el nerviosismo. Por debajo de nosotros, los cuervos se habían abalanzado sobre la cabra, arrancándole la carne y observándonos con ojos de inspector de Hacienda, hostiles y calculadores. De repente se me ocurrió que aquel arroyo era la principal fuente de agua de la aldea y al menos deberíamos sacar el cadáver de la corriente. Las dudas sobre un gran proyecto de canalización para el bien de otros eran una cosa, pero aquella era el agua que bebía yo. Sin embargo, a nadie parecía entusiasmarle la idea de tocar el cadáver, de modo que lo dejamos en un remolino de agua fétida.

 

A estas alturas, Matthieu había tropezado tantas veces que estaba convencido de que el viaje sería inútil y que, cuando llegáramos, el jefe de la lluvia no estaría. «Aunque —añadió— a veces el pie izquierdo me miente».

Y así fue: su pie izquierdo resultó siniestramente embustero, pues el jefe estaba en casa. Inevitablemente, el hecho de que el pie le hubiera mentido incrementó el abatimiento de Matthieu. La propia mentira del pie se convirtió en un mal augurio.

El jefe de la lluvia estaba sentado, como una tortuga beatífica, bajo el umbráculo de delante de su choza. Era su lugar favorito. Desde allí divisaba el lado opuesto del frondoso valle que era su dominio exclusivo, observaba cómo trabajaban los campos sus esposas y sus hijos vigilaban el ganado, fumando su pipa de latón mientras se calentaba los pies crónicamente fríos en el fuego. Desde allí saboreaba los placeres de la riqueza y el respeto sin abandonar la vigilancia de sus chozas, atestadas de pagos en telas funerarias, y de los jóvenes que rondaban furtivamente a sus trece esposas núbiles.

Tras los saludos de rigor, nos separamos. El impotente fue sometido a un interrogatorio en voz baja, durante el cual él bajaba mucho los ojos y el jefe de la lluvia le daba muchos golpecitos tranquilizadores en el brazo. A Irma, para su evidente disgusto, la mandaron a hablar con las esposas.

Con un gesto del brazo, el jefe de la lluvia me llamó junto a su paciente. ¿Se había reconocido mi habilidad en la medicina herbaria de los dowayo? ¿Iban a invitarme a comentar un caso interesante? Por lo visto, no. Era una cuestión de cambio. El hombre solo disponía de un billete de banco grande. El jefe de la lluvia estaba dispuesto a aceptarlo en pago de



 

 

 

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sus honorarios, pero no a darle cambio. Por lo tanto, yo tenía que darle al hombre el cambio que le correspondía y el jefe ya me lo devolvería oportunamente. Ambos sabíamos que no volvería a oír hablar del cambio. Era simplemente una de las maneras de pagarle por su ayuda sin el bochorno de tener que cobrarme.

 

De acuerdo, pero le pensaba sacar partido al dinero. Solté un pequeño discurso que Matthieu me había ayudado a preparar para tales ocasiones. Era una obra maestra del oficio de publicista. Mientras negaba toda pretensión de habilidad en el uso de remedios vegetales, ponía mi amplia experiencia trabajando con reconocidos curanderos dowayo a disposición del afligido. El principal problema en la tierra de los dowayo era saber si una enfermedad era «solo» una enfermedad o una manifestación de desagrado sobrenatural o de brujería. En el último caso, el tratamiento habría de ser bien distinto. Unas pocas preguntas inocentes por parte de un principiante como yo casi siempre conducían a una apasionada discusión de los conceptos dowayo fundamentales de causalidad, moralidad y clasificación. ¿Cuál era el problema? El pene del hombre no servía. ¿Estaba seguro de que ello no era achacable a sus hermanos? Sacudió la cabeza. Había usado el oráculo del zepto con tres adivinos distintos. Todos habían dicho lo mismo. Era «solo» una enfermedad. ¿Qué le había recetado el jefe de la lluvia? Que hirviera y bebiera más zepto.

