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NUESTRAS PRIMERAS VECES
Nicolas Teyssandier
Nuestras
Primeras Veces
30
(Pre)Historias Extraordinarias
Nicolas Teyssandier
La historia de la
humanidad es el relato de una larga invención. Siempre se ha dicho que los
seres humanos no viven en el medio natural, sino que lo transforman para
sobrevivir. La inteligencia del hombre reemplaza el instinto y las garras de
los animales o la fuerza de la naturaleza. Desde tiempos remotos, los humanos
avanzamos a golpe de primeras veces, que, situadas en su contexto cronológico,
permiten descifrar algunas de las grandes etapas evolutivas de nuestro
comportamiento: hubo una primera vez en la que alguien encendió un fuego,
construyó una cabaña, ideó una herramienta, se vistió, transmitió un
conocimiento, decidió migrar en busca de un lugar mejor o esbozó una pintura.
El prehistoriador francés Nicolas Teyssandier responde a muchas preguntas en
esta original, apasionante y lúdica narración de la historia del ser humano. A
través de treinta momentos fundamentales, traza un retrato de cómo hemos
llegado a ser lo que somos. Lejos de tratarse de meras especulaciones, el puzle
de la humanidad se completa a través de la arqueología, ciencia de lo efímero
por excelencia –en la que cada prueba viene condicionada no sólo por el azar de
las leyes de la evolución, sino también por el que rige los misterios de la
conservación–, y de indicios que van más allá de nuestra memoria como especie:
el del nacimiento del lenguaje –demostrado a partir de un hueso de neandertal
de hace 60000 años–, de los dioses, de la pintura o del consumo de leche.
Cuando se acaba la lectura de este libro, erudito y divulgativo a la vez, se
tiene la certeza de que la imaginación humana carece de límites.
Nicolas Teyssandier
Nuestras Primeras
Veces
30 (Pre)Historias
Extraordinarias
ePub r1.0
Titivillus 10.09.2025
Título
original: Nos premières fois
Nicolas
Teyssandier, 2019
Traducción: Laura
Salas Rodríguez
Editor digital:
Titivillus
Primera edición en
Epublibre, 10-09-2025
ePub base r2.1
Para Zoé, una
preciosa primera vez
PREFACIO
Las primeras veces
de las que trata este libro remiten a preguntas que todos nos planteamos: ¿de
dónde vengo?, ¿qué había antes de mí?… En efecto, ¿quién no se ha preguntado
nunca sobre las primeras veces de la humanidad: la primera herramienta, el
primer fuego, la primera pintura, la primera arma, el primer asesinato…? Este
inventario al estilo Prévert refleja algunas preguntas clave acerca de nuestras
sociedades, ávidas de categorización.
¿Qué representan
esas primeras veces? ¿Qué sentido darles? ¿En qué contexto tienen lugar y por
qué les otorgamos tanta importancia?
Sin duda, porque
son las que forjan nuestra memoria colectiva, la memoria colectiva de todos los
humanos: nuestras primeras herramientas de piedra, las de hace 3,3 millones de
años, sirven de punto de referencia para definir al hombre, aunque, según veremos,
no se trata de una relación ni sencilla ni unívoca; esos recuerdos compartidos,
esos recuerdos transmitidos, son también hitos históricos que nos permiten
situarnos en el fresco multimilenario de nuestra larga evolución. Nuestras
primeras veces son también individuales; nos remiten a instantáneas, a
individuos, a invenciones e incluso a sentimientos más personales: nuestra vida
está jalonada de primeras veces, al igual que, a escala colectiva, lo está la
historia de la humanidad. Como veremos, si bien hay primeras veces que pueden
situarse y recomponerse con precisión, hay otras cuya datación[1] se nos
escapa: en muchos casos, captamos dichos procesos cuando ya están bien
avanzados.
Pero, sea como sea,
las primeras veces anteriores a la Historia, situadas en su contexto
cronológico, permiten descifrar algunas de las grandes etapas evolutivas del
comportamiento humano. Vamos a retroceder juntos en el tiempo usando los
conocimientos más actuales sobre la prehistoria y la evolución humana para
pasar revista a las primeras veces fundacionales, aquellas que nos han
convertido en lo que somos.
Daremos comienzo a
este viaje en el tiempo con los primeros vestigios arqueológicos del
comportamiento humano, en concreto con las primeras herramientas de piedra
tallada, que datan de hace 3,3 millones de años, y terminaremos con los últimos
cazadores-recolectores europeos, al comienzo de una profunda evolución que
convertiría a los cazadores en ganaderos, a los recolectores en campesinos y a
los nómadas en sedentarios en el seno de los primeros asentamientos.
A lo largo de esta
epopeya humana, cambiaremos a menudo de universo, ya que pasaremos del ámbito
de la técnica al de las esferas económica, social y simbólica; cambiaremos de
escala, tanto en el plano espacial como en el temporal, y, aún más importante, cambiaremos
de mirada sobre las primeras sociedades humanas.
A través de todas
estas primeras veces, los invito a todos ustedes a hacer un vertiginoso viaje
por el pasado de la humanidad para encontrar al hombre primitivo, cuyas
prácticas arrojarán una luz nueva sobre nuestro presente…
LA PRIMERA HUELLA
¿Cuáles son
nuestras primeras huellas, en el sentido de vestigios identificables y
susceptibles de ser datados por los arqueólogos? Diría que los restos
arqueológicos más antiguos conocidos hoy en día son las piedras talladas de
Lomekwi en Kenia, con una antigüedad de 3,3 millones de años[2]. Pero ¿se trata de
nuestra primera huella, del primer indicio que se conserva de una actividad
humana?
Dicha pregunta
puede parecer sencilla, pero no lo es en absoluto, pues presupone otras tantas
anteriores: ¿qué es lo que nos hace humanos?, ¿a partir de cuándo, en la
evolución de los primates y los homininos, se habla de humano,
en el sentido estricto del término?, ¿tiene sentido definir al primer
hombre?, ¿se puede, siguiendo criterios científicos, establecer una distinción
fundamental entre los Hominini humanos y los no humanos? Hace
algún tiempo algunos habrían dicho que, para ser humano, habría que contar,
además de con un bipedismo activo, con la capacidad de fabricar herramientas.
Pero las cosas ya no son tan simples: según nuestros conocimientos actuales, la
invención de la herramienta de hace 3,3 millones de años precede con mucho a la
aparición del género Homo. Por tanto, no existe una relación
estricta y unívoca entre los primeros miembros del género humano y las primeras
herramientas de piedra.
A menudo se dice
que las herramientas son características del hombre, pero eso no es del todo
exacto; sabemos, por ejemplo, que los chimpancés introducen palos en las
termiteras para capturar insectos o que usan piedras a modo de martillo y
yunque para cascar nueces. En un famoso artículo[3] publicado en 1999
en la revista Nature se elaboraba un inventario bastante
completo de los comportamientos culturales de dicho primate. A raíz de su
publicación, se sugirió que la característica propia de las culturas humanas
era la capacidad acumulativa, ya que las tecnologías mejoraban de forma
progresiva a base de innovaciones que se transmitían y acumulaban de generación
en generación[4]. También se podría
barajar la
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posibilidad del lenguaje complejo, así como nuestra facultad de combinar
palabras según una gramática que permite formar frases para dar a las palabras
un sentido más complejo que el que resulta de su simple suma. En resumen,
podríamos seguir discutiendo largo y tendido sobre cuáles son los criterios que
hacen que el hombre sea humano… sin llegar necesariamente a ponernos de
acuerdo.
Lo que querría
expresar aquí, antes de comenzar este largo viaje a través de nuestras primeras
veces, es el aspecto finalista y antropocéntrico del concepto de hominización en
sí, es decir, de los procesos evolutivos, biológicos y culturales que confluyen
en lo que nos caracteriza hoy en día. Uno de los primeros en fundar dicho
concepto fue sin duda Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955), cura jesuita
francés, además de geólogo y paleontólogo, que intentó reconciliar sus
conocimientos de paleoantropología con una mística de la evolución que
convertía al hombre en el culmen de los seres vivos[5]. Hoy en día ya no
es posible razonar de esa forma, en especial porque todos los criterios que, en
el pasado, se establecieron para definir los umbrales del proceso de
hominización que lleva hasta nosotros han resultado ser frágiles en extremo.
Durante mucho
tiempo se insistió en la capacidad volumétrica de la cavidad craneal, con un
Rubicón cerebral más allá del cual se podría hablar de humanos completos. Pero
las cosas son complejas: los primeros Homo presentan una
capacidad craneal máxima de 600 cm3 y los australopitecos
no andan muy lejos, con sus 500 cm3, mientras que los neandertales
nos superan a veces en ese aspecto (alrededor de 1500 cm³ en los neandertales
frente a los 1350 cm³ del Homo sapiens). Asimismo, el bipedismo
está presente, de varias maneras, en distintos primates, y acabamos de
mencionar las limitaciones de un enfoque basado en las herramientas y el
lenguaje.
En cambio, hay un
elemento indiscutible: el hombre actual tiene su origen en la evolución de los
primates africanos de hace al menos diez millones de años. Durante este largo
proceso, varios aspectos han influido en nuestro aspecto actual y, entre ellos,
el azar de la selección natural ha sido determinante.
Definir al primer
humano hoy en día depende, pues, del enfoque que elijamos. Por ejemplo, como
subraya mi colega José Braga[6], podemos intentar
definir el género humano tomando como primer elemento
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definitorio las características humanas actuales. Es un proceso que
tiene sentido, pero resulta incompleto dado que el producto final, todas
nosotras y todos nosotros, no permite predecir por sí mismo las distintas
etapas del recorrido evolutivo. Siguiendo estas reflexiones, ¿cómo podríamos
haber integrado al neandertal y su singular anatomía en la familia de los
humanos? Y, sin embargo, caza, habla, entierra a sus muertos e incluso utiliza
ya los hashtags, como veremos… En un primer sentido, el proceso de hominización
no es defendible desde un plano biológico por ser demasiado finalista. Así
pues, hay que pensar en la evolución no sólo partiendo de nosotros como tipo
ideal, sino avanzando también desde el pasado hasta la actualidad para integrar
en nuestra comprensión del género Homo a otros predecesores,
por ejemplo, el parántropos y el australopiteco. En el plano
evolutivo, también es importante (aunque no sólo) pensar que el hombre es un
animal más y distanciarnos, en la medida de lo posible, de una antropología
ingenua y espontánea que en la evolución humana únicamente vería una cadena de
acontecimientos orientados a lo que somos hoy en día. En otras palabras,
distanciarnos de una visión finalista contraria a las principales enseñanzas
del darwinismo.
Como vemos, tanto
en la evolución humana como en las ciencias en general, nunca se da una
respuesta contundente a una pregunta supuestamente simple. Por el contrario,
hay que huir de la seguridad para analizar los hechos, articularlos y proponer
prolijas hipótesis que luego deberemos poner a prueba una y otra vez para
confirmarlas, modificarlas e incluso rebatirlas. Dicha duda es la esencia misma
de la práctica científica y debe ser la base de nuestros planteamientos. Así
pues, el primer vestigio se convierte entonces en una indagación tan vana como
la búsqueda del primer relámpago original que creó al Hombre.
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LAS PRIMERAS
HERRAMIENTAS
Ayer, 2,5 millones
de años; hoy, 3,3 millones de años, pero ¿hasta cuándo se dilatará? La
antigüedad de las primeras herramientas de piedra no deja de aumentar y, en
consecuencia, se aleja cada vez más el momento de la invención de aquello que,
durante mucho tiempo, se consideró característica exclusiva de los humanos. Es
cierto que el hombre no es la única especie en la tierra que usa herramientas:
los chimpancés deshojan ramas que emplean para capturar termitas, las nutrias
parten moluscos sirviéndose de piedras… Pero nada en el reino animal es
comparable a lo que caracteriza de forma estructural los comportamientos
humanos; el Homo, antes de ser sabio (sapiens), es
fabricante (faber[7]), como señalaba, hace
más de un siglo, el filósofo Henri Bergson[8]: «En definitiva,
la inteligencia, considerada en lo que parece ser su planteamiento original, es
la facultad de fabricar objetos artificiales, en concreto herramientas para
fabricar otras herramientas, y de variar indefinidamente su fabricación».
Mientras que el
animal aprovecha al máximo las formas naturales adaptándolas de manera sencilla
para utilizarlas como herramienta, el hombre inventará «la herramienta para
fabricar otras herramientas», que le permitirá transformar en profundidad las
materias primas naturales con el fin de crear objetos eficaces y en constante
evolución.
El principio de
este proceso nos lleva hasta el Gran Valle del Rift, en África oriental. En esa
región volcánica fue donde se descubrieron las piedras más antiguas conocidas
hasta el día de hoy, en algunas formaciones geológicas de nombres evocadores
para cualquier aficionado a la prehistoria: la garganta de Olduvai, al norte de
Tanzania; Hadar, en la depresión de la región de Afar, en Etiopía, y el valle
del Omo, que fluye por el sur de Etiopía y desemboca en el lago Turkana, en
Kenia. Hasta finales de la década de 1990, conocíamos un puñado de herramientas
de piedra de alrededor de 2,6 millones de años de antigüedad que se habían
descubierto en la región de Afar, en el yacimiento de Kada Gona[9]: cantos
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de roca volcánica tallados de forma sencilla, tras desgajar algunas
lascas del extremo, en una o ambas caras del bloque de materia prima. Dichos
procesos permitían tallar un borde afilado. Más numerosos fueron los hallazgos
arqueológicos en unas formaciones sedimentarias del valle del Omo que se
remontaban a casi 2,2 millones de años; ahí no había cantos tallados, sino
lascas o fragmentos de cuarzo extraídos por percusión violenta de los cantos.
El descubrimiento
que, a lo largo del verano de 1997, realizó un equipo internacional dirigido
por la arqueóloga francesa Hélène Roche es de una naturaleza completamente
distinta[10]: al oeste del lago
Turkana, en una árida región de vegetación rala en nuestros días, los
arqueólogos realizan prospecciones en lechos de ríos secos que llevan a las
orillas del gran lago. En Lokalelei, en sedimentos con una antigüedad de 2,4
millones de años, se descubre el primer taller de producción de herramientas de
piedra. ¡Y menudo taller! No estamos hablando de cantos fracturados al buen
tuntún, sino de un conjunto de más de 2000 restos de piedras talladas reunidas
en una superficie de algo menos de 20 m². Gracias a un pequeño milagro de la
conservación, las lascas de piedra, al encajar unas con otras como las piezas
de un puzle, permiten que los arqueólogos reconstruyan los cantos originales y
comprendan mejor la sucesión de acciones. Los científicos no pueden disimular
su asombro ante el grado de destreza técnica que presuponen esas piedras
talladas: la precisión de los golpes, el dominio de los ángulos…; el resultado
de un impacto se anticipa hasta tal punto que puede condicionar el siguiente. De
ciertos bloques no se desprenden menos de treinta lascas (e incluso cincuenta
lascas en un caso), que conforman otros tantos filos útiles para actividades de
despiece. Una vez superado el asombro, hay que rendirse a la evidencia: esa
primera producción de filos cortantes revela un conocimiento sumamente preciso
sobre la capacidad de tallar rocas duras y las trabas físicas que imponen
dichos materiales; evidencian saber, maestría y gestos aprendidos, repetidos,
organizados. Esos testigos materiales de habilidades cognitivas y psicomotrices
que no esperábamos encontrar en períodos tan antiguos ofrecen un punto de vista
inédito sobre ciertos aspectos del funcionamiento cerebral de esos primeros
artesanos de la piedra tallada. Desde entonces se han acumulado otros
descubrimientos, y uno de ellos saltó a la primera página de los periódicos a
principios de 2016[11]. Se lo debemos al
equipo francés de Sonia Harmand, que tomó el relevo de la
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misión arqueológica francesa en Kenia. Quince años después de los
hallazgos de Lokalelei, los arqueólogos encontraron, varios kilómetros al sur,
una zona aún virgen de sedimentos muy antiguos: el circo de Lomekwi. Muy pronto
se descubrieron en el suelo piedras con las marcas características de un
tallado intencionado. En total, salen a la luz ciento veinte piedras talladas,
en su mayor parte de dimensiones y pesos claramente superiores a las conocidas
en los demás yacimientos de la región. Se hallaron tanto rocas talladas
abandonadas (núcleos) como lascas desprendidas siguiendo diversas técnicas:
golpeando la roca sobre otra depositada en el suelo (yunque) o, de forma más
elaborada, mediante una técnica que los especialistas llaman percusión
bipolar sobre yunque. El principio es sencillo: colocamos la roca que
queremos tallar sobre un yunque de piedra y la golpeamos en un punto opuesto
con un percutor que sujetamos en la mano. Las marcas que dejan en las piedras
son características y se han reproducido en diversos experimentos, de modo que
no hay duda en cuanto a su identificación. Lo que da que hablar es su datación…
Al menos siete geólogos trabajaron juntos y llegaron a una conclusión
asombrosa: ¡esas piedras talladas tenían 3,3 millones de años de antigüedad! Es
decir, 700 000 años más que las más antiguas que se conocían, y lo más
importante es que son varios centenares de miles de años anteriores a la
aparición del género Homo. Por decirlo de otra manera: la
herramienta no hace necesariamente al hombre, y nada nos dice que esas
herramientas sean obra de nuestros ancestros. El aspecto de esos primeros
talladores debía de ser muy distinto del nuestro: eran más bajitos, con una
masa corporal proporcional a su estatura, un volumen craneal bastante inferior
y una forma de bipedismo distinta a la nuestra.
Dado que estas
primeras herramientas talladas no podían ser obra de nuestros ancestros Homo —que
aún no existían—, ¿quiénes son los candidatos a inventores? Pues no hay
demasiados: puede tratarse de un miembro de la familia de Lucy (Australopithecus
afarensis), de un tipo diferente de australopiteco (Australopithecus
deyiremeda) e incluso de otro género que aún se cuestiona, puesto que
solamente se lo conoce por un único descubrimiento realizado no lejos de
Lomekwi: el Kenyanthropus platyops.
Sea cual sea la
identidad de estos talladores de piedra, tengamos presente la antigüedad de las
primeras herramientas talladas y la sofisticación técnica que de ellas se
desprende. Las investigaciones siguen
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su curso para saber qué propósito cumplían esas primeras herramientas y
para comprender qué fue lo que, en aquel preciso momento, impulsó a varios
grupos de homininos a producir equipos técnicos de piedra. Un fenómeno tan
duradero como importante, ya que la piedra tallada se convertirá en un
equipamiento técnico esencial del desarrollo de la cultura material de los
humanos.
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LA PRIMERA LECCIÓN
Ser capaz de
aprender. ¿Es esta prodigiosa facultad, presente en todas las sociedades
humanas sin excepción, exclusiva de los humanos?, ¿o la comparten con otras
especies vivas? Se trata de una pregunta que excita los ánimos de
cognitivistas, psicólogos, sociólogos e incluso etólogos. ¿Y qué piensan al
respecto los prehistoriadores? En este caso, al igual que en muchos otros, todo
depende de la definición…
Numerosos
especialistas del comportamiento animal proponen a menudo una definición
conductual y funcional de la enseñanza, lo que no implica necesariamente una
acción intencional por parte del actor, al que aquí llamaremos profesor[12]. De ese modo, se
puede decir que un actor A enseña a otro individuo B si A
modifica el comportamiento de B sin obtener un beneficio para sí y
dicho comportamiento alienta, castiga o aporta experiencia a B, y le permite
incorporar una serie de habilidades o de conocimientos con mayor rapidez y
eficacia que si no hubiera estado en contacto con A. En este sentido, numerosos
animales aprenden, como por ejemplo las hormigas, cuando se colocan de dos en
dos en tandem-running para que una de ellas lleve a una recién
nacida desde el hormiguero hasta la fuente de alimento que ha encontrado. Pero
¿hablamos en este caso de una enseñanza real? Para muchos autores se trata de
mostrar un hecho que luego se reproducirá, y no de un comportamiento
específicamente dedicado a mejorar el aprendizaje de otro individuo.
Retrocedamos en el
tiempo para ver si es posible distinguir una evolución en los comportamientos
de enseñanza y aprendizaje de las sociedades humanas. Para ello, centrémonos en
el mundo de las herramientas de piedra, dado que son los testigos materiales más
fieles de los que disponemos para analizar la transformación de los
comportamientos técnicos y lo que implican en términos de enseñanza y
aprendizaje. Las piedras talladas son indicadores directos de las proezas
técnicas de nuestros ancestros y nos proporcionan una valiosísima
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información sobre la evolución de las habilidades y las estrategias
mentales a lo largo del proceso de humanización[13]. Además de su
perpetuidad, relacionada con la excelente conservación y resistencia al tiempo
de las materias minerales, guardan fielmente la huella de las acciones
realizadas en ellas. El prehistoriador, por su parte, dispone de las
herramientas analíticas necesarias para hacerlas hablar y sacar conclusiones
sobre la inteligencia técnica y las capacidades cognitivas de sus creadores. Es
un poco como si se pudieran reconstituir a posteriori los
movimientos de las piezas de un jugador de ajedrez que acaba de darle jaque
mate a su adversario.
Estos talladores y
talladoras de la piedra, cuyo saber y habilidades nos permiten hoy en día
conversar sobre su inteligencia, son los fabricantes de producciones líticas
muy antiguas, entre tres y un millón de años antes del presente. Son edades que
producen vértigo: 132 000 generaciones nos separan de las primeras piedras
talladas descubiertas en Lomekwi, en Kenia, y hay 64 000 más entre los primeros
bifaces y nosotros. El tiempo que nos separa de esos talladores de piedra es
considerable y, sin embargo, esas producciones técnicas antiguas nos dicen
muchísimo sobre ellos, sobre su inteligencia y su forma de transmitirse los
distintos saberes.
Dejemos a un lado
las piedras talladas de Lomekwi, las más antiguas que se conocen hoy en día,
que aproximadamente datan de hace 3,3 millones de años, demasiado singulares y
aisladas para interpretarlas aquí. Los cantos tallados (o choppers)
al modo olduvayense (tradición técnica de principios del Paleolítico que data
de entre 2,6 y 1,7 millones de años atrás) hallados a lo largo del Valle del
Rift etíope serán nuestra primera referencia. Por su parte, las herramientas de
Kada Gona y Kada Hadar, que datan de hace entre 2,6 y 2,4 millones de años, se
han considerado durante mucho tiempo las más antiguas de la humanidad; son
tecnologías que se asocian de forma clásica con el Homo habilis y
el Homo ergaster, aunque sea cada vez más probable que otros
homininos hayan adquirido dichos conocimientos. Se trata de cantos
tallados monofaciales o bifaciales de los que se han desgajado tres, cuatro o
cinco lascas. La mencionada cadena de acciones permite desprender una parte
convexa que se caracteriza por un borde tallado y cortante. Los cantos tallados
y las lascas que resultan de este proceso se utilizan principalmente para
despiezar la carne o cortar las verduras. A menudo las lascas se desgajan
mediante una fuerte percusión directa, es decir, golpeando con un
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percutor el canto o la piedra que constituye la materia prima. De por
sí, esta técnica requiere una buena habilidad y una bimanualidad activa, ya que
es necesario que una de las manos oriente de forma correcta, en las tres
dimensiones del espacio, la piedra destinada a la talla, mientras que la otra
ajusta el golpe con ayuda del percutor[14]. En consecuencia,
este tipo de fractura exige mucha más precisión que el cascado de nueces tal
como lo realizan los chimpancés, por ejemplo, máxime cuando en la observación
de las piezas arqueológicas no se advierte rastro alguno de golpes infructuosos
o mal dados[15]. En otras
palabras: los olduvayenses de hace 2,6 millones de años dominaban a la
perfección el gesto necesario para una talla compleja. Gracias al estudio de
esos cantos tallados y a los experimentos sobre la talla de rocas duras que los
prehistoriadores han llevado a cabo, sabemos que es preciso adquirir al menos
dos grandes principios para conocer bien la tecnología en vigor durante el
período olduvayense: para empezar, hay que superar las restricciones de ángulo
entre la superficie sobre la que se realiza la percusión y la superficie de la
que se desprenderá la lasca, y después asegurarse de que el desprendimiento de
la primera lasca permite desgajar una segunda e incluso una tercera o una
cuarta. ¡Créanme, aunque poseyeran ustedes la habilidad necesaria para separar
una lasca, la ausencia de visión de lo que hay que hacer después les conduciría
sin duda alguna a eliminar rápidamente las posibilidades de intervención sobre
su bloque! La tecnología que aplicaban los olduvayenses a la talla de cantos hace
más de dos millones de años requiere una capacidad de anticipación y
planificación que exige práctica por parte del principiante para adquirir dicha
habilidad. Un estudio que combinaba enfoques cognitivos, psicomotrices y
arqueológicos, publicado no hace mucho en la revista Current
Anthropology[16], demuestra que la
transmisión de las tecnologías olduvayenses recurre a la imitación
y a la repetición, además de a una forma de enseñanza activa que comprende
demostraciones destinadas a dirigir y condicionar la atención de un aprendiz;
eso implica una modificación del comportamiento del profesor para dirigir la
atención del aprendiz hacia los elementos importantes del proceso técnico. En
este sentido, los comportamientos que dejan entrever las herramientas líticas
olduvayenses distinguen con claridad a sus autores de los grandes simios, y
estamos hablando de hace 2,6 millones de años. Algunos de mis compañeros han
comparado directamente estas técnicas con las que serían
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capaces de poner en práctica los bonobos, algo que ilustra el caso de
Kenzi, un bonobo famoso por los experimentos sobre el aprendizaje en los que
participó[17]. No obstante, si
bien Kenzi es capaz de desprender una lasca de una piedra, lo hace siempre
impulsado por un humano y como respuesta a un estímulo inmediato que, por lo
general, consiste en obtener con facilidad un alimento. Kenzi en ningún momento
emprende el proceso de repetición que caracteriza a la tecnología olduvayense
cuando se trata de conservar en buen estado la piedra tallada con el fin de
obtener más lascas. Para terminar, sus movimientos no dejan de ser desmañados,
y, si consigue separar una lasca, será a base de cierto ensañamiento en sus
gestos que no corresponde en absoluto a lo que observamos en las piezas
arqueológicas de la garganta de Olduvai. Las sociedades olduvayenses se
hallaban, pues, en un camino evolutivo bien diferenciado del de los grandes
simios, un camino en el que la transmisión de los saberes ya constituía la
norma y ésta se basaba en una enseñanza intencional necesaria para transmitir
de generación en generación un bagaje técnico vital.
Hace alrededor de
1,7 millones de años algunas poblaciones de Homo ergaster, que
serán las primeras en salir de África, dieron otro paso en la evolución
del proceso de aprendizaje. Nuestra referencia arqueológica es en este caso un
emblemático objeto lítico de la prehistoria: el bifaz. Como su nombre indica,
se trata de una herramienta tallada por sus dos caras, con frecuencia en forma
de almendra, que por lo general opone una punta afilada y una base redonda. Los
bifaces, que en un primer momento eran más anchos, de morfología menos regular
y bordes sinuosos, se irán afinando con el tiempo, en especial cuando empieza a
emplearse un percutor de material blando (madera dura, astas de cérvido) para
afinar su forma. Dicha técnica, que constituye una gran mejora en la evolución
de estos objetos, descansa concretamente en el hecho de desprender lascas finas
mediante golpes directos en el filo de la pieza. Esta percusión, llamada marginal,
requiere que el punto de impacto se haya preparado previamente para circunscribirlo
y reforzarlo con el fin de que un borde tan frágil resista la fuerza del golpe:
se trata de una etapa intermedia de preparación que puede pasar desapercibida
con facilidad.
Se han realizado
experimentos[18] con varios
aprendices de talla separados en dos grupos; se les pedía que fabricaran unos
bifaces bastante rudimentarios. El primer grupo recibía instrucción:
demostraciones e
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indicaciones verbales; al segundo se lo guiaba simplemente mediante
demostración. El análisis de los resultados ha permitido probar que, para los
segundos, la etapa fundamental de preparación de los bordes para los golpes
había pasado totalmente desapercibida, mientras que el primer grupo sí
reconocía su importancia. De ello se concluye que la fabricación de bifaces, en
concreto las formas más logradas, que al parecer surgieron en África al menos
hace unos 800 000 años[19], requiere un
aprendizaje apoyado en conceptos comunicativos, sean gestuales o verbales.
Ambos ejemplos
revelan cierta sofisticación en los niveles de conocimiento y de experiencia,
pero también en los procesos cognitivos y de orden comunicacional necesarios
para aprender y dominar estas técnicas. De este modo, pasaríamos de un
aprendizaje que sólo podría desarrollarse a través de demostraciones, en el
período olduvayense, a la trasmisión necesaria de conceptos a lo largo del
período achelense, a partir del momento en que los bifaces se vuelven tan finos
que requieren un dominio completo de la percusión marginal. Por tanto, se
plantea la duda de si, hace 800 000 años, estos nuevos procesos de aprendizaje
venían acompañados de una forma de lenguaje articulado.
Las piedras
talladas de la prehistoria son una buena ventana indirecta sobre la evolución
tanto del cerebro como de las capacidades cognitivas de nuestros ancestros. A
veces también nos proporcionan ejemplos concretos de transmisión de
conocimientos entre un maestro y su aprendiz. Algunas piedras talladas en el
Paleolítico superior asimismo dan fe del moldeado de un bloque según
conocimientos y saberes complejos para entrenar a un aprendiz. Aprender y
enseñar eran, en este pasado lejano, elementos fundamentales de la vida
cotidiana, pero también, en una escala temporal mucho más larga, un éxito
evolutivo de nuestros antecesores prehistóricos.
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LA PRIMERA
MIGRACIÓN
Voluntarias o
forzosas, las migraciones contemporáneas se tiñen de dramatismo a causa del
impacto de factores políticos, económicos, demográficos y ambientales. En una
obra coordinada por Hervé Le Bras y Dominique Garcia[20], se recuerda que
la palabra migración tiene seguramente sus raíces en la
laicización de un término de la Edad Media, la transmigración, que
designaba el paso de las almas del purgatorio al paraíso. El término no aparece
hasta finales del siglo XIX y luego se generaliza en la literatura
científica para describir los movimientos de población en la Inglaterra de la
Revolución Industrial. Pero entonces, me dirán ustedes, ¿no es un anacronismo
intentar escenificar migraciones prehistóricas? Pues no tanto, como verán en
breve…
Out of Africa[a] no es sólo un drama
literario y cinematográfico convertido en clásico, es también la expresión
usual para designar los movimientos del género Homo fuera de
su continente original: África. El ser humano se ha desplazado siempre, ha
cambiado de territorio y recorrido nuevos espacios. Se trata de un elemento
clave en la humanización del planeta. Sin duda ha sido la combinación[21] de varios factores
la que ha empujado a los humanos a desplazarse desde la noche de los tiempos.
Algunos de dichos factores son extrínsecos, como es el caso de las variaciones
climáticas y ambientales, de los probables aspectos competitivos tanto dentro de
la propia especie como entre las diferentes especies, y de los factores
demográficos. Otros son específicos de los humanos: su audacia, su curiosidad,
su gusto por la aventura… Más adelante, probablemente al final de la
prehistoria, se añadieron motivaciones económicas, por ejemplo el auge del modo
de vida agropastoril y la especialización artesanal de las sociedades, que
empujarán a los artesanos y, pasado mucho tiempo, a las élites sociales y
guerreras a desplazarse recorriendo distancias cada vez mayores[22]. La historia del
linaje humano, incluso mucho antes de la aparición del género
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Homo, se ha construido de forma casi consustancial a través de los
desplazamientos de población.
Hoy en día sabemos
que el género Homo emerge de un complejo proceso que se
organiza hace al menos 7 millones de años, en el seno de un linaje de primates
hominoides: los homininos. Dicho término designa al conjunto de los miembros de
la estirpe humana, es decir de las especies bípedas que se desgajan del linaje
de los chimpancés: los parántropos, los australopitecos y los hombres. Es muy
probable que todos los miembros de la estirpe humana hayan conocido
dispersiones, movimientos a través del espacio a distancias más o menos largas.
Imaginemos, hace más de dos millones de años, pequeños grupos nómadas, quizá no
aún cazadores pero con toda seguridad recolectores de vegetales y de plantas
que de vez en cuando tenían acceso a recursos cárnicos. A medida que crecía el
número de miembros del grupo, algunos de ellos, quizá más aventureros que
otros, se alejaron de su entorno original y exploraron tierras vecinas y, paso
a paso, fueron poblando otros territorios. Cuando surgió nuestro género, hace
alrededor de 2,8 millones de años, dichos movimientos se intensificaron y las
poblaciones se desplazaron recorriendo distancias que pronto se volvieron
considerables. De esa forma, algunos Homo erectus originarios
de África llegaron hasta China hace al menos 2,2 millones de años, hasta
Georgia, la puerta de Europa, hace 1,8 millones de años, o hasta España hace
1,4 millones de años. En cualquier caso, debemos desconfiar de esos tiempos
vertiginosos y de esas distancias que hace poco calificaba de considerables. En
efecto, es importante tener siempre en mente lo que significan las duraciones
temporales en términos de existencia humana o de generaciones. Aun en el caso
de que utilicemos una cifra cercana a la actual, es decir, 25 años por
generación (cifra que sin duda habría que acortar para los períodos antiguos,
en los que la esperanza de vida era mucho menor, al igual que la edad en que se
procreaba por primera vez), 100 000 años equivalen a 4000 generaciones.
Imaginemos después, siguiendo un bonito guion ficticio, que cada generación se
desplaza 50 kilómetros en relación con la precedente. A lo largo de 100 000
años, los humanos habrían efectuado un viaje de 200 000 kilómetros. Así, no es
sorprendente que la humanidad haya terminado por llegar a la Luna.
Si nos ponemos
serios, estas estimaciones no presentan, por supuesto, ningún carácter
empírico: los desplazamientos no se realizaban en línea
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recta, sino que era preciso tener en cuenta la topografía del lugar, el
relieve y también el entorno, además de otras variables. Sin embargo, cotejar
la escala del tiempo prehistórico con la de una vida humana permite entender
mejor el hecho de que los individuos recorrieran distancias inmensas sin tener
consciencia de estar realizando un largo viaje. A medida que nos acercamos al
presente, las distancias crecen cada vez más y los grupos de humanos continúan
la exploración terrestre. Poco a poco, se pueblan inmensas zonas del globo,
pero habrá que esperar al Homo sapiens —que aparece entre
300 000 y 200 000 años atrás en África— para que todos los continentes estén
ocupados. Ciertamente, antes de nuestra especie, había dos continentes que
habían quedado totalmente vírgenes: América y Australia. Y, para concluir este
capítulo, querría invitarlos a una rápida historia de los primeros
asentamientos en esta isla gigante.
Esta isla
continente, situada en los confines de los océanos Índico y Pacífico, presenta
la particularidad de ser completamente virgen por lo que a presencia humana se
refiera en el momento de la llegada de los primeros sapiens que
la colonizan, al contrario de Europa y Asia, ya pobladas de grupos
humanos. Desde al menos el fin del Cretácico, hace alrededor de 70 millones de
años, Australia ya no está conectada a ningún continente. Los paleógrafos no
hablan de Australia, sino de las plataformas continentales de Sunda y Sahul.
Sunda corresponde globalmente a la península malaya, Sumatra, Java, Borneo,
Bali y otras pequeñas islas que entonces estaban unidas entre sí, ya que el
nivel del mar era mucho más bajo que en la actualidad. En cuanto a Sahul, es la
inmensa Australia, que entonces formaba un único conjunto terrestre junto con
Papúa Nueva Guinea y Tasmania. Sin embargo, la historia de los asentamientos en
estas islas gigantes fue muy diferente, pues, si bien el hombre de Java,
un Homo erectus descubierto en el yacimiento de Sangiran, en
el centro de la isla, pobló muy pronto Sunda, hace alrededor de 1,6
millones de años, en cambio Sahul sólo ha conocido al Homo sapiens.
Sea cual sea el
momento preciso en que los pioneros llegaron a Australia, lo hicieron a través
de las costas, tras bajar de embarcaciones que habían realizado una travesía de
al menos 100 kilómetros y dos o tres más de al menos 30 kilómetros, para ir de isla
en isla. Hasta los años sesenta, la comunidad arqueológica estaba de acuerdo en
que la colonización se había producido entre unos 10 000 y
12 000 años atrás. Desde entonces, y a medida que se han ido
acumulando datos fiables, no
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se ha dejado de retroceder: a principios de la década de los ochenta se
estableció de forma colectiva una datación de hace alrededor de 40 000. Hoy en
día, el debate de la comunidad científica gira en torno a un asentamiento de
60 000 años de antigüedad[23]. Resulta de veras
prodigioso pensar que mujeres, hombres y niños pudieran realizar travesías tan
peligrosas, las cuales requerían embarcaciones capaces de mantenerlos a flote
durante varios días seguidos. Se adivina que la llegada de estas poblaciones se
realizó desde los islotes situados al sur de Sunda, como Timor o Flores, hasta
alcanzar el noroeste del territorio australiano, donde los entornos costeros se
parecen a los de Sunda.
El asentamiento más
antiguo se sitúa en Tierra de Arnhem, en una región llamada Territorio del
Norte. Se trata de un abrigo rocoso de Madjedbebe, cuya población más antigua
acaba de datarse y se remontaría aproximadamente a 65 000 años atrás[24]. Y digo aproximadamente,
como sucede muchas veces en este libro, porque, en este ejemplo concreto, las
antigüedades obtenidas según dos métodos distintos tienen un margen de
incertidumbre de alrededor de 5 500 años, cosa que significa que, hoy en día,
si queremos ser prudentes, deberíamos decir que la ocupación más antigua de ese
sitio se remonta a entre 60 000 y 70 000 años atrás. Y, aun así, otros colegas
ponen en duda tales resultados y, refutando esa fecha, declaran que los
primeros asentamientos australianos tuvieron lugar hace entre 50 000 y 45 000
años[25]. Según los restos
arqueológicos descubiertos, estos pioneros poseían tecnologías complejas de
talla de piedra y usaban colorantes, en concreto el ocre. Las tierras del
interior se
poblaron con mucha
rapidez —teniendo en cuenta los ritmos de la prehistoria— (alrededor de 30 000
años atrás y quizá mucho antes) y los primeros australianos también dejaron
sobre las paredes rocosas pinturas de lo más espectaculares.
Se habrían podido
contar aquí muchos otros ejemplos de migraciones prehistóricas, pero Australia
es un caso de especial interés: según las publicaciones más recientes[26], las fechas
indican que las primeras ocupaciones sapiens en Australia
contarían con 20 000 años más, o casi, que la antigüedad estimada del primer
asentamiento de esa misma humanidad en Europa. Los primeros habitantes de
Australia disponían de técnicas, culturas materiales y saberes originales si
los comparamos con los que en Europa conocimos unos 20 milenios después, cuando
los
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primeros hombres modernos entraron en el continente. Se trata de
trayectorias singulares, salidas de un mismo movimiento global: el de la
dispersión planetaria de los humanos modernos.
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LA PRIMERA CACERÍA
En el seno de las
sociedades prehistóricas que dan pie a este libro, la caza desempeña un papel
central tanto en la comprensión de la historia más antigua de la humanidad como
en nuestra reconstrucción de esos pueblos a los que, justamente en virtud de sus
actividades, llamamos cazadores-recolectores. No obstante, veremos
que los humanos no han sido cazadores desde el principio y que los
modos en que se aprovisionan de recursos cárnicos se han ido modificando a lo
largo de los milenios. Es difícil saber por dónde empezar a la hora de ilustrar
en unas cuantas páginas nuestra primera cacería, dada la amplitud del tema y la
cantidad de precisiones que de antemano debemos hacer. Así pues, permitámonos
la libertad de dar un rodeo…
Antes de ver cómo
la caza ha modelado nuestros comportamientos, es útil recordar la biología y la
fisiología del género humano. La estatura y las capacidades craneales de los
primeros Homo requerían mucha energía para funcionar bien,
seguro que mucho más de lo que necesitaban sus predecesores, los
australopitecos y los parántropos.
