© Libro N° 14578. El Mito De La Guerra Buena. Pauwels, Jacques R. Emancipación. Diciembre 13 de 2025
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EL MITO DE LA GUERRA BUENA
Jacques R. Pauwels
El Mito De La
Guerra Buena
Jacques R. Pauwels
Los grandes
historiadores siempre han sabido –y no lo han negado– que sus relatos de los
hechos pasados no dejan de ser, por muy científicamente que se trabaje sobre
ellos, un punto de vista sobre aquellos acontecimientos de que se trata, y que
los historiadores no son ciudadanos neutros y sin ideología, que se mecieran en
las nubes de una «objetividad» imposible. Pero de ello a mentir sobre
determinados hechos u ocultarlos maliciosamente va un abismo.
Esta casa editorial
tiene inquietudes al respecto, y está procurando el acceso al público de libros
que no aparecen generalmente en las grandes casas, porque sus autores no están
al servicio de la historia oficial. Es el caso de Jacques Pauwels, cuyas revelaciones,
muy documentadas, ponen las cosas claras sobre el comportamiento de los EE. UU.
en la Segunda Guerra Mundial y también antes y después, durante los largos años
de la Guerra Fría.
Jacques R. Pauwels
El Mito De La
Guerra Buena
ePub r1.0
Titivillus 06.10.2025
Título
original: De mythe van de "goede oorlo": Amerika en de Tweede
Wereldoorlog
Jacques R. Pauwels,
2000
Traducción: José
Sastre
Editor digital:
Titivillus
Digitalización y
OCR para Epublibre
Primera edición en
Epublibre, 06-10-2025
ePub base r2.1
RECONOCIMIENTOS
Es imposible
nombrar aquí a todos aquellos que contribuyeron de algún modo en la producción
de éste libro, pero algunos de ellos merecen especial mención.
Mis padres, abuela,
tías y tíos, hermanas y hermanos y muchos otros familiares, vecinos, amigos y
compañeros que vivieron la Segunda Guerra Mundial y estimularon con sus
entretenidas historias del conflicto el interés de un niño que tuvo la fortuna
de haber visto la luz después de que cayeran las últimas bombas. El sentimiento
para un análisis más sistemático y crítico de la historia, emergió
principalmente como resultado de los esfuerzos de Carlos de Rammelaere, mi
profesor de Historia en la Escuela Superior de la pequeña ciudad flamenca de
Eeklo. En la Universidad Estatal de Gante, tuve el privilegio de recibir una
magistral introducción a la Historia Contemporánea por parte del profesor Jan
Dhondt y sin el profesor Michael Kater de la Universidad de York en Toronto, yo
no sabría nada acerca del Tercer Reich de Hitler y muy poco acerca de la
Segunda Guerra Mundial. Finalmente, en el crepúsculo de mi larga vida de
estudiante, expertos en Ciencias Políticas, Sociales y Económicas de la
Universidad de Toronto (entre ellos Stephen Clarkson, Susan Solomon, Michael
Trebilcock y Carolyn Tuohy), me dieron a conocer los principios básicos de la
política económica, una disciplina académica que hoy en día no tiene la
popularidad que merece.
También deseo
mencionar en estricto orden alfabético, a un grupo de autores que me causaron
profunda impresión: Murray Edelman, Gabriel Kolko, Thomas Kuhn, Renhard Kühnl,
Georg Lukács, Michael Parenti, Howard Zinn… Sin olvidar los amigos de Europa y
América del Norte, Jean Francois Crombois, John Hill, Mark Lipincott, Hans
Oppel, Michael Quinn, Howard Woodhouse, con quienes he mantenido discusiones
particularmente productivas sobre temas como el fascismo, el comunismo,
el capitalismo y el curso de la Segunda Guerra Mundial. También aprendí
muchísimo sobre ésta guerra de los viajeros canadienses, americanos, alemanes,
belgas y británicos a los que tuve el privilegio de acompañar como guía de
viajes en ambos lados del Atlántico, por ejemplo, mis amigos americanos George
y Kathy Triepel. Durante el período de investigación y desarrollo del trabajo,
recibí una valiosísima ayuda de Bert de Myttenaere, Karola Fings, Alvin Finkel,
Hugo Franseen, Jürgen Harrer, Michael Thorn, Andrea Neugebauer y Anne Willemen.
Sin todos ellos y muchos otros cuyos nombres resulta imposible mencionar aquí,
este libro habría sido muy diferente. De hecho, podría no haberse escrito
nunca. Estoy agradecido a todos y cada uno de ellos.
La edición inglesa
del libro es una versión actualizada del texto, que fue originalmente escrito y
publicado en flamenco, lengua oficial en la mitad norte de Bélgica: Flandes. La
versión inglesa refleja mi respuesta a las justificadas críticas y sugerencias,
así como a nueva información recogida de algunos estudios publicados
recientemente, en particular « IBM y el Holocausto» de Edwin Black.
Gracias especiales
a mis hijos David y Natalie que tomaron éste proyecto con el más vivo interés y
repasaron las pruebas de mi traducción inglesa con sentido crítico y creativo.
Por supuesto, yo
soy el único responsable de cualquier inexactitud o deficiencia de éste estudio
y de la visión de los hechos que ofrece al lector. Es una interpretación
histórica que supongo encontrarán estimulante muchos de mis amigos y allegados,
pero confío en que la lean con la mente abierta y espero que les suponga una
buena experiencia. Continuaré apreciando su amistad aunque no estén de cuerdo
con mis criterios.
Por último, pero no
por ello menos importante, deseo otorgar un «Danke» de todo corazón a mi esposa
Danielle por su interés, su apoyo y la enorme paciencia de que hizo gala
mientras elaboré éste proyecto, que me mantuvo alejado de las más prácticas
tareas en la casa y el jardín.
Jacques R. Pauwels
PRÓLOGO: OBJETIVOS
Y METODOLOGÍA
ESTE libro no es el
resultado de una ardua investigación llevada a cabo
en los monumentales
Archivos Nacionales de Washington o en cualquier otra importante colección de
documentos. Para crearlo, poco o nada se han utilizado lo que los historiadores
llaman «fuentes primarias». Por otra parte, las páginas que siguen no ofrecen
ninguna revelación dramática o hechos desconocidos. Sin embargo, espero que
este conciso estudio aporte algo de valor y una nueva y posiblemente
sorprendente interpretación histórica de los hechos, que son ya familiares para
muchos de nosotros.
Los estudios que se
basan principalmente en las fuentes primarias, son casi siempre monografías y
análisis detallados de un hecho histórico que tienden a la búsqueda o
esclarecimiento de alguna pequeña pieza del gran rompecabezas que es la
Historia. En éste caso, los complejos acontecimientos que rodearon la Segunda
Guerra Mundial. Las investigaciones eruditas realizadas por expertos
historiadores, son ejemplos de ésta forma de análisis histórico, que acaba
plasmándose en ensayos difícilmente comprensibles para la mayoría, ya que en
realidad son obras dirigidas a un público especializado. Estas obras de
investigación suelen ser respetuosamente calificadas de imprescindibles para
avanzar en la frontera del conocimiento histórico. Y pueden realmente ser extremadamente
útiles, pero nunca ofrecen una visión general comprensiva ni una interpretación
convincente de los acontecimientos históricos en toda su complejidad. No
muestran en definitiva el rompecabezas completo, sino solamente sus partes.
En consecuencia, se
hace necesario otro tipo de estudio histórico, un trabajo de síntesis menos
interesado en los detalles que en la totalidad de un drama histórico. En
contraposición a los trabajos monográficos, las
síntesis ofrecen una visión general acompañada de una interpretación de
los hechos. Más que en las fuentes primarias, las síntesis se basan en fuentes
secundarias, en análisis preexistentes y en lo que los sociólogos llaman
paradigma, que es la idea básica en la que se inspiran todas las teorías
interpretativas.
El estudio que
sigue no es un análisis pues tiene un propósito de síntesis al ofrecer un
esbozo general relativamente breve, así como una interpretación fundamentada
del papel jugado por los EE. UU. en la Segunda Guerra Mundial. Este tema
fascinante ha sido ya objeto en América durante los últimos diez años de
numerosas síntesis. Sin embargo, el presente estudio difiere de forma evidente
de los puntos de vista ortodoxos sobre la historia de la guerra y sobre el
papel jugado por los Estados Unidos en el conflicto.
No obstante, deseo
aclarar que no se aleja del enfoque tradicional en un intento de convencer al
lector de que Hitler no fue realmente tan terrible o de que el
nacional-socialismo tenía sus lados positivos, como es el caso de algunos
recientes tratados sobre la época. Esta síntesis se basa en la irrefutable
premisa histórica de que Hitler y sus secuaces nazis fueron desmedidos
criminales y el nazismo un sistema despiadado basado en una ideología inhumana
y despreciable.
En lo que sí se
distancia mi estudio de los enfoques ortodoxos es en que mantiene la tesis de
que el papel de EE. UU., o más exactamente, el liderazgo político y económico
de América en tiempos de guerra, no fue en muchos aspectos tan positivo como se
asume generalmente. La abrumadora mayoría de trabajos que estudian el papel de
los EE. UU. en la Segunda Guerra Mundial, lo hacen de una forma convencional y
son típicos ejemplos de lo que podríamos llamar «historia confortable». Este
término se refiere a la literatura histórica que sistemáticamente confirma lo
que los americanos aprenden primero en la escuela y revalidan una y otra vez a
lo largo de toda su vida: Que los Estados Unidos, defendiendo el ideal de la
democracia, asumieron el liderazgo de la cruzada contra la dictadura y
procedieron a ganarla virtualmente con una sola mano.
Mi trabajo no entra dentro de ésta categoría, no pertenece a lo que un
historiador británico ha llamado «Escuela de Tambores y Trompetas» de la
historiografía militar. En lugar de esto, plantea preguntas conflictivas y
abunda en lo que el especialista en ciencias políticas americano Michael
Parenti designa como «sucias verdades». Este tipo de interpretación molestará a
algunos lectores, otros —es de esperar— la aprobarán y la encontrarán
liberadora. Su propósito no es hacerles caer en el sueño intelectual de otra
«historia confortable», sino llevarles a una reflexión estimulante. Tampoco
trata la guerra como un problema de relaciones internacionales o como un
acontecimiento exclusivamente militar. Este estudio ofrece algo de «economía
política» intentando explicar que el papel interpretado por los EE. UU. en la
guerra estaba absolutamente condicionado por su situación económica y social,
sus posibilidades políticas, sus dificultades y sus aspiraciones.
En consecuencia,
pongo mucha atención a lo que los alemanes llaman Zusammenhänge,
las conexiones entre los problemas económico-sociales internos en
EE. UU., la estrategia militar y la diplomacia internacional de Washington.
Aún hay otra
diferencia más entre éste libro y los estudios convencionales sobre el papel de
los EE. UU. en el gran Armageddon del Siglo XX. No sólo la guerra misma recibe
nuestra atención, sino también los importantes acontecimientos de la anteguerra
y de la posguerra. En otras palabras, éste libro analiza las interconexiones
cronológicas, enfatiza sobre la continuidad entre los años veinte, los treinta,
los años de la propia guerra y el período de posguerra, extendiéndose hasta
sucesos recientes como la reunificación de Alemania. Busca respuestas a
preguntas tales como: ¿por qué muchos influyentes americanos estuvieron a favor
del fascismo antes de la guerra? y ¿por qué transcurrió tanto tiempo hasta que
América decidió apoyar a las democracias europeas contra la Alemania nazi? En
cuanto a la posguerra, ¿por qué los dirigentes de EE. UU. no erradicaron todas
las formas de fascismo en Alemania y en otros lugares después de 1945? ¿Por qué
en vez de eso eligieron oponerse a los antifascistas? Adicionalmente, este
estudio también se ocupa de la enorme influencia que la guerra tuvo en la
sociedad americana, las relaciones de América durante la posguerra con el mundo
en general y con Alemania y
la URSS en particular. La división de Alemania en dos estados
antagónicos y su eventual reunificación, serán mencionados en éste contexto.
Igualmente, se contextualizan los acontecimientos históricos en la América
anterior a la guerra, los acontecimientos militares, políticos y económicos
producidos durante la propia guerra, así como aquellos hechos devenidos tras la
confrontación y que marcarían un largo período de la Historia conocido como la
Guerra Fría. Mi objetivo, es resaltar la continuidad y consistencia de la
política doméstica e internacional americana, una política guiada
principalmente no por ideales de libertad, justicia y democracia como se
pretende hacer creer, sino por intereses industriales, comerciales y
financieros. Intereses de la Élite del Poder americana.
¿En qué análisis y
en qué paradigma está basado éste estudio? Ninguna síntesis puede tener en
cuenta todos los análisis publicados sobre algún aspecto del tema que nos
preocupa. Toda síntesis está inevitablemente basada en una selección de los
análisis disponibles, y éste es el caso. Para realizarla, hice un uso
selectivo, no sólo de los análisis históricos, sino también de los estudios
políticos y económicos y de los ensayos multidisciplinarios publicados tanto en
EE. UU. y Gran Bretaña, como en Alemania, Francia y otros países.
Esta síntesis poco
ortodoxa, fue inspirada primeramente por una serie de originales y
controvertidos estudios históricos producidos en los primeros años sesenta, y
otros de años recientes, estudios que no tenían la intención de ofrecer una
visión favorable sobre el papel de los EE. UU. en la Segunda Guerra Mundial. En
esta muy heterogénea familia de estudios, encontramos primeramente los trabajos
de los llamados «historiadores revisionistas», que alcanzaron notoriedad
durante e inmediatamente después de la Guerra del Vietnam. Revisonistas tales
como William Appleman Williams y Gabriel Kolko destacaron por sus puntos de
vista críticos sobre la política exterior de EE. UU. antes, durante y después
de la Segunda Guerra Mundial, durante los primeros años de la Guerra Fría y por
supuesto durante la Guerra del Vietnam. Otro bien conocido revisionista es Gar
Alperovitz, cuyos minuciosos estudios sobre la «diplomacia atómica» de América
en 1945 causaron conmoción en los
EE. UU. en 1995, con ocasión del cincuenta aniversario de la
destrucción de Hiroshima.
El término
«revisionista» origina alguna confusión, porque también se usa para referirse a
quienes buscan «revisar» la historia de la Segunda Guerra Mundial y de la
Alemania nazi en el sentido de negar la realidad histórica del holocausto. Sin
embargo, los historiadores revisionistas de América no tienen nada que ver con
los que buscan rehabilitar a Hitler. Son revisionistas porque asumen un examen
crítico y diferente a lo establecido como correcto en el análisis oficial sobre
la intervención americana en la guerra. Esta clase de exámenes van apareciendo
también en otros países. Son muy interesantes por ejemplo, los estudios
críticos publicados recientemente en Alemania sobre el poco conocido papel de
EE. UU. durante la ocupación y posterior división de ese país.
