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Libro N° 14588. Breve Historia De La Humanidad. Fernández-Armesto, Felipe


© Libro N° 14588. Breve Historia De La Humanidad. Fernández-Armesto, Felipe. Emancipación. Diciembre 13 de 2025

 

Título Original: © Breve Historia De La Humanidad. Felipe Fernández-Armesto

 

Versión Original: © Breve Historia De La Humanidad. Felipe Fernández-Armesto

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

BREVE HISTORIA DE LA HUMANIDAD

Felipe Fernández-Armesto


 

 

 

 

 

Breve Historia De La Humanidad

Felipe Fernández-Armesto

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pensamos que somos humanos, pero ¿qué significa ser humano? ¿Cómo podemos definir la humanidad? Lenta, pero inexorablemente, los recientes progresos en ciencia y filosofía han ido socavando nuestro tradicional concepto de género humano. Así, los avances en inteligencia artificial demuestran que los humanos ya no tenemos acceso exclusivo a la razón y el conocimiento, del mismo modo que los progresos en el campo de la genética amenazan a la humanidad con un futuro incierto. Pero, si nuestro concepto de género humano se derrumba, ¿qué consecuencias tendrá en el campo de los derechos humanos? Escrito con su acostumbrada elegancia e imaginación, Fernández-Armesto nos embarca en un apasionante viaje a través de la historia del género humano con el fin de mostrarnos que nuestra actual definición del mismo es un invento reciente. Al fin y al cabo, simios y humanos compartimos el 95% de nuestros genes y, objetivamente, somos tan parecidos que un antropólogo que viniera de Marte podría clasificarnos dentro del mismo grupo. Pero entonces, ¿por qué los simios no son humanos?

 

«Breve historia de la humanidad» plantea la fascinante historia de la gradual expansión de la definición del género humano y, de forma controvertida, nos anima a ir más allá en el desarrollo de este concepto, al tiempo que plantea la necesidad de repensar este asunto de forma urgente.



 

 

 

 

 

 

 

 

Felipe Fernández-Armesto

 

Breve Historia De La Humanidad

 

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 28.09.2025



 

 

 

 

 

 

Felipe Fernández-Armesto, 2005

 

Editor digital: Titivillus

 

OCR y primera edición digital: Xenornis

 

Digitalización y OCR para Epublibre

 

Primera edición en Epublibre, 28-09-2025

 

ePub base r2.1



 

 

 

 

 

 

Índice de contenido

 

 

 

Introducción. El debate sobre la «naturaleza humana»

 

1.  La frontera animal. Problemas de la autodefinición humana

 

2.  Formalmente humanos. Descripción del cuerpo humano

 

3.   ¿Seres humanos o ser humanos? En busca de una solución cultural

 

4.  El atolladero evolutivo. Confrontaciones con homínidos

 

5.  ¿Futuros posthumanos? La humanidad en la era de la genética y la robótica

 

Bibliografía



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En memoria de AUGIE



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN

 

El debate sobre la «naturaleza humana»

 

 

 

 

 

He aquí una paradoja. Durante los últimos treinta o cuarenta años, hemos invertido una cantidad enorme de pensamiento, emoción, sangre y recursos en lo que denominamos valores humanos, derechos humanos, la defensa de la dignidad humana y de la vida humana. Durante ese mismo periodo, la ciencia y la filosofía se han ido aunando de forma lenta, pero devastadora, para minar nuestro concepto tradicional de género humano. A consecuencia de ello, la coherencia de lo que para nosotros significa ser humanos ha quedado en entredicho. Y, si el término humano resulta incoherente, ¿qué será de los valores humanos? La humanidad está en peligro: no por la conocida amenaza de una «destrucción masiva» y del desastre ecológico, sino por un riesgo conceptual.

 

El desafío ha llegado desde seis frentes principales. En primer lugar, la primatología ha acumulado ejemplos sobre el gran parecido que mantienen los humanos con otros primates. Hoy en día, resulta difícil hallar alguna capacidad supuestamente racional que los primatólogos no vean reproducida en otros primates: el uso del lenguaje, la creación de herramientas, la imaginación simbólica, la conciencia de uno mismo… o lo que sea, siempre hay primates no humanos que las comparten. Desde un punto de vista objetivo, chimpancés y humanos presentan tantas similitudes que un antropólogo de Marte los clasificaría juntos, como los científicos humanos que gustan de llamar al Homo sapiens «el mono desnudo» o «el tercer chimpancé», o que reclaman una redefinición de los límites del género Homo para que incluya a los primates no humanos. Nos hallamos en el momento más complejo de un debate que ha arreciado durante siglos acerca de las diferencias entre los humanos y otros primates (los «hombres degenerados» de muchas descripciones medievales). ¿Acaso somos los humanos «monos desnudos» que se distinguen del resto de simios por unas características físicas peculiares, o «monos encantados», diferentes de aquéllos por inspiración divina, o porque algún misterio evolutivo los dotó de una suerte de conciencia que otros animales no pueden alcanzar?

 

En segundo lugar, el movimiento de los derechos de los animales ha tenido un gran éxito al desafiarnos a dilucidar qué nos privilegia, si es que hay algo, frente al resto de animales. Por encima de la diversidad humana yace una frontera indefinida que separa el reino humano del animal, otrora considerados totalmente independientes. En los tiempos modernos, el problema de diferenciar a los humanos de los animales ha inspirado algunas soluciones radicales. Según Descartes, los animales se asemejan a las máquinas, si bien en toda máquina humana hay un alma. Sus seguidores fueron más allá: el alarido de un perro apaleado no representaba una prueba mayor de dolor que el sonido de un órgano al pulsar las teclas. No se trataba de una deducción a partir de hechos observables (de hecho, lord Bolingbroke insistía en que la gente humilde seguiría apreciando la diferencia existente «entre el toro del pueblo y el reloj de la iglesia»), pero, tal como afirmó el historiador Keith Thomas, podía servir para racionalizar el trato que daba la gente a los animales, ya que, de lo contrario, resultaría de una crueldad imperdonable. Según el estado actual del conocimiento de las continuidades entre los humanos y otros animales, es imposible mantener una versión de la naturaleza humana con una diferenciación tan nítida como la de Descartes. En el extremo opuesto, el hecho de que se hayan desdibujado las viejas convicciones sobre las diferencias entre los humanos y el resto de animales ha servido de acicate para la «ecología profunda». Peter Singer acusa a los humanos de «especificismo» y predica la «equidad más allá de la humanidad». Gran parte del pensamiento objetivo se sitúa del lado del grupo de presión que defiende los derechos de los animales. Desde una perspectiva basada en la información científica y filosófica, John Gray ha planteado cuestiones igual de duras sobre lo que significa ser humano en relación con otros animales. Entretanto, se han propuesto criterios no biológicos de todo tipo para definir la naturaleza humana (los humanos son animales que fabrican herramientas, animales dotados de lenguaje, animales que cocinan el alimento, animales conscientes de sí mismos, animales con imaginación, animales con moral, etcétera) y todos ellos, tras un examen profundo, se han revelado insatisfactorios.

 

En tercer lugar, el debate sobre las implicaciones morales de nuestra autodefinición como humanos se ha vuelto indisociable de una cuestión paleoantropológica: ¿cuánto hay que remontarse en el pasado evolutivo para diferenciar a los humanos del resto? En cualquier caso, la paleoantropología ha restado sentido a las fronteras tradicionales del género Homo. Ya no parece haber nada que marque una especial diferencia entre los especímenes de nuestro mismo género y aquéllos que relegamos al reino del australopiteco «simiesco». Ahora, al observar el pasado en el registro fósil, se comprueba que diversas especies, incluidas algunas ajenas a nuestra línea genealógica, comparten entre sí características que en otras épocas consideramos definidoras de lo humano (tales como la bipedación, el cerebro grande, el uso de herramientas o la dieta omnívora). La intensidad de la actual batalla académica en torno a los neandertales (comentada en el capítulo 4) revela la profunda inseguridad que infunde en algunos humanos descubrir que otras especies pueden ser como nosotros, con mentes, emociones y capacidades éticas similares. Las discusiones sobre el estatus humano de los neandertales se han llevado a cabo en términos que recuerdan asombrosamente a las controversias decimonónicas sobre los negros.

 

En cuarto lugar, aproximadamente durante los últimos cincuenta años, la biología parece haber cambiado el equilibrio de la rancia cuestión filosófica sobre si las especies constituyen tipos naturales, con rasgos esenciales, universales, o si conforman simples conjuntos o categorías en los que agrupamos a las criaturas por mera conveniencia. En el estado actual del conocimiento sobre la evolución, resulta difícil creer que exista algún rasgo generalizado en una especie y, a la vez, exclusivo de ella. Las especies poseen fronteras vagas y variables. Lo que las convierte en especies varía de un caso a otro. Si las especies cuentan con alguna característica unificadora, desconocemos cuál es. Pertenecer a una de ellas es pertenecer a una clase, no manifestar una esencia; en cierto sentido, se trata de una condición temporal, sujeta a revisión, y no de un hecho eterno e inevitable. Si pertenecemos a la especie humana, no se debe a ninguna cualidad en particular, sino a que hemos trazado así las fronteras de nuestro linaje.

 

En quinto lugar, la investigación en materia de inteligencia artificial ha estimulado un replanteamiento filosófico de conceptos que en otra época representaron la clave de la autodefinición humana, como la conciencia, la razón, la imaginación y las pasiones morales. Del mismo modo que los trabajos primatológicos y paleoantropológicos nos convencen de que esas cualidades han evolucionado y continuarán haciéndolo hacia especies distintas a la nuestra, la búsqueda de inteligencia artificial suscita la especulación de que otros seres, creados por nosotros, pueden tener todas las cualidades que nos convierten en humanos y que, por tanto, los robots pueden ser, en efecto, como el rey Louie en la versión de Disney de El libro de la selva: el rey del swing quiere «ser hombre como tú». Podríamos compartir el planeta con humanos surgidos de creadores humanos y no de progenitores humanos. Tal vez nunca llegue a ocurrir, pero ahora ya podemos sentirnos atraídos o aterrados ante la idea de replantearnos la naturaleza del género humano.

 

Por último, la investigación genética nos ha brindado un método para medir la pertenencia a nuestra especie y, al mismo tiempo, para calcular cuánto tenemos en común con los demás. El ser humano jamás se ha sentido tan animal. Y la genómica promete o amenaza con ejecutar el proyecto del doctor Moreau: híbridos con cualidades humanas genéticamente injertadas en patrones no humanos. ¿Cómo clasificaríamos a esas criaturas? ¿Cómo afecta al concepto que tenemos de nosotros mismos el hecho de que sean concebibles?

En el siglo XX, la humanidad dispuso de la definición de sí misma más abarcadora de todos los tiempos: en realidad, cualquier grupo era humano si los miembros de otros grupos podían reproducirse con él de manera satisfactoria. Sin embargo, el siglo se desfiguró con las inhumanidades más espantosas jamás documentadas. El «neohumanismo» surgió como reacción, al tiempo que el paso del interculturalismo dejaba anticuado al racismo y contribuía a despejar el camino para equiparar los derechos humanos con el concepto de género humano. A finales del siglo XX, en cambio, el problema de comprensión del concepto adquirió dos nuevas dimensiones que enriquecieron su complejidad e incrementaron sus congojas. En primer lugar, la presión social para legalizar el aborto creó una nueva categoría realmente subhumana: el bebé no nacido (que antes se había considerado plenamente humano y participaba por completo de los derechos humanos). A consecuencia de ello, desde entonces se ha acuñado una categoría nueva denominada «persona» para justificar la reclasificación del no nacido, y la vieja cuestión sobre hasta qué punto la naturaleza humana es una categoría biológica o cultural se ha convertido en centro de atención. En segundo lugar, los trabajos en inteligencia artificial e ingeniería genética han tornado el futuro humano en algo tan problemático como su pasado. ¿Acaso nos enfrentamos al futuro «posthumano» augurado por Francis Fukuyama? ¿O es que, dada la historia sin resolver del concepto de humanidad, podemos limitarnos a tirar de su elasticidad y alargar el debate?

 

El libro intenta abordar estas cuestiones volviendo la mirada al modo en que ha evolucionado el concepto de género humano a lo largo de la historia. Porque aquí subyace otra paradoja: quienes nos creemos humanos, sentimos una confianza absoluta en nuestra identidad humana y en nuestra capacidad para reconocerla en los demás; rara vez nos detenemos a felicitarnos por la amplitud de miras que nos permite sentir que otros ejemplares de nuestra especie comparten rasgos humanos comunes, pese a las diferencias de color y cultura. Aun así, el actual es un concepto reciente: la mayoría de la gente de la mayoría de sociedades a lo largo de la mayor parte de la historia se habría quedado atónita ante una categoría tan universal. De hecho, a muchas de esas personas les habría costado comprender la palabra humano o encontrar alguna equivalencia en sus idiomas respectivos, salvo como un modo de designar a los miembros de su propio grupo. Para ellas, los intrusos pertenecerían a alguna otra clase, como las bestias y los demonios. Los límites actuales del concepto de género humano no son evidentes ni universales. Hemos llegado a ellos después de que el mundo occidental dedicara largos e ímprobos esfuerzos a encontrar una manera de entender la humanidad que incluya a comunidades antiguamente excluidas por racismo o etnocentrismo, y que, al mismo tiempo, insista en establecer una distinción clara entre humanos y no humanos. En el estado en que se halla hoy el debate y a la luz del conocimiento disponible, esta búsqueda parece cada vez más incompleta y, tal vez, hasta inviable. No es el momento de emprender un estudio definitivo ni minucioso. Lo que se ofrece a continuación no es un ensayo sobre el género humano, sino sobre el concepto de género humano. Desde luego, se trata de un tema demasiado extenso para el formato de este libro, pero como, pese a su relevancia, nunca antes se había tratado, y puesto que la bibliografía pertinente es dispersa y fragmentaría, parece interesante presentar un esbozo general que pueda servir para inspirar otros trabajos, en lugar de acometer una investigación exhaustiva.

 

El hecho de que demos por sentado nuestro concepto de género humano me parece un motivo de preocupación: representa un modo de complacencia que nos deja mal preparados para afrontar retos. Es más, sospecho que nos equivocamos si creemos que no precisa ampliarse más. Hay que examinarlo en busca de deficiencias. Los paleoantropólogos que quieren incluir más homínidos en la categoría, los primatólogos que ansían revisar las fronteras del género Homo en favor de los chimpancés, los moralistas que deploran la privación de algunos derechos humanos a los no nacidos y los moribundos, todos ellos, a su modo, estiran de los extremos de un concepto que quizá muestre todavía una sorprendente elasticidad. La historia de la ampliación del concepto de género humano (historia que se expone en las páginas siguientes) aún no ha terminado. El interrogante «¿qué significa ser humanos?» (o la cuestión que le sigue: «Entonces, ¿quién es humano?») suscita hoy en nosotros respuestas diferentes a las que inspiró en el pasado o en culturas distintas a la nuestra, pero continúa siendo tan difícil de responder como siempre.

 

Según parece, nunca hemos dejado de ser primates; sin embargo, aspiramos a ser ángeles. ¿Hasta qué punto hemos avanzado en la senda evolutiva? ¿Hasta dónde tenemos que llegar para incluir de verdad a toda la comunidad humana y alcanzar una delimitación viable entre los seres humanos y el resto? Tal vez la búsqueda esté condenada a ser interminable a medida que cada adelanto científico desdibuje las distinciones que en el pasado resultaban convincentes.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

1

 

LA FRONTERA ANIMAL Problemas de la autodefinición humana

 

 

 

Muchas de nuestras narraciones preferidas son antropomórficas. Las fábulas de Esopo o La Fontaine convencen desde un punto de vista moral porque los personajes son cuervos, ratones y zorros, aunque la enseñanza vaya destinada a personas. Las sátiras de Aristófanes no incidirían tanto en las manías humanas si no se disfrazaran de pájaros y ranas. En los cuentos infantiles, los rasgos de personalidad, que en personajes humanos resultarían superficiales e insulsos, cobran encanto si se atribuyen a animales. Los teleñecos no serían ni la mitad de divertidos si se presentaran como humanos, y no como cerdos rollizos y tiernos osos. Satán convence como serpiente; C. S. Lewis representa a Cristo como un león. Los mitos totémicos nos inspiran simpatía. La fantasía desdibuja y atraviesa la frontera entre los humanos y otros animales.

 

Pero existe otra frontera poco clara y difícil de superar, entre el antropomorfismo y el zoomorfismo. Cuando ponemos palabras humanas en bocas no humanas y emociones humanas en el pecho de las bestias, ¿qué se está tergiversando, la naturaleza humana, o la naturaleza de los animales a los que recurrimos para canalizar nuestras historias y el escepticismo sobre nosotros mismos? ¿Admitimos así que somos como ellos, o usamos la ironía para autodiferenciarnos de ellos? Pese a la terrible condescendencia con la que admitimos a las bestias en nuestros mitos como humanos de honor, guardamos las distancias. La distinción entre naturaleza humana y no humana reviste un carácter sagrado y constituye un tabú que sería antinatural poner en duda. A quien yaciere con una bestia, muerte se le dará.

 

Nos consideramos humanos, pero ¿cuándo empezamos a pensar así? ¿Cuándo empezó la gente a atribuir su misma categoría a los miembros de otras comunidades? ¿Cuándo empezamos a establecer diferencias radicales entre los seres identificables como humanos y aquéllos que



 

 

 

 

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podían relegarse a otros órdenes de seres distintos y, por lo común, «inferiores»? La tan debatida línea divisoria de la identidad humana es la que media entre los humanos y el resto de los animales. Este capítulo estudia por qué se pone en tela de juicio esa frontera; por qué resulta imposible fijarla; y por qué, en lugar de definirla mejor, nuestros avances en materia de conocimiento sobre ella sólo consiguen que parezca más difusa que nunca.

 

 

MIEMBROS DEL REINO ANIMAL: LA IMPOSIBILIDAD DEL AUTOEXILIO

 

Nos miramos al espejo y nos repugna la bestia que vemos en él. Resulta tentador suponer que lo que distingue a nuestra especie del resto es la pulsión por clasificarnos aparte del resto de la creación. ¿Acaso se sitúan los delfines en una categoría diferente a la de las demás criaturas? ¿Acaso los virus se consideran los amos de la creación, o los leones «los reyes de los animales»? Nunca lo sabremos con seguridad: pese al enorme entramado científico del que disponemos, existe un nivel en el que algunas especies nos perturban porque parecen entendernos mucho mejor que nosotros a ellas (como cuando huyen de nosotros por miedo o nos seducen con coquetería). Ante esto, da la impresión de que las distinciones que nosotros establecemos no existen para otras especies, que son capaces de aceptar a miembros de otras comunidades con asombrosa facilidad: la mayoría de los pájaros acogen con agrado a cucos intrusos; los lobos amamantan a niños. Cierto, los animales domésticos no pierden la noción de que son perros, gatos, chimpancés, o lo que sea: siguen olisqueando con sus propios estilos para alimentarse y marcar el territorio pero, a la vez, parecen clasificarse a sí mismos (en cierto modo) como humanos de honor y se comportan como miembros integrados de las comunidades que los cobijan. Consumen comida humana, participan en las diversiones y las actividades económicas humanas, custodian a las crías humanas como si fueran suyas, responden al lenguaje humano con un nivel de comprensión en ocasiones sorprendente y, a menudo, imitan el comportamiento humano hasta donde se lo permiten sus limitaciones físicas. Cuando se insta a simios criados por humanos a que clasifiquen un conjunto de fotografías, éstos suelen colocar sus propias imágenes en el montón de los humanos, mientras que los retratos de otras criaturas bastante similares a ellos, como los monos(1), los sitúan en el montón no humano.



 

 

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Casi todas las características supuestamente distintivas que han servido a los humanos, a lo largo de la historia documentada, para identificarse entre sí y diferenciarse del resto de criaturas (clasificadas como no humanas) han demostrado ser erróneas o engañosas. De momento, dejaremos a un lado todos los criterios que antiguamente sirvieron para excluir a grupos que hoy consideramos humanos (criterios, por ejemplo, de color, forma y tamaño corporal, configuración craneal, naturaleza y distribución del vello corporal, etcétera), porque se tratan en otros capítulos de este libro, y pasaremos a analizar tan sólo los indicadores que aún se consideran vulgarmente peculiares de los humanos e inaplicables a criaturas no humanas. La mayoría de ellos guardan relación con la cultura y con una reivindicación que suele efectuarse en un ámbito amplio de análisis o de generalización: que la cultura en sí es un tesoro exclusivamente humano. Antes de abordar esta atribución, resultará útil observar algunas características peculiares de la cultura humana que supuestamente no comparten otros animales.

 

Una de las falacias más comunes dentro de esta categoría sostiene que los humanos son los únicos animales que usan o confeccionan herramientas. El uso de utensilios encabeza la lista de rasgos exclusivos de la naturaleza humana que han sido descartados. En el bosque de Bossou (Guinea), los primates salvajes usan la misma técnica para partir nueces que los humanos residentes en ese mismo entorno: dos piedras, una hace las veces de yunque y la otra de martillo; entretanto, encaramados a los árboles, los chimpancés usan tallos de hojas para perforar las palmeras y conseguir fibra y savia nutritiva. En el bosque de Tai (Costa de Marfil), los chimpancés empuñan piedras de diez kilos de una forma similar para quebrar la cáscara dura como una coraza de la nuez de panda, y suelen modelar una pequeña ramita para extraer la almendra más inaccesible de los frutos una vez realizado el trabajo principal. Es evidente que no se trata de una habilidad innata: al contrario, como promedio, los chimpancés jóvenes tardan unos tres años en aprender la técnica básica, que requiere buenas dosis de delicadeza, y cinco años en dominarla con verdadera destreza.

 

Jane Goodall, la primatóloga que rompió moldes y cuyo trabajo de campo desveló numerosos aspectos desconocidos hasta entonces del comportamiento de los chimpancés, demostró que incluso en libertad, y sin instrucción humana, algunos chimpancés fabrican verdaderos



 

 

 

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utensilios (modelan ramas para acceder a nidos de termitas o mastican hojas para crear esponjas). Por supuesto, ningún mono fabrica herramientas ni remotamente tan complejas como las que elaboraban los ancestros homínidos de los humanos modernos hace cientos de miles de años: el simio con fama de ser el más inteligente del mundo, el bonobo o chimpancé enano Kanzi, que vive con algunos de los científicos más destacados del mundo en un campus universitario de Atlanta, aprendió a tallar sílex para cortar la cuerda con la que venían precintados los paquetes de caramelos, pero nunca podría dominar la particular técnica del Homo habilis. Con todo, los monos fabrican las herramientas que necesitan para sus cometidos: la diferencia entre «ellos» y «nosotros» es enorme, pero sólo de grado.

 

Una afirmación más sólida y frecuente acerca de la exclusividad humana defiende que sólo los humanos poseen lenguaje. Por supuesto, las cuestiones de si el lenguaje debe considerarse un hecho cultural o un «instinto» y, en caso de tratarse de esto último, si surgió como consecuencia de la evolución o si se trata de alguna característica especial inexplicable en términos evolutivos, son en sí mismas muy controvertidas. Las implicaciones de este debate para nuestra comprensión de la naturaleza humana son dudosas. La cuestión ha despertado reiteradamente el interés de los filósofos, pero, hasta hace bien poco, parecía quedar fuera de la investigación científica. Los únicos experimentos posibles para resolverla consistían en aislar a niños para ver «qué lenguaje» desarrollaban para comunicarse entre ellos; aunque en ocasiones se ha mencionado este tipo de experimentos en la literatura antigua y medieval, fueron muy insólitos porque realizarlos exigía una intervención despótica y, por lo general, no resultaban nada concluyentes (si bien podían haber demostrado que, en ciertos sentidos, el lenguaje es innato, tal como evidencia el «lenguaje particular» que a veces comparten los gemelos antes de comunicarse más abiertamente): por ejemplo, en la Sicilia del siglo XIII, Federico II fracasó en el intento, según relata un cronista, porque «todos los niños murieron».

 

La investigación pasó a una fase más prometedora cuando Noam Chomsky se quedó impresionado por la rapidez y la facilidad con que aprenden a hablar los niños. Así, escribió: «Los niños aprenden el lenguaje sólo a partir de la evidencia positiva (las rectificaciones no son necesarias ni relevantes) y […] conocen los hechos sin contar con una experiencia



 

 

 

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relevante en gran variedad de casos complejos». Pueden combinar palabras de formas que en realidad no han oído jamás (aunque, en cierto sentido, podría tratarse de una habilidad sobreestimada porque, como veremos, los monos y los loros también la poseen). Chomsky destacaba asimismo que las diferencias entre las lenguas parecen superficiales si se las compara con las «estructuras profundas»: las partes del discurso, las relaciones entre términos que denominamos gramática y sintaxis, comunes a todas ellas. Esto insinuaba la existencia de un vínculo entre las estructuras del lenguaje y el cerebro: aprendemos a hablar deprisa porque la estructura de los idiomas forma parte del modo en que pensamos. La insinuación se consideró revolucionaria cuando Chomsky la hizo en 1957 porque las ortodoxias imperantes (como la psiquiatría de Freud y las panaceas educativas de Piaget) defendían que se llega a la comprensión mediante etapas de desarrollo.

 

Y lo que es aún más provocador, ni la experiencia ni la herencia (si Chomsky está en lo cierto) nos convierten en todo lo que somos. Parte de nuestra naturaleza la llevamos grabada en el cerebro. Chomsky reparó en ello, al menos en un principio, porque este «instinto lingüístico» o «facultad lingüística» era intocable, lo cual sin duda situaría a los humanos en una categoría especialmente privilegiada de la naturaleza. Él propuso que otros tipos de conocimiento podrían parecerse al lenguaje en estos términos:

 

[…]    esto mismo es válido para otras áreas en las que los humanos son capaces de adquirir sistemas de conocimiento con una estructura rica y compleja a partir de los efectos estimulantes e instructivos de la experiencia, y bien podría ocurrir que ideas similares cobraran relevancia para estudiar cómo adquirimos el conocimiento científico […] debido a nuestra constitución mental.

 

A primera vista, las ideas de Chomsky parecen refrendar las reivindicaciones de la exclusividad humana. De hecho, no conocemos ningún otro animal con esta ventaja; podemos estar razonablemente seguros de que muchas especies no tienen nada semejante. Sin embargo, Chomsky se apresuró a repudiar conclusiones que alimentaran la imagen que tienen los humanos de sí mismos como el clímax de la creación. Al contrario, la habilidad lingüística por la que tendemos a felicitarnos como



 

 

 

 

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especie no es más que otra capacidad especial, como las de otras especies (el radar de los murciélagos, por ejemplo, o la facultad de la araña para tender una red). Chomsky dice:

 

La riqueza y la peculiaridad del instinto de los animales son lo que responde de(2) sus logros extraordinarios en algunas áreas y de su falta de competencia en otras, de ahí se infiere el argumento, en lo que respecta a los humanos, de que, como carecen de esa […] estructura instintiva, tienen libertad para pensar, hablar y descubrir.

 

[…]     Tanto la lógica del problema como lo que empezamos a comprender ahora sugieren que ésta no es la manera correcta de identificar qué posición ocupan los humanos en el mundo.

 

A menos que la disposición al lenguaje constituya un poder especial de la mente, fuera de toda explicación, en principio debería ser accesible a más de una especie; en efecto, el desconocimiento de los métodos que emplean especies no humanas para expresarse y comunicarse torna dudosos los asertos sobre la singularidad humana. En cambio, si sólo los humanos tienen lenguaje, ¿cómo ha llegado a darse esa circunstancia? Ninguna explicación que eluda el proceso evolutivo puede resultar convincente. Y, en la búsqueda de una explicación evolutiva, la vía más evidente conduce al estudio de los animales no humanos que más se parecen a nosotros. Los primatólogos se las han ingeniado para imaginar cómo pudieron divergir nuestros ancestros homínidos de nuestros primos simios y desarrollar el lenguaje durante el proceso: el lenguaje surgió como alternativa al despioje. El incremento del grupo generó la necesidad de hallar métodos para relacionarse y comunicarse que fueran flexibles, inclusivos y ahorraran tiempo. Una ojeada al modo en que se relacionan y comunican los simios de hoy sugiere lo que pudo haber ocurrido.

 

Las comunidades de monos son pequeñas comparadas con las humanas. Tienden a dispersarse. Los grupos de chimpancés raramente se congregan a la vez en el mismo lugar, mientras que las comunidades de bonobos son inestables porque las hembras atraviesan las fronteras de su grupo para aparearse con absoluta libertad. En lugar de contemplar la recolección, la caza y la guerra como actividades colectivas en las que se concentran poblaciones completas, casi todos los primates se reúnen en pequeños conjuntos para practicarlas. Cuanto mayor es la colectividad, o mayores son los grupos dedicados a tareas específicas, más tiempo deben



 

 

 

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dedicar los individuos a comunicarse o a cultivar sus relaciones en el trabajo. Si tienen que hacerlo mediante el despioje, la inversión de tiempo puede volverse sencillamente excesiva, al durar demasiado y restar tiempo a otras actividades. Las especies como la nuestra (inadaptada físicamente y bastante débil en comparación con muchos predadores) siempre han tenido que buscar la fuerza en el número y la seguridad en la colaboración. Robin Dunbar, el especialista más destacado en la materia, reconoce(3) que los grupos de dimensiones normales para los homínidos de hace un millón de años habrían dedicado el 42% de su tiempo a despiojarse (más del doble de lo que suelen invertir otros primates) si no hubieran desarrollado una técnica alternativa para hacer vida social. Los humanos tienen lenguaje porque lo necesitan. Según este razonamiento, los monos no lo necesitan y, por tanto, no deberían tenerlo.

Es cierto que los monos no parecen disponer (al menos a ojos de los observadores humanos) de sistemas de comunicación capaces de alcanzar el nivel del lenguaje humano; pero sí que se comunican para lograr sus propósitos mediante un uso moderado de vocalizaciones, dentro de lo que sus órganos de articulación poco adaptados les permiten, complementadas con muecas y gesticulaciones. Incluso entre humanos, la mayor parte de la comunicación es no verbal y, en consecuencia, no depende de la laringe y el tracto vocal especializados, que hacen que las vocalizaciones humanas sean exclusivas de nuestra especie. La mayoría del repertorio humano de muecas y gestos forma parte de un sistema de comunicación común a los primates. Casi todos los primatólogos que han trabajado de cerca con monos grandes reconocen que superan, en gran medida, a los humanos en cuanto a comunicación no verbal, y que llegan a leer señales en los ojos de sus semejantes: un comentarista malicioso relacionaría esto con la «telepatía» que la ciencia ficción popular ha imaginado a menudo como un recurso evolutivo superior al tosco equipamiento lingüístico con que contamos los humanos del presente.

 

Por tanto, parece haber poco misterio en el hecho de que el lenguaje al estilo humano no forme parte del repertorio de habilidades sociales que practican los monos dentro de sus hábitats. Entre humanos, en cambio, aprenden a comunicarse con sus cuidadores de manera asombrosamente fluida, usando el lenguaje de signos convencional o lenguajes simbólicos codificados mediante la pulsación de teclados similares al de un ordenador. Los cerebros de los monos parecen bien provistos para



 

 

 

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desarrollar un lenguaje como el humano, con regiones análogas a las de Broca y Wernicke (las más vinculadas al tratamiento y la producción del lenguaje humano). De hecho, en conjunto, los chimpancés han demostrado ser mejores aprendiendo el lenguaje humano que los investigadores humanos controlando los métodos comunicativos de otros primates (un resultado predicho por Montaigne, según el que «también nos considerarán bestias, como nosotros a ellos»). Dian Fossey consiguió grandes progresos en el estudio de la comunicación oral que mantienen los «gorilas en la niebla» en las montañas de Ruanda. Ella aprendió a emitir los sonidos que significan paz, amistad, confianza y consuelo mediante respiraciones estertóreas y aspiraciones o expiraciones por los agujeros de la nariz o los dientes de manera que, para un oído humano, no sonarían a lenguaje, pero que parecen tener sentido para los gorilas. Esta experiencia de aprendizaje quedó segada con su asesinato en 1985 a manos de cazadores furtivos.

 

Mientras tanto, Maurice Temerlin crió a un chimpancé llamado Lucy como si fuera humano. Lucy hablaba por medio del lenguaje de signos estadounidense con un nivel mínimo equivalente al de un niño de dos años, pasaba las páginas de las revistas, e intercalaba comentarios como «esto, perro» y «esto, azul» donde venía al caso, tomaba a las visitas de la mano, las llevaba al jardín, señalaba a los pájaros y las plantas orgullosa como si fuera ella la dueña de la casa, y decía sus nombres por señas mientras caminaba. Cuando se le murió el gatito que tenía por mascota, tras una agonía estremecedora, encontró una fotografía de ambos en una revista y se quedó mirándola durante largo rato, diciendo con frecuencia mediante señas: «gato de Lucy». Uno de los chimpancés lingüistas(4) más destacados de todos los tiempos, Washoe, que demostró su talento, primero, como mascota y, más tarde, como espécimen de laboratorio entre las décadas de 1960 y 1970, inventaba sus propios términos para aludir a objetos cuyo nombre desconocía, combinando palabras de su vocabulario («baya de piedra» para el coquito del Brasil), y hasta llegó a enseñar nociones de lenguaje a un chimpancé recién llegado a su mismo laboratorio (una habilidad que, desde entonces, se ha convertido en algo común entre los monos dedicados a aprender el lenguaje humano). Cualquier duda sobre si los chimpancés entendían realmente los signos que aprendían quedó disipada por la tragedia que ensombreció los últimos e infelices años de la vida de Washoe en cautividad. Su cría enferma murió y nunca se la devolvieron a sus brazos. Desde entonces, cada vez que el



 

 

 

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cuidador se acercaba a su jaula, Washoe repetía los mismos signos: «Trae el bebé, trae el bebé». Pese a las sorprendentes afirmaciones hechas al respecto, los experimentos con gorilas y orangutanes aún no se han llevado a cabo con el mismo rigor que los realizados con chimpancés y bonobos; pero con estas dos últimas especies se han obtenido resultados demasiado coherentes para darles la espalda. Es indiscutible que poseen la capacidad de asimilar el lenguaje humano; en entornos especialmente preparados, lo aprenden por imitación, sin necesidad de recurrir al método de adiestramiento pavloviano; y, una vez adquirido, lo usan consigo mismos y entre ellos.

 

El conocimiento que los chimpancés tienen del lenguaje humano o, al menos, su capacidad para usarlo, sí parece acotado por unos límites infranqueables. Por lo común, los chimpancés o bonobos aprenden bien entre 150 y 200 términos del vocabulario humano, pero no suelen superar esa cantidad. Aún así, se trata de un hecho bastante sorprendente, dado el abismo de millones de años de evolución que los separan de nosotros. Ningún mono ha avanzado mucho en el dominio de las complejidades de la sintaxis que tan fácilmente parecen asimilar la mayoría de los humanos. Con todo, Steven Pinker expuso un sólido argumento en favor del carácter singular de la gramática y la sintaxis para los humanos. Sin embargo, algunos bonobos parecen capaces de distinguir matices de significado cuando se altera el orden de las palabras (al igual que los delfines) y muchos simios responden a sucesiones complejas de términos y crean otras por sí solos. En cualquier caso, queda la duda de si la habilidad sintáctica debe considerarse una peculiaridad distintiva de los humanos o una mera diferencia de grado.

 

Aun cuando el concepto de lenguaje humano se revelara completamente ajeno a los monos, sería más útil estudiar su inteligibilidad en animales con estructuras vocales adaptadas para emitir sonidos semejantes a los humanos. Existe un viejo debate sobre si las articulaciones de los pájaros se asemejan al lenguaje humano: algunos investigadores han indagado en el tema con aves capaces de imitarnos. El caso más célebre de la historia lo plasmó Locke en Ensayo sobre el entendimiento humano. Contaba que el príncipe Mauricio de Nassau, uno de los mecenas de la ciencia más entregado y munificente del siglo XVII, había mantenido una conversación extraordinaria mientras ejercía como estatúder de las conquistas de los Países Bajos en Brasil. Al parecer, con



 

 

 

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respuestas directas a preguntas directas, un loro explicaba al príncipe que procedía de Maranhão, que pertenecía a un portugués y que criaba pollos. La autenticidad de la historia se ha puesto en tela de juicio con el argumento de que, en la conversación, Mauricio utilizaba a traductores como intermediarios; pero muchos dueños de loros la han demostrado anecdóticamente(5) con experiencias personales. En la actualidad, la ornitóloga Irene Pepperberg ha afirmado haber resuelto las dudas de Locke y esclarecido la cuestión tan polémica de si los loros parlanchines «entienden» lo que dicen: el suyo responde a preguntas sencillas con una precisión infalible y, en ocasiones, cuando lo enfrenta a objetos extraños, hasta aplica reglas conocidas para crear nombres. ¿Son creíbles sus experimentos, para especialistas de otros campos relacionados? El debate continúa, pero la mayoría de los indicios parecen inclinar la balanza.

Otros sistemas de comunicación específicos de determinadas especies parecen análogos al lenguaje humano, aunque sólo sea de manera muy remota: el canto de los delfines, el «baile» de las abejas o los «chillidos» de las hormigas que, según una reciente investigación, conforman un código inteligible para las hormigas interlocutoras. Los animales con los que trabajan los humanos suelen ser mejores a la hora de distinguir los sonidos que emiten las voces humanas que, por ejemplo, los hablantes de lenguas occidentales en captar las diferencias de entonación con relevancia de significado en el idioma chino. A escala menor, la historia del doctor Dolittle podría hacerse realidad, pero es probable que el propio veterinario fuera un animal no humano. La mejor conclusión posible basándonos en los conocimientos actuales es que existen muchas especies con sistemas de comunicación específicos, y no está claro por qué el lenguaje (aun tratándose de un recurso particular de los humanos, en cierto sentido) debe servir de referencia para clasificar a las especies que lo usan al margen de todas las demás.

 

Desde luego, el lenguaje constituye una especie de sistema simbólico en el que las palabras o signos codifican la realidad que representan. Si fuera cierta la afirmación de que los humanos son los únicos que adquirieron un lenguaje, daría lugar a una suposición más amplia sobre nuestro carácter exclusivo como creadores de símbolos, ya que convertimos la vida en un ritual y asociamos acciones y objetos a significados que trascienden sus efectos palpables. ¿Es esto, por ejemplo, lo que convierte las prácticas de los macacos (quienes, como se verá, lavan



 

 

 

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la comida) en «protoculturales», como prefieren llamarlas algunos especialistas, en lugar de perfectamente culturales, mientras que cuando los humanos preparan la comida ejecutan un rito con significado? Una pretensión representativa de este tipo sostiene que sólo los humanos tienen arte. En primer lugar, hay que aclarar que no todos los humanos lo practican. En 1909, cuando Walter Grainge White estudió a los mawken u oran laut (la «gente de mar» pobre del golfo de Bengala obligada a refugiarse en el océano por enemigos de tierra firme), la ausencia de arte fue una de las cosas que más lo desconcertó. Aparte de esteras tejidas sin dibujo alguno y que prestaban especial atención a la utilidad práctica, no tenían nada (ni herramientas grabadas con dibujos o imágenes, ni pinturas, ni prendas teñidas, ni tan siquiera música o bailes). Cuando les preguntó la razón, ellos respondieron que lo habían eliminado en su «época de desdichas». Sin duda, esto no significa que aquella gente no estuviera dotada para el arte, sino que prefirieron prescindir de símbolos, imágenes y evocaciones. ¿Acaso puede la ausencia aparente de lo que reconocemos como arte ser del mismo tipo entre los animales no humanos? Incluso entre culturas humanas se aprecian grandes diferencias en cuanto al modo de entender y practicar el arte: vemos las obras de los demás y nos preguntamos «¿eso es arte?». Así que, en principio, no debería de existir ninguna razón para no observar el comportamiento de otras especies y plantearnos la misma cuestión de manera objetiva.