Recordar el origen
de la humanidad obliga a no considerar únicamente a los primeros Homo y
a remontarse mucho más atrás en el tiempo, a hace más o menos 7 millones de
años, a los orígenes de lo que llamamos linaje humano, es decir,
primates hominoides que compartían características anatómicas, como
una gran capacidad craneal, locomoción bípeda y una reducción del aparato
masticador[27]. Si consideramos
que estos fósiles constituyen un origen potencial de los australopitecos y de
nuestro género, es legítimo afirmar que son los mejores ejemplos para hacernos
una idea de nuestra condición antes de que los primates que fabricaban herramientas
recibieran el nombre de hombres. Los estudios biomecánicos
realizados sobre
los vestigios del Ardipithecus —datados unos 4,4 millones de
años atrás— sugieren que este último era un primate que se desplazaba con
lentitud, tanto por el suelo como por los árboles, que
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seguía frecuentando[28]. En este sentido,
se lo ha pintado a menudo como un pésimo depredador, aunque la ecología de los
primates nos demuestra que la velocidad de desplazamiento no es indispensable
para tener éxito en el asunto, como podemos observar en el caso de algunos orangutanes
o chimpancés. De esta forma, los chimpancés, los bonobos y los homininos eran
todos cazadores y consumidores de carne activos, y de esa característica
compartida se puede deducir que la condición carnívora fue un componente
importante del proceso de hominización. De momento, a pesar de que los datos
paleoantropológicos permiten situar el origen del linaje humano hace alrededor
de 7 millones de años —con individuos como el apodado Toumai—, no hay manera de
reconstituir su régimen alimentario y los datos disponibles acerca del
esqueleto y los dientes de los Ardipithecus sugieren una dieta
omnívora.
En el plano
arqueológico, surgen controversias entre la comunidad científica a la hora de
determinar con precisión la antigüedad de las primeras operaciones de
carnicería, basándose en la cronología de las primeras marcas de corte que
dejaban las herramientas cortantes de piedra sobre la superficie de los huesos
de animales. Hace unos años se había propuesto el yacimiento de Dikika (3,4
millones de años[29]), en Etiopía, pero
hoy por hoy se ponen en cuestión los datos[30]: dado que las
osamentas no se habían descubierto in situ en su ganga
sedimentaria, los rastros observados podrían proceder de partículas angulosas
resultantes de un proceso natural que hubiera transportado los huesos. En la
actualidad, las primeras pruebas concluyentes de actividades de carnicería por
parte de humanos proceden de la región de Gona, Etiopía, donde varios
yacimientos cuya datación es de hace unos 2,6 millones de años han
proporcionado restos fragmentarios de huesos pertenecientes a seres ungulados
que lucían al mismo tiempo marcas de corte y marcas de percusión violenta que
sugieren que se rompía el hueso para extraer la médula, señales indudablemente
asociadas a herramientas de piedra tallada[31]. Estas pruebas tan
antiguas no revelan demasiado sobre el comportamiento depredador de estos
homininos, aparte de que de vez en cuando podían tener acceso a la carne y la
médula de despojos animales.
De hace dos
millones de años en adelante, los datos arqueológicos abundan más e indican sin
la menor sombra de duda que los humanos se convirtieron en cazadores regulares.
También se evidencia una evolución
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en cuanto al tipo de animales consumidos, sobre todo con respecto al
despiece, ya que los humanos empiezan a consumir caza mayor hace entre 2 y 1,8
millones de años. A partir de esta fecha se observa también el transporte de
animales desde los lugares donde se los ha matado hacia los asientos
habitacionales o donde se realizará el despiece. Así pues, ahora es evidente
que los Hominini se hallan a partir de ese momento en cabeza de la competición
que enfrenta a los carnívoros por el acceso a los animales muertos. Aunque
sigue siendo incierta la forma de obtención de tales despojos, se sabe que los
humanos tenían entonces acceso directo y fundamental a los animales muertos,
aun los grandes, y que debían de ser capaces de aislar en ciertos lugares a
aquellos que eran más débiles con el fin de matarlos.
Así pues, la caza
se llevaba a cabo siguiendo tácticas colectivas y procedimientos que no
implican aún armas específicas, como las azagayas y el propulsor. De hecho,
entre hace 2 millones de años (con las primeras pruebas sistemáticas de caza,
por rudimentaria que sea en el plano de las técnicas utilizadas) y 300 000
años, los datos arqueológicos no evolucionan en absoluto: los humanos eran
capaces de cazar animales de talla pequeña y mediana con la ayuda de armas
rudimentarias, es decir, de capturar grandes mamíferos, y también, en algunos
casos, se alimentaban de carroña; la caza de grandes mamíferos parece ser
ocasional en este período y las herramientas utilizadas todavía obligan a
acercarse mucho a las presas, cosa que debía de limitar las posibilidades de
éxito.
A partir de entre
300 000 y 250 000 años atrás, se modificó sensiblemente el comportamiento,
durante el desarrollo del que podemos calificar de primer gran cazador
de Eurasia: el hombre de Neandertal[32]. Este omnívoro,
que recolectaba en su entorno una gran diversidad de alimentos vegetales
(bayas, frutos secos, hojas, raíces y tubérculos), era también un gran
consumidor de carne, siendo su favorita la de los herbívoros de gran tamaño:
renos, bisontes y caballos durante los períodos fríos; tampoco le hacía ascos a
las especies que vivían en los bosques, como gamos, corzos y ciervos durante
las épocas templadas. Sus armas de caza asimismo evolucionaron: si bien utiliza
armas blancas y de estoque, como esas lanzas de madera cuya punta endurecen al
fuego —que encontramos sobre todo en el yacimiento de Schöningen, en Alemania—,
también parece que el neandertal inventó el enmangamiento de puntas
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triangulares de piedra: primero las tallaba con habilidad y luego las
ajustaba a un asta de madera para reforzar su capacidad de herir[33].
En las estepas
europeas de los períodos glaciares se observa una organización espaciotemporal
de las actividades de predación, y eso 200 000 años antes del momento presente.
Se desarrollan lugares especializados: mataderos o lugares de despiece donde
tratar los despojos de las presas, y cotos de caza según la temporada,
orientados a la obtención y el tratamiento de los recursos cárnicos, los cuales
se transportaban después hacia los asentamientos habitacionales. Los
neandertales, que preferían las especies gregarias, ubicaban sus emplazamientos
temporales en puntos estratégicos del territorio (abrevaderos donde el ganado
apagaba su sed). Así pues, estaban organizados según ciclos estacionales y su
economía era objeto de cierta planificación.
El hombre de
Neandertal era un cazador notable, capaz de adaptarse a todas las presas de los
entornos que frecuentaba, desde las llanuras esteparias de Eurasia, donde
predominaban grandes rebaños de renos o de caballos, hasta los entornos más
boscosos, los mediterráneos, incluso las faldas de los macizos montañosos, bien
en los Pirineos y los Alpes, o bien en tierras más lejanas, como los macizos
del Cáucaso y Altái. Puso en marcha distintas estrategias cuyo punto común es
sin duda el carácter altamente colectivo de estas cacerías, ya que, dadas las
tácticas que se pueden deducir de los estudios arqueozoológicos, requieren una
amplia cooperación del grupo social. Esta cooperación no se detiene con la
extinción de los neandertales, pero las innovaciones perceptibles en el seno de
los primeros grupos de humanos modernos europeos revelan una evolución de las
técnicas de caza desde los primeros tiempos del Paleolítico superior, con la
invención de una variopinta gama de proyectiles que lanzaban a distancia gracias
a la cual los cazadores podían alejarse de las presas y diversificar su dieta.
El propulsor, y después el arco, permitirán una serie de desarrollos que antes
no eran posibles. Los artefactos de la esfera cinegética, trabajados tanto en
piedra como en astas de cérvidos, comenzaron a determinar el conjunto del
trabajo; eran el principal objetivo de sus creadores, piezas que orientaban las
producciones técnicas, porque existía una mayor intención de fabricar dichas
herramientas que las domésticas y cotidianas.
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Con estas líneas albergamos la esperanza de haber demostrado que la
humanidad no ha aguardado a ser moderna para ser cazadora. ¿Cómo podría haber
sido de otra manera? ¿Habríamos llegado siquiera a ser modernos si los
antepasados de los sapiens no hubieran practicado la caza?
Gracias a dicha actividad pudieron seleccionar su subsistencia y desarrollar
los comportamientos técnicos de implicaciones cognitivas, económicas y sociales
que les permitieron poco a poco ser el primer depredador en
que nos convertimos, estatus que hoy, en este Antropoceno que por
desgracia inauguramos, podemos pensar que se vuelve contra nosotros. Con un
rigor científico absoluto, algunos especialistas, enumerando un criterio tras
otro, afirmarán que no se han reunido todas las pruebas. Es cierto, y sin duda
alguna nunca se reunirán todas en arqueología, ciencia de lo efímero por
excelencia, donde cada prueba viene condicionada no sólo por el azar de las
leyes de la evolución, sino también por el que rige los misterios de la
conservación. Esos mismos especialistas niegan que el género humano, salvo la
especie moderna, tenga una preocupación simbólica por el más allá, como si
fuera impepinable que nosotros, los sapiens, tuviéramos el
monopolio de la otredad y del devenir del alma. Pues no, también otros, además
de los sapiens, cazaron y enterraron a sus muertos, y lo que
nosotros somos hoy en día también se lo debemos un poco a ellos.
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EL PRIMER CANÍBAL
¿Encontrar al
primer caníbal? Pero ¿qué interés presenta eso en una obra dedicada a los
cimientos de la humanidad? ¿Acaso a nuestros humanos ojos no representa el
caníbal el colmo de la inhumanidad? El monstruo, lo horrible, lo impensable, el
diablo… por retomar sólo algunos de los calificativos que suelen aplicarse al
hombre que devora a su prójimo. Como dice el antropólogo Mondher Kilani[34], para comprender
el canibalismo es preciso librarse a la vez de la desaprobación moral que nos
invade de forma casi instintiva y que nos hace calificar al caníbal de salvaje
integral, y de la dificultad material que empujó antiguamente a los españoles
en la época en que conquistaron América a convertir a su vez en presas a las
atroces alimañas que devoraban a los humanos. De hecho, el término caníbal lo
inventaron los españoles durante una expedición de Cristóbal Colón a lo que hoy
es el Caribe: es una reproducción inexacta de la palabra Arawak cariba (indios
caribes), transformada primero en caniba y luego en caníbales,
palabra que para los españoles denominaba la sed de crueldad.
Este preámbulo me
conduce a una observación: el caníbal no existe, hay
canibalismo y caníbales. Lo que yo describía más arriba en singular es la
práctica antropofágica que consiste en la ingestión de carne humana y que, como
tal, sólo puede ser individual. En cambio, el canibalismo es una institución
social regida por la regla de que participe todo el grupo, o al menos una parte
de él. Es más, se divide en varios tipos, entre los cuales encontramos el
consumo de miembros que pertenecen al mismo grupo (endocanibalismo) o de
individuos pertenecientes a un grupo exterior (exocanibalismo). Puede ser
nutricional, de supervivencia o dietético, o ritual, incluso patológico.
Concentrémonos
primero en el canibalismo nutricional, que, en los estudios prehistóricos, se
identifica utilizando una combinación de indicadores. El principal consiste en
comparar, a partir de los restos
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hallados en los sitios arqueológicos, la forma de tratar a animales y a
humanos. En otros términos, se trata de observar si se aprovecha de forma
parecida a animales y humanos: puede tratarse de las marcas de corte dejadas
por los cuchillos de piedra durante las operaciones de despiece, de huellas de
percusión relacionadas con la fracturación de los huesos para extraer la médula
o de señales relacionadas con la cocción, incluso con el consumo.
El primer caso que
quiero presentarles nos hace retroceder muy atrás en el tiempo, hace más o
menos 800 000 años, en la provincia de Burgos, en España. En el municipio de
Atapuerca se descubrieron varios yacimientos importantes al cavar las zanjas
para construir una vía de ferrocarril. A menudo, cuando queremos hablar de los
primeros ritos funerarios, se menciona el yacimiento de la Sima de los Huesos,
famoso por haber proporcionado gran número de restos humanos de una antigüedad
algo superior a los 400 000 años; la Sima del Elefante albergaba hasta hace
poco la prueba de la presencia humana más antigua en Europa occidental, de hace
alrededor de 1,2 millones de años[35]; por su parte, la
Gran Dolina, yacimiento en el que nos concentraremos nosotros, presenta una
estratigrafía impresionante: unos 20 metros de superposición sedimentaria rica
en restos arqueológicos que cubren el lapso de tiempo transcurrido entre un
millón y 100 000 años. En la capa 6, que data de hace 800 000 años, nuestros
compañeros españoles descubrieron equipamientos de piedra tallada, muchos
restos fáunicos y ciento setenta restos humanos que pertenecían al menos a once
individuos de todos los grupos de edad: niños, adolescentes y adultos. Dichos
individuos permitieron definir la especie fósil llamada Homo antecessor[36], cercana, según
los investigadores, al último ancestro común de los neandertales y los humanos
modernos. La mayoría de los restos humanos llevan marcas de intervención
antrópica[37]. Puede tratarse de
marcas de corte hechas con herramientas de piedra cortantes, de marcas de
rascado que sin duda indican la retirada de músculos, de marcas de percusión
dejadas por un canto a la hora de romper el hueso para extraer la médula.
El peeling, como lo llaman los antropólogos y los arqueozoólogos,
es particularmente frecuente en las osamentas humanas o animales de tamaño
mediano (ciervos, gamos, jabalíes). Se trata de estigmas que deja la acción
voluntaria de intentar romper huesos frescos con la mano. Al parecer, todos
estos procedimientos se usaban para extraer la médula y la carne de
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los individuos, ya se tratara de adultos, adolescentes o niños. Así
pues, estaríamos ante una prueba de prácticas caníbales por parte de algunos
grupos del Homo antecessor.
¿Eran esas
prácticas comunes o excepcionales? Es una pregunta delicada, dada la escasez de
vestigios (el sitio de Atapuerca es incluso el único en este período). De forma
general, la documentación sobre los humanos de la prehistoria es muy
esporádica, y los restos humanos constituyen casi una excepción. Pero la
documentación se enriquece a medida que avanzamos en el tiempo. En concreto,
hay casos demostrados de canibalismo en los neandertales, pero ni siquiera ahí
es posible apreciar si constituyen la norma o la excepción. Hay al menos seis
yacimientos arqueológicos en Europa que demuestran prácticas de canibalismo[38], tanto en Francia
(Moula-Guercy, en Ardèche; Pradelles, en Charentes), en España (cueva del
Sidrón, en Asturias; cueva del Boquete de Zafarraya, en Málaga), en Bélgica
(Goyet) o en Croacia (Krapina). En todos los casos se observan múltiples marcas
en las osamentas, y a veces los investigadores interpretan que son ejemplos de
canibalismo nutricional ¡de tipo gastronómico! Sí, han leído bien, los
científicos designan estas prácticas con el adjetivo gastronómico,
cosa que no es en absoluto ilógica, ya que la gastronomía remite a las diversas
reglas que definen el arte de alimentarse según las regiones del mundo. Además,
no parece tratarse de prácticas que tuvieran lugar en épocas de hambruna, dadas
las numerosas especies de caza presentes en los yacimientos, las cuales
constituían un importante aporte nutricional.
Los fugaces
vestigios de los que disponemos para estos períodos antiguos, ya se trate de la
Gran Dolina, hace 800 000 años, ya de ejemplos neandertales datados entre hace
100 000 y 50 000 años, no nos permiten estar completamente seguros de lo que
motivaba dichas prácticas. Hace poco el antropólogo inglés James Cole[39] ha demostrado que
el valor nutritivo de un humano era más o menos parecido al de un animal del
mismo peso y que, en ese sentido, en función de los sitios documentados en los
que los restos fáunicos de mamíferos de tamaño mediano o grande son frecuentes,
el interés nutricional por consumir humanos, cuando había animales más rentables al
alcance de la mano, sería reducido. Si bien en algunos casos se puede barajar
la posibilidad de que una actitud relativamente oportunista pudiera conducir a
consumir individuos muertos de forma natural en el seno del grupo, no habría
que desechar la idea de
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que tales prácticas pudieran revestir un carácter simbólico, máxime
conociendo la complejidad de los comportamientos socioeconómicos de los
neandertales y su inclinación simbólica a través de la inhumación de ciertos
difuntos, por ejemplo.
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EL PRIMER FUEGO
El fuego calienta,
alumbra, cuece, ahúma, protege, ahuyenta insectos y parásitos, refuerza la
cohesión y la buena convivencia. Posee múltiples propiedades, esenciales en
ciertos entornos, bien para resistir a los rigores del clima, bien para
protegerse de los depredadores.
El fuego no es como
una herramienta de piedra; las huellas que deja son frágiles. E indirectas, ya
que no son las del propio fuego, sino las de materiales calentados o
consumidos. El combustible, a menudo simple materia vegetal, desaparece con el
paso del tiempo o se conserva en forma calcinada de vegetal o animal. El suelo
calentado, en ocasiones enrojecido, no siempre conserva rastros visibles.
Solamente las piedras calentadas pueden atravesar el tiempo en cualquier
condición. Aun así, es necesario que los grupos humanos las hayan utilizado,
por ejemplo, para rodear la lumbre. Así pues, se necesitan condiciones
especiales de conservación para que el arqueólogo pueda identificar las huellas
del fuego. Además, no es ésa la única dificultad: que se produzca un uso
manifiesto del fuego no significa que los humanos lo hubieran domesticado y
supieran reproducirlo a voluntad.
Volvamos al este de
África, cuna de la humanidad, hace entre 1 y 2,5 millones de años. En esta
época, el vulcanismo se hallaba en activo; las erupciones eran frecuentes y las
tormentas, violentas y repetidas. En los paisajes de sabana arbórea, se desencadenaban
vastos incendios que avanzaban decenas de kilómetros, a veces más. Los
vestigios abandonados por los humanos no detienen las llamas, que dejan tras
ellas piedras quemadas, carbones o suelos rubificados.
Estos incendios
accidentales de maleza crearon sin duda oportunidades para los humanos, que
pudieron aprender a apropiarse el fuego y a mantenerlo. Pero ese incendio de
origen accidental era efímero y su uso aún no era sistemático. Encontramos las
primeras huellas de fuego bajo la forma de sedimentos rojizos o de huesos
calcinados en varios sitios
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arqueológicos de hace al menos 1,6 millones de años, pero nada indica
que los humanos lo produjeran, ni siquiera que lo utilizasen.
El yacimiento que
nos proporciona las pruebas concluyentes más antiguas del uso del fuego se
halla en la Alta Galilea, al norte del lago de Tiberíades[40]. En el vado de
Jacob, varios estratos arqueológicos superpuestos ofrecieron granos y
microrrestos de piedra o hueso quemado. Su distribución en el suelo no es
aleatoria y muestra concentraciones localizadas que contradicen la posibilidad
de un incendio accidental. Por el contrario, los investigadores que trabajan en
este sitio interpretan que tales reagrupamientos indican la existencia de
hogueras. Así pues, el primero en domesticar el fuego habría sido el Homo
erectus, hace 800 000 años. De momento, las pruebas procedentes de este
yacimiento siguen siendo las únicas y no permiten generalizar dicha
observación.
Para encontrar
indicios de la domesticación y el uso regular del fuego hay que avanzar aún más
en el tiempo. En Europa, al menos tres sitios
arqueológicos[41] —Beeches Pit, en
Inglaterra; Schöningen, en Alemania, y Menez Dregan, en el Finisterre bretón,
que datan de hace alrededor de 400 000 años— demuestran un uso repetido del
fuego a través de los sílex quemados, trozos de madera carbonizados e incluso
una herramienta de madera probablemente endurecida al fuego. Aún más numerosas
son las pruebas de entre 400 000 y 250 000 años de antigüedad, período en el
que queda demostrado el uso repetido del fuego, con hogueras evidentes tanto a
lo largo del Paleolítico medio europeo (entre hace 300 000 y 35 000 años), que
evidenciaba que los neandertales tenían un buen dominio del fuego. Incluso
conocían muchas de sus propiedades, como demuestran los conocimientos
pirotecnológicos usados para producir pegamentos de resina de abedul destinados
a enmangar herramientas líticas hace más de 200 000 años. Aunque todos esos
vestigios arqueológicos sirven de pruebas indirectas, un estudio reciente[42] acaba de
identificar, en los sitios musterienses de hace 50 000 años, bifaces cuyos
bordes presentan indicios de corrosión característicos de su uso como mecheros.
El método, reproducido de forma experimental desde hace mucho, es bastante
sencillo: consiste en percutir con el borde de dichos bifaces un bloque de
mineral con carga férrica, como la pirita o la marcasita. El resultado es una
gran cantidad de chispas que prenden con rapidez al caer sobre unas hierbas
secas o sobre una seta muy combustible, como el hongo yesquero. En cambio, es
inútil intentar percutir dos sílex
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entre sí: con seguridad saltarán chispas, pero únicamente servirán para
dar luz y en ningún caso posibilitarán encender un fuego. La identificación de
herramientas musterienses usadas para encender lumbres constituye una última
prueba formal de que los neandertales habían domesticado por completo esta
energía.
La domesticación
del fuego y el dominio de sus propiedades constituyen de forma indiscutible,
junto con el auge de la talla de rocas duras, uno de los acontecimientos más
significativos en la evolución tecnológica de los antiguos Hominini. ¿Se puede
concebir el asentamiento en espacios geográficos con inviernos rigurosos sin
tan preciado dominio, cuando la vida en las tierras septentrionales requiere
por parte del organismo un consumo energético importante, máxime en las
estaciones difíciles? Aunque los humanos hubieran encontrado otras soluciones
para paliar la ausencia de fuego, tras ese salto tecnológico crecieron los
asentamientos en la mayor parte de las regiones euroasiáticas. ¡Parece lógico
pensar que, antes del fuego, no era muy sensato enfrentarse a las heladas
invernales!
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LA PRIMERA CUEVA
Quien nunca se haya
aventurado a solas en una cueva virgen e inexplorada, ni haya franqueado una
entrada oculta entre la maleza para llegar a un primer desnivel antes de reptar
boca abajo por el suelo, con el cuerpo oprimido por la baja bóveda, pasando de
la luz a la noche oscura, rumbo a las entrañas de la tierra, no puede
imaginarse del todo el sentimiento, la mezcla de miedo y de curiosidad, de
quienes exploran el mundo en su dimensión subterránea. Debe de parecerse un
poco a la narcosis por nitrógeno que experimentan los buceadores, quienes saben
a ciencia cierta que tienen que resistirse a esa sensación si no quieren acabar
sus días en esos abismos. Las cuevas, las redes kársticas, es decir, el mundo
subterráneo, por definirlo de una forma genérica lo más amplia posible, no es
nuestro terreno natural, y los humanos tardaron mucho en empezar a explorarlo.
En un primer momento se quedaron cerca del exterior, ocupando las partes
delanteras, las entradas o las cornisas de los abrigos rocosos que el agua había
esculpido en el flanco de los precipicios. Pero la oscuridad absoluta no los
tentaba, y es comprensible. Durante centenares de millares de años, nada, ni un
resto arqueológico ni un trocito de sílex en la negrura de las cavernas.
Algunos descubrimientos inesperados, claro está, como los de Atapuerca, en
España, con esa pila de cuerpos humanos y un singular bifaz en el fondo de una
sima[43]. Pero los cuerpos
se lanzaron allí desde la entrada vertical, al aire libre, como si fuera un
pozo. Se trata sin duda de una primera expresión funeraria sin que los
individuos se aventuraran aún, hace casi 400 000 años, en esa oscuridad tan
temida.
La gruta es la
noche diurna, la alteración de las fuerzas telúricas; el día no despunta nunca,
las temperaturas son estables, es otro mundo que ni se ofrece ni se descubre
por casualidad: es preciso querer dominarlo, dejar la huella de uno y sacarlo
de su noche infinita. Si hubiéramos considerado lo que son las cuevas, lugares
escondidos en los que perdemos la visión, sin
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duda no habríamos hecho de ellas el hábitat de nuestros orígenes.
Porque, como veremos, atreverse a enfrentarse a las cuevas y sumergirse a
20 000 leguas de viaje subterráneo requiere un nivel importante de evolución
cognitiva, psicológica y técnica…
Las cuevas eran el
reino de los superdepredadores, como el oso o el león de las cavernas, conque
hacía falta una buena dosis de temeridad para hacerles frente en su hábitat
preferido. Así pues, las cuevas fueron durante mucho tiempo patrimonio de
generaciones de osos que construyeron allí su cubil y murieron tranquilamente,
sin que los humanos los molestaran en absoluto.
Repasemos con
rapidez esos centenares de millares de años durante los cuales los humanos se
quedan a las afueras de ese mundo subterráneo. Viven a los pies de los
precipicios y de los abrigos rocosos, a la entrada de algunas cavernas, pero no
se sumergen en la oscuridad profunda, pues, para eso, será necesario dominar
por completo el fuego, cosa que en Europa ocurre hace alrededor de 400 000
años.
Hace poco habríamos
dado un salto en el tiempo hasta los humanos modernos; el hombre de Neandertal
también había frecuentado las tinieblas de las cavidades, pero más bien
tímidamente y nunca en profundidad. Sin embargo, las tornas cambiaron en 2016
con el descubrimiento, y sobre todo la datación, de construcciones en las
profundidades de una cueva en Bruniquel. Estamos en el departamento de
Tarn-et-Garonne, en las gargantas de Aveyron, donde desde hace mucho se conocen
ocupaciones prehistóricas, a menudo del Magdaleniense. A principios de los años
noventa, un grupo de espeleólogos acompañado de un arqueólogo especialista en
las profundidades visitó una cueva y descubrió, más o menos a 300 metros de la
entrada, unas misteriosas estructuras circulares hechas de estalagmitas
fracturadas. En su opinión, esas construcciones son a buen seguro obra de
humanos. Por casualidad descubrieron, oculto entre dichos fragmentos de
calcita, un hueso quemado que enviaron al laboratorio para datarlo con carbono
14. Primera sorpresa: el hueso proporcionó una antigüedad que el laboratorio
calculó de al menos 47 600 años. Era mucho más antiguo de lo que pensaban:
creían tener delante una nueva curiosidad magdaleniense del fin del período
glaciar. Este método de datación, experimentado entre los años cuarenta y
sesenta por el fisicoquímico estadounidense William Libby (Premio Nobel de
Química en 1960) se basa en el principio de que
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cualquier materia orgánica (tanto vegetal como animal) es levemente
radiactiva y contiene una tasa constante de carbono 14 creada por su
interacción permanente con la atmósfera. Cuando el organismo muere, la
interacción cesa y el carbono 14 comienza su desintegración radiactiva
siguiendo un ritmo constante. Al medir lo que queda de carbono 14 en el
organismo estudiado, se puede calcular la fecha en la que dejó de vivir. El
único problema es que esa técnica sólo resulta fiable en antigüedades
inferiores a 50 000 años, más o menos (y ya es una maravilla). Para datar
organismos más viejos se usan otros métodos, eficaces, por supuesto, pero menos
precisos. Ése es el primer problema con el caso que nos ocupa, ya que la fecha
obtenida nos sitúa en los límites del método y resulta bastante posible que esa
antigüedad mínima quede en realidad muy lejos de la antigüedad real del hueso.
Ese descubrimiento, que en un principio se publicó en una revista de
espeleología[44], ha pasado, por
desgracia, inadvertido para la comunidad científica. En la década de 2010 se
reunió un nuevo equipo que volvió al terreno y estudió con detalle la
estructura[45]. Estos
investigadores confirmaron el carácter estrictamente antrópico de las pilas de
estalagmitas que llamaron espeleofacts, dado el carácter humano de
su fracturación y su colocación. Las estalagmitas no se acumularon de forma
aleatoria: se identificaron unas cuñas entre dos filas de depósitos, aparte de
grandes apoyos para consolidar el conjunto. En total, se reunieron 472
elementos para crear varias formaciones con un peso de 2,2 toneladas de
materiales movilizados por humanos. No muy lejos de las estructuras se
encontraron las estalagmitas que habían ido a arrancar a la caverna. Por el
contrario, no se observó ni un vestigio arqueológico susceptible de informarnos
sobre las actividades humanas. Así pues, lo que ocupó a los investigadores fue
la datación de las estructuras. Gracias a los progresos logrados en las últimas
décadas, decidieron datar los elementos de construcción con el método
llamado uranio-torio, basado en las propiedades radiactivas del
uranio presente en gran cantidad en el entorno. Este último se
incorpora a la calcita en el momento de la formación de las estalagmitas y,
andando el tiempo, se descompone en torio. Lo que permite datar el fin de su
crecimiento es la proporción entre ambos elementos. Y ahí fue donde saltó la
liebre[46]: ¡176 000 años!
Ésa es la antigüedad media obtenida gracias a varios elementos de una de las
estructuras, confirmada por varias pruebas. Dichas construcciones, asombrosas
ya de por sí, son pues mucho más antiguas
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que las demás incursiones en las profundidades conocidas anteriormente,
hasta entonces todas relacionadas con los humanos modernos europeos, es decir,
datan de hace unos 36 000 años teniendo en cuenta la antigüedad de las pinturas
de la caverna Chauvet. Nos encontramos 140 000 años antes y, si bien
desconocemos por completo la razón de ser de tales construcciones en una
posición subterránea tan enigmática, sin embargo revelan varias evoluciones
importantes. Para empezar, sus autores, neandertales antiguos, eran ya
auténticos espeleólogos. En segundo lugar, montar esta construcción a 300
metros de la entrada requería un perfecto dominio de algunas técnicas de
iluminación tanto móviles, para caminar, como estáticas, para trabajar en la
oscuridad más profunda. Así pues, había que proveerse de antorchas que podían
transportarse y luego inmovilizarse mientras se arrancaban las estalagmitas, se
transformaban, se fracturaban y se las movía para colocarlas minuciosamente
unas tras otras. ¿Se internaban en las grutas para recoger materiales no
identificados o para entregarse a rituales desconocidos? Aún no se sabe nada,
ya que, por respeto al patrimonio, los arqueólogos se han conformado de momento
con una arqueología a distancia, mezclando una minuciosa observación, reforzada
por pequeñas extracciones, y el uso de técnicas de imágenes en 3D. Además, el
suelo de la zona se halla por completo cubierto de calcita, posterior a las
estructuras, y tales depósitos han sellado cualquier posible rastro de
actividad. Para descubrir nuevos indicios, habría que destruir ese patrimonio
natural y arquitectónico, y hoy en día nadie sabe si algo así acabará
permitiéndose o si merece la pena hacerlo. En ocasiones, en arqueología, es
importante ser modesto y dejar a las generaciones futuras el desarrollo de sus
planteamientos con la ayuda de los medios técnicos que tendrán a su
disposición. Y seguramente eso sea lo que conviene hacer en Bruniquel.
Está claro que
otros neandertales han recorrido algunas cuevas, pero tendremos que esperar a
Chauvet[47] para ver visitas
duraderas a tanta profundidad. El hombre moderno ha proseguido la búsqueda de
los neandertales y ha resultado ser un espeleólogo de éxito. Los vestigios
encontrados en las profundidades de las cuevas a menudo parecen tener una
vocación ritual o mitológica y están principalmente constituidos por pintura o
grabados en la pared; en ocasiones, se han depositado restos humanos cerca de
esas paredes adornadas; es el caso de Cussac (Dordoña), donde se ha podido
establecer la contemporaneidad entre los grabados de
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las paredes y los cuerpos depositados. Como escribe el prehistoriador
Jacques Jaubert[48], lo que no se sabe
tanto es que los Homo sapiens también recorrieron kilómetros
de galerías pertrechados con antorchas o con lámparas portátiles (lámparas de
grasa hechas de arenisca, clasificadas en el Paleolítico superior), de las que
se han descubierto muestras fantásticas en Lascaux. Los prehistoriadores han
encontrado numerosas pruebas de dichas expediciones subterráneas: tanto restos
en las paredes como huellas de dedos o de pies en la arcilla maleable,
desfigurada para siempre. Demos aquí las gracias por la excepcional
conservación de estos fugaces vestigios, además de a los descubridores de estas
cuevas, a los experimentados espeleólogos que pusieron cuidado en no tocar
nada, en no caminar por donde no debían, para que podamos seguir extasiándonos,
a la luz de nuestras lámparas frontales, ante los conmovedores testimonios que
dejaron las mujeres y los hombres que recorrieron esas oscuras galerías durante
la última glaciación.
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EL PRIMER ENTIERRO
Hablar del mundo de
los muertos para descifrar el de los vivos puede parecer paradójico, sin
embargo… Los ritos funerarios, practicados por quienes se quedan en este mundo
en recuerdo de los difuntos, son momentos y actos que estructuran las
sociedades humanas en el plano social y el personal. Así pues, si queremos
descifrar las facetas más importantes de las sociedades prehistóricas, es
imposible sortearlos, máxime cuando el acto del entierro sólo concierne a
algunos grupos humanos, y no a la humanidad de forma global.
El entierro, la
inhumación del cuerpo de un difunto en la tierra, es un rito funerario que
lleva mucho tiempo practicándose y que hoy en día comparten numerosas culturas.
La atención dedicada a los fallecidos y las prácticas específicas asociadas a
tales ceremonias se inscriben en el seno de nuestro funcionamiento individual y
social, ya que la muerte afecta tanto a nuestro sistema familiar de parentesco
como a la comunidad que nos rodea[49].
Los ritos
efectuados tras el fallecimiento de una persona tienen diferentes funciones,
entre ellas la de aliviar el duelo de los vivos y la angustia relacionada con
la ausencia del difunto. Esas ceremonias, que pueden considerarse
demostraciones de afecto o de respeto por el muerto, se expresan de maneras muy
diferentes según los lugares y las culturas, y tanto la idea de la muerte como
la representación que se hace de ella varían mucho en el tiempo y en el
espacio. Nuestras sociedades occidentales, que viven mal el envejecimiento,
apartan la muerte, aíslan al difunto de la morada y delegan los rituales en
intermediarios. No ocurre lo mismo en todos sitios y hay otras culturas en las
que el difunto permanece en el seno de su colectivo social, culturas en las que
se vive la muerte con más fatalismo y de forma más serena, pues se trata de
algo inevitable que constituye un paso obligado[50].
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Establecer la historia de los rituales funerarios no es cosa fácil en la
prehistoria. En efecto, aunque las prácticas funerarias pueden quedar
documentadas en ciertos momentos, las creencias que sin duda las acompañan
suelen ser inaccesibles. Puesto que el rito denota necesariamente un carácter
sagrado o simbólico, y en ese sentido supera el orden de lo material[51], evocaré en primer
lugar las pruebas arqueológicas de las que disponemos. Limitándome al
Paleolítico, me centraré especialmente en la historia de las inhumaciones
voluntarias conocidas desde hace poco más de 100 000 años. Ciertamente, se
trata de la primera y única práctica conocida a lo largo de todo el
Paleolítico.
Enterrar a un
difunto requiere ser consciente de la muerte, pero nadie sabe en qué momento
apareció esa consciencia. Cuando se habla de este tema, se suele citar el caso
del yacimiento de la Sima de los Huesos, en Atapuerca (España), donde se
descubrieron más de 6500 restos humanos que pertenecían a al menos 28
individuos atribuidos al Homo heidelbergensis, especie fósil
pariente de los neandertales[52]. Se trata de un
caso singular debido a la cantidad de restos humanos; además, la presencia de
un único y hermoso bifaz de cuarcita ha llevado a pensar a algunos compañeros
que se trata de una ofrenda y, en consecuencia, de un caso extraordinario de
tratamiento funerario que habría tenido lugar hace más de 400 000 años. De
momento no se sabe con exactitud cómo y por qué se encontraron los individuos
en esa cueva, pero, en cualquier caso, no se trata de inhumaciones, ya que los
cuerpos se colocaron o arrojaron desde la superficie por la abertura de algo
parecido al pozo de una sima. Los excepcionales descubrimientos de Atapuerca
conservan su singularidad y no corresponden a una inhumación voluntaria.
Para encontrar
pruebas de inhumaciones voluntarias, hay que dejar pasar el tiempo, ya que será
hace unos 100 000 años, en la región del Oriente Próximo, donde se documenten
los entierros más primitivos. En el estado actual de las investigaciones,
ignoramos si el más antiguo de tales enterramientos fue obra de neandertales o
de Homo sapiens. A partir de ahora, ellos serán los protagonistas
que atraigan toda nuestra atención, ya que son los dos únicos tipos humanos que
han enterrado a alguno de sus difuntos.
La sepultura más
antigua conocida es sin duda la que se descubrió en los años treinta, en
Oriente Medio, en la cueva de Tabun (individuo C1), cuya cronología no es
todavía precisa[53]. En efecto,
persisten dudas sobre
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la atribución estratigráfica del esqueleto: hace 170 000 años para
algunos; hace 120 000 años para otros. Se trata de un adulto tumbado boca
arriba que podría ser un neandertal primitivo.
En otros dos
yacimientos descubiertos en el Israel actual, hay datos más numerosos y
precisos desde el punto de vista anatómico sobre humanos modernos, los más
antiguos conocidos fuera del continente africano, enterrados entre hace 120 000
y 90 000 años; éstas suelen considerarse las inhumaciones más antiguas que hoy
por hoy se conocen. En la cueva de Skhul, en las laderas del monte Carmelo, a
unas decenas de kilómetros al sur de Jaifa, se descubrió a diez individuos
(siete adultos y tres niños[54]). Entre ellos, un
niño colocado en medio de dos adultos que habían sido objeto de una inhumación
voluntaria. Descansaban en posiciones diferentes: uno de espaldas, otro
agazapado y el tercero de lado. Sobre el pecho de uno de los adultos (llamado
Skhul 5) se descubrió una mandíbula de jabalí que sugería un posible objeto
funerario, algo que no puede demostrarse con certidumbre.
En Qafzeh, en
Galilea, a unos cuantos kilómetros de Nazaret, se descubrieron los restos de al
menos quince individuos sapiens, cuatro de los cuales parecen haber
sido inhumados en sepulturas individuales[55]. Algunos están de
lado y otros boca arriba, entre los cuales hay un adolescente que tiene las
extremidades superiores flexionadas; sobre el cuerpo se depositaron unas astas
de cérvido que parecían acompañarlo en su última morada. Hoy por hoy éste es, a
grandes rasgos, el cuadro de las primeras inhumaciones bien documentadas en lo
que respecta a los individuos sapiens.
Pero no eran éstos
los únicos que enterraban a sus muertos: los primeros que permitieron
documentar la existencia de inhumaciones voluntarias a lo largo del Paleolítico
son los neandertales. En efecto, en 1908 se encontraron vestigios de dicho
comportamiento en el yacimiento de La Chapelle-aux-Saints[56], en Corrèze. El
descubrimiento constituyó un giro decisivo en nuestra comprensión de las
sociedades pasadas y en nuestra percepción de los modos de vida y
comportamientos de esa extinta especie. Hubo numerosos detractores que se
negaron a admitir la evidencia y, aún hoy en día, a pesar de que la comunidad
científica reconoce que la inhumación es una característica compartida por
ambas especies humanas, aún subsisten algunos neandertaloescépticos,
por recuperar la expresión
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del prehistoriador Jacques Jaubert[57], que se niegan a
conferir a otra especie humana que no sea la nuestra comportamientos que juzgan
específicos de nuestra humanidad.
Desde que se
produjo este descubrimiento, se han documentado al menos unas cincuenta
sepulturas atribuibles a neandertales entre la Europa atlántica y Asia central.
Es preciso tener en cuenta que cada uno de esos hallazgos constituye un pequeño
milagro de la conservación y el azar. En total, disponemos de unos cuantos
individuos inhumados que en ningún caso pueden confirmar la existencia de un
conjunto de costumbres y de normas funerarias neandertales. Cada una de estas
sepulturas es única y, hoy por hoy, sigue siendo delicado bosquejar un retrato
de las normas que podrían haber regido el trato a los difuntos en el seno de
estas poblaciones. Lo único que podemos concluir es que las sepulturas se
hallan siempre a cubierto o a la entrada de una cueva; que pueden haber sido
objeto de
acondicionamiento
—como una simple fosa—, o presentar los cuerpos colocados sin más sobre el
suelo; que, la mayor parte de las veces, la sepultura se encuentra en el
corazón de la zona habitacional, donde se llevaban a cabo otras actividades
domésticas[58]. Aunque los
neandertales muestran cierta predilección por la inhumación de niños, es decir,
de individuos muertos al nacer, también entierran a adolescentes, adultos e
incluso lo que en el contexto paleolítico podemos llamar ancianos si
consideramos el fósil encontrado en La Chapelle-aux-Saints, que había llegado a
los cincuenta años.