Las íntimas y
altamente rentables conexiones que las grandes corporaciones americanas,
Coca-Cola, IBM, Ford, General Motors e ITT, mantuvieron con sus subsidiarias
y/o colaboradoras en la Alemania de Hitler antes, durante y después de la
guerra, no han recibido mucha atención por parte de los principales
historiadores. Esta reticencia tiene probablemente mucho que ver con que las
influyentes corporaciones envueltas en negocios con los nazis, prefieran
mantener cerrada la caja de Pandora. No obstante, actualmente se han publicado
también algunos convincentes estudios sobre éste tema, como por ejemplo Comerciando
con el Enemigo, de Charles Higham; El Coloso del Cromo, de Ed
Cray o los más recientes IBM y el Holocausto de
Edwin Black y Trabajando para el Enemigo, escrito por el equipo
germano-americano formado por Reinhold Billstein, Karda Fings,
Anita Kugler y Nicholas Lewis. Sus hallazgos han sido tenidos en cuenta en este
trabajo. Aunque muchos —no los suficientes— hechos sobre los compromisos
corporativos de EE. UU. con la Alemania nazi son ya conocidos, este estudio
explora las razones de esos compromisos y sus ramificaciones respecto a la
política exterior de Washington. Esta síntesis fue inspirada por los
mencionados estudios y participa, no sólo de sus puntos de vista críticos, sino
de ciertos aspectos de su metodología. Por ejemplo, buscando encontrar una
explicación a los complejos y a veces controvertidos acontecimientos
históricos, un método
particularmente efectivo consiste en hacer la pregunta que suelen
hacerse los detectives en sus investigaciones: ¿Quién es el que se beneficia?
He consultado
además, los trabajos de especialistas en ciencias políticas americanos como C.
Wright Mills, autor de un estudio clásico sobre élites políticas, sociales,
económicas y militares en América, o Michael Parenti, un bien conocido
disidente que ha refutado sin misericordia muchos mitos de la historia de
América en libros tales como: Democracia para unos pocos.
También debe ser
mencionado aquí Noam Chomsky. En su trabajo interdisciplinario ha puesto
especial atención a la contribución histórica de
EE. UU.
al desarrollo de la economía mundial contemporánea. Un desarrollo en el cual la
Segunda Guerra Mundial constituyó un capítulo extremadamente importante.
Chomsky nos pide que intentemos ver los acontecimientos con los ojos y la
mentalidad de los habitantes del Tercer Mundo, a los cuales el conflicto
mundial debió parecerles un sangriento ajuste de cuentas entre bandoleros que
se disputaban territorios que ellos mismos habían arrebatado a terceros. Las
ideas de Chomsky, Williams, Kolko y sobre todo Parenti, constituyen
colectivamente el paradigma de la teoría general sobre la que está basada esta
síntesis: Que el sostenimiento y desarrollo de la economía capitalista de EE.
UU. requiere que los agentes del poder luchen permanentemente por mantener sus
intereses de clase, tanto en casa como en el extranjero, con la ayuda de
demócratas o de dictadores, por medios pacíficos o con violencia y sin que
verdaderamente se haga mucho caso de los valores de la democracia, la libertad
y la justicia, de los que teóricamente, EE. UU. es el adalid.
Mi estudio no es
absolutamente objetivo, porque trata un tema que no es un fenómeno exacto como
el movimiento de los planetas alrededor del sol, sino que investiga un drama
histórico del que no resulta fácil distanciarse, un drama que no puede ser
tratado con lógica matemática. Las interpretaciones históricas absolutamente
objetivas simplemente no existen. Mucho de lo que pretende ser objetivo, como
escribe Parenti, no es más que «unanimidad de prejuicios familiarmente
establecida» o «el punto de vista dominante». De ésta clase de objetividad
garantizo que mi trabajo se encuentra totalmente libre. Es más, el lector
indudablemente, se alegrará de notar también la ausencia de
aquella descarada subjetividad tan típica de la mayoría de las corrientes
historiográficas durante la Guerra Fría, cuando ciertas cosas simplemente no
podían decirse. Con lo cual, respecto a la objetividad creo que puedo reclamar
algún modesto mérito.
Ahora ya es posible
para un autor mencionar que la Unión Soviética realizó la mayor contribución a
la victoria aliada sobre la Alemania nazi, sin ser tachado de marioneta de
Moscú. El final de la guerra fría, ha posibilitado una interpretación más
objetiva de la historia de la Segunda Guerra Mundial. Espero que ese mayor
grado de objetividad haya quedado reflejado en estas páginas. En el caso de una
síntesis, además de la objetividad existen otras cualidades importantes a tener
en cuenta. Primero, que la interpretación que ofrezca esté tan libre de
contradicciones como sea posible, para que resulte convincente. Segundo, se
espera que una nueva interpretación explique asuntos que no han tenido una
explicación fácil a la luz de otras síntesis anteriores. En otras palabras, la
mejor cualidad de cualquier síntesis será haber logrado un buen análisis
comparativo y poseer alta capacidad de persuasión. Cada lector decidirá por sí
mismo cómo de consistente y cómo de persuasiva ha encontrado esta
interpretación comparada con otras.
Finalmente debo
mencionar que mi estudio es también en gran medida el resultado de muchas
discusiones con profesores y estudiantes de universidades americanas, con
amigos y extraños, con compañeros de viaje, a veces veteranos de guerra, con
ocasión de visitas a los campos de batalla y cementerios militares, desde Monte
Cassino, vía Normandía, hasta Pearl Harbor, a campos de concentración como el
de Buchenwald y otros lieux de mémoire de la Segunda Guerra
Mundial.
Fue también a
través de tantas discusiones y diálogos, como la imagen previa que yo tenía,
tanto de la guerra, como del papel jugado en ella por
EE. UU.,
fueron sufriendo un cambio gradual comenzando a diferir de las interpretaciones
que, con pocas variaciones, ofrecía la historia convencional. En este libro,
por tanto, la Segunda Guerra Mundial no se presenta como la «Guerra Buena», como
la cruzada americana contra el fascismo y el militarismo, sino como un
conflicto de intereses, donde los negocios, el dinero y los beneficios fueron
lo verdaderamente importante.
1. INTRODUCCIÓN:
AMÉRICA Y EL MITO DE LA GRAN CRUZADA
TODO el mundo sabe que los americanos contribuyeron
fundamentalmente a
la victoria aliada contra el nazismo alemán, el fascismo europeo y por supuesto
el militarismo japonés. Igualmente, es bien conocido el hecho de que una gran
parte de Europa fue liberada por los propios americanos. La gratitud y buena voluntad
que suscitaron en la Europa de posguerra fue sin duda gracias a sus méritos.
Pero ¿por qué entraron los EE. UU. realmente en la guerra? A muchos europeos no
les enseñaron nunca en la escuela la respuesta a ésta pregunta. La historia que
se enseñó prefirió concentrarse en las hazañas de César, Colón y otros héroes
del distante y cómodo pasado, en lugar de en los traumáticos y conmovedores
acontecimientos de nuestro Siglo XX. En cualquier caso, los escolares europeos
nunca aprendieron mucho sobre la historia de los considerados potentes, pero
distantes, Estados Unidos de América, tierra de los cow-boys y
de los indios, de los gangsters y las estrellas de cine. El país del que se
suele decir de modo totalmente erróneo pero con la mayor convicción, que no
tiene mucha historia.
Lo que sabemos, o
más exactamente lo que asumimos, sobre el papel de EE. UU. en la guerra, lo
hemos aprendido en principio de Hollywood, esto es, de la industria
cinematográfica americana. Las incontables películas populares sobre la guerra,
producidas por Tinseltown en los años cincuenta y sesenta, tales como «El día
más largo», normalmente protagonizadas por actores varoniles como John Wayne o
Ronald Reagan, propagaron de forma muy efectiva la idea de que una nación
idealista, Estados Unidos, entraba en la guerra para restaurar la libertad y la
justicia en Europa y en todas partes. Ya durante la guerra, así era como las
autoridades americanas presentaban su intervención al pueblo americano y
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al resto del mundo. Al general Eisenhower, comandante en jefe de las
fuerzas aliadas en Europa occidental, le gustaba describir la intervención de
su país en la guerra como una «Gran Cruzada» y el presidente Franklin D.
Roosevelt hablaba de una guerra en la que América luchaba por los valores de
libertad y justicia antes mencionados y como dijo una vez poniendo en ello toda
su espontánea sinceridad: «Por nuestra religión».
Es comúnmente
aceptado que los objetivos en la guerra para EE. UU. y para su compañero
anglosajón del otro lado del Atlántico, se resumieron en la llamada «Carta
Atlántica», documento suscrito conjuntamente por el presidente Roosevelt y el
primer ministro británico Winston Churchill, durante su reunión en un buque de
guerra junto a las costas de Terranova, el 14 de agosto de 1941. En ese
momento, Washington ya funcionaba como aliado «de facto» de Gran
Bretaña, aunque no había entrado formalmente en la guerra. En este documento,
los aliados anglosajones, declaraban que se oponían a la Alemania nazi en
defensa de las llamadas «Cuatro Libertades», a saber: libertad de expresión, de
religión, de padecer hambre y de sufrir miedo político.
Sin embargo, estas
bellas y confusas palabras había que interpretarlas con cuidado, ya que ni
Washington ni Londres tenían intención de permitir a la población de sus
colonias y protectorados, como la India o Filipinas, disfrutar de ellas. Por el
contrario, después de la victoria, nada cambió en
EE. UU. para
solucionar las terribles necesidades de millones de americanos blancos y
negros, en contraste con Gran Bretaña, en dónde en los años posteriores a 1945
se introdujo un elaborado sistema de seguridad social, conocido como Estado del
Bienestar.
La proclamación de
la Carta Atlántica sirvió para expandir el mito de que América, junto con su
aliado británico, luchaba por la libertad y la justicia y este mito fue
activamente propagado en los meses y años que siguieron. Una ilustración creada
por el popular artista americano Norman Rockwell actuó como instrumento
fundamental en el proceso de fabricación del mito. La evocación sentimental del
artista sobre las «Cuatro Libertades» hizo su primera aparición en la popular
publicación Saturday Evening Post, y después se distribuyeron
millones de copias en forma de posters por toda América y el
extranjero. Innumerables personas,
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ciertamente no sólo americanas, creyeron que los EE. UU. habían
respondido a su «divina misión de salvar al mundo», como dijo el diplomático
británico destinado en Washington Isaiah Berlín en un informe a Londres. El
discurso oficial sembró una verdad oficial, o más todavía, una mitología
oficial, de acuerdo con la cual verdaderos motivos idealistas habrían
determinado el papel de Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.
No sólo por los
carteles de Rockwell, sino por las películas de Hollywood, la enorme cantidad
de documentales sobre la guerra, y publicaciones tales como Saturday
Evening Post, Life y Reader’s Digest fue
por lo que esta mitología se expandió por el mundo durante y después de la
guerra. En países que fueron liberados por los americanos, las dramáticas
palabras de Roosevelt y Eisenhower acerca de la libertad y la justicia,
encontraron amplio eco en el lenguaje oficial usado por toda clase de
dignatarios, en las conmemoraciones y actos llevados a cabo en Normandia, Las
Ardenas y en todas partes. Esta clase de discurso también sirvió para
corroborar la misma verdad oficial confortable en las mentes de muchos
ciudadanos agradecidos y devotos escolares que acudían con fe a dichas
ceremonias.
Los veteranos de
guerra estadounidenses, británicos y canadienses se sentían generalmente
halagados por los elogios oficiales recibidos en tales ocasiones. Sin embargo,
los comentarios informales y a veces cínicos de estos veteranos, indicaban que
en modo alguno habían ido a la guerra por impulsos idealistas. Es más, las
historias como las del autor americano Studs Terkel, así como un cierto número
de excelentes estudios sobre la motivación y la conducta de los soldados
americanos durante la guerra, también dejaron muy claro que los combatientes
americanos «de a pie», los GI’s [1], como les gustaba
llamarse a sí mismos, habían tomado las armas por toda clase de razones, pero
desde luego no por el afán ideológico de destruir el fascismo y el militarismo
y restaurar la democracia y la justicia en Europa, como propugnaba la mitología
oficial.
En las vísperas de
la Segunda Guerra Mundial, la mayoría de los americanos simplemente no estaban
dispuestos a ninguna cruzada contra el fascismo en general o su variedad
alemana, el nacional-socialismo de
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Hitler en particular. Sabían poco o nada acerca de estos «ismos»
europeos y no estaban amenazados directamente por ellos ni se encontraban
preocupados por el militarismo alemán o el japonés. Después de todo, el
militarismo y la violencia en Estados Unidos habían sido tradicionalmente
glorificados más que condenados. Los GI’s se quejarían más tarde,
incidentalmente, de que en su propio ejército también experimentaban prácticas
fascistas (o cuasifascistas), en forma de malos tratos y humillaciones conocidos
como "chickenshit" (mierda de pollo). La mayoría de los
soldados americanos tampoco tenían gran conocimiento sobre las gentes de los
países que liberaban, ni ningún interés por adquirirlo.
El famoso General
Patton, líder militar capaz y megalomaníaco, que aterrorizaba a sus propios
hombres con monumentales «chickenshit», no fue ciertamente el
único yankee que demostró más simpatía por los ciudadanos y el
personal militar alemanes, que por los hambrientos, enfermos y ruinas humanas
que encontraron en los campos de concentración.
Para la generación
americana previa, la Primera Guerra Mundial había sido presentada como «la
guerra para terminar con las guerras», o como el presidente Wilson dijo, «una
guerra por la democracia». Pero la terrible realidad de la Gran Guerra había
dado al traste con toda esta bella fraseología y la Zeitgeist de
la desencantada América de los años veinte y treinta era por tanto
decididamente antibélica. La generación de americanos que estaba predestinada a
luchar en la segunda gran guerra ya no era susceptible a las idealistas
palabras wilsonianas que ahora brotaban de las bocas de Roosevelt y Eisenhower.
Esta generación realmente no tenía ni idea de por qué luchaba; ideológicamente
lo hacían, como dijo el historiador americano y veterano de guerra Paul Fusell
«en un vacío». Las tropas, escribe el mismo autor, no tenían ninguna
mentalización ideológica, ni alta ni baja, simplemente no tenían ideología. Los
soldados americanos no habían querido esta guerra y no luchaban por ideales
sino por sobrevivir, para ganar la guerra, para que ésta terminara, para poder
dejar el ejército, para volver a casa. Cuando oían una argumentación idealista
sobre la guerra solían exclamar: ¡Mierda! Ellos se regían por una lógica
absurda pero convincente que plasma Fussell: «Para volver a casa la
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guerra tiene que terminar. Que la guerra termine es la razón para
luchar. La única razón». El mismo leitmotiv aparece en la
reciente película «Salvad al Soldado Ryan», en la cual uno de los soldados
americanos señala que están luchando «por el derecho a volver a casa». En otras
palabras, están luchando para hacer posible el dejar de luchar.