 

Arte es la plasmación de lo imaginado (porque hasta una fotografía relativamente espontánea o uno de los objects trouvés de Duchamp cambian al apropiárselos el artista) y no cabe duda de que muchos animales no humanos disponen de facultades imaginativas semejantes a las nuestras: la imaginación es un mecanismo vital para conseguir comida y refugio, predecir el clima o anticiparse a depredadores y rivales. De modo que, al menos en potencia, esos animales son artistas. Los chimpancés entienden con claridad la idea de arte: aunque no produzcan lo que un adulto humano suele reconocer como arte figurativo, ni siquiera cuando reciben órdenes de seres humanos, en ocasiones sí que etiquetan sus representaciones plásticas con el lenguaje de signos, diciendo «esto, manzana» o «esto, pájaro», etcétera. Tampoco a los artistas humanos les pedimos que representen el mundo tal cual lo vemos el resto de las personas. Puesto que sería absurdo esperar que seres de otras especies vieran la realidad igual que nosotros, no debería sorprendernos que la



 

 

 

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representen de un modo distinto, ni que nos neguemos a clasificar sus obras de artísticas. Al menos en un sentido, algunos primates no humanos sí manifiestan una imaginación simbólica similar a la nuestra, incluso sin entrenamiento. Suele decirse, y con acierto, que los monos salvajes nunca se engalanan con el tipo de abalorios que gustan a los humanos. Nosotros, por ejemplo, podemos ver dientes de rata y considerarlos elementos de adorno, de clase social o con poderes mágicos, para agujerearlos y ensartarlos y colgárnoslos del cuello, mientras que otros primates sólo ven su naturaleza inmediata y palpable. No obstante, en el Instituto Yerkis de Primatología (Atlanta), a veces los bonobos hembra se ponen ratas o cucarachas muertas en la cabeza y pasan así todo el día, dando muestras de aparente satisfacción por ello. Cuesta resistirse a establecer un paralelismo con las señoras humanas que acuden tocadas a las carreras de caballos de Ascot. Al fin y al cabo, la transformación de animales muertos en piezas de alta costura ni siquiera resulta incomprensible en términos humanos, como se verán obligados a admitir quienes usan pieles de ardilla o abrigos de zorro. Ver una cucaracha muerta y concebirla como un tocado requiere una mente capaz de imaginar.

 

El fuego, como el arte, también representa un logro exclusivo de los humanos que, sin embargo, parece al alcance potencial de algunos otros animales. Los monos aprenden a encender cigarrillos o a prender una llama para liberar el aroma del incienso, e incluso a mantener una hoguera ardiendo. Hay humanos que no lo hacen mucho mejor. Ciertos pueblos aborígenes de Australia nunca encienden fuego, sino que tienen que pedírselo prestado a culturas vecinas (aunque jamás se ha esclarecido si lo hacen porque desconocen la técnica o por algún escrúpulo sagrado). La primatóloga Anne Russon, investigadora de campo, informó sobre el caso de un orangután devuelto a la selva tras haber vivido en cautividad. El orangután encendía fuego poniendo brasas en contacto con madera seca, «abanicando y soplando las brasas con la tapadera de una cacerola» y robando queroseno para echarlo a la hoguera. Al final, ha resultado cierta la historia de El libro de la selva sobre el mono que aspira a apoderarse del secreto del fuego para competir con los humanos. A muchos animales los atraen las brasas de combustiones espontáneas, en las que buscan semillas e insectos tostados que la quema haya vuelto comestibles. Este comportamiento se observa entre los chimpancés salvajes y permite imaginar el contexto en el que empezaron a cocinarse los alimentos: a una



 

 

 

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criatura con imaginación y destreza, algunas características de los bosques quemados, como los montones de ceniza y los troncos medio carbonizados de árboles caídos, le pudieron parecer hornos naturales que desprendían un calor razonable, perfecto para preparar semillas de cáscara dura, legumbres secas de piel recia, leguminosas inmasticables y carne cartilaginosa.

 

Con todo, estas consideraciones podrían pasar por alto la cuestión más interesante relacionada con el fuego: porque no es tan sólo una tecnología que permite controlar el entorno y cocinar los alimentos que se encuentran en él, sino también una fuerza que fomenta las relaciones sociales y que, en la historia humana, ha creado un foco (foco significa, literalmente, «fogón») para la aparición de ritos con significado social. Estos ritos, que establecen entre nosotros unos lazos bien firmes, incluyen el arte de cocinar en comunidad y el de compartir la comida. Incluso sin llegar a cocinar, algunos chimpancés parecen haber desarrollado o estar desarrollando ritos semejantes. El modo en que algunas comunidades de chimpancés comparten las piezas, aunque sean crudas, se parece a un ritual: los gestos con que reclaman la comida y el orden en que ésta se distribuye difieren de los observados cuando las comidas consisten en alimentos recolectados.

 

«Se parece a un ritual». ¿Podría tratarse en verdad de un ritual? Según una reciente lista elaborada por primatólogos, «la caza en grupo y el reparto nepotista de la comida, las tácticas sociales maquiavélicas, el infanticidio, el sexo para establecer lazos en lugar de para lograr la reproducción y las luchas dentro del grupo» conforman comportamientos, entre otros, que antes se consideraban exclusivos del género humano y que ahora también se han detectado entre los chimpancés. Tal vez el caso más llamativo de todos lo constituya el de la «danza de la lluvia», observado en los chimpancés del Instituto Yerkis. Cuando se avecinan lluvias torrenciales, los chimpancés hembra se reúnen para moverse y pisar de un modo coordinado, suscitando con ello las bromas de sus cuidadores acerca de si actúan así para celebrar la llegada de la lluvia o para ahuyentarla. Parece la participación deliberada en una práctica mágica (lo cual evidencia cierto sentido de la trascendencia o del poder de la oración, como a menudo se ha atribuido a los animales en el folclore antropomórfico). Cuesta aceptar estas explicaciones, pero resulta igual de difícil imaginar una mejor.



 

 

 

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Aunque fuera cierto que el género humano se pudiera definir a partir de ciertos elementos culturales, esto no justificaría que separáramos nuestra especie del resto de la creación para clasificarnos en una categoría exclusiva. La mayoría de las características únicas o típicas humanas de lo que denominamos cultura podría tener un origen evolutivo y, aunque el empleo de herramientas y fuego, el reconocimiento del arte o la música, etcétera, sean comportamientos aprendidos, nuestra tendencia general a adoptar esos comportamientos podría ser heredada o (para quienes prefieran este término) instintiva. En ciertos sentidos, la prueba de la cultura ha proporcionado a sus defensores un sustituto secular de la prueba de la religión, e implica un intento por encontrar un criterio exclusivo del género humano sin apelar al alma o a una diferenciación otorgada por intervención divina. Sin embargo, ha fracasado porque, en cualquier caso, los animales no humanos también tienen cultura.

 

Por supuesto, todo depende de qué se entiende por «cultura»; pero, si se acepta la definición más extendida del término y se admite que la cultura es cualquier comportamiento general transmitido por aprendizaje, y no adquirido por herencia, entonces es indudable que ciertos animales no humanos la tienen (y denominarla «protocultura» suena a evasiva). La prueba más evidente la revelaron las observaciones de monos macacos en la isla de Koshima, efectuadas en la década de 1950 por zoólogos japoneses que vieron cómo un mono (una hembra joven a la que sus observadores humanos llamaron Imo) introducía, con auténtica genialidad, dos innovaciones conductuales que otros monos fueron copiando hasta hacerlas universales en el grupo. Primero, en 1953, Imo descubrió un sistema para quitar la suciedad de las batatas con las que un agricultor local alimentaba a los monos: lavarlas en un riachuelo. Su madre, seguida por otros individuos muy cercanos a Imo, empezó a imitarla: esto demuestra que el aprendizaje se extiende dentro de un contexto social. Con el tiempo, sólo quedaron sin adoptar la práctica unos pocos machos ancianos. Luego, el mar sustituyó al arroyo y se convirtió en el lugar preferido para ese fin. Hasta el día de hoy, los monos siguen lavando las batatas aunque ahora reciben las raciones limpias, compradas en comercios. La costumbre no sólo parece haberse transmitido mediante el aprendizaje, sino que aparentemente ha trascendido a su utilidad, con lo que se ha convertido en «mera» cultura, como la perpetuación de un rito (aunque existe la posibilidad de que la práctica aún conserve funcionalidad



 

 

 

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y sirva para sazonar los tubérculos con agua salada). En 1956, Imo logró otro descubrimiento: hasta entonces, a los monos les gustaba el trigo que les esparcían por la playa ciertos benefactores humanos, pero les costaba separarlo de la arena que se le quedaba pegada. Imo lanzó al agua puñados de arena mezclada con trigo y aprovechó que la arena se hundía más deprisa que el cereal para pescar los granos de trigo. Este comportamiento también se extendió al resto de los monos. Desde entonces, los primatólogos han descubierto muchos otros casos similares en todo el mundo, y se han revelado (o al menos insinuado) formas de cultura en un sentido muy semejante entre elefantes, ratas, ballenas y varios tipos de aves.

 

En comunidades (humanas y no humanas) que disponen de cultura, ésta puede, como es natural, evolucionar y cambiar. Las distintas comunidades de una especie determinada pueden desarrollar culturas diferenciadas. El estudio de la historia humana, al que he dedicado toda la vida, me ha convencido de que una de las grandes cuestiones que aún quedan por resolver (y, de hecho, por abordar) sobre las sociedades humanas es a qué se debe que sean tan variables comparadas con las de otros animales que también viven en sociedad. O, para plantear mi interrogante parecido con distinto énfasis comparativo: ¿por qué han diferido tanto unas sociedades humanas de otras? Sin embargo, para plantearse estos interrogantes hay que tener en cuenta dos advertencias.

 

En primer lugar, estos procesos de inestabilidad y diferenciación cultural mutua se han dado durante un periodo bastante breve del pasado humano: en realidad, sólo se produjeron durante la época final de la última glaciación. Hasta entonces, la mayoría de comunidades humanas había compartido en gran medida el mismo estilo de vida, la misma tecnología y, que se sepa, otros aspectos culturales, como religión y estética idénticas o similares. Sencillamente desconocemos por qué se interrumpió la continuidad de la vida humana en favor de los cambios raudos y revolucionarios que han ganado terreno desde entonces: al parecer, la inestabilidad climática y la diversidad medioambiental ayudaron, en parte, a poner en marcha las variaciones; y en los cambios, como en el comer y el rascar, todo es empezar. No obstante, debemos recordar que los cambios acelerados (considerados en el contexto de todo el pasado humano) todavía representan una circunstancia excepcional. La etapa de nuestra diferenciación cultural (que no de la mutabilidad de nuestra cultura) parece



 

 

 

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concluir en la actualidad, a medida que la globalización impone un modelo de vida convergente en todo el mundo.

 

En segundo lugar, incluso durante el periodo en cuestión, algunas sociedades humanas han permanecido largo tiempo exentas de alteraciones: ciertos moradores de selvas y desiertos han logrado la asombrosa hazaña de resistir al cambio y conservar la tradición con una tenacidad pasmosa. Al preguntarnos cuáles han sido las sociedades que más han triunfado del mundo, tendemos a emitir con rapidez la afirmación simplona y autocomplaciente de que el cambio es la marca del éxito; las sociedades que han logrado un progreso, una expansión y una transformación del medio espectaculares son jaleadas como «grandes civilizaciones» y modelos a seguir, aun cuando hayan perdido ímpetu o se hayan desmoronado en ruinas. Pero si el objetivo es la supervivencia, las sociedades con más éxito son, en realidad, las menos alteradas, las que han preservado intactas sus tradiciones e identidades, o han perpetuado su existencia limitando de manera racional la explotación del entorno. Las sociedades más duraderas, las que han logrado evitar los riesgos del cambio, son las que aún mantienen un estilo de vida basado en la recolección: los kung san o los bosquimanos del sur de África, los aborígenes australianos y escasas poblaciones halladas en selvas.

 

Esta longevidad social, como podríamos denominarla, alinea a estos pueblos con la mayoría de animales sociales no humanos. Conocemos algunos ejemplos de cambios culturales en sociedades de monos (sociedades no humanas con «historias» de cambio). Por ejemplo, en Tanzania, grupos diferentes de chimpancés han desarrollado prácticas distintas (uno se siente tentado a decir «ritos diferentes») de despioje mutuo. Una diferenciación similar se ha observado asimismo en comunidades aisladas de orangutanes (véase la página 64). En Etiopía, las sociedades de babuinos de tierras altas se caracterizan por tener harenes sometidos a un control estricto y agrupados por machos individuales, mientras que los babuinos de la sabana contraen relaciones mucho más liberales de «monogamia en serie». En Gabón, los gorilas de Lopé comen termitas que forman montículos, pero no hormigas tejedoras; en cambio, sus vecinos de Belinga comen hormigas tejedoras y desdeñan las termitas. Grupos distintos de primates de una misma especie tienen sus propios modos de relacionarse con el entorno: unos, por ejemplo, usan hojas como colchón en lugares donde el terreno es muy húmedo, o extienden ramas a



 

 

 

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modo de estera para protegerse de las espinas. Estos cambios lentos y selectivos pertenecen, por supuesto, a un orden de magnitud distinta a la de las «revoluciones» que, en repetidas ocasiones, han convulsionado a algunos grupos humanos en los últimos diez mil años; mientras que, la mayoría de sociedades no humanas destaca por su trayectoria práctica o absolutamente inmutable. Con todo, incluso en lo que atañe a criterios de mutabilidad cultural, casi todas las sociedades humanas, durante la mayor parte de la historia, sólo han superado a las no humanas en este aspecto en una escala que resulta muy mediocre, desde el punto de vista de ciertos patrones comparativos.

 

Si suspendemos, por infructuosa, la búsqueda de una forma cultural que diferencie a los humanos del resto de animales, ¿podemos adoptar otro enfoque para ir en busca de un alma, intentando identificar algún poder o capacidad mental exclusivamente humano (ya sea desarrollado por evolución o concedido por creación) con el que no cuente ningún otro animal? La búsqueda se remonta a una respetable antigüedad y, en numerosas ocasiones, ha conducido a privilegiar la razón. La afirmación de que sólo los humanos razonan está bien documentada en algunos de los textos filosóficos más antiguos del mundo. La exclusividad del alma racional fue para Aristóteles la característica definitoria del ser humano: otros animales poseían almas que les permitían actuar y sentir, pero no pensar con raciocinio. Por supuesto, la validez de dicha afirmación depende de lo que se entienda por «razón»: en contextos pertinentes, con un grado mínimo de ambición, suele significar un modo de pensar que trasciende al instinto y llega a la voluntad. No tiene por qué implicar una capacidad para pensar de manera lógica o para resolver problemas con eficacia: si así fuera, habría que excluir a la mayoría de los humanos. La voluntad define el término, pero no porque contenga ninguna cualidad especial, sino porque una criatura con conciencia de sus intenciones posee algo más que sí es especial: libertad o, al menos, la esperanza o la ilusión de la libertad. Las criaturas con instinto no tienen libre albedrío; en cambio, las criaturas con razón sí lo tienen, o pueden pensar que lo tienen. Por eso la razón ha gozado de tanto privilegio en las definiciones tradicionales que Occidente ha asignado al género humano. La libertad es un premio con una dimensión teológica. Sirve de base a una afirmación ulterior que resulta atractiva y que, en cierto sentido, podría ser cierta,



 

 

 

 

 

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aunque imposible de verificar o desmentir: que sólo los humanos pueden efectuar elecciones morales.

 

El instinto en sí resulta difícil de definir; parece inadecuado para responder de todos los comportamientos animales y, como generalmente el instinto debe considerarse funcional, no existe ninguna prueba objetiva que diferencie una acción realizada con intencionalidad de otra ejecutada por instinto. Una condición previa para la intencionalidad es la conciencia de uno mismo y ésta, a su vez, se ha pretendido exclusiva de los humanos. Pero la única prueba desarrollada hasta ahora ha demostrado que los chimpancés, bonobos, orangutanes y algunos gorilas también la tienen: se reconocen a sí mismos al verse reflejados en un espejo. Si, mientras duermen, se les pintan partes del cuerpo que quedan fuera de su vista, usan el espejo para examinar y estudiar la extraña mancha. Los superpoderes de los que nos hemos jactado no parecen necesariamente restringidos, pues, a las sendas evolutivas que condujeron hasta el género humano. Poco se sabe de las mentes de los delfines y las ballenas, pero experimentos análogos a los realizados con monos sugieren que poseen un nivel cognitivo, al menos, igual de sorprendente para los humanos.

 

Tal vez la conciencia de uno mismo y otras variedades de cognición se puedan definir de maneras especialmente humanas; de hecho, mucha gente ha dedicado grandes esfuerzos a ello. El antropólogo social Michael Tomasello, por ejemplo, ha emitido la sorprendente afirmación de que

 

los primates no humanos poseen muchas habilidades cognitivas relacionadas con objetos y eventos físicos (incluida cierta comprensión de las categorías relacionales y las secuencias básicas de eventos del tipo antecedente-consecuente), pero no perciben ni entienden las causas subyacentes como mediadoras en las relaciones dinámicas entre esos objetos y eventos.

 

No obstante, la diferencia entre causas y «secuencias básicas de eventos del tipo antecedente-consecuente» parece bastante problemática y, en cualquier caso, ¿cómo hallar un método satisfactorio para valorar hasta qué punto comprende un sujeto humano esa diferencia y, no digamos ya, un mono? Todas las afirmaciones sobre la exclusividad del conocimiento humano son, en última instancia, poco convincentes, porque se pueden formular reivindicaciones equivalentes con idéntica pertinencia para otras



 

 

 

 

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especies, si se les atribuyen formas únicas de conocimiento exclusivas de ellas. Como resultado, los humanos tendrían que renunciar a sus pretensiones de pertenencia a una categoría única. En cualquier caso, esta afirmación no podría demostrarse de manera satisfactoria, porque no hay manera de trasladar los indicios de conocimiento existentes en una especie dada al sistema comunicativo de cualquier otra.

 

Ni los indicios ni los argumentos excluyen la posibilidad de que los humanos sean criaturas peculiares en un sentido religioso: la especie elegida por Dios, dotada, por ejemplo, de almas inmortales, o protegida por la tutela divina, o situada en algún otro lugar especial de la providencia de Dios, o consagrada, como creen los cristianos, por un caso especial de encarnación divina. En cambio, aquéllos que conciben el género humano de este modo y veneran a sus semejantes por ello, no deberían caer en la tentación de atribuirnos otros tipos de singularidades al compararnos con el resto de animales: sospecho que sería como sucumbir a una suerte de arrogancia de especie no planeada por un Dios que prefiere a los humildes y sumisos, y que, si nos favorece de manera especial, sin duda lo hace con el mismo ánimo discriminatorio que lo llevó a preferir un pesebre a una cama, un pescador a un rey, una virgen a una vampiresa y una cruz a un trono. Y nuestra reverencia religiosa (si es que la tenemos) por la humanidad tampoco debería animarnos a amar menos al resto de animales: al contrario, si funciona en toda su extensión, nos inspirará y enseñará a tratarlos fomentando la responsabilidad y censurando la crueldad. La religión y la ciencia pertenecen a ámbitos distintos de la experiencia y a territorios distintos del pensamiento, de ahí que no sean incompatibles, sino más bien complementarias; pero, como no todo el mundo es religioso, resulta más práctico acudir a la ciencia, y no a la religión, en busca de un concepto universalmente aceptable de lo que significa ser humanos.

 

Ahora bien, es difícil hablar desde un punto de vista científico sobre moralidad porque, en un sentido estricto, la moral explicable con la ciencia presenta una contradicción terminológica. La bondad no es, en realidad, tal bondad si sólo sirve para otorgar una ventaja evolutiva o algún otro beneficio computable, porque entonces se convierte en una forma de egoísmo. La compasión se transforma en la exteriorización de un miedo; la generosidad se vuelve una inversión para lograr algo a cambio; la simpatía se torna una estrategia de colaboración; el amor (tal como lo expresó Diderot), «una vibración placentera en un par de intestinos». Para ser



 

 

 

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realmente altruistas, o desinteresados o abnegados, los actos morales deben quedar fuera del alcance de cualquier explicación. Por tanto, hay que restringirse a la forma de ciencia más rudimentaria; dejar a un lado la explicación y basarse en la mera observación. Lo único que podemos hacer es examinar el comportamiento de animales no humanos en busca de indicios que revelen el mismo tipo de actos considerados morales en nuestra especie. Si, por ejemplo, volvemos a fijarnos en los chimpancés, se detectan abundantes casos de simpatía y empatía, amistad y respeto desinteresado, reciprocidad y las obligaciones que conlleva, actos de reconciliación y consolación, y hasta abnegación. Los trabajos de campo en primatología están repletos de versiones de peleas entre dos chimpancés tras las cuales otros miembros de la comunidad se acercan a la víctima y hacen el gesto habitual de consolación echándole un brazo por encima. La primatóloga rusa Nadie Coates descubrió que jamás podría usar con éxito amenazas ni recompensas para vencer la obstinación del chimpancé que tenía en casa, pero que si fingía estar triste, él siempre volvía para consolarla con una mirada que a ella le parecía de compasión. Durante un célebre incidente ocurrido en el laboratorio de Washoe, ésta evitó una vez que un compañero suyo se ahogara y pareció mirar con reproche a los humanos presentes que no habían prestado ayuda.

 

Con independencia de si la moralidad «animal» es humana o si la moralidad humana es «meramente animal», el hecho de diferenciar ambas debe considerarse un problema. Parece justo concluir que (dentro de lo que hoy en día podría considerarse como conocimiento razonablemente científico) las diferencias entre nuestra especie y otras tal vez sean de un orden comparativo, ni mucho mayores ni mucho menores que las que separan unas especies no humanas de otras. Los humanos son únicos, pero no con una única especie de unicidad(6).

 

AMIGOS RUDOS: LA SOLIDARIDAD HUMANA CON OTROS animales

 

Las continuidades ineludibles entre humanos y otros animales nos invitan a creer en una sospecha de encantadora ironía: que nuestra especie sólo es única en su deseo por diferenciarse de las demás.

 

Esta sospecha tal vez resulte engañosa; la autodiferenciación del resto de animales no es, con seguridad, una propiedad innata, un instinto ni un rasgo evolutivo del comportamiento humano. Al contrario, esta insistencia



 

 

 

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en diferenciarnos parece una característica particular de una etapa tardía de la historia y de unas pocas culturas extrañas. Tiene que tratarse de algo cultural, puesto que en algunas sociedades (y en el pasado, quizá, todas) no existe o sólo ha aflorado de manera muy atenuada. En este apartado nos centraremos en la historia del pensamiento humano sobre la frontera animal y en cómo comenzó el esfuerzo largo, y aún inacabado, por establecerla.

 

Como ocurre con todas las afirmaciones sobre el pensamiento prehistórico, la deficiencia de los indicios sobre conceptos del género humano previos a la aparición de la escritura debe completarse con la arqueología y las analogías que los antropólogos encuentran en sociedades que aún conservan su sabiduría más antigua. A partir de todo ello, se ve que nuestros remotos ancestros parecen haber aceptado sin vacilar que formaban parte del gran continuo animal. Para las primerísimas criaturas que podríamos clasificar como humanas, se trataba, en realidad, de un hecho observable, puesto que durante la mayor parte del pasado homínido, habían coexistido con otras especies similares. Es más, la sabiduría primitiva debía ceder ante animales más grandes, más fuertes o más veloces que los humanos. Los animales rivales eran tratados con respeto y temor; los aliados, con admiración. Un conmovedor ejemplo de ello lo encontramos en los cazadores mesolíticos que dejaron un cementerio (el más grande que ha perdurado de su época) en Skateholm, a orillas del Báltico. Consideraban a los perros miembros plenos de la sociedad y los enterraban con los trofeos obtenidos en sus proezas y, en algunos casos, con más signos de honores (como ofrendas de un raro color ocre, rojo como la sangre, y trofeos de caza) que los encontrados en las tumbas de personas. Durante buena parte del pasado, la gente adoptó ancestros totémicos, veneró animales o dioses zoomórficos y vistió a sus elites de chamanes con disfraces de animales, con máscaras de pieles y plumas, cuernos y formas de bestias. Que los humanos son animales era una verdad reconocida por la mayoría de la gente en la mayoría de las culturas durante la mayor parte del pasado, pero la historia reciente ha tenido que redescubrirlo.

 

El totemismo es parte de los indicios. El término se ha usado con libertad para aludir a cualquier pensamiento que estableciera un vínculo estrecho entre los humanos y otras formas de vida; en su manifestación más poderosa, el tótem es un mecanismo para recrear lazos sociales. En el



 

 

 

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totemismo, la relación con un animal concreto (o, en ciertos casos, con una especie de plantas o algún otro objeto natural o conjunto de ellos) define el grupo y lo diferencia de otros grupos que forman parte de la misma sociedad. La relación de la gente con su tótem suele expresarse como una ascendencia común, a veces como una forma de encarnación. Esto funciona porque crea obligaciones que trascienden el interés propio y constituye un medio de identificación mutua. Es un modo de seguir la pista a los grupos humanos con ancestros comunes en sociedades en proceso de expansión demográfica, sociedades del mismo tipo que las que poblaron la mayor parte del mundo durante un periodo aproximado de cinco milenios (cuando la población planetaria probablemente se multiplicó por diez o por quince) que comenzó hace unos cien mil años. Además, aunque tiene más fuerza y es más corriente como vía para conceptuar los vínculos reales de parentesco, el tótem también permite que personas sin una relación sanguínea real se comporten entre sí como si la tuvieran; en la mayoría de sociedades con prácticas totémicas, la gente tanto puede pasar a formar parte de un «clan» totémico como nacer en él. Los sueños revelan las relaciones totémicas no percibidas por el sentido de pertenencia al grupo.

 

El tótem genera una vida ritual común. Las personas que se clasifican según afiliaciones totémicas suelen compartir ritos para venerar a un animal particular, y mantener tabúes propios coherentes, como abstenerse de comer ese animal o casarse con miembros del mismo grupo. Un modo de valorar la antigüedad de una práctica cultural se basa en medir su radio de influencia: el totemismo es una de las pocas costumbres que se ha detectado en todos los continentes, lo cual sugiere un origen muy remoto, previo a la dispersión del género humano. Sería exagerado afirmar que existió de manera generalizada durante un periodo temprano de la historia, pero sí parece tratarse de una de las formas más antiguas y efectivas de progreso en una sociedad, porque crea y conserva lazos sólidos entre los grupos más pequeños de las sociedades en expansión y transforma las bandas y familias reducidas en grupos más numerosos. El rasgo común (y de sentido común) de todas las teorías es que el totemismo guarda relación con la diferencia, que tal vez se puede calificar de «transición» entre dos categorías muy primitivas del pensamiento: «naturaleza», representada por los objetos totémicos, y «cultura», entendida como las relaciones conscientes entre los miembros del grupo. Quizá por casualidad, la idea



 

 

 

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totémica también revela algo sobre los orígenes humanos entre sus ancestros prehumanos (y, por tanto, no humanos).

 

En la concepción totémica, pues, los humanos y los animales se alinean en las mismas comunidades y los mismos linajes, en cierto sentido, tal como ocurre en la ciencia moderna. Una idea equivalente de comunión entre criaturas humanas y no humanas caracteriza al chamanismo que, igual que el totemismo, tuvo gran difusión y, por tanto, es probable que se trate de una práctica antiquísima. Los chamanes emprenden sus «viajes» de comunicación extática con el mundo de los espíritus mediante una serie de métodos de aturdimiento: drogas, tambores, danzas y disfraces. El poder transformador de la magia está mediatizado o, al menos, simbolizado a través del disfraz: un intento por controlar la naturaleza, una estrategia para apropiarse de la fuerza de dioses y animales. Al vestirse de animal vigoroso (o de demonio, o de dios, si se cree en ello) se adquieren sus facultades. La imitación puede formar parte de un programa de emulación. Poniéndose una mascara o una piel, el chamán pretende cambiar su propia naturaleza y compartir la del animal o el progenitor divino. Los poderes (extraordinarios para los humanos) que algunos animales no humanos utilizan para cazar, rastrear, correr, saltar, trepar, volar, fertilizar, buscar carroña con pericia y depredar les atribuyen, ante las personas, la presunción de que mantienen una relación privilegiada con los dioses o que cuentan con algún otro método misterioso para manipular la naturaleza. De ahí que, tal vez, los disfraces de animales se cuenten entre los motivos artísticos más antiguos. Mircea Eliade llegó a la conclusión de que el chamanismo fue la primera religión universal, mientras contemplaba la figura de una persona danzando disfrazada de ciervo que había sido pintada hacía unos veinte mil años (en lo más crudo y asolador del último gran periodo de glaciación) en la cueva Les Trois Frères, en el Pirineo francés. Cualquier interpretación resulta tentadora cuando se cuenta con indicios tan escasos y remotos, pero el contexto de la pintura sugiere una escena de caza. La figura disfrazada se halla frente a la presa en una posición que evoca una lucha de poderes. En resumen, parece tratarse de una de las primeras representaciones plásticas en la que un chamán adopta la forma de una bestia como medio de control mágico. De comparable antigüedad es la pintura de un hombre con cabeza de pájaro que se halla en la gruta de Lascaux (Dordoña). De una época incluso anterior (tal vez de diez milenios antes) data una pintura



 

 

 

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descubierta hace poco en la cueva de Chauvet que representa una figura con cabeza de bisonte y piernas humanas. En efecto, la conclusión de que los pintores paleolíticos practicaban religiones chamanísticas parece brotar de las paredes de la cueva. Herbert Kuhn hizo un informe sobre su exploración del arte rupestre en Tuc d’Audoubert con el abad Breuil, convencido de que se enfrentaba a indicios de la antigüedad de un sacerdocio cuya magia era animal: describió el viaje subterráneo a la prehistoria a través de la cueva anegada y la manera en que, gracias a una linterna, emergió de la oscuridad un modo de ver el mundo de la Edad de Piedra. El techo de la gruta era tan bajo que los exploradores tuvieron que agacharse y, más tarde, hasta tumbarse en el bote que los llevaba. La bóveda de roca «raspó los bordes superiores de la barca. […] De repente, allí estaban las pinturas. Había bestias grabadas en las piedras […] y también chamanes: hombres con máscaras de bestias, figuras extrañas y misteriosas».

 

Existen prácticas mágicas del mismo tipo tan difundidas en las sociedades tradicionales actuales y del pasado reciente, que sin duda constituyen un ingrediente cultural muy arraigado. Interpretaciones convincentes de las pinturas históricas en roca de los bosquimanos del sur de África, similares a las del arte rupestre, afirman que representan rituales chamanísticos para atraer la lluvia. El disfraz no es una imitación como la que pueda hacer un loro; tampoco es un mecanismo «evolutivo» para ocultarse del depredador o atraer a la presa, como la transformación del camaleón o el camuflaje del insecto palo o del armiño. La conciencia de sí mismo tiene que preceder a la conciencia de autotransformación. La noción de que las virtudes se pueden transferir a través de la magia sólo queda al alcance de una imaginación instruida por la experiencia, no limitada por ella.

 

Por supuesto, existen métodos de autotransformación que van más allá del uso de un disfraz. Los signos más antiguos de modificación de los cuerpos se encuentran en los cráneos deformados de toda una generación de gente enterrada hace unos doce mil años en la capa estratigráfica más profunda que han investigado los arqueólogos en Jericó. Las pruebas antropológicas indican que se suele asociar a la imitación de otras especies. La escarificación, por ejemplo, se parece a una piel o pellejo; combinada con tatuajes, se puede usar para dar a la piel humana una textura y aspecto reptiles, o imitar la forma de escamas. La talla de la



 

 

 

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dentadura reconoce la superioridad de la mordida serrada de los carnívoros más poderosos. En algunas partes de Australia, la mutilación genital sirve de tributo al pene del canguro. El hombre es, de hecho, el simio de la naturaleza. Muchos de los métodos para pintar y esculpir el cuerpo (la mayoría de ellos probablemente practicados en el mundo occidental moderno) tienen una finalidad cosmética, pero incluso los efectos cosméticos suelen representar en sí mismos tributos a la belleza o superioridad de los animales a los que imitan: como cuando se confiere a los ojos humanos la forma de los del lince o al pelo humano el brillo de una piel animal.

 

 

PERSONA SUPERIOR: DESPRECIO DE LA CREACIÓN

 

Si tanto el totemismo como la religión zoomorfa y los ritos chamanísticos dan cuenta de la antigüedad de la simpatía humana por otros animales, el problema surge con el sentimiento humano de separación del resto de criaturas y, sobre todo, la primera vez que se nos ocurrió a las personas reivindicar nuestra superioridad, regalo del Edén, nuestras dotes de mando o, cuando menos, la administración de la creación. En vista de la debilidad e inferioridad humanas en cuanto a habilidades físicas y combate cuerpo a cuerpo, respecto a tantas especies que compiten con la nuestra, parece tratarse de una aspiración contraria a la intuición. Los primeros héroes de muchas civilizaciones solían estar dotados de poderes extraordinarios de mágico entendimiento con los animales que, a veces, implicaban cierto poder de dominación. Así, por ejemplo, las imágenes tracias de un cazador nacido de un caballo (señor y explotador del mundo natural) indican que, entre los héroes indoeuropeos había un «Amo de los animales»: algunas placas conmemorativas lo representan tumbado, desfigurado y pisoteado en antiguos sepulcros cristianos, lo cual no admite duda de su carácter divino. En ejemplos que han perdurado aparece domando caballos, luchando contra monstruos y arrebatando una presa de las fauces de un león.

 

Pero, para hallar la pretensión de que el género humano en su conjunto heredó la supremacía de la naturaleza, no nos podemos remontar muy lejos en el registro de pruebas explícitas, no más allá de un periodo bien inmerso en el primer milenio antes de nuestra era (la «era axial»), cuando gran parte del pensamiento moderno dio comienzo o vino anticipado por



 

 

 

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sabios procedentes de China, la India, Oriente Próximo y Grecia. El primer signo de viraje en cuanto a susceptibilidades ocurre (como la mayoría de las «primicias» de la historia acaecidas durante aquel periodo) en la India, en los Upanishad. Aquellos textos revolucionarios desarrollaban tradiciones incluso más antiguas del pensamiento sobre la naturaleza humana, perceptibles en los Veda, donde la humanidad se asocia estrechamente a cualidades racionales. La palabra védica para género humano (manusya) guarda relación con manyas (mente) y man (pensamiento), a partir de los cuales fueron creados los humanos, según la enseñanza llamada El Brahmā de cien caminos. El himno védico más célebre sobre la creación lo narra de otro modo, pero siempre con especial refinamiento humano: los miembros del creador sirvieron de sustancia para modelar a los humanos, mientras que otros animales fueron creados a partir de una especie de caos de «leche y mantequilla clarificada». Si esto ya sugiere un modelo jerárquico de creación en el que los humanos se sitúan por encima del resto de criaturas, los Upanishad incorporan una diferencia esencial que no sólo sitúa a los humanos en un nivel superior, sino en una categoría nueva de la existencia: la de alma, o atman, que no pertenece en absoluto a la naturaleza, sino que es eterna e inmutable. Fue una argumentación radical que trasladó a los humanos de la elite de la naturaleza a un lugar situado en la supranaturaleza y anticipó el pensamiento futuro del resto de civilizaciones sedentarias. Había comenzado el proyecto de separar a las personas de la naturaleza.

 

En China y Occidente, la tradición se vio profundamente afectada por la noción de que, al estar por encima de la naturaleza, los humanos adquieren el dominio o, al menos, la administración de la misma. En el primer capítulo del Génesis, Dios culmina la creación haciendo «al hombre a su imagen y semejanza» y le otorga la supremacía sobre el resto de animales. Su primera orden es «poblad la tierra y sometedla. Dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre cuantos animales se mueven sobre la tierra». Aunque se formula como una idea divina, también fue el reconocimiento de un hecho cada vez más obvio: el poder de los humanos para transformar el entorno y explotar a otras especies constituyó la característica común más destacada de las sociedades agrarias. No sorprende, pues, que al principio de la segunda mitad del milenio, los pensadores de otras tradiciones formularan ideas semejantes. Quizás a finales del siglo V a. C. tomara forma la tradición atribuida a



 

 

 

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Mo Ti; uno de sus principios afirmaba que «todo se creó para servir a la humanidad», incluido el resto de las criaturas. En Grecia, a mediados del siglo IV a. C., Aristóteles organizó una jerarquía de almas vivientes, donde la del hombre se consideraba superior a la de plantas y animales porque contaba con facultades «racionales» así como «vegetativas» y «sensitivas». Cierta fórmula china, tal como la expresaba, por ejemplo, Xun Zi a principios del siglo siguiente, se parecía a la de Aristóteles: «el hombre posee espíritu, vida y percepción y, además, el sentido de la justicia; por tanto, es el más noble de los seres terrestres». Zhongshu, del siglo I d. C., explicó que el género humano pertenecía a un orden existencial distinto del resto de la creación, porque se le había infundido la vida «de una manera muy diferente a la gran masa de criaturas vivientes». La prueba estaba en la superioridad práctica humana: la explotación de las plantas y el ganado para alimentarse, y el poder de «domar al toro, cabalgar sobre el caballo, atrapar a la pantera, encerrar al tigre. Por eso ganó espiritualidad sobre el resto de criaturas».

 

Entretanto, el budismo desarrolló una doctrina particular en la que la discontinuidad real surgía no entre humanos y animales, sino entre los Budas y el resto. Los humanos compartían los anhelos y deseos básicos de otras criaturas (los intereses propios, el deseo de vivir y el sentido de trascendencia, en el mejor de los casos, ofuscado) y sólo podían comprender su potencial elevándose sobre la mezquindad del mundo por medio de una rigurosa virtud y de un ascenso progresivo a través de sucesivas reencarnaciones. Sin embargo, ese potencial se limitaba a los humanos. Los animales y demonios partían de reinos demasiado alejados de la espiritualidad para iniciar el ascenso. Para un humano, reencarnarse en un animal suponía una degradación (equiparada en algunos de los primeros textos budistas con la caída en un pozo negro). Así que, pese a la autocontemplación crítica, la concepción budista del género humano también estaba afectada por la tendencia, al parecer inevitable, del pensamiento de la era axial, que tiraba de la humanidad para liberarla del resto de la creación.

 

En este contexto, el enfoque común de los sabios de toda Eurasia consistió en definir al género humano en términos de una lista de cualidades. Para Mencio, la cuestión fundamental sobre el género humano era de tipo moral: la naturaleza humana, ¿es buena, mala o neutra? La lista que elaboró la determinaban los términos de esa cuestión y la respuesta a



 

 

 

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la que él quería llegar: que las personas tienden a ser bondadosas por naturaleza. «La compasión forma parte de la esencia humana», escribió, para añadir que la vergüenza, el odio, la modestia, la complacencia y la discriminación constituían características definitorias de los seres humanos. En épocas anteriores no se habría aceptado que tales cualidades fueran inaccesibles para animales no humanos.

 

Las listas, en cambio, nunca resultan satisfactorias desde un punto de vista intelectual: la mente ansía una caracterización general. En China, hacia el siglo II de nuestra era, la idea del «hombre como microcosmos» se adujo como evidencia del lugar especial que supuestamente ocupa el ser humano dentro de la creación: la unicidad de los humanos se puede contemplar en su perfección manifiesta, en su capacidad para dominar la naturaleza del modo en que sus cuerpos y sus mentes la reproducen, reflejan o abarcan. Dong Zhongshu llevó la idea a extremos asombrosos. El hombre tenía «doce grandes articulaciones» porque el año tenía doce meses, y 366 articulaciones pequeñas porque el año tenía 366 días. Tenía cinco vísceras porque había cinco elementos. Los ojos y las orejas equivalían al sol y la luna, las venas a los ríos, la respiración al viento, el pelo a las estrellas. La cabeza era redonda para coincidir con la forma del firmamento, y la alternancia de tristeza y placer reflejaban el equilibrio cósmico de yin y yang. En cierta manera, esto era una especie de versión laica de la afirmación de que Dios creó a los humanos «a su imagen»; en lugar de ser la imagen de Dios, los humanos eran la imagen de la naturaleza (que, en algunas tradiciones, venía a ser lo mismo). A través de textos romanos y helenísticos, esta noción también fue arraigando en el pensamiento occidental y perfiló la obsesión de los artistas renacentistas por perfeccionar la figura humana y proyectar sus dimensiones en el universo. Dong Zhongshu anticipó el grito de Miranda: «¡Oh, lo que es el Hombre!».