Del examen de los
enterramientos neandertales puede extraerse otra característica común que
servirá de transición entre estas sepulturas y las de los humanos modernos,
posteriores al neandertal en Eurasia. Se trata de la completa ausencia de
objetos que acompañen a los difuntos, objetos que a menudo interpretamos como
ofrendas. Tales piezas no existen en las sepulturas neandertales, mientras que
son comunes en las de los sapiens, y además desde las primeras
inhumaciones que conocemos, como hemos visto en los ejemplos de Skuhl y de
Qafzeh. A continuación, a lo largo del Paleolítico superior, se multiplican los
ejemplos y encontramos numerosos enterramientos en los que los difuntos van
acompañados de objetos de todo tipo en su última morada. Los comienzos de dicho
período nos permiten señalar, de entrada, que quizá la inhumación voluntaria no
se practicara de forma sistemática entre los Homo sapiens y
que durante los milenios que duró el Auriñaciense —una primera gran cultura del
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Paleolítico superior conocida en grandes espacios geográficos de Europa
y Oriente Medio— no se conoce ninguna sepultura: se han descubierto escasos
restos humanos, todos mezclados con restos materiales, en las zonas
habitacionales. Podemos, pues, concluir que o bien ya no se practicaba la
inhumación, o bien que, por el contrario, al producirse un cambio en las
prácticas, los enterramientos podrían haber tenido lugar fuera de las zonas
habitacionales. En efecto, imaginemos un instante que los auriñacienses enterraran
a sus muertos fuera de los lugares habitacionales: comprenderemos entonces que,
automáticamente, la posibilidad de encontrar algún resto es casi nula. No
podemos comprender más que lo que descubrimos, y la ausencia de pruebas no
permite avanzar más en esta reflexión.
No será hasta la
aparición de las poblaciones de la segunda gran cultura paneuropea del
Paleolítico superior, el Gravetiense, cuando las sepulturas paleolíticas se den
a conocer en mayor número, principalmente en Francia, Italia y la República
Checa. Se multiplican los supuestos: los enterramientos pueden ser
individuales, como lo eran antes, pero también ocurre, por primera vez, que
sean dobles o triples, y se plantea la cuestión de las posibles relaciones
sociales o familiares que tenían los fallecidos a los que enterraban juntos. En
el caso de las inhumaciones del yacimiento de Předmostí, en la República Checa,
nos encontramos con una verdadera necrópolis de casi veinte individuos. Si bien
las sepulturas individuales seguían siendo mayoritarias, los difuntos podían ir
acompañados de un ajuar funerario compuesto de armas o de herramientas de
marfil y, aún con mayor frecuencia, de adornos, como cuentas de marfil o
conchas perforadas. En ocasiones los cuerpos están cubiertos de ocre, así como
el suelo donde se los colocaba. En algunos casos, los ajuares funerarios se
llaman objetos de prestigio, dado el carácter excepcional de los
enseres que acompañan al muerto, bien por la escasez de dichos objetos en la
vida cotidiana, o bien por el cuidado y el tiempo necesarios para su
confección. En este sentido, contamos con un espectacular ejemplo descubierto
en el sitio arqueológico de Sungir[59], relacionado con
una cultura original de Europa Occidental llamada Sungiriense,
contemporánea del Auriñaciense y de los primeros momentos del Gravetiense. En
la doble sepultura que sale a la luz en este inmenso yacimiento al aire libre,
miles de cuentas de marfil enrojecidas por el ocre acompañan a los difuntos,
enterrados con sus prendas de prestigio, además de toda una serie de objetos
cotidianos,
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elementos decorativos, de pompa o de prestigio, como una extraordinaria
lanza de más de dos metros de largo. En este caso preciso, como en otros, se ha
propuesto la hipótesis de que la riqueza, la diversidad y la factura de los
enseres designaban el estatus social y quizá la importancia que el grupo
otorgaba al difunto[60]. En otros casos,
algo que se puede verificar en Sungir y en otros yacimientos, los ajuares
reflejaban perfectamente el estatus de los muertos, y los adornos que acompañan
a los niños fallecidos eran más pequeños que los de los adultos[61].
La larga historia
de las prácticas funerarias en el contexto paleolítico constituye una ventana
de observación de una elocuencia particular para dar cuenta de ciertas
evoluciones de las sociedades prehistóricas. A partir del momento en que se
prestan cuidados a los muertos, la humanidad entra en una nueva era, y las
atenciones a los congéneres desaparecidos caracterizan a la vez a los
neandertales y a los humanos de la especie moderna. No obstante, sus
respectivos comportamientos funerarios se distinguen en dos aspectos
principales: la aparición, con el Homo sapiens, tanto de las
sepulturas múltiples como de ajuares funerarios que sugieren la existencia de
ofrendas destinadas a algunos sujetos posiblemente con un estatus social
privilegiado. Ésa es sin duda la prueba de los cambios socioeconómicos que
tienen lugar en Eurasia con el Paleolítico superior y que, desde un punto de
vista arqueológico, se traducen en modificaciones que afectan a diversas
esferas de la vida social, entre ellas el arte funerario. En relación con las
nuevas prácticas, aparecerán incluso nuevas maneras de presentar los cuerpos
inhumados, por ejemplo al pie de unas paredes decoradas, como las que
encontramos en la cueva de Cussac, en Dordoña. Un mundo de los muertos que
traduce nuevas evoluciones y arroja una luz especial sobre la sociedad de los
vivos, marcada por los ritos y las creencias.
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LA PRIMERA JOYA
Las joyas, los
adornos y los ornamentos corporales son hoy en día objetos comunes a todas las
sociedades humanas. Comunes y dotados de sentido, hasta el punto de que estos
objetos de la cultura material se erigen en vectores que permiten transmitir
informaciones de orden social sobre las personas que los llevan. La etnología
nos enseña que las funciones del adorno son varias: embellecer el cuerpo,
protegerlo contra los hechizos, marcar una filiación religiosa o étnica,
manifestar un estatus social, jerárquico o matrimonial. Los adornos se usan
también en ocasiones como objetos de intercambio o piezas de valor
transmisibles de generación en generación. Así pues, se trata de objetos de
vocación simbólica, en el sentido definido por el antropólogo Maurice Godelier[62]:
[Los adornos
constituyen] un conjunto de medios y de procesos a través de los cuales unas
realidades ideales se encarnan a la vez en realidades materiales y prácticas
que les confieren una existencia concreta, visible, social.
El origen de estos
comportamientos simbólicos suscita numerosos debates. Durante mucho tiempo se
creyó que iban asociados a una brusca revolución cultural que tuvo lugar hace
alrededor de 40 000 años en Europa, en el momento de la llegada de los hombres de
anatomía moderna (Homo sapiens). Sin embargo, fue en la otra punta del
mundo, en el extremo meridional de África, donde se realizaron unos
descubrimientos sensacionales. La pequeña cueva de Blombos, en Sudáfrica, hizo
correr ríos de tinta por la cantidad de hallazgos espectaculares e inesperados
que en ella se realizaron. Situada al borde del océano Índico, a unos 300
kilómetros al este de Ciudad del Cabo, la cueva conserva unos depósitos
sedimentarios que contienen una sucesión de ocupaciones arqueológicas
procedentes de los últimos 100 milenios. En las capas antiguas del Middle
Stone Age (período de la historia africana que se corresponde más o
menos con Paleolítico medio europeo y se extiende
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entre hace 300 000 y 30 000 años), se descubrieron unas cuarenta perlas
en su concha, con una antigüedad de al menos 75 000 años[63]. Si se les echa un
vistazo rápido y fuera de contexto, no impresionan y quedan muy lejos de la
idea que podemos formarnos de las joyas de prestigio: se trata de pequeñas
conchas de un molusco gasterópodo que responde al nombre científico de Nassarius
kraussianus. Se han aportado gran cantidad de pruebas que indican que
dichas conchas, que llevan las marcas de transformación y uso humano, no
estaban allí por casualidad. Al comparar esas pequeñas conchas encontradas en
los estratos arqueológicos con especímenes actuales, los investigadores han
podido demostrar que se las había perforado de forma voluntaria con la ayuda de
una herramienta puntiaguda de hueso. Al estudiarlas con microscopio, se ha
podido precisar que las perlas se habían ensartado y que los rastros de erosión
que revelaban eran compatibles con el roce de un hilo, piel u otras perlas: las
conchas reunidas estaban hechas para exhibirlas, bien cosidas a la ropa, bien
en forma de collar o pulsera.
Desde los
descubrimientos de Blombos, salieron a la luz otros adornos aún más antiguos:
en Israel, en la cueva de Skhul, aparecieron dos perlas que se remontaban a
unos 100 000 años de antigüedad; en la zona oriental de Marruecos, en la cueva
de Taforalt, se encontraron trece conchas en niveles datados hace algo más de
80 000 años. Y lo más posible es que la lista se alargue y la antigüedad de las
primeras perlas sea todavía mayor. Añadamos que, más adelante, los adornos
corporales se multiplican y diversifican de manera fantástica: se cuentan por
miles en el Paleolítico superior eurasiático (entre hace 45 000 y 12 000 años)
y ahí ya no hablamos sólo de conchas marinas perforadas, sino de toda una gama
de materiales de origen animal (dientes de carnívoros o de cérvidos, marfil,
cáscaras de huevo de avestruz), mineral y, con menos frecuencia, humano, en
forma de dientes perforados.
Como siempre que
nos preguntamos sobre nuestras primeras veces, nos planteamos el porqué. ¿Por
qué aquí y no en otro sitio? ¿Por qué en ese momento y no antes? ¿Para qué? Se
puede mencionar una hipótesis defendida por nuestros colegas estadounidenses
Steve Kuhn y Mary Stiner[64], aunque no aporte
una respuesta unívoca a estas preguntas. Se ha aceptado que estas primeras
conchas perforadas eran adornos corporales que transmitían información a
quienes podían verlos e interpretarlos. Así pues, eran capaces de ofrecer
indicios sobre los individuos que las
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llevaban o proporcionar pistas de los tipos de relación que el individuo
deseaba o no entablar con sus contemporáneos a lo largo de sus recorridos
nómadas. Esos mensajes cifrados debían de ir dirigidos en especial a algunos
destinatarios: a buen seguro no a los familiares cercanos, que ya saben
bastante sobre sus parientes; tampoco, probablemente, a individuos de otra
cultura, desprovistos de códigos para comprender el mensaje, conque seguramente
las joyas estarían dirigidas a individuos que, perteneciendo al mismo contexto
cultural, no conocían personalmente a quien llevaba esos atavíos.
La función de esos
primeros ornamentos se comprende mejor dentro de la red de interacciones
sociales, cuando comenzó a ser frecuente encontrarse a individuos ajenos al
grupo. Por lo tanto, el nacimiento de los adornos podría corresponderse
perfectamente con una expansión significativa de las relaciones sociales fuera
del marco estricto de la familia o del grupo. Un fenómeno posiblemente ligado a
un crecimiento demográfico que empujaba a los grupos a encontrarse con mayor
frecuencia y a construir nuevas formas de afiliación y diferenciación. Unos
objetos minúsculos que nos conducen a nuevos modos de socialización…
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LA PRIMERA CABAÑA
A lo lejos aparece
un macizo calcáreo. Casi se confunde con las nubes bajas que ese día envuelven
el pequeño y tortuoso valle y le dan el aspecto de un océano algodonoso. Poco a
poco, los rayos de sol más penetrantes consiguen atravesar la humedad. Se distinguen
unas cuantas esquinitas de cielo azul que confieren al relieve su forma y su
color originales. El cañón se muestra al fin a la vista de todos desde el
nebuloso océano, fondo de una pintura monótona, donde se había perdido,
majestuoso, esculpido por milenios de erosión: el río se ha abierto camino
entre los macizos calcáreos; sus abundantes aguas han surcado la piedra, han
excavado dédalos de cuevas en los abruptos acantilados y han esculpido a sus
pies vastos y acogedores abrigos rocosos que invitan a hacer un alto en el
camino.
Si nos dirigimos al
norte desde el actual País Vasco francés, nos encontramos con un grupo de una
veintena de individuos, mujeres, hombres y niños que, aunque no lo saben, son
el primer grupo de Homo sapiens en prestar atención a las
esculturas calcáreas naturales al borde del río Vézère. Nos
hallamos en la región del Périgord, en las inmediaciones del pueblecillo de
Eyzies-de-Tayac, considerado hoy en día capital mundial de la prehistoria.
Además del decorado, que, como en el cine, se ajusta hasta en el menor detalle
a nuestros códigos imaginarios de aquel período, los descubrimientos se han ido
sucediendo desde los que hicieran aquellos arqueólogos pioneros de finales del
siglo XIX y principios del XX. Todas las señalizaciones son
invitaciones a retroceder en el tiempo a través de lugares emblemáticos, muchos
de los cuales han dado su nombre a grandes culturas prehistóricas. Al llegar a
Montignac y la colina de Lascaux, pasamos por el valle de Castel Merle, antes
de llegar al abrigo rocoso de Moustier (que dará su nombre al Musteriense) y
después de La Madeleine (de donde procede el Magdaleniense), no muy lejos de
donde se descubrió la Venus de Tursac. Tras pasar junto a las amplias cuevas de
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Laugerie-Haute y Laugerie-Basse, nos topamos con el abrigo rocoso de
Cromañón, que prestará su nombre para designar, ni más ni menos, al Homo
sapiens del Paleolítico superior, y con muchos otros lugares donde los
hombres de Cromañón pintaron animales con todo lujo de detalles o dejaron para
la eternidad sus manos sobre la roca, en positivo o en negativo (Combarelles,
Font de Gaume, Rouffignac, La Mouthe).
Allí, en uno de
esos grandes abrigos rocosos a la orilla del río Vézère, en el corazón del
valle de Castel Merle, fue donde se instaló aquel grupo de cromañones para
encender una fogata y pasar unos días. Después volverían de forma cíclica,
siempre en la misma estación, para esperar la migración de los renos, que, de
forma invariable, bordeaban el curso del agua en su recorrido estacional.
Decoraron la pared rocosa del abrigo y repararon sus instrumentos de caza,
hechos de puntas de astas de reno con la base hendida para facilitar la tarea
de enmangarlos; junto a las puntas colocaban filos cortantes que reforzaban la
eficacia de sus azagayas. Dejaron tras ellos centenas de abalorios, a menudo de
marfil, con los que se adornaban la ropa o el cuerpo, herramientas óseas o
líticas de uso cotidiano, miles de huesos de renos o de caballos, fracturados y
a menudo quemados, además de algunos restos de sus comidas, que podían servir
para alimentar estructuras de combustión que originan los espesos estratos
carbonosos encontradas en este tipo de yacimientos…
Al introducir esta
nueva historia mediante la narración ficticia de un grupo de Homo
sapiens que descubre las tierras del Périgord, he querido insistir en
que a menudo pensamos que los hábitats clásicos de la prehistoria son las
cuevas y los abrigos rocosos. No obstante, eso dista mucho de la realidad y, si
bien las cavidades quedan a la vista y por tanto durante mucho tiempo
recibieron visitas humanas en la prehistoria —¡y ahora también de los
científicos!—, no son el lugar idóneo para la implantación de habitáculos. Por
muchas razones, una de las cuales resulta evidente: ¡hay numerosas regiones del
mundo sin macizos calcáreos ni cuevas! Pensemos, por ejemplo, en las inmensas
llanuras que se extienden desde Gran Bretaña hasta Ucrania, o desde las tierras
esteparias de Siberia hasta el lago Baikal. En estos lugares se registran
numerosos sitios arqueológicos del Paleolítico a pesar de que no hay ni una
sola cueva en el horizonte, o casi. Lo mismo ocurre en el Gran Valle del Rift
(en África oriental), donde la mayor parte de los yacimientos antiguos que se
conocen están al aire libre (la garganta de Olduvai, el lago Turkana, Hadar…).
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Aunque los humanos supieron aprovechar la entrada de las oquedades para
cobijarse, era una situación que estaba muy lejos de ser sistemática y, además,
no se adentraban en lo más profundo de las cuevas, en las entrañas de la
Tierra. En efecto, y ya lo hemos visto, para ello habría hecho falta dominar el
fuego y las técnicas de iluminación.
Los primeros
vestigios que se pueden interpretar como estructuras habitacionales se han
encontrado en un contexto musteriense. Y se lo aviso desde ya: no se imaginen
que los arqueólogos han hallado los restos de una tienda de campaña o de una
cabaña cerca de su estado original. Lo que podemos analizar e interpretar son
restos del suelo, a menudo piedras, que delimitan un interior y un exterior. En
arqueología paleolítica, hablamos de la estructura de hábitat,
definida de la siguiente manera:
Estructura
construida por el hombre y destinada a ser la parte central de un asentamiento
habitacional cuyos restos permiten evidenciar que creaba una oposición entre el
espacio interior, por lo general cubierto, y el espacio exterior. El interior
de un habitáculo se utiliza para algunas actividades domésticas y, en todos los
casos, por definición, para dormir[65].
Se trata de un
ejemplo importante y he decidido ilustrarlo con las excavaciones modernas que
se realizan en un yacimiento del Paleolítico medio al aire libre, datado entre
70 000 y 80 000 años antes de nuestros días. El sitio de La Folie, en Poitiers[66], localizado a
orillas de un pequeño río, ofrece la típica imagen de un grupo de cazadores
musterienses que, además de tallar y producir herramientas de sílex, realizaron
actividades de despiece y raspado de pieles y astas. El carácter excepcional
del yacimiento tiene que ver, como suele ocurrir, con sus condiciones de
conservación. En efecto, el nivel arqueológico está sepultado bajo dos metros
de limo fino que corresponde a los sedimentos acumulados durante el
desbordamiento del río, gracias a lo cual se conserva la disposición original
de sus vestigios. Su distribución en el suelo, tal y como observan los
arqueólogos, es, por lo tanto, idéntica al momento en que los neandertales
abandonaron el asentamiento. Del estudio de las relaciones entre los objetos se
deduce que se había distribuido el espacio alrededor de un habitáculo circular
cuyos límites venían dados por gruesos bloques calcáreos colocados en forma de
arco o de circunferencia. Los arqueólogos observaron incluso la presencia de lo
que se llama agujero de poste, que habría servido para equilibrar
estructuras de madera encargadas de dotar
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de estabilidad. En el interior de dicha estructura cubierta se
realizaban actividades domésticas, ya que encontramos acumulaciones de tallas
de sílex, pero también hay zonas desprovistas de restos. Algunas de ellas
mostraban un cúmulo de huellas de plantas, las cuales debían de aislar el
suelo, por lo que se ha interpretado que aquéllas eran zonas de descanso. De
esta forma podemos imaginar que el habitáculo circular neandertal correspondía
a una tienda o cabaña hecha de madera y plantas. Probablemente el conjunto
estuviera embellecido con pieles. Por consiguiente, el hábitat neandertal
podría haber sido un refugio rudimentario hecho con materiales recogidos en las
inmediaciones, o bien tiendas desmontables que se transportaban durante los
desplazamientos nómadas. Un yacimiento ucraniano da pruebas incluso del empleo
de osamentas de paquidermos como armazón del habitáculo[67]. He aquí otro
tópico que hay que abandonar: ¡el neandertal no dormía al raso, sin cobijo y en
plena naturaleza! Se guarecía bajo el techo natural de un abrigo rocoso, o bien
construía una estructura de protección que podía ser un refugio sencillo o un cortavientos,
como en La Folie, o una estructura que requería más materiales de construcción
para obtener un resultado más estable y duradero, como la cabaña de huesos de
mamuts de Molodova, en Ucrania.
Los ejemplos de
estructuras habitacionales reconocidas como tales se multiplicarán en el
Paleolítico superior. Normalmente aparecen descritas en yacimientos al aire
libre y han contribuido en gran medida a una transformación metodológica de las
técnicas de excavación: se acabó esa verticalidad que
consistía en descender a las profundidades de pequeñas superficies
para documentar las estratificaciones y la sucesión de distintas capas
culturales en el tiempo. Los arqueólogos rusos, que se enfrentaron muy pronto a
una documentación exclusivamente relativa a grandes ocupaciones humanas al aire
libre, fueron los primeros en comprender el interés de circunscribir los
límites de los habitáculos despejando grandes superficies en el plano
horizontal. Tras el descubrimiento, en 1964, del yacimiento de Pincevent[68], en la cuenca
parisina, André Leroi-Gourhan elaboró un método de excavación y análisis
orientado a una comprensión sincrónica de las ocupaciones, es decir, hacia una
interpretación de los acontecimientos que tienen lugar al mismo tiempo en todo
el asentamiento habitacional. Gracias a este nuevo enfoque, denominado paleoetnográfico,
se puede comprender el funcionamiento de las grandes ocupaciones al aire
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libre y dar énfasis a la complementariedad de los vestigios
arqueológicos, su asociación y su repartición, así como su desplazamiento en el
espacio. En Pincevent, vasto campamento de cazadores de renos magdalenienses,
el espacio, de entrada, se configura alrededor de hogueras, estructuras de
combustión alrededor de las cuales probablemente se organizaba la vida
cotidiana. Al excavar un nivel de ocupación que abarcaba más de 4500 m2,
los prehistoriadores pudieron demostrar la contemporaneidad de varios habitáculos,
gracias a la recomposición de artefactos de sílex o de fragmentos de piedras
quemadas que rodeaban las hogueras. Tales recomposiciones ponen de manifiesto,
sobre todo, que las hojas talladas en un lugar eran después transportadas para
utilizarlas en otra zona del asentamiento habitacional. A medida que se va
analizando, comienza a cobrar fuerza la imagen de un inmenso campamento que
reúne a varias unidades familiares en otoño para la caza colectiva de renos y
de caballos.
En Europa central y
oriental, el Paleolítico superior fue también una época en que las manadas de
mamuts eran numerosas en las llanuras, que no ofrecían refugios naturales, pero
en las que florecieron unas cabañas circulares de armazones hechos con osamentas
de mastodontes. En el yacimiento de Gontsy, en Ucrania, se descubrieron e
investigaron al menos seis cabañas[69]. Una de ellas oval
y de 8 metros de diámetro, contiene 28 cráneos, 7 fragmentos de cráneos, 7
mandíbulas, 52 colmillos, 43 omóplatos, 5 pelvis y 15 huesos largos. Conociendo
el tamaño de los animales, y sabiendo que un único colmillo podía alcanzar tranquilamente
los 50 kilos, podemos imaginar el peso de la estructura y lo gigantesca que
era. Las osamentas se seleccionaban cuidadosamente para poder engarzarlas
siguiendo reglas precisas. A menudo las cabañas estaban rodeadas de fosas de
extracción de loess, finos sedimentos depositados por el viento que debieron de
servir para aislar y sellar los laterales de la construcción. Según algunos
investigadores, el carácter imponente de estas cabañas, la cantidad de
materiales que requerían y la envergadura de la tarea revelan una forma de vida
semisedentaria desde el Paleolítico superior, al menos a partir de la cultura
gravetiense, cuando tales construcciones se multiplican.
Normalmente la
sedentarización, definida por el establecimiento de habitáculos permanentes
ocupados de forma continua a lo largo del año, caracteriza el Neolítico y
responde a un cambio económico asociado a una nueva forma de vida basada en la
agricultura o la ganadería. Es frecuente
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calificar de revolución estos cambios, dada su
importancia y el hecho de que afectan a las esferas más fundamentales de las
sociedades humanas: la subsistencia, con el surgimiento de un modo de vida
agropastoral; el sedentarismo y la creación de las primeras aldeas; la invención
de la cerámica para almacenar los alimentos; la especialización artesanal y la
puesta en funcionamiento de verdaderas redes comerciales de bienes de prestigio
(obsidiana, sal…); la aparición de nuevas herramientas y técnicas, por ejemplo,
el pulido de las hachas de piedra necesarias para la deforestación y la
organización de espacios agrícolas y de tierras para cultivar. Así pues, todo
parece enfrentar a los cazadores-recolectores-agricultores nómadas del
Paleolítico con los agropastores de los pueblos sedentarios del Neolítico. Pero
estos importantes cambios no fueron instantáneos y algunos de ellos se dieron
en momentos anteriores, antes de que volvieran a darse en otro contexto durante
el Neolítico. Por ejemplo, sabemos, gracias a figuritas de significado
simbólico, que la tierra cocida se inventó en el Paleolítico superior; que
también debían de existir formas de almacenamiento, sobre todo mediante el uso
sistemático de técnicas de despiece con el fin de extraer filetes de carne para
después ahumarlos y almacenarlos, y que ya había habitáculos permanentes, como
acabamos de ver… Todos estos conocimientos se desarrollaron en el Paleolítico y
luego se reformularon en el Neolítico, en otro marco, otro pensamiento y
también otra mitología.
Los primeros
hábitats construidos, bien fueran ligeras cabañas de vida corta, tiendas
transportables o construcciones fijas, son todos ellos invenciones
paleolíticas, que, dadas las condiciones de conservación excepcionales
requeridas para que encontremos algún vestigio, probablemente nos hablan más
sobre la estructuración social y económica de los pueblos que los erigieron que
sobre sus proezas arquitectónicas. Resguardados en ellos encontraron la
comodidad y la calidez humana que eran —y siguen siendo— necesarios para el
desarrollo de la humanidad.
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LA PRIMERA PALABRA
Ya se sabe que las
lenguas son eminentemente sociales y revelan la forma que tienen los humanos de
vivir juntos. Hoy en día se pueden contar más o menos 6000 lenguas habladas en
la Tierra, de las cuales casi 800 se localizan únicamente en Nueva Guinea. En
esta isla, la diversidad genética de las poblaciones es enorme y las
comunidades locales quedan aisladas unas de otras, algo que sigue siendo así en
nuestros días, varias décadas después de que los colonos europeos y
australianos se marcharan. Se suele creer que los entornos forestales cercanos
al ecuador, con estaciones estables, favorecieron que los grupos locales
permanecieran en un relativo aislamiento unos de otros y que no se
comprendieran a pesar de vivir a pocos kilómetros de distancia. Una situación
imposible en las estepas de Siberia, por ejemplo, donde la rudeza del clima y
la inestabilidad anual de los recursos exigen una mayor cooperación.
El lenguaje es un
bien inmaterial: no deja huellas. Teniendo en cuenta las fuentes con las que
contamos, nuestro punto de partida y nuestro único modo de determinar si las
comunidades humanas poseían un lenguaje articulado o no es preguntarnos si los
humanos de la prehistoria estaban dotados de las propiedades físicas y
cognitivas que permiten la existencia del lenguaje. Esos aspectos esenciales
del lenguaje son de dos órdenes[70]. En primer lugar,
en el terreno estrictamente anatómico, está el aparato fonador, compuesto por
los pulmones, que insuflan aire; por las cuerdas vocales, que vibran en el
corazón de la laringe; por la boca y la nariz. La que autoriza la emisión de
una amplia gama de sonidos articulados característicos del lenguaje es la
posición baja de la laringe, que alcanzamos cuando tenemos alrededor de dos
años. En segundo lugar, está nuestro cerebro, que presenta zonas dedicadas al
control de los músculos de la laringe, de la lengua y de la boca,
indispensables para la producción de sonidos y su articulación en fonemas. Y
hay otras zonas, igual de
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especializadas, que nos ayudan a elaborar la sintaxis y la semántica, o,
en otras palabras, construir un lenguaje complejo.
Las características
biológicas requeridas para el lenguaje son, pues, de dos tipos: mecánicas, para
permitir la articulación, y cognitivas, para favorecer la complejidad cerebral
necesaria en la producción del lenguaje. Esos dos grandes órdenes nos llevarán
a varios tipos de fuentes arqueológicas.
Desde el punto de
vista anatómico, será el hueso hioides, situado encima de la laringe, el que
nos proporcionará información. En efecto, gracias a su forma y su posición,
podremos deducir si un individuo es físicamente capaz de articular sonidos o
no. Pero este hueso, muy frágil, dista mucho de ser corriente en los
yacimientos arqueológicos. El descubrimiento en los años ochenta de un hueso
hioides intacto en el yacimiento de Kebara, en Israel, vino a demostrar que los
neandertales de hace más de 60 000 años[71] poseían una
formación laríngea idéntica a la nuestra. Para algunos investigadores, eso
significa que eran capaces de articular como lo hacemos nosotros; para otros,
como por ejemplo Dan Lieberman, la anatomía plenamente moderna del habla no
aparecerá hasta hace alrededor de 50 000 años, en poblaciones anatómicamente
modernas[72]. Se trata de un
debate complejo, porque no sólo tiene que ver con la morfología del hueso
hioides, sino, de forma más amplia, con la posición de la laringe y con lo que
ésta posibilita en términos vocales y articulatorios.
En el plano
cognitivo, para debatir sobre las bases neurológicas del lenguaje hay que
fijarse en la evolución y la forma del cerebro. Gracias a los progresos de la
genética se ha determinado la implicación en ese proceso de al menos una
proteína llamada FOXP2 (Forkhead Box P2), a veces llamado gen del
lenguaje[73]. Se cree que la
mutación genética que otorgó a esta proteína su forma actual en los humanos se
produjo en homininos, parientes a la vez de los neandertales y de los Homo
sapiens. La FOXP2 está relacionada con la transmisión lingüística y las
capacidades gramaticales, pero también con las formas de comunicación no
verbal, cosa que explica su presencia en determinados primates.
Pero, nos basemos
en la anatomía del hueso hioides o en los genes, no es posible determinar las
etapas evolutivas que han conducido a las 6000 lenguas que se hablan hoy en día
en el mundo. A lo sumo, se podrá señalar
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que varias características sugieren que otras formas humanas diferentes
de la nuestra potencialmente desarrollaron un lenguaje articulado.
¿Poseían nuestros
ancestros de la prehistoria lenguas comparables a las nuestras en su
complejidad? Esta pregunta requiere que nos desviemos hacia la evolución
tecnológica y cultural de la humanidad. Ciertamente, la prehistoria permanece
en silencio. De esta historia lejana y muda no quedan más que restos materiales
inanimados, pinturas y esqueletos. En consecuencia, las palabras se convierten
en males; incapaces de revelarse, las imaginamos, las susurramos, pero, sobre
todo, las proferimos, pues las primeras palabras de la prehistoria,
necesariamente inventadas y fruto de nuestra imaginación, muestran muy a menudo
una tendencia a percibir a nuestros ancestros como criaturitas capaces tan sólo
de onomatopeyas, o como seres salvajes y propensos al exabrupto. A mi juicio,
el caso de los Homo sapiens no deja lugar a dudas. Si nosotros
podemos hablar, ellos también: la complejidad de sus técnicas, su
capacidad de formar redes para vivir y de intercambiar bienes, así como la
mitología que puede deducirse de su arte rupestre, dan fe de ello. Pero ¿antes?
La formación del hueso hioides neandertal invita a pensar que su laringe lo
facultaba para articular sonidos. Y sus competencias técnicas, por ejemplo el
método Levallois para controlar la forma precisa de las lascas que desprendía
de un bloque de piedra perfectamente preparado, sugieren que, necesariamente,
el aprendizaje no sólo se transmitía mediante gestos, sino también mediante el
habla. Ya lo comentamos antes, la complejidad de algunas tecnologías aumenta con
mucho la probabilidad de que su transmisión fuera posible gracias a
aprendizajes que requerían tanto el gesto como la palabra, recordando el título
del libro fundacional de André Leroi-Gourhan[74]. En este sentido,
y como han demostrado diversos trabajos que aúnan prehistoria, experimentación
y psicología cognitiva[75], cabe pensar que
los creadores de esos bifaces, por completo simétricos y tallados, estaban
dotados de lenguaje. Eso situaría lejos en la escala del tiempo a los
primeros Homo «habladores», hace probablemente varios centenares de
miles de años.
Una simple
conjetura, me dirán ustedes, ya que el menor contraejemplo podría venir a
refutar dicha hipótesis. Por supuesto, pero así es como avanza la ciencia y,
hoy por hoy, ningún conocimiento desmiente la aparición temprana de una forma
de lenguaje en nuestro linaje humano. Una primera palabra, seguida de una
segunda, luego cadenas de
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conexiones y de estructuras gramaticales para ir pensando poco a poco el
mundo y lanzarse a la gran aventura de la abstracción.
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EL PRIMER
INTERCAMBIO
En su acepción
general, la palabra intercambio implica al menos dos partes
entre las que se desarrollarán fenómenos recíprocos, se trate de dádivas,
flujos o intercambios comunicacionales, los cuales pueden ser verbales o
escritos. En un sentido más económico, el término designa métodos de transferencia
de bienes o de servicios entre partes caracterizadas por una forma de
reciprocidad, de modo que uno de los términos de la transacción establecida no
existe sin el otro. En antropología, y más ampliamente en las ciencias humanas,
el reconocimiento y la definición del intercambio son fundamentales para
comprender lo que une a los individuos entre ellos y caracteriza sus relaciones
sociales[76]: el intercambio
está en el núcleo de los actos que permiten formar la sociedad. Dos eminentes
etnólogos de la primera mitad del siglo XX contribuyeron en gran
medida a hacer de este tema uno de los principales objetos de estudio de la
etnología moderna: Marcel Mauss[77] define el
sistema del don y del contradón como aquello que «compromete a los individuos
más allá de sí mismos, a relaciones de carácter casi obligado, duradero y
renovable». En otros términos, y sean cuales sean sus formas y su contenido, el
intercambio constituye un principio que nos hace pasar de la escala del
individuo a la del grupo. El etnólogo polaco Bronisław Malinowski[78], que contribuyó a
definir los principios metodológicos del terreno etnográfico, insiste, por su
parte, en la importancia del kula, amplia operación de relaciones
intertribales de las poblaciones micronesias que descansa sobre un sistema de
intercambios muy desarrollado. Aquí se trata de intercambiar pulseras y
collares de conchas, objetos no utilitarios en un plano funcional estricto,
pero que confieren a quienes los llevan una forma de prestigio y convierten los
mecanismos del intercambio en un «hecho social total», por retomar la expresión
de Marcel Mauss[79]. En estas
sociedades tradicionales, el intercambio es un importante proceso social
implicado en todo tipo de
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interacciones entre los individuos, se trate de alianzas, de filiación
—y, por tanto, de forma más general, de sistemas de parentesco— o de relaciones
entre grupos que a veces hablan lenguas diferentes.
¿Cómo entender
entonces el valor social de los intercambios en la prehistoria, cuando sólo
subsisten vestigios sacados de contexto? Desde hace mucho se ha documentado la
circulación de los bienes exógenos a lo largo de distancias en ocasiones
considerables, pero la exégesis de estos hechos sigue siendo delicada: ¿se
trata de una adquisición directa o indirecta? Para ir más allá de la simple
constatación del tráfico de bienes e intentar comprender su papel y su valor
social es indispensable recurrir a referencias etnográficas, suponiendo que sea
posible extraer similitudes sobre el estatus de los bienes intercambiados y de
los individuos que participan en esos procesos recíprocos en contextos
culturales diferentes[80].
En el Paleolítico
europeo, los primeros ejemplos de bienes exógenos cuyas fuentes se hallan a una
distancia de al menos 100 kilómetros del lugar donde aparecen se descubrieron
en contextos arqueológicos del Paleolítico medio y son, por tanto, obra de los
neandertales. Éstos emplean una gran cantidad de rocas de su entorno local y
regional para fabricar herramientas de piedra, y algunos años atrás Jéhanne
Féblot-Augustins[81], haciendo una
síntesis del tema, revelaba que, de los 145 yacimientos del Paleolítico medio,
sólo 11 presentaban algunos elementos de piedra cuyo origen distaba al menos
100 kilómetros de su lugar de aparición (es decir, un 8 % de la muestra
estudiada), mientras que dicha proporción ascendía a más de un 50 % en los
yacimientos del Paleolítico superior. En cualquier caso, señalemos que los
datos recientes relativizan la imagen que se trasmite normalmente del
Paleolítico medio, con pequeños grupos de neandertales que vivían de forma
aislada en un territorio dado. En el yacimiento de Champ Grand, en las
gargantas del Loira, varios descubrimientos indican la presencia de sílex cuyas
fuentes distan al menos 240 kilómetros en línea recta sobre el mapa, es decir,
distancias que sin duda se acercarían a los 400 kilómetros cuando hay que
recorrerlas a pie[82]. Se trate de un
abastecimiento directo o indirecto, este tipo de comportamientos basta para
subrayar la existencia de las relaciones sociales necesarias entre grupos que
explotaban territorios de caza distintos.
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En el Paleolítico superior, observamos un gran aumento de dichas
circulaciones, tanto en lo que se refiere a las distancias máximas registradas
como a su forma y su magnitud. Las distancias máximas alcanzan con regularidad
los 300 o 450 kilómetros, e incluso, en algunos casos excepcionales, los 600 o
700 kilómetros en línea recta[83]. Crece la
frecuencia de desplazamientos a larga distancia y, en ciertos casos, no sólo se
transportan algunas herramientas, sino también grandes cantidades de materias
primas. En algunos casos, más del 50 % de los restos de piedra hallados
proceden de fuentes que distan entre 150 y 300 kilómetros del lugar donde se
utilizaron o del lugar donde se han descubierto[84]. En este punto hay
que hacer una observación importante relacionada con las tecnologías propias de
esos grupos humanos. En el Paleolítico medio, los grupos se conformaban con la
materia prima disponible en su entorno inmediato. Si disponían de rocas de excelente
calidad para la talla, las aprovechaban; si el entorno geológico no se prestaba
a ello, los grupos se adaptaban. En el Paleolítico superior cambiaron las
estrategias debido al
amplio uso de las
hojas líticas —lascas de mayor o menor tamaño, invariablemente alargadas y
bordes paralelos para poder enmangarlas—, las cuales requerían materiales de
calidad para poder fabricarlas de forma sistemática. Los ejemplos muestran que,
cuando los grupos del Paleolítico superior se instalaban en regiones donde no
había buen sílex, en el Macizo Central francés, por ejemplo, llevaban consigo
materias aptas para la talla, cuyas fuentes podían distar entre 200 y 300
kilómetros, con el objeto de proseguir sus actividades cotidianas con toda
tranquilidad[85]. Por lo tanto,
consiguen anticiparse a sus necesidades y siguen utilizando sus tecnologías
habituales con materiales exóticos. Así pues, los grupos nómadas necesitaban
planificar y preparar sus incursiones en dichas regiones.
Para esos pueblos
nómadas que recorrían las vastas estepas eurasiáticas en el Paleolítico
superior, la anticipación y la planificación eran valores cruciales, algo que
se desprende de su tecnología de la piedra tallada, basada en la producción de
hojas líticas grandes y pequeñas que servían de herramientas domésticas y que
podían afilarse varias veces, lo cual demuestra una larga duración. Es evidente
que algunos de esos útiles componían la caja de herramientas de
dichos individuos, que durante sus desplazamientos nómadas se veían obligados a
llevar consigo sus enseres predilectos. En consecuencia, en el Paleolítico
superior asistimos, de
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forma mucho más clara que en el Paleolítico medio, a un fraccionamiento
sistemático de las cadenas operativas en el tiempo y en el espacio, relacionado
con un manifiesto aumento de la frecuencia y de la distancia que recorrían los
objetos.
