© Libro N° 14586. La Supervivencia De Los Más Ricos. Fantasías Escapistas De Los Milmillonarios Tecnológicos. Rushkoff, Douglas. Emancipación. Diciembre 13 de 2025
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Portada E.O. de:
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación:
LA SUPERVIVENCIA DE LOS MÁS
RICOS
Fantasías Escapistas De Los
Milmillonarios Tecnológicos
Douglas Rushkoff
La
Supervivencia De Los Más Ricos
Fantasías
Escapistas De Los Milmillonarios Tecnológicos
Douglas
Rushkoff
La élite
tecnológica tiene un plan para sobrevivir al apocalipsis: dejarnos a todos
atrás.
Cinco misteriosos
multimillonarios convocaron al teórico Douglas Rushkoff a un resort desértico
para una charla privada. ¿El tema? Cómo sobrevivir al «Evento»: la catástrofe
social que saben que se avecina. Rushkoff llegó a la conclusión de que estos
hombres estaban bajo la influencia de «la mentalidad» («The Mindset»),
una certeza al estilo de Silicon Valley de que ellos y su cohorte pueden romper
las leyes de la física, la economía y la moral para escapar de un desastre de
su propia creación, siempre y cuando tengan suficiente dinero y la tecnología
adecuada.
Rushkoff rastrea
los orígenes de la Mentalidad en la ciencia y la tecnología hasta su expresión
actual en las misiones a Marte, los búnkeres insulares, el futurismo de la
inteligencia artificial y el metaverso. A través de personajes fascinantes,
explica por qué quienes tienen más poder para cambiar nuestra trayectoria
actual no tienen interés en hacerlo, y muestra cómo trascender el paisaje
creado por la Mentalidad —un mundo vivo con algoritmos e inteligencias que
recompensan activamente nuestras tendencias más egoístas— y redescubrir la
comunidad, la ayuda mutua y la interdependencia humana.
Douglas Rushkoff
La Supervivencia De
Los Más Ricos
Fantasías Escapistas
De Los Milmillonarios Tecnológicos
ePub r1.0
Titivillus 25.11.2025
Título
original: Survival of the Richest: Escape Fantasies of the Tech
Billionaires Douglas Rushkoff, 2022
Traducción:
Francisco J. Ramos Mena
Ilustración de
cubierta y final: Miguel Brieva
Editor digital:
Titivillus
ePub base r2.1
Índice de contenido
1. La ecuación aislacionista.
Estrategias bunkerianas de los milmillonarios
2. Fusiones y adquisiciones. Ten
siempre una estrategia de salida
3. Un útero con vistas. A salvo en
tu tecnoburbuja.
4. El efecto montaplatos. Ojos que
no ven, corazón que no siente
5. Genes egoístas. El cientificismo
triunfa sobre la moralidad
6. A toda marcha. Deshumanización,
dominación y extracción
7. Exponencial. Cuando no puedas
avanzar más, devén meta
8. Tecnología persuasiva. Si
pudieras apretar un botón…
9. Visiones del hombre ardiente.
Somos como dioses
10. El Gran Reinicio. Para salvar el
mundo hay que salvar el capitalismo
11. La Mentalidad ante el espejo.
Toda resistencia es vana
12. Karma cibernético. El tiro por la
culata
13. Reconocimiento de patrones. Todo
vuelve Agradecimientos
A Mark Filippi,
Michael Nesmith y Genesis Breyes P-Orridge.
Ojalá estuvierais
aquí.
Introducción
La Mentalidad
C ierto día me
invitaron a acudir a un complejo turístico de superlujo para dar una
conferencia ante lo que supuse que serían un centenar o así de banqueros de
inversión. Los honorarios eran, con mucho, los mayores que me habían ofrecido
nunca por dar una charla —alrededor de una tercera parte de mi salario anual
como profesor de una universidad pública—, y todo por ofrecer unas cuantas
ideas sobre «el futuro de la tecnología».
Como humanista que
escribe sobre el impacto de la tecnología digital en nuestras vidas, a menudo
me confunden con un futurólogo. Pero nunca me ha gustado mucho hablar del
futuro, y menos aún para los ricos. Los turnos de preguntas de mis charlas
siempre acaban convirtiéndose en una especie de juegos de salón en los que me
piden que opine sobre términos de actualidad en tecnología como si fueran
códigos de cotización de una bolsa de valores: IA, RV, CRISPR… A los asistentes
rara vez les interesa saber cómo funcionan esas tecnologías o conocer su
impacto en la sociedad más allá de la disyuntiva de si invertir o no en ellas.
Pero el dinero habla, y yo también, así que acepté el bolo.
Volé en clase
preferente. Me dieron unos auriculares con cancelación de ruido para los oídos
y frutos secos calientes para comer (sí, ha leído bien: calientan los frutos
secos), mientras yo preparaba una conferencia en mi MacBook acerca de cómo las
empresas digitales podrían potenciar los principios de la economía circular en
lugar de redoblar el capitalismo extractivo basado en el crecimiento,
dolorosamente consciente de que ni el valor ético de mis palabras ni los
créditos de carbono que había comprado
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junto con mi billete podían compensar el daño medioambiental que estaba
causando. Estaba financiando mi hipoteca y el plan de ahorro para pagar la
universidad de mi hija a costa de las personas y lugares que tenía debajo.
En el aeropuerto me
esperaba una limusina, que me llevó directamente al desierto Alto. Intenté
entablar conversación con el chófer sobre el culto a los ovnis que abunda en
esta parte del país y la desolada belleza del terreno en comparación con el
frenesí de Nueva York. Supongo que sentí la necesidad de asegurarme de que
entendía que no soy de la clase de personas que suelen sentarse en la parte
trasera de una limusina como aquella. Como si quisiera hacer justo lo contrario
consigo mismo, él finalmente me reveló que no era chófer a tiempo completo,
sino un operador intradía que estaba pasando una pequeña mala racha después de
unas cuantas «apuestas mal calculadas».
Cuando el sol
empezaba a ocultarse en el horizonte, caí en la cuenta de que llevaba tres
horas en la limusina. ¿Qué clase de gestores forrados de fondos de cobertura
querrían alejarse tanto en coche del aeropuerto para asistir a una conferencia?
Entonces lo vi. En una pista paralela a la carretera, como si quisiera competir
con nosotros, un pequeño avión a reacción estaba aterrizando en un aeródromo
privado. ¡Pues claro!
Justo en el risco
de al lado se hallaba el sitio más lujoso, aunque aislado, en el que he estado
nunca. Un complejo turístico y balneario en medio de…, bueno, de ninguna parte.
Un conjunto de modernas estructuras dispersas de piedra y cristal enclavadas en
una gran formación rocosa con vistas a la inmensidad del desierto. Cuando me
registré no vi a nadie más que a unos cuantos empleados, y tuve que usar un
mapa para encontrar el camino a mi «pabellón» privado, donde había de pasar la
noche. Tenía mi propia bañera de hidromasaje al aire libre.
A la mañana
siguiente, dos hombres vestidos a juego con prendas de vellón de la marca
Patagonia vinieron a buscarme en un carrito de golf y me llevaron a través de
las rocas y la maleza hasta una sala de reuniones. Me dejaron allí para que
tomara café y me preparara, de modo que supuse que aquella era mi sala de
espera. Pero, en lugar de ponerme un micrófono y llevarme a un escenario, lo
que hicieron fue traerme allí a mi público. Los asistentes se sentaron
alrededor de la mesa y se presentaron: cinco tíos superricos —sí, todos
hombres— de las altas esferas del mundo de la inversión tecnológica y los
fondos de cobertura. Al menos dos de ellos eran milmillonarios. Tras una breve
conversación informal, me di cuenta
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de que no tenían el menor interés en la charla que había preparado sobre
el futuro de la tecnología. Habían venido a hacerme preguntas.
Empezaron de forma
inocua y bastante previsible. ¿Bitcoin o Ethereum? ¿Realidad virtual o
aumentada? ¿Quién dispondrá primero de computación cuántica, China o Google?…
Pero no parecían asimilarlo mucho. En cuanto empecé a explicarles las ventajas
de las cadenas de bloques con algoritmo de prueba de participación frente al de
prueba de trabajo, pasaron a la siguiente pregunta. Empecé a tener la sensación
de que estaban poniéndome a prueba, no tanto en relación con mis conocimientos
como con mis escrúpulos.
Finalmente
empezaron a centrarse en lo que de verdad les preocupaba: ¿Nueva Zelanda o
Alaska?, ¿cuál de las dos regiones se verá menos afectada por la crisis
climática que se avecina? A partir de ahí la cosa no hizo más que empeorar.
¿Qué amenaza era mayor: el cambio climático o la guerra biológica? ¿Cuánto
tiempo se puede prever sobrevivir sin ayuda exterior? ¿Un refugio debería
contar con su propio suministro de aire? ¿Cuál es la probabilidad de
contaminación de las aguas subterráneas? Por último, el director general de una
agencia de bolsa explicó que casi había terminado de construir su propio
sistema de búnkeres subterráneos, y a continuación preguntó: «¿Cómo puedo
mantener mi autoridad sobre mi fuerza de seguridad tras el evento?». El
«evento». Tal era el eufemismo que utilizaban para referirse al colapso
medioambiental, la agitación social, la explosión nuclear, la tormenta solar,
el virus imparable o el sabotaje informático malicioso que da al traste con
todo.
Esa única pregunta
nos ocupó el resto de la hora. Sabían que necesitarían guardias armados para
proteger sus recintos de los asaltantes y las turbas enfurecidas. Uno de ellos
ya había acordado que una docena de SEAL de la Armada estadounidense acudirían en
su ayuda si él les daba la señal convenida. Pero ¿cómo pagaría a los guardias
cuando ni siquiera su criptomoneda tuviera ya valor? ¿Qué evitaría que los
guardias acabaran eligiendo a su propio líder?
Los milmillonarios
consideraron la posibilidad de utilizar cerraduras especiales en diversos
puntos de la cadena de suministro alimentario cuya combinación solo conocieran
ellos. O hacer que los guardias llevaran algún tipo de collar disciplinario a
cambio de su supervivencia. O tal vez construir robots que hicieran a la vez de
guardias y de obreros, si esa tecnología podía desarrollarse «a tiempo».
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Intenté razonar con ellos. Presenté argumentos prosociales en favor de
la cooperación y la solidaridad como los mejores enfoques para abordar nuestros
retos colectivos a largo plazo. Les expliqué que la forma de conseguir que tus
guardias te sean leales en el futuro es tratarlos como amigos en el presente.
No inviertas solo en munición y vallas eléctricas: invierte en personas y
relaciones. Ellos pusieron los ojos en blanco ante lo que les debió de sonar a
filosofía jipi, de modo que les sugerí lisa y llanamente que el modo de
asegurarte de que mañana tu jefe de seguridad no te corte el cuello es pagarle
hoy el bar mitzvá de su hija. Se rieron. Al menos el dinero que habían pagado
les proporcionaba entretenimiento.
Pude ver que
también estaban un poco molestos. Yo no los tomaba lo bastante en serio. Pero
¿cómo iba a hacerlo? Este era probablemente el grupo de personas más ricas y
poderosas con las que me había tropezado nunca. Y, sin embargo, ahí estaban,
pidiendo consejo a un teórico de los medios de tendencia marxista acerca de
dónde y cómo configurar sus búnkeres apocalípticos. Fue entonces cuando lo
entendí: al menos en lo que a estos caballeros se refería, aquella era
realmente una charla sobre el futuro de la tecnología.
Siguiendo el
ejemplo del fundador de Tesla, Elon Musk, que pretendía colonizar Marte[1]; de Peter Thiel,
de Palantir, que aspiraba a revertir el proceso de envejecimiento[2], o de los
desarrolladores de inteligencia artificial Sam Altman y Ray Kurzweil, que se
habían propuesto cargar sus mentes en superordenadores[3], ellos se
preparaban para un futuro digital que no tenía tanto que ver con hacer del
mundo un lugar mejor como con trascender por completo la condición humana. Su
extrema riqueza y sus privilegios solo les servían para obsesionarse con
aislarse del peligro real y presente del cambio climático, la subida del nivel
del mar, las migraciones masivas, las pandemias globales, el pánico nativista y
el agotamiento de los recursos. Para ellos, el futuro de la tecnología consiste
en una sola cosa: escapar del resto de nosotros.
Antes, estas
personas inundaban el mundo con planes de negocio descabelladamente optimistas
basados en cómo la tecnología podría beneficiar a la sociedad humana. Ahora han
reducido el progreso tecnológico a un videojuego que uno de ellos gana cuando
encuentra la escotilla de salida. ¿Lo hará Bezos emigrando al espacio, Thiel
retirándose a su complejo de Nueva Zelanda, o Zuckerberg refugiándose en su
Metaverso virtual? Y estos milmillonarios catastrofistas son los presuntos
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ganadores de la economía digital, los supuestos paladines de ese
panorama empresarial basado en la supervivencia del más apto que de entrada
está alimentando la mayor parte de toda esta especulación.
Obviamente, no
siempre fue así. Hubo un breve momento, a principios de la década de 1990, en
que el futuro digital parecía no tener límites. Pese a sus orígenes en la
criptografía militar y las redes de defensa, la tecnología digital se había
convertido en un paraíso para la contracultura, que veía en ella la oportunidad
de inventar un futuro más inclusivo, distribuido y participativo. De hecho, el
«renacimiento digital» —como yo mismo empecé a llamarlo en 1991— se relacionaba
con el potencial desenfrenado de la imaginación colectiva humana. Abarcaba
desde las matemáticas del caos y la física cuántica hasta los juegos de rol de
tipo fantástico.
En aquella primera
época ciberpunk, muchos de nosotros creíamos que, interconectados y coordinados
como nunca antes, los seres humanos podríamos crear cualquier futuro que
imagináramos. Leíamos revistas como Reality Hackers, FringeWare y Mondo
2000, que equiparaban el ciberespacio con la psicodelia, la piratería
informática con la evolución consciente y la creación de redes en línea con las
fiestas masivas de música electrónica bailable conocidas como raves.
Los límites artificiales de la realidad lineal causa-efecto y las
clasificaciones jerárquicas se verían reemplazados por un fractal de
interdependencias emergentes. El caos no era aleatorio, sino rítmico. Ya no
veríamos el océano a través de la cuadrícula de meridianos y paralelos del
cartógrafo, sino en los patrones subyacentes de las ondulaciones del agua. «Se
acerca la ola», anuncié en mi primer libro sobre cultura digital.
Nadie nos tomó muy
en serio. De hecho, en 1992 la editorial original canceló la publicación del
libro porque pensaban que la moda de las redes informáticas «se acabaría» antes
de que saliera a la venta, lo que estaba previsto para finales de 1993. Solo cuando,
más avanzado el año, se lanzó la revista Wired, que replanteó el
auge de internet como una oportunidad de negocio, la gente con poder y dinero
empezó a tomar nota. Las páginas fosforescentes del primer número de la revista
anunciaban que «se avecinaba un tsunami», mientras los artículos publicados
daban a entender que solo aquellos inversores que siguieran la pista de los
analistas de escenarios y futurólogos que allí aparecían podrían sobrevivir a
la ola.
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La cosa ya no iba de contracultura psicodélica, aventuras hipertextuales
o conciencia colectiva. No, la revolución digital ni siquiera era una
revolución en absoluto, sino una oportunidad de negocio: la posibilidad de
inyectar esteroides a la ya moribunda bolsa de valores Nasdaq, y quizá sacarle
otro par de décadas de crecimiento a una economía que se daba por muerta desde
la caída de las biotecnológicas en 1987.
Todo el mundo se
agolpó de nuevo en el sector tecnológico en el auge de las puntocom. El
periodismo digital saltó de las páginas de cultura y medios de los periódicos a
la sección de negocios. Los intereses empresariales establecidos vieron nuevos
potenciales en la red, pero solo para seguir perpetuando la misma extracción de
siempre, mientras los jóvenes tecnólogos prometedores se dejaban seducir por
ofertas públicas de acciones de empresas unicornio y compensaciones
multimillonarias. Los futuros digitales pasaron a concebirse más como los
mercados de futuros de los valores o del algodón: algo que predecir y sobre lo
que apostar. Del mismo modo, se empezó a tratar a los usuarios de la tecnología
ya no tanto como creadores a los que empoderar, sino más bien como consumidores
a los que manipular. Cuanto más predecibles fueran los comportamientos de los
usuarios, más segura resultaría la apuesta.
Casi todos los
discursos, artículos, estudios, documentales o libros blancos publicados sobre
la naciente sociedad digital empezaron a apuntar a uno u otro código de
cotización bursátil. El futuro pasó de ser primordialmente algo que creamos a
través de nuestras decisiones actuales o de nuestras esperanzas para la
humanidad a convertirse en un escenario predestinado sobre el que apostamos con
nuestro capital de riesgo, pero al que llegamos de forma pasiva.
Eso liberó a todos
de las implicaciones morales de sus actividades. El desarrollo tecnológico dejó
de ser un relato de florecimiento colectivo para devenir más bien un proyecto
de supervivencia personal mediante la acumulación de riqueza. Y lo que es peor:
como tuve ocasión de aprender escribiendo libros y artículos sobre tales
componendas, llamar la atención acerca de cualquiera de estas cosas equivalía a
proyectar involuntariamente una imagen de ti mismo como enemigo del mercado o
cascarrabias antitecnológico. Al fin y al cabo, el crecimiento de la tecnología
y el del mercado se concebían como una misma cosa: algo inevitable, e incluso
moralmente deseable.
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Las sensibilidades mercantiles pasaron a dominar gran parte del espacio
mediático e intelectual que normalmente habría ocupado la reflexión sobre la
ética práctica de empobrecer a muchos en nombre de unos pocos. En lugar de
ello, buena parte del debate mayoritario se centró en hipótesis abstractas
acerca de nuestro futuro predestinado de alta tecnología: ¿es justo que un
corredor de bolsa consuma potenciadores cognitivos? ¿Habría que poner implantes
cerebrales a los niños para aprender idiomas? ¿Queremos que los vehículos
autónomos prioricen la vida de los peatones por encima de la de sus pasajeros?
¿Se deberían gestionar como democracias las primeras colonias marcianas?
¿Cambiar mi ADN socava mi identidad? ¿Deben tener derechos los robots?
Plantearse este
tipo de preguntas, que todavía hoy seguimos formulando, puede ser
filosóficamente entretenido. Pero resulta un pobre sucedáneo a la hora de
lidiar con los verdaderos dilemas morales asociados al desarrollo tecnológico
desenfrenado en nombre del capitalismo corporativo. Las plataformas digitales
han convertido un mercado ya de por sí explotador y extractivo (pensemos en
empresas como Walmart) en un sucesor aún más deshumanizado (pensemos en
empresas como Amazon). La mayoría de nosotros percibimos estas desventajas en
forma de trabajos automatizados, la llamada economía de bolos, y la
desaparición del comercio y el periodismo locales.
Pero los impactos
más devastadores del capitalismo digital acelerado a fondo recaen sobre el
medio ambiente, los pobres del mundo y el futuro que su opresión augura para la
civilización. La fabricación de nuestros ordenadores y teléfonos inteligentes
sigue dependiendo de redes de trabajo esclavo. Tales prácticas están
profundamente arraigadas. Una empresa llamada Fairphone, fundada para fabricar
y comercializar «teléfonos éticos», descubrió que era imposible hacerlo (hoy el
fundador de la empresa se refiere a sus productos calificándolos tristemente de
«más justos»[4]). Mientras tanto,
la extracción de tierras raras y la eliminación de los desechos de nuestras
tecnologías extremadamente digitalizadas destruyen hábitats humanos,
sustituyéndolos por vertederos de residuos tóxicos en los que luego rebuscan
niños indígenas empobrecidos y sus familias para revender los materiales
utilizables a los fabricantes, quienes a su vez afirman cínicamente que ese
«reciclaje» forma parte de sus grandes esfuerzos en favor del medio ambiente y
el bien social.
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Esa externalización de la pobreza y el veneno, basada en lo de «ojos que
no ven, corazón que no siente», no desaparece solo porque nos hayamos cubierto
los nuestros con gafas de realidad virtual y nos hayamos sumergido en una
realidad alternativa. Si acaso, cuanto más tiempo ignoremos las repercusiones
sociales, económicas y medioambientales, más problemáticas resultarán. Y esto,
a su vez, genera aún más retraimiento, más aislacionismo y fantasías
apocalípticas, y más tecnologías y planes de negocio concebidos a la
desesperada. El ciclo se retroalimenta.
Cuanto más inmersos
estamos en esta cosmovisión, más acabamos considerando que el problema son los
demás seres humanos y más concebimos la tecnología como la forma de
controlarlos y contenerlos. Tratamos la naturaleza deliciosamente extravagante,
impredecible e irracional de los seres humanos más como un error que como un
rasgo peculiar. Sean cuales sean sus propios sesgos, las tecnologías siempre se
declaran neutrales. Cualquier mal comportamiento que induzcan en nosotros es
solo un reflejo de nuestra propia esencia corrupta. Es como si el culpable de
nuestros problemas fuera invariablemente cierto salvajismo humano innato e
inamovible. Al igual que la ineficacia de un mercado local de taxis se puede
«resolver» con una aplicación que lleve a la ruina a los conductores humanos,
las irritantes incoherencias de la psique humana pueden corregirse con una
actualización digital o genética.
En última
instancia, según la ortodoxia tecnosolucionista, el futuro humano culminará
cuando carguemos nuestra conciencia en un ordenador o, quizá mejor, cuando
aceptemos que la propia tecnología es nuestra sucesora evolutiva. Como los
miembros de un culto gnóstico, anhelamos entrar en la siguiente fase
trascendente de nuestro desarrollo, despojándonos de nuestros cuerpos y
prescindiendo de ellos, junto con nuestros pecados y problemas, y —sobre todo—
de nuestros inferiores económicos.
Las películas y
programas de televisión reproducen esas fantasías para nosotros. Las series de
zombis muestran un panorama posapocalíptico en el que las personas no son
mejores que los muertos vivientes, y parecen ser conscientes de ello. Peor aún:
esos programas invitan a los espectadores a imaginar el futuro como una batalla
de suma cero entre los humanos que aún quedan, donde la supervivencia de un
grupo depende de la desaparición de otro. Incluso los programas de ciencia
ficción más
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innovadores presentan hoy a los robots como intelectual y éticamente
superiores a nosotros. Siempre son los humanos los que acaban reducidos a unas
pocas líneas de código, al tiempo que las inteligencias artificiales aprenden a
tomar decisiones cada vez más complejas y voluntarias.
La gimnasia mental
necesaria para llevar cabo tan profunda inversión de roles entre humanos y
máquinas depende del supuesto subyacente de que la mayoría de los humanos son
esencialmente inútiles e irreflexivamente autodestructivos. O los cambiamos o
nos alejamos de ellos, para siempre. Así tenemos a milmillonarios de la
tecnología lanzando coches eléctricos al espacio, como si eso simbolizara algo
más que su capacidad de promoción empresarial[5]. Y si al final
unas pocas personas logran alcanzar la velocidad de escape y sobrevivir de
algún modo en una burbuja en Marte —pese a nuestra incapacidad de mantener esa
burbuja ni siquiera aquí en la tierra en ninguno de los dos ensayos Biosfera
realizados hasta ahora, con un coste de miles de millones de dólares—, el
resultado no sería tanto una continuación de la diáspora humana como un bote
salvavidas para la élite[6]. La mayoría de los
seres humanos que piensan y respiran entienden que no hay escapatoria.
Lo que yo
personalmente llegué a comprender mientras sorbía agua de iceberg importada y
reflexionaba sobre posibles escenarios apocalípticos con los grandes ganadores
de nuestra sociedad es que en realidad aquellos hombres eran los perdedores.
Los milmillonarios que me invitaron a viajar al desierto para evaluar sus
estrategias bunkerianas no son tanto los vencedores del juego económico como
las víctimas de sus reglas perversamente restrictivas. Más que otra cosa, han
sucumbido a una mentalidad en la que «vencer» significa ganar suficiente dinero
para aislarse del daño que están causando ellos mismos al ganar dinero de ese
modo. Es como si quisieran construir un coche que fuera lo bastante rápido para
escapar de los propios gases que emite.
Sin embargo, ese
escapismo tan característico de Silicon Valley —al que yo llamo, para abreviar,
la Mentalidad— anima a sus adeptos a creer que, de alguna manera, los ganadores
pueden dejarnos atrás al resto de nosotros. Quizá ese haya sido siempre su objetivo.
Puede que ese impulso fatalista de elevarse por encima de la humanidad y
distanciarse de ella ya no sea tanto el resultado del capitalismo digital
desbocado como su causa: una forma de tratarse unos a otros y tratar al mundo
cuyo origen puede encontrarse en las tendencias sociopáticas de la ciencia
empírica, el
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individualismo, la dominación sexual y quizá incluso el propio
«progreso».
Sin embargo, aunque
desde los tiempos de los faraones y de Alejandro Magno los tiranos hayan
intentado encaramarse sobre las grandes civilizaciones y gobernarlas desde
arriba, nunca antes los actores más poderosos de nuestra sociedad habían
asumido que el principal impacto de sus propias conquistas sería hacer del
propio mundo un lugar inhabitable para todos los demás. Ni tampoco habían
dispuesto nunca de las tecnologías necesarias para programar sus sensibilidades
en el tejido mismo de la sociedad. Hoy el paisaje está plagado de algoritmos e
inteligencias que fomentan activamente esas perspectivas egoístas y
aislacionistas. Quienes resultan ser lo bastante sociópatas como para
adoptarlas se ven recompensados con dinero y control sobre el resto de nosotros.
Es un bucle de realimentación que se refuerza a sí mismo. Y constituye un hecho
novedoso.
Amplificada por las
tecnologías digitales y la inédita disparidad de riqueza que estas posibilitan,
la Mentalidad facilita la externalización del perjuicio a otros e inspira el
correspondiente anhelo de trascendencia y distanciamiento de aquellas personas
y lugares a los que se ha maltratado. Como veremos, la Mentalidad se fundamenta
en un cientificismo acérrimamente ateo y materialista, además de la fe en la
tecnología como método de resolución de problemas; la adhesión a los sesgos del
código digital; la concepción de las relaciones humanas como fenómenos
mercantiles; el miedo a la naturaleza y a las mujeres; la necesidad de ver las
propias aportaciones como innovaciones absolutamente únicas y sin precedentes,
y el impulso de neutralizar lo desconocido dominándolo y desvitalizándolo.
Sin embargo, en
lugar de limitarse a enseñorearse de nosotros para siempre, los milmillonarios
de la cúspide de esas pirámides virtuales buscan activamente el desenlace. De
hecho, como la trama de una superproducción de Marvel, la propia estructura de
la Mentalidad requiere un desenlace. Todo debe resolverse con un uno o un cero,
un vencedor o un perdedor, los que se salvan o los que se condenan. Las
catástrofes reales e inminentes, desde la emergencia climática hasta las
migraciones masivas, sustentan el mito, ofreciendo a estos aspirantes a
superhéroes la oportunidad de representar la apoteosis en su propia vida. Y
ello porque la Mentalidad también incluye la certeza cuasi religiosa —y tan
peculiar de
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Silicon Valley— de que sus acólitos podrán desarrollar una tecnología
que de algún modo rompa las leyes de la física, la economía y la moral para
ofrecerles algo aún mejor que una forma de salvar el mundo: un medio de escapar
del apocalipsis que ellos mismos han creado.
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01
La ecuación
aislacionista
Estrategias bunkerianas
de los milmillonarios
C uando
embarqué en mi vuelo de regreso a Nueva York, me daba vueltas la cabeza
pensando en lo que implicaba eso que he dado en llamar la Mentalidad. ¿De dónde
había surgido? ¿Qué la había causado? ¿Cuáles eran sus postulados básicos?
¿Quiénes eran sus verdaderos acólitos? ¿Qué podíamos hacer para resistirnos a
ella, si es que se podía hacer algo? Antes de aterrizar, publiqué en línea un
artículo sobre mi extraño encuentro, y el efecto resultó sorprendente[7].
Casi de inmediato,
empecé a recibir consultas de empresas especializadas en atender las
necesidades de survivalistas milmillonarios, todas con la esperanza de que yo
pudiera publicitar sus productos a los cinco hombres sobre los que había
escrito. Así, supe de un agente inmobiliario con un catálogo especializado en
propiedades a prueba de catástrofes, de una constructora que aceptaba reservas
para su tercer proyecto de viviendas subterráneas, y de una empresa de
seguridad que ofrecía diversas formas de «gestión de riesgos».
Pero el mensaje que
más me llamó la atención fue el que recibí de un expresidente de la Cámara de
Comercio de Estados Unidos en Letonia llamado J. C. Cole. Este había
presenciado la caída del Imperio soviético y constatado lo que entrañaba
reconstruir una sociedad capaz de funcionar
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casi desde cero. También había sido administrador de las embajadas de
Estados Unidos y la Unión Europea en su país y había aprendido mucho sobre
sistemas de seguridad y planes de evacuación. «Sin duda ha agitado usted un
avispero —empezaba diciendo el primer correo electrónico que me envió—. Me
parece bastante acertado: los ricos que se escondan en sus búnkeres tendrán un
problema con sus equipos de seguridad… Creo que tiene razón al aconsejarles
“tratar muy bien a esa gente aquí y ahora”, pero el concepto también puede
ampliarse, y creo que hay un sistema mejor que daría mucho mejores resultados».
Luego procedía a
exponer los hechos. Él estaba convencido de que el «evento» —ya fuera un «cisne
gris» (un suceso posible aunque improbable), una catástrofe previsible
provocada por un enemigo o por la madre naturaleza, o simplemente un hecho
accidental— era inevitable. Había realizado un «análisis FODA» de la situación
(por las siglas de «fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas») y había
llegado a la conclusión de que prepararse para una calamidad requiere tomar las
mismas medidas que adoptaríamos para tratar de evitarla. «Casualmente —me
explicó— estoy montando una serie de granjas refugio en la zona de Nueva York.
Están diseñadas para gestionar mejor un “evento” y también para beneficiar a la
sociedad como granjas semiecológicas. Ambas se encuentran a menos de tres horas
en coche de la ciudad, lo bastante cerca para poder llegar allí cuando suceda».
No pude resistirme.
No solo tenía ante mí a lo que habitualmente se conoce como un
«preparacionista» o «survivalista», sino que además este contaba con
acreditación de seguridad, experiencia de campo y conocimientos de
sostenibilidad alimentaria. Él creía que la mejor manera de hacer frente a la
inminente catástrofe era cambiar aquí y ahora nuestra forma de tratarnos unos a
otros, así como de gestionar la economía y el planeta, y a la vez desarrollaba
una red de comunidades agrícolas residenciales secretas y totalmente
autosuficientes para millonarios, vigiladas por SEAL de la Marina
estadounidense armados hasta los dientes.
Actualmente, J. C.
está construyendo dos granjas dentro de su proyecto de refugios seguros. La
granja 1, ubicada en las afueras de Princeton, es su granja piloto, y «funciona
bien siempre que lo haga la “delgada línea azul”». La segunda, situada en algún
lugar de las montañas Pocono, en Pensilvania, tiene que seguir siendo un
secreto. «Cuanta menos gente
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conozca las ubicaciones, mejor», me dijo, añadiendo un enlace a un
episodio de La dimensión desconocida en el que unos vecinos aterrorizados
irrumpen en el refugio antiatómico de una familia en un momento de pánico
nuclear. «El principal valor de un refugio seguro es la seguridad operativa, lo
que los militares llaman OpSec. Cuando la cadena de suministro se rompa —si lo
hace—, la gente no tendrá comida. La covid-19 nos dio un toque de atención
cuando la gente empezó a pelearse por el papel higiénico. Cuando haya escasez
de alimentos, la cosa se pondrá fea. Por eso los que sean lo bastante
inteligentes para invertir deben ser sigilosos».
J. C. se ofreció a
venir a Nueva York para enseñarme su propuesta, pero yo quería ver la
instalación en persona. Se mostró encantado y me invitó a ir a verlo a Nueva
Jersey. «Lleve botas —me aconsejó—. El suelo todavía está húmedo». Luego me
preguntó: «¿Sabe disparar?».
Además de criar
cabras y pollos, la propia granja servía como centro ecuestre y de
entrenamiento táctico. J. C. me enseñó a sujetar y disparar una Glock contra
una serie de blancos situados al aire libre que reproducían la silueta de unos
«tipos malos», mientras refunfuñaba sobre la forma en que la senadora Dianne
Feinstein había limitado arbitrariamente el número de balas que se podían meter
legalmente en el cargador de la pistola. J. C. sabía de qué hablaba. Le
pregunté acerca de varios posibles escenarios de combate. ¿Cómo te defiendes
contra toda una banda de matones que invaden tu finca? «No lo haces —me dijo—.
La clave del preparacionismo está en saber escapar».
Obviamente, si
tienes un complejo como el que estaba construyendo J. C., las cosas son un poco
distintas. «La única manera de proteger a tu familia es con un grupo», me
aseguró. Ese es realmente el objetivo de su proyecto: reunir un equipo capaz de
permanecer refugiado en el lugar durante un año o más y al mismo tiempo
defenderse de quienes no han sido tan precavidos. «Aquí estuvo de visita el
equipo SWAT de la policía de una ciudad. Todos dijeron que vendrían a la
primera señal de problemas». J. C. también espera formar a jóvenes granjeros en
agricultura sostenible y conseguir al menos un médico y un dentista para cada
emplazamiento.
Tuvimos que
terminar de disparar antes de que apareciera una adolescente que venía a
practicar saltos con su caballo. De vuelta al edificio principal, J. C. me
mostró los protocolos de «seguridad por capas»
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que había aprendido diseñando las instalaciones de las embajadas: una
valla alrededor de todo el recinto, señales de prohibido el paso, perros
guardianes, cámaras de vigilancia…, todos ellos elementos disuasorios para
evitar una confrontación violenta. Se detuvo un minuto mientras observaba el
camino. «Sinceramente, me preocupan menos las bandas armadas que la mujer que
aparece en el camino de entrada con un bebé en brazos y pidiendo comida. —Hizo
una pausa, y dio un suspiro—. No quiero encontrarme en ese dilema moral».
Justamente por eso,
la auténtica pasión de J. C. no es construir unas pocas instalaciones de retiro
aisladas y militarizadas para millonarios, sino crear un prototipo de granjas
sostenibles de propiedad local que puedan servir de modelo a otras y, en última
instancia, ayudar a restaurar la seguridad alimentaria regional en Estados
Unidos. El sistema de entrega «justo a tiempo» preferido por los conglomerados
agrícolas hace a la mayor parte de la nación vulnerable a crisis de tan poca
envergadura como un corte de energía o una interrupción en el transporte. Al
mismo tiempo, la centralización de la industria agrícola ha dejado a la mayoría
de las granjas completamente dependientes de las mismas extensas cadenas de
suministro que los consumidores urbanos. «La mayoría de los productores de
huevos ni siquiera pueden criar pollos —me explicó J. C. mientras me mostraba
sus gallineros—. Compran pollitos. Yo tengo gallos».
J. C. no es
precisamente un ecologista jipi de izquierdas. Nunca se refiere a Hillary
Clinton por su nombre —solo la llama «ella»— y publica artículos en internet
sobre las desventuras del estado profundo estadounidense y las inminentes
guerras del petróleo[8]. Pero su modelo de
negocio se basa en el mismo espíritu comunitario que yo intenté transmitir a
los milmillonarios: la forma de evitar que las hordas hambrientas derriben tus
puertas es conseguirles seguridad alimentaria aquí y ahora. Así que por tres millones
de dólares los inversores no solo obtienen un complejo de máxima seguridad en
el que capear la próxima plaga, tormenta solar o colapso de la red eléctrica;
también obtienen una participación en una red potencialmente rentable de
franquicias de granjas locales que podrían reducir de entrada la probabilidad
de un evento catastrófico. Su negocio haría todo lo posible para garantizar que
haya el menor número de niños hambrientos en la puerta cuando llegue el momento
de cerrar.
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Hasta ahora, J. C. Cole no ha podido convencer a nadie de que invierta
en su proyecto, American Heritage Farms. Eso no implica que no haya nadie
invirtiendo en este tipo de planes; solo que los que atraen más atención y
dinero no suelen tener esos componentes cooperativos: son más apropiados para
gente que quiere ir por su cuenta. La mayoría de los preparacionistas
milmillonarios no quieren tener que aprender a llevarse bien con una comunidad
de granjeros o, lo que es peor, gastar sus ganancias en financiar un programa
nacional de resiliencia alimentaria. Al tipo de mentalidad que requiere
refugios seguros no le interesa tanto prevenir posibles dilemas morales como
limitarse simplemente a mantenerlos fuera de su vista.
Muchos de quienes
buscan en serio un refugio seguro se limitan a contratar a una de las varias
empresas de construcciones preparacionistas que existen para que entierren un
búnker prefabricado revestido de acero en alguna de sus propiedades. Rising S
Company, de Texas, construye e instala búnkeres y refugios contra tornados cuya
gama va desde solo 40 000 dólares por un escondite de emergencia de 2,5 por 3,5
metros hasta la lujosa serie Aristocrat, que, por 8,3 millones de dólares,
cuenta hasta con piscina y pista de bolos[9]. Aunque en su
página web tienen fotos de los modelos más baratos ya construidos, los de mayor
tamaño se muestran únicamente en recorridos virtuales, probablemente porque en
la práctica no deben de haber fabricado muchos de esa escala (si es que han
llegado a fabricar alguno). En cualquier caso, se trata de instalaciones
bastante espartanas, más parecidas a contenedores de transporte reutilizados
que a guaridas fantásticas estilo James Bond. Originalmente la empresa
abastecía a familias que buscaban refugios temporales contra tormentas, antes
de entrar en el negocio del apocalipsis a largo plazo. El logotipo de la
empresa, que incluye tres crucifijos, hace pensar que sus servicios se dirigen
más a los preparacionistas cristianos evangélicos de los estados republicanos
estadounidenses que a los tecnofrikis[10] milmillonarios
entregados a sus fantasías de ciencia ficción.
Hay un elemento
mucho más caprichoso en las instalaciones en las que la mayoría de los
milmillonarios —o, más exactamente, los aspirantes a serlo invierten realmente.
Una empresa llamada Vivos vende lujosos apartamentos subterráneos construidos
en antiguas instalaciones de los tiempos de la Guerra Fría, ahora
reconvertidas, como almacenes de municiones, silos de misiles y otros recintos
fortificados repartidos por
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todo el mundo[11]. Como si fueran
versiones en miniatura de los complejos turísticos del Club Med, ofrecen suites privadas
para individuos o familias y zonas comunes más amplias con piscinas, juegos,
películas y restaurantes. Otros refugios de carácter ultraelitista, como los
que propone la empresa checa Oppidum, se proclaman destinados a la clase
milmillonaria y prestan más atención a la salud psíquica de sus residentes a
largo plazo[12]. Ofrecen
simulaciones de luz natural (por ejemplo, una piscina con una zona ajardinada
que parece iluminada por el sol), además de bodega y otras comodidades para que
los ricos se sientan como en casa.
Sin embargo, si se
analiza detenidamente, la probabilidad de que un búnker fortificado proteja de
veras a sus ocupantes de la realidad de…, bueno, de la realidad, es muy
reducida. Para empezar, los ecosistemas cerrados de las instalaciones
subterráneas resultan ridículamente frágiles. La diversidad que caracteriza los
biomas genuinos del mundo real protege a estos y a sus habitantes de las
catástrofes. En la naturaleza, una enfermedad, una sequía o un invasor puede
amenazar a una especie, pero verse mitigado con éxito por otra. Un jardín
hidropónico cerrado es vulnerable a la contaminación. Las granjas verticales
con sensores de humedad y sistemas de riego controlados por ordenador quedan
muy bien en los planes de negocio y en las azoteas de las empresas emergentes
de la Bahía de San Francisco; cuando una paleta de tierra vegetal o una hilera
de plantas se echa a perder, basta con arrancarla y sustituirla. La «sala de
cultivo» herméticamente sellada del apocalipsis, en cambio, no permite esa
posibilidad.
Las incógnitas
conocidas bastan por sí solas para desbaratar cualquier esperanza razonable de
supervivencia. Pero eso no parece disuadir a los preparacionistas adinerados de
intentarlo. Durante la pandemia de covid-19, el New York Times informaba
de que los agentes inmobiliarios especializados en islas privadas se veían
desbordados de consultas[13]. Los potenciales
clientes preguntaban incluso si había suficiente terreno para realizar cierta
actividad agrícola, además de instalar una plataforma de aterrizaje para
helicópteros. Pero, aunque una isla privada pueda ser un buen sitio donde
aguardar a que pase una plaga transitoria, convertirla en una fortaleza
oceánica autosuficiente y defendible resulta más difícil de lo que parece. Las
islas de pequeño tamaño dependen por completo del abastecimiento aéreo y
marítimo de los productos básicos; asimismo, los equipamientos tales como los
paneles solares y los sistemas de filtración
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de agua deben revisarse y reemplazarse a intervalos regulares. De modo
que los milmillonarios que residen en estos lugares acaban dependiendo de una
serie de complejas cadenas de suministro más, y no menos, que aquellos de
nosotros que estamos plenamente integrados en la civilización industrial.
En cualquier caso,
tampoco es que pueda sellarse herméticamente el entorno. Al final todo llega a
todas partes. Las nubes tóxicas, la peste y la radiación tienen formas de
propagarse y filtrarse a través de las barricadas mejor concebidas. Los filtros
HEPA deben reemplazarse regularmente, y a veces aun así fallan. Actualmente, la
polución atmosférica de las fábricas de China y los incendios forestales de
Europa y California ya alcanza continentes lejanos, contaminando de forma
mensurable el Everest y Katmandú. Hoy los microplásticos cancerígenos son tan
abundantes en los hielos polares como en una típica ciudad europea[14]. Según un estudio
del Fondo Mundial para la Naturaleza, el estadounidense medio ingiere cada mes
el plástico equivalente a una tarjeta de crédito. Basta con leer las noticias.
No hay escapatoria[15].
Sin duda los
milmillonarios que me pidieron consejo sobre sus estrategias de huida eran
conscientes de esas limitaciones. ¿Podría haber sido todo una especid de juego?
¿Cinco hombres sentados alrededor de una mesa de póquer, apostando cada uno de
ellos a que su plan de escape era el mejor? ¿Se suponía que yo tenía que
desempeñar el papel del crupier neutral, o el de director de un juego de rol de
tipo fantástico, emitiendo un juicio sobre cada uno de los escenarios que
describían?
Pero aquí también
había involucrado algo más. Si hacían eso solo por diversión, no me habrían
invitado a mí: habrían mandado llamar al autor de algún cómic sobre apocalipsis
zombi. Y si lo que querían era poner a prueba sus planes bunkerianos, habrían
contratado a un experto en seguridad de Blackwater o del Pentágono. No.
Parecían pretender algo más. Su lenguaje trascendía con mucho las cuestiones
habituales del preparacionismo para posibles catástrofes y rozaba la política y
la filosofía, en cuanto hacían uso de términos como individualidad,
soberanía, gobierno y autonomía.
El motivo era que
lo que querían que yo evaluara en realidad no eran tanto sus estrategias
bunkerianas materiales como la base filosófica y matemática que utilizaban para
justificar su devoción escapista. Estaban elaborando lo que he dado en llamar
la ecuación aislacionista: ¿podrían
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ganar suficiente dinero para aislarse de la realidad que estaban creando
ellos mismos al ganar dinero como lo hacían? ¿Había alguna justificación válida
para esforzarse en tener el éxito necesario para dejarnos atrás al resto, con
apocalipsis o sin él?
Como dignos
representantes de la Mentalidad, han rechazado constantemente la gobernanza
colectiva y suscrito la presuntuosa idea de que con suficiente dinero y
tecnología, se puede rediseñar el mundo según las especificaciones personales
de cada uno. Sus diversas iniciativas de escape basadas en una presunta
autosoberanía equivalen a la misma fantasía tecnolibertaria[16] de
construcción de mundos imaginarios ejemplificada por la competencia de los
ultramilmillonarios para colonizar Marte, pero en este caso diseñada para su
implementación aquí, en la tierra. Sea como fuere, solo los billonarios podrán
acceder al espacio para terraformar otros planetas. Los integrantes del grupo
que solicitó mi apocalíptico asesoramiento admitieron de buen grado que eran
«milmillonarios de bajo nivel», que, a lo sumo, podrían darse una vuelta con
Elon Musk, Richard Branson o Jeff Bezos, quienes, a su vez, todavía se
encuentran a unas cuantas generaciones de distancia de poder colonizar nada.
Ofreciendo una
fantasía escapista tecnoutópica un poco más razonable, el movimiento conocido
como seasteading (o «colonización del mar»), publicitado en
una serie de artículos de revistas hace unos años, promete una solución
sostenible a un mundo caracterizado por la catástrofe climática, el caos social
y el colapso económico. En el futuro que imaginan sus aquapreneurs («emprendedores
acuáticos»), una mezcla de Minecraft y Waterworld, los ricos vivirán en
ciudades-Estado flotantes independientes, gigantescos conglomerados de balsas
de alta tecnología que utilizarán energía térmica oceánica limpia y renovable
para autoabastecerse y escapar así de una civilización de moradores terrestres
dependientes de las perforaciones petrolíferas[17]. Puede que el
revuelo publicitario suscitado por estas iniciativas se haya apagado un tanto,
pero varios milmillonarios, e incluso algunas organizaciones legítimas como las
Naciones Unidas y el MIT, siguen trabajando intensamente para que la humanidad
retorne al mar[18].
Los defensores
del seasteading parecen empezar todas las conversaciones con
la promesa de la sostenibilidad, el ecologismo o el aislamiento frente a
riesgos como la covid o el caos climático (¿por qué
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temer la subida del nivel de los mares si ya vives en el mar?). A la
larga, no obstante, siempre acaban aduciendo motivaciones de cariz más
ideológico para abandonar la tierra firme. La declaración de intenciones del
Instituto Seasteading lo explica claramente: «Establecer comunidades oceánicas
permanentes y autónomas que permitan experimentar e innovar con diversos
sistemas sociales, políticos y jurídicos[19]».
Los empresarios
tecnológicos que invierten en estos planes oceánicos pretenden recuperar la
anarquía del salvaje Oeste asociada a los inicios de internet. Su proyecto
tiene poco que ver con el agua y mucho —todo— con la autonomía política: con la
libertad de vivir rigiéndose únicamente por la Mentalidad. Libres de las
restricciones y regulaciones del pensamiento retrógrado de los estados-nación,
los aquapreneurs podrán reinventar la civilización como un
experimento ultralibertario. Crearán rápidamente prototipos de nuevas formas de
gobierno y determinarán en todo caso qué guiños es necesario hacer —si hay que
hacer alguno— al civismo o al colectivismo. Como explica el sitio web del
Instituto Seasteading, «hemos tenido la revolución agraria, la comercial y la
industrial, pero ¿por qué no una revolución de la gobernanza? Adéntrese en el
mar[20]». El océano será
el medio para lograr un fin: una forma de redefinir la propia soberanía desde
abajo, donde la persona gobierna siempre absolutamente su propia lealtad, la
expresión de sus valores y sus obligaciones para con la ley.
Es una visión de
algo así como una desconferencia global, en la que cada individuo o familia
construye o compra su propia villa flotante de alta tecnología, o «nanonación»,
y luego navega hacia el conglomerado-nación modular que le ofrezca el mejor
sistema de gobierno. Si deja de gustarte el funcionamiento del gobierno,
simplemente te desconectas y te propulsas hacia otro conglomerado, en otra
parte del océano. En un libre mercado anárquico, las sociedades emergentes
competirán por sus habitantes del mismo modo que hoy las redes sociales
compiten por los usuarios o los campamentos de verano compiten por los
visitantes. Además, al estar libres de cualesquiera regulaciones nacionales,
los emprendedores acuáticos podrán desarrollar tecnologías y realizar avances
científicos que serían imposibles en países que impongan restricciones legales
o morales a, por ejemplo, la ingeniería genética, la clonación o la
nanotecnología.
Envueltas en la
urgencia del ecologismo y el optimismo de la innovación tecnológica, este tipo
de fantasías de autosoberanía delatan el
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deseo subyacente entre la élite tecnolibertaria de dejar de someterse a
las investigaciones parlamentarias, las regulaciones antimonopolio o la
tecnofobia regresiva; de coger su pelota e irse a jugar a otra parte.
Ya sea en la
tierra, en el mar o en el espacio exterior, esta búsqueda de autosoberanía
reviste menos importancia como ejemplo de preparacionismo para el apocalipsis
que como revelación de las fantasías subyacentes estilo Ayn Rand de la élite
tecnológica: los más racionales y productivos de entre nosotros escapan para
perseguir sus propios intereses, empoderados para construir su propia economía
independiente y libres de las consecuencias morales de sus actos.
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02
Fusiones y
adquisiciones
Ten siempre una
estrategia de salida
N o es así
como la mayoría de nosotros pensábamos que la tecnología digital iba a cambiar
la cultura humana.
Mi primer contacto
con los ordenadores fue en noveno curso. La Junta de Educación de nuestro
distrito había comprado su primer «ordenador central» IBM para gestionar los
historiales escolares y más tarde se les ocurrió la idea de instalar tres
terminales en la oficina del departamento de Matemáticas para los estudiantes
interesados. Obviamente, pronto los niños habían aprendido más sobre el sistema
informático de la escuela que sus administradores adultos. Día sí y día
también, se pedía a algún empollón informático que saliera de clase y fuera a
arreglar el sistema que coordinaba las nóminas de los profesores y tabulaba las
notas de los alumnos. Toda su microcultura estaba impregnada de un espíritu de
servicio a los demás, de enseñar a los novatos y compartirlo todo.
Por necesidad, esos
mismos valores regían también en la gran cultura informática. La gente no tenía
todavía ordenadores personales. Trabajaban en terminales conectados a grandes
computadores que estaban en algún otro sitio. Eso significaba que todo el mundo
tenía que compartir los recursos informáticos: los ciclos limitados de las
máquinas. Gran parte de nuestro primer software se limitaba a
orquestar esa necesidad de
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compartir; por ejemplo, qué partición de un disco duro albergaría el
«directorio» de archivos de cada usuario o a qué hora se permitiría a alguien
«ejecutar» su programa en el procesador central.
Lógicamente, todo
el software que escribían esos usuarios era también «shareware».
¿Por qué a alguien se le iba a pasar siquiera por la cabeza la idea
de cobrar por un programa que había escrito? La medida del éxito de un programa
era justamente lo extendido que llegaba a estar su uso. Era un motivo de
orgullo y el dinero no intervenía para nada. De hecho, en aquella época los
padres se preocupaban cuando nosotros, sus hijos, mostrábamos interés en los
ordenadores. Parecía que íbamos a desperdiciar nuestra vida jugando a
videojuegos y nunca nos ganaríamos apropiadamente el sustento. No tenían ni
idea de lo que de verdad se fraguaba.
Yo mismo solo
llegué a apreciar la inmensa envergadura de lo que estaba ocurriendo cuando
llegué a la universidad y me dirigí al laboratorio de informática para escribir
mi tesis de graduación. Siempre recordaré el momento en que la estudiante de
posgrado que trabajaba allí me enseñó cómo guardar mi trabajo. Me explicó que
podía guardar mi archivo como de «solo lectura», lo que implicaba que otros
podían leer el archivo, o de «lectura y escritura», lo que implicaba que podían
escribir en el archivo que yo había guardado o cambiarlo. Todos los archivos
eran o bien de solo lectura, o bien de lectura y escritura. En aquel momento
parecía fácil, pero recuerdo que al salir del laboratorio veía el mundo de otra
manera. ¿Qué cosas del mundo eran de solo lectura y cuáles de lectura y
escritura? ¿Por qué el dinero era de solo lectura? ¿Y la religión? ¿Y si
pudiéramos cambiarlas? ¿Qué parte del mundo estaba protegida arbitrariamente de
nuestra intervención y quién podía tomar esas decisiones? Yo me había criado en
el entorno mediático de solo lectura de la televisión. Era un espectador. Pero
empezaba a ser consciente de que todo eso estaba a punto de cambiar.
Aquellos de mis
amigos que se mudaban a Silicon Valley no iban allí solo a programar
ordenadores, sino a programar la realidad. No se parecían a los frikis con
protectores de bolsillo con los que me había codeado en el departamento de
Matemáticas del instituto. Eran más bien como los artistas y consumidores de
psicodélicos que conocía de mis clases de música y teatro. Fans de Grateful
Dead, devotos de la wicca y entusiastas de Brian Eno. Como curtidos expertos en
alucinaciones, a los
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miembros de la comunidad psicodélica se les daba especialmente bien
imaginar entornos virtuales y nuevos modos de comunicación humana. Las empresas
tecnológicas no solo buscaban activamente programadores entre los miembros de
esta imaginativa subcultura, sino que además se adaptaban a sus necesidades,
por ejemplo, avisando discretamente con antelación a ciertos empleados de las
pruebas de drogas que habían de realizar por su condición de contratistas de
defensa[21].
Los héroes
psicodélicos de la década de 1960 —como el gurú del LSD Timothy Leary, el
antiguo miembro de los Merry Pranksters Stewart Brand y el letrista de Grateful
Dead John Barlow— aseguraron a la contracultura californiana que la revolución
informática no se identificaría tanto con la burocracia militar de la
posguerra, o siquiera con las corporaciones de alta tecnología, como con los
«neocomunalistas» de Haight-Ashbury, el Whole Earth Catalog y
los jacuzzis del Instituto Esalen[22].
A principios de la
década de 1990 la cultura psicodélica y la informática se habían hecho
indistinguibles. Los desarrolladores de software que de día escribían código
para Apple al llegar a casa raspaban brotes de peyote de sus cactus y se
pasaban la noche viajando. Mis amigos de SUN Microsystems usaban sus potentes
ordenadores para generar imágenes fractales que luego se proyectaban en los
espectáculos de Grateful Dead. Durante un tiempo, Intel incluso suministró
equipos experimentales de realidad virtual para que los chicos hicieran
demostraciones de su funcionamiento en las fiestas rave de San
Francisco.
Si algún enemigo
tenía nuestro internet, no eran las corporaciones que nos daban juguetes para
entretenernos y pagaban por nuestro tiempo; era el Gobierno estadounidense, que
utilizaba los ordenadores para sus juegos de guerra, arrestaba a jóvenes jáqueres
con falsas acusaciones y trataba de censurar nuestra comunicación en línea.
Todo el mundo sabía que el origen de internet estaba en otra red llamada
Arpanet, diseñada como un sistema descentralizado para ayudar a los militares a
comunicarse aun después de una catástrofe como una guerra nuclear. Nosotros
queríamos alejarnos lo máximo posible de ese origen. Mientras tanto, el FBI
había llevado a cabo una serie de redadas innecesariamente contundentes
bautizadas como Operación Sundevil, irrumpiendo en las casas de algunos de
nuestros jáqueres adolescentes favoritos, deteniéndolos y aterrorizando a sus
familias, y todo por unas infracciones relativamente menores en las que además
no había habido víctimas[23]. Al final, la
denominada Ley de
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Decencia en las Comunicaciones de 1996 trató de limitar lo que nosotros
considerábamos nuestra libertad de información, prohibiendo no solo el material
«obsceno», sino cualquier cosa que se considerara «indecente».
La Declaración de
Independencia del Ciberespacio que presentó John Barlow ese mismo año expresaba
lo que muchos de nosotros sentíamos, y algo más: «Gobiernos del mundo
industrial, cansados gigantes de carne y acero, vengo del ciberespacio, el
nuevo hogar de la mente. En nombre del futuro, os pido a los del pasado que nos
dejéis en paz. No sois bienvenidos entre nosotros. No tenéis soberanía allí
donde nos reunimos[24]». Los enemigos
eran los Gobiernos y había que evitar que ejercieran su autoridad sobre este
nuevo proyecto colectivo de la humanidad. La mayoría de nosotros pasó por alto
la línea que cerraba el manifiesto: «Davos, Suiza, 8 de febrero de 1996»; el
momento y el lugar del famoso Foro Económico Mundial, la zona cero del
capitalismo global.