Tampoco la mayoría
de los civiles americanos tenía una idea clara del por qué de esta guerra. Una
encuesta Gallup de septiembre de 1942 reveló que el 40% de los americanos no
tenía ni idea de por qué su país estaba involucrado en la guerra y menos de un 25%
habían oído hablar de la Carta Atlántica. Sólo un 7% era capaz de mencionar
alguna de las cuatro libertades. Para el pueblo americano la guerra no era una
cruzada por la libertad y la democracia, sino simplemente, como dijo la
revista Fortune, «una necesidad dolorosa», un deplorable pero
ineludible infortunio.
Realmente no
importaba lo que los soldados y los civiles americanos pensaran porque su
opinión no jugaba ningún papel en el proceso de toma de decisiones para que su
país entrara o no en la guerra. EE. UU. es una democracia en la que a las
mujeres y hombres americanos se les permite elegir de vez en cuando a los
candidatos «Republicanos» o «Demócratas» para la Presidencia y para el Congreso
si pueden evaluar las sutiles diferencias entre los dos partidos políticos,
pero éste no es el caso de un alto porcentaje de americanos. En cualquier caso,
la existencia de un ritual electoral no supone que el ciudadano común tenga
ninguna influencia en los círculos del poder, en la Casa Blanca, en el
Capitolio, el Pentágono u otras instituciones gubernamentales de Washington.
Las decisiones del gobierno americano respecto a sus políticas interna y
externa reflejan sólo débilmente las opiniones e intereses del pueblo
americano.
Por otra parte sería erróneo creer que el presidente monopoliza el proceso decisorio como un todopoderoso dictador, aunque se le considere el hombre más poderoso de la tierra. En realidad los presidentes americanos tienen menos poder de lo que comúnmente se piensa; ni siquiera pueden contar con el apoyo automático de los miembros de su propio partido en las dos partes del Congreso, la Cámara de Representantes y el Senado, y también deben tener en cuenta las opiniones de los generales del Pentágono, los miembros influyentes del gabinete, los burócratas de alto rango y toda clase de poderosos lobbys. Además, no es un secreto que el FBI y la CIA a menudo actúan oficial o extraoficialmente, en casa o en el extranjero, con o sin el conocimiento de la Casa Blanca. La política de EE. UU. durante la guerra no puede por tanto explicarse en función de los motivos, objetivos y pensamiento del presidente Roosevelt, como usualmente hacen muchos historiadores que todavía suscriben con fe la antigua teoría de que los llamados «grandes hombres» determinan el curso de la historia. Esta clase de historiografía no tiene suficientemente en cuenta los factores anónimos económico-sociales que hacen posible que ciertos individuos, «grandes hombres» como Napoleón, Hitler, Churchill o Roosevelt, jueguen un papel primordial de vez en cuando en el drama de la historia. De este modo, la historia degenera a menudo en biografías. En este estudio se mantiene la premisa de que es la historia quien determina cuales son los grandes hombres y no al revés; además se pretende interpretar el papel americano en la Segunda Guerra Mundial a la luz de las fuerzas interiores de la sociedad americana, cuya importancia sobrepasa la de cualquier presidente importante como Roosevelt.
En Estados Unidos, ni el presidente por sí mismo ni el pueblo americano toman ninguna decisión importante. Como Michael Parenti ha escrito, los Estados Unidos pueden definirse como una «democracia para unos pocos», que es un estado que aparenta una democracia, pero en el cual sólo un pequeño grupo de individuos poderosos y usualmente acaudalados maneja los resortes. Lo que Washington hace o no hace tiende a reflejar los intereses de las élites políticas, económicas, sociales y militares de la nación, un establishment descrito como «Élite del Poder» en un libro de C. Wright Mills, el conocido sociólogo de la Universidad de Columbia en Nueva York. El auténtico centro neurálgico de esta Élite del Poder se encuentra en las gigantescas corporaciones americanas, tales como la Ford, General Motors e ITT, nombres que lo dirigen todo en el mundo pero especialmente en América. Estas grandes corporaciones poseen enorme influencia en Washington, y no es ninguna exageración decir que de muchas maneras, el gobierno de los Estados Unidos trabaja fundamentalmente para servir a sus necesidades y promover sus intereses, los intereses de los grandes negocios. EE. UU. es entonces un «estado de corporaciones», como lo llama Michael Parenti. Esto ya era así mucho antes de la Segunda Guerra Mundial, en los años veinte, cuando el presidente Calvin Coolidge dijo llanamente que «el asunto de América son los negocios».
En lo que a
Washington y a la Élite del Poder americano se refiere, los intereses de
América son ante todo los intereses de la industria americana, de los negocios
americanos, de las corporaciones de la nación. ¿Cuáles son estos intereses y
como se supone que Washington los defiende y promueve? Ahora y en el pasado los
líderes de las corporaciones americanas esperan que la política interna y
externa de su país elimine todas las barreras para sus actividades mercantiles,
mantenga a los trabajadores tan dóciles y sus salarios tan bajos como sea
posible, asegure el suministro de materias primas y obtenga mercados para sus
productos, minimizando el riesgo de competencia de forma que sus empresas
puedan obtener los más altos beneficios. En otros países, las grandes
corporacio nes esperan un trato similar de sus representantes políticos, igual
dedicación a la causa de hacer dinero, a la «acumulación de capital», y también
en organizaciones supranacionales como la Comunidad Europea, que ha tomado
muchas de las funciones de los gobiernos nacionales que la componen. Sin
embargo, no hay país en el mundo en el que los negocios tengan tanta influencia
en el gobierno como en EE. UU. y ningún otro gobierno ha ido tan lejos en sus
esfuerzos por favorecer la libertad de las empresas y el capitalismo sin
trabas. Aún así, portavoces del mundo de los negocios americanos no paran de
lamentarse de que Washington no es suficientemente sensible a las expectativas
de las corporaciones.
Naturalmente ahora, como en los años treinta y cuarenta, las opiniones sobre como se pueden alcanzar mejor los objetivos de las corporaciones difieren entre unos y otros. Como en todas partes, el mundo de los negocios americano no tiene una naturaleza monolítica, sino que está dividido, no sólo en incontables pequeñas y grandes empresas, sino lo que es más importante, también en grandes sectores que configuran auténticas «facciones», tales como la industria del automóvil o el sector del petróleo, que en función de sus intereses tienen muy diferentes opiniones acerca de los impuestos sobre la gasolina y otros asuntos de naturaleza interna o política exterior. En 1939 algunas corporaciones americanas creían que
saldrían beneficiadas continuando con la neutralidad, mientras que otras
esperaban grandes ventajas de la alianza con Gran Bretaña. La tradicional
rivalidad entre los partidos demócrata y republicano reflejaba igualmente la
importante diferencia entre aquellos que esperaban la salvación aplicando los
principios del laissez faire, conocidos en Europa como principios
«liberales», y aquellos que creían en la sabiduría de la política más activa y
socialmente orientada, a los que se denominaba «liberales» en los EE. UU., y
que eran tachados de «socialistas» por los americanos conservadores porque
ofendían el puritanismo capitalista.
Teniendo en cuenta
esta fragmentación en el mundo de los negocios americano, así como las
presiones ejercidas sobre los que dictaban la política pública por otros
sectores tales como los sindicatos y los medios de comunicación, y los
compromisos y concesiones resultantes, ni la política interna ni la exterior de
Washington recibían nunca entusiastas aprobaciones, sino que estaban
permanentemente sujetas a toda clase de críticas. El gobierno americano
simplemente no podía satisfacer a todo el mundo, no importaba con cuanto tesón
lo intentara, pero precisamente a causa de esto, para la sociedad en general
era más difícil percatarse de que la política del gobierno, fuese este de
republicanos o de demócratas, tenía como objetivo permanente servir a los
intereses de las corporaciones. De este modo, resultaba sencillo impresionar a
la sociedad americana proclamando insistentemente desde los medios oficiales,
que su sistema político era el más «pluralista» y que contemplaba por igual los
intereses de todos los grupos, económicos, sindicales, agrícolas, industriales,
etc., de forma que el poder aparecía repartido más que concentrado en una élite
minoritaria.
En este estudio se pretende explicar por qué y cómo después de estallar la guerra en Europa en 1939, los intereses de la Élite de Poder americana, estuvieron primero mejor servidos por la neutralidad, pero posteriormente estuvieron todavía mejor con la activa participación de Estados Unidos en la guerra. Nuestra intención es llamar la atención sobre los cruciales acontecimientos socio-económicos con los que se enfrentó América en los años treinta y cuarenta, que llenaron a dicha élite de temores y esperanzas, determinando el curso de la política interna y externa de los EE. UU. y que finalmente condujeron al país a la guerra contra Japón y Alemania. En este trabajo se citarán y explicarán los más importantes acontecimientos militares, pero no se tratarán en detalle; los aficionados a los temas bélicos podrán encontrarlos y con profusión de ilustraciones, en las incontables publicaciones que casi con exclusividad se han ocupado de los aspectos militares de la Segunda Guerra Mundial y de su desarrollo desde el punto de vista americano.
Aquellos que hayan
aprendido la historia de la Segunda Guerra con ayuda del material didáctico
suministrado por Hollywood y Reader’s Digest, quizá perciban este estudio como
antiamericano, pero en realidad no lo es. Esta síntesis está basada en
principio, aunque no exclusivamente, en fuentes americanas; la inspiración, el
paradigma que subyace, la mayoría de los datos y muchos hallazgos específicos
provienen de otros americanos. Este libro no es una diatriba contra los EE. UU.
y ciertamente, tampoco contra el simpático y generoso pueblo americano, esto
es, los hombres y mujeres, civiles y militares que, nolens volens,
hicieron los sacrificios necesarios para vencer a un hercúleo y particularmente
perverso enemigo. Por el contrario, la simpatía hacia aquellos héroes es aquí
un importante leitmotiv.
Este estudio ofrece
un punto de vista altamente crítico sobre el papel jugado por la Élite de Poder
americana y como consecuencia, la política seguida por el gobierno americano
antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial. Esto por supuesto está
lejos de ser antiamericano, porque los propios americanos nunca se cansan de
criticar la conducta de su gobierno y la influencia de las élites políticas,
sociales y económicas del país sobre el mismo. Lo que también se revisa
críticamente es la mitología oficial sobre la participación de EE. UU. en el
conflicto. Una mitología que después de cincuenta años continúa vigente como
verdad oficial no sólo en América sino en Europa y el resto del mundo. Esta
verdad oficial puede que halague el ego patriotero de ciertos americanos, pero
realmente no rinde ningún servicio al país y además no es, en contra de lo que
pudiera parecer, proamericana. A EE. UU. se le sirve mejor siendo crítico y
realista respecto a su historia reciente que defendiendo mitos e ilusiones. Esto
también es cierto para Alemania y Japón, países que son frecuentemente
criticados por su renuencia a echar una mirada retrospectiva realmente crítica
a su papel en la Segunda Guerra Mundial.
Esta guerra definitivamente no fue una simple confrontación entre buenos
y malos, sino un complejo y terrible drama histórico, en el que ningún actor
salió con las manos limpias, aunque es evidente que al lado de los crímenes sin
precedentes de los nazis, los errores de sus antagonistas fueron meros
pecadillos. Por tanto, incumbe no sólo a los vencidos sino también a los
vencedores, incluidos los americanos, afrontar críticamente su historia durante
la guerra. Finalmente, en la presente era de la globalización, cuyos orígenes
serán esbozados en este libro, todos nos convertimos en americanos ya que, sin
importar dónde vivamos, estamos profundamente afectados por la política de la
única superpotencia del mundo. Tenemos por tanto, no sólo el derecho, sino el
deber de escrutar el papel jugado por Washington en la reciente historia del
mundo. Tal examen crítico puede servir de revisión y actualización de nuestras
propias ideas, de donde podemos aprender y beneficiarnos.
2. AMÉRICA Y EL
FASCISMO
CORRECTA o
incorrectamente, los EE. UU. han sido considerados y se
consideran a sí
mismos como paladines de la libertad y la democracia. Por tanto se comprende
que la historiografía convencional postule que en la crisis que culminó con la
Segunda Guerra Mundial, América estaba desde el principio del lado de la
libertad, la democracia y la justicia y en oposición al fascismo dictatorial,
pero por alguna razón no entró en la guerra hasta algún tiempo después.
Mientras innumerables ciudadanos de ambos lados del Atlántico lo interpretan
como una demostración de buenos sentimientos, un examen minucioso revela que la
realidad histórica fue totalmente distinta.
Para empezar, la
historia muestra claramente que los gobiernos americanos, siempre proclives a
proclamar sus fundamentos democráticos, en la práctica frecuentemente han
demostrado sus preferencias por las dictaduras. Sólo en América Latina, mucho
antes de la segunda guerra, dictadores como Trujillo en la República Dominicana
y Somoza en Nicaragua fueron capaces de mantenerse largo tiempo gracias al
apoyo activo que recibían del Tío Sam. Es más, aún después de las traumáticas
experiencias con fascistas tales como Hitler y Mussolini, en un tiempo en el
que América se convirtió en líder de una comunidad que orgullosamente se
llamaba a sí misma «mundo libre», Washington toleró la presencia de dictadores
brutales en España, Portugal, Grecia, Turquía, Irán, Taiwán, Indonesia,
Filipinas, Argentina y Chile, siendo evidente que muchos de estos dictadores no
se habrían sostenido mucho tiempo sin el apoyo activo del gobierno americano y
sus expertos «contra insurgentes».
Volvamos a los casos alemán e italiano, que son mucho más relevantes para nuestro propósito. Es triste decir que estos dictadores contaban con mucha más simpatía y admiración en América de lo que se cree, no sólo en los años treinta sino también hasta el mismo momento de la declaración de guerra de Hitler a los Estados Unidos en el año 1941. No es ningún secreto que muchos americanos, descendientes de alemanes o italianos adoraban al Führer y al Duce. Sin embargo, es mucho menos conocido el hecho de que el fascismo atraía particularmente a los católicos y lo que es más importante, a los estamentos superiores americanos.
