© Libro N° 14592. Una Plaga De Orugas. Barley, Nigel. Emancipación. Diciembre 13 de 2025
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UNA PLAGA DE ORUGAS
Nigel Barley
Una Plaga De
Orugas
Nigel Barley
Tras el desopilante
relato de su «trabajo de campo» con la tribu de los dowayo, en Camerún, el
autor de El antropólogo inocente nos cuenta su regreso a
tierras africanas. En el primer viaje no había conseguido asistir la ceremonia
de la circuncisión de los jóvenes dowayo, un rito de paso fundamental para la
cultura de esta tribu, y que solo se celebra cada seis o siete años, y ahora
vuelve para presenciar —y estudiar— la ceremonia. Armado con pasteles de
Navidad y un muy inglés queso Cheddar, Barley —afortunadamente para el lector—
se encontró desde el primer momento con dificultades inesperadas. Por ejemplo,
le resultaba imposible reconocer a ninguno de los dowayo con quienes había
convivido durante el primer viaje. Claro, por aquel entonces los distinguía por
el color de la camisa —los dowayo llevaban siempre la misma hasta que se
deshacía en jirones—, y ahora, años después, todos tenían camisas nuevas. Pero,
después de todo, ¿quién ha dicho que un antropólogo deba ser un buen
fisonomista? Después, mientras esperaba en la aldea que le confirmaran la tan
anhelada fecha de la circuncisión, llegaron a sus oídos rumores sobre otra
ignota tribu, los ninga, cuyos hombres, al parecer, practicaban otra mutilación
ritual, esta vez de los pezones. Y hacia allí partió Barley para verificar tan
nebulosa información. Y con esta irreverente, iconoclasta crónica de sus
peripecias antropológicas, el autor nos confirma que es un agudísimo e
inteligente observador de diferentes realidades y culturas, y uno de los
escritores más regocijantes que nos ha deparado la literatura inglesa en los
últimos años.
Nigel Barley
Una plaga de orugas
El antropólogo
inocente regresa a la aldea africana
ePub r1.0
Titivillus 15.09.2025
Título
original: A Plague of Caterpillars: A Return to the African Bush Nigel
Barley, 1986
Traducción: María
José Rodellar
Editor digital:
Titivillus
ePub base r2.1
1. SEGUNDA VISITA A
DUALA
Así que es la
primera vez que viene a nuestro país.
El funcionario de
inmigración camerunés me dedicó una mirada de desconfianza y hojeó con desgana
mi pasaporte. Unas manchas de transpiración que dibujaban el perfil de África
se extendían por su camisa bajo las axilas, pues en Duala estábamos en plena canícula.
Cada dedo dejaba una mancha pardusca de sudor en las páginas.
Exacto.
Había aprendido a
no contrariar nunca a ningún funcionario africano. Al final siempre se tardaba
más y se invertía más esfuerzo que si se actuaba con simple aquiescencia
pasiva. Este recurso me lo había enseñado un viejo colono francés, quien lo
definía como «adaptar la realidad a la burocracia».
Lo cierto era que
no se trataba de la primera visita, sino de la segunda. Con anterioridad había
pasado aproximadamente un año y medio en una aldea de montaña del norte
estudiando a una tribu de paganos como antropólogo residente. No obstante,
puesto que los emprendedores golfantes de Roma me habían robado la
documentación, no existían pruebas incriminatorias en forma de visados antiguos
que me delataran, de modo que me felicité por la dulce desinformación que
ofrecía mi flamante pasaporte. Las cosas se presentaban fáciles. De haber
confesado mi visita anterior, inmediatamente se me hubiera exigido que me
lanzara a una orgía de burocracia, proporcionando fechas de entrada y salida,
número de visados anteriores, etcétera. Lo absurdo de esperar que un pobre viajero
recuerde todos esos detalles no servía de defensa.
—Espere aquí.
Me señaló
perentoriamente un rincón y se llevó mi pasaporte, que desapareció detrás de un
biombo. Al cabo de unos instantes, por encima de este asomó un rostro que me
escrutó. Oí murmullo de páginas e imaginé que estarían buscándome en aquellos
gruesos volúmenes de personas proscritas que había visto en la embajada
camerunesa de Londres.
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El funcionario regresó y emprendió una minuciosa inspección de los
documentos de un libio de aspecto profundamente furtivo. Ese caballero afirmaba
ser «empresario general» y poseía una cantidad de equipaje poco plausible. Con
pasmosa desvergüenza, alegó comerciales que beneficiaran al pueblo camerunés.
Para enorme sorpresa mía, le indicaron que pasara sin otra formalidad. Tras él
siguieron una sarta de personas descaradamente pomposas, una ridícula colección
de ladrones, vagabundos y traficantes de arte, todos haciéndose pasar por
turistas. Y todos fueron aceptados por su valor nominal. Luego estaba yo.
El funcionario se
puso a revolver los papeles con toda tranquilidad. No tenía intenciones de
apresurarse, Tras establecer a su satisfacción su predominio en nuestra
relación, me concedió una mirada cargada de desdeñosa astucia y dijo:
—Usted, monsieur,
tendrá que pasar a ver al inspector jefe.
Me condujo a través
de una puerta y a lo largo de un pasillo que evidentemente no estaba destinado
al público, y me indicó que tomara asiento en una habitación vacía, desprovista
de toda comodidad. El linóleo estaba desgastado y manchado con un millar de
pecados. Hacía un calor sofocante.
En el banco de la
moral todos estamos en descubierto. La menor objeción por parte de la autoridad
destapa profundos pozos de culpa. En el caso que nos ocupa, mi posición era más
que dudosa. En mi primera visita a los dowayo, mi tribu de las montañas, me había
enterado de que la ceremonia de la circuncisión ocupa una posición central en
su cultura. Pero, como solo se celebra cada seis o siete años, no había podido
presenciarla. Había anotado descripciones y fotografiado partes de la ceremonia
que se reproducen en otras fiestas, pero no conocía la verdadera. Mis contactos
locales me habían advertido hacía un mes que la celebración era inminente.
¿Quién sabía cuándo volvería a tener lugar la ceremonia, si es que sucedía
alguna vez? Era una oportunidad inusual que no podía desaprovechar. Sabía por
mi experiencia anterior que no había posibilidades de obtener a tiempo el
permiso para el trabajo de campo: por tanto, entraba en el país como simple
turista. Para mí, en esto no había falta de honradez inherente; simplemente me
dedicaría a hacer lo que hacían todos los turistas, sacar fotos alegremente
para el álbum de recuerdos. Parecía ilógico que a mí, como antropólogo, no se
me permitiera hacer lo que podía hacer un contable de vacaciones.
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Pero ahora era evidente que lo habían averiguado. ¿Cómo? Me resultaba
increíble que alguien leyera todos los papeles que había cumplimentado en la
embajada y el aeropuerto. Me consolé pensando que, puesto que todavía me
encontraba a 1600 kilómetros de la tierra de los dowayo, no podía haber
cometido más que una falta leve.
La sala de espera
del inspector jefe no es la mejor de las residencias. Causaría desesperación
hasta a la más jubilosa de las disposiciones. El largo retraso alimentó de
nuevo mi paranoia. Empecé a temer por mi equipaje. (Tuve una visión de
sonrientes aduaneros metiendo mano y repartiéndose mi guardarropa. «Mira, estas
maletas no son de nadie; podemos quedárnoslas»).
Finalmente, me
acompañaron a un despacho espartano. Sentado tras la mesa había un hombre de
aspecto pulcro y vivaracho, con un bigote militar y modales a juego. Estaba
fumando un largo cigarrillo cuyo humo ascendía describiendo espirales hacia un
bamboleante ventilador de techo colocado lo suficientemente bajo como para
decapitar a cualquier atrevido nórdico que entrara. Yo no sabía si adoptar una
actitud de inocencia ultrajada o de camaradería francesa. Puesto que desconocía
qué pruebas tenían contra mí, pensé que la más indicada sería la de inglés
bobalicón. Los ingleses tienen la fortuna de que la mayoría de la gente espera
que sean un poco extraños y bastantes inútiles en cuestiones de documentación.
El funcionario
pulcro y vivaracho agitó mi pasaporte, que ya estaba glauco de ceniza de
cigarrillo, y declaró:
Monsíeur, se trata del
problema de Sudáfrica.
Aquello me cogió
verdaderamente desprevenido. ¿Qué había ocurrido? ¿Me iban a expulsar como
revancha por las prácticas fraternales de algún equipo inglés de críquet? ¿Me
tomaban por espía?
—Pero yo no tengo
ninguna relación con Sudáfrica. Nunca la he visitado y ni siquiera tengo
parientes allí.
Suspiró.
—No permitimos la
entrada al país a personas que hayan apoyado a la pandilla de fascistas y
racistas que aterroriza a esa tierra, oponiéndose a las justas aspiraciones de
los pueblos oprimidos.
Pero…
Alzó una mano:
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Déjeme terminar. Para evitar que sepamos quién ha entrado y quién no ha
entrado en ese desafortunado país, muchos regímenes están lo suficientemente
mal dirigidos como para extender a los ciudadanos que han estado en Sudáfrica
pasaportes nuevos a fin de que no haya visados incriminatorios en sus
documentos. Usted, monsieur, tiene un pasaporte recién estrenado
aun cuando el anterior seguía vigente. Para mí es obvio que ha estado usted en
Sudáfrica.
Una lagartija cruzó
precipitadamente la pared y me clavó una mirada acusadora con su ojillo saltón.
Pero no es cierto.
—¿Puede
demostrarlo?
—Claro que no puedo
demostrarlo.
Le dimos vueltas al
problema lógico de demostrar una premisa negativa hasta que, de forma bastante
repentina, el inspector se cansó de nuestra tosca filosofía. Llevado de un
genuino alarde burocrático, propuso un acuerdo intermedio. Yo había de declarar
verbalmente mi disposición a hacer una declaración escrita en el sentido de que
no había estado nunca en Sudáfrica. Con ello bastaría. La lagartija inclinó la
cabeza en señal de entusiasta aquiescencia.
Fuera, mi equipaje
se amontonaba abandonado y despreciado. Al agacharme para llevarlo al mostrador
de la aduana, un hombre de enorme contorno me agarró el brazo.
—Psst, patrón
—susurró—, ¿va a ir a la capital mañana?
Asentí con la
cabeza.
—Cuando facture el
equipaje, o cuando regrese, pregunte por mí, Jacquo. Sin límite de peso. No
tiene más que invitarme a una cerveza.
Y desapareció.
El funcionario de
aduanas se mostró irritado por que me hubiera entretenido tanto con los demás
funcionarios. Llevado del despecho, se negó a prestar la menor atención a mi
equipaje y me hizo señas indicándome que prosiguiera hasta donde, ya sabía yo,
acechaban los taxistas.
En algún lugar de
África debe de haber taxistas simpáticos, pacíficos, bien informados, honrados
y corteses. Por desgracia, yo no he dado con ese lugar. El recién llegado puede
esperar, con razonable probabilidad, que le roben, engañen y maltraten. En una
visita anterior a Duala, antes de que conociera la geografía de la población,
tomé un taxi para ir a un lugar que
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estaba a menos de ochocientos metros. El conductor hizo como que me
encontraba a por lo menos quince kilómetros, me cobró una carrera astronómica y
me hizo dar vueltas y más vueltas hasta que perdí el sentido de la orientación,
aprovechando el viaje para repartir periódicos por los barrios periféricos.
Hasta que no emprendí el camino de regreso no vislumbré la inconfundible
silueta de mi hotel a menos de diez minutos de distancia a pie. Tomar un taxi
en África es casi siempre una ardua tarea. Con frecuencia, es mucho más fácil
ir andando.
Inspiré
profundamente y me lancé. De inmediato me agarraron dos taxistas que pretendían
arrebatarme el equipaje. En el África occidental, el equipaje suele tratarse
como un rehén por el que hay. que pagar un alto rescate.
Por aquí, patrón,
mi taxi espera. ¿Adónde va? Lo sujeté con firmeza. Al olerse que podía haber
una escena interesante, los transeúntes se volvieron a mirar. Yo era el último
pasajero en varias horas, un botín que no podía dejarse pasar a la ligera.
Siguió un forcejeo indecoroso: yo era como un hueso entre dos perros.
—¡Dígales a los dos
que se larguen! gritó un espectador servicial.
A sabiendas de que
ello los uniría a los dos contra mí, me dirigí a un tercer taxista. Al instante
los dos primeros empezaron a reprenderlo con vehemencia. Aprovechando su
distracción, me encaminé obstinadamente hacia la puerta, donde acechaba un
cuarto taxista.
¿Adónde va?
Le di el nombre del
hotel.
Bien. Le llevo.
—Antes acordemos el
precio.
—Usted me da el
equipaje, luego hablamos.
—Primero hablamos.
—Solo cobro cinco
mil francos.
—El precio son mil
doscientos.
Se quedó perplejo.
—¿No es la primera
vez que viene? Tres mil.
—Mil trescientos.
Retrocedió en una
pantomima de asombro.
—¿Quiere que me
muera de hambre? ¿Es que no soy humano? Dos mil.
—Mil trescientos. Y
ya es demasiado.
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A sus ojos
afloraron lágrimas de sinceridad. Evidentemente, habíamos alcanzado un punto
del que no se movería durante un tiempo. Sentí que la fuerza y la determinación
me abandonaban. Acordamos mil ochocientos. Como de costumbre, era demasiado.
El taxi disponía de
todas las comodidades: una radio que emitía constantemente una música
ensordecedora, un dispositivo que simulaba el canto de unos canarios cada vez
que frenaba y una gama de amuletos que servían para todas las formas conocidas
de fe y desesperación. Las manivelas para subir y bajar los cristales de las
ventanillas habían sido extraídas. Parecía que no había embrague y los cambios
de marcha iban acompañados de un estrepitoso chirrido. La conducción, como era
habitual, consistía en una serie de aceleraciones bruscas y paradas de
emergencia.
En África
occidental existe la necesidad de poner a prueba todas las relaciones hasta la
destrucción, un impulso irresistible de comprobar exactamente hasta dónde se
puede llegar. Tal vez había sido demasiado duro en la negociación del precio.
Vi entonces que los Ojos del taxista se clavaban en una mujer enorme que lo
llamaba haciendo gestos desde el borde de la carretera. El conductor pisó
vigorosamente el freno. Se produjo una breve discusión y trató de que la
voluminosa mujer, que portaba además una enorme palangana de esmalte llena de
lechugas, subiera también al taxi. Protesté. La corpulenta dama empujaba con
palangana y muslos. Empezó a caerme agua fría por la pierna.
—Va casi por el
mismo camino. No le voy a cobrar más.
El taxista parecía
ofendido. La mujer trató de venderme una lechuga. Discutimos blandiendo los
puños. La mujer hizo ademán de pegarme. Yo amenacé con apearme sin pagar.
Gritamos, vociferamos. Finalmente, la mujer se retiró y continuamos la marcha
sin ningún tipo de rencor ni hostilidad, el taxista incluso iba canturreando.
Unas horas antes
había llegado fresco, relajado y gordo, después de seis meses de convalecencia
en Inglaterra; ahora ya estaba demacrado, fatigado y deprimido, y ni siquiera
había llegado todavía al hotel.
Llegamos. El
taxista se volvió sonriente.
Dos mil.
—Habíamos quedado
en mil ochocientos.
Pero ahora ya ha
visto lo lejos que está. Dos mil.
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Revivimos todos los rituales del desacuerdo. Al final, saqué mil
ochocientos francos y los lancé contra el techo.
—O coge esto o nada
y llamo a la policía.
Sonrió dulcemente y
se guardó el dinero.
Pronto me encontré
instalado en una diminuta habitación sofocante de suelo recubierto de fresco
linóleo. El aire acondicionado emitía un estruendo aterrador, pero no producía
ni una brizna de aire frío. Con dificultad, logré conciliar un sueño intermitente.
Llamaron a la
puerta. Al otro lado había una figura corpulenta de rostro rubicundo ataviada
con unos pantalones cortos de corte imperial. Se presentó simplemente como
Humphrey, de la habitación contigua, y habló en un tono de inconfundible
carácter británico. Adoptó una actitud que no era exactamente de fastidio, sino
más bien el aire de alguien profundamente ofendido.
—Es su aire
acondicionado —explicó—. Hace tanto ruido que no puedo dormir si está
encendido. El último ocupante era razonable y lo tenía apagado de noche. Muy
razonable, sobre todo para ser holandés.
—Bueno, lamento
mucho que lo incomode, pero si está apagado no puedo dormir. Las ventanas no se
abren. Me asaría vivo. ¿Por qué no se queja al director?
Me dedicó una
mirada de conmiseración.
—Naturalmente, ya
lo he intentado. No sirvió de nada. Fingió no hablar inglés. Venga a mi
habitación; tomaremos una copa y hablaremos.
Al cabo de varias
copas, se creó entre nosotros ese brote de amistad exuberante y breve
experimentado por los compatriotas en el extranjero. Me contó su vida. Al
parecer, en aquel momento participaba en no sé qué proyecto de asistencia del
interior, un plan para producir zumo de fruta enlatado para la exportación.
Anteriormente,
Taiwán había financiado el proyecto, pero lo abandonaron cuando Camerún
reconoció a la China comunista. Humphrey se pasaba la mayor parte del tiempo
tratando de encontrar piezas de recambio compatibles con los tractores
taiwaneses que le había legado la administración precedente.
Le conté a Humphrey
lo que me había pasado en el aeropuerto, y le pareció bastante suave.
Laboriosamente, explicó que el individuo del mostrador de facturación no quería
una cerveza, sino un soborno de mil francos. Le agradecí la información, pero
no era la primera vez que iba al
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Camerún, Humphrey propuso cenar y abrió la marcha hacia el restaurante
del hotel, que estaba forrado de plástico rojo e iluminado mediante bombillas
desnudas, lo cual le confería cierto aire de hotel checoslovaco de lujo de los
años cincuenta. Las lagartijas se deslizaban en todas direcciones entre las
bombillas.
El voluminoso y
resplandeciente jefe de camareros se nos acercó y señaló las rodillas
descubiertas de Humphrey.
—¡Vaya a cambiarse!
—gritó.
Nos detuvimos y nos
miramos. Humphrey se enfureció. Me di cuenta de que estaba verdaderamente
colérico. Con toda calma, dijo:
—No. Acabo de
llegar del campo y me están lavando la ropa. No tengo otra cosa.
El camarero jefe no
se alteró.
—Si no va a
cambiarse no cena.
Éramos como dos
niños pequeños ante la institutriz.
Humphrey giró sobre
sus talones y salió de la habitación a grandes zancadas y con la dignidad de
una duquesa. Me vi obligado a seguirlo, pálido reflejo de su enojo.
En un impulso de
fraternal solidaridad, me confesó que conocía un lugar mejor, no sin antes
mirarme de arriba abajo como si me estuviera evaluando.
—No se lo digas a
nadie.
Traté de mostrarme
honrado.
Abrió la marcha por
la puerta principal hacia donde esperaban los taxis y las damas de la noche.
Las visiones que las diferentes culturas tienen una de otra son siempre
interesantes. Un indicio claro es lo que intentan venderse mutuamente. Con la
confianza con que esperamos que los americanos se mueran de ganas de tomar el
té en una casa señorial, los africanos occidentales suponen que todos los
europeos queremos comprar tallas y sexo. Parecía que la expresión facial de
moda en ese momento entre las damas de las ciudades de África occidental era de
voluptuosa agresividad. Estas chicas, cuya constitución era propia de jugadores
de baloncesto, se la habían tomado a pecho, y caminaban lerdamente haciendo
exageradas muecas y movimientos con la cabeza.
—Hoy no, gracias
—dijo Humphrey con firmeza.
Su técnica para
coger taxis era ciertamente superior a la mía. Las negociaciones fueron
enérgicas e inflexibles. Embarcamos. Varias damas
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trataron de montar con nosotros. Humphrey las rechazó con mano paternal.
Siguió un largo
recorrido por caminos de tierra bordeados de selva. Humphrey daba frecuentes
indicaciones. Atravesamos y volvimos a atravesar líneas férreas que
centelleaban perversas a la luz de la luna. Extraños olores a tierra fértil,
excrementos humanos y ciénagas nos envolvían: Por fin salimos a una superficie
asfaltada próxima a los muelles donde barcos desiertos se alzaban desde el agua
grasienta.
Llegamos a una
plaza cerrada en tres de sus lados por edificios de estilo imperial francés que
debían de haber empezado a desmoronarse incluso antes de estar terminados. El
estuco se desconchaba y las enredaderas habían invadido el pesado calado de
cemento de los balcones. Confiadamente, Humphrey me condujo al cuarto lado de
la plaza, donde las plantas selváticas y los recolectores urbanos de leña
libraban una batalla cuyo resultado era una maraña de tallos.
—Ya hemos llegado
dijo Humphrey inspirando profundamente.
La memoria suele
hacernos la jugarreta de intensificar y simplificar. Tal vez yo solo lo veía a
través de los ojos de Humphrey, pero lo recuerdo claramente como el único
edificio recién pintado de la ciudad, resplandeciente a la luz de la luna, una
joya de plata en un mar verde de vegetación. Era un restaurante vietnamita.
Evidentemente,
conocían bien a Humphrey. La jefa de comedor, una dama oriental de belleza de
porcelana, lo saludó con una delicada sonrisa y una inclinación. El
propietario, su esposo, era un expatriado francés que había pasado muchos años
en Indochina. Unos niños de color miel, que sonreían en hilera por orden
descendente de edad, se acercaron a Humphrey, le dedicaron una reverencia y lo
besaron, refiriéndose a él como «Tonton Umfréi». Humphrey se puso un poco
sentimental. Me pareció verle secarse una lágrima viril. El patrón se sentó con
nosotros y se sirvió cassis y vino blanco entre mutuos recuerdos y comentarios
de las novedades familiares. Descubrí que Humphrey tenía una esposa en el norte
de Inglaterra, así como algo a lo que se aludió como una «relación estable» en
la capital.
Durante la hora
siguiente, consumimos una comida delicada y sutil, de sabores y texturas
exquisitamente variados. Como telón de fondo, sonaba una cinta de suave música
oriental, una fina filigrana de flautas y gongs.
Al llegar a la
fruta, Humphrey adoptó un aire confidencial:
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—De vez en cuando siento la necesidad de venir. Pero no lo hago
demasiado a menudo, porque de lo contrario no funcionaría. Me aleja de la total
falta de gracia de África. Lo peor son las mujeres, su forma de andar,
zancajosas y desgarbadas. ¡Mira! —exclamó admirado.
Nuestra anfitriona
se deslizaba elegantemente hacia nuestra mesa portando cuencos de agua de
limón, que depositó ante nosotros en un único y grácil movimiento. Con un
susurro de fino tejido, desapareció.
Hizo falta cierta
dosis de persuasión para que Humphrey regresara a África. Salió malhumorado y
deprimido entre las extrañas enredaderas.
En la plaza, lo
olvidó todo de repente cuando vio, al otro lado, a un joven de llamativa
indumentaria y andares desgarbados.
¡Madre mía! ¡Es
precoz!
La misteriosa frase
quedó aclarada cuando reveló que Precoz era el apodo del joven.
Es un personaje.
Vamos.
Humphrey salió
disparado.
Por muy seguro que
estuviera Humphrey de conocer a Precoz, quedó de manifiesto que Precoz no
conocía a Humphrey. Probablemente todos los blancos eran para él iguales.
Mostró unos dientes blancos y uniformes.
—¿Queréis mujeras?
—inquirió con deprimente inevitabilidad.
—Ni hablar —declaró
Humphrey.
—¿Hierba jamaicana?
Remedó una
inhalación y un profundo éxtasis impropio de este mundo.
Evidentemente, era
un hombre de repertorio limitado.
—Basta ya, Precoz.
Soy yo.
Precoz examinó a
Humphrey con mirada algo turbia, alzando incluso sus gafas de sol de espejo a
la última moda. De su rostro perplejo se infería que todavía no lo había
situado.
—El Peugeot blanco.
—¡Ah!
Se hizo patente que
ya lo había identificado pero distaba mucho de alegrarse. Humphrey, no
obstante, insistiendo en sus buenas relaciones, no se sintió ofendido y nos
condujo a un bar próximo donde contó la historia mientras Precoz adoptaba un
aire mundano y voluptuoso.
A lo largo de su
corta vida, Precoz había sido el juguete de la rueda de la Fortuna, con
numerosos ascensos y descensos meteóricos. En la época en que lo conoció
Humphrey, disfrutaba de la posesión de un Peugeot
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blanco que era toda su felicidad. Nos relató con mucha claridad cómo el
coche había ido a parar a sus manos, sino que la cuestión se trató más bien por
encima. Al parecer, Humphrey y él habían salido a investigar la vida nocturna
de un club especialmente miserable llamado La Ciénaga. Los niños urbanos de
África occidental tienen la encantadora costumbre de «vigilar» los coches de
otros. De hecho, se trata de una estafa en estado embrionario. Por una pequeña
suma, el coche está seguro. Si el propietario no estuviera dispuesto a
desembolsar una propina, podría ser que, cuando regresara, encontrara la
pintura rayada, los neumáticos rajados y las cerraduras rotas.
Al ver a Humphrey y
Precoz bajar de un coche, un niño inocente, en su simpleza, supuso que Humphrey
era el dueño, y Precoz, simplemente el chófer. Le pidió a Humphrey una «pequeña
cantidad» y este se la negó, mostrándose además sumamente firme en la negativa,
algunos dirían que demasiado firme.
Cuando Precoz
regresó a buscar el coche, le habían robado los faros, de lo cual culpó a
Humphrey. Debía comprarle unos faros nuevos. Puesto que ambos se habían dado a
la bebida, la discusión fue larga y, al final, acalorada. Humphrey resultó
abandonado. Precoz trató de llegar a casa en el coche sin faros y chocó.
Salieron a la luz ciertas carencias en la documentación del automóvil, y este
dejó de existir.
Precoz se cansó de
recordar y se volvió esperanzado hacia mí. ¿Acababa de llegar? Ciertamente era
una suerte que hubiera dado con él. Al parecer, era artista y hacía colgantes
de marfil. Se sacó algunos del interior de la chaqueta, dejando bien claro que
podían ser adquiridos inmediatamente. No ganaba nada vendiéndolos, recalcó.
Simplemente cubría gastos. Para él era un modo de expresar su espíritu
artístico, Normalmente no los vendía.
Los miré. Por lo
visto, su espíritu artístico lo había llevado a producir elefantes en miniatura
y siluetas de señoras negras con complejos peinados, todos los cachivaches
corrientes que hay en todas las tiendas para turistas de la costa entera.
Aparentemente, estaba obligado a venderlos para comprar unos taladros nuevos
alemanes muy caros con los que proseguir su actividad artística.
Humphrey se inclinó
hacia adelante. Sus palabras cayeron como el plomo:
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—No te lo va a comprar, Precoz. No es la primera vez que viene. — Me
guiñó el ojo—. Pero quizá te invite a una cerveza.
Humphrey y yo
regresamos al hotel Las siluetas furtivas de las damas de la noche seguían
patrullando fuera. Nos retiramos a nuestras habitaciones y, como Humphrey era
ahora un amigo, me pasé la noche desosegado, sudando, con el aparato de aire
acondicionado apagado.
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2. HACIA LOS MONTES
En África, los
viajes por aire siempre tienen algo de irreal. Uno va sentado, envuelto en aire
acondicionado y tomando zumo de fruta fresco, sobre las cabezas de personas que
miran hacia arriba desde la sombra de su choza de barro y jamás han pensado en ir
más allá de treinta kilómetros del lugar donde nacieron. Vivirán y morirán con
la misma montaña en el horizonte. Esto no quiere decir que algunos africanos no
hayan sido grandes viajeros. Los diarios de escritores del siglo XVIII como
Gustavus Vassa hablan de viajes, desde África a las Indias Occidentales,
Virginia, el Mediterráneo e incluso el Ártico. Pero también son elocuente
testimonio de los peligros y penalidades que tenía que sufrir cualquiera lo
suficientemente temerario como para aventurarse a demasiada distancia de la
diminuta zona donde los vínculos de parentesco y de sangre ofrecen protección.
La mayoría de los africanos rurales tienen un conocimiento de la geografía que
tiende a la mitificación. En mi propia aldea, nadie había visto el mar, y, por
la noche, los ancianos sentados en torno al fuego me preguntaban una y otra vez
si existía de verdad tal cosa. Les horrorizaba solo pensarlo y, cuando les
describía las olas, juraban que no deseaban ver nunca espanto semejante. Un
viajero avezado afirmaba haberlo visto en la ciudad más próxima, situada a unos
ciento veinte kilómetros de distancia, y hacía una gran descripción de su
magnificencia. Yo no me atrevía a decirle que lo que había visto era el río
crecido.
Nos detuvimos en la
capital, Yaoundé, antes de seguir viaje a la meseta central, donde yo trataría
de encontrar quien me llevara de nuevo hasta mis montañeses. Mientras el avión
todavía rodaba por la pista, la azafata nos explicó que, durante la media hora
que duraría la parada, podíamos quedarnos a bordo o bien acercarnos a la
terminal.
Resultaba difícil
saber qué era lo más sensato. ¿Qué hubiera hecho Humphrey? A veces en los
aviones hay más reservas que plazas, especialmente en período de vacaciones,
cuando los maestros venden en el mercado negro los billetes que les dan gratis.
Valiente es aquel que abandona el asiento que posee. Por otra parte, sin duda
la media hora sería
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una media hora centroafricana y duraría considerablemente más de lo
normal. Tal vez un hombre sabio se procuraría las limitadas comodidades de la
terminal en lugar de permanecer enjaulado en un caluroso avión. Decidí en favor
de la terminal. Quizá fuera la última vez en muchos meses que vería un
bocadillo de jamón. Por desgracia, me decidí demasiado tarde. La azafata me
gritó que ya no podía salir del avión. Estaba prohibido. Debía regresar
inmediatamente a mi asiento.
Las azafatas de
África occidental distan mucho de las apariciones serenas y tranquilizadoras de
zonas más frescas. Quizá son sometidas al mismo entrenamiento que las camareras
de hotel rusas y las porteras francesas. Saben que su misión principal es mantener
a los pasajeros en orden, vigilarlos y controlarlos. Sobre todo, deben ser
obedecidas.
En un vuelo
anterior, uno de los pasajeros había pasado el rato de la parada tomando fotos
a través de la puerta abierta, seguramente habituándose a una cámara nueva.
Parecía un empleado de la compañía que hubiera construido los aparatos que
prestaban servicio en los vuelos interiores deseoso de enseñar con orgullo
imágenes de su obra. Una azafata lo descubrió y denunció rápidamente. A esto
siguió una prolongada discusión con un policía que lo acusaba de fotografiar
instalaciones estratégicas y que le confiscó la cámara fotográfica. Este vuelo
fue más tranquilo. La única distracción corrió a cargo de una niña que se marcó
y vomitó en el pasillo. La estricta azafata obligó a la madre a limpiar el
desaguisado.
Al cabo de
aproximadamente una hora, regresaron los demás pasajeros con historias de
refrescos y bienestar. Naturalmente, no hubo problema con los asientos. El
avión continuó viaje casi vacío. Yo entablé conversación con un norteamericano
del Cuerpo de Paz que se dirigía a un destino en las proximidades de
Ngaoundere.
El Cuerpo de Paz es
una organización que tiene como objetivo fomentar el entendimiento y la buena
voluntad internacional enviando jóvenes por todo el mundo para trabajar en
estrecha colaboración con los indígenas en diversas buenas obras, que pueden ir
desde enseñar inglés a construir letrinas. En Camerún cierto número de
veteranos de Vietnam, que todavía no habían cumplido los treinta años, se
dedicaban a la organización de los parques naturales. Enormes gigantes peludos
y gentiles deambulaban por la sabana en sus motocicletas localizando y contando
elefantes. El estilo de vida de los miembros del Cuerpo de Paz
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podría calificarse razonablemente de «alegre». Pocos regresan a Estados
Unidos tan limpios como llegaron. Sea cual sea su contribución al desarrollo
del Tercer Mundo, experimentan una rápida transformación personal.
La sede del Cuerpo
de Paz en Ngaoundere era siempre un establecimiento agradablemente destartalado
por el que pasaban todo tipo de personajes itinerantes, de camino al mundo
exterior o de regreso de él.
El mobiliario
mostraba las señales de haber sido sometido a un uso intenso; no eran muchos
los miembros del Cuerpo de Paz inclinados a ir por ahí con cera para muebles.
Su ocupación múltiple hacia que el lugar entramara ciertos peligros. La botella
de limonada del frigorífico podía contener con la misma probabilidad líquido
para revelar fotografías, y el pedazo de carne lo mismo podía formar parte de
la investigación de alguien sobre el envenenamiento de ratas en los barrios
bajos que ser apta para el consumo humano.
Hay una figura que
vivió allí durante muchos años y sigue proyectando una larga sombra. Su paso se
vio particularmente marcado por una piel de animal extrañamente vulgar que
servía de tapete sobre el rayado y pelado aparador. Intrigado por el objeto,
una tarde pregunté qué hacía en una casa por lo demás firmemente entregada a la
eliminación de lo no esencial, Parecía un perifollo fuera de lugar, como
volantes en un monasterio. Se hizo el silencio.
—¿No sabes lo del
gato de McTavish? —preguntó una voz incrédula. Al parecer, había existido un
individuo llamado McTavish. Plenamente
asimilado a la
mitología local, se le describía como increíblemente corpulento y peludo, de
vasto apetito y generosa sexualidad. Según se rumoreaba, tan colosales eran sus
correrías por el barrio de mala nota que asombró a muchos médicos por la
virulencia de la enfermedad infecciosa de la que fue presa. Eso resultó su
perdición. Fue repatriado y convertido objeto de una investigación médica. No
obstante, en Ngaoundere su influencia permanece viva. Muchas amistades en
germinación se secaron cuando la señorita comentaba a su acompañante miembro de
la altruista organización: «Yo tuve un amigo en el Cuerpo de Paz. Se llamaba
McTavish».
Fuera cual lucra el
porcentaje de verdad o falsedad existente en el retrato que se hacia de
McTavish, su presencia es patente en el tapete de pellejo de gato, ahora una
estimadísima reliquia de la casa. El gato de
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McTavish, cuyo nombre no ha quedado registrado en el cuento, recordaba
mucho a su dueño. Resultado del cruce de un macho salvaje y una hembra
doméstica, era grandote, malvado, voraz y lascivo. Algunos testigos afirman que
su pellejo tenía un ligero tinte verdoso que no es visible en el tapete.
Puesto que la
comida que le proporcionaba su dueño era irregular, al gato de McTavish le dio
por matar a las gallinas de los vecinos. Cuando estos trataban de tenderle una
emboscada, él daba grandes rodeos. Si ellos trataban de prepararle celadas, él
destrozaba las trampas y continuaba llevándose las gallinas. Al final, McTavish
no podía ya seguir haciendo caso omiso de las protestas y reclamaciones, y
prometió librarse del gato. Lloroso, resolvió hacerlo con sus propias manos. La
batalla fue larga y enconada; el gato despreciaba el veneno y evitaba con
facilidad las saetas de la ballesta de McTavish. Además, se desquitaba
atormentándolo con llantos nocturnos. Por fin, una tarde sofocante, McTavish lo
arrinconó detrás del depósito de agua. A sabiendas de que había llegado su
hora, el gato decidió vender cara su vida. Aunque la lucha fue terrible, el
resultado no podía ser más que uno. El gato pereció y McTavish se retiró a
lamerse las heridas. No obstante, un empleado de la compañía de electricidad
había observado la batalla. Viendo que el gato estaba muerto, le pidió a
McTavish que le permitiera comerse los ojos, pues le habían dicho que ello le
proporcionaría videncia. McTavish, que no era de los que dejan pasar una nueva
experiencia, lo permitió. Una cosa llevó a otra y se apoderó de él un acceso de
utilitarismo. La carne de calidad era escasa. Así pues, guisó el gato con curry y
curtió su pellejo. No está claro si los que cenaron allí aquella noche sabían
lo que se iban a comer antes de hacerlo. Sin embargo, tan grande fue la furia
ante tal incesto culinario que varios cayeron enfermos y hubo amistades que se
rompieron para siempre. Los restos del curry permanecieron
ominosamente en el frigorífico durante un mes hasta que McTavish los tiró. Los
vecinos explicaron que se los había comido un gato salvaje cuyo pellejo tenía
un tono verdoso.
Un joven americano
presente en la conversación no se inmutó al oír el relato del gato de McTavish;
estaba lleno de juvenil entusiasmo y altos ideales. Contó que había ido allí
para ayudar a construir piscifactorías en la meseta a fin de que mejorara el contenido
en proteínas de la dieta local. Recordé el caso de otro hombre del Cuerpo de
Paz que había trabajado anteriormente en ese proyecto y, tras varios años,
llegó a la conclusión de
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que su principal logro había sido incrementar la incidencia de las
enfermedades transmitidas por el agua en un quinientos por ciento.
Pero también, en el
trabajo de campo hay breves intervalos en que todo sale mal. Llegamos por fin a
Ngaoundere, nos despedimos y yo pude alcanzar la misión protestante sin
incidentes y con todo el equipaje.
Es una
característica del viajero experto saber con qué se puede presentar en cada
sitio. En Camerún, uno no lleva una botella de vino, sino un budín de Navidad y
un queso Cheddar grande enlatado. Estos manjares le aseguran a uno una
bienvenida instantánea.
Para mi
considerable sorpresa, mi carta a Jon y Jeannie Berg, mis misioneros en la
tierra de los dowayo, había llegado, y habían retrasado su partida de la ciudad
de Ngaoundere para esperarme. Podíamos salir hacia los montes al día siguiente.
El trayecto en
coche fue largo y con los incidentes usuales. Al llegar al borde del precipicio
que separa la meseta central de la llanura septentrional, se produjo la usual
tormenta acompañada de lluvia torrencial. Mientras descendíamos la pronunciada
pendiente, con la primera marcha chirriando, el calor ascendió a unos
asfixiantes treinta y ocho grados y siguió así durante el largo recorrido por
la carretera asfaltada a trozos hasta el camino de tierra de Poli.
En cuanto llegamos
a ese punto, se hizo evidente que se habían producido cambios. En mi primer
viaje, el camino estaba tan lleno de piedras y socavones que en varios momentos
me pregunté seriamente si no me habría apartado de él por error. Ahora, la influencia
del nuevo sous-préfet, el representante del gobierno central, se
dejaba notar. El camino estaba irreconocible, liso y ancho como una
pista de aterrizaje nueva, una vistosa cinta roja que cortaba las tierras
vírgenes. Cierto es que hacia el fin de la estación de las lluvias volvería a
estar lleno de roderas y muestras de erosión, pero era un sorprendente signo de
optimismo y empeño en una población que hacía tiempo que se había resignado al
abandono y la decadencia.
Al final del largo
y penoso trayecto hasta Poli constatamos otros cambios. En el mercado, se
usaban balanzas para pesar las frutas y verduras en lugar de los sistemas más
bien subjetivos que habían prevalecido hasta entonces. Los precios se
anunciaban claramente. Por increíble que parezca, había carne a la venta.
Ciertamente, parecía que
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todo esto habría servido para deprimir a los comerciantes en lugar de
para levantarles el ánimo, pero había un bullicio desacostumbrado en el lugar.