Estudiando el
Paleolítico superior, a menudo encontramos herramientas de larga vida y
excelente factura realizadas con sílex cuyas fuentes podían distar más de 300
kilómetros. Tras recopilar datos etnográficos, se ha sugerido que dichos bienes
se adquirieron mediante intercambio down-the-line[86] (o «de punto
cercano a punto cercano»). Se ha identificado dicha modalidad basándose en la
observación de puntos de relevo entre las fuentes y los destinos finales de los
sílex más alejados. En el yacimiento auriñaciense de Régismont-le-Haut, en la
llanura de Béziers, se descubrió un puñado de herramientas de sílex
llamadas grain de mil[b] cuya fuente
se localiza en Charente. Encontramos esos mismos sílex en yacimientos de la
Dordoña, mientras que en Régismont-le-Haut aparecen algunos materiales
originarios del Périgord. Así pues, es lógico pensar que en esos puntos de
relevo situados entre la cuenca de Charente y las llanuras de Béziers se
llevaban a cabo intercambios entre grupos, y no hay ninguna necesidad de
imaginar un improbable abastecimiento directo entre regiones que distaban más
de 600 kilómetros entre sí para hacerse con hojas líticas susceptibles de
convertirse en hermosas herramientas.
Además, no sólo
circula el sílex, sino también toda una serie de bienes, entre los cuales se
hallan algunos sin vocación técnica ni estrictamente funcional. También se han
encontrado conchas perforadas, empleadas como adornos, en sitios alejados de
los litorales donde se recogieron. Estos casos emblemáticos del Paleolítico
superior y las circulaciones a larga distancia de las conchas atlánticas o
mediterráneas encuentran un paralelo en las sociedades tradicionales que
estudian los etnólogos, en las que es frecuente que los artefactos de este tipo
recorran una larga distancia y sean objeto de intercambio como bienes de
prestigio o sirvan para estrechar vínculos sociales, bien en el seno del grupo
o entre tribus. Ya fueran bienes de prestigio empleados para decorar el cuerpo
de los difuntos, ya bienes comunes que servían para preservar las relaciones
sociales mediante transacciones, ya bienes utilitarios de uso doméstico, como
las herramientas hechas de hojas de sílex de otros lugares, los productos de
intercambio son sin duda un testimonio valiosísimo para documentar la manera en
la que socializaban las mujeres y los hombres de la prehistoria.
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Estos objetos distan mucho de ser los más frecuentes en un yacimiento
arqueológico, pero proporcionan gran cantidad de información gracias a los
valores sociales que reflejan. Denotan sociedades vinculadas a través de redes
sociales complejas y extensas que nada tienen que envidiar a las que nos revela
la etnología de principios del siglo XX a partir de las
sociedades
llamadas primitivas o tradicionales.
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EL PRIMER HASHTAG
#NEANDERTAL
¿Qué pinta en un
libro consagrado a las primeras veces de la humanidad este término que hoy por
hoy usan día y noche centenares de millones de individuos en las redes sociales
mundiales? ¡Qué anacronismo! Antes de entrar en el meollo del asunto, permítanme
explicarles la presencia de esta palabra aquí.
El hashtag,
vocablo incluido tanto en el diccionario Oxford de inglés como en el Petit
Larousse o en el Petit Robert[c] , es un marcador de
metadatos en internet que posibilita encontrar un contenido mediante una
palabra clave. Literalmente, asocia un símbolo visual, la almohadilla (hash)
al término tag, que designa la etiqueta. Este símbolo gráfico pone
de manifiesto que el tema abordado no está aislado.
Para explicarles mi
#neandertal, los invito a que me sigan hasta Gibraltar, uno de los extremos
meridionales de Europa, frente al continente africano, a unos pocos kilómetros
a través de un mar de reflejos de un azul intenso. La acción repetida de las olas
ha excavado una serie de cuevas, y una de ellas, la cueva de Gorham, presenta
niveles de ocupación del Paleolítico medio (hace entre 300 000 y 35 000 años) y
el superior (hace entre 45 000 y 10 000 años). Las relaciones norte-sur que se
establecieron en Gibraltar, o que pasaron por ese pedazo de roca, son antiguas
y se remontan al menos al Paleolítico superior, es decir: son muy anteriores a
la conquista, en 711, de la actual Andalucía a manos del jefe bereber Táriq ibn
Ziyad, que contribuyó a dividir durante largo tiempo la península en dos
civilizaciones: al-Ándalus y la Hispania cristiana.
Hace alrededor de
40 000 años, el continente europeo en su conjunto estaba poblado al menos por
dos humanidades, y tal vez más, si seguimos los últimos avances de la
paleogenética[87]. Los humanos
modernos, llegados del este, ya poblaban Europa, pero aún no habían alcanzado
el extremo suroccidental del continente. En aquel entonces un grupo de
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neandertales ocupaba la cueva de Gorham. Están entre los últimos que
conocemos: puede que a estos humanos arcaicos el sur de la península ibérica
les pareciera una especie de refugio.
En Gorham, nuestros
neandertales vivían como lo habían hecho sus antepasados: cazaban, tallaban la
piedra para fabricar herramientas siguiendo métodos ancestrales, encendían
fuegos… Pero uno de ellos, utilizando la punta de un utensilio lítico, actuó de
forma poco habitual, al menos para nuestros arqueólogos, pues dejó una marca
que nunca se ha observado en otro sitio: grabó la piedra haciendo incisiones
profundas, una serie de líneas que se entrecruzaban, y repitió ese gesto muchas
veces[88]. El individuo,
provisto de una herramienta de punta dura, comenzó trazando una primera marca y
luego siguió hendiendo la roca pasando el utensilio de forma repetida y siempre
en el mismo sentido, como demuestran las réplicas experimentales reproducidas por
los autores del estudio. Según las observaciones reunidas, fueron necesarios al
menos 55 trazos para grabar la línea más ancha y profunda, y entre 4 y 30
trazos para las demás. A partir de esto comprendemos que se trata claramente de
una acción antrópica deliberada cuya realización exigió una herramienta
adecuada, además de empeño y voluntad. Los arqueólogos tuvieron la suerte de
que aquellos trazos entrecruzados se grabaran directamente sobre la roca madre
de la cueva, el lecho rocoso natural de la cavidad que ocupaban los
neandertales. Después quedó cubierta por unos sedimentos que contenían los
vestigios arqueológicos que sus ocupantes dejaron tras de sí. De este modo,
después de datar los depósitos arqueológicos que sellan esa roca madre, se
estima que aquel grafiti tiene algo más de 40 000 años de antigüedad. Si se
hubiera trazado la almohadilla sobre las paredes de la cueva, la datación
habría resultado imposible: al contrario del trazo que deja un carbón de
madera, por ejemplo, un grabado no contiene ninguna materia orgánica que
permita datar directamente la acción humana. En el caso que nos ocupa, la
datación es, por lo tanto, indirecta y se basa en la antigüedad de la capa
arqueológica del Paleolítico medio que recubre el grabado.
Esa almohadilla es,
hoy por hoy, la más antigua representación simbólica inscrita de forma
permanente en el seno de un espacio habitado. Se han documentado otros ejemplos
de grabado geométrico sin fines utilitarios en contextos arqueológicos más
antiguos, como ocurre en Sudáfrica[89] con los fragmentos
de ocre grabado con líneas entrecruzadas
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hallados en Blombos y los huevos de avestruz con marcas descubiertos en
Diepkloof. Pero el de Gorham es el primero que figura de forma permanente y
visible para todos en el espacio habitacional. Lo más probable es que su autor
lo hiciera así para que tanto él como quienes ocupaban o visitaban la cueva
pudieran verlo. Es una prueba más de un comportamiento no utilitario de los
neandertales, lo cual nos demuestra que cierta forma de pensamiento abstracto
no es patrimonio exclusivo de los humanos anatómicamente modernos.
Es cierto que no
tenemos la menor idea del sentido de esos trazos geométricos entrecruzados,
pero ese símbolo constituye una prueba más de la capacidad de abstracción de
los neandertales, así como de la importancia que concedían a transmitir ese
modo de expresión. ¿A que se trata de un anacronismo cautivador? Lo que hoy en
día se ha convertido en un modo de relacionar temáticas a través de un
contenido y una red mundial de usuarios ya tenía un sentido oculto para
nuestros predecesores neandertales, hace 40 000 años.
#neandertal
#comounsímbolo
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EL PRIMER HÍBRIDO
Tous parents, tous
différents [«Todos parientes, todos diferentes»] era el título de una
exposición presentada a principios de los años noventa en el Museo del Hombre
en París. El objetivo de la muestra era hacernos entender que, más allá de
nuestras diferencias físicas y culturales, los humanos de hoy en día
pertenecemos todos a una misma especie y formamos una gran familia que comparte
un material genético heredado de antepasados comunes, pero que, al mismo
tiempo, cada uno de nosotros somos únicos y nos diferenciamos de todos los demás
a través de un carné de identidad genético propio.
El hecho de que
todos nosotros, Homo sapiens, seamos la única especie humana que
habita la Tierra es una situación que se remonta a unas decenas de miles de
años atrás, desde la extinción de los últimos neandertales, hace algo más de
35 000 años. Pero no siempre fue así, y hubo un tiempo en el que los espacios
geográficos de nuestro planeta estaban habitados por diferentes especies
humanas cuyas anatomías, bien contrastadas, condujeron a los paleoantropólogos
a crear una plétora de taxones (o grupos) humanos. Anamensis, africanus, afarensis, sediba…,
toda una serie de especies de australopitecos descritas en un período remoto de
la historia del linaje humano, antes del surgimiento del género Homo.
Y este último, que apareció hace un poco más de 2,5 millones de años,
no fue quien puso fin a la lista: habilis, erectus, ergaster, neanderthalensis y sapiens son
los más conocidos, pero también están antecessor, heidelbergensis, sapiens arcaicos, idaltu y,
aún más recientemente, floresiensis o naledi.
Todos estos taxones, grupos de fósiles reunidos porque presentan
características específicas que los diferencian de otros miembros del linaje
humano, se definieron basándose en su anatomía y en el estudio y la descripción
de las características de su esqueleto.
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Si piensan ustedes que a partir del estudio de la morfología de los
huesos nunca se ha podido saber si tal individuo o tal otro era de hecho
miembro de la misma especie…, ¡tienen razón! La definición biológica de la
especie descansa en la interfecundidad de sus miembros, es decir, en la
capacidad de reproducirse entre ellos para dar vida a una descendencia fecunda.
Este principio, que rige la evolución de las formas de vida en la Tierra desde
la noche de los tiempos, se aplica también a los humanos.
La larga lista de
especies humanas cuenta con una excepción, sólo una: una especie que no se
define por sus características anatómicas. Su nombre es Homo
denisovensis (o altaiensis) o, de forma más simple, en el
lenguaje corriente, el hombre de Denísova. Hoy en día ocupa las portadas de los
periódicos y las revistas especializadas, que lo convierten en el tercer
hombre, junto al sapiens y al neandertal, en la Eurasia de
hace entre 50 000 y 40 000 años. ¡Sin embargo, no sabemos en absoluto qué
aspecto tenía! Ninguna pista, ni siquiera el esbozo de un retrato robot, salvo
que tenía los dientes grandes. Así pues, al denisovano lo conocemos únicamente
por su ADN, gracias al cual lo hemos identificado y diferenciado de todos
los demás fósiles conocidos hasta entonces. En efecto, hoy en día los
paleogenetistas pueden, si las condiciones de conservación lo permiten,
descodificar todo o parte del genoma de los fósiles humanos muertos hace varias
decenas de miles de años y proporcionarnos así una información crucial para
nuestro conocimiento de la evolución humana y de los individuos que jalonan el
largo camino hasta nosotros. ¡Es una verdadera revolución, inimaginable hace
apenas algunas décadas! El neandertal fue el primero cuyo genoma se identificó,
seguido de los Homo sapiens del Paleolítico superior[90]. Y, para terminar,
el Homo denisovensis, identificado en 2010 a partir de un trocito
de dedo descubierto en el yacimiento de Denísova, en la región
montañosa del Altái ruso. Hace aún poco tiempo, ese pedacito de hueso, que
proporcionaría sólo una información limitada en el plano morfológico, no habría
supuesto más que un renglón o un número de código en el inventario de los
descubrimientos realizados en el yacimiento. Pero, como presentaba una notable
presencia de ADN y los equipos del paleogenetista Svante Pääbo habían
identificado ya el ADN neandertal a partir de otros huesos, quisieron
probar también con éste. Cuál no sería su sorpresa, y la de toda la comunidad
científica, cuando descubrieron que se trataba del
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representante de un linaje humano extinto sin identificar hasta el
momento y que, en el plano paleogenético, se diferenciaba formalmente de las
otras dos especies conocidas entonces en ese territorio, la neandertal y
la sapiens.
Varios años antes,
la descodificación del ADN nuclear de los neandertales reveló la
huella que esa especie extinta había dejado en el genoma de las poblaciones
actuales: todos nosotros poseemos entre el 1 % y el 4 % de genes arcaicos
neandertales[91]. Así pues,
nuestros ancestros mezclaron su patrimonio genético con miembros de linajes
extintos, por lo que llevamos en nosotros el rastro de episodios de
reproducción que se han desarrollado entre miembros de especies humanas
diferentes.
Entre el 1 % y el
4 % de los genes heredados del neandertal: este resultado supuso a la vez una
conmoción y una toma de conciencia. El hombre de Neandertal, al que durante
mucho tiempo se consideró una forma humana inferior, un ser tosco con aspecto
de bestia lerda, había contribuido a lo que somos hoy en día, nosotros, que con
tanto orgullo nos calificamos de sabios (sapiens) y de anatómicamente
modernos.
Si actualmente las
poblaciones humanas llevan en su genoma la huella de estas mezclas
plurimilenarias, ¿qué pasó cuando se encontraron las poblaciones en cuestión?
¿Quién era ese primer híbrido de la humanidad y qué aspecto tenía? Hoy por hoy
lo desconocemos, ya que la genética no puede rastrear toda la estirpe humana ni
encontrar ADN en todos los contextos y entornos.
Aun así, puedo
contarles algo más. En 2002, un equipo de espeleólogos rumanos examinó una red
kárstica del suroeste de Rumanía, en los Cárpatos[92]. En una cámara
inexplorada donde se amontonan restos óseos, en concreto restos de osos de las
cavernas que habían ido allí a hibernar, los espeleólogos identificaron una
mandíbula humana que contenía colágeno suficiente para su datación con carbono
14. Siguen otros especímenes, en especial el cráneo llamado Oase 2.
Los resultados de las últimas dataciones sitúan estos fósiles entre 37 000 y
38 000 años antes del presente, lo que de momento los convierte en los Homo
sapiens más antiguos conocidos en el continente europeo. Desde su
publicación en 2003, el paleoantropólogo estadounidense Erik Trinkaus ha
señalado que tales especímenes son incuestionablemente humanos modernos, ya que
presentan algunos rasgos morfológicos propios de esta especie, como, por
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ejemplo, un mentón perfectamente diferenciado, la división de los
relieves supraorbitales o la forma del cráneo. Pero también se identifican
rasgos arcaicos, en especial en la morfología del aparato masticador y los
dientes. Los restos de Oase serían la prueba de un mosaico de características
morfológicas a la vez modernas y arcaicas, si nos basamos en las
clasificaciones utilizadas.
Gracias a la
genética podemos ir más lejos y confirmar lo que algunos paleoantropólogos
predecían desde hace tiempo: neandertal y sapiens intercambiaron
sus genes, hubo episodios reproductivos entre ellos, y los análisis
de ADN llevados a cabo en la mandíbula Oase 1 demuestran
que ese sapiens tiene una relación más estrecha con los
neandertales que cualquier otro humano moderno ya analizado. De hecho, presenta
casi un 10 % de genoma común con el hombre de Neandertal, y los paleogenetistas
conjeturan que el antepasado neandertal de Oase había vivido entre 4 y 6
generaciones antes que él. Por lo tanto, es un fósil excepcional que nos lleva
hasta los orígenes mismos del mestizaje, sólo algunas generaciones después de
un episodio de hibridación entre ambos tipos humanos[93].
Ya se habrán dado
cuenta: si Oase no es el primer híbrido de la humanidad, no está muy alejado de
ese momento de nuestra historia en el que unas comunidades humanas de anatomía
muy diferente se cruzaron y en el que algunos individuos, machos y hembras, se
aparearon. Los datos genéticos nos informan de que las mezclas de ese tipo
habrían tenido lugar previamente, acaso unos 50 000 años antes del presente, en
la región del Oriente Medio. Así pues, dos mundos de historias milenarias
distintas se encontraron y nos gustaría saber qué ocurrió en realidad. Pero ahí
ya entramos en el campo de la ficción y prefiero que se lo imaginen ustedes…
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EL PRIMER MAMUT
Dado que hoy en día
está extinto, y que únicamente lo conocemos a través de sus restos fósiles, de
las representaciones pintadas o grabadas en las paredes de las cavernas y de
los especímenes congelados en Siberia, el mamut es el cliché que completa la imagen
de las cacerías de nuestros ancestros y alimenta, más que cualquier otro
animal, nuestro imaginario de los tiempos prehistóricos. ¿Quién era? ¿De dónde
venía? ¿Cuándo y por qué se extinguió? Y, sobre todo, ¿qué relación tuvieron
las sociedades humanas con estos gigantes de las estepas?
En nuestro
imaginario colectivo, los mamuts son animales emblemáticos de los entornos
glaciares, perfectamente adaptados al frío a causa de la gruesa capa de grasa
que los cubre. Y, sin embargo, en el plano evolutivo, son de origen africano:
ascendentes de los elefantes, de los que forman un género extinto, salieron de
África hace centenares de miles de años, a lo largo del Pleistoceno superior, y
se dispersaron por toda Eurasia hasta llegar a América del Norte. Gracias a las
adaptaciones ambientales se formaron varias especies. Una de ellas, el Mammuthus
primigenius, conocido también como mamut lanudo o mamut
de la tundra, es típico de las estepas siberianas, donde se asentó hace
400 000 años. Parecido al elefante asiático, este mamut lanudo presentaba una
serie de adaptaciones morfológicas que le permitieron desarrollarse en regiones
siberianas particularmente duras, en especial durante los episodios de
glaciación que instauraban largos inviernos polares de temperaturas extremas.
Lo caracterizaban el pelo denso y tupido que le recubría toda la piel, y una
capa de grasa que podía alcanzar los ocho centímetros de grosor. Sus orejas,
más pequeñas que las de los elefantes, limitaban su exposición al frío y a las
pérdidas de calor, al igual que la cola, que era más corta para no congelarse.
Está claro que, en las estepas, estos mastodontes debían de parecer gigantes:
en la edad adulta, su cruz alcanzaba 3 o 3,5 metros de altura y su peso variaba
entre 5 y 6 toneladas. Y qué decir de sus
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majestuosos colmillos… Si bien contaban con una longitud media de 2,5
metros de largo y un peso de unos 50 kilos, el colmillo más grande que se ha
encontrado en Siberia mide 4,2 metros de largo. Es innecesario añadir nada más:
estamos ante verdaderos colosos.
Los hombres del
Paleolítico se codearon con estos gigantes de las estepas, y no sólo en las
grandes extensiones siberianas, ya que, según el clima que reinara, los mamuts
llegaban incluso hasta Europa occidental. Desde un punto de vista
historiográfico, estos emblemáticos animales desempeñaron un papel importante
en el reconocimiento de la antigüedad humana. Volvamos a la segunda mitad del
siglo XIX, período en el que se estaba gestando el concepto de prehistoria y
en el que se multiplicaron los descubrimientos, a pesar de que aún resulta
imposible, por supuesto, medir el tiempo para situarlos en una escala
cronológica. Dos grandes pioneros de la prehistoria, Édouard Lartet y Henry
Christy, comenzaron a excavar en el amplio abrigo rocoso de la Madeleine, en
Dordoña[94]. Entre la
enorme riqueza de
los restos que exhuman —herramientas de piedra y de hueso, adornos para el
cuerpo, restos humanos—, hay un pequeño objeto que les llama la atención y que
cambiará para siempre el curso de la historia. Se trata de un fragmento de
marfil finamente grabado. Y adivinen qué es lo que se esconde bajo los trazos
que un hombre o una mujer grabó con la ayuda de una herramienta puntiaguda de
sílex: pues sí, es nuestro coloso el que aparece ante los ojos de Lartet, en
una capa estratigráfica bien definida que dará su nombre a la gran civilización
del Paleolítico superior, llamada magdaleniense (entre 18 000
y 14 000 años antes del presente). Las sociedades humanas que entonces poblaban
la región de Périgord cazaban renos, como atestiguan las numerosas osamentas
que cubrían el suelo, y convivían con los mamuts, ya que los representaron. Ésa
era una prueba irrefutable de que esos pueblos habían conocido a un animal
extinto (y de que, por tanto, la humanidad era muy anterior al diluvio, como
todavía sugerían por aquella época los textos bíblicos). Al cabo de varios
años, y tras algunos debates, en ocasiones enconados, el descubrimiento de
pinturas rupestres en la cueva de Altamira, en la región de Cantabria, en el
norte de España, acabó por convencer a los prehistoriadores y al público de que
ese arte tan logrado se remontaba a un período muy antiguo durante el cual las
poblaciones humanas habían conocido el clima, los paisajes y los animales de
una era glacial. Así pues, los humanos cohabitaron con estos colosos
desaparecidos; durante largo
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tiempo, incluso, se los consideró emblema del valor y de la destreza de
nuestros antepasados cazadores, capaces de atacar a los animales más poderosos
y peligrosos de la época. No obstante, la cuestión dista mucho de estar
zanjada, y la pregunta sobre la antigüedad de las primeras cacerías de mamuts
alimenta el debate entre los prehistoriadores. No se puede negar que se
encuentran restos de mamuts en numerosos yacimientos paleolíticos, en concreto
allí donde estos animales eran naturalmente los más numerosos. En el
Paleolítico superior, sobre todo en la Europa central y oriental, y en las
llanuras del norte de Asia, los humanos utilizaban abundantes restos de mamut:
el marfil de los colmillos se aprovechaba para fabricar herramientas, lanzas o
puntas de azagayas, pero también para realizar estatuillas excepcionales o
adornos. Con mucha astucia, las gigantescas osamentas se emplearon para
construir el armazón de cabañas que los nómadas después sólo tenían que cubrir
de pieles para construir con ellas sus hábitats. De estos usos y muchos más se
desprende que entre estos pueblos existía una verdadera economía del mamut, que
generaba una materia prima considerable. Pero nada garantiza que los cazaran, y
también podría ocurrir que obtuvieran dichos recursos de los cadáveres de
animales muertos por causas naturales.
Los primeros
ejemplos verificados de caza del mamut parecen tener lugar en el Paleolítico
superior y son obra del Homo sapiens. Antes de eso, pues, hubo
milenios de coexistencia pacífica entre humanos y mamuts, y
esas primeras cacerías parecen sobre todo estar relacionadas con la explotación
de las innumerables materias primas que ofrece el animal.
Demostrar un
episodio de caza de mamut en el Paleolítico no es precisamente pan comido, y
los arqueólogos deben, como siempre, reunir pruebas deducidas del estudio
minucioso de los restos exhumados —con paciencia— de los sedimentos. Hay un
yacimiento que nos proporciona un caso de estudio óptimo para nuestra
afirmación. Presenta muchas características que lo hacen excepcional, y una de
ellas es su posición geográfica, de lo más inhabitual, ya que el yacimiento de
Yana, en Siberia oriental, se halla a 500 kilómetros al norte del círculo
polar, más allá de los 71º de latitud norte. Nos encontramos en los confines
del Ártico, hace casi 30 000 años. Sí, hace varias decenas de miles de años,
los humanos poseían el saber y el grado de elaboración tecnológica necesarios
para adaptarse a un medio tan extremo y poblar los confines de Siberia, a pesar
de que no es fácil pasar el invierno allí. El arqueólogo ruso Vladimir
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Pitulko ha estado llevando a cabo excavaciones desde 2001 y sus
hallazgos son de lo más singulares[95]. En uno de los
sectores del sitio arqueológico, se ha descubierto una acumulación de más de un
millar de huesos que contenían los restos de al menos 31 mastodontes. Hay
restos de mamuts presentes en otras zonas del yacimiento, pero su proporción es
mucho menor en comparación con los de caballos, bisontes de las estepas y
renos, que son, con diferencia, los que predominan. Las pruebas concordantes
demuestran que la acumulación de huesos de mamuts es resultado de una cacería.
Hay dos escápulas (u omóplatos) atravesadas por armas de caza especialmente
hirientes. Una es una pequeña punta de piedra de menos de 2 centímetros de
largo; otra, un fragmento de punta de marfil a la que se han añadido pequeños
elementos de sílex para que el arma compuesta resulte más letal e hiriente. Los
demás huesos no tienen armas alojadas, pero muestran perforaciones que indican
que han sido atravesados por armas arrojadizas. Además, y de forma casi
exclusiva, los huesos afectados pertenecen a la parte derecha del esqueleto,
cosa que demuestra que los cazadores buscaban alcanzar los órganos vitales.
Para terminar, los arqueozoólogos pudieron determinar que la acumulación daba
clara fe de una selección: los mamuts eran principalmente adultos jóvenes cuya
cruz variaba entre 1,8 y 2,6 metros de altura. Así pues, los cazadores no
habían abatido a las bestias al azar: habían elegido sus presas. Hay otros
ejemplos aún más antiguos que el de Yana, y podríamos citar el descubrimiento
de un joven mamut macho en la desembocadura del río Yeniséi, en el mar de Kara,
de nuevo más allá de los 70º de latitud norte[96]. Descubierto en el
hielo, y por tanto en un estado de conservación privilegiado, este joven adulto
macho murió de heridas infligidas por puntas arrojadizas que alcanzaron la zona
de las costillas y del omóplato. Las dataciones sitúan esta cacería más de
40 000 años antes del presente, en un período en el que no se pensaba que las
sociedades humanas hubieran podido adaptarse todavía a entornos septentrionales
tan difíciles. Además, tal vez esos mastodontes empujaran al hombre a
conquistar el Gran Norte, dada la abundancia de recursos alimentarios que
proporcionaban, recursos que permitían asegurar la supervivencia del grupo
durante un largo tiempo, máxime cuando la conservación en aquellas tierras
heladas resultaba más fácil. Además, los mamuts proporcionaban también huesos
para las construcciones y marfil para las armas de caza y otros objetos.
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Sí, el mamut era un animal comestible y rentable, un animal que
desempeñaba un papel fundamental en la economía de los cazadores del Gran
Norte. Y hay muchas probabilidades de que el calentamiento climático global y
el deshielo del permafrost saquen a la luz nuevos especímenes que habrá que
apresurarse a conservar.
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EL PRIMER DIOS
Dado que pueden, en
cierta medida, dar un sentido a la existencia humana, dado que se cree en ellas
para obtener lo que deseamos y evitar lo que nos asusta, dado que definen un
conjunto de reglas sociales, de prohibiciones y de valores, las religiones constituyen
un punto de referencia para las poblaciones y un elemento fundamental del
funcionamiento de una sociedad. ¿Desde cuándo es así? ¿Cuándo se inventaron y
desde cuándo encontramos pruebas materiales de su surgimiento? ¿Han tenido
siempre una vocación social, como parece ocurrir en nuestros días? ¿Es posible
una arqueología de la religión? Y, si es el caso, ¿cómo conciliar la ciencia de
lo material con la búsqueda de valores profundamente espirituales e ideales?
El arqueólogo
Jean-Paul Demoule[97] recuerda de forma
simple y explícita los elementos necesarios para el funcionamiento de las
religiones, aparte de los fieles que abrazan esas creencias y las practican: en
primer lugar, se necesitan entidades sobrenaturales, que pueden ser una o
muchas, y mediadores o intercesores ante ellas, sean chamanes, magos o
sacerdotes, curas, pastores, popes, imanes, brahmanes, bonzos o druidas.
También se requieren acciones fundadoras del hecho religioso que permitan la
práctica conjunta a los fieles, así como lugares de culto construidos de forma
específica para dicho fin (templo, iglesia, mezquita, sinagoga…) o,
simplemente, entornos naturales a los que conferir un valor sagrado. Durante
los períodos que aquí nos ocupan, tendremos que prestar una atención especial a
las entidades y a los lugares, ya que los demás elementos constitutivos del
hecho religioso pueden no dejar rastro alguno.
A lo largo de los
cientos de miles de años del Paleolítico inferior y medio, apenas hay dónde
hincar el diente. Sí que encontramos de vez en cuando inquietudes no
utilitarias en los neandertales[98] en forma de bloques
de tintes —el manganeso da el negro, y el ocre, toda una paleta de rojos— que
podían aplicarse sobre la piel. También se observan incisiones o trazos
grabados —cuyo sentido desconocemos— sobre cantos, pequeñas
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placas de piedra o fragmentos de hueso. Asimismo, en huesos de rapaces,
hay señales de haber retirado plumas que sin duda se utilizaban para adornarse,
como confirman los accesorios conocidos en el Musteriense ibérico[99] o el
Chatelperroniense de Arcy-sur-Cure o de Quinçay[100]. Y, por último, en
los neandertales se han observado unos gestos funerarios bien documentados en
unas cincuenta sepulturas que se reparten ampliamente desde la fachada oceánica
de Francia hasta Uzbekistán, pasando por el Levante y las montañas de Zagros.
Citemos también el excepcional caso de Bruniquel[101], con su
domesticación del mundo subterráneo, y algunas representaciones probables en
las paredes de las cuevas, que aún suscitan mucha polémica, como el caso de la
almohadilla grabada (el hashtag) de Gorham[102] o las dataciones
obtenidas no hace mucho en las pinturas de las cuevas españolas, las cuales
indican una antigüedad mayor de la que se pensaba. Aunque en su conjunto esos
vestigios arqueológicos revelan comportamientos no prácticos, simbólicos en el
sentido amplio del término, y cierta preocupación por el más allá, aún no
permiten iniciar un debate sobre las posibles religiones de los humanos antes
de los sapiens.
Con el humano
moderno se multiplican los restos arqueológicos de representaciones, y algunas
se volverán más explícitas. Además, sabemos que el surgimiento de nuestra
especie nos coloca ante humanos que debían de poseer un psiquismo y capacidades
cognitivas comparables a las nuestras. Así pues, cabe suponer que podrían haber
intentado resolver cuestiones metafísicas con respecto a su lugar en el mundo
de manera muy parecida a la que mostrarán, más adelante, las sociedades
históricas con vestigios escritos.
El hombre
anatómicamente moderno aparece en África hace entre 200 000 y 300 000 años. En
este período de su desarrollo, en los registros arqueológicos no se anotan
diferencias flagrantes que puedan revelar comportamientos simbólicos, según lo
que conocemos en Europa sobre los neandertales. A partir de más o menos los
100 000 años antes de nuestros días se registra en varios yacimientos la
existencia de elementos decorativos. Alrededor de hace 75 000 años, en varios
yacimientos sudafricanos se multiplican dichos elementos, entre ellos conchas
perforadas y motivos abstractos grabados en bloques de ocre o en huevos de
avestruz que debían de servir como recipientes de agua. En este estadio aún no
contamos con representaciones gráficas figurativas, las cuales
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aparecerán por primera vez en la cueva Chauvet, hace más o menos 36 000
años. La rapidez del desarrollo cronológico demuestra que no hay un vínculo
directo entre la anatomía moderna y el hecho de representar, de forma duradera
y perenne, elementos figurados.
Volvámonos ahora a
Europa, donde esas pinturas se desarrollan al principio del Paleolítico
superior y, siguiendo códigos estrictos, continúan haciéndose durante casi 25
milenios. Europa no es un caso único, y recientemente se han documentado
pinturas igual de antiguas, e incluso un poco más, en Indonesia, en la isla de
Sulawesi[103], cerca de Borneo.
Así pues, en Europa, el surgimiento del arte figurativo tiene lugar más o menos
tras el contacto de los humanos modernos recién llegados con los autóctonos
neandertales, y aparece en todas las primeras culturas europeas de sapiens tan
sólo varios milenios después. Quizá este desfase venga explicado, como propone
nuestro compañero Jacques Jaubert[104], por el tiempo que
necesitaron las sociedades pioneras de Homo sapiens que
entraron en Europa para apropiarse del mundo subterráneo, que no les era
familiar (todo lo contrario) cuando se asentaron en África o, más adelante, en
Oriente Medio.
Una compilación
sintética del arte del Paleolítico superior de Europa occidental[105] demuestra que, a
pesar de las variaciones temáticas y estilísticas, comprensibles teniendo en
cuenta que su extensión cronológica ronda los 25 milenios, es el resultado de
sólidas tradiciones fuertemente ancladas y perpetuadas a lo largo de dicho
período. No olvidemos que nos hallamos ante la tradición artística más larga de
la historia del arte. Hay temas que destacan enseguida y, teniendo en cuenta a
muchos autores que se han ocupado de hacer la síntesis (sobre todo, Henri
Breuil y André Leroi-Gourhan, y Michel Lorblanchet, Randall White, Emmanuel Guy
o François Bon[106] con obras más
recientes y fácilmente accesibles), se podrían resumir de la siguiente forma,
siguiendo cierto orden cronológico de aparición: encontramos representaciones
parietales de animales, con frecuencia desprovistas de todo contexto narrativo,
a veces en solitario y la mayor parte reunidas en vastos frescos, y que pueden
ir acompañadas de signos abstractos; representaciones femeninas, a menudo
reducidas a su expresión sexual; manos en negativo o positivo estampadas en las
paredes de las cuevas, y arte mueble, a menudo esculpido en colmillos de marfil
cuyos personajes preferidos son las
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famosas venus, figuraciones femeninas estilizadas que acentúan las
características sexuales, y miniaturas de animales que recuerdan a las pintadas
en las paredes.
Los animales
cuentan con una presencia constante en el arte del Paleolítico superior; la
mayoría de las veces se hallan representados sin contexto narrativo y con
atributos específicos que aseguran su reconocimiento formal e inmediato. Desde
principios del siglo XX, las interpretaciones del arte paleolítico se ven
fuertemente influidas por su presencia masiva, y de ese modo distinguía el abad
Breuil, apodado el Papa de la Prehistoria, el estetismo de ese arte, pintado
por verdaderos artistas, y su utilidad para el éxito de la caza. Es decir, que
a sus ojos se trataba de una práctica mágica, expresión de creencias y lenguaje
de una forma de religión para esos pueblos de cazadores. Además, esos animales
no se hallan nunca contextualizados en su ecología: encontramos miles de
imágenes de éstos, pero nunca de plantas ni de paisajes. Sin duda puede
observarse cierto animismo en los hombres de entonces, que se perciben como una
entidad animal entre otras y que, al representarlas, quizá se refieran a sí
mismos…
En un ensayo
reciente[107], Emmanuel Guy,
historiador del arte especialista en el Paleolítico, insiste en el naturalismo
del arte de ese período, que él considera un arte de imitación, cosa que
dotaría a dicho fenómeno de una esencia política, ya que, como él mismo
escribe, «la imitación pertenece al ámbito del prodigio y, por lo tanto, del
prestigio». El autor consolida esta interpretación tan personal, que yo
suscribo de buen grado, cuando precisa que, en la historia de la pintura
occidental, la imitación siempre ha tenido vocación de glorificar el poder, sea
religioso o político —pues uno no puede existir sin el otro—, dado que muy a
menudo lo sagrado fundamenta la legitimidad de las élites sociales. Y el autor
insiste, porque, según él, lo que tenemos en las paredes de las cuevas es un
sistema heráldico que apoya «la existencia probable de una nobleza preocupada
por hacer valer sus prerrogativas sagradas».
Otro famoso ejemplo
que seguimos con mucho gusto para afirmar el aspecto religioso del arte
paleolítico es el de las famosas venus, las figuraciones femeninas
desperdigadas desde el Atlántico hasta Ucrania durante la cultura gravetiense,
con mayor frecuencia esculpidas que pintadas o grabadas, y cuya exageración de
las características sexuales se ha percibido mayoritariamente como un modo de
remitir a la fertilidad y la
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fecundidad. Jean-Paul Demoule subraya que también se deja ver la
sexualidad femenina desde un punto de vista masculino, quizá para comprenderla
y controlarla. ¿Será posible que veamos ahí los albores de algo que se
expresará con frecuencia en los sistemas históricos religiosos, «marcados por
una obsesión por controlar la sexualidad (femenina) y los temores que inspira»[108]? Más adelante, esa
obsesión de las grandes religiones monoteístas con respecto a las prácticas
sexuales vendrá marcada a la vez por el estatus de los personajes santos en los
textos sagrados (pensemos, por ejemplo, en la Virgen María), y por el ascetismo
al que deben someterse los intercesores de la palabra divina.
De ahí a establecer
un paralelismo estricto entre las religiones de la prehistoria y las de las
sociedades estatales ulteriores hay un paso que me cuidaré muy mucho de dar. No
obstante, estamos muy lejos de la imagen de esos cazadoresrecolectores que vagan
sin consciencia por su jardín del Edén. No es la imagen que nos dejan las
sociedades del Paleolítico superior, con estructuras técnicas y económicas,
pero también políticas y religiosas, y de esa forma modeladas por rituales y
mitos que nos imaginamos muy codificados. Mitos que señalaron, durante aquellos
25 milenios y pico, la diferencia de estatus entre diversos individuos a través
de una forma de permanencia tanto en sus códigos gráficos y estéticos como en
los valores que subyacen en ellos.
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LA PRIMERA PINTURA
En la desembocadura
de un meandro del cañón que surcaba las profundidades del sustrato calcáreo,
vieron lo más hermoso que puede hacer el agua cuando arremete contra la roca de
forma progresiva. El arco de piedra blanquecino que había ante ellos parecía flotar
entre el azul del cielo y el del río, como suspendido en el tiempo infinito de
su creación y en el espacio topográfico que lo hacía posible. Aquel día
únicamente lo contemplaban dos seres. Hacía poco que se habían instalado con el
grupo no lejos de allí, en el valle mediano del tempestuoso Ródano, que une las
orillas mediterráneas con la Europa septentrional, y llevaban unos días
explorando las regiones más occidentales y accidentadas de las sierras del
Macizo Central. Tras salir de la cueva Mandrin, donde residían, habían bordeado
el río en dirección sur antes de encontrar, a la altura de Pont-Saint-Esprit,
un paso para vadearlo; desde el día anterior, remontaban el alegre río que
ahora lleva el nombre de Ardèche. A partir de Saint-Martin-d’Ardèche, se
adentraron en las gargantas, cada vez más profundas. Desde arriba habían
observado la presencia de numerosas cuevas y habían explorado algunas, pues
sentían que la región les sería favorable y que allí podrían resguardarse mejor
de aquel recio viento del norte que soplaba en Mandrin, en pleno corazón de la
cuenca del Ródano. Seguramente allí encontrarían todos los recursos necesarios,
dado que la zona de Ardèche atraía numerosas presas. Habían hecho un primer
alto para pasar la noche en Baume d’Oulen, una amplia cueva situada a media
altura entre el río y las mesetas calcáreas. Alrededor de un fuego, habían
reparado algunas azagayas dañadas durante la persecución de un reno. Aquel día,
al reanudar la marcha, no podían ni imaginarse que, unas horas después, se
encontrarían contemplando un arco de piedra, una curiosidad geológica debida al
río, que, al atravesar la roca caliza, había formado un arco de unos sesenta
metros bajo el cual discurría apaciblemente uno de sus meandros. Tras pasar
largos minutos mirándolo, decidieron subir a la
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meseta para ver el contorno del arco desde arriba. En un recodo del
sendero, la entrada de una cueva parecida a un balcón encima del puente
calcáreo atrajo su mirada. Entraron en ella pisándose los talones; muy pronto
la oscuridad fue completa. Lo que descubrieron poco a poco también los subyugó;
tras haber cruzado una primera sala, fueron a parar a una segunda, más amplia,
separada de la anterior por una cortina de estalagmitas. Parecida a un
anfiteatro por su circularidad, estaba llena de cubiles y de osamentas de osos
que habían prolongado su sueño para toda la eternidad y descansaban en aquel
magnífico paisaje subterráneo. La mujer tomó uno de los cráneos y lo dejó sobre
un bloque de piedra que se convirtió en un altar para siempre.