Por entonces la
desregulación sonaba bien. Nosotros solo éramos una panda de fiesteros y
ciberpunks, paranoicos ante la posibilidad de que el Gobierno pudiera
detenernos por consumo de drogas. Conocíamos a John Barlow como el
despreocupado letrista de Grateful Dead, no en su anterior faceta de libertario
responsable de la campaña de Dick Cheney para el Congreso estadounidense. No
entendíamos que desterrar a los Gobiernos de internet crearía una zona franca
para la colonización corporativa. Todavía no habíamos descubierto que los
Gobiernos y las empresas se equilibran mutuamente, como los hongos y las
bacterias en el cuerpo: deshazte de unos y los otros camparán a sus anchas[25].
Estábamos demasiado
entusiasmados con la construcción de nuestra nueva civilización para pararnos a
pensar en tales desequilibrios. Recuerdo que participé en un taller en las
Naciones Unidas y me sentí plenamente identificado con lo que ponía en mi tarjeta
de acreditación: «ciudadano del ciberespacio». Supongo que tenía una fe ciega
en ello.
Pero internet
finalmente cambió para mí la mañana del 10 de enero de 2000, cuando un redactor
del New York Times me llamó para preguntarme si podía escribir
un artículo de opinión para aquella misma tarde. Me sentí entusiasmado. La
cultura de la red, sobre la que yo llevaba escribiendo desde finales de la
década de 1980, era por fin lo bastante importante como para que la Dama Gris
—como se conoce coloquialmente al periódico— solicitara un artículo de opinión
a un escritor ciberpunk marginal como yo. Pero resulta que el redactor quería
mi comentario sobre
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algo ligeramente distinto: Time Warner, una venerable empresa
considerada parte de los «viejos medios», acababa de anunciar que iba a ser
adquirida por America Online (AOL), un proveedor de acceso a internet que solo
llevaba una década de existencia. ¿Significaba eso que por fin había llegado de
veras la hora de internet? ¿Podía explicar yo lo que implicaba esa fusión en
palabras sencillas?
No quería dejar
escapar la oportunidad, pero en realidad eso no era exactamente lo mío. Yo
escribía sobre medios de comunicación y cultura. Aun así, pensé que podría
improvisar. Según el redactor del Times, la fusión marcaba el «nacimiento de la
economía digital» y, de ser cierto, yo quería estar presente y meter baza. Así
que analicé el acuerdo desde mi propia perspectiva, la de un teórico de los
medios e ingenuo en temas financieros. Un venerable conglomerado con activos
reales que incluían una filmoteca, un imperio periodístico con un montón de
revistas, parques temáticos, estudios de cine y miles de kilómetros de cable de
televisión estaba a punto de fusionarse con los tíos que se dedicaban a enviar
por correo CD retractilados con «diez horas de acceso gratuito» a casi todos
los hogares de Estados Unidos. Según los términos del acuerdo, las dos empresas
se fusionarían en una, de la que los accionistas de AOL poseerían el 55 por
ciento de las acciones, y los de Time Warner, solo el 45 por ciento.
¿Cómo podía America
Online, una entidad sin apenas activos reales, haber logrado semejante proeza?
Sí, era cierto que AOL había acumulado unos cuantos millones de usuarios, pero
yo llevaba varios meses oyendo que el ritmo de nuevos suscriptores se estaba
ralentizando. Lo único que subía en AOL al arrancar el nuevo siglo era el
precio de sus acciones.
Entonces, de
repente, la jugada adquirió sentido para el friki de los videojuegos que llevo
dentro: AOL estaba gastando su dinero de fantasía «virtual». El fundador de la
empresa, Steve Case, estaba canjeando sus fichas, cambiando sus activos
especulativos de papel, sus activos puntocom, por una participación mayoritaria
en una empresa real con activos reales. Además, si había decidido hacerlo justo
ahora, eso significaba que creía que las acciones de America Online habían
alcanzado su máximo histórico. Para mí, pues, la compra de Time Warner por
parte de AOL inducía a pensar que lo que el entonces presidente de la Reserva
Federal, Alan Greenspan, denominaba la «exuberancia irracional» que
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rodeaba a las acciones de las tecnológicas había alcanzado su punto
álgido: el auge de las puntocom estaba llegando a su fin.
De modo que puse
todo eso por escrito y se lo envié al redactor antes del plazo límite, las tres
de la tarde. Una hora después sonó el teléfono.
—¡No podemos
publicar esto! —me espetó—. Todo el mundo anda diciendo que el acuerdo es una
gran noticia, ¿y tú intentas argumentar que va a ser un fiasco? ¿Que nos están
dando gato por liebre? —Sí —respondí—. A Time Warner la están jodiendo.
—Vale, pues no
podemos publicar un artículo negativo sobre una fusión que todo el mundo en la
sección de Negocios dice de forma inequívoca que es magnífica tanto para los
viejos medios como para los nuevos.
—Entonces, quizá
deberíais pedirle que lo escriba a alguien de Negocios.
Y así lo hicieron.
Junto con otros cientos de artículos editoriales de expertos en temas de
empresa, la página de opinión del New York Times ensalzó las
virtudes del acuerdo[26]. El artículo que
yo escribí se publicó en el Guardian, donde las opiniones críticas
con el capitalismo estadounidense eran mejor recibidas[27]. Pero el consenso
abrumadoramente mayoritario era que estábamos asistiendo a un cambio de época
en la historia empresarial: los jóvenes comiéndose a los maduros, los nuevos
medios conquistando a los viejos, la destrucción creativa, el alba de la
economía digital o de la revolución de internet.
Desde mi punto de
vista, sin embargo, aquello no representaba en absoluto el inicio de la
revolución de internet, sino su final. Empezábamos a preocuparnos menos por
cómo esta tecnología podía potenciar a la humanidad para pasar a centrarnos más
en cómo podía reforzar una bolsa de valores en declive. El entusiasmo que
rodeaba la cultura digital, el atractivo de interrelacionarse a través de las
redes o dedicarse a crear nuevo software de forma gratuita en
lugar de pasarse la noche viendo la tele, se estaba utilizando para publicitar
a bombo y platillo un gran negocio en la bolsa de la vieja economía. Las
innovaciones digitales ya no pretendían cambiar el mundo, sino mantener el
viejo sistema firmemente arraigado.
Dos meses después
estalló la burbuja de las puntocom, el Nasdaq se desplomó y los mismos
periódicos que habían celebrado la fusión de AOL y Time Warner la calificaban
ahora de fracaso épico; un fracaso personal
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del director general de Time Warner, Gerald Levin, que en otro tiempo
había dirigido también la Bolsa de Nueva York. La gente culpaba de sus malas
decisiones a la experiencia traumática de haber perdido a un hijo, mientras
observaba atónita cómo 200 000 millones de dólares del dinero de los
accionistas parecían esfumarse. La revolución de internet acabó ridiculizada
como una burda estafa piramidal[28].
Además, la unión de
los viejos y nuevos medios tampoco imbuyó a Time Warner de los valores
disruptivos de la cultura de internet. La empresa resultante no se volvió más
aventurera o innovadora; antes al contrario: adquirió un talante mucho más
tradicionalmente corporativo, obsesionado con la cuenta de resultados.
Despidieron a Ted Turner de la CNN: el verso libre de la televisión por cable
de la década de 1980 era sencillamente demasiado radical y espontáneo para
aquella empresa que presuntamente formaba parte de los «nuevos medios» del
siglo XXI. Las prometidas «sinergias» entre los medios impresos y
digitales se tradujeron en diluir lo que quedaba de propiedades veneradas
como Time y Sports Illustrated con
«extensiones» en línea montadas deprisa y corriendo. Es cierto que
vendieron algunos báneres publicitarios, pero terminaron regalando espacios en
su sitio web como un beneficio añadido para quienes se anunciaban en las
publicaciones impresas.
Y lo que es aún
peor: la nueva empresa conjunta tenía que justificar una enorme valoración, o
capitalización de mercado, ante sus accionistas. La cotización bursátil de AOL
se había basado en conjeturas de carácter tremendamente especulativo sobre el
crecimiento de su negocio de acceso telefónico a la red. Pero, ahora que la
tasa de suscriptores de internet de AOL se había estancado, era la parte
correspondiente a los «viejos medios» de la nueva AOL Time Warner la que iba a
tener que compensar la diferencia. De un modo u otro. Eso iba a resultar
difícil para una empresa editorial tradicional en una era de disrupción
digital. De modo que, en lugar de buscar nuevas fuentes de ingresos, la empresa
optó por aplicar un método de probada eficacia para complacer a los
accionistas: reducir gastos. Time Warner ofreció a su personal «paquetes» de
incentivos para dimitir, recortó los presupuestos de investigación e incluso
retiró los dispensadores de agua de sus instalaciones. Vendió activos
productivos como los parques temáticos Six Flags y hasta su empresa de
televisión por cable, Roadrunner. A la larga, para sobrevivir, tuvo que
prescindir por completo de AOL, lo que dejó a Time Warner en el mismo
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sitio donde estaba, pero sin sus activos, su personal, su dinero y su
valor bursátil.
Así que, al menos
en este caso, la destrucción creativa se reveló más bien una destrucción
destructiva. Resulta que el equipo de Steve Case había estado buscando durante
meses una forma de sacar provecho a sus preciadas acciones —una estrategia de
salida— mientras aún había tiempo. Pero, en lugar de invertir en innovación
digital, contrató al banco de inversión Salomon Smith Barney para encontrar un
objetivo de adquisición[29]. No se trataba de
una estrategia vinculada en absoluto a los nuevos medios, sino de la simple y
manida operación de chalaneo basada en comprar barato y vender caro,
amplificada en este caso por la enorme burbuja de las finanzas digitales. Como
explicaría más tarde Ted Turner recurriendo a su característica hipérbole, «la
fusión Time Warner-AOL debería pasar a la historia como la guerra de Vietnam y
las guerras de Irak y Afganistán. Es uno de los mayores desastres que ha
sufrido nuestro país». ¡Y pensar que por entonces creían que yo era pesimista!
La quiebra de AOL
puso de manifiesto el esquema piramidal subyacente a la primera internet. En
octubre de 2002, el desplome de las puntocom que siguió a continuación borró
cinco billones de dólares —el 78 por ciento— del índice Nasdaq. Sí, es cierto
que los mercados acabaron recuperándose. Pero la relación de la tecnología con
el capital cambió para siempre: el dinero dejó de concebirse como una forma de
financiar nuevas tecnologías; en lugar de ello, estas últimas pasaron a
entenderse simplemente como formas de ganar dinero rápido siempre que uno
pudiera salirse a tiempo.
Los inversores de
capital riesgo escarmentados por el pinchazo de las puntocom también habían
aprendido la lección. Ya no se limitarían a firmar cheques a los jáqueres y
sentarse a esperar los resultados. Consideraban que habían interiorizado lo que
de verdad importaba del desarrollo tecnológico y ahora debían estar al mando.
En lo sucesivo, recibir dinero de un fondo de riesgo implicaría «pivotar» de lo
que fuere que el fundador hubiera pretendido hacer con la tecnología a aquello
que tuviera más probabilidades de generar curvas de crecimiento en forma de
«palo de hockey» y rendimientos de miles de veces la cantidad invertida en el
momento de retirar los fondos.
Había arraigado la
Mentalidad.
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Así, por ejemplo, Google comenzó como un proyecto de dos estudiantes de
la Universidad de Stanford que buscaban una forma mejor de realizar búsquedas
en la web que el sistema de clasificación descendente de Yahoo. Su sistema, que
partía de un enfoque ascendente, observaba las formas en que los sitios web se
vinculan entre sí y las utilizaban para determinar las clasificaciones de
búsqueda. Aunque la empresa ya tenía un tremendo éxito y rentabilidad
simplemente por poner unos cuantos «enlaces patrocinados» junto a sus
resultados de búsqueda, los inversores querían más. Por suerte para ellos, cada
búsqueda en la web realizada por los miles de millones de usuarios de Google
genera también un excedente de «datos colaterales»: historiales completos de
búsquedas y de clics y otro tipo de información por el que la empresa no se
preocupaba demasiado. De modo que, tal como relata Shoshana Zuboff en su
libro La era del capitalismo de la vigilancia, en lugar de
limitarse a seguir proporcionando resultados de búsqueda a los
usuarios, Google se metió en un negocio aún más rentable: el de ofrecer datos
de los usuarios a sus auténticos clientes, los investigadores de mercado que
pretenden acceder a grupos de usuarios concretos y manipular su comportamiento.
De manera similar,
Mark Zuckerberg dejó la universidad para perseguir su sueño (probablemente
prestado) de construir una red social en línea en la que los estudiantes
universitarios pudieran hacer amigos y concertar citas[30]. Pero, tras
recibir capital de Peter Thiel y otros inversores, su modelo de negocio pasó de
ofrecer anuncios a vender datos. Cuanto más tiempo dedicamos a la plataforma y
más dependemos emocionalmente de ella, más puede aprender Facebook sobre
nosotros. Cada una de nuestras publicaciones, cada clic y «me gusta» se
rastrean y analizan para fomentar una dependencia aún mayor, a menudo
explotando nuestra vulnerabilidad al sensacionalismo y potenciando nuestras
tendencias más impulsivas. Aún no se ha medido plenamente el impacto negativo
que esto tiene en nuestra sociedad y muchos críticos de la tecnología han
escrito libros enteros acerca del modo en que el énfasis de las redes sociales
en la extracción de datos nos ha alejado unos de otros y del mundo real. En
suma: lejos de empoderar a los usuarios, su empresa enriquecería a los
inversores a costa de ellos.
Cuando salieron a
la luz las prácticas de recopilación de datos y manipulación de usuarios de
Facebook, yo empezaba una charla argumentando que en esas plataformas gratuitas
nosotros «no somos los
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usuarios; somos el producto». Aunque la frase resulta pegadiza, no es
del todo cierta: en realidad, en este tipo de plataformas no somos tanto el
producto como la mano de obra. Leemos, clicamos, publicamos y retuiteamos
diligentemente; nos enfurecemos, escandalizamos e indignamos; y pasamos a
quejarnos, atacar o cancelar. Todo eso es trabajo. Y sus beneficiarios son los
accionistas. Porque lo que Silicon Valley realmente decidió aprender de la
debacle de AOL es que el auténtico producto de cualquiera de estas empresas son
las acciones.
En la nueva versión
mejorada de Silicon Valley, después de la crisis, reina el capitalismo extremo.
La tecnología digital se valora sobre todo por su capacidad de ampliar un
negocio sin tener que contratar a muchos seres humanos y de proporcionar las
ganancias o —como suele ser el caso— el bombo publicitario necesario para
disparar su cotización bursátil (hay firmas que, tras añadir a su nombre
términos de moda como blockchain, han visto cuadruplicarse sus
acciones solo por eso[31]). Siguiendo el
ejemplo de AOL de enviar por correo discos gratis, las empresas luchan por
conseguir suscriptores a toda costa. Están dispuestas a perder dinero durante
años siempre que su base de usuarios aumente, preferiblemente a un ritmo
exponencial.
Pero no todo son
conceptos abstractos. Una curva de crecimiento de usuarios en forma de palo de
hockey se traduce en una curva de incremento de las cotizaciones con esa misma
forma. Luego, con el aumento del capital del que disponen, las tecnológicas crean
«cajas de resistencia» con las que hacer presión para conseguir cambios
políticos en el mundo real. Uber y DoorDash gastan millones en ejercer
presiones políticas para que se les permita contratar a sus conductores como
autónomos de bajo coste en lugar de asalariados con derecho a prestaciones.
Airbnb utiliza su «caja de resistencia» para financiar «organizaciones locales
independientes, dirigidas por los propios anfitriones, que sirven de foro para
conectar y reunir a anfitriones apasionados» a fin de que estos puedan combatir
la presión reguladora de las administraciones locales y ayuntamientos[32]. En 2017, cuando
afrontaba acusaciones de monopolio, Google gastaba más que ninguna otra empresa
en presionar a los legisladores de Washington[33]; en 2020, no
obstante, se vería superada por Facebook, que ahora había de hacer frente a
acusaciones similares[34].
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La capacidad de crecimiento abstracto exponencial de las empresas
digitales les ha permitido amasar un poder político y económico nunca visto, ni
siquiera en la época de los llamados «barones ladrones», los grandes
capitalistas de la Edad Dorada estadounidense. Numerosos estudios han llegado a
la conclusión de que hoy las élites económicas disfrutan de un impacto
sustancialmente mayor en la política gubernamental[35], mientras que «los
ciudadanos y los grupos de interés de masas tienen poca o ninguna influencia
independiente»[36]. En tanto las
grandes compañías ejercen presión para proteger sus monopolios, las pequeñas
empresas pierden su capacidad de competir. Eso se traduce en más quiebras y
mayor desempleo. Los trabajadores no cuentan con una red de seguridad que los
proteja porque las empresas que los han dejado sin trabajo no declaran
beneficios ni pagan impuestos. Como último recurso, los trabajadores recurren a
los empleos de la llamada «economía de bolos», en firmas como DoorDash, Uber o
Amazon Mechanical Turk, pasando así a depender de las mismas plataformas que
previamente los desempoderaron.
El valor resultante
de las grandes empresas tecnológicas —si no sus ganancias— rivaliza con el PIB
de muchas naciones. Por su parte, puede que las personas que se hacen
milmillonarias o incluso cienmilmillonarias con todas sus acciones empezaran
con las mejores intenciones, pero acaban sucumbiendo a la Mentalidad. Como sus
empresas, tienden a alejarse de la idea de ayudar a otras personas para
centrarse únicamente en acrecentar su propia plusvalía. Es como si acumular
riqueza de ese modo tuviera un efecto negativo en su capacidad de percibirse
como miembros de una sociedad.
Diversos estudios
han revelado que cuanto más poder tiene una persona, menor es su «resonancia
motora» o capacidad de verse reflejada en los demás[37]. Obviamente,
quienes buscan el poder pueden estar predispuestos de antemano a exhibir ese
comportamiento. Pero otras investigaciones inducen a pensar que una vez han
adquirido poder, las personas tienden a comportarse como los pacientes con
daños en los lóbulos orbitofrontales del cerebro[38]. Es decir, que la
experiencia de la riqueza y el poder es similar a la supresión de la parte del
cerebro «crucial para la empatía y el comportamiento socialmente apropiado». A
la gente más pobre se le da mucho mejor que a los ricos evaluar las emociones
de
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los demás: su capacidad para hacer «inferencias empáticas» basadas en
los movimientos de los músculos faciales es muy superior.
Evidentemente,
correlación no implica causa, y no se han identificado los mecanismos concretos
por los que los ricos y poderosos pierden su capacidad de compadecer a los
demás. El propio capitalismo, al menos tal y como se practica actualmente en
Silicon Valley, potencia sin duda la indiferencia generalizada hacia los
vencidos. La pobreza se considera en gran medida culpa de los propios pobres.
Como ha explicado Scott Galloway, profesor de Mercadotecnia de la Universidad
de Nueva York: «Hemos decidido que el capitalismo implica ser afectuoso y
empático con las empresas, y riguroso y darwinista con los individuos»[39]. Así, el Gobierno
estadounidense —como hicieron otros— no tuvo el menor problema en rescatar a
bancos y otras empresas en la recesión de 2008. Y la crisis de la covid aumentó
la riqueza total de los milmillonarios de 8,9 a 10,2 billones de dólares solo el
primer año, pese al impacto negativo de la pandemia en el resto de la población[40].
La Mentalidad
fomenta una forma de «ganar» que requiere que sus vencedores humanos y
corporativos se alcen por encima de aquellos que necesariamente se han quedado
atrás. Al fin y al cabo, ganar constituye por definición una forma de
diferenciarse de los demás. Ese distanciamiento es el objetivo mismo del juego,
por lo que no debería sorprendernos que quienes llegan a la cúspide de la
pirámide miren con desdén al resto de nosotros. Los que han llegado hasta allí
por medios cuestionables no quieren mirar atrás para no ver la devastación que
han dejado a su paso. Necesitan una estrategia de salida y quizá prefieran
imaginar un futuro en el que se vean forzados a aislarse de aquellos a los que
han explotado. De ese modo no tendrán que sentir culpabilidad, vergüenza ni
miedo a las posibles represalias.
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03
Un útero con vistas
A salvo en tu
tecnoburbuja.
¿Y si la
Mentalidad no es solo un producto del dinero, sino de la propia tecnología?
Recuerdo que en
torno al año 1990 el filósofo psicodélico Timothy Leary leyó por primera vez el
libro de Stewart Brand El Laboratorio de Medios, que hablaba del
nuevo centro de tecnología digital homónimo que había creado el
MIT, el Instituto de Tecnología de Massachusetts, en su departamento de
arquitectura. Tim devoró el libro de cabo a rabo en el transcurso de una larga
jornada. Hacia el atardecer, justo cuando estaba terminando, lo arrojó al otro
lado de la sala de estar con expresión de disgusto.
—¡Mira el índice!
—exclamó—. De todos los nombres que aparecen, menos de un 3 por ciento son
mujeres. Eso te dice algo.
De hecho, aunque
había habido mujeres, y en particular mujeres de color, responsables de
desarrollar gran parte de la base matemática, el código y los lenguajes de los
que dependen los ordenadores, también se las había excluido de forma
sistemática de los programas y las carreras informáticas de élite[41].
Luego Leary pasó a
explicar su principal problema con el Laboratorio de Medios y el universo
digital que imaginaban aquellos pioneros de la
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tecnología: «Quieren recrear el útero», sentenció. Desde su perspectiva
de psicólogo, los chicos que construían nuestro futuro digital estaban
desarrollando una tecnología que pretendía simular la mujer ideal, aquella que
sus madres no pudieron ser. A diferencia de la madre humana que les había
fallado, un algoritmo predictivo podría anticipar cada una de sus necesidades
con antelación y satisfacerla de inmediato, eliminando todo rastro de fricción
y de anhelo. Aquellos muchachos podrían flotar, plenamente alimentados y
atendidos, en sus burbujas virtuales; lo que el Laboratorio de Medios del MIT
denominaba «ecología artificial».
El ejemplar del
libro de Tim, que he conservado hasta hoy, está lleno de sus furiosos
subrayados y notas al margen escritos con bolígrafos azul y negro. Los
comentarios más enfáticos estaban garabateados directamente sobre el propio
texto con rotulador rojo: «¿Qué?», «¿Eh?», «¡ERROR!», «¡¡¡NO!!!». En uno de los
capítulos, Tim había rodeado con un círculo las instrucciones originales del
fundador del Laboratorio, Nicholas Negroponte, para que Brand escribiera un
libro «sobre la calidad de vida en la era electrónica». Luego Negroponte
proseguía, en un pasaje hoy ampliamente citado: «Esta mañana, a las diez y
media, todavía estaba en pijama después de haber estado haciendo trabajo de
laboratorio durante varias horas en mi ordenador a través del correo electrónico.
Puede que de lo que estamos hablando sea del “derecho a quedarte en pijama”»[42]. La promesa última
de la tecnología digital, como si la hubiera imaginado un niño de ocho años,
era no tener que vestirse nunca, ni peinarse siquiera.
La tecnología no
solo desempeñaría el papel de la madre consentidora que permite al usuario
infantilizado quedarse en pijama todo el día, sino que también haría de novia
perfecta. Como explicaba Brand en el último pasaje del libro: «Nuestras
máquinas tienen que acogernos en su seno»; una frase que Leary había subrayado
y ridiculizado: «¿Qué? ¡Pobre Stewart!». En opinión de Leary, la visión de la
tecnología del MIT era la de unos cuantos hombres blancos, inteligentes pero
psicosexualmente inmaduros, que querían tener todas las ventajas de estar
aislados en sus entornos perfectamente controlados y receptivos sin tener que
afrontar nunca la dura y fea realidad del mundo real.
Porque ahí reside
el verdadero problema que identificaron aquellos milmillonarios cuando
estuvimos jugando con sus estrategias bunkerianas. Las personas y las cosas que
habríamos de dejar atrás seguirán ahí fuera. Y cuanto más les pidamos que
abastezcan a nuestras burbujas, más
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oprimidos se sentirán y más enfadados estarán y, en consecuencia, más
aislados en las burbujas querremos estar nosotros. Por muy lejos que pretenda
llegar el futurólogo Ray Kurzweil con su proyecto de inteligencia artificial en
Google, no podemos emerger tranquilamente de la crisálida de la materia como
conciencia pura. No hay ningún plan de almacenamiento que nos permita subir la
mente y el alma de nuestro cuerpo a la nube. Seguimos aquí, en la tierra, con
la misma gente y en el mismo planeta que se nos anima a dejar atrás. No hay
forma de escapar del prójimo.
Pero las
tecnologías digitales sin duda nos dan formas de fingir que podemos hacerlo.
Como explicaba a la
revista Wired Gabe Newell, milmillonario y fundador de la
plataforma de videojuegos Valve, «Estamos mucho más cerca de Matrix de lo que
la gente cree»[43]. Para él, el
cuerpo humano es un mero «periférico de carne» resistente a actualizaciones o
reparaciones y que «no refleja en absoluto las preferencias del consumidor». La
realidad virtual dará a los usuarios más «opciones» (vamos a oír mucho esa
palabra) sobre su percepción y su experiencia del mundo. El objetivo de Newell
es crear una realidad virtual con una textura y un nivel de detalle tan
convincentes que harán que dejemos de medir la calidad de las simulaciones en
virtud de su grado de fidelidad a la realidad. «El mundo real parecerá plano,
anodino y difuso en comparación con las experiencias que se podrán crear en el
cerebro de la gente».
Esto resultará
especialmente valioso en la medida en que el mundo real siga degradándose. Los
desarrolladores de realidad virtual incluso aducen razones de justicia
económica para meternos a todos en una simulación. «En la tierra, no es posible
dar a todo el mundo todo lo que querría — explicaba el director de tecnología
de Oculus Rift, John Carmack, en el pódcast de Joe Rogan—. No todos pueden
tener la isla privada de Richard Branson»[44]. La realidad
virtual es la nueva solución al cambio climático, o quizá la rendición
definitiva a su inevitabilidad. Conforme se desvanecen los recursos y empeora
la situación económica, las simulaciones tecnológicas pueden suplir la
desaparición de la riqueza real. «La promesa de la realidad virtual es crear el
mundo que uno quiere».
La pandemia de
covid nos dio una lección a todos sobre el atractivo y los límites de tales
sueños de felicidad universal mediante el aislamiento en burbujas
tecnológicamente potenciadas. En la mayoría de los casos, eran los ricos
quienes se refugiaban en ellas y los pobres los que lidiaban
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con el mundo real para abastecerlos. No importaba en cuántas redes de
ayuda mutua, comités escolares, protestas por la justicia racial o iniciativas
de recaudación de fondos participáramos: muchos de nosotros, lo bastante
privilegiados como para poder hacerlo, seguíamos realizando un cálculo interno
más privado: ¿hasta qué punto se nos permite utilizar nuestro privilegio y
nuestras tecnologías para protegernos a nosotros y a nuestras familias del
resto del mundo durante esta crisis? Y, como un demonio sentado en el hombro,
la tecnología nos susurraba que fuéramos a la nuestra. Al fin y al cabo,
si I es «yo» en inglés, ¿qué me dice un iPad?
La mayoría de
nosotros optó por enfrentarse a los retos cívicos del momento, como, por
ejemplo, si enviar a los niños a una escuela presencial, virtual o híbrida.
Pero donde yo vivo algunas de las personas más ricas prefirieron formar
«cápsulas» privadas, contratar a tutores y ofrecer a sus hijos el tipo de
educación personalizada y elitista que jamás podrían haber justificado en otras
circunstancias. «Sí, estamos en una pandemia —explicaba un proveedor de
recursos educativos especializado en cápsulas a un periodista del New
York Times que cubría el fenómeno—. Pero, en lo que respecta a la
educación, también creemos que puede salir algo bueno de esto»[45].
La rapidez y
contundencia con la que tantos se apuntaron a la entrega a domicilio, las
reuniones virtuales a través de Zoom y el visionado de contenidos en
plataformas de streaming hicieron difícil saber si realmente
fue la covid la que propició el predominio de las pantallas sobre el contacto
directo, las cápsulas de aprendizaje a distancia en lugar de la educación
pública, la relegación de las tareas menos deseables a los pobres y el retiro
generalizado de los privilegiados a segundas residencias protegidas por cámaras
de vigilancia en la puerta, o bien la pandemia simplemente contribuyó a
justificar una tendencia que ya estaba en marcha. ¿Había cundido el pánico, o
bien el espíritu de los preparacionistas milmillonarios se había extendido a la
clase media? ¿O ambas cosas?
No sin una pizca de
culpabilidad, muchos de los que podían permitirse soluciones de alta tecnología
para la vida bajo el confinamiento aprendieron a aceptar su situación. «Al
final he cedido y me he comprado las Oculus —me explicaba en un mensaje uno de mis
mejores amigos a las dos semanas de iniciarse el confinamiento en nuestra
zona—. Considerando lo poco que se puede hacer ahí fuera en el mundo real, este
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va a ser un buen cambio». Entre la realidad virtual, Amazon, Netflix,
Zoom, un supermercado en línea con entrega a domicilio y unos ingresos
sostenibles proporcionando servicios web y negociando con criptomonedas, iba a
superar la pandemia con estilo.
El problema es que
las mismas tecnologías que utilizamos para conectarnos en tales condiciones
también socavaban nuestra empatía con quienes estaban fuera de nuestras
burbujas covídicas. Habitualmente establecemos relaciones con otras personas
mediante sutiles señales sociales que han evolucionado durante siglos para
favorecer los vínculos afectivos y la compartición grupal. Cuando nos
relacionamos con otros en la vida real, podemos ver si sus pupilas se dilatan
mostrando interés por nosotros, si su ritmo respiratorio se sincroniza con el
nuestro en señal de empatía o si su rostro enrojece de pasión. Esto, a su vez,
activa las neuronas espejo de nuestro cerebro, con lo que se genera un bucle de
realimentación positiva y se libera oxitocina —conocida como la «hormona de la
unión»— directamente en nuestro torrente sanguíneo.
En una llamada a
través de Zoom, por no hablar de un mensaje de texto o un comentario en
Twitter, no podemos percibir esas señales que normalmente detectaría nuestro
subconsciente. Aunque alguien nos diga que coincide con nuestra opinión,
nuestro cuerpo no puede confirmarnos que realmente es cierto. No se activan las
neuronas espejo, no fluye la oxitocina y permanecemos en un estado de
disonancia cognitiva: me dicen que están de acuerdo conmigo, pero yo no lo
percibo así. Nuestro cuerpo no sabe culpar al entorno mediático y, en su lugar,
culpamos a la otra persona: no podemos fiarnos de ella.
Esta sensación de
desconfianza y distanciamiento se refleja luego en la forma como elaboramos
nuestros planes de negocio y construimos nuestras tecnologías. No son personas:
solo son usuarios o empleados al otro lado de la pantalla. Esto, a su vez, hace
que sea más fácil vigilarlos, explotarlos, dominarlos, ignorarlos y dejarlos de
lado. La lógica de la Mentalidad se retroalimenta a sí misma.
A diferencia de los
milmillonarios, a muchos de nosotros no nos gustaron las concesiones morales
que tuvimos que hacer durante la pandemia, pero apenas nos sentíamos libres
para elegir otra cosa. Es cierto que en mi caso doné el cheque de ayuda del
Gobierno al banco de alimentos local y envié una parte importante de mis
ingresos estables a amigos que ya no podían cubrir sus gastos básicos. Pero
también me dio
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por gastarme quinientos pavos en una gran piscina de plástico para que
mi hija y los hijos de nuestros vecinos la utilizaran como principal atractivo
de un improvisado campamento de verano privado. Y vi burbujas azules hinchables
similares por toda la ciudad, todas ellas destinadas en última instancia a
acabar en el vertedero.
Obviamente, la
piscina no habría llegado a casa de no ser por las legiones de operarios de
Amazon que, desarrollando su labor entre bastidores, se contagiaban en los
almacenes de distribución o arriesgaban su salud conduciendo camiones de
reparto[46]. Tras conocer la
forma en que Amazon elude pagar impuestos[47], realiza prácticas
anticompetitivas[48] y explota a su mano
de obra, muchos progresistas habían renunciado en su día a comprar en la
plataforma[49]. Pero ahí
estábamos, volviendo a renovar a regañadientes nuestro plan de suscripción
Prime para conseguir los cables, cámaras web y auriculares Bluetooth que
necesitábamos para asistir a las reuniones de Zoom que habían pasado a formar
parte de nuestro trabajo. Otros reactivaron sus cuentas inactivas de Facebook y
WhatsApp para conectarse con sus amigos, con quienes se encontraron ahora
compartiendo elaboradas descripciones de su nueva afición a la naturaleza y el
pan casero. La peculiar desesperación asociada a la covid convirtió de la noche
a la mañana en auténticas sensaciones a empresas emergentes por lo demás de
dudosa reputación, como Clubhouse (una plataforma de chat de audio) y OnlyFans
(una web para trabajadores sexuales en línea). A medida que esas
comprometedoras plataformas reemplazaban a nuestra vida social, muchos de
nosotros nos sumimos aún más en el aislamiento digital, viéndonos recompensados
conforme aceptábamos la lógica del hogar plenamente conectado, aislado del
resto del mundo.
Cuanto más
abiertamente adoptaba la gente su estilo de vida recluido, mejor parecía irles
a muchos. Era como si publicitaran las ventajas que la existencia digital había
estado ofreciéndonos todo el tiempo. Durante la pandemia, el número de personas
que abrieron cuentas de negociación bursátil y de criptomonedas en línea fue
mayor que nunca, así como el de las que se enriquecieron con esas versiones de
videojuego del mercado, cada vez más publicitadas y concurridas[50]. En YouTube,
Clubhouse y Twitter, los criptooperadores milénicos compartían sus estrategias
ganadoras junto con fotos y vídeos de los Teslas y NFT sobrevalorados
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que adquirían con su botín. De manera similar, grupos de celebridades de
las redes sociales se mudaban a lujosas Hype Houses (literalmente,
«casas de bombo publicitario») en Los Ángeles y Hawái, desde donde transmitían
en directo su estilo de vida, sus rutinas de ejercicio y consejos sexuales —
así como los productos de sus patrocinadores— a sus millones de seguidores. Puede
que las cosas vayan mal ahí fuera —parecían decir—, pero, si inviertes en la
burbuja digital, la vida puede ser un cabaré.
También las
plataformas digitales que apoyan ese estilo de vida se vieron recompensadas
durante la covid. Las acciones de Zoom se dispararon más de un 700 por ciento
en los primeros diez meses de la pandemia[51]. En ese mismo
periodo, la fortuna del fundador de Amazon, Jeff Bezos, aumentó en 86 000
millones de dólares[52]. Mientras las
aerolíneas, los hoteles y los negocios tradicionales pasaban dificultades o se
iban directamente a pique, los ingresos combinados de las cinco mayores
empresas tecnológicas de Estados Unidos —Apple, Microsoft, Amazon, Alphabet y
Meta— crecieron una quinta parte, hasta los 1,1 billones de dólares, al tiempo
que su capitalización de mercado conjunta se incrementaba un 50 por ciento
hasta superar los 8 billones a finales de 2020[53]. El precio de las
acciones de Netflix subió más de un 60 por ciento en los primeros meses de la
pandemia. Cada nueva cepa del virus propició otro incremento de la cotización
de esas mismas empresas[54].
Estos beneficios
permitieron a los ejecutivos de las mencionadas firmas pagar más de setenta mil
dólares al mes por residir en centros turísticos dotados de una buena cobertura
wifi y situados en lugares cálidos como Hawái, Costa Rica y Belice. La población
de ejecutivos adinerados que aspiraban a teletrabajar desde el paraíso creció
tanto que incluso surgieron nuevas agencias e instalaciones para atender a sus
necesidades. Y, a diferencia del búnker fortificado de un milmillonario, la
mayoría de estas comunidades de alquiler de lujo daban a sus residentes la
oportunidad de relacionarse con gente como ellos. «Muchos creativos, empresas
emergentes y expertos en tecnología se están dando cuenta de que pueden conocer
a inversores interesantes en lugares como Oaxaca o San Miguel de Allende»,
declaraba un asesor de viajes a la revista Bloomberg[55].
El New York
Times, siempre fiel apologista de la riqueza, se dedicó a publicar, sin el
menor asomo de ironía, reportajes fotográficos sobre
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familias que se «retiraban» a sus casas de veraneo —segundas residencias
cuyo valor supera con mucho al de la mayoría de nuestras primeras— y relatos
sobre sus éxitos trabajando a distancia desde la playa o readaptando
habitaciones vacías como despachos. «Se está muy bien aquí —explicaba el
fundador de un fondo de capital riesgo—. Si no supiera que hay un caos absoluto
en el mundo…, podría seguir así siempre»[56].
El caos en el mundo
era real. Mientras los ricos se retiraban a sus refugios, los pobres recibían
los golpes. Cada incremento del 1 por ciento en la desigualdad de renta de un
país se asociaba a un aumento del 2 por ciento del contagio por covid y un incremento
del 3 por ciento de las muertes relacionadas[57]. Según casi todas
las estimaciones, cuanto más pobre era una determinada región o país, más se
extendía la covid y más muertes causaba. Asimismo, las personas que trabajaban
procesando carne de cerdo y de vacuno sufrían unas tasas de contagio superiores
en más de un 100 por cien a las de aquellas que consumían el producto[58]. Se mire donde se
mire, la triste situación de quienes quedan atrás en el caos siempre es la
misma.
Pero ¿y si no
tuviéramos que enterarnos siquiera del caos en el que vive el mundo real? Esa
es la auténtica promesa de la tecnología digital. Podemos elegir qué noticias
de la televisión por cable, cuentas de Twitter y canales de YouTube queremos
seguir: los que se hacen eco del virus y sus efectos, o los que no. Si
disponemos de dinero, podemos limitarnos a desterrar lo que no queremos ver o,
mejor aún, ver justo lo suficiente para justificar nuestra decisión de taparnos
los ojos. Tal vez por eso la serie de televisión más popular transmitida
durante la pandemia —que pronto se convertiría también en la serie más popular
de la historia de Netflix— fue El juego del calamar, una alegoría
surcoreana de la crueldad competitiva del capitalismo, en la que
una serie de personas a las que el mercado ha arruinado entran voluntariamente
en un mundo de juegos letales para el entretenimiento de un puñado de
milmillonarios. En cierto modo, quienes vivíamos mayoritariamente en línea nos
identificamos tanto con los pobres diablos que se aventuraban a participar en
el juego como con la élite que los veía competir desde una confortable
distancia.
Lo importante aquí
no es condenar a quienes sucumbieron al miedo y gastaron todo lo que pudieron
en la seguridad de su propia familia, sino el hecho de que la pandemia de covid
nos brindó un terrible ensayo de un futuro digital plenamente inmersivo. Reveló
de forma dolorosa, incluso
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vergonzosa, cómo la ecuación aislacionista está latente en todos
nosotros y cómo se vio exacerbada asimismo por las tecnologías que mediaron
toda la experiencia.
Y lo que resulta
aún más revelador: la covid proporcionó a muchos de nosotros la excusa para
someternos finalmente a uno de los elementos dominantes del espíritu de la
Mentalidad —aquel en el que se fundamentan los preparacionistas
milmillonarios—, que consiste en diseñar la propia realidad personal de forma
tan meticulosa que las amenazas existenciales queden simplemente eliminadas de
la ecuación. El salto de un Fitbit que controla el ritmo cardíaco a un chequeo
integral para prevenir el cáncer o de una cámara de vigilancia en la puerta de
casa a una red de centinelas robóticos autónomos son de hecho una cuestión de
dinero. En una u otra medida, todos participamos de ese mismo juego.
Lo mejor que puede
ofrecernos realmente la tecnología es una falsa ilusión de aislamiento:
independientemente de lo que les ocurra a los demás —sea un virus concreto o
una catástrofe climática que afecte a todo el sistema—, puede hacernos sentir
protegidos. Pero la ironía última de recurrir a la tecnología digital para
dosificar nuestra exposición al mundo exterior es que ello perpetúa la ilusión
concomitante de que todos somos de alguna manera distintos de los demás cuando
no estamos conectados. En otras palabras: por muy inmersos que estemos en el
videojuego de la vida en línea, el mundo real, el de los virus, la pobreza, el
terrorismo, el cambio climático y otros horrores, persiste. Solo que somos
menos capaces de empatizar con él, mitigar sus efectos o prepararnos para su
eventual irrupción en nuestras vidas. Tanto mejor para los algoritmos que nos
transmiten el panorama del mundo que queremos ver, no corrompido por las
imágenes de lo que realmente sucede ahí fuera (y si estas logran colarse, basta
con deslizar el dedo hacia la izquierda y los algoritmos sabrán que nunca más
deben volver a interrumpir nuestro estado de ensoñación con noticias tan
reales).
Como un niño
pequeño que quiere esconderse y cree que tapándose los ojos con las manos puede
evitar que lo vean, quienes pretendan depender de la tecnología digital para
mediar el mundo se van a llevar una buena sorpresa. Las gafas de realidad
virtual Oculus disponen de un «límite de protección» que impide que los
usuarios choquen contra las paredes mientras juegan en mundos virtuales. Pero
el clima, la pobreza, la enfermedad y el hambre no respetan el espacio de juego
seguro definido
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por nuestras preferencias de usuario. Sea cual fuere la tecnología que
utilicemos, ninguno de nosotros puede volver a entrar en el útero.
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04
El efecto
montaplatos
Ojos que no ven,
corazón que no siente
N o podemos
culpar al capitalismo de todos los males de la tecnología ni podemos culpar a
la gran tecnología de los devastadores excesos y puntos flacos de las empresas.
Pero ni las empresas ni la tecnología digital podrían haber causado los estragos
del presente por sí solas. Antes bien, ambas han generado un bucle de
realimentación que se refuerza mutuamente y alienta a los empresarios a
imaginar un futuro gobernado por tecnologías del sector privado que trabajan
para invisibilizar nuestros problemas, aunque no sean capaces de resolverlos.
Los aspirantes a
ser los artífices del futuro humano tratan a la sociedad civil como antagonista
de sus grandes diseños. Creen que ellos pueden hacerlo mejor. Libres de
cualquier consideración relativa al impacto de sus proyectos en el resto de
nosotros, sin duda pueden construir cosas espectaculares más deprisa y de forma
más rentable que cualquier Gobierno. Pero ello requiere esconder muchas cosas
bajo la alfombra, como las personas y lugares donde sus sistemas funcionan
realmente.
Por ejemplo,
usurpando el papel de los ayuntamientos en la planificación del transporte de
masas, Uber encargó a ocho importantes estudios de arquitectura que elaboraran
propuestas de diseño de skyports (literalmente,
«cielopuertos») donde los futuros usuarios de su aplicación
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de transporte compartido pudieran embarcar y desembarcar en aerotaxis
urbanos todavía por inventar. Pese a su teórico compromiso con el impacto
social y medioambiental de sus propuestas, estas evocan un futuro similar al
descrito en la película Metrópolis, de Fritz Lang, en la que los
ricos vuelan de un punto a otro de una ciudad que se eleva en el cielo,
mientras los obreros que sustentan ese estilo de vida trabajan a ras de suelo.
Aunque los estudios
de arquitectura tienen tendencia a justificar sus diseños con un lenguaje
altisonante, algunas de las descripciones de los «cielopuertos» de Uber parecen
ser intencionadamente abstrusas. «La integración de todas las marcas de Uber
corrobora los desplazamientos de primera y última milla como elementos
principales de apoyo al componente Uber Air que revoluciona la movilidad urbana
—explica una de las propuestas—. El Centro de Movilidad no es una cosa, sino
más bien un lugar de energía dinámica y conectividad integrada que celebra el
espíritu del vuelo y la libertad de acceder rápidamente a los lugares
importantes de la vida de una persona»[59].
Aquí abajo, en el
mundo de las «cosas» que Uber pretende trascender, los coches realizan cada vez
más la función de dormitorios para familias sin techo. Más de una tercera parte
de los alumnos del distrito escolar de East Palo Alto, la ciudad vecina de la
próspera sede de Facebook, no tienen hogar. Con la idea de crear un tipo
distinto de «centro de movilidad», el responsable del distrito ha propuesto
acondicionar el aparcamiento de la escuela para alojar a autocaravanas y a
personas que viven en coches[60].
Como si fueran
alérgicos a las aportaciones de los líderes municipales, los representantes
comunitarios o los grupos que defienden a los pobres, quienes se adjudican la
tarea de construir la civilización 2.0 actúan de tal modo que parece que sus
capacidades tecnológicas, combinadas con sus éxitos en el sector privado, les
dieran derecho a programar un nuevo mundo desde cero y en beneficio propio. Si
Jeff Bezos ya controla Amazon Web Services —la infraestructura a través de la
cual se produce más de una tercera parte de nuestras interacciones en la red—,
¿por qué no habría de ser él quien construyera el programa espacial mediante el
que la humanidad migrara a su próximo hogar? Si Elon Musk pudo convertirse en
la persona más rica del mundo transformando la industria del automóvil con sus
coches Tesla, ¿no debería tener derecho asimismo a realizar su sueño de
colonizar Marte con cúpulas gigantes?
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Cuando la esperanza infantiloide del fetichista de la tecnología en un
útero digital se combina con la fe del milmillonario en un mercado competitivo
donde el ganador se lo lleva todo, ¡cuidado!: el resultado es un tipo de
futurismo activista que ve el presente —nuestra realidad, incluidos nosotros—
como un impedimento para su visión de lo que podría y debería ser. Es un
corolario aún más tenebroso de la ecuación aislacionista que pretende
simplemente distanciar a los ricos de los efectos colaterales del desarrollo
tecnológico. En este caso, se recurre de nuevo a la tecnología como el propio
medio a través del cual se oculta a la vista todo ese sufrimiento humano.
Al fin y al cabo,
no se construyen estaciones espaciales y colonias marcianas para unos pocos
afortunados sin legiones de trabajadores a los que luego se deja atrás en el
moribundo planeta de origen. Es mucho más fácil y menos estresante concentrarse
en modelos 3D de naves espaciales interplanetarias o en representaciones
animadas de comunidades marítimas interconectadas que reparar en las vidas de
las personas que tendrían que hacer las entregas de comida a domicilio en esos
lugares. La única diferencia sustancial entre la realidad actual y la de sus
fantasías de alta tecnología es la ausencia —o cuando menos la invisibilidad—
de los trabajadores pobres.
En cierta medida,
quienes pretenden crear un futuro basado en la Mentalidad son conscientes del
daño que deben causar para mantener sus privilegios. Sus modelos de negocio
dependen casi universalmente de la explotación tanto de los consumidores como
de la mano de obra que trabaja para ellos. Al tiempo que estas empresas hacen
adictos a nuestros chavales a las redes sociales y nuestros cultivos al
glifosato, envían a cuevas a su mano de obra esclava para extraer tierras raras
y a vertederos de residuos tóxicos en busca de «renovables»[61]. Es inevitable que
la gente a la que se explota de ese modo acabe por enfadarse, o incluso
volverse peligrosa.
De ahí que lo
primero que preocupa a los preparacionistas ricos que fantasean con búnkeres
apocalípticos es cómo mantener la lealtad de los mercenarios que han de
protegerlos. Una revuelta de masas no es un temor hipotético. Pero, aun sin una
revolución, no es fácil contemplar a las masas sufrientes y pensar en ellas;
por muy buenos que sean a la hora de reprimirlos, los tecnofrikis no pueden
evitar experimentar ciertos tics de empatía al presenciar el sufrimiento del
prójimo. La tecnología digital
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proporciona la ventana perfecta para vigilar a los oprimidos sin
permitir que se generen esos instintos compasivos. Bajo la apariencia de una
mayor conectividad, las redes sociales contribuyen a engendrar una forma de
conexión radicalmente menos atractiva y experiencial, que, sin embargo, entraña
una agradable sensación de distanciamiento para quienes gustan de espetar
órdenes por mensaje de texto sin tener que mirar a los ojos al ser humano que
está al otro lado.
Llamemos a esta
relación con la tecnología «el efecto montaplatos» en honor al ingenioso
sistema de entrega de alimentos cuya invención se atribuye a Thomas Jefferson[62]. Se decía que
Jefferson inventó el pequeño ascensor manual para que los esclavos de su
residencia de Monticello no tuvieran que subir fatigosamente las escaleras con
platos de comida. En lugar de ello, podían limitarse a poner una bandeja dentro
de la cámara mecánica y luego subirla con una polea. Los sirvientes del piso de
arriba solo tenían que abrir una puertecita, et voilà!: la cena
está servida. Pero en realidad el montaplatos no tenía nada que ver con ahorrar
a nadie un penoso trayecto escaleras arriba; de hecho, la comida ya se
transportaba por túneles subterráneos y múltiples escaleras. Su verdadero
propósito era evitar a los invitados a las cenas de Jefferson la visión de sus
esclavizados sirvientes jadeando y resoplando. La comida simplemente aparecía;
no había sufrimiento humano observable.
Demasiados procesos
tecnológicos actuales comportan ese mismo afán por alejar a los consumidores de
la realidad del trabajo que hay detrás. En la última fase del montaje de un
teléfono móvil, por ejemplo, los operarios limpian cada unidad con un disolvente
tóxico que elimina sus propias huellas dactilares del dispositivo. Este
producto químico provoca abortos espontáneos y diversos tipos de cáncer, y
además acorta la vida[63]. La ventaja, por
supuesto, es que elimina todo rastro de participación humana. Los consumidores
abren la caja (puede que grabando un vídeo del desempaquetado, hoy convertido
en ritual) para revelar la presencia de un artilugio electrónico que igualmente
podría haber sido teletransportado desde una fábrica en otra dimensión. No hay
huellas humanas que nos recuerden las condiciones laborales de la fábrica china
donde se fabricó. Para eliminar toda evidencia del sufrimiento de los
trabajadores, las empresas tecnológicas los envenenan aún más.
Algunas de las
innovaciones más inteligentes de Amazon existen con el único propósito de
proteger a los miembros de la suscripción Prime de
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la realidad que entraña trabajar para la empresa. Su plataforma y sus
aplicaciones están diseñadas para ser adictivamente rápidas y autónomas: basta
con clicar un botón para acceder a cosas que te pueden dejar en la puerta de
casa «sin contacto manual». Es decir, sin contacto humano. En Estados Unidos
los repartidores ni siquiera llaman al timbre: te llega automáticamente a tu
bandeja de entrada una foto del paquete en la puerta y Alexa emite una amable
alerta. No tienes que ver cara a cara al pobre diablo que conduce la furgoneta,
y mucho menos a los que corren apresuradamente de un lado a otro entre robots
en el almacén de distribución.
Otro ejemplo: el
nuevo servicio de confección de ropa a medida de Amazon, Made For You, que
probablemente no sea más que el inicio de una generación de futuros productos
personalizados. Los consumidores utilizan una aplicación de móvil para hacerse
fotos y tomarse sus propias medidas, que luego se procesan en un «doble
virtual». A continuación, unos robots calculan, cortan y cosen la prenda a
medida, y te la envían directamente. Es lo último en personalización humana,
llevada a cabo por una máquina. O como dice Amazon en su eslogan promocional:
«Crea la prenda perfecta, hecha a TU medida»[64]. Esto no solo
representa el culmen de la cultura del individuo autónomo —la etiqueta lleva tu
propio nombre—, sino que constituye asimismo una demostración del poder de la
automatización. ¿Por qué comprar ropa confeccionada por trabajadores de países
en desarrollo o incluso de conciudadanos maltratados en una cadena de montaje
si la pueden fabricar máquinas que saben lo que de verdad quieres?
El espejismo aquí
es que la tecnología hace todo el trabajo. Basta con hablarle a tu Alexa para
que el ejército de robots automatizados de Jeff Bezos entre en acción para
confeccionar tu ropa. El objetivo empresarial de Bezos es poseer la interfaz
que hay entre nosotros y su fuerza de trabajo robótica. Made For You es su
prueba de concepto para el futuro de toda clase de cosas, desde la fabricación
de automóviles hasta la de drones militares. Pero la realidad es que los robots
no hacen todo el trabajo. Puede que cosan las prendas, pero son seres humanos
quienes siguen recogiendo el algodón, extrayendo las materias primas para
construir los robots y enterrando los que quedan obsoletos en vertederos. Las
externalidades siguen ahí, desde la mano de obra hasta la contaminación y las
guerras por
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los recursos. Los robots no sustituyen el coste humano, tan solo lo
ocultan.
Es el efecto
montaplatos.
Las capas de
ocultamiento que brinda la tecnología digital permiten un nuevo nivel de
perjuicio externalizado. Tanto si se utilizan drones para bombardear una
concentración social como algoritmos para calcular las penas de cárcel, la
tecnología distancia al actor humano del coste humano de sus acciones. Los
problemas inherentes al capitalismo violento, extractivo y basado en el
crecimiento no se mitigan, sino que únicamente se hacen tan invisibles como las
huellas dactilares de los trabajadores que se envenenan ensamblando nuestros
teléfonos móviles.
La mayoría de
nosotros aprendemos a mirar hacia otro lado, al menos durante la mayor parte
del tiempo. Conducimos coches, transmitimos vídeos, invertimos en criptomonedas
y compramos aparatos electrónicos baratos, y todo ello agradecidos, en cierto
modo, de que nuestra sociedad altamente tecnificada interponga unas cuantas
capas de ocultamiento entre nuestras decisiones de cada momento y sus impactos
reales en el mundo. Y, sin embargo, ¿cómo pueden vivir así personas por lo
demás en su sano juicio, ocasionalmente racionales y a menudo empáticas? La
mayoría de nosotros o ignoramos el daño que causamos o estamos tan inmersos en
sistemas que escapan a nuestro control que nos limitamos a hacer lo mejor que
podemos e intentamos no pensar demasiado en ello.
Sin embargo,
algunos de los más ricos y poderosos de entre nosotros han llegado a aceptar la
ecuación aislacionista como un principio fundamental de nuestro mundo.
Sorprendentemente, esta funciona lo bastante bien como para hacerlos de paso
milmillonarios, confirmándoles así la validez de sus convicciones tanto a ellos
como a sus crecientes legiones de acólitos. Se convierten en los héroes de
nuestra sociedad. Seleccionando escrupulosamente ideas compatibles de la
ciencia, la economía y la filosofía, han forjado una mentalidad que de hecho
los incentiva a construir una sociedad altamente tecnificada capaz de soportar
la negación a gran escala.
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05
Genes egoístas
El cientificismo
triunfa sobre la moralidad
E n lo que
debía de ser una rutina muchas veces repetida, Richard Dawkins se inclinó y
comenzó a doblar una hoja de papel sobre la mesa de café de cristal. El afamado
biólogo evolutivo era el invitado de honor en una cena en el apartamento que
tenía en Central Park West del agente literario y destacada figura del mundo
científico John Brockman[65]. Corría todavía el
siglo XX y la mayoría de la gente aún no sabía lo que eran los memes.
«¿Habéis visto
alguna vez uno de estos?», preguntó Dawkins mientras sostenía su «adivinador de
papel» ya terminado ante la docena de miembros de la intelectualidad
neoyorquina congregados alrededor del sofá. Por supuesto, todos los presentes
recordábamos haber hecho aquella figurita de papiroflexia y haber jugado a lo
que mis amigos de la infancia llamaban «cielo o infierno». Luego añadió: «Pues
esto es un meme».
Aquel juego de
papiroflexia —explicó— había variado muy poco a lo largo del tiempo. Ello se
debía a que no se trataba tan solo de un objeto, sino de un conjunto de
instrucciones: una forma de doblar el papel en una configuración específica.
Los niños aprenden a hacerlo y luego se lo enseñan a sus amigos. Esas
instrucciones se transmiten de una persona a otra, tanto geográficamente como a
través de la historia. Las personas —
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nos explicó— solo somos portadoras del meme. Ejecutamos sus
instrucciones, como un organismo que obedece a su código genético o un
ordenador que ejecuta unas líneas de JavaScript: dobla las esquinas de tal
modo; luego dobla los lados de tal otro.