Nos detuvimos en la
misión, donde fuimos objeto de una entusiasta bienvenida por parte de Barney,
el perro alsaciano de los Berg, y una salutación no menos entusiasta de Rubén,
el mozo.
Iniciamos una larga
rutina de: «¿Está el cielo despejado para ti?», «El cielo está despejado para
mi. ¿Está despejado para ti?», y otras retahílas por el estilo, las fórmulas
habituales de salutación. Pero Rubén no ponía el corazón en ello; sus ojos no paraban
de deslizarse hacia la trasera del camión, donde yacía una flamante bicicleta
nigeriana, todavía envuelta.
Como la mayoría de
los habitantes de África occidental, Rubén estaba aquejado de deudas crónicas.
Ello no se debe simplemente a una escasez de fondos en metálico frente a los
deseables bienes de consumo, Es más bien un sistema tradicional de vida. Mientras
que los occidentales gruñen bajo el peso de tener que comprar una casa, los
africanos se hipotecan hasta las cejas para comprar una esposa. Las revistas de
África occidental están llenas de las desgracias que causa a los jóvenes la
necesidad de apoquinar grandes cantidades de dinero y de ganado para poder
casarse. La juventud se mofa del sistema, pero nadie está dispuesto a ser el
primero en entregar a su hija o hermana sin recibir nada a cambio. Si lo
hiciera, ¿como podría él, a su vez, comprar una esposa para sí mismo o para su
hijo? Y de este modo se mantiene. Los dowayo siempre se mostraban incrédulos
cuando les contaba que «en mi aldea» entregábamos a nuestras hijas sin recibir
nada a cambio. Un dowayo de disposición emprendedora pero escasa conciencia
etnológica me preguntó si no podía hacer que me enviaran un cargamento.
Podríamos casarnos con ellas y quedarnos el dinero. Todo parecía lógico.
Como consecuencia
de los pagos nupciales, el país de los dowayo se halla en un constante estado
de litigio. Los pagos se fragmentan a lo largo de muchos años y se espera que
todos los parientes contribuyan. Casi inevitablemente, en un momento u otro la
esposa de todo hombre huye, aunque solo sea para obligarlo a ceder en alguna
disputa doméstica. Él intenta que le devuelvan lo pagado hasta el momento a
cambio de la esposa. Los familiares de la esposa tratan de obligarlo a pagar
todo lo que debe. Tal vez sus propios parientes le pregunten educadamente qué
ha sido de su contribución, hasta que ya no vea salida, Las deudas pendientes
se recuerdan durante varias generaciones y se heredan. Los dowayo incurren
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en incontables intrigas por estas viejas disputas. Como los jugadores de
ajedrez, tienen la habilidad de planear varios movimientos por adelantado. El
golpe supremo es cobrar una deuda que se creía incobrable. Así, si A le debe
una vaca a B, que le debe una a C, amigo de A, A puede darle la vaca a C y
permitirle cobrar una deuda vieja que todo el mundo hubiera dado por perdida.
Por supuesto, B debería haber previsto el peligro y haber arreglado sus deudas
de forma más hábil.
Es imposible vivir
mucho tiempo en semejante clima de deudas feroces sin ser absorbido. Yo terminé
endeudado con la misión. El jefe tenía una deuda conmigo, pero mi ayudante le
debía dinero a la esposa del jefe, quien se lo había prestado al jefe de la lluvia.
Todo esto hacía que comprar o vender cualquier cosa estuviera erizado de
dificultades, pues probablemente el dinero de la transacción desaparecería a lo
largo del proceso como liquidación de alguna deuda totalmente distinta,
contraída tal vez hacía años.
Las finanzas de
Rubén eran tan complejas como las de una corporación multinacional suiza, pero
ansiaba desesperadamente tener una bicicleta. Jamás podía esperar ahorrar lo
suficiente como para comprar una, pues todo el mundo sabía con exactitud cuánto
ganaba y lo tenía todo comprometido con antelación, Así pues, Rubén había
llegado a un acuerdo secreto por el cual, en lugar de que le aumentaran el
sueldo como reconocimiento a sus buenos servicios, debían «regalarle» una
bicicleta y retenerle el aumento hasta que esta estuviera pagada. Esto,
naturalmente, constituía un considerable préstamo sin interés, pero también
abría nuevas áreas de endeudamiento y obligaciones que no habían sido
previstas, al menos por nadie que no fuera Rubén.
La principal
característica de este modelo de bicicleta en particular, aparte de su enorme
peso, era la incorporación de un tipo especial de tornillo hecho con una
curiosa aleación, que seguramente había sido creada ex profeso para este
propósito. Sea como fuere, los tornillos tenían la exasperante costumbre de
partirse cada vez que alguien trataba de apretarlos o aflojarlos. El resultado
fue un intenso comercio de piezas de recambio con la ciudad, situada a unos
ciento veinte kilómetros. Yo mismo, los misioneros, el médico y los maestros,
de hecho cualquiera que viajara, se veía en la obligación de actuar como
agencia compradora de recambios. A lo largo de los años, el modelo había
cambiado mucho, se había alterado el tamaño de los tornillos y no se podía
estar seguro de que
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cualquier pieza fuera bien. Naturalmente, el intermediario era
considerado responsable de todas las piezas inadecuadas que trajera.
Cada vez que la
máquina de Rubén hacía alarde de su temperamento, él se mostraba triste,
suspiraba profunda y dramáticamente por toda la casa y por lo general
transformaba el ambiente reinante en el de una funeraria. Al final se hacía
insoportable y se le suministraban recambios nuevos a crédito, ante lo cual él
sonreía deslumbrante y llenaba la casa de cantos. No sé cómo, siempre se las
arreglaba para crear en nosotros una persistente sensación de culpa por haber
sido capaces de proporcionarle una máquina tan deficiente.
No habían pasado
sino unas semanas cuando se me presentó un dowayo en la aldea pidiéndome un
préstamo porque Rubén conseguía siempre las piezas de recambio pero insistía en
cobrar en efectivo. Nunca quise hacer demasiadas averiguaciones, pero sospecho
que, a cambio de una gratificación, se daba un intercambio de piezas entre los
clientes y la bicicleta de Rubén. Este mostraba la pieza defectuosa como prueba
de lo despreciable de la bicicleta que había comprado Jon, quien rápidamente
debía suministrarle el repuesto a crédito, mientras Rubén disfrutaba del pago
inmediato y cobraba por el servicio. Había convertido su bicicleta en un banco.
Pero las
preocupaciones de Jon estaban lejos de las especulaciones financieras de Rubén.
Sin desalentarse por mis propios intentos catastróficos de persuadir a la
tierra de la zona de que diera fruto, había construido una huerta en la ladera
de debajo de su casa. Para ello había levantado un sistema de barricadas y
alambradas que cerraran el paso al ganado que merodeaba por allí y cuya
tendencia a «saquear» era proverbial. Bajo la mirada de los caminantes,
crecieron melones, judías, guisantes y todo tipo de plantas exóticas. Todos se
detenían a dar consejos. La mayoría predecían maldiciones a la manera de los
agricultores de todo el mundo. Pero Jon continuaba trabajando, y la operación
de regar era un ritual vespertino que le producía una profunda satisfacción y
llagas en las manos. Como había hecho yo antes que él, sin duda se imaginaba
dándose un banquete de enormes guisantes y suculentas calabazas que le hacia
babear mientras trabajaba.
En los trópicos, el
sol se pone deprisa y, tras un breve crepúsculo, da paso a una profunda
oscuridad. Una luna casi llena se alzó con indecente celeridad sobre los
irregulares picos graníticos. En los lejanos montes,
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unos puntos de color rojo vivo señalaban el lugar donde se quemaba la
maleza seca para que creciera una hornada nueva. El calor, el susurro de un
millón de grillos, la suave luz de la luna, todo hacía de la galería un lugar
agradable para adormecerse. De la huerta llegaba el sonido producido por Jon,
que reía entre dientes con sus melones; de la parte de atrás, las complacidas
risitas de Rubén, que acariciaba la brillante pintura negra de su flamante
bicicleta, la primera cosa totalmente nueva que había poseído jamás. En la
cocina, Marcel, el cocinero, se peleaba desesperadamente en francés con un
budín de Navidad inglés y rezaba para que lloviera. Todo parecía completamente
normal.
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3 PRESENTACIÓN ANTE
EL CÉSAR
La llegada a una
población de África occidental obliga al europeo a una serie de «formalidades»
que, de ser descuidadas, representan para él un grave riesgo e implican una
curiosa mezcla de vanidad y auto humillación. El visitante corriente se
asombraría de que las autoridades se tomaran ningún interés por su presencia en
tan hermosa localidad. Pero, si no cumpliera con las normas, probablemente se
«descubriría» que era un espía o algo peor. Así pues, hay que hacer un
recorrido bastante deprimente con objeto de ir anunciando la presencia de uno,
de modo parecido a como en otra época los europeos dejaban sus tarjetas de
visita en lugares estratégicas.
Inevitablemente, la
primera visita había de dedicarla al jefe de policía, armado con todos los
documentos pertinentes.
Al emprender el
camino hacia la ciudad, me encontré con muchos rostros conocidos, algunos
dowayo, otros, habitantes de la ciudad de ascendencia fulani o sureña.
Educadamente, se interesaron por el bienestar de mis esposas y mi cosecha de
mijo. Yo hice lo mismo.
Cuando visité
África por primera vez me sorprendió muchísimo mi incapacidad para reconocer a
los africanos individualmente, abrumado como estaba por las diferencias
superficiales. Es similar a lo que suele ocurrir ante una galería de retratos
de caballeros tocados con pelucas empolvadas. Cuando se llega al tercero, los
anteriores han desaparecido de la memoria. Ahora me complacía poder recordar
los nombres de la gente a quien no veía desde hacía cierto tiempo, hasta que
llegué a un hombre que evidentemente me conocía pero que a mí me dejaba
totalmente indiferente. Avergonzado, me di cuenta de que el problema era que se
había cambiado de camisa. La mayoría de los dowayo poseen una sola camisa de
diario, de modo que inevitablemente siempre visten la misma. Aunque por lo
general se asean en el camino de regreso a casa desde el campo, casi nunca se
lavan la ropa; simplemente la usan hasta que alcanza el estado de
desintegración, y a veces más allá. El principiante aprende a reconocer a la
gente por su ropa en lugar de por sus rasgos.
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En el puesto de policía había dos o tres alegres jóvenes que vestían
holgados uniformes color caqui y haraganeaban con las botas quitadas para estar
más cómodos. Se estaban enseñando las diversas cicatrices y heridas de los
dedos y talones, recordando pasadas lesiones o aventuras.
Aquí es donde me
picó una serpiente. Todo el mundo se sorprendió de que no muriera.
—Esto es de cuando
me caí de la moto en los entrenamientos. El dolor era horrible.
África es muy dura
con los pies.
Un solitario preso
tarareaba en voz baja mientras pintaba las piedras blancas que rodeaban el
mástil. Sobre su cabeza, la bandera pendía fláccida en el aire inmóvil.
Me saludó uno de
los reclutas, al que conocía de mi anterior visita, un cristiano ferviente que
hacía un curso de francés por correspondencia.
Bienvenido. Ha
regresado. ¿Cómo se llama en francés el que tiene un molino?
Estaba
mordisqueando un lápiz y parecía preocupado.
Por un costado
apareció un cabo, claramente menos jovial que los holgazanes. Su primera acción
fue advertirme que estaba en propiedad gubernamental y no debía sacar
fotografías. Puesto que no llevaba cámara, se trataba de una advertencia
superflua, pero la acepté con la debida sumisión. Procedimos a la inspección de
mi pasaporte, frunciendo el entrecejo con suspicacia y alzando los sellos a la
luz. Era una lástima que el jefe se hubiera marchado a Garoua en una importante
y delicada misión. Solo él podía tomar la decisión de permitirme firmar en el
libro destinado a los extranjeros. ¿Cuánto tiempo estaría fuera? ¿Debía
esperar? No podía preverlo, pero llamaría a la Jefatura de Policía de Garoua
para comprobar si había salido ya. Sacaron una gran radio de dentro de un
armario y el cabo empezó a gritarle entre silbidos y descargas de electricidad
estática. Se oía una voz tenue, como de un ahogado, que repetía algo con gran
insistencia. Luego de una breve pausa, se oyó que decía muy claramente: «¿Qué
quiere?». A lo cual el cabo contestó: «¿Quién?». Y la electricidad estática
volvió a envolvernos como si de niebla se tratara.
—Condiciones
meteorológicas adversas —anunció e cabo concluyentemente, plegando la antena.
Ambos miramos el
cielo perfectamente azul que se extendía sobre los montes. Me pareció poco
atinado decir nada más, de modo que me dispuse
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En ese momento,
rodeado por una nube de polvo, llegó un Land Rover algo destartalado. Su
cubierta de lona verde había sido sustituida por otra azul celeste de
fabricación casera que le confería un aspecto de campamento de vacaciones. De
él bajó el jefe, algo acalorado y polvoriento, pero con el aire del que acaba
de hacer un buen trabajo.
—Ahora me es
imposible hablar con usted —declaró—. Vengo de buscar provisiones urgentes.
Vuelva mañana a las once.
Mientras me
alejaba, eché un vistazo a la trasera del automóvil. Tal como me había
imaginado, estaba lleno de cerveza. Posteriores investigaciones revelaron el
rumor de que el vehículo se utilizaba para transportar cerveza a las aldeas del
río Faro, situadas a unos cuantos kilómetros de allí, que no tienen otro medio
de obtener bebida, y donde, según se decía, se vendía a precios astronómicos.
Si era cierto, se
trataba de una de las funciones más caritativas del jefe, y sin duda se merecía
los pequeños beneficios que tan arriesgadamente obtenía.
En el otro extremo
de la ciudad, el húmedo y deprimente despacho del sous-préfet que
yo recordaba había sido engalanado con la aplicación de una capa de
cal. Unas figuras con aire de oficinista, cubiertas con túnicas blancas,
arrastraban unos pies calzados con sandalias de una habitación a otra cargando
manojos de papeles. Si bien hay que admitir que sus andares no eran
precisamente ágiles, era la primera vez que se veía a alguien en movimiento en
ese edificio. El empleado encargado de la recepción me dijo que el sous-préfet no
estaba visible. Sin embargo, como era dowayo, insinuó que tal vez lo
encontraría si pasaba por casa del jefe municipal.
Cuando llegaron las
fuerzas coloniales, en muchos lugares de Camerún encontraron un sistema según
el cual los jefes fulani gobernaban a los pueblos paganos, y consideraron
conveniente generalizar tal sistema a las zonas donde no habían llegado los
invasores fulani, como Poli. Ahora hay en la ciudad un jefe fulani, que preside
el tribunal nativo y reclama jurisdicción sobre la zona. Los dowayo indígenas
se sienten muy agraviados por ello y procuran tener el menor trato posible con
él. A su modo de ver, jamás fueron derrotados por los fulani, y el jefe no
sería bien recibido en sus aldeas.
En mi visita
anterior, no se había precisamente congraciado conmigo. Como propietario del
furgón del correo, poseía virtualmente el monopolio
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del transporte entre Poli y las grandes ciudades. Puesto que era íntimo
del sous-préfet anterior, se había esforzado por conseguir que
no se autorizara ningún servicio de autobuses, no se vendiera
gasolina y no se permitiera a nadie más transportar pasajeros. Puesto que la
presencia de un extranjero había de atraer la atención de la policía sobre su
camión siempre sobrecargado hasta la ilegalidad, indefectiblemente me ponía
todas las trabas posibles para viajar en su vehículo, llegando incluso a
cambiar los lugares de recogida de pasajeros o los días de salida cuando yo
estaba fuera. Otra fuente de fricción fueron sus decididos intentos de hacerme
miembro del único partido político autorizado en Camerún, operación por la cual
recibía comisión.
No obstante, puesto
que el tiempo había mitigado nuestra antipatía, decidí ir a buscar al sous-préfet en
su cubil, aunque mucho me temía que en los montes ya se debía de estar llevando
a cabo el rito de la circuncisión en tanto yo perdía el tiempo en la ciudad.
Tras mucho dar
palmas ante la casa del jefe, apareció un niño que se escurrió en seguida a
anunciar mi llegada. Cuando llegó el momento, me condujeron a un cuartito con
el suelo cubierto de grava. Las paredes estaban pintadas con motivos
geométricos fulani y la sensación general era de una vivienda limpia y
agradable. Encontré al jefe y al sous-préfet tendidos en el
suelo sobre alfombras escuchando música árabe procedente de la radio. Al entrar
yo, el jefe escondió hábilmente entre sus ropajes una botella de whisky.
Me pareció un movimiento perfeccionado por muchos años de práctica.
El sous-préfet se
levantó a saludarme. Sonrió y dirigió unas palabras en fulani al jefe
municipal, que frunció el ceño, sacó la botella y me sirvió una pequeña
cantidad en un vaso en el que se leía «Recuerdo de Cannes». Nos aposentamos, y
el sous-préfet se lanzó a una perorata en francés perfecto
sobre sus planes para la ciudad. Sus ojos centelleaban de entusiasmo tras las
gafas mientras hablaba de agua corriente y de nuevas instalaciones eléctricas
(comodidad que se había dejado echar a perder desde la marcha de los
franceses).
Estaba decidido a
tener teléfono antes de que transcurrieran dos años. —Mi trabajo es animar
—informó—. Ya le he explicado a mi amigo
aquí presente —dijo
señalando al jefe que tal vez sea necesario derribar su casa para construir la
centralita telefónica. Soltó una risita perversa a la que el jefe contestó con
una lánguida media sonrisa—. Estoy decidido a
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volver activos a los dowayo. Usted, por favor, me suministrará
información pertinente.
La ética de la
antropología no es sencilla. Normalmente, el antropólogo trata de influir lo
menos posible en el pueblo que está estudiando, aunque sabe que tiene algún
efecto. En el mejor de los casos, tal vez devuelva a un pueblo desmoralizado y
marginal cierto sentido de su propia valía y del mérito de su propia cultura.
Pero, por el mero acto de redactar la monografía de rigor sobre cualquier
pueblo, los presenta con una imagen de sí mismos coloreada mediante sus propios
prejuicios e ideas preconcebidas, puesto que no existe una realidad objetiva
sobre un pueblo extranjero. El uso que hagan de su imagen es imprevisible.
Pueden rechazarla y reaccionar contra ella. También pueden cambiar para
ajustarse mejor a ella y convertirse en actores fosilizados de sí mismos. De
cualquier modo, la inocencia, la sensación de que algo se hace porque las cosas
no pueden ser de otro modo, se pierde.
Durante la era
colonial, los antropólogos siempre tenían una relación difícil con las
autoridades, que deseaban usarlos para cambiar a los pueblos. Ahora, al
parecer, me pasaba a mi.
—¿Por qué son tan
perezosos los dowayo? —me preguntó.
¿Y por qué está
usted tan lleno de energía? repliqué yo.
Se echó a reír y,
blandiendo un ejemplar de un libro de la señora
Gandhi, añadió:
—He leído este
libro de la hija de Gandhi. Dice muchas cosas buenas de los males del
colonialismo.
Le dije que la
señora Gandhi en realidad no era hija de Gandhi. Se quedó pasmado.
—Pero ¿cómo es
posible? Es una falta de honradez. ¿Está usted seguro?
A partir de
entonces, casi cada vez que nos encontrábamos me preguntaba si la señora Gandhi
era o no hija de Gandhi. Yo mismo empecé a dudar; mi anterior certeza quedó
debilitada por sus ansiosas preguntas. Parecía que la respuesta era crucial
para el valor del libro. Cuando regresé a Inglaterra y me encontré con los
amigos que venían a recibirme al aeropuerto, debió de parecerles raro que lo
primero que les preguntara fuera: ¿Os acordáis de la señora Gandhi? ¿Es de
verdad hija…?
Le mencioné
al sous-préfet que acababa de ir a ver al jefe de policía y me
preguntaba si estaba al corriente del subrepticio negocio que estaba
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haciendo con la cerveza. Se echó a reír y dijo:
—Una vez le hizo
sudar a usted un poco.
Se refería a una
ocasión en que me perdí en el campo de noche y, al dirigirme a la luz más
próxima, me encontré detrás de la casa de su ayudante. El jefe de policía quedó
inmediatamente convencido de que estaba espiando y me hizo pasar uno o dos
momentos de desasosiego mientras me interrogaba.
—Es buen hombre
—dijo el sous-préfet— quizá en ocasiones excesivamente entusiasta—.
Sonrió, se inclinó hacia adelante y me aguijoneó con el compendio de sabiduría
de la señora Gandhi. —Lo tenía bajo control, ¿sabe? No hubiera permitido que le
ocurriera nada a usted.
Le di las gracias
profusamente y me retiré; ahora le tenía incluso más simpatía que antes y me
alegraba de que hubiera confundido a todos aquellos que estaban convencidos de
que la persistente obstinación de Poli y sus habitantes quebraría rápidamente
su optimismo. El jefe municipal no había dicho una palabra y me estrechó las
manos de mala gana cuando me marché.
En la calle, habían
empezado a caer las primeras lluvias, unas gotazas rodaban sobre la superficie
de la tierra como si de hierro ardiente se tratara. Eché a andar penosamente
por el espeso polvo de la estación seca; de pronto, la calle se llenó de niños
que gritaban y corrían alborozados, extendiendo sus túnicas por el mero placer
de sentirse mojados y frescos.
Cuando llegué al
puente de la misión, el río se había convertido en un torrente furioso y no
había posibilidad de cruzarlo. La fuerza del agua era tal que, sencillamente,
podría haberme arrancado las piernas de debajo del cuerpo. Además, no me
apetecía nada meter mis purísimos pies, que había limpiado de parásitos en
Inglaterra («Mira, aquí es donde tuve lombrices de río, aquí es donde me
quitaron las niguas»), en aquella inundación, la primera del año.
Evidentemente, se trataba de la avenida que se llevaba río abajo toda la
suciedad y contaminación acumuladas durante el año entero.
Cuando por fin
llegué a la misión estaba oscureciendo, La única ropa seca que encontré fueron
unas largas túnicas fulani que Jon y Jeannie habían comprado como recuerdo.
Marcel y Rubén se pusieron histéricos de risa en cuanto me vieron, y empezaron
a seguirme despiadadamente llamándome «¡Lamido, lamido!». («¡Jefe, jefe!»).
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4. NUEVAMENTE EN LA
BRECHA
Tras cubrirme las
espaldas con las autoridades, lo único que necesitaba para ponerme de nuevo en
marcha era recuperar a Matthieu, mi antiguo ayudante. Por las cartas que había
recibido de él en Inglaterra, largas disquisiciones en las que los problemas derivados
de los precios de las novias desempeñaban un importante papel, sabía que
intentaba entrar en el servicio de aduanas. Ese empleo, me contó, era un medio
seguro de enriquecimiento, pero temía en gran manera ser destinado a una zona
lejana, distanciado de otros miembros de su tribu, entre «salvajes» que
tendrían costumbres asombrosas y comerían mala comida. ¿Había cristianos en la
zona más septentrional del país? No estaba seguro.
Las investigaciones
entre la juventud «privilegiada» del país de los dowayo, los que se dedicaban a
pasear por la única calle del pueblo y mataban el tiempo en el bar Adamoua,
revelaron que Matthieu esperó durante muchos meses el resultado de su examen de
ingreso y luego se entregó al pecado y la desesperación y regresó a su aldea,
Decidí ir a buscarlo.
Una vez más, la
misión vino en mi ayuda evitándome una larga caminata hacia el río en la
esperanza de que algún camión me recogiera, equipándome con una buena
furgoneta, alquilada al precio debido, Me propuse emprender viaje la mañana
siguiente al amanecer, con ganas de disfrutar de la vacía soledad del campo.
Sin embargo, un
extraño servicio de inteligencia observa tales empresas y cuando salí de casa
al día siguiente, con las primeras y frías luces del alba, un grupo de personas
me aguardaba con su equipaje amontonado a los pies. Sabían exactamente adónde
me dirigía y estaban decididos a acompañarme hasta allí, si no más lejos. Uno
acaba aceptando rápidamente como inevitable la presencia de semejante banda de
acompañantes. De no haberse materializado, hubiera sido una experiencia casi
sobrenatural, un silencio repentino en una habitación abarrotada. Negarme era,
por supuesto, imposible. Subimos al vehículo sin formalidades, dando furiosos
gritos y empellones. Dejar sentado que yo
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debía disponer de espacio suficiente para acceder a la palanca de cambio
de marchas y a los frenos requirió una gran firmeza, y solo me concedieron ese
espacio a regañadientes. Anuncié formalmente adónde me dirigía. Ellos mostraron
su conformidad inclinando la cabeza. Faltaría más. Aquello estaba claro. Así
pues, podíamos partir de inmediato. Sujetaron con fuerza los fardos de ñames,
ropa y gallinas enfurecidas, con las patas atadas para facilitar su transporte,
y emprendimos la marcha. El viaje transcurrió sin incidentes. Solo hubo una
pelea, causada por las gallinas de una mujer que picoteaban al niño de otra. Un
pasajero trató de detenernos al salir al campo para sacar de su escondite a una
esposa y seis grandes bultos de materia indeterminada. Todos los demás
denunciaron con rabia esta maniobra, de modo que el hombre abandonó a su mujer
y continuó con nosotros solo. Se distribuyeron cacahuetes, que se disfrutaron
con gran alarde de chasqueo de labios y bromas sobre su efecto laxante sobre
las mujeres.
De repente, vi una
cosa que me hizo pisar con fuerza el freno y gritar alborozado. Una figura
extraña y voluminosa desaparecía a toda prisa entre la maleza. A primera vista,
era un cuerpo aproximadamente cónico de un metro ochenta de altura. Un cono de
cestería, cubierto de hojas y ramas, equipado con dos brazos y dos pies, se
inclinaba peligrosamente mientras corría hacia campo abierto. Por las
descripciones que había oído, sabía que no se trataba de un espejismo, ni de un
monstruo, ni de un amigable guardián inglés de los campos de golf. Era un
muchacho que había sufrido la circuncisión hacía unos meses y circulaba
protegido de la mirada de las mujeres mediante aquella cobertura de pies a
cabeza. Señalé la masa en movimiento.
¿Cuándo
circuncidaron a ese chico?
Inmediatamente, se
produjo una explosión de escandalizadas risitas entre dientes y negaciones de
que hubiera nada en el campo. Las mujeres desviaron los ojos o se cubrieron el
rostro con las manos. Las gallinas vapuleadas chillaban. Un niño lloraba. Sabía
muy bien que, aunque resultaba exasperante, estos asuntos no podían tratarse
delante de las mujeres, pero se requería un gran auto control para tragarse las
preguntas frustradas. Al fin y al cabo, para eso había ido hasta allí. ¿Quería
ello decir que por unos pocos meses me había perdido el ritual, que ya había
terminado?
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Continuamos viaje, yo hundido en la pesadumbre, hasta el cruce con el
camino que conducía a la aldea de Matthieu. ¿No era aquel el camino?, pregunté.
Me respondió un silencioso coro de sacudidas de cabeza. Seguramente el hombre
que buscaba el patrón estaba varios kilómetros más adelante. De cualquier modo,
lo sensato sería proseguir hasta la misión católica, que solo estaba a ocho
kilómetros de allí, donde se podrían hacer las pesquisas necesarias. Todas
estas aldeas parecían iguales y no se esperaba de mí que fuera capaz de
distinguir una de otra. Un coro de gestos de asentimiento.
Desafortunadamente
para mis pasajeros, ese fue el momento que eligió la madre de Matthieu para
salir de entre las altas hierbas. Mientras hablábamos, los demás se esfumaron
como por arte de magia. Sí, su hijo estaba en casa. Estaba dispuesta a llevarme
hasta él.
Matthieu se
encontraba encorvado sobre su azada, cortando con la hoja las raíces de una
mala hierba recalcitrante, como un cuadro de pesado simbolismo sobre las
fatigas africanas. El traje verde brillante había desaparecido. El sudor bañaba
su rostro, considerablemente más delgado que cuando trabajaba para mí, y en su
garganta retumbaba una canción de trabajo. Los dowayo acompañan con cantos la
mayoría de las actividades rítmicas, convirtiendo las tareas tediosas y
repetitivas en una suerte de danza. Su padre, un anciano marchito de aspecto
corsario, me vio antes, le dio un golpecito a Matthieu en el hombro y señaló
hacia donde estaba yo. Matthieu soltó la azada y echó a correr a través del
campo con los brazos extendidos, como parodiando la escena inicial de Sonrisas
y Lágrimas.
—¿Ha vuelto?
He vuelto.
—¿Está trabajando?
—Estoy trabajando.
Solo voy a estar tres meses. ¿Vienes conmigo? —Voy.
Como cualquier hijo
de cualquier lugar del mundo, Matthieu impidió todos mis intentos de hablar con
su padre.
Ya le diré yo que
me voy. No tiene importancia.
Nos retiramos a la
nueva choza de Matthieu. Cuando los dowayo me construyeron una a mí,
insistieron en que no debía ser redonda, como sus residencias, sino cuadrada
como la escuela, el puesto de policía y la cárcel. Vivir en una choza redonda
era una cosa sumamente indigna de un hombre blanco.
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Matthieu se había construido una vivienda que era una réplica de la mía,
una choza cuadrada solo ligeramente mayor que las tradicionales, pero claro
reflejo de que su asociación conmigo lo había alejado en cierta medida de su
propia cultura.
Hablamos de las
novedades. Como siempre, el mundo de Matthieu se centraba en el precio de las
mujeres, Sus intenciones de casarse con una niña de doce años se habían
frustrado porque la familia de ella pedía demasiado. Sabiendo que Matthieu
trabajaba para mí, inmediatamente supusieron que era rico. Me miró pesaroso,
como reprochándomelo. Yo refunfuñé interiormente, sabiendo que no se haría
esperar la petición de una contribución al precio de la novia y que no podría
proporcionarle la alta suma requerida pero que terminaría pagando algo, lo cual
me dejaría a la vez empobrecido y con sensación de culpa. Finalmente, llegamos
al tema de la circuncisión. Tratándose de Matthieu, siempre era un tema
delicado. Puesto que era un cristiano moderno, le habían practicado la
operación con anestesia en el hospital en lugar de sufrir los rigores de la
mutilación genital tradicional. Por esta causa, durante toda su vida sería
objeto de burlas por parte de los demás dowayo, que lo acusarían de cobardía.
Además, al no poseer un grupo de «hermanos de circuncisión» que hubieran sido
circuncidados con él y pudieran llevar a cabo por él los deberes rituales más
importantes, quedaría aislado en muchas crisis de la vida.
Negó todo
conocimiento de lo que se estaba preparando en las aldeas de la montaña, pero
lo averiguaría y se uniría a mí al cabo de tres días. Entre tanto, quizá podría
darle un adelanto de su salario.
De nuevo en la
carretera, se había congregado misteriosamente otro grupo de dowayo que se
dirigían a la ciudad. Entre ellos estaba Gaston, de la aldea donde había vivido
yo, con una bicicleta magníficamente engalanada con papel de regalo y flores de
plástico. ¿Era una bicicleta nueva? Me miró avergonzado. No, patrón. Pero en la
misión había alguien que sí tenía una bicicleta nueva y le había vendido el
papel a Gaston para que adornara su bicicleta y la gente pensara que también
era nueva.
Subieron los
pasajeros, la bicicleta, los ñames y las gallinas, pero me opuse firmemente a
que lo hiciera una cabra. El dueño se fue furibundo.
Gaston sabía
francés, de modo que pudimos hablar de la circuncisión gracias a que ninguna de
las mujeres entendía ese idioma. Echando miradas furtivas a nuestro alrededor y
conversando en susurros, hablamos
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del muchacho que había visto antes. Parecía que no tenía por qué
preocuparme. No era dowayo. Era pape, una tribu vecina de costumbres similares
que celebraba la circuncisión en una época próxima. Era extraño que se
encontrara tan al este. Seguro que por allí nadie le daría de comer. Era una
atrocidad que anduviera poniendo en peligro la fertilidad de las mujeres dowayo
en lugar de la de las doncellas pape. Si lo cogían los hombres, le darían una
paliza. Gaston enrojeció de furia.
Gaston había oído
que la ceremonia iba a celebrarse en la montaña del jefe de la lluvia, pero no
sabía cuándo. Se enteraría. Un primo suyo era circuncidador y seguro que
asistía al acontecimiento, pues serían numerosos los muchachos. Los dejé, a él
y a la bicicleta adornada, en el cruce de Kongle, y le pedí que le dijera a
Zuuldibo, el jefe, que lo visitaría al día siguiente.
Era necesario
llevar un regalo. Precisaría cerveza.
En el bar de Poli,
los maestros ya se habían aposentado para el resto del día. Como de costumbre,
estaban enfrascados en disputas financieras. Sin embargo, en esta ocasión no se
trataba de las deducciones totalmente imprevisibles que hacían las autoridades
fiscales de sus salarios, sino del soborno que se debía pagar para importar una
motocicleta ilegalmente desde Nigeria. Presté atención. Quizá le sería útil a
Matthieu.
Por todo el pueblo
corrían rumores sobre un cargamento que acababa de llegar. Aparentemente,
alguien se había topado con un camión cargado de neumáticos y motocicletas
averiado al otro lado del Faro. El camionero había tenido suerte de escapar
vivo después de ser perseguido por los contrabandistas. Al día siguiente,
cuando regresó nervioso y a escondidas al mismo trecho, no había ni rastro del
camión. Hasta las huellas de las ruedas habían desaparecido. Pero el cargamento
había llegado a Poli, nadie sabía cómo. La policía estaba averiguando qué
camiones habían estado en las inmediaciones del río recientemente. Me miraron
con suspicacia a mí y a la camioneta que conducía.
Un hombre, un
granjero pape a juzgar por las apariencias, entró arrastrando los pies y pidió
cerveza. Me miró con aire de complicidad, como suelen mirar los borrachos de
Glasgow a quien están a punto de pegar, y se me acercó haciendo gestos como de
escribir. En un francés sorprendentemente bueno, me preguntó muy educado si
podía dejarle bolígrafo y papel. El impulso pedagógico tarda mucho tiempo en
morir incluso en quien ha trabajado en universidades. Los bolígrafos son muy
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difíciles de encontrar en la tierra de los dowayo. Ni siquiera pueden
comprarse en la ciudad. Hay que desplazarse unos cien kilómetros. Un modo
seguro de causar un altercado es dejar un bolígrafo cerca de una escuela, pues
sobre él se abalanzarán un centenar de niños ansiosos, Por lo tanto, ayudé
complacido al hombre, que se sentó ante una mesa y se puso a escribir una larga
carta con dolorosa lentitud, tallando cada carácter en la página entre largas
sesiones de chupar el bolígrafo y volver los ojos hacia el techo. Los maestros
se reían disimuladamente de la torpeza de sus dedos encallecidos. Entre tanto,
yo entablé negociaciones para llevarle unas botellas de cerveza a Zuuldibo.
El gran problema
son las botellas. Hay una importante escasez de botellas, pues muchas son
apartadas del sistema y empleadas con propósitos bastante alejados de aquel
para el que fueron creados. Los dowayo las transforman en instrumentos
musicales, lámparas y rascadores. Entre otras cosas, las usan para guardar
miel, agua y remedios vegetales. Hay un floreciente comercio de botellas
vacías. El resultado de todo esto es que los vendedores de cerveza son reacios
a dejar escapar botellas llenas si no reciben un número equivalente de botellas
vacías. Sin duda, esto tiene como efecto beneficioso impedir que nadie se
descarríe doblando su consumo de cerveza de la noche a la mañana, y funciona
bastante bien una vez se dispone de las botellas vacías para cambiar. No
obstante, el punto débil del sistema reside en la adquisición de las primeras
botellas vacías. Resulta virtualmente imposible. Estoy tentado de recomendar
que los organismos que lleven a cabo investigaciones en la antigua África
occidental mantengan una reserva central de botellas y provean con ella a sus
trabajadores. En esta ocasión tuve la suerte de que Jon me prestara dos
botellas. Mi desgracia fue que no fueran exactamente del mismo tipo que las que
deseaba llevarme.
Como muchos otros
problemas de esta índole, se abordaba como si fuera una serie de sombreros que
había que probarse ante un espejo, una fuente de divertidas posturas teóricas
para saborear lentamente, en lugar de un impedimento que resolver lo antes posible.
Los maestros
entraron en el asunto. Algunos reprendían al camarero por su mala disposición a
desprenderse de las botellas; otros aplaudían su determinación de pasar el
asunto a manos del dueño, que sin duda regresaría antes de que anocheciera. El
granjero pape seguía trabajando. Finalmente, uno de los maestros se cansó de
aquel coqueteo intelectual.
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Estaba dispuesto a venderme dos botellas suyas. Aquel osado movimiento
lateral fue aplaudido como la maniobra ganadora de un campeón de ajedrez. Tardé
media hora y me costó el cincuenta por ciento más que a cualquiera, pero
conseguí comprar y llevarme dos botellas de cerveza. Me dispuse a salir de allí
triunfante.
Cuando estaba a
punto de iniciar la marcha, el somnoliento escriba me agarró y me metió en la
mano la diatriba que tan dolorosamente había compuesto, junto con el bolígrafo
que le había prestado. La leí con dificultad.
La carta estaba
escrita en francés, expresada en términos de una comunicación entre embajadores
del siglo XVII. Empezaba con la florida frase: «Distinguido señor, apelo a su
gran benevolencia». De forma escueta, cosa que no era la carta, se trataba de
una solicitud de préstamo. Según leí, «mi hermano», el misionero francés, se
había marchado a la ciudad, donde había permanecido un día más de lo que se
esperaba. Por lo tanto, aquel hombre, su jardinero, no había recibido su
salario en el momento requerido, y yo debía compensarlo por ello
inmediatamente, o, tal como se decía en la carta, «abonar el importe no
percibido».
La etnografía de la
comunicación es una cuestión de cierto interés para los antropólogos, pues cada
cultura tiene sus reglas sobre lo que debe y no debe decirse, así como un
sistema de asignar estilos al contenido y al contexto. Era interesante que no
pudiera pedir el préstamo verbalmente, sino solo por escrito, hecho que había
observado antes cuando miembros de la congregación de Jon le entregaban cartas
similares.
En África
occidental se hace mucho hincapié en la aptitud verbal. Aquel que es capaz de
hablar en público con energía y estilo progresará en la sociedad, lo mismo que
aquel capaz de escribir un inglés o francés elegante o gramaticalmente
correcto. La forma de aquella carta se había tomado de uno de los muchos libros
que ofrecen consejos sobre cómo redactar correspondencia rebuscada en África.
Como en cualquier país en el que existen muchas lenguas, gran movilidad social
y un importante grado de semialfabetización, hay muchas personas que dudan
sobre qué es correcto y qué es incorrecto. Por lo tanto, con frecuencia los
libros ofrecen cartas enteras que pueden adaptarse a cualquier ocasión
cambiando una o dos palabras, de modo similar a como los malos estudiantes se
aprenden de memoria redacciones enteras que emplean empecinadamente en las
circunstancias más inapropiadas de cualquier examen. Por desgracia, las
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personas que compilan tales obras en África distan mucho de conocer en
profundidad ninguno de los idiomas ni relaciones sociales y pueden perjudicar
más que beneficiar.
Los jóvenes son
particularmente presa de la inseguridad del escribiente, y se ha creado toda
una subindustria que proporciona cartas de amor para todas las ocasiones. Estas
se difunden entre los estudiantes universitarios con una rapidez y fervor
reservados en nuestras secuelas a las obras de osada pornografía.