 

 

EL OBSTINADO DEBATE: APOLOGISTAS DE LOS ANIMALES Y CRÍTICOS DEL GÉNERO HUMANO

 

Pero la superioridad humana, ¿significaba privilegio humano o responsabilidad humana: dominio o custodia? La afirmación de que los humanos pertenecían a una categoría especial inauguró un largo debate,



 

 

 

 

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aún sin resolver, sobre las limitaciones de la libertad humana para explotar a otras criaturas en beneficio propio. Desde el principio, aparecieron tradiciones que se mostraban en desacuerdo. A finales del siglo VI a. C., Pitágoras enseñaba en el sur de Italia que «todo lo que ha nacido con vida en su interior debe tratarse como un igual». Su casi coetáneo Mahavira Vardamana, creía que la universalidad de las almas imponía a los humanos la obligación de cuidar del resto de la creación; porque como el alma de los animales se parecía mucho a la de las personas, merecía un respeto especial.

 

Pero la discusión afectaba a algo más que las limitaciones del trato o maltrato humano a las supuestas especies inferiores. La resistencia a aceptar la noción de la exclusividad humana nunca desapareció por completo. Mientras los dioses de otras culturas se tornaban cada vez más antropomórficos, la civilización egipcia se aferraba a dioses con cara de cocodrilos y perros. Confucio se inclinó por catalogar a los animales, incluidas las personas, en una categoría, y a las plantas en otra. Wang Chong (27-97 d. C.) admitía que, de entre las 300 o 360 «criaturas desnudas» que conocía la ciencia de su época, los humanos eran «las más nobles e inteligentes». Pero era una cuestión de grados: en esencia, seguían siendo animales que andaban por la Tierra «como piojos por los pliegues de una prenda de vestir». Si las pulgas hablaran al oído de los hombres, éstos, no las oirían. De manera semejante, consideraba una presunción ridícula pensar que el Cielo y la Tierra prestarían atención al hombre.

 

El hombre es una criatura entre la miríada de criaturas dotadas de conocimiento. […] Las aves tienen nidos y ramas, los animales tienen guaridas y madrigueras, los peces y criaturas con escamas, sus hogares particulares, igual que los hombres tienen casas y mansiones. […] El hombre vive y muere, y también las criaturas tienen su principio y su fin. […] En sangre, venas, cabeza, ojos, orejas y boca no se diferencian en absoluto de las personas. Sólo difieren en cuanto a gustos y aversiones. […] Comparten el mismo cielo y la misma Tierra, e igualmente contemplan en las alturas los mismos Sol y Luna.

 

Para Wang Chong, los humanos eran lo que para los pensadores científicos de nuestros días: accidentes cósmicos engendrados sin



 

 

 

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propósito alguno por capricho de la naturaleza, y no por un plan divino (aunque Wang Chong se distinguía de los materialistas actuales en que atribuía el origen humano a la generación espontánea y no a la evolución).

 

Entretanto, el taoísmo desafió las nociones de la superioridad humana desde otra perspectiva más espiritual. Según la recopilación taoísta del siglo III conocida como Lieh-tzu, animales y personas caminaban juntos en la antigüedad (como en el mito occidental de la Edad de Oro) y, en un reino utópico, el hombre aún podía entender el lenguaje de los animales. Cuando el anciano maestro que dio nombre al libro elogiaba la parcialidad del cielo ante la humanidad (porque brindaba a las personas grano, peces y carne para que se regalaran con ellos), un niño de una encantadora candidez que participaba en el banquete comentó que también se podría decir que el cielo favorecía a lobos y tigres por procurarles a personas como alimento. La valoración taoísta de la naturaleza resurgió en la tradición china posterior y tiró de las conciencias confucianas. Cheng Hao, por ejemplo, reconocía en el siglo XI que «el hombre no es la única criatura inteligente del universo. La mente humana es igual que la de plantas y árboles, pájaros y animales». Y la idea del «hombre microcosmos» siempre ha tenido sus detractores, incluso en pleno Renacimiento occidental: cuando Shakespeare resumía en boca de Miranda la tradición de la perfección del hombre, sin duda estaba formulando una sátira parecida. La inspiración de Miranda no es una reflexión filosófica objetiva, sino un deseo sexual apasionado. No mira a su alrededor buscando indicios de la particularidad humana entre el resto de la creación, sino que mira de frente hacia una atrayente juventud.

 

En realidad, el debate sobre si los humanos somos verdaderamente «distintos» nunca ha cesado, aunque durante buena parte de los siglos pasados la idea preponderante en todas las grandes civilizaciones de Eurasia ha defendido una categoría especial para los humanos. Cuesta resistirse a la impresión de que esta idea viene recomendada en gran medida por consideraciones interesadas, que por sí mismas socavan la noción de que los humanos son criaturas con una moral peculiar y una sensibilidad de nobleza singular. Es evidente que se trata de un modo de legitimar la explotación de otras especies. Incluso durante su época de preponderancia, parecíamos resistirnos a un consentimiento absoluto; e incluso las culturas más inclinadas a privilegiar a su propia especie, siguieron tratando al resto de animales como inferiores pero, al mismo



 

 

 

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tiempo, atribuyéndoles responsabilidades morales (y garantizándoles sus correspondientes derechos).

 

En la Europa medieval y moderna, por ejemplo, a los animales homicidas se les juzgaban antes de ejecutarlos, por lo común, mediante el mismo procedimiento que regía para los asesinos humanos. La Europa medieval reconocía que los animales eran capaces de albergar cierto sentido religioso e incluso de alcanzar la santidad. Santa Guinefort era una perra: el caprichoso predicador Étienne de Bourbon encontró su culto en Villars, cerca de Lyon, en el siglo XIII. Había salvado a un bebé de una serpiente y después, herida y con la boca ensangrentada, se había concentrado en vigilar la cuna; al verla, la niñera de la criatura dio un grito tras el cual acudió un guardia armado que malinterpretó la escena y mató al animal. Étienne intuyó cierta superstición y sospechó que existía algún vestigio pagano. Desmanteló el santuario, volvió a enterrar a la perra y taló y quemó los árboles plantados por devoción local, pero no logró erradicar el culto, que se trasladó a un nuevo santuario cercano y siguió venerando a la mártir canina, mientras la Iglesia se quedaba mirando de brazos cruzados, al confundir aquel movimiento con el culto a una virgen de Pavía del mismo nombre e impecables referencias. En la Gales medieval, los peregrinos también visitaban los santuarios de perros canonizados: no puede haber demostración más poderosa de la equivalencia moral entre hombre y animal. San Francisco predicó ante cuervos. San Antonio de Padua dio la comunión a su caballo. El célebre poema navideño de Thomas Hardy rescata una tradición rural inglesa genuinamente popular sobre la gracia concedida a los animales en Nochebuena cuando, en el aniversario de la encarnación, se arrodillan para adorar a su creador, que (en un acertado gesto zoomórfico) nació en un establo: «Ahora están todos arrodillados…».

 

Hasta hace unos trescientos años, aún era habitual que los animales gozaran de derechos legales casi como los seres humanos. Las ratas que saqueaban graneros, los insectos que devastaban cosechas, los pájaros que defecaban sobre los santuarios, y los perros que mordían a la gente eran juzgados ante un tribunal por sus «delitos», representados por un abogado que costeaba la comunidad y, en ocasiones, hasta salían absueltos. En el año 1650, se procesó a una plaga de saltamontes cerca de Segovia, después de que el clero fracasara en su intento por dispersarla con reliquias, procesiones, agua santa y exhibiciones públicas de penitencia. Entre los



 

 

 

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testigos figuraban los santos patrones de las villas afectadas, representados por los lugareños, y un fraile actuó como interlocutor de los santos que ejercieron de jueces. La sentencia, muy poco ortodoxa, pronunciada por la virgen María, fue que los insectos serían excomulgados si no se marchaban. El prior del monasterio jeronimiano donde se celebró el juicio, aclaró que ya existían precedentes: se había castigado con la excomunión a langostas en Ávila, a ratas en Osma y a golondrinas que ensuciaron un santuario en las afueras de Córdoba. En Londres ejecutaron juntos a una mujer y un perro en 1679 por cometer bestialismo.

 

Los juicios a ratas, ratones y langostas también fueron comunes en China durante el periodo que consideramos medieval y el comienzo de la época moderna; las historias populares chinas atribuían emociones humanas a animales no humanos. En relatos de inspiración budista, los tigres que matan a personas suelen describirse con unos sentimientos sobrecogedores de arrepentimiento. Por supuesto, eso implica que el tigre pertenece, en cierto modo, a un orden inferior del ser que las personas; su devoción carecería de sentido si no sirviera de ejemplo a quienes son superiores a él. Los Jatakas (las primeras historias, con influencia en todo el mundo budista, de ascensos a la condición de Buda) incluyen muchas fábulas de bondad animal: una liebre que se sacrifica para alimentar a un brahmán, y se sacude el pellejo antes de morir para expulsar los piojos y salvarles la vida; un elefante que perdonó al cazador que le había dado muerte y le dio su colmillo; una serpiente que vivía como un monje; y un pacífico trío formado por un mono, un chacal y una nutria, que vivían juntos «obedeciendo la ley moral».

 

Cuanto más se ahonda en la historia del convencimiento de que los humanos somos superiores al resto de la creación, más sorprendente resulta. Sólo dos habilidades físicas se han alegado como áreas de especialización humana. En primer lugar, parece que de promedio somos unos lanzadores bastante buenos, incluso comparados con otros primates. Esta habilidad dio lugar a nuestra larga historia como usuarios de armas arrojadizas y supuestamente tuvo su origen en lo que, de otro modo, habría supuesto la incapacidad de nuestros ancestros para combatir cuerpo a cuerpo. En segundo lugar, parece que sudamos mucho. Ésta es otra cuestión de grado, una ventaja que comparten todos los mamíferos, quienes han desarrollado glándulas sudoríparas a lo largo de un periodo que ronda los doscientos millones de años. En un primer momento, pudo



 

 

 

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ser una función de la lenta locomoción de nuestros ancestros, la cual les exigía una resistencia adicional durante la caza: un animal lento sólo puede apresar a otro más veloz si tiene más aguante. Como rara vez serían capaces de atrapar presas sanas, los humanos tendrían que persistir en la persecución con una tenacidad excepcional. La mayoría de los atributos de los que nos jactamos los humanos parecen, en resumen, compensaciones evolutivas de debilidades físicas. La capacidad cerebral más desarrollada es una ventaja competitiva en la lucha por sobrevivir entre predadores rivales más poderosos. La elaboración de herramientas conviene a las especies mal provistas de dientes y garras. El lenguaje resulta útil a criaturas que tienden a apiñarse en grandes grupos en busca de seguridad y a simios sin pelo que necesitan sustituir de algún modo la práctica del despioje. El tratamiento de los alimentos constituye un recurso evidente para una especie con escasa capacidad para rumiar y dependiente de alimentos cuya digestión se ve dificultada por la bipedación. En vista de todo ello, la búsqueda de la autodefinición humana ha sido de una dificultad y una duración comprensibles.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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FORMALMENTE HUMANOS

 

Descripción del cuerpo humano

 

 

 

 

 

La historia de cómo se resolvió la búsqueda de una definición del género humano ha sido larga y se ha caracterizado casi siempre por una pasmosa irracionalidad en las opciones elegidas y la aplicación de una ciencia inadecuada para justificarlas. Entre los principios que regían lo que podría denominarse «naturaleza humana» se incluía el dominio de la razón (pero ¿qué era la razón?), o de un alma (pero ¿cómo se detecta un alma?), o de un cuerpo como el del observador (pero ¿qué diferencias eran relevantes y en qué medida?). ¿Cómo diferenciar los humanos del similistudines hominis y de los monstruosos seres que colmaban los eslabones más bajos de la cadena del ser? La cuestión era todavía más compleja, porque algunas de las categorías postuladas tenían la costumbre de disfrazarse de humanas, o de transgredir las fronteras de maneras desconcertantes: hombres lobo, súcubos, hombres-bestia y progenies de bestialismo. Dos vías de enfoque arrancaron desde estos problemas para conducir hasta posibles soluciones: la primera, que constituye el tema de este capítulo, se centró en el intento de perfilar un cuerpo humano definible; la segunda (sobre la cual versará el siguiente capítulo) consistió en un intento semejante de perfilar una cultura humana definible.

 

 

EXCLUSIÓN DEL MONO

 

En enero de 2003, la prensa comunicó una noticia positiva para los orangutanes: según la revista Science, son «casi humanos». Algunos de ellos «usan servilletas al comer» y «se dan besos de buenas noches». Otros «emplean hojas a modo de guantes para asir plantas espinosas», mientras que los hay que sostienen en alto ramas frondosas «a modo de sombrillas para protegerse del sol». Pero lo que resulta aún más sorprendente es que también desarrollan cultura; al igual que las sociedades humanas, las



 

 

 

 

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comunidades de orangutanes desarrollan maneras diferenciadas de comportarse entre ellos. Así, sus juegos varían de un lugar a otro. En Borneo se divierten golpeando árboles muertos, sobre los que caen a horcajadas, y de los que saltan justo antes del impacto contra el suelo. En cambio, los orangutanes de Sumatra desconocen este entretenimiento.

 

Estos hallazgos forman parte de la revolución actual que está sufriendo nuestra comprensión de la naturaleza del género humano y de las afirmaciones tradicionales sobre las relaciones existentes entre las personas y otros animales. En concreto, se integran dentro del contexto de la ampliación del conjunto de conocimientos que tenemos sobre cultura no humana. Casi cada hecho que se descubre, en lo que se ha convertido en una secuencia formidable de revelaciones sobre esta materia, infunde más dudas acerca de nuestra exclusividad. Los orangutanes de Borneo y Sumatra se parecen al Homo ludens (humanos sociales cuyas interacciones incluyen el juego). Desde un punto de vista meramente primatológico (incluso antes de considerar las implicaciones para el estudio del ser humano), se trata de una notable revelación porque los orangutanes, que recolectan a solas, siempre se han catalogado como «monos asociales». Sus sociedades, como las humanas, ponen de manifiesto una capacidad de desarrollo y de autodiferenciación mutua. En efecto, aunque en grado menor para los humanos(7), estos grupos evolucionan y se diferencian unos de otros. En este sentido, parece justificado el nombre por el que se conoce a estas criaturas, el cual le atribuyeron sus vecinos malayos en época inmemorial: «orangután» significa «hombre de los bosques».

 

Estas revelaciones sobre los orangutanes han llegado más de doscientos años tarde para el gran defensor de estos animales, James Burnett, lord Monboddo, que falleció en 1799 con el gran pesar de no haber convencido al mundo de que estos monos eran, en realidad, humanos mal clasificados. Su teoría del desarrollo social, que iba elevando de forma gradual al hombre desde una condición animal, era parecida (y tal vez complementaria) a la de Darwin. Como su sucesor, él notó la afinidad de las personas con otros primates. En el trabajo que empezó a publicar en 1773, afirmaba que los orangutanes usaban herramientas, reconocían la música humana y podían aprender a tocar la flauta. Como homenaje satírico a las ideas de Monboddo, Thomas Love Peacock (el más hilarante de los grandes novelistas cómicos de Inglaterra) escribió Melincourt, obra publicada en 1818. El protagonista es un orangután. Su



 

 

 

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nombre, sir Oran Haut-Ton, juega con el concepto del mono como flautista, al tiempo que también insinúa el refinamiento potencial de la criatura. Como sir Oran poseía todas las facultades racionales salvo el uso del lenguaje, cobró fama de «pensador profundo pero cauteloso». Consecuencias de ello fueron su elección como parlamentario y su elevación al rango de baronet. En cierto sentido, la primatología moderna

 

ha llegado a una conclusión similar. «Estos primates —reflexionó el primatólogo Adriaan Kortland en 1973 al comprobar que Washoe se comunicaba con él mediante el lenguaje de signos mientras ella hojeaba una revista— piensan mucho más de lo que dicen».

La simpatía de Monboddo por los orangutanes surgió, en parte, de un proyecto personal. Su verdadero propósito era político: defender que el Estado era un invento, que los hombres carecían de «instinto» o disposición natural para la creación de Estados, y que Aristóteles se equivocó al afirmar que «el hombre es un animal político y social por naturaleza». Monboddo creía que el lenguaje conformaba una condición previa indispensable para la asociación política, y esperaba convencer al mundo de que el lenguaje (en contraste con los «gritos inarticulados» que él atribuía a los protohumanos) no es «natural», sino más bien resultado de lo que ahora llamaríamos cultura. Como ya se ha visto, el debate sobre esta cuestión continúa abierto y tiene gran relevancia para comprender qué significa ser humanos. El argumento de Monboddo descansaba sobre una base filosófica: el lenguaje es una idea, y las ideas no son instintivas, sino que derivan de la experiencia o la inspiración. Para defenderlo se apoyaba en una afirmación empírica: «se han fundado naciones enteras sin usar el habla». La humanidad de los orangutanes, carente de lenguaje, formaba parte de su demostración. El primero que vio, que había recibido trato de animal doméstico, estaba disecado y expuesto en la real Vitrina(8) de Curiosidades de París, y supo que en vida la criatura «había tenido tanto entendimiento humano como cabría esperar de su educación y había prestado muchos pequeños servicios a la señora con la que había vivido».

 

Tras el trabajo de Monboddo había una larga trayectoria de incertidumbre humana sobre el lugar relativo que ocupan los monos y las personas en el paisaje de la vida. Al aceptar al orangután, Monboddo se situaba en la vanguardia (en primera línea, como se expresa hoy día en el mundo de la investigación, o tal vez algo más allá) de la ciencia de la Ilustración. Parte de la respuesta que daba a sus críticos consistía en que él



 

 

 

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era un seguidor de Linneo quien, en 1736, propuso un esquema para clasificar toda la creación, donde el hombre se situaba junto a otros monos en el «orden» que denominó de los «primates». De forma ambigua, el orangután aparecía a caballo entre las categorías que Linneo asignó al mono y el hombre: el hombre se ubicaba en la designación más elevada, la de «homo», aunque seguía perteneciendo, «puesto que esta especie se parece mucho al género humano, […] al género Primates(9)». En 1768, el presidente de la Academia Prusiana de las Ciencias expresó su deseo de conversar con orangutanes, cuya sabiduría «natural» esperaba encontrar superior a la de sus colegas sabios. Rousseau (por sorprendente que pueda parecer) tenía una opinión distinta. También consideraba humanos a los orangutanes, junto con los gorilas, de los que apenas sabía nada; no obstante, según él, pertenecían a una fase anterior de la prehistoria que el «buen salvaje» y demostraban la condición solitaria y no gregaria del hombre natural. Por supuesto, se equivocaba: todos los primates practican una vida social. Pero su intento por clasificar algunos monos como humanos parecía razonable en su tiempo.

 

Este interés culto por ampliar la categoría del género humano no provenía simplemente de la ignorancia. Al contrario, la afirmación de que los monos son humanos representaba una proposición científica seria basada en unos conocimientos que iban en aumento. A comienzos de la edad moderna (la época de la Revolución Científica y la Ilustración), los sabios de la Europa occidental tuvieron un contacto cada vez mayor con animales de la familia antes poco conocidos en el oeste(10), pero a los que por aquel entonces hubo acceso gracias al carácter global de la exploración científica y el imperialismo. Como ocurre en muchas reuniones de familia entre miembros que no se ven desde hace tiempo, estos encuentros suscitaron ansiedad, motivaron preguntas y modificaron percepciones. Richard Jobson, un comerciante inglés conocido únicamente por sus escritos, que evidenciaban unas dotes extraordinarias como observador, remontó el Gambia en 1620 y quedó impresionado por algunos nativos cuyo nivel de civilización equiparó con el de los irlandeses aunque, en ciertos aspectos, no superaba en absoluto al de los babuinos. Quizá confundiéndolos con chimpancés, afirmó que abrían claros para practicar «bailes y pasatiempos» que parecían fruto del «trabajo manual del hombre». Los identificaba como criaturas sociales regidas por «un gobierno con dirigentes cuyos gritos imponían silencio». Citando la



 

 

 

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opinión de un español cuyo nombre no menciona, él se inclinaba a clasificarlos como seres humanos («toda una raza y un tipo de personas») que había adoptado de manera voluntaria una forma de vida «natural» que les permitía eludir el trabajo para preservar su libertad, y evitar el habla para preservar su inocencia. Este último concepto era un tópico muy extendido y recuerda a la fábula china de los «monos sabios» que, gracias a su prudencia, oyen, ven y hablan sin maldad. Desde un punto de vista biológico, los babuinos son verdaderos parientes lejanos de la humanidad, pero la percepción de Jobson, típica de su tiempo, no carecía de pertinencia: revela qué similitudes cabría esperar que impresionaran a un observador imparcial. Y la ciencia moderna lo ha corroborado de forma indirecta: como los babuinos son criaturas de la sabana, al igual que los supuestos ancestros homínidos de las personas modernas, algunos antropólogos los prefieren en la búsqueda de modelos sobre comportamientos humanos primigenios.

 

Poco después del encuentro de Jobson empezaron a llegar a Europa especímenes de grandes simios. Esto supuso un acontecimiento decisivo en la historia del desarrollo de nuestro concepto de género humano porque, si los babuinos podían provocar reflexiones acerca de la propia humanidad, ¿cuánto más los grandes simios, que presentan semejanzas mucho más marcadas? El primero en llegar fue un orangután que Nicolaas Tulp (el profesor inmortalizado en la composición de Rembrandt titulada Lección de anatomía) ilustró con bastante precisión en un libro de anatomía de 1641. La criatura se representa de un modo conmovedor, sentada (como para esquivar la cuestión de si practicaba realmente la bipedación) con una mirada baja de modestia y jugueteando, nerviosa, con los pulgares; pero los pies, como zarpas de pelaje irregular, y la cara correctamente representada sugieren que esa intromisión de sentimientos fue una reacción honesta del ilustrador ante el objeto, más que un intento por exagerar la humanidad del mono. Entre las primeras reproducciones gráficas de grandes simios que llegaron a Europa, tuvo mayor influencia la imagen transmitida a mediados del siglo XVII por las obras de Jakob Bontius sobre la flora y fauna de las Indias Orientales. Ésta exageraba de manera acusada el parecido del orangután con los humanos, puesto que lo mostraban en posición erguida, con rostro humano, proporciones casi humanas y pelo ralo. Dicha imagen falsa se perfeccionó con minuciosidad en 1699, tras una disección practicada por Edward Tyson; por desgracia, lo



 

 

 

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que el anatomista consideró un orangután era claramente un chimpancé, y la cautela de Tyson para no clasificarlo como humano se pasó por alto de forma generalizada.

 

En el siglo XVIII, el atractivo imaginativo de los monos antropoides resultó irresistible. Las paredes de las casas aristocráticas se decoraban con jaulas de monos. Teniers, Watteau, Chardin y Goya se divertían representando a monos como artistas, jugando con el concepto de arte como «el mono de la naturaleza». El conocimiento de los monos trastornó el concepto tradicional humano de seguridad en uno mismo. Mientras la ciencia de la anatomía fomentaba el materialismo, demostrando las continuidades existentes entre los humanos y otros animales, y revelando la inexistencia de un alma, los monos socavaban las convicciones acerca de la peculiaridad y el privilegio de los humanos. El proceso ha continuado desde entonces, ya sea de manera gradual, ya sea a empellones. Cuanto más sabemos de los primates, más nos impresionan sus semejanzas humanas y más manifiesto se torna que formamos parte del gran continuo animal.

 

En efecto, uno se siente tentado a pensar que la tradición occidental de separar de un modo estricto «animales» y «personas», como categorías diferenciadas de seres, surgió del desconocimiento de nuestros parientes no humanos más próximos: en las partes del mundo donde abundan primates y monos(11), prevalecen menos afirmaciones radicales de este tipo. Sin embargo, los europeos de la antigüedad y la Edad Media sabían lo suficiente sobre los monos para extrañarse de ello y desear ampliar esos conocimientos. El gran poeta y enciclopedista del siglo XII se llamaba Bernardus Silvestris (paradójico nombre para alguien «cultivado»), de modo que cabría esperar que simpatizara con la categoría de «hombres salvajes de la selva» en la que se suele encasillar a los monos. Sin embargo, él los consideraba el último intento fallido de Dios durante la creación antes del primer ser humano, una idea que auguraba de manera notable la teoría de la evolución. No obstante, al mismo tiempo, consiguió alinearse con la creencia habitual y contradictoria de que los monos no eran ancestros de los humanos, sino sus descendientes: «hombres de naturaleza degenerada».

 

Este tipo de relación entre el hombre y el mono que invierte el modelo evolutivo al que estamos acostumbrados, respalda leyendas de



 

 

 

 

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metamorfosis comunes a muchas culturas: las de humanos que se transforman en simios como consecuencia de alguna transgresión. En muchos casos, se dice que los primates o monos surgieron así. En Popol Vuh, la epopeya de la antigüedad maya, los gemelos protagonistas responden a la burla de sus medio hermanos Hunbatz y Hunchouen convirtiéndolos en monos: «y perdieron los taparrabos que arrastraban, y éstos se mudaron en colas […] después, se encaramaron a las copas de los árboles […] ora berreando, ora callando». No obstante, el nuevo estatus de las víctimas del hechizo no se consideraba en absoluto despreciable. Aunque incapacitados para gobernar, ocupaban una posición elevada y solicitaban ejercer tareas mentales como las de escribas, artesanos y

 

músicos. «Se hicieron —según se manifiesta en Popol Vuh— flautistas, cantores y escritores, escultores, joyeros y metalistas». De hecho, los monos aparecen representados a menudo en el arte mesoamericano desempeñando tales funciones. Una vasija maya que ahora se exhibe en el Museo de Arte de Nueva Orleans, muestra a los gemelos simios de Popol Vuh rodeados de libros encuadernados en piel de jaguar y recitando con entusiasmo algunos de los textos (quizás incluso el de su propia

metamorfosis mágica). «De modo que fueron venerados —añade la versión que ha perdurado de la epopeya— por flautistas y cantores de lo antiguo, y escritores y escultores les dedicaban sus plegarias». En las leyendas judías, los constructores más presuntuosos de la Torre de Babel fueron degradados a la categoría de monos. Muchos mitos africanos representan a los monos como hijos de los marginados por las comunidades de las aldeas. Zeus convirtió en monos a los maliciosos Cercopes como castigo por su afición al engaño. En ocasiones, este tipo de transformaciones ocurre sin ninguna razón punitiva. Baldaeus, etnógrafo holandés del siglo XVII, cuenta la saga india de Ixora y Paramesceri, que adoptaron forma de mono para concebir a su hijo, Sri Hanuman, «brincando y saltando por el bosque hasta acomodarse en una planta de bambú». La inmensa originalidad de Charles Darwin, por tanto, no estribó en postular una estrecha relación entre simios y humanos, sino en invertir el orden habitual de los acontecimientos. En su descripción de la ascendencia humana, los hombres eran monos evolucionados, mientras que los textos previos habían representado a los simios como humanos degenerados.



 

 

 

 

 

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De todos modos, la dificultad de trazar la línea que une esas categorías contiguas surgió de la misma manera: en parte, por las semejanzas físicas entre primates y, en parte, por las similitudes de comportamiento entre humanos y otros animales sociales. Pero existen dos enfoques posibles, y tal vez contradictorios, para abordar la definición de género humano: considerarla una cuestión biológica y verla como un problema cultural. Según el primero de estos enfoques, al que se dedican las próximas páginas, el género humano tiene un aspecto, figura o forma diferenciados, unas propiedades físicas peculiares. Según el segundo (al que se dedica el capítulo siguiente), humano es quien se comporta como humano, y ciertos modos de vida permiten calificar a determinados grupos como pertenecientes a la comunidad humana.

 

 

ACEPTACIÓN DE LO MONSTRUOSO

 

Hasta la época de la Ilustración, momento en que la taxonomía científica empezó a reorganizar las categorías en que el pensamiento occidental organizaba las formas de vida, las ideas predominantes en Occidente tenían forma de escalera o cadena: la «escalera de la creación», la «cadena del ser». Los ángeles ocupaban la cúspide, cerca de Dios, y las personas el nivel inmediatamente inferior. Los animales ocupaban los peldaños o eslabones más bajos, dispuestos en orden de similitud con los hombres, de forma que los monos se situaban en el escalafón más alto de la secuencia. Pero, en los intersticios que mediaban entre humanos y monos, quedaba gran cantidad de espacio en el que ubicar criaturas surgidas de la especulación o la imaginación: similitudines hominis (como se las llamó a partir del siglo XIII), hombres-bestia, monstruos de aspecto humano, la progenie del bestialismo o ejemplos de degeneración.

 

Los Esciápodes, criaturas legendarias que se tumbaban para darse sombra con sus enormes pies, acechaban en los márgenes de los manuscritos medievales, junto a cinocéfalos (hombres con cabeza de perro), hombres con cola y «hombres a los que la cabeza les crecía por debajo de los hombros», conocidos por Otelo y por la imaginación de muchos viajeros de su época. Marco Polo comunicó la existencia, en el Asia profunda, de ejemplares de una especie parecida a la humana, con la salvedad de que carecían de boca: se alimentaban por inhalación. Los viajeros buscaban con ansia gigantes en tierras incógnitas: la insistencia de



 

 

 

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algunos expedicionarios en que se habían topado con especímenes de gran talla en la Patagonia (el propio nombre significa «tierra de pies grandes») perduró con una tenacidad asombrosa. Todo comenzó en el siglo XVI, cuando surgieron rumores de la existencia de gigantes con el supuesto hallazgo de huellas de pies inmensos en la tierra; y continuó hasta el siglo XVIII, cuando las memorias de las expediciones solían aludir a nativos de una estatura tan exagerada que llegaba al absurdo: un «buen patagonio», comenta el explorador inglés John Byron, que pasó por allí en la década de 1760, medía «no menos de dos metros treinta de estatura». Pero por aquel entonces otra tendencia había comenzado a sacar a la luz crónicas más realistas, porque la ciencia de la Ilustración se centró con seriedad en «la polémica del Nuevo Mundo»: la duda de si las condiciones medioambientales de América frenaban y empobrecían el desarrollo de la naturaleza, como sostenían algunos pensadores europeos eminentes, o si favorecían una mejora de las especies, como afirmaban algunos científicos criollos.

 

Entretanto, como caso paralelo en África, los pigmeos se conocían a través de informes, y las dudas sobre su naturaleza humana suscitaron numerosos debates. A la Grecia clásica ya habían llegado noticias sobre gente diminuta en el sur de África: aparecen pintados en urnas policromadas en negro y rojo. Su existencia quedó confirmada por los que pudieron ser testigos oculares, como esclavos portugueses y degredados, o fugitivos exiliados, que se adentraron en las profundidades de la cuenca del Congo a comienzos del siglo XVI, donde los pigmeos mbuti aún moraban en la selva de Ituri. Estos relatos influyeron en una imagen que aparece en el mapamundi elaborado por Sebastiano Caboto en 1540, en la cual el artista se muestra ansioso por enfatizar la categoría humana de los pigmeos: los ilustra con poses clásicas, manteniendo algo así como una conversación erudita renacentista mientras sostienen palos, tal vez para evidenciar su destreza y el uso que hacían de las herramientas. Milton consideraba mítica la «raza pigmea» (como los «elfos de los cuentos»), pero quienes creían en ella la clasificaban como humana; al fin y al cabo, tanto su existencia como su naturaleza esencialmente humana contaban con el respaldo de Aristóteles. Esta actitud abarcadora (aunque con una condescendencia manifiesta) perduró en los exploradores europeos posteriores, que llegaron a aportar pruebas indiscutibles de la autenticidad



 

 

 

 

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del pueblo pigmeo. Fue característico el esbozo de sir Henry Morton Stanley de una «pequeña joven» de 80 centímetros con ojos de gacela que se encontró durante las incursiones realizadas en nombre del rey Leopoldo en la década de 1880. Los observadores remotos no eran quienes dudaban de la naturaleza humana de los pigmeos: por incomprensible que pueda resultar, el pueblo vecino lemdu era el más consciente de las diferencias de los pigmeos, y los cazaba para alimentarse, con la misma indiferencia moral que los chimpancés cazadores de babuinos o colobos: desde nuestra perspectiva, la alteridad de los pigmeos no parece muy marcada; a quienes los ven de cerca, les parece un abismo. El debate acerca del lugar que ocupan los pigmeos congoleños en el paisaje humano sigue sin resolverse incluso en la actualidad. En el momento en que escribo estas líneas, mayo de 2003, noticias periodísticas procedentes del Congo informan de que los pigmeos han formulado peticiones desesperadas a las Naciones Unidas para que los salven de la depredación de sus vecinos caníbales, que los cazan con impunidad porque «tanto el gobierno como las fuerzas rebeldes de ese país devastado por la guerra los consideran una especie subhumana».

 

Las criaturas marginales o anormales siempre han tendido a congregarse en la parte central de los mapas y más allá de las fronteras de civilizaciones, o en las entrañas apenas exploradas de bosques, pantanos y montañas, como los que siempre acaban cercados por las tierras de labor de las culturas urbanas y sedentarias. En la Antigüedad y la Edad Media, por ejemplo, los confines de lo que había sido el Imperio romano y se había convertido en la cristiandad latina eran frecuentados por simulacros humanos: ogros y elfos, vampiros y hombres lobo, espantos y escalofríos. Esto sugiere que el conde de Gobineau (conocido como uno de los fundadores del racismo «científico» del siglo XIX) tenía algún fundamento para emitir una de sus propuestas más fructíferas: que la proliferación de monstruos en las leyendas del mundo surge de la dificultad que encuentran los miembros de un grupo para describir a los foráneos. Según Gobineau, la monstruosidad es la alteridad mal representada. Una de las razones por las que en la actualidad tenemos un concepto tan anómalo de género humano estriba en que, en general, a lo largo de la historia, la gente define como humano el grupo al que pertenece y atribuye grados diversos de bestialidad a los ajenos a él. A los extraños, aunque resulte imposible distinguirlos de los miembros del grupo en cuanto a aspecto externo, se les



 

 

 

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asignan particularidades físicas que el tiempo distorsiona y exagera hasta imprimirles una forma distinta o convencer de que su apariencia humana no es más que un disfraz.

 

Puede que los monstruos surgieran como criaturas de la credulidad, invenciones del miedo. Pero la razón intervino para reclasificarlos como una especie de normalidad. Desde el siglo V hasta el XIII las reflexiones de los pensadores europeos acerca de esos seres estuvieron dominadas (y hasta determinadas) por el prestigio de san Agustín. Éste era escéptico sobre la autenticidad de toda la progenie monstruosa de los hombres que poblaba las leyendas, pero la experiencia demostraba que esos engendros o fenómenos de la naturaleza existían y debían considerarse, como otras deformidades humanas (como las personas con joroba, nacidas con dedos de más, enanas, etc.), igual de bellas para Dios. Por citar algunas de las rarezas que la biología antigua y medieval atribuía a las «razas monstruosas», se podía tener cabeza o cola de perro, o una mezcla de atributos anatómicos femeninos y masculinos, y seguir siendo humanos. Según Agustín, la razón era el único criterio para reconocer a un humano, «porque si no supiéramos que los primates, monos y esfinges fueran bestias en lugar de hombres, sería fácil confundirlos con humanos», en vista de sus semejanzas físicas.

 

La siguiente revolución en el pensamiento relacionado con estas cuestiones la inició en el siglo XIII Alberto Magno, maestro de santo Tomás de Aquino, figura destacada de la época y uno de los grandes modeladores del intelecto de la alta Edad Media. Alejándose de manera radical del pensamiento de Agustín, él sostenía que la razón prefería morar en cuerpos perfectos, y que las monstruosidades físicas representaban un signo de bestialidad. Las peculiaridades físicas notables, antes aceptables en grupos clasificados como humanos, denotaban ahora una naturaleza no humana o subhumana y la irremediable pertenencia a una categoría animal. Se trataba de una afirmación injustificada, aunque tal vez motivada por una supuesta interferencia científica a partir del hecho de que idiotez y deformidad coinciden a veces; es más, en ocasiones la incapacidad mental procede del ostracismo social al que se somete a quienes poseen alguna rareza física o excentricidad mental. No extraña, pues, que estos hechos inspiraran la teoría de que la racionalidad es un rasgo de normalidad.



 

 

 

 

 

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¿Hasta dónde podía extenderse aquella idea? ¿Constituía la pigmentación tostada o negra de la piel una deformidad incapacitadora? ¿Y el cabello greñudo o los labios gruesos? ¿O los rostros imberbes y el pelo lacio de la mayoría de los nativos del Nuevo Mundo? ¿O la estatura de los pigmeos, o las nalgas protuberantes de las mujeres hotentotes? ¿Y las narices chatas? Esto resultaba especialmente problemático porque, según las Etimologías de san Isidoro, de magistral autoridad, la palabra «simio» (el término más común para designar a primates y monos) significaba «chato». Cuando los europeos se encontraron por primera vez con gentes que ostentaban alguna de estas características, o todas ellas, surgieron dudas acerca de su admisión en el rango de lo humano. El lenguaje relacionado con la bestialidad afloraba con facilidad de las plumas de cuantos las describían. A partir del siglo XV, las mentes occidentales estudiaron estas cuestiones mediante exploraciones del África subsahariana y encuentros cada vez más intensos con personas negras.

 

 

CÓDIGOS DE COLOR PARA EL CUERPO HUMANO

 

Quizá con anterioridad al siglo XV se acumularan en Europa algunos prejuicios contra los negros. El negro era el código de color preferido por los artistas medievales para representar demonios: cuando el cronista portugués Gomes Eanes de Zurara vio por primera vez esclavos negros en 1440, los comparó al instante con «moradores de las regiones infernales». Además, la psicología popular medieval identificaba los labios gruesos con una disposición lujuriosa, y la lujuria era una artimaña demoníaca para trastornar la razón (eso, en parte, era lo que convertía a los hombres salvajes en salvajes y a las bestias en bestias). A juzgar por una línea en la recopilación aragonesa del siglo XIV titulada Libro del conocimiento de todo el mundo(12), la piel de color negro se consideraba en algunos círculos una descalificación para pertenecer por completo a la categoría humana.

 

«Aunque los nubios sean negros —dice el autor, en apariencia sorprendido— están dotados de razón como nosotros». El desprecio que los magrebíes tenían por los negros pudo extenderse hasta los europeos y, de hecho, contagió incluso a algunos negros. El mandatario de Malí en la época en que Ibn Battuta visitó aquel reino, en la década de 1350, era negro, pero se consideraba a sí mismo un blanco, lo que manifestaba



 

 

 

 

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desprecio a sus súbditos por su color y calificaba su reino de «lunar blanco sobre una piel negra» refiriéndose a que representaba un oasis de civilización cercado por un mundo salvaje.

 

Sin embargo, el balance de las evidencias respalda la idea de que en la Europa medieval, los negros se consideraban iguales a los blancos, sin ninguna de las distorsiones del racismo posterior. En aquel periodo, y hasta bien entrado el siglo XV, la cristiandad sólo conocía a los negros en pequeñas cantidades, por lo común como esclavos comprados por separado a comerciantes provenientes del norte de África. Había esclavos de todos los colores, y no existía ninguna asociación mental particular entre una piel negra y un nivel social inferior. No había plantaciones de esclavos y, en su mayoría, ejercían como sirvientes domésticos. El trato que les daban sus dueños dependía, en parte, de los sentimientos que despertaba el contacto personal, entre los que se incluían, en muchos casos, el afecto y la estima, y, en parte, por la herencia de la antigüedad clásica, cuando los esclavos desempeñaban funciones acreditadas como, por ejemplo, la de maestros o secretarios. En las comedias griegas de Menandro y las comedias romanas de Terencio y Plauto, se los solía representar con un intelecto superior al de sus dueños, a quienes manipulaban, engañaban y explotaban sin malicia y con ánimo de divertirse. La relación normal se parecía más a la que mantenían Jeeves y Wooster, que a la de Jonathan Corncob y su «negro gallina». Una de las comedias de Gil Vicente, el dramaturgo portugués más famoso del Renacimiento, describía a un esclavo negro enfermo de amor, sin fortuna ni esperanza, que quería ser blanco para atraer a la diosa Venus, pero la mayoría de sus personajes negros seguían el modelo clásico de los esclavos: descarados, a veces pillos, aunque en el fondo alegres y dignos de confianza.