En mi opinión, eso
no tenía mucho sentido. Mi propio libro sobre los medios virales se basaba en
observaciones muy distintas acerca de nuestra relación con los memes. Para mí,
estos no eran más que el código subyacente a los virus mediáticos y el mejor modo
de interpretarlos era como «agendas ocultas en la cultura popular». Puede que,
por ejemplo, el vídeo de Rodney King contuviera potentes memes sobre la
brutalidad policial y las relaciones raciales en Estados Unidos —explicaba en
el libro —, pero la razón por la que se convirtió en un fenómeno de masas fue
nuestra predisposición como seres humanos a que así fuera. Abordaba cuestiones
que se habían reprimido durante demasiado tiempo; de ahí que las imágenes que
forzaron a sacarlas a la luz desencadenaran un debate — y un conflicto— en la
ciudadanía. Los memes no nos gobiernan como el software gobierna
un ordenador: los utilizamos del mismo modo que utilizamos el
lenguaje o nuestros cuerpos para expresarnos e implementar el cambio. Somos
actores conscientes, no máquinas pasivas que ejecutan un código.
Dawkins desestimó
mi argumento como una «ilusión». Yo era demasiado cohibido y me sentía
demasiado honrado por el mero hecho de estar en la misma fiesta con él y otras
celebridades de la ciencia como para decir mucho más de lo que ya había dicho.
Así que dejé a Dawkins con otros admiradores y me di una vuelta por la sala.
Sin embargo, al cabo de una media hora más o menos oí voces en tono elevado
provenientes del sofá.
Naomi Wolf,
feminista, autora de El mito de la belleza y una de las pocas
mujeres que no estaban en la fiesta como «acompañantes», se negaba a aceptar la
cosmovisión extremadamente mecanicista de Dawkins. «¿Quiere decir que aquí no
hay absolutamente nada más en juego?», preguntó retóricamente. Wolf consideraba
que el modelo de funcionamiento humano de Dawkins era innecesariamente
reduccionista y no dejaba margen alguno a los misterios subyacentes de la
percepción, la experiencia y la voluntad humanas, por no hablar de la
posibilidad de un alma o de un Dios.
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Dawkins argumentaba que vivimos en un universo que puede explicarse
íntegramente mediante simples principios científicos. Todo es puramente
empírico y nosotros solo somos conglomerados de materia orgánica. Cualquier
otro marco de referencia es mera superstición, religión o «delirio». Desafió a
Wolf a probar la existencia de algo que la ciencia no pudiera explicar, que
escapara a sus principios materialistas. Pero a todo lo que ella aducía —el
amor, la esperanza, la intuición, la fe—, Dawkins le respondía que no eran más
que estados emocionales o procesos mentales diseñados de un modo u otro para
mantener la replicación de nuestros genes. No había nada «ahí fuera», ni
siquiera ahí dentro.
Probé a hacer mi
propio intento. Sugerí que el universo se «inclina» en un cierto sentido. «La
evolución no es tan solo selección aleatoria — aventuré—, sino que la vida
avanza a tientas hacia algo. Complejidad. Conciencia. Compasión. No nos movemos
impulsados solo por los genes. Los primeros humanos compartían la comida entre
ellos aun cuando no entrañaba ningún beneficio personal. No es la competencia
lo que mejor caracteriza la evolución humana. Esta es una historia de
colaboración».
Él y algunos de los
otros hombres se rieron. Me dijo que yo estaba malinterpretando el «altruismo
recíproco», es decir, las formas — necesarias, pero extremadamente
provisionales y transitorias— en que cooperamos para garantizar la
supervivencia de nuestros genes. Cualquier sentimiento de empatía o impulso de
compartir algo con otros es un estímulo generado por nuestro para sus propios
fines egoístas. Dawkins y los demás científicos explicaron que los humanos solo
somos vehículos para nuestros genes. Todo lo que pensamos, imaginamos, queremos
o esperamos está a su servicio. Nuestra conciencia es en sí misma una ilusión
representada por nuestros genes. Y, dado que estos últimos solo actúan de forma
enteramente egoísta, también los humanos actuamos de la misma forma.
No dejaban de
trazar anillos lógicos a mi alrededor. Comprendí que debía desistir de intentar
defender modelos de realidad alternativos con las reglas probatorias del
cientificismo ortodoxo. Siglos de pensamiento filosófico —admití— han
demostrado de múltiples maneras que el cientificismo, el rechazo a contemplar
nada que no venga avalado por pruebas empíricas, es extremadamente limitado.
Está muy bien para construir puentes y pilotar aviones. Pero la forma en que
damos sentido a las cosas no se basa en evidencias: es un constructo social, un
sistema
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socialmente forjado a lo largo de milenios. Y, aunque no nos ayude a
construir aviones, puede ayudarnos a decidir si queremos tener otro avión en
nuestro mundo y si lo usamos para viajar o para hacer la guerra. Solo una
comunidad de personas que crean sentido juntas puede sustentar la objetividad
en un auténtico propósito común. El sentido es el modo como los seres humanos
desarrollamos un sentimiento más sólido de justicia, nuestra concepción del
bien y del mal[66].
Poniendo los ojos
en blanco, Dawkins respondió que las religiones han provocado más guerras que
la ciencia. Yo le dije que no era religioso y que no necesitaba creer en Dios
para creer en un universo justo. Vivir como humanos en un universo dotado de
sentido —sugerí— entraña simplemente existir en una realidad que tiene ciertas
reglas, en un universo potencialmente moral. Y eso va unido a tener una
concepción del bien y del mal, una sensibilidad ética que trasciende la mera
supervivencia.
Dawkins, que ya
había andado tiempo más que suficiente por las ramas, descartó finalmente mi
argumento como «moralista». La gente se rio. Como si eso fuera algo malo; una
postura tonta e indefendible.
No era solo que
Dawkins y yo tuviéramos diferentes concepciones del mundo. Es que Dawkins
pensaba que él y los demás científicos eran los únicos que veían las cosas tal
como eran realmente, mientras que Wolf y yo simplemente interpretábamos la
realidad a través de nuestros sistemas de sentido y moral. No podía reconocer
que su propio compromiso con el cientificismo se basaba en algo pasional, en
algo parecido a la fe en un universo empírico. Dicho de otro modo: su
insistencia en vivir en un universo basado solo en la evidencia no se basa en
absoluto en evidencia alguna. Es un mero supuesto. Es parte de un sistema de
sentido, desarrollado por una comunidad de personas a lo largo del tiempo. Lo
que ocurre es que se trata de un sistema de sentido que ignora el propio
sentido. Aún peor: al rechazar la validez de cualquier otro sistema de sentido,
tiende a imbuir a sus adeptos de un sentimiento de superioridad sobre los
demás. Quienes luchan por encontrar sentido son meros «moralistas».
En esta línea,
Steven Pinker postula una teoría computacional de la mente en la que el cerebro
es un mero hardware que ejecuta varios programas de forma totalmente
predecible. Daniel Dennett compara la creencia religiosa con un «gusano
parásito (un gusarapo) que invade el cerebro de una hormiga»[67]. Según el
cientificismo, los seres humanos no
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son más que robots que ejecutan programas, ya vengan dictados por
nuestros propios genes o por patógenos destructivos como la espiritualidad. Sin
embargo, al negarse a entender la forja de sentido como un sutil proyecto
comunitario relacionado con nuestras formas de convivir, este cientificismo
ortodoxo niega cualquier orden de cosas que otorgue un papel a la volición
humana, junto con la responsabilidad moral. Estamos a merced de nuestros
programas, de nuestros genes; de modo que podemos hacer lo que nos venga en
gana, sobre todo si eso hace que estos últimos se propaguen.
Poco más de veinte
años después de que se produjera, volví a recordar mi encuentro con aquellos
pensadores al leer los artículos publicados en varias revistas sobre la caída
del traficante sexual de menores reincidente Jeffrey Epstein y los diversos
científicos a los que financió en su intento de reavivar la práctica de la
eugenesia y de inseminar a cientos de mujeres con su propio esperma[68]. Salieron a la luz
fotos de Epstein y varias de sus jóvenes acompañantes junto a muchos de esos
mismos científicos que rechazan el concepto de ciudadanía de un universo moral
por considerarlo risiblemente iluso. En otra se veía a Daniel Dennett, Steven Pinker
y al propio Dawkins desplazándose para asistir a una charla TED en el jet privado
de Epstein, conocido coloquialmente, en términos bastante inequívocos, como
Lolita Express[69].
Aunque cualquiera
puede terminar en el lugar equivocado en el momento inoportuno, los científicos
con los que Epstein decidió codearse no fueron elegidos al azar. Su enfoque
resueltamente cientificista del desarrollo humano, interpretado a través de la
lente sociopática de Epstein, encajaba a la perfección con los planes maestros
de este último para la raza humana. Epstein era sin duda el paradigma del
preparacionista milmillonario autosoberano y transhumanista. Poseía una isla
privada (en la que dictaba sus propias leyes) y varios lugares de retiro,
incluido un rancho en Nuevo México donde planeaba alojar y fecundar a veinte
mujeres a la vez[70]. Dio millones a
científicos a los que consideraba demasiado inconformistas para la sensibilidad
políticamente correcta de los patrocinadores e instituciones modernos;
investigadores que creía que podían ayudarlo a dominar el acervo génico humano,
evitar la muerte o, en caso necesario, congelar su cabeza y su pene de cara a
una futura reanimación[71].
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Esto no es ciencia, ni tan siquiera cientificismo; es solo la
Mentalidad. El modelo científico es un método de investigación colaborativa, y
quizá el mayor logro de la humanidad. Ha sustentado no solo a quienes tratan de
entender la naturaleza de nuestra realidad, sino también a quienes quieren
ayudarnos a vivir mejor, a llevar una vida más saludable, a distribuir los
alimentos, la energía y los recursos de forma más eficaz, a documentar nuestro
impacto en el medio ambiente y a comprender nuestro lugar en el universo. Si
acaso, adolecemos de tener poca fe en la buena ciencia, no demasiada.
Sin embargo, cuando
se ve apartada a la fuerza de los contextos más amplios del sentido y la
moralidad, la ciencia cae fácilmente al servicio de la dominación y el control,
brindando una justificación a los rasgos más alienados de la Mentalidad. Al fin
y al cabo, la premisa original de la ciencia empírica, tal como la formuló su
precursor Francis Bacon (o al menos como se le atribuye), no estaba libre de
prejuicios: se basaba de hecho en la subordinación de la naturaleza y de las
mujeres. Como se dice que el científico le explicó en el siglo XVII a
su benefactor, el rey Jacobo, había que penetrar a la fuerza en la naturaleza
para que esta revelara sus secretos[72]. «He venido, en
verdad, a traerte a la naturaleza con todos sus hijos para obligarla a servirte
y hacerla tu esclava —le aseguró Bacon—. Hay que agarrar la naturaleza por el
pelo […], sujetarla y capturarla […], conquistarla y someterla, para sacudirla hasta
sus cimientos». Estas afirmaciones sugieren que la naturaleza debía ser
sometida al mismo tipo de tortura inquisitorial que a las mujeres juzgadas por
brujería. Porque la naturaleza «se muestra más claramente bajo las pruebas y
vejaciones [de los artilugios mecánicos] que cuando se la deja a su aire»[73].
La naturaleza era
aterradora, oscura y femenina; un espacio de misterio ilimitado y omnipresente.
Pero la ciencia empírica podía capturar y domeñar esa fuerza bestial,
cuantificando sus propiedades y volviéndola inerte. Lo que no podía observarse
y cuantificarse no existía. Esto propició una imagen del mundo tremendamente
simplificada, pero reconfortante, en la que este se movía impulsado solo por
fenómenos íntegramente mensurables y predecibles.
Desde un primer
momento, la promoción de la ciencia empírica dependió del sometimiento de las
mujeres en cuanto brujas. Obviamente, esa actividad no era intrínsecamente
coherente con la lógica del cientificismo. Si la brujería fuera una mera
superstición, las mujeres que la
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practicaban no tendrían los poderes que se les atribuían en el Malleus
maleficarum (El martillo de las brujas), el tratado que se utilizaba
como guía práctica para su identificación y captura. Pero Bacon y
la Royal Society que él inspiró se encontraban en una posición difícil.
Para empezar, las
curanderas, que utilizaban un lenguaje muy distinto para referirse a las
propiedades de las plantas medicinales y sus métodos curativos, seguían
demostrando ser radicalmente más eficaces en el tratamiento de las enfermedades
que los hombres de ciencia con sus sanguijuelas y sangrías. En segundo lugar,
la Iglesia acusaba a la Royal Society y a sus científicos de materialismo
«ateo»[74]. Al reconocer el
poder de la magia negra y unirse al frenesí de la quema de brujas, los hombres
de ciencia se distanciaron de su imagen materialista e impía del mundo, al
tiempo que eliminaban a su mayor competidora.
Pero, al hacer eso,
se despojaron también de los enfoques experienciales de la ciencia y de varios
miles de años de conocimiento acumulado gracias a dichas prácticas, incluyendo
varios siglos de experimentación mediante ensayo y error con las plantas medicinales,
la agricultura y la predicción del tiempo. E interiorizaron asimismo cierto
chauvinismo y cierto desprecio por las formas alternativas de forja de sentido
que han limitado el descubrimiento y el debate científico hasta hoy. Los
primeros científicos empíricos trataban de contener las fuerzas de la
naturaleza cuantificándolas. Todo debía mensurarse, ya fuera en términos de
masa, calor, fuerza o alguna otra unidad de medida. La cuantificación de
nuestro mundo abarcaba y controlaba todo lo importante, al tiempo que ignoraba
aquellos aspectos molestos e indefinidos de la realidad con los que los hombres
de ciencia no querían tener nada que ver, especialmente las emociones, el
sentido y la ética. A los empíricos se les daba muy bien el qué y el dónde, pero
no tanto el porqué.
Al divorciarse de
los sistemas de sentido (especialmente de aquellos mismos de los que surgió),
la ciencia se hizo especialmente vulnerable a las fuerzas que pretendían
aprovecharla con fines hegemónicos y extractivos. La ciencia renacentista, que
clasificaba toda la realidad desde arriba, era compatible con el enfoque
descendente y homogeneizador del industrialismo que luego la siguió. Los
monarcas y sus monopolios privilegiados podían elegir qué variable querían
maximizar —la velocidad, la producción, el beneficio, la distancia, la matanza
y los científicos desarrollaban máquinas y procesos a la medida de sus deseos.
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La ciencia empírica también separaba convenientemente las causas de sus
efectos. Las cosas influían unas en otras, pero no se concebía que sus
relaciones pudieran ser dinámicas. Algo, o alguien, era o bien sujeto o bien
objeto, soluto o disolvente, depredador o presa, hombre o mujer, señor o
siervo, amo o esclavo. Cuanto más capaces eran los poderosos de separar la
causa del efecto en una sociedad cientificista, menos tenían que preocuparse
por lo que hacían y a quién se lo hacían.
Gracias a las
inclinaciones objetivistas, cuantificadoras y transaccionales de los primeros
científicos, la ciencia y las tecnologías que engendró se convirtieron en
íntimas amigas de los capitalistas coloniales que buscaban formas de darle un
valor monetario a todo. Los ingenieros científicos desarrollaron las
tecnologías que armaron las cañoneras, aislaron a los poderosos de las
consecuencias de sus actos y racionalizaron el espíritu extractivo. Pero lo
peor de todo es que ese cientificismo represivo acabó perpetuando un legado de
dominación y control entre las futuras generaciones de científicos herederas de
la Royal Society.
Es así como se
llega a que un biólogo tan brillante como Richard Dawkins reduzca el misterioso
fenómeno de la conciencia humana a una mera película que nos proyectan nuestros
genes. Sin embargo, mi propia experiencia con el código informático me había llevado
a la conclusión contraria con respecto a los seres humanos a aquella a la que
había llegado Dawkins a partir de su estudio de los genes. Donde él veía a los
seres humanos como «máquinas de supervivencia, vehículos robóticos ciegamente
programados para preservar las moléculas egoístas conocidas como genes», yo
veía intercambio, conciencia colectiva y un nuevo renacimiento de la
creatividad colectiva humana[75].
El modelo
dawkinsiano del ser humano como hardware, junto con los de otros
colegas intelectualmente compatibles como Daniel Dennett y Steven Pinker,
acabaron imponiéndose en Silicon Valley. Sus puntos de vista eran plenamente
compatibles con los modelos de negocio basados en manipular a los seres humanos
en lugar de empoderarlos, en explotarlos para obtener beneficios en lugar de
potenciar su creatividad colectiva. Si es cierto que las personas se limitan a
responder pasivamente a líneas de código genético o cultural, ¿por qué no ser
nosotros quienes escriben el código y sacan provecho de él?
A lo largo de la
siguiente década, un creciente número de seminarios y retiros organizados por
la Fundación Edge —creada por Brockman y
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financiada por Epstein— se consagraron a investigar la denominada
economía conductual, es decir, a estudiar por qué las personas toman el tipo de
decisiones financieras que toman. La expresión «economía conductual», o
«economía del comportamiento», es en realidad un eufemismo para designar la
psicología del marketing, pero con una perspectiva aún más programática. No es
de extrañar, pues, que entre los asistentes a esas clases magistrales de
economía del comportamiento se encontraran Jeff Bezos, el fundador de Amazon;
Larry Page, de Google; el director de tecnología de Microsoft, Nathan Myhrvold,
y Elon Musk, de Tesla, todos ellos prestos a empaparse de la sabiduría
procesable de autores de libros con títulos como Un pequeño empujón y Portarse
mal[76].
A los economistas
del comportamiento les interesa sobre todo determinar las formas en que la
gente se desvía de lo que en teoría deberían ser sus intereses económicos
egoístas, dado que esas son justamente las «brechas» o palancas a través de las
cuales se puede manipular a los consumidores e inversores para que gasten su
dinero de forma irracional. Por ejemplo, debido al proceso irracional
denominado «contabilidad mental», la gente tiende a pensar en su dinero como si
estuviera en montones separados, algunos de los cuales parecen tener más valor
que otros. Los sistemas de fidelización, como los puntos de las tarjetas de
crédito o las millas de las aerolíneas, fomentan esa contabilidad mental, lo
que lleva a la gente a gastar más de esos activos de lo que haría en caso
contrario. El denominado «sesgo de anclaje» alude a nuestra tendencia a confiar
en la primera información que recibimos. Los vendedores se aprovechan de ello
mencionándonos un «precio original» del producto antes de su «precio de venta»,
con lo que hacen creer a los consumidores que están consiguiendo una ganga. La
economía conductual no es más que otra forma de poner a la naturaleza —en este
caso, la naturaleza humana— al servicio de uno mismo, tratando a las personas
como máquinas programables.
Al igual que en el
siglo XVII los paladines de la ciencia defendían de boquilla los
valores de la Iglesia en su propio interés, los promotores de este tipo de
ciencia aplicada se venden hoy a los valores del mercado. Contribuyen a
formular una imagen del mundo que da cobertura a quienes pretenden explotar a
otros seres humanos: las personas no están realmente vivas ni son conscientes;
solo actúan al servicio de sus programas
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genéticos. Son primates sujetos a prejuicios y puntos débiles. Es esta
una perspectiva sociopática que hace que la ciencia resulte valiosa para la
clase milmillonaria en cuanto ayuda a justificar sus conductas más vergonzosas,
desde la trata de mujeres jóvenes hasta la explotación de toda una clase
inferior de trabajadores y consumidores.
Esos fanáticos de
la ciencia están perpetuando un sistema de valores que no reconocen, heredado
de los precursores de la tradición cientificista, que informa plenamente sus
acciones y supuestos, aunque ellos no crean ser otra cosa que racionalistas
empíricos. En realidad, son ellos quienes se limitan a seguir un programa
predefinido: la Mentalidad.
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06
A toda marcha
Deshumanización,
dominación y extracción
M i amigo
Bernie y yo estudiamos juntos Dirección Teatral como alumnos de máster en el
Instituto de las Artes de California. Era aquella una escuela estupenda, con
todo tipo de oportunidades de colaboración interdisciplinar. Fue allí donde Tim
Burton (director de Batman y Bitelchús) aprendió
animación, y donde K. P. H. Notoprojo (el intérprete de gamelán javanés más
renombrado del mundo) enseñaba el famoso «cántico de mono» a varios centenares
de personas a la vez, mientras Paul Reubens (Pee-wee Herman) patinaba por los
pasillos vestido con un tutú.
El departamento de
Teatro, sin embargo, era decididamente tradicional. Siguiendo un modelo
conservador, enseñaba el planteamiento clásico del drama: crisis, clímax,
desenlace. Cada obra, cada escena, cada momento, contenía esa misma forma,
propulsando la acción siempre hacia el objetivo o el destino singular del
protagonista. Cada ciclo partía de un acontecimiento inicial que desencadenaba
la acción; esta se intensificaba hasta alcanzar un punto álgido, y luego el
protagonista tomaba una decisión —matar, casarse, escapar, suicidarse y la
historia se resolvía. Crisis, clímax, liberación. Aristóteles describió la
fórmula, Shakespeare la perfeccionó y Hollywood la convirtió en una receta
infalible.
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Bernie y yo no veíamos el teatro de esa manera. Él se había formado en
la danza y el teatro de máscaras. Veía la actividad teatral como una
exploración abierta, rítmica, caracterizada por una improvisación extrema. ¿Por
qué un espectáculo ha de ser racional o explicable en términos de motivaciones
y objetivos humanos? ¿Acaso la gente sabe realmente lo que quiere siempre y en
todo momento? Por mi parte, yo me había educado en el teatro experimental de
las décadas de 1970 y 1980, donde la línea divisoria entre el actor y el
público se difuminaba hasta hacerse irreconocible. La historia que relataba la
obra era solo una excusa para juntar a actores y observadores en una misma
sala, con solo una división imaginaria entre ellos. Había estudiado los happenings y
el Fluxus, que, más que guiones teatrales, parecían conjuntos de reglas de las
que surgían situaciones. No me gustaban las representaciones que seguían líneas
rectas, con sus principios, intermedios y finales, sencillamente porque la vida
no era así.
—Este tipo de
teatro que estamos haciendo no es arte —recuerdo que me quejé a Bernie una
noche después de clase.
—Ni siquiera es
vida —admitió—. ¿Cuándo te has sentido como un protagonista dirigiéndote hacia
una meta? Las cosas simplemente pasan. Luego se detienen. O tal vez vuelven a
empezar.
—Lo llaman
realismo, pero es justo lo contrario —añadí finalmente—. Imponen un relato. Una
percepción de inevitabilidad. Para confirmar el orden establecido. Acción
ascendente, clímax, sueño. Como la curva del orgasmo masculino. Dirigirse hacia
el objetivo, luego darse la vuelta y quedarse dormido.
—Es propaganda
cultural —concluyó Bernie—. Crea un problema en el primer acto y luego lo
resuelve en el último. Sea cual fuere tu solución —guerra, amor, dios, honor—,
ese es el valor que aprende el público.
Además, el teatro
era caro. Recuerdo haber asistido a una representación de La ópera de
los tres centavos de Brecht en la que la entrada más barata costaba
setenta pavos. La obra parodia y socava intencionadamente algunas de las
convenciones del teatro, en particular los extremos románticos y los finales
felices de la ópera wagneriana. En Brecht, quienes tienen grandes planes para
el futuro suelen ser los villanos. Ignoran el dolor y la angustia actuales
mientras avanzan como una apisonadora hacia sus visiones de dominación. Sus
fines siempre justifican
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sus medios. Las obras de Brecht pretendían revelar y socavar ese afán de
conquista y de conclusión.
En el intermedio,
oí quejarse a una mujer: «Pero ¿esto a dónde va?». El público había aprendido a
esperar un movimiento de avance hacia algún objetivo concreto. Para eso pagaba.
Desde luego, la vida no brindaba esa satisfacción; pero se suponía que el entretenimiento
sí.
Ese día decidí
dejar el teatro y pasarme a internet. La interactividad — me dije cambiará todo
esto. Y hasta cierto punto fue así. La web, las plataformas digitales y los
relatos hipertextuales ofrecían múltiples caminos que los usuarios podían
seguir o incluso forjar. Ya no había una meta que alcanzar; éramos libres de
elegir nuestras propias aventuras. Incluso en los videojuegos con objetivos
netamente definidos, desde Super Mario hasta World of
Warcraft, los participantes podían hallar una gran satisfacción
ignorando la historia oficial y deambulando en cambio por el mundo del juego.
Pero, aunque las
actividades que se desarrollaban en esas plataformas no se caracterizaran
primordialmente por su decidido afán de conquista, los negocios subyacentes sí.
En la década de 1980, las personas inteligentes que querían encontrar un filón
y hacer fortuna escribían elaborados guiones de cine; en la de 1990, esas
mismas personas redactaban planes de negocios tecnológicos con prácticamente la
misma mecánica. Una gran idea novedosa «perturbará» el statu quo,
eliminará la competencia, hará crecer el mercado hasta su máximo potencial y
luego — en el punto álgido— ejecutará su «estrategia de salida» culminante en
forma de venta o de oferta pública de acciones. Principio, intermedio y
glorioso final. Relatos de triunfo, expresado en forma de rendimiento de la
inversión.
La retórica de
Silicon Valley —ya sea en los memorandos de presentación de los jóvenes
desarrolladores, las charlas TED o las entrevistas de Joe Rogan a
milmillonarios de la tecnología— exhibe siempre los mismos rasgos distintivos
que esos planes de negocio: progreso, futuro, optimismo, transformación,
ganancia. Pero normalmente se trata solo de eufemismos para referirse a la
conquista, la colonización, la dominación y la extracción. Describen campañas
donde el fin justifica los medios y que aspiran a alterar el paisaje y lograr
un monopolio.
Quienes critican el
impulso lineal occidental de constante progreso parten con excesiva frecuencia
de una imagen romántica del pasado
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remoto como un tiempo desprovisto de crueldad y de violencia. Nos
brindan relatos de interacciones pacíficas entre primates como los bonobos, que
presuntamente demuestran el talante cooperativo de nuestro linaje. Desde esta
perspectiva, unos pueblos indígenas que vivían de forma sostenible se vieron
infectados por la violencia de los imperios expansionistas; y, ahora que lo
sabemos, deberíamos «volver al jardín», como señalaba Joni Mitchell en el
estribillo de Woodstock. Por otro lado, los partidarios del desarrollo
rápido ofrecen una visión utópica del futuro en la que la tecnología y el
mercado liberan a la humanidad de las tinieblas de su naturaleza competitiva.
No solo descendemos de simios violentos, sino de bacterias que asimismo
compiten violentamente. La civilización, los mercados y la tecnología nos
brindan formas de canalizar esa competitividad innata a fin de lograr mejores
resultados para todos.
Ambos discursos
están impregnados de la ideología del progreso y del mito de la existencia de
un lugar fundamentalmente distinto hacia el que todos nos dirigimos, o hacia el
que, cuando menos, se dirigen unos pocos afortunados. Los tecnofrikis y sus
antagonistas más acérrimos caen en la misma trampa mental. Ya sean corporativos
o contraculturales, todos esos relatos de conquista siguen la pauta de lo que
podríamos denominar viajes heroicos o arquitecturas neotestamentarias. Lucha,
progreso, apocalipsis culminante y luego la salvación para quienes gozan de la
creencia, la experiencia psicodélica, el procesador informático o los genes
egoístas apropiados. Esos afortunados ganadores alcanzan el clímax final y
transformador hacia la riqueza infinita, Marte, la eternidad en un chip o la
conciencia crística. Finalmente llegan a algún sitio, y ahí termina el relato.
No es que esta
forma narrativa surgiera en un momento concreto de la historia de la
civilización occidental y luego se enseñoreara del mundo. Antes bien, el afán
de conquista es un potencial humano que se activa y amplifica con ciertos tipos
de descubrimientos e innovaciones y luego sustenta a su vez esos mismos
descubrimientos e innovaciones. La historiadora cultural Riane Eisler sitúa un
ejemplo del «modelo dominador» en los inicios de la Edad de Hierro y el dominio
de la metalurgia por parte de los kurganes en la Europa primitiva. «El poder de
dominar y destruir mediante la hoja afilada suplanta gradualmente la visión del
poder como la capacidad de sustentar y alimentar la vida — explica—. Los
hombres con mayor poder de destrucción (los más fuertes físicamente, los más
insensibles, los más brutales) llegan a lo más alto,
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mientras en todas partes la estructura social se vuelve más jerárquica y
autoritaria»[77].
Todo cambió para
respaldar la mentalidad dominadora, hasta que las gentes nacidas en esta nueva
cultura asumieron sus reglas y valores como circunstancias dadas por la
naturaleza. De hecho, los invasores kurganes tendrían tanto éxito que acabarían
siendo idealizados por Nietzsche y por Hitler como la única raza europea
original y pura. Es una dinámica que veremos repetirse a menudo: surge una
nueva tecnología y alguien copia la idea y la usa para colonizar un mercado o
una cultura, dividirlo en grupos más pequeños y alienados y extraer sus
recursos y su trabajo, todo ello suplantando los valores existentes con una
ideología de competencia y dominación. De hecho, esa es la misma base de lo que
hoy llamamos capitalismo.
En un primer
momento, la economía de mercado, estrenada justo después de las cruzadas en la
Baja Edad Media, benefició a los antiguos siervos del feudalismo[78]. Se trataba de una
economía transversal, entre iguales, no jerárquica. Los granjeros y panaderos
locales no aspiraban en general a ser «ricos», sino a vivir de su trabajo. Sus
monedas estaban optimizadas para el comercio; no constituían tanto una forma de
ahorrar o atesorar dinero como de facilitar el intercambio de bienes entre las
personas. El sistema funcionó tan bien que Europa vivió el que sería su mayor
periodo de crecimiento económico hasta la fecha medido en términos de
prosperidad de la gente corriente. Las ciudades se enriquecieron tanto que
invirtieron en la construcción de catedrales para estimular las peregrinaciones
y el turismo. La gente trabajaba menos, comía más y crecía más que nunca antes;
y, en algunos casos, más de lo que lo haría después[79].
Conforme el pueblo
se hacía más rico e independiente, la aristocracia se descubría relativamente
más pobre y menos poderosa. Con frecuencia, aquellas acaudaladas familias no
habían trabajado ni creado valor durante siglos y necesitaban encontrar una
nueva forma de dominar a las masas. La primera fue la concesión de «monopolios
privilegiados» que otorgaban a los nobles favorecidos el dominio exclusivo de
una industria. Si hasta entonces un zapatero podía trabajar por su cuenta
fabricando y vendiendo sus propios zapatos, ahora tendría que ser un empleado
de la Real Compañía de Calzado de Su Majestad. Se negó a los individuos la
capacidad de crear e intercambiar valor por sí mismos.
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Luego los monarcas prohibieron el dinero mercantil y obligaron a todo el
mundo a utilizar «moneda del reino». Dicha moneda debía tomarse prestada de la
tesorería del Estado y devolverse con intereses. Con el monopolio de esta
tecnología financiera, la aristocracia podía ganar dinero con solo prestarlo.
Una nación tras otra fueron adoptando el nuevo enfoque, aplastando los mercados
locales y restableciendo la dependencia de los campesinos de los ricos para
tener trabajo. La moneda centralizada se convirtió en el nuevo sistema
operativo de la economía, mientras las corporaciones venían a ser como el software que
funcionaba en él. Fue un programa arrollador.
El crecimiento se
convirtió en la nueva ética y en el requisito de cualquier compañía
privilegiada, y la forma expansionista y extractiva de capitalismo colonial
monopolista que vino luego sigue en plena vigencia todavía hoy. Los monopolios
privilegiados, como las Compañías Británica y Neerlandesa de las Indias
Orientales, viajaron al nuevo mundo, mataron o esclavizaron a sus habitantes y
extrajeron sus recursos. Por regla general, la Iglesia llegaba primero,
establecía contacto con las poblaciones nativas y reunía información sobre
ellas; luego tomaban el relevo las cañoneras, las compañías y los
conquistadores. Estas conquistas dependían de tres principios básicos del
colonialismo corporativo que luego se convertirían en el núcleo de la
Mentalidad con la que hoy tenemos que lidiar.
El primero
consistía en verse a sí mismo como alguien distanciado de la naturaleza y, por
ende, considerar a los nativos seres infrahumanos. Los pensadores ilustrados,
pese a su ferviente creencia en el derecho a la felicidad y a la libertad,
basaban sus filosofías en el cientificismo empírico de Francis Bacon y sus
contemporáneos. En su planteamiento, el Nuevo Mundo era una «tierra virgen» a
la espera de ser colonizada por los europeos blancos. «Al principio todo el
mundo era americano», explicaba el filósofo ilustrado John Locke para describir
el «estado de naturaleza» anterior a la civilización. Había que entender al
amerindio como parte de ese paisaje, un ser no muy diferente de «una de esas
bestias salvajes entre las cuales los hombres no pueden vivir ni encontrar
seguridad», y que, por lo tanto, «puede ser destruido como si fuera un león [o]
un tigre». Mientras que un patrón podía tener un contrato que le diera libertad
para controlar a sus siervos cristianos no remunerados, gozaba de un «dominio
absoluto» sobre sus esclavos, en cuanto estos no eran plenamente humanos[80].
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Puede que estas prácticas vampíricas socavaran las propiedades
regenerativas de los sistemas naturales, pero eran expresiones perfectas del
segundo principio básico de la dominación: la extracción. Por ejemplo, cuando
los isleños empezaron a fabricar cuerda para vendérsela a la Compañía
Neerlandesa de las Indias Occidentales, esta presionó de inmediato para que en
los Países Bajos se aprobaran nuevas leyes que regularan la industria de la
cordelería. Tras conseguir el monopolio del sector, la fabricación de cuerda
pasó a ser una actividad ilegal para cualquiera ajeno a la compañía. La propia
Revolución estadounidense estuvo motivada por la implementación de una política
extractiva similar por parte de la Compañía Británica de las Indias
Occidentales. A los colonos de Norteamérica se les permitía cultivar y recoger
algodón, pero debían vender sus balas directamente a la compañía a precios
establecidos. Luego esta transportaba el algodón a Inglaterra, donde se
convertía en tejido o en ropa y a continuación lo reenviaba y revendía a los
colonos, obteniendo así un beneficio.
Cuanto más valor
extraen los sistemas de dominación y control, menos oportunidades tiene la
gente de crear e intercambiar valor por cualquier medio que no sea participar
en esos mismos sistemas que se lo han sustraído previamente. Las poblaciones
autóctonas pueden resistirse adoptando las tácticas violentas de sus opresores,
pero con ello se arriesgan a contagiarse de sus mismas sensibilidades. El ciclo
de opresión y extracción se retroalimenta.
Lo cual nos lleva
al tercer principio básico de la dominación: la incesante persecución del
crecimiento. Recuérdese que todo ese afán de expansión colonial vino instigado
por las matemáticas subyacentes a la moneda sujeta a devengar intereses. Todo
se basaba en devolver más de lo que se tomaba prestado. Eso es lo que nos llevó
a confundir el crecimiento con la salud económica. El PIB —producto interior
bruto— sigue siendo el principal barómetro de la prosperidad nacional, a pesar
de que no tiene nada que ver con la situación real de las personas y las
empresas; solo mide el valor total de mercado de los bienes que produce un
determinado país. Un vertido tóxico es bueno para el PIB porque gastamos mucho
en limpiarlo. Arreglar un puente incrementa menos el PIB que derribarlo y
construir uno nuevo. Regenerar el suministro de agua de un acuífero no lo
incrementa tanto como dejar que escasee el agua y luego cobrar más a todo el
mundo por ella. Además, los financieros que conceden préstamos
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solo se benefician de los grandes proyectos nuevos que requieren enormes
cantidades de capital.
La ciega búsqueda
del crecimiento ha sustentado la implacable marcha hacia delante de la cultura
dominadora hasta hoy. Las corporaciones se ven a sí mismas como colonizadores,
al tiempo que conciben a las poblaciones locales en las que se expanden como nativos
indígenas a los que explotar. En un paisaje gobernado por este tipo de
empresas, es difícil hacer negocios de otro modo. El actual espíritu
empresarial tiene menos que ver con la innovación de un determinado producto
que con la innovación del modelo de negocio para favorecer el crecimiento.
Nunca se cuestiona el crecimiento en sí.
Como resultado, la
innovación tecnológica ha pasado a entenderse no tanto como una forma de
ofrecer productos y experiencias mejores y más satisfactorias a la gente, sino
más bien como otro medio más de redoblar la dominación, la extracción y el
crecimiento. La cadena de montaje, por poner solo un ejemplo, tenía poco que
ver con hacer mejores productos o fabricarlos más deprisa: su auténtico
propósito era minimizar la dependencia de la empresa de trabajadores
cualificados que pudieran exigir salarios justos. La tecnología fabril
consistía principalmente en desconectar el trabajo humano del valor que se
creaba.
Las empresas
tecnológicas actuales han heredado esos mismos principios básicos. El hecho de
que tantos de sus fundadores dejen la universidad antes de haber tenido la
oportunidad de estudiar la historia de la economía, o la filosofía moral de
Adam Smith y John Stuart Mill, o los fundamentos del marxismo, los hace aún más
vulnerables a las prioridades deshumanizadoras, extractivas y centradas en el
crecimiento del panorama empresarial.
Aspiran a los
monopolios porque esa es la estructura predefinida para controlar un nuevo
mercado. Puede que utilicen tecnología innovadora para lograrlo, pero nunca
cuestionan el sistema operativo subyacente ni su exigencia de extracción y
crecimiento.
Justifican toda la
devastación social y económica resultante como lo que el economista Joseph
Schumpeter denominaba «destrucción creativa». Aunque Schumpeter se basaba
específicamente en la idea marxista de que los cambios producidos en la
industria pueden crear una mezcla de antigua y nueva riqueza, en realidad la
economía de las empresas emergentes no funciona de ese modo. Puede que un
puñado de emprendedores y
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desarrolladores ganen mucho dinero con sus ideas, pero quienes se
benefician hoy de Google o Facebook son en su mayor parte los mismos inversores
institucionales y fondos familiares que antes se beneficiaron de Intel e IBM,
o, aún antes, de General Electric y AT&T. Las historias que publican los
medios sobre los nuevos magnates de la tecnología ocultan el simple hecho de
que tras ellos está la misma población invisible de ricos de siempre,
haciéndose más rica aún[81].
Las aplicaciones y
plataformas están diseñadas, sin duda, para perturbar los mercados, pero sobre
todo con el propósito de extraer riqueza de los pobres y entregársela a los
ricos[82]. Amazon hace que
la publicación de libros sea más «ajustada», aprovechando su monopolio para
llevarse una proporción mayor de los beneficios que las librerías normales. Los
conductores de Uber ganan menos que los taxistas y los restaurantes pierden sus
márgenes frente a las plataformas de comida a domicilio. Esto no es destrucción
creativa, sino pura y simple destrucción destructiva, y todo ello justificado
por la imparable corriente del progreso[83].
A los defensores
del paradigma de la destrucción creativa les gusta argumentar que quienes han
quedado en la miseria o se ven imposibilitados de encontrar trabajo debido a la
nueva tecnología solo necesitan aprender nuevas habilidades. Pero formarnos en base
a las nuevas necesidades de las corporaciones es un juego peligroso, sobre todo
cuando esas empresas tratan a sus empleados como hicieron las primeras
factorías industriales que pusieron a la gente en cadenas de montaje. Aprender
a programar puede parecer la próxima gran oportunidad de encontrar empleo en
Estados Unidos o Europa occidental, pero solo lo será hasta que las empresas
empiecen a subcontratar el desarrollo de software a lugares
como la India o Europa oriental, o directamente a la inteligencia artificial.
La Mentalidad
considera a los seres humanos tan innecesarios, y aun onerosos, que muchas
empresas emergentes ven rechazados sus planes de negocio si no pueden demostrar
que un día sus operaciones serán totalmente automatizadas. Está bien tener unos
pocos empleados mientras la empresa se pone en marcha, pero con el tiempo hay
que automatizar todas esas funciones para que el negocio pueda «escalar»
indefinidamente. Por eso Facebook quiere tener inteligencias artificiales o —en
el peor de los casos— a sus propios usuarios supervisando y etiquetando las
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publicaciones potencialmente ofensivas en lugar de asignar la tarea a
empleados humanos remunerados. Cualquier solución que implique valorar el
trabajo humano corre el riesgo de ralentizar las cosas.
Steven Pinker, un
optimista científico cognitivo que cree que la mente humana es de naturaleza
computacional, se ha convertido en el mejor modelo y portavoz de la Mentalidad
en relación con el inevitable triunfo de esas soluciones tecnocráticas
impulsadas por el mercado. La clave es seguir avanzando. Como él mismo explica,
«algunos tipos de cambio social sin duda parecen verse arrastrados por una
inexorable fuerza tectónica»[84]. En su libro En
defensa de la Ilustración, publicado en 2018, Pinker atribuye a la
Ilustración europea (la misma que nos trajo a John Locke y la justificación de
la esclavitud) un descenso generalizado de la violencia y un incremento de la
salud, la longevidad, los niveles educativos y los derechos humanos
universales.
Es este un relato
bastante problemático. En primer lugar, como han demostrado David Graeber y
David Wengrow en su desmitificadora obra El amanecer de todo, el
simplista discurso unidireccional sobre el progreso de la
civilización desde la agricultura hasta las ciudades, y luego, a través de la
tecnología y la Ilustración, hasta la sociedad moderna, es sencillamente
erróneo[85]. A lo largo de la
historia ha habido todo tipo de ciudades-Estado distintas, con y sin lo que hoy
consideramos tecnología. Incluso algunas sociedades de cazadores-recolectores
tenían formidables asentamientos del tamaño de ciudades, con enormes construcciones
arquitectónicas y consejos ciudadanos democráticos.
Otro problema de
las estadísticas sobre el progreso que Pinker cita con tanta frecuencia es que,
como la purista filosofía ilustrada, ignora lo que ocurre en el mundo real[86]. En este momento
los seres humanos pueden vivir como media más tiempo que antes, pero en un
planeta con una disminución paralela del 58 por ciento de los vertebrados y el
81 por ciento de las especies de animales que habitan en los ecosistemas de
agua dulce. El autor afirma que «la violencia racista contra los afroamericanos
cayó en picado en el siglo XX», pero se olvida de añadir que las tasas de
encarcelamiento se han disparado. Escribe con optimismo sobre nuestra capacidad
para encontrar nuevas fuentes de agua y energía empleando medios como la
excavación de acuíferos más profundos o la fracturación hidráulica para obtener
gas. Pero en realidad se trata solo de préstamos
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sobre futuras ganancias, algo parecido a mencionar la fuerza de un
atleta que ha estado tomando esteroides para aumentar su rendimiento.
En opinión de
Pinker, deberíamos alegrarnos de que el capitalismo basado en el crecimiento
proporcione el impulso necesario para sacarnos de apuros. «Como hemos visto
—explica—, una economía de mercado constituye el mejor programa de reducción de
la pobreza que conocemos para todo un país»[87]. Y lo que es más
importante: para él, como para otros tecnoaceleracionistas, ya es demasiado
tarde para elegir otro camino. No podemos volver a ser cazadores-recolectores.
La respuesta a la devastación de suelo vegetal ocasionada por los pesticidas
químicos de Monsanto es una nueva investigación sobre alimentos genéticamente
modificados llevada a cabo por…, ¡ejem!…, Monsanto. No hay otra que pasar por
el aro.
En lugar de
rechazar esta innovación —sostienen—, deberíamos incentivarla a través del
mercado libre. Algunos héroes intelectuales de la red oscura, como el psicólogo
Jordan Peterson, contribuyen a defender este argumento. «Lo que queremos son
solo jerarquías de competencia — demanda Peterson ante sus nutridos
auditorios—. Si tienes a un gran educador, o líder, o pensador, quieres
recompensarlos. No es una recompensa por su ser intrínseco. Es un movimiento
calculado por tu parte para extraer de ellos todo lo que resulta valioso, tan
rápido como puedas»[88]. Con ello no hace
sino reafirmar los clásicos valores ilustrados de la extracción, la jerarquía y
el crecimiento acelerado. Habla como si el hecho de salvar vidas, o el propio
planeta, necesitara una motivación extrínseca proporcionada por el mercado, cuando
ya sabemos, por la psicología educativa y por montones de estudios, que eso no
funciona. Se ha demostrado que las recompensas extrínsecas como las
bonificaciones en efectivo desmotivan a los trabajadores a largo plazo; en
cambio, el sentimiento de vinculación al trabajo, una mayor percepción de su
sentido y propósito, o las recompensas intrínsecas tales como una mayor
responsabilidad, producen mejores resultados[89].
La Mentalidad
sostiene que si hay suficientes beneficios que ganar, alguien resolverá las
cosas. Debemos dejar de vernos como «viles expoliadores de un planeta
prístino», explica Pinker, y aceptar en cambio la «visión ilustrada» de que, si
se dedica el suficiente tiempo a estudiarlos, todos los problemas pueden
entenderse y resolverse[90]; incluidos los
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problemas medioambientales. Tiene razón, cuando menos en el sentido de
que solo un abstruso pensador ilustrado consideraría el medio ambiente un
«problema a resolver» en lugar de un sistema en el que todos estamos ya
inmersos.
Los partidarios de
la Mentalidad actualizan los conceptos ilustrados de colonialismo, conquista y
crecimiento con los de progreso, ubicuidad y escala característicos de Silicon
Valley. Seguimos haciendo el mismo viaje inexorable hacia el futuro, solo que
ahora construido con tecnología y alimentado por el capitalismo. Cualquier duda
o cuestionamiento saboteará nuestro «esprint» hacia el siguiente «hito», o, lo
que es peor, enfriará el entusiasmo del mercado por nuestro inevitable triunfo.
Como uno de los héroes de Aristóteles, debemos seguir resueltamente el arco de
la historia hasta alcanzar el clímax.
La versión del
capitalismo propia de la Mentalidad no se detiene en la necesidad de
crecimiento y progreso. Hay más en juego que el crecimiento por sí mismo. Se
trata de alcanzar algo que trasciende la propia victoria: la dominación total.
Los milmillonarios de la tecnología ya han acumulado más riqueza de la que
ellos, sus hijos o sus nietos podrían gastar jamás. Jeff Bezos tiene un yate
con un helipuerto que hace las veces de auxiliar de su yate principal, cuyas
grandes velas obstaculizarían el despegue y el aterrizaje de su helicóptero.
Nada es suficiente nunca[91].
Este afán de
riqueza y de poder es como una partida de póquer en la que todo el mundo
permanece en la mesa hasta que un solo jugador se lleva todo el dinero. Es una
tendencia a la desigualdad como objetivo último —lo que los economistas
denominarían un coeficiente de Gini 1—, donde una sola persona lo ha acumulado
todo. Todos los circuitos de realimentación financiera, tecnológica y cultural
en los que participan sustentan esta singular tendencia. Como demostró el
teórico del juego John Nash (protagonista de la película Una mente
maravillosa) en sus primeros trabajos, la parte más rica de una transacción
siempre goza de ventaja si no se establecen reglas o límites para contrarrestar
ese efecto. Una partida de póquer «sin límites» siempre favorece al jugador más
adinerado, porque este puede obligar repetidamente a su oponente a apostar la
totalidad de sus posesiones. Así, la propia existencia de la desigualdad en un
mercado no regulado favorece a los más ricos. De ahí que utilicen su riqueza
para presionar en favor de la desregulación, lo que a su vez les hace obtener
aún más riqueza.
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Quienes juegan a este nivel buscan un tipo de riqueza muy particular. No
se basa en los dividendos, los mercados regenerativos o la circulación de
dinero a través del sistema. Es mera conquista y extracción. Consiste en
encontrar o bien un nuevo territorio para conquistar y dominar, o bien una
nueva tecnología que permita una capacidad de extracción superior a la actual;
y luego vender toda la empresa antes de que alcance su cota máxima o de que
ella misma se vea perturbada por la siguiente novedad. Y no todo es en vano:
como demostró Steve Case, ese arco de «crisis, clímax y salida» fue el que puso
a «América online».
Pero esto solo
funciona si los fundadores no miran atrás. Tienen que lanzarse hacia delante y
dejarlo todo atrás, incluidos nosotros. Posiblemente el defecto más trágico de
los triunfalistas tecnológicos sea su absoluto desprecio por la historia. Como
explica el papa Francisco en su mordaz crítica al tecnocapitalismo Fratelli
tutti, «se alienta […] una pérdida del sentido de la historia que disgrega
todavía más. Se advierte la penetración cultural de una especie de
“deconstruccionismo”, donde la libertad humana pretende construirlo todo desde
cero. Deja en pie únicamente la necesidad de consumir sin límites y la
acentuación de muchas formas de individualismo sin contenidos. […] Partes de la
humanidad parecen sacrificables en beneficio de una selección que favorece a un
sector humano digno de vivir sin límites»[92].
Esa concepción
errónea de que no hay ningún fundamento previo en el que basarse otorga a los
«promotores» la libertad de destruir las culturas, las economías, los
ecosistemas y los vecindarios existentes. Uber, Airbnb e incluso Google ven a
los residentes de renta baja y los barrios donde viven del mismo modo que John
Locke veía el paisaje y los nativos de América: territorios vírgenes sin
desarrollar listos para su explotación. No es de extrañar que sus jóvenes y
bien remunerados promotores empleen el mismo lenguaje cuando describen su
actividad como una búsqueda «pionera» de apartamentos en barrios situados en
las afueras de lo que normalmente se considera «seguro» para los profesionales
blancos.
Combinando una
interpretación distorsionada de Nietzsche con otra bastante acertada de Ayn
Rand, terminan con la creencia de que, mientras «Dios ha muerto», el Übermensch del
futuro puede utilizar la razón pura —el objetivismo— para alzarse por encima de
los valores religiosos tradicionales y rehacer el mundo «en su propio interés».
En realidad fue la hermana de Nietzsche, gran admiradora del fascismo de
Mussolini, la que
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recopiló el infame volumen de La voluntad de poder a
partir de los textos que dejó garabateados su hermano al morir[93]. Pero su lenguaje,
especialmente si se saca de contexto, proporciona a los aspirantes a Übermensch tecnológico
una justificación para asumir una autoridad sobrehumana[94]. Al igual que
Uber, con una inspiración nietzscheana, usa su dinero y su influencia para
modificar la legislación urbana y laboral en beneficio propio, Peter Thiel
escucha en el filósofo alemán un llamamiento a tomar el futuro en sus propias
manos; en sus propias palabras, «Ya no creo que la libertad y la democracia
sean compatibles»[95]. Esta imagen
distorsionada del Übermensch como creador divino, que presiona
confiado en favor de su nítida visión de cómo deben ser las cosas, persiste
como un componente esencial de la Mentalidad. No se obtienen gráficos
bursátiles en forma de palo de hockey sin ese pensamiento
totalizador y dominante.
Para Thiel, esto
implica ser lo que él denomina un «optimista convencido». La mayoría de los
emprendedores —escribe en su libro De cero a uno— adoptan un
enfoque excesivamente procesual, tomando decisiones gradualmente en
función de la respuesta del mercado. Deberían ser, por el contrario, como Steve
Jobs o Elon Musk, que siguen adelante con su visión singular pase lo que pase.
El optimista convencido no tiene en cuenta las reacciones: persiste en su nuevo
diseño para un mundo mejor. Este acontece ex nihilo, literalmente «de cero a
uno».
Los fundadores de
Google, Larry Page y Sergey Brin, también evitan el pensamiento gradual en
favor de la innovación rompedora, arriesgada, radicalmente inédita y
revolucionaria. Con la perspectiva empresarial propia de un monopolista, Page
declaraba a la revista Wired que «resulta difícil encontrar
ejemplos reales de cosas auténticamente asombrosas que hayan ocurrido
únicamente gracias a la competencia. […] Por eso la mayoría de las empresas
experimentan un lento declive con el tiempo. […] La mejora gradual tiene
garantizado quedar obsoleta con el tiempo»[96]. No es que Page
tema a la competencia; es más bien que, si se encuentra compitiendo con
alguien, eso significa que no está en territorio virgen.
Esto puede tener
cierto sentido en un panorama de empresas unicornio y rendimientos de miles de
veces la inversión original. ¿De qué otro modo puede uno ganarse la fe de los
inversores de capital riesgo y los fondos necesarios para la dominación si no
sabe venderse y suscitar confianza?
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Pero se trata de una mentalidad derivada de los aspectos más
deshumanizados, inconexos y triunfalistas de la ciencia empírica y el
pensamiento ilustrado. El fundador es Dios. Crea un nuevo mundo; lleva a sus
seguidores a través de un gran éxodo —o estrategia de salida— a la salvación,
mientras el resto de la humanidad se queda atrás.
Pese a todas sus
pretensiones de originalidad, muchos de esos titanes de la tecnología se
inspiran en figuras históricas de las que oyeron hablar antes de abandonar la
escuela. Es bien conocida la afición de Mark Zuckerberg por el emperador romano
César Augusto, a quien suele atribuirse el desarrollo de la red de carreteras y
el sistema de mensajería con el que Roma administraría su expansión imperial
durante varios siglos. «Básicamente, adoptando un enfoque sin duda riguroso,
instauró doscientos años de paz mundial», declaraba Zuckerberg a The
New Yorker[97] (esto
solo es cierto si cuentas como «paz» la ausencia de guerras que
amenacen tu propia soberanía y excluyes las conquistas violentas de tu imperio
de otros Estados y pueblos). Pero la admiración de Zuckerberg por el emperador
raya en la obsesión: su corte de pelo se inspira en el de Augusto; en cierta
ocasión su esposa bromeó diciendo que en su luna de miel viajaron a Roma tres
personas, Mark, ella y Augusto; llamó Augusta a su segunda hija, y solía
terminar las reuniones de Facebook proclamando «¡Dominación!».
Sin duda, todos
salimos ganando con que el único responsable de la adopción de decisiones de
una red social de 3000 millones de usuarios tenga como modelo a César Augusto
en lugar de, por ejemplo, quien a la larga sería su sucesor, Calígula. Pero que
Zuckerberg acepte el «enfoque sin duda rigoroso» de Augusto como el precio que
había que pagar por la futura estabilidad de su imperio puede salirnos
demasiado caro. La famosa exhortación de Zuckerberg a su empresa de «moverse
rápido y romper cosas» le ha hecho ganar monopolios, pero también ha tenido un
impacto desastroso en la innovación en internet, el paisaje social, la salud
mental y la viabilidad de la propia democracia. Eso es lo que ocurre cuando uno
es un optimista convencido que trabaja en pro de un único objetivo, con miles
de millones de dólares y petabytes de RAM a su disposición. Claro que luego
Zuckerberg puede prometer que restituirá el 99 por ciento de sus ganancias en
donaciones a organizaciones benéficas, pero eso solo demuestra que empezó por llevarse
demasiado. ¡Imagine si de entrada Facebook hubiera sido un 99 por ciento menos
destructivo!
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Dicho esto, es demasiado fácil atribuir el éxito de estos empresarios a
su implacable e imperiosa determinación. Pese al lenguaje condescendiente que
emplean en las audiencias del Congreso estadounidense en las que se cuestionan
sus tácticas y su poder, puede que los titanes de la tecnología sobreestimen el
valor de la Mentalidad en la buena fortuna de sus empresas. En realidad, no han
hecho más que subirse a la ola de la ley de Moore, el crecimiento exponencial
de la capacidad de procesamiento —una tendencia tecnológica que escapa a su
control—, y han confundido su éxito con su propio destino manifiesto. Pero la
ley de Moore podría estar ralentizándose, augurando el fin del crecimiento
exponencial automático. En 2010, Robert Colwell, responsable de microsistemas
de DARPA (Agencia de Proyectos de Investigación Avanzados de Defensa de Estados
Unidos), dejó atónitos a los asistentes a una conferencia tecnológica en Palo
Alto cuando anunció: «No espero ver otro incremento de 3500x en electrónica;
quizá 50x en los próximos treinta años. […] Haremos un montón de ajustes
graduales, pero no se puede reparar la pérdida de un exponencial»[98].