Contienen consejos
tales como (tomado de un ejemplo nigeriano); «Las señas deben estar encima del
lado derecho de su cuaderno, y debe recordar que el amor es dulce como el azul
y que hay que tratar de escribir en papel azul porque el azul siempre demuestra
un profundo amor».
Una de las cartas
sugeridas reza así: «soy Jaguar Jones de Roseland. Soy la reina de las rosas,
generalmente respetada en esta tierra como una dama formal, pero tu
comportamiento me ha hecho hervir el cerebro y me ha vuelto inconstante y menos
trabajadora».
En el presente
caso, simplemente negarle el adelanto parecía una pobre recompensa a tanta
aplicación y laboriosidad. Con gran profusión, le expliqué que el misionero no
era hermano mío, que éramos de aldeas distintas, de pueblos distintos. Ni
siquiera hablábamos la misma lengua. Además, sencillamente no podía ir por ahí
dando dinero a personas a las que no había visto nunca.
El escriba
retrocedió ofendido. Consideraba que su probidad se había puesto en tela de
juicio.
—¿Acaso no soy
honrado? —preguntó—. Le he devuelto el bolígrafo, ¿no?
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5. LA MASTECTOMÍA
INEXISTENTE
Al día siguiente,
de buena mañana, emprendí el camino de la aldea donde había pasado alrededor de
un año y medio. Durante el trayecto, las gentes que cultivaban los campos a
ambos lados de la carretera corrían a saludarme. Me vi en grandes dificultades
para rechazar los ofrecimientos de cerveza de mijo, mandioca putrefacta y
carnes ahumadas. Al alcanzar la aldea, llevaba los bolsillos llenos de los
huevos con que me habían obsequiado los dowayo. Caminaba con precaución, pues
sabía que muchos estarían podridos.
Las viejas se
acercaban a mí cojeando, apoyadas en bastones, me pellizcaban los brazos y se
reían de cuánto había engordado. «Y nos dijo que no tenía esposas…», cloqueaban
pícaramente, con las azadas apoyadas en el hombro. Los hombres se aproximaban a
mirarme con la esperanza de que les diera cerveza, pues sus oídos habían
captado el tintineo de las botellas que llevaba en la bolsa.
Una vez dentro de
la aldea me sentía agotado de tantas preguntas, apretones de manos y
desvergonzados comentarios sobre mi persona. Un profundo silencio únicamente
interrumpido por los arañazos de las gallinas y el zumbido de las abejas
envolvía las chozas. Los niños me observaban asomándose detrás de los árboles y
echaban a correr con risitas cuando les hablaba.
Atravesé el círculo
público y constaté con sorpresa que en el suelo había signos de que el ganado
había sido conducido hasta el corral de piedra al anochecer en lugar de dejarlo
vagar promiscuamente por el campo. Mentalmente aposté por que el nuevo sous-préfet estaba
detrás de esta costumbre, pues los dowayo siempre habían declarado que tal
práctica era demasiado pesada para resultar factible.
Mi derecho o no a
entrar en el recinto del jefe sin ser invitado era una cuestión debatible. Al
fin y al cabo, tenía una choza allí. Opté por pecar de educado y no de
atrevido, de modo que me quedé en la entrada dando fuertes palmadas, práctica
corriente en gran parte de África, donde no hay puertas a las que llamar; las
moscas zumbaban, las cabras eructaban, en la
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distancia una mujer entonaba un canto de molienda acompañado por el roce
sordo de piedra contra piedra.
Apartándome
ligeramente de las normas de la buena educación, pregunté a gritos si había
alguien. No obtuve respuesta. Abandoné, pues, mis aspiraciones a un
comportamiento correcto y empujé la verja.
Todas las chozas
estaban cerradas; unas esterillas de hierba actuaban como barricadas contra las
incursiones de cabras disolutas, niños curiosos y, sin duda, antropólogos
errantes. Zuuldibo, el jefe, se había comprado una hermosa puerta nueva hecha
de aluminio acanalado que sostenía un candado taiwanés. Estaba cerrada. Pocos
lugares pueden tener un aspecto tan desolado como una aldea africana sin gente.
Mentalmente, redacté mi informe a las instituciones otorgadoras de becas: «El
investigador visitó el pueblo dowayo del norte de Camerún para estudiar su
ceremonia de circuncisión, pero por desgracia habían salido».
Decidí inspeccionar
mi propia choza. Al retirar la puerta de hierba tejida y penetrar en el lóbrego
interior sin aire, me asaltó un olor a excrementos de cabra y flatulencia
rancia. De la oscuridad salía un ronquido rítmico: Zuuldibo.
Despertó
sobresaltado, me saludó y se lanzó a una gran descripción del celo y dedicación
con que había guardado mi choza en mi ausencia. Confesó también que era un buen
lugar donde esconderse del inspector de Hacienda. Y ciertamente se había
acomodado a su gusto. Las paredes estaban cubiertas de fotografías de señoras
voluptuosas y cochazos americanos recortadas de revistas. En un rincón había
una lanza. En la paja había introducido pequeños atados de tela que sin duda
contenían objetos rituales importantes tales como huevos de pintada y bigotes
de leopardo. Zuuldibo miró expectante mi bolsa; indudablemente había detectado
la cerveza que había dentro. Saqué las dos botellas. Al cabo de un instante ya
había arrancado los dos tapones con el abridor que siempre llevaba colgado del
cuello y succionaba bocanadas de espuma con fruición.
Declaró que se
alegraba de que hubiera llegado porque le preocupaban varias cuestiones.
Primero estaba el problema de mi ayudante, Matthieu.
Al parecer,
Matthieu se había dedicado al conocido juego dowayo de la manipulación de
deudas. En la temporada que pasé en la aldea, llegué a actuar casi como
banquero de Zuuldibo, quien, como la mayoría de los dowayo, siempre era objeto
de peticiones de dinero por parte de parientes, recaudadores de impuestos,
funcionarios del partido, etcétera. Solía
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presentarse en mi choza con la cara vuelta hacia un lado por la
vergüenza para pedirme que le prestara alguna pequeña suma que aliviara en gran
medida sus dificultades del momento. Y no dejaba nunca de insinuar grandes
expectativas. Dado que en aquella época yo vivía en una de las chozas de su
recinto sin que me cobrara nada, siempre estaba dispuesto a ayudar. Zuuldibo,
por su parte, me devolvía religiosamente por lo menos la mitad antes de volver
a pedirme la misma suma. Sospecho que se trataba de una conocida técnica
tradicional para enredar las cuentas. Así pues, poco a poco, Zuuldibo acumuló
una deuda considerable cuya categoría concreta quedó indeterminada. ¿Era un
préstamo, un alquiler, un regalo…? Una vez regresé a Inglaterra, sabiendo que
tal deuda era de todo punto imposible de cobrar, simplemente me contenté con
considerarla un regalo a Zuuldibo a cambio de la amabilidad con que me había
tratado.
Esto, naturalmente,
era propio de un mero principiante de las relaciones sociales de los dowayo.
Ahora me doy cuenta de que debiera haber dejado que la deuda corriera aludiendo
de vez en cuando a ella para que no se olvidara, como señal de nuestra amistad.
Había algo inherentemente insultante en mi insistencia en liquidar el asunto,
de la misma manera que pagar todo lo adeudado a la tienda del pueblo implica
una determinación de saldar la cuenta y, de este modo, terminar la relación.
No obstante,
Matthieu estaba hecho de materia más dura y le disgustaba ver que se
desaprovechaba una buena deuda. Decidió cobrar en mi nombre y empezó a
importunar a Zuuldibo sin compasión. Si se trató de una cuestión de principios
o de un acto de personal espíritu empresarial, jamás se aclaró. Tranquilicé a
Zuuldibo indicándole que yo arreglaría el problema con Matthieu. No exigía que
me pagara.
Me pareció el
momento oportuno para mencionar la circuncisión. Zuuldibo asintió con la
cabeza. Sí, la ceremonia iba a celebrarse cerca de la aldea del viejo jefe de
la lluvia. Los muchachos ya habían sido adornados con cuernos y pellejos de
animales y habían empezado a recorrer la zona bailando en las casas de los
familiares. Aquel constituía por fin un signo firme y definitivo de que se
había adoptado un compromiso de llevar a cabo el ritual; me sentí aliviado.
Parecía que pronto tendría trabajo que hacer.
La circuncisión de
los dowayo es un proceso establecido. Como en muchas otras partes del mundo, se
considera que el muchacho vuelve a
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nacer con un nombre nuevo y debe aprender todas las características de
la cultura como un niño pequeño. Empieza con la ornamentación de los jóvenes
por los esposos de sus hermanas. Luego vagan por el campo bailando y se
alimentan de lo que les dan en cualquier casa. Una vez se inician las lluvias
intensas, se puede proceder a circuncidar a los muchachos. La operación debe de
ser aterradora. Se les quita la ropa en el cruce de caminos y se les conduce al
bosquecillo de la orilla del río donde se celebrará la ceremonia. Camino de
allí, los circuncidadores se les echan encima rugiendo como leopardos de caza y
amenazándolos con cuchillos. La operación es muy severa; se desprende la piel
del pene en toda su longitud. Varios circuncidadores distintos pueden cortar un
segmento diferente del prepucio. Los muchachos no deben gritar, pero los
ancianos que me hablaron de la fiesta admitieron que muchos lo hacen. En
realidad no importaba, siempre que las mujeres pensaran que eran valientes.
En la zona del río
donde van a bañarse se ven los resultados de tales operaciones. Si se llevan a
cabo en muchachos muy jóvenes, el pene adopta a veces una forma casi esférica
que en parte debe de ser la causante del bajo índice de natalidad de los dowayo.
Puesto que a todos se les practica con el mismo cuchillo y el riesgo de
infección resulta muy alto, la mortalidad es considerable. Se dice que a los
muchachos que mueren a consecuencia de la operación se los han comido los
leopardos. De la correspondencia de los funcionarios coloniales franceses se
desprende que estaban preocupados por el número de jóvenes que supuestamente
eran devorados por los leopardos, aunque estos estaban virtualmente extinguidos
en la zona. Como consecuencia, los dowayo pronto tuvieron fama de llevar a cabo
espeluznantes ritos de canibalismo.
Los muchachos
circuncidados deben permanecer aislados en el campo unos nueve meses, el mismo
tiempo que pasan en el seno materno, y deben evitar a las mujeres. Solo al
final de este período pueden deambular llevando la cobertura de cestería y
hojas que había visto yo. Pero incluso entonces cada vez que cruzan un camino
están obligados a formar un «puente» extendiendo hojas que luego han de recoger
para evitar la contaminación. Los muchachos circuncidados son muy peligrosos.
Pueden hacer que una embarazada pierda el niño y volver estéril a una recién
casada. No deben hablar directamente a las mujeres, sino utilizar unas
flautitas que reproducen los tonos de las palabras y «hablar» con música.
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Hasta después de transcurridos los nueve meses no pueden regresar a su
aldea, donde les dan de comer, los visten y les enseñan el hogar. Luego se les
lleva a la casa donde se guardan los cráneos de los antepasados varones, que
entonces ven por primera vez. Se han convertido en hombres de verdad y pueden
hacer juramentos por sus cuchillos. (Los niños que lo hacen son apaleados).
Siempre me resultaba extraño oír a los hombres recitar la versión reducida del
juramento para demostrar una gran furia, pues suena de forma parecida a una
maldición en mi propia lengua. Cada vez que la usaba yo lo encontraban de lo
más cómico.
Uno puede
preguntarse por qué está tan extendida la circuncisión en el mundo y por qué
parece que los antropólogos están tan obsesionados con ella. Podría pensarse
que la deformación de los genitales resulta tan dolorosa y desagradable que
debería ser lo último que la gente quisiera mutilar. Cuando se leen
descripciones de ciertas prácticas habituales relativas a los órganos sexuales
resulta difícil resistirse a la opinión de que tales mutilaciones se realizan
precisamente porque son dolorosas. A veces se practican agujeros en el pene.
Otras se frota regularmente con cristal para limpiarlo. En algunas tribus se
corta de arriba abajo para que se abra como una flor cuando esté erecto. Los
testículos se aplastan o cortan a hachazos. No se excluye nada.
Los antropólogos
han seguido cayendo bajo la fascinación de tales prácticas como parte de su
conocimiento de las «características diferenciales» de los pueblos exóticos. Si
es posible «explicar» tales prácticas y relacionarlas con nuestros propios
modos de vida, esa «diferencia» queda eliminada y tenemos la sensación de haber
alcanzado una idea más universal de lo que representa ser humano. Parece que si
las teorías antropológicas son capaces de explicar las costumbres sexuales,
serán capaces de explicar cualquier cosa.
Una «explicación»
común de la extendida extirpación del prepucio es que se considera una especie
de elemento femenino que no tiene cabida en un verdadero hombre.
La pasión por
extirpar el clítoris femenino se explica mediante teorías similares: este se
considera residuo de un pene que no tiene razón de ser en las mujeres. La
cultura ha tenido que actuar para pulir las costuras de una naturaleza
imperfecta.
Según mis propios
estudios de los dowayo, aunque la circuncisión de los varones es un elemento
bastante importante de su cultura, están
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bastante dispuestos a combinar varios enfoques explicativos. Sin duda,
consideran la circuncisión el equivalente masculino de la menstruación. Un
hombre estará obligado a compartir bromas durante el resto de su vida con los
hombres con quienes fue circuncidado —sus «hermanos de circuncisión»—, mientras
que una mujer deberá compartir las bromas con las niñas que empezaron a
menstruar el mismo año que ella —sus «hermanas de menstruación».
Por otra parte, era
evidente que los dowayo consideraban el prepucio un elemento en cierto modo
femenino y se quejaban de que los niños no circuncidados estaban mojados y
olían mal «como las mujeres». Los dowayo no son muy propensos a dar
explicaciones complejas de sus costumbres. Normalmente se limitan a decir que
hacen las cosas porque así se lo dijeron sus antepasados. Pero en esta cuestión
tenían una explicación preparada que constituía un interesante paralelismo con
el comportamiento de los misioneros americanos locales, que también
circuncidaban a sus hijos y explicaban con gran sinceridad que lo hacían porque
científicamente era esencial para su salud y bienestar, pues estaba demostrado
que el prepucio era una fuente de infecciones y suciedad. Mientras que los
dowayo y los americanos estaban igualmente convencidos de la necesidad de la
mutilación genital de sus jóvenes, los dowayo censuraban el método americano,
en primer lugar porque apenas cortaban nada, y en segundo lugar porque no
mantenían a los muchachos alejados de las mujeres inmediatamente después de la
operación y, por lo tanto, constituían un peligro para la salud pública.
Pero si la
circuncisión se considera únicamente un modo de pulir las costuras de la
biología, falta un elemento. Ya he mencionado la posibilidad de la circuncisión
femenina. Este tema se ha divulgado mucho últimamente, presentándolo como parte
de una malvada conspiración tramada por los varones para dominar a las mujeres
y esclavizarlas, por lo cual constituye tema de enardecida controversia. En
cambio, la mutilación de los varones, mucho más común, pasa inadvertida.
No obstante, los
dowayo no mutilan los genitales femeninos. Es cierto que hacia el fin de mi
segunda visita recibí una extraña delegación de ancianos que habían oído hablar
de tal práctica y me pidieron que se la explicara. Una vez más se deja sentir
el problema ético. ¿Debe el etnógrafo participar en la enseñanza de prácticas
que muchos observarían con horror? Aceptar tales limitaciones haría reprensible
la mayor parte de
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la antropología, pues la mayoría de su temática inspira espanto en los
salones educados.
Nos retiramos al
campo con muchos susurros y risitas, Allí, ayudado de diagramas, traté de
explicar las posibilidades básicas ante un público fascinado pero escéptico.
Sacudían la cabeza y señalaban las rayas del suelo, asombrados por la
perversidad de otros pueblos.
—Pero ¿no duele?
—preguntaban, como ajenos a la agonía que sus propias prácticas hacían pasar a
sus muchachos—. ¿De verdad impide que las mujeres vayan por ahí cometiendo
adulterio?
En tales
situaciones, pocas alternativas se le presentan a uno aparte de encogerse de
hombros y recitar una fórmula convencional como:
No lo sé, Yo no lo
he visto.
Así, la mutilación
de las mujeres era al menos una posibilidad teórica para los dowayo. Pero
persiste un problema. En las mujeres, los pechos son útiles y necesarios para
alimentar a los recién nacidos. En los varones, no lo son. Entonces, ¿por qué
no se cortan los hombres los pezones como elemento femenino intruso en lugar de
extirparse el prepucio? Yo no conozco ejemplo documentado alguno en ningún
lugar del mundo. Es, pues, imaginable mi emoción cuando Matthieu comentó
casualmente que los ninga, un pueblo vecino, eran raros porque sus hombres no
tenían pezones. Traté de confirmar esta afirmación preguntando a otros dowayo.
Me costó lo mío llevar la conversación a este tema, pero coincidieron en que
así era. Se imponía, pues, una expedición en busca de la mastectomía
inexistente.
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6. VENI, VIDI, VISA
Matthieu se
presentó ante mi choza al día siguiente. Sonreía y estaba de buen talante como
un soldado a quien se vuelve a llamar a filas tras años de inactividad
obligada. Mirándose tímidamente los pies, dijo:
Patrón, ahí fuera
tengo a alguien para usted.
Me condujo por el
patio, atravesamos la plaza pública y penetramos en la alta maleza de un sector
de la aldea que yo no había visitado.
De repente, me
encontré ante dos muchachos sumamente temerosos y sonrojados vestidos con el
atuendo de la circuncisión. Llevaban dos túnicas largas, una azul y otra
blanca, unos cuernos de búfalo atados el cuello con la tela gruesa y áspera que
se usa para envolver cadáveres y comprar mujeres. A la espalda llevan pieles de
leopardo extendidas sobre armazones de madera. Y aquí había un elemento de
acomodo al mundo moderno. Los leopardos están actualmente extinguidos en la
zona y los montes nigerianos son la única fuente de importaciones ilegales de
tales pieles a precios astronómicos. Un emprendedor comerciante legal ha venido
a llenar el hueco importando una tela de algodón estampada a imitación de la
piel de leopardo. Y esto era lo que llevaba uno de los muchachos en lugar de
una piel auténtica. Conocedor de las dificultades de los dowayo en esta
materia, me había traído unos metros del tejido de piel de leopardo con que los
caballeros ingleses elegantes tienen por costumbre tapizarse el interior de los
automóviles. Cuando se lo enseñé a Zuuldibo, le gustó mucho y consideró que su
apresto y el hecho de que fuera lavable eran importantes ventajas sobre el
producto natural.
Parecía una buena
oportunidad de probarlo en el campo. Mandé a Matthieu a buscarlo mientras los
muchachos bailaban y yo los fotografiaba. Al cabo de un rato llegó su
acompañante musical con el tambor y repetimos toda la operación con mi tela de
leopardo espléndidamente colocada. Los muchachos realizaban marcadas
inclinaciones y se agitaban furiosamente mientras hacían sonar las campanillas
sujetas a sus pies.
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De conformidad con las normas de la hospitalidad de los dowayo, le hice
un pequeño regalo a uno de ellos y les ofrecí cerveza. Entre tanto, caí en la
cuenta con incomodidad de que, al adornar a cualquiera de ellos, había aceptado
nuevas obligaciones sociales, me había convertido en «esposo» del chico, una
relación que dura de por vida y que implicaba que tendría que vestirlo y
alimentarlo una vez Analizada la circuncisión. A cambio, él bailaría en mi
funeral.
Nos llamamos
«esposa» y «esposo» respectivamente con abundancia de risitas disimuladas.
En una nueva
muestra de su sobrenatural capacidad para oler la cerveza, Zuuldibo apareció de
inmediato y se puso a observar cómo bebían los muchachos del mismo modo que un
perro merodea alrededor de un niño que se está tomando un helado. Llevaba el
sombrero un poco ladeado. Estaba claro que venía directamente de una fiesta con
cerveza en el campo.
Tras haber
encontrado por fin a mis aspirantes a la circuncisión, hermosos especímenes de
unos catorce años, estaba poco dispuesto a dejarlos marchar fácilmente y los
interrogué sin compasión sobre su extracción, qué preparativos se habían hecho
ya, quién iba a organizar la ceremonia y otros detalles. Pronto empezaron a
bostezar lastimeramente, apoyándose el uno en el otro y pidiendo que se les
dejara dormir. Además, Zuuldibo había decidido que aquel era el mejor momento
para abordar el problema del tejado de mi choza. Y no podía ser disuadido.
El tejado, observó,
tendiéndose cómodamente en el suelo y soltando ventosidades, un signo amistoso
de que nos encontrábamos en compañía exclusivamente masculina y podíamos
conversar con libertad, había sido muy buen tejado. Él mismo había supervisado
su construcción porque yo era amigo suyo. No pude resistir la tentación de
objetar que tenía goteras desde el principio, pero Zuuldibo hizo caso omiso del
comentario. Los muchachos se durmieron. Evidentemente, nos disponíamos a sufrir
un discurso preparado. El tejado, afirmó Zuuldibo, había sido muy bueno y muy
admirado. Había sido adecuado para un hombre de mi posición. Pero ahora tenía
goteras. Zuuldibo sufría cuando estaba dentro de la choza guardándola. Sufría
gustoso por mí, su amigo, sin recibir compensación, pero sin duda necesitaría
un tejado nuevo, ¿Cuánto me costaría? Consideraba que era indecoroso hablar de
esos temas. Él se ocuparía personalmente de la ejecución de las obras
necesarias. Y se aseguraría de
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que se hacían bien. Yo no tenía más que darle lo que considerara
apropiado a cambio de los padecimientos de los trabajadores.
Se trata de una
estratagema frecuente para evitar el regateo. La vergüenza solía obligar al
comprador a ofrecer mucho más de lo que de otra forma estaría dispuesto a
pagar, Evidentemente, Zuuldibo estaba bebido; de no ser así hubiera visto que
se estaba prestando a un colosal intercambio de deudas. Zuuldibo me debía
dinero. Yo le debería dinero a Zuuldibo. Cuando me pidiera que le pagara el
tejado, yo podría simplemente cancelar su deuda y dejar que se enfrentara solo
a los trabajadores. Era una idea atractiva, pero me sabía totalmente incapaz de
llevarla a la práctica. Mi propio concepto de la responsabilidad y la vergüenza
lo impedirían. Me sentiría culpable cada vez que viera a los hombres con cara
de desengaño.
El antropólogo es
una gran molestia en cualquier aldea, siempre importunando a la pobre gente con
fatigosas preguntas. Pone a prueba las reservas de paciencia y buena voluntad
hasta límites insospechados. No es, pues, razonable que se niegue a hacer alguna
pequeña contribución a la comunidad en que vive. Por otra parte, techar con
paja es una labor muy desagradable cuyas incomodidades solo habían sido
mencionadas marginalmente por Zuuldibo.
La idea inglesa de
que el techador obtiene una satisfacción rural de la pausada tarea realizada
con manos hábiles guarda poca relación con la fatiga de cubrir una choza
africana. La hierba que se usa desprende sofocantes cantidades de polen, el
cual causa espantosos sarpullidos y ahogos. Tras unos días de trabajo, se suele
encontrar a los techadores jadeando abrasados bajo el tórrido sol. La tarea
tiene más que ver con la minería del carbón que con la cestería.
Convine en que
podíamos hablar del precio en otro momento, sabiendo, por supuesto, que el
trabajo no se terminaría antes de que me marchara pero si tendría que pagarlo.
Zuuldibo se
entusiasmó. Mandó traer cerveza y envió a un niñito sigiloso a pedir
provisiones a su segunda esposa. Se apoyó en el tronco de un árbol y retornó el
tema con nuevos bríos. Al parecer, también había meditado sobre su propia
posición. Naturalmente, se daba por supuesto que me acompañaría a todas las
fiestas relacionadas con la circuncisión. La dificultad estribaba en su
sombrilla.
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Tradicionalmente, los jefes de África occidental se protegen del sol con
sombrillas rojas. A veces estas se convierten en adornos de gran elaboración
artística y se ornamentan y embellecen con rara vehemencia. Zuuldibo se había
conformado con un ejemplar mucho más simple y había comprado un paraguas de
mujer hecho en Hong Kong. A fin de ilustrar su razonamiento, sacó el paraguas
de debajo de sus ropajes, lo alzó y adoptó una expresión de suma imbecilidad,
dejando que la lengua le colgara fuera de la boca y poniendo los ojos en
blanco, Todo el mundo se echó a reír. Capté el sentido de su explicación.
Zuuldibo era
consciente de que una sombrilla inmaculada es una cosa inusual, pero una
destartalada es un inmediato objeto de burla. Su sombrilla jamás había sido de
las mejores. Tenía la tela rasgada y manchada por un centenar de desgracias
fortuitas que parecían en gran medida asociadas a la cerveza. Las varillas
desnudas salían proyectadas hacia adelante como los brazos de un huérfano. El
mango estaba torcido.
Zuuldibo necesitaba
una sombrilla nueva; si no, no podría asistir a las fiestas. Accedí a buscarle
una a la primera oportunidad. Zuuldibo se inclinó hacia adelante ansioso. El
jefe de Marko tenía una sombrilla con… Siguió un prolongado intervalo de discusiones
lingüísticas, hasta que dimos con el término dowayo correspondiente a borla.
¿Podría él tener una así? Lo intentaría. Si era posible, si Dios así lo
deseaba, tendría su borla. Zuuldibo estaba resplandeciente. Mi «esposa» se
marchó, prometiéndome avisarme cuando fuera a tener lugar la ceremonia. Llegó
entonces la cerveza acompañada de dos hermanos de Zuuldibo.
Zuuldibo, que era
puntilloso en cuestiones de etiqueta, vertió una saludable dosis del solemne y
burbujeante líquido en una calabaza y tomó un único sorbo protocolario para
demostrar que no se pretendía nada perjudicial para el bienestar de sus
invitados. A continuación me la ofreció a mí. Seguramente, su mismo espíritu
obsequioso se me había contagiado, y, no sé por qué, en lugar de vaciar el vaso
como era de esperar, lo alcé y proclamé el nombre de Zuuldibo como brindis.
Inmediatamente, un profundo silencio de asombro descendió sobre los reunidos.
Los muchachos dejaron de hablar. La sonrisa de Zuuldibo quedó congelada en su
rostro. Incluso pareció que las propias moscas habían dejado de zumbar. Supe,
como todo el que trabaja en una cultura extranjera, que había cometido un grave
error.
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El problema reside en el hecho de que los dowayo no tienen noción de
nuestra costumbre de brindar. Lo único que tienen es la institución de
maldecir. Cuando un hombre ha sido ultrajado más allá de lo que se puede
soportar, puede maldecir a otro pronunciando su nombre, tomando cerveza y
escupiendo el contenido de su boca al suelo. Se espera entonces que la víctima
se debilite y muera, sobre todo si tiene una relación de dependencia con quien
le ha hecho objeto de la maldición, por ejemplo si es hijo suyo.
Zuuldibo y los
demás permanecieron sentados, observándome horrorizados y esperando que
escupiera. ¿Qué mal podía haber conducido a un acto tan vil por mi parte?
Esbocé lo que con
toda mi alma esperaba que fuera una sonrisa encantadora y traté de explicarme.
Repentinamente se aflojó la tensión, Nuestros papeles se trocaron de inmediato
de un modo ridículo: Zuuldibo era el etnógrafo, y yo, el confuso y desamparado
informante.
—Es una cosa que
hacemos en mi aldea —expliqué para demostrar que deseamos larga vida y muchas
esposas e hijos al hombre cuyo nombre pronunciamos. Es una costumbre de mi
pueblo.
Zuuldibo frunció el
entrecejo.
—Pero ¿cómo pueden
las palabras hacer que un hombre viva mucho tiempo?
—No, no es
exactamente así. Solo demostramos que lo deseamos, que somos amigos.
—Pero ¿significa
eso que deseas que los otros hombres presentes, los que no nombras, mueran, que
sus esposas no tengan hijos?
—No. No lo
entiendes. —Inspiración—. Es como lo contrario de maldecir. Significa cosas
buenas.
—¡Ah!
Era el afamado
«método comparativo» de la antropología en acción, un ejemplo esclarecedor de
que cada uno teníamos media imagen carente de significado hasta que se unía a
la otra media, Me di cuenta también de que Zuuldibo me había obligado a dirigir
mi pensamiento por caminos que no eran los naturales. Hasta que hablé con él,
yo carecía de ideas claras sobre los brindis, sobre por qué lo hacíamos, qué
efectos esperábamos que tuvieran. Resultaba muy desconcertante.
Los muchachos se
levantaron y se alejaron por el sendero con zancada ligera hasta ser pronto
engullidos por la alta maleza. El sonido discordante
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de las campanillas que llevaban en los tobillos regresaba hasta nosotros
en oleadas. Bruscamente, un sonido nuevo venció al anterior. Era una
motocicleta, Suzuki yo en dowayo. La llegada de una motocicleta no es cosa de
cada día en la aldea, y todos corrimos al seto de cactus que la rodeaba para
ver quién era. El sonido se apagó al descender el vehículo a una hondonada.
Seguidamente, montado sobre una máquina que daba violentas sacudidas, apareció
un gendarme con una carabina automática colgada a la espalda. Zuuldibo y yo nos
miramos en mudo reconocimiento de que venía por uno de nosotros. Plegó con
rapidez su cómica sombrilla y se esfumó, doblando las rodillas como Groucho
Marx por si acaso la cabeza le sobresalía por encima del seto. De repente, me
encontré solo. La gente huyó en todas direcciones, como si se hubiera anunciado
la visita de Atila, rey de los hunos. Siguió una pausa mientras el gendarme
estacionaba la motocicleta y amenazaba a la muchedumbre de niños con diversas
formas de desmembramiento físico si tocaban su máquina. Apareció, no sin cierta
timidez, en la verja, dejó caer la carabina y me estrechó la mano. Para mi
alivio, lo reconocí como uno de los simpáticos haraganes del puesto de policía.
Al entrar en mi choza, temí por un momento encontrar allí a Zuuldibo, pero
estaba vacía.
—¿Dónde está la
gente? —preguntó en francés, Deben de estar en el campo.
Y el jefe, ¿está
aquí?
—Creo que ha tenido
que salir.
Bueno, de todas
formas, es a usted a quien he venido a ver. Pero el capitán dice que hay que
saludar siempre al jefe cuando se entra en una aldea.
Sacó una carta
adornada con sellos y números. Dentro había un endeble trozo de papel en el que
se leía la palabra citación. Era un completo misterio para mí.
¿Eh? ¿Qué significa
esto?
El gendarme me
dedicó una mirada compasiva.
—Tiene que
presentarse inmediatamente en el despacho del prefecto en Garoua. Supongo que
quiere decir que lo van a deportar. —Sonrió beatíficamente.
Estaba claro que
iba a ser uno de esos días. Aparentemente, el trabajo de campo consta de largos
períodos imposibles de reconstruir después
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porque no ocurrió nada, que alternan con días de intensa actividad en
que uno va montado en unas montañas rusas de buena fortuna y desastre.
Le ofrecí una
cerveza, la última de mis existencias, e intenté averiguar más. Fue inútil, él
no sabía nada; pero estuvo encantado de quitarse las botas, acomodar sus pies e
interrogarme sobre los dowayo, a la manera de un buen bobby inglés
informándose sobre su «rebaño». Hoy en día, todo el mundo es antropólogo. Como
era del sur, sacudió mucho la cabeza ante sus «primitivas costumbres» e
insistió en que yo escribiera un relato de su propia circuncisión en los
bosques de su zona. Hizo mucho hincapié en el hecho de que, al casarse, su
esposa había tenido que pagarle un franco, «por el dolor de la circuncisión que
había sufrido para darle gozo a ella».
Tras descubrir por
fin un informante desesperadamente ansioso, aunque de una zona que no me
interesaba nada, resultaba desalentador tener que dirigir la conversación hacia
temas más mundanos. La citación.
El mensaje había
llegado por radio aquella mañana, y el capitán lo había mandado a buscarme.
Parecía avergonzado y se miraba los pies con arrebatada atención. Naturalmente,
siempre podía decirle al capitán que yo estaba en el campo y había tenido que
dejar la nota en mi puerta. Eso me daría tiempo de ver al sous-préfet antes
de que me localizara la policía. Incluso me llevaría al pueblo en la trasera de
la moto si prometía bajarme de un salto y esconderme si venía alguien en
dirección contraria.
Nos fuimos
acompañados de abundante aleteo de cortinas de hierba detrás de las cuales
miraban múltiples pares de ojos, como si de nobles damas observando tras
visillos de encaje se tratara. Me dejó antes de llegar al pueblo.
Mi visita resultó
asombrosamente simple. El sous-préfet estaba en casa, libre y
dispuesto a recibirme. Me hizo pasar y escuchó mi historia. Inspeccionó mi
pasaporte. Tras una rápida lectura, le dio un golpe con el dedo.
—Aquí está el
problema. En la capital le dieron un visado provisional, no temporal.
—Ciertamente, allí estaba el visado, una insultante caricatura del perfil de
una mujer africana. Inevitablemente, me acordé de Precoz y de sus espantosos
colgantes de marfil. A un lado estaban estampadas las palabras cargadas de
fatalidad: «Válido para tres semanas. No renovable,» Con mano diestra, el sous-préfet borró
la cláusula de no renovación y le puso un sello—. Más vale que vaya a Garoua
—me indicó—. Le escribiré una nota para que se la dé al prefecto.
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No se preocupe.
Otra cosa: mi automóvil tiene que ir a la ciudad mañana por la mañana. Si lo
desea, puede ir en él.
Así pues, lejos de
que me expulsaran encadenado como me había imaginado, terminé siendo
transportado por un chófer. Tan drásticas alteraciones de la fortuna tienen un
notable efecto sobre la mente. Los antropólogos se distinguen tal vez por
poseer un equipo suplementario al que pueden acudir en momentos de frustración
y desastre. Se trata de un estado de muerte aparente, carente de sensibilidad,
en que las desgracias más temibles y las andanadas de pequeñas irritaciones
simplemente traen sin cuidado al trabajador de campo, de un modo que asombraría
a amigos y conocidos que pueden tenerle por enérgico e incisivo.
Mientras pasaba a
toda velocidad rodeado de un mar de ecuanimidad, los policías de la carretera
me saludaban. No tuve que someterme a ninguno de los usuales controles de
documentación. En tales situaciones, inevitablemente uno recuerda relatos
infantiles de personajes felices ignorantes que corren hacia la perdición,
portando la orden de su propia ejecución. No obstante, cuando llegamos a la
ciudad, mi saludo magistral de condescendencia otorgada a quienes presenciaban
mi paso casi había alcanzado la perfección. Empecé a pensar que tal vez le
había cogido el tranquillo a la burocracia africana.
El despacho del
prefecto me devolvió el golpe de un modo relativamente silencioso. La nota
del sous-préfet levantó cierta sospecha. La manipulaban con
gran circunspección, como si pudiera llegar a convertirse en importante prueba
inculpatoria.
—¿Qué relación
tiene usted con el sous-préfet? —me preguntó un funcionario hostil.
—Se casó con mi
hermana.
El funcionario
inclinó la cabeza satisfecho. En seguida mi pasaporte lucía un nuevo visado que
contravenía la cláusula de no renovación, El funcionario sonreía.
—Hay un problema.
Necesita un sello fiscal de doscientos francos y ahora no tenemos ninguno. —Se
encogió de hombros—. No hay ningún sello fiscal de doscientos francos en la
ciudad. —Se inclinó hacia adelante
—. Si se encuentra
usted conmigo detrás del edificio dentro de diez minutos, quizá pueda ayudarle.
Si no, puede esperar en Garoua hasta que
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lleguen. —Su exagerado uso de la boca y las cejas sugería que esta
última no sería una opción sensata.
Me retiré y me
quedé remoloneando un poco ante la puerta con estudiada inocencia antes de
deslizarme hacia la puerta trasera del edificio.
Allí, furtivamente,
nos encontramos. El resultado final fue que pagué cuatrocientos francos por un
sello de doscientos. Al marcharme, volvió a preguntarme:
—¿Es cierto que
está casado con su hermana? Lo miré extrañado abriendo unos ojos como platos.
—Claro que sí.
Había llegado el
momento de buscar hospedaje para pasar la noche y, como de costumbre, me
encaminé a un hotelito formado por un puñado de chozas de cemento pero con agua
corriente. Se erigía junto al flamante y deliberadamente imponente Novotel, al
otro lado de la ciudad. A todas horas del día y de la noche, autocares dotados
de aire acondicionado descargaban ante él rebaños de turistas franceses y
alemanes vestidos con trajes da safari firmados por Yves Saint Laurent.
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7. DE SIMIOS Y
CINES
En este mundo es
importante saber a quién le resulta uno atractivo. Había una vez un anuncio de
loción contra los mosquitos particularmente efectivo que empezaba así: «De cada
dos millares de personas hay una que no les resulta atractiva a los mosquitos».
Por desgracia, mientras estaba sentado en la terraza del hotelito de Garoua se
hizo dolorosamente evidente que yo no entraba en esa categoría. Los mosquitos
de esa población son resueltos y perversos, y solo abandonan su inexorable
procreación para atacar con furia a desventurados seres humanos. Cuando la
valiente exploradora Oliver McLeod visitó esta ciudad, poco después de iniciado
el siglo, y cenó en compañía del gobernador alemán, los criados de librea
colocaron un sapo doméstico junto a cada uno de los invitados a fin de
disminuir los estragos de los sanguinarios insectos.
Pero los mosquitos
no acaparan todo mi encanto. Ejerzo un efecto todavía más fuerte sobre los
monos. En Inglaterra, esta atracción permanece latente, pero en África aflora a
la superficie.
En la tierra de los
dowayo había encontrado babuinos, seguramente los simios menos agraciados. En
las rocas próximas al camino que conducía a los dominios del jefe de la lluvia
una caterva de ejemplares vivía una existencia ruidosa y anodina. Mientras me
arrastraba por ese sendero extremadamente escarpado, me chillaban, farfullaban
y de vez en cuando me lanzaban piedras. No obstante, ahora sospecho que lo que
tomé por ira y agresión no era sino una manifestación de afecto frustrado.
El encuentro
siguiente con un babuino tuvo lugar mientras permanecía sentado en una roca en
medio de un río. En los alrededores de Ngaoundere había un agradable lugar
donde el río descendía unos quince o veinte metros formando una hermosa
cascada. El aire era siempre fresco y estaba lleno de iris y de libélulas.
Además, había una roca convenientemente situada para tomar el sol.
Estando allí
sentado, mientras contemplaba los prodigios de la naturaleza, se me acercó un
babuino, que se sentó a observarme con evidente interés desde la orilla del río
en tanto se buscaba pulgas por el
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cuerpo con la mayor impudicia. Pronto nació entre nosotros cierta
simpatía y, tras avanzar delicadamente a cuatro patas hasta donde me encontraba
yo, el animal se me quedó mirando fijamente a la cara como si esperara
descubrir que era un pariente con el que había perdido el contacto hacía
tiempo. De repente, bostezó y señaló algo situado por encima de mi cabeza. Tan
grande era la simpatía que había entre nosotros que no se me ocurrió que no se
tratara de un gesto dirigido a mi, y me volví a ver lo que señalaba. El
babuino, aprovechando mi distracción, me agarró el pezón izquierdo por la
camisa abierta y empezó a succionar vigorosamente, El sagaz animal no tardó en
darse cuenta de que se trataba de una empresa infructuosa, y nos retiramos
mutuamente avergonzados. El babuino llegó incluso a escupir ofensivamente. Es
posible que este incidente fuera en parte responsable de la mastectomía
inexistente y los acontecimientos concomitantes que relataré más adelante.