 

Últimamente, la antropología se ha preocupado de las clasificaciones de las plantas, tratando de determinar hasta dónde otras culturas tienen especies y subespecies comparables a las nuestras y qué criterios usan para determinar los diversos tipos de la «misma» planta. Yo había invertido mucha energía en recoger hojas y frutos de ciertas plantas básicas como el zepto para poder provocar una conversación sobre cómo distinguir un tipo de otro. ¿Era por la forma de la hoja, o por la configuración del fruto? Como antes, en el caso de las piedras de la lluvia, el jefe me abrumó con su positivismo. No diferenciaban un tipo de otro en función de ninguna de estas características. Simplemente, una planta curaba una enfermedad y otra planta curaba otra. No se sabía cuál era cuál antes de que efectuaran la curación. Sonrió angelical. Yo me acordé de todas las horas que había perdido recogiendo muestras de plantas y secándolas en prensas para poder enseñárselas a los expertos de Kew Gardens.

 

El hombre emprendió el descenso de la montaña cogiendo los brotes de zepto que los demás habían cortado para él. Yo me quedé de mala gana



 

 

 

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con Matthieu ante la insistencia del jefe en prepararnos una comida que no deseábamos.

 

Al cabo de varias horas de tediosas atenciones sociales, llegó el momento de que Matthieu, el jefe de la lluvia y yo nos retiráramos al campo a «hablar de cosas de hombres». Y también allí conversamos en los usuales susurros mientras el anciano miraba constantemente a su alrededor como un ciervo inquieto.

Se trataba de la circuncisión. Inclinó la cabeza. Él sabía que yo me había desplazado desde mi lejana aldea para ver la circuncisión porque me había enterado de que los dowayo iban a celebrar la ceremonia. Había abandonado a mis esposas y mis campos. Había sufrido mucho y había gastado mucho dinero para ver la fiesta. Volvió a inclinar la cabeza. ¿Qué había ocurrido? ¿Qué preparativos se habían llevado ya a cabo? ¿Por qué no se había circuncidado a los muchachos aunque ya habían empezado las lluvias intensas?

Suspiró y sacudió la cabeza. Era mala cosa, mala cosa. Por su parte, había hecho todo lo que se podía esperar de él. Había escuchado los augurios. Había sellado las sustancias curativas apropiadas en el interior de una calabaza esférica y la había lanzado al río en la cima de la montaña, junto a las piedras que controlaban, el tiempo. Oportunamente, había sido recuperada intacta al pie del monte, signo infalible de que debía iniciarse la fiesta. Pero ahora todo había sido anulado. Me quedé boquiabierto. Aquel año no podría hacerse. Y al año siguiente tampoco porque era un año femenino. No podría ser hasta al cabo de dos años. Era mala cosa, mala cosa. Los muchachos continuarían siendo niños, oliendo mal. Era una vergüenza para todo el país.

 

Pero ¿qué había ocurrido? Como explicación, pronunció una palabra que era nueva para mí. Miré interrogativamente a Matthieu, quien inició una inútil búsqueda del equivalente francés. Con su usual celo positivista, el jefe de la lluvia nos condujo a los campos y señaló a su alrededor. Las plantas de mijo hervían literalmente en robustas orugas negras que habían devorado por completo las hojas jóvenes. Los combados tallos disminuían visiblemente ante nuestros ojos a medida que las bestias los iban consumiendo. Al parecer, todos los campos de aquel lado de Kongle sufrían la misma plaga. Aquel año no habría cosecha digna de llamarse así. Si las orugas se comían las plantas y morían, cabía la esperanza de que se pudiera plantar una segunda cosecha. Pero a muchas no les quedaban



 

 

 

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semillas y la recolección sería escasa. Seguramente, la lluvia no continuaría el tiempo suficiente para que maduraran las nuevas plantas. ¿Qué iba a hacer la gente? Se encogió de hombros. Algunos pedirían grano prestado a sus parientes. Algunos tendrían que vender el ganado o endeudarse con los comerciantes. Habría que echar mano de todas las reservas destinadas a la elaboración de cerveza simplemente para sobrevivir. La transformación de los niños en hombres podía ser una maravilla, pero las maravillas funcionaban a base de cerveza, no de buenas intenciones. La circuncisión tendría que aplazarse. El escándalo de los chicos húmedos y malolientes se agravaría. Hasta los ninga se reirían de ellos.