Los millones de
católicos americanos, muchos de ellos de origen irlandés, polaco, o italiano,
estaban indudablemente influenciados por el ejemplo de Roma. Ya en los años
veinte, el Vaticano había apoyado entusiásticamente al régimen de Mussolini. El Duce no
había llegado al poder gracias a la orquestada «Marcha sobre Roma», que no fue
más que una charada, sino gracias al apoyo directo del Papa, de Humberto de
Saboya, a la sazón rey de Italia, del ejército, de los terratenientes y demás
pilares del establishment italiano. La opinión favorable del
Vaticano sobre el fascismo se reveló claramente en el Concordato firmado con la
Alemania nazi el 20 de julio de 1933, apenas medio año después de la subida al
poder de Hitler. Fue una iniciativa del cardenal Eugenio Pacelli, el
germanófilo nuncio papal en Alemania, que más tarde sería Pío XII y que
recientemente ha sido descrito como «Papa de Hitler». Este Concordato
constituyó el primer gran triunfo diplomático de Hitler y legitimó su régimen a
los ojos de los católicos alemanes. También fue percibido por los católicos
americanos como una especie de nihil obstat con respecto al
nacional-socialismo y al fascismo en general. A partir de ahí, muchos
influyentes prelados americanos siguieron el ejemplo del Vaticano y proclamaron
abiertamente su simpatía por Mussolini y Hitler. Éste fue el caso de George
Mundelein, arzobispo de Chicago y de Francis Spellman, obispo auxiliar de
Boston desde 1932 y más tarde arzobispo de Nueva York.
Como sus
equivalentes alemanes, los conservadores americanos al principio mantuvieron
ciertas reticencias hacia Hitler, un plebeyo advenedizo, cuya ideología él
mismo denominaba nacional-socialismo y cuyo partido se identificaba como
«partido de los trabajadores» y al que además se le llenaba la boca con cambios
«revolucionarios». Sin embargo, como pronto se percataron sus colegas alemanes,
ellos también se dieron
cuenta de que el fascismo teutónico, como cualquier fascismo, no era revolucionario sino reaccionario y por tanto, potencialmente útil a sus propósitos.
Después de que el
apoyo político y financiero sin reservas de la alta burguesía alemana hubo
posibilitado el ascenso al poder de Hitler, las élites americanas e
internacionales encontraron gran satisfacción al comprobar la conducta
ultraconservadora de Hitler en los aspectos sociales y económicos. La llamada
«revolución nazi» no acabó en absoluto con los privilegios de las clases altas
en Alemania, sino que estuvo realmente compensada por la implacable eliminación
de sindicatos y partidos políticos de izquierda. El «Cabo de Bohemia», como
denominó a Hitler el presidente alemán Von Hindenburg, se reveló como defensor
de la propiedad privada y del sistema capitalista. No era una coincidencia que
la leyenda en la puerta principal del campo de concentración de Buchenwald,
dónde se suponía que sus ocupantes eran reeducados en las esencias de la
doctrina nacionalsocialista, proclamara en grandes caracteres la sentencia «Jedem
das Seine», es decir, «A cada cual, lo suyo».
«A cada cual, lo
suyo» fue una proclama que impresionó a propietarios, accionistas y dirigentes
de las innumerables empresas, pequeñas y grandes, de América. El mundo de los
negocios americano estaba pasando en los años treinta por momentos muy duros
que desembocaron en la grave crisis conocida como «La Gran Depresión». De estos
malos tiempos se culpaba frecuentemente a los sindicatos ávidos de poder, a los
holgazanes trabajadores negros o a los codiciosos judíos. Por eso los
americanos veían en Hitler un buen compañero que reconocía los mismos culpables
para los infortunios alemanes y le admiraban como a un político que se atrevía
a decir la verdad y como a un dirigente que no dudaba en tomar las medidas que
la situación requería.
Los hombres de negocios americanos estaban particularmente impresionados por dos de las medidas adoptadas por Hitler. Primero, nada más llegar al poder en 1933, eliminó los partidos políticos socialistas y comunistas y disolvió los sindicatos de trabajadores. Segundo, durante los años siguientes condujo a Alemania fuera del desierto de la Gran Depresión, por medios poco ortodoxos pero efectivos, tales como la construcción de autopistas y otras obras públicas y mediante el rearme a gran escala.
El dictador alemán
y sus ideas fascistas fueron particularmente admirados por los propietarios,
directivos y accionistas de las grandes empresas americanas, que ya en los años
veinte habían hecho considerables inversiones en Alemania o se habían asociado
con empresas alemanas. Las subsidiarias o asociadas alemanas, como la planta
embotelladora de Coca-Cola en Essen, la factoría Opel de General Motors en
Russelsheim, cerca de Mainz, la fábrica Ford en Colonia, la sede de IBM en
Berlín o el socio alemán de la Standard Oil, IG Farben, fueron florecientes
industrias bajo el régimen de Hitler, que había allanado el sistema productivo
evitando las posibles trabas que pudieran oponer los sindicatos, eliminándolos.
El programa de rearme había originado gran cantidad de pedidos y por tanto de
trabajo y era además un sector en el que se podían realizar lucrativos negocios
gracias a la buena disposición de espadones corruptos como Göring, banqueros
sin escrúpulos como Schacht e instituciones financieras alemanas y suizas.
La subsidiaria
alemana de Coca-Cola por ejemplo, incrementó sus ventas de 243 000 cajas en
1934 a cuatro millones y medio de cajas en 1939. Este éxito tuvo algo que ver
con el hecho de que, como explicó el director general de la filial, Max Keith,
gran admirador e imitador de Hitler, la bebida «cafeinada» se reveló como una
alternativa refrescante a la cerveza para los trabajadores alemanes, que les
llevaba «a trabajar más duro y más deprisa».
Durante el Tercer
Reich y con el vacío político y sindical creado, los trabajadores eran poco más
que siervos sin derechos laborales, a los que se prohibía ir a la huelga o
cambiarse de trabajo y a los que se mantenía el salario deliberadamente bajo.
Esto combinado con los grandes volúmenes de ventas, logró mejorar
considerablemente la rentabilidad de Coca-Cola y del resto de las corporaciones
americanas presentes en Alemania.
La sucursal de Ford también fue muy bien con Hitler. La Fordwerke, que había soportado pérdidas al principio de los años treinta, vio como sus beneficios anuales crecían espectacularmente pasando de unos pobres 63 000 RM (Reich Marks) en 1935 a la respetable cifra de 1287 800 RM en 1939. A la factoría Opel de GM le fue aún mejor durante el Tercer Reich. La participación de Opel en el mercado alemán pasó de un 35% en 1933 a más de un 50% en 1935, aún antes de la rápida prosperidad que originó el programa de rearme (Rüstungskonjunktur). En 1939, en vísperas de la guerra, el presidente del consejo de General Motors, Alfred P. Sloan justificó públicamente el hacer negocios con la Alemania de Hitler por la «altamente rentable» naturaleza de las operaciones de GM en el Tercer Reich. Ese año, GM y Ford juntas «controlaban el 70% del mercado alemán del automóvil» y se les confió el suministro al ejército alemán de toda clase de material necesario para la inminente guerra.
Otra corporación
americana que se benefició de la bonanza del Tercer Reich fue IBM. Su filial
alemana, Dehomag, suministró a los nazis la tecnología de las tarjetas
perforadas, precursora del ordenador, necesaria para automatizar el país
haciendo de todo, desde conseguir que los trenes llegaran a su hora, hasta
identificar judíos con objeto de confiscar sus bienes y, eventualmente,
eliminarlos. Edwin Black ha documentado con gran detalle este triste período de
esa corporación en su libro IBM y el Holocausto. Todo lo que le
importaba a IBM era que en Alemania se hacía dinero. Ya en 1933,
año de la llegada al poder de Hitler, Dehomag alcanzó el beneficio de un millón
de dólares y durante los primeros años siguientes, la filial alemana pagó a IBM
en los EE. UU. unos cuatro millones y medio de dólares en concepto de dividendos.
Al final de 1938, todavía en plena depresión, «el valor neto de la compañía
(Dehomag), se había duplicado, de la inversión total de 7,7 millones de RM en
1934 a más de 14 millones» y «los beneficios anuales fueron de 2,3 millones de
RM, un 16% de retorno sobre los activos». En 1939, los beneficios de Dehomag se
incrementaron espectacularmente hasta los 4 millones de RM. Si el fundador y
presidente de IBM, Thomas Watson, como otros magnates americanos con intereses
en Alemania, admiraba y quería a Hitler, no era por el irresistible encanto
del Führer, o ese misterioso je ne sais quoi que
Max Weber bautizó con el nombre de «carisma», sino simplemente
porque con Hitler se podía hacer negocios y éstos eran inmensamente rentables.
Muchas corporaciones americanas habían invertido en Alemania en los años veinte, cuando el país todavía era una democracia «occidental» parlamentaria, conocida como República de Weimar. Sin embargo, la cuantía de las inversiones se incrementó considerablemente después de la llegada al poder de Hitler y de la transformación de la democrática República de Weimar en la dictadura fascista conocida como Tercer Reich. Una de las razones de este crecimiento de la inversión fue que los beneficios de las empresas extrajeras no podían ser repatriados, al menos en teoría. En la realidad, este embargo podía soslayarse con estratagemas tales como facturar a la subsidiaria alemana por royalties y toda clase de derechos, como se verá más tarde. En cualquier caso, esta restricción supuso que muchos beneficios se reinvirtieran dentro de Alemania, por ejemplo en la modernización de las factorías existentes y en la compra de bonos del Reich. IBM, por ejemplo, reinvirtió sus considerables ganancias en una nueva factoría en Berlin-Lichterfelde, en ampliar su sede de Sindelfingen, cerca de Stuttgart, en abrir numerosas sucursales y en la compra de otras propiedades y «activos tangibles». Las inversiones americanas en Alemania continuaron creciendo y en el momento del suceso de Pearl Harbor, dichas inversiones se estimaban en 475 millones de dólares.
Una élite de más
veinte grandes y poderosas corporaciones americanas se beneficiaron de su
conexión alemana durante los años treinta. Esta élite incluía Ford, GM,
Standard Oil de New Jersey (la joya de la corona del imperio Rockefeller, hoy
conocida como Exxon), Du Pont, Union Carbide, Westinghouse, General Electric,
Goodrich, Singer, Eastman-Kodak, Coca-Cola, IBM y por último aunque no menos
importante, ITT. Adicionalmente, las corporaciones americanas invertían cientos
de millones de dólares en la Italia del fascista Mussolini y finalmente un
considerable número de firmas de abogados, compañías de inversión y bancos, se
involucraron activa y rentablemente en las inversiones en los países fascistas;
entre ellas, los bancos J. P. Morgan y Dillon & Read, así como el despacho
de abogados de Wall Street, Sullivan & Cronwell, del que eran socios los
hermanos John Foster y Allen Dulles.
La gigantesca organización Du Pont, pariente financiero de General Motors, había invertido con fuerza en la industria armamentista alemana, introduciendo ilegalmente armas y municiones en Alemania vía Holanda y beneficiándose posiblemente más que ninguna otra corporación americana de la política agresiva de Hitler y su programa de rearme, con el cual, un líder americano de los negocios dijo que a él y a sus colegas «se les hacía la boca agua». No podía extrañar que el presidente de la Du Pont adorase a Hitler y suministrase generoso apoyo financiero a los nazis.
Otra compañía que
mantuvo relaciones íntimas con el régimen nazi fue ITT, cuyo fundador y
presidente, Sosthenes Behn, no guardaba en secreto sus simpatías por Hitler.
(Sin embargo ITT mantendría su inclinación por los dictadores fascistas mucho
tiempo después de la desaparición de Behn, ya que su conexión con el régimen de
Pinochet en Chile es bien conocida). Tosild Rieber, gran jefe del gigante del
petróleo Texaco, fue otro admirador de Hitler y amigo personal de Göring. Bajo
su dirección, Texaco no sólo se benefició de toda clase de negocios con la
Alemania nazi, sino que también ayudó a los fascistas de Franco a ganar la
Guerra Civil Española con suministros de petróleo que contravinieron las leyes
de neutralidad de los EE. UU. Un miembro del servicio secreto alemán informó
acerca de Rieber «que era absolutamente proalemán y un sincero admirador
del Führer».
Los propietarios y
directivos de las empresas americanas con inversiones en Alemania no eran
propiamente fascistas, pero indudablemente les gustaba lo que los fascistas
hacían en Alemania e Italia. Como sus colegas alemanes, sentían que el fascismo
era bueno para los negocios y que se podían hacer buenos negocios con Hitler.
No eran fascistas pero eran amigos del fascismo, eran filofascistas. El
fascismo americano nunca fue un problema serio pero el filofascismo si lo fue,
porque a él se adhirieron muy poderosos individuos y corporaciones enteras. Por
desgracia los historiadores y expertos en ciencias políticas americanos nunca
han prestado mucha atención a este fenómeno.
Había por supuesto límites al cariño que los hombres de negocios americanos profesaban al régimen nazi. Por ejemplo, como campeones tradicionales de «la libre empresa» no estaban conformes con que los nazis regularan sus actividades en Alemania (incluyendo sus subsidiarias), restringiendo la repatriación de beneficios. Tampoco estaban de acuerdo en que las empresas alemanas resultaran favorecidas respecto a las americanas y otros competidores extranjeros. Pero todo ello resultaba de menor importancia. El mérito supremo de Hitler a los ojos de casi todos los líderes de las corporaciones americanas fue que, gracias al programa de rearme, sus activos alemanes fueron acumulando riquezas con las que no podían ni soñar en la América de la depresión y que además, el Tercer Reich no tenía el estorbo de los sindicatos, como ocurría en casa. Una huelga en una filial alemana, tuvo la inmediata respuesta armada de la Gestapo y acabó con arrestos y dimisiones. Tal fue el caso de la factoría de Opel en Russelsheim en junio de 1936. Los dirigentes de las empresas alemanas eran felices. Otto Jenssen, maestro y miembro de la resistencia antifascista, escribiría después de la guerra que, «el temor a los campos de concentración hacía a los trabajadores alemanes tan mansos como perros falderos». Así se comprende que el presidente de General Motors tras una visita realizada en 1933, describiera a la Alemania nazi como «el milagro del Siglo XX» y que otros muchos representantes de la Élite del Poder en América tuvieran sonoras frases de agradecimiento a Hitler y a su estado nacionalsocialista. Algunos, soñaban secreta o abiertamente con el advenimiento de un régimen similar en su lado del Atlántico. Como consecuencia de estos anhelos, Du Pont y otras grandes empresas, suministraron generosa ayuda económica a organizaciones fascistas americanas. Tal fue el caso de la infamante «Legión Negra».
El odio racial
propagado por Hitler no ofendía la sensibilidad americana de los años veinte y
treinta como lo haría ahora. Después de la abolición de la esclavitud con la
guerra civil, los negros continuaron siendo tratados y considerados como Untermenschen ya
que el racismo no fue en absoluto estigmatizado resultando socialmente
aceptable. Los linchamientos fueron hechos comunes en los estados del sur
durante estos años, aún por pequeñas ofensas, y las propuestas para endurecer
las leyes antilinchamiento eran repetidamente rechazadas por el Congreso.