 

Los esclavos negros podían ocupar puestos de responsabilidad en las casas donde servían, o trabajar en ocupaciones especializadas y cualificadas. En el Portugal del siglo XV se consideraba un signo de prestigio social el hecho de tener una banda de músicos negros. Durante la boda de la hija del rey, en 1455, actuó un cantor negro. Dado que había esclavos negros, cada vez hubo, claro está, más negros libres que parecen haber accedido a todas las capas sociales. En las sociedades más sensibles a las diferencias de rango que de raza, los negros podían llegar a lograr el reconocimiento de nobles. En 1475, los Reyes Católicos Fernando e Isabel



 

 

 

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nombraron a un dirigente de la confraternidad de los negros libres de Valencia con el argumento de que «sois de cuna noble entre los llamados negros».

 

Por otra parte, la mayoría de las imágenes de negros eran positivas. Es probable que casi ningún europeo hubiera visto jamás a una persona negra real y viva. Sin embargo, es posible que vieran imágenes de reyes negros en representaciones de la «adoración de los magos», en las que existe la convención de representar negro a uno de ellos. La piel negra, por tanto, se asociaba con agasajo, sabiduría y el privilegio de participar en una de las primeras revelaciones divinas sobre el nacimiento de Jesús. Estas asociaciones se vieron reforzadas por la historia que se cuenta en los Hechos de los Apóstoles sobre cómo san Felipe evangelizó al eunuco etíope que, a raíz de ello, introdujo la cristiandad en su tierra natal. Por supuesto, se trata de un mito, ya que la cristiandad se convirtió en la religión de la corte de Etiopía en el siglo IV, poco después de la conversión del emperador romano Constantino. Con todo, el hecho de que una comunidad cristiana de gran antigüedad existiera en un reino negro situado en las profundidades de África nunca se olvidó por completo en Occidente y, durante los siglos XIV y XV, Roma recibía en ocasiones la visita de sacerdotes etíopes. De hecho, Sixto V fundó la iglesia de Santo Stefano dei Mori como refugio y casa de estudio para ellos.

 

Por tanto, hacia finales de la Edad Media, los europeos albergaban grandes esperanzas acerca del grado de civilización y de sentimientos recíprocos que hallarían si algún día establecían contactos directos con el África negra. Entretanto, aquellas previsiones se vieron intensificadas por influencia de un mito posterior: el del «Preste Juan», un monarca cristiano con riquezas y poderes inmensos, cuyos dominios se extendían más allá de los territorios del Islam y que, en caso de contactar con él, se uniría a las Cruzadas. El primer lugar donde aparece esta leyenda, en la obra del obispo Otto von Freising durante la segunda Cruzada, sitúa al Preste Juan «en Nubia», lo cual suscita la presunción de que era negro. La geografía medieval solía ser vaga y versiones posteriores de la historia situaron al Preste en India (donde había comunidades cristianas pero ningún potentado cristiano) o en Asia Central (donde algunos dirigentes mongoles se habían convertido al nestorianismo hacia finales del siglo XII). Sin embargo, con los vaivenes de la moda y el incremento de los contactos en



 

 

 

 

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Etiopía, la asociación del monarca legendario con el verdadero imperio cristiano en el Cuerno de África volvió a ganar peso en el siglo XV hasta que, a comienzos del siglo XVI, Europa y Etiopía establecieron un vínculo directo con el desarrollo de una ruta marítima que bordeaba el cabo de Buena Esperanza. Se dio por sentada la identificación del Preste Juan con el mandatario etíope. La primera noticia del envío de una embajada europea a aquel país, publicada en 1520, se titulaba El Preste Juan de las Indias.

 

Los mapas de la baja Edad Media relucen, literalmente, con las elevadas expectativas de los europeos respecto al mundo negro y las costumbres civilizadas de sus gentes. El África negra aparece salpicada de ciudades doradas y de monarcas con ricos atuendos. De hecho, el dorado que abunda en esas ilustraciones está elaborado con polvo de oro importado del África negra a través del Sahara. La principal fuente europea de oro era la región de Bure de la alta Senegambia, desde donde se vendía a los comerciantes Mande(13) procedentes del riquísimo imperio de Malí; después éstos lo cambiaban por sal del Sahara a las caravanas magrebíes, que lo transportaban hasta los puertos mediterráneos del norte a través del desierto. Los dirigentes de Malí se quedaban las pepitas como tributo y a consecuencia de ello, en el momento álgido de su poder, en el siglo XIV, pudieron mantener una corte fastuosa, una comunidad religiosa y literaria musulmana «importada» del Magreb y un ejército numeroso. La existencia de Malí se conoció en el mundo de repente, en la década de 1320, cuando el rey Musa realizó una peregrinación a La Meca con una caravana que, según se cuenta, constaba de ochocientos camellos cargados de oro. Hizo ofrendas tan generosas a los santuarios por los que pasó que desencadenó una inflación en Egipto estimada en un porcentaje variable entre el 10 y el 50%. Su imagen radiante se apoderó de la imaginación europea. Los mapas que realizaron los cartógrafos cristianos del siglo XIV e inicios del XV muestran a los mandatarios de Malí dignamente barbados, coronados, y entronizados con orbe y cetro, o blandiendo pepitas de oro en representaciones majestuosas al estilo europeo. En cierto modo, esta buena voluntad blanca sobrevivió a la era de los primeros contactos directos de los europeos con el África negra durante el siglo XV. Cuando los aventureros portugueses participaron en los acontecimientos del reino del Congo en la década de 1480, los monarcas de Portugal mostraron la



 

 

 

 

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misma cortesía hacia sus «primos» congoleños que ante el resto de reyes europeos. Un príncipe congoleño incluso fue nombrado arzobispo.

 

Pero el contacto alimentó el desprecio y cuantos más europeos conocían las culturas negras en general, menos les gustaban. Paradójicamente, los prejuicios de los blancos para con los negros fueron el resultado, al menos en parte, de unas expectativas demasiado optimistas. Las primeras sociedades negras que los exploradores europeos conocieron en su entorno real fueron las de Imraguen y Znaga en el Sahara occidental, halladas por expediciones portuguesas en la década de 1430. Comparadas con la media de Europa, estas gentes usaban una tecnología de lo más rudimentaria y la cultura material más modesta imaginable. Eran pueblos pescadores, el remanente marginado de una población prebereber que, tras sucesivas migraciones e invasiones desde el este, había ido languideciendo al filo del desierto aferrada al borde del océano. Los wolof de Senegambia, con quienes los europeos se familiarizaron en la década de 1450, eran mucho más ricos y sofisticados, pero también decepcionaron a las mentes plagadas de historias sobre el Preste Juan y Musa de Malí. El primer etnógrafo de la región, el veneciano de alta cuna Alvise da Mosto, dejó un relato fascinante sobre un viaje por el Gambia como pasajero de un buque portugués que denota, además, una objetividad y una aprobación notorias, pero evidencia que la gente le pareció primitiva hasta la ridiculez. El jefe más llamativo que conoció se llamaba Budomel. Apenas sabía montar a caballo y pidió consejo al veneciano sobre «cómo satisfacer a más mujeres». Da Mosto también llegó río arriba a un puesto de avanzada en el imperio de Malí. Era lo menos parecido al reino dorado imaginado por los cartógrafos: una tierra de miseria e ignorancia, y chozas de barro en lugar de palacios de adobe. De hecho, para gran desgracia de las relaciones futuras entre negros y blancos, Malí estaba entonces en decadencia. El ascenso del imperio rival de Songhai por el sureste había traído la guerra, desviado el comercio, reducido sus ingresos y tomado una de sus principales ciudades, Gao, en el tramo bajo del Níger. La imagen del dirigente de Malí cambió en el siglo XV. En lugar de continuar siendo el monarca majestuoso que figuraba en la cartografía del siglo anterior, se había convertido en una figura de chiste, un negro de teatro al que le colgaba un falo grotesco. Los esclavos negros de las obras teatrales de la época no se representaban en los términos habituales de Plauto como picaros astutos, sino que se transformaron en cómicos menesterosos.



 

 

 

 

 

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Como la esclavitud empezó a practicarse a gran escala y a asociarse en exclusiva con los negros, los prejuicios aumentaron. Es probable que este efecto se produjera muchos siglos antes ya en el islam, donde la casualidad de que hubiera tantos esclavos negros pudo implantar la idea de que la oscuridad de piel era signo de inferioridad. Los poetas negros se lamentaron por ello, pero fueron incapaces de cambiar aquella tendencia. Suhaym, fallecido en 660, declaró que aunque tenía la piel negra, su alma era blanca. Un par de generaciones después, Nusayb Ibn Rabah hacía propaganda de sí mismo diciendo que era «un negro de mente aguda y palabras claras» y, por lo tanto, «mejor que un blanco mudo». Ibn Jaldún explicaba la aptitud de los negros para la esclavitud con el argumento de que tenían cualidades «muy parecidas a las de los animales».

 

Los negros, relegados a una categoría inferior del género humano, quizá se convirtieron en un precedente para la reclasificación de esas otras criaturas con las que los observadores se sentían emparentados. Hoy sabemos que algunas de ellas son humanas; otras pertenecen al grupo de los simios. Babuinos, chimpancés, gorilas y orangutanes, todos ellos merecían, al menos, la posibilidad de ser incluidos en la familia humana: esto deja bien clara la sincera perplejidad causada por los encuentros con lo desconocido; tal vez por ello no debamos juzgar con excesiva dureza la incertidumbre de los observadores y cronistas europeos de aquel periodo al plantearse, por ejemplo, si los pigmeos, los hotentotes o los aborígenes australianos pertenecían a alguna especie no humana cuando se encontraron con ellos por primera vez.

 

Según afirmó sir Thomas Herbert en 1634, «los hotentotes no tienen mejores predecesores que los monos». Otros visitantes los definieron como «bestias con piel de hombre» o «animales asquerosos que difícilmente merecen calificarse como criaturas racionales». La literatura es confusa porque, en muchos casos, resulta evidente que no habla de los khoi, quienes se corresponden con el pueblo que suele identificarse con los hotentotes, sino de los san o de los bosquimanos(14). Los primeros son un pueblo pastoril y mercantil que, en general, causó buena impresión en los primeros colonos holandeses del Cabo de Buena Esperanza. Los últimos son cazadores-recolectores que precedieron a los pueblos bantú y khoi en el sur de África, y fueron tratados por éstos como enemigos. Las peculiaridades físicas de las mujeres san (con caderas abultadas(15), los labios menores de la vulva muy desarrollados y los mayores superpuestos



 

 

 

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a modo de «manto» sobre la vulva) ejemplificaban para muchos observadores la insuficiencia humana de los hotentotes y servían como pruebas para relegarlos a una categoría subhumana. En 1810 se exhibió en Londres y París a la que entonces era la «Venus hotentote», Saartje Baartmann, y todo el mundo pudo contemplar su esteatopigia posterior y su «manto» hipertrófico. Sus órganos sexuales, conservados tras extirpárselos cuando murió, permanecen en el Musée de l’Homme de París.

 

Mientras, si algún grupo superaba a los san en cuanto a capacidad para provocar el desprecio de los eruditos eran los aborígenes australianos. En opinión de William Dampier, autor de la primera descripción de algunos de ellos publicada en 1697, aunque los hotentotes fueran «repugnantes», comparados con aquéllos parecían «caballeros». Lo que más repulsión le causó fue la pobreza de su cultura material pero, «al margen de su forma humana», también le parecieron físicamente repelentes, «sin ningún rasgo agradable en la cara». Los aborígenes despertaron poco interés científico en el siglo XVIII y comienzos del XIX, pero su relegación a un rango inferior tampoco parecía requerir ninguna aprobación por parte de la ciencia: quienes se los encontraban quedaban impresionados ante la evidencia. A pesar de los piadosos mandatos judiciales del gobierno británico para que sus súbditos «vivieran en paz y armonía» con ellos, la persecución y la explotación continuaron implacables. A diferencia de las prácticas adoptadas con los nativos de América o los maoríes, los imperialistas británicos jamás se molestaron en establecer tratados con los aborígenes australianos. Los colonos acosaron sin el menor escrúpulo a aquellas gentes. Los primeros pintores que plasmaron a los blackfellows tuvieron percepciones encontradas: entre sus motivos figuran algunos salvajes con aspecto noble, pero lo más común es que aparezcan como criaturas simiescas que caminan arrastrándose por el suelo o brincando por los árboles.

 

En la época de las expediciones, las dudas sobre quién era humano y quién no surgieron también a partir de otras cuestiones, además del color de piel. En buena medida, se trataba de connotaciones culturales: el tema del capítulo siguiente. Pero, en lo que atañe a criterios físicos, la pigmentación sólo servía para espolear la duda. Por sí misma constituía un indicador poco fiable, porque existían tantas gradaciones del negro al blanco que resultaba imposible establecer una línea de separación. Los san



 

 

 

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tenían en realidad un color tostado, al igual que los fulbé de África occidental. El español y el portugués del siglo XVIII (las dos lenguas habladas en los imperios con la mayor diversidad racial del momento) desarrollaron decenas de términos para designar los distintos grados de color. La mayoría de la gente definida mediante aquellos términos ejemplificaba distintos niveles de mestizaje al provenir de progenitores de distinto color de piel. El hecho de que tales uniones resultaran fructíferas y no causaran ningún efecto apreciable en la fertilidad de la descendencia demostró el valor de una categoría lo bastante amplia para abarcar a todas las criaturas que pudieran abrazarse y procrear. Sin embargo, como en el siglo XVIII aún no se había resuelto en condiciones la cuestión de si los humanos y los monos podían cruzarse con éxito, continuó abierto el problema de hasta qué punto acotar el género humano, incluso respecto a este criterio, en apariencia, mínimo. Continuó la búsqueda de un esquema de clasificación que situara el color de la piel en el contexto de una serie de criterios objetivos y cuantificables que resolvieran las dudas sobre quién formaba parte de la humanidad y quién no. En ese momento, la dilatada historia de las relaciones entre negros y blancos había disipado cualquier inclinación positiva de los blancos hacia los negros, y estos últimos tuvieron que luchar (y poner de su parte a las mentes liberales blancas) para reivindicar su categoría humana dentro de la nueva ciencia dominada por Occidente en la era moderna.

 

 

ESPACIO PARA LOS SUBHUMANOS: ENTRE RAZAS, ESPECIES Y SUBESPECIES

 

En la Europa del siglo XIX y principios del XX, se consideró científico dividir a la humanidad en razas, por analogía con la taxonomía botánica. William Lawrence, que pronunciaba sus influyentes conferencias sobre anatomía en el Londres de 1817, retomó la afirmación que Alberto Magno había emitido por primera vez: «la complexión física y las cualidades morales e intelectuales», tal como lo expresó él, son interdependientes. «La diferencia de color entre las razas blanca y negra no sorprende más que la supremacía de la primera en cuanto a sentimientos morales y capacidades mentales». Se propusieron varios métodos de trabajo(16) relacionados con la pigmentación, el tipo de cabello, la forma de la nariz, los tipos de sangre (cuando lo permitió el desarrollo de la serología) y,



 

 

 

 

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sobre todo, las medidas craneales. Este último método fue desarrollado a finales del siglo XVIII por el anatomista de Leiden Pieter Camper, quien dispuso su colección de cráneos «en el orden habitual» con los de «monos, orangutanes y negros» en un extremo y los de habitantes de Europa y Asia Central en el otro. Era obvio que existía un plan solapado consistente no sólo en clasificar las razas, sino también en justificar la disparidad de poderes al organizarlas en términos de superioridad e inferioridad. De ahí el énfasis en la forma y las dimensiones del cráneo que, según se aducía, afectaban a la capacidad cerebral. (No existe ninguna conexión real: Turguénev tenía un cerebro grande, pero Anatole France tenía uno de los más pequeños que se han medido jamás. En promedio, el hombre y la mujer tienen la misma inteligencia pese a las diferencias habituales en lo que a tamaño del cerebro se refiere. Los cerebros humanos han ido decreciendo durante los últimos 15 000 años por razones desconocidas, tal vez relacionadas con que ya no necesitamos las exigentes complejidades mentales que requerían las formas de vida de recolección; y, aunque no hemos logrado ningún avance apreciable en cuanto a inteligencia en todo ese intervalo de tiempo, parece que, por término medio seguimos pensando tan bien o tan mal como siempre).

 

Una cosa era defender la desunión de la humanidad, y otra desarrollar una teoría que la hiciera creíble. La opción más inmediata era la teoría poligénica, según la cual las criaturas clasificadas de manera aproximada como humanas habían surgido de forma independiente bien a partir de las leyes de la naturaleza, bien por decreto divino. Esto se defendió por primera vez en una obra publicada en 1655 por el teólogo calvinista Isaac de la Peyrére como solución a los problemas que planteaba la diversidad humana y, en particular, el origen de los pueblos del Nuevo Mundo. ¿Eran ellos las tribus perdidas de Israel? ¿Se había instalado Noé en Brasil, como sostuvo una autoridad en los albores del siglo XVII, o acaso los primeros moradores habían llegado desde Asia, de acuerdo con la teoría del jesuita español José de Acosta en la que éste se adelantaba a los descubrimientos de la antropología moderna? En aquella época, todas estas hipótesis se consideraron igual de improbables. La Peyrère insinuó que la paternidad universal de Adán debía entenderse como una metáfora y que, en tal caso, resultaban creíbles los mitos de creación a los que tantos nativos de América atribuían valor y según los cuales ellos habían surgido «de su propia tierra». La teoría fue descartada por al menos doce adversarios



 

 

 

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durante el mismo año de su publicación. Era tan contraria a la ortodoxia religiosa de aquellos días como a la ortodoxia darwiniana de épocas posteriores. Sus reapariciones periódicas fueron, en conjunto, débiles y de escaso atractivo.

 

La degeneración representó otro marco teórico potencial para entender la supuesta inferioridad racial. La popularidad del término entre los antropólogos del siglo XIX se entiende dentro del contexto de un «discurso» de degeneración usado para explicar todo tipo de excepciones al progreso: la criminalidad, la patología psiquiátrica, los trastornos económicos, el declive nacional y, en última instancia, las supuestas «degeneraciones» del «arte moderno». En las postrimerías del siglo XIX, su redactor, Daniel Pick, afirma que la degeneración «desciende de una suerte de enfermedad o degradación tal que se convirtió en una especie de proceso de autorreproducción patológica (un agente causal en la sangre, el cuerpo y la raza) que engendró un ciclo de deterioro histórico y social que, al final, tal vez se sitúa más allá de la determinación social». En 1870, Henry Maudslay, profesor de Medicina legal en el University College de Londres fundió algunos de los temas:

 

Cuando el desarrollo del «cerebro animal» en el interior del

 

hombre —razonaba Maudslay— se mantiene a un nivel igual o inferior al del cerebro de un orangután, se puede presumir que manifestará sus funciones más primitivas. […] Se puede seguir el salvajismo en la civilización sin grandes dificultades, igual que seguimos el animalismo en lo salvaje; y en la degradación de la locura podríamos decir que seguimos la degeneración del género humano.

 

El concepto de «gradación» suponía un método aparente para medir el grado de degeneración de los supuestos grupos humanos degenerados. El término lo acuñó Charles White en la década de 1790, cuando elaboró una clasificación de «inferioridad animal respecto del hombre» en la que situaba a los monos muy poco por debajo de los negros y, en especial, del grupo que él denominaba «hotentotes», al que ubicó en el peldaño más bajo de los que admitía como humanos. De manera más general, sostenía que «en cualquiera de los aspectos en que se diferencien los africanos de los europeos, esa particularidad los acerca más a los monos».



 

 

 

 

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Durante el siglo XVIII y principios del XIX se popularizó la teoría ahora asociada al nombre de Jean Baptiste Lamarck. Según formuló en 1809, las biotas se adaptaron a los diferentes entornos y esas características adaptativas se fueron transmitiendo por herencia. Como explicación de las diferencias «raciales», esto había representado durante mucho tiempo un tema de ciencia popular. Boswell registró una conversación en la que Samuel Johnson explicaba por qué los negros son negros: el incremento del bronceado se fue transmitiendo a la progenie a lo largo de muchas generaciones(17). Darwin, cuya teoría de la evolución se reconoce hoy en día incompatible con la de Lamarck, refrendó las ideas de su predecesor. Por respeto a Lamarck, Darwin advertía a las chicas jóvenes que adquirieran «habilidades masculinas» antes de tener hijos. (Sin embargo, una de las ventajas de su descripción de la evolución consistía en que no se basaba en la premisa dudosa de que los rasgos adquiridos sean heredables). La idea lamarckiana nunca desapareció por completo del panorama de la explicación científica, aunque los argumentos del darwinismo tendieron a eclipsarla. Los datos experimentales no parecen apoyarla y la opinión generalizada está en su contra. Aunque nos sentáramos al sol durante toda la vida, nuestros hijos no nacerían más oscuros por ello.

 

Ninguna de estas teorías (el poligenismo, la degeneración o la determinación climática de rasgos hereditarios) pudieron reconciliarse al final con la ortodoxia darwiniana que poco a poco fue imperando. El poligenismo quedó excluido por la afirmación elemental de Darwin de que toda la vida tuvo un origen común; la degeneración era incompatible con la tendencia hacia el progreso y la mejora implícita en la doctrina de la «supervivencia del más apto»; la posibilidad de heredar características adquiridas (pese a que Darwin no quisiera descartarla por completo) se reveló una hipótesis innecesaria a la luz de la selección natural(18). Pero la evolución se podía reconciliar con otras variedades de lo que cabría denominar teoría de las especies: la doctrina de que existía más de una especie del género Homo iba, al fin y al cabo, implícita en la explicación que daba el propio Darwin de la ascendencia del hombre, la cual postulaba tipos tempranos de homínidos. Cuando se acumularon los descubrimientos de homínidos fósiles y la paleoantropología los clasificó dentro del género «Homo» o como «pitecántropos» (hombre o mono-hombre), según se prefiera, parecía perfectamente razonable suponer que, si en el pasado



 

 

 

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había habido más de una especie de Homo, podía seguir siendo así: aún podía quedar algún «eslabón perdido» vivo esperando a ser descubierto.

 

Cabía la posibilidad de que esas variedades parahumanas se conocieran ya y aguardaran tan sólo una clasificación adecuada. Edward Long había justificado la esclavitud en 1774 con el argumento de que los negros se diferenciaban del resto de la gente (entre otras cosas, por un «intelecto escaso» y un «olor animal») hasta el punto de casi llegar a constituir una especie distinta. Ese mismo año, Henry Home fue aún más lejos: los humanos conformaban un género en el que existían numerosas especies diversas, de las que los negros representaban un ejemplo evidente. Al principio, esta idea encontró un rechazo generalizado por una razón con la que ya nos hemos topado: era obvio que los humanos de todos los tipos podían aparearse entre sí y procrear; pero los científicos estaban deseosos de hallar un modo para caracterizar la diversidad del género humano de forma coherente con los prejuicios de cada época, y la evolución abría nuevas posibilidades.

 

Para Darwin, las razas eran «subespecies» o especies en potencia: los negros y los blancos, por ejemplo, podían convertirse, a la larga, en especies distintas si se mantenían separados, por analogía con la separación de, pongamos por caso, especies diferentes de gibones o golondrinas o felinos con un parentesco cercano. Para muchos otros científicos de su tiempo, humano era un término inapropiado para designar a razas ya apartadas de la norma humana por abismos insalvables, eso si no eran realmente poligénicas, esas «creaciones separadas» que Darwin negaba. Según Samuel Morton, de Filadelfia, fallecido mientras Darwin trabajaba en El origen de las especies, los nativos americanos no guardaban ninguna relación con los pobladores del Viejo Mundo: habían evolucionado de forma separada en su propio hemisferio. Los descubrimientos a partir de ideas preconcebidas de Josiah Nott y George Gliddon (según los cuales, los negros eran más gorilas que seres humanos plenos) aparecieron un año después de la publicación de la obra de Darwin. En la década de 1860, John Hunt, fundador de la Sociedad Antropológica Británica, refrendó la similitud entre negros y monos, y atribuyó los casos de negros con mucho éxito a los ejemplos excepcionales de fertilidad entre especies separadas, mezclas de sangre blanca (que, según creía él, eran inviables a la larga). John Crawfurd, en ocasiones aliado del anterior, retomó la noción de poligenismo al tiempo que criticó



 

 

 

 

 

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abiertamente la idea de que distintas especies humanas pudieran clasificarse basándose en el color.

 

El conde de Gobineau murió el mismo año que Darwin. Con argumentos más relacionados con lo que entonces empezaba a llamarse antropología que con la biología, desarrolló una clasificación racial donde los «arios» se situaban en la cúspide y los negros, en la base. «Todo es

raza —concluía un personaje de una de las novelas de Disraeli—, ésa es la única verdad». Gregor Mendel, el afable y benévolo monje austríaco cuyos experimentos establecieron las bases de la ciencia genética, falleció dos años después. Las implicaciones de su trabajo no se estudiaron hasta el final de siglo pero, cuando se sacaron a la luz, se sobreexplotaron. Sumadas a las contribuciones de Darwin y Gobineau, contribuyeron a completar una supuesta justificación científica del racismo. La genética permitía explicar que un hombre podía ser, de manera intrínseca y necesaria, inferior a otro tan sólo en virtud de la raza. Ante la afirmación de que esto representaba una novedad en la historia de las percepciones que tienen de sí mismos los humanos, cabe objetar que el racismo es atemporal y universal. Lo que el siglo XIX denominaba «raza» con anterioridad se designaba con términos como «linaje» y «pureza de sangre». Sin embargo, ninguna idea previa de este tipo contó con el poder persuasivo del racismo científico; ni con la capacidad de causar tanta opresión y tantas muertes.

 

En parte a consecuencia de ello, la primera mitad del siglo XX fue una época de imperios sin complejos, donde las críticas del imperialismo podían presentarse como sensibleras o ajenas a la ciencia, en un mundo dividido por la espada y ordenado según la raza. Justo cuando el poder blanco era más intenso y patente, la teoría científica contribuyó a justificarlo por medio de argumentos machacones. Las razas inferiores estaban condenadas a la extinción por selección natural; o podían exterminarse de manera sistemática en aras del progreso.

 

Sospecho que el mero hecho de que el racismo se practicara de modo tan enérgico y generalizado favoreció el que en ese mismo periodo triunfara una idea abarcadora del género humano. El racismo proporcionó una justificación amplia de la victimización, la persecución, la opresión y el exterminio de unos grupos por parte de otros. Ya no era necesario, ni siquiera para quienes defendían el nazismo o el apartheid, insistir en que cada grupo humano conformaba una especie distinta o subespecie, o una



 

 

 

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especie potencial; podían ser plenamente humanos y llevar la marca de la inferioridad. En épocas más recientes, la derrota de la «raza dominante» y el hundimiento de los imperios blancos nos liberaron de la necesidad de explicaciones racistas del mundo.

 

Entretanto, la biología ha convertido el racismo en algo indefendible. No sólo no existen razas inferiores, sino que no hay razas; prácticamente no existe diferenciación racial entre los humanos; la discrepancia genética entre los humanos más dispares es minúscula comparada con la que nos separa de otras especies. Esta misma ciencia ha refutado la noción de «subespecies» humanas.

 

En resumen, hemos aprendido a ser abarcadores por la vía más dura: matándonos los unos a los otros. En cierto sentido, se ha hostigado a los Untermenschen hasta acabar con su existencia. La inclusividad no se ha descubierto por métodos científicos, sino que se ha impuesto con dolor. Hoy la necesitamos más que nunca. Precisamos una percepción abarcadora de nosotros mismos para investirnos de paz en sociedades pluriculturales y en un mundo donde conviven múltiples civilizaciones.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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¿SERES HUMANOS O SER HUMANOS?

 

En busca de una solución cultural

 

 

 

 

 

Como se ha visto, en textos indios, griegos y chinos de tradiciones que comenzaron en el primer milenio antes de nuestra era se vislumbran definiciones de la humanidad potencialmente amplias. Todas aquellas civilizaciones (y otras con conceptos similares) admitían la existencia de categorías deficientes o imperfectas dentro del género humano, incluidas las de las mujeres y los «bárbaros». Es más, asumían la existencia de especies subhumanas en los intersticios de la jerarquía de la naturaleza, entre los cuales se encuentran seres humanos plenos y otros nada humanos(19). Por tanto, no resolvieron el problema de dónde encajaban ciertos seres o grupos particulares dentro de ese esquema de clasificación. El último capítulo evidencia lo difícil que resultaba solucionar la cuestión según las características físicas de las personas, ya se atendiera a la «normalidad» de las proporciones corporales, de las dimensiones craneales, del color de la piel o del tipo del vello corporal. Una alternativa para abordar la cuestión consiste en estudiar la cultura. Tal vez lo humano sea comportarse como humano. Si se establecieran umbrales de comportamiento, cabría distinguir a los humanos plenos de los seres subhumanos, casi humanos y nada humanos. Este capítulo versa sobre los esfuerzos dedicados a lo largo de la historia a identificar credenciales humanas dentro de la cultura: modos de comportarse y de relacionarse que, de acuerdo con quienes se autoproclaman árbitros, admiten a quienes los practican dentro de la comunidad humana.

 

Las consecuencias se pueden rastrear en la historia de encuentros ampliadores entre culturas, cuando gentes de una diversidad imprevista se enfrentaron entre sí por primera vez. Esta parte de la historia ocurrió, sobre todo, durante la era de los descubrimientos, un proceso que comenzó en Europa hace unos cinco siglos y puso en tela de juicio la noción que casi todo el mundo tenía acerca de la naturaleza y los límites del género



 

 

 

 

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humano. Este capítulo se centra, por tanto, en un periodo bastante tardío y breve, y en una experiencia eminentemente occidental, aunque se vuelve la vista a épocas anteriores y a otros lugares del mundo para establecer comparaciones.

 

 

LA SOCIOLOGÍA DE LO SALVAJE

 

Cuando Gulliver naufragó en el país de los Houyhnhnm, albergaba la esperanza de ponerse a merced de algunos salvajes, pero, en su lugar, se encontró con «criaturas extrañas» que caminaban sobre sus patas traseras y «sostenían la comida entre las zarpas de las patas delanteras». La piel era de «color amarillento oscuro». Tenían poco pelo, salvo en la cabeza, donde afloraba «de distintos colores: moreno, rojo, negro y amarillo», con mechones en sus partes pudendas. «En todos mis viajes, nunca vi un animal tan desagradable, ni ninguno que me inspirara tan honda repugnancia». Aquellos animales (que el lector reconocería como hombres descritos con ironía, en los mismos términos en que los viajeros hablaban de los monos) eran usados como bestias de carga por los caballos nobles y cultivados que gobernaban el país. La elección de los caballos como protagonistas venía determinada por una circunstancia obvia para los lectores de la época de Swift. En las típicas obras renacentistas sobre filosofía moral, los caballos solían citarse como ejemplos de «criaturas irracionales» en contraste con los humanos, definidos como racionales. Gulliver se puso al servicio de un caballo al que dejaba estupefacto contándole historias del mundo patas arriba del que provenía, donde los humanos eran «los únicos animales racionales y dominadores» y los caballos eran tratados como bestias.

 

La forma del cuerpo de las dos especies del país de los houyhnhnm no daba pistas sobre su racionalidad. Para valorar su capacidad de raciocinio, el viajante tenía que observar su vida social (sus modales, relaciones, leyes, costumbres, actividades comunes y logros colectivos). Los caballos, que se consideraban a sí mismos la «perfección de la naturaleza» actuaban con cortesía y en colaboración y poseían los medios de comunicación a través del lenguaje (con el cual también contaban los humanos, pero los caballos no reconocían sus articulaciones como auténtico lenguaje). No tenían vicios, en los que no veían «ninguna conveniencia o necesidad», ni guerras, para las que no encontraban ningún motivo o causa racional, y no



 

 

 

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hacían nada en lo que no se pudiera aplicar la razón. «Su gran máxima» consistía en «cultivar la razón y dejarse gobernar enteramente por ella». Por otra parte, los humanos mantenían un comportamiento abominable, pero un caballo sabio no podía culparlos por ello más de lo que podría culpar a «una piedra afilada por cortarle el casco; pero cuando un ser que se atribuía razón se sentía capaz de tales atrocidades, le asaltaba el temor de que la corrupción de esta facultad fuera peor que la brutalidad misma».

 

Swift aseveraba, en efecto, que lo humano es comportarse como los humanos. En el mundo occidental, la declaración de Swift era bastante novedosa. En cambio, la China antigua ya anticipó la controversia moderna acerca de si la categoría humana está en nosotros por naturaleza o si se puede adquirir mediante acciones (sobre todo, a través de un comportamiento social). La máxima de Mencio sostiene que: «carecer de padre o de gobernante» es como ser un pájaro o una bestia. Lo mismo defiende el relato del origen de la cultura humana de Mo Ti: «pájaros, bestias e insectos usan plumas y pelo como vestido, pezuñas y garras como sandalias y zapatos, agua y hierba como comida y bebida» y por eso no precisan organizarse en sociedades para sobrevivir, mientras que las deficiencias humanas en esos aspectos instaron «al hombre a labrar y a la mujer a hilar». En el siglo III a. C., Xun Zi consideraba que el don social constituía la esencia del género humano: los animales tenían percepción, pero carecían de sentido de la justicia; sus grupos, por tanto, no conformaban comunidades en sentido plenamente humano. Los hombres podían explotar a criaturas más fuertes porque eran capaces de formar sociedades y actuar en cooperación. Mil años después, el Tai Chi sostuvo una doctrina similar: las tendencias sociales son propias de la humanidad; nuestras tendencias antisociales las compartimos con otros animales. De hecho, da la impresión de que en la antigua China se suponía, de forma generalizada, que la cultura era la característica definitoria de los humanos porque era exclusiva de ellos. Esta afirmación sólo empezó a cuestionarse durante la dinastía Tang en textos que aún se conservan, donde se indican similitudes entre las sociedades humanas y las de las abejas u hormigas. En el siglo VIII, Kuan Yin dio por sentado que los humanos habían aprendido el orden social de las abejas y la guerra de las hormigas. Según el texto Hua Shu del siglo X, la primera civilización humana se parecía a la



 

 

 

 

 

 

 

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sociedad de las hormigas por su unidad política, su autopercepción orgánica y su almacenaje y administración del alimento.

 

Estas formulaciones revelan de inmediato la dificultad de abordar el problema de la definición desde un punto de vista cultural, ya que muchas criaturas no humanas (desde hormigas y abejas hasta delfines y ballenas) son más gregarias y viven en sociedades más unidas que las nuestras. Otras, como los perros y las que se pueden domesticar como animales de compañía, acaban más inmersas en la sociedad humana que muchos humanos; de hecho, no hay perros salchicha marginados, ni cruces para cacería solitarios. Sin embargo, existen formas de relacionarse y tipos de cultura característicos de especies particulares. De modo que tal vez sirvan para cerrar o anular el problema de definir la naturaleza del «ser humano», y centrarnos, en su lugar, en describir en qué consiste «ser humanos» o, lo que es lo mismo, definir la humanidad de acuerdo con la cultura humana y no con la naturaleza humana.

 

En la tradición occidental, las pesquisas en esa dirección comenzaron mucho antes que cualquier teoría enfocada a que la naturaleza humana se identificara culturalmente. Fue en los albores del siglo V a. C., cuando san Agustín rechazó que los criterios físicos sirvieran como características definitorias del género humano. En un principio, la búsqueda de lo que convierte en humanos a los humanos se centró en la caracterización aristotélica, esencialmente mental, de las personas como animales racionales. Para la mayoría de los sucesores de san Agustín, el mejor método práctico para determinar si las criaturas tenían razón consistía en estudiar qué se sabía o decía de ellas en busca de signos externos de un supuesto comportamiento racional, como el uso de ropas o leyes, o la existencia de habilidades técnicas o artísticas. Por consiguiente, el debate se desvió del cuerpo y la mente de los humanos para detenerse a examinar la sociedad humana. El criterio de admisión al rango humano más elemental era la práctica de aquello que los observadores reconocían como vida social.

 

Sobre esta base, los «cinocéfalos» (los hombres con cabeza de perro que algunas autoridades identificaban como babuinos) fueron admitidos a lo largo de toda la Edad Media por la mayoría de los autores, que aludían a ellos, cuando menos, como candidatos a ser admitidos en las filas del género humano. La buena impresión que el «gobierno» babuino causó en Richard Jobson formaba parte de esta tradición. Las categorías conocidas



 

 

 

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tampoco eran rígidas. El género humano era una clase en la que se podía entrar y de la que se podía salir puesto que existían diferentes grados de desarrollo social (o, como diríamos hoy, de civilización) y las personas que ocupaban los peldaños más bajos compartían características con los animales.

 

Esta etnología comparativa parece haberse hallado implícita en el modo en que los etnógrafos de la cristiandad latina se referían a los pueblos vecinos, nada privilegiados en ese sentido; en cambio, su primera formulación completa y explícita no llegó hasta finales del siglo XII, en la obra de Gerardo de Gales (Giraldus Cambrensis), un erudito convertido a la cultura normanda consagrada a la búsqueda sorprendentemente «moderna» de sus raíces celtas. Convencido de que la secularidad era civismo y la trashumancia salvajismo, también se dejó influir por el mito de la Arcadia: le gustaba retratar a los celtas divirtiéndose en un idilio bucólico. Describió toda Gales (que en su época contaba con bastantes granjas y áreas urbanas) como una región pastoril, aunque con actividades marginales de bandidaje y rapiña. Tachaba a los galeses de incestuosos y promiscuos, pero con las virtudes convencionales de una raza de pastores entre los que «nadie es mendigo, porque la casa de cada cual es común a todos. Estiman la liberalidad, y en especial, la generosidad, sobre todas las virtudes». Para conocer mejor el pasado celta, se centró en Irlanda. Según él, sus gentes eran muy infieles, una «raza salvaje de los bosques […] que sólo vivían de los animales y como animales», que se asombraban al ver pan. Equilibrando los indicios de bestialidad y humanidad, Gerardo elaboró una teoría sobre desarrollo social. Llegó a la conclusión de que los irlandeses «no habían abandonado el primer tipo de vida (la vida pastoril). Porque, cuando el orden del género humano progresó de los bosques a los campos y de los campos a las ciudades», los irlandeses prefirieron «la vida de los bosques y de los prados», en lugar de la del trabajo, los tesoros, las ambiciones, los derechos y las responsabilidades de la civilización.

 

Una opción nada distinta a la que eligieron los babuinos de Jobson. Las caracterizaciones posteriores de la etnia celta europea revelaban los mismos prejuicios, las mismas valoraciones que los conquistadores. Por llevar una vida pastoril, abrigarse con pieles y no construir ciudades, los irlandeses del siglo XVI eran perfectos salvajes a ojos de los ingleses que aspiraban a conquistarlos. Sus aliados españoles apenas tenían mejor concepto de ellos. Francisco Cuéllar, que sobrevivió al naufragio de la



 

 

 

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Armada Invencible en 1588 y dejó una crónica sobre su huida a través de Irlanda, aludía con indiferencia a quienes lo acogieron llamándolos salvajes; pese a que eran de confesión católica, a él le costaba reconocerlos como correligionarios. Los escoceses de las tierras altas y las islas del mismo periodo se enfrentaron a un destino semejante: mientras los ingleses vencían a los irlandeses, los habitantes de las tierras bajas escocesas emprendieron una campaña similar contra los vecinos del norte y el oeste. Jacobo VI (que pronto se convertiría en Jacobo I de Inglaterra) aborrecía las «regiones más salvajes» de su reino y ofrecía un trato fiscal generoso a los conquistadores dispuestos a «civilizarlas». No obstante, en este caso no se trataba de prejuicios forjados a partir de estereotipos raciales. Cualquier comunidad remota y rural inspiraba el mismo tipo de desprecio metropolitano. Enrique VIII pensó algo parecido de los pobres de Lincolnshire («lo más salvaje y detestable del reino») cuando tuvieron la desfachatez de rebelarse contra su tiranía.

