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Libro N° 14580. El Mundo Que Forjó La Peste. Belich, James. Parte 1.


© Libro N° 14580. El Mundo Que Forjó La Peste. Belich, James. Parte 1. Emancipación. Diciembre 13 de 2025.

 

Título Original: © El Mundo Que Forjó La Peste. Belich, James. Parte 1.

 

Versión Original: © El Mundo Que Forjó La Peste. Belich, James. Parte 1.

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.co/book/el-mundo-que-forjo-la-peste/


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

EL MUNDO QUE FORJÓ LA PESTE

James Belich

Parte1


 

 

El Mundo Que Forjó La Peste

James Belich

Parte 1.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En 1346 la peste negra llegó a Europa para diezmar a poblaciones enteras a lo largo y ancho del continente entre sufrimientos indecibles. Una catástrofe terrible, una tragedia humana de proporciones bíblicas, pero que desencadenó una renovación cultural y un desarrollo económico de una escala también sin precedentes. El mundo que forjó la peste es una historia panorámica de tales cambios, de cómo la peste bubónica revolucionó el trabajo, el comercio y la tecnología en Eurasia y de cómo preparó el terreno para la expansión mundial de Europa occidental que arrancó poco más de un siglo después.

 

James Belich, catedrático de la Universidad de Oxford en Historia Global, nos lleva a través de siglos y continentes para iluminar una de las mayores paradojas de la historia: ¿cómo pudo tal catástrofe plantar las semillas de ese espectacular despegue? Belich muestra cómo la peste, diezmando la población, duplicó la capacidad económica de los supervivientes y acrecentó la demanda de sedas, azúcar, especias, pieles, oro, esclavos… Europa se expandió para satisfacer dicha demanda y la peste proporcionó los medios. La escasez de mano de obra impulsó el uso de las energías hidráulica y eólica y de la pólvora y también aceleró el desarrollo de tecnologías como los altos hornos, las armas de fuego y los galeones artillados. Al situar el ascenso de Europa en un contexto global, demuestra cómo los poderosos imperios de Oriente Medio y Rusia también florecieron tras la peste, así como la intrincada relación entre la expansión europea y actores como China o los otomanos.

 

El mundo que forjó la peste es, pues, una ambiciosa y pionera historia global en torno a las transformaciones revolucionarias que trajo la peste negra, cuando el Medievo dio paso a la Edad Moderna, una era que resuena en la nuestra, superviviente, asimismo, de una plaga en un mundo conectado y en permanente cambio.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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James Belich

 

El mundo que forjó la peste

 

 

 

ePub r1.0

 

Titivillus 29.11.2025

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Título original: The World the Plague Made: The Black Death and the Rise of Europe James Belich, 2022

Traducción: Ricardo García Herrero

 

Editor digital: Titivillus

 

ePub base r3.0 (ePub 3)

 

Por la naturaleza de la red, puede que algunos de los vínculos a páginas web en el libro ya no sean accesibles.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Índice de contenido

 

 

El mundo que forjó la peste

 

Críticas

AGRADECIMIENTOS

INTRODUCCIÓN PARADOJAS DE LA PESTE PRÓLOGO

GLOBALIZAR EUROPA

REPENSAR LA GLOBALIZACIÓN Y LA DIVERGENCIA

LA REVOLUCIÓN EQUINA SUPERCULTIVOS, SUPERARTESANÍA LA REESTRUCTURACIÓN DE EUROPA

 

PRIMERA PARTE

UNA EPIDEMIA DE MISTERIOS

CAPÍTULO 1

LA PESTE NEGRA Y SU ÉPOCA

LA PESTE NEGRA

PARTE DE BAJAS

¿HASTA DÓNDE LLEGÓ LA PESTE NEGRA?

LA ERA DE LA PESTE

CAPÍTULO 2

ORÍGENES Y DINÁMICA DE LA PESTE NEGRA PREHISTORIA DE LA PESTE

MONGOLES Y MARMOTAS FRENTE A JERBOS Y CAMELLOS

RATAS EN EL BANQUILLO DE LOS ACUSADOS INMUNIDAD Y RESISTENCIA

LOS FINALES DE LA PESTE SEGUNDA PARTE

PESTE Y EXPANSIONISMO EN EUROPA OCCIDENTAL CAPÍTULO 3

¿UNA EDAD DE ORO?

UNA ECONOMÍA APESTADA ¿UNA EDAD DE ORO PARA QUIÉN? ¿CONSUMO MASIVO?

 

CAPÍTULO 4

OCUPACIONES EXPANSIVAS

 

 

 

 

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LOS OFICIOS DE LA CAZA EN EL NORTE LOS OFICIOS DEL SUR: AZÚCAR, ESPECIAS Y SEDA. Y TAMBIÉN ESCLAVOS

 

CAPÍTULO 5

¿REVOLUCIONES DE LA PESTE?

¿UNA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL BAJOMEDIEVAL? LA REVOLUCIÓN DE LA IMPRENTA Y LA TRANSICIÓN AMANUENSE

 

¿UNA REVOLUCIÓN DE LA PÓLVORA?

CAPÍTULO 6

FUERZA DE TRABAJO EXPANSIVA

RAZA Y REPRODUCCIÓN

MADRES DE RAZA Y DIVERGENCIA COLONIAL VARONES DE REEMPLAZO: LA CULTURA DE LOS TRIPULANTES EUROPEA

 

CAPÍTULO 7

ESTADOS, INTERESTADOS Y EL KIT EUROPEO PARA LA EXPANSIÓN

ESTADOS GUERREROS

TRANSNACIONALISMOS, REDES Y CAMBIOS DE

FORMA

EL KIT PARA LA EXPANSIÓN DE EUROPA OCCIDENTAL

TERCERA PARTE

¿EUROPA OCCIDENTAL O EURASIA OCCIDENTAL?

CAPÍTULO 8

EL IMPACTO DE LA PESTE EN EL SUR MUSULMÁN

EL IMPERIO MAMELUCO Y EL MAGREB El Magreb

EL CORAZÓN DEL IMPERIO OTOMANO: LOS BALCANES Y ANATOLIA

LA GRAN PERSIA ¿REVOLUCIONES COMPARTIDAS?

 

CAPÍTULO 9

LAS GLOBALIZACIONES MING Y MUSULMANA EN EL PRELUDIO DE LA EDAD MODERNA

LA EXPANSIÓN MERCANTIL MUSULMANA EN LA EDAD MODERNA TEMPRANA LA EXPANSIÓN CHINA

 

NEGOCIOS CONJUNTOS EN EL SUDESTE ASIÁTICO

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 10

 

IMPERIOS ENTRELAZADOS: LA PARADOJA GENOVESA Y LA EXPANSIÓN IBÉRICA

IMPERIALISMOS GENOVESES

LAS RESPUESTAS GENOVESAS A LA PESTE: ¿EL ORIGEN DEL CAPITALISMO MODERNO? ENREDOS IBÉRICOS: PORTUGAL

 

ENREDOS IBÉRICOS: ESPAÑA CAPÍTULO 11

LOS OTOMANOS Y LA GRAN DISTRACCIÓN

EL ESTADO DE LA RECUPERACIÓN

LA COLONIZACIÓN OTOMANA DE LAS CIUDADES Y LA ESCLAVITUD

LOS OTOMANOS Y LA EXPANSIÓN MÁS ALLÁ DE EURASIA OCCIDENTAL

CAPÍTULO 12

EL ROMPECABEZAS HOLANDÉS Y LA MOVILIZACIÓN DE EUROPA ORIENTAL

PESTE E IMPERIO EN EUROPA ORIENTAL

LA PESTE, LAS INSTITUCIONES Y EL AUGE DE HOLANDA

LA EXPANSIÓN NEERLANDESA

LOS IMPERIOS DE ÁMSTERDAM CAPÍTULO 13

IMPERIOS COLONIALES MUSULMANES EL IMPERIO COLONIAL MARROQUÍ EL IMPERIO COLONIAL OMANÍ

 

LOS MOGOLES: ¿UN IMPERIO COLONIAL EN EURASIA OCCIDENTAL?

CAPÍTULO 14

LA PESTE Y LA EXPANSIÓN RUSA NÓVGOROD: «LA ROMA DE LAS VÍAS NAVEGABLES»

 

LA EXPANSIÓN MOSCOVITA HASTA 1500 HIBRIDACIÓN E IMPERIO EN LAS ESTEPAS COMERCIO, COLONIZACIÓN Y CAZA EN SIBERIA ENTRE 1390 Y 1800

 

RUSIA, CHINA Y LA CAZA MUNDIAL CUARTA PARTE

EXPANSIÓN, INDUSTRIA E IMPERIO

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 15

 

¿IMPERIO? ¿QUÉ IMPERIO?

LOS AFRICANOS

AMÉRICA

LA INDIA

EL UNIVERSO CHINO

IMPERIOS ENTRELAZADOS

CAPÍTULO 16

LA GRAN BRETAÑA DE LA PESTE

LA ERA DE LA PESTE EN INGLATERRA ¿INSTITUCIONES PECULIARES? LOS IMPERIOS DE LONDRES

 

¿PERIFERIAS PERIFÉRICAS? COPIAR BENGALA EN LANCASHIRE

 

CONCLUSIÓN

BIBLIOGRAFÍA

FUENTES CLÁSICAS

FUENTES SECUNDARIAS

Galería de imágenes

Sobre el autor

Notas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Críticas

 

 

 

Mejor Libro de Historia Económica del Año para FiveBooks Mejor Libro del Año para Prospect Libro del Año para Spectator

 

Finalista del PROSE Award en Historia Europea, Association of American Publishers

Seleccionado para el Wolfson History Prize

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«Un libro ambicioso, magistralmente conseguido».

 

Tom Holland, autor de Dominio

 

 

 

 

 

«Belich recurre a una amplia gama de material actualizado con las últimas investigaciones históricas, desde los patógenos de la peste hasta el papel de la guerra en la centralización del Estado moderno y temprano. El viaje es provocador y a menudo estimulante […] Belich plantea preguntas profundas y lo hace con considerable entusiasmo».

 

Peter Frankopan, Prospect

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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«Tan revolucionario como El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II, de Fernand Braudel, el libro de Belich es “Gran Historia” en su máxima expresión. De hecho, Belich lleva la longue durée a la cúspide en un relato expansivo del nexo entre el trabajo, el capital, el comercio y el avance tecnológico en la evolución de la modernidad. En última instancia, la obra de Belich, con su ingenio característico, rompe los campos minados epistemológicos del debate “Occidente versus el resto”, al tiempo que hunde por su propia cuenta la dialéctica historiográfica medieval-moderna temprana-moderna».

 

Viktor Stoll, The English Historical

 

Review

 

 

 

 

 

«Fascinante […] Pese a tener que explicar varios temas espinosos, que van desde las enfermedades hasta los mercados laborales y las guerras, lo hace de forma lúcida y atractiva».

 

Helen Morgan, Financial Times

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«El mundo que forjó la peste recorre cinco siglos con una amplitud y profundidad extraordinarias para responder a una de las preguntas más importantes de la historia: ¿qué causó el ascenso de Europa a la hegemonía global y su “gran divergencia” del resto de Eurasia en términos de desarrollo económico en el siglo XIX? […] Belich presenta un argumento convincente a favor de la relación mutuamente beneficiosa entre el generalista que analiza el panorama general y el especialista temático, regional o cronológico».

 

Graeme Thompson, Dorchester

 

Review

 

 

 

 

 

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«Belich analiza el impacto inmediato y devastador de la peste pegra y sus efectos a medio y largo plazo en el orden económico y social. Muestra una cuidadosa consideración por las diferentes experiencias de los países y regiones de Europa y más allá […] El mundo que forjó la peste puede que sea, hasta la fecha, la mejor y más completa obra acerca de la peste negra y sus consecuencias».

 

Jeffrey Mazo, Survival

 

 

 

 

 

«Un libro australiano muy esperado […] James Belich es uno de nuestros historiadores más absolutamente necesarios; su visión es tan amplia como el propio mundo».

 

Geordie Williamson, The Australian

 

 

 

 

 

«El mundo que forjó la peste demuestra de manera convincente que la peste negra influyó en muchos aspectos de la vida humana. En resumen, es historia global».

 

Okori Uneke, International Social

 

Science Review

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«Merece la pena leer El mundo que forjó la peste simplemente como una narración de estos acontecimientos extraordinarios por parte de un historiador que combina el dominio del detalle con una visión grandiosa de los factores que impulsan la expansión humana. Belich es amplio en su alcance, provocador en sus afirmaciones y ambicioso en sus concepciones. Su escritura está llena de metáforas coloridas, giros inesperados y elegantes desprecios hacia los

 

 

 

 

 

 

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numerosos académicos que carecen de la imaginación necesaria para compartir sus ideas».

 

Jonathan Sumption, Literary Review

 

 

 

 

 

«Un trabajo audaz y enormememente investigado».

 

Jordan Michael Smith, Undark

 

 

 

 

 

«Un magnífico ejercicio de erudición».

 

Talha Burki, The Lancet

 

 

 

 

 

«Una historia revisionista de gran alcance […] Rica en erudición y perspectivas nuevas y sorprendentes, esta nueva mirada al impacto de la peste negra en la historia mundial es una lectura obligada tanto para los amantes de la historia como para los aficionados a las plagas».

 

Library Journal

 

 

 

 

 

«Una sugestiva e impresionante historia de un acontecimiento trascendental».

 

Publishers Weekly

 

 

 

 

 

«Exhaustivamente investigado y erudito».

 

Sheldon Kirshner, The Times of

 

Israel

 

 

 

 

 

 

 

 

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«Lleno de información extensa y detallada […] El mundo que forjó la peste es un libro monumental que será lectura obligatoria para cualquiera que esté interesado en la transición a la modernidad y ofrece mucho material para pensar acerca de la metodología de la “historia global” y la historia a lo largo de un extenso periodo».

 

Justine Firnhaber-Baker, History

 

Today

 

 

 

 

 

«Arrollador y ambicioso».

 

Peter Frankopan, The Spectator

 

 

 

 

 

«Meticulosamente investigado».

 

Ann G. Carmichael, Journal of

 

Interdisciplinary History

 

 

 

 

 

«Increíblemente interesante y educativo […] Un libro fascinante. Obviamente, se recomienda a los estudiantes de historia de las enfermedades infecciosas, pero también a los lectores receptivos a la idea de que la historia puede verse moldeada de forma decisiva por las bolas curvas que lanza la naturaleza».

 

Leon Vlieger, Inquisitive Biologist

 

 

 

 

 

«Hay mucho que aprender de este libro tan concienzudamente planteado».

 

 

 

 

 

 

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Peter Sarris, The Critic

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Agradecimientos

 

En primer lugar, permítanme agradecer al Marsden Fund de Nueva Zelanda su generoso apoyo durante el bienio 2010-2012, una ayuda que me permitió embarcarme en este proyecto. Su voluntad

 

de dedicar parte de sus limitados fondos de investigación en humanidades a una ambiciosa historia global me parece muy meritoria. Estoy encantado de poder, por fin, entregar los frutos de su inversión. Durante este periodo, trabajé en el Stout Research Centre de la Victoria University of Wellington, donde recibí la importante ayuda y el apoyo de Richard Hill, Joe Lawson, Neil Quigley, Franchesca Walker y, sobre todo, Charlotte Bennett.

Desde 2012, y ya en Oxford, numerosos colegas, visitantes y alumnos ayudaron de diversas maneras y a todos ellos les doy las gracias. Merecen un reconocimiento especial los siguientes: Cheryl Birdseye, Erica Charters, Claire Phillips y Chris Wickham. De los más lejanos, me gustaría dar las gracias en particular a Felicity Barnes, al difunto Chris Bayly, Rob Bell, John L. Brooke, Linda Colley, Michael Kelly, Joachim Muller, Neil Pearce, James Pullen, Bob Tristram y Leslie Young. Un buen número de oyentes de mis conferencias del ciclo G. M. Trevelyan (Cambridge, 2014) sorprendió con su generoso aliento a un generalista que se estaba adentrando en sus campos de estudio. Espero que acepten un genérico pero sincero «gracias». Lo mismo cabe decir de los numerosos especialistas en cuyo trabajo me he basado —y a veces cuestionado o reutilizado—, en particular a los autores de tesis de posgrado accesibles digitalmente.

 

También debo dar las gracias a Ben Tate, Josh Drake, Karen Carter y Dimitri Karetnikov, de Princeton University Press; a la correctora Karen Verde; y al cartógrafo Rob McCaleb.

 

 

 

 

 

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Por último, seis personas heroicas leyeron y comentaron provechosamente todo el manuscrito: Margaret Belich, Pekka Hämäläinen, Robert Hymes, John Darwin, David Scott y Andrew Thompson. Les estoy inmensamente agradecido por sus consejos, aunque no siempre los siguiera. Por supuesto, soy yo el único responsable de los errores y malentendidos que hayan podido quedar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Introducción

 

Paradojas de la peste

 

En 1345, Europa y sus vecinos se vieron asolados por una terrible epidemia de peste que posiblemente fuera, en porcentaje sobre el total de la población, la catástrofe más letal de la historia de la

 

humanidad. Surgió primero en la región del mar Negro y cuenca del río Volga, para extenderse después por todo el Mediterráneo a partir de 1347 y arrasar el norte de Europa en 1348, excepto algunas regiones rusas a las que no llegó hasta 1353. Anteriormente conocida como la gran muerte, la gran peste o, simplemente, la muerte o la peste, pasó a denominarse la peste negra. Los horrores y angustias que generó desafían todo intento de descripción, si bien los cronistas más inspirados consiguieron acercarse un tanto a lo que en realidad fue. Algunas variantes de la enfermedad mataban de manera fulgurante, en uno o dos días a lo sumo, aunque la bacteria principal acababa con las personas en una semana más o menos desde la primera aparición de los síntomas. Los enfermos agonizaban y muchas veces sus familiares se resistían a atenderlos por miedo al contagio, fallecían incluso los niños no infectados al haber perecido antes sus padres y los bebés mamaban del pecho de su madre muerta. Los médicos de la

 

época hicieron cuanto pudieron —buena prueba de ello son los numerosos tratados acerca de la peste—, sin hallar ningún tratamiento eficaz. Francesco Petrarca, la voz del Protorrenacimiento italiano, escribió:

 

Nuestras viejas esperanzas yacen sepultadas con nuestros amigos. El año 1348 nos dejó solos y desamparados, pues no nos ha arrebatado cosas que puedan ser restauradas por los mares Indo, Caspio o Cárpatos. Las últimas pérdidas han sido irreparables y

 

 

 

 

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cualquier cosa que la muerte haya causado es ahora una herida incurable. Un solo consuelo nos queda: que seguiremos a quienes nos precedieron.[1]

 

Las recientes investigaciones en torno a la peste negra hacen necesarias hasta cuatro revisiones de nuestra comprensión de la misma. Los argumentos a favor de cada una de ellas se exponen en la Primera Parte. A continuación, examinaremos brevemente sus posibles implicaciones. La primera no es tanto una revisión como la recuperación de un enfoque más antiguo. Durante el siglo XX, la mayoría de los expertos estaban convencidos de que la peste negra era la peste bubónica, causada por la bacteria Yersinia pestis (Y. pestis), que, normalmente, solo infectaba a roedores salvajes. Entre 2001 y 2011 esa idea de la peste bubónica sufrió serias recusaciones y, sin embargo, la ciencia actual la ha confirmado finalmente de manera definitiva. Por tanto, la peste negra dio inicio a la segunda de las tres pandemias conocidas de peste bubónica. Pandemia se refiere, técnicamente, a una sola gran epidemia, pero en el habla común ha pasado a significar epidemias sucesivas de peste en un espacio amplio de tiempo. Es importante distinguirlas de las epidemias de peste puntuales y de los brotes regionales o locales —al menos estos últimos eran, y son, bastante comunes—. La primera pandemia fue la plaga de Justiniano, el emperador bizantino reinante, que afectó a la misma región que la peste

 

negra medieval tardía —aunque ocho siglos antes— en 541. Las olas

 

posteriores —diecisiete o dieciocho— se dejaron sentir durante dos siglos. La pandemia de peste negra, que comenzó en 1345, duró más de tres centurias e implicó en total a unas treinta epidemias de relevancia. La tercera pandemia, llamada moderna, surgió en el sudeste de China en 1894, alcanzó los cinco continentes habitados y declinó a partir de 1924. Extraemos gran parte de nuestra información acerca de la peste de esta última pandemia, pero fue mucho más corta, de alcance planetario y proporcionalmente mucho menos letal que las dos anteriores. Por tanto, la segunda peste pandémica fue un acontecimiento raro con un único precursor por lo general aceptado y ningún sucesor real. Si tenemos que elegir una sorpresa inesperada de la naturaleza que haya afectado al curso de la historia humana durante los últimos dos mil años, la pandemia de peste negra es una candidata.

 

 

 

 

 

 

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Ello resulta especialmente cierto —y así llegamos a nuestra segunda revisión— si tenemos en cuenta su espeluznante mortandad. Las estimaciones habituales para la primera ola (1346-1353) oscilan entre un cuarto y un tercio de la población de Europa occidental, así que vamos a decir un 30 por ciento (un desastre, se mire como se mire). A muchos estudiosos les ha parecido una cifra elevada y poco convincente, dado que la tercera pandemia no mató a más del 3 por ciento de la población en las regiones más afectadas. Sin embargo, el análisis de nuevas pruebas y la reinterpretación de otras antiguas sugiere que el número real de víctimas fue más bien del 50 por ciento: por tanto, una masacre repentina de la mitad de la gente solo en la primera ola. Puede parecer macabro discutir los detalles de una tragedia tan terrible: ¿qué importa si la muerte se cobró un tercio o la mitad? Aunque los humanos nos caracterizamos por nuestra resistencia, por lo que la diferencia es posible que sea importante para quienes sobreviven. Si las cosechas disminuyen un 40 por ciento y perece el 30 por ciento de la gente, los vivos sufrirán penurias. Si muere el 50 por ciento, los supervivientes disfrutarán de una modesta abundancia. Nuestra tercera revisión se refiere al momento en que se recuperó la población. Ninguna de las olas posteriores tuvo la velocidad de propagación o la letalidad de la primera y, hasta hace poco, se pensaba que la recuperación fue bastante rápida, con un inicio en 1400 hasta completarse en 1500. No obstante, últimamente parece que llevó en realidad un siglo de retraso: la recuperación demográfica no fue general hasta 1500, aproximadamente, ni completa hasta 1600, más o menos. En el caso de Inglaterra, recuperó su población anterior a la pandemia en 1625, después de 275 años.[2] Así pues, durante el siglo XV, Europa occidental aún tenía la mitad de su población normal, es decir, el nivel anterior a 1345 y posterior a 1600. Sin embargo, fue precisamente en este siglo cuando se inició la expansión mundial del Viejo Continente.

 

¿Por qué Europa? ¿Cómo es que este pequeño continente se expandió hasta alcanzar la hegemonía mundial? En 1400, los europeos occidentales controlaban alrededor del 5 por ciento de la superficie del planeta. Para 1800, se dice que controlaban alrededor del 35 y el 80 por ciento en 1900.

 

     Ya sabemos que la extensión territorial es una medida bien poco precisa y veremos más adelante que se ha sobreestimado el grado de control sobre esas tierras. Pese a ello, incluso en 1550, con la recuperación de la población aún no completa del todo, los europeos controlaban las

 

 

 

 

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fuentes de oro y plata más ricas de Sudamérica y habían empezado a asentarse en otras partes del continente. Eran actores destacados en el comercio subsahariano de oro y esclavos, así como en la dinámica actividad mercantil del océano Índico y empezaban a expandirse también por China. Después de todo, la riqueza de los mares oceánicos de Petrarca resultó ser un consuelo para los supervivientes de la peste. Aquella extraña intersección entre despoblamiento y expansión exitosa constituye la primera paradoja de la peste.

 

La expansión geográfica, que comenzó en el siglo XV y concluyó con la hegemonía planetaria del XIX, fue solo la mitad de la gran divergencia de Europa con respecto al resto del mundo. La otra mitad fue el desarrollo económico, que culminó en la industrialización a finales del siglo XVIII. China e India eran los líderes económicos mundiales en la Alta Edad Media (ca. 900-1300) y no está claro en qué momento Europa empezó a alcanzarlos. Sin embargo, en la Segunda Parte de este libro se habla de la época posterior a la peste (1350-1500). Esta conjunción de terribles epidemias con avances económicos y tecnológicos es la segunda paradoja de la peste, que nos encamina a nuestra cuarta y última revisión de esa pandemia. Muchos expertos siguen creyendo que la enfermedad de la peste negra también afectó a India y China en el siglo XIV, además de a Europa y sus vecinos. En la Primera Parte sugerimos que, probablemente, no fue el caso. La implicación de este hecho es que tal vez la peste tuvo que ver con esa gran divergencia. Por simplificar al máximo —y adelantarme a una posible ocurrencia—, este libro pone a prueba una nueva respuesta de dos palabras a una vieja pregunta de tres palabras: ¿por qué Europa? Yersinia pestis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

«¿Por qué Europa?». La pregunta sigue ahí por mucho que algunos quisieran hacerla desaparecer; razones no les faltan. Una mayoría de historiadores están hartos ya del autobombo europeo y de la historia de altos vuelos, esa que habla solo de la política, la diplomacia y los grandes hombres. Por fortuna, su atención se ha vuelto hacia las mayorías europeas

 

 

 

 

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silenciadas, hacia las capas de subjetividad que arrojan una nueva luz sobre la historia y hacia la intervención y singularidad de tantas sociedades fuera del Viejo Continente. Ello ha dado lugar a una impresionante variedad de nuevos estudios, muchos de los cuales han contribuido a la elaboración de este libro. También es comprensible que los historiadores desconfíen de las generalizaciones, sobre todo cuando se organizan en metanarrativas, esto es, relatos globales de la historia del mundo en cuyas categorías pueden ir encajando los hechos. Algunos creen incluso que el oficio mismo de buscar la verdad en la historia es una ilusión. «No hay ningún rostro detrás de la máscara»,[4] lo que nos dejaría no otra cosa que unas máscaras como objeto de estudio. O bien opinan que la historia profesional está tan entrelazada con el entorno eurocéntrico y nacionalista de finales del siglo XIX en el que floreció que no es capaz de trascenderlo. En mi opinión, estas consideraciones deben llevarnos a la cautela, más que a eludir la tarea. Reconstruir la historia con total exactitud y trascender por completo el eurocentrismo seguramente resultará imposible. Pero lo que sí podemos es acercar o alejar el foco. Los argumentos generales simplifican en exceso, pero también pueden contextualizar, permitir la comparación y descubrir nuevas capas de complejidad. ¿Deberíamos dejárselos a los historiadores económicos, a los sociólogos históricos o a los historiadores populistas, más propensos a dejar de lado las partes más turbias del pasado, también conocidas como historia contingente?

 

Hay otro argumento que suele esgrimirse para descartar el estudio de la expansión geográfica y el crecimiento económico europeos: la

 

supremacía mundial que proporcionó resultó efímera —digamos que de 1850 a 1950— y además desapareció hace ya tiempo. Pero ello no es motivo para que los historiadores se desentiendan del pasado. Además, se ha exagerado la muerte del predominio eurocéntrico. Si incluimos a la misma Europa, cuatro y un tercio de los seis continentes habitables del mundo —las dos Américas, Australasia y la Rusia asiática— siguen dominados por personas de ascendencia europea y que, a menudo, siguen autodefiniéndose como europeos. El gran legado de Europa, la industrialización, sigue omnipresente en todo el planeta y afecta a la mayoría de las vidas humanas para bien o para mal. Por supuesto, ya existen bibliotecas enteras de libros que explican tal influencia y la mayoría de las más recientes ha sido capaz de trascender tanto el racismo como el triunfalismo. Hay muchas teorías plausibles acerca de las causas

 

 

 

 

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del imperialismo europeo. Entre ellas se encuentran el aventurerismo y el evangelismo; la necesidad de repartir el excedente de mano de obra o capital europeos; la llegada de la tecnología moderna, que dio alas a antiguas aspiraciones expansionistas; y el sistema competitivo por el que cualquier Estado europeo moderno respetable debía poseer un imperio. La mayoría se centra en la era del alto imperialismo (1860-1914) o en el largo siglo XIX (1783-1914). Es cierto que este último periodo fue testigo de un auge masivo de los imperios —el sometimiento de otras sociedades—, de la colonización —la reproducción de la propia sociedad en lugares distantes a expensas de los habitantes anteriores— y del comercio a gran escala. Aunque tales procesos se basaron en siglos de expansión anterior cuyos orígenes aún no se han explicado de manera satisfactoria.

 

No pretendo afirmar que la peste domine el rompecabezas causal. Sí sugiero que es la pieza que ha faltado en mayor grado, cuya inclusión arroja nueva luz sobre el conjunto. Aunque algunos historiadores clarividentes han intuido una conexión, ninguno, que yo sepa, ha trazado una secuencia causal plausible entre la peste europea misma y su propagación geográfica y no digamos ya probarla. No ocurre lo mismo con el crecimiento económico. Desde 1860, si no antes, algunos estudiosos han relacionado la peste negra con el inicio del progreso económico de Europa occidental y su desarrollo tecnológico asociado.[5] Esta visión parece cíclica, hasta el punto de entrar y salir periódicamente de la moda dominante. El siglo pasado fue, sobre todo, un periodo de salida. «La mayoría de los historiadores que escribieron en el siglo XX […] restaron importancia sin miramientos al impacto de la peste negra, que quedó relegada al papel de acelerador de una crisis ya en marcha».[6] Algunos siguen negándole de manera explícita un papel relevante. En 2014, un destacado historiador del entorno medieval escribió que la peste negra «no logró alterar los fundamentos a largo plazo».[7] En 2016, otro especialista relevante, este económico, coincidió en que «al fin, y a la postre, la peste no motivó cambios económicos significativos a largo plazo».[8] En la actualidad siguen prevaleciendo las interpretaciones sin peste en relación con el crecimiento económico moderno del Viejo Continente, si bien la rueda va mostrando signos de volver a girar (vid. Capítulos 3 y 16).

 

El auge de la Europa moderna se ha atribuido a una sucesión de grandes movimientos intelectuales: el Renacimiento en el siglo XV, la

 

 

 

 

 

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Reforma del XVI, la Revolución científica del XVII y la Ilustración del XVIII. Este Santo Cuarteto, y muy en particular su último integrante, sigue teniendo sus defensores.[9] Asimismo, en la actualidad se le da mayor crédito a determinados aspectos culturales extraordinarios y de largo aliento y a las instituciones benefactoras. «Los especialistas que le atribuyen a cualidades inherentes europeas el haber hecho posible la aparición del mundo moderno suelen hacer hincapié en la cultura o en las instituciones».[10] Entre esos aspectos particulares figuran las familias nucleares, el individualismo, la curiosidad y la creatividad y, entre las instituciones, Estados centralizados fuertes, leyes estables, asambleas representativas y mercados más libres. No hay nada políticamente correcto o eurófobo en cuestionar este paquete causal. Aunque ahora despojado de racismo, sigue siendo sospechosamente fraternal con Europa. Por pura

 

estadística —cabría pensar—, tal vez se podrían incluir algunos vicios y contingencias más y alguna virtud menos. La mayoría de las virtudes existieron y fueron relevantes, pero rara vez se nos explica su aparición y excepcionalidad, ni se nos cuenta con precisión cómo interactuaron entre sí o con la expansión geográfica y el crecimiento económico. ¿Fueron causas o efectos de la gran divergencia? ¿O surgieron, ellas y la excepcionalidad real o supuesta de Europa en general, de semillas anteriores, como los legados de la Grecia y la Roma clásicas, o la religión cristiana, o diversas epifanías medievales fechadas durante los siglos VIII, X o XII? Este libro trata de introducir la peste negra —y algunas otras nuevas variables— en esa conversación que trata no solo de Europa y su expansión geográfica y crecimiento económico, sino de la historia global.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Prólogo

 

 

 

 

 

Globalizar europa

 

 

 

En primer lugar, las consecuencias —y, en menor medida, las causas— de la peste negra; en segundo lugar, las causas —y, en menor medida, las consecuencias— de la expansión europea; y en

 

tercero, la interacción de la una con la otra. Son temas suficientemente amplios para cualquier libro. Sin embargo, por mis pecados, me he

 

convencido de que un enfoque aún más amplio —global, de hecho— es el más apropiado para arrojar nueva luz sobre ellos. Por tanto, tengo que esbozar aquí algunas particularidades de mi visión personal de la historia global. Presenta, al menos, dos formas: extensiva e intensiva. La historia global extensiva trata de ofrecer visiones generales, no necesariamente de toda la historia del planeta, sino de amplias partes de ella o de patrones generales. Debería evitar metarrelatos rígidos que privilegien a un único grupo cultural y que impliquen un progreso inexorable hacia el presente. Sin embargo, los marcos transculturales flexibles que sugieren patrones y procesos extensos siguen teniendo su utilidad siempre que no pretendan constituir la única forma respetable de hacer historia. La historia global intensiva, por el contrario, aporta perspectivas útiles de cualquier lugar y cualquier momento a problemas históricos concretos, por grandes o pequeños que sean, y luego pone a prueba la hipótesis resultante en una holgada variedad de fuentes accesibles, incluidas tesis inéditas, revistas

 

 

 

 

 

 

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poco conocidas y ciencia reciente. Puede parecer poco generoso a la hora de cuestionar a los especialistas de los que depende, pero, en realidad, los toma en serio y trata de realzar su profundidad con su amplitud. La historia global intensiva es la apuesta principal de este libro, sin embargo, este Prólogo sienta sus bases mediante la experimentación con la variante extensiva.

 

 

 

REPENSAR LA GLOBALIZACIÓN Y LA DIVERGENCIA

 

Muchos estudiosos sitúan el origen de la globalización, un proceso que, supuestamente, culminará en un planeta totalmente interconectado, en un pasado muy reciente, después de 1945.[1] Algunos historiadores lo remontan a 1571, cuando los galeones españoles de Manila inauguraron un comercio que recorría todo el orbe, o bien a algún momento del siglo XIX, cuando se iniciaron los intercambios realmente masivos de mercancías a través de los océanos. En mi opinión, se trata de un proceso demasiado relevante para restringirlo al pasado reciente o a todo el planeta. Para mí, lo más interesante de la globalización no es la universalidad o la modernidad, sino la conectividad transformadora. Esta puede generar historias híbridas que son más que la suma de sus partes, donde uno más uno es igual a tres. El ejemplo clásico es el bronce, que requirió conectividad porque las fuentes de cobre y estaño suelen distar entre sí. La biota y las culturas también pueden hibridarse. Los camellos adaptados al frío y los dromedarios adaptados al calor se cruzaron en Sogdiana o en Bactriana hace 2500 años y dieron lugar a una bestia mucho más grande capaz de soportar tanto el frío como el calor. Las culturas híbridas

 

afroárabe —suajili— y afroeuropea surgieron en las costas oriental y occidental de África hace unos 1000 y 500 años, respectivamente, lo que intensificó las conexiones globales del continente. La globalización también puede crear y vincular mundos subplanetarios, que dan como resultado un nuevo espacio conectado en el que transcurre la historia, un mundo conocido o ecumene cuyas partes más lejanas se conocen entre sí.

 

 

 

 

 

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Estos conceptos ya se han vuelto de uso común: el mundo islámico, el mundo atlántico. La idea resulta incluso más útil cuando se extiende más allá de cualquier imperio. Existieron los mundos romano y chino hace 2000 años, mayores que los imperios: Irlanda y Japón formaban parte del mundo en cuestión, pero no del imperio. Tres sencillas tipologías ayudan a cartografiar la escala, los motores y las intensidades de la globalización, aunque debemos tener en cuenta que los tipos son puntos fijos artificiales que nos permiten tomar un segmento de una realidad fluida para analizarlo con más detenimiento.

 

La globalización     ha        operado           a          tres      escalas:            totalmente       global

 

—afectando           a          los       seis      continentes      habitables—;   semiglobal

 

—extendiéndose  por  la  mayor  parte  de  un  hemisferio  entero—;  y

 

subglobal —implicando a dos o más subcontinentes—. Solo se me ocurren dos ejemplos de la primera: la globalización moderna y la dispersión

original del Homo sapiens —nosotros, los autodenominados simios inteligentes— desde África a los seis continentes, que terminó en Sudamérica hace unos 12 000 años. Un ejemplo de semiglobalización es la asombrosa expansión de los viajeros lejanos de habla austronesia, los malayo-polinesios, desde los confines del sudeste asiático a través del océano Índico hasta África y las islas del vasto Pacífico, probablemente en los últimos dos milenios y es posible que hasta alcanzar las Américas. Otra es el casi cerco del Polo Norte por culturas superpuestas adaptadas al Ártico que utilizaban renos y perros de trineo, ropa de piel impermeable y embarcaciones de piel, como las grandes umiaks para cazar ballenas, así como arpones de palanca, armaduras de hueso y arcos y flechas. Todo ello culminó en la rápida expansión de los inuit de Thule desde Siberia oriental hasta Groenlandia en torno al siglo XII, que dejaba a un lado a aleutas, amerindios, paleoinuit y, finalmente, a los nórdicos europeos en Groenlandia. Los casos clave de subglobalización de este libro son los cuatro mundos antiguos que surgieron en Afroeurasia hace 5000 años: Asia oriental, centrada en China; el mundo del océano Índico, centrado en la India; Eurasia occidental, centrada en Oriente Medio; y el mundo no centrado pero conectado de las estepas euroasiáticas, las praderas de más de 8000 kilómetros desde Manchuria hasta las llanuras húngaras.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Mapa 1: Los cuatro «viejos mundos».

 

 

 

Cada mundo estaba cosido o entretejido por uno o varios de los cinco motores de la conectividad. La difusión de objetos y pensamientos de un vecino a otro era el más básico. Lenta y limitada, posibilitaba, sin embargo, transferencias de importancia. En el otro extremo de la escala estaba la expansión de un único grupo cultural hacia nuevos territorios, que podía ampliar e intensificar rápidamente las conexiones. Los imperios se convirtieron en una notable forma de expansión, pero no fueron ni mucho menos la única. Los sistemas de comercio, caza y esclavitud podían extenderse, a veces violentamente, sin imperio y hubo casos de expansión en manada como los de las pequeñas ciudades-Estado griegas por todo el Mediterráneo en el último milenio antes de Cristo o las naciones-Estado europeas en el siglo XIX de nuestra era. Sin embargo, una expansión duradera requería vínculos permanentes, formales o informales, con la región de origen. Si estas conexiones desaparecían, la expansión se convertía en dispersión, nuestro tercer motor. La dispersión también podía ser un fenómeno aislado, como las migraciones populares o las

 

 

 

 

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protagonizadas por hombres guerreros sin pensar en el imperio ni en el regreso a casa, como la migración anglosajona a Gran Bretaña durante los siglos V y VI de nuestra era. La dispersión fue como una goma elástica que se estira y se rompe, pero deja sus fragmentos lejanos en el lugar, mientras que la expansión se estira, pero no se rompe. El cuarto motor de la globalización fue la atracción, que actuó como un imán para atraer a la gente hacia recursos preciados, como la obsidiana, o manufacturas apreciadas, como la seda. Para ello se hacía necesario llegar hasta el exterior, nuestro último motor, es decir, ir a buscar algo a su origen y regresar con ello, en lugar de comerciar con ello en algún centro intermedio o esperar a que se filtre por difusión. Alrededor del año 1500 a. C., unos antepasados de los actuales suecos perdieron la paciencia ante la lenta difusión del cobre chipriota y fueron a buscarlo ellos mismos por tierra. Más tarde, cuando volvieron a casa, demostraron su logro con dibujos rupestres de barcos a la manera mediterránea.[2]

 

Incluso un contacto ocasional puede estar en el origen de transmisiones importantes, la más baja de las cuatro intensidades y nuestra última minitipología. Los raros hallazgos de objetos procedentes de tierras lejanas, como clavo de las Molucas en una pirámide egipcia, resultan interesantes porque indican la amplitud de las redes, aunque no son significativos en sí mismos. Sin embargo, un puñado de transferencias de

 

elementos capaces de reproducirse localmente —biota, personas, ideas— podría suponer una gran diferencia para las sociedades receptoras. De algún modo, el mijo africano llegó a la India hacia el año 2000 a. C., encajó en nichos ecológicos infrautilizados y permitió una mayor densidad de población.[3] La mayor intensidad implicaba integración: los vínculos eran tan estrechos, a pesar de la distancia, que dos o más lugares lejanos se volvían dependientes mutuamente. Un ejemplo temprano es la dependencia de la Atenas clásica del cereal de Crimea.[4] El nivel medio-bajo de intensidad era la interacción, cuyo indicador es el comercio de lujo bastante regular, del que podían llegar a depender las élites para demostrar que lo eran. La circulación era el nivel medio-alto; su vehículo era el comercio a granel de productos como la sal, la madera y el grano. Tanto la interacción como la circulación podían transportar también nuevas ideas, cultura material, biotecnología y enfermedades. Debemos recordar constantemente que la globalización no era buena ni inexorable por necesidad. Puede contraerse o expandirse, debilitarse o intensificarse,

 

 

 

 

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colapsar o emerger. Puede transmitir la sífilis y la ciencia. Algunas enfermedades, entre ellas es posible que la sífilis, podían propagarse a larga distancia por mera transmisión. La viruela podía conformarse con la interacción. En las tres pandemias, las secuencias de peste bubónica requerían circulación. Las pandemias de peste también tuvieron historias híbridas. Fueron aventuras conjuntas entre acontecimientos ecológicos aleatorios y la intensidad sostenida de la conectividad humana.

 

Hasta el cuarto milenio antes de Cristo, las cadenas de conectividad solían detenerse en los vastos mares, los desiertos y las estepas infinitas. Más adelante, los avances en biotecnología convirtieron esas barreras en puentes. Hacia el año 3000 a. C. ya se utilizaban barcos de vela y se habían domesticado los caballos y, poco después, los camellos bactrianos. A partir del año 2000 a. C., aproximadamente, los cuatro mundos afroeuroasiáticos empezaron a unirse. En este contexto de semiglobalización, el concepto de divergencia pasa a convertirse en algo más que un concurso de belleza en el que quien gana se parece bastante al que puntúa.

Hacia el año 2000, el debate en torno a «¿por qué Europa?» se vio renovado y reorientado por libros como La gran divergencia, de Kenneth Pomeranz, que sostenía que Europa no superó el nivel económico de China hasta más o menos 1800 y que, desde ese momento, si pudo seguir

prosperando fue gracias al acceso fortuito al carbón —británico— y a las

 

colonias —americanas—, con sus fértiles tierras.[5] Esta obra apoya la idea de que la complejidad económica y la productividad europeas no superaron a las de China hasta el siglo XVIII. No obstante, el proceso de convergencia puede haber comenzado antes y desde luego lo hizo la expansión geográfica, que tal vez fuera una condición previa necesaria para el crecimiento económico. Empezó en el siglo XV, ya fuera en 1492, cuando Colón se topó con América, o en 1402, cuando los europeos hicieron su primera conquista duradera de ultramar: Lanzarote, en el archipiélago canario. El debate acerca de las causas y el momento de la divergencia ha generado una extensa y útil bibliografía. Sin embargo, todas las partes coinciden en que solo existió una gran divergencia, la que se produjo entre Europa y el resto del planeta, un consenso que, a su vez, necesita cuestionarse.

 

Digamos que una divergencia se inicia como una potente innovación regional en biotecnología o religión o, tal vez, en la mezcla de los dos

 

 

 

 

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tipos anteriores. Si la divergencia proporciona una ventaja en la expansión o la dispersión, otros tratarán de igualarla, o serán subyugados y se les impondrá. Si simplemente se considera valiosa o útil, los demás intentarán adquirirla y luego emularla produciéndola ellos mismos. Para ello es necesario que la conozcan por medio de la interacción, o bien que sean educados por las malas mediante la expansión o la dispersión. La divergencia impregnará entonces el espacio conectado y madurará en una convergencia. Es esta difusión a un elevado número de personas, y no los logros reales o supuestos del divergente, lo que hace que una divergencia sea grande. En los mundos interconectados de Afroeurasia en los últimos 5000 años existieron al menos cuatro grandes divergencias, definidas como innovaciones enormemente influyentes que llegaron del Pacífico al Atlántico. El listón está muy alto. Excluye la impresionante difusión de las influencias romana y budista, que no llegaron a ambos océanos.

 

 

 

LA REVOLUCIÓN EQUINA

 

 

La primera de estas grandes divergencias fue la propagación de la doma del caballo a partir del año 3000 a. C. Las pruebas al respecto, y en particular lo que la ciencia nos dice de los genomas humano y equino, son cambiantes y controvertidas. En resumen, la historia discurrió más o menos así: los caballos fueron domesticados por primera vez en Botai, al este de los Urales (actual Kazajistán, en Asia Central), hace unos 5500 años para aprovechar su leche y su carne y es posible que para la monta. Más tarde, hacia 3000 a. C., los nómadas esteparios del oeste ahora conocidos como yamna, que antes habían adoptado los carros tirados por bueyes y el pastoreo de vacas y ovejas, retomaron esa domesticación. Mi suposición es que primero montaron a dos manos, agarrando la crin y el cuello de los caballos, además de las bridas. La implicación de este hecho es que la equitación aún no era de utilidad directa en la guerra —no les quedaba una mano libre para blandir un arma—, pero sí permitía explorar y hacer incursiones más rápidamente y a mayor distancia y, además, los guerreros podían llegar frescos al campo de batalla. Es posible que esto ayudara a los yamna a extenderse con rapidez por Europa central y oriental hacia 2500 a. C. y con ellos se extendió su lengua indoeuropea.[6] El

 

 

 

 

 

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despegue de la guerra ecuestre lo podemos datar con mayor seguridad hacia 2000 a. C. Por esa época, en Sintashta (también en Asia Central) nacieron los carros de guerra, que sirvieron de ayuda a los pueblos descendientes de los yamna o relacionados con ellos para emprender una nueva serie de migraciones hacia el año 1500 a. C.: a Europa occidental, los Balcanes, Anatolia, Mesopotamia, Irán, el norte de la India y la cuenca del Tarim, en lo que hoy es el noroeste de China, donde se han hallado momias de aspecto supuestamente europeo.[7] Los caballos y los carros llegaron al este de China hacia 1200 a. C., época en la que ya se utilizaban desde el Atlántico hasta el Pacífico.

 

Hay al menos una interpretación de estos hechos que aún parece influida por ciertos residuos de arianismo, la teoría racial de la que Adolf Hitler es el exponente más conocido.[8] Sin embargo, esto no ha sido más que una patraña: los hablantes indoeuropeos fueron los que llegaron más lejos, los más tempranos, y la difusión de su lengua —por Irán, Anatolia y el norte de la India, además de Europa— es, ciertamente, notable. No obstante, a pesar de los esfuerzos por atribuírselo a los yamna, las pruebas recientes parecen apoyar que la primera domesticación tuvo lugar en la cultura botai.[9] Es probable que los botai no hablaran indoeuropeo ni que tuvieran ascendencia caucásica.[10] Sus caballos no fueron los antepasados de los caballos modernos, pero probablemente tampoco lo fueron los caballos yamna. En contra de las hipótesis anteriores acerca de un número muy reducido de equinos Adams, la falta de diversidad genética masculina en los caballos modernos se atribuye en la actualidad a las prácticas de cría más recientes con sementales selectos.[11] En cualquier caso, pueblos como los egipcios ya habían igualado a los nómadas esteparios en la guerra de carros hacia el año 1500 a. C. Aproximadamente a partir del año 1000 antes de Cristo se produjo una serie de expansiones a caballo en sentido inverso, de este a oeste, empezando por los escitas, cuya patria se creyó durante mucho tiempo localizada en las estepas europeas o cerca de ellas y ahora se sitúa en Siberia/Mongolia.[12] En esa época ya se montaba a una mano, lo que permitió la aparición de la primera caballería con jabalinas, lanzas o espadas, y pronto le siguió incluso la monta sin manos, que permitía el uso de potentes arcos compuestos sobre el animal. Es posible que fueran los escitas quienes desarrollaran los primeros imperios nómadas a caballo,

 

 

 

 

 

 

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cuyo protagonismo en la historia mundial solo se ha reconocido recientemente. Hay indicios de que sus rebaños eran muy extensos.[13] Ciertamente, desde el año 200 a. C., sucesivas migraciones y expansiones de nómadas ecuestres turcomongoles salieron de las estepas orientales hacia los demás mundos de Eurasia, que culminaron en el siglo XIII d. C. con el inmenso Imperio mongol. A partir de 1500, los europeos llevaron los caballos a América. Supusieron una breve ventaja militar, que los españoles intentaron ampliar al excluir a las yeguas de su caballería,[14] pero pronto fueron adoptados por los amerindios. Así surgieron imperios nómadas de caballos amerindios, araucanos, comanches y siux lakota que desafiaron el dominio europeo hasta 1870, aproximadamente. Por tanto, lo que contaba eran los caballos, no la lengua ni el color de la piel de los jinetes.

 

En entornos adecuados, los arqueros a caballo lideraron la biotecnología militar durante más de 1500 años a partir de 800 a. C. y siguieron manteniendo su relevancia hasta el siglo XIX. Aunque esta fue solo la vertiente marcial de la influencia equina, porque los caballos también revolucionaron el transporte en tiempos de paz y cambiaron muchas formas de trabajo. Tirando de carros y arando eran un 60 por ciento más eficaces que los bueyes y además tenían otros muchos usos. Sin duda, la divergencia equina es notable, incluso como una revolución equina comparable a la industrial. Puede que la gente se resista a esta comparación, pero lo cierto es que los caballos triplicaron la potencia, velocidad y autonomía humanas durante cuatro milenios. En 1850 proporcionaban la mitad de toda la energía necesaria para el trabajo en Estados Unidos, tanto como los humanos, el vapor, el agua y el viento juntos.[15] Es difícil pensar en un desarrollo biotecnológico entre el origen de la agricultura, hace 10 000 años, y la industrialización, hace 250, que supere a la alianza caballo-humano.

 

Este primer caso nos ayuda a afinar nuestra comprensión del proceso de divergencia. Ya vemos que esta no se originó en las antiguas aglomeraciones urbanas de Oriente Medio, el este de China o el norte de la India, sino en las estepas, entre nómadas. No fue el logro de algún genio individual en el entrenamiento de caballos, sino de variables ecológicas regionales combinadas con repetidos impulsos de innovación humana colectiva. Hace unos 10 000 años los caballos se habían extinguido en

 

 

 

 

 

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buena parte de su área de distribución original, incluida su patria americana, es probable que a causa de la caza humana. Contaban con importantes refugios en Eurasia, desde Yunán hasta la península ibérica, pero solo eran realmente abundantes en las estepas. Los impulsos de divergencia equina siguieron emanando de manera explosiva y repetida: expansión de jinetes a dos manos, carros, expansión de jinetes a una mano y arqueros montados, imperios nómadas con ciudades de tiendas móviles. Una ventaja militar clave, perfeccionada por los mongoles, fue que no solo llevaran un caballo, sino varios por cada hombre, que cambiaban de montura para desplazarse rápidamente a largas distancias, con ello obtenían una ventaja estratégica. Incluso en medio de la batalla, lo que les daba una ventaja táctica. Sin embargo, la hípica también se extendió y desarrolló mediante la emulación y la adaptación no esteparias, como las colleras de caballo, los estribos y los caballos de estabulación más pesados, que podían transportar mejor a los hombres acorazados y realizar trabajos agrícolas e industriales. Al final, la globalización de la divergencia redujo la ventaja relativa del divergente.

 

 

 

SUPERCULTIVOS,

 

SUPERARTESANÍA

 

 

Nuestra segunda divergencia comenzó hacia 2500 a. C. en los grandes valles fluviales del este de China. Se caracterizó por el control del agua y la generalización de los arrozales inundados, un supercultivo que producía, al menos, el doble de alimentos por hectárea que cualquier otro cereal. Ello permitió la existencia de poblaciones densas, élites numerosas y ricas y una complejidad social que, a su vez, generó una superartesanía, en especial en la producción de seda. Hacia el año 2000 a. C., la India experimentó un desarrollo similar, también basado en el cultivo del arroz de regadío, pero, en este caso, con el algodón como superartesanía. La porcelana china y el acero indio de crisol se unieron más tarde a la seda y el algodón como manufacturas ampliamente deseadas. Por abreviar, nos hallamos ante una divergencia chinoindia de superartesanía basada en un supercultivo. Los grandes Estados, a menudo convertidos en imperios, protegían la especialización y la interacción regionales. La complejidad

 

 

 

 

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social adaptó a los productores a mercados múltiples y cambiantes. La casta, el clan y el linaje fomentaban ocupaciones hereditarias en las que los niños aprendían técnicas además de habilidades. La seda y el algodón eran tejidos ligeros y cómodos más fáciles de teñir que la lana o el lino. La ropa de color podía transmitir desde uniformidad hasta individualidad y todo el que la veía y la tocaba deseaba hacerse con ella, aunque a menudo solo las élites se la podían permitir.

 

La seda, el algodón y la porcelana se convirtieron en productos que los demás mundos antiguos ambicionaban y trataban de obtener o emular. “Durante más de mil años, la porcelana china fue el producto más universalmente admirado y ampliamente imitado en todo el mundo”. A excepción de la seda y el algodón, añadiríamos, cuyo atractivo global era aún más antiguo y amplio.[16] La seda estaba tan considerada que los euroasiáticos occidentales y los centroasiáticos viajaban a China para conseguirla, siempre en flujos modestos pero constantes. Ya en el segundo milenio antes de Cristo existían tejidos de seda fuera de China, en concreto en Bactriana; en el año 1000 a. C. en Egipto y en 500 a. C. en Europa.[17] Los algodones indios llegaron al Cáucaso en torno a 1500 a. C. y a Mesopotamia a partir de 1000 a. C.[18] En el último siglo antes de Cristo, las rutas de la seda por tierra se transitaban con bastante regularidad,

 

gestionadas por alianzas de mercaderes —sobre todo sogdianos de la región de Transoxiana—, ciudades de los oasis y nómadas a caballo y camello. Igualmente, se había establecido una ruta marítima de tres etapas: desde el sur de China hasta el estrecho de Malaca; desde allí hasta la India; y desde la India hasta el golfo Pérsico o el mar Rojo, con barcos en cada uno de los tramos que navegaban impulsados por los predecibles vientos monzónicos. En cada sección operaban diversas redes mercantes y marineras y algunos persas y árabes navegaban por toda ella. El sistema, complementado con caravanas de camellos de la India a Irán, transportaba algodón indio al sudeste asiático y Eurasia occidental.[19] En el siglo II de nuestra era, 120 barcos romanos navegaban cada año a la India, con cargamentos valorados en cinco toneladas de oro.[20] Con respecto a la porcelana, llegó relativamente tarde a Oriente Medio, en el año 800 de nuestra era, y a España dos siglos más tarde.[21] El acero indio de crisol —en forma de espadas— hizo un viaje similar más o menos por la misma

 

 

 

 

 

 

 

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época y también fue importado por China a partir del año 700 de nuestra era.[22]

La ventaja chinoindia en el sector textil es un reflejo de una primacía más general en el sector manufacturero que duró unos 2000 años, hasta 1800 de nuestra era. China e India importaban numerosos productos, pero, en general, las manufacturas no estaban entre ellos. El resto del mundo rara vez podía fabricar algo mejor que ellos. Esto animó a otros a llevarles bienes no manufacturados, a hacer el trabajo sucio de adquirir pieles, gemas, esclavos, tinturas y alimentos exóticos. Incluso esto no era suficiente y a menudo había que pagar los tejidos con metales preciosos.

 

     Ello puede explicar el intermitente desinterés chinoindio por dedicarse al comercio marítimo de largo alcance. Cierto que hubo notables excepciones, como el Imperio marítimo chola en el sur de la India (850-1279 d. C.) y las grandes flotas chinas ming de largo recorrido de principios del siglo XV.[24] Pero, por lo general, el resto del mundo acudía a China e India portando sus objetos de valor. En definitiva, China e India pudieron globalizarse por atracción.[25]

 

La superioridad de la artesanía china e india estaba ampliamente reconocida, como censurada era la fuga de capitales a esos dos países. Alrededor del año 1100, un persa escribió: “Los chinos son los hombres más hábiles en artesanía. Ninguna otra nación se les acerc en esto”.[26] Hacia 1300, un armenio escribió acerca de China:

 

La gente de allí es creativa y muy inteligente, así que no tiene en gran consideración los logros de otras personas en todas las artes y ciencias […] Y su palabra se ve confirmada por el hecho de que

 

 de ese reino se trae tal cantidad de mercancías variadas y maravillosas con una elaboración tan indescriptiblemente delicada, que nadie es capaz de igualarla.[27]

 

Hubo otros euroasiáticos occidentales que estuvieron de acuerdo. Votaron con su sondeo de opinión más preciado —el metal precioso— e igualmente con los viajes de sus mercaderes. Desde el romano Plinio el Viejo en el siglo I d. C. hasta los gobernadores de la Compañía Británica de las Indias Orientales en el XVIII, oímos las mismas quejas relacionadas con el flujo de oro y plata en una única dirección: China e India.[28] Como escribió un historiador otomano hacia 1700:

 

 

 

 

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¡Cuánta riqueza se destina a bienes del Indostán mientras que la gente del Indostán no compra nada en las provincias otomanas! De hecho, lo que tenemos para vender no es lo que ellos necesitan; no gastan nada en otras tierras porque no tienen necesidades. De ahí que la riqueza del mundo se acumule en el Indostán.[29]

 

Hacia el año 800 de nuestra era, las cuatro superartesanías chinoindias habían cruzado desde el Pacífico hasta el Atlántico, por lo que esta divergencia cumple también nuestros criterios geográficos de grandeza. Sin embargo, aquí toca comprobar los hechos. ¿Hasta qué punto fue transcendente la difusión semiglobal de 1000 o 2000 toneladas de telas de lujo y de un reguero de espadas y vasijas? Los buenos historiadores desde Edward Gibbon en adelante nos han advertido contra el señuelo del comercio del lujo, cuya importancia se exagera en ocasiones. Sin embargo, las siguientes consideraciones me inclinan a creer que sí fue una gran divergencia. En primer lugar, no se hace ningún favor a las masas al subestimar la importancia de que las élites las exploten. Estas podían volverse culturalmente adictas a los lujos exóticos y exhibirlos para demostrar su posición y distribuirlos para reforzar sus apoyos. Los márgenes de beneficio eran enormes y algunos comerciantes se hicieron ricos. En segundo lugar, el escaso volumen de artículos de lujo puede resultar engañoso. Algunos eran, paradójicamente, esenciales: es decir, eran esencias de algo, no el producto final. Los aromáticos eran esencias de olor; las especias, esencias de sabor; las tinturas, esencias de color. El aroma del almizcle tibetano, ingrediente clave de los perfumes refinados, “es perceptible incluso diluido tres mil veces”.[30] Así, un kilogramo de almizcle podía convertirse en tres toneladas de perfume. Un kilogramo de pimienta puede dar sabor a muchos alimentos; un kilogramo de tintes preciosos colorea muchos metros de tela. Salvo en el caso de las tinturas, es obvio que esto se aplica menos a artículos manufacturados como la seda o el algodón que a las especias o las sustancias aromáticas. Sin embargo, la seda y el algodón también podían obtenerse con tejidos menores, como el fustán, una mezcla de algodón y lino. También poseían una elevada relación impacto/peso; 12 metros de seda pesaban alrededor de una libra (450 gramos); 27 metros de algodón cabían dentro de una cáscara de coco. [31] Sobre todo, la adicción cultural y su elevado coste hacían que fueran

 

 

 

 

 

 

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emulados localmente, lo que, por un lado, extendía la divergencia y, por otro, aumentaba su impacto.

 

El primer paso fue importar tejidos de seda o algodón más baratos, teñirlos y decorarlos según el gusto local. El siguiente, importar la materia prima para hilarla y tejerla localmente. Por último, si se podían adquirir plantas de algodón y morera y gusanos de seda, en ese caso, se podía transferir toda la biotecnología. Incluso la segunda etapa empleaba un número sorprendente de personas, con un impacto sustancial en la economía local. Antes de la industrialización, 10 toneladas de seda cruda importada requerían, quizá, 1000 trabajadores anuales para convertirlas en unas 10 000 prendas de seda fina. Por su parte, los chinos se aferraban a sus secretos sederos. Ya en el siglo III se tejía seda en Oriente Medio, aunque con hilo chino. Los bizantinos adquirieron gusanos de seda en el siglo VI.[32] Hacia el año 1000 de nuestra era, otras zonas de Oriente Medio e incluso de los confines meridionales de Europa estaban desarrollando sus propias industrias de la seda y el algodón. Pero los productores chinos e indios no se quedaron quietos y, en virtud de posteriores latidos de divergencia, conservaron su ventaja, como los nómadas a caballo de las estepas en la guerra montada. “China no perdió su ventaja tecnológica” y siguió fabricando durante mucho tiempo las mejores sedas y lo mismo la India con los algodones. La finura de las muselinas indias, la complejidad de los estampados chintz y la adherencia de sus tintes desconcertaron a otros artesanos de todo el mundo».[33] Hubo una secuencia similar en la emulación del acero de crisol al estilo indio: la técnica se transfirió a Oriente Medio y a reinos hispánicos hacia el año 1000 de la era cristiana, aunque la mayor parte de Europa tuvo que esperar hasta 1400 para acercarse a las hojas damasquinadas y toledanas. Persia y Egipto fueron los primeros emuladores de la porcelana, pero nadie igualó a China en porcelana hasta principios del siglo XVIII en Sajonia, ni a la India en algodón hasta finales del XVIII, esta vez en Lancashire.

 

Con todo, la posición de China e India no era tan fuerte. Sus tierras eran, por lo general, pobres para la cría de caballos, lo que les obligaba a importar de forma constante animales de las estepas. La India traía equinos en grandes cantidades —muy a menudo a cambio de algodón— a través de los pasos montañosos del norte desde Asia Central y más tarde por el mar Arábigo.[34] En el caso chino, intercambiaban seda por caballos con los

 

 

 

 

 

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nómadas esteparios a lo largo de la Ruta de la Seda. La importancia de esta vía comercial en ocasiones se ha cuestionado. «Una pequeña base empírica para el tan cacareado comercio de la Ruta de la Seda».[35] Ciertamente, las rutas terrestres de la seda variaron con el tiempo y el tráfico fue a menudo intermitente y a pequeña escala. Es cierto que durante la dinastía Tang (618-907 d. C.) la mayor parte de la seda se destinó a las guarniciones chinas a lo largo de la mitad oriental de la ruta. Pero esas cantidades eran tan grandes —casi un millón anual de rollos de 12 metros— que, seguramente, los soldados las emplearan en buena medida para comerciar con los nómadas, bien fuera a cambio de caballos o de otros bienes; hay pruebas que lo corroboran. En 733, el Ejército tang contaba con 80 000 caballos, muchos de ellos importados,[36] y antes, en el siglo I a. C., un funcionario han escribió: «un trozo de seda lisa china puede intercambiarse con los [nómadas ecuestres] xiongnu por artículos que valen varias piezas de oro y reducir así los recursos de nuestro enemigo […] Potros, caballos tordos y bayos y todo tipo de monturas pasan a nuestras manos».[37] Por tanto, la divergencia artesanal china e india les ayudó a igualar, o al menos a sobrevivir culturalmente, a la divergencia equina de las estepas. Un detallado estudio realizado en 2017 contraataca a los críticos de la Ruta de la Seda y demuestra que la seda china llegaba al litoral mediterráneo en cantidades significativas desde el siglo I a. C. a través del enclave comercial sirio de Palmira.[38] En cualquier caso, debemos recordar que el comercio de lujo era un sustituto de la interacción, no su totalidad. Los críticos de la Ruta de la Seda admiten que «esta modesta no carretera se convirtió en una de las superautopistas más transformadoras de la historia de la humanidad, ya que transmitía ideas, tecnologías y motivos artísticos, no simplemente bienes comerciales».[39] Entre las tecnologías transferidas de China a Eurasia occidental podemos citar los estribos, la collera para caballos, la fabricación de papel, la estampación —es posible que también la impresión con tipos metálicos—, la brújula marina, la carretilla, la ballesta, la pólvora… La lista es enorme.

 

Habrá quien continúe argumentando que los dos milenios de precedencia global chinoindia no significaron ni una «gran divergencia» ni un «sistema mundial» sobre la base de que no existió una división global del trabajo entre el núcleo y la periferia, o de que no hubo un elemento de

 

 

 

 

 

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cultura compartida y que se autoperpetuara.[40] Sin embargo, la realidad es que sí hubo una división del trabajo: China e India, por un lado, confeccionaban las manufacturas más preciadas y el resto del mundo, por otro, pagaba en productos no manufacturados, en especial oro y plata. Todos los actores compartían la creencia cultural de que los tejidos finos eran inmensamente valiosos, como también lo eran el oro y la plata, en sí mismos los metales más inútiles, inicio de una moneda semiglobal compartida, primero los lingotes de peso estándar y después las monedas. Podrá aceptarse que eran meras ilusiones, pero ilusiones compartidas. La expansión de los nómadas esteparios, así como la de islámicos y europeos, todas ellas se sintieron atraídas hacia la India y China, naciones estas poseedoras de superartesanías muy valoradas y que no podían fabricar demasiado bien por sí solas.

 

 

 

LA REESTRUCTURACIÓN DE EUROPA

 

Europa es el lugar equivocado a la hora de entender buena parte de su propia historia. No era en sí misma un mundo subglobal, sino parte de uno. Los historiadores han demostrado con gran agudeza cómo el gran Mediterráneo conectaba unas orillas con otras.[41] Sin embargo, hemos descuidado la posibilidad de que otros mares hicieran lo mismo y de que toda una constelación de mares pudiera estar conectada. El Mediterráneo es el buque insignia de una flota que incluye los mares Negro, Rojo, Caspio, del Norte y Báltico, pero también el golfo Pérsico y el de Vizcaya. Los estrechos conectan algunos mares y los ríos enlazan —o casi— otros. Los sistemas fluviales rusos enlazan el Báltico con el mar Negro y el Caspio. Las cabeceras del Rin y del Danubio están muy cerca en Europa central, aunque uno desemboca en el mar del Norte y el otro en el Negro. El Tigris y el Éufrates descienden hasta el golfo Pérsico, ambos con cabeceras bastante cercanas a los mares Negro y Mediterráneo. Hace unos 12 000 años, el potencial conectivo de este mundo marítimo tricontinental se activó con el desarrollo de embarcaciones fiables para cruzar el mar, aún sin velas y que utilizaban remos en lugar de palas. Y como nuestros antepasados eran quienes eran, podemos rastrear su evolución por medio

 

 

 

 

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de la extinción de la megafauna insular, como los hipopótamos enanos de Chipre.[42] Resulta revelador que este mundo no tenga un nombre comúnmente aceptado; asociarlo al Occidente moderno resulta engañoso. Tal vez la expresión Eurasia occidental, aunque injusta con el norte de África, sea la opción menos mala.

 

Por tanto, Eurasia occidental se unificó aún más con la difusión del paquete agrícola del Levante asiático, que comenzó hace unos 10 000 años. El conjunto incluía más de una docena de especies domesticadas de plantas y animales procedentes de esa costa mediterránea de Asia y sus alrededores.[43] Hace 7000 años se había extendido hacia el sur y el oeste, hasta Mesopotamia y Egipto, donde contribuyó a la aparición de las civilizaciones del Creciente Fértil, y 1000 años después se había extendido también hasta los confines del norte de África, Irán y el norte de Europa. La mayor parte de Eurasia occidental compartía ahora un repertorio básico de cultura material que incluía la agricultura y la alfarería, si bien con infinitas variaciones locales. Asimismo, tenía —de forma muy desigual— un conjunto compartido de redes superpuestas que permitían la transferencia de objetos, ideas y personas. De ese modo, la transmisión e interacción resultaban más fáciles y rápidas dentro de este mundo subglobal que fuera de él. «Entre 3400 y 3100 a. C., los carros y carretas aparecieron casi de manera simultánea en una vasta zona de Mesopotamia, Europa central y las estepas ruso-ucranianas».[44] Los cultivos, los animales y la metalurgia propios de Oriente Medio acabaron transfiriéndose a los otros tres mundos, por lo que podría decirse que se trató de otra gran divergencia. Pero fue lenta y además en sentido recíproco: animales domésticos como el búfalo de agua, las gallinas y el mijo llegaron en sentido contrario.

 

Hay que señalar dos indicadores adicionales de la cohesión de Eurasia occidental: Dios y el imperio. A partir de 900 a. C., una serie de imperios tricontinentales unieron vastas extensiones superpuestas de Eurasia occidental: asirio, persa, griego, romano, árabe y túrquico, cada uno de los cuales reivindicó para sí el manto de los precursores y se apropiaron de sus técnicas y recursos humanos. Es posible imaginar casi una situación a la manera de China, en la que dinastías sucesivas se consideraban parte de un mismo imperio. Además, Eurasia occidental compartía también una peculiar propensión al monoteísmo. Una de sus formas fue el zoroastrismo, que se inició quizá en 1200 a. C. y dio origen al

 

 

 

 

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maniqueísmo y al mitraísmo. Tuvo su epicentro en Irán. Sus enemigos lo tachaban de «dualista», ya que adoraba tanto al Diablo como a Dios, aunque este último tenía prioridad.[45] Otro, que surgió más o menos en la misma época, fue el judaísmo, raíz de las religiones abrahámicas, que llegó a incluir al cristianismo y al islamismo. Desde el siglo IV, el cristianismo se alió con los emperadores y las élites romanas para convertirse en la religión del Estado. En las fronteras del Imperio romano, los pueblos armenio, georgiano, etíope y algunos árabes también se convirtieron al cristianismo en el siglo IV.[46] Hasta el siglo VII, muchos cristianos, puede que la mayoría, vivían en el norte de África y Asia occidental. Fue el auge y la expansión del islam, nuestra tercera gran divergencia, lo que forzó la fusión de la cristiandad y Europa.

 

La expansión islámica, que se había iniciado en el siglo VII, abarcaba en el IX Oriente Próximo, excepto la Anatolia bizantina; todo el norte de África; toda la península ibérica, excepto algunas zonas periféricas; la mayor parte de las grandes islas mediterráneas, incluidas Chipre y Sicilia; y partes de Asia Central y la India. En ese momento, dejó de ser un imperio único, pero el crecimiento continuó a impulsos y se extendió a zonas del África subsahariana y el sudeste asiático y se adentró en la India. A diferencia de otras expansiones, la del islam no cayó en la dispersión una vez fragmentada políticamente, sino que mantuvo su cohesión

 

respaldada por una ley común, una moneda común —dinares de oro y dirhams de plata—, la peregrinación a La Meca y la circulación de sabios, artistas y santones. Recientes investigaciones genéticas demuestran que hubo igualmente un intercambio constante de camellos en todo el mundo islámico, desde la India hasta Marruecos, lo que indica un importante nivel de relaciones comerciales por tierra.[47] Con respecto al comercio marítimo, estableció comunidades de mercaderes musulmanes en la China costera hacia el año 800 de la era cristiana, por tanto, había muecines llamando a los fieles a la oración desde el Atlántico hasta el Pacífico. Esta primera gran expansión euroasiática occidental intensificó la conectividad entre los cuatro mundos antiguos y facilitó la transferencia y emulación de biotecnologías, entre ellas, las cuatro grandes: la seda y porcelana chinas, más el algodón y el acero indios. El islam puso cerco a la Europa cristiana, pero, al tiempo, aumentó el acceso a los otros mundos. Si se tiene en cuenta la península ibérica musulmana, el dominio mongol musulmán en

 

 

 

 

 

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Rusia y el control otomano de los Balcanes y Hungría, casi la mitad de Europa pasó un tiempo bajo la religión de Alá. Incluso el olvidado emirato de Saint-Tropez, con sede en Fraxinetum, cerca del moderno centro turístico, controló la Provenza y zonas de Suiza durante casi un siglo, entre 888 y 973.[48]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mapa 2: Las tres regiones de Eurasia occidental.

 

 

 

Las explicaciones habituales de la gran divergencia islámica parecen conducirnos solamente hasta un cierto punto. Es evidente que el genio del profeta Mahoma resultó fundamental: unificó rápidamente tribus y ciudades árabes enemistadas y fue capaz de crear, haciendo gala de esa misma rapidez, un núcleo de religión suficientemente satisfactorio, si bien necesitó más tiempo para su desarrollo. Pero él no era Alejandro. Al morir en el año 632 d. C., la expansión apenas había empezado. En los 80 años siguientes, sus seguidores conquistaron una vasta franja de territorios contiguos desde la península ibérica hasta el Sind paquistaní, una rapidez solo igualada por los mongoles en el siglo XIII y con efectos a más largo

 

 

 

 

 

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plazo.[49] También los cristianos estaban dispuestos a morir, con la certeza del paraíso, en las guerras santas.[50] Dos de los principales adversarios en los primeros tiempos, los Imperios bizantino y persa sasánida, se habían agotado mutuamente en encarnizados conflictos bélicos justo cuando atacaron los primeros musulmanes, aunque, poco después, consiguieron recuperarse y lucharon ferozmente.[51] Algunos especialistas creen que la primera pandemia de peste, entre los años 540 y 740, fue un factor determinante. Durante la centuria inicial de la expansión islámica se produjeron varias epidemias generalizadas[52] y el hecho de que los nómadas se libraran parcialmente de la peste pudo haber «facilitado la conquista árabe-musulmana de Oriente Próximo», al afectarles menos que a los bizantinos y persas, más sedentarios.[53] Sin embargo, solo la mitad de los árabes eran nómadas y se dice que la primera ola (en 540) diezmó la Arabia preislámica.[54] Los contingentes musulmanes también derrotaron a potencias no infestadas, como los chinos de Tang en Talas (751), y, en ocasiones, ellos mismos se vieron afectados por la peste.[55] Pronto, el islam se hizo dependiente de poblaciones sedentarias que les pagaban tributos o les suministraban alimentos, totalmente vulnerables a la peste, y enseguida construyó grandes ciudades como El Cairo y Bagdad, también propensas a los estragos de la enfermedad. Las conquistas islámicas continuaron tras el final de la primera pandemia en la década de 740. En la Tercera Parte de este libro se argumenta que la peste constituyó un factor en la expansión musulmana tardía, después de 1350, pero su papel en las primeras conquistas seguramente fuera modesto.

 

Una de las razones del temprano éxito del islam fue la prosperidad y sofisticación de su zona de origen, la Arabia preislámica, a menudo subestimadas. Más que un desierto, la región era un relevante nodo comercial, con un centenar de ciudades, una agricultura importante —no solo en los oasis— y minas de oro, metalurgia y barcos propios.[56] Los árabes eran también marineros, lo cual tal vez les ayudara a derrotar a la flota bizantina en el Mediterráneo ya en la década de 650, aunque los barcos mismos fueran egipcios o procedentes del Levante asiático.[57] Los dromedarios, de cuya cría los árabes eran buenos maestros, estaban adaptados al desierto y resultaban mucho más veloces que los camellos bactrianos o los cruzados, lo cual les proporcionaba una ventaja que halla

 

 

 

 

 

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frecuente reflejo en la literatura. La idea de que los primeros gazis

 

—guerreros santos— árabes luchaban a lomos de camellos utilizando un nuevo tipo de silla de montar se ha puesto en duda recientemente.[58] Al principio combatían a pie, con arcos y lanzas, tras apearse de los dromedarios que los transportaban.[59] Menos confirmada está la posibilidad de que, tras los primeros éxitos, el botín obtenido permitiera a los árabes adquirir más caballos, hasta ese momento bastante escasos en Arabia. Sabemos que los mongoles lograron una potente movilidad al disponer de numerosos ejemplares de refresco, no menos de cinco por hombre, pero los rápidos dromedarios árabes proporcionaron a los árabes una movilidad similar a la de los mongoles con muchas menos monturas: bastaba con un camello y un caballo por hombre.

 

Uno de los principales soportes del poder militar musulmán a partir del siglo IX fue el que se ha dado en llamar soldado esclavo. «La importancia, el alcance y la duración de la esclavitud militar dentro del mundo islámico no tienen parangón en la historia de la humanidad».[60] Los muchachos eran seleccionados entre las poblaciones capturadas o comprados con arreglo a su salud, inteligencia o habilidades básicas, como por ejemplo montar a caballo. Se les entrenaba y formaba en las enseñanzas del Corán y, más tarde, eran liberados una vez alcanzaban la categoría de soldados o administradores. Por tanto, ya no eran esclavos cuando guerreaban. Su lealtad era hacia el gobernante que los estaba liberando, un contrapeso ante el poder tribal o regional, y estaban bien pagados. Se suponía que sus descendientes no heredarían su estatus ni propiedad alguna, motivo por el cual resultaba tan importante contar con un flujo regular de nuevos reclutas. Los soldados esclavos eran algo parecido a un ejército profesional de élite y, por lo general, hacían gala de una gran eficacia. Es posible que las órdenes militares cristianas, como los Templarios y los Caballeros Teutónicos, pretendieran equipararse a ellos. Estos caballeros no debían tener ninguna descendencia y si la tenían de manera ilegítima se suponía que los vástagos no podían heredar tierras, lo cual dejaba intactos los infantazgos estatales o eclesiásticos. Por tanto, esto requería también la adquisición regular de nuevos reclutas. El ejemplo musulmán más famoso es el de los mamelucos de Egipto, que derrotaron tanto a los cruzados

 

europeos —incluidas las órdenes militares— como, en el siglo XIII, a los mongoles. Sin embargo, a largo plazo, el sistema adolecía de una

 

 

 

 

 

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obsolescencia inscrita en sus genes. Al cabo de dos o tres siglos, aquellos soldados esclavos establecieron sus propios linajes e infantazgos y trabaron alianzas con poderes locales. Desde ese momento podían dominar, o incluso sustituir, al sultán correspondiente. Para entonces, a menudo habían perdido su ventaja militar. El momento había llegado para la irrupción de un régimen distinto que iniciara una nueva ronda de reclutamiento.

 

La expansión islámica no fue en absoluto un asunto de conquistas. Más bien, una «monumental ofensiva comercial de alcance global durante los siglos VIII-IX» por parte de mercaderes árabes y persas que navegaron por mar obtuvo conversos de manera pacífica, además de impulsar el comercio.[61] «En las costas, las comunidades musulmanas echaron raíces en innumerables lugares, desde Gujarat hasta Malabar, Coromandel, Sri Lanka, Bengala, el archipiélago malayo-indonesio y China; y en todas partes su razón de ser era el comercio».[62] La conversión voluntaria de los gobernantes al islam se hizo bastante común a partir del siglo X.[63] Otro factor de éxito en la pujante religión fue el poder de lo que podríamos llamar cooptación, esto es, la incorporación plena y voluntaria de los conquistados o convertidos. A los árabes pronto se sumaron soldados sirios, bereberes y persas y, más tarde, no pocas variedades de conversos turcos y europeos. El Corán prohíbe la conversión forzosa y, a pesar de las ocasionales pulsiones persecutorias, el islam fue relativamente tolerante con los credos afines, en particular el judaísmo y el cristianismo, siempre y cuando aceptaran el estatus de súbditos. El proceso de conversión de las poblaciones sometidas solía ser voluntario y bastante lento y a menudo implicaba la adopción de la lengua árabe.[64] Otros conquistadores, como los españoles en América a partir de 1500, convirtieron también a sus nuevos súbditos, al menos nominalmente, y difundieron su lengua. No obstante, estos conversos no fueron cooptados por completo: seguían siendo, en el mejor de los casos, ciudadanos de segunda clase, incluso si tenían algo de sangre española. En el caso de los migrantes árabes, ya fueran estos mercaderes, soldados u hombres santos, eran varones normalmente no acompañados de esposas o parientes femeninas. Se casaban con mujeres extranjeras y las convertían al islam y la descendencia se consideraba tan musulmana como la que más.[65] Ciertamente, los árabes se vieron favorecidos durante un tiempo y la

 

 

 

 

 

 

 

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descendencia —real o supuesta— de la familia misma del profeta siempre confería prestigio, pero, con todo, los nuevos conversos, árabes o no, formaban con frecuencia parte de la élite e incluso llegaban a ser ministros principales. Se trataba, por tanto, de una expansión en virtud de la cual los súbditos podían incorporarse como algo parecido a ciudadanos de pleno derecho.

 

Algunos historiadores sugieren que los imperios nómadas de las estepas y sus vecinos sedentarios, como China, se reflejaban mutuamente y que se expandían y adaptaban en respuesta a los demás. Lo mismo puede decirse de la Europa cristiana con respecto a su vecina musulmana, que desde fuera podían percibirse como los Zipi y Zape de Eurasia occidental. A diferencia de China e India, que tenían la opción de atraerse mutuamente, se globalizaron mediante la expansión y, en cierta medida, se vieron reflejados el uno en el otro. Los orígenes comunes del cristianismo y el islam son evidentes, quizá hasta un punto meridiano: no solo compartían monoteísmo, sino al mismo Dios, y no solamente el mismo mundo subglobal, sino incluso la misma región de origen en Oriente Próximo. En un principio, los cristianos vieron a los musulmanes como «correligionarios un poco raros» y ambos compartieron iglesias durante un siglo, más o menos.[66] Tal vez sea menos obvio el modo en que, dejando a un lado las Américas, la expansión europea moderna siguió la estela de la expansión anterior del islam: a África occidental en busca de oro y esclavos, a África oriental en busca de esclavos y marfil, a la India en busca de algodón y pimienta, al sudeste asiático en busca de especias y a China en busca de seda y porcelana. La negativa de lord McCartney en 1793 a hacer la reverencia conocida como kowtow[*] ante el emperador chino no fue sino un eco del incidente similar protagonizado por una delegación árabe musulmana 1000 años antes.[67] Con frecuencia, los aliados locales de la Europa en expansión eran, precisamente, quienes pretendían competir con los Estados musulmanes de la zona o quienes se sentían molestos por la presencia de una élite musulmana y tanto los métodos empleados por Zipi como los de Zape eran similares: una mezcla variable de conquista, comercio y conversión.

 

Si queremos comprender la divergencia europea necesitamos conocer esta trastienda de sus precursores. Ayuda a descosificar, a desexcepcionalizar la historia europea, y, al tiempo, a enriquecerla. Las diversas globalizaciones y divergencias se superpusieron unas a otras

 

 

 

 

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como un palimpsesto, como si hubiera textos escribiéndose sobre otros más antiguos. La tendencia a la convergencia por emulación no homogeneizó, por mucho que la mayoría de los príncipes vistieran seda, repartieran oro y montaran a caballo. Los menús biotecnológicos compartidos podían combinarse con variables locales de maneras casi infinitas. En cada cultura persistió la obstinada particularidad de historias locales y regionales específicas. La historia global puede recontextualizarlas, cuestionarlas y mejorarlas, pero nunca sustituirlas, ni debe intentarlo. Hubo una tendencia irregular hacia una mayor escala, porque las nuevas divergencias tendían a basarse en las antiguas. Aunque no se trataba de una marcha inexorable del Progreso centrado en la cultura. En un primer momento, las divergencias favorecieron al grupo cultural divergente, pero no necesariamente a largo plazo. El principal beneficiario del paquete agrícola levantino no fue el propio Levante mediterráneo, sino las civilizaciones del Creciente Fértil situadas al sur, del mismo modo que la industrialización europea ha florecido sobre todo en América del Norte y, tal vez, aún pueda alcanzar su máximo esplendor en Asia oriental. Por otro lado, esos antecedentes históricos hacen posible que este libro intente una explicación no eurocéntrica de la notable expansión y crecimiento de la Europa moderna.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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PRIMERA PARTE

 

 

 

 

 

Una epidemia de misterios

 

 

 

Por  mucho  que  se  haya  infravalorado  la  cohesión  de  Eurasia occidental, las divisiones tradicionales siguen siendo importantes: Europa occidental, dominada por el cristianismo de raíz latina; Europa oriental, controlada mayoritariamente por el cristianismo ortodoxo; y lo que nos arriesgaremos a llamar el Sur Musulmán, [*] que comprende Oriente Medio, el norte de África y diversas zonas del sur de Europa (vid. Mapa 2). Los romanos fueron quienes más cerca estuvieron de unir esas tres regiones. Su imperio incluía la mayor parte de Europa occidental y una amplia extensión de lo que se convirtió en el Sur Musulmán excepto Irán y Arabia. Pero, además, su mundo económico y cultural se extendía hasta Europa oriental.[1] En el siglo V d. C., Europa occidental «escapó de Roma»[2] solo para ser víctima de nuevos invasores, algunos de ellos procedentes de fuera de Eurasia occidental y otros de sus mismas fronteras no urbanas. Entre los primeros tenemos, para empezar, a los hunos y los alanos, así como los heftalitas o hunos blancos, que asolaron gran parte de Irán. En el caso de los segundos, predominaron los invasores germánicos, grupos de tamaño considerable cuyos nombres parecen sugerir haber sido formados para tal fin: francos («hombres valientes»), alamanes («todos los hombres»)  y  godos  (simplemente,  «hombres»).[3]  Estas  invasiones bárbaras son bien conocidas. Lo que no se conoce tanto es que, en

 

 

 

 

 

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realidad, no cesaron con el desmembramiento del Imperio romano de Occidente, sino que siguieron causando estragos en Eurasia occidental durante 1000 años, para cesar repentinamente hacia 1400.

Los grupos eslavos, posiblemente procedentes del norte de Ucrania, se dispersaron por Europa oriental a partir del siglo VI.[4] Los ávaros y los búlgaros de las estepas se hicieron con posesiones a lo largo del Danubio y el Volga durante los siglos VI y VII hasta alcanzar su apogeo entre el IX y el XI. Sucesivos pueblos túrquicos invadieron Oriente Medio o se apoderaron de regímenes a los que con anterioridad habían servido como soldados esclavos, que culminaron en los imperios de los jorezmitas —o jorasmios— y los selyúcidas. Estos últimos infligieron incluso una desastrosa derrota a los bizantinos en 1071 que contribuyó a impulsar las cruzadas.[5] Durante los siglos IX y X, los magiares de las estepas —de origen ugrofinés— se apoderaron de Hungría y lanzaron expediciones en Europa occidental hasta España e Italia. En paralelo proliferaron las incursiones, el comercio y los asentamientos de los vikingos escandinavos, que descendieron hacia el este y el sur por el sistema fluvial ruso y cruzaron el océano hacia el oeste, hasta llegar al Mediterráneo y al mar Caspio, así como a Islandia y Groenlandia. A todo ello se sumó un segundo impulso de expansión islámica, que dio como resultado durante los siglos IX y X la toma de las islas Baleares, Creta, Sicilia y zonas del sur de Francia.

 

La mayor invasión de todas, y casi la última, fue la de los mongoles liderados por Gengis Kan, quien, hacia 1206, consiguió unir a las tribus mongolas —cuya suma no iba más allá del millón de personas— y crear un vasto imperio con ramificaciones por los cuatro mundos antiguos. Los mongoles y sus aliados vasallos —en concreto los pueblos túrquicos— conquistaron Oriente Medio, incluido Irán; las estepas europeas de lo que hoy es el sur de Rusia y Ucrania; y entre 1220 y 1260 la Rus de Kiev, en el norte de Rusia. Esta Rus de Kiev estaba «muy urbanizada para los estándares de la Europa contemporánea» y, de hecho, se ha descrito como una confederación poco rígida de ciudades-Estado.[6] Era más próspera y estaba más integrada en la economía europea occidental de lo que se pensaba.[7] Los mongoles también asolaron Hungría, además de zonas de Polonia y los Balcanes, y llegaron hasta el Adriático en 1242.[8] No llegaron a invadir Europa occidental, quizá porque esta carecía de los

 

 

 

 

 

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inmensos pastos necesarios para sus caballos,[9] y fueron rechazados por los poderosos mamelucos de Egipto, con lo cual tampoco llegaron al norte de África. Los mamelucos siguieron expandiéndose (vid. Capítulo 8) a pesar de sus frecuentes crisis sucesorias. En 1345 controlaban la Gran Siria, incluida Palestina —la Tierra Santa cristiana— y también el Hiyaz —la Tierra Santa musulmana, en la actual Arabia Saudí—. Más al oeste, en el Magreb, la dinastía marroquí meriní, que había sustituido a los almohades en el siglo anterior, promovió una postrera oleada invasora en la península ibérica durante la década de 1330. Entre sus rivales se encontraba la rica dinastía hafsí de Túnez, cuna del mayor historiador de la época, Ibn Jaldún, cuyos padres cayeron víctimas de la peste negra.[10]

 

El Imperio mongol se dividió pronto en cuatro kanatos: el gran kanato de China y Mongolia y el kanato de Chagatai en Asia Central, más otros dos en Eurasia occidental: el ilkanato y la Horda de Oro. El primero de ellos, que ocupaba territorios en el actual Irán, se fragmentó en la década de 1330 en varios Estados, la mayoría túrquicos. Con respecto a la Horda de Oro, asentada en las estepas europeas y en las kazajas del kanato kipchak, ejerció su dominio sobre el norte de Rusia y, con cierta frecuencia, también sobre los Balcanes. Aunque nadie lo diría a juzgar por los libros de historia, fue el Estado más grande y poderoso de Europa entre 1260 y 1350 y puede que también el más urbanizado. Contaba con un número de entre 100 y 140 ciudades, incluida una cadena de poblaciones a lo largo del Volga: desde Astracán, en el Caspio, hasta Kazán, en el Volga medio. Su capital era Nueva Sarái: «las estimaciones más conservadoras de los arqueólogos hablan de que su población en la primera mitad del siglo XIV rondaba los 100 000 habitantes».[11] Por su parte, el Imperio bizantino experimentaba ya una franca decadencia antes de la llegada de los mongoles. En 1204, una cruzada cristiana que se desvió de sus objetivos originales había terminado saqueando Constantinopla, su gran capital. Todavía en la actualidad, los historiadores casi llegan a las manos a la hora de dilucidar quién tuvo la culpa.[12] Los bizantinos pudieron sobrevivir y hasta recuperaron la ciudad en 1261, pero, a partir de entonces, ya no fueron más que una potencia regional.

 

No puede negarse que las invasiones mongolas fueron enormemente destructivas.[13] Aunque hubo muchos imperios que hicieron uso de un terror disuasorio para minar toda resistencia, ellos fueron maestros en este

 

 

 

 

 

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funesto arte. Se dice que destruyeron 180 de las 200 ciudades de Asia Central y que redujeron la población de Hungría entre un 15 y un 50 por ciento en solo dos años.[14] La recuperación económica y demográfica, con algunas excepciones en la zona occidental de Asia Central, comenzó en pocas décadas, junto con cierta absorción cultural de los mongoles por parte de los pueblos sometidos.[15] Ambos kanatos se convirtieron al islam a principios del siglo XIV y, tras la sacudida inicial, los mongoles reanudaron, y posiblemente intensificaron, los contactos terrestres de Eurasia occidental con los otros tres mundos antiguos.[16]

 

Aunque son pocos quienes los equiparan con los mongoles, algunos historiadores consideran que los europeos occidentales también fueron expansionistas altomedievales, o que al menos sentaron las bases de la expansión que vino posteriormente. Según afirma un libro titulado ¿Por qué Europa?, «existe un consenso entre los estudiosos de la historia sobre el hecho de que muchos de los acontecimientos que tipifican el camino especial europeo (Sonderweg) surgieron durante los siglos VIII y IX».[17] Otros, en cambio, aseguran que fue durante los siglos X o XII cuando «se sentaron las bases del futuro predominio de Europa», lo que más bien socava ese pretendido consenso.[18] Tal vez sea cierto que «entre 950 y 1350, el número de cristianos latinos se multiplicó por dos».[19] Pero esto se debió sobre todo a la conversión voluntaria de príncipes eslavos, magiares y escandinavos y podría considerarse parte de una emulación más amplia del monoteísmo por parte de monarcas que equiparaban a un dios con un rey, o bien que sentían la necesidad de combatir lo semejante con lo semejante. Hemos visto que, a partir del siglo X, hubo distintos gobernantes que adoptaron de forma voluntaria el islam. Por su parte, en el VIII, jázaros y uigures abrazaron el judaísmo y el maniqueísmo, respectivamente.[20]

 

La expansión de la cristiandad latina por la fuerza constituyó en realidad una empresa modesta y tuvo lugar, sobre todo, dentro de Europa. Castilla conquistó la mayor parte de Andalucía a lo largo del siglo XIII y dejó el rico, pero diminuto, emirato de Granada como último vestigio de la península ibérica musulmana. En cuanto a la expansión alemana hacia el este (Ostsiedlung, Ostkolonisation), ha sido exagerada hasta la leyenda.

 

     Dio como resultado un notable Estado religioso en el norte de Polonia (Prusia) gobernado por los Caballeros Teutónicos, aunque de reducido

 

 

 

 

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tamaño, con una población total de 220 000 habitantes en 1300.[22] La expansión de los caballeros fue superada incluso por la de su principal rival, Lituania, que no era ni occidental ni cristiana. Siguió siendo un importante reducto pagano hasta 1386, cuando su príncipe se convirtió a cambio de la Corona de Polonia. No obstante, la adopción del derecho cívico alemán por las ciudades eslavas no implicaba el control alemán. El intento más importante de expansión fuera de Europa lo constituyeron las cruzadas a Tierra Santa organizadas entre 1098 y 1250.[23] En ellas, la cristiandad latina demostró un poder, un compromiso y una cohesión impresionantes para una región tan fragmentada políticamente, puesto que consiguieron reunir grandes ejércitos, mantenerlos en países lejanos y establecer cuatro pequeños Estados colonos. Finalmente, los cruzados fracasaron, derrotados por Saladino a finales del siglo XII y expulsados por los mamelucos en el XIII. El último bastión latino, Acre, cayó en manos de estos últimos en 1291. La pérdida de Tierra Santa persiguió a los cristianos latinos durante siglos, convertida en su particular pecado original. Durante un periodo más dilatado, y a una escala mucho menor, el otro asentamiento ultramarino de Europa, la Groenlandia nórdica, también fracasó. Si la Europa latina seguía un camino especial, antes de 1350 este no conducía a ninguna parte en términos de expansión.

 

Por otra parte, y contrariamente a lo que aseguran las viejas leyendas acerca de una larga Edad Oscura, Europa occidental sí registró un crecimiento económico y demográfico, así como un desarrollo político, en las dos o tres centurias anteriores a la peste. La influencia tanto del papa como del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico habían disminuido a principios del siglo XIV, pero seguían siendo considerables. La cultura cortesana francesa era la que ejercía una mayor influencia. De hecho, los europeos occidentales eran conocidos por los musulmanes como francos. Puede que los historiadores se estén «deshaciendo de la camisa de fuerza intelectual impuesta por la construcción feudal»,[24] pero al menos un significado básico del feudalismo sigue resultando útil, dentro y fuera de Europa occidental: servicio por tenencia de la tierra. Los siervos no libres trabajaban en el señorío a cambio de pequeñas parcelas propias. Los guerreros prestaban servicio militar a los príncipes a cambio de señoríos. Sin embargo, el feudalismo nunca fue la historia completa. Buena parte del desarrollo económico estuvo liderado por las

 

 

 

 

 

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ciudades-Estado, de las que a menudo se dice que organizaron una revolución comercial durante los siglos XII y XIII. En el norte de Italia y el sur de los Países Bajos (actual Bélgica) florecieron densas aglomeraciones urbanas. La Liga Hanseática de ciudades mercantiles alemanas comerciaba poderosamente en el mar del Norte y en el Báltico, las repúblicas marítimas italianas hacían lo propio en el Mediterráneo y el mar Negro y adelantaron a sus rivales musulmanes desde el siglo XI.[25] A principios del XIV, el Sur Musulmán seguía aventajando a Europa occidental en sofisticación cultural y económica. Sin embargo, la diferencia se había reducido de forma sustancial en comparación con el año 1000 de nuestra era, cuando Córdoba, El Cairo y Bagdad eclipsaban a todas las urbes cristianas, excepto a Constantinopla. Además, Europa occidental era ahora claramente superior en número de habitantes. Se cree que la población se duplicó como mínimo entre 1100 y 1300. Aunque las cifras demográficas medievales son, en gran medida, conjeturas, para 1300 d. C., 70-80 millones para Europa occidental, 15-20 millones para Europa oriental

 

—incluida Rusia— y 30-35 millones para Oriente Medio y el norte de África pueden dar una idea.

Algunos historiadores sostienen que la Europa occidental de la Alta Edad Media fue víctima de su propio éxito demográfico. Según ellos, iba lanzada hacia una crisis maltusiana con una población que superaba los recursos naturales accesibles con la tecnología de la época y el desplome demográfico se hizo inevitable. La peste negra de 1346-1353 no hizo sino culminar la crisis, o incluso fue causada por ella, ya que la mala alimentación hizo a la gente más vulnerable a la enfermedad. «La posición maltusiana sostiene que la población de Europa a principios del siglo XIV

 

     era fundamentalmente insostenible y que la peste negra fue simplemente el agente de una crisis “inevitable” del número de seres humanos».[26] La opinión historiográfica se ha vuelto en contra de este punto de vista,[27] pero un relevante estudio llevado a cabo por Bruce Campbell, The Great Transition, ha reavivado la idea de una profunda crisis, si bien no de tipo maltusiano. Desde finales del siglo XIII hasta finales del XV, argumenta Campbell, Europa se vio aquejada de «una

 

combinación punitiva de guerra, recesión comercial, fenómenos meteorológicos extremos y enfermedades infecciosas […] La influencia del clima lo condicionó todo» en forma de una temprana Pequeña Edad de

 

 

 

 

 

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Hielo.[28] Otros sitúan el impacto principal de esa Pequeña Edad de Hielo en el siglo XVII, cuando pudo haber contribuido a un apocalipsis de cuatro jinetes encabezado por el clima y secundado por guerras, hambrunas y enfermedades.[29] La prueba clave de una crisis general a principios del siglo XIV, ya fuera climática o maltusiana, es la Gran Hambruna de 1315-1317, seguida de la gran peste bovina de 1319-1320. La penuria acabó hasta con un 15 por ciento de la población en algunas regiones afectadas, mientras que la peste exterminó hasta el 62 por ciento del ganado.[30] Fueron, en efecto, golpes muy severos, pero tanto la hambruna como la peste se limitaron, sobre todo, al norte de Europa. No parece que allanaran el camino a la peste negra en el resto de Eurasia occidental, donde la mortalidad por esta dolencia fue similar. Incluso en el norte, la evidencia inglesa sugiere que, para 1345, tanto las poblaciones humanas como las ganaderas habían recuperado sus niveles de 1315.[31] En el continente, «diferentes estudios han puesto de manifiesto que en muchas regiones la población continuó creciendo en los años inmediatamente anteriores a la peste negra».[32]

 

Seguramente siga siendo cierto que las zonas más pobladas de Eurasia occidental se hallaban ya en 1345 al borde de ciertos límites relacionados con el entorno natural. En algunas regiones empezaban a escasear yermos fértiles que convertir en buenas tierras de cultivo, así como determinados recursos accesibles como la madera de primera calidad.[33] Sin duda, la desigualdad económica resultaba extrema. Hacia 1300, tanto en Inglaterra como en el Piamonte italiano «solo un 5 por ciento de los hogares disfrutaba de un poder adquisitivo significativo».[34] Estas pequeñas élites gastaban el dinero en lujos exóticos, guerras costosas y castillos y catedrales más que en infraestructuras económicas. Los campesinos, por su parte, habían sido enjaulados por el feudalismo y se dice que eran cinco centímetros más bajos que a principios de la Edad Media.[35] En líneas generales, la Europa anterior a la peste carecía de capital, infraestructuras y equipamientos agrícolas o industriales, no de tierras fértiles o recursos naturales. En el peor de los casos, en las zonas con más densidad de población de Europa y del Sur Musulmán, la situación anterior a la peste negra podría haber rozado la que se le atribuyó a China en el siglo XVIII, denominada trampa de equilibrio de alto nivel. En realidad, no se trataba de una trampa ni de una crisis, sino de un giro hacia la involución

 

 

 

 

 

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económica, esto es, la aplicación de más trabajo humano —e ingenio— para obtener más alimentos con una misma superficie, lo que provocó un escaso crecimiento económico per cápita y mucha pobreza, pero en ningún caso un desplome, ni siquiera un descenso de la población. La peste negra fue el apocalipsis de un solo jinete. No necesitó de otros cabalgando a su lado, ni de una crisis general preexistente, para transformar el mundo que asoló.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 1

 

 

 

 

 

La peste negra y su época

 

 

 

Apesar de 666 años de investigación, numerosos aspectos de la peste negra siguen rodeados de misterio. ¿Cuál fue su origen? ¿De dónde provino y a qué partes del mundo afectó? ¿En qué

 

periodo se hizo sentir? ¿Cuánto duró la segunda pandemia y por qué terminó? ¿Qué pautas, si las hay, hallamos en su comportamiento? ¿A cuántas personas mató? Incluso la cuestión básica de qué fue seguía sin estar clara hasta hace muy poco. El presente capítulo y el siguiente abordan tales cuestiones. Por tanto, habrá que tener cuidado a la hora de especificar de qué estamos hablando, si de la peste en general, de toda la segunda pandemia o de su primera y terrible ola, la peste negra propiamente dicha.

 

 

 

LA PESTE NEGRA

 

 

La opinión generalizada hasta el año 2001 era que la peste negra y todas las olas posteriores de la llamada segunda pandemia eran peste bubónica, cuyo agente patógeno es la Yersinia pestis. La bacteria Y. pestis resulta común entre ciertas especies de roedores salvajes, como las marmotas y los jerbos, en concreto, en las pulgas que parasitan esos animales. Hay al menos 200 especies de roedores salvajes que pueden contraer la

 

 

 

 

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enfermedad, conocida como peste selvática. En ellos, la dolencia puede llegar a ser enzoótica —el equivalente de endémica entre los roedores—, es decir, mantenerse a largo plazo, aunque con una mortalidad limitada. Los hábitats de estos roedores son conocidos como focos o reservorios de peste, algunos de los cuales han persistido durante milenios. Seguramente, antes de 1350 los focos naturales estuvieron limitados a las estepas euroasiáticas y sus flancos montañosos. Todavía en la actualidad, dentro de tales focos, la peste estalla de forma esporádica en epizootias

 

—epidemias de roedores— que afectan a las poblaciones de roedores sociales. Durante estos episodios, los humanos pueden contagiarse ocasionalmente de la peste, bien sea directamente de los roedores salvajes o de las pulgas. En el pasado siempre fue así, pero la casuística es poco habitual y afecta a escasas personas. «Los casos de peste humana adquirida por la picadura de pulgas de roedores silvestres suelen producirse de forma aislada o en pequeños grupos de casos» y lo mismo ocurre cuando las personas ingieren roedores silvestres infectados.[1] Más inusual todavía es que la peste se propague fuera de este círculo. Después de todo, solo ha habido tres pandemias aceptadas en la historia de la humanidad. Sin embargo, durante las epizootias, una población concreta de roedores salvajes puede verse diezmada o incluso extinguirse. En tales circunstancias, las pulgas tal vez salten a otros huéspedes si están disponibles, entre ellos los roedores domésticos, cuyas pulgas pueden, a su vez, infectar a los humanos. El principal sospechoso ha sido durante mucho tiempo la rata negra, Rattus rattus, y su pulga específica, Xenopsylla cheopis. Ha habido valientes intentos de exculpar a la rata negra, de los que hablamos en el próximo capítulo, pero, por el momento, asumiremos que ella o su pulga estuvieron implicadas en la mayoría de las transmisiones de la peste a los humanos.

 

En la peste bubónica humana propiamente dicha el contagio se propaga por medio del sistema linfático de una persona durante unos días después de la picadura de pulga y da como resultado la aparición de los típicos bubones, normalmente localizados en la ingle o las axilas. Pero luego hay distintas variantes. En la peste septicémica primaria —poco frecuente—, la pulga pica directamente en el torrente sanguíneo y mata muy rápido, antes de que los bubones tengan oportunidad de desarrollarse. En la variante neumónica secundaria, la infección alcanza los pulmones de la víctima y puede propagarse a otras mediante la saliva humana, como en

 

 

 

 

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el caso de la peste neumónica primaria, sin la intervención de las pulgas. Estas tres variedades, identificadas ya en 1348, son las que se citan habitualmente.[2] Además, la peste puede contraerse también al desollar o comer animales infectados. En todas las variantes, y en ausencia de los medicamentos actuales, la mayoría de las personas infectadas fallece.

 

A partir de 2001, la idea de que la peste negra fue del tipo bubónico empezó a atacarse cada vez más por historiadores antibubonistas. Ese año, dos de ellos concluyeron lo siguiente: «Es una imposibilidad biológica que la peste bubónica tuviera algún papel».[3] En 2002, por razones diferentes, otro revisionista más coincidió con los anteriores: «la peste negra europea (1347-1352), junto con sus olas sucesivas hasta el siglo XVIII, fue cualquier enfermedad menos la peste bubónica originada en las ratas».[4] Algunos científicos coincidieron en la idea: «Es casi seguro que la peste negra no fue una zoonosis causada por roedores, como la peste bubónica».[5] Este punto de vista estuvo a punto de convertirse en una nueva ortodoxia, confirmada por recientes ejemplos de Inglaterra, Portugal y el Renacimiento italiano.[6] Según un buen relato que se hizo popular en 2009, se había logrado «demoler el caso de la peste bubónica».[7] Sin

 

embargo, las sugerencias alternativas —ántrax, cólera, tifus, ébola, algún virus desconocido— tampoco resultan convincentes. Algunos especialistas siguieron insistiendo en que se trataba de la peste bubónica.[8] Luego hay un tercer punto de vista, el cual asume que la patología de la enfermedad no es un problema para los historiadores y que deberíamos aceptar que nunca podremos saberlo.[9] Aunque los efectos históricos de una pandemia dependen de su naturaleza, duración, ritmos y variaciones, que, a su vez, dependen de su patología, por lo que la cuestión no puede descartarse tan fácilmente.

 

Desde 2010, los bubonistas han contraatacado con decisión. Para empezar, se han hallado rastros de Y. pestis en un número cada vez mayor de muestras de ADN en los restos de víctimas de enterramientos de la peste negra. Un estudio de ese año 2010 concluía que «nuestros datos obtenidos en las fosas comunes de la peste, distribuidas por un territorio muy amplio, ponen fin al debate acerca de la etiología de la peste negra y demuestran sin ambigüedad que Y. pestis fue el agente causante de la peste epidémica que asoló Europa durante la Edad Media».[10] Al principio, los antibubonistas pusieron en duda tales conclusiones.[11] No obstante,

 

 

 

 

 

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siguen apareciendo nuevos rastros de Y. pestis a medida que mejoran los métodos de detección.[12] En 2011 se había hallado «en diez enterramientos de la peste negra diseminados por cinco países y utilizando diferentes enfoques metodológicos, por lo que puede concluirse que la peste negra se debió al agente Y. pestis».[13] «Sin lugar a dudas, el patógeno de la peste conocido en la actualidad como Y. pestis fue también la causa de la peste en la Edad Media».[14] Se hicieron nuevos descubrimientos en tumbas excavadas en Londres en 2013[15] y, en 2016, otro equipo de científicos concluyó: «ya no cabe duda de que Y. pestis desempeñó un papel importante». Los hallazgos siguen apareciendo en tumbas bajomedievales.[16] Con todo, los problemas que impulsaron ese intento revisionista son reales. Aunque los antibubonistas estén equivocados, es una equivocación útil, virtud a la que aspira también, por defecto, el presente libro.

 

La peste negra no siempre se comportó como las pandemias modernas. Para empezar, su mortalidad fue mucho mayor. Volviendo al tema de la propagación, es probable que un brote que salta de roedores comensales —esto es, aquellos que viven en estrecha relación con las personas— a sus vecinos humanos infectará a más gente que una eclosión directamente originada en roedores salvajes. Pero, a pesar de todo, podría seguir siendo un brote pequeño, por ejemplo, un único pueblo aislado, que tendría que dedicarse a la agricultura para tener ratas comensales. No obstante, si el primer asentamiento infectado estuviera enlazado mediante el comercio a redes de contactos con otras poblaciones, ello podría conducir a la expansión de la pandemia hasta lugares lejanos. En ese caso, la propagación dependería del tipo de transporte de las mercancías. En el pasado, el principal modo de transmisión del patógeno a largas distancias fue el comercio de grano por barco, que transportaba ratas ocultas, en ocasiones con sus pulgas. «Aunque tienen fama de omnívoras, las ratas negras prefieren los cereales».[17] Las rutas marítimas del comercio de grano encajan bien con la distribución de la peste por el Mediterráneo en el periodo 1347-1348 y también con su distribución por las costas del norte de Europa en 1348-1352. Además, el ritmo de la propagación en regiones costeras coincide con la velocidad media de los buques de carga: unos 40 kilómetros al día.[18] No es casualidad que la rata negra recibiera el apodo de rata de barco. Tal vez se esté exagerando la relevancia de ese

 

 

 

 

 

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transporte de cereal. El comercio medieval no solía estar especializado, aunque el cerealista era el que más se aproximaba. Además, todos los barcos, no solo los cerealeros, transportaban grano para alimentar a la tripulación y el ganado de a bordo. Las carretas, las caravanas de camellos y las embarcaciones fluviales transportaban igualmente cereal a granel y podían esconder ratas. Como veremos más adelante, las ratas podían propagar la peste con independencia del transporte humano, pero el proceso era lento y, en consecuencia, las grandes embarcaciones portadoras de grano, bien fuera por mar o río abajo, siguen siendo el patrón oro de la difusión de la pandemia. Diversos estudios recientes —en particular uno de Hannah Barker publicado en 2021— lo confirman para el inicio de la peste negra y, al tiempo, nos hacen repensar las nociones anteriores con respecto a dónde se situaron los focos de expansión (vid. Mapa 3). [19]

 

Durante mucho tiempo se ha pensado que fueron los barcos procedentes del puerto genovés de Caffa (hoy Feodosia, en la península de Crimea, una importante región exportadora de cereales) los primeros en expandir, en 1347, la peste negra por el Mediterráneo. Nunca ha resultado muy creíble la leyenda machacona de que un ejército tártaro sitiador catapultó, literalmente, un cadáver infectado por encima de las murallas de Caffa. Barker ha demostrado que, en realidad, el conflicto de Crimea entre los italianos y los tártaros de la Horda de Oro retrasó la propagación de la epidemia a Europa durante 1346, debido a los embargos comerciales de ambos bandos. «Durante este periodo, numerosas personas cruzaron el mar Negro de norte a sur, pero Y. pestis no las acompañó […] Lo que en 1346 no cruzó el mar Negro de norte a sur fue el grano».[20] La peste llegó a la ciudad de Solgat, la capital regional de la Horda de Oro en la península de Crimea, un año antes que a la cercana Caffa, y no lo hizo por mar, dominado por los genoveses, sino mediante el sistema fluvial ruso, cuyos cursos medio y bajo estaban entonces controlados por ese Estado mongol. Desde 1345 se sabe que llegó a otras ciudades de la Horda, como Astracán, en la desembocadura del Volga en el mar Caspio, y también a Nueva Sarái, a 300 kilómetros aguas arriba del Volga.

 

La cuenca de este río, más las cercanas de los ríos Don y Dniéper, que desembocaban en el mar de Azov —el primero— y en el Negro —el segundo—, abastecían a estas ciudades de grano, el cual se exportaba también, junto con el cereal crimeo, a través de los puertos del mar Negro,

 

 

 

 

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donde lo estibaban los mercaderes italianos.[21] Distintas fuentes de la época situaron la primera ola de la epidemia en la región del Volga, pero su tierra de Uzbeg ha sido confundida en ocasiones con la tierra de los uzbekos, un pueblo que surgió posteriormente y más al sur y al este.[22] En el primer caso, es probable que se estuvieran refiriendo a los dominios de Mohamed Uzbek, kan de la Horda de Oro entre 1313 y 1341. La espina dorsal de la Horda, si de ciudades hablamos, se extendía aguas arriba del Volga, hacia el norte, desde Nueva Sarái hasta las ciudades de Bolgar y Kazán en la región del Volga medio, que también eran productoras de grano.[23] En 2019, novedosas técnicas de análisis genético hallaron Y. pestis en unos restos humanos excavados en 1979 en Laishevo, a 50 kilómetros de Kazán.[24] No pudieron datarse con total exactitud dentro del siglo XIV, pero sí pusieron de relieve que aquel bacilo era el antecesor inmediato del de la peste negra. Diferenciado genéticamente solo en el mínimo grado detectable, probablemente, datara de 1345 o poco antes. Así pues, el Volga medio sustituye a Crimea como punto probable de entrada de la pandemia en Eurasia occidental, con una dispersión fluvial hacia el sur que precede a la marítima hacia el oeste. Cómo llegó al Volga medio y de dónde son cuestiones que se dejan para el próximo capítulo, en el que la historia de la peste se relaciona íntimamente con la ciencia de la peste.

 

 

 

PARTE DE BAJAS

 

 

¿A qué porcentaje de la población mató la peste negra? Centrémonos por un momento en el primer brote propiamente dicho, el de 1345-1353, que llegó a durar hasta un año en algunas regiones concretas de Europa occidental vid. Mapa 4. Desde 1970, las estimaciones de mortalidad han oscilado entre el 5 y el 60 por ciento de la población, lo cual no es de mucha ayuda.[25] Como se ha señalado en la Introducción, durante mucho tiempo la estimación más habitual ha sido de alrededor del 30 por ciento. Naturalmente, los historiadores desconfían de las cifras más elevadas, casi un eco de las agónicas afirmaciones de las gentes de la época, que aseguraron haber visto morir al 90 por ciento de sus compatriotas. En 2004, el erudito noruego Ole Benedictow defendía la cifra del 60 por ciento.[26] En su contra se ha alegado que fue selectivo en la utilización

 

 

 

 

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de los datos[27] y muchos siguen prefiriendo la antigua estimación de alrededor de un tercio. Selectivo o no, las pruebas de Benedictow a favor del 60 por ciento son impresionantes y la mayoría parece creíble. Vamos a repasar brevemente sus argumentos y a compararlos con investigaciones más recientes.

 

Inglaterra cuenta con una gran cantidad de estudios relacionados con la época y al tiempo es un laboratorio útil para profundizar en la historia de la peste. Un trabajo de 2011 basado en testamentos concluye que «Londres perdió quizá entre el 55 y el 60 por ciento de su población en el primer brote».[28] El campo no corrió mejor suerte. «Aunque el rango de mortalidad entre los distintos lugares [ingleses] llegó a ser amplio

 

—escribió un destacado medievalista en 2008—, muy mayoritariamente se cuantificó en una horquilla entre el 40 y el 60 por ciento, con la mayor proporción de señoríos experimentando tasas de mortalidad de entre el 45 y el 55 por ciento».[29] «Que la peste negra tuvo un efecto igualmente devastador en comunidades rurales más dispersas está bien documentado».

 

 Una historia del condado de Suffolk publicada en 2007 concluye que la primera ola, la de 1349, «mató, aproximadamente, a la mitad de la población […] Todos los documentos señoriales que se conservan de 1349 revelan pruebas de la visita de la peste, lo que indica, claramente, que ningún lugar escapó a sus garras».[31] Una investigación acerca del obispado de Durham pone de manifiesto que «solo durante el primer brote, la mortalidad alcanzó una media aproximada del 60 por ciento».[32] Otra publicación, esta de 2014, nos dice que en tres señoríos de Cambridgeshire las poblaciones cayeron un 57, un 70 y un 48 por ciento, respectivamente, entre los años 1348 y 1350.[33] La tasa de mortalidad de los sacerdotes de Lincoln fue del 46,3 por ciento.[34] En 2016, la arqueóloga Carenza Lewis abordó la cuestión de forma ingeniosa; comparó el número de emplazamientos de casas con fragmentos de cerámica en capas fechadas antes y después de la peste negra. Organizó a numerosos voluntarios para excavar casi 2000 pozos de prueba en 55 asentamientos rurales del este de Inglaterra. Su conclusión fue: «Ahora podemos afirmar con cierta seguridad que la población que utilizaba la cerámica en una sexta parte de Inglaterra fue un 45 por ciento menor en los siglos posteriores a la peste negra que con anterioridad a ella».[35] Además, ella pensaba que el 45 por

 

 

 

 

 

 

 

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ciento puede ser una subestimación, dado que los asentamientos abandonados por completo después de 1348 no se incluyeron en el estudio.

 

Podemos cotejar estas estimaciones si examinamos los niveles de población y buscamos una horquilla más dilatada en el tiempo, digamos entre 1350 y 1500. Las estadísticas medievales, a menudo suposiciones basadas en otras suposiciones, resultan muy poco fiables. Por ello, en un trabajo inglés de laboratorio, un equipo de estudiosos ha llevado a cabo un novedoso análisis asistido por ordenador de una enorme base de datos de múltiples casas señoriales. El resultado ha sido una estimación fiable de la población que parece algo menos dudosa que la mayoría de las otras.[36] Indica que solo la primera ola redujo el número de ingleses de 4,8 millones en 1348 a 2,6 millones en 1351, por tanto, un descenso del 46 por ciento. Brotes sucesivos redujeron la cifra a un punto mínimo de 1,9 millones en 1450, un descenso del 60 por ciento sobre los habitantes de 1348. La recuperación no comenzó hasta principios del siglo XVI. La historia del condado de Suffolk, así como un estudio de la ciudad de Norwich, apoyan estas cifras.[37] Puede que Inglaterra no haya sido un caso típico, pero sabemos que su excepcionalidad se manifestó en los siglos posteriores, más que en la primera ola de la pandemia.

 

De hecho, lo que parecen sugerir recientes datos franceses, italianos, catalanes y escandinavos es que Inglaterra sí era típica. Una revisión actual ha elevado la población estimada en 1328 para Francia de 18 a 21 millones.[38] La creencia general ha hablado de 10 millones en 1450, lo que supone un descenso del 55 por ciento. Un estudio de la Francia de este periodo que vio la luz en 2009 cita numerosas pruebas de las tasas de fallecimientos en la primera ola, para concluir que «las tasas de mortalidad parecen, por tanto, mucho más altas que la cifra de uno de cada tres, la preferida de los estudios más antiguos, y supera con frecuencia el 50 por ciento en los peores años […] La intensidad del declive entre la población urbana parece directamente comparable con respecto a la del campo, con caídas registradas que frecuentemente rondan el 50 por ciento».[39] Otros estudios novedosos, estos referidos a distintas regiones italianas, desde Sicilia hasta Lombardía, apoyan la noción de una reducción a la mitad de las poblaciones en la primera ola y una escasa recuperación hasta al menos 1450.[40] En Toscana, la mortalidad del primer brote fue «del orden del 50-60 por ciento».[41] En 2014, un artículo llamó la atención acerca de las

 

 

 

 

 

 

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estimaciones contemporáneas a la epidemia —poco precisas, pero convincentes— referidas a la región de los Abruzos, en el centro-sur de Italia, y a la ciudad lombarda de Mantua. Ambas apuntaban a una mortalidad del 65 por ciento en la primera ola.[42] «En conjunto

 

—concluye un artículo publicado en 2017 por varios autores—, los datos del norte de Italia indican una tasa de mortalidad general cercana o en torno al 60 por ciento, similar a las de Francia e Inglaterra».[43] Según una estimación moderna, la población del norte de Italia seguía estando en 1550 un 12 por ciento por debajo del nivel anterior a la peste.[44] Otro autor calculó en 2010 una media de las estadísticas de mortalidad en la primera ola sufridas en España, Italia y Francia y llegó a la cifra del 50 por ciento, la cual, teniendo en cuenta las habituales tasas anuales de fallecimiento (2-3 por ciento) y la huida de algunas regiones, parece más segura que la del 60 por ciento.[45]

Inglaterra, Francia e Italia estaban densamente pobladas por esa época. Escandinavia era justo lo contrario, con escasas ciudades. Sin embargo, la mortalidad que sufrió a resultas de la peste fue igualmente elevada. Estudios recientes ponen de relieve que en Noruega, el 56 por ciento de las granjas fueron abandonadas a principios de la época de la pandemia. Por tanto, con frecuencia, la gente se iba de las granjas antes de la llegada misma de la peste negra y, por tanto, esa tasa de abandono no puede constituir un indicador exacto de la pérdida de población.[46] Pero tan probable es que la cifra se infravalore como que se sobrevalore, porque los hogares se hicieron más reducidos y debido a que algunas granjas despobladas siguieron siendo utilizadas a intervalos por los vecinos supervivientes. En referencia a Noruega, las cantidades de decesos pueden ser controvertidas, pero tanto las estimaciones altas como las bajas muestran un descenso de más del 60 por ciento entre 1300 y 1500.[47] En el caso de Suecia, fueron abandonadas todavía más granjas, ya que los ingresos fiscales de un impuesto que se pagaba a razón de uno por persona se vieron reducidos a la mitad justo después de la primera ola.[48] Con especto a Dinamarca, las tasas de abandono de granjas variaron según las regiones, aunque se cree que su población también pudo verse reducida a la mitad.[49] Por tanto, «la pérdida total de población en el norte fue, probablemente, del mismo nivel que en el resto de Europa».[50]

 

 

 

 

 

 

 

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Numerosos historiadores siguen afirmando que determinadas regiones se libraron total o parcialmente de la peste. La mayoría se refiere solamente al primer brote y ni siquiera en este caso resultan convincentes. Incluso Benedictow, que refuta la mayor parte de esas islas libres de contagio, cree que Finlandia pudo escapar y que las olas llegaron tarde. Pero investigaciones llevadas a cabo en ese país y publicadas en 2006 aseguran que «la peste se extendió por Finlandia al menos diecisiete veces entre principios del siglo XV y 1710».[51] Otro análisis de 2012 referido a Bohemia pone en el punto de mira el consenso anterior de que se perdió la primera ola y llega a demostrar su falsedad.[52] «Como poco, algunas partes de Bohemia sufrieron olas de intensidad variable, pero indeterminada» en 1349-1350 y de ocho olas adicionales en 1415. En 2017 fueron descubiertas en Bohemia 30 fosas comunes de peste correspondientes a los siglos XIV y XV, «el mayor conjunto de Europa».

 

     Por tanto, después de tantas vueltas, resulta que Bohemia no se vio libre de la enfermedad. Ahora bien, el estudio de 2012 argumentaba que la mortalidad fue modesta y para sostener la afirmación se servía de una única prueba: que Praga experimentó un auge en la construcción pública en la década de 1350. Afirmaba que ello constituye «una prueba indirecta pero abrumadora de que el mayor centro de población de Bohemia no sufrió un desplome demográfico a mediados de siglo». Las pruebas indirectas pueden ser útiles en algunos casos, aunque no en este. Aunque resulte paradójico, muchas ciudades conocidas por haber sido duramente

 

golpeadas por la peste —París, Londres, Bolonia, El Cairo, Túnez, Granada, Moscú, Nóvgorod— también experimentaron ese auge de la construcción. Dejaremos la resolución de esta paradoja particular de la peste para un capítulo posterior. La cuestión aquí es que esas pruebas abrumadoras en realidad no son tales.

Las opiniones de que el número de muertos en Alemania se ha «exagerado enormemente» y de que, para el conjunto del país, la cifra fue de solo el 10 por ciento parecen ser, estas sí, una exageración.[54] Tal vez el sur alemán escapara relativamente bien.[55] Sin embargo, recientemente se ha descubierto en Baviera una fosa común de finales de la Edad Media

 

 

 

 

 

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que contiene ADN de Y. pestis. Sabemos que Augsburgo fue «asolada» por la primera ola y que Múnich sufrió al menos doce brotes hasta 1496.[56] Las tierras de cultivo fueron abandonadas en toda la geografía alemana, el polen de los cereales disminuyó drásticamente y las zonas boscosas se duplicaron en algunas regiones durante la centuria posterior a la pandemia, lo que sugiere una alta mortalidad rural.[57] Varios especialistas han dado por buenas unas tasas que oscilan entre el 40 y el 70 por ciento para las ciudades del norte.[58] Las horribles masacres de judíos por

 

—supuestamente— propagar la peste está bien documentada en toda Alemania. Un estudio señala que en 218 de 300 localidades germanas se perpetraron tales pogromos y otro las cifra en 303 de 340.[59] La sugerencia de que los alemanes liquidaron o expulsaron a los judíos por adelantado para prevenir la peste resulta poco creíble. Si te enterabas de que la peste negra estaba en camino, pronto llegaría hasta ti hicieras lo que hicieras. Hay un abundante conjunto de pruebas para evidenciar que numerosas urbes germanas fueron asoladas entre 1349 y 1351.[60] Con respecto a las pruebas indirectas, convincentes esta vez, estas vienen en forma de monasterios que, de repente, redujeron los requisitos para aceptar nuevos sacerdotes de reemplazo, incluso «hermanos que no tenían conocimientos de latín» en Estrasburgo, donde se dieron tanto la peste como el pogromo.[61] Cierto es que las tasas de alemanes fallecidos variaban mucho de una localidad a otra y puede que su mortalidad general en la primera ola haya sido más baja que algunas partes, sobre todo en el sur, pero incluso esta región fue golpeada con Dureza por los brotes posteriores.

 

También se ha afirmado que España quedó parcialmente exenta de la peste. «La peste azotó a España en 1348 y la mayoría de los historiadores coincide en que su impacto fue más leve que en otras partes de Europa occidental […] En Castilla, la pérdida de población fue, probablemente, inferior al 25 por ciento y se explica en parte por la migración al sur de España».[62] Sin embargo, más del 40 por ciento de los clérigos beneficiados —esto es, aquellos miembros del clero secular que recibían rentas— de toda España fallecieron solo en 1348.[63] En el caso de la Corona de Aragón, algunos informes nos hablan de mortalidades de entre la mitad y dos tercios para determinadas comarcas de Cataluña, si bien, por razones inexplicables, para el historiador que los cita «parece más

 

 

 

 

 

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probable» el 25-35 por ciento.[64] Si analizamos una horquilla temporal más amplia, una publicación de 2017 asegura que «según los cálculos más fiables, en 150 años, Cataluña perdió el 59,69 por ciento de su población», así como que algo similar parece probable para todo el reino de Aragón. Con respecto a la zona de Valencia, con sus tierras de regadío excepcionalmente ricas y su pujante variedad de cultivos para la exportación, atrajo a suficientes inmigrantes como para que las cifras sean estables.[65] Tierra adentro de Castilla, es posible que sufriera menos que la mayoría de las regiones, si bien algunos indicios apuntan a lo contrario. Hay al menos un historiador español que ha hallado pruebas de una gran mortalidad.[66] Otro cuestiona sus hallazgos, pero también cita una caída del 53 por ciento en las rentas de un monasterio del arzobispado de Toledo entre 1338 y 1353.[67] De todas maneras, puede que algunas regiones de Europa occidental hayan esquivado alguna de las olas y también es posible que unas pocas experimentaran una mortalidad inferior a la media si tomamos el periodo completo de 1347-1500. Tales singularidades deben explicarse en términos de ecología de la peste, cosa que intentaremos hacer más adelante para el caso de varias regiones. Pero, en general, la hipótesis que habla de una repentina reducción a la mitad de la población de Europa occidental en torno a 1350 seguida de una lenta recuperación hasta 1500 concuerda con las pruebas existentes.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A pesar de las muchas afirmaciones relacionadas con zonas sin contagios o mortalidades más bajas, y a pesar de las profundas lagunas en los datos, lo que nunca se ha puesto en duda es que la segunda ola de la pandemia afectó al menos a algunas partes de Europa oriental y del Sur Musulmán (vid. Mapa 6). Los dominios de la Horda de Oro fueron los primeros en padecerla, como hemos visto, y además recibieron el impacto de, al menos, tres olas adicionales hacia 1400. En la primera de ellas se estima que la mortalidad dentro de los territorios controlados por la Horda fue del 45 por ciento si nos referimos a sus regiones occidentales más urbanizadas y, supuestamente, de hasta el 75 en sus urbes crimeas.[68] En estas

 

 

 

 

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regiones «no puede haber duda de que los efectos de la peste negra sobre la población […] fueron seguramente igual de graves» que en Europa occidental.[69] En 2017, el especialista Uli Schamiloglu escribió lo siguiente: «Hay pruebas directas e indirectas de que la peste negra afectó a

 

     Crimea, Sarái, Bulgar del Volga y, en general a los pueblos y ciudades de la Horda de Oro».[70] En opinión de Schamiloglu, los pueblos vasallos de la Horda, que se localizaban en su periferia, sufrieron menos debido a su carácter nómada.

 

Por tanto, los nómadas y seminómadas son la única exención posible que se le puede hacer con carácter general al alcance de la epidemia; una exención únicamente parcial, además, puesto que estuvieron menos afectados pero nunca se vieron libres del todo. Incluso este punto de vista fue cuestionado en 2015 por Nükhet Varlık. «Los nómadas corrían el mismo riesgo de infección que los demás, si no más».[71] Varlık señala —con razón— que las poblaciones errantes de Anatolia mantenían contacto regular con las sedentarias y que existen casos recientes bien documentados de nómadas norteafricanos que contrajeron la peste. Ahora bien, aquí la infección resultó modesta incluso para los estándares de la tercera pandemia moderna.[72] Lo que parece probable es que, en tiempos de paz, la trashumancia estacional de los pastores nómadas a caballo interrumpiera la transmisión de la peste de la segunda pandemia. Tratamos las razones en el siguiente capítulo. La opinión histórica más común, según la cual los nómadas tártaros, turcos, beduinos y bereberes padecieron menos la plaga que las poblaciones sedentarias se basa en pruebas de la época bastante sólidas.[73] Veremos que hubo casos en los que los grupos nómadas parecen haber tenido una ventaja militar inicial tras el estallido de la epidemia sobre enemigos más asentados, aunque es cierto que no debió de durar mucho: los nómadas con veleidades expansionistas que tuvieron éxito de verdad se agruparon en ejércitos, algunos de ellos con capacidad para acometer asedios, y, por tanto, tales tropas eran propensas al contagio. No en vano, los conquistadores nómadas en ocasiones se volvían más sedentarios, o al menos dependían de súbditos sedentarios para obtener ingresos y suministros.

 

Numerosos historiadores aseguran que Europa oriental al completo fue relativamente afortunada durante la pandemia. «La peste no impactó con la misma fuerza que en Europa occidental».[74] «Polonia huyó en gran

 

 

 

 

 

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medida de los estragos de la peste negra».[75] Sí es cierto que buena parte de Polonia parece haber escapado al primer brote. Aunque resulta seguro que las primeras olas alcanzaron sus costas septentrionales, la mortalidad en el interior podría haber sido inusualmente baja hasta más o menos 1400. Un análisis arqueológico realizado el norte del país pone en duda que las pérdidas fueran cuantiosas, aunque sí encuentra «una estrecha correlación entre la guerra y la deserción de los asentamientos y, en menor medida, los brotes de peste de corta duración entre 1373 y 1410».[76] Sin embargo, en 1550 llevaban en Polonia nada menos que 81 años sufriendo los embates de la enfermedad.[77] En cuanto a Hungría, parece que abunda la suposición de que «la peste fue menos virulenta en Hungría que en otros lugares», aunque no está claro por qué. La primera ola, que se hizo sentir en 1349, acabó con la vida de su reina y ese año pasó a ser conocido como «el tiempo de la mortandad». El segundo brote, que llegó en 1359, «bien podría haber sido más destructivo». Liquidó a «incontables barones famosos», a cuatro altos funcionarios y a muchos otros.[78] «Numerosas ciudades húngaras mostraron una pérdida absoluta de población desde mediados del siglo XIV hasta finales del XV».[79] Con respecto al resto de Europa oriental, hay pruebas fehacientes de una mortalidad similar a la occidental en la primera ola, la peste negra propiamente dicha. El norte de Rusia fue alcanzado en 1352, empezando por urbes cercanas al Báltico como Nóvgorod y Peskov hasta llegar a Moscú en 1353 (vid. Mapa 11). «Las descripciones sugieren que tuvo los mismos efectos horribles en las ciudades rusas que en aquellas otras situadas más al oeste y que mató con espantosa eficacia».[80] Como en otros lugares, con frecuencia se sigue el rastro de la epidemia por medio de las crónicas urbanas, pero fue igualmente grave en el campo. «Que se produjo un descenso catastrófico de la población rural es indudable».[81] Las estadísticas son difíciles de conseguir, pero se cree que la mortalidad fue similar a la de otros lugares. Los rebrotes posteriores fueron numerosos.[82] «Los ciclos de la peste en Rusia fueron más o menos equivalentes a los de Europa occidental».[83]

 

Desde hace tiempo parece claro que la epidemia asoló los Balcanes, así como gran parte de Oriente Medio y el norte de África.[84] Dubrovnik (anteriormente Ragusa), la ciudad balcánica mejor documentada, sufrió la primera ola en 1347. Los cálculos más habituales hablan de una tasa de

 

 

 

 

 

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fallecidos de entre el 25 y el 33 por ciento.[85] Sin embargo, otras cifras más exactas se refieren a 7473 fallecidos para una población de unas 15 000 almas en la ciudad y alrededores cercanos, lo que elevaría el peaje al 50 por ciento. Dubrovnik sufrió otras ocho epidemias hasta 1400, varias más en el siglo XV y una última, de grandes proporciones, en 1526-1527, que se cobró cerca de un tercio de su población, pero a partir de entonces quedó prácticamente libre de la peste.[86] En cuanto a Grecia, Epiro y Creta, durante y después de la peste negra también se han documentado estragos de importancia.[87] Se dice, por ejemplo, que la isla griega de Eubea (antigua Negroponte) perdió dos tercios de su población en un brote acaecido en la década de 1440.[88] Y tenemos el caso del pueblo macedonio de Radolibos, a su vez inusualmente bien documentado gracias a los archivos del monasterio que era su propietario. Aquí la población descendió solo un 40 por ciento entre 1341 y 1478 y a los cenobios se les daba bien repoblar sus señoríos con inmigrantes. «Distintos factores sugieren que el cambio demográfico ejemplificado por Radolibos fue una tendencia general no solo para Macedonia, sino también para los Balcanes en su conjunto».[89] En 1347, la peste afectó a la ciudad de Constantinopla y regresó diez veces más en la década de 1430.[90] Los contemporáneos informaron de que los muertos superaban en número a los vivos después de la primera ola. Ahora sabemos que es muy posible que fuera cierto.[91]

 

«La peste negra se abatió sobre el mundo islámico medieval a mediados del siglo XIV con una fuerza destructiva muy similar a la sufrida sobre la Europa medieval».[92] Tras su conquista por los otomanos en 1453, Constantinopla (o Estambul) siguió siendo la capital de la peste. En 1467, uno de sus embates le costó a la urbe «al menos un tercio, si no la mitad, de su población».[93] Desde el siglo XVI, los contagios fueron menos letales, aunque no menos frecuentes: en los alrededores de la ciudad aparecieron entre 1453 y 1595 nada menos que 277 nuevos cementerios, cuatro veces más que en los 150 años posteriores. «Parece ser que estas cifras reflejan la elevada mortalidad causada por los brotes de peste, numerosos y virulentos, que se produjeron hasta finales del siglo XVI, mientras que en el siglo y medio siguiente hubo ya menos víctimas».

 

 Fuera de la ciudad, «la peste negra fue un fenómeno generalizado en Anatolia a partir de 1347».[95] En el caso de Siria, se ha venido diciendo

 

 

 

 

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en ocasiones que, según una fuente temprana, el erudito Ibn Habib, pereció un tercio de los habitantes. Sin embargo, más tarde se ha precisado que, en realidad, escribió: «alrededor de dos tercios de la población murieron a causa de ella».[96] No se trata, ni mucho menos, del único ejemplo de historiador que reduce de forma arbitraria las elevadas estimaciones de la época y asume automáticamente que son exageradas.[97] A consecuencia de los incontables brotes adicionales, y tras una tímida recuperación, la población siria en 1500 era inferior al 60 por ciento del nivel que tenía en 1346.[98] A pesar de una tendencia general al retroceso de la mortalidad, se siguieron dando recaídas muy letales. Las cifras exactas —algo extraordinario— de una pequeña ciudad cercana a Alepo indican «una tasa de mortalidad global del 75 por ciento» en una ola que se produjo en 1574.

 

     Las pruebas arqueológicas del declive de los asentamientos testimonian «marcadas pérdidas demográficas» en Jordania tras la primera ola.[100] Evidencias similares son indicativas de «una fuerte despoblación» en Irak, donde «cerca de la mitad de la zona edificada fue abandonada».[101] Por tanto, «los ciclos epidémicos en Oriente Medio y Europa parecen bastante similares».[102]

 

Egipto resultó afectado de manera repetida, con 17 olas importantes hasta 1513. Una vez más, las cifras concretas son escasas, pero la habitual suposición de un tercio de fallecimientos está siendo cuestionada. Sabemos que el número de miembros de la élite mameluca quedó reducido a la mitad o dos tercios en la segunda mitad del siglo XIV.[103] Un estudio

 

comparativo realizado en 2005 por Stuart Borsch concluyó que la peste en Egipto fue tan grave como en Europa y «tan catastrófica en las zonas rurales como en las urbanas».[104] Borsch actualizó sus resultados en 2014 y aseguró que las pérdidas fueron «superiores al tercio estimado por [Michael] Dols» en el estudio clásico en torno a la peste en el Sur Musulmán (1977).[105] El Cairo, calculan Borsch y sus colegas, tuvo disminuciones de población del 46 y el 40 por ciento, respectivamente, a consecuencia de las plagas de 1430 y 1460. «Otros estudios revelan que las pérdidas de población rural fueron de una magnitud similar».[106] Aunque los datos de algunas partes del Magreb son escasos, Túnez se vio claramente afectado y la pandemia llegó también a Marruecos y Granada. [107] «En Europa, la peste diezmó a una cantidad de población que oscila

 

 

 

 

 

 

 

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entre 1/8 y 2/3 del total; estimaciones similares pueden aplicarse al Marruecos medieval».[108]

 

Entre 1348 y 1351 le llegó el turno a La Meca y Yemen.[109] Las primeras olas alcanzaron también a Armenia, Irak y Azerbaiyán. Se dice que unas 300 000 personas fallecieron en otra ola, esta en 1369, en la gran ciudad de Tabriz (en el actual Irán) y alrededores.[110] De manera global, las estimaciones de mortalidad para estas regiones son particularmente escasas. Dols aceptó con cautela la cifra habitual de un tercio, pero está en lo cierto al afirmar que la peste «azotó por igual a casi todo Oriente Medio».[111] La mayoría de los estudios acerca de la peste sigue «sin mencionar Irán en absoluto», pero una investigación realizada en ese país y publicada en 2018 halló 22 brotes relevantes durante las décadas de 1340-1490 que «mataron a la gente como el fuego que consume los almiares».[112] La Encyclopædia Iranica señala pruebas anecdóticas pero sugestivas de una elevada mortalidad.[113] Por ejemplo, cuatro de los siete hijos de un famoso poeta y líder religioso, Fazlallah Astarabadi, fundador del movimiento hurufista, perdieron la vida por la peste durante la segunda mitad del siglo XIV.[114] Al igual que ocurrió en el interior de Polonia, es posible que el centro y el sur de Irán sufrieran la mayor parte de sus pérdidas debidas a la peste más tarde que la mayoría. La gran ciudad de Isfahán albergaba entre 80 000 y 100 000 habitantes hacia 1400, por los tan solo 25 000 de una centuria más tarde.[115] El hecho de que por entonces el actual Irán formara parte del ilkanato mongol junto con otras zonas de lo que hoy son Uzbekistán y Afganistán, sumado a la difusión de la cultura persa y la conversión de los conquistadores al islam, hacía de Persia una zona muy interrelacionada con sus vecinos. Los tres países conformaron, en parte, la vasta región conocida como Gran Jorasán y también aquí llegó la pandemia. Hay indicios de «una disminución de la densidad de población» a finales del siglo XIV.[116] Ya en el XV, tenemos pocos datos disponibles que ilustren de una epidemia masiva de peste que se hizo sentir en un importante núcleo de Jorasán, la región de Herāt, la cual se calcula que albergaba 300 000 hogares. Según se afirma, la ola de 1435 causó la muerte a 600 000 personas, lo que equivaldría, aproximadamente, a la mitad de la población.[117] Este brote afectó también a Samarcanda.[118] Otra plaga en Herāt tuvo lugar en 1462, con resultados igualmente letales.[119] Al parecer, la segunda pandemia afectó

 

 

 

 

 

 

 

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incluso a los confines de Eurasia occidental, hasta el punto de reducir su población a la mitad hasta bien entrado el siglo XV.

 

 

 

¿HASTA DÓNDE LLEGÓ LA PESTE NEGRA?

 

¿Alcanzó la segunda pandemia más allá de Eurasia occidental? Bastantes autores siguen asumiendo que los contagios arreciaron en China casi al mismo tiempo que en Occidente, durante las décadas de 1330-1350, y algunos siguen dando por bueno que la peste negra europea procedió del este de China. William McNeill, uno de los primeros estudiosos en analizar cómo los factores globales condicionan el curso de la historia, dio origen a la versión moderna de este punto de vista en Plagas y pueblos. Según la Cambridge World History (2015), la opinión de McNeill seguía siendo «ampliamente aceptada» y uno de sus autores afirmaba que «la peste negra se propagó de China a Europa en cuestión de años».[120] En 2017, «la mayoría de los especialistas cree que la conocida como gran peste o peste negra se originó en el sudeste de China».[121] Algunos sugieren que también azotó la India, África occidental, Etiopía y África oriental bajo el Cuerno de África. ¿Fue la peste negra un fenómeno semiglobal que afectó a todas las grandes culturas urbanas del Viejo Mundo, empezando por China? Este libro no puede hacer justicia a esta pregunta de ambición gigantesca, aunque tampoco puede eludirla.

 

Es un hecho incontestable que los roedores por sí solos no habrían podido recorrer largas distancias y propagar la enfermedad sin que los humanos, de manera no intencionada, los transportaran en sus viajes. Los correos o las caballerías se desplazan rápidos y ligeros: es poco probable que portaran ratas infectadas en el interior de las alforjas. Mejores candidatos son las caravanas de camellos que recorrían las rutas de la seda a través de Asia Central. Los propios camellos podían contraer la peste, pero, como se argumenta en el capítulo siguiente, es poco probable que la transmitieran muy lejos. El contagio por vía marítima era habitual en Eurasia occidental, pero también tenía sus límites. La peste no llegó a las Américas —ni a Madagascar o Australia— hasta finales de la década de

 

 

 

 

 

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1890, con la llegada generalizada de los barcos de vapor de largo recorrido, aunque, sin duda, muchas naves debieron de levar anclas con ella en las travesías por el Atlántico durante los cuatro siglos anteriores. Ya en 1492 hubo ratas no infectadas que se trasladaron por vía marítima.[122] En 1622, no menos de 4000 de estos roedores murieron a bordo de un barco español que regresaba de las Américas.[123] Aunque las ratas infectadas no consiguieron llegar, porque murieron antes de que los

 

veleros pudieran cruzar los vastos océanos —durante los siglos XVI y XVII el viaje medio entre España a México duraba 75 días—.[124] Las cuarentenas fueron introducidas en Europa a partir de 1377, al principio impuestas en barcos o islotes en alta mar. En un primer momento se probó en Dubrovnik un aislamiento de treinta días, pero no dio resultado.[125] En 1383 se introdujo en Marsella un periodo más largo, de cuarenta días, del que deriva la palabra cuarentena. Esta medida resultó más eficaz y «la práctica se extendió porque tenía sentido».[126]

 

Sin embargo, esa eficacia no fue nunca del todo completa, porque las autoridades al cargo de la cuarentena no sabían que debían quedar confinadas tanto ratas y pulgas como los humanos con su evidente equipaje. Sí apoya la otra prueba de que la peste, en un espacio aislado y restringido como puede ser el de un barco en pleno viaje sin escalas, se extinguiría en cuarenta días con la muerte de todas las ratas y, seguramente, algunos humanos. Se ha propuesto que la eficacia del confinamiento de cuarenta días apoya el argumento en contra de que la peste sea bubónica, cuyo periodo de incubación en humanos es, como mucho, de 10 días.[127] Pero también hay que añadir el plazo que tardan las pulgas en volverse muy infecciosas —hasta 17 días—, el tiempo para que la peste acabe con las ratas —de 10 a 14 días— y además un periodo de ayuno de unos días previo a que las pulgas salten a los humanos, estos menos apetecibles que los roedores.[128] Sumado todo, nos acercamos a los 40 días. Además, como ocurre con la mayoría de las enfermedades infecciosas, solo una minoría de los barcos procedentes de regiones infectadas transmitía la peste. Los registros de cuarentena muestran que, en el siglo XVIII, durante las olas sufridas en el Levante mediterráneo y el norte de África, la peste sobrevivió solamente en el 4 por ciento de los barcos que arribaron a Marsella procedentes de las regiones afectadas, esto es, uno de cada veinticinco.[129]

 

 

 

 

 

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Pero retornemos a lugares concretos. Los recientes argumentos a favor de que la peste negra llegó a África occidental desde el norte del continente o de Europa no tienen demasiado en cuenta las dificultades para atravesar el vasto Sáhara y la ausencia de un comercio marítimo de relevancia. Se basan, principalmente, en el abandono de grandes asentamientos o ciudades y la peste rara vez causó por sí misma tales efectos en Eurasia occidental. Algunas áreas de la zona, como la ciudad de Tombuctú, un relevante centro de aprendizaje islámico, estaban muy alfabetizadas, aunque incluso quienes defienden la presencia de la peste reconocen que «no parece existir ningún texto o inscripción epigráfica que describa la aparición de la peste en la segunda mitad del siglo XIV. Tampoco se menciona una epidemia devastadora en los relatos posteriores elaborados por los visitantes europeos que entraron en contacto con estas zonas a lo largo del siglo XV».[130] El gran viajero marroquí Ibn Battuta, que conoció el Imperio de Mali en 1352-1353, tampoco menciona la peste, a pesar de que la observó con frecuencia mientras se dirigía a Mali a través de Oriente Medio, España y el norte de África.[131] Más convincentes resultan los argumentos a favor de, al menos, unos pocos brotes en Etiopía y la costa oriental de África, que tenían buenas conexiones marítimas con Oriente Medio.[132] Sin embargo, no parecen comparables con la docena larga de grandes epidemias que asolaron Eurasia occidental entre 1345 y 1500 y las pruebas de brotes en África oriental parecen más sólidas cuando se refieren a los siglos XVI o XVII.

 

Los datos genéticos acerca de la cepa más antigua de Y. pestis hallada recientemente en África oriental sugieren que la peste negra envió «un extenso brote a África oriental» desde Yemen u Omán y no tanto desde la India.[133] En este país abundaba la rata negra y, al igual que en el caso de África oriental,[134] mantenía un importante comercio marítimo con el mar Rojo y el golfo Pérsico. Pero recorrer tan complicadas vías fluviales después de cruzar el mar Arábigo normalmente se prolongaba cuarenta días o incluso más.[135] Se han registrado algunos viajes excepcionalmente más cortos,[136] pero, como ya hemos señalado, la peste normalmente requería docenas de travesías por contagio. Durante un trayecto anterior, Ibn Battuta había enfermado en la India en 1344, pero se recuperó y ni siquiera él asoció su enfermedad con la peste, con la que, como hemos visto, se había familiarizado mucho antes de consignar su

 

 

 

 

 

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relato. Hubo incluso algunos historiadores que, de manera gratuita, hicieron la asociación por él, error que otros han corregido. «No existen pruebas concretas de que la peste infectara la India» en el siglo XIV.[137] «En la actualidad [2011] no hay evidencias serias de que la peste negra llegara a la India o al sudeste asiático».[138] De hecho, hay pruebas fehacientes de que no fue así. Cuando la peste brotó en la India en 1615, el emperador mogol Jahangir «interrogó a muchos eruditos y médicos», de los que concluyó «que era la primera vez que la enfermedad se había producido en la India».[139] Una historia de la demografía india publicada en 2018 concluye, con bastantes reticencias, que, si bien «la peste negra del siglo XIV tal vez afectó a zonas del noroeste […] ciertamente no hay pruebas de que la enfermedad infecciosa que causó la peste negra afectara al subcontinente indio». La India «no experimentó un desplome demográfico» durante los siglos XIV o XV.[140] En cuanto al caso de China, especialmente problemático, deberá esperar al próximo capítulo.

 

 

 

LA ERA DE LA PESTE

 

 

En ocasiones se ha utilizado la expresión peste negra en referencia únicamente al primer brote y otras veces para referirse a toda la pandemia. El primer uso resulta menos confuse, aunque más engañoso, si se interpreta que las grandes plagas se limitaron a 1345-1353. Como se indica

 

en la Introducción, ninguna epidemia posterior —también llamada brote u ola— fue tan letal o universal como la primera, pero algunas sí se acercaron. La última gran ola en Eurasia occidental tuvo lugar en 1835-1838 y se limitó al Imperio otomano,[141] lo que nos da como resultado una era de la peste de casi cinco siglos. Pero la pandemia terminó antes en otras zonas. Detectar cualquier patrón es un asunto peliagudo. «Para el historiador, como para los contemporáneos, la impresión predominante que deja el impacto local de las plagas es la de una aleatoriedad a menudo inexplicable».[142] Seis brotes más en el siglo XIV afectaron a la mayor parte de Eurasia occidental después de la peste negra propiamente dicha y aún hubo otros durante el siglo XV. El recuento más habitual para Europa occidental es de 17 epidemias entre

 

 

 

 

 

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1347 y 1534 y los números en Europa oriental y el Sur Musulmán fueron

 

similares —quizá ligeramente inferiores en el primer caso y ligeramente más elevados en el segundo—.[143] Entre 1534 y 1683, el recuento más convencional habla de solo once epidemias importantes para Europa occidental, a las que podríamos añadir una generalizada en Europa central y oriental padecida a principios del siglo XVIII y otra, de grandes proporciones, en la Rusia de la década de 1770. Todo ello da como resultado 30 olas para Europa, con dos o tres adicionales en el Sur Musulmán hacia 1840.