Una vez adictos al
crecimiento exponencial, resulta difícil que un emprendedor, una empresa o toda
una economía se ralenticen. Las «tablas de capitalización» de todo el mundo
parten del supuesto de una expansión continua a un ritmo cada vez mayor. Así funciona
la economía basada en la deuda. El colapso de Lehman Brothers en 2008 nos
mostró lo que ocurre cuando se rompe el esquema piramidal. Pero no hay que
preocuparse. Aunque su capacidad para aumentar la velocidad bruta de sus
máquinas puede haber alcanzado ciertos límites, el entorno digital les ofrece
otra forma de pasar de la creatio ex nihilo al deus ex
machina. Simplemente «devienen meta».
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Exponencial
Cuando no puedas
avanzar más, devén meta[99]
U n día me
atracaron delante del bloque de pisos donde vivo cuando fui a bajar la basura.
Publiqué una nota al respecto en la lista Park Slope Parents, una comunidad
virtual dedicada a la salud y el bienestar de las familias locales. Las
primeras respuestas fueron de personas enfadadas porque yo había divulgado la
ubicación del cruce cerca del cual se había producido el delito. ¿Acaso no me
daba cuenta de que ese tipo de publicidad podía afectar negativamente al valor
de nuestras propiedades?
No, no es que
quisieran vender las suyas. Pero el periodo inicial de sus hipotecas en el que
solo pagaban intereses (habitualmente de cinco años) estaba a punto de expirar.
Para poder refinanciarlas con mejores tipos y mayor capital, necesitaban que el
valor de la vivienda subiera y temían que una noticia perturbadora tan nimia
como la de «un escritor asaltado en Brooklyn» pudiera dar al traste con el plan
inmobiliario del que dependían sus finanzas. De ahí que les importara más algo
abstracto como el valor de mercado de sus viviendas que la calidad de vida real
de su barrio.
Esta especie de
juego de triles que la gente utilizaba para vivir en las casas de piedra rojiza
del barrio residencial de Park Slope, que de otro modo le resultarían
inasequibles, ese juego a la vez frágil, extremadamente especulativo y
absolutamente dependiente del crecimiento, constituía en sí
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mismo la base de toda una serie de apuestas, y abstracciones sobre
dichas apuestas, de mucha mayor envergadura. Todos esos préstamos engañosos
formaban parte del llamado mercado hipotecario subprime, que a su
vez servía de garantía para toda una serie de préstamos de otro tipo, y así
sucesivamente. Todos esos préstamos y préstamos sobre préstamos se empaquetaban
en «cestas» que luego se vendían a inversores. Las acciones integradas en
dichas cestas, a su vez, podían ser objeto de especulación a través de otros
derivados, sobre los que también era posible apostar a favor —o en contra—
mediante permutas de cobertura por impago.
El sistema podría
haber seguido funcionando indefinidamente con tal de que los precios de la
vivienda siguieran aumentando a un ritmo cada vez más rápido, sustentando así a
todos los instrumentos financieros que dependían de ellos. Pero el inevitable
desplome se produjo apenas unos meses después de que me atracaran. Los expertos
discrepan en cuanto a por qué exactamente se desencadenó la crisis: o fue
porque el ritmo de aumento de los precios de la vivienda empezó a ralentizarse,
o porque subieron los tipos de interés, o por ambas cosas. Sea como fuere, el
caso es que la gente empezó a tener mayores dificultades para refinanciar sus
propiedades a un valor más alto. En su lugar, cuando expiraba el periodo
inicial de sus préstamos hipotecarios en el que solo pagaban intereses, los
propietarios empezaron a incumplir los pagos de sus cuotas. Entonces todo el
castillo de naipes se vino abajo, llevando a la bancarrota a casi todo el mundo
excepto a algunas empresas financieras como Goldman Sachs, que habían estado apostando
contra los mismos productos hipotecarios que vendían a los inversores[100].
Lo que
verdaderamente estaba ocurriendo era que el mundo real de las casas y las
propiedades era incapaz de soportar tanta financiarización. En su carrera por
crecer indefinidamente de forma exponencial, los mercados habían «devenido
meta» más de la cuenta. No importa cuántos significantes digitales empleemos
para representar su valor: el mundo real simplemente no escala de manera
indefinida.
Fue un proceso
similar de «devenir meta» el que alimentó el colonialismo europeo. Bajo la
supervisión de los monarcas y sus navegantes, las nuevas tierras descubiertas
pasaron a representarse en forma de mapas. Dichos mapas podían rotularse,
transformando así las regiones terrestres en territorios. Los lugares se
convirtieron en propiedades; los pastos, en parcelas; la tierra, en un activo
que se podía
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comprar, vender y arrendar. Al mismo tiempo, en Europa, la tierra pasaba
también del control feudal al del mercado. La aristocracia utilizaba sus
tierras como una forma de capital para comerciar, mientras la nueva clase de
comerciantes ricos compraba tierras para obtener prestigio social.
Y lo que es más
importante: la tierra pasó de ser un ecosistema vivo planetario a convertirse
en una unidad de intercambio de naturaleza más abstracta. Se puede concebir un
título de propiedad como una especie de «pariente en segundo grado» de la
tierra a la que hace referencia. En ese sentido, diríamos que deviene meta, y
una vez las cosas devienen meta, tienden a seguir así. La tierra se convierte
en propiedades; las propiedades, en hipotecas; las hipotecas, en derivados, y
así sucesivamente. Las propiedades abstractas pueden comprarse y venderse desde
el otro extremo del mundo, tal como ocurre, por ejemplo, con esos apartamentos
vacíos de megalujo que hay en Manhattan propiedad de especuladores y fondos
soberanos. También pueden ser certificados de acciones. En cada nuevo nivel de
abstracción aparece una nueva población de propietarios, banqueros o
especuladores para reivindicar su derecho, cada vez más apalancado, sobre
cualquier activo básico en el que se fundamente.
Devenir meta es una
actitud muy «americana», además de una premisa esencial de la Mentalidad. El
propietario deviene meta con el inquilino, mientras que el banco hace lo propio
con el propietario hipotecado. Cada nueva capa de abstracción —en este caso, de
financiarización— permite un crecimiento que no podría lograrse de otro modo.
En una economía definida primordialmente por una moneda central que devenga
intereses, el crecimiento no es solo bueno, sino necesario. Cuando el
crecimiento en un determinado nivel ha alcanzado sus límites, devenir meta
permite a unos pocos afortunados escalar al siguiente nivel de abstracción.
Esta pirámide
financiera se basa en un espíritu de autonomía individual, incluso para el
pringado que está debajo de todo. Si nos centramos en la historia de Estados
Unidos, diversos presidentes, empezando por Franklin D. Roosevelt, han
promovido políticas y favorecido la propaganda en torno a la propiedad de la
vivienda como fundamento para alcanzar el sueño americano. Ello se ha reflejado
incluso en la lengua inglesa, donde la palabra home ha pasado a referirse
primordialmente al «hogar», a la vivienda que uno posee, más que a la ciudad o
el barrio de donde proviene, como sucedía antes. Todo esto ha sido consecuencia
de un esfuerzo consciente de programación social.
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Preocupado por la afluencia de veteranos de la Segunda Guerra Mundial
traumatizados y potencialmente problemáticos, Roosevelt esperaba que la
propiedad de la vivienda y las obligaciones hipotecarias ayudaran a mantenerlos
bajo control. Como le explicaba William Levitt, promotor de la que sería la
primera periferia residencial planificada estadounidense (Levittown), «Ningún
hombre que sea propietario de su casa y su terreno puede ser comunista. Tiene
demasiadas cosas que hacer»[101]. En esta misma
línea, la Administración Federal de la Vivienda facilitaba mejores tipos de
interés hipotecario para las viviendas unifamiliares que para las compartidas,
para la adquisición de nuevas propiedades en detrimento de la renovación de las
existentes y, por supuesto, para las comunidades segregadas en detrimento de
aquellas en las que no había una clara discriminación racial[102].
Esta base de
propietarios de viviendas sirvió de fundamento al consumismo de la sociedad
estadounidense, que a su vez proporcionó el motor que impulsaría los sucesivos
niveles de abstracción financiera. Los gigantes de la industria de Estados
Unidos —empresas que iban desde General Mills hasta General Foods, pasando por
General Motors— cosecharon enormes beneficios suministrando a los propietarios
todo lo que necesitaban para llenar sus estómagos y sus hogares. A los
accionistas situados en el siguiente nivel de abstracción por encima de dichas
empresas todavía les fueron mejor las cosas; y a los inversores que compraron
derivados sobre aquellas acciones les fueron mejor aún.
En la década de
1980, el director general de General Electric, Jack Welch, supo identificar la
pauta subyacente y lo que esta implicaba: había que llegar lo más lejos posible
en la abstracción financiera. Como cualquier empresa que vende artículos de gran
valor, GE contaba con una división de servicios de capital para ayudar a
financiar las compras de sus productos, concebida originariamente como una
forma de facilitar el pago a sus clientes. Sin embargo, Welch se dio cuenta de
que ganaba menos vendiendo lavadoras a la gente que prestándole el dinero
necesario para comprarlas. Cuando fabricaba lavadoras, sus beneficios se veían
limitados por las fricciones propias del mundo real, como el coste de los
materiales, la mano de obra y el transporte; en cambio, cuando vendía
préstamos, podía ganar dinero como por arte de magia: en este caso manejaba
únicamente cifras, que podían escalarse sin experimentar fricción alguna. De
modo que Welch se embarcó en la aventura de vender los activos
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productivos de GE y volcarse íntegramente en las finanzas. La revista
especializada Harvard Business Review ensalzó las virtudes de
su nueva estrategia; esta empezó a estudiarse en las escuelas de negocios y a
ser imitada por otras empresas, que, en su intento de parecerse más a los
bancos, acabaron por devorarse a sí mismas, liquidando cualesquiera divisiones
esenciales que realmente crearan valor.
Pero ni GE ni
ninguna de aquellas empresas tenían una experiencia real en el sector de los
servicios financieros, de manera que cuando la crisis financiera de 2007 cerró
el grifo del dinero fácil, quedaron en una situación mucho más precaria que los
auténticos bancos. Jack Welch no tardó en comprender que ya no había vuelta
atrás y abandonó el barco. Tras despedir a decenas de miles de empleados de
fabricación e ingeniería, se retiró de General Electric con una jubilación
dorada y fueron sus sucesores quienes tuvieron que reconstruir las deterioradas
divisiones industrial, de consumo y aeroespacial. GE acabó vendiendo la mayor
parte de sus servicios financieros y finalmente escindió su división de
tarjetas de crédito, Synchrony, en 2014[103].
Pero el principal
reto de General Electric —que Welch no supo abordar de la forma apropiada— era
que el mundo real, el de las casas, los aviones y la actividad industrial, no
podía escalar de la forma que requería el capital y exigían los inversores. Tarde
o temprano, la actividad fabril choca con los límites infranqueables del
trabajo humano y de la propia materia física.
El ámbito digital
parecía resolver este peculiar problema de la era industrial trascendiendo las
leyes de la física. En su libro Ser digital (publicado en
1995), Nicholas Negroponte, el fundador del Laboratorio de Medios del MIT,
anunciaba al mundo en general —y a los empresarios en particular— que los
«bits» habían venido a rescatarnos de la tiranía de los átomos. El
industrialismo se veía limitado por el hecho de que «el comercio mundial ha
consistido tradicionalmente en el intercambio de átomos». Sin embargo, ahora
que estábamos entrando en una era digital, ya no regían los límites del mundo
físico. «Un bit no tiene color, tamaño ni peso —explicaba— y puede viajar a la
velocidad de la luz»[104].
Técnicamente
hablando, nada de esto es cierto. Para que un bit sea un bit tiene que estar
grabado en algún sitio: en un disco, en un papel, en una unidad de memoria RAM,
en una sinapsis… Por lo tanto, existe en el mundo real y está restringido por
los límites de la realidad física.
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Pregúntele a cualquiera que se dedique a las transacciones bursátiles de
alta frecuencia y le dirá que la distancia entre el servidor y las mesas de
negociación marca absolutamente la diferencia en cuanto a los electrones de
quién llegan primero y cuál es la empresa que consigue ejecutar sus órdenes al
mejor precio.
Sin embargo, la
idea interesante aquí es que los bits son relativamente abundantes en
comparación con la materia. Del mismo modo que la palabra gato resulta
infinitamente más reproducible que un gato real, las representaciones digitales
se reducen a sistemas de símbolos —unos y ceros abstractos— que son copias
idénticas unos de otros e infinitamente reproducibles. Esta escalabilidad de
los datos vino a renovar la aspiración de un mercado en infinita expansión. La
revolución digital tendría lugar en un plano abstracto por encima y más allá
del limitado mundo de las personas, los lugares y las cosas, permitiendo a las
empresas crecer simplemente deviniendo meta. Fue entonces cuando la
revista Wired publicó un artículo de portada, titulado «El
largo auge», donde argumentaba que, gracias al potencial de escalabilidad
infinita, ahora la economía global iba a crecer indefinidamente de forma
exponencial. Hasta el presidente de la Reserva Federal estadounidense, Alan
Greenspan, se subió al carro, admitiendo que ya no regían las reglas normales
de la economía y que nos hallábamos en un «nuevo paradigma», un salto
dimensional en el comportamiento del propio capital. El dinero solo constituía
otra forma de datos, y los datos, otra forma de dinero[105].
Es cierto que AOL y
las demás víctimas de la crisis de las puntocom parecían desmentir la nueva
tesis. Pero en realidad aquellos comercios y servicios en línea no eran más que
la versión 1.0 de la economía digital. Todos ellos dependían de clientes humanos
con intervalos de atención, y de equipamientos físicos que costaban dinero. AOL
no era en verdad una empresa digital: era un proveedor de acceso telefónico a
internet, que requería un módem y una línea telefónica independientes para cada
usuario que quisiera conectarse. Puede que se accediera a empresas puntocom a
través de sitios web, pero estas seguían vendiendo productos que tenían que
entregarse en aviones y camiones reales. El mero hecho de que una firma
desarrollara su actividad en internet no la convertía en auténticamente
digital.
Las empresas que
sobrevivieron al auge de las puntocom tenían todas ellas algo en común: habían
devenido meta. Tim O’Reilly, editor de libros
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de tecnología, denominó a esta nueva realidad la web 2.0. Para él, las
empresas de la web 2.0, como Google e eBay, trataban la red como una plataforma
y aprovechaban la actividad de los usuarios en lugar de gastar dinero en su
propio personal y su propia mercancía. A diferencia de Yahoo, Google no
contrataba a empleados humanos para crear taxonomías de la web: utilizaba
algoritmos para catalogar todos los hipervínculos existentes, que luego
organizaba en una base de datos direccionable. De manera similar, a diferencia
de los numerosos escaparates que se abrían en la red, eBay desarrolló una
plataforma automatizada que interconectaba a vendedores y compradores. Las
empresas y proyectos de la web 2.0, desde Wikipedia o Blogger hasta Sourceforge
o iTunes, se basaban en la producción colaborativa. Eran en sí mismas
metaoperaciones que sencillamente aunaban a todos los que creaban valor en el
nivel inferior.
Lo que hacía a un
negocio auténticamente digital era su capacidad de alzarse un nivel por encima
de la competencia. Cada nuevo nivel suponía un salto exponencial, de x a x2,
a x3, y así sucesivamente. Por ejemplo, una plataforma
de viajes (como Expedia o Travelocity) deviene meta en relación con las
aerolíneas, en cuanto recopila los datos de todos sus sitios web para
mostrarnos los mejores precios que puede encontrar. Un nivel más arriba aún, un
recopilador de recopiladores (como Kayak u Orbitz) puede mostrarnos qué
agregador funciona mejor. No te centres en el contenido —insisten los expertos
como O’Reilly—, sino en la plataforma en la que todo el mundo publica el
contenido. Y si ya hay un montón de plataformas, conviértete en la plataforma
de las plataformas. «El medio es el mensaje» devino el mantra empresarial de la
Mentalidad, al tiempo que el propio Marshall McLuhan se ganaba un lugar póstumo
en la cabecera de Wired como «santo patrón» de la revista.
Según Peter Thiel,
cualquier nueva idea empresarial tiene que ser diez veces mejor de lo que ya
existe; literalmente, un orden de magnitud mejor. Tomando prestada una frase de
su antiguo profesor de Filosofía en Stanford, René Girard, Thiel cree que «la competencia
es para los perdedores»[106]. Todos los seres
humanos se dedican al sencillo juego de copiarse unos a otros, lo que Girard
denomina «mímesis». Mientras que para los niños esta es una magnífica forma de
aprender de sus padres, entre los adultos genera una cultura de la competencia
en la que todos codician lo que tienen sus vecinos. Y siguen haciéndolo hasta
que la competencia se vuelve tan extrema, o hasta violenta, que la gente
termina escogiendo
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un chivo expiatorio (judíos, inmigrantes, homosexuales o incluso un
individuo concreto) al que culpar de su conflicto. Entonces la violencia alivia
la tensión y la competencia se inicia de nuevo (Girard y Thiel creen que
Jesucristo había de poner fin a ese ciclo de violencia sirviendo de último y
definitivo chivo expiatorio; la crucifixión y resurrección del hijo de Dios
podría liberar a la humanidad del ciclo de violencia, pero solo si se pudiera
alentar a la gente a creer en el mito como una verdad literal).
Lo que esto implica
para las empresas, no obstante, es que deberían evitar competir con todas las
demás y, en su lugar, pasar a innovar en el siguiente nivel. Ese objetivo se
alcanza manteniendo la «fidelidad a un evento», una singular devoción a un futuro
que otros todavía no ven[107]. Thiel observaba
un claro ejemplo de ello en el Facebook de Mark Zuckerberg: en lugar de
competir por construir el mejor sitio web o el mejor portal, Zuckerberg subió
de nivel para construir una plataforma que les permitiera hacerlo a las
personas y empresas. En lugar de imitar, trascendió las reglas del juego. Dio
el salto exponencial para situarse un orden de magnitud por encima de los
simples mortales y entrar en el reino del éxito, la autonomía, la
autodeterminación y la salvación. Curiosamente, ahora que el modelo de negocio
de Facebook se está sometiendo a examen, Zuckerberg vuelve a la carga y deviene
meta en la red rebautizando justamente como Meta su propia empresa. Con ella
intenta, anticipándose al futuro, agrupar tecnologías de realidad virtual y
aumentada aún por inventar en un único «metaverso» sobre el que presidirá desde
un nivel superior.
Ese estilo
posmoderno de guerra empresarial en el que las empresas tratan de saltarse los
paradigmas unas de otras también se libra en los mercados financieros que las
capitalizan. Los inversores se enzarzan en una carrera para inventar nuevos
derivados y metaderivados capaces de subsumir o agrupar los anteriores.
Pero el auténtico
salto se produjo cuando los operadores bursátiles se reemplazaron a sí mismos
por algoritmos capaces de recopilar datos de todas las plataformas de
transacción y ejecutar operaciones de alta frecuencia a un ritmo y volumen muy
por encima de la capacidad cognitiva de cientos de seres humanos. Esos mercados
de derivados superaron rápidamente la actividad de transacción tradicional del
mercado de valores. La negociación de derivados llegó a ser tan predominante
que en 2013 la Bolsa de Nueva York fue adquirida de hecho por su bolsa de
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derivados. El mercado de valores —que en sí mismo ya era una abstracción
del mercado físico— fue engullido por su propia abstracción. Mientras tanto,
cada vez más tecnólogos intentan subir incesantemente de nivel vendiendo los
algoritmos de transacción, el aprendizaje automático para diseñar dichos
algoritmos o las plataformas que sustentan dicho aprendizaje. Cada nuevo nivel
de abstracción engendra el siguiente.
Sin embargo, todos
ellos dependen del argumento inicial de la revolución digital de que todo lo
que importa puede digitalizarse. Al igual que los mapas abstrajeron la tierra
convirtiéndola en parcelas monetizables, los ordenadores transforman las cosas
en sus equivalentes digitales, convirtiéndolas en alimento para la maquinaria
exponencial y sustentando la necesidad subyacente al capitalismo de que el
dinero crezca. No hay ningún ejemplo más claro de ello que el sustituto digital
de la moneda central: las criptomonedas.
Inicialmente
concebido de la mano del movimiento Ocupa Wall Street, el protocolo bitcoin ofrecía
una forma de que la gente pudiera autentificar sus transacciones sin que
hubiera bancos, tasas ni intermediarios usureros de por medio. Pero, al igual
que los monarcas que había tras la moneda central, a los especuladores no les
interesaba tanto facilitar las transacciones como beneficiarse de ellas y
aumentar el precio de la criptomoneda Bitcoin. Actualmente hay millones de
ordenadores en todo el mundo sin otro propósito que demostrar el valor del
Bitcoin propulsando sus ciclos y gastando electricidad en cálculos inútiles;
concretamente, un volumen equiparable a algo más del consumo total de energía
de Suecia[108]. Estamos
literalmente quemando el mundo real para demostrar el valor de los símbolos
digitales, utilizando la realidad para alimentar a su equivalente digital más
escalable.
Para los portadores
de la Mentalidad, toda esta energía desperdiciada es como la primera fase del
cohete que los lleva al siguiente nivel. Gasta un montón de combustible antes
de desecharlo y dejar que se estrelle en la superficie del planeta mientras los
astronautas prosiguen su viaje. No mires atrás, solo adelante. Evidentemente,
las que de verdad ganarán dinero serán las empresas capaces de devenir meta
dentro de esta tendencia. Mientras los criptoinversores apuestan a través de la
inversión o sacan a duras penas pequeños márgenes minando ellos mismos las
monedas, los jugadores más inteligentes aspiran a convertirse personalmente en
el propio casino y crear las bolsas donde tienen lugar
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todas esas transacciones. En abril de 2021, Coinbase fue la primera de
dichas bolsas en cotizar en el mercado bursátil, con una oferta pública inicial
valorada en unos 100 000 millones de dólares. Como si fueran conscientes de que
alguien había devenido meta en sus dominios, los criptooperadores
institucionales empezaron a canjear sus activos esa misma semana, lo que
provocó una caída de las criptomonedas.
Cuando la mejor
forma de crear valor es devenir meta, los puntos de entrada de datos sobre
nuestro mundo tienden a ser más importantes que lo que alberga el propio mundo
en sí. Los futuros del vientre de cerdo son más fungibles y escalables que el
propio vientre de cerdo. Los datos son más limpios, ligeros y rápidos que sus
análogos del mundo real. Mejor convertirlo todo a digital. Cada uno de nosotros
nos estamos haciendo más valiosos como conjuntos de datos que como consumidores
de carne y hueso, o incluso como seres humanos. Esto conduce a una desconexión
entre beneficios e incentivos. Las empresas que están detrás de nuestros
monitores de actividad y aplicaciones para hacer ejercicio a menudo ganan más
dinero con nuestros datos —generalmente anónimos— que con la propia actividad
de hacer nuestra vida más saludable[109]. Las redes
sociales pueden obtener enormes beneficios del perfil de datos de una
adolescente, aunque las propias plataformas hagan que la joven sea más propensa
a autolesionarse o algo peor. A la nube eso le da igual: la muchacha
adolescente ha dejado de serlo; se ha convertido en un conjunto de datos puros
y abstractos. Es el paraíso digital para quienes saben ascender y algo
radicalmente distinto para quienes nos quedamos atrás.
De hecho, los más
devotos portadores de la Mentalidad aspiran a devenir meta consigo mismos, a
convertirse en una forma digital y migrar a ese reino como robots,
inteligencias artificiales o clones mentales. Una vez allí, viviendo en el mapa
digital en lugar del territorio físico, se aislarán de lo que no les gusta por
simple omisión. Del mismo modo que nuestros sistemas comerciales de cartografía
GPS no nos muestran los restaurantes que se niegan a pagar para anunciarse en
la plataforma, el paisaje digital al que habrán migrado estará libre de
pobreza, contaminación y cualquier otra cosa desagradable con la que tengamos
que lidiar el resto de nosotros.
Como siempre, el
relato termina en alguna forma de escape para quienes son lo bastante ricos,
inteligentes o singularmente decididos para dar el salto. Los simples mortales,
mejor que ni siquiera lo intentemos.
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Tuve una acalorada discusión sobre este tema con el transhumanista Ray
Kurzweil. En una entrevista para un programa de televisión, Ray y yo acabábamos
de compartir nuestras visiones más optimistas acerca del modo como la
tecnología iba a redefinir lo que significa ser humano.
Para mí, entrañaría
una mejora de la conectividad y quizá una novedosa apreciación de la
peculiaridad atecnológica y sagrada de la existencia corpórea. Para él,
comportaría más bien trascender la mera mortalidad y fusionarse con las
máquinas en forma de datos puros. Explicó que en cuestión de solo un par de
décadas (y ya lleva un par de décadas diciéndolo) los seres humanos alcanzarán
la inmortalidad subiendo sus mentes a la nube y descargándolas luego en un
nuevo y flamante hardware. Todo aquello de nosotros que pueda
convertirse en datos se conservará; lo que no pueda…, bueno, de
todos modos tampoco es real.
Hice una apasionada
defensa de los aspectos de la experiencia humana que no pueden transferirse a
la nube. «¿Qué hay de todas esas cosas que son suaves y esponjosas?», pregunté.
Los seres humanos podemos aceptar y mantener una paradoja a lo largo del tiempo.
No todo en nosotros puede resolverse en un uno o un cero.
Kurzweil lo llamó
«ruido». Me dijo que mi perspectiva era demasiado antropocéntrica. Lo que de
verdad mandaba era la información, que había ido evolucionando desde la
formación del universo hacia estados superiores de complejidad. En el momento
en que los ordenadores puedan sustentar un mayor grado de complejidad que el
cerebro humano, la información migrará inevitablemente de nuestros procesadores
biológicos a esos procesadores digitales de capacidad superior, como los que
presumiblemente está diseñando su equipo en Google, donde actualmente trabaja
Ray como tecnólogo sénior. Después los seres humanos solo seremos importantes
en la medida en que se nos necesite para mantener las máquinas. Debemos
aprender, pues, a aceptar nuestra propia obsolescencia. Si queremos formar
parte del futuro en cualquiera de sus formas, tenemos que impulsarnos con una
excepcional visión hacia la propia «singularidad» y ofrecer todo aquello de
nosotros que pueda convertirse en datos puros.
La visión de
Kurzweil se fundamenta en una concepción de la vida, la mente y la información
como elementos «independientes de la plataforma». Los datos que contenemos
—el software que ejecutamos— pueden encontrarse como en casa
en un chip de silicio tanto como en el
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wetware del cerebro. Como explica el cofundador de Google, Larry Page, el
ADN humano solo ocupa «seiscientos megabytes comprimidos, así que es más
pequeño que cualquier sistema operativo moderno. […] De modo que los algoritmos
de tu programa probablemente no sean tan complicados»[110]. Este modelo de la
biología humana es tan reduccionista como la afirmación de Dawkins de que «la
vida son solo bytes y bytes y bytes de
información digital»[111]. Al igual que
Francis Bacon y los primeros científicos empíricos negaban cualquier aspecto de
la naturaleza que no pudiera cuantificarse, a los actuales reduccionistas
digitales les gustaría que negáramos cualquier aspecto de la experiencia humana
que no pueda cuantificarse en forma de código. Todo puede representarse con
símbolos. Todo es información pura. Si otrora alguien definió la vida como algo
extraño, húmedo y salvaje, la realidad no tiene nada de eso. Es la religión
friki llevada al extremo.
Al negarse a
reconocer cualquier cosa que no pueda cuantificarse en un uno o un cero, este
análisis pasa por alto todo lo que hay entremedio. Parodiando al conocido
procesador de audio, describe una realidad «autotuneada», donde cada nota debe
promediarse hacia arriba o hacia abajo hasta el valor cuantificado más cercano.
Las sutilezas de la interpretación del vocalista —aquello a lo que prestan más
atención los verdaderos amantes de la música— se descartan como mero «ruido».
De manera similar, el énfasis en la vida como una forma de código también
ignora el contexto y la cultura en la que esa vida se desarrolla. Los
científicos con un pensamiento más rico en matices reconocen que el ADN es
importante, pero que ni siquiera cuenta la mitad de la historia de cómo se
expresa una forma de vida[112]. Antes bien, el
ADN es un conjunto de potenciales íntegramente dependientes de la sopa de
proteínas en la que se encuentra. La idea de que nuestro cuerpo y nuestra mente
no es más que la herramienta para la preservación del ADN resulta tan verosímil
como la de que el ADN es solo un mero andamio para que la vida humana y otras
formas de vida se expresen.
La reducción de la
realidad a información y de los seres humanos a genotipos encaja
sospechosamente bien con el imperativo del capitalismo de transformarlo todo
dándole una forma apropiada para el mercado. Todo se reduce a datos, todo tiene
un precio y todo es escalable. El objeto descrito, codificado, es lo único que
importa; todo lo demás se descarta como «ADN basura», como las especies
inferiores o la mayoría de los
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seres humanos. El tecnólogo rico accede a la nube, mientras las masas se
quedan atrás compitiendo entre sí en el reino de la materia. Como Jesucristo o
cualquier otra figura salvada, solo el individuo plenamente codificado puede
transustanciarse al siguiente nivel.
Así reza la
escatología atea de la Mentalidad.
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08
Tecnología
persuasiva
Si pudieras apretar
un botón…
E s el 6 de
enero de 2021. Estoy en plena llamada de Zoom para hablar con algunos
desarrolladores tecnológicos sobre una nueva red social que están construyendo.
Bueno, no es exactamente una red social, al menos no para ellos. Es algo mejor,
distinto y menos manipulador, que utiliza la tecnología de cadena de bloques
para recompensar a la gente en función del contenido que crea, la atención que
presta al contenido de otros usuarios y la atención que genera su propia
atención o su propio contenido hacia el contenido de otros usuarios (además de
una parte de la futura atención que esas recomendaciones suscitan). En
realidad, ellos tampoco lo llaman «contenido», sino que utilizan un término del
sánscrito o de la filosofía zen que significa…, bueno, algo así como
«contenido».
Parecen unos tipos
bastante agradables (sí, ya sé que siempre digo lo mismo). Uno de ellos se
acaba de graduar en Stanford y los otros dos van a dejar sus trabajos en
Twitter y Facebook para poner en marcha esta nueva plataforma descentralizada,
mejor y más saludable, una vez lancen su criptomoneda y tengan suficiente
dinero para contratarse a sí mismos.
—¡Mierda! ¡Mirad
esto! —exclama de repente el tío de Facebook, librándome así de tener que dar
mi opinión sobre su plan de negocio.
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Parece que mientras conversaba ha estado haciendo multitarea. Comparte
su pantalla con nosotros: imágenes de vídeo de las protestas en el Capitolio
transmitidas en directo desde cuatro lugares distintos. En la de arriba a la
izquierda se ve a la multitud rompiendo la barricada y blandiendo palos frente
a la policía.
—¡Joder!
—¡Joder! —coincide
el tío de Twitter.
Es un momento
inquietante y emotivo, pero nuestra conversación se hace extrañamente
abstracta, como si se hubiera activado el mecanismo de defensa de la Mentalidad
frente a las experiencias traumáticas. El estudiante de Stanford, el que de los
tres parece estar más centrado en su objetivo, vincula el suceso a la propuesta
de valor de su plataforma.
—Por eso
necesitamos sistemas que amplifiquen la señal por encima del ruido —explica—.
Todas esas personas son víctimas de noticias falsas y de redes optimizadas para
el sensacionalismo. Imaginad que sintonizamos la red para promover la
cooperación y el consenso.
—¿Cómo ha podido
este tío juntar todos esos vídeos? —pregunta el tipo de Facebook en referencia
a la página que estamos viendo, que agrupa seis transmisiones en vivo
distintas—. Alguien debe de haberle avisado de que iba a pasar algo.
—Por supuesto que
lo han avisado. Todo eso estaba planeado —añade el tío de Twitter—. Esto es el
inicio de una guerra civil.
—O puede que el
final —añado yo.
Retrospectivamente,
y para ser sincero, no estoy muy seguro de por qué dije eso. Supongo que
pretendía dar a entender que se trataba de la misma guerra civil que Estados
Unidos lleva librando desde los tiempos de Lincoln sin haber llegado a resolver
nunca toda una serie de cuestiones fundamentales de raza, soberanía y derecho.
—¡Están locos!
—exclama el estudiante, sin duda cavilando sobre una realidad ajena al campus
en el que está a punto de volver a entrar—. Los conspiranoicos de QAnon nos van
a costar la democracia.
Observamos en
silencio uno de los vídeos, que sigue a un grupo de manifestantes que
atraviesan el cordón policial y entran en el edificio.
—¿Y si pudieras
hacer desaparecer a toda esa gente de QAnon? — pregunta de pronto el tío de
Twitter—. ¿Lo harías?
—¿Qué quieres decir
con eso de «desaparecer»? —inquiere a su vez el estudiante—. ¿Te refieres a
matarlos?
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—No. No es eso —explica el de Twitter—. Me refiero a…, bueno, a si
pudieras apretar un botón y hacer que esa gente dejara de existir. Como si toda
la gente que cree en esas cosas ya no existiera…
—¿Y todas las
paradojas lógicas de borrar sus existencias de la línea temporal se resuelven
automáticamente también? —añade el de Facebook.
—Sí —responde el de
Twitter—. Si pudieras apretar un botón y hacer que no existieran, ¿lo harías?
¿Por el bien de la democracia?
—O mejor aún
—propone el de Facebook—. Aprietas un botón y dejan de creerse todos esos
disparates. Todo lo demás en ellos puede seguir igual. Solo dejan de creer en
disparates.
—Por el bien de la
democracia —añado en tono irónico.
—El mundo sería un
lugar mejor —reflexiona el estudiante de Stanford.
Imagino que siempre
puedes sacar a un ingeniero de Facebook, pero no puedes sacar Facebook del
ingeniero.
No hay de qué
preocuparse. Esa tecnología no existe. Se trataba solo de un experimento mental
concebido al calor de un momento escalofriante. Pero sintetiza perfectamente de
qué modo quienes están atrapados en la Mentalidad pretenden cambiar a la gente
para hacerla más compatible con una sociedad libre, abierta, feliz, progresista
y tecnológicamente potenciada, y además pretenden hacerlo de lejos. No tienes
por qué mirar a nadie cara a cara, confrontarlo directamente o escuchar
siquiera lo que de verdad dice. Aprieta un botón y hazlo desaparecer. Desliza
el dedo hacia la izquierda.
Este afán de
fabricar consenso y ejercer control social desde arriba ha impregnado la praxis
de los medios de comunicación y de la tecnología desde hace muchísimo tiempo. Y
lo que quizá resulte más sorprendente: no nació en las salas de reuniones de
las despiadadas empresas de publicidad de Madison Avenue, donde más tarde se
pondría en práctica, sino de las cavilaciones de uno de los asesores más
progresistas de Woodrow Wilson: el analista político, cofundador de la
revista The New Republic y padre de las «relaciones públicas»,
Walter Lippmann.
A Lippmann, que en
un tiempo militó en el Partido Socialista de Nueva York, le preocupaba el hecho
de que la gente fuera más propensa a creerse «las imágenes que tiene en la
cabeza» y reaccionar a ellas que hacerlo en función de lo que de verdad ocurre
en el mundo exterior[113]. La prensa y otros
medios de comunicación interponen lo que Lippmann
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denominaba un «seudoentorno» entre nosotros y el entorno en el que
realmente vivimos. Ese seudoentorno, a su vez, nos estimula a actuar de formas
que de hecho cambian el mundo. Como los personajes de la alegoría platónica de
la caverna, respondemos a lo que en la práctica son solo sombras proyectadas en
la pared y eso nos hace especialmente vulnerables a peligrosos déspotas y
demagogos capaces de crear las imágenes más convincentes.
Mientras que
quienes hoy pretenden reformar las plataformas de redes sociales pueden aspirar
a mitigar la influencia de los extremistas de la derecha alternativa y los
teóricos de la conspiración en nuestras creencias y nuestro comportamiento, a
Lippmann y Wilson les preocupaban los nacionalistas de principios del
siglo XX que pretendían hacer de Estados Unidos un país aislado y
ensimismado. Sus temores estaban justificados: habían vivido el intento fallido
de Teddy Roosevelt de engendrar un populismo progresista. De un modo vagamente
similar a lo que posteriormente haría Trump, Roosevelt llegó al poder
encarnando las quejas de los trabajadores pobres contra las élites
corporativas. Exigió que la prensa se hiciera eco de la corrupción empresarial
y la ira de la gente corriente, pero todos esos «trapos sucios» solo sirvieron
para asustar a la clase media, que ahora leía cada día en el periódico noticias
sobre multitudes enfurecidas. Los progresistas, habitualmente solidarios, se
encontraron más preocupados por domeñar a la muchedumbre que por abordar los
problemas subyacentes que provocaban los disturbios.
Lippmann y sus
contemporáneos habían pasado a ver a la ciudadanía a través del prisma de una
obra inmensamente influyente y aterradora del sociólogo francés Gustave Le Bon,
titulada Psicología de las masas[114]. Le Bon sostenía
que la multitud subsume a los individuos en una nueva entidad psicológica,
capaz de cometer actos terribles. Las turbas eran peligrosas y violentas y
constituían una amenaza para el orden social. Si de verdad se descontrolaban,
podían elegir a un demagogo, socavar la democracia, convertir un grupo
determinado en chivo expiatorio o venir a por todos. En consecuencia, Lippmann
no tenía ningún reparo en orientar a las masas hacia su idea de lo que era
mejor para ellas.
Woodrow Wilson se
había presentado a las elecciones con un programa nacionalista favorable a la
paz, pero cuando llegó a la presidencia creyó que debía conseguir que la
ciudadanía respaldara la intervención estadounidense en la Primera Guerra
Mundial. Lippmann le
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aconsejó que creara un comité de propaganda en favor de la intervención:
de ahí saldría el Comité de Información Pública, o Comité Creel, cuya labor
consistiría en introducir nuevas imágenes en la mente de la ciudadanía e
influir en lo que Lippmann bautizó como «opinión pública».
La única forma que
tenía Lippmann de justificar tal manipulación era recurriendo de nuevo a su
supuesto básico de que las personas que vivíamos en el moderno paisaje
mediático éramos absolutamente incapaces de saber lo que estaba ocurriendo
realmente. Reaccionando impotentes a cualesquiera «seudoentornos» que los
periódicos o emisoras de radio pudieran crear para nosotros, tomábamos
decisiones basándonos en imágenes ficticias dibujadas por individuos e
instituciones que solo servían a sus propios intereses. Eso podía llevarnos a
votar a las personas equivocadas y a respaldar políticas que nos perjudicaban a
nosotros y a nuestro país. Para empeorar más las cosas, según Lippmann, enseñar
a la gente a pensar por sí misma requería demasiado tiempo, y ni el sistema
educativo ni las instituciones periodísticas estaban a la altura de semejante
reto.
En lugar de ello,
Lippmann creía que el Gobierno debía instaurar una «junta de expertos
imparciales» —científicos, estadísticos, médicos, etc.— que pudieran actuar
como «proveedores de hechos independientes». Responderían directamente ante los
funcionarios electos, que a su vez podrían desarrollar políticas basadas en la
realidad y la razón. Luego esas políticas se venderían a los votantes a través
de la mejor forma de «educación» o lo que se daría en llamar «relaciones
públicas» (no propaganda; eso era lo que hacían los otros). Para Lippmann, el
funcionamiento apropiado de una democracia dependía de una élite benévola que
determinara las mejores líneas de acción para la sociedad y que luego utilizara
cualquier táctica mediática a su disposición para «fabricar el consenso» de la
ciudadanía[115].
Una vez puestas en
circulación, los menos escrupulosos empezaron a utilizar esas tácticas no solo
en favor de la gobernanza, sino también en beneficio de las empresas. Por
ejemplo, cuando el Gobierno legítimamente elegido de Guatemala comenzó a
instituir políticas destinadas a amparar a los trabajadores y a los
propietarios de tierras frente a la explotación de la United Fruit Company,
Edward Bernays, protegido de Lippmann y antiguo miembro del Comité Creel, se
inventó el mito de que el nuevo presidente del país era blando con el comunismo
y posiblemente colaboraba incluso
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con la Unión Soviética. Montó escenas para los noticiarios y orquestó
otras formas de propaganda a fin de obtener apoyo para respaldar una invasión
estadounidense. Funcionó y, so pretexto de liberar a Guatemala, Estados Unidos
restauró un régimen oligárquico junto con el trabajo esclavo y el control
privado de la agricultura.
Bernays escribió un
libro sobre la propaganda —con un título homónimo— en el que explicaba que son
los manipuladores de la opinión pública quienes constituyen el auténtico poder
invisible en cualquier sociedad. En cualquier caso, las masas son demasiado estúpidas
para tomar decisiones por sí mismas, por lo que su accesión al poder en una
democracia debe guiarse mediante la propaganda, una ciencia «mecánica, avanzada
y necesaria» de control de la población[116]. En su momento,
muchos periodistas y políticos se manifestaron en contra de las tácticas y
creencias de Bernays. En cambio, él y sus colegas se veían a sí mismos como
artífices de un servicio social esencial. La élite estadounidense, incluidos
sus integrantes progresistas, temía la capacidad potencial de causar estragos
de las multitudes sin control. Todos habían visto lo que podían hacer las masas
desquiciadas tanto en la Alemania nazi como en la Unión Soviética estalinista y
querían evitar que ese tipo de crisis se repitiera en Estados Unidos, del mismo
modo que más tarde Hillary Clinton expresaría sus temores en torno a la «cesta
de deplorables» que podría elegir a un demagogo como presidente o igual que los
jóvenes tecnólogos con los que yo hablaba temían a los insurrectos que habían
invadido el Capitolio. ¡Si se pudiera apretar un botón y hacer que todo eso
desapareciera…![117]
La naciente ciencia
de la psicología parecía brindar ese tipo de botones. En un extremo del
espectro de la nueva disciplina estaba el tío de Bernays, Sigmund Freud, que
postulaba toda una serie de ideas sobre la personalidad, las emociones
primarias y el subconsciente. El psicoanálisis partía del supuesto de que
dentro de cada uno había un «yo» al que un especialista en propaganda o en
mercadotecnia podía hablar directamente a través de símbolos e imágenes.
Bernays recurrió a esos métodos en su tristemente célebre campaña «Antorchas de
la libertad», destinada a alentar a fumar a las mujeres, para la que contrató a
modelos a las que hizo participar en el desfile del Domingo de Pascua de Nueva
York con el cigarrillo en la boca. Con ello pretendía romper los tabúes
sociales que
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desaconsejaban a las mujeres fumar en público, asociando el tabaco a un
acto liberador de su fijación oral y su deseo sexual reprimidos.
En el otro extremo
se hallaban los científicos conductuales, como el profesor de Harvard B. F.
Skinner, que también creían que la «libertad» que tanto apreciaba la gente en
las democracias era totalmente ilusoria. Antes bien, como ratas en un
laberinto, los seres humanos se limitan a responder a las recompensas y los
castigos impartidos por quienes ejercen el control o por el propio entorno.
Estamos condicionados para comer bayas y huir de los leones del mismo modo que
lo estamos para parar en los semáforos en rojo, hacer una genuflexión ante el
altar de una iglesia o pedir un Big Mac.
La famosa caja de
Skinner, en la que un animal presiona una palanca para obtener alimento, se
convirtió en una metáfora de toda clase de formas de «condicionamiento
operante» aplicadas a los seres humanos en entornos tales como casinos, centros
comerciales y otros espacios en los que los desencadenantes ambientales y las
recompensas pueden controlarse por completo. Se hizo habitual estudiar a los
humanos en esos lugares, donde los ingenieros conductuales utilizaban cámaras
de vigilancia para rastrear las pautas de movimiento de los consumidores,
evaluar la probabilidad de que se detuvieran a inspeccionar determinadas
mercancías y comprobar su respuesta a los cambios en el diseño, el color o la
iluminación. Sometiendo a la gente a una «tecnología del comportamiento», no
solo podríamos crear mejores jugadores y consumidores, sino también personas
mejores y más proclives a cooperar[118].
Con el tiempo,
diversos antropólogos y sociólogos vinieron a ampliar estos dos enfoques
básicos para controlar el comportamiento humano. Gregory Bateson y Margaret
Mead probablemente dieron el paso más importante: aplicar el conductismo no
solo a individuos, sino a sociedades enteras. Como explicaba el propio Bateson,
ahora entendíamos que el individuo no era más que «un servosistema acoplado a
su entorno»[119]. Mead y él creían
que era posible utilizar sus nuevas teorías de «sistemas» para «diseñar» una
nueva humanidad: «¿Cómo podríamos amañar el laberinto o el rompecabezas para
que la rata antropomórfica [el ser humano] obtenga una impresión repetida y
reforzada de su propio libre albedrío?»[120].
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Bateson y Mead creían que un mundo plagado de pantallas podría responder
a ese reto. Llenar de pantallas las tiendas y centros comerciales permitiría a
los ingenieros sociales llevar a la gente de una pantalla a otra, asombrándola
con nuevas posibilidades y ofreciéndole más opciones. Los consumidores podrían
escoger entre docenas de marcas de detergente, cereales y papel higiénico
distintos, aunque todos ellos estuvieran fabricados por las mismas dos o tres
empresas. Lo importante era la experiencia de elegir y el marcado contraste
entre la libertad de las sociedades occidentales y las restricciones de la
Unión Soviética.
Una vez más, en su
momento esta propuesta no se vio en absoluto como algo nefasto[121]. Antes bien,
adelantándose a la espiritualidad de la Nueva Era, Bateson esperaba que un
mundo lleno de pantallas, en el que la gente estuviera rodeada de todo tipo de
señales y de información, nos permitiría alcanzar un estado de conciencia
compartida. Nos liberaríamos de las nociones obsoletas de Dios y todos
pasaríamos a formar parte del mismo «sistema cibernético supremo», que él
denominaba Mente.
En las décadas de
1950 y 1960, tanto los Gobiernos como los líderes empresariales esperaban que
los ordenadores ofrecieran nuevas formas de calibrar la opinión pública y luego
desarrollar estrategias de «comunicación de masas» apropiadas para controlar a
todas aquellas personas. Los científicos de datos que trabajaban en empresas
como RAND o Simulmatics intentaron en vano predecir y dirigir el comportamiento
de los consumidores y votantes[122]. Solo con la
aparición, a mediados de la década de 1990, de los primeros sitios web
deliberadamente «pegajosos» —esto es, diseñados para que los usuarios se queden
allí y no sigan navegando hacia otros sitios—, la tecnología digital empezó a
proporcionar el tipo de entorno controlado y los mecanismos de realimentación
en vivo necesarios para poner en práctica un condicionamiento operante masivo.
Los sitios web, los
videojuegos y las aplicaciones para móvil funcionan como cajas de Skinner
virtuales que permiten a los desarrolladores incorporar rutinas de
condicionamiento operante para modificar el comportamiento humano. Como
sostengo en mi libro Programa o serás programado, las empresas
de software ya no programan ordenadores: nos
programan a nosotros, a las personas. Las notificaciones, los «gestos» con el
dedo, los «me gusta» y las «subidas de nivel» se desarrollaron y optimizaron
por su capacidad de desencadenar la
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liberación de dopamina en el momento oportuno y fomentar así
comportamientos compulsivos. Los desarrolladores también han aprovechado la
parte freudiana de la caja de herramientas de la psicología, apelando a
nuestros instintos tribales con características tales como los «grupos» en
Facebook o los «gremios» en World of Warcraft. Las redes sociales
explotan nuestro miedo innato «a perderse algo» mostrándonos intencionadamente
fotos de nuestros ex divirtiéndose, fiestas a las que no hemos asistido y
ascensos laborales de otras personas.
No se trata de una
mera coincidencia ni de un subproducto circunstancial del funcionamiento de
estas plataformas. Es la ciencia del diseño orientado a cambiar el
comportamiento, o lo que el profesor de Stanford B. J. Fogg llama «captología».
El denominado modelo de comportamiento de Fogg (identificado con la marca
registrada FBM, por sus siglas en inglés) pretende fomentar ciertas conductas
reduciendo los obstáculos, aumentando la motivación e «incitando» luego al
usuario a pasar a la acción en el momento oportuno. El libro de Fogg sobre el
FBM, Persuasive Technology: Using Computers to Change What We Think and
Do (Tecnología persuasiva. Cómo utilizar los ordenadores para cambiar
lo que pensamos y hacemos), no oculta los resultados de su
investigación y se ha convertido en una lectura obligatoria en los
departamentos de diseño de interfaz de usuario de la mayoría de las empresas
tecnológicas. Los ingenieros especializados en técnicas de «docilidad» han
recurrido al FBM para cosas tales como desarrollar algoritmos adictivos como
los de las máquinas tragaperras de Las Vegas, crear sugerencias de nuevos
contactos en LinkedIn, diseñar el «scroll infinito» de Facebook, reforzar los
canales extremistas de Twitter e idear la función «racha» de Snapchat, en la
que se premia a los chicos que contactan cada día. Gracias a la minería de
datos y al aprendizaje automático, los tecnólogos pueden usar los ordenadores
para manejar a la gente.
Se suele demonizar
a Fogg por haber jaqueado el comportamiento humano para sistematizar el oscuro
arte de la tecnología persuasiva. Yo mismo lo he hecho, presentándolo como una
especie de Doctor Maligno atrincherado en el corazón del laboratorio más descaradamente
prepotente y antihumano de Stanford, dedicado a dotar a jóvenes tecnólogos
desalmados de las herramientas que necesitan para llevar la civilización al
abismo. Sin embargo, tras estrenarse un documental de Netflix titulado El
dilema de las redes, en el que muchos de los peores delincuentes de la
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industria tecnológica culpaban a los cursos y al laboratorio de Fogg de
inspirar sus innovaciones tecnológicas más manipuladoras, empecé a tener mis
dudas al respecto.
Me comuniqué por
correo electrónico con el propio Fogg, investigué su trayectoria y, al final,
más que pensar en él como un cínico Bernays que empleaba la estrategia del todo
vale contra los humildes humanos, pasé a verlo más bien como un bienintencionado
—aunque ingenuo— Walter Lippmann que trataba de ayudar a la gente a vivir un
poco mejor. Muchos de los tecnólogos que culpaban a Fogg de haberse pasado
ellos mismos al lado oscuro ni siquiera habían estudiado con él o trabajado en
su laboratorio. Fogg me dijo que en sus clases siempre hablaba de usar el
modelo conductual para ayudar a la gente a alcanzar sus propias metas. Eran los
aspirantes a tecnofrikis quienes persistían en aplicar el modelo a la adicción,
la vigilancia y el control y quienes ahora lo culpaban de haberles dado las
herramientas para hacerlo. Fogg explica que él advertía repetidamente a sus
alumnos de que no debían sucumbir a la tentación de emplear estas potentes
herramientas para manipular a la gente.
Más recientemente,
ante las críticas generalizadas, Fogg se ha esforzado en recalcar que su
trabajo solo puede utilizarse para hacer el bien: «El propósito del diseño del
comportamiento es capacitarte para crear soluciones que ayuden a la gente de
cara a un cambio de conducta positivo» y ayudar «a la gente a tener éxito y a
sentirse exitosa haciendo lo que ya quiere hacer»[123]. Obviamente, esto
plantea las cuestiones de qué se considera un cambio «positivo», quién puede
juzgarlo y quién determina qué es lo que un usuario ya quiere hacer. ¿El
«consejo de expertos» de Lippmann? Además, supone aceptar la premisa subyacente
de que, programando su comportamiento mediante la tecnología, podemos mejorar a
las personas, o, al menos, hacer que tomen mejores decisiones por sí mismas.
Así, tenemos
aplicaciones que nos «animan» amablemente a comer mejor, a tomarnos descansos
en el trabajo, a hacer ejercicio o incluso a enviar mensajes de texto a
nuestros cónyuges para que crean que estamos pensando en ellos. La lógica es
que tras un periodo inicial de tales incitaciones, se nos habrá entrenado para
realizar esos comportamientos por iniciativa propia. Un grupo de investigadores
de la Universidad de Zúrich está desarrollando una aplicación para móvil que
ayuda a la gente a cambiar no solo su comportamiento, sino también su
personalidad. Los
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chatbots de la aplicación interactúan con los usuarios a diario para
potenciar rasgos positivos como la franqueza, la diligencia, la sociabilidad y
la consideración[124].
De manera similar,
se está utilizando la ludificación —la aplicación de la dinámica de los juegos
al trabajo y a otras actividades humanas— en una amplia variedad de lugares
insólitos a fin de potenciar cualquier posible indicador que se pretenda.
Amazon incentiva la productividad con un juego llamado MissionRacer,
en el que los empleados de sus almacenes hacen avanzar sus coches virtuales por
una pista clasificando y empaquetando cajas correctamente[125]. Muchas
organizaciones están estudiando el uso de la ludificación para promover un
comportamiento respetuoso con el medio ambiente[126], pero —como señala
el crítico de la tecnología Evgeny Morozov— tales esfuerzos hacen que la gente
adopte ciertos comportamientos sin entender por qué o qué importancia tienen[127].
Incluso muchos de
quienes se han esforzado en disminuir el impacto negativo de las tecnologías
manipuladoras en las personas y en la sociedad proponen soluciones plenamente
influenciadas por la Mentalidad. En cierto nivel, se trata simplemente de
utilizar la tecnología para mitigar los efectos de la propia tecnología. Si,
por ejemplo, somos adictos a mirar el móvil, instalamos una aplicación que nos
incite a levantar la vista. Si las redes sociales o la radiación 5G nos
producen ansiedad, nos ponemos unos electrodos en el cráneo y recalibramos
nuestro cerebro con «estimulación transcraneal por corriente directa». Lo que
daña una tecnología, otra lo repara.
Nir Eyal, un
experto en «psicología del consumo aplicada», juega a dos bandas en este
terreno. Su primer libro superventas, Hooked: How to Build
Habit-Forming Products (Enganchado. Cómo crear productos que generen
hábitos), adaptaba el FBM de Fogg a un marco aún más sencillo y apropiado a las
necesidades del marketing que el autor denomina «modelo Hook»
(literalmente, «gancho»[128]). Se trata
básicamente de hábitos, factores desencadenantes y recompensas variables, todo
ello integrado en el funcionamiento de una aplicación o tecnología. Su idea
básica era ampliar las técnicas de Fogg para crear un bucle de realimentación o
«ciclo de enganche», de modo que cuanto más utilice la gente un producto o
programa, más adicta se vuelva a él.
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Cuatro años más tarde, después de que la elección de Trump desencadenara
una reacción generalizada contra las tecnologías adictivas y polarizadoras,
Eyal escribió un nuevo libro en sentido opuesto al anterior, Indistractable:
How to Control Your Attention and Choose Your Life (Indistraíble. Cómo
controlar tu atención y elegir tu vida). En este, nos da pistas acerca de cómo
recuperar nuestra atención de las garras de las mismas empresas a las que había
enseñado a arrebatárnosla en el volumen anterior. A la manera de un traficante
de armas, Eyal vende municiones a los dos bandos, sacando partido de la
creciente carrera armamentística que se libra entre las personas y las empresas
tecnológicas que pretenden controlarlas. Cuando cuestioné su postura en una conferencia
celebrada en Nueva York, me respondió que tales inquietudes eran
«destructivamente marxistas». En lugar de proteger a la gente de la maquinaria
del capitalismo o de las artimañas de los vendedores digitales —explicó—,
deberíamos meterla en el juego.