 

Las exploraciones narradas por Gerardo de Gales formaban parte de una gran empresa que se acometió en su época y se prolongó durante centurias. Los etnógrafos de la cristiandad latina se afanaron por comprender a la gente de sus propias fronteras internas, el pueblo del bosque, la ciénaga, la tundra y la montaña, los moradores de regiones recónditas apenas estudiadas, apenas evangelizadas, y de los confínes de Europa. Las averiguaciones dieron resultados equívocos: noticias sobre «salvajes» en Europa que combinaban cuentos ejemplares y aleccionadores. Un contemporáneo de Gerardo (escritor de una guía de peregrinación hacia Santiago de Compostela que se llamaba a sí mismo «Aiméry Picaud») quedó fascinado por las costumbres montañeras de los vascos: sodomía con mulas y envenenamiento de ríos. El monje cisterciense Gunther de Pairis, que cantó en verso la historia de su época, encontraba a la gente de los pantanos del Prípiat «de modales rudos». Con todo, había maneras de moderar el salvajismo de los vecinos. Los que no tenían ciudades o dependían del pastoreo o la recolección eran inferiores, dentro de la jerarquía de las sociedades, al «primer mundo» medieval de granjas y núcleos urbanos; pero su naturaleza humana era incuestionable. De hecho, su simpleza podía considerarse una virtud: en términos clásicos, recordaba a la «edad de oro» de inocencia silvestre que, según cantaron poetas griegos y romanos, precedió a la caída de Saturno. En términos cristianos, evocaba la inocencia del Edén.



 

 

 

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En consecuencia, los moralistas medievales solían ensalzar a los «buenos bárbaros» cuyos valores, incorruptos por la comodidad y la riqueza, representaban ejemplos que podían explotarse para frenar o castigar los vicios civilizados. Esto resultaba especialmente útil cuando se trataba de pueblos paganos, de los cuales se podía decir, en determinados casos escogidos, que tenían mejor comportamiento que los cristianos pese a no contar con la luz de los evangelios. El modelo del buen samaritano fue irresistible para algunos autores deseosos de emular en sus épocas respectivas las críticas de Cristo a la sociedad que lo rodeaba y su reconocimiento del potencial virtuoso que tenían los otros. El historiador alemán del siglo XI Adán de Bremen elogió a los prusianos (una comunidad pagana, eslava y pastoril ya extinta que habitaba al otro lado de la frontera oriental de la cristiandad por aquel entonces), porque «a diferencia de nosotros, desprecian el oro y la plata como el estiércol». Marco Polo inventó un «tártaro inocente», un ejemplo muy efectivo por la sorpresa especial que causa ya que, en su época, los tártaros tenían fama de poseer una ferocidad brutal (una imagen aterradora). Gran parte de las imágenes y atributos que se relacionaron en este periodo con el pagano virtuoso pasaron luego a formar parte de la identidad del «noble salvaje».

 

Llegados a este punto de la historia, casos del mismo tipo que los surgidos de la experiencia europea se multiplican en otras grandes civilizaciones de Eurasia. China, por ejemplo, contaba con sus propios bárbaros (como los li, miao, nosu, hakka, peng-min y muchos otros grupos menores o más marginales) que podían tratarse en la literatura con idéntica mezcla de condescendencia, repugnancia y apropiación para fines didácticos. En ocasiones, se los describía como «manadas de bestias» dispuestas a «usar las garras y a morder», o como criaturas demoníacas de un salvajismo implacable; o bien podían resultar tan convincentes como modelos de virtudes naturales que practicaban la austeridad confuciana sin el beneficio de la instrucción; o, en el caso de los hakka (un pueblo han muy parecido a los chinos urbanos en cuanto a origen étnico y cultura), podían representarse a sí mismos como modelos de lealtad al imperio. Según su gran defensor, el oficial de finales del siglo XVIII llamado Xu Xuxing, los hakka eran «diligentes, ahorradores, corteses, modestos, elegantes y refinados», en resumen, remanentes de una edad de oro china llena de virtudes que se habían corrompido hacía mucho en el corazón del país. La expansión del imperio, en cambio, se limitó en gran parte a las



 

 

 

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regiones contiguas a China, y las obras escritas sobre etnografía nunca alcanzaron la amplitud de referencia que más tarde se hizo accesible a los europeos. Es más, un principio del confucionismo consistía en atraer a los bárbaros hacia la asimilación, y esta política antiquísima ha tenido un éxito notable. La mayoría de los súbditos del imperio asimiló por completo la mentalidad sínica y ahora se considera china con independencia de sus orígenes étnicos. En consecuencia, la naturaleza humana de los bárbaros quedaba más allá de toda duda y la elite china jamás tuvo que enfrentarse a encuentros desafiantes o desconcertantes con los «salvajes» desconocidos cuyo comercio y aventuras de gran alcance se revelaron en tiempos modernos a los inspectores y cazadores de especímenes europeos.

 

Así pues, el cuestionamiento de suposiciones sobre la naturaleza humana se convirtió en una característica propia de la experiencia europea. De hecho, hacia el siglo XIII, Europa ya se encontraba a las puertas de una «era de los descubrimientos» en la que se multiplicaron los contactos con otras culturas: las invasiones mongolas del siglo XIII; la mejora de las comunicaciones que, en consecuencia, cruzaron Eurasia y conectaron Europa con China; la exploración de la vertiente atlántica de África y el descubrimiento de una cultura sorprendentemente «primitiva» en las islas Canarias en el siglo XIV; el incremento de los contactos con el África negra en el siglo XV; el acceso al Nuevo Mundo y a rutas marítimas directas hacia el océano índico desde la década de 1490; la travesía por el Pacífico y su lenta exploración a comienzos de la era moderna; el enorme aumento de información sobre culturas humanas y especies no humanas desconocidas que acompañó a esos eventos. Continuaron los esfuerzos por encajar los conocimientos nuevos en el paisaje tradicional clásico, bíblico y folclórico del género humano. Mientras tanto, los anatomistas del Renacimiento descubrieron que la mujer no era un mero intento fallido de la naturaleza para crear al hombre; comenzó la larga lucha por establecer las credenciales plenamente humanas de los negros; y los primeros intelectuales modernos se enfrentaron a los problemas que planteaban las anomalías anatómicas, como las de los pigmeos o los hotentotes.

 

A medida que crecía el conocimiento de los occidentales acerca del vasto mundo, se fue desarrollando de manera gradual una lista de criterios para elevar a una sociedad a un rango humano pleno. La razón cedía la palabra a la ley natural. Por ello, cualquier grupo aspirante debía regirse



 

 

 

 

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por la ley natural: gobierno, leyes y religión. A partir del siglo XIII surgió un intenso debate en la cristiandad latina sobre el modo de reconocer infracciones de la ley natural, aunque había ciertas atrocidades (como la sodomía, el bestialismo, el canibalismo y los sacrificios humanos) que la mayoría de los autores consideraban absolutamente alienantes; otras, como blasfemar o negarse a oír los evangelios, fueron más controvertidas, porque algunos las consideraron antinaturales y otros, cuestiones obviamente culturales. La lascividad sexual de los etnógrafos de finales del Medievo y comienzos de la Edad Moderna no debe entenderse, por tanto, como una sumisión a las seducciones de la pornografía, sino como una contribución práctica y científica al debate sobre quién debía pertenecer al redil de los humanos. Tampoco las historias horripilantes sobre caníbales y sacrificios humanos deben considerarse siempre como «cuentos» o muestras tempranas de periodismo sensacionalista: se incluyeron en respuesta a cuestiones serias sobre la naturaleza de las sociedades que encontraron los exploradores; cuestiones, de hecho, literalmente relacionadas con la vida y la muerte, puesto que los expertos en derecho canónico solían afirmar que la adhesión a la ley natural era indispensable para la práctica de una soberanía real. Quienes infringían la ley natural renunciaban a su protección y se exponían a la conquista justa por parte de los sensatos.

 

Estas doctrinas, formuladas en el transcurso de los debates del siglo XIII sobre qué actitud debía adoptar la cristiandad ante los paganos enemigos, determinaron los encuentros más remotos que siguieron. En un célebre sermón de 1344, el papa Clemente VI las resumió al justificar su proclama de lo que, en realidad, era una cruzada contra las islas Canarias recién descubiertas, cuyos habitantes «desnudos» y pastoriles fueron objeto de razias esclavizadoras y otras atenciones hostiles por parte de los visitantes europeos. Del siglo XIII en adelante, la importancia de los criterios sociales para identificar al género humano aumentó con la acogida o reasimilación de la Política de Aristóteles por parte de la tradición occidental. Si el hombre era político y social «por naturaleza», entonces las costumbres no gregarias señalarían a las criaturas que quedaban fuera por exclusión.

 

En el extremo inferior de la jerarquía de las sociedades se encontraban aquéllos que se abstenían por completo de vida social. Al menos, se dio



 

 

 

 

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por supuesta la existencia de personas así, tal vez más a partir de la imaginación que de la experiencia. El hombre salvaje de los bosques, el Homo Sylvestris(20), era uno de los numerosos moradores de los bosques que rodeaban el Occidente civilizado de la Edad Media: hombres-bestia, hombres lobo, vampiros, todos ellos provenían de los inaccesibles claros que espoleaban la imaginación en la zona boscosa situada entre los humanos y el resto. Los hombres salvajes eran el tema preferido del arte medieval. Aparecieron en iluminaciones de manuscritos en Renania, en tapices de los Países Bajos, en un artesonado pintado de la Alhambra, en un detalle heráldico de Normandía, en una vajilla de Baviera y en la talla del vano de una puerta en una escuela de Valladolid. Todos parecían capaces de aterrorizar y de dejarse domar. Secuestraban doncellas, pero después caían rendidos a los pies de sus cautivas y aprendían a hablar con educación y a jugar al ajedrez. Los enfrentamientos contra los hombres salvajes (al igual que contra monstruos o bestias míticas) se representaban con tanta frecuencia como actividad caballeresca que cuesta resistirse a la impresión de que la defensa de la civilización contra la barbarie formaba parte de sus obligaciones. Para responder a la provocación de un hombre salvaje, el héroe del poema inglés del siglo XIV titulado Sir Gawain and the Green Knight, tuvo que atravesar una jungla de «viejos robles», deshacerse de canallas y lobos, y de gigantes como árboles llamados «entains». «El aguanieve casi lo mata» entre rocas peladas donde los pájaros «piaban lastimeramente». Su adversario era del color del bosque, con cabellos como frondas y de la estatura y solidez de los árboles. Sin embargo, había tanta nobleza en su salvajismo que podría dar lecciones de moralidad a cualquier caballero de la mesa redonda.

 

Pero ¿existieron en verdad los hombres salvajes? A veces, la gente creía haberse topado con ellos. Esto es fácil de entender en el contexto de la época. En la Edad Media, el bosque representaba, literalmente, la frontera de la cristiandad medieval: el territorio de expansión, la morada del paganismo, el hábitat de demonios y antiguos dioses. Cuando las perspectivas expansionistas se desplazaron hacia fronteras más remotas, los hombres salvajes fueron reubicados en nuevos horizontes de la imaginación. No es casualidad que las imágenes de hombres salvajes se multiplicaran durante los siglos XV y XVI, justo cuando la exploración europea empezaba a contactar con gente que se les parecía en las islas



 

 

 

 

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Canarias, África y el Nuevo Mundo, gente que vivía en territorios «salvajes», a menudo muy frondosos, y que practicaba la desnudez en sociedad o, en algunos casos, se cubría con pieles. Un manuscrito ilustrado del siglo XV del Roman de la rose muestra un mundo de hombres salvajes claramente influido por el reciente descubrimiento de los canarios, que vivían en cuevas y vestían pieles. El escudo de armas de uno de los primeros conquistadores de las Canarias contaba con dos porteadores en forma de hombres salvajes. Cuando Enrique el Navegante solicitaba bulas a Roma que autorizaran sus violentas incursiones en las costas occidentales de África, llamaba a sus víctimas potenciales «hombres salvajes de los bosques». En la corte real francesa del siglo XVI, el papel de hombres salvajes lo desempeñaban los indios de Brasil. Un espectáculo típico datado a partir de 1550, en el que hombres verdes y peludos entran en escena para llevarse a las señoras, aparece representado en las paredes de un salón en el castillo de Binches. Varios años antes, Jan Mostaert, pintor real de María de Hungría, imaginó una escena idealizada de guerra en el Nuevo Mundo en la que remodelaba la imagen tradicional de enfrentamientos entre hombres salvajes y caballeros. Los hombres salvajes se situaban en el límite de lo que podía calificarse, de manera razonable, como un modo humano de vida, y a poco que se los domesticara podían establecerse con firmeza dentro del rango de seres humanos. Mientras que un pequeño fallo, una pizca de degeneración, los relegaría a la condición de bestias.

 

Los hombres salvajes constituían una categoría cada vez menos útil en un periodo en que aumentaba el conocimiento sobre la diversidad humana. Los pueblos descubiertos en ultramar durante la «expansión» europea mostraban, en general, una semejanza física mayor que la que habían predicho las leyendas medievales. Resultó que la mayoría de los monstruos en realidad no existían. Por otro lado, el abigarramiento cultural de la humanidad se demostró más intenso de lo que nadie pudo imaginar jamás. Por ejemplo, era cierto que existían caníbales (algo que Colón descartó como imposible antes de toparse con ellos), que había sociedades que practicaban todas las variedades posibles de uniones sexuales (incluido el amor casi libre), toda clase de jerarquías políticas (incluida la igualdad casi absoluta, en apariencia) y todo tipo de comunidades, desde manadas al estilo de los primates hasta estados de lealtad que dejaban en ridículo a los europeos. Cuanto más «primitiva» parecía una sociedad, más



 

 

 

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interesante resultaba. En parte, se debía a la fascinación por lo desconocido, pero también a la suposición de que el primitivismo del presente podía arrojar luz sobre el pasado humano. La demanda por parte de los humanistas de información que pudiera esclarecer la vida y el lenguaje de los humanos primigenios, estimuló la búsqueda de lo primitivo y, sin duda, prefiguró los términos en que los exploradores describieron sus hallazgos.

 

El momento más emocionante de todos sucedió cuando Cristóbal Colón vio por primera vez lo que él llamó «gente desnuda», el viernes 12 de octubre de 1492, en una isla que él bautizó como «San Salvador» y que la mayoría de los estudiosos sitúa en las Bahamas. Por tanto, es probable que los nativos fueran lucayos, un pueblo del que poco se sabe, aunque los restos arqueológicos corroboran los informes colombinos sobre su rudimentaria cultura material. Su descripción hace uso de muchas de las categorías, analogías e imágenes de su tiempo para facilitar a los occidentales la comprensión de otras culturas. De manera implícita o explícita, comparaba a las gentes recién descubiertas con los isleños de las Canarias, con negros y razas «monstruosas», subhumanas. No eran, decía, «ni negros ni blancos, sino como los canarios», de «buena estatura» y «bien proporcionados». El propósito de estas comparaciones no estribaba tanto en transmitir una idea de cómo eran los isleños, como en fijar cuestiones doctrinales: aquella gente era comparable a otra que vivía en latitudes similares, de acuerdo con una doctrina aristotélica. Eran normales desde un punto de vista físico y, por tanto, según la psicología medieval tardía de Alberto Magno, completamente humanos y racionales. Esto los declaraba aptos para la conversión al cristianismo. Colón continuaba enfatizando la bondad natural de aquellos inocentes pacíficos no corrompidos por la codicia de lo material y, en efecto, mejorados por la pobreza. Incluso tenían cierta idea sobre religión natural no desviada hacia lo que se consideraban canales «antinaturales», como la idolatría. Él subrayaba que iban «desnudos como su madre los trajo al mundo». Aquella desnudez sugería dos tipos de inocencia: la de Adán y Eva en el Edén, y la de san Francisco, que se despojó de todas sus ropas al comienzo de su apostolado como señal de dependencia absoluta de Dios (Colón tenía muchos amigos en la orden de los franciscanos y, a lo largo de su vida, se acercó cada vez más a la espiritualidad franciscana en busca de consuelo y consejo). El modo en que describía a la sociedad nativa también recordaba



 

 

 

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a la «edad de oro» de inocencia nemorosa que los poetas clásicos imaginaron predominante en la remota Antigüedad; el resurgimiento del mito clásico en el Renacimiento y el estudio hicieron familiar esa imagen en la época de Colón.

 

Por último, Colón tuvo en cuenta el hecho de que los indios se pudieran explotar como socios o como esclavos. A primera vista, esto parece discrepar con la alabanza de sus cualidades morales, pero muchas de las observaciones colombinas tienen doble filo. La ignorancia bélica de los nativos acreditaba su inocencia, pero también significaba que resultarían fáciles de conquistar. Su desnudez evocaba un idilio primitivo o una dependencia ideal de Dios, pero a la vez sugería salvajismo y similitud con los animales. Su falta de experiencia comercial evidenciaba, por un lado, la inexistencia de corrupción moral y, por otro, la facilidad con que se los podía embaucar. Por sus facultades racionales, los identificaba como humanos y como esclavos explotables. Colón no adoptó una actitud necesariamente engañosa, sino ambigua; y parecía debatirse de verdad entre percepciones contradictorias. Al fin y al cabo, él y sus hombres estaban viviendo una experiencia que ningún europeo había tenido jamás.

 

La crónica fragmentaria que Colón nos dejó de su apresurado primer viaje por el Caribe revela cómo reaccionó su mente para adaptarse a lo que vio mientras luchaba por encajar lo observado con las afirmaciones y prejuicios con los que había partido. Hacia finales de 1492, exploró las costas de La Española, donde se encontró entre arahuacos cuya cultura material impresionaba más, para los criterios europeos, que la de los pueblos hallados con anterioridad. Entre sus obras figuraban la cantería y la carpintería en espacios ceremoniales, collares y colgantes de piedra, y coronas ricamente talladas. Colón empezó a reconsiderar a los nativos como posibles socios y mediadores comerciales con las grandes civilizaciones de Asia, que él confiaba se hallaran a escasa distancia por mar. Durante sus viajes al Nuevo Mundo, Colón siguió debatiéndose entre percepciones contrapuestas de aquellas gentes, como cristianos potenciales, como ejemplos de virtud pagana, como objetos explotables, como salvajes, como civilizados, como personajes cómicos.

 

Los ojos europeos se adaptaron a las realidades de diversidad cultural. Pasaron de moda los viejos tópicos de los hombres salvajes y la lista de requisitos para determinar quién se regía por la ley natural. Influida por misioneros ávidos de salvar las almas de los pueblos recién descubiertos,



 

 

 

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la Iglesia consideró de forma positiva sus cualidades naturales en un intento por protegerlos de las agresiones, la explotación y la exterminación practicadas durante siglos. La cuestión de si los nativos del Nuevo Mundo eran humanos plenos dotados de almas racionales quedó resuelta por el papa Pablo III en la década de 1530, pero la definición de su categoría precisó varios apuntalamientos para no bajar de nivel. Los etnógrafos misioneros de América compusieron laboriosos informes para demostrar la sofisticación social y política de las sociedades nativas. Un caso como el de los aztecas planteó problemas típicos; el canibalismo y los sacrificios humanos mancillaban el historial de un pueblo que, por lo demás, se mostraba altamente «civil». En los testimonios (pintados con gran expresividad por artistas nativos de la corte del virrey de México y recopilados en la década de 1540 bajo la supervisión de misioneros) aún se aprecia la ristra de cualidades que el clero consideraba dignas de admiración. La preparación de un novicio azteca se ilustra con detalles morbosos mientras sus maestros le golpean el cuerpo hasta hacerlo sangrar y esto se presentaba, no como evidencia de barbarismo, sino de la similitud entre los valores aztecas y los de sus misioneros franciscanos, que también practicaban la flagelación devota y se torturaban la carne para mortificarse. El estado azteca se representaba como una pirámide bien organizada, dispuesta de forma simétrica para la administración de la justicia, con un emperador en el vértice, los consejeros debajo de él y los suplicantes comunes en la base, una réplica de la sociedad que los misioneros habían dejado en su país. El sentido azteca de la justicia se mostraba conforme a los estándares más bien autorreflexivos que los europeos consideraban «naturales»: la lapidación de una pareja adúltera sugería una analogía con los judíos de la Antigüedad y, por tanto, una receptividad probable del mensaje cristiano, más benévolo. La justicia se templaba con la clemencia: aunque la embriaguez podía castigarse con la muerte, a los ancianos se los representaba disfrutando de una mayor permisividad. Cuando los aztecas emprendían una guerra, se dejaba claro que las provocaciones por parte de sus enemigos habían precedido a las hostilidades, las cuales llegaban tan sólo después de fracasar todos los esfuerzos diplomáticos. Al parecer, los nativos practicaban la guerra justa con los criterios cristianos tradicionales, algo que la monarquía española intentaba llevar a cabo con muy poco éxito. Ejemplos como éstos se



 

 

 

 

 

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podrían citar de todas las comunidades nativas en las que trabajaban misioneros.

 

Bartolomé de las Casas fue el defensor más enérgico de una actitud inclusiva para definir el género humano. Él se convirtió a la conciencia(21); se dedicaba a explotar el trabajo de los indios en La Española hasta que se reformó en 1511 al oír las objeciones de un predicador dominico: «¿No son los indios seres humanos dotados de almas racionales, como las vuestras?». Se unió a los dominicos y fue nombrado oficialmente por la corona «protector de las Indias»; en efecto, pese a sus temporadas infructuosas como misionero y obispo de frontera, fue el defensor profesional de una causa que logró, aunque por poco tiempo, que la monarquía española legislara los derechos de los indios. Según Bartolomé de las Casas, los sacrificios humanos debían contemplarse como pruebas de la equivocada piedad religiosa de quienes los practicaban, o de su lamentable estado como víctimas de alucinaciones diabólicas, en lugar de considerarse una violación de la ley natural. Su conclusión («todos los miembros de la humanidad son humanos») suena a tautología, pero era un mensaje lo bastante importante para tolerar que se repitiera. Hasta el canibalismo podía reclasificarse como reliquia histórica en lugar de como perversión antinatural; evidenciaba una fase primitiva del desarrollo social por la que habían pasado todas las sociedades. Las Casas expuso todo esto con gran habilidad en una obra que data de la década de 1550 y que era demasiado larga incluso para publicarla en aquellos días expansivos; pero, en 1580, Montaigne elaboró una defensa enjundiosa, elegante y célebre del canibalismo que también contenía un reproche contra sus compatriotas, cuya humanidad adoptaba, según él, formas diferentes, pero igualmente malvadas.

Da la impresión de que Montaigne consideraba los vicios «naturales» mejores que los «civilizados», los cuales estaban contaminados por el ingenio y sin poder excusarse con la ignorancia. Igualmente, al hablar de virtudes, también las salvajes eran mejores que las civilizadas. La conclusión lógica de esta línea de pensamiento era la doctrina del salvaje «bueno» o «noble», cuya bondad natural no estaba mezclada con la convención, ni instalada en la costumbre, ni corrompida por el interés. La doctrina fue cobrando sentido durante los siglos XVIII y XIX en Europa, cuando abundaban los relatos optimistas y hasta panglosianos sobre la naturaleza humana; por otra parte, iba en contra del dogma del progreso, y



 

 

 

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despertó escepticismo en dos escuelas aún influyentes: los teólogos ortodoxos, que respetaban los efectos del pecado original, y los reaccionarios políticos, convencidos de que la gente necesitaba dirigentes firmes para contener sus instintos perniciosos. Como resultado, la atracción del noble salvaje podía preverse: gustaba a radicales y anticlericales, quienes tendían a creer en él. Con el paso del tiempo, el romanticismo se alió al primitivismo para granjearle más adeptos.

 

El «noble salvaje» original, llamado así explícitamente, lo encarnó un indio micmac de los bosques canadienses descrito por Marc Lescarbot, que pasó un par de años en Nueva Francia a comienzos del siglo XVII. Él consideraba a los micmac como «verdaderos nobles» en el sentido más estricto de la expresión, porque sus hombres practicaban las nobles ocupaciones de la caza y las armas. Pero también exhibían virtudes que la civilización corroía: generosidad («esa caridad mutua que nosotros parecemos haber perdido»), un sentido natural de la ley («de modo que riñen muy pocas veces»), una vida y una propiedad comunes. No conocían la ambición ni la corrupción. Pero se trataba de un Edén imperfecto en el que la violencia solía ser vengativa y no se conocía la austeridad en el comer y el beber. La admiración de Lescarbot por la moralidad micmac tampoco lo disuadió de justificar la conquista y la privación de su soberanía y su territorio propios.

 

La idea del noble salvaje arraigó profundamente en la tradición occidental cuando se trasladó a los hurones. Los misioneros redentoristas y jesuitas repudiaron algunas de las culturas que encontraron en las orillas de los Grandes Lagos, sobre todo los rituales horripilantes de sacrificios humanos en que los cautivos eran torturados hasta la muerte durante días y días. Entre los pueblos iroqueses, en cambio, no pudieron resistirse a sentir una parcialidad manifiesta por los hurones, porque éstos los acogieron y respondieron a su mensaje cristiano de un modo excepcional. Por supuesto, no los recibieron así de forma desinteresada. Los hurones solían estar en guerra con sus vecinos y los apremiaba la necesidad de contar con aliados; en cambio, los misioneros notaron la acogida. El primero de ellos en visitar este pueblo fue Gaspard Sagard en 1623, el fundador de lo que cabría denominar «huronofilia», dada su alabanza selectiva de la amabilidad que mostraban hacia él y entre ellos, sus valores igualitarios y su competencia técnica como constructores, agricultores y montadores de canoas, lo que, a su entender, los hacía superiores a los algonquinos,



 

 

 

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afincados más al este. Incluso contaban con un sistema jeroglífico que evidenciaba su ascenso a la escritura; de hecho, los iroqueses llegaron a registrar datos topográficos y resultados de batallas mediante anotaciones simbólicas grabadas en troncos de árboles.

 

Aunque los misioneros criticaban con candidez los defectos de la vida salvaje, los filósofos seglares que los leían tendieron a acentuar lo positivo y eliminar lo negativo. A partir de las narraciones de los misioneros se filtraron cuentos aleccionadores y sólo quedó la imagen de un hurón idealizado. Esta transformación de la tradición en leyenda resultó más sencilla cuando los hurones de carne y hueso desaparecieron por completo, al principio diezmados y, después, prácticamente exterminados por las enfermedades que les contagiaron los europeos.

El gran secularizador de la «huronofilia» fue Louis-Armand de Lom de l’Arce, que se hacía llamar con el título vendido por su familia a cambio de dinero, «Señor de Lahontan». Como muchos refugiados procedentes de un mundo con escasas oportunidades sociales, marchó a Canadá en la década de 1680 y se estableció allí como experto en curiosidades locales. El portavoz de su anticlericalismo librepensador era un interlocutor hurón ficticio llamado Adario, con quien se adentraba en los bosques y dialogaba sobre las incorrecciones de las traducciones de la Biblia, las virtudes del republicanismo y las bondades del amor libre. Su sátira devastadora de la Iglesia, la monarquía y las aspiraciones y mezquindades de la alta sociedad francesa alimentó directamente el cuento que escribió Voltaire en la década de 1760 sobre un hurón sabio e «ingenuo» en París.

 

El potencial del mito hurón para embriagar a la sociedad se destiló en una comedia de autoría incierta que se representó en París en 1768 y que también inspiró o plagió el personaje de Voltaire. El hurón supera al inglés en todas las virtudes del salvajismo noble, como cazador, como amante y como guerrero. Va por el mundo con una ambición intelectual: «Saber un poco sobre cómo está hecho». Cuando lo instan a adoptar la indumentaria francesa, él denuncia que la imitación es adecuada «entre monos, pero no entre hombres». «Si bien carece de la formación de las grandes mentes

—opina un observador—, tiene sentimientos en abundancia, lo cual estimo en mayor medida. Y me temo que saldría perdiendo si se volviera civilizado». Víctima de un triángulo amoroso típico de la comedia de costumbres, el hurón exhorta a la masa a tomar la Bastilla para rescatar a



 

 

 

 

 

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su amor cautivo, de ahí que lo arresten por sedición. «Su delito es obvio.

 

Es una rebelión». Esto parece un presagio extraordinario de 1789.

 

El inventario de imágenes de noble salvajismo volvió a aumentar a finales del siglo XVIII gracias a la exploración del Pacífico y a los especímenes de hombres del Pacífico que los exploradores trajeron a su regreso. En 1774, la sociedad inglesa trató como una celebridad a Omai, que había sido un inquieto inadaptado en su Polinesia natal. Las duquesas elogiaron sus gracias naturales, y Reynolds lo pintó como un estereotipo de equilibrio y de dignidad incorrupta. Lee Boo, natural de las islas Palau, en Micronesia, convenció igualmente como «príncipe de la naturaleza». Quienes visitaban el Pacífico se encontraban con un paraíso voluptuoso. Bougainville llamó a Tahití la «isla de Citera», y la facilidad con que se podían conseguir favores sexuales por parte de las mujeres nativas se convirtió en uno de los tópicos más recurrentes de la literatura relacionada con el lugar. El primitivismo romántico se tornó inseparable de la oportunidad sexual. Lahontan había establecido cierta conexión con sus recomendaciones sobre lo poco complejas que eran las relaciones de pareja en las costumbres de apareamiento entre los hurones, ilustradas con grabados de mujeres que indicaban su consentimiento soplando las antorchas que portaban quienes elegían como pareja. Ahora, las imágenes de Tahití como hábitat cautivador de ninfas atractivas invadieron los lienzos occidentales, desde William Hodges (que ilustró el viaje del capitán Cook) hasta Gauguin. La sensualidad del primitivismo se aferró a climas menos cálidos. La idealización filosófica de los lapones, que comenzó en el siglo XVIII, se lubricó con el sudor de la «promiscua» sauna para los dos sexos.

 

Los últimos ecos de la caza del hombre libre resonaron en el siglo XVIII. Las decepciones de siglos anteriores no habían aplacado la búsqueda del hombre «natural». Al contrario, jamás habían suscitado tanto interés cuestiones como los orígenes del lenguaje o de la vida política y social, y la repercusión moral de la civilización. El afán de Savants por estudiar especímenes de un primitivismo no socializado fue mayor que nunca. De los confines del imperio (los Grandes Lagos de América del Norte y las islas de los mares del Sur) se trajeron «nobles salvajes» para exhibirlos y examinarlos en Londres y París, pero incluso éstos representaban una fase demasiado avanzada de desarrollo social para



 

 

 

 

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satisfacer la curiosidad científica. Por un tiempo pareció probable que los «niños-lobo» aportaran la materia prima necesaria para el análisis. Linneo los consideró una especie manifiesta del género Homo, el Homo ferens(22), encarnaciones de un mito de hombre salvaje que resultaba ser cierto. Tras capturarlos en un bosque cualquiera en el que se hallaran y arrancarlos de las mamas de madres vulpinas sustitutas, se convirtieron en experimentos sobre civilización, en objeto de los esfuerzos realizados para enseñarles lengua y modales.

 

El número de casos registrados aumentó durante los siglos XVII y XVIII. ¿Acaso se debió a un interés renovado por los niños salvajes estimulado por analogías con los «salvajes» enumerados por la expansión en ultramar? ¿O se trató de una mera función de la explosión demográfica en la Europa de aquellos días, que expandía los límites de las ciudades y los cultivos, y reducía las extensiones «salvajes» que quedaban sin poblar? Todos los experimentos fracasaron. Los niños supuestamente criados por osos en la Polonia del siglo XVII siguieron prefiriendo la compañía de los osos. «Pedro el Salvaje», por cuya posesión como mascota pugnaron miembros rivales de la familia real inglesa en la década de 1720, odiaba las ropas y las camas y jamás aprendió a hablar. La «niña salvaje» secuestrada en los bosques próximos a Songi en 1731 prefería ranas crudas a las viandas de la cocina del castillo de Epinoy y, durante mucho tiempo, se le dio mejor imitar el trino de los pájaros que hablar francés. El caso más célebre de todos lo representó el del «niño salvaje de Aveyron». Abandonado de niño en los altos bosques del Tarn, sobrevivió por sus propios medios durante años hasta que lo secuestraron para civilizarlo en 1798. Aprendió a usar ropas y a comer con elegancia, pero nunca a hablar ni a apreciar lo que le había sucedido. Su tutor lo describió, mientras bebía con delicadeza después de cenar junto a la ventana de la habitación «como si en ese momento de felicidad aquel chico de la naturaleza intentara aunar las dos únicas cosas buenas que sobrevivieron a su pérdida de libertad, un trago de agua límpida y la contemplación del sol y la montaña».

 

El propio Darwin presenció y participó en el último, y también frustrado, intento de domesticar a personas secuestradas del mundo salvaje. Entre los viajeros que lo acompañaban a bordo del Beagle, el buque en el que dio la vuelta al mundo entre 1831 y 1836, había tres indios fueguinos que una expedición británica anterior había tomado como



 

 

 

 

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rehenes y llevado a Inglaterra para tratarlos como los filósofos del siglo anterior habían tratado a los «niños-lobo». Les enseñaron el idioma inglés, la doctrina cristiana y las normas de etiqueta. Los vistieron y los arreglaron. Uno de ellos, conocido como Jemmy Button por el botón de nácar que supuestamente le dieron a sus padres en compensación por su captura, se convirtió en un famoso dandi que usaba guantes y se disgustaba si tenía los zapatos sucios. Los otros eran una pareja de prometidos, llamados Fuegia Basket y York Minster, a los que Robert Mathews, el misionero que acompañaba al grupo, unió en matrimonio cuando el Beagle llegó a Tierra del Fuego. En teoría, el regreso de los viajeros a su tierra entregaría a los salvajes fueguinos conocimientos y un modelo de vida civilizado que precederían a su conversión y domesticación. Puede que los hombres fueran amamantados por lobas, pero su destino era fundar Roma.

 

El experimento empezó a torcerse ya antes de que el Beagle abandonara aquellas costas. Los nativos mostraron un respeto nulo por la transformación de los retornados y escaso interés por comunicarse con ellos. Saquearon sus bienes y aturdieron a Mathews con sus expolios y amenazas de violencia, de modo que tuvo que regresar a bordo. Button se sentía incómodo y se avergonzaba de sus parientes, y daba muestras de una exasperación propia de hombres blancos ante la ignorancia y la brutalidad de los nativos. La tripulación del buque lo dejó allí con bastante escepticismo. Cuando el Beagle regresó quince meses más tarde, los retornados habían vuelto al modo de vida salvaje, habían recuperado de manera gradual sus viejas relaciones y participaban en las luchas y saqueos de sus tribus. Jemmy Button aún se mostraba cordial con sus antiguos compañeros de viaje, pero éstos lo encontraron cambiado físicamente: desnudo, desgreñado, sucio, enjuto, nervudo y belicoso. En los años subsiguientes se convirtió en cabecilla de la resistencia nativa contra misioneros e instigador de masacres. York Minster murió en una reyerta tribal. Fuegia Basket vivió hasta 1883 y la última vez que fue vista por un misionero, había olvidado Inglaterra, la lengua inglesa, el cristianismo y todo lo relacionado con su intervención en el desgraciado experimento de Fitzroy.

 

En la época de Darwin, el mundo científico casi rechazaba de forma unánime la teoría de lord Monboddo según la cual los orangutanes eran humanos. Por entonces, las configuraciones del género humano eran



 

 

 

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aproximadamente las mismas que en la actualidad y no contemplaban ninguna de las exclusiones que habían salpicado los debates previos. Pero los hallazgos del siglo XIX devolvieron el problema al crisol(23). El racismo científico multiplicó las subcategorías en las que se dividía la humanidad. La nueva ciencia de la antropología social propuso criterios de diferenciación tanto culturales como biológicos. John Lubbock, por ejemplo, fue el Richard Dawkins de su tiempo. Lubbock, vecino de Darwin en Kent y uno de sus primeros e incondicionales adeptos, se erigió en «comunicador de ciencia» y «mentor para el público general». Entre la gran variedad de obras eruditas con las que colmó los anaqueles de las librerías, ninguna influyó tanto como la titulada Prehistoric Times (1865), en la que proponía un equivalente cultural a la teoría de la evolución; los tasmanos y los fueguinos eran «para un anticuario lo que la zarigüeya y el perezoso» para los biólogos, a saber, atavismos de una fase previa, testimonios vivos (aunque condenados a la extinción) de la antigüedad de la humanidad y del salvajismo de arcaicos humanos. Los etnógrafos atraídos por el estudio de los «primitivos» se sentían como si viajaran al pasado. La antropología cultural surgió (o al menos resulta tentador imaginarlo así) como una respuesta parcial a la secularización de la ciencia; así, a medida que se fue complicando apelar a la metafísica (o a Dios o al alma) para reivindicar la naturaleza especial de la humanidad la cultura se convirtió en un criterio diferenciador alternativo, secular y científicamente comprobable, una especie de alma secular, algo exclusivo de los humanos. Como se ha visto, a la larga se comprobó que, por supuesto, se trataba de una falacia.

 

El imperialismo del siglo XIX empachó el apetito europeo por lo salvaje. Cuando el primitivismo romántico renació en el siglo XX, el sexo constituyó el acicate, y la represión civilizada, el enemigo. El noble salvaje reapareció entre los antropólogos retirados al Pacífico como los navegantes enfermos de amor de la época de la Ilustración. La obra de Margaret Mead titulada Adolescencia y cultura en Samoa y publicada en 1928, se basaba en trabajos de campo con chicas púberes inmersas en supuestas sociedades no represivas. Se ha discutido mucho sobre si el paraíso descrito por Mead era real o fantástico, pero la imagen resultaba seductora. Ahora que ya nadie cree en la supervivencia del Edén, el primitivismo romántico se refugia en fronteras más remotas como la



 

 

 

 

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prehistoria, o entre esos simios juguetones que encarnan los bonobos o los chimpancés enanos del Congo. Estos «monos de Venus», descubiertos en 1929, «hacen el amor en lugar de la guerra». Es cierto que entre los bonobos no se ha detectado aún ningún caso de guerra intercomunal como las que practican los chimpancés. En sus poblaciones, la competición violenta por la comida o el apareamiento es mucho menor que entre los chimpancés, pero no es en absoluto inexistente. Su excitación sexual no tiene parangón. Según estudios realizados por Frans de Waal, «practican el sexo casi con cualquier combinación de parejas» y «en cualquier posición y variante imaginable». El hecho de que las hembras dominen sobre los machos y manifiesten una preferencia por la compañía de las demás también convirtió a las bonobos hembra en heroínas del feminismo.