Mientras estaba
sentado en la terraza, espantando mosquitos en silencio, vi a un viejo amigo,
Bob, un antropólogo norteamericano de raza negra. Decidimos ponernos al
corriente de las novedades respectivas en tanto saboreábamos una cerveza. Pero
con el rabillo del ojo distinguí un movimiento a la vez extraño y familiar. Era
un mono que se balanceaba por los árboles. Sabía que venía por mí.
Luego resultó que
el zoo tenía dos monitos, no sé de qué clase, monas, chimpancés, gorilas…,
todos sienten por mí el mismo cariño. Cuando la hembra de la pareja murió, el
macho se sumió en el más profundo duelo. Puesto que se trataba de una criatura
inteligente, observó que el candado de su jaula estaba roto. El guarda, de
conformidad con las normas que gobernaban sus acciones, solicitó por triplicado
un candado nuevo a la capital, sin respuesta. Cualquier modo de cerrar la jaula
que resistiera los esfuerzos nocturnos del mono para abrirla resultaba
demasiado oneroso e incómodo para el guarda, y cualquier método menos drástico
era burlado por el mono, que vagaba a voluntad durante las horas de oscuridad.
Pero por la mañana siempre regresaba a su jaula, el único hogar que había
conocido. Ambas partes habían alcanzado un acuerdo tácito a satisfacción mutua.
A cambio de
prestarse a la inspección pública durante el día, se autorizaba al mono a
realizar excursiones nocturnas que le subían notablemente la moral. Cada
anochecer, abría pacientemente el candado de su puerta, saltaba a los árboles y
emprendía la búsqueda de compañía
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adecuada, Hay que admitir que, si bien en ocasiones abusaba de tal
privilegio debido a su fogosidad, nunca había dejado de presentarse al trabajo
a la mañana siguiente. Uno de sus lugares predilectos era la piscina del hotel
de lujo que había junto al mío. Se deleitaba metiéndose en las casetas y
apoderándose de la ropa para luego retirarse a la seguridad de los árboles.
Allí, revolvía las carteras y los bolsos de los turistas y dejaba caer el
dinero, los documentos y sin duda más de un secreto sobre las cabezas de
quienes se encontraran debajo, inmune a sus gritos y lisonjas. Esto se
convirtió en una importante fuente de ingresos para los empleados del hotel que
ahora fomentaban sus visitas.
Después de pasar un
momento contemplándome desde un árbol, el mono saltó al suelo, se acercó al
trote a nuestra mesa y se me quedó mirando con profunda gravedad. A través de
la pared que dividía ambos establecimientos llegaban aullidos de furia. Era
evidente que acababa de realizar una visita especialmente productiva.
Al verlo, un
camarero echó a correr de inmediato con la intención de darle en la cabeza con
una piedra. Esta actitud representa una respuesta bastante corriente en Camerún
a la fauna salvaje. Sabiamente, el animal se agarró a mi cuello con los dos
brazos y se deslizó hasta mi regazo, enseñándole unos dientes verdes y
horripilantemente apestosos a su agresor. No sin extrema dificultad pude por
fin convencer al camarero de que era más razonable no golpear al mono —que
ahora estaba adherido a mí como una lapa—, pues seguramente me haría entonces
blanco de su furia, sino alejarlo con un plato de cacahuetes. Con el ceño
fruncido y murmurando, el camarero acabó por hacerme caso, dejando bien sentado
que me cobraría los cacahuetes. No obstante, el mono se negaba a separarse de
mí. Empezó a roncar y a echarme vaharadas de maloliente halitosis a la cara,
desdeñando los manjares ofrecidos. Los bienintencionados intentos de deshacer
su abrazo produjeron rugidos enfurecidos y exhibición de colmillos rabiosos. Al
acariciarle la cabeza emitía suspiros y gruñidos de tan profunda tristeza que
hubiera hecho falta un corazón más endurecido que el mío para intentar siquiera
librarse del animal.
El problema era que
Bob y yo habíamos pensado ir al cine. Los cines no suelen revestir mucha
importancia en los relatos de los antropólogos; sin embargo, son curiosamente
fundamentales para ellos cuando se encuentran haciendo trabajo de campo. Puesto
que por lo general son
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totalmente inaccesibles, se convierten en foco de sentimientos de
privación y nostalgia. Cada vez que el antropólogo está en una ciudad, ha de
acudir forzosamente al cine. Da lo mismo si sabe de antemano que la película
será terrible; el sonido, incomprensible, y la experiencia, plena de calor,
polvo y sudor. Hay que hacerlo. Y en aquella ciudad había una nueva maravilla.
Acababan de inaugurar un flamante palacio del cinematógrafo. Incluso disponía
de asientos y de tejado. La instalación del aire acondicionado era inminente. Y
aquella noche era la única en que la película, aunque no sería ni muchísimo
menos reciente, no era un espectáculo de kung-fu ni una
epopeya musulmana que reflejara una monumental matanza de infieles.
La vida está llena
de actos que en el momento de realizarlos parecen perfectamente razonables. Sin
embargo, la lógica de una situación es una cuestión puramente local. Luego
muchas acciones, contemplándolas retrospectivamente, nos resultan extrañas e
inexplicables.
¿Por qué no nos lo
llevamos? sugirió Bob.
En ese momento nada
parecía más natural que llevarme a aquel simio roncador al cine. Unos cuantos
movimientos tentativos revelaron que el traslado era posible siempre que
mantuviera una mano libre para acariciar a la bestia. De lo contrario, volvía a
exhibir los dientes y a gruñir. Solo hizo falta una habilidad ligeramente
superior a la de un contorsionista corriente para introducirme en una chaqueta
que no había sido diseñada para llevar un mono y abrocharla encima de este. Con
el húmedo calor de la noche, me sentía verdaderamente sofocado. La buena
fortuna me había proporcionado un furgón propiedad de mis sufridos amigos de la
misión, y nuestro variopinto trío emprendió el camino del cine.
Estaría bien poder
decir que la película que ponían era King Kong, pero me temo que se trataba de
una comedia americana corrientucha sobre el divorcio que aparentemente dejaba
bastante indiferentes a los polígamos musulmanes.
Hicimos cola en la
taquilla, no sin despertar las miradas sospechosas de varios miembros del
público hacia mi barriga roncadora. Para gran inquietud mía, la irritable
taquillera descubrió el mono, me miró iracunda haciendo aletear las ventanas de
la nariz y llamó al jefe francés. Yo esperaba que aquello fuera el fin de la
cuestión. El jefe aprovecharía la oportunidad para dar rienda suelta a la furia
gala y enumerar con una
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lógica aplastante todas las razones por las que se prohibía la entrada a
los simios. Acto seguido, nos acompañarían a la puerta.
Sorprendentemente,
la cuestión principal que se planteaba no era la admisibilidad de los monos,
sino qué tipo de entrada requerían. Bob entró rápidamente en situación y
declaró que evidentemente el mono era un «menor» y, por lo tanto, tenía derecho
a un descuento. Ni siquiera iba a ocupar un asiento. El jefe no estaba
dispuesto a admitir tal extremo, temiendo quizá sentar precedente. ¿De verdad
preveía una avenida de gente acompañada de leones y osos hormigueros que se
negaran a pagar alegando aquel débil pretexto? Al final acordamos que le
cobraría al mono la mitad del precio de la localidad más barata y nos
sentaríamos en la zona menos elegante de la casa. Pagué. El mono volvió a
meterse bajo la chaqueta y se puso de nuevo a roncar.
La primera parte
del programa no gozaba del favor popular. Consistía en un verborreico
documental sensacionalista sobre cruceros en las Indias Occidentales. Como de
costumbre, las barreras entre los asistentes eran pocas y las normas que
imponían guardar estricto silencio no eran en absoluto observadas. El caballero
que tenía a mi lado, tras quitarse los zapatos para acomodar sus grandes pies
aplastados y desabrocharse el uniforme militar hasta el ombligo, empezó a hacer
bromitas sobre que mis antepasados les habían dado a sus antepasados pasajes
gratuitos para aquellos barcos durante el comercio de esclavos. Bob, un
norteamericano negro con una fuerte conciencia de raza, se tomó los comentarios
bastante mal y se creó un claro ambiente de tensión entre el militar y él.
En aquel momento
pareció que el tan anunciado aire acondicionado entraba repentinamente en
acción. La temperatura fue descendiendo de forma constante hasta que el frescor
del aire se hizo perceptible. Daba la impresión de que el aparato se volvía
cada vez más activo. En lugar de limitarse a mitigar el sofocante calor, le
declaró la guerra arrojando chorros de aire helado al recinto. Debajo de la
pantalla se formó una especie de niebla miasmática mientras el insípido locutor
francés seguía loando las virtudes de «escapar del frío este invierno» haciendo
un crucero por el Caribe.
El caballero
militar comenzó a abotonarse el uniforme y a enfundarse trabajosamente las
botas. Y, lo que es peor, el frío repentino penetró hasta mi amigo el simio,
que asomó la cabeza, para considerable inquietud de la señora de atrás. Por
desgracia, la dama poseía un gran bolso de mano rojo
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brillante. El mono se encaprichó desesperadamente del bolso y se
enfureció ante la firme negativa de la dama a entregárselo. En un intento de
distraer al mono, le compré un gran mango rojo brillante a un vendedor. Sin
embargo, los mangos eran una cosa extraña. Fuera cual fuera la comida habitual
de los simios, los mangos no formaban parte de ella. El mono se limitó a
arrancar tiras de la fruta para lanzárselas directamente de la boca a los
miembros del público. Su furia era sorprendentemente intensa. Los espectadores,
aburridos de la película, se lo tomaron bien y empezaron a comprar mangos y a
escupírselos al mono, lo cual quería decir, inevitablemente, a mí. El director,
alertado por sus subordinados, que temían por la decoración, se apresuró a
amenazarnos con la expulsión. El público se dispuso a disfrutar de una buena
pelea mientras se empezaban a proyectar las noticias.
Al parecer, la
historia principal era una reunión entre el presidente y un ministro chino
inidentificable que había prestado ayuda al país. Vimos la inevitable escena
del presidente dedicando una sonrisa forzada a la cámara, con los ojos fijos en
la lente, mientras ofrecía al visitante uno de los espantosos sillones de
plástico que siempre aparecían en esas escenas. «Debería usar la ayuda para
comprar muebles nuevos», opinó el militar en voz alta. El público reía
estrepitosamente, las noticias estallaron en el himno nacional, la mitad de los
espectadores se pusieron en pie y la otra mitad se dedicó a alborotar. Todo
aquello era demasiado para el mono. Harto de tanta compañía, empezó a gritar y
parlotear. Al público le gustó, pero el hecho de tener el himno nacional como
fondo acercaba peligrosamente nuestro comportamiento a un delito de lesa
majestad. Había llegado el momento de marcharnos, aun sin ver la película
principal. En un acto de deslealtad digno de san Pedro, Bob se quedó.
Regresamos en
silencio. Mientras yo bajaba del coche delante del hotel, el mono se deslizó
suavemente hasta el suelo y me miró una última vez como si se preguntara si el
abrazo había sido demasiado atrevido para tratarse de la primera ocasión que
salíamos juntos. Decidió que no era oportuno hacer más demostraciones de
afecto, atravesó el patio con sus poco elegantes andares y saltó a los árboles
camino del zoo.
Tras todas estas
emociones, yo me sentía bastante cansado y no me importó en absoluto perderme
la película. Sin embargo, no dormí muy bien. Tenía pulgas, pulgas de mono.
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8. ANTE LA DUDA, ¡A
LA CARGA!
De nuevo en Poli,
todo estaba tranquilo. En la misión reinaba un sombrío silencio. Unas bestias
sin identificar habían devastado la cosecha de Jon. Se sospechaba del ganado
del jefe municipal. No sé porqué, yo estaba seguro de que habían sido los
babuinos. Si esposa de Jon hubiera pertenecido al pueblo dowayo, en aquel
momento habría esperado que la apalearan por adulterio, la causa indiscutible
de cualquier daño sufrido por la cosecha de un hombre.
En la aldea,
Zuuldibo, tras ser extraído de debajo de mi cama, proclamó que continuaban los
preparativos de la circuncisión, pero que no sucedería nada importante durante
un tiempo. Por mi experiencia anterior sabía que lo que marcaba el momento
decisivo era la preparación de la cerveza. Cuando me enterara de que esta se
había iniciado, sabría que la ceremonia se acercaba. Para asegurarme, mandé a
Matthieu a la aldea donde debía celebrarse con un poco de tabaco como obsequio
para un pariente suyo que vivía allí. Así me avisarían a tiempo.
Entre tanto, tenía
suficiente material para mantenerme ocupado, pues había empezado a estudiar a
los curanderos y sus remedios. Pero, dado que podía contar con varias semanas
de paréntesis, decidí emprender la misión que podía constituir mi única contribución
importante a la antropología. Iría a ver a los ninga para investigar el ritual
de extirpación del pecho masculino, la mastectomía inexistente que habían
mencionado mis informantes dowayo.
Desde el principio
quedó claro que Matthieu no quería ir a ver a los ninga. Los caminos eran
peligrosos, me aseguró. En esta época del año no habría nadie. Nadie hablaba su
lengua. No querrían hablar conmigo. Eran mala gente.
Uno de los
descubrimientos más deprimentes del antropólogo es que casi todos los pueblos
aborrecen, temen y desprecian a sus vecinos.
Me había enterado a
través de uno de los enfermeros del hospital de que el jefe ninga estaba en
Poli, y decidí localizarlo. Ello requirió horas de merodear por las chozas de
las afueras. Una vez más, estaba claro para
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todo el mundo lo que buscaba un hombre blanco, pese a sus protestas y
patéticas explicaciones. Hasta entonces no me había dado cuenta de que en una
ciudad tan pequeña existiera la comercialización del vicio como tal. Pero
ciertamente existía, y a mí me ofrecieron infatigablemente la mayoría de las
existencias. También tuve un extraño encuentro con un miembro de la policía,
que salió bastante desaliñado de una casa y se empeñó en explicarme que estaba
investigando la bebida ilegal.
Hasta el anochecer,
cansado, acalorado y de muy mal humor, no di con el jefe de los ninga. Fui
conducido a su presencia por un chiquillo que había contratado como guía.
Evidentemente, sus técnicas de despiste eran tan buenas como las de Zuuldibo.
El jefe era un enano, totalmente cubierto por una túnica de franela roja muy
similar a la de los ayudantes de Papá Noel. Debajo de la túnica asomaban
atrevidas las puntas de unos relucientes zapatos blancos. cuando entré en su
recinto, corrió hacia mí como un terrier entusiasmado, me abrazó efusivamente
enterrando su rostro en mi vientre y manifestó su alegría de verme.
Nos sentamos en
sendas cajas de madera vueltas al revés y dimos comienzo a la audiencia, con el
golfillo como intérprete. Declaré el placer que me producía ver al jefe y
expliqué que mi misión en aquellas tierras era estudiar las «costumbres». Él
asintió con la cabeza sabiamente. Yo había oído muchas cosas interesantes de
los ninga y mi corazón ansiaba visitarlo en su aldea para conocer la vida
ninga. En general, este enfoque me pareció preferible a simplemente decir:
«Mire, me interesan los pezones de los hombres».
Sonrió benévolo al
oír la traducción de mis palabras. Sabía que yo había estado con los dowayo,
que eran siempre amigos de su pueblo. Su corazón anhelaba llevarme a la aldea.
De buen grado me hablaría de la vida ninga. Había oído que yo era un hombre de palabras
directas. Adoptó una expresión de timidez. Solo había un problema. Él era
pobre. No podía albergarme como yo desearía. Sin embargo, era orgulloso. No
podía recibirme y decepcionarme. Suspiró. Solo había una manera de
solucionarlo. Yo tendría que comprar una cabra. Con mil francos bastaría. Y ya
que estábamos en ello, podía darle el dinero en aquel mismo momento. Yo me
negué. Era la petición de dinero más directa con que me había topado hasta
entonces. Resultaba difícil discernir si se trataba de un momento adecuado para
la firmeza pragmática de hombre a hombre o para la generosidad espontánea sin
regateos. Por desgracia, la antropología
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exige cierta medida de hipocresía y astucia. Una rápida inspección de
mis bolsillos reveló una suma total de quinientos francos, de modo que la
generosidad quedó descartada.
Desafortunadamente,
expliqué, también yo era pobre. Puesto que no era jefe, no estaba habituado a
comer cabras enteras, de modo que le daría al jefe el precio de media cabra,
quinientos francos. Quedó muy desilusionado. Después de haber venido tan lejos y
haber descubierto un fenómeno tan importante como la extirpación de los pezones
masculinos, parecía ridículo discutir por una cantidad solo ligeramente
superior a una libra esterlina. No sé por qué, era este un argumento que
siempre usaba conmigo mismo antes de ceder. Añadí que, naturalmente, pensaba
hacerle un obsequio al jefe cuando lo visitara. «Ningún invitado se presenta
con las manos vacías».
El rostro del jefe
se iluminó visiblemente y acordamos que al cabo de una semana nuestro chiquillo
intérprete vendría a buscarme a la aldea y ascenderíamos juntos al monte.
Cuando traté de marcharme, el jefe volvió a venir corriendo hacia mí y apretó
mi dócil cuerpo contra el suyo. Me agarró la mano y la llevó apasionadamente a
su corazón.
—Los blancos y los
negros son hermanos —observó—. Pero los blancos son más listos.
Era difícil
responder adecuadamente a eso. Después de ser despojado de todo mi dinero, no
me sentía especialmente listo, de modo que dejamos el tema tal como estaba.
—No se quede mucho
rato por esta zona —me advirtió solemnemente —. Hay muchas mujeres malas.
Empecé entonces a
adivinar adónde iban a ir a parar mis quinientos francos.
Nueve días después
no había tenido noticias del jefe de los ninga. La noción del tiempo es en
África más amplia que la nuestra. Recordé con vergüenza la llegada del jefe de
la lluvia dowayo el día siguiente a mi fiesta de despedida esperando que le
hubiéramos guardado bebida.
Con todo, parecía
que una visita al jefe de los ninga sin pezones no estaría fuera de lugar. Pese
a sus previsibles predicciones de fatalidad, me puse en camino con Matthieu en
cuanto amaneció. Una vez más tuvimos que dar muchas vueltas. En los hogares poligínicos
suele darse un elemento nómada a la hora de acostarse. La gente estaba
acurrucada en torno a las hogueras, envueltos en mantas para protegerse del
frío de la
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madrugada mientras esperaban comida o cerveza caliente. Por todos lados
resonaban potentes expectoraciones.
La casa del jefe
estaba vacía. Nadie sabía dónde estaba. Nadie sabía cuándo regresaría. Matthieu
explicó que aquello se debía a que todos eran malos. Decidí probar suerte con
mi informante enfermero del hospital.
Puesto que ello
exigía pasar justo por delante de la casa del sous-préfet, también
sería necesario hacerle una visita de cortesía.
La figura rechoncha
del sous-préfet estaba ya encorvada sobre su mesa de trabajo
con un montón de papeles esparcidos delante. Cuando nos estrechamos la mano,
una amplia sonrisa afloró a su rostro. Seguidamente agitó un papel en el aire.
—¡Ajá! Tengo un
informe de la policía sobre usted. Por lo visto, ha estado viendo a una dama de
la noche.
Cuanto más lo
negaba yo, con más deleite rehusaba él creer otra cosa que no fuera lo peor de
mí. Finalmente, abordamos la cuestión del jefe ninga.
—¿El jefe de los
ninga? Yo puedo decirle dónde está.
Se apoyó en el
respaldo del sillón y adoptó su expresión más angelical. —Lo mandé de regreso a
su aldea. Es un mal ejemplo, haraganeando por aquí, sin hacer otra cosa que
beber y fornicar. ¿Cómo van a respetar los jóvenes a sus jefes si se comportan
así? Lo he mandado a cobrar los impuestos debidamente. —Alzó un dedo
reprobador—. Y usted más vale
que se porte bien o
también lo mandaré de regreso a su tierra.
La conversación
tocó el tema de la circuncisión. El punto de vista del sous-préfet estaba
marcado por todos los desagrados no resueltos de cualquier
administrador de una cultura que gobierna a los miembros de otra. Como
musulmán, naturalmente consideraba la circuncisión una cosa buena en sí misma.
Era inherentemente civilizada y, por tanto, había que fomentarla entre los
paganos. No obstante, era consciente de que resultaba desestabilizadora,
peligrosa y cara. Por lo que tenía la costumbre de enviar a los enfermeros a
realizar la operación en las aldeas en lugar de permitir que lo hiciera la
gente «con una azada sucia». Al menos eran más moderados en las incisiones y
relativamente higiénicos, aunque la norma de que todas las heridas deben
empaparse en alcohol debía de incrementar notablemente el dolor. Lo que
el sous-préfet no sabía era que algunos ancianos,
insatisfechos con esta práctica, volvían a circuncidar a los muchachos una vez
se habían marchado los enfermeros. Así pues, las
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medidas humanitarias de un buen administrador no hacían sino aumentar el
dolor, el sufrimiento y la mortalidad de los muchachos, dentro de la mejor
tradición colonial.
Durante esta
conversación oí hablar por primera vez del proyecto hidráulico que luego habría
de convertirse en un grave problema. El sous-préfet, en
colaboración con el Cuerpo de Paz norteamericano, había decidido
que la ciudad necesitaba un sistema de suministro de agua potable. Mientras
regresaba a mi aldea, poco imaginaba el embrollo que aquello iba a ocasionar;
me preocupaba más mi búsqueda de la mastectomía inexistente.
Uno de los
principios del ejército británico ha sido siempre «Ante la duda, ¡a la carga!».
Parecía llegado el momento de aplicarlo a mi trabajo de campo. Zuuldibo
confirmó que varios hombres de la aldea conocían los senderos que llevaban a
los ninga, pero había que realizar peligrosas ascensiones. Me mandaría uno que
era fuerte, inteligente, honrado, etcétera. Decidí salir al alba. Matthieu
estaba muy contrariado. Si los ninga de la aldea ya eran malos, los de la
montaña eran mucho peores.
—No es la estación adecuada para subir al monte —declaró—.
Lloverá. Nos
arrastrará el agua. No habrá agua potable.
A la mañana
siguiente, antes del amanecer, oí una tosecilla educada fuera de mi choza,
demasiado suave para ser de cabra. Me asomé y vi a un niño desamparado que
vestía unos harapientos pantalones cortos y una magnífica gorra roja al estilo
de los Beatles. En la mano llevaba un pajarito domesticado multicolor; no un
loro, sino algo más parecido a un martín pescador. Era el guía que me mandaba
Zuuldibo, un niño de unos ocho años. Tomamos café y nos sentamos en las frías
piedras a charlar. Al parecer, la madre del niño era ninga, casada con un
dowayo, y el niño había trabajado en varios traslados de ganado de la meseta al
valle. sus conocimientos no podían ponerse en entredicho. Con cierta
dificultad, despertamos a Matthieu. Una hora después, salíamos cargados con
cámara fotográfica, cuadernos, tabaco, etcétera, todos los elementos corrientes
del oficio etnográfico. Nuestro guía se colocó el vistoso pájaro sobre la gorra
a modo de indicador y tomó la cabeza de la marcha. Matthieu iba rezagado con
semblante melancólico, quejándose de lo escaso del desayuno.
Sobre el fondo del
valle rodaban espesas hebras de niebla lanosa. Avanzamos chapoteando entre
barro y piedras hasta la base de la cadena montañosa. De la neblina salían
repentinamente vacas sorprendidas que
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desaparecían resoplando entre las altas hierbas. Hacía un frío
penetrante y todos oteábamos el horizonte con la esperanza de que los débiles
rayos del sol se abrieran pronto camino y nos calentaran. El pajarillo ahuecó
las plumas e intentó un par de gorjeos.
Al cabo de media
hora nos encontramos con un grupo que se dirigía a un funeral más allá de
Kongle. Portaban recipientes de burbujeante cerveza y pieles de animales secas
y crujientes para envolver el cadáver. Evidentemente se encontraban de muy buen
humor ante la perspectiva de comer la carne de las reses que se iban a
sacrificar. Me alegré de que Zuuldibo no viniera con nosotros. No hubiera
dejado pasar la cerveza sin probarla. Los miembros de la comitiva fúnebre
gastaron bromas sobre mi constante asistencia a los funerales dowayo, lo mismo
que hacían los cuervos. Intercambiamos tabaco y plátanos de la montaña, y
siguieron su camino felices, exhalando humo; habían liado los cigarrillos con
una página de mi cuaderno. Nuestro pequeño guía le dio un poco de plátano a su
pájaro, lo volvió a colocar en la gorra con una festiva inclinación y empezamos
a ascender.
La ascensión no fue
agradable. Con frecuencia el sendero era muy angosto y sus quebradizos bordes
descendían hacia las rocas. Cuando está mojado, el granito es muy resbaladizo e
implacable con cualquiera que pierda pie. Mientras subíamos, pesadas gotas de
frío rocío se deslizaban por nuestros cuellos y brazos cada vez que tocábamos
la vegetación que brotaba frondosa en las grietas. Pronto alcanzamos una
profunda hendidura donde se amontonaban botellas rotas y calabazas aplastadas.
Nuestro pequeño guía se detuvo, nos explicó que allí habitaba un vigoroso
espíritu de la tierra y nos instó a hacer una ofrenda de cualquier alimento que
lleváramos. Yo renuncié a un plátano y una porción de chocolate, y Matthieu,
con cierta mala gana, entregó un pellizco de café en polvo y un poco de carne
ahumada que había escondido en el fondo de su fardo para casos de necesidad.
Nuestro guía mostró su aprobación inclinando la cabeza y echó a andar de nuevo;
el pájaro iba dando sacudidas mientras el niño trepaba con esfuerzo sobre las
rocas. Al poco tiempo, las moscas vinieron a atormentarnos, alimentándose de
nuestro sudor y entrando y saliendo de forma enloquecedora de nuestros ojos. El
calor del sol iba en aumento. Sin aliento, mortificado por las moscas y las
magulladuras, asombré a mis compañeros insistiendo en que descansáramos.
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Sin embargo, ello no fue posible. Aquel era un sendero utilizado por el
ganado. Para animarme en uno de los trechos más difíciles, el guía me señaló
los huesos de algunos de los animales de pasos menos firmes. Daba la impresión
de que la altitud había estimulado la defecación de los bovinos rumiantes, Se
sucedían boñigas infestadas de moscas, que pronto pusieron de manifiesto su
mayor preferencia por nuestras propias secreciones. El sol se había vuelto ya
ardiente y me alegré de haber salido temprano.
Matthieu rezongaba
contra las boñigas como si fueran otra muestra de la vileza de los ninga.
Cuando bajaban al valle, dejaban los campos dowayo cubiertos de excrementos de
vaca. Ello, afirmaba, hacía crecer las malas hierbas y, por lo tanto,
dificultaba el cultivo.
Empecé a pensar que
se trataba de un testigo hostil.
Al cabo de cierto
tiempo, llegamos a las afueras de la aldea. En África occidental, cuando uno se
acerca a una aldea normalmente encuentra ciertas señales inconfundibles. En
primer lugar, se atraviesan campos. Con frecuencia, resuenan los golpes de
mortero producidos por las mujeres que separan las cáscaras del grano o se oyen
sus voces que cantan mientras muelen con piedras. Inevitablemente, hay niños
que gritan y corretean. Y suele haber también risas. De esta aldea solo llegaba
un profundo silencio.
Pronto se hizo
evidente que había sobrevenido algún desastre demográfico. Cuando las casas se
quedan vacías, generalmente se abandonan. Con las lluvias tropicales, el barro
de que están hechas vuelve a incorporarse pronto a la naturaleza y solo quedan
los visibles círculos de piedras que servían de cimientos a cabañas o graneros.
Esto es muy triste para los arqueólogos y un gran motivo de alegría para los
ecologistas. Aquí parecía que toda la aldea estaba formada por casas
derrumbadas. En muy pocos años, no quedaría nada que marcara el lugar donde
habían vivido y fallecido familias enteras. Nos abrimos paso entre aquella
desolación hacia el centro, y nos sentamos en un muro de piedras encajadas
mientras nuestro pequeño guía iba a buscar a nuestro reacio anfitrión.
Matthieu aprovechó
el prolongado paréntesis que siguió para deleitarme con un largo relato de las
muchas observaciones que había hecho durante nuestro viaje y que reforzaban su
negativa valoración de aquellas gentes. ¿Dónde estaban todos? ¿Qué les había ocurrido?
Era evidente que Dios los había castigado por sus malas costumbres. Anunció
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su veredicto con considerable satisfacción. Habían abandonado aquel
lugar maligno. Ahora estaban siendo mala gente en otro sitio.
Por fin apareció el
jefe, su llegada anunciada por un golpeteo rítmico. Pero no se trataba del
acompañamiento de un cantor de alabanzas y un tambor, como supuse al principio.
¿Cómo no me había dado cuenta hasta entonces de que tenía un pie deforme que le
hacía cojear? La ascensión a la montaña debía de haber sido una agonía para él.
Pese a su
impedimento físico, volvió a abalanzarse hacia mí como un terrier y casi me
tira del muro. Apretó mi mano contra su pecho y repitió el placer que le
producía mi llegada. Mientras trataba de bajarme, con el rabillo del ojo vi a
Matthieu haciendo muecas de repugnancia. Saqué dos botellas de cerveza
comprada. Después de una pequeña pantomima entre Matthieu y yo sobre si
debíamos compartir una botella, saqué otra y, cante la visible contrariedad del
jefe, se la entregué a Matthieu. Teniendo en cuenta la cantidad de sufrimiento
humano que había sido necesario invertir para hacerla llegar a aquel lugar en
aquel preciso momento, debía de ser una de las botellas más costosas del mundo.
El jefe explicó que
ciertos deberes públicos urgentes lo habían obligado a regresar; además, había
soñado que tina de sus esposas estaba enferma y la preocupación por su
bienestar había pesado más que los buenos modales, Mostré mi conformidad
inclinando la cabeza. Nos asignaría una choza a Matthieu y a mi, y volveríamos
a encontrarnos al anochecer, cuando yo hubiera descansado. Solo había un
pequeño problema. Cuando nos encontramos en la ciudad yo pagué media cabra. No
obstante, era imposible matar solo medio animal. ¿Podía tal vez ver ahora el
camino despejado para pagar la otra mitad? Si lo hacía así, no me cobraría por
usar la choza.
Le pagué mientras
Matthieu sacudía la cabeza y murmuraba lo «mala gente» que eran.
La choza que nos
asignó era una de las más destrozadas que había visto. Las vigas del techo,
carcomidas por las termitas, se habían derrumbado, y toda la cubierta de paja
podrida pendía sobre las paredes dejando un costado descubierto. Esperaba que
no lloviera. Nuestro joven guía se despidió, pero prometió regresar más tarde
para actuar de intérprete.
—Antes de que te
vayas, ¿cuántos ninga hay? Se detuvo y efectuó complicados cálculos que exigían
una prolongada contemplación de los
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cielos, hechos los cuales sonrió y repuso:
—Veintiséis.
Dejándome algo
desconcertado, se metió el pájaro en la gorra, se la puso en la cabeza y
emprendió el camino hacia el pueblo de su madre.
Supongo que debería
habérseme ocurrido preguntarlo antes, pero tal como hablaban de ellos los
dowayo supuse que los ninga eran un pueblo similar a los propios dowayo. A
nadie se le ocurrió informarme de que fueran tan pocos.
Cuando le pregunté
al jefe más tarde, se mostró algo vago respecto a lo que le había ocurrido a su
gente, como si estuvieran simplemente extraviados. En otro tiempo habían sido
más numerosos. Hubo una enfermedad. Algunos se marcharon a causa de una disputa.
Otros se casaron con otros pueblos. Familias fulani se establecieron alrededor
de los ninga para aprovechar los pastos de la estación seca, pues en las
montañas siempre había agua. Muchas de las casas vacías que habíamos visto
pertenecían a fulani que estaban fuera con su ganado. Parecía que dentro de muy
pocos años los ninga no existirían.
Todo esto me
resultó un golpe más bien duro. Cierto es que algunos de los pueblos que
estudian los antropólogos en Sudamérica no son más numerosos. La enfermedad, el
desposeimiento y la guerra los han reducido a diminutas fracciones de lo que
eran. Pero trabajar sobre un pueblo tan mermado como aquel sería arqueología en
la misma medida que antropología. Dada la importancia de la mastectomía
inexistente, era una suerte que me encontrara allí en un momento tan crítico,
pues, cuando un pueblo pierde su identidad, lo que más lamenta el antropólogo
es la pérdida de una visión particular del mundo, resultado de millares de años
de interacción y pensamiento. Desde ese momento, nuestra visión de la gama de
posibilidades humanas se ve disminuida. La importancia de un pueblo no tiene
nada que ver con las cifras.
Esa noche, durante
la cena con el jefe apareció la cabra que se nos había prometido.
Desafortunadamente, hay cabras y cabras. Las cabras jóvenes son tiernas y
suculentas. Las hembras pueden ser un buen manjar, aunque fibroso. Los machos
viejos son cosa bastante distinta. Los machos cabríos son tan malolientes que
cuando se recorre un sendero de montaña se nota si ha pasado por allí un macho
cabrio en los últimos diez minutos. La carne de tal animal está impregnada con
un sabor como de axilas
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viejas. Pocas especias son lo suficientemente fuertes para atenuar
siquiera su olor. El sabor llega potente y nítido.
El jefe explicó que
nos honraba con la cabra más grande (y presumiblemente más vieja) de su rebaño.
Aquello, debíamos comprenderlo, era un honor. Y el sabor no dejaba lugar a
dudas sobre la virilidad del animal. Mi paladar occidental lo encontró muy desagradable,
pero me propuse comérmelo. Por una vez, parecía que a Matthieu le resultaba
también difícil; su prodigioso apetito de carne había desaparecido ante la
cocina ninga. No obstante, daba la impresión de que el jefe disfrutaba
inmensamente engullendo grandes cantidades de la fétida carne negruzca. Un
hombre que nos fue presentado como el hermano del jefe se unió a nuestro grupo.
En África ese término puede indicar simplemente que dos hombres son de la misma
aldea. Pero el hecho de que el individuo fuera jorobado parecía confirmar que
existía algún vínculo biológico. Nuestro pequeño guía reapareció y se agazapó
en un nivel más bajo como señal de respeto. Se le había asignado un plato
inferior de intestinos quemados en aceite. Se sentó y dio feliz cuenta de
ellos.
Para compensar la
comida, el jefe nos ofreció una gran calabaza de excelente leche fresca.
Aquello sí era un lujo, una leche extraordinariamente sabrosa y fresca, la
primera que había probado en África. Felicité al jefe por la calidad de la
leche, puesto que mejor era pasar por alto la de la carne. Ciertamente, era una
suerte que hubiera muchos fulani cerca de su aldea, pues, según dijo, eran
grandes pastores. Sus vacas daban leche de calidad para beber, a diferencia de
las vacas enanas de los dowayo. Además, se mantenía fresca gracias a que las
mujeres fulani orinaban en ella para evitar que cuajara. Desde ese momento bebí
menos que antes.
El jefe, poco
acostumbrado a tener compañía, se rindió a una fatiga tan contagiosa que en
seguida estuvimos todos bostezando de forma irrefrenable. No obstante,
acordamos que al día siguiente visitaríamos juntos varios lugares de culto y el
jefe me contaría los fundamentos de la cultura ninga.
Nuestra primera
noche con los ninga parecía haber satisfecho todas las sombrías predicciones de
Matthieu. Era un lugar curiosamente inquieto. Había un constante movimiento de
ganado entre las casas, que se deslizaba caprichosamente primero en una dirección
y luego en la contraria. Empezaron a caer unos goterones de lluvia grandes y
pegajosos. Matthieu
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y yo nos acurrucamos en un rincón de la choza mientras las vacas se
daban encontronazos con las paredes por fuera y un charco de agua en constante
crecimiento avanzaba hacia nosotros. Finalmente, la esterilla de hierba que
cerraba la entrada de la choza cedió y una barahúnda de frenéticas cabras entró
en tropel pugnando por cobijarse de la lluvia. Por el olor, supimos que
predominaban los machos. Estaba claro que la aldea se especializaba en machos
cabríos. Seguramente, aquella choza era para ellas una guarida habitual, y
nosotros, unos intrusos. Nuestros gritos y golpes no consiguieron alejarlas,
sino que nos valieron un remolino de cuernos de aspecto amenazador y pezuñas
retumbantes. Les mostramos nuestra ira. Ellas nos miraron malévolas.
Finalmente, con la inspiración nacida de la desesperación, disparé el flash de
mi cámara un par de veces y así logré ahuyentarlas. El último macho viejo huyó
por fin con una salva de malolientes excrementos como despedida.
Llegados a este
punto abandonamos toda pretensión de comportarnos como buenos huéspedes.
Matthieu se apoderó de las podridas vigas de un lado del techo mientras yo
encendía un fueguecito con un puñado de paja de la propia techumbre. Pronto
tuvimos una hoguera respetable y pudimos conciliar el sueño de forma
intermitente apoyados en la pared.
Matthieu se consoló
leyendo la Biblia en francés. Desafortunadamente, no había aprendido a leer en
silencio y declamaba versículo tras versículo con una voz lúgubre que poco
contribuía a disipar la tenebrosidad del lugar.
Al día siguiente,
me complació comprobar que el jefe estaba poco menos destrozado que nosotros.
Emprendimos una gira rápida de los lugares religiosos y objetos ceremoniales
más propia de una visita turística que de la antropología seria. Pero cráneos,
vasijas y bailes no eran lo que me había llevado allí, de modo que les presté
tan solo una atención somera. En la búsqueda de la mastectomía inexistente
parecía especialmente importante evitar las preguntas, puesto que quería
información voluntaria. Matthieu y yo nos sentamos a observar y esperar. La
suerte nos sonrió ante el primer grupo de calaveras de antepasados, todas
aparentemente cortadas con un hacha. Al igual que muchos otros grupos paganos
de la zona, los ninga se desnudan para acercarse a lo sagrado. Mientras se
aproximaba cojeando a los restos de sus antepasados, el jefe se desprendió de
su larga y amorfa túnica. Allí, finalmente, expuestas a todo el mundo, podían
verse dos manchas planas y
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descoloridas donde hubieran tenido que estar los pezones. Confieso haber
experimentado un momento de júbilo que Matthieu fue incapaz de compartir
conmigo. A él, las mamas del jefe le eran totalmente indiferentes. Le
interesaban otras cosas. Lo que lo tenía preocupado eran los dedos amputados.