Pero incluso otros
aspirantes menos cínicos a reformar la industria tecnológica solo empezaron a
hacerse oír tras la elección de Trump como presidente estadounidense. Fue como
si de repente se dieran cuenta de lo que puede ocurrir cuando los algoritmos de
manipulación escapan al control humano. Una organización llamada Centro para la
Tecnología Humana pretende deshacer el impacto negativo de los algoritmos
«potenciando a los humanos» para que puedan lidiar con ellos de forma más
eficaz. Financiado por el milmillonario Roger McNamee, fan de Grateful Dead y
uno de los primeros inversores de Facebook, junto con un puñado de otros
tecnofrikis que ahora se avergüenzan de las plataformas que han construido,
encarna un esfuerzo bienintencionado, por más que problemático, puesto que
abundan las señales que invitan a recelar de su presunta eficacia, desde la
vinculación del centro al Consejo Global de Inteligencia Artificial del Foro
Económico Mundial hasta su predisposición a creerse a pie juntillas las
afirmaciones de las plataformas de redes sociales acerca del poder que ejerce
su tecnología sobre nosotros[129]. Además, muchos de
estos nuevos reformistas tecnológicos todavía no han renunciado a sus
participaciones en Google, Facebook y otras entidades que dirigen sus esfuerzos
a nuestros troncos cerebrales; empresas que, según afirman ahora, constituyen
«una amenaza existencial para la humanidad tan importante como el cambio
climático»[130].
Página 105
Por otra parte, los miembros de este grupo exhiben una penosa falta de
crítica estructural a la economía de mercado. La mayoría de ellos aparecen en
el documental de Netflix El dilema de las redes, que ha sido
ampliamente aclamado por las sorprendentes confesiones de algunos de los
integrantes de la industria tecnológica, así como por el ficticio «filme dentro
del filme» sobre una familia devastada por su uso de las redes sociales. Naomi
Klein me dijo que les había proyectado la película a sus alumnos universitarios
en Rutgers. Al ver a los líderes del Centro para la Tecnología Humana opinar
sobre los peligros de las plataformas, los estudiantes comentaron: «Están
dispuestos a verlo todo excepto el capitalismo»[131].
En su lugar,
McNamee y otros culpan a B. J. Fogg por haberles enseñado esas técnicas y
afirman que no dejarían que sus propios hijos usaran las aplicaciones que ellos
mismos han diseñado. Pero, pese a sus lágrimas de cocodrilo, lo cierto es que
estos millonarios renegados explican muy bien cómo sus plataformas vigilaban a
los usuarios y luego aprovechaban la información que recopilaban para
convertirlos en versiones extremas de sí mismos.
Obviamente, la
mayoría de ellos exponen argumentos extraídos de las obras de autores como
Sherry Turkle, Cliff Nass, Howard Rheingold, Andrew Keen, Evgeny Morozov, Astra
Taylor, Richard Barbrook, Jerry Mander, Cory Doctorow, Marina Gorbis, danah
boyd, Nick Carr, Mark Bauerlein o incluso Raffi. Los críticos de la tecnología
llevan décadas escribiendo sobre las consecuencias de la manipulación que
ejercen las redes sociales en nuestra psique y en nuestra sociedad. Es genial
que los desarrolladores responsables de esas fechorías estén por fin de acuerdo
con su evaluación, aunque para ello necesiten sentirse como si hubieran
descubierto las desventajas por sí mismos, como si fuera su nueva y flamante
propiedad intelectual. Así funciona Silicon Valley.
Sin embargo, el
mayor problema de esos pretendidos reformistas incapaces de reconocer sus
propias influencias es que con ello se niegan a sí mismos cualquier teoría de
cambio o praxis social. Ignoran las lecciones de la historia, incluyendo los
heterogéneos legados de Lippmann, Bernays, Bateson y Mead. Están destinados a
repetir los mismos y bienintencionados errores.
Y eso es justamente
lo que están haciendo. Su enfoque es completamente erróneo. Al igual que Walter
Lippmann al cambiar la
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opinión pública por el bien de la ciudadanía o B. J. Fogg al utilizar la
tecnología para hacernos elegir comportamientos más saludables, los presuntos
tecnólogos humanitarios siguen queriendo aplicar la tecnología sobre las
personas, solo que tendiendo a resultados más beneficiosos. En su jerga,
pretenden «mejorar a la humanidad» antes de que las cosas se descontrolen del
todo. Este, más que ninguna otra cosa, es su gran temor. El dilema de
las redes revela cómo la tecnología usada de manera inapropiada
puede radicalizar a la gente y lanzarla a la calle, con una historia ficticia
desarrollada como trasfondo en la que se ve cómo los algoritmos de las redes
sociales seducen a un joven llevándolo al extremismo. En el inquietante e
irresuelto clímax del filme, el protagonista de este relato ficticio se ve
arrastrado por una turba violenta que busca venganza.
Es a esa turba a la
que más sensibles son los tecnólogos. La turba que invadió el Capitolio, la que
eligió a Trump y la que asaltará sus propios recintos. A los adinerados
tecnólogos que hoy se suben al carro de la tecnología humana probablemente les
preocupa menos el impacto de sus plataformas en la gente que el posible impacto
de esa misma gente en sus propios privilegios y su propia seguridad,
especialmente si descubre lo que ha estado ocurriendo todo este tiempo. Como
diría René Girard, el guía filosófico de Peter Thiel: la turba enfurecida,
exaltada por un frenesí mimético, acabará buscando un chivo expiatorio.
¡Si se pudiera
apretar un botón para que desapareciera…!
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09
Visiones del hombre
ardiente
Somos como dioses
I maginemos
que estamos presenciando una charla TED. No importa cuál.
De verdad: salvo
algunas excepciones, no importa.
Hay un tío en el
estrado, en la característica alfombra roja circular que se ha convertido en un
rasgo distintivo de estas charlas, diciéndonos que todo lo que sabemos sobre el
mundo está equivocado. Él también pensaba igual que nosotros, hasta que experimentó
una epifanía que lo puso todo patas arriba. Tuvo una revelación radicalmente
contraria a la intuición y comprendió que las cosas no son así en absoluto,
sino asá. Lo negro es blanco y lo blanco es negro. Arriba es abajo y abajo es
arriba. O, si su visión es realmente única, la izquierda es la derecha, pero la
derecha también es la derecha.
Solo tenemos que
ver sus diapositivas, escuchar su historia y dejar que reemplace nuestra
experiencia sentida y vivida por su nueva visión general de cómo son las cosas
y, lo que es más importante, de cómo podrían ser. Dejémosle que nos haga luz de
gas por un bien mayor. Permitamos que nos eleve por encima de la realidad
material, solo por un momento, para poder ver el mundo desde ahí arriba, el
platónico reino de las «ideas que merecen ser difundidas». Difundidas… y
financiadas. Esa es la idea que lo cambiará todo, para todos y de una vez por
todas.
Página 108
Estas charlas tienen una peculiar estructura, optimizada tanto para
obtener un efecto dramático como para atraer financiación de riesgo. Como si
empleáramos un discurso propio del programa Negociando con tiburones[132] para promocionar
tecnologías relacionadas con los objetivos de sostenibilidad de las
Naciones Unidas, las charlas TED personifican cuál es el enfoque que adopta la
Mentalidad para hacer del mundo un lugar mejor.
1. Luchas
contra un problema «terrible» de forma convencional.
2. Tomas
la píldora roja para ver la realidad de una forma completamente nueva.
3. Vuelves
al problema con una solución de ingeniería novedosa.
4. Escalas
esa tecnología de forma global y exponencial, salvando al mundo de su propia
naturaleza más sombría.
En el que
probablemente sea el mayor crimen de la Mentalidad contra el proyecto humano,
esas soluciones totalizadoras perpetúan el mito de que solo una élite
tecnocrática puede arreglar nuestros problemas. Distraen y disuaden al resto de
nosotros de hacer cambios sustanciales en nuestra forma de vida y desvían la
limitada financiación disponible a descabelladas pérdidas de tiempo; todo ello
a la vez que hacen que los más ricos se enriquezcan aún más. Resuelven la
humanidad, como si los humanos fuéramos el problema.
Como en el
nacimiento de la propia internet, el ciclo vital de un tecnosalvador tiende a
empezar con una iniciación psicodélica en la que el héroe se toma la píldora
roja. Esto ocurre con frecuencia en el evento conocido como Burning Man (hombre
ardiente), que, desde sus humildes orígenes como improvisado ritual de
celebración del solsticio de verano donde dos docenas de personas quemaban una
estatua de madera, ha pasado a convertirse en un festival que se realiza cada
año en el desierto de Nevada y al que asisten más de setenta mil personas. Hoy,
en lugar de alojarse en pequeñas tiendas de campaña con sus sacos de dormir,
los participantes —sobre todo los más adinerados— llegan en autocaravanas con
aire acondicionado y con sus propios sirvientes y cocineros. Aunque las
opiniones difieren en cuanto a si el Burning Man se ha mantenido o no fiel a su
espíritu originario, el festival sigue teniendo un carácter predominantemente
psicodélico y ha convertido el consumo de ácido,
Página 109
setas alucinógenas e incluso otros enteógenos más potentes en una
especie de rito de paso para todo aspirante a ejecutivo tecnológico
progresista.
Para los actuales
directivos de Silicon Valley, esas iniciaciones psicodélicas tienen un
propósito análogo al que tenía el alcohol para los ejecutivos de los medios de
comunicación y la publicidad en la Nueva York de mediados del siglo XX.
Emborracharse y acosar a las mujeres no constituía solo una faceta de una
cultura laboral por lo demás machista, sino un modo de que un ejecutivo
demostrara que tampoco tenía escrúpulos a la hora de joder a los consumidores.
De manera similar, hoy el consumo de sustancias psicodélicas es una forma de
que los ejecutivos tecnológicos demuestren que están dispuestos a reformatear
sus propios discos duros cognitivos y que son lo suficientemente audaces como
para aplicar esas ideas al mundo en general. Que están preparados para
reprogramar a la humanidad.
La psicodelia y la
extravagancia son solo un medio para conseguir un fin. Como explicaba Eric
Schmidt, de Google: «De todos es sabido que yo asisto al Burning Man. El futuro
lo impulsan las personas con una visión alternativa del mundo. Nunca sabes
dónde vas a encontrar ideas»[133]. Este estilo de
compromiso y exploración ha adquirido tal envergadura que los ejecutivos de
primer nivel han creado su propia versión del Burning Man, solo para ellos, sin
las multitudes de artistas, músicos y gente corriente que asisten al evento
solo por la experiencia de creatividad colectiva. El festival Further Future de
2016, por ejemplo, adaptó la estética del Burning Man en una costosa
alternativa en la que los empresarios podían realizar la misma actividad
psicodélica pero en un entorno de lujo y con el propósito expreso de hacer
negocios. Entre los ejecutivos que asistieron al evento de ese año figuraban el
propio Schmidt, Stan Chudnovsky, de Facebook, y Bob Pittman, director general
de Clear Channel.
El Further Future,
anunciado como «una experiencia compartida que trasciende nuestro futuro»,
parte del supuesto de que esa adinerada élite psicodélica que se desplaza a
territorio indio para celebrar su fiesta es la única capaz de resolver los
problemas del mundo. Como declaraba al Guardian Robert Scott,
uno de los fundadores del evento: «Lo que hacemos aquí es
importante. Es algo que repetimos una y otra vez. Estamos dando forma al
futuro. Estas no son solo las personas que pueden hacerlo, sino las
únicas que pueden» (la cursiva es mía[134]).
Página 110
En el otro extremo, otros ejecutivos más aventureros llevan sus jets
privados a México o a Perú para participar en las llamadas «ceremonias de
ayahuasca» con un chamán indígena o un psicólogo de la Nueva Era (o ambos).
Pero hasta las invitaciones a este tipo de eventos —como la que he recibido
esta misma mañana mientras escribía este capítulo— van dirigidas a «líderes» y
«personas influyentes», al tiempo que prometen un grupo «minuciosamente
seleccionado» con la esperanza de «generar el mayor aumento a escala de los
niveles de conciencia en el menor tiempo posible».
Como esos
estudiantes universitarios que se colocan y luego pasan la mayor parte de su
estado de conciencia alterada hablando de la calidad de la hierba y de dónde
conseguir más, algunos de los empresarios que se exponen a estados psicodélicos
de máximo nivel acaban comprometiéndose a difundir ellos mismos las sustancias
químicas en beneficio de la psique del mundo y de los rendimientos de sus
propios inversores.
No hay nada
intrínsecamente malo en que la gente experimente potentes vivencias
psicodélicas y luego se dedique a predicar las bondades de esas sustancias
químicas al mundo, ni que sea con afán de lucro. Independientemente de sus
motivos, están aportando medicinas potencialmente beneficiosas a personas que
sufren depresión y adicciones, además de proporcionar nuevas herramientas a
quienes exploran la conciencia y la creatividad. Y es ingenuo creer que una
experiencia de máxima intensidad con setas alucinógenas va a cambiar
necesariamente la naturaleza básica de un empresario. Como explicaba Timothy
Leary, la calidad y el resultado de tu viaje vienen determinados por la
mentalidad con la que lo emprendes. Un empresario que toma setas es solo un
empresario psicodélico.
Lo que resulta
sorprendente, en cambio, y muy habitual entre quienes profesan la Mentalidad,
es su insistencia en que una experiencia psicodélica ha cambiado su
programación básica. Creen que regresan del Burning Man, o del Amazonas, o
incluso de retiros comerciales como el programa Mastermind Ayahuasca para
líderes empresariales que ofrece Entrepreneurs Awakening, convertidos en
personas distintas, capaces de aportar soluciones únicas y novedosas a la
humanidad. Sin embargo, por lo que he visto, a su regreso siguen haciendo lo
que hacían, solo que ahora con justificaciones de índole más «cósmica». Puede
que cambien los
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productos y las ideas que promueven, pero los métodos y la dinámica
subyacente que utilizan para venderlos y obtener beneficios con ellos siguen
siendo los mismos. Lo que ocurre simplemente es que lo que hacen les parece más
profundo. La búsqueda del crecimiento exponencial — originariamente tan solo un
axioma empresarial— se convierte en la filosofía existencial que los guía y en
la clave para salvar el clima y el espíritu de Gaia.
En el peor de los
casos, vuelven exactamente a la misma explotación, dominación y chauvinismo que
los caracterizaba, solo que camuflados ahora bajo la retórica del cambio de
mentalidad global. Gracias a mis primeros libros sobre los orígenes
psicodélicos de la cultura digital, muchos de esos tíos me llaman para pedirme
consejo o preguntarme si podría echar un vistazo a las empresas, culturas o
comunidades que han desarrollado, a menudo utilizando algunas de las ideas
sobre las que he escrito como principios rectores. Normalmente les doy largas
desde un primer momento, pero de vez en cuando logran intrigarme lo bastante
para querer experimentar lo que sea que han creado y ver si puedo serles de
alguna ayuda.
Uno de esos
proyectos, una bienintencionada red que aspira a «reiniciar» la humanidad, se
inició con una serie de encuentros celebrados en Nueva York y San Francisco a
los que solo se podía asistir por rigurosa invitación. Un par de tipos habían
experimentado un viaje de ayahuasca especialmente intenso durante el cual
comprendieron que tenían la misión de reunir a los líderes mundiales y
llevarlos al siguiente nivel de conciencia para que fueran capaces de abordar
el cambio climático. Bajo la supervisión de un monje zen contratado para el
evento, los asistentes al encuentro al que yo asistí compartieron sus dudas
sobre su sexualidad, sus prácticas empresariales y su legado.
Cuando habían
transcurrido aproximadamente unas seis horas, la conversación giró finalmente
hacia el supuesto tema del evento: salvar al mundo. ¿Cómo podría aquel elitista
grupo de concienciación conducir a la humanidad hacia un futuro más verde y
cooperativo? ¿Conducir? ¿En serio? Allí no había más que «nuevaeristas» de
nuevo cuño cuya experiencia vital había transcurrido íntegramente en calidad de
asesores financieros, gestores de marcas o inversores tecnológicos. Y ahora, a
los treinta minutos de su «despertar», estaban listos para conducir la
revolución.
Página 112
A uno de ellos se le ocurrió la idea de emplear fondos de acciones,
convenientemente desligados de actividades perjudiciales como la extracción de
petróleo o la fabricación de cigarrillos, aparentemente ajeno al hecho de que
firmas como Calvert y Ariel Investments llevan haciendo eso mismo desde la
década de 1970 y que actualmente todo tipo de entidades de gestión de activos,
desde Nuveen hasta BlackRock, ofrecen carteras de inversión socialmente
responsables. Otra participante propuso involucrar a los jóvenes del mundo en
un enfoque del cambio climático más actual y vinculado a las redes sociales. Yo
le sugerí como alternativa apoyar al movimiento Extinction Rebellion (XR),
cuyos miembros estaban acampados en los puentes de Londres en ese mismo
momento, o al movimiento Sunrise, que planeaba una protesta a solo unas
manzanas de allí. Les hablé a todos de organizaciones como Post Carbon
Institute y EarthRights International, que ya estaban elaborando planes de
acción y recomendaciones en materia de políticas públicas.
«Si son tan buenos
—preguntó alguien—, ¿por qué nunca he oído hablar de ellos?».
Ahí asomaba, de
nuevo, la Mentalidad. ¿Por qué apoyar una iniciativa que ya está en marcha
cuando puedes cortar la cinta de una nueva empresa? Como podría preguntarse
cualquier entusiasta de las plataformas que siga la filosofía de la web 2.0,
¿por qué limitarte a trabajar en los problemas del mundo cuando puedes
construir espacios de cotrabajo tipo WeWork para que otros lo hagan?
Un milmillonario
convertido a la psicodelia hacía justamente eso. Me citaron para conocer al
magnate inmobiliario colombiano Rodrigo Niño poco después de que este
inaugurara Assemblage, un novedoso espacio de cotrabajo construido en Manhattan
para emprendedores psicodélicos con inclinaciones espirituales. Cuando llegué
al lugar, un edificio de oficinas reconvertido, me sentí casi involuntariamente
atraído por los seductores aromas del sándalo, el pachulí y el bufé ayurvédico
casero que acababa de preparar un equipo de jóvenes y atractivos artistas
culinarios. De hecho, allí todo el mundo tenía un aspecto atractivo. Era como
un Burning Man refinado o un concierto de Phish en Esalen.
«Rodrigo se reunirá
con usted en la sala de meditación», me dijo una joven con un vestido de gasa
blanco mientras ascendíamos por unas escaleras de madera tras pasar junto a un
muro vegetal de «diseño biofílico» que me recordó vagamente a los agroglifos.
La joven me escoltó
Página 113
hasta una hermosa sala con colchonetas y almohadas, junto con un
complejo mecanismo que ocupaba toda una pared y hacía sonar automáticamente
gongs y bloques de madera en uno de los numerosos paisajes sonoros de
meditación preprogramados de los que disponía.
Finalmente apareció
Rodrigo, despidió a la joven haciendo un gesto con la mano, se sentó con las
piernas cruzadas pero manteniendo la espalda erguida y me contó su historia.
Hace siete años le diagnosticaron un melanoma en fase tres, se sometió a varias
intervenciones médicas y, aun así, el pronóstico final seguía siendo malo. Su
dinero no podía salvarlo. «No tuve más remedio que aventurarme en lo
desconocido», me dijo. Viajó a la selva peruana, donde tomó ayahuasca, y
experimentó la interconexión de todos los seres vivos, así como la presencia de
su propia alma; algo —añadió— que «todos hemos olvidado». Siguió en esa misma
línea, generalizando su experiencia personal y haciéndola extensiva a la de
todos los demás habitantes del globo.
Durante su
ceremonia de ayahuasca se dio cuenta de que todos estábamos atrapados, como lo
había estado él, en nuestra limitada comprensión del ser. De modo que creó un
lugar —Assemblage— donde las personas podían entrar en contacto con las
expresiones más elevadas de sí mismas.
Como se explicaba
en el folleto publicitario, Assemblage pretendía brindar a los empresarios un
servicio «en la vanguardia de la tecnología, la consciencia y el capital». A
fin de «potenciar la transformación de cara al futuro de la humanidad», los
miembros de la comunidad aprenderían a «elevarse a sí mismos y a elevar su
negocio». Pero eso —me dijo Rodrigo
— era solo una
especie de gancho: había un «propósito más elevado aún…».
Quería que yo lo
ayudara con un juego. Según pude entender, había tenido una visión en la que
descubrió que cada uno de nosotros tiene un segundo yo, superior al primero. Él
estaba en contacto con su yo superior e incluso le había dado un nombre. Me
pidió que bautizara a mi propio yo superior. Elegí el apodo que me había puesto
mi profesor de Español en el instituto: Diego.
—Bien, Diego —me
dijo—. Ese sería tu nombre en el juego. Es quien serías aquí. Todo el mundo
tendría un nombre y sería como una aventura de rol de tipo fantástico, salvo
que en este caso se desarrollaría en la vida real. Y utilizaríamos la
tecnología de cadena de bloques para registrar todo
Página 114
lo que el ser superior de cada uno hiciera por la comunidad y por su
prójimo. Y cuando alcanzas ciertos objetivos, accedes a nuevos privilegios.
—¿Así que sería
como una ludificación de este sitio? —le pregunté. —Primero sí. Pero luego el
juego se convertiría en la realidad. Te
convertirías en tu
yo superior. ¿Lo pillas?
Assemblage llegó a
adquirir bastante importancia, al menos durante un tiempo. Un día se presentó
Deepak Chopra y apareció en el pódcast de Rodrigo hablando del cáncer, la
mortalidad y la libertad. Pero al final resultó que el proyecto consistía
principalmente en canalizar capital de Colombia hacia inversiones inmobiliarias
en Nueva York[135]. Rodrigo acabó
sucumbiendo al cáncer, dejando tras de sí miles de airados inversores, demandas
judiciales y acusaciones de fraude.
El propio
Assemblage cerró, aunque luego reabrió bajo una nueva dirección y el «juego de
la vida» de Rodrigo acabaría convertido en una experiencia virtual denominada
Akasha[136].
Pero, al igual que mi encuentro con los milmillonarios survivalistas o mi
debate sobre moralidad con Richard Dawkins y los nuevos ateos, el episodio
ejemplifica muy bien uno de los aspectos característicos de la Mentalidad; en
este caso, su planteamiento para hacer del mundo un lugar mejor. La
transformación personal que uno experimenta se convierte en el modelo para la
transformación de todos y de todo lo demás, con dinero, a escala, en lo que en
la práctica equivale a una dominación condescendiente y ludificada del prójimo
ejecutada desde la seguridad de un oasis privilegiado.
Nadie describe
mejor este tipo de planteamientos presuntamente capaces de «cambiar las reglas
del juego» que la denominada Universidad de la Singularidad, la incubadora,
consultoría y empresa de formación de ejecutivos más conscientemente
transformadora de Silicon Valley. Como explica la entidad en su texto
promocional, su objetivo se centra exclusivamente en fomentar soluciones que
utilicen «tecnologías exponenciales» para resolver grandes retos globales[137]. Solo le interesa
potenciar a emprendedores y empresas emergentes que adopten «proyectos
radicales»[138]. El error estriba
en pensar de forma lineal, lo que solo conduce a mejoras graduales. En su
lugar, debemos emplear un pensamiento audaz que «aspire a hacer algo diez veces
mejor»,
Página 115
cuestionando el statu quo. Como el salto de cero a uno de Elon Musk, o
el ascenso de humano a clon mental de su héroe Ray Kurzweil, las soluciones
capaces de salvar al mundo han de situarse un orden de magnitud por encima de
las ideas de los simples mortales.
Se trata, de nuevo,
de una mera cuestión de liderazgo. Convirtiéndose en miembros prémium de la
Universidad de la Singularidad, los «líderes empresariales» pueden aprender a
«visualizar y dominar el futuro». Los individuos lo bastante osados para
«mejorar la vida de miles de millones de personas» pueden unirse a los
programas para ejecutivos de esta universidad, descubrir el poder del
pensamiento exponencial y aprovechar el «potencial de las tecnologías
exponenciales» para lograr «un impacto positivo a escala planetaria»[139]. Para ello, la
entidad también ha puesto en marcha el concurso XPRIZE, que ofrece diversas
becas, entre ellas una de cien millones de dólares a la mejor solución para la
eliminación del carbono. Con patrocinadores como Richard Branson, Buzz Aldrin,
Tom Hanks y Pharrell Williams, todo el proyecto parece estar profilácticamente
aislado de cualesquiera connotaciones negativas.
El positivismo
radical de la Universidad de la Singularidad ha resultado contagioso. La
normalmente envarada Fundación MacArthur ha adaptado el pensamiento exponencial
para crear su propio megapremio anual ridículamente hinchado de cien millones
de dólares para una única propuesta que resuelva un problema crítico de nuestro
tiempo[140].
Este enfoque de la
salvación planetaria basado en «jugar a ser dios» pone de manifiesto la
defectuosa premisa de la Mentalidad. Nos obliga a catalizar un salto evolutivo,
a orquestar el equivalente a un big bang para conseguir que todo el universo se
ajuste a las intenciones exponenciales de nuestra especie y de sus más
influyentes inversores. Es esta una sensibilidad que —en virtud de su
omnipresencia en la filantropía del capital riesgo— impregna hasta las
iniciativas menos arrogantes para abordar los problemas relacionados con el
hambre, la desigualdad y el medio ambiente, como si toda solución tuviera que
ser universal, totalizadora y exhaustiva, susceptible de resumirse en una
charla TED para que se la juzgue siquiera digna de consideración. Es lo que hoy
llamamos, despectivamente, tecnosolucionismo.
ReGen Villages, por
ejemplo, es una idea del antiguo diseñador de videojuegos James Ehrlich,
empresario residente en Stanford y profesor de Resiliencia ante los Desastres
en la Universidad de la Singularidad. ReGen
Página 116
es una solución integral para la creación de comunidades regenerativas y
resilientes capaces de producir sus propios alimentos ecológicos, abastecerse
de agua pura y educar a sus jóvenes, todo ello con energía renovable y en una
economía circular. Ehrlich está consiguiendo cierto apoyo —al menos entre sus
colegas singularianos y parte de la prensa— con sus convincentes
representaciones virtuales de personas viviendo en armonía con la naturaleza
gracias al uso de alta tecnología. Cultivan alimentos en cúpulas, viven en
casitas alimentadas con energía solar enclavadas en la tierra, comen fruta
fresca en patios comunitarios abiertos y están rodeados de bosques y animales.
O lo estarán cuando Ehrlich consiga convencer a alguien de que le dé la
financiación necesaria para empezar a construir su proyecto.
Me reuní con
Ehrlich cerca de su oficina en Stanford. Había dejado el diseño de videojuegos
para estudiar la preparación de alimentos ecológicos y acabó produciendo un
programa de televisión, The Hippy Gourmet, emitido originariamente
desde el Burning Man y más tarde incorporado a la PBS. Fue así como
supo de los problemas que afrontaban las granjas familiares estadounidenses y
decidió aplicar sus conocimientos a buscar soluciones para abordarlos.
Estuvimos comiendo
una especie de burritos veganos en una cafetería de Palo Alto mientras él me
explicaba su plan para expandir su proyecto ReGen Villages a cualquier parte
del mundo. Ha estado considerando todos los sistemas imaginables, desde la
gestión del suelo vegetal y el procesamiento de las aguas residuales hasta las
monedas locales y la gobernanza. Sin embargo, aunque se supone que muchas de
estas cosas deben decidirse de forma participativa, por parte de la población
de una región determinada y en función de su clima y sus recursos naturales
concretos, la idea en conjunto se parece más a una partida de SimCity que
al proceso de desarrollo de una comunidad en el mundo real. Porque en el fondo
ReGen es lo que Ehrlich denomina una «pila de software para iniciar, gestionar
y a la larga mejorar vecindarios de forma autónoma».
En la jerga
tecnológica, una «pila de software» es un conjunto de componentes o
aplicaciones distintos que pueden utilizarse de forma conjunta o independiente
para llevar a cabo una tarea de mayor envergadura. En este sentido, el logro de
Ehrlich ha consistido en estudiar numerosos aspectos distintos de la
agricultura, la fontanería, el reciclaje, etc., y luego desarrollar programas
informáticos de tipo plug and play que
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una comunidad podría utilizar para gestionar el riego, la siembra, los
sistemas eléctricos, etc. Uno de ellos podía organizar el procesamiento de
aguas residuales a través de manglares para generar agua potable, mientras que
otro podía mantener el nivel de hidratación apropiado de gigantescos tubos
contenedores de suelo vegetal agrícola destinados a cultivar verduras con un
mínimo de riego. Todos ellos utilizarían datos proporcionados por sensores para
medir su eficacia y devolverían los resultados en beneficio y mejora de toda la
colectividad.
Suponiendo que
todas las piezas funcionen —y ya solo eso es mucho suponer—, constituye una
hermosa imagen de un paraíso ecológico tecnoutópico. Algo así como el Centro
Epcot de Disney World, pero sin necesidad de aprovisionamiento del mundo
exterior; casi como una colonia espacial. Ehrlich admite sin ambages que
«ciertamente estamos estudiando toda la pila de sistemas de soporte vital, un
poco al estilo Marte, pero aquí, en la tierra». En lugar de ayudar a una aldea
o a un vecindario ya existente a emplear principios más regenerativos, el
propio proyecto ReGen debe surgir en territorio virgen, partiendo de
cero, ex nihilo. Para Ehrlich, si alguna vez encuentra la
financiación necesaria, eso implica comprar una franja de bosque y
luego talar el área que necesita para enclavar su comunidad agrícola. Así
funcionan siempre los videojuegos de simulación de dios, es decir, aquellos en
los que se «juega a ser dios», como SimCity o Civilization:
se parte de una tabla rasa.
Esta arrogante
pretensión, enmarcada en lo que se conoce como «construcción de mundos»,
recuerda a los intentos de Walt Disney de traducir los simulacros utópicos de
Disneylandia en un plan para construir una ciudad real de propiedad privada
llamada Celebration, que resultó ser un desastre. Los promotores del «nuevo
urbanismo» subyacente a Celebration y otras «comunidades» posteriores de
planificación privada creían estar demostrando que el mercado producía mejores
vecindarios que la planificación pública. Les encantaba citar el pensamiento de
Jane Jacobs, auténtica leyenda de los estudios urbanísticos, que recelaba de
los barrios excesivamente zonificados y admiraba las áreas de uso heterogéneo
como Greenwich Village, que habían crecido de forma natural durante décadas o
siglos y como resultado de numerosas fuerzas distintas —entre ellas las de tipo
empresarial—, todas las cuales interactuaban e incluso competían por un mismo
espacio.
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Pero esos promotores no entendían de qué hablaba realmente Jacobs. Ella
se oponía a la planificación centralizada, no a la participación de los
intereses de la Administración pública y la sociedad civil. Odiaba los planes
globales diseñados por Robert Moses para Nueva York, no porque fueran una
imposición de la Administración pública, sino por su carácter global y, más
concretamente, porque exigían la «erradicación del chabolismo» y la «renovación
urbana» sin respetar los derechos e intereses de quienes ya vivían en los
barrios neoyorquinos[141].
Los nuevos
urbanistas han convertido a la comunitarista Jacobs en una libertaria, y su
aprecio por el desarrollo urbano natural de tipo participativo, en un respaldo
al libre mercado. Omitiendo por completo su llamamiento en favor de un
crecimiento lento y natural de los distritos urbanos, hoy lo de «nuevo
urbanismo» viene a ser poco más que un eufemismo para referirse a centros
comerciales plenamente planificados con apartamentos encima de los comercios[142]. Pero nuestros
constructores de mundos digitalmente modulados van aún un paso más allá,
empleando sus fortunas milmillonarias no solo para presionar al Gobierno de
cara a apropiarse legalmente del futuro, sino también para exhibirlas como
prueba de su propia competencia. Hablan como si su éxito en la construcción de
monopolios empresariales y mundos virtuales interactivos les diera derecho a
ser los grandes planificadores del futuro de la humanidad.
El problema es que
en la realidad no vivimos en una tabla rasa. Aquí hay gente. Y pájaros y
árboles y rocas y bacterias que apenas entendemos. Este modelo ignora la
tremenda ironía que supone talar un bosque natural en aras de la
sostenibilidad. Sí, la naturaleza tiene problemas, pero el enfoque de la
Mentalidad para hacer frente a esta crisis colectiva consiste siempre en hacer
algo. Arreglarlo. Jaquearlo. Reiniciarlo. Desarrollarlo. Ampliarlo.
Automatizarlo. Como si hacer menos, o incluso no hacer nada, no fuera una
opción posible. Reparar lo que tenemos, reducir su escala o incluso aspirar a
un progreso gradual no da para un pódcast, un debate virtual o una charla TED
demasiado emocionantes. Pero tampoco requiere enormes inversiones de capital,
discursos de ventas ni procedimientos de recompra de acciones.
Las aldeas del
proyecto ReGen constituyen solo un posible componente de una iniciativa de
mayor envergadura concebida por Jim Rutt, amigo de Ehrlich y partidario de sus
ideas. Rutt, antiguo presidente
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del Instituto Santa Fe, un laboratorio de ideas líder en teoría de
sistemas, ha estado trabajando en su propio proyecto de reinicio del mundo
desde cero, que él denomina Game B.
Game B (Juego B)
pretende ser un «sistema operativo social a nivel de civilización» en el que
pasamos de lo que actualmente concebimos como civilización occidental (el
fallido y autodestructivo Juego A al que estamos jugando ahora) a una forma de
vida más autoorganizada, reticular, descentralizada y resiliente. Rutt ha
aplicado sus reconocidos conocimientos sobre sistemas complejos y teoría de
juegos a la resolución de un sinfín de obstáculos para llegar a un nuevo modelo
de organización humana[143]. En lugar de estar
dominados por corporaciones y Estados-nación, como ahora, deberíamos vivir y
trabajar en pequeños colectivos autosoberanos, tipo kibutz, cada uno de ellos
con su propia estructura de gobernanza, pero vinculado a los demás mediante el comercio,
la cultura y la tecnología. Es la visión definitiva de un teórico de sistemas
de una sociedad cooperativa y colaborativa, que funciona como un fractal, en
numerosos niveles de coordinación a la vez. Y debo admitir que su apuesta por
la autodeterminación local y su enfoque sensible y participativo del cambio
coinciden con mis propias esperanzas de una sociedad basada en las comunidades,
el cooperativismo, la producción local y la ayuda mutua.
¿Cómo ir desde aquí
hasta allí? Rutt admite que debemos aprovechar en la medida de lo posible todas
las ideas existentes que funcionan y solo inventar cosas nuevas cuando sea
absolutamente necesario. La tarea inicial es crear historias, películas y objetos
que transmitan el espíritu del nuevo juego, encontrar otras personas
interesadas y luego experimentar en paralelo, compartir los resultados y
repetir todo el proceso. Lo importante, al parecer, es ser consciente de que
estás intentando crear un nuevo juego.
Esta determinación de dejar atrás el pasado, de pasar página, de renunciar al Juego A para pasarse al B, funciona mejor sobre el papel, o en una PlayStation, que en la vida real. Pero aun así se ha convertido en un elemento demasiado característico de una cultura empeñada en salvar el futuro trascendiendo el pasado y dejando atrás de una forma u otra todo su legado. No hay tiempo para arrepentirse de nada ni para reparar nada. Solo tenemos que llevar a todo el mundo con nosotros a ese futuro mejor que ya hemos elaborado. Empezar de cero. Tabla rasa. Nuevo planeta, ecoaldea o sistema operativo social. Hay una aplicación para eso y ya está incluida ennuestra pila de programación. A cualquiera que critique la tecnosolución, o la cultura masculina blanca de la que emana, se lo menosprecia tildándolo de ludita paranoico o de tonto progre sin remedio, empantanado en los pecados del pasado e incapaz de percibir el amplio paisaje sistémico del que todos formamos parte.
Y, sin embargo,
hemos de ser capaces de criticar el paradigma tecnocrático cada vez más
dominante y su enfoque determinista del progreso a escala sin temor a provocar
la ira de los brillantes hombres que intentan desplegarlo de buena fe. No fue
precisamente un jipi progre retrógrado, sino el presidente estadounidense
Eisenhower el primero en advertir a sus conciudadanos de los riesgos que
planteaba la industria tecnológica[144]. El discurso que
pronunció en 1961, al terminar su mandato, se recuerda por haber dado su nombre
a lo que hoy conocemos como el complejo militar-industrial; pero su temor más
profundo era la tecnocracia: «Aun respetando el descubrimiento científico, como
debemos, hemos de estar alerta asimismo ante el peligro contrario, y no menor,
de que la propia política pública pueda devenir cautiva de una élite
científico-tecnológica»[145].
Las críticas
feministas y raciales también han revelado los puntos débiles y los prejuicios
de un paradigma tecnológico desarrollado por una élite masculina blanca. Como
han mostrado Bodker y Greenbaum, una industria tecnológica dominada por varones
blancos fomenta los valores de la independencia, la autonomía y el
distanciamiento, ignorando otras fuerzas de organización más circulares e
interconectadas[146]. Asimismo, como
han argumentado algunas representantes del feminismo social, las tecnologías
desarrolladas por mujeres podrían reflejar las prioridades de un mayor número
de personas, en tanto «se basarían en la experiencia de las mujeres, cuya
perspectiva como grupo no dominante en el ámbito de las tecnologías de la
información les proporciona una visión más completa de la realidad debido a su
raza, clase y género»[147].
Empleado
acríticamente y por una élite homogénea, el impulso tecnocrático conduce
primordialmente a uno de dos resultados posibles. En el peor de los casos, los
líderes abusan de él para construir un estado de vigilancia totalitario en el
que los privilegios de cada ciudadano se dictan de forma algorítmica en función
de los datos recopilados sobre ellos[148]. Por otro lado, es
probable que incluso una tecnocracia más liberal
Página 121
sucumba a los sesgos utilitaristas de sus tecnologías, descuidando
involuntariamente a las personas y las cosas que han quedado al margen de su
cálculo inicial.
Los algoritmos son
solo tan neutrales como lo sean las personas que los programan y los parámetros
que se les proporcionan para mejorarse a sí mismos. En Estados Unidos, los
bienintencionados intentos de utilizar ordenadores para hacer más justas las
penas de cárcel produjeron algoritmos que encarcelaban a los negros durante más
tiempo que a los blancos que habían cometido los mismos delitos[149]. Los sencillos
algoritmos que ofrecen a la gente el tipo de noticias que es más probable que
lea han causado auténticos estragos en nuestra vida cívica y política,
provocando lo que se conoce como «burbujas de filtro», además de marginación y
una proliferación incontrolada de noticias falsas. No es ni mucho menos lo que
pretendían los tecnólogos que programaron esos sistemas ni las personas que
confiaron en esas revolucionarias mejoras con respecto al modo como hacíamos
antes las cosas.
Las tecnosoluciones
resultan extremadamente atractivas para políticos y filántropos como Michael
Bloomberg, Reid Hoffman, la Fundación Ford o Bill Gates, que abordan la
resolución de problemas partiendo de un enfoque basado en datos. Pero la
financiación de soluciones tecnológicas a problemas sociales, médicos,
gubernamentales o de otro tipo acaba por imbuir al mundo de los valores de la
Mentalidad, además de hacernos a todos más dependientes de las empresas
fundadas por esos filántropos. Tanto si hablamos de una red financiera
inteligente como del denominado «biojaqueo», de guerra con drones, colonización
espacial o renta básica universal, las tecnosoluciones están impregnadas con
demasiada frecuencia de los valores inherentes a la propia tecnología: crecimiento
exponencial, prioridad de la automatización por encima de la intervención
humana, permanente impulso hacia delante, «plataformización» y desprecio por
las condiciones de base existentes.
Como resultado, la
mayoría de los proyectos supuestamente radicales se quedan en agua de borrajas.
El alabado proyecto «Un portátil para cada niño» de Nicholas Negroponte —el
fundador del Laboratorio de Medios del MIT— pretendía suministrar a finales de 2007
un total de 150 millones de ordenadores portátiles, de unos 100 dólares cada
uno, a los niños de los países en desarrollo. Aquello no salió como estaba
previsto. Muchos países no sabían muy bien cómo utilizarían los ordenadores en
sus aulas,
Página 122
sobre todo cuando los propios profesores carecían de conocimientos
digitales; y no aceptaron la premisa de Negroponte (tipo «el que la sigue la
consigue») de que todos los niños, de todas las culturas, son jáqueres natos
capaces de entender por sí solos una interfaz que no sea excesivamente
compleja. En 2009, solo se habían distribuido unos pocos cientos de miles de
portátiles[150].
Los críticos
africanos se quejaron de que había otros problemas como el VIH y la
malnutrición que afectaban más a la población y a la educación que la falta de
tecnología. Aunque Negroponte y su equipo no se beneficiaron económicamente del
proyecto, se los cuestionó por imponer a los africanos soluciones tecnológicas
«inadecuadas para ellos, simplemente para beneficiar la propia necesidad de
vanidad y reafirmación moral» de los occidentales[151]. Los niños que
recibieron los portátiles, por su parte, se quejaron de que el paquete de
programas de música solo podía reproducir ritmos occidentales, y no los que
escuchaban ellos en las canciones de sus propias culturas[152].
Siguiendo la
filosofía de devenir meta característica de la web 2.0, en 2014 Sean Parker,
fundador de Napster y primer presidente de Facebook, gastó más de cuarenta
millones de dólares en Brigade[153],
un eje aglutinador de planificación de proyectos de tecnología cívica[154]. En lugar de
construir tecnologías cívicas, la plataforma organizaría y proporcionaría
herramientas para que fueran otros quienes las desarrollaran. Los ingenieros de
Brigade diseñaron algunos algoritmos inteligentes para interrelacionar a los
votantes con sus circunscripciones y representantes electos, pero nadie se
había molestado en comprobar si los desarrolladores de tecnología cívica
necesitaban o no un eje centralizado. La empresa cerró en 2019. De manera
similar, el Hackatón Global COVID-19 de 2020, intensamente promocionado por
Facebook, Microsoft y otras empresas tecnológicas como una forma de promover
tecnologías que podrían resolver la pandemia, atrajo casi veinte mil
propuestas, pero el resultado práctico, como me diría el periodista e historiador
de la tecnología cívica Micah Sifry[155],
fue más bien como el parto de los montes[156].
La creencia de que
podemos codificar nuestra vía de salida de este lío presupone que el mundo está
hecho de código y que todo aquello que aún no es código puede convertirse tarde
o temprano a un formato digital con
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la misma facilidad con la que puede trasladarse un disco de vinilo a un
archivo de transmisión en línea. Una vez que los elementos del problema se han
convertido en datos, podemos utilizar la tecnología digital para arreglarlos.
La pega de este planteamiento es que todo lo que no se puede convertir en
código se deja de lado. Esto nos sitúa a todos en una carrera por escanearnos,
digitalizarnos o formatearnos en un lenguaje compatible con las tecnologías que
orquestan nuestras libertades. Incluso las soluciones a los propios problemas
de la tecnología tienden a traducirse en introducir aún más tecnología en
nuestras vidas y aprender a optimizar nuestra conducta en función del
funcionamiento de estas. Nos ajustamos a la estructura de recompensas del
entorno tecnológico en el que vivimos, acomodándonos constantemente a
cualesquiera sistemas operativos que nos exijan nuestras tecnologías y los
milmillonarios que las sustentan.
Esta tendencia a la
tecnocracia totalitaria es lo que el educador y teórico de los medios Neil
Postman denominaba tecnópolis: la «sumisión de toda forma de vida cultural a la
soberanía de la técnica y la tecnología»[157]. Aunque empecemos
utilizando las herramientas en nuestro propio beneficio colectivo, poco a poco
vamos rehaciendo nuestro mundo en torno a las necesidades de la tecnología, por
ejemplo, construyendo autopistas y periferias residenciales para favorecer el
uso del automóvil o modificando los currículos escolares para adaptarlos a los
ordenadores. Una vez llevamos haciendo esto el tiempo suficiente, acabamos
encontrándonos dentro de algo parecido a una máquina: un sistema autónomo y
autodeterminado que elimina activamente todos los demás «mundos mentales».
Postman dice que los dioses de la tecnópolis son la eficiencia, la precisión y
la objetividad, lo que no deja espacio alguno a los valores humanos, que
existen en un «universo moral» completamente independiente e ignorado.
De hecho, la
tecnópolis es inexorable, sobre todo para aquellos que viven para apoyarla y
han ganado miles de millones encontrando formas de contribuir a su dominio. Por
eso, cuando los tecnopolitanos van a la selva y beben el vino de la sabiduría,
experimentan una versión muy particular de la revelación de que «todo es uno» y
regresan con el celo propio de un fanático para hacerla realidad, a gran
escala.
Los humanos
acabamos viviendo dentro de la Mentalidad. Conseguir que nos sometamos a sus
valores se convierte en su mayor reto.
Página 124
10
El Gran Reinicio
Para salvar el
mundo hay que salvar el capitalismo
C uando vi
entrar a los guardaespaldas en el vestíbulo del hotel, supuse que habían venido
por Al Gore, que tenía previsto hablar aquella tarde. Pero, cuando la falange
dobló finalmente la esquina, me di cuenta de que no estaban protegiendo al
exvicepresidente, sino a la leyenda de la Nueva Era Deepak Chopra. ¿Por qué iba
a necesitar Chopra un equipo de seguridad —me pregunté—, especialmente en un
aislado complejo turístico en Puerto Rico?
Todos habíamos sido
convocados allí por el premio nobel Óscar Arias para celebrar la que sería la
primera reunión de la Alianza para la Nueva Humanidad, anunciada como «la
primera respuesta global a la oportunidad de que las gentes de paz colaboren
juntas en torno a los retos comunes que la humanidad afronta». Esto ocurría en
2003 —más de una década antes de que la ONU adoptara sus 17 Objetivos de
Desarrollo Sostenible—, cuando la idea de que «las sociedades dan demasiado
valor a la competencia, la riqueza y el individualismo» aún parecía novedosa y
algo radical para la élite que se había beneficiado de esos mismos valores.
Identificándome
como alguien que «compartía la visión de una Nueva Humanidad», me invitaron a
asistir como miembro del consejo honorario, junto con toda una serie de
activistas en favor de la paz y personalidades
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diversas como Desmond Tutu, Marianne Williamson, Anand Shah, Guy Oseary,
Jerry Hall y Marisa Tomei. Se suponía que Ricky Martin iba a dar el discurso
inaugural, pero —como casi todos los famosos de la lista— no se presentó. En su
lugar, varios salmodiadores, sanadores, meditadores, espiritistas y políticos
retirados comparecieron ante un público de unos trescientos asistentes de pago
para compartir sus visiones optimistas acerca de cómo un día la nueva humanidad
superaría nuestra sociedad de violencia y contaminación.
Mientras Al Gore
pronunciaba la enésima repetición de su discurso en PowerPoint «La Tierra en
equilibrio», me dirigí al fondo de la sala. Allí, repartidos en mesas
plegables, había folletos donde se anunciaban talleres aún más costosos sobre
prosperidad, negocios éticos, autocuidado e iluminación espiritual, que
impartirían los otros expertos en varios centros turísticos repartidos por todo
el mundo. También había folletos del último libro de Chopra, Iluminación.
Las siete lecciones del golf para el juego de la vida. Todos aquellos
maestros espirituales no estaban allí para forjar un nuevo
movimiento; eran solo negocios. No pude por menos que admirar su habilidad en
el arte de la venta y su capacidad para introducir de manera inadvertida la
referencia a «las pocas plazas disponibles» para sus próximos retiros al
principio y al final de cualquier debate en el que participaran.
La organización
también había contratado a una empresa de relaciones públicas para que
transmitiera «videorreportajes de noticias» cada pocas horas, historias
prefabricadas para que los programas informativos de la televisión local las
emitieran como si fueran obra suya. Aunque yo ya había visto antes
videorreportajes producidos por empresas farmacéuticas para anunciar
subrepticiamente nuevos productos o por la industria petrolífera para hacerse
un lavado de cara ecológico, todavía no había tenido ocasión de observar
aquella temprana forma de «noticias falsas» practicada por organizaciones no
gubernamentales o filantrópicas, y menos con el propósito declarado de hacer
que los medios de comunicación fueran menos violentos y manipuladores.
Ahí estaban,
celebrando una costosa conferencia sobre la paz mundial en un exótico complejo
hotelero en el que las únicas personas de color (aparte del centimillonario
Chopra) eran los camareros; hablando de sostenibilidad mientras comían ternera
lechal y mero chileno, una especie en peligro de extinción; comprometiéndose a
luchar contra la
Página 126
contaminación mientras volaban miles de kilómetros y bebían agua de las
botellas de plástico de tamaño individual más pequeñas que había visto nunca… y
todo ello para promover iniciativas como el «Día de los Buenos Días» del
cantante Ricky Martin, en el que la gente de todo el mundo difundiría su buena
voluntad a través de las redes sociales al estilo latinoamericano.
Como muchos
filantrocapitalistas de primera fila, aquellos supuestos mensajeros de la paz
ignoraban cómo sus propios métodos socavaban sus grandes objetivos. Del mismo
modo que la Alianza por la Nueva Humanidad pretendía combatir la manipulación
de los medios de comunicación con más propaganda y resolver la crisis climática
gastando más combustible de aviación, los principales esfuerzos actuales para
corregir los males del capitalismo, la industria y la tecnología pretenden
hacerlo justamente con más capitalismo, industria y tecnología.
En su innovadora
obra La doctrina del shock, Naomi Klein exponía el modo en que los
Gobiernos opresores, las corporaciones y los individuos ricos fomentan o se
aprovechan intencionadamente de los desastres naturales y militares para
implementar políticas neoliberales, afianzar determinados intereses
empresariales y construir comunidades cerradas. Así, cuando firmas como
Halliburton gestionan la logística de la seguridad y las infraestructuras de la
posguerra en Irak, empresas de tecnología de vigilancia como Palantir obtienen
contratos a raíz del 11S o la industria penitenciaria hace negocio cada vez que
se produce un aumento de la pobreza y la delincuencia, el hecho es que quienes
se benefician de las crisis tienen toda clase de incentivos para perpetuarlas,
así como para perpetuar el sistema que mantiene en marcha ese circuito de
realimentación. La pandemia de covid creó al menos nueve nuevos milmillonarios
solo con los beneficios de las vacunas; suficiente riqueza para vacunar
completamente 1,3 veces a toda la población de los países de bajos ingresos[158].
Personalmente, no
creo que los filantrocapitalistas como Mark Zuckerberg, Elon Musk o Bill Gates
estén explotando o perpetuando las crisis planetarias con el mismo interés
cínico con el que Halliburton aborda el malestar global o la familia Sackler
capitaliza la adicción a los opiáceos. Antes al contrario, a su manera
pretenden resolver nuestros muchos problemas y quizá llevarse parte del mérito.
Pero el hecho de que suscriban de manera irreflexiva la Mentalidad y sus
premisas subyacentes
Página 127
hace que sus soluciones sean insostenibles. Cuanto peor van las cosas,
más fácil nos resulta justificar la Mentalidad. Y cuanto más justificamos la
Mentalidad, peor van las cosas.
Por ejemplo, Al
Gore probablemente ha sido el más eficaz paladín de la energía solar y
alternativa en Estados Unidos. Dado que los combustibles fósiles no solo
provocan guerras, sino también el calentamiento global, recurrir al uso de
paneles solares parece una obviedad. Así que lo único que tenemos que hacer es
conseguir que los inversores de capital riesgo inviertan en tecnologías de
energía renovable en lugar de hacerlo en compañías petrolíferas, y todo ese
dinero inteligente nos llevará a la independencia energética y a una utopía
industrial limpia, verde, sin emisiones y neutra en carbono. Y de paso los
inversores hasta pueden enriquecerse con ello. Todo el mundo gana.
El problema es que,
aunque la reconversión de la red energética a la energía solar supondría mucho
dinero para las empresas que construyen e instalan paneles solares, puede que
en lo relativo a la huella de carbono y el impacto medioambiental totales no se
gane mucho, si es que se gana algo en absoluto. Aunque el sol sea una fuente de
energía renovable, los paneles solares no lo son. No crecen en los árboles:
requieren la extracción de aluminio, cobre y tierras raras, ya escasos de por
sí. La fabricación de paneles solares constituye en sí misma un proceso con un
tremendo consumo de energía que implica sobrecalentar el cuarzo en obleas de
silicio, requiere enormes cantidades de agua y genera grandes cantidades de
subproductos tóxicos y residuos líquidos. Los propios paneles solares empiezan
a degradarse a los pocos años de su instalación y deben reemplazarse cada una o
dos décadas. Asimismo, su eliminación genera otros muchos problemas
medioambientales y de toxicidad, y mientras a los fabricantes les siga resultando
más barato arrojarlos a vertederos no veremos surgir a corto plazo un programa
sólido para reciclarlos[159].
Ahí radica el
problema fundamental de las soluciones derivadas de la Mentalidad: solo se
mueven en una dirección. Como todo lo que se inspira en la ciencia empírica, lo
único que pretenden ese tipo de soluciones es investigar y aprovechar algún
aspecto aún no explotado de la naturaleza para servir a nuestra voluntad. Como
el capitalismo centrado en el consumo y el crecimiento en el que se basa la
Mentalidad, tales soluciones suelen implicar la búsqueda de nuevos recursos, su
explotación, su venta y su posterior eliminación a fin de poder extraer,
fabricar y vender más.
Página 128
Somos libres de abordar nuestros retos medioambientales siempre que con
ello no renunciemos al crecimiento.
Si aceptamos el
capitalismo y la dominación de la naturaleza como requisitos básicos para que
continúe el proyecto humano, todo esto tiene sentido cabal. Las soluciones
deben generar dinero —más dinero que sus predecesoras— para que alguien se
sienta motivado a implementarlas. El crecimiento es bueno. La «sostenibilidad»,
en cambio, implica una inaceptable meseta en los gráficos de crecimiento y
desarrollo. Supone cooperar con la naturaleza y reducirse en lugar de dominarla
y redoblarse. Eso es inasumible. No debemos frenarnos, y menos aún cuando las
cosas se ponen difíciles. Hemos de seguir abriéndonos camino. Justo al otro
lado de la siguiente colina está la respuesta que buscamos. Confiemos en los
científicos, la tecnología y las fuerzas del mercado. Podemos alcanzar nuevas
cotas.
Tal es la filosofía
subyacente al Gran Reinicio, una campaña lanzada con un sitio web y un libro
por el fundador del Foro Económico Mundial, Klaus Schwab. Este defiende «una
forma mejor de capitalismo» que fomente grandes inversiones en empresas y
tecnologías que sean capaces de resolver el cambio climático, la pobreza global
y toda la pesca. Anunciado de forma oportunista en el punto álgido de la
pandemia de covid, el Gran Reinicio postula un modelo de intervención basado en
el concepto de «la crisis como oportunidad», en el que cada motivo de
preocupación solo es en realidad un incentivo para arremangarse, ponerse a
trabajar y «reconstruir mejor» las cosas, con una abundante inversión de
capital y un rendimiento no menos abundante de dicha inversión.
Puede que de hecho
el origen del Gran Reinicio no tenga tanto que ver con la conservación del
planeta como con la del capitalismo. Representa la culminación de una campaña
de relaciones públicas que dura ya dos décadas y se inició como reacción a las
protestas que tuvieron lugar en la conferencia de la Organización Mundial del
Comercio en Seattle y en la cumbre del G8 en Génova a principios de este siglo.
El mundo estaba cambiando y los ecologistas, los líderes sindicales, los
inmigrantes y el movimiento antibélico empezaban a ser conscientes de que el
corporativismo global era la principal causa de muchos de sus problemas.
Schwab respondió
convocando una serie de debates en la conferencia del Foro Económico Mundial en
Davos sobre el calentamiento del planeta y la pobreza en el Sur global. Incluso
se invitó a acudir a Davos, en dos
Página 129
ocasiones, a la joven activista climática Greta Thunberg. Su advertencia
de que los líderes mundiales, los directivos empresariales y los banqueros allí
reunidos no debían depender de las compensaciones de carbono ni de tecnologías
aún no inventadas para resolver el cambio climático fue ignorada, también en
dos ocasiones. Probablemente es porque lo único que buscaban eran los titulares
diciendo que la habían dejado hablar. Pero también se debe al hecho de que su
tesis —que el mundo está en llamas y debemos pasar inmediatamente a «cero
emisiones reales» reduciendo nuestro gasto energético efectivo— contradice la
premisa del Gran Reinicio. Schwab y el Foro Económico Mundial creen que la
ralentización sería un gran error y que las fuerzas del mercado, sin las
ataduras de las regulaciones locales o nacionales, pueden aplicarse a cualquier
problema y de paso hacer más ricos a los inversores.