 

En general, la mortalidad tendió a disminuir después de 1500, los brotes se redujeron en alcance y frecuencia y aumentaron las diferencias en afectación según las zonas. Claro que hubo excepciones a toda esa tendencia. A mediados del siglo XVII, una grave epidemia afectó a la mayor parte de Eurasia occidental, desde Turquía hasta Noruega, desde Rusia hasta España, e infligió mortalidades cercanas al 50 por ciento en algunos lugares. En ese periodo, las ciudades fueron, sin duda, las más afectadas, aunque también se sabe que al menos algunas comunidades rurales y pueblos pequeños en Rusia, Suiza, Siria e Inglaterra llegaron a perder la mitad de la población.[144] Con todo, hay consenso en que, en líneas generals, la pandemia perdió fuerza a partir de 1500, aproximadamente,

 

—algunos dicen que en la década de 1480, otros que en la de 1530— y el hecho guarda relación con los inicios de repunte demográfico. Por tanto, tenemos una era de la peste dividida en dos mitades, esto es, más o menos de 1350 a 1800 con un punto de inflexión hacia 1500. Durante esa primera mitad, la de 1350 a 1500, la enfermedad no hizo distinciones: tendía a acabar tanto con población urbana como rural. Sin embargo, con el tiempo se observó una tendencia a que las plagas fueran más frecuentes, pero menos letales, en las ciudades portuarias. Tras la primera ola, la mortalidad varió mucho de un lugar a otro, sin patrones geográficos obvios y con escasas pautas temporales. Aunque algunas investigaciones arqueológicas recientes sugieren variaciones en función del sexo y el estado de salud previo a la pandemia, las diferencias eran escasas.[145] En cualquier caso, los factores clave mencionados en esta investigación que afectaron a la salud fueron la Gran Hambruna de 1315-1317 y la Gran Peste Bovina de 1319-1320. Como ya se ha señalado, ambas afectaron duramente solo al norte de Europa, a pesar de lo cual la mortalidad causada por la epidemia

 

 

 

 

 

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resultó similar en el sur.[146] La mayoría de las pruebas indica pocas variaciones por sexo, clase, dieta o —al menos en la primera ola— edad. [147]

 

Una posible excepción, sugerida por un análisis de laboratorio realizado en Inglaterra, es que las élites seculares de más alto rango sufrieron menos porque consiguieron huir más rápido y más lejos que el resto. No obstante, la mortalidad de las clases poderosas puede estar infravalorada porque a veces se ha calculado a partir de los árboles genealógicos y ha excluido a las muchas familias nobles que perecieron al completo.[148] Se dice que la nobleza inglesa más alta —los llamados tenentes directos, tenants-in-chief— solo perdió un 27 por ciento en la peste negra, poco más de la mitad de la tasa general.[149] Aunque tal vez la peste les jugara una mala pasada por otra excepción parcial. La mortalidad en los distritos que habían sido golpeados con dureza en una ola anterior solían experimentar una baja mortalidad en la siguiente.[150] Y al contrario, las pocas regiones o poblaciones donde la peste negra propiamente dicha no azotó experimentaron altas tasas de mortalidad en el siguiente brote que tuvo lugar diez o más años después. Ello pudo confundir a los nobles que habían resistido la primera ola en una de las pocas regiones que se salvaron, de manera que regresaran a lugares en apariencia seguros y descubrir entonces la gravedad de esa segunda ola. Sabemos que en el segundo brote falleció, entre los tenentes directos de Inglaterra, una proporción superior a la media.[151] Si dejamos a un lado estas pocas excepciones, la primera época de la peste parece haber sido bastante equilibrada en toda Eurasia occidental.

 

El asunto de la peste tardía es ya harina de otro costal. Después de 1500, la enfermedad empezó a mostrar sesgos más marcados y de diverso tipo, frecuentemente con una mayor mortalidad entre los habitantes urbanos que entre los de zonas rurales, atacando más a los pobres que a los ricos y desapareciendo en momentos muy diferentes según las distintas regiones. Suelen darse las fechas de 1650 o 1683 para el final de la era de la peste en Europa occidental, sin embargo, el último brote, muy extendido aunque no universal, se remonta a 1703-1716. Se ha considerado en ocasiones que quedó circunscrito a la región del Báltico, pero llegó también a Europa central y oriental, Polonia incluida.[152] Hungría perdió 410 000 personas[153] y una pequeña ciudad sueca el 75 por ciento de sus

 

 

 

 

 

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habitantes.[154] También hubo posteriormente un famoso brote regional, el de Provenza en 1720-1722. Aquí, en el caso de algunas localidades tenemos bien documentadas mortalidades del 50 por ciento o más.[155] Otra ola, esta menos conocida, asoló Mesina, la ciudad portuaria al nordeste de Sicilia, en 1743, y acabó con más de la mitad de la población —por tanto, en ese lugar la era de la peste se prolongó a lo largo de casi cuatro siglos, de 1347 a 1743—.[156] Estos brotes tardíos provocaron que la epidemia siguiera constituyendo una pesadilla latente en la mentalidad de Europa occidental hasta 1800 e incluso más adelante, si bien hacia 1720 había dejado ya de ser un actor relevante en la demografía del subcontinente.

 

En Europa oriental, Polonia parece haber compartido el patrón de Europa occidental, aunque con un comienzo más tardío. En Rusia, el último gran brote local se produjo en Moscú y sus alrededores en 1770-1774 y, como resultado, la ciudad perdió el 20 por ciento de la población.[157] En el país se siguieron produciendo otros brotes locales menores hasta 1878, cuando una leve ola en la zona del Volga indujo a algunos alemanes a dejar de comprar caviar por miedo a la infección, un ejemplo más de lo alargada que fue la sombra de la plaga.[158] Pero fuera de los Balcanes, la era de la peste parece haber terminado en Europa oriental alrededor de 1774. En el caso de los Balcanes se hizo sentir en 1738 y así continuó durante décadas. Por aquel tiempo la mayor parte de la zona era territorio otomano y, como esto sugiere, la experiencia del sur fue bastante diferente, aunque compartió el fuerte cambio de tendencia experimentado en el siglo XVI. «Después de 1517, los brotes de peste sufridos en las zonas otomanas parecen divergir de los que afectaron al Mediterráneo occidental».[159] Como hemos visto anteriormente, la mortalidad otomana debida a la peste disminuyó y, por tanto, Anatolia pudo participar del auge demográfico generalizado del siglo XVI. Sin embargo, a partir de mediados del XVII, el Sur Musulmán fue claramente más propenso a la enfermedad que el resto de Eurasia occidental. Se han contabilizado no menos de 230 brotes en la capital otomana, Estambul, a lo largo de toda la era de la peste.[160] Después de 1700, la mayoría de ellos tuvo mortalidades bajas, incluso ínfimas, pero no siempre. Estambul perdió el 15 por ciento de la población en un brote de 1705, el mismo porcentaje en 1726 y el 20 por ciento en 1778, con muchas cifras menores

 

 

 

 

 

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entre medias. Salónica experimentó un número similar de brotes y Esmirna aún más, con pérdidas de entre el 10 y el 20 por ciento de la población en cada una de las cinco olas acaecidas entre 1709 y 1784. También se dieron importantes epidemias en Estambul en 1812 y, por último, en 1836.[161] Egipto también se vio gravemente afectado en el siglo XVIII[162] y el resto del norte de África padeció epidemias de importancia entre 1792 y 1821.[163] Para el Sur Musulmán en su conjunto, el final de la era de la peste —si la medimos por sus brotes relevantes— parece haber llegado alrededor de 1840.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por supuesto, los niveles de población son una cuestión tanto de nacimientos como de defunciones. Algunos historiadores económicos han sugerido que la segunda pandemia de peste desencadenó o consolidó lo que se conoce como modelo europeo de matrimonio.[164] Detectado por primera vez en 1965 por John Hajnal, se trataba de una tendencia a casarse menos, a hacerlo más tarde y a tener menos hijos y se localizaba «al oeste de la línea que va desde Trieste hasta San Petersburgo».[165] Numerosos especialistas lo consideran causa de la divergencia del crecimiento económico de Europa occidental con respecto al resto del mundo, al reducir permanentemente la presión de la población sobre los recursos y fomentar el individualismo, las familias nucleares y una mayor inversión en la educación de menos hijos. Puede que esto fuera cierto —o no— después de 1500, pues algunas investigaciones recientes sostienen firmemente que no lo fue.[166] Lo que aquí nos interesa es que, para las fases tempranas de la peste, la mayor parte de los indicios apunta a un aumento de la natalidad.

 

Las epidemias de peste, incluida la primera, fueron seguidas de un aumento de los matrimonios y los nacimientos, ya que las familias afectadas se reorganizaban en otras nuevas. Muchos estudiosos han

señalado este frenesí nupcial —interesante expresión— acompañado de una fertilidad desbordante.[167] «Los hombres y mujeres supervivientes hacían todo lo posible por casarse».[168] Los escasos registros

 

 

 

 

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matrimoniales que se conservan de la ciudad de Givry, en la Borgoña francesa, documentan la tendencia con bastante precisión. Antes de la peste negra se celebraba una media de 17 matrimonios al año. Después de ella, en 1349, se dispararon a 86 y se mantuvieron por encima de la media en 1350 y 1351.[169] Los archivos de la ciudad inglesa de Durham ponen de relieve un aumento todavía mayor de los casamientos, que pasaron de una media de unos 10 al año a 130 en 1350.[170] Este número de matrimonios en el seno de una población tan reducida significa un repunte aún más espectacular de la tasa de nupcialidad. No se trataba solo de viudas y viudos que volvían a casarse. «Jóvenes y adultos anteriormente obligados a posponer el matrimonio o resignados a una vida célibe, encontraban por doquier buenas viviendas vacantes y se casaban en masa por toda Europa».[171] Un contemporáneo italiano se indignaba ante semejante tendencia:

 

Cuando terminó la plaga, los hombres resurgieron: aquellos que no tenían esposas las tomaron ahora. Y las mujeres que habían enviudado se volvieron a casar. Jóvenes, ancianas y solteronas, todas siguieron este camino. Y no solo estas mujeres, sino también incontables monjas y hermanas, que abandonaron los hábitos y se convirtieron en esposas. No pocos frailes se perdieron por hacer tales cosas; y hasta hubo hombres de noventa años que tomaron solteronas. Tal era la premura por volver a casarse que ya había más bodas que días, y muchos ni siquiera esperaban al domingo para celebrar los esponsales.[172]

 

El auge de la natalidad tras la peste significó una muestra impresionante de la resistencia humana y originó un entorno demográfico de alta presión en el que tanto las tasas de natalidad como las de mortalidad eran elevadas. En términos generales, las altas tasas de nacimientos se vieron superadas por unas cifras de muertes muy altas durante las primeras olas de la pandemia. Más adelante, natalidad y mortalidad fueron a la par, hasta que, en torno a 1500, la natalidad tomó por fin la delantera. Teniendo en cuenta que los nacimientos se producían anualmente y que las altas tasas de mortalidad estaban originadas en las sucesivas olas de epidemia cada diez o veinte años, la analogía de la liebre y la tortuga podría resultar más adecuada que el cabeza a cabeza de las

 

 

 

 

 

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carreras de caballos. De hacerse un cómputo de la población justo un año antes de algún nuevo brote de peste podría obtenerse una falsa impresión de recuperación a largo plazo. Así lo corroboran las nuevas estimaciones de población mencionadas con anterioridad, por ejemplo en Inglaterra y Cataluña. Sin embargo, no lo confirman las cifras globales de población. Las estimaciones de tiempo atrás daban hasta 93 millones para Europa en 1300 y 78 millones en 1400, presumiblemente incluyendo a Rusia, un mero descenso del 16 por ciento.[173] Cifras bastante más precisas, ahora ya comúnmente aceptadas —para Europa sin Rusia— hablan de 79

millones en 1300, 54 millones en 1350 —después de la primera ola—, con una ligera recuperación a 57 millones en 1400.[174] Por tanto, indican descensos del 31,5 por ciento, hasta 1350, y del 28 hasta 1400, lo que sugiere que todavía están basadas en la antigua estimación más fiable de

 

mortalidades por peste —alrededor del 30 por ciento— y en la clásica suposición de que la recuperación dio inicio bastante rápido. Los mismos supuestos parecen influir en la estimación estándar para 1500 —76 millones—, esto es, una recuperación casi completa. Si sustituimos la antigua mejor estimación por la nueva de un descenso del 50 por ciento y aceptamos que la recuperación fue lenta, obtendremos cifras mucho más bajas. La aceptada para el caso de la población inglesa en 1300 es de 4,5 millones, que se aproxima a la del estudio de casas solariegas mencionado anteriormente: 4,8 millones. Pero el componente inglés en la estimación estándar para Europa en 1500, 3,5 millones, es un 75 por ciento superior a la más reciente y convincente, que se cifra en 2 millones. Si en el continente la mortalidad de la peste a largo plazo se aproximaba a la de Inglaterra y Cataluña, lo que parece probable, los expertos tendrían que rebajar drásticamente sus estimaciones de la población europea en las primeras épocas de pandemia.

 

Llegados al siglo XVI, sí se constata un fuerte crecimiento, de manera que el nivel de población europea en 1300 seguramente quedara restablecido en 1618, aunque luego el siglo XVII recayó en una crisis general donde la peste fue solo uno más de los jinetes de un apocalipsis, con guerras largas y violentas, hambrunas y un clima adverso. Zonas como Alemania o Polonia sufrieron, respectivamente, fuertes descensos de población en la primera y segunda mitad del siglo. Aunque esa crisis general del siglo XVII, que según algunos estudios recientes afectó también

 

 

 

 

 

 

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al Sur Musulmán, si bien ralentizó el crecimiento, no lo detuvo: se cree que la población europea aumentó alrededor de un 6 por ciento entre 1600 y 1700.[175] Tenemos que recalibrar la historia de Eurasia occidental para tener en cuenta estas nuevas y terribles cifras. Pero antes vamos a abordar los misterios que todavía encierra la peste relacionándonos con especies desconocidas para los historiadores, incluidos los científicos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 2

 

 

 

 

 

Orígenes y dinámica de la peste

 

negra

 

 

 

 

 

PREHISTORIA DE LA PESTE

 

 

Los avances científicos de los últimos veinte años han revolucionado nuestra comprensión del patógeno de la peste, unos avances que han seguido dos líneas principales. En primer lugar, las nuevas técnicas de extracción y análisis de ADN antiguo de Yersinia pestis a partir de restos humanos, en particular dientes, han redefinido la historia de la enfermedad y han hecho retroceder su prehistoria. Como resultado, ha sido posible trazar una secuencia evolutiva plausible. Se cree que una variante de peste pudo divergir de un antepasado mucho más benigno, la Yersinia pseudotuberculosis, quizá en fecha tan reciente como 3800 a. C. o tal vez antes.[1] En 2015 fueron hallados restos de Y. pestis en el ADN de seis esqueletos humanos procedentes de personas que habían vivido en el tercer milenio antes de Cristo o en torno a él. Se hallaban dispersos por las estepas occidentales y regiones adyacentes. En consecuencia, se ha sugerido la existencia de una antigua epidemia en el tercer milenio antes de Cristo en Europa oriental y las estepas euroasiáticas.[2] Pero es probable que la enfermedad desarrollara más tarde toda su capacidad de infección. Se cree que la primera víctima conocida de la peste fue un

 

 

 

 

 

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armenio cuya muerte se remonta al año 950 a. C.,[3] si bien en 2018 se descubrió una víctima anterior, hallada cerca de Samara, en el bajo Volga, y datada en 1800 a. C.[4] Por tanto, es posible que se produjeran brotes leves e incluso epidemias puntuales antes del inicio de la primera pandemia en 541 a. C. Sin embargo, dos de las candidatas principales —dos epidemias históricas que, anteriormente, se pensaba podrían haber sido causadas por la peste—, la peste de Atenas (430-426 a. C.) y la peste antonina (165-180 d. C.) suelen atribuirse ahora a otras enfermedades. En cualquier caso, se trató de epidemias puntuales, no de pandemias en el sentido actual de sucesión de epidemias a lo largo de los siglos.

 

La segunda línea de avances científicos relacionados con la peste tiene que ver con el análisis genómico —del genoma completo—, que puede identificar pequeños cambios en el ADN de la bacteria Y. pestis, ya sea antiguo o nuevo, aislado de humanos o de roedores. Tales cambios se miden en polimorfismos de un solo nucleótido, o SNP. Las enfermedades bacterianas mutan con menos rapidez que los virus y los científicos subrayan que la peste sigue siendo relativamente homogénea. «Su aparición reciente ha dado lugar a una falta general de diversidad genética»,[5] por lo que no debemos suponer grandes cambios repentinos en el comportamiento del patógeno. Es la homogeneidad genética de la Y. pestis de la segunda pandemia lo que ha socavado la tesis de que cada epidemia posterior a la peste negra entró por separado desde fuera de Eurasia occidental.[6] Sin embargo, los SNP permiten identificar las cepas o linajes de Y. pestis, su edad bastante aproximada y su relación entre sí en términos de ascendencia o descendencia. Desde 1951 se habían identificado comúnmente tres subespecies principales de peste o biovares

 

—Antiqua, Medievalis y Orientalis— asociadas a la primera, segunda y tercera pandemias, respectivamente. Sin embargo, desde 2008, esa tipología ha sido cuestionada de forma convincente y, en la actualidad, va siendo reemplazada —o combinada— con otra tipología de ramas que resulta suficiente para nuestros propósitos.[7] La Rama 0, surgida alrededor del año 200 de nuestra era, se cree que fue responsable de la primera pandemia justiniana.[8] En 2013, unas importantes investigaciones dirigidas por Yulong Cui establecieron que la Rama 0 experimento posteriormente una politomía, esto es, una repentina ramificación de nuevas variantes, en algún momento entre 1142 y 1339.[9]

 

 

 

 

 

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El resultado fueron cuatro nuevas ramas, designadas con los números 1 a 4, de las cuales la Rama 1 fue responsable tanto de la segunda como de la tercera pandemias, según demostraron otros estudios.

 

El equipo de Cui pensaba que la vasta meseta del Tíbet —también conocida como la meseta Tibetana-Qinghai, en la actual China— fue, probablemente, la región donde Y. pestis evolucionó por primera vez. Aunque las investigaciones realizadas desde 2017 sugieren que «todas las cepas altamente virulentas de Y. pestis tuvieron su origen en las montañas Tian»,[10] que se encuentran principalmente en el actual Kirguistán. Con independencia de que esto sea o no cierto para la peste prehistórica, los ancestros de la primera y la segunda pandemias parecen haber provenido de esa zona montañosa, que hoy todavía alberga focos activos de peste. El huésped principal es, y es probable que lo haya sido durante mucho tiempo, la marmota gris (Marmota baibacina).[11] Este roedor es muy sensible a la peste, hasta el punto de que, en la actualidad, las epizootias pueden acabar con poblaciones enteras de ellos y eso hace que la persistencia de la peste durante milenios sea un misterio. Se ha argumentado que el patógeno de la peste sobrevivió en las profundas madrigueras de marmotas extinguidas, en espera de la recolonización de ejemplares de otros lugares.[12] Los experimentos de laboratorio han demostrado que la bacteria Y. pestis puede sobrevivir en el suelo, aunque solo durante un año más o menos. En pulgas infectadas cuyos hospedadores hayan muerto tiene una vida máxima similar, pero los intervalos entre epizootias pueden ser mucho más largos que esto.[13] Otros experimentos han descubierto que es muy difícil contagiar ratones con tierra infectada, «lo que sugiere la escasa probabilidad de que esta vía de contaminación mantenga epizootias».[14] Los hospedadores de mantenimiento, otras especies de roedores salvajes que viven cerca de los nichos de las marmotas, pero resultan menos sensibles a la plaga, parecen un mecanismo de persistencia más plausible, ya que acogen a Y. pestis huérfanas mientras la población de marmotas se renueva.[15]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Mapa 3: Asia Central occidental. El origen de la peste negra y su transmisión a Europa.

 

 

 

Sean cuales sean las razones de su longevidad como foco de contagios, la idea de que la peste negra se originó en las montañas Tian no carece de argumentos históricos. Esta zona escarpada rodea casi totalmente el Issyk-Kul, un lago de unos 180 kilómetros de largo. El fértil valle del río Chu, que discurre hacia el nordeste desde las proximidades del lago, impide un cerco completo. En el año 1885, un arqueólogo ruso encontró en este valle «la única prueba que tenemos de un posible brote de peste en las estepas antes de las referencias procedentes de Crimea datadas en 1346».[16] El arqueólogo examinó dos cementerios de cristianos nestorianos cuyas muertes, concentradas en el bienio 1338-1339, se atribuían en algunas lápidas a las «pestilencias». La referencia inculpatoria bien podría referirse a otra enfermedad, pero hay indicios adicionales que apuntan a la peste. Las 650 muertes registradas en la zona habían equivalido, de media, a unas cuatro al año durante más de 150 años, pero se multiplicaron por 26, hasta 106, en 1338-1339. La peste es casi la única

 

 

 

 

 

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enfermedad que presenta un salto tan grande en la mortalidad. Ambas aldeas nestorianas eran vasallas del nómada Chagatai Kan, que, en ocasiones, acampaba con su corte en las proximidades. Los pueblos afectados, sin embargo, eran sedentarios, asentamientos de tipo agrícola. Ello, más la escala del brote, me sugieren que este no procedía directamente de las marmotas grises, sino de las ratas comensales, una

 

especie de las cuales —Rattus pyctoris, también conocida como Rattus turkestanicus— había habitado la región desde al menos el siglo VIII de nuestra era.[17] Philip Slavin, en su estudio acerca de Issyk-Kul como zona cero de la infección, no está muy convencido de que tales pruebas circunstanciales tengan demasiado peso.[18] Sin embargo, el momento, la ubicación y la escala de las inscripciones de las tumbas coinciden. Alrededor de 1360, en las lápidas del Volga medio se registra un aumento de muertes sin relación entre sí, aunque muy similar, lo que, sin duda, estuvo relacionado con la peste.[19] Hace muchos años se señaló que Ibn al-Wardi, el mejor informado de los cronistas contemporáneos, «afirma claramente […] que la enfermedad procedía del interior de Asia, donde había azotado a los uzbekos y a los jitai. La ubicación exacta de esta región no está clara».[20] Ya vimos en el capítulo anterior que la primera fue, probablemente, el territorio de la Horda de Oro. Los Jara-Jitai ocuparon partes de la región de Tien Shan como vasallos de Chagatai, por lo que al-Wardi puede haber acertado.

 

En cualquier caso, la zona de las montañas Tien se ha ganado rápidamente una gran aceptación entre los científicos como posible epicentro de la pandemia de peste negra. Las cordilleras más orientales se extienden hasta lo que hoy es la China más occidental, por lo que aún podría ser cierto eso de que «la peste negra empezó en China», aunque solo en un sentido técnico y un tanto engañoso. Si la peste negra llegó a China central u oriental es, por supuesto, otra cuestión, como lo es la cuestión de cómo llegó a Eurasia occidental, presumiblemente, a la población rusa de Laishevo, a 3000 kilómetros de distancia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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MONGOLES Y MARMOTAS FRENTE A JERBOS Y CAMELLOS

 

Aunque sigue estando muy extendida la opinión de que la segunda pandemia comenzó en el este de China, recientemente ha habido especialistas que la rechazan. Un estudio de 2011 concluyó que «un examen minucioso de las fuentes relacionadas con el sultanato de Deli y la dinastía Yuan no aporta pruebas de ninguna epidemia grave en la India del siglo XIV ni de ninguna evidencia específica de peste entre los muchos problemas que afectaron a la China del siglo XIV».[21] Una historia económica de China publicada en 2015 observaba «una llamativa falta de pruebas en China en torno a enfermedades pandémicas de la magnitud de la peste negra».[22] Otro análisis, este de 2019, señala enfermedades letales en China entre 1333 y 1353, pero dice también que «las pruebas no sugieren, al menos en la actualidad, que estas crisis de mortalidad fueran causadas por la peste».[23] Sin embargo, desde 2014, los estudios acerca de la peste en el país asiático ha dado otro giro, con tesis desarrolladas de forma independiente y, sin embargo, compatibles en su mayor parte, por dos talentosos historiadores, Robert Hymes y Monica Green. En esencia, sostienen que la peste negra fue precedida y posibilitada por una protoplaga acaecida en el siglo XIII, propagada por las invasiones mongolas tanto a China como a Oriente Medio. Les llamó la atención el hecho de que el intervalo de tiempo que Cui y su equipo propusieron para la politomía anterior a la peste negra (1142-1339) coincidía a la perfección con esas invasiones. Hymes propuso en 2014 que:

 

     al menos algunos de los reservorios de roedores existentes en China y el resto de Eurasia fueron originados por los movimientos de los ejércitos mongoles. […] Puede que tengamos que situar los comienzos de la peste negra más de un siglo antes de lo que hemos venido haciendo […] Los mongoles en expansión fueron los agentes de la propagación de la peste.[24]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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En Mongolia había marmotas, aunque todavía no infectadas, y los mongoles tenían debilidad por la carne y la piel de marmota. Al principio de su expansión, sugiere Hymes, «los mongoles se toparon por primera vez con roedores portadores de la peste, es probable que marmotas, cuyas pulgas y bacilos transportaron primero a la China jin [septentrional] y más tarde a la China song [meridional]».[25] Sitúa el encuentro en el borde de la meseta Tibetana-Qinghai hacia 1211, pero podría aceptar el ajuste de Green a 1216 y la invasión mongola de la región de Tien Shan. En su análisis de 2020, Green bautizó las cuatro ramas de la politomía como las Cuatro muertes negras, y argumentó:

 

Los mongoles, tras toparse con una población de marmotas infectadas de peste en sus incursiones iniciales en la zona cercana a las montañas de Tian, contribuyeron a propagar la enfermedad entre las poblaciones de marmotas en áreas distantes de la cordillera de Kirguistán. La transmisión de la peste hacia el oeste, a las regiones al sur y al norte del Cáucaso, puede asignarse dec manera plausible al siglo XIII, en lugar de la cronología tradicional que la vincula con los brotes de la infectada de la década de 1340. [26]

 

Sobre la base de los trabajos de los historiadores chinos, Hymes halla indicios de peste en los registros de varios asedios mongoles a ciudades chinas, sobre todo el de Kaifeng acometido en 1232, y lo mismo Green con respecto a algunos cercos de Oriente Medio, en especial el de Bagdad en 1258. Ambos son conscientes de que durante los asedios eran frecuentes las enfermedades infecciosas de muchos tipos. Sin embargo, señalan que algunas de esas campañas bélicas implicaron mortalidades del 40 por ciento, poco habituales en otras dolencias que no fueran la peste. Además, compartían una peculiaridad con el sitio de Caffa (1347): el brote de la enfermedad no se inició dentro de la ciudad, sino entre los mongoles sitiadores y se extendió a los ciudadanos solo después de que se levantara el asedio, es decir, fue traída por los mongoles y no se desarrolló, como suele ser normal, a partir de las condiciones insalubres y los suministros de agua y alimentos contaminados entre los sitiados. Por su parte, Hymes ha localizado otra veta de pruebas fascinantes. Casi al mismo tiempo que las primeras invasiones apareció de repente un nuevo término en la literatura

 

 

 

 

 

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médica china: geda, una hinchazón o nódulo en forma de bubones en el cuello. Sin embargo, las fuentes chinas del siglo XIII que recoge Hymes siempre encuentran geda en la cabeza o el cuello y no en las axilas o la ingle, que es donde se observaban con más frecuencia los bubones de Y. pestis. «Hasta los menos versados de la Europa del siglo XIV y la India y China del XVII los identificaban fácilmente».[27] Un documento similar a un directorio y referido a la provincia de Shanxi informaba en 1644 de lo sucedido cuando la peste llegó a China:

 

En otoño hubo una gran epidemia. A las víctimas primero les salía un bulto duro debajo de las axilas o entre los muslos, o bien tosían una sangre fina y morían antes siquiera de llegar a tomar alguna medicina. Ni siquiera los amigos y parientes se atrevían a preguntar por los enfermos o a venir a darles el pésame. Familias enteras fallecieron sin que nadie les diera sepultura.[28]

 

Hymes sugiere a continuación que la peste se mantuvo, o que reapareció una y otra vez, durante todo el periodo de dominio mongol de China y también el de la dinastía Yuan, quizá en forma de una larga pandemia, y así continuó hasta 1368.

 

Dejando a un lado las crónicas de asedios y algunas referencias a epidemias de enfermedades infecciosas no especificadas, las fuentes literarias guardan un extraño silencio. Hymes y Green lo reconocen, pero el detalle no es poca cosa al hablar de dos de las sociedades más alfabetizadas del mundo en el siglo XIII: la china de los Song del Sur y el Oriente Medio islámico. La coincidencia de la politomía de la peste con las invasiones mongolas no es tan clara ni tiene tanto peso como ellos creen. La politomía fue, por definición, bastante repentina. Tuvo lugar en algún momento entre 1142 y 1339, no a lo largo de todo el periodo, ni necesariamente en su punto medio. De hecho, es el extremo posterior el que los científicos consideran ahora más probable. Los primeros aislados de Y. pestis de la peste negra del siglo XIV están a solo uno o dos SNP de la politomía y ello en un linaje que suma 2326 SNP, lo que sugiere proximidad en el tiempo, si no en el espacio. Green lo acepta en un ensayo publicado en 2018: «para la politomía parece razonable una fecha de finales del siglo XIII o principios del XIV».[29] Sin embargo, esto es

 

 

 

 

 

 

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demasiado tarde para una protoplaga mongola del siglo XIII que se inició alrededor de 1216. Además, la ramificación anterior a la peste negra no es la única politomía en la historia de la peste. Hubo otra que precedió a la pandemia de Justiniano y se ha documentado otra más en el siglo XX, con poca o ninguna implicación humana y con no demasiadas personas muertas.[30] Por tanto, una politomía podría implicar intervención humana, aunque no necesariamente.

 

Tal vez el elevado número de víctimas registrado en los asedios fuera el resultado acumulado de enfermedades, hambre, bajas y matanzas. De hecho, los mongoles no eran conocidos, precisamente, por tratar con amabilidad a los defensores que se les oponían. Todo lo contrario: tristemente célebres por lo contrario, la idea de que compartieran su comida tras un largo asedio resulta, cuando menos, cuestionable. Cómo pudo infectarse esa comida con la peste, esa es otra cuestión. La marmota gris no es un animal diminuto —los individuos adultos pesan una media de 5,5 kilos—, por lo que resulta improbable que se moviera viva de un lado a otro oculta en cargamentos humanos.[31] Fuera de las madrigueras, las pulgas tan infecciosas de roedores, bien fueran estos salvajes o comensales, normalmente no duraran mucho tiempo sin huéspedes.[32] Tampoco parece demasiado probable que la bacteria Y. pestis sobreviviera a largas distancias en pieles procesadas de marmota o en carne curada que se estuviera transportando. La transmisión neumónica de persona a persona era posible, pero no contagiaría la peste muy lejos porque la incapacidad para viajar y el óbito se producían de forma muy rápida. Consciente de todo ello, Green postula un mecanismo de transmisión alternativo, más plausible, mediante roedores comensales vivos —es probable que ratas, porque los ratones son malos transmisores de la peste— o sus pulgas, que hacían autostop en los suministros de provisiones de los ejércitos mongoles. Sin embargo, los contingentes sin acceso al mar preferían abastecerse de alimentos lo más cerca posible, mediante la compra, el pillaje o la extorsión. Normalmente solo acarreaban suministros voluminosos, como grano, cuando la región en la que hacían campaña carecía de ellos, lo que no ocurría en el Irak de la década de 1250. Green puede haber hallado una excepción. El Tien Shan no solía exportar grano en aquella época,[33] pero los mongoles de Oriente Medio tal vez hubieran recurrido a él para obtener un preciado tipo de mijo.

 

 

 

 

 

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Ahora bien, ¿podría la bacteria Y. pestis haber sobrevivido al trayecto por tierra de unos 3000 kilómetros? No olvidemos que serían 120 días en camello, o puede que 200 en carros de bueyes, utilizados estos con mayor frecuencia por los mongoles.[34] La cuestión se analiza más adelante.

 

Green acepta que en Eurasia occidental «la propagación inicial de la peste durante el bienio 1347-1348 tuvo que ver, claramente, con el transporte marítimo y las redes de comercio urbano. En cambio, es probable que los brotes de peste en las zonas mongolas solo tuvieran carácter epidémico en contadas ocasiones y no digamos ya pandémico». Hymes no está tan seguro. Durante los siglos XIII y XIV se produjeron enormes descensos de la población china y, aunque reconoce de pleno que hubo otros factores, cree que estos fueron lo suficientemente amplios como para dar cabida también a la peste bubónica. La fiabilidad de las estadísticas es discutida, pero en realidad parecen bastante mejores que las de la mayor parte de Europa. Según las cifras que utiliza Hymes, la población china descendió de 108 millones en 1208 a 75 millones en 1292, una bajada del 30 por ciento.[35] Corresponde al periodo de las devastadoras conquistas mongolas, con masacres, inundaciones y hambrunas, además de enfermedades no relacionadas con la peste. La despoblación se vio incrementada, además, por la captura mongola de esclavos, soldados vasallos y artesanos. Más tarde la población aumentó modestamente, hasta los 87 millones en 1351, para descender de nuevo hasta los 67 millones en 1392, una caída del 23 por ciento, en coincidencia con el periodo de la transición dinástica Yuan-Ming, bien conocida por haber sido solo ligeramente menos desastrosa que la conquista mongola. Estas cifras parecen demasiado bajas para dar cabida, además de a todas las demás catástrofes, a una pandemia de peste del tipo descrito en el último capítulo, en la que las poblaciones disminuyeron un 50 por ciento y se mantuvieron bajas durante 150 años.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mi hipótesis preferida relaciona también a roedores salvajes con humanos, pero, en este caso, no marmotas con mongoles, sino jerbos con caravanas

 

 

 

 

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de camellos. Conectar el origen de la peste en las montañas Tien con Eurasia occidental, a 3000 kilómetros de distancia, constituye un reto histórico poco frecuente en el sentido de que la explicación tiene que ser, por fuerza, bastante improbable. La peste, ahora parece, solamente hizo el viaje dos veces en 800 años, hacia 540 y hacia 1340, y nunca después. Aunque la primera pandemia queda fuera del ámbito de este libro, la explicación ofrecida para la transmisión de la segunda debería tener alguna posibilidad de encajar también para la pandemia justiniana. El truco radica en explicar no solo cómo empezaron las pandemias, sino también por qué fueron tan raras.

 

Al igual que las ratas comensales, los roedores salvajes pueden propagar la peste por tierra, aunque normalmente solo lo hacen de manera lenta. A principios del siglo XX, en América del Norte y Sudáfrica, la peste selvática se propagaba a unos 25 kilómetros por año.[36] Sin embargo, Asia Central tiene una excepción a esa regla de lento contagio selvático, el gran jerbo (Rhombomys opimus), «el roedor más resistente a Y. pestis entre los reservorios [de peste] conocidos», lo que sugiere una larga experiencia con la enfermedad.[37] El término grande es relativo. Pesa 385 gramos. Vive en las estepas en grandes racimos de madrigueras. Estas pueden tener de «varios cientos a miles de aberturas de entrada y túneles de hasta 100 metros de longitud, todos ellos conectados y distribuidos en patrones similares a islas».[38] Aunque algunos estudios postulan que los grandes jerbos, como las marmotas grises, rara vez se alejan de su escondrijo, otros afirman que lo hacencon frecuencia. «Un estudio llevado a cabo en Uzbekistán descubrió que el 42,8 por ciento de las hembras y el 100 por cien de los machos cambiaban de colonia al menos una vez al año, lo cual podría propagar la Y. pestis».[39] Los animales jóvenes migran en verano «a distancias de hasta 18 km».[40]

 

Los grandes jerbos presentan «una susceptibilidad muy variable a la infección por Y. pestis, lo que convierte a esta especie en un reservorio ideal».[41] La peste suele reciclarse tranquilamente en forma enzoótica, con una mortalidad limitada de jerbos. «Por lo general, alrededor de un tercio de los ejemplares de un determinado foco de peste está contagiado y la mitad de ellos, aproximadamente, morirá a causa de la infección».[42] Sin embargo, al igual que ocurre con otros roedores salvajes, de vez en cuando se producen epizootias. «En lugares donde se desarrollan

 

 

 

 

 

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epizootias, entre el 90 y el 100 por cien de los jerbos puede estar infectado».[43] Podría ser una carga inusualmente alta de Y. pestis o de pulgas, un debilitamiento físico de los jerbos debido a la escasez de alimentos tras un fuerte crecimiento de la población o la introducción de una ligera variante de Y. pestis procedente de otra especie de roedor salvaje, como la marmota gris, quizá también con la participación de especies hospedadoras intermediarias, como la ardilla de tierra euroasiática. Las marmotas grises y los grandes jerbos tienen nichos ecológicos diferentes, pero estos se aproximan bastante en muchos lugares alrededor de las montañas Tian. Durante el siglo XX se documentó una profunda expansión de la peste, que sembró nuevos focos de enfermedad y tuvo como protagonistas a los jerbos y las ardillas terrestres. También presentaba una politomía y se extendía desde la región del norte del Caspio hasta el oeste de Kazajistán.[44]

 

Existen otras pruebas de que las epizootias de peste de los grandes jerbos llegan más rápido y más lejos que otras. En la región china de Zungaria (Junggar Pendi en chino), no lejana de las montañas Tien, durante el medio siglo de vigilancia antes de 2005 no se detectó ninguna plaga en los grandes jerbos locales. Ese año fue descubierto el primer caso y, a partir de ahí, la peste entre los jerbos de la zona se extendió en siete años.[45] Un estudio acerca de la propagación de la enfermedad entre los grandes jerbos de Uzbekistán realizado entre 1961 y 1966 halló que esta se desplazaba a una media de 50 kilómetros al año, lo que implica una velocidad máxima aún mayor. Uzbekistán, Turkmenistán y el norte de Irán albergan hoy enormes agrupaciones de madrigueras de grandes jerbos, que pueden ser de interés para los historiadores de la primera pandemia. En Kazajistán es donde más hay. La especie no abunda en el montañoso Kirguistán, pero ese país sí comparte una extensa frontera con Kazajistán, que en el siglo XIV se conocía como la estepa kipchak, la mitad oriental de las extensiones de la Horda de Oro. «En Kazajistán, el 39 por ciento del territorio —1,4 millones de kilómetros cuadrados— es zona de focos naturales de peste».[46] En este enorme territorio, «las madrigueras del gran jerbo son omnipresentes en el paisaje».[47] Se extienden desde el lago Baljash, en el sudeste, hasta la región de Oral, en el noroeste, y las epizootias modernas de jerbos tienden a propagarse en este eje a lo largo de corredores de peste o agrupaciones conectadas de madrigueras.[48]

 

 

 

 

 

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Por tanto, mi propuesta es que durante las décadas de 1320 o 1330 se

 

produjo una epizootia de jerbos —quizá también una superepizootia multiespecífica— que impulsó los contagios de peste inusualmente lejos y por amplios territorios. Surgió de las montañas Tien y de ahí viajó hacia el noroeste a través de Kazajistán. Sin embargo, es poco probable que esto sea suficiente explicación por sí misma para que la peste negra llegara tanto a Issyk-Kul (en 1337-1338) como al Volga medio (en 1345). Parece improbable que las madrigueras de los grandes jerbos estuvieran literalmente contiguas a lo largo de los 3000 kilómetros que separan estos lugares, o que la especie pudiera transmitir la peste a tanta distancia y con esa velocidad. Es aquí donde entran en escena las caravanas de camellos. En las tierras áridas, lejos del mar y de los ríos navegables, esos convoyes son el candidato obvio para la transmisión de la peste a larga distancia. Durante mucho tiempo se supuso que fueron ellos quienes trajeron la peste negra desde China a lo largo de alguna de las rutas de la seda. El problema es que las caravanas de camellos transportaban los víveres de los integrantes, así como la carga, en sacos de tamaño modesto, mochilas o alforjas colgadas de las grupas. Evidentemente, a las ratas les resultaba mucho más difícil esconderse en ellos que en los rincones de las bodegas de los barcos o de las grandes embarcaciones fluviales, o incluso de los grandes carromatos. Además, esos contenedores claramente perdían grano una vez que una rata los había roído. Más plausibles son las pulgas de rata, pero sin sus ratas, de las que se habla más adelante, aunque, en mi opinión, el transmisor más probable fue el propio camello.

 

Los camellos pueden contraer la peste, pero al menos los bactrianos son bastante resistentes, lo que puede sugerir que han convivido con ella desde hace mucho tiempo. Kazajistán es un posible lugar de domesticación de los bactrianos hace 4500 años.[49] Y. pestis no suele infectarlos, o contraen una variante leve de la que se recuperan, aunque algunos mueren.[50] El consumo de la carne infectada es la principal forma que tienen los humanos de contraer la peste procedente de camellos. Antes de los tratamientos modernos, los banquetes con carne de camellos infectados provocaban una mortalidad humana de hasta el 90 por ciento, lo que habría provocado que cualquier caravana se detuviera de repente.[51] Los animales contraen la peste de las pulgas de roedores salvajes y, en el siglo XX, eso fue lo que les ocurrió a los bactrianos, sobre todo en la región

 

 

 

 

 

 

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de los jerbos kazajos. No pastan cerca de las madrigueras de los jerbos, porque estos se habrán comido la vegetación,[52] pero sí duermen en ellas.

 

En el desierto, los camellos prefieren pasar la noche descansando sobre la arena o la tierra que los roedores (jerbos) han desmenuzado alrededor de sus madrigueras. A veces, el camello cubre con su cuerpo varias de las aberturas de las madrigueras de los roedores, que contienen cientos de pulgas.[53]

 

Si los jerbos hubieran sido diezmados recientemente por la peste, sus pulgas estarían buscando un nuevo huésped. La mayoría de los camellos no estaría infectada, o solo recibiría una infección leve, por lo que las pulgas de su roedor huésped no tendrían motivos para abandonarlo. Incluso un camello mortalmente infectado puede sobrevivir hasta veinte días.[54] Entonces podría tumbarse y perecer en las madrigueras de roedores salvajes no infectados, a los que saltarían sus pulgas autostopistas de roedor y sembrar así un nuevo foco de enfermedad. O puede que muriese en un asentamiento o caravasar con ratas comensales, que las pulgas de roedores salvajes habrían preferido a los huéspedes humanos, e iniciar así un importante brote o epidemia de peste. Sospecho que esta fue la forma en que tanto la peste humana como los nuevos focos naturales se propagaron por el interior de Oriente Medio y el norte de África durante la segunda pandemia. En la actualidad, la mayoría de los focos naturales de estas regiones se halla en tierras frecuentadas por camellos.

 

Las caravanas de camellos recorrían una media de unos 25 kilómetros al día,[55] por lo que el alcance máximo de aquellas expediciones de la peste era de unos 500 kilómetros. Sin embargo, en lo que constituía una terrible forma de transmisión en cadena, resultaba posible que otra caravana se contagiara de la enfermedad en ese nuevo foco y se la llevara consigo 500 kilómetros adicionales. Parecen poco probables más de dos coincidencias secuenciales de este tipo, por lo que las caravanas de camellos, como los grandes jerbos, es probable que solo fueran transmisores de medio alcance. Aunque tal vez, entre unos y otros, cargasen con la peste desde las montañas Tien hasta el Volga medio. No sería algo, en todo caso, que ocurriera a menudo. Las superepizootias de roedores salvajes eran infrecuentes, más todavía cada nuevo eslabón en los

 

 

 

 

 

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contagios en cadena de una caravana a otra caravana. Por añadidura, en la región cercana a Issyk-Kul solían emplearse burros, no camellos, como animales de carga.[56] Pero tal vez ocurriera una o dos veces. A pesar de las luchas civiles en el kanato de Chagatai, las dos regiones estaban sorprendentemente bien conectadas en las décadas de 1320-1340 debido al alcance de la próspera Horda de Oro. Como se señaló en el capítulo anterior, Laishevo, en la región del Volga medio, probable punto de entrada de la peste en Europa, estaba a solo 50 kilómetros de la ciudad comercial más septentrional de la Horda, Kazán. En la actualidad, el Volga medio está dentro del radio de alcance de las caravanas de la peste que partieran del foco más noroccidental de Kazán.

 

 

 

RATAS EN EL BANQUILLO DE LOS ACUSADOS

 

Así pues, las marmotas grises, los grandes jerbos y los camellos pueden haber desempeñado un papel clave en la llegada de la peste negra hasta el Volga medio en el año 1345. No obstante, la rata negra (Rattus rattus) —cuyo papel fundamental en la transmisión en Asia y África en la tercera pandemia está bien documentado— sigue siendo la principal sospechosa de la circulación de la peste en Eurasia occidental durante la segunda pandemia, que sumó 30 epidemias e innumerables brotes locales. Se cree que las ratas y los humanos están lejanamente emparentados, aunque tomaron caminos independientes hace 80 millones de años.[57] Las pruebas genéticas sugieren que la rata negra evolucionó en la India y que luego se extendió por numerosas zonas del Viejo Mundo.[58] Durante todo ese tiempo proliferaron las reuniones familiares, ya que las ratas negras se convirtieron en las compañeras no invitadas de los granjeros humanos. Las ratas negras eran capaces de sobrevivir en la naturaleza, pero preferían una existencia a todo tren a costa de los humanos. De alguna forma, las ratas domesticaron a los humanos y no al revés. Lo que queda poco claro es cuándo la Rattus rattus invadió Eurasia occidental. Sin duda, había llegado a Oriente Medio en el año 1500 a. C., puede que antes.[59] Se cree que se extendió por Europa y el norte de África

 

 

 

 

 

 

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siguiendo los avances de la dominación romana y esto puede ser cierto en el caso de la saturación de ratas, es decir, su presencia en casi todos los hogares tanto urbanos como agrícolas. Sin embargo, en Eslovenia se han encontrado restos de rata negra datados en torno al año 1000 a. C.[60] En algún momento de sus andanzas, la rata negra se contagió de su pulga característica, la Xenopsylla cheopis subtropical y cuando rata y pulga se encontraron con Y. pestis, el patógeno descubrió en ellas una excelente pareja de hospedador y vector. Por ello, durante el siglo XX, la rata negra fue considerada la mala de la película en la transmisión de la peste durante las tres pandemias. Desde entonces, la ciencia y la historia se han esforzado por librarlas de ese sambenito.

 

Como se indicó en el capítulo anterior, historiadores bubonistas y antibubonistas han mantenido un enconado pero útil debate acerca de la identidad de la peste. Los antibubonistas sostienen que la rata negra no puede haber sido el principal vector de la peste negra y de sus réplicas, por tres razones principales con las que numerosos bubonistas están de acuerdo. La peste bubónica es aún más letal para las ratas que para los humanos. De hecho, suele aniquilar poblaciones enteras que estén en contacto.[61] En la tercera pandemia moderna, entre 1890 y 1930, a veces se informó de muertes masivas de ratas. En el caso de la peste negra hay muy pocas referencias convincentes de aquel tiempo relacionadas con ratas muertas o moribundas. Un antibubonista buscó en más de 400 tratados en torno a la peste sin encontrar ni una sola rata.[62] Pero las ratas negras eran la propia sombra de los humanos medievales, más o menos a la manera de la trama infantil de Los Borrowers. Con una media de 200 gramos, tenían la mitad de tamaño que la rata parda, que es la variedad con la que los europeos están familiarizados hoy.[63] Dormían durante el día en nidos situados en tejados, aleros y desvanes y por la noche buscaban comida sigilosamente dentro y fuera de la casa o el granero de sus humanos. Normalmente pasaban inadvertidas, pero cuando se las veía, ya fuera vivas o muertas, no causaban sorpresa ni alarma. Su vida, en cualquier caso, era corta. La mayoría de las ratas negras nace y muere en solo un año.[64] No se sospechó de las ratas como vectores de la peste hasta, aproximadamente, 1900. Incluso después de las reticencias hacia ellas, «en la India solo 8 de 40 epidemias locales tuvieron una mortalidad clara de Rattus».[65] Los ejemplares enfermos tienden a mantenerse en el

 

 

 

 

 

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nido, a menudo en tejados quizá menos frágiles que los de la India o los barrios bajos de Hong Kong hacia 1900.[66] En cualquier caso, ¿qué importancia habrían tenido las ratas muertas o moribundas en medio de la basura y la multitud, animal y humana, de un asentamiento medieval? ¿Cuánto tiempo habrían sobrevivido a las atenciones de las hambrientas aves carroñeras, gatos, perros y cerdos que constituían el vertedero medieval?

 

El segundo misterio de las ratas es que sus huesos escasean en el registro arqueológico. Un estudio de 1986 todavía citado con frecuencia afirmaba «que la Rattus rattus era rara o estaba ausente en la mayor parte de Europa por donde se extendió la peste negra y, por tanto, no era responsable de la epidemia».[67] En 2011 solo se había descubierto un yacimiento de ratas asociado a la Nóvgorod medieval, víctima frecuente de la peste.[68] Ese mismo año, la escasez de huesos de ese roedor en las nuevas excavaciones londinenses ocupó los titulares de los periódicos, siempre comprensivos con esos animales: «Un estudio de la peste negra exculpa a las ratas».[69] En 2013, el número, supuestamente escaso, de hallazgos de ratas en la Noruega medieval —y demás circunscritos a zonas costeras— se interpretó como que «las ratas no pueden haber sido [los] huéspedes intermediarios de Yersinia pestis durante las epidemias medievales de peste en el norte de Europa».[70] Pero los huesos de rata son pequeños y frágiles. Hasta hace poco, los arqueólogos no los buscaban en particular y utilizaban tamices que no eran lo suficientemente finos como para atrapar tales huesos.[71] «Hasta ahora [2011], los arqueólogos no han prestado demasiada atención a los huesos de animales pequeños durante las excavaciones de estratos culturales en ciudades antiguas y otros asentamientos».[72] Hallazgos como el de restos de seis ratas en el vientre de un gato momificado en la orilla egipcia del mar Rojo y fechados en el siglo I d. C. resultan muy raros.[73] Sin embargo, desde finales de la década de 1990, se han encontrado más yacimientos con restos de ratas. En 2003, los yacimientos medievales europeos con vestigios de estos animales ascendían a 143.[74] En 2009, de hecho, se habían hallado en Noruega 16 yacimientos medievales con restos de 500 ratas individuales,

 

 aunque ello no obsta para que los hallazgos de ratas fechados en periodos de peste sean bastante escasos.

 

 

 

 

 

 

 

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Al menos en lo que se refiere a las ratas infectadas, la ausencia de evidencias no es prueba de ausencia. De hecho, ese vacío podría ser una certeza en realidad de la existencia de una plaga de ratas. Aunque resulte paradójico, lo lógico es encontrar menos ratas durante los periodos de plaga. Cuando, en experimentos, se ha infectado a ratas negras con Y. pestis, la mortalidad es del 100 por cien.[76] Por tanto, los brotes acabaron con ellas, excepto tal vez en unos pocos refugios, y puede que pasaran años o incluso décadas antes de que volvieran a colonizar una gran región.

 

     Por tanto, un siglo con plaga debería producir menos huesos de rata que uno sin plaga. En Inglaterra se han registrado variaciones en los hallazgos de estos roedores a lo largo de muchos siglos. Se han descubierto 17 yacimientos con huesos, cada uno de los cuales incluye varios ejemplares, que datan de los siglos III, IV y V de nuestra era, pero ninguno en los dos siglos siguientes y solo dos durante los siglos VIII y IX,

 

aproximadamente, el periodo de la primera pandemia de peste. El estudio no establece la relación con esta enfermedad concreta, pero señala que «tan pronto como las ratas se establecieron, su población parece haber caído en picado, como refleja la clara escasez de hallazgos fechados entre los siglos V y IX».[78] En York, «los registros arqueológicos indican que las ratas pueden haberse aniquilado, para ser reintroducidas a finales del siglo IX».[79] El número de ratas inglesas se recuperó entonces, con 41 yacimientos datados entre los siglos X y principios del XIV. En la Europa continental se observa una brecha similar.[80] Resulta frustrante que estas fuentes se detengan justo antes de la peste negra, pero sí sugieren que un descenso en los hallazgos de ratas podría ser una prueba a favor, y no en contra, de su importante papel en las pandemias.

 

En 2011, un arqueólogo señaló que en recientes excavaciones londinenses se habían encontrado algunos restos de ratas datados en el siglo XIV, «pero no en número suficiente como para convertirlas en portadoras de la peste». En particular, no se halló ninguno en los terrenos costeros ganados al agua, donde la conservación orgánica suele ser buena.

 

     Pero ¿hasta qué punto era probable que una población humana reducida a la mitad recuperara tierras? Las ratas habrían sido exterminadas en Londres por media docena de olas de peste entre 1348 y 1400 y habrían tenido que reproducirse y recolonizar la ciudad cada vez. Una pequeña pista en este sentido es un registro de pagos a cazadores de ratas por parte

 

 

 

 

 

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del priorato de la catedral de Durham en los años 1347 y 1356, pero nada entre ambos. Ello apunta a ocho años sin ratas en el norte de Inglaterra entre la primera ola de 1348 y la segunda de 1360.[82]

 

El tercer misterio relacionado con estos roedores es el problema de cómo las ratas, las pulgas y los patógenos originarios de climas más cálidos sobreviven a los fríos inviernos del norte de Europa. La pulga de la peste (Xenopsylla cheopis) se vuelve inmóvil a temperaturas inferiores a 8 ºC.[83] Por su parte, el bacilo Y. pestis deja de crecer a temperaturas inferiores a 4 ºC.[84] Ya sabemos que los inviernos del norte pueden llegar a ser mucho más fríos que eso. También se pensaba que las propias ratas negras no vivían en climas fríos. Este punto era un elemento clave de la argumentación de los antibubonistas, aunque muchos de quienes aceptan que la segunda pandemia fue bubónica, incluidos los científicos, siguen aferrándose con firmeza a la noción de un norte libre de ratas negras.[85] La realidad es que el frío no constituye un problema para las ratas negras. Aunque prefieren vivir con humanos, también pueden prosperar incluso en islas subpolares, tanto al norte como al sur. En el Reino Unido, una población de ratas negras vivía en 1997 en un lugar tan aislado como las islas Hébridas Exteriores, donde es posible que aún subsistan.[86] En el norte de la Europa medieval había cazadores de ratas, trampas para ratas, defensas contra ratas en graneros y leyendas relacionadas con ratas como la de El flautista de Hamelín, al que se sitúa en 1824 en la ciudad homónima, en el norte de Alemania. El comercio de graneles por los mares del Norte y Báltico —al igual que en el Negro y Mediterráneo—, que es probable que transportaran ratas consigo, se correlacionan bien con las distintas difusiones de la peste. En la región de Moscú se han identificado restos de cuatro ratas negras que datan de los siglos XII y XIII, así como una en Nóvgorod procedente del periodo 1200-1400 y los numerosos hallazgos de Noruega.[87] En 2020 fueron hallados en Gdansk, en la costa del Báltico, los restos de una rata que databan de un relevante azote de peste sucedido a mediados del siglo XV. Es muy probable que esa rata estuviera contagiada de la enfermedad —no se pudo extraer suficiente ADN para estar seguros—.[88] Además, la idea de que no hay ratas ni peste en los climas fríos pasa por alto el hecho obvio de que tanto la rata negra como sus pulgas y sus bacterias eran comensales. Es decir, moraban mucho más cerca de los humanos que la rata parda, más grande y audaz y menos

 

 

 

 

 

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comensal. No vivían en el exterior, sino en el interior de las casas y graneros de los humanos y sus animales y compartían su calor: ya sabemos que el aire caliente se eleva. No en vano, otras denominaciones de la rata negra son rata doméstica y rata de tejado.

 

Aquí es donde el fiscal de este juicio a las ratas descansará por un momento. Mientras tanto, vamos a considerar otros posibles transmisores de la peste. Engañados por la aparente ausencia de ratas en el norte de Europa, los historiadores han buscado alternativas y lo cierto es que la rata negra no fue el único vector de la enfermedad. En el siglo XIV se sospechó de gatos y perros, que fueron masacrados desde Edimburgo hasta Estambul.[89] Ciertamente, es posible que hayan desempeñado un papel secundario: los gatos —más raramente los perros— se han contagiado de peste en los tiempos modernos. Por su parte, los ratones contraen la enfermedad si se les inyecta de forma artificial en los laboratorios, pero las pulgas de ratón no son buenos vectores.[90] En cualquier caso, las ratas negras tienden a expulsar a los ratones.[91] No es probable que ninguno de estos mamíferos haya sido un transmisor habitual o de largo alcance. Los ectoparásitos humanos, principalmente pulgas y piojos, son mejores candidatos y últimamente los portadores elegidos por muchos científicos.

 

     Si había algo que sobraba a patadas durante la Edad Media eran los piojos. Tanto los modelos teóricos como los experimentos de laboratorio indican que estos parásitos podían transmitir la peste, aunque no de manera muy eficaz. «La transmisión directa por picadura de piojo aún no se ha demostrado en humanos», quizá por falta de voluntarios.[93] Además, a diferencia de las pulgas de rata, que pueden cubrir 150 veces su propia longitud en un solo salto y consiguen sobrevivir sin su huésped durante un tiempo, los piojos son menos móviles y fallecen en dos días si se separan de un huésped.[94]

 

Las pulgas comunes (Pulex irritans) también pueden saltar y los experimentos y modelos sugieren que, asimismo, transmitir la peste.[95] Sin embargo, «por muy plausible que sea, la transmisión interhumana por P. irritans en condiciones naturales no ha sido probada».[96] Las pulgas

 

transmiten la peste de dos maneras: bloqueadas —transmisión dependiente

 

de biopelículas— y no bloqueadas —transmisión en fase temprana, o EPT—. Y. pestis ha adquirido la capacidad de bloquear a ciertas especies de pulgas: la bacteria se multiplica y agrupa formando una biopelícula en

 

 

 

 

 

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el intestino medio de la pulga, lo que le impide digerir la comida. La pulga succiona sangre todo el tiempo hasta su intestino anterior, pero al final ha de relajar los músculos y vomitarla —ahora contaminada de Y. pestis— de vuelta al huésped. Las pulgas no bloqueadas pueden transmitir Y. pestis antes por medio de bacterias en las partes bucales o en los excrementos, pero lo hacen de forma mucho menos eficiente. Los experimentos sugieren que las pulgas «transmiten pocas bacterias de Y. pestis por el mecanismo de fase temprana [desbloqueado]», mientras que las pulgas bloqueadas inyectan cientos o miles de esos bacilos.[97] Las pulgas desbloqueadas se alimentan rara vez y de manera breve; las bloqueadas intentan alimentarse todo el tiempo, incluso saltando a más de un hospedador, para, finalmente, perecer de hambre.[98] En el caso de las pulgas humanas, los experimentos pusieron de relieve que «la capacidad de bloqueo de P. irritans era increíblemente baja y su capacidad para transmitir la peste vía EPT casi inexistente».[99] Hay numerosas especies de pulgas que, de manera ocasional, pueden conseguir una transmisión desbloquada, pero pocas son propensas al bloqueo. La principal de ellas es Xenopsylla cheopis, la pulga negra de las ratas. «En comparación con la mayoría de las pulgas, X. cheopis es un vector inusualmente eficaz y peligroso […] Destaca por su capacidad de bloquearse y, por tanto, de ser infecciosa, en tan solo cinco días después de absorber sangre infectada con Y. pestis».

 

También es más eficaz que la mayoría en la transmisión desbloqueada.[101]

Otros candidatos a vectores principales de contagio son la pulga de

 

rata —capaz de viajar largas distancias sin la propia rata— y la saliva humana, portadora de la peste neumónica. En cuanto al primer caso, ¿hasta qué punto es capaz un parásito Xenopsylla cheopis de transmitir la peste sin sus ratas? ¿Cuánto tiempo y a qué distancia? En este punto debemos apartarnos de ese formidable especialista de la peste que es Ole Benedictow. Él afirma, y con razón, que X. cheopis puede sobrevivir hasta un año sin su rata y permanecer latente en su estado larvario o bien alimentándose de desechos como polvo de grano.[102] Sin embargo, también insiste en que las pulgas bloqueadas fueron los principales vectores de la peste y las dos cosas pueden ser. «Cuando está infectada, la pulga de rata […] tiene un tiempo medio de supervivencia bien documentado de solo dos semanas».[103] Otra fuente da un tiempo medio

 

 

 

 

 

 

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de supervivencia de 2,8 días para las pulgas bloqueadas.[104] Además, las pulgas de rata no transmiten la peste a sus larvas y no pueden reproducirse a menos que se alimenten.[105] Las pulgas modestamente infecciosas desbloqueadas o parcialmente bloqueadas a menudo eliminan el bacilo Y. pestis del organismo mediante la excreción.[106] Las que no lo hicieron podrían sobrevivir durante algunas semanas en cargamentos sin ratas y ser contagiosas.[107] No obstante, incluso si pudieran viajar lejos sin sus ratas originales, estas pulgas tendrían que dar con una nueva población de ratas no infectadas para originar un brote significativo. Si su destino estaba libre de ratas, como mucho podrían causar solo unas pocas muertes humanas. Dado que la epidemia anterior había acabado con las ratas locales, probablemente, las pulgas por sí solas no serían capaces de introducir una segunda epidemia poco después. Las ratas vivas tenían que circular para repoblar las regiones infectadas y si eran capaces de esto también podían reintroducir la peste.

 

Nuestro siguiente problema es determinar si la peste neumónica podría haber surgido como una enfermedad independiente, o bien convertirse en la principal forma de propagación tras el despegue de la bubónica. La neumónica secundaria se desarrolla a partir de la bubónica, pero la forma primaria se transmite por saliva humana, sin picadura de pulga. La peste neumónica primaria fue poco frecuente en la tercera pandemia moderna, como mucho en el 5 por ciento de los casos y con frecuencia en menos incluso.[108] Sin embargo, un leve brote que tuvo lugar en 2006 en Uganda fue del 12 por ciento y en otro sufrido en 2017 en Madagascar la proporción neumónica puede haberse acercado al 20 por ciento.[109] Algunos especialistas sostienen que la peste neumónica primaria fue la principal forma de propagación en la segunda pandemia, así como que esta fue la clave de la capacidad de la peste para diseminarse con rapidez y golpear en los inviernos fríos del norte.[110] Sin embargo, X. cheopis parece perfectamente capaz de lograr una rápida infección masiva por su cuenta. Los edificios pueden albergar hasta diez ratas por persona.[111] A medida que las ratas infectadas mueren, sus pulgas se agrupan en las supervivientes. Cuando estas mueren, las pulgas bloqueadas saltan a los humanos accesibles y pican repetidamente en sus esfuerzos cada vez más desesperados por alimentarse. La modelización basada en una plaga tardía de la segunda pandemia inusualmente bien documentada «descubrió que la

 

 

 

 

 

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mayoría de los casos humanos de peste durante el brote sucedido en El Cairo en 1801 fueron causados por la transmisión desde la población de ratas. Nuestra estimación puntual de esta proporción fue del 82 por ciento, aunque el intervalo de confianza alcanzó casi el 100 por cien, lo que sugiere que, de hecho, no hay pruebas de transmisión entre humanos durante este brote».[112]

 

Además, como ya se ha señalado, el alcance de la peste neumónica se limitaba al radio de acción de la tos, digamos dos o tres metros, y el enfermo no tosía durante mucho tiempo. «La peste neumónica primaria

 

     mata en dos o tres días y es probable que ya desde la primera jornada dejara al individuo demasiado enfermo para viajar».[113] Incluso con el transporte rápido moderno, «la mayoría de los casos no se transmitirá». [114]

 

La peste neumónica bien podría haber incrementado la mortalidad en salas de reunión y viviendas medievales abarrotadas, en especial en invierno, pero hay buenas razones para concluir que no fue un vector de largo alcance, respaldadas por un raro consenso entre bubonistas y antibubonistas.[115] Sí tenemos una excepción bien documentada, que, de hecho, confirma la regla. Tal vez un brote de peste sucedido en Manchuria durante los años 1910-1911 haya sido ajeno a la tercera pandemia que estaba teniendo lugar al mismo tiempo. Sin embargo, se ha demostrado de manera convincente una propagación neumónica significativa. Aunque aquí los enfermos fueron trasladados rápidamente por ferrocarril y tuvieron un contacto directo excepcionalmente a gran escala con roedores no comensales infectados —en concreto, marmotas siberianas—. Los cazadores dormían a razón de cuarenta en una cabaña, rodeados de montones de marmotas muertas y sus pulgas. En aquel momento, las marmotas se cazaban en masa porque las pieles habían cuadruplicado de repente el precio.[116] Por tanto, la peste neumónica, las pulgas sin ratas y los demás vectores suplementarios de distinto tipo podrían haber aumentado, sumados todos, la propagación de la peste a corto plazo y de manera sustancial. Con todo, para los contagios repetidos y de largo alcance, todo parece indicar que debemos ceñirnos a las ratas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Las ratas negras son animales hogareños que viven en clanes de hasta 50 individuos y por lo general no se alejan más de unos cientos de metros de los nidos. Pero las ratas se reproducen como tales. En condiciones óptimas, una hembra puede tener cinco camadas, con una media de ocho crías por camada, y pueden quedarse preñadas a la edad de 4 o 5 meses.

 

     En ambientes cálidos y comensales, las ratas pueden criar durante todo el año, durante el cual una madre podría parir, teóricamente, cientos de crías.[118] En consecuencia, existe una presión demográfica para llenar todos los nichos accesibles, a lo que se le une la presión social dentro del grupo de roedores.[119] Los clanes de ratas tienen dos o tres hembras líderes y un macho dominante, que a veces expulsan a los jóvenes rivales. En un territorio hasta ahora libre de ratas, estos jóvenes colonos no se desplazarán ni rápido ni lejos. Pero, poco a poco, se irán extendiendo por la región hasta igualar, aproximadamente, a la población humana.[120] Un punto clave es que, aunque las ratas y los humanos viven juntos, no lo hacen en las mismas zonas. Las ratas negras se enfrentan a barreras que los

humanos no tienen. A diferencia de la rata gris —llamada también parda—, a la negra no le gusta nadar y no cruzará ríos anchos, pantanos o lagos por sí sola, y mucho menos brazos de mar, aunque nadará hacia o desde un barco en puerto. Eurasia occidental, ese mundo particularmente anfibio, habría comprendido, por tanto, un elevado número de poblaciones regionales de ratas, cada una de las cuales tendría que haber sido colonizada, repoblada e infectada con la peste por ratas que viajaran como polizones durante los desplazamientos humanos.

Las ratas negras no son suficientemente pequeñas como para esconderse en los macutos de buhoneros o peregrinos, ni en las alforjas de los correos o la caballería. Aunque sí para esconderse en los cargamentos de barcos, grandes gabarras fluviales y vagones. Como ya se ha señalado, parece poco probable que puedan ocultarse durante mucho tiempo en las cargas acarreadas por animales. Aun así, seguramente, los cargamentos regulares y frecuentes, si eran convoyes mayores que una recua de mulas, sembrarían ratas por toda una constelación conectada de regiones. Los roedores podrían entonces colonizar cada zona de manera gradual y sin más ayuda. El ritmo de propagación era lento: 20 kilómetros al año es la estimación habitual. Pero, si se introducían ratas en un punto central, como un puerto fluvial interior, teóricamente, podían repoblar 400 kilómetros cuadrados en el primer año, 1600 en el segundo, 6400 en el tercero y así

 

 

 

 

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sucesivamente. Un brote de peste exterminaría a las ratas de una región concreta, que luego tendría que repoblarse para volver a ser vulnerable a la peste. El movimiento autónomo de ratas infectadas también podía ampliar la propagación de la enfermedad. Las colonias de ratas se cruzaban en ciudades y pueblos y en las granjas aisladas los ejemplares jóvenes expulsados como resultado de sus hábitos sociales buscarían colonias vecinas en las que integrarse. Los supervivientes solitarios de la peste también podrían haber viajado en busca de pareja o de un grupo donde integrarse.

 

Por tanto, ¿podría Eurasia occidental, ya en la década de 1340, haber contado realmente con un sistema de circulación de mercancías a granel capaz de introducir una y otra vez ratas infectadas y no infectadas en las diversas regiones con la frecuencia suficiente para causar cientos de brotes? En el capítulo anterior ya señalamos que el comercio de grano estaba bien desarrollado en el Mediterráneo, con el litoral noroccidental del mar Negro, Sicilia y Apulia y tal vez Egipto como principales exportadores. En 1311, mercaderes florentinos y cargadores genoveses sacaron 45 000 toneladas de grano de la región de Apulia, para lo que se habrían necesitado cientos de barcos.[121] Numerosas ciudades portuarias de otros lugares, como los puertos musulmanes, también importaban grano por mar. Por el contrario, este comercio estaba menos desarrollado en el norte de Europa, donde era de menor tamaño. Pero investigaciones recientes sugieren que hasta ahora se han subestimado la regularidad y el alcance. Inglaterra exportaba trigo e importaba centeno. Noruega, donde era difícil cultivar grano, importaba cantidades considerables y, a cambio, enviaba fuera salazones de pescado y madera.[122] Flandes compraba hacia 1300 grano procedente de las regiones orientales de Alemania.[123] «A partir del siglo XII […] no solo el comercio de grano, sino todo el comercio a granel pasó en el norte de Europa de ser una actividad puntual a algo regular».[124] La Gran Hambruna estimuló mejoras adicionales en el transporte de grano y sabemos también que, a principios del XIV, se registran exportaciones de vino gascón de hasta 100 000 toneladas anuales. [125]

 

Estos grandes circuitos marítimos estaban conectados con los fluviales, que, a su vez, enlazaban con los caminos de carretas. Las ciudades rusas cristianas importaban grano por río, sobre todo Nóvgorod, alrededor de la

 

 

 

 

 

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cual ni siquiera el cultivo del centeno resultaba fácil. A través de Moscú y Kazán, el sistema fluvial ruso enlazaba con las ciudades de la Horda de Oro en el Volga, todas las cuales importaban un grano que llegaba río abajo siempre que era posible. Los circuitos comerciales del norte y el sur también estuvieron conectados por vía marítima, de forma esporádica a partir de la década de 1270 y ya permanentemente desde 1318, cuando una ruta de largo recorrido desde Anatolia hasta Inglaterra y Flandes se hizo habitual; transportaba el voluminoso mineral alumbre, utilizado para fijar tintes a las telas, y traía lana de vuelta, junto con muchas otras cosas

 

—entre ellas, tal vez ratas—.[126] Algunos historiadores económicos sostienen que todos los intercambios comerciales disminuyeron bruscamente después de la peste negra. Este punto de vista se cuestiona en la Segunda Parte, en la que se argumenta que, tras una breve interrupción, el comercio continuó e incluso aumentó. Una pandemia de peste requería una conectividad o circulación intensiva, un comercio a granel continuo en el que circulaban tanto ratas como bienes y personas.

 

El caso de Islandia, durante mucho tiempo un enigma en los estudios relativos a la peste, constituye un desafío a esta hipótesis. Supuestamente, se mantuvo libre de ratas hasta el siglo XVII y, sin embargo, sufrió dos terribles epidemias en el XV. Se cree que la primera, en 1402-1403, mató al 50-60 por ciento de la gente, mientras que la segunda, en 1494-1495, fulminó al 30-50 por ciento. Aquí parece que tenemos un caso claro de peste sin ratas.[127] No obstante, el grano resultaba muy difícil de cultivar en la Islandia del siglo XIV, que, por tanto, era —o aspiraba a ser— una importación habitual. El cereal procedía de Inglaterra y del norte de Alemania, que sí tenían ratas, al igual que Noruega, la fuente de la otra notable importación islandesa: la madera. Entre 1340 y 1347, el número de barcos en dirección a Islandia aumentó hasta una docena por año.[128] Según la peste fue golpeando a los socios comerciales de Islandia, el goteo de barcos disminuyó hasta casi desaparecer durante la mayor parte de la segunda mitad del siglo XIV, para recuperarse a partir de 1397 y superar en 1500 el centenar de navíos al año.[129] Sin embargo, pocos años después de ese repunte comercial de 1397 llegó la peste. Luego desapareció durante 90 años, para dar paso a continuación a otra ola. Un estudio de 2016 sostiene, en mi opinión de forma poco convincente, que la mortalidad en esas olas epidémicas ha sido algo exagerada. Admite, eso sí,

 

 

 

 

 

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que «la ausencia de huesos de rata en los yacimientos arqueológicos de la Islandia medieval no es […] una prueba definitiva de la ausencia de ratas».

 

     La presencia de estos roedores —de hecho, cuatro introducciones de ratas— explica el patrón islandés mucho mejor que su ausencia y ya hemos visto que los rastros arqueológicos de ratas no son fáciles de encontrar, especialmente en tiempos de peste. Además, la arqueología en Islandia dista mucho de ser omnipresente: sin ir más lejos, hace poco fue descubierta toda una estación pesquera vasca.[131] Aunque faltan pruebas materiales, parece probable que las ratas se establecieran en la isla en la década de 1340, coincidentes con la aparición de un comercio de grano modesto pero regular. El declive de esas transacciones impidió entonces la llegada de ratas infectadas procedentes del continente. Hasta 1402, cuando la recuperación del comercio provocó el suceso letal. Las ratas fueron entonces exterminadas y reintroducidas más tarde, en el siglo XV, pero

 

mucho antes de 1494, cuando una cuarta migración de roedores trajo la peste y una segunda extinción de todos los ejemplares.

 

Tampoco debemos exagerar los intercambios comerciales de mercancías a granel que tuvieron lugar en Eurasia occidental durante la década de 1340. Pocas regiones no urbanas padecían un déficit regular de grano, de manera que Noruega e Islandia eran más bien excepciones. Algunos circuitos comerciales regionales tenían relación solo de forma ocasional. Ello podría explicar algunas de las variaciones en el alcance de la plaga. La primera ola (1346-1353) encontró en casi todas partes ratas no infectadas listas para albergar la peste, de ahí su inigualable propagación y letalidad tanto en la ciudad como en el campo. Pero habría acabado con las poblaciones de esos roedores en la mayoría de las regiones. A partir de ahí, en función de la combinación entre reintroducciones de ratas ayudadas por el comercio, repoblaciones espontáneas de roedores y barreras contra estos animales, las regiones habrían vuelto a un punto de saturación de ejemplares a ritmos muy diferentes. Ello, a su vez, habría provocado el nivel dispar de víctimas humanas en brotes posteriores. Esa recuperación tan diferente de las poblaciones de ratas según las regiones una vez pasada la primera ola de la peste negra puede ayudar a explicar por qué hubo zonas exentas entre unos brotes y otros, como se indicaba en el capítulo anterior. De las pocas regiones y localidades que escaparon al primer brote —hacia 1350—, la mayoría fueron duramente golpeadas por el segundo

 

—hacia 1360—. «Una peculiaridad de la peste negra es que, una vez

 

 

 

 

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terminaba un brote, no afectaba a la misma región durante muchos años».

 

     Por tanto, y a diferencia de otras zonas, aquellas que se libraron de una primera ola seguían estando plagadas de ratas al llegar la siguiente.

Las ciudades constituían los principales núcleos de comercio y, al tiempo, eran los principales importadores de grano, por lo que atraerían a ratas, contagiadas o no. Dado que las no infectadas tardaban en desplazarse hacia el interior desde los puertos marítimos o fluviales, lo lógico es que las zonas rurales se repoblaran más lentamente que las ciudades. Por eso, en las olas posteriores, la peste tendía a afectar más a las zonas urbanas. Las diferencias entre las zonas con ratas y las habitadas por humanos también podría explicar algunas variaciones regionales de una magnitud mayor e incluso ciertas exenciones parciales de la enfermedad. Ríos, estuarios o pantanos no navegables podrían significar diferencias dentro de un país en cuanto a poblaciones de roedores, que en diferentes momentos serían infectadas por la peste y repobladas por nuevos individuos. Hubo algunas zonas que, en periodos concretos, no importaron grano ni muchas otras mercancías voluminosas. En esos casos, las ratas con la enfermedad todavía podían llegar, pero de manera mucho más lenta. Un buen ejemplo podría ser el interior de Polonia. Según Benedictow, «sería sorprendente que el contagio no se transmitiera río arriba debido a las relaciones comerciales con la Polonia interior».[133] Esta región exportaba productos a granel, pero no los importaba, por tanto, no importó hasta el siglo XV las ratas que los acompañaban, cuando

 

comenzó su famoso comercio de grano y llegaron los brotes regulares de peste. Fue entonces cuando las exportaciones de cereales se vieron correspondidas por importaciones significativas de productos como el pescado en salazón y los tejidos de lana. Anteriormente, las principales ventas a granel no eran de grano, sino de madera, sin una contrapartida sustancial de compras que llegara muy al interior. Es decir, había una excepción a la regla de que el comercio a granel podía transferir la peste, porque la madera se transportaba en balsas por el Vístula y otros ríos hasta el Báltico. Río arriba, a contracorriente, el tráfico resultaba mucho más difícil y en puertos marítimos como Gdansk las balsas se desarmaban y las tripulaciones regresaban al punto de origen a pie o a caballo, como en la Nueva Orleans anterior al vapor. Cabalgar y caminar no implicaba transferencia de ratas. Esto puede explicar que en el interior de Polonia se evitaran algunas de las primeras olas de la enfermedad.

 

 

 

 

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INMUNIDAD Y RESISTENCIA

 

 

A la hora de intentar resolver los misterios que rodean la historia de la peste, la manera que tengan las ratas de moverse de un lado para otro tiene mucha transcendencia. Sin embargo, completar el rompecabezas requiere de algunas piezas adicionales. Suele aceptarse comúnmente que, a diferencia de otras dolencias como la viruela, la peste bubónica no transmite inmunidad a los supervivientes. Así, por desgracia, era posible recaer. «Se han registrado numerosos ejemplos de reinfecciones por peste, incluso dentro de la misma epidemia».[134] Los principales bubonistas y antibubonistas están de acuerdo en esto,[135] si bien los antibubonistas señalaron algunos signos aparentes de inmunidad como prueba adicional de que la peste no era del tipo bubónico. Una de esas señales es que los niños parecen ser especialmente vulnerables a la peste. Es el patrón de las enfermedades inmunes: presentan un sesgo de edad hacia los nacidos después del último brote que, por tanto, carecen de inmunidad. Los antibubonistas subrayaron que las grandes epidemias de peste se habían producido en intervalos de unos doce años. Ello es coherente con enfermedades como la viruela, donde la inmunidad se adquiere sobreviviendo a un primer contagio y que, por ello, se ceba con los jóvenes, cuyo número alcanza una masa crítica cada diez o quince años. Pero el intervalo medio entre plagas es algo engañoso. A menudo, las epidemias se concentraban en grupos más reducidos y también solían estar mucho más espaciadas. Marsella fue sacudida 16 veces entre 1504 y 1664, aunque luego estuvo libre de peste durante 56 años, para después perder casi la mitad de la población en 1720-1722.[136] La última plaga en la ciudad de Moscú (1771) fue el epílogo a todo un siglo libre de peste.[137] Las poblaciones de Nápoles y Génova se redujeron a la mitad en 1656-1657, como en la primera ola, pero esta vez después de 120 años sin sufrir la epidemia.[138]

 

Las pruebas de que en la primera ola la peste afectó en gran medida a la infancia no son demasiado sólidas, pero algunos casos de predisposición infantil en azotes posteriores sí parecen más convincentes, en especial en la Siena de finales del siglo XIV.[139] Sin embargo, la mortalidad infantil medieval era ya de por sí extremadamente alta en tiempos normales, alrededor del 25 por ciento en el primer año,[140] y los auges de natalidad

 

 

 

 

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posteriores a la peste aumentaron con claridad la proporción de población infantil. Los bebés envueltos en pañales y en las cunas, así como las criaturas confinadas en casa, eran más vulnerables a las pulgas de rata que los adultos con capacidad para desplazarse. Asimismo, hubo fallecimientos infantiles atribuibles solo de forma indirecta a la peste, causados por la muerte de los cuidadores. Un estudio local de un brote en Inglaterra durante la década de 1660 muestra que, cuando ambos progenitores sobrevivían, el 77 por ciento de los pequeños también lo conseguía. Pero si la madre fallecía, solo sobrevivía el 10 por ciento.[141] Son consideraciones de una triste realidad que, en mi opinión, resuelven este misterio relacionado con la peste.

 

El tema de la resistencia es una cuestión muy diferente del de la inmunidad adquirida. Esas diferencias aleatorias pueden provocar que algunos individuos sean menos propensos a contraer una enfermedad o a morir de ella, o que tiendan a transmitir esas mismas diferencias a su descendencia y los vástagos a la suya. Sobre esta base, se afirma que los europeos actuales «descienden casi inevitablemente de un tronco genético capaz de resistir la peste».[142] Sin embargo, en 1720, los habitantes de Provenza demostraron ser tan vulnerables como sus antepasados de 370 años antes. El ser humano es longevo y de reproducción lenta. Su plasticidad genética no es nada comparada con la de las ratas, mucho mejores candidatas para desarrollar resistencia como resultado de la evolución. Cincuenta generaciones de ratas caben en una generación humana de veinticinco años. Por tanto, la selección natural de variaciones o mutaciones favorables actuaría mucho más rápido en los roedores que en los humanos.

 

La Indian Plague Commission —creada por el Gobierno colonial británico en noviembre de 1898 para investigar científicamente la epidemia que asolaba el país— tuvo una idea parecida en 1908, durante la tercera pandemia, y llevó a cabo distintos experimentos para comprobarlo. Las ratas de las ciudades infectadas resultaron ser más resistentes que las de las poblaciones no infectadas. Más tarde, en 2009, un grupo de científicos tomó esto como prueba de la inmunidad completa a la peste en una subpoblación de ratas y la comparó con documentos de la ciudad alemana de Freiberg, en Sajonia, que sufrió una docena de olas de peste entre 1553 y 1632, con mortalidades que oscilaron entre el 12 y menos del 1 por ciento. «En nuestro escenario, las epidemias catastróficas del

 

 

 

 

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siglo XIV habrían sido sustituidas por brotes comparativamente pequeños una vez que hubiera aparecido una subpoblación de ratas inmunizada de forma natural».[143] Creo que aquí se utiliza el concepto de inmunidad para lo que yo llamaría resistencia. En cualquier caso, la implicación es que esa resistencia evolucionada era completa y hereditaria en una subpoblación concreta de ratas. Sea como fuere, la subpoblación inmune tendería a convertirse en toda la población, al sobrepasar a las ratas sensibles a la peste. Pero, entonces, ¿qué explicaría las repentinas vueltas a altas tasas de mortalidad que vemos en posteriores brotes tardíos de peste?

 

En 2016, otro equipo de especialistas, de nuevo inspirados en los datos de la Indian Plague Commission, llegó a la conclusión de que se trataba de una «resistencia innata» hereditaria, aunque les resultó difícil «explicar la tendencia de la resistencia a persistir en las ciudades durante las temporadas no epidémicas, mientras que desaparece de las ciudades después de la extinción de la transmisión de la peste». Especularon con una «fecundidad más baja entre las ratas resistentes como contrapartida vital que impide la persistencia de altos niveles de resistencia en ausencia de peste».[144] Podría ser el caso, pero me parece innecesario para explicar la aparición y desaparición de la resistencia en las ratas. Es de suponer que animales resistentes como los grandes jerbos se han enfrentado a la peste durante miles de años e incluso entre ellos la resistencia puede aparecer y desaparecer. Las ratas experimentaron la peste durante menos tiempo y de forma intermitente. La peste no favoreció de manera constante y a largo plazo las variaciones genéticas. Por tanto, si las ratas desarrollaron resistencia, esta podría ser solo a medio plazo y desaparecer tras unas décadas sin nuevos brotes.

 

Piedra de toque de todas estas hipótesis puede ser el último bastión de la peste bubónica: Madagascar. Las ratas negras han habitado esta gran isla durante al menos 1000 años,[145] pero hasta 1898, durante la tercera pandemia, no se introdujeron ejemplares contagiados de la peste. Inusualmente, aquí la rata negra es tanto el reservorio salvaje como el vector comensal que propaga la enfermedad a los humanos,[146] una dolencia que sigue siendo endémica en dos regiones de las sierras centrales y que produce varios cientos de casos humanos al año. Algunas ratas negras de estas regiones son muy resistentes a la peste y, sin embargo, no lo son en los valles cercanos a las costas, por lo general libres

 

 

 

 

 

 

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de contagios.[147] En 1991, la peste de las tierras altas entró en Mahajanga, urbe marítima de unos 135 000 habitantes. El lugar había sufrido previamente cuatro brotes entre 1902 y 1928, para desaparecer a continuación durante 62 años.[148] A partir de 1991, los brotes estacionales causaron unas pocas muertes humanas durante cada uno de los nueve años, tras lo cual, la enfermedad desapareció de nuevo. Los científicos no se ponen de acuerdo en relación con la heredabilidad de la resistencia que presentan algunas ratas. Una parte se transmite a una o dos generaciones de descendientes nacidos en laboratorio, pero «la resistencia no es totalmente heredable».[149] Una mezcla de ratas resistentes y sensibles puede hacer que la peste sea temporalmente endémica en una ciudad, como ocurrió en Mahajanga en la década de 1990. Después, esos roedores podrían alcanzar una resistencia funcional completa, como parece que ocurrió en la urbe en 1928 y 1999. Pueden tener lugar nuevas introducciones de Y. pestis, como sucedió en Mahajanga. Las ratas resistentes no son eliminadas, por lo que las pulgas de rata rara vez saltan a los humanos, aunque cuando cesa la selección constante de la resistencia a la peste, las ratas vuelven a ser sensibles y la ciudad acaba perdiendo su inmunidad funcional, como pasó en 1991.

 

Tal vez aquí tengamos una explicación para los periodos de baja mortalidad por peste en las ciudades de Eurasia occidental, así como para los devastadores brotes tardíos en ciudades hasta entonces, y durante largo tiempo, libres de contagios. La hipótesis parece encajar bien con los registros históricos de la enfermedad en distintas ciudades. Barcelona sufrió 31 brotes entre 1348 y 1654, 27 de los cuales acabaron con menos del 3 por ciento de la población. Las cuatro epidemias más graves, que liquidaron a entre el 20 y el 45 por ciento de la población, se produjeron con un intervalo de, al menos, 84 años, tiempo suficiente para que la resistencia de las ratas apareciera y desapareciera.[150] Londres, durante los siglos XVI y XVII, o Estambul durante el XVIII y principios del XIX, muestran pautas similares. Entre 1563 y 1679, cuando la peste desapareció de Inglaterra, Londres experimentó periodos de baja mortalidad anual por peste, por ejemplo en 1606-1610 y 1640-1647, seguidos de periodos más largos en los que la enfermedad estuvo prácticamente ausente, seguidos, a su vez, de seis olas graves, incluida la Gran Peste de 1665.[151] De forma similar, existió peste en Estambul durante 94 de los 150 años entre 1701 y

 

 

 

 

 

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1850, pero solo en siete de esos años la mortalidad fue relevante.[152] En las urbes portuarias más pequeñas también se aprecia con frecuencia ese mismo patrón. Newcastle sufrió una epidemia grave en 1588-1589, después cuatro leves entre 1593 y 1625 y, por último, una muy severa en 1636, que acabó con el 47 por ciento de la población.[153] Los cuatro casos se parecen bastante al de Mahajanga: un endemismo virtual urbano de tipo temporal que acaba provocando una fuerte resistencia a las ratas, seguida de la pérdida de esa resistencia y una nueva susceptibilidad a la enfermedad.[154]

 

Podemos suponer que la resistencia de las ratas se desarrolló en las ciudades de Eurasia occidental tras ser golpeadas repetidamente por la peste, sobre todo después del año 1500. Es lo que parece haber ocurrido en numerosas poblaciones aparte de las cuatro que acabamos de mencionar, como París, Ámsterdam, Génova, Venecia, Nápoles, Marsella, Moscú, Alejandría, Túnez y Argel. Las ciudades donde la dolencia era endémica podrían haberla transmitido a sus áreas rurales y socios comerciales, lo que permitiría que la peste regresara a ellas. Es una posible explicación a la supervivencia de la peste entre una y otra ola de contagios. No obstante, estas ciudades también podrían haber propagado ratas resistentes a otras áreas, como las rurales, lo que reduciría la mortalidad humana en esas zonas. Una vez que las ratas urbanas se volvieran muy resistentes, la peste en los humanos de la ciudad también podría desaparecer. Pero si una ciudad no había experimentado la peste durante décadas, es posible que sus ratas perdieran la resistencia. Esto puede explicar los brotes tardíos de alta mortalidad en Marsella, Moscú, Génova y Nápoles tras periodos sin contagios de entre 60 y 120 años. El patrón de resistencia a medio plazo no se limitó a Europa. Túnez disfrutó de un periodo libre de peste entre 1706 y 1784, con brotes relevantes antes y después.[155]

 

 

 

LOS FINALES DE LA PESTE

 

 

Con toda probabilidad, el aumento de la resistencia de las ratas —y su posterior disminución— en Eurasia occidental tuvo un papel significativo tanto en la remisión de la pandemia como en las excepciones a esa tendencia. Pero, como vimos en el capítulo anterior, la historia de la peste

 

 

 

 

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se fue diversificando a partir de 1500 en función de las zonas geográficas. Las epidemias terminaron en Europa occidental hacia 1720 y en la oriental hacia 1780, aunque siguieron afectando al Sur Musulmán —en ocasiones con gran virulencia— hasta 1840, más o menos. Por convención suele atribuirse el fin de la peste a la acción humana, en particular al creciente poder de los Estados para aplicar medidas de cuarentena eficaces, reglamentos de salud pública y controles fronterizos. Otros factores que ayudaron son la sustitución de la madera por el ladrillo y el azulejo —algo más hostil para las ratas— y, en la década de 1720, el uso de un arsénico

 

que había bajado de precio —definitivamente, mucho más hostil para las ratas—. El declive de las tradicionales casas de madera y tejados de paja

—entornos ideales para los roedores— y la sustitución por el ladrillo y la teja varió según las clases sociales, lo que puede explicar la tendencia a un mayor número de víctimas entre el pueblo llano después de 1500. No cabe duda de que estos factores tuvieron su importancia, pero no lo fueron todo[156] y aquí es donde suelen llevarse la mayor parte del mérito las mejoras en las políticas de salud pública. Consistieron, principalmente, en el sellado de los focos de peste, desde ir tapiando casas concretas infectadas hasta los cordones sanitarios que sellaban fronteras enteras, pasando entre medias por los lazaretos y las cuarentenas de barcos. Pese a todo, durante el siglo XVII, los óbitos causados por la enfermedad fueron mayores en Italia que en el noroeste de Europa, cuando «las instituciones italianas contra la peste eran las mejores del continente».[157]

 

Ello arroja una sombra de duda sobre la explicación convencional de la persistencia de la peste en el Sur Musulmán. A saber, la inferioridad de los sistemas de salud pública hasta que estos se modernizaron, con la ayuda de asesores europeos, en torno a 1840.[158] Los otomanos ya aplicaban medidas de salud pública —al menos en las ciudades— durante el siglo XVI y también utilizaban venenos para ratas a base de arsénico.[159] Si bien puede ser cierto que, a lo largo del siglo XVIII, tales medidas se fueron debilitando a la par que el Estado otomano, hubo otros factores en juego. La segunda pandemia transmitió la peste no solo a humanos y ratas, sino también a nuevos focos en el interior entre especies de roedores salvajes susceptibles de albergar y transmitir la enfermedad en Eurasia occidental. Es posible que algunos de esos focos hayan desaparecido con el tiempo; los que han persistido hasta la actualidad se encuentran todos en lo que fue

 

 

 

 

 

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el Sur Musulmán, regiones de la estepa europea y la cuenca del Volga. Se ha sugerido que las marmotas suizas e incluso los topillos ingleses albergaron focos temporales de peste.[160] Sin embargo, «los estudios ecológicos e histórico-epidemiológicos han concluido que resulta altamente improbable la presencia de un reservorio de peste en Europa occidental durante la segunda pandemia».[161] Tal vez el subcontinente careciera de una mezcla adecuada de roedores salvajes resistentes y sensibles, clima o nichos ecológicos. Desde luego, no carecía de los camellos como vía de contagio. Al menos después de 1500, es probable que la peste le llegara desde el Sur Musulmán por la interacción continua entre ratas resistentes y no resistentes. Los nuevos focos aparecieron más bien en las cercanías de poblaciones humanas densas y conectadas por el comercio marítimo y menos en la región de las montañas Tien.

 

Hasta ahora, como vemos, las malas de la película están siendo las distintas especies de roedores, sin embargo, se cree que, a principios del siglo XVIII, una de ellas acudió al rescate de la Eurasia occidental infectada: la conocida como rata parda o noruega. Por supuesto, no procedía de Noruega, sino del sudeste asiático.[162] Las ratas marrones puede que llegaran al corazón de Europa en la década de 1550, pero, en general, se acepta que colonizaron el oeste del Volga a principios del siglo XVIII y que llegaron a Inglaterra en 1730, a Francia en 1735, a Alemania en 1750 y a España en 1800.[163] «Los estudios en cautividad han demostrado que R. norvegicus acabará con R. rattus».[164] De hecho, «puede desplazar por completo a las ratas negras».[165] Parece que esto es justo lo que pasó en la mayor parte de Europa, incluida Rusia. La pulga de la rata parda «es una mala portadora de Y. pestis» y las ratas pardas son menos comensales que las negras, puesto que prefieren los campos y las alcantarillas a las casas.[166] Puede que las pardas llegaran demasiado tarde para explicar por completo el declive de la peste, pero sí la redujeron, probablemente, en gran medida. También llegaron al Sur Musulmán, pero aquí la ecología regional presentó otro desafío. En algunas condiciones, las ratas negras y marrones podían coexistir, como ocurre en la actualidad en Egipto, Marruecos, Argelia, Libia e Irán.[167] Por tanto, la supervivencia de las negras y la existencia de focos locales de roedores salvajes pueden explicar la persistencia de la peste en el Sur Musulmán.

 

 

 

 

 

 

 

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El presente capítulo ha sido, en su mayor parte, de enfoque especulativo y hacer conjeturas plausibles acerca de los orígenes y propagación de la peste negra va, está claro, más allá de lo estrictamente necesario para el argumento principal de este libro. Aunque yo me equivoque y Green y Hymes estén en lo cierto en cuanto a la dispersión de la peste por parte de los mongoles, el primero reconoce que es probable que causara brotes locales y epidemias puntuales, no pandemias. Incluso si originó una pandemia en la China de los siglos XIII y XIV, el segundo reconoce que habría ido acompañada de otros jinetes apocalípticos: inundaciones, hambrunas y guerras devastadoras que habrían destruido propiedades, infraestructuras, almacenes y ganado, además de vidas humanas. Esto no solía ocurrir en los brotes de peste de Eurasia occidental, donde sobrevivía todo salvo la vida humana. Así pues, fue Eurasia occidental y las zonas adyacentes de Asia Central occidental, y no otros lugares, las que sufrieron no una, ni cuatro, sino unas 30 pestes negras, más de la mitad de ellas antes de 1500. Por tanto, las partes segunda y tercera de este libro se dedican a examinar los efectos de estos repetidos martillazos demográficos, que no económicos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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SEGUNDA PARTE

 

 

 

 

 

Peste y expansionismo en Europa

 

occidental

 

 

 

La peste negra resultó decisiva en la caída de dos imperios de Eurasia occidental, el bizantino y el de la Horda de Oro, e igualmente en el auge de otros dos, el otomano y el timúrida. El relativo aislamiento de los nómadas ante la enfermedad tuvo aquí mucho que ver. Como hemos visto, los territorios centrales de la Horda de Oro en el Volga y Crimea se vieron gravemente afectados por la pandemia, mientras que el cinturón exterior de vasallos más nómadas sufrieron sus embates en menor medida. Es un hecho que, según se cree, pudo contribuir al declive del kanato a partir de 1359.[1] Un imperio nómada rival surgió del kanato de Chagatai en Asia Central, liderado por Tamerlán (Timur el Cojo), un nuevo Gengis Kan. Para la década de 1380 Tamerlán había consolidado su dinastía en Transoxiana e Irán y había extendido su dominio —con saqueos y recaudación de tributos— en una escala mucho mayor. Entre 1385 y 1395 derrotó a la Horda de Oro, sometió a pillaje su gran ciudad de Nueva Sarái —y de paso destruyendo sus archivos, que nos habrían permitido conocerla mejor— para después abandonar la región. La Horda se escindió después de esto, aunque sus sucesores, en particular la Gran Horda y los tártaros de Crimea, siguieron siendo muy poderosos y

 

heredaron sus aspiraciones de hegemonía sobre los principados rusos.

 

 

 

 

 

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Entre 1300 y 1350 la dinastía otomana regía uno más de los numerosos emiratos túrquicos de la península de Anatolia que rendían una vaga pleitesía al sultanato selyúcida en decadencia. Además, los otomanos, en parte nómadas, a veces eran aliados de los bizantinos y a veces enemigos. Aunque la peste cambió el equilibrio de poder local, las crónicas otomanas hicieron caso omiso de ello y resaltaron los logros anteriores a la pandemia. Algunos historiadores han seguido su ejemplo. «Los historiadores del Imperio otomano rara vez dan mucha importancia al papel de la peste en la historia del imperio».[2] Otros, sin embargo, señalan que la primera ola de 1347-1353 tuvo menos efecto en los otomanos que en sus rivales sedentarios. Argumentan que «el hecho más importante pasado por alto en todas las teorías en torno al surgimiento del Imperio otomano […] es el impacto de la peste negra».[3] Los otomanos conquistaron áreas de los Balcanes y Anatolia a finales del siglo XIV, al derrotar a una gran cruzada cristiana contra ellos en 1396. Pero su ventaja nómada no duró demasiado. Una vez asentados, pasaron a depender de los súbditos sedentarios para obtener ingresos. De nada les sirvió contra Tamerlán, que les infligió una derrota abrumadora en 1402 y tomó prisionero a su sultán, Bayaceto, a quien se dice que Tamerlán colgó en una jaula hasta su muerte.[4] Al fallecer el propio Tamerlán en 1405, el poder del Imperio timúrida se redujo para limitarse, principalmente, a las regiones de Irán y Transoxiana, que quedaron bajo el control de sus herederos. Sorprendentemente, los otomanos se recuperaron de este golpe en la década de 1420 y reanudaron las conquistas. En el Capítulo 11 examinamos la relación entre la peste y la expansión otomana.

 

En Europa, la peste provocó diferentes cambios políticos. Los títulos nobiliarios no disminuyeron en número, pero la oferta de herederos se redujo a la mitad y ello intensificó el tradicional juego de la ruleta dinástica mediante matrimonios mixtos recíprocos, es decir, entre miembros de diferentes familias o dinastías con el objetivo de fortalecer alianzas políticas y asegurar la continuidad de linajes. Hubo más estirpes extintas y más títulos que pasaron a ramas colaterales de las familias. Los más audaces heredaron territorios dispersos y los más prudentes construyeron dominios contiguos. Borgoña, la Corona de Aragón y, finalmente, los Habsburgo austriacos pertenecían a la primera categoría: «otros tienen que luchar en guerras, pero tú, oh, Austria Feliz, solo te

 

 

 

 

 

 

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casas».[5] Los Valois franceses y los Jagellones lituanos adoptaron el enfoque contiguo. La Corona francesa heredó territorios como Bretaña y Provenza, mientras que los Jagellones gobernaron en diversas épocas Hungría y Bohemia, así como Polonia y Lituania. Estas dos dinastías se unieron en 1386 y formaron el reino más grande de Europa durante un largo periodo. A pesar de estos cambios políticos, la peste negra no revolucionó de inmediato Eurasia occidental: por supuesto, hubo una continuidad sustancial antes y después de 1350. Esta es una de las razones por las que tantos historiadores subestiman el impacto de la peste. Resulta sorprendente que haya pocas pruebas de un desplome socioeconómico durante más de uno o dos años después de la primera ola y sí evidencias relevantes de una impresionante resistencia humana. «A pesar de la tragedia y la perturbación, el aspecto más notable del año de la peste es la resistencia de las instituciones y las personas».[6] Ni siquiera la pandemia consiguió impedir que la gente siguiera sembrando y cosechando, comprando y vendiendo y hasta luchando unos con otros. Sin embargo, bajo la superficie, la llegada de la enfermedad desencadenó una reorganización fundamental de muchas caras, incluida la tendencia de reinos y dinastías a expandir sus territorios e influencia política.

 

Los historiadores saben desde hace tiempo que las epidemias pueden constituir, en ocasiones, un punto de inflexión en el devenir histórico. El ejemplo clásico es el trágico impacto fatal de las enfermedades introducidas en los pueblos nativos de América tras la llegada de los europeos en 1492, que facilitaron el camino de los invasores, mucho menos vulnerables a la mayoría de ellas. Como hemos visto, algunos sugieren que la plaga de Justiniano hizo al islam primitivo un favor no tan evidente pero del mismo tipo, al debilitar a los enemigos bizantinos y persas más que a los árabes nómadas. Sin embargo, en esos casos hubo invasiones externas y los efectos de las enfermedades fueron desiguales: los invadidos sufrieron mucho más que los invasores. La peste negra en la primera oleada pandémica (1350-1500) tuvo un efecto opuesto, ya que hizo muchos menos distingos. Lo más cerca que estuvo de favorecer a los invasores externos fue con Tamerlán. Sin embargo, el origen del imperio de Tamerlán, el kanato de Chagatai, se hallaba próximo y además bien conectado con Eurasia occidental y el dominio timúrida se redujo rápidamente tras la muerte del fundador. A principios de la época de la peste, con la fugaz excepción de los nómadas, el impacto de la segunda

 

 

 

 

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pandemia en casi todas las regiones y Estados de Eurasia occidental fue prácticamente igual. «La primera oleada de la plaga provocó una reacción casi unánime en la historia».[7] Tras el enorme impacto inicial en torno a 1350, los brotes posteriores mantuvieron la población a la baja y la escasez de mano de obra siguió incubando diversas mutaciones de importancia. Algunas tendencias de cambio se detuvieron con el inicio de la recuperación demográfica alrededor del año 1500, mientras que otras persistieron. En la Segunda Parte del libro vamos a circunscribirnos a Europa occidental, donde las pruebas son menos deficientes, para desarrollar una tesis acerca del cambio inducido por la peste, mientras que la Tercera Parte se cuestiona si afectó también a Europa oriental y al Sur Musulmán.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 3

 

 

 

 

 

¿Una edad de oro?

 

 

 

 

 

Economía y sociedad en los albores de la peste

 

Los historiadores económicos de la Europa bajomedieval son la gran excepción a la regla de evitar atribuir cambios significativos a la peste. Durante mucho tiempo han debatido acerca de sus efectos

 

económicos escindidos en dos escuelas diferentes. Por un lado, los optimistas sostienen que la primera época de la epidemia, de 1350 a 1500, fue una edad de oro incluso para la gente común. Por el otro, los pesimistas hablan de una época de «crisis bajomedieval» o «depresión bajomedieval».[1] A lo largo de la década de 1980, esos pesimistas cantaron victoria tal vez de forma prematura: «la interpretación del ocaso de la Edad Media […] como una depresión esencialmente económica se ha convertido ahora en una opinión mayoritaria».[2] Por su parte, los optimistas contraatacaron en masa, si bien el pesimismo se mantiene firme. Las interpretaciones recientes reconocen la posibilidad de que algunas personas «gastaran sus recursos de manera desenfrenada, impulsadas por una mezcla de fatalismo y hedonismo».[3] Llegados a 2002, «la creencia general [era] que los siglos XIV y XV experimentaron un profundo periodo de depresión económica».[4] En 2011, este parecía

 

 

 

 

 

 

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seguir siendo «el amplio consenso».[5] En 2018, «la opinión en relación con una depresión tardomedieval generalizada […] sigue viva».[6]

 

Un principio subyacente al enfoque pesimista es su énfasis en las cantidades agregadas más que en las cifras per cápita. Está claro que la producción económica cayó bruscamente tras la primera ola al tiempo que se produjo la terrible mortalidad de quienes generaban esa riqueza. Es cierto que cifras agregadas pueden tener su importancia, pero las per cápita a menudo importan más en según qué cuestiones. En este caso, lo esencial es dilucidar si la agricultura, la artesanía y el comercio disminuyeron más o menos que las poblaciones a las que servían. A algunos pesimistas les resulta extrañamente difícil recordar esto. Por ejemplo, un buen historiador escribe que, entre 1348 y la década de 1370, «el PIB real a precios corrientes se redujo un 26 por ciento en España, un 35 en Inglaterra y un 35-40 por ciento en Italia, y que hasta 1500 se mantenía en estos tres países entre un 15 y un 35 por ciento por debajo de sus niveles inmediatamente anteriores a la peste».[7] Esto se presenta como una mala noticia pero, dado que las poblaciones se habían reducido a la mitad, aproximadamente, lo cierto es que implica un aumento sustancial del PIB per cápita. Cuando los pesimistas se acuerdan de pensar en el PIB per cápita, tienden a mantener las antiguas hipótesis de un descenso de la población del 30 por ciento y una recuperación bastante rápida. De manera que las nuevas estimaciones en cuanto a la mortalidad y el retraso en la recuperación de las poblaciones marcan una honda diferencia en el debate entre optimistas y pesimistas.

 

Los argumentos de tendencia pesimista siguen mereciendo respeto, a pesar de ello. Hay, por ejemplo, pruebas considerables de una terrible hambruna de metales que, se piensa, afectó al comercio y sabemos de una meteorología adversa que afectó a la agricultura. La disminución de la población también puede tener efectos económicos negativos. En primer lugar, puede reducir la mano de obra disponible destinada a grandes infraestructuras, como la construcción de diques contra las inundaciones, algo que ocurrió sobre todo en el mar del Norte. Aunque es raro que ese efecto negativo supere a otros positivos. En segundo lugar, la despoblación podría reducir la circulación comercial al disminuir o romper las redes de intercambio, o al separar dos que antes se cruzaban. En tercer lugar, si bien la peste alivia la presión sobre la superficie cultivable en las zonas densamente habitadas, puede suponer una escasa diferencia económica en

 

 

 

 

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las regiones poco pobladas que nunca han tenido escasez de tierras. En cuarto lugar, los optimistas suelen basarse en el concepto de crecimiento smithiano —en honor al economista del siglo XVIII Adam Smith—, que se basa en la especialización regional y la división del trabajo. Se puede argumentar que el crecimiento económico smithiano necesita el crecimiento de la población para aumentar la demanda e incrementar la mano de obra que dividir.[8]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Mapa 4: Europa occidental en la primera época de la

 

peste, 1350-1500.

 

 

 

Los principios que apoyan las tesis optimistas comienzan con el hecho de que la primera plaga redujo la población a la mitad, pero con ello duplicó la riqueza per cápita de casi todo. Esta especie de bonificación de la peste fue más importante después de la primera ola, pero los brotes posteriores siguieron manteniendo bajas las poblaciones y altas las cuotas

 

 

 

 

 

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medias de todo lo demás: cuando la escasez de mano de obra impedía la explotación de dos granjas o de dos barcos pesqueros, la gente elegía el mejor disponible: más grande, más nuevo, más sólido, mejor situado o más fácil de explotar, un principio de la selección óptima. «Fueron las propiedades más pobres las abandonadas en primer lugar».[9] Otra razón para el optimismo deriva de la propia dinámica de la peste: si esta afectaba a una red comercial en funcionamiento y la destruía, o reducía su nivel de conectividad a una simple interacción ocasional, solo el primer golpe se extendería por toda la red. Para que sucesivos rebrotes generalizados tuvieran un impacto continuo, era necesario que la circulación comercial se mantuviera o se recuperara muy rápidamente. Así, pura y simplemente, la supuesta larga depresión en el comercio a granel tras la peste negra parece no coincidir con la evidencia epidemiológica.

 

Un último argumento a favor del optimismo es, o debería ser, la diferencia entre ingresos y rentas disponibles. Como veremos, los aumentos de los salarios reales y de los ingresos reales de los campesinos

 

—muchos de ellos discutibles— parecen haber sido bastante modestos según algunos cálculos. Pero si tu renta anual fuera de 10 euros y vivir te costara 9, en ese caso, incluso un aumento del 10 por ciento en la renta duplicaría tu líquido disponible. Por tanto, el aumento real del 30 por ciento —una estimación conservadora de lo que realmente ocurrió— cuadruplicaría los ingresos disponibles. Si, a niveles más altos de riqueza, sustituimos subsistencia por gasto normal, entonces un incremento porcentual similar podría acrecentar enormemente la capacidad de una élite para hacer gastos anormales. En consecuencia, aunque resulte paradójico, la peste podría, en realidad, generar un aumento selectivo en ciertas categorías de la población e incluso en el conjunto. Básicamente, podría aumentar la población adinerada en cifras absolutas, de los suficientemente ricos como para pagar impuestos, de los compradores habituales en el mercado y de los suficientemente acomodados como para educar a sus hijos.

 

 

 

UNA ECONOMÍA APESTADA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Para pasar de las teorías a las pruebas, vamos a analizar en primer lugar los cultivos herbáceos, bien conocidos por constituir la columna vertebral de las economías bajomedievales. Entre los pesimistas, la hipótesis actual más convincente es la de Bruce Campbell, que, aunque se circunscribe principalmente a Inglaterra, tiene implicaciones continentales. Argumenta que los rendimientos ingleses por semilla, por acre y por trabajador cayeron de forma sustancial. Como se ha señalado anteriormente, culpa al clima, a un embate temprano y especialmente severo de la Pequeña Edad de Hielo entre 1342 a 1357, de la «falta de cualquier rendimiento posterior a la peste negra».[10] Sin embargo, sus pruebas de la disminución de la productividad por trabajador resultan escasas y la correlación que plantea entre las menores cosechas y el clima frío parece poco probable a tenor de sus propios datos. El largo episodio glacial tuvo poco efecto en el rendimiento del grano inglés durante sus seis primeros años, de 1342 a 1348, y durante la peste esas cosechas quedaron reducidas a la mitad. Los rendimientos se redujeron a la mitad en los años de pandemia de 1349 y 1350, pero repuntaron bruscamente a partir de entonces a pesar del frío, aunque todavía muy por debajo de los niveles anteriores a la peste. Tal patrón parece relacionarse mucho mejor con la interrupción temporal de la peste negra —que dejó numerosos campos sin cosechar y otros segados a toda prisa— que con una ola de frío de quince años. Campbell expone que los rendimientos de la avena cayeron sustancialmente más que los del trigo y sabemos que la avena es menos vulnerable al frío que el trigo. Los agricultores supervivientes hubieron de centrarse en sus cereales preferidos: el trigo para el pan y la cebada para la cerveza.[11] Por otro lado, los argumentos de Campbell en torno a la caída de los rendimientos ingleses por acre y por semilla son sólidos y encuentran apoyo en otros autores.[12] También es cierto que el número de hectáreas dedicadas al cultivo de cereales se redujo de forma drástica, aunque no se puede sacar de ello una conclusión pesimista.

 

Existen numerosas pruebas de la reducción de la superficie cultivada de cereales y de la disminución del rendimiento por acre y por semilla en otras partes de Europa después de 1348.[13] Esto es exactamente lo que cabría esperar de una situación en la que la fuerza laboral se había vuelto escasa de repente. Antes de la peste negra, buena parte del trabajo agrícola lo realizaba mano de obra no remunerada en los señoríos, que correspondían a menudo a las mejores tierras. Se trataba de siervos que

 

 

 

 

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trabajaban en ese dominio o reserva señorial dos o tres días a la semana a modo de pago por explotar las pequeñas propiedades que se les cedían. El declive de aquella servidumbre había empezado antes de la peste, pero aumentó con rapidez tras la pandemia. Debido a ello, muchos señores se vieron obligados a pagar salarios más elevados a la mano de obra del señorío, o a vender o arrendar gran parte de las tierras a campesinos más

 

ricos —yeomen—, que también empleaban mano de obra asalariada, en especial durante el tiempo de la cosecha. En este contexto de mano de obra escasa y costosa —ya fueran hombres libres o siervos—, los habituales insumos de mano de obra agrícola existentes con anterioridad a la peste se vieron reducidos de manera drástica: arar una y otra vez, escardar, acarrear estiércol y sembrar y segar como era debido.[14] Todo ello condujo a una reducción de los rendimientos por acre y por semilla. Con todo, algunos otros cambios posteriores a la peste limitaron la caída de los rendimientos: el abandono de las parcelas marginales en favor de otras más fértiles debió de mejorar la fertilidad media del suelo. Y aunque la superficie cultivada de cereal disminuyó de manera considerable, lo hizo algo menos que las bocas que alimentaba. Una buena estimación reciente para el caso de Inglaterra es que «la reducción a la mitad de la población entre 1348 y 1450, aproximadamente» estuvo acompañada por «solo un tercio de reducción de la superficie cultivable».[15] También el ganado pasó a ser relativamente más abundante y los animales proporcionaban estiércol sin trabajo humano alguno cuando pastaban en los campos en barbecho o en los rastrojos que quedaban después de la cosecha.

 

Asimismo, aparecieron formas novedosas de potenciar o reforzar el trabajo humano y hasta de sustituirlo. Los animales de trabajo —mulas, bueyes y caballos— se hicieron más baratos de comprar y mantener. Los bueyes, más lentos, se vieron cada vez más desplazados por los caballos[16] y se emplearon menos campesinos al arar la tierra. «La primera ilustración del arado individual, que podía manejarlo un solo hombre sin necesidad de que otro condujera el equipo, aparece en un libro de horas flamenco hacia 1430».[17] Tras la peste, los agricultores de toda Europa empezaron a utilizar más hierro, hasta entonces caro y escaso. Durante el siglo XIII, los hogares campesinos típicos contaban con muy pocos kilos de hierro y otros metales. Sin embargo, «a finales del siglo XIV, los descendientes de una misma familia poseían entre 20 y 100 kilos de

 

 

 

 

 

 

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metal».[18] Esto se debió no solo a un aumento de los utensilios de hierro por persona tras la peste, sino también a una mayor producción de ese metal (vid.Capítulo 5). De esta forma, el hierro sustituyó a la madera en la cabeza de las palas y los dientes de las gradas. El desgaste hizo que las rejas de arado fueran enormes consumidoras de hierro en las granjas, de

 

ahí la necesidad bíblica de convertir espadas en arados —recordemos el pasaje bíblico del libro de Isaías: «Convertirán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces»—[*] y se hicieron más grandes y más numerosos.[19] También se produjo un cambio no completo pero sí significativo de la hoz a la guadaña, que utilizaba más hierro, para la siega del cereal, al menos en Inglaterra, Alemania y Escandinavia y es probable que otros lugares.[20] La hoz desperdiciaba menor cantidad de mies, pero era más lenta que la guadaña, por lo que el uso de esta última requería menos mano de obra.

 

En ocho ocasiones, los registros, tanto de los dominios señoriales como de los diezmos, explican que una cosecha fue inferior a lo normal “porque se segó”, es decir, porque se cortó la mies con guadañas en lugar de con las hoces tradicionales, y sugiere que tanto el señor como los campesinos optaron por este método de cosecha que ahorraba trabajo, aunque corrían el riesgo de que el barrido de la pesada hoja de la guadaña hiciera saltar los granos sueltos de las espigas maduras.[21]

 

Tras la peste, se produjo otro aumento en principio contrario a la lógica: el tamaño de los nuevos graneros. La cosecha era el gran cuello de botella de la mano de obra y el cereal no solo había que segarlo, sino también trillarlo después, algo que, por lo general, se hacía al aire libre. La trilla representaba hasta una cuarta parte de las labores de la cosecha y los graneros de mayor tamaño permitían acometer esta tarea con calma, bajo techo, después de la siega y a salvo de las inclemencias del tiempo.[22] En Holanda aparecieron graneros para heno con techos ajustables, lo que eliminaba la necesidad de meter el heno para secarlo cuando llovía y luego volver a sacarlo.[23] Estas medidas no siempre tenidas en cuenta optimizaron el uso del trabajo mediante la inversión en capital. En contraste con Campbell, otros estudios hallan un aumento sustancial en la productividad laboral rural en toda Europa.[24]

 

 

 

 

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El aumento de la productividad por trabajador en el cultivo de cereales se combinó con una ventaja adicional proporcionada por la peste en los medios de transporte y almacenamiento. La elevada mortalidad debida a la epidemia incrementó la disponibilidad per cápita de carros, carretas, caballos, bueyes, mulas, barcos, navíos, graneros y silos, que, además, habrían perdido algo menos de grano a manos de las ratas, más vulnerables ellas a los brotes de la peste que las personas. La persistencia de este aumento, incluso tras la decadencia de vehículos y embarcaciones en 1350, se documenta en elCapítulo 5 en el caso de los barcos. Todo ello permitió una reestructuración absoluta de la economía en Europa occidental. Hubo circuitos comerciales que inicialmente se contrajeron. Menos florentinos necesitaban menos trigo siciliano y apuliano y tampoco precisaron poner en marcha de nuevo las grandes compañías de suministro de grano que habían desplomado justo antes de la peste negra.[25] La red de suministro cerealístico a las ciudades de Flandes quedó también reducido durante un tiempo, hasta el punto de retirarse del este al oeste del río Elba.[26] Sin embargo, tras la fuerte caída inicial, las exportaciones de grano de Sicilia se dispararon a partir de la década de 1380.[27] El comercio de grano a larga distancia en el norte de Europa no alcanzó una escala similar hasta finales del siglo XV, pero las exportaciones de madera del Báltico crecieron enormemente a partir de 1350 (vid.Capítulo 12). A medio plazo, la reorganización provocada por la peste incrementó la circulación comercial e incluso la integración de algunas localidades exportadoras e importadoras, lo que, a su vez, propició un aumento de la especialización regional. Las regiones cerealistas fértiles que estaban mejor situadas de cara a la exportación aumentaron su producción per cápita; las regiones menos favorecidas, o con alternativas más rentables, la disminuyeron y se volcaron en otras actividades. Lo más extendido fue el paso de la agricultura a la ganadería, del cereal al corral, pero también se produjo un cambio hacia cultivos de mayor valor, como el lúpulo para la cerveza y el lino para la fabricación de telas en el norte, más olivos, viñedos, frutas, algodón y seda en el sur y plantas tintóreas como el glasto tanto en el norte como en el sur.

 

La especialización tuvo lugar a escala local, regional y nacional. En Suffolk, algunos señoríos especialmente fértiles se concentraron en la cebada, cuya producción per cápita se disparó después de 1350 en todo el norte de Europa para satisfacer la creciente demanda de cerveza de buena

 

 

 

 

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calidad. Aumentó la importancia del ganado ovino y bovino, las conejeras, la producción de paños y la pesca, cuyos trabajadores eran abastecidos por los señoríos cerealistas vecinos, cuyas superficies cultivables solo disminuyeron en un 10-15 por ciento con respecto a los niveles anteriores a la peste.[28] Este modelo de especialización subregional se repitió en Baviera[29] y, de forma más acusada, en algunos cantones de Suiza. Aquí, las montañas se centraron en el ganado vacuno y caprino, los productos lácteos y el heno de verano, mientras que los valles suministraban grano, verduras y refugio de invierno para el ganado. En la trashumancia local, las comunidades habían tenido durante mucho tiempo sus propias tierras altas, utilizadas solo en verano, y tierras bajas. Entonces, las comunidades separadas de las tierras altas abandonaron el cereal, se asociaron con las tierras bajas cultivables y se especializaron en el pastoreo: “el ganado es realmente todo lo que hay”.[30] En las vecinas tierras altas alemanas el proceso “llegó hasta el abandono total del cultivo de cereales”.[31] En líneas generales, sin embargo, la especialización no llegó al 100 por cien de monocultivo, puesto que las localidades rurales seguían produciendo la mayor parte de sus propios alimentos. Sin embargo, después de 1350, empezaron a depender cada vez más unas de otras, bien como mercados para sus excedentes de grano, bien como importaciones para cubrir su déficit de cereal, y no solo después de una mala cosecha, sino año tras año, integrándose así en sistemas interdependientes. “El cambio a la agricultura pastoril durante el siglo XIV se ha documentado en toda Europa”.[32] El ganado mejor alimentado aumentó tanto en tamaño como en número.[33] Desde Inglaterra hasta Portugal, “a finales del siglo XIV se produjo un aumento estadísticamente significativo en el tamaño del ganado doméstico”.[34] “En muchas partes de Europa hay ahora pruebas zooarqueológicas sustanciales de la mejora del ganado e incluso de las aves de corral”.[35]

 

El comercio internacional de ganado para carne inició su expansión coincidiendo con los albores de la epidemia. Con anterioridad, solo los caballos se vendían a larga distancia. El pastoreo de largo recorrido fue modesto al principio, aunque se produjo con la suficiente frecuencia como para introducir carne fresca en la dieta incluso de los habitantes pobres de las ciudades. Así, el ganado escocés se introdujo por primera vez en Inglaterra en 1359.[36] Suiza suministraba animales a las ciudades del

 

 

 

 

 

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noroeste de Italia, Hungría a las ciudades del sur de Alemania y, más tarde, Dinamarca al norte de Alemania y a los Países Bajos.[37] Dentro de los países, la especialización regional fue en aumento. En Inglaterra, la superficie cultivable de Anglia Oriental se redujo solo un 25 por ciento, lo que implicaba un fuerte aumento per cápita acusado en especial en Norfolk, mientras que en el norte de Inglaterra, menos fértil, la superficie cultivable quedó reducida más de la mitad, con el resultado de una disminución per cápita.[38] La tierra liberada se destinó a usos menos intensivos en mano de obra, principalmente pastos para ovejas. Escandinavia vivió un proceso similar. En Suecia, que se vio afectada de gravedad por la peste en 1350, rápidamente “surgió una división regional del trabajo”. El cultivo de cereales se retiró de las tierras menos fértiles y fue sustituido en parte por el pastoreo y en parte por dos tipos de producción de hierro. El pastoreo criaba ganado destinado a un pujante comercio interregional de animales de trabajo y de carne, o bien generaba mantequilla salada para la exportación. Parte del hierro se producía mediante el trabajo estacional de los campesinos en pequeños hornos de forja tradicionales, lo que dio lugar a “una notable expansión de la producción de hierro de forja a finales del siglo XIV”.[39] “Los campesinos

 

     fabricaban hierro como actividad estacional junto con la agricultura”.

 

[40] Además, se producía más hierro en altos hornos accionados por agua, abundantes desde hacía poco. En la zona de Valencia, generosamente irrigada, la caña de azúcar, las moreras y el arroz se unieron a los cultivos tradicionales destinados a la exportación: la vid y el olivo.[41] Portugal, Malta, la costa andaluza, las islas Baleares, el País Vasco, Noruega y áreas de los Países Bajos también iniciaron o aumentaron las importaciones de grano extranjero, lo que les permitió especializarse crecientemente en otros productos. “Muchas regiones agrícolas occidentales redujeron el monocultivo de cereales y fomentaron así el intercambio en el mercado interregional de productos agrícolas más diversos procedentes de otros especialistas regionales”.[42]

 

Hubo numerosas salvedades locales y temporales a este panorama general que nos presenta una modesta edad de oro económica. Algunos sostienen que, al menos en lo que se refiere a Inglaterra, los precios más altos superaron a los salarios más elevados hasta 1375, aproximadamente. [43] Otras excepciones pueden estar vinculadas a las regiones que se

 

 

 

 

 

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libraron de la plaga y, como ellas, fueron parciales y fugaces. Puede que el sur de Alemania sufriera una mortalidad inusualmente baja en la primera ola, pero su reestructuración económica posterior a la peste siguió la tendencia general, con Baviera “aumentando la especialización agrícola, el crecimiento de la artesanía y la producción artesanal, así como el auge de los mercados locales”.[44] Este fue también el caso de Wurtemberg.[45] Otras regiones alemanas experimentaron un auge económico inequívoco, lo que tiende a sorprender en las obras historiográficas más antiguas que lo ponen de manifiesto. “Así, el auge económico de finales del siglo XIV parece haberse extendido por la mayor parte del norte de Alemania”.[46] “La gran crisis de finales de la Edad Media apenas se dejó sentir en Colonia”.[47]

 

Otra zona que tal vez se librara de la tendencia general de la epidemia es Castilla. Es posible que a esta región no le afectara la segunda ola, la que se produjo hacia 1360,[48] debido a su fuerte dependencia —poco habitual— de las recuas de mulas para el transporte, lo que dificultó su recolonización por parte de las ratas. Carecía de ríos navegables y escaseaban los caminos transitables por los carros para el transporte de cargamentos en los que las ratas pudieran esconderse. La historia económica reciente argumenta en consecuencia que la recuperación económica de esta zona se retrasó hasta la década de 1390, pero luego extiende temerariamente esa conclusión a toda la península ibérica. “En lugar de liberar a la Península de la presión demográfica, la peste negra y subsiguientes crisis de mortalidad condujeron a la desintegración de los mercados de productos y factores (a saber, la mano de obra)”.[49] “Aunque su número de fallecidos fue menor, la peste tuvo un impacto más dañino en España, pues lejos de liberar una presión demográfica inexistente, destruyó el equilibrio entre la escasa población y los abundantes recursos”.[50] Hemos visto que ni siquiera el número de decesos de la primera ola fue suficiente para romper la circulación en la mayor parte de Europa, incluida la poco poblada Escandinavia. Muchas granjas y algunos pueblos fueron abandonados, pero no así las ciudades. Había menos personas, pero más medios de transporte y almacenamiento. Es posible que Castilla no sufriera la segunda ola, pero sí se vio azotada por, al menos, cuatro rebrotes entre 1348 y 1399.[51] Aunque la peste no pudo evitar una crisis de escasez en las regiones poco pobladas —una

 

 

 

 

 

 

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crisis que en realidad no existía—, sí tuvo un efecto positivo para los supervivientes, lo que les permitió mejorar su situación social y económica. Incluso las zonas donde había tierra utilizable a disposición de todos los agricultores, esta tenía una jerarquía de ubicaciones determinada por la proximidad a las vías fluviales, los caminos y los mercados; el acceso a los humedales, bosques y pastos comunes; y la seguridad frente a las incursiones e inundaciones. Incluso en Rusia, el país europeo más escasamente poblado de todos, “ni los campesinos ni sus señores podían sobrevivir sin algún contacto con el mercado, por limitado que fuera”.[52] Por tanto, la peste favoreció que los supervivientes pudieran ascender en la jerarquía.

 

Además, la primera época de la peste coincidió, precisamente, con el tiempo en que se desarrolló en el ámbito internacional el comercio de la mesta,[**] con sus ovejas merinas de lana fina. La mesta suponía un pastoreo trashumante a larga distancia por el que los animales pasaban el invierno en los valles y el verano en las lejanas montañas. En la asociación de ganaderos de la mesta, los privilegios reales que disfrutaban los propietarios de rebaños se remontaban al siglo XIII, pero la plena puesta en marcha del sistema, y posiblemente la primera aparición de las ovejas merinas, fueron “hijas de la peste”.[53] En Castilla, el número de ovejas aumentó de 1,5 millones antes de la epidemia a 2,7 millones en 1467, con un incremento mucho mayor si lo calculamos por persona que habitara la zona. El núcleo de aquel sistema era Burgos, que enviaba lana a Flandes a través de los puertos del norte de España, para lo cual llegaba a utilizar hasta 120 veleros al año. En Burgos, las rentas aumentaron de forma constante a partir de 1370. “Los siglos XIV y XV conocieron el apogeo de Burgos en el comercio internacional”.[54] Los estudios más recientes sugieren que también los intercambios comerciales de Portugal fueron pujantes (vid.Capítulo 10) y también existen pruebas de prosperidad tras la peste en Andalucía y de tiempos de bonanza en la región de Valencia.

 

     De cualquier forma, hasta los pesimistas ibéricos admiten un repunte económico desde el año 1390, aproximadamente. Tal vez sea Cataluña —que no Castilla— la excepción ibérica. Aquí, el músculo imperial de los expansionistas reyes aragoneses, sumado a las luchas civiles y la inusual persistencia de las hambrunas, parecen haber obstaculizado esa edad de oro que siguió a la peste.[56]

 

 

 

 

 

 

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Los contraargumentos pesimistas más generales tienen que ver con el clima, la urbanización y la circulación del oro y la plata. Campbell describe la mayor parte de la primera época de la peste como un periodo de clima adverso, pero otros refutan sus estadísticas[57] y él mismo admite que los años 1366-1405 fueron relativamente favorables.[58] Los descensos de temperatura pueden haber hecho que algunos cultivos cayeran en la marginalidad en algunas zonas, aunque esto se habría compensado con la especialización y el comercio posteriores a la peste. Un clima desfavorable podía provocar malas cosechas en varias temporadas consecutivas y, por tanto, hambrunas generalizadas, como ocurrió en el siglo XVII. Pero, en general, durante los tiempos de la peste temprana hubo muchas menos hambrunas que en los 150 años anteriores.[59]

 

Las tasas de urbanización es un asunto más complicado. En 2009, Paolo Malanima hizo una estimación según la cual la proporción urbana de la población europea entre 1300 y 1400 evidencia una caída del 5,3 al 4,3 por ciento en las ciudades de 10 000 o más habitantes y del 7,6 al 6,7 por ciento en las ciudades de 5000 o más habitantes.[60] “El declive de la

 

población urbana —escribe Malanima— se ha destacado a menudo como la principal prueba de la depresión económica del Renacimiento”.[61] No obstante, esta forma de razonar no está exenta de problemas. En primer lugar, las ciudades solían llevar mejores registros que las zonas rurales y, por tanto, las cifras urbanas se basan en datos más precisos que los referidos al conjunto de la población. Como vimos en el Capítulo 1, la

 

cifra habitual si hablamos de población europea —sumados campo y ciudad— en 1400 es, probablemente, demasiado alta. Si redujéramos la cifra total, aunque fuera un poco, y mantuviéramos la urbana comprobaríamos un aumento de la tasa de urbanización entre 1300 y 1400. Otros estudiosos sí constatan un aumento en algunos países. Se cree que la urbanización alemana aumentó desde el 10 hasta el 13-16 por ciento en el periodo 1348-1430.[62] En segundo lugar, los umbrales para considerar

 

ciudad una población —5000 y 10 000 habitantes— deberían ajustarse al descenso de población. Una localidad que viera descender los habitantes de 10 000 a 5000 aunque dentro de una región cuya población rural también se hubiera reducido a la mitad, conservaría la misma influencia relativa. El propio Malanima señala que, en el norte y centro de Italia, “el número de ciudades con más de 5000 habitantes descendió repentinamente

 

 

 

 

 

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de 96 a 59” tras la peste negra.[63] En cualquier caso, constata que la urbanización aumentó en el siglo siguiente (1400-1500) del 6,7 al 8,6 por ciento para las urbes con más de 5000 habitantes.

 

Por último, Malanima opina que «las epidemias de peste “se cebaron sobre todo con las poblaciones urbanas”.[64] Esto fue a menudo cierto después de 1500, pero no en los primeros tiempos de la peste. En los comienzos, las ciudades no perdían más que el campo, aunque más tarde se fueron repoblando con gentes rurales. “Los emigrantes del campo inundaban las ciudades tras las plagas”.[65] Antes de 1348, las urbes habían restringido la inmigración rural con el fin de proteger los puestos de trabajo de los pobladores. Sin embargo, después la fomentaron al ofrecerles diversos privilegios, entre ellos desgravaciones fiscales y facilidades para obtener la ciudadanía. Pisa daba “privilegios, inmunidades fiscales, franquicias y ciudadanía” a cualquiera que emigrara a Pisa […] Siena extendió la ciudadanía a los extranjeros en un intento por atraer mano de obra extranjera a la ciudad».[66] Numerosas ciudades […] ofrecían inmunidad fiscal, a veces durante una década. Estos esfuerzos dieron como resultado un mercado competitivo de seres humanos».[67] Los gremios reclutaban a sus miembros entre los aprendices rurales y todas las ciudades se esforzaban por atraer a los artesanos.[68] Los salarios urbanos eran más altos que los rurales y la vivienda más cara, aunque menos que antes de que la peste duplicara la oferta de alojamiento. Como resultado de todo ello la población de las ciudades se recuperaba con bastante rapidez después de los brotes, pero a menudo no hasta los niveles anteriores a la peste. Hubo algunas perdedoras relativas, como Barcelona, Ypres y Winchester, pero más ganadoras relativas.[69] Todas las mayores ciudades de Italia disminuyeron bruscamente de tamaño durante el siglo XIV, pero todas excepto Florencia y Pisa en menos de un 50 por ciento.[70] Algunas otras, excepcionalmente afortunadas, crecieron incluso en términos absolutos: Sevilla, Valencia, Lisboa, Lubeca, Hamburgo y Exeter.[71] En 1400 o 1500, la mayoría de las urbes seguían teniendo menos habitantes que en 1300. No obstante, podemos estar razonablemente seguros de que las tasas de urbanización aumentaron durante la primera época de la peste».

 

Puede que aquí tengamos la solución a un enigma que quedó sin resolver en el Capítulo 1: el auge de la construcción urbana a causa de la

 

 

 

 

 

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peste negra en lugares como Praga, París, Londres y otras ciudades. Tras la primera ola, los príncipes y las élites urbanas supervivientes iniciaron proyectos de construcción para apaciguar a Dios, recordar a sus muertos, afirmar su autoridad y proteger sus ciudades con mayor eficacia ante nuevos brotes. Tenían más dinero y los animales de trabajo y los materiales de construcción eran relativamente más abundantes. La mano de obra no lo era, pero la afluencia del campo, máxima tras la primera ola, proporcionaba trabajadores, al igual que la temporada baja agrícola.

 

El último argumento en contra del pesimismo es la noción de una prolongada hambruna de metales que «sumió a Europa en un estado de recesión comercial».[72] Esto no es creíble para las décadas inmediatamente posteriores a la peste negra: no fueron la plata y el oro lo que desaparecieron, sino la gente, y la riqueza per cápita aumentó. Las cecas venecianas se vieron «desbordadas de oro y plata» en 1350 y años posteriores.[73] «De toda Europa, Venecia era el mercado comercial más ávido de crédito y de oro y plata». Sí es cierto que padeció penurias de corta duración —en 1417-1423 por ejemplo—, pero por lo general como resultado de la guerra o el bloqueo.[74] Algunos sugieren una desviación de esos metales preciosos hacia usos decorativos, como la vajilla. Sin embargo, la vajilla de oro o plata se reconvertía fácilmente en moneda, o se utilizaba como garantía para préstamos. Al reconocer implícitamente estas situaciones, los pesimistas restringen actualmente la gran hambruna de metales a 1380-1465[75] y ni siquiera en este caso resultan del todo convincentes. «En el caso de Francia, la evidencia socava gravemente la universalidad de la tesis de la gran hambruna de metales».[76] En cuanto a Inglaterra, un detallado estudio de 2012 concluye que «no se trataba en general de una sociedad frenada por una oferta monetaria inadecuada».[77]

 

Sí hubo escasez periódica y regional de plata hasta la década de 1460, sobre todo en comparación con la posterior bonanza de ese metal. Las monedas de plata per cápita disminuyeron en Inglaterra, pero el conjunto de monedas, oro incluido, aumentaron.[78] También se incrementó en toda Europa la disponibilidad de crédito y de instrumentos de crédito. Aunque el crédito no podía sustituir a la moneda metálica, sí la complementaba, siquiera de manera modesta. «Los instrumentos escritos transferibles [letras de cambio, pagarés y otros tipos de contratos] fueron una forma adicional de moneda en la Baja Edad Media».[79] En último término, los

 

 

 

 

 

 

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pesimistas argumentan que, dado que la moneda de oro más pequeña equivalía al salario no cualificado de cinco días, la falta de plata habría impedido el comercio local a pequeña escala. No obstante, el pago de cuantiosas sumas en oro habría liberado la plata para las pequeñas transacciones. La tradicional provisión indirecta de oro desde África occidental se mantuvo, excepto por una interrupción alrededor de 1400 que se analiza en el capítulo siguiente.[80] Ni la tendencia en toda Europa a pagar jornales e impuestos en efectivo en lugar de bienes o trabajo, ni el fuerte descenso de los tipos de interés, ni el aumento de los salarios nominales y reales en efectivo, todos ellos generalmente reconocidos, encajan en absoluto con la noción de una hambruna de metales.[81] La demanda europea de metal precioso no hizo sino crecer y sí hubo algunas tensiones de liquidez en las primeras etapas de la epidemia, aunque ello se

 

debía en gran parte a que una cantidad significativa[82] —equivalente a 16,5 toneladas netas de plata al año, según una estimación— fluía hacia el este para adquirir bienes de lujo. Por tanto, parece que los pesimistas podrían hablar de una hambruna de metales o una depresión tardomedieval, pero no de ambas cosas. En la práctica, cuando ponemos en la balanza pruebas en uno u otro sentido, se diría que no tuvieron ni lo uno ni lo otro.

 

 

 

¿UNA EDAD DE ORO PARA QUIÉN?

 

El aumento del comercio dentro de Europa tuvo su lado oscuro. No solo ayudó a que las ratas —y, por tanto, la peste— regresaran una y otra vez: como si esto no fuera suficiente calamidad, la mayor circulación de mercancías parece haber incrementado igualmente el contagio de otras dolencias. La mortalidad causada por la peste se vio «agravada por sucesivas epidemias de otras enfermedades a finales de los siglos XIV y XV».[83] En el caso de la gripe, se cree que no se convirtió en epidemia en Europa hasta 1387.[84] Las de viruela —en plural— parecen haberse iniciado en la década de 1430.[85] Esta tendencia alcanzó su punto máximo a finales del siglo XV con el sudor inglés que, ahora considerado

 

 

 

 

 

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una variante de gripe, se extendió por el norte de Europa a partir de 1485.

 

El tifus, transmitido a través de los piojos, se propagó desde el Mediterráneo oriental al occidental más o menos por la misma época.[87] Todas estas enfermedades eran menos letales que la peste y, sin embargo, podían viajar más lejos, como descubrieron, para su desgracia, los nativos americanos. A pesar de todo ello, y del aumento de la mortalidad que conllevó, un mayor porcentaje de los europeos supervivientes empezó a participar en la economía de mercado y a experimentar una mayor prosperidad.

 

Dejando aparte a los pesimistas acérrimos, los expertos coinciden ahora en que los salarios reales aumentaron tras la peste negra, al menos a partir de 1375, y que se mantuvieron más altos que antes de la plaga hasta, aproximadamente, 1500. En el caso inglés, «resulta indiscutible el considerable aumento del poder adquisitivo de los salarios entre las décadas de 1370 y 1420». «Se mire como se mire, el alto nivel de los salarios reales en el siglo XV significaba que el trabajo asalariado estuvo mejor recompensado con diferencia que en cualquier otro periodo entre 1200 y 1850».[88] En la actualidad existe «un amplio consenso» en que los salarios ingleses aumentaron a partir de la década de 1360.[89] Esto se puede aplicar a Europa occidental en su conjunto. Los salarios nominales se triplicaron en Florencia, aumentaron un 157 por ciento en Manresa y se quintuplicaron en Marsella, muy por delante del aumento de los precios.

 

     «En Palermo y sus alrededores los salarios nominales de la agricultura y la construcción se multiplicaron por dos o por tres; deflactados por la devaluación monetaria, los salarios reales aumentaron entre un 80 y un 120 por ciento».[91] «En casi toda Europa occidental se produjo un fuerte incremento de los salarios reales […] después de 1350».[92] Por otra parte, el trabajo asalariado era todavía algo irregular y los expertos difieren enormemente en cuanto a la subida real de los jornales, que oscila entre el 30 y el 300 por ciento.[93] Además, los Estados, los señores y las ciudades se implicaron activamente para mantener las pagas bajas por ley, de forma que la gente podía verse obligada a trabajar sin contrapartida, como siervos, o bien a pagar impuestos y diezmos y de esta forma no escapar de la pobreza. El aumento de los ingresos medios per cápita no implicaba por necesidad un aumento de la mediana en cuanto al nivel de remuneraciones, es decir, el nivel en torno al cual se agrupa la mayoría de la gente. Nueve

 

 

 

 

 

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rentas de 10 libras más una de 910 libras podían dar como resultado una media de 100 libras per cápita. Por último, la mayoría de la gente era campesina, no trabajadores asalariados a tiempo completo. Así pues, unos salarios reales más altos no demuestran por sí mismos una edad de oro para la mayoría popular.

 

Al igual que los trabajadores asalariados, es probable que la mayor parte de los campesinos recibiera más ingresos, ya fuera en dinero líquido o especie, pero ¿quién controlaba esos ingresos? Los terratenientes hicieron todo lo posible por apropiarse de los aumentos de productividad de los labradores, ya fuera por la fuerza o mediante leyes, y puede que por un tiempo consiguieran cierto éxito. Sin embargo, en el caso del sur de Inglaterra, «ahora hay pruebas concluyentes de que [la mejora de la tenencia de la tierra por parte de los campesinos] cobró su impulso inicial y decisivo en las décadas de 1350 y 1360, cuando, tras la peste negra, algunos terratenientes, en su desesperación por atraer arrendatarios, ofrecieron concesiones inmediatas en forma de tenencias».[94] En toda Inglaterra «el cambio radical de las condiciones económicas tras la peste negra hizo que la balanza de poder se inclinara cada vez más en favor de los arrendatarios en detrimento de los propietarios, lo que ejerció una presión a la baja sobre los alquileres, alargó los plazos y llevó a los propietarios a asumir la responsabilidad del mantenimiento del capital».

 

     Lo mismo ocurrió en la mayor parte del resto de Europa occidental y así, en Francia, Flandes, Italia, Escandinavia, España y Alemania se han documentado diversas formas de mejora de la tenencia de la tierra.[96] En Toscana, los mercaderes florentinos compraron buena parte de las mejores tierras y las arrendaron a aparceros, ya fueran locales o inmigrantes de regiones vecinas. Un estudio acerca de esta región llega a la conclusión de que la aparcería era una mala opción para los campesinos, porque la mitad de la cosecha iba a parar al propietario, y este era el supuesto habitual.[97] Pero otro trabajo señala que las tierras aparceras eran más del doble de rentables, porque solían ser más fértiles y estar más cerca de los mercados, y también debido a que el propietario proporcionaba animales, semillas, herramientas y otros bienes de capital, además de pagar los impuestos. «La aparcería en Toscana entre 1350 y 1500 no era una forma dura de tenencia de la tierra».[98] Si hablamos de la aparcería italiana en su conjunto, «la mitad del siglo XIV constituye una ruptura estructural. A partir de entonces,

 

 

 

 

 

 

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los terratenientes tuvieron que dedicar cada vez más insumos complementarios a sus explotaciones y renunciar a las ganancias acumuladas desde 1200».[99] En Francia y Baviera las cifras relativas al régimen de aparcería muestran una caída de la participación de los terratenientes desde la mitad hasta un tercio o un cuarto.[100]

 

Los estudios realizados en relación con Inglaterra, Francia y la Corona de Aragón han puesto de manifiesto que, si bien una minoría de las explotaciones campesinas se hizo con tierras sustancialmente mayores, la mayoría no creció más que antes a pesar del abaratamiento de la tierra y de los arrendamientos. Aunque esta minoría era considerable, de hasta el 25 por ciento, y fueron esos campesinos los que se convirtieron en yeomen ingleses y sus equivalentes continentales: coqs de village en Francia y prohoms en Aragón, por ejemplo.[101] Sin embargo, en las regiones donde había trabajo asalariado, mantener una explotación de tamaño reducido tenía sentido. Si tenías que trabajar tu propia tierra durante las épocas de mayor faena, sobre todo la cosecha, no podías hacerlo en otras por un salario más alto. Una pequeña propiedad ofrecía seguridad, huerto y una base para criar más ganado, que podías apacentar en tu mayor porcentaje de tierras comunales. La mejora de las condiciones no se limitaba al cultivo de cereales. En las regiones vitivinícolas de Alemania, «con la disminución de la población estaba claro quién tenía la sartén por el mango: si los terratenientes deseaban que sus viñedos fueran trabajados, tenían que ofrecer condiciones más atractivas al reducido grupo de campesinos que sobrevivió».[102] Otra alternativa que mejoró la mano de obra para los propietarios de viñedos fue el cambio, por fortuna temporal, de las uvas pinot noir a las más productivas gamay en Borgoña a finales del siglo XIV. «Dada la reducción de la mano de obra tras la plaga de 1348, tenía sentido pasarse a vides de mayor rendimiento, aunque tuvieran menor calidad».[103] Si los campesinos no podían mejorar su suerte allí donde vivían, se mudaban. Emigraban a ciudades cercanas o a distritos rurales que ofrecieran mejores salarios o tenencias. En Inglaterra, «en la mayoría de las casas solariegas, hacia 1500, solo un puñado de arrendatarios descendía de familias presentes en 1400».[104] Si nos referimos a Europa entera, «el periodo 1350-1450 fue de una movilidad excepcional, no solo entre los asalariados que demandaban empleo, sino también entre los arrendatarios que buscaban mejores condiciones».[105]

 

 

 

 

 

 

 

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Esta gran movilidad está relacionada con un florecimiento de apellidos con el objetivo de diferenciar a los locales de los inmigrantes en el caso de que unos y otros compartieran un mismo nombre de pila —por ejemplo, John of York, un apellido anteriormente inútil si eras de York—; o bien

 

patronímicos, para hacer esa misma distinción —John Johnson—; u

 

ocupacionales —John Smith, «John el Herrero»—.[106] La mayoría de aquellas mudanzas tuvo lugar dentro del mismo distrito, si bien algunas fueron de mayor alcance.

 

Superada la epidemia, los principales refuerzos del trabajo asalariado vinieron del lado de las mujeres y aquí, cuando se debaten cuestiones de género, se acalora la discusión entre optimistas y pesimistas. Algunos del primer grupo dudan incluso de que la edad de oro de campesinos y obreros pudiera extenderse a las mujeres. Sin embargo, es de suponer que estas compartirían el aumento de los ingresos experimentado por maridos y padres, y parece claro que la proporción de trabajadoras asalariadas se incrementó de forma sustancial después de la peste negra. Antes de ella, las campesinas no se dedicaban a las labores domésticas. Aparte de las tareas del hogar, una categoría muy amplia por aquel entonces,

 

participaban de pleno en todas las faenas agrícolas —excepto en las más pesadas—, hilaban lana y lino para hacer telas, confeccionaban ropa y, a menudo, también molían a mano el grano. Después de 1350, el pueblo llano ya compraba mucha más ropa y molía la mayor parte del grano en molinos de agua que, como se ve en el Capítulo 5, llegaron a ser mucho más numerosos per cápita. Esto liberó a las mujeres para el trabajo asalariado y no solo en los cultivos herbáceos.[107] Tanto la agricultura de pastoreo como la gama de cultivos destinados a la venta aumentaron después de 1350, al igual que la demanda de destajistas en las industrias textiles, actividades todas ellas en las cuales las mujeres eran al menos tan útiles como los hombres. La mayoría de las pruebas indican que los salarios reales femeninos aumentaron después de 1350, incluso proporcionalmente a la subida de los salarios de los hombres, quizá del 50 al 70 por ciento.[108] No cabía diferencia entre ambos sexos en los rendimientos de la agricultura familiar: el grano alcanzaba el mismo precio, o ahorraba los mismos costes, tanto si era producido por un hombre como por una mujer. Los pesimistas del género también deberían echarle un vistazo a las nuevas pruebas acerca del tamaño de los esqueletos en Suecia, que muestran un aumento de la estatura de las mujeres de 2,5

 

 

 

 

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centímetros en el siglo posterior a la peste negra, en comparación con un aumento de 1 centímetro en la de los hombres.[109]

 

Sin embargo, también hubo tendencias opuestas. La diferencia en el aumento de altura entre hombres y mujeres es probable que se deba a un proceso de recuperación: las mujeres suecas estaban aún más desnutridas que los hombres antes de la peste y tras esta recuperaron terreno. Las mejoras salariales de las sirvientas inglesas empleadas anualmente fueron «discretas», probablemente porque estaban menos protegidas por la costumbre y la comunidad de la explotación del empleador, frente a las jornaleras.[110] La brecha salarial entre hombres y mujeres siguió siendo sustancial incluso si las mujeres realizaban el mismo trabajo y, en la mayoría de las regiones, los oficios mayoritariamente femeninos los dirigían hombres, o al menos las partes más rentables. Las mujeres —y los niños— representaban el 90 por ciento de la masa trabajadora a destajo en la creciente industria de la seda florentina y, sin embargo, los hombres se quedaban con el 10 por ciento más rentable y con la propiedad.[111] Durante la época de la peste, el auge de la elaboración comercial de cerveza en Inglaterra y de la destilación de brandy en Alemania empezó con las mujeres, pero los hombres se hicieron con el control a medida que esas actividades se volvían más rentables.[112] Esta parece ser una dinámica recurrente en la historia de los sexos: son las mujeres quienes responden a un cambio repentino en las circunstancias, ya sea una gran plaga o una migración relevante a tierras extranjeras que necesitan mano de obra, y, de esta manera, aumentan su protagonismo económico. Entonces, los hombres frenan las ganancias de las mujeres. Al menos esto demuestra que la hegemonía masculina no era indiscutible. Además, veremos en el Capítulo 6 que hubo un tipo de localidad donde la peste sí ayudó a las mujeres supervivientes a mejorar su suerte a largo plazo.

 

Las élites no aceptaron de brazos cruzados el aumento de las pagas y la fuga de siervos. Las autoridades promulgaron un sinfín de leyes que prohibían los aumentos salariales y el abandono de los arrendamientos.

 

     «En todas partes, magnates, alcaldes y monarcas lucharon por mantener el statu quo».[114] No obstante, como sugiere el hecho de que se promulgaran una y otra vez, las leyes eran ignoradas o sorteadas, o las multas simplemente se pagaban como rutina. La aplicación de las leyes se endureció e incluso los príncipes intentaron aumentar su propia parte dentro de la nueva prosperidad con la imposición de impuestos más altos.

 

 

 

 

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Por su parte, los campesinos y los trabajadores urbanos respondieron con violencia. En toda Europa se produjeron 621 revueltas populares entre

 

1354 y 1425, cifra que triplicaba la media anterior a la peste —desde de dos o tres anuales a ocho—.[115] Aunque parecen ser principalmente intentos de defender los logros posteriores a la peste contra la reacción de las élites. Los historiadores de Francia e Inglaterra señalan que sus grandes revueltas, en 1358 y 1381, estuvieron lideradas por el campesinado más próspero.[116] Hay un famoso pareado asociado a esta última revuelta que dice: «Cuando Adán araba y Eva hilaba, ¿quién era entonces el amo?».