 

Por consiguiente, los esfuerzos por establecer un umbral cultural para pertenecer a la categoría humana fracasó ante dos problemas: la diversidad cultural humana, que dificulta la identificación de rasgos universales, y la cultura animal no humana, que socava la reivindicación humana sobre su derecho exclusivo a tener cultura. Entretanto, el concepto de género humano se vio afectado por un virus intelectual todavía más letal: la teoría de la evolución que, al situar a los humanos dentro de un continuo animal sin fronteras bien definidas, creaba un nuevo obstáculo para el desarrollo de una noción diferenciada de nuestra naturaleza. La ciencia nos recuerda sin cesar las continuidades que nos vinculan al resto de la creación. En el capítulo que sigue veremos las consecuencias.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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EL ATOLLADERO EVOLUTIVO Confrontaciones con homínidos

 

 

 

«ANIMAL DESNUDO Y BÍPEDO»: ENCUENTRO CON EL HOMBRE INADAPTADO

 

Los orangutanes, que han ejercido una influencia tan dominante en la imagen que los humanos tienen de sí mismos, constituyeron otra de las fuentes de inspiración de Charles Darwin. Le gustaba visitar el zoo londinense para observar a la pequeña Jenny, el curioso ejemplar de esa especie que residía en el lugar. Para él tenía un asombroso parecido con los niños humanos por el modo en que entendía el lenguaje de su cuidador, sonsacaba premios y exhibía su bonito vestido cuando los cuidadores la presentaron a los duques de Cambridge. Era evidente que Darwin la prefería a algunos de los humanos que conocía. En particular, los nativos de Tierra del Fuego le parecieron repulsivos la primera vez que los vio a bordo del Beagle, en 1832: «el hombre en su estado más vil», en apariencia «privado de raciocinio humano o, al menos, del arte resultante de tal raciocinio». La visión lo convenció de una idea tan terrible que ni siquiera se atrevió a confiarla en El origen de las especies: el hombre era un animal como el resto de los animales. «La diferencia entre el hombre

 

salvaje y el civilizado —añadía— es mayor que entre un animal salvaje y uno doméstico». El lenguaje de los isleños «apenas merece considerarse articulado. El capitán Cook lo ha comparado con el ruido que hace un hombre al carraspear, pero en realidad ningún europeo se ha aclarado jamás la garganta con tantos sonidos roncos, guturales y chasqueantes». Los especímenes encontrados con posterioridad durante el mismo viaje en la orilla occidental de la isla, eran aún más bestiales puesto que dormían «enroscados como animales sobre el suelo húmedo», condenados por el frío y la miseria a una vida de «hambre y, en consecuencia, de canibalismo acompañado de parricidio»,



 

 

 

 

 

 

 

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atrofiados, con los rostros espantosos embadurnados de pintura blanca, la piel mugrienta y grasienta, el pelo enredado, los gestos violentos y carentes de dignidad. Al ver a semejantes hombres, a uno le cuesta creer que sean nuestros semejantes y que habiten en el mismo mundo. […] ¡Qué pequeñas pueden tornarse las elevadas capacidades de la mente! ¿Qué hace falta para que la imaginación idee, para que la razón compare, y para que el juicio decida? Arrancar a golpes las lapas de las rocas no precisa siquiera ingenio, la capacidad mental más básica. Su destreza, en ciertos aspectos, es comparable al instinto de los animales, porque no la ha perfeccionado la experiencia.

 

Parte del germen de la teoría de la evolución penetró en su mente cuando se planteó cómo soportaban los fueguinos el clima en un estado de semidesnudez. «La naturaleza ha convertido en omnipotente la costumbre y en hereditarios sus efectos, y así ha acondicionado a los fueguinos al clima y a los productos de su miserable país(24)». La descripción de la genealogía del hombre, publicada por Darwin en 1871, comenzaba con animálculos marinos que él mismo comparó con larvas. De ellas descendieron los peces, a partir de los cuales «un pequeño avance nos habría llevado hasta los anfibios […] pero, en la actualidad, nadie puede decir a través de qué línea genealógica los […] mamíferos, aves y reptiles surgieron de […] anfibios y peces». Dentro de los mamíferos, los placentarios sucedieron a los marsupiales.

 

Por tanto, podemos ascender hasta los lemúridos; y, entre éstos y los simios no media un intervalo amplio. Los simios se escindieron después en dos grandes ramas, los monos del Nuevo Mundo y los del Viejo Mundo; y de estos últimos, en un periodo remoto, surgió el hombre, la maravilla y gloria del universo. De modo que hemos atribuido al hombre un pedigrí de una antigüedad prodigiosa, si bien podría decirse que no de una calidad noble.

 

En consecuencia, «vemos que el hombre desciende de un cuadrúpedo peludo, provisto de cola y orejas puntiagudas y, probablemente, de costumbres arborícolas…»(25).



 

 

 

 

 

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Pues bien, he aquí una ironía brillante: Darwin reclasificó a las personas como primates evolucionados. Tras dos generaciones rechazando la teoría de lord Monboddo, el problema de definir los límites del género humano regresó al crisol. El orangután podía reclamar el puesto que había perdido como «hermano» o, cuando menos, primo del género humano. ¿Cómo había que clasificar, pues, a los ancestros comunes, como humanos o como animales no humanos? El problema se volvió apremiante hacia la época en que Darwin escribió. El primer neandertal sigue siendo el que se encontró en España en 1848(26); el siguiente hallazgo (que condujo directamente a la identificación de la especie) se produjo en el valle del Neander, tres años antes de la publicación de El origen de las especies. A partir de entonces, se sucedieron constantemente nuevos descubrimientos, en parte porque los arqueólogos excavaron en busca de ellos. Del árbol genealógico de los humanos brotaron ancestros, así como extremidades y ramas orientadas en otras direcciones.

 

 

¿DERECHO DE VOTO PARA LAS OSTRAS?

 

La teoría de la evolución es cierta desde un punto de vista amplio. Sin embargo, Darwin no acertó en todos los detalles, ni tan siquiera en todas las cuestiones fundamentales de la teoría. La selección natural no parece capaz de responder de todas las diferencias entre especies, si no se deja cierto espacio a mutaciones aleatorias. Es probable que la evolución no transcurra con la placidez constante que se postuló en la época de Darwin, pero parece acercarse a un estado de equilibrio salpicado de espasmos y sacudidas. Las condiciones y entornos en los que comenzó la vida pudieron dar lugar a muchos más organismos primigenios y, por tanto, muchas más líneas de descendencia para las biotas que pueblan la biosfera actual, que los supuestos por Darwin. La teoría evolutiva, tal como él la concibió, recuerda a la religión: la evolución funciona como una suerte de sustituto de la providencia que determina lo que le ocurre a todo en la Tierra; resulta más convincente (más acorde con lo que se sabe hoy acerca de este planeta) si se replantea como un sistema caótico, lleno de sendas imposibles de rastrear, causas arcanas y efectos impredecibles. Con todo, el modelo básico es incuestionable desde un punto de vista racional: todas las biotas forman parte del mismo continuo evolutivo. Los humanos, en concreto, comparten ancestros con otros animales y, en términos



 

 

 

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evolutivos, ancestros comunes cercanos con otros primates. Dentro del contexto de esta teoría, ¿tiene lógica el concepto de género humano? ¿En qué punto de la historia de la evolución tiene sentido diferenciar entre humanos y no humanos? Bertrand Russell, dotado de la clarividencia implacable que caracteriza a los grandes lógicos, declaró que dicha distinción era insostenible; la teoría evolutiva exigía reubicar nuestra frontera con el reino animal para la cual no había ninguna conclusión lógica, a menos que se decidiera conceder «el derecho a voto a las ostras». El propio Darwin fue plenamente consciente de esta ineludible secuencia

 

de ideas. «Dentro de una serie de formas —escribió en El origen del hombre— que sigan una gradación imperceptible desde cierta criatura simiesca hasta el hombre tal como es en la actualidad, sería imposible fijar un punto en el que debiera empezar a usarse el término “hombre”». Y, sin embargo, concluía que se trataba de «una cuestión muy poco relevante».

Creo que se refería a que era una mera cuestión terminológica. Pero, en determinados momentos, tendía a sumir la cuestión en meditaciones más extensas sobre la supuesta naturaleza espiritual del hombre. «Es natural que quien cree en el desarrollo del hombre a partir de alguna forma de vida menos organizada, se pregunte cómo afecta esto a la creencia en la inmortalidad del alma». También esto tenía muy poca importancia en el esquema darwiniano.

 

Pocas personas sienten inquietud ante la imposibilidad de determinar en qué periodo preciso del desarrollo del individuo, que va desde el primer rastro de la diminuta vesícula germinal hasta el bebé, ya sea antes o después del nacimiento, se convierte el hombre en un ser inmortal; pues bien, el hecho de que quizá no se pueda determinar ese periodo dentro de la escala orgánica de ascenso gradual no entraña motivos para una preocupación mayor.

 

Lo mismo opinaba sobre la cuestión de si «las llamadas razas» debían «ordenarse como especies o como subespecies». Desde que el hombre «alcanzó el rango de ser humano, se ha dividido en distintas razas o, como cabría denominarlas con más rigor, subespecies. Algunas de éstas, como la negra y la europea, difieren tanto que, si se trajeran especímenes a un naturalista sin más información, sin duda las consideraría especies plenas y verdaderas». La mayor parte del debate huía de esta propuesta radical y se centraba en la vasta zona crepuscular de la evolución humana dominada



 

 

 

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por la especie que designamos con el término impreciso de «homínidos», los primates en la línea genealógica del Homo sapiens. ¿En qué punto de esa línea se pueden empezar a distinguir de forma razonable a los seres humanos de los no humanos? Un niño de once años que murió (o fue dejado allí después de morir) en la «Sima de los Huesos» de Atapuerca hace ochocientos mil años, tenía una estructura facial mucho más parecida a la nuestra que la de especies evolucionadas con posterioridad. Y, ¿qué fundamentos razonables puede haber para excluir a primates de líneas genealógicas paralelas, caracterizados por presentar grandes similitudes con nosotros? Se trata de cuestiones relacionadas de manera inextricable pero que, por razones prácticas, se pueden considerar por separado.

 

Tradicionalmente, los paleoantropólogos han trazado una línea divisoria en el punto del registro fósil donde aparece una criatura conocida como Homo habilis, de hace unos dos millones y medio de años. Ésta es la primera especie acreditada con el nombre genérico de «Homo». Los homínidos previos se clasifican, con una resonancia muy diversa, como «pitecántropos» (literalmente, hombres monos) o, en la terminología actual, «australopitecinos» (literalmente, «seres antropomorfos del sur»). Lo que los distinguía como habilis eran las herramientas: desportillaban piedras para tallar hachas de mano. Al privilegiarlos por ello, los estudiosos se alinearon con una definición ya anticuada (y, de hecho, desacreditada) del hombre como «hacedor de herramientas». Una variante muy poco posterior, el Homo ergaster, cuenta con el voto de algunos expertos con el argumento de que amontonaba los huesos de sus muertos y, por tanto, mostraba cierta «conciencia superior» que trascendía a las meras ventajas competitivas en la lucha por la vida. En cambio, se prefiere el Homo erectus porque sus pedernales de talla perfecta y simétrica atraen la sensibilidad estética de los excavadores. Es evidente que todos estos ejemplos de defensa de unos ancestros sobre otros reflejan criterios subjetivos, ya que los requisitos demandados dependen de su parecido con nosotros.

 

En ciertos respectos selectivos, parecemos deseosos de venerar a cualquier ancestro por remoto que sea. El mundo parece sentir simpatía (creo que ésa es la palabra adecuada) por una criatura reconstruida mentalmente a partir de fósiles con más de tres millones de años encontrados en Afar, Etiopía. Don Johanson encontró sus huesos en noviembre de 1974, la identificó como una hembra bípeda de cerebro



 

 

 

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antropomorfo y la llamó «Lucy», como el título de la canción del disco de los Beatles que oyó aquella misma noche en su campamento. Hallazgos subsiguientes sugirieron que pertenecía a una familia de trece miembros y que el lugar en el que vivió fue ocupado menos de medio millón de años después por hacedores de herramientas. El descubrimiento obligó a retrasar en el tiempo el umbral de los avances que se consideraban rasgos distintivos del género humano: la bipedación y el uso de herramientas. Cientos de miles de años antes de que existiera alguno de los seres etiquetados como «Homo» ya hubo ancestros que anticiparon nuestros logros al respecto. Lucy parecía la «Eva africana» que tanto habían anhelado los creadores de titulares. (El mismo titular anunciaba, con más justicia, varios intentos posteriores por usar pruebas de ADN para identificar el último ancestro femenino común a todos los humanos existentes en la actualidad: probablemente vivió en África hace 143 000 años).

 

Lucy fue un triunfo de las relaciones públicas. Separada de nosotros por más de tres millones de años, y por un abismo descomunal de diferencias físicas, mentales y culturales, parece simbolizar la flexibilidad del concepto moderno de género humano. El hecho de aceptar a Lucy como una antepasada contribuye a incrementar la elasticidad del abrazo en el que nos fundimos todos con independencia del color o las creencias, del aspecto exterior, la capacidad intelectual o los valores morales. Se trata de una tentación loable, pero problemática desde el punto de vista conceptual. Consideremos la siguiente prueba práctica; aquellos de nosotros que resultamos ser negros, por ejemplo, ¿admitiríamos sentir mayor comunidad con una persona negra que aún no hubiera emergido de África, digamos de hace cuarenta o cincuenta mil años, que con vecinos blancos con quienes tuviéramos un ancestro común mucho más remoto pero a los que nos pareciéramos más en casi todos los aspectos y con quienes compartiéramos mucho más? Y, en tal caso, ¿no nos condenaríamos por racistas? En otras palabras, ¿por qué elegir a Lucy como «la primera humana»? ¿Por qué excluir a criaturas anteriores con ancestros comunes o, aún más a propósito, a criaturas posteriores con las que sentimos menos afinidad? Si, por ejemplo, privilegiamos a Lucy como humana pero excluimos a otros primates que conviven hoy con nosotros o lo hicieron en el pasado, ¿no pecamos del mismo tipo de prejuicio que el racismo? En la historia de la evolución existen otros primates mucho más parecidos a



 

 

 

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nosotros que Lucy y que la tienen a ella, o a criaturas muy parecidas a ella, entre sus ancestros comunes; sin embargo, mostramos una resistencia curiosa a admitirlos dentro de la categoría humana. Así, por ejemplo, si quisiéramos privilegiar a la bipedación como criterio para admitir la naturaleza humana de una criatura, tal como hizo una generación de estudiosos hoy desacreditados, tendríamos que incluir al Ardepithecus ramidus, otro homínido antropomorfo capaz de desplazarse sobre dos piernas hace 4,4 millones de años pero que aún vivía en los árboles. El Australopithecus, cuyo vestigio fósil más temprano data de hace doscientos o trescientos mil años después y que perduró unos tres millones de años, logró otro de los criterios de los que tanto nos vanagloriamos: era capaz de manipular herramientas con las manos. El Homo habilis, que existió a la vez que él, tenía unas credenciales en apariencia intachables: fabricó las primeras herramientas de piedra conservadas que se conocen y tenía el «cerebro grande» que amaba la craneología del siglo XIX (de nuevo, la mitad de grande que el de sus predecesores(27)).

 

Todos estos ejemplos revelan la dificultad de trazar una línea divisoria adecuada entre los homínidos humanos y los no humanos. No obstante, el caso clave lo representan los neandertales. De no ser por un accidente evolutivo, esta especie aún existiría para desafiar al sentimiento humano de exclusividad. Si nos encontráramos con alguno de ellos por la calle, experimentaríamos la misma sensación de afinidad, de reconocimiento instantáneo pese a las diferencias de aspecto y los problemas de comunicación, que caracterizan los encuentros entre humanos modernos y cultivados de diferentes razas y culturas. Los neandertales se parecían a nosotros y se comportaban igual que los ancestros de nuestra propia especie. A juzgar por los especímenes excavados(28) hasta ahora, en todo caso contaban con cerebros mayores que el Homo sapiens, mentes comparables y formas de cultura muy similares. En La Ferrassie se halla sepultada una familia neandertal: dos adultos de distinto sexo encogidos en la posición fetal típica de los enterramientos neandertales existentes en toda la zona que hoy cubre Europa y Próximo Oriente. Cerca de ellos, tres niños de edades comprendidas entre los tres y los cinco años, y un recién nacido yacen con herramientas de pedernal y fragmentos de huesos de animales. Los restos de un feto inmaduro extraído de la matriz aparecen inhumados con la misma dignidad que el resto de los miembros de la familia, aunque sin las herramientas. Otras tumbas neandertales contienen



 

 

 

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bienes mortuorios más valiosos, como un par de cuernos de íbice o cabra montés que acompañaban a un joven fallecido, o un poco de ocre con que otro apareció cubierto. En Shanidar, en el actual Irak, un anciano que había sobrevivido durante muchos años al cuidado de su comunidad tras perder la movilidad de un brazo, y padecer una discapacidad grave en ambas piernas y ceguera en un ojo, yace con trazas de flores y hierbas medicinales.

 

Ciertos escépticos han puesto en duda todos estos ejemplos, y muchos otros de lo que parecen enterramientos neandertales rituales, y los han «justificado» como fruto del azar o de fraudes. Pero son demasiados para ignorarlos. En un esfuerzo por excluir a los neandertales de la naturaleza humana, los escépticos han demostrado una habilidad(29) simiesca para cuestionar los hechos: alguna inundación «tuvo que» o «debió de» arrastrar los restos hasta lugares que se asemejan a tumbas. Los leones o las hienas arrastraron los cadáveres y el lecho en que yacían. En Shanidar, un neandertal dormido «tuvo» que quedar enterrado por accidente al desplomarse el techo de la cueva. Lo que parecen ofrendas florales tiene que haber llegado hasta el muerto arrastrado por una brisa casual. En el extremo contrario, la credulidad ha extraído conclusiones irresponsables de estos indicios, y ha atribuido a los neandertales un amplio concepto de ser humano con creencia en la inmortalidad del alma, en un sistema de auxilio social, una gerontocracia, y un sistema político regido por lo filosófico. Tal vez tuvieran todo eso, pero no se evidencia en los enterramientos.

 

Entonces, ¿qué demuestran las tumbas neandertales? Un mero enterramiento revela tan sólo intereses materiales, como disuadir a carroñeros o evitar el hedor de la putrefacción. Pero las inhumaciones rituales evidencian una idea o, en realidad, dos ideas: la vida y la muerte. Aún hoy nos cuesta definirlas y, en casos particulares (como los de coma profundo o las agonías en que la vida se mantiene de forma artificial), también precisar dónde estriba la diferencia entre ellas. Pero la distinción conceptual que establecemos entre ellas se remonta a treinta o cuarenta mil años, cuando la gente empezó a fijarla mediante ritos diferenciadores de la muerte. Aquellas primeras celebraciones de la muerte rendían culto a la vida. Constituyen la primera prueba de algo más que la mera valoración instintiva de la vida, la convicción de que la vida merece ser reverenciada, y eso ha perdurado desde entonces como la base de todas las acciones



 

 

 

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morales humanas. Formaban parte (tal vez la parte más elocuente) de la cultura común que los neandertales compartían con el Homo sapiens; en cambio, algunos de los supervivientes actuales de Homo sapiens no parecen dispuestos a aceptarlo. Algunos científicos se empeñan en relegar a los neandertales a un orden «inferior» de la creación con una tenacidad tan sañuda, tan entregada, tan obstinada, tan indiferente a los hechos, que sólo se puede entender como parte de un programa partidista con fines ideológicos.

 

La afirmación, por ejemplo, de que los neandertales estaban incapacitados para el lenguaje, se ha refutado ahora con el hallazgo de un fragmento de laringe de un neandertal en Kebara, actual Israel, en la que se aprecia que el sonido de sus vocalizaciones era distinto al de las nuestras, aunque con una amplitud adecuada para generar un lenguaje análogo al de los humanos «modernos». No obstante, lo más llamativo es que el debate sobre el lenguaje neandertal siempre tenga que producirse de manera tan superficial: el aserto de que algunos impedimentos meramente físicos bastarían para frustrar el desarrollo de un lenguaje denota una ignorancia absoluta de lo que es el lenguaje. Significaría que las formas simbólicas de expresión empleadas en el lenguaje de signos no sirven. O que el código morse, que sólo usa un sonido, es incapaz de expresar la misma cantidad de significados que, digamos, la lengua inglesa. Es evidente que quién está preparado para atribuir a los neandertales un nivel y una forma de inteligencia comparables a los nuestros también los cree capaces de idear un lenguaje acorde con las limitaciones y posibilidades de sus tractos vocales.

 

Igual de inconcebible es la afirmación de que los neandertales eran cazadores inexpertos («oportunistas», como los chimpancés cazadores, que explotaban las presas del entorno inmediato), mientras que el Homo sapiens es un planificador clarividente que sigue a sus víctimas, prevé sus movimientos y los vincula al paso de las estaciones y el estado del ecosistema. La validez de esta distinción parece improbable, puesto que varias clases de homínidos ya contaban con el aparato cognitivo necesario para practicar cazas planificadas (por no hablar de la tecnología adecuada representada por pedernales tallados con ingenio y por tiradores de lanzas(30)), mucho antes de que aparecieran los neandertales, con una cultura material, en otros sentidos, tan impresionante para la época. De manera más general, los detractores de los neandertales sostienen que



 

 

 

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su extinción se debió a que no se adaptaron y, sin embargo, colonizaron Europa hasta una latitud de 52º norte, un hábitat inhóspito incluso durante el periodo interglaciar en que se adentraron en él. Su retirada posterior de esas latitudes, cuando irrumpió la era glacial, y su sustitución por parte de nuestros ancestros, se explican mejor a partir de los ritmos de la glaciación (o el cambio climático, que hasta sobrepasó la capacidad de respuesta de aquella otra gente tan capaz de adaptarse), que mediante cualquier doctrina que apele a su inferioridad intrínseca.

 

Asimismo, suele decirse que los neandertales se autoexcluyeron del género humano por carecer de arte. Es cierto que dejaron pocas muestras artísticas conservadas, pero lo mismo le ocurrió a nuestros ancestros hasta fechas más o menos simultáneas al momento en que se extinguieron los neandertales. En cualquier caso, existe un yacimiento neandertal en Europa (la cueva del Reindeer en Arcy-sur-Cure) donde se han encontrado restos de collares de cuentas y marfil. Quienes desacreditan a los neandertales los atribuyen a la influencia del (o el comercio con) Homo sapiens pero, cuando menos, deben reconocer que evidencian la capacidad de los neandertales para compartir, si no crear, una cultura, lo cual fue considerado por la ortodoxia anterior una peculiaridad de nuestros propios ancestros. Este hallazgo también presenta gran riqueza de ocre rojo, una sustancia que se asocia normalmente con la pintura del cuerpo y que constituye la única evidencia de esta variante temprana de arte que, en caso contrario, sería altamente perecedera.

 

Quienes quieren excluir por completo a los neandertales de la comunidad humana, o relegarlos a una clase inferior del género humano, esgrimen que estaban menos capacitados, que tenían una cultura poco desarrollada, una inteligencia limitada, unas facultades racionales defectuosas y que su potencial para cruzarse con primates humanos estuvo viciado por incompatibilidades insalvables. La supervivencia de neandertales ancianos e inválidos no significa nada: una famosa mona llamada Mozu sobrevivió hasta una edad avanzada en los montes Shiga, pese a acusar una invalidez abominable, sin mucha ayuda por parte de su tribu. La extinción temprana de los neandertales suele considerarse prueba de su inferioridad, pero existieron durante trescientos mil años, mucho más de lo que ha durado el Homo sapiens hasta ahora o, por lo que se vislumbra hoy, de lo que parece capaz de durar en un futuro. Los lectores de este libro reconocerán lo que está en juego. Los paleoantropólogos



 

 

 

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actuales discuten sobre la naturaleza de los neandertales en unos términos que presentan un parecido asombroso (alarmante) con los de los debates del siglo XIX acerca de los negros.

 

La evidencia arroja una conclusión objetiva: que en el pasado hubo especies no humanas indistinguibles de los humanos desde un punto de vista moral: los neandertales (y muchos otros homínidos que contaron con todo lo que consideramos esencial del género humano). Esta conclusión crucial debe tenerse en cuenta a la hora de valorar si la especie Homo sapiens constituye una categoría moral coherente. Si podemos incluir otras especies de homínidos en nuestro ámbito de reconocimiento y admitir en ellas las cualidades fundamentales que nos atribuimos a nosotros mismos, ¿se les puede excluir de la misma categoría moral? Y, en caso de hacerlo, ¿estaría eso más justificado que la exclusión de otras razas? Estos interrogantes conducen a otro: ¿cuál es la diferencia moral, en caso de haberla, entre el racismo y el especificismo? La idea de coincidir con un neandertal quizá suene bien, es realmente fantástica pero, como hemos visto, entre los primates afines a los humanos hoy en día aún existen especies que plantean problemas similares.

 

La percepción de Prometeo de que los humanos, a pesar de su desdicha, tienen un atisbo de divinidad y no merecen morir, se puede extender ahora, a la luz del conocimiento actual, a los monos(31). Tal vez una respuesta adecuada consistiría en extender nuestras ideas hasta límites nuevos que incluyan a los monos en la misma comunidad moral que nosotros. Peter Singer ha dirigido una campaña en esta línea. Ya antes de convertirse en catedrático de bioética en el Centro de Valores Humanos de la Universidad de Princeton, era uno de los filósofos contemporáneos más leídos gracias a su defensa de los derechos animales, y a sus argumentos, de una franqueza que desarma, en favor de la eutanasia, el aborto y hasta del infanticidio. Fue uno de los primeros en declarar que las fronteras del género Homo debían ampliarse para incluir a los chimpancés. Es una propuesta perfectamente razonable. Entre nosotros y los chimpancés median unas diferencias genéticas lo bastante reducidas para justificarla, si se comparan con los criterios que aplican los taxonomistas para establecer los límites de otros géneros. Es más, como ya hemos visto, la superposición en cuanto a capacidades y comportamiento entre humanos y chimpancés aumenta a medida que progresa la investigación. Y, en el mundo de los homínidos fósiles existen razones, en cualquier caso



 

 

 

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imperativas, para redefinir el género porque, en la actualidad, reina un caos evidente que requiere una solución. Singer defiende, además, que a ciertos monos se les asignen algunos derechos; por supuesto, no todos, puesto que el derecho al voto, por ejemplo, es improbable que les interese, pero sí aquellos tipos de derechos que ejercerían los humanos con intereses y capacidades similares. Entre ellos se incluiría el derecho a vivir en paz, libres de expropiaciones de sus dominios o del sometimiento a capturas, torturas o experimentos que conlleven dolor o privación. Quienes son conscientes de todos los rasgos comunes vitales y mentales que nos unen a los primates no humanos, responden con entusiasmo a la propuesta de Singer. En cambio, hay dos motivos para dudar.

 

En primer lugar, es imposible elaborar un argumento coherente a favor de incorporar no humanos a nuestra comunidad moral sin excluir a algunos humanos. Si se extienden algunos derechos a los monos, obviamente no se debe a la especie en la que los clasificamos, sino porque evidencian unas características adecuadas. Si se aplicara la misma regla para determinar qué humanos deben disfrutar de ellos, habría que excluir a algunas personas que no cuentan con esas características. El propio Singer es sincero al respecto. Las criaturas que sienten dolor, deben protegerse de él; pero, en el caso de un humano tan inerte o comatoso o paralizado que no siente nada, el derecho a no sufrir dolor carece por completo de sentido. ¿Por qué debe tener derechos un humano en estado vegetativo, cuando una criatura apasionada, consciente de sí misma y reflexiva como un chimpancé o un bonobo se puede capturar, usar para probar fármacos nocivos o diseccionar para la ciencia? El concepto de derechos humanos se desmorona. Singer afirma que no encuentra ninguna razón para que los derechos se apliquen en exclusiva sobre la base de la clasificación dentro de la especie humana.

 

En segundo lugar, los derechos humanos, si es que son de verdad humanos, deben ser indivisibles, es decir, aplicables a todos los humanos. Si se aplican de manera selectiva, dejan de ser derechos para convertirse, en cierto sentido, en privilegios. Pero, si se aplican a todos los humanos, se comete una injusticia con los monos excluidos, cualificados (según pruebas imparciales) para disfrutar de algunos de ellos. Y si se extienden a otras especies, dejan de ser humanos. El proceso de la ampliación en la aplicación de los derechos, tal como reconoce Singer entusiasmado, sería interminable. Una vez que los monos accedieran a la comunidad moral con



 

 

 

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el argumento de que se parecen a los humanos, habría que enfrentarse a otra ampliación, esta vez a los primates en general, sobre la base de que se parecen a los anteriores, y así sucesivamente hasta llegar a las ostras de Bertrand Russell. Y, entonces, ¿qué? Nos meteríamos en un enredo parecido al del misionero de E. M. Forster al que sus interlocutores brahmanistas(32) convencieron de que no era aceptable limitar la gracia y la redención a los humanos, sino que también los monos debían «disfrutar de su parte colateral de dicha». Y, a continuación, los brahmanistas le plantearon: «Y, ¿qué nos dices de las naranjas, los cristales y el lodo?».

 

Podríamos admitir las superposiciones entre monos y humanos sin cometer el error de tratarlos como iguales, si extendemos a ellos algunos de los derechos humanos; pero la elasticidad implica un estiramiento en dos sentidos: más exclusiones, así como más inclusiones. Mientras que los monos son admitidos en nuestra comunidad moral por contar con rasgos casi humanos, los humanos carentes de las características calificativas de conciencia y capacidad sensitiva (como los bebés no nacidos, los moribundos o las personas con gran discapacidad cognitiva) pierden el derecho más básico de todos, el derecho a la vida. El caractericismo sustituye al especificismo. Los primates no humanos se librarían de la vivisección, pero los humanos no nacidos podrían usarse como piezas de repuesto. Esta conclusión es defendible desde un punto de vista lógico, pero ¿es sostenible desde un punto de vista moral, o tolerable desde una perspectiva humana?

 

Tal vez bastaría con dejar de preocuparnos por nuestra incapacidad para definir la naturaleza humana, y adoptar un altruismo cósmico que diera prioridad a otras especies. Sería saludable desde un punto de vista ecológico, pero no resultaría práctico: ninguna sociedad podría actuar con tanta abnegación y sobrevivir. También cabría probar a replantearse el concepto de género humano desde el principio, despedazando el largo registro existente sobre nuestros logros y borrando toda la sangre y los esfuerzos invertidos en hacernos un poco más humanos que nuestros predecesores. De todos modos quizás haya que iniciar ese replanteamiento. Si las tendencias actuales en filosofía y ciencia no nos obligan a ello, lo harán los avances futuros porque, ¿qué ocurrirá si la genética o la mecánica nos permiten crear seres dotados de una equivalencia moral a la humanidad, o programados para tener conciencia?



 

 

 

 

 

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Si los monos y los neandertales no nos instan a revisar el concepto de humanidad, tal vez lo hagan los ciberorganismos.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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¿FUTUROS POSTHUMANOS?

 

La humanidad en la era de la genética y la robótica

 

 

 

 

 

La eminente neurocientífica Susan Greenfield ha devuelto el debate a la actualidad en su último libro. En él esgrime que, como aún no entendemos qué es la conciencia, existe poco margen para especular acerca de la posibilidad de implantarla en robots. Las perspectivas previsibles (que bien pueden considerarse un peligro) son de otro tipo. Nuestro modo de ser humanos será distinto en un cuerpo modificado sin cesar mediante mejoras genéticas, en familias donde el sexo y la reproducción dejen de ir asociados, en una «realidad» que es «virtual», sumidos en relaciones tan cambiantes como un caleidoscopio y un entorno construido electrónicamente que se reelabore de manera constante de acuerdo con el estado de ánimo. Según Greenfield, la tecnología limará(33) la individualidad, al sustituir a la memoria y brindar experiencias artificiales. Perderemos el control del relato continuo de nuestras vidas, el sentido de lo que nos diferencia de los demás. El resultado será una deshumanización porque, según Greenfield, la «personalización» es lo que convierte el cerebro en mente y surge a consecuencia de acumular experiencias e interacciones. Regresaremos a una fase reptil de la evolución, a «ese estado de olvido sensorial carente de cualquier contenido cognitivo y privado de la conciencia de uno mismo». Se parecerá a los estados que ahora disfrutamos de manera esporádica, como la satisfacción aborregada o el aletargamiento del no pensar, es decir, los placeres de la ignorancia, el colocón y la teleadicción. Pero esos deleites sólo se saborean cuando ocurren de vez en cuando. «Con la estimulación incesante de conexiones

 

neuronales en configuraciones forzadas —escribe Greenfield— las nuevas tecnologías pueden poner en peligro la propia existencia de la naturaleza humana de modo permanente».

¿La individualidad erradicada por los ordenadores? ¿La humanidad reemplazada por una raza de sociópatas aislados con vidas vividas a través



 

 

 

 

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de otros? Lo más temible del futuro que augura Susan Greenfield es que no necesitaremos un Frankenstein o un doctor Moreau, ni la ingeniería genética, ni la inteligencia artificial para inaugurar una era posthumana. Ya va implícita en nuestra sed de autoinmersión en los sucedáneos de la realidad. Parecemos condenados a autotransformarnos en algo irreconocible como humano en los términos actuales. ¿Cómo podemos impedir este futuro y el resto de futuros posthumanos que la tecnología sostiene ante nuestros temores? Hay que enfrentarse a la previsión y la amenaza de la genética y la robótica.

 

 

EL CRISOL GENÉTICO

 

En las conferencias que dio en Dublín en 1944, Erwin Schrödinger especuló acerca del aspecto que tendría un gen. Predijo que se parecería a una cadena de unidades básicas conectadas entre sí como los elementos de un código. Entonces aún no se sabía que el ADN era un tipo de ácido. Schrödinger esperaba que se tratara de una especie de proteína, pero la idea que esbozó espoleó la búsqueda de los «bloques básicos constitutivos» de la vida. Cuando James Watson vio difractogramas de rayos X correspondientes al ADN, reparó (según contó él mismo) en que sería posible descubrir la estructura que Schrödinger había predicho. En Cambridge se unió al proyecto de Francis Crick y recibió gran ayuda por parte de un laboratorio asociado de Londres, donde el trabajo de Rosalind Franklin, que escribió críticas(34) vitales para las ideas incipientes de Crick y Watson, contribuyó a conformar la imagen de aquello a lo que en verdad se parecía el ADN. De hecho, el equipo de Cambridge se apropió del trabajo de Franklin sin su permiso y sin comunicarle lo que se estaba haciendo; no obstante, las dudas sobre si jugaron limpio no pueden restar importancia a los resultados. Llevó mucho tiempo que aquella importancia emergiera por completo y fuera revelando cada vez más el hecho de que los genes de códigos genéticos individuales eran responsables de ciertas enfermedades. La figura en forma de doble hélice en la que se enrosca la estructura molecular del ADN ha demostrado su poder hipnotizador: se ha convertido en uno de los iconos más poderosos, más reproducidos y mejor reconocidos al instante de nuestro tiempo. Las posibilidades que abrió su descubrimiento han ejercido un manifiesto efecto embriagador en los entusiastas tentados por la especulación de que los genes pueden responder



 

 

 

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de muchos, incluso de todos los tipos de comportamiento y regularse si se cambia el código. De forma similar, los códigos de otras especies se pueden modificar (y se están modificando) para lograr los resultados que convienen a los humanos: la producción de vegetales alimenticios de mayor tamaño, por ejemplo, o animales diseñados para rendir más, tener mejor sabor, o facilitar el embalaje(35) para consumo humano.

 

Los avances en la investigación de estos campos se han producido tan deprisa que han suscitado el fantasma de un mundo reelaborado, como por obra de Frankenstein o el doctor Moreau, con consecuencias imprevisibles. Ahora, la gente está capacitada para ejercer su máxima intervención en la evolución mediante una selección «artificial» que concuerde, no ya con lo que se adapte mejor al entorno, sino con lo que mejor encaje en el programa de maquinaciones humanas. Los «bebés a medida» ya se están creando en aquellos casos en que se pueden prevenir enfermedades de transmisión genética. La expectativa de que algunas sociedades quieran fabricar seres humanos en la línea de lo que prescribía la eugenesia en tiempos pasados es más que probable. Algunos visionarios de moral dudosa ya están hablando de un mundo sin enfermedades ni desviaciones.

 

Regresaremos a estos temores en un momento. Entretanto, la investigación genética nos está haciendo mucho bien: alerta a personas con predisposición genética a padecer ciertas enfermedades, permite buscar un tratamiento, tomar precauciones o actuar con la prudencia adecuada. Estudios futuros revelarán terapias nuevas, como la modificación de genes en quienes padezcan enfermedades de transmisión genética. La mayoría de estas intervenciones reportarán esperanza sin amenazas, sin desenterrar a Frankenstein ni crear monstruos posthumanos. Una de las primeras utilidades de descifrar el código del genoma humano es que revoluciona el concepto de lo que significa ser humanos, arrojando una luz nueva y deslumbrante. Por primera vez en la historia, ahora contamos con una definición de género humano viable (por ser cuantificable) desde el punto de vista científico. Los humanos son criaturas con un genoma definido de manera medible. Si su ADN difiere menos del 0,1% del de otras criaturas definidas como humanas en estos términos, entonces ha logrado la ambición que atribuimos a los monos(36): usted también es humano.

 

El problema estriba en que la investigación genética que aporta esta definición también desvela lo frágil y arbitraria que es la diferencia entre



 

 

 

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los humanos y otros animales. Compartimos casi el 95% del genoma con los chimpancés, poco menos de lo que compartimos entre nosotros. La diferencia que nos convierte en humanos apenas es significativa.

 

Una vía de escape para eludir el dilema consiste en abandonar por completo la búsqueda de una definición biológica y retomar la pista del capítulo 3, es decir, intentar definir la naturaleza humana en términos culturales. Es humano lo que se comporta como humano. La pertenencia a la comunidad es lo que cuenta. Sin embargo, esto podría revelarse como una doctrina muy perniciosa, porque las comunidades son variables. La trayectoria histórica del concepto de género humano, tal como ilustra este libro, ha supuesto una ampliación más o menos progresiva de dicha comunidad. ¿Habría sido correcto intentar detener el proceso en alguna ocasión y decir que se cierra el acceso a la comunidad humana? ¿Estaría bien hacerlo ahora? Podría aducirse que, al fin y al cabo, en la actualidad contamos con un entendimiento tan amplio, tan general, de lo que significa ser humanos que no se precisa más flexibilidad. En cambio, aún quedan ciertas categorías sin asimilar por el proceso, o en peligro de exclusión ya sea de la clasificación como humanos plenos, ya del disfrute de los «derechos humanos» correspondientes, o de ambas cosas. Como se ha visto, aún falta clasificar bien algunos grupos de homínidos y especies extintas de humanoides. La suerte de estas criaturas desaparecidas hace mucho tiempo puede considerarse una cuestión meramente teórica; pero también quedan por resolver cuestiones relacionadas con la categoría de un grupo considerable de seres humanos que aún se encuentran entre nosotros, los no nacidos. Interrogantes similares pueden extenderse a los enfermos terminales, las víctimas de coma profundo o de deficiencias mentales graves, los ancianos y los dementes, así como otras personas que se hallan a las puertas de la muerte.

 

La doctrina de que la naturaleza humana se define en términos sociales (que sólo «irrumpe» cuando nos relacionamos con otros humanos) se usa (y uno sospecha que hasta pudo concebirse o ser adoptada por sus defensores) para justificar el aborto o la inmolación de embriones humanos en beneficio de la experimentación científica. A todos los efectos razonables, los niños no nacidos deben contar como humanos porque, ¿a qué otra especie iban a pertenecer si no? Los humanos embrionarios son una forma de vida humana; en el estado actual del conocimiento, no hay modo de distinguir en qué momento se puede decir que la criatura de la



 

 

 

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matriz aún no está viva, o en qué momento posterior empieza a estarlo. En el mejor de los casos, sería equívoco, y en el peor, malévolo, idear una definición que excluya a los no nacidos o los relegue a una categoría inferior; y eso difícilmente resultaría más racional que (como han hecho otros justificadores de iniquidades en el pasado) concebir una definición que excluyera o relegara, por ejemplo, a los judíos o a los negros. Los no nacidos representan la gran minoría marginada que queda en nuestros días y a la que se puede exterminar sin escrúpulos. Es imposible justificar la hecatombe de fetos, la masacre de inocentes que se practica a diario en el mundo «desarrollado» actual, sin descartar la noción de género humano que hemos ido construyendo con tanto sufrimiento y tanta alegría a lo largo de la historia, y sin redefinir nuestra comunidad de iguales de algún otro modo: por ejemplo, la comunidad de quienes poseen cierto requisito postulado que en el contexto del debate sobre el aborto suele llamarse «carácter de persona».