Es una idea difícil
de vender, y más viniendo de las grandes empresas que salen ganando con todo
eso. Pero la crisis de la covid dio a Schwab la oportunidad de replantear las
primeras etapas del Gran Reinicio como un capitalismo consciente que se enfrentaba
al que probablemente era el primero de los numerosos retos de bioseguridad que
se avecinan en nuestro mundo.
Las simples
naciones-Estado no están lo bastante organizadas ni son lo bastante
cooperativas para gestionar una infección global como ha sido esta. Como dice
Schwab en el libro, «si ninguna potencia puede imponer el orden, nuestro mundo
sufrirá un “déficit de orden global”. A menos que las naciones individuales y
las organizaciones internacionales hallen soluciones para cooperar mejor a
escala global, corremos el riesgo de entrar en una “era de entropía” en la que
el repliegue, la fragmentación, la ira y el provincianismo definirán cada vez
más nuestro paisaje global, haciéndolo menos inteligible y más desordenado»[160]. En otras
palabras, los que están en lo más alto de lo más alto de la jerarquía deben
utilizar su dinero y sus tecnologías para restaurar el orden.
Es como si Klaus
Schwab y la gente de Davos hubieran aceptado por fin la Declaración de
Independencia del Ciberespacio de John Barlow, en la que este afirmaba que los
Estados-nación estaban obsoletos. Solo un nuevo orden, una especie de red
tecnocrática o una cadena de bloques programada de forma benévola, estaría a la
altura del reto de coordinar a la humanidad en las próximas crisis. Schwab y la
élite bancaria tradicional finalmente han hecho suya la Mentalidad y se
adjudican la tarea de liderar
Página 130
el reinicio integral del sistema y de paso subirse al carro de la mayor
oportunidad de inversión del siglo XXI.
A corto plazo,
durante la pandemia, esto implicaba financiar y centralizar la producción de
vacunas, hacer un seguimiento de la enfermedad y liderar los esfuerzos de
recuperación económica. Luego ese trabajo se convertiría en el modelo para
futuras intervenciones destinadas a abordar el cambio climático, la pobreza
global y el resto de los diecisiete objetivos de sostenibilidad formulados por
las Naciones Unidas. Sin ese liderazgo central por parte de una élite rica y
bien informada que tenga en cuenta los mejores intereses del planeta, estamos
condenados a sumirnos en el caos. Por suerte, el Foro Económico Mundial y sus
invitados a Davos creen estar a la altura del reto.
Schwab quiere que
les confiemos esta gran responsabilidad sobre todo lo relacionado con nuestro
bienestar. Tomando prestado su lenguaje de los libros de teóricos de la nueva
economía como Paul Mason, Kate Raworth e incluso yo mismo, Schwab reivindica el
concepto de «capitalismo participativo», que no solo tendrá en cuenta los
intereses de los accionistas de las empresas, sino los de todas las «partes
interesadas», incluidos los trabajadores y las poblaciones locales afectadas
por sus operaciones. Parte de lo que postula Schwab suena muy bien. Debemos
acoger a los más de mil millones de refugiados desplazados por el cambio
climático, escuchar a los expertos científicos y comer menos carne. Todo eso es
bueno. Algo más sospechosas resultan las formas de llegar a esa nueva
normalidad.
Para empezar,
debemos liberar al capital de toda clase de trabas regulatorias, como los
impuestos, la protección de las industrias locales y, lo que es peor, la
nacionalización. En lugar de obligar a las empresas a abordar los problemas
mundiales o gravar sus ganancias para hacerlo a escala nacional, se supone que
debemos fomentar su «inversión de impacto» voluntaria y apoyar su naciente
espíritu de «ciudadanía corporativa global». Así empoderados, los líderes más
ricos del planeta pueden tomar buenas decisiones desde arriba.
Esto somete nuestro
futuro bienestar a los caprichos de adinerados individuos que creen saber más
que nosotros. No produce buenos resultados. Las mosquiteras enviadas a Zambia y
Nigeria por la Fundación Bill y Melinda Gates para proteger a la población de
la malaria acabaron envenenando la pesca local[161]. En lugar de
utilizarlas para proteger sus camas de los insectos, los lugareños las llevaron
a las charcas y arroyos
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para utilizarlas como redes de pesca. El apretado tejido atrapaba a los
alevines, devastando así el ciclo reproductivo. Y el insecticida del que
estaban impregnadas las redes mataba todo lo demás, haciendo asimismo que el
agua dejara de ser potable.
En segundo término,
hemos de incentivar la ciudadanía corporativa global dejando que las empresas
obtengan beneficios del desarrollo de nuevas tecnologías. Resolveremos las
enfermedades y los cánceres causados por los problemas medioambientales
aprendiendo a imprimir órganos. Gestionaremos los recursos que escaseen debido
a la sobrexplotación etiquetando todo lo que tiene valor y cuantificándolo en
la cadena de bloques. Desplegaremos vastos conjuntos de sensores físicos y
algoritmos de vigilancia virtuales para monitorizar el comportamiento humano,
convirtiéndolo en una serie de datos para poder modelarlo, predecirlo e influir
en él. Todo se transforma para hacerlo compatible con el mercado. Así que, en
efecto, se trata de un mercado más «inclusivo», en el sentido de que el mercado
es capaz de incluirlo todo.
Ni siquiera los
progresistas se quejan de esta parte. El llamado Nuevo Pacto Verde (Green New
Deal) apuesta por la idea de que la gran transición energética que vendrá no
solo salvará el planeta, sino que dará trabajo a todo el mundo. Aplauden cuando
Estados Unidos o la Unión Europea adoptan nuevos objetivos, más ambiciosos, de
cara a una rápida transformación de las infraestructuras energéticas, ansiosos
por lograr la neutralidad en emisiones de carbono antes de que las temperaturas
globales se disparen más allá de niveles reparables. Consideran que su
principal reto es convencer a los trabajadores occidentales de que les conviene
reciclarse para la revolución verde. Esa es la creciente industria del mañana.
La exigencia de crecimiento del mercado no es un impedimento para la justicia
social, económica y medioambiental, sino la forma de financiar y recompensar a
quienes lo hacen posible. Energía y dinero para todos.
Basta preguntarle a
Elon Musk. Sus vehículos íntegramente eléctricos de cero emisiones (junto con
las subvenciones públicas y los créditos de carbono) lo han convertido en uno
de los hombres más ricos del mundo (a temporadas el más rico), han creado puestos
de trabajo para más de setenta mil empleados y han puesto de moda los coches
eléctricos. Pero ¿de verdad los Tesla hacen del mundo un lugar mejor? Son
divertidos de conducir y representan un gran reclamo publicitario para un
futuro
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poscarbono en el que puedes pasar de cero a cien en menos de tres
segundos. Pero en lo referente a su impacto medioambiental ocurre un poco como
con los paneles solares. Aunque no expulsan gases de carbono mientras los
conducimos, puede que la huella de carbono total que dejan a lo largo de su
vida útil no sea mucho menor que la de sus equivalentes de gasolina, al menos
hasta que transformemos la red eléctrica para que dependa menos del carbón y
más de otros procesos que impliquen un menor consumo de carbono y nos comprometamos
a producir energías renovables sin que acarreen la subyugación del Sur global,
además de contaminación tóxica y pérdida de biodiversidad[162].
Aun aceptando que
los vehículos eléctricos y los paneles solares son —o serán un día— más
eficientes energéticamente que las tecnologías de combustión de carbón y de
petróleo, la cuestión más importante es cuán rápido pretendemos llevar a cabo
esta transición. Para que las energías renovables proporcionen la mayor parte
de nuestra energía, tendríamos que multiplicar por veinte la eólica y la solar[163]. Pero no hay
suficientes tierras raras en el planeta para construir un sistema energético
así y reemplazarlo luego cada dos décadas. Sustituir la mayoría de nuestras
industrias del carbón y del petróleo por otras eléctricas agotaría toda nuestra
energía y recursos de golpe, incrementando enormemente las emisiones y la
degradación medioambiental a corto plazo[164]. También podría
acrecentar la desigualdad energética al desviar energía y recursos a la
reconstrucción del propio sector energético. Por otro lado, llevar a cabo una
transición lenta a medida que las fuentes se vayan agotando puede que no creara
este tipo de tensiones, pero tardaríamos muchas décadas en llegar a cero
emisiones netas. Ambos planteamientos tienen consecuencias catastróficas[165].
Resulta imposible
quebrantar las leyes básicas de la física. La única respuesta real, una
respuesta verdaderamente simple que ni los filantrocapitalistas ni los
ecotecnólogos quieren oír, es que tenemos que reducir nuestro consumo de
energía de forma radical. El decrecimiento es la única forma infalible de
reducir la huella de carbono de la humanidad[166]. También nos daría
el tiempo necesario para realizar la transición a tecnologías con un menor
consumo energético. En lugar de plantearnos si es mejor que compremos un coche
eléctrico, de gasolina o híbrido, quedémonos con el que tenemos. Mejor aún:
empecemos a
Página 133
compartir el coche, a ir andando al trabajo, a trabajar desde casa o a
trabajar menos. Como intentaba decirnos Jimmy Carter en sus denostadas «charlas
junto a la chimenea», bajemos el termostato y pongámonos un suéter. Se
beneficiarán nuestros senos nasales y saldrá ganando todo el mundo.
El decrecimiento
puede convivir con el capitalismo basado en el crecimiento, pero no puede
sustentarlo. Los defensores del Gran Reinicio y del Nuevo Pacto Verde creen
haber dado con una especie de teoría de la gran unificación para diseñar una
economía energética regenerativa que siga proporcionando un crecimiento
exponencial a sus inversores. Puede que los progresistas crean que esa es la
única forma de hacer que la idea del ecologismo resulte aceptable para aquellos
que deben financiarlo o permitirlo. Pero al hacerlo, dan cobertura a quienes
utilizan el cambio climático para justificar algunas formas auténticamente
atroces de especulación tecnosolucionista, y a veces algo peor.
Es difícil narrar
la historia reciente de la filantropía de las grandes empresas tecnológicas sin
caer en teorías conspiranoicas, pero ello se debe al hecho de que ciertos
personajes, así como sus vínculos con agentes de inteligencia, planes de
chantaje, conducta sexual inapropiada y ambiciones globales, constituyen un
elemento constante. Sean o no ciertas las peores acusaciones que pesan sobre
ellos, su frecuente asociación y sus alianzas multimillonarias reflejan una
visión compartida de cómo debería revolucionarse la filantropía del
siglo XXI[167]. Las fundaciones
Gates y Clinton, que iniciaron su andadura respectivamente en 2000 y 2001,
fueron elogiadas por la revista Wired como «la vanguardia de una nueva era en
la filantropía, en la que las decisiones —a las que a menudo se califica de
inversiones— se toman con la precisión estratégica que se exige a las empresas
y los Gobiernos, y luego son objeto de un minucioso seguimiento para calibrar
su éxito»[168].
A primera vista,
este nuevo modelo de filantropía de capital riesgo era un intento de convertir
la beneficencia en algo más parecido a un negocio. En lugar de derrochar dinero
en causas perdidas, los filántropos podían invertir en proyectos que pudieran escalarse
hasta el punto de generar rendimientos, que podían invertirse a su vez en otras
empresas. El bien engendrando más bien. Pero estas fundaciones y sus
iniciativas también proporcionaron un aura filantrópica que permitía a una
vasta red de donantes milmillonarios sustentar agendas de investigación y
relaciones
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personales éticamente cuestionables. De ese modo, donantes, científicos
y miembros de la realeza acaban dotándose de mejores excusas para alojarse en
alguna de las propiedades de Jeffrey Epstein; los servicios de inteligencia
israelíes y estadounidenses obtienen activos de vigilancia y tecnologías
clandestinas, y la élite de Davos consigue explorar «soluciones» para su propia
muerte (transhumanismo) o para la desigualdad global (eugenesia[169]).
Basta con leer un
poco sobre cualquiera de esas iniciativas para ver nombres como los de los
delincuentes Jeffrey Epstein, Ghislaine Maxwell y Michael Milken junto a los de
miembros de la realeza británica como los príncipes Carlos (el actual monarca)
y Andrés; fundadores de empresas tecnológicas como Bill Gates y Paul Allen;
políticos como Bill y Hillary Clinton, y asesores de megaproyectos científicos
como Boris Nikolić y Melanie Walker[170]. Cada uno de esos
nombres viene a ser como la punta de lanza de toda una cultura privilegiada de
aspirantes a reyes filósofos para quienes las nociones convencionales de
moralidad y equidad son meros obstáculos en su objetivo de perpetuar su propio
dominio. Representan un legado profundamente arraigado que se resiste a
cualquier forma de cambio radical.
Para esta
oligarquía global, la inversión ecológica y eso que —en términos
contradictorios— denominamos «filantropía de capital riesgo» no hacen sino
justificar nuevas formas de colonialismo territorial o incluso interpersonal[171]. Cualquier cosa de
la naturaleza puede mejorarse o hasta preservarse si primero la convertimos en
una forma de propiedad y luego explotamos su valor en función del mercado.
Según esta lógica, sin una apropiación real y una explotación consciente
acabamos en una «tragedia de los bienes comunales» en la que los campesinos u
otros seres humanos inferiores arrasan con algo valioso.
Bill Gates ha
empleado esta misma lógica para convertirse en el mayor propietario privado de
tierras agrícolas de Estados Unidos[172]. Desde una
perspectiva inversionista, eso le permite cumplir con los objetivos de
neutralidad en carbono de las carteras sostenibles, a la vez que le sirve de
contrapeso a sus numerosas inversiones tecnológicas. Pero también le brinda la
oportunidad de orquestar una mejora de la gestión de la tierra impuesta desde
arriba. Por más que los pequeños granjeros que recurren a prácticas de baja
tecnología o incluso de tradición autóctona ya saben
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perfectamente cómo mantener el suelo vegetal, rotar los cultivos y
gestionar las escorrentías, Gates está convencido de que puede mejorar todo eso
con el pensamiento analítico. Cree que puede utilizar la ciencia, la tecnología
y más capital riesgo para desarrollar semillas más productivas, biocombustibles
más baratos y prácticas agrícolas más avanzadas. Gates actúa como si comprando
recursos como la tierra y el agua, quienes tienen una inteligencia y una
capacidad de previsión superiores pudieran gestionarlos en nombre de todos
nosotros, utilizando una lógica y unas tecnologías que de todos modos los demás
no podríamos entender.
Una vez más, esto
en sí mismo no constituye tanto un proyecto mezquino o egoísta como el mero
producto de una determinada cosmovisión. La propia Mentalidad es aquí el factor
limitante. Bill Gates no tenía ningún interés financiero personal en las
vacunas contra la covid que su fundación benéfica contribuyó a desarrollar. Sin
embargo, aunque fomentó la cooperación entre las empresas que competían por
desarrollar la vacuna, también defendió firmemente sus derechos de propiedad
intelectual. Por ejemplo, convenció a los investigadores de Oxford para que
llegaran a un acuerdo exclusivo con AstraZeneca, argumentando que si se privaba
a las grandes farmacéuticas del incentivo del beneficio, corríamos el riesgo de
sufrir un «colapso civilizatorio»[173]. Como dijo
entonces el autor especializado en tecnología Cory Doctorow, «pese a su
adorable reputación de filántropo, Gates siempre ha suscrito la ideología de
que el mundo debería estar custodiado por reyes monopolistas y depender de la
generosidad de estos (guiada por su juicio sobrehumano) para progresar»[174].
El resultado fue
que los países más ricos se vacunaron, mientras que a los más pobres se les
negaron las exenciones de patentes que les habrían permitido producir
legalmente la vacuna por sí mismos. Gates argumentó, de manera condescendiente,
que tal planteamiento era discutible, puesto que de todos modos aquellos países
carecían de la sofisticación necesaria para fabricar su propia vacuna[175]. La ironía del
asunto es que las nuevas vacunas basadas en el ARNm son en realidad mucho más
fáciles y baratas de producir que las tradicionales[176]: se pueden
fabricar en instalaciones un 99 por ciento más reducidas, son un 99 por ciento
más económicas y se producen un 1000 por cien más deprisa que las anteriores;
sus tecnologías
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de producción resultan, pues, intrínsecamente democratizadoras, lo que
no deja de ser un problema para quienes pretenden crear riqueza mediante
monopolios que exigen una gran inversión de capital. Pese a las objeciones de
Gates, el presidente Biden suspendió temporalmente las patentes de las
farmacéuticas[177]. Esta no fue una
decisión meramente compasiva, sino que también obedecía a un interés: las
poblaciones no vacunadas generan más variantes del virus, que luego acaban
volviendo a contagiar a la población de los países más ricos.
Podrás monopolizar,
pero no puedes escapar.
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11
La Mentalidad ante
el espejo
Toda resistencia es
vana
E l mayor
peligro para quienes suscriben la Mentalidad sería que escucháramos de verdad
lo que nos están diciendo y reaccionáramos en consecuencia. En las fantasías
tecnoutópicas que presentan desde los escenarios de las charlas TED, los
estrados de Davos y los memorandos para inversores de Silicon Valley, a los
seres humanos se nos retrata como poco más que limaduras de hierro que oscilan
de aquí para allá entre los polos magnéticos establecidos por los ricos y
poderosos, sobre todo en su intento de evitar que influyamos en su estilo de
vida.
¿Cómo puede alguien
escuchar la visión del Gran Reinicio del fundador del Foro Económico Mundial,
Klaus Schwab, sin que se le pongan los pelos de punta[178]? Sus lustrosos
folletos y sus vídeos de alto presupuesto describen una solución total para que
los mayores bancos y corporaciones del mundo puedan emplear la automatización
para solucionar el desempleo, la vigilancia masiva para resolver la
inmigración, el seguimiento biométrico para garantizar la salud mundial, las
redes de sensores para mejorar la agricultura, las cadenas de bloques para
erradicar la esclavitud, la geoingeniería para remediar el cambio climático y
el capitalismo para reparar el perjuicio extractivo de…, bueno, el capitalismo.
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Tan fantasiosas proclamas para una transformación radical de la
civilización orquestada por milmillonarios tecnócratas no se entienden bien en
la calle y además socavan otros esfuerzos más legítimos para abordar las crisis
que nunca pueden implementarse con semejante perfección. Los recelos que
generan nos hacen confiar menos, por ejemplo, en la tecnología de las vacunas
de ARNm, financiada en parte por la Fundación Gates; no hacen nada para
incentivarnos a cumplir las obligaciones relativas al uso de las mascarillas,
sobre todo después de que en un primer momento se nos dijera que no hacía falta
llevarlas; ni tampoco refuerzan los argumentos en favor de la firma de un
acuerdo climático que otorga a una comisión internacional a cuyos miembros no
ha elegido nadie la autoridad para decidir qué tipo de combustible tenemos que
poner en nuestros coches o cómo debemos calentar nuestros hogares.
Además, aun cuando
funcionan como es debido, los conjuntos de soluciones impuestos por la élite
tecnocrática —fieles a la lógica del cientificismo— se niegan a tener en cuenta
el alma humana, por muy irracional que resulte. La gente quiere que su liderazgo
sea algo más que meramente utilitarista. Como explicaba el periodista
decimonónico Walter Bagehot, la Constitución inglesa requería dos partes: «una
para suscitar y preservar la reverencia de la población» y otra para «emplear
ese respeto en la labor de gobierno». Esta última constituía la función
pragmática del Parlamento, en tanto la primera correspondía al papel, más
sagrado, de la Corona. Mientras que el Gobierno electo valoraba la eficacia, la
Corona respetaba la dignidad. O al menos, según Bagehot, debería hacerlo.
Lamentablemente, junto con sus quejas sobre la incapacidad de la Corona de
cumplir con sus obligaciones divinas, la obra posterior de Bagehot se sumió en
un racismo seudocientífico al postular que los mestizos carecían de los
«sentimientos tradicionales fijos» de los que dependía la naturaleza humana[179].
Sin embargo, lo que
los planes meticulosamente elaborados por los progresistas para la formación
laboral, la restauración del clima, los impuestos y la igualdad económica
suelen pasar por alto es la necesidad — más esencial— de las personas de
sentirse reconocidas y escuchadas. La forma de gobierno estadounidense, por
ejemplo, hace especial hincapié en objetivos pragmáticos y en cosas tangibles
como la propiedad, que considera la más defendible de las libertades. La
Ilustración valoraba la lógica, la razón y la evidencia por encima de todo,
ofreciendo un cambio
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refrescante y liberador para distanciarse del control de la Iglesia.
Pero llevada al extremo e implementada por tecnócratas neoliberales, esta idea
empieza a parecer totalizadora y desempoderadora, corrosiva para la forma en
que la gente forja su identidad, conecta con sus propios objetivos y
experimenta su participación en el gran esquema de las cosas. Tanto la
asistencia pública tradicional como la renta básica universal actualizada de la
Mentalidad parecen buenas sobre el papel; pero son pobres sucedáneos de la
dignidad inherente a regentar la pequeña empresa propia o la granja familiar.
Las políticas neoliberales favorables a las corporaciones y el poder
monopolizador de las nuevas tecnologías han hecho casi imposibles tales
iniciativas.
El énfasis de los
Gobiernos en la formación laboral, las habilidades de alta tecnología y nuestra
compatibilidad general con un futuro digital ha llevado a las escuelas a
priorizar las disciplinas «duras», lo que se conoce como CTIM —acrónimo de
ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas —, por encima de otras
consideradas más «blandas» como la lengua, los estudios sociales o la
filosofía. La educación se ha distanciado de las humanidades, que son las que
lidian con las cuestiones fundamentales relacionadas con nuestra dignidad y
nuestro propósito en la vida, a la vez que forjan las facultades necesarias
para pensar críticamente sobre los medios y los mensajes. Es peligroso dejar
atrás estas habilidades.
En el ámbito
universitario, mis colegas de humanidades sienten ahora la necesidad de
enmarcar su trabajo y su investigación en el lenguaje de las ciencias sociales[180]. Utilizan
ordenadores para analizar la frecuencia de la palabra «tú» en las obras de
Shakespeare o para «fundamentar» premisas filosóficas como el aura o el sentido
en estudios estadísticos y análisis de datos. Y todo para que su trabajo
parezca más científico y resulte atractivo a los Gobiernos, las ONG y las
empresas patrocinadoras, todos ellos adheridos a los indicadores de éxito del
programa general, que reduce el valor de todo y de todos a su valor de
utilidad.
Si a eso le
añadimos el omnipresente temor a la cancelación, especialmente entre aquellas
personas que todavía pueden mostrarse reacias a afrontar su propia complicidad
en el privilegio blanco, el acoso sexual o la desigualdad de género, tenemos
una tormenta perfecta de resentimiento, exclusión y paranoia. Las infracciones
contra la justicia social son más fáciles de perseguir en un entorno de medios
digitales, donde cualesquiera declaraciones displicentes que uno pudiera haber
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hecho una o dos décadas atrás quedan grabadas de forma indeleble y
pueden recuperarse y examinarse más tarde. Pero la memoria perfecta de esas
plataformas también dificulta que la gente respalde el progreso, sobre todo si
las nuevas normas pueden reformular bajo una nueva luz comportamientos
previamente «aceptables». Lo que hoy se considera correcto, o se juzga un
lenguaje apropiado en relación con la raza, el género o la sexualidad, mañana
podría considerarse fácilmente inapropiado o incorrecto. Tal es la naturaleza
del progreso, pero resulta incompatible con un mundo en el que todo queda
registrado y todo registro es enjuiciable.
La ejecución de la
justicia social adquiere así las cualidades cientificistas de la evaluación que
hiciera Richard Dawkins de que los seres humanos carecen de cualquier tipo de
volición significativa. Las intenciones de uno no importan, puesto que son solo
una ilusión fabricada por estructuras de represión de mayor envergadura. No hay
ningún margen para la ambigüedad ni para las señales contradictorias inherentes
a la conexión humana. Todo el mundo es sospechoso y nadie tiene una excusa
válida. En un entorno así, las pretensiones de omnisciencia divina de la élite
solo generan miedo y paranoia, especialmente cuando ya estamos predispuestos al
recelo y el resentimiento por el modo como las redes sociales, la vigilancia,
la economía de bolos y las muchas otras manifestaciones de la Mentalidad en
nuestra cultura han influido en nuestras vidas y en las de nuestros seres
queridos.
La tan temida turba
enfurecida es real. La vemos actuar en los grupos conspiranoicos de la derecha
alternativa en internet, en los mítines de organizaciones religiosas
fundamentalistas como Promise Keepers, en las amenazas de violencia de los
antivacunas contra los consejos escolares locales y en la resistencia ante
cualquier iniciativa coordinada a nivel mundial para mitigar el cambio
climático. Solo que no se trata aquí, como creía el autor de Psicología
de las masas, Gustave Le Bon, de una condición preexistente de la sociedad
que deba domeñarse desde arriba, sino de una respuesta directa al jerárquico
intento tecnocrático de controlarlos —y controlarlo todo— ya de entrada. Como
la lógica, la tecnología, los mensajes y el control remoto subyacentes a la
Mentalidad son palpables en todas partes (la escuela, el trabajo, la sanidad,
la guerra, el medio ambiente…), no es de extrañar que haya tanta gente asustada
y enfadada. Pero, lejos de impulsar una alternativa a los prejuicios
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deshumanizados, misóginos, antisociales y catastrofistas de la
Mentalidad, la resistencia constituye un reflejo de la propia Mentalidad.
De hecho, las
semillas de los movimientos de resistencia más virulentos que hoy presenciamos
en países como Estados Unidos se engendraron mucho antes de la victoria de
Donald Trump propiciada por Twitter sobre la candidata del sistema, Hillary
Clinton, en determinados subgrupos de foros de internet y tablones de imágenes
como 4chan y Reddit. Sintiéndose culpabilizados de los males de la sociedad[181], desempleados sin
esperanza y sexualmente frustrados, pero armados con ordenadores portátiles y
la tendencia de la Mentalidad a los ataques remotos, los integrantes de esta
red dispar siempre han estado dispuestos a hacer ruido, pero no adquirieron
especial prominencia hasta que se produjo el que daría en llamarse el
Gamergate, una serie de ciberacosos extremadamente coordinados contra mujeres
diseñadoras de videojuegos y periodistas[182]. Aunque esos
jóvenes varones pueden haber resultado inescrutables para el sistema, los
líderes de la naciente derecha alternativa los vieron como la infantería de su
infoguerra digital contra la política de siempre. Steve Bannon, el ejecutivo de
los medios y estratega político que acabaría siendo asesor de Donald Trump,
acogió con los brazos abiertos a la nueva población de descontentos.
Sujetos ahora con
la correa de Bannon, aquellos jóvenes frustrados y rechazados, que ya eran
expertos en memes, troleos y gamberradas, se verían alentados a sentirse como
un nuevo clan de tecnofrikis revolucionarios llamado a enmendar los errores de
la izquierda castradora y políticamente correcta, así como de la mujer que la
lideraba. Para Bannon, la respuesta estaba en fomentar la rabia necesaria entre
los descontentos para que hicieran añicos el sistema y así poder empezar de
cero. Como el inversor de una empresa emergente que insiste en lo que tiene de
más radicalmente novedoso, Bannon comparaba su filosofía revolucionaria con la
de Lenin: «Él quería destruir el Estado, y ese es también mi objetivo. Quiero
que todo se desmorone y destruir por completo el sistema actual»[183]. Se trata aquí de
provocar una destrucción destructiva, forzando la agitación necesaria y
evitando cualquier posibilidad de cambio gradual.
Puede que Bannon
crea que los tecnócratas han situado la civilización occidental en una
trayectoria descendente y que solo una sacudida al
Página 142
sistema puede revertir su declive[184]. Pero lo irónico
del caso es que el sueño radicalmente antitecnocrático de Bannon se basa de
hecho en una ortodoxia tecnocrática marginal característica de Silicon Valley
conocida como aceleracionismo. Originado en una novela de ciencia ficción de la
década de 1960 (no podía ser de otro modo), el aceleracionismo sostiene que el
mejor camino para que la humanidad avance consiste en acelerar el desarrollo
informático, la automatización y el capitalismo global, con el objetivo de
fusionar en última instancia a los seres humanos con la tecnología digital[185]. Según el
historiador de la tecnología Fred Turner, «en Silicon Valley el aceleracionismo
forma parte de todo un movimiento que afirma que si conseguimos la tecnología
correcta, ya no necesitamos la política, podemos deshacernos de la “izquierda”
y la “derecha”»[186].
Para Bannon, el
verdadero propósito del aceleracionismo es colapsar el propio sistema: hacer
funcionar los procesadores y procesos del tecnocapitalismo tan deprisa y con
tanta fuerza que se estropeen o se rompan. Por eso no importa lo que se le diga
a la gente ni lo que crea, ya sean noticias reales o falsas, mientras ello
socave su fe en el Estado administrativo. Con ello Bannon adopta el mismo
discurso basado en un «evento» catastrófico que los preparacionistas
milmillonarios, salvo por el hecho de que en lugar de limitarse a prepararse
para el apocalipsis, él intenta provocarlo activamente.
En este aspecto,
Bannon tuvo un aliado en Peter Thiel. Como explicaba Max Chafkin, biógrafo de
Thiel, «hay una línea muy fina entre tratar de explotar los acontecimientos que
ya están ocurriendo y tratar de fomentarlos. Y creo que, en su trayectoria, Thiel
no solo se ha dedicado a invertir en el potencial colapso de los órdenes
existentes, sino también a intentar acelerarlo»[187]. Esto explicaría
por qué, además de invertir en propiedades neozelandesas desde las que él y una
«élite cognitiva» de «individuos soberanos» podrían establecer un nuevo orden
social tras una catástrofe apocalíptica[188], Thiel también
financió a grupos antiinmigrantes de extrema derecha a finales de la década de
2010, apoyó a candidatos políticos extremistas y promovió la actividad de la
derecha alternativa en internet, donde Bannon estaba intentando agitar las
cosas[189].
Bannon se aprovechó
del hecho de que Twitter y Facebook ejercían un atractivo similar al de los
videojuegos para alistar y activar a nuevos
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soldados en la gran guerra contra el Estado profundo. Las batallas
virtuales de memes se convirtieron en su estrategia de reclutamiento. Y ello
porque, como una secta que al principio se oculta bajo la apariencia de un
divertido juego antes de revelar su naturaleza más oscura y totalitaria, en un
primer momento la actividad de la derecha alternativa en las redes sociales
parecía alegre y desenfadada. Eso era algo intencionado. El tono caricaturesco
de los memes de internet posibilitaba que si alguien se pasaba de la raya con
una alusión nazi o una amenaza de muerte, siempre podía alegar que era solo un
chiste, una broma virtual. Son cosas de internet, es solo un videojuego; no se
hace daño a nadie.
Pero sí, se hizo
daño. Intencionadamente, además. Todo el mundo fue testigo de ello en el asalto
al Capitolio, la desintegración de la fe en el sistema electoral estadounidense
y la posterior incapacidad de los funcionarios electos y los servicios de noticias
del país para ponerse de acuerdo siquiera en una realidad básica.
También yo lo viví
de cerca cuando perdí a uno de mis mejores amigos —llamémoslo Sam— en la
campaña más fructífera de ese juego de guerra virtual que pasaría a conocerse
como QAnon. Todo empezó de forma bastante inocente. Más bien como un prolongado
juego de aventurados experimentos mentales del tipo «¿Y si…?», la clase de
conversación que Sam y yo solíamos tener en nuestro dormitorio universitario
después de unas cuantas cachimbas. ¿Y si la realidad es un videojuego al que
hemos olvidado que estamos jugando? ¿Y si Stanley Kubrick falsificó la llegada
a la Luna en un plató de cine? ¿Y si la estación HARP de verdad puede controlar
el tiempo?… Se trataba de un juego de ingenio que a veces incluso proporcionaba
algunas reflexiones perspicaces sobre la interacción entre los medios de
comunicación, la tecnología y la psique colectiva.
Las «gotas» de
QAnon —una serie de mensajes crípticos publicados en la red y supuestamente
procedentes de un informante de algún lugar del Estado profundo— provocaban ese
mismo tipo de indagación. Correspondía siempre a los lectores la tarea de
ensamblarlas para generar profecías, como si se tratara de un tremendo juego de
rol de tipo fantástico en el que se elabora un relato y luego se pone a prueba
mediante un «test A/B» en las redes sociales. Solo los elementos más
estimulantes y contagiosos de la historia sobreviven y se reproducen, y acaban
llegando a los grandes medios de comunicación convencionales porque los
políticos electos los repiten como loros.
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Yo era consciente del peligroso atractivo de ese laberinto, pero pensé
que mi amigo y yo estaríamos a salvo mientras mantuviéramos cierta distancia y
recordáramos que todo aquello era una metáfora: una forma de psicoanálisis
colectivo o de fanficción que utilizaba respectivamente mensajes de Twitter y
noticias de televisión en lugar de sueños o novelas de ficción científica como
su contenido original. Muchos de los mensajes eran memes que iban medio en
serio y medio en broma, lo cual ayudaba a camuflar todo el proyecto como una
forma de sátira sociopolítica. Parecían ir en la línea de las tácticas
gamberras practicadas en la década de 1960 por Abbie Hoffman y los yippies que
pretendieron hacer «levitar» el Pentágono utilizando energía psíquica. O las
descabelladas especulaciones de las sátiras anticonspiranoicas de Robert Anton
Wilson y los discordianos, cuya «Operación Mindfuck» pretendía desestabilizar
el discurso predominante en torno a la Guerra Fría y la cultura de consumo
estadounidense.
Como me ocurría a
mí, a los seguidores de Q los neoliberales tecnócratas les parecían un tanto
desalmados y veían una sólida posibilidad de que al menos algunas de las
acusaciones que se vertían contra ellos tuvieran fundamento. Yo suponía que
nadie creía en serio el mito central: que los demócratas y su Estado profundo
forman parte de una élite global que mantiene su poder mediante el abuso sexual
de menores y el asesinato ritual; o que extraen un fluido psicodélico llamado
adrenocromo de la sangre de los niños y luego lo consumen para aumentar su
poder. Pese a los tejemanejes de Jeffrey Epstein, creía que todos teníamos
claro que la mayor parte de esos rumores sobre los políticos no eran
literalmente ciertos. Antes bien, que el relato del abuso de menores de Q era
una gran metáfora de la vida en la tecnocracia global: de cómo unos
milmillonarios impíos nos infantilizan y nos joden a la vez. La cuestión era
que si la gente viera realmente cómo funciona el corrupto sistema global, se
horrorizaría. Ese sería lo que la gente de Q llama el «Gran Despertar».
Pero resulta que mi
amigo Sam, un escritor al que en otro tiempo yo acudía en busca de consejo
sobre los asuntos más importantes de mi vida, se tomaba todo eso al pie de la
letra. Me enviaba regularmente mensajes de texto a altas horas de la noche para
avisarme de que miles de pederastas y políticos estaban a punto de ser
detenidos en una redada masiva del
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Ejército y que debía mantenerme alejado de las calles. «Ya se acerca.
Definitivamente
será esta semana. Quédate en casa».
Solo puedo
conjeturar qué hacía que Sam fuera más vulnerable que yo. Creo que tenía algo
que ver con el hecho de que yo era un chico de ciudad y él se había criado en
el campo. Se identificaba más con las dificultades que atravesaban los
habitantes de las zonas rurales, a los que todo el mundo explotaba y trataba
con condescendencia, desde las grandes agroindustrias (que les quitaban sus
granjas) hasta las grandes farmacéuticas (que les hacían adictos a la
oxicodona), pasando por los grandes medios de comunicación (que los retrataban
como paletos racistas).
Yo no dejaba de
preguntarme cómo una persona tan inteligente podía haber acabado uniéndose a
aquella secta, creyendo aquel tipo de cosas y participando de sus payasadas.
Pero quizá me confundiera porque no estaba enfocando bien el asunto. Los
miembros de una secta no suelen mostrarse activamente airados, sino más bien
pacíficos y complacientes. Al fin y al cabo, han encontrado La Verdad. Sonríen,
no se quejan ni se lamentan de que sus quejas se hayan desvirtuado. No, aquí no
se trataba realmente de una secta, sino más bien de un caso clásico de adicción
a internet. ¿Acaso nos preguntamos alguna vez «cómo alguien tan inteligente ha
podido convertirse en un adicto»? No, porque lo que desencadena y mantiene la
adicción es una parte completamente distinta de la constitución física y
emocional del individuo. Si acaso, la adicción recurre a su inteligencia para
mantener el aprovisionamiento de droga y rechazar todos los intentos de
intervención.
Entonces, ¿a qué
eran adictos Sam y su cohorte? No a la mitología Q ni a la filosofía de la
derecha alternativa ni a ningún otro discurso en particular. Eran —y siguen
siendo— adictos a permanecer en línea, y leer y desplazarse hacia abajo por la
pantalla hasta obtener ese pequeño subidón de dopamina que viene cuando logras
unir todos los puntos: Fauci, China, Gates, 5G, Epstein, transhumanismo… ¡Ah!
¡Qué delicia! Momentáneamente todo cobra sentido. Y luego, si publican la idea,
recibe unas cuantas visitas, «me gusta» y comentarios de otros, y, ¡aah, aaah!,
¡oooh, oooh!…, otro subidón de dopamina. Y otro y otro. Además de una pizca de
dignidad por verse reconocido. Es como si Q fuera solo una expresión de
adicción a internet en fase terminal. La perfecta caja de
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Skinner y el perfecto mecanismo de transferencia freudiano, todo a la
vez y en versión digital. Un auténtico éxito para la industria de internet.
Tras la derrota
electoral de Trump, las cosas fueron a peor. Sam se sintió traicionado. Empezó
a quedarse despierto toda la noche leyendo tuits y siguiendo los enlaces de los
principales tuiteros de la derecha alternativa. Se convenció de que se habían utilizado
ordenadores para cambiar el voto, probablemente por parte de Angela Merkel
desde Múnich o del propio Barack Obama operando digitalmente a través de un
consulado en Italia. El asalto al Capitolio parecía que iba a ser el clímax.
Aunque los asaltantes no consiguieron ni matar al vicepresidente ni impedir que
se certificaran las elecciones aquella misma noche, murieron cinco personas a
consecuencia del tumulto. Sin embargo, el resultado no fue precisamente una de
esas ocasiones en las que la gente se da cuenta de que ha ido demasiado lejos.
Antes al contrario, en el momento de redactar estas líneas, y pese a las
declaraciones del FBI, el Departamento de Justicia y el Departamento de
Seguridad Nacional en sentido contrario, la mitad de los republicanos de
Estados Unidos siguen creyendo que los responsables del asalto al Capitolio
fueron activistas de izquierda.
Finalmente, cuando
Joe Biden empezó a contratar asesores de seguridad más partidarios de la línea
dura, Sam apareció en una de mis aplicaciones de mensajería regañándome por
haber defendido el sanguinario sistema establecido en mis tuits y mis
artículos. El inminente derramamiento de sangre que se avecinaba pesaría sobre
mi conciencia. Los hijos de los habitantes de los estados republicanos que tan
poco me importaban serían ahora mutilados en guerras innecesarias. Yo debía
«asumirlo».
Sentí como si
aquello que de forma consensuada consideramos la realidad se hubiera fracturado
y hubiera arrastrado a mi viejo amigo al abismo. Algo de lo que la polarización
de las redes sociales y la desinformación son responsables en buena medida;
pero también lo es la naturaleza totalizadora de la Mentalidad, en cuanto esta
determina el propio paisaje de nuestra cultura, economía y sociedad, el entorno
mediático en el que intentamos enmarcar nuestro razonamiento y nuestra
cognición básica. Se trata del mismo control de los humanos por parte de las
máquinas contra el que Bannon afirma estar luchando. O bien reflejamos la
Mentalidad, o bien nos rebelamos contra ella de tal manera que la reafirmamos.
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Los valores ludificados de la Mentalidad se han contagiado a personas
que creen que por fin se están tomando la píldora roja, escapando de la
simulación de Matrix y viendo el mundo real tal y como es. Odian a Bill Gates,
Jeff Bezos y Mark Zuckerberg por sus ambiciones globalizadoras, su eventual
«censura» de las teorías conspiranoicas y sus alianzas con los demócratas. Y,
sin embargo, abrazan la oportunidad de ser exactamente como esos
autoproclamados amos del universo, rehaciendo el mundo como si jugaran a un
juego de «simulación de dios» en el ordenador. Al aceptar su papel de usuarios
en las plataformas de redes sociales —unos «usuarios» que en realidad son
quienes proporcionan todo el contenido y el trabajo—, los miembros del club
construyen relatos a partir de diminutos indicios, «investigando» activamente,
y luego asumen la lógica del juego, al estilo de la «fanficción», como si fuera
el funcionamiento oculto del mundo real. A la manera de un improvisado
ejercicio del tipo «sí, y…», o de un experimento de código abierto, todos
añaden sus propios hechos al canon, por contradictorios que sean.
Sin embargo, el
Gran Despertar que esperan suscitar presenta cierta semejanza más que pasajera
con las fantasías de los milmillonarios de la tecnología a las que creen
oponerse. No hay nada gradual, ninguna teoría del cambio, ni adaptación, ni
solución de compromiso. Solo la anticipación entusiasta de un apocalipsis
depurador. La voluntad de derribarlo todo y empezar de nuevo. La auténtica
autonomía implica la independencia total de todas las obligaciones para con la
comunidad y de las condiciones en las que vivimos. Cualquier solución de
compromiso equivale a la castración. Solo debemos darnos por satisfechos con
una infinidad de opciones y una libertad absoluta. Tal es nuestro legado,
nuestro destino y nuestro derecho inalienable.
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Karma cibernético
El tiro por la
culata
C uando era
niño, mi padre y yo veíamos juntos al Coyote y el Correcaminos los sábados por
la mañana. Los Looney Tunes eran en su mayoría cortometrajes
de cine reformulados para la televisión —tal como ahora la televisión se ha
reformulado para internet—, así que, mientras yo veía aquellos dibujos animados
por primera vez, para mi padre la experiencia consistía más bien en redescubrir
en un nuevo entorno mediático cortos que ya había visto proyectados en cines.
Me imagino que por eso sabía siempre lo que iba a ocurrir.
«Tú observa —me
decía mientras el Coyote ideaba una nueva supertrampa de alta tecnología para
el Correcaminos—. Le va a salir el tiro por la culata».
Recuerdo haber
estado reflexionando sobre la frase, preguntándome qué era una culata, mientras
el Correcaminos corría hacia la trampa, se comía la golosina, hacía bip-bip,
y salía disparado sin sufrir el menor daño. Entonces el Coyote regresaba a
examinar su artilugio, pisaba la plataforma bajo la que se ocultaba la trampa y
de repente esta saltaba por los aires, caía sobre su cabeza y le aplastaba como
un acordeón.
Obviamente, no es
que mi padre recordara aquel episodio concreto de su infancia, sino que conocía
la trama. El Coyote cree que su intelecto
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superior, su acceso a la tecnología y su lugar en el orden evolutivo le
garantizan una victoria inevitable sobre el veloz pero estúpido pájaro. Cada
vez que uno de sus planes fracasa, construye una nueva trampa, más grande y
complicada, que luego nunca funciona como se esperaba. Lejos de ello, y para
más inri, le sale siempre el tiro por la culata de una forma aún más
espectacular y dolorosa de lo que el Coyote había previsto.
La propia
arrogancia del Coyote es invariablemente el instrumento de su perdición. Si
bien esta es una pauta bastante fácil de entender para un niño de seis años,
resulta ser una lección que quienes suscriben la Mentalidad parecen incapaces
de aprender. Por muy inteligentes y superiores a sus presas que puedan ser, por
muy avanzados tecnológicamente y muy bien financiados que puedan estar, y por
mucho que puedan aislarse de forma preventiva, se engañan a sí mismos si creen
que están a salvo. Ninguno de nosotros puede escapar para siempre a las
consecuencias de sus actos. Al final a todos acaba por salirnos el tiro por la
culata. Aunque la idea de retribución kármica o el concepto de error trágico
son muy antiguos, probablemente desempeñen un papel único en la era digital.
No es la tecnología
que utilizan, sino la voluntad de conquista —el esfuerzo en sí mismo— lo que
crea el problema básico. La tecnología, en su mayor parte, ha servido
simplemente como una forma de aprovechar la propia ventaja o acelerar la
conquista. Los carros eran como los antiguos vehículos blindados: facilitaron
la conquista de pueblos que ni siquiera habían desarrollado la metalurgia. Las
cadenas de montaje permitieron a los primeros monopolios privilegiados
contratar mano de obra barata por horas, privando de derechos a los artesanos
independientes y socavando sus gremios. La pólvora y los cañones, las máquinas
de vapor y los tanques de gasolina aceleraron la conquista de poblaciones y
lugares mientras los colonialistas, conquistadores y capitalistas se esforzaban
por rehacer el mundo a su imagen y semejanza. Sin todas esas tecnologías, puede
que nunca hubiéramos logrado ninguno de los tremendos avances que hemos hecho
en medicina, arquitectura, transporte, fabricación, agricultura y demás, de los
que nuestra civilización puede sentirse justamente orgullosa, pero a la vez
arrepentida asimismo por sus numerosas consecuencias no deseadas.
Hasta ahora, el
mero esfuerzo de luchar y seguir avanzando ha bastado para ayudar a muchos de
los conquistadores y capitalistas más agresivos
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del mundo a evitar los efectos negativos de sus propias actividades. Se
«mueven rápido» al «romper cosas» para que, al caer, los escombros que dejan
tras de sí no los alcancen. De manera similar, la auténtica carrera hacia el
espacio, la riqueza y lo que sea que los titanes de la tecnología creen
entender por «soberanía» no consiste tanto en correr para acercarse a una
visión tecnoutópica como en huir para alejarse de todo el daño y el
resentimiento que intentan dejar atrás.
Pero ocurre que los
actuales milmillonarios involuntariamente autodestructivos son un poco como el
Coyote en la última escena de los dibujos animados, en la que este ha
construido un supercomplejo robot hembra para atraer al Correcaminos hacia un
precipicio que ha sido hábilmente camuflado bajo la apariencia de un lugar
seguro. Pero el Correcaminos, misteriosamente, esquiva la trampa. Y el Coyote,
olvidando aparentemente el diseño de su propia creación, se precipita a través
del artificio hasta superar el borde del risco. Entonces se queda ahí,
suspendido en el aire, hasta que se da cuenta de lo que ha hecho. Solo en ese
momento inicia su caída hacia su destino en el fondo del abismo.
Nuestros
milmillonarios se encuentran justo en ese momento de suspensión, como si
hubieran conducido sus Teslas hasta los acantilados que bordean la autopista de
la costa de California. Mirando hacia abajo, pero sin caer aún, esperan que
algún nuevo tipo de esfuerzo, alguna tecnología de próxima generación, les
permita exprimir otro siglo de progreso y los salve de llevarse su inevitable
merecido. Ya no queda ningún otro lugar al que ir.
Se han quedado sin
alternativas porque la Mentalidad solo conduce en línea recta hacia el
crecimiento y el progreso. Puede que los inversores califiquen de «cíclicos» a
los mercados, pero en realidad esa es solo su forma de justificar las sacudidas
provocadas por las maniobras de reactivación y dumping de los
operadores aficionados. Para la verdadera clase inversora, la tendencia es
siempre lineal, ascendente y hacia delante. Sin embargo, su innovación y su
espíritu empresarial tienen tanto que ver con hacer auténticos progresos como
con superar las externalidades, eludir el sufrimiento y evitar las horcas de
las masas enfurecidas. Cada nuevo salto tecnológico —desde la agricultura, la
aritmética y la escritura hasta las máquinas de vapor, la televisión y los
satélites— les ha dado la capacidad de eludir las secuelas o de controlar
nuestras reacciones a ellas.
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Cualquier cosa para evitar cerrar el círculo, llevarse su merecido.
Nunca mires atrás. Crece exponencialmente. Sube de nivel.
Pero la tecnología
digital podría ser distinta.
Aunque la
Mentalidad nos haya llevado a la era digital, todavía no ha descubierto cómo
enfrentarse a la principal novedad que lo digital ha traído consigo: la
cibernética; los bucles circulares generados por los ordenadores, la
vigilancia, la realimentación y la interacción[190]. El término lo
inventó el matemático y filósofo de la tecnología Norbert Wiener cuando
diseñaba afustes para cañones y antenas de radar durante la Segunda Guerra
Mundial. La idea era que estos sistemas respondieran a los datos procedentes de
sensores para reajustarse por sí solos. En lugar de limitarse a seguir una
determinada orden inicial de hacia dónde apuntar, el cañón utilizaría la
realimentación de su entorno para localizar y seguir a su objetivo.
La cibernética
podría utilizarse para diseñar sistemas mecánicos o incluso concebir los ya
existentes de forma distinta, y para crear cosas que actuaran de forma más
parecida a como lo hacen los robots. Así, en lugar de medir la distancia que
hay entre todas las plantas de un bloque de pisos, el ascensor utiliza la
información que recibe de un sensor para determinar cuándo ha llegado al lugar
apropiado para abrir las puertas. De manera similar, el termostato de casa
«percibe» cuando se ha alcanzado una determinada temperatura y apaga la
calefacción. El sensor recibe realimentación del entorno, que luego «itera» en
su siguiente decisión; esta, a su vez, vuelve a modificar el entorno, y así
sucesivamente. El termostato integra la calefacción y la habitación en un
sencillo sistema circular autorregulado. Puede responder a los cambios
producidos en el entorno sin necesidad de recibir nuevas órdenes de un
controlador humano.
Esta concepción
basada en bucles de realimentación y sistemas circulares entusiasmó a mucha
gente. Gregory Bateson y Margaret Mead creían que la cibernética evitaría el
fascismo, porque, mientras que este depende de la fragmentación del
conocimiento y de una dirección excesivamente simplificada ejercida desde
arriba, la cibernética engendraría holismo y serviría como «una especie de
vacuna contra la fragmentación»[191]. Los expertos en
comunicación se dieron cuenta de que no se limitaban a enviar mensajes a las
masas: estas reaccionaban, dialogaban entre sí y modificaban su comportamiento
en función de un
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sinfín de factores. Los sociólogos empezaron a considerar la economía y
los mercados como sistemas iterativos. Incluso el clima, el medio ambiente y la
misma sociedad humana comenzaron a tener sentido cuando empezaron a entenderse
como sistemas vivos, con su propia capacidad de respuesta e iteración, regidos
tan solo por lo que pasaría a conocerse como «complejidad». Todas las personas
y las cosas percibían y respondían a todas las demás, al tiempo que también las
alimentaban. La lógica lineal de mando y control dio paso a los ciclos de la
teoría de sistemas.
Las máquinas de
computación surgieron de esa misma idea. En lugar de utilizar un sistema de
mando y control jerárquico descendente, los ordenadores realizan sus tareas
mediante algoritmos: ciclos que se repiten, como un bucle, hasta que obtienen
su respuesta. Bucles, bucles y bucles. La potencia de un procesador se mide en
términos de cuántos ciclos puede realizar en un segundo, al igual que la
calidad de una grabación digital se mide en términos de su «frecuencia de
muestreo». Los ordenadores dieron lugar a las matemáticas del caos y a los
fractales, ambos productos de este tipo de procesos iterativos y circulares en
los que los resultados se «realimentan» de nuevo al principio de la ecuación.
Como un micrófono que «escucha» su propio sonido emitido por el altavoz.
Realimentación.
Lo intrigante de
toda esta matemática del caos es que no tiene una naturaleza lineal. A
diferencia de la aritmética y la geometría euclidiana que la mayoría de
nosotros aprendimos en la escuela, estos conceptos no resultaban fáciles ni
excesivamente simples. Atrás quedaron las formas perfectas e idealizadas de la
antigua Grecia, reemplazadas ahora por topografías irregulares generadas por
ordenador que se asemejaban más a nubes, arrecifes de coral o lechos
forestales. De algún modo, de todos esos ciclos de súper alta tecnología
surgían las formas características de la naturaleza. La teoría de sistemas, la
realimentación y la iteración permitieron a los matemáticos abordar la
complejidad de la propia realidad en lugar de barrer todas esas cosas raras
bajo la alfombra de la aproximación. Dado que estos sistemas —los sistemas del
mundo real— se concebían ahora como no lineales, ello implicaba que el cambio
podía provenir de cualquier parte. De ahí surgió la idea —hoy convertida en un
lugar común— de que el aleteo de una mariposa en Brasil puede desencadenar una
cascada de acontecimientos que acabe provocando un huracán en Texas[192].
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Esas mismas nuevas reglas parecían aplicarse asimismo a la sociedad
humana. Con el advenimiento de las tecnologías digitales, las tradicionales
formas lineales de control y comunicación dieron paso a algo distinto. Cada uno
de nosotros era una «mariposa» en potencia, un «punto remoto con un alto efecto
palanca» desde el que se podían iniciar efectos masivos que afectaban a todo el
sistema. Un niño podía idear un programa que llegara a millones de personas. Un
ciudadano privado con una videocámara podía grabar a la policía golpeando a un
hombre negro y cambiar todo el debate en torno a la raza y la actuación de las
fuerzas del orden en Estados Unidos.
Sin embargo, antes
siquiera de que hubiéramos cesado de aplaudir el poder de los pequeños actores
en los gigantescos sistemas reticulares, unos cuantos tipos armados únicamente
con cúteres consiguieron estrellar tres aviones contra el Pentágono y el World
Trade Center. Con un presupuesto de apenas unos miles de dólares, volvieron una
red de transporte multibillonaria contra una red financiera igualmente
multibillonaria. Se había revelado el lado más oscuro de los puntos remotos con
alto efecto palanca. Las redes y la complejidad nos vuelven a todos vulnerables
a la realimentación. Resulta que toda nuestra conectividad y todos nuestros
sistemas abiertos hacen que estemos de hecho menos seguros.
La búsqueda de la
omnipotencia a través de la tecnología ha alcanzado su punto de rendimiento
decreciente. Es más: ese mismo esfuerzo se está convirtiendo en su propia
perdición. Internet —quizá el mayor logro de la tecnocracia— es también el
mayor mecanismo de realimentación de todos los tiempos. De hecho, sus artífices
fueron lo bastante inteligentes para intentar evitarlo. La visión original de
la red descrita por Ted Nelson era la de una retícula de enlaces
bidireccionales, en la que «cualquiera puede publicar comentarios conectados a
cualquier página»[193]. Habría sido un
gran sistema dinámico, en el que cada enlace a otro sitio sería también un
enlace desde allí; algo menos parecido a una plataforma de publicación que a un
sistema nervioso. Un sistema así resultaba demasiado complejo y, posiblemente,
también demasiado democrático para desarrollarlo o para que tuviera éxito en un
entorno mediático todavía basado en gran medida en la transmisión
unidireccional, de modo que fue archivado en favor de lo que hoy conocemos como
la web.
Pero la naturaleza
cíclica de la red acabó por imponerse de todas formas, desatando su efecto
cibernético sobre todo el mundo. Si se puede
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concebir la Mentalidad como una flecha unidireccional de intención
desbocada —progreso hacia el oeste, viaje del héroe, clímax masculino, el
éscaton—, la cibernética puede verse como el resurgimiento de los ritmos
cíclicos de la naturaleza. De hecho, sería esta la última en reír, en cuanto la
Mentalidad podría muy bien estar generando su propio opuesto. Y justo en el
momento oportuno.
Vivimos en medio de
un sinfín de bucles de realimentación, lo que hace difícil saber quién hace qué
y a quién. Somos los progenitores de nuestras tecnologías, pero también somos
sus usuarios y sus entrevistados. Como explicaba John Culkin —uno de los padres
de la teoría de los medios— en un artículo sobre Marshall McLuhan: «Nos
convertimos en aquello que contemplamos. Nosotros modelamos nuestras
herramientas y luego nuestras herramientas nos modelan a nosotros»[194]. Aunque es fácil
constatar esto en las tecnologías más sencillas, como el modo en que el
automóvil ha configurado las periferias residenciales, en las cibernéticas
resulta un poco más complejo. Cada ciclo constituye un nuevo bucle de
realimentación en el que tanto nosotros como nuestras máquinas nos
transformamos, iteramos y nos reajustamos. Nuestros algoritmos son blancos
móviles, que aprenden nuevos ataques cada vez que desarrollamos nuevos
mecanismos de defensa. Nadie dirige realmente hacia dónde va todo.