La calcita era
blanca o ligeramente púrpura, y a veces emitía algún destello. Las estalactitas
y las estalagmitas conferían un aspecto lunar al entorno. Se acercaron a las
paredes y comprobaron su frescura; aún arcillosas, permitían dibujar
directamente con el dedo. Subidos a una protuberancia, el hombre y la mujer se
pusieron a trazar algunos dibujos, y los dedos de la mujer esbozaron los
contornos de un mamut. Tras retroceder algunos pasos, a ella le llamó la
atención el contraste que se daba entre los trazos de sus dedos sobre aquella
pared grasa; miró al hombre y le dijo que tenían que volver, seguro, y que
habrían de pertrecharse con sus útiles de pintura. Quería ver el resplandor del
negro del carbón sobre aquellas paredes blancas.
Al cabo de unos
meses, esos dos individuos y su grupo, convertidos en habituales de los cañones
de la región de Ardèche, regresarían a la cueva que había en lo alto del Pont
d’Arc y pintarían lo que hoy en día consideramos los lienzos más antiguos, y
ciertamente unos de los más hermosos de pintura rupestre…
Esta breve
introducción ficticia, aunque plausible, no contiene verdad científica, pero da
una idea bastante aproximada del contexto de elaboración de los frescos de la
cueva Chauvet. El arte rupestre del Paleolítico superior, en concreto sus
célebres pinturas pero también sus grabados, son fruto de unas reglas
colectivas que saltan a la vista cuando se consideran las convenciones
compartidas en la expresión de estas representaciones durante más de 25 000
años, desde Chauvet y el Auriñaciense hasta el fin del Magdaleniense. En este
sentido, como ya decía André Leroi-Gourhan[109] en los años
sesenta, se considera que
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constituyen el apoyo gráfico de un pensamiento organizado cuya
inspiración mitológica no deja lugar a dudas.
Si bien los
animales constituyen el rasgo distintivo y característico de este arte, las
figuraciones no representan una imagen real del medio frecuentado por los
humanos: en el arte del Paleolítico superior no hay ni plantas ni paisajes,
sino humanos evanescentes y tan esquemáticos cuando están presentes que apenas
se los identifica como tales. En esos 25 000 años de historia del arte
paleolítico, sólo se representan unas quince especies animales principales. A
la cabeza del bestiario se halla la pareja caballo-bovino, seguida, dependiendo
del período, de los íbices, los mamuts, los rinocerontes, los leones y los
osos. La influencia del entorno que los rodea se intuye fácilmente gracias a la
presencia de mamíferos marinos en las cuevas situadas cerca de la costa,
mientras que estos cetáceos brillan por su ausencia en las paredes de las
tierras del interior. Otra característica que unifica esas expresiones gráficas
es la falta de todo contexto de narración, con escasas excepciones. Se
representa al animal por y para sí, claramente en función del símbolo que
transmite. Aunque a veces la figura aparece en movimiento, nunca o casi nunca
se halla en un contexto narrativo con otros sujetos. Para Emmanuel Guy[110], de quien tomo la
enumeración de sus características generales, en la figuración rupestre de los
animales en el Paleolítico superior se da una supremacía de la función
significante, y los elementos anatómicos que aparecen contribuyen a privilegiar
el reconocimiento inmediato de la especie: de esta forma, se exageran algunos
detalles anatómicos para facilitar el reconocimiento del sujeto representado.
Otra característica
que impera en este arte tiene que ver con la «fijeza temática y formal de estos
dibujos»[111]. Según Emmanuel
Guy, la codificación estilística y temática aseguraría la inteligibilidad de
esos signos a los ojos de todos; de esta forma, se pondrían al servicio de los
intereses (políticos, económicos) a los que apoyaran. Por último, no podemos
dejar de mencionar que la calidad gráfica y el respeto a los códigos implican
la existencia de especialistas y de verdaderas escuelas de arte para
formar a los futuros dibujantes.
Así pues, el arte
estructura las sociedades europeas del Paleolítico superior, sirve de símbolo
codificado, transmite mitos e implica reconocer la existencia de verdaderos
especialistas y de procesos activos de aprendizaje y de transmisión. El arte
del que hablamos aquí queda muy
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lejos de nuestra definición moderna, basada en una economía mercantil y
la visibilidad de las obras. ¡Cuesta imaginar a los pintores de Chauvet
organizando una inauguración para presentar sus obras! Pero sería igual de
simplificador reducir el arte a su definición contemporánea, ya que nunca ha
respondido de forma universal a una función específica y definida. El arte se
dirige a los sentidos, a las emociones y al intelecto y, como decía Marcel
Mauss[112], uno de los
fundadores de la etnología francesa, es crucial que la sociedad lo reconozca
como tal. Y, dados los códigos que hemos enumerado para el Paleolítico
superior, no dudamos de que todos reconocían el valor significativo de aquellas
manifestaciones artísticas.
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LA PRIMERA
ESCULTURA
Podemos definir la
escultura como un arte que crea formas en volumen según técnicas muy diversas:
bulto redondo, alto o bajo relieve, modelado, talla directa sobre roca,
soldadura o reunión de varias partes en un todo. Esculpir es tallar o extraer
partes de una piedra, como sugiere la etimología latina sculpere,
que da cuenta de la importancia de la estatuaria en la civilización romana.
Vamos a empezar apartándonos de nuestro objetivo declarado, es decir, la
actividad artística, para remontarnos a los orígenes de este proceso,
necesariamente creativo, que presenció cómo los humanos modificaban materiales
naturales para crear una forma, un objeto. Así, y antes de proseguir nuestra
peregrinación hacia otras creaciones, voy a hablarles de un objeto de la prehistoria,
un objeto técnico, pero algo más que eso… De hecho, les propongo que adivinen
de qué objeto se trata, pues ahora mismo cuentan con toda la información que
les permite encontrar la respuesta correcta: «Soy un instrumento de piedra
tallada, característico de los períodos antiguos de la prehistoria, ya que
aparezco por primera vez hace casi 1,7 millones de años en África, antes de
seguir mi desarrollo durante centenares de miles de años en determinadas
regiones del mundo, en concreto en Europa occidental. Se me fabrica trabajando
de forma progresiva un bloque de materia prima mineral, desgajando lascas para,
poco a poco, extraer un volumen de dos caras. A menudo simétrico, con una punta
a un lado y una base redondeada al otro, soy el…».
¡El bifaz,
naturalmente! Ésta es la primera escultura realizada por las manos del hombre,
aunque se trate de una realidad a menudo negada, dado que la atribución del
objeto a la técnica le arrebata lo que es en el fondo, en el plano conceptual.
El bifaz, considerado principalmente un objeto técnico, y no tanto una creación
artística, es sin duda alguna una forma esculpida, un bloque de piedra modelado
quitándole materia. El bifaz, eminentemente funcional y usado en tareas
diversas, refleja también la
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artificialización del medio, la marca del hombre que inventa la simetría
y crea una nueva forma, cosa que varios prehistoriadores, entre ellos
Jean-Marie Le Tensorer[113], —por citar sólo a
uno de los dos que dejarán su huella en esta idea—, han subrayado al evocar la
vocación estética del bifaz.
Abandonemos el
bifaz a su destino plurimilenario, dejemos que vaya mudando durante cientos de
miles de años y sumerjámonos en un nuevo ejemplo escultórico que, a buen
seguro, encontrarán ustedes más apropiado que el del bifaz, aunque este último
nos haya permitido abrir otra ventana perceptiva.
La escultura
elegida, ya lo verán, es fascinante, tanto por las condiciones de su
descubrimiento como por lo que nos revela del espíritu de los hombres de la
prehistoria. Síganme: nos dirigimos a una región llena de cuevas en el suroeste
de Alemania, en el Jura suabo. Yo los guiaré porque he tenido la suerte de
visitar todas esas cuevas e incluso de dar en ellas algunos de mis primeros
pasos como investigador, ya que los yacimientos arqueológicos suabos fueron la
base documental para mi tesis doctoral, a principios de los años 2000. ¡Una
primera vez más!
Situado al sur de
Stuttgart, el Jura suabo es una pequeña cadena montañosa que se extiende a unos
200 kilómetros en un eje sureste-noroeste y cuyas mesetas calcáreas culminan a
apenas 1 000 metros por encima del nivel del mar. El agua y el elemento calcáreo
han interactuado allí durante millones de años, y la región se caracteriza por
sus numerosas grutas y abrigos, ocupados en numerosas ocasiones por
neandertales del Paleolítico medio y humanos modernos del Paleolítico superior.
De todas estas cavidades, entraremos en la de Hohlenstein, literalmente «roca
agujereada», ubicada en la localidad de Stadel, a unos 25 kilómetros de la
ciudad de Ulm. En 1861 la descubre el paleontólogo Oscar Fraas, que lleva a
cabo las primeras exploraciones[114]. En los años
treinta, una vez reconocida la antigüedad del hombre prehistórico y de sus
hazañas, el arqueólogo Robert Wetzel dirige las primeras excavaciones
científicas y saca a la luz las ocupaciones humanas durante el Paleolítico
medio y varios episodios del Paleolítico superior[115]. El episodio que
nos interesa corresponde a los auriñacienses, los primeros Homo sapiens que
desembarcaron en Europa, hace más o menos 45 000 años. Dejaron múltiples
vestigios en el Jura suabo y, en concreto, pruebas de logros artísticos que se
encuentran entre los más antiguos del mundo.
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Poco antes del principio de la Segunda Guerra Mundial, se descubren en
la parte trasera de esta cueva, de unos cuarenta metros de profundidad, unos
fragmentos labrados de marfil que procedían de colmillos de mamut. A pesar de
que los descubridores presienten que pertenece a una estatuilla, no prestan más
atención al asunto y los fragmentos se reúnen, con el resto de las colecciones
de ese yacimiento, en el museo de Ulm. Habrá que esperar al final de los años
sesenta para que el joven prehistoriador Joachim Hahn, que se convertiría en
una eminencia de la prehistoria europea, emprenda la tarea de inventariarlos y
establezca formalmente que algunos de esos pequeños fragmentos labrados en
marfil son una representación figurativa[116]. Con la ayuda de
dos compañeros, se pone manos a la obra y de esas manos, de su atención y de su
perspicacia, emergerá una de las figuraciones más famosas de la humanidad. La
empresa no debió de ser coser y cantar, porque el marfil tiende a partirse en láminas.
No obstante, a
fuerza de trabajo, una figura toma forma. De modo progresivo, los fragmentos de
marfil quedan ordenados y dan vida a lo que parece el cuerpo de un humano en
postura erguida, con un tronco y dos piernas. La cabeza está presente, pero de
forma muy incompleta, y los detalles de la forma y la posición de la oreja
izquierda recuerdan más a un oso o un león… Durante más de una década, otros
investigadores se aventuran en el asunto y poco a poco se reúnen nuevos trozos
de marfil. A mediados de los años ochenta, se efectúa una primera restauración
y, en ese momento, las cosas se aclaran: estamos ante un teriántropo, un ser
medio humano, medio animal, que ilustra quizá la transformación de uno en otro,
un cuerpo de hombre con cabeza de león.
Hace poco se han
reanudado las excavaciones en Hohlenstein, gracias a las cuales se han podido
encontrar restos tanto del nivel arqueológico auriñaciense, del que procede la
estatuilla, como también de los escombros de las antiguas excavaciones de los
años treinta[117]. Estas últimas son
especialmente interesantes, ya que en aquella época los sedimentos no se
tamizaban, como sí se hace hoy en día, y por tanto no se pudieron recuperar
muchos restos de pequeñas dimensiones. Así pues, se descubrieron nuevos
fragmentos de marfil, 68 en total, que se añadieron a la reconstrucción. El
hombre-león, pues se trata, en efecto, de un varón, mide 31,1 centímetros de
altura, cosa que lo convierte en la estatuilla paleolítica más grande que se
conoce hasta el momento. Está de pie, con
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los brazos estirados a lo largo del cuerpo. La parte superior del
cuerpo, la cabeza y las patas delanteras recuerdan a un león, mientras que la
parte inferior es humana, con la representación de detalles anatómicos, como el
ombligo, la morfología de las rodillas y unos tobillos y talones especialmente
realistas, mientras que otros son mucho más esquemáticos, como las piernas o
los pies. Se apoya en los dedos del pie, cosa que parece indicar una postura de
movimiento o de salto.
En la parte
izquierda de la figurilla hay elementos de decoración o de ornamentación, y los
investigadores se preguntan si el escultor o la escultora quisieron insistir en
el carácter vital de esta parte del cuerpo, donde reside el corazón. Se
observan muescas que recuerdan tatuajes o cicatrices decorativas, así como
líneas paralelas parecidas a arañazos.
¿Qué sentido tiene
atribuir a esta figurita que representa a una criatura mitad hombre, mitad león
de las cavernas, en el contexto del principio del Paleolítico superior y de la
cultura auriñaciense, uno de los primeros episodios de asentamiento en Europa
por parte de los humanos modernos? Esta cabeza de león no es un elemento
aislado en dicho lapso cronológico, y el fresco de los leones de Chauvet
representa felinos de cara muy parecida a la de nuestra estatuilla. El
Auriñaciense, de hecho, supone la consagración de las artes figurativas en el
territorio europeo con sus cuevas pintadas, de las que Chauvet es la prueba
emblemática. También encontramos grabados profundos sobre bloques que con
frecuencia representan símbolos sexuales, incluso otras estatuillas animales de
marfil, de nuevo descubiertas en el Jura suabo, que nos dejan ver bisontes,
mamuts, caballos y leones, animales fuertes, poderosos, hasta peligrosos, tal
como había señalado Joachim Hahn, quien comprendió que tras aquellos fragmentos
de marfil se escondía una representación.
Captar lo que los
auriñacienses quisieron transmitir a través de ese hombre-león está fuera de
nuestro alcance, salvo que aceptemos el juego de las hipótesis. Lo que yo
personalmente veo en esta primera figuración humana masculina es, en primer
lugar, la ausencia de fronteras fijas entre lo humano y lo no humano. ¿Se puede
ver en él a un héroe auriñaciense disfrazado de león para adquirir la fuerza y
la potencia salvaje de ese felino? Como un prototipo de Hércules, el
hombre-león sería a la vez un protector, un medio para conjurar riesgos de la
caza y una forma de negociar con la potencia de las fuerzas naturales,
omnipresentes y dotadas ellas mismas de espíritu[118]. Lo más probable
es que las sociedades del
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Paleolítico superior, con toda seguridad bajo el influjo del animismo,
se consideraran parte de un todo que las superaba y en cuyo seno no debía de
existir ningún límite claro entre humanos y no humanos. Esta primera
representación, mezcla de hombre y león, viene a fusionar los destinos de dos
especies que, no obstante, ponían bastante cuidado en evitarse. Los humanos no
consumían leones de caverna, que, si bien no eran un alimento para el estómago,
sí lo eran para el espíritu. Como dice el prehistoriador Marcel Otte[119], en la relación
entre humanidad y bestialidad aterradora, esta última se ve doblemente vencida:
primero, por el dominio que supone su representación y, en segundo lugar, por
su integración con la figura humana. Así pues, la estatuaria nació hace más de 35 000
años y, de entrada, un poco a la imagen de las pinturas de Chauvet, se nos
presenta formada al completo tanto en su pericia técnica como, sobre todo, en
su factura estética. Pero, más aún que el talento de los escultores, que sin
duda revela verdaderos especialistas, lo que nos deja ver e imaginar son mitos.
¿Y qué decir del linaje de esculturas que se perpetúan a lo largo del
Paleolítico superior, cuyo caso más emblemático son sin duda las venus,
figuraciones femeninas estilizadas con formas evocadoras de la fecundidad que
emergen a lo largo del Gravetiense en toda Europa, desde las riberas atlánticas
hasta los márgenes del Don, en Rusia, hace más o menos 28 000 años? ¿Cómo no
ver tras sus siluetas el reconocimiento de un mito común que unificaba a las
sociedades del Paleolítico superior en inmensos territorios, a mujeres y
hombres a varios miles de kilómetros de distancia que, con seguridad, nunca se
habían cruzado y, sin embargo, compartían signos análogos? Una historia de
hombres, de mujeres y de niños, una historia de redes sociales y una necesidad
de emanciparse de la realidad para extraer de las fuerzas creativas la esencia
misma de la vida.
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EL PRIMER JEFE
¿Qué necesidad
tenemos de evocar la figura del jefe al pensar en los
cazadores-recolectores-agricultores del Paleolítico? Los elementos de
respuesta, ya lo verán, no son unívocos y la cuestión merece de sobra
plantearse. Para responder, hemos de dar un largo rodeo por la organización
social de los humanos del Paleolítico. Durante mucho tiempo no se debatió sobre
esa dimensión, pues carecíamos de los materiales para hacerlo. A continuación,
en los años sesenta y setenta, los avances en este campo no vendrán de la
arqueología, sino de la antropología social anglosajona. Siguiendo una
perspectiva marxista, el antropólogo estadounidense Marshall Sahlins publicó,
en 1972, una obra de referencia sobre la economía de las sociedades
cazadoras-recolectoras[120], en la que
demuestra que estas economías calificadas de primitivas estaban
lejos de ser sociedades pobres, en el sentido de que producían tanto como
necesitaban; así pues, nada escaseaba, ya que se generaba y se consumía
únicamente lo necesario. Al cabo de unos años, el etnólogo francés Alain
Testart[121] publicó una visión
diametralmente opuesta. Probaba que, si bien algunas de estas sociedades eran
igualitarias, y no tenían jefes, almacenamiento ni propiedad individual, en
otras, por el contrario, sobre todo en los entornos ricos en recursos,
surgieron minorías que se apropiaban de los bienes y los explotaban en
detrimento de los demás. Como resume con mucho acierto Emmanuel Guy[122], de quien tomo
gran número de elementos en este capítulo, en las primeras funcionaba un
comunismo primitivo y en las segundas un capitalismo primitivo. En los medios
pobres, como el de los inuits del Ártico, los bosquimanos del Kalahari o los
aborígenes de Australia central, la movilidad es el germen de la organización
económica y social, y desplazarse es una obligación directamente relacionada
con la ciclicidad de los recursos y su escasez periódica. Por el contrario, en
los entornos ricos, las sociedades pueden reducir su movilidad y crear
almacenamientos que algunos miembros del
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grupo podrán entonces acaparar en detrimento de los demás. Al hacer
esto, es posible que se desarrollen formas de sedentarismo sin que haya, como
se ha creído con frecuencia, una producción de alimentos a través de la
agricultura o la ganadería. Ahí entra el famoso ejemplo desarrollado por
Testart sobre los cazadores-recolectores-almacenadores de la costa del noroeste
de América o de ciertas regiones siberianas. Así pues, lo que conduciría al
enriquecimiento personal y a la toma de poder en estas sociedades de
cazadores-recolectores-agricultores es el almacenamiento, tal y como se produjo
en las sociedades agrícolas sedentarizadas a lo largo del proceso de
neolitización que tuvo lugar en el milenio X a. n. e. en Oriente Próximo,
antes de desarrollarse en Europa entre los milenios VII y
V.
Demostrar el acopio
en el Paleolítico no es tarea fácil[123]. En consecuencia,
nos concentraremos de forma exclusiva en el Paleolítico superior, pues la
documentación arqueológica, más rica y diversificada de lo que es para los
períodos precedentes del período medio, permite iniciar el debate.
La cuestión del
almacenaje de los recursos alimentarios nos hace volvernos hacia los
arqueozoólogos, especialistas que estudian los restos óseos animales
encontrados en contextos arqueológicos para deducir de ellos los
comportamientos de subsistencia de los humanos. En ciertos momentos del
Paleolítico medio, y a lo largo de todo el superior, los cazadores-recolectores
de Eurasia vivieron en un entorno hoy desaparecido, una estepa con mamuts que
entonces quizá se extendía por toda una franja del hemisferio norte, desde la
cuenca parisina hasta el este siberiano. Más al sur, el entorno, a pesar de ser
un poco menos frío y propicio a los mamuts, es favorable para el desarrollo de
ganado de otras especies de herbívoros: renos, caballos y bisontes. Durante el
período glaciar en el que se inscribe el Paleolítico superior, no hay que
imaginarse que la Tierra es un desierto de hielo, como es a menudo el caso en
nuestras representaciones. Los cazadores se repartían entonces por un entorno
de tundra o estepa que se caracterizaba por temperaturas más frías que las que
conocemos actualmente, sí, pero también por una exposición al sol mucho mayor
que contribuía al desarrollo de recursos vegetales y herbosos importantes,
fundamentales para la subsistencia de las grandes manadas de herbívoros que
proliferaban en aquella época. En ese ecosistema
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desaparecido, la megafauna (animales de más de 40 kilos) gozaba de gran
desarrollo: manadas de renos, de caballos, de bisontes, de mamuts en algunas
regiones, pero también de animales más atípicos, como el buey almizclero o el
antílope saiga. En ciertas regiones de Europa de relieve accidentado, coexistía
una gran variedad de ecosistemas y, durante ciertas alternancias climáticas,
podían salir a la luz entornos en mosaico. De este modo, a medida que se
alejaban de las zonas en las que el suelo permanecía congelado una gran parte
del año, se enriquecían tanto el medio como los recursos.
Si nos basamos en
los restos faunísticos, son pocos los datos a partir de los cuales podemos
determinar a ciencia cierta las prácticas de almacenamiento en el Paleolítico
superior. En ciertos momentos, la identificación de ricos y gruesos estratos
arqueológicos de hábitat, que guardaban en su seno miles de restos de piedra,
de hueso y de elementos simbólicos, apuntan a lugares de reunión entre
comunidades diferentes, lugares en los que, en ciertos casos, se sacrificaba un
número importante de animales, precisamente en un momento del año en el que los
humanos sabían que éstos se reunían para su reproducción. Por lo tanto, cabe
pensar que esas cacerías masivas daban pie a cierto tipo de
almacenamiento, pero en arqueología prehistórica nos vemos obligados a ceñirnos
a la incertidumbre que rodea la relación entre, por una parte, el grosor de la
capa arqueológica y su riqueza en restos y, por otra parte, el número de
ocupaciones humanas que representa. En efecto, un estrato arqueológico puede
ser el resultado de ocupaciones repetidas por un mismo grupo cultural que acude
cada año en la misma estación al mismo lugar por razones parecidas.
En determinados
casos, los arqueozoólogos han observado en la superficie de los huesos marcas
de corte producidas por herramientas de sílex, cosa que sugeriría la extracción
de pedazos de carne, tras lo cual cabe imaginar que ésta se secaba y quizá se
almacenaba. Sin olvidar otro método de conservación, que no deja rastro y en el
que no se piensa de modo sistemático, a saber: la congelación, dado que el
suelo podía permanecer helado seis de los doce meses del año. Ante nuestra
pregunta sobre la posibilidad de que se almacenara carne para su posterior
consumo, la arqueozoología no da una respuesta unívoca. Algunos contextos, en
determinados momentos, ofrecen indicadores favorables, pero es
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imposible basarse en ellos para confirmar dicha práctica y generalizarla
a todos los cazadores-recolectores del Paleolítico superior.
Sin embargo,
gracias a algunos descubrimientos excepcionales podemos aventurar la hipótesis
de que ciertas sociedades del Paleolítico superior eran sedentarias. Las
construcciones a base de osamentas y de colmillos de mamuts, bien conocidas en
el Gravetiense de Europa central y oriental, son un gran ejemplo que demuestra
que al menos ciertos grupos, en determinados lugares y dentro de una
temporalidad concreta, se establecían de forma más permanente, hecho que sentó
las bases de un modo de vida semisedentario. Por esta razón, y como ya ha
demostrado la antropología social, parece que los cazadores-recolectores del
Paleolítico no respondían por igual a formas de movilidad ni a estructuraciones
socioeconómicas en todas partes y en todas las épocas.
Como se ve a través
de estos ejemplos, la existencia del primer jefe descansa, evidentemente, en
pruebas indirectas relativas a la organización económica de las sociedades de
la prehistoria: el control de los recursos alimentarios y el posible almacenamiento
de alimentos, así como la implantación territorial en el espacio gracias a las
cabañas de hueso de mamut en Europa central y oriental, que revelan las
primeras formas de semisedentarismo.
Hay otras pruebas
que pueden apoyar nuestras hipótesis sobre el grado de estructuración
socioeconómico del Paleolítico superior. Se puede hablar de las herramientas,
en el sentido más amplio del término, ya que cuestionan la idea de cierta
segmentación de la sociedad en función de las tareas que cada uno podía
desempeñar. Las cosas cambian desde el principio del Paleolítico superior
europeo, un cambio que las pinturas de Chauvet, de hace 36 000 años, ilustran a
las mil maravillas. La seguridad en el trazo y el impresionante naturalismo de
las especies naturales representadas, identificables al primer vistazo, obligan
a ver en ellas la obra de individuos concretos, ya que no cabe imaginar que
todo el grupo fuera capaz de realizar tales hazañas.
En mi opinión, lo
mismo ocurre con las producciones técnicas con fines domésticos o cinegéticos.
Desde el Auriñaciense, se privilegió la producción de grandes hojas y, en los
lugares donde se disponía de sílex de excelente calidad en forma de grandes bloques,
algunos talladores desarrollaron una excelencia técnica y se las ingeniaban
para crear hojas gigantescas que podían sobrepasar tranquilamente los 30
centímetros de
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largo por más de 6 centímetros de ancho y un grosor constante.
Seguramente estas cifras no les digan nada, pero créanme: ni siquiera los
mejores talladores que hoy en día trabajan en experimentos científicos
consiguen rivalizar, aun después de 30 años de práctica asidua, con aquellos
otros. Se trata de un ejemplo ilustrativo, pero, como señala el prehistoriador
Jacques Pelegrin[124], uno de los
especialistas que más luz ha arrojado sobre la práctica moderna de la talla de
rocas duras, puede que se trate de expertos capaces de proezas técnicas y no de
especialistas, quienes, como tales, se beneficiarían de un estatus económico y
social valorado. Esta hipótesis se apoya en el número limitado de piezas
conocidas y en el hecho de que no parecen presentar una vocación económica,
como debería ser el caso si fueran el resultado de una verdadera
especialización artesanal, como la que aparece en el Neolítico, con la
existencia de vendedores ambulantes de hojas de sílex amarillo o de obsidiana,
cristal volcánico que se encuentra a larguísimas distancias de los talleres de
producción. Otras corrientes de la arqueología que aborda el Paleolítico
superior permiten sin embargo hablar de la existencia de verdaderos
especialistas. Ya en aquel entonces y desde su auge, hace 40 000 años, existían
esferas de actividades que parecían diferenciarse unas de otras y, entre ellas,
el terreno de la caza desempeñó un papel único. A partir del Chatelperroniense,
alrededor de entre 45 000 y 42 000 años antes del presente, y más aún en el
Auriñaciense, las producciones técnicas reservadas a la confección de equipos
de caza se precisaron y se les dedicaron cadenas operativas específicas. Las
herramientas se especializaron, tanto las que se empleaban para la caza como
otras necesarias para el trabajo de la piel. Así las cosas, cabe preguntarse,
como plantea François Bon en el caso específico del Auriñaciense, si dicha especialización
de las herramientas no supone una individuación de los actores que las
producían y las usaban. Teniendo en cuenta lo que comprendemos de las
tecnologías del Paleolítico medio, las que se desarrollan durante el
Paleolítico superior, e incluso lo estructuran, cabe decir que proceden de una
lógica en la que las intenciones técnicas y funcionales se interpretan con
mayor claridad. Las armas eran producciones aparte, y lo seguirían siendo a lo
largo del Paleolítico superior y aún más en el Mesolítico, cuando la tendencia
microlítica llegaría a su paroxismo, en correlación con la invención del arco.
Esta evolución progresiva, entre 45 000 y 10 000 años antes del presente,
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traduce el auge de equipamientos especializados que poco a poco hicieron
posible una cacería más individual, opuesta al colectivismo necesario del
Paleolítico medio, cuando las herramientas de caza, al ser menos elaboradas,
requerían una gran cooperación de los individuos. Por esta razón, Alain Testart[125] ha demostrado que
en numerosas comunidades de cazadores-recolectores existía un vínculo entre el
carácter más o menos colectivo de la caza y la cuestión de las reglas aplicadas
a la distribución de su producto. Cuanto más colectiva es la caza, más legitimado
se encuentra el cazador para ser el garante de la redistribución de la presa,
tendencia que se volverá más apremiante y manifiesta con la invención del arco,
en el Mesolítico. De esta manera, se dibuja una ecuación muy clara que
relaciona la elaboración técnica, la economía de subsistencia y las estructuras
sociales de las comunidades humanas[126]. El Paleolítico
medio fue un período de cacerías estrictamente colectivas y de cooperación,
verdadero motor de la evolución económica y social de los grupos humanos. En el
Paleolítico superior daría comienzo una tendencia hacia la formación de equipos
exclusivamente dedicados a la caza[127]. Cabe imaginar que
esta tendencia tecnológica de fondo modificó el estatus del cazador y que, en
la actividad de subsistencia, se empleó a individuos que gozaban de un estatus
privilegiado en reconocimiento de sus capacidades y su éxito. Dicha tendencia
se aceleró a finales del Paleolítico superior, cuando la suavidad del clima
anunciaba el fin de la glaciación. En el
Magdaleniense, las
armas —estuvieran hechas de asta de reno, hueso de cetáceo o piedra— se
distinguían a la perfección e incluso, en ciertos casos, estaban decoradas con
motivos que tal vez designaran a su propietario[128]. En paralelo, el
régimen alimentario se amplió, pues ya no se centraba exclusivamente en
sacrificar animales procedentes de grandes manadas gregarias (caballos, renos,
bisontes…), sino también animales de tamaños más pequeños durante cacerías de
las que cabría pensar que eran individuales. Dicha tendencia alcanzaría su
apogeo en el Mesolítico, cuando el arco consagró la figura del cazador y el
prestigio que se le debía conceder.
Las armas de caza
no son los únicos restos que sugieren o traducen indicios de especialización
técnica en la producción material durante el Paleolítico superior. Desde el
Auriñaciense, hace alrededor de 40 000 años, la creación de adornos corporales
también va en esta
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dirección y hace poco que se ha demostrado que las famosas cuentas en
forma de cesta o T invertida, normalmente de marfil y a veces de
esteatita, eran obra de artesanos especializados[129]. Un profundo
estudio morfodimensional y tecnológico de tales abalorios, extraídos de
importantes yacimientos de Périgord, muestran la fuerte estandarización que
rige su producción, además de la escasa variación morfológica, cosa que sugiere
que debía de producirlas un pequeño número de individuos antes de introducirlas
y distribuirlas por redes de intercambio intergrupales.
Bajo los
equipamientos de piedra, bajo los adornos corporales, bajo esas pinturas que
revelaban a fabulosos artistas, bajo esos armazones de cabaña que habían
supuesto una gran inversión de tiempo y de material, o bajo el almacenamiento
de bienes alimentarios subyacen una serie de fenómenos de orden sociológico que
trazan los contornos de sociedades humanas no necesariamente igualitarias. Me
parece que se plantea con nitidez la posibilidad de una jerarquía entre los
individuos y, si bien no podemos resolver el enigma de los jefes y de su
estatus, varios indicios señalan un cambio en las organizaciones sociales desde
los albores del Paleolítico superior. Pese a no desvelar con claridad la figura
del jefe, pese a no afirmar las jerarquías y los conflictos que provocarán,
como ocurrirá más adelante durante el paso a las economías agropastorales, las
sociedades del Paleolítico superior muestran que se había franqueado un nuevo
umbral en cuanto a la estructuración económica y social.
Y no se puede
terminar la evocación de ese jefe simbólico sin hablar de ciertas tumbas
excepcionales, ya que, si se han dado desigualdades sociales en el mundo de los
vivos, es inevitable que se dejen ver y se conserven en el de los muertos. No
es que haya multitud de ejemplos, y el descubrimiento de sepulturas
paleolíticas sigue siendo excepcional, pero sabemos que las sociedades humanas
se preocupan desde hace mucho tiempo por sus difuntos, al menos desde el
Paleolítico medio. Aquí lo que nos interesa es la riqueza del ajuar funerario
de algunas tumbas, ya que es un posible indicador del estatus social concreto
del difunto, de su linaje o de un estatus adquirido en vida.
En el Paleolítico
superior, las inhumaciones son muy a menudo individuales y a veces agrupan a
dos o tres individuos, nunca más. No se conocen cementerios ni necrópolis en
este período, ya que su aparición en
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Europa data del Mesolítico y su desarrollo masivo tiene lugar con las
poblaciones sedentarias del Neolítico.
El ejemplo más
llamativo de una tumba prehistórica asociada a un ajuar funerario rico nos
llega del yacimiento ruso de Sungir, situado a unos 200 kilómetros al este de
Moscú[130]. En el suelo
helado de la zona se cavaron, hace 34 000 años, varias sepulturas. Algunas de
ellas contenían únicamente huesos correspondientes a varias partes anatómicas
que sugerían que se trataba de tumbas secundarias o de elementos seleccionados
con un significado preciso. De las dos sepulturas principales, una contiene a
un hombre adulto, de entre 40 y 45 años, mientras que en la otra se hallan los
restos de un adolescente y de una niñita puestos frente a frente. Los difuntos
van acompañados de un ajuar funerario extraordinario para dicho período. Los
tres están cubiertos de ocre y de miles de cuentas de marfil, la mayor parte de
las cuales, dada su disposición sobre los cuerpos, debía de ir cosida a la
ropa. Las ristras de cuentas en la frente del adulto indican que probablemente
llevara un tocado bordado y adornado de dientes de zorro. Las cifras son
impresionantes, sobre todo teniendo en cuenta el tiempo necesario para la
confección de semejante panoplia: cerca de 3 000 cuentas para el hombre, casi
5 000 para el niño y aún más para la niñita, es decir 13 400 en total en el
conjunto de las sepulturas. Detalle interesante: los abalorios que acompañan a
los niños son más pequeños que los del adulto, lo que hace pensar que se
confeccionaron en especial para ellos, como fue sin duda el caso de los adornos
de conchas que llevaba el niño inhumado en el yacimiento de La Madeleine, en
Dordoña[131]. En ambos casos,
los ornamentos de los niños son miniaturas con respecto a los de los adultos.
Pero adornos y
decoraciones corporales e indumentarios no son los únicos bienes materiales que
acompañaban a esos difuntos. La doble sepultura de los niños de Sungir es,
desde este punto de vista, completamente excepcional: unos dientes de zorro en
la cintura que hacen pensar en un cinturón, un alfiler de marfil para cerrar un
abrigo, una estatuilla de mamut, un colgante en forma de caballo, unos
brazaletes de marfil en los antebrazos, unos bastones perforados… A estos
objetos, de lo más singulares, hay que añadir un conjunto de armas de guerra o
de caza fuera de lo común, la más emblemática de las cuales, entre una
excepcional colección de lanzas, jabalinas, puñales de marfil de mamut y puntas
de sílex, es innegablemente la enorme lanza de más de dos metros
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de largo alineada con los dos cuerpos. Un arma de prestigio, si tenemos
en cuenta sus dimensiones y sus varios kilos, que con seguridad impiden su uso,
máxime en manos de esos niños[132]. Todo en Sungir
lleva a pensar que los enterrados no eran individuos comunes y que, desde los
primeros milenios del Paleolítico superior, existían estatus sociales
diferenciados en el seno de las comunidades de cazadores-recolectores nómadas.
Nadie sabe qué
representaban los enterrados de Sungir para su grupo, pero el cuadro que
acabamos de esbozar describe sociedades humanas en las que está claro que no
todos los individuos gozaban de la misma posición social. En consecuencia, la
estratificación social y las
desigualdades no
nacieron ayer, y la ecuación «cazadores-recolectores = igualdad social»
ciertamente nos remite a una concepción tan simplista como las representaciones
que asociamos a menudo con las comunidades prehistóricas.
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LA PRIMERA PAREJA
El gran etnólogo
francés Claude Lévi-Strauss, padre del estructuralismo moderno, considera que
el parentesco caracteriza el paso, fundamental en su opinión, de la naturaleza
a la cultura. Aquí, la naturaleza sería la universalidad y se opondría de
manera dialéctica a la cultura propia de cualquier grupo social. En uno de sus
libros fundacionales[133], definió esa
transición sobre todo a través de las maneras de formar una familia, campo de
estudios que él contribuyó a revolucionar al centrarse en miembros de la
familia y en fenómenos que anteriormente se consideraban marginales. Antes de
Lévi-Strauss, según la concepción antropológica tradicional,
la familia estaba compuesta por una mujer, un hombre y unos hijos que formaban
una entidad autónoma. El etnólogo reintrodujo a los parientes secundarios (tíos,
tías, primos, primas…) insistiendo en la importancia de las
relaciones entre unidades familiares, en lugar de centrarse tan sólo en las
relaciones internas de las unidades. También subrayó la importancia de la
alianza, la necesidad de intercambio y reciprocidad, así como la prohibición
del incesto, norma social que rechaza las prácticas sexuales entre miembros
emparentados.
Desde entonces se
ha debatido muchísimo sobre la separación entre naturaleza y cultura, y
principalmente nos vienen a la cabeza los trabajos del antropólogo Philippe
Descola, cuya célebre obra Más allá de naturaleza y cultura[134] traduce bien dicha
evolución. Asimismo, las obras de algunos primatólogos vinieron a
atenuar, si no a atacar frontalmente, dicha separación, al mostrar que algunos
rasgos considerados propios de los humanos no lo eran[135]: el reconocimiento
del parentesco, la prohibición del incesto y la inclinación de machos y hembras
a reproducirse fuera de su grupo de origen son comportamientos que caracterizan
también a los primates no humanos.
¿Cómo abordar estas
preguntas sobre sociedades extintas desde hace milenios y de las que no
perduran más que huesos, piedras o pinturas que
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no nos dicen gran cosa sobre las relaciones de parentesco del
Paleolítico? ¿Desde cuándo un hombre y una mujer se unen para reproducirse y
después formar juntos una familia y una sociedad? ¿Es posible datar el origen
de la familia nuclear? ¿Es esta organización social específica de los humanos?
¿Nos ha conferido una ventaja adaptativa? Hoy en día los prehistoriadores
pueden brindarnos elementos que responden a esas preguntas. Para ello nos
centraremos en un único territorio, el continente europeo, y en dos actores de
la historia de nuestra humanidad: los neandertales durante el Paleolítico medio
y los Homo sapiens durante el Paleolítico superior.
A lo largo de mucho
tiempo, la comunidad de los prehistoriadores no dispuso realmente de métodos
científicos que permitieran aclarar la cuestión de las relaciones de parentesco
entre individuos a lo largo de la prehistoria. No obstante, antes incluso de la
revolución paleogenética, se reunieron pruebas para proponer diferencias entre
los neandertales y los primeros humanos modernos en su modo de socializarse.
En el Paleolítico
medio europeo, los neandertales parecen constituir pequeños grupos muy anclados
en la región y no dejan pruebas materiales, o apenas, ni de intercambios ni de
contacto a larga distancia. Eso se deduce especialmente de sus provisiones de
materias primas minerales: en el Paleolítico medio, y con muy escasas
excepciones en su desarrollo último, los neandertales explotaron de forma
mayoritaria el entorno mineral inmediato o cercano al sitio que ocupaban. Su
tecnología, si bien compleja en cuanto a los conocimientos y la destreza
empleados, se adaptaba al contexto local o regional. Si disponían de sílex
buenos, los aprovechan; pero si la región no ofrecía más que rocas de calidad
mediocre para la talla, se conformaban con ellas.