 

     Por toda Europa circularon distintas versiones.[117] Los campesinos perdieron la mayoría de las batallas, pero hasta 1500, aproximadamente, parecían haber ganado la guerra. Tras el aplastamiento de la rebelión inglesa de 1381, «se abandonaron en gran medida los intentos de mantener los niveles salariales anteriores a la peste y de hacer cumplir los servicios laborales y los señores se pasaron a la ganadería como alternativa menos intensiva en mano de obra».[118] «La clase influyente siempre había temido una revolución social y en 1381 se asomó al abismo y tomó precauciones».[119] En toda Europa occidental no fue solo la amenaza de revuelta lo que paralizó las reacciones de las élites, sino la competencia por la escasa mano de obra entre esas mismas clases acomodadas, lo que les llevó a ignorar o a eludir sus propias leyes laborales. En toda Europa occidental no era solo la amenaza de revuelta lo que paralizaba las reacciones de las élites, sino la competencia por la escasa mano de obra entre ellas, lo que les llevaba a ignorar o a eludir sus propias leyes laborales. Fue esto lo que hizo que la movilidad campesina resultara tan difícil de detener para los señores, con otros señores fomentándola e instigándola.

 

 

 

¿CONSUMO MASIVO?

 

 

Tal vez podamos contrastar el argumento de que la peste provocó una mejora generalizada del nivel de vida si analizamos el consumo. Sin ninguna duda, las élites tuvieron la percepción de que el pueblo llano se estaba apropiando del mercado del lujo. La compra de artículos no esenciales por parte de la clase baja resultaba un fenómeno nuevo que

 

 

 

 

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indignaba a sus superiores. «Todos los plebeyos llevan el cinturón adornado con plata. Esto resulta bien notorio en público y es muy malo».

 

     «Había menos gente, pero era mayor la codicia».[121] La vieja élite se sentía obligada a responder a la competencia plebeya, a mantener las distancias en apariencia y estilo de vida. «Después de la peste negra, el consumo de carne, que ya era considerable, cayó en un exceso desorbitado».[122] Se produjo un incremento repentino en el número y la variedad de aves demandadas por las clases poderosas, evidente en los basureros señoriales tanto en Inglaterra como en Francia. Capones, patos y gansos no bastaban ya para distinguir la mesa noble de la plebeya; ahora se requerían cisnes, garzas, pavos reales y similares.[123]

 

Pero la nueva dinámica competitiva era quizá más evidente en el vestido, «la base misma del comercio del lujo».[124] Una alternativa a la competencia con la plebe en el vestir fue prohibir por ley a ese pueblo llano el uso de indumentarias lujosas y muchas autoridades lo intentaron. Los historiadores han observado un enorme aumento de las leyes suntuarias a partir de 1350, aunque, al igual que ocurre con las restricciones laborales, la frecuencia de su reaparición sugiere un escaso efecto. Durante la década de 1390, un cronista inglés se quejaba de que «el orgullo de las clases bajas ha florecido y crecido tanto en estos días, con sus finas vestimentas y espléndida ostentación —en la variedad de modas— que apenas se puede distinguir a una persona de otra».[125] Presa de la desesperación, el Senado veneciano ordenó en 1511: «todas las nuevas modas están prohibidas».[126] A pesar de las leyes relativas al lujo, «durante los siglos XIV y XV, el creciente énfasis en el consumo ostentoso condujo a una rotación más rápida de los atuendos entre las clases altas y hubo una creciente preocupación por el corte y la forma de la ropa».[127] Las antiguas túnicas sueltas pasaron de moda; en su lugar, se impusieron líneas más ceñidas, con formas más evidentes, más diferenciadas por género y con mayor variedad. Es interesante preguntarse si esto pudo marcar el nacimiento de la moda, apreciada justamente por su capacidad permanente de cambio.[128] Una excelente tesis doctoral sitúa los orígenes europeos de la moda en el siglo XIV, pero se muestra

 

extrañamente reacia a asociarla con la peste.[129] Señala el cambio en las décadas de 1320, 1330 y 1340, no obstante, las pruebas citadas sugieren que la mutación más importante tuvo lugar en la década de 1350, un buen

 

 

 

 

 

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ejemplo de la incomodidad de los historiadores con la peste negra como determinante histórico. Con independencia de si esto marcó el nacimiento de la moda o no, parece evidente que durante el tiempo de la peste, las élites sentían la necesidad de superar cada estilo reciente adoptado por los nuevos ricos. Así, las damas aristocráticas de los Países Bajos empezaron a llevar caros velos con volantes en la década de 1350. Las esposas de los burgueses ricos los adoptaron en los años ochenta del siglo XIV, seguidas de la burguesía femenina en general a partir de la década de 1460. En ese momento, las mujeres de la nobleza se deshicieron de los velos.[130]

 

Una cosa es la ampliación de la clase privilegiada que puede permitirse comprar objetos de lujo y otra el aumento del consumo entre la mayoría. Los optimistas superan con creces a los pesimistas en los últimos trabajos en torno a esta cuestión.

 

El aumento del consumo de carne, queso, mantequilla, cerveza y, en los países mediterráneos, de vino, aceite de oliva, frutas y verduras está bien documentado; los inventarios testamentarios, las dotes y las excavaciones arqueológicas muestran un marcado incremento en el uso de telas baratas, vajilla, utensilios de madera y similares. La descripción de la Baja Edad Media como la edad de oro del campesino y del trabajador es, en general, correcta.[131]

 

Fue en esta época cuando los semilujos —o comodidades, tal y como entonces se conocían— empezaron a abastecer a un mercado de masas. A lo largo del siglo XIV floreció un mercado de artículos suntuarios de gama baja.[132] Estaban las hebillas, insignias y bisutería, dorada para imitar la plata o fabricada con aleaciones de plata o estaño y, sobre todo, calidades más baratas de telas producidas comercialmente.

 

No es ninguna sorpresa encontrar este mercado del oropel en las ciudades del norte de Italia y Flandes que ya venían siendo prósperas. Pero el auge se extendió a otras más modestas y a las zonas rurales, a economías de nivel medio y a lo que hasta entonces habían sido zonas marginales y empobrecidas de Europa. Los registros fiscales de la región de Toscana muestran «la creciente prosperidad de amplias zonas rurales durante el siglo XV».[133] En un pueblo pesquero flamenco, los hallazgos arqueológicos de principios del siglo XV muestran «clavo y pimienta, frutas exóticas como granadas, peines de marfil, candelabros de bronce

 

 

 

 

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fundido y cerámica de lujo; la cerámica española de reflejo metálico se encuentra en pequeñas cantidades por todo el asentamiento y no —como cabría esperar— restringida a unos pocos hogares privilegiados».[134] En Inglaterra se produjo un «aumento bien documentado del nivel de vida en la sociedad rural, así como en las ciudades, entre 1349 y mediados del siglo XV, tanto entre los asalariados como entre los agricultores arrendatarios».[135] En 1462, el 44,4 por ciento de los hogares de la pequeña ciudad holandesa de Edam guardaba dinero en efectivo. Una centuria más tarde, la proporción se había reducido al 12,7 por ciento.[136] Hasta en Escandinavia, región de clima gélido y escasamente abundante

 

tanto de seres humanos —incluso antes de la peste— como de tierras

 

fértiles —incluso después de ella—, numerosos campesinos compartieron esa edad de oro, también aquellos que vivían en áreas donde no se cultivaban cereales.[137] En 1432, un barco veneciano siniestrado navegó a la deriva hasta las islas Lofoten, en el extremo septentrional de Noruega, y la tripulación permaneció allí varios meses pasando frío. Pero, hete aquí que se encontraron con lugareños que exportaban bacalao seco y les iba muy bien, vestían lanas de Londres y comían cereal importado.[138] Si hablamos de la economía islandesa durante el mismo periodo, «parece ahora más compleja y diversa de lo que se pensaba».[139] «Los productos europeos pasaron a estar disponibles para un grupo mucho mayor que antes […] incluido un tejido multicolor fabricado específicamente para el mercado islandés».[140] Las pruebas relacionadas con los campesinos daneses «indican claramente un fuerte incremento en el consumo de telas durante la Baja Edad Media».[141]

 

Las lanas, los linos y los algodones podían ser lujos o comodidades según el nivel de calidad que presentaran. Por lo general, se asocia la producción europea de algodón con el siglo XVIII, sin embargo, existió mucho antes una industria relacionada: la producción de fustán, que combinaba algodón importado con fibras de lino locales y resultaba más barato que el algodón puro. Los historiadores consideran la introducción del tejido de fustán como un «proceso fundamental de innovación en la segunda mitad del siglo XIV».[142] Antes de 1350 ya se fabricaban algunos de estos tejidos en Italia, pero la industria despegó después y experimentó un auge primero en el norte de Italia y luego en Alemania, con 60 ciudades dedicadas en 1500 a este negocio.[143] Las cantidades de algodón

 

 

 

 

 

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implicadas en el proceso eran modestas. Por ejemplo, la ciudad de Colonia importó 18 toneladas anuales entre 1414 y 1432 y con el lino se obtuvieron unos 5400 rollos o 243 000 metros cuadrados de tela.[144] Augsburgo sí fue un productor mucho mayor de fustán: 12 000 rollos en 1385 y 85 000 en 1410.[145] Estas cifras vienen a significar que las clases sociales más bajas se estaban haciendo con el mercado del fustán.

 

La industria de la lana tuvo más transcendencia que la del algodón. La mayor parte de la producción comercial se mantuvo en el ámbito regional y se centró en telas más bastas, pero las de mejor calidad, como el paño ancho, se consideraban comodidades, si no lujos, y desde hacía mucho tiempo eran un artículo de comercio internacional de importancia. Con anterioridad a la peste los principales exportadores de lana eran Flandes y el norte de Italia. Ambas regiones tuvieron problemas a finales del siglo XIV debido a los conflictos bélicos, la interrupción del suministro de lana cruda y la aparición de la competencia. Sin embargo, en general, sus industrias de paños de lana se mantuvieron —en cifras per cápita— en los primeros tiempos de la peste. El principal proveedor de lana había sido durante mucho tiempo Inglaterra y el destino de la industria lanera inglesa es otro campo de batalla entre pesimistas y optimistas.[146] Sin duda, la exportación de lana cruda inglesa disminuyó mucho en los albores de la epidemia, aunque esto se debió al aumento de la demanda interna y al incremento de las exportaciones de paños de lana manufacturados. Las estimaciones pesimistas de que el número de ovejas se redujo drásticamente y de que los volúmenes de exportación de lana cruda y paño de lana combinados cayeron ligeramente ahora se refutan de manera convincente.[147] Incluso en los números antiguos el valor de las exportaciones de lana, cruda y manufacturada, aumentó de 250 000 a 500 000 libras entre 1350 y 1450, una cuadruplicación per cápita.[148] Las nuevas estimaciones (2014) para el consumo doméstico inglés, mucho más altas que las antiguas, son de 160 000 paños de lana al año para principios del siglo XIV, 120 000 para 1400 —un aumento del 50 por ciento per cápita— y 150 000 para la década de 1440 —un aumento del 100 por cien per cápita—.[149] «La producción de russet de Colchester […] despegó inmediatamente después de 1350 —y estaba— cada vez más atestiguada en los mercados extranjeros».[150] El comercio de exportación de lana inglesa experimentó grandes problemas desde la década de 1430 hasta la

 

 

 

 

 

 

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de 1450, pero en 1500 las exportaciones superaban los 80 000 paños al año y alcanzaron los 150 000 en 1553. El paño de lana era el «ejemplo más destacado de industria de auge medieval tardío» de Inglaterra. En cuanto al lino, se calcula que las importaciones a Inglaterra se multiplicaron por 10 entre 1390 y 1530.[151] El lino y su producción en el continente florecieron, tanto hacia el este como hacia el oeste. Un historiador ha sugerido que, a principios de la época de la peste, se produjo una «difusión masiva de la ropa interior de lino en toda Europa».[152]

 

Por tanto, la mayoría de la gente vestía mejor y otro tanto ocurría con la comida y la bebida. La cerveza elaborada sin lúpulo no aceptaba bien el transporte ni duraba demasiado tiempo y el añadido de lúpulo a la malta de cebada mejoraba su conservación. En el siglo XIII parece haberse perfeccionado en Alemania la cerveza con este ingrediente, si bien cuando el comercio floreció realmente fue después de la peste negra. Las ciudades hanseáticas de Lubeca y Hamburgo fueron las principales exportadoras. En el caso de Lubeca, necesitaba 10 000 toneladas de cebada al año, además de lúpulo y agua, con los cuales producía sus 80 000 toneladas de cerveza destinadas a la exportación. En consecuencia, algunas zonas en la región de Mecklemburgo empezaron a especializarse en el cultivo del lúpulo.

 

     Hamburgo exportaba aún más y, en el año 1376, el 43 por ciento de sus artesanos era cervecero. A pesar de la despoblación provocada por la peste, las exportaciones aumentaron de 8 a 18 millones de litros entre 1348 y 1417. La fabricación se fue extendiendo por ese tiempo a toda Alemania, a los Países Bajos e incluso más allá. La cerveza con lúpulo también llegó a Inglaterra, aunque tardó en reemplazar a la ale. En lugar de eso, la industria local de ale se expandió. La cerveza podía elaborarse con granos de menor calidad, pero la mejor se hacía con malta de cebada, lo que explica por qué la producción de cebada en Inglaterra disminuyó mucho menos que la de otros cereales.[154] «Antes de la peste negra, la elaboración de cerveza para su venta era un negocio apenas rentable que atraía poca inversión». Después de ella, «la fabricación de cerveza se expandió y se hizo menos doméstica y más industrial […] Pasados los estragos de la peste negra en 1348-1349, los cerveceros tenían menos clientes que antes, pero esa menor clientela bebía mucho más».[155] «El consumo de cerveza por persona se duplicó con creces; pasó de 71 a 155 litros al año entre 1300 y 1450».[156]

 

 

 

 

 

 

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También la demanda de vino experimentó un auge en toda Europa, especialmente de los vinos fortificados y dulces, que soportaban bien el transporte.[157] Estos tenían un mercado exclusivo, pero también se incrementó el comercio regional a pequeña escala, junto con la especialización y la proporción de viñedos cultivados. Por ejemplo, en el obispado de Tuy, en Galicia, que destacó en la exportación de caldos, el reparto de la superficie cultivada entre vid y cereal pasó del 60-40 al 75-25 poco después de la peste negra.[158] Se produjo una recuperación incompleta pero «notable en la década de 1360» y muchas otras regiones se unieron ahora a Burdeos en el comercio continental de vino.[159] La vid requería el doble de mano de obra que el cereal, aunque rendía mucho más por hectárea en cuanto al peso de la cosecha y, por descontado, en valor económico.[160]

 

Ya hemos visto que la producción de carne aumentó en todo el Viejo Continente. Ahora bien: ¿la gente corriente se la podía permitir? Al menos en las ciudades, sí y en cantidades nunca antes vistas. Los datos disponibles sugieren que el consumo medio de carne de la población urbana, como poco, se duplicó.[161] Aunque la mayoría de las estadísticas de consumo de carne se refieren a las ciudades, tenemos también algunos datos del campo. Disponemos de pruebas isotópicas —es decir, análisis químicos de los restos óseos— en esqueletos de zonas rurales que indican un aumento en el consumo de carne por parte de los campesinos franceses e ingleses.[162] A partir de 1350, las cazuelas, sartenes y rustidores para preparar la carne aumentan de repente en las pruebas arqueológicas halladas en hogares campesinos ingleses. «Las pruebas inglesas coinciden con el aumento significativo del consumo de carne en toda Europa».[163] En conjunto, la conclusión de R. C. Hoffman parece difícil de rebatir:

 

El elevado consumo de carne por parte de las clases pudientes de la Alta y Baja Edad Media se extendió hacia abajo en la escala social con el aumento de la riqueza per cápita tras la década de 1350. Las pruebas, abundantes y omnipresentes, indican que los niveles per cápita de consumo de carne en el siglo XV y principios del XVI no volvieron a alcanzarse en Europa antes de finales del XIX e incluso el XX.[164]

 

 

 

 

 

 

 

 

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En palabras de uno de los primeros optimistas, Jacob Burckhardt, que publicó su escrito en 1860, la implicación de la peste era que «los pobres, o bien habían muerto o habían dejado de serlo».[165] Sin embargo, este descenso acusado de la pobreza se puede rastrear no solo mediante las pruebas mencionadas anteriormente, sino también por medio de las menores cantidades destinadas a la caridad con el menguado número de pobres,[166] de los indicios arqueológicos que apuntan a mejoras en las viviendas en lugares que van desde Inglaterra, pasando por Baviera y llegando hasta el norte de Castilla;[167] así como por el aumento de la estatura de los esqueletos humanos.[168]

 

No obstante, debemos ser cautos a la hora de valorar esta edad de oro. El precio que pagar fue, evidentemente, espantoso: la muerte prematura y agónica de seres queridos en brotes de peste que se repetían una y otra vez. Además, el cambio en las condiciones de vida fue más bien modesto. Poseer unas pocas baratijas, consumir una o dos libras de carne a la semana, habitar una cabaña más grande y coser la ropa con telas compradas, en lugar de tener que hilarlas y tejerlas uno mismo, todo ello significaba mejoras, aunque tampoco enormes, a decir de algunos especialistas. Por otra parte, la evolución fue muy desigual según el momento y el lugar. Francia y otras regiones sufrieron guerras enormemente destructivas durante buena parte de finales del siglo XIV, lo que retrasó el inicio de una relativa prosperidad. La economía catalana se contrajo, al menos en relación con la vecina Valencia. En cuanto a Inglaterra, a mediados del siglo XV se produjo una notable recesión. El hambre seguía castigando con dureza, si bien con menor frecuencia que antes de la peste negra. Por tanto, el mundo tampoco estaba vuelto del revés. El patriciado aristocrático o urbano siguió ejerciendo el poder, aunque ahora con más cuidado por si acaso los súbditos se daban a la fuga. A los señores también les iba bien. La desigualdad disminuyó, pero más por el aumento de los ingresos de las clases bajas que por la disminución de los de las acomodadas. Algunas fuentes señalan que los ingresos señoriales se redujeron a la mitad, aunque omiten que el número de señoríos heredados se duplicó. «En Inglaterra, los ingresos totales de los nobles procedentes de sus propiedades se redujeron solo en un 10 por ciento desde la década de 1340 hasta 1370».[169] «Los condes de Devon se vieron inundados de nuevas tierras».[170] Dejando aparte las tierras, los

 

 

 

 

 

 

 

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señores conservaron la mayor parte de su riqueza en forma de ropas caras, joyas y platos y, en este ámbito, los legados también se duplicaron por cada heredero. El aumento del consumo de lujo, que se demuestra en el capítulo siguiente, no es compatible con un descenso de los ingresos de las élites. Los príncipes gravaron la nueva prosperidad tanto como pudieron y un número cada vez mayor de feudos sin herederos revirtió a ellos, ya fuera directamente o por medio de su control sobre los matrimonios de las herederas. Hasta la Iglesia se benefició del aumento de los legados. Pero, independientemente de que se tratara o no de un consumo masivo en el sentido actual del término, la mayoría de la gente común que sobrevivió vivió una modesta edad dorada, cuya causa principal fue la peste negra.

 

La edad de oro que siguió a la peste abarcó un periodo de 150 años, no fue un momento pasajero. Sin embargo, después de 1500 llegó a su fin, cuando se impusieron salarios reales más bajos, cargas fiscales más severas y el deterioro de las condiciones de las tenencias feudales o incluso la ausencia total de esas cesiones de tierras. Uno de los factores que tuvo su peso fue el crecimiento demográfico, que redujo la capacidad de influencia de campesinos y trabajadores. Aunque los niveles de población anteriores a la peste no se recuperaron hasta después de 1600, hacia 1500 la economía se había reestructurado para utilizar menos mano de obra, por lo que el fuerte crecimiento demográfico del siglo XVI generó un excedente de trabajadores. Otra causa fue la inflación, estimulada por las nuevas remesas de oro y plata procedentes de dentro y fuera de Europa. Aquello fue una buena noticia para algunos y mala para muchos, ya que ese proceso inflacionista erosionó los salarios reales y afectó mucho más a los productos básicos que a las manufacturas y los lujos. En Inglaterra y los Países Bajos, de los cuales disponemos de mejores estadísticas, los precios del cereal se multiplicaron por más de seis, los del ganado por más de tres y los de las manufacturas solamente por dos entre 1510 y 1630, aproximadamente.[171] En toda Europa, «entre 1500 y 1800 las rentas y las cargas fiscales se incrementaron de forma espectacular».[172] El consumo de carne por parte de la gente corriente quedó reducido de forma drástica y la estatura medias disminuyó.[173] «Las investigaciones recientes confirman la existencia de un aumento general de la desigualdad durante los primeros años de la Edad Moderna».[174] La economía en su conjunto siguió creciendo un poco y la demanda de algunos bienes

 

 

 

 

 

 

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experimentó un rotundo auge, pero el crecimiento demográfico y el enriquecimiento de las élites absorbieron el excedente.

 

A estas alturas no deberíamos encontrar excesivamente problemático conciliar la aparente paradoja entre el crecimiento económico agregado y el aumento de la desigualdad. Es posible que una revolución industriosa ralentizara —sin pararla del todo— la degradación de los ingresos familiares. Los trabajadores pueden responder a unos ingresos más bajos laborando más horas al día o más días al año e implicando a más miembros de la familia. La versión europea de este cambio suele fecharse en el siglo XVIII, aunque las pruebas parecen datar claramente sus principales efectos en el XVI. Los días de trabajo por año necesarios para proveer de lo básico a una familia típica de clase baja aumentaron de 160 a 300 entre 1500 y 1616, un crecimiento mucho mayor que cualquier otro posterior.[175] En los primeros tiempos de la peste, el pueblo llano había destinado parte de sus ganancias económicas a un mayor ocio, aunque este podía adoptar la forma de trabajo en sus pequeñas explotaciones privadas. «Parece ser que el número de festividades religiosas observadas aumentó después de la peste negra».[176] En Holanda e Inglaterra, esos festivos disminuyeron con la llegada del protestantismo, de 47 a 6 a lo largo del siglo XVI.[177] Además, la datación de la revolución industriosa en torno a 1500 también se ve respaldada por nuevas investigaciones referidas a Inglaterra, España, Holanda y Toscana que muestran una discrepancia entre la disminución de los salarios reales y la mayor estabilidad del producto interior bruto per cápita.[178] El cambio tiene sentido tanto cultural como económicamente: la carne, el pan de trigo, la cerveza de lúpulo y el azúcar no son hábitos fáciles de abandonar. De hecho, los dos últimos son, literalmente, adictivos. Tampoco resulta sencillo volver a adoptar tales hábitos. Los trabajadores que conservaban cierta influencia, como los soldados, los marineros y los jornaleros del campo, siguieron exigiendo con éxito una gran cantidad de carne y alcohol en las raciones.

 

     El consumo de comodidades por parte de las clases populares —que no de lujos—, puede haber disminuido en lugar de desaparecer y contribuir, de esa forma, siquiera modestamente, al aumento de la demanda global.

En economía existe el concepto de rigidez de precios y salarios, por el que la gente no ajusta inmediatamente su consumo ante una subida de los

 

 

 

 

 

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precios o una bajada de los salarios a los que viene estando acostumbrada por mucho que la inflación o la deflación parezcan exigirlo. Asimismo, podría plantearse el concepto de rigidez cultural, según el cual la gente se esfuerza por preservar sus castillos de arena culturalmente más preciados incluso cuando la marea económica ha cambiado. Además, la edad dorada también dejó otros residuos y legados entre la gente corriente, que se analizan con más detalle en el Capítulo 6. Uno de ellos fue un recuerdo popular transnacional que habla de un «mundo mejor ya perdido» y que es una idea compartida por la mayoría de los países europeos. Otros, más translocales que transnacionales, constituyeron un conjunto particular de regiones cuyas mujeres fueron menos reacias de lo habitual a emigrar de forma definitiva y otras cuantas zonas cuyos hombres fueron inusualmente propensos a arriesgarse y emigrar a tierras remotas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 4

 

 

 

 

 

Ocupaciones expansivas

 

 

 

El más sorprendente de los muchos efectos económicos paradójicos de los tiempos de la peste fue el crecimiento absoluto de algunos oficios ya en 1390, mucho antes de que la población hubiera empezado a recuperarse. En el caso de tales ocupaciones, de algún modo, la mitad de la población pasó a consumir más del doble per cápita. Algunos historiadores han señalado este aumento en términos agregados, aunque sin explicarlo plenamente ni rastrear sus efectos. Un magnífico estudio de la economía florentina sugiere que, tras la peste negra, tanto el comercio local como el exterior se recuperaron rápidamente y que consiguieron expandirse después de 1348. «La segunda mitad del siglo XIV puede haber sido, de hecho, el periodo más expansivo de la historia de la

 

economía florentina».[1] «Ya a raíz de la peste negra de 1348 —señala

 

otro historiador— el comercio en Italia se había acelerado de forma exponencial y las redes globales implicaban nuevos mercados cada vez más amplios para el consumo individual, desde tiendas en determinados lugares hasta ferias internacionales y depósitos de ultramar».[2] Un tercero lo confirma para el comercio marítimo de la Corona aragonesa: «El nivel de 1330-1340 fue alcanzado de nuevo en 1380-1390 y a partir de ahí se superó».[3] Pueden citarse impresiones similares si nos vamos más al norte: «Se ha calculado que el volumen del comercio en los Países Bajos se duplicó entre 1400 y 1475», a pesar de que la recuperación de la

 

 

 

 

 

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población fue mínima durante ese periodo.[4] En el Capítulo 12 exponemos que las exportaciones de madera del Báltico también se duplicaron en el siglo XIV y que siguieron creciendo en el XV.

 

En mi opinión, la explicación para el aumento general debe ser que el incremento en los ingresos disponibles fue mucho mayor que el de los ingresos totales, así como que aumentó la proporción de personas con dinero disponible, sobre todo en ciertos grupos. Por tanto, el enriquecimiento fue selectivo. Como hemos visto, las mejoras en los ingresos no tenían que ser cuantiosas para generar cambios relevantes. Un historiador económico ha calculado que la renta disponible de los granjeros ingleses se duplicó tras la peste negra, incluso sin el suplemento del trabajo asalariado estacional o la venta de productos que no fueran cereales.[5] Esto resultó especialmente cierto entre los trabajadores cualificados, los maestros artesanos y los campesinos, cuya proporción en la población aumentó después de 1350. Lo mismo ocurrió —en mayor medida, incluso— con las élites. Por tanto, a pesar de la reducción a la mitad de la población general, es posible que las clases compradoras

 

—personas que acuden regularmente al mercado para adquirir bienes de primera necesidad o suntuarios— hayan aumentado en números absolutos y, sin duda, crecieron en riqueza agregada. Esto es lo que rebate la argumentación pesimista, según la cual el crecimiento smithiano necesita del crecimiento de la población. De manera que una de las paradojas más importantes de la peste es que puede haber provocado un crecimiento absoluto en términos de población con capacidad de compra. De hecho, algunas investigaciones recientes sugieren un aumento de la proporción de personas que eran al menos modestamente ricas del 5-10 por ciento de la población antes de 1350, ante el 25-35 por ciento posterior.[6] La implicación más conservadora —un aumento del 10 al 25 por ciento en las clases compradoras— más una reducción a la mitad de la población significa un 50 por ciento más de compradores.

 

En cuanto a los oficios en expansión, podemos dividirlos en dos grupos: exóticos y extractivos. Los productos exóticos, una especialidad del sur de Europa, procedían en origen de fuera del continente: seda, algodón, especias, azúcar y esclavos. Se trataba de un comercio de lujo escaso en volumen, pero de alto valor. Con respecto al extractivo, especialidad del norte de Europa, consistía en productos naturales, ya fueran de lujo o de uso corriente que, cuando la demanda era elevada, se

 

 

 

 

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recolectaban más allá de su capacidad local para renovarse y que daban como resultado el agotamiento del recurso. Entre ellos figuraban los

 

pescados tratados para poder almacenarse —sobre todo arenque en salazón y bacalao seco—, los productos derivados de la ballena y las pieles. Normalmente, el agotamiento local de un recurso impulsaba a desplazarse a nuevos cotos de caza o pesca, por lo que los intercambios extractivos acabaron por convertirse en intercambios expansivos. La obtención de oro y plata fuera de Eurasia occidental también podría considerarse un comercio expansivo. Génova y Lubeca, dos ciudades que llegaremos a conocer como matronas de la expansión europea, fueron los principales centros del comercio meridional y septentrional, respectivamente. Sus funciones se analizan en los Capítulos 10 y 12. En este trataremos de evaluar la evolución de los comercios exótico y extractivo en los primeros tiempos de la peste.

 

 

 

LOS OFICIOS DE LA CAZA EN EL NORTE

 

Los pueblos del norte de Europa tienen un largo historial de expansionismo. Sabemos que a godos, vikingos, normandos e ingleses les costó permanecer dentro de sus fronteras, algo atribuido, en ocasiones, al vigor racial o a un clima vigorizante. Una explicación alternativa puede ser que la región no solo era vigorizante, sino fría, oscura y pobre. Por ello, entre una invasión y otra en busca de tierras o saqueos, la región tenía que buscar en mares y bosques calor, luz y alimentos con los que abastecer sus granjas. Aparte del pescado fresco, los principales productos del mar eran el arenque y el bacalao curados, así como las ballenas, apreciadas por sus huesos y aceite. Los bosques producían pieles, cera, miel, madera de primera calidad y también otros productos derivados madereros como la potasa y la brea. El mar y los bosques se explotaban por medio de lo que equivalía a la caza, pesca y recolección comercial a gran escala —caza comercial, para abreviar—, lo que provocaba su agotamiento en épocas de alta demanda. Este es un posible motivo de la expansión de las sociedades de cazadores-recolectores, como los polinesios y los inuit de Thule, e incluso de la dispersión original del Homo sapiens desde África a todo el

 

 

 

 

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planeta. No estamos demasiado acostumbrados a ver en la caza esquilmadora una dinámica importante de la expansión europea moderna y menos aún la posibilidad de que esta estuviera potenciada por la peste.

 

Aunque muchos pueblos septentrionales practicaban la caza costera de la ballena con fines de subsistencia, los pioneros de la captura con fines comerciales fueron los vascos. Intrépidos navegantes dotados de una larga tradición identitaria, sentido de la comunidad y espíritu independiente ante los vecinos, su comercio de productos balleneros pudo haberse iniciado ya en el siglo VII. Operaban desde un puerto pesquero con una torre de vigilancia para avistar los cetáceos y utilizaban estufas cubiertas con tejas rojas para hervir la grasa y convertirla en aceite. Salían de seis en seis hombres en dos o tres embarcaciones para arponear la ballena, empleaban drogues o flotadores para cansarla y cuerdas y arpones especiales —arpón

 

es una palabra que podría tener su origen en el vasco, de raíz no indoeuropea, como sabemos—.[7] [*] Durante la Alta Edad Media, la carne de ballena era muy apreciada: se curaba mediante salazón y luego se vendía en Flandes y el norte de Francia como grasa de Cuaresma en lugar de tocino. A los ingleses les gustaba la carne de ballena hervida con guisantes.[8] Sin embargo, dado que la carne de ballena no se conservaba

 

muy bien, su principal uso pasó a ser el hueso —barbas— y el aceite. El cartílago flexible de la barba de ballena se utilizaba en cañas de pescar, látigos, suspensiones de muebles y carruajes, paraguas e incluso para evitar que se cayeran las plumas de los caballeros —nada peor que una pluma caída en una justa o batalla—. En cuanto al aceite, era un muy buen lubricante, un ingrediente de pinturas y barnices impermeables y, sobre todo, una excelente fuente de luz, más barata que la cera y mejor que el sebo: era conocida en euskera como lumera.[9]

 

El aumento de la renta disponible a causa de la peste negra parece que incrementó la demanda de productos balleneros y existen algunos indicios, si bien indirectos y dispersos, del ascenso de la caza de cetáceos. Las cofradías balleneras vascas, que organizaban los vigías, las torres de vigilancia y las tripulaciones de las embarcaciones, parece que se consolidaron en el siglo XIV.[10] Una autoridad opina que «el periodo más próspero para la caza de la ballena en el País Vasco debió de ser el de los siglos XIV y XV».[11] Otros fechan la caza de la ballena más allá del mar Cantábrico, impulsada por el agotamiento de los caladeros locales, en el

 

 

 

 

 

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siglo XIV.[12] «A finales del siglo XIV y durante el XV, presumiblemente, cazaban ballenas en el canal de la Mancha y en aguas irlandesas, desde donde sus expediciones se extendían hacia el norte y el noroeste».[13] En un principio, los vascos eran balleneros de bajura, sin importarles de qué costa se tratara. Está claro que fundaron estaciones costeras en Galicia y Asturias y es probable que en Portugal, Bretaña, Irlanda, Escocia y, con el tiempo, nada menos que el norte de Noruega, Islandia y Labrador.[14] Los vascos pescaban también bacalao y merluza en aguas cada vez más lejanas y a menudo disponían de algún tipo de base costera donde procesar las capturas, que pudo haber servido también para la caza de ballenas. En 1430, la pesca vasca causaba ya preocupación en el oeste de Irlanda y en 1506 se afirmaba que se practicaba «desde tiempos inmemoriales».[15] Con respecto a las aguas islandesas, los vascos empezaron a adentrarse en ellas hacia 1410. Al igual que otras comunidades de pescadores, mantenían en secreto sus caladeros y técnicas de captura. Sus puestos de pesca en destinos tan lejanos se conocen, principalmente, gracias a la arqueología reciente. Otra prueba intrigante de su influencia en Islandia es la existencia de una lengua pidgin vasco-islandesa en la que se utilizaban expresiones tan pintorescas como «¡Que te folle un caballo!».[**] [16] En cuanto a la tecnología para la captura de cetáceos, la única forma de adquirir sus secretos era contratar a vascos, que es precisamente lo que hicieron otras naciones balleneras a partir del siglo XVI, a medida que la caza europea de esos animales se siguió expandiendo.

 

Las pruebas del aumento del consumo europeo de pescado después de 1350 son más abundantes y directas que en el caso de los productos derivados de la ballena. Aparte de unos mayores ingresos disponibles y del deseo de tener proteínas almacenables para el invierno, los días santos sin carne y la Cuaresma se respetaron con más rigor si cabe después de la peste negra por temor a enfurecer aún más a un Dios ya de por sí enojado. La piscicultura, en especial de carpas, en conjuntos de estanques de hasta 100 hectáreas, prosperó en la segunda mitad del siglo XIV y se extendió desde Bohemia y el sur de Polonia hacia Europa occidental.[17] Para mediados del siglo XV, la sobrepesca de esturiones en los ríos franceses había llevado a su «casi total desaparición».[18] Las carpas y el esturión eran caros y, pese a ello, la demanda no tardó en superar la oferta de otros peces de agua dulce y costeros más baratos. Tal demanda hubo de

 

 

 

 

 

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satisfacerse con el aumento de las exportaciones de pescado de mar curado. Los pescadores portugueses y españoles exportaban sardinas en salazón desde el golfo de Vizcaya al Mediterráneo oriental, sobre todo durante la Cuaresma.[19] La pesca del atún en Sicilia, destinada a los mercados más septentrionales, «creció muy rápido después de 1350»,[20] mientras que la pesca de altura en el oeste de Inglaterra —las especies capturadas eran diversas— se disparó desde la década de 1370. El número de cargamentos de pescado desembarcados en Exeter aumentó modestamente hasta el año 1390, para multiplicarse por seis en la década de 1460. La primera fase, hasta 1390, satisfizo la creciente demanda per cápita y compensó el descenso de las capturas en el este de Inglaterra; y la segunda, a partir de 1390, sugiere un ascenso de la demanda agregada. Fue la pauta típica del comercio tras la peste, siempre en expansión.[21]

 

Los productos más comercializados fueron el bacalao seco y el arenque en salazón, procedentes del mar del Norte y del Báltico occidental.[22] Estos productos se han descrito como «la primera mercancía alimentaria producida en masa».[23] El arenque se transportaba por mar hasta Pisa en la década de 1380 y por río hasta ciudades como Núremberg.[24] «La llegada del pescado curado al interior de Europa puede rastrearse desde 1350 tanto en los libros de cocina como en los desperdicios de las propias cocinas».[25] La gran pesquería de arenque de Escania, la provincia del sur de Suecia sujeta a Dinamarca hasta 1658, pero controlada por Lubeca, producía hacia 1400 entre 40 000 y 50 000 toneladas de arenque en salazón al año.[26] Compárese con el pico de unas 5000 toneladas registrado entre 1336 y 1337 en la ciudad inglesa de Yarmouth, por entonces base de la principal pesquería de arenque.[27] La de Yarmouth empezó a declinar a partir de 1370 y la de Escania desde 1400. Tal vez la causa fuera la sobrepesca —no está claro—, pero, en cualquier caso, en el siglo XV hubo que perseguir los bancos de arenques hacia latitudes cada vez más septentrionales del mar del Norte, con los pescadores holandeses ganando cada vez más protagonismo.

 

Lubeca lideraba también la otra gran industria pesquera: el bacalao seco procedente de Lofoten, en el norte de Noruega. Ligero de peso, aunque rico en proteínas, era el pescado procesado por excelencia, conocido como stockfish. Se decía que seguía siendo comestible hasta pasados siete años.[28] La comercialización de este pescado se remonta al

 

 

 

 

 

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siglo XI y en su variante seca —un buen alimento para los marineros— fue un pilar de la expansión vikinga incluso antes de esa época. Llegados al siglo XIII, el bacalao se transportaba por la costa noruega hasta Bergen, desde donde se distribuía, y Lubeca empezó a involucrarse en el proceso a partir de 1240. Pero, una vez más, el despegue posterior a la peste resulta evidente. Como vimos en el Capítulo 2, el comercio se extendió a Islandia justo antes de la peste negra, en 1340-1347, aunque solo modestamente, con una docena de barcos al año que es posible llevaran consigo ratas no contagiadas. Más tarde volvió a las fuentes tradicionales hasta 1397, cuando los pescadores de bacalao regresaron por primera vez a Islandia con regularidad y en gran número, esta vez acompañados de los roedores infectados, posiblemente. La pesca de bacalao en aguas islandesas se dispara a partir de entonces, con la participación de, al menos, 25 barcos ingleses en 1419 y 90 hanseáticos en 1491, que fueron los que, supuestamente, se perdieron en terribles tormentas.[29] Los navíos de la Hansa intercambiaban mercancías con los islandeses a cambio de bacalao. A partir de 1410, aproximadamente, entraron en el comercio otros actores

 

—ingleses, holandeses y vascos— que se dedicaron tanto a la curación como a la pesca, la primera de estas actividades en estaciones pesqueras islandesas de «tamaño casi industrial».[30] Solo los barcos ingleses sumaban 149 en 1528, cuando este comercio se expandía por todo el Atlántico.[31]

 

El impacto de la peste se refleja en el comercio del bacalao de tres maneras distintas: por los precios de ese pescado en Islandia, por los análisis isotópicos de las espinas halladas en Londres y por la actividad lubequesa de procesamiento en tierras noruegas. En primer lugar, los precios del bacalao subieron en Islandia un 67 por ciento entre 1186 y 1350, para mantenerse luego estables hasta 1400, lo que refleja una producción invariable y un consumo per cápita duplicado. Después se encarecieron en un 71 por ciento, entre 1400 y 1550, resultado de una demanda aún mayor.[32] Los restos de bacalao curado hallados en

 

Londres —identificables por la ausencia de huesos de la cabeza— indican un regreso a las fuentes de Lofoten a finales del siglo XIV, seguido por pescado de mares aún más lejanos en el siglo XV, «coincidiendo con la expansión de la pesca inglesa en aguas islandesas».[33] La interrupción casi total del comercio con Islandia entre 1347 y 1397 se debió a que el

 

 

 

 

 

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bacalao curado de Lofoten era considerado de mejor calidad que el producto islandés y suficiente para satisfacer la demanda inicial tras la peste, una bendición encubierta para Islandia, que se libró de la peste durante 50 años. La creciente demanda europea en la segunda fase por el producto de calidad de Lofoten llevó a los pescadores aún más al norte a finales del siglo XIV, hacia Troms y Finnmark.[34] «Lubeca estableció una enorme estación comercial en Bergen en la década de 1360 que procesaba, envasaba y distribuía el bacalao seco procedente de Lofoten. Contaba con 28 astilleros, 200 o 300 comerciantes y empleaba a 2000 hombres en temporada».[35] Hacia 1400 se exportaban anualmente 12 800 toneladas de bacalao, tres veces el valor del mismo tonelaje en arenque.[36]

 

El otro gran mercado relacionado con la captura de especies en el norte del continente era el de las pieles. La ropa y las alfombras de piel tenían su importancia en el día a día, ya que proporcionaban abrigo tanto dentro como fuera de las casas y salones medievales, mal caldeados. Además otorgaban estatus a las élites, convencidas de que tenían que mostrarse superiores. «Las pieles eran un elemento central en la imagen que proyectaban las clases altas medievales» que representaban nada menos que el 40 por ciento de sus presupuestos para ropa.[37] En muchos países se producían pieles menos nobles, como la ardilla de baja calidad, pero el suministro de piezas de lujo ya estaba disminuyendo en Europa antes de la peste negra. Estas piezas más suntuarias presentaban dos niveles de calidad: la ardilla de primera, conocida como vair, y la gris, considerada «destinada a grandes señores».[38] Otras pieles aún más valiosas eran las de visón, marta común, castor y, sobre todo, marta cibelina. «El castor había sido prácticamente exterminado de Europa occidental en el siglo XIV».[39] Las pieles de alta calidad se estaban volviendo escasas incluso en Finlandia, donde la primera ley para proteger a los animales importantes durante su época de cría data de 1347.[40] Por tanto, las pieles que se usaban en Europa occidental procedían cada vez más del norte de Rusia, sobre todo de los vastos dominios de la República de Nóvgorod, y se distribuían por la Hansa. De nuevo, el comercio se disparó a partir de 1350. Una estimación reciente de las exportaciones anuales totales a través del Báltico a principios del siglo XV —muy superior a las estimaciones anteriores— habla de 1,5 millones de pieles, en su mayoría de ardilla.[41]

 

 

 

 

 

 

 

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Las elevadas cifras resultan un tanto engañosas. Se necesitaba una media de 120 pieles de ardilla para confeccionar un forro de piel para un vestido y más aún si hablamos de abrigos o capas.[42] Por tanto, con un millón de pieles se confeccionarían menos de 10 000 prendas. Aunque, ciertamente, esas prendas de piel eran duraderas y podían utilizarse durante décadas, incluso generaciones. Después de 1350, las clases no tan acomodadas —y hasta los plebeyos— entraron en el mercado de las pieles. No consigo hallar estimaciones fiables de las exportaciones de pieles antes de la peste para medir la magnitud del aumento, pero tres líneas de pruebas indirectas sugieren que ese incremento fue significativo. En 1292 había 214 maestros peleteros o desolladores en París, por 200 en la Colonia del siglo XV, que era, como mucho, una cuarta parte de la ciudad del Sena.[43] En segundo lugar, la moda volvió a hacer acto de presencia: a partir de 1400, las clases medias empezaron a usar pieles nobles, como la de ardilla, lo que empujó a los nobles a optar por variedades más exclusivas, como la de marta, para así mantener su distinción.[44] En tercer lugar, Nóvgorod empezó a ver agotados sus cotos de caza tradicionales e intentó expandirse para hacerse con otros nuevos, sobre todo de marta (vid. Capítulo 14). A diferencia de las ardillas, las martas eran carnívoras, al igual que otros animales destinados al comercio de lujo, como el armiño, el visón y el zorro negro. Por tanto, su distribución era mucho más dispersa y se agotaban más fácilmente que las ardillas. La marta existía al oeste de los Urales, pero no en grandes cantidades. En el siglo XI, pero sobre todo desde 1174, Nóvgorod las buscó por Asia, más allá de los Urales, en

 

ocasiones mediante intermediarios —como los pueblos de lengua ugria janti y mansí— y a veces por sí mismos (vid. Mapa 5 abajo). Ya en 1363-1364 estos esfuerzos se vieron intensificados, para culminar en 1445 con «un último y enérgico esfuerzo por asegurar el dominio de Nóvgorod en Siberia».[45] A partir de 1465, el gran rival de Nóvgorod, Moscovia, retomó el proyecto siberiano del primero con mayor éxito. En 1499, mucho antes de su conocida conquista del sudoeste de Siberia en la década de 1580, se había asegurado un asentamiento permanente en el noroeste. Aunque era prácticamente desconocida, fue la primera colonia de la Europa moderna en Asia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Mapa 5: La primera expansión europea, 1362-1499.

 

Arriba, la expansión ibérica antes de 1492; abajo, la

 

 

 

 

 

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expansión rusa hacia el noroeste de Siberia, 1363-1499.

 

 

 

LOS OFICIOS DEL SUR: AZÚCAR, ESPECIAS Y SEDA. Y TAMBIÉN ESCLAVOS

 

Los tejidos finos, de seda y algodón, ocupaban un lugar destacado en el comercio meridional. Como se ha señalado en el Prólogo, los productores más destacados eran China y la India, aunque resulta poco probable que gran parte de sus productos manufacturados llegaran a Europa occidental entre la caída del Imperio romano y 1500. Los latinos obtenían la seda y el

 

algodón principalmente de Irán y la Gran Siria —incluidas Jordania y Palestina—, tanto tejidos manufacturados como de fibras en bruto para su transformación en Europa. El efecto de la globalización china e india en el Viejo Continente antes de 1500 fue, en buena medida, indirecto, aunque significativo, de manera que los europeos emularon a los islámicos de la superartesanía chinoindia. La industria europea utilizaba sobre todo fibras importadas, pero en algunas zonas del sur del continente se consiguieron moreras, gusanos de seda y arbustos de algodón. El ascenso de la demanda se ve reflejado en la expansión de estas actividades después de 1350. Las limitaciones ecológicas restringieron significativamente la posibilidad de sustituir estos productos de manera local y la demanda de suministros no europeos también aumentó, primero per cápita y luego en conjunto.

 

En Europa, el centro de la producción sedera estaba en Lucca, que ya importaba 74 toneladas de seda cruda al año en la década de 1330.[46] El valor de aquellos intercambios comerciales nos lo indica el hecho de que los mercaderes de seda luqueses se convirtieron en los primeros banqueros transnacionales.[47] Una vez más, se produjo un claro auge tras la peste. La industria «experimentó un rápido crecimiento en Lombardía y otros centros del norte de Italia durante los siglos XIV y XV».[48] La cantidad de seda cruda utilizada se mantuvo baja, entre 100 y 200 toneladas anuales, aunque esto no hace justicia al valor o a los efectos derivados de la industria, porque 100 toneladas de seda cruda equivalían a 336 000

 

 

 

 

 

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ducados de oro.[49] Además, su transformación en prendas de vestir requería una ingente mano de obra: un tejedor experto necesitaba tres meses para producir suficiente brocado de terciopelo con que confeccionar un vestido sin mangas, y el cultivo y el hilado de la seda previos también eran tareas importantes.[50] Esto podría haber limitado su crecimiento tras la peste. Sin embargo, en la producción textil de la seda el trabajo de las mujeres y los niños era, como mínimo, tan bueno como el de los hombres. [51] A principios del siglo XV, «había decenas de miles de personas empleadas en el hilado, tejido y teñido de la seda en Génova, Toscana, Venecia y Nápoles», así como en urbes italianas más pequeñas, como Vicenza.[52] Asimismo, la difusión de las hilanderías de seda accionadas por agua a partir de 1350, en especial en Bolonia, redujo de forma drástica las necesidades de mano de obra. «Durante el siglo XV, al norte de los Alpes también se utilizaban fábricas de seda torcida, que a veces funcionaban día y noche».[53]

 

El islam había introducido los gusanos de seda y la morera en el sur de las penínsulas itálica e ibérica ya en el siglo X y los bizantinos los llevaron a Grecia incluso antes. Después de 1350, surgieron nuevas áreas de cultivo en el norte de Italia, nuevas regiones en España y Grecia e incluso en el norte de Portugal, aunque esto llevaba un tanto al límite la capacidad del entorno natural para sostener la producción.[54] En el claustro de un colegio universitario de Oxford tenemos el triste vestigio de un intento postrero de crear una industria inglesa de la seda: una morera en precario estado de salud y cuatro siglos de antigüedad. Encima, no era la variedad adecuada de morera. También las importaciones aumentaron. El principal proveedor de seda cruda destinada a Europa seguía siendo Irán y la mercancía llegaba a través del Levante asiático o el mar Negro. Las compras procedentes de esa zona de Oriente Medio «aumentaron cada vez más desde finales del siglo XIV hasta principios del XVI».[55] De hecho, durante los siglos XVI y XVII, mientras los salarios reales de los trabajadores de la seda descendían, las importaciones europeas de seda se incrementaron todavía más, ahora con China como proveedor, además de Irán.[56]

En la historia del algodón, un tanto parecida a la sedera, el principal proveedor fue la Gran Siria y siguió siéndolo después de 1350. Las importaciones venecianas de algodón sirio ascendían a 50 000 ducados de

 

 

 

 

 

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oro al año en la década de 1370 y a 150 000 en la de 1390. Es probable que Génova importara cantidades similares.[57] Una vez más, podemos rastrear el aumento del consumo de algodón por la aparición de nuevas zonas de cultivo de la planta en distintas partes de Europa. «En 1365 aparecen por primera vez pruebas seguras del cultivo del algodón en el Peloponeso».[58] La isla de Malta se especializó en el algodón a finales del siglo XIV e importaba su grano.[59] Tanto en la seda como en el algodón, se observan indicios de un cambio en las tendencias comerciales tras la peste, algo similar a lo que ocurrió en el comercio relacionado con la caza en el norte del continente. Las importaciones de algodón venecianas mencionadas para la década de 1370 fueron menores que antes de 1350, probablemente, mientras que las de la década de 1390 es probable que fueran mayores, lo que indica un cambio de un aumento per cápita a un aumento total en el consumo.[60]

 

La creciente demanda de algodón, seda —y azúcar— pudo satisfacerse hasta cierto punto al extender el cultivo en los confines meridionales de la propia Europa. No obstante, eso no ocurrió con otro comercio de lujo: las especias. La pimienta, la canela, el jengibre, el clavo y la nuez moscada solo crecían en la India y el sudeste asiático. Los principales mercados de aquel comercio semiglobal de larga tradición eran China, India y Oriente Medio, de manera que Europa había de quedarse con las sobras de este último. Los volúmenes eran bajos y, de ellos, la pimienta negra representaba alrededor de la mitad del peso de todas las especias. Su comercio implicaba apenas unos pocos convoyes y caravanas anuales, redes mercantiles entrecruzadas y mercados competidores. Por tanto, los precios acusaban una amplia volatilidad. Las largas rutas hacia Europa —por barco, caravana o una combinación de ambos— iban desde la India hasta el mar Rojo y el golfo Pérsico; hasta el Nilo y de allí a Alejandría; desde el puerto de Yeda, en La Meca, por tierra hasta Siria; y desde el golfo Pérsico por tierra hasta Siria o el mar Negro. Todas las rutas se extendían a veces hasta la costa del Levante mediterráneo, donde los mercaderes italianos compraban especias como alternativa a Alejandría.

 

En el tema de las importaciones europeas de especias tras la peste, las tesis pesimistas tienen bastante fuerza. Como es natural, el Sur Musulmán tendía a satisfacer primero su propia demanda (vid. Capítulos 8 y 9). Los historiadores han señalado rupturas en las redes comerciales que las transportaban. La Horda de Oro interrumpió las que utilizaban el mar

 

 

 

 

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Negro a partir de 1343 al tomar uno de los principales puertos, Tana, y asediar el otro, Caffa. Tamerlán hizo lo mismo cuando saqueó la capital

 

del comercio interior —Tabriz— en 1392 y expolió Tana en 1395. Algunos especialistas afirman que las importaciones de especias que llegaban al golfo Pérsico cesaron casi por completo y dejaron a Europa dependiente del mar Rojo, cuyos mercaderes y príncipes musulmanes se llevaron una buena tajada. Sin embargo, una mayoría de los historiadores actuales coincide en que «las afirmaciones en torno a un declive comercial entre finales del siglo XIV y el XV son incorrectas».[61] Los comerciantes venecianos y genoveses trabajaron pacientemente para restablecer y mejorar sus rutas comerciales interrumpidas: Tana volvió a comerciar en 1358 —tras la ruptura de 1343— y en 1399 —tras la de 1395—; Tabriz estuvo de nuevo operativa —y con fuerza— en 1404.[62] En el Capítulo 9 explicamos que la ruta del golfo Pérsico seguía funcionando aunque la mayoría de las importaciones europeas llegaba a través del mar Rojo. Aquí, durante el siglo XV, el control de los mercaderes de Adén, El Cairo y La Meca fue superado de forma gradual —si bien no desplazado del todo— por el de los sultanes mamelucos, especialmente interesados en obtener beneficios del comercio. Sin embargo, los europeos no carecían completamente de influencia, incluso ante los sultanes. Génova controlaba el comercio de esclavos del mar Negro que permitía a los mamelucos reabastecerse de jóvenes reclutas y amenazó con detener el flujo cuando las exacciones mamelucas sobre su comercio de especias se volvieron demasiado confiscatorias en 1431.[63] Los intermediarios musulmanes valoraban sin excepción el oro y la plata que los mercaderes cristianos pagaban por sus especias —y sedas—, lo que, a su vez, permitía a los primeros cubrir sus déficits comerciales con India y China. Un goteo creciente de mercaderes venecianos y genoveses se dirigió también a la India[64] y puede que estimulara el suministro, aunque veremos en el Capítulo 9 que sus esfuerzos se vieron empequeñecidos por los de sus homólogos musulmanes.

 

Aunque ciertamente no todos los expertos se ponen de acuerdo, es posible hacer una estimación razonable del total de especias importadas por Europa occidental. Una brusca caída de los precios en Alejandría durante la década de 1360 parece sugerir un descenso de la demanda europea total —que no per cápita —, ante la cual los comerciantes

 

 

 

 

 

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asiáticos aún no se habrían adaptado.[65] Sin embargo, esos volúmenes globales no tardaron en recuperarse.[66] Alrededor de 1390, Venecia importó unas 480 toneladas de pimienta —de Alejandría y Beirut—, que deberíamos redondear hasta unas 600 para incorporar algunas rutas y proveedores de menor importancia.[67] Las compras de otras especias fueron muy modestas, tal vez unas 100 toneladas en total. La suma nos lleva, posiblemente, a una recuperación completa del pico anterior a la peste negra, que, a su vez, duplicó el consumo europeo per cápita. Más tarde, en la década de 1390, los volúmenes se dispararon de repente. La

 

mejor estimación parece situarse —hacia el año 1400— en torno a las 800 toneladas de pimienta y 450 de otras especias, como la canela, el jengibre y quizá algo de azafrán cultivado en Oriente Medio. Las variedades más raras y apreciadas venían de las lejanas islas Molucas: clavo, nuez moscada y macis. Una fuente afirma que, a mediados de la década de 1390, Venecia importaba apenas una docena de toneladas anuales de estas especias. Sin embargo, en 1399 encuentra 85 toneladas de especias molucas importadas por Venecia, una «cifra asombrosa».[68] Los volúmenes siguieron aumentando. «Durante las dos primeras décadas del siglo XV, el comercio de especias a través del mar Rojo alcanzó niveles sin precedentes». Venecia asentó cada vez más mercaderes en Alejandría: unos 200 hacia el año 1420.[69]

 

En 1410-1414 se produjo un fuerte repunte en los precios de estas importaciones debido a la evolución de la situación en China y el océano Índico (vid. Capítulo 9). Ello indujo a los primeros historiadores económicos a plantear un descenso de los precios durante la mayor parte del siglo XV, lo que implicaba un descenso de la demanda en Europa. Pero un trabajo de 2009 muestra que, una vez tenemos en cuenta ese pico, los precios subieron.[70] Lo mismo pasó con las cantidades intercambiadas. Su ascenso a lo largo del siglo XV ha sido estimado en un 30 por ciento en el caso de la pimienta y en un 150 en el de otras especias.[71] Esto último se ve corroborado por otra estimación aproximada: que «la cuota europea de especias de las Molucas aumentó solo modestamente a lo largo del siglo XV, de menos de una décima parte a, aproximadamente, una cuarta parte».[72] Este modesto aumento representa, de hecho, un incremento del 300 por cien en el consumo per cápita y un aumento del 150 en las importaciones totales si la oferta de las Molucas se mantuviera igual e

 

 

 

 

 

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incluso más si aumentara. La cifra de un incremento del 30 por ciento en las importaciones de pimienta parece más o menos correcto si nos referimos al siglo XV, aunque está distorsionado por el posterior repunte de los volúmenes en la década de 1390, al igual que los precios del siglo XV lo están por el repunte de los precios en la década de 1410. Trabajos recientes han calculado que el volumen de especias que llegaba al mar Rojo estaba entre 2350 y 4230 toneladas, «sobre todo pimienta». Quizá la mitad llegó a Europa. En 1496, solo las importaciones venecianas de pimienta ascendieron a unas 1800 toneladas, tres veces más que en 1390.

 

     Fue un año excepcional, de manera que unas 1200 toneladas podrían estar más cerca de la media.[74] Incluso esto supuso cuadruplicar las importaciones europeas de pimienta per cápita entre 1350 y 1499, cuando empezaron las importaciones directas.

Estas cifras se ven corroboradas por pruebas que nos han llegado, las cuales apuntan a una generalización de las especias en la dieta de la gente corriente.[75] Un estudio reciente afirma: «Lo que es seguro es que incluso personas con ingresos modestos consumían cantidades notables de especias». Señala, además, que en la Barcelona de finales del siglo XIV

—30 000 habitantes— se mantenían 115 vendedores de especias.[76] La pimienta era «consumida por mucha gente aparte de los adinerados».[77] Los dos hombres más ricos de un remoto valle toscano eran vendedores de especias: no podrían haber conseguido tal prosperidad surtiendo únicamente a las élites.[78] Al igual que sucedió con las pieles y las aves, las clases pudientes cambiaron de hábitos para mantener las distancias. «Algunas especias, como la pimienta, se habían extendido tanto que tenían menos importancia en el consumo de las élites; por lo que se preferían otros aromatizantes más preciados».[79] En 1404 había ricos quejándose «de las posadas rurales donde servían repollo y puerros desagradables y de baja calidad condimentados con copiosas cantidades de pimienta negra».

 

     Puede que los plebeyos consumieran menos pimienta por cabeza después de 1500, pero la ingesta total de esta y otras especias siguió creciendo. Igualmente creció la frustración de los cristianos por su dependencia de los intermediarios musulmanes.

 

Durante el siglo XV, Venecia aventajaba a Génova en el comercio de

 

especias y competía con ella en la importación de seda y algodón. Se abastecía de oro y plata para pagar estas mercancías, a menudo de manera

 

 

 

 

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indirecta, por medio de banqueros del sur de Alemania o a través de Dubrovnik. Los metales preciosos provenían de minas alemanas —cuyo declive duró hasta 1450, aproximadamente— y de otras explotaciones bajo control húngaro. En semejante contexto, el negocio de los metales preciosos no era boyante en sí mismo. Adquirido dentro de Eurasia occidental por medio del intercambio de mercancías, o de oro por plata o al revés, resultaba caro de conseguir. Pero esos metales eran, en última instancia, productos extractivos. Si extraías el oro o plata tú mismo, los saqueabas o intercambiabas bienes directamente por ellos en regiones lejanas donde fueran abundantes, resultaban baratos. En cambio, cuando se adquirían dentro de Eurasia occidental mediante el intercambio de bienes, o cambiando un metal precioso por otro, resultaba caro. En este contexto, el comercio de oro y plata sí era potencialmente expansivo. Por ejemplo, Génova se especializó en una fuente no euroasiática del metal precioso: el oeste de África. Ese antiguo comercio se había iniciado en el siglo VI de nuestra era cuando los norteafricanos adquirieron suficientes camellos para atravesar el Sáhara de manera segura.[81] Estaba asociado al comercio de sal, caballos, marfil y esclavos negros y llevado a cabo por redes africanas e islámicas de comerciantes y camelleros. Los esclavos y los caballos iban a pie, mientras que los camellos eran necesarios para transportar agua de un oasis a otro. Los genoveses tenían factorías comerciales en todos los puertos importantes del norte de África.[82] Los principales puntos de comercio de oro cambiaban con las arenas movedizas y la política del Sáhara y el interés de los genoveses seguía estos cambios, desde Ceuta en el oeste hasta Trípoli en el este y de nuevo hacia el oeste. Aunque existen pruebas de algunos contactos directos con África occidental en el siglo XIV,[83] los genoveses, por lo general, adquirían el oro por intermediarios musulmanes y lo traían a casa vía España. Una vez más, el repunte de la demanda coincide en el tiempo con la peste negra. «En la segunda mitad del siglo XIV, el oro de África occidental apareció en cantidades considerables tanto en España como en Génova […] y este último lo utilizó en su comercio con el Levante [mediterráneo]».[84] «El repunte de la demanda de producción de oro había comenzado a finales del siglo XIV».[85]

 

El Imperio de Mali, en África occidental, era, por esta época, un actor clave en el comercio transahariano. Mantenía sólidas conexiones con el

 

 

 

 

 

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Imperio benimerín —en la región del actual Marruecos— a través de la ciudad de Siyilmasa, entre otras.[86] Hacia 1374, esa zona se dividió en dos partes, con el norte conocido por su capital como Reino de Fez, cuyo principal puerto era Ceuta, entonces la principal salida de oro. «Los genoveses monopolizaban el comercio de Ceuta», mientras que Fez era «considerada por los genoveses como su coto comercial privado».[87] Durante la década de 1390, sin embargo, el Imperio de Mali empezó a derrumbarse y Siyilmasa fue abandonada.[88] Durante los años siguientes, las cecas marroquíes dejaron de acuñar oro y el Reino de Fez se vio asolado por la guerra civil, hasta el punto de que la ciudad de Fez fue sitiada tres veces durante 1411. «La lucha continuó durante 1412 y gran parte del norte de Marruecos estaba fuera de control».[89] Casi dos centurias antes, en 1235, los genoveses habían hecho frente a una situación similar enviando un centenar de sus galeras a Ceuta para reinstalar un régimen amigo.[90] Ahora, con su mano de obra mermada por la peste, necesitaban que alguien más hiciera el trabajo. Como se ve en el Capítulo 10, se decidieron por los portugueses, que tomaron Ceuta en 1415. Por tanto, el comercio transahariano se reconstituyó con el desplazamiento de Mali por el Imperio songhai y con la estabilización temporal de Marruecos, por lo que pudo reanudarse el flujo de oro de África occidental hacia Europa. Con todo, genoveses y portugueses tenían cada vez más claro que resultarían más fiables y rentables unas relaciones directas con las regiones productoras de oro.

 

Mientras Venecia lideraba el comercio de especias, Génova hacía otro tanto con los dos restantes: el azúcar y los esclavos. En el caso del primero, las fuentes tradicionales del azúcar europeo eran la Gran Siria y Egipto, más unos pequeños suplementos de caña cultivada en Sicilia, el sur de España y, sobre todo, Chipre y Creta. A partir de 1350, la demanda se disparó repentinamente y la oferta siguió esa tendencia de manera irregular. En este caso, los historiadores no dudan de la razón ni del momento. «Semejante auge de la producción azucarera, tanto en España como en Sicilia, refleja la expansión de la demanda de productos alimenticios de lujo y semilujo que siguió a la peste negra».[91] «La industria siciliana solo empezó a tener un éxito significativo a partir de 1350, aproximadamente».[92] Venecia tenía el control de Creta, pero Génova fortaleció su dominio sobre Chipre y cosolidó su dominio sobre la

 

 

 

 

 

 

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economía de exportación, aunque no sobre toda la isla. Esto lo lograron mediante una invasión a gran escala en 1373 que les permitió capturar el puerto clave de Famagusta.[93] Génova reorganizó y amplió la producción azucarera chipriota y también participó en la multiplicación por diez de la producción azucarera siciliana entre 1393 y 1416, aunque la superficie total de caña siguió siendo modesta.[94] A continuación, los genoveses desarrollaron industrias azucareras en la Granada musulmana, en Valencia, Andalucía y el sur de Portugal.[95] En la Europa del siglo XV, incluso el pueblo llano ingería modestas cantidades de azúcar. «Para los paladares poco acostumbrados a lo dulce, un poco de azúcar da para mucho».[96] El suministro se completaba con jarabes y dulces como las frutas confitadas, cuya producción llegó a ser relevante en Chipre y Portugal.[97]

 

Sin embargo, el abastecimiento seguía siendo un problema. Uno de ellos fue el desplome de la gran industria azucarera egipcia después de 1400 (vid. Capítulo 8). Otro, el hecho de que la caña de azúcar es un cultivo intensivo en recursos, que agota con rapidez la fertilidad del suelo, las fuentes locales de agua y la leña para su procesamiento —se necesitaban 50 kilos de leña para producir uno de azúcar—.[98] Esta industria también requería mucha mano de obra, porque la caña madura debía cosecharse y procesarse muy rápidamente. La producción continua a pequeña escala era perfectamente posible con mano de obra campesina gratuita, si se disponía de leña y agua y se rotaba el cultivo para restaurar la fertilidad del suelo. Aunque una expansión de los cultivos requería de nuevas tierras azucareras y operarios y fueron los genoveses quienes lideraron la búsqueda de ambos recursos en Europa.

 

Después de que la peste negra acabara con la mitad de la población activa, Europa occidental experimentó la reactivación de una de sus actividades más nefastas: el comercio de esclavos. Había experimentado un prolongado declive debido a que los siervos y los trabajadores mal pagados resultaban incluso más baratos. Los esclavos necesitaban de ayuda en la infancia y la vejez, momentos en los que no resultaban de ninguna utilidad a los dueños. Sin embargo, a partir de 1350, la demanda de esclavos se disparó de repente y los precios se duplicaron o triplicaron.

 

          ̀ Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ              Ȁ          ̀ Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ              Los euroasiáticos occidentales eran, en general, reacios a esclavizar a quienes ostentaban sus mismas creencias, si bien la conversión tras el sometimiento no liberaba necesariamente. No solo los musulmanes

 

 

 

 

 

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preferían esclavos cristianos y viceversa, sino que cristianos latinos y ortodoxos se esclavizaban mutuamente, al igual que suníes y chiíes. Todos buscaban esclavos paganos, un recurso cada vez más escaso en Eurasia occidental.

 

Los europeos occidentales tomaron regularmente como siervos a los musulmanes capturados en el mar, bien fuera en incursiones o como resultado de batallas en el Mediterráneo. No obstante, en la mayoría de los casos, la situación era al revés, con los musulmanes esclavizando a los cristianos. En un extremo del Mediterráneo, la ciudad-Estado musulmana de Bugía (en lo que hoy es Argelia) empezó a hacer incursiones durante la década de 1360 en la península ibérica para capturar esclavos.[100] Tras la derrota de Tamerlán en 1402, la trata remitió, pero se reanudó con más fuerza a partir de la década de 1420. Se dice que solo en el periodo 1437-1443, 400 000 personas fueron sometidas.[101] Durante el paréntesis de 1402-1420, los timúridas fueron los grandes esclavistas, tanto de cristianos como de musulmanes, que utilizaron para repoblar las ciudades devastadas por la peste y la guerra. Si extrapolamos de forma conservadora las estimaciones para los siglos XVI y XVII, quizá 1,5 millones de cristianos fueron víctimas de la trata mediterránea entre 1350 y 1800, excluyendo en el cómputo a los capturados en tierras de Europa oriental. Como mucho, la mitad de los musulmanes fue en la dirección contraria.[102] Sin embargo, hasta bien entrado el siglo XVII, una quinta parte de la población de Livorno y Malta eran esclavos musulmanes, al igual que no menos de la mitad de los remeros en las galeras cristianas. [103]

 

A las incursiones para capturar esclavos se sumó su comercio, en el que los cristianos latinos competían con los musulmanes por la compra de cristianos ortodoxos de Europa oriental, principalmente griegos y eslavos, así como de pueblos del Cáucaso, como los circasianos, y de turcos que habían permanecido paganos en las estepas europeas. Estos pueblos eran comprados en los puertos del mar Negro, controlados en su mayoría por Génova. Sabemos que el principal puerto esclavista genovés, Caffa, exportó 3285 esclavos en 1374 y 8545 en 1446, aunque tales cifras son poco habituales.[104] Después de la segunda plaga, que terminó en 1363, «de repente nos encontramos con que la importación de siervos orientales fue legalizada y regularizada por las autoridades de todo el sur de Europa

 

 

 

 

 

 

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     Por tanto, podemos estar bastante seguros de que el número de esclavos en el sur de Europa aumentó drásticamente».[105] Un estudio de los apellidos italianos encuentra muchos probablemente derivados de ruso —por ejemplo, «Russo»— o eslavo —por ejemplo, «Schiavo»—.[106] Otra fuente fue el comercio transahariano de esclavos negros africanos paganos, que afectaba a varios miles de desdichados por año. Tenemos indicios de un auge de este antiguo comercio tras la peste,[107] con empresarios musulmanes que vendían sus excedentes a los cristianos en puertos como el de Túnez.

Dentro de Europa sí tenemos algunas cifras de población sometida. Hacia 1390 había 2000 esclavos en Florencia —el 5 por ciento de la población—; 7200 en Génova —15 por ciento— y 5000 en Barcelona —20 por ciento—.[108] Se cree que los esclavos representaban el 10 por ciento de la población de Lisboa en 1446 y aún más en la ciudad meridional portuguesa de Évora.[109] Los siervos urbanos eran en su mayoría mujeres, que trabajaban como empleadas domésticas. Sin embargo, parece equivocada la idea de que casi todos los esclavos de la Europa posterior a la peste fueran trabajadoras del servicio doméstico. En la región de Valencia había en 1431 al menos 1700 esclavos varones. Aquí y en otros lugares, la mayoría de los varones trabajaba fuera de las ciudades en oficios duros y peligrosos que los trabajadores libres evitaban: minas profundas, galeras y plantaciones.[110] Los esclavos de Évora parecen haber sido utilizados para recuperar tierras abandonadas tras la peste negra. En 1472 fueron declarados «la causa de que se abrieran nuevas tierras y se limpiaran bosques y se abriesen pantanos».[111]

 

Los historiadores no se ponen de acuerdo en si estas cifras eran «relativamente pequeñas» o «asombrosas».[112] Ciertamente, los altos precios sugieren que la oferta no satisfacía la demanda. El problema radicaba en que los musulmanes eran más efectivos que los cristianos capturando esclavos y comerciando con ellos en los mercados donde ambas comunidades participaban. Todos los puertos genoveses en el mar Negro donde se practicaba la trata cayeron en manos de los otomanos a lo largo del siglo XV. Siempre adaptables (vid. Capítulo 10), los genoveses

 

se desplazaron hacia el oeste, movilizaron a sus aliados ibéricos y se adentraron juntos en el Atlántico en busca de nuevas tierras que les suministraran siervos y azúcar. Ya en 1362, las islas Canarias, conocidas

 

 

 

 

 

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desde hacía tiempo, pero hasta entonces olvidadas, fueron objeto de incursiones genovesas en busca de esclavos. Los guanches eran de ascendencia bereber, si bien habían perdido el arte de la navegación y la metalurgia.[113] Una de las islas fue conquistada en 1402 y la última, esta por los españoles, en 1496 (vid.Capítulo 7 y Mapa 5 arriba). [114]

 

Más tarde, los portugueses descubrieron otras islas del Atlántico

 

—Madeira en 1419, Azores en 1439 y Cabo Verde en 1456—. Se hallaban deshabitadas, pero eran más o menos aptas para la producción de caña de azúcar, al igual que las Canarias. La mayoría de las primeras plantaciones mezclaba mano de obra esclava con personas libres, pero en la década de 1460, en las islas de Cabo Verde, un genovés al servicio de Portugal fue pionero en la plantación de caña trabajada solo por esclavos.[115] En paralelo al proceso esclavista en las Canarias, los navíos portugueses empezaron a surcar la costa africana. Aún no buscaban una ruta hacia Asia, sino hombres, con expediciones que eran «abierta y explícitamente repetidas incursiones destinadas a obtener esclavos».[116] Durante la década de 1440, los portugueses descubrieron que era más fácil comerciar con los africanos de la costa para obtener esclavos que capturarlos por la fuerza. Además, al comerciar también obtenían oro barato como beneficio adicional. Este hallazgo marcó el inicio del infame comercio europeo de esclavos negros.[117] El viaje por barco desde la península ibérica hasta esas costas e islas resultaba bastante fácil una vez que se intentaba. El regreso era otra cosa, dificultado por los vientos dominantes. Así, los navíos tenían que adentrarse cada vez más en el Atlántico para coger los vientos adecuados que les permitieran el regreso a casa: era la volta do mar largo. «Cuanto más cerca del ecuador navegaban las carabelas, más largo se hacía el brazo noroeste de la volta».[118]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Hallar un resquicio de esperanza en una tragedia tan devastadora como la peste negra resulta un esfuerzo poco menos que inhumano. De hecho, el aumento de la prosperidad en Europa occidental no terminó con los pobres: más bien, pasaron de ser una mayoría abrumadora a una gran

 

 

 

 

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minoría, con el resultado de reducir la desigualdad económica a sus niveles más bajos entre 800 y 1800, aproximadamente, de nuestra era. Para la persona de a pie, los beneficios surgidos a raíz de la peste negra empezaron a disminuir y a perder su brillo después de 1500. La laboriosidad pudo ralentizar ese proceso, pero a esa laboriosidad podemos llamarla, sin más, exceso de trabajo: largas horas de dura faena tanto para adultos como para niños. Como porcentaje de la población, las clases acomodadas es probable que retrocedieran con respecto a su máximo de principios de la época de la peste. Sin embargo, crecieron en riqueza y en número absoluto a medida que la población empezó a aumentar de nuevo y la demanda de bienes exóticos y extractivos continuó su trayectoria ascendente. Se estima que el comercio en expansión creció a una tasa del 1-2 por ciento anual entre 1500 y 1800, lo cual es una cifra alta en términos preindustriales.[119] No obstante, el auge comercial posterior a la peste —entre 1390 y 1500— resultó aún más pronunciado y esto fue lo que impulsó el deseo de los europeos occidentales de expandirse más allá de sus fronteras. A mediados del siglo XV, con o sin Colón, los europeos se estaban dirigiendo a América en tres direcciones: a través del Atlántico Norte —en busca de más bacalao y ballenas—, hacia Siberia —en busca de pieles de primera calidad— y a través del Atlántico Sur —en busca de vientos que los llevaran de vuelta a casa una vez concluida la búsqueda de oro barato, nuevas tierras azucareras y fuentes de esclavos adicionales—.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 5

 

 

 

 

 

¿Revoluciones de la peste?

 

 

 

Los dos capítulos anteriores han demostrado que, tras la peste, Europa occidental desarrolló motivos para expandirse gracias a aumentos temporales en la riqueza per cápita y a un incremento en la demanda de bienes comerciales cada vez mayor. Pero una cosa es el

 

deseo de crecer y otra la capacidad de hacerlo con éxito. En el presente capítulo pasaremos de los motivos a los medios de la expansión y al efecto de la peste sobre ellos. El análisis tocará algunos temas que han sido objeto de debate durante largo tiempo. Uno de ellos es si Europa experimentó una suerte de revolución industrial medieval por el auge concreto de la molinería hidráulica. En un principio, el proceso se situó en el siglo XIII, pero la idea ha perdido fuerza en los últimos tiempos.[1] Tal vez haya argumentos para ampliar el concepto y datarlo en los primeros tiempos de la peste, entre 1350 y 1500. Un segundo tema es la revolución de la imprenta, iniciada por Johannes Gutenberg en Alemania durante la década de 1450 con la invención de los tipos móviles de metal. Esta parte es bien conocida, pero algunos cambios paralelos en la tecnología de la alfabetización no lo son. La tercera cuestión es la revolución militar que supuso la aparición de la pólvora en los ejércitos. Los historiadores la situaron inicialmente entre 1560 y 1660, mientras que su defensor más conocido, Geoffrey Parker, extendió la horquilla hasta 1500-1800. Sin embargo, algunos sitúan ahora este periodo de manera definitiva entre

 

 

 

 

 

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1350 y 1500.[2] En las siguientes páginas intentaré, por reducido que sea el espacio, reevaluar estos temas a la luz de las sombrías consecuencias de la peste.

 

 

 

¿UNA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL BAJOMEDIEVAL?

 

La peste negra transformó radicalmente —de hecho, invirtió— la relación entre trabajo y capital y creó un fuerte incentivo para sustituir el primero por el segundo siempre que fuera posible. Aunque ello es muy evidente, como se ha señalado en las páginas anteriores, también hay que tener en cuenta la inmediata prima por peste: esto es, el doble de activos fijos, así como de dinero en efectivo, el doble de dotación per cápita en recursos naturales y el doble de ubicaciones privilegiadas para granjas, muelles, molinos, etcétera. Si la gente tenía posibilidad de trabajar estos activos adicionales, lo hacía de la forma menos intensiva posible en mano de obra. Si no podía, elegía la mejor parte. También tenemos que ampliar nuestra concepción del ahorro de mano de obra. No se trataba solo de que un molino de viento hiciera el trabajo de 50 molineros manuales, sino también de acortar los tiempos de entrenamiento, tomar atajos en las técnicas, extender las jornadas y la vida laboral de los trabajadores supervivientes y preservar la vida de los soldados mediante mejores armaduras y fortificaciones. Sorprendentemente, no hubo demasiados inventos que resultaran totalmente nuevos, sino más bien un fuerte aumento de la utilización de tres fuentes de energía inanimadas y previamente existentes: la fuerza del agua, la fuerza del viento y la pólvora.

 

Ya antes de 1350, el uso principal de la energía hidráulica era mover molinos harineros. Pero después de esa fecha, el uso de estos aparatos destinados a moler grano se volvió aún más predominante. Aunque los molinos impulsados por caballos y viento seguían siendo importantes en lugares donde no había canales de agua, la molienda manual disminuyó de forma drástica. En Inglaterra, el hecho de que «el número total de molinos, ya fueran de agua, de viento o de caballo disminuyera en menor grado que la población después de 1348 sugiere que muchos de los que habían

 

 

 

 

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molido el grano a mano antes de la peste recurrieron después a otras fuentes de energía para esa tarea».[3] Asimismo, la energía hidráulica se extendió mucho más allá de la obtención de la harina: aunque los molinos industriales, que principalmente aserraban madera y accionaban martillos para el afinado de metales y el abatanado de telas, existían antes de la peste negra, proliferaron después de ella. En Inglaterra, el número de estos dispositivos pasó de 600 a 2000 entre 1300 y 1540[4] y se multiplicaron por seis en relación con la población, y eso que durante esta época Inglaterra no era la parte más protoindustrializada de Europa. Francia, el norte de Italia y ciertas áreas de Alemania la igualaban al menos en el uso de la fuerza hidráulica. Los molinos que utilizaban las aguas del Rin y del Mosa en Francia parecen haber aumentado alrededor de un 50 por ciento en números absolutos en los albores de la epidemia, lo que supone un incremento del triple per cápita.[5] Al principio, los molinos industriales se reconvirtieron a partir de antiguos molinos de grano, o al menos utilizaron sus emplazamientos en lo que fue esa prima por peste de edificios sobrantes y emplazamientos privilegiados. Las distintas tareas propias de la molienda industrial se ampliaron para incluir otras como triturar trapos para transformarlos en papel, afilar cuchillas, accionar tornos y prensar nueces y semillas para obtener aceite. Todos los avances clave en Francia datan de los años 1348-1378.[6]

 

Aparte de como aserraderos, los usos más importantes de los molinos industriales seguían siendo el procesamiento de telas y metales.[7] El abatanado consistía en golpear la tela cruda mientras estaba húmeda para fusionar las fibras y hasta 1350 se hacía mediante el golpeteo de pies humanos, principalmente. Esto siguió siendo así para algunos tejidos de lujo considerados demasiado delicados para el proceso mecánico, aunque el cambio posterior a 1350 hacia la energía hidráulica resulta inequívoco. Redujo los costes del proceso en al menos dos tercios y, por tanto, el coste del paño, el principal artículo de la manufactura medieval.[8] Por ello, más hogares pudieron permitirse comprar paños en lugar de tejerlos ellos mismos y más entre ellos la utilización de molinos a motor en lugar de los manuales para la molienda del cereal. A su vez, esto liberó a más campesinos para el trabajo asalariado. Un ejemplo del efecto de la peste negra en la fabricación textil europea es la industria sedera de Bolonia.[9] Para 1341, Bolonia había adquirido la «máquina circular de hilado

 

 

 

 

 

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inventada en Lucca […] un complejo mecanismo cilíndrico accionado manualmente» gracias a un artesano migrante, que era la forma habitual de transferencia de tecnología en la Edad Media. En 1371, Bolonia contaba con doce hilanderías de seda accionadas por agua y el número aumentó rápidamente a partir de entonces hasta convertirse en la principal industria de la ciudad. El producto clave, junto con los velos de seda, era un hilo más fuerte y grueso, un «producto semiacabado listo para el telar» que luego se vendía a otras urbes del norte de Italia para su acabado. Mi fuente no especifica el papel de la epidemia de peste, aunque parece suficientemente claro. El sistema, mantenido en secreto hasta 1454, incluía una «red capilar subterránea de pequeños conductos llamados chiaviche», una innovación hidráulica aparentemente característica de Bolonia, pero también dependía de molinos accionados por agua a lo largo de canales. Los molinos de grano pasaron de 70 en el siglo XII a 20 en 1393, con 16 molinos de seda y «otros veintiún molinos para la industria metalúrgica, lanera y papelera». La industria de la seda se concentraba en «una zona escasamente habitada» de la ciudad, es probable que también despoblada por la peste, y atendida sobre todo por mujeres y niños.

 

Los metales fueron fundamentales en la prehistoria —la Edad de Bronce, la Edad de Hierro—, pero luego se dan por sentados hasta la Revolución industrial. Sin embargo, parece que, revolucionario o no, el cambio preindustrial más brusco en la metalurgia europea desde la caída de Roma se produjo a principios de la época de la peste. La peste negra impulsó enormemente la producción de hierro en hornos de fundición accionados por agua, que se expandió con rapidez después de 1350 en regiones con la combinación adecuada de mineral, carbón vegetal y agua corriente. El carbón vegetal, combustible esencial para la metalurgia, se deshacía en polvo para transportarlo en carros[10] y las vías navegables y el agua corriente rara vez coincidían, por lo que la producción de hierro se concentraba en zonas boscosas y montañosas con abundantes arroyos, en especial los de la Bélgica valona, partes de Alemania, el noroeste de Francia y la Italia de los Apeninos. Antes de 1350, el hierro se producía principalmente en pequeñas forjas llamadas hornos de reducción, que generaban dos o tres toneladas de metal por año. Aunque existían fuelles y martillos de afinado accionados por agua, no eran comunes. «La importancia de los fuelles hidráulicos no aumentó hasta después de la peste negra».[11] Surgieron altos hornos de mayor tamaño que aumentaron

 

 

 

 

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la producción a 40 o 50 toneladas anuales. Los altos hornos «redujeron los treinta o cuarenta herreros y sopladores de fuelle necesarios […] a tan solo dos o tres».[12] Una tecnología comparable, pero a menor escala, conocida como fragua catalana y que utilizaba saltos de agua naturales, se extendió ampliamente desde su punto de origen en los Pirineos y alrededores. Se cree que entre 1400 y 1525 la producción europea de hierro se triplicó o cuadruplicó.[13] Ciertamente, el hierro del principal exportador, Suecia, vendido a través de Lubeca, aumentó un 132 por ciento entre 1368 y 1492 y los registros de los diezmos sugieren que la producción total de hierro sueco se sextuplicó entre 1340 y 1539.[14] Se trata de cifras absolutas, que indican aumentos per cápita mucho mayores. El incremento del número de martillos picadores accionados por agua «compensó el aumento de los costes de la mano de obra que siguió a la despoblación causada por la peste negra».[15]

 

A diferencia de muchos otros, los historiadores de la tecnología llevan mucho tiempo observando el ascenso de la producción de hierro tras la peste,[16] si bien no todas sus implicaciones. Tal incremento se basó en técnicas utilizadas en el procesamiento de otros metales y, a su vez, el auge de la metalurgia tras la peste impulsó también su producción. Las innovaciones en la transformación del plomo y la plata parecen datar, principalmente, del siglo XV, aunque la producción de cobre se había intensificado antes para satisfacer la creciente demanda de bronce. Suecia fue incluso más importante en relación con el cobre que con el hierro y sus exportaciones del primero, de nuevo a través de Lubeca, se multiplicaron casi por cuatro entre 1368-1492.[17] Volviendo al hierro, investigaciones recientes demuestran el efecto de la peste sobre los precios, que se inician en Inglaterra en 1353. Aquí y en Suecia, largas series de precios de los clavos ponen de manifiesto que «se observa una nueva tendencia de los precios tras la peste negra. La sacudida que representó parece haber desencadenado una presión a la baja a largo plazo sobre los precios del hierro».[18] La misma tendencia ha podido rastrearse en España, Alemania y los Países Bajos. Hemos visto que un mayor número de utensilios de hierro dio como consecuencia un impulso de la agricultura y pronto veremos que lo mismo pasó con la navegación, las armas y las armaduras. La mayor parte de la producción era de hierro forjado relativamente maleable, pero comenzó la producción de la variedad

 

 

 

 

 

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fundida, al parecer a partir de 1377 en Italia.[19] El acero, un subproducto de la fabricación del hierro, había sido hasta entonces difícil de producir y, por tanto, escaso. También aquí la peste negra estimuló rápidamente el aumento de la calidad y la cantidad, aunque esta última siguió siendo bastante modesta. Como hemos visto, el principal productor mundial de acero de crisol de calidad —wootz— había sido durante mucho tiempo la India. Esas técnicas indias fueron luego emuladas en Oriente Medio y en la España musulmana, en este caso último para fabricar finas hojas de espadas damasquinadas y toledanas, respectivamente. Japón fue otro de los principales productores de espadas de acero, con técnicas que requerían mucha mano de obra. Un estudio científico comparativo, que utiliza nuevos métodos no intrusivos en piezas de museo, concluye que la India y Japón conservaban una ventaja en calidad, pero que «el método europeo era el más barato, tanto en materiales como en mano de obra». [20]

 

Otra gran mutación tecnológica tras la peste fue la energía eólica, más que la hidráulica. Durante el siglo XV, sobre todo en los Países Bajos, aparecieron molinos de viento perfeccionados y se generalizó su uso para bombear agua y serrar madera, pero los avances en el transporte marítimo impulsado por el viento fueron incluso más relevantes. Antes de la epidemia, tanto en la Europa mediterránea como en la atlántica se utilizaba ya una mezcla de barcos de vela y de remos, que, por lo general, también llevaban velas. Los barcos que solo usaban velas eran principalmente pequeñas embarcaciones de casco trincado o curvo, conocidas como cocas, que tenían un solo mástil y no eran demasiado manejables. Por ello, los armadores tanto del norte como del sur tendían a restringir los viajes a las estaciones y rutas en las cuales las condiciones meteorológicas y marítimas fueran previsiblemente más favorables.[21] Las galeras podían utilizarse en aguas más difíciles, pero ofrecían poca capacidad de carga y necesitaban de mucha tripulación, por lo que había que desembarcar cada pocos días para aprovisionarse de agua potable. Incorporaban un velamen que se utilizaba siempre que era posible, aunque los remeros eran una costosa medida de seguridad contra los peligros de quedar varados en la costa, los vientos desfavorables y los ataques violentos. Las galeras, con unos 200 hombres y una capacidad de carga de 50 toneladas, eran los buques de guerra preferidos, aunque cualquier barco podía combatir o cargar según las circunstancias. En el norte eran comunes unas galeras

 

 

 

 

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pequeñas conocidas como barcazas o balandras; y en el sur, Venecia y Génova desarrollaron grandes galeras capaces de transportar 250 toneladas de carga. Al principio, estas grandes embarcaciones eran las que llevaban el comercio de más largo alcance en la Europa anterior a la peste. Lo hacían a lo largo de la ruta del alumbre, desde Asia Menor hasta Inglaterra y Flandes.

 

La peste negra dejó como legado una inmediata prima por peste en el transporte marítimo, al duplicar la capacidad de carga por persona en Europa. Como la mano de obra resultaba tan escasa, los veleros sustituyeron a los barcos de remos siempre que fue posible y además se le dio prioridad a los veleros de mayor envergadura, con una menor proporción de tripulación por carga. A medida que las viejas embarcaciones se degradaban, las nuevas construidas tendían a ser más veleros que galeras, con tamaños de navío mayores si cabe. En el Mediterráneo, Venecia y Génova habían utilizado durante mucho tiempo navíos de vela —naus, naos o naves— con uno o dos mástiles. Justo antes de la peste negra habían adoptado los planos de las velas norteñas, que empleaban menos mano de obra, pero, como ocurre a menudo, la tendencia se curvó bruscamente hacia arriba después de 1350.[22] Las versiones grandes de estas embarcaciones se conocieron como carracas, los barcos más grandes que se botaron en aquel tiempo, de entre 400 y 1000 toneladas. Mientras que Venecia utilizaba sobre todo grandes galeras en la ruta del gran alumbre, los genoveses empezaron a utilizar carracas en 1382-1383 como muy tarde.[23] En 1400, Génova contaba con 64 carracas de más de 400 toneladas cada una.[24] A partir de 1410, hasta 20 de ellas dominaron la ruta del alumbre y transportaron entre 7000 y 8000 toneladas de carga al año, mucho más de lo que podía llevar un número similar de grandes galeras. Esto impulsó el comercio y fomentó la hibridación de las técnicas de navegación del norte y del sur. El País Vasco y Portugal, puntos de escala en la ruta, fueron lugares de importancia en la construcción de barcos híbridos. Hacia 1409, algunas carracas y algunos barcos ibéricos más pequeños habían añadido un tercer mástil, de vela latina, que les permitía una mayor maniobrabilidad.[25] Una excepción a la regla de los grandes veleros era la carabela, una embarcación pequeña pero estable y maniobrable, cuyo papel analizamos después en este capítulo.

 

 

 

 

 

 

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Más al norte, el efecto de la peste en la navegación puede rastrearse en el tamaño medio de los barcos ingleses: de 36 toneladas en 1359 a 65 toneladas en 1410 y 100 toneladas en 1450.[26] Como sugieren estos modestos tonelajes, Inglaterra no era una gran potencia marítima por aquella época y otras flotas disponían de embarcaciones mucho mayores. En el mar del Norte se pasó de las cocas de 100 toneladas a urcas más grandes a partir de 1380, quizá porque los barcos heredados de antes de la peste se habían degradado. Se trataba de embarcaciones de 200-300 toneladas con dos mástiles y castillos integrales de proa y popa. En algún momento a mediados del siglo XV los constructores navales del norte abandonaron su tradición de construir barcos desde el exterior hacia el interior y adoptaron la técnica del sur de construir desde el armazón hacia afuera, que era más económica y producía barcos más resistentes. Al mismo tiempo, tanto en el norte como en el sur, empezaron a aparecer diseños de velas más complejos y manejables, lo que llevó a la creación del barco de tres mástiles completamente equipado alrededor de 1430.[27] Las versiones de gran tamaño se siguieron conociendo como carracas, pero poco después de 1500 se les unió una variante más larga y esbelta conocida como galeón. No está claro si el galeón apareció en el Mediterráneo poco antes de 1500 o en el Atlántico algo después.[28]

 

Estos avances de la navegación en Europa occidental son bien conocidos. Para algunos historiadores, fue la peste negra la que redujo drásticamente los fletes marítimos hacia el norte y el sur. «Los fletes de los cargamentos a granel descendieron a lo largo del siglo XIV, a pesar del fuerte aumento de los salarios de los marineros, que pasaron del 25-30 por ciento del valor de un cargamento de hidromiel o alumbre al 8 por ciento».

 

     Un destacado experto señala también que «es imposible rebatir la conclusión de que el transporte marítimo creció mucho más rápidamente que la economía en su conjunto».[30] Sin embargo, hay un factor que requiere especial atención: los chinos, los indios y otros pueblos también utilizaban barcos de vela, pero, en general, eran embarcaciones especializadas diseñadas para determinados mares, vientos y estaciones. Antes de 1350, este era también el caso en las aguas europeas, ya fueran del norte o el sur. «Los vientos de verano son —y eran— muy predecibles en el Mediterráneo oriental y el Egeo […] se pueden considerar una especie de vientos monzónicos». «Al igual que en el Mediterráneo, había

 

 

 

 

 

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una temporada estival de navegación en la Europa atlántica primitiva», una zona donde las tormentas podían ser ocho veces más frecuentes en invierno que en verano.[31] A diferencia de otros barcos, el de aparejo completo era versátil y capaz de navegar en casi cualquier mar y estación del año, fuera cual fuese la parte del mundo. Alejar a los marineros de la dependencia de los remos en mares y estaciones variables resultó un cambio radical. No en vano, los peligros de quedar atrapados en la costa solo con velas son bien conocidos. A las travesías más largas se sumaron técnicas de navegación mejoradas: mejores cuadrantes, astrolabios —que permitían navegar en invierno cuando no se veía el sol— y los rumbos de navegación conocidos como portulanos. Fue la escasez de mano de obra de la peste negra y oleadas posteriores de la epidemia las que mantuvieron escasa la mano de obra, lo que provocó este cambio.

 

 

 

LA REVOLUCIÓN DE LA IMPRENTA Y LA TRANSICIÓN AMANUENSE

 

A principios de la década de 1450, en Alemania, Johannes Gutenberg y sus colaboradores inventaron la imprenta dotada de tipos metálicos móviles. Tanto si se trataba de una invención original como si procedía de Corea, donde ya se utilizaba una tecnología similar en 1377, la consecuencia fue una revolución de la imprenta en Europa occidental. No podemos explorar aquí todas las repercusiones amplias y a largo plazo de tal invención, si bien es importante mencionar las advertencias de otros estudiosos acerca de «la tendencia a asociar la imprenta con el progreso inevitable».[32] Lo que sí podemos es dejar claras dos cosas: en primer lugar, que el invento de Gutenberg fue un hijo de la peste y, en segundo, que esa revolución tuvo una hermana mayor no reconocida a la que llamaremos transición amanuense.

 

Fue el perspicaz especialista David Herlihy quien primero, en la década de 1990, relacionó la imprenta con la peste y señaló que el logro de Gutenberg no era sino «la culminación de numerosos experimentos llevados a cabo a lo largo del siglo anterior».[33] Investigaciones recientes

 

 

 

 

 

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en torno a la producción de libros manuscritos apoyan esta idea. Sabemos que en las dos décadas inmediatamente posteriores a la peste negra la fabricación de libros cayó en picado, derivada de la muerte de autores y copistas, del aumento de los salarios de los supervivientes y del consiguiente incremento de los costes de producción. «Sin embargo, tras este declive temporal, la producción se recuperó y dio lugar a un aumento aún mayor del número de volúmenes, que se multiplicó casi por diez en los cien años siguientes» previos a la invención de la imprenta.[34] Los costes disminuyeron a medida que aumentaba el número de ejemplares. [35] En los primeros años del siglo XV aparecieron ejemplares baratos producidos en masa con impresiones en madera, seguidos, poco después, por la impresión en intaglio, que consistía en grabar y luego imprimir usando una placa de cobre.[36] Aunque se utilizaban para ilustraciones, principalmente, estos avances pueden considerarse etapas intermedias en la evolución de la impresión de tipos metálicos móviles. «La imprenta […] fue tanto una respuesta al creciente apetito por los textos como un motor del nuevo consumo».[37] «Una cultura pujante de uso del libro fue la precursora de la invención de la imprenta, más que su consecuencia».[38] La rápida difusión de la tecnología de la imprenta por gran parte de Europa occidental apoya esta perspectiva y confirma que su adopción estuvo impulsada por la demanda.[39] Uno de los factores que explican el incremento masivo de la producción de libros después de la peste aunque antes de la imprenta fue la mayor aplicación de la fuerza hidráulica a la fabricación de papel, una práctica que se extendió desde Italia después de 1348.[40] El papel siempre había sido mucho más barato que el pergamino: una Biblia de Gutenberg impresa en pergamino requería la piel de 300 ovejas. A partir de 1350, los precios del papel siguieron bajando en toda Europa occidental.[41] Otros factores se centraron en el aumento de la alfabetización y la mejora de la productividad de los amanuenses.

 

Después de 1350 aparecieron distintos avances que facilitaban la copia de libros: se empezaron a usar diseños estándar, más abreviaturas y una escritura más cursiva. También se copiaban múltiples ejemplares, como las copias al carbón que algunos recordarán, así como el trabajo a destajo, «dividiendo el texto en secciones que se subcontrataban a múltiples copistas e iluminadores».[42] El auge de los libros anteriores a la imprenta resultó importante en sí mismo, pero igualmente era indicador de una

 

 

 

 

 

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mutación de más amplio espectro: un repunte en el uso de la escritura. El conocido ascenso del uso de las lenguas vernáculas en lugar del latín ahorró tiempo de formación a los escribas. El número total de universidades se duplicó con creces en Europa occidental durante la primera época de la peste y, por supuesto, el porcentaje de la población a la que educaban creció todavía más. Las escuelas seculares «proliferaron rápidamente durante el siglo XIV».[43] Además de letras enseñaban números, con la ayuda cada vez mayor de la numeración arábiga y el ábaco. Varios historiadores económicos han demostrado una disminución general en la diferencia salarial entre trabajos especializados de todo tipo, incluidos aquellos que requieren alfabetización. Ello indica, según coinciden, que la formación y la educación se estaban generalizando. Los progenitores pudientes invirtieron más en la educación de los hijos, estos menos numerosos debido a la alta mortalidad. Por consiguiente, el número de trabajadores cualificados aumentó más rápidamente, o disminuyó más lentamente, que el de los no cualificados. En Inglaterra, «esta prima de cualificación, de una media del 115 por ciento en el medio siglo anterior a la peste negra, se redujo a […] solo el 49 por ciento después».[44] También aumentaron los conocimientos de aritmética, medidos por un descenso en la acumulación de edades, la práctica consistente en redondear la edad o la fecha de nacimiento a «unos veinticinco años» o «alrededor de 1315». Según se cree, en el norte de Italia la competencia numérica de los hombres pasó del 31 en 1350 al 55 por ciento en 1450. [45]

 

Otro factor que contribuyó al aumento del número de copistas y que facilitó la alfabetización fue una mejora en la visión humana que fue impulsada por la peste y que, sin embargo, se ha pasado por alto con frecuencia. Aquello supuso toda una transición: superada la peste negra, los escribas y artesanos supervivientes intentaron alargar su jornada laboral y su vida profesional. Es probable que esta fuera una de las causas del aumento de la demanda de productos derivados de la ballena señalado en el capítulo anterior. El aceite para lámparas era una de esas aplicaciones y también parece haber crecido la demanda de velas de cera. «Parece probable que el incremento del consumo per cápita después de la peste negra compensara al menos el descenso de la población, así como que las condiciones socioeconómicas de la Baja Edad Media se sumaran a los

 

 

 

 

 

 

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hábitos religiosos para impulsar una creciente demanda de cera».[46] Como ocurría con las pieles, Nóvgorod era un gran productor de cera, al igual que Polonia, y los comerciantes de la Liga Hanseática en Toruń manejaban más de 40 000 marcos de cera del Báltico al año en la década de 1360.[47] También se importaba cera de todas las fuentes posibles, incluidos los Balcanes y el norte de África.[48] La búsqueda de más alumbrado artificial tuvo especial relevancia en el norte de Europa, con solo dos tercios de las horas solares que se disfrutaban en el sur. Otros dos cambios sí fueron comunes tanto a norte como a sur: las ventanas de cristal proliferaron desde finales del siglo XIV y, con ello, contribuyeron a mejorar la iluminación natural en los talleres.[49] Ya en 1348, Venecia, uno de los principales fabricantes de cristal, aumentó de manera sustancial

 

sus importaciones de ceniza de sosa —carbonato de sodio— procedente del Mediterráneo oriental, que permitía fabricar el cristal de más alta calidad, y las volvió a incrementar a partir de 1386.[50] Con respecto a la proliferación de gafas, este fenómeno fue aún más llamativo. Se cree que las gafas se inventaron en Italia en la década de 1280, pero no se generalizaron hasta después de la peste negra.[51] La investigación arqueológica ha puesto de relieve que las había tanto en los pueblos pesqueros como en las narices de príncipes y prelados.[52] Se han documentado exportaciones anuales de miles de pares de gafas por parte de Venecia y Barcelona a partir de 1400 y es probable que Florencia exportara aún más. Estas ciudades se vieron especialmente afectadas por la peste y tenían una alta demanda de escritura en la cultura y el comercio. Las gafas no solo alargaban la jornada laboral de los amanuenses y de otros trabajos cualificados, sino que también prolongaban la vida laboral de las personas mayores con problemas de visión.

 

«Los historiadores coinciden mayoritariamente en que la alfabetización aumentó de forma considerable durante los siglos XIV y XV, sobre todo en las zonas urbanas».[53] Sin embargo, tampoco debemos exagerar esa tendencia. Desde luego, no nos hallamos ante el advenimiento de la alfabetización masiva. Se cree que entre 1300 y 1500, el porcentaje de hombres en Inglaterra con capacidad para leer y escribir aumentó del 2 al 11,4 por ciento.[54] No obstante, esto aún representaba un aumento cercano al triple en números totales y también hemos observado que la productividad por escriba aumentó. Proliferaron los

 

 

 

 

 

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manuales técnicos, aunque la mayor parte de la transferencia de tecnología siguió siendo una cuestión de migración de trabajadores cualificados. En las ciudades comerciales ricas, los hombres alfabetizados conformaron una gran minoría.[55] Al menos en Génova y Lubeca, los comerciantes empezaron a asumir parte del trabajo de los notarios profesionales, «un cambio notable» que data de «la segunda mitad del siglo XIV».[56] Los contratos básicos escritos por ellos mismos y firmados conjuntamente se convirtieron en registros legales, lo que liberó a los notarios para otros trabajos, en especial los contratos de seguros marítimos, que también surgieron por esta época. Ello facilitó el comercio y mejoró la cohesión de las redes mercantiles. El mayor número de escribanos mejoró también la Administración pública y la memoria de los Estados, mediante los registros que llevaban.[57] A su vez, esto contribuyó a aumentar la recaudación de impuestos y facilitó la sustitución de los ejércitos feudales por otros mercenarios.[58] Tanto en la esfera pública como en la privada, la transición amanuense mejoró la capacidad de las organizaciones para mantener relaciones a través del espacio y el tiempo. Como dijo el gran misionero jesuita Matteo Ricci, «lo importante de escribir las cosas […] es que tu voz llega a miles de kilómetros».[59] La Tercera Parte de este texto

 

muestra que, mientras que la revolución de la imprenta —iniciada en la década de 1450— se limitó en gran medida a Europa occidental, la transición amanuense, a partir de la década de 1350, se extendió por toda Eurasia occidental.

 

 

 

¿UNA REVOLUCIÓN DE LA PÓLVORA?

 

El debate en torno a la revolución militar es importante para este libro no solo porque la peste apenas ha aparecido en él, sino también porque, durante mucho tiempo, ha ofrecido una explicación alternativa, sin peste, de la expansión europea occidental. El debate cuestiona y a menudo confunde un par de acontecimientos y un par de momentos temporales. Los acontecimientos son una revolución de la pólvora y la aparición de fuertes Estados guerreros lo suficientemente ricos como para permitirse

 

 

 

 

 

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grandes contingentes profesionales y grandes armadas especializadas. Las fechas son temprana (1350-1500) y tardía (1500-1800). Algunos sostienen que tanto las revoluciones dirigidas por las armas como las dirigidas por el Estado se produjeron pronto. Otros sostienen que ambas se produjeron tarde. Este libro defiende que las armas proliferaron pronto, mientras que los Estados guerreros lo hicieron tarde. En este epígrafe se analizan las armas y sus rivales, mientras que los Estados guerreros se dejan para el Capítulo 7.

 

Fueron los chinos quienes inventaron tanto la pólvora como los cañones, productos secundarios ambos de su divergencia superartesanal. La pólvora había aparecido hacia el año 800 d. C. y se aplicó a la guerra una centuria después. Las armas de pólvora aumentaron desde el siglo XIII en la desesperada lucha de los Song del Sur contra los mongoles. En cuanto a los cañones, aparecieron como muy tarde a mediados del siglo XIII, aunque solo formaban parte de un conjunto más amplio de armas de pólvora chinas que también incluían bombas incendiarias, granadas, «lanzas de fuego» (¿cohetes?) y minas explosivas.[60] La pólvora experimentó entonces tres difusiones globales, la primera de ellas emprendida por los mongoles y sus auxiliares chinos.[61] Los mongoles utilizaron armas de pólvora en ocasiones,[62] pero no lo suficiente como para hacer del suyo el primer imperio de la pólvora, como se ha sugerido.

 

     A partir de la década de 1370 se produjeron nuevos desarrollos chinos con los Ming, ahora con mayor énfasis en las armas cortas y los cañones pequeños, pero con cohetes y demás destacando aún de manera significativa. La tecnología ming de la pólvora se expandió por el sudeste asiático, Asia Central y la India durante el siglo XV. También llegó a

 

Oriente Medio de la mano de los timúridas.[64] Fue la difusión anterior —song-mongola— la que tuvo más influencia en Europa occidental. A finales del siglo XIII, las recetas de la pólvora habían llegado hasta Inglaterra y el Imperio bizantino.[65] En 1327, la pólvora, conocida como nieve china, era lo bastante común en el sur de España como para que se aprobaran leyes contra los fuegos artificiales por temor a incendios accidentales y los primeros cañones rudimentarios habían aparecido tanto en estos lugares como más al norte.[66] Con todo, suele admitirse en general que las armas de fuego no florecieron en Europa hasta después de 1350. Los núcleos fueron el país valón en la actual Bélgica, las zonas

 

 

 

 

 

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adyacentes del nordeste de Francia y el noroeste de Alemania, quizá por su precedencia en los altos hornos, y el norte de Italia, cuya ciudad de Pistoya podría estar en el origen de la palabra pistola. En conjunto, estas regiones podrían denominarse Europa central, el tercer hogar de la difusión mundial de las armas de fuego.

 

La pólvora sustituyó energía humana por energía química, lo que ahorraba trabajo manual. Tras la peste negra, las armas de fuego y sus oponentes experimentaron una incesante competición que enfrentó cañones contra fortificaciones, cañones de hierro forjado contra otros de bronce fundido y armas de retrocarga contra armas de avancarga. Pugnas similares existieron entre barcos de guerra y galeras artilladas, así como entre ballestas perfeccionadas, armaduras y armas de fuego portátiles —no eran todavía pistolas, sino armas largas lo suficientemente pequeñas como para ser usadas por una sola persona—. Tales desarrollos competitivos dieron lugar a distintas tecnologías de transición importantes en su época, pero que acabaron siendo superadas por métodos rivales. Entre ellos estaban los cañones de hierro forjado, fabricados con aros y duelas de

 

hierro forjado, de ahí su denominación de cañón —barrel—. Estos cañones variaban en tamaño, desde monstruos que resultaban útiles solo

para quienes acometían un asedio —disparaban proyectiles de piedra de 100 kilogramos o más—, hasta pequeños dispositivos que disparaban tan solo medio kilogramo. A diferencia de los cañones de campaña o de asedio, no tenían que ser trasladados por hombres o animales de tiro, lo que ahorraba más trabajo aún. Los revolucionarios tardíos sostienen que los cañones no tuvieron importancia en los asedios hasta 1450, aproximadamente, ni en las batallas en campo abierto hasta después de 1500. Sin embargo, los revolucionarios tempranos señalan que, ya en 1382, los rebeldes de Gante bajaron 200 cañones pequeños de las murallas, los cargaron en carros y los utilizaron para derrotar a su conde en una batalla campal.[67] También indican que el cañón de asedio borgoñón ayudó a tomar una fortaleza inglesa en 1377.[68] Este tipo de arma pudo resultar decisivo en los cercos a poblaciones a partir de 1407.[69] En 1415, según investigaciones recientes, los ingleses dispararon 7466 proyectiles de piedra contra la bien fortificada ciudad francesa de Harfleur —«la enorme fuerza de sus golpes destrozó todo lo que se interpuso en su camino»—, eso dejó a la ciudad vulnerable al asalto y forzó su rendición. [70]

 

 

 

 

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Durante los primeros tiempos de la peste, los cañones de hierro forjado compitieron con los de bronce fundido. Estos últimos eran más caros, pero también más fiables y podían soportar una carga de pólvora más potente. Europa carecía de los depósitos naturales de salitre que proporcionaban el mejor nitrato para la pólvora, por lo que al principio hubo de extraer sus nitratos de orina seca, tanto humana como animal. Sin embargo, a partir de la década de 1380, las plantaciones de salitre redujeron el coste de la pólvora. Le siguieron la pólvora en grano, más fuerte, seca y barata, y otras mejoras.[71] Entre 1386 y 1417 el precio de la pólvora quedó reducido en dos tercios.[72] Esto favorecía a los cañones de bronce fundido, pero, además, los cañones forjados respondieron mejorando en precisión al aumentar su longitud y sustituir los proyectiles de piedra por balas de hierro, que aparecieron por primera vez en 1414, y al desarrollar los primeros cargadores de culata, en los que una culata que contenía balas y pólvora podía separarse del cañón y sustituirse por otra, lo que hacía posible disparos más rápidos. La materia prima de las balas de hierro para cañón era más cara que la piedra, pero las balas de hierro requerían mucha menos mano de obra.[73] Los cañones de bronce fundido, aunque no podían utilizar culatas desmontables, adoptaron balas de hierro y una mayor longitud, entre otros perfeccionamientos.[74] Hacia el año 1500, los cañones de bronce fundido estaban reemplazando a los de hierro forjado y a los de retrocarga, si bien estos últimos, montados sobre un pivote que permitía su movimiento fácil y rápido en diferentes direcciones, se siguieron utilizando como una tecnología de transición. En Toscana se hicieron, asimismo, experimentos con un tercer tipo de cañón, fundido en hierro y no en bronce, datado en 1429.[75] El hierro era más barato que el bronce, pero los cañones resultaban difíciles de fundir y no fueron perfeccionados hasta la década de 1540 en Inglaterra. Eran más baratos, aunque no mejores, como reconocían los ingleses. En 1595, «menos del 20 por ciento de los cañones navales ingleses (188 de 977) era de hierro».[76]

 

Tanto los cañones de bronce fundido como los de hierro forjado también competían con las fortificaciones, las cuales se adaptaron más rápidamente de lo que los revolucionarios tardíos aceptan. La adaptación clave consistió, simplemente, en que las fortalezas montaran también cañones, algo que hicieron ya en la década de 1360. Desde el año 1411, surgieron torres de artillería más gruesas y bajas, capaces de soportar y

 

 

 

 

 

 

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devolver el fuego de los cañones. Durante la década de 1430 se conocen ya terraplenes destinados a proteger los muros de piedra de los bombardeos y en 1472 aparecieron los bastiones.[77] Estos sobresalían de la muralla principal, de manera que los cañones montados en ellos no solo podían flanquear a los asaltantes, sino también mantener a distancia a los cañones enemigos. Por tanto, los sitiadores tenían que silenciar el cañón de al menos un bastión antes de poder disparar sus propios cañones contra las murallas principales, lo que duplicaba el trabajo. «Todas las características que Parker identifica como originales en las fortificaciones de artillería de trace italienne [construidas a partir de la década de 1520] tienen precedentes medievales».[78] Excepcionalmente, John Landers establece el vínculo con la peste. «Los últimos siglos XIV y XV fueron testigos del desarrollo de defensas particularmente sofisticadas, quizá como respuesta a las limitaciones de mano de obra posteriores a la peste».[79] De hecho, las medidas antiartilleras básicas anteriores a 1500, como las torres de ocupación y los bastiones para permitir el fuego cruzado, no eran elaboradas, sino bastante sencillas, reproducibles e incluso portátiles. A partir de 1482, los carros portugueses transportaban mampostería precortada para plantar con rapidez fuertes artilleros en las costas, primero de África y luego de Asia.[80]

 

Los cañones empezaron a proliferar en las embarcaciones después de la peste negra, con hasta 225 en un solo gran velero.[81] De pequeño tamaño, no podían hundir o dañar seriamente un barco.[82] Eran armas diseñadas para atacar a la tripulación, lo que hacía extremadamente difícil capturar un barco grande como una nao o una carraca.[83] En algún momento del siglo XV se montaron a bordo cañones más grandes matabarcos, primero en galeras y después en veleros. Hasta 2014 se creía que el primer gran cañón montado en una galera databa de 1486 o poco antes. Sin embargo, recientemente se ha datado un cañón de 2,2 toneladas hallado en una galera naufragada frente a la costa de Levante en la década de 1440.[84] Por tanto, eso hizo que el equilibrio de poder pasara de los veleros armados con numerosos cañones pequeños a las galeras, ahora armadas con uno o dos cañones grandes, lo bastante como para desarbolar o incluso hundir un barco enemigo. Así surgió la segunda galera de guerra, que siguió siendo el buque de combate preferido en mares cerrados como el Mediterráneo hasta 1600, aproximadamente.

 

 

 

 

 

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Para poder participar en el esfuerzo bélico, los barcos de vela también tuvieron que equiparse con cañones pesados y ahora sabemos que esta competencia dio inicio mucho antes de 1486. Hasta mediados del siglo XV no era posible montar artillería pesada en un velero porque afectaba a la estabilidad cuando se colocaban en la cubierta superior y, además, porque los cañones de avancarga no podían dispararse bajo cubierta debido a su humo cegador.[85] Los cañones de fundición no tenían este problema, pero los más pesados montados en barcos eran fijos al principio y no podían moverse en dirección al objetivo: simplemente, se disparaban desde la cubierta superior cuando el cañón estaba, casualmente, dirigido al enemigo. En los barcos, los cañones de avancarga se cargaban y descargaban sobre trineos. Los primeros fueron trineos sobre raíles, o bien un trineo combinado con dos ruedas, cuya flexibilidad para apuntar era escasa. Los carros artillados aparecieron en tierra en 1411.[86] La puntería no era un problema en el caso de las galeras: se apuntaba con toda la embarcación, claramente muy maniobrable gracias a la tracción por remos.

 

     No obstante, sí resultaba complicado en el caso de los veleros. La superación de estos problemas suele fecharse en la década de 1530, sin embargo, al igual que en el caso de las galeras artilladas, parece una fecha ya demasiado tardía. Una solución parcial consistió en montar pares de cañones de grueso calibre en la popa de los grandes veleros con aparejo completo, de ahí el término sala de armas para el camarote bajo cubierta. Estos cañones no se podían mover mucho para apuntar, excepto un poco quizá utilizando picas de mano, aunque al menos proporcionaban cierta defensa contra los perseguidores situados directamente a popa. Más tarde se montaron otros dos en la proa, pero había que apuntar haciendo girar todo el barco, un proceso engorroso.[88]

 

Otra línea de desarrollo involucró a la carabela, un pequeño barco de vela latina, inicialmente de unas 30 toneladas y con un francobordo bajo para que los cañones tuvieran menos impacto en su estabilidad.[89] Las carabelas fueron utilizadas por genoveses y portugueses con anterioridad a la peste negra, pero parece que cayeron en desuso inmediatamente después.[90] Reaparecieron a finales del siglo XIV en versiones más

 

grandes, aunque todavía modestas, de hasta 100 toneladas, tal vez por su utilidad para llegar a las islas atlánticas, o más bien para regresar de ellas. [91] Puede que alrededor de 1440 —casi un siglo antes de lo que sugieren

 

 

 

 

 

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los revisionistas— los portugueses empezaran a montar grandes cañones, que disparaban proyectiles de unos 7 kilogramos, en los costados de la cubierta principal de las carabelas.[92] En 1462, una carabela portuguesa derrotó en el Mediterráneo a una galera provenzal más grande al atravesarle el costado con un potente proyectil redondo. Otros experimentos portugueses mejoraron las carabelas artilladas y es probable que fuera esto lo que les llevó a derrotar por sorpresa a una flota española mucho mayor en 1479.[*] [93] En otra batalla acaecida tres años antes, los españoles habían logrado el resultado opuesto utilizando cañones de hierro forjado, que estaban «apoyados sobre los bordes de las naves en la parte central», por lo que no podían ser de gran tamaño.[94] Ello sugiere que la plena adopción de los cañones grandes en los barcos por parte de los portugueses se remonta, aproximadamente, a 1477. «Está claro que los portugueses habían aprendido el efecto destructivo de los proyectiles pesados en el casco de un barco […] mucho antes de llegar a aguas asiáticas» en 1498.[95]

 

Instalar cañones pesados en barcos de vela de mayor tamaño que las carabelas había sido problemático hasta que la construcción primero del armazón fortaleció el casco y permitió la creación de troneras entre las cuadernas.[96] Normalmente, se ha venido datando las cañoneras en 1501, atribuidas a los franceses.[97] Sin embargo, ya aparecen en ilustraciones de barcos de la década de 1470: eran una adaptación relativamente sencilla de las portas destinadas a cargar mercancías tales como los caballos.[98] Los cañones se montaron de costado en grandes veleros a partir de 1501 como muy tarde y fue en el océano Índico. Aquí, los portugueses disparaban los cañones sucesivamente a medida que se acercaban al objetivo y hundían los barcos indios contrarios. También podían apuntarlos en cierta medida tirando de las anclas de maniobra para hacer girar el navío. Esta información procede de fuentes portuguesas triunfalistas, pero resulta convincente porque se da por supuesta. «Las anclas de maniobra que se habían colocado en los cuarteles para poder apuntar los cañones».[99] Los muñones, pequeños salientes cerca del extremo interior del cañón, pronto permitieron la elevación y una cierta puntería.

 

La principal ventaja de montar los cañones en los costados del barco era que permitía llevar un elevado número de armas pesadas. Un trabajo

 

 

 

 

 

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de arqueología marina publicado en 2016 hablaba del hallazgo de distintos objetos pertenecientes a dos barcos portugueses hundidos en el océano Índico, cerca de Omán, en 1503. Entre ellos había 35 proyectiles redondos de piedra de 16 kilogramos cada uno y 47 proyectiles de plomo de 1 kilogramo para la artillería ligera. Los documentos indican que al menos 20 cañones grandes y 60 pequeños fueron rescatados de estos dos pecios poco después de que se hundieran.[100] «Ya en 1518, el armamento estándar de un galeón portugués era de 35 cañones».[101] Es posible que los cañonazos simultáneos, que requerían nutridas tripulaciones y barcos robustos, llegaran más tarde y el uso general de la formación en línea, que rebautizaba a los galeones como barcos de línea, ciertamente lo hizo. Sin embargo, fue «entre las décadas de 1420 y 1480 [cuando] se produjo una revolución en la dotación y el uso de los cañones de a bordo».[102] «Entre el último cuarto del siglo XIV y el último cuarto del XV se desarrollaron nuevas capacidades marítimas que revolucionarían la guerra naval».[103]

 

Las pistolas, también conocidas como culebrinas de mano, arcabuces y, más tarde, mosquetes, aparecieron ya en 1364 en el norte de Italia,[104] pero eran lentas de cargar, difíciles de disparar con precisión, de potencia limitada y demasiado pesadas para utilizarlas sin algún tipo de apoyo. En un principio no se trataba de que las armas de mano fueran más eficaces que los arcos, sino de que se necesitaba mucho menos tiempo para entrenar a un mosquetero que a un arquero. Por tanto, el arma de fuego era un dispositivo que ahorraba trabajo, cuya utilidad se vio potenciada por la crisis de mano de obra posterior a la peste. Gracias a las armas de mano, «masas de hombres sin formación podían convertirse en soldados competentes en seis meses o menos».[105] Estas pistolas primitivas competían con las mejoras en ballestas y armaduras, tecnologías de transición surgidas de la mayor disponibilidad de acero después de 1350. Las ballestas de acero, que se cargaban con un molinete y proporcionaban más energía que el arco largo más potente, aparecieron a finales del siglo XIV, como es de esperar.[106] Con respecto a las armaduras de acero, también datan de poco después de 1350. El acero no solo era más abundante, sino que, en 1400, también se beneficiaba de un nuevo método de templado rápido que aumentaba su dureza.[107] La armadura de acero era cara, pero salvaba vidas; protegía mucho más que una armadura de hierro del mismo peso. Una coraza de acero fechada en 1385 pesaba solo

 

 

 

 

 

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2,6 kilogramos. «Era casi imposible que incluso el arco largo más fuerte o una ballesta tensada por un molinete atravesaran una coraza de ese tipo y causaran heridas graves».[108] Un efecto secundario de la coraza de acero era que hacía menos necesarios los escudos, lo que permitía a un hombre acorazado que luchara a pie blandir la espada a dos manos.[109] Por cierto, esa espada también se vio mejorada gracias a los avances tecnológicos surgidos tras la peste. Con anterioridad a 1350, las espadas de Europa occidental tenían filos de acero sobre un cuerpo de hierro. Tras esa fecha, todas eran de acero y no mejores que las de acero indias o japonesas —las más desarrolladas del planeta—, aunque sí más baratas.[110]

 

Los siguientes pasos en las mejoras evidenciadas por las armas de mano fueron la pólvora en grano y las balas de plomo. Estas últimas suelen fecharse después de 1450, pero Christine de Pizan (1364-1431) las menciona ya en 1408-1409.[111] De esta manera, los marineros y habitantes de las ciudades que contaran con baluartes y murallas para protegerse, por tanto, lugares donde podían apoyar las armas, pasaron a ser los adversarios más temibles de los soldados entrenados. De hecho, el término arcabuz proviene de las armas que disponían de ganchos para ser fijadas en las murallas de las ciudades —en alemán se llamaban hackenbusche y hacken significa «gancho» en ese idioma—.[112] Los rebeldes husitas del Reino de Bohemia usaron carros tanto para protegerse y fijar las armas como para transportarlas, lo que les permitió ganar batallas contra el emperador alemán.[113] Una innovación clave, probablemente de la década de 1440, fue el mecanismo de disparo llamado serpentina, que incluía un gatillo y permitía que una mecha de ignición lenta encendiera la carga de pólvora. Su implicación era que permitía al tirador disparar y apuntar con el arma apoyada en el hombro, a diferencia de las mechas manuales que necesitaban un soporte para el arma.[114] «Hacia la década de 1460 se había desarrollado un arma que era lo suficientemente ligera como para que la disparase un solo individuo colocándola contra el pecho o el hombro y, al mismo tiempo, lo suficientemente potente como para que mereciera la pena tenerla en el combate».[115] La imprecisión y la lentitud de carga seguían siendo un problema y los mosqueteros seguían necesitando protección mientras recargaban —ya fuera detrás de barricadas, en carros o con la ayuda de piqueros— hasta la llegada de la bayoneta de cubo hacia 1700. No

 

 

 

 

 

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obstante, el arcabuz clásico, con una energía varias veces superior a la de cualquier arco y capaz de atravesar la mayoría de las armaduras, venía existiendo desde 1480.[116] A mediados del siglo XVI apareció una versión más pesada conocida como mosquete, término que, más tarde, sustituyó al de arcabuz para referirse también al arma más pequeña. Todavía llegarían mejoras, aunque ya escasas. Por ello, no cabe sino estar de acuerdo con el creciente número de especialistas que datan la tecnología de la revolución militar europea no ya en el periodo 1500-1800, sino coincidiendo con los primeros tiempos de la peste, hacia 1350-1500. Aunque lo que a muchos de estos historiadores les cuesta reconocer es hasta qué punto el ahorro de mano de obra inducido por la peste desempeñó un papel importante a la hora de impulsar todas estas novedades.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los cambios en la tecnología industrial impulsada por el agua, en especial en la metalurgia, en la navegación a vela y en la guerra con armas de fuego, todos ellos surgidos a raíz del periodo de epidemia, tuvieron su relevancia. Ahora bien: ¿fueron realmente revolucionarios? Tal vez no por sí mismos. La mayoría de las tecnologías, muchas de ellas originarias de China, ya existían antes de la peste negra, aunque es cierto que la epidemia facilitó su expansión por Europa. Si bien el desarrollo tecnológico no

 

retrocedió después de 1500 —como sí lo hizo esa edad dorada que disfrutó el pueblo llano—, tampoco avanzó de manera significativa, sino que se estabilizó en un nuevo nivel. Por tanto, no se produjo una revolución permanente.[117] En la Inglaterra de la década de 1780, «la productividad del trabajo en la industria de la lana no había aumentado en absoluto desde el siglo XV».[118] La pauta de crecimiento de la producción europea de hierro en el periodo 1400-1525 fue muy superior a la de los 125 años siguientes.[119] Incluso en el caso de la imprenta, «con algunas ligeras salvedades […] desde la década de 1480 hasta alrededor de 1800 […] la tecnología de impresión permaneció muy estable».[120] «De haber regresado Gutenberg a Maguncia en 1800, podría haber reanudado

 

 

 

 

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el trabajo en las imprentas con procedimientos de trabajo prácticamente inalterados».[121] En el transporte marítimo, los años 1350-1500 sí puede decirse que fueron los de mayor innovación hasta el siglo XIX. «Mientras que durante los siglos XIV y XV se produjeron cambios espectaculares en el diseño de los barcos, los siglos XVI al XVIII solo presenciaron mejoras graduales».[122] La única excepción significativa en las armas de fuego fue un triple desarrollo que se consolidó alrededor del año 1700: la aparición masiva de los cerrojos de pedernal, de los ejercicios que permitían un disparo más rápido y de la bayoneta de cubo, que duplicaba la potencia de fuego de un número determinado de soldados de infantería al eliminar a los piqueros. Con todo, los mosquetes y cañones de ánima lisa de finales del siglo XV seguían siendo los mismos, básicamente, a principios del XIX. Las pruebas modernas «no revelaron ninguna mejora representativa en el rendimiento de los mosquetes fabricados entre los siglos XVI y XVIII».[123]

 

La revolución militar de las décadas de 1430 y 1440 fue de tal magnitud e importancia que eclipsó todas las revoluciones militares posteriores […] Le siguió un largo periodo de casi 300 años durante el cual este nuevo estándar nunca se puso seriamente en tela de juicio […] La mayoría de los especialistas acepta que el ritmo del avance tecnológico […] se ralentizó durante los siglos XVI y XVII.[124]

 

Las tecnologías inducidas por la peste no colocaron a Europa occidental en una escalera inexorable que ascendiera de manera contante hacia el progreso, la modernidad y la industrialización. Lo que sí hizo fue obligar a dar un gran paso adelante en la tecnología en general y, más en concreto, en la metalurgia, el transporte marítimo y la tecnología bélica. Esto proporcionó el núcleo de una especie de kit de expansión capaz de proyectar una fuerza considerable y a gran distancia con un número reducido de efectivos. Es cuestión controvertida la importancia que pudieron tener las armas de fuego en el éxito de la expansión europea, pues, a decir de muchos revisionistas, su repercusión fue escasa. En capítulos posteriores se aborda este asunto. Por tanto, es posible que la peste negra no desencadenara revoluciones industriales o militares, ni tampoco cataclismos en el sentido de una repentina transformación social

 

 

 

 

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global o un impulso innovador continuado. Pero sí generó una notable transición hacia un nuevo nivel tecnológico, buena parte del cual era, al menos potencialmente, expansivo. Sumada a los demás cambios aquí analizados en la Segunda Parte, el resultado equivalió, en conjunto, a una revolución de la peste.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 6

 

 

 

 

 

Fuerza de trabajo expansiva

 

 

 

 

 

Castas, madres de raza y varones de reemplazo

 

Agrandes rasgos, la expansión ultramarina de Europa occidental empezó en 1402, primero en las islas del Atlántico y más tarde en África occidental, para extenderse a América y la remota Asia a

 

partir de la década de 1490. A principios del siglo XVII, España se había hecho con los dos mayores imperios amerindios, el de los aztecas y el de los incas, y había fundado poblaciones de colonos dentro de ellos o junto con ellos. También había colonizado diferentes islas del Caribe y establecido un asentamiento en Filipinas, que atrajo a comerciantes chinos. A su vez, Portugal había establecido numerosas bases en las costas de África, Brasil y el océano Índico, además de Macao, y había iniciado el comercio directo con China y Japón. En distintos momentos del siglo XVI, tanto Francia como Gran Bretaña y después los holandeses empezaron también a emular a las potencias ibéricas en el saqueo. Estos últimos tomaron la delantera en el siglo XVII: lograron apoderarse de no pocos de los activos portugueses en el oeste de África occidental y el sur de Asia y crearon sus propias colonias —si bien modestas— en las Américas y Sudáfrica. Británicos y franceses se pusieron al día a partir de mediados del siglo XVII y recuperaron la delantera en el XVIII. Por tanto, hacia 1700

 

 

 

 

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los colonos de origen ibérico se habían convertido en minorías de importancia en algunas partes de América Latina, mientras que en los asentamientos costeros de América del Norte los colonos de bandera británica pasaron a ser mayoría. La cuestión de hasta qué punto en 1700 o en 1800 esas posesiones podían considerarse un verdadero imperio —en comparación con las falsas proclamas imperiales o con las simples redes comerciales—, ese es un asunto que lleva a controversia (vid. Capítulo 15). Lo que está fuera de duda es que entre 1500 y 1800 la expansión europea provocó cambios sustanciales en la biodiversidad, la riqueza y las poblaciones en gran parte del planeta.

 

A pesar de todo el armamento, de tantos y tantos buques de guerra, la expansión europea se basó en el trabajo humano. Gran parte de esa fuerza procedía de fuera de Europa, incluidos 10 millones de esclavos entre 1500 y 1800, entre ellos, 8 millones de negros africanos supervivientes de un proceso de sometimiento que costó la vida a varios millones más. Fueron los esclavos africanos quienes acometieron gran parte del trabajo más duro de la expansión europea. Pero, además de los siervos, en casi todas las latitudes resultaron fundamentales los aliados locales libres. Tanto las fuerzas españolas en las conquistas de principios del siglo XVI en México como las fuerzas británicas en las conquistas de finales del XVIII en la India eran indígenas en un 90 por ciento. Estos aliados nativos creían estar actuando en interés propio y, sin embargo, a largo plazo descubrirían a menudo que la amistad europea resultaba tanto más peligrosa que su hostilidad. Estos dos tipos de mano de obra expansiva, esclavos y aliados, se tratan, aunque de manera muy breve, en el Capítulo 15. Aquí abordamos otras tres categorías, todas originadas dentro de Europa, aunque fuera solo en parte: hombres solos —que esperaban ser viajeros temporales y no emigrantes permanentes—, colonos en familia y personas mestizas. Para ello, el capítulo se extiende más allá del marco temporal considerado hasta ahora —de 1500 a 1800— y se centra en el papel de la raza y el género en la historia de la expansión europea.

 

 

 

RAZA Y REPRODUCCIÓN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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El racismo presenta características diferentes de la xenofobia, que desprecia a todos los demás por igual, y del etnocentrismo, que mide a los demás por el rasero propio. El racismo blando sostenía que las razas inferiores podían mejorar mediante la conversión religiosa y la asimilación cultural, en principio hasta llegar a un plano de igualdad con las razas superiores, aunque solo con la ayuda de estas últimas y a su criterio. Como he afirmado en trabajos anteriores, «la igualdad racial era a menudo una perspectiva lejana, enarbolada ante los aspirantes como la liebre que se cuelga delante del galgo de carreras».[1] Los misioneros europeos, a pesar de un compromiso teórico con esa igualdad final, solían ser reacios a ordenar sacerdotes incluso entre sus conversos más capaces. Por su parte, el racismo duro es la ilusión de que las culturas tienen naturalezas que apenas si cambian con el tiempo, por lo que los intentos de civilizar a los salvajes presentaban una utilidad limitada. Y no solo distinguía razas y culturas, sino que, normalmente, las clasificaba, con la suya propia siempre en primer lugar. El racismo se estudia sobre todo en términos de su historia intelectual, como teoría racial y como ciencia racial, porque es lo más fácil de rastrear. Sin embargo, también tiene una historia social, esto es, un conjunto amorfo de ideas preconcebidas en relación con nosotros y ellos. Esta ideología racial popular se siente poco obligada por la lógica o las pruebas; florece cuando y donde le conviene. La teoría racial puede respaldar la ideología racial, pero, en ocasiones, esta es lo primero.

 

Si adoptamos en primer lugar un enfoque teórico, numerosos especialistas coinciden en situar los orígenes del racismo europeo a finales del siglo XVIII o en el XIX, una vez extendida la metástasis de las teorías raciales. «La idea de raza fue formulada en 1775» por Immanuel Kant y otros pensadores de esa época y desarrollada en la década de 1840 con la aparición del poligenismo, que proponía que las diferentes razas eran especies distintas.[2] El origen en 1775 puede ser cierto por lo que se refiere a la palabra raza en el sentido que le damos hoy, sin embargo, un prejuicio puede preceder al término actual que lo designa, como ocurre con sexismo. Otros sitúan el origen del racismo en la Alta Edad Media. «Los hábitos mentales y las instituciones del racismo y el colonialismo europeos nacieron en el mundo medieval», antes de 1350.[3] Es posible que en Europa el aumento del sentimiento excluyente y la persecución de

 

 

 

 

 

 

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las minorías se remonten al siglo XI,[4] pero, según lo entiendo yo, tendía a rechazar por igual a musulmanes, judíos y herejes. Además, estos grupos podían convertirse y asimilarse, al menos durante algunas generaciones. Solo a partir del año 1400 empezamos a ver indicios de la idea de que los vicios y la inferioridad eran innatos en la ascendencia de una persona y que no podían erradicarse ni siquiera a lo largo de generaciones, con independencia de si se convertían o no.

 

Ni siquiera yo estoy seguro de que la peste estuviera detrás de semejante cambio, aunque el momento en que se produce resulta sugestivo. La peste negra condujo a un «ataque contra los que parecían “forasteros”».[5] «Más que cualquier otro acontecimiento, la llegada de esa epidemia ocupa un espacio central en las historias premodernas y en las periodizaciones de la persecución».[6] Como vimos en el Capítulo 4, la peste provocó un resurgimiento de la esclavitud, aunque persistieron las dudas acerca de si era adecuado someter a correligionarios. La creencia en la inferioridad innata de otros pueblos sirvió para mantener sojuzgados a los esclavos, por muy devotos cristianos que estos llegaran a ser. Un estudio concluye que «el concepto de ser blanco comenzaba a adoptar tintes positivos, mientras que la negritud empezaba a significar deficiencias inherentes». Los esclavos eran «identificados, principalmente, por el color de la piel, tanto en los documentos jurídicos ibéricos como en los italianos». Esa tendencia se hallaba «en pleno desarrollo desde finales del siglo XIV».[7] El goteo de esclavos negros africanos que llegaban a Europa por medio del comercio sahariano se convirtió en un pequeño flujo a partir de la década de 1440. «En cierto sentido, los negros eran impuros por definición debido a su conexión —real o imaginaria— con la esclavitud».[8] Aquí se producía el deslizamiento conceptual típico de la ideología racial: eras esclavo porque eras un negro inferior y un negro inferior porque eras esclavo. Hay una historia bíblica que parecía apoyar la idea, la maldición de Cam: en el Génesis, se cuenta un episodio donde Noé se emborracha y se queda desnudo en su tienda. Cam, el hijo menor, entra, lo ve y sale a contarlo a sus hermanos Sem y Jafet. Estos, avergonzados por la burla de Cam, entran en la tienda y tapan a Noé sin mirarlo. Al despertarse el padre y enterarse de lo sucedido, maldice a Canaán, hijo de Cam, y lo condena a ser «esclavo de los esclavos» de Sem y Jafet. Por este pecado, según autores muy posteriores, los descendientes africanos de

 

 

 

 

 

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Cam, supuestamente negros, fueron condenados a la servidumbre eterna. Los musulmanes, que en general no eran muy racistas, utilizaron esta reinterpretación del Antiguo Testamento para justificar el sometimiento de los negros a partir del año 800, cuando empezaron a tener ya un número importante de esclavos subsaharianos. Los cristianos retomaron la idea cuando se hicieron con esclavos negros en grandes cantidades.[9]

El racismo presentaba una utilidad evidente para los colonos, ya que ayudaba a justificar la explotación de africanos y nativos, ya fueran libres o no, por muy cristianos o convertidos que fueran. Los europeos que vivían en sociedades en la que la mayoría de la población estaba compuesta por esclavos africanos —una situación inestable y peligrosa donde las hubiera— tenían el incentivo de enfatizar la raza sobre la clase, la nacionalidad o incluso la religión. Los irlandeses católicos que trabajaban en régimen de servidumbre en el Caribe británico compartían duras experiencias con sus compañeros negros, no con sus amos ingleses

—blancos y protestantes—. Sin embargo, por lo general, no lo veían así. «Los irlandeses […] descubrieron que tenían mucho más en común con sus antiguos amos ingleses que con los recién llegados africanos esclavizados. Y lo que es más importante, los colonos, funcionarios y administradores ingleses de plantaciones estaban de acuerdo».[10] «La omnipresencia de la esclavitud […] puso en valor la blancura».[11] Por tanto, en el Caribe inglés, blanco empezó a utilizarse como sustantivo general para referirse a los europeos. Este concepto racial no se limitaba a una sola nacionalidad, sino que abarcaba a todos los europeos y creaba una identidad racial transnacional y paneuropea.[12] Igual ocurrrió en otras sociedades esclavistas, como el Brasil portugués y la América francesa

 

—branco y blanc, respectivamente—.

 

No obstante, la unión ante el temor a una insurrección de esclavos no era el único motivo para mantener y reforzar la idea de la blancura como un nexo de identidad racial. En la península ibérica del siglo XV surgió otra corriente de pensamiento que se entrelazó con el estigma emergente hacia la negritud: la doctrina de la pureza [o impureza] de la sangre. Tal doctrina sostenía que la mancha de tener sangre judía o mora era permanente y hereditaria y figuraba en las normas de las comunidades cívicas y religiosas españolas desde la década de 1440. Más tarde la idea se trasladó a los negros africanos y amerindios, otro desliz conceptual, de manera que

 

 

 

 

 

 

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«en el transcurso del primer siglo de colonización, el parentesco mixto

 

—como ser mulato— llegó a estar considerado en el Nuevo Mundo como una mancha similar a la de tener antepasados judíos».[13] Se puede argumentar que el origen de la teoría racial en España se halla en la centuria siguiente, en especial en los escritos de Juan Ginés de Sepúlveda, difundidos en respuesta a las preocupaciones relacionadas con el maltrato a los amerindios.[14] Sepúlveda justificó la inferioridad de los pueblos indígenas y defendió su sometimiento, lo que contribuyó a la formulación de teorías raciales que apoyaban actitudes y prácticas discriminatorias preexistentes. Pese a todo, el racismo no inundó Europa al instante y tampoco llegó nunca a ser universal. Es posible que la teoría humanitaria surgiera por la misma época.[15] Algunos príncipes y prelados se opusieron a la doctrina de la pureza de sangre e intentaron frenar los excesos cometidos por sus súbditos en el extranjero. Los visitantes no europeos de alto rango solían tratarse con respeto. Como en el caso más reciente de los héroes deportivos de raza negra, los europeos podían eximir de los estereotipos raciales a aquellos individuos que consideraran valiosos. Pero, sobre todo en las colonias, el racismo se extendió porque resultaba útil. Aunque otras culturas también practicaron el racismo y la expansión territorial, los europeos destacaron por su habilidad para combinar ambos.

 

Los colonos europeos asentados en América se autodefinían como «racialmente europeos» incluso antes de que usaran el término blanco como sinónimo. Ocurría incluso en colonias donde la esclavitud no era predominante y aunque hubieran pasado dos o tres siglos desde que sus antepasados nacieran en Europa. Por lo general, eran aceptados como europeos, al menos a regañadientes, por los parientes metropolitanos, aunque no era una conclusión inevitable. No pocos escritores sostuvieron, desde el siglo XVI hasta el XIX, que el linaje europeo degeneraba en las colonias. Los españoles nacidos en América, afirmaba un escritor en 1570, «acaban volviéndose como los nativos por mucho que no se mezclen con ellos, [al] plegarse a los modos de aquellas tierras».[16] Fue la insistencia en que las pobladoras europeas se casaran únicamente dentro de su propio grupo racial lo que ayudó a los colonos a mantener su estatus y su pureza racial. Con independencia de lo que hicieran los colonos varones, había una fuerte prohibición social de los matrimonios mixtos en que la mujer

 

 

 

 

 

 

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fuera blanca. Y aunque las leyes para reforzar el veto no hacían ni falta, sí hubo algunas. En 1664, el joven asentamiento de Maryland amenazó con castigar a las inglesas que, «para desgracia de nuestra nación, se casaran con esclavos negros».[17] Y «los historiadores del México de principios del siglo XVII todavía no han encontrado pruebas de que se produjeran uniones, lícitas o ilícitas, entre hombres negros y mujeres blancas en un número significativo».[18] Ello podía aplicarse igualmente a los nativos americanos. En la Norteamérica francesa y británica, «la mera idea de que los hombres de piel cobriza se casaran con blancas era anatema para la sociedad colonial».[19] El tabú estaba tan arraigado en la sociedad que se daba por sentado en el lenguaje conceptual. La llamada pintura de castas o cuadros de mestizaje, fenómeno artístico surgido en la Nueva España del siglo XVIII, tiene entre sus mejores ejemplos una obra anónima que muestra dieciséis escenas de posibles mezclas raciales en otras tantas hornacinas, una de las cuales incluye esta leyenda: «De español y mestiza, castizo o cuarterón» (el énfasis es mío).[20] Por tanto, en estas pinturas se daba por hecho que el cónyuge mestizo —esto es, quien nace de padre español y madre india— de la pareja tenía que ser, automáticamente, una mujer.

 

Resulta discutible si este imperativo de endogamia femenina en la sociedad colonial era una costumbre reciente o si tenía connotaciones racistas. Tal vez los colonos anglosajones de Gran Bretaña durante los siglos V y VI practicaran esa endogamia también durante 200 años.[21] Se hace patente en situaciones coloniales dentro de Europa después de la peste negra. En 1366, un edicto prohibía las relaciones sexuales entre colonos ingleses e irlandeses nativos «porque las uniones mixtas tentarían a los ingleses a caer en las degeneradas costumbres irlandesas».[22] La

 

Creta veneciana y la Quíos genovesa —donde los griegos ortodoxos eran los nativos— tuvieron hacia 1400 unos 10 000 y 2000 colonos latinos

—católicos—, respectivamente. En Quíos «no hubo casos en los que las hijas de los inmigrantes occidentales se casaran con hombres griegos».[23] En Creta sí existieron, pero también aquí «las categorías de latino y griego sirvieron para separar a quienes eran acreedores de privilegios por parte de Venecia de aquellos otros que no», incluso si los griegos se convertían al catolicismo.[24] «Las relaciones coloniales dieron lugar al uso de la ascendencia como principal herramienta para determinar quién tenía derecho a beneficiarse de los privilegios concedidos a los latinos».[25]

 

 

 

 

 

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Con el tiempo, en las situaciones de colonización, el imperativo de la endogamia femenina y el racismo europeo se entrelazaron y reforzaron mutuamente. A menudo olvidamos que el racismo tiene que ver tanto con nosotros como con ellos. La sangre pura y sus virtudes inherentes no eran sino el reverso de la moneda de la sangre manchada y sus vicios. En consecuencia, el racismo reforzaba la autoestima de los colonos ante quienes sostenían que los europeos se degradaban en entornos no europeos. Si era la raza, y no el entorno, lo que confería a los europeos sus virtudes características, entonces tanto las virtudes como la europeidad podían transferirse a través de los océanos y por mucho tiempo. La pureza racial impedía que los colonos degenerasen en nativos y que la expansión resultara en comunidades dispersas y desconectadas y perder así su cohesión y su identidad europea originales. Garantizaba un estatus metropolitano virtual y duradero y ayudaba a conseguir apoyo de la metrópoli y más colonos, que entendían estar llegando a una neo-Europa y no a una sociedad extranjera. Sospecho que la necesidad percibida de mantener su identidad europea también estaba detrás del desagrado de los blancos nacidos en América por el término criollo que les aplicaban tanto sus contemporáneos nacidos en España como los historiadores. En otros lugares, el término se usaba para referirse a esclavos africanos nacidos localmente, aunque este no era aquí el caso. Sin embargo, lo que preocupaba a los colonos no era que criollo los agrupara con los no blancos, sino que los separaba de los nacidos en España. En América, «los registros de bautismo utilizaban indistintamente español y blanco».[26] Los blancos nacidos en la zona «se consideraban a sí mismos españoles y

 

     cambiaron el significado de español de una descripción del origen a una del color».[27]

En las Américas, los europeos que se casaran con indígenas —formal o informalmente—, a diferencia de las relaciones sexuales ocasionales, muy usuales, eran bastante comunes en comparación con lo contrario. No obstante, la práctica solía limitarse al periodo fronterizo inicial, en el que las europeas estaban prácticamente ausentes. A veces le seguía un periodo de fundación en el que llegaba una minoría importante de europeas y se sentaban las bases del incremento natural blanco. La descendencia de las uniones fronterizas a menudo podía pasar por blanca. Las pruebas textuales dispersas no nos dicen gran cosa de la magnitud de este fenómeno, pero sí los estudios genéticos. Nótese que la genética no nos

 

 

 

 

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interesa por sí misma, sino por las pruebas, de otro modo inaccesibles, que puede aportar en relación con cuestiones como la migración y los matrimonios mixtos. Dichos estudios revelan la prominencia de los genes canarios en los cubanos y venezolanos actuales, así como una supervivencia muy sustancial de los genes guanches matrilineales —de ascendencia bereber— en los canarios españoles. Los conquistadores españoles de Canarias a finales del siglo XV iban acompañados de pocas mujeres españolas, por lo que muchos de ellos se casaron con mujeres guanches de ascendencia bereber y las restricciones habituales sobre la pureza de la sangre no se aplicaron a su descendencia.[28] Luego, estos españoles secretamente mestizos emigraron a América a partir del siglo XVI, donde contaban como blancos. De hecho, eran blancos. La piel blanca era un indicador de europeidad duradera, si bien no parece muy probable que un africano albino hubiera contado.

 

Al principio, los matrimonios mixtos masculinos europeos tenían cierto apoyo oficial. En la isla de La Española, primera colonia europea en América tras la Groenlandia nórdica, algunos de los conquistadores iniciales se casaron con familias taínas de alto rango. De las 186 esposas de españoles en 1514, 65 eran amerindias.[29] Las autoridades españolas eran claras y directas en cuanto a los motivos:

 

Si  un  colono  español,  con  el  acuerdo  del  sacerdote  y  el

 

administrador, se casa con una cacica —gobernante nativa— o con la hija y heredera de un cacique, él se convertirá en cacique y será considerado y obedecido como tal. De esta manera, todos los caciques pasarán a ser españoles, lo que evitará cuantiosos gastos. [30]

 

Muy pronto, sin embargo, esas autoridades renegaron de semejante política y se volvieron «cada vez más desesperadas» por atraer blancas a América.[31] «Los administradores españoles desaprobaron los matrimonios mixtos en todo Perú».[32] «Las personas mestizas en México no podían heredar encomiendas [haciendas con trabajadores indios asignados], ni podían acceder al sacerdocio y desde 1576 se les prohibió ocupar cargos públicos».[33]

 

 

 

 

 

 

 

 

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A finales del siglo XVI y durante el XVII, las élites […] mestizas empiezan a experimentar una pérdida de estatus. Fueron obligadas a clasificarse en una única categoría de «mestizos», compartida con los plebeyos. Los hijos mestizos de conquistadores y nobles españoles tuvieron […] acceso a cargos con un relativo poder hasta mediados del siglo XVI […] pero, a finales de siglo, […] ya fueron excluidas socialmente y relegadas a posiciones marginales similares a las de sus primos más pobres.[34]

 

En la Norteamérica de dominación inglesa, el imperativo de la endogamia femenina resultó más fuerte todavía. Los historiadores han destacado el célebre matrimonio de Pocahontas con John Rolfe en 1614, pero les cuesta encontrar otros ejemplos. «En Virginia o Maryland no hubo fusión de razas durante el siglo XVII»[35] y lo mismo ocurrió en las colonias inglesas situadas más al norte. Con respecto al Canadá francés, los primeros matrimonios mixtos con mujeres indígenas contaron con el apoyo oficial y eclesiástico, pero solo se registraron 65 de 27 000 matrimonios entre 1608 y 1765, es decir, menos de la cuarta parte del 1 por ciento.[36] En la frontera occidental canadiense, los cazadores de pieles franceses y, más tarde, escoceses se casaron con nativas para formar los métis —o francomestizos—, que actuaban como europeos o indios según les conviniera y que no fueron sometidos completamente por Canadá hasta 1884-1885.[37] En la periferia de la Argentina española se desarrolló antes una cultura gaucha similar de cazadores y pastores de ganado mestizos.[38] Sin embargo, al menos hasta los intentos del siglo XIX de convertirlos en iconos de la independencia, estos grupos no fueron reconocidos como europeos o iguales por sus vecinos colonos.