 

¿Y si alguien importara mijo? Hice un cálculo rápido. Costaría millares de libras. Era inútil. El jefe de la lluvia, percibiendo mi decepción, me dio un golpecito en el brazo. No serviría de nada. Ahora ya nadie iniciaría el ritual, los augurios eran malos. Y también las orugas se habían convertido en augurio.

Era comprensible que, después de conseguir financiación y trasladarme tan lejos para documentar una ceremonia que al parecer no iba a celebrarse, me sintiera disgustado, molesto e incluso avergonzado. Tendría que rendir cuentas y presentar justificantes, reales o imaginarios. Pronto llegaría el momento de redactar un informe para presentarlo ante los rígidos guardianes del organismo de financiación de investigaciones que me había dado dinero para estudiar la ceremonia que no iba a celebrarse. No era probable que tuviera buena acogida.

En la investigación antropológica, al igual que en otras áreas de la actividad académica, se concede poco valor a las conclusiones negativas, al descubrimiento de caminos falsos, a la demostración de extremos sin salida, a las fiestas no presenciadas. Decididamente, era una situación difícil de manejar, Por mi parte, yo no tenía la impresión de que el viaje hubiera sido infructuoso. Tenía la sensación de haber aprendido lo mismo durante esta corta visita que en la anterior, que había sido más larga. El haber regresado había hecho que los dowayo me tomaran más en serio, como si contaran con una larga historia de decepciones ante la inconstancia de los investigadores. Fuera cual fuese su visión del asunto, se habían mostrado mucho más abiertos y confiados que antes.

 

La principal reacción en toda la tierra habitada por los dowayo era de profunda vergüenza. Los jóvenes ruborosos fueron abandonados con todas



 

 

 

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sus galas puestas como novias ante el altar. Después de despojarse discretamente de las delatoras pieles de leopardo o de las capas sintéticas, y de meterse las campanillas en los bolsillos, los que eran suficientemente mayores se escabullían hacia los campos y reanudaban sus tareas como si no se hubieran puesto jamás los trajes de baile. Los más pequeños volvieron a aparecer, avergonzados, en las aulas, donde los compañeros de otras tribus se burlaban de ellos. Cuando se encontraban los hombres, era un tema del que no se debía hablar. Para las mujeres se convirtió en un nuevo tema al que recurrir en la batalla de los sexos, utilizable para poner de manifiesto la inutilidad de los varones. Para los hombres, era un nuevo motivo para pegar a las mujeres. Mi «esposa» daba grandes rodeos en torno a la aldea a fin de no encontrarse conmigo. En las ocasiones en que nos topamos inadvertidamente, bajamos los ojos y farfullamos un saludo. Puesto que la ceremonia no se había llevado a cabo, nos encontrábamos atascados en un espantoso limbo en el que nadie sabía cómo comportarse. ¿Debíamos gastarnos bromas, demostrar respeto mutuo, o regresar a nuestro estado anterior de independencia? Nadie lo sabía. Nadie tenía autoridad para decidir por todos de la misma manera que nadie había podido organizar la ceremonia anteriormente.

 

Un huracán de augurios barrió el país. De pronto todo parecía patas arriba y todo lo que ocurría era un augurio de malos tiempos por venir. Era similar a cómo, en nuestra cultura, un asesinato atroz parece llamar la atención sobre crímenes parecidos. De repente, los periódicos están llenos de sucesos del mismo estilo y parece que la civilización entera está alcanzando bruscamente su fin.

En la tierra de los dowayo, las vacas se caían en los pozos: augurio. Una gran rata de monte mordió a una de las esposas de Zuuldibo en el pecho mientras abría el granero: augurio. Se encontraron enjambres de insectos rojos en los senderos de granito: augurio. No atravesaron el cielo cometas shakesperianos, pero sí sopló un pequeño remolino.