 

Debo subrayar que mi concentración en el problema del aborto sólo pretende ilustrar la dificultad de mantener el concepto actual de género humano. No pretendo influir en el debate sobre las leyes que rigen el aborto ni alinearme con ningún grupo de presión. Por desgracia, sé que las leyes no están para servir a la justicia o la razón, ni a la lógica o la moral. En el proceso de elaboración de las leyes también cuentan consideraciones sobre conveniencia, costumbres, cultura y, en sociedades democráticas, consenso. Aunque me alegraría que hubiera leyes más estrictas sobre el aborto, no las defiendo; mi gozo estribaría en que tales leyes revelaran mayor sensibilidad y sabiduría en nuestra sociedad, no en que complicaran la vida de las mujeres obligadas a enfrentarse a embarazos no deseados. Tampoco pretendo criticar a quienes abortan ni a quienes lo aprueban, ni al personal médico y de enfermería que participa en las intervenciones. En todos los casos, sé que quienes practican abortos creen sinceramente que están ejerciendo una elección moral y que los niños no nacidos (o, al menos, en fases tempranas del desarrollo embrionario) no son humanos plenos, en el sentido de que no merecen participar por completo de los derechos humanos, porque no son personas, o «forman parte del cuerpo de la madre», o quedan excluidos de los derechos que tenemos todos los demás por la alegación de alguna otra deficiencia. La similitud entre estos argumentos y los empleados en el pasado para justificar la victimización de otros grupos humanos resulta escalofriante; y la sinceridad con que se



 

 

 

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exponen no garantiza su bondad. Sí suponen, no obstante, que no sería razonable ni correcto usar algunas de las acusaciones habituales entre los antiabortistas como las que tachan a los médicos de «asesinos». En las circunstancias actuales, la legislación contraria al aborto criminalizaría a gente con buena conciencia sin salvar la vida de todos los niños no nacidos. A largo plazo resultaría más efectivo un debate basado en la ciencia, la razón y la investigación sobre desarrollo embrionario. Esto fomentaría, cuando no resolvería, el debate sobre si existe algún momento después de la concepción que se pueda identificar con propiedad como el comienzo de la vida humana.

 

 

EL GENIO EGOÍSTA: FABRICACIÓN DE SUPERHUMANOS

 

El pintor de caballos de Shakespeare «superaba la realidad con sus acuarelas de corceles bien proporcionados». Era una época en la que todo artista era un idealista y no se conformaba con limitarse a copiar la naturaleza; los artistas tenían que superar la naturaleza para destacar. Pero esto supone una tentación todavía mayor para los científicos. Los experimentos para «perfeccionar» las especies surgidas de manera natural (modificarlas para adecuarlas a los propósitos humanos) cuentan con un mínimo de diez mil años de historia a sus espaldas. El primer gran desafío a la evolución que la humanidad superó con éxito sucedió cuando los agricultores y pastores empezaron a mejorar la selección natural mediante matanzas selectivas y cruces, una especie de «selección artificial» diseñada para crear animales más mansos o sabrosos que los surgidos por evolución, o cosechas más abundantes o de crecimiento más rápido. Entre los resultados figuraron algunas de las transformaciones más espectaculares jamás efectuadas por la ciencia. Así, por ejemplo, a partir de hierbajos indigeribles por el estómago humano surgieron los grandes alimentos esenciales del mundo: trigo, arroz, maíz, cebada y otros cereales. Zonas enteras del planeta otrora cubiertas por bosques, monte bajo y pantanos, acabaron dominadas por la geometría de campos y ciudades.

 

Las técnicas más avanzadas de hibridación dotaron a los expertos en la materia de poderes, en apariencia mágicos, para «mejorar» la naturaleza. El mayor mago vegetal de todos los tiempos fue, sin duda, Luther Burbank, cuyos experimentos sobre hibridación en la década de 1880 lo



 

 

 

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convirtieron en el doctor Frankenstein del mundo de las plantas. Se deleitaba con invenciones insólitas y vistosas como una mora blanca, una ciruela sin hueso, una fruta nueva que fuera mitad ciruela y mitad melocotón, una patata gigante y un total de mil especies nuevas. Era famoso por la prodigalidad de sus métodos que conllevaban el sacrificio de miles de híbridos inservibles. No sorprende que este modelo (de audacia de producción y voracidad de destrucción) se haya ensayado como técnica para perfeccionar a los humanos. El sueño de volver a crear a los humanos, lo cual mejoraría la obra de Dios, venía de lejos. Las propuestas de Platón para lograr una sociedad perfecta se basaban, en parte, en la afirmación de que estaría formada por individuos perfectos. Para ello, se fomentaría la reproducción entre los ciudadanos modélicos, mientras que los hijos de los lerdos y deformes serían exterminados para detener su procreación. Estas proposiciones repelentes resultaron de una observación habitual que probablemente ya tenía miles de años de antigüedad en la época de Platón: la importancia de la herencia, la cual gozaba de una aceptación generalizada mucho antes de que la teoría genética elaborara una explicación convincente de por qué, por ejemplo, algunos parecidos, habilidades, peculiaridades, enfermedades y deficiencias vienen de familia.

 

La idea de Platón quedó archivada durante muchos siglos. En cambio, en la Europa y la Norteamérica del siglo XIX revivió por influencia del racismo (que culpaba a las deficiencias de carácter heredables de la supuesta inferioridad de los no blancos) y de cierta forma de darwinismo que sugería que las supuestas ventajas de la selección natural podían mejorarse(37) con la intervención humana. En 1885, el primo de Darwin, sir Francis Galton, propuso lo que él llamó eugenesia: el perfeccionamiento de la especie humana mediante la eliminación de cualidades mentales y morales indeseables, lo cual sería posible mediante el control selectivo de la fertilidad. «Si en tomar medidas para perfeccionar la raza humana se invirtiera la vigésima parte del dinero y el esfuerzo que se dedica a mejorar la cría de caballos y ganado, ¡menuda galaxia de genios crearíamos!», escribió Galton en 1865. En un principio, quizá se tratara de un plan para una mejora universal, refrendada pocos años después por el propio Darwin, pese a las diferencias con su primo sobre detalles relacionados con las características heredables. Pero el racismo acabó dominando el debate y desvelando el programa de los



 

 

 

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eugenésicos. «La eugenesia coopera con […] la naturaleza —concluyó

 

Galton en 1904— asegurando que la humanidad esté representada, en un futuro, por las razas más capaces».

Un par de décadas después, estas ideas se convirtieron en una de las ortodoxias de la época. En los albores de la Rusia soviética y, durante el mismo periodo, en algunas partes de Estados Unidos, el derecho al matrimonio se le negó a las personas calificadas de manera oficial como débiles mentales, criminales e incluso, en algunos casos, alcohólicas. Hacia 1926, casi la mitad de los estados de Estados Unidos adoptaron la esterilización obligatoria de personas pertenecientes a alguna de dichas categorías. Pero la asimilación más entusiasta de las ideas eugenésicas se produjo en la Alemania nazi, donde esa lógica se llevó al clímax: el mejor método para contener la reproducción de la gente consiste en matarla. Todo el que perteneciera a alguna de las categorías que el Estado consideraba genéticamente inferiores, como la de los judíos, gitanos y homosexuales, estaba sujeto al exterminio. A la vez, Hitler intentó perfeccionar lo que él creyó que sería la «raza dominante» mediante la reproducción selectiva entre supuestas personas pertenecientes a la variedad física alemana «más pura». El Estado acumuló humanos altos, fuertes, rubios y de ojos azules como cobayas para cópulas experimentales. Los niños nacidos de aquellas uniones no se revelaron, en promedio, ni mejor ni peor cualificados que otras personas para practicar la ciudadanía, liderazgos o profesiones enérgicas.

 

Los excesos nazis restaron popularidad a la eugenesia durante generaciones, pero el concepto ha vuelto ahora bajo otra apariencia: se pueden producir individuos creados por «ingeniería genética». De hecho, «bancos de esperma» con semen donado por quienes poseen supuestos dones o talentos especiales han estado disponibles durante mucho tiempo para madres que busquen una fuente de inseminación genéticamente superior. Además, el aislamiento de genes concretos asociables a diversas características hereditarias ha posibilitado, en teoría, «filtrar» las características que se consideran indeseables del material genético que llega al bebé durante la concepción. En el presente, las consecuencias de todo esto son incalculables.

 

Entre ellas podría contarse el «futuro posthumano» predicho de forma independiente por intelectuales de opiniones encontradas. Brian Appleyard es un periodista de una erudición admirable y excepcional que ha librado



 

 

 

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una cruzada personal contra el cientificismo. Francis Fukuyama es un académico «interesado ante todo por la cultura y la economía», y uno de los portavoces más influyentes del mundo del capitalismo democrático y liberal. Pues bien, en sendos libros opuestos (el del primero, nervioso, interesante, angustiado; el del segundo, sosegado, juicioso, práctico) ambos reconocen la dificultad de «seguir siendo humanos en el futuro

 

genético». «La biotecnología —advierte Fukuyama— nos llevará, en cierto modo, a perder nuestra naturaleza humana […] y, lo que es peor, quizás experimentemos este cambio sin reparar en que hemos perdido algo de gran valor. Por tanto, es posible que emerjamos al otro lado de una gran separación entre la historia humana y la posthumana, sin percibir siquiera que la línea divisoria entre ambas se ha roto». Sospecho que es cierto porque, tal como demuestra este libro, no sabemos qué significa género humano; no sabemos qué nos hace humanos y, como es natural, no notaremos haberlo perdido.

Buena parte de la oposición a la investigación genética es ignorante, intolerante, sensacionalista, o se basa en afirmaciones e intereses partidistas. En 1995, una coalición de supuestos «líderes religiosos» convocados por los baptistas del sur de Estados Unidos, firmó una declaración en contra de patentar genes con el argumento de que pertenecen al verdadero creador: Dios. Fue una iniciativa loable, pero también irrisoria; patentar genes es un importante mal de nuestros días. Otorga a las grandes empresas un poder aplastante y excesivo en el mercado de los alimentos y las medicinas, mientras que nosotros necesitamos fomentar urgentemente las iniciativas más benignas para el medio ambiente, típicas de pequeños agricultores, productores artesanales y profesionales y cuidadores médicos individuales o a pequeña escala. Pero el argumento centrado en Dios suena a ignorancia teológica (toda la creación pertenece a Dios, pero eso no impide que algunos de nosotros «poseamos» parte de ella), y casi fanática. Precisamos razones seculares para convencer a la gente laica de la necesidad de controlar los efectos de la revolución genética.


Es difícil separar los argumentos de los sentimientos que infunde el tema. Uno de los iconos más poderosos generados por la ingeniería genética es la famosa fotografía de un ratón al que le sale una oreja humana del lomo. Ya existe un macaco de la India(38) que porta genes de medusa en todas las células del cuerpo. Ahora pueden crearse aquellos



 

 

 

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monstruos ilusorios de las leyendas que se incluyeron sin necesidad en las taxonomías de la naturaleza de los sabios medievales: criaturas mutantes montadas como hombres Lego a partir de piezas de repuesto de laboratorio. Sin embargo, en el futuro imaginado por Francis Fukuyama, los posthumanos no serán monstruos físicos, sino que combinarán características de personalidad, aptitudes y disposiciones bien mezcladas. Recurriendo a una metáfora sin duda inspirada por el ratón con la oreja en el lomo, Fukuyama escribe: «La biotecnología plantea, como cuestión última, qué sucederá con los derechos políticos» cuando, en efecto, podamos «procrear con gente que porte sillas a la espalda, o botas y espuelas». Fukuyama señala que ya usamos fármacos para refinar la personalidad de la gente que consideramos molesta, o desagradable o difícil de controlar, o para realzar las capacidades (aguante, potencia sexual, capacidad de vigilia, resistencia al estrés) de quienes pueden permitirse pagarlos. Es prácticamente inconcebible que la ingeniería genética no se vaya a explotar con fines semejantes.

 

Asimismo, pasará a formar parte del arsenal con el que combatimos la inmortalidad(39). El deseo obsesivo de alargarnos la vida causa extrañeza cuando tantas de ellas están vacías, o llenas de comodidades o compensaciones engañosas. Pero la tentación de limitar o regular los procesos de envejecimiento es intensa. Resulta increíble que la ciencia prescinda de cualquier oportunidad para vender una existencia prolongada a clientes dispuestos a pagarla. La biotecnología nos ayudará a cumplir la pesadilla de Marcel Ainé. En La carte, el relato corto surrealista que escribió durante la guerra, el rico acapara las cartillas de racionamiento que asignan tiempo a las personas.

 

Al igual que la inmortalidad, la infertilidad constituye otra de las obsesiones de estos tiempos: ambas sirven de base a experimentos de clonación humana. La infertilidad es una de las numerosas aflicciones recuperadas en sociedades cada vez menos habituadas a la frustración. Se trata de una condición normal afrontada por quienes la padecieron en el pasado, pero que ahora parece intolerable a quienes la sufren. El derecho a tener una familia no significa, como es obvio, que todo el que quiera tener hijos tenga que tenerlos, sino tan sólo que los gobiernos no deben prohibírselo, tal como ha sucedido en algunos países mediante programas obligatorios de esterilización o leyes que proscriben la procreación. En cualquier caso, la clonación humana parece un método rebuscado para



 

 

 

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combatir la infertilidad, que conlleva riesgos innecesarios, puesto que los procedimientos ya existentes son tan efectivos que la tecnología de clonación resulta supererogatoria(40). La OMS, la UNESCO y el Parlamento Europeo han realizado declaraciones explícitas de condena a la clonación humana por considerarla inmoral. Muchos países la han prohibido. Las iniciativas más prometedoras o amenazantes se encuentran en el sector privado, y no siempre proceden de fuentes acreditadas. Unos días después del día de Navidad del año 2002, una ola de publicidad emitió reivindicaciones(41) no probadas de que una empresa privada había clonado varias veces niños humanos. El apoyo financiero provenía de una secta que sostiene que la raza humana fue creada por extraterrestres que visitaron la Tierra. Está claro que se puede desarrollar la tecnología necesaria (varias clínicas y empresas se han lanzado a perfeccionarla); pero la disponibilidad de tratamientos alternativos, la omnipresencia de la inquietud moral y la mácula de asociarse con grupos extraños al límite de lo irracional tornan improbable que se use de forma generalizada para combatir la infertilidad.

 

La clonación con fines terapéuticos es otra cosa. Implica la producción de embriones para escudriñarlos en busca de células útiles. La ética de esta práctica (cultivar vidas humanas para conseguir repuestos de ciertas partes del cuerpo) es repulsiva pero, al menos de momento, la mayoría de los gobiernos han manifestado escasa inquietud al respecto. Sabemos que se pueden obtener ratones de diseño mediante la adición o la sustracción de genes a las células embrionarias. En casos relacionados con el síndrome de inmunodeficiencia combinado(42), se ha aplicado el mismo método a embriones humanos. La investigación genética supondrá un gran desafío para el curso de la evolución, aun cuando no siguieran progresando las intervenciones positivas para modificar el cuadro genético de los seres humanos. Una mujer puede seleccionar y escoger los especímenes más perfectos (o los que más le gusten) de cuantos embriones quiera producir. El resto se puede destruir. Esto ya se practica de manera habitual para tratar la fibrosis pulmonar, que va asociada a un solo gen, y otra serie de afecciones como la esclerosis múltiple, una variedad de cáncer intestinal, la retinitis pigmentosa, que causa ceguera, y la enfermedad de Tay-Sachs, que ataca al sistema nervioso central. En un caso célebre ocurrido el año 2000, una mujer de Saint Paul tuvo un hijo llamado Adam cuya disposición genética a padecer anemia se corrigió mediante la selección de



 

 

 

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embriones, de modo que éste pudo ceder a su hermana células de repuesto de su propio cuerpo. En el momento en que escribo estas líneas, mayo de 2003, los tribunales del Reino Unido han autorizado la propuesta de una intervención similar en Inglaterra. Las enfermedades dependientes de un solo gen son muy raras pero, a medida que se desarrolle la tecnología, todas las enfermedades hereditarias podrán tratarse por métodos similares. El siguiente paso, cuyo advenimiento parece inevitable, consistirá en tratar enfermedades con algún componente genético. En efecto, esto conducirá a destruir embriones por el mero hecho de que puedan desarrollar enfermedades que, por lo común, podrían controlarse perfectamente mediante terapias convencionales, incluidos remedios tan simples como una dieta. Sin duda, son remedios que matan. Hoy por hoy, no se sabe si resultará una especie más sana: el ADN recodificado puede acarrear efectos secundarios; los especímenes clonados de criaturas no humanas han tenido historiales clínicos irregulares.

 

La última vez que los gobiernos creyeron contar con una oportunidad para «perfeccionar» a las personas mediante la reproducción de rasgos hereditarios, se desarrollaron programas eugenésicos promovidos por el Estado para esterilizar a los «imbéciles» y, por último, en algunos países, se llegó al exterminio de los «indeseables». Esta vez, en cambio, la «nueva eugenesia» (según quienes defienden un mercado genético libre) será completamente benigna. No tardarán en desaparecer los trastornos causados por un solo gen, o los provocados por un número limitado de genes identificables. Seremos más libres porque ya no estaremos condenados a padecer determinadas enfermedades por predisposición genética, y no habrá que pasarse la vida luchando contra ellas. La gente que, en caso contrario, moriría de colesterol, podrá comer lo que quiera. Los vulnerables al cáncer, podrán fumar. La inquietud y la depresión que afligen a la sociedad moderna quedará aliviada cuando la gente se libere de la preocupación de la salud. Los genes responsables de trastornos mentales más serios se podrán localizar y destruir. Sin embargo, el desasosiego por las implicaciones de todo esto para el futuro del género humano no se basan tanto en la manipulación para mejorar la salud como en aquella que modifica el carácter y las habilidades; es decir, la «amenaza» de los «niños de diseño».

 

En principio, los genes de personalidad son una hipótesis creíble. Existe un gen muy raro que aumenta el apetito. Hay otro que protege a la



 

 

 

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gente del alcoholismo de manera eficaz. La búsqueda del «gen de la inteligencia» probablemente sea inútil, pero Princeton y los laboratorios del MIT aplicaron el perfeccionamiento genético en 1999 para crear un «superratón» llamado Doogie que obtuvo resultados mucho mejores que otros ratones en pruebas de memoria y adaptación. Otros genes parecen afectar al mal humor, la tendencia a la ansiedad y la propensión a desórdenes mentales serios, incluidas las disposiciones maníaco-depresivas y esquizofrénicas. El «gen criminal» no es una fantasía. En 1991 se recurrió una condena criminal (un asesinato cometido durante un robo) con el argumento de que el acusado provenía de una familia con un historial antisocial y, por tanto, cabía suponer que fuera víctima de una afección hereditaria y, tal vez, incurable. En 1993 se estudió, en Nimega, a una familia local propensa a cometer crímenes muy violentos. Todos los hombres de la familia padecían retraso mental; todos se mostraban violentos al enojarse; entre los delitos cometidos se contaban actitudes amenazantes, violación, apuñalamiento, intento de asesinato y actos incendiarios. También compartían una anomalía genética que los hacía liberar grandes dosis de adrenalina. Sin embargo, otros miembros de la familia que habían heredado los mismos genes eran capaces de mantener comportamientos normales y productivos para la sociedad. De hecho, uno de ellos estaba felizmente casado y tenía un trabajo estable. Es cierto que algunas personas heredan una mutación genética que causa la liberación de niveles excesivos de adrenalina; y ya conocemos el efecto, la adrenalina es el lubricante natural para el combate.

 

Según determinado punto de vista, las perspectivas que abren estos hechos no resultan más preocupantes que la mejora futura de la salud por medios genéticos. Aseguran que el ambiente político de la nueva eugenesia será liberal. La humanidad perfeccionada por métodos genéticos será distinta a la perfeccionada por vías eugenésicas, porque no habrá perdedores o, al menos, serán pocos, aparte de los no nacidos sacrificados para la experimentación y las poquísimas víctimas previstas de remedios fallidos o de modificaciones que salgan mal. Las maldades de la vieja eugenesia surgieron de la intervención de los Estados con sus planes uniformistas. La capacidad de establecer elecciones individuales perpetuará la diversidad e imposibilitará los abusos genocidas por parte de la tecnología. Suena demasiado optimista. Uno de los peligros de la revolución de la modificación genética estriba, precisamente, en la



 

 

 

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amenaza que supone para la libertad. Al final, la modificación genética tendrá que convertirse en monopolio del Estado. La competencia individual negaría sus efectos porque, si se dejara a expensas de las fuerzas del mercado, los ricos podrían comprar los mejores genes y crear la «superclase genética» de Fukuyama, con lo que se suprimirían los efectos igualadores de la lotería de la vida. Estaríamos condenados a vivir en un sistema de castas. Si, como dice Francis Crick, «casi todos los aspectos de la vida se fabrican a un nivel molecular», la moralidad quedará apartada de la mente. Cuantos más genes predispongan el comportamiento, menos responsable será el individuo de sus logros, delitos, locuras, virtudes y vicios.

 

De acuerdo con una afirmación popular, el poder de los genes ha resuelto una de las controversias científicas más significativas de la historia reciente, significativa en cuanto a impacto directo en la vida cotidiana. A saber, el debate sobre si «nacemos o nos hacemos(43)»: el conflicto entre quienes creen que el carácter y las capacidades se heredan en su mayor parte y, por tanto, no se pueden modificar mediante «ingenierías sociales», y quienes consideran que esas cualidades se adquieren a través de la experiencia y que, en consecuencia, los cambios sociales pueden mejorar las cualidades morales del individuo y los logros colectivos. En términos generales, se trata de un conflicto entre la derecha y la izquierda, entre quienes defienden el radicalismo social y quienes se niegan a empeorar las cosas mediante intentos irreflexivos de mejora. La controversia cristalizó a finales de la década de 1960 con los informes rivales de Arthur Jensen de Berkeley, que afirmaba que el 80% del cociente intelectual es hereditario (y, de paso, que los negros son genéticamente inferiores a los blancos), y el de Christopher Jencks y otros de Harvard, que también recurrían a las estadísticas del cociente intelectual pero para defender lo contrario. La misma tesis, apoyada en el mismo tipo de datos, continuaba vigente en la década de 1990 cuando Richard J. Herrnstein y Charles Murray publicaron The Bell Curve, donde sostenían que la sociedad cuenta con una «elite cognitiva» hereditaria y una «clase marginal» (representada en una medida muy desproporcionada por negros). Los autores auguraban un futuro de lucha de clases cognitiva.

 

Aunque la «prueba» del cociente intelectual apenas resultara convincente, esta suerte de inquietudes se nutrió de la investigación genética, que pareció confirmar que heredamos una fracción del carácter



 

 

 

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mayor de lo que se había supuesto tradicionalmente. Entretanto, la sociobiología, una «síntesis nueva» concebida por el ingenioso entomólogo de Harvard Edward O. Wilson, creó con rapidez un sector científico favorable a la idea de que las diferencias entre sociedades vienen determinadas por necesidades evolutivas y que las sociedades se pueden clasificar en función de ello. La mayoría de la gente conservó en la memoria dos convicciones esenciales: que los individuos se hacen y que vale la pena mejorar la sociedad. Sin embargo, el poder de los genes amenaza con anular la confianza en nuestra libertad para acabar con las diferencias entre individuos y sociedades, lo cual estimula el conservadurismo predominante a comienzos del siglo XXI. Incluso la psiquiatría, disciplina que durante casi todo el siglo XX forjó el convencimiento de que la experiencia modela la personalidad, ha perdido confianza en nuestra capacidad para llegar a la mente si no es a través de fármacos. Ahora está de moda la «psicología evolutiva», que enfatiza el papel de los genes. Durante el siglo XX, la afirmación de que gran parte de la motivación humana es subconsciente cuestionó (y de manera positiva) las nociones tradicionales de responsabilidad, identidad, personalidad, conciencia y mentalidad. Las objeciones actuales las plantea la genética.

 

La genética también invalida el existencialismo, el modo característico en que la gente de mi generación, formada en las décadas de 1950 y 1960, se planteaba qué significa ser humanos, aceptando la existencia desde el nacimiento hasta la muerte como nuestro único aspecto inmutable, y asumiendo la vida como un proyecto de autorrealización para «convertirse en», de manera que quiénes somos va cambiando a medida que el proyecto se desarrolla. Dijo Jean-Paul Sartre que «el hombre es una mera situación» o «nada más que lo que hace de sí mismo […] el ser que se abalanza sobre un futuro y tiene conciencia para imaginar cómo será en el futuro». Para Sartre, el modelado de uno mismo no depende únicamente de elecciones individuales, porque cada acción individual es «un acto ejemplar», una declaración sobre la humanidad, sobre la clase de especie que cada cual quiere que seamos. Pero no existe un modo objetivo de explicar esa declaración. Dios no existe, todo está permitido y, «en consecuencia, el hombre está desamparado, sin nada a lo que asirse. […] Si la existencia precede realmente a la esencia, nada se puede explicar haciendo referencia a una naturaleza humana […] fija. En otras palabras, el determinismo no



 

 

 

 

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existe, el hombre es libre, el hombre es libertad». Esto casi se convirtió en la ortodoxia de una generación rebelde contra cualquier otra ortodoxia. Ahora parece carecer de valor para afrontar el aprieto de ser humanos.

 

Entretanto, ha surgido una paradoja más profunda: la revolución genética ya está alterando la idea de lo que significa ser humanos y, mientras vagamos, nos empuja hacia una concepción materialista de nosotros mismos. Según Francis Crick, el codescubridor de la relevancia(44) de la doble hélice, «el alma se ha desvanecido junto a gran parte de la metafísica». Es cierto que el alma se ha desvanecido de la noción que tiene mucha gente de sí misma. Esto se debe en parte a prejuicios alimentados por la ciencia, que tiende a privilegiar el materialismo porque sólo la materia es cuantificable y perceptible a través de los sentidos. Cierta tendencia filosófica ha eliminado la mente de nuestro léxico y nos hemos quedado con un cerebro sin mente. La investigación neurológica favorece cada vez más que el pensamiento se vea como un proceso de activación de sinapsis y liberación de proteínas, materia pulverizándose contra materia. Las dudas sobre el «dualismo mente-cuerpo» las respondió a la perfección un aforista de la revista Punch en 1855: «What is mind? No matter. What is matter? Never mind[1]». La cuestión que surge ahora es ¿somos genes o genios? ¿Hay un genio en nuestra botella?

 

La convicción de que el yo es, en cierto sentido, espiritual tiene una capacidad extraordinaria para recuperarse(45) si se tiene en cuenta lo extraña que le resulta al sentido común. El espíritu no se puede probar, pero la percepción del mismo es demasiado intensa y generalizada para descartarlo. No sabemos qué haremos en el futuro sin él porque no contamos con registros ni recuerdos de un pasado en el que se prescindiera de este concepto. El desencanto(46) de la vida puede conducir al desencanto con la vida. El imaginativo descubrimiento de que la vida está animada por el espíritu probablemente constituyó una de las primeras ideas de nuestros ancestros. La gente que la rechaza la califica de «primitiva», pero es bien profunda. Sólo una mente ágil puede llegar a ella. Seguramente, el materialismo representó la primera filosofía, el primitivismo auténtico. El abandono del espíritu implicará la vuelta al mundo mental que se atribuye a los australopitecos o incluso a criaturas anteriores. El futuro posthumano tal vez cuente con una tecnología



 

 

 

 

 

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sofisticada, pero, en cierto sentido, es probable que se parezca al pasado prehumano.

 

Si la «mente» es un simple término extravagante para nombrar el «cerebro» o si el alma (tal como bromeó Carlyle) «es un tipo de estómago» son cuestiones relacionadas con una realidad material: materia viva; no obstante, según una objeción igual de perspicaz, las mentes ni siquiera precisan ser orgánicas, pueden ser meramente mecánicas. El estudio de la inteligencia artificial ha reforzado esa sospecha. Si una máquina pudiera reproducir de manera satisfactoria el pensamiento humano, quedaría demostrada la naturaleza mecánica de la inteligencia. O bien, la máquina tendría que clasificarse como humana por estar dotada de la misma inspiración que nosotros. Al igual que los avances en investigación genética, esta hipótesis ha amenazado con revivir el temor al mito de Frankenstein. Sin duda, las máquinas inteligentes burlarán a los humanos. Quizá consigan replicarse sin nuestra ayuda. Podrían convertirse en el siguiente paso evolutivo. Todos nuestros pensamientos podrían copiarse, como entre ordenadores, y la inmortalidad que la clonación tal vez no logre, podría conseguirse con la tecnología de la información. Pero, en realidad, es probable que la inteligencia humana no sea fundamentalmente mecánica porque la «máquina» humana lleva un fantasma en su interior, mientras que los ordenadores se limitan a «casi pensar» dentro de sistemas formales y cerrados. Salvo para aquellos entregados de manera perjudicial(47) a una definición mecanicista del pensamiento, no hay modo fiable de demostrar que una máquina piensa como una criatura viva. (Alan Turing ideó una famosa prueba para ello: ¿se puede afirmar, a partir de una conversación, que el interlocutor es una máquina? Pero se trata de una falacia, porque una máquina podría aplicar pautas conversacionales sin entender lo que estuviera diciendo). Por otro lado, los ordenadores pueden, efectivamente ensanchar las mentes e imprimirles cambios que sólo ahora empezamos a indagar. Han revolucionado el mundo en compañía de la microtecnología, que convirtió en viables los pequeños ordenadores (los primeros ejemplares construidos en Manchester y Harvard tenían el tamaño de pequeños salones de baile) y de la tecnología de las telecomunicaciones, que permitió conectar los ordenadores a líneas telefónicas, y a través de señales de radio, de manera que puedan intercambiar datos. A comienzos del siglo XXI, se ha vuelto posible reimaginar de verdad el mundo como una «aldea global» donde



 

 

 

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cada parte del orbe puede contactar prácticamente al instante con cualquier otra. Esto ha supuesto un desastre y, a la vez, una oportunidad: «el exceso de información» ha inundado las mentes y, tal vez, embotado a toda una generación; pero Internet ha multiplicado el trabajo útil, difundido el conocimiento y proporcionado libertad. En el ciberespacio se está forjando una nueva psicología. Aunque las máquinas inteligentes puedan parecernos héroes de ciencia ficción poco convincentes, el impacto de la revolución de las tecnologías de la información en nuestra manera de pensar y, por tanto, a fortiori, en el concepto que tenemos de nosotros mismos no ha hecho más que comenzar. Su trayectoria futura es incalculable.

 

Existen dos vías para eludir la crudeza de suponer que tenemos que renunciar a nuestros sueños de libertad y aceptar que somos lo que otrora pensamos de otros animales: autómatas o bestias sin alma. La primera consiste en reparar en que el dilema es falso; quizá seamos producto de la evolución y prisioneros de nuestros genes, pero eso no nos priva de libertad. Aún nos reformamos mediante experiencias que dotamos de sentido. La segunda vía pasa por volver a autoclasificarnos como parte de la naturaleza, pero de una naturaleza llena de encanto y en la que nada vivo es meramente bestial.

 

La mayor amenaza de la genética no es que cambie al género humano, sino que cambie la vida, de la que la humanidad constituye una parte insignificante y efímera. No conocemos el significado de estar vivo mejor que el de ser humanos, aunque poseemos cierta noción de en qué consiste a partir de la experiencia que tenemos de ello. Significa sufrir y sentir sufrimiento, y sentir tristeza y pena y culpa y dolor, y conocer la bondad y el amor y el disfrute y la paz por el simple hecho de que también experimentamos la pérdida y la ausencia, y lo contrario de todo ello. No debe sorprender que nos planteemos la naturaleza humana: ya sea gracias a Eva, ya sea gracias a la evolución, forma parte de la cuestión. Y, sea lo que sea la naturaleza humana, los dilemas y los desencantos se cuentan entre lo que resulta de ella.

 

 

LA NECESIDAD DE UN REPLANTEAMIENTO

 

Tenemos que enfrentarnos a replanteamientos del concepto de género humano y, cuando sean válidos, afrontar las consecuencias de algunos de



 

 

 

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nuestros conceptos más preciados, como los derechos humanos, la dignidad humana y la vida humana, nociones por las que hace poco empezamos a reestructurar Estados, reformar leyes y librar guerras. Tal vez podamos probar a desarrollar una nueva descripción de acuerdo con las líneas propuestas por Justin Stagl. Éste sugirió que el género humano se definiera de manera dinámica, como una combinación de características en combinaciones cambiantes, capaces de variar con el tiempo sin perder contacto con la tradición, y entre las que se incluye, como aspecto más relevante, una «herencia biológica» de instintos y reflejos poco desarrollados que tornan a los humanos susceptibles de cambio o, lo que es lo mismo, nuestro patrimonio de transformación «desde un ser determinado por la biología hasta otro determinado por lo sociocultural» para el que la cultura se ha vuelto natural y que, en cierto sentido, puede medirse a partir de nuestra diversidad de culturas; y, sobre todo, nuestro «potencial utópico», esta vocación de trascender a nuestros errores y defectos, «de esforzarnos por alcanzar metas superhumanas y evitar las inhumanas». La naturaleza humana quizás esté inmersa en el continuo animal pero, al menos, sólo nosotros tenemos la sensación de contar con una «naturaleza mejor».

 

Aún no hay acuerdo sobre qué es la «naturaleza humana», aquello que es común y exclusivo de las criaturas que reconocemos como humanas por encima de las características triviales o transitorias de la fisiología o la cultura y generadas casualmente por la historia o la evolución. La naturaleza humana, si es apropiado hablar de semejante cosa, no es fija, ha cambiado en el pasado y podría volver a cambiar. Su continuidad con la naturaleza de otros animales forma parte de su fluidez. Somos como el resto de la vida y, sólo en algunos aspectos, algo más: algo más en cuanto a capacidad para desarrollar una cultura y alterar nuestros hábitos de vida; algo más en cuanto a ciertas habilidades y ciertas debilidades, en cuanto a capacidad para la bondad y para la maldad. Cuánto más tendrá que cambiar nuestra naturaleza antes de que nuestros descendientes dejen de ser humanos representa un interrogante que aún no estamos preparados para responder. En este sentido, se parece a la pregunta de en qué momento de la evolución pasaron a ser humanos nuestros ancestros, la cual resulta asimismo incontestable en el estado actual del pensamiento y el conocimiento humanos.



 

 

 

 

 

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La afirmación de que los humanos somos los únicos racionales, intelectuales, espirituales, conscientes de nosotros mismos, morales o divinos parece un mito, un dogma al que nos aferramos desafiando las pruebas. Pero necesitamos mitos para hacer soportables nuestros dilemas irresolutos. Sin embargo, las reivindicaciones sobre nuestra naturaleza son algo más: no se reducen a mitos, también reflejan aspiraciones que aguardan a volverse reales. Desde el punto de vista de las esperanzas utópicas que identifica Justin Stagl, en realidad somos bestias. Pero esas visiones de autoelevación a una categoría realmente distinta, al nivel de los ángeles, dioses o superhéroes de los tebeos, nos dotan de una preciada insatisfacción con nosotros mismos a partir de la que trabajar para mejorar(48). Si fuéramos unos mitoclastas a ultranza, haríamos añicos nuestros derechos humanos y empezaríamos de nuevo: nos replantearíamos a qué nos referimos con vida humana y con dignidad humana. De momento, si queremos seguir creyéndonos humanos y justificando la categoría especial que nos atribuimos, es más, si queremos seguir siendo humanos a pesar de los cambios que se avecinan, mejor haremos conservando el mito y procurando vivir de acuerdo con él.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Ilustraciones



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Lista de láminas

 

 

 

1 Charles Laughton como el doctor Moreau . Paramount/The Kobal Collection

 

2 El chimpancé Congo

 

. Michael Lyster/ZSL

 

Sin título, de Rosemarie Trockel, 1984

 

. Statens Museum for Kunst, Copenhagen. © DACS 2003

 

Disfraces de chamanes, de Paul Kane

 

. Royal Ontario Museum, Toronto/Bridgeman Art Library

 

5 Pinturas de la cueva Les Trois Fréres, Ariéges.

 

. Archives Charmet/Bridgeman Art Library 6 Plancha de plata repujada.

 

.   Nationalmuseet, Copenhagen. Fotografía de Niels Elswing

 

Utriusque Cosmi Historia, de Robert Fludd . The Art Archive/Dagli Orti

 

8 Caricatura de Charles Darwin

 

. Natural History Museum,London/Bridgeman Art Library

 

La flauta mágica, 1791

 

. The Art Archive/Mozart Apartment, Vienna/Dagli Orti

 

El simio como artista

 

0 Louvre, Paris/Bridgeman Art Library

.

 

1 El dios mono Ozomatli

 

1 The Art Archive/Biblioteca Nacional de México/Mireille Vautier

 

.

 

1 Hanuman, el rey de los monos

 

2 Dinodia Picture Agency, Bombay/Bridgeman Art Library

.

 

1 Mapamundi de Sebastiano Caboto de 1544

 

3



 

 

 

 

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.

 

1 Saartje Baartmann

 

4 Wellcome Library, Londres

.

 

1 Dibujo anatómico de Petrus Camper 5 Wellcome Library, Londres .

 

1 Tipos criminales de Cesare Lombroso

 

6 Bibliothéque   Nationale/Archives   Charmet/Bridgeman  Art

. Library

 

1 Dibujo del anatomista Charles White (1728-1813) 7 Wellcome Library, Londres .

 

1 Dibujos de cráneos y chimpancés

 

8 Wellcome Library, Londres

.

 

1 Hombres salvajes a caballo

 

9 The Art Archive/The Bodleian Library Oxford

.

 

2 El salvaje

 

0 The Art Archive/The Bodleian Library Oxford

.

 

2 Grabados de caníbales de De Bry

 

1 The Art Archive/Biblioteca Nazionale Marciana, Venice/Dagli

 

. Orti

 

2 Relato de Jan Mostaert del enfrentamiento con conquistadores

 

2 españoles, pintado en la década de 1540

.   Frans Hals Museum, Haarlem/fotografía de Beeldende Kunst, Tom Haartsen.

 

2 Métodos aztecas para la preparación de novicios. 3 The Art Archive/The Bodleian Library Oxford .

 

2 Ilustración que acompaña la descripción de Lahontan de los ritos

 

4 de cortejo entre los hurones

.

 

Omai, por William Hodges

 

5 © National Maritime Museum Londres



 

 

 

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.

 

2 «Pedro el salvaje».

 

6 Wellcome Library, Londres

.

 

2 La antropóloga Margaret Mead

 

7

.

 

2 Fotografía de una mujer tomada por el antropólogo de Harvard

 

8 Louis Agassiz

. Peabody Museum, foto N34 758 de la Universidad de Harvard

 

2 Inteligencia y estatus

 

9 Gráfica basada en un diagrama extraído de The Bell Curve:

 

.   Intelligence and Class Structure in American Life (1994), de Richard Herrnstein y Charles Murray

 

Niño con un código de barras

 

0 Victor Habbick Visions/Science Photo Library

.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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1.  Charles Laughton en el papel de doctor Moreau, con uno de los especímenes casi humanos que creó por vivisección en la primera versión cinematográfica (1932) de la novela de H. G. Wells: «Tomé un gorila […] y […] cuando terminé lo consideré un auténtico ejemplar de tipo negroide». Los experimentos de Moreau fracasaron porque «la terca carne de bestia» se reafirmó en sí misma. En la última versión cinematográfica (con Marlon Brando, en 1996), el doctor usa ingeniería genética.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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2.  El chimpancé Congo en Men and Apes, de Ramona y Desmond Morris. Como muchos monos y primates no humanos dibujan y pintan sin necesidad de animarlos ni recompensarlos, Morris afirmaba que realizan «arte por amor al arte». Congo hizo 384 pinturas en tres años y solía trabajar alrededor de media hora cada vez antes de aburrirse.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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3.  La artista conceptual alemana Rosemarie Trockel representa monos con la costumbre humana de captar el mundo imitándolo. En la obra Sin título (1984), de la mente del mono parecen salir bailarinas como seres imaginarios o aspiraciones, en alusión a un concepto conocido en muchas culturas: somos los monos que ansían ser humanos.



 

 

 

 

 

 

 

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4.  Para encontrar temas para su arte, Paul Kane exploró el oeste canadiense en busca de material etnográfico sobre los nativos en 1846-1848. Era un romántico inveterado que copiaba composiciones de Rafael y rostros de Reynolds, pero también documentaba atuendos con rigor, entre ellos, los disfraces chamanísticos.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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5.  Una de las representaciones más tempranas del chamanismo apareció en una pintura rupestre de hace unos veinte mil años, durante el periodo oscuro y sobrecogedor de la última gran glaciación planetaria, en la cueva de Les Trois Frères, Ariège. El contexto de la pintura sugiere una escena de caza. La figura disfrazada se halla ante la presa en una posición frente a frente que evoca una lucha entre poderes.