 

El caso de los portugueses es más complicado. Siempre cortos de fuerza de trabajo masculina —y aún más de la femenina—, fueron más propensos a casarse y mezclarse. Este es el núcleo de realidad que subyace a su leyenda blanca de un menor racismo y en el mito de la democracia racial que tanto aprecia su gran descendiente, Brasil. Los historiadores ya no dudan de que los portugueses trataron a los esclavos africanos y a los amerindios tan mal como el resto de europeos.[39] No obstante, hubo profundas diferencias en el trato dispensado a los mestizos, los africanos en África y los asiáticos en Asia. Durante los siglos XVI y XVII había dos

 

 

 

 

 

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zonas de asentamiento en Brasil: el nordeste productor de azúcar —Bahía

 

y Pernambuco— y el sudeste, que incluía el primer asentamiento en São Vicente (1532) y las regiones de Río de Janeiro y São Paulo. Después de 1532, hubo algo de migración hacia Brasil, con estimaciones que sugieren hasta 200 000 llegadas para 1600, pero pocas eran mujeres europeas y la población blanca asentada en ese año era tan solo de 30 000 personas.[40] Entre ellas había una gran minoría de mamelucos, hijos de padres portugueses y mujeres indias. En torno a São Paulo, fundada en 1545, surgió una cultura híbrida, como la de los gauchos y los métis, que incluía mamelucos, blancos aliados indígenas: los bandeirantes paulistas.[41] Se especializaron en la caza de esclavos: capturaban y sometían a los indios del interior y además volvían a atrapar a los esclavos africanos huidos. En todo el Brasil portugués, los indios fueron las principales parejas sexuales y trabajadores sometidos hasta, aproximadamente, 1580, aunque, a pesar de la intensa caza de esclavos, su número disminuyó debido a la elevada mortalidad: la gripe y la malaria llegaron en la década de 1550 y la viruela en la de 1560. Los esclavos africanos tomaron el relevo en el nordeste y algo más tarde en el sudeste. Un goteo de parejas e hijas esclavas —con menos frecuencia hijos— fueron liberadas, como ocurrió en otras colonias esclavistas. Los negros libres, por lo general afroeuropeos, se convirtieron en un grupo relevante, con el que los hombres blancos de clase baja sí aceptaban casarse.

 

La información histórica obtenida de estudios genéticos acerca de la población actual de Brasil, de la cual la mitad se identifica como blanca, muestra que esta composición genética se ha visto fuertemente influida por la llegada tardía de millones de europeos entre 1870 y 1914. Sin embargo, los estudios brasileños sugieren una ausencia casi total de ADN-Y amerindio —que se transmite de padre a hijo en la población blanca—. Una excepción interesante es Manaos, una provincia amazónica de asentamiento tardío y que fue escenario de la rebelión de Cabanagem en la década de 1830. La ascendencia masculina africana de los blancos también resulta escasa: menos del 2 por ciento en la mayoría de las regiones. Por otro lado, la ascendencia amerindia y africana en el ADN mitocondrial de los blancos, transmitida por las madres a ambos sexos, sí es considerable: hasta un 33 por ciento de la primera y un 28 de la segunda.[42] Al igual que en la América española, es probable que la mayoría de los genes amerindios en Brasil se incorporara en las primeras

 

 

 

 

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etapas de la colonización. Esto se debe, en parte, a que, para el año 1700, no sobrevivían muchas indígenas en las regiones costeras donde se asentaron los colonos. Aunque aquí también hay indicios de un declive en la consideración que los blancos tuvieron hacia los mamelucos a partir de 1574, cuando los jesuitas dejaron de tenerlos en cuenta para la ordenación sacerdotal —ni siquiera aceptaron a los indios brasileños—.[43] Dos centurias más tarde, en las décadas de 1750 y 1760, un Gobierno portugués reformista que pretendía apuntalar el imperio en declive ordenó que los descendientes de matrimonios mestizos «no quedarán con infamia alguna […] y podrán optar a cualquier empleo, honor o dignidad». Pero «los colonos blancos de Brasil rechazaron las reformas y nunca se llevaron a la práctica».[44] En todo caso, sí parece que la blancura era más negociable en Brasil que en otras colonias americanas y aún más negociable en África y Asia, donde se podían encontrar portugueses negros e incluso portugueses blancos mestizos.

A estas alturas ya habrá quedado claro que todas estas cuestiones es un campo de minas semántico. Criollo, la palabra preferida en la actualidad para designar a las personas de ascendencia mixta europea y no blanca, pero que no podían pasar por blancas, es históricamente demasiado ambigua, ya que a menudo se refería a europeos nacidos en el lugar. Mestizo para los euroindios podría resultar un término aceptable, pero el

equivalente mulato —«mula»— para los afroeuropeos podría no serlo. El término casta para ambos puede ser la menos mala de las soluciones.[45] Los castas tenían ciertas ventajas y supieron aprovecharlas. En determinadas épocas y lugares, la blancura era negociable incluso fuera de Brasil. Las familias podían nutrir su camino de vuelta a la blancura mediante matrimonios estratégicos. En la América inglesa, hasta finales del siglo XVII, un cuarto o un octavo de ascendencia negra no excluía la blancura, a menos, claro está, que se fuera esclavo.[46] En la América española del siglo XVI se permitía hasta un cuarto de ascendencia india —pero no Africana— sin perder la condición de blanco.[47] Los castas de piel clara podían ascender socialmente y ser considerados blancos, sobre todo si se mudaban a un lugar donde su familia no fuera conocida. Ocupaban una posición social superior a la de los negros e indígenas. Aunque no eran considerados completamente blancos, en ocasiones lograban integrarse en los niveles más bajos de la élite. A partir de 1795,

 

 

 

 

 

 

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los integrantes hispanoamericanos de los castas pudieron comprar tardíamente la blancura en forma de certificado estatal. «Los solicitantes expresaron sus expectativas de poder “casarse con personas de nacimiento blanco”».[48] En la Jamaica inglesa en 1733, «después de décadas de intentos fallidos de atraer a residentes europeos, la Asamblea trató de aumentar su escasa población blanca al incorporar a personas de élite de color». Unas 600 personas se convirtieron en blancos, a un precio de 90 libras cada una, y además con condiciones. «Cada peticionario […] tenía que demostrar una riqueza considerable y refinamiento cultural».[49] En términos generales, los europeos en América desaprovecharon la oportunidad de aumentar su fuerza laboral integrando plenamente a personas mestizas o aliándose con habitantes locales tratados en pie de igualdad. Tal fue el precio del racismo. En lugar de ello, prefirieron apostar por los beneficios de la discriminación y fomentar la expansión de colonos de origen europeo.

 

 

 

MADRES DE RAZA Y DIVERGENCIA COLONIAL

 

En 1800 vivían unos 8 millones de blancos —a partir de ahora, asuma el lector que, en realidad, queremos decir blancos, en cursiva— en el continente americano, la mitad de ellos en la América anglosajona, que crecía a fuerte ritmo. Anteriormente, la balanza se había decantado a favor de América Latina, que contaba con 3,5 millones de colonos en 1760, frente a unos 1,5 millones en el norte.[50] Todas estas personas descendían de menos de 2,5 millones de emigrantes que llegaron a América entre 1500 y 1800. Aunque las cifras de emigrantes resultan controvertidas, los expertos se ponen más o menos de acuerdo en hablar de 750 000

 

españoles, 500 000 portugueses, 650 000 británicos —reforzados por 100 000 irlandeses y otros tantos alemanes—, 150 000 franceses y 50 000 holandeses. En estos cinco pajares, las agujas que hay que buscar son las mujeres.

Las sociedades de colonos en las Américas crecieron mediante la reproducción a ritmos diferentes que dependieron de la proporción de

 

 

 

 

 

 

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mujeres migrantes y de la salubridad de cada zona. La escasez femenina general y la preferencia de los hombres por tener esposas blancas motivó que ellas se casaran jóvenes, frecuentemente con hombres mayores. Ello ampliaba su edad reproductiva y daba lugar a altas tasas de natalidad, esto es, una fertilidad fronteriza. Sin embargo, algunas colonias también sufrían elevadas tasas de mortalidad, sobre todo después de que la fiebre amarilla y la malaria cerebral causada por el Plasmodium falciparum —una variedad letal— se asentaran en el siglo XVII. Ambas habían llegado a las Américas procedentes del oeste de África en lo que fue una especie de venganza de la naturaleza por el comercio de esclavos. Un ataque de cualquiera de estas enfermedades, en especial en la infancia, podía conferir inmunidad —una forma más leve de malaria, común en otras regiones, podía contraerse repetidamente—. Además, debido a que los africanos occidentales venían sufriendo estas dos enfermedades durante miles de años, habían desarrollado cierta resistencia. De manera que las terribles tasas de mortalidad de los esclavos africanos en el Caribe y Brasil no pueden atribuirse a la fiebre amarilla ni al paludismo. Ahora bien, los amerindios y los europeos sí eran vulnerables una vez que estas dolencias llegaban a un sitio. Esto llevó tiempo, por las razones que se exponen en el capítulo siguiente. Ambas las transmitían mosquitos, especies que preferían los trópicos, los subtrópicos y el agua estancada para reproducirse.[51] La fiebre amarilla llegó a Barbados en 1647 y a Brasil en 1685. No se sabe con certeza cuándo apareció el paludismo, pero fue antes. Por tanto, los colonos de estas regiones tenían dificultades para reproducirse. Además del comportamiento de las distintas enfermedades, existían grandes variaciones en la migración femenina. En muchas colonias, las llegadas europeas tempranas fueron casi enteramente masculinas —el 95 por ciento de la migración española a América en el periodo 1493-1519—.[52] Como ya se ha señalado anteriormente, fue en este momento de asentamiento fronterizo cuando se incorporaron genes amerindios. Si la región seguía ese camino podrían surgir sociedades mestizas. Pero entonces la inmigración femenina solía aumentar durante un periodo, un asentamiento fundacional antes de disminuir gradualmente a medida que el crecimiento natural tomaba el relevo. En otras colonias la inmigración fue más continua, aunque, por lo general, intermitente.

 

Las estimaciones de migración rara vez nos permiten diferenciar entre migrantes masculinos y femeninos, o entre familias de colonos que

 

 

 

 

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tuvieron descendencia blanca y hombres solteros que, generalmente, no la tuvieron. Las mujeres fueron fundamentales en la formación de las sociedades de colonos, debido a la combinación de sexismo y racismo que imponía la necesidad de que se casaran dentro de su grupo. Disponemos de cifras excepcionalmente buenas para la colonia inglesa de Nueva Inglaterra, un ejemplo clásico de asentamiento fundador no reforzado. Su fase fronteriza fue corta, la década de 1620, y dio como resultado una población de apenas 1000 habitantes en 1630. A continuación, en la década iniciada ese mismo año, se produjo una migración fundadora de 21 000 personas, con una minoría femenina muy numerosa, en torno al 40 por ciento. «Prácticamente, todo el crecimiento posterior a 1640 procedió del aumento natural».[53] Estas madres de raza de Nueva Inglaterra tuvieron un número asombroso de descendientes. Un historiador escribe que los 16 millones de yanquis de 1988 eran «todos descendientes de 21 000 inmigrantes ingleses» de la década de 1630.[54]

No obstante, lo que nos interesa aquí es que los 21 000 fundadores sugieren una fórmula femenina aproximada para los asentamientos familiares, fórmula por la cual se asume, simplemente, que las mujeres constituían el 40 por ciento del total de los colonos. El pequeño excedente masculino tiene en cuenta a los segundos maridos —los maridos ancianos solían morir antes que sus esposas, a pesar de los riesgos del parto—, a los criados —que eran preferidos a las criadas en la vida fronteriza— y a los funcionarios, comerciantes, empleados, clérigos y similares que se mantuvieran solteros. Esto representa el componente migratorio familiar y blanco de una población colonial. Podemos cotejar esta fórmula con algunos casos de poblaciones familiares mixtas de colonos y hombres solos en los que el número de hombres colonos, mujeres, niños y hombres solos se enumera por separado. Un ejemplo es la Jamaica británica en 1663, donde había 7700 colonos. Si dividimos a los niños equitativamente entre sexos, 2800, aproximadamente, eran mujeres, además de 1500 corsarios masculinos, lo que da una población total de 9200 blancos.[55] Dado que el asentamiento solo llevaba existiendo desde hacía ocho años, la mayoría de estas personas debe de haber sido migrante y no nacida en el lugar. Si aplicamos la fórmula femenina se obtienen unos 7000 colonos, lo que implica 2200 hombres solos, lo que, si se tiene en cuenta que debió de haber unos cientos de varones solos aparte de los corsarios, parece un ajuste bastante correcto.[56] Podemos hacer otro cálculo plausible

 

 

 

 

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refiriéndonos ahora a un caso de mucho mayor tamaño, la migración española a las Américas durante el siglo XVI, para la que hay buenas estimaciones de la proporción femenina. El periodo fundacional en este caso fue 1540-1580, tiempo en que la asombrosa cifra de 120 000 emigrantes cruzó el Atlántico, muchos más que en el periodo anterior. Entre ellos había 30 000 mujeres, es decir, un 25 por ciento. Según nuestra fórmula, esto daría un flujo familiar de colonos, tanto hombres como mujeres, de 75 000, junto con 45 000 hombres solos para reforzar a los conquistadores y mineros, lo que encaja con lo que sabemos de la América española de la época.[57]

 

Con esta fórmula aproximada, estimo que la migración total de mujeres de Europa a las Américas entre 1500 y 1800 fue de 135 000

españolas, 75 000 portuguesas, 200 000 británicas —incluyendo irlandesas y alemanas bajo la bandera británica—, 25 000 francesas y 10 000 neerlandesas. Las ibéricas y británicas emigraron para quedarse; las francesas y holandesas, no. Ahí radicó la divergencia colonial. Una

explicación francesa —fechada en 1740— era que «la vida en Francia era tan agradable, ¿por qué iba alguien a querer quedarse en el extranjero mucho tiempo?».[58] Hasta dos respetados historiadores se despistan en este asunto:

 

Como señala con acierto [Nicholas] Canny, «la aparentemente anómala escasa participación de los franceses en la emigración de larga distancia se explica más por la falta de oportunidades para los trabajadores blancos en las posesiones francesas en el extranjero que por cualquier reticencia de los franceses a trasladarse a destinos extranjeros».[59]

 

Explicaciones similares se han ofrecido para la escasa migración holandesa. Sin embargo, las posesiones francesas incluían Quebec, Ontario y áreas de lo que hoy es el Medio Oeste de Estados Unidos, mientras que los holandeses fundaron Nueva York. No eran precisamente lugares carentes de «oportunidades para los trabajadores blancos». Otras hipótesis, como unos salarios más altos en el país de origen o una menor proporción de gente común con tenencia segura de la tierra pueden aplicarse tanto a los ingleses —que sí se asentaron— como a los holandeses —que no lo hicieron—.[60] En el siguiente epígrafe veremos

 

 

 

 

 

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que, de hecho, franceses y holandeses viajaron a ultramar en cantidades similares a las de otras naciones europeas. Lo que les faltó a los migrantes de estas dos nacionalidades fueron antepasadas colonas. No eran necesarias muchas para crear una población relevante y a muy largo plazo en un determinado asentamiento. Sin una inmigración continuada, ese enclave fundador alcanzaría la paridad de género mediante los nacimientos al cabo de dos generaciones. Aunque un mayor número de mujeres sí que ayudaba. Las 8000 mujeres que se establecieron en Nueva Inglaterra en la década de 1630 dieron lugar a una población de 700 000 personas para 1780; en comparación con las 3000 mujeres que se establecieron en Nueva

 

Francia —alrededor de la década de 1660—, que resultaron en una población de 100 000 personas.[61] Las mujeres fueron minoría en todas las migraciones europeas a América antes de 1800, pero en los casos español y británico constituían una minoría bien numerosa.

 

La reticencia femenina a emigrar podía resultar comprensible. No en vano, la emigración se conocía como la pequeña muerte.[62] Durante los siglos XVI y XVII aquello era más parecido a embarcarse hacia otro planeta que a la migración legal de un país a otro en la actualidad. Ellas

 

compartían los costes de la emigración —peligros, traumas e incomodidades— con los hombres, pero no los beneficios —las perspectivas de saqueo, ascenso social y retorno a la metrópoli—. Eran conscientes de que la mortalidad a bordo era especialmente alta en el caso de los niños. Sospecho que la mayoría de las mujeres colonas no fue

obligada a partir, sino que tuvo elección —dejando a un lado un reducido número de convictas y huérfanas—. Los Estados europeos sin excepción compartían el temor de que la emigración exclusiva de varones condujera al desorden, el mestizaje y la degeneración, por lo que intentaron repetidamente inducir a las solteras a viajar a las colonias para casarse y hacer de unos varones solitarios y salvajes auténticos colonos. Tuvieron que recurrir a orfanatos y prisiones e incluso aquí su éxito fue limitado. Los huérfanos del rey apenas contribuyeron de manera significativa a la población colonial en el caso del Canadá francés, donde llegaron a ser menos de 2000 personas. Los portugueses también enviaron a un par de miles de niñas huérfanas, además de algunas prostitutas, aunque no lograron establecer poblaciones blancas autosuficientes fuera de Brasil. Doce prostitutas llegaron a Angola en 1594, pero ninguna tuvo descendencia.[63] En la actualidad, los historiadores tienden a considerar

 

 

 

 

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que la mayoría de los contratos de servidumbre era un medio de sufragar el pasaje y los gastos de establecimiento, por lo que la migración femenina no era necesariamente involuntaria.[64] La mayoría de estas viajaba en familia. Nadie sugiere que las francesas y holandesas estuvieran más dominadas por los hombres que otras europeas. Las mujeres migrantes libres tendían, sistemáticamente, a los lugares y periodos de ultramar más saludables y favorables a la familia, lo que sugiere que tenían al menos cierta capacidad de decisión. «Había una tendencia notable pero comprensible a que las mujeres y los niños [españoles del siglo XVI] huyeran de zonas remotas y peligrosas como Florida o Chile en favor de ciudades consideradas seguras y civilizadas, como Santo Domingo, Ciudad de México y, más tarde, Lima».[65] Por tanto, las francesas y holandesas no eran anómalas, sino bien normales. La regla número uno de las mujeres premodernas era: no entregarse a la emigración a larga distancia. ¿Por qué algunas nacionalidades la incumplieron, pero no otras?

En trabajos anteriores he intentado explicar un enigma similar: las migraciones mucho más numerosas desde algunos, pero no todos, los países europeos durante el periodo de 1810 a 1870, en las que las mujeres tuvieron un papel mucho más destacado.[66] Una era el utopismo de los colonos o su folclorismo, detectable en las cartas de vuelta de los emigrantes de clase trabajadora: la idea de que la emigración restauraría una utopía para la gente corriente, antaño real en casa, pero perdida desde mucho tiempo atrás. Esta visión coincidía con algunos aspectos de las guías de inmigración, conocidas como literatura de promoción, escritas por las clases altas para persuadir a las clases bajas de que emigraran. Tanto las versiones populares como las de más nivel, por ejemplo, hacían hincapié en el acceso relativamente fácil a las tierras en propiedad, lo que era de especial interés para las mujeres porque les proporcionaba un seguro contra la muerte, la incapacidad y la deserción masculinas. También eludían mencionar la sempiterna brecha salarial que sufrían ellas. Una lechera cobraba menos que un lechero, pero la mantequilla vendida por el granjero, hombre o mujer, alcanzaba el mismo precio. No obstante, el utopismo popular divergía de la literatura de promoción en otros aspectos. En esta última, las propiedades debían adquirirse mediante una larga etapa de duro y obediente trabajo asalariado. En la versión popular, las tierras se adquirirían de manera rápida y sencilla y proporcionarían riqueza sin mucho esfuerzo, además de otros beneficios como el derecho

 

 

 

 

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universal a cazar y pescar, alimentos abundantes, en especial carne, y un mayor respeto por los trabajadores. Un historiador de la literatura ha tenido una idea similar. «La Reforma, así como las revoluciones inglesa y estadounidense, se articularon y motivaron todas ellas por profecías milenarias de una Edad de Oro renovada. Lo mismo ocurrió, a su manera más silenciosa, con el movimiento de emigrantes de habla inglesa hacia el Nuevo Mundo».[67]

 

Yo también me centraba, principalmente, en las migraciones anglófonas, pero hallé indicios de un utopismo popular parecido en los casos escandinavo, francés, alemán, italiano e incluso ruso.[68] Como el resto, en su momento no tuve en cuenta la peste, pero ahora me inclino a hacerlo. Mis fuentes son del siglo XIX, por lo que tal vez parezca exagerado buscar una conexión con la edad de oro posterior a la peste para la gente común entre 1350 y 1500. Las leyendas en torno a las «antiguas libertades», «antes del yugo normando» no necesitan ser completamente ciertas. Pero sospecho que un punto de verdad les otorga más fuerza y pervivencia. Las culturas campesinas tienen una larga memoria social [69] y ¿qué otra utopía, con características tan particulares, podría haber tenido en común esta amplia variedad de campesinos europeos? Durante la edad de oro posterior a la peste los campesinos sí dispusieron de más carne y mejor trato e infringían con mayor frecuencia las leyes señoriales de caza en unos bosques cuya extensión se había duplicado per cápita de repente. De hecho, los campesinos sublevados de Inglaterra en la década de 1380 y de Alemania en la de 1490 exigieron el derecho a cazar y pescar libremente.[70]

 

La segunda clave para atraer colonos fue el establecimiento de una red popular entre el lugar de origen y el de destino, lo que permitía la transferencia de información oral o escrita acerca de este último de persona común a persona común. El contenido de las cartas podía transmitirse oralmente a los analfabetos. La gente corriente no confiaba en las recomendaciones oficiales ni en los reclutadores gubernamentales y no se dejaba convencer por la literatura promocional temprana, que, de todas formas, tendía a la exageración. Un promotor portugués de hacia 1600 afirmaba «enérgicamente» que las enfermedades de Brasil eran tan «leves y fáciles de curar que casi no merecen ese nombre».[71] Un segundo, este un escocés de 1684, aseguraba que en Nueva Jersey «las ovejas nunca

 

 

 

 

 

 

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dejan de tener dos corderos y la mayoría de las veces tres».[72] Los Estados y las compañías colonizadoras ofrecían a menudo incentivos, como pasajes gratuitos y exenciones fiscales, pero normalmente sin mucho efecto. Una red popular y una imagen de un destino en el que la gente común confiara tomaron tiempo en desarrollarse, ya que, por lo general, requerían de una acumulación de relatos orales generados por quienes regresaban. Un estudio acerca de la migración española del siglo XVI muestra cómo funcionaba ese filamento popular:

 

Los extremeños conocieron Perú o México […] no por medio de vagos informes o de las escasas descripciones impresas y publicadas, sino como resultado de los continuos contactos mantenidos por medio de cartas, visitas e informaciones y mensajes traídos por retornados, comerciantes y otros individuos que iban y venían con cierta frecuencia.[73]

 

La tercera clave fue un cambio cultural, una transición colonial que alivió el trauma de la migración permanente. En este caso, la insistencia en mantener la identidad europea mediante la endogamia racial femenina ayudó, al prometer un estatus metropolitano virtual, una comunidad civilizada, en lugar de una vida en la naturaleza entre salvajes. También era importante la experiencia previa de una migración exitosa, que aliviaba en parte el dolor de la siguiente. Ya vimos en el Capítulo 3 que la primera época de la peste liberó a los campesinos europeos. La mayoría de los desplazamientos fue de corta duración y, por lo general, estuvo asociada a una mejora del nivel de vida y del estatus. Sin embargo, como en el caso de las utopías y redes populares, estas solo pueden haber sido condiciones necesarias, pero no suficientes. ¿Por qué iban a funcionar para Gran Bretaña y la península ibérica pero no para Francia y los Países Bajos? Los franceses también experimentaron una reestructuración completa después de la peste, aunque el Capítulo 12 sugiere que esto no es tan evidente en los Países Bajos. En cualquier caso, cuando examinamos las fuentes de la migración familiar europea entre 1500 y 1800, hallamos que estaban muy regionalizadas dentro de las naciones. No eran los españoles o los británicos en general los propensos a migrar, sino determinadas regiones de esos países. Lo que esas regiones tenían en común era una migración familiar anterior, de menor alcance, pero exitosa, que produjo una

 

 

 

 

 

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subcultura regional inusualmente propensa a la migración familiar. Esto fue lo que permitió que la fase de 1500 a 1800 tuviera una forma temprana de las transiciones de colonos más amplias que luego se vieron en el siglo XIX.

 

En 1248, el avance cristiano había permitido el dominio sobre la mayor parte de Andalucía y todo Portugal, pero las nuevas tierras se asignaron en grandes porciones a los nobles y órdenes militares en recompensa por sus esfuerzos en la Reconquista. Las propiedades nobles se mantuvieron bajo el sistema de mayorazgo para evitar dividirlas por motivos de herencia, lo que limitaba las oportunidades para que los campesinos migrantes mejoraran su situación. Con todo, esta mejoró después de las primeras epidemias de peste, cuando los señores ofrecieron condiciones de tenencia más ventajosas. «La repoblación de un nuevo territorio solía elevar el estatus otorgado a los campesinos españoles».[74] Una gran parte de Andalucía, en concreto la Granada nazarí, no fue conquistada hasta 1492 y en el plazo de seis años «entre 35 0000 y 40 000 nuevos pobladores procedentes del norte se asentaron en tierras arrebatadas a los nazaríes».[75] Estas personas constituyeron una importante fuente de colonos para América, aunque no disponemos de cifras precisas.[76] Sin embargo, sí tenemos los datos para Andalucía en su conjunto: durante el siglo XVI, la región suministró el 42 por ciento de todos los emigrantes a las Américas y en concreto el 60 por ciento de las mujeres que viajaron.[77] Su porcentaje de la población española en 1591 era solo del 17,5 por ciento.[78] Es decir, las andaluzas eran 3,5 veces más propensas a la emigración transatlántica que otras españolas.

 

Portugal suele clasificarse en dos amplias regiones: el norte, con zonas montañosas y costa; y el sur, situado más allá del río Tajo. Sin embargo, si profundizamos un poco, habría que dividir el norte propiamente dicho —las provincias de Minho, Douro y Trás-os-Montes— de la región central

o norte-central —Lisboa, Estremadura y As Beiras—. La región norte está considerada el caladero principal de marineros y aventureros solitarios después de 1500 y es sabido también que de allí son originarios numerosos colonos familiares.[79] En un intento de repoblación tras la peste, la Corona portuguesa aprobó una ley en 1375 que «pretendía devolver al cultivo las tierras abandonadas. Se les concedieron tierras baldías a los campesinos con la condición de que las hicieran plenamente productivas

 

 

 

 

 

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en un plazo de cinco años».[80] Parece que la medida solo tuvo efectos limitados, aunque sí generó una migración considerable desde las tierras montañosas del norte, que decidió abandonar el cereal en favor de otros tipos de agricultura menos intensivos en mano de obra. En su mayoría eran hombres solos, que se trasladaron a la costa, al principio por temporadas,

 

más algunas familias —mujeres incluidas—, tal vez atraídas por las concesiones de tierras posteriores a la peste y que se dirigían a la próspera región centro-norte. Lisboa pasó de 14 000 habitantes en 1250 a 35 000 en 1400, a pesar de la peste o debido a ella (vid. Capítulo 10). Con respecto al sur, continuó en manos de grandes latifundistas. En el siguiente epígrafe veremos que el norte propiamente dicho tuvo un particular desempeño social a largo plazo —entre 1500 y 1800—, resultado de la emigración de los hombres solteros. «Este patrón no parece mantenerse en el centro. Disponemos de algunas pruebas directas —si bien la muestra es pequeña— en cuanto a los lugares de nacimiento de novios y novias en el Brasil del siglo XVIII. Como era de esperar, el 67 por ciento de los hombres venía del norte, mientras que solo el 13 era del centro. En contraste, el 35 por ciento de las novias era del centro y solo el 14 del norte.[81]

 

Se trata únicamente de un indicio, porque la muestra de novios es muy pequeña. Parece que en el siglo XVIII los varones portugueses se casaron mayoritariamente con mujeres nacidas en Brasil: la muestra encuentra lugares de nacimiento en Portugal y sus islas atlánticas para 341 hombres y solo 43 mujeres. Sin embargo, otro indicio de esta misma fuente refuerza la importancia, generalmente aceptada, de la migración a Brasil desde las islas atlánticas de Portugal. A diferencia de Cabo Verde, Madeira y las Azores gozaban de buena salud para los europeos. Los pequeños asentamientos fundados entre las décadas de 1420 y 1450, cuyos participantes esperaban «privilegios y franquicias muy amplios»,[82] dieron como resultado poblaciones significativas en 1500, cuando Madeira «ya estaba superpoblada».[83] «Ya en 1550, la Corona empezó a buscar potenciales colonos en las Azores».[84] Es bien sabido que la migración desde estas islas incluía más familias y muchas más mujeres en comparación con las salidas desde el norte de Portugal.[85] No menos de 20 de las 43 novias —casi la mitad— nacieron en las islas, una proporción muy superior a la de la población portuguesa. El norte de Portugal proporcionó la mayoría de los hombres, pero es posible que las pocas

 

 

 

 

 

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mujeres vinieran del centro del país e islas atlánticas. Ambos contaban con

 

redes populares —orales o escritas— alimentadas por los numerosos barcos que visitaban Lisboa y las islas en su camino hacia y desde América.

La otra gran migración europea del siglo XVII a América, la protagonizada por ingleses, no parece derivar de corrientes previas de menor escala. Anglia Oriental no fue, como cuenta la tradición, la única fuente de colonos fundadores en Nueva Inglaterra, pero mi impresión es que sí constituyó una fuente importante de mujeres. Las razones de índole religiosa —puritanas— son bien conocidas y, de cualquier forma, implicaron solamente a 8000 mujeres. Durante el siglo XVIII, por el contrario, la emigración de bandera británica estuvo dominada por dos asentamientos secundarios mucho más importantes: el de escoceses del Úlster y el de los alemanes procedentes de Renania, cada uno de los cuales sumaba unos 100 000 colonos relativamente repartidos por igual entre hombres y mujeres.[86] Al igual que Andalucía y las islas portuguesas, la provincia norirlandesa tenía una reciente trayectoria previa en emigración, a saber, una profusa afluencia de escoceses desde finales del siglo XVI. En 1700 había 200 000 escoceses-irlandeses en el Úlster y estos protagonizaron en la centuria siguiente la primera migración masiva de Europa a ultramar. La industria del lino del Úlster proporcionó su red popular, si bien de manera indirecta. Ciertamente, América del Norte

 

figuraba entre sus mercados —sumaba hasta el 21 por ciento de las exportaciones—, aunque el tráfico mayor se dirigía al Caribe, a puntos al norte de Nueva York y al sur de Charleston. Así, los asentamientos de escoceses del Úlster se concentraron en la región situada entre Charleston y Nueva York, es decir, en las colonias del Atlántico Medio y Chesapeake. Además, a partir de 1743, se aplicó una bonificación a las exportaciones de lino solo si pasaban por Inglaterra, en consecuencia, la mayor parte del lino irlandés con destino a América hacía justamente ese recorrido. Solo entre el 10 y el 12 por ciento era transportado directamente y la mayor parte pasaba por Dublín. En este comercio había poco margen para la gente corriente del Úlster, salvo como productores.

 

Sin embargo, había un comercio auxiliar del lino, mucho más íntimo y directo en lo que se refería al Úlster. Se trataba de la importación de semillas de lino. Las regiones que producían lino de alta calidad, como el Úlster, tenían un proceso específico para asegurarse de que este fuera fino

 

 

 

 

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y adecuado para la producción de buenas telas. El proceso implicaba recoger el lino antes de que la planta alcanzara una etapa más avanzada de crecimiento en la que se endurece y empieza a producir semillas, por lo que necesitaban importar la simiente de lugares que fabricaran productos de lino más gruesos.[87] Hacia 1700, el Úlster importaba las semillas del Báltico, pero la guerra interrumpió el flujo y hubo de recurrir cada vez más a las colonias americanas, de donde procedía el 81 por ciento en 1743. Se trataba de un comercio especializado, sorprendentemente grande en volumen y muy directo. Las semillas se necesitaban a finales del invierno para plantarse en primavera, por lo que durante la década de 1760, unos 60 barcos hacían la travesía cada invierno desde Nueva York, Filadelfia y los muelles de Chesapeake hasta pequeños puertos del Úlster como Derry y Coleraine y llevaban consigo tanto semillas como noticias del Nuevo Mundo y personas que regresaban al Viejo. A diferencia del comercio del lino propiamente dicho, era la gente de a pie la que gestionaba el negocio, cuyos protagonistas eran pequeños comerciantes americanos —conocidos

 

en el Úlster como scow-bankers— y modestos compradores del Úlster, donde los granjeros tejedores formaban colectivos de ocho o diez personas, «comprometiéndose mutuamente». He aquí la red popular que reactivó una cultura migratoria preexistente y la centró en un nuevo destino concreto, además de proporcionar los medios físicos para llegar hasta aquel lugar.[88]

 

La emigración alemana también fue una cuestión de asentamiento secundario, aunque aquí la red popular no está tan clara. El Palatinado renano había sido repetidamente devastado y al final despoblado a resultas de la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), por lo que, entre 1651 y 1663, el elector palatino llevó a cabo un esfuerzo sostenido para repoblar

 

las tierras. «Muchos sirvientes y artesanos —principalmente de Suiza, pero también del Tirol y los Países Bajos españoles— afluyeron al Palatinado y forjaron una tradición migratoria duradera».[89] La mayoría de los emigrantes alemanes a América antes de 1800 procedía de esta zona y lo mismo ocurrió con alrededor de una cuarta parte de las salidas de colonos franceses. El trágico fiasco de la colonización francesa de la Guayana entre 1763 y 1765, en el que falleció la mayoría de los colonos, afectó a 14 000 personas, de las cuales 11 500 procedían del Palatinado y de su vecina Alsacia, controlada por Francia, que seguía siendo germanófona.[90] Por tanto, y con esta pequeña excepción, mi explicación

 

 

 

 

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de la divergencia colonial es que Francia y los Países Bajos no tenían regiones propensas a la migración comparables a las de los Tres Grandes. Ya veremos en el Capítulo 14 que el comienzo de esos flujos secundarios también es válido para Rusia, cuyos emigrantes, incluida una importante minoría de mujeres procedentes de regiones de migración anterior, se dirigieron por tierra a Siberia.

Dejando aparte a las prolíficas mujeres de Nueva Inglaterra, no fueron Gran Bretaña, España ni Portugal los países de origen de los 8 millones de estadounidenses blancos que vivían en 1800, sino el Úlster, Renania, Andalucía, Madeira y las Azores las fuentes emisoras de mujeres de la primera expansión demográfica europea. Los Estados europeos solían considerar a los colonos súbditos gentes díscolas ya antes incluso de que las Trece Colonias británicas se rebelaran en 1775.[*] A pesar de ello, resultaron esenciales para la expansión europea en América. Sin su concurso, expandir los asentamientos iniciales, abastecer las plantaciones y las minas y reprimir la resistencia amerindia y las rebeliones africanas habría sido mucho más difícil, si no imposible. Además, como los franceses y holandeses descubrieron a su costa, «las colonias de asentamiento eran una condición previa para continuar la lucha en las Américas» contra los rivales europeos.[91] «En la Norteamérica de mediados del siglo XVIII, los colonos del mundo anglosajón superaban en número a los franceses en una proporción aproximada de diez a uno, un desequilibrio que resultó fundamental a la hora de determinar el futuro del continente».[92]

 

 

 

VARONES DE REEMPLAZO: LA

 

CULTURA DE LOS TRIPULANTES

 

EUROPEA

 

 

Los expansionistas musulmanes de Oriente Medio, tanto medievales como de principios de la Edad Moderna, también eran propensos a la endogamia femenina. «El término técnico para el matrimonio de un hombre árabe con una mujer no árabe es hujnah, que sugiere mera hibridación. Por el contrario, el término para la unión opuesta es iqraf, que también significa

 

 

 

 

 

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“infección repugnante”.[93] Por lo general, el asunto lo solucionaban simplemente impidiendo que las mujeres árabes emigraran. La investigación genética acerca de la expansión árabe encuentra ADN del cromosoma Y transmitido por los padres, pero generalmente poco ADN mitocondrial, transmitido por las madres.[94] La principal fuente de migrantes árabes hasta tiempos recientes fue Hadramaut, en el sur de Arabia. Sus emigrantes varones “casi siempre se casaban con mujeres locales con o sin sangre de Hadramaut, pues las mujeres de este lugar rara vez emigraban”.[95] Podría tal vez preocupar la crianza de la primera generación de hijos nacidos de madres extranjeras, pero esa inquietud no se extendería a las generaciones futuras.[96] Las primeras migraciones por

 

tierra —durante los siglos VII y VIII— es posible que implicaran a familias y un movimiento del siglo XI ciertamente lo hizo: el de dos tribus beduinas al Magreb. Curiosamente, también se trató de una migración secundaria, como las procedentes de los primeros territorios de colonización de la Europa moderna. Las tribus primero se asentaron en Egipto.[97] Aunque eran excepciones. En general, los expansionistas musulmanes formaban alianzas con la población local bastante igualitarias e integradas y las personas de ascendencia mixta resultaban comunes. Sin embargo, a diferencia de las colonias europeas, donde los colonos solían mantener una separación racial estricta y creaban comunidades segregadas, los musulmanes no buscaban esto.

 

Por otra parte, en las sociedades musulmanas rara vez escaseaban los varones de reemplazo para ser enviados fácilmente en arriesgadas incursiones o invasiones, ventaja que, probablemente, compartieron con los expansionistas mongoles y puede que vikingos. Un factor determinante podría haber sido una ética de expansión, como la tradición de los gazi o guerreros santos del islam, así como la unión de grupos que, hasta entonces, se habían atacado entre sí. Si las incursiones eran endémicas desde el punto de vista cultural o económico, ahora debían realizarse contra los forasteros. Una posibilidad más controvertida es la práctica de la poligamia. La mera existencia de una reducida élite masculina con múltiples esposas daría como resultado «una reserva de hombres solteros», excedente para las necesidades reproductivas locales.[98] Sea como fuere, la cristiandad monógama normalmente carecía de un suministro constante de varones de reemplazo. Tal vez esto ayudara en su momento al fracaso

 

 

 

 

 

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de los Estados cruzados, que nunca fueron reforzados de manera regular o adecuada. Fue la peste la que cambió esta ecuación.

 

Tras la peste negra, varias regiones de Europa donde la agricultura de cereales era marginal redujeron o abandonaron las tierras cultivables y empezaron a depender de la importación de grano. Esas zonas solían ser

costeras —como por ejemplo las islas—, con suelos pobres o propensos a las inundaciones, o bien montañosas. En el primer caso, el grano podía importarse a bajo precio por vía fluvial o marítima. En el segundo, se hacía venir a corta distancia desde los valles y planicies cercanas. Estas regiones pasaron de la agricultura de subsistencia de cereales a otras actividades menos intensivas en mano de obra y más orientadas al mercado, sobre todo la lechería y los cultivos industriales, en los que la mano de obra de mujeres y niños resultaba tan útil como la de los hombres. De esta manera, la mano de obra masculina se convirtió en un recurso de exportación clave. Al principio era estacional: los hombres volvían a casa cada año. Pero en aquellas regiones importadoras de cereales algunos de ellos no eran necesarios para las cosechas del cereal en primavera y otoño, que tenían lugar entre mayo y octubre. Tal situación no era posible en las regiones donde predominaba el cultivo de cereales. Por tanto, las regiones con déficit de grano proporcionaron la mano de obra para un mercado laboral internacional surgido una vez pasada la epidemia. A medida que las poblaciones empezaron a recuperarse, desde 1450 en algunos lugares y 1500 en la mayoría, las exportaciones de mano de obra aumentaron significativamente en magnitud, alcance y duración. Las economías locales reestructuradas disponían ahora de un excedente continuo de mano de obra masculina. Si la región contaba con una tradición guerrera o marinera, esos hombres acababan con frecuencia convertidos en soldados del ejército de otros o en marineros de flotas ajenas.

 

Un ejemplo clásico de fuerza militar son los suizos, los soldados más temidos de Europa alrededor del año 1500. La recuperación demográfica resultó especialmente pujante y temprana en los cantones montañosos, que, como se menciona en el Capítulo 3, pasaron de la agricultura de subsistencia a la producción de queso y ganado para el mercado.[99] Los piqueros y alabarderos suizos se habían labrado su reputación al resistir los intentos de dominio tanto de los Habsburgo como de los duques de Borgoña entre 1315 y 1476. Después se dedicaron a exportar mercenarios

 

 

 

 

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y la mayoría no regresó. La población suiza, de solo 800 000 habitantes en 1500, se había duplicado en 1800. Para entonces, «como mínimo, toda la emigración mercenaria ascendía a 1,2 millones, con una pérdida para los cantones de 800 000 hombres».[100] «La simbiosis de la ganadería y el servicio mercenario implicaba que la zona alpina era la principal fuente de soldados emigrantes». En 1700, en una comunidad suiza de las montañas, la mitad de los hombres más jóvenes estaba «ausente en el servicio mercenario».[101] Hubo cambios similares en otras zonas de los Alpes, sobre todo en el norte del Piamonte y el Tirol, que también enviaban muchos combatientes.[102] Otro productor destacado de buen queso y buenos soldados fue el condado inglés de Cheshire, en las Marcas Galesas, que tenía una fuerte tradición de tiro con arco. Tras la peste negra, en la zona abundó también la actividad del pastoreo.[103] «Cheshire fue, probablemente, el condado que registró una mayor proporción de hombres reclutados en los ejércitos ingleses durante la Baja Edad Media».[104]

 

Existían otras regiones con características similares y también exportadoras de soldados, algunas de las cuales abastecían a sus propios monarcas, otras al fondo transnacional de soldados de fortuna y otras a ambos. Entre ellas estaban Galicia y zonas montañosas de Castilla, Gascuña en Francia y áreas de Bohemia, Gales, Irlanda y Escocia. El mayor productor de mercenarios era Alemania, cuyos lansquenetes

—landsknecht, «servidor del país»— combinaban una eficacia invariable con una disciplina algo más voluble, pero también en este caso la historia nos habla más de regiones que de países, entre ellas, Suabia, que, con una socioeconomía similar a la de Suiza, resultó una región clave.[105] Algunas zonas de las tierras bajas alemanas se decantaron también por la producción de lino combinada con los lácteos, ya que la leche se utilizaba para blanquear el lino. Requería menos mano de obra masculina adulta que el cereal y, por tanto, permitía la exportación de varones de reemplazo. Otra clásica región exportadora de mano de obra, esta en forma de tripulaciones marineras, era el archipiélago maltés: allí empezaron a comprar su grano después de 1350 y exportaban algodón y marineros para pagarlo. «Los registros indican una importación masiva de grano al archipiélago a partir de 1400».[106] Para entonces, el algodón había adquirido «el estatus de monocultivo en Malta», para lo cual utilizaba mano de obra femenina e infantil, así como esclavos musulmanes.[107]

 

 

 

 

 

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Las islas «proporcionaban marineros a los barcos corsarios y de guerra

 

     Entre 1650 y 1750, la mitad de la población masculina sana de Malta, aproximadamente, trabajaba en el mar».[108] Los marineros malteses eran, principalmente, asunto mediterráneo, a diferencia de otras importantes regiones suministradoras de hombres de mar, como Holanda (vid. Capítulo 12), el sudoeste de Inglaterra, el sur de Noruega, el País Vasco y el norte de Portugal. También a lo largo de la costa del norte de Alemania y su cinturón de islas se extendían varias zonas que exportaban tanto marineros como soldados. Aunque la franja costera era llana, adolecía de «un suelo notoriamente pobre».[109] Sin duda, los varones de aquellas partes del país habían trabajado fuera de casa antes de la peste negra y siguieron haciéndolo inmediatamente después de ella, aunque su número y alcance aumentaron a partir del siglo XV. Durante un tiempo,

 

esos tripulantes       fueron conocidos       como   niños    de        los       barcos

 

—schiffskinder—, especializados en el uso de ballestas tanto en tierra como en el mar.[110] Para el siglo XVII, predominaba la navegación, con hasta el 80 por ciento de los hombres en algunas localidades dedicados a tareas de la mar. «Casi todos los hombres indígenas de [la isla de] Föhr se hicieron a la mar».[111] Estas regiones proporcionaron mano de obra primero a la flota hanseática, luego a la holandesa y finalmente a la británica.[112]

 

En el caso de Francia, Bretaña fue una notable fuente de soldados y marineros.[113] Aquí y en otros lugares hay indicios de que la producción de hombres excedentes era más local que regional, así como que algunas localidades concretas tenían relaciones especiales con determinados oficios en tierras lejanas. Entre 1725 y 1770, esta región atlántica suministró el 87 por ciento de los contingentes de la Compañía Francesa de las Indias Orientales, con un total de 75 000 hombres. La mayoría procedía de los distritos de Port-Louis y Saint-Malo.[114] Cada comunidad marinera bretona disponía de sus propios caladeros particulares en Terranova y sus alrededores, al igual que los normandos y los vasco-franceses.[115] En algunas aldeas de la zona, dos tercios de los hombres eran agricultores y en otras, allí donde los suelos eran más pobres, solo el 5 por ciento eran agricultores «y los marinos constituían las tres cuartas partes de la población [masculina adulta]».[116] Así pues, las regiones marítimas no eran por necesidad homogéneas, pero tenían más

 

 

 

 

 

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localidades exportadoras de marinos que otras regiones. En cuanto al reclutamiento militar —o más bien a la relativa escasez de esos reclutamientos—, tal vez ayude a explicar un viejo misterio de la historia militar francesa: la dificultad para alistar un contingente sustancial de infantería fiable dentro de sus propias fronteras antes de 1600. La mayor parte de Francia cultivaba cereales, por lo que se enfrentaba al cuello de botella de las cosechas: solo podía disponer de hombres como soldados durante unos pocos meses. Los suizos y alemanes eran más prescindibles económicamente en sus comunidades de origen, por ese motivo, podían hacerse mercenarios. Suministraron la mayor parte de la infantería bajo bandera francesa hasta que el aumento de la población y la productividad permitieron a Francia generar sus propios soldados de infantería. «En 1558, las tropas alemanas y suizas constituían el 70 por ciento del Ejército real francés».[117]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No solo los soldados y marineros provenían de las regiones deficitarias en cereal. De aquí salían también bacaladeros, balleneros, piratas, contrabandistas, cazadores, tramperos, leñadores, mineros, bandidos y los colonizadores generalistas que hemos llamado hombres solos en epígrafes anteriores de este capítulo. Además, desde 1996 utilizo el término tripulantes para referirme a todas estas formas de trabajo porque compartían muchas características comunes.[118] Casados o no, permanecían alejados de su mujer durante años y años y todos trabajaban en equipos, bandas o tripulaciones, ya fueran estas formales o informales. Gran parte de las pruebas acerca de la cultura de las tripulaciones se refieren a los marineros. En relación con los piratas existe una rica bibliografía —a veces excesivamente romántica—, así como algunos estudios más recientes de los marineros en general. Estos últimos consideran acertadamente a los piratas como una versión radical de una cultura más amplia. Eran el extremo de un único espectro fluido de trabajo marítimo a lo largo del cual los individuos podían desplazarse con facilidad.[119] De lo que aún no nos hemos dado cuenta es de que los

 

 

 

 

 

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propios marineros eran solo parte de una cultura de tripulantes más amplia y de que esta fue enormemente impulsada, si no creada, por la reestructuración derivada de la peste. Curiosamente, el Oxford English

 

Dictionary nos dice que el término crew —«tripulación»— no tiene su origen en los marineros. En cambio, el uso moderno de creue, que en francés antiguo significa «aumento» o «suplemento», surgió en 1455 entre los ingleses de Normandía, al final de la Guerra de los Cien Años. Se refería a una banda no oficial de hombres armados que vivía de la tierra mediante la depredación del campesinado y que podía reclutarse como refuerzos del ejército cuando fuera necesario. Como he señalado en trabajos anteriores, las tripulaciones eran comunidades prefabricadas, capaces de acomodar la constante rotación de individuos y de aculturar a los nuevos reclutas en el trabajo. Una vez aculturados, literalmente conocían las cuerdas, tanto sociales como técnicas, tanto informales como formales, en cualquier nueva tripulación a la que se unieran.

 

Los marinos, ya lo sabemos, tenían una

 

 cultura de trabajo distintiva con su propio idioma, canciones, rituales y sentido de la hermandad. Sus valores fundamentales eran el colectivismo, el antiautoritarismo y el igualitarismo, todos ellos resumidos en la frase que solían pronunciar los marineros rebeldes: «todos eran uno, y todos resueltos a apoyarse mutuamente».[120]

 

Los marineros ingleses y holandeses se servían de peticiones colectivas para exponer sus quejas. Tales solicitudes consistían en un círculo de firmas y marcas en el que ningún nombre aparecía primero, lo que dificultaba identificar a un cabecilla —jefe del círculo o ringleader, en inglés—.[121] Esta palabra aparece en lengua inglesa en 1503 y, al igual que otro término huelga —strike—, puede que sea un legado de aquellas tripulaciones.[122] La mayoría de los especialistas coincide hoy en el transnacionalismo de la cultura marítima. «Los marineros de Sevilla, Ámsterdam, Londres o Génova tenían una visión del mundo con un amplio denominador común y todos ellos conocían las peculiaridades de la escala salarial, la disciplina y las raciones que imperaban entre sus colegas».[123] El trabajo de los marineros era duro, sucio y peligroso y las dietas deficientes en vitaminas; el escorbuto resultaba endémico en los viajes de larga distancia. Sin embargo, los marineros insistían en recibir

 

 

 

 

 

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generosas raciones de carne y alcohol, tal vez un eco de la edad de oro posterior a la peste. Esos marineros podían ser miembros de una gran compañía naval o unidad militar, pero también formaban sus propias fraternidades más reducidas dentro de ella, de compañeros, y excluían a quienes no eran de su agrado: por tanto, grupos dentro de grupos.

 

Las tripulaciones eran más supersticiosas que religiosas y esas supersticiones traspasaban fronteras. Los marineros españoles subían una estatuilla de san Antonio hecha en madera hasta la cubierta con el fin de neutralizar las tormentas, pero le arrancaban la cabeza de un mordisco si el temporal arreciaba.[124] La creencia en el fuego de San Telmo —una reverberación luminosa que aparecía en la punta del mástil y que se creía que indicaba mejor tiempo— se ha rastreado en el folclore marinero inglés, ibérico, francés, escandinavo e italiano.[125] La celebración del paso del ecuador es el ejemplo típico. «La ceremonia invertía temporalmente la jerarquía en el barco y muchos capitanes eran tratados con desprecio y guasa». Este ritual aparece documentado por primera vez en 1529, pero se cree que sus orígenes son anteriores. Por lo general, un marinero se disfrazaba de Neptuno y mojaba o sumergía en agua a todos los compañeros que todavía no habían cruzado nunca la línea. A veces, podías evitar este bautizo pagando una multa.[126] Otras juergas interculturales incluían azotar a un chico cualquiera para que levantara el viento en caso de calma: el llamado chico de los azotes.[127] A la lista anterior hay que añadir la propensión a maldecir, beber, apostar, frecuentar burdeles, provocar algaradas y pelearse.

 

Con respecto a las tripulaciones —aquí más bien brigadas o cuadrillas— terrestres, puede que no tuvieran ni idea de quién era san Telmo, pero compartían la mayoría de las anteriores características y, desde luego, tenían la misma tendencia a montar escándalo al divertirse. Los mercenarios suizos y alemanes celebraban reuniones informales en círculo y bien sentados o de pie y también evitaban que alguien pasara por cabecilla. Asimismo, formaban facciones dentro de las cuadrillas, «pequeños grupos autoseleccionados», conocidos como Rotte en alemán y camaradas en español.[128] «Los lansquenetes elegían a algunos de sus propios oficiales y se consideraban a sí mismos como una orden […] una comunidad bien organizada con los atributos de un sindicato».[129] Otras agrupaciones de tierra adentro eran los pastores trashumantes de largas

 

 

 

 

 

 

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distancias, que proliferaron en Castilla desde 1350. Por ese tiempo, el Concejo de la Mesta se formó a partir de asambleas o concejos preexistentes de ganaderos llamados mestas. Bajo su autoridad, grupos seminómadas que llegaban a los 50 hombres conducían rebaños de hasta 10 000 ovejas desde las dehesas de invierno a las de verano y viceversa y recorrían cientos de kilómetros en cada desplazamiento. Esos pastores no se mezclaban con los sedentarios, que los consideraban «sospechosos y despreciables», aunque no era prudente expresar tales opiniones en su cercanía. Se decía que «rara vez se casan y no aportan nada a la población».[130] Hubo también agrupaciones específicas en el campo de la minería, en especial en los nuevos distritos mineros, que tenían «un número excepcionalmente grande de hombres jóvenes». «A diferencia de los campesinos […] los mineros se organizaban en comunidades autónomas en las que la autoridad individual era secundaria ante las compañías fraternales».[131] Otras variantes fueron los leñadores o madereros nómadas, que se desplazaban de un sitio a otro para cortar madera de calidad destinada a la exportación a larga distancia, o los jornaleros —navvies— que trabajaban en equipos de contratistas lejos de casa. Los peones alemanes que trabajaron a partir de 1410 construyendo los diques de los Países Bajos «gozaban de una reputación especialmente mala, sobre todo por su disposición a participar en olas colectivas».[132] Por tanto, y al igual que en el caso de los marinos procedentes de Malta, estos ejemplos exclusivamente europeos confirman que el aumento de las tripulaciones no fue el resultado de una expansión exitosa, sino más bien una causa de la misma.

 

Los miembros de estos grupos mantenían grados de relación muy diversos ante las autoridades. En ocasiones, podían estar semicontrolados por Estados o asociaciones en contingentes regulares, otras operar como células de pequeños empresarios independientes en una empresa compartida y a veces actuar totalmente al margen de la ley como contrabandistas, bandidos o piratas. Resultaban disciplinados en el trabajo y notoriamente indisciplinados fuera de él, con grandes juergas —idénticas

en los cinco continentes— para celebrar la paga o el saqueo. La dura disciplina en el trabajo, que incluía los azotes, estaba limitada por la costumbre. Los motines eran frecuentes: la Marina francesa registró una media de dos al año entre 1680 y 1789.[133] Los capitanes debían andarse con ojo porque a las tripulaciones se les daba bien emplear la violencia.

 

 

 

 

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Puede que no «mataran a los hombres tan libremente como vuestros pasteleros matan moscas», como hacían sus congéneres piratas, pero las reyertas, las peleas a puñetazos y los duelos a cuchillo eran lo menos dentro de sus pasatiempos.[134] Un estudio de 2000 marineros españoles del siglo XVI descubrió que «la mitad de ellos mostraba la marca de alguna vieja herida en el cuerpo».[135] Incluso las tripulaciones no militares debían estar dispuestas y ser capaces de luchar y lo estaban. El marino mercante o ballenero medio sabía manejar cañones, pistolas y espadas de acero de varios tipos. Un ballenero vasco del siglo XVII

 

—manejado por una tripulación de 39 personas— llevaba 14 cañones, 30 mosquetes, 24 pistolas, 30 sables y 40 granadas.[136] La habilidad en la violencia de las tripulaciones europeas se debía, en parte, a los elementos obvios de la cultura ocupacional y, en parte, a una extraña tolerancia al riesgo, que se analiza al final del capítulo.

 

Como sugiere esta relación de amor-odio con la autoridad, la cultura de la emigración estaba plagada de contradicciones: individualista, pero colectivista; independiente, pero jerárquica; distinta de la sociedad en general, pero enraizada en ella; a veces idealizada en abstracto por esa sociedad, pero también despreciada y temida por ella. Los tripulantes eran trabajadores manuales, aunque a menudo se veían a sí mismos como contratistas independientes. A algunas tripulaciones se les pagaba, principalmente, en forma de botín, o en partes de su trabajo, una práctica que disminuyó con el tiempo pero que, en el caso de los balleneros, bacaladeros y cazadores de pieles, se extendió hasta bien entrado el siglo XIX. En cualquier caso, el jornal no era a menudo más que una parte de la paga que recibían los marineros: con frecuencia resultaba más valioso un porcentaje de un botín, una pequeña parte del espacio de carga o un cofre lleno de mercancías.[137] Los tripulantes se movían con facilidad entre las subcategorías, sobre todo en ultramar, cambios que se veían favorecidos por una cultura compartida. Quizá entre esas subcategorías una de las más sombrías de todas fuera la de tripulantes colonizadores, los emigrantes varones solitarios que no se establecían ni se casaban con mujeres blancas. Algunos aspiraban a hacerlo. El Chesapeake del siglo XVII estaba salpicado de propiedades abandonadas con nombres como La esperanza del soltero.[138]

 

 

 

 

 

 

 

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Las actividades en América de estos grupos colonizadores implicaban violencia en muchos casos. La gran mayoría de los conquistadores de México y Perú carecía de formación militar y todos eran, técnicamente, contingentes irregulares que servían a un empresario militar privado a cambio de soldadas y de la perspectiva del saqueo. Lo mismo ocurrió con las posteriores entradas, expediciones armadas en pos de un botín, pero que, mientras tanto, vivían a costa de las comunidades indias por el camino.[139] Hubo decenas de expediciones de este tipo, al menos quince en 1593 si contamos solamente lo que hoy es el sur de Estados Unidos, algunas de las cuales perdieron a casi todos los integrantes.[140] Las incursiones para capturar esclavos amerindios fueron otra actividad frecuente de esos grupos. Se estima que 200 000 esclavos fueron tomados de la costa de América central entre 1532 y 1542, una época demasiado temprana para que ni los blancos nacidos en la zona ni los castas locales estuvieran implicados.[141] Por el contrario, aquellas partidas no tuvieron demasiado protagonismo en la minería semiindustrial de plata en el Nuevo Mundo, pero sí en la de oro aluvial, si bien aquí también se utilizó mano de obra esclava india y africana. Hubo una importante fiebre del oro en la Colombia española de la década de 1550 y otra en la década de 1570.[142] En Brasil se produjeron entre 1695 y 1760 arrebatos mayores si cabe, que atrajeron a unos 200 000 miembros de esas tripulaciones o cuadrillas. Otras ocupaciones de esas gentes en su variante colonizadora fueron la navegación costera, la tripulación de barcos fluviales, el desempeño corsario o pirata, la caza y el pastoreo de ganado, el comercio de pieles y la caza con trampas, la pesca del bacalao y la explotación forestal. En 1670, los británicos habían establecido ya media docena de nuevas colonias extractivas en el continente americano, dedicadas a la tala de madera de tinte y luego de caoba. «Los esfuerzos de asentamiento de estos marineros de los bosques constituyeron la semilla de lo que, con el tiempo, se convirtió en la Honduras británica y más tarde Belice».[143] Andando el tiempo, los hombres blancos nacidos en el lugar, los castas y los negros libres acabaron por asumir buena parte de estos trabajos en América, pero durante las etapas primeras de la colonización, el papel desempeñado por esos grupos resulto crucial.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Algunos de esos tripulantes quedaron desarraigados, sin domicilio fijo, pero la mayoría estaba, al menos hasta cierto punto, enraizada en su comunidad de origen.[144] Entre las tripulaciones destacadas en el extranjero y sus regiones de origen en Europa había centros intermedios, los barrios marineros de las grandes ciudades portuarias, como Triana en Sevilla, que podían funcionar como una especie de hogar para aquellos hombres. Al igual que en su región de origen propiamente dicha, estos barrios tenían una proporción excepcionalmente alta de hogares encabezados por mujeres, ya fuera porque nunca se casaron, porque sus posibles cónyuges descansaban en tumbas lejanas o porque eran viudas o solteras temporales, es decir, separadas de la pareja debido a la ausencia del hombre por largos periodos. Estos hogares, que oscilaban entre el 20 y el 30 por ciento del total, eran dos o tres veces más numerosos que en las regiones no emisoras de emigrantes.[145] En el interior de Inglaterra, la proporción de hogares dirigidos por mujeres era del 8-10 por ciento; aunque en el puerto de Hull era del 23,5 por ciento ya en la década de 1370.[146] La estadística mide los hogares registrados como dirigidos por mujeres año tras año y es un indicador aproximado de la proporción de tripulantes de largo recorrido. Si se le añaden los de más corto alcance, como los pescadores de bacalao que volvían a casa una vez al año, pero se perdían la cosecha, la proporción podría dispararse. En una pequeña ciudad holandesa del siglo XVII, el 30 por ciento de los hogares estaba formalmente dirigido por mujeres, pero «en la práctica diaria, el 66 por ciento […] lo gestionaban mujeres».[147] Una vez más, la mayoría de las pruebas se refiere a los marineros, aunque las regiones exportadoras de contingentes militares, como los Alpes suizos y austriacos, presentan cifras similares de hogares dirigidos por mujeres.[148] Algunos estudios pintan un sombrío panorama de la vida de estas madres de familia. Unas pocas recibían dinero del hombre en tierras lejanas, pero rara vez resultaba suficiente para vivir, de manera que muchas dependían de trabajos mal remunerados, de la caridad, de la prostitución o de las tres cosas.

 

Sin embargo, también podemos dar una visión más positiva de la vida de aquellas mujeres. Por un lado, a veces controlaban negocios

 

 

 

 

 

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importantes, a menudo relacionados con el aprovisionamiento y la carga de los barcos. «En Bilbao, en 1568, las mujeres parecen haber controlado por completo la producción de galletas». Esas galletas de mar o bizcochos de mar —bizcocho significa «cocido dos veces»— constituían, por supuesto, el alimento básico de los marineros.[149] «El embajador veneciano describió la Sevilla de 1525 como una ciudad “en manos de mujeres”».[150] Hasta la década de 1640, cuando Portugal delegó la pesca del bacalao en franceses e ingleses, las mujeres controlaban en Oporto alrededor del 40 por ciento de la venta de bacalao al por menor.[151] En otro puerto en el norte del país destinado a las tripulaciones, este más modesto, hacia 1615, siete de cada ocho comerciantes de bacalao eran mujeres y también eran mayoría en el comercio del vino. Otra peculiaridad de las regiones exportadoras de marineros era el alto índice de nacimientos ilegítimos que, excepcionalmente, parecía involucrar sexo extramatrimonial por parte de las mujeres. Las listas de regiones propensas a la ilegitimidad podrían calcarse de las listas de regiones emisoras de tripulantes: el norte de Portugal, el País Vasco, las provincias alpinas de Austria, partes de Noruega y Escocia. En estas zonas, las tasas de ilegitimidad podían llegar al 25 por ciento, en comparación con una norma de menos del 5 por ciento. Se trataba de nacimientos registrados por sacerdotes y funcionarios reprobadores, que podían evadirse por una visita de un esposo en los últimos nueve meses.

 

Una vasta región emisora de tripulantes fue el norte de Portugal, donde la migración del interior a la costa comenzó tras la peste negra, continuó a medida que aumentaban las importaciones de grano y se incrementó aún más a medida que la población empezó a recuperarse a finales del siglo XV.[152] Eran los tripulantes —o emigrantes— comunes de algunas localidades de esta región —y no la pequeña nobleza, como sugieren algunas fuentes— quienes conformaron la columna vertebral de la mano de obra imperial portuguesa. La proporción entre hombres y mujeres

 

—sumadas todas las edades— podía ser tan baja como 72,5 varones por cada 100 mujeres, lo que sugiere que la mitad de los hombres adultos se hallaba en el extranjero.[153] Los hogares encabezados por mujeres podían llegar al 43 por ciento. Las tasas de ilegitimidad registradas variaban, quizá en función de la tolerancia del sacerdote local tanto como de las prácticas sexuales reales, pero podían llegar hasta el 25 por ciento.

 

 

 

 

 

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Al igual que en el País Vasco, estos descendientes eran fácilmente aceptados en la familia de la madre y las relaciones extramatrimoniales estaban, al menos tácitamente, permitidas. Una fuente describe una práctica habitual entre las esposas de los marinos. «Al regreso del marido, la mujer colgará un par de sus pantalones en el tendedero para avisar a los amantes de que se mantengan alejados».[154] Las mujeres eran prominentes, si no dominantes, en la economía local y algunas poblaciones tenían una relación especial con las distantes Indias Orientales. Algunos tripulantes regresaban con dinero y especias, cuya distribución llegaba inusualmente lejos en la escala social. Otros enviaban legados y dotaciones.[155] Las mujeres de la región eran consideradas «vehementemente independientes».[156]

 

Galicia fue otra región cuyos hombres emigraban a ultramar. Deficitaria en grano, los gallegos acababan en el Ejército español o en empresas marítimas españolas o portuguesas. Aquellos varones «rara vez mandaban a buscar a su familia» y los años de ausencia se convirtieron en una apreciada tradición masculina. Quienes se quedaban eran conocidos como remendafoles, «sin espíritu ni personalidad». Un pueblo tenía en 1597 un 44,4 por ciento de los hogares encabezados por mujeres. En el siglo XVIII, solo había 60 hombres por cada 100 mujeres en 41 de las 50 parroquias. «Estas mujeres se las arreglaban sin hombres con mucha desenvoltura. En buena parte de Galicia, las mujeres controlaban las finanzas y tomaban decisiones clave relacionadas con amigos y familia y su prerrogativa para hacerlo era reconocida por todas las partes involucradas».[157]

 

Aquí parece que tenemos indicios no poco consistentes de lo que podríamos llamar feminismo popular temprano. ¿En qué otro lugar de la Europa moderna las mujeres de clase baja podían llevar su propia casa, su propio negocio y tener relaciones extramatrimoniales si así lo deseaban? Con excepciones como Andalucía, las zonas emisoras de tripulaciones y las emisoras de colonos no eran las mismas, pero a las mujeres de ambas puede que les fuera mejor que a sus hermanas de casi todo el resto de Europa. A pesar de las altas tasas de ilegitimidad, el caso de la isla ballenera estadounidense de Nantucket sugiere que las regiones emisoras de tripulantes tenían tasas de natalidad más bajas de lo normal,[158] lo que significaba menos años de embarazo y menor riesgo de muerte en el parto.

 

 

 

 

 

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Si esto contribuyó al patrón matrimonial de Europa occidental es una cuestión interesante, pero que no podemos analizar aquí. Por último, merece mencionarse que esas regiones exportadoras de mano de obra tenían también un lado oscuro: en ellas nacían por igual hombres y mujeres, aunque el número de hombres que fallecía en casa a veces era tan bajo como el 44 por ciento. Toda Europa está salpicada de esos cementerios escasos de varones en las regiones de la emigración.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La historia de aquellos hombres es un asunto peliagudo en muchos sentidos y, desde luego, uno de ellos es la tarea de contabilizarlos. Las estadísticas globales en cuanto a tripulantes que viajaban a ultramar son escasas y las que tenemos a veces cuentan cosas diferentes, como el número de trayectos de marineros, que pueden registrar a la misma persona varias veces, en lugar del número de individuos. Otras no incluyen a veces a los balleneros y los pescadores de bacalao debido a que algunas de las actividades se desarrollaban en lo que hoy se consideran aguas europeas. La isla de Spitsbergen, que atrajo hasta 12 000 balleneros holandeses al año entre 1650 y 1720, se hallaba a casi 3200 kilómetros de Holanda y fue completamente desconocida para los europeos hasta 1596.

 

     Por tanto, es mejor considerarla como una frontera ártica de la expansión europea que como parte de la vieja Europa. Otras estimaciones para las Américas se refieren a la migración total, tanto de tripulantes como de familias de colonos, y como ya se ha señalado es difícil separarlas. Sin embargo, basándonos en fórmulas aproximadas y datos como el tonelaje de los barcos y la proporción de tripulantes por tonelada, el reclutamiento promedio y el tamaño de los ejércitos y guarniciones de ultramar conocidos para diversas épocas y lugares, podemos hacer una conjetura: 8 millones de tripulantes viajaron a ultramar desde Europa occidental en el periodo 1500-1800.

 

Aunque los detalles pueden quedar para los especialistas, es importante dejar claro que, aunque el número parezca alto, es plausible. Los modestos flujos anuales se van acumulando a lo largo de los siglos, como ocurrió

 

 

 

 

 

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con la trata de esclavos africanos. En un caso sí tenemos una cifra segura: entre 1602 y 1795 la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales envió 973 000 hombres, aproximadamente la mitad de ellos holandeses. El total de tripulantes de bandera holandesa en viajes de largo recorrido durante el periodo 1600-1800 se ha estimado en más de 2,8 millones, pero esto incluye algún que otro doble recuento, por lo que 2 millones podría ser una cifra más segura.[160] En general se acepta una estimación de 1,5 millones para la emigración portuguesa y es probable que alrededor de un millón de estos emigrantes fueran tripulantes en lugar de colonos. Los españoles, franceses y británicos estarán entre las cifras de los holandeses y las de los portugueses, probablemente, y a ellos habría que añadir los marinos de bandera escandinava, de ahí la estimación de 8 millones. Una triste consideración da más peso a estos números. Al menos la mitad de los migrantes no regresó, como sugieren nuestros cementerios de las regiones de origen, y la mayoría de ellos tampoco disfrutó de una nueva vida en las colonias, sino que murió de forma prematura. Se cree que alrededor del 80 por ciento de los 2000 españoles pereció en la conquista de los incas durante la década de 1530.[161] No menos del 62 por ciento de las tripulaciones holandesas a Asia, 600 000 hombres, no regresó a casa y en ningún momento hubo más de 20 000 holandeses vivos en las Indias. Las tasas de mortalidad pueden haber sido igual de elevadas entre los 300 000 tripulantes portugueses que se aventuraron a las Indias Orientales durante el siglo XVI y principios del XVII. Solo la mitad de los 5200 soldados que partieron de Lisboa hacia Goa en 1629-1634 llegó a su destino. De los demás, la mayoría falleció rápidamente en el Hospital Real de Goa, lugar que fue testigo de 25 000 decesos europeos entre 1604 y 1634.[162] Las cosas tampoco mejoraron mucho con el tiempo, ya que nuevas enfermedades se extendieron por el sudeste asiático y el Caribe. «En el terrible año de 1775, más del 70 por ciento de los soldados de la Compañía [Neerlandesa] murieron en el año siguiente a su llegada de Europa».[163] En 1655, la primera gran campaña inglesa en el Caribe, que no logró tomar La Española, pero se quedó con Jamaica como premio de consolación, perdió el 80 por ciento de sus 10 000 hombres, la mayoría por enfermedad.[164] Las últimas campañas inglesas en la misma región, que tuvieron lugar en la década de 1790, perdieron 45 000 soldados, más 12 000 marineros como poco.[165]

 

 

 

 

 

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Es posible que estas terribles mortalidades no fueran esperadas en las primeras expediciones al extranjero, pero rápidamente se hicieron más que obvias a partir de los relatos y el escaso número de supervivientes que retornaban. Aun así, los viajeros siguieron zarpando. Está claro que algunos fueron coaccionados, pero no parece el caso de la mayoría. Los marinos mercantes, los pescadores de bacalao y los balleneros por lo general eran voluntarios.[166] España formó su Ejército en el siglo XVI a base de voluntarios y no empezó con la conscripción de marineros hasta 1640.[167] Incluso los famosos destacamentos enviados por los británicos que alistaban a la fuerza, hasta hace poco se pensaba que en el siglo XVIII habían enrolado a la mitad de los integrantes de las tripulaciones, pero últimamente se ha aclarado que proporcionaron tan solo el 16 por ciento.

 

     Una vez a bordo, los atrasos en la paga, la perspectiva del botín y el espíritu de tripulación podían convertir a un conscripto en un voluntario tardío. La literatura marinera señala muchos ejemplos de una cultura del riesgo.[169] «La perspectiva de morir era algo a lo que los marinos estaban acostumbrados».[170] Los marineros «están muy cerca de perder la vida y en el mismo momento de eludirlo se vuelven y se ríen como si fuera una broma de las buenas».[171] «Ningún hombre puede tener mayor desprecio por la muerte. Porque todos los días se caga en su propia tumba y no teme más a una tormenta de lo que teme una cabeza abierta cuando está borracho».[172] Los soldados irregulares de las numerosas entradas españolas de finales del siglo XVI al norte del actual México también mostraron sus signos distintivos como tripulantes. «Mostraron una tolerancia extrema al riesgo, una resistencia física extraordinaria y una insensibilidad que rayaba en lo sociopático».[173]

 

Sospecho que la disposición de esos hombres a aceptar consciente y voluntariamente un 50 por ciento de probabilidades de muerte prematura estuvo influida por la peste, al menos hasta la década de 1650. Portugal sufrió frecuentes brotes en el siglo XV, sobre todo entre 1477 y 1496, justo antes de que Vasco da Gama partiera hacia las Indias Orientales, a lo que siguió «la grave epidemia de peste de 1505 y 1507».[174] España padeció una «grave epidemia de peste entre 1517 y 1519» mientras Hernán Cortés marchaba sobre los aztecas: los hombres pronto acudieron en masa para unirse a él.[175] Devon, una fuente clave de los primeros marinos ingleses, soportó una docena de olas entre 1498 y 1636.[176] Después de

 

 

 

 

 

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1500, como vimos en el Capítulo 1, la epidemia se cebó en las grandes ciudades portuarias. Por ejemplo, se cree que el brote que asoló Lisboa en 1569 mató al 30 por ciento de la población y hubo otra en la década de 1570.[177] Entre 1493 y 1649, Ámsterdam sufrió 24 brotes.[178] Las olas de contagios en otras grandes urbes portuarias, como Londres y Sevilla, fueron frecuentes hasta 1665. Jugarse la vida era un hecho en esos lugares y si navegabas hacia Goa o Batavia, al menos eras tú mismo quien tiraba los dados. Una vez en el extranjero, los tripulantes se arriesgaban a contraer muchas enfermedades, aunque la peste bubónica no estaba entre ellas. Los emigrantes de Europa resultaron vitales para la expansión del continente. Estaban acostumbrados al riesgo porque tenían que estarlo. Además, iban armados y eran peligrosos. En dominio de la navegación, valentía, habilidad para la violencia y brutalidad, estos mongoles del mar no le iban muy a la zaga a aquellos otros que se movían a caballo y las tripulaciones europeas también eran portadoras de la viruela, si no directamente de la peste bubónica. Eran, literalmente, la punta de lanza de la expansión europea, tan de reemplazo como una cuchilla de afeitar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 7

 

 

 

 

 

Estados, interestados y el kit

 

europeo para la expansión

 

 

 

Entre 1350 y 1500, la peste provocó cambios que dieron a Europa occidental el potencial para expandirse. El auge económico de los primeros tiempos de la epidemia, por irregular y temporal que fuera, proporcionó los motivos, como la creciente demanda de bienes

 

exóticos y extractivos. Este crecimiento continuó después de 1500, aunque de manera menos equitativa. Las tecnologías se desarrollaron con rapidez debido a la presión de la peste y se convirtieron en medios potenciales para la expansión. Asimismo, la enfermedad fomentó una mano de obra expansiva: colonos prolíficos y tripulaciones de hombres de reemplazo, estos últimos acostumbrados a la movilidad, el riesgo y la violencia, excedentes los unos y los otros para las necesidades económicas y reproductivas de su localidad de origen.

 

Sin embargo, ¿qué pasa con la capacidad organizativa para cumplir con estos motivos y movilizar y desplegar los medios? ¿Eran suficientes para controlar eficazmente el kit para la expansión y, a su vez, tenían una ventaja suficiente sobre los no europeos para permitir el éxito de ese crecimiento a largo plazo? ¿O existían variables políticas, independientes de la peste, que pudieran proporcionar explicaciones alternativas? Como de costumbre, estas preguntas se entrecruzan con debates ya existentes, con los que debemos comprometernos, pero sin perdernos en ellos.

 

 

 

 

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ESTADOS GUERREROS

 

 

Una explicación clásica de la expansión de Europa occidental ha sido el auge de sus grandes, poderosos y centralizados Estados territoriales, de los cuales España, Francia e Inglaterra son los arquetipos. Esos Estados protonacionales hicieron de la guerra su principal razón de ser y tanto unos como la otra se reforzaron mutuamente. En palabras de Charles Tilly, muy citadas: «la guerra hizo el Estado y el Estado hizo la guerra».[1] Tal afirmación encaja con la tesis más amplia de una revolución militar de la que hablamos en el Capítulo 5, que incorpora la transición de la pólvora, pero también hace hincapié en factores no tecnológicos. Según esta tesis, solo las protonaciones podían permitirse los grandes ejércitos profesionales y las grandes armadas de buques de guerra especializados que llegaron a caracterizar los conflictos europeos. En su opinión, no fue la peste, sino la excepcional cantidad de contiendas entre estas protonaciones rivales lo que dio a Europa una ventaja militar y organizativa sobre el resto del mundo:

 

Los recurrentes conflictos bélicos entre grandes potencias impulsaron la innovación militar y la construcción del Estado en Europa occidental, lo que, posteriormente, dio a estos Estados una ventaja competitiva que utilizaron para dominar a los Estados no europeos.

 

En 2018, «la narrativa de la revolución militar sigue siendo el supuesto fundamento de por qué el mundo es como es y cómo llegó a ser así».[2] Una variante de la tesis, asociada a John Brewer, hace hincapié en el surgimiento del Estado militar-fiscal, capaz de gastar muchos años de ingresos futuros en sus conflictos actuales (vid. Capítulo 16).[3] Otra variante, propuesta por Phillip Hoffman, ve esas contiendas como un torneo entre monarcas absolutistas europeos adictos a la guerra, el deporte de los reyes, y alentados por el hecho de que su persona corría poco riesgo de perder la vida o el trono. De manera que la práctica constante y el aprendizaje mutuo impulsaron una «innovación continua».[4]

 

La tesis de la revolución militar dirigida por el Estado ha resultado útil a quienes ven en las instituciones excepcionales la clave de la divergencia

 

 

 

 

 

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de Europa occidental, al crear un entorno favorable para el crecimiento económico continuo, la innovación tecnológica y la expansión geográfica.

 

 Como se ha señalado en el Capítulo 5, algunos sitúan la revolución militar y el surgimiento del Estado bélico entre 1500 y 1800 y otros entre 1350 y 1500. Yo me inclino por estos últimos en cuanto al componente de las armas de fuego, que fueron un producto de la primera época de la peste. Lo mismo puede decirse del componente estatal. «En toda la Europa del siglo XIV el Estado hizo su entrada como un elefante en una cacharrería […] El feudalismo murió y la monarquía absoluta dio sus primeros pasos en todas partes».[6]

 

La peste parece haber dado un impulso tanto a los Estados como a la guerra. Las campañas bélicas, desde Siria hasta España, se detuvieron brevemente en torno a 1350, aunque los europeos occidentales pronto volvieron a enfrentarse y las contiendas aumentaron en frecuencia y duración, que no en tamaño. Inglaterra, por ejemplo, envió cinco expediciones a Irlanda durante el periodo 1361-1376, participó en las luchas civiles castellanas dos veces, superó una gran revuelta campesina en 1381 y una rebelión galesa de importancia en 1400-1409, libró un par de guerras civiles y otras cinco contra los escoceses y perdió su conflagración de cien años contra Francia, todo ello antes de 1453. Se podrían contar historias similares e igual de sangrientas para el resto de protonaciones. Un estudio ha recontado más de 200 conflictos en Europa a lo largo del siglo XV.[7] Por otra parte, los ejércitos, y, por tanto, la

 

destrucción económica que causaban, se redujeron a la mitad. No obstante, a juzgar por los gastos, la guerra era, en efecto, el principal negocio de los Estados bajomedievales, así como el de los de principios de la Edad Moderna.

 

La contribución de la peste a estos primeros Estados guerreros fue considerable. La transición amanuense proporcionó burocracias estatales más numerosas y perfeccionadas. Los contingentes se redujeron a la mitad, aunque no la recaudación de impuestos. Ya puesta bajo presión —desde 1337— por la guerra contra los ingleses, la recaudación en Francia se vio gravemente perturbada por la epidemia, pero solo durante dos o tres años. «Para 1351, la Corona había conseguido acumular unos ingresos bastante considerables y estabilizar la fiscalidad tras el desastre de la peste».[8] Derrotas adicionales, disputas internas y repetidas devaluaciones de la

 

 

 

 

 

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moneda generaron crisis de ingresos posteriores hasta la década de 1420, pero, a largo plazo, los recursos del Estado francés aumentaron enormemente.[9] Del otro lado del mismo conflicto, los gobernantes ingleses recaudaron durante el bienio 1352-1354 el 95 por ciento de los impuestos anteriores a la peste a pesar de una población reducida casi a la mitad.[10] La intensificación de las demandas del Estado fue un factor, pero la explicación principal fue una caída repentina en la proporción de personas demasiado pobres para pagar ningún impuesto, que, en algunas partes de Inglaterra, había llegado al 60 por ciento de los hogares antes de la peste negra.[11] Esta proporción se redujo como poco a la mitad después de 1350 y se han observado descensos similares en el porcentaje de hogares sin impuestos en Navarra y algunas partes de Francia.[12] Los contribuyentes fueron uno de los aumentos selectivos creados, paradójicamente, por la epidemia. Los Estados podían gastar más dinero por soldado en ejércitos más pequeños y movilizarlos con mayor frecuencia.

 

Sin embargo, los grandes Estados no siempre se mostraron muy fuertes en los primeros tiempos de la enfermedad y no fueron, ni mucho menos, los únicos agentes bélicos, ni los principales innovadores en el campo de la pólvora. El emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, a pesar de ser también rey de Hungría y contar con la ayuda del papa, no fue rival para los rebeldes husitas, pioneros del uso de armas de fuego durante las batallas campales que tuvieron lugar en las décadas de 1420 y 1430. Tras derrotar varias cruzadas contra ellos y arrasar el norte hasta el Báltico, los husitas fueron finalmente derrotados en 1436 por una escisión en sus propias filas. En lo que respecta a las protonaciones emergentes, no estaban destinadas inevitablemente al éxito. Algunas que parecían prometer —el reino de Aragón, Borgoña y Hungría— cayeron en el fracaso dinástico y la derrota militar entre 1474 y 1526. Aquellas que lo consiguieron también tenían sus puntos débiles. Se supone que los Estados centralizados deben monopolizar la guerra y la ley dentro de sus fronteras, pero los monarcas franceses de los siglos XIV y XV no pudieron detener, literalmente, decenas de conflictos menores entre sus súbditos señoriales.

 

[13] En los tribunales ingleses del siglo XV —supuestamente, una fuente institucional del ascenso de ese país a la grandeza—, «solo un tercio de los acusados fue finalmente juzgado; el resto nunca compareció y fue

 

 

 

 

 

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declarado proscrito». De los que fueron juzgados, el 80 por ciento quedó absuelto, el 10 por ciento fue ejecutado y el 10 por ciento huyó.[14] Aparte de la Guerra de las Dos Rosas (1465-1485) entre aspirantes al trono, hubo enfrentamientos menores entre lores ingleses con uso de cañones y otras armas de fuego. En concreto, tres en el periodo 1469-1471.[15]

 

Las armas de fuego, después de todo, eran menos costosas y requerían menos entrenamiento que las ballestas de acero o la caballería pesada. Los cañones, especialmente los pesados, eran más caros, aunque el principal coste de la artillería de campaña y de los trenes de asedio era su transporte por tierra. El montaje de cañones en las murallas evitaba este coste. Los núcleos originales de la transición armamentística en Europa central, Valonia y las zonas adyacentes de Alemania, además del norte de Italia, no eran centros neurálgicos de protonaciones exitosas. Por el contrario, contaban con ciudades autónomas, fueran o no nominalmente independientes. Las urbes que sufrieron la epidemia de peste, «con mucho dinero y poca mano de obra», lideraron el proceso de sustitución de la fuerza laboral por armas de fuego y la rapidísima difusión del nuevo armamento tras la peste negra. Venecia, que «buscaba constantemente aumentar la eficacia de una fuerza laboral limitada»,[16] fue una de ellas, pero el caso más llamativo lo constituye la república mercantil de Dubrovnik (Ragusa). La ciudad adriática se encontraba, en realidad, en Europa oriental, pero, de hecho, era una plataforma giratoria orientada por igual hacia las tres macrorregiones de Eurasia occidental. Las armas llegaron en 1351 y para 1363 ya fabricaba las suyas propias. «En 1378, las armas de fuego se habían convertido en habituales para la defensa de la ciudad y Ragusa pronto adquirió el estatus de centro principal de producción de armas de fuego».[17] Las exportaba al sur de Italia y a España, en lo que representaba una transferencia de tecnología de la Europa oriental a la occidental.[18] Incluso en Hungría, entonces un poderoso reino protonacional, «la difusión de las armas de fuego puede rastrearse en los libros de cuentas de las ciudades a partir de la década de 1390».[19] En el caso de las urbes francesas, fueron tan activas como los reyes en la compra y fabricación de armamento.[20]

 

Los cañones de la Corona francesa eran más grandes y móviles, pero los trenes de asedio de esas naciones emergentes fueron una respuesta a las ciudades defendidas con cañones, no un desarrollo independiente dirigido

 

 

 

 

 

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por los Estados. Con el tiempo, los Estados fueron capaces de mantener grandes ejércitos regulares y armadas especializadas que nadie más podía permitirse, aunque no hasta 1650, aproximadamente. David Parrott y otros han confirmado en fecha reciente que el Estado bélico centralizado es, en buena medida, una ilusión hasta esa época.[21] La guerra contribuyó a crear poderosas naciones-Estado, pero se desarrollaron demasiado tarde para explicar la transición de la pólvora de 1350-1500. Además, las rivalidades entre Estados continuaron después de 1500, mientras que, como vimos en el Capítulo 5, las grandes innovaciones técnicas no lo hicieron, si bien la contienda más o menos constante impidió cualquier declive técnico. La transición militar liderada por el Estado hacia grandes ejércitos y armadas (1650-1800) debe ocupar un segundo lugar y, en parte, se construyó sobre la base de la transición a la pólvora liderada por la peste de 1350-1500. Por tanto, el periodo comprendido entre 1500 y 1650 —que coincide, más o menos, con la última época de la peste en Europa occidental— fue de transición en más de un sentido.

 

También puede pecarse de exagerar el papel de los grandes Estados protonacionales en la expansión temprana. Dos de los más exitosos, el holandés y el portugués, fueron también los más pequeños, pues ninguno de ellos tenía más habitantes que la República de Venecia. Es bien sabido que la mayoría de los primeros intentos de expansión fueron emprendidos por grupos privados, no por Estados. Los conquistadores españoles Cortés y Pizarro son solo los más conocidos. Sin embargo, los Estados se guardaban más de un as en la manga. Muchos de los primeros intentos de expansión no estatales fracasaron y los Estados se aferraron a aquellos que tuvieron éxito. Los Estados también fueron relevantes para garantizar que las expansiones exitosas no se convirtieran en dispersiones, sino que permanecieran conectadas a las metrópolis. Aunque se podría argumentar que la expansión hizo a los Estados centralizados tanto como ellos la hicieron a ella. El oro y la plata de ultramar dieron poder a las monarquías de España y Portugal y las ayudó a prescindir de asambleas representativas para autorizar impuestos. A la inversa, el comercio de ultramar enriqueció a los comerciantes holandeses e ingleses e indujo a las élites más antiguas a incorporarlos a sus asambleas representativas, así como a dar cada vez más poder a megaciudades individuales como Ámsterdam y Londres.

 

 

 

 

 

 

 

 

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TRANSNACIONALISMOS, REDES Y CAMBIOS DE FORMA

 

Todo lo anterior no pretende sugerir, en modo alguno, que las protonaciones no fueran ganando importancia a partir de 1450, aproximadamente. Sin embargo, al menos hasta 1650 tuvieron que compartir su mundo con otras especies de organizaciones del mismo modo que el Homo sapiens hubo de compartir el suyo con otras especies humanas antes de 30 000 a. C. Aunque tanto los sapiens como las naciones-Estado acabaron por imponerse, los especialistas de ambos tienden a ampliar el periodo de primacía, el cual hacen retroceder en el tiempo. Antes de 1650, las naciones emergentes tuvieron que coexistir con otros tipos de Estado y con organizaciones no estatales e incluso depender de ellos. Para financiar, combatir y abastecer sus guerras —y la expansión de sus dominios—, incluso los Estados territoriales más grandes dependían de redes transnacionales de comerciantes, intermediarios financieros y empresarios, así como de las ciudades-Estado.

 

Un ejemplo notable es la red de comerciantes, los conversos portugueses, judíos obligados a convertirse al catolicismo en la década de 1490. Desempeñaron un importante papel en el desarrollo del comercio transatlántico que en los últimos tiempos ha recibido —con todo merecimiento— amplia atención. Constituían «una nación sin Estado, una colectividad dispersa por los mares». Eran católicos en el Imperio

portugués —aunque conservaban retratos de san Moisés— y, más tarde, judíos de nuevo en Ámsterdam, más tolerante.[22] Aunque fueron perseguidos a veces en la península ibérica, y aunque muchos hubieron de emigrar a los Países Bajos y otros lugares, su papel como comerciantes, mercaderes y financieros tanto en la expansión portuguesa como en la española fue relevante. Sin embargo, no fueron, ni mucho menos, la única red mercantil floreciente en la época de la peste (1350-1650): hubo otras, también «a menudo fluidas en sus identidades».[23] Entre ellas, otras judías y también cristianas y étnicas: escoceses, bretones, vascos y hugonotes.[24] A mediados del siglo XV, el empresario francés Jacques Cœur consolidó, casi desde cero, una red especializada en el comercio de especias, con 300 agentes tanto en tierra como en el mar, muchos de ellos procedentes de su región natal de Berry.[25] Otras redes tenían su base en

 

 

 

 

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ciudades o ciudades-Estado concretas. En los principales puertos, los mercaderes extranjeros se agrupaban en enclaves autoadministrados,

 

nodos de su red conocidos —igual que en el caso de las comunidades nacionales de estudiantes dentro de las universidades— como naciones. Con todo, su esencia misma era transnacional, por utilizar un término anacrónico, pero conveniente.[26] «Estas redes autoorganizadas trascendieron las fronteras impuestas por los imperios, forzaron las fronteras negociadas entre las políticas y fomentaron un mundo intercultural, multirreligioso y transnacional».[27]

 

La peste impulsó el comercio y, por tanto, las redes comerciales, que podían operar con, alrededor e incluso contra los grandes Estados. Podían escindirse en partes que tomaban facciones opuestas en un conflicto. La reciente investigación ha hecho por fin justicia a estos mecanismos de intercambio, aunque menos a su papel clave en la gestión de recursos transnacionales como la sal, el grano, la madera para barcos, el cobre para cañones de bronce y el lino destinado a las jarcias. Esas materias primas eran exportadas por regiones concretas, pero objeto de comercio internacional, incluso entre Estados en conflicto. El oro y la plata, así como el crédito, eran otros recursos transnacionales en los que se especializaron las ciudades y los clanes bancarios alemanes y del norte de Italia. Por encima de todo, había una reserva transnacional de mano de obra, no solo los tripulantes de los que hablamos en el capítulo anterior, sino también diversos tipos de expertos: artilleros alemanes, balleneros y carpinteros vascos, banqueros genoveses, navegantes y empresarios navales. Tras la peste negra hubo más capital y oportunidades intentando atraerse menos mano de obra y conocimientos especializados. En tales circunstancias, el éxito de los Estados, grandes o pequeños, dependía de su capacidad para coaccionar o atraer mano de obra, ya fuera local o extranjera. El Gran Juego de la política posterior a la peste fue la gestión de los recursos humanos. Superada la pandemia, los Estados territoriales, e incluso los imperios, tuvieron que entrar también en este juego en pos de la mano de obra y, para ello, se sirvieron a menudo como agentes —al tiempo que fueron utilizados por ellos— de las redes de intermediación de las ciudades-Estado y los mercaderes.

 

El transnacionalismo militar del siglo XVI constituye un buen ejemplo. Las fuerzas del Estado dependían de los fondos transnacionales para obtener financiación, provisiones y equipamiento, así como marineros y

 

 

 

 

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barcos. Por ejemplo, en 1490, solo 6000 de los 25 000 marinos venecianos eran en realidad venecianos. En 1522, Suecia compró una flota entera a la ciudad de Lubeca.[28] En la batalla de Marignano (1515), el Ejército milanés era principalmente suizo y el francés principalmente alemán.[29] Los mercenarios suizos y alemanes, así como otros que podían ser desde escoceses hasta albaneses, se organizaban a su vez en redes y subculturas. En el caso de los suizos, el alquiler de tropas constituía un pilar en su economía. El Ejército español de la batalla de San Quintín (1557) solo era español en un 12 por ciento: la mayor parte era germana.[30] En el siglo XVI, la flota mediterránea española era mayoritariamente genovesa y, en la década de 1570, España intentó prescindir de los genoveses, aunque no pudo conseguirlo.[31] Por su parte, los contingentes ingleses del siglo XV se abastecían mediante contratos privados neofeudales y contaban, a menudo, tanto con galeses y franceses como con ingleses. Los mercenarios extranjeros fueron el soporte de las aventuras continentales de Enrique VIII, mientras que los proveedores militares privados y transnacionales —así como las tripulaciones mixtas de varias naciones— a sueldo fueron la norma en la guerra europea de los siglos XIV al XVII. Parrott señala que «esto es aún más cierto en lo que respecta a la actividad militar europea más allá de las fronteras del Continente».[32]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Es moneda común asegurar que las ciudades-Estado empezaron a declinar después de 1450 o 1500 y así ocurrió a partir de 1650. No obstante, algunas disfrutaron de un largo veranillo de san Miguel. Atesoraban una experiencia previa en el gran juego de la gestión de los recursos humanos, al ser, como eran, ricas en dinero y pobres en mano de obra. Por tanto, estaban anticipadamente adaptadas a la crisis del mercado de trabajo que siguió a la peste, además, algunas eran también expertas en expansión territorial, aunque sobre todo dentro de Europa. Florencia se hizo entre 1349 y 1406 con nueve ciudades toscanas vecinas.[33] Entre sus innovaciones militares figuraba «una unidad independiente en 1350 de cincuenta barattieri, rufianes cuyo trabajo consistía en burlarse del

 

 

 

 

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enemigo mediante actos de infamia, un aspecto relevante de la guerra toscana de aquella época» —y un dato que no les pasó inadvertido a los Monty Python en su película Los caballeros de la mesa cuadrada—.[*]

 

     «En los cuarenta años transcurridos entre 1380 y 1420, Venecia duplicó con creces su territorio y población»; utilizó lo primero para conseguir lo segundo.[35] Sufrió derrotas, cambios en el comercio y numerosas plagas entre 1347 y 1631, con mortalidades del 60 por ciento en la primera y del 30 en la última. A pesar de ello, fue capaz de recuperarse una vez tras otra. Militarmente era comparable a los Estados territoriales, con capacidad para reunir hasta 72 000 marinos, milicianos y soldados en la década de 1420 pese a las pérdidas causadas por la peste.

 

     Venecia siguió siendo una gran potencia durante más de tres siglos después de la epidemia, un hecho que se vio opacado por su lucha contra los turcos en el Mediterráneo oriental durante buena parte de ese periodo, lo que redujo su influencia en otros lugares.

 

Algunas ciudades-Estado se especializaron en imperios menos formales que Venecia y en prácticas e identidades más fluidas. Tres casos notables se tratan en otros capítulos, principalmente, pero es conveniente mencionarlos aquí: Dubrovnik (Capítulo 11), Lubeca (Capítulo 12) y Génova (Capítulo 10). Al igual que Venecia y Florencia, las tres eran nodos de redes mercantiles, pero, a diferencia de los conversos portugueses, disponían de un Estado cuando lo necesitaban. Las tres cambiaban de forma, de lealtad y de equilibrio en las actividades según las circunstancias. Ya hemos visto que Dubrovnik, centro interregional de Eurasia occidental, fue un destacado fabricante y distribuidor de armas. También era la típica ciudad camaleónica pospandemia que no tenía problema en cambiar de pabellón nacional, hasta el punto de ser conocida, sarcásticamente, como «Ragusa de las siete banderas».[37] Pagó tributo al

 

menos a cuatro gobernantes —Venecia, Hungría, Serbia y los otomanos— según los momentos, a menudo a dos a la vez. También mantenía buenas relaciones con el Papado y, hasta su conquista por los otomanos en 1517, con los mamelucos. Las potencias más grandes movían sus barcos mercantes a la bandera de Ragusa para aliviar los efectos de la lucha en el comercio. En 1560, la urbe contaba con unos 150 barcos que sumaban un total de 36 000 toneladas, cifra ya considerable para una ciudad pequeña. Pero es que en las décadas de 1570 y 1580 la cifra se disparó a 250 barcos y 66 000 toneladas. Es probable que se tratara de embarcaciones

 

 

 

 

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venecianas y genovesas que navegaban bajo la bandera de Dubrovnik mientras sus ciudades se hallaban inmersas en contiendas contra otomanos

 

—Venecia—, holandeses e ingleses —Génova era aliada de España—. La flota volvió a las 36 000 toneladas a principios del siglo XVII, una vez que esas guerras concluyeron.[38]

 

Tales cambios de pabellón ayudaron al comercio europeo a sobrevivir a los numerosos conflictos del continente. Si dos Estados entraban en liza, sus comerciantes movían los cargamentos —e incluso los barcos— a banderas neutrales. El cambio de bandera, junto con la propiedad

transnacional —siquiera parcialmente— de barcos individuales, significó que «en un momento dado, resulta imposible hablar de una flota genovesa o de una flota ragusana en otros términos que no sean bajo qué bandera navegaba».[39] Algunos ingleses lucharon contra la Armada española en 1588 mientras otros suministraban municiones a Felipe II.[40] En el mismo año de 1587, los españoles se apoderaron de 94 barcos holandeses que se decían propiedad de la Liga Hanseática.[41] Más a menudo, los Estados hacían la vista gorda o conspiraban activamente para comerciar con el enemigo, incluso asegurándolos contra los ataques del propio Estado. Holandeses y portugueses estaban en guerra en la década de 1620, pero estos últimos aún podían «comprar pólizas [de seguro] al mismo Estado que estaba atacando sus barcos».[42] Estudios recientes han demostrado el internacionalismo camuflado del comercio azucarero brasileño-portugués desde sus inicios a mediados del siglo XVI.[43] Todo esto no impidió que la guerra tuviera un impacto adverso en el comercio, aunque sí lo redujo.

 

Lubeca también tenía varias identidades paralelas: era una urbe imperial del Sacro Imperio Romano Germánico, una ciudad-Estado independiente y líder de la Liga Hanseática, con su propio pequeño imperio anidado dentro de la Liga, a su vez «un cuerpo fuerte, aunque cambiante y fluido».[44] El propio imperio de Lubeca en Escandinavia y el Báltico era informal y fragmentado. Controlaba económicamente reducidas, pero ricas, parcelas de otros Estados y su influencia subyacía a la de sus propias autoridades en lugar de desplazarlas. Lubeca fue también pionera en lo que yo llamo colonización urbana en el norte de Europa, por la que una ciudad desarrollaba hinterlands virtuales, áreas de influencia muy adaptadas a las necesidades de la urbe colonizadora, a veces en

 

 

 

 

 

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beneficio mutuo. Ello demuestra que los mapas políticos monocromáticos de la temprana Europa moderna, en los que se afirma que cada región respondía a una única lealtad, resultan engañosos. Génova fue otra ciudad voluble, que cambiaba con frecuencia de lealtades. A algunos historiadores les parecía un Estado fallido y a otros un conjunto de belicosos clanes mercantes cuyos tentáculos se extendían por toda Eurasia occidental. En el Capítulo 10 se argumenta que las características clave del Estado

 

militar-fiscal —deuda pública, bancos de reserva y seguros marítimos— no fueron inventadas por Ámsterdam y Londres en el siglo XVII, sino heredadas de Génova y otras ciudades-Estado del norte de Italia, las cuales las desarrollaron en el siglo XIV en respuesta a la peste. Otro tanto puede decirse de los clanes virtuales, donde los comerciantes supervivientes de la peste se agrupaban en grupos de parentesco ficticio, a veces adoptando el mismo nombre. Se podría decir que fueron los antepasados de la sociedad anónima, cuyo origen también se atribuye a Inglaterra y los Países Bajos. Por último, Génova era experta en entrelazar su propio imperio fragmentado con otros, beneficiándose de ellos y reforzándolos al tiempo.

 

En total, surgieron cuatro tipos de imperialismo transnacional a principios de la era de la peste: los imperios entrelazados, donde se cruzaban dos o más imperios; la colonización urbana, por la que una ciudad construía áreas de influencia virtuales en otros países; la expansión fragmentaria, por la que retazos de territorios controlados formal o informalmente estaban unidos por nodos y redes estratégicas; y la expansión delegada, al principio protagonizada por aventureros individuales, pero que tendía a colonizadores corporativos más permanentes. Los Estados centralizadores seguían desempeñando un papel importante, pero estos innumerables transnacionalismos fueron al menos igual de relevantes para la expansión temprana. En particular, permitieron a potencias minúsculas como Portugal y la República Holandesa forjar grandes imperios. Esa pequeñez era, en parte, una ilusión. Veremos que Génova reunió los conocimientos y el capital de buena parte del Mediterráneo para facilitar la temprana expansión portuguesa, así como que Ámsterdam utilizó el legado de Lubeca para movilizar el grano, los metales, los recursos madereros y la mano de obra del nordeste de Europa al servicio de la expansión holandesa. La fluidez dentro de Europa

 

 

 

 

 

 

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permitió que los recursos se canalizaran transnacionalmente hacia donde las perspectivas de expansión eran más prometedoras.

 

Los grandes Estados lucharon por desvincularse de esa dependencia de las reservas transnacionales, de las redes de mercaderes e intermediarios interculturales y el declive de las ciudades-Estado a lo largo del siglo XVII es una medida de su éxito final. Intentaron nacionalizar partes concretas de conjuntos de recursos o, al menos, desarrollar una relación exclusiva con ellos. Buscaron gestionar mejor sus propios bosques al servicio de sus flotas. Formaron a sus propios expertos, organizaron sus propias finanzas y pidieron prestado internamente en lugar de externamente. Se cree que a ello contribuyó el auge del individualismo sobre el parentesco, real o virtual, como principio organizador de las relaciones mercantiles a partir del siglo XVII. Adquirieron nuevas regiones en las que obtener sus tripulaciones o fuerzas laborales: Bretaña y Gascuña en la Francia del siglo XV, Irlanda y Escocia en la Inglaterra de los siglos XVI y XVII. Complementaron las tripulaciones con soldados y marineros que no formaban parte de ellas mediante levas forzosas y diversos sistemas de cuotas. Intentaron someter a sus tripulantes con uniformes, salarios regulares y una disciplina estricta. No obstante, nunca tuvieron éxito del todo, al menos antes de 1800. Un sombrío transnacionalismo seguía acechando en el trasfondo de la desunión de Europa occidental.

 

Desde Maquiavelo a principios del siglo XVI, numerosos escritores han atribuido las ventajas de Europa occidental sobre el resto del mundo, reales y supuestas, no solo a sus grandes Estados centralizados, sino también a su sistema estatal competitivo. La peste fue, en mi opinión, aún más importante. Puede que los europeos escaparan de Roma en el siglo V, pero no escaparon de Europa hasta 1000 años después, un plazo demasiado largo para que lo primero explique lo segundo.[45] Sin embargo, sigue siendo cierto que, tras la revolución de la peste entre 1350 y 1500, las rivalidades estatales mantuvieron a las potencias europeas a su nueva velocidad. Como vimos en el Capítulo 5, la tecnología —la militar en especial— no avanzó demasiado, aunque tampoco retrocedió, a diferencia del caso chino, como veremos. Pero el auge del transnacionalismo posterior a la peste también tuvo su legado y la sinergia se unió a la rivalidad. Las cinco grandes potencias coloniales de Europa

 

occidental —Portugal, España, Países Bajos, Francia e Inglaterra—, a

 

 

 

 

 

 

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pesar de sus encarnizadas guerras intestinas, protagonizaron expansiones sorprendentemente paralelas entre 1500 y 1800. Las cinco tenían colonias en América del Sur y una notable participación en el comercio con China, al que también se unieron Suecia y Dinamarca en el siglo XVIII. Todos, excepto Portugal, tenían colonias en América del Norte, al igual que Suecia. Nuevos Países Bajos engulló a Nueva Suecia, que, a su vez, fue engullida por Nueva Inglaterra. Todos, excepto España, tenían asentamientos en India, como también Suecia y Dinamarca. Todos, incluidos los dos menos importantes, buscaron esclavos en África occidental, si bien España solía optar por que otros le proporcionaran los suyos. Todos, excepto Portugal, poseían islas azucareras en el Caribe, que de nuevo incluían a las dos banderas menores. Los cinco grandes, excepto Francia, mantenían posesiones en el sudeste asiático. Los holandeses se impusieron a portugueses y británicos en el siglo XVII, pero no a los españoles en Filipinas, y los británicos regresaron en el siglo XVIII. Los cinco grandes participaron activamente, en distintos momentos, en la pesca del bacalao en los bancos de Terranova. Todos, excepto Portugal, formaron parte del comercio de pieles y de la caza de ballenas, que se globalizaron a finales del siglo XVIII y se extendieron a las nutrias y lobos marinos del Pacífico. En cierto sentido, los Estados europeos de principios de la Edad Moderna practicaban la caza en manada, como los clubes de fútbol actuales, que enfatizan con estridencia su identidad y rivalidad y pelean con bravura en el terreno de juego, pero comparten, al mismo tiempo, dinero, técnicas, entrenadores y jugadores.

 

 

 

EL KIT PARA LA EXPANSIÓN DE EUROPA OCCIDENTAL

 

Hacia 1480, los diversos avances inducidos por la peste —de los que ya hemos hablado— confluyeron en un kit para la expansión que había alcanzado su madurez y del cual eran sus elementos más evidentes las armas de pólvora y las naves artilladas con capacidad de maniobra. Aquellas tripulaciones de hombres de reemplazo proporcionaron la mano de obra inicial, reforzada posteriormente por colonos, castas, esclavos y

 

 

 

 

 

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aliados locales. Por su parte, los Estados centralizadores y las redes de mercaderes aportaron un goteo intermitente, pero continuo, de recursos procedentes de las reservas transnacionales. Habían surgido nuevas enfermedades epidémicas que, a diferencia de la peste, podían cruzar anchos océanos. La Tercera Parte amplia y profundiza la historia, pero antes de embarcarnos en ella necesitamos una evaluación preliminar del kit europeo para la expansión. Durante varias décadas, los revisionistas militares se han opuesto enérgicamente a los revolucionarios militares. «Está claro que la superioridad militar europea no fue la variable clave».

 

 Ya se han puesto de manifiesto los puntos débiles de la corriente a favor de la revolución militar: los grandes ejércitos regulares y las armadas especializadas rara vez fueron utilizados para conquistar enemigos no europeos. «Antes de la década de 1750, los dispositivos e instituciones mejorados de la revolución militar no se aplicaron ni probaron seriamente en ultramar».[47] Lo que podría denominarse denigración del mosquete ocupa un lugar destacado en esta línea de pensamiento: se dice que los fusiles no aparecieron casi en algunas de las primeras conquistas y que, en cualquier caso, eran demasiado lentos de cargar e imprecisos para resultar de mucha utilidad. «Existe una tendencia creciente entre los historiadores a restarle un carácter decisivo a las armas de pólvora en manos europeas al menos en la época comprendida entre 1500 y 1800, aproximadamente».

 

     Un buen resumen de la postura revisionista, publicado en 2018, señala que las fuerzas europeas en ultramar eran, por lo general, reducidas e irregulares. Los aliados locales, argumenta, fueron las verdaderas claves del éxito europeo.

 

Las innovaciones militares de las que se dice fueron decisivas en Europa estuvieron casi totalmente ausentes en otros lugares antes de la Revolución Industrial. Bien al contrario, la expansión europea de principios de la Edad Moderna en América, Asia y África fue llevada a cabo, en gran medida, por pequeñas fuerzas de aventureros y compañías de fortuna que adaptaron las tácticas locales y que, generalmente, no poseían ninguna ventaja tecnológica significativa sobre sus oponentes.[49]

 

De todas maneras, los chinos, los indios y algunos otros asiáticos disponían también de armas de fuego, fortificaciones artilladas y barcos

 

 

 

 

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cañoneros. «En Oriente, la diferencia tecnológica entre las fuerzas europeas y las locales era, a menudo, bastante escasa o inexistente, sobre todo en lo que se refiere a las armas de fuego». «Más allá de la necesidad pura y dura de cruzar los océanos […] incluso la principal ventaja militar-tecnológica de Occidente, el velero armado con cañones, no consiguió alterar el equilibrio estratégico».[50]

 

Hasta cierto punto, me cuento entre los revisionistas. En mis primeros trabajos acerca de la resistencia indígena del siglo XIX a la expansión europea postulé un mito de la conquista que exageraba las victorias europeas y minimizaba las derrotas. Si la derrota era flagrante, se explicaba al atribuirla erróneamente a la debilidad de los aliados nativos, a la ausencia excepcional de un buen liderazgo europeo o a su presencia excepcional en el otro bando en forma de desertores. También se atribuyó a las ventajas naturales de los nativos, como su elevado número o su capacidad para arrastrarse como ratas por el bosque o a nadar como peces. Tales relatos, sugerí, no solo eran tendenciosos, sino tendenciosos a conciencia y, por tanto, podían utilizarse en su contra sumados a otras pruebas.[51] Todavía queda mucho trabajo por hacer en esta línea para repensar las pequeñas guerras coloniales. Sin embargo, no negué que la tecnología militar europea tuviera una ventaja en relación con la mayoría de sus oponentes, que es, precisamente, la razón por la que algunos no europeos se apresuraron a adoptarla, adaptarla o desarrollar antídotos contra ella. Paradójicamente, negar esta ventaja puede acabar por menospreciar los logros de quienes lucharon contra ella. Es evidente que una ventaja militar europea inducida por la peste no implica ninguna superioridad europea intrínseca o genérica. Durante el siglo XIII, los mongoles tuvieron una ventaja militar sobre el resto del mundo y nadie sugiere que esto hiciera de ellos, en modo alguno, la cúspide de la civilización.

 

Los revolucionarios, ciertamente, exageran el carácter decisivo de la superioridad militar europea antes de 1800, pero ¿tienen razón los revisionistas al descartarla por completo? La respuesta de los asiáticos orientales de los siglos XVI y XVII a esta pregunta fue un «no» rotundo. Los mosquetes, cañones y cañoneras europeos sí tenían ventaja sobre las armas ming, según reconocieron ellos mismos. Es bien conocida la rápida y masiva adopción de mosquetes de estilo europeo por parte de los

 

 

 

 

 

 

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japoneses a partir de 1543, cuando los Ming y los coreanos adoptaron los mosquetes de estilo europeo casi al mismo tiempo. Los primeros elaboraron un manual donde explicaban el uso del fuego de volea y los usaban en 1560.[52] Los segundos registraron una prueba de la precisión del mosquete una centuria más tarde. Una unidad de 200 mosqueteros coreanos disparó a blancos situados a 72 metros de distancia, 1,6 metros de altura y solo 10 centímetros de anchura. Su comandante registró los resultados, que arrojaron una media del 25 por ciento de aciertos.[53] Si los blancos hubieran tenido el tamaño de un hombre, la media habría sido mucho mayor. Esto concuerda con las pruebas europeas: los mosquetes eran bastante precisos hasta los 80 metros, aproximadamente. Lanzaban una bala de plomo con una energía cinética 15 veces superior a la de una ballesta de acero y eran capaces de penetrar incluso blindajes de ese metal.

 

     La postura revisionista puede estar influida por la herencia involuntaria de un antiguo prejuicio: las élites militares de todo el mundo valoraban su destreza con las armas y la equitación, adquirida durante décadas de entrenamiento y perfeccionada en cacerías y justas. A menudo se mostraban reacias a pensar en la nueva realidad: que un campesino demacrado con una pata de palo, un mosquete y unos pocos meses de entrenamiento fuera rival para cualquiera de ellos. Por tanto, se inclinaron a restar importancia a la eficacia de las armas de fuego y ejercieron una influencia desproporcionada en el registro documental. Los mosquetes seguían siendo de carga lenta y propensos a fallar, pero en muchas

 

situaciones —aunque no en todas— resultaban más formidables que cualquier otra arma individual.[55] Los no europeos —africanos, amerindios y polinesios, así como asiáticos— rápidamente se dieron cuenta de ello y en tratar de conseguir armas europeas. Ninguno de ellos era tonto.

Los barcos chinos se enfrentaron por primera vez a los galeones europeos en la desembocadura del río de las Perlas en 1521-1522 y, en un principio, los cañones chinos fueron superados. Los Ming no tardaron en contraatacar a los portugueses utilizando buques incendiarios, asaltos sorpresa y haciendo valer el peso de su número. Sin embargo, el oficial chino al mando, Wang Hong, quedó impresionado por los cañones extranjeros: «Desde la Antigüedad, ninguna arma ha superado a estas tan poderosas y violentas». Por iniciativa suya, el Estado chino adoptó y adaptó pistolas y pequeños cañones de estilo portugués y solo en 1528

 

 

 

 

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consiguieron fabricar 4000.[56] Durante el siglo XVII, los chinos demostraron repetidas veces que podían emular la tecnología armamentística europea cuando lo necesitaban. Aunque no lo necesitaron muy a menudo y, entre un enfrentamiento y otro, se relajaron volviendo sus estilos nacionales de armas. La mayoría de sus guerras eran contra nómadas esteparios, lo que requería un alto número de arqueros a caballo. No es cierto que las armas de fuego no resultaran útiles contra los jinetes nómadas: podían ser decisivas para defender o atacar posiciones fijas, que los nómadas tomaban ocasionalmente, y para romper una carga de caballería. A partir del siglo XVI, los propios nómadas esteparios intentaron adquirir ese armamento. Los tártaros de Crimea tenían muchos arqueros a caballo, pero «contra los arcabuces también se necesita un “ejército de arcabuceros”».[57] Sin embargo, los cañones eran algo menos importantes contra los nómadas que cuando se luchaba contra ejércitos artillados rivales y puede que requirieran diferentes tipos de armas, como cañones muy pequeños lo bastante ligeros para ser transportados por un camello. En la década de 1680, los rusos descubrieron que las tropas chinas al principio «no utilizaban “armas de fuego pequeñas”, sino que empleaban sobre todo cañones y armas blancas y preferían el “combate con arcos”», aunque, rápidamente, volvieron a ponerse al día (vid. Capítulo 14).[58]

 

Los chinos quedaron impresionados por los galeones portugueses, así como por sus armas de fuego, ya en 1517, al ver la actuación de los europeos en el sudeste asiático, especialmente en la toma de Malaca, un aliado chino, en 1511:

 

En cada costado de sus barcos se colocan cuatro o cinco cañones y desde dentro de la bodega del navío pueden dispararlos en secreto. Si otro barco se acerca, las balas rompen las tablazones y el agua se mete dentro. Con ellos se puede dominar completamente los mares y los demás países no pueden hacerles frente.[59]

 

Los galeones europeos continuaron teniendo ventaja sobre los buques de guerra chinos. En palabras de Tonio Andrade, «los historiadores del mundo son tímidos a la hora de juzgar la superioridad tecnológica europea, pero los historiadores chinos del siglo XVII no lo eran. Hay muchas descripciones en fuentes chinas en torno a la superioridad de los barcos

 

 

 

 

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holandeses».[60] Por poner otro ejemplo, «los pelirrojos construyen sus barcos altos como montañas y robustos como un cubo de hierro, tan sólidos que no pueden ser destruidos […] En definitiva, no hay forma de hacerlos frente. Con gran facilidad surcan los océanos sin preocuparse de ser derrotados o dañados».[61] Y es que los galeones resultaban más difíciles de emular para los no europeos que los cañones y los mosquetes.

A pesar de sus cañones y sus navíos de guerra, los europeos anteriores a 1800 nunca constituyeron una amenaza real en tierra para las grandes potencias de Asia oriental. No obstante, el reconocimiento asiático de su ventaja militar es algo más que un mero punto de debate. La tecnología europea, aunque no los propios europeos, supuso una intimidación de importancia en el caso de la invasión japonesa de Corea a finales del siglo XVI y la resistencia del clan Koxinga de Taiwán a la toma de China por

 

los Qing —manchúes— a mediados del siglo XVII (vid. Capítulos 14 y 15). No hubo ningún imperio europeo en Asia oriental antes de 1800 ni mucho después. Pero la expansión europea y la globalización afectaron a la región y su influencia, a su vez, rebotó en Europa.

 

La guerra biológica fue otro componente del kit para la expansión, sobre todo en América. Los amerindios tenían ya sus propias enfermedades, pero, además, fueron especialmente vulnerables a los nuevos patógenos europeos y africanos. Parece estar bastante bien documentado un caso de infección deliberada —con mantas infectadas de viruela— por los británicos en Norteamérica hacia 1760 y se rumorea de otros.[62] Sin embargo, el contagio de enfermedades normalmente no era intencionado y distaba mucho de ser automático. A menudo se nos ha presentado como una única y trágica oleada de contagios que poco menos desembocó en una aniquilación, con el 90 por ciento de los amerindios fallecidos a las pocas décadas del contacto. El impacto diferencial de las dolencias europeas fue ciertamente trágico y, en ocasiones, dio ventaja a los europeos. Sin embargo, la idea de una única oleada inexorable de impacto mortal es peligrosamente engañosa, pues reduce a los amerindios a víctimas desesperadas, desventuradas e indefensas, condenadas desde el primer contacto. Como hemos visto, la peste propiamente dicha no llegó a América y la fiebre amarilla de África occidental no lo hizo hasta mediados del siglo XVII y, en ese momento, afectó por igual a europeos y amerindios. En el siglo XVI, los principales villanos que marcaban la

 

 

 

 

 

 

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diferencia fueron el sarampión, el tifus y, sobre todo, la viruela.[63] La gripe, cuyas cepas más letales podían aniquilar hasta al 22 por ciento de una población muy interconectada,[64] no se generalizó en Europa hasta el periodo 1510-1580 y algunos creen que no llegó a América hasta 1647.

 

     Otras dolencias —fiebre escarlata, paperas, tos ferina y fiebre tifoidea— desempeñaron papeles relativamente menores y el cólera no apareció hasta el siglo XIX. Las tres grandes enfermedades confieren una

 

inmunidad prolongada, si no total, a quienes sobreviven a ellas.[66] Por tanto, una gran epidemia de cualquiera de ellas impediría una segunda hasta que se hubiera acumulado una masa crítica de niños no inmunes, nacidos desde la última, lo que tardaba unos quince años. Sugerencias como la noción de que los hurones fueron liquidados por tres brotes de viruela en la década de 1630 resultan, por lo tanto, improbables.[67]

 

En ocasiones, el sarampión fue mínimamente letal, pero otras podía matar hasta al 15 por ciento de poblaciones muy vinculadas; el tifus, quizá el 20; y la viruela, el 25 por ciento. A veces se dan cifras más altas, pero puede que confundan la letalidad de los casos —la proporción de fallecidos entre los infectados— con la letalidad general: algunas personas siempre salen indemnes. En un principio, los amerindios no tenían ninguna posibilidad de lograr inmunidad ante estas enfermedades sobreviviendo a un brote, pero la idea de que presentaban menor resistencia genética se ha puesto en duda recientemente.[68] La viruela tenía un periodo de incubación de 9 a 12 días, durante el cual la persona infectada podía caminar o montar a caballo, pero no era infecciosa y luego un periodo eruptivo de 7 a 10, durante el cual la víctima era infecciosa, pero no podía viajar a menos que fuera transportada. En total, un máximo de 22 días, tras los cuales la víctima era inmune o estaba muerta. El sarampión no tardaba más de 18 días en seguir su curso; el tifus, hasta 23. Dado que en el siglo XVI un viaje a América duraba al menos 50 días, se hacía necesaria una sucesión de infecciones por parte de personas no inmunes y, como un número creciente de europeos había logrado ser inmune, los contagios podían hacerse más raros con el tiempo. Así, la viruela no llegó hasta 1518,[69] el sarampión puede que en 1530[70] y el tifus o la fiebre tifoidea en 1545, después de que cientos de viajes no hubieran conseguido transferirlas.[71] Ninguna de estas dolencias se asentó en América hasta mediados del siglo XVII, por lo que cada brote tuvo que introducirse por

 

 

 

 

 

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separado a través del Atlántico. Todo esto reduce —que no elimina— los terribles efectos de las enfermedades introducidas entre los nativos americanos. Una secuencia devastadora de las tres enfermedades en una década más o menos seguía siendo posible, de hecho, puede que tuviera lugar en La Española. La enfermedad diferencial fue un componente importante del kit para la expansión europeo en las Américas, así como en otras zonas del mundo que no compartían el conjunto de enfermedades propias del Viejo Mundo, pero un componente aleatorio, al fin y al cabo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Por tanto, ya tenemos el kit europeo para la expansión, ese que incluye tripulantes, apoyo de la metrópoli, armas y microbios. ¿Intentamos comprobar brevemente sus efectos en los primeros casos de conquista? Una posibilidad son las islas Canarias, que españoles y portugueses intentaron controlar tanto antes como después de que el kit estuviera desarrollado por completo. Como se ha señalado en el Capítulo 4, en el momento de su contacto con los europeos, los habitantes de estas islas, guanches de ascendencia bereber, habían perdido el arte de la metalurgia y no sumaban más allá de unos 50 000 habitantes.[72] A partir de 1362 se tomaron esclavos y algunas islas menores fueron conquistadas a principios del siglo XV. Pero los habitantes de las islas mayores, que se protegían en el interior montañoso, utilizaban lanzas y espadas de madera y arrojaban piedras con gran fuerza y precisión, resultaron unos adversarios formidables. Varias expediciones portuguesas y españolas, de hasta 2000 hombres, fracasaron.[73] La conquista se completó finalmente entre 1478 y 1496. Según los últimos estudios, «para entonces, las armas de fuego, aunque todavía relativamente primitivas, empezaban a circular y contribuyeron a inclinar la balanza a favor de los europeos.[74] Es probable que el aumento de los contagios de enfermedades tuviera también un papel.

 

La información de que disponemos relativa al caso de Canarias resulta escasa, pero tenemos otro donde sí podemos hacer un análisis más en profundidad: la famosa conquista española del corazón de México

 

 

 

 

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acaecida entre 1519 y 1521. La campaña contra el Imperio azteca en realidad consistió en dos independientes y con resultados opuestos. Para la primera, movida por las noticias que llegaban del oro conseguido en anteriores expediciones de saqueo y trueque a la costa de Yucatán concluidas en 1517, Hernán Cortés reunió un grupo de 600 españoles, pocos de los cuales eran soldados regulares o hidalgos marciales, más 200 indios reclutados en Cuba y zarpó para México en 1519. Todos los relatos coinciden en que andaba muy escaso de monturas y armas de fuego —el recuento más fiable habla de 13 arcabuces y 14 caballos—. También disponía de 14 cañones pequeños. Estas cifras aumentaron con la llegada de refuerzos, aunque tampoco mucho. En un principio no parecía un contingente demasiado temible —la población del centro de México superaba el millón de habitantes—[75] y algunos aztecas quisieron recibirlos de forma pacífica. Sin embargo, pronto estallaron las escaramuzas, los españoles consiguieron aliados indígenas entre los rivales y tributarios de los aztecas y obtuvieron distintas victorias contra ejércitos indígenas mucho más numerosos. Negociaron su entrada en la capital azteca, Tenochtitlan, pero en junio de 1520 fueron expulsados con gran violencia y obligados a retirarse a la costa, una humillación para ellos. Habían perdido en total 900 vidas de españoles y solo unos cientos quedaban con vida. Así pues, a pesar de las victorias tempranas, la primera invasión fue como resultado un completo fracaso. La segunda (1520-1521), sin embargo, fue una historia muy diferente. Más numerosa en efectivos —al menos 1300 españoles y 96 caballos—, estaba mejor planificada y equipada y contaba con más apoyo. Logró tomar Tenochtitlan en agosto de 1521, tras 50 días de asedio. No se trató en absoluto de una conquista española de México —que, de hecho, nunca llegó a completarse, pues algunos pueblos, como los yaquis y los huicholes, seguían siendo, funcionalmente, independientes cuando terminó el dominio español en 1821—, pero sí conquistó el poder principal de México, confiscó el oro que tenían guardado y estableció la base para una lucrativa expansión en sucesivas etapas.

 

Los revisionistas han descartado últimamente el papel de las armas de fuego —y en ocasiones incluso de los caballos— para explicar las victorias españolas.[76] Es posible que estén en lo cierto por lo que se refiere a la primera incursión: en resumidas cuentas, eran demasiado escasas. Los caballos puede que sí fueran importantes: unos pocos

 

 

 

 

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hombres a lomos de enormes monturas son ya de por sí un peligro para cualquier gentío a pie sin armas blancas. De hecho, la policía todavía los utiliza para el control de multitudes y los aztecas exhibían como trofeos las cabezas tanto de caballos como de hombres muertos.[77] A más largo plazo, las monturas fueron una ventaja efímera, porque los indios también los adquirieron. Los 14 cañones también debieron de resultar útiles, aunque solo si eran transportados o arrastrados por aliados indígenas. Por

 

tanto, habrían sido estos aliados —dicen los revisionistas— los realmente decisivos. En efecto, constituyeron un factor relevante, sobre todo los tlaxcaltecas, que veían en los españoles su última oportunidad de escapar a la hegemonía azteca.[78] Pero no pueden haber sido el único, pues participaron tanto de la campaña fallida como de la segunda coronada por el éxito. Otro elemento de importancia fue lo que en el Capítulo 5 hemos definido como tecnologías de transición. Las espadas de acero fueron una de ellas y las ballestas de acero otra. Cortés desembarcó en 1519 con 32 ballestas, ante 13 arcabuces. Las corazas y espalderas de acero no fueron importantes en este caso, pues las armaduras aztecas de algodón, más ligeras y cómodas, protegían contra las armas indígenas, que tenían puntas y filos de obsidiana, hasta el punto de que los españoles las adoptaron rápidamente.[79] Sin embargo, las armaduras de algodón no protegían contra las espadas o lanzas de acero, los disparos de cañón, las balas de arcabuz o los virotes de ballesta.

 

Los relatos españoles han exagerado normalmente el número de enemigos y sus pérdidas, sin embargo, han sido precisos al hablar de las bajas propias. Estas fueron a menudo elevadas si se cuentan como porcentaje de los menguados contingentes españoles implicados y, además, incluían muchos heridos —con frecuencia, no tan graves como para impedirlos luchar— pero pocos muertos. El relato del conquistador Bernal Díaz del Castillo está salpicado de listas de bajas desproporcionadas. «Allí nos mataron un soldado e hirieron más de sesenta». En otro enfrentamiento, solo perecieron dos españoles «que iban heridos por la garganta y otro por el oído», pero 70 resultaron heridos.[80] En las batallas del Viejo Continente la proporción de muertos y heridos solía ser mucho mayor: un muerto por tres o cuatro heridos podía ser lo habitual. Desproporciones similares ocurrieron en enfrentamientos con los incas: «Solo murió un español, pero casi todos resultaron heridos».[81] La explicación habitual es la intención de los amerindios de tomar prisioneros

 

 

 

 

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vivos para el sacrificio.[82] Aunque disparidades del mismo tono aparecen en los relatos portugueses de enfrentamientos por la misma época con los Estados costeros de la India asiática, que no sacrificaban prisioneros. En 1509, los portugueses, que no utilizaban escudos, sufrieron 16 muertos y 220 heridos en la toma de una ciudad portuaria y se podrían citar otros casos parecidos igual de desproporcionados.[83] En todos ellos, incluso si se da por hecha la exageración, las pérdidas del contrario parecen haber sumado una proporción mucho mayor de muertos, así como un número más alto de bajas en general. Ello sugiere que la armadura europea era más efectiva, al menos en el siglo XVI, incluso que la de los indios subcontinentales. «Las armaduras completas del tipo utilizado en Europa

 

—hechas de placas de acero— eran extremadamente raras durante esa época. No se fabricaban en la India».[84] En América, los españoles no necesitaban las corazas; les bastaba con petos de algodón. Por lo que las batallas se asemejan más bien a un videojuego terriblemente injusto donde los ibéricos tienen nueve vidas y los oponentes una sola.

 

En su primera incursión, Cortés había sufrido para conseguir hombres, caballos, armas y dinero, nada de lo cual abundaba en Cuba, e incluso tuvo que endeudarse para su modesta contribución en metálico.[85] En la segunda, en la que ya tuvo éxito, contaba con mucho más armamento, 80 arcabuces y 18 cañones, sin ir más lejos. Le ayudaban 2000 indígenas aliados, cuyo número se elevó a no menos de 20 000 durante el sitio de Tenochtitlan.[86] También recibió refuerzos varias veces para sus 1300 españoles iniciales, así como nuevos suministros de armas y municiones. Justo después de terminar la campaña tenía, al menos, 105 cañones.[87] Los aliados llevaban consigo las piezas clave para armar 13 bergantines, con velas y remos parcialmente prefabricados. Esos navíos, que montaban todos un cañón de bronce en la proa, resultaron cruciales para dominar el lago de Texcoco, en el que se asentaba la ciudad isleña de Tenochtitlan, lo que condujo al éxito en el asedio. Parte de esos refuerzos crecientes llegaron desde Sevilla, donde el padre de Hernán, Martín Cortés, fue capaz de movilizar en 1520 a sus buenos contactos. El hijo «dispuso en adelante de la mejor red comercial de España».[88] Así, mientras que los cañones de la primera campaña hubo que tomarlos prestados de barcos locales, los fabricados en bronce que portaban las cañoneras de la segunda incursión procedían de Sevilla. Con respecto a los arcabuces, eran caros y escasos en

 

 

 

 

 

 

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Cuba, pero no en España, donde se habían utilizado 32 000 de ellos en la conquista de Granada.[89] En 1522, Hernán Cortés contaba con 1500 infantes con cientos de arcabuces y 500 jinetes. Contaba, asimismo, con otro aliado: unas enfermedades que marcaron la diferencia. La primera epidemia americana de viruela llegó al Caribe a finales de 1518, aunque no pasó a México hasta 1520, tras el fracaso de la primera invasión. Es probable que matara a cerca del 20 por ciento de los aztecas, sobre todo en la populosa Tenochtitlan. También sus aliados indígenas se vieron afectados, en cambio, los españoles permanecieron en su mayoría inmunes.[90] En resumidas cuentas: Cortés tuvo a su disposición una versión muy limitada del kit europeo para la expansión en su fallida invasión primera. El de la segunda, coronada por el éxito, fue ya mucho más completo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los galeones podían, habitualmente, navegar por los siete mares y arribar a su destino, una condición necesaria para la expansión. Eran autosuficientes en términos de propulsión y sus cañones los hacían prácticamente invulnerables a cualquier embarcación que no fuera de su mismo tipo. Por tanto, permitieron a los europeos explorar las costas del planeta en busca de nuevas oportunidades. Fueron águilas o buitres, según se mire. Los puertos fortificados y poderosamente sembrados de cañones resultaban casi invulnerables a los ataques desde tierra y podían abastecerse por mar. Esas fortalezas artilladas permitieron a los portugueses aferrarse como sanguijuelas a los flancos de las grandes potencias terrestres y resultaban muy difíciles de tomar. Por ejemplo, la Malaca portuguesa resistió ocho asaltos de fuerzas muy superiores durante el siglo XVI.[91] Muchos cañones sustituyeron a pocos hombres. Ya en 1515, las fortificaciones portuguesas en Marruecos contaban con unos 2000 cañones y las de la India con 1500.[92] Nunca existió la posibilidad de que los grandes ejércitos de los Estados beligerantes europeos cruzaran los océanos en masa, pues los veleros anteriores a 1800 no estaban a la altura. Los contingentes trasladados en una sola flota nunca superaban los

 

 

 

 

 

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10 000 y, por lo general, eran muchos menos. Como ya señalamos en el Capítulo 6, por si fuera poco, estos pequeños ejércitos eran propensos a una elevada mortalidad. Así, en las tierras de ultramar persistió sobre los efectivos humanos una presión similar a la experimentada en los tiempos de la peste incluso tiempo después de que las poblaciones de los países se recuperaran. Los cañones, las cañoneras y los fuertes artillados permitieron una proyección global de, al menos, el poder costero. Su origen no hay que buscarlo tanto en un regalo de Atenea a los europeos como en el hecho de que la peste obligó a estos a aprender algo: cómo expandirse partiendo de contingentes modestos. A partir de ahí, los europeos exageraron los éxitos imperiales, de manera que la noción de imperio planetario es, antes de 1800, más humo que fuego. Pero, aun así, claro que había algún fuego real y, en el caso de algunos pueblos y en momentos concretos, ardió con fuerza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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TERCERA PARTE

 

 

 

 

 

¿Europa occidental o Eurasia

 

occidental?

 

 

 

Pasamos por fin a la pregunta no formulada y que, sin embargo, ha sobrevolado toda la Segunda Parte de este libro. Ya sabemos que la peste provocó cambios profundos en Europa occidental entre 1350

 

y 1500. Ahora bien, ¿ocurrió lo mismo en Europa oriental y el Sur Musulmán, que, según indicamos en la Primera Parte, también fueron afectados? La respuesta habitual es que no. En el caso de Europa oriental se argumenta que estaba ecológicamente menos dotada, más escasamente poblada y, en general, atrasada. Con respecto al Sur Musulmán, la explicación es que la región era ecológica y culturalmente menos adaptable, esto último debido a la prevalencia del islam. Hay aquí un problema de orientalismo, un residuo del sesgo eurocéntrico del observador occidental que habremos de sortear. Pese a todo, es posible que la era de la peste tuviera diferentes resultados en distintas regiones. Incluso en Europa occidental se produjeron efectos muy variados, aunque debido más a la política, la guerra y la contingencia que a las diferencias en la ecología o la religión: Cataluña declinó y, sin embargo, la cercana Valencia prosperó. Las tres grandes regiones de Eurasia occidental estaban fuertemente relacionadas, pero diferían de forma sustancial en geografía, clima, religión y cultura. La peste negra no fue una tabla rasa, sino que sus

 

 

 

 

 

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consecuencias se vieron influidas por circunstancias preexistentes, así como por otras inesperadas y por la acción humana. Lo que estamos buscando no es un reflejo de la historia de Europa occidental en Europa oriental o en el Sur Musulmán, sino la posibilidad de algunas similitudes poco reconocidas entre muchas diferencias bien sabidas.

 

Por resumir brevemente la Segunda Parte, la evolución en Europa occidental implicó dos desarrollos generales a lo largo de dos épocas de la peste. En la primera de ellas, la despoblación masiva se vio acompañada de un aumento de la productividad por trabajador, una mayor renta disponible y una creciente demanda de lujos exóticos y bienes extractivos propensos a agotarse. Hasta 1500, la gente común participó, en cierta medida, de una relativa prosperidad con la horrenda contrapartida de que cada generación de supervivientes perdiera a numerosos parientes a causa de la epidemia. La escasez de mano de obra fue la nueva limitación de importancia, que propició cambios en la navegación, la tecnología y la guerra, así como en la sociedad y la cultura. El resultado de todo ello fue el kit para la expansión. Las armas de fuego, los fuertes y los barcos artillados fueron los desarrollos más llamativos, aunque en modo alguno los únicos: también hubo cambios en el tamaño y la fluidez de las reservas transnacionales de recursos y en las redes que las gestionaban; mutaciones en la mano de obra que implicaban a las regiones emisoras de colonos o tripulaciones; y otros cambios que fueron desde el resurgimiento de la esclavitud hasta un sentido más amplio de la ciudadanía. Se produjo una transición en la escritura que permitió mejorar las burocracias y una evolución, esta más sombría, en las actitudes hacia la raza y el riesgo, así como el impacto variable de las enfermedades no relacionadas con la peste, cuya transferencia diferencial favoreció, en ocasiones, a los expansionistas de largo recorrido. Durante el periodo posterior a la peste florecieron diversas formas de expansionismo: en mosaico, imperios interconectados y colonización urbana.

 

A partir de 1500, con el relanzamiento del crecimiento demográfico, da inicio la época de la peste tardía. La mano de obra perdió su influencia y el aumento de los precios devaluó los salarios reales. La limitada edad de oro del pueblo llano quedó así erosionada. No obstante, las élites crecieron en tamaño y riqueza y la demanda agregada de lujos y bienes extractivos siguió aumentando, al menos modestamente. En varias regiones que habían abandonado o reducido el cultivo de cereales el incremento de la

 

 

 

 

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población hizo que hubiera más varones disponibles como tripulantes, ya fuera para el servicio o el ejército y tanto dentro como fuera de Europa. Aunque los Estados centralizadores se hicieron más fuertes, siguieron dependiendo de las redes transnacionales y de las reservas de recursos, así como de las alianzas económicas incluso entre enemigos, al menos hasta 1650.

 

En cuatro capítulos de esta Tercera Parte (8, 9, 11 y 13) tratamos de integrar el Sur Musulmán en nuestra comprensión de cómo crecieron las economías en la temprana Edad Moderna impulsadas por la peste y por el expansionismo de largo recorrido. Acercarse a tales historias es, por supuesto, un juego peligroso para un historiador generalista. Pero la

 

alternativa —aceptar que se siga excluyendo a los musulmanes (y a otros) de la historia de la expansión y la globalización conocidos en los albores de la Edad Moderna— es aún peor. Asumiendo casi el mismo riesgo, el Capítulo 14 intenta un ejercicio similar para el caso de Rusia. Los otros dos capítulos (10 y 12) vuelven a Europa occidental, aunque en casos que necesitan un contexto más amplio, esto es, Eurasia occidental.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 8

 

 

 

 

 

El impacto de la peste en el Sur

 

Musulmán

 

 

 

El  Sur  Musulmán,  aunque  siempre  tuviera  como  coordenadas básicas Oriente Medio y el norte de África, abarcó territorios cambiantes según el momento. Por ejemplo, en el siglo XV perdió tanto Granada como su dominio indirecto sobre los principados rusos. Sin

 

embargo, debido a la expansión otomana, para 1526 se había hecho con una vasta porción del sudeste de Europa y había creado un imperio asiático moderno de más de un millón de kilómetros cuadrados en el Viejo Continente, unas cinco veces el tamaño de Gran Bretaña.[1] Para entonces, todo el Sur Musulmán excepto Marruecos y la Gran Persia (vid. infra) estaba en mayor o menor grado bajo el control de los otomanos. Además, en los inicios de la epidemia, entre 1350 y 1500, el Sur Musulmán incluía otros Estados importantes. Como vimos en la Primera Parte, la peste se extendió por la región a partir de 1346 y cruzó los mares con más facilidad que los desiertos.

 

No es que haya mucho optimismo acerca de los efectos de la peste en el núcleo del Sur Musulmán, el Medio Oriente. Más bien predomina el pesimismo y el debate se centra, sobre todo, en las causas del declive. «Mientras que los historiadores [económicos] han especulado durante mucho tiempo con que la peste negra tuvo efectos positivos a largo plazo en Europa, en Oriente Medio se han percibido, en gran medida, como

 

 

 

 

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negativos».[2] Los trabajos más antiguos, como los de Eliyahu Ashtor, combinaban una erudición formidable con prejuicios cuestionables relacionados con el conservadurismo cultural e institucional del islam. Ashtor resumió su postura en 1992: «las razones subyacentes al declive económico eran similares en todos los países de Oriente Medio». Entre ellas figuraba el descenso de la población debido a la peste, así como guerras devastadoras.

 

Una tercera razón fue el desgobierno, frecuente en todo el Levante mediterráneo […] Y la oposición casi natural a la innovación constituyó, ciertamente, otro factor […] El desgobierno de los señores feudales y un fuerte conservadurismo tuvieron un impacto mucho mayor en los países musulmanes que en la Europa cristiana. [3]

 

La literatura más reciente se muestra cada vez más incómoda con este razonamiento, pero sigue preguntándose: «¿por qué el mismo choque demográfico exógeno produjo resultados tan marcadamente divergentes?».

 

     La reciente respuesta de Timur Kuran enfatiza los «cuellos de botella institucionales» provocados por la ley y la cultura islámicas. Las leyes de sucesión inhibían la acumulación individual de capital; la ley carecía de un concepto de corporaciones; el habiz —una institución caritativa dotada de fondos—, considerado durante mucho tiempo «el principal “vehículo de financiación del islam como sociedad”», «bloqueó vastos recursos en organizaciones que, probablemente, se volvieron disfuncionales con el tiempo».[5] Kuran no es un orientalista. Reconoce que las instituciones islámicas habían sido anteriormente favorables al comercio, pero sostiene que no lograron adaptarse a las nuevas circunstancias a partir del siglo XV.

 

Sin embargo, la mayoría de sus pruebas más convincentes data de 1700,[6] cuando el Imperio otomano y la economía del Sur Musulmán en su conjunto experimentaron un declive relativo. Aunque lo mismo ocurría en el sur de Europa, sobre todo en España e Italia, cuyos problemas no eran islámicos. Estas cuestiones se funden en un debate de historiadores económicos acerca de la pequeña divergencia: ¿por qué el sur de Europa, así como el Sur Musulmán, se quedaron rezagados con respecto al noroeste de Europa? Volvemos a esta cuestión en la Cuarta Parte. Aquí nos centramos en el periodo 1350-1500 y nos extendemos al siglo XVI según

 

 

 

 

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sea necesario. Por supuesto, el hecho de poner el foco en las instituciones constituye en sí mismo un problema. En la Segunda Parte se insinuaba que la prosperidad tardomedieval se debió, principalmente, a la reorganización de la población a causa de la peste y no a instituciones económicamente benignas. De hecho, las instituciones musulmanas pueden haber desempeñado un papel más importante en la adaptación a la peste que sus contrapartes cristianas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mapa 6: El Sur Musulmán y el Imperio otomano.

 

 

 

 

EL IMPERIO MAMELUCO Y EL MAGREB

 

Gran parte de las pruebas del declive musulmán posterior a la peste proceden de Egipto, bastión de un Imperio mameluco que también gobernaba la Gran Siria —que incluía Jordania, Líbano y Palestina— y el Hiyaz, en Arabia occidental. Los expertos más antiguos culparon a los

 

 

 

 

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propios mamelucos del «estancamiento y la decadencia interna que prevalecieron durante toda la época mameluca».[7] También culparon a la peste. Egipto, quizá la parte más rica de Eurasia occidental en 1340, estaba «económicamente postrado» a principios del siglo XVI. «Podemos datar este sorprendente deterioro económico a partir de la peste negra».[8] Investigaciones más recientes sugieren un panorama más complejo: un típico impulso económico posterior a la peste hasta 1400, seguido de un atípico descenso agrícola y manufacturero en Egipto, pero no tanto en Siria, junto con un fuerte aumento del comercio a larga distancia y la prosperidad urbana en ambas regiones, tanto antes como después de 1400.

 

Los salarios reales más elevados hallados por el destacado historiador económico Şevket Pamuk sugieren un breve impulso general motivado por la peste entre 1350 y 1400. «Mis cálculos en torno a los salarios reales en Egipto apuntan a un incremento significativo de los mismos tras la peste negra y a un declive posterior durante el siglo XV».[9] En El Cairo aparecieron signos urbanos de un auge propiciado por la peste y que nos recuerdan a los de Europa occidental: marcado impulso de la construcción,

 

 ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            ✀  Ȁ          ̀ Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ            Ā ᜀ              mayor centralidad económica de las mujeres,[11] aparición de nuevas élites y aumento del consumo de estas denunciado por la vieja clase

 

dirigente —«empezaban a vestirse como un mameluco»—.[12] Ibn Jaldún, de visita en 1383, descubrió que los mercados y tiendas de El Cairo «rebosaban de regalos y mercancías».[13] En el siglo XV persisten los

 

indicios indirectos. El funcionariado mameluco disponía de un departamento que controlaba las defunciones y legados de los ricos, con el fin de maximizar la participación del Estado. Solo interesaba entre una quinta y una tercera parte de la población cairota, lo que sugiere la existencia de una amplia clase con poder adquisitivo del 20 o del 33 por ciento.[14]

 

No está claro en qué medida ayudó a los plebeyos rurales no asalariados el impulso inicial de la peste, aunque existen pruebas dispersas de un nivel de vida más alto, como el uso del azúcar. En Jordania, «el trigo, el azúcar y el aceite de oliva eran alimentos básicos en la dieta del hombre medio».[15] En Egipto, incluso los pobres fellahin utilizaban el azúcar para hacer más llevadera su medicina contra la peste.[16] Sin embargo, a partir de 1400, aproximadamente, las cosas fueron cuesta abajo en las zonas rurales, cuyo problema de fondo radicó en el desplome del

 

 

 

 

 

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sistema de regadío. La agricultura egipcia siempre había sido por completo dependiente de la irrigación a muy gran escala: la crecida anual del Nilo inundaba los cultivos invernales de trigo y lino, o bien era retenida en embalses para la cosecha de verano de trigo y caña de azúcar. El sistema de irrigación y los canales de transporte en el delta del Nilo requerían inmensas aportaciones de mano de obra.[17] Egipto fue duramente golpeado por las primeras epidemias de peste y se dice que un nuevo brote en 1405 resultó tan letal como el primero.[18] Las terribles mortalidades de las epidemias de 1430 y 1460 impidieron cualquier recuperación de la población. Tal vez incluso antes de la ola de 1405 el sistema de regadío había empezado a deteriorarse y fragmentarse por falta de personal que se ocupara del mantenimiento.[19] Los precios del grano subieron bruscamente desde 1401.[20] En la década de 1430 encontramos a Egipto importando cereal, lo nunca visto.[21] En cuanto al grano, el lino y la caña de azúcar, también dependían del sistema de regadío. Ambas eran agroindustrias que producían lino hilado y tejido en el primer caso y azúcar molido y refinado en el segundo. También se hundieron rápidamente hacia 1400, no antes. A diferencia de la Gran Siria, Egipto no producía por entonces mucha seda ni algodón;[22] el lino fino y el azúcar refinado eran sus principales exportaciones. Esto explica, en buena medida, el declive de las exportaciones de manufacturas egipcias, que Ashtor atribuye al estancamiento técnico y a la mala gestión mameluca.

 

     Resulta dudoso que los mamelucos hubieran podido hacer gran cosa contra la decadencia de su sistema de irrigación. Tenían un incentivo para

intentarlo —poseían una amplia minoría de los molinos de azúcar— y hubo un sultán que quiso darle a la industria un impulso desde el Estado durante el periodo 1425-1433, con escaso éxito.[24] Aunque este fue un caso raro en el que el déficit de mano de obra humana excedió la capacidad de capital más abundante y animales de trabajo para compensar.

 

Otros culpan también a la élite mameluca de los males económicos de Egipto con razones más plausibles. Los principales segundos de los sultanes, los emires, se financiaban mediante asignaciones de tierras rurales, que rotaban para desincentivar su arraigo regional, pero también desalentaban la reinversión. Su sistema de soldados esclavos requería del reclutamiento regular de reclutas mamelucos y este gasto aumentó por encima incluso de la media tras la peste negra, ya que estos esclavos eran

 

 

 

 

 

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selectos: una fuente sugiere que el coste se multiplicó por seis.[25] Como en otros lugares, los rivales en pugna por el poder regalaban tierras estatales para conseguir apoyos y las crisis de sucesión eran endémicas. El periodo 1341-1382 fue especialmente inestable. Los mamelucos eran, en efecto, un contingente regular, más capaz de coaccionar a sus campesinos que los Estados europeos y puede que los exprimieran hasta el punto de estrangularlos. Entre 1348 y 1420, los ingresos fiscales totales solamente disminuyeron un 12 por ciento, lo que representa un enorme aumento per cápita similar a los de Europa occidental.[26] El incremento de la presión fiscal fue sostenible antes de 1400 porque la renta media disponible también había aumentado, pero no después. Los campesinos del valle del Nilo empezaron a huir para unirse a los pastores nómadas beduinos, que ahora apacentaban su ganado en lo que antes habían sido tierras de cultivo de primera calidad.[27] En consecuencia, la contribución de la agricultura egipcia a los ingresos del Estado quedó drásticamente reducida durante el siglo XV. Es posible que se produjera cierta recuperación en el valle del Nilo a finales de siglo, es posible que debido a un cambio de la mano de obra a la fuerza animal, en especial el bombeo de agua subterránea con bueyes, pero, en todo caso, fue una recuperación que no llegó al nivel anterior.

 

A partir de 1382, los sultanes restablecieron cierta estabilidad y adoptaron medidas económicas positivas, sobre todo en el ámbito comercial. Fundaron nuevos tribunales reales en Alejandría y Damasco, «donde la justicia era impartida por funcionarios del Gobierno y no por qāḍīs [jueces religiosos]», lo que ayudó a tranquilizar a los mercaderes cristianos en relación con la imparcialidad judicial.[28] Los comerciantes necesitaban esa calma y los sultanes se la proporcionaron, porque lo que estos buscaban era asegurarse de que nadie más que ellos explotara a los mercaderes. Como vimos en el Capítulo 4, el volumen de las importaciones orientales a través de Egipto y con destino a Europa ascendieron a partir de 1390 y los sultanes utilizaron los crecientes réditos del comercio para compensar la caída de los ingresos de la tierra. Gravaron sobre todo las especias, tanto en las entradas del mar Rojo como en las salidas del Mediterráneo. Desde 1397 también obligaron a los mercaderes a comprar especias reales a precios elevados.[29] Esto enfureció a venecianos y genoveses, aunque de forma general no lo

 

 

 

 

 

 

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suficiente como para que dejaran de venir. Se ha sugerido que Alejandría, el puerto clave en ese comercio, experimentó un declive a lo largo del siglo XV.[30] Es posible que la desembocadura del Nilo, al llenarse de sedimentos, desviara parte del comercio a los puertos cercanos de Rosetta y Damietta, que vivieron una época de prosperidad.[31] Otros aseguran

 

que, a pesar de cierto aire decadente —puede que hubiera edificios abandonados debido a la despoblación por la peste—, Alejandría constituía «aún la puerta más importante» en el comercio con Europa, «estrechamente conectada con El Cairo y supervisada por este» y que el comercio, en general, estaba prosperando.[32] El mismo Ashtor calculó que, a finales del siglo XV, Europa importaba del Imperio mameluco productos por valor de 660 000 ducados de oro al año y exportaba solo 260 000, pagando el resto en oro y plata, lo que suponía un enorme excedente comercial de 400 000 ducados a favor de Egipto.[33] Buena parte de ese dinero habría ido a Oriente para comprar productos exóticos, pero parte quedó en manos de las élites urbanas y también podemos estar seguros de que los sultanes se llevaron también la suya.