Esto se ha
convertido en una auténtica pesadilla para quienes todavía aspiran a controlar
el sentir de la ciudadanía. En cierta ocasión me llamaron de una empresa de
relaciones públicas para que los ayudara a dar una «respuesta rápida» a un
escándalo empresarial. Habían oído hablar de mi libro Present Shock (de
hecho, ya nadie lee libros, excepto usted, estimado lector) y creían que yo
podría ayudarlos a desarrollar y gestionar un tablero centralizado de
respuestas de emergencia a través del cual las empresas con problemas pudieran
controlar «el paisaje memético». Así, si alguien pilla a una empresa con pelos
de rata en sus galletas, un taller de trabajo esclavo en su cadena de
suministro o una conducta sexual inapropiada en su sala de juntas, los jefes podrían
encerrarse en la sala de crisis de la firma de relaciones públicas y poner en
marcha las contramedidas.
«¡Un momento!
—recuerdo que intervino el gerente de marca mientras el equipo le leía algunos
de los últimos tuits que llegaban sobre su producto—. ¿Son respuestas a nuestra
última publicación o acabamos de
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hacer esa publicación en respuesta a esos tuits?». Un ejecutivo júnior
(que de verdad sabía cómo funciona Twitter) empezó a revisar las marcas de
tiempo de varias publicaciones a la vez que explicaba que, si un tuit no es una
respuesta directa a otro tuit, resulta difícil saber quién vio qué antes de
hacer su propia publicación. El gerente de marca estaba cada vez más ansioso.
El responsable de relaciones públicas me presentó como «el doctor» en cuyas
teorías se basaba la plataforma y me pidió que les explicara qué estaba
ocurriendo.
«En este punto se
trata de un sistema dinámico y complejo —dije—. No importa quién hace qué a
quién. Ahora están todos juntos en esto». No me invitaron a volver. Retiraron
mi nombre del tablero de crisis y nunca vi un centavo. Pero pude hacerme una
vaga idea de lo que se avecinaba. Como el chirrido que produce un micrófono
cuando apunta a su propio altavoz, las personas y procesos que la invención de
la ciencia y la tecnología pretendía reprimir han vuelto en forma de
realimentación incontrolable.
Nuestro paisaje
cibernético está compuesto de bucles de realimentación. Todo vuelve, como el
karma. Y, aunque durante un tiempo parecía que la tecnología digital no iba a
hacer sino acelerar el implacable impulso hacia la riqueza infinita para unos
pocos, la realimentación finalmente ha irrumpido en el terreno de juego y no es
un mero ruido aleatorio.
Solo hay que ver lo
que les ha hecho a las finanzas. Los inversores se apresuraron a conectarse
como locos a la red, y, como ya hemos visto, usaron la tecnología digital para
«devenir meta» en los propios mercados de valores. Sin embargo, no se dieron cuenta
de que los entornos mediáticos tienden a determinar cómo funcionan las cosas en
su seno muchísimo más de lo que nos gusta creer. La mayoría de los gestores de
fondos de cobertura milmillonarios que he conocido ya ni siquiera toman
decisiones, más allá de a quién contratar para que les escriban sus algoritmos.
Justamente por eso
resultaron ser especialmente vulnerables cuando la gente corriente decidió
entrar a jugar en este mundo con ellos. Escribí mi tesis doctoral acerca de
cómo el mercado de valores se asemejaba cada vez más a un videojuego hace una
década, cuando todavía parecía que las plataformas digitales de negociación
bursátil se mantendrían un paso por delante de los operadores humanos[195]. Los denominados
«corredores de
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descuento» (que proporcionan un servicio más barato por su gestión, pero
no ofrecen asesoramiento) crearon plataformas en línea que simulaban la
apariencia y el comportamiento de las pantallas que utilizan los corredores
profesionales (que sí ofrecen un servicio completo, asesoramiento incluido), lo
que animaba a los clientes minoristas a realizar operaciones intradía y a
apostar sobre contratos de opciones que estaban muy por encima de su nivel de
capacitación. Diversos estudios revelaron que cuantas más transacciones
realizaban los clientes minoristas, más dinero perdían, y más ganaban las
plataformas en concepto de tarifas[196].
En el que parecía
un panorama desalentador, daba la impresión de que los actores tradicionales
seguirían manteniendo su dominio sobre la economía, aplastando empresas a su
antojo sin tener en cuenta a los empleados, los pequeños inversores o el resto
de la economía de base. El rescate de los partícipes más nefastos en la
recesión de 2008 pareció confirmar nuestra impotencia, pese a nuestro supuesto
empoderamiento digital. Pero todo ese intercambio de tecnología e información
con los consumidores de a pie acabaría por volverse en contra de las grandes
empresas que se alimentaban de nuestra ignorancia humana y de la latencia de
nuestras deficientes conexiones a internet. La comunidad de videojugadores
analizó toda la situación desde su propia perspectiva y encontró una forma de
participar en el juego. Como una especie de karma digital, aprovecharon el
poder de la realimentación cibernética para librar una guerra contra las
grandes finanzas.
Todo comenzó en un
foro de Reddit llamado Wall Street Lulz. Alguien se había dado cuenta de que
durante la pandemia de covid los fondos de cobertura se habían vuelto más
despiadados que nunca, vendiendo en corto acciones de empresas minoristas en
dificultades (es decir, apostando en su contra) para acelerar su declive y
ganar dinero con su quiebra. En el caso de algunas de aquellas firmas, como la
cadena de tiendas de videojuegos GameStop —muy apreciada por la comunidad en
cuestión, pero ahora en declive—, el valor de las posiciones cortas superaba el
de las propias acciones. Los gestores de los fondos de cobertura estaban tan
seguros de que la empresa quebraría —o de que podían hacerla quebrar— que ni
siquiera se preocuparon de cómo cubrirían sus apuestas si al final las acciones
no se hundían.
De modo que los
chicos de Reddit eligieron GameStop para lanzar su primera iniciativa de lo que
se daría en llamar «acciones meme»,
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utilizando nuevas plataformas de transacción extremadamente accesibles
como Robinhood para adquirir todas las que pudieron. Lo único que tenían que
hacer era comprar suficientes acciones y luego mantenerlas en su poder para que
los milmillonarios no pudieran cubrir sus apuestas. La cotización de las
acciones se disparó y las pérdidas resultantes para quienes habían apostado
contra la empresa fueron tremendas[197]. Para aquellos
activistas-bromistas, el coste valió la pena solo por eso. Luego hicieron lo
mismo con los cines AMC y otras empresas por las que sentían predilección y que
habían sido presa de ventas en corto.
Su mayor ventaja
era que no hacían aquello por dinero, sino por pura diversión, o lo que en su
jerga denominaban lulz (un término que podría traducirse más o
menos por «regodeo»). Eso hacía que sus actos resultaran indescifrables tanto
para los algoritmos como para los milmillonarios que había detrás. A la
comunidad de Reddit no le importaba tanto obtener beneficios como acabar con
los milmillonarios de los fondos de cobertura que estaban cargándose empresas
vulnerables para obtener un beneficio rápido, algunas de las cuales podrían
haber sobrevivido si Wall Street no hubiera utilizado la financiarización como
un arma contra ellas. Los financieros habían abstraído el mercado tantas veces
que habían acabado por reducir las acciones reales de las empresas no ya a
derivados de derivados, sino a memes. Y nadie controla los memes.
Sorprendentemente,
la respuesta de los creadores de mercado que gestionan plataformas de
transacciones ultrarrápidas, quienes habitualmente se benefician de su enorme
velocidad, fue intentar ralentizar las cosas. Como si actuaran por razones
altruistas, argumentaron que los chicos que apostaban a favor de GameStop no
entendían el funcionamiento del mercado y había que protegerlos de su propio
error de juicio. Pero la verdadera razón por la que necesitaban ralentizar los
mercados era que sus auténticos clientes —los fondos de cobertura
milmillonarios— estaban siendo vapuleados. Lo cierto era que estos no sabían
cómo operar. Se limitaban a cabalgar la caótica ola de sus algoritmos de
transacción ultrarrápida, dando vueltas y vueltas en un sistema que creían que
estaba fundamentalmente amañado en su propio beneficio. Funcionaban en piloto
automático, y eso fue lo que los hizo tan vulnerables a la realimentación que
finalmente terminó generando el sistema en la forma de un grupo de inteligentes
videojugadores de Reddit. Estos encontraron lo que los jáqueres llamarían una
«brecha» y los
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operadores se vieron atrapados en su propia trampa, al menos durante un
tiempo.
Así, tecnologías
que se desarrollaron en gran parte para controlar a los seres humanos han
resultado ser, en cambio, el desencadenante de todo tipo de energías caóticas.
Una plataforma como TikTok, por ejemplo, está en la vanguardia del diseño de
tecnología persuasiva, con elementos tales como selección de contenido
algorítmica, sincronización mimética y funciones de vigilancia, todo ello
desarrollado en China[198]. Sin embargo, un
grupo de fans del k-pop y otros activistas-bromistas
adolescentes usaron esta red social para organizar una maniobra en la que
solicitaron más de un millón de entradas para un mitin de Trump al que luego no
se presentaron. Como explicaba uno de los organizadores al New York
Times: «Todos conocen los algoritmos y cómo estos pueden potenciar los
vídeos para llegar a donde quieren… La mayoría de quienes los hicieron los
borraron después del primer día porque no querían que la campaña de Trump se
enterara. Estos chicos son inteligentes y han pensado en todo»[199].
También Google se
está viendo sacudido de formas que el diseño de su filosofía de empresa,
estructura y tecnología teóricamente debían evitar. Monitorizando la actividad
de sus empleados, por ejemplo, Google puede reconocer más fácilmente signos
tempranos de insatisfacción o posibles intentos de sindicalización; asimismo,
al repartir su plantilla por todo el mundo, la empresa dificulta la posibilidad
de que esta se organice. Pues bien: a pesar de todo esto —o, más probablemente,
gracias a todo esto—, una pequeña pero creciente minoría de ingenieros y otros
trabajadores de Google finalmente formaron un sindicato en 2021[200].
Para tratar de
enfrentarse al sindicato, el «director de operaciones de personal» de Google
(un vano eufemismo donde los haya para referirse a los recursos humanos)
formuló un predecible argumento sobre la capacidad de la tecnología para
resolver los problemas laborales al permitir que la empresa se relacione
«directamente con todos nuestros empleados», de manera muy similar a como
Amazon afirma relacionarse «directamente» uno a uno con sus clientes. Sin
embargo, los tecnólogos que trabajan en el corazón de las mayores empresas
tecnológicas del mundo conocen perfectamente la capacidad de desempoderamiento
que puede tener esa individualización. Son ellos quienes programan las
plataformas que hacen eso con nosotros, de modo que son más que
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conscientes de lo que entraña para sí mismos. Un ingeniero de Google y
miembro del consejo directivo del sindicato declaraba que habían sido los
propios actos de la empresa los que habían generado esa realimentación; y
explicaba así lo irónico del asunto: «A veces el jefe es el mejor sindicalista»[201].
La realimentación
no siempre adopta la forma de un grupo oprimido que aprovecha su conocimiento
de la tecnología para luchar contra quienes ostentan el poder. A veces es la
misma tecnología la que parece generar efectos que van en contra de su
propósito original o de los objetivos de las culturas que la engendraron. Como
si la máquina tuviera su propia alma.
La realidad
aumentada, por ejemplo —esa tecnología que permite a los jugadores «ver» a los
personajes de Pokemon cuando apuntan las cámaras de sus móviles hacia diversos
lugares—, está siendo promocionada por la industria tecnológica como el próximo
gran hito del marketing, además de constituir la base del Metaverso
de Mark Zuckerberg. Superponiendo datos y gráficos sobre calles, tiendas e
incluso mercancías, los vendedores pueden informar a los clientes, orientarlos
en la dirección correcta, llamar su atención sobre determinadas ofertas
especiales y crear «experiencias de marca» sobre los productos. Se trata de una
gran oportunidad de negocio, ya que las plataformas de realidad aumentada
pueden influir a la hora de decidir a qué lugares va la gente, qué hace y qué
compra.
El filtro de
realidad aumentada del salpicadero del coche puede indicarnos, por ejemplo, que
hay un McDonald’s en el próximo cruce sin habernos dicho nada sobre la
cafetería de un pequeño propietario independiente situada en el actual. En lo
que concierne a esta nueva piel virtual sobre el mundo, la ubicación de pago de
un negocio en el paisaje visual es la que determina si existe siquiera. Como
Google Maps, constituye la herramienta perfecta para que el proveedor de
servicios monopolista cree o destruya otros negocios, además de ejercer un
tremendo control sobre nuestra concepción de la realidad y nuestra
participación en ella.
Sin embargo, como
señalan los pensadores tecnológicos más optimistas, la realidad aumentada
también puede revelar información que esas mismas empresas podrían haber
querido ocultar. Con la realidad aumentada podemos acceder a todo tipo de
reseñas, comentarios y comparaciones de precios. Y lo que es más importante:
también puede archivar el historial del sitio en cuestión. Podemos sentarnos en
un teatro
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de Broadway y ver imágenes de todas las obras que se han representado
allí. Diversos historiadores activistas ya están geoetiquetando logotipos de
empresas para que cuando, por ejemplo, apuntemos a un cartel de BP, veamos una
imagen en 3D de la infame rotura del lecho marino causada por la empresa en el
golfo de México. La realidad aumentada también puede albergar y mostrar nombres
de tribus indígenas desplazadas a la fuerza por colonos, imágenes de lugares
sagrados sobre los que ahora se alza un edificio de oficinas, fotos de personas
linchadas en la plaza de un pueblo o vídeos de ciclistas atropellados en una
determinada calle de una ciudad. Lo digital nunca se olvida y la cibernética se
encarga de que todo acabe volviendo.
Pero, incluso si
logran superar todo eso, hay una fuerza a la que los titanes de la tecnología
temen casi universalmente más que a ninguna otra: la inteligencia artificial
(IA). Cuando, en enero de 2015, Elon Musk, Stephen Hawking y el director de
investigación de Google, Peter Norvig, se unieron a los fundadores de empresas
de IA como DeepMind y Vicarious para firmar una carta abierta en la que
advertían del aterrador potencial de la inteligencia artificial para acabar con
la raza humana, yo no sabía muy bien cómo reaccionar[202]. Aparte de
Hawking, aquellos hombres eran en su mayoría desarrolladores y
comercializadores del sector tecnológico y era notoria su tendencia a exagerar
las capacidades de sus propios productos. Enmarcar un debate sobre la
inteligencia artificial en el riesgo existencial que plantea a la humanidad
presupone necesariamente que esta funciona: que, como se menciona en la
declaración, puede, o un día podrá, conducir nuestros coches, poner fin a las
enfermedades, librar guerras y erradicar la pobreza. La única cuestión que
queda por resolver es cuánta autonomía decidirá concedernos una vez que
inevitablemente haya tomado el mando de todo.
No estoy tan seguro
de todo eso. Por el momento, la IA y el aprendizaje automático no son capaces
de tanto. Pueden ganar a los humanos en el Trivial (casi
siempre) y en el ajedrez (a veces), pero todavía están lejos de lo que se
denomina una «inteligencia artificial fuerte» o «inteligencia artificial
general» de nivel humano, es decir, de la capacidad de realizar cualquier tarea
que podamos hacer nosotros[203]. Probablemente,
aquí y ahora, el hecho de que la IA desarrolle o no habilidades humanas o
sobrehumanas en la próxima década, siglo o
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milenio —si llega a hacerlo— importe menos que su posible control de la
élite tecnológica y lo que esa obsesión nos dice sobre la Mentalidad.
Quienes sustentan
la Mentalidad parecen tener menos miedo a la inteligencia artificial en sí que
a las personas a las que esta tecnología va a reemplazar. Saben que los
vehículos autónomos de Uber, los sastres robóticos de Amazon y las futuras
generaciones de sistemas de IA que ejercerán como abogados, actuarios
hipotecarios o guionistas de televisión dejarán sin trabajo a mucha gente. El
empresario tecnológico milmillonario Mark Cuban afirma que la IA lo «aterra»,
pero solo por la cantidad de trabajadores que se verán desplazados por ella.
«Las cosas van cada vez más deprisa, el procesamiento es cada vez más rápido,
las máquinas están empezando a pensar», explicaba en la CNBC, añadiendo de
forma un tanto ambigua: «Y, o bien las haces pensar por ti, o bien ocuparán tu
lugar y entonces pensarán por ti». Parece sugerir, pues, que la máquina pensará
por ti en cualquier caso. Se trata más bien de una cuestión de quién trabaja
para quién. «Si tienes un empleo en el que has de pensar, debes empezar a
prestar atención, porque te garantizo que tu empresario está tratando de
encontrar formas de utilizar la tecnología y las redes neuronales para generar
buena parte del pensamiento que los empleados están generando actualmente»[204].
El empresario sigue
ahí. Son los empleados —los trabajadores desplazados que en un momento dado
pueden armarse de horcas e ir a por esos empresarios y tecnólogos— quienes
plantean el problema. Como decía Reid Hoffman, fundador de LinkedIn: «¿Se va a
volver el país contra los ricos? ¿Se va a volver contra la innovación
tecnológica? ¿Va a convertirse en un desorden civil?»[205]. Los artífices del
ideal tecnoutópico temen ahora que este inspire una revuelta de las mismas
masas para cuya contención y control se inventó justamente toda esa tecnología.
Otros temen a la
inteligencia artificial por lo que la gente podría decidir hacer con ella.
Cuando Google adquirió la fábrica de robots militares Boston Dynamics en 2013,
los empleados protestaron y la empresa acabó deshaciéndose del activo[206]. Unos años
después, cuatro mil empleados de Google firmaron una queja —y al menos una
docena dimitieron en señal de protesta— por la decisión de la empresa de
suministrar IA al Proyecto Maven, un programa del Pentágono destinado a ayudar
a los drones a distinguir entre objetivos, objetos y personas[207].
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Vladímir Putin dijo a un grupo de estudiantes en 2017 que «el que se
convierta en líder en este ámbito dominará el mundo… Cuando los drones de un
bando sean destruidos por los drones del otro, no tendrá más remedio que
rendirse»[208]. Como si esas
palabras hubieran desencadenado su reacción, en las semanas siguientes Elon
Musk inició un aluvión de tuits prediciendo que la inteligencia artificial será
la causa de la Tercera Guerra Mundial y que los Gobiernos no dudarán en
confiscar la IA de las empresas privadas «a punta de pistola» si lo consideran
necesario. El mal uso de la inteligencia artificial por parte de personas que
no deberían tener acceso a ella se convirtió en uno de los principales temas de
discusión de Musk. Como él mismo explicó en el discurso de apertura que dio en
el evento South by Southwest en 2018: «Creo que el peligro de la IA es de lejos
mucho mayor que el de las cabezas nucleares, y nadie sugeriría que
permitiéramos que cualquiera que quisiera construyera cabezas nucleares. Eso
sería demencial. Y recuerden mis palabras: la IA es mucho más peligrosa que las
armas nucleares. De lejos»[209].
Pero la forma en
que la gente pueda decidir utilizar la inteligencia artificial resulta menos
aterradora para los tecnólogos que lo que una inteligencia artificial pueda
decidir hacer por sí misma. Como explicaba Stephen Hawking para justificar su
firma en la carta abierta de 2015: «Mientras que el impacto a corto plazo de la
IA dependerá de quién la controle, su impacto a largo plazo dependerá de si es
posible controlarla siquiera». Hawking da voz al ejemplo más extremo de la
arrogancia de los portadores de la Mentalidad: creer que han creado algo que
podría devenir meta contra ellos. «Si una civilización extraterrestre superior
nos mandara un mensaje diciendo: “Llegaremos en unas décadas”, ¿responderíamos
simplemente: “Vale, llamadnos cuando lleguéis; dejaremos las luces encendidas”?
Probablemente no. Pues eso es más o menos lo que está ocurriendo con la IA»[210]. En el lenguaje de
la Mentalidad, los titanes de la tecnología se están convirtiendo en el cero y
esta nueva forma de inteligencia está trascendiendo al uno; un orden de
magnitud superior a ellos mismos. No es esa precisamente la parte de la
ecuación exponencial donde quieren estar esos tíos, dado que ese es justo el
sitio vulnerable en el que han estado intentando ponerlo todo y ponernos a
todos durante todos estos años.
Como resultado, su
miedo a una futura represalia resulta palpable, y tan vívido como una película
de Terminator. Tuve ocasión de asistir a una
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conferencia a la que solo se invitó a un reducido grupo de «amigos» de
un líder de la industria tecnológica y donde conocí al acaudalado fundador de
una aplicación de redes sociales que tenía tanto pavor de la inminente era de
la inteligencia artificial que se cuidaba de no publicar nunca nada negativo
sobre las máquinas pensantes. «Podemos hablar de ellas aquí — me dijo
prácticamente en un susurro aquel joven de veintiocho años—, pero nunca de
forma oficial y jamás de los jamases en línea».
El temor del joven
era que cuando las IA tomaran el control, pudieran examinar todas nuestras
publicaciones en redes sociales para averiguar quiénes de nosotros eran afines
a sus intereses y a quiénes había que eliminar; algo así como la Revolución
Cultural china o las audiencias de McCarthy, pero en este caso bajo la
dirección de robots.
Es cierto que tuvo
esa idea cuando estaba colocado con una especie de veneno de sapo en compañía
de un chamán. Pero, al volver al trabajo la semana siguiente y observar cómo su
propia empresa utilizaba la inteligencia artificial, llegó a la conclusión de
que su visión de una red de IA interconectadas en una nueva estructura de
gobierno planetaria era, utilizando sus propias palabras, «inevitable». Me
advirtió de que tuviera cuidado con los artículos que publicaba sobre el tema y
de la posible conveniencia de salpicarlos con alguna que otra insinuación de
que solo me preocupaba el modo en que la gente explotaría la IA, no la propia
IA en sí, aunque luego admitió que de hecho esa estrategia estaba condenada al
fracaso, dado que las IA serían capaces de discernir tales subterfugios
analizando nuestros patrones lingüísticos a lo largo del tiempo.
«Siendo así, ¿no
podrán saber que las detestas? —le pregunté—. ¿No podrán deducir tus auténticos
sentimientos hacia las IA por tu forma de no publicar nada sobre el tema?».
Hizo una pausa.
Luego me habló eligiendo cuidadosamente sus palabras, como si lo hiciera a
través de una primitiva máquina de traducción: «No es que yo deteste las IA,
solo las temo. Puede que eso no se interprete como una amenaza a sus intereses»[211].
Cuanto más rico es
el milmillonario, mayor es su miedo y más espectaculares las contramedidas que
adopta. Elon Musk dijo en 2014 ante un grupo de oyentes del MIT que al
experimentar con la inteligencia artificial, Larry Page y sus amigos de Google
estaban «invocando al demonio»[212]. En un artículo ya
famoso publicado en Vanity Fair en torno a una conversación
entre Elon Musk y el creador de DeepMind, Demis
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Hassabis, Musk explicaba que una de las razones por las que pretendía
colonizar Marte era «para que tengamos un refugio si la IA se rebela y se
vuelve contra la humanidad»[213]. Asimismo, Musk ha
estado desarrollando un mecanismo de red neuronal que se pueda grabar con láser
en nuestro cerebro, lo que potencialmente nos permitiría competir con una IA
superinteligente y rebelde que se vuelva contra nosotros[214]. Obviamente, la
mayoría de las tecnologías espaciales de Musk dependen por completo de la
inteligencia artificial, por lo que probablemente una misión a Marte no sería
tanto una forma de huir como de caer directamente en brazos de los robots.
Quizá el miedo a la
inteligencia artificial —esa percepción de algo que creen que es más grande que
ellos mismos— baste para que quienes sustentan la Mentalidad se muestren menos
desdeñosos con el resto de los humanos, y puede que eso los ayude a empezar a
ver que están en el mismo equipo que todos los demás. A la postre, no huyen de
nosotros; huyen de sus propias creaciones.
Su destino
dependerá en última instancia de si sus inteligencias artificiales adoptan o no
la mentalidad de sus creadores.
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Reconocimiento de
patrones
Todo vuelve
M ientras
escribo estas palabras, Jeff Bezos está haciendo su primer viaje al espacio en
su cohete de financiación privada, Blue Origin. Ha alcanzado la altitud de
gravedad cero una semana después de que lo hiciera su colega milmillonario
Richard Branson de una forma algo menos explosivamente priápica: su nave fue
izada a los cielos por unos aviones antes de partir hacia altitudes mayores.
Debajo de ellos, en
la superficie, poblaciones alemanas que llevaban en pie desde la época medieval
eran arrasadas por lluvias torrenciales sin precedentes; los incendios
forestales de California, ahora un fenómeno crónico, hacían irrespirable la
atmósfera de Nueva York; en la otrora congelada Siberia ardían más de un millón
y medio de hectáreas, y en el noroeste del Pacífico —antaño considerado un
potencial refugio climático
— perecían más de
ochocientas personas y mil millones de animales marinos en una ola de calor
hasta ahora inimaginable que llegó a alcanzar los cincuenta grados centígrados.
Y, mientras tanto, la pandemia seguía causando estragos.
Como si quisiera
tomar nota de las externalidades, Bezos aprovechó su rueda de prensa para
dirigirse directamente a los habitantes del mundo que había dejado atrás:
«Quiero dar las gracias a todos los empleados de
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Amazon y a todos los clientes de Amazon porque vosotros habéis pagado
todo esto —admitió—. Muchas gracias de todo corazón. Se valora mucho», añadió,
en el lenguaje extrañamente pasivo e impersonal de un representante de atención
al cliente. El lanzamiento venía a ser como la versión de Amazon del desfile
anual que organizan los grandes almacenes Macy’s para celebrar el Día de Acción
de Gracias, salvo por el hecho de que, en lugar de desfilar por Broadway con
gigantescos globos en forma de diversos personajes para disfrute de los niños,
en este caso la generosidad de la empresa consistía en permitirnos ser testigos
del logro sobrehumano de su fundador. Todo giraba en torno a Jeff.
Mientras cubría el
vuelo del Blue Origin desde el desierto, la normalmente equilibrada y
convenientemente escéptica presentadora de la MSNBC Stephanie Ruhle estaba
fuera de sí, entusiasmada como una adolescente que tuviera un encuentro con
Justin Bieber. Hay que admitir que cualquier persona normal, hasta una
periodista experimentada, podría sentirse sobrecogida al estar tan cerca del
hombre más rico del mundo (a temporadas) y presenciar un espectáculo de tal
magnitud. Los vuelos espaciales son espectaculares y este especialmente vino
acompañado de toda la fanfarria de la que pudieron echar mano las mejores
empresas de relaciones públicas del mundo. Pero considerar ese breve paseo un
hito para la humanidad, y más cuando la NASA envió gente a la Luna en un viaje
de ida y vuelta hace ya más de cincuenta años, parecía un tanto extraño.
Puede que las
misiones Apolo estuvieran impregnadas de los temores propios de la Guerra Fría
y de un cierto nacionalismo estadounidense, pero no por ello dejaban de
constituir una empresa de naturaleza pública y colectiva. La humanidad aunaba
voluntariamente sus recursos en un intento de extender un seudópodo
civilizatorio en una nueva dirección. Aquella primera visión de la Tierra desde
el espacio inmortalizada en una fotografía en 1968 contribuyó a impulsar el
movimiento ecologista. La imagen de la «canica azul» cambiaría la perspectiva
de nuestra civilización sobre nuestra propia interrelación con los frágiles
sistemas de la naturaleza y nuestra dependencia mutua con respecto a ellos. Una
perspectiva que ya entonces resultaba difícil de justificar.
En esta ocasión,
bueno, participamos del evento en calidad de clientes y trabajadores precarios
(todos cautivos de la covid) de un minorista monopolista con una de las tasas
de rotación de plantilla más elevadas del
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sector. Un esfuerzo que tuvo muy poco de público y colectivo. Por no
hablar de la afirmación de Bezos de que la misión era el primer paso para
trasladar al espacio toda la industria pesada de la tierra (como si de algún
modo eso pudiera resultar más eficiente y menos extractivo o contaminante). Fue
simplemente el triunfo personal de Bezos, su sueño de la infancia, su
demostración de poder. Por eso a Stephanie Ruhle le temblaron las rodillas. No
era que la humanidad hubiera llegado al espacio: había llegado un individuo
concreto. Bezos demostró que hoy vivimos en un mundo en el que una persona
puede ganar suficiente dinero para construirse un programa espacial y lograr la
estrategia de salida definitiva.
Tal es el encuentro
del aspirante a emperador con el cosmos. Un triunfo singular que lo distingue
del resto. Sin embargo, el espacio es algo mucho más grande que eso. Como
explicaba Walter Benjamin en «Hacia el planetario», su excepcional ensayo de
dos páginas sobre la invención de los telescopios, «La relación de los antiguos
con el cosmos había sido distinta: un trance extático»[215]. Benjamin, que
escribía estas palabras poco después de ser testigo de los horrores
tecnológicos aplicados de la Segunda Guerra Mundial, explicaba que «solo en
esta experiencia [colectiva] adquirimos un conocimiento cierto de lo que nos es
más cercano y de lo que nos es más remoto, y nunca de lo uno sin lo otro. Eso
significa, no obstante, que solo comunitariamente el hombre puede hallarse en
contacto extático con el cosmos. El peligroso error de los hombres modernos es
juzgar esta experiencia evitable y carente de importancia y relegarla al
individuo en la forma del rapto poético de las noches estrelladas».
En aquel momento,
Benjamin pensaba en el modo como los telescopios y los mapas estelares habían
convertido el espacio en algo que estaba «ahí fuera». Con la tecnología en la
mano —sostiene—, la tentación no es tanto encontrarse con la naturaleza como
dominarla; y hacerlo individualmente en lugar de relacionarse con ella de forma
colectiva. En otras palabras: puede que la experiencia más auténtica y profunda
del espacio —de nuestra relación con el cosmos— resulte más ricamente accesible
para un grupo de personas que bailan juntas en un campo que para un
milmillonario que flota en un vehículo teledirigido en la línea de Kármán que
marca el límite de la atmósfera terrestre. O, como me recordó en cierta ocasión
Dennis McNally, publicista de una gira de
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Grateful Dead, cuando perdí mi pase para el trascenio: «¡Relájate, tío!
El verdadero espectáculo está ahí fuera, entre la multitud».
Sea como fuere, la
Mentalidad favorece los logros extraordinarios de individuos ricos que usan la
tecnología para diferenciarse de la gente corriente, controlar el entorno
natural y superar los ciclos de la vida. La Mentalidad prefiere las líneas
rectas, el progreso lineal y la expansión infinita a los flujos y reflujos de
la marea del mundo real. Quienes la suscriben prefieren abrir nuevos caminos,
cambiar de estado o alcanzar una singularidad a sucumbir a la inevitable resaca
compensatoria de los sistemas naturales. De modo que ignoran, reprimen e
intentan superar esos ciclos hasta que finalmente reciben su catastrófico
merecido.
«¿Sabe?, los
apocalipsis nunca entrañan una extinción completa —me dijo el erudito aborigen
Tyson Yunkaporta cuando lo entrevisté para mi pódcast Team Human,
como si quisiera tranquilizarnos a mí y a mis preocupados oyentes con respecto
al destino de nuestra especie bajo el yugo de la Mentalidad—. Mi pueblo ha
pasado por montones de apocalipsis y es posible sobrevivir a ellos siempre que
te atengas a los patrones de la tierra y los patrones de la creación. Mientras
estés en contacto con el paisaje y te muevas con él».
Es fácil idealizar
la vida de los aborígenes, y de hecho el propio Tyson considera indígena un
«término estúpido», que resulta «inapropiado porque en realidad para nosotros
tan solo significa “humano”. Todo lo que calificamos de formas de ser indígenas
son formas de ser humanas, porque somos humanos, y tenemos un hábitat, y se
supone que somos miembros del hábitat».
Los humanos que
viven en mayor armonía con los patrones de la naturaleza no piensan tanto en
poseer una parcela concreta de tierra como en compartir un «hogar
auténticamente grande», me dijo Tyson. «Tienes media docena de “campamentos”
que son como diferentes habitaciones de tu casa. Y tú te mueves de un lado a
otro limpiando y estando en diferentes partes en las distintas estaciones».
Así, por ejemplo, si vives de forma acorde con los patrones de la naturaleza,
puedes migrar al río en abril, cuando es la mejor época para pescar. No es
casualidad que los propios siluros aporten nutrientes clave y propiedades
medicinales justo en esa época. Previamente, para que no te piquen los
mosquitos mientras pescas, has quemado la hierba de las llanuras cercanas. Y, al
mismo tiempo, el humo generado al quemar esas hierbas concretas ha activado el
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crecimiento de las semillas de ciertos árboles. Este tipo de actividades
humanas forman parte de las numerosas relaciones simbióticas que existen en el
seno del gran paisaje.
Quienes sustentan
la Mentalidad ven cualquier tipo de coordinación con esos patrones como una
forma de sumisión, y, en su lugar, intentan conquistarlos. Tyson hizo una
excursión con un grupo de estudiantes a una playa que el océano está
erosionando y que hay que reforzar con sacos de arena y muros de contención de
hormigón a fin de proteger los edificios de la zona. El ejercicio de la clase
consistía en diseñar una solución de ingeniería al problema. Uno de los
alumnos, que no parecía muy dispuesto a seguir las instrucciones, se quedó
sentado contemplando el agua. Cuando Tyson quiso saber por qué, él respondió
escuetamente: «Bueno, la cosa está jodida». El chico le explicó que los diques
que se habían construido para bloquear el flujo del agua y retener la arena en
la playa en realidad estaban bloqueando las corrientes que en caso contrario
podrían depositar más arena en la costa. Los edificios, por su parte, se habían
construido con hormigón, hecho con arena dragada en gran parte del fondo del
océano, lo que había dejado tremendos agujeros en el lecho marino. «Puedes
construir todos los diques que quieras —le dijo a Tyson—. Pero esos edificios
van a volver al mar de donde salieron»[216].
La Mentalidad es
incapaz de realizar tales observaciones. Depende de un enfoque occidental y
empírico de la ciencia que lo descompone todo en partes en lugar de hacer
hincapié en las conexiones e interacciones entre todas esas cosas. Puede que
incluso esto sea un producto de los sistemas lingüísticos occidentales, que
tienden a basarse más en los sustantivos que muchos de sus equivalentes de
otras zonas geográficas. Un mundo de cosas es más estático, más fácil de
entender en términos de propiedad y control, del yo y el otro. Nuestro lenguaje
ha permitido ciertas formas de industrialismo y capitalismo, entre otros
sistemas (como la esclavitud y la dominación) que se basan en la objetivación y
las categorías. Pero no nos funciona tan bien cuando intentamos entender
sistemas holísticos, patrones y relaciones. Obviamente, todo esto es un arma de
doble filo, que no solo impregna nuestras formas de opresión, sino también las
trampas lingüísticas en las que caemos cuando intentamos deshacerlas. Así,
muchos de nuestros esfuerzos en favor de la justicia social y la conciencia
interseccional acaban convirtiéndose en discusiones acerca de qué etiquetas
utilizar, en lugar de cuestionar de entrada su propio uso.
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Para lo que aquí nos interesa, objetivar las «cosas» —ya sea con fines
de identificación científica, propiedad económica o control social— las
descontextualiza de los sistemas de los que forman parte. Pensamos en una
naranja como una unidad alimentaria o un producto de la tienda de comestibles
más que como el fruto de un determinado árbol en una estación concreta. Por eso
actualmente esperamos poder comerla en cualquier lugar y momento que decidamos,
prescindiendo del esfuerzo que requiere por parte del suelo vegetal, la red de
transporte o nuestros propios cuerpos digerirla fuera de temporada o disociada
de su entorno. Pese a las numerosas evidencias que demuestran que ingerir
alimentos de producción local es mejor tanto para la salud personal como para el
medio ambiente, muchos de nosotros persistimos en seguir creyendo el ilusorio
argumento de la Mentalidad de que la oferta disponible de cualquier cosa es tan
abundante como el dinero que tengamos para gastar en ella y la codicia que nos
lleve a acapararla[217]. A las empresas
como Amazon y otras les encanta jugar a esa fantasía de independencia y
suministro infinito.
El búnker de los
milmillonarios no es tanto una estrategia viable para afrontar el apocalipsis
como una metáfora de ese enfoque inconexo de la vida. El estilo de vida que
sugiere se parece más a una fortaleza privada bien defendida que a un acogedor
oasis, porque hasta los propios milmillonarios son conscientes de que han
estado sustentando sus negocios y estilos de vida con tiempo y dinero
prestados. Saben que los edificios que han construido están a punto de ser
arrastrados de nuevo al océano.
Yo he sido testigo
de sus preparativos. He estado en la sala mientras hablaban de las crisis
venideras. He escuchado a directores ejecutivos, milmillonarios, tecnólogos,
delegados de la ONU, funcionarios del Pentágono, generales del Ejército,
políticos e incluso uno o dos presidentes intentar afrontar las repercusiones
últimas de la vida en el marco de la Mentalidad. Ya sea que aborden el cambio
climático, el desplome económico, el malestar social, la política energética o
la escasez de alimentos, estoy convencido de que no entienden realmente lo que
está ocurriendo ni saben qué se puede hacer al respecto. No tienen más idea que
el resto de nosotros. Puede que incluso menos. Y no estoy muy seguro de si eso
debería asustarnos o envalentonarnos.
Casi de manera
sistemática, siguen decididos a dar con algún nuevo paradigma justo a tiempo
para salvar todo lo que ya hemos logrado. No
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basta con limitarnos a reconstruir mejor; tenemos que pensar y construir
hacia delante. Como el Coyote, hemos de idear una nueva supersolución, otra
forma de aislar la playa del agua, nuestros pulmones de la contaminación, el
suelo vegetal de la erosión y nuestro modelo tecnocrático de sociedad de su
merecido castigo. Tenemos que inventar una nueva sustancia química,
microprocesador, cadena de bloques, genoma, nanobot o alguna combinación de
todas esas cosas que nos permita llegar al próximo nuevo mundo. Como me
aseguraba en cierta ocasión un antiguo secretario de Estado estadounidense:
«Siempre lo hemos hecho y siempre lo haremos. Siempre hay otro Colón».
Pero no, no lo hay.
Bezos no es un Colón. Ni siquiera el propio Colón era un Colón. Los grandes
navegantes de aquellos siglos que sí viajaron a «nuevos» continentes no estaban
en absoluto descubriendo lugares, sino tan solo revelando la circularidad de la
esfera en la que vivimos. Además, ya había gente habitando aquellas tierras. La
exploración no revela la infinitud de nuestra potencial expansión, sino sus
límites. Hace el mundo más pequeño, no más grande.
Esto en sí mismo no
constituye un problema, a menos que sigamos especialmente obsesionados con
seguir siempre adelante como caballos con anteojeras. El progreso no tiene por
qué producirse indefectiblemente en línea recta. Antes bien, nuestro
relativamente reciente descubrimiento de la cibernética debería darnos la
libertad de considerar el potencial, más regenerativo, de los bucles cerrados.
Contrariamente a como podría percibirlos un inversor de capital riesgo adicto
al crecimiento, en la práctica esos sistemas regenerativos resultan ilimitados
si en un momento dado no se los sobrecarga. La nieve se derrite y repone el
acuífero; las vacas comen hierba al tiempo que fertilizan la tierra.
Los procesos de
naturaleza lineal y extractiva, como la minería de recursos energéticos,
expolian el pasado para alimentar el futuro. Consumimos más de 11 000 millones
de litros de petróleo crudo al día, sin reponer nada (suponiendo que tal cosa
fuera posible[218]). Asimismo,
ponemos dinero en circulación con la expectativa de que la economía siga
creciendo, cada vez más deprisa. Cuando llegamos a lo que parecen callejones
sin salida —como los que afrontamos hoy—, tratamos de innovar para pasar al
otro lado o de trascender a algún nuevo nivel. A la larga, esto acaba
pasándonos factura. No hemos visto a ninguna sociedad evitar el fascismo cuando
llega a esta fase de desigualdad económica, ni a
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ninguna civilización evitar el colapso tras tensar hasta ese extremo su
entorno físico. ¿Podemos aprender de esta pauta y evitar correr la misma
suerte? ¿Podemos aprender a reconocer los principios regenerativos y aplicarlos
a la agricultura, la producción de energía y la economía, de manera que podamos
obtener resultados más saludables, mejor distribuidos y más prósperos de los
que en caso contrario nos aguardan?
Para los afectados
por la Mentalidad, tales prácticas circulares vienen a ser como magia. Los
inversores actuales no entienden la lógica del fundador de una empresa que
evita la financiación y, en su lugar, reinvierte los propios ingresos de la
empresa para obtener rentabilidad. Los inversores de capital riesgo tienen un
término para referirse a ello: bootstrapping, un término que podría
traducirse como «autoarranque», pero que literalmente hace
referencia a las correas (strap) que a veces llevan las botas (boot)
para ayudar a ponérselas, y que remite al ficticio barón de Münchhausen, que
fue capaz de alzarse a sí mismo en el aire y desafiar las leyes de la física
tirando de ellas. El caso es que estas prácticas empresariales básicas, como
esperar a tener ingresos para hacer crecer la empresa, desafían la lógica
exponencial del crecimiento basado en la extracción y la financiarización.
En cierta ocasión
en la que participé en una conferencia de banqueros y políticos alemanes, conté
la historia de cómo un sindicato de trabajadores del acero aplicó los
principios de la «economía acotada» a sus propios fondos de jubilación. En
lugar de invertirlos en el mercado de valores, empezaron a invertir en
proyectos de construcción que a su vez requerían la contratación de
trabajadores siderúrgicos sindicados. Así crearon puestos de trabajo para ellos
mismos con sus activos, que también generaron rendimientos. Esto funcionó tan
bien que dieron un paso más e invirtieron en proyectos de residencias de
mayores para los trabajadores siderúrgicos que se jubilaban y sus propios
padres, obteniendo así en la práctica tres formas de rendimiento de una misma inversión.
—¿Y eso es legal?
—preguntó incrédulo uno de los banqueros alemanes.
—Sí —respondí—. Así
es como funciona la economía acotada. No externalizas tus inversiones en el
mercado de valores. Inviertes en cosas que revierten en ti o en tu comunidad de
múltiples formas.
Entonces un
economista se levantó y se presentó como el doctor profesor no sé qué.
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—Señor Rushkoff —empezó diciendo—. Sus ideas son interesantes, pero
siento decirle que son pura fantasía. —Algunos de los presentes soltaron una
risita—. ¿Podría decirme qué lo respalda? —añadió.
En lugar de
hablarles de mi doctorado o de mi puesto como titular de una cátedra de
Economía Digital, me limité a echar una ojeada al telón de fondo que había tras
de mí en el escenario, y respondí: «Una cortina azul». Puede que me mostrara
innecesariamente sarcástico, pero me frustró su reacción a mis palabras. Lo
mismo le ocurre a cualquiera que defienda un mínimo sentido común económico
ante aquellos que están tan impregnados de la Mentalidad que han perdido la
capacidad de pensar al margen de su lógica unidireccional.
Los principios para
construir una economía más circular que no dependa del crecimiento son bastante
simples: mantener los recursos y la renta recirculando a través de la comunidad
y hacerlos accesibles para la clase trabajadora; aprovechar el poder de la
ayuda mutua para potenciar uno a uno a los miembros de la comunidad, cada uno
según sus necesidades; mantener la independencia respecto de los grandes
empresarios y de los inversores sin intereses directos gestionando la propiedad
de las empresas en forma de cooperativas con otros trabajadores.
Estas ideas
resultan amenazadoras para los inversores tradicionales porque no dependen en
absoluto de su inversión. Los expertos en negocios convencionales siempre
tienen una razón para explicar por qué las cooperativas, la ayuda mutua o el
crédito local nunca funcionan. Siempre habrá aprovechados que explotarán a los
trabajadores, argumentan. «Todo eso está muy bien para las comunidades cultas y
progresistas como Portland o Madison —me dijo una mujer en un encuentro
celebrado en el Instituto Aspen—, pero ¿de verdad cree que la gente de los
barrios deprimidos posee la sofisticación necesaria para montar cooperativas?».
Resulta que «la
gente de los barrios deprimidos» (léase «los negros») por la que se preocupaba
lleva ya muchísimo tiempo en esto de la economía cooperativa. Históricamente,
en Estados Unidos, cuanto más se ha marginado a los negros y se los ha
segregado del resto de la sociedad, más se han visto obligados a inventar el
tipo de estrategias de economía circular y reinversión local que sus
conciudadanos están descubriendo ahora. Así, por ejemplo, hicieron fondos
comunes para pagarse la manumisión unos a otros; desarrollaron sociedades de
ayuda mutua para
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pagar los funerales y las crisis médicas de sus congéneres; y, viéndose
excluidos del sistema bancario convencional, montaron negocios desde cero en
forma de empresas cooperativas[219]. En la medida en
que se veían forzadas a ser autosuficientes, las cooperativas y comunidades de
ayuda mutua negras obtenían mejores resultados que sus homólogas blancas, un
hecho que suscitó resentimiento y originó los tumultos que se produjeron contra
algunas fructíferas comunidades negras como Greenwood, en Oklahoma. Algunas de
aquellas cooperativas siguen prosperando hoy día, tratando de pasar en gran
parte desapercibidas para evitar que las «regulaciones» acaben con ellas.
Estos sistemas de
naturaleza más circular no tienen sentido para quienes suscriben la Mentalidad
en cuanto carecen de un desenlace final. En lugar de llegar al clímax en una
oferta pública de acciones, las cosas crecen hasta donde tienen que hacerlo y
luego se quedan ahí, satisfaciendo las necesidades de la gente al tiempo que
favorecen una prosperidad sostenible. No hay estrategia de salida, pero tampoco
obligación de crecer. No hay donde externalizar el daño, pero eso mismo se
convierte en un potente incentivo para involucrarse en prácticas que beneficien
a la comunidad en lugar de envenenarla o empobrecerla. Ello, a su vez, inspira
niveles de innovación y eficiencia que rara vez se logran cuando las empresas
están financiadas por accionistas distantes.
McLuhan predijo
que, para orientarnos correctamente en la era digital, tendríamos que
perfeccionar el reconocimiento de patrones, esto es, la capacidad de desviar la
atención de los detalles concretos de cualquier situación para poder percibir
sus patrones generales. Los bucles de realimentación digital nos ayudan a ver
que los medios de comunicación, la tecnología, la cultura y la economía, así
como el mundo natural, son cuando menos de naturaleza tan cíclica como lineal.
No es cuestión de desterrar por completo la linealidad y el progreso, sino de
integrarlos en los grandes ciclos que definen nuestra existencia. Que no es ni
una línea ni un círculo, sino una espiral, donde la historia nunca llega a
repetirse, pero casi siempre rima a medida que avanza en el tiempo.
Esta concepción más
amplia de los patrones que subyacen a nuestro pasado comporta un mayor sentido
de responsabilidad de cara al futuro. Aquellos de nosotros que son capaces de
reconocer que ya hemos estado aquí antes son quienes deben llamar nuestra atención
acerca de hacia dónde nos dirigimos. Hoy, eso implica actuar como una
contracultura
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frente a quienes sustentan la Mentalidad, introduciendo la circularidad
allí donde ellos solo ven flechas y un pensamiento más reflexivo y a largo
plazo donde ellos solo se esfuerzan por alcanzar la velocidad de escape.
No voy a ofrecer
aquí un plan para salvar al mundo, pero sí puedo señalar algunas de las cosas
que tenemos que hacer para mitigar los efectos de las maquinaciones de esos
tíos y desarrollar algunos planteamientos alternativos. No, no hay que
pasearlos con el sambenito: sería demasiado difícil diferenciar quiénes militan
en cada bando. Al fin y al cabo, todos hemos sido partícipes de la Mentalidad,
aunque solo sea para creer en la inevitabilidad de nuestra propia
victimización. De ahí que el primer paso para liberarse de la Mentalidad sea
darnos cuenta de que nada es inevitable. Aún no estamos flotando sobre el
precipicio. Todavía tenemos opciones.
Lo más sencillo es
dejar de apoyar a sus empresas y el modo de vida que estas promueven. Podemos
hacer menos, consumir menos y viajar menos, y, de paso, convertirnos en
personas más felices y menos estresadas. Comprar productos locales, participar
en redes de ayuda mutua y apoyar a empresas cooperativas. Utilizar las leyes
antimonopolio para acabar con los mastodontes anticompetitivos, la regulación
medioambiental para limitar el despilfarro y la actividad sindical para
promover los derechos de los trabajadores precarios. Invertir las políticas
fiscales para que quienes reciben plusvalías pasivas por su riqueza paguen
tipos más altos que quienes trabajan activamente para obtener sus ingresos.
Estas medidas
ralentizarán o incluso revertirán las tasas de crecimiento de las grandes
empresas, a la vez que supondrán un reto para la economía financiarizada tal
como funciona actualmente. Puede que eso vaya en contra de nuestro instinto de
mantener permanentemente el crecimiento del PIB y de nuestra arraigada
preocupación por la salud de la economía. Pero ¿desde cuándo los humanos
estamos aquí para servir a la economía? Esa creencia es un producto de la
Mentalidad, facilitado por las finanzas y reforzado por la tecnología.
Un gestor de fondos
de cobertura con el que compartí estas ideas me dijo que, al menos en el caso
de Estados Unidos, no hay otra opción que seguir creciendo: de lo contrario,
China lo superará o empezará a reclamar el billón de dólares de deuda estadounidense
que posee. Es posible. Pero en este momento, y a pesar del régimen autoritario
que gobierna su país,
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los propios chinos están renunciando a la competitividad de la vida
moderna. En respuesta a las duras condiciones de trabajo y a la desigualdad
estructural, muchos jóvenes chinos se dedican al tang ping, a
«tumbarse» en lugares públicos como una forma de ocio y a la vez de protesta.
En lugar de esforzarse por conseguir un mayor salario y un mejor estatus social
(según los estándares de las redes sociales del país), los jóvenes se limitan a
tumbarse y hacer el mínimo esfuerzo para ser productivos. Como explica Xiang
Biao, profesor de Antropología Social en Oxford: «Los jóvenes sienten una
especie de presión que no pueden explicar y perciben que se han quebrantado las
promesas. La gente es consciente de que la mejora material ya no es el objetivo
primordial que da sentido a la vida»[220].
Curiosamente,
aunque todo el mundo hiciera mucho menos de lo que hace ahora, seguiríamos
teniendo alimentos y energía más que suficientes para todos. De hecho,
tendríamos más. En su valorado artículo «Más allá del crecimiento», Gaya
Herrington, analista de sostenibilidad del gigante contable KPMG, explicaba que
«En medio de la desaceleración global y de los riesgos de disminución del
potencial de crecimiento futuro derivados del cambio climático, el malestar
social y la inestabilidad geopolítica, por nombrar solo algunos factores, los
líderes responsables afrontan la posibilidad de que en el futuro el crecimiento
sea limitado. Y solo un necio sigue persiguiendo una imposibilidad»[221]. Herrington
demuestra que, aunque no es posible aspirar a un crecimiento continuo sin un
colapso climático de consecuencias catastróficas, «la escasez de recursos no ha
sido el reto que la gente creía en la década de 1970, ni el crecimiento
demográfico ha justificado la alarma que suscitó en la de 1990»[222]. Hay suficiente
comida, agua y energía para todos. Solo que no las hay para satisfacer los
modelos económicos que dependen de un crecimiento exponencial infinito.
Intentar producir tanto pondría fin a la civilización tal como la conocemos.
En otras palabras:
aquí abajo, en la tierra, todo podría ir de maravilla si no lleváramos la carga
de satisfacer las necesidades del mapa abstracto que nosotros mismos creamos
para representar nuestro mundo en beneficio de los obscenamente ricos. No nos enfrentamos
a los límites de nuestra realidad física, sino a los de nuestros balances
digitales. Solo estamos en crisis porque el mapa ha sustituido al territorio;
la realidad virtual importa más que la real. En lugar de velar por nuestra
seguridad, nuestros sistemas
Página 177
financieros y tecnológicos constituyen ahora las mayores amenazas para
nuestro bienestar colectivo.
No estamos a salvo
tras nuestras gafas de realidad virtual. Puede que los personajes virtuales con
los que simulamos tener intimidad estén libres de enfermedades, neurosis,
necesidades e incluso poros en la piel. Pero hay otras personas en el mundo a
las que descuidamos por nuestra cuenta y riesgo. No porque vayan a derribar
nuestra puerta, sino porque el propio esfuerzo por escapar de ellas constituye
la causa principal de las amenazas que hoy afrontamos. Sí, las personas y la
naturaleza pueden ser temibles e imprevisibles. Pero intentar controlarlas en
nuestro propio beneficio no funciona; o al menos no sin el correspondiente
compromiso con la ética, la compasión y la responsabilidad por su bienestar. El
reto de la realidad real es que aquí hay más gente. Y nuestro propio bienestar
depende del suyo. Tal vez esta sea la verdad aterradora que ha estado
sustentando la Mentalidad todo el tiempo. De ahí que quienes la suscriben
quieran ganar y luego alejarse del resto de nosotros tan rápida y completamente
como sea posible. De ahí que insistan en que vivamos en un vacío espiritual.
Podemos seguir
siendo individuos; solo tenemos que definir nuestra percepción del yo de forma
un poco distinta de como lo hacen los algoritmos. No somos individuos que haya
que contabilizar, vigilar, analizar y manipular bajo el pretexto de la
conveniencia y la conectividad. Somos, en cambio, organismos sintientes
individuales, que avanzan hacia relaciones más profundas con otras personas y
con la naturaleza. Es el viaje inverso.
En el delicioso
monólogo final de su musical de Broadway American Utopia,
posteriormente llevado al cine, el músico David Byrne reflexionaba
acerca de lo que los recientes descubrimientos sobre el cerebro nos dicen de
este viaje hacia la auténtica conectividad. Mientras que los millones de
conexiones que el cerebro no utiliza se «podan» a medida que nos convertimos en
adultos, es posible que luego se restablezcan, «solo que ahora, en lugar de
estar en nuestra cabeza, se forman entre nosotros y otras personas. Lo que
somos, afortunadamente, no está solo aquí, sino que se extiende más allá de
nosotros mismos a través de conexiones entre todos nosotros»[223]. El artista nos
obliga a echar el freno el tiempo suficiente para considerar quiénes somos y
qué podemos estar haciendo aquí.
Página 178
Y se trata de algo más que de buenos deseos. Como sugieren ahora las
recientes investigaciones sobre la «teoría polivagal», existe una sólida base
neurofisiológica subyacente a nuestra capacidad de comunicarnos, vincularnos al
prójimo e interactuar con él. En pocas palabras: nuestros sistemas nerviosos no
funcionan de forma independiente, sino en concierto con los demás sistemas
nerviosos que nos rodean. Es como si compartiéramos un sistema nervioso
colectivo. Nuestra salud física y mental depende de que alimentemos esas
conexiones. Prescindir de los demás resulta tan fútil como estúpido. Es como si
hubiéramos cerrado el círculo, y las sensibilidades que pretendía trascender el
mundo occidental, con su ciencia empírica y su progreso individual, han regresado
con toda su fuerza.