 

 

 

 

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6.  En numerosos repujados de plata del siglo IV a. C. procedentes del norte de Bulgaria, el antiguo «amo de los animales» manifiesta una benevolencia y un control mágicos sobre animales y monstruos.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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7.  En la obra Utriusque Cosmi Historia, un estudio de las supuestas correspondencias entre el hombre y el cosmos, el hermetista Robert Fludd (1574-1683) muestra al hombre ascendiendo desde una actitud simiesca hacia el entendimiento divino para dominar la profecía, la geomancia, la nemotécnica, la lectura del horóscopo, la fisiognómica, la quiromancia y la piramidología.



 

 

 

 

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8.  Esta compleja caricatura de 1861 compara a Darwin no sólo con un mono, sino también con Boyet, el intermediario de discurso afable que fracasa como casamentero en Love’s Labour’s Lost. Al sostener el espejo ante el mono, Darwin reproduce un gesto tradicional de vanidad.



 

 

 

 

 

 

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9.  En la representación original de La flauta mágica en 1791, entre las criaturas salvajes domesticadas por la flauta de Tamino figuraban sirvientes simios del maligno negro con priapismo Monostatos, que intentaba forzar a Pamina.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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10.  El mono como artista fue un tema muy común entre los pintores del siglo dieciocho; aquí se muestra representado en una obra de 1740 de Chardin. El artista «remedaba» la naturaleza: el chiste, que tuvo que desgastarse en la época de este cuadro, era que en la naturaleza no existía ningún ejemplo de mono artístico y surgía de la imaginación del artista. La tendencia artística natural de los monos aún no se conocía por entonces.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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11.   Las representaciones aztecas del mono divino, Ozomatli, suelen representarlo eructando, tal vez porque es músico por naturaleza: aquí le salen de la cara los símbolos del viento y del junco. También acostumbra a mostrarse experto en danza y artes plásticas y literarias. Se lo asocia con la muerte (aquí emerge del inframundo acuático) y, en ocasiones, se muestra simbiótico con el dios esqueleto manchado de sangre, Mictlantecutli.



 

 

 

 

 

 

 

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12.  En el Ramayana, Hanuman, rey de los monos, estaba versado en ciencias, artes y lenguas; pero sus mayores dotes consistían en dar saltos prodigiosos que le permitían amenazar al Sol y salvar el océano, y su fuerza, que lo capacitaba para arrancar una montaña. A pesar de estos rasgos de superioridad, eligió ponerse al servicio de los humanos.



 

 

 

 

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13.  El mapa del mundo de Sebastiano Caboto de 1544 incluye una representación de los pigmeos en el interior de África manteniendo una conversación con gestos clásicos y sosteniendo palos (que también aparecían en muchos relatos e imágenes de monos de aquel tiempo), para evidenciar que usaban herramientas. Sobre ellos, y con fidelidad a la época, el rey del Congo se ilustra ataviado al estilo europeo.



 

 

 

 

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14.    Según Spencer Perceval, cuando Saartje Baartmann visitó Londres en 1810, gobernaba en Westminster una «coalición de traseros anchos» que los políticos del momento rechazaban. Fue irresistible aprovechar la ocasión para mofarse de la llegada de «una nueva adquisición para la familia de traseros anchos».



 

 

 

 

 

 

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15.  El anatomista holandés Petrus Camper (1722-1789) se interesó por la craneología a partir de su pasión por la elaboración de dibujos anatómicos precisos. Él creía que el «ángulo facial» (el grado de protuberancia mandibular) revelaba «una semejanza llamativa entre las razas de monos y de negros».



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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16.  Cesare Lombroso (1835-1909) adaptó la craneología, la frenología y la fisiognomica para intentar identificar tipos criminales que, según sostenía él, representaban atavismos de estados primitivos de la evolución humana. La prueba consistía en lo que él llamó «estigmas», anomalías en las líneas mandibulares y en las proporciones faciales.



 

 

 

 

 

 

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17.  El anatomista Charles White (1728-1813) creía que «en un principio se crearon varias especies de hombres diferenciadas por rasgos lo bastante distintivos» como para evidenciar qué lugar les correspondía en la jerarquía de la naturaleza, donde la gente blanca era «la que más dista de las bestias de la creación», mientras que el cuerpo y, en especial, el cráneo de los negros «diferían de los europeos y se acercaban a los monos».



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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18.  «Esta lámina —escribió White— exhibe copias de los grabados más fieles… de los monos más parecidos a los hombres, así como el cráneo del pigmeo del doctor Tyson, el cráneo de un mono […] el perfil de un nativo de la bahía de Botany y de un europeo». Se reproducen bien el orangután de Tulpius y el «orangután» de Tyson. Repárese en el palo del chimpancé (un tópico iconográfico muy antiguo) y en el largo pene, lo cual citaba White como evidencia de la proximidad de los monos con los negros



 

 

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White como evidencia de la proximidad de los monos con los negros.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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19. Los hombres salvajes u hombres disfrazados de salvajes en justas ficticias (burlescas o fantásticas) abundan en las ilustraciones del Libro de las Horas de Engelbert de Nassau, uno de los últimos grandes devocionarios iluminados, del Maestro de María de Borgoña. Pero los conflictos reales entre los caballeros y los salvajes también aparecían con frecuencia en este género en luchas a muerte o intercambios y, en ocasiones, ejecuciones de cautivos.



 

 

 

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20.   En muchos lugares de la Europa medieval occidental, el salvaje simbolizaba el carnaval por sus costumbres relajadas en comparación con el comportamiento civilizado, y simbólicamente se le mataba y «enterraba» al final de las fiestas. A comienzos del siglo dieciséis, el célebre Schembartläufer de Nuremberg (que, por tradición, tenía el derecho de golpear a los espectadores) representaba el mito de la «horda salvaje» de demonios que agotaban el campo del invierno y cuya derrota ritual celebraba el anuncio de la



 

 

 

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primavera.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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21.  El sensacional relato de Hans Staden sobre su cautiverio entre caníbales de Brasil apareció en 1557. Los grabados de De Bry para la edición de 1592 llegaron a ser más famosos e influyentes que el texto. Según explica Staden, las entrañas de la víctima «se las quedan las mujeres, quienes las cuecen para hacer un caldo espeso que luego beben ellas y los niños. Devoran las vísceras y la carne de la cabeza».



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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22.   El relato de Jan Mostaert del enfrentamiento con conquistadores españoles fue plasmado en pintura en la década de 1540, probablemente por el Maestro de María de Borgoña. En teoría pretende celebrar las hazañas de la casa de Habsburgo, pero es muy ambiguo. Los conquistadores irrumpen en una escena idílica de gente desnuda (lo que evoca la inocencia del Edén o la subordinación a Dios), entre paisajes ideales y prados arcadios. Los pacíficos nativos carecen de armas, pero se defienden con piedras y palos.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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23.   En este manuscrito compilado bajo supervisión misionera a comienzos de la era colonial, los métodos aztecas para preparar a novicios parecen salvajes a primera vista pero, en realidad, se asemejan a las prácticas ascetas que valoraba la Iglesia de aquel tiempo y, sin duda, se describieron para suscitar aprobación. La carne se mortifica con golpes y clavando espinas de cactos; el sacerdote ya preparado se tonsura.



 

 

 

 

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24.   Los grabados idealizados de Bernard, con sus convencionalismos clásicos para representar cuerpos entre paños, ilustraban los relatos de Lahontan sobre los rituales de cortejo entre los hurones: al parecer, las mujeres eligen pareja sexual e indican su consentimiento soplando la antorcha de uno de los pretendientes. El atractivo del amor libre entusiasmó a los filósofos atraídos por el salvajismo noble.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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25.  William Hodges, ilustrador del segundo viaje de Cook, inició una tradición al pintar a Omai como un héroe aristocrático. Cook veía al isleño como «un absoluto villano» y el facultativo del barco creía que quería salir de Thaití, donde estaba preso, porque la gente se reía de la anchura de sus agujeros de la nariz. Sin embargo, en la sociedad londinense cobró fama de «bien educado», y eso consolidó las ideas románticas del salvajismo noble.



 

 

 

 

 

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26.  «Pedro el Salvaje» fue encontrado desnudo y mudo en los bosques de Hanover en 1725 cuando era un joven quinceañero. Tras una formación supervisada en Londres, aprendió a imitar saludos educados. Defoe lo defendió de quienes lo acusaban de perfecto idiota poniéndolo como ejemplo de que «la mera naturaleza» necesita que la sociedad la civilice. Pasó buena parte de su vida atado para evitar que escapara, y en la Gentleman’s Magazine lo presentaban popularmente como «más perteneciente a la especie de los orangutanes que a la humana».



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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27.  La antropóloga Margaret Mead, aquí fotografiada junto a su colaboradora nativa, Fa’amona, afirmaba haber constatado supuestas prácticas sexuales liberales entre adolescentes de Samoa en la década de 1920. Apoyada por las críticas de Freud a la represión, fue una de las últimas grandes difusoras del mito romántico del salvajismo como algo superior a la civilización.



 

 

 

 

 

 

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28.  En la década de 1860, el antropólogo de Harvard Louis Agassiz viajó a Brasil con la esperanza de confirmar su teoría de que las «razas mixtas» eran físicamente inferiores e incapaces de tener descendencia fértil; de ser cierto, habría reforzado los argumentos para clasificar a los humanos en cierto número de especies.

Él insistía en fotografiar desnudas a las mujeres que estudiaba alegando que la forma de los pechos variaba según la raza. Las fotografías parecen inertes desde el punto de vista científico, pero evidencian una lascivia inequívoca.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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29.  Diagrama extraído de The Bell Curve: Intelligence and Class Structure in American Life (1994) de Richard Herrnstein y Charles Murray, con el que los autores pretenden mostrar que aunque el cociente intelectual (CI) de los hijos aumente con el nivel económico y social de los padres, las diferencias entre negros y blancos se mantienen.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

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10.  La clonación como artículo de mercado: en esta imagen de arte conceptual generada por ordenador, los niños con códigos de barras representan la aversión que provoca la idea de la clonación. La ingeniería genética sustituye as características heredadas por otras inyectadas. La clonación va más allá: «la producción genética» de bebés desarrollados, quizá, a partir de células patentadas.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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BIBLIOGRAFÍA

 

 

 

 

 

 

INTRODUCCIÓN Y CAPÍTULO 1

 

Para la teoría de las especies sigo la línea bien trazada por D. Hull en «A Matter of Individuality», Philosophy of Science, XIV (1978), 335-360 (véase además su obra Science as a Process [1988]) y por M. Ereshefsky en The Poverty of the Linnaean Hierarchy: a Philosophical Study of Biological Taxonomy (2001). Para consultar puntos de vista opuestos véase, por ejemplo, la obra de R. Wilson (ed.) Species: New Interdisciplinary Studies (1999).

 

K. P. Oakley: Man the Tool-Maker (1975) representa la exposición clásica para diferenciar a los humanos con el argumento de que usan herramientas; W. Kohler: The Mentality of Apes (última edición, 1999) revela que es un error. J. Goodall: The Chimpanzees of Gombe (1986) supuso una aportación decisiva al respecto al igual que en relación con muchas otras cuestiones sobre las supuestas diferencias entre monos y humanos.

Las mejores obras para iniciarse en el enfoque primatológico para estudiar la naturaleza humana son D. Morris: The Naked Ape (1967) [versión en castellano: El mono desnudo, Plaza & Janés, Barcelona, 2000], A. Desmond: The Ape’s Reflexion (1979), J. Diamond: The Third Chimpanzee (1992), F. de Waal: The Ape and the Sushi Master (2002) [versión en Castellano: El simio y el aprendiz de sushi: reflexiones de un primatólogo sobre la cultura, Paidós, Barcelona, 2002] y F. de Waal (ed.): Tree of Origin (2001), que incluye diversos artículos relevantes. J. Goodall: Through Window (1990) [versión en castellano: A través de la ventana, Salvat Editores, Barcelona, 1993] es un relato autobiográfico sobre su trabajo. D. Fossey: Gorillas in the Mist (1984) [versión en castellano: Gorilas en la niebla, Salvat, Barcelona, 1994] es una obra cautivadora donde la autora cuenta su labor en Ruanda. Sobre la cultura de los primates véase además W. McGrew: Chimpanzee Material Culture



 

 

 

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(1992) e I. DeVore (ed.): Primate Behaviour (Nueva York, 1965). C. B. Stanford: The Hunting Ape: Meat Eating and the Origins of Human Behaviour (1999) sostiene desde una perspectiva primatológica que el consumo de carne es el ingrediente esencial de la naturaleza humana; aunque no refrendo esta postura, el libro es una actualización muy recomendable de una teoría antiguamente desacreditada.

 

The Chomsky Reader (1998) es una guía útil sobre la obra de este autor. Mis alusiones a él proceden de N. Chomsky: Knowledge of Language (1986) [versión en castellano: El conocimiento del lenguaje: su naturaleza, origen y uso, Alianza, Madrid, 1989]. Sobre Kanzi, véase K. R. Gibson y T. Ingold: Tools, Language and Cognition in Human Evolution (1993). Sobre Lucy véase M. K. Temerlin: Lucy, Growing up Human: A Chimpanzee Daughter in a Psychotherapist’s Family (1976). Para consultar ideas primatológicas sobre los orígenes del lenguaje, véanse R. Dunbar: Grooming, Gossip and the Evolution of Language (1997) y C. T. Snowdon: «From Primate Communication To Human Language», en De Waal (ed.): Tree of Origin, pp. 193-227. S. Pinker: The Language Instinct (1994) [versión en castellano: El instinto del lenguaje: cómo crea, el lenguaje la mente, Alianza, Madrid, 1996] es una obra entretenida y bien razonada sobre lingüística popular.

 

R. Hinde (ed.): Non-verbal Communication (1972) y D. Morris: Manwatching (1977) son obras de importancia capital sobre comunicación no verbal. J. T. Bonner: The Evolution of Culture in Animals (1980) [versión en castellano: La evolución de la cultura de los animales, Alianza, Madrid, 1982], D. Griffin (ed.): Animal Mind-Human Mind (1982), y S. Walker: Animal Thought (1983) son libros pioneros sobre el contexto evolutivo de la gesticulación y el lenguaje. Véase además B. King: The Information Continuum: Evolution of Social Information Transfer in Monkeys, Apes and Hominids (1995).

Un ensayo atractivo sobre la comunicación entre las aves lo representa A. Powers: Birdtalk (2003). Sobre loros, consúltese, en particular, I. M. Pepperberg: The Alex Studies: Cognitive and Communicative Abilities of Grey Parrots (2000). Sobre la «gente sin arte», véase W. Grainge White: The Sea Gypsies of Malaya (1909). Algunas pinturas de primates no humanos se reproducen en D. Morris: The Biology of Art: A Study of The Picture-Making Behaviour of the Great Apes and its Relationship to Human Art (1962). Sobre el fuego, véanse R. W. Byrne:



 

 

 

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«Social and Technical Forms of Primate Intelligence», en De Waal (ed.): Tree of Origin, pp. 145-172 (el relato sobre el orangután aparece en p. 167) y W. C. McGrew: «Chimpanzee Material Culture: What Are its Limits and Why?» en R. Foley (ed.): The Origins of Animal Behaviour (1991), pp.  13-22. Sobre el fuego en general, véase J. Goudsblom: Fire and Civilisation (1994).

 

En relación con las ideas de Descartes véase T. Hastings: Man And Beast in French Thought (1936) y L. D. Cohen: From Beast-Machine to Man-Machine (1941). Sobre ideas inglesas véase K. Thomas: Man and the Natural World (1983). Para consultar las opiniones de Singer véase P. Singer y S. Reich: Animal Liberation (1990) [versión en castellano: Liberación animal, Trotta, Madrid, 1999]. Sobre consideraciones relativas a los derechos animales, véanse T. Benton: Natural Relations (1993), R. G. Frey: Interests and Rights: The Case Against Animals (1980) y M. Midgeley: Beast and Man (1980). Para la cita de Montaigne, véase sus Ensayos (1893), II, 145.

 

Mi mención a M. Tomasello proviene de The Cultural Origins of Human Cognition (1999), p. 22.

T. D. Price y J. A. Brown (eds.): Prehistoric Hunter-Gatherers (1985) y J. D. Lewis-Williams: Discovering South African Rock Art (1990) son obras indispensables para entender el chamanismo de las pinturas rupestres. M. Eliade: Le Chamanisme (1951) es la obra antropológica clásica, hoy ampliamente rechazada, que definió el debate. Sobre la obra de Kuhn véase H. Kuhn: On the Track of Prehistoric Man (1955) y The Rock Pictures of Europe (1967). Véase J. Dow: Shamanism (1990) para consultar un estudio moderno. Sobre totemismo, C. Lévi-Strauss: Totemism (1962) es un análisis crítico ingenioso y convincente. Para el material chino me baso en D. Boddie: Chinese Thought, Society, and Science (1991) (consúltense en especial pp. 310-327) y J. Needham et al.: Science and Civilisation in China (1956-en curso) (mis citas proceden del vol. ii, 17, 56, 374, 575). J.-C. Schmitt: Le saint lévrier (París, 1979) cuenta la historia de santa Guinefort, mientras que la de los saltamontes de Segovia se encuentra en W. Christian: Local Religion in Sixteenth-century Spain (1981), pp. 30-31.

 

CAPÍTULO 2



 

 

 

 

 

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J. Gray: Straw Dogs: Thoughts on Humans and Other Animals (2002) es una reflexión profunda e inquitante sobre la imposibilidad de definir la frontera animal. Es interesante compararla con otras obras maestras de base científica que se revelan pesimistas sobre la naturaleza humana como A. Koestler: The Ghost in the Machine (1976) y R. Fox: The Search for Society: Quest fora Biological Science and Morality (1989). La reflexión de Adriaan Kortland se cita en Adrian Desmond: Ape’s Reflection, p. 229.

 

H. W. Janson: Apes and Ape Lore in the Middle Ages and Renaissance (1952) es la mejor guía sobre la historia de las ideas relacionadas con los monos. Sobre Jobson, el mejor texto es S. P. Gamble y P. E. H. Hair (eds.): The Discovery of River Gambra by Richard Jobson (1999). En 1966 apareció una edición facsímil de E. Tyson: Orang-outang, sive Homo Silvestris, or, the Anatomy of a Pygmie [1699], editada por A. Montagu. M. Hodgen: Early Anthropology in the Sixteenth and Seventeenth Centuries (1964) es un estudio admirable. La mejor edición traducida al inglés de la epopeya Popol Vuh es D. Tedlock (ed.): Popol Vuh: The Mayan Book of the Dawn of Life (1985). Sobre Baldaeus, me he basado en A. de Jong: Peter Baldaeus, afgoderyn der Oost Indische Heydenen (1917) (la historia que se narra aparece en la p. 24). Los artículos periodísticos citados sobre los pigmeos aparecieron en The Guardian, 9 de enero de 2003 y The Week, 31 de mayo de 2003. Sobre los pigmeos véase C. Turbull: The Forest People (1961). Para la cita de Agustín consúltese La ciudad de Dios, libro XVI, sección 8.

 

Sobre la esclavitud en la Edad Media, C. Verlinden: L’Esclavage dans l’Europe médiévale, 2 vols. (Bruges, 1955) representa la obra de referencia, complementada por J. Heers: Esclaves et domestiques au Moyen-âge dans le monde méditerranéen (1981) [versión en castellano: Esclavos y sirvientes en sociedades mediterráneas durante la Edad Media, Alfons el Magnánim, Valencia, 1989] y W. D. Phillips: Slavery From Roman Times to the Early Transatlantic Trade (1985) [versión en Castellano: La esclavitud desde la época romana hasta inicios del comercio transatlántico, Siglo XXI de España, Madrid, 1989]. Sobre Portugal me he basado en A. C. de C. M. Saunders: A Social History of Black Slaves and Freedmen in Portugal, 1450-1550 (1982). R. Segal: Islam’s Black Slaves (2002) es una buena introducción de la que extraje las citas de Suhaym e Ibn Rabah (pp. 47, 49).



 

 

 

 

 

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Sobre los orígenes del racismo, véase H. E Augstein (ed.): Race: The

 

Origins of an Idea, 1760-1850 (1996) y M. Banton: Racial Theories

 

(1987). N. L. Stepan: The Idea of Race in Science (1980), C. Bolt:

 

Victorian Attitudes to Race (1971), L. K. Uper (ed.): Race, Science and Society (1975), y G. W. Stocking (ed.): Race, Culture and Evolution (1968) son estudios extraordinarios. Para una selección interesante de fuentes, véase P. J. Kitson (ed.): Theories of Race and Racism (1999). Lawrence publicó sus Lectures on Physiology, Zoology and the Natural History of Mankind en 1819. Mis citas proceden de la edición de 1823. La cita de Herbert procede de Thomas: Man and the Natural World, p. 42. Sobre representaciones de pintores véase B. Smith: European Vision and the South Pacific (1960). El material comparativo sobre China procede de S.-T. Leong: Migration and Ethnicity in Chinese History: Hakkas, Pengmin and their neighbours (1997).

 

La obra citada por D. Pick es Faces of Degeneration (2001), de la cual se extrajo la cita de Maudslay. Sobre Lamarck se puede recomendar H. G. Cannon: Lamarck and Modern Genetics (1960). Todas las citas de Darwin que aparecen en este capítulo proceden de El origen del hombre (1871). Las ideas de S. Morton aparecen ejemplificadas en Crania Americana (1839), y las de J. C. Nott y G. Gliddon en Indigenous Races of the Earth, or New Chapters of Ethnological Enquiry (1857). Crawfurd y Hunt se exponen de manera espléndida en T. Ellingson: The Myth of the Noble Savage (2001). Sobre Gobineau, M. D. Biddiss: Father of Racist Ideology: Social and Political Thought of Count Gobineau (1970) brinda una introducción valiosa. Sobre las implicaciones de la biología evolutiva para el racismo resulta fundamental la obra de E. Mayr: consúltese What Evolution Is (2001). La aportación de Mayr a la teoría de las especies también contribuye a ubicar a la humanidad en relación con otras criaturas. Véase Animal Species and Evolution (1963) y Towards a New Philosophy of Biology (1988).

 

CAPÍTULO 3

 

Adam Kuper: The Chosen Primate (1994) [versión en castellano: El primate elegido, Crítica, Barcelona, 1996] es un intento sincero por enfrentarse a los problemas que plantea la definición de la humanidad desde un punto de vista cultural. R. Bartlett: Gerald of Wales (1982) es la



 

 

 

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mejor introducción a ese escritor cuyas obras están editadas en Irlanda en J. O’Meara (ed.): The History and Topography of Ireland (1982). Mis páginas sobre etnografía medieval se basan en las que dedico al mismo tema en E Fernández-Armesto: Millennium, (1999). Sobre hombres salvajes, véanse R. Berheimer: Wild Men in the Middle Ages: A Study in Demonology (1970) y T. Husband (ed.): The Wild Man: Medieval Myth and Symbolism (1980).

 

Los párrafos dedicados a Colón se basan en F. Fernández-Armesto: Columbus on Himself (1991) [versión en castellano: Colón, Crítica, Barcelona, 1992]. Las imágenes de la vida azteca descritas en el texto proceden del Códice Mendoza, del que existen buenas ediciones realizadas por J. Cooper Clark (1932) y F. Berdan y P. Anawalt (1992).

 

Sobre la tradición iniciada por los encuentros en el Nuevo Mundo resultan fundamentales las obras de A. Pagden, en especial The Fall of Natural Man (1987) [versión en castellano: La caída del hombre: el indio americano y los orígenes de la etnología comparativa, Alianza, Madrid, 1988] y European Encounters with the New World from Renaissance to Enlightenment (1994). Sobre el contexto de Montaigne véase F. Lestringant: Cannibals (2000). H. Fairchild: The Noble Savage (1928) se centra en textos ingleses, pero sigue siendo la mejor obra sobre el tema. M. Newton: Savage Boys and Wild Girls: A History of Feral Children (2002) resume y supera todas las obras previas dedicadas a la materia. Sobre la vida sexual de los bonobos, véase F. de Waal: «Apes From Venus», en Tree of Origin, pp. 39-68.

 

CAPÍTULO 4

 

Las menciones a Darwin en relación con los fueguinos proceden del apéndice de su Voyage of the Beagle (innumerables ediciones desde su aparición en 1840) [versión en castellano: La expedición en el «Beagle», Del Serbal, Barcelona, 1980]. Sobre la cueva de Atapuerca véase J. L. Arsuaga: El collar del Neanderthal (1999). Sobre Lucy, D. C. Johanson y M. A. Edey: The Beginnings of Humankind (1981) [versión en castellano: El primer antepasado del hombre, Planeta, Barcelona, 1993] y Lucy’s Chile (1990) son exposiciones de primera mano sobre el descubrimiento y su importancia. L. L. Cavalli-Sforza: Geni, popoli e lingue (1996) [versión en castellano: Genes, pueblos y lenguas,



 

 

 

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Crítica, Barcelona, 1997] y B. Sykes: The Seven Daughters of Eve (2001) son dos obras interesantes sobre el uso del ADN para trazar los ancestros humanos. M. H. Brown: The Search for Eve (1990) [versión en castellano: En busca de Eva, Planeta, Barcelona, 1990] es un relato imparcial. En relación con los neandertales, C. Stringer y C. Gamble: In Search of the Neanderthals (1993) [versión en castellano: En busca de los neandertales: la solución al rompecabezas de los orígenes humanos, Crítica, Barcelona, 2001] constituye una introducción extraordinaria, y E. Trinkaus y P. Shipman: The Neanderthals (1993), una historia fascinante del pensamiento moderno sobre el tema. P. Mellars: The Neanderthal Legacy, 1996, y J. Shreeve: The Neanderthal Enigma, 1995, estudian las pruebas. Sobre el rechazo de la naturaleza humana de los neandertales véase P. Lieberman: Uniquely Human: The Evolution of Speech, Thought and Selfless Behaviour (1991) y E. Trinkhaus: «Bodies, Brawn, Brains and Noses: Human Ancestors and Human Predation», en M. H. Nitecki y D. V. Nitecki (eds.): The Evolution of Human Hunting (1987), pp. 107-145, cuya refutación se encuentra en Stanford: The Hunting Apes, p. 133. W. Golding: The Inheritors (1955) [versión en castellano: Los herederos, Minotauro, Barcelona, 1993] es una obra de ficción inspirada en la hipótesis de que los humanos pudieran exterminar de forma deliberada a los neandertales. J. Reader: Missing Links: The Hunt for Earliest Man (1988) es una buena historia sobre paleoantropología. Sobre Mozu véase F. de Waal: Good Natured (1996), pp. 6-7.

 

Existe una edición reciente de F. Galton: Essays in Eugenics (1985). M. S. Quine: Population Politics in Twentieth-century Europe (1996) expone el contexto. M. B. Adams (ed.): The Wellborn Science (1990) es una colección de ensayos relevantes. D. J. Kevles: In the Name of Eugenics: Genetics and the Uses of Human Heredity (1985) es una valiosa historia sobre la eugenesia. M. Kohn: The Race Gallery (1995) estudia el ascenso de la ciencia racial. N. Stepan: Race and Science in the Nineteenth Century (1982) y G. W. Stocking: Victorian Anthropology (1987) son estudios extraordinarios; dos capítulos de N. L. Stepan: Picturing Tropical Nature (2001) actualizan aspectos clave de la obra anterior y perfila la importancia del pensamiento ecologista en las ideas raciales. C. Clay y M. Leapman: Master Race (1995) es una exposición escalofriante del proyecto nazi, al igual que B. Muller-Hill: Murderous Science:



 

 

 

 

 

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Elimination by Scientific Selection of Jews, Gypsies and Others, Germany 1933-1945 (1981).

 

P. Singer: Writings on an Ethical Life (2001) [versión en castellano: Escritos sobre ética, Taurus, Madrid, 2002] y P. Singer y H. Kuhse (eds.): Unsanctifying Human Life: Essays on Ethics (2002) [versión en castellano: Desacralizar la vida humana: ensayos sobre ética, Cátedra, Madrid, 2003] son obras elegidas como introducción. Sobre su defensa de los monos véase P. Cavalieri y P. Singer (eds.): The Great Ape Project: Equality Beyond Humanity (1993) [versión en castellano: El proyecto «Gran Simio»: la igualdad más allá de la humanidad, Trotta, Madrid, 1998].

 

CAPÍTULO 5

 

La última idea se encuentra en S. Greenfield: Dreams and Shadows: How Twenty-first Century Technologies are about to Transform Our Thoughts, Feelings and Personalities (2003). Agradezco al autor que me enseñara un capítulo que aún estaba elaborando. Mis alusiones remiten a B. Appleyard: Brave New Worlds: Genetics and the Human Experience (1999) y F. Fukuyama: Post-human Society: Consequences of the Biotechnology Revolution (2002) [versión en castellano: El fin del hombre: consecuencias de la revolución biotecnológica, Ediciones B, Barcelona, 2002], Sobre una defensa racional véase D. Galton: In Our Own Image (2001). Para consultar reflexiones más alarmantes véase M. Rees: Our Final Century (2003).

 

Mis citas de Francis Crick proceden de What Mad Pursuit (1990) y The Astonishing Hypothesis (1995). Acerca del intento de medir la inteligencia, S. J. Gould: The Mismeasure of Man (1982) [versión en castellano: La falsa medida del hombre, Crítica, Barcelona, 2003] brinda una crítica brillante y académica. R. Lewontin et al.: Not in Our Genes: Biology, Ideology and Human Nature (1984) representa una importante recopilación contra el determinismo biológico, mientras que E. O. Wilson: On Human Nature (1978) es la mejor argumentación sobre la visión opuesta del tema. D. R. Hofstadter: Gödel, Escher, Bach: An Eternal Golden Braid (1981) [versión en castellano: Godel, Escher, Bach: un eterno y grácil bucle, Tusquets, Barcelona, 1992] es la apología más brillante (aunque a la postre nada convincente) en favor de la «inteligencia



 

 

 

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artificial» que se ha escrito hasta el momento. K. Hafner y M. Lyon: Where Wizards Stay Up Late (1996), es un relato interesante sobre los orígenes de Internet. Sobre aspectos filosóficos véase R. Trigg: Ideas of Human Nature (1988) [versión en castellano: Concepciones de la naturaleza humana, Alianza, Madrid, 2001] y A. O’Hear: Beyond Evolution: Human Nature and the Limits of Evolutionary Explanation (1997). Sobre Stagl, véase J. Stagl: «Anthropological Universality: On the Validity of Generalisations about Human Nature» en N. Roughley (ed.): Being Humans: Anthropological Universality and Particularity in Transdisciplinary Perspectives (2000), pp. 25-46.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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FELIPE FERNÁNDEZ-ARMESTO (Londres, Reino Unido, 1950) es un historiador británico, hijo del periodista Felipe Fernández Armesto (conocido como «Augusto Assía») y hermano de Juan Fernández-Armesto Fernández-España. Catedrático de Historia Mundial y Ambiental del Queen Mary College de la Universidad de Londres. Su madre fue la periodista inglesa Betty Millan de Fernández-Armesto, fundadora de The Diplomatist. Padre del actor Sebastián Armesto, junto con su esposa Lesley Patricia Hook.

 

Estudió Historia en la universidad de Oxford, en cuya Facultad de Historia Moderna desarrolló su carrera profesional de 1981 a 2000, cuando se trasladó a la Universidad de Londres para ocupar la cátedra de Historia Mundial y Medioambiental del Queen Mary College. Ha sido también profesor o conferenciante invitado en otras prestigiosas universidades e instituciones de investigaciones superiores, como el Instituto Holandés de Estudios Avanzados, la Library of Congress, y las universidades de Harvard, Brown, Minnesota, Pennsylvania y Edinburgo, y ha recibido numerosos premios de investigación.



 

 

 

 

 

 

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Desde septiembre de 2005 a 2009 ejerció la cátedra Príncipe de Asturias de la Tufts University en Boston (Massachusetts, Estados Unidos de América). En 2008 fue investido doctor honoris causa por la Universidad de Los Andes de Colombia. En 2009 se incorporó al departamento de historia de la Universidad de Notre Dame.

 

Entre su abundante obra, traducida a veintitrés idiomas, destacan Colón (1992), Antes de Colón (1993), Millennium (1995), Civilizaciones (2002) e Historia de la comida (2004). En la actualidad ejerce la cátedra Príncipe de Asturias de Tufts University, Boston, Massachusetts.



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Notas



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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[1]  Este juego de palabras, imposible de emular en castellano, significa: «¿Qué es la mente? No importa. ¿Qué es la materia? Lo mismo da». Pero también puede leerse como: «¿Qué es la mente? No es materia. ¿Qué es la materia? Nunca mente». (N. de la T.) <<



 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Notas de esta edición digital

 

 

[1] En este párrafo el traductor distingue apes, simios, de monkeys, monos. En español simio y mono han sido sinónimos y ambos eran (y son) primates.

 

Desde el DRAE de 2001 simio es «primate antropoide», por lo que se hace equivalente a ape en el uso que Fernández-Armesto le da para referirse a los primates más cercanos —o parecidos, antropomorfos— al hombre (chimpancés, bonobos, gorilas y orangutanes). No parece que al traductor le conste el cambio semántico de simio y en ocasiones podemos ver la equivalencia de apes con «primates» frente al resto de miembros del orden taxonómico (¡de los primates!), que son «monos». <<

 

[2] Accounts for: explica. El traductor usa en más ocasiones «responder de», que tiene implícita la idea de responsabilidad (de alguien), como sinónimo de explicar o ser la causa de. <<

 

[3]  Reckons: estima o calcula. <<

 

[4] Linguist: entiéndase políglota. <<

 

 

[5]  Entiéndase que en inglés anecdótico (anecdotal) es lo «Basado o consistente en informes de observadores generalmente no científicos» (acepción primera del diccionario Merriam-Webster). <<

 

[6] “Sort of uniqueness”: clase de singularidad. <<

 

[7]  Entiéndase «en una medida modesta para los estándares humanos, se desarrollan» (“albeit to a modest extent by human standards”). <<

 

[8] Cabinet: gabinete (mueble o edificio). <<

 

[9]    En el original, apes<<

[10] Traducción alternativa:

 

…    was a time of growing familiarity, for Western European savants, with animal relatives who had previously been little-known in the West.

 

…   fue una época de creciente familiaridad, para los sabios de Europa occidental, con parientes animales que antes eran poco conocidos en Occidente.

 

<<

 

[11]En el original, apes and monkeys<<

 

[12]Fernández-Armesto escribe el título en español. Su título completo es Libro del conosçimiento de todos los rregnos et tierras e señoríos que son por el mundo et de las señales et armas que han<<

 

[13] Mande: mandé o mandingas. El traductor mantiene la mayúscula inicial ingles y también lo hace poco más adelante con Imraguen y Znaga (imraguén y ¿zenagas?). <<

 

[14]“San or Bushmen”: Aunque la traducción puede dar a entender que son pueblos distintos, son lo mismo. Bosquimanos (bushmen) fue el nombre dado por los europeos. <<

 

[15]Bulging buttocks: literalmente «glúteos abultados». Véase en El origen del hombre lo que cuenta Darwin sobre la esteatopigia de las mujeres hotentotes. <<

 

[16] Fernández-Armesto escribe sólo methods, métodos. <<

 

[17]   Ni Samuel Johnson (1709-1784) ni su biógrafo James Boswell (1740-1795) pudieron leer la Filosofía zoológica de Lamarck (1809) pero puede parecer que Fernández-Armesto lo pone como ejemplo de seguidor de la idea «lamarckiana» de la herencia de los caracteres adquiridos. Obviamente demuestra que tal idea era prelamarckiana<<

 

[18]  Fernández-Armesto amplía, de pronto, el concepto de poligenismo (teoría sobre los orígenes del hombre que postula la existencia de diferentes linajes para las razas humanas) a todo el ámbito de los seres vivos.

 

No hay una tendencia irrefrenable al progreso por mucho que pueda darlo a entender el lema de Herbert Spencer. Darwin admitió que no hay un avance general en la organización, que algunas especies no evolucionan y otras «retroceden» en su organización

 

Por último, la herencia de los caracteres adquiridos se ha demostrado incompatible (no innecesaria) con la genética actual. Darwin no pudo descartarla y tampoco pudo descartar una acción directa del medio

—neolamarckiana— sobre el organismo. <<

 

[19] Fernández-Armesto dice que «la especies subhumanas» se colocan «entre aquéllas que son plenamente humanas y aquéllas que son completamente no humanas», no entre los intersticios, como parece querer decir la traducción. <<

 

[20]      El autor escribe Homo silvestris y debe referirse al Homo Sylvestris de la obra anatómica de 1699, no taxonómica, de Edward Tyson. En cursiva y ambas palabras con mayúscula inicial es como escribió Tyson este aparente nombre científico. <<

 

 

[21]   Traducción literal de “a convert to conscience”: converso en su consciencia, es decir, en su modo de pensar, sus valores y sus acciones. <<

 

[22] El autor debe referirse al Homo ferus de Linneo. <<

 

[23]     Traducción literal de “back into the crucible”: volver a ser objeto de debate. <<

 

[24] Si en este párrafo (del Journal of researches, de 1839 y 1845) se muestra el «parte del germen de la teoría de la evolución» de Darwin, esa parte es lamarckiana: los hábitos, omnipotentes y de efectos hereditarios, se amoldan a las exigencias del medio. <<

 

 

 

[25]     Estas palabras escritas por Darwin no aparecen entrecomilladas en la traducción. <<

 

 

[26] El traductor interpreta remains no como restos sino como el verbo continuar:

 

The first Neanderthal remains turned up in Spain in 1848.

 

Los primeros restos neandertales se encontraron en España en 1848.

 

<<

[27] Entiéndase «la mitad más grande que el australopiteco». <<

 

 

[28] El yacimiento es excavado y el espécimen es desenterrado. Excavate tiene en inglés la acepción de «exponer a la vista mediante o como si se excavara una cubierta» (diccionario Merriam-Webster). <<

 

[29]      Agility: agilidad. <<

 

 

[30]   Spear-thrower: lanzavenablos o estólica (véase el Diccionario histórico de la lengua española). <<

 

[31] Fernández-Armesto usa el término Apes en éste y en los siguiente párrafos. En el segundo usará monkeys y el traductor escribirá «primates en general». En ese mismo párrafo los brahmanes hablan de monos (monkeys), nos hay simios en su país. <<

 

[32] Brahminical: brahamánico.

 

En la siguiente frase el traductor usa brahamanista para traducir Brahamin, brahmán, señalando quizá con la terminación ista que son seguidores de la brahamanismo. <<

 

[33] Erode: erosionar. <<

 

[34]      [Rosalind Franklin] contributed vital criticisms: aportó críticas. <<

 

[35] Packagable: envasado (hablando de alimentos). <<

 

[36] Fernández-Armesto usa el término apes<<

 

[37]      Fernández-Armesto no dice mejorar sino favorecer (“Might be helped along”). <<

 

 

[38] “Rhesus monkey”: macaco rhesus (no sólo es de la India). <<

 

[39] We strive for immortality”: luchamos por [alcanzar] la inmortalidad.

 

<<

 

 

[40]  “Supererogatory”: entiéndase superfluo (acepción segunda en el diccionario Merriam-Webster). <<

 

 

[41]      “Claims”: afirmaciones. <<

 

[42]     Inmunodeficiencia  combinada,  porque  se  producen  dos  tipos

 

—humoral y celular— de inmunodeficiencia. <<

 

 

[43] Traducción del debate «nature versus nurture» (las comillas son del autor. <<

 

 

[44]      Significance: entiéndase el significado. Crick fue el codescubridor de la estructura (la doble hélice) y de su significado genético. <<

 

 

[45]   Resilient: actualmente se traduciría como resiliente, término incorporado en el DRAE de 2014. Entiéndase resistencia, ya sea por recuperación o por adaptación (si es que ambas ideas no van siempre juntas). <<

 

[46] Fernández-Armesto usa el término disenchantment, traducible aquí como desencantamiento, la racionalización y la consiguiente eliminación de cualquier otro tipo de creencia por considerarse ilusoria, para distinguirlo del siguiente disenchantment, el desencanto, la decepción, la desilusión, la pérdida valor para el individuo. <<

 

 

[47] Prejudicially: de manera prejuiciosa. <<

 

 

[48] Fernández-Armesto escribe “and build on”, sobre la que construir. <<






FIN

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