 

Los mamelucos tomaron medidas militares para mejorar el control de los puntos de entrada y salida del comercio con el Extremo Oriente. En 1375 conquistaron lo que quedaba del Reino armenio de Cilicia y su puerto de Ayas (actual ciudad-distrito de Yumurtalık, en Turquía), una salida mediterránea que se abastecía del golfo Pérsico y competía con Alejandría y Beirut. Adén, en Yemen, era, tradicionalmente, la principal entrada al mar Rojo para el comercio asiático. Las relaciones entre mamelucos y yemeníes fueron hostiles en distintas ocasiones, por ejemplo hacia 1351, 1507 y 1515,[34] pero la extensa red de comerciantes karimíes con sede en El Cairo —cuya influencia se pone de manifiesto en las cartas conservadas en el fondo documental de la Geniza cairota—, que había dominado los comercios globales musulmanes desde el siglo XII, generalmente lograba mediar con éxito en sus tratos. Al igual que los genoveses, los karimíes cooperaban y competían al tiempo, engarzados con los Estados. La peste supuso un impulso para su actividad que duró al menos hasta la década de 1420.[35] Desde finales del siglo XIV surgió una variante de la ruta del mar Rojo que evitaba Adén, es probable que tocando en puertos de África oriental en su lugar, y que se dirigía directamente a Yeda, el principal puerto de La Meca, Medina y el Hiyaz. Es posible que

 

 

 

 

 

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los mamelucos tuvieran algo que ver, pero, al principio, la mayoría de los impuestos iba a parar al jerife de La Meca, que gozaba de una considerable autonomía.[36] A partir de 1423, los mamelucos tomaron medidas para aumentar su participación, como la toma militar de Yeda y el establecimiento de una burocracia en la ciudad.[37] También empezaron a favorecer a otros mercaderes aparte de los karimíes. Estas nuevas redes incluían a los khawāja, especializados en el comercio de esclavos, tanto por mar como por tierra, y más estrechamente enraizados dentro del Estado incluso que los karimíes.[38] De este modo, se ha venido creyendo que los mamelucos dejaron de lado a los jerifes de La Meca y a los karimíes para monopolizar el comercio del mar Rojo. Lo cierto es que los jerifes y los mercaderes de Yeda siguieron teniendo su parte, al igual que los karimíes: en 1519 seguían siendo los comerciantes más influyentes de la costa india de Malabar.[39] Los mamelucos, por tanto, explotaron cada

 

vez más sus gallinas de los huevos de oro —daba igual cristianos o musulmanes—, aunque no hasta el punto de matarlas.

La Gran Siria no dependía de las crecidas del Nilo y, según mi interpretación de las pruebas, no compartió el declive agrícola de Egipto. Su principal ciudad, Damasco, fue duramente golpeada por la peste negra en 1348 y de nuevo otra docena de veces antes de 1500.[40] Algunos sugieren que también padeció una mengua económica, seguida de una recuperación en torno a 1382,[41] pero hay indicadores que parecen contradecir tal cosa. Sus importaciones de lentisco —una cara goma de mascar procedente de Quíos que refresca el aliento— fueron enormes durante las décadas de 1360 y 1370.[42] «En Damasco, el comercio de especias siguió al mismo ritmo que en el periodo anterior (1250-1340), si no más rápido».[43] Un estudio más antiguo acerca de Damasco critica «el estancamiento y la decadencia interna que prevalecieron durante toda la época mameluca», aunque afirma que la ciudad decayó gradualmente a partir de 1400 debido al saqueo ejecutado por Tamerlán, que se llevó a los artesanos a su capital de Samarcanda.[44] También señala pruebas de que la ciudad y la región se recuperaron rápidamente al acoger una industria textil «muy floreciente» y con el comercio de una extraordinaria variedad de cultivos más adelante durante el siglo XV. Un estudio reciente confirma esta rápida recuperación y la prosperidad continuada.[45] En 1464, la gobernación de Damasco se vendía por 45 000 dinares; en 1487, la cifra

 

 

 

 

 

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ascendía a 90 000. Esto puede indicar corrupción —Europa también practicó la venta de cargos—, pero no sugiere ocaso económico.[46] Damasco era centro neurálgico de numerosas rutas de caravanas y del comercio de especias, una función que compartía con Alepo, que también se había recuperado muy rápido de la letal visita de Tamerlán. «Durante el siglo XV, Alepo era llamada la Pequeña India por sus enormes importaciones de jengibre y pimienta del Hind».[47] Las especias y otros productos exóticos orientales se reexportaban a Europa, junto con los productos locales, a través de puertos como Beirut y Sidón. A principios del siglo XVI, las fértiles tierras interiores de Alepo y su «concentración de riqueza y prosperidad general la convirtieron en un imán para muy distintos grupos ocupacionales, desde campesinos en proceso de enriquecimiento hasta refugiados religiosos y políticos, pasando por jubilados del servicio estatal».[48]

 

La región de la Gran Siria, de suyo autosuficiente en cuanto a la producción de grano, solía importarlo solo en años de malas cosechas. Sin embargo, la peste parece haber provocado una reasignación interna de tierras de cultivo de grano, que se pasaron al algodón. «Cabe preguntarse si la expansión de los campos de algodón en la Siria tardomedieval se llevó a cabo a expensas de los campos de cereales».[49] Siria era el principal proveedor de algodón europeo, considerado el mejor disponible.

 

 Hemos visto que el valor de las importaciones de algodón sirio por parte de Venecia aumentó de 50 000 ducados de oro al año en la década de 1370 a 150 000 en la de 1390.[51] Aunque las exportaciones de azúcar a Europa continuaron con fuerza hasta 1415, aproximadamente, para luego disminuir, es posible que se debiera a estar abasteciendo a Egipto. Las exportaciones de algodón en bruto a Europa continuaron, pero también lo hicieron las exportaciones de «alfombras árabes y objetos de metal».[52] En las regiones agrícolas de Jordania se produjo una reorganización impulsada por la peste y es posible que el Estado mameluco desempeñara un papel positivo por medio de las dotaciones de bienes habices. Un detallado estudio reciente reconsidera las opiniones tradicionales acerca del declive mameluco y llega a la conclusión de que:

 

El proceso de creación de habices rurales a partir de antiguas tierras estatales puede haber sido una forma de desarrollo de la tierra, promovido por el Estado para responder y recuperarse de

 

 

 

 

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crisis agrícolas tales como sequías, hambrunas y plagas. Visto así, el siglo XV fue más un periodo de transformaciones rurales que de declive del Estado.[53]

 

El habiz parece haber sido una institución más flexible de lo que permite Timur Kuran. Otras pruebas de los dominios mamelucos, y de todo el Sur Musulmán, corroboran esta afirmación e indican un incremento del número de habices después de 1350.[54] Estos protegían en ocasiones los bienes de una familia del embargo estatal y, por tanto, permitir la acumulación de capital. Sus fondos podían financiar instituciones religiosas, educativas y benéficas, así como infraestructuras económicas como mercados, caravasares y carreteras. Invertían y prestaban dinero y eran creadas por gremios y cofradías, así como por Estados y familias adineradas. Se establecían más fácilmente en tierras desocupadas, que fueron mucho más comunes después de la peste negra.

 

Aun así, los ingresos de las tierras egipcias nunca fueron fáciles de reemplazar, una situación que empeoró con la crisis monetaria de principios del siglo XV, y sigue habiendo pruebas considerables de la creciente explotación por parte de los últimos mamelucos.[55] Ello pudo deberse más a una necesidad desesperada que a un régimen intrínsecamente disfuncional. Los mamelucos libraron una costosa guerra contra los turcomanos entre 1468 y 1473[56] y, más tarde, hubieron de enfrentarse a los otomanos, en pleno proceso de expansión. Las relaciones entre ambos imperios habían sido bastante buenas hasta 1453,[57] pero en 1485-1491 estalló una contienda de gran envergadura. «Contra todo pronóstico, los mamelucos se enfrentaron en tres batallas campales y derrotaron al Ejército otomano en todas ellas».[58] Esto confirma que el declive mameluco ha sido exagerado. Sin embargo, la guerra fue gravosa, al igual que el gasto posterior en armas e infantería. Los otomanos cortaron el suministro de mamelucos de reemplazo desde el mar Negro hacia 1480 y conquistaron a sus rivales en una segunda contienda, durante los años 1516 y 1517.

 

Dos series de cifras disponibles desde hace tiempo pueden resumir los límites, la sustancia y la variación de los efectos de la peste en las economías egipcia y de la Gran Siria. Las poblaciones anteriores a la peste de Egipto y la Gran Siria se estiman entre 4 y 8 millones para el primero y

 

 

 

 

 

 

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entre 900 000 y 1,2 millones para la segunda.[59] Si tomamos el límite inferior en ambos casos, la proporción era de 4,5 a 1 a favor de Egipto y podemos suponer que la proporción también se aplicaba a sus dos economías. La contribución de Egipto y la Gran Siria a los ingresos otomanos en 1526 era del 25 y el 10 por ciento, respectivamente,[60] una proporción de tan solo 2,5 a 1. Al igual que sucedió con Europa occidental, Siria se enriqueció en los primeros tiempos de la peste; Egipto, por su parte, se empobreció. Una profunda excepción a la regla de prosperidad posterior a la epidemia. Y no a causa del mal gobierno de los mamelucos o de la inflexibilidad de las instituciones islámicas, que, seguramente, también se habrían aplicado a Siria, sino a que la distribución de las crecidas del Nilo se deterioró con brusquedad a lo largo del siglo XV. «Ninguna tierra ha dependido tanto de la gestión del agua como Egipto». [61]

 

 

 

El Magreb

 

 

Egipto fue una excepción a la regla de la prosperidad económica posterior a la peste, aunque parece que no es el caso en el resto del territorio norteafricano. La ciudad de Granada y el norte de Marruecos formaban parte de una red informal de comercio dirigida por los genoveses, una relación más simbiótica que de explotación (vid. Capítulo 10). A pesar de sus necesidades defensivas ante unos reinos cristianos en pos de su reconquista, Granada fue próspera y comercialmente activa entre 1350 y 1480, en especial en la exportación de productos manufacturados como tejidos de seda y cerámica fina. Los arqueólogos han localizado recientemente cerámica granadina de lujo, que utilizaba una técnica de vidriado de cobalto originaria de Túnez, en muchas zonas del litoral mediterráneo. Parte del comercio granadino estaba intermediado por los genoveses, aunque algunas investigaciones recientes han demostrado que contaba también con sus propias redes de mercaderes y, al menos, con algunos barcos de su propiedad.[62] Los ingresos públicos alcanzaron el millón de reales de plata, lo que ayudó a financiar el impulso de la construcción una vez superada la epidemia.[63] La segunda mitad del siglo XIV fue una época de «floreciente crecimiento cultural y testigo de la

 

 

 

 

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construcción de la madrasa de Granada, así como algunos de los edificios más espléndidos de la Alhambra».[64] La ciudad de Granada era conocida como la Damasco española, un «refinado nodo comercial para mercaderes» caracterizado por «su inagotable flujo de seda y azúcar».[65] Fuera de la ciudad, «a pesar del caos que trajeron los años de la peste, la agricultura y el sistema de exportación a otros países permanecieron intactos y, de hecho, durante la segunda mitad del siglo XIV, las rentas de los agricultores aumentaron».[66]

 

La situación de Marruecos es más difícil de interpretar. El país se vio asolado por luchas civiles e invasiones extranjeras entre las décadas de 1390 y 1570 (vid. Capítulos 4 y 10), pero, pese a ello, es posible que experimentase etapas de prosperidad. «De hecho, el país vivió un periodo de florecimiento con los gobernantes del sultanato benimerín durante los siglos XIV y XV».[67] Las pruebas son escasas, aunque con una excepción importante: la geografía del norte de África escrita por el fascinante mestizo cultural que fue León el Africano, uno de los pocos que, siendo cristiano, se pasó al islam, frente a los muchos que siguieron el camino inverso. Aunque él escribió en la década de 1520, se remontó en su obra a finales del siglo XV, para lo cual se sirvió tanto de información privilegiada como de observaciones personales. León el Africano dejó bien claros el tamaño y la prosperidad que habían alcanzado la ciudad de Fez, «la metrópoli no solo de Berbería, sino de toda África» hacia 1500. Contaba con 100 baños públicos, 200 escuelas de gramática, 400 molinos, 600 fuentes, etcétera. Sin embargo, el reino del que era capital atravesaba tiempos difíciles. «El rey de Fez posee dominios muy extensos, pero sus ingresos son escasos, a saber, apenas 300 000 ducados». Algunos territorios estaban ahora «destruidos y arruinados a causa de las guerras»; otros pagaban los tributos a los portugueses o a los rebeldes saadíes.[68] Al igual que pasó con Cataluña, la contienda endémica pudo haber contrarrestado los beneficios de la peste en Marruecos, pero solo hasta el punto en que decayó en relación con sus vecinos prósperos.

 

En el resto del Magreb, la principal potencia en los albores de la epidemia fue la dinastía hafsí, con sede en Túnez. Los hafsíes, que habían resurgido a partir de la década de 1360 tras un declive anterior, dominaron la región que fuese corazón de la antigua Ifriquía de Cartago y Roma. Repelieron las invasiones meriníes entre las décadas de 1340 y 1360 y

 

 

 

 

 

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extendieron su dominio a Tremecén, Bugía, Argel y la mayor parte de la costa argelina, así como a la Trípoli libia.[69] En una posible reorganización inducida por la peste, perdieron algo de control sobre el interior a manos de nómadas bereberes y árabes liderados por jeques reformistas religiosos, aunque sí mantuvieron un férreo control sobre la franja costera irrigada, las ciudades y el comercio. Las vecinas tierras interiores de Túnez ya no les abastecían de cereal, lo que supuso un triste revés para uno de los graneros del mundo romano, pero, al igual que otras ciudades, importaba cereal de las regiones bajo control hafsí que disponían de excedentes fiables. El interior de su territorio se especializó en la producción de aceite de oliva para la exportación. Escribió El Africano:

 

En todos los alrededores de la ciudad, en un radio de seis u ocho kilómetros, hay tal cantidad de olivos que su aceite no solo abastece a la ciudad, sino que incluso se transporta en grandes cantidades a Egipto.[70]

 

Con respecto a Túnez, constituía un destacado centro comercial que rivalizaba con Fez como «capital indiscutible» del Magreb y que experimentó igualmente un auge de la construcción tras la epidemia. «Un signo del florecimiento continuado de Túnez durante los siglos XIV y XV, a pesar de los numerosos casos de inestabilidad política y de peste, fue la multiplicación de los proyectos de infraestructuras».[71] La ciudad fue repoblada tras las sucesivas olas de la pandemia por emigrantes beduinos y bereberes del interior, por esclavos y por refugiados musulmanes y judíos de la península ibérica, que reforzaron además sus redes comerciales.[72] La población urbana, tal vez con cierta exageración, se estimaba en 100 000 habitantes antes de la peste negra.[73] Otros cálculos posteriores más plausibles hablan de 30 000 habitantes en 1361 y 45 000 en 1500 a pesar de los muchos brotes.[74] Al igual que algunas urbes afortunadas de Europa occidental, parece que Túnez creció durante la primera época de la enfermedad, si bien no hasta alcanzar el tamaño previo a esta.

 

La fértil franja costera del Magreb producía seda y algodón, además de cultivos más convencionales, y en ella pacían caballos, ganado vacuno y ovino.[75] Estos últimos animales fueron especialmente importantes en la región de Bugía, que exportó lana a Europa hasta más o menos 1450, fecha a partir de la cual perdió terreno ante la producida en Castilla. Pero

 

 

 

 

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Bugía o Béjaïa, denominada por los europeos también como Bougie, se adaptó para dedicarse a la exportación de pieles finas de cordero conocidas como budge, nombre que se convirtió en genérico en Europa para ese producto. El aumento de sus excedentes de lana estuvo acompañado de un ascenso de las importaciones de trigo. Bugía era el núcleo de una «vasta red de caminos» que conectaba ricas aldeas agrícolas. León el Africano estimó su población en unos 30 000 habitantes en el año 1500 y dio a entender que antaño había sido mucho mayor. «Las casas, templos y colegios […] están construidos con la mayor suntuosidad […] No faltan monasterios, ni hospitales […] y su mercado es muy grande y hermoso

 

     Los ciudadanos eran muy ricos y solían hostigar continuamente las costas de España con sus belicosas galeras».[76] La ciudad, que excepcionalmente para la región tenía buena madera en su interior, también era un importante centro de construcción naval.[77] Asimismo, Tremecén, Trípoli y otros puertos parecen haber sido prósperos y las urbes no eran las únicas importadoras de grano después de la peste. La amplia y fértil isla de Yerba (antigua Los Gelbes), a medio camino entre Túnez y Trípoli, estaba especializada en dátiles, aceite de oliva y pasas, pero también fabricaba telas con lana traída del interior por comerciantes árabes y vendía tanto esto como sus propios productos a una amplia variedad de mercaderes extranjeros que habitaban en la isla. Hacia 1500, El Africano calculó que el tributo anual que pagaba ascendía a unos 100 000 ducados, una cantidad asombrosa para una isla de 500 kilómetros cuadrados.[78] Esta tendencia general a una mayor especialización regional a lo largo de la costa se parece mucho a una adaptación a la peste.

 

Los tratos comerciales del África hafsí con Egipto, la Granada musulmana y Oriente Medio continuaron y los contactos con Europa se intensificaron, ya fueran relaciones comerciales o razias. Su ciudadano más célebre, Ibn Jaldún, lamentó el declive marítimo de la región, pero hay indicios de un renacimiento a partir de la década de 1370, incluido el

uso de naves —barcos a vela únicamente—, así como de galeras.[79] Como se indicó en el caso de Bugía, las incursiones bélicas respaldadas por el Estado en Malta y la costa española empezaron al mismo tiempo y continuaron a lo largo del siglo XV, lo que prefiguró lo que fueron los

 

«corsarios berberiscos».[80] Túnez, Tremecén y Trípoli eran también puntos de salida para el comercio transahariano de caravanas de oro y

 

 

 

 

 

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esclavos. A finales del siglo XV, el sultán hafsí podía presumir de «ser el príncipe musulmán más rico de su tiempo».[81] Sin embargo, durante el siglo XVI, la decadencia hafsí y las invasiones españolas y otomanas en competencia dañaron la economía del Magreb costero. Con todo, parece haber experimentado una reorganización humanamente dolorosa, pero económicamente positiva, entre 1350 y 1500, al igual que Europa occidental.

 

 

 

EL CORAZÓN DEL IMPERIO OTOMANO: LOS BALCANES Y ANATOLIA

 

Los territorios centrales del Imperio otomano eran la península de Anatolia y los Balcanes, por extraño que pueda parecer la inclusión de estos últimos en el Sur Musulmán. El nivel de control otomano en ambas regiones era considerable en 1400, aunque no completo, y se redujo con la ocupación de Anatolia por Tamerlán entre 1402 y 1404. Sin embargo, a partir de la década de 1410, «el renacido Imperio otomano surgió de una base de poder en el sudeste de los Balcanes».[82] Los otomanos consiguieron obligar a algunos antiguos vasallos para que volvieran a serles fieles, se anexionaron directamente otras zonas, reforzaron el control económico y completaron la conquista de Anatolia y de la mayor parte de los Balcanes

 

en la década de 1470 —Transilvania y Croacia permanecieron bajo dominio de Hungría hasta 1526—. Además, la toma de Constantinopla en 1453 se ve como un punto de inflexión importante. El Capítulo 11 trata de las artes otomanas de organización en los tiempos de la pandemia y aquí analizaremos el efecto de la enfermedad en las economías de los territorios centrales. Los signos de prosperidad en los Balcanes se han datado después de 1450 —una inversión de la noción de mengua económica musulmana— y atribuido a la administración otomana.[83] En efecto, el dominio de la Sublime Puerta resultó en una buena gestión económica y demográfica una vez concluida la conquista. Pero parece que la prosperidad posterior a la peste fue anterior a su gobierno. Entre la bruma de la guerra aparecen indicios de que la peste negra reequilibró la

 

 

 

 

 

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población, por un lado, y el dinero —el capital fijo y las tierras fértiles—, por otro. Nuevas investigaciones sostienen que «más dinero y más gente con dinero señalan el avance innegable de la economía rural tardomedieval en los Balcanes».[84]

La ciudad-Estado de Dubrovnik o Ragusa es un buen indicador de la situación en los Balcanes y de los efectos económicos positivos de la peste. Como vimos en el capítulo anterior, la ciudad pagó tributo a varias potencias al tiempo que conservaba su autonomía, pero tuvo que andarse con especial cuidado ante los otomanos. Aunque a veces se la reclama para las historias italianas o ilirias, durante el siglo XIV era, principalmente, eslava —en Europa oriental también había prósperas ciudades-Estado—.

 

     Como ya se indicó en el Capítulo 2, la urbe se vio duramente afectada por el primer brote de peste, con unas pérdidas de hasta la mitad de sus 15 000 habitantes. Sin embargo, como resultado de las herencias y del auge del comercio tras la epidemia, sus cerca de 30 clanes de patricios comerciantes poseían, en palabras de Susan Mosher Stuard, «al menos cuatro veces la riqueza disponible hacia 1450 con respecto a las posesiones hacia 1300. Y la cifra es conservadora».[86] Esa nobleza local se dedicó con afán a repoblar la ciudad, con los miembros dedicados a «casarse y tener hijos con celo, si no con frenesí» y trayendo cónyuges de otras élites urbanas de la zona de Dalmacia.[87] El respeto por los matrimonios entre la élite se aplicaba con rigor. Durante la década de 1490, un erudito de Dubrovnik fue encarcelado durante seis meses por insultar a su suegra.[88] Los líderes de la ciudad atrajeron también a artesanos del interior con exenciones fiscales de cinco años.[89] Compraron más esclavos, aunque en ocasiones se dice que dejaron de venderlos en torno a 1420.[90] Hacia 1500, los patricios habían recuperado su número y eran ya unos 2000, sin duda, ayudados por el sistema de nodrizas, que liberaba a las mujeres de alto rango de cara a nuevos embarazos.[91] Inusualmente, la población general también pudo haberse recuperado. La ciudad-Estado y su interior sumaban 88 000 habitantes en 1498, si bien algunas de estas personas procedían de pequeñas adquisiciones territoriales.[92]

 

Dubrovnik había servido durante mucho tiempo para conectar el interior de los Balcanes con mercados más amplios; utilizaba barcos fluviales cuando era posible, pero también caravanas de hasta 1000

 

 

 

 

 

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caballos, para traer pieles, lana y metales preciosos para ser procesados en

 

la ciudad —eran famosos sus cinturones de plata—.[93] A cambio, proporcionaba lujos importados y sus propias manufacturas, sobre todo telas, junto con sal de sus salinas adriáticas. El comercio interior experimentó un claro auge a principios de la época de la peste. «Una razón de ello fue, seguramente, la favorable situación económica de los países vecinos».[94] Para la década de 1460, Dubrovnik contaba con unos 30 puestos comerciales, atendidos por sus propios mercaderes, en todos los Balcanes y compartía el control de las grandes minas de plata de Srebrenica con el rey húngaro.[95] Algunas partes de Albania y Epiro parecen haberse convertido prácticamente en zonas de influencia interna de Ragusa al suministrar grano y ganado.[96] En el mar, Dubrovnik respondió instantáneamente a la crisis de mano de obra provocada por la peste negra con el abandono de las galeras y adoptando la vela. En 1400 había construido 120 barcos nuevos con 2700 tripulantes, una media de solo 25 hombres por barco. Después construyó incluso otra flota de 100 veleros más grandes hacia 1500.[97] La ciudad, sus barcos y sus redes se erigieron en una importante intermediación entre los otomanos y la Europa cristiana. Además de sus puestos en los Balcanes, tenía 11 consulados en Sicilia para asegurar el suministro de grano y muchos más en Italia continental, así como en Alejandría y Estambul.[98] Sus hombres también eran notables comerciantes, intermediarios y prestamistas en Lubeca y

 

Londres, donde su nombre italianizado —Ragusa/Aragouse— y sus grandes carracas dieron lugar al término Argosy para un barco grande y opulento.

Los lazos de Dubrovnik con los otomanos fueron precedidos y se solaparon con los de otras monarquías poderosas, Hungría y Serbia, en especial en lo referido a la extracción y distribución de oro y plata, metales que abundaban en ambos reinos. Poco después de la peste negra se iniciaron las grandes exportaciones húngaras de vino y ganado.[99] Surgieron ciudades-mercado, quizá no más que aldeas con mercados periódicos, aunque numerosas. Había 50 de ellas en 1390, 299 en 1441,

 

630 en 1490 y 709 en 1526 —nótese el ritmo de crecimiento mucho más rápido antes de 1490—.[100] Zagreb, la principal ciudad de Croacia, entonces sometida a Hungría, conoció una época de esplendor entre 1350 y 1450, repoblada con artesanos y comerciantes eslavos, alemanes e

 

 

 

 

 

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italianos. Vivió su «edad de oro precisamente en la segunda mitad del siglo XIV».[101] Hungría era el principal productor europeo de oro y no hubo escasez temprana de plata: el valor de la plata en relación con el oro cayó de forma drástica entre 1350 y 1375.[102] Al igual que en Europa occidental, en los primeros tiempos de la peste se constató un fuerte declive en la servidumbre. «Durante el siglo XV, los campesinos libres eran muy numerosos en Hungría, mientras que la servidumbre prácticamente había desaparecido».[103] «Las condiciones económicas de la población campesina parecen haber mejorado en general durante el siglo XV».[104] La nobleza intentó dar marcha atrás, pero una gran revuelta campesina en 1437 frustró sus esfuerzos por un tiempo. Siguieron intentándolo, en cualquier caso; se sirvieron de su control sobre la Asamblea Nacional para imponer leyes explotadoras y, finalmente, lo consiguieron tras reprimir otra gran revuelta en 1514.

 

En 1350 parecía que el sur de los Balcanes podría convertirse en un imperio serbio bajo el zar Esteban Dušan, pero este falleció en 1355 y sus territorios de Macedonia y Albania se independizaron.[105] Tras su derrota en Kosovo en 1389, los serbios pagaron tributo a los otomanos y lucharon valientemente a su lado contra Tamerlán, aunque luego se volvieron más independientes. Raška, el corazón de sus dominios, contaba con una importante colonia de mercaderes de Dubrovnik. Con su ayuda se intensificó la extracción de plata. «El aumento del precio de la plata […] atrajo a nuevos inversores y estimuló la producción tanto en las zonas

 

mineras tradicionales —Novo Brdo en el sur— como en las nuevas explotaciones situadas más al norte, cerca de Belgrado y el río Drina».

 

 Alrededor de 1425, Serbia fue sometida de nuevo por los otomanos y anexionada en 1438-1439.[107] Los príncipes de Valaquia y Moldavia tuvieron algo más de éxito a la hora de conservar su autonomía. Fomentaron el comercio y establecieron sus propias cecas en 1365 y 1377. Sirviéndose del Danubio y de otros ríos, así como de sus puertos en el mar Negro, los comerciantes genoveses tuvieron mucha relevancia en estos países, al igual que la diáspora de mercaderes armenios a partir de 1367.

 

     Valaquia también comerciaba por tierra con Transilvania y otras regiones del norte. La participación de muchos pequeños comerciantes «sugiere algún tipo de mercado para el gran público»,[109] mientras que los tintes preciosos de los tejidos de lujo indican la existencia de una élite

 

 

 

 

 

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adinerada.[110] También en estos principados rumanos la nobleza se esforzó durante el siglo XV —con éxito desigual hasta 1500— por someter a sus campesinos y recurrió a un olvidado comercio de esclavos para complementar su fuerza laboral. La llegada masiva de romaníes

 

—gitanos— a Europa se remonta a la segunda mitad del siglo XIV, cuando la crisis de mano de obra los habría hecho bienvenidos, al menos como esclavos. Inicialmente se asentaron «sobre todo en los territorios en poder de Venecia», especialmente escasa de mano de obra.[111] «Durante el siglo XV, la esclavitud de los gitanos se había extendido por todas las provincias rumanas».[112] A partir de esta época, aunque siguieron siendo cristianas, Valaquia y Moldavia fueron, por lo general, vasallas de los otomanos, en cuyo imperio la esclavitud era común y legal. Los romaníes permanecieron esclavizados en Rumanía hasta 1856.

 

Incluso el senescente Imperio bizantino recibió un impulso de la brutal Viagra económica de la peste y ello a pesar de sus endémicas guerras civiles dinásticas y del abrazo cada vez más asfixiante de los otomanos. Tardíamente, «la aristocracia se implicó en el comercio mucho más de lo que lo había hecho nunca, una tendencia que continuó durante el siglo XV».[113]

 

No cabe duda de que en los territorios bizantinos la peste negra provocó un gran aumento a largo plazo de los salarios, tanto nominales como reales. A finales del siglo XIV, los niveles salariales reales de las zonas urbanas superaban hasta en un 100 por cien los anteriores a la peste negra. Este gran salto en los jornales de las ciudades fue paralelo y confirmado por la duplicación de los precios de los esclavos en los territorios bizantinos durante la segunda mitad del siglo XIV.[114]

 

A los habitantes de los dominios bizantinos y de los antiguos territorios se les conocía como rumanos o griegos y esta última denominación en particular era una categoría fluida. Podía indicar tanto a los grecoparlantes y cristianos ortodoxos como a los griegos étnicos, muchos de los cuales vivían en Tracia y Anatolia. Los otomanos convirtieron la ciudad tracia de

 

Edirne —antigua Adrianópolis— en su capital europea y núcleo económico desde 1370. Con su apoyo, la ciudad se recuperó rápidamente

 

 

 

 

 

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de la conquista. «Edirne fue otra urbe otomana que prosperó durante los siglos XIV y XV».[115] La Tracia rural seguía exportando grano, al que ahora se sumaron el arroz y el algodón.[116] Estudios recientes sostienen que la prosperidad, el comercio y el desarrollo de la Bulgaria bajomedieval han sido, en buena medida, subestimados.[117] En la Grecia tomada en su sentido moderno, el patrón posterior a la peste también parece sólido, tanto antes como después de la conquista otomana. Salónica, la segunda ciudad del Imperio bizantino, «se recuperó más rápido de los problemas de mediados del siglo XIV de lo que se había pensado anteriormente».[118] La ciudad constituyó un importante centro comercial hasta que fue saqueada por los turcos en 1430 y se hizo famosa por la producción de tejidos de lana al emplear molinos de agua. El florecimiento de esa industria fue atribuida en su momento a la inmigración a lo largo del siglo XVI de judíos sefardíes procedentes de la península ibérica,[119] que aportaron conocimientos occidentales, aunque últimamente se ha datado más bien en el periodo tardobizantino.[120]

 

Otras ciudades bizantinas tendieron a la autonomía o al dominio extranjero, pero también florecieron económicamente. La demanda del famoso vino de Monemvasía, en la región de Laconia —en el sudeste de la península del Peloponeso—, se disparó, fueron plantados nuevos viñedos y, hasta 1460, «Monemvasía exhibía todas las características de una dinámica ciudad-Estado».[121] Los puertos de Modón y Corón, controlados por los venecianos, exportaban el mismo tipo de vino, con más 2 millones de litros anuales transportados en la década de 1350.[122]

 

En el resto de la Morea —también Peloponeso—, así como en las islas griegas, se observa la tendencia habitual tras la peste hacia cultivos más valiosos en los lugares menos aptos para la agricultura de cereal.[123] Las islas se especializaron: Paros (algodón), Patmos (aceite de oliva), Andros, Tinos y Citnos (seda).[124] En Creta, «en el último cuarto del siglo XIV y durante el XV la situación económica de la isla mejoró notablemente, como la del resto de Romania […] debido, principalmente, al desarrollo general de la agricultura, sobre todo de las plantaciones de algodón y caña de azúcar».[125] Después de 1350, Corfú, que solo cultivaba una cuarta parte de su propio grano, se volcó primero en el vino y el algodón y más tarde, durante el siglo XVI, en la producción de aceite de oliva destinada a la exportación. Al igual que las demás islas griegas, también mandó un

 

 

 

 

 

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número cada vez mayor de tripulantes a las flotas europeas y otomanas.

 

     En resumen, en contra de la opinión generalizada, los supervivientes del sudeste europeo se reorganizaron y prosperaron tras la peste negra en la misma línea que Europa occidental, incluso antes de que los otomanos les proporcionaran un Estado centralizado.

 

En apariencia, la respuesta económica de Anatolia ante la epidemia fue bastante similar a la vista en los Balcanes. Aquí también la conquista otomana no se completó hasta 1480, aproximadamente. Aquí también los estragos causados por guerras y epidemias estuvieron seguidos de una rápida recuperación económica. Y aquí también la región tenía más potencial económico del que se podría pensar. «Anatolia era una región rica en agricultura».[127] El trigo para los humanos y la cebada para los caballos eran los cereales principales, a los que se sumó el aumento de la producción de arroz en la época temprana de la peste.[128] Los distintos emires turcos eran muy conscientes de que sus ingresos dependían de la prosperidad de los dominios del imperio y trataron de potenciar el

 

comercio. Anatolia exportaba caballos, lana —como el mohair—, cuero, alumbre y cobre a Europa, así como telas y alfombras manufacturadas.

 La mayoría de las manufacturas destinadas a los mercados locales todavía se fabricaba localmente en el siglo XVII.[130] Los nómadas turcos

 

constituían alrededor de una cuarta parte de la población —bajaron al 16 por ciento en 1580—[131] y, al menos económicamente, estaban bien integrados con los distritos sedentarios. La agricultura se trasladó a las tierras más fértiles y el precio relativo del grano anatolio era bajo, lo que, junto con la rápida repoblación de las ciudades desde el campo, indica un aumento de la producción agrícola per cápita. «En la mayoría de las regiones […] había escasez de mano de obra, que se acentuaba especialmente en las épocas de cosecha». Los nómadas ayudaban en la recolección, además de proporcionar pieles, lana y animales de trabajo en grandes cantidades.[132] Las condiciones mejoraron aún más con la administración otomana.

 

Bursa, tomada por los otomanos en 1326, se convirtió en su capital económica en Anatolia a finales del siglo XIV. Fue saqueada por Tamerlán

 

en 1402, pero se había recuperado hacia 1430. En 1450 tenía más de 27 000 habitantes y 42 000 en la década de 1480, un crecimiento impresionante para la época.[133] Sus principales actividades entre 1350 y

 

 

 

 

 

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1500 fueron el comercio de especias, para el que constituía un centro alternativo a Alejandría, Damasco y Alepo; el comercio de esclavos; la importación de seda cruda de Irán; y la fabricación de telas de seda para la

 

exportación. A partir de 1453, junto con su gemela europea —Edirne—, añadió el aprovisionamiento de Estambul a sus principales actividades.

 

     Algunas especias llegaban por la ruta del mar Rojo, por medio de caravanas de hasta 3000 camellos desde La Meca, adonde se exportaba

seda —como moneda para los gastos de viaje de los peregrinos— a cambio.[135] Otras especias es probable que procedieran del golfo

 

Pérsico, traídas en caravanas —tanto de mulas como de camellos— desde Irán que acarreaban hasta 25 toneladas de seda cruda cada una.[136] En cuanto a las especias, sabemos que las importaciones fueron numerosas desde 1432 y se han estimado en 2500 toneladas anuales para la década de 1480.[137] Esta cifra incluía algo de azafrán cultivado localmente, pero sigue pareciendo improbable que fuera tan elevada como la totalidad del consumo europeo. Sin embargo, los derechos de aduana ascendieron a 140 000 ducados de oro en 1487, lo que indica un comercio pujante.[138] Se importaban esclavos especializados y ellos, junto con la mano de obra libre, convertían la seda en telas muy apreciadas, que luego se exportaban a gran escala. «A finales del siglo XV se decía que en Bursa se fabricaba

 

más tela [de seda] que en toda Italia».[139]

 

La prosperidad de Anatolia persistió hasta principios del siglo XVI. «El aumento de los ingresos procedentes de los arrendamientos fiscales, las aduanas y la agricultura apunta a un crecimiento no despreciable a principios de siglo».[140] Hasta entonces, los campesinos compartían esta prosperidad, igual que en Europa. Los indicios arqueológicos llevan a un aumento del consumo de carne y un mayor número de animales domésticos.[141] La servidumbre rural había desaparecido en su mayor parte, los impuestos eran moderados y, aunque el Estado otomano era propietario de casi toda la tierra, los campesinos tenían asegurada su tenencia mientras la cultivaran.[142] Disfrutaban de «un nivel de vida relativamente alto».[143] En el caso de los trabajadores urbanos, sus salarios reales también eran elevados.[144] Sin embargo, a medida que avanzaba el siglo XVI, esta modesta edad de oro para la gente corriente fue decayendo, de manera similar a Europa. El factor clave fue el incremento de la población, muy acusado durante la mayor parte del siglo

 

 

 

 

 

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XVI. Las mayores cargas fiscales, las rebeliones y el clima adverso se sumaron también a partir de finales de la centuria. No obstante, por lo que respecta a Anatolia, el declive de Oriente Medio parece, en gran medida, un mito, al menos para el periodo entre 1350 y 1580.

 

 

 

LA GRAN PERSIA

 

 

El ilkanato mongol y su imperio sucesor timúrida integraron Irán con partes del oeste de Asia Central. Estas regiones asiáticas, que pasaron a conocerse como Turán, eran hermanas de Irán, esto es, musulmanas en religión y persas en cultura. La integración continuó a pesar de que los timúridas perdieron territorio durante el siglo XV a manos de los uzbekos y de las confederaciones turcomanas de los ovejas negras o karakoyunlu y los ovejas blancas o akoyunlu. El corazón residual de los timúridas, Jorasán, era conocido como la «gema en el centro del collar que unía Irán y Turán».[145] Todavía tenemos pocas pruebas del primer brote de la epidemia, la peste negra propiamente dicha, en la Gran Persia y se suponía que lo mismo pasaba con los brotes posteriores. Ahora sabemos que sufrió repetidas olas con numerosos contagios desde la década de 1360 hasta al menos 1462 y es probable que durante más tiempo (vid. Capítulo 1). Además hubo de padecer una segunda catástrofe, las conquistas y destrucción causadas por Tamerlán (1380-1400), que saqueó las grandes urbes de la región como había hecho con las de la Gran Siria y Anatolia. Resulta complicado distinguir entre los efectos de la peste y las conquistas de Tamerlán. Lo que está claro es que una vez superados tales desastres, la región demostró una «asombrosa capacidad de recuperación».[146]

 

Tabriz (actualmente en la provincia iraní de Azerbaiyán Oriental), una importante ciudad en la zona noroeste del país, soportó al menos tres oleadas de peste antes de ser saqueada por Tamerlán en 1392. Sin embargo, en 1404, un viajero castellano, Ruy González de Clavijo, la encontró «rica en bienes y abundante en riquezas».[147] Sus fértiles tierras, a cuatro días de camino, estaban especializadas en el arroz, que se destinaba a la exportación.[148] La otra ciudad importante, Sultànïya, tenía menos población, pero similar actividad comercial, que pasaba por redistribuir seda cruda de primera calidad procedentede la provincia caspia

 

 

 

 

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de Gilan e importar tejidos de seda y algodón de Shiraz y Jorasán.[149]

 

Hubo otras urbes que también se hicieron más prósperas —aunque no siempre más pobladas—, a pesar de visitantes tan nefastos como la peste o Tamerlán. Se cree que Isfahán, en el centro de Irán, tenía entre 80 000 y 100 000 habitantes a finales del siglo XIV. Fue saqueada por el conquistador turcomongol en 1388 y aniquiló a unos 70 000 de sus ciudadanos. Sin embargo, en 1407 se había recuperado lo suficiente como para perder a 20 000 personas a causa de la peste.[150] Durante la década de 1470, cuando tanto la ciudad como la región vivían una etapa de prosperidad económica, volvió a la cifra de 50 000 habitantes. Es posible que entonces la azotara una nueva plaga, ya que en 1500 solo contaba la mitad.[151] Herāt, en el actual Afganistán, podría incluso haber visto incrementadas su población y pujanza durante la primera época de la peste: núcleo económico y cultural de Jorasán, se convirtió en la capital timúrida en 1409.[152] Aunque fue saqueada por Tamerlán en 1383 y sufrió al menos dos terribles plagas en 1435 y 1462, continuó siendo el «extraordinario corazón de la cultura imperial timúrida durante el siglo XV»[153] y su población se rehizo una y otra vez hasta alcanzar una cifra entre 45 000 y 60 000 habitantes, posiblemente superior a su nivel anterior a la plaga. Al igual que otras recuperaciones urbanas, esto requería, por supuesto, una base agrícola cada vez más productiva. La región de Herāt era célebre por sus uvas, frutas, cereales, arroz y miel, así como por sus cultivos industriales: la rubia roja, el índigo, la alheña y el cáñamo.[154] Su siglo XV fue «una edad de oro de logros agrícolas y hortícolas».[155]

 

Una de las claves de la capacidad de recuperación experimentada por la Gran Persia radicó en la reorganización posterior a la peste desde las regiones menos productivas a las que lo eran más. Los 400 pueblos de la región de Herāt se redujeron a 200 o 250 durante la primera época de la epidemia, al tiempo que se incrementaba la productividad de los supervivientes.[156] Otra clave fue el papel activo de los Estados. Al igual que sucedió con los otomanos, el historial de los últimos timúridas fue positivo en este sentido. Sus islas de agricultura sedentaria dependían del regadío, con sistemas de gestión del agua a menor escala que los del valle del Nilo, pero, aun así, importantes, basados sobre todo en qanats o canales de riego subterráneos. Aquellos sistemas solían quedar inservibles

 

 

 

 

 

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después de plagas o invasiones y los timúridas se encargaron de repararlos y ampliarlos. También recurrieron a las exenciones fiscales y los habices. La historiadora Maria Subtleny halló una «espectacular expansión del habiz en Jorasán durante los tiempos de gobierno timúrida» y sostiene que «la actividad agrícola durante el periodo timúrida se organize, en gran medida, mediante la institución del habiz».[157] Otros especialistas también ven «el cuidado de la agricultura […] fue una de las características distintivas de la gobernanza timúrida».[158]

 

Aunque un artículo reciente sugiere que las perturbaciones provocadas por la peste fueron prolongadas,[159] la mayoría de las evidencias indica que el comercio también prosperó en Persia por esta época, al igual que en todo el Sur Musulmán. La exportación masiva de caballos por mar desde

 

el golfo Pérsico a la India —hasta 10 000 al año— se documenta en el capítulo siguiente e implica un comercio de pingües réditos. También contradice la suposición habitual de que el comercio del golfo vivía un periodo de declive en esa época, con la mayoría del transporte marítimo desviado hacia el mar Rojo. La mayor parte de los productos exóticos de Extremo Oriente es posible que llegaran a Europa occidental a través del mar Rojo —una fuente sugiere que entre el 75 y el 80 por ciento—,[160] aunque esto se debía a que el propio Oriente Medio absorbía las mercancías que llegaban del golfo Pérsico. Al igual que otras especias, la pimienta tenía «tanta o más demanda en Oriente Medio que en Europa».

 

     Ruy González de Clavijo señaló repetidamente la abundancia de especias y otros productos exóticos en las ciudades que visitó y en dos ocasiones mencionó incluso que la oferta era mayor que en Alejandría. El Sur Musulmán absorbía también cerca de la mitad de las importaciones que llegaban por el mar Rojo, que, como vimos en el Capítulo 4, estaban en auge desde principios del siglo XV. Aún más bienes llegaban por vía

 

terrestre y en cantidades sorprendentes. Una ruta anfibia, a lo largo del mar Caspio hasta Astracán y luego por caravana a través de las estepas, mantenía el antiguo vínculo entre la Transoxiana y Rusia, con la seda viajando en una dirección y las pieles en la otra —las pieles de marta cibelina eran muy apreciadas entre las élites musulmanas—.[162] Las caravanas de camellos, cargadas de textiles de algodón, llegaban anualmente desde la India. Se cree que Irán fue uno de los principales productores de tejidos de algodón en torno al siglo X, pero que después

 

 

 

 

 

 

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renunció a emular a los superartesanos indios.[163] Un observador europeo del siglo XVII señaló que los persas podían «fabricar telas de calicó muy razonables, pero no excelentes, porque las consiguen más baratas en las Indias de lo que podrían hacerlas ellos».[164] Los historiadores coinciden en que los iraníes y los turanios renunciaron a la fabricación de algodones finos porque «ninguno de los dos podía competir con los productores indios en términos de cantidad, calidad, variedad y precio».[165]

 

Las caravanas entre China y los dominios timúridas son conocidas desde hace mucho tiempo. Una, de 800 camellos, llegó a Samarcanda en 1404. Sin embargo, investigaciones recientes demuestran que se ha subestimado la magnitud de este comercio. Se contabilizan 98 caravanas entre 1387 y 1550 y es posible que hubiera muchas más. El intercambio alcanzó su punto máximo entre 1407 y 1449, cuando la llegada de los convoyes debió de ser un acontecimiento anual.[166] A ello se sumaba un relevante comercio marítimo. Entre la década de 1390 y la de 1430, varias docenas de barcos chinos llegaron a Ormuz —y a Adén e incluso a Yeda—, con un número aún mayor de travesías en sentido contrario. La afluencia de superartesanías chinas, sedas y porcelanas, fue considerable, de las cuales se conservan dos grandes colecciones, en el palacio Topkapi de Estambul y en el santuario de Ardebil, en el oeste de Irán. De las 10 000 cerámicas de la primera, 8000 son chinas, muchas datadas en el siglo XV. De las 595 piezas chinas azules y blancas fechadas de este último, casi un tercio data de entre 1403 y 1435.[167] Los productos locales también viajaban en la otra dirección, una excepción a la regla general de pocas importaciones manufacturadas por parte de China. Un solo príncipe chino de la dinastía Ming poseía 3400 piezas de joyería persa e india recolectadas en singladuras de principios del siglo XV.[168] Además, a diferencia de los algodones indios, los artesanos persas sí emulaban las sedas y porcelanas chinas con productos que «no eran meras imitaciones de los modelos chinos, sino reinterpretaciones imaginativas».[169] Fue esta economía innovadora y resiliente posterior a la peste, con sus ricos mecenas y sus vínculos con los viejos mundos, la que sustentó lo que los especialistas describen como el Renacimiento timúrida durante el siglo XV, con grandes logros en su haber en ciencia, literatura, arte y artesanía.[170]

 

 

 

 

 

 

 

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Muy poca seda o porcelana china llegó a Europa a través de Oriente Medio en este periodo. Incluso los potentados Médici no adquirieron su primera pieza hasta 1487. «Cuando Vasco da Gama partió de Lisboa hacia la India en 1497, el rey Manuel I le dio instrucciones concretas para buscar especias, cristianos y porcellanas».[171]

 

 

 

¿REVOLUCIONES

 

COMPARTIDAS?

 

 

Este capítulo se abre con la pregunta de si la peste tuvo realmente «resultados marcadamente distintos» en Europa occidental con respecto al Sur Musulmán, como se ha venido suponiendo. La respuesta parece ser que no. En general, la redistribución causada por la epidemia aumentó el capital, las tierras de primera calidad y la productividad por superviviente, así como incrementó de forma notable la renta disponible en ambas zonas geográficas. El consumo de especias fue, probablemente, incluso mayor —en términos per cápita— en el Sur Musulmán que en Europa occidental y el consumo de textiles y porcelana indios y chinos claramente superior. En algunos países gobernados por musulmanes, como Anatolia y zonas de los Balcanes, hay incluso indicios de una edad de oro temporal para la gente de a pie entre los años 1350 y 1500. Puede que la prima por peste entre los pastores nómadas fuera menor, pero aumentó los rebaños, las manadas y las tierras de pastoreo más fértiles entre los supervivientes, que además abastecían a los agricultores sedentarios aportando mano de obra estacional. Al igual que en Europa, la vida de los campesinos empeoró después de 1500: los salarios reales de los trabajadores urbanos disminuyeron entre un 30 y un 40 por ciento hacia 1600 y siguieron siendo bajos hasta 1750.[172] En cuanto a las élites, su demanda de bienes y servicios siguió aumentando en todo el Sur Musulmán. Egipto continuó siendo una excepción importante a la norma y hubo otras diferencias. Algo de verdad hay en la idea de que la balanza de las exportaciones manufactureras se inclinó a favor de Europa. Los cristianos alcanzaron a los musulmanes y los superaron en algunos oficios, como la fabricación de vidrio. Después de la pandemia, Europa tenía más manufacturas impulsadas por agua, lo que le permitía producir bienes con una mayor

 

 

 

 

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eficiencia. Además, el déficit comercial —Europa importaba más de lo que exportaba—, era un incentivo adicional para vender los productos a precios más bajos que los productores musulmanes. Pero, en conjunto, las similitudes entre las respuestas económicas a la peste son más notables que las diferencias.

 

Un ejemplo de esas disparidades fueron los molinos de agua. Existen numerosos patrones del uso islámico de estos, antes y después de la peste negra. Una búsqueda reciente en fuentes árabes muestra ese tipo de ingenios por todo el Sur Musulmán durante el siglo XV, si bien argumenta que habían «desaparecido en gran medida de las regiones islámicas más importantes (Irak, Siria y Egipto)».[173] Nos parece un tanto exagerado como afirmación: Jordania y Palestina seguían utilizando artefactos azucareros que funcionaban con agua y en esta última, además, los empleaban para abatanar los tejidos.[174] En Anatolia, los molinos de agua eran también bastante comunes y los mamelucos los estaban construyendo en Siria en 1375.[175] Cierto que la energía hidráulica era

 

menos importante en el sur que en el norte —algunos siguen atribuyendo a este hecho el atraso musulmán—,[176] pero no es menos cierto que el Sur Musulmán era más árido, con menos corrientes rápidas y había que dar prioridad al regadío en el uso de las escasas fuentes de agua.[177] En 2013, el historiador Richard Bulliet sugirió otro factor:[178] la energía animal era mucho más barata en el Sur Musulmán que en Europa.

 

Los recursos forrajeros naturales son tan omnipresentes (por muy dispersos que se hallen en medio del paisaje) que los agricultores rara vez tienen necesidad de elegir entre cultivar para el sustento humano o para el consumo de los animales de labor […] La mayoría de los molinos […] no funcionaban con agua, como en Europa, sino con animales, como camellos, bueyes o burros, criados sin un coste significativo hasta la edad en que eran productivos y podían ser sustituidos a un coste bastante bajo. Lo mismo ocurría con los dispositivos mecánicos de irrigación y los pozos accionados por animales.[179]

 

Otros especialistas han llegado a la conclusión de que un molino de tracción animal costaba entre un cuarto y un octavo de un molino de agua. [180] Este factor debió de verse potenciado por la peste, que duplicó la

 

 

 

 

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proporción de animales de trabajo y tierras de pastoreo por cada agricultor superviviente.

 

La imprenta mecanizada no apareció en el Oriente Medio de la temprana Edad Moderna debido a dos motivos fundamentales: el primero, la importancia religiosa que allí tienen la escritura a mano y la copia; y el segundo, porque la caligrafía árabe es cursiva, lo que significa que las letras se unen entre sí al escribirse, algo difícil de reproducir en una imprenta mecánica. Aunque sí se adoptaron otras dos tecnologías de la peste de origen europeo: las armas de fuego y las gafas. Como vimos en el Capítulo 5, el aumento del uso de armas de fuego en Europa occidental tras la peste negra fue rápido y generalizado. Las de pólvora aparecieron en la Granada musulmana antes de la peste negra y es posible que se desarrollaran de manera independiente a partir de la primera difusión de la pólvora desde la dinastía Song en China. Los timúridas adquirieron sus armas de pólvora por medio de la tercera dispersión, la china ming. Tamerlán utilizó minas de pólvora en la India en 1398 y es posible que dispusiera de armas de mano, conocidas como tufangs. Con respecto a sus sucesores, estaban fundiendo grandes cañones de bronce en Herāt en 1444.

 

 Pese a todo, la mayoría de los musulmanes recibió su tecnología armamentística mediante su segunda dispersión, la europea. «Cuando los expertos viajan de Italia a Inglaterra, esto se considera un signo de apertura a nuevas ideas; cuando viajan de Italia a Turquía, de repente se trata de una dependencia paralizante de tecnologías extranjeras».[182] El momento, el lugar y el ritmo de asimilación masiva de una innovación, con segundones que tienen la ventaja de que otros realicen su investigación y desarrollo, puede importar más que el punto de origen. Los arqueros montados siguieron siendo determinantes para los ejércitos musulmanes y de Europa oriental y llevó tiempo aprender a integrarlos con los cañones de campaña y la infantería armada con mosquetes. La difusión de armas de fuego en Europa, impulsada por la peste, llegó a la costa de Oriente Medio en la década de 1360, pero se filtró hacia el interior a distintas velocidades e intensidades.

 

Durante mucho tiempo se pensó que los mamelucos fueron especialmente reacios a este avance, aunque ahora tenemos «abundantes pruebas de una temprana adopción de armas de fuego en el sultanato mameluco».[183] Los cañones aparecieron en la década de 1360 y fueron utilizados por los dos bandos en una rebelión que tuvo lugar en Siria en

 

 

 

 

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1391, «que causó daños considerables y enormes bajas». En 1432, los arcabuces protegían ya las caravanas de peregrinos que iban y venían de La Meca.[184] Estos usos sugieren que el Estado aún no se había involucrado mucho en el uso de armas de fuego. El entrenamiento intensivo proporcionó a la élite mameluca una superioridad en el combate montado similar a la ventaja que tenían los genoveses con las ballestas y, en ambos casos, esto puede haber ralentizado la adopción completa de las armas de fuego. Sin embargo, los mamelucos ya utilizaban cañones en los asedios en 1419[185] y dominaban suficientemente la tecnología de su fabricación como para transferirla a la India en torno a 1460.[186] Los mamelucos tardíos reclutaron «un nuevo ejército compuesto por infantería no mameluca equipada con armas de fuego» y construyeron un gran tren de artillería en 1500.[187] En su última batalla contra los otomanos (1517) contaban con 200 cañones.[188] Otros enemigos de los otomanos y aliados de los venecianos fueron los ovejas blancas turcomanos. En la década de 1460, los venecianos suministraron a su poderoso líder, Uzún Hasán, «cañones y arcabuces y artilleros para manejarlos y asesorar sobre su uso».[189] El movimiento safávida también empleaba cañones incluso antes de tomar el poder en Irán en 1501, es posible que desde 1478 y, sin duda, ya en 1488.[190]

 

No obstante, fueron los otomanos quienes perfeccionaron la integración de armas de fuego y arqueros montados. Estaban usando ya cañones ligeros en batallas campales durante la década de 1380, la misma en la que se utilizaron por primera vez en el norte de Europa. Hacia 1400, fueron los primeros en organizar un contingente de infantería regular y un tren de artillería permanente. Para 1444 ya habían desarrollado un sistema por el que cañones ligeros, protegidos por carros o por algún tipo de barricada, así como por arcabuceros, podían formar un centro sólido alrededor del cual maniobraran las alas de caballería, una «fortaleza móvil lista para usar».[191] Los otomanos heredaron este tabor, o fortificación hecha con carros, de los husitas bohemios por medio de los húngaros, una innovación militar de Europa oriental. Pero acabaron siendo unos maestros en su uso. Si nos metemos un poco en materia del Capítulo 11, entre 1444 y 1526 superaron sucesivamente en armamento a los cruzados cristianos, a los ovejas blancas turcomanos, a los venecianos, a los safávidas, a los mamelucos y, por último, a los húngaros. «Portugal y el Imperio otomano

 

 

 

 

 

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lideraban el mundo en tecnología de cañones a principios del siglo XVI».

 

     Por tanto, no hallaremos ninguna pequeña divergencia entre Europa occidental y Oriente Medio en lo que se refiere a la tecnología de las armas impulsadas por la peste.

 

«La llegada de las gafas al mundo musulmán se suele situar a finales del siglo XVI». Sin embargo, pruebas recientes demuestran que aparecieron en el Egipto mameluco muy poco después de la peste negra. Las encontramos, en la década de 1350, en los versos de un anciano perfumista: «Antes tenía ojos en las mejillas / y hoy han pasado a estar en mi nariz».[193] A principios del siglo XV ya se importaban gafas en

 

grandes cantidades a Oriente Medio. «Los registros municipales de Barcelona mencionan la exportación de 2160 pares de gafas a Alejandría y Beirut en 1403 […] En 1482 se vendieron unos 1100 pares de gafas florentinas a un mercader para que las comercializara en distintas ciudades otomanas».[194] En un solo año, 1540, se exportaron 24 000 pares desde Venecia al Levante mediterráneo. Aunque el Sur Musulmán no experimentó la revolución de la imprenta y no tenía los mismos incentivos

 

para mejorar la visión que el norte de Europa —Bagdad tiene el doble de horas solares que Londres—, esta sorprendente adopción de gafas sugiere que sí compartieron la transición amanuense de Europa occidental, algo que corroboran otras pruebas.

Incluso antes de la peste negra, en todo el Sur Musulmán «las pruebas de la importancia concedida a la alfabetización aparecen por todas partes».

 

     La epidemia ejerció un efecto similar en las instituciones educativas del norte y el sur y, al igual que en Europa, se produjo un auge en la fundación de universidades —en este caso madrasas, o escuelas anexas a las mezquitas—. Una de ellas, establecida en El Cairo en 1360, contaba con 506 estudiantes, grandes bibliotecas y enseñaba idiomas, derecho y medicina, además de teología.[196] Un solo virrey timúrida edificó tres establecimientos de este tipo.[197] Menos conocidas son las maktabs, o escuelas que impartían educación básica, las cuales también debieron de florecer en proporción a la población después de 1350. Tras la peste, las 100 plazas asignadas a huérfanos en un establecimiento de Tabriz educarían ahora al doble de su anterior porcentaje de población. Además, el papel también se abarató en Oriente Medio, ya fuera de producción local o importado de Europa o la India.[198]

 

 

 

 

 

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Durante el periodo comprendido entre los años 1000 y 1500, la sociedad islámica se caracterizó por un profundo aprecio hacia los libros. Podemos hacernos una idea aproximada del número de volúmenes que circulaban si se tiene en cuenta que, en la actualidad, se conocen más de 600 000 manuscritos musulmanes y que estos no son más que una pequeña parte del total que debió de existir entonces.[199]

 

Uno de los efectos de esta transición amanuense en su variante musulmana fue facilitar el comercio, ya que la tasa de alfabetización a menudo se correspondía con la intensidad de los intercambios.[200] Otro fue aumentar la disponibilidad y eficacia de los burócratas. La mejora de los registros y de la contabilidad fueron factores clave del «notable éxito de la economía agraria timúrida».[201] Los mamelucos también mejoraron su aparato burocrático.[202] Sin embargo, los más avanzados en este ámbito fueron los otomanos. Ellos armaron a partir de 1389 la maquinaria administrativa de un Estado centralizado de mayores dimensiones que ningún otro en Eurasia occidental. Sabemos, por ejemplo, que el Estado central podía dictar en 1501 casi 500 órdenes en un solo mes. Su capacidad para hacer censos y encuestas era insuperable. Los archiveros otomanos se jactaban de no haber perdido jamás un documento, ni siquiera a finales del siglo XIX.[203] «Los escribanos eran indispensables para llevar a cabo las tareas administrativas durante las campañas otomanas».

 

     No solo su ejército regular, sino también su reclutamiento de timariotes —que databan de la década de 1380 y se hacían por contrato— dependían de los amanuenses. Cada titular de un timar disponía de un modesto feudo, con solo dos a cinco criados que le acompañaban en la batalla. Por tanto, para desplegar los 40 000 timariotes habituales se necesitaban, al menos, 10 000 contratos. Al comienzo de una campaña, cada uno de ellos era cotejado por los escribanos del Estado contra las listas consignadas en los archivos y si el timariote no se presentaba, o lo hacía falto de personal o de equipo, su feudo pasaba a manos de otro. Los documentos «registran, inevitablemente, retrasos y otros contratiempos en el procedimiento, aunque la impresión general es la de una notable eficiencia».[205] Este Estado de los escribas, sumado a la proliferación de habices, dio como resultado una maquinaria que permitía tanto la recuperación tras un desastre como la expansión.

 

 

 

 

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El kit para la recuperación/expansión del Sur Musulmán dispuso de otro componente. Los sufíes, también conocidos como derviches —y como morabitos en el Magreb occidental—[206] fueron místicos errantes y santones que se posicionaron ante los eruditos religiosos establecidos, los ulemas. Desde el siglo XIII, como mínimo, algunos empezaron a

 

establecerse en zagüías —logias o conventos— en los que vivían ellos y sus seguidores.[207] Estas, a su vez, se cohesionaron en órdenes o hermandades dispersas, no muy diferentes de las órdenes monásticas. Denominados jeques en vida —del árabe shaij o sheij, «anciano»—, algunos sufíes se convirtieron en santos a título póstumo y sus logias en santuarios, lugares de peregrinación. Su papel religioso siguió siendo relevante, pero también adquirieron otras funciones: como sanadores, portavoces de la gente corriente, agentes económicos, mantenedores de infraestructuras y líderes y fundadores de comunidades.[208] Resultaron especialmente eficaces en estas funciones cuando contaban con el respaldo de los habices o fondos destinados a proporcionar ingresos a sus logias. Tras la peste negra, el sufismo fue brotando por todo el Sur Musulmán. «Durante el periodo tardomedieval […] El sufismo se hizo cada vez más popular y políticamente relevante».[209] Perdió el estigma de la heterodoxia, hasta el punto de que los orígenes de muchas órdenes importantes, como la Naqshbandiyya, se remontan a la primera época de la peste.[210]

 

Desde la década de 1970, los historiadores han señalado que fueron los derviches colonizadores quienes dirigieron el asentamiento musulmán en los Balcanes durante los siglos XV y XVI, el cual, llevado a cabo por turcomanos procedentes de Anatolia, contó con el estímulo de los dirigentes otomanos.[211] Estos reasentamientos dirigidos por sufíes también tuvieron lugar en el mismo Oriente Medio. «Los hospicios de los derviches colonizadores tuvieron una particular relevancia para la historia económica, establecidos en las principales rutas migratorias de quienes colonizaban los nuevos enclaves».[212] Más recientemente se ha observado un papel similar de los sufíes en los asentamientos en la India mogola durante el siglo XVI.

 

Ya fuera como beatos vivos o como santos muertos, los sufíes actuaron como simbólicas figuras fundadoras de nuevas

 

 

 

 

 

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comunidades urbanas o tribales, vinculándose a tradiciones narrativas de génesis comunitaria que a veces les obligaban a ser imaginados como los primeros residentes de una zona, incluso si en realidad no lo eran.[213]

 

Lo que no parece tan reconocido por los historiadores es la relación entre el auge del sufismo y la era temprana de la peste, su papel en la recolonización de las tierras despobladas por la epidemia, la población de las recién conquistadas y el empleo de la colonización monástica más allá del Sur Musulmán.

 

Las relaciones entre los sufíes y los Estados pasaron por etapas muy diversas. En el Túnez de la dinastía hafsí, los primeros tomaron el control de las regiones del interior tras la peste negra, como hemos visto, mientras que en otros lugares hubo sufíes participando en revueltas. Pero también hubo muchos otros que colaboraron con los Estados y les ayudaron en los procesos de reconstrucción tras las guerras o epidemias. Los timúridas se involucraron en la «legitimación de la actividad y la enseñanza sufíes».

 

     En un caso, el de los safávidas chiíes —que era un movimiento sufí—, se convirtieron en el Estado con su toma de Irán en 1501.[215] Los europeos conocían a sus dirigentes —los sahs— como Gran Sofi o Sufi. Durante mucho tiempo, los safávidas fueron una china en el zapato de los otomanos, por lo que estos no desaprovecharon ocasión de aliarse con otras corrientes sufíes. Las concesiones otomanas de tierras a los sufíes aumentaron tras la peste negra,[216] sobre todo en zonas que necesitaban ser repobladas o reintegradas a la disciplina estatal, tanto en los Balcanes como en Anatolia. «Al dotar de logias derviches para figuras sufíes que gozaban de popularidad, los poderosos emires restablecían su legitimidad mediante una alianza con la población turcomana local».[217] Por tanto, «los jeques actuaban como una especie de burocracia voluntaria al servicio del Estado».

 

Entre sus actividades más frecuentes estaban las de ofrecer orientación en torno a cuestiones religiosas, servicios de alojamiento y hospitalidad a los viajeros, obras públicas como la construcción de puentes, fuentes y viviendas y apoyo en temas relacionados con la agricultura y la ganadería […] Por estas razones, los gobernantes se mostraban muy comprensivos con los

 

 

 

 

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jeques y donaban terrenos para la construcción de sus logias y fondos económicos (habices), sufragaban sus gastos corrientes y les dispensaban limosnas (sadaqa) y regalos.[218]

 

La combinación de reasentamientos dirigidos por sufíes, un mayor número de habices y Estados activos en asuntos económicos permitió una recuperación más rápida tanto de la epidemia como de la guerra, así como sugiere que las instituciones musulmanas se adaptaron igual de bien

 

—como poco— a las circunstancias posteriores a la peste que las europeas occidentales. Como estas últimas, fomentaron la tendencia de los supervivientes a trasladarse de los lugares menos productivos a otros con mayores rendimientos y los respaldaron con capital o exoneraciones fiscales y con la reconstrucción de las infraestructuras. También pusieron su poder blando al servicio de la expansión, lo que fomentó la integración económica y, en ocasiones, la conversión religiosa. La habilidad de las instituciones musulmanas para recuperarse de crisis como la peste utilizando el apoyo de los Estados, los líderes sufíes y las fundaciones

caritativas —habices— no era algo nuevo, sino que esas prácticas estaban ya presentes en la tradición islámica. Sin embargo, ahora esas instituciones se adaptaron y se expandieron, lo que mejoró su capacidad de respuesta y recuperación ante las adversidades.

Aunque no debería adentrarme en más campos de minas historiográficos, hay que decir que estos acontecimientos culturales y religiosos del Sur Musulmán se parecen bastante a los que se produjeron en Europa por la misma época, aquellos a los que hemos dado el nombre de Renacimiento y Reforma. Una de las tendencias recientes de los especialistas modifica el inicio del Renacimiento italiano para situarlo desde 1250 o 1300 hasta 1350 o 1400, con lo que relega a Dante Alighieri y el primer Petrarca a la categoría de precursores y tiene en cuenta el posible origen a partir de la peste negra.[219] Según el destacado experto Peter Burke, el Renacimiento fue «claramente detectable por primera vez hacia mediados del siglo XIV».[220] Otra tendencia lo amplía más allá de su lugar de origen tradicional en Italia a zonas como los Países Bajos meridionales en los siglos XV y XVI.[221] También hay argumentos a favor de un Renacimiento polaco centrado en Cracovia y la Nóvgorod rusa experimentó igualmente «un estallido de creatividad cultural».[222] Una tercera tendencia se centra en los renacimientos fuera de Europa, en

 

 

 

 

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particular el timúrida antes mencionado, al que se podrían añadir las oleadas de producción artística y nuevos conocimientos en Granada, Túnez y El Cairo.[223] Los argumentos a favor del Renacimiento timúrida en el siglo XV iraní asolado por la peste, «un asombroso auge de la vida cultural e intelectual», parecen especialmente sólidos:[224] «el Renacimiento fue un híbrido de iniciativas europeas con trasplantes de cultura extraeuropea».[225] Sin embargo, parece menos una dispersión desde una sola fuente que respuestas independientes pero similares ante un mismo acontecimiento: la revolución causada por la peste.

 

Todos coinciden en que el mecenazgo de las élites resultó fundamental durante el Renacimiento y esas clases altas, como hemos visto, disponían de una mayor riqueza tras la epidemia —sin ir más lejos, de más del cuádruple en Dubrovnik, por ejemplo—. Además, los nuevos privilegiados competían con los antiguos por el mecenazgo de artistas y eruditos, al igual que las grandes urbes, fueran o no independientes. A los mecenas individuales se unieron otros colectivos: monasterios, gremios, los propios gobiernos de las ciudades…[226] La reserva preexistente de talentos quedó reducida a la mitad por la peste negra y volvió a menguar tras los brotes posteriores, por lo que la búsqueda de nuevas mentes creadoras se expandió, tanto espacialmente como en la escala social.[227] La población de Florencia, de unos 100 000 habitantes en 1348, disminuyó a la mitad tras el primer golpe de la epidemia y se cree que luego se recuperó modestamente hasta los 60 000 en 1401. Otras cuatro plagas la redujeron a 37 000 en 1427, a lo que siguió una leve recuperación: 40 000 en 1480.

 

     Sin embargo, Florencia es la cuna de, aproximadamente, la mitad de los magníficos pintores italianos del siglo XV, muchos de ellos recién

 

llegados a la ciudad.[229] Los mecenas más ricos, la rivalidad urbana y entre las élites y la búsqueda prolongada de talentos se habrían repartido por toda Eurasia occidental y se habrían agrupado allí donde lo hacían las grandes ciudades, como en el norte de Italia, los Países Bajos meridionales y los dominios timúridas. Es posible que Italia siga siendo el buque insignia de la flota, pero quizá debamos considerar la posibilidad de un renacimiento de toda Eurasia occidental originado por la peste.

 

Los orígenes de la modernidad laica suelen situarse en tiempos del Renacimiento, por mucho que la gran mayoría de cuadros de la época siguiera protagonizando temáticas religiosas.[230] Podemos pensar que el

 

 

 

 

 

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azar de la peste, que golpea por igual a santos y pecadores, habría hecho tal vez dudar de la buena voluntad de Dios, o incluso de su existencia, pero esta es una idea anacrónica propia de nuestra época secular. Lo cierto es que la fe se hizo más intensa durante los tiempos de la peste y que la vida del más allá cobró, si cabe, más importancia para los vivos y los moribundos. Surgieron dudas, sí, pero en cuanto a las instituciones religiosas, no en cuanto al Dios que ellas representaban. En Inglaterra,

 

John Wyclif y sus seguidores —conocidos como lolardos o wyclifistas— atacaron la corrupción y el materialismo de la Iglesia católica desde 1375 hasta 1417, antes de ser reprimidos. Wyclif ejerció cierta influencia sobre Jan Hus, aunque puede que esta se haya exagerado. Aunque otros líderes checos también fueron importantes, Hus es el fundador más conocido del destacado movimiento husita, que en la Bohemia de principios del siglo XV predicaba el mismo mensaje anticlerical y promovía la adoración directa por parte de los fieles, con mínima intervención sacerdotal.[231] Tanto Wyclif como Hus estaban especialmente irritados por la venta de indulgencias que ofrecían años de reducción en el purgatorio y perdón de los pecados, a veces ligadas a peregrinaciones a santuarios. Así, por ejemplo, en Inglaterra había una tasa estipulada para el adulterio: seis visitas anuales a San Andrés de Rochester. Y si el adulterio lo habías cometido con tu madrina, había que peregrinar hasta Santiago de Compostela.[232] «El purgatorio fue uno de los conceptos teológicos más exitosos y duraderos de la Iglesia occidental», escribe un destacado experto y «no cabe duda de que [se] vio fuertemente impulsado por el trauma de la peste negra del bienio 1348-1349».[233] Después de la epidemia, el Papado, acosado por el cisma y necesitado de dinero para sus guerras, aumentó la venta de indulgencias, lo que indignó a Martín Lutero, al igual que había irritado a Wyclif y Hus.

 

Menos conocidos que los lolardos y los husitas son los movimientos comparables de Europa oriental, en particular los strigólniki o rapados, de Nóvgorod. «La herejía de los strigólniki […] se produjo tras sucesivos años de peste». No está claro si eran herejes o reformadores de la Iglesia ortodoxa, al igual que en el caso de los lolardos y los husitas.[234] También hubo un movimiento derivado de los lolardos en Dalmacia. «Durante la década de 1380, un tal Gualterius (Walter), discípulo de […] John Wycliffe, pasó algún tiempo en Split y con su prédica provocó la

 

 

 

 

 

 

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resistencia del pueblo contra las autoridades seculares y eclesiásticas».

 

     Cuando el protestantismo se consolidó durante el siglo XVI, sus raíces fueron sorprendentemente profundas en Polonia, Hungría y

 

Transilvania, donde no se dudó en criticar —«vosotros, insignificantes monjes rechonchos atiborrados de prebendas»— hasta que la Contrarreforma a lo largo del siglo XVII acabó con el movimiento.[236]

 

Tales acontecimientos en Europa occidental y oriental, junto con el auge de los sufíes, el habiz y el Estado religioso chií de los safávidas en Irán, parecen sugerir una protorreforma en toda Eurasia occidental desencadenada por la peste. Los especialistas de la Reforma tal vez puedan pensar que se trata de una idea es demasiado genérica y simple y no seré yo quien niegue la importancia de personas tan destacadas como Lutero en la creación del protestantismo en el siglo XVI.[237] Sin embargo, la muerte repentina de la mitad de los creyentes puede haber surtido efectos profundos en cualquier religión y quizá la peste fuera una condición necesaria, aunque no suficiente, para la Reforma.

 

De vuelta a nuestro tema principal, el kit para la expansión del Sur Musulmán fue significativamente diferente del de Europa occidental. Los otomanos fueron grandes explotadores de las regiones de los Balcanes emisoras de mano de obra, así como de las redes mercantiles europeas y no europeas, pero hay pocos indicios de regiones exportadoras de hombres y que estuvieran situadas en Asia occidental o el norte de África. Como se ha señalado en el Capítulo 6, las sociedades islámicas tenían sus propias formas de generar hombres de reemplazo. Otra diferencia fue la ausencia de galeones musulmanes artillados antes del siglo XVII debido a la falta de una costa atlántica significativa. Pero el Sur Musulmán sí tenía armas de fuego y veremos que también galeras artilladas, cañoneras y fortificaciones erizadas de cañones. Así como motivos para la expansión en forma de una creciente demanda de productos exóticos y esclavos. Aquellas de sus instituciones que promovieron la recuperación y la

 

expansión —como los habices, los sufíes y los Estados políticamente activos— es posible que estuvieran más avanzadas incluso que las de Europa occidental. ¿Por qué, entonces, el Sur Musulmán no se expandió también más allá de Eurasia occidental? La respuesta de este libro es que sí lo hizo.

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 9

 

 

 

 

 

Las globalizaciones ming y musulmana en el preludio de la Edad Moderna

 

 

 

 

China experimentó su propia crisis a mediados del siglo XIV, menos letal, pero más destructora de bienes que la peste negra. Como se mencionó en el Capítulo 2, este periodo estuvo marcado por epidemias de enfermedades distintas a la peste, así como por inundaciones y hambrunas. Sin embargo, el foco principal fueron los esfuerzos de los chinos han por liberarse del yugo mongol de los Yuan a partir de 1351 y las sangrientas guerras que siguieron para decidir qué facción rebelde tomaría  el  poder.  Para  1368,  la  liderada  por  Zhu Yuanzhang  había triunfado y se estableció como el primer emperador de la dinastía Ming; tomó el nombre de Hongwu —«el Emperador Marcial»—. Los Ming emprendieron la reconstrucción con energía y abundante mano de obra, uno de cuyos logros fue el reacondicionamiento del Gran Canal que unía el norte de China con el sur, productor de arroz. Además, fomentaron el asentamiento de poblaciones en las regiones devastadas y para 1393 habían conseguido impulsar la agricultura hasta niveles muy superiores a los del siglo XIII.[1] En 1402, el tío del sucesor de Hongwu usurpó el trono con el nombre de Yongle y fue él quien patrocinó un excepcional ejercicio chino de proyección mundial del cual su aspecto más conocido fueron los

 

 

 

 

 

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viajes del gran almirante Zheng He. Entre 1405 y 1433, las flotas de Zheng, compuestas por entre 50 y 100 barcos con hasta 27 000 personas a bordo, surcaron repetidamente el océano Índico y llegaron hasta el sudeste asiático, Sri Lanka, India, el este de África, el golfo Pérsico y el mar Rojo. Algunos de los navíos eran tan grandes como cualquier carraca europea, aunque seguían siendo, principalmente, barcos adaptados a los vientos monzónicos. Las travesías fueron «organizados con precisión y emprendidas con éxito gracias a una cuidadosa consideración de las condiciones y los patrones periódicos del monzón tropical y subtropical asiático».[2] Las naciones de todo el océano Índico aceptaron de buen grado la soberanía nominal de los Ming a cambio de la oportunidad de comerciar con seda y porcelana chinas; fragmentos de esta última dispersos por el océano Índico sirven como tarjetas de visita de Zheng He. Sin embargo, en 1433 cesaron estos grandes viajes oficiales: junto con las numerosas prohibiciones de los Ming al comercio marítimo privado (1371-1567), y el desdén hacia el comercio y los extranjeros bien visible en los anales del régimen, se ha considerado que esto indica un giro del régimen hacia el interior, es decir, un cierto abandono del interés por el resto del mundo. Este giro se ha utilizado a menudo para responder a la pregunta «¿por qué no China?», en realidad, una manera inversa de preguntar «¿por qué Europa?». Por tanto, uno de los objetivos de este capítulo es evaluar el alcance y la naturaleza del compromiso chino con la expansión de Eurasia occidental.

 

El otro se centra en esbozar el primer episodio olvidado de esa expansión, uno que sumó sus efectos a los de la apertura ming: el desarrollo mercantil musulmán desde finales del siglo XIV hasta el XVI. Fueron el sur de Arabia y el golfo Pérsico, y no la península ibérica, los que pusieron en marcha esta primera expansión moderna temprana de Eurasia occidental y sugiero que lo hicieron, al menos en parte, en respuesta a la demanda de especias, sedas, algodones y porcelanas impulsada por la peste. Tal expansión precedió en al menos una centuria la entrada marítima de los europeos occidentales en el Índico, para más tarde competir y coexistir con ella, de manera que sentó las bases del contexto en el que operó el imperialismo europeo en el Índico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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LA EXPANSIÓN MERCANTIL MUSULMANA EN LA EDAD MODERNA TEMPRANA

 

El sur de Arabia, que incluye Yemen, Hadramaut y Omán, desafía nuestras ideas preconcebidas acerca de la península arábiga como un desierto estéril con oasis conectados por rutas de camellos. Aunque la reciente descripción de la región como la media luna fértil del sur puede resultar exagerada,[3] lo cierto es que el sur de Arabia contaba con feraces tierras irrigadas y, allí donde llegaban los monzones, pastizales de altura alimentados por la lluvia.[4] Eran las mejores tierras de toda la península para la cría de caballos y, desde hacía mucho tiempo, producía artículos como incienso y dátiles secos destinados a la exportación. También podía presumir de una larga tradición marinera. De hecho, es posible que inventara los barcos de vela.[5] Sus dhows de listones tejidos con cuerdas y fibras llevaban surcando los monzones hasta China desde el siglo VIII, si no antes, y habían extendido una red de enclaves musulmanes por todo el océano Índico. Las principales ciudades portuarias del sur de Arabia eran Adén y Ormuz, ubicadas en las entradas del mar Rojo y el golfo Pérsico. En cuanto a su comercio con el océano Índico durante los años 1350-1400, «la noción de un profundo declive en este periodo es [en 2006] una opinión consensuada entre los historiadores económicos».[6] Sin embargo, un creciente número de expertos ha puesto esto en cuestión y, en su lugar, postula un «espectacular aumento del comercio de ultramar durante los siglos XIV y XV»,[7] aunque no lo relacionan con la peste. «Los siglos XIV y XV fueron testigos de la expansión del islam en las costas del océano Índico y de la presencia cada vez mayor de comunidades mercantiles musulmanas, ya fuera en África oriental, la India o el sudeste asiático».[8] Tales opiniones pueden probarse observando primero el golfo Pérsico y el mar Rojo, luego el este de África y, por último, la costa occidental del Índico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Mapa 7: La globalización ming-musulmana.

 

 

 

Ormuz, una ciudad insular del golfo Pérsico de unos 50 000 habitantes, podría haber aparecido en el capítulo anterior. En los primeros tiempos de la peste fue un referente, un poco como Dubrovnik, de la prosperidad comercial de Irán y, en realidad, de todo Oriente Medio. Nueva Ormuz se estableció en la isla de Jarun hacia 1300 y tomó el nombre de Vieja Ormuz en la parte continental iraní de enfrente. Gobernada por un rey y nominalmente vasalla de quien controlaba Irán, era, en realidad, una ciudad-Estado marítima independiente, incluso una ciudad-imperio. Comerciaba regularmente por mar con África oriental, India y el sudeste asiático —y, desde principios del siglo XV, con China— y distribuía las importaciones de estos países por todo Oriente Medio por mar y en caravana. Los impuestos que Ormuz pagaba a los gobernantes iraníes, junto con sus propios esfuerzos para mantener los caravasares y las ciudades asociadas del interior, garantizaban que la red interior rara vez se interrumpiera, incluso en tiempos de guerra.[9] La propia isla no producía nada excepto sal: incluso el agua potable tenía que importarse.

 

 

 

 

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No encuentro pruebas directas de peste en Ormuz, ni a favor ni en contra. Pero, dado que dependía de las importaciones de cereal a granel, algunas procedentes de Irán e Irak, que sí tenían peste, resulta poco probable que se librara. También se abastecía de grano de las zonas fértiles del golfo Pérsico en su lado árabe, sobre todo de Omán. Tampoco hay pruebas directas de peste en Omán, aunque en el país había ratas negras y numerosos gatos, lo que podría reflejar un deseo de controlar a las ratas.

 

     También hay indicios de los paradójicos efectos económicos de la peste: en Ormuz, incluso los ciudadanos de clase baja eran prósperos: «toda la gente del país es rica»;[11] el Ejército incluía mercenarios extranjeros y soldados esclavos, lo que indica tanto riqueza como escasez de mano de obra; y el apogeo de Ormuz fue el periodo 1350-1500. «Nueva Ormuz experimentó un auge económico durante los siglos XIV y XV, según

 

las investigaciones históricas y arqueológicas». Visitantes chinos y rusos escribieron que la Ormuz del siglo XV era «un puerto sin igual sobre la faz de la tierra», «un vasto emporio donde había gentes y mercancías de todo tipo procedentes de todas las partes del mundo».[12] «Ormuz extendió su imperio marítimo a todas las islas del golfo Pérsico», a su litoral y más allá.[13] «Mantuvo la costa del golfo 70 leguas [unos 320 km] y el resto de territorios en 28 leguas tierra adentro».[14] Los importantes puertos omaníes de Qalhât, Sohar y Mascate estaban sometidos a Ormuz, cuyo alcance se extendía por todo Omán, un país sorprendentemente productivo, con 40 ciudades amuralladas, agricultura de regadío, caña de azúcar y pastizales de altura para la cría de caballos. Sus cereales, pescado desecado y dátiles secos abastecían a la ciudad de Ormuz y a sus flotas, mientras que el arroz se importaba de la India.[15] Otros recursos procedían de la costa iraní, parte de la cual también estaba sometida a la hegemonía marítima de Ormuz. Ese dominio se imponía mediante el monopolio sobre las importaciones de madera para la construcción de barcos indios al sur de Arabia y el golfo.[16]

 

Ormuz fue un notable núcleo de distribución para las importaciones de algodón y especias indias. A cambio, exportaba gran cantidad de metales preciosos a ese país, sobre todo plata procedente de su comercio con el resto del Sur Musulmán, que, a su vez, obtenía algo de Europa. No obstante, el reino no se limitaba a volver a exportar lo que le llegaba, sino que producía localmente dos relevantes productos para la venta en el

 

 

 

 

 

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exterior: perlas y caballos. Accedía a los ricos caladeros de perlas del golfo Pérsico a través de Catar y Julfar, donde tenían su base las flotas pesqueras, y distribuía perlas finas por todo el mundo, un comercio muy antiguo.[17] En cuanto al de caballos omaníes, que alcanzó las 10 000 monturas anuales a lo largo del siglo XVI, era, probablemente, más valioso aún.[18] Mascate y otros puertos, así como Ormuz, eran grandes exportadores de caballos. Para el transporte se utilizaban barcos ligeros, aunque de gran tamaño, adaptados para este uso, con una fuerte demanda india.[19] Como se ha señalado en el Prólogo, la India no era eficiente en la cría de grandes equinos para la caballería militar. El sultanato de Deli controlaba las rutas terrestres de importación de caballos procedentes de Irán y Turán. Las potencias situadas más al sur, como el sultanato bahmaní y el Imperio hindú vijayanagara, dependían de las importaciones marítimas para mantener la paridad militar con Deli y entre sí.

 

Ormuz —en Omán— tenía un gemelo en el extremo oriental del sur de Arabia: Adén —en Yemen—. Este último país fue azotado por la peste negra en 1351. No he hallado nada acerca de su historia posterior, pero es evidente que compartió la edad de oro de Eurasia occidental tras la epidemia. Yemen fue gobernado por la dinastía de los Rasulíes de 1229 a 1454. Especialmente a partir de 1350, «la era rasulí fue la edad de oro de la Arabia meridional premoderna, una época de riqueza, lujo, suntuosos edificios y cultivo cortesano de las artes».[20] La riqueza procedía del

 

comercio exterior. Se dice que en 1411-1412 —antes de la primera visita de Zheng He— los derechos portuarios de Adén «ascendían a 1 470 000 dinares».[21] La cifra resulta inverosímilmente alta para unos derechos portuarios, aunque no para el valor del comercio en su conjunto. Adén también exportaba caballos desde el interior a la India y su comercio estaba regulado por el Estado.[22] Como en el caso de Ormuz, el comercio de retorno incluía madera de teca india, de la que el sur de Arabia había carecido durante mucho tiempo.[23] Semejante actividad permitía a Adén, como a Ormuz, gobernar un pequeño imperio marítimo, aunque las capitales rasulíes estaban en el interior. «Los gobernantes rasulíes utilizaron la experiencia marítima y el poder naval para promover sus intereses comerciales y estratégicos y, en última instancia, delimitar sus territorios tanto en las tierras que gobernaban como en las aguas que las rodeaban».[24] «Como hemos visto en el capítulo anterior, Yemen tuvo

 

 

 

 

 

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que compartir cada vez más su comercio con Yeda desde finales del siglo XIV y hubo de enfrentarse, esporádicamente, a los mamelucos. Asimismo, los Rasulíes lucharon contra sus propios vasallos tribales. En 1454, uno de ellos, los tahiríes, acabaron por derrocar a la dinastía. Sin embargo, Adén continuó siendo un importante nodo: en 1484 todavía era “un puerto floreciente” y lo siguió siendo con indenpendencia de quién lo controlara.[25] La red mercantil karimí, con sede en El Cairo, mantuvo sus estrechos lazos con el comercio yemení, así como con el de los mamelucos.

 

Un apoyo interesante a la noción de la precedencia de Adén-Yemen en la expansión de Eurasia occidental es el hecho de que es el lugar y la época en que, realmente, comenzaron los apasionantes comercios de envergadura. Por lo general, se asocian con Europa occidental, con el tabaco y el té y con siglos posteriores. Se cree que el café, una planta etíope, fue cultivado por primera vez para la exportación en el Yemen del siglo XV, puede que ya en 1418.[26] El comercio de esta bebida con el resto del Sur Musulmán despegó a finales de la centuria «y se expandió a lo largo del siglo XVI junto con la proliferación de objetos relacionados con él, como las tazas de porcelana china».[27] Los mercaderes musulmanes del mar Rojo y del golfo Pérsico fueron el medio a través del cual toda Eurasia occidental, Europa incluida, recibió sus importaciones por vía marítima desde el océano Índico y más allá hasta 1500. Ormuz y Adén eran la Venecia y la Génova de la región y, a diferencia de estas, tenían acceso directo al Índico. Hemos visto que las importaciones de productos exóticos de Extremo Oriente recuperaron con rapidez los niveles agregados anteriores a 1350, que empezaron a aumentar en volumen a partir de 1390, aproximadamente. El comercio con el océano Índico era antiguo, ya que desde el siglo I a. C. se produjeron contactos esporádicos, y los mercaderes musulmanes del sur de Arabia y sus alrededores habían sido actores clave en él desde el VIII. No obstante, se trataba de un sistema incapaz de responder rápida y fácilmente al aumento de la demanda. Los mercaderes no podían limitarse a pulsar un botón para aumentar la oferta, sino que tenían que salir de viaje y tratar de conseguirlo ellos mismos.

 

Eso es justo lo que hicieron los mercaderes árabes y persas desde finales del siglo XIV. La peste propiciaba tal expansión, aunque sin una

 

 

 

 

 

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mejora de los medios para conseguirlo. Mientras que los mamelucos y los otomanos adoptaron enseguida las armas de fuego, los árabes del sur no lo hicieron. En cualquier caso, el kit completo para la expansión militar no surgió en ninguna parte de Eurasia occidental hasta alrededor de 1480, un siglo después de que se inciara la expansión mercantil de Arabia meridional. Los musulmanes mercaderes eran, al tiempo, guerreros mercaderes, por lo que no tuvieron reparos en ayudar a sus aliados locales en las contiendas de la India o en aumentar el poder de sus ciudades-Estado del sudeste asiático mediante yihads locales. Sin embargo, en realidad no disponían de ninguna ventaja militar sobre aquellas poblaciones. Además, la escasez de madera local para los barcos era una desventaja potencialmente grave, tal y como los otomanos aprendieron en el transcurso del siglo XVI, y podemos suponer que la mano de obra local también escaseaba. Aunque el sur de Arabia gozaba de una ventaja impulsada por la peste: un mayor número de líderes espirituales sufíes, que combinaron provechosamente la conversión con el comercio y el asentamiento. De hecho, la región contaba con una variante especialmente nómada: los sayyidís alawiníes originarios de Hadramaut.

 

Como hemos señalado en el Capítulo 6, los hadramíes, en ocasiones incluidos como yemeníes, acumulaban una larga tradición migratoria. Los

sayyidís eran uno de los nombres dados a los descendientes —reales o supuestos— de la familia del profeta Mahoma. En la variante temprana de Hadramaut, estos desempeñaban además el papel de dirigentes espirituales sufíes y organizadores de la migración hacia el extranjero. El estudio clásico que llevó a cabo Engseng Ho data su principal impacto en el siglo XVI, pero parece claro que se desarrolló antes. Ho enumera ocho sayyidís clave: dos figuras fundadoras fallecieron en 1161 y 1255 y las seis restantes entre 1416 y 1522, lo que debe significar que alcanzaron prominencia por primera vez a finales del siglo XIV. La gran cantidad de líderes religiosos puede haber sido una respuesta a la peste. Los sayyidís hadramíes se especializaron en «revitalizar tierras muertas».

 

Los emigrantes piadosos y con éxito invirtieron su dinero en bienes inmuebles para fomentar el aprendizaje entre sus descendientes; muchos construyeron mezquitas; otros cavaron pozos, creando así nuevas tierras agrícolas, asentamientos de población y destinos de

 

 

 

 

 

 

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peregrinación […] Cada tierra a la que llegaban cobra vida, como si hicieran prosperar al más arruinado de los países.[28]

 

Como en otras partes del Sur Musulmán, las técnicas de recuperación perfeccionadas por la peste también resultaron útiles en la fase de expansión. En el este de África, la India y el sudeste asiático se observa un repunte de la emigración masculina de Oriente Medio, acompañado de un importante capital, quizá ya en la década de 1360. Destacaron los hadramíes, pero también estuvieron involucrados otros, en especial los persas, quienes desempeñaron igualmente el papel de sufíes o estuvieron acompañados por ellos.[29] No llevaron a las mujeres de su lugar de origen, sino que tomaron esposas locales, a las que convirtieron.[30] Sin embargo, los lazos de la nueva oleada con sus países de procedencia y con La Meca eran más fuertes que antes, por medio de refuerzos constantes y viajes de ida y vuelta. Por tanto, se trató más de una expansión que de una dispersión, si bien tuvo poca coherencia política.

 

Los musulmanes del sur de Arabia establecieron su primera presencia en África oriental hacia el año 717.[31] A partir del año 900, aproximadamente, se produjo una hibridación, más cultural que étnica, con los africanos de habla bantú para formar la notable cultura mestiza suajili, que mantuvo sólidos vínculos con los circuitos comerciales del interior de África y hasta los Grandes Lagos africanos.[32] Así surgió una cadena de ciudades-Estado suajilis a lo largo de la costa, desde Mogadiscio en Somalia hasta Sofala en Mozambique, que incluía Kilwa, Mombasa, Malindi y la isla de Zanzíbar. El este de África exportaba oro, marfil y esclavos, entre otros. Buena parte del oro, procedente del reino del Gran Zimbabue, se enviaba desde Sofala en travesías de cabotaje a lo largo de los puertos costeros hacia el norte, la ruta más corta hacia los destinos del Medio Oriente e India. De entre esos productos, el marfil resultaba muy apreciado, pues era el mejor material para tallar grabados precisos en miniatura que podían transmitir historias sin necesidad de palabras, a la manera de los cómics de la actualidad.[33] Los colmillos de los elefantes africanos eran mayores y mejores para el grabado y la fabricación de pulseras de marfil que los de los elefantes indios, por lo que tenían demanda tanto en la India como en Eurasia occidental. Las ganancias obtenidas del oro y el marfil ayudaron a los mercaderes árabes y suajilis a financiar importaciones de exóticos productos asiáticos.

 

 

 

 

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El comercio y la emigración mercantil experimentaron un repunte desde el siglo XIV. «La mayor parte de las grandes oleadas de emigración yamani [yemení] a la región suajili tuvo lugar entre 1300-1500 d. C.».[34] Como se menciona en el Capítulo 1, puede que la peste llegara aquí también. Kilwa ocupaba el primer puesto entre las ciudades-Estado suajilis en aquella época, aunque su hegemonía fue parcial y de modesta intensidad. A finales del siglo XIV, y más tarde en el XV, experimentó dos periodos de declive, el primero de los cuales se ha asociado a la llegada de la peste negra a la región. Seguramente, padecieran uno o dos brotes, pues tenemos indicios de los efectos económicos positivos de la epidemia. Sin embargo, el doble declive de Kilwa parece más el resultado de otros factores. El proceso estuvo circunscrito estrictamente a la ciudad de Kilwa y, de hecho, trabajos arqueológicos recientes han sacado a la luz vestigios de un aumento de la construcción, los asentamientos y las obras portuarias en la región circundante. Otra importante población cercana, Songo Mnara, fue «fundada a finales del siglo XIV».[35] El segundo declive, a partir de 1450, es probable que se debiera a un descenso del comercio del oro causado por el derrumbe del Gran Zimbabue, lo que también redujo la relevancia de Sofala.[36] En 1506, una expedición portuguesa encontró apenas 4000 habitantes en Kilwa, aunque la urbe seguía siendo bastante próspera.[37] Más al norte, en Zanzíbar, Mombasa, Malindi, Lamu y Pate, el periodo entre 1360 y 1500 vivió un auge del comercio y un aumento de los asentamientos urbanos. «La expansión del número de emplazamientos y del tamaño de las ciudades, que alcanzó su máximo en la década de 1400, implica una pujanza del comercio que no fue superada hasta el siglo XIX».[38] Una tesis reciente concluye que «el creciente comercio de los siglos XIV y XV generó un crecimiento constante de Mtwapa», una ciudad portuaria aliada de la cercana Mombasa.[39] Otro hallazgo evidencia un «cambio comercial notable» en el interior de África alrededor del año 1400, manifestado en la aparición de nuevas palabras para el comercio en el idioma yao.[40] Es probable que este auge del comercio se debiera menos a los efectos de la peste en la zona que a la nueva inyección de mercaderes y capital procedentes del sur de Arabia, en respuesta, creo yo, al aumento de la demanda de productos africanos por parte de Eurasia occidental.[41] Este auge comercial se debió menos, probablemente, a los efectos locales de la peste y más a la nueva inyección de comerciantes y

 

 

 

 

 

 

 

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capital del sur de Arabia, en respuesta, creo yo, a la creciente demanda de bienes africanos en Eurasia occidental.

 

Aunque una fuente afirma que «los esclavos no eran un artículo importante de exportación desde África oriental antes de 1500»,[42] otras sugieren que el número de personas enviadas sí era significativo. Un texto

 

turco de 1521 —antes de que los europeos empezaran a tener mucha participación— «revela la enorme magnitud del comercio de esclavos».

 

     Es probable que árabes y persas, diezmados por la peste, fueran receptivos a ese mercado de trabajadores.

 

Una importante emisora de marineros libres cualificados —y de madera de primera calidad para los barcos— fue Guyarat. Esta región, que se había liberado del sultanato de Deli poco después de 1400, producía algodón y añil y era el principal nodo de transbordo de otros bienes. «La creciente demanda europea de mercancías de Oriente […] [y el] auge de los puertos del mar Rojo y la demanda de especias, cada vez mayor, provocaron la reorganización de los puertos de Guyarat».[44] La ciudad de Cambay (actual Khambhat), la más importante en nuestro periodo (1350-1500), fue, sin embargo, superada por Surat durante el siglo XVI, cuando otros puertos menores empezaron a despuntar. Los comerciantes musulmanes y los sufíes asociados habían llegado a Guyarat antes, aunque dos trabajos recientes demuestran un claro repunte de las llegadas después de 1360. Uno evidencia que en la centuria anterior a ese año se construyeron en la región 17 mezquitas y tumbas sufíes, a menudo asociadas a mercados, mientras que a lo largo del siglo siguiente se edificaron 69, es decir, se cuadruplicaron.[45] Otro experto se pregunta: «¿por qué los primeros sufíes prominentes que consiguieron un número relevante de seguidores, y cuyos santuarios definieron el espacio sagrado musulmán de la región para las generaciones posteriores, llegaron a Guyarat en el siglo XV y no antes?».[46] Mi respuesta es que Guyarat se

 

convirtió en un punto intermedio para la expansión mercantil árabe y persa posterior a la peste.

 

Esa nueva migración del Medio Oriente se puede rastrear también en otras regiones de la India. La costa de Malabar, en el sudoeste del país, era la mayor productora de pimienta negra y estaba políticamente fragmentada, salvo durante un tiempo durante el Imperio vijayanagara a mediados del siglo XV. Su principal puerto a finales de la centuria anterior

 

 

 

 

 

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era Quilon (actual Kollam), cuyo comercio compartían redes mercantiles sirio-cristianas, judías y musulmanas asentadas desde hacía mucho tiempo. A lo largo del siglo XV, los príncipes del interior conocidos como los zamorín extendieron su control sobre la costa en alianza con los

 

mercaderes karimíes y sus puertos —Cananor, Cochin y, sobre todo, Calicut (actual Kozhikode)— desplazaron a Quilon. Las antiguas redes comerciales musulmanas de Malabar tenían entre sus protagonistas a los mapilla, dedicados al comercio local a pequeña escala; y a los marakkars, que, en realidad, procedían de Coromandel, en la costa oriental, pero que se convirtieron en importantes proveedores de arroz de Malabar y acabaron por establecerse también allí.[47] Los karimíes controlaban el comercio oceánico desde 1250, aproximadamente, aunque, en origen, tendían a regresar a casa después de cada viaje; uno completó la travesía cinco veces antes de 1304.[48] Sin embargo, a partir de más o menos 1400 se observan indicios de que los karimíes se fusionan y se confunden cada vez más con una categoría más amplia, los paradesi o mercaderes musulmanes extranjeros, que tendían a quedarse más tiempo o a establecerse de forma permanente.[49] Calicut «acogió a 4000 comerciantes musulmanes extranjeros durante el siglo XIV».[50] En 1504, «todo el comercio estaba en manos de los musulmanes, cuyo número total ascendía a casi 15 000, la mayoría de ellos ya nacidos en la localidad».[51]

 

Se observan desarrollos similares a los de Guyarat y Calicut —aunque

 

en menor cantidad— en Sri Lanka, un suministrador fundamental de canela. Guyarat seguía siendo tan importante que fácilmente se le atribuía la autoría de esta expansión. Hacia 1509, los europeos señalaban que los guyaratís «tienen agentes en todas partes […] como los genoveses en nuestra parte del mundo».[52] Sin embargo, comerciante guyaratí era una expresión genérica que significaba «comerciante conectado con la red de Guyarat».[53]

 

Muchos de los mercaderes guyaratís no procedían en realidad de Guyarat, sino que el término se refería a los que habían llegado de Sri Lanka o de la costa occidental de la India y más allá. Normalmente, estos mercaderes tenían vínculos profesionales con puertos de Oriente Medio, como los de la península de Arabia Saudí y la región del mar Rojo (Adén y Ormuz), así como acceso

 

 

 

 

 

 

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al Egipto mameluco y a diversos puertos del golfo Pérsico […] Todos los mercaderes guyaratís eran musulmanes.[54]

 

Los comerciantes necesitaban mano de obra y madera para la construcción de barcos, en cambio no les faltaba dinero. Se contaban entre «los empleadores de trabajadores del sur de Asia más generosos».[55] «Todos los dhows árabes y persas […] se construían en la India o con madera traída de allí».[56] Los dhows de tablones cosidos solo alcanzaban un tamaño moderado, pero los barcos más grandes, de hasta 400 toneladas, híbridos de técnicas árabes, del sudeste asiático y chinas, con los tablones sujetos con espigas de madera y no cosidos, se construían con teca de Guyarat para armadores árabes y persas y era mano de obra guyaratí la que los fabricaba y tripulaba.[57] Al igual que los europeos occidentales, la expansión musulmana en la temprana época moderna hacía buen uso de los aliados nativos, que incluía al mayor de todos: China.

 

 

 

LA EXPANSIÓN CHINA

 

 

Los siete grandes viajes de Zheng He, antaño poco conocidos por los europeos, hogaño han cautivado en las últimas décadas nuestra imaginación, lo que resulta comprensible. Las motivaciones que impulsaron aquellos periplos, así como su repentino fin en 1433, constituyen aún tema de debate. Algunos sugieren que Yongle, como usurpador que era, ansiaba la sumisión de príncipes lejanos para apuntalar su legitimidad.[58] Sin embargo, parece poco probable que el reconocimiento de Estados pequeños y distantes pudiera haber importado tanto a un emperador chino. Otros sostienen la opinión de que Zheng practicaba un colonialismo protomarítimo sirviéndose de la fuerza o de la amenaza de su empleo.[59] Es cierto que Zheng era un soldado formidable, un gran caudillo militar eunuco al estilo del bizantino Narsés; que su flota llevaba incontables cañones y miles de soldados; y que se valió de la fuerza con brutal eficacia en distintas ocasiones durante sus viajes, sobre todo en los primeros. Sin embargo, sus huestes hacían igualmente las veces de comerciantes y cuando 170 de ellos, que habían bajado «a tierra para comerciar», fueron asesinados «por accidente» en el

 

 

 

 

 

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oeste de Java en 1406, el príncipe local fue multado y no ejecutado.[60] También hubo un gobernante de Sri Lanka y piratas chinos en Sumatra que no tuvieron tanta suerte, aunque, si consideramos que las siete travesías implicaron cientos de desembarcos, el nivel de violencia parece bajo. En 1442, una vez finalizadas las incursiones, el gobernante de Ormuz envió un emisario para rogar que se reanudara el colonialismo chino. «Esperaba humildemente que la Corte mostrara una gran amabilidad y que, como antes, enviara emisarios para mantener las vías comerciales abiertas».[61] Una tercera explicación de los periplos es que los Ming querían demostrar que ellos también, como los mongoles en sus mejores tiempos, eran una potencia mundial. Su modelo de hegemonía se presentaba al menos como benigno, pero con la capacidad de actuar como un policía global.[62] Por último, algunos afirman que «el afán de lucro es evidente y [el] carácter abrumadoramente comercial [de las expediciones] resulta demasiado llamativo como para pasarlo por alto».[63]

 

Esta cuestión se entrelaza con debates más amplios en torno al giro hacia el interior protagonizado por China. En tiempos de los Ming, la principal manifestación de esta evolución fueron las prohibiciones estatales del comercio marítimo privado entre 1371 y 1567. Sumadas al final de los viajes emprendidos por Zheng, parecen estar vinculadas a posiciones de rechazo hacia el comercio. Semejantes actitudes son evidentes entre los eruditos confuciano-legalistas, seleccionados mediante exámenes, que conformaban la burocracia ming. Habrá quien vea en China el paraíso de los estudiosos, un país dirigido por eruditos del pasado y por cronistas. ¿Qué más se podría pedir? Sin embargo, la influencia de estos eruditos en el registro oficial era mayor que en la realidad. Mostraban un profundo resentimiento hacia las familias de ricos mercaderes, una élite rival, como los eunucos de la corte, entre los que figuraba Zheng He, más aún cuando algunos comerciantes llegaban a ser tan ricos que contrataban a renombrados eruditos para escribir sus epitafios.[64] La frecuente repetición de las prohibiciones «sugiere que no fueron muy efectivas».[65] De hecho, no está claro que fueran prohibiciones en sí, sino más bien intentos de gravar y controlar el comercio.[66] Hubo iniciativas ocasionales de aplicación rigurosa de las nuevas disposiciones, pero incluso durante estas etapas el comercio privado, simplemente, se volvió ilegal y derivó en piratería, contrabando y mercados fuera de la costa. Los

 

 

 

 

 

 

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primeros Ming tuvieron problemas con los piratas japoneses, algunos de los cuales eran en realidad chinos, aunque la situación se había calmado para el año 1400.[67] Los pescadores, que en 1417 proporcionaban una quinta parte de todos los ingresos imponibles en al menos una prefectura costera cerca de Shanghái, cambiaban fácilmente entre la pesca y el comercio legal o ilegal.[68] Un estudio reciente muestra que los principales incidentes piratas sumaron alrededor de uno por año de media entre 1400 y 1550, pero que luego la cifra se disparó hasta una treintena por año durante una fase final de verdadera aplicación de la ley entre 1550 y 1567.[69] Como observó un funcionario ming en aquel momento, «piratas y mercaderes son la misma gente. Cuando el comercio está abierto, los piratas se convierten en mercaderes; pero cuando el comercio es ilegal, los mercaderes se convierten en piratas. Empezar prohibiendo a los mercaderes es acabar luchando por contener a los piratas».[70]

 

No es menos cierto que los chinos preferían mantener el comercio marítimo a distancia y dejar el engorroso asunto del intercambio a un sistema de lo que podríamos llamar esclusas o salas de tránsito. Una forma de hacerlo era designar determinados puertos chinos para según qué tipo de comercio. Otra, ejecutar las transacciones en islas cercanas a la costa. La importancia de las islas Ryūkyū a este respecto es bien conocida desde hace mucho tiempo. Ryūkyū era un Estado tributario autónomo que actuaba como puerto exterior para China —un centro de transbordo en alta mar— con la ayuda consciente de los Ming, que, entre 1385 y 1435, proporcionaron barcos y entrenaron marineros para Ryūkyū. A partir de 1435, las islas eran ya lo suficientemente ricas como para construir sus

 

propios barcos y reclutar a sus propios marineros —chinos— en Fujián, lo cual requería el consentimiento del Estado ming.[71] Sin embargo, menos conocido es el papel de las pequeñas islas situadas frente a la costa china, de las cuales hay 7000, en su mayoría despobladas.[72] Investigaciones recientes sugieren que estas desempeñaron un papel parecido al de cordón sanitario, una cadena de salas de tránsito entre el continente y el comercio marítimo. Esto no era registrado por los funcionarios ming, pero tenemos pruebas indirectas. En esas islas, las embajadas extranjeras esperaban a que se verificaran las credenciales y los comerciantes privados —legales, ilegales o semilegales— intercambiaban sus cargas con agentes

 

—yahang— que iban y venían desde los puertos autorizados.[73] Algunas

 

 

 

 

 

 

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de aquellas islas no eran tan pequeñas. Un reciente estudio chino sostiene que las prohibiciones marítimas nunca se aplicaron en Hainan, que es más grande que Sicilia.[74] Desde 1517 los portugueses se insertaron en esta umbrátil franja insular como un grupo de comerciantes entre muchos otros, para luego trasladarse a la península de Macao en 1557. Por tanto, cada vez parece más claro que las prohibiciones marítimas eran un medio para controlar el comercio privado y mantenerlo a cierta distancia, en lugar de detenerlo, con breves periodos de aplicación estricta, en especial entre 1550 y 1567, como excepciones que confirman la regla.

Hubo una forma de comercio que siempre fue legal: las misiones tributarias. A primera vista, se trataba de misiones diplomáticas en las que los extranjeros reconocían voluntariamente la supremacía china, viajaban a China e intercambiaban regalos con el emperador. Ahora sabemos que, al tiempo, hacían las veces de misiones comerciales, puesto que implicaban mucha compraventa privada junto con los regalos oficiales y fomentaban otro por llegar más abundante aún.[75] Las misiones tributarias de carácter marítimo fueron bastante numerosas durante la primera década del Gobierno ming, la de 1370 —41 en total—, aunque luego disminuyeron hasta la cifra mínima de 14 en la década de 1390. Entre 1398 y 1402 no hubo ninguna.[76] La piratería en el estrecho de Malaca hacia 1400,[77] y es posible que la competencia de la creciente demanda de Eurasia occidental—, pueden haber contribuido también a lo que parece ser un mínimo en las importaciones marítimas de larga distancia a China alrededor del año 1400. Mi impresión es que justo ese era el problema que pretendían resolver los viajes de Zheng.

 

Recientemente se han planteado unos prolegómenos de lo más intrigantes para los periplos de Zheng: una diáspora de refugiados musulmanes chinos hacia el sudeste asiático. La dinastía Yuan había recurrido en gran medida a soldados, comerciantes y funcionarios musulmanes y ello había generado hostilidad hacia los integrantes de esa creencia por parte de los chinos han.[78] Los musulmanes eran particularmente prominentes en la costa sudeste y fue aquí, entre 1357 y 1367, cuando, durante el caos de la transición Yuan-Ming, algunos musulmanes de ascendencia persa se alzaron en una revuelta hasta ser sofocados. Ello dio origen a que los musulmanes fueran perseguidos por los señores de la guerra locales y que tuvieran que huir a ultramar, al sudeste asiático continental e insular, donde sus lápidas islámicas de estilo

 

 

 

 

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chino aparecen desde la década de 1370.[79] Inicialmente, esto no resultó positivo en modo alguno para el comercio chino con la región. Bien al contrario, las transacciones «se desplomaron debido a la destrucción de la red árabe a la caída de la dinastía Yuan en 1367».[80] Las misiones tributarias disminuyeron a partir de la década de 1380 y cesaron por completo hacia 1400, como hemos visto, y la persecución de los musulmanes continuó hasta más o menos la misma época. No obstante, las relaciones de los Ming con los grupos musulmanes chinos del interior, incluida la tierra natal de Zheng He, Yunán, sí fueron bastante mejores. El emperador Yongle hizo efectiva una reconciliación general chino-musulmana poco después de subir al trono en 1402 y prohibió cualquier maltrato a los musulmanes en 1407. Asimismo, ese año creó una Oficina de los Bárbaros de los Cuatro Cuartos, tal vez el primer instituto de relaciones internacionales que haya existido en el mundo, el cual formaba traductores en varios idiomas, incluido el persa.[81] Los viajes de Zheng parecen pensados para relacionarse con los musulmanes en particular. No solo el propio Zheng era musulmán —se dice que su padre y su abuelo hicieron la peregrinación a La Meca, el hach—, sino que también lo eran varios de sus subordinados de mayor rango y parte de su tripulación.[82]

 

La impresión de que las travesías de Zheng estaban destinadas a reactivar el comercio internacional se ve reforzada por el hecho de que no eran, ni mucho menos, el único elemento de la expansión global ming. Entre 1412 y 1423 hubo cuatro visitas de destacamentos chinos a Bengala, aunque, en apariencia, sin la participación de Zheng He, que generaron 14 misiones recíprocas de Bengala a China hasta 1439.[83] Otras expediciones marítimas chinas llegaron a Borneo y Filipinas, lo que elevó el total a 18 incursiones aparte de las 7 de Zheng He.[84] Menos conocidas son otras de ellas, estas por tierra, una de las cuales se mencionó en el capítulo anterior. Se sabe que 20 caravanas chinas llegaron a los dominios timúridas entre 1387 y 1550, la mayoría entre 1407 y 1449. Al menos 78 caravanas fueron en dirección contraria.[85] Una o dos misiones chinas al núcleo comercial centroasiático de Hami condujeron, en respuesta, a 63 misiones tributarias a China entre 1403 y 1427.[86] Por su parte, otro eunuco, Isiha, dirigió 6 expediciones a la región de Amur, en el extremo norte de China, e impulsó de esta manera el comercio de pieles y ginseng,

 

 

 

 

 

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aunque sin intentar la conquista. Se retiró a posiciones avanzadas tan pronto como el comercio se tornó autosuficiente.[87] Una vez que los extranjeros y los chinos de ultramar se encargaron del comercio sin necesidad de intervención, el Estado ming puso fin a todas sus expediciones de alcance, incluidas las grandes flotas de Zheng He: misión cumplida. También recortaron la costosa hospitalidad y los regalos para las misiones oficiales tributarias, lo que redujo su tamaño y frecuencia y permitió que el instituto de intérpretes se desmantelara: el comercio podía quedar ahora en manos del sector privado, con o sin un gesto de desdén oficial.[88] No se trataba de un giro hacia el interior, sino del final de una intervención estatal estratégica y temporal para restaurar el sistema chino de globalización mediante la atracción. Al igual que otras misiones comerciales, los siete viajes de Zheng dieron lugar a muchas más misiones marítimas recíprocas a China: una media de unas 35 por década entre 1400 y 1440. Luego comenzó un nuevo declive, porque el comercio privado ya estaba funcionando de nuevo a pleno ritmo.

 

Lo que necesita explicación no es tanto el alcance global como el apetito chino por los productos de ultramar, que, como vimos en el Prólogo, rara vez incluían manufacturas. Las pieles, especias, colorantes, aromáticos y alimentos exóticos eran importantes para las élites chinas y su restauración al nivel de la dinastía Yuan evidenciaba la paridad de los Ming con sus precursores. Lo que los historiadores occidentales pueden haber pasado por alto es que los Ming mostraron un interés especial por los cultivos no alimentarios, quizá para el consumo interno de las élites, pero igualmente para la exportación. «Desde principios de la dinastía, el Gobierno adoptó un conjunto de medidas para promover los cultivos no alimentarios».[89] Entre ellas se incluían reglamentos que instaban a plantar moreras y arbustos de algodón en tierras no necesarias para el arroz, exenciones fiscales por hacerlo y el trasplante a gran escala de moreras para expandir la producción de seda. En cuanto a la fabricación de porcelana, compleja, gestionada por el Estado y a gran escala, puede haber tardado más tiempo en reiniciarse tras la caótica transición. Las exportaciones al sudeste asiático disminuyeron entre 1430 y 1570 y fueron sustituidas por la producción local.[90] Sin embargo, la noción de este largo y generalizado vacío ming en las exportaciones de porcelana se contradice con el aumento de las importaciones de Oriente Medio señalado en el capítulo anterior, excepto en el periodo, mucho más corto, de 1436 a

 

 

 

 

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1464, en el que pudo haber problemas de producción, o tal vez una estrategia de destrucción de piezas de segunda categoría para mantener los estándares y el precio.[91] Las investigaciones arqueológicas recientes sugieren etapas durante la dinastía Ming en las que «las piezas rechazadas fueron destruidas de forma deliberada como parte de un estricto sistema de gestión».[92] Sospecho que se produjo un desvío de las exportaciones de corto a largo alcance, es posible porque estos últimos compradores eran más proclives a pagar en plata. La reparación, el mantenimiento y la ampliación de las redes de carreteras interiores, ríos y canales durante la dinastía Ming contribuyeron a que las regiones productoras de seda y porcelana pudieran suministrar cantidades cada vez mayores de estos productos a los comerciantes de Fujián y Cantón para la exportación.

 

El comercio suministró plata extranjera, aunque tal vez se haya sobrevalorado su impacto en la vasta economía china. En un principio, los Ming preferían el papel moneda, pero su inflación galopante les llevó a mostrar mucho interés, aunque poco entusiasta, por la plata. Las exigencias financieras de las costosas campañas terrestres en el sudeste asiático continental y las estepas mongolas también pueden haber sido un factor para tener en cuenta: no había nada intrínsecamente pacífico en los Ming y no había como los metales preciosos para pagar a los ejércitos. Las propias minas de plata chinas eran limitadas y, a pesar de ello, los Ming lograron aumentar las extracciones: de 1,1 toneladas en 1390 a 3 toneladas en 1403 y 10 toneladas en 1409.[93] Esas cantidades, en sí mismas insignificantes, menguaron desde entonces a medida que se agotaban los yacimientos; más tarde se abrieron nuevas explotaciones en Yunán.[94] Se cree que el deseo de obtener metal precioso fue uno de los factores que influyeron en los intentos de conquista del sudeste asiático por tierra, que tuvieron un éxito cada vez menor a partir de la década de 1430.[95] Un estudio de la historia monetaria china en esa época pone al descubierto «una tendencia creciente hacia la plata sin acuñar como medio de intercambio en los mercados privados. A partir de la década de 1430, los propios dirigentes ming adoptaron cada vez más un patrón de plata de facto en los pagos de carácter fiscal y en las cuentas nacionales».[96] Otros expertos se han referido también a la sed de plata de los Ming: «la insaciable demanda china de una sustancia preciosa: la plata».[97] Los comerciantes musulmanes habían entregado lingotes de plata durante

 

 

 

 

 

 

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mucho tiempo para comprar las superartesanías chinas y parte de ese metal era originario de Europa. En ocasiones, desde 1435, volvieron a hacerlo, en viajes que hicieron ellos mismos a China.[98] No obstante, lo más frecuente era que utilizaran los nodos comerciales del sudeste asiático.

 

 

 

NEGOCIOS CONJUNTOS EN EL SUDESTE ASIÁTICO

 

El sudeste asiático, aún más anfibio que Eurasia occidental, resulta fascinante por sus ricas interacciones entre historias globales, regionales y locales. En el continente indochino surgieron y desaparecieron poderosos Estados, en «extraño paralelismo» con otros similares situados más al oeste.[99] En sus márgenes zomianos, pequeños Estados se abrieron paso a codazos y dividieron a sus vecinos más grandes para evitar ser dominados.[100] En el sudeste asiático insular, dos imperios talasocráticos, el malayo srivijaya y el javanés mayapahit, se disputaron la supremacía sobre redes más pequeñas de comerciantes y saqueadores marítimos. No es fácil disociar la acción local de la de los recién llegados de Oriente Medio y China, en los que debemos centrarnos. Entre 1380 y 1500, aproximadamente, los negocios conjuntos en los que participaban todos estos grupos no solo facilitaron el comercio, sino que también lo reorganizaron y aumentaron de manera sustancial la producción. Todo ello dio como resultado un cambio en la vida de la población local, que era la respuesta a una lejana demanda.

 

En la costa de Java, hacia 1413, la tripulación de Zheng He halló comunidades mercantiles musulmanas de Oriente Medio y China en apacible convivencia:

 

Una clase está formada por los musulmanes […] de todos los reinos extranjeros de Occidente que han afluido a este lugar como mercaderes […] [Otra] está formada por […] gentes de Cantón y de Zhangzhou y Quanzhou y lugares similares, que huyeron y ahora viven en este país […] muchos de ellos siguen la religión musulmana.[101]

 

 

 

 

 

 

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A veces también cohabitaban cómodamente con la gente local y se volvían imprescindibles para los príncipes no musulmanes por encargarse de su comercio a larga distancia. En otros momentos y lugares las fuentes hablan de yihads que extendían el islam por medio de la violencia.[102] La propia Java producía incienso de benjuí y madera aromática de aloe, pero también era relevante como agente regional del comercio de especias. Exportaba arroz a otras islas, lo que les permitía concentrarse en la producción de especias. Sus comerciantes musulmanes buscaban las raras y preciosas especias de las islas Molucas: clavo de Tidore y Ternate, además de nuez moscada y macis de las escasas y diminutas islas del archipiélago de Banda.[103]

 

Es de suponer que fueron estos comerciantes quienes estimularon el aumento de la producción de especias de las Molucas, revelado por el repentino ascenso de las importaciones europeas, que se cuadruplicaron a finales de la década de 1390. «Es posible que en el periodo 1394-1397 se enviara a Europa un promedio anual de 9 toneladas de clavo y 2 de nuez moscada, que luego aumentó bruscamente a 32 y 10 toneladas, respectivamente, en 1399-1405».[104] La demanda europea impulsada por la peste fue una condición necesaria; la voluntad de pagar altos precios por las especias de Molucas puede haber aumentado debido a la creencia de que la tanto esta como el macis ayudaban a prevenir la peste.[105] Con todo, la demanda no era condición suficiente: ¿por qué esperar cincuenta años después de la peste negra para aumentar las importaciones de estos supuestos profilácticos de la enfermedad si se podía elegir? Lo más probable es que las diversas redes comerciales, entre las que destacaban los nuevos mercaderes del sur de Arabia, organizaran de algún modo un incremento, a partir de 1380, aproximadamente, que satisficiera primero el aumento de la demanda en el Sur Musulmán y, solo después, se desbordara hacia Europa. Esto coincide en el tiempo con la primera introducción del islam en las islas Banda, probada por la arqueología en la repentina desaparición de huesos de cerdo en los basureros.[106]

 

El comercio de la pimienta negra tenía mucho mayor volumen que el de las especias de las Molucas. El éxito de los viajes de Zheng en su objetivo de reactivar las operaciones de larga distancia puede atribuirse a lo que todas las fuentes coinciden en señalar como un notable aumento de las importaciones chinas de pimienta entre 1410 y 1430. Fue esta competencia la que potenció el repunte de los precios europeos entre 1410

 

 

 

 

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y 1414 que ya mencionamos en el Capítulo 4.[107] El aumento de las exportaciones de pimienta hacia Eurasia occidental solo puede explicarse por un incremento sustancial en la producción y señales de ello no faltan.

 

En la India, la producción se desarrolló hacia el norte —desde Malabar hasta Kanara— en algún momento del siglo XV.[108] Otra extensión más espectacular, si cabe, de los cultivos tuvo lugar en Sumatra a principios de la misma centuria, donde proliferaron las plantaciones de pimienta negra. Las alusiones que encontramos a las exportaciones de pimienta del sudeste asiático antes de 1400 pueden referirse a la pimienta larga, un producto diferente y menos apreciado.[109] Tal vez los chinos de Zheng estuvieran involucrados: no en vano, China tenía ya un largo historial en la reorganización de la biota útil. Aunque otro actor importante fue Samudra Pasai, precursor del sultanato de Aceh, situado en el oeste de Sumatra.

 

Fundado en el siglo XIII, el Reino de Samudra Pasai era el Estado musulmán más antiguo del sudeste asiático.[110] «Centro cosmopolita del islam», mantenía vínculos con la red comercial musulmana de Chulia, en el golfo de Bengala, cuyos mercaderes se habían enriquecido enormemente a principios de la década de 1420.[111] Los testimonios de las lápidas demuestran un aumento de las conexiones con Guyarat en el periodo que va desde antes de 1406 hasta 1448[112] y, dados los vínculos propios de esta región con el sur de Arabia y con Malabar, productor de pimienta, parece probable una relación con el traslado de las plantaciones de pimienta. Posteriormente, la pimienta negra se cultivó también en Java y las importaciones de arroz javanés permitieron a las regiones río arriba centrarse en la pimienta, del mismo modo que las importaciones de arroz permitieron la expansión de las plantaciones de pimienta india en Malabar y sus alrededores. Poco después de 1500, la producción de pimienta del sudeste asiático igualó ya a la generada en la India, hecho indicativo de que durante el siglo XV como poco se duplicó el volumen mundial de ese comercio.

 

Desde 1403, cada vez más comercio pasó por un nuevo centro de esa

 

globalización ming-musulmana: Malaca —Melaka en malayo—. En la década de 1390, Majapahit, también en declive, había conseguido expulsar del puerto de Palembang —en el sur de Sumatra— los últimos vestigios del régimen de Srivijaya. Unos 1000 refugiados se instalaron primero en lo que hoy es Singapur y luego, en 1403, subieron por la costa occidental de

 

 

 

 

 

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la península malaya hasta Malaca, un pequeño puerto pesquero. El enclave estaba protegido y estratégicamente situado cerca del estrecho que lleva su nombre, en la intersección de varias rutas monzónicas: hacia el sur, a las islas de las Especias; hacia el este, a China; y hacia el oeste, al golfo de Bengala. En 1407, Zheng He descubrió que se trataba de un pequeño puerto desvencijado pero bullicioso y, desde entonces, lo visitó con frecuencia.[113] A lo largo del siglo siguiente se convirtió en la primera de las muchas nuevas ciudades nacidas de la expansión de Eurasia occidental,

 

en su caso con la ayuda de los agentes —locales— y la influencia

 

—global— del régimen ming. Hacia 1500 contaba con al menos 50 000 habitantes permanentes y tal vez hasta 150 000 en total, en función de cuántos barcos hubiera fondeados en el puerto en espera de su monzón particular. Malaca albergaba una asombrosa variedad de mercaderes, bien fueran estos habitantes fijos o de visita, como interminable era la lista de mercancías que allí se compraban y vendían. Entre las principales líneas de exportación estaban las sedas y porcelanas chinas, el algodón y la pimienta indios, las especias del sudeste asiático y los metales preciosos de dondequiera que se pudieran obtener. Según se decía, abundaba el oro.

 

     Solo las importaciones de textiles indios —destinadas a la redistribución en el sudeste asiático a cambio de especias— se estiman en el equivalente a 19,3 toneladas de plata al año.[115] Como aquel lugar administrado por un sultán malayo acogía a todo tipo de personas y religiones, «los musulmanes, en particular los de Guyarat, se sintieron atraídos por la buena ubicación de Malaca y sus bajos impuestos. Desde la década de 1420, al menos, estos comerciantes se trasladaron a la ciudad en gran número».[116]

 

Al igual que las naciones mercantes de los puertos europeos, cada grupo comercial tenía su propio establecimiento, del que se seleccionaban

cuatro shahbandars —una especie de oficiales portuarios o almotacenes—. El shahbandar al cargo de la red comercial guyaratí era «el más importante de todos». Más de 4000 prominentes mercaderes musulmanes que habitaban de continuo en Malaca formaban «la facción de Guyarat […] aunque se originara más al oeste y aunque los marineros implicados fueran árabes, africanos o turcos».[117] Los mercaderes de esa red guyaratí «establecieron un monopolio sobre el comercio de Malaca con las costas occidentales del océano Índico».[118] Una vez finalizados

 

 

 

 

 

 

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los viajes de Zheng en 1433, una reducida comunidad de comerciantes chinos residentes siguió siendo importante en Malaca, aunque hasta los gobernantes de la ciudad-Estado se convirtieron al islam, quizá ya en 1414. «Los musulmanes chinos bien pudieron haber facilitado la integración musulmana en el mercado chino. Los chinos ya no tenían que enviar sus propios barcos más allá del sudeste asiático, sino que podían recoger todo lo que necesitaran en Malaca y en puertos menores del sudeste asiático». Sin embargo, «la mayor parte del nuevo impulso vino de Oriente Medio».[119] Debemos considerar esta expansión mercantil posterior a la peste desde el sur marítimo de Oriente Medio al menos al mismo nivel que la de los chinos, los indios y el trabajo de agentes locales entre las causas del auge de Malaca.

 

Tal prosperidad implicó una reorganización del comercio mundial, una consolidación y mejora de la segmentación que, en realidad, hizo el comercio más eficiente que ir hasta China y volver. En el primer tramo, los mercaderes árabes y persas de Adén y Ormuz navegaban hasta Guyarat, recogían tripulación y puede que barcos más grandes. También tomaban allí su carga de vuelta o bien navegaban hasta Malabar a por pimienta y luego a Malaca —el segundo tramo—. En este lugar enlazaban con las diversas redes locales de distribución de especias y con los barcos chinos que transportaban seda y porcelana. Por tanto, Malaca pasó a ser un nuevo elemento dentro de una red de ciudades-Estado musulmanas alrededor de todo el océano Índico. Esa red no estaba controlada por un solo Estado, aunque sus principales metrópolis eran Ormuz y Adén y los vínculos con Oriente Medio se mantenían gracias a las peregrinaciones a La Meca

 

—quizá 15 000 personas al año solo procedentes de la India—[120] y a las migraciones de sufíes y sayyidís, así como a la interacción a través del comercio.

 

Por tanto, durante el siglo XV fue esta expansión coherente solo a retazos —un imperio muy informal— la que suministró los bienes necesarios para satisfacer la demanda de Eurasia occidental impulsada por la peste. No solo prefiguró la expansión europea occidental en el Índico, sino que también la incentivó y configuró, además de competir ferozmente con ella. Los europeos occidentales de la época conocían la expansión marítima de Oriente Medio, lo que impulsó los descubrimientos de Vasco da Gama en 1498. Unas pocas docenas de comerciantes, espías y aventureros procedentes de Europa surcaron el océano Índico, a menudo

 

 

 

 

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disfrazados de musulmanes, en misiones de reconocimiento destinadas a informarse de quién estaba al mando.[121] Eran conscientes de su interdependencia con el Sur Musulmán. Poco después de 1498, los portugueses planeaban «arrebatar Malaca de las manos de los moros, [para que] El Cairo y La Meca quedaran totalmente arruinadas».[122] Lograron tomar Malaca en 1511 e interrumpir temporalmente el comercio musulmán del mar Rojo desde 1509, pero este volvió a funcionar en la década de 1520 e incluso se intensificó a partir de la década de 1540 (vid. Capítulo 11). La red de Oriente Medio se adaptó a las interferencias europeas, adoptó nuevas formas y siguió funcionando, si bien los portugueses consiguieron apoderarse de partes valiosas de ella, como Ormuz —que capturaron en 1515— y aprovecharse del resto. De ahí que la mayoría de los grandes puertos fortificados portugueses del Índico eran antiguas ciudades-Estado musulmanas: Sofala, Malindi, Kilwa y Mombasa; Ormuz y Mascate; Goa, Diu, Cananor y Cochin; Samudra Pasai y Malaca. Así, el imperio portugués en el Índico era un cuco en un nido musulmán, nido del que, a su vez, se apoderaron los holandeses en el siglo XVII. Todo ello dio como resultado la tercera oleada de expansión euroasiática occidental de los principios de la Edad Moderna que bañó las costas de los océanos.

 

No puede decirse que el océano Índico fuera un Jardín del Edén marítimo antes de la llegada de la serpiente europea en 1498. Las costas de la India, el sudeste asiático y el mar de China albergaban a numerosos grupos dados a la piratería, algunos musulmanes y otros muchos no.[123] Guyarat y Malaca eran potencias marítimas formidables y se habían hecho con numerosas armas de fuego cuando se enfrentaron a los portugueses

 

—3000 piezas de artillería en el caso de Malaca en 1511—.[124] Sin embargo, se trataba en su mayoría de armas procedentes de la difusión de la pólvora china ming que no se habían forjado en los fuegos de la peste. A pesar de todo el revisionismo militar mencionado en el Capítulo 7, el alto porcentaje de éxito portugués en la guerra marítima y anfibia en Asia posterior sigue siendo evidente se mire como se mire. Adam Clulow escribe, solo con un punto de exageración, que «en prácticamente todos los encuentros en el mar, los barcos europeos infligen derrotas abrumadoras a las flotas que les hacen frente».[125] Fue esta ventaja en la violencia marítima la que permitió a los portugueses infiltrarse en el

 

 

 

 

 

 

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entramado musulmán. Inicialmente fueron menos hábiles que sus precursores de Oriente Medio en las artes de la conversión y la cooperación y tuvieron que ver cómo Malaca declinaba bajo su dominio a medida que sus mercaderes musulmanes se marchaban en busca de regímenes más hospitalarios. En la costa india de Malabar, productora de pimienta, los portugueses fueron vistos al principio como nuevos compradores, pero pronto se enemistaron con el zamorín de Calicut y sus mercaderes karimíes aliados. Fueron derrotados en esa ciudad india en 1510 y expulsados en 1525.[126] Pero desde sus otras bases en Cochin y Cananor pronto se dieron cuenta de que para adquirir pimienta necesitaban redes de mercaderes locales aliados o sus propios enlaces tierra adentro, por lo que empezaron a subvencionar a los productores de pimienta del interior para que los abastecieran. Goa, más al norte, sustituyó a Cochin como principal base portuguesa en la India y poco después recurrieron a los banqueros brahmanes para obtener crédito y a comerciantes de Guyarat para establecer contactos. Así que, pelillos a la mar y centrémonos en el negocio: desde 1515, y ya bajo dominio portugués, en Ormuz fueron estos europeos quienes suministraron especias y telas a Persia y caballos y plata al sur de la India. El comercio se valoraba en más o menos un millón de florines al año hacia 1520, de los cuales los portugueses se llevaban el 10 por ciento, que aún se transportaba principalmente en 50 o 60 barcos musulmanes.[127] Tras una interrupción temporal, los negocios musulmanes continuaron como antes, pagando, resistiendo o eludiendo a los portugueses.

 

A pesar de su ventaja en el uso de la fuerza marítima, los portugueses —y los españoles, holandeses, ingleses y franceses que los siguieron en Asia— no tuvieron más remedio que contar con aliados locales y acercarse a grandes Estados como China, Japón y el sultanato de Deli. Al igual que sus predecesores de Oriente Medio, el número de europeos era modesto: un máximo de 10 000 portugueses en Asia en un momento dado en el siglo XVI[128] y 20 000 holandeses en el XVII,[129] aunque, como vimos en el Capítulo 6, para mantener estos niveles requería flujos mucho mayores. Dadas las tensiones entre musulmanes y cristianos, las redes de mercaderes no musulmanes, como los kelings del golfo de Bengala, eran aliados naturales de los portugueses. Los portugueses «distinguían cuidadosamente entre los mouros da terra (“moros nativos”) y los mouros de Meca (“moros de La Meca”, es decir, de Oriente Medio); consideraban

 

 

 

 

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a estos últimos, y no a los primeros, como sus principales adversarios».

 

     A veces incluso se aliaban con los primeros, como en Ormuz, y con al menos algunos mercaderes persas en Guyarat.[131] Los portugueses en particular también criaron y convirtieron a sus propios colaboradores (vid. Capítulo 15). En el sudeste asiático, siguiendo el precedente musulmán, el aliado crucial de la expansión europea no fue local, sino chino.

 

Las comunidades chinas, musulmanas o no, aparecieron en los puertos del sudeste asiático desde finales del siglo XIV. Desde entonces se

 

produjeron regularmente pequeñas migraciones, aunque técnicamente ilegales. Algunos de esos viajeros regresaban, otros traían a su mujer y otros se quedaban y se casaban con las locales. Especialmente importantes fueron los hokio de Fujián. Su región era pobre, aislada en términos de comunicaciones interiores y tenía una relación distante con el Estado. Los

 

puertos de Fujián —Quanzhou (antiguamente Zayton, de donde deriva la palabra satén) y Xiamen (antiguamente Amoy)— perdieron terreno ante puertos oficiales mejor conectados para el comercio, lo que llevó a los mercaderes y emigrantes hokio a salir a buscarlo.[132] Fujián fue lo más cerca que estuvo China de contar con una región emisora de tripulantes y colonos. El relevante puerto siamés de Ayutthaya, situado río arriba, acogió a una comunidad comercial china, en su mayoría hokio, de 3000 o 4000 personas en el siglo XVII y de 30 000 en el XVIII. Un colectivo similar se desarrolló en Hội An, en Vietnam.[133] Estos chinos de ultramar ayudaron a dirigir la última fase de aquel entramado comercial euroasiático de rango semiplanetario, junto con unos pocos navíos europeos y muchos barcos chinos propiedad de mercaderes que aún vivían en China. Proporcionaban una capa exterior de salas de tránsito para la interacción marítima de China con el resto mundo, salas cuya función resultaba similar a las islas costeras señaladas con anterioridad. No obstante, aquellos chinos de ultramar no estaban demasiado bien considerados en su país. «A ojos del Gobierno chino —y quizá a los del pueblo—, la diáspora que abandonaba su tumba ancestral para vivir en el extranjero —en violación de las leyes imperiales— no era china ni por asomo».[134] Por tanto, aquellos emigrantes carecían del respaldo activo de su propio Estado en sus empresas en ultramar. De manera que llegaron a ver el establecimiento de la Manila española en Filipinas (1571) y de la

 

 

 

 

 

 

 

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Batavia holandesa en Java (1619) como oportunidades para obtener el apoyo de un Estado ajeno.

 

Los españoles de Manila andaban aún más escasos de personal que portugueses y holandeses; se calcula que nunca antes de 1760 contaron con más de 2000 soldados. Hicieron un uso considerable tanto de efectivos como de mano de obra filipinos,[135] pero también necesitaban artesanos y pequeños empresarios, una clase media de colonos que no era ni española ni filipina. Los colonos chinos, en número que osciló entre los 10 000 y los 40 000 entre 1586 y 1762, aportaron esto. «Fueron los españoles y los chinos quienes ejercieron el mayor poder a medida que rehacían Manila de forma que se ajustara a sus objetivos».[136] El matrimonio funcionó, pero no fue feliz. Los chinos absorbieron parte del resentimiento filipino que, de otro modo, se habría dirigido contra los españoles, fueron discriminados por estos y, periódicamente, se rebelaron y fueron masacrados, al menos en cuatro ocasiones a lo largo del siglo XVII.[137] Los colonos chinos ayudaron a sentar las bases para el inmensamente rentable intercambio de seda china y plata hispanoamericana. Después de 1571, Manila «se convirtió en el mayor puerto extranjero de mercancías chinas durante los dos siglos venideros».

 

     Muchos otros aspectos del dominio parcial de España en Filipinas también fueron suscritos por sus socios chinos. Una historia similar podría contarse de Batavia y las Indias Orientales Neerlandesas. La primera, sede de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales desde 1619, se ha descrito como una «ciudad colonial china».[139] Fueron los chinos quienes realmente gestionaron, y a menudo financiaron, la expansión de las plantaciones de pimienta desde el siglo XV hasta el XVII en el sudeste

 

asiático insular, tanto para enclaves europeos como musulmanes.[140] Cuando los holandeses sentaron las bases para el cultivo de la caña de azúcar en Java a finales del siglo XVII, los propietarios reales de los molinos eran en su mayoría chinos. Desde finales del siglo XVIII, los británicos de Malasia también contaron con colonos chinos. El imperio europeo en el sudeste asiático era un negocio conjunto entre los Estados europeos, o sus representantes en compañías autorizadas, y la empresa privada china.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 10

 

 

 

 

 

Imperios entrelazados: la paradoja

 

genovesa y la expansión ibérica

 

 

 

Un Estado europeo que vigiló muy de cerca el Sur Musulmán y su expansión mercantil fue la república de Génova. En la Segunda Parte se han hecho varias afirmaciones relacionadas con ella: que

 

fue actor clave en el comercio expansivo, que fue la principal innovadora europea en la adaptación a la peste y que hizo las veces de comadrona de la expansión ibérica. El presente capítulo corrobora tales afirmaciones y analiza sus implicaciones recorriendo, siquiera a tientas, una historia y una historiografía salpicadas de paradojas. Los genoveses eran camaleónicos, con una ciudad-Estado —o tres— y además una diáspora mercantil. Tenían fama de reservados, pero dejaron en sus registros notariales una fuente clave de información para los historiadores. Muchos especialistas afirman que se produjo un declive tras la peste, aunque las fechas de inicio varían sospechosamente. El argumento de Benjamin Kedar —de 1976— sigue siendo aceptado por algunos. «A finales de la década de 1340, los mercaderes genoveses, hasta entonces los más emprendedores de Europa, perdieron rápidamente el ánimo y la confianza y redujeron la órbita geográfica de sus actividades».[1] También se atribuye el declive a la derrota de Venecia en 1381, a la toma del poder por Francia hacia 1400 o a la caída de Constantinopla en 1453. «El intento de aplastar a Venecia acabó arruinando a Génova […] El poder de Génova disminuiría

 

 

 

 

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constantemente durante los siguientes setenta años, hasta su virtual extinción en 1453».[2] Sin embargo, el periodo posterior ha sido bautizado el Siglo de los Genoveses, una época en la que «Génova se había convertido en el motor de Europa».[3] La ciudad es, «por un lado, aclamada como la cuna del capitalismo financiero global y por otro, descrita como un Estado fallido». Por otro lado, no se la aclama mucho, a pesar de haber fascinado y frustrado esporádicamente a los historiadores institucionales. «Génova sigue siendo la tierra olvidada por los eruditos, sobre todo en lo que respecta al siglo XIV».[4] «A pesar de su importancia fundamental, Génova sigue estando muy poco estudiada».[5] Es como si la historia no supiera muy bien qué hacer con Génova y los genoveses.

 

Génova era superada en tamaño, estabilidad y, según la mayoría, importancia por su rival, Venecia. Ambas ciudades estaban dominadas por clanes marciales de mercaderes, algunos de ellos descendientes de nobles terratenientes locales. Competían en los principales circuitos comerciales de Europa occidental y mantenían estrechas relaciones con Europa oriental y el Sur Musulmán. Venecia y Génova libraron siete guerras entre 1257 y 1433, cuatro de ellas poco después de la peste negra: la del Bósforo (1350-1355); la de Chioggia (1378-1381); y dos enfrentamientos menos importantes en 1403-1404 y 1431-1433. Venecia era famosa por su estabilidad política e institucional; Génova, por todo lo contrario. Entre 1257 y 1528 se produjo una media de un golpe o rebelión cada cinco años.

 

     En 1557, Venecia y su interior del norte de Italia contaban con 1,75 millones de habitantes, mientras que Génova y Liguria solo sumaban 250 000, lo que suponía una notable recuperación con respecto al mínimo de 140 000 habitantes alcanzado en 1350, tras el primer brote de peste.[7] La disparidad entre los dos imperios formales de ultramar era parecida. No obstante, el tamaño de Génova no es indicativo de su poder. Ganó la contienda del Bósforo y estuvo muy cerca de tomar físicamente la ciudad de Venecia en el conflicto de Chioggia. Aunque el asedio fracasó, los historiadores admiten ahora que Génova logró sus objetivos estratégicos de dominar el mar Negro y el comercio del alumbre.[8] Mientras Venecia se concentraba en fortalecer tanto su base italiana como su imperio formal de ultramar, Génova se volcó en formas más sutiles de expansionismo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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IMPERIALISMOS GENOVESES

 

 

Cada año, el dux de Venecia arrojaba un anillo al Adriático; significaba el matrimonio de la República con el mar. La vida amorosa de Génova era más diversa. Entre la década de 1260 y la de 1520 contrajo matrimonios formales o informales, a menudo turbulentos, con media docena de imperios y varios Estados poderosos. Quién llevara los pantalones en aquellas relaciones podía variar, aunque solían ser los genoveses quienes tenían las llaves de la caja. Otros historiadores han señalado esta capacidad de simbiosis imperial, el término preferido en la actualidad.[9] Sin embargo, simbiosis implica beneficios iguales para solo dos partes y este no fue siempre el caso de las relaciones de Génova, de ahí mi preferencia por vinculación. Los imperios entrelazados fueron solo una de las diversas formas de imperialismo y colonialismo que florecieron en Europa tras la peste negra. Como se pone de manifiesto en el Capítulo 7, otras fueron la expansión fragmentaria, que combinaba parcelas de imperio, formales e informales, con puntos estratégicos y redes comerciales; la colonización urbana, por la que una ciudad se reproducía a distancia o convertía territorios de fuera de sus fronteras en zonas de influencia o hinterlands virtuales; y el colonialismo privado, no estatal. Antes de la peste negra, esos expansionismos habían proporcionado a Génova un imperio de

 

retazos —sueltos y desiguales, sí, pero rentables— que se extendía desde el mar del Norte hasta el mar Negro. La mayor paradoja de todas es cómo una ciudad-Estado diminuta y asolada por la peste no solo conservó este imperio tras la epidemia, sino que lo amplió y diversificó. La expansión posterior a la epidemia se produjo en dos fases, entre 1350 y 1450 y entre 1450 y 1550, aproximadamente. La primera se caracterizó por la agresión militar genovesa, mientras que la segunda tendió a dejar que otros pueblos combatieran. Las fases se solaparon; no se trató de un giro claro de una región o una forma de imperialismo a otra. Sin embargo, a partir de 1450 se produjo un cambio gradual del equilibrio del este al oeste, que se aceleró desde el año 1450.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Mapa 8: El «Imperio» genovés.

 

 

 

Cada año durante la centuria posterior a 1380, varias carracas genovesas navegaban por el canal de la Mancha hasta Southampton y Brujas o Amberes transportando más mercancías mediterráneas que el resto de armadores juntos. El número de esas embarcaciones, cada una de entre 400 y 1000 toneladas, alcanzó un máximo de 20 y una media de 9 al año entre los años 1425 y 1460.[10] Los mercaderes italianos dominaban el tráfico más valioso de Brujas y Amberes y los genoveses constituían, más o menos, la mitad de los mercaderes italianos de cada una de esas urbes.[11] También constituían el grupo de mercaderes extranjeros más numeroso en París.[12] Los comerciantes franceses tomaron el relevo a partir de mediados del siglo XV, pero las flotas genovesas al servicio de Francia asaltaban periódicamente Inglaterra, saqueaban numerosos puertos durante la Guerra de los Cien Años y regresaron en 1513 para presentar a los ingleses los cañones pesados matabarcos montados en galeras de guerra.[13] Sin embargo, «fueron los genoveses […] los más activos en el comercio con Inglaterra»,[14] unos intercambios que incluyeron,

 

 

 

 

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aproximadamente, la mitad del comercio de lana hasta la década de 1480. Declinaron después de esto, al igual que en Francia, pero los banqueros de la República itálica siguieron siendo influyentes en Londres durante todo el siglo XVI,[15] hasta el punto de que, se cree, ayudaron a financiar los viajes de Juan Caboto —es probable que genovés— a América del Norte en nombre de la Corona inglesa.[16] En la guerra, el transporte marítimo, el comercio y las finanzas los genoveses eran actores importantes en el norte de Europa, por no hablar del Gran Mediterráneo, que tenían como algo propio.

 

El área de influencia genovesa en el interior —el área formal— era Liguria, una pequeña región escarpada y fuerte emisora de tripulantes. El área informal se extendía hasta las vecinas Piamonte y Provenza, aunque su dominio aquí fue cada vez más contestado a partir de 1350 por los condes de Saboya y los príncipes franceses. Génova luchó por hacer de su mayor posesión formal, Córcega, un hinterland de ultramar desde 1120 hasta 1769, con la fundación de ciudades costeras y la introducción de colonos y castaños, pero hubo de enfrentarse a rebeliones recurrentes e invasiones exteriores.[17] Córcega fue a Génova lo que Irlanda a Gran Bretaña: una colonia útil, aunque problemática. Génova competía con Venecia por el dominio del comercio de especias, seda y algodón procedentes de Egipto y el Levante mediterráneo, con desigual éxito. A partir de 1430 la Serenissima tomó una ventaja cada vez mayor, aunque los genoveses siguieron intentándolo, sobre todo en el Mediterráneo occidental, donde Génova era mucho más fuerte que Venecia. El rival más importante en estas aguas era la Corona de Aragón, con su gran puerto de Barcelona. Aragón y los genoveses se enfrentaron en la década de 1350 y libraron tres guerras más entre 1420 y 1458. La ciudad-Estado itálica sufrió algunas derrotas, pero al fin logró capturar al rey de Aragón y destruyó su flota en 1435.[18] En el sur de España y el norte de África, la hegemonía comercial genovesa fue menos disputada. Cuando sí lo fue, en este caso por la ciudad-Estado musulmana de Trípoli en 1355, los genoveses saquearon la ciudad, para alegar luego que los culpables habían sido aventureros no autorizados, entre ellos Andrea Doria, almirante de Génova. Doria y sus hombres, «después de permanecer cuatro meses en Trípoli saqueando a su antojo, se les permitió regresar a casa cargados con el botín y apenas recibieron un castigo nominal».[19] Tanto la Granada musulmana como el norte de Marruecos se han descrito como «territorios

 

 

 

 

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de Génova virtualmente coloniales»[20] en los primeros tiempos de la peste y lo mismo podría decirse de Sevilla y, más tarde, de Valencia. Todos los puertos importantes del norte de África, desde Alejandría hasta Ceuta, contaban con puestos comerciales genoveses.

 

Estos llevaban, además, mucho tiempo vinculados al Imperio bizantino. Se habían hecho fuertes en su enclave de Pera (Gálata), frente a Constantinopla, al otro lado del Cuerno de Oro, que se convirtió en principal puerto de la urbe y se llevaba el 85 por ciento de los ingresos aduaneros.[21] Pera estaba vinculada a dos activos genoveses clave en el Egeo. Uno era Focea, en la costa de Anatolia, la principal productora de alumbre, donde los genoveses arrendaron no solo las minas de este metal, sino incluso el gobierno local, primero a los bizantinos y luego a los otomanos.[22] La preeminencia genovesa en la producción y el comercio de alumbre es anterior a la peste negra, pero se fortaleció y expandió después de ella, con la adquisición del siguiente productor más importante de alumbre, la isla de Lesbos, en 1355.[23] Luego estaba Quíos, otra isla griega, con la que se hicieron en 1346 y consiguieron mantener hasta 1566,[24] principal productora de mástique. Este, obtenido del lentisco, refrescaba el aliento de las clases pudientes tanto en Europa como en el Sur Musulmán.[25] Con el alumbre y el mástique, el control genovés tanto de la producción como de la distribución les permitió fijar el precio, una técnica que otros europeos utilizaron con provecho más tarde en las islas de las Especias.

 

Otra ciudad genovesa, Caffa, se estableció en Crimea, también en la década de 1260, y se hizo célebre como punto de partida marítimo de la segunda pandemia de peste en 1347, aunque se recuperó y llegó a tener 20 000 habitantes en 1386.[26] Caffa aprovechó el sistema fluvial ruso para obtener esclavos, pieles, cera y madera; del litoral del mar Negro pieles, sal y grano; y del Cáucaso y las estepas pónticas más esclavos. A cambio distribuyó telas, vino y especias. Era la capital de un «imperio virtual»[27] en la costa del mar Negro que mantenía un condominio a veces incómodo con la Horda de Oro y sus Estados sucesores, otra vinculación imperial. Por un tratado de 1381, la Horda reconocía «la autoridad genovesa sobre dieciocho lugares y aldeas del sur de Crimea».