 

En el expectante silencio que se adueñó de la tierra de los dowayo, llegó el momento de volver a casa. Me pregunté si lo verían también como un augurio.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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13. PRINCIPIOS Y FINES

 

 

 

 

Abandonar la tierra de los dowayo es una empresa tan prolongada como llegar allí. En esta ocasión, por fortuna, en lo que a mis papeles se refería, yo era un mero turista, no un buscador de conocimientos. No obstante, se hizo imprescindible una larga serie de despedidas, una comedida demostración de generosidad y una expresión de agradecimiento. Había que abandonar los hábitos del campo africano y reanudar los de la ciudad. Como único anglófono en varios kilómetros a la redonda, había adquirido la costumbre de hablar solo. Hablar solo, o «pensar en voz alta» como me empeñaba yo en llamarlo, no lleva aparejado para los dowayo ninguna de las connotaciones de demencia que tiene en nuestra propia cultura. Es tan normal como canturrear por lo bajo, que es una cosa que los dowayo hacen constantemente. Sin embargo, constituye un hábito difícil de quitarse y, sobre todo en alguien que ha tenido que cortarse el pelo solo y posee unos dientes verdes y fétidos, de entrada puede resultar desconcertante.

 

La reanudación de la vida urbana vino acompañada de un inoportunísimo acceso de malaria, que yo me empeñé en atribuir a los numerosos picotazos que recibí mientras veía la película alemana sobre la prevención de la malaria. Por fortuna, me recuperé a tiempo para hacer mi última aparición pública en la tierra de los dowayo con ocasión de la ceremonia de circuncisión del arco de un muerto.

La antropología es una materia a la que muchos llegan procedentes de otras disciplinas. Sus fronteras son sumamente amplias. Por eso, nada de lo que ha aprendido el antropólogo es despreciable, por muy impracticable que sea una técnica o muy complicada una habilidad. De niño, el primer día que asistí al colegio, me hicieron escuchar, junto con mis compañeros de clase, uno de los programas infantiles de la BBC. En esa época se consideraba importante y sano que los niños bailaran. Había que alentar a las mentes jóvenes a expresarse en movimiento. Mente y cuerpo evolucionarían en armonía perfecta al ritmo de melodías puras. Ese día en concreto, nuestra misión era actuar de árboles. «Balancead las ramas, niños», nos indicaban en tonos aflautados. «Mostrad cómo el viento hace



 

 

 

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crujir vuestras hojas». Obedientemente, nosotros agitamos los brazos por encima de la cabeza e hicimos ruidos silbantes.

 

Qué poco me imaginaba yo, cuando me dedicaba al estudio comparativo de las culturas, que ello constituiría una valiosa experiencia, y así resultó.

La ceremonia de la circuncisión del arco no es sino uno de los complejos ritos mediante los cuales un hombre pasa de ser un individuo muerto a ser un antepasado susceptible de reencarnación. Es preciso dar destino a sus posesiones más íntimas y, por lo tanto, más peligrosas. El cuchillo, la estera donde dormía y la protección del pene han de enterrarse en el campo. Su arco ha de ser circuncidado por un bufón y colgado detrás de la casa donde se guardan los cráneos de los hombres muertos. Solo los «hermanos de circuncisión» de un hombre, los que fueron circuncidados con él, pueden participar en esta operación. Toda la actuación se ejecuta con el festivo buen humor que caracteriza los acontecimientos reservados a los hombres. Las mujeres han de encerrarse en sus chozas en cuanto se dejan oír las flautas especiales de la ceremonia.

 

El ritual consiste en que los hombres «hermanos» correteen desnudos, cubriéndose únicamente el pene y termina con una pequeña representación que pueden presenciar todos los varones. Se escenifica el origen de la circuncisión en el apaleamiento de una mujer fulani hasta matarla. Uno de los hombres la encarna, vieja, decrépita, excesivamente avinagrada y timorata. Va vestida con las voluminosas hojas que usan las ancianas y se agacha con frecuencia de modo que sus genitales quedan al descubierto. Esto les gusta muchísimo a los hombres presentes y produce grandes risotadas. El clímax es la encerrona de la mujer por parte de un grupo de hombres que la acechan armados con palos. Ella pasa varias veces entre los hombres anadeando temblorosa y arrastrando una larga cola de hojas. Finalmente, se abalanzan sobre ella y le cortan la cola con los palos. Todo esto debe ocurrir bajo un árbol denominado «espino fulani».