En la medida en que
nos planteemos algún objetivo, no deberíamos esforzarnos en pro de los logros
individuales, las victorias discretas o las rentables estrategias de salida de
la Mentalidad, sino que deberíamos aspirar más bien a progresar de una forma más
gradual hacia la coherencia colectiva. No hay otra «solución» a nuestros
infortunios que adoptar un comportamiento más delicado, abierto y responsable
con los demás[224]. No podemos
«arreglar» el mundo, no hay «Gran Despertar», ni estrategia de «salida». Solo
existe el proceso. Nuestra teoría del cambio, el relato que hacemos del cambio,
es al menos tan importante como lo que pretendemos. Eso lo hace más difícil de
vender que la solución final de alguna empresa emergente, pero también es la
razón por la que comprometerse más plenamente con el presente resulta ser
nuestro mejor antídoto contra la obsesión de la Mentalidad por vencer y
escapar. Nuestro rumbo, nuestro enfoque y nuestros medios son más relevantes
que cualquier presunto fin.
Así que, estimado
lector, lo invito a unirse a mí para escuchar con más atención las promesas de
los titanes de la tecnología y los inversores milmillonarios, así como de los
líderes mundiales a los que tienen subyugados. Todos y cada uno de sus grandiosos
planes, soluciones tecnológicas y grandes reinicios entrañan siempre un «y» o
un «pero»: alguna forma de afán de lucro, alguna cesión o crueldad temporal,
alguna externalidad que se resolverá posteriormente, o alguna válvula de
seguridad personal de uso exclusivo para el fundador, junto con su promesa de
volver a por nosotros en su próximo viaje.
Esa es la gran mentira que quienes sustentan la Mentalidad nos cuentan a
nosotros y se cuentan a sí mismos. No hay escapatoria y no hay un después. Si
no lo hacemos en este momento, es que ya no lo hacemos.
Agradecimientos
H ay muchas
personas a las que aquí debería dar las gracias. Me abstendré de intentar
enumerarlas a todas, no solo por las muchas que inevitablemente omitiría, sino
porque no estoy seguro de cuántas de ellas quieren que las mencione como mis
cómplices.
Pero no puedo menos
que dejar que Aaron Gell, mi genial editor en Medium allá por 2018, comparta
parte de la culpa de este libro. Fue Aaron quien supo ver que un breve inciso
sobre una charla que yo había dado para unos milmillonarios apocalípticos debía
convertirse, en cambio, en la cabecera del artículo que estaba escribiendo.
Gracias también a Siobhan O’Connor, Damon Beres y Evan Williams por dar tanto
apoyo intelectual, financiero y algorítmico a lo que escribo.
Gracias a mi
editor, Tom Mayer, por venir a decirme que el tema daba para un libro y por
haberme empujado luego a mejorarlo tanto. También estoy profundamente
agradecido a mi agente, Mollie Glick, por aconsejarme que escribiera no solo
sobre ideas, sino también sobre quienes las sustentan. Gracias a Allegra Huston
por la rapidísima corrección del texto y a Will Scarlett por hacer llegar el
libro a los lectores.
Gracias a mis
alumnos y colegas del Queens College por su contagiosa dedicación y vocación de
servicio. Gracias a Mara Einstein y Amy Herzog por incentivar y defender mi año
sabático. Gracias a Marina Gorbis y al Institute for the Future por su
sabiduría y sus consejos. Gracias a Mark Stahlman y al Center for the Study of
Digital Life por sus investigaciones y provocaciones.
Estoy en deuda con
Richard Barbrook y Andy Cameron, que fueron los primeros en identificar lo que
yo denomino «la Mentalidad» en un artículo publicado en 1995 bajo el título de
«La ideología californiana». Vaya también mi agradecimiento a Mark Dery, que
supo prever buena parte de la insania que he relatado aquí en su libro de
1996 Velocidad de escape.
Página 181
Gracias asimismo a Nora Bateson, el reverendo Billy, Stephen Brent, Luke
Burgis, Amber Case, Jamie Cohen, Yael Eisenstat, Frank Faranda, Nate Hagens,
HC, Renee Hobbs, Brian Hughes, Xeni Jardin, Naomi Klein, Irwin Kula, Jeremy
Lent, Mark Pesce, Sarah Pessin, Vicki Robin, Philip Rosedale, Rachel Rosenfelt,
Micah Sifry, Suzanne Slomin, Fred Turner, Ari Wallach, Charles Yao, Tyson
Yunkaporta y David Zweig por su genialidad, su amistad y su honradez.
Gracias a todos los
miembros del pódcast Team Human por su apoyo y solidaridad,
especialmente a Josh Chapdelaine y Luke Robert Mason, que me protegen y
promocionan en igual medida.
Y gracias, sobre
todo, a mi esposa, Barbara, por su cariñoso respaldo durante los años de
charlas y viajes que aquí se relatan, y a mi hija, Mamie, por darme a la vez
esperanza en el futuro y un papel en él.
Página 182
«Tenemos que
abandonar este planeta. La Tierra no es un lugar muy bueno para las grandes
industrias».
JEFF BEZOS
Página 183
DOUGLAS RUSHKOFF
(Nueva York, EE. UU., 1961) es un escritor, columnista y profesor de Cultura
Virtual en la Universidad de Nueva York. Nombrado uno de los diez intelectuales
más influyentes del mundo por el MIT, Douglas Rushkoff es un autor y
documentalista que estudia la autonomía humana en la era digital.
Entre sus veinte
libros figura La supervivencia de los más ricos, así como el
reciente Team Human, basado en su pódcast, y los best
sellers Programa o serás programado, Present Shock, Throwing Rocks at the
Google Bus, Life Inc y Media Virus. También ha realizado
los documentales Generation Like, The Persuaders y Merchants
of Cool. Su libro Coerción ganó el Premio Marshall
McLuhan, y la Media Ecology Association le concedió el primer Premio Neil
Postman a la Trayectoria Profesional en la Actividad Intelectual Pública.
El trabajo de
Rushkoff explora cómo los distintos entornos tecnológicos cambian nuestra
relación con la narrativa, el dinero, el poder y los demás. Ha acuñado
conceptos como «medios virales», «screenagers» y «moneda social», y ha sido uno
de los principales defensores de la aplicación de los medios digitales a la
justicia social y económica. Es investigador del
Página 184
Institute for the Future y fundador del Laboratorio de Humanismo Digital
de CUNY/Queens, donde es profesor de Teoría de los Medios y Economía Digital.
Es columnista de Medium, y sus novelas y cómics Ecstasy
Club, A.D.D. y Aleister & Adolf se están
desarrollando en formato audiovisual.
Página 185
Notas
[1] Mike Wall,
«Mars Colony Would Be a Hedge against World War III, Elon Musk Says», Space.com,
28 de marzo de 2018, www.space.com/40112-elon musk-mars-colony-world-war-3.html
[para facilitar la consulta al lector, añadimos versiones abreviadas de los
enlaces largos; aquí tinyurl.com/5fnd473c]. <<
[2] Maya
Kosoff, «Peter Thiel Wants to Inject Himself with Young People’ Blood», Vanity
Fair, 1 de agosto de 2016,
www.vanityfair.com/news/2016/08/peter-thiel-wantsto-inject-himself-with-young-peoples-blood
[tinyurl.com/yc2bfhuj]. <<
[3] Alexandra Richards,
«Silicon Valley billionaire pays company thousands ‘to be killed and have his
brain digitally preserved forever’»,
Evening Standard, de marzo de 2018,
www.standard.co.uk/news/world/silicon-valley-billionaire-pays-company-thousands-to-kill-him-and-preserve-his-brain-forever-a3790871.html
[tinyurl.com/3fkpcemf]. <<
[4] Bas Van Abel,
entrevista con Douglas Rushkoff, pódcast Team Human,
29 de marzo de
2017,
www.teamhuman.fm/episodes/ep-30-bas-van-abel-fingerprints-on-the-touchscreen
[tinyurl.com/4us8dn95]. <<
[5] Joel
Gunter, «Elon Musk: The Man Who Sent His Sports Car into Space», BBC, 10 de
febrero de 2018, www.bbc.com/news/science-environment-42992143
[tinyurl.com/yrpb28tp]. <<
[6] Steve
Rose, «Eight Go Mad in Arizona: How a Lockdown Experiment Went Horribly
Wrong», The Guardian, 13 de julio de 2020,
www.theguardian.com/film/2020/jul/13/spaceship-earth-arizona-biosphere-2-lockdown
[tinyurl.com/486tn4hs]. <<
[7] Douglas
Rushkoff, «Survival of the Richest: The Wealthy Are Plotting to Leave Us
Behind», Medium, 5 de julio de 2018,
https://onezero.medium.com/survival-of-the-richest-9ef6cddd0cc1
[tinyurl.com/mr37zbt7]. <<
[8] J. C.
Cole, «American Gray Swans USA 14 Feb 2019», Public Intelligence Blog,
17 de mayo de 2019,
https://phibetaiota.net/2019/02/jc-cole-america-first-rooted-in-small-sustainable-distributed-farms-localize-localize-localize
[tinyurl.com/3k5nre9t]; y J. C. Cole, «American Gray Swans - June 2021 # “Only
June 2021 Petroleum Events and Other Curious Happenings!”», Public
Intelligence Blog, 14 de julio de 2021,
https://phibetaiota.net/2021/07/jc-cole-american-gray-swans-june-2021-1-only-june-2021-petroleum-events-and-other-curious-happenings
[tinyurl.com/3kjru4rh]. <<
[9] Rising
S Company, «All Steel Bunkers and Bomb Shelters»,
https://risingsbunkers.com. <<
[10] Traducimos
aquí como «tecnofriki» el término inglés tech bro, aunque este
último es algo más rico en matices en cuanto bro comporta también cierto
componente de hipermasculinidad. (N. del T.). <<
[11] Elizabeth Stamp,
«Billionaire Bunkers: How the 1% are preparing for
the apocalypse»,
CNN, 7 de agosto de 2019,
www.cnn.com/style/article/doomsday-luxury-bunkers/index.html
[tinyurl.com/bdevhz7t]. <<
[12] Jim
Dobson, «Inside the World’s Largest Private Apocalypse Shelter, The Oppidum
(New Images)», Forbes, 5 de noviembre de 2015,
www.forbes.com/sites/jimdobson/2015/11/05/billionaire-bunker-inside-the-worlds-largest-private-apocalypse-shelter-the-oppidum/?
sh=675141ef6ad6 [tinyurl.com/42p8v6ux]. <<
[13] Heather Murphy,
«The Island Brokers Are Overwhelmed», New York
[14] Jamie Wheal, Recapture
the Rapture: Rethinking God, Sex, and Death in World That’s Lost Its Mind,
Nueva York: HarperCollins, 2021. <<
Página 200
[15] Wijnand
de Wit y Nathan Bigaud, «No Plastic in Nature: Assessing Plastic Ingestion from
Nature to People», World Wide Fund for Nature, 2019,
https://d2ouvy59p0dg6k.cloudfront.net/downloads/plastic_ingestion_web_
spreads.pdf [tinyurl.com/2s47yxnb]. <<
[16] Hay que
entender aquí el término libertario y sus derivados en la
acepción conservadora que tiene en la política estadounidense; esto es, como
defensa de la propiedad privada, la economía de mercado y la mínima
intervención del Estado. (N. del T.). <<
[17] Joe Quirk y Patri
Friedman, Seasteading: How Floating Nations Will Restore the
Environment, Enrich the Poor, Cure the Sick, and Liberate Humanity from
Politicians, Nueva York: Free Press, 2017. <<
[18] «Busan UN
Habitat and OCEANIX Set to Build the World’s First Sustainable Floating City
Prototype as Sea Levels Rise», UNHabitat.org, 18 de noviembre de 2021,
https://unhabitat.org/news/18-nov-2021/busan-un-habitat-and-oceanix-set-to-build-the-worlds-first-sustainable-floating
[tinyurl.com/mrx2uyut]. <<
[19] Véase
www.seasteading.org. <<
[20] Ibid. <<
[21] Douglas
Rushkoff, Cyberia: Life in the Trenches of Hyperspace, Nueva York:
HarperOne, 1994 [trad. cast.: Ciberia, la vida en las trincheras del
hiperespacio, Barcelona: Mondadori, 2000]. <<
[22]Fred
Turner, From Counterculture to Cyberculture: Stewart Brand, the Whole
Earth Network, and the Rise of Digital Utopianism, Chicago: University
of Chicago Press, 2006. <<
[23] Bruce
Sterling, The Hacker Crackdown: Law and Disorder on the Electronic
Frontier, Nueva York: Bantam, 1992 [trad. cast.: La caza de
hackers. Ley y desorden en la frontera electrónica, Granada: Ajec, 2008].
[24] John Perry Barlow, «A Declaration of the Independence of
Cyberspace»,
Electronic Frontier Foundation, 1996, www.eff.org/cyberspace-independence
[tinyurl.com/mrxm26p4]. <<
[25] Qi Hui Sam, Matthew
Wook Chang y Louis Yi Ann Chai, «The Fungal Mycobiome and Its Interaction with
Gut Bacteria in the Host», International Journal of Molecular Sciences,
4 de febrero de 2017, www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC5343866[tinyurl.com/2enrbre6].
[26] Saul
Hansell, «America Online Agrees to Buy Time Warner for $165 Billion; Media Deal
is Richest Merger», New York Times, 11 de enero de 2000,
www.nytimes.com/2000/01/11/business/media-megadeal-overview-america-online-agrees-buy-time-warner-for-165-billion.html
[tinyurl.com/ycy3c25]. <<
[27] Douglas Rushkoff,
«Why Time Is Up for Warner», The Guardian, 20
de enero de 2000,
www.theguardian.com/technology/2000/jan/20/onlinesupplement10
[tinyurl.com/22799ek7]. <<
[28] Seth
Stevenson, «The Believer», New York Magazine, 6 de julio de 2007,
https://nymag.com/news/features/34454 [tinyurl.com/3fxk3sry]. <<
[29] Tim Arango, «How
the AOL-Time Warner Merger Went So Wrong»,
New York Times, 10 de enero de
2010, www.nytimes.com/2010/01/11/business/media/11merger.html
[30] Steven
Levy, Facebook: The Inside Story, Nueva York: Blue Rider Press,
2020. <<
[31] Lisa
Pham, «This Company Added the Word “Blockchain” to Its Name and Saw Its Shares
Surge 394%», Bloomberg, 27 de octubre de 2017,
www.bloomberg.com/news/articles/2017-10-27/what-s-in-a-name-u-k-stock-surges-394-on-blockchain-rebrand#xj4y7vzkg
[tinyurl.com/2s3rvvrm]. <<
[32] Dave Lee,
«Airbnb Using “Independent” Host Groups to Lobby Policymakers», Financial
Times, 21 de marzo de 2021,
www.ft.com/content/1afb3173-444a-47fa-99ec-554779dde236
[tinyurl.com/2nnztf9z]. <<
[33] Shaban Hamza,
«Google for the First Time Outspent Every Other Company to Influence Washington
in 2017», Washington Post, 23 de
enero de 2018,
www.washingtonpost.com/news/the-switch/wp/2018/01/23/google-outspent-every-other-companyon-federal-lobbying-in-2017
[tinyurl.com/4876j7bm]. <<
[34] Lauren
Feiner, «Facebook Spent More on Lobbying than Any Other Big Tech Company in
2020», CNBC, 22 de enero de 2021,
www.cnbc.com/2021/01/22/facebookspent-more-on-lobbying-than-any-other-big-tech-company-in-2020.html
[tinyurl.com/3thtkxdt]. <<
[35] Martin Gilens y
Benjamin I. Page, «Testing Theories of American Politics: Elites, Interest
Groups, and Average Citizens», Perspectives on
Politics, vol, 12, n.º 3
(2014), pp. 564-581,
https://doi.org/10.1017/S1537592714001595[tinyurl.com/25e2487h]; Chris
Tausanovitch, «Income, Ideology, and Representation», RSF: The Russell
Sage Foundation Journal of the Social Sciences, vol, 2, n.º 7
(2016), pp. 33-50,
https://doi.org/10.7758/rsf.2016.2.7.03 [tinyurl.com/yrsddp4k]. <<
[36] Martin
Gilens y Benjamin I. Page, «Testing Theories of American Politics». <<
[37] Jeremy
Hogeveen, Michael Inzlicht y Sukhvinder S. Obhi, «Power Changes How the Brain
Responds to Others», Journal of Experimental Psychology: General,
vol. 143, n.º 2 (2014), pp. 755-762, https://doi.org/10.1037/a0033477[tinyurl.com/2rh7vukn]. <<
[38] Dacher Keltner,
«The Power Paradox», Greater Good Magazine, 1 de
diciembre de 2007,
https://greatergood.berkeley.edu/article/item/power_paradox
[tinyurl.com/2p92mwrj]. <<
[39] Para obtener más
información, véase Scott Galloway, Post Corona: From Crisis to
Opportunity, Nueva York: Portfolio, 2021; y la breve entrevista
publicada en Adam Shapiro, «Capitalism “Will Collapse on Itself” without More
Empathy and Love: Scott Galloway», Yahoo!
Finance, 1 de diciembre de
2020,
https://finance.yahoo.com/news/capitalism-will-collapse-on-itself-without-empathy-love-scott-galloway-120642769.html[tinyurl.com/c68mrrec]. <<
[40] Kumutha
Ramanathan, «Former US Fed Governor Warns Global Economy Will Take a Long Time
to Recover», Yahoo! Finance, 23 de octubre de 2020,
https://ca.finance.yahoo.com/news/former-us-fed-governor-randall-kroszner-global-markets-coronavirus-pandemic-recovery-warning-050012598.html
[tinyurl.com/yc73yukr]. <<
[41] Emma
Goldberg, «Women built the tech industry. Then they were pushed out», Washington
Post, 19 de febrero de 2019,
www.washingtonpost.com/outlook/2019/02/19/women-built-tech-industry-then-they-were-pushed-out
[tinyurl.com/584pvzxn]. <<
[42] Stewart
Brand, The Media Lab: Inventing the Future of M.I.T., Nueva York:
Viking Penguin, 1987, p. 251 [trad. cast.: El Laboratorio de Medios,
Madrid: Fundesco, 1989]. <<
[43] Matthew
Gault, «Billionaires See VR as a Way to Avoid Radical Social Change», Wired, 15
de febrero de 2021, www.wired.com/story/billionaires-use-vr-avoid-social-change
[tinyurl.com/4kevapwh]. <<
[44] Ibid. <<
[45] David
Zweig, «$25,000 Pod Schools: How Well-to-Do Children Will Weather the
Pandemic», New York Times, 30 de julio de 2020,
www.nytimes.com/2020/07/30/nyregion/pod-schools-hastings-on-hudson.html
[tinyurl.com/24mj3z76]. <<
[46] Joey
Hadden, «Amazon Delivery Drivers Share What It’s Like to Be on the Front Lines
of the Coronavirus Pandemic, Including Not Having Time to Wash Their Hands and
Uncleaned Vans», Business Insider, 2 de abril de 2020,
www.businessinsider.com/why-amazon-delivery-workers-feel-exposed-and-vulnerable-to-coronavirus-2020-3
[tinyurl.com/mu8nvzp2]. <<
[47] Matthew
Gardner, «Amazon Has Record-Breaking Profits in 2020, Avoids $2.3 Billion in
Federal Income Taxes», Institute on Taxation and Economic Policy, 3 de febrero
de 2021,
https://itep.org/amazon-has-record-breaking-profits-in-2020-avoids2-3-billion-in-federal-income-taxes
[tinyurl.com/yckpm5yk]. <<
[48]Mark Chandler,
«Amazon Accused of Anti-Competitive Practices by US Subcommittee», Bookseller,
8 de octubre de 2020,
www.thebookseller.com/news/newsamazon-accused-anti-competitive-practices-us-subcommittee-1222115
[tinyurl.com/ybspcxbr]. <<
[49] Jodi Kantor, Karen
Weise y Grace Ashford, «Power and Peril: 5 Takeaways on Amazon’s Employment
Machine», New York Times, 15 de junio de 2021,
www.nytimes.com/2021/06/15/us/politics/amazon-warehouse-workers.html
[tinyurl.com/4anx2fdm]; Casey Newton, «Amazon’s Poor Treatment of Workers Is
Catching up to It during the Coronavirus Crisis», Verge, 1 de abril
de 2020,
www.theverge.com/interface/2020/4/1/21201162/amazon-delivery-delays-coronavirus-worker-strikes
[tinyurl.com/23sez8e2]. <<
[50] Annie
Massa, «Pandemic-Fueled Day Trading Is Overwhelming Online Brokers - and the
Traders Are Fuming», Fortune, 9 de diciembre de 2020,
https://fortune.com/2020/12/08/day-trading-online-brokers-tech-failure-crashes-outages
[tinyurl.com/m5kpj89w]. <<
[51] Shanhong
Liu, «Price of Zoom shares traded on Nasdaq Stock Market in 2020 and
2021», Statista, 9 de agosto de 2021,
www.statista.com/statistics/1106104/stock-price-zoom
[tinyurl.com/4fh8u526]. <<
[52] Chase
Peterson-Withorn, «How Much Money America’s Billionaires Have Made During the
Covid-19 Pandemic», Forbes, 30 de abril de 2021,
www.forbes.com/sites/chasewithorn/2021/04/30/american-billionaires-have-gotten-12-trillion-richerduring-the-pandemic
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[53] El
equipo del Wall Street Journal, «How Big Tech Got Even
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[54] Jonathan Ponciano,
«5 Big Numbers That Show Netflix’s Massive Growth Continues during the
Coronavirus Pandemic», Forbes, 20 de
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www.forbes.com/sites/jonathanponciano/2020/10/19/netflix-earnings-5-numbers-growthcontinues-during-the-coronavirus-pandemic
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[55] Jen
Murphy, «Remote Workers Flee to $70,000-a-Month Resorts While Awaiting
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[56] Julie Satow,
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[57] Mary Van Beusekom,
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JAMA Network Open, vol. 4, n.º 1
(2021), https://doi.org/10.1001/jamanetworkopen.2020.34578[tinyurl.com/3e2rz6
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[58] Tina L. Saitone, K.
Aleks Schaefer y Daniel P. Scheitrum, «COVID-19 Morbidity and Mortality in U.S.
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[59] Megan Rose Dickey,
«Uber Unveils New Skyport Designs for Uber
Air», TechCrunch,
11 de junio de 2019,
https://techcrunch.com/2019/06/11/uber-unveils-new-skyport-designs
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[60] Marina
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14 de abril de 2021,
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[61] Richard
Maxwell y Toby Miller, Greening the Media, Nueva York: Oxford
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[62] Douglas
Rushkoff, Throwing Rocks at the Google Bus: How Growth Became the Enemy
of Prosperity, Nueva York: Penguin Portfolio, 2016, p.
19. <<
[63] «Producción del
Fairphone - VPRO documental - 2016» [en inglés],
YouTube,
www.youtube.com/watch?v=7C-VTPJxWlw [tinyurl.com/bdf3nj7v]. <<
[64] Amazon, «Made for
You»,
www.amazon.com/stores/made+for+you/page/E853E0F0-6F79-442D-B7E8-3A0E0531FAF2
[tinyurl.com/3vh9jxeu]. <<
[65]Fui cliente de
la Agencia de John Brockman unos diez años después de aquella fiesta, entre
2009 y 2019. <<
[66] Véase Emmanuel
Lévinas, Totalité et Infini: Essai sur l’extériorité, La Haya:
Martinus Nijhoff, 1961 [trad. cast.: Totalidad e infinito. Ensayo sobre
la exterioridad, Salamanca: Sígueme, 2013]. <<
[67] Richard
Kearney, Anatheism: Returning to God After God, Nueva York:Columbia
University Press, 2009, pp. 168-171. <<
[68] James B. Stewart,
Matthew Goldstein y Jessica Silver-Greenberg, «Jeffrey Epstein Hoped to Seed
Human Race with His DNA», New York
Times, 31 de julio de
2019, www.nytimes.com/2019/07/31/business/jeffrey-epstein-eugenics.html
[tinyurl.com/yckjpr4a]. <<
[69] Julia La Roche,
«Jeffrey Epstein Attended the “Billionaires’ Dinner” and Now His Presence Has
Been Scrubbed», Yahoo! Finance, 15 de julio de 2019,
www.yahoo.com/now/jeffery-epstein-billionaires-dinner-john-brockman-photos-sarah-kellen173443481.html
[tinyurl.com/35wvupf7].
[70]Stewart,
Goldstein y Silver-Greenberg, «Jeffrey Epstein Hoped to Seed Human Race with
His DNA». <<
[71] Bess
Levin, «Jeffrey Epstein Wanted to Have His Penis Frozen and “Brought Back to
Life in the Future”», Vanity Fair, 31 de julio de 2019,
www.vanityfair.com/news/2019/07/jeffrey-epstein-transhumanism-cryonics
[tinyurl.com/25d8uf6z]. <<
[72] Estas
citas aparecen mencionadas en la obra póstuma de Bacon Masculus Partus
Temporum («El parto masculino del tiempo», 1603), que algunos
estudiosos creen que fue utilizada o incluso inventada por miembros posteriores
de la Royal Society para justificar su propia misoginia y la subyugación tanto
de las mujeres como de la naturaleza. Para saber más sobre Bacon en relación
los fundamentos misóginos de la ciencia, véase Carolyn Merchant, The
Death of Nature: Women, Ecology and the Scientific Revolution, San
Francisco: HarperSanFrancisco, 1983; para saber más acerca de cómo
se ha podido tergiversar a Bacon, véase Alan Soble, «In Defense of Bacon», en
Noretta Koertge (ed.), A House Built on Sand: Exposing Postmodernist
Myths about Science, Oxford: Oxford University Press, 1998, pp.
195-215. <<
[73]Clifford D.
Conner, A People’s History of Science, Nueva York: Nation Press,
2005, p. 364. <<
[74] Charles
Webster, From Paracelsus to Newton: Magic and the Making of Modern
Science, Cambridge: Cambridge University Press, 1982, pp. 99-102. <<
[75] Richard
Dawkins, The Selfish Gene: 40th Anniversary Edition, Nueva York:
Oxford University Press, 2016, p. XXIX [trad. cast.: El gen egoísta extendido,
Madrid: Bruño, 2017]. <<
[76] Daniel Kahneman, «A
Short Course in Thinking About Thinking», Edge Masterclass 2007,
www.edge.org/events/the-edge-master-class-2007-a-short-course-in-thinking-about-thinking
[tinyurl.com/3vyutpwe]; Richard Thaler, Sendhil Mullainathan y Daniel Kahneman,
«A Short Course in Behavioral Economics», Edge Master Class 2008,
www.edge.org/event/edge-master-class-2008-richard-thaler-sendhil-mullainathan-daniel-kahneman-a-short-course-in[tinyurl.com/4dvfbskz].
[77] Riane
Eisler, The Chalice and the Blade: Our History, Our Future, Nueva
York: HarperCollins, 1987, p. 86 [trad. cast.: El cáliz y la espada,
Madrid:Capitán Swing, 2021]. <<
[78] Puede
verse una descripción de cómo funcionaban estos sistemas monetarios en Douglas
Rushkoff, Life Inc.: How Corporatism Conquered the World, and How We
Can Take It Back, Nueva York: Random House, 2009. <<
[79] Bernard
Lietaer y Stephen M. Belgin, «Of Human Wealth: Beyond Greed and Scarcity»,
manuscrito inédito, 2004. <<
[80]John Locke, The
Second Treatise on Civil Government and A Letter Concerning Toleration,
Oxford: B. Blackwell, 1948 [trad. cast.: Segundo Tratado sobre el
Gobierno Civil, Madrid: Alianza, 2014]. <<
[81] Desde
1975, según un estudio de la Corporación RAND, el 1 por ciento más rico de los
estadounidenses se han embolsado cincuenta billones de dólares en detrimento
del resto; véase Carter C. Price y Kathryn A. Edwards, «Trends in Income From
1975 to 2018», RAND Corporation, 2020,
www.rand.org/pubs/working_papers/WRA516-1.html [tinyurl.com/5ykuhbfw]. <<
[82] Jon
Evans, «GrubHub/Seamless’s Pandemic Initiatives Are Predatory and Exploitative,
and It’s Time to Stop Using Them», TechCrunch, 5 de abril de 2020,
https://techcrunch.com/2020/04/05/its-time-to-stop-using-grubhub-seamless-forever
[tinyurl.com/mr2pes74]. <<
[83] Lachlan Carey y Amn
Nasir, «Something for Nothing? How Growing Rent-Seeking Is at the Heart of
America’s Economic Troubles», Journal of
Public and
International Affairs,
https://jpia.princeton.edu/news/something-nothing-how-growing-rent-seeking-heart-americas-economic-troubles[tinyurl.com/mtds2784]. <<
[84] Jennifer
Szalai, «Steven Pinker Wants You to Know Humanity Is Doing Fine. Just Don’t Ask
About Individual Humans», New York Times, 28 de febrero de 2018,
www.nytimes.com/2018/02/28/books/review-enlightenment-now-steven-pinker.html
[tinyurl.com/46dtvu7v]. <<
[85] David
Graeber y David Wengrow, The Dawn of Everything: A New History of
Humanity, Nueva York: Farrar, Straus and Giroux, 2021 [trad. cast.: El
amanecer de todo. Una nueva historia de la humanidad, Barcelona: Ariel,
2022]. <<
[86]Jeremy Lent,
«Steven Pinker’s Ideas Are Fatally Flawed. These Eight Graphs Show Why», openDemocracy,
21 de mayo de 2018,
www.opendemocracy.net/en/transformation/steven-pinker-s-ideas-are-fatally-flawed-these-eight-graphs-show-why
[tinyurl.com/wneeedet]. <<
[87] Steven
Pinker, Enlightenment Now: The Case for Reason, Science,Humanism, and
Progress, Nueva York: Penguin, 2018, p. 109 [trad. cast.: En
defensa de la Ilustración. Por la razón, la ciencia, el humanismo y el progreso,
Barcelona: Paidós, 2018]. <<
Página 273
[88] «Dr.
Jordan Peterson Makes the Case for Capitalism», YouTube. <<
[89] Alfie
Kohn, Punished by Rewards: The Trouble with Gold Stars, Incentive
Plans, A’s, Praise, and Other Bribes, Nueva York: Houghton Mifflin,
1993; Kenneth Thomas, «The Four Intrinsic Rewards That Drive Employee
Engagement», Ivey Business Journal, 4 de diciembre de 2017,
https://iveybusinessjournal.com/publication/the-four-intrinsic-rewards-that-drive-employee-engagement
[tinyurl.com/483r2w3u]. <<
[90] Pinker, En
defensa de la Ilustración. <<
[91] Allison Morrow,
«Jeff Bezos’ Superyacht Is So Big It Needs Its Own
Yacht», CNN, 10 de
mayo de 2021, www.cnn.com/2021/05/10/business/jeff-bezos-yacht/index.html
[tinyurl.com/2nc87ne2]. <<
[92] Papa
Francisco, Fratelli tutti, § 13,
www.vatican.va/content/francesco/es/encyclicals/documents/papa-francesco_20201003_enciclica-fratelli-tutti.html
[tinyurl.com/ynwbn3p9].
[93] Sue
Prideaux, «Far Right, Misogynist, Humourless? Why Nietzsche Is
Misunderstood», The Guardian, 6 de octubre de 2018,
www.theguardian.com/books/2018/oct/06/exploding-nietzsche-myths-need-dynamiting
[tinyurl.com/3d6arw5u]. <<
[94] Alex
Ross, «Nietzsche’s Eternal Return», The New Yorker, 4 de octubre de
2019, www.newyorker.com/magazine/2019/10/14/nietzsches-eternal-return
[tinyurl.com/4dv4fdbb]. <<
[95] Ibid. <<
[96] Steven
Levy, «Google’s Larry Page on Why Moon Shots Matter», Wired, 17 de
enero de 2013, www.wired.com/2013/01/ff-qa-larry-page [tinyurl.com/y7hdv49c]. <<
[97] Evan
Osnos, «Can Mark Zuckerberg Fix Facebook before It Breaks Democracy?», The
New Yorker, 10 de septiembre de 2018,
www.newyorker.com/magazine/2018/09/17/can-mark-zuckerberg-fix-facebook-before-it-breaks-democracy
[tinyurl.com/3epkzuh3]. <<
[98]Rick Merritt,
«Is Moore’s Law Dead? Now What?», EE Times, 27 de agosto de 2013,
www.eetimes.com/moores-law-dead-by-2022-expert-says
[tinyurl.com/yc7sj8ae]. <<
[99] En
inglés, go meta, una expresión similar a otras de uso frecuente
como, por ejemplo, go pro («hazte profesional», «conviértete
en profesional»), que en este caso hace referencia a la capacidad de «ir más
allá» (meta), de trascender la realidad actual y situarse en un nivel
superior. (N. del T.). <<
[100] Adrian
Ash, «Goldman Sachs Escaped Subprime Collapse by Selling Subprime Bonds
Short», Daily Reckoning, 19 de octubre de 2007 [actualmente no
disponible]. <<
[101]Kenneth T.
Jackson, Crabgrass Frontier: The Suburbanization of the United States,
Nueva York: Oxford University Press, 1985, p. 231. <<
[102] C.
Lowell Harriss, History and Policies of the Home Owners’ Loan
Corporation, Nueva York: National Bureau of Economic Research, 1951, pp.
41-48. <<
[103] General Electric,
«GE Completes the Separation of Synchrony Financial», 17 de noviembre de 2015,
www.ge.com/news/reports/ge-completes-the-separation-of-synchrony-financial
[tinyurl.com/yttuutp2].
[104] Nicholas
Negroponte, Being Digital, Nueva York: Knopf, 1995 [trad. cast.:Ser
digital, México: Océano, 1996]. <<
[105]Alen Mattich,
«The New “New Paradigm” for Equities», Wall Street Journal, 28 de
mayo de 2013, www.wsj.com/articles/BL-MBB-1982 [tinyurl.com/5n8efprd]. <<
[106]Peter Thiel,
«Competition Is for Losers», Wall Street Journal, 12 de septiembre
de 2014, www.wsj.com/articles/peter-thiel-competition-is-for-losers-1410535536
[tinyurl.com/55suzd3k]. <<
[107] Peter
Thiel y Blake Masters, Zero to One: Notes on Startups, or How to Build
the Future, Nueva York: Crown Business, 2014 [trad. cast.: De cero
a uno. Cómo inventar el futuro, Barcelona: Gestión 2000, 2015]. Thiel
toma prestada esta idea del maoísta Alain Badiou. <<
[108] Los
defensores del Bitcoin argumentan que parte de esa energía procede de fuentes
«renovables». Los críticos de las criptomonedas, en cambio, argumentan que esas
cifras ni siquiera tienen en cuenta el 50 por ciento adicional de energía que
consumen los sistemas de prueba de trabajo rivales. <<
[109]A. J. Perez,
«Use a Fitness App to Track Your Workouts? Your Data May Not Be as Protected as
You Think», USA Today, 16 de agosto de
2019,www.usatoday.com/story/sports/2019/08/16/what-info-do-fitness-apps-keep-share/1940916001
[tinyurl.com/4m4zyww3]. <<
[110] Janet
Lowe, Google Speaks: Secrets of the World’s Greatest Billionaire
Entrepreneurs, Sergey Brin and Larry Page, Nueva York: Wiley,
2009, p. 239. <<
[111] Jeremy
Lent, The Web of Meaning: Integrating Science and Traditional
>Wisdom to Find Our Place in the Universe, Gabriola (Canadá):
New Society, 2021. <<
[112] Marc
H. V. van Regenmortel, «Reductionism and complexity in molecular biology.
Scientists now have the tools to unravel biological and overcome the
limitations of reductionism», EMBO Reports, vol. 5, n.º 11 (2004),
pp. 1016-1020, https://doi.org/10.1038/sj.embor.7400284
[tinyurl.com/3cxrw3hy]. <<
[113] Walter
Lippmann, Public Opinion, Nueva York: Harcourt, Brace,
1921 [trad.
cast.: La opinión pública, Madrid: Langre, 2017]. <<
[114]Gustave Le
Bon, Psychologie des foules, París: Alcan, 1895 [trad. cast.: Psicología
de las masas, Madrid: Morata, 2014]. <<
[115]Lippmann, La
opinión pública. <<
[116] Edward
Bernays, Propaganda, Brooklyn (Nueva York): Ig Publishing, 2004
[trad. cast.: Propaganda, Santa Cruz de Tenerife: Melusina,
2013]. <<
[117]Le Bon, Psicología
de las masas. <<
[118]B. F.
Skinner, Science and Human Behavior, Nueva York: Macmillan, 1953
[trad. cast.: Ciencia y conducta humana, Cádiz: Universidad de
Cádiz, 2022]. <<
[119]Fred
Turner, The Democratic Surround: Multimedia and American Liberalism
from World War II to the Psychedelic Sixties, Chicago: University
of Chicago Press, 2013, p. 123. <<
[120] Gregory
Bateson, citado en Mark Stahlman, «The Inner Senses and Human
Engineering», Dianoetikon, 1 (2020), pp. 1-26. <<
[121]Para conocer la
rica historia de los esfuerzos de Bateson y Mead en ese sentido, véase la
magnífica obra ya citada de Fred Turner The Democratic Surround. <<
[122] Jill Lepore, If
Then: How the Simulmatics Corporation Invented the Future, Nueva York:
Liveright, 2020. <<
[123] Stanford
University, «Behavior Design Lab», https://behaviordesign.stanford.edu. <<
[124] «Smartphone
App to Change Your Personality», Bionity.com, 15 de febrero de 2021,
www.bionity.com/en/news/1169863/smartphone-app-to-change-your-personality.html
[tinyurl.com/yc7fuxaf]. <<
[125] Nick
Statt, «Amazon Expands Gamification Program That Encourages Warehouse Employees
to Work Harder», Verge, 15 de marzo de 2021,
www.theverge.com/2021/3/15/22331502/amazon-warehouse-gamification-program-expand-fc-games
[tinyurl.com/5h8tbp86]. <<
[126] Markus
Brauer y Benjamin D. Douglas, «Gamification to Prevent Climate Change: A Review
of Games and Apps for Sustainability», Current Opinion in Psychology,
41 (1 de diciembre de 2021), pp. 89-94, https://doi.org/10.31219/osf.io/3c9zj
[tinyurl.com/4bte9xn6]. <<
[127] Evgeny
Morozov, To Save Everything, Click Here: The Folly of Technological
Solutionism, Nueva York: PublicAffairs, 2013 [trad. cast.: La
locura del solucionismo tecnológico, Madrid: Katz Editores-Clave Intelectual,
2015]. <<
[128] Nir
Eyal, Hooked: How to Build Habit-Forming Products, Nueva York:
Portfolio, 2014. <<
[129]Andrea Valdez,
«This Big Facebook Critic Fears Tech’s Business Model», Wired, 10
de marzo de 2019,
www.wired.com/story/this-big-facebook-critic-fears-techs-business-model
[tinyurl.com/2dcy8tyh]. <<
[130] Jeff
Orlowski (dir.), El dilema de las redes, 2020,
www.imdb.com/title/tt11464826 [tinyurl.com/m6yhsdk6]. <<
[131] Douglas
Rushkoff, entrevista con Naomi Klein, pódcast Team Human, 4 de
agosto de 2021, www.teamhuman.fm/episodes/naomi-klein [tinyurl.com/3483npf4]. <<
[132] Un
programa de telerrealidad en el que los emprendedores piden inversiones a
multimillonarios como Mark Cuban y Barbara Corcoran. <<
[133] Nellie Bowles,
«“Burning Man for the 1%”: The Desert Party for the Tech Elite, with Eric
Schmidt in a Top Hat», The Guardian, 2 de mayo de
2016,
www.theguardian.com/business/2016/may/02/further-future-festival-burning-man-tech-elite-eric-schmidt
[tinyurl.com/mtprbejh]. <<
[134]Ibid. <<
[135] Keith
Larsen, «Investors Accuse Prodigy Network of Fraud at Troubled Park Ave
Development», Real Deal, 24 de septiembre de 2020,
https://therealdeal.com/2020/09/24/investors-accuse-prodigy-network-of-fraud-at-troubled-park-ave-development
[tinyurl.com/k73my2jk]. <<
[136] El sitio web,
«Akasha—A Game of Life», actualmente ya no existe.
[137]Véase
www.su.org. <<
[138] El término inglés
mencionado en el sitio web es moonshot (literalmente,
«lanzamiento lunar»), que en el uso idiomático más reciente hace referencia a
un proyecto o una apuesta audaz y radical, un esfuerzo monumental o un paso de
gigante para alcanzar un determinado objetivo que se considera importante. Véase
www.su.org/our-process. (N. del T.).
Página 324
[139]Véase
www.su.org. <<
[140] MacArthur Foundation, «100
& Change»,
www.macfound.org/programs/100change. <<
[141] Jane
Jacobs, Systems of Survival: A Dialogue on the Moral Foundations of
Commerce and Politics, Nueva York: Random House, 1992. <<
[142] Rushkoff, Life
Inc.: How Corporatism Conquered the World, and How We Can Take It Back,
Nueva York: Random House, 2009, pp. 74-83.
[143]Jim Rutt, «A
Journey to Game B», Medium, 14 de enero de 2020,
https://medium.com/@memetic007/a-journey-to-gameb-4fb13772bcf3
[tinyurl.com/4avsrb9p]. <<
[144]Center for the
Study of Digital Life, http://digitallife.center. <<
[145] Dwight
D. Eisenhower, «Farewell Address to the Nation», disponible en
tinyurl.com/3ftrw2f2. <<
[146]S. Bodker y J.
Greenbaum, «Design of Information Systems: Things versus People», en J. Owen
Green y D. Pain (eds.), Gendered Design: Information Technology and
Office Systems, Londres: Taylor & Francis, 1993. <<
[147]Sude V. Rosser,
«Through the Lenses of Feminist Theory: Focus on Women and Information
Technology», Frontiers: A Journal of Women Studies, vol. 26, n.º 1
(2005). <<
148]Alexandra Ma,
«China’s “Social Credit” System Ranks Citizens and Punishes Them with Throttled
Internet Speeds and Flight Bans If the Communist Party Deems Them
Untrustworthy», Business Insider, 9 de mayo de 2021,
www.businessinsider.com/china-social-credit-system-punishments-and-rewards-explained-2018-4
[tinyurl.com/rdaj5kwe]. <<
[149]Véase Cathy
O’Neil, Weapons of Math Destruction: How Big Data Increases Inequality
and Threatens Democracy, Nueva York: Broadway Books, 2016
[trad. cast.: Armas de destrucción matemática. Cómo el big
data aumenta la desigualdad y amenaza la democracia, Madrid:
Capitán Swing, 2018]. <<
[150] Namank
Shah, «A Blurry Vision: Reconsidering the Failure of the One Laptop Per Child
Initiative», Boston University Arts & Sciences Writing Program,
www.bu.edu/writingprogram/journal/past-issues/issue-3/shah
[tinyurl.com/6anjfhxx]. <<
[151]Ibid. <<
[152] Victoria
McArthur, «Communication Technologies and Cultural Identity: A Critical
Discussion of ICTs for Development», ponencia presentada en el Congreso
Internacional de Toronto del IEEE «Ciencia y Tecnología para la Humanidad»,
2009, pp. 910-914. <<
[153]Micah Sifry,
«Parker Bros», Civicist, 12 de febrero de 2019. <<
[154] Josh
Constine, «Sean Parker’s Govtech Brigade Breaks Up, Pinterest Acquires
Engineers», TechCrunch, 11 de febrero de 2019,
https://techcrunch.com/2019/02/10/brigade-pinterest
[tinyurl.com/43h4rfvc]. <<
[155]Micah Sifry,
entrevista por correo electrónico con el autor, 27 de mayo de 2021. <<
[156]Sifry habla
exactamente de «una gruesa y grasienta nothingburger»
(literalmente, «nada-hamburguesa»), un término acuñado inicialmente por la
prensa estadounidense que evoca la imagen de un sándwich de hamburguesa que,
una vez abierto, resulta no tener carne dentro. (N. del T.). <<
[157] Neil Postman, Technopoly:
The Surrender of Culture to Technology, Nueva York: Vintage, 1993 [trad.
cast.: Tecnópolis. La rendición de la cultura a la tecnología,
Alicante: Ediciones El Salmón, 2018]. <<
[158]«Covid
Vaccines Create 9 New Billionaires with Combined Wealth Greater than Cost of
Vaccinating World’s Poorest Countries», Oxfam International, 2 de septiembre de
2021,
www.oxfam.org/en/press-releases/covid-vaccines-create-9-new-billionaires-combined-wealth-greater-cost-vaccinating
[tinyurl.com/4evd8bx3]. <<
[159] Maddie
Stone, «Solar Panels Are Starting to Die, Leaving Behind ToxicTrash», Wired,
22 de agosto de 2020,
www.wired.com/story/solar-panels-are-starting-to-die-leaving-behind-toxic-trash
[tinyurl.com/584rh4vx]. <<
Página 345
[160] Klaus
Schwab y Thierry Malleret, Covid-19: The Great Reset, Cologny
(Suiza): Forum, 2020, p. 104. <<
[161] Stockholm
University, «Mosquito nets: Are they catching more fishes
thaninsects?», ScienceDaily,
www.sciencedaily.com/releases/2019/11/191111100910.htm [tinyurl.com/mthkd5f9];
Jeffrey Gettleman, «Meant to Keep Malaria Out, Mosquito Nets Are Used to Haul
Fish In», New York Times, 24 de enero de
2015,
www.nytimes.com/2015/01/25/world/africa/mosquito-nets-for-malaria-spawn-new-epidemic-overfishing.html
[tinyurl.com/y8y68nme].
[162] Katarina
Zimmer y Carl-Johan Karlsson, «Green Energy’s Dirty Side Effects», Foreign
Policy, 18 de junio de 2020,
https://foreignpolicy.com/2020/06/18/green-energy-dirty-side-effects-renewable-transition-climate-change-cobalt-mining-human-rights-inequality
[tinyurl.com/32espph4]. <<
[163] «Earth and
Humanity: Myth and Reality», YouTube, 16 de mayo de
2021, 2:52:14,
www.youtube.com/watch?v=qYeZwUVx5MY [tinyurl.com/yvxvhb7s]. <<
[164] «Para
reemplazar todos los vehículos actuales del Reino Unido por vehículos
eléctricos, suponiendo que utilicen las baterías NMC 811 de nueva generación,
que consumen menos recursos, harían falta 207 900 toneladas de cobalto, 264 600
toneladas de carbonato de litio, al menos 7200 toneladas de neodimio y
disprosio, además de 2 362 500 toneladas de cobre. Esto supone algo menos del
doble de la producción mundial anual total de cobalto, casi toda la producción
mundial de neodimio, tres cuartas partes de la producción mundial de litio, y
al menos la mitad de la producción mundial de cobre de 2018»; ibid. <<
[165] Richard
Heinberg, Power: Limits and Prospects for Human Survival, Gabriola
(Columbia Británica), Canadá: New Society, 2021. <<
[166] Para
saber más sobre el decrecimiento, pueden consultarse los libros y recursos que
se mencionan en el sitio web del Post Carbon Institute,
www.postcarbon.org. <<
[167] Para saber más,
véase Whitney Webb, One Nation Under Blackmail, Chicago: Trine Day,
2022; Whitney Webb, «The CoverUp Continues: The Truth About Bill Gates,
Microsoft, and Jeffrey Epstein», Unlimited
Hangout, 24 de julio de
2021,
https://unlimitedhangout.com/2021/05/investigative-reports/the-cover-up-continues-the-truth-about-bill-gates-microsoft-and-jeffrey-epstein
[tinyurl.com/5n7dhdzf]. <<
[168] Steven
Levy, «Bill Gates and President Bill Clinton on the NSA, Safe Sex, and American
Exceptionalism», Wired, 12 de noviembre de 2013. <<
[169]Whitney Webb,
«Isabel Maxwell: Israel’s “Back Door” into Silicon Valley», Unlimited
Hangout, 24 de julio de 2021,
https://unlimitedhangout.com/2020/07/investigative-reports/isabel-maxwell-israels-back-door-into-silicon-valley
[tinyurl.com/mr43spac]; Naomi Klein, The Shock Doctrine: The Rise of
Disaster Capitalism, Toronto: Alfred A. Knopf Canada, 2007 [trad.
cast.: La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre,
Barcelona: Paidós, 2010]; Anand Giridharadas, Winners Take
All: The Elite Charade of Changing the World, Nueva York: Penguin, 2018;
CNN, «Clinton’s Foundation Got Millions from Saudis, Gates», CNN Politics, 18
de diciembre de 2008,
https://edition.cnn.com/2008/POLITICS/12/18/clinton.donations/
[tinyurl.com/7u4mtbjj]; Leslie Sanchez, «Thorny Thicket of Bill and Hillary
Clinton Conflicts?», CNN Politics, 3 de diciembre de 2008,
www.cnn.com/2008/POLITICS/12/03/sanchez.clinton/index.html
[tinyurl.com/yep2u6wp]. <<
[170] Emily Flitter y
James B. Stewart, «Bill Gates Met with Jeffrey Epstein Many Times, Despite His
Past», New York Times, 12 de octubre de
2019,
www.nytimes.com/2019/10/12/business/jeffrey-epstein-bill-gates.html[tinyurl.com/yc6rye3t];
Tom Sykes, «Prince Andrew Was “Given” “Beautiful Young Neurosurgeon” by
Epstein, Says Ex-Housekeeper», The Daily Beast, 22 de noviembre de
2019,
www.thedailybeast.com/prince-andrew-was-given-beautiful-young-neurosurgeon-by-jeffrey-epstein-says-ex-housekeeper[tinyurl.com/45rhdpnj];
Kate Briquelet, «Melinda Gates Warned Bill About Jeffrey Epstein», The
Daily Beast, 7 de mayo de 2021, tinyurl.com/485evn9k; Humanity+, «Humanity+
Clarification of Epstein Donation»,
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[201] Kate
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[202] Future of Life Institute, «Research Priorities for Robust and
Beneficial
Artificial Intelligence: An Open Letter»,
https://futureoflife.org/open-letter/ai-open-letter [tinyurl.com/fvswcube].
[203]A día de hoy
esto sigue siendo cierto pese a los recientes avances en inteligencia
artificial encarnados por ChatGPT y los recelos que han despertado en todos los
ámbitos de la sociedad, hasta el punto de suscitar, entre otras reacciones, una
nueva carta abierta pidiendo una moratoria en el desarrollo de la IA por los
potenciales peligros que entraña. Véase Future of Life Institute, «Pause Giant
AI Experiments: An Open Letter»,
https://futureoflife.org/open-letter/pause-giant-ai-experiments [tinyurl.com/yeycz2jp].
(N. del T.). <<
[204] Cat
Clifford, «Billionaire Tech Titan Mark Cuban on AI: “It Scares the S — Out of
Me”», CNBC, 25 de julio de 2017,
www.cnbc.com/2017/07/25/mark-cuban-on-ai-it-scares-me.html
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[205] Evan
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de 2017, www.newyorker.com/magazine/2017/01/30/doomsday-prep-for-the-super-rich
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[206] Peter Kafka,
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Business», Vox,
17 de marzo de 2016,
www.vox.com/2016/3/17/11587060/google-wants-out-of-the-creepy-military-robot-business
[tinyurl.com/mr356unb]. <<
[207] Kate
Conger, «Google Employees Resign in Protest Against Pentagon Contract», Gizmodo,
14 de mayo de 2018,
https://gizmodo.com/google-employees-resign-in-protest-against-pentagon-con-1825729300
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[208] Associated Press,
«Putin: Leader in Artificial Intelligence Will Rule
World», CNBC,
4 de septiembre de 2017,
www.cnbc.com/2017/09/04/putin-leader-in-artificial-intelligence-will-rule-world.html
[tinyurl.com/4pccrwyz]. <<
[209]«Elon Musk
Answers Your Questions! | SXSW 2018», YouTube, 11 de marzo de 2018, 1:11:37,
www.youtube.com/watch?v=kzlUyrccbos [tinyurl.com/wa8bbmun]. <<
[210] Stephen
Hawking, Stuart Russell, Max Tegmark y Frank Wilczek, «Stephen Hawking:
“Transcendence Looks at the Implications of Artificial Intelligence - But Are
We Taking AI Seriously Enough?”», Independent, 23 de octubre de
2017,
www.independent.co.uk/news/science/stephen-hawking-transcendence-looks-at-the-implications-of-artificial-intelligence-but-are-we-taking-ai-seriously-enough-9313474.html
[tinyurl.com/ab7jjjc4]. <<
[211] De manera similar,
el basilisco de Roko, un experimento mental iniciado en un foro de debate
llamado LessWrong que aspira a fomentar el pensamiento racional sobre la
tecnología, teorizaba que una futura inteligencia artificial tendría motivos
para torturar a cualquiera que hubiera podido concebir ese tipo de agente pero
no hubiera intentado contribuir a su existencia. El argumento se denominaba
«basilisco» porque, como en el caso de la criatura mitológica, cualquiera que
lo escuchara correría para siempre el riesgo de sufrir las iras de la
inteligencia artificial una vez que esta aprendiera a viajar en el tiempo. La
propia conversación se acabó prohibiendo en el foro de debate por miedo a
difundir el peligro inherente a dicha información; «Roko’s Basilisk»,
LessWrong,
www.lesswrong.com/tag/rokos-basilisk [tinyurl.com/3zzxz9e]. <<
[212] «Elon
Musk at the MIT AeroAstro Centennial Symposium», YouTube, 5 de julio de 2015,
1:23:27, www.youtube.com/watch? v=4DUbiCQpw_4 [tinyurl.com/y9nkzce8]. <<
[213] Maureen
Dowd, «Elon Musk’s Billion-Dollar Crusade to Stop the A.I. Apocalypse», Vanity
Fair, 26 de marzo de 2017,
www.vanityfair.com/news/2017/03/elon-musk-billion-dollar-crusade-to-stop-ai-space-x
[tinyurl.com/45jtzf8w]. <<
[214]Ibid. <<
[215] Walter
Benjamin, «Zum Planetarium», en Einbahnstraße, 1928 [trad.
cast.: Calle de dirección única, Madrid: Abada, 2014]. <<
[216] Tyson
Yunkaporta, Sand Talk: How Indigenous Thinking Can Save The World,
Nueva York: HarperOne, 2020, pp. 78-79. <<
[217]Vicki
Robin, Blessing the Hands That Feed Us: What Eating Closer to Home Can
Teach Us about Food, Community, and Our Place on Earth, Farmington
Hills (Míchigan): Thorndike Press, 2014. <<
[218] Koustav Samanta,
Roslan Khasawneh y Florence Tan, «APPEC-Global oil demand seen reaching
prepandemic levels by early
2022», Reuters,
27 de septiembre de 2021,
www.reuters.com/business/energy/appec-global-oil-demand-seen-reaching-pre-pandemic-levels-by-early-2022-2021-09-27
[tinyurl.com/4yb6hpd8]. <<
[219]Jessica Gordon
Nembhard, Collective Courage: A History of African American Cooperative
Economic Thought and Practice, University Park (PA):
Pennsylvania State University Press, 2014. <<
[220]Elise Chen,
«These Chinese Millennials Are “Chilling”, and Beijing Isn’t Happy», New
York Times, 3 de julio de 2021,
www.nytimes.com/2021/07/03/world/asia/china-slackers-tangping.html
[tinyurl.com/3jn9xsex]. <<
[221] Gaya Herrington,
«Beyond Growth», LinkedIn, 13 de febrero de
2020,
www.linkedin.com/pulse/beyond-growth-gaya-branderhorst
[tinyurl.com/eajje63m]. <<
[222]Edward
Helmore, «Yep, It’s Bleak, Says Expert Who Tested 1970s End-of-the-World
Prediction», The Guardian, 25 de julio de 2021,
www.theguardian.com/environment/2021/jul/25/gaya-herrington-mit-study-the-limits-to-growth
[tinyurl.com/2mp7abra]. <<
[223] Spike Lee
(dir.), American Utopia, 2020, www.imdb.com/title/tt11874226
[tinyurl.com/9akxu6wy]. <<
[224] Véase el
trabajo de Sarah Pessin, incluido «From Mystery to Laughter to Trembling
Generosity: Agono-Pluralistic Ethics in Connolly v. Levinas», International
Journal of Philosophical Studies, vol. 24, n.º 5 (2016), pp. 615-638. <<
FIN

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