Los humanos
modernos del Paleolítico superior eran mucho más exigentes en ese sentido, pues
su tecnología requería materiales de buena calidad: el corte de las hojas, que
se sistematizó en el Paleolítico superior, exigía al mismo tiempo materiales de
buena calidad para la talla y bloques lo bastante grandes para conseguir series
de hojas largas. Por tanto, los humanos modernos no podían conformarse, salvo
en casos contados, con materiales mediocres de grano basto, como el chert o
determinadas rocas metamórficas. De esa forma, cuando aquellas sociedades
ocupaban espacios geográficos donde no se reunían los debidos recursos
minerales, debían anticipar el problema y traer de otra parte lo necesario para
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constituir o reparar su equipo. Por eso, desde los primeros tiempos del
Paleolítico superior, en la época auriñaciense, no es raro observar que una
parte importante de las herramientas de hojas está fabricada con sílex cuyos
filones de origen se hallan a un centenar de kilómetros de distancia, incluso
mucho más. En ese caso era necesario prever y planificar las necesidades, de
ahí que hubiera que introducir una división de las cadenas operativas: por
ejemplo, habría que desbastar un bloque de sílex en el sitio mismo donde se
recogía antes de transportarlo, ya en un formato más ligero, preparado para
proveer hojas. De esa forma se transportarían herramientas casi terminadas o
listas para el uso, a veces durante distancias que llegan a los 300 o 400
kilómetros. Los colectivos de nómadas vivían en contacto unos con otros y, en
ciertos casos, cabe imaginar que algunos equipos se obtuvieran mediante
intercambios entre grupos. Ésta es la interpretación que se propone cuando en
un yacimiento del Auriñaciense encontramos herramientas, enteras o casi,
fabricadas con materiales cuya fuente puede distar hasta 400 kilómetros. Hay
más indicios que apuntan hacia esa dirección, como por ejemplo la circulación a
larga distancia de conchas marinas recogidas en las costas atlánticas o
mediterráneas y transformadas en adornos corporales. Disponemos asimismo de
ejemplos que prueban la transmisión de ideas a lo largo de inmensos espacios
geográficos, como la difusión de ciertos procedimientos técnicos tan
específicos que cuesta imaginar que grupos tan lejanos como los del Danubio y
los del País Vasco los compartieran sin que existiera una red de contactos
intermedios entre ambas regiones: lo observamos en la sutilidad de algunos
procesos de enmangamiento o de elementos estilísticos y quizá mitológicos
comunes, perceptibles a través de las estatuillas femeninas del Gravetiense
llamadas venus, que encontramos desde el Atlántico hasta las
riberas del Don, en Rusia.
Así pues,
estaríamos pasando de los pequeños grupos nómadas del Paleolítico medio, que
vivían en un relativo aislamiento unos de otros, y por tanto sometidos a cierta
endogamia, a las sociedades del Paleolítico superior, que, al estar más
conectadas, formaban redes sociales que facilitaban el intercambio de ideas y
de individuos entre las comunidades humanas, que, por lo tanto, probablemente
estaban sometidas a reglas exogámicas más desarrolladas.
El estudio
del ADN, cuando se conserva en los fósiles humanos, permite
aportar elementos
de respuesta a las preguntas que nos planteamos sobre
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las relaciones entre esas mujeres y esos hombres. No obstante, para ello
deben reunirse unas condiciones poco frecuentes, incluso excepcionales, porque,
además de la conservación del ADN durante decenas de miles de años y
las posibilidades técnicas de extraerlo y secuenciarlo, hay que disponer de
restos de individuos, necesariamente varios, que puedan considerarse
contemporáneos entre sí.
En una cueva del
norte de España llamada El Sidrón, en la región de Asturias, se han encontrado
huesos humanos neandertales de casi 50 000 años de antigüedad, y los
investigadores suponen que correspondían a un mismo grupo social[136]. Los huesos
pertenecen a tres hombres, tres mujeres, tres adolescentes y tres niños, y la
conservación del ADN es excelente en todos los casos. El estudio
del ADN mitocondrial (que recrea únicamente los linajes
maternos) a partir de muestras dentales indica que siete de los doce individuos
encontrados pertenecen al mismo linaje materno y que cuatro más pertenecen a un
segundo linaje, mientras que sólo uno forma parte de un tercero. Los doce
individuos de la cueva de El Sidrón tendrían, pues, un parentesco cercano,
máxime cuando los tres varones adultos tienen el mismo perfil
de ADN mitocondrial, mientras que las mujeres adultas vienen siempre
de linajes diferentes, por lo cual estaríamos ante pequeños grupos neandertales
que presentaban lazos familiares estrechos y que podían intercambiar mujeres
cuando se cruzaban.
Los ejemplos del
Paleolítico superior comparables a éstos no son numerosos, y las escasas
sepulturas múltiples, donde se ha enterrado a varios individuos (sin duda al
mismo tiempo) dan cuenta de distintas situaciones. En el yacimiento de Sungir,
en Rusia, se descubrió lo que probablemente siga siendo el ejemplo más conocido
y emblemático de una sepultura doble durante el Paleolítico superior, con unos
34 000 años de antigüedad[137]. Se enterró a dos
adultos jóvenes cara a cara, con los cuerpos recubiertos de ocre y un suntuoso
acompañamiento: miles de cuentas de marfil y otros colgantes o enseres
espectaculares. A su lado se halló la diáfisis femoral (parte central del
fémur) de un adulto, también recubierta de ocre, y la tumba de un hombre adulto
más. Cabe suponer que los individuos de este yacimiento eran contemporáneos, a
pesar de las incertidumbres que envuelven todo descubrimiento de períodos así.
El análisis filogenético de los cinco individuos cuyo ADN se ha
podido extraer
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y secuenciar demuestra que todos pertenecen a un mismo grupo (que se
llama haplogrupo, en nuestra jerga científica), hoy en día en
extremo poco frecuente entre las poblaciones eurasiáticas. Por el contrario, el
estudio de su proximidad familiar, gracias a un método que permite definir el
grado de parentesco entre individuos hasta la tercera generación, indica que,
desde ese punto de vista, no son parientes. En efecto, aparte de los dos
jóvenes de la sepultura doble, no podemos estar seguros de que los otros tres
sean contemporáneos en un sentido estricto ni de que pertenezcan al mismo grupo
social. Pero, aunque no fuera exactamente así, hay sólidos argumentos que
apuntan a individuos poco distantes en el tiempo. Esto supone un argumento a
favor de los grupos de cazadores-recolectores divididos en pequeñas unidades
que practicaban la exogamia y los intercambios regulares entre ellos. Una
situación bien diferente de la que ilustran, por ejemplo, los neandertales de
El Sidrón.
A todas luces, se
trata de resultados preliminares y hay que reconocer que los datos actuales no
permiten una excesiva extrapolación. De hecho, al contrario de los períodos más
recientes, aún no podemos hablar de poblaciones humanas en el sentido amplio del
término, ya que los antropólogos suelen trabajar a escala individual para los
períodos paleolíticos. No es una decisión propia, sino que viene impuesta por
la condición de los datos: en estos períodos, no encontramos más que restos
humanos aislados o sepulturas normalmente individuales, en
algún caso dobles o triples, pero nada más. Hasta el Neolítico no dispondremos
de verdaderas necrópolis con inhumaciones colectivas que posibiliten dar
comienzo a reconstrucciones a escala poblacional. Por eso, precisemos que la
información que proporciona Sungir es única y sólo nos deja proponer una
hipótesis más global mediante su extrapolación. No obstante, dado que esta
hipótesis viene secundada por otros datos arqueológicos extraídos del estudio
de restos materiales, la encontramos, dado el estado de las investigaciones,
relativamente verosímil. De esta forma podríamos ver, desde el Paleolítico
medio hasta el Paleolítico superior, un juego de explicaciones que giran
alrededor de la extensión y la densificación de las redes sociales, que, unidas
a un cambio en los sistemas de parentesco, favorecería más la exogamia en las
sociedades de cazadores-recolectores sapiens. Ahí también se pueden
observar líneas de fuerza que ayudan a dar cuenta de una de las
razones del éxito de las poblaciones modernas en ese momento crucial de la
historia de la humanidad durante el cual los linajes
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humanos arcaicos se extinguieron con el predominio y la expansión
geográfica de los sapiens. Esperemos que un día nos sea posible
avanzar más en las estructuras de parentesco de las sociedades paleolíticas,
pues no hay sombra de duda de que en ellas se ocultan los cimientos esenciales
de su estructura social.
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LA PRIMERA AGUJA DE
COSER
He aquí un objeto
técnico de pequeño tamaño que pertenece al registro de las tareas domésticas.
En resumen: no llama la atención. Sin embargo, merced a su simplicidad y su
formidable eficacia ha podido sobrevivir, sin modificación alguna, al paso del
tiempo, de milenios. Claro, podrán ustedes objetar que hoy en día nuestras
agujas son de metal y que seguro que no siempre ha sido así. Y tienen razón,
pero de todos modos echen un vistazo a las agujas de coser del Paleolítico
superior, cuyos ejemplares más antiguos cuentan al menos con 25 000 años, y les
sorprenderá su notable parecido con las nuestras o con las de nuestros
antepasados. Además habría que reformular todo esto respetando el sentido del
linaje técnico, ¡pues en realidad son las nuestras las que se parecen a las
suyas! No ha cambiado nada, el objeto no ha evolucionado, el único cambio se
refiere al material: el metal ha sustituido al hueso.
Las primeras agujas
de coser eran de hueso, a veces de marfil, y las más antiguas datan de hace más
de 30 000 años[138]. La antigüedad de
las primeras agujas sigue siendo objeto de debate y algunos arqueólogos, que
aún están lejos de alcanzar un consenso, sitúan su aparición al principio mismo
del Paleolítico superior, hace más de 40 000 años, en el yacimiento ruso de Denísova[139], al suroeste de
Siberia, en la región montañosa de Altái. No me detendré mucho en esta cuestión
porque es como buscar una aguja en un pajar. Sí, es un chiste fácil, pero es un
poco así. Para empezar, el reducido tamaño de este objeto hizo que, durante mucho
tiempo, no se hallaran necesariamente las agujas, rotas por el uso, ni sus
pequeños fragmentos, ya que pasaban completamente desapercibidos. Habrá que
esperar a los años sesenta y setenta y al tamizado sistemático de sedimentos
bajo el agua para que este tipo de restos se recoja y se registre. En segundo
lugar, a causa de su tamaño, la sola presencia de una aguja de coser en un
nivel datado hace 40 000 años no tiene por qué significar que el objeto sea
contemporáneo de otros encontrados en ese mismo estrato
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arqueológico. Ciertamente, en el tiempo transcurrido desde que los
hombres prehistóricos abandonan un lugar y hasta que los prehistoriadores lo
descubren y lo excavan, actúan fenómenos antrópicos y naturales. Una rama de la
investigación prehistórica, la tafonomía, se ocupa de recrear esos fenómenos,
llamados postdeposicionales, para comprender con mayor precisión
con qué nos encontramos: de hecho, una capa arqueológica puede conservar en su
seno objetos de edades totalmente distintas. Una vez que los humanos de la
prehistoria abandonan un lugar, éste no queda intacto: por allí pasan animales
fosoriales, que cavan galerías y madrigueras; el agua se congela y se
descongela, corre y arrastra con ella objetos de tamaño y peso distintos, según
la potencia de su curso; otros individuos ocupan los mismos lugares y algunos,
mucho después, en el Neolítico, excavarán agujeros para fijar los postes que
servirán de cimientos para sus viviendas… Mientras todo esto sucede, esos
agentes humanos y no humanos no se preocupan de las agujas, que pueden, en
última instancia, viajar para acabar potencialmente fuera de su contexto y su
lugar de origen.
Por el contrario,
estamos seguros de que, hace poco más de 20 000 años, la aguja de coser se
usaba a diario en Europa occidental, pues ahí ya no estamos hablando de una o
dos agujas en algunos yacimientos de la inmensidad eurasiática, sino de
numerosos ejemplares en decenas de sitios arqueológicos.
Si bien el objeto
en sí parece simple en su forma y su confección, la extracción del soporte óseo
a partir del cual se fabricará la aguja es mucho más compleja. En primer lugar,
se extrae una varilla de un hueso largo, haciendo dos surcos profundos, regulares
y paralelos para delimitar, con la ayuda de una herramienta de sílex, como un
buril, el contorno preciso del soporte que deseamos obtener (los
prehistoriadores hablan de la técnica del doble ranurado). Gracias a esto los
artesanos del Paleolítico quedaron liberados de las dificultades morfológicas
de la materia ósea y pudieron disponer de varas de hueso cuyo tamaño y forma
estaban pensados a priori. Una vez extraída la vara del hueso, sólo
había que perforarla con una herramienta puntiaguda de piedra,
darle forma y afilarla para obtener una aguja cuya punta era capaz de perforar
la piel y por cuyo ojo podía pasar un hilo. Este último podía estar hecho de
tendones animales —se sabe que se extraían de los cuerpos más añejos—, de
fibras vegetales trenzadas o incluso de crines de caballo.
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Si bien debía de ser posible unir trozos de pieles con otras
herramientas, merced a la invención de la aguja de coser se consiguió un
acabado más fino y preciso. En el Paleolítico superior, las mujeres y los
hombres de la prehistoria pudieron confeccionarse ropa más cómoda y aislante,
equipada con botones o tiras. La aguja de coser también contribuyó a la
fabricación de collares de cuentas o de bonitos adornos para la ropa. ¡No vayan
a imaginarse a nuestros ancestros del Paleolítico superior vestidos con harapos
o cubiertos con pieles de cualquier manera, como gustan de mostrar algunas
docuficciones! Mejor imagínenselos, sobre todo en los rigurosos inviernos de la
última glaciación, vestidos como esquimales, de quienes conocemos, gracias a
las observaciones etnográficas, el cuidado que ponen en la confección de su
ropa, cuyo aislamiento los protege del frío, la nieve y el viento. A lo largo
del Paleolítico superior, las mujeres y los hombres estaban en posición de
coserse ropa, pantalones, botas y manoplas, indispensables para la
supervivencia en esos entornos glaciales.
La aguja de coser
constituye, pues, el ejemplo perfecto de una invención brillante de nuestros
antepasados cazadores-recolectores del Paleolítico, tan perfecta que al final
no ha sido mejorada desde un punto de vista funcional, aparte del hecho de
fijarla, hace poco, en una máquina de coser.
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LA PRIMERA AMÉRICA
América, América…
Queremos conquistarla, hacernos un nombre y triunfar en ella; «Quiero tenerla y
la tendré», cantaba Joe Dassin, exiliado en el Viejo Continente. América es, y
ha sido siempre, el Nuevo Mundo, ayer y hoy. El Nuevo Mundo de los europeos del
siglo XVI, cuando, más allá del océano Atlántico, los grandes exploradores
creyeron desembarcar en las Indias Occidentales antes de convertir esa tierra
en un nuevo continente que tomaría su nombre del navegador florentino Américo
Vespucio. Nuestro nuevo mundo, donde nacen las tendencias, las
modas, fue también el nuevo mundo de nuestros
antepasados Homo sapiens. En efecto, el continente americano
presenta, junto con Australia, la particularidad de haber estado poblado por
una única especie humana o, dicho de otro modo, su suelo únicamente lo han
hollado humanos modernos, mientras que en los demás sitios, desde África hasta
Eurasia, a éstos los precedieron los australopitecos, los Homo erectus o
los neandertales.
De esta forma,
América es una tierra de conquista, descubierta en la Edad de Hielo y luego
redescubierta en la época moderna. Westward ho!, decía Jim Harrison
en el título de una de sus novelas más bonitas, que podría traducirse por Rumbo
hacia el oeste; en 2007 recuperé ese título para publicar mi tesis. Lo
utilicé porque quería expresar la idea del movimiento este-oeste de los
primeros grupos de humanos modernos en el continente europeo. Y de nuevo
podemos preguntarnos: ¿qué relación hay?, ¿qué relación hay entre la
prehistoria y el presente? Voy a intentar contárselo a mi manera.
Retrocedamos en el
tiempo… Hace más o menos 20 000 años, nuestro planeta conoció una fase de
aridez especialmente severa que los paleoclimatólogos llaman último
máximo glacial, pues designa la máxima extensión de los casquetes de hielo
al final del último período glaciar. Cerca de los polos y en todo el hemisferio
norte reinan los hielos; en
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nuestras latitudes, hoy templadas, el suelo permanece helado en
profundidad durante varios largos meses invernales; el casquete glacial baja
hasta el norte de la cuenca parisina, el nivel del mar está en su punto más
bajo (a 130 metros por debajo del nivel actual) y los icebergs bajan por el
golfo de Gascuña, a la altura de Burdeos. En toda Europa, incluso en las faldas
de los Pirineos, las manadas de renos y de caballos salvajes recorrían un
paisaje estepario de vegetación rala. Más al norte, las tierras no eran sino
hielo y asistimos a una fuerte reducción de la ecúmene (espacio habitado de la
superficie terrestre): los grupos humanos abandonaron el norte de Europa y
regresaron al sur. Por el contrario, una sequía intensa arrasó el continente
africano y empujó el avance inexorable de los desiertos: sin duda, el Sáhara
más vasto que haya existido. Cuando nos acercamos al ecuador, por el contrario,
lo que observamos es un movimiento hacia el norte, hacia las costas
mediterráneas y atlánticas, las únicas que albergan tierras más hospitalarias.
Se comprende con facilidad que las consecuencias de esta extrema crisis
climática son importantes: para desafiar el frío o la suma aridez, las
sociedades deben poner en marcha estrategias de supervivencia y adaptación al
medio. Además, deben enfrentarse a una disminución drástica de los territorios
explotables, y nos imaginamos muy bien la dura competición por el acceso a las
tierras y por la subsistencia.
Ya hemos visto que
en Eurasia quedan despoblados los territorios más septentrionales, convertidos
en verdaderos desiertos de hielo. No obstante, las sociedades paleolíticas se
adaptaron desde hace milenios a las regiones rigurosas, como atestigua el desarrollo
plurimilenario de los neandertales, que supieron adaptarse muy bien a las
glaciaciones precedentes. También los humanos modernos, llegados de África,
aprendieron hace más o menos 20 000 años a vivir en esos entornos, y
perfeccionaron su tecnología de caza, por ejemplo. Algunos grupos llegaron a
aventurarse ya entonces en el Gran Norte, en la Siberia meridional, donde a
orillas del lago Baikal reina un clima extremadamente continental. Otros, más
intrépidos aún, subieron hasta el paralelo 71º norte, más allá del círculo
polar ártico, donde el sol es visible durante todo el día en el solsticio de
verano y, por el contrario, permanece oculto bajo el horizonte en el solsticio
de invierno. El yacimiento de Yana es excepcional y ofrece pruebas de ocupación
humana en esas regiones alrededor de 28 000 años atrás: así lo atestiguan las
herramientas de piedra, los adornos y los restos de consumo de renos,
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de caballos y de mamuts[140]. Al final, poco
importa que las sociedades humanas árticas tuvieran que dirigirse hacia el sur
durante el último máximo glacial, ese pico de frío intenso de la última
glaciación del planeta, ya que los datos arqueológicos indican que ya habían
conseguido amoldarse a las condiciones climáticas más inclementes.
Fueron sin duda
esas poblaciones siberianas las que, una vez pasado el pico de frío,
continuaron la conquista del Gran Norte. Su avance fue en correlación con el
éxito de una innovación técnica que marcaría un hito: el corte de lascas de
piedra por presión, que permitiría fabricar pequeños objetos cortantes de
bordes paralelos. Gracias a esta nueva técnica, muy perfeccionada, se obtuvo
una gran rentabilidad en hojas muy estandarizadas y se facilitó la producción
de añadidos intercambiables destinados al enmangue para elaborar puntas de
lanza o cuchillos. Este invento, desarrollado en Siberia meridional o en el
lejano Oriente, probablemente hace poco menos de 20 000 años, se propagó como
un reguero de pólvora por todo el noreste de Asia. Hace entre 16 000 y 14 000
años, se expandió también hacia el oeste, en la región del río Yeniséi, y luego
hacia el norte, hacia Sajá, bordeando las orillas del Amur para llegar a
Beringia y luego a Alaska[141].
¡Eso es, ahí
estamos! ¡Hombres y mujeres pueblan por primera vez el continente americano!
Fueron unas poblaciones pioneras, pero no tuvieron la sensación de estar dando
un gran paso para la humanidad, ya que no percibían esa división geográfica y
continental: Beringia era entonces un puente de tierra y hielo, y no un
estrecho como hoy en día. Los primeros americanos fueron, pues, siberianos,
individuos originarios de Asia. Todos los estudios lo confirman, tanto los
arqueológicos como los genéticos. Estos pueblos colonizaron un continente que,
de norte a sur, nunca había estado poblado. Las vías y los medios de
penetración en el seno de esas tierras inmensas aún están sometidos a debate y
es probable que algunas rutas discurrieran por el interior, mientras que las
poblaciones de pescadores navegaban a lo largo de las costas. Por desgracia, la
visibilidad de las pruebas arqueológicas de estos últimos es bien escasa, ya
que las aguas del Pacífico, al haber subido 66metros desde aquel entonces, han
sumergido y dispersado los restos de las ocupaciones de los territorios en la
costa. Sea como fuere, la expansión de los pueblos fue rápida y algunos
investigadores sugieren incluso que podrían haberse dado discretos
asentamientos unos cuantos milenios antes del pico de frío del último
Página 111
máximo glacial. Eso ayudaría a explicar mejor la existencia de
asentamientos humanos de más de 15 000 años de antigüedad en Chile, como indica
el yacimiento de Monte Verde[142]. Las
investigaciones futuras nos enseñarán mucho sobre la complejidad del primer
asentamiento en América y sin duda nos mostrarán que la historia que contamos
aquí, al igual que muchas otras, probablemente no sea la primera.
Cuando el hombre
llegó a América, ya llevaba tiempo siendo Homo sapiens y sus
técnicas de caza estaban dotadas de una formidable eficacia. En
este vasto continente, sobre todo en la parte norte, una megafauna diversa
vagaba por un entorno rico en plantas de todo tipo, para alimentar a las
grandes manadas de herbívoros. Esos animales nunca habían visto humanos ni
cazadores. En el transcurso de unos pocos milenios se extinguieron numerosas
especies, probablemente por el efecto conjugado tanto del calentamiento
climático que dio lugar al Holoceno como de la presión por parte de las
sociedades cazadoras: el león americano, varios camélidos, dos especies de
bisonte y el mamut figuran en esta triste lista. La humanidad entró en el Nuevo
Mundo y ya nada sería como antes. Los europeos tendrán que esperar al
siglo XVI y a las grandes expediciones para reconocer y cartografiar
esa parte del planeta. Mientras tanto, nuestros primeros americanos, de origen
siberiano, colonizaron el conjunto del continente y en algunos lugares
desarrollaron civilizaciones poderosas, parecidas a las de los mayas o los
aztecas, por ejemplo. En la era moderna, el choque entre el Antiguo y el Nuevo
Mundo sería devastador, y el equilibrio que estas poblaciones habían encontrado
desde hacía más de 15 000 años se rompió, lo que provocó centenares de miles de
muertos y el sometimiento de aquellos pueblos a la ciega fe de una religión
expansionista.
Página 112
EL PRIMER PERRO
«Mi mejor amigo es
un perro. Yo le hablo, pero él no me contesta»[143]. Puede parecer
extraño que abra este capítulo sobre el animal doméstico preferido desde hace
milenios por las sociedades humanas con la ironía del cantante Philippe
Katerine. Sin embargo, ilustra, con un humor agrio, cierta inversión de los
papeles en las relaciones milenarias que unen a humanos y cánidos.
Existen numerosos
debates en la comunidad científica para situar en el tiempo los vínculos entre
humanos y cánidos. Sean cuales sean las posiciones adoptadas, hoy en día
podemos estar seguros de algo: el perro es el primer animal domesticado por los
humanos. Para ser exactos, el lobo fue el primer animal domesticado por las
sociedades humanas. Todos nuestros fieles compañeros, cualquiera que sea su
raza, desde el pastor de los Pirineos hasta el pequinés, provienen, de hecho,
de la domesticación del lobo, Canis lupus, si lo llamamos por su
nombre científico. Desde finales de los años noventa, algunos trabajos sobre
el ADN mitocondrial, que se transmite únicamente por linaje materno,
vienen demostrando que todos los perros actuales descienden del lobo[144]. Y, más
recientemente, un estudio que empleó ADN nuclear, que se hereda a
medias de la madre y del padre, concluyó que el perro no era descendiente de
los lobos actuales sino de una estirpe del Pleistoceno (hace entre 2 millones y
12 000 años), hoy desaparecida[145].
Aunque dichos
análisis genéticos han aportado la prueba científica del origen de los perros,
no por ello podemos olvidar que hay muchas cuestiones todavía en el aire. Para
empezar, en el aspecto cronológico, aparece cierto número de desacuerdos
relacionados en parte con la interpretación zoológica de los
restos faunísticos procedentes de principios del Paleolítico superior, hace
entre 35 000 y 25 000 años. En este punto es preciso decir que, para los
arqueozoólogos, distinguir entre perros y lobos
Página 113
en el contexto paleolítico es delicado, dado que tanto su morfología
como su tamaño eran aún muy parecidos. Como no me hallo en situación de zanjar
el debate de los especialistas, no me detendré en él y me conformaré con
subrayar que hay discrepancias en el seno de la comunidad científica a la hora
de situar con precisión el origen del perro doméstico, y que algunos abogan por
una domesticación antigua y progresiva del lobo que se remontaría a más de
30 000 años antes del presente.
De forma algo más
tardía, mientras el clima se fue calentando progresivamente al final de la
última glaciación, los datos empezaron a ser menos ambiguos, y la mayoría de
los investigadores coincide en señalar que la domesticación del lobo se produjo
hace más o menos 15 000 años, a lo largo de lo que llamamos el Tardiglaciar. La
inmensidad del área de distribución de los lobos salvajes en una gran parte del
hemisferio norte, así como la gran dispersión de los yacimientos arqueológicos
en los que se describen perros domésticos en el contexto tardiglaciar, apunta a
que, en esos períodos, se dieron varios episodios independientes de
domesticación de lobos. Dos culturas de finales del Paleolítico contribuyen a
documentar este fenómeno y reflexionar sobre el estatus que las poblaciones
humanas otorgaban entonces a los cánidos: la magdaleniense, en Europa, y la
natufiense, en Oriente Próximo.
Los datos obtenidos
en el yacimiento de Morin (Gironda), que es de fines del Magdaleniense
(alrededor de 15 000 años antes del presente), confirman sin ambigüedad alguna
la presencia de perros de pequeño tamaño junto a esas poblaciones de
cazadores-recolectores[146]. Su tamaño, a
todas luces lejano del de los lobos actuales o fósiles, demuestra que estos
animales ya se habían transformado de forma considerable en relación con sus
ancestros salvajes. Así pues, a finales del Paleolítico superior nos hallamos
ante un fenómeno de domesticación ya empezado, incluso finalizado.
Entonces, si el
perro doméstico existía claramente a finales del Paleolítico, ¿cuál podía ser
su papel? Con frecuencia se supone que los primeros perros pudieron ser útiles
en la caza, aunque, como nos recuerda el arqueozoólogo Jean-Denis Vigne[147], también se pueden
barajar otras funciones: vigilancia o protección contra los depredadores,
tracción de trineos… Los datos que tenemos a nuestra disposición sobre el
Magdaleniense europeo ofrecen algunas pistas. En efecto, de forma más o menos
concomitante con la domesticación de los cánidos, asistimos a un
Página 114
fenómeno de ampliación del régimen alimentario, algo que constatamos en
los restos arqueológicos, dado que se explotaba con mayor intensidad la caza
menor, como la de pájaros, conejos, liebres y otros pequeños carnívoros. Sin
embargo, para cazar ese tipo de animales, mucho más que en el caso de cacerías
orientadas a mamíferos grandes y medianos, recurrir a la ayuda del perro
constituye un avance decisivo. Por muy seductora que resulte dicha hipótesis,
dista mucho de estar demostrada en el plano arqueológico, a pesar de que otros
indicios revelan que el perro está, desde estos períodos, íntimamente asociado
a la vida de los humanos. En algunos casos, como el yacimiento de Morin, en la
Gironda, de hace más o menos 15 000 años, los huesos de perros lucen estrías de
descuartizamiento, lo cual señala que también pudieron constituir un recurso
cárnico.
Otros
descubrimientos permiten resaltar el íntimo vínculo entre los humanos y los
cánidos domésticos, como ocurre en el yacimiento natufiense de Ain Mallaha (al
norte de Israel), en la región del Levante mediterráneo, donde se descubrió la
primera inhumación de un perro doméstico junto a un humano, hace alrededor de
11 500 años antes del presente[148]. Las poblaciones
natufienses estaban compuestas por cazadores-recolectores que recolectaban
cereales silvestres de forma intensiva, y a ellos les debemos la creación de
las primeras aldeas permanentes, las cuales prefiguran las formas de
sedentarización desarrolladas durante la neolitización, de la que el Natufiense
constituye una etapa fundacional. La sepultura de Mallaha contenía el esqueleto
de un individuo adulto cuya mano izquierda se apoyaba en los restos completos
de un joven cánido doméstico, lo que sin duda viene a ilustrar un nuevo vínculo
de compañía entre el hombre y su mejor amigo.
Así pues, el primer
ejemplo de la domesticación de animales salvajes se produjo hace alrededor de
15 000 años, al final del Pleistoceno, en el seno de distintas poblaciones de
cazadores-recolectores del hemisferio norte y en contextos socioeconómicos radicalmente
distintos, como muestra el ejemplo de las poblaciones magdalenienses
(estrictamente nómadas) y natufienses (en vías de sedentarización). En
consecuencia, podemos afirmar que ese fenómeno se produjo de manera
independiente en distintos lugares y en comunidades humanas cuyas trayectorias
no estaban relacionadas. Además, la domesticación del perro no abrió la vía a
otros fenómenos parecidos: de hecho, los grupos humanos implicados no fueron
los que después evolucionaron hacia prácticas ganaderas como las
Página 115
que se desarrollarán varios milenios después con los bovinos, porcinos,
ovinos y caprinos.
Por tanto, la
historia del primer perro[149] no es la historia
de la domesticación, sino la de las domesticaciones, en plural, que no
necesariamente fueron a la par con la práctica de la ganadería.
Página 116
DEL PRIMER CRIMEN A
LA PRIMERA
VIOLENCIA EN MASA
¿Es la violencia
exclusiva del hombre? ¿Es consustancial al género humano o, por el contrario,
se trata de un constructo más reciente, ligado al advenimiento de las
sociedades modernas? Una pregunta fundamental que enfrenta a Thomas Hobbes[150] y a Jean-Jacques
Rousseau[151]… Para el primero,
la violencia es parte integrante del hombre, que, de forma natural, se halla en
estado de guerra y violencia permanente. Así pues, son necesarias unas leyes
para regular dichos comportamientos y pasar del estado de naturaleza al orden político,
una visión a la que se opone Rousseau, para quien los humanos son seres
naturalmente buenos, inocentes y puros, poco a poco pervertidos por las
construcciones políticas.
Si bien la cuestión
de la violencia alimenta las controversias básicas de la filosofía moderna,
también está presente desde muy temprano en la arqueología clásica. Entre los
episodios violentos más conocidos, podemos citar la legendaria epopeya de
Gilgamesh (rey de la primera dinastía de Uruk, heredera de las civilizaciones
sumerias del sur mesopotámico). La leyenda, que se remonta al tercer milenio
a. C. y está redactada en pictogramas sobre tablas de arcilla en una lengua
derivada del cuneiforme sumerio (el acadio), cuenta el terror al que Gilgamesh
sometió a su reino y la creación por parte de la diosa Aruru del personaje de
Endiku, encargado de enfrentarse a la fuerza y la violencia soberanas.
Para retroceder en
el tiempo, tendremos que abandonar la escritura y los relatos, y concentrarnos
en los vestigios arqueológicos con el fin de descifrarlos y hacerlos hablar.
Los arqueólogos apenas tienen dónde hincar el diente en los centenares de miles
de años de evolución humana (desde las primeras herramientas de piedra tallada
hasta el advenimiento del humano moderno). Los ocasionales indicios de golpes
violentos sobre los huesos no bastan para demostrar que un homicidio voluntario
causara la
Página 117
muerte. En arqueología, y sobre todo si nos referimos a los períodos de
la prehistoria, probar el homicidio o, mejor dicho, el acto voluntario para
ocasionar la muerte requiere una investigación especialmente difícil. Hay
muchas maneras de matar: privar a la fisiología humana de aquello que necesita
(alimento, aire, agua), trastornarla deliberadamente (mediante la transmisión
intencional de agentes infecciosos, por ejemplo)…, todas ellas prácticas a las
cuales no tiene acceso la arqueología que se ocupa de los tiempos más antiguos.
Los arqueólogos tendrán que conformarse con una modalidad que cubre de forma
potencial las muy diversas formas de romper el buen
funcionamiento de la fisiología humana sometiéndola a traumatismos
violentos.
Entre los
neandertales, encontramos de vez en cuando indicios de fracturación
intencionada en huesos frescos o restos de descuartizamiento óseo que reflejan
la desarticulación y amputación de partes blandas del cuerpo. En ciertos casos,
estas modalidades de intervención reflejan una práctica antropofágica, hoy en
día claramente demostrada. En otros, podría tratarse de accidentes domésticos o
de caza, es decir, de actos aislados de violencia interindividual. Ciertamente,
en ocasiones algunos individuos se enfrentaron cuerpo a cuerpo y murieron a
causa de los golpes, como atestiguan las huellas encontradas en un cráneo de La
Sima de los Huesos, en España, que data de unos 450 000 años atrás[152]. Hace varios
centenares de miles de años, un hombre mató a otro, dos individuos pudieron
enfrentarse por razones que siempre desconoceremos, lo cual nos informa sobre
la antigüedad de los comportamientos agresivos, pero no sobre los fenómenos
violentos construidos de forma colectiva ni sobre las estructuras sociales en
las que se basan.
En los albores del
Paleolítico superior (alrededor de 40 000 años atrás), con el surgimiento del
humano moderno en Eurasia, aparecen nuevos registros arqueológicos, pero los
vestigios irrefutables de violencia colectiva siguen siendo escasos. El arte
presente en las paredes de las cuevas ya no representa, o muy poco, seres
humanos, y mucho menos escenas de violencia, aparte de los escasos humanos
atravesados por trazos que descubrimos en Cougnac o en Pech Merle, y que pueden
representar perfectamente escenas de accidentes de caza o de sacrificios
simbólicos. Otros ejemplos delicados de interpretar proceden de las sepulturas,
como ocurre con la punta de sílex alojada en la columna vertebral de uno de los
niños de Grimaldi, encontrado en una cueva cercana a Menton.
Página 118
Del norte de Sudán nos llega un descubrimiento excepcional realizado a
principios de los años sesenta, durante las excavaciones que llevó a cabo el
arqueólogo estadounidense Fred Wendorf cuando se construyó la gran presa de
Asuán[153]. La necrópolis que
se excavó (llamada Jebel Sahaba) es muy singular: al final del Paleolítico
superior, 13 000 años atrás, se inhumó allí a 59 sujetos; en su mayor parte, se
los colocó en fosas ovales recubiertas de losas no muy gruesas. Algunas tumbas son
individuales; otras contienen de 2 a 5 individuos, a menudo con el cuerpo
flexionado. Hablando de esas épocas, llama la atención el mero hecho de
encontrar tal concentración de inhumaciones: ¡es el primer gran conjunto
funerario de la humanidad! Pero las condiciones que rodean la muerte de quienes
están allí enterrados resultan aún más sorprendentes, ya que 24 de las 59
personas enterradas presentan marcas de violencia en su esqueleto, en concreto
impactos de flechas de piedra clavadas en sus huesos. A su lado, en las tumbas,
se encuentran otras puntas de sílex, y podemos sugerir que probablemente éstas
alcanzaron las partes blandas del cuerpo. En resumen, 24 sujetos cuyos huesos
fueron atravesados por flechas, y quizá otros 35 a los que también mataron. ¿Quiénes
eran? Hombres, pero también mujeres, para suprimir toda descendencia potencial,
y niños, para aniquilar de forma efectiva a todos los representantes de ese
grupo humano. Es muy probable que nos hallemos en presencia de la primera
pruebas de violencia en masa en lo que respecta a los
cazadores-recolectores-agricultores de finales del Paleolítico.
Otro caso que se
remonta más o menos a 10 000 años atrás se documentó más recientemente en
Nataruk, en Kenia, no muy lejos del lago Turkana[154]. En 2012, un
equipo de la Universidad de Cambridge descubrió los restos de 27 individuos,
incluyendo al menos 8 mujeres y 6 niños. Entre esos restos, salieron a la luz
12 esqueletos relativamente completos, de los cuales 10 presentaban claras
señales de muerte violenta: traumatismos en el cráneo y los pómulos, fracturas
en las manos, en las costillas y en las rodillas, además de fragmentos de
puntas de proyectil alojadas en el cráneo y el tórax de dos hombres. Al
contrario de lo que ocurría en el cementerio de Jebel Sahaba, los individuos
ejecutados no fueron enterrados. A la mayoría de ellos los hallaron en el
suelo, boca abajo, probablemente en la posición natural de su muerte. Entre los
difuntos se encontró incluso a una mujer en la última fase de su embarazo, cosa
que explica el descubrimiento de huesos de feto entre los fósiles. La
Página 119
masacre de Nataruk podría corresponder al ataque de un grupo familiar
nómada por parte de otro bando de cazadores-recolectores. Esta zona, que está
cerca de las orillas del lago, con acceso inmediato al agua y a sus recursos,
constituía en efecto un territorio muy disputado para aquellos
cazadores-recolectores. ¿Se trataría de una incursión con el fin de conquistar
el espacio, los recursos e incluso los individuos (mujeres o niños)? Nadie lo
sabe, pero es muy posible.
Éstos son dos
ejemplos particularmente evocadores y clarísimos en cuanto al mensaje: es muy
probable que existiera la violencia colectiva entre las sociedades de
cazadores-recolectores del final del Paleolítico. Los casos de Jebel Sahaba y
de Nataruk, a pesar de ser comparables por su amplitud y por evocar una masacre
masiva, difieren en muchos puntos: pensamos en concreto en el hecho de que a
los individuos sudaneses se los enterró y colocó en fosas cavadas expresamente
a tal fin, y nos cuesta imaginar que sean obra de los agresores. Quizás ésa sea
la prueba de que los muertos de Jebel Sahaba ya se hallaban en vías de
sedentarización, una característica que se ha asociado con frecuencia con las
primeras causas de violencia colectiva.
Durante mucho
tiempo se ha contrapuesto en este aspecto a los cazadores-recolectores nómadas
con los agropastores sedentarios, y a las sociedades de los primeros se las ha
considerado una especie de edad de oro idílica y pacífica. No obstante, los
datos arqueológicos prueban lo contrario: los hombres y las mujeres han sido
desde muy temprano testigos de comportamientos agresivos y desde finales del
Paleolítico superior se adivina una violencia instituida de forma colectiva.
Las causas pueden ser múltiples, pero no queda más remedio que constatar la
irreversibilidad de dicho fenómeno y el cambio de escala en los conflictos
humanos que dio comienzo en los albores del Neolítico. De la mano de la
sedentarización de las poblaciones, relacionada con las prácticas agrícolas
neolíticas en Europa, las masacres se multiplicaron y encontramos pruebas de
aniquilación de pueblos enteros. Las pinturas rupestres del levante español
(fachada mediterránea española) dan fe de ello y contribuyen a la tesis del
surgimiento del fenómeno guerrero en el Neolítico[155].
Como vemos, las
sociedades neolíticas se enfrentan a conflictos de gran escala cuyo origen
suponemos económico. Numerosos casos de violencia colectiva y estructural
estarían relacionados con la acumulación de riquezas fruto de la mayor
capacidad de almacenamiento que supone el
Página 120
modo de vida agropastoral. Además, los grupos de agropastores se
organizan con el fin de protegerse, y asistimos al florecimiento de estructuras
defensivas de poblados (campamentos fortificados en los promontorios, murallas
con múltiples fosos).
Sin embargo, tales
pruebas revelan que, si bien la violencia durante el Neolítico podía estar
relacionada con disputas por las riquezas ajenas, ése no era el único motor: en
paralelo a la multiplicación de los actos violentos, se asiste al nacimiento de
una casta de guerreros que goza de un evidente prestigio[156]. El nacimiento de
una élite social y de sociedades complejas jerarquizadas no atenuó nuestras
rivalidades ni nuestras necesidades de expansión, más bien lo contrario.