 

A veces no hay ningún espino fulani adecuado y un actor humano ha de hacer las veces de árbol. Y fue a mí a quien se asignó tal papel. Qué poco se imaginaban los dowayo que yo contaba con una extensa experiencia previa en la encarnación de un árbol que podía serme de utilidad en aquella ocasión. El agitar de brazos fue muy bien acogido. Las opiniones sobre mi versión del crujir de las hojas estuvieron más divididas. No obstante, dentro del general buen humor del rito, mi actuación fue



 

 

 

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aceptada como una innovación positiva. Tal vez el hecho de que al actor que hace de árbol solo se le permita ir vestido con la protección del pene y deba llevar varias ramas del desagradable árbol espinoso como concesión al naturalismo sea el motivo de que no se trate de un papel popular.

 

Luego todos los hombres se sentaron a fumar y tomar cerveza caliente. Hubo cierta discusión sobre quién debía escupir a las viudas del fallecido, dejándolas así libres para volver a casarse. Matthieu y yo estábamos ocupados haciendo el equipaje cuando apareció un hechicero con un manojo de hojas aromáticas. Yo había estado en contacto con la muerte y no debía olvidarme de lavarme las manos con aquellas hojas. También debía participar en el acto de escupir a las viudas para demostrar que no guardaba rencor alguno al hombre cuyas ceremonias habíamos realizado. Todo parecía la mar de normal. Después nos quitamos las protecciones del pene, a imagen de los graduados que se desprenden de las togas, paso previo para relajarse después de la sesión semanal con su tutor. Aquella noche se bebería y se contarían historias de bailes. Matthieu y yo nos encaminamos a la misión, que era la parada intermedia en el recorrido de regreso a una normalidad distinta. Nadie parecía especialmente interesado en nuestra partida. No hubo lágrimas ni despedidas complejas. Zuuldibo trató de sacar el tema pendiente de su sombrilla y dejé algo de dinero para pagar la techumbre nueva de mi choza. ¿Cuándo regresaría? Solo Dios lo sabía.

 

Parece que una regla sensata es la que establece que cuando la cultura ajena que estás estudiando empieza a parecer normal, es hora de volver a casa.

Tal vez era lógico que, dada mi posición intermedia del momento, terminara sustituyendo al maestro local, enseñando inglés mientras él se recuperaba de una de las vagas fiebres intermitentes que afectan a todo el mundo por allí. En Occidente, de vez en cuando uno está hecho polvo por culpa de la fiebre, el dolor de cabeza y una sensación general de mortalidad. Nosotros lo llamamos «gripe», nos tomamos dos aspirinas, nos acostamos y esperamos recuperarnos en un par de días. En África occidental, los mismos síntomas se achacan a una «pequeña malaria». El tratamiento y el pronóstico son muy parecidos, y no se buscan otras causas ni efectos.

Como en otras diversas instituciones de enseñanza, muchos alumnos habían adoptado identidades falsas. Las reglas sobre cuántas veces puede



 

 

 

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un alumno realizar el mismo examen se eluden adoptando la identidad de un hermano o hermana menor. Algunos de los supuestos adolescentes tenían canas. Un número desconcertante de escolares se llamaba igual. Y los gemelos intensificaban el problema. Tras buscar el término gemelos en un diccionario francés/inglés habían descubierto que eran «prismáticos», y se referían a sí mismos con esta denominación. «Esta es mi hermana Naomi, patrón. Somos prismáticos».

 

Les enseñé los rudimentos de la lengua inglesa con un libro que trataba extensamente de fenómenos tales como las carreras de Ascot, la noche de las hogueras y el siempre incomprensible budín de Yorkshire. Este lo asimilaban al budín chaud-froid. En un espléndido derrumbamiento medieval de microcosmos y macrocosmos, una de mis alumnas declaró: «La sangre da veinticuatro vueltas al cuerpo en un día». Sin embargo, otra me escribió una redacción que contenía esta sorprendente información: «A la gente le duele la cabeza cuando le da mucho el sol porque produce demasiado oxígeno».