 

     El comercio genovés llegaba por río hasta el interior de los Balcanes centrales, Polonia y Moscovia y hacia el sur hasta Trebisonda, Tabriz y

 

 

 

 

 

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más allá.[29] De hecho, Pera y Caffa no estaban muy lejos de la propia Génova en cuanto a tamaño y riqueza. Eran las famosas Otras Génovas. «Y hay tantos genoveses, y están tan esparcidos por el mundo, que dondequiera que se encuentren fundan otra Génova».[30] Por tanto, eran piedras angulares de una expansión oriental cuales almazuelas y firmemente controladas por genoveses, que no por Génova. Pera y Caffa tenían cada una su propia asamblea y eran, en gran medida, autónomas, aunque esperaban la ayuda de la ciudad madre en caso de crisis.

 

Hacia 1430 los genoveses continuaron su expansión hacia el este; utilizaron una mezcla de violencia y diplomacia. En el mar Negro se apoderaron de más puertos, como Balaclava en 1357 y Soldaia (actual Sudak) en 1365. Entre 1360 y 1387 las operaciones navales genovesas impusieron una hegemonía similar sobre la costa de Bulgaria.[31] Caffa y Génova lideraron estos desarrollos, pero también hubo iniciativas privadas. La toma de Chipre en 1374 fue llevada a cabo por un grupo de clanes mercantes que reunió a 14 000 hombres. Lesbos fue adquirida a los bizantinos por una sola familia, los Gattilusio, que también obtuvieron Imbros, Samotracia, Lemnos y Thasos, así como la ciudad de Aenos (actual Enez, en Turquía), un pequeño imperio privado que mantuvieron hasta 1462.[32] Otro clan, los Zaccaria, antiguos poseedores de Quíos y Focea, controlaron entre 1404 y 1432 la mayor parte de la Morea, en la Grecia continental.[33]

 

La amistad más peligrosa de Génova por el lado de Oriente fue el naciente Imperio otomano. Su papel en la aparición de ese imperio fue más de barquero que de comadrona. En 1352, Génova firmó un tratado con los otomanos y les ayudó a cruzar los Dardanelos hacia Europa por primera vez.[34] En 1387, un nuevo acuerdo otorgó a los genoveses derechos comerciales en todos los dominios otomanos.[35] También tomaron partido en las guerras de sucesión otomanas que siguieron a la invasión de Tamerlán. En 1421, Giovanni Adorno transportó al poderoso sultán Murad II a través del estrecho para luchar contra su tío. A mitad de camino, se dice que insistió en que el sultán renunciara a una deuda que Adorno tenía con él. Los genoveses fueron sospechosos y odiados por ayudar a los otomanos a derrotar dos potentes contraataques cristianos contra la Sublime Puerta: Nicópolis en 1396 y Varna en 1444.[36] Cuando los turcos finalmente tomaron Constantinopla en 1453, Pera permaneció

 

 

 

 

 

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neutral e intacta. Sin embargo, fueron carracas genovesas dirigidas por el clan Doria las que rompieron por un tiempo el asedio otomano y permitieron la entrada de algunos suministros en Constantinopla.[37]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Fueron los clanes de mercaderes los que otorgaron a los genoveses su flexibilidad. Uno de ellos, los Grimaldi, tomó el principado de Mónaco en 1297 y lo conserva hasta la actualidad. Muy parecida era la situación de los Spinola y los Doria y había algunas docenas más. Todos mezclaron la guerra, la piratería, el comercio y la banca en distintas proporciones a lo largo de los siglos. Por tanto, eran estos clanes, y no la ciudad, los que poseían la mayoría de las galeras y reclutaban a la mayoría de los ballesteros. Al alquilar las galeras y soldados a otras potencias durante los periodos en los que no estaban involucrados en sus propias contiendas, los genoveses mantenían un ejército y una armada semiprofesionales a costa de otros. Cada gran clan mercante era en sí mismo una red, con parientes o agentes en cada colonia de ultramar y enclave comercial relevante. Su propensión a las luchas intestinas era real, pero estaba limitada. Los derrotados en las luchas civiles podían perder poder político en la ciudad y ser exiliados, pero no eran ejecutados ni se les confiscaban las propiedades, por lo que su poder económico sobrevivía.[38] En una crisis grave como la Guerra de Chioggia, la mayoría acudía en ayuda de la ciudad de origen.

 

La red de redes genovesa funcionaba a varios niveles: clan, alianzas de

 

clanes a largo y corto plazo, tipos distintos de clanes —antiguos y nuevos, nobles y plebeyos— más el conjunto completo. Contrariamente a la ortodoxia, parece haber sido menos individualista y más ligada al parentesco que las redes de mercaderes judeo-musulmanes reveladas por las cartas de la Geniza.[39] La rivalidad más habitual ocurría entre clanes viejos y nuevos, con nuevas élites aspirantes que surgían regularmente. La vieja élite tendía a monopolizar a los socios comerciales existentes, por lo que la nueva tenía que encontrar otros alternativos y ello daba como resultado un impulso expansivo que se volvió endémico. Cualquier cambio

 

 

 

 

 

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de gobierno mediante un golpe o rebelión podía poner los modestos recursos del Estado al servicio de los intereses de la nueva élite. Los clanes de proscritos podían resultar muy útiles, ya que permitían a los genoveses comerciar y luchar con la misma entidad política al mismo tiempo. Los Gattilusio eran «aclamados como inherente e irreductiblemente genoveses cuando convenía al Gobierno […] y también podían ser presentados como completamente extranjeros, según dictara la conveniencia».[40] En 1453, los genoveses de Pera fueron capaces de convencer al triunfante sultán otomano de que odiaban a los Doria tanto como él, por lo que quedaron impunes por la ruptura temporal del asedio. Ello explica también la continuidad de la influencia genovesa en Inglaterra, a pesar de pecadillos como el saqueo de Southampton: los mercenarios genoveses reclutados por Francia no tenían nada que ver con Génova. Y a Génova no le gustaba que los ingleses hicieran sus propias incursiones en el comercio mediterráneo, en consecuencia, se apoderó de dos barcos de Bristol que lo intentaron hacia 1457, aunque culpó de ello a piratas sobre los que, por supuesto, la República genovesa no tenía ningún control.[41]

 

Esta diáspora mercantil, políticamente flexible, contaba con un Estado cuando lo necesitaba y desempeñaba un papel aún más importante que otras diásporas en el despliegue de las reservas transnacionales de competencias, mano de obra, dinero y materias primas mencionadas en el Capítulo 7. Desarrolló este papel de diversas maneras, una de las cuales fue la exportación de líderes. Génova proporcionó almirantes a Francia, las Coronas de Castilla y Aragón, el Sacro Imperio Romano Germánico, el Papado y los otomanos. «Seis miembros de la familia genovesa Pessagno ejercieron de almirantes para el reino de Portugal en el siglo XIV».[42] También proporcionaron altos cargos militares o financieros a varios otros Estados, entre ellos Inglaterra y Marruecos. Al principio, busqué las raíces educativas y culturales de esta aparente sobreproducción de talento. En efecto, la educación de la élite genovesa era inusualmente laica, práctica y transnacional.[43] Existía una fuerte tradición de espíritu empresarial militar, cuyo último practicante fuera, posiblemente, Napoleón Bonaparte, un corso de ascendencia semiligur que no llegó a nacer ciudadano genovés por un año. Sin embargo, el principal objetivo del nombramiento de estos líderes era conectar con la red genovesa y su especial capacidad para

 

 

 

 

 

 

 

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acceder a recursos transnacionales. Contratar a un dirigente genovés era como comprar un descodificador de televisión por satélite.

 

A pesar de su poder difuso pero real, y de su agilidad cambiante, los genoveses hallaron su rival en los otomanos y fueron lo bastante sabios como para darse cuenta de ello. A partir de 1420, los sultanes se recuperaron del trastorno de estrés pos-Tamerlán y se hicieron con su propia armada. También aprovecharon las redes mercantiles existentes

 

—griegas, armenias, judías y musulmanas— y desarrollaron estrechas relaciones comerciales con Dubrovnik y con Venecia en el periodo de entreguerras, todo lo cual redujo la influencia de los genoveses. Resistieron en Pera, que aún se describía como «colonia de los genoveses» en 1586, y en Quíos hasta 1566.[44] Pero los otomanos acabaron con el resto de sus posesiones en los mares Egeo y Negro, incluidas Focea y Caffa, entre 1455 y 1482, con la excepción temporal de Chipre, tomada por los venecianos en 1489 y conquistada por los otomanos en 1571. Mucho antes, hacia 1400, ya se había notado un declive tanto en el acceso de los genoveses a los esclavos como en los ingresos obtenidos de Pera.

 

     Al observar las ventajas adicionales del acceso a nuevas tierras azucareras y de permitir que los venecianos se enfrentaran a los otomanos, los genoveses cambiaron su enfoque hacia el oeste. Sin embargo, antes de unirnos a ellos, debemos analizar los efectos de la peste sobre el poder y la resiliencia genoveses.

 

 

 

LAS RESPUESTAS GENOVESAS A LA PESTE: ¿EL ORIGEN DEL CAPITALISMO MODERNO?

 

Lejos de decaer después de 1350, Génova demostró ser la principal gestora de la peste en Europa. Al igual que otras ciudades-Estado, estaba, hasta cierto punto, preadaptada a las condiciones que se iban a dar una vez pasada la epidemia. Además, en este caso, su reducido tamaño, sus grandes aspiraciones y sus peculiaridades sociales y políticas la hicieron especialmente dinámica. «A pesar de los estragos de la peste, las guerras y las luchas civiles […] La élite genovesa se convirtió, rápidamente, en

 

 

 

 

 

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experta en movilizar y organizar hombres, material y dinero por encima de todo, al servicio tanto de la cara pacífica como de la bélica de sus ambiciones mediterráneas».[46] Entre las técnicas concretas de gestión de los recursos humanos estuvieron las retiradas estratégicas de aquellas actividades que requerían mucha mano de obra y la maximización de la escasa población propia de Génova, atrayendo inmigrantes por un lado y aumentando la disposición de sus ciudadanos y súbditos, por otro, a luchar por ella e invertir en ella. Los genoveses parecían haber abandonado el negocio de los mercenarios terrestres no mucho después de 1350 y dejaron de usar galeras intensivas en remeros para el comercio, aunque no para la guerra, al poco tiempo.[47] Se centraron en las armas y en la construcción naval a expensas de otras industrias.[48] La fabricación de seda, que empleaba a un moderado 11,6 por ciento de la mano de obra urbana a mediados del siglo XV, y la industria algodonera —la palabra jean deriva de Genoa—[*] fueron las principales excepciones.[49]

 

Otras medidas relacionadas con los recursos humanos fueron más positivas, sobre todo el esfuerzo por atraer a forasteros. «Convertirse en ciudadano de Génova […] no implicaba ninguna de las dificultades encontradas en Venecia, sino, simplemente, la promesa de cumplir con las obligaciones de la ciudadanía».[50] De hecho, esta última también suavizó sus normas de ciudadanía, aunque no en la misma medida que Génova.

 

 Si tomamos la que parece ser la mejor de las diversas estimaciones, la población de la ciudad antes de la peste en 1347, unos 80 000 habitantes, quedó reducida a 40 000 tras la primera ola.[52] Luego se recuperó a 60 000 en 1395, a pesar de nuevos brotes y numerosas muertes en las

 

distintas guerras. Una tendencia semejante —esto es, una rápida recuperación parcial tras las epidemias de peste— continuó hasta 1580, después de lo cual estuvo libre de peste hasta 1657, cuando azotó una última ola devastadora. Evidentemente, Génova estaba atrayendo gente. A los ligures de fuera de la ciudad se les concedió el derecho a ser «tratados igual que los genoveses y sus bienes en Génova, en el distrito y en cualquier otra parte del mundo».[53] También hay indicios de una mejora en el trato a los súbditos griegos de Génova en Quíos y Crimea.[54] Al igual que en Dubrovnik, el fuerte aumento de las dotes aseguraba que las mujeres de la nobleza encontraran marido enseguida y el uso de nodrizas

 

—cuyos hijos propios por lo general habían fallecido— se incrementó.[55]

 

 

 

 

 

 

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Ello mejoró las tasas de natalidad al acortar el intervalo entre embarazos. Los genoveses tuvieron incluso una política oficial posterior a la epidemia en favor de la natalidad. A los colonos de Córcega se les ofrecían bonificaciones por nacimiento.[56]

Todo ello se sumaba a la ventaja genovesa en la competencia por las tripulaciones, que venía de lejos. Disponían de «una industria bien organizada dirigida por contratistas» para suministrar remeros a las galeras y de un sistema comparable dirigido por banqueros mercantes para reclutar ballesteros y contratarlos como mercenarios.[57] Aunque esta última actividad disminuyó después de 1350, primero los franceses y luego los españoles siguieron demandando flotas de clanes genoveses. Hubo intentos de domesticar secciones concretas de la reserva transnacional de mano de obra, de establecer relaciones especiales con determinadas

 

regiones emigrantes —islas griegas, cantones suizos y distritos búlgaros—, si bien ese tipo de relaciones están mejor documentadas en el caso de Venecia. Génova mantuvo su tradicional tolerancia hacia los comerciantes judíos y musulmanes y rápidamente acogió a la diáspora armenia, expulsada de la Armenia cilicia por los mamelucos a partir de 1366. A principios del siglo XV, los armenios constituían buena parte de la población de Caffa.[58]

 

De manera que ese esfuerzo por motivar y movilizar la mano de obra y los conocimientos técnicos en la propia Génova fue una mezcla compleja de guerra, política, economía e identidad colectiva. La contienda del Bósforo (1350-1355) requirió de un enorme esfuerzo financiero y militar por parte de una sociedad que acababa de quedar reducida a la mitad por la peste, pero cuyos ingresos disponibles se habían incrementado. El desafío se superó al transformar la deuda pública en acciones —raramente reembolsables, pero que devengaban intereses y se vendían en privado— y también aumentando tanto el número de inversores como la cantidad invertida. Contribuyeron al préstamo inicial de 300 000 liras para este conflicto 7000 genoveses y una cantidad aún mayor fue suscrita para la Guerra de Chioggia, lo que elevó la deuda pública a 3 millones de liras en 1400 —una fuente señala que equivalía a 108 toneladas de plata—.[59] Esto ayudó a hacer de los genoveses «innovadores precoces en el campo del endeudamiento». Asimismo, «redefinió eficazmente el cuerpo político», al general una «creciente equiparación del ciudadano con el

 

 

 

 

 

 

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prestamista».[60] Si tu fondo de jubilación estaba invertido en deuda pública, no podías permitirte el desplome del Estado. Un cambio político simultáneo tuvo un resultado similar. A partir de 1363, los tumultos políticos obligaron a los clanes nobles a repartirse los altos cargos públicos.[61] Familias ricas no nobles, como los Adorno y Campofregoso, ascendieron a las instancias más altas. Las fuentes señalan el «ascenso gradual, pero cada vez más acentuado, de ambas familias durante la segunda mitad del siglo XIV».[62] No se trataba de una democracia plena,

 

pero el papel cívico de los plebeyos menores —pequeños empresarios y maestros artesanos— sí aumentó.[63] La pertenencia a los consejos clave se repartía a partes iguales entre nobles y plebeyos.[64] A los nobles no les gustó, pero al menos su poder económico se mantuvo, incluida su importante participación en la deuda pública. Ni ellos ni el pueblo llano podían permitirse la caída del Estado. Sin embargo, la noción de que «la identidad cívica genovesa se basaba en el beneficio individual» requiere una matización.[65] En la contienda de Chioggia, ambas clases demostraron que luchaban por algo más que por su bolsillo. Una estimación antigua, aunque plausible, de las muertes de ciudadanos genoveses en aquel conflicto es 8000,[66] algo así como una quinta parte de los hombres adultos en Liguria en ese momento, una tasa de mortalidad comparable a la de la Primera Guerra Mundial. «Dado el grado de división interna de Génova y el carácter divisivo de la sociedad genovesa, las fuerzas de la ciudad en el mar mostraron, por lo general, una notable unidad de intenciones y de acción».[67] Génova tenía poca gente, pero fue capaz de movilizar y motivar a una proporción cada vez mayor de esa población.

 

Cuando la solidaridad se rompía, algo que ocurría con bastante frecuencia, los genoveses recurrían a mediadores extranjeros en forma de

podestà —magistrados principales— contratados, o bien se entregaban a señores principescos, en particular los gobernantes de Milán y los reyes de Francia. Consideradas en su día como un indicador de decadencia, estas medidas parecen haber tenido escaso impacto real en la independencia de Génova y menos aún en la diáspora genovesa.[68] La frecuencia con la que los podestà y los señores eran destituidos apoya esta idea, al igual que otras evidencias. El dux Antoniotto Adorno logró entregar el poder a Francia en 1396, aunque siguió «manejando los hilos entre bambalinas».

 

 

 

 

 

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     En cualquier caso, este primer periodo de dominio francés terminó en 1409 y el segundo solo duró tres años, de 1458 a 1461. Una etapa más larga comenzó en 1494 o 1499 y terminó en 1512 o 1528 —de nuevo, las fechas difieren sospechosamente—.[70] En 1528, un golpe dirigido por el gran almirante Andrea Doria se hizo con el control del gobierno. Consolidó una alianza con la España de los Habsburgo y redujo a 28 el número de clanes mercantes. El logro fiscal de Génova alcanzó su punto máximo a partir de entonces, cuando «dominaron de manera abrumadora las finanzas de la Corona española».[71] No obstante, las raíces del sistema arraigan en las décadas inmediatamente posteriores a la peste negra.

 

Aunque rara vez lo asocian con la peste, algunos especialistas han sospechado desde hace tiempo que los genoveses desempeñaron un papel

en los orígenes del capitalismo —europeo moderno— y en la aparición de instituciones financieras favorables al crecimiento, como los bancos centrales, los cambios de moneda, las compañías por acciones, la deuda pública negociable permanente y la liquidación contable de la deuda privada, que, en efecto, aumentaron modestamente la oferta monetaria. Al final, los bienes se pagaban y los beneficios se obtenían en metales preciosos, pero, en un momento dado, la oferta monetaria superaba en un estrecho porcentaje a la cantidad de oro y plata en circulación. Las letras de cambio tuvieron un efecto similar. Aunque el papel de estas instituciones puede exagerarse y separarse artificialmente de otros factores, este existió y fue importante. Otros estudiosos insisten en ubicar el nacimiento de las instituciones fiscales modernas en los Países Bajos a partir de 1600, aproximadamente, seguidos de Inglaterra desde 1688. Pero el norte de Italia tras la peste, y Génova en concreto, es un lugar y una época de origen más probables.

Los genoveses crearon en 1407 un banco central, la Casa di San Giorgio, al que se transfirió la deuda pública. Esta se ha estimado en el equivalente a 191 toneladas de plata en 1500, pero antes de que Génova empezara a recibir metales preciosos de las Américas a través de España —un aumento del 77 por ciento con respecto a 1400—.[72] A pesar de la reputación de inestabilidad política de Génova, y a pesar de los bajos tipos

 

de interés, el banco y sus acciones negociables —luoghi— gozaban de la confianza del público, dentro y fuera de la ciudad. «Una multitud de pequeños inversores, genoveses y no genoveses, confiaban sus ahorros a

 

 

 

 

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los banqueros a cambio de modestos beneficios».[73] Génova había participado durante mucho tiempo en un comercio por tierra a través de Suiza y Francia hacia los Países Bajos, con ferias de intercambio en las que se comerciaba con mercancías y se saldaban deudas en distintas monedas. Antes de la peste negra, las más importantes estaban en Champaña y las mercancías se transportaban en recuas de mulas. Cuando, a partir de 1380, la ruta marítima hacia el norte empezó a utilizar carracas de gran capacidad, la ruta terrestre dejó de tener sentido para los cargamentos a granel, pero adquirió aún más importancia para los negocios: la liquidación de deudas, la colocación de inversiones y la transferencia de metales preciosos, preferiblemente oro, porque era doce veces más fácil de transportar que el mismo valor en plata. El auge de los servicios regulares de correo a caballo, a menudo fechado en torno a 1500 y asociado a la familia alemana Thurn und Taxis,[**] [74] comenzó, en

 

realidad, con la scarsella genovese —llamada así por la saca de cuero para cartas— a finales del siglo XIV.[75] Con un promedio de 50 kilómetros al día, podían transportar información de Génova a Brujas más rápidamente que un carruaje o una gran galera, separación pionera de la comunicación y el transporte en la que cada uno servía al otro. Los genoveses participaban cada vez más en el lado bancario de la ruta terrestre y la ubicación de las principales ferias de intercambio se desplazó hacia el sur, primero a Ginebra y Lyon en el siglo XV y después a Besanzón y Piacenza en el XVI.[76] En parte por las ferias y en parte por los atractivos de la Casa di San Giorgio, «el capital de las urbes italianas se drenaba todo hacia Génova».[77]

 

Uno de los problemas del comercio marítimo a gran escala con el norte de Europa era el riesgo de ataques de piratas y corsarios. El seguro marítimo surgió en Génova a partir de 1350, aunque los historiadores parecen reacios a implicar explícitamente a la peste. «Las primeras pólizas conocidas se suscribieron en Génova a mediados del siglo XIV».[78] «El momento de la aparición del seguro marítimo a mediados del XIV estuvo vinculado a un aumento del capital individual disponible».[79] El número de contratos de seguro firmados ante notarios en Génova aumentó desde la década de 1370, alcanzó su punto máximo entre 1428 y 1432 y disminuyó a partir de 1440 porque la ley reconocía ahora los contratos de seguro privados y, por tanto, los notarios ya no eran necesarios.[80] Como se

 

 

 

 

 

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mencionó en el Capítulo 5, la misma transición amanuense, para ahorrar tiempo a los notarios supervivientes, ocurrió antes con tipos de contrato más familiares. El seguro marítimo no redujo la asunción de riesgos; de hecho, incrementó la disposición colectiva a asumir riesgos al compartirlos. Los primeros aseguradores eran individuos privados que asumían una pequeña parte del riesgo, no empresas especializadas.[81] Hay indicios de que los primeros seguros marítimos podían considerarse una forma de juego,[82] que, a su vez, pudo aumentar tras la peste negra. Los naipes aparecieron en Italia y España en el último cuarto del siglo XIV.

 

     Con respecto a las loterías formales, solo se conocen desde la década de 1440, pero parecen estar ya «plenamente desarrolladas, lo que sugiere que las loterías habían estado en curso durante algún tiempo».[84] Sea como fuere, en la Génova posterior a la peste, asegurados y aseguradores procedían del mismo grupo y los contratos reforzaban los lazos grupales.

 Esos grupos estaban ciertamente en movimiento entre los genoveses de la época y ello puede tener también implicaciones interesantes para el origen del capitalismo.

 

La peste negra, y en menor medida cada ola posterior de la epidemia, destruyó familias, grandes o pequeñas, que después se reagruparon. En el nivel más sencillo, las viudas y los viudos volvían a casarse y los niños huérfanos eran adoptados. También hay muchos indicios de reagrupación a mayor escala, sobre todo en forma de cofradías religiosas, algunas de las cuales se basaban en profesiones compartidas y, por tanto, se confundían con los gremios artesanales. «Las cofradías existían antes de la peste negra, pero se multiplicaron considerablemente después de ella».[86] Estas fraternidades eran «una forma de familia sustituta», «actuaban como familias artificiales, unidas no por la sangre, sino por una regla común».

 

     Las familias extensas reales, unidas por la sangre o por algún sustituto de esta, también podían jugar a este juego y en Génova lo hicieron.

 

Incluso antes de la peste, para la élite genovesa la familia era un concepto maleable, extensible por medio del matrimonio, la adopción, el aprendizaje, el servicio y el padrinazgo. Los clanes de nobles mercaderes genoveses llegaron a ser conocidos como alberghi, uso documentado por primera vez en 1267. Literalmente «posadas», ocupaban barrios dentro de la propia ciudad.[88] Aunque fue después de la peste negra cuando estos «consorcios familiares […] se convirtieron en el eje de la estructura social

 

 

 

 

 

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urbana».[89] La nueva élite de familias plebeyas adineradas que surgió después de 1350, considerada por algunos como una nueva nobleza, pudo haber sentido la necesidad de igualar a la antigua en número y seguridad, así como en riqueza. Un experto define el albergo como «una red social formada por una nueva nobleza genovesa que iba más allá de su propia familia».[90] Los nuevos alberghi estaban formados por grupos de familias. «Mucho más que una simple alianza entre familias, representaban una fusión aquellas que lo componían».[91] Tomaban el nombre de la familia dirigente o adoptaban un nombre completamente nuevo. «Abandonar el nombre ancestral era un paso serio y una indicación del fuerte deseo de formar una nueva unidad con la misma solidaridad que el anterior grupo de parientes».[92] La antigua nobleza parece haber respondido al incorporar familias menores a sus alberghi. En 1455, la familia Spinola incluía al menos 135 hogares. Estas tribus urbanas proliferaron después de 1350. «En la década de 1370 existían alrededor de 70 y un centenar en 1400. En 1467, el 95 por ciento de los hogares de Génova estaba organizado en alberghi. Como ya se ha señalado, en 1528 Doria redujo el número de alberghi a 28 clanes, a los que pertenecían la mayoría de los ciudadanos.[93]

 

Una evolución comparable se produjo en una entidad similar, la mahona o maona, utilizada a partir de 1235 para los grupos que participaban en alguna empresa compartida fuera de la ciudad. Se

diferenciaba de las sociedades comerciales —commenda— en que estaba destinada a ser permanente y, al igual que los alberghi, llegó a adoptar un apellido compartido. El ejemplo más destacado fue el de los Giustiniani, una fusión de una docena de familias plebeyas de mercaderes creada en 1362 para dirigir Quíos, cosa que hizo durante más de dos siglos. La primera mahona de Quíos, fundada en 1349 y reformada en 1362, contaba en 1566 con más de 600 accionistas.[94] Los Giustiniani también tenían un albergo en Génova. A finales del siglo XIV surgieron otras mahonas de menor éxito, que intentaron gobernar Chipre (1374, reformada en 1403) y Córcega (1378).[95] De las seis identificables, cinco son posteriores a la peste negra. Las mahonas eran organizaciones no estatales, pero estaban reconocidas oficialmente por la comuna de la ciudad y, desde 1913, los historiadores han visto en ellas un origen para las sociedades mercantiles europeas, como las Compañías de las Indias Orientales inglesas y

 

 

 

 

 

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neerlandesas. Algunos alberghi también tenían reglas formales que obligaban a sus miembros a «actuar y comportarse en todo como si fueran nacidos de dicho nombre».[96] No obstante, estas normas y reconocimientos no hacían más que registrar una reorganización socioeconómica posterior a la peste, no la impulsaban, y lo mismo puede decirse de otro tipo de grupos: las alianzas a largo plazo de varios clanes que no eran mahonas formales, sino consorcios informales sin existencia oficial. Estaban vinculados por matrimonios mixtos, el padrinazgo y el intercambio de hijos como aprendices de mercader, con los que uno debía «actuar como lo haría en el futuro con un hijo tuyo».[97] «Una cierta convergencia de intereses, reforzada por lazos matrimoniales, se producía entre los Campofregoso y los Doria y Grimaldi, por un lado, y los Adorno

 

     Spinola, Malaspina y Del Carretto por otro».[98] Ello reflejaba «el papel omnipresente de los clanes en Génova» y una mayor preferencia que Venecia por las normas informales, en lugar de recurrir a los costosos y engorrosos tribunales.[99]

Después de la peste aparecieron también —en menor medida— consorcios no oficiales en otras ciudades del norte de Italia, como Florencia. Parecen un ancestro plausible de la empresa o compañía moderna, aunque no sean muy populares entre aquellos economistas que prefieren un linaje individualista racional. Se hacen eco de la asociación semántica de parentesco y empresa —com panis, «aquellos con los que se comparte el pan», ya fuera en una mesa o junta compartida—. Algo funcionalmente similar puede detectarse entre los clanes bancarios alemanes de Augsburgo y Núremberg.[100] No estoy convencido de que se puedan calificar algunos de estos desarrollos de institucionales. Parece más una cuestión de historia social o cultural, o incluso de antropología histórica. Puede que haya una vertiente neotribal de parentesco ficticio en el origen de las empresas y las corporaciones multinacionales y tal vez del propio capitalismo europeo moderno, inducido por la peste más que por el progreso.

 

 

 

ENREDOS IBÉRICOS:

 

PORTUGAL

 

 

 

 

 

 

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Durante la centuria posterior a 1415, Portugal colonizó cuatro archipiélagos atlánticos, aseguró para sí diferentes enclaves comerciales a

 

lo largo de la costa occidental africana —todos ellos en alianza con los gobernantes africanos locales— y se hizo con importantes territorios costeros en Angola y Marruecos occidental. Esto último resultó temporal, pero, en cambio, al otro lado del Atlántico, y como continuación de varias empresas privadas, la Corona portuguesa consolidó el control de zonas de la costa brasileña desde 1549. Así, hacia 1570, la región nororiental

—Bahía y Pernambuco— se había convertido en el primer exportador mundial de azúcar. Junto con los bretones y los vascos, los portugueses fueron también pioneros en la pesca del bacalao a partir de 1499 en Terranova, adonde enviaban hasta 100 pequeños barcos al año hasta 1550, aproximadamente, después de lo cual delegaron el comercio en otros, al tener cosas más rentables que hacer.[101] Portugal obtuvo unos 50 fuertes y puertos en África oriental, India y el sudeste asiático, incluidas las grandes ciudades de Malaca (1511) y Ormuz (1515). Los mercaderes lusos llegaron a China en 1516 y en 1557 establecieron una base en Macao con el consentimiento de los Ming, a la que siguió un puesto comercial en la ciudad japonesa de Nagasaki en 1571.

 

Como muchos han señalado, Portugal no parecía, en principio, la nación más probable para semejante expansión.[102] En 1415 no sumaba más allá de 900 000 habitantes, aunque es posible que iniciara su recuperación demográfica antes que la mayoría. Tampoco era una nación bien dotada de recursos naturales ni de instituciones propensas al crecimiento. En otros tiempos era bastante común sugerir que este aparente misterio se resolvía fijándonos en las conexiones genovesas, pero ese punto de vista parece haber perdido fuerza en las últimas décadas. Ciertamente, Génova rara vez aparece en las explicaciones de la primera conquista ultramarina de Portugal, la de Ceuta en 1415. Más bien, lo que se debate son las motivaciones de Portugal: revivir la Reconquista

 

—después de 166 años—; consolidar la nueva dinastía real establecida en 1385; o bien mantener a la nobleza militar alejada de cualquier veleidad desestabilizadora. Se ha sugerido que «evidentemente, los genoveses no estaban contentos con esta campaña militar en Ceuta, ya que había arruinado allí su actividad comercial».[103] De hecho, como vimos en el Capítulo 4, sus transacciones, especialmente la adquisición de oro de África occidental, ya se habían visto comprometidas con la guerra civil en

 

 

 

 

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Marruecos y la consiguiente interrupción del comercio transahariano. Aunque Portugal tal vez no fuera la prioridad más importante de los mercaderes genoveses en 1415,[104] su influencia allí era considerable. «Los italianos, en particular los genoveses, es probable que se encargaran de la mayor parte del comercio marítimo portugués, además de proporcionar servicios de crédito y banca».[105] Los Pessagno seguían siendo almirantes hereditarios, además de otros clanes de mercaderes bien asentados. Prácticamente, todos los barcos de la flota mercante portuguesa fueron utilizados para la expedición a Ceuta, difícilmente viable sin la cooperación genovesa.[106] De manera explícita, una fuente asegura que los genoveses respaldaron financieramente la expedición y otra lo da a entender.[107] Por supuesto, los genoveses jugaron a dos bandas para seguir ocupando un lugar destacado tanto en la Fez musulmana como en la Ceuta cristiana.[108] El flujo de oro se reactivó: la interrupción se remonta «a finales de la década de 1390 hasta la segunda década del siglo XV». [109]

 

Lo que hicieron entonces los portugueses fue establecer un miniimperio en el Atlántico oriental, un trampolín para la expansión, en parte anterior y, en gran medida, facilitador de sus aventuras americanas y asiáticas. Lo llevaron a cabo con una notable ayuda genovesa. El trampolín presentaba tres componentes regionales: África occidental, las islas atlánticas y Marruecos. En este último, los primeros esfuerzos por expandirse más allá de Ceuta fueron, en su mayoría, infructuosos, pero entre 1471 y 1515 sí lograron conquistar la mayor parte de la costa atlántica de Marruecos, incluidas diez ciudades portuarias, como Mazagán (actual ciudad marroquí de El-Yadida), Safí, Mogador (actual Esauira) y Agadir. Estas poblaciones producían textiles muy demandados en África occidental, que se utilizaban en el comercio transahariano. Alrededor del 40 por ciento del oro y los esclavos recibidos se pagaban con tejidos marroquíes. «Las telas marroquíes estaban consideradas un artículo de lujo en África [occidental]».[110] En los territorios más al interior de estas urbes había regiones fértiles que producían un excedente de grano, intercaladas con otras más áridas dedicadas a la cría de caballos. Los portugueses se aliaron con pastores nómadas de estas últimas y, con su ayuda, exigieron grano como tributo, que les proporcionó, aproximadamente, la mitad de las 9000 toneladas anuales que tomaron de

 

 

 

 

 

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Marruecos en su apogeo.[111] «Las grandes llanuras productoras de grano marroquí […] se convirtieron en una parte muy importante de […] el mundo atlántico que forjaron los portugueses».[112] La gran importancia de este logro radicaba en el déficit de grano en la metrópoli portuguesa. Por su parte, los caballos ayudaban a los pueblos de África occidental a defenderse de la caballería esclavista del interior. Debido a ello, su demanda era enorme, al igual que la de paños. Los portugueses adquirían sus monturas en Marruecos, «ya fuera por compra o como forma de tributo», para intercambiarlas por esclavos más al sur.[113] Los puertos marroquíes, todos ellos gestionados por sus propios comerciantes genoveses, eran también salidas muy apropiadas para el comercio transahariano, ya que reducían la distancia que tenían que recorrer las caravanas y complementaban el oro y los esclavos obtenidos de los enclaves comerciales portugueses en África occidental, en especial Arguin (en Mauritania, fundado en 1445) y San Jorge de la Mina (en Ghana, que data de 1482; vid. Mapa 5 arriba).

 

Aunque los portugueses [más tarde] se abastecieron principalmente de oro africano en Arguin y San Jorge de la Mina, hasta el año 1510 el comercio con las ciudades del litoral atlántico de Marruecos les proporcionó tanto polvo de oro como monedas de oro acuñadas, cuyo valor […] a veces superaba el del comercio en estos lugares más famosos. Entre 1495 y 1498, por ejemplo, el valor del oro adquirido en Safí superó en un 37 por ciento al del polvo de oro extraído en San Jorge de la Mina.[114]

 

La ventaja militar portuguesa sobre los marroquíes se redujo a partir de 1515. Un gran contingente portugués fue aplastado en la batalla de Alcazarquivir (1578) por una nueva dinastía marroquí de ideología reformista (vid. Capítulo 13) y el primer imperio portugués en Marruecos se derrumbó. Los historiadores señalan, con razón, que se había vuelto extremadamente costoso en términos de hombres y dinero. Aunque cumplió esa función de trampolín.

 

Los viajes portugueses por la costa occidental africana empezaron en 1419, en busca de esclavos y de oro barato. Desde el principio, allí estaban los genoveses. El hecho de que las brújulas de los barcos fueran conocidas en Portugal como agujas genovesas resume su contribución.[115] Un

 

 

 

 

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consorcio de la ciudad-Estado creó la primera compañía de esclavos en Lagos (1444), el puerto más meridional de Portugal.[116] El capital genovés estaba, probablemente, detrás de Fernão Gomes da Mina, que arrendó el monopolio de la Corona sobre el comercio de Guinea (África occidental) durante un tiempo a partir de 1469.[117] Para el año 1500, los genoveses «dominaban el suministro temprano de esclavos desde Senegambia a Lisboa y Cabo Verde» (las islas de Cabo Verde, frente a la costa de Guinea).[118] Estas islas se convirtieron en un importante centro tanto de la trata como de una cultura mestiza negroportuguesa, de la que se habla en el Capítulo 15. Los genoveses introdujeron plantaciones de azúcar en las islas, que ayudaron a colonizar en las décadas de 1450 y 1460. Fue aquí, en 1462, donde se cree que hicieron su contribución más dudosa a la historia mundial: la primera plantación de azúcar trabajada, principalmente, por esclavos negros. El crédito de semejante novedad hay que otorgárselo al clan de los De Nolli, nobles menores de la ciudad ligur del mismo nombre que, hacia 1450, llevaron sus tres barcos desde el Mediterráneo oriental al Atlántico al servicio de Portugal. Se casaron con miembros de la nobleza portuguesa, participaron en el comercio de esclavos y oro y fundaron una base en una de las islas de Cabo Verde.[119] Aquí, «los primeros colonos de Cabo Verde, dirigidos por su gobernante genovés, crearon una colonia de estilo italiano al margen de las sociedades europea y africana».[120]

 

Los genoveses establecieron una industria azucarera en Madeira a partir de 1446, esta de mayor éxito, que siguieron controlando. «En 1472, los cultivadores portugueses de Madeira protestaron contra la hegemonía genovesa en el comercio del azúcar».[121] Hacia 1500, Madeira se convirtió brevemente en el principal exportador de azúcar, con 200 molinos y una producción de unas 3000 toneladas. Sin embargo, los recursos madereros de los valles de la fértil isla se agotaron rápidamente, tanto para la madera de los barcos como para el combustible de la azucarera, y su producción de azúcar disminuyó desde entonces. Las islas de Santo Tomé, en el golfo de Guinea, colonizadas desde 1480, tuvieron una carrera similar como exportadoras de azúcar a mediados del siglo XVI, con 60 grandes ingenios que producían la misma cantidad que Madeira en su momento álgido. Santo Tomé, al igual que Cabo Verde, fue centro del comercio de esclavos y base para los portugueses negros. Los

 

 

 

 

 

 

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genoveses introdujeron también plantaciones de azúcar en las Azores, pero estas islas acabaron resultando inadecuadas, por lo que se dedicaron al cultivo de cereales. Tres veces mayores que Madeira, eran muy fértiles y producían de dos a tres veces más grano por semilla que en Portugal,[122] por lo que se convirtieron en «el granero de Lisboa y Madeira».[123] Las Azores y Madeira tuvieron, principalmente, colonos blancos y, como vimos en el Capítulo 6, aportaron mucho más de lo que les correspondía a los antepasados colonizadores de Brasil.

 

Entre 1440 y 1480, a medida que se aceleraba el desplazamiento de Génova hacia el Mediterráneo occidental, «muchos hombres genoveses navegaron hacia Portugal y la mayoría nunca regresó a Italia», Cristóbal Colón entre ellos.[124] Al igual que los De Nolli, Colón encontró esposa entre la nobleza portuguesa y muchos otros siguieron su mismo camino. Cuatro clanes mercantes, entre ellos los Doria, trabaron matrimonio con los influyentes portugueses Da Costas, por ejemplo.[125] A partir de 1492, los genoveses volvieron a modificar el statu quo y pasaron a inclinarse más hacia España que hacia Portugal. Aunque, como de costumbre, conservando algunos lazos, por si acaso. Financiaron la fundación de Macao[126] y su influencia en el Estado da India —el aparato administrativo del Imperio portugués en Asia— persistió hasta el siglo XVII. En 1625, a pesar de la prohibición impuesta a los comerciantes extranjeros, ocho genoveses residentes en Goa ofrecieron un cuantioso préstamo al Estado.[127]

 

No se trata aquí de negar la influencia portuguesa en su propia expansión. Portugal fue, claro está, una base fundamental de ese desarrollo, en parte debido a su adaptación particular a la peste. Una reciente interpretación pesimista de la economía posterior a la peste se contradice con distintos grupos de pruebas.[128] Uno es la expansión de la actividad marítima desde 1360[129] y otro el creciente papel de los impuestos sobre las ventas a partir de 1372, que hicieron aumentar los ingresos reales en un 41 por ciento para 1401.[130] Un tercer indicador es la creciente demanda de sal de Setúbal, la mejor de Europa, para las pujantes pesquerías del norte.[131] Un cuarto, el crecimiento de Lisboa antes de 1500 que, dada la disminución de la población general, indica una mayor centralización, especialización y movimiento comercial. Lisboa tenía 14 000 habitantes en el siglo XIII, 35 000 en 1400 y quizá 50 000 en

 

 

 

 

 

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1500, a pesar de las numerosas epidemias, para luego alcanzar los 165 000 a principios del XVII.[132] Por último, como sugiere el ascenso de las importaciones de grano, se produjo un cambio hacia productos agrícolas más valiosos, como el ganado, el lino, las aceitunas y las uvas. En 1500, el 43 por ciento de la producción agrícola procedía de la ganadería y el 16 del vino, por solamente un 38 por ciento de los cereales.[133] Por tanto, el ganado posterior a la peste era mayor y más numeroso.[134] El cambio fue especialmente marcado en el Minho, al norte del país, lo que empujó a que esta región se convirtiera en una de las grandes zonas suministradoras de emigrantes.[135] Nada de esto fue suficiente para financiar la enorme expedición a Ceuta, de 20 000 hombres y al menos 200 barcos —los préstamos todavía se estaban pagando en 1440—,[136] aunque sí ayudó.

 

El desarrollo —inducido por la peste— de la tecnología expansiva portuguesa resulta perceptible desde la década de 1370, cuando aparecen cañones, fuertes artillados y armaduras de acero junto con carabelas más grandes. También hubo diversas mejoras en la organización militar. «De 1380 a 1415 se produjeron desarrollos fundamentales en el modo de hacer la guerra de los portugueses»,[137] si bien este kit luso para la expansión no parece haber alcanzado la madurez a tiempo para ayudar en las primeras campañas marroquíes. Ambos bandos contaban con algunas armas en la toma de Ceuta, pero son los números portugueses y las divisiones marroquíes los que parecen haber importado realmente. Como se ha señalado en el Capítulo 7, una expedición portuguesa de 2000 hombres a las islas Canarias en 1424 fue derrotada estrepitosamente por los canarios, que no tenían armas ni acero. En el bienio 1436-1437, los marroquíes, bien escasos de armamento, derrotaron con contundencia un asalto portugués a Tánger.[138] Otros cuatro ataques a Tánger fracasaron igualmente en la década de 1460. No obstante, llegado 1471, los portugueses consiguieron tomar la cercana Arcila a base de «destrozar las puertas con un aterrador fuego de artillería» y Tánger se rindió.[139] La mayoría de las victorias portuguesas en Marruecos se produjo entre 1471 y 1515.

 

De hecho, la magra ventaja militar de Portugal en esta época podría haber alcanzado un ámbito global. Los galeones lusos se adaptaron a partir de carabelas genovesas y los financieros genoveses participaron en el establecimiento de industrias estratégicas tales como los muelles y la

 

 

 

 

 

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armería de Lisboa.[140] Los cañones de bronce de Europa central se adquirieron una vez que hubo oro de África occidental para pagarlos. Aunque fue la propia Portugal quien tomó la delantera en carabelas y cañones en los barcos, todo lo cual desembocó en la derrota infligida a una flota castellana más numerosa en 1478, como se ha señalado en el Capítulo 5. Al parecer, los portugueses fueron los primeros en utilizar botes de metralla en los cañones y, hacia 1500, eran líderes europeos en la tecnología de cañones.[141] Miles de caros cañones de bronce complementaban en 1525 sus reducidas guarniciones en Marruecos y Asia[142] y, por ese mismo tiempo, disponían en el océano Índico de 21 galeones artillados, una flota oceánica que ni siquiera los otomanos podían igualar, como se ve en el capítulo siguiente. Las expediciones portuguesas tierra adentro se vieron con frecuencia abocadas al fracaso. Entre 1550 y 1638, por ejemplo, cinco fueron derrotadas por el reino de Kandy, situado tierra adentro en Sri Lanka.[143] Sin embargo los puertos fortificados portugueses resultaban inexpugnables. Habían conseguido algunos mediante negociaciones con los gobernantes locales, que acogieron favorablemente una red comercial alternativa (vid. Capítulo 9) y otros cayeron ante los asaltos anfibios de los europeos, que utilizaban barcos con cañones giratorios de retrocarga capaces de disparar más rápido que los cañones indios, mientras que otra tecnología de transición, el blindaje de acero, proporcionaba una ventaja adicional (vid. Capítulo 7). En las primeras décadas en Asia, los portugueses mostraron cierta agresividad similar a la de los españoles en México y Perú por la misma época. Pero, en el caso de los primeros, aprendieron pronto que debían contar con aliados locales y redes comerciales en el interior, lo que les llevó a moderar tal agresividad.

 

Dejando a un lado algunas franjas costeras de Brasil y Angola, la expansión portuguesa fue menos un imperio que un collar semiglobal de puertos comerciales fortificados, desde Ceuta hasta Macao, y apenas trajo para la metrópoli unas 3000 toneladas de productos de Extremo Oriente al año. Pero como globalizador de la especulación al redistribuir mercancías, esclavos, biota y metales preciosos por todo el planeta, no debe subestimarse, porque su valor era alto por más que los volúmenes no lo fueran. Los portugueses extrajeron unas 80 toneladas de oro de África occidental entre 1480 y 1620 y, a finales del siglo XVI, ya se hacían con cantidades anuales similares de oro también de la región de Zimbabue.

 

 

 

 

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 Los beneficios de ese comercio africano rondaban el 500 por ciento[145] y los rendimientos de las especias asiáticas también eran enormes. No en vano, la pimienta vendida en Lisboa, de la cual importaban entre 1000 y 2000 toneladas al año, alcanzaba ocho veces su precio indio. Los sobreprecios de los cientos de toneladas de otras especias podían ser aún mayores. «Durante la primera mitad del siglo XVI, Portugal era el país más rico de Europa; en 1518, el comercio de ultramar representaba el 68 por ciento de sus ingresos nacionales».[146] Brasil produjo azúcar desde 1557 y fue el principal exportador entre 1580 y 1650, aproximadamente. Las ganancias privadas aquí eran un modesto 30 por ciento, aunque después de que la Corona se llevara una tajada similar.

 

    

 

Gran parte de esta riqueza, sin embargo, fue a parar a otras potencias europeas a cambio de manufacturas como cañones y paños y despertó el apetito de los rivales por su trozo del pastel. A partir de 1578, Portugal atravesó tiempos difíciles, no tanto como resultado de la unión dinástica con España —1580-1640, la cual se cree últimamente que fue bastante benigna—, sino por las derrotas ante sus rivales, antiguos o nuevos. La caída de Alcazarquivir costó 15 000 hombres, las conquistas mogolas de Guyarat y Bengala en la década de 1570 frenaron las operaciones en la India y Japón los expulsó de su territorio en 1639. Además, y muy especialmente desde 1592, los holandeses intentaron por todos los medios quedarse con el Imperio portugués, asunto que se deja para el Capítulo 12. El declive relativo fue bastante pronunciado a partir de 1620, a pesar de lo cual el régimen mostró una notable resistencia debida a su peculiar carácter híbrido más que a una ayuda continuada de los genoveses. Sus pecados tempranos y también sus éxitos iniciales fueron el resultado de su manera propia de adaptarse a las circunstancias generadas por la peste y también del papel desempeñado por su comadrona genovesa. Por cierto, un producto esta última de la peste, siquiera parcialmente.

 

 

 

ENREDOS IBÉRICOS: ESPAÑA

 

 

En 1479, del matrimonio de Isabel de Castilla con Fernando de Aragón nació, diez años después, una España unificada. A su vez, Carlos de

 

 

 

 

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Habsburgo heredó en 1516 ambos reinos, junto con las pretensiones de la Corona de Aragón en el sur de Italia. Ya poseía los extensos dominios de los duques de Borgoña, incluidos los Países Bajos, así como las antiguas tierras de los Habsburgo en Austria y sus alrededores, cuya gestión delegó en su hermano Fernando. En 1519, Carlos fue elegido emperador del Sacro Imperio Romano Germánico mediante soborno pagado con 2 toneladas de oro[148] y, tiempo más adelante, al casar a su hijo Felipe con la reina María Tudor, los Habsburgo estuvieron a un solo bebé de quedarse también con Inglaterra. Lo que sí controlaban, como resultado de distintas herencias y alianzas, era la mayor parte de Italia e incluso le habían echado el ojo al trono de Dinamarca-Noruega.[149] Fuera de Europa, los españoles conquistaron las Canarias y las islas más grandes del Caribe entre 1480 y 1510 y, a continuación, los Imperios azteca e inca en las décadas de 1520 y 1530. A partir de 1565 obtuvieron una posición estratégica en Filipinas, que les permitió intercambiar seda china por plata americana. Con respecto a las posesiones norteafricanas, resultaron ser temporales y no son tan conocidas, aunque en diversos momentos entre 1497 y 1574 se extendieron por la mayor parte de la costa mediterránea del Magreb entre Melilla y Trípoli.[150] Así, alrededor del 40 por ciento de los europeos occidentales debía algún tipo de lealtad a Carlos V.[151] Cuando este abdicó en 1556 asignó la Corona imperial y las tierras austriacas a Fernando y el resto a Felipe, aunque esto no puso fin a esta especie de Unión Europea de los Habsburgo; la cooperación dinástica continuó hasta 1648.

 

El papel de los genoveses como banqueros de la Monarquía Hispánica

 

—tras su alianza formal con España rubricada en 1528— está ampliamente reconocido en la literatura historiográfica. Lo que no se sabe tanto es que esa relación empezó antes y que tuvo un carácter más amplio. El comercio mediterráneo de cereales se había recuperado muy rápidamente tras la peste negra. Ya antes de 1350, Venecia y Florencia eran las principales competidoras de Génova en el comercio de cereal, pero en el caso de esas dos ciudades-Estado, las tierras interiores les suministraban una mayor proporción de su grano en comparación con Liguria, la región montañosa que rodea Génova. Así pues, esta tenía un incentivo para tomar la iniciativa en el renacido comercio posterior a la peste, en busca de conseguir su trigo del litoral del mar Negro y del sur de Italia. “Dado su alcance y carácter internacional, el comercio de grano

 

 

 

 

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puede haber sido la más importante de las empresas genovesas”.[152] Sus mercaderes mantenían una fuerte presencia en el sudoeste de Andalucía y en su principal puerto, Sevilla, así como en Murcia y en Granada y los puertos de esta, Málaga y Almería. Es natural que todos estos lugares recurrieran a los genoveses para abastecerse de grano a medida que se orientaban su actividad exportadora hacia cultivos más valiosos. Por tanto, Granada empezó a importar grano siciliano a través de los genoveses en 1378 y Sevilla más o menos por la misma época.[153] Ambas pasaron a depender de estos suministros, “no solo cuando la ocasión lo requería, sino de manera continua”.[154] Algo más tarde ocurrió lo mismo con Valencia.

 

     Por tanto, muchas décadas antes del acuerdo de condotta firmado en 1528, los genoveses ya tenían al sur de España comiendo —pan— de su mano.

 

Castilla, Granada —musulmana e independiente hasta 1492— y el

 

Reino de Valencia —sujeto a la Corona de Aragón, independiente hasta 1479— significaron en un primer momento huevos colocados en cestas políticas diferentes. Las relaciones genovesas con esas tres entidades, que se intensificaron a partir de la década de 1370, fueron mucho más allá del suministro de grano. “En todo el sur de España a finales de la Edad Media, el grupo mercantil más importante era el de los genoveses”.[156] Fueron ellos quienes fomentaron, financiaron y organizaron los nuevos cultivos destinados a la exportación: azúcar, seda, arroz, vino, aceite de oliva e higos secos y pasas. A mediados del siglo XV había 40 mercaderes

 

originarios de Génova en la Málaga musulmana y otro grupo encabezado por el clan Spinola mantenía estrechas relaciones con los emires nazaríes en el interior, en la propia ciudad de Granada.[157] En cuanto a Sevilla, la presencia era mayor aún, hasta el punto de duplicarse entre 1450 y 1500 y alcanzar los 400 agentes comerciales.[158] Estos genoveses sevillanos no se significaron especialmente por sus préstamos a la Corona española, de los cuales se encargaban, sobre todo, compatriotas residentes en la misma ciudad-Estado; aunque no importaba: los de Sevilla tenían muchos otros negocios de que ocuparse.[159]

 

El de Valencia fue, quizá, el reino de toda Europa occidental más favorecido por la peste, con unos ingresos que aumentaron en un 230 por ciento entre 1315 y 1415.[160] El comercio genovés con Valencia ya era fuerte en 1379, pero con una espina clavada: los conflictos esporádicos

 

 

 

 

 

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con su señor, el reino de Aragón. El problema cesó en 1458 y los vínculos económicos se fortalecieron, con la mayoría de las exportaciones valencianas yendo para Génova alrededor de 1470, destinadas al consumo en la ciudad itálica o bien para su redistribución.[161] Valencia duplicó su tamaño entre 1418 y 1497.[162] En general,

 

     el crecimiento económico de la parte meridional de la península ibérica puede vincularse principalmente al comercio genovés. De hecho, los mercaderes genoveses desempeñaron un papel clave en la conexión de diversas áreas comerciales (por ejemplo, incluyeron Sevilla, Granada y Valencia en su red de intercambios). Organizaron actividades productivas en lugares como Granada y Valencia, al tiempo que desempeñaron un importante papel en la transmisión de conocimientos técnicos. [163]

 

Génova desarrolló un vínculo similar con los que acabaron siendo dominios españoles en el sur de Italia, los reinos de Nápoles y Sicilia. La relación venía ya de 1250, pero se intensificó con la reactivación, por mediación genovesa, del comercio de grano tras la peste experimentado a partir de la década de 1370, del que Sicilia y la región napolitana de Apulia eran proveedores clave.[164] Los genoveses también fomentaron la extensión del cultivo de la leche, el azúcar y el algodón en Sicilia, así como de la seda en Calabria, otra región napolitana. Los tratos comerciales se fortalecieron a pesar de las tensiones con el reino de Aragón, que tomó Nápoles en 1442, y aún más con el dominio español unificado a partir de 1503. Cada vez más, los genoveses residentes compartieron incluso el control rural con las élites españolas y napolitanas. En su punto máximo, durante la década de 1630, “los genoveses controlaban 1200 feudos de los 2700 centros rurales del Reino de Nápoles”. Poseían “casi toda” la deuda del reino, que ascendía a 80 millones de ducados. En la gran urbe de Nápoles propiamente dicha los genoveses dirigían un tercio de los gremios y atesoraban un tercio de los bancos.[165]

 

Por tanto, lo que tenemos aquí es una especie de entidad económica e informal de carácter transubnacional, la colonización comercial genovesa de algunas ciudades del sur de España e Italia. A medida que los otomanos se iban apoderando de sus fuentes alternativas de cereal en el mar Negro,

 

 

 

 

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Génova se volvió cada vez más dependiente del grano del sur de Italia, si bien la economía de esa región, a su vez, también dependía de Génova. De manera similar, el sur de España estaba condicionado por el trigo que los genoveses transportaban, así como por las exportaciones agrícolas de mayor valor que esa red comercial genovesa permitía. En los vastos territorios de ambas semicolonias, la influencia genovesa ayudó al desarrollo comercial y hasta su propia economía se fue adaptando con el paso del tiempo: desde 1570, Génova reactivó su industria manufacturera, en parte mediante el trabajo a domicilio realizado en Liguria, cuya población experimentó un fuerte crecimiento en el siglo XVI. Entre 1531 y la década de 1570, los telares de seda se cuadruplicaron hasta alcanzar los 10 000, que daban empleo a 35 000 personas.[166] Génova exportaba productos de hierro y acero, papel y textiles de algodón, lana y seda, así como barcos. Casi todos estos productos iban a parar a España.[167] La lana cruda procedía de la mesta;[168] y la seda y el algodón, del sur de Italia. La impresión que da es que nos hallamos ante una economía triangular integrada con Génova en el vértice y, además, en el caso español, entrelazada con un papel fiscal más amplio.

 

La colonización urbana puede ser simbiótica, es decir, beneficiosa para ambas partes, o más opresivamente colonial. ¿Cuál fue aquí el caso? Pues en el sur de España parece que más bien hubo simbiosis. En Sevilla los españoles se quejaban de las “sanguijuelas genovesas”,[169] pero, lo mismo que en Valencia, la ciudad prosperó liderada por esas sanguijuelas,

 

hasta duplicar su tamaño durante el siglo XV —antes de la entrada del oro de América— y pasar de 14 000 habitantes en 1500 a 122 000 en 1590.

 

     Granada también se benefició en grado sumo de su relación con los genoveses, aunque padeció graves daños económicos durante la campaña de su conquista entre 1482 y 1492. En el sur de Italia la historia es posible que fuera muy distinta. Un buen estudio reciente afirma que “el imperialismo simbiótico genovés no condujo al estancamiento, sino a la prosperidad del sur de Italia”. Sin embargo, parece contradictorio con una versión anterior del estudio, la cual apuntaba que “la relación genovesa con el Reino de Nápoles puede describirse como depredadora”.[171] Es el mismo autor quien aporta dos datos, dos piedras de toque para dilucidar la cuestión. En primer lugar, a partir de 1570, aproximadamente, bajo la influencia genovesa, Nápoles pasó de fabricar sus propios tejidos de seda a

 

 

 

 

 

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exportar seda cruda a Génova, un caso de deslocalización como el de los británicos en la India durante el siglo XIX. En segundo lugar, incluso durante las hambrunas del sur de Italia se seguía exportando grano a Génova. El virrey español de Nápoles se opuso, pero el monarca español desestimó sus protestas en favor de los genoveses.[172]

 

La colonización urbana depende de las rutas marítimas abiertas y su defensa fue, en buena medida, una empresa conjunta de genoveses y españoles. Sospecho que este es uno de los factores que explican el esfuerzo sorprendentemente grande que España dedicó a la conquista del norte de África, donde puede haber perdido hasta 200 000 hombres en el

siglo XVI —contando las bajas en las guarniciones—. Acumuló 58 000 bajas en cuatro grandes batallas y hubo otros muchos conflictos. La guerra de galeras requería de una secuencia de puertos para el abastecimiento frecuente de suministros y agua, de ahí su necesidad de muchos pequeños enclaves en lugar de una o dos bases principales, que, en el caso de los galeones, podían bastar. La primera conquista de la Monarquía Hispánica (1505-1512) fue relativamente fácil. Incluso en esta etapa previa a la alianza formal de 1528, los españoles contaron con apoyo genovés, cuya flota derrotó en 1512 a los famosos hermanos Barbarroja en La Goleta.

 

     Pero, a continuación, los Barbarroja obtuvieron ayuda de los otomanos y contraatacaron, por lo que, hasta 1580, se prolongó una sangrienta contienda anfibia a lo largo y ancho de toda la costa magrebí. “El control genovés sobre las fuerzas navales del Mediterráneo no le iba a la zaga al control genovés sobre las finanzas españolas” y los Habsburgo estaban encantados de recibir semejante ayuda.[174] En el periodo previo a la alianza de 1528, el emperador Carlos V escribió: “haced cualquier cosa para persuadir a dicho Andrea Doria de que entre a mi servicio, cueste lo que me cueste”.[175] Los hispano-genoveses se salieron con la suya. Recuperaron Túnez en 1535, rechazaron una invasión franco-otomana de Córcega en 1559, otro ataque a Malta en 1565 —este por los pelos— y ayudaron a ganar la gran batalla naval de Lepanto en 1571. No obstante, en conjunto, la guerra terminó con una limitada victoria musulmana: las posesiones españolas en el norte de África quedaron restringidas a unos pocos y modestos puertos occidentales y los corsarios respaldados por los otomanos siguieron con incursiones a sus anchas desde las regencias de Argel, Túnez y Trípoli. A lo largo del

 

 

 

 

 

 

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siglo XVII, esta situación fue erosionando de forma gradual la capacidad marítima de la costa mediterránea de Italia y España.

 

Con independencia de cómo se compartieran los beneficios, esa economía triangular italoespañola dirigida por los genoveses presenta implicaciones de calado. En primer lugar, resultó ser sólida y duradera, en concreto desde la década de 1370 hasta la de 1630. El pujante comercio de lana en la mitad norte de la península y otras pruebas señaladas en el Capítulo 3 demuestran por qué, contrariamente a la leyenda, la economía española, una vez adaptada a las consecuencias de la peste, gozó de bastante buena salud durante sus primeras aventuras imperiales en el siglo XVI. Eso ayuda a explicar el profundo apego de los genoveses por el Imperio español y su persistencia en financiarlo; luego ya, una vez en el siglo XVII, estaban tan involucrados que no podían desvincularse fácilmente. En segundo lugar, el vértice sevillano de esa economía triangular constituyó un buen trampolín para la expansión atlántica española, en la que los genoveses también tuvieron un papel destacado desde mucho antes de 1528.

 

La conquista española de las islas Canarias entre 1477 y 1492 fue “posible gracias a la financiación de banqueros genoveses”[176] y los mismos consorcios aparecían entre los promotores del primer viaje de su compatriota Colón a las Américas en 1492.[177] Lo cierto es que los genoveses sevillanos estuvieron metidos en todos los asuntos del Imperio español. Contribuyeron a financiar las plantaciones de azúcar en las islas atlánticas, los viajes a ultramar, la colonización de las Américas y la explotación de las principales minas de plata de México y Perú».[178] En los primeros años del comercio con el Nuevo Mundo fueron, con diferencia, el grupo de inversores más relevante.[179] Controlaron el comercio de esclavos hacia las Canarias y establecieron allí plantaciones de azúcar, para, más tarde, trasladar el uno y las otras al Caribe. Pagaron a la Corona española 25 000 ducados por el derecho formal de suministro de siervos a América en 1517, aunque sus primeras exportaciones de esclavos son anteriores a esa fecha.[180] Extendieron la plantación y molienda del azúcar a México desde la década de 1520.[181] La «mejor red comercial de España», mencionada en el Capítulo 7, que respaldó la conquista de México a partir de 1520 era, por supuesto, genovesa. Pero su principal

 

 

 

 

 

 

 

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papel en el comercio de lingotes de oro americano estaba en el lado oriental del Atlántico.

 

Entre 1500 y 1650 los españoles extrajeron de América un mínimo de

 

181 toneladas de oro y 16 800 toneladas de plata:[182] a las cifras oficiales habría que sumarle, como poco, un 20 por ciento adicional debido al contrabando. El oro superó lo extraído en África occidental, mientras que la plata transportada, por un valor total diez veces superior, habría multiplicado por cuatro la producción mundial. Los primeros flujos fueron, principalmente, de oro procedente del Caribe, México y Perú.[183] Se trataba de un recurso cada vez más escaso: depósitos aluviales finitos de los ríos de La Española, así como el saqueo y fundición del oro acumulado durante generaciones por los aztecas y los incas para sus ornamentos. Al igual que ocurrió con otros oficios que fueron a la vez extractivos y expansivos, la producción fue disminuyendo, lo que, en la década de 1530, estimuló la búsqueda de fuentes alternativas. Hallaron más oro aluvial en Colombia a partir de la década de 1550, con lo cual esa zona experimentó desde entonces varias fiebres del oro de magnitud modesta.[184] Sin embargo, la principal fuente de metal precioso hasta 1650 fue —con mucho— la montaña de plata de Potosí, descubierta en los Andes en 1545 muy cerca de una mina de plata inca.[185] Los conocimientos y habilidades técnicas, los suministros de alimentos y la mano de obra, tanto coaccionada como remunerada, de los nativos andinos resultaron fundamentales para el rápido desarrollo de la explotación. No obstante, hay que decir que los españoles de principios de la Edad Moderna, no demasiado famosos por su capacidad de innovación técnica, tampoco se quedaban atrás si de lo que se trataba era de extraer metal precioso. Empezaron a utilizar un proceso mejorado de refinación

 

mediante amalgama de mercurio —azogue— ya en 1554 y lo perfeccionaron en 1571.[186] El mercurio se mezcla con el mineral triturado y forma una amalgama con la plata, que luego se calienta para hacer que el mercurio se evapore y queda la plata pura. En 1572 utilizaron mano de obra andina para construir presas capaces de abastecer de agua a docenas de grandes molinos hidráulicos.[187] Gracias a estas y otras medidas, en 1585 habían multiplicado por siete la producción de plata en Potosí.[188] Para 1611, la localidad homónima tenía una población de 160 000 habitantes —ello a pesar de hallarse en un «paisaje desolado y

 

 

 

 

 

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árido» a 4000 metros sobre el nivel del mar—,[189] seguramente mayor que la de cualquier ciudad industrial europea. La planificación española y la mano de obra amerindia se encargaron de la producción, pero la distribución de toda aquella plata requirió del concurso de los genoveses.

 

La contribución del oro y la plata americanos a los ingresos de la Corona española alcanzó su punto máximo en 1559 con un 32 por ciento[190] y con mayor frecuencia rondaba el 20 por ciento de unos ingresos que no paraban de crecer. Pero era líquido y discrecional, no destinado a los usos esperados por los contribuyentes nacionales, algunos de los cuales también obtenían dinero de la plata privada. La mayor parte se gastó en guerras, bien fuera contra los franceses o contra los protestantes alemanes, holandeses e ingleses, sin olvidar a los otomanos. Por lo que acabó repartido por toda Europa en forma de soldadas a ejércitos y flotas, subsidios a aliados y adquisiciones de armas, caballos y suministros. Con frecuencia fueron los genoveses quienes actuaban como intermediarios en estos pagos, aunque también absorbían los ahorros de los proveedores del sur por medio de las ferias de intercambio y depósitos bancarios mencionados anteriormente en este capítulo. Ese dinero se le volvía a prestar a la Corona española y, de esta manera, se ordeñaba la misma vaca dos veces. Según dos economistas, aquello eran «finanzas globales en su máxima expresión».[191] Inicialmente, los préstamos al Estado español se habían compartido con banqueros alemanes que extraían oro y plata de minas nuevas o reflotadas del centro y sudeste de Europa.

 

     Con todo y con eso, los principales banqueros alemanes, los Fúcares y los Bélzares —o los Fugger y los Welser— llegaron a prestar a España 9,7 millones de ducados entre 1521 y 1555, ante los 19,6 millones de los genoveses.[193] A partir de mediados del siglo XVI, el dominio y la dependencia genoveses de la gestión del oro y la plata americanos se intensificó.

 

Un número más que reducido de agremiados genoveses o alianzas de

 

clanes —quizá no más allá de tres— manejaban esos préstamos de oro y plata que, procedentes de América y ahora reciclados, iban para la Corona

española. Sin embargo, los constantes conflictos bélicos —Felipe II sostuvo guerras todos y cada uno de los años de su reinado, de 1556 a 1598— hizo que la plata saliera aún más rápido de lo que entraba. Entre 1557 y 1596, la Corona suspendió cuatro veces el pago de intereses a los genoveses, que cada vez le negaban nuevos préstamos hasta que negociara

 

 

 

 

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un acuerdo. Cualquier fisura de aquel frente tan unido, como la aceptación por parte de un clan de los pagos denegados a los demás a cambio de nuevos préstamos, habría liberado a la Corona de su obligación. Pero esa brecha no se produjo, a pesar de que algunos de los clanes implicados llevaban siendo enemigos desde generaciones atrás. Los préstamos estaban organizados mediante consorcios superpuestos. Tal vez los clanes A y B estuvieran enemistados y fueran incapaces de trabajar el uno con el otro, pero ambos pertenecían un consorcio independiente junto con el clan C, lo que impedía que A o B utilizaran la situación para enfrentarse a su rival.

 

     De esa manera, los genoveses demostraron cómo podían combinar división y unidad. Con respecto a las crisis financieras, fueron suspensiones, que no impagos o bancarrotas del Estado, como en ocasiones se han descrito.[195] Por tanto, los genoveses prestaron otros 20 millones de ducados entre 1598 y 1607, el 88 por ciento de todo el endeudamiento español.[196] Para entonces, sin embargo, los intereses de la deuda a largo plazo se acercaban a la mitad del gasto del Gobierno,[197] más del doble de los ingresos de plata que llegaban de las Américas. Hubo una breve pausa en las contiendas, que se reanudaron con fuerza en 1618 con el inicio de la de los Treinta Años. El sistema financiero siguió funcionando hasta 1640, cuando, siguiendo la evolución del país, experimentó un pronunciado declive. Hacia 1608 los genoveses habían empezado a desvincularse —más bien a intentarlo— de los préstamos españoles,[198] pero estaban demasiado ligados a España como para liberarse por completo, por lo que hubieron de compartir su declive.

 

La afluencia masiva de metales preciosos acabó perjudicando a las economías ibéricas mediante lo que se conoce engañosamente como mal holandés, así denominado por haberse experimentado también en los Países Bajos a mediados del siglo XVIII.[199] Los flujos óptimos de

 

metales preciosos debían ser justos, no pasarse por un lado ni por el otro, como la temperatura justa que Ricitos de Oro reclamaba para su plato de avena. Así, frente a esa zona Ricitos de Oro, el mal holandés, que tal vez habría que llamar más bien gota fiscal, surgió de la sobreabundancia de metales preciosos, a consecuencia de la cual era más fácil comprar manufacturas a otros que fabricarlas uno mismo. Se ha sugerido que este fenómeno afectó igualmente a la Hungría del siglo XV, rica en oro.[200] ¿Para qué innovar si la abundancia de liquidez permitía comprar

 

 

 

 

 

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fácilmente y de manera selectiva las innovaciones de otros? «Que ellos inventen sus baratijas; ya elegirán los españoles las que merezcan la pena».[201] Esto erosionaba tu sector manufacturero a la vez que impulsaba el de los demás, cuyas economías también se beneficiaban de entradas más limitadas y manejables de tus metales preciosos. Esas entradas, además, estimularon la inflación, que fue más acusada en la agricultura que en las manufacturas, como quedó señalado en el Capítulo 3. Esto perjudicó a las economías internas ibéricas, mientras que

 

franceses, británicos y —hasta mediados del siglo XVIII— holandeses, todos se aprovecharon de, y entrelazaron con, los imperios ibéricos de ultramar, dopadas sus economías con el oro y la plata americanos.

 

Este capítulo se ha centrado en el papel de los genoveses en el temprano devenir imperial tanto portugués como español. Mi intención no es restar importancia a la capacidad y actuación ibéricas, sino sugerir la siguiente secuencia causal. Primero —y en contra de algunas opiniones—, españoles y portugueses compartieron el impulso económico generado por la peste, al menos a partir de 1390, y desarrollaron un kit para la expansión bajo la presión de más capital, más guerra y menos mano de obra. Segundo, gracias a una combinación de sus peculiaridades preexistentes y de ágiles actuaciones para adaptarse a la peste, los genoveses se situaron en cabeza de Europa en técnicas expansivas en los albores de la epidemia, como fueron distintas instituciones propulsoras del crecimiento. Ellos constituyeron el primer Estado militar-fiscal de Europa o, tal vez, la primera cultura militar-fiscal. Tercero, llegados al siglo XV, y ya expulsados del Mediterráneo oriental por los otomanos, los genoveses se vincularon fuertemente primero con Portugal y más tarde con España y ejercieron un papel de comadronas para las expansiones globales que acometieron las dos naciones ibéricas. Por último, esa expansión de España y Portugal fue pionera e impulsó y facilitó las posteriores emprendidas por holandeses, franceses y británicos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 11

 

 

 

 

 

Los otomanos y la gran

 

distracción

 

 

 

Los otomanos comenzaron como una pequeña confederación tribal de turcos oguz asentados en Anatolia. Desconocidos para la historia hasta 1301, en la década de 1530, sin embargo, ya tenían el imperio más grande de Eurasia occidental, que abarcaba Anatolia e Irak,

 

los antiguos dominios mamelucos de Egipto, la Gran Siria y el Hiyaz; las costas del mar Negro, Yemen y el Magreb, así como los Balcanes y la mayor parte de Hungría. A lo largo del siglo siguiente, saqueadores tributarios de los otomanos tomaron miles de esclavos tan al norte como Inglaterra, Irlanda y Moscovia. En 1683, los turcos estuvieron muy cerca de tomar Viena, tanto que el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico huyó de su capital.[1] Como se menciona en el Capítulo 8, poseían entonces un dominio de unos 1 160 000 kilómetros cuadrados en Europa, del cual conservaron la mayor parte hasta mediados del siglo XIX. Sin embargo, a pesar de todo ello, con frecuencia se les sigue excluyendo de la historia del Viejo Continente, o bien se les despacha con la célebre expresión decimonónica de el enfermo de Europa. Todavía hay que recordarle a la gente que Estambul está, y siempre ha estado, en Europa. Aunque en algunos círculos persisten los malentendidos eurocéntricos en torno a los otomanos, durante las últimas décadas ha surgido una gran cantidad de estudios que los contrarrestan. Este capítulo vuelve a utilizar

 

 

 

 

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algunos de ellos para reevaluar el papel de la peste en la expansión otomana y el de los otomanos en la expansión europea.

 

 

 

EL ESTADO DE LA

 

RECUPERACIÓN

 

 

Como hemos señalado, los otomanos preferían atribuir su notable ascenso a sus propias virtudes y al favor divino y no a «meros accidentes» como la

 

peste.[2] La epidemia les concedió una ventaja —mientras fueron nómadas— sobre rivales sedentarios como los bizantinos, aunque esta duró poco. A principios del siglo XV, con tres hijos del desafortunado sultán Bayaceto I fallecidos a causa de la peste, los otomanos eran tan vulnerables a ella como el resto y lo fueron aún más a partir de 1520.[3] Nükhet Varlık argumenta de forma convincente que la expansión e integración económica otomanas contribuyeron a propagar y renovar la peste desde esa época, pero también afirma que el auge otomano «se produjo a pesar de la peste».[4] Aunque sería más acertado decir «a causa de la peste». El verdadero impulso de la pandemia no fue para los otomanos la exención pasajera y parcial concedida por el nomadismo, sino la creación de un nuevo campo de juego hambriento de mano de obra en el que su extraordinaria habilidad para conseguir que otras personas trabajaran y lucharan por ellos se refinó y amplió hasta el punto de convertirse en una ventaja decisiva. Ellos fueron los mejores gestores de la peste, por encima incluso de los genoveses, y, como hemos visto, sus técnicas de recuperación ante desastres también funcionaron como elementos de su kit para la expansión.

 

Si hablamos de la expansión otomana, parecen sólidos los argumentos para fechar el cambio de marcha a una velocidad más rápida en las décadas inmediatamente posteriores a la peste negra (vid. Mapa 6). Cosechó éxitos antes de la epidemia, entre 1301 y 1346. Por ejemplo, capturaron la Bursa bizantina en 1326, aunque solo después de doce años de asedio, ya que aún no podían tomar ciudades directamente. Fueron capaces de ganarse la libre lealtad de señores bizantinos y grupos de nómadas turcomanos. Su principal éxito contra los beylicatos musulmanes

 

 

 

 

 

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rivales antes de 1350 parece haber sido el sometimiento del emirato costero de Karesi en el periodo 1345-1346, coincidiendo con una crisis de sucesión.[5] Ahora bien, antes de la década de 1350 los otomanos apenas se diferenciaban de otros beylicatos destacados, como los de Germiyán o Karamán. Su entrada en Europa entre 1352 y 1354, cuando se hicieron con

 

su primer bastión en el Viejo Continente —Galípoli—, marca el cambio de tendencia. En la década de 1360 se apoderaron de Tracia y, en 1376, sometieron territorios más o menos equivalentes a la actual Bulgaria —que incluye parte de la antigua Tracia, pero también otras regiones—, así como a los formidables serbios después de Kosovo en 1389.[6] Durante la década de 1390 añadieron seis beylicatos de Anatolia a sus dominios y derrotaron una importante cruzada europea contra ellos en Nicópolis (la actual Nikópol) en 1396.[7] Fue en esta etapa inmediatamente posterior a la peste cuando se hicieron visibles por vez primera, y de forma coherente, los elementos propios del arte de gobernar otomano: los jenízaros

 

—infantería esclava de élite— quizá ya desde 1365; los arrendamientos fiscales —una forma de obtener ingresos futuros para las guerras en curso— en la década de 1380; y su primer arsenal naval en la década de 1390. A ello hay que sumar el importante sistema de reclutamiento forzoso o devşirme, esto es, la conscripción de siervos jóvenes para hacer de ellos soldados o burócratas, una forma de impuesto sobre los hijos de los súbditos cristianos, que ya funcionaba como muy tarde en 1395.[8] «Los gobernantes otomanos empezaron a desarrollar sus distintivas instituciones esclavistas y clericales a finales del siglo XIV».[9] Fueron esas instituciones religiosas, que se sirvieron de la transición amanuense posterior a la peste, las que permitieron otros avances. De esta manera, el Estado otomano centralizado conocido a menudo como la Sublime Puerta desde 1453 —por una puerta situada en el palacio de Topkapi—[*] contaba con la primera burocracia moderna de Europa.

 

Desde la década de 1360 —como ya se ha señalado en el Capítulo 8—, los otomanos tenían dos bases, en Anatolia y en los Balcanes, cada una de las cuales era utilizada para expandir la otra.[10] La tradición gazi de la guerra santa contra los cristianos fue explotada para reclutar turcos, ayudada por el monopolio otomano del acceso turco a los

 

Balcanes después de 1352 debido a su alianza con —algunos— genoveses. Si eras un gazi deseoso de obtener beneficios en este mundo o el paraíso

 

 

 

 

 

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en el otro a base de logros conseguidos en la nueva frontera balcánica, tenías que abrazar la bandera otomana. La historiografía que ahora pone más énfasis en la apropiación de cristianos enfatizó durante mucho tiempo y en demasía ese elemento de la guerra santa. Sin embargo, era típico de los otomanos que ambas pudieran coexistir. Asegura un historiador que el imperio fue «cofundado» por los otomanos junto con dos grupos cristianos o excristianos, que, en un principio, se consideraban iguales. Sin embargo, los otomanos demostraron ser «el único de los cofundadores con la capacidad de atraer un flujo constante de nueva mano de obra».[11] Después de 1360, con otros beylicatos turcomanos ya convertidos en aliados vasallos, sus contingentes reforzaron rápidamente los contingentes otomanos en los Balcanes. Sus arqueros lideraron el ataque otomano que tuvo lugar en Kosovo en 1389,[12] de hecho, varios historiadores militares ven ahora esa encarnizada batalla como un empate. No obstante, los otomanos fueron capaces de reconstruir enseguida su ejército, al contrario que los serbios. Una vez recuperados, muchos serbios lucharon a su vez por los otomanos, liderados esta vez por el hijo del rey asesinado en Kosovo. En 1427, «Esteban Lazarević había sido un vasallo otomano fiable durante unos treinta y cinco años» y había hecho campaña tanto en Anatolia como en los Balcanes.[13] El héroe popular serbio, Marko Mrnjavčević, a veces luchaba para el sultán y otras contra él. Por último, las tropas cristianas fueron parte sustancial del ejército otomano que tomó Constantinopla en 1453.[14]

 

Disponer de una base alternativa en los Balcanes resultó clave para la recuperación otomana tras la derrota ante Tamerlán en la península de Anatolia. Así, los antiguos vasallos en los Balcanes y Anatolia fueron reconquistados a partir de la década de 1420; una segunda cruzada europea derrotada en Varna en 1444; y Constantinopla conquistada no tardando mucho. Venecia libró su primera guerra contra los otomanos entre 1463 y

 

1475, en la que perdió la isla de Eubea —llamada por ellos Negroponte—. Un segundo conflicto entre 1499 y 1503 le costó sus posesiones continentales —hoy griegas— de Modona y Koroni. En Asia, los otomanos derrotaron a los turcomanos Ak Koyunlu —los ovejas blancas— en la década de 1470 y a los iraníes safávidas en 1514, además de conquistar el Imperio mameluco en el bienio 1516-1517. En 1526 añadieron la mayor parte de Hungría a sus dominios y amenazaron Viena en la década de 1530. El vasto imperio de los Habsburgo encabezado por

 

 

 

 

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Carlos V fue la solución europea a la amenaza otomana y resultó ser solo efectiva en parte. La ventaja militar otomana fue uno de los factores, como veremos más adelante en el tercer epígrafe; otro, pura y simplemente, la magnitud de la capacidad otomana para alistar soldados.

 

El reclutamiento de mano de obra otomana y la recuperación del régimen en caso de catástrofe eran sistemáticos, por más que los méetodos para lograrlo variaran. Fueron muy distintos según el tiempo y el espacio y mezclaron innovaciones con tradiciones adaptadas de otros. La leva de esclavos resultó fundamental, pero es que durante la época temprana de la peste los otomanos se llevaban, básicamente, a cualquiera que pudieran conseguir y de cualesquiera de las maneras y disponían, además y pese a la menor población por la epidemia, de mayores reservas que ninguna otra potencia de Eurasia occidental. La infantería campesina de Anatolia, arqueros en esta etapa y conocidos como azabs, fue reclutada en las primeras campañas para complementar a la caballería timariot, un producto del sistema de feudos —timar— descrito en el Capítulo 8. Hubo decenas de miles de azabs en los ejércitos otomanos hasta finales del siglo XV, después de lo cual fueron relegados temporalmente por tropas más profesionalizadas.[15] Como se indicó en el Capítulo 6, el Sur Musulmán no parece haber tenido regiones específicas emisoras de tripulantes. Sin embargo, en especial en los comienzos de la epidemia, los otomanos recurrieron en buena medida a territorios cristianos de emigrantes que hubieran sido menos afectados por la peste, como Albania, Bosnia y las islas griegas. De manera que muchos cristianos se convirtieron al islam en la geografía balcánica después de 1500. Por el contrario, las tropas cristianas no convertidas menguaron, si bien categorías especiales como las guarniciones martolo y los reclutadores voynuk siguieron siendo relevantes.[16]

 

A partir de 1500 las huestes otomanas se hicieron más musulmanas, profesionalizadas y especializadas, aunque no menos variadas. El elevado crecimiento de la población anatolia, sumado al imperativo cultural de adquirir una propiedad antes de contraer matrimonio, disparó el número de solteros, que pasó del 3 al 44 por ciento en una región.[17] Desde mediados de siglo se recurrió a ellos como soldados y se les adiestró con rapidez en el uso de mosquetes, aunque devinieron en problema para el Estado durante las rebeliones de Celali (1595-1610). Tras la conquista de Egipto en 1517, los otomanos se propusieron no desaprovechar un sistema

 

 

 

 

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militar que funcionaba y empezaron a reclutar sus propios mamelucos utilizando las mismas fuentes que los gobernantes destituidos, sobre todo la población circasiana. Esto se ha confundido a veces con la perpetuación de los antiguos mamelucos.[18] En menos de cinco años, esas nuevas tropas ayudaron en la conquista de Rodas. Después de 1517, los otomanos hicieron campana, principalmente, en dos grandes frentes: contra los europeos en el oeste y contra el Irán safávida en el este. En ambos casos, el ejército principal partía anualmente de Estambul, pero seguía necesitando efectivos auxiliares de caballería ligera. En el oeste, esta la formaban los tártaros neomongoles de Crimea que, herederos de la Horda de Oro, solían aportar 40 000 hombres y muchos más caballos. En el este, esa misma función se lograba mediante alianzas cuidadosamente cultivadas con grupos kurdos y turcomanos, que llegaron a proporcionar 33 000 jinetes en 1609.[19]

 

La armada otomana era aún más cosmopolita que el ejército y, a veces, casi tan grande. Había empleado barcos de guerra desde 1374, pero la flota creció especialmente a partir de 1453, ya que se necesitaba proteger el suministro marítimo de Estambul. En 1500 se decía que podía reunir 250 galeras artilladas, las mismas, aproximadamente, que todas las potencias cristianas juntas, y durante el siglo XVI aumentó astilleros y arsenales hasta la cifra de 110. En 1585, un funcionario veneciano hizo notar que «las fuerzas navales que el Gran Turco utiliza para defender su imperio son inmensas e insuperables en el mundo».[20] Al igual que sus rivales venecianos, tardaron en pasarse a los galeones, aunque lo hicieron desde la década de 1640 con mayor eficacia de lo que se creía.[21] Las dotaciones de los navíos siempre habían sido un problema, pero menos para los otomanos que para sus enemigos debido a su particular sistema de reclutamiento, de mayor tamaño y más perfeccionado. A nadie le gustó nunca la opción de los remeros esclavos: no servían como combatientes y, además, eran propensos a amotinarse. No obstante, en los primeros tiempos de la peste, y también después durante las crisis de mano de obra de corta duración, fueron utilizados por los otomanos de forma generalizada.[22] La idea misma de que los turcos eran reacios a la navegación resulta falsa: de hecho, había muchos que servían en el mar, si bien es probable que los marineros griegos fueran más numerosos aún. «La enorme participación de los griegos en la armada otomana» comenzó

 

 

 

 

 

 

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en el siglo XV y aumentó incluso con el tiempo[23] y se ha pasado por alto la probable influencia de la peste en el incremento de los flujos de tripulantes procedentes de esas regiones. Sabemos que hacia 1400, las mujeres de Naxos eran «célibes por falta de hombres», ya que estos se habían hecho a la mar como remeros profesionales después de que la isla empezara a importar su grano.[24] La griega era una identidad fluida, una cultura transnacional capaz de moverse entre dos o más banderas, como los vascos y los cosacos. Las redes griegas —las mercantiles y las de corretaje, que, en ocasiones, eran las mismas— llegaron a ser fundamentales tanto para el Imperio veneciano como para el otomano.[25] Los otros europeos consideraban a los griegos ortodoxos al servicio otomano como conciudadanos cristianos y a los musulmanes súbditos otomanos. Las redes griegas sirvieron de intermediarias a un grupo más amplio de marineros helenos no pertenecientes a la élite, que, a su vez, formaban parte de un grupo transnacional más amplio de contingentes militares europeos tanto terrestres como marítimos. Para el año 1600, el total de toneladas de la flota mercante otomana, en la que los griegos ocupaban un lugar aún más destacado que en la marina, era de 80 000, el mayor del Mediterráneo.[26]

 

Por otro lado, resulta bien conocida la relevancia que las diversas redes judías tuvieron en el comercio otomano; y, al igual que otras potencias, los otomanos utilizaron también la vasta red armenia, especialmente en el comercio de la seda. Se llegó a pensar que musulmanes de alto rango evitaban el mercadeo de ultramar y se desentendían del comercio, salvo para abastecer a las fuerzas armadas y la capital, aunque esto es discutible en la actualidad, y lo mismo cualquier hipótesis de hallarnos ante una economía poco sofisticada. En 1419, el imperio negoció la adquisición de derechos mercantiles en Venecia; a finales del siglo XV utilizaban letras de cambio en Cracovia, Praga y Budapest y en 1514 establecieron un puesto comercial en Ancona.[27] Al estallar una guerra en 1570, 75 mercaderes musulmanes fueron arrestados en Venecia.[28] Pero es que, entre un conflicto y otro, Venecia y los otomanos comerciaban de manera intensa. Ya hemos visto que durante las contiendas el comercio se trasladaba a barcos con bandera de Dubrovnik y que las primeras relaciones de los otomanos con los genoveses (1350-1450) fueron también muy estrechas. Hacia 1500, los otomanos compartieron con venecianos y genoveses un

 

 

 

 

 

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avance que redujo la dependencia de las redes preexistentes: la formación de sus propios intermediarios culturales multilingües, conocidos como dragomanes o trujamanes.[29] También fueron muy hábiles a la hora de enfrentar entre sí a los comerciantes primero de las ciudades-Estado cristianas y más tarde de las naciones-Estado, hasta la llegada de la hegemonía francesa en el siglo XVIII.

 

La economía en los dominios otomanos después de la peste también aparece descrita en el Capítulo 8. Con la ayuda de los derviches colonizadores y las dotaciones de los habices, una Administración de tipo intervencionista consiguió revitalizar con rapidez las regiones despobladas por la peste o afectadas por la guerra. Fue una dinámica que se mantuvo durante los siglos XVI y XVII. Por ejemplo, la producción agrícola de la región de Basora, en el sur de Irak, cuya conquista se consolidó en 1552, había crecido al doble en 1590 con la gestión otomana.[30] Cierto que la economía sufrió devaluaciones, crisis fiscales, inflación y el aumento de los costes de transferencia de los ingresos fiscales a la capital. Y es posible que también padeciera el mal holandés, una afluencia tal de plata que incentivó las importaciones del extranjero en detrimento de la fabricación local. Sin embargo, «la escasa variedad de importaciones procedentes de Europa no afectó significativamente a las industrias otomanas».[31] El déficit neto europeo en el comercio con los otomanos fue de unas 50 toneladas de plata al año entre 1600 y 1650 y,[32] según se cree, la producción de plata de los Balcanes, ahora controlada por la Sublime Puerta, alcanzó otras 50 toneladas en 1600.[33] Gran parte de ese metal, por supuesto, fluía de nuevo hacia el exterior, hacia Yemen para el café, Irán para la seda cruda y Asia para especias y superartesanías, entre ellas la porcelana. Se calcula que en 1600 las reservas monetarias del imperio ascendían a entre 1000 y 1500 toneladas de plata, suficiente para hacer funcionar la economía.[34] La inflación fue alta durante la media centuria alrededor de 1600, pero descendió a partir de entonces.[35] En general, las cuentas otomanas fueron bastante robustas hasta bien entrado el siglo XVIII.

 

El devşirme —las levas obligatorias de jóvenes— proporcionaba talento y mano de obra, tanto civil como militar. Cuando el sistema estaba

 

en su apogeo —durante los siglos XV y XVI—, se escogían niños especialmente dotados de 12 o 13 años de edad procedentes de hogares

 

 

 

 

 

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cristianos y se llevaban a Estambul para su entrenamiento: seis años para los jenízaros y hasta catorce para los funcionarios.[36] Comenzaban como esclavos de palacio y se convertían al islam, pero estaban bien remunerados, bien tratados y tenían buenas perspectivas vitales. Mientras Europa se servía de la esclavitud para reclutar trabajadores manuales, los otomanos la utilizaban para reclutar dirigentes. Algunos llegaron a ser visires y grandes visires o ministros y primeros ministros del imperio. De los 49 grandes visires que ascendieron al cargo entre 1453 y 1623, solo 5 eran turcos. Había uno armenio y el resto eran europeos, entre los cuales figuraban varios conversos voluntarios y antiguos esclavos.[37] No era su origen europeo lo que contaba, sino que muchos eran campesinos, el grupo de talento más amplio disponible, del cual otros poderes rara vez obtenían líderes. Los contactos internos, los sobornos y hasta el capricho del sultán podían tenerse en cuenta a veces, pero, en general, ningún otro gobierno de Eurasia occidental era tan meritocrático, un hecho que no pasó inadvertido entre los contemporáneos europeos. Un cronista de mediados del siglo XVI señaló que «nuestro sistema es muy diferente; no hay lugar para el mérito, sino que todo depende del nacimiento».[38] También es cierto que, tal vez, el revisionismo reciente ha llevado demasiado lejos la interpretación positiva de lo que fue el devşirme, hasta hacer de él una especie de beca Rhodes otomana.[**] [39] No puede olvidarse hasta qué punto aquel sistema quedó grabado —para mal— en la historia popular de los Balcanes, con imágenes conmovedoras de niños pequeños arrebatados de sus progenitores para siempre, montados a pares en las alforjas de burros.[40] El objetivo era elegir a los mejores, les gustara o no a los muchachos o a su familia. Aunque, a partir de finales del siglo XVII, el sistema se volvió menos coercitivo, porque desde ese momento hubo mucha gente que ofrecía a sus hijos como voluntarios, además de la presión de los propios jenízaros —en contra de las normas— para que sus vástagos también fueran reclutados. Sin embargo, a esas alturas todo el sistema se hallaba ya en un proceso de declive y sucumbiendo a su obsolescencia inherente, como otros métodos de reclutamiento. Aun así, para un campesino europeo, la mejor oportunidad que se le podía presentar de ascender hasta las magistraturas más altas era, con diferencia, el devşirme otomano.

 

 

 

 

 

 

 

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Una fuente de talento militar otomano que guarda cierta relación con los casos anteriores eran los conversos o europeos, llamados también renegados. El caso típico podía ser el del marinero tomado como esclavo por los corsarios en alta mar. Estos hombres a menudo se pasaban al turco —se convertían al islam—, aunque es difícil pensar que esto fuera totalmente voluntario cuando la alternativa era trabajo duro no remunerado. Parece que había un proceso de selección: no todos los esclavos eran liberados al convertirse y los que lo eran solían ser adultos cualificados o jóvenes maleables. De una amplia muestra de 978 renegados, el 55,5 por ciento tenía menos de 15 años en el momento de su captura y el 78,4 por ciento menos de 20.[41] Muchos fueron capturados en incursiones terrestres, no marítimas. Una razia lanzada en 1566 en el sur de España penetró más de 30 kilómetros tierra adentro y capturó a 4000 cristianos. En el siglo XVII, con la ayuda de conversos holandeses e ingleses, los corsarios pasaron de las galeras artilladas a los pequeños, pero veloces, galeones artillados y extendieron los pillajes al Atlántico. En 1627 asaltaron Islandia, de donde se llevaron 400 esclavos,[42] y hubo otras incursiones similares en las islas Canarias, Irlanda y Cornualles. Los corsarios capturaron a unos 25 000 ingleses a lo largo del siglo XVII, muchos de los cuales se pasaron al turco.[43] Según las investigaciones recientes, parece que también hubo conversiones totalmente voluntarias.

 

El periodo comprendido entre 1500 y 1650 representa la edad de oro de los conversos; su número era tan alto que el flujo del cristianismo al islam ha sido caracterizado como una «hemorragia (sic) de hombres» y un «nomadismo religioso». Numerosos conversos se inspiraron en distintas crónicas, ampliamente difundidas, según las cuales la sociedad islámica no conocía «discriminación social ni privilegios» y que mencionaban la existencia de oportunidades para todos, independientemente de su procedencia.[44]

 

Los otomanos no lo tuvieron siempre todo de cara en sus campañas bélicas posteriores a la peste; sufrieron algunas derrotas severas o bien lograron victorias que les salieron enormemente caras. Asimismo, atravesaron crisis ecológicas, económicas y políticas una tras otra, así como más rebrotes que nadie. Sin embargo, consiguieron salir de las

 

 

 

 

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derrotas mejor de lo que sus enemigos salieron de las victorias. Perdieron 180 de sus 220 galeras en el gran fracaso naval de Lepanto (1571) a manos de una alianza entre los Habsburgo y Venecia.[45] Aunque no tardaron en construir otra nueva escuadra de 280 galeras, con la que, en 1574, arrebataron a Carlos V el estratégico puerto de Túnez. La conquista de la isla fortaleza de Rodas en 1522, en manos de la Orden de los Caballeros Hospitalarios de San Juan de Jerusalén, debería haber sido una victoria aplastante. El propio sultán Solimán I el Magnífico reconoció un coste de 103 000 hombres, «lo cual no parece una exageración».[46] No obstante, otro contingente otomano de envergadura similar conquistó Hungría en 1526. El imperio también sufrió varias crisis no militares, sobre todo una aguda inflación, sequías e inundaciones a finales del siglo XVI. Pero, «para cuando los otomanos fueron a la guerra en Hungría en 1593, parecían totalmente recuperados de los desastres de las décadas anteriores».[47] La nueva crisis ecológica padecida a principios del siglo XVII —y simbolizada por la congelación del Bósforo en 1621— tocó fondo en la década de 1640.[48] El secreto del éxito otomano no fue la capacidad de evitar desastres, sino la capacidad de recuperarse de ellos, una resiliencia incubada por la peste.

 

 

 

LA COLONIZACIÓN OTOMANA DE LAS CIUDADES Y LA ESCLAVITUD

 

Ya hemos visto que los otomanos llegaron tarde a los galeones artillados, lo mismo que los venecianos y los rusos. Había otra carencia en el kit para la expansión otomano, esta vez compartida con holandeses y franceses: la escasez de territorios de colonización y la debilidad a largo plazo de las repoblaciones.[49] Sin embargo, los otomanos sí llevaron a cabo repoblaciones de corto recorrido —o recolonizaciones— y, en ocasiones, a gran escala. A lo largo del siglo XVI se produjo una importante colonización musulmana dirigida por sufíes y apoyada financieramente con habices en zonas de Bulgaria y Tracia. No resulta sencillo determinar su magnitud por la dificultad de separar a los colonos musulmanes de los

 

 

 

 

 

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cristianos de esas regiones que se convirtieron al islam. Una estimación habitual habla de una horquilla de entre 50 000 y 100 000 emigrantes reales, en su mayoría pastores turcomanos conocidos como yörüks, procedentes de Anatolia. También hubo reasentamientos de europeos, sobre todo valacos y albaneses, en zonas despobladas de los Balcanes, e igualmente en Anatolia. La conversión era voluntaria, lo que no siempre ocurría con el asentamiento. «Es ley de los sultanes ordenar el surgun [asentamiento obligatorio] para que la región (il) vuelva a prosperar».[50]

 

El gran ejemplo de repoblación otomana y, menos obvio, de ingeniería económica es Estambul. A Constantinopla le quedaban unos 40 000 habitantes tras el asedio de 1453.[51] «De inmediato […] la repoblación de la ciudad fue una de las principales preocupaciones de Mehmed II», el sultán victorioso.[52] El número de habitantes se duplicó en la siguiente década, pero una epidemia de peste mató en 1467 al menos a un tercio de ellos.[53] En diez años, la población se había recuperado de nuevo hasta alcanzar los 80 000 habitantes y otra epidemia en 1492 acabó con la vida de 30 000.[54] Habría, al menos, otras cinco olas durante el siglo XVI, todas de una alta letalidad. Sin embargo, la población se recuperó repetidamente al nivel de 1525 hasta alcanzar unos 400 000 habitantes,[55] lo que representaba un ascenso diez veces superior al de 1453 a pesar de las plagas recurrentes. El tamaño era excepcional y la rapidez del crecimiento aún más. Los asentamientos obligatorios fueron significativos, sobre todo a finales del siglo XV, y el 20 por ciento de la población, que era esclava, siempre fueron forzados. No obstante, después de 1500, la mayoría de los emigrantes que llegaron a Estambul lo hicieron de manera voluntaria, atraídos por las oportunidades que les ofrecía la capital —en concreto, la oportunidad de estar bien alimentados— en relación con un campo donde la población iba en aumento. Se cree que la Constantinopla bizantina contaba 300 000 almas en 1200, aunque no había vuelto a ser una gran urbe desde que fuera saqueada por los cruzados en 1204. Así, durante los 250 años posteriores, las regiones vecinas se habían adaptado a no tener que abastecer a una megaciudad. Por tanto, la repentina multiplicación por diez de la población de Estambul exigió la extensión y transformación de sus tierras interiores mediante una colonización urbana.

 

El área de influencia de Estambul, un imperio dentro del imperio, presentaba tres círculos: interior, medio y exterior. El círculo interior de

 

 

 

 

 

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hinterlands virtuales, algunos en el extranjero, incluía la región otomana de origen, el Reino de Bitinia, situado en Anatolia y con Bursa como principal urbe y antigua capital. Como se indica en el Capítulo 8, esta ciudad, así como su gemela Edirne, situada en Tracia, añadieron el abastecimiento de Estambul a sus principales actividades económicas a partir de 1453. Bursa enviaba grano y madera a través de los puertos del mar de Mármara. A ese círculo interior no tardaron en sumarse algunas zonas de Tesalia y Macedonia.[56] Pero la capital imperial siguió creciendo y, entre 1480 y 1520, se desarrolló un círculo medio más amplio de zona de influencia que comprendía el litoral del mar Negro y Egipto. Los otomanos «convirtieron toda la costa del Ponto en una vasta y valiosa área de influencia».[57] Los principados de Valaquia y Moldavia regados por el Danubio, a pesar de intentos esporádicos de libertad política, se integraron cada vez más en la economía de Estambul, al igual que la fértil península de Crimea. Suministraban a la capital vino, madera, carne y mantequilla, así como parte de su pan diario. Con gestión otomana y dirección de expertos locales, se reconstruyeron los sistemas de regadío egipcios, que, en el siglo XVI, volvió a ser un destacado exportador de grano destinado, principalmente, a Estambul.[58] El Estado otomano estuvo muy pendiente de que nunca se interrumpiera la cadena de suministros de la capital, pues sabían que la escasez podía provocar disturbios y motines. Para ello, era muy importante un transporte marítimo eficiente, ya que el elevado volumen de mercancías hacía imposible solo un abastecimiento por tierra.[59] Ello obligó a los otomanos a poner un gran empeño en el dominio naval del Mediterráneo oriental. Si algún enemigo controlara ese mar, Estambul se moriría de hambre, un problema bien conocido por los londinenses durante las dos guerras mundiales del siglo XX.

 

Ese proceso de colonización urbana transformó siquiera algunas partes

 

de las áreas de influencia afectadas —además de sostener el crecimiento y la prosperidad de Estambul— e hizo de ellas proveedores más especializados, más productivos y más volcados en el comercio. Lo cual podía ser bueno —o no— para sus habitantes. La capital engullía al menos 200 000 cabezas de ganado y 1,5 millones de ovejas al año.[60] Muchas de las reses procedían de Valaquia, que desde 1462 los otomanos controlaron con mano de hierro. Lo que pasó entonces es que la región sufrió entonces

 

 

 

 

 

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una intensa despoblación en contraste con un periodo de crecimiento general, desde las 400 000 personas iniciales hasta, quizá, la mitad durante el periodo 1460-1600. Tal vez ese descenso se debiera a la marginación de las pequeñas explotaciones agropecuarias, dejadas atrás por el giro hacia la producción a gran escala que imponía el mercado de Estambul, con mano de obra en su mayor parte. Hubo que endurecer las condiciones de la servidumbre y emplear más esclavos gitanos para mantener un núcleo de mano de obra. Desde alrededor de 1600 «Valaquia se estaba convirtiendo, prácticamente, en una colonia otomana»,[61] no solo en el sentido de formar parte del imperio, lo que había ocurrido de forma esporádica desde finales del siglo XIV, sino también en el sentido de convertirse en una colonia económica, un área de influencia de la capital. En Moldavia tuvo lugar un proceso parecido de explotación cada vez mayor. Allí, el tributo exigido por la Sublime Puerta pasó de 4000 piezas de oro en 1487 a 260 000 en el siglo XVII. «El ganado vacuno, ovino y el grano solo podían exportarse a Constantinopla […] [lo que] destruyó el lucrativo comercio con las tierras alemanas y Polonia».[62] Un colectivo griego especialmente privilegiado gestionó la transición, los fanariotas, habitantes del principal barrio griego de Estambul, que aseguraban descender de las élites bizantinas y de donde solían proceder los gobernadores de Moldavia y Valaquia.[63] La colonización urbana funcionaba mejor cuando era menos coercitiva, por cuanto reducía el riesgo de revueltas, y cuando la manejaban los de tu propia clase, que estaban ya preadaptados para satisfacer las necesidades de los carnívoros urbanos concretos a los que tuvieran que servir. Es lo que pasó con el Ludogorie, en el nordeste de Bulgaria. Una tesis doctoral de 2011 demuestra que esta región seguía estando despoblada por la peste en 1500 y que fue repoblada por una importante inmigración de pastores yörük procedentes de Anatolia. El Ludogorie tenía buen ganado ovino, por lo que «la cría de ovejas a gran escala» fue «la principal ocupación económica de los colonos que llegaban».[64] Las exportaciones iban todas para el gran mercado de Estambul.[65] Seguramente, hubiera además otras regiones suministradoras de ovino, transformadas como el Ludogorie por la nueva demanda de Estambul, cuyos excedentes normales de ovejas en 1450, simplemente, no podrían haber satisfecho.

 

 

 

 

 

 

 

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Aquellos intercambios comerciales entre la capital del imperio y sus colonias informales presentaban otras particularidades: una mayor fluidez de lo habitual; un alto grado de especialización en la zona colonizada, enfocada a la exportación; hábitos de consumo de lujo en la gran ciudad y cierta intimidad que hacía que el producto en cuestión les pareciese a los metropolitanos como hecho en casa. En Estambul, una de las cuatro temporadas de suministro de cordero se conocía como Deliorman (el nombre turco de la actual región del Ludogorie). «La famosa mantequilla de Caffa [era] muy apreciada en Estambul». Caffa, en tiempos genovesa, era conocida ahora como la Pequeña Estambul.[66] El arroz era un alimento básico para la mayoría de las clases sociales de la ciudad, aunque un lujo restringido a los más pudientes si vivías fuera de ella.[67] «El comercio entre Egipto y el resto del Imperio otomano era muy estable, nada que ver con las violentas fluctuaciones que caracterizaban las exportaciones a Europa».[68] Durante el bienio 1533-1534, tres cuartas partes del comercio de Amastris (anteriormente Sésamo para los griegos, otro puerto del mar Negro) era con Estambul. Otras zonas de Tesalia, Macedonia y Tracia se especializaron en tabaco, arroz y algodón y otras más en cereales.[69] Era, para la época, una proporción excepcional de exportaciones en relación con la producción —la afamada exportación de grano de Polonia no superaba el 12 por ciento de la producción—.[70] Todo esto sugiere una considerable eficiencia en la actividad agrícola.

 

La influencia de Estambul siguió creciendo enormemente hasta llegar a su círculo exterior de proveedores, formado por dos grupos cuya alianza con los otomanos venía de lejos: los tártaros de Crimea y las regencias berberiscas de Argel, Túnez y Trípoli. Inicialmente asumí que, después del siglo XVI, esas entidades políticas apoyarían a los otomanos solo cuando les conviniera y que, por tanto, las alianzas serían débiles. Sin embargo, parece que esto solo era cierto en parte. Desde luego que los corsarios de Berbería podían seguir hostigando a algunos aliados otomanos, como los franceses, pero ello no era más que una estratagema al estilo genovés que permitía a la Sublime Puerta encubrir su responsabilidad. En algunos aspectos, esas regencias dispusieron de muy poca libertad de movimientos. El imperio suministraba artillería, madera para los astilleros y guarniciones de jenízaros que ejercían «un control firme».[71] El imperio enviaba ayudas económicas puntuales, pero recaudaba tributos regulares. El kan de

 

 

 

 

 

 

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Crimea, de manera similar, albergaba una brigada de jenízaros, recibía armas de fuego y, en este caso, un estipendio anual, pero podía ser depuesto si se enfrentaba a los sultanes. Suministraba de forma fiable más de 40 000 soldados de caballería ligera para las campañas europeas del sultán.[72] Los jenízaros respaldaban el control otomano, pero también ayudaban a defender al kan y a los regentes de los ataques rusos o españoles, enemigos fuertemente armados. Sin embargo, aún más importante para cimentar las alianzas fue la dependencia económica mutua. El kanato y las regencias suministraban esclavos en cantidades no disponibles en otros lugares y, a cambio, Estambul les daba un mercado insustituible para ellos.

 

Poco después de la conquista otomana del litoral del mar Negro

 

—Crimea incluida—, los tártaros que habitaban en las estepas del interior se aliaron con el nuevo régimen y empezaron a suministrarle esclavos capturados en sus incursiones. Aunque esta práctica era antigua, la escala y regularidad de esta «relación económica mutuamente beneficiosa» resultaban novedosas.[73] El principal puerto esclavista del mar Negro, la Caffa genovesa, había exportado unos 1500 cautivos al año hasta que los otomanos tomaron la ciudad en 1475. Desde ese momento, el comercio local se disparó y, al parecer, en 1578 llegaron a venderse 17 500 solo ese año. La cifra parece enorme, pero está avalada por la recaudación otomana del impuesto sobre la trata, que ascendió a 4,5 millones de akçes —unos 40 000 ducados de oro—. «Dado que el impuesto más alto recaudado por una venta era de 255 akçes, ese año se vendieron allí no menos de 17 500 esclavos».[74] Caffa bajo los otomanos es probable que funcionara como una especie de nodo comercial en el que se gravaba con impuestos a los esclavos del mar Negro. Una estimación general de las exportaciones anuales de la ciudad portuaria durante los siglos XVI y XVII habla de una horquilla entre 10 000 y 20 000 personas, con estudios recientes que se inclinan por esta última cifra.[75]

 

Algunos de los esclavos de Caffa procedían del Cáucaso, en particular de Circasia y Karbadia. Los tártaros de Crimea y otros lugares lanzaban algunos raids que llegaban hasta las estribaciones del Cáucaso, pero la mayoría de los cautivos de la región eran tomados por la población local y vendidos a los comerciantes. «El Cáucaso siguió siendo una notable fuente de mano de obra para el Imperio otomano hasta bien entrado el siglo XIX».

 

 

 

 

 

 

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     Los otomanos alimentaron alianzas con algunos jefes y les pagaban asignaciones para contrarrestar la influencia rusa y safávida, una estrategia bien conocida de los esclavistas europeos que operaron en África occidental.[77] Otros siervos que llegaban a Caffa eran los rusos y polacos capturados por los tártaros de Crimea en incursiones anuales, grandes o pequeñas. «Hubo 43 grandes ataques de crimeos y nogayos en territorio moscovita solo en la primera mitad del siglo XVI; y Lituania y Polonia soportaron 75 incursiones durante el periodo 1474-1569».[78] Para los rusos, Caffa era «un abismo en el que se vierte nuestra sangre»; «un gigante pagano que se alimenta de nuestra sangre».[79] «Una compilación de estimaciones pone de manifiesto que los tártaros de Crimea capturaron a cerca de 1,75 millones de ucranianos, polacos y rusos entre 1469 y 1694». Si se incluye a los circasianos y similares, las cifras ascendieron a «unos 2,5 millones entre 1475 y 1700».[80]

 

Los otomanos intervinieron por primera vez en la costa berberisca del norte de África en 1487, cuando enviaron ayuda a sus correligionarios musulmanes en apuros durante el asedio de Granada, y desde 1494 recurrieron a marineros procedentes de Berbería para su armada.[81] Sin embargo, cuando de verdad se estrecharon relaciones con la región fue a partir de 1516, aproximadamente, a raíz de su alianza con los hermanos Barbarroja, capitanes de mar independientes de ascendencia turca y griega procedentes de Lesbos que habían llegado antes para ayudar a los gobernantes musulmanes locales contra los ataques españoles. El más famoso fue Jeireddín Barbarroja, que llegó a ser almirante de la flota otomana y gobernante de Argel.[82] Además de armas y jenízaros, el sultán concedió a los corsarios el derecho a reclutar su propio ejército en Anatolia,[83] lo que les ayudó a establecer lo que equivalía a ciudades-Estado marítimas en Argel, Túnez, Trípoli y algunos otros puertos menores. Una rama corsaria independiente fue la República de Salé, en la costa atlántica marroquí. Estaba sometida a Marruecos, que, a su vez, fue vasallo de los otomanos durante un breve periodo en la década de 1550, aunque disfrutó de varias décadas de independencia en el siglo XVII. Entre 1613 y 1622, los corsarios berberiscos apresaron 963 barcos, en su mayoría holandeses y franceses, unos 100 al año, lo que da una idea de la magnitud de su actividad.[84]

 

 

 

 

 

 

 

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La ciudad otomana de Argel constituyó el mayor de los Estados corsarios. La población urbana en sí misma era de unos 20 000 habitantes en 1500,[85] aunque aumentó con rapidez hasta alcanzar, quizá, los 100 000 en 1600 «a pesar de los estragos de la peste».[86] Alrededor del 12 por ciento de esos ciudadanos eran turcos, el 8 por ciento conversos europeos libres y el 25 por ciento esclavos europeos. De estas tres categorías, las dos primeras constituían el grupo dominante. Por su parte, moriscos y bereberes locales sumaban solo el 16 por ciento de la población, aproximadamente, y el resto eran moriscos y judíos expulsados de España, así como negros africanos.[87] Se trataba de una cultura mestiza eurootomana, como la afroportuguesa. Entre 1550 y 1650, la mitad de los gobernadores fue de origen cristiano.[88] Argel contaba con 36 galeras en 1581 y con unos 70 barcos en 1634, incluidos ahora galeones de hasta 40 cañones. Por su parte, Túnez disponía de 5 galeras y 40 veleros en esa época y Trípoli algo menos.[89] «La prosperidad era muy evidente

 

     Túnez en particular recuperó su antiguo tamaño […] al igual que Trípoli. Argel pasó de ser un puerto modesto a convertirse en una de las grandes ciudades del imperio».[90]

 

No tengo muy claro hasta qué punto aquellos jenízaros y conversos que representaban papeles importantes en las regencias berberiscas se veían a sí mismos como otomanos. Un destacado especialista ha sugerido que una categoría más amplia de «élite militar-administrativa otomana», normalmente de origen esclavo o no turco, sí desarrolló una identidad colectiva transnacional. Esto podría describirse como un imperialismo cívico —en contraste con el étnico— al que raramente podían aspirar otros imperios desde Roma. Hacia 1550, esa clase dirigente «estaba formada por estos nuevos oficiales musulmanes de habla turca que no se llamaban a sí mismos turcos, sino romanos [rumi] u otomanos»[91] y Anatolia era conocida desde hacía mucho tiempo como Rum. Al igual que los tártaros de Crimea, los corsarios eran aliados fiables de los otomanos en tiempos de guerra. Por ejemplo, Barbarroja envió galeras para ayudar en la conquista de Rodas en 1522.[92] En general, los corsarios contribuyeron con escuadrones a la flota otomana a lo largo de los siglos XVI y XVII y siguieron enviando barcos hasta la década de 1820 para luchar contra los rebeldes griegos apoyados por Lord Byron.[***] [93] Como ya se ha señalado, esclavizaban a la tripulación y a los pasajeros de los barcos

 

 

 

 

 

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europeos e incursionaban en territorio del continente en busca de más prisioneros. Sicilia fue asaltada 136 veces entre 1570 y 1606 y el último golpe, que tuvo lugar en Cerdeña, ocurrió en 1815.[94] La estimación más fiable del número total de esclavos apresados entre 1530 y 1780 habla de entre 1 y 1,25 millones.[95] Algunos fueron rescatados, otros se pasaron al turco y otros más sirvieron como esclavos en las galeras, muelles y granjas del interior de las ciudades berberiscas. Muchos de ellos fueron enviados a Estambul.

 

Lo mismo ocurría con el segundo flujo de la trata que pasaba por el Magreb, el de los negros africanos procedentes del comercio transahariano de caravanas. Las urbes corsarias, sobre todo Trípoli, fueron los puntos de salida de este comercio que venía de antiguo y duró hasta bien entrado el siglo XIX, cuando los cautivos empezaron a ser transportados a Estambul en barcos de vapor. «Los esclavos negros procedentes del África subsahariana fueron muy demandados en el Imperio otomano en los siglos XVI y XVII».[96] Las estimaciones varían, pero hay un cierto consenso en hablar de 5000 al año después de 1350. Este nivel se mantuvo hasta 1778, cuando las pruebas aportadas por los cónsules británicos y franceses sugieren una afluencia de 4000 esclavos solo a Trípoli, de los cuales 3000 fueron reexportados a «Levante», es probable que la mayoría a Estambul.

 

     Por tanto, si 4000 al año era la media, los musulmanes trajeron 2 millones de esclavos a través del Sáhara entre 1350 y 1850, de los cuales tal vez 1,5 millones habría acabado en el Imperio otomano. Los otomanos parecen haber obtenido al menos el mismo número de esclavos africanos negros de la zona de África oriental. Dos grandes caravanas al año aportaban cada una 2000 o 3000 de ellos desde Sudán del Sur.[98] A pesar de la hostilidad esporádica, se dice que Etiopía vendió 10 000 cautivos al año a los puertos otomanos del mar Rojo desde 1557.[99] Una estimación reciente de los esclavos negros africanos procedentes de distintas fuentes y confluyendo al Imperio otomano a principios del siglo XIX habla de unos

 

17 000 al año,[100] aunque podría haber sido un aumento para compensar la disminución del suministro de europeos. Una estimación razonable del total de esclavos otomanos para el periodo 1350-1800 se acercaría a los 7 millones.

 

Por tanto, su tamaño es comparable al de la trata de esclavos atlántica de Europa occidental, no así su letalidad, duración y grado de racismo. Los

 

 

 

 

 

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otomanos esclavizaron y liberaron a blancos y negros por igual; los esclavos podían comprar su libertad y, una vez liberados, parecían integrarse en los estratos más bajos del pueblo llano. Con todo, persisten trazas de leyenda blanca en las interpretaciones que nos han llegado acerca de la esclavitud otomana, que alegan que, aparte del devşirme, era, en buena medida, doméstica y no tenía mucha importancia económica. Sin embargo, fue, claramente, el medio de repoblar Bursa a finales del siglo XV y principios del XVI. Como vimos en el Capítulo 8, esta ciudad

 

—fundamental como apoyo a Estambul— creció y prosperó a partir de la década de 1430, a pesar de las visitas tanto de la peste como de Tamerlán. Alcanzó los 35 000 habitantes en 1500 y los 42 000 en 1530 y llegó casi al doble en 1600, con cerca de 90 000.[101] Dos expertos han calculado la entrada anual de esclavos en Bursa a partir de los ingresos por impuestos para llegar a la notable cifra de 6000 al año hacia 1500, muchos de ellos empleados en la industria. En ese momento los esclavos constituían alrededor de un tercio de la población y los libertos otro tercio.[102] Por tanto, una ciudad sostenida por una esclavitud institucionalizada por el Estado.

 

En la Bursa del siglo XVI, a medida que la población crecía y la mano de obra libre se abarataba, se fue abandonando la esclavitud. También es cierto que los siervos domésticos, en su mayoría mujeres, tenían su importancia de cara al estatus de la gente de la ciudad que se los podía

permitir —alrededor del 12 por ciento de la población de Bursa era propietaria de esclavos y más en Estambul—. No obstante, la esclavitud siguió proporcionando un ejército de reserva otomano de mano de obra. Entre 1600 y 1750, más del 60 por ciento de los esclavos de las ciudades de Alepo y Edirne eran varones.[103] Las fértiles tierras de cultivo de Crimea, que producían tanto vino como trigo, las trabajaban esclavos, cuyo número se estimaba en 400 000 a mediados del siglo XVII, ante 187 000 musulmanes libres, una proporción que no alcanzaban ni los estados más esclavistas del sur de Estados Unidos a mediados del siglo XIX.[104] También las plantaciones intensivas de otras regiones contaban con mano de obra sometida. Esclavos gitanos trabajaban en las granjas del área de influencia estambulí en los Balcanes y otros europeos en explotaciones agrícolas y muelles cercanos a las urbes berberiscas. En el siglo XVII hubo un propietario privado con 2000 esclavos en sus

 

 

 

 

 

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plantaciones en Quíos.[105] Los grandes propietarios de esclavos en la capital alquilaban los suyos a la armada otomana —se calcula que 11 000 en el año 1570— y no se trataba de sirvientes domésticos, sino hombres destinados a los trabajos propios de la marina.[106] La Sublime Puerta encargó a los tártaros de Crimea que obtuvieran remeros para la flota destinada a la guerra de Creta contra Venecia y solo en 1644 proporcionaron 20 000 infortunados rusos.[107] En 1683 fueron sometidos 108 000 húngaros.[108] Por tanto, los otomanos dirigieron uno de los dos grandes sistemas de esclavitud del mundo moderno temprano y los europeos occidentales el otro. Ambos estaban adaptando métodos de mano de obra y actitudes hacia el trabajo generados en los primeros tiempos de la peste y consiguieron que otros hicieran buena parte del trabajo sucio de la captura de esclavos y utilizaran la trata para aumentar su poder económico.

 

 

 

LOS OTOMANOS Y LA EXPANSIÓN MÁS ALLÁ DE EURASIA OCCIDENTAL

 

Durante mucho tiempo se ha subestimado la participación directa de los otomanos en la expansión más allá de Eurasia occidental. Sin embargo, investigaciones recientes abogan por considerarlos una potencia colonizadora más, igual que los portugueses, en lo que respecta a los territorios bañados por el océano Índico. Su historial en ese ámbito geográfico confirma, al menos, que la ventaja militar de Europa occidental era, de hecho, de Eurasia occidental, ya que los otomanos fueron los difusores de la tecnología de las armas de fuego que la peste había favorecido previamente. Ellos, además, tenían conexiones, alianzas y Estados vasallos en el África subsahariana, un imperio modesto en la región, pero mayor que los de Europa occidental antes del siglo XIX. Tras la conquista de Trípoli en 1551, la Sublime Puerta heredó vínculos comerciales con el sultanato saheliano de Bornu, un poderoso Estado que abastecía de sal, oro y esclavos al comercio transahariano (vid. Mapa 12). Desde finales del siglo XVI, Bornu pagaba tributos anuales a los

 

 

 

 

 

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otomanos, tanto en siervos como en oro, y recibía a cambio armas y artilleros, lo que proporcionaba a su gobernante «una potencia de fuego muy superior a la de sus rivales». Ello le permitió ampliar sus dominios y sus actividades esclavistas, al igual que hicieron las alianzas europeas y las armas en el África más occidental.[109]

 

Los portugueses llevaron a cabo su primera incursión en la zona del golfo Pérsico en 1503. Luego saquearon Mascate y se apoderaron brevemente de Ormuz en 1507-1508; enseguida mostraron un interés similar por el mar Rojo.[110] Sin embargo, siguió llegando a la zona una pequeña corriente de navegantes que, tal vez influidos por las epidemias que asolaban su patria en aquellos momentos, desafiaron los riesgos de la travesía. A ellos se les sumaron auxiliares de origen indio. Según una fuente musulmana, entre 1508 y 1514, aproximadamente, «no se entregó ningún cargamento en el puerto de Yeda debido a los corsarios europeos que navegaban por el océano Índico».[111] Imperios musulmanes rivales hubieron de aparcar por un tiempo sus diferencias para hacer frente a esta amenaza. Ya desde el principio, su principal problema fue la ausencia de madera para barcos en las costas meridionales de Oriente Medio, por lo que las embarcaciones se prefabricaban en la costa mediterránea o en el Nilo y luego se transportaban por piezas a través del desierto. Con gran esfuerzo, los aliados musulmanes consiguieron en 1508 reunir una pequeña flota compuesta por una docena de galeras y veleros, navegar hasta la India y vencer en una batalla naval a la altura de la ciudad de Chaul, para lo cual emplearon «cañones de bronce similares o incluso mejores que los de los portugueses».[112] Al año siguiente, sin embargo, estos contraatacaron y lograron derrotar a la flota aliada. En 1513, 17 galeones portugueses entraron en el mar Rojo y amenazaron Adén, Yeda y, por tanto, la propia Meca. La angostura del mar les resultó dificultosa para barcos no especializados y se vieron obligados a retirarse con cuantiosas pérdidas a causa de las enfermedades, aunque volvieron a intentarlo en 1517. Una vez sometidos los mamelucos por los otomanos en ese mismo año, el problema pasaba a tenerlo, exclusivamente, la Sublime Puerta. Su grado de determinación para combatirlo fluctuó en función de otros compromisos y de la visión de los gobernantes, soldados y almirantes más influyentes del momento. En ocasiones sí fue considerable, con metas y estrategias bastante coherentes. Los objetivos eran la protección del mar Rojo, garantizar la seguridad de las peregrinaciones del hach a La Meca y

 

 

 

 

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reactivar el comercio de especias. Las estrategias adoptadas fueron la expresión a largo plazo tanto de poder duro como blando.

 

Las galeras eran los buques de guerra preferidos para el mar Rojo y, al ser más ligeras, eran mucho más fáciles de transportar. En 1517, una flota otomana de 15 de ellas y 12 fustas de remo más pequeñas batalló contra los portugueses frente a las costas de Yeda y se llevó la mejor parte, a pesar de que los europeos contaban ahora con 8 galeras propias, además de otras 15 embarcaciones similares a galeones.[113] Los otomanos construyeron una base naval en Suez, consiguieron ensamblar algunos galeones y mantuvieron una escuadra de galeras en el mar Rojo desde entonces. Para 1528, con la toma de una base en las cercanías de Adén y la derrota de una escuadra portuguesa, habían limitado la amenaza lusa al propio mar Rojo. Revitalizar el flujo de mercancías procedentes de Extremo Oriente fue más difícil. Algunos barcos musulmanes lograron pasar, ya fuera eludiendo a los portugueses o pagando un cartaz

 

—salvoconducto comercial—, pero otros 30, como poco, fueron apresados en la década de 1520.[114] Por esa época, los otomanos se aliaron con Bahadur Shah, el gobernante musulmán de Guyarat, al que suministraron armas e ingenieros, lo que le permitió repeler tres ataques portugueses a su puerto de Diu (vid. Mapa 10). Bahadur cometió más tarde el error de ceder Diu a los portugueses en 1535 como parte de un acuerdo de paz, al considerar otro puerto suyo, Surat, más importante. Fue él quien hizo la famosa declaración de: «La guerra en el mar es cosa de mercaderes; no concierne al prestigio de los reyes».[115] Los portugueses lo mataron en 1537, cuando se hallana a bordo de uno de sus barcos, aunque antes había tomado la precaución de enviar su inmenso tesoro —que, según se dice, ascendía a 3,6 millones de monedas de oro— a La Meca para su custodia.

 

     Justamente, los otomanos utilizaron ese dinero en 1538 para atacar a los portugueses en la India.[117] Para ello, contaron con 10 000 hombres y 76 barcos, en su mayoría galeras, transportadas con afán pieza a pieza por tierra hasta Suez. La flota tomó un fuerte portugués cerca de Diu, pero, como dependía de los aliados locales para abastecerse, se vio obligada a una retirada al romperse la alianza.[118] Sin embargo, en el camino de vuelta, la flota se apoderó de Adén, entonces aliado portugués, e inició la conquista de todo Yemen, que los otomanos retuvieron otra centuria más, aunque con dificultades. Pese a ello, los portugueses hicieron en 1541 un

 

 

 

 

 

 

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último esfuerzo en el mar Rojo, para lo cual emplearon 8 galeras y 70 fustas construidas en la India, además de 5 navíos solamente del tipo del galeón, una flota muy similar a la otomana. Sus remos les permitieron llegar hasta Suez en esta ocasión, pero fueron superados en armamento por las defensas otomanas.

 

En el golfo Pérsico, la ocupación portuguesa permanente de Ormuz comenzó en 1515, pero aquí decidieron mantener en el poder a la dinastía local como vasalla en lo que se ha descrito como un «condominio luso-ormucí».[119] Poco antes, Ormuz había perdido una parte del mosaico de territorios que una vez poseyó y los portugueses ayudaron a restaurarlo en parte, como Mascate y Baréin, por ejemplo. Entre 1552 y 1554, una flota otomana de 25 galeras y 4 galeones partió del mar Rojo y asaltó tanto Ormuz como Omán. Saqueó Mascate, aunque no logró tomar Ormuz y se vio obligada a retirarse. Sin embargo, la conquista otomana de Irak en la década de 1530 y el desarrollo del puerto de Basora a partir de 1547 ya habían proporcionado una entrada alternativa en el golfo Pérsico para el comercio con el resto de Asia.[120] Ormuz fue tomada y desmantelada por el Irán safávida en 1622, que estableció un nuevo puerto en Bandar Abbás. Los portugueses tuvieron que aferrarse durante un tiempo a otros puertos omaníes.

 

La Sublime Puerta tuvo más éxito en la extensión de sus posesiones a lo largo de la orilla africana del mar Rojo, al sur de Egipto, donde sus primeros asentamientos datan de 1517. En 1542 enviaron mosqueteros y cañones para apoyar un intento musulmán de conquistar la Etiopía cristiana y los portugueses, que contraatacaron enviando 400 arcabuceros en ayuda a los cristianos, fueron derrotados con autoridad. Tras retirarse los otomanos, el líder musulmán local resultó asesinado y, con la ayuda portuguesa, la Etiopía cristiana sobrevivió.[121] Donde sí hubo más éxito, ahora durante la década de 1550, fue en conquistar gran parte de la costa de Sudán, Eritrea y la provincia de Tigray, en el norte de Etiopía, además

 

de conservar los principales puertos de la costa del mar Rojo —Suakin y Masaua— durante siglos.[122] Entre 1562 y 1582 repelieron los intentos etíopes de volver a tomar Tigray.[123] Tras el conflicto inicial, se aliaron con el sultanato interior de Funj —con lo que ampliaban su dominio informal— y llegaron a otros acuerdos con aliados locales.[124] En todas estas zonas del este de África el colonialismo otomano guardó bastantes

 

 

 

 

 

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similitudes con el de los europeos: pequeñas guarniciones costeras con poco poder en el interior, pero que se llevaban una gran tajada del comercio de marfil, oro y esclavos.

 

Más éxito tuvo, si cabe, el uso que los otomanos hicieron del poder blando a largo plazo. Proporcionaron armas y expertos a los Estados indios de religión musulmana para ayudarlos a resistir a los portugueses y, desde 1547, desarrollaron alianzas en el sudeste asiático, en particular con el sultanato de Aceh, en Sumatra. Juntos llevaron a cabo repetidos intentos, aunque infructuosos, de tomar la Malaca portuguesa.[125] Otra iniciativa otomana, esta de tomar los puertos portugueses en África oriental a principios de la década de 1580, también falló, aunque por muy poco.[126] A pesar de ello, ese poder blando otomano ayudó a los herederos de la

 

primera expansión mercantil —musulmana— de la Edad Moderna temprana a sobrevivir y adaptarse a las incursiones europeas. Aceh, Surat y Basora se convirtieron en centros neurálgicos de esta nueva estructura comercial musulmana que, hacia 1560, gestionaba por su cuenta el comercio de especias, en competencia, por tanto, con los europeos. En paralelo, los otomanos difundieron su tecnología bélica por toda esa red comercial: en 1587, sir Francis Drake descubrió a 20 artilleros otomanos en la isla de Ternate, dedicada a la especia del clavo.[127] «Los mosquetes otomanos gozaban también de gran estima en la Persia safávida, la India mogola y la China ming, donde un tratado de finales de la década de 1590 consideraba que las pistolas otomanas eran mejores que los mosquetes portugueses».[128] Esa tecnología contribuyó a que el comercio siguiera fluyendo, con o sin el consentimiento europeo. Durante la década de 1570 llegaban al mar Rojo 8 o 9 barcos de especias anuales procedentes de Aceh y otros a Basora.[129] Haciendo gala de una notable habilidad, los otomanos se sirvieron de técnicas diferentes en estas dos vías comerciales. En el caso del mar Rojo, el Estado monopolizó la entrada de especias con

 

un coste reducido —puesto que, en cualquier caso, tenía que proteger los Santos Lugares— y logró obtener beneficios del 50-100 por ciento del comercio. En segundo lugar Basora, cuya entrada se dejó libre, aunque con un gravamen del 40 por ciento sobre las mercancías. Parece que a partir de la década de 1560 esto les proporcionó «una participación mucho mayor en el comercio de especias del océano Índico que la que jamás tuvo la

 

 

 

 

 

 

 

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Corona portuguesa», estimada en 500 000 ducados de oro, no lejos de los ingresos de Egipto.[130]

Aquel largo conflicto que entre 1500 y 1560 libraron otomanos y portugueses en las aguas del Índico nos ofrece otra prueba de toque para calibrar los kits para la expansión. Ambas potencias estaban bastante igualadas en cañones, fortificaciones, guerras de asedio y mosqueteros. Los otomanos llevaban ventaja en lo que se refería a poder blando, en parte porque la mayoría de sus aliados eran musulmanes y en parte gracias a su diplomacia más sofisticada. También llevaban ventaja en las galeras

 

artilladas —aunque los portugueses hicieron un gran esfuerzo de mejora—, mientras que en el caso de los galeones artillados ocurría lo contrario. La ventaja portuguesa en estos últimos radicaba en el hecho sorprendente de que era más fácil navegar con cañoneras pesadas miles de kilómetros desde Portugal que trasladarlas a través de 100 kilómetros de desierto —se dice que los otomanos consideraron en 1568 la posibilidad de construir un canal en Suez para superar el problema—.[131] En Guyarat se disponía de excelente madera para los astilleros y puede que la expedición de 1508-1509 aprovechara esta ventaja. Los relatos portugueses indican que aquella flota musulmana incluía dos «galeones» de construcción robusta, mientras que el resto de embarcaciones era de tipos más ligeros. En 1509, los cañones portugueses hundieron los barcos de menor tonelaje, pero no los galeones. También nos ha llegado una insinuación clara del virrey portugués de que los galeones fueron construidos en Guyarat.[132] No obstante, los otomanos no podían garantizar el acceso permanente a la madera o a esas atarazanas indias. El círculo vicioso al que se enfrentaban los otomanos era que no se podía establecer un asentamiento permanente en la India sin galeones ni construir galeones sin dicho asentamiento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La participación directa que tuvieron los otomanos en esta expansión planetaria fue importante. Sin embargo, lo fue menos que su impacto indirecto en la administración del Estado, la guerra y las trayectorias

 

 

 

 

 

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imperiales de otras potencias de Eurasia occidental. Solo en los últimos tiempos han empezado a recibir la atención que merecen en estos últimos aspectos. Uno de los principales contribuyentes a este nuevo interés, Gábor Ágoston, afirma que «en lugar de centrarse en la supuesta superioridad militar de las armas europeas, los futuros estudios deberían plantearse la proposición inversa: el impacto del poderío y destreza militar otomanas en la evolución de los rivales y contemporáneos de los otomanos».[133] Como él sugiere —y como demuestran los capítulos siguientes de este libro—, se produjo una adopción significativa de las técnicas y tecnologías otomanas por parte de otras potencias musulmanas de Eurasia occidental en proceso de expansión e igualmente por los rusos. Ágoston no aborda la cuestión del impacto otomano en la expansión de Europa occidental y descarta las ideas en torno a una revolución militar. Con todo, seguramente sí estará de acuerdo en que entre los años 1350 y 1500 se produjo, como poco, una relevante transición militar y que esta se debió a la influencia de la Sublime Puerta tanto como al que más.

 

Es cierto que los otomanos al principio accedieron a la tecnología de las armas de fuego contratando a expertos extranjeros, pero, como se indicó en el Capítulo 8, lo mismo ocurrió en la mayor parte de Europa. Ellos empezaron a utilizarlas en los Balcanes en el año 1381, es posible que con la ayuda de Dubrovnik, y sabemos que emplearon cañones en la batalla de Kosovo en 1389, solo siete años después del primer uso de este tipo de artefactos en el norte de Europa, aunque sin mucho efecto.[134] Después, durante la década de 1440, adoptaron el tabor o fortificación de carros, que emplearon contra ellos poco después de ese año por mercenarios checos al servicio de Hungría.[135] También fueron rápidos en adoptar la pólvora granulada a principios de la década de 1420 y, aunque su pólvora no era mejor que la de las otras potencias europeas, fabricaban mayor cantidad: alrededor de 1000 toneladas al año en 1600, casi cuatro veces la que se hacía en España.[136] Se dice que los otomanos estaban obsesionados con cañones de asedio de gran calibre y que fabricaban otros más pequeños con un bronce tan pobre que los vencedores de Lepanto los fundieron en lugar de reutilizarlos.[137] Ágoston ha refutado de manera convincente la primera de estas ideas: fabricaban cañones de todos los tamaños, en su mayoría pequeños y medianos, hasta 1322 al año a finales del siglo XVII.[138] Por otro lado, los

 

 

 

 

 

 

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análisis químicos han demostrado que el bronce de sus cañones era de muy buena calidad ya en 1464.[139] Además, sus fuertes presentaban defensas antiartillería desde fechas tan tempranas como la década de 1440.[140]

 

Como señaló un enviado papal en el siglo XVI, «ninguna nación ha mostrado menos reticencia a adoptar las invenciones útiles de otras».[141] Sin embargo, los otomanos fueron también unos innovadores en el campo militar. Durante la década de 1390 crearon el primer cuerpo de artillería permanente de Eurasia occidental, así como su primer ejército de infantería regular desde tiempos de los romanos: los jenízaros. Destacaron en la guerra de asedio perfeccionada con la artillería de cañón, sin olvidarse de los zapadores y los minadores.[142] Sus baterías costeras consiguieron hundir en 1444 un barco de la flota cruzada, quizá el primer acontecimiento de este tipo, y sus galeras echaron a pique un navío veneciano en 1499, posiblemente otra primicia.[143] Los mismos venecianos reconocieron la superioridad de las naves y la artillería otomanas en esta época.[144] Fueron, además, pioneros en el uso de

 

cañoneras de diverso tipo —galeras ligeras incluidas— para la guerra anfibia en los ríos, primero en el Danubio y más tarde en el Tigris y el Éufrates.[145] En tierra firme, durante la batalla de Varna (1444) utilizaron una barrera defensiva de trincheras, estacas de hierro y cañones encadenados, para luego adoptar el tabor, más móvil, o puede que fusionando ambas técnicas; el sistema se les atribuyó en lugares tan lejanos como la India.[146] Sus armas de fuego individuales también gozaban de gran prestigio, hasta el punto de que las potencias europeas cristianas importaban los cañones de sus mosquetes. Seguramente fueran los otomanos quienes, en la década de 1440, desarrollaron el gran avance del mecanismo de serpentín y los que, en 1526, utilizaran por primera vez el fuego de volea.[147] Si dejamos a un lado el armamento militar, hemos visto que los otomanos fueron destacados innovadores en el arte de gobernar, en las técnicas de recuperación, el poder del hombre y en la organización para la guerra: estrategia, logística y preparación. Dentro de sus territorios pagaban por los suministros a los proveedores locales para evitar daños a la economía y abastecían y reabastecían cuidadosamente los depósitos con provisiones y equipo. Cuando los Habsburgo finalmente reconquistaron Budapest en 1686, hallaron 247 cañones en las murallas y

 

 

 

 

 

 

 

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otros 213 de repuesto, preparados para equipar otra fortaleza o bien un ejército de campaña.[148]

La interacción económica entre el universo otomano y el europeo occidental fue considerable, con una ósmosis de bienes materiales e ideas inmateriales que fluían de norte a sur y viceversa. Es bien conocido que el gusto otomano por el café, las alfombras, los tulipanes y las intrincadas filigranas artísticas fueron uno de ellos y sospecho que hay una historia similar, aunque no contada, acerca de la historia de la guerra y el arte de gobernar, ocultos sus orígenes musulmanes por el orientalismo. Aunque los otomanos lucharon sobre todo en tierra contra austriacos, europeos orientales e iraníes, también combatieron contra los españoles en la larga y sangrienta guerra olvidada en el norte de África que tuvo lugar entre 1510 y 1580, donde muchos marineros españoles aprendieron el oficio. Por la misma época, el Marruecos saudí adoptó con entusiasmo el arte de guerra otomano, lo que dio a los militares portugueses un temple igualmente duro, en una contienda que se ha descrito como una «escuela para asesinos».[149] «Los ibéricos utilizaron Marruecos como campo de entrenamiento para experimentar y adquirir experiencia con tácticas que iban a utilizar en otros lugares del mundo atlántico y del océano Índico».

 

     Los ingleses también tuvieron un acercamiento a esta brutal educación militar durante su dominio de Tánger, entre 1661 y 1684. Por encima de todo, fueron los otomanos quienes empujaron a los genoveses hacia el oeste y le cerraron a Europa cualquier posibilidad de expansión hacia el sur.

 

La decadencia llegó a partir del siglo XVIII, pero entre el XV y el XVII

 

los otomanos constituyeron el principal imperio de la pólvora planetario. Sus habilidades en el combate con armas de fuego, la movilización de tropas, la gestión de redes y la administración del Estado fueron insuperables y, además, sin apenas una institución europea occidental a la vista. Lo que sí compartieron con Europa fue la demanda de consumo, la urbanización y el capital disponible, todo impulsado por la peste, así como las diversas mejoras que la epidemia facilitó en los campos de la tecnología militar, el trabajo de los escribanos y la gestión de recursos humanos. A lo largo del siglo XVII intentaron un colonialismo marítimo de largo aliento en el océano Índico, aunque no se preocuparon demasiado cuando la ecología de sus costas meridionales se lo impidió. Bastante

 

 

 

 

 

 

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tenían con su parte del pastel en Eurasia occidental. De hecho, Europa codiciaba lo que ellos tenían. Egipto era «un premio por el que españoles y portugueses habrían cambiado con gusto todas sus pretensiones en las Américas», al menos antes de que Potosí hiciera llover plata sobre Europa.

 

     No cabe duda de que Francia habría preferido el Levante mediterráneo a Canadá; y Rusia Estambul a Siberia, solo que los otomanos no les dieron opción alguna ni a la una ni a la otra. Su principal contribución a la expansión de Eurasia occidental más allá de sus fronteras resultó ser indirecta: elevar el nivel del arte de hacer la guerra y del arte de gobernar, así como una gran distracción desde el sur hacia el oeste y hacia el este. El camino más largo. En ambos aspectos, fueron el yunque sobre el que tuvo que forjarse el expansionismo europeo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 12

 

 

 

 

 

El rompecabezas holandés y la movilización de Europa oriental

 

 

Hubo una importante excepción a la regla de que los recursos per cápita se duplicaron tras la peste negra: la leña. La madera para combustible no era el problema principal, ya que se podían emplear alternativas como la turba y el carbón. Los árboles desmochados para obtener ramas delgadas se regeneraban en 20 o 30 años, al igual que los árboles pequeños, y se utilizaban tanto para la chimenea como para carpintería y otros usos similares. A lo largo de 90 años, los robles podados generaban 2,5 veces más madera que los maduros.[1] Sin embargo, los árboles maduros eran necesarios para los barcos y los grandes edificios. En el caso de estos últimos, requerían enormes entramados de madera aunque luego estuvieran recubiertos con piedra o ladrillo. Esos árboles tardaban hasta 120 en crecer. Además, los ejemplares alejados de las vías fluviales por donde transportarlos resultaban poco útiles para el comercio preindustrial de la madera. Aunque la Europa occidental anterior a la peste no sufría con carácter general de una crisis maltusiana, se estaba quedando sin madera de primera calidad que fuera accesible y esa escasez persistió después de 1350. «La silvicultura […] [fue] introducida por primera vez para la producción de madera a finales del siglo XIV casi de forma simultánea en Francia y Alemania».[2] Otros productos forestales también podían escasear, como la brea, el alquitrán, la

 

 

 

 

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potasa, etc., que, literalmente, eran la esencia del bosque, obtenidos mediante la quema de madera. A veces eran subproductos sostenibles de la agricultura de tala y quema rotativa, pero, en otras ocasiones, provenían de la deforestación permanente para obtener tierras de cultivo. La brea y el alquitrán eran importantes para calafatear los barcos; junto con el lino o el cáñamo para cuerdas, se conocían como materiales navales. Por tanto, los imponentes bosques maduros tardaban décadas en regenerarse. Europa noroccidental había extraído madera de Noruega durante mucho tiempo. A partir de 1350, la escasez anterior a la epidemia se juntó con el auge económico posterior y Europa occidental hubo de extraer cada vez más madera y productos forestales de Europa oriental a través de su costa báltica. La dependencia de Europa occidental con respecto a los recursos de la oriental suele asociarse con el auge del comercio de grano polaco, que surgió a finales del siglo XV y floreció en el XVI y principios del XVII. Aunque, en realidad, empezó más de un siglo antes, con los productos forestales.

 

Hay pruebas bastante recientes que apoyan esta hipótesis, pero aún no están incorporadas plenamente a la historiografía europea. La mayoría de los objetos de madera se descomponen con el paso de los siglos, con alguna excepción. Además de las vigas de gran tamaño para las embarcaciones y edificios importantes, la madera de primera calidad se cortaba en valiosos tablones que se empleaban como revestimiento de paredes, entre otros usos. Asimismo, hasta que fueron reemplazados por el lienzo en el siglo XVII, esos paneles de madera fueron una de las superficies favoritas donde los pintores flamencos del Renacimiento plasmaron obras cuidadosamente conservadas hasta la actualidad. La datación de la madera a partir de los anillos de crecimiento es una práctica antigua, pero desde 2002, más o menos, se han desarrollado técnicas no intrusivas que permiten, además, averiguar el lugar de origen. De las 540, aproximadamente, obras de arte analizadas que provienen de las primeras épocas de la peste, el 80 por ciento de la madera procedía del Báltico.[3] La zona de origen predominante era el interior de Polonia, cuya madera había sido transportada en balsas por el río Vístula y transformada en forma de vigas y tablas en Gdansk (Danzig). En cuanto a la madera inglesa, su análisis saca también a la luz un cambio en las fuentes de suministro, que pasan de Noruega a la zona báltica. «Con respecto a los

 

 

 

 

 

 

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siglos XIV, XV y principios del XVI todas las tablas analizadas […] en Inglaterra muestran que la madera importada procedía de Polonia».[4] La magnitud del comercio maderero creció, al igual que la de los derivados forestales. «No cabe duda de que se produjo un aumento de las importaciones tanto de madera como de subproductos a lo largo de la centuria, a pesar del descenso de la población». «A lo largo del siglo XIV, el volumen del comercio de madera es posible que se duplicara».[5]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mapa 9: El nordeste de Europa y el rompecabezas

 

holandés.

 

 

 

Muchas zonas de Europa que quedaron despobladas por la peste negra volvieron a su condición de bosques y, a partir de algún momento del siglo XV, esos bosques debieron de llegar a una etapa madura, lo que supuso un alivio en el cuello de botella de la madera de calidad. Sin embargo, desde mediados del siglo XV los precios de la madera se incrementaron, dato que apunta a que la demanda seguía creciendo por encima de la oferta.[6] Desde ese momento, las potencias marítimas de

 

 

 

 

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Europa occidental tomaron medidas destinadas a preservar la madera para barcos y hacer repoblaciones. «Venecia aprobó las primeras ordenanzas forestales en el siglo XV. Le siguieron los Países Bajos en 1517, España en 1518, varios estados alemanes en las décadas de 1530 y 1540, Inglaterra en 1543, Suecia en 1558 y Toscana en 1559, entre otros».[7] Un galeón necesitaba 2000 robles maduros, equivalentes a 20 hectáreas de bosque. Desde 1350, ingleses y holandeses extrajeron del Báltico gran parte del roble para las quillas y del pino destinado a los mástiles. La madera procedente de Portugal y con fácil acceso se estaba agotando ya en 1450 y la de su primera colonia, Madeira, fue esquilmada a gran velocidad, de ahí que, desde finales del siglo XV, la nación ibérica se interesara por los barcos y la madera del Báltico.[8] España estaba algo mejor abastecida de madera para los cascos, pero «todas las potencias de Europa occidental dependían de los pinos de la región del Báltico para los mástiles».[9] Así, la expansión de Europa occidental flotaba sobre la madera de Europa oriental: solo una de las muchas formas que la primera tenía de recurrir a los recursos de la segunda.

 

 

 

PESTE E IMPERIO EN EUROPA ORIENTAL

 

Ya lo vimos en los Capítulos 1 y 2: la Polonia interior parece haber sido una de las pocas zonas que se libró de los primeros embates de peste, si bien más tarde, en el siglo XV, quedó asolada como el resto. Hubo brotes tempranos en la costa del Báltico, pero al menos algunos de ellos no se desplazaron hacia el sur a pesar de la existencia de ríos navegables. Una posible razón —ya esbozada en el Capítulo 2— es que las importaciones a granel río arriba, a diferencia de la madera transportada en balsa río abajo para su exportación, eran muy modestas antes de 1400. No obstante, con el tiempo aumentaron las importaciones de pescado en salazón y lana inglesa, tal vez llevando ratas con ellas, así como tuvo lugar una propagación de ratas sin intervención humana, lo cual dio como resultado que, a partir de alrededor de 1390, esa Polonia interior se uniera al flujo histórico de la peste en Eurasia occidental. Como sugieren las cifras

 

 

 

 

 

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crecientes de importaciones, hay algunos indicios de efectos económicos positivos de la peste tanto en Polonia como en sus vecinos.

 

El litoral báltico era una región de lealtades divididas: ciudades portuarias autónomas, la Liga Hanseática, influyentes prelados, monarcas polacos y lituanos y tribus independientes obstinadamente politeístas, como los samogitios. Lo más parecido a un jefe supremo de la costa era la Orden de los Caballeros Teutónicos de Santa María de Jerusalén, organización similar a los mamelucos en la cual los dirigentes no permitían que su descendencia heredara y, en cambio, se nutría de importaciones regulares de soldados de lugares lejanos. Tras la peste negra, la orden tuvo dificultades para hallar nuevos reclutas en Europa occidental y hubo de recurrir cada vez más a mercenarios, así como a un curioso turismo militar: las visitas estacionales de caballeros occidentales ansiosos por saquear y ahorrarse años de purgatorio.[10] Entre 1345 y 1380, los caballeros y sus invitados lanzaron casi un centenar de incursiones contra los lituanos, todavía politeístas, que, a su vez, respondieron con unos 40 contrataques.[11] Entre guerras, e incluso durante ellas, la orden siguió comerciando con cristianos y paganos por igual.[12] Era el «enemigo jurado y el socio comercial permanente» de Lituania, facilitado esto último por una serie de tratados secretos firmados entre los años 1350 y 1370.[13] La orden mantenía una relación similar de amor-odio con Nóvgorod, donde gastaba 200 kilogramos de plata al año en pieles, a pesar de varios conflictos con ellos. También estaba muy implicada en el antiguo comercio del ámbar, utilizado para las cuentas de los rosarios que ayudaban a seguir las oraciones a una población analfabeta. La orden era, además, socia en el comercio de Gdansk y beneficiaria de un modesto mercado costero de cereales. Desde el punto de vista económico, «la segunda mitad del siglo XIV fue, en gran medida, una edad de oro» para los dominios de la orden.[14] Y, aunque esta terminó por desintegrarse a finales del siglo XV, uno de sus herederos, el Ducado de Curlandia (en la actual Letonia), lanzó un breve órdago en pos de un imperio mundial a lo largo del siglo XVII, cuando construyó 44 buques de guerra y 79 mercantes y estableció colonias en Gambia —para los esclavos— y Tobago —para el azúcar—.[15]

 

La semilla de la desaparición de los caballeros fue plantada entre 1385 y 1386, cuando Polonia y Lituania se unieron dinásticamente bajo los

 

 

 

 

 

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Jagellones. Esta nueva entente derrotó con claridad a los teutónicos en la batalla de Tannenberg (1410), en la que los dos bandos disponían de artillería, y les infligió nuevas derrotas a lo largo del siguiente medio siglo.