Existía una auténtica segregación entre blancos y negros, no sólo al sur de la
línea Mason-Dixon, sino también en la capital federal, Washington. Durante la
guerra, los negros debían sentarse en la parte de atrás de los autobuses y
teatros de los estados del sur, a veces detrás de los prisioneros de guerra.
El ejército americano también practicaba el racismo; el plasma sanguíneo «blanco» y «negro» era separado cuidadosamente en los hospitales y unos cuantos generales, incluidos Eisenhower, Marshall y Patton, estaban convencidos, como los nazis, de la superioridad de la raza blanca. Después de la guerra, a veteranos negros casados con «novias de guerra» blancas o a veteranos blancos casados con mujeres asiáticas, no se les permitía asentarse en algunos estados en dónde las leyes continuaban prohibiendo los matrimonios interraciales.
En cuanto a las
teorías fuertemente racistas que condujeron a la Alemania nazi a toda una
suerte de experimentos inhumanos en favor de una pretendida «higiene racial»,
incluyendo esterilizaciones y eutanasia, también encontraron eco en EE. UU., en
dónde las leyes de inmigración discriminaban a las personas de origen «no
nórdico». Escribe el historiador americano Stephen Ambrose que «es una ironía
de la historia que nosotros que mantuvimos una gran guerra contra el peor
racismo del mundo, sosteníamos en casa, por ley o por costumbre, un régimen de
separatismo racial».
Tampoco el
antisemitismo nazi era un problema para América. El antisemitismo estuvo
extendido durante los años veinte y treinta no solamente en Alemania sino en
muchos otros países, incluido EE. UU.. En clubes exclusivos y hoteles
elegantes, los judíos no solían ser admitidos. El más notorio antisemita
americano fue el industrial Henry Ford, un hombre influyente que como hemos
dicho admiraba a Hitler, le apoyaba económicamente y le inspiró con su libro
antisemita «La Internacional Judía», publicado a principios de los años
veinte.
La admiración era
mutua pues el Führer tenía un retrato de Ford en su despacho y
en 1938 le honró con la más alta condecoración que la Alemania nazi podía
otorgar a un extranjero. Durante la guerra, Hitler también rindió tributo a
Ford adoptando alguno de los famosos conceptos «fordistas» de producción
industrial masiva para sus propósitos genocidas, porque en Auschwitz los
muertos llegaban, por así decirlo, a través de una cadena de montaje, como los
coches en la planta de Ford. El magnate también organizó una campaña de
propaganda pronazi, desarrollada vigorosamente por el famoso aviador Charles
Lindbergh, amigo de Göring. Otro influyente antisemita americano fue Charles E.
Coughlin, sacerdote católico de Michigan que en su programa diario de radio
incitó a
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sus millones de oyentes contra el judaísmo, al que equiparaba con el
bolchevismo, precisamente como hacía Hitler.
América no estaba
preparada para embarcarse en una cruzada europea por el antisemitismo de
Hitler. Aunque la Estatua de la Libertad invita al cielo americano a todos «los
pobres cansados de la tierra, ansiosos de ser libres» y aunque el gobierno
americano veía adecuado expresar de vez en cuando su disconformidad con ciertos
aspectos de la política antisemita de Hitler, en la primavera de 1939 a un
barco lleno de refugiados judíos procedente de Alemania, el St. Louis, se le
negó el permiso de desembarco en EE. UU. y en Cuba, que entonces era de
facto un protectorado EE. UU.; al barco se le obligó a volver a
Alemania, aunque fue autorizado in extremis a atracar en
Amberes y sus pasajeros judíos recibieron asilo en Bélgica,
Holanda, Francia y Gran Bretaña. Durante la guerra, Washington tampoco se
preocupó mucho del destino de los judíos en Alemania y en la Europa ocupada,
aunque se hacía cada vez más evidente el genocidio que estaba siendo
perpetrado. En 1945, con la invasión de Alemania por los americanos y la
capitulación de ésta, numerosos supervivientes del holocausto fueron mantenidos
por las autoridades americanas en los campos de concentración siendo
abandonados e incluso maltratados allí. Esta deplorable situación acabó cuando
el presidente Truman no tuvo más remedio que admitir en septiembre de 1946 que
«aparentemente estamos tratando a los judíos del mismo modo que lo hicieron los
nazis, con la única diferencia de que no los matamos», y dio orden de
intervenir en el asunto al general Eisenhower. Sólo años después del final de
la guerra, los judíos comenzaron a ser tratados con algún respeto en los
Estados Unidos, es decir, después de la creación del estado de Israel que
—aunque originalmente surgió como un no muy deseado experimento socialista
debido a su sistema de kibbutzs— se reveló posteriormente como un
aliado realmente útil para Estados Unidos, dentro del avispero de Oriente
Medio.
También merece
mención el hecho de que Hitler no perdiera inmediatamente todas las simpatías
que tenía en EE. UU., cuando desató los perros de la guerra con su ataque a
Polonia el 1 de septiembre de 1939, o cuando en mayo de 1940 su maquinaria
militar invadió Holanda, Bélgica, Luxemburgo y Francia. La película de
propaganda alemana «Victoria en el Oeste» (Sieg im Westen), proyectada
en un cine de
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Manhattan un año más tarde, fue recibida por la audiencia con «aplausos
entusiastas». Aún más, cuando el 26 de junio de 1940 un delegado comercial
alemán organizó una cena en el Hotel Waldorf Astoria de Nueva York para
celebrar las victorias de la Wehrmacht en Europa occidental, a
ella asistieron magnates de la industria como James D. Mooney, alto ejecutivo
de General Motors. Por los servicios de GM a la Alemania nazi, Mooney fue
condecorado con la misma medalla que Henry Ford había recibido del Führer.
Igualmente, Thomas Watson de IBM, que se había referido a sí mismo como
«servidor del Tercer Reich» también recibió una medalla de Hitler durante su
visita a Alemania en 1937. Cinco días más tarde de la fiesta del Waldorf, las
victorias alemanas volvieron a celebrarse en Nueva York, esta vez en una fiesta
cuyo anfitrión era el ya mencionado filofascista Rieber, jefe de la Texaco, a
la que asistieron inter alia, James D. Mooney y el hijo de Henry
Ford, Edsel. En ese verano, cenit de la carrera de Hitler, Rieber suministró
generoso apoyo moral y material al emisario alemán que visitaba los todavía
neutrales Estados Unidos, haciendo propaganda de la causa del Tercer Reich.
No fue por
casualidad que los fabricantes de automóviles y las petroleras americanas
participaran del triunfo alemán. Sin los camiones, tanques, aviones y otros
equipos suministrados por las subsidiarias alemanas de Ford y General Motors y
sin «las grandes cantidades de materias primas estratégicas, como el caucho»,
así como el combustible diésel, los aceites lubricantes y otros tipos de
combustibles suministrados por Texaco y Standard Oil vía España, las fuerzas
alemanas de tierra y aire no habrían tenido tan fácil derrotar a sus
adversarios en 1939 y 1940. Albert Speer confirmaría más tarde que sin cierta
clase de combustible sintético suministrado por empresas de EE. UU., «Hitler
nunca hubiese considerado la invasión de Polonia». El historiador americano
Bradford Sneel está de acuerdo con esta afirmación, aludiendo además al
controvertido papel jugado por la banca suiza durante la guerra, cuando comenta
que, «los nazis podrían haber atacado Polonia y Rusia sin los bancos suizos,
pero no sin la General Motors». Los éxitos militares de Hitler se basaron en
una nueva y extremadamente móvil forma de hacer la guerra, la Blitzkrieg,
consistente en ataques rapidísimos y altamente sincronizados por tierra y aire.
Pero sin los vehículos a motor americanos, el caucho, el petróleo y la
tecnología de la información y las
Página 35
comunicaciones suministrada por ITT e IBM, el Führer jamás
podría ni haber soñado con estas victorias.
Pero no todos los
americanos admiraban a Hitler y éste era también el caso de otros países,
incluido Alemania, en dónde las opiniones sobre Hitler y el fascismo se
hallaban generalmente divididas. En Estados Unidos, por supuesto, incontables
personas despreciaban al dictador alemán, a algunos les gustaba solamente en
ciertos aspectos, pero no en otros y entonces como ahora, muchos americanos no
tenían ningún interés por los asuntos de otros países ni tampoco ninguna
opinión sobre el Führer y sus camaradas fascistas. Por otra
parte, las opiniones sobre el particular fluctuaban con los
altibajos de su carrera. Tras el ataque a Polonia, por ejemplo, su prestigio
menguó considerablemente en ciudades como Chicago, dónde mucha gente se
encontraba orgullosa de sus orígenes polacos. Sin embargo, lo importante es que
antes de la guerra, Hitler, el nacionalsocialismo y el fascismo en general
tenían las simpatías de los líderes de las poderosas corporaciones americanas y
de muchas otras personas también poderosas y que la opinión filofascista de
esta Élite del Poder tuvo un enorme peso en los estamentos de Washington,
incluida la Casa Blanca.
3. AMÉRICA Y EL
PELIGRO ROJO
LA ÉLITE del Poder
americana fue filofascista, no solamente porque el
fascismo demostró
ser bueno para los negocios. Otra razón igualmente importante fue que la
encarnación contemporánea del extremismo de derechas, el fascismo, resultaba
para el establishment americano mucho menos desagradable que
el extremismo de izquierdas, comunismo o «bolchevismo» para usar el término de
moda en aquel tiempo. Para los dirigentes de las grandes empresas americanas,
el comunismo era mucho más peligroso que el fascismo. Es más, este último
aparecía como una posible solución al llamado peligro rojo. En Europa las
clases altas veían las cosas del mismo modo; flirteaban con el fascismo con la
esperanza de que éste exorcizara el espíritu maligno del bolchevismo. Las
actitudes complacientes hacia el fascismo en América y en Europa sólo podían entenderse
completamente a la luz de sus actitudes hacia el comunismo.
Cuando en 1917 las noticias sobre la Revolución Rusa alcanzaron la otra orilla del Atlántico, aún antes de que la Gran Guerra hubiese terminado su mortífero curso, electrizaron la opinión pública americana. De forma natural, las élites económicas y políticas, las mismas que habían construido el sistema capitalista americano y se habían beneficiado de él, repudiaron con toda su alma un movimiento que pretendía eliminar el capitalismo, no sólo en Rusia, sino en todo el mundo. Por otro lado, entre las clases bajas y también en las clases medias, se produjo un considerable entusiasmo ante una filosofía que pretendía reemplazar el sistema capitalista por una alternativa nueva e igualitaria. Los bolcheviques suscitaron muchas simpatías y apoyo en el todavía relativamente radical movimiento obrero americano, particularmente entre el sindicato revolucionario IWW (International Workers of the World) [2] y entre los socialistas y anarquistas que aún eran numerosos en aquella época.
Pero los ciudadanos
pacifistas, intelectuales y otros respetables representantes de las clases
medias, también reaccionaron favorablemente ante las noticias de la revolución
«roja» en Rusia. Un ejemplo muy conocido es el del periodista John Reed, que
influyó mucho en la opinión pública americana a favor de Lenin y sus camaradas,
con sus reportajes desde Rusia y su libro, que fue gran éxito de ventas, «Diez
Días que Estremecieron el Mundo».
Los rojos como Reed
y los miembros del IWW, eran una espina clavada en el costado del gobierno y
del establishment americanos que despreciaban el bolchevismo y
temían que pudiese inspirar un movimiento revolucionario similar, o al menos
que se demandara un cambio radical, en los propios Estados Unidos. Un temor
parecido sacudió todos los altos estamentos europeos y por ello los defensores
y simpatizantes de esta nueva filosofía fueron perseguidos sin piedad. El IWW
fue destruido y el gobierno orquestó con todos sus medios una campaña de
desprestigio encaminada a persuadir al pueblo americano de los peligros del
«bolchevismo ateo». Las llamas contra el «terror rojo» fueron aventadas
principalmente por los periódicos del barón de la prensa Randolph Hearst, que
inspiró la famosa película de Orson Welles «Ciudadano Kane», y cuya llamativa
villa en la costa de California, es ahora una atracción turística que recibe
miles de visitantes cada año. A. Mitchell Palmer, fiscal general del
supuestamente idealista y democrático presidente Woodrow Wilson, que en muchos
aspectos era racista y antidemócrata, se ocupó de que miles de rojos y otros
radicales reales o imaginarios, fueran perseguidos y/o sumariamente deportados
en las llamadas «Incursiones Palmer» de 1919 y 1920. Además entre 1918 y 1920
eran enviadas a Rusia tropas americanas para ayudar a los zaristas «blancos» en
su lucha inmisericorde contra los bolcheviques «rojos».
Un ayudante de Palmer particularmente impaciente, llamado J. Edgar Hoover, se hallaba totalmente obsesionado con el «peligro rojo». Más tarde, durante su larga carrera como director del FBI, se reveló siempre como mucho más activo en la caza de rojos que en la lucha contra gangsters como Al Capone. Un estudiante de la historia del FBI, ha descrito a Hoover como el «dios padre de la teología anticomunista» y como un hombre «que veía comunistas debajo de cada cama». Medio siglo después del nacimiento del «terror rojo», Hoover continuaba cazando rojos en su país y en el extranjero; en los años setenta el FBI elaboró un voluminoso expediente sobre el primer ministro canadiense, Pierre Trudeau, del que Hoover sospechaba que se encontraba «cercano al comunismo».