A Matthieu se le ocurrió que también él debería aprender inglés. El impulso pedagógico se apaga difícilmente incluso en aquel que ha pasado varios años dando clases en la universidad. Adquirí un libro de frases usuales algo anticuado y se lo regalé a Matthieu, que no tenía otra cosa que hacer. Desde aquel día, retorcía su rostro en una expresión de intensa concentración y me saludaba diciendo: «Bonjour, patrón. ¿Está de buena alegría?».

Al cabo de unos días regresó el maestro, con lo cual sus alumnos debieron de sentirse considerablemente aliviados. Yo quedé libre para marcharme, y me encaminé con el corazón en un puño la ciudad de Duala.

En mi ausencia, la población no había embellecido.

 

La indolencia triunfaba sobre la iniciativa y yo acabé dirigiéndome al mismo hotel donde había estado antes, no sin abrigar cierta esperanza de encontrarme a Humphrey.

Entre tanto, el agresivo maître d’hôtel había medrado y prosperado. Su rostro fino y orondo brillaba de orgullo. Con alivio temeroso, observé que no se acordaba de que yo era el aliado de Humphrey. Parecía dominar completamente el hotel con su gobierno autocrático. El director, un francés escurridizo, se agazapaba en su despacho mientras el maître d’hôtel cruzaba el vestíbulo con paso firme. Mediante hábiles maniobras, había colocado a parientes en puestos estratégicos del personal. Ninguno de ellos



 

 

 

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hablaba ningún idioma de uso extendido, como consecuencia de lo cual los huéspedes no podían hacerse entender. Solo el maître d’hôtel podía darles órdenes. Esto alcanzaba a los camareros del bar. Los turistas americanos pedían cosas largas y complicadas, intrincados cócteles compuestos de licores raros; los camareros se inclinaban cortésmente y sonreían. Al cabo de un período considerable regresaban con una variedad aleatoria de zumos de naranja y cervezas, que servían sin hacer caso de las quejas. Era norma de la casa que cada cliente tuviera una bebida. Pero este nuevo orden no había pasado desapercibido. Un grupo de franceses aburridos y cansados se lo habían apropiado como fuente de diversión y hacían apuestas sobre la proporción de zumos de naranja y cervezas que se servirían en la siguiente ronda.

 

No había ni rastro de Humphrey. Aquella noche busqué el restaurante vietnamita en vano, recorriendo la ciudad a lo largo y a lo ancho. En un bar de estridente neón, un turista se hallaba sentado ante un hombre que reconocí, pese a sus gafas de espejo, como Precoz. El turista contaba con voz áspera una aventura acaecida en su hotel:

 

—De modo que llamaron a la puerta a la una de la madrugada. Menudo susto me llevé. Y a voz en grito alguien me preguntó: «¡Eh! ¿Tienes a una mujer ahí dentro?». Yo le grité que no. Entonces oí un golpe, se abrió la puerta y ese alguien metió una mujer. —Se contorsionaba de risa. Precoz estaba impasible. No le veía la gracia. El hombre trató de explicársela: —¿No te das cuenta de que, cuando me preguntó si tenía una mujer, pensé…?

A Precoz se le iluminó el rostro.

 

—¿Mujeres? ¿Quieres mujeres?

 

—No, solo te estaba contando lo que me pasó.

 

—Te voy a llevar donde hay buenas mujeres.

 

Los dejé y regresé penosamente al hotel.