 

     La influencia polaco-lituana en la costa del Báltico se vio reforzada, en cooperación con las urbes portuarias locales con Gdansk siempre como principal puerto maderero, donde a veces ensamblaba incluso su propia madera. «Durante el siglo XV, Gdansk se convirtió no solo en exportadora de madera, sino también en la mayor productora de barcos en la región del Báltico, destinados a holandeses y portugueses».[17] Se dice que, en 1450, la ciudad misma poseía 500 barcos que enarbolaban su pabellón.[18] Por esta época, Gdansk contaba con un gran molino de agua, que movía 18 muelas, 4 salas comunales, 130 graneros y 24 talleres de orfebres.[19] A medida que fue agotando la madera más accesible, la cercana al Vístula, otros ríos y puertos en la desembocadura de cauces como Riga y Reval (actual Tallin) se unieron al comercio de productos forestales.

 

De manera que en el litoral del Báltico se prolongó el auge de la Europa oriental posterior a la peste. Pero ¿hasta qué punto ocurrió algo parecido si nos movemos hacia el sur? ¿Y hacia abajo en la escala social? Tenemos algunos indicios de un comercio pujante y de una prosperidad al menos en las zonas urbanas de toda Europa oriental —ya hablamos de los Balcanes y de Hungría en el Capítulo 11, como zonas que fueron del Imperio otomano—. En el nordeste, las exportaciones de lana inglesa, frente a la lana cruda, se multiplicaron por más de diez entre las décadas de 1350 y 1490. «Los mercados [europeos] orientales podían absorber hasta el 60 por ciento de las exportaciones inglesas de paños».[20] Ausente en el interior de Europa oriental antes de 1350, el pescado desecado ya era común hacia 1390 en mercados tan al sur como Cracovia. «El pescado seco era un producto ampliamente comercializado en la Europa centro-oriental de finales de la Edad Media».[21] Los fueros reales daban a las ciudades cierta protección ante los nobles y prelados locales y entre 1350 y 1450 se otorgaron 22 nuevas cartas municipales en Polonia, «principalmente en la región más próspera, la meseta del sur del país».[22] El comercio mejor conocido de Polonia, el del trigo y el centeno transportados río abajo hasta Gdansk y exportados después a los Países Bajos, no despegó hasta 1480, aproximadamente. En 1460 solo eran 6000 toneladas, que aumentaron a 20 000 en 1500 y se dispararon hasta 90 000

 

 

 

 

 

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en 1560 y a un cuarto de millón en 1618.[23] Las mercancías procedían tanto del sur como del norte. La unión polacolituana derrotó a la Horda de Oro en 1362, se recuperó de una derrota en 1399 y ganó acceso al mar Negro durante un tiempo. Diversas redes de mercaderes, como los armenios, llevaron sedas y especias hacia el norte. «Los polacos consumen más especias que ninguna otra nación».[24]

 

La evaluación de los efectos de la peste nos enfrenta a dos cuestiones de largo recorrido en la historia de Europa oriental. Una es la segunda servidumbre que postulara en primer lugar Friedrich Engels. En la actualidad, se está cuestionando la idoneidad del término servidumbre, y no digamos ya el de segunda servidumbre, y es posible que sea cierto que se distingue de manera muy radical de otras formas de coacción a los trabajadores y de restricción de sus movimientos.[25] Algo parecido ocurrió, si bien no inmediatamente después de 1350, o 1400, como suele suponerse, por lo que no debe ligarse a la peste. Al igual que en Europa occidental, los campesinos polacos y lituanos consiguieron mejores tierras y mejores tenencias en los primeros tiempos de la epidemia y también aquí lo hicieron con la connivencia de una clase noble desesperada por conseguir mano de obra. En Polonia, la legislación que prohibía la circulación de los campesinos y aumentaba el trabajo obligatorio en el señorío comenzó en 1496 y no se desarrolló de pleno hasta 1588.[26] Tiene relación con el aumento de las poblaciones y el comercio de cereales, no con la época temprana de la peste. Las explotaciones señoriales, centradas en el cultivo del señorío para la venta de productos, aumentó en el siglo XV, pero los señoríos se expandieron ocupando las tierras despobladas por la peste y no expulsando a los campesinos que tanto necesitaban. Las rentas se pagaban en efectivo o en especie tanto como en trabajo obligatorio, que, en cualquier caso, aún era modesto. «La carga de trabajo de un día a la semana […] se considera habitual en la Polonia del siglo XV».[27]

 

La condición de los campesinos polacos antes y después de 1500 sigue siendo objeto de debate. Un estudio reciente sostiene que era lamentable en el siglo XV, aunque mejoró en el XVI. Sin embargo, ese trabajo se centra en los arrendatarios más prósperos —el equivalente polaco de los yeomen ingleses— y tal vez esté confundiendo la recesión de la década de 1460 con una centuria de estancamiento.[28] Otro estudio indica que, en la

 

 

 

 

 

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primera mitad del siglo XV, la familia campesina media que cultivaba cereales habría dispuesto —una vez satisfecho su consumo interno, así como descontados las semillas, impuestos, diezmos y rentas— de un 31,5 por ciento de su cosecha disponible para vender, lo que sugiere una prosperidad muy modesta. En la segunda mitad del siglo XVI, el excedente había descendido al 19,3 por ciento, lo que se aproximaba a la mera subsistencia, dada la necesidad de comprar insumos tales como sal y herramientas.[29] Además, las exigencias de trabajo obligatorio aumentaron, primero a dos días y luego a tres por semana a lo largo del siglo XVI.[30] Por tanto, la proporción de campesinos independientes se redujo a la mitad en el XVI, ya que los señoríos crecían ahora a sus expensas.[31] La población polaca estaba aumentando en esa época, por lo que, de todos modos, había mano de obra asalariada disponible. Sin embargo, lo que los señores del grano demandaban era mano de obra barata.

 

Sospecho que las perspectivas de los campesinos variaron tanto en el espacio como en el tiempo, en una historia de nicho o translocal similar a la de las regiones emisoras de hombres. El comercio de grano dependía del acceso cercano a ríos navegables y en las tierras agrícolas ribereñas la vida campesina fue empeorando a partir del siglo XVI. El comercio de la madera también dependía de los ríos, pero su área de captación era más amplia. Los troncos podían flotar por arroyos rápidos que no eran navegables de otra manera y los valiosos productos forestales procesados, como el alquitrán de abedul que se utilizaba para calafatear los barcos, soportaban mejor el coste del transporte en carros que el grano. Los campesinos de las tierras madereras eran, en realidad, agricultores forestales, como los colonos norteamericanos de los siglos XVII y XVIII. En todos los casos, los observadores se mofaban de las prácticas agrícolas primitivas de tala y quema, aunque estas proporcionaban campos fertilizados por la ceniza, así como productos forestales. Esos campos podían producir dos o tres veces más grano por semilla en comparación con los normales.[32] Los campesinos forestales también tenían acceso a caza, bayas, pieles, cera y miel, estas tres últimas cada vez más demandadas tras la peste negra. Las tierras dedicadas al comercio de madera florecieron a partir de 1350; las dedicadas al comercio de grano, a partir de 1500. Dado que las primeras eran mejores para su explotación,

 

 

 

 

 

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esto apoya la noción de que los campesinos polacos compartieron tanto la edad de oro posterior a la primera oleada de la epidemia —hasta 1500— como su declive posterior. Incluso los salarios reales no cualificados eran elevados en las ciudades polacas en 1500 —más altos que en Inglaterra, según un especialista—, pero también disminuyeron desde 1575 y los campesinos, cada vez más atados por ley a la tierra, tuvieron menos acceso a ellos.[33] Desde 1650, Polonia fue víctima de la rapacidad de sus nobles y vecinos y, con la excepción de Curlandia, el país no participó en la expansión europea, aunque su grano y madera sí lo hicieron. Vemos en el Capítulo 14 que la experiencia socioeconómica de Polonia en la era de la peste fue ampliamente compartida por su rival y vecino ruso, que sí se expandió.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El segundo tema de largo recorrido en la historia de Europa oriental ya se

 

ha mencionado: la explotación —incluso la semicolonización— por parte de Europa occidental, postulada por Immanuel Wallerstein y otros. Creo que sí se produjo cierta colonización informal, aunque muy particular, que implicaba estrechos vínculos económicos entre una sola ciudad y algunas regiones, no países en su conjunto y mucho menos todo el subcontinente. Además, no queda claro que todos los colonizados fueran explotados. El principal entre los primeros colonizadores urbanos de aquella época no fue Gdansk, sino su socio mayoritario, Lubeca. «Lubeca y Gdansk eran los dos centros neurálgicos del […] comercio de la madera».[34] Aunque los comerciantes de Gdansk conservaban cierta autonomía, los residentes de Lubeca eran su «motor económico».[35] Ambas ciudades formaban parte de la Liga Hanseática y Lubeca suele aparecer en la literatura como «la primera entre iguales» de la Liga, que era una alianza poco rígida de puertos del norte de Europa originada en el siglo XIII. Al igual que Génova, la Hansa fascina de vez en cuando a los institucionalistas y, sin embargo, sus instituciones formales tampoco parecen sólidas. Ni siquiera sabemos cuántas ciudades la integraban en un momento dado —entre 70 y 100—. Lubeca fue, por lo general, la más destacada, pero la Liga también

 

 

 

 

 

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camuflaba el propio imperio informal de Lubeca. Esta había sido fundada en 1158 en el emplazamiento de una urbe eslava con acceso fluvial al Báltico. A partir de 1230 estuvo estrechamente aliada con Hamburgo, «de hecho, su puerto de salida en el mar del Norte».[36] Para la década de 1280 se había convertido en una poderosa potencia marítima, cuando fue capaz de coaccionar a Noruega para que entrara en su órbita económica por medio del control de los suministros de grano a ese reino. En las redes comerciales flamencas, alemanas e inglesas, sin embargo, se vio a menudo eclipsada por Colonia antes de 1350. La población de Lubeca, reducida en cualquier caso a unos 25 000 habitantes en 1348, se vio duramente azotada por la peste negra. Una estimación razonable de su mortalidad es el 40 por ciento, aunque se ha hablado de cifras mucho más altas, y se dice que su socio menor, Hamburgo, pudo sufrir aún más, con un 55 por ciento.[37]

 

Sin embargo, el repunte de las fortunas de Lubeca a partir de 1350 fue tan agudo como el de Génova, desde una base aún más pequeña, y hubo otras similitudes entre ambas. Al igual que las de Génova, las tribus mercantiles de Lubeca se reorganizaron y buscaron refuerzos después de 1350, aunque de formas diferentes. Al principio, sus redes mercantiles se basaban en el parentesco, pero tras la primera ola de epidemia se vieron reforzadas por la proliferación de gremios y cofradías religiosas que, con frecuencia, se entrecruzaban. En torno a 1520, había 70 cofradías en Lubeca, la mayoría fundadas desde la década de 1360, además de 50 gremios.[38] Estos apuntalaron a unas familias mermadas por la peste e incorporaron a los recién llegados. Después de un ascenso en la inmigración posterior a 1348,[39] la tendencia de la exclusión se reafirmó desde 1360 hasta que otro brote de peste en 1367 hizo que la élite mercantil se abriera de nuevo. El mismo ciclo de cierre y apertura se repitió al menos dos veces más, en torno a las epidemias de peste de 1388 y 1405, que «obligaron a la ciudad a recurrir a quienes carecían de vínculos ancestrales».[40] Lubeca fue azotada por la peste seis veces en el siglo XIV y cinco en el XV, pero su población siempre se recuperó con rapidez. Superaba los 25 000 habitantes en 1460, cuando la urbe contaba con 5385 hogares, más las viviendas temporales, de los cuales el 58 por ciento pertenecía a las clases media y alta —la mayoría de las clases bajas que apoyaban a esta élite sobredimensionada vivía en otros lugares—.[41] Los enclaves comerciales de ultramar conocidos como kontors pueden

 

 

 

 

 

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haber proporcionado otro tipo de clan virtual tras la peste, con cualidades bastante similares a las de una tripulación. En ellos solo trabajaban hombres, a los que se disuadía de casarse con mujeres locales, pero con las que sí mantenían relaciones. Tenían crueles rituales de iniciación, borracheras y juramentos de hermandad.[42] Un excepcional archivo con 6400 testamentos de Lubeca, todos anteriores a 1500, pone de manifiesto una intersección entre fraternidades, socios de distintos kontor y vecindarios urbanos. La mayoría de los tutores y albaceas procedía de estas redes, no de parentescos reales.[43]

 

La mayoría de los refuerzos eran, presumiblemente, alemanes, aunque tenemos un grupo interesante compuesto por mercaderes de Dubrovnik y otros puertos dálmatas. Entre 1365 y 1510, casi el 10 por ciento de los consejeros municipales de Lubeca eran dálmatas. Tal vez la conexión con Dubrovnik permitiera a Lubeca superar las redes de Colonia, Venecia y Génova en los comercios inglés y flamenco. Ciertamente, permitió a la ciudad germana seguir con sus intercambios cuando estaba en guerra con Inglaterra durante el periodo 1467-1474, sustituyendo a los lubequeses alemanes por dálmatas, que podían operar sin ser detectados por la hostilidad inglesa. Tal sustitución comercial en tiempos de guerra era, por supuesto, la especialidad de Dubrovnik por lo que se refería al Mediterráneo.[44] Los propios ciudadanos de Lubeca eran mercaderes militares y, como en Génova, las clases bajas mostraban a veces un fuerte sentido de la ciudadanía, lo que hizo de su milicia una potencia formidable. Sin embargo, tras la peste, los locales ya no eran suficientes y Lubeca tuvo que recurrir al mercado genérico de mercenarios alemanes, que incluía a los tripulantes conocidos como niños de barco que luchaban por igual en tierra o en el mar.[45] Aquellos hombres procedían de las infértiles costas e islas del norte de Alemania, que ahora importaban cada vez más su grano. Al igual que los propios lubequeses, los niños de barco se especializaron al principio en ballestas, aunque ya en 1352 se pasaron a las armas de fuego, que pronto se hicieron notar igualmente en los barcos de Lubeca.[46]

 

Desde el punto de vista financiero, la urbe se vio reforzada con un temprano giro hacia las hipotecas y las rentas vitalicias para conceder créditos, una innovación compartida con Hamburgo.[47] Aun así, 25 000 habitantes era una base minúscula incluso para un pequeño e informal

 

 

 

 

 

 

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imperio hecho de retazos. Lubeca no producía gran cosa, dejando a un lado los barcos y la cerveza, y la mayoría de sus activos se hallaba fuera de la ciudad. Entre 1360 y 1420, aproximadamente, se hizo con el control de partes de su zona de influencia más inmediata, bien derrotando a los señores locales o comprándoles el terreno.[48] Sus burgueses poseían 240 aldeas repartidas por el norte de Alemania.[49] El activo más importante de Lubeca en el interior era su asociación con la ciudad productora de sal de Luneburgo, nacida en 1379 y que consolidó entre 1391 y 1398 mediante la financiación de canales de conexión entre ambas ciudades. Los señores y príncipes locales disputaron a Lubeca el dominio de las exportaciones de sal de Luneburgo hasta 1410, pero el poder militar y el dinero de Lubeca demostraron ser demasiado para ellos.[50] Wismar y Rostock también se unieron a este círculo interior, una soga tal vez muy apretada alrededor del cuello danés. En ocasiones fue conocida como Liga Wendish, por el pueblo eslavo de la región. Lubeca también mantenía alianzas con urbes portuarias de habla alemana situadas más al este: Gdansk, Riga y otras, hasta llegar a Reval (o Tallin), en el golfo de Finlandia.[51] Como hemos visto en el caso de Gdansk, esas ciudades tenían señores territoriales, cierto grado de autonomía y pertenencia a la Hansa y, a veces, se resistían al control de Lubeca. Sin embargo, a esta ciudad «no se la desafiaba sin razones urgentes» y no solo porque ejerciera el papel de líder en la Liga.[52] En 1408, los ciudadanos de menor rango de Lubeca se rebelaron contra las clases superiores y controlaron la urbe durante una década. Su régimen fue proscrito por el resto de la Hansa, pero, a pesar de ello, Wismar, Rostock y Hamburgo —cuya relación con Lubeca superaba a la que tenían con la Hansa como tal— mantuvieron una estrecha alianza con esta ciudad.[53]

 

Los kontore hanseáticos más conocidos fueron los de Londres, Brujas y Nóvgorod, pero la red contaba con unos 50 puestos de menor importancia, como los de Hull, Boston y Lynn, en el este de Inglaterra.[54] La influencia de Lubeca sobre estos enclaves comerciales varió mucho. Por ejemplo, suministraba grano a Brujas, de manera que podía mantener bajo control a esa ciudad por el procedimiento de retenerle suministros, como hizo en 1391 y 1436.[55] Era, sin lugar a dudas, la urbe hanseática líder en Escandinavia y, a principios de la época de la peste, estableció, junto con sus aliados, una hegemonía cada vez mayor sobre las áreas más

 

 

 

 

 

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ricas. Frente a ello, en 1380, se produjo la unión de las Coronas noruega y danesa y, en 1397, la Unión de Kalmar, con Suecia, consagró la alianza de las tres naciones escandinavas, lo que pretendía, al menos en parte, ser un intento por disputar la supremacía a Lubeca.[56] Con todo, en el mar, Lubeca y la Liga fueron rivales de entidad para toda Escandinavia hasta el siglo XVI. La madera polaca les permitió aumentar enormemente el tonelaje de sus barcos después de 1350. En 1399 hubo 1760 salidas únicamente desde su puerto y la flota de la Hansa llegó a contar con un millar de navíos, una cuarta parte propiedad de Lubeca, en su mayoría de mayor tamaño que la media.[57] Eran cocas más grandes a las que después se unieron urcas de nuevo diseño, con una capacidad de carga todavía superior, timones de popa, dos mástiles y técnicas de construcción más eficientes. Hasta principios del siglo XVI eran mercantes armados, no buques de guerra, pero sus sólidos castillos de proa y de popa, su tamaño, sus armas de mano y sus cañones les permitían funcionar como una cosa y la otra.[58]

 

Los rivales de Lubeca se disputaban sus privilegios comerciales, su control del Báltico, que incuía la pesca del arenque escandinavo, y su acceso a Sund (actual Øresund, «el estrecho»), que une los mares Báltico y del Norte. Lubeca podía enviar algunos productos a Hamburgo por río, canal y breves travesías terrestres, pero no productos muy voluminosos como la madera. A medida que las principales pesquerías de arenque se trasladaron del Báltico al mar del Norte a lo largo del siglo XV, también necesitó acceso a estas. La consecuencia fue una contienda ganada a Dinamarca en los años 1361-1370 que «selló la supremacía de la Hansa sobre Dinamarca».[59] De manera que cuando Dinamarca consiguió imponer derechos de paso en el estrecho de Sund, las ciudades de la Hansa quedaron exentas.[60] Lubeca y la Hansa resultaron victoriosas en varios choques más con Dinamarca hasta 1522-1523, cuando colocó a sus candidatos en el trono de Dinamarca y Suecia. Hasta el siglo XVI, Suecia solía ponerse del lado de Lubeca en los conflictos con Dinamarca-Noruega, puesto que esa ciudad y sus aliados ejercían un «control implacable sobre la economía nacional [sueca]».[61] De hecho, las principales urbes e industrias exportadoras de Suecia estaban dominadas —y desarrolladas— por la Hansa lubequesa. Los comerciantes y artesanos alemanes constituían, aproximadamente, un tercio de la

 

 

 

 

 

 

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población de Estocolmo y Kalmar. Una ley sueca de 1350 asignaba a los alemanes la mitad de los escaños del Ayuntamiento y uno de los dos puestos de burgomaestre.[62]

 

A partir de esta época, la economía sueca se orientó hacia la especialización regional y empezó a exportar más ganado y productos mineros.[63] Por su parte, Lubeca importaba y redistribuía pieles, mantequilla y casi toda la producción sueca de cobre y hierro que, como vimos en el Capítulo 5, se multiplicó por seis entre 1340 y 1540.[64] El flujo de cobre aumentó aún más, siempre con capital hanseático detrás. Los mercaderes hanseáticos en las ciudades de ultramar eran translocales: participaban de la política y la caridad locales, así como del comercio y la industria, pero mantenían la cohesión, no se casaban entre sí y regresaban a su lugar de origen cuando se jubilaban.[65] En el Capítulo 4 ya señalamos que Lubeca lideró el auge del comercio de bacalao y arenque tras la peste. Hacia 1400, su cuota de mercado en el comercio del arenque era del 60-75 por ciento y fue la que «consiguió desarrollar un producto de alta calidad mediante barriles y contenido uniformes, normas estrictas de procesamiento, control y marcas de calidad».[66] En el caso del bacalao su parte del mercado era todavía mayor, con 2000 personas trabajando en su kontor de procesamiento y venta situado en Bergen. «En Bergen, los lubequeses equivalen prácticamente a hanseáticos».[67]

 

Lubeca se sirvió en ocasiones de la violencia contra las fuerzas políticas rivales e incluso contra sus semicolonias regionales cuando estas se opusieron a su control del comercio. En 1455, los nativos de Bergen, comandados por su obispo, intentaron imponer su autoridad sobre el kontor, pero fueron atacados por los comerciantes, que mataron al obispo y a 60 de sus partidarios.[68] No obstante, lo habitual era más bien ejercer un poder blando. La Corona danesa, al igual que los españoles de Nápoles con los genoveses, apoyó a los comerciantes extranjeros, no a sus propios ciudadanos, tras el incidente de Bergen.[69] Durante mucho tiempo se pensó que el comercio del bacalao explotaba a los pescadores noruegos, aunque ahora se tiende a considerarlo beneficioso para ellos, en especial en el contexto de subida de precios posterior a 1400. La relación entre Lubeca y sus semicolonias tanto en Noruega como en Suecia llegó a ser bastante íntima, como la de Estambul y sus áreas de influencia virtuales. En el caso de la ciudad hanseática, tenía poca necesidad de rebaños en sus

 

 

 

 

 

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territorios vecinos, dado que sus delegaciones de abastecimiento en ultramar suministraban mantequilla, pieles y lana. Así, las tierras interiores inmediatas a Lubeca se dedicaron a la horticultura[70] y a la producción de lúpulo, que se exportaba a sus zonas de influencia ultramarinas con destino a la elaboración de cerveza.[71] El aumento de las importaciones de este semilujo por parte de las poblaciones escandinavas asoladas por la peste parece entrar en contradicción con la dura explotación económica de la Hansa, aunque, sin duda, esta última fue la que más se benefició. La colonización cultural fue pareja a la económica, algo que puede rastrearse en los yacimientos arqueológicos por la proliferación de gres alemán de calidad, incluso en hogares que no pertenecían a las clases acomodadas. Lubeca exportó igualmente otros artefactos portadores de cultura, desde estufas hasta altares.[72] Se dice que las ciudades suecas presentaban «una firma hanseática cosmopolita».[73] No resulta sencillo establecer hasta dónde llegó la aculturación, pero es probable que suavizara la relación económica. Incluso hoy se dice que en Bergen sigue gustando la cerveza al estilo de Lubeca.[74]

 

En resumen, ese imperio informal de Lubeca presentaba múltiples capas y componentes. Uno era la pertenencia a una organización más amplia, la Liga Hanseática, que daba a sus socios una falsa pero útil sensación de paridad con ella. Otro, el desarrollo de una jerarquía urbana, con la propia Lubeca en la cúspide y algunas especializaciones por debajo: Luneburgo en sal, Hamburgo en cerveza, Gdansk en madera. En tercer lugar, su liderazgo en el comercio de la madera, el arenque y el bacalao. En cuarto lugar, sus semicolonias de ultramar: en Stora Kopparberget y alrededores, el centro minero sueco del cobre, y los principales puertos suecos de Estocolmo, Malmoe y Kalmar, más Bergen en Noruega. Las economías de estos lugares y del interior de Lubeca se fueron adaptando las unas a las otras. Por último, y entrelazada con las demás, la sistematización posterior a la peste que Lubeca hizo de la mano de obra y los recursos naturales transnacionales de Europa oriental. Una sistematización que, en manos de otros, permitió, literalmente, la expansión global de Europa occidental.

 

Al igual que el de Génova, el imperio camuflado de Lubeca fue tanto una cuestión de condominio como de dominio único, de simbiosis como de explotación, hasta ser desplazado finalmente por las naciones-Estado, cuyos historiadores a veces se muestran demasiado impacientes por fechar

 

 

 

 

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su desaparición y poco dispuestos a reconocer su contribución. Desde principios del siglo XVI, y en competencia con las monarquías centralizadoras de Dinamarca-Noruega y Suecia, Lubeca introdujo buques de guerra construidos para tal fin con cañones pesados de gran calibre que culminaron en el Adler, de 2000 toneladas, hacia 1570. Para entonces, la ciudad hanseática estaba perdiendo en el conflicto y su «papel como potencia al mismo nivel que los dos reinos nórdicos, con ambiciones de intervenir en su política interna, había terminado […] La capacidad del Estado centralizado para movilizar recursos militares había quedado demostrada».[75] Sin embargo, una pequeña urbe había conseguido convertirse en una gran potencia a pesar de —o debido a— la peste negra y seguir siéndolo durante dos centurias. A finales del siglo XV, sus herederos en el comercio del bacalao se adentraban cada vez más en el Atlántico noroccidental en busca de nuevos caladeros. Fue la ciudad-Estado de Lubeca, y no las naciones-Estado de Dinamarca o Suecia, la que dinamizó ese comercio. Pionera de la colonización urbana en el norte, movilizó la reserva transnacional de materias primas y mano de obra de Europa oriental. Todos esos activos acabaron en manos de los holandeses, que se quedaron con el cerdo, el tocino y la manteca.

 

 

 

LA PESTE, LAS INSTITUCIONES Y EL AUGE DE HOLANDA

 

El ascenso de lo que fueron las Provincias Unidas de los Países Bajos —de ser una región en principio nada importante a convertirse en una superpotencia global en el siglo posterior a 1568— es una historia asombrosa en ocasiones conocida como el milagro holandés. Liderados por la provincia de Holanda, los neerlandeses se sacudieron el dominio de la Monarquía Hispánica en 1580, derrotaron a los Imperios español y portugués en 1648, se hicieron con su propio imperio de ámbito planetario, lograron la hegemonía del comercio mundial y disfrutaron de un florecimiento cultural, todo al mismo tiempo. Asociada en su día con los hechos capitales del siglo XVI —la conversión al protestantismo y la insurrección holandesa—, los historiadores buscan ahora causas más

 

 

 

 

 

 

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profundas de aquel notable ascenso y expansión. Entre ellas, se habla de unas instituciones que ejercieron un papel positivo, si bien ha habido intentos encomiables de mezclarlas con aspectos relacionados con la ecología. Situada en gran parte al nivel del mar o por debajo de este, Holanda había sido recuperada de las aguas y de los cenagales entre los siglos XI y XIII. Los señores y prelados de la zona, relativamente escasos, tuvieron que ofrecer tenencias seguras para atraer a los campesinos a emprender aquel trabajo y estos desarrollaron organizaciones colectivas para mantener esas tierras a salvo de las inundaciones gracias a los famosos diques. Paradójicamente, se cree que esto fomentó tanto el individualismo como el colectivismo. Aunque hubo en la Holanda medieval poderosos condes soberanos, parece que los señores, la Iglesia y los gremios urbanos eran débiles en comparación. Tal vez esto le diera a la provincia una flexibilidad que le permitió hacer frente a profundos cambios, aunque sospecho que más por la debilidad de las instituciones tradicionales que por su fortaleza.

 

La Holanda medieval contaba con un sorprendente número de urbes con mercados, unas dos docenas, seis de las cuales se consideraban relevantes. Se estima que la tasa de urbanización en 1348 alcanzaba nada menos que un 23 por ciento. El argumento institucional es que las numerosas urbes en competencia, sumadas a unos campesinos independientes y a unas débiles instituciones feudales, otorgaron a Holanda unos mercados inusualmente abiertos, tanto en mano de obra y propiedades como en bienes. Las ciudades estaban acostumbradas a autogobernarse y a negociar los impuestos con el conde. Desde 1428 fue el linaje de los Borgoñones —y, desde 1482, los Habsburgo— el que gobernaba Holanda junto con el resto de provincias —16— de los Países Bajos. Hasta que los Habsburgo adoptaron una política represiva hacia los protestantes en la década de 1560, su gobernanza fue bastante benigna. Sin embargo, necesitaban dinero para luchar en sus guerras y los estados o

 

asambleas provinciales —formados por los comerciantes destacados— se acostumbraron a negociar y a recaudar impuestos a mayor escala, por lo que desarrollaron capacidades de autogobierno y de gestión de una deuda pública. Desde la década de 1570, esta fue una de las bases del éxito holandés en su guerra contra España.

En tiempos recientes se ha añadido el cambio medioambiental al argumento de las instituciones. La recuperación de tierras al mar y la

 

 

 

 

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extracción de turba para combustible causaron problemas al provocar el hundimiento del suelo y ello, junto con el aumento de las inundaciones a partir del siglo XIII, redujo la superficie de tierras de cultivo. Esto, combinado con la herencia divisible, que acabó por parcelar las granjas por debajo de los niveles de subsistencia, obligó a la gente a abandonar la agricultura cerealista. «En lugar de cereales, las granjas empezaron a producir lácteos, lino y cáñamo, mientras que el excedente de mano de obra agrícola encontró trabajo en la pesca y los servicios de transporte».

 

     Esta última actividad se había realizado desde siempre por agua, aprovechando las numerosas ensenadas, ríos y otras vías fluviales de la región. La mano de obra adicional liberada por el declive del cultivo de cereales permitió a Holanda desarrollar su capacidad marítima, otra de las bases del progreso holandés.

 

Todo lo anterior tiene bastante lógica, pero ¿y la peste? En un tiempo se pensó que la segunda pandemia había pasado por alto en buena medida a los Países Bajos. Wim Blockmans lo desmintió ya en 1980,[77] pero, además, descubrió que algunos brotes no llegaron hasta Holanda. Nuevos estudios han hallado evidencias de mortalidades normalmente altas por peste en zonas del sur de los Países Bajos, pero no en el norte.[78] Las actividades del movimiento flagelante, esa extraña respuesta de autosacrificio al primer brote, se extendieron por el sur, aunque por el norte solo llegaron hasta Dordrecht, en el extremo sur de Holanda.[79] Lo que los especialistas aún no han explicado es por qué la peste en Holanda pudo haber sido relativamente leve. Reconocen que el periodo 1350-1500 fue próspero en esa región, pero no que también lo fuera en otros lugares. «Holanda era una isla de prosperidad en medio de la angustia económica general de Europa en la segunda mitad del siglo XIV».[80] Holanda y su

 

vecina Zelanda, más pequeña aún, «experimentaron, de forma única en Europa, una expansión continua de la vida urbana que coincidía con una prolongada depresión en otros lugares».[81] Incluso un excelente trabajo reciente que reconoce que la «tan citada crisis medieval tardía» es ahora discutida, sigue concluyendo que «en la segunda mitad del siglo XIV, el desarrollo económico de Holanda parece haberse acelerado […] en un momento en que otros países estaban atravesando problemas». También asegura que el «auge de finales del siglo XIV tenía raíces [institucionales] en el periodo precedente», es decir, durante los siglos XI a XIII, por lo que

 

 

 

 

 

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descarta la peste.[82] Por tanto, explicar una mortalidad por peste anormalmente baja, y cómo puede conciliarse eso con un fuerte auge económico, constituye nuestro primer enigma holandés.

 

¿Se libró esa zona de la primera ola? «Las fuentes narrativas holandesas guardan silencio en torno a la peste negra»,[83] aunque esto fue así en muchos lugares. La mayoría de los escribas medievales no veía la necesidad de relatar lo que era demasiado obvio para todo el mundo y la escasez de señores y obispos en Holanda podría haber repercutido en una reducción de los registros de arrendatarios y sacerdotes reemplazados ocasionalmente disponibles en otros lugares. Algunos historiadores económicos holandeses sospechan que el quid de la cuestión puede ser la ausencia de pruebas, no la ausencia de peste.[84] Como era de esperar, Ole Benedictow no tiene ninguna duda de que la peste negra afectó al norte de los Países Bajos. Cita un registro de la iglesia de Deventer que en 1350 muestra un aumento de 23 veces sobre la media de muertes; una referencia a una «enorme mortalidad» en Utrecht; y un fuerte aumento de los ingresos por muertes intestadas.[85] Con posterioridad a la obra de Benedictow ha sido hallada en Bergen op Zoom una fosa común no documentada de mediados del siglo XIV con unos 800 enterramientos y ADN de Y. pestis.[86] Ninguna de estas tres urbes está en Holanda, aunque ninguna está muy lejos y sí, en cambio, bien conectadas con ella. Las pruebas de Deventer sugieren una mortalidad del 46 por ciento, cuando la cifra normal es del 2 por ciento. También tenemos potentes indicios indirectos de que la primera ola afectó con dureza a Holanda. Algunos se mencionan más adelante, pero uno de ellos fue el brusco aumento de los salarios, que se duplicaron en Leiden durante la década de 1350, mientras que los precios del centeno subieron menos del 50 por ciento.[87] En líneas generales, parece probable que Holanda padeciera las consecuencias de la primera epidemia, puede que en la misma medida que otros lugares. Sin duda, se vio afectada por las olas posteriores, al menos cuatro entre 1360 y 1401. Sin embargo, según Blockman, no soportó otras dos de este periodo, en 1363-1364 y 1371-1372. Esa tendencia se hizo mucho más pronunciada en el siglo XV, cuando Holanda no padeció, o se vio poco afectada por, 7 de 9 rebrotes.[88] Un nuevo estudio de un convento situado en el sudeste de Holanda revela que entre 1412 y 1500 las tasas medias de mortalidad fueron solo la mitad de las de Inglaterra.[89] Después de 1500,

 

 

 

 

 

 

 

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el porcentaje de fallecimientos de este convento vuelve al patrón europeo general, al igual que la historia epidémica de la provincia. Por tanto, parece que los contagios en Holanda no fueron tan leves, sino menos frecuentes, sobre todo durante el siglo XV. Veamos si las ratas ahogadas pueden explicar este enigma.

 

«Los proyectos de recuperación de tierras llegaron más o menos a su fin» en Holanda hacia 1350.[90] Esto es una indicación adicional de que el país no se libró del primer brote: tanto la demanda de turba como la mano de obra para extraerla desaparecieron de repente. Sin embargo, los efectos heredados de esa actividad que causó el hundimiento del suelo continuaron. La extracción de turba puede que incluso aumentara para exportarla al sur de los Países Bajos, cuyas reservas se estaban agotando, lo que también contribuyó al hundimiento. Además, las inundaciones marítimas aumentaron de forma notable y pasaron de seis muy graves en el siglo XIII a doce en el XIV y diecisiete en el XV.[91] «En conjunto, los cambios en Holanda implicaron un aumento sustancial de la superficie de agua a partir de 1350 […] que cubrieron, fácilmente, más del 50 por ciento de la tierra anterior».[92] La escasez de mano de obra empeoró la situación hacia 1360 al reducirse el mantenimiento de diques, presas y canales de drenaje, otro indicador más de un primer brote.[93] Pero los peores tiempos de inundaciones llegaron con el primer cuarto del siglo XV. Hubo una especialmente desastrosa en 1421 que anegó veinte pueblos y ahogó a 10 000 personas en los alrededores de Dordrecht, que dejó a la ciudad «aislada en una pequeña isla». «Durante el siglo XV, todas las costas occidentales de los Países Bajos estaban a merced de las olas».[94]

 

Tal vez esas inundaciones podrían haber causado una reducción de las poblaciones de ratas en el campo, así como haber creado barreras acuáticas extraordinarias que evitaran su reasentamiento sin ayuda. En las Provincias Unidas, ciertamente, hubo ratas durante varios momentos de la primera época de la peste. Los graneros de los campesinos tenían agujeros para búhos que animaran a esas aves a cazar roedores por la noche y tenemos registros de trampas para ratas y pagos a cazadores de ratas.[95] Sin embargo, las inundaciones repentinas, al igual que las plagas, habrían acabado con esos animales en las zonas afectadas. Más tarde, los ríos y canales navegables ayudaron a su vuelta, escondidas entre el grano y otros cargamentos a granel, pero el creciente número de lagos poco profundos y

 

 

 

 

 

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turberas no se podían usar para el transporte. Todas las masas de agua importantes, navegables o no, bloqueaban la propagación de las ratas sin ayuda. Por muy anfibia que fuera Eurasia occidental, pocos países estaban tan anegados como las Provincias Unidas de finales de la Edad Media. Mi teoría es que a la saturación de ratas antes de la primera ola y a la casi extinción después de ella le siguieron un reasentamiento incompleto de ejemplares no infectados, así como la propagación anormalmente lenta y espontánea de ratas infectadas. En otras partes de los Países Bajos propensas a las crecidas también tenemos indicios de más inundaciones y menos epidemia.[96]

 

Así, mientras que en torno a 1350 la peste negra propiamente dicha tuvo los efectos habituales en Holanda —es decir, negativos en lo demográfico y positivos en lo económico—, algunas otras olas posteriores no afectaron a determinadas partes del campo holandés, que entonces pudo repoblar las urbes de la zona mermadas por la peste. El menor número de epidemias redujo el declive de la población humana en la zona al permitir que las tasas de natalidad posteriores a la peste se recuperaran más rápido que en otros lugares. Las estadísticas más fiables que nos han llegado sugieren una caída de solo el 20 por ciento entre 1350 y 1400, de 260 000 a 209 000.[97] A lo largo del siglo XV, a diferencia del resto de Eurasia occidental, la población aumentó; recuperó el nivel de 1350 hacia 1500 y alcanzó los 275 000 habitantes en 1514. Así pues, la experiencia de la peste en Holanda fue un juego de dos mitades: una letal a finales del siglo XIV y otra mucho menos mortífera en el XV. El patrón de los niveles salariales reales parece corroborarlo. Hay expertos que los discuten de manera sorprendente, pero a los altos salarios de finales del siglo XIV parecen haber seguido otros más bajos en el XV, lo que permitió hacer competitivos en el ámbito internacional los salarios locales.[98] Desde 1400, los holandeses también tuvieron una proporción mayor y creciente de asalariados. He aquí otra clave del rompecabezas holandés: las Provincias Unidas se convirtieron en una región emisora de hombres de mar precozmente poblada que, por raro que parezca, fue capaz de dar trabajo a sus propias tripulaciones, en lugar de exportarlas. Dentro de Europa por ahora, aunque en aguas y mercados distantes. Los holandeses vivieron su propio auge económico tras la peste, pero fue más breve que el

 

 

 

 

 

 

 

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de la mayoría. Pasada la epidemia, atendieron las sucesivas edades de oro de otros pueblos con sus numerosas tripulaciones, barcos y naves.

 

En contra de la opinión de algunos especialistas, Holanda no parece especialmente próspera antes de 1350, sobre todo en comparación con Flandes, donde Brujas y Gante ya eran grandes ciudades. La elevada cifra de urbanización en 1350, un 23 por ciento, resulta un tanto engañosa. Ninguna urbe alcanzaba el umbral de las 10 000 personas y solo una

superaba las 5000 —Dordrecht, con 7500—. Las ciudades funcionaban también como aldeas agrícolas, con ganado lechero dentro de las murallas y campos labrados por sus habitantes fuera de ellas, aunque también tenían mercados y acceso a las vías fluviales.[99] Cálculos recientes de la producción per cápita en 1348 sitúan a Holanda por detrás de España.[100] Las pruebas del desarrollo urbano y económico tienden a ser posteriores a 1350. La pesca del arenque en alta mar, la exportación de productos lácteos y la importación de lana inglesa para los tejedores holandeses aumentaron en la década de 1350, no antes.[101] Las ciudades de Leiden, Alkmaar y Delft empezaron a invertir en la mejora de las instalaciones portuarias y comerciales desde esa década y Enkhuizen construyó su primer puerto.[102]

 

El número de comerciantes extranjeros también se vio incrementado desde esa época[103] y en Ámsterdam eran cerveceros de Hamburgo. A partir de 1353, esta ciudad alemana, socia de Lubeca y principal exportadora de cerveza tras la peste, empezó a utilizar Ámsterdam como centro de distribución de la bebida en los Países Bajos, mejorada para permitir una mayor duración gracias al lúpulo.[104] En 1365, Ámsterdam contaba con 78 importadores de cerveza, 72 de ellos procedentes de Hamburgo, y la primera ciudad se llevaba, aproximadamente, la mitad de las exportaciones de la segunda, 13 000 toneladas en 1365-1366.[105] En este tiempo Ámsterdam solo sumaba unos 3000 habitantes, por lo que, aunque consumieran mucha cerveza, la mayor parte se reexportaba al resto de los Países Bajos. Eso ayudó a desarrollar la flota y la red de distribución urbana e incluso impulsó a los holandeses a elaborar ellos mismos cerveza con lúpulo. La exportaron al sur de los Países Bajos en grandes cantidades hasta 1500, cuando esta región también empezó a fabricar la suya. El alto consumo de cerveza continuó en el norte hasta el siglo XVI e incluso después y los impuestos sobre ella se convirtieron en

 

 

 

 

 

 

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una parte relevante de los ingresos municipales, utilizados para pagar intereses sobre la deuda pública, que estaba en manos de los comerciantes de alto rango que cobraban los impuestos. «Las finanzas municipales […] flotaban como un corcho en un gran charco de cerveza».[106] Se ha hablado de esta realidad como ejemplo de la importancia de las instituciones en el ascenso de Holanda, pero también fueron necesarios el comercio y el consumo a granel impulsados por la peste. En 1531, las urbes holandesas sobornaron al Gobierno de los Habsburgo para que prohibiera la elaboración de cerveza en las zonas rurales,[107] lo que no es una prueba demasiado buena, que digamos, de la existencia de un mercado libre.

 

Las Provincias Unidas entraron en otro sector incluso mayor gracias a la influencia de la Liga Hanseática: la industria del arenque salado. A finales del siglo XIV, las poblaciones de arenque del Báltico y el sur del mar del Norte estaban disminuyendo. Fueron los holandeses quienes más se adentraron en el mar del Norte en busca de ejemplares, para lo cual utilizaron nuevas técnicas: grandes redes de arrastre, un método de eviscerado que mejoraba la conservación y barcos especializados capaces de salar el arenque en alta mar. Llamados haringbuis, tenían mucho mayor tamaño que los pesqueros costeros, con 14 a 20 tripulantes, 3 mástiles

 

—desmontables, para aumentar el espacio de trabajo— y capacidades de carga de 60-80 toneladas. «Estos métodos permitieron a los holandeses acceder a las mayores reservas marinas del mar del Norte, hasta ese momento intactas».[108] «Los haringbuis permanecían en el mar de junio a noviembre —lo que significaba que las tripulaciones se perdían la cosecha— y el pescado se llevaba a casa en veleros rápidos, que también renovaban los suministros de sal y provisiones. Este sistema no se consolidó de pleno hasta principios del siglo XV y, en parte, se tomó

 

prestado de Lubeca. Inicialmente —desde la década de 1360—, Holanda exportaba su arenque a través de los mercados escandinavos de Lubeca. En 1400, sin embargo, ya lo distribuía desde sus propios puertos. También Flandes y Zelanda participaban activamente en el comercio, aunque fueron superadas por Holanda. En 1562, Holanda tenía 400 barcos pesqueros, por 200 de Zelanda y 100 de Flandes.[109] Las capturas totales en 1550 eran de unas 50 000 toneladas, una cuarta parte consumida por los propios holandeses y el resto destinado al exterior. Las capturas alcanzaron un

 

 

 

 

 

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máximo de entre 80 000 y 100 000 toneladas en los albores del siglo XVII, cuando había unos 1000 haringbuis en actividad, la mayoría procedente de Holanda.[110] De nuevo, se le puede dar un matiz institucional a esta notable actividad comercial. Los puertos holandeses la regularon desde 1424 como muy tarde,[111] algo relevante para el control de calidad. No obstante, la creciente demanda de los consumidores del siglo XV fuera de los Países Bajos era aún más importante.

 

La pesca del arenque contribuyó al desarrollo de la actividad económica holandesa más importante de todas: el comercio propiamente dicho, transportado en las amplias bodegas de aquellos barcos de aparejo completo. Tal vez los métodos de aparejado y construcción naval —una característica clave de la tecnología posterior a la peste— llegaran de manos de los vascos, pero, en todo caso, los holandeses añadieron sus propias innovaciones: aserraderos impulsados por molinos eólicos para la construcción naval y el famoso filibote, un barco construido con madera ligera pensado para grandes cargas y tripulaciones reducidas.[112] A mediados del siglo XVII, la construcción naval en Holanda costaba un tercio menos que en Inglaterra, de manera que los navíos en sí mismos pasaron a ser uno de los principales productos de exportación.[113] Mucho antes, sin embargo, los holandeses aventajaban ya a la competencia en el número y la eficacia de sus embarcaciones, como reconoció la propia Hansa a mediados del siglo XVI.[114] La tecnología se vio favorecida, además, por el número relativamente elevado y los modestos salarios de las tripulaciones holandesas del siglo XV. La gran expansión de su flota comenzó en torno a 1400, en coincidencia con el nuevo suministro de tripulantes. En 1477, Holanda contaba con una cifra que oscilaba entre los 230 y los 300 barcos oceánicos, excluyendo los arenqueros; y 400 en 1500, momento en que se estaban construyendo 40 barcos anuales de aparejo completo.[115] Su tonelaje en 1477 —en torno a 38 000— hacía de ella una de las principales potencias marítimas europeas mucho antes del protestantismo, la tiranía de los Habsburgo, la independencia o el pleno desarrollo de las instituciones holandesas. De hecho, en vísperas de la insurrección, la flota holandesa, aún técnicamente Habsburgo, había aumentado todavía más, hasta las 160 000 toneladas.

 

El comercio del arenque exigía sal de calidad y como Lubeca tenía monopolizada la producción que salía de Luneburgo, esta tenía que

 

 

 

 

 

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provenir de la bahía de Bourgneuf, en el Charente Marítimo francés, o bien de Setúbal, en Portugal. En 1400-1411, holandeses y zelandeses vendían su cerveza y recogían su sal —así como otras muchas mercancías— en el puerto de La Esclusa, donde, según investigaciones recientes, se llevaba a cabo casi una cuarta parte del contrabando detectado, mucho más que cualquier otro país.[116] Después de esto empezaron a navegar a Bourgneuf y Setúbal ellos mismos —en este segundo destino recogían vino, además de sal—. El comercio del arenque requería de mercados de venta y de madera y pertrechos para los barcos: todo lo suministraba la región del Báltico. A pesar de los enfrentamientos periódicos con Lubeca, el comercio holandés en esa zona alcanzó cotas vertiginosas: alrededor de 700 visitas de barcos en 1497, de las cuales el 78 por ciento procedía de Holanda.[117] Entre 1475 y 1485, los holandeses completaban el 39 por ciento del comercio de Gdansk, ante el 50 por ciento de Lubeca, gracias a la entrada de arenques, vino y telas y la salida de madera y productos forestales, aunque no mucho cereal en esta etapa. Hacia 1550-1555, el brujo de Lubeca había sido eclipsado por su aprendiz y los holandeses acaparaban ya el 53 por ciento del comercio polaco. Para colmo de males, suministraban las tres cuartas partes del arenque que entraba en el Báltico.[118] A esas alturas, el grano ocupaba ya un lugar de relevancia en los cargamentos de retorno.

 

Es posible que a finales del siglo XIV Holanda llegara a un punto en que no cultivara grano suficiente para alimentarse, pero es probable que las primeras importaciones procedieran de la zona oriental de los Países Bajos. Ya hemos visto que se produjo un giro hacia otros tipos de agricultura: la producción láctea y los cultivos industriales: veza para tintes, lino para telas, cáñamo para cuerdas y lúpulo para cerveza. A partir de 1400, la mayor parte del grano se importaba del nordeste de Francia y quizá del noroeste de Alemania y, a partir de mediados del siglo XV,

 

Holanda añadió —empujada por su creciente población y por la escasez de grano en el noroeste de Europa durante el periodo 1437-1439— el Báltico a sus fuentes cerealistas. Cuando en 1480-1482 hubo otra penuria más, las importaciones holandesas desde el Báltico se dispararon y pasaron de 6000 toneladas en 1460 a 20 000 en 1500 y a más de 100 000 en 1560, el equivalente aproximado al 90 por ciento de su consumo de cereal.[119]

 

 

 

 

 

 

 

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Holanda dependía ahora por completo de la lejana Polonia para el suministro de cereales y madera y así siguió siendo hasta el siglo XVIII.

 

Lubeca cooperó en ocasiones con sus rivales holandeses. La creciente magnitud del comercio báltico superaba sus posibilidades y los holandeses al principio aceptaron una posición subordinada consistente en vender por medio de mercaderes hanseáticos. Varias urbes del norte de los Países Bajos eran miembros de la Hansa. Las ciudades holandesas no, aunque su relación comercial con Hamburgo era estrecha y la que mantenían con Lubeca fue bastante buena hasta la década de 1430 y ocasionalmente después —de hecho, en Ámsterdam, sus mercaderes se alojaban en un hotel llamado Lübeck Arms—.[120] Sin embargo, a partir de la década de 1430, Lubeca a veces intentó bloquear la entrada holandesa al Báltico por la fuerza, puntualmente en alianza con otras potencias. En la guerra de 1437-1441, la flota holandesa atacó varias veces a la de la ciudad hanseática. Logró forzar el control del estrecho de Øresund en 1440 y aseguró la entrada libre al Báltico y la paz en 1441.[121] En otro conflicto, este entre 1509-1512, Holanda y su aliado danés tuvieron menos éxito: perdieron los primeros 50 barcos en un desastroso choque en 1511, pero en 1512 consiguieron franquear el paso de nuevo. En 1523, Holanda volvió a atacar el estrecho con 130 mercantes y 12 buques de guerra y en 1533-1535 se produjo un nuevo enfrentamiento naval a gran escala en el que Holanda, con la ayuda de Suecia y Dinamarca, volvió a derrotar a Lubeca.[*] [122] El último intento de esta en la década de 1540 por bloquear el estrecho también fracasó.

 

Resulta claro que las tripulaciones holandesas no tenían nada de pacíficas y, además, estaban bien armadas y financiadas. En el mar, su estrategia en tiempos de guerra pasaba por seleccionar los barcos mercantes más grandes y robustos y, aunque no fueran concebidos específicamente para el combate, equiparlos como buques de guerra al añadirles más cañones y hombres. Las ciudades holandesas contaban con buenas milicias y muchos cañones: las medidas antiartillería en las fortificaciones aparecen desde principios del siglo XV.[123] La asamblea de Holanda solía votar un tributo muy modesto a sus gobernantes Habsburgo, pero estas sumas se disparaban en las raras ocasiones en que estos últimos parecían luchar en los intereses de Holanda —en 1521-1523, sin ir más lejos, cuando conquistó Frisia Oriental, refugio de piratas—.

 

 

 

 

 

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     Las contiendas comerciales del Báltico fueron totalmente financiadas y organizadas por las ciudades holandesas, con los soberanos borgoñones y los Habsburgo, en el mejor de los casos, animando desde la barrera. Así, aunque fuera de forma informal, Holanda era una gran potencia naval mucho antes de la exitosa revuelta holandesa de 1572-1609.[**] Un factor clave del éxito de aquella insurrección fue una flotilla pirata conocida como Mendigos del mar, que no se había rendido tras el fracaso de una revuelta anterior a finales de la década de 1560. Se decía que eran calvinistas acérrimos dirigidos por nobles menores y bastante propensos a la gamberrada, la brutalidad y el saqueo, tanto de amigos como de enemigos: «violentos juerguistas, saqueadores indiscriminados y chusma vulgar».[125] Todo esto se parece más a la cultura marinera originada por la peste que a la piedad protestante.

 

 

 

LA EXPANSIÓN NEERLANDESA

 

 

Sostener que el milagro holandés hunde sus raíces en condicionantes históricos influidos por la peste no significa negar el dinamismo de esa zona de Europa durante el siglo XVII en la guerra, el comercio y la expansión territorial. Entre 1579 y 1586, Holanda y sus seis vecinos más pequeños se unieron en la estructura federal de la República de los Siete Países Bajos Unidos —las provincias del norte—, que contaban con unos 1,2 millones de habitantes. Una centuria más tarde, la población había aumentado a 1,9 millones, una base demográfica aún pequeña para lo que ahora se había convertido en una superpotencia mundial.[126] Las Provincias Unidas lucharon contra los españoles la mayor parte del tiempo entre 1568 y 1648 —la Guerra de los Ochenta Años—; contra los franceses también casi todo el tiempo entre 1672 y 1748;[***] y, entre medias, les quedó tiempo para dos contiendas navales contra los ingleses (1652-1654 y 1665-1667), más una tercera (1672-1674)[****] cuando los ingleses se aliaron con los franceses. Todos eran enemigos formidables, pero tanto los holandeses como sus aliados a sueldo normalmente estuvieron a la altura.

 

Estas guerras, en particular la que libraron contra los españoles, fueron de las del tipo amor-odio descrito en el Capítulo 7: se lucha con una mano

 

 

 

 

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y se hacen negocios con la otra. La Monarquía Hispánica, a pesar de su relativa decadencia y de los múltiples conflictos en los que se hallaba involucrada, se recuperó enseguida del fracaso de su Armada en 1588, cuyo objetivo era, precisamente, acabar con el aliado inglés de los levantiscos holandeses.[127] A continuación, logró éxitos sucesivos tanto en tierra como en mar, estos últimos sobre todo al valerse de corsarios interpuestos. Entre 1585 y 1646 se hizo con Dunkerque: el puerto del Argel de Europa era un nido de corsarios trotamundos y acostumbrados a cambiar de bandera que habían capturado miles de buques holandeses para los españoles durante la Guerra de Flandes y, después de 1662, para los franceses. Incluso, las Provincias Unidas perdieron unos 2000 barcos a manos de los ingleses,[128] hasta que contraatacaron con sus propias campañas corsarias y lograron dos contundentes victorias navales sobre España: en 1628 se hicieron con toda la flota de plata americana, valorada en 12 millones de florines,[129] y en 1639 destruyeron una «segunda armada española».[130] «Iberia no podía sobrevivir sin el grano y los suministros navales del norte».[131] «A pesar del embargo [español], el comercio holandés con España y Portugal continuó sin cesar».[132] Durante la Guerra de Sucesión española (1701-1714), Francia también expidió 4000 licencias comerciales a sus enemigos holandeses.[133]

 

Las Provincias Unidas fueron pioneras de una práctica que podría denominarse externalización de emergencia. Por externalización en general me refiero a la adquisición fuera de Europa no de lujos exóticos, sino de bienes mundanos y ordinarios tradicionalmente producidos dentro de Europa. La tendencia se inició a gran escala hacia 1500 con la pesca del bacalao en América del Norte, en concreto en los bancos de Terranova y sus alrededores. Las cantidades de pescado implicadas pronto llegaron a ser asombrosas, sin embargo, rara vez figuran en los análisis de los beneficios para Europa de la expansión global o en la medición del comercio transoceánico. Holandeses, españoles y portugueses participaron con intensidad según los momentos históricos, pero, a largo plazo, los líderes fueron franceses e ingleses. Solo ellos trajeron a casa 180 000 toneladas de bacalao curado —peso en vivo equivalente— en 1680 y «entre 204 000 y 275 000 toneladas métricas» al año entre 1769 y 1774.

 

     Sin embargo, en realidad la externalización holandesa de emergencia tenía que ver más con la sal para curar que con el pescado en sí mismo. Al

 

 

 

 

 

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igual que las prohibiciones comerciales de los Ming, el embargo ibérico sobre los comerciantes holandeses era, generalmente, nominal, aunque con breves sacudidas ocasionales de auténtica aplicación, una de ellas entre 1599 y 1605. Sin la sal de Setúbal, los holandeses recurrieron a fuentes naturales de sal en el Caribe, como Punta Araya, en la costa venezolana. Hasta allí enviaron más de 600 barcos salineros en cinco años, cuando el embargo volvió a ser nominal.[135] Esa externalización transatlántica de emergencia les permitió evitar que los Habsburgo estrangularan sus cruciales mercados de sal y pescado. Más adelante, los británicos hicieron buen uso de esa misma estrategia contra Napoleón, esta vez en forma de madera canadiense.

 

La expansión neerlandesa en Asia y el Atlántico se produjo al mismo tiempo que las contiendas con España. «En 1648, los holandeses eran, indiscutiblemente, la mayor nación comercial del mundo, con puestos comerciales avanzados y fábricas fortificadas desde Arcángel hasta Recife y desde Nueva Ámsterdam hasta Nagasaki».[136] Ese imperio fue gestionado, en buena medida, por dos sociedades anónimas: en Asia, por la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales (Vereenigde Oostindische

 

Compagnie, VOC), fundada en 1602; y en el Atlántico, por la —primera— Compañía Neerlandesa de las Indias Occidentales (Geoctroyeerde West-Indische Compagnie, WIC, 1621). Este carácter corporativo es el que subyace a las afirmaciones de que el imperio holandés se sustentaba en el comercio, no en la violencia. La realidad es que uno y la otra fueron dos caras inseparables de la expansión holandesa. El Estado concedió a esas dos compañías el monopolio del comercio y la colonización en sus respectivas zonas para compensarlas por los costes generales de la expansión. Ello incluía desde cañoneras hasta fuertes o soldados. Como manifestó un alto cargo de la VOC en 1614, «no podemos comerciar sin la guerra, ni guerrear sin el comercio».[137]

 

En los cincuenta años posteriores a 1595, los holandeses pasaron de ser los últimos a liderar el comercio de las Indias Orientales y mantuvieron tal liderazgo durante casi otro siglo. En 1609 ya habían extendido sus tentáculos comerciales a China y Japón. Por lo general, se mostraron conciliadores con estas grandes potencias, así como con los mogoles de la India, en cambio, desataron la violencia contra los rivales europeos y las potencias asiáticas más pequeñas. En 1619 establecieron su base principal en Batavia (actual Yakarta, en la isla de Java), así como una estación

 

 

 

 

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intermedia en Ciudad del Cabo (Sudáfrica, 1652) que les vino muy bien. El pueblo neoeuropeo afrikáner —y dentro de él, los bóer— fue uno de sus efectos secundarios. La Compañía de las Indias Orientales se apropió de la mayoría de las bases portuguesas en India y el sudeste asiático, incluida Malaca. Conquistó partes de Sri Lanka y Java y media docena de pequeñas, pero ricas islas, de las especias, así como sometió a varios sultanatos musulmanes. Su violencia selectiva estuvo estrechamente relacionada con los beneficios del monopolio. Al igual que los genoveses con el alumbre y el lentisco mediterráneos, la VOC intentó controlar la producción y distribución en la medida de lo posible y, a raíz de ello, aumentar los precios. Las islas Banda eran el productor más importante de nuez moscada y macis. Tras hacer frente a una feroz resistencia, los holandeses conquistaron en 1621 el archipiélago con una fuerza de 2000 hombres, mataron o expulsaron a los 15 000 indígenas y los sustituyeron por esclavos.[138] Luego ajustaron la oferta para aumentar los precios, de manera que la nuez moscada se vendiera en Europa por un 4500 por ciento de su coste de producción. Algo menos de éxito tuvieron con el clavo de las Molucas y la canela de Sri Lanka, en los que el sobreprecio fue solo del 1500 por ciento. Compárese con el 500 por ciento ya habitual en el comercio de la pimienta, que los holandeses lideraban, pero no monopolizaban.[139] A pesar de los sólidos avances de británicos y franceses desde la década de 1730, mantuvieron el liderazgo en los viajes europeos al Lejano Oriente entre 1600 y 1800: 4720 en total, ante 2676 británicos y 1455 franceses.[140] Como vimos en el Capítulo 6, los barcos de la VOC transportaban a casi un millón de hombres, la mitad de ellos soldados, unos empleados de lo más peculiares para una organización «considerada el epítome de la empresa capitalista».[141]

 

El imperio holandés en el Atlántico tuvo algo menos de éxito y no por falta de intentos. Entre 1592 y 1607, los Países Bajos enviaron 200 barcos para atacar enclaves e islas portuguesas en el oeste de África —una sola flota, en 1599, transportaba 8000 soldados y marineros—.[142] En la Costa de Oro africana alzaron su propia base de operaciones, Fort Nassau (actual Ghana) en 1612. Tomaron el principal enclave portugués de El Mina (hoy en Líbano) en 1637 y se apoderaron de otra docena en la misma región.[143] «Entre 1624 y 1636, la Compañía de las Indias Occidentales equipó más de 800 barcos, con una media de 100 hombres a bordo, de los

 

 

 

 

 

 

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cuales el 40 por ciento era marineros y el 60 por ciento soldados».[144] En 1630, era «la potencia europea dominante en la Costa de Oro».[145] Hizo esfuerzos denodados para desalojar a los portugueses del Congo y, más al sur, de Angola, así como de Brasil en América. Estas campañas supusieron los mayores traslados de tropas al Nuevo Mundo hasta ese momento, con envíos sucesivos de contingentes que sumaban unos 7000 hombres cada uno. En su apogeo (1642), parecía que la Compañía de las Indias Occidentales se haría con todo el imperio portugués en el Atlántico. Poseía más de la mitad de las plantaciones de azúcar de Brasil, las principales bases en Angola (Luanda y Benguela) y el liderazgo en el comercio de esclavos, así como los fuertes de Guinea. Todo excepto esto último se había perdido para 1661, con la WIC reducida a la insignificancia. Un prometedor asentamiento de colonos y comerciantes de pieles en América del Norte bautizado como Nueva Holanda (en la región de Nueva York), que había sido fundado en 1621, duró algo más. Fue tomado por los ingleses en 1664, reconquistado en 1673 y, finalmente, intercambiado por Surinam, en América del Sur, en 1674.

 

Surinam fue un modesto reemplazo para Brasil y Nueva York, pero sus 50 plantaciones de azúcar de 1680 pasaron a ser 300 en 1800, aunque a costa de intensas luchas con los indígenas, que redujeron la población de colonos en dos tercios en la década de 1670, y de la vida de 13 000 soldados holandeses entre 1740 y 1794.[146] Aparte de Surinam, la leyenda de un imperio no violento se hizo casi realidad en el Atlántico después de 1674. Historias recientes destacan el papel de las islas caribeñas holandesas de Curaçao y San Eustaquio como núcleos de comercio intercolonial e ilícito —los británicos se incautaron de mercancías por valor de 7 millones de libras cuando saquearon esta última en 1781—.[147] No siempre se le ha dado suficiente importancia a la inmensa actividad holandesa en el Atlántico Norte con la pesca del bacalao y la caza de ballenas. La primera movilizó 160 barcos holandeses en el año 1768[148] y, con respecto a la segunda, llegaron a participar 258 barcos y hasta 12 000 hombres en su periodo de máximo apogeo, con el resultado de 80 000 ballenas muertas entre 1669 y 1768.[149]

 

Eran logros notables para un pueblo de 2 millones de habitantes: sobrevivir a un conflicto endémico con las dos superpotencias regionales; mantener y expandir el comercio europeo a pesar de ello; apoderarse de la

 

 

 

 

 

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mayor parte del imperio portugués en Asia y afanarse por conseguir otro tanto en el Atlántico… Todo ello requería organización y enormes flujos de riqueza, mano de obra y materias primas. Sin embargo, las instituciones formales del Estado holandés no parecían estar a la altura de las circunstancias. No había mucho gobierno central, puesto que la mayor parte de la Administración se hallaba celosamente dividida entre las siete provincias por un sistema federal y, por tanto, descentralizado. La organización naval era algo más eficaz, con solo cinco almirantazgos. En épocas de crisis bélica aparecía algún príncipe de los Orange —casa dominante entre la nobleza holandesa— o algún alto cargo del Gobierno e intentaba suplir esa falta de poder centralizado. No obstante, hubo muchos periodos con altos cargos sin mando en plaza y príncipes desprovistos de poder y, en todo caso, la influencia de unos y otros en los asuntos marítimos y en el imperio de ultramar se antoja limitada. Ello constituye nuestro segundo enigma holandés y su solución, una palabra: Ámsterdam.

 

 

 

LOS IMPERIOS DE

 

ÁMSTERDAM

 

 

En la década de 1670, en cabeza de las Provincias Unidas estaba Holanda, con cerca del 60 por ciento de sus ingresos.[150] Ámsterdam, cuya población se había disparado de 30 000 a 200 000 personas entre 1570 y 1670, dominaba el panorama holandés. La ciudad llevaba mucho tiempo ampliando su ventaja sobre otras poblaciones rivales. Situada en el epicentro de una red de canales, vías marítimas interiores a través de la bahía del Zuiderzee e incluso carreteras. Ya en 1454 fue descrita como la primera ciudad de Holanda.[151] Aunque no se libró de la peste. «Frecuentes epidemias […] asolaban la urbe».[152] Pero del campo llegaban sustitutos, menos afectado que otros lugares. Los hogares de la ciudad aumentaron un 35 por ciento entre 1477 y 1514. Sin embargo, el liderazgo de Ámsterdam no se debía aún a su población, que, con unos 13 000 habitantes, no era mayor que la de Leiden o Dordrecht.[153] Más bien surgió de su posición en la cúspide de un sistema de puertos «sorprendentemente jerárquico» desarrollado desde 1350. «Ámsterdam era

 

 

 

 

 

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el centro de importación y exportación tanto de los puertos del norte de Holanda como de toda la zona del Zuiderzee».[154] Sugerir que, a mediados del siglo XVI, Ámsterdam era «esencialmente un depósito de grano y madera del Báltico» resulta demasiado despectivo.[155] Ya en 1505, los comerciantes de Ámsterdam eran bastante más ricos que los de las urbes rivales.[156] En 1535 se decía que su flota, con 400 embarcaciones oceánicas sin contar los barcos de arenque, era mayor que las flotas mercantes de Francia e Inglaterra juntas. En 1543-1345 vendió tres veces más que todas las demás ciudades holandesas juntas y sus exportaciones —e importaciones— abarcaban todo tipo de productos, mientras que otras ciudades y puertos tendían a especializarse. Hacia 1400, Ámsterdam había superado el liderazgo de Kampen (provincia de Overijssel) en el transporte marítimo hacia el Báltico; poseía cinco sextas partes del valor de los 50 navíos y cargamentos holandeses capturados por Lubeca en 1511; hacia 1560, ella y su zona de influencia vecina en el norte de Holanda proporcionaban el 80 por ciento de los 1000 barcos holandeses que visitaban ese mar cada año.[157] Al igual que Lubeca antes que ella, Ámsterdam convirtió a sus rivales en socios menores: Edam la reconoció

 

en 1540 como hoofstede —«ciudad capital»—[158] y la frase Amsterdam

 

cum sociis —«Ámsterdam y asociados»— era moneda de uso común. [159]

 

A su vez, entre 1500 y 1570, Ámsterdam fue socia menor de una urbe en ascenso y todavía de mayor tamaño, Amberes, en la región de Brabante, que estaba tomando el relevo de la flamenca Brujas como principal puerto del sur de los Países Bajos. «La población de Amberes pasó de unos 40 000 habitantes hacia 1500 a más de 90 000 hacia 1560».[160] Sin embargo, ni Amberes ni Brujas poseían grandes flotas de su propiedad. En los inicios de la asociación de Ámsterdam con Amberes, la primera prestó sobre todo servicios de transporte marítimo. Amberes había sido la primera capital de la revuelta holandesa, pero, en 1585, tras ser tomada por los españoles, sus bienes pasaron a Ámsterdam. Fue un proceso voluntario en parte: los calvinistas de Amberes —y con ellos sus conocimientos, contactos y dinero— se mudaron a Ámsterdam, lo que redujo a la mitad la población de la primera en 1589 y aumentó la de la segunda.[161] «Solo la inmigración de comerciantes de Amberes incrementó el capital social de la ciudad en un 50 por ciento».[162] Para asegurarse, los holandeses

 

 

 

 

 

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bloquearon el estuario del Escalda. Así ponían fin al fácil acceso de Amberes al mar y desviaban su comercio hacia Ámsterdam.

 

Asimimso, la ciudad flamenca fue una vía de transmisión para otros legados urbanos. Durante el siglo XVI, la red de judíos conversos en el continente, con numerosos contactos en Lisboa y los imperios de los Habsburgo en el extranjero, tenía en Amberes su base de operaciones para el norte, allí donde las autoridades locales protegían a sus integrantes de la Inquisición española.[163] Después de 1585 empezaron a trasladarse también ellos a Ámsterdam, donde el grupo contaba en la década de 1620 con 800 personas muy bien relacionadas.[164] Además, Ámsterdam estaba completando el proceso de sustituir a Lubeca como principal centro del mar del Norte y mantenía estrechos vínculos con ciudades hanseáticas como Hamburgo y Gdansk. Estas redes transnacionales fueron la clave de la capacidad holandesa para comerciar —y luchar al tiempo— con los Habsburgo y los franceses. Por ejemplo, permitieron el cambio de pabellones a gran escala de los barcos holandeses a banderas portuguesas o hanseáticas ya señalado en el Capítulo 7. Las influencias del norte de Italia, adquiridas por medio de Amberes, también contribuyeron a una categoría de instituciones útiles que desempeñaron un papel de apoyo en el milagro holandés. Sin embargo, no se trataba de organismos estatales, sino provinciales y cívicos, en buena medida con sede en Ámsterdam. Entre ellos, la fundación de una bolsa de valores en 1603 —cuyo edificio se

 

inauguró en 1611— y del Amsterdamsche Wisselbank —«Banco de Cambio de Ámsterdam»— en 1609, así como la estabilización de la moneda en 1638, todas ellas iniciativas de la ciudad, no del Estado neerlandés.[165]

 

Ámsterdam lideró la expansión holandesa temprana. De los primeros

 

80 barcos enviados a Asia, entre 1595 y 1602, 50 eran de esta ciudad,[166] que, posteriormente, ejerció un papel líder en la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales. Aunque era un liderazgo no oficial debido a las rivalidades provinciales y urbanas entre los integrantes. La Compañía tenía seis cámaras, cinco en ciudades de Holanda y una en Zelanda. Pero la cámara de Ámsterdam tenía cinco veces más suscriptores que la siguiente cámara más grande y, a su vez, los comerciantes de Ámsterdam invertían también en las otras cámaras. «Ámsterdam era el principal mercado para todas las acciones de la VOC».[167] Inicialmente, la Compañía de las Indias Occidentales estaba «también controlada por Ámsterdam»,

 

 

 

 

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situación que se repitió en la segunda WIC, menos importante, formada en 1675.[168] No obstante, en una excepción que confirma la regla, hacia 1648 la megaciudad holandesa se dio cuenta de que la conquista de Brasil resultaba demasiado cara y poco rentable y se volvió en contra de la primera WIC, lo cual está relacionado con el declive de la compañía. Quienes dirigían las compañías dirigían también Holanda —Ámsterdam

tenía el voto decisivo en los estados (asambleas) provinciales— en «unas Provincias Unidas dominadas por Holanda».[169] La aduana de Ámsterdam proporcionaba más ingresos que los otros cuatro almirantazgos juntos.[170]

 

Entre ellos, los estados holandeses y el Ayuntamiento de Ámsterdam consiguieron monopolizar el nombramiento y la dirección del personal clave en asuntos de política exterior, recaudación de impuestos, la Marina y las compañías autorizadas

 

     La propia Ámsterdam controlaba (y nombraba y pagaba) a muchos embajadores, incluidos los de París, los países escandinavos y las ciudades hanseáticas.[171]

 

Las compañías neerlandesas de flete son pilares clave en la visión de que el capitalismo europeo moderno surgió en los Países Bajos durante el siglo XVII. Sería un capitalismo basado en unos mercados relativamente abiertos, una información ampliamente accesible y la evolución de las redes de mercaderes, las cuales dejaron de basarse en la parentela para transformarse en otras de tipo individualista que, económicamente racionales, comerciaban libremente con extraños. Tal vez esto fuera así en ciertas etapas y momentos, pero no surgieron de la nada, ni carecieron de rivales o antepasados no deseados. Algunos trabajos recientes sugieren que era una red de parentesco, una red de redes con base en Ámsterdam, la que controlaba las compañías autorizadas, así como Holanda y el estado familiar holandés. «Los principios del gobierno familiar reinaban en Batavia y en los asentamientos de las compañías subordinadas en Asia». [172]

 

El Capítulo 10 sugería que esas compañías de fletes tuvieron un precedente inducido por la peste en la mahona genovesa que dirigía Quíos y Chipre y otros consorcios menos formales de familias de comerciantes aliados. Es probable que exista una conexión lineal a través de Amberes.

 

 

 

 

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«La colonia genovesa en Amberes comprendía casi la mitad de todos los italianos que vivían en la ciudad durante el siglo XVI. Ellos eran, sin duda, los más visibles de las diversas naciones mercantes italianas».[173] Sin embargo, también podría haber ocurrido que diferentes ciudades respondieran de manera similar ante situaciones parecidas. Génova, Lubeca y Ámsterdam habían experimentado grandes migraciones, tanto de comerciantes como de trabajadores. En los dos primeros casos fueron repoblaciones rápidas tras la peste. En Ámsterdam, a la repoblación posterior a la peste se unió la afluencia de los comerciantes de Amberes que se hizo sentir después de 1585. De esta manera surgieron clanes

 

virtuales —como el que se ve en el cuadro La ronda de noche, de Rembrandt— no solo para reagrupar a las familias diezmadas por la peste, sino también para incorporar a los recién llegados. Sin embargo, aquellas redes de Holanda siguieron estando más basadas en el parentesco que otras, quizá porque sufrió menos muertes por la peste. Tampoco se deben idealizar aquellas familias felices protocapitalistas. Lo que sacaban salía de quitárselo a los otros, a menudo sin piedad. Pero la idea de unos hilos socioculturales en el origen del capitalismo moderno también se apoya en el hecho de que el imperio más importante, el amsterdamés, subyacente a todos los demás, carecía, en gran medida, de instituciones.

El poder holandés se sustentaba en el legado de Lubeca, un imperio informal y fragmentado en el nordeste de Europa. Liderados por Ámsterdam, los neerlandeses asumieron, ampliaron y, en ocasiones, hasta intensificaron el dominio de la urbe germana. En Suecia, los mercaderes «de Ámsterdam y de toda Holanda» obtuvieron los mismos derechos comerciales que los hanseáticos en 1487.[174] Suecia se independizó totalmente de Dinamarca-Noruega en 1523, estableció su propio imperio en lo que hoy es Finlandia y los países bálticos y tuvo su momento como gran potencia terrestre en el siglo XVII con monarcas guerreros. Aunque en 1535, 1658-1659 y 1676-1678 los holandeses bloquearon con su armada los intentos suecos por controlar el acceso al Báltico pasando por el Sund, normalmente mantuvieron relaciones amistosas con el Estado sueco. La nación escandinava tenía poco acceso al mar del Norte antes de hacerse con Escania en 1658 y los holandeses los ayudaron a establecer su único puerto en el mar del Norte, Gotemburgo, en 1621. Gotemburgo era «un asentamiento holandés en suelo sueco» con un entramado urbanístico similar al de Batavia.[175] Fueron los holandeses quienes ayudaron a

 

 

 

 

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mejorar la explotación de las minas de hierro y cobre suecas y se hicieron con el 53 por ciento de las exportaciones de las primeras en 1655.[176] A finales del siglo XVII se quedaron con el 70-80 por ciento de las exportaciones, sobre todo de pertrechos navales, de Riga y Reval, controladas por Suecia.[177] Esta nación controló igualmente otro relevante puerto báltico, Narva, entre 1581 y 1704, hasta que fue reconquistado por Rusia. Mientras tanto, se siguieron exportando

 

productos rusos a través de este puerto —pieles, caviar y más suministros navales— por medio de los holandeses, principalmente.

Estos fueron también pioneros en las travesías al puerto ruso alternativo de Arcángel desde la década de 1580, si no antes, así como contribuyeron al desarrollo de las exportaciones rusas, en particular de cuerdas de cáñamo de alta calidad, de las que los veleros necesitaban enormes cantidades. Se trataba de una opción distinta y útil al Báltico en casos de emergencia. Por otro lado, Ámsterdam y el comercio de grano polaco crecieron juntos. Los señores polacos y sus campesinos, cada vez más oprimidos, se especializaron en el cultivo de centeno para su venta y transportaban sus cosechas por el río Vístula hasta Gdansk, donde, en 1650, operaban 50 compañías holandesas. Un millar de barcos de esa nacionalidad lo llevaban después a Ámsterdam y a muchos otros destinos. Las exportaciones de grano se duplicaron hasta alcanzar más de 200 000 toneladas en la centuria posterior a 1560.[178] En las tierras holandesas del interior más pegadas a Ámsterdam, los niveles de cultivos herbáceos, ya de por sí modestos, se redujeron a la mitad durante el mismo periodo y los agricultores se dedicaron aún más a la producción láctea, la horticultura y los cultivos industriales, un típico cambio colonial urbano.

 

     Fue un alto nivel de interdependencia que integró a Ámsterdam con las regiones suecas y polacas afectadas, aunque tal vez no con las rusas. Los holandeses ejercían una «influencia desproporcionada» en Gdansk y, junto con los comerciantes locales, formaron una «relación simbiótica muy estrecha» con los agricultores cerealistas del interior.[180] La mayor parte del grano procedía de las áreas de captación del Vístula en Prusia y Mazovia, donde la influencia holandesa en las técnicas agrícolas fue notable desde la década de 1560, hasta el punto de que las granjas lecheras se llamaban granjas holandesas.[181] Los cambios en los precios del grano en Gdansk dependían más estrechamente de los de Ámsterdam que

 

 

 

 

 

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de los de la cercana Lieja, un claro ejemplo de cómo el colonialismo urbano podía vencer a la distancia.[182]

También los sectores madereros noruego y holandés se desarrollaron mutuamente interrelacionados. Desde tiempo atrás el pino noruego venía siendo un complemento a la madera del Báltico y, en el siglo XVII, los holandeses financiaron un cambio en el sur de Noruega, que pasó del aserrado manual al hidráulico, con el uso de sierras de una sola hoja. Los troncos semiprocesados se transportaban después a Ámsterdam y la transformación se completaba con sierras multihoja accionadas por molinos de viento en la región industrializada de Zaan, al norte de la ciudad.[183] Por tanto, era una única industria a medias en Noruega y a medias en Holanda. Esta actividad y su hermana del Báltico, más los astilleros del Zaan, permitieron a los holandeses fabricar la asombrosa cifra de 500 barcos al año, más que suficiente para compensar las depredaciones de los corsarios ingleses o de Dunkerque.[184] El hecho es que Noruega estaba sometida a Dinamarca y los holandeses mantuvieron firmes las riendas por el sistema de financiar la deuda pública de Dinamarca-Noruega, de la que poseyeron el 55 por ciento hasta finales de la década de 1760.[185] Los historiadores económicos están desconcertados por esta inversión poco rentable para los astutos holandeses, pero es que en un proceso de colonización urbana las ganancias inmediatas no lo son todo. También requería la producción y el procesamiento, a medida y fiable, de materias primas esenciales y alimentos para el sustento de la ciudad. Los beneficios podrían obtenerse más adelante.

 

La industria maderera impulsada por agua no exigía mucha mano de obra noruega y el país nórdico importaba ahora su grano de Polonia mediante los holandeses. Por tanto, había un excedente de trabajadores masculinos, que emigraban a Ámsterdam y su imperio. Hasta el 30 por ciento de los marineros holandeses era, en realidad, noruegos. La mayoría procedía de zonas muy concretas del sur de Noruega, como Mandal, Lister y Agder. En estas regiones emisoras de tripulantes, durante su periodo holandés,[186] fueron comunes los nombres de pila holandeses y otras influencias culturales. «Se decía incluso que la influencia holandesa se manifestaba en una preocupación por la limpieza».[187] Más de la mitad de las tripulaciones balleneras holandesas del siglo XVII procedía de las

 

 

 

 

 

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islas Frisias —alemanas y danesas— y de la cercana costa de Oldenburgo. [188] A mediados del siglo XVIII, las flotas mercantes holandesa y sueca empleaban un número similar de suecos.[189] Fue un tiempo en el que los

 

extranjeros —suizos, ingleses y escoceses, así como alemanes y escandinavos— sumaban al menos la mitad de los ejércitos holandeses, dentro y fuera de Europa. Era Ámsterdam —no La Haya— la capital transnacional/imperial, donde los extranjeros representaban el 38 por ciento de la población total, ante el 8 por ciento de la población en las Provincias Unidas.[190] Ese mismo año era Amsterdam cum sociis la que figuraba entre las mayores economías del continente.

 

El imperio postrero de Ámsterdam consistió en una unión con Gran Bretaña. La relación había empezado de forma prometedora, con el apoyo inglés a la insurrección holandesa, aunque se deterioró después de 1604, cuando los ingleses firmaron la paz con España. De hecho, los holandeses les dieron a los ingleses una dosis de su propia medicina decimonónica con un par de despiadados ejemplos de policía planetaria. El más conocido es la masacre de Amboyna, acaecida en 1623 en las islas Molucas, cuando la Compañía de las Indias Orientales ejecutó a 10 comerciantes ingleses y a 11 de sus empleados por un supuesto complot para apoderarse de un fuerte.[191] Un incidente menos conocido tuvo lugar en 1614, cuando los holandeses atacaron una base pirata en Irlanda

 

—territorio inglés, siquiera nominalmente—, incursión en la que destruyeron barcos y mataron a 30 hombres.[192] La alianza anglo-holandesa fue renovada brevemente en la década de 1620, con un desastroso asalto conjunto a Cádiz en 1625, y los dos bandos buscaron la ayuda holandesa en las grandes guerras civiles de Gran Bretaña que tuvieron lugar entre 1642 y 1651. Aunque a estas siguieron los enfrentamientos anglo-holandeses de 1652-1674. En 1688, las Provincias Unidas invadieron Inglaterra y expulsaron al rey católico Jacobo II. El apoyo local a aquella Revolución Gloriosa puede que fuera menos universal de lo que por lo general se supone. «Toda la zona de Londres permaneció bajo ocupación militar holandesa hasta la primavera de 1690. Ningún regimiento inglés podía acercarse a menos de 20 millas de la ciudad».[193] Lo cierto es que los holandeses no tenían por qué preocuparse por Londres (vid. Capítulo 16), pero en Escocia e Irlanda sí se libraron duros combates, en concreto, los guardias holandeses lideraron

 

 

 

 

 

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el golpe en la decisiva batalla irlandesa del Boyne (1690). Holandeses e

 

ingleses —británicos a partir de 1707— permanecieron estrechamente aliados hasta la década de 1740 durante las sucesivas contiendas contra Francia. Entre 1688 y la década de 1740, «Gran Bretaña […] podía confiar razonablemente en que los holandeses acudirían en su ayuda en caso de necesidad» para asegurar la sucesión protestante.[194]

 

Por tanto, los intereses cruzados anglo-holandeses pesaron más que la guerra y la política, como han demostrado diferentes historiadores. A principios del siglo XVII, Ámsterdam patrocinó el desarrollo de la importante industria inglesa de cañones de hierro fundido.[195] Entre los años 1650 y 1670, Inglaterra compró muchos de sus barcos a los

holandeses —puede que un tercio—, a pesar de las guerras.[196] «Los historiadores económicos se muestran normalmente de acuerdo en que después de la Restauración [1660], Inglaterra introdujo en Londres sistemas e instituciones financieras inspirados en los holandeses».[197] «Que el Banco de Inglaterra se inspiró en el ejemplo holandés (el Banco de Ámsterdam, el gran nervio del comercio) está fuera de toda duda. Y también es hijo, en todo lo fundamental, de las finanzas holandesas».[198] Durante la década de 1750, y en torno a ella, los inversores holandeses, principalmente de Ámsterdam, controlaban el 21,4 por ciento de las acciones de la Compañía Británica de las Indias Orientales y el 19,2 de las acciones del Banco de Inglaterra, además de atesorar 100 millones de florines prestados al Gobierno británico, cifra que aumentó incluso hasta los 200 millones en 1780.[199] «Los dos países establecieron una relación simbiótica que, al final, se consolidó desde, aproximadamente, 1723 hasta 1783»,[200] cuando una cuarta guerra anglo-holandesa (1780-1784) la dejó seriamente tocada. En un principio, los holandeses eran el socio principal, pero, desde 1740, aproximadamente, el equilibrio cambió. Gran Bretaña se adelantó a los Países Bajos en el comercio de las Indias Orientales, la industria ballenera y los intercambios con el Báltico.[201] Con anterioridad había adquirido Nueva York, fundada por los holandeses, para quedarse con su comercio de pieles, y más tarde se hizo con los territorios holandeses en Sri Lanka. Todo ello, unido a las influencias holandesas en la industria, las prácticas comerciales y las inversiones, hizo de Gran Bretaña la heredera definitiva de los imperios de Ámsterdam.

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 13

 

 

 

 

 

Imperios coloniales musulmanes

 

 

 

En 1590, un pequeño contingente de conquistadores armados con mosquetes se dispuso a invadir un lejano imperio rico en oro, al que había llegado tras cinco semanas de viaje. Las armas

 

extranjeras se impusieron a los nativos, con la importante ayuda de colaboradores y traiciones. Al emperador se le invitó a conversaciones de paz con la promesa de un salvoconducto, pero fue hecho prisionero y posteriormente asesinado. En su lugar se nombró a un pariente como gobernante títere. A los conquistadores les resultó más fácil entrar en la capital que mantenerla y la rebelión urbana tuvo que ser reprimida de forma sangrienta. Eran pocos, 4000 al principio, pero luego fueron llegando más, 23 000 refuerzos entre 1591 y 1603, mientras que, en sentido contrario, se deslizaba un torrente de oro. Estos conquistadores eran marroquíes. Utilizaban caravanas, no convoyes marítimos, y el espacio de 1700 kilómetros entre la metrópoli y la colonia lo formaban las arenas saharianas, no las aguas del Atlántico.[1]

 

En el habla común, un imperio colonial comprende un país metropolitano más sus colonias lejanas. La expresión resulta útil para distinguir imperios geográficamente fragmentados, como el británico, de otros contiguos, como el romano. Tendemos a equiparar imperios coloniales con imperios de ultramar, de esta manera, podemos excluir la expansión rusa del imperialismo europeo moderno y lo mismo ocurre con

 

 

 

 

 

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el imperialismo continental del Estados Unidos independiente después de

 

1783. Sin embargo, las colonias rusas en Siberia —durante siglos— y las

 

estadounidenses en lo que hoy es el oeste americano —durante décadas— consistían en unas pocas regiones, por lo general ricas en oro o pieles, conectadas de forma poco fiable a su metrópoli por una cadena de puestos fortificados, bases insulares en un mar mucho más grande de tribus nativas

 

independientes siberianas y americanas. Rusia —hasta la década de

 

1880— y Estados Unidos —hasta la de 1860— también eran imperios coloniales en el sentido de no ser contiguos antes de la construcción del ferrocarril transcontinental. Lo que hasta ahora no hemos tenido en consideración es si esto se aplica también a dos expansiones musulmanas en Eurasia occidental: la conquista marroquí del Imperio songhai transahariano, mencionada anteriormente, y la expansión mogola de la India a partir de 1519. Un tercer imperio colonial musulmán moderno, esta vez más convencionalmente marítimo, fue el desarrollado por Omán entre los siglos XVII y XIX. Este capítulo trata de introducir tales aventuras imperiales en los debates en torno al colonialismo moderno temprano y de confirmar que no hacía falta ser blanco para utilizar el kit euroasiático occidental para la expansión forjado por la peste.

 

 

 

EL IMPERIO COLONIAL MARROQUÍ

 

En el Capítulo 10 dejamos Marruecos con sus regiones occidentales transformadas a la fuerza por los portugueses en una base de operaciones destinada a una expansión más ambiciosa por la costa occidental africana y el Atlántico. Los caballos y textiles marroquíes servían para pagar oro y esclavos en África occidental y el grano marroquí alimentaba a las tripulaciones lusas. Como hemos visto, las conquistas portuguesas en Marruecos alcanzaron su punto máximo en la etapa que coincidió con su superioridad en armas de fuego (1470-1515), tras el cual los marroquíes empezaron a recuperar terreno.[2] El país seguía fragmentado. La dinastía Watasí había tomado en buena parte el relevo de los meriníes, aunque algunas tribus y regiones permanecieron semiindependientes. La peste

 

 

 

 

 

 

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negra afectó gravemente a Marruecos y los brotes posteriores fueron bastante frecuentes, aunque solo puedo precisar tres: 1468, es posible que 1578 y 1598-1603. Como en el resto del Sur Musulmán, la época fue testigo de “la popularidad y difusión de un número creciente de poderosas órdenes sufíes”.[3] En la región de Sus, al sudoeste del país, los Saadi, un linaje sufí que afirmaba descender del profeta, ganó apoyo resistiendo a los portugueses. No tuvieron mucho éxito militar hasta 1515, pero entonces empezaron a adquirir cañones y arcabuces en grandes cantidades. El Sus era la región marroquí más apta para el cultivo del azúcar; también contaba con yacimientos de salitre y parte del oro del oeste de África se adquiría por tierra.[4] Españoles, franceses e ingleses, desesperados por romper el monopolio portugués del comercio de África occidental, intercambiaban cañones por estas mercancías en los pocos puertos atlánticos fuera del control luso. Los refugiados musulmanes y moriscos procedentes de España llevaron los conocimientos relacionados con la fabricación de armas a las regiones más septentrionales y desde la década de 1540, si no antes, los turcos otomanos también distribuyeron tecnología militar en Marruecos. No está del todo claro el equilibrio que pudo haber entre las iniciativas autóctonas marroquíes, las adaptaciones a la peste y las diversas aportaciones extranjeras. En todo caso, en 1541, los saadíes tomaron la fortaleza portuguesa de Agadir utilizando un elevado número de cañones.[5] En 1549 controlaban ya tanto Fez como Marrakech y habían reunificado el país, excepto un remanente watasí y los menguantes dominios portugueses.

 

Las relaciones del Marruecos saadita con los turcos otomanos se iniciaron de forma poco prometedora. En 1550, los primeros capturaron el territorio más occidental de los segundos, Tremecén (Argelia). Los otomanos lo reconquistaron en 1551, ocuparon brevemente Fez en 1554-1555 y acabaron con la vida del sultán saadita en 1557.[6] Desde ese momento parece que estaban más interesados en mantener Marruecos fuera de manos europeas que en conquistarlo ellos mismos. Su principal vía de entrada fue indirecta: aunque la primera adopción marroquí de las

 

armas pudo tener raíces ibéricas —tanto de la Granada musulmana como de los reinos cristianos—, desde la década de 1540 los turcos otomanos se convirtieron en la principal influencia militar. El proceso se aceleró a partir de 1574-1576, cuando los otomanos ayudaron a un príncipe turcófilo reformista, Abumarwán Abdelmálik, a convertirse en sultán. “El objeto de

 

 

 

 

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la mayor parte de su celo reformador fue el ejército, que se reorganizó siguiendo postulados turcos, hasta el punto de aplicar términos turcos a la graduación de los oficiales”.[7] Fuera de Marruecos se reclutaron unidades de mosqueteros similares a los jenízaros, en particular moriscos ibéricos, para equilibrar las fuerzas locales; y se fabricó toda la variedad otomana de cañones, desde los de asedio de gran calibre hasta otros de campaña lo bastante ligeros como para transportarse en camellos. Las unidades de mosqueteros montados —pero que desmontaban para disparar— pueden haber sido una innovación marroquí precursora de los dragones europeos. Estos avances militares tenían fundamentos económicos y administrativos, como el desarrollo de la industria azucarera, escribanos de todas partes y “un avanzado sistema de tesorería”.[8] En 1578, Portugal hizo un gran esfuerzo para reanudar la conquista de Marruecos y hubo de enfrentarse al ejército saadita en una batalla decisiva en Alcazarquivir. Los portugueses fueron aplastados y perdieron 15 000 hombres. Abdelmálik murió en la batalla, al igual que el rey portugués Sebastián I. Su medio hermano, Ahmad al-Malik, ahora conocido como al-Mansur —el Victorioso— se convirtió en sultán y fue él quien lanzó el intento marroquí de imperio colonial en el África subsahariana (vid. Mapa 12).

 

El África occidental subsahariana, también conocida como Sudán, había sido durante mucho tiempo la sede de poderosos imperios musulmanes que, basando buena parte de su poder militar en unidades de caballería, se dedicaban a la captura de esclavos para la trata, además de al comercio de oro, marfil y sal. Durante el siglo XV, el Imperio de Mali fue sustituido por el de Songhai, cuya capital, Gao, extendía su poder sobre una docena de provincias.[9] Puede que Songhai no controlara las regiones productoras de oro, pero sí dominaba el comercio terrestre en alianza con

 

los tuaregs —nómadas bereberes del Sáhara— y con diversas redes de comerciantes. Como ya se ha mencionado en capítulos anteriores, el comercio del oro sufrió algunas interrupciones durante la transición entre los imperios de Mali y Songhai y también en la cruenta guerra civil marroquí entre 1390 y 1415. Sin embargo, Songhai no tardó en volver a poner en marcha el sistema y el comercio terrestre continuó con fuerza a pesar de que los portugueses desviaban algo de oro en la costa desde la década de 1440. Asimismo, se hizo con Tombuctú en 1468, un renombrado núcleo de comercio y erudición islámica.[10]

 

 

 

 

 

 

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Songhai seguía siendo rica y poderosa a finales del siglo XVI y al-Mansur preparó su ataque con cuidado y con una clara intención colonizadora, en espera también de contrarrestar el acceso portugués al oro de África occidental. A lo largo de la década de 1580 conquistó las bases necesarias en el sur de Marruecos y envió patrullas de reconocimiento más al sur. Reunió una fuerza pequeña pero equilibrada, bien equipada y diseñada a propósito: “experimentados camelleros y zapadores […] piezas de cañón de todos los tamaños y abundantes suministros de pólvora, plomo y pólvora de cebado”. Las fuerzas combatientes consistían en un grupo de conversos con 2000 arcabuceros, 500 pistoleros a caballo, 70 excautivos de guerra cristianos con trabucos y apenas 1500 lanceros marroquíes».[11] En su mayoría, esos conversos parecen haber sido musulmanes y moriscos ibéricos o sus descendientes, un nuevo grupo que había llegado en 1571 después de una rebelión fallida en España. El total, incluidos los no combatientes, era de 5000 hombres, con 2000 caballos y 10 000 camellos.

 

La expedición partió en 1590 y se apoderó de las ciudades clave de Tombuctú, Gao y Djennée en 1591. Los paralelismos con las empresas europeas de ultramar, en especial la conquista del centro de México por Cortés, son realmente sorprendentes. «En el desierto, el ejército navegaba con guías y brújulas como si estuvieran en el mar». El viaje entre la metrópoli y la futura colonia duraba 35 días.[12] Incluso el militar al mando, el hábil y despiadado exesclavo eunuco Yuder Pachá, era

 

castellano —nacido Diego de Guevara—. Como se señaló al principio de este capítulo, allí hubo traición, colaboracionismo y rebelión tras la conquista inicial, tanto en Tombuctú como en Tenochtitlan. Y en Songhai, como en México y Perú, no faltó una feroz resistencia, que continuó después de la conquista inicial. Además, la brutal represión se combinó con la construcción de sistemas de administración y colaboración, con algunos notables locales cortejados por los conquistadores.[13] Aquí también las cañoneras o bergantines se transportaron en piezas, en este caso por camellos, y fueron ensamblados y desplegados con buenos resultados, en este caso en el río Níger Medio.[14] Sin embargo, en el caso de la conquista marroquí de Songhai, ninguna fuente contemporánea o

 

histórica —incluido el propio al-Mansur o, al menos, su hagiógrafo— niega que las armas de fuego resultaran decisivas.[15] Tanto fue así que en

 

 

 

 

 

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Songhai el ejército colonial de guarnición pasó a llamarse los Arma —«los Artilleros»—.

 

La posesión de Songhai y de su oro, junto con el creciente comercio del azúcar, los esclavos y el salitre, así como los tradicionales de tejidos y caballos, proporcionó a al-Mansur «una enorme riqueza»[16] en la década de 1590. El consumo europeo de oro del oeste de África disminuyó en esta época, para luego recuperarse en el siglo XVII.[17] Las investigaciones arqueológicas sugieren la existencia de, al menos, una docena de vastas plantaciones de azúcar en el Sus, en cada una de las cuales trabajaban no menos de 2000 personas.[18] Marruecos se convirtió brevemente en una potencia importante. Financió al rey de Francia y buscó una alianza con los ingleses contra España —se propuso un ataque conjunto al Caribe—,

 

     pero al-Mansur falleció de peste en 1603 antes de que sus reformas hubieran arraigado y su dinastía primero decayó y luego se derrumbó en 1659. Ante una metrópoli en declive, los Arma empezaron a elegir a su propio pachá a partir de 1613. Un historiador afirma que pronto se vieron desbordados por la renovada resistencia songhai —y tuareg y Fulani—,

 

     pero otros sostienen que los Arma y sus descendientes mantuvieron el control de una zona considerable como régimen independiente, aunque colonial, para reivindicar su ascendencia y una vaga lealtad a Marruecos hasta el siglo XVIII.[21] Por tanto, no parece haber ninguna buena razón

 

para seguir dejándolos fuera de la historia de los colonialismos tempranos modernos construidos con la ayuda de los kits para la expansión generados por la peste.

 

 

 

EL IMPERIO COLONIAL OMANÍ

 

 

Como se ha señalado en el Capítulo 9, Omán, en el sudeste de Arabia y con una extensa costa limítrofe con el golfo Pérsico, era una región con un considerable potencial económico. Participó activamente en el primer impulso de la expansión euroasiática occidental posterior a la peste, aquel periodo de pujanza mercantil árabe-persa hacia el océano Índico de hacia 1350-1500. Durante esa época, gran parte de Omán estuvo controlada por la ciudad-Estado insular de Ormuz. Los portugueses se establecieron en el golfo poco después de llegar a Asia y tomaron Ormuz en 1515 «tras librar

 

 

 

 

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una feroz batalla naval contra la armada de la isla».[22] También adquirieron otros varios puestos en la región, entre ellos Mascate. Ante el contraataque otomano, los portugueses se esforzaron, principalmente, por sacar provecho del comercio musulmán preexistente, en lugar de perturbarlo. Mantuvieron a los señores locales como vasallos, colaboraron con los comerciantes musulmanes e intentaron aplacar a los poderosos

 

safávidas de Irán. Tuvieron éxito durante una centuria —sobrevivieron a las invasiones otomanas de las décadas de 1550 y 1580— y los derechos de paso en Ormuz suponían una quinta parte de los ingresos de todo su imperio en Asia.[23] A principios del siglo XVII, sin embargo, la guerra con holandeses e ingleses, más el deseo de Abás I el Grande —el poderoso sah safávida— de recuperar territorio persa minaron la posición portuguesa. Los iraníes recuperaron Baréin en 1602 y Ormuz en 1622, esta última con ayuda naval inglesa. Los portugueses resistieron en Mascate hasta 1650, cuando cayó en manos de un nuevo linaje omaní de sultanes e imanes, los Yarubi. A diferencia de los iraníes, que —con una breve excepción— no lo intentaron y de los otomanos, que lo intentaron pero fracasaron, los omaníes consiguieron construir una flota en el océano Índico capaz de desafiar a los europeos y la utilizaron para sentar las bases de su propio imperio colonial moderno de ultramar (vid. Mapa 12).

 

Los historiadores conocen este imperio desde hace mucho tiempo,[24] aunque solo recientemente se ha prestado atención a la forma en que complica la idea de la europeidad en el imperialismo moderno.[25] Aunque mucha parte permanece en la oscuridad, sabemos que los omaníes utilizaron artillería y mosquetes para apoderarse de los fuertes y puertos lusos en el golfo dsde 1624. Entre 1650 y 1715 hostigaron a los portugueses hasta la India y África. En ese tiempo, llegaron a tener no menos de dos docenas de galeones de estilo europeo y construcción robusta, entre ellos uno de 80 cañones, otro de 74 y dos de 60, auténticos «navíos de línea».[26] El trabajo más detallado que he podido encontrar se ve, condicionado por las fuentes, a adoptar una perspectiva portuguesa, por ello, resulta más sólido en las derrotas omaníes que en sus éxitos.[27] En todo caso, el estudio muestra que la destreza marítima portuguesa no estaba en absoluto moribunda tras las reformas navales de la década de 1660, así como que los omaníes eran un rival a su altura en el mar e incluso superior en tierra. «El poder marítimo omaní se forjó en el crisol

 

 

 

 

 

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del combate con los europeos en el océano Índico».[28] «En 1668 saquearon Diu, la segunda base portuguesa más importante de la India, en 1698 tomaron Mombasa y, poco después, se hicieron con el resto de las bases portuguesas del este de África al norte de Mozambique. Después el imperialismo omaní atravesó un paréntesis entre 1720 y 1750 debido a las invasiones persas y las luchas civiles y algunos de sus virreyes africanos se proclamaron independientes. Sin embargo, entró en una vigorosa segunda fase: a partir de 1750, una nueva dinastía, los Al Busaidi, reconstruyó la flota, amplió el comercio y reactivó el imperio en África, que permaneció independiente hasta 1890.

 

Este esbozo histórico deja en el aire algunas incógnitas. ¿Dependían los omaníes de alianzas europeas? ¿Cómo consiguieron su flota? ¿Cuál era el alcance de su imperio? Compraron armas de fuego a europeos

—holandeses, ingleses y franceses—, por lo que no dependían de una sola fuente. También es probable que fabricaran armas ellos mismos o que las adquirieran en Irán, ya que el armamento figuraba entre las exportaciones de Omán.[29] Parece dudoso que operaran como meros representantes de las compañías neerlandesas o inglesas de las Indias Orientales: las relaciones estrechas de Omán con los holandeses fueron infrecuentes[30] y la idea de que una alianza anglo-omaní —que llegó a ser relevante durante los siglos XIX y XX— se remontaba a los siglos XVII o XVIII parece errónea. En 1694, los omaníes asaltaron «Salsete, una isla contigua a Bombay» que había permanecido en manos inglesas desde 1661 y se llevaron 1400 esclavos.[31] Saquearon barcos de la Compañía Británica de las Indias Orientales en 1705, de nuevo alrededor de 1720 y puede que en más ocasiones. Los funcionarios de la Compañía señalaron que los omaníes se habían «convertido en un terror para todos los comerciantes de la India». Un agente británico concluyó en 1721 que no había «ninguna esperanza» de que ni ellos ni los holandeses obtuvieran reparación de Mascate por los barcos saqueados.[32]

 

Se nos dice que la flota omaní estaba «compuesta principalmente por barcos portugueses capturados». Pero, en ese caso, ¿cómo capturaron los omaníes los buques portugueses? Debieron de tener algún acceso alternativo a barcos.[33] Otra fuente afirma que «los armadores omaníes eran capaces de reproducir incluso los barcos artillados de mayor tamaño», [34] de hecho, al menos se construyeron barcos más pequeños de hasta 14

 

 

 

 

 

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cañones en Omán.[35] India era una fuente probable de sus barcos más grandes, con o sin mediación europea. Desde la década de 1590, Guyarat producía galeones con cañones utilizando teca local, tanto para clientes europeos como no europeos.[36] Los compradores de la dinastía real mogola parece que nunca consiguieron manejar demasiado bien los cañones de sus galeones; los omaníes sí lo consiguieron. Aunque disponían de una factoría comercial fortificada en Surat desde la década de 1690 —al igual que las potencias coloniales europeas—, los omaníes no edificaron puertos artillados al estilo europeo en la India occidental, quizá porque no los necesitaban.[37] Sus relaciones con las redes mercantiles guyaratíes eran estrechas. Se hicieron cargo del comercio equino de los portugueses después de 1650, mezclaron comercio con incursiones, tenían agentes en Guyarat y establecieron una estrecha alianza con la creciente potencia india de Mysore desde 1760.[38] También contaban con agentes en otros estados indios independientes, así como en la Bombay británica.

 

     El capital indio respaldó al Imperio omaní en África, al menos en su segunda fase, y los mercenarios baluchíes ayudaron también.

 

Ha habido un especialista que se ha burlado de este imperio omaní en África oriental:

 

No existía un Imperio yarubi ni, de hecho, albusaidi tampoco, con instituciones viables que permitieran a los gobernantes omaníes ejercer una autoridad centralizada en los territorios de África oriental, incluso en aquellas zonas en las que ejercían algún grado de control. Ese control, motivado principalmente por el deseo de proteger el comercio y recaudar impuestos, derivaba de lealtades tribales, alianzas políticas con gobernantes locales y relaciones comerciales establecidas desde hacía mucho tiempo.[40]

 

Esta visión deriva de una cosificación del concepto de imperio basada en nociones idealizadas de los imperios europeos modernos que «ejercen una autoridad central» sobre países enteros. No obstante, tales imperios rara vez existieron antes del siglo XIX, si es que alguna vez existieron. La dependencia de alianzas políticas y de relaciones comerciales conectadas por puertos fortificados y respaldadas por una fuerza marítima también fue característica del Imperio portugués en África oriental e igualmente de los británicos en la región hasta finales del siglo XIX. Es cierto que el Imperio

 

 

 

 

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omaní en África, al igual que el portugués, se limitaba a unas pocas bases importantes y que un clan omaní, los gobernadores mazrui de Mombasa, declararon su independencia y se apoderaron de buena parte de él a finales del siglo XVIII. Sin embargo, los omaníes recuperaron Kilwa en 1785, la isla de Pemba en 1822, Pate en 1824 y Mombasa en 1837. A partir de 1800, centraron cada vez más sus operaciones en la isla de Zanzíbar, que controlaban desde 1698, y hasta allí trasladaron su capital desde Mascate en 1840.[41]

 

No fue la extensión de su territorio lo que hizo de Omán una potencia destacada, sino el alcance del comercio. Su flota, tanto la militar como la mercante, se estima en 40 000-50 000 toneladas para finales del siglo XVIII: por tanto, cientos de barcos.[42] Los omaníes proporcionaban los 50 navíos de la flota del café anual desde Yemen hasta la parte alta del golfo Pérsico, desde donde se distribuían a Irán y al Imperio otomano. Los barcos omaníes transportaban, aproximadamente, la mitad del comercio entre la India y el golfo Pérsico, visitaban también Batavia y, en 1840, Estados Unidos.[43] Desde Zanzíbar extendieron sus tentáculos comerciales hacia el interior, para lo cual se sirvieron de agentes suajilis, y llevaron el comercio regional de esclavos y marfil a su apogeo. En 1848, Zanzíbar reexportó 342 toneladas de marfil, lo que representaba 7000 elefantes muertos.[44] Se dice que la trata de esclavos alcanzó los 50 000 al año, que abastecieron las plantaciones de azúcar de las islas francesas de Mauricio hasta 1810 y también parece que ellos mismos utilizaron a numerosos esclavos. De ellos, solo en Zanzíbar había 200 000 africanos negros en 1857.[45] En este contexto, los esclavos se convirtieron en la parte obligada de un esfuerzo más amplio de Omán por redistribuir especies vivas alrededor del mundo. Producían azúcar al menos desde 1650, en concreto en tierras de cuyo riego se ocupaba el Estado,[46] y en Zanzíbar se introdujo el arroz para alimentar a los esclavos. Aunque el principal cultivo era el clavo, traído desde las islas Molucas, en el sudeste asiático, y cultivado por cautivos subsaharianos, que reportaba inmensos beneficios.[47] De hecho, Zanzíbar y Pemba estuvieron a punto de monopolizar la producción mundial de clavo a finales del siglo XIX.[48] ¿Qué puede haber más parecido al imperialismo europeo? Desde 1798, los Imperios británico y omaní se aliaron, con un reparto de beneficios que varió según el momento. Gran Bretaña se volvió contra el comercio de

 

 

 

 

 

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esclavos a partir de 1807, pero fue reacia a frenar a su aliado omaní. Los tratados eliminaron primero las partes no esenciales del comercio y prohibieron las exportaciones de cautivos omaníes a las colonias europeas en 1822 y de vuelta a Omán en 1845; dejaron el núcleo de la trata, Zanzíbar y Pemba, hasta 1873.

 

Por tanto, Omán es un ejemplo importante de por qué necesitamos abrir el foco y profundizar en la historia del colonialismo. Su forma

 

triangular de imperio marítimo —golfo Pérsico, India occidental y África oriental— puede remontarse al Irán sasánida de tiempos preislámicos. Los omaníes participaron activamente en la colonización mercantil musulmana desde sus inicios en el siglo VIII, sobre todo en el este de África. Eran creyentes de la variante ibadí del islam y siguieron siéndolo, lo que pudo darles mayor cohesión. Participaron con viveza en el nuevo impulso mercantil árabe-persa después de 1350, impulsado por el aumento de la demanda, tras la peste, de productos importados del Extremo Oriente (Capítulo 9). El imperio blando de Ormuz-Omán en el océano Índico fue secuestrado por los portugueses entre 1515 y 1650 y recuperado de nuevo por los omaníes, cuya adopción del kit para la expansión de Eurasia occidental fue tardía, pero firme. A diferencia de los otomanos, lograron combinar su experiencia marítima con la de los árabes meridionales y con la madera india para embarcaciones. Llegados al último tramo del siglo XIX, al igual que los Imperios portugués, holandés y mogol antes que ellos, los omaníes se vieron asfixiados por el abrazo británico. Sin embargo, en Zanzíbar en 1850, al igual que en Malaca 350 antes, habría sido difícil sostener que el colonialismo y la globalización fueron, exclusivamente, cosa de europeos.

 

 

 

LOS MOGOLES: ¿UN IMPERIO COLONIAL EN EURASIA OCCIDENTAL?

 

El Capítulo 8 defendía la inclusión de Turán (oeste de Asia Central), junto con su gemelo Irán, en la Gran Persia y, por tanto, en el mundo euroasiático occidental. En los siglos XVI y XVII, Turán estuvo

 

 

 

 

 

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controlada por los uzbekos e Irán por los safávidas. Los uzbekos eran un grupo neomongol, como los timúridas, que primero se unieron más al norte y después emprendieron una «migración masiva hacia Transoxiana y Balj a principios del siglo XVI».[49] Se calcula que el número original de emigrantes uzbekos fue de 250 000 y que en 1600 habían llegado a ser hasta 5 millones de súbditos, ante los 6 o 7 millones de Irán. Los uzbekos fueron, habitualmente, una federación de tribus nómadas, cada una con sus propios vasallos sedentarios. Aunque de manera puntual tenían momentos de unidad que los hacían militarmente formidables. Por su parte, los safávidas turcos surgieron antes de la peste negra como un movimiento religioso sufí que, más tarde, derivó hacia prácticas más cercanas al chiismo. En origen asentados en Azerbaiyán —zona tocada de lleno por la epidemia— y el este de Anatolia, no viene al caso exponer aquí su trayectoria completa. Sea como fuere, su historia es otro ejemplo de los efectos de la peste, empezando por una habilidad despiadada en la gestión de los recursos humanos una vez pasada la plaga. El chiismo safávida era en sí mismo «una ideología con capacidad para la movilización de masas».

 

     Su habilidad para atraer y motivar a poderosos guerreros turcos

 

conocidos como qizilbash —«cabezas rojas», por sus turbantes de ese color— ya era muy evidente desde más o menos 1450, mucho antes de que la dinastía se hiciera con el control de Irán.[51] Una vez instalados en la zona, los safávidas hicieron un notable uso de soldados y funcionarios esclavos, sobre todo cristianos georgianos.[52]

Se dice que la guerra safávida estuvo menos influida por las armas de fuego que la de los otomanos, en especial antes de que en el siglo XVII

 

recibieran, supuestamente, la artillería de manos de los Shirley, unos hermanos ingleses. De hecho, utilizaron armas de fuego alrededor de 1478, incluso antes de reclutar infantería de soldados esclavos y apoderarse de Irán.[53] En los relatos orales de los veteranos aparece un uso considerable de armas de pólvora durante la toma del poder, sucedida alrededor de 1500.[54] Aun así, los otomanos los superaron en armamento en la batalla de Chaldirán (1514) y de inmediato emprendieron un «programa de emergencia» para adquirir más.[55] Si tuvieron en Europa un hada madrina de las armas, esta fue Rusia, a la cual adquirieron 4000 mosquetes y 30 cañones solo en 1569.[56] La clave para la compra de armas de fuego, y de su capacidad para pagar las cuantiosas importaciones

 

 

 

 

 

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de algodón de la India, fue el aumento de la venta de seda cruda con el apoyo de un Estado mercantilista centralizado.[57] La producción de seda pasó de unas 500 toneladas a mediados del siglo XVI a entre 2000 y 3000 en el XVII.[58] Se dice que, en la década de 1670, había no menos de 1000 caravasares en la red de transporte terrestre iraní, muchos de ellos puestos allí por el Estado.[59] Irán era el principal proveedor de seda cruda para el resto de Oriente Medio y Europa y también vendía una cantidad sorprendente a Rusia mediante una ruta anfibia por el Caspio, a cambio de pieles, armas y plata.[60] Más plata venía de Europa occidental a través de los otomanos, con quienes el comercio ilegal no se detenía ni siquiera en tiempos de guerra, aunque con algunos contratiempos. Con un conflicto bélico de otomanos contra safávidas que fue casi continuo entre 1578 y 1639, es muy probable que este segundo frente fue el que impidiera que los primeros invadiesen Europa.

 

El Irán safávida es otro ejemplo del talento musulmán, agudizado por la peste, para fusionar los desarrollos estatal, religioso y comercial. La seda hizo de ese régimen un importante actor del comercio mundial, si bien indirecto, al operar por medio de intermediarios, pues utilizó los servicios de numerosos mercaderes indios[61] y también una de las mayores redes de comerciantes cristianos: los armenios. La diáspora armenia, que data de la década de 1360, se había especializado durante mucho tiempo en el comercio de la seda persa. Su primer centro iraní fue la antigua Yulfa, pero se hallaba demasiado cerca de la frontera otomana para el gusto de los safávidas y, en 1605, trasladaron por la fuerza a la población a Nueva Yulfa, un suburbio de la pujante ciudad de Isfahán. Los armenios sacaron el máximo partido de su relación simbiótica con los safávidas y, durante los siglos XVII y XVIII, forjaron una red mundial de distribución de seda que, partiendo de Nueva Yulfa, llegaba hasta Moscú, Londres, Livorno, Surat, Manila y Guangzhou.[62] Desde el punto de vista iraní, los comerciantes europeos y omaníes del golfo Pérsico proporcionaron redes alternativas muy útiles, sobre todo cuando el comercio terrestre se vio mermado por las hostilidades con los otomanos. Los portugueses de Ormuz cultivaron relaciones amistosas con los safávidas y hostigaron su comercio marítimo con la India, pero sin intentar detenerlo. Por su parte, los safávidas desarrollaron su propio puerto en Bandar Abbás a partir de 1600 y recuperaron Ormuz en 1622. No obstante,

 

 

 

 

 

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el mismo Irán no se dedicó demasiado al comercio oceánico y un intento de pedir prestada o comprar una armada oceánica a Omán y a la Compañía Británica de las Indias Orientales (1734-1743) resultó efímero.[63] Mientras que los persas costeros habían desempeñado un papel destacado, junto con los árabes, en la expansión mercantil musulmana de principios de la Edad Moderna entre 1350 y 1500, los safávidas y uzbekos de Irán y Turán no participaron directamente en la expansión fuera de Eurasia occidental. Aunque sí tuvieron la idea, buena o mala según se mire, de proporcionar lo que podría llamarse una metrópoli informal para un grupo que sí se expandió a otro mundo: los mogoles.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Aquellos marroquíes de 1590 no fueron el único pequeño contingente de conquistadores musulmanes que salió de Eurasia occidental a lo largo del siglo XVI. En 1525, un grupo neomongol conocido como los mogoles y liderado por Babur, un oscuro descendiente de Tamerlán, se extendió por la India. Babur hizo contar su ejército al cruzar el río Indo: 8000 soldados combatientes y 4000 personas en el resto de labores del campamento. Babur era originario del valle de Ferganá, una fértil región colindante con Transoxiana. Tomó Samarcanda tres veces entre 1497 y 1514, aunque en cada una de ellas fue expulsado por los uzbekos, y acabó por perder también Ferganá. Consiguió establecerse en Kabul, en el macizo montañoso del Hindú Kush, a 800 kilómetros de Samarcanda, y esta zona se convirtió en la base desde la que invadir la India en 1525. El próspero y cosmopolita mundo indio en el que se adentraron los mogoles contaba con, al menos, 100 millones de habitantes,[64] hindúes la mayoría de ellos, aunque separados en una infinita variedad de gobiernos, castas y subcastas. Desde principios del siglo VIII, sucesivas oleadas de musulmanes se habían ido superponiendo en según qué partes del subcontinente, algunos llegados por mar y otros por la vía que abriera Babur. Para el siglo XIV era el sultanato islámico de Deli, surgido en 1175, el que controlaba buena parte de la India. En 1398, Tamerlán saqueó Deli y el sultanato se derrumbó. Guerreros afganos venidos de fuera y caudillos

 

 

 

 

 

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hindúes rajput se volvieron semiindependientes. El sultanato todavía era capaz de congregar un ejército mucho mayor que el mogol y, sin embargo, en 1526, fue severamente derrotado por Babur en Panipat, destino que, en 1527, compartió un contingente rajput, al caer en la batalla de Khanua. Babur falleció en 1530; sus hijos se disputaron la sucesión y el virrey afgano de Deli, Sher Shah, se hizo con el poder y logró expulsar a los mogoles en 1540. Si embargo, estos emprendieron una reconquista desde la década de 1540, volvieron a hacerse con Deli en 1555 y siguieron ampliando sus posesiones hasta 1687, momento en que ya controlaban la mayor parte de la India.

 

Los mogoles llegaron a la India solo un par de décadas después que los portugueses y, al igual que ellos, obtuvieron cierta ventaja de la tecnología militar. Sin embargo, las dos incursiones han sido vistas como independientes por completo, lanzadas por mar y por tierra desde los distintos universos subglobales de Europa occidental y Asia Central y totalmente diferentes en su naturaleza. Este planteamiento reclama una revisión. Hemos visto que, durante el siglo XV, Turán se había integrado más que nunca con Irán bajo los timúridas. Los mogoles se enorgullecían de su herencia mongola, pero hay argumentos de peso, recientemente respaldados por Richard Foltz, para considerarlos culturalmente persas. «Los administradores mogoles eran, principalmente, inmigrantes de etnia iraní o hijos de madres iraníes y la cultura de la clase dirigente era persa».

 

     En cualquier caso, el poder mogol se forjó en el entorno timúrida tardío posterior a la peste y tuvo que competir con tecnologías y técnicas reafirmadas por la peste y cooptarlas. ¿Podremos considerar entonces a los mogoles como otro imperio colonial de Eurasia occidental en los principios de la Edad Moderna? Por cierto, el más poblado de todos. Tal vez se pueda analizar esta hipótesis si examinamos su kit para la expansión, sobre todo en lo que se refiere a la capacidad armamentística, el arte de gobernar y la gestión económica, pero también la continuidad y naturaleza de sus vínculos con la lejana metrópoli: la Gran Persia.

 

Los historiadores se encuentran profundamente divididos en cuanto al papel de las armas de fuego en el éxito mogol. Varios especialistas le restan importancia basándose en los comentarios del propio Babur, en el predominio numérico de la caballería en los ejércitos mogoles y en el hecho de que esas armas solo tuvieron un papel significativo en unas pocas grandes batallas campales.[66] Es cierto que Babur, en sus memorias —el

 

 

 

 

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Bāburnāma—, aunque menciona a sus cañones y artilleros, también se muestra algo desdeñoso con el papel de estos en la batalla. Como otros arrogantes herederos del espíritu de la caballería, era propenso a denigrar retóricamente a los cañones. Los primeros que adquirió procedían de los Ming, pero después, entre 1514 y 1519, tomó la decisión consciente de pasarse a los de Eurasia occidental y, en ese momento, se aprecia un vacío en el Bāburnāma.[67] Los safávidas estaban haciendo la misma transición en idéntico periodo y a veces fueron aliados de los mogoles. Pero Babur también recurrió directamente a los otomanos: «Hay pruebas de la presencia física real de soldados en el ejército [de 1519] que tenían conocimiento personal directo de los otomanos». «Mustafa Rumi había fabricado [los cañones] a la manera anatolia, por lo que eran elegantes y rápidos». Babur lo sabía todo acerca de las tácticas artilleras otomanas. Escribió que en un enfrentamiento de 1526-1527 «se le dijo al maestro Ali Quli que atara [los cañones] con cuerdas de arnés de buey en lugar de cadenas, según el estilo rumi [anatolio]».[68] «También es cierto que los contingentes de campaña mogoles eran, en su mayoría, montados, aunque el objetivo de las armas de fuego era multiplicar a los hombres por la potencia de fuego. Estas solo destacaron en algunas batallas importantes, pero es que hubo pocas en las que pudieran participar, en especial después de 1600, cuando los enemigos de los mogoles evitaban los encuentros en campo abierto.

 

Babur contaba con 700 carros artillados o de combate en su primera gran victoria, la lograda en Panipat en el año 1526. Sus tácticas eran similares a las de los otomanos: la caballería pesada y los arqueros montados pivotaban sobre una sólida base de infantería con mosquetes y artillería de campaña, protegidos por carros artillados.[69] Parece que las armas eran la única categoría en la que Babur tenía ventaja, ya que su caballería se hallaba en franca inferioridad. Él mismo señaló que algunos de sus enemigos nunca antes habían visto mosquetes.[70] Sin embargo, los carros artillados eran auténticas fortalezas móviles en el campo de batalla. En su siguiente victoria (1527), «la infantería, los carros y la artillería ligera siguieron avanzando y desorganizaron la formación de los rajputs. Cuando el enemigo empezó a perder cohesión, Babur al final liberó a su caballería para flanquearlos y rodearlos».[71] Aunque los cañones no fueron decisivos en las propias campañas de Babur, sí parecen haber resultado cruciales en la reconquista mogola de las décadas de 1540 y

 

 

 

 

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1550 y al menos en algunas conquistas posteriores. En el curso de una batalla que tuvo lugar en 1540, el ejército mogol desplegó 5000 mosqueteros, 21 cañones pesados y 700 ligeros, estos conocidos por su nombre otomano de zarbans. En 1545 también contaban con 4000 piezas de artillería muy ligera, de solo 70 kilogramos de peso cada una, que disparaban proyectiles de alrededor de un kilogramo, es posible que transportados por camellos. Durante la década de 1560, el tren de asedio mogol a base de cañones muy pesados hacía insostenibles muchas fortificaciones indias tradicionales.[72]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Mapa 10: El Imperio mogol.

 

 

 

 

 

 

 

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El principal ejército mogol era enorme, con hasta 100 000 jinetes, y en algunas batallas campales estos pudieron haber sido decisivos. Pero hacia 1595 contaba además con 35 000 mosqueteros.[73] Fuera del campo de batalla, «el mosquete de mecha parece haber contribuido desde el principio de forma importante al ejercicio del control imperial sobre las localidades descontentas».[74] En general, el ejército mogol era un híbrido típico de Eurasia occidental, como los de otomanos y rusos, basado tanto en cañones como en caballería y también en utilizar lanchas cañoneras. Mosquetes, cañones y cañoneras resultaron, sin duda, cruciales en la larga y difícil conquista de Bengala, una de las más importantes de los mogoles, puesto que inició una transformación de toda la economía india. La campaña duró desde 1574 hasta 1612 y luego fue desafiada por los arakaneses, asamenses y conversos portugueses asentados en la isla de Sandwip, así como por rebeldes bengalíes. En una región surcada en gran parte por pantanos, ensenadas y ríos, los mogoles utilizaron un selecto contingente de tamaño reducido, fuertemente armado y anfibio, «con una media en cada campaña de 4000 mosqueteros, 2100 arqueros montados y 300 barcos de guerra».[75] Esas embarcaciones transportaban hombres y suministros, pero también montaban cañones, por lo que acabaron haciendo frente a un número de barcos de guerra locales que sumaba el doble.

 

Los mogoles, que no tenían experiencia con lanchas cañoneras, hicieron uso en un primer momento de embarcaciones locales capturadas para después empezar a construir sistemáticamente las suyas propias desde mediados de la década de 1590. Este dato, así como el resto de la información en la que se basa este párrafo, proceden de un excelente estudio realizado en 2019.[76] No obstante, los indicios de que los barcos mogoles eran superiores pueden pasar inadvertidos para los especialistas que no distinguen entre las difusiones de tecnología militar de Eurasia occidental y china ming. En el caso de la difusión ming de armas de fuego, fue intensa en el sudeste asiático continental durante el siglo XV, para extenderse hasta los deltas más septentrionales del golfo de Bengala. «Mucho antes de la llegada de los mogoles, la información relacionada con la fabricación y el uso de armas de fuego había llegado desde China a estos confines orientales del sur de Asia». Sus armas eran de hierro, tal vez hierro forjado, no bronce, e iban acompañadas de «abundantes fuegos

 

 

 

 

 

 

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artificiales», otro factor revelador. «Los ejércitos imperiales aprendieron a montar cañones en grandes barcos como los ghurābs, presumiblemente de sus adversarios locales, de sus barqueros o de mercenarios portugueses». Estos últimos son los más probables y eran muy abundantes. «A lo largo del siglo XVI, los mercenarios y conversos portugueses huyeron del control oficial de Goa y se dirigieron en masa hacia la costa de Bengala». Los mogoles emplearon a muchos como mercenarios y es probable que como constructores de barcos y también de cañones. A principios de la década de 1660 emplearon igualmente «al menos a un inglés […] encargado de construir barcos de guerra». Un contemporáneo lo describió como «el amo de la ribera y empleado en la construcción de barcos y la fabricación de municiones para la lucha fluvial». Como se ve en el capítulo siguiente, las cañoneras de Eurasia occidental eran más robustas que otras, con el fin de resistir el retroceso de los cañones y protegerse del fuego enemigo. Esto, unido a un cañón más perfeccionado —de bronce fundido—, les proporcionó el tipo de ventaja que los mogoles parecen haber desarrollado en la guerra anfibia en Bengala entre las décadas de 1590 y 1660, aunque nunca conquistaron Assam, que estaba fuera de sus límites logísticos.

 

Los mogoles tomaron la mejor biotecnología de allí donde pudieron

 

obtenerla —incluso elefantes de guerra—, pero muy especialmente de Eurasia occidental, muy afectada por la peste. No obstante, a lo largo de la costa occidental de la India hubo otras potencias con cañones también europeos. Era una tecnología especialmente desarrollada en la meseta india del Decán. Aquí, los mamelucos introdujeron por primera vez las armas occidentales hacia 1460.[77] A partir de 1500 se produjo un nuevo aumento en la llegada de armas de fuego foráneas, esta vez cortesía de portugueses y otomanos. Precisamente esas armas tuvieron un papel predominante en una larga contienda (de 1460 a 1560) entre los sultanatos musulmanes del Decán y el reino hindú de Vijayanagara, que llegó a controlar la mayor parte del sur de la India.[78] Eran los primeros quienes tenían mejor acceso a armas y artilleros. Los artesanos indios, entre los mejores del mundo, demostraron rápidamente su destreza en la fabricación de las variedades principales de armamento. Con todo, durante las primeras décadas necesitaron la orientación y los prototipos traídos por un flujo regular de expertos venidos de Eurasia occidental. Aunque hubo participación de los portugueses, los sultanatos musulmanes recurrieron,

 

 

 

 

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principalmente, a la tecnología otomana. La artillería «dependía de los inmigrantes del mundo islámico […] un flujo constante de mano de obra extranjera cualificada».[79] Los primeros cañones de bronce fundido de los que se tiene constancia (1543-1549) «fueron fabricados por un único cañonero, Mohamed bin Husain Rumi […] un inmigrante de la Turquía otomana, donde la fundición de bronce había alcanzado un alto nivel de perfección». En una gran batalla en 1565, los sultanatos del Decán vencieron finalmente a Vijayanagara gracias al «uso mucho más eficaz de la potencia de fuego».[80] [*] A medida que el éxito y la riqueza mogoles crecían a finales del siglo XVI, el flujo de armas y fabricantes de armas musulmanes procedentes de Eurasia occidental se desvió hacia ellos, mientras que el de los sultanatos del sur «se convirtió en un goteo», lo que, presumiblemente, fue un factor en su eventual conquista por los mogoles en la década de 1680.[81]

 

Los cañones y las cañoneras fueron, claro está, solo dos de los elementos del kit para la expansión. El sistema mogol de mansabdaris

 

—altos cargos militares y administrativos que recibían concesiones de tierras (jagires) a cambio de aportar contingentes militares— guardaba muchas similitudes con los timars otomanos. Una de las innovaciones mogolas puede haber sido reproducir las sinergias musulmanas entre Estado, ejército, comercio y religión también entre los credos no musulmanes, al menos hasta el declive de su tolerancia religiosa desde 1658.[82] En 1579, el emperador Akbar abolió el impuesto tradicional a los no musulmanes y financió templos hindúes, no solo mezquitas. La casta de los mercaderes hindúes khatri tenía cuatro representantes entre los altos cargos mogoles y colaboraba con el Estado dentro y fuera de sus dominios en el Punyab, aunque después de 1600 algunos se enemistaron con el régimen al vincularse cada vez más con los sijs.[83] Alrededor de una cuarta parte de la clase más poderosa, los principales oficiales militares y funcionarios, eran hindúes, sobre todo rajputs. Aunque se consideraban nobles, sus concesiones o jagires no eran hereditarias, al menos en teoría. Solamente el emperador —y no los propios hijos de los mansabdaris— podía heredar los bienes, incluso los personales. Al igual que ocurría con los timariotes otomanos, un reducido ejército de escribanos cotejaba los registros de esas tropas, hasta la marca de cada caballo.[84] Esos funcionarios administraban las veinte provincias de la

 

 

 

 

 

 

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India mogola y completaban censos de las tierras productivas, cada vez

 

más extensas. Supervisaban a los zamindars locales —terratenientes o señores—, quienes recaudaban y distribuían los elevados impuestos que gravaban el grano y el arroz.

De manera tradicional se ha considerado que este impuesto sobre el grano, ciertamente uno de los pilares de los ingresos mogoles, había sido el único. Se decía que los mogoles no se interesaban por el mar, el comercio ni nada que no fuera la gestión de las tierras agrarias. Sin embargo, desde hace tiempo, los historiadores van cambiando ese planteamiento y reconocen una supervisión del Estado tolerante, pero hábil. Existe una posibilidad pasada por alto de que los mogoles tuvieran la fortuna de heredar una economía en crecimiento y transformación. Como se analiza en el Capítulo 9, la nueva expansión mercantil de Oriente Medio, sumada al alcance de los Ming, dio como resultado un aumento del comercio indio en el siglo XV. Sus habitantes respondieron con el incremento de la producción de pimienta y tejidos de algodón y de las exportaciones interregionales de arroz para permitir una mayor especialización en ambos productos. Varios historiadores, además, datan en el siglo XV el florecimiento del sistema banjara de transporte por tierra. Los banjara eran pastores que dirigían enormes recuas de bueyes —hasta 40 000 cabezas— para unir las regiones del interior entre sí y con la costa. Eran lentos, pero baratos. «Su actividad empezó a finales del siglo XV […] Marcaron un profundo cambio en las posibilidades económicas. Ahora resultaba factible cultivar algodón en Guyarat para su posterior venta y fabricación en Bengala».[85] Este cambio poco reconocido fue anterior a los mogoles y a los europeos, que, sin embargo, se han llevado, por lo general, todo el mérito de ese supuesto estímulo económico.

 

El estímulo económico mogol fue, a pesar de todo, bien real. Prestaron «gran cuidado y atención» al sistema monetario de la India, en aquel momento de los más avanzados del planeta —la rupia de plata no llegó a devaluarse nunca entre 1556 y 1707—. «Las cecas eran privilegio real, lo mismo que la acuñación de moneda, pero cualquier persona que tuviera metal precioso podía llevarlos a esas casas de moneda para ser acuñado».

 

     La exigencia de impuestos en efectivo potenció la monetización y la bancarización. Por lo que parece, «se calcula que los derechos de aduana solo representaban el 1 por ciento de los ingresos totales del Imperio

 

 

 

 

 

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mogol».[87] Aunque tal cifra se refiere a los aranceles sobre el comercio exterior, no a gravámenes sobre el interior y, en cualquier caso, parece una política consciente destinada a fomentar tanto importaciones como exportaciones. Los mogoles eliminaron los tributos en los importantes puntos de entrada interiores de Kabul y Kandahar y los redujeron en el puerto de Cambay (actual Khambhat).[88] A partir de la década de 1570 financiaron el gran puerto franco de Surat, en Guyarat, y fomentaron la fabricación de algodón para la exportación. Los historiadores han llegado en época reciente a la conclusión de que la demanda de las clases poderosas mogolas estimuló más si cabe la producción artesanal india.[89] Nadie podía igualar todavía la calidad de los algodones indios y sus mercaderes indios solo aceptaban plata como moneda de cambio,[90] al igual que los chinos por las sedas. En consecuencia, ambos países atrajeron una marea extranjera de metal precioso. En lo que se refiere a la India, las estimaciones más afinadas hablan de una media de 140 toneladas al año entre 1600 y 1800.[91] Tal afluencia no condujo a una inflación como la experimentada en Eurasia occidental debido al gran tamaño de la economía india.[92] Los mogoles también cuidaron mucho la infraestructura del comercio terrestre, tanto ellos mismos como al fomentar los habices y su equivalente sufí, los pequeños templos dedicados a santones ya fallecidos, que proporcionaban una «variedad de servicios […] desde alojar a los viajeros y estabular caballos caros hasta moler grano y proporcionar agua».[93] Ampliaron y mantuvieron los caminos, los caravasares y los sistemas postales, redujeron el bandolerismo, restauraron ciudades antiguas y construyeron otras nuevas. [94]

 

A partir de 1580 el imperio ejerció, asimismo, una labor de desarrollo en el este de Bengala, donde fomentó nuevos asentamientos, fundó ciudades y roturó tierras.[95] Una vez más, contaron con la ayuda de los enérgicos sufíes, que convirtieron a numerosos campesinos al islam, y también con la financiación de los jatris. Las clases pudientes mogolas invirtieron también en «lo que era, en esencia, su nueva colonia».[96] Como resultado, los ingresos que los mogoles obtenían del este de Bengala se duplicaron entre 1595 y 1659. Las tierras recién desbrozadas y bien regadas resultaron ser excelentes para la producción de arroz de regadío y las exportaciones de ese cereal crecieron, lo que estimuló aún más la

 

 

 

 

 

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especialización en otras regiones. También se incrementó la producción de algodón, hasta hacer de Bengala el principal proveedor mundial en 1700. Fue esta Bengala global la que heredaron los británicos a mediados del siglo XVIII, una Bengala ya reestructurada por las anteriores expansiones euroasiáticas occidentales.

 

Por su parte, los mogoles no obtenían su beneficio tanto de este floreciente comercio en los puertos como de las cecas y nodos comerciales más al interior. Un argumento reciente, y con bastante lógica, es que los ingresos brutos procedentes de diversas tasas, donaciones, peajes y

 

gravámenes —principalmente sobre los bienes manufacturados para su venta— reportaban tanto como el impuesto sobre el grano. Era «mucho más fácil detraer la riqueza una vez ya reunida y monetizada por los mercaderes que tratar de exprimirla de miles de pequeños agricultores dispersos por un paisaje inaccesible».[97] Había distintas subélites que se llevaban tajada, pero el Estado central seguía recibiendo alrededor de la mitad. Al parecer, esto le proporcionó tantos o más ingresos reales que el Imperio británico en la India hasta la década de 1860.[98] Con respecto al comercio exterior, se dejó en manos de las numerosas redes comerciales disponibles, tanto locales como extranjeras: hindúes, jainistas, parsis y

 

cristianos —tanto cristianos de santo Tomás como sirios y armenios—, así como de antiguas y nuevas colectividades musulmanas. Los mercaderes del norte de la India, conocidos genéricamente como multani, fueron los principales agentes en el comercio terrestre con Irán y Turán y llegaron a establecer vínculos con Rusia.[99] Un emperador instruyó a sus funcionarios para que «especialmente os aseguréis de que los comerciantes tengan una buena opinión de vosotros, porque sus informes llegan lejos».

 

     A ojos de los mogoles, los europeos occidentales eran otra pieza más

 

—aunque útil— dentro de su colección de intermediarios. Podían constituir una amenaza potencial entre ellos mismos y para las redes no europeas, pero no representaban un peligro para los mogoles tierra adentro. Al igual que en China, la incorporación de los europeos a la red de colaboradores proporcionó a la India un buen acceso, aunque indirecto, a la bonanza biológica de las Américas. Así, se pudo aclimatar el tabaco hacia 1600 y las patatas, los tomates, los chiles, los cacahuetes, la papaya y la piña durante la centuria siguiente. Según la reciente evaluación de Rajat Datta, el Estado mogol fue capaz de:

 

 

 

 

 

 

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     crear nuevas sinergias con los diversos regímenes agrarios bajo su dominio. Ello le permitió gestionar, y al tiempo cosechar beneficios, de la expansión de las crecientes oportunidades agrarias y marítimas sin tener que controlar ni unas ni otras. Esto, en mi opinión, explica la capacidad del Estado moderno temprano de la India tanto para obtener con éxito altos niveles de excedentes agrarios como para asegurar grados sin precedentes de aceptabilidad política y social dentro de diversos entornos demográficos y socioculturales.[101]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Este panorama tan halagüeño de la modernidad mogola parece acertado en líneas generales, pero necesita algunas matizaciones. En primer lugar, no está claro que la mayoría de la población se beneficiara de la prosperidad inducida por el comercio o fomentada por el Estado mogol. Los impuestos sobre el grano llegaron a alcanzar el 50 por ciento y se produjeron terribles hambrunas regionales. Un estudio constata un descenso del PIB per cápita indio a partir de 1600, aunque otros lo discuten.[102] En segundo lugar, el Imperio mogol era, posiblemente, del tipo fragmentado ya visto, con una geografía difícil que excluía a muchas zonas de un control real. Debe considerarse que el emperador «no gobierna más de la mitad de los dominios que reclama, ya que hay casi tantos rebeldes como súbditos».

 

     En tercer lugar, existe un resquicio de verdad en la idea de que los mogoles y otros grandes Estados indios no querían saber demasiado de los asuntos marítimos. Cierto es que, desde la década de 1570, la familia imperial y los altos funcionarios mandaron construir barcos oceánicos en Guyarat y que estaban muy interesados en los viajes anuales para la peregrinación del hach, que constituía una relevante actividad comercial y religiosa en ultramar.[104] No obstante, rara vez intentaron enfrentarse a europeos u omaníes en el agua y fracasaron cuando lo hicieron. Entre 1639 y 1698, los mogoles estuvieron esporádicamente en guerra con el más pequeño de los asentamientos europeos en India, el de los daneses. El Imperio danés en la India tenía su base en Tranquebar (actual

 

 

 

 

 

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Tharangambadi, en la costa de Coromandel) y contaba también con algunas factorías no fortificadas. Los mogoles podían apoderarse de las fábricas, y es probable que también de Tranquebar, sin embargo, siguieron perdiendo barcos a manos de los daneses —dos volaron por los aires en el río Hugli, a 35 kilómetros al norte de Calcuta, en 1671—.[105] Aquello no fue sino un leve contratiempo para los mogoles, cuyo poder terrestre les permitía mantener como rehenes las posesiones europeas y las redes comerciales en un «equilibrio de chantaje».[106] Sin embargo, la capacidad de amenazar a los barcos indios y la peregrinación del hach daban a los europeos —y a los omaníes— más influencia que las otras redes mercantiles. Una última matización es que la modernidad y el éxito mogoles no fueron estrictamente mogoles, sino más bien una variante de la expansión euroasiática occidental al estilo musulmán.

 

Que los mogoles adquirieron y adaptaron un kit para la expansión de Eurasia occidental, y que lo utilizaron para una expansión exitosa, constituye aquí solamente la mitad del argumento. Muchos expertos dirían que la expansión enseguida tornó en dispersión y que perdió los estrechos vínculos con sus tierras de origen en Irán y Turán, con las que las relaciones fueron, en ocasiones, activamente hostiles. «Por sus propias razones, los historiadores indios que trabajan en las tradiciones orientalista, marxista, nacionalista y otras han tendido a minimizar cualquier conexión que la nobleza mogola conservara con su patria ancestral».[107] Se asume que los mogoles no fueron más que otra oleada de invasores musulmanes que la India domesticó rápidamente, salvo en la religión. Sin embargo, Babur no fue bien recibido por la población musulmana preexistente. «La mayoría de los musulmanes indios […] consideraba a Babur un extranjero».[108] En buena medida, el Imperio mogol permaneció arraigado en la Gran Persia hasta el comienzo de su declive en 1707, sin controlar el espacio entre su metrópoli informal —por acuñar un término— y su gran colonia india. A veces se tacha de nostálgica e irracional su continua «obsesión» por las tierras natales.[109] «Las tierras escasamente pobladas y estériles de Asia Central podían ofrecer poco en términos de recursos adicionales al rico Imperio mogol».

 

     En efecto, la India mogola estaba separada de Irán y Turán por barreras formidables, entre ellas las montañas del Hindú Kush, de hasta 7000 metros de altura, llamadas así por causar la muerte de los hindúes

 

 

 

 

 

 

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que intentaban cruzarlas. Donde el macizo montañoso se estrechaba hacia el océano se extendían los «pantanos desérticos de Sistán, encajonados

 

entre Registán —“Tierra de Arena”— y Dashti Margo —“Desierto de la Muerte”—.[111] Tampoco faltaban los obstáculos humanos. “Todas las rutas terrestres hacia Kabul, Irán y Turán atravesaban territorio tribal afgano o baluchí, al igual que la ruta del Indo hacia Thatta y el mar Arábigo. Garantizar el paso seguro a través de estas regiones era un objetivo constante de la política mogola”.[112] Kabul y Kandahar, en las rutas a Turán e Irán, respectivamente, eran estaciones intermedias, islas fortificadas en un mar de montañas y desierto. Los mogoles solían mantener Kabul, pero perdieron Kandahar a manos de los safávidas, primero en 1622 y luego de forma definitiva en 1648. Ambos imperios intentaron fortificar y mejorar los caminos y comprar a los bandidos, aunque con desigual éxito. Desde Multán, la ciudad comercial india más septentrional, hasta Kandahar era un viaje de más de cinco semanas, “constantemente amenazado por miembros de tribus afganas”.[113] “El camino de Lahore a Kabul está infestado de bandoleros patanes; y aunque el rey [mogol] ha establecido veintitrés puestos de guardia con tropas a intervalos regulares, los viajeros son asaltados con frecuencia por estos bandoleros, que en el año 1611 atacaron y saquearon la ciudad de Kabul”.

 

     Los mogoles no tenían que controlar por completo esas rutas y es probable que no pudieran, pero sí tenían que poder garantizar un paso relativamente libre, no solo para el comercio, sino también para el suministro regular de nuevos mogoles —y nuevos caballos— de los que dependía su sistema. En esto, y no en la nostalgia, se basaba su constante interés.

 

Aunque a mediados del siglo XVI los mogoles aceptaron brevemente el vasallaje nominal de los safávidas para obtener su apoyo en la reconquista del norte de la India, no formaban parte de un imperio informal dirigido por los safávidas ni por los uzbekos, ni por los otomanos ni por ningún otro. Por el contrario, la relación se invirtió: Irán y Turán seguían siendo metrópolis informales del Imperio mogol en la India, les gustara o no a los Estados safávidas o uzbekos. Los safávidas hicieron lo mejor que pudieron dadas las circunstancias. «Las relaciones safávidas-mogoles eran, de hecho, cordiales, hasta el punto de ser afectuosas […] La agresión safávida frente a Kandahar hizo poco por alterar esa cortesía».[115] Un «pilar fundamental del Estado mogol fue la

 

 

 

 

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incorporación de intermediarios emigrantes que acudían a su corte desde Irán y Asia Central. Estos últimos, a menudo designados genéricamente como turanios, también habían estado presentes bajo gobernantes anteriores; es la migración iraní la que aumenta de maenra drástica durante la época mogola».[116]

 

Al principio, «los rumis, o anatolios, eran sobre todo apreciados por su dominio de la artillería».[117] Durante la década de 1565-1575, el 40 por ciento de los principales nobles mogoles eran designados iraníes y otro 40 por ciento turanios.[118] Entre 1658 y 1678, entre los 141 principales mansabdaris —que, nominalmente, contaban con 3000 soldados o más—, 55 (39 por ciento) eran iraníes y 23 (16 por ciento) turanios, lo que sumaba un 55 por ciento.[119] Estos emigrantes, así como los mansabdaris locales, adoptaron una identidad cívicoimperial de tipo otomano, como mogoles e «hijos de la casa imperial».[120] Es decir, que la India seguía estando dirigida por una élite colonial extranjera 160 después de la primera incursión de Babur. Entre 1679 y 1707, el porcentaje foráneo de altos nobles disminuyó, pero solo hasta el 46,5 por ciento.[121] Estos eran solo los dirigentes; la inmigración de iraníes y turanios de menor estatus fue mucho mayor. «Durante los siglos XVI y XVII, el Indostán no solo vivió la intensificación del intercambio comercial, sino también de unos niveles de inmigración sin precedentes en sus territorios».[122]

 

Los emigrantes militares servían al propósito de un régimen importador de soldados: garantizar al Estado central un núcleo de fuerzas armadas sin raíces ni obligaciones locales. Ni siquiera se requería una esclavitud nominal porque los mogoles pagaban muy bien, hasta tres o cuatro veces más que los safávidas y los otomanos.[123] En consecuencia, estos regímenes no podían detener el flujo de sus súbditos hacia la India. Es muy posible que los sahs lamentaran que «las élites safávidas […] siguieran acudiendo en masa a la corte india»,[124] «una fuga de cerebros de dos siglos de duración que agotó a Irán, en beneficio de la India».[125] Como sugiere el término fuga de cerebros, la guerra no fue el único talento de élite emigrante. También llegaron poetas, artistas, eruditos, sufíes, ingenieros, contables y administradores que transfirieron las prácticas que los musulmanes de Oriente Medio habían desarrollado en la primera época de la peste y después de ella, que crearon una «deuda mogola con las herramientas intelectuales y de gestión iraníes».[126] Los emigrantes

 

 

 

 

 

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«trajeron consigo tradiciones iraníes que se mezclaron fácilmente en las prácticas del Estado y el comercio».[127] Como hemos visto en relación con los sufíes, también trajeron la práctica de combinar ambas con la religión.

A las importaciones humanas de élite se les unieron las importaciones equinas de élite. La mayor parte de la India era ecológicamente inadecuada para la cría de caballos destinados a la guerra, más pesados. En aquellas zonas donde podían criarlos, la calidad «dependía de cruces sistemáticos con caballos de Eurasia central».[128] Antes de los mogoles, los Estados costeros los importaban por mar desde el golfo Pérsico y el mar Rojo y ese comercio continuó.[129] Por su parte, los Estados septentrionales los habían traído desde Irán y Turán en complicados periplos a través del Hindú Kush y esta era la principal fuente de los mogoles. Lo que parece haber cambiado fue la magnitud. Kabul, el centro neurálgico de este comercio, vendía a principios del siglo XVI entre 7000 y 10 000 monturas anuales. Con los mogoles, el número aumentó a entre 20 000 y 100 000.

 

     «Fue el suministro de los robustos caballos de guerra lo que hizo que el control de Kabul le resultara tan crucial a los mogoles».[131] Incluso cuando el control mogol se desvaneció, «los gobernantes tanto de Kabul como de Kandahar reconocieron la necesidad de una política de protección de la ruta terrestre, a pesar de sus encontronazos políticos […] La rivalidad entre los mogoles y los safávidas por Kandahar, y el estallido de las contiendas con los uzbekos alrededor de Kabul […] (1626-1656) no afectaron a las transacciones».[132] Es posible que fuese Turán el mayor proveedor de caballos, más que de personas, y, sin embargo, desde Irán seguramente procediera una alta cantidad, tan alta que generó entre los sahs safávidas la inquietud por «la demanda aparentemente insaciable de caballos por parte de los mogoles».[133]

 

Se ha descrito a la India mogola como «la América del islam» y su frontera de asentamiento en Bengala oriental se ha comparado con el Oeste americano. Pero me parece que esta comparación resulta más esclarecedora si nos fijamos en la relación entre Gran Bretaña y Estados Unidos a lo largo del siglo XIX. Al igual que la India mogola, Estados

 

Unidos era entonces una neocolonia enorme en comparación con su fundador. Durante la centuria posterior a su independencia política en 1783, siguió necesitando las importaciones de emigrantes, conocimientos

 

 

 

 

 

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y biotecnología británicos —incluyendo sementales para la mejora de los caballos, cerdos y ganado estadounidenses—, al igual que la India mogola de Irán y Turán. Aquí también, los británicos no podían detener la salida incluso de haberlo querido. La metrópoli informal no podía ejercer ningún control político sobre su gigantesca semicolonia. Irán y Turán siguieron funcionando como patrias mogolas durante casi dos siglos después de 1519, aunque los Estados metropolitanos tenían escaso control sobre el proceso y es muy posible que se resintieran. Las metrópolis no eran contiguas a la gigantesca colonia, con montañas y desiertos, baluchís y afganos que se interponían entre ellas, una barrera-puente similar a un océano. Ello justificaría ver a la India mogola como otro imperio colonial de Eurasia occidental habilitado por el kit para la expansión inducido por la peste.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 14

 

 

 

 

 

La peste y la expansión rusa

 

 

 

Hasta ahora solo nos hemos referido de pasada a la región más extensa del Viejo Continente, la que comprende las actuales Rusia europea, Ucrania y Bielorrusia. Hasta 1350 estuvo

 

dominada por la Horda de Oro, aquellos turcomongoles conocidos genéricamente como tártaros. Ya hemos señalado la influencia de la peste en la desintegración de la Horda, la cual, a pesar de los esfuerzos de distintos líderes bien capacitados, recibió otro golpe de Tamerlán en la década de 1390. Varias de las facciones resultantes reclamaron el legado y algunas consiguieron incluso mantenerse bastante grandes y poderosas. «Para 1421 había hasta seis figuras distintas con aspiraciones de gobernar como kan de la Horda de Oro».[1] Entre ellas, la Gran Horda conservó el liderazgo hasta 1480. A ella se unieron los kanatos de Kazán, Astracán y Crimea, todos ellos combinando regiones esteparias de nomadismo pastoril con otras de agricultura sedentaria y ciudades comercianles. Entre los grupos más plenamente nómadas estaban los nogayos, los uzbekos (analizados en el capítulo anterior) y los kazajos.