Con la represión interna y la intervención armada en Rusia, el gobierno americano dio la batalla al peligro rojo, mientras que en Europa la Gran Guerra tocaba a su fin. Sin embargo, en Rusia triunfaron los bolcheviques estableciendo un nuevo estado: La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). En Estados Unidos los rojos fueron vencidos, pero no desaparecieron; sobrevivieron y se atrincheraron en un nuevo Partido Comunista. El comunismo había mantenido una considerable simpatía e influencia entre la clase trabajadora americana, generando algunos de los más dinámicos activistas del movimiento sindical. Y así la clase dirigente americana pudo mantener su obsesión por el espectro del bolchevismo. El temor a la revolución roja continuaba vivo cuando el "crash" de Wall Street en 1929 anunció el comienzo de la crisis mundial conocida como Gran Depresión. Esta plaga económica, trajo consigo un desempleo sin precedentes y una indecible miseria; también pareció verificar la teoría de Marx acerca del desarrollo y el inevitable declinar del sistema capitalista, análisis que había inspirado la revolución bolchevique. Intelectualmente desconcertados por la evidencia empírica de la Gran Depresión, los defensores del capitalismo recibieron algún alivio con el surgir de una nueva lógica que defendía que las teorías nunca pueden ser verificadas, sólo falseadas. Esta nueva filosofía fue saludada como un gran avance intelectual; su protagonista, Karl Popper, fue nombrado Sir por la reina de Gran Bretaña y continúa entronizado como uno de los gigantes intelectuales del Siglo XX. En cualquier caso, la Gran Depresión reveló dramáticamente las carencias del capitalismo americano e internacional, sobre todo después de que la Unión Soviética bajo el mandato de Stalin se industrializó rápidamente sin experimentar ninguna crisis económica ni desempleo masivo. Por el contrario, en los años treinta la Unión Soviética realizó una auténtica revolución industrial. Un historiador americano, John H. Backer comparó el rápido desarrollo de la economía soviética con el boom económico de Alemania Occidental tras la Segunda Guerra Mundial, que ha sido conocido y ampliamente celebrado como «Milagro Económico». Inicialmente el pueblo soviético hubo de realizar grandes sacrificios, pero de acuerdo con un reciente estudio americano sobre la «Rusia» de los años treinta, su standard de vida a partir de 1933, mejoró «lenta pero firmemente, haciéndose tangibles progresos hacia el bienestar general», a la vez que la situación de muchos americanos se hacía cada vez más desesperada. No sorprendió que muchos trabajadores, desempleados, intelectuales y artistas americanos desarrollaran un vivo interés por el socialismo y por el modelo comunista de una nueva sociedad alternativa que estaba construyéndose con energía e indudable éxito en la URSS. Un joven escritor americano, Malcom Cowley, expresó estos sentimientos del siguiente modo:
«Durante los años
treinta, la Unión Soviética fue una segunda patria para millones de seres de
otros países, incluido el nuestro. Fue la tierra dónde hombres y mujeres se
sacrificaban para crear una nueva civilización, no para Rusia sino para el
mundo. No fue a los ojos de los radicales de occidente una nación, sino un
ideal, una fe y una esperanza internacional de salvación».
No carece de
fundamento el que a veces se haga en América referencia a los años treinta como
«los rojos treinta». En cierto modo, fue una Unión Soviética idealizada la que
sirvió de modelo a los Estados Unidos y a otros lugares para toda clase de
planes anticapitalistas, porque incuestionablemente, la rapidísima
industrialización de la URSS y la concomitante construcción del socialismo
fueron acompañados de un régimen severo y un alto precio en términos humanos y
ecológicos.
La nueva existencia de la Unión Soviética y, en un sentido más amplio, el posible y aparentemente razonable éxito futuro del experimento bolchevique, se percibía como una amenaza por parte de las élites políticas, sociales y económicas de América. No porque se presintiese una amenaza militar, como dirían más tarde, sino porque los soviéticos ofrecían a los trabajadores, desempleados e intelectuales americanos una fuente de inspiración así como un modelo práctico de sociedad no capitalista, no importaba cómo de imperfecta. «La Unión Soviética no era vista como un poder militar de primer orden antes de la Segunda Guerra Mundial», escribía el experto americano James R. Millar en los años ochenta y añadía:
«A la URSS se la
consideraba una amenaza ideológica. El temor era que los trabajadores
americanos, especialmente los desempleados, vieran en la Rusia bolchevique la
alternativa preferida al capitalismo».
En los años
treinta, por tanto, la Élite del Poder americana estaba más preocupada por el
bolchevismo que por el fascismo y el nazismo, porque a pesar de su lenguaje
revolucionario, estos movimientos de extrema derecha no buscaban eliminar el
sistema capitalista sino que eran fácilmente «reconciliables con los totems
americanos de libertad e individualismo». Para las élites americanas que
decidían la política en
EE. UU.,
el bolchevismo era peligroso, mientras que el fascismo, incluido el nazismo de
Hitler, no lo era. Es más, el fascismo en general y el alemán en particular,
ofrecían una solución al problema del peligro rojo. Mussolini y Hitler eran reconocidos
antibolcheviques que en sus propios países habían procedido a eliminar
políticamente y a veces físicamente, a los comunistas (y también a los
socialistas y a los líderes sindicales), desde el momento en que habían asumido
el poder. Habían demostrado cómo eliminar la amenaza comunista y el movimiento
obrero, por lo que eran muy admirados por las élites sociales, no sólo en EE.
UU., sino también en Gran Bretaña, Francia y otros países que se sentían
amenazados por el peligro rojo. O presionados por sus trabajadores.
Precisamente estas consideraciones eran las que habían conducido a las élites
del poder en Italia y Alemania a convertirse en «promotores» de Mussolini y de
Hitler.
Adicionalmente, el
discurso de Hitler al mundo era su deseo ferviente de eliminar de una vez por
todas de la tierra al estado que servía de inspiración a los rojos de todas
partes. El antibolchevismo, definiendo bolchevismo como una
conspiración judía, era el leitmotiv de Mein Kampf y
podría decirse que Hitler consideraba la destrucción de la Unión Soviética como
su gran misión en la vida, una tarea que le había
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encomendado la misma providencia. «La convicción política fundamental de
Hitler, el deber que se había impuesto a sí mismo desde el momento de iniciar
su carrera política, era la erradicación del bolchevismo», enfatiza el
historiador alemán Bernd Martin.
En los años
treinta, el Führer se concentró en la restauración del
formidable poder militar alemán, perdido como consecuencia de su derrota en la
Gran Guerra. Cada vez más frecuentemente aparecía como un poderoso Sigfrido,
que no solamente deseaba, sino que era capaz, de aplastar la cabeza del dragón
del comunismo internacional, es decir, la Unión Soviética. En todo el mundo
«occidental» existían hombres de estado, líderes industriales, barones de la
prensa y otras personalidades influyentes, que abierta o discretamente, le
animaban a llevar a cabo su gran ambición antisoviética. También en EE. UU. la
Alemania nazi era considerada como un «seguro» o un «baluarte» contra el
comunismo, por ejemplo en las publicaciones del grupo Hearst, y se animaba a
Hitler a usar el poder de Alemania para destruir la Unión Soviética, inter
alia por Herbert Hoover, predecesor de Roosevelt en la Casa Blanca.
Según Charles Highham, Hoover había perdido «grandes intereses petrolíferos
durante la revolución comunista», y su actitud hacia la Unión Soviética, era
que «debía ser aplastada».
Hitler sabía que
estaba considerado la «gran esperanza blanca» del anticomunismo y se aprovechó
de ello para violar impunemente el Tratado de Versalles. Habiendo primero
remilitarizado Alemania contra los acuerdos internacionales, se dispuso después
a anexionarse impunemente Austria y Checoslovaquia, vecinos cuyo territorio y
recursos humanos y materiales eran útiles para la realización de su gran
ambición hacia el Este. En vista del gran servicio que esperaban de él, los
líderes «occidentales» no le echarían en cara este saqueo, especulaba Hitler, y
tenía razón.
Las élites
político-sociales europeas, eran las que primero esperaban los grandes logros
antisoviéticos de Hitler. En Gran Bretaña por ejemplo, las ambiciones hacia el
este del Führer recibieron la aprobación de respetables e
influyentes políticos, tales como Lloyd George, Lord Halifax, Lord Astor y su
círculo de amigos, el llamado «Grupo de Cliveden», Montagu Norman del Banco de
Inglaterra y aún de miembros
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de la familia real, entonces todavía generalmente admirados. El duque de
Windsor, que reinaría brevemente en 1936 bajo el nombre de Eduardo VIII, y su
esposa americana, Wallis Simpson, viajarían a Berchtesgaden para tomar el té
con Hitler en su retiro de las montañas de Baviera y para «animar a Hitler en
su ambición de atacar Rusia». Mucho más tarde, en 1966, el duque reconocería lo
siguiente:
«(Hitler) hizo que
me diese cuenta de que la Rusia Roja (sic.) era el único enemigo, y que Gran
Bretaña y toda Europa tenían interés en animar a Alemania a marchar hacia el
este y aplastar el comunismo de una vez por todas. Pensé que nosotros seríamos
capaces de observar cómo nazis y rojos luchaban entre sí».
Estaba claro que
del titánico conflicto que se avecinaba, el Duque de Windsor, como otros
líderes «occidentales», esperaban ver surgir vencedor al nazismo.
Y así vino la
infame política de la «Pacificación», tema de un brillante y reciente estudio
de dos historiadores canadienses, Clement Leibovitz y Alvin Finkel. La
quintaesencia de esta política era como sigue: Gran Bretaña y Francia ignoraban
las propuestas de Stalin para la cooperación internacional contra Hitler y
buscaban por medio de toda clase de contorsiones diplomáticas y espectaculares
concesiones, estimular las ambiciones de Hitler y facilitar su realización.
Esta política alcanzó su nadir en el Acuerdo de Munich de 1938, dónde
Checoslovaquia fue sacrificada al Führer en su camino hacia
Moscú. Pero Hitler demandó un precio más alto del que británicos y franceses
estaban dispuestos a pagar y esto condujo en el verano de 1939 a la crisis
sobre Polonia.
Stalin, que
entendió los verdaderos objetivos de la «Pacificación», tomó ventaja y llegó a
un acuerdo con el dictador alemán para salvar la piel de la Unión Soviética al
menos en ese momento. Hitler también estaba preparado para este acuerdo con su
archienemigo, porque se sentía engañado por Londres y París, que le negaron
Polonia. Y así la política de la «Pacificación» de Gran Bretaña y Francia,
terminó en un catastrófico
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fracaso, primero porque la URSS no desapareció de la faz de la tierra y
segundo porque después de una breve Blitzkrieg en Polonia, la
Alemania nazi atacaría a aquellos que habían intentado manipularla para
eliminar de la tierra el comunismo. Las llamadas ironías de la historia pueden
resultar extremadamente crueles.
Cuando el fracaso
de la «Pacificación» se menciona en los textos de historia americanos, el dedo
suele apuntar a Londres y a París. Y realmente los hombres de estado británicos
y franceses, como Chamberlain y Daladier, fueron los principales arquitectos de
esa abominable política. Por otra parte, de la política exterior americana de
los treinta no puede decirse que intentara apaciguar a Hitler en el mismo
sentido, por varias razones. Por ejemplo, la idea de una cruzada alemana contra
el comunismo era de lo más atractiva en Gran Bretaña y Francia porque estos
países creían que derivaría en un doble beneficio para ellos. No sólo la Unión
Soviética sería eliminada de la faz de la tierra por Hitler, sino que la nueva
aventura teutónica en el este de Europa eliminaría la amenaza de revanchismo
alemán contra el oeste. Al otro lado del océano Atlántico, sin embargo, este
objetivo de la pacificación apenas jugaba un papel, porque los líderes
americanos no se sentían directamente amenazados por el revanchismo de la Alemania
nazi. Ya que esto concernía mucho más a Londres y París, Washington podía dejar
para ellos el deshonroso trabajo de la «Pacificación». Por eso los líderes
americanos encontraron muy fácil después del fracaso de esa política, lavarse
las manos respecto a ella. Y todavía más, no hubo política americana de
pacificación porque ciertos sectores, dentro de los círculos de poder de
América, habían empezado a desarrollar cierto interés en tener buenas
relaciones con la URSS.
En los años
treinta, la patria del bolchevismo no cayó víctima de la crisis económica como
los países «occidentales»; al contrario, la economía soviética se desarrolló
rápidamente durante esos años, y esto originó una demanda de toda clase de
productos, que las deprimidas empresas americanas estaban ávidas de
suministrar. Mientras algunas empresas americanas eligieron confiar en sus
conexiones alemanas, otras prefirieron una prometedora estrategia alternativa,
exportando a la Unión Soviética. Los defensores de la primera idea argumentaban
a favor de la línea
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germanófila, filofascista y antisoviética. Los que apoyaban la segunda
idea, propugnaban la normalización de las relaciones con la URSS y una postura
fuerte frente a la Alemania nazi.
Dirigiendo el barco
de su política exterior de forma incierta, entre Escila y Caribdis, el
presidente Roosevelt primero tomó una opción y luego la otra. Poco después de
su elección, en Navidades de 1933,
EE. UU.
estableció relaciones diplomáticas normales con la Unión Soviética, cuya
existencia no había sido reconocida hasta entonces por Washington. Para los
filofascistas de América esto constituyó un serio contratiempo, pero pronto
volvieron a ganar influencia en la política exterior de su país. Tomaron
ventaja de que la opinión pública estaba de algún modo de su parte. Muchos
americanos tenían poco respeto por el Tratado de Versalles, que nunca había
sido reconocido oficialmente por su país, albergando cierta comprensión y aún
simpatía por alguna de las demandas territoriales de Hitler. Y algo más
importante, la causa de la pacificación en América se apoyaba en el hecho de
que el Departamento de Estado estaba dominado por diplomáticos y burócratas
antibolcheviques, muchos de ellos con intereses en corporaciones con
inversiones en la Alemania nazi. Cuando Hitler, habiendo primero consolidado su
poder en Alemania, comenzó a hacer toda clase de demandas, se aseguraron que la
política exterior americana le secundara. Las presiones de Hitler fueron
ignoradas o racionalizadas y a menudo reconocidas. Por ejemplo, el Anschluss de
Austria fue legitimado rápidamente por los políticos y diplomáticos americanos
como un hecho «natural» y además «inevitable» que tenía poco que ver con su
propio país. El presidente Roosevelt también veía las cosas de este modo. En
privado expresaba algunas dudas pero la reacción oficial de su Administración
fue «comprensiva» y el Anschluss pronto fue legitimado con el
reconocimiento de América. En lo sucesivo, Washington apoyó discretamente la
política de «Pacificación» de Londres y París y las concesiones
franco-británicas a Hitler recibieron la aprobación de Roosevelt. La política
americana, dice Gabriel Kolko, «apoyó la política británica y francesa de la
Pacificación, primero tácitamente y después expresamente». Después del Acuerdo
de Munich, donde se sacrificaba Checoslovaquia a Hitler, el presidente
Roosevelt aún creyó conveniente alabar sin paliativos al archi-pacificador
Chamberlain.
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La idea que había
tras la política de la «Pacificación» era facilitar la cruzada alemana contra
la cuna del comunismo por medio de concesiones a Hitler. Sin embargo, esta
política terminó con el más estruendoso fracaso cuando en 1939 los británicos y
franceses, que habían permitido que Hitler cayera sobre Austria y
Checoslovaquia, estuvieron repentinamente en contra de sacrificar también
Polonia en el altar de la «Pacificación» y cuando Stalin les sorprendió
llegando a su propio acuerdo con los nazis. La «Pacificación» estaba finalmente
muerta, pero su fantasma continuaba rondando los corredores del poder a ambos
lados del Atlántico. «Pacificadores» como Chamberlain, continuaban en el poder
en Londres y París y clandestinamente seguían defendiendo esa desacreditada
política. No tenían otra opción sino declarar la guerra a la Alemania nazi,
pero era realmente una «guerra postiza», una «extraña y pequeña guerra» (drôle
de guerre) como decían los franceses o, como los alemanes la catalogaron, una Sitzkrieg,
durante la cual los franco-británicos se sentaron a mirar como Polonia era
aplastada en una Blitzkrieg. Claramente Londres y París seguían
esperando que Hitler se volviera después de todo contra la Unión Soviética y se
hicieron arreglos para ayudarle en esta misión. Los gobiernos de Gran Bretaña,
Francia y sus altos mandos militares, se ocuparon de tramar toda clase de
planes de ataque durante el invierno de 1939-40, no contra Alemania, sino
contra la URSS, por ejemplo en el Oriente Medio, contra los campos petrolíferos
de Bakú.