 

Al día siguiente, el trayecto hasta el aeropuerto duró horas. El presidente estaba haciendo una visita a la ciudad, lo cual quería decir que se habían precintado barrios enteros. Muchas carreteras estaban cerradas. Yo me acurruqué incómodo en el asiento de atrás del taxi, con un gran cántaro en el regazo como un paleto, aguardando el inevitable intento de meter más pasajeros. El taxista dio exóticos rodeos para evitar las barreras. Daba la impresión de que a veces tenía que pasar por en medio de jardines particulares. Nos detuvimos en un cruce obedeciendo la grave orden de un



 

 

 

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policía: «Deténganse. Ahí viene Monsieur le président». Un expectante susurro se adueñó de la multitud. Policías y soldados se desabrocharon las pistoleras. Yo me asomé por la ventanilla. Durante un segundo, todo permaneció inmóvil. Luego, con infinita lentitud, un anciano sorprendido volvió la esquina montado en una bicicleta oxidada. Intimidado por la atención de tanta gente, por tantas bocas abiertas, se inclinó sobre el manillar y se puso a pedalear con furia. Varios policías corpulentos se abalanzaron sobre él y lo apartaron de allí vitoreados por la multitud. El sargento que teníamos delante observó mi sonrisa. «¡No se ría! —gritó—. ¡Se está burlando del presidente!». El conductor me miró nervioso y salió de allí a toda velocidad. Al parecer era un reflejo que había adquirido después de muchos años de tratar con la ley.

 

Por fin el taxista me descargó sin más incidentes en el aeropuerto y se embolsó alegremente mi generosa propina. Agarrado furtivamente a mi cántaro, me escondí en un rincón hasta que abrieron el mostrador de reservas, con la esperanza de pasar desapercibido. Aquello, no obstante, era Duala. Tenía las mismas posibilidades de conseguirlo que alguien que no sepa nadar en una piscina llena de tiburones. Un hombrecillo de aspecto astuto reparó en mí y me observó estimativamente; sin duda, sus penetrantes ojos no dejaron de percibir el sudor de mi frente ni la fuerza con que me aferraba al cántaro. «¿El vuelo de París?», me preguntó. Asentí con la cabeza. Él ejecutó una de esas bruscas inspiraciones que gozan del favor de los mecánicos de coches cuando inspeccionan los daños. Al parecer, había muchas reservas para ese vuelo. Efectivamente, todos los asientos habían sido asignados varias veces. No obstante, por fortuna, él tenía un amigo que trabajaba en el mostrador de reservas. Por diez mil francos podía asegurarme un asiento en el vuelo. Ofendido, lo mandé a hacer gárgaras. No era la primera vez que pasaba por aquello. Ya estaba escarmentado. Se encogió de hombros y se alejó. Luego vi a un preocupado alemán entregándole billetes.

 

A medida que iba llegando gente, y más personas le iban entregando dinero, mi confianza empezó a flaquear. Calculé cuánto me costaría pasar otra noche en Duala. Quizá en aquel momento toda la policía de Duala me estaba ya buscando por burlarme del presidente. Me encontrarían fácilmente. Un blanco con los dientes verdes y un cántaro. Quizá debía abandonar el cántaro y cerrar la boca. La paranoia se apoderó de mí. Al cabo de otra media hora, estaba dispuesto a cerrar el trato. Busqué al



 

 

 

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influyente personaje. Regateamos amargamente. Yo declaré que solo tenía dos mil francos. Le ofrecí el cántaro. Finalmente nos pusimos de acuerdo y se acercó tímidamente al del mostrador. Intercambiaron abundantes susurros y sacudidas de cabeza. Sus manos se encontraron brevemente bajo el mostrador. Mi billete fue sellado. ¡Lo había conseguido! Miré a todos los que hacían cola inocentemente ignorantes de que jamás verían el interior del avión. Sentía lástima por ellos mientras cargaba con el cántaro ante la ventanilla de inmigración.

 

El avión estaba, sencillamente, vacío. Los demás pasajeros se embarcaron en un chárter. Los seis o siete que compartimos el aparato hasta la primera parada casi nos perdíamos dentro. Incluso había un asiento vacío para el cántaro que me seguía como un albatros. Me resultó de cierto consuelo saber que no había sido el único estafado, dos de mis compañeros de viaje admitieron al menos la misma cantidad de credulidad que yo.

El único paliativo me lo proporcionaba otro todavía más crédulo. Había comprado en un bar lo que evidentemente era un colgante tipo Precoz después de que le aseguraran que tenía ocho mil años. El astuto vendedor advirtió al viajero de que su pieza era tan inusual, tan valiosa, de tal importancia cultural para la nación camerunesa, que no podía exportarse legalmente. No obstante, por fortuna, él tenía un amigo en el servicio de aduanas del aeropuerto. Por otra pequeña suma, podía arreglar que le permitieran subirlo al avión.