Los ninga, pese a
su resistencia montañesa al frío y la humedad, sufrían de reumatismo y
artritis, sobre todo en las extremidades. Al parecer, los dedos de manos y pies
solían causar frecuentes problemas a los ancianos, es decir, a cualquiera de
más de cuarenta años. La drástica respuesta del afectado solía ser simplemente
cercenar la articulación problemática con un hacha o una azada. En sus lecturas
de la noche anterior, Matthieu había dado casualmente con el siguiente pasaje:
«Si tu mano te ofende, córtala». No comprendía cómo unos paganos ignorantes
como los ninga podían haber adoptado una práctica claramente derivada del
conocimiento de la Biblia cuando todavía estaban sumidos en la más pura
idolatría. El problema se había convertido en obsesión al poner en tela de
juicio la nítida línea que él mismo había trazado entre las viejas y malas
costumbres paganas y las nuevas y buenas cristianas. Me explicó la dificultad
mientras el jefe murmuraba, les susurraba a los muertos y salpicaba los cráneos
con cerveza. Eramos como una ridícula reproducción del mundo en miniatura. El
pagano se afanaba con sus calaveras, sin advertir mi obsesión por los pezones
masculinos, mientras la religión de Matthieu era puesta a prueba por los dedos
amputados. Resultaba difícil no sentirse un poco ridículo.
Se unió a nosotros
el hermano jorobado del jefe, quien vertió más cerveza sobre los cráneos.
Cuando se volvió, comprobé complacido que tampoco él tenía pezones.
Mientras
regresábamos a las chozas, traté de llevar la conversación a través de la
circuncisión hacia las amputaciones, con la esperanza de encontrar pruebas de
que los ninga las relacionaban. Le pregunté al jefe si me había hecho una
descripción completa. Sí. ¿No se había dejado nada? No. ¿Y el sacrificio del
cuerpo? Los dowayo, por ejemplo, suelen grabarse dibujos geométricos en la
piel. ¿Lo hacían también los ninga? No, ellos solo se cortaban los dedos.
(Matthieu estaba abatido). ¿Se afilaban los ninga los dientes en la
circuncisión? Tal vez algunos. Entonces nos encontramos con una mujer de pecho
descubierto que nos fue presentada como la hermana del jefe. Parecía que
también sus pechos habían sufrido
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la cirugía. Empecé a vislumbrar una horrible verdad. Abandonando toda
discreción, señalé sus pechos. ¿Había nacido con los pechos así o (astutamente)
le habían hecho aquello para embellecerla? Todos se echaron a reír.
Naturalmente que había nacido así. ¿Quién sería capaz de cortarse el pecho?
Sería muy doloroso.
Era evidente que,
aparte de todo lo que podía haberles sucedido a los ninga, sufrían
malformaciones genéticas. Los pies deformes y el enanismo del jefe, la joroba
del hermano y los pezones inexistentes de todos formaban parte de la misma
anormalidad congénita y no de un simbolismo cultural como suponía yo. Sin
embargo, el amargo desengaño pronto dio paso al sentido del ridículo. Mientras
permanecía sentado sobre una piedra bajo una lluvia incipiente, Matthieu y los
ninga se me quedaron mirando y estuvieron riendo sin causa aparente durante
varios minutos.
Cuando dejamos a
los ninga, tras otra noche de descanso intermitente, yo tenía ya una sensación
mucho más positiva sobre la experiencia de lo que había creído posible. Incluso
la preocupación de Matthieu por los pies de los ninga me parecía más razonable.
A la mañana
siguiente muy temprano, antes de nuestra marcha, nos visitó otro ninga, un
desconocido, que nos pidió que lo acompañásemos. Alguien deseaba vernos.
Nos condujo a
través de la aldea hasta una casa todavía más desvencijada que la nuestra. Ante
ella, bajo los primeros rayos vacilantes de sol, se acurrucaba una anciana de
pechos caídos y vacíos y rostro muy arrugado, en contraste con su cabello,
espeso y cortado como una adolescente. Se me agarró a las rodillas y se dirigió
a mí en dowayo. Se había enterado de que había regresado el hombre blanco y
deseaba ver uno antes de morir.
Con voz temblorosa
y aguda, empezó a contarnos la historia de su vida. Al parecer, había nacido
dowayo. No sabía cuántos años hacía de eso. De joven, había sido amante de un
soldado, un blanco. Desapareció en el interior de su choza y empezó a revolver
un abollado baúl metálico. Su hijo, que sin duda había oído la historia muchas
veces, parecía profundamente aburrido. Tras una prolongada búsqueda, volvió a
aparecer con una descolorida fotografía de un joven más bien rechoncho con un
uniforme de sargento del ejército francés. Una inscripción visible en el dorso
revelaba que estaba dedicada «A la Héloise negra, de Henri». Al volver a oír su
nombre después de tantos años, se puso tristísima. ¿Qué fue
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de Henri? Regresó a su tierra. Pero tuvieron dos hijos. Por desgracia,
ambos habían muerto. Luego la acogió un soldado nativo, un ninga. Volvió a
desaparecer y sacó un certificado de buena conducta en francés y un disco
metálico que parecía una prueba de haber realizado los trabajos obligatorios en
las carreteras. Me lo mostró con orgullo. Era de Henri, un regalo. Se lo habían
dado porque había sido valiente, y él se lo había regalado a ella. Me pregunté
si su hijo, que hablaba francés y, por lo tanto, tal vez también lo leía,
conocía el tosco engaño de Henri. Por su expresión suplicante, supuse que sí.
Admiré el despreciable disco de aluminio y se lo devolví. Al marcharnos,
declaró que los hombres blancos siempre habían sido muy buenos con ella y me
dio a entender con la mirada que si hubiera sido unos años más joven no me
escaparía tan fácilmente.
Nos encontramos con
nuestro guía, cuyo pajarito seguía saltando sobre la gorra, y descendimos el
monte para regresar a lo que para mí se había convertido en una especie de
normalidad, el mundo dowayo.
Íbamos comiendo
plátanos a la vez que andábamos, contentos de alejarnos del frío y la tristeza
de la montaña. De repente, oímos un crujido. Mis incisivos, reparados en
Inglaterra tras el accidente automovilístico de mi visita anterior al país de
los dowayo, se partieron limpiamente en dos, dejándome estupefacto y
desdentado.
Una de las
características de las personas que han vivido en el campo africano es que
raras veces se sorprenden de las habilidades de los demás. Son capaces de
construir casas, urbanizar poblaciones enteras y ejecutar operaciones
quirúrgicas menores con un entusiasmo y una confianza egotista en extremo. Dado
que la habilidad de cualquier dentista de la zona sería extraordinariamente
rudimentaria, el auto tratamiento parecía una opción mucho más viable. Como en
muchas otras ocasiones, al ver que teníamos problemas, Matthieu y yo nos
dirigimos a la misión.
Ya que los dientes
estaban hechos de un tipo de plástico, se consideró sensato efectuar la
reparación con un pegamento de resina. Por fortuna, mis amigos de la misión,
Jon y Jeannie, tenían un tubo en su caja de herramientas. Por desgracia,
tardaba seis horas en secarse. Una esperanzadora nota de la etiqueta advertía
que la resina se endurecía más de prisa si se le aplicaba calor. Rápidamente
ideamos una solución. Extendimos el pegamento sobre los dientes, los sujetamos
con dos pinzas de tender y los calentamos con un secador de cabello. En
conjunto, el procedimiento resultó solo ligeramente más incómodo que las
prácticas
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dentales normales, aunque la sed que sentía era notable. Dos de los
intentos fallaron debido a la humedad de las superficies. Nuevamente, ideamos
una solución. Calentaríamos primero los dientes en el horno para secarlos. Se
trataba de un ejercicio peligroso. Jon y Jeannie solo poseían un viejo horno de
leña cuya temperatura era prácticamente incontrolable. Yo me imaginaba ya los
dientes derretidos. El cocinero alimentaba el fuego con decisión, luciendo su
excelente dentadura. La suerte nos acompañó. Con un hábil giro de muñeca, Jon
sacó los dientes calientes, les aplicó el pegamento y los unió con las pinzas.
Una ráfaga de aire caliente del secador completó el tratamiento. Los minutos
siguientes no fueron agradables. Habíamos olvidado tener en cuenta el hecho de
que el calor de los dientes pasaría a las raíces. Pero permanecieron en su
sitio y me duraron hasta el final del viaje. El único problema fue que se
pusieron verdes en seguida, como emulando a mi amigo el mono.
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9. LUZ Y SOMBRA
Esa noche la cena
estuvo muy animada. El pastor Brown había hecho suya la causa del proyecto
hidráulico y convocó una conferencia. Su última innovación era la energía
solar. Con bastante lógica, había llegado a la conclusión de que era un
escandaloso desperdicio de recursos transportar gas y parafina hasta el corazón
de África simplemente para quemarlos. Tras la investigación de sus catálogos
favoritos de venta por correo, y la espera de rigor, había recibido una enorme
batería de paneles solares que instaló en el tejado de su casa. Mediante el
sencillo procedimiento de exponerlos a la cegadora luz del sol durante todo el
día, lograba tener encendida una solitaria bombilla durante varias horas de la
noche. Inmediatamente, suspendió toda otra forma de suministro de energía, lo
cual obligó a su familia a moverse con linternas mientras la Gran Bombilla
brillaba en la sala de estar. Y allí nos sentamos a cenar, parpadeando como
puerco espines ante los faros de un automóvil.
A fin de
posibilitar el suministro de la Gran Bombilla, se habían practicado en el techo
grandes orificios. Se daba además la desafortunada circunstancia de que el
tejado estaba habitado hasta rebosar por murciélagos de curiosa expresión
burlona. Atraídos por la Gran Bombilla, descendían y describían círculos,
proyectando enormes sombras en las paredes. Cegados por la Gran Bombilla,
topaban regularmente con cualquier obstáculo o amenazaban con enredarse en el
cabello de los comensales. Uno de los famélicos gatos había decidido aprovechar
la situación y, con repentinos saltos, lograba abatir murciélagos que se
llevaba a un rincón y devoraba con horrendos crujidos y sorbetones. De vez en
cuando, estas sabandijas voladoras sumían al pastor Brown en un estado de rabia
incoherente que lo llevaba a disparar un par de andanadas con la escopeta de
aire que tenía junto a la silla en tanto vociferaba en fulani. Los invitados,
el gato y otros miembros de la familia se echaban al suelo mientras fragmentos
de murciélago y de yeso caían en la comida.
El misionero
católico y el médico también se encontraban presentes, junto con un joven del
Cuerpo de Paz. Reinaba la buena voluntad
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ecuménica. Todo el mundo realizaba corteses comentarios sobre la Gran
Bombilla y, cuidadosamente, hacía caso omiso de los murciélagos.
Con la bendición
del sous-préfet se decidió, como ya he dicho antes, que la
ciudad debía tener agua corriente. Se trataba, en verdad, de una necesidad
urgente. La mayoría de los fallecimientos de la zona se debían a enfermedades
transmitidas por el agua. Poco sentido tenía que el médico dedicara tiempo y
medicamentos al tratamiento de la bilharziosis y otras enfermedades
parasitarias, pues, en cuanto la gente se acercaba al río — que todos usaban
para lavarse, beber y verter aguas residuales—, volvían a infectarse. se
contemplaron varias posibilidades. Se propuso el empleo de pozos. Ello hubiera
resultado descabelladamente caro. Por otra parte, los pozos se contaminan
fácilmente. Por fin se decidió que el único sistema viable era coger el agua de
uno de los ríos de flujo constante que discurrían por los montes habitados por
los dowayo. Ahí era donde entraba yo en escena.
Los proyectos
comunitarios de este tipo parecen siempre eminentemente sensatos. El que se
niega a cooperar queda como egoísta e insensible. No obstante, suelen estar
plagados de dificultades, tanto de índole práctica como moral. Y los motivos no
acaban de estar nunca claros.
El doctor, bastante
lógicamente, esperaba erradicar de un solo golpe una parte importante de su
volumen de casos. La mayoría de las enfermedades endémicas mortales o bien eran
consecuencia directa del agua impura o bien esta debilitaba de tal forma a los
individuos que las infecciones más ligeras podían resultar fatales. Había
desistido de tratar a los aldeanos, que volvían a infectarse en cuanto
regresaban a casa. El suministro de agua potable era el único modo de romper el
círculo vicioso.
Resultaba evidente
que el miembro del Cuerpo de Paz necesitaba un proyecto de envergadura dotado
de presupuesto para justificar su propia existencia y congraciarse con sus
superiores. Como fuente de dinero y de empleo, también le serviría para
adquirir poder.
Ciertamente, los
misioneros velaban por la mejora material de la población, pero sin duda eran
asimismo conscientes de que, controlando el agua, quebrarían el poder del jefe
de la lluvia y en consecuencia dañarían las creencias paganas.
Como antropólogo,
yo era el que estaba más incómodo. Aunque la antropología estudia a las
personas, lo hace desde cierta distancia, no tanto
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en su calidad de individuos como en la de representantes de una cultura
colectiva. Estudiar el comportamiento de un pueblo y tratar de dirigir ese
comportamiento son, en teoría, dos cosas distintas, aunque ningún antropólogo
deja a su pueblo inalterado. Si bien no le deseaba enfermedades endémicas a
nadie, dudaba de que el proyecto se llevara a cabo sin perjudicar a los dowayo,
quienes considerarían que llevarse el agua de los montes a la ciudad era un
robo del que les hacían objeto en beneficio de los invasores fulani.
Normalmente, ni
siquiera los propios dowayo podían beber el agua de ese río sin contar con la
autorización expresa del jefe de la lluvia, puesto que le pertenecía a él. El
agua era vital para la irrigación de las colinas y para el mantenimiento de las
vacas enanas que constituían el orgullo del pueblo. Yo conocía la situación lo
suficiente como para suponer que se esperaba que los dowayo proporcionaran la
mayor parte de la mano de obra. Y ellos estarían bien poco dispuestos a hacerlo
a no ser que fuera con sus propias condiciones. Por otra parte, el sous-préfet era
un hombre enérgico que no toleraría oposición alguna a lo que evidentemente
había de redundar en gran beneficio general. Si los dowayo no querían trabajar
a las buenas, lo harían a las malas. Yo preveía una gran desdicha y numerosas
complicaciones para el que, de forma inevitablemente paternalista, había
acabado considerando «mi» pueblo. Es cierto que se hicieron declaraciones en
favor de salvaguardar los derechos de acceso al agua por parte de los dowayo,
pero resultaba difícil saber cuánto crédito cabía concederles.
Nunca supe cómo
terminó el proyecto, si dio fruto o no, si los fondos simplemente
desaparecieron silenciosamente por el camino, si murió de amargura o de
entumecimiento. La última vez que oí hablar de él fue, justo antes de salir
hacia Inglaterra, en boca del sous-préfet, quien me explicó que los
últimos cálculos presupuestarios indicaban que, para abastecer a la ciudad,
habría que meter el caudal entero en una tubería sin construir accesos para los
dowayo en el trayecto, pues esto resultaría demasiado caro. Al principio se
darían ciertas incomodidades y ajustes, pero se haría un uso más eficaz del
agua y, al fin y al cabo, los dowayo siempre podían trasladarse.
Pero aquella noche,
todos los presentes en la casa, excepto los murciélagos y yo, aparentemente
pasaron una agradable velada y partieron envueltos en el rosado resplandor del
altruismo en acción. Mientras
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recorría solitario el largo y penoso camino de la aldea me sentía
bastante deprimido. Como antropólogo, no deseaba que se debilitara la posición
del jefe de la lluvia. Era un viejo pirata, pero le tenía aprecio. Más que eso,
era interesante.
Al llegar, la paz
de la aldea parecía extrañamente alterada. Se oían voces de hombres hablando en
el campo. Un peculiar zumbido llenaba la noche. En el cielo reinaba un fulgor
sobrenatural, como si un milagroso hacedor hubiera trasladado la Gran Bombilla
al centro de la aldea.
Los primeros
temores suelen ser egoístas. Debía de haberse incendiado una choza. Presentí
con extraña seguridad que se trataba de la mía. Sin duda todas mis notas sobre
las técnicas de curación, mi cámara fotográfica y el resto de mi equipo, mis
documentos y demás papeles, estaban desapareciendo en una nube de humo. Eché a
correr y llegué al seto de cactus acalorado y hecho una pena.
Al asomarme entre
las punzantes plantas, me saludó una curiosa escena. Parecía que me perseguían
los cines. En el círculo público se había congregado una multitud.
Prácticamente todos los dowayo con capacidad para moverse, incluidos los cojos
y los lisiados, se habían reunido ante el santuario de los cráneos de las vacas
sacrificadas.
Ante el santuario
de los hombres, se había alzado una pantalla portátil, iridiscente bajo el
fulgor de un proyector encendido. A un lado había una flota de relucientes Land
Rovers cuyas puertas llevaban pintado el distintivo de no sé qué organismo
dependiente de las Naciones Unidas.
Aunque carente del
atractivo ecológico de la Gran Bombilla, el despliegue era impresionante. De
uno de los vehículos, que ronroneaba suavemente, manaba la electricidad. Con la
curiosidad natural en los jóvenes, los niños se habían agrupado en torno a él y
metían los dedos en las partes en movimiento haciendo poco caso de la película.
Llevados de un espíritu de exploración experimental, comprobaban el efecto que
causaban los arcos y las flechas cuando los metían en el mecanismo. Un
hombretón airado tocado de una gorra de visera los espantaba de vez en cuando.
Un grupo de viejas
damas dowayo, ataviadas con las voluminosas hojas de la viudez, habían tomado
asiento en el espeso polvo de debajo de la pantalla. Dedicando a la película la
misma semi atención que les concederían a las cabras de sus hijos, se pasaban
una calabaza de cacahuetes de mano en mano, mascaban vigorosamente las cáscaras
y
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escupían los restos a un lado con gesto melindroso. Lo que realmente les
llamaba la atención era el escandaloso comportamiento de una de las jóvenes de
la aldea, a la que criticaban duramente y con fruición.
También se oía la
conversación mantenida en voz alta por un grupo de mujeres jóvenes que, sin
apartar los ojos de la pantalla, movían las manos velozmente con gestos
automáticos sobre un montón de tiras de corteza de árbol que convertían en
«esta» semiesféricas. Luego recubrirían el interior con excrementos de vaca a
fin de adecuarlas para el transporte de alimentos.
Matthieu y
Zuuldibo, que no se habían dado cuenta de mi regreso, estaban de pie
discutiendo ardorosamente con un hirsuto hombre blanco, claramente el
organizador del acontecimiento, sobre cuánto dinero exigía Zuuldibo a cambio de
permitir que proyectaran la película en su aldea. Me escabullí discretamente
hacia la parte de atrás y me acomodé en las raíces de un árbol. No había ningún
mono en los alrededores.
Por lo que me
contaron después, al parecer me perdí la introducción, unos dibujos animados de
Tom y Jerry. Había empezado ya la segunda película, una presentación bastante
macabra sobre la relación entre los mosquitos y la malaria, instando a los
aldeanos a matar a los primeros para evitar la segunda.
Para el
antropólogo, se trataba de una oportunidad llovida del cielo de hacer un poco
de antropología visual, con un equipo con el que un investigador normalmente no
podría soñar siquiera. En mi trabajo anterior, había descubierto que muchos de
los dowayo de más edad parecían incapaces de interpretar las fotografías de
rostros humanos o de animales. Sencillamente, nunca habían aprendido a hacerlo.
Sería interesante comprobar cómo reaccionaban ante la primera proyección
cinematográfica. Los jóvenes, naturalmente, habían estado en la ciudad y habían
probado gran número de los manjares de la modernidad, como el cinematógrafo. Lo
que sí era seguro era que las ancianas no habían visto jamás una cosa ni
remotamente similar. Me acomodé tranquilamente y elaboré la lista de preguntas
que haría. Con suerte, me daría para un articulito.
Los libros de
viajes están cuajados de reacciones de crédulos nativos ante el cine. Se dice
que la gente va detrás de la pantalla a buscar los cuerpos de los vaqueros que
han visto asesinar, para su disfrute, delante de la misma. Sin embargo, parece
que los problemas de otros pueblos son de
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una naturaleza distinta. Si bien aceptan la índole inmaterial e
insustancial de las imágenes que se les presentan, no creen que los vaqueros no
sean más que actores y que no mueran de verdad sino que solo lo finjan. Otros
antropólogos les han regalado cámaras a los indígenas y dan gran importancia al
hecho de que las apuntan hacia sus pies. A los dowayo la experiencia los dejó
bastante indiferentes.
Llenaban la
pantalla repulsivas representaciones en gran escala de inmundos mosquitos
babosos portadores de enfermedades que introducían afiladas probóscides en la
carne humana. A estas seguían inmediatamente, implicando para nosotros una
relación causal, primeros planos de rostros humanos agonizantes, empapados de
sudor. Una música de resonancia marcial partía de los altavoces instalados en
el techo de uno de los Land Rovers como acompañamiento de un mapa de África por
el cual se extendía, como el vino sobre un mantel blanco, una especie de nube
oscura. Se oía también un leve ruido de fondo que correspondía a un comentario
en francés ahogado por la improvisada versión en fulani del hombre de la gorra
de visera. Las ancianas seguían mascando impasibles, aplastando de vez en
cuando alguno de los numerosísimos mosquitos atraídos por la luz, que se
deleitaban a expensas del público.
Finalmente, el
blanco peludo me vio y se acercó a mí. Nos olisqueamos con la precaución de dos
perros desconocidos. Resultó ser alemán y parecía estar bastante molesto por el
hecho de que el interés hacia la película de los mosquitos no fuera mayor. Me explicó
con visible satisfacción que en ocasiones la gente huía dando alaridos al ver
aquellos insectos gigantescos. Sobre esta base, había elaborado una especie de
filosofía del tamaño. La gente solo veía la realidad cuando era grande.
Mediante una simple magnificación se podría transformar el mundo. ¿Acaso no
había cambiado la lupa nuestra percepción de las cosas? La cámara todavía lo
haría más. De forma bastante gratuita, yo me acordé de unos dibujos animados
que había visto sobre un conejo enorme que tumbaba los rascacielos de Nueva
York. Un subtítulo rezaba así: «Si se tratara de un gorila, la gente estaría
preocupada». Cautelosamente, me guardé el recuerdo para mí solo. Por lo
general, me reveló, únicamente proyectaba una película seria para evitar que la
gente confundiera el mensaje que trataba de comunicar. Puesto que la de los
mosquitos no había llegado muy bien al público, tal vez pasaría un programa muy
bueno sobre el control de la natalidad. Hacía cierto tiempo que lo tenía, pero
siempre
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dudaba si proyectarlo ante una audiencia musulmana, aunque solo lo fuera
en parte. Puesto que aquellas gentes eran paganas, seguramente no habría
problemas.
Parece inevitable
que los occidentales supongan que los problemas éticos son una invención
exclusiva de las religiones del gran mundo, que la culpa y el miedo al castigo
son simplemente conceptos perniciosos exportados por misioneros fanáticos.
Aunque los dowayo
son muy dados a la fornicación desde una edad temprana; y el adulterio
desempeña en sus actividades de tiempo libre una función muy similar a la que
para nosotros desempeña la televisión, son muy puritanos. Las personas de
distinto sexo no deben verse desnudas ni aun estando casadas. Hacerlo sería
correr un riego de espantosas repercusiones. El hombre se volvería catatónico,
y la mujer, ciega. Un muchacho no debe saber nada de la sexualidad de su madre
ni de sus hermanas, quienes, a su vez, se sentirían terriblemente humilladas si
se hiciera referencia ante ellas a la sexualidad de un pariente varón. La
insistente obscenidad de los rituales reservados a los hombres es el pretexto
más común utilizado para excluir a las mujeres de las actividades más
importantes. Los verdaderos amigos íntimos del mismo sexo son aquellos que
pueden compartir obscenidades cuando se hablan, y ha de hacerse así so pena de
estropear la relación.
Al echar una mirada
sobre el círculo público, vi a Marie, la tercera esposa del jefe, con sus
hermanos, que habían venido a visitarla desde los montes; uno de ellos tenía a
su hijita sobre las rodillas. Al otro lado había una venerable madre con sus
hijos y nietos respetuosamente alineados a su alrededor. Resultaba muy tentador
soltar allí en medio una película de contenido explícitamente sexual.
Ciertamente sería la prueba definitiva sobre quién era capaz de comprender lo
que tenía lugar en la pantalla. Me imaginé los resultados: todo el mundo huiría
en direcciones opuestas, sonrojados de vergüenza, dando gritos de ultraje, con
el rostro descompuesto, los ojos fijos en el suelo y agarrándose los genitales
presa de un profundo pudor.
Todos llevamos algo
dentro que nos hace desear romper ventanas, soltar ratones en una reunión de
tías solteronas o echarles ginebra en el té sin que lo sepan. La perspectiva de
la película sobre el control de la natalidad resultaba tremendamente tentadora.
Sin embargo, yo sabía que los aldeanos sufrirían algo más que una gran
impresión de la que se reirían
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luego, sufrirían una vergüenza profunda y permanente. La única solución
hubiera sido hacer pases separados para hombres y para mujeres.
Al indagar más,
descubrí que la película era de origen sueco y solo aparecían personajes
blancos con los rostros desdibujados. Era difícil saber qué pensarían los
dowayo de eso. No obstante, parecía improbable que fueran capaces de captar
ningún mensaje correcto respecto al control de la natalidad; más bien se
quedarían tan solo con la anécdota de la representación. Desde luego, a los
dowayo no les interesa para nada el control de la natalidad. En este tema
tienen mucho en común con el resto de los africanos occidentales. No sin cierto
grado de justicia, se ha dicho que el único material que puede mandarse por el
servicio postal interno sin ningún riesgo son los anticonceptivos. A los dowayo
les preocupa más tener todos los hijos que les sea posible y la infertilidad se
considera con frecuencia motivo de divorcio. «¿Acaso se labra un campo para no
obtener cosecha?», como dijo Zuuldibo con gran tacto. Ello no debe considerarse
fruto de un disparatado desenfreno, ciego a los problemas ecológicos. La
fertilidad natural de los dowayo es tan baja a causa de las enfermedades
venéreas endémicas, los desequilibrios dietéticos y las mutilaciones de la
ceremonia de la circuncisión, y el índice de mortalidad infantil tan elevado,
que no hay riesgo de explosión demográfica. Entristecido, el alemán se alejó y
se puso a guardar sus cosas.
Aprovechando esta
suerte inesperada, al día siguiente pude empezar mi investigación en el terreno
de la antropología visual. Primero, me dirigí hacia el grupo de locuaces
ancianas que habían presenciado el espectáculo, a todas las cuales conocía por
su nombre. Los relatos de lo que habían presenciado eran comprensiblemente
confusos. En África occidental no suele darse el caso de que actuantes y
público se diferencien, es decir, que este último haya de limitarse a observar
en silencio las actividades de los primeros. La divisoria jamás está tan bien
dibujada. El «público» espera participar en las actividades de los «actores» de
un modo que justificaría la expulsión en la mayoría de los espectáculos
occidentales. Lo que recordaban eran los comentarios ingeniosos que habían
hecho sobre la representación que habían visto. Por otra parte, algunas eran
tan ancianas y sufrían unas cataratas tan agudas que solo tenían una idea muy
turbia de lo que había ocurrido en la pantalla. Esto se hizo patente cuando
comprobé que cada anciana me daba una lista distinta de las amigas que formaban
el grupo.
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Con los jóvenes me fue mucho mejor. Había varias interpretaciones
interesantes que estudiar. Tom había sido identificado de forma bastante
general como un leopardo; aunque carecía de manchas, tampoco contaba con las
franjas que suelen caracterizar a los gatos en el país de los dowayo. En esta
zona, los gatos son siempre atigrados.
La mayoría parecía
haber llegado a una interpretación sorprendentemente coherente de lo ocurrido
en la pantalla. Es cierto que yo no había visto la película con ellos, pero la
recordaba bien de mi desaprovechada juventud. Matthieu y yo nos afanábamos en tomar
notas. Por ejemplo, era interesante que los dowayo relataran la película según
patrones propios de las leyendas de su pueblo y acabaran con la fórmula: «Así
pues, ha terminado».
Hasta al cabo de
varios días de trabajo no descubrí que, inmediatamente después del espectáculo,
todos los hombres, algo desconcertados, se reunieron en torno a una hoguera,
donde un joven, un habitante de la ciudad versado en la interpretación
cinematográfica, les volvió a contar la historia como si se tratara de un
cuento popular.
En cuanto a la
moraleja de la película de los mosquitos, me temo que se perdió. Naturalmente,
explicaban, aceptaban que unos mosquitos enormes y babeantes como los que
habían visto en la pantalla podían ser peligrosos e incluso matar a un hombre.
Por suerte, los que había en sus tierras no eran mayores que un hombre. Allí,
en las tierras de los dowayo, eran muchísimo más pequeños. ¿Cómo era posible
que el hombre blanco no se hubiera dado cuenta?
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10. EMOCIONES DE LA
CAZA
Una aldea del país
de los dowayo hacia fines de la estación seca se caracteriza por una
enfebrecida actividad creativa. Los dowayo viven en un mundo de límites muy
estrictos. En la estación lluviosa, una vez el jefe ha aplicado los remedios a
las vasijas de la lluvia y ha congregado las nubes de la tormenta, se permite
cierto tipo de actividades. En la estación seca, cuando las vasijas de la
lluvia se han secado a base de frotarlas o se han purificado con fuego, se
permite la ejecución de otra serie de habilidades humanas. Llevar a cabo tareas
propias de la estación seca durante la estación de las lluvias o viceversa es
alterar el orden cósmico y podría tener consecuencias desastrosas para todo el
mundo. Las manos que realizaran tales actos se llenarían de forúnculos, las
mujeres abortarían, las ollas explotarían. Del mismo modo, una línea bien
definida separa las actividades masculinas de las femeninas. Un hombre jamás
debe sacar agua. Es trabajo de mujeres. Una mujer no debe tejer: es tarea
masculina. Los dowayo viven bastante felices dentro de la trama de tales
prohibiciones. Tienen un reconfortante sentido de lugar y tiempo apropiados. El
etnógrafo aprende y llega a temer la respuesta: «No es el momento de hablar de
esto». Ningún tipo de engatusamiento ni de pantomima de desilusión derretirá el
corazón de un dowayo una vez se ha declarado que no es momento de hacer algo.
Al final de la
estación seca hay siempre una acumulación de cosas que no se han hecho o no se
han terminado. Hay que cortar hierba para las reparaciones de las techumbres.
La alfarera ha de cocer todas esas vasijas que hay por la casa. El cazador ha
de colgar su arco en el santuario de los animales salvajes y hacer ofrendas en
forma de huevos. Todo esto ha de hacerse antes de que el jefe de la lluvia
declare la estación de las lluvias y estas actividades queden prohibidas. En
tales momentos, el ritmo normalmente lánguido de la vida de los dowayo se
transforma. Un visitante de paso relataría luego la frenética laboriosidad y la
ética protestante de esa pequeña tribu montañesa, asombrando a los que conocen
mejor a los dowayo.
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No obstante, las restricciones del trabajo no terminan aquí. Dentro de
la aparente uniformidad del contacto con el ganado y los campos hay un sistema
de demarcación que sería la envidia de cualquier trabajador de unos astilleros.
Solo los herreros pueden forjar. Solo sus mujeres pueden hacer vasijas. Los
cazadores no pueden tener ganado. Los brujos de la lluvia no pueden encontrarse
con los herreros. Cada actividad tiene sus responsabilidades y peligros. Si no
se toman precauciones, no se hace caso de las prohibiciones, las consecuencias
se dejarán sentir en la comunidad.
Y en medio de todo
esto, llega un antropólogo que quiere «estudiar la cultura material».
Por una vez, no
faltan cosas que mirar. En esta enfebrecida fase de actividad artesanal, el
problema radica más bien en por dónde empezar.
Claro indicio de la
anómala posición de un trabajador de campo extranjero es que puede pasar por
alto sin problemas casi todas las prohibiciones que han de observar los dowayo.
Si lleva a cabo tareas femeninas, es una cuestión chistosa, una historia que comentar
con risitas en torno a la hoguera. Inevitablemente, resultará un inepto en
cualquier intento de hacer algo con las manos. Cuando trate de fabricar
vasijas, se quemará. Si se empeña en tejer, seguro que se enreda en los hilos,
tira el telar al suelo y echa a perder el tejido del tamaño de un pañuelo que
ha tardado horas en hacer. Todo esto forma parte de la contribución del
antropólogo a las gentes que lo han aguantado. Proporciona un frívolo
divertimento, es un bufón de pantalones cortos. Uno de los objetos favoritos de
los dowayo es la cesta que hice bajo el ojo escrutador de una vieja sentada en
el otro extremo del recinto. Tropecé casualmente con ella un día que estaba a
la sombra de una enramada manipulando hábilmente cortezas de árbol y cañas, quedé
fascinado por esa imagen de domesticidad rural. En la elegante economía de sus
gestos había algo profundamente terapéutico y sedante. Tenía que probarlo.
Solo ver a un
hombre haciendo cestas bastaba para que toda la aldea se partiera de risa. Mi
instructora lloraba de hilaridad. Zuuldibo, que vino a ver a qué se debía tanto
ruido, estalló en carcajadas y se puso a imitar la expresión de ofendida
concentración de mi rostro. Me di cuenta de que la utilizaría cuando llegara el
momento de contarles la historia a los hombres. Los niños me. miraban
profundamente extrañados. Había algo en mi actitud no susceptible de
explicación.
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Mientras iba apareciendo entre mis torpes dedos, la forma de la cesta
era para ellos motivo de gran alegría. Tradicionalmente, las cestas de los
dowayo son redondas y poco profundas. La mía no respondía a forma alguna a la
que la geometría pudiera dar nombre. Era elíptica, ligeramente cuadrada en un
lado y claramente redondeada en el otro. Hacia la mitad de su altura presentaba
un abultamiento que, por mucho que tirara y aflojara, no podía hacer
desaparecer. De ella salían unos enigmáticos cabos sueltos que amenazaban con
acabar de deshacerse.
—¿Dónde va esta
punta? —pregunté.
Gritos de risa.
Zuuldibo se golpeó el muslo con el puño y se sujetó el estómago. Repitió la
frase. También esta formaría parte de su relato. Mi ayudante se alejó
disimuladamente con cara de sufrimiento. Una vez más, lo estaba dejando en mal
lugar.
La única nota
amarga fue la aportada por mi vecina, Alice. Alice era una arpía. Los dowayo
carecían de término equivalente; la consideraban una «vagina amarga». Jamás
descubrí lo que le había ocurrido para amargarle la vida, qué traición o
decepción había originado tan malhumorado carácter. Fuera lo que fuese,
demostraba tal disposición a ser desagradable en todas las ocasiones que no
entendía cómo había evitado ser acusada de bruja, destino normal de cualquier
mujer que molesta o intimida en África. sus hijos vivían con el temor a su
lengua y habían aprovechado la oportunidad que les brindaba un matrimonio
indecentemente temprano, incluso según las normas de los dowayo, para irse a
vivir con la familia de sus esposas, alegando que, al ser demasiado jóvenes
para poder pagar el precio completo de la esposa, debían trabajar al servicio
de sus suegros. Hacía muchísimo ya que, a fuerza de regañinas, había matado al
último de una serie de maridos cada vez más temerosos y había sido
inmediatamente expulsada de la aldea de este. En la vejez, había regresado a
incomodar a Zuuldibo, que era sobrino suyo. Aun cuando sus extremidades se
habían atrofiado y precisaba de considerable ayuda en el campo, todavía tenía
la lengua fuerte y activa.
Sus observaciones
sobre mi trabajo de cestería no eran amables, ni siquiera pretendían ser
útiles. La risa se evaporaba a su alrededor como el rocío bajo el sol. Cuando
me favorecía con sus comentarios sobre cualquier tema, y Alice tenía unas
opiniones firmes y bien formadas sobre la mayoría de las cosas, incidía
constantemente en los males de la soltería frente a las bondades del
matrimonio, aunque ella misma constituía un
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poderoso argumento contra su propia tesis. Aquel suceso era demasiado
para ella. ¡Que un hombre hiciera una cesta! Bajo los efectos de su fulminante
lengua, me alejé cabizbajo y escondí el producto de mi incipiente arte. Durante
toda mi estancia, de vez en cuando un dowayo me pedía que se lo enseñara, para
luego partirse de risa nada más verlo.
Yo tenía muchos
motivos para estarle agradecido a Alice. Después de instalarme en la aldea,
descubrí que si el jefe había permitido que un extraño viviera en su propio
recinto era para que sirviera de amortiguador entre Alice y él. Le venía muy
bien que a todas horas del día pudiera apoyarse en el murito bajo que nos
separaba y hablara, hablara y hablara. Siendo así, en el transcurso de una
mañana mi exposición a la lengua de los dowayo era superior a lo que sería
normal en una semana entera. Para mí aquello era bueno. Zuuldibo se reía
disimuladamente y me hacía observar que alcanzaría una gran pericia en las
expresiones negativas. En sus numerosas declaraciones, Alice jamás decía nada
agradable de nadie.
En antropología, el
grado de disfrute suele interpretarse como medida de la comprensión alcanzada.
Si a un antropólogo no le gusta nada de lo que encuentra en un pueblo extraño,
se trata de etnocentrismo. Si desaprueba algo, se debe a que aplica unos criterios
erróneos. Con frecuencia no se tiene presente que la cultura que el etnógrafo
suele apreciar menos es la propia, la que debería conocer mejor. Sin embargo,
el placer no suele ser objeto de tales restricciones. Un etnógrafo a quien le
guste alguna faceta de la cultura que está estudiando no es jamás acusado de
etnocentrismo ni de aplicar criterios erróneos. Este curioso hecho ha conducido
a un extraño sesgo en las monografías sobre la materia, en las cuales se
representa al trabajador de campo revolcándose en un deleite total por las
cosas que experimenta. Seguramente, a esto se debe que la experiencia real del
trabajo de campo resulte un golpe tan fuerte para el principiante y
aparentemente ponga en cuestión su dedicación al tema.
Si los dowayo no
hubieran compartido mi aversión hacia Alice, habría tenido grandes dificultades
para mantener el principio del placer que, irreflexivamente, también yo había
aceptado siempre. Por fortuna, la compartían. Cuando Alice estaba en plena diatriba,
despotricando contra alguien o algo lo suficientemente desafortunado como para
llamarle la atención, solía oírse a Zuuldibo hacer un irónico comentario. Sotto
voce desde detrás de la otra pared del recinto. Matthieu alcanzó una
gran
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destreza en imitar la voz de Alice, y hacerse pasar por ella se
convirtió en una de sus gracias habituales.
De repente, un día,
Alice murió. Por lo general, cuando ocurría una muerte con tal rapidez en
ausencia de enfermedad previa, se sospechaba de brujería. En este caso, nadie
sentía demasiados deseos de investigar el asunto. Más bien se dejó sentir una
especie de suspiro colectivo de alivio. Fue el funeral más alegre al que he
asistido jamás. Se prestó una especial atención a las partes más formales del
ritual; bastante molestos son ya los espíritus de los muertos. Nadie deseaba
que Alice volviera. Y así quedó el tema durante cierto tiempo.
A partir de ese
momento, yo dediqué toda mi atención a las alfareras, con quienes había
trabajado anteriormente. Mis actividades suscitaron en este caso mucha menor
diversión pública, puesto que las alfareras y sus esposos, los herreros, están
segregados del resto de la aldea debido a la enfermedad venérea y a las
hemorroides que se supone causan sus actividades. Era importante reproducir
todo el proceso de fabricación de las vasijas y aclarar los secretos del oficio
que solo ellos conocen.