También en EE. UU.
muchas personalidades continuaban esperando que Hitler llegaría a un acuerdo
con Gran Bretaña y Francia y dedicaría su atención a la Unión Soviética.
Después de la Blitzkrieg alemana en Polonia, por ejemplo, el
embajador americano en Berlín, Hugh R. Wilson, expresó la esperanza de que
británicos y franceses resolvieran su inconveniente conflicto con Alemania, de
forma que el Führer tuviera finalmente la oportunidad de
aplastar el experimento bolchevique de los soviéticos en beneficio de toda la
«civilización occidental». Unos cuantos meses más tarde, el 4 de marzo de 1940,
el ya mencionado James D. Mooney, un vicepresidente de General Motors, visitó a
Hitler en Berlín como emisario extraoficial del presidente Roosevelt. Hizo una
petición por la paz en Europa occidental, pero sugirió «que los americanos
habían entendido los puntos de vista de Alemania con respecto a la cuestión del
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espacio vital», en otras palabras, que no tenían nada en contra de sus
reclamaciones territoriales hacia el este. La idea de que Alemania necesitaba
manos libres en el este de Europa también fue expresada por el colega de Wilson
en Londres, Joseph P. Kennedy, padre del que más tarde fue presidente J. F. K.
Los principales medios de comunicación americanos se ocuparon de convencer a la
gente de que el comunismo internacional, con centro en Moscú, representaba un
peligro mucho más grande para su país que las versiones alemana o italiana del
fascismo. Los que insistían en lo contrario fueron estigmatizados como
marionetas de Moscú; el antifascismo se hizo popular más tarde durante la
guerra, pero los antifascistas americanos de antes de la guerra, cuyo mejor ejemplo
fueron los valerosos miembros de la Brigada Lincoln, que luchó contra las
fuerzas de Franco en la Guerra Civil española, cometieron el error a los ojos
del poder establecido americano, de ser «antifascistas prematuramente».
Y así ocurrió que,
a pesar de la agresión fascista en Europa, EE. UU. continuó orquestando la
campaña anticomunista (y antisoviética) durante la cual el presidente Roosevelt
se declaró a sí mismo «militante anticomunista». La URSS entretanto promovió
una guerra de fronteras contra su vecino finlandés, que había rechazado la
oferta soviética de intercambiar territorios. A cuenta de los ajustes
fronterizos que resultaron de esta «guerra de invierno», los soviéticos
pudieron reforzar su sistema defensivo alrededor de la ciudad de Leningrado,
con sus industrias vitales, como las fábricas de tanques, que había sido el
propósito de las ofertas hechas a Helsinki. Cuando estalló la guerra en 1941
éste resultó ser un factor decisivo, ya que la ciudad fue capaz de resistir un
feroz asedio que duró 800 días. Sin embargo, los bolcheviques pagaron un alto
precio por la impopular pequeña «guerra de invierno» contra Finlandia, en
consideración y prestigio internacionales.
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4. LA
GUERRA EN EUROPA Y LOS INTERESES ECONÓMICOS DE AMÉRICA
EN 1939/40 las
opiniones acerca de la guerra estaban divididas, tanto
entre la población
como entre la Élite del Poder americana. El dictador alemán perdió gran parte
de su aprecio a causa de su agresión contra Polonia y Europa occidental, pero
las élites en EE. UU. seguían siendo más anticomunistas que antifascistas. Un escogido
grupo de influyentes americanos filofascistas mantenía la esperanza de que más
pronto o más tarde Hitler se volvería contra la Unión Soviética; estaban
también preparados para sacrificar Europa occidental en aras del anticomunismo
y el antisovietismo, igual que Londres y París habían sacrificado ya Europa
oriental. Abiertos simpatizantes de Hitler como Henry Ford y Charles Lindberg,
mantenían el movimiento «América Primero», que se oponía a cualquier forma de
intervención en el conflicto europeo y en el Congreso una mayoría llamada
«aislacionista» resistía cualquier intento de envolver a EE. UU. en la guerra
de Europa. Tomando partido contra los «aislacionistas» estaban los
«intervencionistas», que eran favorables a la intervención junto a Gran Bretaña,
el único enemigo de Hitler que quedaba, para salvar a Europa de la opresión
nazi. Los intervencionistas estaban motivados por factores tales como
importantes relaciones de negocios con los británicos, simpatía por el hermano
«anglosajón», verdadera preocupación por el destino de la democracia en Europa
y temor a que más pronto o más tarde, EE. UU. pudiera ser víctima de la
agresión nazi.
El gobierno
americano también estaba dividido. La idea de la intervención junto a Gran
Bretaña era apoyada enérgicamente por el Presidente Roosevelt, pero se mantenía
fuera de cuestión por la fuerza de los aislacionistas en el Congreso. Y así se
esperaba en Washington, con
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aprobación o con resignación, que el «nuevo orden» establecido en Europa
por los nazis no terminaría pronto. Respecto a sus relaciones exteriores, esto
significaba por ejemplo, que el gobierno americano no encontraba razones para
retirar a su embajador en Berlín y se mantenían relaciones diplomáticas
normales con el régimen colaboracionista de Vichy del Mariscal Pétain. Sería
Vichy quien rompería dichas relaciones con
EE. UU. en
noviembre de 1941 después del desembarco aliado en tierras francesas del norte
de África, lo cual analizaremos más tarde.
Sin embargo, la
guerra en Europa creaba más oportunidades particularmente interesantes para la
industria americana, enfangada durante casi una década en una profunda crisis
económica. Las causas de la Gran Depresión que afectó no sólo a América, sino a
todos los países industrializados en los años treinta, con la notable excepción
de la Unión Soviética, hay que buscarlas en el rápido desarrollo del sistema
industrial capitalista. La productividad se había incrementado de tal modo que
el suministro de mercancías comenzó a exceder la demanda. Como resultado de
esta sobreproducción crónica, los precios y los beneficios decrecían, las
existencias de productos sin vender se acumulaban y las factorías despedían a
los trabajadores o simplemente cerraban sus puertas, lo que incrementaba el
nivel de desempleo. Por ello la población perdía poder adquisitivo, lo que
redundaba en más caída de la demanda, empeorando el problema de la
sobreproducción.
El terrible «crash»
de Wall Street en otoño de 1929 no fue la causa de la Gran Depresión, como
frecuentemente se dice, sino simplemente un reflejo de esas fatales tendencias
estructurales: las acciones pierden valor cuando se hace obvio que no hay
perspectivas de mantener el crecimiento industrial y por tanto los beneficios.
En 1932 América
eligió al candidato demócrata, Franklin D. Roosevelt para la presidencia. Éste
había declarado que durante su mandato tomaría medidas contra la crisis
económica, mientras que su rival republicano, Herbert Hoover, prefería
permanecer fiel a la ortodoxia liberal y los principios del laissez
faire de Adam Smith, que defendían un estado que se mantuviera tan al
margen como fuera posible de la intervención en la vida económica. La nueva
administración de Roosevelt quiso atajar la crisis
Página 49
con nuevos instrumentos positivos, incluida la realización de
gigantescos proyectos patrocinados por el estado, tales como la construcción de
presas en el valle del Tennessee. Esencialmente la idea era estimular la
demanda creando empleo. Sin embargo, los grandes gastos asociados a esta
política, denigrada por los seguidores del laissez faire como
«nefasto experimento socialista», amenazaron con elevar como un cohete la deuda
pública. Las iniciativas de Roosevelt en política económica, heterodoxas e
inflacionistas, que diferían muy poco de la política de construcción de
carreteras y rearme que Hitler utilizó para luchar contra la crisis económica
alemana, contribuyeron a inspirar una nueva teoría económica ligada al nombre
del economista británico John Maynard Keynes. En este sentido al menos, la
nueva forma de atacar la crisis económica por parte de Roosevelt fue
«keynesiana», aunque sería erróneo etiquetar a Roosevelt como keynesiano, ya
que su política estaba lejos de resultar impecable desde el punto de vista
keynesiano. En cualquier caso, con esta recién inventada política económica,
que fue conocida como el «Nuevo Pacto», Roosevelt tampoco tuvo éxito en sacar a
América del desierto de la Gran Depresión.
El conflicto en
Europa, abría unas perspectivas extremadamente interesantes para la economía
americana. Se esperaba que como en la Primera Guerra Mundial, las naciones
beligerantes necesitarían toda clase de armamento y material, al menos si de
nuevo la guerra se prolongaba. Si la industria americana podía suministrar
tales productos, esto podría ser la solución a la crisis económica y al
problema del desempleo. Pero ¿cuáles de las naciones en guerra eran potenciales
clientes del Tío Sam? ¿Qué países podrían ser potenciales mercados para la
exportación americana? En los comienzos de la Primera Guerra Mundial, los EE.
UU. neutrales habían hecho negocios con la Entente y sobre todo con Gran
Bretaña. Entre 1914 y 1916, el valor total de las exportaciones americanas a
Gran Bretaña y Francia había experimentado un enorme incremento, pasando de 824
a 3300 millones de dólares, mientras que el volumen de exportaciones a Alemania
y Austria-Hungría había disminuido hasta un millón de dólares. Las estadísticas
no reflejaban la simpatía americana por la política de la Entente, sino el
simple hecho de que el bloqueo naval británico hacía imposible suministrar a
los alemanes los productos que necesitaban.
Página 50
Al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, la llamada legislación del
«paga y llévatelo», determinó que los países beligerantes sólo podían comprar
mercancías en América si pagaban al contado y esos países tenían que hacer sus
propios arreglos para que esas mercancías llegaran a su destino. Como la Armada
Real Británica dominaba las aguas del Atlántico, esto suponía que los alemanes
se encontraban incapacitados para comprar material de guerra en EE. UU.,
aunque, como veremos más tarde, gran número de corporaciones americanas,
encontraron la forma de hacer negocios durante la guerra con la Alemania nazi.
Además en esta ocasión, Alemania estaba mejor preparada económicamente para la
guerra y parecía tener menos necesidad que Gran Bretaña de los productos industriales
americanos. Como el historiador británico Alan Milward ha demostrado, el tipo
de guerra Blitzkrieg alemán, también tenía un componente
económico: Las materias primas y los productos industriales de los países
conquistados hacían posible cubrir las necesidades económicas de Alemania
durante la guerra; las victorias rápidas, Blitzsiege, creaban las
condiciones económicas que permitirían ganar la guerra a largo
plazo. Después de la campaña en Europa occidental, como en la Primera Guerra
Mundial, sólo Gran Bretaña quedaba como mercado potencial para la industria
americana.
En la primera fase
de la Segunda Guerra Mundial, EE. UU. exigió a los británicos que pagaran al
contado por sus compras. Habían aprendido la lección en la Gran Guerra, en la
que al principio permitieron a los británicos comprar a crédito; cuando en 1917
los británicos y los franceses estuvieron bajo la amenaza de perder la guerra,
los Estados Unidos se vieron forzados a intervenir militarmente para evitar el
colapso de sus clientes y deudores. Puede entenderse entonces, que cuando
comenzó la Segunda Guerra Mundial, los neutrales americanos fueran más
precavidos e insistieran en el pago al contado. Sin embargo, cuando la
fuertemente presionada Gran Bretaña comenzó a sufrir la falta de efectivo, los
líderes americanos no podían ya eliminar el rentable negocio transatlántico con
ese país, que después de todo era un importante socio comercial y que a pesar
de los elevados precios, había absorbido más del 40% de las exportaciones
americanas antes de la guerra; no se quería perder tan importante cliente
especialmente ahora que con el negocio de la guerra, la economía americana
podía salir de la Gran Depresión. En cualquier caso,
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y a pesar de sus agotadas reservas de efectivo, Inglaterra seguía siendo
merecedora de crédito en muchos aspectos, porque era un imperio con un vasto
capital geopolítico en forma de posesiones en todo el mundo. A cambio de una
colección de anticuados destructores de los que la Armada Real todavía haría
algún uso, en septiembre de 1940 los americanos abrieron bases aéreas y navales
en los territorios británicos del Caribe y Terranova, colonia británica que no
se anexionó a Canadá hasta después de la guerra, en 1949.
El presidente
Roosevelt, de quien se ha dicho que representaba y favorecía a la facción de la
industria americana que tenía interés en comerciar con Gran Bretaña, consiguió
persuadir al Congreso para aplicar a ese país unas formas de pago más fáciles,
basadas en un sistema que ambiguamente se llamó «Préstamo-Alquiler» (Lend-Lease),
que establecía un mutuo acuerdo entre ambos países. Oficialmente se introdujo
en mayo de 1941 y virtualmente dotaba a Londres de un crédito ilimitado que
podría usar para comprar armas, municiones y productos similares que requerían
urgentemente. El valor total de las exportaciones americanas a Gran Bretaña, se
incrementaría espectacularmente, pasando de 505 millones de dólares en 1939 a
1000 millones en 1940, a 1600 en 1941, a 2500 en 1942, a 4500 en 1943 y a no
menos de 5200 en 1944. En lo referente a los negocios americanos, el Lend-Lease fue
como un sueño hecho realidad porque abrió un vasto mercado a las exportaciones
de EE. UU..
Los suministros
bajo la fórmula Lend-Lease se asociaron a una importante
promesa británica, conocida como «La Consideración». Londres se comprometía por
ella al terminar la guerra a desmantelar su sistema proteccionista de tarifas
de «Preferencia Imperial» que no prohibía pero limitaba las exportaciones
americanas a Gran Bretaña y sus colonias. Los historiadores americanos Justus
D. Doenecke y John E. Wilz, escriben sobre el Lend Lease:
«No era tan
generoso como se creía… Los suministros no se hacían desinteresadamente, porque
el pago se posponía pero al final había que pagar… La factura no necesariamente
tenía que
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pagarse en dinero o con otros productos. Una forma de pago, sería abolir
las Tarifas Preferentes del Imperio Británico, de forma que en el futuro los
productos americanos alcanzarían más fácilmente muchos mercados dominados hoy
día por Inglaterra». (Sic.)