Página 121
LA PRIMERA MÁQUINA
Pensar las
relaciones del hombre con la máquina puede parecer anacrónico en un libro que
recrea esos tiempos inmemoriales en los que las sociedades humanas vivían
principalmente de la caza y la recolección, en equilibrio con su entorno. Y,
sin embargo, para comprender cómo desarrolló su técnica el hombre, tenemos que
retroceder varios milenios…
Por lo general, se
considera que una máquina es un aparato (o un grupo de aparatos) capaz de
efectuar una o varias tareas específicas de manera mecánica y automática, ya
sea por sí misma o bajo la dirección de un operario. ¡Entendidas de esa forma,
es evidente que las máquinas no existían en la prehistoria! Por el contrario,
si consideramos la máquina como un proceso de externalización de las funciones
corporales o cognitivas, merece la pena replantear la cuestión.
Uno de los primeros
equipamientos sobre los que podríamos debatir en este marco es el propulsor, un
objeto técnico bastante simple que los arqueólogos Pierre Cattelain y Claire
Bellier[157] describen como «una
varita o una plancha rígida, de forma y dimensiones variables, provista de un
gancho o una acanaladura sobre o dentro de los cuales se coloca un proyectil
que puede ser una azagaya, un arpón o incluso una flecha larga». Actúa en cierto
modo como una palanca que contribuye a multiplicar la fuerza del brazo humano,
lo cual aumenta la velocidad del proyectil y, por tanto, su eficacia. A corta
distancia, el tirador ganará en velocidad y precisión. Además, el propulsor
posibilita el tiro a larga distancia, cosa que no era factible contando sólo
con la fuerza del brazo.
El propulsor se ha
usado hasta hace muy poco en entornos muy distintos, en concreto en Oceanía y
en las regiones árticas, dos medios que sin embargo tienen en común el hecho de
ser paisajes abiertos sin un recubrimiento forestal denso. Además, algunas observaciones
etnográficas[158] han demostrado que
la longitud media de los propulsores variaba entre 50 y 120 centímetros, que se
utilizaban de forma mayoritaria
Página 122
para la caza y la pesca a distancias de tiro que no excedían los 30
metros y que los proyectiles variaban entre 2 y 3 metros de largo en relación
con un peso que no sobrepasaba los 500 gramos.
La aparición de
este instrumento se establece hace alrededor de 18 000 años en las capas
arqueológicas del Paleolítico superior, más precisamente al principio del
Magdaleniense, en Europa occidental[159]. Pero cuidado:
como suele ocurrir en la prehistoria, lo que nos llega no es el instrumento
completo, sino únicamente su extremo, es decir, la parte del gancho hecha de
asta de reno, hueso o marfil en la que se alojaba el proyectil. Esta precisión
es importante: en efecto, los propulsores fabricados por entero con madera,
gancho incluido, no tienen ninguna posibilidad, o casi ninguna, de haber dejado
rastro. Así pues, la hipótesis de que el primer propulsor tiene una antigüedad
de 18 000 años no deja de estar hecha a la baja y, tanto en mi opinión como en
la de muchos de mis colegas, no hay ninguna duda de que las sociedades humanas
inventaron dicho procedimiento mucho antes. Para ilustrar mi teoría, observemos
los equipos de piedra o de materias animales duras que constituían los
proyectiles en el momento en que apareció el propulsor, en el
Magdaleniense. Se
trata de puntas de azagaya —normalmente hechas de asta de reno, pero también de
marfil e incluso a veces de huesos de cetáceos— en las que los cazadores
fijaban pequeños añadidos de piedra, por ejemplo hojitas de sílex. Este tipo de
armas compuestas, común en el Magdaleniense, surge mucho antes en Eurasia,
probablemente al principio mismo del Paleolítico superior, con la cultura
auriñaciense, más o menos hace 42 000 años. Así pues, podemos suponer que, para
aumentar la eficacia de sus azagayas, los cazadores auriñacienses disponían de
instrumentos como el propulsor, pero que dichos modelos, concebidos con una
sola pieza por entero de madera, no resistieron a los rigores de la
conservación diferencial de los materiales.
Entonces, al final,
¿es o no máquina este propulsor? En mi opinión…, todavía no del todo. El
propulsor es un aparejo de caza destinado a acrecentar la potencia del brazo
humano mediante un efecto de palanca. Pero la fuerza que permite desarrollar no
deja de ser la de los músculos del brazo y, en su sentido más amplio, la del
cuerpo humano, ya que las piernas, las caderas y también la muñeca desempeñan
un papel importante en el éxito del tiro. En consecuencia, la fuerza empleada
no procede de un elemento exterior al cuerpo humano. Aún tendremos que esperar
algunos
Página 123
milenios para descubrir la primera máquina, que al fin y al cabo
presenta una continuidad evolutiva directa con nuestros propulsores, ya que
está relacionada con las prácticas de caza. Me refiero, por supuesto, al arco,
que, mediante la invención del resorte, acumula una fuerza y la transmite a la
flecha que se va a lanzar.
El arco más antiguo
conocido hasta nuestros días se descubrió en la turbera de Stellmoor, en
Alemania, y cuenta con 12 000 años de antigüedad[160]. El ecosistema de
la turbera, una tierra negra formada por musgo, desempeñó un papel fundamental
en la conservación del objeto. De hecho, esos humedales, puesto que por su
propia naturaleza son medios muy pobres en oxígeno, constituyen verdaderas
reservas naturales de materiales vegetales, se trate de semillas, polen, o
incluso trozos de madera de varios milenios de antigüedad. En Stellmoor se han
encontrado varios arcos; son de pino y van acompañados de astiles, mangos de
madera en los que se fijaba una pequeña punta de sílex. Este descubrimiento
aporta una prueba directa e incontestable de que los cazadores nómadas de
finales del Paleolítico superior empleaban el arco. Aun así, como en el caso
del propulsor, que se haya encontrado ese primer instrumento no significa que
el arco no se inventara antes. De hecho, teniendo en cuenta el contexto
sedimentario de la mayoría de los yacimientos paleolíticos conocidos, se trate
de cuevas, abrigos rocosos o yacimientos al aire libre, la probabilidad de
encontrar un arco de madera es escasa y descansa necesariamente sobre un cúmulo
de circunstancias muy poco habituales. Desde hace muchos años, los
investigadores, al contemplar las puntas de flecha de algunas armas, sugieren
que éstas podrían haberse lanzado con un arco. Esta hipótesis, que se basa
tanto en su morfología como en lo reducido de sus dimensiones, así como en
diversos experimentos, sugiere que esas puntas son inadecuadas para el tiro con
propulsor. Los experimentos consisten en la reproducción de dichas puntas a
manos de talladores contemporáneos, puntas que después se enmangan —respetando
los conocimientos
que tenemos de los materiales arqueológicos— y se disparan con arcos a blancos
consistentes en animales muertos suspendidos en posición anatómica. Una vez
realizada la sesión de tiro, se despieza el animal y se retiran los fragmentos
de puntas que han quedado en el esqueleto; a continuación se estudian en el
microscopio para observar con un gran aumento si exhiben las marcas
características de un impacto a gran velocidad contra el esqueleto del animal.
Después queda cotejar el
Página 124
conjunto de datos contemporáneos con las marcas observadas en las piezas
arqueológicas. Hoy por hoy no se ha llegado a ningún consenso, pero se han
barajado diversas hipótesis en virtud de las cuales algunas pequeñas puntas del
Gravetiense, hace 30 000 años, o algunas puntas con muescas del Solutrense,
hace un poco más de 23 000 años, serían armas de piedra enmangadas en flechas
disparadas con arco. Más recientemente, el estudio de una gran serie de
micropuntas de sílex de casi 50 000 años de antigüedad, todas muy
estandarizadas en el plano técnico y morfológico, encontradas en el yacimiento
de Mandrin, en la parte central del valle del Ródano, ha llevado a resituar
esta hipótesis en un pasado aún más lejano, en la encrucijada entre el
Paleolítico medio y el superior[161]. Pero estos datos
distan mucho de lograr el consenso.
Sea cual fuere la
cronología de los primeros disparos con arco, este artilugio presentó
innegables ventajas para los cazadores paleolíticos en términos de precisión
del tiro, ya que el arco era mucho más eficaz que el propulsor para la caza de
presas pequeñas, por ejemplo. Resulta que la fecha consensuada hasta hace poco
para la aparición de este artefacto, a finales del Paleolítico superior,
corresponde a un momento de diversificación del régimen alimentario de las
sociedades, con una ampliación del espectro cazador hacia especies animales de
pequeño tamaño, cosa que cuadra bien con las ventajas del arco. Otro punto
importante es que se trata de un período durante el cual se produce una
reconfiguración del paisaje y un recalentamiento progresivo del clima, cosa
que, en nuestras latitudes del oeste de Europa, se traduce en una
recolonización de los espacios boscosos. Sin embargo, ya lo hemos dicho, el
propulsor estaba mejor adaptado a los espacios abiertos de la estepa, mientras
que podemos considerar que el arco ofrecía ventajas en espacios más cerrados,
los cuales dificultaban la caza colectiva de manadas. Otra cosa más: como
precisa François Bon[162] siguiendo la estela
de André Leroi-Gourhan, también es importante tener en consideración las
condiciones del surgimiento de cualquier novedad, pues abren una ventana de
observación sobre los valores sociales aplicados a tal o cual innovación
técnica. Y lo que se ha destacado del arco es su eficacia en episodios de caza
más solitarios en entornos cerrados. Las innovaciones tecnológicas relacionadas
con la caza, que en un principio formaban parte de estrategias
colectivas —como
debía de ser el caso en el Paleolítico medio, con instrumentos aún poco
sofisticados—, muestran el auge de cacerías más
Página 125
individuales a lo largo del Paleolítico superior. El estatus del cazador
debió de salir reforzado, lo cual dio lugar a que en esas sociedades germinara
la idea de la apropiación del producto de la caza y, por consiguiente, a que
aumentara el prestigio social del que podía ser depositario el cazador. Tal vez
no haya más que un paso desde la invención de la máquina en el Paleolítico
hasta el estatus social de sus usuarios, y así es como se entiende la exactitud
de las predicciones del gran etnólogo francés Marcel Mauss[163] cuando presentaba
el acto técnico como un hecho social total.
Página 126
EL PRIMER VASO DE
LECHE
En Francia algunos
recordarán el famoso eslogan «¡Para ser aplicados y gozar de una salud de
hierro, para ser fuertes y vigorosos, bebed leche!», una máxima que debemos a
Pierre Mendès France, entonces presidente del Consejo de Ministros, que
instauró en 1954 la distribución de una ración diaria de leche para luchar
contra las carencias alimentarias resultantes de los años de privaciones
durante y después de la Segunda Guerra Mundial, y para desarrollar la industria
lechera francesa. A pesar de no haber conocido la escuela de Mendès France, aún
recuerdo los recreos de la mañana mientras estaba en preescolar, cuando nos
daban un vaso de Duralex lleno de leche fría, algo que exigía a quienes odiaban
dicho líquido, su sabor y su olor, como era mi caso, la invención de
estrategias para escapar de él. Esto prueba que se puede vivir sin ese vaso de
leche, aunque ahora esté a punto de escribir su primera aparición en la
historia de la humanidad.
Que consideremos
universal la leche no tiene nada de sorprendente, ya que lleva, desde la noche
de los tiempos, proporcionando alimento a la humanidad. Sin embargo, no hay una
sola leche, sino muchas: la materna, la de vaca, pero también la de cabra, la de
camella, la de oveja o la de burra… Y qué decir de todas las leches vegetales:
la de almendra, la de coco o la de anacardos, la de soja, la de arroz… Al
enumerar tantas especies, ya sean animales o vegetales, nos viene a la cabeza
de inmediato una reflexión: aunque los humanos, como todos los mamíferos,
amamantan a sus pequeños, beber leche siendo adulto no es característico del
conjunto de la humanidad, ni de la de ayer ni de la de hoy. Y, en lo referente
al pasado, hubo que esperar a domesticar a los animales y las plantas, como
vamos a ver…
Hoy en día no todo
el mundo bebe leche, ni mucho menos, y ahí está la prevalencia de la
intolerancia a la lactosa (o azúcar de la leche) para dar fe de ello. Aunque
todos los bebés humanos, salvo que padezcan de una
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patología específica, digieren la leche de forma natural, esa facultad
desaparece al crecer, hasta el punto de que la intolerancia a la lactosa es muy
corriente en los adultos. Ésta afecta en especial al este de Asia y al África
ecuatorial, debido a la ausencia o la escasa presencia en dichas poblaciones
humanas de una enzima necesaria para la buena digestión de la lactosa: la
lactasa. La intolerancia a la lactosa es un rasgo ancestral de la humanidad, y
no habría sido aconsejable alimentar a los pueblos paleolíticos con grandes
dosis de leche. ¡Cuidadito con las indigestiones!
Fijémonos en
algunas nociones mientras nos remontamos a los orígenes del primer vaso de
leche. Los arqueólogos beben de dos fuentes documentales complementarias: por
un lado, la arqueozoología, que estudia los restos de la fauna en un contexto
arqueológico y establece perfiles de mortalidad animal que luego pueden
interpretarse en términos de gestión demográfica de los ganados (siendo
esquemáticos, digamos que, si queremos consumir leche, es preciso que haya
hembras adultas en la manada); por el otro, el estudio de los residuos lácteos
encontrados a través de análisis químicos en los recipientes de cerámica, que
constituyen la única prueba directa de ese consumo.
Ambas fuentes se
conjugan para reconstruir la historia del consumo de leche y nos proporcionan
informaciones complementarias. En efecto, si bien los residuos de la cerámica
constituyen una prueba directa que documenta preparaciones lácteas, por otro
lado, hoy en día las investigaciones aún no permiten identificar la especie que
proporcionaba la leche. Ahí es donde entra la arqueozoología, como ocurre, por
ejemplo, con las pruebas más antiguas, reunidas por el biogeoquímico Richard
Evershed y su equipo[164]. De esta forma,
los primeros indicios indudables de conservación de leche en recipientes se han
observado en yacimientos que datan de hace entre 8000 y 9000 años, en concreto
en el noroeste de Anatolia, cerca del mar de Mármara. Así, esto demuestra que,
en esta fecha precoz, en los primeros estadios de la domesticación de los
animales, se extraía y se conservaba la leche. En los yacimientos anatolios
predominan los restos faunísticos de bovinos, gracias a lo cual cabe suponer
que el primer vaso de leche era de vaca. Es impresionante comprobar que la
explotación láctea se puso en marcha poco después de que las sociedades humanas
hubieran domesticado a los animales. Los restos de leche que se han encontrado
en Europa central y nororiental[165] (Polonia)
datan de 7000 u 8000 años, período en que la revolución
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neolítica se iba propagando por el interior de Europa, mientras que los
hallados en Gran Bretaña presentan una antigüedad de entre 5000 y 6000 años.
Esta difusión también se produjo en el litoral mediterráneo: en las costas
adriáticas se han observado trazas que se remontan a unos 8000 años atrás;
mientras que las descubiertas en el norte de Italia y la península Ibérica,
pasando por el sur francés, tienen una antigüedad de entre 7000 y 6000.
Precisemos que no son los bovinos sino los caprinos los que dominan el espectro
de la fauna doméstica cuyos vestigios se han hallado en los yacimientos
arqueológicos de las fases antiguas del Neolítico.
De momento es
difícil conocer el papel y el peso exactos que tuvieron la leche y sus
derivados en las prácticas alimentarias de las sociedades neolíticas. Los
análisis arqueozoológicos e isotópicos realizados en huesos de animales
domésticos nos enseñan que, dado que los nacimientos de bovinos y ovinos[166] eran estacionales,
no siempre había leche para beber. El descubrimiento de queseras de cerámica en
la corriente cultural de la cerámica de bandas, que corresponde a los
asentamientos neolíticos más antiguos de Europa central, permite proponer una
hipótesis al ofrecer indicios del uso de esa leche en forma de queso. Se puede
imaginar que el queso se concibió y se fabricó en parte para conservar los
productos lácteos y poder consumirlos fuera de los períodos en los que la leche
estaba disponible, y, por otra parte, para que las primeras poblaciones
ganaderas soportaran los efectos de la lactosa, lo cual resulta más fácil
cuando la leche está fermentada.
En efecto, como
comentábamos en nuestro preámbulo, los lactantes y los niños pequeños producen
lactasa de forma natural, gracias a la cual pueden ingerir y tolerar la lactosa
contenida en la leche materna. Pero la mayor parte de nosotros pierde esta propiedad
genética hacia los 7 años, y eso explica que sólo un 35 % de la población
mundial sea hoy en día tolerante a la lactosa. Así pues, cabe pensar que la
fermentación de la leche y la producción de queso eran un medio de consumir
leche animal desde el principio del Neolítico, en un momento en el que,
teniendo en cuenta su historia evolutiva, las comunidades humanas debían de ser
mucho más intolerantes a la lactosa que hoy en día. Es más, dicha tolerancia,
muy variable en función de las regiones del mundo y de sus hábitos
alimentarios, se desarrolló según iba arraigando el hábito cultural de consumir
leche y sus derivados. Un primer vaso de leche que nos lleva
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a la historia de una coevolución entre nuestros genes, nuestras
prácticas culturales y nuestro entorno.
Página 130
LA PRIMERA DROGA
Las drogas, a
menudo prohibidas, objeto de tráfico a escala mundial y alimento de economías
subterráneas, se suelen describir hoy en día haciendo referencia a su lado
oscuro, su toxicidad y su nocividad. Sin embargo, su uso por parte de los
humanos es antiguo y plural: las drogas curan, las drogas espolean la
imaginación, alteran nuestra percepción de la realidad y refuerzan las formas
de interacción entre los miembros de un grupo social. Además,
independientemente de sus efectos, en la historia reciente las drogas han sido
objeto de diferentes representaciones según los períodos que se tengan en
cuenta[167]. En los tiempos
modernos comenzaron a despertar la curiosidad, el gusto por el exotismo y por
la experiencia compartida, y se democratizan en el siglo XIX, cosa que
suscita la inquietud de los médicos profesionales, antes de entrar en un
período de criminalización y de prohibición en el siglo XX, en el que se
descalifica socialmente a sus usuarios.
Si tenemos en
cuenta la antigüedad de su uso y la diversidad de las prácticas a las que han
podido estar asociadas, la historia de las drogas es también la de los humanos.
¿A qué época se remonta el uso de productos psicoactivos en la historia de la
humanidad? ¿Son consustanciales al Homo sapiens, como parecen
demostrar las observaciones realizadas por los etnólogos? ¿Están
relacionadas con el desarrollo de determinadas realidades sociales o
religiosas?
No se trata de una
cuestión sencilla, pues las pruebas arqueológicas referentes a su consumo están
poco diversificadas y son a menudo débiles y delicadas de descifrar. En un
artículo que sintetiza la cuestión, la prehistoriadora Elisa Guerra-Doce
elaboró una lista de fuentes arqueológicas con potencial para documentar el uso
y el consumo de sustancias psicoactivas en las sociedades antiguas sin
escritura[168]. Distingue cuatro:
restos fosilizados de plantas psicoactivas (madera, frutos o semillas secas,
quemados o empapados de agua); indicios de alcaloides
Página 131
en los restos humanos (moléculas químicas de base nitrogenada,
normalmente de origen vegetal, presentes en la morfina, la nicotina, la cafeína
y numerosas sustancias más); residuos de bebidas fermentadas que podemos, por
ejemplo, encontrar en recipientes de cerámica, y, para terminar, rastros
indirectos, como representaciones pictóricas de consumo de plantas o de bebidas
capaces de alterar la consciencia.
Por lo general, se
admite que el uso de plantas psicoactivas precedió al consumo de bebidas
alcohólicas, ya que las primeras se ingerían en su forma natural, mientras que
el proceso de fermentación requiere desarrollos tecnológicos que no entran en
funcionamiento antes del Neolítico. Sin embargo, recordemos que los efectos del
alcohol preceden con mucho a su producción; en un estudio reciente[169] se afirma que
nuestro gusto por las bebidas alcohólicas es muy anterior al surgimiento
del Homo sapiens e incluso anterior al género humano. En
efecto, para que nos guste el alcohol y conocer los placeres
de la ebriedad, hay que poder asimilar y metabolizar el etanol (o
alcohol etílico). Se sabe que algunos animales soportan más o menos bien sus
efectos. No obstante, gracias a una mutación genética que se produjo hace 10
millones de años, los antepasados africanos de los humanos y de los grandes
primates pudieron asimilar el etanol cuarenta veces más rápido. Ocurrió durante
una aridificación del clima que tuvo como resultado una reducción de los
bosques, lo cual empujó a los primates frugívoros a bajar de los árboles. Así
las cosas, ingerían más frutos caídos al suelo, maduros en exceso, impregnados
de azúcar y más o menos fermentados. El caso es que nuestros ancestros le
cogieron gusto al asunto, dado que, como recuerda el autor del artículo en
cuestión, Matthew Carrigan, la ingesta de etanol presenta ventajas, como
ralentizar el metabolismo, mejorar la digestión o facilitar el almacenamiento
de grasas. Pero, para que todo fuera bien, habían de ser capaces de metabolizar
rápidamente el etanol para no estar borrachos del todo, ya que eso les
dificultaba la vida en los árboles. Así pues, merced a una mutación genética
que tuvo lugar hace más o menos 10 millones de años, los antepasados de los
humanos y de los grandes primates pudieron ingerir y tolerar el resultado de la
fermentación en las frutas, que podían contener alcohol.
No hablamos de
vino, evidentemente, ni de bebidas alcohólicas en el sentido estricto del
término, ya que las poblaciones paleolíticas no disponían de recipientes
totalmente herméticos, indispensables para
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elaborar dichas bebidas. Sin embargo, la uva se empezó a recolectar muy
pronto y sus racimos se apreciaron, en especial en las regiones
circunmediterráneas, donde la viña salvaje crece de forma natural. A raíz de
numerosas pruebas, sabemos, por ejemplo, que, hace alrededor de 400 000 años,
los ocupantes del actual yacimiento de Terra Amata, cerca de Niza, recolectaron
y consumieron uvas, pues así lo demuestran los numerosos pipos descubiertos por
los arqueólogos. Pero, en fin, no es lo mismo la uva que el vino…
Para identificar
una producción vinícola, los arqueólogos se basan en el análisis de los
residuos hallados en las paredes internas de las vajillas prehistóricas. Al
combinar análisis fisicoquímicos (efectuados principalmente por espectrometría
de masas), es posible identificar rastros del contenido de esas vajillas de
cerámica, cuyas paredes eran porosas. La primera bebida alcohólica confirmada
por los análisis químicos estaba hecha de frutas fermentadas, de majuelo, de
arroz y de miel. Se descubrieron restos de esta mezcla en las paredes de las
cerámicas del yacimiento de Jiahu, en el valle del río Amarillo, en China, con
una antigüedad de unos 7000 años[170]. Más cerca de
nosotros, dos yacimientos georgianos proporcionan las primeras pruebas de
residuos orgánicos de vino anidados en grandes tinajas de cerámica que se
remontan al Neolítico inferior de dicha región del sur del Cáucaso, alrededor
de 6 000 años antes de nuestra era[171].
¿Y las plantas
psicoactivas, entonces? Es muy difícil probar su consumo. No contamos con
ningún descubrimiento serio y bien documentado que demuestre el uso de tales
plantas por parte de los cazadores-recolectores durante el Paleolítico. Algunos
signos y figuras en las cuevas decoradas del Paleolítico superior sí que se
interpretaron como resultantes de ceremonias chamánicas en las que participaban
individuos en trance. Pero esta hipótesis, propuesta por el sudafricano David
Lewis-Williams, es objeto de fuertes debates y polémicas[172].
Así pues, habrá que
esperar al Holoceno (que se extiende desde hace 10 000 años hasta la época
actual) para ver cómo florecen las pruebas del uso de estas plantas por todo el
mundo. Desde el sexto milenio antes de nuestra época aparecen restos de adormidera
en el yacimiento italiano de La Marmotta[173], y su cultivo, que
parece confirmado en la misma época en el Mediterráneo occidental, se extiende
incluso por el noroeste de
Página 133
Europa a principios del quinto milenio. Los datos apuntan a que el
cáñamo apareció en Asia central y su cultivo se desarrolló en ese mismo momento
en China. El uso del tabaco, planta que tiene su origen en América del Sur, se
ha confirmado de forma indirecta a partir del descubrimiento de pipas de más de
4 000 años de antigüedad: los análisis químicos de sus residuos han demostrado
que, de hecho, se habían empleado para consumir tabaco u otras plantas
alucinógenas[174]. Por su parte, el
consumo de nicotina queda probado por el descubrimiento de dicha sustancia en
los cabellos de las momias prehispánicas[175]. En cuanto a la
coca, el acto de masticar sus hojas se remontaría a más de 8000 años antes del
presente, como confirma el descubrimiento tanto de hojas de coca como de trozos
de calcita, utilizados para extraer su sustancia activa, en los suelos de las casas
de varios yacimientos arqueológicos peruanos, en el mismo momento en que en
esos valles se desarrollaban las prácticas agrícolas[176]. Podríamos
continuar con una larga lista de ejemplos arqueológicos del uso de plantas
psicoactivas: mascado de betel en el sudeste asiático, ingestión de peyote
(especie de cactus pequeño que contiene varios alcaloides de efectos
psicotrópicos) en las llanuras texanas… Pero nos extenderemos en vano, pues se
trata de un asunto amplio: los humanos llevan mucho tiempo atraídos por los
efectos de las plantas que podían recolectar en su entorno, preparar e ingerir
a su gusto para modificar su estado de consciencia. Más allá de la búsqueda
espiritual propia de los humanos, cabe pensar que se otorgara cierto valor
ritual a esas plantas dotadas de virtudes curativas que permitían superar
algunos límites de la consciencia al reforzar la imaginación y la creatividad.
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EL PRIMER GATO
Venerado por los
egipcios, criatura demoníaca a los ojos de la Iglesia medieval, símbolo de
longevidad en Asia, el gato tiene una relación singular con los humanos. Es el
animal doméstico más extendido en el planeta, con más de 500 millones de
ejemplares. Es un animal que nunca se domestica del todo. Y qué decir de sus
actividades nocturnas, en las que se descubre su alma de felino, de cazador al
acecho de presas pequeñas. Entonces, ¿cómo hemos llegado a esa relación tan
especial que hoy en día tenemos con ellos?
El principio de
nuestra búsqueda nos conduce al antiguo Egipto, donde la figura del gato
encarna a seres divinos. Se cree que lo domesticaron en el cuarto milenio antes
de nuestra era porque apreciaban su compañía, pero también su eficacia a la
hora de proteger las reservas de grano amenazadas por los roedores. Estamos de
acuerdo en que los egipcios estaban rodeados de gatos domésticos. Pero los
avances más recientes de la arqueología nos enseñan que no fueron ni mucho
menos los primeros…
Descendamos el Nilo
y giremos hacia la fértil medialuna del Levante mediterráneo. Nos hallamos en
la cuna de la neolitización, una de las regiones del mundo en las que las
sociedades humanas inventaron la ganadería y la agricultura. Poco después, hace
alrededor de 10 000 años, unos colonos agropastores desembarcaron en la isla de
Chipre con sus semillas y sus animales domésticos. Las excavaciones del
yacimiento de Shillourokambos dirigidas por el arqueólogo francés Jean Guilaine
y su equipo muestran que la isla se integra en la dinámica inicial del proceso
de neolitización. ¿Qué tiene que ver con esto nuestro amigo el gato? Pues que
justamente llega a Chipre en los barcos de esos primeros campesinos procedentes
de Levante o de Anatolia. Si bien en ciertos casos nuestros antepasados
comieron gatos, un descubrimiento único nos enseña algo más sobre la relación
entre este felino y los humanos. Se enterró a un cachorro de alrededor de unos
ocho meses en una fosa muy cercana a otra en la que
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se depositó el cuerpo de un hombre de un estatus social sin duda
especial, a juzgar por las ofrendas que lo acompañaban: hachas pulidas, hojas
de piedra. El felino, de esqueleto bastante robusto, no presentaba aún los
signos de una domesticación finalizada, que viene marcada sobre todo por una
reducción del tamaño de los animales.
Sin embargo, en el
Neolítico no existían en Chipre felinos salvajes: así pues, por fuerza se trata
de un animal introducido de forma voluntaria por los humanos. Su inhumación
junto a quien era quizá su amo revela la especial relación que, ya en aquel entonces,
tenían los humanos con los gatos. El arqueozoólogo Jean-Denis. Vigne[177] prefiere hablar a
este respecto de familiarización cuando el proceso de
domesticación no ha engendrado modificaciones morfológicas y anatómicas en el
animal.
Volvamos al
contexto económico de los grupos humanos neolíticos; sedentarizados en pueblos,
agricultores y ganaderos crean reservas de grano que atraen a pequeños
comensales del orden de los roedores, principalmente ratas y ratones. El
antepasado salvaje de nuestros gatos, un felino presente en el Oriente Próximo,
adoptó poco a poco la costumbre de acercarse a los pueblos para acechar a esos
pequeños animales que lo volvían loco. Sin duda, esa relación de vecindad
condujo progresivamente a gatos y humanos a una relación cordial, ya que uno se
daba el festín con los roedores de los que el otro quería deshacerse para
guardar intactas sus reservas de cereales. Una especie de cooperación que
desembocó, por costumbre, en una familiarización con el animal antes de
domesticarlo.
Hace poco el mismo
equipo científico tuvo la oportunidad de colaborar en un caso sorprendente[178]. Unos campesinos
chinos, ellos también neolíticos, poseían unos gatos hace 5000 años. Al
contrario de lo que sucedía en Chipre, allí sí que estaba documentada la
existencia de felinos salvajes, y la cuestión consistía en determinar si se
trataba de gatos importados o domesticados a partir de una especie local. Como
los huesos conservados en los yacimientos arqueológicos ya no presentaban
rastros de ADN, hubo que encontrar un método capaz de diferenciar entre
las especies a veces cercanas de los félidos. Los arqueozoólogos del Museo
Nacional de Historia Natural utilizaron la morfometría geométrica para analizar
la forma de las mandíbulas. Sus conclusiones no presentan ambigüedad alguna: se
trata exclusivamente de restos de gatos de Bengala, especie típica de Asia y
prima del gato salvaje occidental, del que derivan
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todos los gatos domésticos modernos. Un caso independiente de
domesticación, sin relación con la primera historia mencionada.
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LA PRIMERA
OPERACIÓN QUIRÚRGICA
Normalmente, la
cirugía implica intervenciones en el interior de los tejidos y requiere abrir
el cuerpo para luego volver a coserlo. No nos deja indiferentes, incluso a
veces nos asusta, al igual que las formas de anestesia que la acompañan, que
adormecen nuestra conciencia y nos obligan a dejar nuestra vida en manos
ajenas. Y, sin embargo, tras esta apelación médica y técnica, se plantean
incógnitas fundamentales de nuestra evolución: en primer lugar, la cuestión
sobre la capacidad que tenemos para cuidar de nuestros contemporáneos, y, en
segundo lugar, la de los conocimientos y habilidades que somos capaces de
aplicar para cuidar de los enfermos o los heridos. Dos aspectos a todas luces
esenciales para nuestra supervivencia y nuestro bienestar.
Antes de entrar en
los primeros cuidados que pueden deducirse del examen de los restos
arqueológicos, hagamos una breve introducción sobre los modos de vida de las
poblaciones de la prehistoria y de lo que de ellos se infiere en términos
sanitarios. Los pueblos de la prehistoria estaban expuestos a diversos
peligros; para empezar, dependían de su entorno y de sus variaciones, que a
veces tenían un gran impacto en la disponibilidad de recursos vegetales y
animales. Poco a poco, a lo largo de la historia de la humanidad, el acceso
primario a los cuerpos de animales muertos y después la caza ocuparon una
posición crucial que demostraba la importancia de los recursos animales en la
subsistencia de los pueblos, concretamente en lo relativo a los neandertales y los
primeros humanos modernos. Cabe imaginar que la competición con los carnívoros
rivales debió de ser formidable en ocasiones, y que algunos encuentros dieron
lugar a enfrentamientos de los que nuestros antepasados no siempre salían
vencedores. Si a eso le añadimos otros síntomas sobre los que no tenemos datos,
las inevitables epidemias y otras patologías cotidianas que, en ausencia de
cuidados adecuados y bajo el yugo de una vida sometida a las veleidades de la
naturaleza, a veces debían de tener consecuencias graves,
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comprenderemos perfectamente que la esperanza de vida de los pueblos del
Pleistoceno fuera mucho más corta que la que conocemos hoy en día.
Teniendo en cuenta
el conjunto de los restos humanos neandertales conocidos hasta hoy, comprobamos
que lo que los paleoantropólogos consideran individuos de edad avanzada son
poco frecuentes en los registros arqueológicos. Estamos hablando de individuos que
rondan los 40 años. Pues sí: en el contexto Paleolítico, a los 40 años ya se
nos consideraba ancianos. Un estudio sobre una gran muestra de dientes de
distintos momentos del Paleolítico demuestra sin embargo que, de media,
los sapiens del Paleolítico superior europeo vivían más tiempo
que sus predecesores neandertales del Paleolítico medio[179].
La mortalidad
infantil debía de ser importante, y encontramos pruebas de ello en el registro
fósil, con relativa frecuencia de individuos inmaduros: fetos, mortinatos y
niños muy pequeños. Aquí hay que comprender que, cuando hablamos de
neandertales, como ocurre a lo largo de todo el Pleistoceno, nos referimos a
humanos nómadas que se desplazan a pie para recorrer su territorio de
subsistencia durante unos ciclos de movilidad que hoy en día están bien
documentados. En los restos humanos prehistóricos encontramos numerosas marcas
de traumatismos identificables, y prácticamente todos los esqueletos enteros y
casi enteros conocidos presentan huellas de fracturas, algunas de las cuales se
curaron de forma natural y no impidieron que el individuo prosiguiera su vida.
Por el contrario, no conocemos ejemplo alguno de heridas graves en las piernas,
lesiones que los incapacitaran para caminar, en las que se aprecien indicios de
curación. Probablemente eso quiera decir que se abandonaba a los individuos
incapaces de seguir la movilidad del grupo[180].
Entre los
neandertales, los casos de traumatismos identificados en los huesos son muy
numerosos y a veces considerables: traumatismo craneal a raíz de golpes
violentos, fractura del brazo con un ejemplo de amputación en uno de los
individuos descubiertos en Shanidar, en Irak, patología crónica de tipo
artrítica a consecuencia de un traumatismo que impedía caminar de un modo
regular… En todos los casos, los individuos afectados sobrevivieron lo bastante
como para que las fracturas se soldaran, cosa que sin duda revela una suerte de
altruismo de los individuos con sus congéneres. El ejemplo del neandertal de
Shanidar[181] que acabamos de
recordar es desgarrador porque la lista de patologías y heridas a las que
sobrevivió es impresionante: una herida en la cabeza que le acarreó la
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ceguera de un ojo, atonía de un brazo del que no quedaba más que un
muñón, fractura de un pie y artrosis en las extremidades inferiores de
importancia suficiente como para provocarle deformaciones óseas y una
locomoción anormal, una excrecencia en la oreja que probablemente indicaba
sordera… A pesar de esas lesiones tan importantes, sobrevivió hasta alrededor
de los 40 años, lo que sugiere que el grupo aceptó sus debilidades y se ocupó
de él sin abandonarlo. Al final, esto no resulta tan sorprendente, teniendo en
cuenta la atención y el acompañamiento que se prodigaba a los miembros
fallecidos del grupo. Estos fenómenos, que revelan cierta compasión y altruismo
por parte de nuestros antepasados, vienen seguramente de más antiguo y se
conocen ejemplos entre los primates pero también en el repertorio fósil, por
ejemplo, el cráneo, de unos 500 000 años de antigüedad y descubierto en la Sima
de los Huesos, de un niño nacido con una deformación congénita neurocraneal que
sobrevivió hasta la edad de 5 años[182]. Una supervivencia
imposible si no hubiera recibido la misma atención que los demás pequeños. En
ninguno de los casos que acabamos de enumerar se dan intervenciones quirúrgicas
propiamente dichas, sino curas naturales que a buen seguro iban acompañadas de
cuidados y de atención por parte del grupo a los sujetos heridos. Para
encontrar pruebas de las primeras cirugías humanas voluntarias, destinadas a
mejorar el estado de salud de una persona enferma, habrá que avanzar hasta hace
14 000 años, al contexto cronológico del fin del Paleolítico superior y de la
cultura epigravetiense, con el primer indicio de cuidado dental de una muela
cariada descubierta en el yacimiento de Riparo Villabruna, al noreste de
Italia, en la región de Venecia[183]. La muela muestra
una caries importante con presencia de estrías en las zonas más inaccesibles de
la fisura cariada, lo que sugiere la eliminación intencionada de los tejidos
dentales infectados mediante un raspado en el interior de la lesión con ayuda de
pequeñas herramientas de piedra apropiadas para ello. Por el contrario, aún no
encontramos pruebas de técnicas de perforación rotativa como
las que se observarán más adelante, en el Neolítico y en la odontología
moderna… A aquellos de ustedes sensibles a los sofisticados cuidados dentales,
casi indoloros, que se practican en las consultas de nuestra época ya les oigo
rechinar los dientes. Y, sin embargo, hay que hacerse a la siguiente idea: los
primeros cuidados odontológicos se remontan al fin del Paleolítico y se
realizan para aliviar a un individuo con un molar cariado, mediante un raspado
de
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los tejidos infectados con la ayuda de una pequeña y puntiaguda
herramienta de piedra.
La segunda
modalidad de cirugía formal reconocida en cuerpos humanos por motivos de salud
tiene que ver con las intervenciones en la caja craneal. Aquí queremos recordar
las trepanaciones que, en contexto prehistórico, reconoció, por primera vez
hace casi 150 años, Paul Broca, gran anatomista y pionero de la antropología
física. Se trata de una técnica que consistía en realizar un corte circular del
cráneo con el fin de acceder al cerebro para aliviar hipertensiones que podían
ocasionar cefaleas o dolencias más graves. Una operación arriesgada, ya que
consiste en practicar una abertura del cráneo sin dañar las estructuras
internas: los vasos sanguíneos, las meninges y, por supuesto, el cerebro[184]. No obstante, con
respecto a los contextos antiguos, subsisten dudas sobre las razones que
condujeron a realizar estas operaciones: ¿tenemos frente a nosotros verdaderos
actos quirúrgicos basados en conocimientos y en un diagnóstico para aliviar los
achaques de un individuo, o bien nos hallamos ante prácticas mágicas o
religiosas? En el escenario prehistórico resulta difícil distinguir las cosas
porque, para asegurarnos de que se trataba de una práctica médica, deberíamos
poder disponer de un diagnóstico sobre las patologías que requirieran esa
actuación.
En Europa y en toda
la cuenca mediterránea, la trepanación se identificó en un principio en
centenares de individuos a finales del Neolítico y de la Edad de Bronce[185]. En virtud de
algunos descubrimientos posteriores, se propuso una antigüedad mayor para las
primeras trepanaciones y, a finales de los años noventa, se describió una doble
trepanación en un individuo descubierto en una necrópolis de la cultura de la
cerámica de bandas en Alsacia, una necrópolis de hace unos 7000 años[186]. Cultura
de la cerámica de bandas es el nombre que recibe en Europa central la
corriente más antigua del Neolítico, responsable de introducir las prácticas
agropastorales en estas regiones. Los autores de dicho descubrimiento insisten
en la perfecta ejecución técnica de la intervención y el alto nivel de
habilidad del cirujano, lo cual revela un absoluto conocimiento de la anatomía
y las dificultades de la operación. Por lo tanto, ya no cabe duda de que la
invención de dicha técnica quirúrgica es cosa de las primeras poblaciones
neolíticas europeas.
Desde entonces,
otros estudios han demostrado la existencia de trepanaciones antes del
Neolítico, realizadas por las poblaciones de los
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cazadores-recolectores del Mesolítico, incluso a finales del Paleolítico
superior, como es el caso del yacimiento de Taforalt en Marruecos[187], en niveles
arqueológicos de una cultura propia del norte de África llamada iberomauritana.
En todos los casos, los ejemplos de trepanaciones anteriores al
Neolítico son de pequeñas dimensiones y se llevan a cabo con técnicas de
perforación y abrasión. Es decir, que la operación implicaba el uso de
herramientas apropiadas que sin duda disponían de algunos elementos de sílex
puntiagudos para realizar pequeñas perforaciones progresivas que delimitaran la
abertura craneal deseada.