El tedio producido por el aire acondicionado del avión creaba una buena situación para redactar un borrador del informe que debía presentar a la junta de investigación. Rebusqué el impreso apropiado en mi bolsa y lo encontré debajo de la póliza de seguros que me prohibía volar en ala delta y usar herramientas de carpintería eléctricas durante mi visita a los dowayo.

Escribir un informe es tarea peligrosa. Una vez escrito se convierte en trabajo de campo per se y adquiere vida propia. Se hace imposible pensar en lo que uno ha hecho de ninguna otra manera. La experiencia está empaquetada y sellada. Seguramente, no debía decir que no se celebró la circuncisión. Resultaba difícil creer que nadie se fuera a dar cuenta. Podía simplemente extenderme sobre las cosas que sí había hecho. Un bonito resumen de mi trabajo con los curanderos dowayo daría a entender que aquello era lo que me había propuesto hacer. Normalmente, los



 

 

 

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organismos de investigación suponen que el mundo se mueve en línea recta, de conformidad con el programa establecido por el investigador. El etnógrafo es omnisciente y de una competencia infalible, una máquina investigadora bien engrasada. Sin embargo, los antropólogos saben que las propuestas de investigación son obras de ficción. Casi todas se reducen a una sencilla petición: «Creo que tal cosa podría ser interesante. ¿Podría darme dinero para ir a comprobarlo?».

 

El hecho de que tantos regresen a partes del mundo bastante incómodas y a veces peligrosas es una elocuente prueba no solo de la brevedad de la memoria humana sino también de la debilidad del sentido común ante la pura curiosidad.

Volví a guardar el impreso y me puse a esperar que me llegara la inspiración.

Un viaje que termina inicia siempre una sensación de tristeza ante el transcurso del tiempo y la ruptura de relaciones. Con esta se combina una sensación muy básica de alivio por regresar, relativamente indemne, a un mundo seguro y predecible, donde las plagas de orugas negras y peludas no trastornan las previsiones cósmicas. También da paso a nuevos modos de vernos a nosotros mismos, que es quizá la razón por la cual la antropología es, en última instancia, una disciplina egoísta.

Los viejos vínculos coloniales hacen que la mayoría de los vuelos cameruneses pasen por París. Allí me detuve, pues, unas pocas horas para cambiar de avión y deposité agradecido mi cántaro en la consigna de equipajes.

Para constatar el contraste con las ardientes delicias de Duala, me senté en la terraza de un café sumamente chic próximo a la Ópera de París, y me dediqué a pasar al tiempo contemplando a los transeúntes. Al poco apareció un vagabundo harapiento que se puso a estudiar a la clientela, de manera muy parecida a como el estafador del aeropuerto estudiaba a los viajeros. Además, el hecho de que los dos hombres fueran negros intensificaba el parecido. Se volvió hacia la gente sentada en el café, se dio un golpecito en la nariz con el gesto francés convencional que indica conspiración y de debajo de la chaqueta sacó una gran rata de plástico.

 

Cada vez que pasaba una dama de elegancia particularmente glacial, y en aquel lugar eran legión, agitaba la rata cogiéndola de la cola de modo que parecía que estaba viva y que iba a saltar al seno de la víctima. Los resultados eran sumamente divertidos. Algunas gritaban, otras echaban a correr, otras le daban con el bolso en la cabeza.

 

Después de aproximadamente una docena de asaltos, pasó el sombrero por las mesas y recogió una bonita suma de dinero. La etiqueta indicaba que estaba hecho en Camerún. Para un dowayo, aquello hubiera sido un fuerte augurio de algo. A mí al menos, me sirvió como llamada del deber. Saqué el impreso del informe que tenía que mandar a la junta de investigación, inspiré profundamente y empecé a escribir: «Debido a una extraordinaria plaga de orugas negras y peludas…».

 



FIN

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