Los procesos
técnicos no solo originan objetos; también nos ofrecen modelos para pensar en
otras cosas, principalmente en nosotros mismos. La invención de la bomba nos
ofreció nuevos modos de ver el corazón humano. La invención del ordenador nos
ha proporcionado recientemente nuevas maneras de pensar en el cerebro,
desplazando los modelos basados en los sistemas de telefonía. Para los dowayo,
el proceso de fabricar una vasija constituye un modelo para pensar en la
maduración del ser humano a lo largo del tiempo y de las estaciones del año. El
sistema ritual es bastante complejo pero se advierten en seguida las líneas
maestras. Los humanos nacen con la cabeza blanda. Los objetos calientes y los
animales son peligrosos para ellos y pueden causar fiebres. En la circuncisión,
un muchacho está en el momento más húmedo cuando se arrodilla en el río y
sangra sobre el agua. Luego se seca mediante la aplicación de fuego mientras
también el tiempo se va haciendo más seco. Los diversos procesos culminan en la
cocción de las cabezas de los muchachos, amontonándolos y encendiendo ramas
sobre ellos. A partir de entonces se considera que los muchachos tienen la
cabeza dura y que las cabezas (glandes) de sus penes también se han secado y
son ya propiamente masculinas. De forma similar, se considera que los diversos
cambios que tienen lugar tras la muerte van secando la cabeza hasta que se
convierte en
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un cráneo limpio de carne. El uso del modelo de la alfarería está
bastante claro en el sistema ritual, pero jamás se expresa con palabras. Por lo
tanto, para mí era una importante prueba confirmatoria que los herreros y las
alfareras unieran en su vocabulario técnico los procesos de maduración humana y
de fabricación de vasijas de barro.
Como de costumbre,
la investigación no podía proseguir sin incidentes, pese a lo agradable que
resultaba estar sentado en el recinto de las alfareras jugando con barro como
en el parvulario.
En rápida sucesión,
fueron apareciendo varias personas extrañas. Primero, un español barbudo de
cabello entrecano que viajaba de España a El Cabo. Como sus conocimientos del
terreno que se disponía a cruzar eran escasos, aparte de que el Sáhara estaba
lleno de arena y el resto lleno de barro con pocas carreteras, se había
preparado para tales contingencias simplemente eligiendo un tractor como
vehículo. A unos magníficos veinticinco kilómetros por hora, había cruzado el
Sáhara valientemente con su triquitraque y había llegado hasta Camerún. Como
protección contra los embates del calor, el viento, la arena y ahora la lluvia,
se había construido un toldo de aluminio. Las provisiones y el equipo necesario
iban en un remolque que venía arrastrando sin problemas a lo largo de miles de
kilómetros. Sorprendentemente, la idea le funcionaba de maravilla. Descubrió
que el tractor era el vehículo ideal para las tierras africanas. Su principal
problema había sido atravesar las fronteras, donde encajaba en la curiosa y siempre
potencialmente desastrosa categoría de importador de equipo agrícola. Se lo
estaba pasando estupendamente, y era evidente que me consideraba un típico
inglés excéntrico, al estilo de todos los ingleses excéntricos, por vivir en
medio del campo africano. Como apoyo de sus alegaciones en contra de la raza,
me contó la historia de un inglés, residente desde hacía tiempo en Barcelona,
que montaba en vaca en lugar de a caballo. Desapareció lentamente, y no volví a
verlo.
Apenas habían
desaparecido el rastro de su humo azul y la potencia de su ruido ensordecedor,
cuando asomó en el horizonte una muchacha de asombrosa blancura montada en una
bicicleta. También ella, al parecer, pretendía cruzar África para visitar el
escenario de su nacimiento, algún lugar del este. Lo más destacable era su
atuendo de ciclista, que le cubría todas las partes del cuerpo para protegerla
del sol. Confirmó que era albina y que, por lo tanto, podía sufrir terribles
quemaduras. Ello le
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imposibilitaba utilizar los usuales pantalones cortos y camiseta.
Envuelta en tal cantidad de tela, tenía un aire eduardiano algo gazmoño.
—Pero ¿y el Sáhara?
¿Cómo te las has arreglado?
—Perfectamente. Por
lo general, viajo de noche. Ahora voy un poco retrasada y por eso intento
adelantar algo de día. Por la noche es maravilloso. No ves a nadie. Hay una
tranquilidad…
—Pero ¿por qué lo
haces?
Me miró como si
estuviera loco.
—Por el paisaje.
Y se alejó
pedaleando y dejando a los lugareños profundamente impresionados. Resulta
sorprendente que, si bien en teoría es posible ir andando desde cualquier parte
del mundo hasta cualquier otra parte, el miedo nos impida hacerlo.
El último visitante
fue el más intrigante en muchos aspectos. En un viaje a la ciudad me había
topado con un americano bastante gallardo de mediana edad, mirada penetrante y
cierto talante evasivo.
—¿Es usted
americano?
—Más o menos.
—¿Qué hace en
Camerún?
—Bueno, podríamos
decir que estoy de vacaciones.
—¿A qué se dedica?
—Pues… a un poco de
esto y un poco de aquello.
—¿Va a quedarse
mucho tiempo?
—Depende.
No obstante, me
hizo objeto de un detallado interrogatorio sobre mis movimientos y sobre las
actividades de los dowayo. Le supuse alguna relación con la embajada y no le di
más vueltas. Regresé a Poli.
Pronto quedó claro
que era traficante de arte africano. Ello se puso de manifiesto cuando la gente
empezó a hablarme de mi «hermano», que había pasado el otro día en coche
buscando cosas para comprar. Al principio, pensé que se referían a Jon, mi
amigo el misionero americano. Sin embargo, era tal la magnitud del saqueo, tan
persuasivos y resueltos sus métodos, que pronto dejó de ser probable e incluso
posible.
Muchas de sus
compras eran claramente dudosas en el sentido de que quienes vendían no tenían
derecho legal a enajenar los objetos de los que, estrictamente, no eran sino
meros guardianes. También me molestó un poco el uso que hizo de mi nombre. Mi
único consuelo era que los dowayo
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tienen muy poco que pueda tener valor en el mercado del arte, y su botín
no le reportaría grandes beneficios económicos.
Al cabo de cierto
tiempo, regresé con mis alfareras. En el transcurso de mi trabajo con ellas,
había seguido las vasijas durante todas las etapas de su preparación. El mejor
modo de lograrlo fue hacer yo mismo algunas. Ello fue recibido con la usual
diversión por parte de mis instructoras, pero resultó una útil fuente de
conocimiento sobre los nombres de las técnicas empleadas, por ejemplo. Como
declaradas bromistas que eran, las alfareras habían prometido cocer mis
excéntricas obras junto con las suyas la próxima vez que lo hicieran. Aquella
sería la última ocasión antes de la estación de las lluvias, cuando la
operación quedaría prohibida. Yo estaba particularmente ansioso por ver cómo
resultaría uno de mis esfuerzos, que había decorado con motivos florales
grabados. Me habían prometido informarme de cuándo se iba a efectuar la
cocción, pero yo no solía tener demasiada fe en tales promesas, que eran
olvidadas con mayor frecuencia que cumplidas.
Al agacharme y
penetrar en su recinto a través de la puerta baja se hizo evidente que la
cocción se había llevado a cabo hacía cierto tiempo. Las vasijas nuevas estaban
pulcramente amontonadas en todos los rincones del recinto, rojas las de uso
normal, negras las destinadas a las viudas. Se estaba comprobando que las
jarras de agua no tenían aberturas indeseadas; varias vasijas nuevas, aunque
rotas, estaban dispuestas para ser usadas como recipientes. Reconocí una de las
mías, que evidentemente había explotado al cocerla.
Vino a mí la
alfarera principal. ¿Había terminado la cocción? Sí, sí, hacía ya tiempo. ¿Por
qué no me habían avisado? Lo habían intentado, pero no estaba en casa. ¿Había
sobrevivido alguna de mis vasijas? Ciertamente, todas menos la rota que ya
había visto. ¿Podía verlas? Se quedó desconcertada. Mi hermano había venido a
buscarlas el otro día en su coche. Se las había llevado todas. La que más le
había gustado era la de las flores.
Los traficantes han
hecho cosas mucho peores a lo largo de la historia. Actualmente, es práctica
común en etnografía cambiar los topónimos en las publicaciones con el fin de
que los traficantes no puedan usarlas como guías para realizar sus compras
ilegales y sus robos. Los motivos florales son inusuales, casi inexistentes, en
al alfarería de los dowayo. Normalmente, estos ornamentan sus obras con
sencillas figuras
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geométricas. Así pues, tal vasija constituye una considerable
curiosidad. No obstante, los compradores potenciales quedan desde este momento
advertidos.
Durante mi breve
trayectoria como creador de peculiares artilugios dowayo, tuve un crítico que
se esperaba hubiera callado para siempre. La precisión ritual con que se llevó
a cabo el funeral de Alice pretendía asegurar que su marcha era permanente y
total.
Con todo, la vida
no es tan simple. En la tierra de los dowayo, los muertos no se limitan a
desaparecer de este mundo. Los vivos mantienen con ellos una relación
continuada, aunque incómoda. Varios días después del funeral, apareció Zuuldibo
con el sombrero torcido, claramente marcado por una noche inquieta en su casa
de barro aplastado. Confesó que había estado soñando. Algunos hombres me dirían
que los sueños procedían de los espíritus de los muertos. Sin embargo, él era
un hombre honesto, desconocía esas cosas. No obstante, por si yo era creyente,
era justo advertirme de que Alice había empezado a regresar en los sueños.
Tenía mucho que comentar sobre el modo en que el jefe se ocupaba de sus asuntos
domésticos, así como de la falta de ofrendas a su cráneo. Con todo, su mensaje
principal iba dirigido a mí: «Deja de jugar. Compra tus vasijas como todo el
mundo y toma una esposa mejor de lo que te mereces».
Ese mismo día, nos
acercamos trabajosamente al desalentador montón de cráneos de mujer abandonados
detrás de una choza alejada. Siempre estaban cubiertos de maleza y de hojas
como si de un montón de estiércol se tratara. Vertimos cerveza sobre el de Alice
y le pedimos que nos dejara en paz.
—No es que sirviera
de mucho cuando estaba viva —refunfuñó el jefe. Se me brindaba una oportunidad
para dirigir la conversación hacia la idea de la reencarnación. El jefe estaba
preocupado porque una de sus hijas había quedado embarazada a la vez que moría
Alice. Normalmente, se cree que tal yuxtaposición de muerte y vida nueva
demuestra que el fallecido se las ha arreglado para colarse y renacer
inmediatamente sin pasar por todos los complejos ritos que usan los dowayo para
hacer acceder a los muertos a la categoría de antepasados. Puesto que se espera
que el recién nacido tome muchas de las cualidades del muerto que lo antecede,
Zuuldibo se sentía visiblemente deprimido ante la idea de estar acompañado por
una nueva versión de Alice durante el resto de sus días.
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Le sugerí que el hecho de que Alice se le hubiera aparecido en un sueño
era indicio de que todavía no estaba preparada para reencarnarse.
—No se me había
ocurrido. —El rostro se le iluminó perceptiblemente.
Pero ¿y la
circuncisión? ¿Había alguna noticia? Zuuldibo suspiró. Debía tener paciencia.
Todo iba bien. Probablemente la ceremonia se celebraría. Aquello me sobresaltó.
Nadie me había hablado de «probablemente». Todos los comentarios habían sido de
una alentadora seguridad. Caí en la desesperación.
En tales momentos
es preciso hacer algo para subirse la moral. Misteriosamente, a través del
servicio postal recibía una publicación a la que no estaba suscrito. En la
última página llevaba la necrológica de un folklorista griego menor elevado a
lugar destacado por el cambio político de su país. Al parecer, había muerto en
la prisión insular donde el régimen albergaba a aquellos que no eran de su
agrado. El investigador en cuestión había publicado unos datos sobre el argot
homosexual de la Atenas moderna. Claramente, aquello era lo que había hecho que
las autoridades se fijaran en él. Había sido advertido. Aferrándose a sus
convicciones sobre la libertad académica, había continuado la investigación y
había publicado el todavía más escandaloso «Argot homosexual en la prostitución
masculina». Condenado a la encarcelación por haber desacreditado la
masculinidad griega, no se acobardó. Póstumamente, publicó un estudio sobre el
argot homosexual en las prisiones griegas.
Aquel era un
ejemplo de un hombre que convertía cualquier desgracia en tema de
investigación. Comparados con aquello, mis propios problemas parecían
relativamente benignos. La antropología puede ensalzar en exceso a ciertos
trabajadores de campo, pero también tiene ciertos fracasados heroicos que
tienden a ser tratados rápidamente en los cursos universitarios.
P. Amaury Talbot es
conocido como un meticuloso investigador de la etnografía del sur de Nigeria.
No obstante, en sus áridas monografías no hay indicio de su talento real, que
era claramente el de la auto mutilación consecuencia de su propensión a los accidentes.
Resulta sorprendente que, en su viaje a través de Nigeria y Camerún en compañía
de su esposa y de la formidable Olíve MacLeod, mientras ellas dos se volvían
cada vez más robustas, él se debilitaba de forma creciente. Empezó cayéndose de
cabeza del caballo. Apenas se había recuperado, se dio un golpe en la cabeza
con
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una viga. «Por desgracia exactamente en el mismo lugar donde se había
herido al caer del caballo en el Camerún. Como consecuencia, sufrió delirios y
tuvo que guardar cama varios días». Recuperado una vez más, come dátiles
envenenados y casi perece. Nuevamente a caballo, choca con una vaca. También le
muerde una serpiente, pero eso le sucede a casi todo el mundo. En comparación
con él, a mí me iba muy bien. Los Estudios del Museo nos ofrecen precursores
todavía más edificantes. A mediados del siglo XIX, la infatigable heredera
Miss Alexandrine Tinné organizó una expedición al Alto Nilo en la que murieron
su madre, su tía y sus criados. Sin dejarse disuadir por tal desgracia, decidió
atravesar el Sáhara desde Trípoli hasta Bornu pero, adoctrinada por las fatalidades
anteriores, contrató guardaespaldas tuareg, que la mataron.
Grandemente animado
por los recuerdos de la diferencia existente entre el rostro privado y el
público de la antropología, pude enfrentarme de nuevo al mundo. Matthieu y yo
nos encaminamos a la entrada de la aldea. Allí, toda pretensión de carretera
desaparecía y comenzaban los senderos de montaña. El cruce era la
materialización de la encrucijada que tan importante es para los rituales.
Nuestra cultura no es la única en la que las encrucijadas están asociadas a
todo tipo de creencias. Lógicamente, revisten importancia por el hecho de que
son un lugar pero no tienen extensión, como un punto en geometría, pues
pertenecen simultáneamente a varios caminos diferentes.
Ahí es donde los
dowayo se deshacen de muchos objetos peligrosos, como si se tratara de un
cómodo «ninguna parte» cultural donde se pueden tirar los trajes de luto y los
despojos humanos contaminantes, tales como el pelo. A un lado se habían
colocado varios troncos para que se sentaran los hombres al regreso de los
campos. Allí daban descanso durante un rato a sus fatigados huesos, fumaban y
conversaban. Inevitablemente, entraban en temas y discusiones generales sobre
los asuntos de la aldea. Mientras que una reunión de hombres en el interior del
pueblo siempre adoptaría la apariencia de un tribunal de justicia, los
encuentros celebrados fuera eran informales y oficiosos.
Mientras nos
acercábamos, advertimos ya cierta excitación, el zumbido de la conversación era
ciertamente más animado de lo corriente. ¡Se había decidido llevar a cabo la
última cacería del año! Todo el mundo reía y charlaba con entusiasmo. Habría
antílopes, dijo uno. ¿Antílopes? Habría
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leopardos, dijo otro. ¡Elefantes!, gritó un tercero. ¡Elefantes con
leopardos a la espalda! Todos se echaron a reír.
Seguramente, hubo
un tiempo en que en la tierra de los dowayo había elefantes, pero ningún dowayo
vivo los ha visto. Es cierto que en las montañas había leopardos, aunque el
último había sido cazado hacía más de treinta años. De vez en cuando, aún se
veía a algún antílope suelto que bajaba al río, pero eran muy escasos. Los
dowayo habían hecho un uso intensivo de las trampas de alambre y las escopetas
(formas eficaces de exterminación), de modo que el número de anima les salvajes
quedó reducido en enormes proporciones y la mayoría de las especies grandes
fueron simplemente exterminadas.
En la aldea quedaba
todavía un «cazador verdadero», depositario de la magia de la caza y del lugar
sagrado destinado a los animales que cazara, un especialista en las artes de la
caza y en evitar los peligros de ellas derivados. En realidad, raras veces descolgaba
el arco del santuario donde lo guardaba. Debido a su ocupación y a que tenía
las manos calientes por la sangre animal que había derramado, no podía poseer
ganado, pues este moriría.
Él dirigiría la
cacería y coordinaría las actividades de los hombres. Lo más importante era que
ningún hombre tuviera relaciones sexuales con una mujer durante tres días
antes. Todos estuvieron de acuerdo. El cazador les dirigió un sermón sobre lo
importante que era esta condición. Al parecer, el problema principal no era el
coito en sí mismo, sino el hecho de que la mujer podía haber cometido
adulterio. El hombre quedaría impregnado del olor. Los dowayo no esperan
demasiada fidelidad de sus mujeres y consideran las relaciones adúlteras como
un excelente deporte. Un hombre infectado de esta manera no sería capaz de
disparar ni el tiro más sencillo. Le temblaría la mano y se le nublaría la
vista. Su flecha saldría desviada. Y, lo peor de todo, las bestias peligrosas
del campo irían por él. Le rondarían los leopardos y los escorpiones, correría
el riesgo de sufrir una muerte terrible. Lo olerían a kilómetros de distancia.
Así pues, representaría una amenaza para todos. Mientras pronunciaba este
discurso hubo numerosas miraditas de reojo que lentamente dieron paso a las
obscenidades obligatorias que se daban siempre en presencia exclusivamente
masculina. La prohibición entraba en vigor aquella noche.
La atmósfera de la
aldea era como la de una casa en la que varias personas han jurado que van a
dejar de fumar al mismo tiempo y han
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apostado dinero por el mantenimiento de la resolución. Todo el mundo
sospecha que los demás hacen trampas. Las ausencias cortas invitan al
comentario; las ausencias largas, al interrogatorio. Y el problema empeora en
un contexto en que los hombres no pueden admitir ante las mujeres que tienen
que defecar, puesto que esta es una de las principales razones por las que los
hombres desaparecen disimuladamente.
Los viejos
vigilaban especialmente a los miembros más jóvenes y viriles de la partida, y
consideraban que con la retirada de sus servicios sexuales se estaba poniendo a
prueba más de lo usual la ya titubeante fidelidad de sus esposas. Algunos
hombres llegaron a acompañar a sus mujeres a la charca cuando estas iban a
buscar el agua verde y fétida de la estación seca. Naturalmente, ellos no las
ayudaban a cargar con los cántaros.
Los arcos no deben
guardarse cerca de las mujeres. El arco del cazador es el más peligroso. Puede
hacer que una mujer aborte. Por lo tanto, los cazadores tienden a evitar los
caminos principales y eluden la aldea mediante largos rodeos. Si se encuentran con
una mujer bajan inmediatamente el arco, apuntando en la dirección contraria a
ella, y no le hablan hasta haberlo hecho. Los arcos de los cazadores
ocasionales corrientes tienen efectos menos graves, pero ningún hombre sería lo
suficientemente necio como para introducir uno en un recinto donde haya una
mujer con un niño. No obstante, las mujeres son también muy peligrosas para
ellos, especialmente cuando están menstruando. Se cree que sus efluvios
«estropean» los arcos y los inutilizan. Parece que, según el pensamiento
dowayo, lo que los une es la similitud de los diferentes flujos de sangre que
se dan en estos fenómenos, la caza y la menstruación. Son lo bastante similares
para que haya que mantenerlos rigurosamente separados.
Por lo tanto, los
hombres sacan las armas de las chozas y las esconden en el campo. Allí se
reforzarán mediante ciertos remedios y las flechas se afilarán e impregnarán de
veneno.
Había suficiente
material para que el etnógrafo empezara trabajar.
La fragua del
herrero resplandeció durante los dos días siguientes. Los hombres se dirigían a
él para proveerse de flechas y sistemas refinadísimos de púas destinados a
evitar que los animales heridos se liberaran de las saetas que se les hubieran
clavado. Las grandes matas de enredaderas que
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crecían detrás de las chozas de los hombres desaparecían para ser
hervidas hasta desprender un veneno ceroso usado por los guerreros.
Los extraños de
paso por la aldea parecían notablemente nerviosos. ¿Por qué se estaban
rearmando los dowayo de Kongle?
Los ancianos
prodigaron sus recuerdos. En otro tiempo, las cosas eran distintas. Los
animales, afirmaban, eran más feroces. Obligado por las preguntas, Zuuldibo
hubo de admitir que carecía de arco, aunque ello no le impediría en absoluto
desempeñar un papel destacado en la cacería, como correspondía a su dignidad de
jefe. Podía dedicarse a otras cosas: organizar a los hombres, hacer mucho ruido
o sacrificar animales. Se sacó el cuchillo e hizo como que le cortaba el cuello
a alguno. Era un experto en sacrificar animales. Además, su famoso perro,
Venganza, era esencial para la partida. Ya llevaba dos días atado sin comer
para que estuviera más ansioso.
El día amaneció
claro y alegre. La aldea entera estaba alborotada. Con las primeras luces, se
reunieron los niños pequeños portando los arquitos que les habían hecho sus
amorosos padres. Practicaban fieras expresiones y juraban sobre sus cuchillos
hasta que les regañaban los mayores. Atraparon un escorpión algo lento y lo
rodearon de paja ardiendo hasta que estalló, ante sus gritos de alegría.
Los hombres
rebosaban el buen humor que suele abundar en la tierra de los dowayo cuando los
varones participan en algo de lo que están excluidas las mujeres. Empezaron a
reunirse en las afueras de la aldea. Llegaban a pie y en bicicleta, con los
arcos incongruentemente colgados encima de gabardinas de plástico y los carcajs
repletos de flechas atados a las barras con tiras de caucho procedentes de
neumáticos viejos. La cerveza estaba al caer.
Las mujeres dieron
rienda suelta a su mal humor. Las suficientemente ricas para poseer ollas de
esmalte en lugar de vasijas de barro se dedicaron a golpearlas, creando un
extraño efecto. Las demás tuvieron que contentarse con gritarles a sus hijos o
dar puntapiés a los perros.
La evidente
desaprobación de las mujeres despertaba un inmenso placer en los hombres. Era
prueba de la contención sexual y de la superioridad de los varones. Una mujer
se acercó a su joven esposo para darle la bolsa del tabaco que se había
olvidado. Se oyó un murmullo. ¿A qué aquella amabilidad? ¿Dónde se había dejado
la bolsa? Varios pares de ojos suspicaces se movían acusadoramente. El cazador
empezó a decir
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muy serio que toda la expedición se echaría a perder por el egoísmo y
por los hombres que se portaban como mujeres. El joven se sonrojó y bajó la
vista. Intervino entonces un anciano. Habló suave y tristemente de la sangre
ardiente de la juventud, y de las importunas mujeres, que no dejaban a los
hombres en paz. Le aconsejó al joven que se retirara de la cacería; así nadie
podría culparlo si ocurría algo malo. Pero ¡era inocente!, se defendió él. Con
todo, un hombre sensato lo pensaría antes de proseguir el camino. El joven
permaneció un rato sentado en silencio mientras iban llegando otras mujeres, de
un humor más acorde, que lanzaban vasijas de cerveza contra el suelo. El joven
se retiró con lágrimas en los ojos. ¿Qué iba a hacer? Darle una paliza a su esposa,
naturalmente.
Zuuldibo, que no
tenía triunfos de caza que contar, recurrió a los de su padre. Fue el primer
dowayo en tener escopeta, que por desgracia vendió neciamente. Con tal arma
había hecho grandes prodigios. Incluso la había usado alguna vez contra los
fulani. Los hombres suspiraron con añoranza pensando en los viejos tiempos en
que las guerras eran frecuentes.
La cerveza volvió a
pasar de mano en mano, caliente y humeante. Yo los invité a cigarrillos. Ojalá
que el olor del Hombre Blanco no asustara a las presas, observó un anciano. ¿El
olor? ¿Qué querían decir? Yo me lavaba cada día. ¿Acaso no lo habían visto?
Efectivamente, y con mucha probabilidad ahí radicaba en parte el problema.
Seguramente, parte del olor era el del jabón. Todos los blancos olían. ¿A qué
olía? Los dowayo tienen una abundante serie de extraños sonidos para describir
los olores, convencionalizados pero sin que formen estrictamente parte de la
lengua, más bien como si se tratara de onomatopeyas. Estalló entonces una
acalorada controversia sobre si era sok, sok, sok (como la
carne podrida, me explicó Matthieu solícito) o virr (leche
agria), en la cual todos participaron enérgicamente. Puesto que para la mente
europea muchos dowayo apestan a más no poder, aquella conversación resultó
reveladora. Prometí mantenerme a favor del viento.
Tras un nuevo
período de agitación, todos emprendieron la marcha. Yo iba detrás con los niños
pequeños, los perros y otros seguidores. Había risas y gritos desaforados a
granel. Algunos hombres estaban evidentemente borrachos. En general, parecía
más seguro estar detrás de ellos que delante.
Llegados a este
punto, se entabló una prolongada discusión sobre la naturaleza de la empresa en
que estábamos metidos. Algunos declararon
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que deberíamos dirigirnos a las principales charcas, ocultarnos en los
árboles y aguardar a que los animales bajaran a beber. Sin embargo, la mayoría
pensaba que era demasiado poco emocionante para su estado mental y tacharon a
los disconformes de cobardes. Irritados, se alejaron a su propia suerte. El
grupo restante, formado por unos veinte, siguió avanzando.
Descendimos hacia
una depresión situada entre dos montes donde la hierba era alta y relativamente
lozana gracias al agua acumulada. Al parecer, alguien había visto antílopes
allí hacía unos días. Una expedición particular de reconocimiento por parte del
cazador había confirmado la presencia de ciervos. Se hizo callar a los hombres
y los niños y en seguida empezaron a oírse risitas como si de colegiales
robando manzanas se tratara. Muchos de los hombres habían sido circuncidados
juntos, de modo que tenían que gastarse bromas los unos a los otros. Se acordó
que el cazador y seis hombres se desplazarían al otro lado del valle y nosotros
dirigiríamos a las presas hacia ellos al oír el grito convenido. Puesto que las
laderas del valle eran empinadas, los ciervos no podrían escapar. Los
rodearíamos a todos.
Llegó entonces uno
de esos períodos insípidos en los que parece que el trabajo de campo consiste
exclusivamente en días malos. Aguardamos alrededor de una hora escondidos en la
hierba. Empezó a caer una llovizna continua; daba la impresión de que el agua
no caía, sino que simplemente nos iba empapando hasta dejarnos en un estado
lastimoso. A algunos empezó a dolerles la cabeza y culpaban a la cerveza de
Zuuldibo en voz alta.
Por fin, oímos un
grito procedente del otro extremo. Todos nos pusimos de pie y avanzamos en fila
por la depresión. Zuuldibo parecía realmente un valiosísimo elemento. Era capaz
de proferir un agudo aullido digno de asombro pero no susceptible de imitación.
Cualquier ser viviente saldría huyendo al oírlo. La excitación se les había
contagiado a los perros, que gruñían y trataban de echar a correr entre
nuestras piernas. Por desgracia, la humedad de la zona había facilitado el
crecimiento de arbustos espinosos que aparentemente habían entrelazado las
ramas para impedir nuestro paso. Nunca se aclaró de quién fue la idea de
prender fuego, pero pronto se formó una línea de llamas. Fue una lástima que no
se hubiera discutido antes el tema, porque el viento soplaba en la dirección
totalmente incorrecta. En seguida nos vimos envueltos en un humo
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sofocante, y el calor de las llamas nos obligó a retroceder. Los niños,
aterrorizados, abrían unos ojos como platos y se echaban a llorar. Matthieu y
yo los subimos por las desnudas paredes rocosas y los llevamos al otro lado de
las llamas. Allí nos recibieron siete hombres sumamente irritados, con las
flechas dispuestas para clavarse en cualquier cosa que se moviera. Poco a poco,
algunos hombres y algunos perros lograron alcanzar el otro lado con aspecto
desconsolado. Gracias a unos gritos que nos llegaban desde cierta distancia,
nos enteramos de que en la confusión había sido abatido un antílope pequeño,
mientras que los demás habían escapado.
De repente se oyó
un estrépito. Todos los hombres armados se volvieron y alzaron los arcos. Los
perros salieron incontrolados. Asistimos a una barahúnda de gruñidos y
aullidos, una batalla de gigantes entre bastidores. Avanzamos detrás de los
cazadores. Ante nosotros se revolcaba una enmarañada masa de perros. Parecía
que uno de ellos había resultado herido y los demás, al oler la sangre, se
lanzaron sobre él y empezaron a descuartizarlo en el fragor del combate. No
intervino nadie. El pobre sufrió una muerte horripilante y los demás perros se
dieron un sensacional festín caníbal. Aparentemente, yo era el único a quien
perturbaba todo aquello. Los hombres reían y bromeaban. El dueño del can no
estaba presente. Los perros desmenuzaban y mascaban la carne de forma
repugnante.
De súbito, se oyó
ruido de fuertes pisadas y apareció una vaca dowayo, que nos miró con cortés
sorpresa y rodeó delicadamente el hervidero de perros antes de desaparecer en
la alta hierba del otro lado.
Uno de los hombres,
sorprendido, le había disparado y había fallado. Los arcos de África
occidental, al estar tensados permanentemente, a diferencia de los de otras
partes del mundo, no suelen ser muy exactos. Y su alcance también es limitado.
Ese día no matamos nada importante. Después de su banquete, los perros
perdieron interés. Los hombres estaban abatidos. Alguien había visto una
tortuga de tierra, signo inequívoco de que iba a morir un pariente suyo. Los
demás se dedicaron a ahumar ratas de monte metiendo tizones por un extremo de
sus túneles y clavándoles un pincho cuando salían por el otro. Aquella no era
una actividad digna de cazadores; más bien una distracción de niños. Varios de
los que nos acompañaban demostraron ser muy duchos en las partes más difíciles
de la operación e instruyeron a sus mayores. Mientras se golpeaba o apuñalaba a
las ratas, estas orinaban sobre sus asesinos. Por fortuna, hasta que no
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regresé a Europa no me dijeron que aquella era la fuente de la
enfermedad mortal conocida como fiebre de Lassa. Al parecer, la causa un virus
que vive en la orina de las ratas, al cual los niños son inmunes, pero que
puede resultar letal para los adultos. Ignorante de ello en aquel momento,
observé la operación durante un rato y ayudé a transportar el botín de ratas
hasta la aldea.
Los hombres
mantenían que habían disfrutado de un día espléndido. Pero no había manera de
esconderles a las mujeres que no regresaban con las espaldas dobladas bajo el
peso de la carne de antílope. Aquella noche no habría ningún festín
desenfrenado en la aldea ni se apilarían calaveras en el santuario del cazador.
Las mujeres sabían secretamente que los hombres lo habían pasado fatal y
parecían alegrarse.
Al día siguiente
llegó un anciano hecho una furia quejándose de que unos imbéciles habían
prendido fuego cerca del monte y le habían quemado todas las vallas. Había
tenido grandes dificultades para salvar el granero. Zuuldibo le recordó
gravemente que hacía cierto tiempo había transmitido instrucciones del sous-préfet según
las cuales todos los aldeanos debían hacer un cortafuego alrededor de sus
chozas. Aquel hombre no lo había hecho. Era culpa suya. Lo que debía hacer era
regresar a su aldea antes de que se enterara nadie y le pusieran una multa.
Tras esta
desastrosa cacería se entablaron numerosas discusiones sobre las conclusiones
que debían sacarse. Yo, naturalmente, estaba más que dispuesto a alentar la
charla sobre todos estos temas y adquirí una inoportuna fama de murmurador.
Todo el mundo coincidió en que la cacería había sido un fracaso debido a la
desenfrenada autocomplacencia sexual de casi todos los demás. Un hombre confesó
que no había podido pasarse todo aquel período sin satisfacción y esperaba que
ello no tuviera que ver con el desastre ocurrido al pie de la montaña. Solo por
precaución, había acusado a su esposa de adulterio y le había pegado.
El modo en que el
fuego se volvió contra ellos, el hecho de que los perros se pelearon entre sí,
el antílope que se convirtió en vaca, todo aquello apuntaba o bien hacia el
adulterio o bien hacia la brujería, o tal vez las dos cosas. En la aldea se
respiraba un persistente tufo o desconfianza mutua. Los vecinos habían
resultado ser unos glotones sexuales y unos mentirosos. Posiblemente, las
esposas eran adúlteras. Se percibía la mano de las brujas.
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Los dowayo tienen épocas malas y épocas buenas, como todo el mundo.
Esperan una mezcla de buena y mala fortuna, y no buscan demasiado lejos las
causas últimas de la desgracia. Han creado toda una serie de dispositivos que
explican de forma más o menos libre las complejidades de lo que nosotros
llamamos suerte. Un hombre puede tener buena suerte si toma las pócimas mágicas
adecuadas o usa amuletos y hechizos. La mala fortuna puede tener origen en la
brujería de otros o en la intervención de antepasados hostiles. Todo esto se
mezcla para hacer el mundo difícil de interpretar. Los antepasados pueden
intensificar la brujería de un rival vivo. También pueden interferir en la
operación de adivinar, que normalmente es el único medio de determinar qué
factores intervienen en un suceso determinado. No se espera demasiada
seguridad. Lo sorprendente es el grado en que, en un período muy corto de
tiempo, puede cambiar el modo como se contemplan los mismos acontecimientos.
Una vez se ha manifestado la sospecha de brujería, se generan automáticamente
todas las pruebas necesarias para confirmar tal creencia.
Los genitales de
las vacas de Zuuldibo se infectaron de gusanos. Su hijo tropezó en un sendero
pedregoso y se torció el tobillo. Una cerveza que debía fermentar se echó a
perder. Todas estas cosas son bastante comunes en la vida de los dowayo y
normalmente no provocarían ningún comentario especial. No obstante, en el clima
reinante entonces todas se consideraron como partes de un mismo todo, como
pruebas de que algo más general andaba mal. Zuuldibo estaba claramente
preocupado. Una noche se presentó un niño ante mi puerta preguntándome si tenía
alguna «raíz» que ayudara a dormir al jefe. Le entregué unas que había recibido
del médico local durante un brote de malaria, pero al día siguiente Zuuldibo
estaba descontento y explicó que había tenido pesadillas.
La noche siguiente
se vieron búhos cerca del ganado. Dos de las esposas empezaron ostentosamente a
poner púas de puerco espín y otros remedios contra la brujería en las
techumbres de sus chozas. Los búhos se asocian a la brujería y los dowayo les
tienen un profundo temor «por su mirada fija», el mismo motivo al que atribuyen
su miedo a los leopardos. Las esposas estaban poniendo claramente de manifiesto
que sabían que había brujería de por medio pero ellas no tenían nada que ver.
Esta es una zona en
que un extraño disfruta de una posición muy privilegiada. Todos los dowayo
coinciden en que los blancos no saben de brujería. En su tierra se han perdido
todos los secretos. Ni pueden ser
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brujos ni víctimas de la brujería. En mi viaje anterior, tras una serie
de desastres que incluían un accidente automovilístico, enfermedad y
dificultades financieras, les insinué a varios dowayo que tal vez estaba siendo
víctima de un ataque de brujería. Todos se rieron como si les hubiera contado
un chiste estupendo.
Unos días después,
una mujer informó que la charca se había puesto verde y viscosa. Mandaron a
buscar a un adivino. Era un hombre famoso en toda la tierra de los dowayo. Iba
a resultar muy caro.
Su aparición fue un
poco decepcionante. No llevaba amuletos, ropajes extravagantes, ni bastón en
forma de serpiente, y tampoco miraba fijamente a aquellos con quienes hablaba.
Era callado y discreto, y vestía una túnica gris. Me recordaba en todos los aspectos
a un eminente especialista de un hospital occidental. Reunió a toda la familia
del jefe y los interrogó sobre lo que había ocurrido, asintiendo con la cabeza
y murmurando por lo bajo mientras les sacaba confidencias. Fue interesante
constatar que nadie mencionó la cacería, que a mí me había parecido el suceso
más importante de todos, pues había determinado todo lo que vino después. Pidió
un cuenco de agua e hizo salir a las mujeres. Mandó que colocaran
cuidadosamente el cuenco ante él y sopló sobre su superficie varias veces antes
de dejar que se calmara. Lo miró fijamente durante unos treinta segundos
mientras todos conteníamos la respiración. Cuando carraspeó todo el mundo se
inclinó hacia adelante para evitar que se les escapara lo que iba a decir.
Al parecer, se
trataba de un caso difícil. Iba a usar el oráculo zepto. ¡Ah!
Revolvió el interior de su bolsita de cuero y sacó unos trozos de la planta
cactácea rectangular. Cortó dos secciones y se inició la sesión. No parecía
adecuado que aquello se realizara en pleno día, mientras la luz del sol
penetraba por la puerta de la choza. Lo más apropiado parecía la temblorosa luz
de una hoguera y unas sombras dramáticas que transformaran los rostros en
decorados teatrales. Todo era absolutamente normal. Teníamos delante a un
hombre que dominaba su trabajo e inspiraba confianza. Los movimientos de sus
manos eran pocos y precisos. La adivinación consistía en frotar dos trozos de
la planta uno contra otro mientras se hacían preguntas. Los trozos de la planta
se quedan pegados o se separan completamente una vez se ha formulado la
pregunta. Acto seguido se toman dos fragmentos nuevos de zepto y
prosigue el interrogatorio.
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Empezamos por la brujería. ¿Había brujería? El oráculo dictó que la
había. ¿De qué tipo? El adivino fue nombrando las diversas artes. El oráculo
eligió una. ¿Eran las mujeres? El oráculo reveló que lo eran. Mediante
preguntas cada vez más afinadas, parecía que por fin había llegado el momento
de decir nombres. ¿Era el hombre blanco? El oráculo no respondió. Los hombres
se echaron a reír. Yo empecé a sudar. Las dos superficies continuaban
deslizándose suavemente una sobre otra. Si el zepto se quedaba
pegado en cualquier momento, me involucraría. Me dio la impresión
de que transcurría un injusto lapso de tiempo hasta que siguió adelante, como
el momento del juego de las sillas musicales en que hay que abandonar el
dominio de un asiento sin esperanza de alcanzar el siguiente.
Los dowayo saben,
naturalmente, que los adivinos pueden hacer trampas y manipular el oráculo. Uno
espera calidad a cambio de su dinero, no solo en el propio hombre sino también
en el poder de su planta.
Identificarme a mí
como la fuente de la brujería socavaría gravemente la fe de su público en su
fiabilidad.
Señaló como
culpable a una mujer del recinto vecino. Al contrario de lo que se esperaba, el
adivino no se detuvo ahí. Cogió otros dos trozos de planta. ¿Había espíritus?
Los había. ¡Ah!, aquel era un caso complicado. Los presentes mostraron su
aquiescencia inclinando la cabeza. Ciertamente, era un hombre competente. A
todos los enfermos les gusta que les digan que su dolencia es especial, que el
médico ha de emplearse a fondo.
Por la expresión
del rostro de Zuuldibo, sabía igual que yo dónde iba a terminar la adivinación.
Era nuevamente Alice, que sin duda reforzaba la brujería de los vecinos.