Así pues, la
trepanación constituye el primer acto quirúrgico que consistió en abrir el
cuerpo humano, y luego suturarlo, para operar los órganos internos, y las
primeras pruebas nos llevan hasta el final del Paleolítico superior, alrededor
de 12 000 años antes del presente. Los riesgos que entrañaba y las pruebas
irrefutables de la supervivencia de los pacientes demuestran un perfecto
conocimiento anatómico y el dominio de las técnicas apropiadas por parte de
esos primeros cirujanos, verdaderos pioneros de la neurocirugía moderna.
Este rápido repaso
a un campo que normalmente no se asocia con la prehistoria nos ha llevado a
recordar varias facetas del comportamiento humano que aquí hemos mezclado de
forma algo artificial. Hemos pasado de los sentimientos, de la emoción y del
altruismo, perceptibles a través de la atención y los cuidados que podían
procurarse los humanos hace varios centenares de miles de años, al surgimiento
de saberes anatómicos y médicos. Todas ellas facetas que forman parte de
nuestro repertorio adaptativo desde hace mucho tiempo y que dan cuenta de la
singular trayectoria de los humanos y su evolución.
A pesar de que cada
uno de los casos que aquí se describen es único y nos conduce, a partir de la
observación de un espécimen concreto, a establecer una situación genérica que
se aplica a un momento dado de nuestra evolución, todo parecido con personas o
circunstancias que hayan existido es meramente fortuito. En efecto, sólo
acumulando descubrimientos y casos concretos estaremos en condiciones de afinar
nuestros conocimientos e hipótesis sobre esas áreas aún desconocidas de los
humanos en los tiempos prehistóricos.
Página 142
EPÍLOGO
Al terminar la
lectura de este libro, quizá estén ustedes pensando en todas las primeras veces
de las que no he hablado: la primera ropa, los primeros zapatos, la primera
pesca, la primera trampa, la primera embarcación, la primera emoción, la
primera risa, la primera pieza musical… y muchas otras más que, según algunos,
todavía se nos escapan y quizá se nos escapen siempre. La lista es
sencillamente infinita. Pero el objetivo de esta obra no era elaborar un
catálogo exhaustivo. Mi deseo, a través de estas paleocrónicas, era
recalcar la huella que, en nuestro presente, han imprimido aquellas
sociedades tan remotas en el tiempo y demostrar que sus objetos y sus
comportamientos, aquellos retazos de vida humana, se inscriben en una historia,
en nuestra historia.
La prehistoria
tiene la característica excepcional de remitirnos a las primeras veces
originales, las de toda la humanidad. Es el caso, por supuesto, de la
herramienta, cuyos ejemplares más antiguos nos hacen retrotraernos a un pasado
lejanísimo —las de Lomekwi se remontan a 3,3 millones de años atrás—, o de la
domesticación del fuego, hace más o menos 500 000 años. Esas etapas tan
importantes están constituidas por procesos que se transmiten y evolucionan.
Así pues, se trata de una historia de los comienzos: de la humanización de
nuestro planeta, de la influencia creciente de los humanos en su entorno, hasta
el punto de que podríamos preguntarnos si el Antropoceno no es más antiguo de
lo que creemos… A lo largo de esos millones de años que acabamos de recorrer
juntos a zancadas, he optado por centrarme en momentos, en actos y en
acontecimientos clave, mientras que en otras ocasiones he preferido, con el fin
de reducir la focalización y tomar distancia, atravesar los continentes y
centenares de miles de años en una sola página. A este ejercicio se entregan de
forma permanente los prehistoriadores: pasan de la descripción de un detalle
técnico, de un aspecto logrado o torpe en el
Página 143
trabajo de la piedra, a la narración de episodios de la dispersión
humana a través de milenios y continentes.
El historiador
Fernand Braudel hablaba a las mil maravillas de esta cuestión con unas palabras
muy acertadas e inspiradoras, no sólo para los medievalistas o los
historiadores especializados en la Edad moderna y la Contemporánea, sino
también para los prehistoriadores, como yo:
El tiempo de la
Historia, el tiempo de los humanos, el tiempo de la vida social, es un tiempo
múltiple formado por otros tantos tiempos, unos muy breves, otros algo más
largos y otros larguísimos que pueden parecer inmóviles, pero que no lo son.
Nosotros, los
prehistoriadores, hemos de afrontar esta constatación, y no únicamente por
elección metodológica, sino también porque tenemos que trabajar con lo que nos
ha dejado la conservación: a veces, cuando los restos se han sellado rápida y
suavemente gracias a finos depósitos aluviales, obtendremos la instantánea de
un campamento; en otros casos, los más numerosos, tendremos que intentar
descifrar diversas capas arqueológicas que agrupan múltiples acontecimientos, a
veces producidos a lo largo de siglos o incluso milenios. En estos casos, es
imposible hacer paleoetnología, así que no tendremos más que una comprensión
muy limitada de los acontecimientos, en apariencia suspendidos en un tiempo que
sólo dominamos parcialmente. Que tardemos tanto en comprender los hechos puede
dar la impresión de que nada ha cambiado, de que los humanos han vivido sin
evolucionar durante milenios enteros, en una especie de estasis. Es lo que en
un principio pensamos de las sociedades neandertales, que se escapaban a las
dataciones más precisas del carbono 14 aplicadas a los restos de principios del
Paleolítico superior y parecían no haber experimentado más que una lenta e
inmutable historia tecnológica plurimilenaria. Como si estos grupos humanos
hubieran atravesado fases glaciares e interglaciares durante varios centenares
de miles de años sin evolucionar, sin adaptar sus costumbres, sus técnicas y
sus culturas. Hoy en día estamos muy lejos de esta percepción y eso es también
lo que he querido mostrar en este libro: es evidente que durante el
perfeccionamiento de los bifaces achelenses, hace alrededor de 800 000 años,
entran en funcionamiento procesos de aprendizaje complejos, quizá acompañados
de un lenguaje articulado; el fuego se domina desde hace centenares de miles de
años; se producen grandes
Página 144
desplazamientos migratorios que requieren una adaptación a entornos
siempre diferentes por parte de las sociedades; la inhumación de los difuntos
aparece en los neandertales y los sapiens más o menos al mismo
tiempo. ¿Surge entonces una especie de toma de conciencia del más allá, de vida
después de la muerte? Lo cierto es que estamos ante restos que revelan
comunidades sociales y, según enfoquemos más de cerca o de lejos al documentarlos,
lo que queda ante nuestros ojos es la suma de evoluciones técnicas y socioeconómicas
de un pasado muy lejano.
A lo largo de las
páginas de este libro, han experimentado ustedes estos cambios de escala, estas
alternancias de largo o corto plazo. Quería poder pasar de la descripción de
fenómenos vastos que se desarrollaban durante un período extenso a través de espacios
considerables (la primera América o la primera migración, por ejemplo) a hechos
técnicos precisos (la primera aguja de coser, la primera joya, etcétera), que
se desarrollan en un lapso más breve y dan fe de la importancia de las
invenciones a lo largo de la trayectoria humana. Este enfoque permite no seguir
mirando el mundo paleolítico desde arriba, a través de mapas con flechas que
indican las grandes rutas de los asentamientos, sino verlo a la altura del
hombre, a través de su audacia, su creatividad, su humanidad.
Al estudiar estas
sociedades, se abren ante nosotros inmensos progresos metodológicos,
tecnológicos o conceptuales, y conocimientos que antes se consideraban
inalcanzables son accesibles. Por eso la prehistoria y la evolución humana se
vuelven cada día más fascinantes. Saldrán a la luz otras primeras veces y puede
que el contenido y la cronología de algunas de las que les hemos contado aquí
se modifiquen, y nunca olvidaremos lo arbitraria que resulta la expresión primera
vez para calificar comportamientos que sólo captamos una vez que están
bien asentados.
Así que la
(pre)historia continúa…
Página 145
GLOSARIO
ADN MITOCONDRIAL:
material genético de las mitocondrias, propio de la especie humana. Reviste un
singular interés en genética de poblaciones, ya que permite retroceder
siguiendo el linaje femenino (sólo se transmite a partir de la madre). De esa
forma su estudio propicia el seguimiento de poblaciones comparando el grado de
similitud de su ADN mitocondrial.
ADN
NUCLEAR: ADN localizado en el núcleo de las células eucariotas en
forma de cromosomas; la mitad se hereda del padre y la otra mitad de la madre.
AURIÑACIENSE:
entidad cultural del principio del Paleolítico superior que presenta una
repartición geográfica paneuropea, ya que se extiende incluso a Oriente Próximo
y más allá, hasta las montañas de Zagros. Se desarrolló entre 42 000 y 33 000
años antes del presente y podría corresponder a una de las primeras corrientes
de expansión de los humanos anatómicamente modernos en el continente europeo.
Los auriñacienses dejaron restos arqueológicos notables, entre los que se
incluyen las primeras manifestaciones de arte figurativo (cueva de Chauvet) e
innumerables adornos, bloques esculpidos, estatuillas de marfil e incluso
flautas de materia animal dura.
AUSTRALOPITECOS (GÉNERO AUSTRALOPITHECUS):
primates fósiles de la familia de los homínidos que vivieron entre alrededor de
4,2 y 1 millón de años antes de nuestra era; se los conoce gracias a los huesos
descubiertos a partir de 1924 en África austral y oriental.
AUSTRALOPITHECUS
SEDIBA: especie del género Australopithecus descubierta en
2008 por un equipo que dirigió Lee Berger en Sudáfrica; presenta un mosaico de
rasgos modernos y antiguos.
BIFAZ: objeto de
piedra tallada por ambas caras que existe en África desde hace 1,7 millones de
años.
CUATERNARIO: unidad
de tiempo que cubre el período desde hace 2,6 millones de años hasta nuestros
días. Comprende el Pleistoceno y el Holoceno (últimos 10 000 años).
Página 146
CHATELPERRONIENSE:
cultura de transición entre el Paleolítico medio y el Paleolítico superior
(hace alrededor de 45 000 y 42 000 años).
DATACIÓN ABSOLUTA:
técnica gracias a la cual se puede establecer la antigüedad real de forma
precisa a través del estudio de la desintegración radiactiva de algunos
elementos químicos.
ETOLOGÍA: estudio
del comportamiento de las especies animales.
FINALISMO: sistema
de pensamiento que admite la finalidad como principio para explicar los
fenómenos en el Universo en general o en un campo limitado.
GENÉTICA DE
POBLACIONES: estudio de la distribución y modificación de las versiones de un
gen en las poblaciones de seres vivos, bajo la influencia de presiones
evolutivas (selección natural, mutaciones…).
GRAVETIENSE: fase
paneuropea del Paleolítico superior (entre unos 32 000 y 24 000 años atrás) que
debe su nombre al yacimiento de La Gravette (Dordoña). El Gravetiense se
caracteriza sobre todo por el corte de hojas de sílex con un perfil rectilíneo
y por las figuritas femeninas llamadas venus. Es también el período
durante el cual se desarrollan en Europa central las cabañas de hueso de mamut.
HOMÍNIDOS:
antepasados de los miembros del linaje humano y del linaje de los chimpancés.
HOMININI:
subfamilia de la familia de los homínidos que agrupa a los géneros Pan y Homo.
HOMININO: miembros
del linaje humano.
HOMINOIDES:
superfamilia del orden de los primates que agrupa a los grandes simios sin cola
(humanos, chimpancés, gorilas…).
HOMBRE DE CROMAÑÓN:
denominación de valor histórico que, por extensión, se ha empleado para
designar al conjunto de Homo sapiens del Paleolítico superior
europeo (hace entre 45 000 y 12 000 años). El nombre proviene de la cueva de
Cromañón, en Les Eyzies-de-Tayac-Sireuil (Dordoña), donde, en 1868, se
encontraron restos fósiles de humanos
Página 147
modernos. Desde su datación directa, sabemos que los fósiles hallados en
Cromañón son contemporáneos del Gravetiense.
HOMBRE DE DENÍSOVA:
nuevo taxón del género Homo. Los restos (un único hueso de una mano
y algunos dientes aislados) se descubrieron en la cueva de Denísova (sur de
Siberia). Se supone que esta especie, identificada por vez primera en 2010 por
el equipo de Svante Pääbo, del Instituto Max Planck, de Leipzig, a través de un
análisis genético del hueso de la mano, habría vivido entre hace 450 000 y
50 000 años. También los neandertales habitaron en esa región del sur de
Siberia y, más recientemente, los humanos modernos. Un nuevo análisis genético
acaba de encontrar evidencias del primer mestizo neandertal-denisovano.
INDUSTRIA LÍTICA:
conjunto de objetos de piedra transformados por los humanos de forma
intencional.
LUCY: Australopithecus
afarensis, esqueleto de australopiteco femenino que data de 3,2 millones de
años atrás, exhumado en Etiopía en 1974 por Yves Coppens y Donald Johanson.
MAGDALENIENSE:
manifestación cultural del fin del Paleolítico superior comprendido entre hace
21 000 y 14 000 años.
MIDDLE STONE AGE: período de la
prehistoria africana que se corresponde más o menos con el Paleolítico medio
europeo y se extiende hace entre 300 000 y 30 000 años.
MUSTERIENSE:
principal manifestación cultural del Paleolítico medio en Eurasia (hace entre
300 000 y 40 000 años); se caracteriza por abundantes utensilios de lascas
asociados en ocasiones a bifaces.
NEOLÍTICO: período
(hace entre 6 000 y 3 000 años antes del presente, en Europa) durante el cual
los humanos modificaron en profundidad sus relaciones con el entorno para
establecer, según los diversos mecanismos en diferentes partes del mundo, una
economía fundada en la ganadería y la agricultura. También es un período de
transformaciones técnicas, sociales y culturales que condujeron progresivamente
al surgimiento de un mundo agrícola del que hoy en día somos herederos.
OLDUVAYENSE:
término utilizado para designar a las antiquísimas herramientas líticas
identificadas en África entre 2,6 y 1,8 millones de
Página 148
años atrás, es decir, antes de la aparición de los bifaces que definen
al Achelense. El término procede del lugar donde el arqueólogo Louis Leakey
descubrió los primeros objetos de este tipo, en la garganta de Olduvai, en
Tanzania. Se trata esencialmente de cantos tallados, es decir, cantos de los
que se desprenden lascas para hacerlos cortantes.
PALEOLÍTICO: gran
período de la prehistoria dividido cronológicamente en
tres subperíodos:
el Paleolítico inferior (entre 3,3 millones de años y 300 000 años atrás),
medio (hace entre 300 000 y 40 000 años) y superior (entre 45 000 y 12 000 años
atrás).
PARÁNTROPOS:
Hominini a menudo calificados de robustos debido al
extraordinario desarrollo de su sistema masticador. A menudo se los considera
primos del género Homo, con quienes comparten numerosas
características. Vivieron, según las interpretaciones del registro fósil, entre
hace 2,7 y 1 millón de años o entre 2,3 y 1 millón de años, en África
meridional u oriental.
PLEISTOCENO:
primera época geológica del Cuaternario, marcada por grandes glaciaciones, que
se extendió desde hace 2,6 millones de años hasta hace 11 700 años.
TAXÓN: categoría
clasificatoria que permite agrupar a los seres vivos siguiendo criterios
definidos.
TEORÍA DEL ORIGEN
AFRICANO (OUT OF AFRICA): teoría que defiende un
origen africano
único para todos los Homo sapiens repartidos por el mundo.
Hace más o menos 150 000 años, unos Homo sapiens salidos de
África colonizaron los demás continentes y remplazar poco a poco a las demás
poblaciones de homínidos que iban encontrando en su camino.
TUMAI: Sahelanthropus
tchadensis, fósil de homínido descubierto en el Chad en 2001 y con una
antigüedad de unos 7 millones de años.
Página 149
AGRADECIMIENTOS
Querría dar las
gracias a aquellas y aquellos que aceptaron releer algunas de estas primeras
veces, o todas: Marie-Françoise André, Marie Balasse, François Bon,
François-Xavier Fauvelle, Bruno Maureille, Olivier Parisot, Claire Vayssettes,
y también a Gauthier Delvilder (UMR 5199 PACEA-CNRS, Universidad de Burdeos)
por los anexos cronológicos. Un enorme agradecimiento a Raphaël Tomas, que
siguió paso a paso todas las etapas de la elaboración de este libro.
Notas
[1] Véase el glosario
previo a estas notas. [Todas las notas son del autor.]
[2] Harmand,
S. et al., «3.3-million-year-old stone tools from Lomekwi 3, Est
Turkana, Kenya», Nature, 512 (2015), pp. 310-315. <<
[3] Whiten,
A. et al., «Cultures in chimpanzees», Nature, 399
(1999), pp. 682-685. <<
[4] Véase,
por ejemplo, Tomasello, M., Los orígenes culturales de la cognición
humana, Buenos Aires, Amorrortu Ediciones, 2007. Traducción de
Alfredo Negrotto. <<
[5] Teilhard
de Chardin, P., El fenómeno humano, Barcelona, Taurus, 1986.
Traducción, prólogo y notas de M. Crusafont Pairó. <<
[6] Braga,
J., Cohen, C., Maureille, B., Teyssandier, N., Origines de l’humanité:
les nouveaux scénarios, Montreuil, La ville brûle, 2016. <<
[7] Véase
Sigaut, F., Comment «Homo» devint «faber», CNRS
Éditions, 2012. <<
[8] Bergson,
H., La evolución creadora, Buenos Aires, Cactus, 2016. Traducción
de Pablo Ires. <<
[9] Pelegrin,
J., Roche, H., «L’humanisation au prisme des pierres taillées», Comptes
Rendus Palevol, 16 (2017), pp. 175-181. <<
[10]Roche, H. et
al., «Early hominid stone tool production and technical skill 2.34 Myr ago
in West Turkana, Kenya», Nature, 399 (1999), pp. 57-60. <<
[11] Harmand,
S. et al., «3.3-million-year-old stone tools from Lomekwi 3, West
Turkana, Kenya», Nature, 512 (2015), pp. 310-315. <<
[12] Gärdenfors,
P., Högberg, A., «The archaeology of teaching and the evolution of Homo
docens», Current Anthropology, 58 (2017), pp. 188-208. <<
[13] Pelegrin,
J., Roche, H., «L’humanisation au prisme des pierres taillées», Comptes
rendus Palevol, 16 (2017), pp. 175-181. <<
[14] Pelegrin,
J., Roche, H., ibidem, 2017. <<
[15] Pelegrin,
J., Roche, H., ibidem, 2017. <<
[16] Gärdenfors,
P., Högberg A., ibidem, 2017. <<
[17] Gärdenfors,
P., Högberg A., ibidem, 2017. <<
[18] Gärdenfors,
P., Högberg A., ibidem, 2017. <<
[19] Gärdenfors,
P., Högberg A., ibidem, 2017. <<
[20] Le Bras, H.,
Garcia, D., Archéologie des migrations, La Découverte-Inrap,
2017. <<
[21] Le Bras,
H., Garcia, D., ibidem, 2017. <<
[22] Le Bras,
H., Garcia, D., ibidem, 2017. <<
[23] Clarkson,
C. et al., «Human occupation of Northern Australia by 65 000 years
ago», Nature, 547 (2017), pp. 306-310. <<
[24] Clarkson,
C. et al., ibidem, 2017. <<
[25] O’Connell,
J. F. et al., «When did Homo sapiens first reach
Southeast Asia and Sahul?», PNAS, 115, 34 (2018), pp.
8482-8490. <<
[26] Clarkson,
C. et al., ibidem, 2017. <<
[27] Véanse,
por ejemplo, las discusiones en Braga, J., Cohen, C., Maureille, B.,
Teyssandier, N., ibidem, 2016. <<
[28] Domínguez-Rodrigo,
M., Pickering, T. R., «The meat of the matter: an evolutionary perspective on
human carnivory», Azania: Archaeological Research in Africa, 52
(2016), pp. 4-32. <<
[29] McPherron,
S. P. et al., «Evidence for stone-tool-assisted consumption of
animal tissues before 3.39 million years ago at Dkika, Ethiopia», Nature,
466 (2010), pp. 857-860. <<
[30] Domínguez-Rodrigo,
M., Pickering, T. R., ibidem, 2016. <<
[31] Domínguez-Rodrigo,
M., Pickering, T. R., ibidem, 2016. <<
[32] Depaepe,
P., Patou-Mathis, M. (dir.), Néandertal, Gallimard/Muséum national
d’Histoire naturelle, 2018. <<
[33] Depaepe,
P., Patou-Mathis, M., ibidem, 2018. <<
[34] Kilani,
M., Du goût de l’autre. Fragments d’un discours cannibale, Seuil,
2018. <<
[35] Bermúdez
de Castro, J. M. et al., «The Atapuerca sites and their
contribution to the knowledge of human evolution in Europe», Evolutionary
Anthropology, 13 (2004), pp. 25-41. <<
[36] Bermúdez
de Castro, J. M., ibidem, 2004. <<
[37] Carbonell,
E. et al., «Cultural cannibalism as a paleoeconomic system in the
European Lower Pleistocene. The case of level TD6 of Gran Dolina (Sierra de
Atapuerca, Burgos, Spain)», Current Anthropology, 51 (2010), pp.
539-549. <<
[38] Véase,
por ejemplo, Patou-Mathis, M., «Cannibales?», en Néandertal (dir.
por Depaepe, P., Patou-Mathis, M.), Gallimard/Muséum national d’Histoire
naturelle, 2018, pp. 89-93. <<
[39] Cole, J.,
«Assessing the calorific significance of episodes of human cannibalism in the
Palaeolithic», Scientific Reports, 7 (2017), 44 707. <<
[40]Alperson-Afil,
N., «Spatial analysis of fire: archaeological approach to recognizing early
fire», Current Anthropology, 58 (2017), S16. <<
[41] Roebroeks,
W., Villa, P., «On the earliest evidence for habitual use of fire in
Europe», Proceedings of the National Academy of Sciences of the United
States of America, 108 (13), 2011, pp. 5209-5214. <<
[42] Sorensen,
A. C. et al., «Neandertal fire-making technology inferred from
microwear technology», Scientific Reports, 8 (2018), 10 065. <<
[43] Carbonell,
E. et al., «Les premiers comportements funéraires auraient-ils pris
place à Atapuerca, il y a 350 000 ans?», L’Anthropologie, 107
(2003), pp. 1-14. <<
[44] Rouzaud,
F. et al., «La grotte de Bruniquel», Spelunca, 60
(1996), pp. 27-34. <<
[45] Jaubert,
J. et al., «Early Neanderthals constructions deep in Bruniquel cave
in southwestern France», Nature, 534 (2016), pp. 111-114. <<
[46] Jaubert,
J. et al., ibidem, 2016. <<
[47] Clottes,
J. (dir.), La grotte Chauvet. L’art des origines, Seuil,
2010. <<
[48] Teyssandier,
N., Thiébault, S. (dir), Pré-histoires. À la conquête des territoires,
Éditions du cherche midi/CNRS, 2018. <<
[49] Con respecto
a los temas que abordamos aquí, véase, por ejemplo, Tillier, A.-M., L’homme
et la mort. L’émergence du geste funéraire durant la préhistoire, CNRS
Éditions, 2009. <<
[50] Tillier,
A.-M., ibidem, 2009. <<
[51] Jaubert,
J., Maureille, B., Néandertal, Éditions Confluences, 2012. <<
[52] Carbonell,
E. et al., «Les premiers comportements funéraires auraient-ils pris
place à Atapuerca, il y a 350 000 ans?», L’Anthropologie, 107
(2003), pp. 1-14. <<
[53] Grün,
R., Stringer, C. B., 2001, «Tabun revisited: Revised ESR chronology and new ESR
and U-series analysis of dental material from Tabun C1», Journal of
Human Evolution, 39 (2001), pp. 601-612. <<
[54] Tillier,
A.-M., ibidem, 2013. <<
[55] Tillier,
A.-M., ibidem, 2013. <<
[56] Jaubert,
J., «Sépultures, parures, objets insolites. Symbolique néandertalienne»,
en Néandertal (dir. por Depaepe, P., Patou-Mathis, M.),
Gallimard/Muséum national d’Histoire naturelle, 2018, pp. 89-93. <<
[57] Jaubert,
J., ibidem, 2018. <<
[58] Jaubert,
J., ibidem, 2018. <<
Página 209
[59] Trinkaus,
E. et al., The People of Sungir. Burials, Bodies and
Behavior in the Earlier Upper Paleolithic, Oxford University Press,
2014. <<
[60] Véase, por
ejemplo, Guy, E., Ce que l’art préhistorique dit de nos origines,
Flammarion, 2017. <<
Página 211
[61] Vanhaeren,
M., d’Errico, F., «La parure del’enfant de la Madeleine (fouilles Peyrony). Un
nouveau regard sur l’enfance au Paléolithique supérieur», Paléo, 13
(2001), pp. 201-240. <<
[62] Godelier,
M., La préhistoire des autres, La Découverte, 2012. <<
[63] D’Errico,
F. et al., «Nassarius kraussianus shell beads from
Blombos cave: evidence for symbolic behaviour in the Middle Stone Age», Journal
of Human evolution, 48 (2006), pp. 3-24. <<
[64] Kuhn,
S. L., Stiner, M. C., «What’s a mother to do? The division of labor among
Neanderthals and Modern Humans in Eurasia», Current Anthropology,
47 (2006), pp. 953-980. <<
[65] Leclerc,
J.-L., Tarrête, J., «Définitions de habitat et habitation»,
en Dictionnaire de la Préhistoire (dir. por Leroi-Gourhan,
A.), PUF, 1994, pp. 482-483. <<
[66] Bourguignon,
L. et al., «L’habitat moustérien de “La Folie” (Poitiers, Vienne):
synthèse des premiers résultats», Paléo, 14 (2002), pp.
29-48. <<
[67] Demay,
L. et al., «Mammoths used as food and building resources by
Neanderthals: zooarchaeological study applied to layer 4, Molodova I,
Ukraine», Quaternary International, 276-277 (2012), pp.
212-226. <<
[68] Leroi-Gourhan,
A., Brézillon, M., «L’habitation magdalénienne nº 1 de Pinceventi près
Montereau (Seine-et-Marne)», Gallia Préhistoire, 9-2 (1966), pp.
263-385. <<
[69]Iakoleva, L.,
Djindjian, F., «L’habitat à cabanes en os de mammouths de Gontsy (Ukraine): une
référence pour la reconstitution d’un système de chasseurs-cueilleurs dans son
territoire basé sur l’économie du mammouth», en Otte, M. &Lebrun-Ricalens,
F., Modes de contacts et de déplacements au Paléolithique eurasiatique,
MNHA-CNRA y Universidad de Lieja, ERAUL 140 (2014), pp.
215-241. <<
[70]Véase, en concreto,
Hombert, J.-M., Lenclu, G., Comment le langage est venu à l’homme,
Fayard, 2014. <<
[71] Arensburg,
B. et al., «A Middle Palaeolithic human hyoid bone», Nature,
338 (1989), pp. 758-760. <<
[72] Lieberman,
D. «The evolution of human speech. Its anatomical and neural bases», Current
Anthropology, 48 (2007), pp. 39-66. <<
[73] Hublin,
J.-J., Quand d’autres hommes peuplaient la Terre. Nouveaux regards sur
nos origines, Flammarion, 2008. <<
[74] Leroi-Gourhan,
A., El gesto y la palabra, Universidad Central de Venezuela, 1971.
Traducción de Felipe Carrera. <<
[75] Véanse
los debates sobre el tema en Gärdenfors, P., Högberg, A., «The archaeology of
teaching and the evolution of Homo docens», Current
Anthropology, 58 (2017), pp. 188-208. <<
[76] Camelin,
S., Houdart, S., L’Ethnologie. Que sais-je?, PUF, 2010. <<
[77] Mauss, M., Ensayo
sobre el don. Forma y función del intercambio en las sociedades arcaicas,
Katz Editores, 2009. Traducción de Julia Bucci.
[78] Malinowski,
B., Los argonautas del Pacífico occidental, Barcelona, Altaya,
2000. Traducción de Antonio J. Desmonts. <<
[79] Camelin,
S., Houdart, S., ibidem, 2010. <<
[80]Féblot-Augustins,
J., Perlès, C., «Perspectives ethnoarchéologiques sur les échanges à longue
distance», en Ethnoarchéologie: justification, problèmes, limites,
APDCA, 1992. <<
[81] Féblot-Augustins,
J., «Inter-regional studies: Paleolithic raw material provenance studies in
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1187-1198. <<
[82] Slimak,
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notion de détail», Bulletin de la Societé préhistorique française,
105 (2009), pp. 267-281. <<
[83] Féblot-Augustins,
J., ibidem, 2008. <<
[84] Féblot-Augustins,
J., ibidem, 2008. <<
[85] Féblot-Augustins,
J., ibidem, 2008. <<
[86] Féblot-Augustins,
J., ibidem, 2008. <<
[87] Pääbo,
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Editorial, 2023. Traducción de Federico Zaragoza. <<
[88] Rodríguez-Vidal,
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Blombos cave, South Africa», Journal of Human Evolution, 57 (2009),
pp. 27-47. <<
[90] Päabo,
S., ibidem, 2023. <<
[91] Päabo,
S., ibidem, 2023. <<
[92] Trinkaus,
E. et al., Life and Death at the Pestera cu Oase. A Setting
for Modern Human Emergence in Europe, Oxford University Press, 2012. <<
[93]Fu, Q. et
al., «An early modern human from Romania with a recent Neanderthal
ancestor», Nature, 524 (2015), pp. 216-219. <<
[94] Paillet,
P., «Le mammouth de la Madeleine (Tursac, Dordogne). Dans son siècle et
aujourd’hui», Paléo, 22 (2011), pp. 223-270. <<
[95] Pitulko,
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Last Glacial Maximum», Science, 303 (2004), pp. 52-56. <<
[96] Pitulko, V. V.,
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remains», Science, 351 (2016), pp. 260-263.
[97] Demoule,
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2018. <<
[98] Jaubert,
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en Néandertal (dir. por Depaepe, P., Patou-Mathis, M.),
Gallimard/Muséum national d’Histoire naturelle, 2018, pp. 95-103. <<
[99] Zilhão,
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Iberian Neanderthals», Proceedings of the National Academy of Sciences
of the United States of America, 107 (2010), pp. 1023-1028. <<
[100] Zilhão,
J., «The emergence of ornaments and art: an archaeological perspective on the
origins of behavioral modernity», Journal of Archaeological Research,
15 (2007), pp. 1-54. <<
[101]Jaubert,
J. et al., «Early Neanderthal constructions deep in Bruniquel cave
in southwestern France», Nature, 534 (2016), pp. 111-114. <<
[102] Rodríguez-Vidal,
J. et al., «A rock engraving made by Neanderthals in
Gibraltar», Proceedings of the National Academy of Sciences of the
United States of America, 111 (2014), pp. 13 301-13 306. <<
[103] Aubert,
M. et al., «Pleistocene cave art from Sulawesi, Indonesia», Nature,
514 (2014), pp. 223-227. <<
[104]Teyssandier, N.,
Thiébault, S. (dir)., Pré-histoires. À la conquête des territoires,
Éditions du cherche midi/CNRS, 2018. <<
Página 255
[105]Guy, E., ibidem,
2017. <<
[106] Con
respecto al tema del arte prehistórico, consúltese la hermosa obra de síntesis
(con magníficas ilustraciones): Fritz, C. (dir.), L’art de la
préhistoire, Citadelles & Mazenod, 2017. <<
[107]Guy, E., ibidem,
2017. <<
[108]Demoule,
J.-P., ibidem, 2018. <<
[109] Leroi-Gourhan,
A., Prehistoria del arte occidental, Akal, 1968. Traducción de
Miguel Llongueras. <<
[110]Guy, E., ibidem,
2017. <<
[111] Guy,
E., ibidem, 2017. <<
[112] Mauss,
M., Manual de etnografía, FCE, 2007. Traducción de Marcos
Mayer. <<
[113]Le Tensorer, J.-M.,
«Les cultures acheuléennes et la question de l’émergence de la pensée
symbolique chez Homo erectus à partir de données relatives à
la forme symétrique et harmonique des bifaces», C. R. Palevol, 5
(2006), pp. 127-135. <<
[114] Kind,
C. J. et al., «The smile of the Lion Man. Recent excavations in
Stadel cave (Baden-Württemberg, south-western Germany) and the restoration of
the famous Upper Paleolithic figurine», Quartär, 61 (2014), pp.
129-145. <<
Página 265
[115]Kind,
C. J., ibidem, 2014. <<
[116]Hahn, J., «La
statuette masculine de la grotte du Hohlenstein-Stadel (Wurttemberg)», L’Anthropologie,
75 (1971), pp. 233-244. <<
[117]Kind,
C. J., ibidem, 2014. <<
[118]Otte, M., À
l’aube spirituelle de l’humanité. Une nouvelle approche de la préhistoire,
Odile Jacob, 2012. <<
[119]Otte, M.,
Remacle, L., Noiret, P., Les hommes de Lascaux, Armand Colin,
2009. <<
[120] Sahlins,
M., Economía de la Edad de Piedra, Akal, 1983. Traducción de Emilio
Muñiz y Erna Rosa Fondevila. <<
[121] Testart,
A., Les chasseurs-cueilleurs ou l’origine des inegalités, Societé
d’Ethnologie, 1982. <<
[122]Guy, E., ibidem,
2017. <<
[123] Véase
la obra de Emmanuel Guy en la que se desarrolla y se dan ejemplos sobre el tema
abordado aquí: Guy, E., Ce que l’art préhistorique dit de nos origines,
Flammarion, 2017. <<
[124]Pelegrin, J.,
«Réflexions sur la notion de spécialiste dans la taille de la
pierre au Paléolithique», en Arts et cultures de la préhistoire.
Hommages à Henri Delporte (dir. por Desbrosse, R., Thévenin A.), Éditions
du Comité des travaux historiques et scientifiques, 2007. <<
[125]Testart, A., Avant
l’histoire. L’évolution des sociétés, de Lascaux à Carnac, Gallimard,
2012. <<
[126] Sobre
estas cuestiones, véase Bon, F., Préhistoire. La fabrique de l’homme,
Seuil, 2009. <<
[127]Bon, F., ibidem,
2009. <<
[128]Bon, F., ibidem,
2009. <<
[129] Heckel,
C. E., «Reconsidering production organization in the Early Upper Palaeolithic:
the case for specialized productions of Aurignacian beads», Quaternary
International, 491 (2017), pp. 11-20. <<
[130] Trinkaus, E. et
al., The People of Sungir. Burials, Bodies and Behavior in the
Earlier Upper Paleolithic, Oxford University Press, 2014.
Trinkaus, E.,
Buzhliova, A. P., «Diversity and differential disposal of the dead at
Sungir», Antiquity, 92, 361 (2018), pp. 7-21. <<
[131] Vanhaeren,
M., d’Errico, F., «La parure de l’enfant de la Madeleine (fouilles Peyrony). Un
nouveau regard sur l’enfance au Paléolithique supérieur», Paléo, 13
(2001), pp. 201-240. <<
[132]Guy, E., ibidem,
2017. <<
[133]Lévi-Strauss,
C., Estructuras elementales del parentesco, Paidós, 1981.
Traducción de Marie-Thérèse Cevasco. <<
[134] Descola,
P., Más allá de naturaleza y cultura, Amorrortu, 2012. Traducción
de Mariana Heredia. <<
[135] De Waal,
F., ¿Tenemos inteligencia de los animales?, García
Leal. <<
suficiente
inteligencia para entender la Tusquets, 2016. Traducción de
Ambrosio
[136] Lalueza
Fox, C. et al., «Genetic evidence for patrilocal mating behavior
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Sciences of the United States of America, 108 (2011), pp. 250-253. <<
[137] Sikora,
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of early Upper Paleolithic foragers», Science, 358 (6363) (2017),
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[138]Hoffecker,
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[139] Shunkov,
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troisième homme. Préhistoire de l’Altaï, Éditions de la Réunion des musées
nationaux, 2017, pp. 40-51. <<
[140]Pitulko,
V. V., ibidem, 2004. <<
[141]Goebel,
T. et al., «The Late Pleistocene dispersal of modern humans in the
Americas», Science, 319 (2008), pp. 1497-1502. <<
[142] Dillehay,
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[143] Katerine,
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pas», Les créatures, 1999. <<
[144]Vigne,
J.-D., Les débuts de l’élevage, Le Pommier, 2012. <<
[145]Vigne,
J.-D., ibidem, 2012. <<
[146] Boudadi-Maligne,
M. et al., «Des restes de chiens magdaléniens à l’abri du Morin
(Gironde, France). Implications socio-économiques d’une innovation
zootechnique», Paléo, 23 (2012), pp. 39-54. <<
[147]Vigne,
J.-D., ibidem, 2012. <<
[148] Larson,
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[149]Para una
información más detallada sobre el tema, véase Bellier, C., Chiens et
chats dans la Préhistoire et l’Antiquité, Éditions du Cedarc, 2015. <<
[150] Hobbes,
T., Leviatán, Deusto, 2018. Traducción de Antonio Escohotado. <<
[151] Rousseau,
J.-J., Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad
entre los hombres y otros escritos, Tecnos, 2005. Traducción de
Antonio Pintor Ramos. <<
[152] Sala,
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[153] Wendorf, F., The
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Schild, R., «Late Paleolithic warfare in Nubia: the evidence and causes», Adumatu,
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[154] Mirazón-Lahr,
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[155] Guilaine, J.,
Zammit, J., El camino de la guerra. La violencia en la prehistoria,
Ariel, 2002. Traducción de M. Àngels Petit Mendizábal. <<
[156]Guilaine, J.,
Zammit, J., ibidem, 2002. <<
[157] Cattelain,
P., Bellier, C., La chasse dans la préhistoire du Paléolithique au
Néolithique en Europe… et ailleurs, Éditions du Cedarc, 2002. <<
[158]Cattelain, P.,
Bellier, C., ibidem, 2002. <<
[159]Cattelain, P.,
Pétillon, J.-M., «Le “type 2a”, plus ancien modèle de propulseur paléolithique:
une nouvelle pièce dans le Magdalénien moyen d’Isturitz (Pyrénées-Atlantiques,
France) et ses implications», Paléo, 26 (2015), pp. 17-32. <<
[160]Cattelain, P.,
Bellier, C., ibidem, 2002. <<
[161] Metz, L., Néandertal
en armes? Des armes, et de l’arc, au tournant
du 50e millénaire
en France méditerranéenne, tesis doctoral, Université Aix-Marseille,
2015. <<
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[162]Bon, F., Préhistoire.
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(54) (2004), pp. 17 593-17 598. <<
[171] McGovern,
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«Psychoactive substances in Prehistoric times: examining the archaeological
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Culture, 8 (2015), pp. 91-112. <<Guerra-Doce,
E., ibidem, 2015. <<
[175]Guerra-Doce,
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[176]Guerra-Doce,
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[177]Vigne,
J.-D., Les débuts de l’élevage, Le Pommier, 2012. <<
[178] Vigne,
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[180] Trinkaus,
E., «Paléobiologie du Néandertalien», en Néandertal (dir. por
Depaepe, P., Patou-Mathis, M.), Gallimard/Muséum national d’Histoire naturelle,
2018, pp. 79-86. <<
[181]Trinkaus,
E., ibidem, 2018. <<
[182] Hublin,
J.-J., «The prehistory of compassion», Proceedings of the National
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neurochirurgie serait-elle le plus vieux métier du monde?», 5) (2010), pp.
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[185] Crubézy,
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Mediterranean basin», Comptes Rendus de l’Académie des Sciences,
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[186] Alt,
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387 (1997), pp. 360. <<
[187] Crubézy,
E. et al., ibidem, 2001. <<
[a] Título
original de Memorias de África y nombre inglés de la teoría
del origen africano. [N. de la T.] <<
[b] Significa
«grano de mijo». Se llaman así porque presentan porosidades que recuerdan a la
semilla de dicho cereal. [N. de la T.] <<
[c] No
así en el diccionario de la RAE. De hecho, en castellano se considera un
anglicismo prescindible y Fundéu aconseja sustituirlo por etiqueta.
[N. de la T.] <<
FIN

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