 

Al norte de esos tártaros musulmanes se hallaban los principados cristianos ortodoxos rusos o Rus, alrededor de una docena en 1350. Algunos de ellos cayeron bajo la expansión lituana y, del resto, la mayoría siguió pagando tributos esporádicos a los tártaros. Durante la década de 1350, cuando el norte de Rusia se vio afectado por la peste, Moscovia era

 

 

 

 

 

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solo uno de los cinco principados más importantes: los otros eran Nóvgorod (en el extremo norte), Suzdal y Tver (en el centro) y Riazán (en el sur). Sin embargo, para 1521 ya los había absorbido a todos, así como Kazán y Astracán en la década de 1550, aunque no pudo vencer a los tártaros de Crimea hasta dos siglos más tarde. La metamorfosis del principado de Moscovia en Rusia suele datarse tradicionalmente en 1547, cuando el gran príncipe Iván IV el Terrible se convirtió en zar; y la expansión de Rusia hacia Siberia en 1582 —si bien ya hemos visto que venía de antes, 1499—. Sin embargo, la década de 1580 marcó la conquista de otro kanato tártaro, Siberia, a su vez, un expansionista precoz. En 1639, los cazadores de pieles rusos habían llegado al Pacífico, donde establecieron una presencia permanente desde 1648. Rusia consolidó su dominio sobre las estepas meridionales y Siberia en el siglo XVIII y, en el XIX, tomó posesión de zonas de Asia Central y el Cáucaso. Hacia 1800 reclamó la soberanía de 2,6 millones de kilómetros cuadrados en América del Norte: Alaska.

 

A pesar de esta vasta expansión semiglobal, suele excluirse a Rusia de la historia del imperialismo europeo. Ello era así en parte porque su propia europeidad se ponía en entredicho, pero también porque su expansión se produjo, fundamentalmente, por tierra, lo que, según hemos visto en el capítulo anterior, es una lógica errónea. Hasta donde sé, la peste rara vez ha figurado en las explicaciones de la temprana expansión moscovita. El presente capítulo intenta siquiera empezar a incluir de nuevo esa epidemia en la historia de la expansión rusa, reintegrar la expansión en la historia de Eurasia occidental y poner a prueba nuestras hipótesis acerca de los efectos de la peste sirviéndonos del caso ruso. La tentativa se complica debido a las fuentes contradictorias, los dogmas políticos, los nacionalismos retrospectivos, la rusofilia y la rusofobia. Los historiadores soviéticos —en particular— promovieron una leyenda blanca que habla de anexión no racista y no violenta de Siberia. «A partir de finales de la década de 1920, los historiadores negaron u omitieron mencionar que los rusos y los siberianos nativos hubieran luchado alguna vez».[2] Hasta hace poco, a menudo se la describía como «agresiva pero analfabeta, siempre torpe, mal equipada, sin recursos y tardía en su incorporación a la mesa de la civilización europea».[3] En la Cambridge History of Russia (2008) se nos dice que las chozas llenas de humo y la deficiencia de vitaminas «contribuyeron poderosamente a hacer del ruso la persona de corta vida,

 

 

 

 

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letárgica, marginalmente productiva y mínimamente creativa (original) que era».[4] Es posible que semejante sesgo esté detrás de la tendencia a atribuir cualquier atisbo de innovación rusa a influencias externas: escandinava desde el siglo IX, mongola desde el XIII y europea occidental

 

—importada por el zar Pedro el Grande— desde la década de 1690. Estas influencias tuvieron su relevancia, pero ninguna explica la dinámica expansión rusa entre 1360 y 1650.

 

Algo que las historiografías rusa y europea occidental comparten es la división entre los enfoques pesimistas y optimistas de la socioeconomía posterior a la peste. Un converso tardío al pesimismo argumentó en 2015 que «Moscovia sufrió un largo periodo de estancamiento económico e incluso depresión que se remonta, quizá, a la segunda mitad del siglo XIV».

 

     En la actualidad hay más historiadores que reconocen signos de prosperidad, sin embargo, parecen desconcertados por ello. «Está bien documentado un auge del desarrollo urbano desde mediados del siglo XIV», especialmente en forma de iglesias y fortificaciones, sobre todo

en Nóvgorod y Moscú.[6] Ese auge «contradice el hecho bien conocido de que la peste negra asoló Rusia durante aquel periodo».[7] «Las repetidas epidemias de peste no tuvieron efectos adversos apreciables en el auge de la construcción […]». Para explicar esta anomalía, los historiadores han sugerido que los cronistas exageraron, que la peste fue menos devastadora en la Rus septentrional.[8] Ahora sabemos que no existió tal anomalía. Al igual que en otros lugares, la peste duplicó, aproximadamente, la disponibilidad per cápita de recursos tales como los animales de trabajo y la piedra de construcción accesible por barco, aumentó los ingresos al menos de las élites y les animó a mirar por su alma al dotar económicamente nuevos centros religiosos.

 

Asimismo, se produjo un auge de la construcción rural en forma de templos religiosos. «A finales del siglo XIV, se habían edificado 42 nuevos monasterios en las periferias nortte y este de la Rus. Durante el siglo XV se alzaron 57 más».[9] Hay otras pruebas que parecen apuntalar también esa imagen de prosperidad tras la peste, aunque no está claro hasta qué punto fue compartida. En el Capítulo 4 se señala un aumento masivo de las exportaciones rusas de pieles después de 1350. «La mayor parte de la plata y el dinero que llegaban al corazón de Rusia en los siglos XIV y XV lo hacían a través de Nóvgorod».[10] Lo cierto es que Nóvgorod no era en

 

 

 

 

 

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absoluto el único actor en el comercio de pieles. Hubo otros principados de la Rus y distintos Estados tártaros que coincidieron en ampliar el alcance de sus adquisiciones para satisfacer la nueva demanda. La entrada de plata, de la que Rusia producía poca cantidad, llegó al principio en lingotes, no en monedas —al parecer, no existían cecas en la Rusia de 1350—. Sin embargo, se dice que para 1400 había ya 21 cecas, lo que sugiere una expansión generalizada del comercio. Aunque no es menos cierto que Nóvgorod fue el líder temprano en crecimiento económico y en expansionismo.[11]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mapa 11: La expansión rusa.

 

 

 

 

NÓVGOROD: «LA ROMA DE LAS VÍAS NAVEGABLES»

 

El importante papel de Nóvgorod y su imperio precedieron a la peste negra.[12] En 1150 era, geográficamente, «el mayor Estado de toda la

 

 

 

 

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Europa medieval».[13] No obstante, es cierto que el control resultaba más bien laxo sobre la mayoría de sus dominios, consistentes, en buena parte, en redes de adquisición de pieles. Con todo, su riqueza y alcance se antojan impresionantes. La propia ciudad contaba con, al menos, 4300 casas y 15 iglesias en 1211, cifras que conocemos por ser propiedades destruidas en un incendio. Se dice que sus ciudadanos eran lo bastante ricos como para abrigarse con mantas de marta cibelina.[14] Tenía acceso al Báltico a través de varios ríos y del lago de Ládoga, así como mercaderes propios que navegaron en su día por ese mar en barcos construidos en la propia Nóvgorod. Aunque su red mercantil hacia el oeste estuvo manejado cada vez más por los hanseáticos de Lubeca, que poseían un gran kontor en la ciudad.[15] El comercio de Nóvgorod hacia el sur era aún más rentable y de mayor alcance. Las investigaciones arqueológicas han hallado un adorno que lleva piezas procedentes de Madagascar y de las islas Maldivas y también el cráneo de un macaco africano, presumiblemente de alguna mascota que pasara un frío de muerte.[16] Nóvgorod fue castigada por la peste en diez ocasiones entre 1352 y 1478[17] y su vasto territorio, ya de por sí poco poblado, se vio sometido a una presión cada vez mayor por parte de sus rivales. Algunos historiadores aprecian cierto declive en su devenir histórico posterior a la peste, lo cual sí es cierto a partir de 1450. Sin embargo, en la centuria anterior, sus respuestas a la catástrofe demográfica se encuadran entre las de otras grandes ciudades-Estado de Eurasia occidental que hubieron de gestionar la epidemia, como Génova, Lubeca, Dubrovnik, Adén y Ormuz.

 

Nóvgorod fue una república mercantil, como otras ciudades-Estado europeas, según algunos una vía alternativa para la historia rusa, más capitalista y menos autocrática. Una revisión reciente aseguraba que los antecedentes republicanos de la ciudad se han exagerado y que su célebre asamblea —veche— solo estaba formada por unos 300 boyardos

 

—nobles— y comerciantes notables.[18] Después, una revisión de la revisión aún más reciente afirma que la veche tenía capacidad para varios miles de personas y otras pruebas, como el hecho de que los jurados fueran la mitad plebeyos, sugieren que al menos los hombres de clase media disfrutaban de una cierta posición.[19] Sin duda, Nóvgorod tenía más de oligarquía que de democracia, como la mayoría de las ciudades-Estado, con gobernantes traídos de fuera al estilo de los podestà italianos. Aunque

 

 

 

 

 

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no dudaba en cambiarlos con más frecuencia que sus mantas de marta cibelina, con la expulsion de uno cada dos años a lo largo del siglo XII.[20] Incluso esos gobernantes exprés perdieron poder tras las reformas de la década de 1350.[21] Los arzobispos locales ganaron algo, «pero no hay indicios de que alcanzaran el nivel de jefes de Estado, como sostienen algunos especialistas».[22] Los funcionarios electos, posádnik y týsiatski, compartían el poder con el arzobispo y los gobernantes extranjeros consideraban prudente asegurarse mantener buenas relaciones con todas las facciones importantes. «Yo, el ilustre rey de Polonia y gran príncipe de Lituania, he concluido un tratado con el arzobispo electo Feofil y con los posádnik de Nóvgorod y con los týsiatski y con los boyardos y con los zhitye liudi [burgueses] y con los comerciantes y con toda Nóvgorod la Grande».[23] Así, al menos algunas de las clases inferiores es probable que sintieran cierto grado de solidaridad con el Estado y, al igual que en Génova y Lubeca, ello reforzaba la fuerza militar de la urbe. Además de los boyardos y los «hijos de los boyardos» —el equivalente a los caballeros—, los campesinos y los ciudadanos comunes tenían su relevancia en los ejércitos de la ciudad.[24] «En los siglos XIV y XV, Nóvgorod dependía cada vez más del suministro de grano del sudeste».

 

     También obtenía cereal del litoral báltico.[26] Esto habría aumentado la proporción de varones de reemplazo de esa ciudad-Estado, pues muchos ya no eran necesarios para recolectar la cosecha.

 

No he hallado estadísticas acerca de la población de todo el territorio de Nóvgorod antes de 1500, cuando rondaba los 400 000 habitantes.[27] No obstante, parece que la ciudad en sí pudo haber crecido, como Lubeca, durante la época de la peste, de 15 000 habitantes en 1350 a 22 000 o incluso 30 000 en todo el siglo XV, así como que se repobló gracias a la

inmigración.[28] La economía ciertamente creció, en un inicio incluso más que la de principados rivales como Moscú. «No podemos sino asombrarnos ante la riqueza de Nóvgorod», escribe un optimista. Y sigue: «el repunte económico se produjo allí primero y con más fuerza». De los 280 ambiciosos proyectos de construcción en toda Rusia durante el periodo 1413-1437, el 53 por ciento fue emprendido por Nóvgorod.[29] Aparte de pieles y bienes comerciales, Nóvgorod también exportaba cuero de alta calidad y hasta 300 toneladas de cera al año, el primero al resto de Rusia y la segunda a Europa occidental, lo que proporcionaba velas para

 

 

 

 

 

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los amanuenses.[30] Otros indicadores de la prosperidad posterior a la peste van desde el auge de las importaciones traídas de Venecia hasta el aumento del consumo de ternera.[31] También quedan indicios tanto de renacimiento cultural —«un estallido de creatividad cultural»—[32] como de reforma religiosa. La riqueza permitió a Nóvgorod importar y criar más caballos y de mayor tamaño que sus rivales rusos, y también más y mejores armas, armaduras y mercenarios. Fue capaz de reunir contingentes sorprendentemente grandes en el contexto de la peste —8000 hombres en 1398—, que incluían caballería pesada, y flotas fluviales de hasta 150 barcos.[33]

 

Durante los cien años que siguieron a 1352, Nóvgorod utilizó todos esos recursos para embarcarse en una sucesión asombrosa de iniciativas beligerantes. Entre ellas, una serie de incursiones entre 1366 y 1409 en dirección sur protagonizadas por los famosos uskuiniki de Nóvgorod

—«barqueros saqueadores», una especie de corsarios fluviales—. En 1366, «bandidos procedentes de Nóvgorod […] aparecieron en el Volga medio y masacraron a un gran número de mercaderes musulmanes y armenios». Esas razias se repitieron en 1374 y 1375, cuando penetraron hasta las afueras de Bulgar, Sarái e incluso Astracán.[34] Entre sus víctimas se contaron igualmente las urbes cristianas de Nizhni Nóvgorod, Ústiug y Kostromá. El objetivo era tanto desbaratar las redes peleteras de los rivales como capturar esclavos. «No eran los tártaros y Moscú quienes bloqueaban el comercio de Nóvgorod, sino que eran los novgorodianos quienes impedían el comercio de los tártaros y Moscú».[35] Algunos esclavos eran vendidos y otros llevados a casa de los saqueadores, en ocasiones como respuesta directa a una ola de epidemia. En 1392, «Nóvgorod atacó Ústiug; mató a muchos y se llevó a incontables cautivos. Esa campaña siguió al brote de una gran plaga que tuvo lugar el año anterior en Nóvgorod».[36] Las razias de esclavos también se intensificaron en el norte a partir de 1375. «Los novgorodianos tomaban regularmente prisioneros durante las incursiones en territorio de población finlandesa fuera de los reinos sueco, novgorodiano y moscovita y los llevaban a Nóvgorod. Transportarlos era tan difícil que los prisioneros debían de ser, por fuerza, muy valiosos». Una incursión en 1398 se saldó con «innumerables prisioneros» y los esclavistas de Nóvgorod dejaron su huella incluso en el folclore finlandés.[37]

 

 

 

 

 

 

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La expansión hacia el norte también tenía como objetivo la colonización de la costa del mar Blanco, que intentaba convertir a los nativos, como los carelios, en súbditos en lugar de esclavos, aunque implicando también a los colonos de Nóvgorod, que pasaron a conocerse

 

como pomors —«gente de la costa»—. En 1353, un año después del primer brote epidémico, Nóvgorod fundó el puerto de Jolmogori, en el río Dviná Septentrional. Los monasterios solían servir como bases de operaciones para la colonización septentrional, como fue el caso del cenobio de San Miguel Arcángel a finales del siglo XIV —que más tarde dio su nombre a la ciudad de Arcángel— y el monasterio de Solovetski (1429), que se hizo fabulosamente rico.[38] Esta «intensa colonización del norte de Rusia, que continuó hasta finales del siglo XV»,[39] resulta particularmente notable en tiempos de pandemia. Al ser la agricultura tan marginal en aquellas latitudes septentrionales, la colonización debió de dirigirse a productos marítimos como el bacalao y la morsa, cuyos colmillos, conocidos como dientes de pez, eran una fuente de marfil.

 

Se ha afirmado que «el imperio comercial de Nóvgorod demostró ser muy poco flexible, prueba de ello es que siguió basándose en las pieles de ardilla cuando la demanda europea se había desplazado más hacia el lujo».

 

     Nóvgorod estaba especializada en la ardilla en el corazón de su territorio y cuando esas pieles vivían su momento de esplendor comercial los animales eran capturados por campesinos tramperos que abandonaban las tierras de labor en invierno para desplazarse a los terrenos de caza. Cada pareja de tramperos tenía su propio terreno de caza, a un día de viaje de ida y vuelta desde algún campamento base central.[41] La reutilización de esos cotos me sugiere una especie de granja cinegética en la que solo se capturaban ejemplares en cantidades sostenibles. Algunas fuentes apuntan a un agotamiento, pero otras señalan que los precios de la ardilla cayeron a partir de 1410, lo que tal vez sea indicativo de un exceso de oferta y de que, como se indica en el Capítulo 4, el uso de la ardilla en la edad de oro por parte del pueblo llano la degradó a ojos de los consumidores de mayor nivel económico.[42] Pese a todo, el mercado para ardillas de primera calidad continuó y Nóvgorod llevaba mucho tiempo apuntando también a otras pieles de lujo, de ahí la ropa de cama de marta cibelina.[43] De hecho, la ciudad-Estado había desarrollado un procedimiento completo para la explotación a larga distancia de las pieles de lujo: la marta se

 

 

 

 

 

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cazaba con trampas o bien la rastreaban perros y la abatían con flechas romas —para conservar intacta la piel— cuadrillas fluviales de tramperos a tiempo completo —promichleniki—. Adicionalmente, se le compraban a distintos pueblos que habitaban los bosques de taiga, o se obtenían al extorsionarlos con la piel como tributo. La caza con trampas, el comercio y el tributo eran posibles gracias a pequeños puestos fortificados

 

—pogost— en los confines de los dominios de Nóvgorod. Sumados los métodos de caza y la demanda de pieles de Nóvgorod a las prácticas y necesidades locales, la tendencia al agotamiento se intensificó. Desde 1363 hasta 1445, las pieles fueron esquilmadas por la caza u obtenidas mediante chantaje a los pueblos del bosque situados al este de los Urales, en Siberia, adonde se lanzaron repetidas razias novgorodianas.[44]

 

Está claro que Nóvgorod fue un caso particularmente intenso de la paradoja de la peste: expansionismo frenético a pesar de una población reducida a la mitad. Aparte de la colonización del norte, la mayoría de las iniciativas de la época parece encaminada a conseguir personas y pieles, más que a la adquisición permanente de tierras. Sin embargo, sus logros resultaron frágiles. El éxito económico de Nóvgorod y sus agresivas incursiones le granjearon nuevos enemigos. Solo en la primera mitad del siglo XV se enfrentó a Lituania, a los Caballeros Teutónicos, a la Liga Hanseática, a Noruega, a los tártaros y al menos a dos principados rusos adicionales, Tver y Moscovia. La creciente demanda llevó a otros a incrementar también la obtención de pieles, de manera que la cuota de mercado de Nóvgorod menguó en términos relativos. En concreto, Moscovia absorbió Rostov y su red peletera en 1364 y trató de penetrar en las tierras del norte de Nóvgorod ricas en caza de piel. A su vez, esta respondió con una combinación de represalias, acuerdos y resistencia. Los desquites empezaron en 1366. En las tierras septentrionales de caza, concretamente en Perm, fue derrotada por Moscovia en 1383-1385 y se vio obligada a aceptar alguna forma de condominio conjunto: los imperios fragmentados podían superponerse unos a otros.[45] En las tierras más ricas del Dviná Septentrional consiguió reprimir la rebelión y las incursiones moscovitas durante la década de 1390.

 

Nóvgorod recuperó sus territorios perdidos y castigó con severidad a los rebeldes más destacados. Al no esperar más ayuda de Moscú, el resto de la población se sometió. Cuando Vasilii [príncipe de

 

 

 

 

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Moscú] hizo un segundo intento de apoderarse de la zona en 1401, sus tropas encontraron una enconada resistencia y abandonaron rápidamente la misión.[46]

 

Sin embargo, después de que en 1445 fracasara la última expedición de Nóvgorod a Siberia —a pesar del éxito inicial—, Moscú se hizo cargo de su proyecto siberiano. Asimismo, desde entonces obtuvo éxitos militares directos contra Nóvgorod.[47] La dependencia de esta última con respecto al grano extranjero no llegó a ser una colonización urbana, con interdependencia y la ciudad controlando las rutas comerciales. Los enemigos podían cortar las vías de comunicación y así lo hicieron con bloqueos en las décadas de 1420 y 1440, lo que originó graves hambrunas —en ocasiones atribuidas por error a la peste— en la ciudad de Nóvgorod.

 

     Estos factores, sumados al creciente monopolio de la riqueza por parte de una clase dominante y las disensiones religiosas, condujo a una menor cohesión social. Hay al menos dos historiadores rusos según los cuales este constituyó un factor clave en la conquista moscovita de 1478.

 

     Moscú no solo se apoderó del imperio de Nóvgorod, sino también de sus métodos imperialistas. Además, añadió sus propias técnicas y reunió tanto tierras como personas.

 

 

 

LA EXPANSIÓN MOSCOVITA HASTA 1500

 

Moscú sufrió casi tantos brotes epidémicos como Nóvgorod, aunque su situación antes de la peste negra no queda clara. Algunos historiadores sitúan el inicio de su ascenso en 1300. Se hizo con el principado de Ústiug en 1328 y reclamó el título de gran príncipe para su gobernante a partir de 1331, aunque otros príncipes hicieron la misma reclamación en distintas épocas. Se sospecha que la situación es similar a la de los otomanos antes de 1350: que el gran ascenso de Moscovia es posterior a la peste negra, pero que sus cronistas lo retrasaron en retrospectiva para restar importancia a aquella contingencia. De 1359 a 1380, bajo el hábil liderazgo militar del príncipe Dimitri Donskói y con una alianza cada vez más estrecha entre Iglesia y Estado, los logros de Moscovia parecen

 

 

 

 

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eclipsar los del periodo anterior a 1350. Entre los principados cristianos, sus razias esclavistas solo fueron superadas por las de Nóvgorod, claramente, una competición tras la epidemia por la escasa mano de obra. «Los ingresos obtenidos del comercio de esclavos o la posibilidad de reponer la mano de obra agotada eran incentivo suficiente para las constantes incursiones y guerras en el seno de la Rus». Por ejemplo, en 1370, Moscovia arrasó las tierras de Tver, su rival, «y tomó un alto número de cautivos».[50] Desde el principio, no solo tuvieron las personas como objetivo, sino también las tierras y las pieles. Ampliaron sus posesiones en Perm y otras tierras de caza. «Entre 1359 y 1379 los territorios de Mari y Mordovia cayeron en manos moscovitas. Algunas tierras fueron tomadas por la fuerza y otras, simplemente, fueron compradas».[51] Esto sugiere que Moscú también era la segunda ciudad después de Nóvgorod en disponibilidad de dinero líquido e igualmente experimentó un auge de la construcción (1363-1412). Así, por ejemplo, sustituyó los muros de madera del Kremlin por otros de piedra entre 1367 y 1368, «a una escala desconocida en el resto del norte de la Rus».[52] Eso ayudó a la ciudad a sobrevivir a tres invasiones lituanas, de 1368 a 1372. Los ataques tártaros de la década de 1370 se dejaron sentir sobre todo en otros principados. En 1380, Donskói lideró una alianza rusa contra la Horda de Oro y la derrotó en la cruenta batalla de Kulikovo. «En 1380, la victoria de Moscú no era ni mucho menos completa, pero sus gobernantes habían reunido algunos de los recursos necesarios para la creación de un poderoso reino».[53]

 

La siguiente fase, hasta 1450, fue más desigual. Los tártaros contraatacaron en 1382 y saquearon Moscú a pesar de sus murallas, por lo que el principado siguió pagándoles tributo de forma esporádica. En 1392 sometió a un importante rival, Nizhni Nóvgorod, y consolidó su control en 1415. Destruyó por el fuego la ciudad de Galich en 1434, «cuando se tomaron muchos cautivos»,[54] y más tarde la conquistó en 1450. Las razias tártaras volvieron a asolar la zona de influencia moscovita en 1408, aunque no lograron tomar la capital. Moscovia, a su vez, saqueó la urbe musulmana de Bulgar en 1432. A continuación, sufrió guerras civiles en las décadas de 1430 y 1440, así como duras derrotas a manos de los tártaros en el periodo 1439-1445.[55] Sin embargo, en la década de 1450, en un cambio inesperado, la balanza del poder militar se inclinó a su favor:

 

 

 

 

 

 

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los tártaros volvieron a invadir la ciudad en 1451, pero no pudieron tomarla y se vieron «obligados a abandonar a sus cautivos». En 1455 y 1459, Moscovia les infligió nuevas derrotas.[56] La fase álgida de la expansión moscovita comenzó en 1462, con la ascensión de Iván III el Grande. Los antiguos rivales de Nóvgorod, Tver y Riazán cayeron bajo su control entre 1478 y 1521. Se ampliaron las redes peleteras en el norte y noroeste de Siberia y Moscovia se hizo con una vasta extensión del este de Lituania que incluía Smolensk. Durante la década de 1550 conquistó los poderosos kanatos de Kazán y Astracán. Como resultado de todo ello, el territorio de Moscovia como mínimo se triplicó entre 1462 y 1556.[57]

 

Varios factores explican tal éxito en la expansión, algunos de ellos propios, otros adaptados de diferentes Estados y la mayoría influidos por la peste: diversas estrategias de recursos humanos, la colonización monástica, la transición amanuense, la apropiación de otros imperios, el control sobre territorios emisores tanto de tripulantes como de colonos y, por último, el compromiso con las armas y el comercio a larga distancia, los dos últimos antes de lo que generalmente se piensa. El Gobierno del principado de Moscovia ha sido tradicionalmente juzgado solo por determinadas fases atípicas del reinado de Iván IV —que, sin embargo, solo fue Terrible de manera esporádica— como irracional y tiránico. No obstante, esos historiadores ahora describen esa gobernanza como bastante flexible, colectiva y deseosa de un consenso interno, si bien implacablemente expansionista.[58] Tanto los cronistas de la época como los historiadores del presente han señalado que Moscovia era especialmente buena en lo que yo llamo gestión del capital humano. Los príncipes moscovitas «superaban con claridad a sus rivales a la hora de conseguir campesinos para que se establecieran en sus tierras, con actuaciones que iban desde diversos incentivos para liberar granjas hasta la compra de prisioneros a los mongoles».[59] Después los campesinos eran trasladados a regiones más fértiles o para repoblar las fronteras. Un observador polaco señaló en 1517 que, en Moscovia, «la gente es arrojada

 

     de provincia en provincia para la colonización».[60] «La migración forzosa era una estrategia bien establecida entre los príncipes moscovitas». [61] También eran «expertos en conseguir que los príncipes y la nobleza lituana y sus sirvientes pasaran al servicio [moscovita] e “igualmente expertos, si no más”, en reclutar tártaros. Esta última fuente de tropas se

 

 

 

 

 

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hizo más abundante en la década de 1370: involucró a 60 nobles tártaros y sus séquitos y se dice que, en 1500, había añadido un 20 por ciento a los efectivos del ejército. Por añadidura, Moscovia creó su propio kanato vasallo, Kasimov, en 1447.[62]

Podría pensarse que la intensificación de la servidumbre fue una de las medidas de Moscovia para reforzar la mano de obra, pero esto no ocurrió hasta bien entrado el siglo XVI. Como vimos en el caso de Polonia (Capítulo 12), el empeoramiento de las condiciones de los siervos no estuvo relacionado con el inicio de la época de la peste, sino con la recuperación demográfica una vez pasada esta. Las leyes moscovitas promulgadas en 1455 y 1497 son engañosas: la primera acotaba la migración de los campesinos a un tiempo de dos semanas tras la cosecha —para asegurarse de que saldaban las deudas— y solo se aplicaba a unos pocos monasterios. La segunda amplió esa moderada restricción a todos los campesinos. Las prohibiciones totales de movimiento, que datan de las décadas de 1550 y siguientes, no se consolidaron hasta 1649. Incluso entonces, el Gobierno desplegó un doble juego, al permitir tácitamente la migración campesina a las fronteras.[63] Lo que sí hizo Moscovia fue crear una categoría de semiesclavos, conocidos como jolop, distintos de los siervos cautivos o por deudas. Esta «servidumbre por contrato de servicios limitados parece haber sido una innovación moscovita».[64] Los jolop trabajaban en régimen de semiesclavitud durante un tiempo a cambio de una vida decente y se escapaban si no les resultaba lo suficientemente buena. Representaban, como máximo, el 10 por ciento de la población moscovita y no se les utilizaba para trabajar la tierra, sino como artesanos,

 

funcionarios o soldados —incluso abogados informales— en las casas de los boyardos y los príncipes. Su relevancia parece remontarse a la década de 1350. También había auténticos esclavos, algunos de ellos rusos. Al igual que otros monoteísmos, la Iglesia ortodoxa desaprobaba la esclavitud de correligionarios, pero la escasez de mano de obra a causa de la peste se impuso a las demás consideraciones hasta el siglo XVI.[65]

 

Otra importante innovación en esa gestión del capital humano se produjo a partir de 1478, cuando Moscovia confiscó las tierras de los terratenientes de Nóvgorod y los obligó a emigrar a otras partes de sus dominios. Los reemplazó entonces por una nueva clase de siervos

 

militares, titulares de feudos —pomest’e— en virtud de contratos escritos con condiciones estrictas y que debían el servicio de caballería

 

 

 

 

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directamente al gran príncipe sin los intermediarios feudales tradicionales. En algunos otros Estados vasallos, las élites locales se mantuvieron en su lugar, pero el sistema de pomest’e se extendió siempre que resultó posible, se adaptó a las circunstancias y se vigiló cuidadosamente para garantizar el cumplimiento de las condiciones del servicio militar. Al menos un historiador ha señalado con acierto la similitud con los timariotes otomanos.[66] Moscovia tenía buenas conexiones y relaciones amistosas con la Sublime Puerta en los tiempos de su entrada en vigor y hemos visto que los otomanos dominaban las mejores prácticas militares y de dotación de hombres en la Eurasia occidental de los siglos XV y XVI. En concreto, durante la década de 1540, Moscú creó también un cuerpo de infantería

 

permanente armado con mosquetes —streltsí— que emulaba a los jenízaros. Otros dos progresos paralelos a los vistos en los otomanos pueden haber surgido de respuestas similares a la influencia de la peste, más que de una imitación directa: el aumento de escribanos y la colonización monástica.

Es fácil minusvalorar la importancia de la alfabetización en esa tendencia expansionista. Lo cierto es que permite que los gobiernos, las clases dominantes y las redes comerciales ejerzan al menos cierto control permanente, así como que los colonos y los administradores coloniales informen, soliciten apoyo y registren pagos y suministros. Para todos esos fines no era necesaria una alfabetización masiva, pero sí una minoría letrada relativamente numerosa que fuera más allá de la cúspide en el poder. En ese aspecto, Nóvgorod fue también pionera entre los principados rusos, puesto que ya en el siglo XI escribía las cartas en corteza de abedul. Hay un especialista para quien no está claro que la alfabetización fuera generalizada incluso en Nóvgorod, pero las pruebas están en su contra: la gran cantidad de cartas halladas que fueron escritas en las cortezas —que ya se cuentan por miles—, así como la existencia de grafitis y de tablillas didácticas.[67] A lo largo del siglo XVI, «la alfabetización funcional de la élite moscovita no le va muy a la zaga a la que vemos en la nobleza francesa de la época o en las élites aristocráticas y urbanas de la Inglaterra de los Tudor».[68] De hecho, se cree que una minoría numerosa de los plebeyos moscovitas ya sabía leer y escribir en esa época, tal vez entre el 10 y el 15 por ciento. Tenemos indicios de una proliferación de escribanos profesionales en el siglo anterior.[69] El Estado moscovita desarrolló una

 

 

 

 

 

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incipiente burocracia, evidentemente necesaria para mantener desde 1480 la eficacia de sus tropas pomest’e —al estilo de los timariotes—. El papel de los escribanos en la expansión se extendió mucho más allá de las cancillerías de Moscú, hasta los equipos de los gobernadores de provincias distantes y los jefes militares de fuertes fronterizos, al sofisticado sistema

 

postal —herencia mongola— e incluso a varias categorías de equipos humanos. En 1678, un sorprendente 11,2 por ciento de la guarnición de un enclave en Siberia sabía leer y escribir y algunos soldados «incluso se pluriempleaban como escribanos públicos».[70] Al igual que en Europa occidental y el Sur Musulmán, es probable que la peste fuera un factor que ayudó, por cuanto hizo aumentar la renta disponible por familia que podía gastarse en educación y condujo a una proliferación de monasterios, que eran los encargados de la educación.

 

Desde 1363, los monasterios comenzaron a surgir alrededor de Moscú.

 

     Al igual que los habices en el Sur Musulmán, se beneficiaron de las dotaciones económicas inducidas por la peste y se utilizaron para repoblar las mejores tierras desiertas a causa de la peste. En este caso, los historiadores sí establecen la relación con la epidemia. Los monjes y campesinos gozaban de inmunidad fiscal, que «por lo general, oscilaba entre cinco y diez años […] Estaba destinada a reponer la población campesina en los campos abandonados y, por ende, a restaurar la agricultura junto con los ingresos fiscales». En el caso del monasterio de Símonov, «la peste fue un catalizador importante para sus adquisiciones», no solo en las primeras olas, sino también después de los brotes del siglo XV.[72] El monasterio de San Cirilo —o de Kirillo-Belozerski—,

 

fundado en 1397, también «empezó a comprar tierras baldías (pustoshi) especialmente después de los años de peste de la década de 1420». «La colonización monástica es el patrón de asentamiento definitorio del territorio norte de Moscovia».[73] «Los mercados tendían a surgir a las puertas de los monasterios», que también desempeñaban funciones similares a las de los bancos, pues proporcionaban préstamos e hipotecas.

 

     Como en el resto de Eurasia occidental, se invirtió más capital en la agricultura y la reducida mano de obra se reasignó a los lugares y actividades más productivos. Los monasterios también ayudaron a mejorar el control gubernamental, al ocuparse de recaudar impuestos y de registrar las transferencias de propiedad, por ejemplo. Las fundaciones monásticas

 

 

 

 

 

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posteriores a la peste estaban menos vinculadas a los boyardos locales que las antiguas y más a la Iglesia y el Estado centralizadores, que, al tiempo, se aliaban de una forma más estrecha.[75] Esos establecimientos religiosos aparecieron pronto y en número considerable en las regiones recién conquistadas, en Kazán y Siberia occidental, así como en el norte, «extendiendo la influencia moscovita, las prácticas de gobierno y las tradiciones religiosas más allá en el territorio».[76]

 

Hacia 1500, el principado de Moscovia era una de las potencias más expansionistas de Eurasia occidental y, además, sorprendentemente rica. Las cifras expresadas en rublos a menudo parecen engañosamente bajas. Unidad de cuenta, el rublo representaba una suma considerable: con dos podías comprar un buen caballo y cinco eran un salario anual. Se componía de 200 dengás, unas pequeñas monedas de plata.[77] Los ingresos anuales de Moscovia en 1486 se estimaban en más de un millón de ducados —esto es, 3,5 toneladas de oro, quizá 450 000 rublos—.[78] La cifra es elevada, aunque plausible una vez que el principado se hizo con los ingresos de Nóvgorod a partir de 1478. Después, Moscovia se enemistó con Lubeca y la Hansa en la década de 1490, irritada ante desaires como la quema de un ruso por la ciudad hanseática de Reval

 

—acusado de mantener relaciones sexuales con un caballo (una yegua)— y el escaldamiento de otro por el delito aún más grave de acuñación ilegal de moneda, ejecuciones ambas consumadas en 1494.[79] No obstante, por tierra existían vías de salida alternativas, hacia ciudades como Leipzig y Breslavia y con ayuda de los holandeses, de manera que el comercio de pieles hacia el oeste continuó con fuerza y otro tanto los intercambios hacia el sur. La propia Moscú creció hasta alcanzar los 100 000 habitantes en 1500, cuatro veces el tamaño de Nóvgorod.

 

En los primeros tiempos de la epidemia surgió un sistema mercantil bastante sofisticado que involucraba a tres gremios o corporaciones de grandes comerciantes registrados por el Estado —gosti—, así como numerosos mercaderes privados. Los gosti-surozhane recibían su nombre por Sudak, un puerto exterior de la Caffa genovesa en Crimea, lo que indica la importancia del comercio meridional. Aparecieron por primera

vez en Moscú y Tver antes —puede que mucho antes— de 1450. También aparecieron gosti-sukoniki, que «comerciaban, principalmente, con Smolensk, Lituania y Nóvgorod».[80] La agrupación gremial con varios

 

 

 

 

 

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centenares de comerciantes puede haber sido una evolución posterior. «Entre sus tareas de expandir la base fiscal, construir infraestructuras y anular la oposición, el Estado ruso tenía mucho interés en promover los intercambios comerciales. El comercio desempeñó un papel importante en la construcción del imperio. Como método y como incentivo».[81] En tiempos de paz, los mercaderes tártaros cabalgaban a Moscú para vender monturas de la estepa en grandes cantidades, animales que iban destinados a la caballería moscovita. En 1474, 4000 de esos tratantes pastorearon 40 000 cabezas hasta la ciudad.[82] Los comerciantes armenios, alemanes, polacos y griegos otomanos también eran visitantes frecuentes, estos para comprar pieles y esclavos. En 1485, Moscovia se hizo cargo de la red comercial de Tver, una estructura de largo alcance que utilizaba rutas anfibias por los ríos Don y Volga y los mares Negro y Caspio. Un mercader de Tver había llegado a la India siguiendo estas rutas en la década de 1460 y pronto hubo cientos de colegas moscovitas implicados, que viajaban en grupos de entre 45 y 120 personas.[83] Alrededor de 220 de esos individuos aparecen identificados en documentos relacionados con desastres como muertes, incursiones y accidentes solo entre 1488 y 1502

 

—presumiblemente, apenas una parte, aunque tal vez grande, de los viajes que salieron bien—.[84] Pero, a pesar de todo esto, Moscovia continuó perdiendo mano de obra por las incursiones tártaras y teniendo que pagar tributos esporádicos a sus kanes. Seguía siendo, a la vez, víctima y verdugo del expansionismo.

 

 

 

HIBRIDACIÓN E IMPERIO EN LAS ESTEPAS

 

En las tres centurias posteriores a 1450, Rusia desarrolló un imperio híbrido en dos frentes: las estepas meridionales y las de Siberia. Aunque la primera de estas regiones se encuentra mayoritariamente dentro de Europa, no puede separarse fácilmente del imperio siberiano, de hecho, las dos expansiones se fusionaron y utilizaron técnicas similares. Una parte de esa expansión involucraba a tripulantes y colonos rusos —en elevados números después de 1580—, mientras que la otra era una colaboración

 

 

 

 

 

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compleja, y a veces conflictiva, con las políticas musulmanas. En las estepas, Moscovia adquirió una ventaja militar sobre los tártaros en la década de 1450, antes de lo que, por lo general, se cree, si bien durante los dos siglos anteriores había sido al revés. Esto permitió a Moscovia reducir el efecto neto de las incursiones tártaras en su propio territorio y avanzar hacia el sur, hacia las estepas, algunas de ellas fértiles regiones de tierra negra. Entre 1451 y 1521 se produjeron relativamente pocos avances en los territorios centrales del régimen moscovita antes de su expansión.[85] Después, tras ese cambio había tres desarrollos híbridos: la conversión de Moscovia en una potencia parcialmente tártara, la adopción de un ejército híbrido que involucraba armas de fuego y caballería y, en tercer lugar, la aparición de una cultura híbrida de tripulación o grupo: los cosacos.

 

En el epígrafe anterior hablábamos del reclutamiento de nobles tártaros por parte de los moscovitas y sus seguidores, que había comenzado ya en 1370. Hasta la década de 1450, los tártaros solían venir a Moscovia y no al revés: huían de los conflictos endémicos en las estepas, buscaban refugio en el principado y recibían tierras desiertas o poco pobladas, todavía abundantes, a cambio de prestación militar. Desde la década de 1450, sin embargo, Moscovia empezó a entrar en conflicto, o bien a colaborar, con las grandes potencias tártaras en condiciones de igualdad, cuando no incluso de prevalencia, lo que constituyó el plan A en su conquista de las estepas meridionales. En esas zonas las principales potencias eran los kanatos de Kazán, Astracán y Crimea, así como las hordas Grande y Nogái. Moscovia con frecuencia se aliaba con uno o incluso varios de ellos. Por ejemplo, apoyó a los nogayos y a los tártaros de Crimea contra la Gran Horda, que fue destruida o tomada por estos últimos en 1502. El poder de los nogayos disminuyó a partir de 1557, cuando la horda se dividió en dos, una que, generalmente, quedó como aliada menor del kanato de Crimea y la otra de Moscovia. Kazán era un Estado rico, que gobernaba zonas de agricultura sedentaria, y estaba situado en el corazón de una red de compra de pieles amplia hasta Siberia.[86] Infligió duras derrotas a Moscovia entre 1439 y 1445 y, de nuevo, en la década de 1470.

 

     Sin embargo, entre 1482 y 1535, fue Moscovia la que invadió Kazán en varias ocasiones e instaló gobernantes títeres.[88] La resistencia de Kazán se endureció y los moscovitas la conquistaron en 1552, tras dos intentos fallidos a finales de la década de 1540. En 1556 anexionaron Astracán a su imperio.

 

 

 

 

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A diferencia de potencias europeas occidentales como Portugal o España, Rusia demostró un sorprendente talento para gobernar sobre vasallos musulmanes cuando lo necesitó. Los líderes tártaros fueron incorporados a la nobleza, se permitió que siguiera existiendo cierto grado de administración tártara y se toleró la diversidad religiosa. En Kazán, por ejemplo, aún existían 536 mezquitas en 1744, cuando se produjo un repentino giro hacia la intransigencia.[89] Hasta ese momento, el Imperio ruso en las estepas —y, como pronto veremos, en el sur de Siberia— era una empresa conjunta con vasallos musulmanes, aliados e incluso enemigos. El plan B del expansionismo ruso en las estepas meridionales, surgido en torno a 1580, consistió en el asentamiento de campesinos rusos. Entre ese año y 1600, los rusos construyeron una cadena de ciudades fortificadas hacia el sur hasta Bélgorod en 1598. Desde ahí, el proceso se ralentizó, hasta que, en 1653, consiguieron tener una línea fortificada a lo largo de las fronteras con Bélgorod como base. En ese momento solo había medio millón de colonos en las tierras negras, pero desde entonces, y hasta 1710, el número se cuadruplicó, hasta llegar a superar los 2 millones.

 

El primer uso importante de cañones por parte de los rusos suele fecharse en el siglo XVI, una demora atribuida primero al atraso ruso y después a la suposición de que las armas de fuego resultaban de poca utilidad contra ejércitos de caballería ligera. Sin embargo, como hemos visto, sí que tenían cierta utilidad, sobre todo en el ataque y defensa de fortificaciones e incluso, tras algún tipo de barricada, en batallas campales. Moscú utilizó cañones en 1382 para defender la ciudad de los tártaros y después, en 1399, en una batalla campal contra los lituanos —muy poco después del primer uso de este tipo en Europa occidental—, aunque sin demasiado efecto.[90] Las armas de fuego, tanto cañones como arcabuces, parecen haber sido importantes para repeler otro golpe tártaro, este en 1451.[91] La última tecnología en fundición de bronce fue importada a Moscú por medio de un experto italiano en 1478.[92] En los ataques moscovitas a Nóvgorod (1478), Kazán (1482) y Tver (1485) fueron utilizados cañones transportados en barcos.[93] A partir de la década de 1450, los tártaros fueron menos capaces de tomar fortalezas y urbes moscovitas, en cambio, los contingentes moscovitas ganaron una proporción cada vez mayor de batallas campales —tres en la década de 1450, ya mencionadas anteriormente, y tres más en la de 1480—. Para

 

 

 

 

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algunos expertos, las armas de pólvora no fueron decisivas hasta la conquista de Kazán (1552), sin embargo, los moscovitas utilizaron una enorme mina hecha con pólvora para romper las principales defensas de la ciudad.[94] También trajeron 150 cañones pesados y medios, «además de un número desconocido de cañones ligeros».[95] No es fácil pensar en otra explicación que justifique el cambio de tendencia —a mejor— en el ratio de éxitos militares moscovitas contra los tártaros desde la década de 1450, ni para la restauración de la paridad después de la de 1550 —cuando algunos tártaros se habían hecho también con un número notable de cañones— por parte de los otomanos.

 

Esos mismos otomanos conquistaron en 1475 la ciudad genovesa de Caffa y pronto se apoderaron del resto de la costa correspondiente a la península de Crimea. A continuación, instalaron a la dinastía tártara Giray como gobernantes del vasto kanato de Crimea. Como ya vimos en el Capítulo 11, se desarrolló desde ese momento una relación simbiótica entre las dos potencias: los otomanos suministraron armas, dinero y un contingente de jenízaros, mientras que los tártaros aportaban esclavos, principalmente polacos, lituanos, circasianos y rusos. A pesar de ello, las relaciones con Moscovia fueron bastante buenas hasta 1520, aproximadamente. En 1502, los tártaros de Crimea «marcharon con una gran fuerza armada con cañones y armas largas [arcabuces]» y acabaron con la Gran Horda. En 1521 se aliaron con Polonia-Lituania, el rival eslavo superviviente de Moscovia, y avanzaron hasta las murallas de Moscú, pero fueron derrotados en Astracán en 1523. Suministraron a ese kanato independiente «cañones y mosquetes».[96] Fueron los tártaros de Crimea quienes dijeron que, aunque tenían mucha caballería, «contra los arcabuces también se necesita un “ejército de arcabuces”».[97] Su alianza con los otomanos se intensificó y las incursiones esporádicas de esclavos en Moscovia continuaron, impulsadas por la demanda de Estambul. En 1569, los otomanos intervinieron en las estepas directamente, un momento potencialmente nefasto para Moscovia, distraída como estaba por la guerra contra Polonia y Suecia en pos de Livonia y el acceso al Báltico, así como por una serie de heridas internas autoinfligidas, empezando por un desafortunado experimento de reforma, la opríchnina (1565-1572) y terminando con las contiendas civiles conocidas como «Periodo Tumultuoso» (1598-1613).[*] El aliado que le quedaba a Moscú en las estepas, los nogayos, solicitaron en repetidas ocasiones mosquetes,

 

 

 

 

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mosqueteros y cañones «que pudieran utilizar los pueblos nómadas», aunque parece que no recibieron demasiados.[98] En su lugar, los rusos recurrieron a un nuevo actor en las estepas —el plan C—: los cosacos.

 

El término cosaco deriva del turco qazak, que significa «forajido» o «vagabundo».[99] También lo utilizaban los kazajos, otro grupo originado a partir de la Horda de Oro, y es bastante obvia una cierta hibridación con los tártaros. Tanto cosacos como tártaros llevaban una vida en gran parte

 

—aunque no completamente— nómada en las estepas meridionales, dedicados a la caza, el pastoreo, las incursiones y la pesca, esta última un componente infravalorado de la dieta esteparia. Hasta cierto punto, podrían verse como una emulación de una innovación tártara otomana/crimea de alrededor de 1500: ejércitos híbridos de caballería nómada más armas de fuego. Sin embargo, también hay sólidos indicios de que los cosacos eran una cultura de tripulantes europea con sorprendentes similitudes con respecto a los mercenarios alemanes y suizos o a los marineros holandeses e ingleses. Las dos primeras huestes

—subdivisiones administrativas— fueron los cosacos del Don, aliados de Moscovia; y los cosacos de Zaporiyia, al principio aliados de Polonia-Lituania. Recientes investigaciones genéticas confirman la opinión de que «étnicamente, los eslavos constituían, con diferencia, el grupo más numeroso».[100] Los cosacos del Don estaban más estrechamente emparentados con los principados del sur de la Rus, como Riazán, que con los centrales, como Moscovia. Ningún grupo tártaro contribuyó demasiado, con la única excepción de los Nogái, el aliado tártaro más cercano de Moscú. Tal vez el verdadero lugar de origen fuera Riazán: los cosacos de este principado al servicio moscovita se mencionan por primera vez en 1444 y más tarde «las crónicas hablan de migraciones masivas desde Riazán al alto Don».[101] Riazán «sufrió repetidamente las incursiones depredadoras de los tártaros. No es extraño que a veces los cronistas moscovitas retrataran a los riazanos como gente salvaje y violenta, todo menos tártaros en su comportamiento».[102]

 

Los cosacos compartían la habilidad de los tártaros para la violencia en unidades de caballería ligera, aunque también contaban con buena infantería y eran expertos navegantes, tanto fluviales como marítimos. Tenían gusto por el cereal. Las pruebas de la existencia de cosacos al sur de Riazán se remontan a principios del siglo XVI, cuando la población

 

 

 

 

 

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rusa empezó a crecer de nuevo y el endurecimiento de la servidumbre, primero en Polonia-Lituania y luego en Rusia, supuso un incentivo adicional para la huida. A diferencia de los tártaros o los rusos sedentarios, la herencia no era importante en la selección de los líderes. Los cosacos practicaban un «culto a la no deferencia»:[103] los líderes, llamados atamanes, se elegían al principio para cada campaña concreta. En 1638, el Gobierno ruso invitó a los cosacos del Don a enviar una delegación con la «mejor clase de gente», a lo que ellos respondieron: «en el Don no tenemos gente de la buena».[104] Sin embargo, en sus cuentos populares afirmaban: «No somos ladrones ni bandidos, todos somos jóvenes buenos y audaces».[105] Al igual que los grupos o equipos formados en Europa occidental, sus reuniones se celebraban en círculos —krug o kolo— para evitar que se significara cualquier cabecilla, las huestes estaban formadas por cuadrillas reducidas, hermandades juramentadas de no parientes, e incorporaban de manera muy eficaz a los recién llegados.[106] Al igual que las regiones de Europa occidental emisoras de población, sus tierras natales dependían de las importaciones de grano. Eran rápidos con las armas y montaban hasta cuatro cañones en cada uno de sus barcos.[107] Los zaporogos del este de Ucrania se pasaron en masa de Varsovia a Moscú a finales del siglo XVII y los otomanos y los chinos también emplearon unidades cosacas. No obstante, a pesar de todo el transnacionalismo, fue Moscú quien al final se ganó la lealtad de la gran mayoría de los cosacos, al ser capaz de respaldar la alianza con envíos regulares de grano y pólvora.[108]

 

Los cosacos, apoyados por Moscú, levantaron un fuerte en Térek en la década de 1560, una amenaza para el control otomano-crimeo del norte del Cáucaso y el litoral del mar Negro. Estos últimos respondieron con la invasion de Astracán en 1569 y planearon la construcción de un canal que uniera los ríos Don y Volga. Ambos intentos fueron demasiado incluso para la logística otomana, pero la amenaza de una guerra a gran escala con ellos indujo a los rusos a devolver Térek.[109] Además, los otomanos tenían sus propias distracciones en forma de conflicto con Irán y los rusos utilizaron su dominio sobre el puerto caspiano de Astracán para suministrar mosquetes y cañones a los safávidas (como se mencionó en el capítulo anterior) y para intensificar su comercio de la seda.[110] Por su parte, los cosacos respondieron a las incursiones en Moscovia con raids

 

 

 

 

 

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contra los tártaros a partir de 1538. Incluso, después de 1570, también atacaron posesiones de la Sublime Puerta, puesto que asaltaron la importante fortaleza otomana de Azov, cerca de la desembocadura del Don, en 1574 y 1593. Desde 1600, docenas de cañoneras cosacas con tripulaciones de unos 50 hombres remaban por el Don hasta el mar Negro, izaban mástiles y saqueaban las costas. En 1620 y 1623 atacaron hasta las puertas de Estambul y, en 1625, saquearon Trebisonda y Sinope. Ese año fueron derrotados en una feroz batalla naval por la flota otomana del mar Negro.[111] Sin embargo, consiguieron recuperarse y tomar Azov en 1637 —sin la ayuda de los efectivos rusos—, cuya fortaleza ofrecieron al zar. [112]

 

Entre el fracaso de la invasión otomana de Astracán (1570) y la caída de Azov (1639), la Rusia en expansión hubo de enfrentarse a una situación complicada, aunque tentadora, en las estepas meridionales. El respaldo otomano había convertido a los tártaros de Crimea en un poderoso enemigo, que siguió con sus incursiones en las cercanías del principado hasta 1633. Sin embargo, las iniciativas cosacas pusieron sobre la mesa la perspectiva no poco atractiva de disputar el mar Negro a los otomanos. Moscú, al abandonar Térek en 1570 y Azov en 1642, se decantó por no hacerlo, es probable que con buen criterio. Los otomanos, que venían de derrotar con contundencia a Polonia y Lituania en una guerra (1621-1623), eran un enemigo demasiado fuerte. Más tarde Rusia sí consiguió imponerse a la Sublime Puerta en otro conflicto, este entre 1676 y 1681,

 

     e incluso se hizo con Azov en 1696, pero los otomanos revirtieron todos esos logros en otra contienda en 1711-1713.[***] [113] Azov fue devuelto y los rusos hubieron de destruir su propia flota del mar Negro como parte del acuerdo de paz. Rusia no desarrolló una clara ventaja militar sobre Estambul hasta la década de 1770 y, poco después, consiguió finalmente conquistar a los tártaros de Crimea. Estos habían aceptado, en el curso de los dos siglos anteriores, una situación cuando menos curiosa en las estepas meridionales: la coexistencia de dos imperios en un mismo espacio. Por un lado, el ruso, que acumulaba tierras de manera gradual, y, por otro, el crimeo-otomano, que seguía sumando población. A principios de este periodo, los rusos se dieron cuenta de que la expansión en la Siberia asiática podría ser más fácil: ahí es donde entraba en acción la gran distracción otomana.

 

 

 

 

 

 

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COMERCIO, COLONIZACIÓN Y

 

CAZA EN SIBERIA ENTRE 1390

 

Y 1800

 

 

Con una extensión de 8 millones de kilómetros cuadrados, Siberia representa alrededor del 40 por ciento de la superficie de Asia. Sin embargo, en el siglo XVII estaba muy poco poblada. En 1662, cuando los fuertes rusos ya se extendían hasta el Pacífico, en sus tierras podían vivir unos 100 000 rusos y otras 250 000 personas de distintas nacionalidades. En ese contexto, la distinción entre imperios coloniales terrestres o de ultramar carecía de sentido. «Los emplazamientos de la autoridad rusa eran islas diminutas en una inmensidad lejana, apenas con delgados tentáculos que se extendían desde esas islas».[114] Los Urales en sí no eran difíciles de cruzar por el sur; el problema de la distancia empezaba a partir de entonces.[115] Los viajes en barco y trineo, por río y porteo, eran la tónica general. Tres grandes sistemas fluviales, el Obi, el Mali Yeniséi y el Lena, eran, respectivamente, las principales vías de comunicación de Siberia occidental, central occidental y oriental. En cada uno de ellos crecía una base rusa en sus tramos meridionales: Tobolsk, Yeniseisk y Yakutsk. Una travesía en barco de Moscú a Yakutsk duraba un año, mientras que «el viaje de ida y vuelta requería entre tres y cuatro años».

 

     Todavía en 1711, entre el 10 y el 20 por ciento de los viajeros perecían durante el trayecto y el escorbuto era un problema común debido a la falta de verduras.[117] Bandas horizontales de terreno diferente se superponían a este patrón: tundra en el norte, bosque de taiga generador de pieles en el centro y estepas en el sur, donde se podían utilizar tanto caballos como camellos. La colonización rusa, que con el tiempo dio lugar a la única sociedad neoeuropea de Asia —con 30 millones de habitantes en la actualidad—, también adoptó tres formas: en primer lugar, la caza de pieles; segundo, un esfuerzo por aumentar el acceso a los mercados chinos; y, por último, el asentamiento agrícola que proporcionara una base a las dos actividades anteriores.

 

Tras la peste, los primeros expansionistas de Siberia fueron musulmanes, no rusos. Esa expansión comenzó alrededor de 1390, es posible que impulsada por el aumento de la demanda generada por la

 

 

 

 

 

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epidemia, al igual que la diáspora árabe y persa hacia el océano Índico por la misma época (vid. Capítulo 9). En este caso, la demanda era de pieles, no de especias, y el papel de Ormuz y Adén lo desempeñó Bujará, en Transoxiana. La recuperación de esta ciudad tras el saqueo de los mongoles en 1220 fue posterior a la peste negra; en la década de 1330, cuando Ibn Battuta la visitó, aún estaba en ruinas. En 1390, sin embargo, se había convertido en una base tan importante para las caravanas de camellos que bujarán era ya un nombre genérico para los mercaderes musulmanes de Transoxiana especializados en las largas distancias, como antes lo fuera sogdiano. Bujará también fue la cuna de uno de los movimientos sufíes posplaga más importantes, los Naqshbandiyya

 

—conocidos además como Khwajagan—, que también se consolidaron en la Herāt timúrida.[118]

 

Bujará fue el núcleo cultural del que partieron numerosos intentos por islamizar Siberia occidental. Los primeros predicadores musulmanes en la zona fueron los jeques Naqshbandiyya enviados desde Bujará en la década de 1390. Estos primeros intentos de conversión masiva fueron seguidos durante un siglo por misioneros que acompañaban a los mercaderes de pieles de Bujará.[119]

 

A diferencia de lo que se viera en el océano Índico, aquí el comercio y la conversión iban acompañados de guerras contra la población local y, además, los expansionistas musulmanes protagonizaron conflictos entre ellos. Sin embargo, surgió un importante mercadeo de pieles, vinculado al de Kazán y competidor del de Moscovia en el noroeste de Siberia, junto con varias ciudades, en particular Chimga-Tura (actual Turá), construida a finales del siglo XIV, «un atractivo nodo comercial para los mercaderes».

     Las dinastías y los Estados tártaros rivales acabaron por consolidarse en un único kanato de Siberia, que fue el objetivo de la incursión rusa de 1581-1582. «El kanato de Siberia continuó expandiéndose territorialmente desde mediados del siglo XV hasta finales del XVI».[121] Se insertó en un

 

antiguo sistema de obtención de pieles organizado en tres niveles que se extendía hasta Manchuria y había abastecido durante mucho tiempo a China e India. Según ese sistema triple, en la cima había poderosos Estados nómadas como Siberia o los mongoles budistas de Zungaria. En el medio, grupos más pequeños de guerreros nómadas, como los kirguises,

 

 

 

 

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los tártaros baraba y los mongoles buriatos. Sus vasallos, los pueblos de lengua ugria que se dedicaban a la captura de pieles, ocupaban el escalón inferior. El tributo o yasak habitual era de cinco sables por hombre. Durante la década de 1550, un nuevo kan llegó al poder en Bujará «con la intención de ganar mayor influencia en Siberia occidental y dispuesto a promover el comercio bujaraní».[122] En 1563 apoyó a un pariente, Kuchum, en un intento por controlar y expandir el kanato de Siberia que se vio coronado por el éxito. «Kuchum […] tuvo especial éxito contra las tribus ugrias aún no sometidas. Conquistó a los ostiakos al norte del río Demianka, a las tribus Vogul al norte del Tavda y río arriba hacia el este en el Tura. Los tártaros esteparios de Baraba quedaron definitivamente bajo el control de Kuchum».[123] Kuchum también competía por los ingresos de los tributos procedentes de Kazán, que ahora era un vasallo ruso.[124] Fue de este imperio musulmán de Siberia del que se apoderaron los rusos a finales del siglo XVI; destruyeron el kanato pero se quedaron con las

 

ciudades —reconstruidas como Tobolsk y Tiumén—, de sus vasallos y de su comercio, así como de sus actividades simbióticas con los bujaraníes. [125]

 

En lo que podría denominarse el plan D para su expansión, el Estado ruso había contratado en 1558 a un rico clan mercantil, los Stróganov, para ocupar y explotar la región del río Kama, en los Urales. Se les permitió disponer de una milicia privada y, en 1574, se les autorizó a tomar represalias contra las incursiones procedentes de Siberia. Fueron los Stróganov quienes reclutaron a Yermak Timoféyevich para que, al mando de 840 cosacos y pertrechados con cañones, invadieran Siberia entre 1581 y 1582. Yermak obtuvo una importante victoria inicial y se convirtió en un héroe popular ruso, aunque en realidad fue derrotado y asesinado por Kuchum en 1584-1585. A partir de ese momento, el Estado ruso tomó el relevo y, en general, se dice que completó la conquista de Siberia hacia 1600, si bien los hijos de Kuchum siguieron resistiendo hasta 1634.[126] En todo caso, Rusia asumió el papel que anteriormente ejercía el kanato de Siberia como potencia dominante entre los diferentes grupos nómadas, algunos de los cuales, de forma simultánea, pagaban tributos a los zúngaros en forma de pieles. Al igual que Siberia, Rusia dependía de los mercaderes bujaraníes para vender sus pieles a Asia Central, India y China, a cambio de las cuales recibía seda, algodón y, en ocasiones, té. A

 

 

 

 

 

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lo largo de la década de 1630, 59 mercaderes de Bujará vivían en la base rusa de Tobolsk. «Para finales de siglo había unos 3000 en Tiumén y Tobolsk».[127] Moscú insistió en tratarlos bien hasta la década de 1740, más proclive a la intolerancia, cuando se volvieron más prescindibles, un periodo en el que se destruyeron 75 mezquitas en la región de Tobolsk.

 

     Hasta entonces, la expansión fragmentaria de Rusia en el sur de Siberia se entrelazó con la fragmentación musulmana preexistente, en una cooperación más lograda que la vivida entre musulmanes y portugueses en el océano Índico.

 

Tal vez la idea de una temprana empresa conjunta ruso-musulmana en Siberia resuelva un misterio intrigante que parece haber pasado inadvertido, al menos en la erudición en lengua inglesa. Las fuentes rusas aseguran que en el año 1586 la cuota estatal de pieles siberianas ascendía a 200 000 de marta y 500 000 de ardilla, todo ello antes de cualquier conquista rusa significativa en el sudeste de Siberia.[129] Las cifras parecen increíblemente altas, sin embargo, están respaldadas por un gigantesco regalo de pieles en 1595 al emperador del Sacro Imperio Romano Germánico con el fin de ayudarlo en su lucha contra los otomanos. El obsequio, que incluía 40 000 pieles de marta y 337 000 de ardilla, alcanzaba un valor de 400 000 rublos en el mercado de Praga y, como es natural, satisfizo enormemente al emperador.[130] No obstante, la implicación clara de todo ello es que la penetración rusa en Siberia occidental era ya muy notable antes de Yermak, con la cautiva red musulmana de Kazán sumada a la de Nóvgorod. Por tanto, desde 1499, Moscovia tenía en el noroeste de Siberia vasallos estables que pagaban sus tributos en pieles, así como sus propios enclaves peleteros desde 1572 como muy tarde.[131] De hecho, la explotación rusa de ese recurso, ya fuera directa e indirecta, es probable que fuera lo suficientemente importante como para haber causado la extinción de la marta en Siberia occidental ya a principios del siglo XVII. A su vez, eso ayudaría a explicar

 

el asombroso ritmo de la carrera de Rusia hacia el Pacífico desde ese momento.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Los rusos llegaron a Mangazeya y Tomsk, en el centro-oeste de Siberia, en 1604; a Yakutsk en 1632; y al Pacífico en 1639. Algo después, en 1648, fundaron un enclave en la costa del mar de Ojotsk. Para entonces, ya habían consolidado decenas de fuertes y asentamientos fortificados, algunos en la taiga,[132] un ritmo frenético de incursiones que recuerda a las expediciones españolas del siglo XVI que recorrían México en busca de riquezas. Es probable que su objetivo fuera apoderarse de los almacenes con pieles acumuladas por los grupos indígenas, o al menos comprarlos a bajo precio, y hacerse con martas en los lugares donde esos animales eran más accesibles y abundantes. A diferencia de los vasallos musulmanes que pagaban tributos en forma de pieles, los rusos también cazaban ellos mismos, lo cual contribuyó a acelerar la extinción de ejemplares en aquellas zonas. Utilizaban barcas y no dudaban en cargar con ellas por tierra para llegar hasta los mejores lugares. Allí edificaban un blocao,

 

almacenaban pescado y caza para el invierno —cuando la piel de marta estaba en su mejor momento— y, después, colocaban trampas con cebo o usaban perros rastreadores, flechas romas y redes para atrapar a los animales, al estilo de Nóvgorod.[133] Adicionalmente, los rusos intentaron obligar a los recaudadores de tributos de nivel medio a darles una parte de las pieles conseguidas. Si no lo lograban, buscaban evitar a estos intermediarios y dirigirse directamente a los grupos indígenas que cazaban en la taiga. Estudios recientes destacan que los intentos de los rusos por establecer un sistema de tributos a menudo no conseguían un control efectivo, así como que no lograron imponerse sobre algunos grupos. Aunque el hecho es que los rusos detrajeron millones de martas de los grupos indígenas siberianos y turcomongoles, además de capturar ellos mismos otros cuantos millones. Una estimación del total de las martas capturadas por los rusos en la década de 1640 habla de 120 000 al año, de las cuales 70 000 se exportaban.[134] Entre 1621 y 1690, se cree que el total fue de 7,2 millones. Tal vez la cifra sea demasiado alta, pero, en todo caso, sí hubo 3,5 millones «como mínimo», por valor de 5,5 millones de rublos.[135]

 

Ese proceso doble de obtención de pieles por parte de Rusia —basado

 

en la caza y en la extorsión— corrió a cargo, principalmente, de dos grupos organizados: en primer lugar, los cazadores, procedentes en su mayoría de la región de Nóvgorod; y, en segundo, de los cosacos de las estepas meridionales. Ambos operaban en grupos o artels que, aunque en

 

 

 

 

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ocasiones podían ser de tan solo 5 a 8 hombres, con frecuencia eran mucho más numerosos, llevaban armas de fuego y viajaban en barcas artilladas. Entre ellos, los cosacos constituían una categoría cada vez más amplia en Siberia. «Los cazadores privados de pieles (promishleniki) a menudo se unían a los cosacos o viceversa».[136] Otros soldados rusos se llamaban a sí mismos cosacos, «posiblemente por la libertad y el prestigio que denotaba el apelativo».[137] Algunos nómadas siberianos a caballo se reclutaban como «medio cosacos».[138] Sin embargo, «la columna vertebral básica de las huestes cosacas estaba formada por rusos».[139] Ciertamente, esa cultura de grupo floreció en el Asia rusa, tanto entre los cosacos como entre los cazadores de pieles. «Cosacos y promishleniki se amontonaban en la ciudad para desahogarse bebiendo y peleando» en «bacanales ocasionalmente asesinas».[140]

 

Las cuadrillas siberianas manifestaban claramente las tendencias y tradiciones cosacas. Su estructura de mando tendía a ser más igualitaria que en Europa y el proceso de ascensos a menudo implicaba un proceso de elección por parte de las tropas. Se amotinaban con mucha frecuencia, desertaban en gran número y asolaban indiscriminadamente los campamentos tanto de los indígenas pacificados como de los hostiles.[141]

 

El número de integrantes rusos de esas partidas tal vez parezca pequeño, con una media de unos 20 000 en toda Siberia a lo largo del siglo XVII, pero eran enemigos implacables y formidables. Al igual que los integrantes de partidas en otros imperios europeos, siguieron llegando, a un ritmo de unos 4000 al año, hasta 1700. Durante el siglo XVIII, su número se redujo a unos 2000, al ser cada vez más los neorrusos nacidos en Siberia. Justamente, Rusia no tardó en darse cuenta de que necesitaba colonos campesinos —y no solo tripulantes— si quería disponer de una base agrícola para la caza y el comercio. Tanto los hombres nativos como los colonos recién llegados necesitaban o bien matrimonios mixtos con las nativas con hombres rusos —cuya descendencia contaba como blanca y rusa— o bien madres colonas europeas. Se trata de un asunto objeto de controversia en torno a la leyenda blanca rusa. La noción de que la conquista rusa de Siberia fue, de algún modo, no violenta ha quedado más que desacreditada, hasta el punto de subestimarse la capacidad de acción y

 

 

 

 

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la autonomía que mantuvieron algunos pueblos indígenas. Por otro lado, en ocasiones se ha defendido el argumento de que el racismo ruso era menos exacerbado que en el resto de Europa, al menos durante el siglo XVII, y que los matrimonios mixtos resultaban habituales.[142] Las relaciones sexuales interraciales eran comunes, eso está claro. Lo que no lo está es si solían equivaler a matrimonio o si la descendencia contaba como rusa y blanca. Como en otros lugares, las parejas mixtas de larga duración, formales o informales, aparecían en algunos momentos y lugares, pero no en otros, y la situación de los mestizos también variaba. El factor clave puede haber sido más la ausencia de mujeres rusas que el racismo ruso, que algunos consideran poco diferente del de otros lugares de Europa.[143]

 

Las élites moscovitas llevaban siglos contrayendo matrimonio con la nobleza tártara, sin embargo, desde 1450, la Iglesia ortodoxa empezó a desaconsejar tal práctica.[144] En 1622, el patriarca mostraba su enfado por el mestizaje más allá de los Urales. Según él, los hombres rusos «se están mezclando con asquerosas mujeres ostiacas y vogules y practicando con ellas actos inmundos y algunos viven con mujeres tártaras no bautizadas como si fueran sus esposas y procrean hijos con ellas». «Los eslavos más ricos mantenían la “ilusión de mantener pura su sangre”, despreciaban a los janti y su cultura, pero, aun así, mantenían relaciones furtivas con mujeres nativas. Solo los campesinos pobres se casaban oficialmente con nativas».[145] Eran comentarios referidos a los primeros años del siglo XVII y a Siberia occidental, porque más al este había casos en los que la situación podía ser distinta. Uno de ellos era el de Alaska, lo más hacia oriente adonde llegaron los rusos. Allí, a principios del siglo XIX no había mujeres rusas, prácticamente, como tampoco demasiados varones de esa nacionalidad, nunca más de 1000. En este lugar, la colonia dedicada a conseguir pieles cultivó a sus propios colaboradores, a los que llamaban criollos, y los trataba relativamente bien. Se les educaba y se les asignaban «trabajos de nivel medio y a veces de alto nivel dentro del aparato colonial», lo que contrastaba de forma notable con el trato brutal que habían recibido anteriormente los nativos aleutianos.[146] El otro caso de mestizaje a gran escala fue el de los yakutos de habla túrquica que vivían en Siberia oriental, en la cuenca alta del río Lena. Yakutia era una región con ejemplares de marta de gran calidad y, con el fin de preservarla, el

 

 

 

 

 

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Estado ruso prohibió la migración de campesinos y restringió la caza.[147]

 

Aunque se produjeron conflictos con algunos grupos yakutos, la ciudad de

 

Yakutsk parece haber sido una empresa conjunta desde el principio.

 

Fundada en 1632, en 1641 albergaba a 280 hombres rusos y 123 yakutos.

 

     Tanto los estudios genéticos como los de apellidos indican un alto nivel de matrimonios mixtos. Aunque «los yakutos son únicos entre las poblaciones siberianas por tener un elevado número de haplotipos compartidos exclusivamente con europeos».[149] En todo caso, siempre y cuando hubiera mujeres rusas disponibles, eran las parejas preferidas de los varones rusos. En 1786, el «examen minucioso» de una muestra de 406 matrimonios en los asentamientos cosacos de la región de Altái revela que solo el 2-3 por ciento era mixto.[150]

 

De entre las afluencias de emigrantes femeninas a Siberia (1593-1709), la mayor de ellas fue la de cosacas, unas 30 000 en el siglo XVII. La

 

mayoría, probablemente, ya casadas con cosacos de alto rango, que habían obtenido permiso para que la esposa se les uniera en sus destinos lejanos y por lo que recibían una paga extra.[151] De vuelta a las estepas, aquellas mujeres, como las de otras regiones de la emigración, tenían fama de gozar de una relativa libertad e independencia y, caso de mantenerse las tasas de principios del siglo XIX, también de un grado muy alto de relaciones ilegítimas.[152] Sin embargo, al menos en la tradición masculina, «las mujeres cosacas no querían casarse con ningún otro ruso» y mucho menos con los no rusos.[153] En Krasnoyarsk, solo 63 de los 345 cosacos varones estaban casados en el año 1638. Como el asentamiento solo tenía diez años, es probable que las 63 esposas hubieran emigrado desde las estepas europeas.[154] La proporción de cosacos casados aumentó del 18 a cerca del 40 por ciento a lo largo del siglo XVII.[155] Algunas de las novias posteriores habrían sido cosacas nacidas en Siberia y no pocas de raza mestiza. Algunas otras es posible que procedieran de los modestos y esporádicos intentos estatales de enviar mujeres solteras como domesticadoras «que pudieran contrarrestar y apaciguar a la bestia salvaje que era el hombre».[156] Más féminas llegaron en familias de exiliados acompañando a sus maridos y padres convictos. Entre los 35 000 exiliados que viajaron hasta Siberia entre 1649 y 1709 había unas 10 000 mujeres. Por tanto, he aquí la segunda gran afluencia femenina.[157] A estas

 

 

 

 

 

 

 

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personas se les encomendó la tarea de establecer asentamientos agrícolas para proporcionar a la caza y al comercio una base agrícola.

 

La última fuente de madres fundadoras estuvo en el asentamiento secundario de Pomorie, en la costa ártica, que Nóvgorod había colonizado en los primeros tiempos de la peste. Al igual que las estepas cosacas, era una región a la vez de emigración y de asentamiento y apoya la tesis expuesta en el Capítulo 6 según la cual fue el asentamiento secundario el que rompió el principio de «no emigrar a larga distancia» de las mujeres en la temprana Europa moderna temprana. Los pomor eran marinos que

llevaban lotsiyas —«cuadernos de bitácora»— de sus viajes para guiar a sus descendientes. Buscaban bacalao, salmón, ballenas y morsas, así como animales de piel, en una amplia zona de costas e islas árticas.[158] Que llegaran a la isla de Spitzbergen (en el archipiélago de Svalbard) antes que los europeos occidentales es una cuestión polémica. Probablemente, no fuera el caso.[159] Sin embargo, su presencia en Novaya Zemlya en el siglo XVI está bien documentada. En 1600 ya vendían parte de sus capturas a holandeses e ingleses en el puerto de Arcángel y sus alrededores. En 1601, los pomor fundaron Mangazeya, entre los ríos Obi y Mali Yeniséi, que se convirtió en la principal ciudad peletera de Siberia a mediados del siglo XVII antes de decaer a partir de 1672.[160] Entre los mosqueteros de Siberia, «muchos parecen proceder de la región septentrional de la Rusia europea que bordea el océano Ártico»[161] y los pomor fueron fundamentales en «un movimiento masivo de campesinos del norte de Rusia hacia Siberia en busca de una vida mejor»,[162] hasta el punto de constituir, entre 1629 y 1691, el 80 por ciento o más de los emigrantes a la región de Mali Yeniséi. En la ciudad principal de Yeniseisk, el 58 por ciento de los colonos varones estaba casado en 1658 y el 82 por ciento en 1691.[163] Como era de esperar, en los asentamientos a lo largo del Mali Yeniséi, el 90 por ciento de los matrimonios involucraba a mujeres rusas.[164] La influencia de Nóvgorod se ha rastreado en la artesanía femenina de Siberia occidental, como por ejemplo la decoración de ruecas.[165] Un pequeño grupo dejó huella en el registro: 39 mujeres solteras que vinieron de forma voluntaria en 1631 para «casarse con sirvientes [militares] eniséi [yeniséi] y campesinos labradores»,[166] un movimiento audaz para la época, que sugiere un fuerte filamento popular. El número total de rusos de ambos sexos en Siberia era de unos 23 000 en

 

 

 

 

 

 

 

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1622, 100 000 en 1662, 300 000 en 1709 y 900 000 en 1795, fecha en la que ya se había alcanzado la paridad entre ellos.[167]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una vez reforzados por los colonos y los propios compatriotas nacidos en la zona, los efectivos rusos no eran tan reducidos en comparación con lo que los grupos indígenas podían reunir. Los historiadores opinan que en 1580 había unas 250 000 personas en toda Siberia, divididas en 30 etnias y hasta 500 grupos tribales.[168] Las enfermedades, al igual que el racismo, también formaban parte del kit ruso para la expansión. La viruela afectó a los nativos siberianos a partir de la década de 1630 y a ella se sumaron, no tardando mucho, el sarampión, la escarlatina y el tifus, que causaron especial daño en el centro y el este de Siberia, donde nunca antes se habían enfrentado a ellos.[169] Las estimaciones en cuanto a fallecidos entre los nativos siberianos del siglo XVII oscilan entre el 80 por ciento para los más afectados y un 50 por ciento en general.[170] Aunque debemos tener en cuenta las advertencias señaladas en el Capítulo 7. Algunos grupos que, se decía, estaban casi extinguidos en el siglo XVII, aún resistían activamente o cooperaban con los rusos en el XVIII. Una estimación general más moderada de las pérdidas habla del 15 por ciento, pero los más afectados perdieron alrededor del 45 por ciento para 1700, después de lo cual comenzó una lenta recuperación.[171]

 

En Siberia, las relaciones de Rusia con los no europeos oscilaron entre el conflicto y la cooperación, la victoria y la derrota, el respeto y el desprecio. En el extremo inferior estaban los desafortunados itelmén de la península de Kamchatka, en el extremo oriental de Siberia. Se enfrentaron por primera vez a los rusos en la década de 1690 y les opusieron resistencia desde 1709 hasta 1733, cuando los cosacos ya habían «masacrado a gran parte de la población», que ascendía a unos 12 000 habitantes. Posteriormente, al menos dos brotes de viruela acabaron con el 45 por ciento de los supervivientes. Un grupo cercano, los chucotos, vivió una experiencia igualmente violenta con un resultado opuesto. Más dispersos que los itelmén, se enfrentaron mejor a los rusos, e incluso los

 

 

 

 

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derrotaron varias veces entre 1720 y 1740, hasta que el colonizador renunció a intentarlo en 1764.[172] En medio de esa variedad de relaciones estaban los tributarios de nivel medio, como era el caso de los kirguises, un pueblo estepario a caballo que, dividido en varias tribus, cobraba tributo por las pieles de una amplia región del Mali Yeniséi y sus alrededores. Combatieron de forma esporádica a los rusos con cierto éxito entre 1604 y 1706, momento en que se alteró el equilibrio. Algunas tribus pagaron yasak a los rusos durante algún tiempo, pero todas dejaron de hacerlo una vez que se unieron bajo un poderoso líder, Erenak, entre 1667 y 1687.[173] Los kirguises continuaron la tradición de expoliar pieles de los pueblos de los bosques más al norte y compartirlas con tributarios de alto nivel, no solo los rusos, sino también los zúngaros. A veces daban pieles de marta a ambos al mismo tiempo e incluso los apoyaban en las guerras, pero también se las arreglaban para resistir, dividirse y evitar ser gobernados en un extraño mundo de múltiples imperios fragmentados y superpuestos. La afirmación de que «en el curso de su expansión por Siberia, los rusos hallaron una resistencia dispersa y débil», que todavía se hacía en 2018, no parece sostenerse.[174]

 

Los zúngaros, un conjunto de tribus mongolas también conocidas como oirates o calmucos, fueron uno de los tres socios-rivales en la cúspide de las relaciones rusas. Un grupo llamó la atención de los moscovitas cuando derrotaron a los kazajos y uzbekos a mediados del siglo XV. Se aliaron con los rusos en 1655 y lucharon a favor de Pedro el Grande en sus guerras posteriores a 1700.[175] Otro grupo más numeroso fue expulsado de Mongolia por una alianza rival, los jaljas, hacia 1600. Mandados por hábiles kanes, los zúngaros crearon un imperio en Asia Central y se vengaron de los jaljas en el siglo XVII. «Un Estado zúngaro cada vez más seguro de sí mismo dominó la escena política de Asia Central hasta 1755-1757».[176] Uno de sus kanes, Galdan Tseren, iba acompañado de su biblioteca ambulante transportada en cien camellos, desafiando cualquier suposición restante sobre los nómadas primitivos.

 

     Las relaciones de los zúngaros con los rusos alternaron entre la guerra y la cooperación, aunque predominaba esta última, y siempre con un elemento de respeto mutuo. Ambos imperios utilizaban los servicios de los bujaraníes, el segundo de los socios-rivales de Rusia.

 

 

 

 

 

 

 

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El principal lugar de interacción de los tres era Yamish, un lago salado cerca del río Irtish, afluente del Obi. La sal era un recurso fundamental para las ambiciones rusas en Siberia, imprescindible para curar alimentos y pieles. Los cosacos intentaron repetidamente establecer un puesto en Yamish desde 1613, pero los zúngaros los expulsaron una y otra vez. Sin embargo, hacia 1635, se llegó a un tímido entendimiento y expediciones rusas anuales de hasta 600 hombres recogían sal de Yamish, en paralelo a los propios zúngaros. A mediados de siglo, ambas partes habían establecido asentamientos permanentes cerca del lago y las relaciones diplomáticas parecían bien encaminadas. Yamish fue el «mayor centro comercial de Siberia durante media centuria».[178] Los bujaraníes operaban un comercio de pieles y seda con China en nombre de Rusia, para lo cual utilizaban botes donde había ríos navegables y compraban o alquilaban camellos para el desierto. Los zúngaros gravaban este comercio con impuestos, aunque podrían haberlo detenido fácilmente. Pero es que los rusos fabricaban algo que ellos necesitaban: armas. Por medio de ellos, los zúngaros adquirieron «arcabuces, morteros y cañones»[179] que les permitieron extender su imperio. También les ayudó a asegurarse victorias tempranas contra su némesis, los chinos qing, en una larga serie de guerras desde la década de 1690 hasta la de 1750.[****] Estos qing constituyeron los terceros rivales de la expansión rusa.

 

 

 

RUSIA, CHINA Y LA CAZA MUNDIAL

 

Durante la década de 1640, en la frenética fase de expansión rusa, los cosacos llegaron a la relativamente fértil región del río Amur y descubrieron su potencial como base agrícola para sus operaciones en Siberia oriental. Pero, aquí, la dinastía Qing reclamaba la soberanía sobre el pueblo daur que habitaba la zona. En 1651, un contingente cosaco de 200 hombres con algunos cañones de gran tamaño navegó por el Amur y atacó un asentamiento con 1000 daur y 50 soldados chinos. Los cañones derribaron las murallas y los cosacos tomaron el lugar por asalto. «Contando grandes y pequeños, matamos a 661. De los rusos solo 4

 

 

 

 

 

 

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perdieron la vida y 45 [quedaron] temporalmente incapacitados, un pequeño precio que pagar por el botín que incluía 243 mujeres, 118 niños, 237 caballos y 113 reses».[180] La disparidad entre muertos y heridos sugiere que los asaltantes llevaban algún tipo de blindaje o que sus oponentes disponían de pocas armas. Los cosacos construyeron un fuerte en Áchinsk que fue asaltado al año siguiente por una fuerza china de 2000 hombres. Aunque rechazaron el golpe, sufrieron elevadas pérdidas. Las hostilidades continuaron en 1654, cuando una flota fluvial rusa de 400 hombres se enfrentó a una china de 1000 y logró la victoria. «Los rusos tenían una clara ventaja en tecnología de construcción naval», como confirmó un informe chino posterior. Sus barcos «tenían cuerpos enormes con una cubierta hecha de gruesos tablones y rodeados por capas de madera maciza […] estos buques eran tan robustos que no podía penetrarlos ni siquiera el “rojo cañón bárbaro”».[181]

 

Los Qing —manchúes— eran un grupo de Manchuria descendiente del clan Yurchen que se había dedicado tanto a la agricultura como a las artes militares propias de los nómadas esteparios. A principios del siglo XVII se consolidaron como imperio y en la década de 1640 se hicieron con el poder en China, tras lo cual sofocaron las rebeliones posteriores de 1683. Pueblo extraordinariamente adaptable, pronto hizo suyas las armas de fuego de difusión ming, pero en la década de 1650 aún se hallaba en proceso de transición a la difusión euroasiática occidental. Ese cambio ya había tenido lugar en Japón, que invadió Corea en la década de 1590 y obligó también a este país a adoptar las armas de fuego propiciadas por la peste. En 1654, ante la ventaja técnica rusa, los Qing pidieron mosqueteros a sus vasallos coreanos, de los que recibieron un par de centenares. Junto con la rápida mejora de sus propias armas de fuego y sus embarcaciones, estos mosqueteros favorecieron un cambio de tornas contra los rusos. En 1658, los cosacos del Amur y una fuerza qing-coreana, con un número similar de hombres armados, se enfrentaron en un reñido combate. Perdieron los rusos, con 220 bajas ante las 118 de sus oponentes. Los rusos se retiraron del bajo Amur durante un tiempo para volver a intentarlo en la década de 1680, con un resultado similar: éxito ruso temprano —porque

 

los ejércitos qing de la región habían perdido el interés por los mosqueteros—[182] y luego rápida recuperación china y victoria gracias a una tecnología igualada, pero con superioridad numérica. En 1689 se

 

 

 

 

 

 

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firmó un tratado de paz en Nérchinsk por el que los rusos aceptaron ceder el Amur a cambio de un mejor acceso al comercio chino.

 

Al final, el comercio superó con creces a la guerra en las relaciones chino-rusas. En concreto, las transacciones indirectas de pieles y seda por medio de los bujaraníes se iniciaron en el siglo XVI y continuaron hasta mediados del XVIII. La primera misión oficial rusa, desde Tomsk, tuvo lugar en 1618, aunque es posible que las visitas no oficiales comenzaran antes, con rusos acompañando a los bujaraníes.[183] Los chinos demostraron un voraz apetito por las pieles de marta y armiño y, además, dominaban técnicas que permitían dar a las de ardilla y zorro el tacto y el aspecto de pieles de lujo. Por su parte, Rusia demandaba seda, bien para sí misma o para revenderla con beneficio a Europa occidental. Durante los periodos de paz entre los conflictos de 1654-1658 y 1685-1687, los mercaderes rusos y los cosacos emprendedores se introdujeron en el comercio con China.[184] Aunque los volúmenes eran modestos —13 000 martas en 1669—, los chinos pagaban precios elevados. «El comercio tradicional de Rusia con Oriente era más rentable que el europeo».[185] Esos intercambios florecieron después del tratado de 1689. Las caravanas oficiales de Nérchinsk a Pekín solo fueron 14 entre 1689 y 1719; pero los registros chinos muestran que hubo otras 36 no oficiales en esos años.

 

     El viaje de ida y vuelta duraba entre 10 y 12 meses, por lo que, normalmente, debía haber dos operando en un momento dado, como las flotillas españolas de plata en el Atlántico. Su tamaño podemos deducirlo a partir del de las escoltas, entre 400 y 500 cosacos por caravana.[187] Aunque los bujaraníes tuvieron su participación, los comerciantes rusos, grandes y pequeños, asumieron un papel cada vez más prominente. El número de estos comerciantes en Nérchinsk aumentó de 172 en 1691 a 572 en 1697.[188]

 

La mayoría de los relatos nos dice que este comercio siberiano decayó bruscamente a partir de finales del siglo XVII y lo mismo puede decirse del

 

flujo de pieles hacia Europa occidental. Nérchinsk era ahora el principal exportador, con 25 000 pieles de marta y armiño enviadas a Moscú en

 

1691, además de 50 000 de otras especies de menos valor —zorro y ardilla—. Por tanto, el número de martas era la mitad o la cuarta parte de los flujos anuales anteriores. Ese mismo año, 70 000 pieles menores y solo 638 de marta fueron para el sur, a Pekín. En 1696, los números eran:

 

 

 

 

 

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Moscú, 6300 martas y unas 20 000 pieles menores; Pekín, 7800 martas y 860 000 pieles menores.[189] No está claro si estas cifras incluyen las caravanas no oficiales. En 1727 apareció un segundo Macao interior en virtud del Tratado de Kiajta, cerca del lago Baikal que, al igual que Nérchinsk, se hallaba en la frontera chino-rusa. El acuerdo exigía a los rusos que dejaran de suministrar armas a los zúngaros, lo que pudo contribuir a su derrota ante los chinos en 1757. Nominalmente, solo se permitía una caravana desde Kiajta cada tres años, pero, a juzgar por la situación de Nérchinsk, también habría habido caravanas no oficiales. Por otro lado, Kiajta era más un lugar de intercambio que una base de caravanas y, a 140 metros, al otro lado del río, surgió una ciudad comercial china. Se llamaba Maimaicheng, nombre genérico para denominar «fortaleza del comercio».

China era, en esos momentos, el principal mercado de pieles de la Siberia rusa, aunque, a decir de una autoridad, la situación no duró mucho tiempo:

 

En el verano de 1719, el Gobierno imperial chino anunció que el comercio con Rusia era innecesario. Los tramperos chinos del norte de Manchuria y los barcos europeos de Cantón satisfacían las necesidades de pieles de Pekín. Los precios rusos eran demasiado altos […] Así pues, a pesar del tratado ruso-chino de 1727, el comercio ruso-chino a través de Siberia ya había dejado atrás sus mejores años […] Pero fue la rígida política fiscal de los propios funcionarios rusos la que dio el golpe de gracia a Nérchinsk y Kiajta y sumió en el olvido a la Venecia arenosa y Génova.[190]

 

O esto es un error o bien el olvido fue temporal. Un estudio posterior cita fuentes europeas y chinas de principios de la década de 1780 que afirman que Kiajta y Maimaicheng aún vivían tiempos de prosperidad. La primera era «el mercado general de todo el comercio de los rusos con China». En cuanto a la segunda, «las tiendas se reúnen como nubes, los mercados son ruidosos y bulliciosos y la ciudad ha prosperado enormemente gracias al comercio de la zona al norte del Gobi». Durante la década de 1790, otro cronista del mercadeo entre las dos urbes «declaró que su valor anual rondaba los dos millones de rublos».[191] Otra obra más antigua, escrita por un eminente erudito, asegura que Maimaicheng

 

 

 

 

 

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compraba anualmente 7 millones de pieles de ardilla rusa en esta década, más otro millón de pieles de distinto tipo, y que, a cambio, vendía té y algodón chino, además de seda.[192]

 

¿Por qué creció tanto la demanda china de pieles? Recordemos que con 7 millones de ardillas se podían fabricar apenas 50 000 abrigos, pero, incluso así, sumaban medio millón de abrigos duraderos por década. La creciente riqueza de las clases pudientes chinas del siglo XVIII fue, sin duda, un factor determinante, con indicios de que las élites superiores buscaban las pieles más exclusivas para mantener las distancias con respecto a las subélites aspirantes, como en Europa cuatro centurias antes. La propia transición Ming-Qing podría ser otro factor. Los Qing eran jinetes esteparios desde el punto de vista cultural, aunque no económico: ellos incorporaron a los chinos han, así como a los mongoles, a sus estandartes y prácticas militares. Las pieles eran prácticas y, a la vez, denotaban un alto estatus para esa gente, incluidos los cosacos, que recibían un sombrero de marta al jubilarse. Sea cual fuere la explicación, la demanda china impulsó la caza mundial mucho más allá de Siberia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Desde 1707, los rusos tenían la vista puesta en las Américas, a las que podían llegar desde el extremo oriental de Siberia. «El beneficio esperado es que, desde el lado oriental, Rusia extienda sus posesiones hasta California y México».[193] Así, entre 1719 y 1743, diferentes expediciones exploraron el estrecho de Bering. Sin embargo, el motivo inmediato de aquella expansión fue el agotamiento de la caza comercial intensiva con destino al mercado chino. Desde 1750, los cazadores rusos buscaron mamíferos marinos cuya piel fuera valiosa, especialmente propensos al agotamiento. Los chinos pagaban precios asombrosos por las pieles de foca y nutria marina. Se dice que, en la década de 1750, se ofrecían hasta 60 rublos por una piel de nutria marina en Kiajta y hasta 140 rublos en la década de 1770. «El Tesoro de Moscú solo pagaba de 14 a 15 rublos por las pieles de nutria marina, por lo que casi todas las capturas se vendían a los chinos […] En 1752, más de 5000 pieles entraron en ese

 

 

 

 

 

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mercado asiático y, aunque las cifras variaban de un año a otro, el comercio de la nutria marina estaba firmemente consolidado».[194] Entre 1749 y 1754, los rusos exterminaron la nutria marina de las islas del Comandante y saltaron al resto del archipiélago de las Aleutianas, luego a la isla Kodiak y más tarde a Alaska, donde establecieron varios fuertes a finales de la década de 1790. En 1786 se hallaron por primera vez enormes colonias insulares de crías de foca, que, en 1805, fueron casi aniquiladas en el estrecho de Bering: una sola expedición se llevó 100 000 pieles.[195]

Los cazadores aleutianos y kodiak con experiencia fueron coaccionados para que ayudaran a los rusos. La mitad de los varones adultos de algunas comunidades salieron a cazar pieles, mientras los rusos mantenían al resto —y a las mujeres y niños— como unos rehenes de facto. Era de esperar que la resistencia fuera feroz y brutal la represión.

 

     Como ya se ha señalado, los mestizos o criollos fueron tratados relativamente bien. Este grupo no tardó en suministrar la gran mayoría de la mano de obra rusa en Alaska, por lo que, en 1855, había 658 rusos conviviendo con 1902 mestizos.[197] Con respecto a los tlingit de Alaska, estos fueron tratados con cautela. No en vano, iban armados con pistolas compradas a comerciantes británicos y estadounidenses. En 1802 asaltaron y destruyeron el principal fuerte ruso de Sitka y la América rusa tuvo que empezar de nuevo desde cero.[198] Las nutrias marinas y los lobos marinos, ambos objetivos peleteros codiciados, poblaban la franja costera de California y los rusos fueron tras ellos. A partir de la década de 1790 se les unieron barcos británicos y estadounidenses, además, en aquella zona apenas controlada por España aparecieron también algunos de sus buques para unirse a la caza: de esta manera llegaron a tocarse primero y fusionarse después, tres siglos más tarde, las alas occidental y oriental de la expansión europea. Las capturas de nutrias marinas se intensificaron entre 1786 y 1812, hasta el punto de casi acabar con ellas, y otro tanto sucedió con los lobos marinos.[199] A pesar de la reivindicación española de California, en 1812, los rusos fundaron Fort Ross (Rus) 96,5 kilómetros al norte de San Francisco. Con ello, el imperio de Alejandro I alcanzaba su máxima extensión.

 

Tampoco es que los rusos tuvieran el monopolio de la caza despiadada con fines comerciales, sino que fue una característica propia de todos los expansionistas del norte de Europa. Sin embargo, Rusia sí que marcó el

 

 

 

 

 

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ritmo de la caza mundial de pieles. Incluso en América del Norte, donde los rusos apenas habían puesto un pie antes de 1800, las pieles de castor se empaquetaban y contaban de 40 en 40, siguiendo la tradición de la Nóvgorod medieval.[200] Durante la mayor parte del siglo XVII, y pese a que los castores escaseaban ya en su territorio, «los rusos disponían de la tecnología más avanzada» en el procesamiento de esta piel, hasta el punto de que, por ejemplo, los franceses enviaban a Rusia pieles de castor americano con el fin de que fueran transformadas en castor de Moscovia y luego reimportadas.[201] La búsqueda de pieles estaba inextricablemente ligada al auge del comercio asiático porque las pieles eran el principal artículo de compraventa. Por tanto, el enfoque global de la expansión rusa, al igual que su similitud con la de otras iniciativas europeas, se ha subestimado.[202] Porque, además, fue una importante vía de conexión para las superartesanías chinas e indias. «Tal vez una quinta parte de la seda que llegaba a Europa lo hacía a través de Rusia».[203] No resulta casual que los rusos se unieran a los ingleses como los primeros en volverse adictos al té chino. Sorprendentemente, la marta cibelina también tenía un gran mercado en la India, al igual que el algodón indio en Rusia.

 

     Sea como fuere, en 1800, el Imperio ruso en el continente asiático seguía constituyendo en su mayor parte un mosaico, un archipiélago de lugares controlados en un mar de autonomía indígena, pero, eso sí, un archipiélago cada vez más denso. Era un imperio siempre anfibio, no terrestre, que se valía del océano Ártico y de los cauces fluviales y que fluía desbordante hacia América del Norte. Como el resto de imperios, mezcló violencia con negociación, comercio con tributo y depredación, así como aunó su propio dinamismo y brutalidad con los motivos y medios heredados de la peste negra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CUARTA PARTE

 

 

 

 

 

Expansión, industria e imperio

 

 

 

La expansión mundial característica de los comienzos de la Edad Moderna  corrió  a  cargo  de  un  amplio  grupo  de  potencias originarias de Eurasia occidental, con no menos de once actores principales. Cuatro eran de Europa occidental: Portugal, España, Francia y Gran Bretaña. Una, los Países Bajos, estaba situada en Europa occidental,

 

pero con su base de recursos en Europa oriental. Y otra más —Rusia— era, inequívocamente, de Europa oriental. A continuación, cinco potencias expansionistas musulmanas —los otomanos, el Irán safávida, Marruecos, Omán y la India mogola— que, como Rusia, suelen quedar excluidos de la historia del colonialismo en la temprana Edad Moderna. La mayoría de esas potencias sufrió un declive en el siglo XVIII por diferentes razones que aquí apenas podemos apuntar. El declive fue a menudo más relativo que absoluto y no implicó, por necesidad, una gran pérdida de territorio. El Irán safávida se derrumbó en 1722. Los otomanos fueron derrotados por Rusia en dos contiendas durante los periodos 1768-1774 y 1787-1792[*] y, tras ese momento, aunque no muertos del todo, perdieron su condición de gran potencia. Por su parte, el Imperio mogol también cayó a partir de 1707 y se fragmentó en varios territorios autónomos. En el campo de los expansionistas musulmanes, solo los omaníes conservaron el dinamismo y a una escala relativamente pequeña. Como hemos visto, los musulmanes

 

 

 

 

 

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fueron los grandes maestros en organizar la importación de soldados. Con ellos consiguieron durante un tiempo ejércitos de primera categoría, pero, al cabo de uno o dos siglos, se enfrentaron a la obsolescencia intrínseca al sistema: los descendientes de esos soldados venidos de fuera no debían heredar, aunque acababan haciéndolo, de manera que las tierras, el dinero y los privilegios que podrían haber financiado nuevos reclutas para la dinastía gobernante se quedaron en poder de estas subdinastías ilícitas. En el Imperio otomano el problema se manifestó en toda su crudeza durante el siglo XVIII y es probable que fuera también un factor en el desplome de los imperios safávida y mogol.

 

Sin embargo, algunas razones de la decadencia traspasaron las divisiones religiosas. Los católicos de la península ibérica, e incluso los protestantes holandeses desde 1740, corrieron la misma suerte que los imperios musulmanes. Algunas causas fueron ecológicas. Ciertamente, la mayoría de los efectos causados por la peste afectaron a toda Eurasia occidental. Sin embargo, los condicionantes ecológicos preexistentes influyeron en la diferente adaptación a esos efectos. La energía hidráulica, por ejemplo, era más barata y abundante en el norte de Europa, y la energía animal más barata y abundante en el Sur Musulmán. El norte de Europa disponía de una dotación natural mixta: como se ha señalado en el Capítulo 4, era más fría y oscura que el sur de Europa y el Sur Musulmán. Londres tenía la mitad de horas de sol anuales que Bagdad y un tercio menos que Roma. La implicación fue que el norte, privado de sol, se vio relativamente más favorecido por la transición visual de principios de la

 

época de la peste —gafas, cristales de ventanas, lámparas de aceite de ballena—, lo que permitió un elemento de recuperación cultural y tecnológica con respecto al sur. Además, tenía mejor acceso a las presas objeto de una caza extractiva: animales codiciados por su piel, ballenas, focas y bacalao. Por tanto, era más proclive a perseguirlos en nuevos territorios a medida que se agotaban las poblaciones locales. Otra variable, obvia pero importante, fue el acceso al océano Atlántico. Los galeones fueron un elemento tecnológico inducido por la peste y difícil de adoptar. Necesitaban abundantes troncos de gran altura y que fueran accesibles, así como una infraestructura física y cultural de astilleros, fabricación de hierro, almacenes navales, madera para mástiles, cabos y fabricantes de velas, además de regiones que aportaran las tripulaciones de rango oceánico, no solo marítimo. Rusia, Venecia y los otomanos llegaron tarde

 

 

 

 

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a los galeones. De manera que la Europa atlántica tuvo mejor acceso al resto del mundo, o al menos más directo, que el resto de Eurasia occidental. Si aceptamos que los retornos de esas actividades globales tuvieron mucha importancia para el dinamismo de las metrópolis, la Europa atlántica gozaba de una posición ventajosa.

 

Los condicionantes ecológicos, y puede que incluso la peste, habrían sido causas compartidas de los declives tanto ibérico como otomano. Se cree que el litoral mediterráneo fue el más afectado por la crisis general y la Pequeña Edad de Hielo sufrida en el siglo XVII.[1] La deforestación constituyó otro problema compartido entre las potencias con acceso limitado al Báltico. España se estaba quedando sin buena madera para los barcos en la década de 1740 y Portugal mucho antes, aunque ambos consiguieron construir grandes navíos en sus colonias.[2] Los otomanos, sin ni siquiera esa opción, agotaron su madera para los astilleros desde mediados del siglo XVII. Asimismo, la deforestación en curso hizo que en ese imperio los precios de la madera se triplicaran entre las décadas de 1740 y 1760, lo que podría haber constituido una de las causas de la desastrosa derrota naval ante Rusia infligida en 1770.[**] [3] Entre 1780 y 1810, el Egipto otomano y las regiones circundantes se vieron afectados por una devastadora serie de epidemias animales que les restaron una notable ventaja competitiva: animales de carga baratos y abundantes.[4] El Capítulo 2 sugería que la propia peste comenzó a surtir efectos muy diversos según las regiones a partir de 1500. Durante el siglo XVII, Italia sufrió más que el norte de Europa y los efectos económicos se volvieron adversos. Los salarios no podían aumentar, ni tampoco mejorar las condiciones de las tenencias, sin perder competitividad con respecto a naciones menos infectadas. «El descenso constante de la desigualdad observado tras la peste negra no se produjo después de la epidemia de 1630».[5] En 1600, el norte de Italia seguía siendo mucho más rico que Inglaterra, aunque no más que Holanda, en términos de PIB per cápita, pero se quedó atrás en 1700. Tal vez resulte sorprendente que España también fuera más rica que Inglaterra en 1600 y, en cambio, que quedara rezagada a lo largo de la centuria siguiente.[6] Buena parte de Italia estaba controlada por España por aquella época y es posible que la península ibérica también padeciera más oleadas epidémicas de las debidas, como las de 1595-1601, 1647-1651 y 1678-1680, especialmente graves.[7] Lo

 

 

 

 

 

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mismo ocurrió en el Sur Musulmán, donde el crecimiento demográfico del siglo XVI se frenó e incluso se invirtió. Incluso si se toma como referencia la estimación más baja anterior a la peste, en 1800, Egipto apenas había recuperado su población de 1346 y todo el Imperio otomano tenía, prácticamente, la misma población en 1800 que en 1600, mientras que el crecimiento demográfico del norte de Europa volvió a dispararse a partir de 1720 tras un siglo XVII bastante estático.[8]

 

Gracias, en parte, a los artesanos armenios inmigrantes, a lo largo del siglo XVII los otomanos fueron por delante de Eurasia occidental en la emulación de la fabricación india de algodón,[9] pero, aparte de esto,

 

seguramente compartieran un caso de gota fiscal —también conocida como mal holandés— con España, Portugal y los propios holandeses. Como se señala en el Capítulo 10, resultaba tentador utilizar el oro y la plata abundantes para comprar manufacturas extranjeras en detrimento de las propias. Las reservas holandesas de oro y plata per cápita en 1790 eran de 960 gramos, ante los 550 de la pujante Gran Bretaña, aunque los capitalistas holandeses tendían ahora a invertir en las industrias de otras naciones.[10] Investigaciones recientes han rastreado el modo en que la expansión española evolucionó hacia un imperio de accionistas en el que las élites coloniales obtenían una gran parte de los beneficios de la expansión, sobre todo en la extracción de metales preciosos, de los que cada vez llegaban a Madrid menores cantidades.[11] Algo similar ocurrió con Lisboa y Estambul. El Imperio portugués del siglo XVIII era, de hecho, luso-brasileño en el Atlántico y, en buena medida, asiático en el océano Índico y Macao. Muchos especialistas han señalado el auge de los notables provinciales, conocidos como ayans, en el Imperio otomano del siglo XVIII, los cuales se beneficiaron, sobre todo, de los arrendamientos fiscales.[12] Tales acontecimientos dieron a las élites provinciales y coloniales un interés en la supervivencia del imperio y, así, contribuyeron a su pervivencia, aunque, al tiempo, redujeron los ingresos del Estado central y, por tanto, minaron su poder. En el siglo XVIII no fue tanto la economía otomana la que se desplomó como la parte estatal dentro de ese sistema económico. Hasta 1751 los ingresos del Estado estuvieron al mismo nivel que los de Rusia, pero, a partir de entonces, sufrieron un descenso muy acusado hasta alcanzar una séptima parte del nivel ruso en 1786.[13] Asimismo, los Imperios otomano, ibérico, mogol e incluso el

 

 

 

 

 

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holandés se interrelacionaron cada vez más con otros que ahora eran más poderosos y que obtenían más beneficios de la relación. El siguiente capítulo evalúa el estado de la expansión europea occidental y su impacto en otros pueblos hasta 1800. Después, el capítulo final se pregunta qué diferencia podría aportar una perspectiva global y que tuviera en cuenta los efectos de la peste a la hora de mejorar nuestra comprensión del progreso marítimo y la industrialización británicos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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CAPÍTULO 15

 

 

 

 

 

¿Imperio? ¿Qué imperio?

 

 

 

 

 

La expansión europea hasta 1800

 

Durante el siglo XVIII, con la modesta excepción de Omán, el dinámico  expansionismo  de  Eurasia  occidental  se  había replegado al norte de Europa: Francia, Gran Bretaña y Rusia. En 1788, los británicos fundaron una colonia penal en Sídney (Australia).

 

Balleneros y cazadores de focas tanto británicos como estadounidenses disponían ahora de una base potencial en el Pacífico y empezaron a utilizarla casi de inmediato. Como vimos en el capítulo anterior, los rusos entraron con fuerza en el Pacífico por la misma época, cuando su imperio tomó posiciones en la zona de San Francisco. Por su parte, Francia, que poseía la colonia más rentable del mundo, Saint-Domingue, reclamó buena parte de América del Norte en distintos momentos del siglo y mantenía con la India el comercio de crecimiento más rápido. En 1800, según la medida territorial mencionada en la Introducción, los europeos controlaban el 35 por ciento del planeta y seguían reclamando partes adicionales. Ahora bien, ¿tenían fundamento, llegados a 1800, las pretensiones imperiales europeas? ¿Era aquello realmente una hegemonía planetaria? ¿A quiénes beneficiaban y de quiénes provenían tales beneficios? En un intento por arrojar luz sobre el asunto, en el presente

 

 

 

 

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capítulo examinamos de forma resumida la situación del expansionismo y el imperio de Europa occidental a finales del siglo XVIII.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Mapa 12: Imperios en 1800.

 

 

 

En este punto nos enfrentamos a la controvertida cuestión de definir lo que es imperio. La bibliografía en torno al tema forma un laberinto en el que se han perdido algunos buenos historiadores. Si insistimos en que imperio implica control total, va a ser difícil dar con alguno antes de 1800. Si lo definimos como cualquier relación asimétrica, en ese caso, estaba muy extendido. Imperio debería implicar algún nivel de control real de un pueblo sobre otro, ya sea difuso o firme, directo o indirecto, formal o informal. Las meras reivindicaciones no bastan. No obstante, esto sigue excluyendo numerosas formas de expansión violenta y explotadora, como los sistemas esclavistas o las redes marítimas de extorsión a las que se pagaba para poder navegar sin ser víctima de ataques. También a algunas redes donde la depredación iba más dirigida a las especies animales que a los humanos, como la caza de ballenas y la extracción de pieles. De ahí mi

 

 

 

 

 

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preferencia por considerar el imperio como un subtipo de expansión. Ahora bien, contravenir el uso común tan arraigado suele ser una causa perdida. No podemos esperar que la gente deje de hablar de los imperios coloniales de la Edad Moderna. Por eso el concepto de imperio fragmentario es un intento de encontrar una solución de compromiso. Aunque incluso esto tal vez oscurezca la autonomía y capacidad de acción de los pueblos locales, que podían utilizar —y de hecho utilizaron— los cambios y las biotecnologías propios de la expansión europea occidental para crear sus propios imperios.

 

 

 

LOS AFRICANOS

 

 

En 1800 había bien poco imperio europeo —del tipo que fuera— en el África subsahariana y así siguió siendo durante algunas décadas más. Los dos asentamientos principales eran modestos: la Angola portuguesa y la holandesa Colonia del Cabo, que pasó a manos británicas en 1805. Cada uno de esos enclaves tenía un reducido núcleo de imperio alrededor de sus bases costeras y algo más en la zona de influencia hacia el interior. El Cabo era, con diferencia, la colonia más poblada, pero incluso aquí hablamos apenas de unos 20 000 habitantes en 1800. En cuanto a Angola, los europeos nunca pasaron de las 2000 almas entre 1576 y 1800. Lo que sí tenían los colonizadores era un conjunto de redes comerciales, dependientes de socios africanos, que abastecían docenas de puestos comerciales costeros con oro, marfil y, sobre todo, esclavos.

 

Como vimos en el Capítulo 4, los norteafricanos musulmanes habían dominado largo tiempo, en concierto con aliados más al sur, la trata de las regiones transaharianas y así fue hasta su desaparición en el siglo XIX. Se generó un círculo vicioso en el que los esclavos se intercambiaban por caballos, lo que permitió el desarrollo de culturas de caballería en el Sahel con una ventaja militar sobre los pueblos sin monturas, una ventaja empleada, a su vez, para capturar más esclavos.[1] Los portugueses se insertaron por mar en el flanco occidental de este sistema durante la década de 1440. Es cierto que los europeos no inventaron el comercio de esclavos africanos, pero sí lo impulsaron en varias etapas. La peste reactivó la esclavitud en Europa, con un número bastante considerable de

 

 

 

 

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cautivos hacia 1500 en algunas partes del sur del continente, incluidos los supervivientes de, tal vez, 150 000 negros africanos importados.[2] Después, la cifra fue disminuyendo, a medida que la mano de obra libre se abarataba. Sin embargo, la edad de oro para la gente corriente (1350-1500) generó una profunda antipatía cultural a trabajar como un esclavo, sobre todo en ocupaciones duras, peligrosas y difíciles asociadas con el trabajo forzado: la minería en profundidad, remar en galeras de guerra y, quizá, la agricultura intensiva en plantaciones. «Algunas tareas […] eran tan desagradables y arriesgadas que los trabajadores libres las rechazaban, con independencia de la remuneración».[3] Ciertamente, no migrarían de manera voluntaria para ejecutar esas tareas. Las dudas cristianas acerca de la esclavitud hereditaria se reavivaron cuando se suavizó la crisis de mano de obra experimentada a partir de 1500 y estos factores, sumados a la expansión, motivaron que Europa trasladara gran parte de su trabajo esclavo al extranjero y se distanciara de la trata al tiempo que seguía beneficiándose de ella. En América, los europeos empezaron a tomar esclavos amerindios en grandes cantidades. Esto era muy diferente del trabajo forzado en los sistemas de repartimento, mita y encomienda. Sobreexplotados y en estrecha proximidad a los europeos y sus nuevas enfermedades, los esclavos amerindios morían rápidamente. Algunos pensadores españoles, encabezados por Bartolomé de las Casas, denunciaron la práctica y, de ese modo, alentaron un aumento de las importaciones de esclavos negros africanos.

 

Al principio, los portugueses del oeste de África intercambiaban caballos por esclavos, al igual que sus rivales musulmanes, así como cobre y textiles. Portugal no era rico en estos bienes y, como vimos en el Capítulo 10, los caballos y las telas procedían del trampolín imperial que, durante un tiempo, disfrutó en el oeste de Marruecos. Es de suponer que fueron las importaciones portuguesas las que redujeron a la mitad el precio de los caballos en el siglo XVI.[4] Con respecto a las razias esclavistas a caballo en el interior de África, resultaban difíciles en zonas densamente boscosas e imposibles allí donde la mosca tsetsé propagaba enfermedades letales para las monturas. Sin embargo, los hombres a pie sí podían penetrar en esas regiones, donde las armas sustituían a los caballos para proporcionar una ventaja en la captura violenta de seres humanos. Incluso antes de 1500, los portugueses empezaron a introducir armas en el sistema esclavista, por lo general en manos de afroportugueses.[5] Sabemos de un

 

 

 

 

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rey de Benín que adquirió un cañón en 1516, pero las importaciones realmente voluminosas de armas no empezaron en África hasta 1650, cuando británicos y franceses se involucraron con fuerza en la trata.[6] Así, hacia 1730, el número de armas pasó de unos pocos miles a unas 180 000 al año, hasta alcanzar las 300 000 en 1800, más de la mitad de fabricación británica.[7] Entre ellas había algunos mosquetes de hierro de presa falsa de baja calidad, pero «se ha exagerado el peligroso estado de muchas de las armas importadas a África occidental». El comercio armamentístico africano tenía los mismos proveedores que los ejércitos europeos y, aunque estos intentaban derivar a África las armas menos probadas o peor acabadas, los compradores de allí solían ser exigentes.[8]

 

Los especialistas han tenido sus dudas en relación con el nexo entre la importación de armas y las contiendas africanas para capturar esclavos. Parece que, con posibles excepciones en la Angola portuguesa, los europeos no fomentaron deliberada o directamente las guerras para aumentar las capturas. No tenían por qué hacerlo. Los Estados africanos no solían someter a su propia población, sino que tomaban a otros o eran tomados por ellos. Necesitaban esos cautivos para comerciar con ellos, primero por caballos y luego por armas, y, de esta manera, evitar la posibilidad de ser capturados ellos mismos. Pero esto implicaba algo más que la compra única de un arma. Necesitaban suministros continuos de repuestos, munición y pedernales, lo que los volvía dependientes de ese comercio. Aunque los africanos podían fabricar —y de hecho fabricaban— parte de su propia pólvora, solo los holandeses vendieron 20 000 toneladas en África occidental en 1700.[9] Investigaciones recientes han documentado este círculo vicioso durante el siglo XVIII, cuando los británicos tomaron la delantera en el comercio de armas y esclavos. Ellos «encerraron la trata en un ciclo de armas y cautivos que se autoperpetuaba, una rueda que generó un crecimiento explosivo tanto de las exportaciones de siervos como de los conflictos entre africanos».[10]

 

Además, había otro ciclo nefasto ligado al anterior: la elevada mortalidad de los esclavos alentaba una demanda continua. Alrededor del 20 por ciento de ellos fallecía durante el proceso de captura, viaje por tierra hasta la costa y espera de los barcos en unos barracones terribles. Otro 10-15 por ciento perecía durante el temido paso intermedio. Sin embargo, puede que el componente más letal del sistema de trata fuera el

 

 

 

 

 

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trabajo en las plantaciones de azúcar. Estados Unidos se felicitó a menudo por la mortalidad relativamente baja y la alta tasa de reproducción de sus esclavos en comparación con los de Brasil y el Caribe, pero ello se debía a que Estados Unidos cultivaba poco azúcar. Donde sí lo hacía, en Luisiana, los esclavos tampoco tenían demasiada descendencia.[11] Y no es que las altas tasas de mortalidad fueran inherentes a la producción de azúcar: tenemos muchos casos en los que se empleó mano de obra libre y que no resultaron letales. Aunque la realidad es que a los grandes terratenientes les resultaba más rentable hacer trabajar duramente a un número limitado de esclavos, incluidos niños y mujeres embarazadas, y luego sustituirlos por nuevas adquisiciones cuando morían.[12] Los amos del azúcar expresaron a veces su preocupación por la incapacidad de sus esclavos para reproducirse, pero, por lo general, no podían, o no querían, hacer nada efectivo al respecto. Tal conclusión no es reciente ni radical, sino que ha sido ampliamente aceptada entre los historiadores durante, al menos, cincuenta años. «Se ha escrito mucho acerca de la necesidad del plantador de conservar a los esclavos […] pero los hechos nos dicen que los hizo trabajar hasta que fallecieron de manera prematura».[13]

 

El comercio europeo de esclavos en la costa africana se intensificó de forma bastante mantenida desde finales del siglo XV, aunque con distinto alcance según las zonas. Hubo poca trata desde la Costa del Oro (el golfo de Guinea) hasta que ese metal precioso empezó a escasear hacia 1700. Por el contrario, durante el siglo XVI el epicentro fue la región de Senegambia, más al norte, aunque no necesariamente el lugar de origen de las personas cautivas, que podían venir de muy al interior. En el siglo XVII, la red se extendió a Angola, Benín y Biafra y en el XVIII a Sierra Leona, las costas de Barlovento y del Oro y también alrededor de la Colonia del Cabo hasta Mozambique y Madagascar. Se han documentado nada menos que 43 grandes fuertes europeos de esclavos en la costa occidental de África[14] y había, además, otros muchos puestos de menor importancia.

 

Solo los daneses —actores menores en aquel comercio— habían tenido 30 puestos de uno u otro tipo en algún momento.[15] Todos colaboraban con distintos Estados africanos a razón de uno o dos socios principales en la propia costa y una o dos redes interiores de comerciantes y negreros al cargo de las redadas.[16] La alta mortalidad por enfermedad tuvo la implicación de que el número máximo de europeos en todos estos fuertes

 

 

 

 

 

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no superaba el millar, con Angola aparte. Los esclavos africanos más cualificados hacían el trabajo y operaban las armas.[17] Algunos de los fuertes más grandes eran capaces de repeler asaltos por sorpresa, pero ninguno podía permitirse un choque con su principal aliado local a largo plazo. Cualquier ilusión de control que pudiera albergar una potencia europea enseguida desaparecía. Como señaló un funcionario británico en 1752, «en África solo éramos inquilinos del suelo que ocupábamos gracias al consentimiento de los nativos».[18] Setenta años antes, dos factores principales de la Royal Africa Company habían sido deportados, uno tras otro, a consecuencia de haber ofendido al gobernante africano local. A su vez, algunos Estados de la región consiguieron mucho poder al manipular a distintos aliados, ya fuesen europeos o africanos: primero Estados de caballería como Songhai y Bornu, luego otros costeros como Benín y Ajudá; y, más tarde, los imperios de la pólvora de Asante y Dahomey.[19]

 

Sorprendentemente, la minúscula Portugal mantuvo el liderazgo en el comercio de esclavos europeo-africano a pesar de que los holandeses la expulsaran, a lo largo del siglo XVII, de la mayoría de sus enclaves en el golfo de Guinea, y a pesar también de no poder igualar, en el XVIII, la afluencia de armas británicas y francesas. Su técnica más interesante, ya mencionada en el Capítulo 6, consistía en criar o apropiarse por completo de sus colaboradores, algo inusual en una potencia europea. En 1462, con ayuda genovesa, los portugueses colonizaron las islas de Cabo Verde, a 300 millas de la costa del oeste de África, pero no lograron atraer a mujeres europeas porque aquel lugar resultaba menos saludable para los metropolitanos que las islas de Madeira y Azores, más al norte. Así, tomaron esposas africanas negras. Por tanto, las generaciones posteriores contaron localmente como ciudadanos portugueses a todos los efectos, los

 

vizinhos —«hombres honorables»—. En 1513, en la isla principal de Santiago había 58 vizinhos blancos y 16 negros, el primer caso conocido de negros europeos. Para 1600, la cifra de vizinhos ascendía a 600, en su mayoría de ascendencia africana, y se consideraban portugueses y, en la práctica, si no en principio, reconocidos como tales por otros portugueses. Cabo Verde se convirtió en epicentro del comercio transatlántico de esclavos, con vínculos que la ligaban a otro conjunto de comunidades afrolusas del continente fundadas por portugueses que se habían hecho nativos a partir de la década de 1490 y a quienes se llamó lançados. Estos,

 

 

 

 

 

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a su vez, se relacionaban con los Estados costeros africanos que adquirían los esclavos. «Dondequiera que se asentaban los lançados […] pronto se producía la exportación de esclavos».[20] Al igual que los caboverdianos, los lançados y sus descendientes se autodefinían como portugueses.[21] Una de sus comunidades fue Cacheu, «el mayor asentamiento europeo en el África occidental del siglo XVI», población a la cual la Corona portuguesa concedió, en 1605, el estatus de ciudad oficial.[22] Más al sur se desarrolló un sistema similar al de Cabo Verde, esta vez centrado en las islas de Santo Tomé. Se trataba de una cultura diversa de intermediarios afroportugueses asombrosamente similar a la suajili de la costa contraria. Había abundante uso de armas de fuego y era distinta, aunque relacionada estrechamente, con el sistema más formal basado en los fuertes costeros portugueses, que también dependían de aliados africanos. Es probable que fueran los lançados quienes permitieron a Portugal seguir obteniendo esclavos de la costa guineana —en lugares como Bisáu— incluso después de la toma de sus fuertes por los holandeses.

 

Más al sur, los portugueses llegaron al oeste de África central (Angola y el Congo occidental) en 1483, pero tuvieron poco éxito en conseguir esclavos hasta que, en 1576, asentaron una base en Luanda, seguida de otra en Benguela en 1617.[23] De manera excepcional, lograron dominar a sus vecinos africanos inmediatos e intervinieron repetidamente en las luchas de poder africanas más grandes tierra adentro con efectivos de unos pocos cientos de mosqueteros portugueses o casta y apenas unos miles de aliados africanos o soldados esclavos. Puede que los portugueses aspiraran a tener un gran imperio en Angola. No lo consiguieron, aunque sí un flujo creciente de esclavos. Además, ayudar a las potencias africanas a derrotar a sus enemigos y reprimir rebeliones les reportó prisioneros. También en Angola, los hijos de portugués y africana eran «clasificados como blancos y portugueses».[24] Uno de esos hijos, João Vieira, se convirtió en gobernador en 1658.[25] En Mozambique surgió un sistema algo diferente desde el siglo XVII, con prazeiros mestizos independientes a cargo de las operaciones en el interior y soldados esclavos que ejecutaban la captura de esclavos. Una formidable cultura militar, los chicunda, descendientes de estos últimos, se desarrolló en el siglo XVIII.[26] Había una intensa participación africana en las operaciones de Portugal en el continente, buena parte de ella empleada en capturar a otros africanos como esclavos.

 

 

 

 

 

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Asimismo, una característica poco común del imperio fragmentado que fueron las posesiones portuguesas en África estribó en el grado de copropiedad con Brasil. Fueron las tropas y los barcos brasileños de colonos y casta los que ayudaron a reconquistar Angola de manos de los holandeses a mediados del siglo XVII. Brasil no solo era el mercado principal de la trata, sino también el principal transportista y, cada vez más, el productor de los bienes utilizados en aquel intercambio: tabaco y ron. «Entre 1710 y 1830, el ron brasileño compraba el 25 por ciento de los esclavos exportados de África central a la América portuguesa» y el tabaco, una proporción similar.[27] Además, la mayoría de esos bienes fueron producidos por esclavos, con lo que el sistema se autofinanciaba.

 

Solo Portugal tomó 5,84 millones de esclavos africanos a lo largo de las cuatro centurias que duró su actividad de trata. En los últimos veinte años, los historiadores David Eltis, Stephen Behrendt y sus colegas han creado una amplia base de datos relativa a ese comercio transatlántico. No son estadísticas perfectas, eso está claro, pero es lo mejor que pueden ofrecer las cifras premodernas.[28] Estas ponen de manifiesto que, entre 1501 y 1875, embarcó un total de 12,5 millones de cautivos africanos, la mayoría con destino a las Américas, de los cuales llegaron 11 millones. Alrededor de 8,5 millones embarcaron entre 1500 y 1800.[29] Ni siquiera esta espantosa cifra resume la historia completa, aunque para el resto debemos basarnos en conjeturas. Si se tiene en cuenta el 20 por ciento de las muertes que se produjeron de camino a los barcos, el total implicado en el comercio afroeuropeo entre 1500 y 1875 asciende a 15 millones. A una media de 5000 personas al año, la trata transahariana por tierra habría sumado otros 1 875 000 desafortunados prisioneros. De hecho, una estimación reciente duplica la cifra.[30] Por su parte, los negreros ligados a Omán y el Imperio otomano es probable que capturaran en torno a otros 2 millones en la zona del este de África. Si se acepta la cifra de un 20 por ciento de muertes en ruta, la esclavitud no europea añadió unos 4,6 millones al número de víctimas, con lo que el total se aproximaría a los 20 millones.

 

En el próximo capítulo tratamos la cuestión de los efectos de aquella extracción masiva de seres humanos en las economías europeas a las que se vieron obligados a servir, objeto de un intenso debate. Tampoco hay unanimidad en cuanto a los efectos causados en el propio continente

 

 

 

 

 

 

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africano. Incluso 20 millones supone una media de 50 000 al año durante cuatro siglos y eso dentro de una población estimada en unos 40 millones. No está claro que algunos acontecimientos relevantes, como por ejemplo el auge del califato de Sokoto en torno a 1800, estuvieran condicionados por influencias externas. No obstante, algunos especialistas argumentan que los efectos corrosivos de la trata de seres humanos y las guerras esclavistas en el capital social de los sistemas políticos africanos aún perduran y ayudan a explicar el estado actual del continente.[31] El África subsahariana premoderna tenía similitudes desconocidas con el otro gran territorio de esclavitud a largo plazo, el Cáucaso, supuesto corazón de la blancura aria. Ambas regiones presentaban un alto grado de fragmentación lingüística, religiosa y política: reducidos pero resistentes grupos basados en el parentesco convivían codo con codo con sistemas políticos más grandes y, sumado a ello, agentes depredadores de potencias todavía mayores que, hambrientas de esclavos, competían entre sí.[32] Todo lo anterior debería haber dejado claro el absurdo de las afirmaciones racistas según las cuales los negros africanos eran, de algún modo, esclavos naturales. El papel europeo en la trata no implicó una fuerte presencia imperial; eso llegó a África más tarde y duró apenas un siglo. Pero sí permitió el traslado involuntario de millones de seres humanos a tierras amerindias, donde fueron explotados en masa en beneficio de los intereses europeos. Así, entre 1750 y 1800 fue Gran Bretaña la que asumió temporalmente el liderazgo de aquel comercio con el secuestro de 1,58 millones de esclavos, ante los 1,2 millones de Portugal.

 

 

 

 

 

AMÉRICA

 

 

La expansión europea en América antes de 1800 adoptó tres formas principales: plantación, extracción y asentamiento. Las colonias de

 

plantación generaban productos exóticos —nuevos y antiguos— destinados a la exportación. Por tanto, el tabaco y el cacao americanos se sumaron a una lista de comercios adictivos que incluía también el café, el azúcar y el alcohol. Con respecto a las hojas de coca, por fortuna, los tempranos planes españoles para comercializarlas no prosperaron.[33] Al ser adictiva, quedaba reducido el tiempo necesario para la aceptación

 

 

 

 

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masiva del producto y además lo volvía menos sensible a las subidas de precios. De manera que el narcotráfico se convirtió en un destacado componente del kit para la expansión de Europa occidental. Se dice que ya había adictos al tabaco en Polonia y Rusia en 1529, solo 37 años después de que se le ofreciera a Colón por vez primera. En el transcurso de un siglo se convirtió en una «mercancía de consumo masivo» a escala planetaria.

 

     El Brasil portugués y la Virginia inglesa fueron productores clave y los holandeses notables intermediarios. Entre las plantas exóticas del Viejo Mundo trasplantadas a América figuraban el café y variedades de algodón más productivas y comercializables que la americana; productos generados, principalmente, con mano de obra esclava. De entre todos los cultivos, el más importante en las plantaciones fue siempre el azúcar. El nordeste de Brasil encabezó la producción desde 1570 hasta, aproximadamente, 1650, cuando sus exportaciones alcanzaron un valor de 3,75 millones de libras al año. En un momento en que los precios eran altos, como en 1627, los impuestos sobre el azúcar proporcionaban el 40 por ciento de los ingresos del Estado portugués.[35] El volumen promedio era de unas 20 000 toneladas anuales y las exportaciones brasileñas de azúcar se mantuvieron en torno a ese nivel. Desde, más o menos, 1775 el café y el algodón se añadieron a las exportaciones obtenidas de sus plantaciones. En el caso del azúcar, las islas del Caribe tomaron la delantera después de 1650, en particular las posesiones de franceses y británicos, que en el periodo 1698-1791 vendieron la asombrosa cantidad de 10 millones de toneladas entre ambas.[36] Los franceses disfrutaban en la producción de una ventaja sobre los británicos: la isla de Saint-Domingue (actual Haití), una auténtica mina. Yo creo que podría remontarse hasta la peste negra el aumento exponencial del consumo europeo de azúcar: unas 1000 toneladas anuales en 1300, unas 10 000 en 1500 y más de 100 000 en 1800. Gracias al auge del consumo una vez pasada la epidemia, el ritmo de crecimiento en los dos primeros siglos (1300-1500) fue incluso superior al de los tres siguientes (1500-1800).

 

Los principales productos que se sacaron del continente americano fueron el bacalao, los metales preciosos y el llamado oro blando, es decir, las pieles, en especial de castor. Aunque la Nueva York holandesa era poco más que un centro de operaciones para la caza de esos animales —que utilizaba el río Hudson para adentrarse en el territorio—, una vez más, fueron los franceses el principal actor europeo, que, en 1608, establecieron

 

 

 

 

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Quebec como base de su red de comercio peletero. A su vez, Gran Bretaña se quedó con las estructuras comerciales holandesa y francesa en 1664 y 1759, respectivamente. Al mismo tiempo, sobre todo a partir de 1672, desarrolló su propia y extensa red, a la que se accedía por mar a través de la bahía de Hudson.[37] Aquellas pieles se utilizaban, principalmente, en la confección de sombreros, considerados un distintivo de urbanidad en Europa occidental y la América europea, donde eran «de rigeur para el hombre bien vestido». Desde la década de 1720 se empleó mercurio en el procesamiento de las prendas, en ocasiones inhalado por el artesano, de ahí la expresión sombrerero loco.[*] Entre 1700 y 1770, Francia y Gran Bretaña exportaron más de 40 millones de sombreros de castor que costaban alrededor de 2 libras cada uno, además de un consumo interno similar.[38] Los castores son animales bastante corpulentos, de unos 40 kilos de peso en la edad adulta, y también se utilizaban otros materiales en el proceso de fabricación, por lo que se podían confeccionar varios sombreros con una sola piel. Al ser herbívoros, abundaban en mayor grado y se extinguían con menos rapidez que la marta. Pese a todo, la caza masiva seguía pasando factura. Solo la Compañía de la Bahía de Hudson (Hudson’s Bay Company, HBC) británica adquirió 2,75 millones de pieles de castor entre 1700 y 1763 y las redes francesas se llevaron aún más. De 1741 a 1758 «Francia importó más del doble de pieles de castor que Inglaterra».[39] Si contamos los periodos anteriores y posteriores e incluimos a los holandeses, 20 millones de pieles por valor de unos 10 millones de libras parece una estimación razonable en el periodo 1608-1800. Dejando a un lado las enfermedades, en términos de área de influencia, este comercio de castores fue el impacto europeo más extenso en las Américas antes de 1800 y, a pesar de ello, difícilmente podemos hablar de un imperio. «Los indios nunca se consideraron súbditos franceses y los franceses nunca pudieron tratarlos como tales». Otro tanto podría decirse de otras redes peleteras europeas.[40]

 

La extracción de metales preciosos de los nativos americanos y de las tierras se inició ya con los primeros contactos en 1492, como vimos en el Capítulo 10. La producción de la montaña de plata boliviana de Potosí decayó después de 1650 y ni siquiera la introducción de explosivos en la década de 1670 logró revivirla. Aun así, generó unas 4000 toneladas entre 1650 y 1800,[41] lo que elevaba su producción total a 20 000 toneladas. A

 

 

 

 

 

 

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partir de 1700, México tomó la delantera en la producción de plata española, en 450 asentamientos mineros y unas 5000 explotaciones. En 1800 había producido al menos 50 000 toneladas de plata, cerca de dos tercios de la oferta mundial, además de 800 toneladas de oro. En cuanto a los portugueses, también se dedicaron intensamente a la extracción de metal precioso en el Nuevo Mundo. Hacia 1695, expediciones de bandeirantes hallaron oro de aluvión en el interior y al norte de São Paulo, que dio como resultado varias fiebres del oro importantes, primero en

 

Minas Gerais —«Minas Generales»— y luego más al oeste, en Goiás y Mato Grosso. La producción alcanzó un pico de 17 toneladas al año en la década de 1740 y hacia 1760 decayó la fase principal de la migración en pos de esa riqueza. En todo caso, se calcula que la producción de oro brasileño se acercó a las 1000 toneladas entre 1695 y 1800, eso sin contar el contrabando, de gran magnitud, que pudo equivaler a unas 12 000 toneladas de plata.[42] Quién se benefició de esas salidas de metal ya es otra historia, pero, en todo caso, no hay duda de la relevancia que tuvo la extracción europea de oro y plata, que había comenzado en el noroeste de África en 1415 para expandirse menos de una centuria después por las Américas.

El comercio de pieles fue, desde el punto de vista de su ámbito geográfico, el más amplio de los intercambios europeos en América y los metales preciosos los de mayor valor económico. Sin embargo, la mercancía de mayor volumen físico fue otra más prosaica: el bacalao. Su pesca en aguas norteamericanas representó, como ya hemos visto, una clara derivación del auge de la pesca en el Atlántico Norte tras la peste y no siempre se menciona entre las importaciones europeas a pesar de que la magnitud que alcanzó es sorprendente. Ya en 1578, 380 barcos europeos faenaban en torno a Terranova, número que algunos ponen en duda, pero que confirman los archivos franceses —una vez más, los pescadores de esta nacionalidad fueron los más numerosos—.[43] Durante el siglo XVII se estaban enviando a Europa unas 50 000 toneladas de bacalao curado al año, cifra que ascendió a lo largo del XVIII. Si bien el volumen de azúcar alcanzó cotas aún mayores, el bacalao curado representaba cinco veces su peso de pescado vivo y, así, sustituyó entre un cuarto y medio millón de toneladas de pescado de las aguas europeas.[44] Es posible que las poblaciones de bacalaos se mantuvieran, en líneas generales, hasta el

 

 

 

 

 

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siglo XIX, pero el agotamiento local —real o aparente— impulsó la búsqueda de nuevos caladeros, empezando por Terranova y siguiendo hasta el golfo de San Lorenzo y las aguas de Labrador y Groenlandia. Una historia similar podría contarse a propósito de la caza de ballenas, así como debemos mencionar otro comercio de caza: las pieles de ganado salvaje. Ya en la década de 1550, abundaba en el interior de las grandes islas del Caribe, aunque pronto se volvió aún más numeroso en las praderas alrededor del Río de la Plata. Las pieles curadas se exportaron a Europa desde el siglo XVII, pero adquirieron especial relevancia durante la década de 1780, cuando la región del Plata llegó a despachar 1,5 millones de unidades al año.[45]

 

Vista en perspectiva, la tercera forma de expansión europea en las Américas, la fundación de asentamientos de colonos, fue la más importante. Estuvo en el origen de grandes naciones y, por lo general, se presenta como un proceso inexorable que empezó en 1492 para España, en 1532 para Portugal, en 1607 para Inglaterra y en 1608 para Francia, cuyos escasos, pero prolíficos, colonos acadios, quebequeses y de Luisiana se establecieron bajo otras banderas desde 1755. Ni la preeminencia ni la inevitabilidad estaban tan claras a finales del siglo XVIII. Unos pocos asentamientos de colonos, como Nueva Inglaterra y Pensilvania, fueron fundados por migraciones privadas homogéneas. Unas pocas más fueron establecidas por Estados para apoyar bases estratégicas, como Salvador en Brasil en 1549 y Halifax en Nueva Escocia en 1749. Pero la mayoría creció de manera paulatina como apoyo a las plantaciones o al comercio extractivo. La función clave del asentamiento español en el norte de Argentina a partir de 1580 fue abastecer a Potosí de caballos y mulas. Lima era la capital administrativa del sistema de Potosí, con el puerto limeño del Callao como salida. Acapulco en México y Portobelo en Panamá —a esta última se llegaba en tren de mulas a través del istmo— constituyeron las salidas al mar, desde donde se enviaba la plata a Manila y a Sevilla o Cádiz. Con respecto al Quebec francés y a la Nueva York holandesa, eran, en esencia, bases para redes de comercio de pieles de largo alcance. Los asentamientos de blancos pobres —a menudo escoceses del Úlster— en lo que llegó a ser el Viejo Sur de Estados Unidos eran auxiliares de las plantaciones costeras: suministraban carne de cerdo y maíz baratos, así como duros partisanos, útiles por igual contra indios,

 

 

 

 

 

 

 

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esclavos rebeldes y rivales europeos. El principal destino de las exportaciones de Nueva Inglaterra y las colonias centrales fue el Caribe, que suministraba alimentos y otros bienes a los esclavos.[46] A diferencia del comercio de pieles, el asentamiento no coexistía fácilmente con los pueblos indígenas.

 

Los asentamientos crecieron y se extendieron de manera vertiginosa durante el siglo XIX, aunque fueron esas otras fundaciones de centurias anteriores, más modestas en tamaño y progresión, el punto de partida fundamental que lo hizo posible. Con todo, ese futuro no era para nada evidente a finales del siglo XVIII, cuando bien podría haber parecido que el imperio europeo en las Américas había alcanzado los límites. Los neobritánicos de Estados Unidos se deshicieron del dominio de Londres en la década de 1780 y los neoafricanos de Saint-Domingue otro tanto con el de París en la década de 1790. En paralelo, un acontecimiento menos reconocido: las limitaciones impuestas a los imperios por la resiliencia y la rebeldía, dada la habilidad para trabar alianzas y la capacidad de adaptación de los nativos americanos. Tanto en la América del Norte británica como en el Brasil portugués, la guerra encarnizada y el rápido contagio de las enfermedades introducidas sometieron a los indígenas costeros en el primer siglo de asentamientos. Sin embargo, más hacia el interior, la frontera se endureció a medida que los indios aprendían a hacer frente al expansionismo europeo y a adquirir y utilizar sus caballos y armas. En cierta medida, hasta se inmunizaron contra las enfermedades introducidas o aprendieron a mantenerse alejados de ellas. Como se ha señalado en el Capítulo 7, los hallazgos más recientes cuestionan la visión tradicional de una especie de impacto catastrófico en forma de ola. «Según sostiene esta investigación, no puede asumirse que la difusión de las enfermedades infecciosas antes de su introducción en una frontera haya sido un proceso uniforme y ondulatorio. Más bien, es probable que la difusión adoptara un camino idiosincrático siguiendo los tipos de interacción que mejor promovían la transmisión».[47]

 

Como también fue señalado en el Capítulo 7, los grandes asesinos selectivos —la viruela, el sarampión y un tipo concreto de tifus— conferían inmunidad a los supervivientes y lo mismo ocurría con la fiebre amarilla y la malaria falciparum, ante las cuales los europeos eran tan vulnerables como los amerindios. Un siglo después de las primeras

 

 

 

 

 

 

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epidemias, aproximadamente, algunas poblaciones indígenas empezaron a crecer de nuevo, quizá ya en 1620 en el corazón de México y en 1680 en otros lugares.[48] Las cifras relativas a los nativos mexicanos son objeto de un encendido debate, aunque las más razonables sugieren unos 8 millones en el momento del contacto, que descendieron a 2,4 en 1595 y quizá a 1,5 millones en 1620. Luego la población se habría recuperado hasta unos 2,5 millones en 1700 y 4 millones en 1800, incluyendo ahora numerosos castas de ascendencia, principalmente, india.[49] El virreinato del Perú siguió un patrón similar y ello sugiere que enfermedades como la viruela se habrían convertido en endémicas y habrían matado a un número relativamente pequeño de niños al año, aunque no los suficientes como para impedir el crecimiento de la población. Los epidemiólogos nos dicen

 

que se requieren poblaciones interactivas —esto es, en constante interacción y contacto— de, por lo menos, 250 000 habitantes para que tales enfermedades se vuelvan endémicas y a veces implican que estas deben habitar una sola gran urbe. Ciudad de México no alcanzó los 100 000 habitantes hasta alrededor de 1780 y Potosí pasó de 160 000 después de 1611. No obstante, las investigaciones relativas a los guaraníes en 98 ciudades de misiones jesuíticas paraguayas, que formaban parte del sistema de apoyo de Potosí, parecen sugerir que las ubicaciones en interacción regular con tales urbes podrían contribuir al umbral de endemismo. En Paraguay, seis brotes de viruela sufridos entre 1653 y 1765 acabaron con muchos guaraníes, pero no tantos como para impedir el crecimiento de la población.[50] Más al norte, algunas poblaciones de

 

indios de los bosques —choctaw, chickasaw y muscogui— también crecieron modestamente entre 1715 y 1790.[51]

 

Muchos —puede que la mayoría— de los indios de los antiguos imperios azteca e inca quedaron, en diversos grados, bajo control español.

 

     Pero España se hizo cargo de estos imperios en lugar de desmantelarlos y la administración local permaneció al principio gestionada en gran parte por caciques nativos. Con el tiempo, la

 

introducción de coadministradores españoles —corregidores— y el establecimiento de minas privadas, haciendas agrícolas y ranchos españoles privados, todos ellos ávidos de mano de obra indígena, complicaron el panorama y los pueblos de misión, que podrían considerarse una forma de colonización monástica, también proliferaron. Sin embargo, aún quedaba espacio para la intervención india. En las

 

 

 

 

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regiones administradas por los corregidores, «la resistencia a los amos extranjeros tendía a ser pasiva pero efectiva».[53] Aunque Potosí dependió, ciertamente, en los primeros momentos de forzados indígenas, con el tiempo la mano de obra libre fue mayoritaria y lo mismo ocurrió en las minas mexicanas del siglo XVIII.[54] Con frecuencia, los indígenas administrados por los españoles tenían familiares independientes no muy lejos a quienes siempre podían acudir si las condiciones se volvían

 

intolerables y ser reducidos —trasladados y asentados— en los pueblos gestionados por misioneros tenía sus beneficios. «Al convertirse al cristianismo y aceptar a los frailes franciscanos residentes, los caciques obtenían no solo la generosidad de la Iglesia católica y de la Corona española, sino también un intermediario cultural y defensor en el lugar que actuaba en su nombre ante el gobierno militar español».[55] Esto se refiere a la Florida española, donde la generosidad de la Corona era considerable

 

—55 000 pesos en 1794— debido al temor de que los británicos o sus vástagos americanos rebeldes pudieran sobornar a los indios.[56] En esta y en muchas otras regiones con potencias europeas rivales, los grupos indios, a veces en nuevas alianzas tejidas por profetas religiosos, se dividieron y evitaron ser gobernados.

 

La extracción de plata por parte de los españoles dependía de la mano de obra indígena y quienes pusieron en marcha las primeras plantaciones

pretendían reproducir el modelo: un millón —como poco— de esclavos indios fueron capturados o intercambiados por otros indios, sobre todo antes de 1700 y en especial en Brasil, pero también en el Caribe y en lo que actualmente es Estados Unidos. El comercio de pieles también dependía de los pueblos locales, pero aquí la coerción, pura y simplemente, no funcionaba. Los numerosos fuertes erigidos por los comerciantes peleteros en América del Norte no eran tanto símbolos del imperio como mercados en territorio indio donde se intercambiaban pieles de castor por productos europeos, sobre todo armas. A su vez, la dependencia de las armas de fuego volvió a los indios adictos al comercio europeo. Al igual que en África, no bastaba con la compra única del arma, sino que esta implicaba el suministro continuo de repuestos y munición. Adicionalmente, esas armas inmunizaron a los indígenas contra el imperio europeo. Por citar un caso famoso, los iroqueses de Nueva York y Nueva Inglaterra utilizaron las armas adquiridas gracias al comercio de pieles

 

 

 

 

 

 

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para crear su propio imperio a lo largo del siglo XVII. Con los holandeses primero y después los ingleses como aliados más entusiastas, conservaron su independencia al menos hasta 1794.[57] De manera que, armados por el comercio de pieles, capaces ahora de enfrentarse a las potencias europeas entre sí y de forjar nuevas alianzas, los indios de los bosques en los Apalaches y sus alrededores fueron capaces de contener a los europeos en la costa atlántica hasta 1795.[58] Estrategias similares permitieron a los nativos centroamericanos obtener aún mejores resultados ante los españoles en Darién y la Costa de los Mosquitos.[59] Las armas de fuego de avancarga presentaban una utilidad limitada en la lucha a caballo, donde los arcos, las lanzas y las boleadoras podían resultar, como mínimo, igual de útiles. De hecho, en las vastas y numerosas praderas americanas fueron a menudo los caballos —que se producían a sí mismos—, más que las armas, la garantía de la tenaz independencia india. En 1870 —y no digamos ya en 1800—, los imperios nómadas a caballo de los siux lakota y los comanches controlaban, aproximadamente, una cuarta parte de Estados Unidos. Al igual que los mongoles, los guerreros comanches que podían disponer de varios caballos, además de armas, aterrorizaban por igual a angloamericanos, hispanoamericanos y otras naciones indias.[60] Por su parte, los mapuches montados de Chile, así como los araucanos de Argentina, controlaban enormes extensiones de sus países en esa misma fecha tardía.[61]

 

Resulta complicado determinar qué parte de Brasil se hallaba realmente bajo control portugués en 1800. Hasta 1690, es probable que no fuera mucho más que las provincias de Salvador y Bahía, en el nordeste; y Río de Janeiro y São Paulo en el sudeste. La población blanca seguía sumando apenas unos 100 000 habitantes y, en 1601, el número de indios sometidos en las misiones no pasara de los 50 000, probablemente.[62] Las numerosas incursiones esclavistas hacia el interior no podían implicar, casi por definición, un control continuado. La existencia en el interior de

 

más de 100 comunidades de esclavos fugitivos —conocidas como quilombos, a menudo en alianza con indígenas locales— tampoco parecen apoyar ese supuesto control. La mayor de ellas, Quilombo dos Palmares, albergaba a 20 000 habitantes y fue capaz de repeler los ataques portugueses y holandeses durante la mayor parte del siglo XVII: «un reino africano en Brasil».[63] Llegados al XVIII, la fiebre del oro cambió algo las

 

 

 

 

 

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cosas, pero la pervivencia tanto de las expediciones en busca de esclavos como de los quilombos sugiere que el control de las regiones interiores seguía siendo muy parcial. Los yacimientos de oro proporcionaron oportunidades para que los esclavos negros escaparan o compraran la libertad.[64] Los poderosos indios botocudos siguieron controlando una vasta franja de la provincia minera más poblada, Minas Gerais, al menos hasta 1808 y la penetración portuguesa en la Amazonia siguió siendo muy modesta. En el extremo sur de Brasil, los caduveos montados del Chaco firmaron un tratado en 1791,[**] normalmente un indicador para los estándares de los territorios iberoamericanos de la época, de sumisión nominal y autonomía real.[65]

 

La persistencia de la autonomía indígena en la mayor parte de la América española, en los casos en que ha sido reconocida, se atribuyó con frecuencia al desinterés de la metrópoli por sus regiones debido a la aparente ausencia de oro o plata. En realidad, la California española era rica en oro, pero nunca hubo suficientes españoles sobre el terreno para encontrarlo. España prefería gobernar sus dominios de hecho y de derecho y reconocer que «solo la ocupación apuntalaba las reivindicaciones territoriales».[66] Temerosa de los rivales europeos, intentó repetidamente imponer algún control real sobre sus fronteras. En consecuencia, desarrolló un sofisticado sistema de colaboración con las élites coloniales blancas destinado a incentivarlas para que le ayudaran a conseguirlo, el llamado imperio de las partes interesadas. También contó desde el principio con aliados indígenas que no solían pagar tributo y conservaban su autonomía. Así, por ejemplo, los tlaxcaltecas, coconquistadores de los aztecas en la década de 1520, mantuvieron sus privilegios como colonos

 

militares en el norte y el oeste de Nueva España —zonas apenas controladas— hasta la década de 1760.[67] Otros poderosos grupos locales de aquella vasta región, los yaquis y los apaches, conservaron su independencia mediante una mezcla de intercambios comerciales, alianzas y resistencia exitosa y sostenida.[68] Los esfuerzos de España por convertir un imperio nominal en otro real culminaron con un denodado esfuerzo militar en la segunda mitad del siglo XVIII, aunque «por lo general, los intentos de someter a estos indios fracasaron».[69] Al igual que en Chile y Argentina, las tribus montadas en las praderas de Colombia

 

 

 

 

 

 

 

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y Venezuela conservaron su independencia hasta 1800 e incluso después. [70]

Así, para esos albores de siglo, el imperio europeo en América era un proyecto estancado donde, para relanzarse, harían falta nuevos desarrollos a lo largo del siglo XIX. Era aquel un territorio, en buena medida, restringido a una Empalizada europea, a semejanza de la Empalizada original, la región fortificada que construyeron los ingleses en el siglo XV que rodeaba la zona de Dublín, para protegerse de los nativos irlandeses. Y eso que algunas fronteras imperiales ya venían de antiguo. En Argentina, «en la década de 1820 la frontera de los asentamientos apenas había avanzado más allá de la de 1580».[71] «La ocupación territorial efectiva de la campaña nunca se extendió más allá de 10 millas desde el Río de la Plata».[72] El recién independizado Estados Unidos controlaba, aproximadamente, la mitad de sus algo menos de 2,5 millones de kilómetros cuadrados nominales, que, a su vez, constituían solamente el 15 por ciento de lo que pasaron a ser los 48 estados. De media, esa proporción podría aplicarse a todas las Américas —más en la Sudamérica española, pero apenas nada en todo el medio oeste y oeste de Norteamérica—. Mientras tanto, los esclavos africanos seguían entrando y saliendo el oro y la plata. Y las pieles de castor, el bacalao y el azúcar, cuyos principales beneficios no recaían necesariamente en las potencias europeas que habían organizado el intercambio. El comercio francés de pieles cayó en manos de los británicos en 1763. Los Imperios español y portugués se mantuvieron algo más a flote, pero cada vez con más fugas, por medio de las cuales esos metales preciosos fluyeron hacia otros destinatarios.

 

 

Sigue segunda parte….



FIN

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