El adivino señaló
otro nombre, una mujer fallecida hacía tiempo sin antecedentes de haber
molestado a nadie. Dio la impresión de que en ese momento perdía a su público.
Los asistentes empezaron a sacudir la cabeza y a mirarse unos a otros. Él
también lo notó. Se puso a trabajar con más afán y sacó a la luz un material
bastante complejo sobre las exigencias de la fallecida. Pero había perdido
credibilidad. Un intento de regresar a la brujería de la supuesta arpía de la
casa vecina no tuvo buena acogida. Ya nadie parecía convencido.
No resultó, pues,
sorprendente que un par de días más tarde algunos hombres dispusieran que el
suegro de Zuuldibo, que también era un hábil
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cortador de zepto, realizara otra sesión. Más familiarizado con las
condiciones locales, descubrió que todo se debía a Alice y a su manía de
entrometerse. Esa misma noche se confirmó su diagnóstico. Otro hombre soñó que
Alice se aparecía y explicaba con cierto detalle la naturaleza de su agravio.
Por lo general, los muertos solo suelen quejarse de abandono general, de no
haber recibido ofrendas de sangre o cerveza, de que no se hayan hecho los
preparativos de las ceremonias que los hacen aptos para la reencarnación. Alice
era bastante distinta. Del mismo modo que en vida no había centrado su atención
en las cuestiones consideradas estrictamente asunto suyo, una vez muerta se
permitía disponer las actividades de sus descendientes. Por lo visto, estaba
escandalizada porque su sobrino Zuuldibo no hacía lo suficiente para promover
la proyectada circuncisión. Su hijo menor, aunque ya estaba casado, todavía no
había sido circuncidado. Deseaba que se hiciera algo al respecto. Pensé que,
por fin, se había convertido en aliada mía.
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11. EL HOMBRE
BLANCO NEGRO
El tiempo
transcurría lentamente en la tierra de los dowayo. Parecía que mis propios
procesos metabólicos se habían adaptado a un ritmo de vida más lento. Daba la
impresión de que los extraños que aparecían cruzaban el horizonte a una
velocidad insospechada. Yo me levantaba, comía, bebía, excretaba y hablaba. El
tiempo iba pasando. La mayor parte del día la pasaba con un curandero que me
había aceptado como pupilo. Salíamos juntos y comentábamos enfermedades. (¿Cómo
sabe que es una enfermedad? ¿Es un signo de otra enfermedad o una enfermedad en
sí misma?). Adquirí una gran pericia en el arte del diagnóstico. Aprendí a
frotar trozos de zepto uno contra otro, como los curanderos,
para adivinar si la causa última de la enfermedad era el desagrado de algún
antepasado, la brujería, la violación de una prohibición, el contacto con gente
contaminada, etc. Aprendí a usar los remedios vegetales. Aprendí a hacer
sangrar a una mujer que sufre por el exceso de sangre producido por una
exposición demasiado prolongada al sol. Mi instructor era tan sagaz, gentil y
riguroso como el tutor que había tenido en Oxford.
No obstante, pese a
lo valioso que era todo esto, no notaba que me acercara a la información sobre
la circuncisión, que, al fin y al cabo, era lo que me había llevado allí.
Presencié incontables ensayos ejecutados con la paciencia de un ejército en
tiempo de paz. Matthieu y yo limpiamos y comprobamos el estado del equipo. Los
hongos y los ataques de las termitas solo habían afectado a partes poco
importantes de los instrumentos. Hicimos prácticas de cargar la película en la
cámara fotográfica. También le enseñé a Matthieu a sacar fotografías tanto con
una cámara automática como con una manual, y aprendió rápidamente los dos
métodos.
Mientras estábamos
ocupados en tales pasatiempos veíamos con frecuencia a la hija menor del jefe,
Irma, quien tomó por costumbre venir a atildarse en el espacio que había ante
nuestras chozas. Esto no tiene nada de inusual. Al fin y al cabo, todo el recinto
pertenecía a su padre. Las doncellas dowayo son muy dadas al auto
embellecimiento. Se trenzan el
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cabello en complicadas filigranas y se untan la piel de aceite y arcilla
roja hasta que brillan como la caoba antigua.
No obstante, al
cabo de un rato, tendida sobre los troncos que hacían las veces de asiento ante
la puerta de la casa de su padre, empezaba a adoptar lo que parecían poses
conscientemente lánguidas. Canturreaba extrañas melodías y exhibía su perfil.
La vergüenza de Matthieu era manifiesta. Resultaba evidente para todos que
suspiraba por él. Por supuesto, ya estaba casada, pero ello no tenía por qué
contar demasiado. Los dowayo se divorcian con frecuencia. La introducción de un
joven, libre pero buen partido como Matthieu, en el círculo del jefe
forzosamente tenía que producir cierto efecto desbaratador en la vida social.
Yo me alegré de que el efecto se dejara sentir en una hija de Zuuldibo y no en
una de sus esposas. Hasta el momento, no había oído ni murmuraciones ni quejas,
señal de que todo el mundo debía de haberse comportado intachablemente en un
lugar donde había tantas mujeres celosas observando cada uno de los movimientos
de las demás.
Irma no había sido
muy favorecida por la naturaleza. De su padre había heredado la complexión
gruesa, nada aliviada por una mínima expresión de lo que es una cintura, y el
cráneo ahusado que ella destacaba afeitándose constantemente la cabeza. No
obstante, su verdadera aportación al matrimonio no eran sus encantos físicos.
Su gran atractivo consistía en haber demostrado una inusual fertilidad al dar a
luz a dos niños (uno de los cuales por desgracia ya había muerto) en tan solo
dos años de matrimonio. Y volvía a estar embarazada. Si se hubiera divorciado
en aquel momento, la propiedad del niño habría constituido una espléndida
disputa legal que los dowayo habrían acogido con deleite. Lo cierto era que
aventajaba algo a Matthieu en edad, pero ello no resulta un gran impedimento en
una cultura en que los hijos heredan las esposas de los padres o se hacen cargo
de las de un tío protector. Habría sido una muy buena pareja para él si hubiera
podido reunir el importe de su precio. Yo sabía con resignada certeza que sus
esperanzas se centrarían en mí como fuente financiera. Sería sometido a
súplicas, engatusamientos y malos humores hasta que, en un momento de
debilidad, prometiera ayudarlo.
Pensando en las
conversaciones de los últimos días, paranoicamente detecté un tema común en el
discurso de Matthieu. Las vacas de su padre estaban enfermas, el mijo no tenía
buen aspecto aquel año. Decidí
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devolverle la pelota con unas cuantas observaciones solapadas sobre mi
propia pobreza y mi falta de dinero en efectivo.
Una técnica
particularmente ofensiva practicada por Matthieu en el pasado para hacer
presión era colocar parientes en puntos estratégicos de lugares públicos. Estos
saltaban sobre mí, abrazándome las rodillas y proclamando mi generosidad al
mundo. Las lágrimas de gratitud afloraban espontáneamente a sus rostros
mientras comparaban mi riqueza con su pobreza, mi dadivosa caridad con la
dureza de corazón de los que exigían un precio por una esposa. Gemían y
gritaban, dándome las gracias por cosas que jamás había accedido a hacer, hasta
que la gente acabara viéndome como culpable de la peor perfidia si me negaba.
Durante los días
siguientes, Irma decidió aumentar ella misma la presión. Siempre estábamos
jugando con cámaras fotográficas; ¿no queríamos hacerle fotos a ella?
¿Preferíamos una fotografía con su hijo (¿sabíamos que había tenido ya dos
hijos?) o sin él? Era una lástima que no hubiera podido adornarse —señaló sus
amplias formas con un gesto elegante—, pero tal vez nos contentaríamos con su
aspecto cotidiano. En un impulso de perversidad gratuita, sugerí que Matthieu
tomara unas fotos de Irma para practicar.
Así pues, hasta
después de haber disfrutado de nuestra compañía durante un tiempo bastante
prolongado, Irma no se retiró a la choza de invitados en que se alojaba con su
esposo. Zuuldibo les había hecho el gran honor de situarlos junto a la choza de
la cerveza, una posición que denotaba gran confianza. Inmediatamente, oímos
voces crispadas, el sonido de un manotazo marital, y vimos la cabeza del yerno
de Zuuldibo asomarse por encima del murito de barro para lanzarnos una mirada
iracunda. El hecho de que hiciera aquello en la aldea del padre de su esposa
demostraba que se avecinaba una crisis. Decidí que se imponía una expedición
que nos alejara de la aldea hasta que se calmaran las cosas.
En ese preciso
momento llegó Gaston con su bicicleta. Había un hombre en la ciudad, un hombre
blanco negro, que decía conocerme y me buscaba. Gaston lo había mandado a la
misión y había venido a advertirme por si no deseaba verlo. Aquella visión que
tenían los dowayo de un mundo lleno de gente que debía ser evitada, rico en
oportunidades para no ver a la gente, siempre me ha atraído.
De inmediato me
imaginé quién era: mi colega Bob, el que me acompañaba en el incidente del mono
y el cine. La designación «hombre
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blanco negro» no indica una mezcla de razas (Bob era muy oscuro), sino
un negro occidentalizado que se comporta como un blanco.
Bob y yo nos
habíamos conocido por pura casualidad hacía un tiempo. Yo iba a la ciudad a
buscar provisiones cuando me topé con una extraña imagen. Allí, de pie junto a
la carretera, había un autoestopista. En principio, ello no tiene por qué
sorprender. En África la gente hace autoestop constantemente. Lo hacen familias
enteras, a menudo portando la mayor parte de sus posesiones y ganado sobre la
cabeza. No obstante, el método aceptado es situarse junto a la carretera
agitando todo el antebrazo con un curioso movimiento aleteante que se consigue
dejando la muñeca muerta. El viaje, si se logra, no suele ser un acto benéfico,
sino que se espera una compensación. Ello constituye un importante complemento
del sueldo de los camioneros, por ejemplo. Ningún vehículo se considera
inadecuado para el transporte en gran escala de pasaje y bienes muebles. Los
camiones cisterna, por ejemplo, se consideran ideales para este propósito, y se
ven pasar continua y estruendosamente cargados de pasajeros con los ojos muy
abiertos agarrados a sus redondeados remolques.
La figura que nos
ocupa era inusual porque hacía autoestop a la manera occidental, levantando el
pulgar extendido al aire cuando se acercaban vehículos. Aquel gesto era poco
afortunado. En África, las interpretaciones pueden variar, pero todas coinciden
en que es sumamente grosero. Tal gesto, ejecutado ante un corpulento camionero
africano, podría provocar de inmediato furia y violencia. Si un miembro
femenino de su familia, como por ejemplo su madre o su hermana, se encontrara
en la cabina del camión que se pretendiera detener así, es probable que las
consecuencias fueran extremas.
El autoestopista
parecía inocente de provocación ofensiva. En su rostro había estampada una
expresión de perpleja incredulidad. De vez en cuando un camión viraba
peligrosamente hacia él; en ocasiones un rostro distorsionado por la ira
aparecía brevemente por la ventanilla de una cabina y le lanzaba silenciosas
palabras coléricas. Ninguno paraba. Yo lo hice.
Mi pasajero,
suponiendo que yo era francés, conversó conmigo en esa lengua durante un rato.
Tras comprobar que también hablaba inglés, cambió a ese idioma, aunque con un
marcado acento americano. Todavía no había quedado claro que sus orígenes no
eran totalmente africanos. Con
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frecuencia, la juventud «privilegiada» de África adopta un inglés que
imita el de los héroes de la pantalla, que ya había dejado de ser muda, y
consiguen dejes a lo John Wayne y acentos ricos en la tradición de las
plantaciones, sin haber estado nunca en Estados Unidos.
Hasta después de
haber recorrido unos cuantos kilómetros no confesó a regañadientes ser
norteamericano negro o, en sus propios términos, «africano de origen
americano». Al parecer, su furgoneta se había averiado unos kilómetros al este
de donde lo había recogido yo. ¿Qué estaba haciendo allí? ¿Tal vez pertenecía
al Cuerpo de Paz? La expresión de Bob traicionó una cierta falta de admiración
por el Cuerpo y sus valores. Era antropólogo. Su investigación se centraba en
los comerciantes de las ciudades. Trataba de determinar qué factores afectaban
al tipo y al precio de los productos del mercado, así como de estudiar los
aspectos sociales más sutiles de las operaciones comerciales. Puesto que él se
había mostrado tan reservado respecto a sus orígenes, yo me callé los míos y lo
alenté a darme una conferencia sobre la naturaleza de la empresa antropológica.
No recuerdo exactamente lo que dijo, pero parecía reservar un tipo especial de
desdén para los antropólogos que se dedicaban a la religión y a los ritos como
yo. A decir de él, eran inherentemente frívolos y malvados, por desviar la
atención, como lo hacían, de las realidades de la explotación económica.
Supongo que si Bob
y yo nos hubiésemos conocido en Europa o en América, habríamos llegado
rápidamente a la conclusión de que no era probable que nos aviniéramos y
simplemente habríamos dejado las cosas así. Pero tan grande es la sensación de
aislamiento que experimentan los occidentales en África, que todas las
diferencias parecen débiles e insignificantes. Uno termina sintiendo afecto por
gente con quien en el propio país ni siquiera hablaría.
En aquel momento,
parecía desesperado por hablar inglés con alguien y, al dejarlo en uno de los
barrios menos elegantes de la ciudad, me ofreció la forma usual de
hospitalidad: una cerveza.
Su casa era moderna
pero modesta, hecha de ladrillos cuadrados de barro cubiertos de una fina capa
de cemento. En la parte de atrás tenía una pequeña huerta junto a una choza
separada que hacía las veces de cocina. A los africanos les parece inaudito que
los europeos estén dispuestos a guisar y dormir bajo el mismo techo. Tenía
muebles, observé con envidia; entre ellos, muestras de lujo tales como una cama
y sillas de hierro.
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Curiosamente, aunque su resistencia es inmensa, en Camerún siempre
estaban rotas. A los ejemplares que nos ocupan les faltaban patas y brazos,
como si fueran veteranos de alguna encarnizada campaña. La más cruel de las
comodidades era una mesita auxiliar sobre la cual depositamos nuestras
cervezas. Para compensar tantas finuras, bebimos virilmente a morro de la
botella. A juzgar por la temperatura de la cerveza, también tenía frigorífico.
Bob y yo llegamos a
conocernos bastante bien en el transcurso de los meses siguientes. Los
occidentales solitarios tienden a buscarse mutuamente en la misma selección
restringida de locales. Pasaron casi dos meses hasta que me preguntó qué hacía
yo en Camerún, sin duda suponiendo que participaba en uno de los muchos
proyectos de desarrollo y que me estaba proporcionando una especie de camafeo
del antropólogo en su ambiente natural. Cuando por fin lo descubrió, se
convirtió en una especie de chiste entre nosotros, y Bob empezó a amenazarme
constantemente con venir a verme a la aldea.
Bob tenía una mente
singular. La mayoría de sus problemas dimanaban del hecho de ser negro y de su
esfuerzo por adoptar una postura sensata, sensible y consciente respecto a su
color y sus implicaciones. Había cursado algo llamado «Estudios negros» en una
universidad del Este porque opinaba que resultaba vital para los
norteamericanos de color tener una tradición cultural alternativa que les
asignara una posición más elevada que la que les reservaba la cultura blanca.
Jamás celebraba las Navidades, sino una especie de oscura fiesta de origen
swahili. Cuando descubrió que los africanos jamás habían oído hablar de ella se
afligió mucho. Había aprendido swahili y obligaba a su esposa e hijos a
hablarlo un día a la semana. Puesto que jamás le habían informado de lo
contrario y suponía que África constituía en cierto sentido una unidad, se
quedó absolutamente pasmado al descubrir que en Camerún nadie hablaba tal
idioma y ni siquiera sabían que existía.
Todo esto, confesó,
había ocurrido en sus días de novato ingenuo. Desde su llegada a África, se
había propuesto aprender fulani, una lengua que le planteaba dificultades, y
había elegido un tema de investigación soso, pero sin duda estimable, en el que
había trabajado apasionadamente. A fin de hacer patente su buena intención ante
los lugareños, insistía en vivir en una de las zonas no patricias de la ciudad,
en una choza sin agua corriente. A veces parecía que la ausencia de cañerías
era su credencial
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antropológica fundamental. Allí había instalado a su esposa y sus tres
hijos para que compartieran la rica y vistosa vida de los lugareños y
«encontraran sus raíces». El problema era que a su esposa la vida de allí no le
parecía ni rica ni vistosa.
La primera crisis
tuvo lugar al cabo de solo unas semanas. Su hija pequeña cayó enferma. No hay
nada como la enfermedad para penetrar las capas de fingimiento con que la gente
esconde su idea del respeto a sí misma. Todos los amigos africanos de Bob sugerían
potentes filtros purgantes y abundante sangría de la niña haciendo ventosa con
cuernos. Bob quería un médico americano, alguien que tuviera el instrumental
esterilizado y una tranquilizadora bata blanca. En esto, su esposa coincidía
plenamente y rechazaba con firmeza el socorro de los curanderos locales,
sabiendo que ya habría tiempo de preocuparse de las implicaciones que ello
tendría para su declarada «africanidad». No obstante, Bob insistió en que la
niña debía permanecer con la familia en aquel barrio caluroso, ruidoso, sucio y
sin agua corriente. La esposa de Bob insistió en trasladarse a un hotel hasta
que la niña se recuperase. Se pronunciaron palabras ásperas, imposibles de
repetir. La vida se convirtió en una tensa tregua.
La siguiente
erupción se produjo por la cuestión de si debían permitir que los niños se
bañaran en el río infestado de bilharzia como los hijos de los vecinos. Dieron
con una ingeniosa solución. Bob tuvo que abandonar dos semanas su trabajo para
intentar convencer a los vecinos de que les prohibieran a sus hijos acercarse
al río. No lo logró por completo, pero consiguió las suficientes conversiones
para justificar su postura. Así, se acomodaba a la normalidad cambiando la
normalidad.
Pero la ruptura
irreversible se produjo cuando se descubrió que Bob, de conformidad con las
normas locales de la amistad, había permitido que las esposas de los vecinos
dieran de mamar a su hija pequeña cuando se ponía rebelde. Su esposa se
horrorizó al pensar que aquellos pechos sin lavar pudieran haberse introducido
promiscuamente en la boca de su inmaculada descendencia. Acabaron mandando a la
niña a vivir con su abuela en Estados Unidos, «por motivos de salud».
Los asuntos por fin
llegaron al punto decisivo con la cuestión de la escolarización de los niños.
Bob, plenamente consciente del potencial efecto divisorio de la segregación en
la educación, en un principio se mostró inamovible en su resolución de mandarlos
a la escuela local. Su
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esposa no lograba comprender que los abismales niveles académicos que
encontrarían allí los niños debieran contemplarse como parte de la rica y
vistosa vida local. Puesto que Bob y ella habían sufrido las consecuencias de
una mala escolarización en la niñez y habían tenido que hacer esfuerzos
hercúleos para avanzar en los estudios universitarios, Bob comprendía su punto
de vista y ofreció una resistencia moderada. La moderación llevó
inexorablemente a la derrota. Los demás niños siguieron a la pequeña, «para
estar con su hermana». Los cimientos de la teoría de Bob habían empezado a
desmoronarse. Pero lo peor aún estaba por venir: la deserción de su esposa.
Aunque era
bondadosa y desprendida por naturaleza, la vida en aquel barrio la fue
desgastando lentamente. Lo peor era que todos los vecinos insistían en tratarla
a ella y a su marido primero como americanos y luego como negros. Las efusiones
de hermandad de alma no eran recíprocas. La determinación de Bob de vivir en
una barraca incómoda y pequeña fue recibida con asombro. Un borracho reconvino
a Bob por la calle. ¿Qué clase de hombre era que vivía en la miseria cuando era
sabido que todos los americanos tenían dinero?. Poco servicio le hacía su
tacañería a su esposa e hijos. Incluso le recitó varios proverbios a un
indefenso Bob.
Puesto que los
padres de Bob se habían dedicado al servicio doméstico, él rechazaba firmemente
todas las ofertas de lavanderos, jardineros, reparadores, conductores y
similares porque, en su ansia por eliminar los grilletes de una servidumbre
anticuada, era reacio a imponer a sus semejantes la indignidad de las tareas
serviles. Una vez más, sus vecinos se tomaron a mal aquella actitud, que vició
todos sus intentos de mantener buenas relaciones. En África suele ser deber del
rico proporcionar empleo al pobre; así es exactamente como se lo explicaron a
la esposa de Bob. Los habitantes del barrio se negaban a comprender la mala
disposición de Bob a ayudarlos. La única razón posible era su notoria
tacañería. La tacañería está mucho peor considerada en las culturas en que se
predican las virtudes paganas, aunque no siempre se practiquen, que en la
nuestra. Allí donde unos derechos y obligaciones de generosidad recíproca
difícilmente exigibles mantienen unido todo el tejido social, un hombre mísero
supone una amenaza para el mundo. Fue esto, añadido al tedio de la vida social,
a la imposibilidad de encontrar lo que ella consideraba comida apta para el
consumo y a la animadversión general de las demás mujeres, que censuraban en
ella un comportamiento que
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hubieran considerado aceptable en una americana blanca, lo que la llevó
a marcharse «para estar con los niños».
Así pues, Bob se
quedó solo con su proyecto, y pronto cayó bajo la protección de una vecina
matronal cuyas relaciones con el «hombre blanco negro» provocaron la
circulación de escandalosos rumores.
La gota que colmó
el vaso fue el trabajo de Bob en los mercados. Los mercaderes fulani gobernaban
el mercado local con un monopolio sumamente rígido que excluía a todos los
recién llegados y a todos los no fulani. Por otra parte, se adjudicaban a sí
mismos unos beneficios de proporciones tales que dejaron a Bob pasmado. Tras
experimentar durante toda su vida las asperezas de las privaciones impuestas
por el dominio blanco, le resultaba difícil aceptar la idea de que los
africanos negros pudieran oprimir a los africanos negros con el mismo fervor y
complacencia. Al final acabó abandonando su estudio y regresando a América.
Curiosamente, su dedicación a la disciplina «Estados negros» no disminuyó. Lo
último que supe de él es que estaba organizando un plan de estudios sobre
literatura africana. Pues Bob, en su peregrinaje cultural a África tuvo una
experiencia que lo salvó.
Yo no me atribuyo
mérito alguno en esa salvación de un ser humano, pero creo que algo debe
reconocérseles a los dowayo y, especialmente, a Irma.
Al cabo de cierto
tiempo, Bob apareció por la aldea. Matthieu y yo ya habíamos abandonado toda
esperanza de librarnos de Irma, que se había apostado, con la misma sonrisa
tonta, al otro extremo del recinto. Bob explicó que iba de camino a una de las
ciudades del sur para «hacer un poco de trabajo comparativo» y decidió parar a
verme unas horas. Matthieu y yo nos lo llevamos a hacer un recorrido turístico.
Visitamos al jefe, las calaveras de los muertos y, finalmente, el lugar donde
se lavaban los hombres, un rincón tranquilo entre árboles donde los hombres se
bañaban en un agua fría que manaba a borbotones para luego tenderse sobre las
soleadas losas a descansar y charlar. Bob se quedó extasiado. Jamás había
visitado una aldea aislada, pues había estado siempre en ciudades y en los
pueblos que bordeaban la carretera y abastecían de verdura y fruta los mercados
urbanos.
Le encantaron las
casas, con sus frescos patios enlosados con fragmentos de vasijas rotas y sus
lisas paredes rojas. Le encantaron los delicados dibujos de luz y sombra
proyectados en el suelo por los
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umbráculos de hierba entretejida. Le encantaron los prados que
descendían ondulantes hasta el agitado río. Le encantaron los montes, afilados
y brutales, que se alzaban entre las nubes. Le encantaron los campos, con sus
pulcras hileras de plantas.
La tierra de los
dowayo conspiró con él para responder a un concepto idílico de paz y
satisfacción rural. La aldea se complacía en su benevolente calidez. La
gallinas no gritaban; se arrullaban. Los niños solo existían como fuente de
risas puras e inocentes que nos deleitaban los oídos como si de música se
tratara. Las vacas mugían bajito exudando oronda satisfacción. No había
jovenzuelos pavoneándose con transistores a todo volumen que recordaran un
mundo mayor y más cruel. También la radio de Matthieu yacía silenciosa bajo la
funda roja brillante que le había hecho. Habían desaparecido las figuras
humanas que trabajaban arduamente hora tras hora, dobladas bajo el sol
abrasador y que ahora se divisaban como delicadas esculturas, recostadas en los
cobertizos de los campos. La elegancia de sus gestos, el dulce musitar de sus
voces, sugería poesía en lugar de una disputa por la propiedad del ganado. Los
propios campos tenían una apariencia afable y completa, como si no precisaran
del esfuerzo humano para existir. Aparentemente, reinaba una paz suntuosa, un
acto cósmico de falsedad.
Bob lo contempló
todo embelesado. Y lo que más embeleso le produjo fue Irma, que se entregó a él
con fiera devoción, adoptando una postura de desvanecimiento a sus pies cuando
nos sentamos ante mi choza. Entre ellos la comunicación era difícil. Matthieu actuó
como intérprete, e interpretó con gran libertad. Ella le regaló un manojito de
pimientos rojos. Él a ella unos chicles y una fotografía suya, debidamente
dedicada. No pude evitar que me recordaran a la Héloise negra. ¿Aparecería
aquella imagen sonriente en el fondo del baúl de una anciana dentro de
cincuenta años? Bob estaba entusiasmado. Irma, declaró, era fresca y natural,
la verdadera África. Lo malo eran las ciudades, y las ciudades, como todo el
mundo sabía, eran importadas. Ahora se daba cuenta de que todo lo malo procedía
de las fuerzas opresoras de Occidente. Pero todavía quedaban reductos de
sabiduría indígena. Y, lleno de brío, insistió en el tema, comparando las
ásperas privaciones de la vida en la ciudad con mi buena fortuna por vivir con
aquellos maravillosos seres humanos. Matthieu dejó rápidamente de traducir todo
esto, que le era manifestado en el titubeante francés de Bob entremezclado con
extáticos arranques en inglés. «Ha
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dicho que la aldea parece rica», o «Ha dicho que la ciudad es cara», le
explicaba a una Irma trastornada.
Al cabo de unas
horas, Bob e Irma habían alcanzado un fervor mutuo. Pero, de forma algo
anticlimática, Bob anunció su marcha, montó en su vehículo dotado de aire
acondicionado y se fue. La traicionera fase arcádica se quebró en una amarga
disputa entre Irma y su esposo. Las gallinas volvieron a chillar y los niños a
pelearse. Se veía nuevamente a los dowayo trabajar los campos sacando un magro
rendimiento de una tierra hostil.
La imagen que tenía
Bob de África, de sí mismo y de la América negra se salvó gracias a una visión
romántica. No es de extrañar, entonces, que buscara refugio en la literatura en
lugar de adentrarse en la antropología. En cuanto a Irma, lloró desconsoladamente
cuando lo vio marchar, pero al menos le quedó alguien con quien soñar.
Seguramente, eso era todo lo que buscaba. Desde ese día, no volvió a hacerle
ningún caso a Matthieu.
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12. UNA
EXTRAORDINARIA PLAGA DE ORUGAS NEGRAS Y PELUDAS
El concepto de
transmisión se usa mucho en antropología. Cierto enfoque considera las culturas
en conjunto como sistemas que gobiernan la transmisión de mujeres, bienes,
derechos y obligaciones, y mensajes. Una obra clásica trata de la importancia
de hacer regalos como medio de unir a individuos y a grupos para formar la base
de la sociedad. Por lo tanto, podría parecer que al antropólogo esperanzado
estas cuestiones le resultarían un fructífero tema de investigación y un medio
útil de crear sus propios vínculos con el pueblo que está estudiando.
Una de las
costumbres que atrae la mirada ansiosa del etnógrafo es el lenguaje
sustitutorio que usan los dowayo en la circuncisión. Los «tambores parlantes»
de África occidental aparecen con frecuencia en la etnografía y en los relatos
sensacionalistas de aventuras. En principio, generalmente guardan un gran
paralelismo con el lenguaje sustitutorio de los muchachos dowayo aislados, tras
la circuncisión, en el campo. Mientras que los tambores varían de tono para
imitar los patrones tonales del habla, los dowayo usan unas flautitas para
copiar los patrones del lenguaje. Tales flautas deben usarse para comunicarse
con las mujeres, para quienes los muchachos son muy peligrosos. Unas flautas
similares «cantan» canciones en fiestas determinadas. Tal uso podría ser
fácilmente adaptado con propósitos más prácticos. En el terreno montañoso de
las islas Canarias, un lenguaje formado a base de silbidos permite a los
hombres comunicarse a kilómetros de distancia, separación que de otro modo
tardarían muchas horas en salvar. No obstante, en los montes de los dowayo, los
únicos que le encontramos utilidad fuimos Matthieu y yo cuando andábamos a la
búsqueda del escurridizo jefe de la lluvia. Cada uno podía ir a uno de los
picos donde se suponía que se encontraba simultáneamente e informar al otro,
salvando el vacío, de si lo había hallado o no.
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Para el que aprendía la lengua, tenía muchas ventajas: ayudaba a
distinguir los distintos tonos en un idioma que, para el oído occidental, hace
distinciones casi imposibles de captar. Puesto que los muchachos iban a usar
abundantemente el lenguaje sustitutorio como una especie de recurso para
aislarse del contacto demasiado directo, era aconsejable procurarse una mayor
instrucción en él al igual que ellos.
El joven que hacía
la colada en la misión resultó muy versado en la materia y nos retiramos al
campo, fuera del alcance de los ojos curiosos de las mujeres, para que pudiera
transmitirnos las sutilezas de la lengua. Allí me fue entregada una flautita e
iniciamos la instrucción. Fue la única experiencia de enseñanza formal que he
tenido en la tierra de los dowayo. Estos, hasta la introducción de la enseñanza
del francés en las escuelas, aprendían los idiomas de pequeños a través de los
contactos sociales. La idea de proponerse deliberadamente aprender una lengua,
de estudiar un verbo en todas sus formas, era desconocida. No obstante, a los
chicos había que enseñarles los usos de la flauta en un ejercicio bastante
intensivo de instrucción paso a paso. Se requería entonces una presentación
ordenada del material y el uso de técnicas caseras de enseñanza. Todo ello era
completamente opuesto al caso de la lengua hablada, en cuyo aprendizaje no
podía intervenir ayuda sistemática alguna.
Avancé rápidamente.
Mi maestro era genial y sabio, y jamás pidió compensación alguna por el tiempo
que invertía en ayudarme. Se imponía un regalo. Hacer regalos, en cualquier
cultura, requiere un cierto tacto. Han de ser adecuados. En nuestra cultura, a los
hombres no se les regala flores. La entrega también ha de hacerse de manera
apropiada. Regalarle tabaco a un dowayo en público es como no darle nada, pues
los demás se lo quitarán inmediatamente por derecho propio.
Puesto que
fundamentalmente seguía siendo occidental, siempre había sentido una ligera
inquietud social por el hecho de que parecía que el hombre que me lavaba las
camisas en la misión no tenía ninguna propia. Pensé que regalarle una camisa
sería lo indicado. Tenía una que también había sido un regalo y había
despertado especial admiración entre los dowayo, una creación bastante vistosa
en tonos morados. Quedaría la mar de bien regalándosela.
No obstante, hacer
regalos puede humillar a quien los recibe. La actitud de magnífica beneficencia
que el trabajo de campo había hecho recaer sobre mí encajaba bastante mal con
la imagen que tenía de mí
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mismo; por otra parte, si el regalo era demasiado importante, el
receptor podía sentir vergüenza.
No tardó en
presentarse la solución. Unas semanas antes me había enganchado la manga en una
espina y se me había hecho un pequeño desgarrón. La siguiente vez que me
devolvieron la camisa simulé descubrirlo con exclamaciones de horror. ¡La
camisa estaba inservible! Tal vez, insinué, el lavandero querría quedársela. El
desgarrón era pequeño, no se vería.
Ese engaño ya lo
había usado anteriormente con mi ayudante, que tenía un guardarropa igualmente
excéntrico pero era propenso a la susceptibilidad. En esa ocasión aceptó la
camisa supuestamente imperfecta y la guardó por demasiado buena para usarla.
Así pues, no se benefició de ella. Tal vez ahora las cosas irían mejor.
El lavandero se
puso la camisa y aparentemente resplandecía de orgullo por su nueva prenda. Su
rostro dibujó una sonrisa de alegría pura que no dejaba lugar a malentendidos
etnográficos. Se marchó en un estado de sorprendida complacencia. Yo sentí la
satisfacción que experimenta el que está completamente seguro de haber hecho
una buena obra. Pero hasta que no me llegó la siguiente remesa de camisas no se
hicieron evidentes los efectos de mi regalo. Ahora cada una de ellas tenía una
ligera imperfección. Cuidadosamente, se habían practicado pequeños cortes en
mangas, cuellos y bolsillos.
Recibir regalos
también puede crear dificultades. Puesto que mi casa era modesta, siempre me
las había arreglado para guisar en dos cazuelas, que lo mismo me servían de
cafetera o tetera. Poseer una tetera en lugar tan remoto me hubiera hecho
culpable de excentricidad deliberada. Esta situación era perfectamente
satisfactoria para todo el mundo menos para Matthieu. En algún sitio,
seguramente en la misión, había visto servir el té como lo haría un mayordomo,
con bandeja, azucarero y tetera. Puesto que su propia posición, de la cual se
preocupaba mucho, dependía de la mía, se opuso enérgicamente a que a los
dignatarios que me visitaban se les sirviera el té con una olla de aluminio.
Suspiraba por una tetera.
Un día apareció
aferrado a un ejemplar de aluminio muy deteriorado. Se lo había dado un maestro
que había sido destinado al sur, tierra en que, al parecer, abundaban las
teteras. El maestro no quería llevarse la suya, de modo que se la dio a
Matthieu.
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Matthieu me la regaló a mí con orgullo. Confieso que me sentí
profundamente emocionado. La tapa ya no encajaba. Presentaba abolladuras en
toda su superficie, cual si hubiera sido utilizada como pelota de fútbol. Pero
hacía feliz a Matthieu. Canté sus virtudes y le di las gracias. Matthieu se la
llevó y la frotó con arena hasta dejarla reluciente como la plata.
Esa tarde
celebramos una larga sesión con el curandero, que nos explicó diversas clases
de enfermedades. Como de costumbre, ir a verlo representaba subir un monte
hablando y fumando en abundancia. Cuando regresamos, avanzada la tarde, ambos
estábamos cansados y teníamos sed.
—Bauticemos la
tetera nueva —propuse.
Matthieu me miró
sorprendido, pero fue a buscar su tesoro y lo utilizamos. Se hizo evidente que
el pitorro estaba obturado, pero rápidamente aprendimos a verter el líquido por
el costado con un desperdicio mínimo.
Matthieu me había
hecho un regalo. Yo había demostrado cuánto se lo agradecía. Todo ello, sin
duda, mejoraría y fortalecería nuestras relaciones. Sin embargo, extrañamente,
Matthieu estuvo sumamente taciturno toda la velada. A última hora, daba ya
muestras de claro malhumor. Fuera lo que fuese, yo esperaba que a la mañana
siguiente se le hubiera pasado.
Me sorprendió que
Matthieu me despertara muy temprano dando golpes en la puerta.
—¿Acaso no soy
cristiano? —me espetó con un ceño terrible—. ¿Acaso soy hombre de palabras
torcidas? Llevo toda la noche pensando. Si hubiera querido matarlo, ¿acaso no
hubiera podido hacerlo muchas veces?
Confieso que a las
cinco de la madrugada tenía el cerebro un poco embotado, y simplemente me quedé
boquiabierto.
Por fin, lo
convencí para que se sentara mientras preparaba un poco de té. La visión de la
tetera lo enfureció todavía más. Temblaba de ira.
Gradualmente, se me
fue aclarando la enormidad de mi delito. El fallo consistía en mi uso
irreflexivo de la palabra bautizar refiriéndome a «usar por primera vez».
Obviamente, Matthieu se había imaginado que pretendía llevar a cabo algún rito
de exorcismo dirigido a la tetera a fin de hacer desaparecer el conjuro que
hubiera podido echarle él. Efectivamente, lo había acusado de querer matarme.
De nuevo, iban
transcurriendo las semanas. Mi trabajo con los curanderos avanzaba, pero seguía
siendo secundario. Lo que yo realmente
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quería presenciar era el festival de la circuncisión en toda su
sangrienta intimidad, la jugosa sangre roja de la etnografía.
Puesto que no tenía
a quien molestar, decidí localizar a mi «esposa». Tras una larga búsqueda, lo
encontramos agazapado displicentemente bajo un tamarindo. Caía un fuerte
aguacero, una breve pero intensa incomodidad. Todos nos cobijamos bajo el
escaso follaje. Su atavío estaba ya notablemente deteriorado. Las colas de
caballo, antes erectas y plumosas, estaban caídas y apelmazadas. Las largas
túnicas estaban manchadas de barro, cerveza, aceite y sudor. Mi tela imitando
la piel de leopardo había resistido bien en lo que se refiere a la parte
superior, pero la capa pegajosa del envés había respondido peor. Una espesa
maraña compuesta de pelo, mosquitos y la tierra roja de África occidental se
había adherido como con cola a su superficie. El vistoso tocado pendía
desaliñado sobre un ojo y el muchacho ponía una. perceptible mala cara. Era
evidente que aquel período, que se anunciaba como un tiempo de licencia e
indulgencia, alegre en la mente de los hombres, se había vuelto tedioso para
él. Al parecer, sus parientes ya no lo acogían con cerveza y algazara; tantas
veces los había visitado con su atuendo festivo que habían empezado a poner
excusas o a salir corriendo hacia el campo para encontrarse convenientemente
ausentes cuando se presentara. Las doncellas que debían observarlo con lascivo
fervor esgrimían azadas bajo la supervisión de madres de mirada vigilante. El
amor de los jóvenes estaba muy bien, pero las cosechas tenían preferencia. El
insulto máximo lo había recibido la noche anterior. Obligado a ir a visitar a
parientes cada vez más alejados, de lazos cada vez más tenues, se había perdido
el espectáculo del alemán hirsuto.
Incluso Matthieu
estaba conmovido. Unimos nuestros recursos con ánimo de proporcionar consuelo
suficiente. Lo máximo que recogimos fue una botella de cerveza y un cómic de
Superman en francés. Lo obligamos a aceptar este alivio, instándolo a no ceder
al pecado de la desesperación. Nosotros mismos nos ocuparíamos de averiguar qué
había ocurrido.
Se había hecho
evidente que las previsiones sobre la circuncisión tenían pocos visos de
cumplirse. Las operaciones ya deberían haberse efectuado y los muchachos ya
deberían estar aislados en el campo. Ritualmente es importante que el fluir de
la sangre de las heridas coincida con las primeras lluvias intensas. La
cicatrización de las heridas debe coincidir con el comienzo del tiempo seco. De
esta forma habría armonía
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entre los hombres y el mundo en que viven, ambos sujetos a un ritmo
común. Ahora parecía que esta comunión no podía asegurarse.
Puesto que el plan
simultáneo del cambio humano y cósmico requería que los muchachos regresaran de
su aislamiento el primer día de la cosecha, el resto de los rituales habrían de
condensarse extraordinariamente si habían de celebrarse todos, lo cual quería
decir que yo volvería a tener problemas con el visado antes de que terminaran.
En una sociedad acéfala no hay nadie que organice estas cosas, nadie con poder
y autoridad para imponer su voluntad. Los asuntos de trascendencia pública se
dejan a su aire hasta que las circunstancias obligan a emprender alguna acción
o hasta que haya pasado el momento oportuno para emprenderla, de modo que no se
hace nunca nada. Es reconfortante saber que este sistema ha funcionado tan
bien; prueba de que gran parte del frenesí y la diligencia del mundo es fútil.
No obstante, había
una persona indispensable para la terminación de las ceremonias, que al menos
estaría al corriente de lo que se había y no se había hecho en las aldeas
alejadas: el jefe de la lluvia. Había llegado el momento de volver a ascender
al monte donde vivía.
Tras la visita a
los despezonados ninga, la escalada había perdido gran parte de su atractivo.
Los montes dowayo son ya de por sí bastante ingratos. Carecen del tonificante
encanto que se atribuye en Europa al ascenso a las montañas. Por otra parte,
tomarlos tan en serio como a los Alpes sería ridículo. Estás ante algo que
puede hacerte caer varias decenas de metros para aterrizar sobre rocas
graníticas, pero a lo cual hay que acceder sin botas adecuadas siquiera. En la
base son montañas húmedas y llenas de peñas afiladas que obligan a gatear mucho
y resbalar mucho. Hacia la mitad están plagadas de desconcertantes hendiduras
muy profundas pero de poca anchura. Para salvarlas no cabe sino saltar mientras
mentalmente uno se aferra al recuerdo de hazañas de salto de longitud
realizadas en el colegio. Arriba son peladas y frías.
El jefe de la
lluvia ocupaba lo que en otra parte se consideraría un lugar privilegiado, un
valle abrigado situado en la cima de un pico pero protegido por otro. Se
trataba de un valle verde, pues disfrutaba de agua pura todo el año, y más
fresco que las abrasadoras llanuras. Incomprensiblemente, abundaban las vacas
enanas. El acceso de los funcionarios gubernamentales era difícil, pues ni
siquiera las motocicletas todo terreno de la policía podían llegar hasta allí;
de modo que, aparte de
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una visita superficial efectuada por un funcionario francés hacía
cuarenta años, el jefe de la lluvia vivía en tranquilo aislamiento patriarcal.
Había sido testigo del declive del tráfico de esclavos por parte de los fulani
en los valles, del paso de los alemanes, de su sustitución por los franceses y
del advenimiento de la independencia; o, mejor dicho, casi no había tenido
conciencia de ello. Tan inmutable y pétreo como su monte, había sobrevivido a
las muchas vicisitudes del siglo y seguía imperturbable bajo la nube de lluvia
que se cernía constantemente sobre su aldea y servía de indicador de su
especialización como hombre que controlaba el tiempo.
Los dowayo, que son
profundamente sociables, jamás harán solos nada que se pueda hacer en
comunidad. Como de costumbre, los preparativos de nuestra excursión no habían
pasado desapercibidos. Al salir de la aldea se nos unió un hombre de aspecto
avergonzado que se dirigía a la aldea del jefe de la lluvia para una consulta
médica. De todos es sabido que el jefe de la lluvia es el maestro de la
fertilidad masculina, de modo que consultarle era probablemente una declaración
tácita de esterilidad o de impotencia. Abundaban las risitas. Mientras
avanzábamos por los angostos senderos se nos fueron uniendo otras varias
personas que habían decidido aprovechar nuestro viaje para solventar diversas
cuestiones con el jefe de la lluvia. Una de sus trece esposas venía también con
un enorme hato en la cabeza. Y, lo más sorprendente, también se presentó Irma.
Esa no era la Irma
de antes. se la veía seria y formal; los residuos del coqueteo habían ardido en
el fuego de la pasión verdadera. A sus pies había un gran saco de plástico
lleno de mijo molido que su padre le enviaba al jefe de la lluvia como pago de
alguna antigua deuda. Encima mantenían el equilibrio sus zapatos de plástico
azul, que solo se pondría para hacer una entrada triunfal en la aldea después
de escalar el monte descalza. Caminaba delante con valientes zancadas, sin
mirar ni a derecha ni a izquierda. Ni siquiera volvía los ojos atrás en busca
de miradas de admiración por su atlética gallardía, aunque no escaseaban.
El elevado nivel de
los ríos que se precipitaban montaña abajo demostraba, caso de hacer sido
necesaria alguna prueba, el avanzado estado de la estación de las lluvias. Ya
no se trataba de los amistosos hilillos refrescantes de la estación seca que te
lamían los pies como cachorros. Rugían, corrían y saltaban sobre las peñas. Yo,
naturalmente, me caí al agua.
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No hay manera más segura de romper el hielo que caerse al agua, puestos
a mezclar metáforas. Nuestro silencio anterior se quebró y el impotente empezó
a contar anécdotas. Uno de los temas inevitables de conversación en esta marcha
era un hombre que vivía al pie de la montaña. Su esposa y él eran famosos por
atraer a viajeros varones, que luego eran sorprendidos en circunstancias
comprometedoras con la mujer. A esto seguían exigencias de compensación. El
marido se declaraba profundamente ultrajado. Y era un hombre muy corpulento.
Nuestra alegría se
vio algo menguada cuando nos topamos con el esqueleto de una gran cabra cornuda
que se estaba descomponiendo en medio de un riachuelo junto a un vado.
Aplastada y sanguinolenta, era evidente que se había caído de uno de los
senderos que discurrían más arriba. Los augurios afectan mucho a los dowayo. Al
parecer, se trataba de un presagio especialmente malo. Su interés no se
centraba en el hecho de que algo que había estado alto estuviera ahora bajo, ni
en el marcado contraste entre un macho cabrío de sexualidad exuberante y su
impotencia en la muerte; se centraba más bien en el hecho evidente de que
aquello había sucedido hacía tanto tiempo que la carne estaba demasiado
putrefacta para que se la comieran los dowayo, aunque están habituados a
consumir una carne que solo con cortés prudencia podría ser calificada de
«pasada».
Tales incidentes
asaltan constantemente al antropólogo. ¿Podía ello ser el puente que llevara a
algún descubrimiento fundamental sobre una cultura extraña o sobre la
naturaleza básica de la mente humana? Casi con seguridad no, pero es imposible
predecir con antelación qué será importante y qué no lo será. Después de todo,
los antropólogos han tenido iluminaciones en el cuarto de baño, mientras
jugaban al críquet o disecaban pulpos. Lo más sensato es archivarlo en un
cuaderno donde encontrarlo años después, con la tinta corrida por las
salpicaduras de los ríos y las letras manchadas de dedos marrones. La
enfurecedora sensación que se tiene es: «Esto es algo que un antropólogo podría
explicar». Y esto va casi siempre asociado a: «No tengo ni idea de qué puede
querer decir».
La muerte de la
cabra causó mucho revuelo. Llegué a dudar de que intentáramos la ascensión.
Hasta que Irma no hubo reiterado nuestra resolución de proseguir, apoyada a
regañadientes por Matthieu, el grupo no accedió a enfilar el sendero. El
ambiente era tenso y opresivo, como una de esas escenas premonitorias de
Shakespeare donde chocan los
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cometas y los terremotos hacen que los muertos se levanten de sus
tumbas. Cada vez que alguien tropezaba se intercambiaban numerosas miradas y se
dejaba sentir el nerviosismo. Por debajo de nosotros, los cuervos se habían
abalanzado sobre la cabra, arrancándole la carne y observándonos con ojos de
inspector de Hacienda, hostiles y calculadores. De repente se me ocurrió que
aquel arroyo era la principal fuente de agua de la aldea y al menos deberíamos
sacar el cadáver de la corriente. Las dudas sobre un gran proyecto de
canalización para el bien de otros eran una cosa, pero aquella era el agua que
bebía yo. Sin embargo, a nadie parecía entusiasmarle la idea de tocar el
cadáver, de modo que lo dejamos en un remolino de agua fétida.
A estas alturas,
Matthieu había tropezado tantas veces que estaba convencido de que el viaje
sería inútil y que, cuando llegáramos, el jefe de la lluvia no estaría. «Aunque
—añadió— a veces el pie izquierdo me miente».
Y así fue: su pie
izquierdo resultó siniestramente embustero, pues el jefe estaba en casa.
Inevitablemente, el hecho de que el pie le hubiera mentido incrementó el
abatimiento de Matthieu. La propia mentira del pie se convirtió en un mal
augurio.
El jefe de la
lluvia estaba sentado, como una tortuga beatífica, bajo el umbráculo de delante
de su choza. Era su lugar favorito. Desde allí divisaba el lado opuesto del
frondoso valle que era su dominio exclusivo, observaba cómo trabajaban los
campos sus esposas y sus hijos vigilaban el ganado, fumando su pipa de latón
mientras se calentaba los pies crónicamente fríos en el fuego. Desde allí
saboreaba los placeres de la riqueza y el respeto sin abandonar la vigilancia
de sus chozas, atestadas de pagos en telas funerarias, y de los jóvenes que
rondaban furtivamente a sus trece esposas núbiles.
Tras los saludos de
rigor, nos separamos. El impotente fue sometido a un interrogatorio en voz
baja, durante el cual él bajaba mucho los ojos y el jefe de la lluvia le daba
muchos golpecitos tranquilizadores en el brazo. A Irma, para su evidente
disgusto, la mandaron a hablar con las esposas.
Con un gesto del
brazo, el jefe de la lluvia me llamó junto a su paciente. ¿Se había reconocido
mi habilidad en la medicina herbaria de los dowayo? ¿Iban a invitarme a
comentar un caso interesante? Por lo visto, no. Era una cuestión de cambio. El
hombre solo disponía de un billete de banco grande. El jefe de la lluvia estaba
dispuesto a aceptarlo en pago de
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sus honorarios, pero no a darle cambio. Por lo tanto, yo tenía que darle
al hombre el cambio que le correspondía y el jefe ya me lo devolvería
oportunamente. Ambos sabíamos que no volvería a oír hablar del cambio. Era
simplemente una de las maneras de pagarle por su ayuda sin el bochorno de tener
que cobrarme.
De acuerdo, pero le
pensaba sacar partido al dinero. Solté un pequeño discurso que Matthieu me
había ayudado a preparar para tales ocasiones. Era una obra maestra del oficio
de publicista. Mientras negaba toda pretensión de habilidad en el uso de
remedios vegetales, ponía mi amplia experiencia trabajando con reconocidos
curanderos dowayo a disposición del afligido. El principal problema en la
tierra de los dowayo era saber si una enfermedad era «solo» una enfermedad o
una manifestación de desagrado sobrenatural o de brujería. En el último caso,
el tratamiento habría de ser bien distinto. Unas pocas preguntas inocentes por
parte de un principiante como yo casi siempre conducían a una apasionada
discusión de los conceptos dowayo fundamentales de causalidad, moralidad y
clasificación. ¿Cuál era el problema? El pene del hombre no servía. ¿Estaba
seguro de que ello no era achacable a sus hermanos? Sacudió la cabeza. Había
usado el oráculo del zepto con tres adivinos distintos. Todos habían dicho lo
mismo. Era «solo» una enfermedad. ¿Qué le había recetado el jefe de la lluvia?
Que hirviera y bebiera más zepto.
Últimamente, la
antropología se ha preocupado de las clasificaciones de las plantas, tratando
de determinar hasta dónde otras culturas tienen especies y subespecies
comparables a las nuestras y qué criterios usan para determinar los diversos
tipos de la «misma» planta. Yo había invertido mucha energía en recoger hojas y
frutos de ciertas plantas básicas como el zepto para poder provocar una
conversación sobre cómo distinguir un tipo de otro. ¿Era por la forma de la
hoja, o por la configuración del fruto? Como antes, en el caso de las piedras
de la lluvia, el jefe me abrumó con su positivismo. No diferenciaban un tipo de
otro en función de ninguna de estas características. Simplemente, una planta
curaba una enfermedad y otra planta curaba otra. No se sabía cuál era cuál
antes de que efectuaran la curación. Sonrió angelical. Yo me acordé de todas
las horas que había perdido recogiendo muestras de plantas y secándolas en
prensas para poder enseñárselas a los expertos de Kew Gardens.
El hombre emprendió
el descenso de la montaña cogiendo los brotes de zepto que los demás habían
cortado para él. Yo me quedé de mala gana
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con Matthieu ante la insistencia del jefe en prepararnos una comida que
no deseábamos.
Al cabo de varias
horas de tediosas atenciones sociales, llegó el momento de que Matthieu, el
jefe de la lluvia y yo nos retiráramos al campo a «hablar de cosas de hombres».
Y también allí conversamos en los usuales susurros mientras el anciano miraba
constantemente a su alrededor como un ciervo inquieto.
Se trataba de la
circuncisión. Inclinó la cabeza. Él sabía que yo me había desplazado desde mi
lejana aldea para ver la circuncisión porque me había enterado de que los
dowayo iban a celebrar la ceremonia. Había abandonado a mis esposas y mis
campos. Había sufrido mucho y había gastado mucho dinero para ver la fiesta.
Volvió a inclinar la cabeza. ¿Qué había ocurrido? ¿Qué preparativos se habían
llevado ya a cabo? ¿Por qué no se había circuncidado a los muchachos aunque ya
habían empezado las lluvias intensas?
Suspiró y sacudió
la cabeza. Era mala cosa, mala cosa. Por su parte, había hecho todo lo que se
podía esperar de él. Había escuchado los augurios. Había sellado las sustancias
curativas apropiadas en el interior de una calabaza esférica y la había lanzado
al río en la cima de la montaña, junto a las piedras que controlaban, el
tiempo. Oportunamente, había sido recuperada intacta al pie del monte, signo
infalible de que debía iniciarse la fiesta. Pero ahora todo había sido anulado.
Me quedé boquiabierto. Aquel año no podría hacerse. Y al año siguiente tampoco
porque era un año femenino. No podría ser hasta al cabo de dos años. Era mala
cosa, mala cosa. Los muchachos continuarían siendo niños, oliendo mal. Era una
vergüenza para todo el país.
Pero ¿qué había
ocurrido? Como explicación, pronunció una palabra que era nueva para mí. Miré
interrogativamente a Matthieu, quien inició una inútil búsqueda del equivalente
francés. Con su usual celo positivista, el jefe de la lluvia nos condujo a los
campos y señaló a su alrededor. Las plantas de mijo hervían literalmente en
robustas orugas negras que habían devorado por completo las hojas jóvenes. Los
combados tallos disminuían visiblemente ante nuestros ojos a medida que las
bestias los iban consumiendo. Al parecer, todos los campos de aquel lado de
Kongle sufrían la misma plaga. Aquel año no habría cosecha digna de llamarse
así. Si las orugas se comían las plantas y morían, cabía la esperanza de que se
pudiera plantar una segunda cosecha. Pero a muchas no les quedaban
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semillas y la recolección sería escasa. Seguramente, la lluvia no
continuaría el tiempo suficiente para que maduraran las nuevas plantas. ¿Qué
iba a hacer la gente? Se encogió de hombros. Algunos pedirían grano prestado a
sus parientes. Algunos tendrían que vender el ganado o endeudarse con los
comerciantes. Habría que echar mano de todas las reservas destinadas a la
elaboración de cerveza simplemente para sobrevivir. La transformación de los
niños en hombres podía ser una maravilla, pero las maravillas funcionaban a
base de cerveza, no de buenas intenciones. La circuncisión tendría que
aplazarse. El escándalo de los chicos húmedos y malolientes se agravaría. Hasta
los ninga se reirían de ellos.
¿Y si alguien
importara mijo? Hice un cálculo rápido. Costaría millares de libras. Era
inútil. El jefe de la lluvia, percibiendo mi decepción, me dio un golpecito en
el brazo. No serviría de nada. Ahora ya nadie iniciaría el ritual, los augurios
eran malos. Y también las orugas se habían convertido en augurio.
Era comprensible
que, después de conseguir financiación y trasladarme tan lejos para documentar
una ceremonia que al parecer no iba a celebrarse, me sintiera disgustado,
molesto e incluso avergonzado. Tendría que rendir cuentas y presentar
justificantes, reales o imaginarios. Pronto llegaría el momento de redactar un
informe para presentarlo ante los rígidos guardianes del organismo de
financiación de investigaciones que me había dado dinero para estudiar la
ceremonia que no iba a celebrarse. No era probable que tuviera buena acogida.
En la investigación
antropológica, al igual que en otras áreas de la actividad académica, se
concede poco valor a las conclusiones negativas, al descubrimiento de caminos
falsos, a la demostración de extremos sin salida, a las fiestas no
presenciadas. Decididamente, era una situación difícil de manejar, Por mi
parte, yo no tenía la impresión de que el viaje hubiera sido infructuoso. Tenía
la sensación de haber aprendido lo mismo durante esta corta visita que en la
anterior, que había sido más larga. El haber regresado había hecho que los
dowayo me tomaran más en serio, como si contaran con una larga historia de
decepciones ante la inconstancia de los investigadores. Fuera cual fuese su
visión del asunto, se habían mostrado mucho más abiertos y confiados que antes.
La principal
reacción en toda la tierra habitada por los dowayo era de profunda vergüenza.
Los jóvenes ruborosos fueron abandonados con todas
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sus galas puestas como novias ante el altar. Después de despojarse
discretamente de las delatoras pieles de leopardo o de las capas sintéticas, y
de meterse las campanillas en los bolsillos, los que eran suficientemente
mayores se escabullían hacia los campos y reanudaban sus tareas como si no se
hubieran puesto jamás los trajes de baile. Los más pequeños volvieron a
aparecer, avergonzados, en las aulas, donde los compañeros de otras tribus se
burlaban de ellos. Cuando se encontraban los hombres, era un tema del que no se
debía hablar. Para las mujeres se convirtió en un nuevo tema al que recurrir en
la batalla de los sexos, utilizable para poner de manifiesto la inutilidad de
los varones. Para los hombres, era un nuevo motivo para pegar a las mujeres. Mi
«esposa» daba grandes rodeos en torno a la aldea a fin de no encontrarse
conmigo. En las ocasiones en que nos topamos inadvertidamente, bajamos los ojos
y farfullamos un saludo. Puesto que la ceremonia no se había llevado a cabo,
nos encontrábamos atascados en un espantoso limbo en el que nadie sabía cómo
comportarse. ¿Debíamos gastarnos bromas, demostrar respeto mutuo, o regresar a
nuestro estado anterior de independencia? Nadie lo sabía. Nadie tenía autoridad
para decidir por todos de la misma manera que nadie había podido organizar la
ceremonia anteriormente.
Un huracán de
augurios barrió el país. De pronto todo parecía patas arriba y todo lo que
ocurría era un augurio de malos tiempos por venir. Era similar a cómo, en
nuestra cultura, un asesinato atroz parece llamar la atención sobre crímenes
parecidos. De repente, los periódicos están llenos de sucesos del mismo estilo
y parece que la civilización entera está alcanzando bruscamente su fin.
En la tierra de los
dowayo, las vacas se caían en los pozos: augurio. Una gran rata de monte mordió
a una de las esposas de Zuuldibo en el pecho mientras abría el granero:
augurio. Se encontraron enjambres de insectos rojos en los senderos de granito:
augurio. No atravesaron el cielo cometas shakesperianos, pero sí sopló un
pequeño remolino.
En el expectante
silencio que se adueñó de la tierra de los dowayo, llegó el momento de volver a
casa. Me pregunté si lo verían también como un augurio.
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13. PRINCIPIOS Y
FINES
Abandonar la tierra
de los dowayo es una empresa tan prolongada como llegar allí. En esta ocasión,
por fortuna, en lo que a mis papeles se refería, yo era un mero turista, no un
buscador de conocimientos. No obstante, se hizo imprescindible una larga serie
de despedidas, una comedida demostración de generosidad y una expresión de
agradecimiento. Había que abandonar los hábitos del campo africano y reanudar
los de la ciudad. Como único anglófono en varios kilómetros a la redonda, había
adquirido la costumbre de hablar solo. Hablar solo, o «pensar en voz alta» como
me empeñaba yo en llamarlo, no lleva aparejado para los dowayo ninguna de las
connotaciones de demencia que tiene en nuestra propia cultura. Es tan normal
como canturrear por lo bajo, que es una cosa que los dowayo hacen
constantemente. Sin embargo, constituye un hábito difícil de quitarse y, sobre
todo en alguien que ha tenido que cortarse el pelo solo y posee unos dientes
verdes y fétidos, de entrada puede resultar desconcertante.
La reanudación de
la vida urbana vino acompañada de un inoportunísimo acceso de malaria, que yo
me empeñé en atribuir a los numerosos picotazos que recibí mientras veía la
película alemana sobre la prevención de la malaria. Por fortuna, me recuperé a
tiempo para hacer mi última aparición pública en la tierra de los dowayo con
ocasión de la ceremonia de circuncisión del arco de un muerto.
La antropología es
una materia a la que muchos llegan procedentes de otras disciplinas. Sus
fronteras son sumamente amplias. Por eso, nada de lo que ha aprendido el
antropólogo es despreciable, por muy impracticable que sea una técnica o muy
complicada una habilidad. De niño, el primer día que asistí al colegio, me
hicieron escuchar, junto con mis compañeros de clase, uno de los programas
infantiles de la BBC. En esa época se consideraba importante y sano que los
niños bailaran. Había que alentar a las mentes jóvenes a expresarse en
movimiento. Mente y cuerpo evolucionarían en armonía perfecta al ritmo de
melodías puras. Ese día en concreto, nuestra misión era actuar de árboles.
«Balancead las ramas, niños», nos indicaban en tonos aflautados. «Mostrad cómo
el viento hace
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crujir vuestras hojas». Obedientemente, nosotros agitamos los brazos por
encima de la cabeza e hicimos ruidos silbantes.
Qué poco me
imaginaba yo, cuando me dedicaba al estudio comparativo de las culturas, que
ello constituiría una valiosa experiencia, y así resultó.
La ceremonia de la
circuncisión del arco no es sino uno de los complejos ritos mediante los cuales
un hombre pasa de ser un individuo muerto a ser un antepasado susceptible de
reencarnación. Es preciso dar destino a sus posesiones más íntimas y, por lo tanto,
más peligrosas. El cuchillo, la estera donde dormía y la protección del pene
han de enterrarse en el campo. Su arco ha de ser circuncidado por un bufón y
colgado detrás de la casa donde se guardan los cráneos de los hombres muertos.
Solo los «hermanos de circuncisión» de un hombre, los que fueron circuncidados
con él, pueden participar en esta operación. Toda la actuación se ejecuta con
el festivo buen humor que caracteriza los acontecimientos reservados a los
hombres. Las mujeres han de encerrarse en sus chozas en cuanto se dejan oír las
flautas especiales de la ceremonia.
El ritual consiste
en que los hombres «hermanos» correteen desnudos, cubriéndose únicamente el
pene y termina con una pequeña representación que pueden presenciar todos los
varones. Se escenifica el origen de la circuncisión en el apaleamiento de una
mujer fulani hasta matarla. Uno de los hombres la encarna, vieja, decrépita,
excesivamente avinagrada y timorata. Va vestida con las voluminosas hojas que
usan las ancianas y se agacha con frecuencia de modo que sus genitales quedan
al descubierto. Esto les gusta muchísimo a los hombres presentes y produce
grandes risotadas. El clímax es la encerrona de la mujer por parte de un grupo
de hombres que la acechan armados con palos. Ella pasa varias veces entre los
hombres anadeando temblorosa y arrastrando una larga cola de hojas. Finalmente,
se abalanzan sobre ella y le cortan la cola con los palos. Todo esto debe
ocurrir bajo un árbol denominado «espino fulani».
A veces no hay
ningún espino fulani adecuado y un actor humano ha de hacer las veces de árbol.
Y fue a mí a quien se asignó tal papel. Qué poco se imaginaban los dowayo que
yo contaba con una extensa experiencia previa en la encarnación de un árbol que
podía serme de utilidad en aquella ocasión. El agitar de brazos fue muy bien
acogido. Las opiniones sobre mi versión del crujir de las hojas estuvieron más
divididas. No obstante, dentro del general buen humor del rito, mi actuación
fue
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aceptada como una innovación positiva. Tal vez el hecho de que al actor
que hace de árbol solo se le permita ir vestido con la protección del pene y
deba llevar varias ramas del desagradable árbol espinoso como concesión al
naturalismo sea el motivo de que no se trate de un papel popular.
Luego todos los
hombres se sentaron a fumar y tomar cerveza caliente. Hubo cierta discusión
sobre quién debía escupir a las viudas del fallecido, dejándolas así libres
para volver a casarse. Matthieu y yo estábamos ocupados haciendo el equipaje
cuando apareció un hechicero con un manojo de hojas aromáticas. Yo había estado
en contacto con la muerte y no debía olvidarme de lavarme las manos con
aquellas hojas. También debía participar en el acto de escupir a las viudas
para demostrar que no guardaba rencor alguno al hombre cuyas ceremonias
habíamos realizado. Todo parecía la mar de normal. Después nos quitamos las
protecciones del pene, a imagen de los graduados que se desprenden de las
togas, paso previo para relajarse después de la sesión semanal con su tutor.
Aquella noche se bebería y se contarían historias de bailes. Matthieu y yo nos
encaminamos a la misión, que era la parada intermedia en el recorrido de
regreso a una normalidad distinta. Nadie parecía especialmente interesado en
nuestra partida. No hubo lágrimas ni despedidas complejas. Zuuldibo trató de
sacar el tema pendiente de su sombrilla y dejé algo de dinero para pagar la
techumbre nueva de mi choza. ¿Cuándo regresaría? Solo Dios lo sabía.
Parece que una
regla sensata es la que establece que cuando la cultura ajena que estás
estudiando empieza a parecer normal, es hora de volver a casa.
Tal vez era lógico
que, dada mi posición intermedia del momento, terminara sustituyendo al maestro
local, enseñando inglés mientras él se recuperaba de una de las vagas fiebres
intermitentes que afectan a todo el mundo por allí. En Occidente, de vez en cuando
uno está hecho polvo por culpa de la fiebre, el dolor de cabeza y una sensación
general de mortalidad. Nosotros lo llamamos «gripe», nos tomamos dos aspirinas,
nos acostamos y esperamos recuperarnos en un par de días. En África occidental,
los mismos síntomas se achacan a una «pequeña malaria». El tratamiento y el
pronóstico son muy parecidos, y no se buscan otras causas ni efectos.
Como en otras
diversas instituciones de enseñanza, muchos alumnos habían adoptado identidades
falsas. Las reglas sobre cuántas veces puede
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un alumno realizar el mismo examen se eluden adoptando la identidad de
un hermano o hermana menor. Algunos de los supuestos adolescentes tenían canas.
Un número desconcertante de escolares se llamaba igual. Y los gemelos
intensificaban el problema. Tras buscar el término gemelos en un diccionario
francés/inglés habían descubierto que eran «prismáticos», y se referían a sí
mismos con esta denominación. «Esta es mi hermana Naomi, patrón. Somos
prismáticos».
Les enseñé los
rudimentos de la lengua inglesa con un libro que trataba extensamente de
fenómenos tales como las carreras de Ascot, la noche de las hogueras y el
siempre incomprensible budín de Yorkshire. Este lo asimilaban al budín chaud-froid.
En un espléndido derrumbamiento medieval de microcosmos y macrocosmos, una de
mis alumnas declaró: «La sangre da veinticuatro vueltas al cuerpo en un día».
Sin embargo, otra me escribió una redacción que contenía esta sorprendente
información: «A la gente le duele la cabeza cuando le da mucho el sol porque
produce demasiado oxígeno».
A Matthieu se le
ocurrió que también él debería aprender inglés. El impulso pedagógico se apaga
difícilmente incluso en aquel que ha pasado varios años dando clases en la
universidad. Adquirí un libro de frases usuales algo anticuado y se lo regalé a
Matthieu, que no tenía otra cosa que hacer. Desde aquel día, retorcía su rostro
en una expresión de intensa concentración y me saludaba diciendo: «Bonjour,
patrón. ¿Está de buena alegría?».
Al cabo de unos
días regresó el maestro, con lo cual sus alumnos debieron de sentirse
considerablemente aliviados. Yo quedé libre para marcharme, y me encaminé con
el corazón en un puño la ciudad de Duala.
En mi ausencia, la
población no había embellecido.
La indolencia
triunfaba sobre la iniciativa y yo acabé dirigiéndome al mismo hotel donde
había estado antes, no sin abrigar cierta esperanza de encontrarme a Humphrey.
Entre tanto, el
agresivo maître d’hôtel había medrado y prosperado. Su rostro
fino y orondo brillaba de orgullo. Con alivio temeroso, observé que no se
acordaba de que yo era el aliado de Humphrey. Parecía dominar completamente el
hotel con su gobierno autocrático. El director, un francés escurridizo, se
agazapaba en su despacho mientras el maître d’hôtel cruzaba el
vestíbulo con paso firme. Mediante hábiles maniobras, había colocado a
parientes en puestos estratégicos del personal. Ninguno de ellos
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hablaba ningún idioma de uso extendido, como consecuencia de lo cual los
huéspedes no podían hacerse entender. Solo el maître d’hôtel podía
darles órdenes. Esto alcanzaba a los camareros del bar. Los turistas americanos
pedían cosas largas y complicadas, intrincados cócteles compuestos de licores
raros; los camareros se inclinaban cortésmente y sonreían. Al cabo de un
período considerable regresaban con una variedad aleatoria de zumos de naranja
y cervezas, que servían sin hacer caso de las quejas. Era norma de la casa que
cada cliente tuviera una bebida. Pero este nuevo orden no había pasado
desapercibido. Un grupo de franceses aburridos y cansados se lo habían
apropiado como fuente de diversión y hacían apuestas sobre la proporción de
zumos de naranja y cervezas que se servirían en la siguiente ronda.
No había ni rastro
de Humphrey. Aquella noche busqué el restaurante vietnamita en vano,
recorriendo la ciudad a lo largo y a lo ancho. En un bar de estridente neón, un
turista se hallaba sentado ante un hombre que reconocí, pese a sus gafas de
espejo, como Precoz. El turista contaba con voz áspera una aventura acaecida en
su hotel:
—De modo que
llamaron a la puerta a la una de la madrugada. Menudo susto me llevé. Y a voz
en grito alguien me preguntó: «¡Eh! ¿Tienes a una mujer ahí dentro?». Yo le
grité que no. Entonces oí un golpe, se abrió la puerta y ese alguien metió una
mujer. —Se contorsionaba de risa. Precoz estaba impasible. No le veía la
gracia. El hombre trató de explicársela: —¿No te das cuenta de que, cuando me
preguntó si tenía una mujer, pensé…?
A Precoz se le
iluminó el rostro.
—¿Mujeres? ¿Quieres
mujeres?
—No, solo te estaba
contando lo que me pasó.
—Te voy a llevar
donde hay buenas mujeres.
Los dejé y regresé
penosamente al hotel.
Al día siguiente,
el trayecto hasta el aeropuerto duró horas. El presidente estaba haciendo una
visita a la ciudad, lo cual quería decir que se habían precintado barrios
enteros. Muchas carreteras estaban cerradas. Yo me acurruqué incómodo en el
asiento de atrás del taxi, con un gran cántaro en el regazo como un paleto,
aguardando el inevitable intento de meter más pasajeros. El taxista dio
exóticos rodeos para evitar las barreras. Daba la impresión de que a veces
tenía que pasar por en medio de jardines particulares. Nos detuvimos en un
cruce obedeciendo la grave orden de un
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policía: «Deténganse. Ahí viene Monsieur le président». Un
expectante susurro se adueñó de la multitud. Policías y soldados se
desabrocharon las pistoleras. Yo me asomé por la ventanilla. Durante un
segundo, todo permaneció inmóvil. Luego, con infinita lentitud, un anciano
sorprendido volvió la esquina montado en una bicicleta oxidada. Intimidado por
la atención de tanta gente, por tantas bocas abiertas, se inclinó sobre el
manillar y se puso a pedalear con furia. Varios policías corpulentos se
abalanzaron sobre él y lo apartaron de allí vitoreados por la multitud. El
sargento que teníamos delante observó mi sonrisa. «¡No se ría! —gritó—. ¡Se
está burlando del presidente!». El conductor me miró nervioso y salió de allí a
toda velocidad. Al parecer era un reflejo que había adquirido después de muchos
años de tratar con la ley.
Por fin el taxista
me descargó sin más incidentes en el aeropuerto y se embolsó alegremente mi
generosa propina. Agarrado furtivamente a mi cántaro, me escondí en un rincón
hasta que abrieron el mostrador de reservas, con la esperanza de pasar
desapercibido. Aquello, no obstante, era Duala. Tenía las mismas posibilidades
de conseguirlo que alguien que no sepa nadar en una piscina llena de tiburones.
Un hombrecillo de aspecto astuto reparó en mí y me observó estimativamente; sin
duda, sus penetrantes ojos no dejaron de percibir el sudor de mi frente ni la
fuerza con que me aferraba al cántaro. «¿El vuelo de París?», me preguntó.
Asentí con la cabeza. Él ejecutó una de esas bruscas inspiraciones que gozan
del favor de los mecánicos de coches cuando inspeccionan los daños. Al parecer,
había muchas reservas para ese vuelo. Efectivamente, todos los asientos habían
sido asignados varias veces. No obstante, por fortuna, él tenía un amigo que
trabajaba en el mostrador de reservas. Por diez mil francos podía asegurarme un
asiento en el vuelo. Ofendido, lo mandé a hacer gárgaras. No era la primera vez
que pasaba por aquello. Ya estaba escarmentado. Se encogió de hombros y se
alejó. Luego vi a un preocupado alemán entregándole billetes.
A medida que iba
llegando gente, y más personas le iban entregando dinero, mi confianza empezó a
flaquear. Calculé cuánto me costaría pasar otra noche en Duala. Quizá en aquel
momento toda la policía de Duala me estaba ya buscando por burlarme del presidente.
Me encontrarían fácilmente. Un blanco con los dientes verdes y un cántaro.
Quizá debía abandonar el cántaro y cerrar la boca. La paranoia se apoderó de
mí. Al cabo de otra media hora, estaba dispuesto a cerrar el trato. Busqué al
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influyente personaje. Regateamos amargamente. Yo declaré que solo tenía
dos mil francos. Le ofrecí el cántaro. Finalmente nos pusimos de acuerdo y se
acercó tímidamente al del mostrador. Intercambiaron abundantes susurros y
sacudidas de cabeza. Sus manos se encontraron brevemente bajo el mostrador. Mi
billete fue sellado. ¡Lo había conseguido! Miré a todos los que hacían cola
inocentemente ignorantes de que jamás verían el interior del avión. Sentía
lástima por ellos mientras cargaba con el cántaro ante la ventanilla de
inmigración.
El avión estaba,
sencillamente, vacío. Los demás pasajeros se embarcaron en un chárter. Los seis
o siete que compartimos el aparato hasta la primera parada casi nos perdíamos
dentro. Incluso había un asiento vacío para el cántaro que me seguía como un albatros.
Me resultó de cierto consuelo saber que no había sido el único estafado, dos de
mis compañeros de viaje admitieron al menos la misma cantidad de credulidad que
yo.
El único paliativo
me lo proporcionaba otro todavía más crédulo. Había comprado en un bar lo que
evidentemente era un colgante tipo Precoz después de que le aseguraran que
tenía ocho mil años. El astuto vendedor advirtió al viajero de que su pieza era
tan inusual, tan valiosa, de tal importancia cultural para la nación
camerunesa, que no podía exportarse legalmente. No obstante, por fortuna, él
tenía un amigo en el servicio de aduanas del aeropuerto. Por otra pequeña suma,
podía arreglar que le permitieran subirlo al avión.
El tedio producido
por el aire acondicionado del avión creaba una buena situación para redactar un
borrador del informe que debía presentar a la junta de investigación. Rebusqué
el impreso apropiado en mi bolsa y lo encontré debajo de la póliza de seguros
que me prohibía volar en ala delta y usar herramientas de carpintería
eléctricas durante mi visita a los dowayo.
Escribir un informe
es tarea peligrosa. Una vez escrito se convierte en trabajo de campo per
se y adquiere vida propia. Se hace imposible pensar en lo que uno ha
hecho de ninguna otra manera. La experiencia está empaquetada y sellada.
Seguramente, no debía decir que no se celebró la circuncisión. Resultaba
difícil creer que nadie se fuera a dar cuenta. Podía simplemente extenderme
sobre las cosas que sí había hecho. Un bonito resumen de mi trabajo con los
curanderos dowayo daría a entender que aquello era lo que me había propuesto
hacer. Normalmente, los
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organismos de investigación suponen que el mundo se mueve en línea
recta, de conformidad con el programa establecido por el investigador. El
etnógrafo es omnisciente y de una competencia infalible, una máquina
investigadora bien engrasada. Sin embargo, los antropólogos saben que las
propuestas de investigación son obras de ficción. Casi todas se reducen a una
sencilla petición: «Creo que tal cosa podría ser interesante. ¿Podría darme
dinero para ir a comprobarlo?».
El hecho de que
tantos regresen a partes del mundo bastante incómodas y a veces peligrosas es
una elocuente prueba no solo de la brevedad de la memoria humana sino también
de la debilidad del sentido común ante la pura curiosidad.
Volví a guardar el
impreso y me puse a esperar que me llegara la inspiración.
Un viaje que
termina inicia siempre una sensación de tristeza ante el transcurso del tiempo
y la ruptura de relaciones. Con esta se combina una sensación muy básica de
alivio por regresar, relativamente indemne, a un mundo seguro y predecible,
donde las plagas de orugas negras y peludas no trastornan las previsiones
cósmicas. También da paso a nuevos modos de vernos a nosotros mismos, que es
quizá la razón por la cual la antropología es, en última instancia, una
disciplina egoísta.
Los viejos vínculos
coloniales hacen que la mayoría de los vuelos cameruneses pasen por París. Allí
me detuve, pues, unas pocas horas para cambiar de avión y deposité agradecido
mi cántaro en la consigna de equipajes.
Para constatar el
contraste con las ardientes delicias de Duala, me senté en la terraza de un
café sumamente chic próximo a la Ópera de París, y me dediqué a pasar al tiempo
contemplando a los transeúntes. Al poco apareció un vagabundo harapiento que se
puso a estudiar a la clientela, de manera muy parecida a como el estafador del
aeropuerto estudiaba a los viajeros. Además, el hecho de que los dos hombres
fueran negros intensificaba el parecido. Se volvió hacia la gente sentada en el
café, se dio un golpecito en la nariz con el gesto francés convencional que
indica conspiración y de debajo de la chaqueta sacó una gran rata de plástico.
Cada vez que pasaba
una dama de elegancia particularmente glacial, y en aquel lugar eran legión,
agitaba la rata cogiéndola de la cola de modo que parecía que estaba viva y que
iba a saltar al seno de la víctima. Los resultados eran
sumamente divertidos. Algunas gritaban, otras echaban a correr, otras le daban
con el bolso en la cabeza.
Después de
aproximadamente una docena de asaltos, pasó el sombrero por las mesas y recogió
una bonita suma de dinero. La etiqueta indicaba que estaba hecho en Camerún.
Para un dowayo, aquello hubiera sido un fuerte augurio de algo. A mí al menos,
me sirvió como llamada del deber. Saqué el impreso del informe que tenía que
mandar a la junta de investigación, inspiré profundamente y empecé a escribir:
«Debido a una extraordinaria plaga de orugas negras y peludas…».
FIN

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