Gracias al Lend-Lease,
las exportaciones de la industria americana no se encontrarían con una economía
cerrada en Gran Bretaña, sino que se beneficiarían de la llamada «Puerta
Abierta». Esto verdaderamente abría perspectivas de solución a la crisis de la
Gran Depresión en Estados Unidos. Se esperaba que el renacer del comercio
internacional eliminaría el problema clave de déficit de demanda.
El sistema Lend-Lease fue
un clásico remedio keynesiano para la crisis económica de los años treinta: El
estado «cebaba» la economía por medio de grandes pedidos y financiaba el
esquema prestando el capital necesario. La deuda interna crecía
considerablemente como resultado de los Lend-Lease y de los
ahora fuertemente crecientes gastos militares del país: De
aproximadamente 3000 millones de dólares en 1939 a casi 5000 en 1941, 20 000 en
1942 y 42 000 millones de dólares en 1945. Pero era de esperar que los altos
beneficios generarían al estado suficientes ingresos por impuestos, para
permitir a Washington liquidar sus deudas. Todo esto era pura teoría, teoría
keynesiana. En realidad el esquema se reducía a esto: el estado usaba sus
ingresos para pagar las pesadas facturas presentadas por las grandes
corporaciones, que virtualmente monopolizaban los negocios de Lend-Lease y
la producción de guerra en general. Estas facturas se pagaron por medio de
impuestos directos e indirectos, que durante la guerra y principalmente como
resultado de la regresiva Acta de Renta de octubre de 1942, que introducía el
eufemísticamente llamado «Impuesto de la Victoria», pagarían progresivamente
los americanos de a pie más que las grandes y saludables corporaciones del
país. Los enormes beneficios los financiaba el pueblo americano. El historiador
americano Sean Dennis Cashman observa: «La carga de financiar la guerra, cayó
sobre los hombros de los miembros más pobres de la sociedad».
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Gran Bretaña también se benefició del Lend-Lease al
menos a corto plazo, porque la importación de armas y otros materiales
americanos hizo posible continuar la guerra contra Hitler después de la caída
de Francia, y unos cuantos años más tarde, emerger victoriosamente. A largo
plazo sin embargo, Gran Bretaña pagaría el precio de su estatus como poder
político y económico mundial. El Lend-Lease resultó ser el pie
en la puerta que permitió que EE. UU. penetrara en Gran Bretaña y en todo su
Imperio y lo dominara económicamente. El Lend-Lease condujo
irrevocablemente a una muy íntima pero también asimétrica colaboración militar,
política y económica anglo americana. En donde Gran Bretaña estaba predestinada
a jugar el papel de «socio minoritario», de fiel compañero de América en
Europa. Esto sería así bastante antes del final de la guerra y continúa siendo
así hoy en día. Algunos líderes aliados de la época, por ejemplo Camille Gutt,
la muy capaz ministro de finanzas del gobierno belga en el exilio de Londres,
entendieron muy bien que el Lend-Lease permitiría a Estados
unidos después de la guerra «dictar sus condiciones económicas y comerciales a
otros países», produciéndose un alto grado de dependencia económica de América
y que los créditos del Lend-Lease debían usarse por tanto con
moderación. Los belgas sin embargo, pudieron aprovecharse de la ventaja de
pagar los suministros americanos con importantes minerales de su colonia del
Congo, tales como cobre, cobalto y sobre todo uranio que sería utilizado por
los americanos para fabricar la bomba atómica.
El estallido de la
guerra en Europa proporcionó al mundo de los negocios americano una oportunidad
sin precedentes. Muchos de los propietarios y dirigentes de las empresas
americanas, que se lanzaron a beneficiarse del lucrativo comercio con Gran
Bretaña, indudablemente tenían más simpatía por Hitler que por Churchill y más
simpatía por el fascismo que por la democracia. Sin embargo, la relación
comercial anglo-americana, que comenzó con el «paga y llévatelo» y se
desarrolló hacia el Lend-Lease, afectó los sentimientos incluso de
los patronos yankees, más duros de mollera. Como la industria
americana se orientaba más y más hacia el rentable comercio con
Gran Bretaña, este país ganaba más y más simpatía en EE. UU.. Por el contrario,
la causa de la Alemania nazi era cada vez menos comprendida en América, aún
entre los hombres de negocios que habían deseado lo mejor a Hitler poco antes,
pero que
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ahora estaban haciendo magníficos negocios con el creciente comercio con
Gran Bretaña.
También hubo otras
razones para este cambio de actitud. La política económica de Berlín pretendía
un sistema autárquico, una «economía cerrada» tanto en Alemania como en los
países que formaban parte de su esfera de influencia en Europa central y
oriental, una esfera de influencia conocida como Mitteleuropa durante
la Primera Guerra Mundial y como la Grossraumwirtschaft alemana
en la Segunda. Los nazis impulsaron la hegemonía económica alemana
en esa parte del mundo, cada vez más antagónica con los americanos, que odiaban
las «economías cerradas» y querían puertas abiertas para sus exportaciones. El
presidente Roosevelt y sus consejeros, escriben dos historiadores americanos,
«estaban seguros de que el comercio exterior era esencial para la prosperidad
americana y (Roosevelt) estaba dispuesto a usar su poder político y militar
para proteger ese comercio cada vez más amenazado por Japón y Alemania, hacia
Asia y Europa». Como consecuencia, los líderes americanos no estaban muy
felices con el hecho de que entre 1928 y 1938 las exportaciones totales de EE.
UU. a Alemania bajaran de 2000 millones de dólares a 406 millones, y la
participación de Alemania en las exportaciones americanas de un 8,4% en 1933 a
un 3,4% en 1938.
Y aún más, la
agresiva política de comercio internacional de Hitler cada vez irritaba más a
los industriales americanos, y por tanto a Washington, a causa de su éxito en
América Latina. Desde la proclamación de la Doctrina Monroe, a comienzos del
siglo XIX, los estadounidenses habían considerado América Central y del
Sur como su propio feudo comercial, como una especie de Grossraumwirtschaft americano.
Sin embargo, durante los años treinta la participación alemana en las
importaciones de países tales como Brasil, Chile y Méjico crecía rápidamente a
expensas de la economía americana, con su consiguiente disgusto. El historiador
americano Patrick J. Hearden escribe:
«La ofensiva
comercial nazi en América del Sur continuaba ganado puntos a expensas de
Estados Unidos. La participación alemana en el total de importaciones de
Latinoamérica se
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incrementó de un 9,5% en 1929 a un 16,2% en 1938, mientras que los
números de Estados Unidos declinaban de un 38,5% a un 33,9%. El Departamento de
estado estaba molesto. “La competencia se está haciendo cada vez más aguda y
los exportadores americanos se muestran cada vez más insatisfechos”, señalaba
un funcionario en mayo de 1938».
Comercialmente,
Alemania se estaba convirtiendo en «el competidor más molesto de EE. UU. en esa
parte del mundo», según informó a Berlín en 1938 el embajador alemán en Méjico.
No el idealismo,
sino el interés, fue lo que hizo que gradualmente la mayoría de los hombres de
negocios americanos cambiaran sus simpatías del campo fascista al democrático,
e hicieran que los Estados Unidos se convirtieran en el «arsenal de la democracia»,
como los llamó el presidente Roosevelt. En cualquier caso, la opinión pública
americana ahora abrazaba cada vez más la causa británica; y de Hitler y
Mussolini, que poco antes eran defendidos, no se decía nada bueno.
En los negocios, la
bancarrota de un cliente importante puede ser extremadamente costosa para su
proveedor. Como consecuencia, EE. UU. no podía consentir que Gran Bretaña
perdiera la guerra. Por otra parte, los intereses de la industria americana
tampoco requerían que los británicos vencieran inmediatamente, algo que parecía
fuera de cuestión después de la caída de Francia. Lo más ventajoso para las
corporaciones americanas era un escenario en el cual la guerra de Europa se
prolongara tanto como fuera posible, de forma que ellas pudieran seguir
suministrando a su socio británico indefinidamente. De acuerdo con su biógrafo
David Lanier Lewis, Henry Ford «expresó su confianza en que ni los aliados ni
el Eje ganarían la guerra» y hubo un momento en que sugirió que EE. UU. debía
suministrar a ambos «las herramientas que hicieran posible la lucha hasta que
los dos cayeran». Ford practicaba lo que predicaba y acondicionó sus fábricas
en EE. UU. y en el extranjero para poder suministrar toda clase de material de
guerra, tanto a los alemanes como a los ingleses.
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Otro magnate de las inversiones lucrativas en Alemania, Thomas Watson,
de IBM, también permaneció impasible ante la perspectiva de un dominio nazi
permanente en Europa continental. Edwin Black escribe: «Como muchos (otros
hombres de negocios americanos), Watson esperaba que América permanecería fuera
de la guerra». Alemania seguiría mandando en Europa e IBM, ya firmemente
instalada en el Tercer Reich vía Dehomag, se beneficiaría regulando el dominio
de los datos. Watson no estaba en modo alguno preocupado por que la Europa
ocupada por los nazis pareciese predestinada a convertirse en la pesadilla
descrita en el libro de Orwell «1984»; por el contrario, él esperaba
suministrar al Gran Hermano los instrumentos tecnológicos necesarios para su
control absoluto y beneficiarse de ello convenientemente.
En vista de todo
esto, se entiende que mientras los líderes de América simpatizaban cada vez más
con Gran Bretaña, no tenían planes para que su país se convirtiera en
beligerante activo. Con la caída de Francia y la evacuación de Dunquerque, la
situación parecía crítica para los británicos. Sin embargo, después del verano
de 1940 y la épica Batalla de Inglaterra, brillantemente ganada por la RAF,
estuvo claro que la pequeña Albión no caería fácilmente, al menos mientras EE.
UU. continuara suministrándole material para luchar. Entonces se esperaba que
la guerra en Europa duraría mucho tiempo. Si mientras tanto los nazis seguían
dominando el continente y eran libres para implantar su «nuevo orden», no era
cosa que preocupara mucho a Washington. América no deseaba verse envuelta
activamente en el conflicto europeo y con ocasión de las elecciones
presidenciales en otoño de 1940, Roosevelt aseguró al pueblo americano que
durante su próximo mandato «no vamos a enviar a nuestros chicos a ninguna
guerra en el extranjero». Aunque en el otoño de 1941 una serie de incidentes
entre submarinos alemanes y destructores de la US Navy que escoltaban cargueros
con destino a Gran Bretaña, condujeron a un rápido deterioro de las relaciones
con los nazis, provocando una crisis conocida como «guerra naval no declarada»,
continuó sin contemplarse la participación activa en la guerra por parte de los
Estados Unidos. Los círculos del poder en América, simplemente no estaban
interesados en participar en una cruzada contra la Alemania nazi y por su parte
Alemania, que había atacado en junio de 1941 a la Unión Soviética, no estaba
interesada en declarar la guerra a América.
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En diciembre de
1941, Estados Unidos se hizo por fin beligerante activo. Sin embargo, como
señala Stephen Ambrose, América no «entró» en la guerra en el sentido activo
del verbo «entrar» que indica una acción voluntaria. Los Estados Unidos fueron
«empujados» a la guerra, como éste autor enfatiza correctamente, «más que a
causa de las acciones del presidente, a su pesar». Y por supuesto en contra de
los deseos de la Élite del Poder que él representaba.
Página 58
5. title="EE.
UU. en guerra con Japón y Alemania"
EE. UU. EN GUERRA
CON JAPÓN Y
ALEMANIA
SI HITLER hubiera
atacado a la Unión Soviética, despreciada cuna del
comunismo, diez,
cinco o incluso un año antes, indudablemente habría sido muy celebrado por la
sociedad americana. Sin embargo, en 1941 éste no era el caso, ya que los
americanos se sentían cada vez más cerca de Gran Bretaña. Esto también se podía
aplicar a la Élite del Poder de la nación, previamente filofascista, pero que
ahora pensaba que vender al enemigo británico de Hitler era «bueno para el
negocio» y había supuesto el resurgir de la economía americana. No existía
ninguna simpatía por los soviéticos, pero fue gradualmente apreciada la
aparición de un nuevo enemigo de los alemanes, que suponía un favor al socio
británico. Cuanto más pudieran resistir los soviéticos, mejor para Gran
Bretaña. No obstante, muchos americanos seguían siendo firmemente antisoviéticos
y esperaban que el estado comunista fuera destruido. Estaban convencidos de que
los soviéticos, como antes de ellos los polacos y los franceses, serían
incapaces de resistir por mucho tiempo el ataque de la Wehrmacht.
Aún aquellos que no encontraban demasiado repulsivo al nuevo aliado soviético
de los británicos, entre ellos el presidente Roosevelt, compartían esta opinión
pesimista.
En los Estados
Unidos, como en otros países occidentales, se había predicho desde el principio
que el experimento bolchevique estaba predestinado al fracaso. En Washington y
Londres se esperaba que la URSS no tuviera capacidad para oponer mucha
resistencia al monstruo nazi, cuyo poderío militar en 1939/40, había ganado la
reputación de invencible. El mando militar americano calculaba que los
soviéticos
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resistirían sólo de cuatro a seis semanas; la Wehrmacht,
aseguró un experto militar, penetraría a través de las líneas soviéticas «como
un cuchillo caliente a través de la mantequilla». El presidente Roosevelt era
algo más optimista y opinaba que quizá los soviéticos podrían sobrevivir al
ataque nazi hasta Octubre de 1941.
En EE. UU. por
tanto no se esperaba mucho de la Unión Soviética, salvo quizá un alivio
temporal para los británicos. Como consecuencia, la urgente petición de Stalin
de suministros americanos no recibió una respuesta rápida, ya que en América no
se concedía crédito a un cliente que parecía balancearse al borde de la
bancarrota. Para los primeros suministros de armas y otros materiales
americanos a la Unión Soviética se le exigió el pago al contado. De hecho
durante el año 1941 la ayuda americana a los soviéticos fue insignificante o,
como escribe el historiador alemán Bernd Martin, «ficticia». Washington contaba
con una victoria alemana e hizo planes para instaurar gobiernos no comunistas
en los territorios soviéticos que posiblemente escaparían de la ocupación
alemana, tales como Siberia. También se hicieron indicaciones al exiliado
Kerenski, cuyo gobierno había sido derrocado en Rusia por los bolcheviques en
1917, para abrir caminos en este sentido. Sin embargo, en el otoño de 1941
quedó muy claro que el ejército rojo era un duro oponente para la Wehrmacht y
que el conflicto en el nuevo frente oriental de Europa no iba a terminar con
otra Blitzkrieg alemana. La Unión Soviética se revelaba como
un aliado continental de Gran Bretaña extremadamente útil, un aliado cuya
fuerte resistencia beneficiaba no sólo a los británicos, sino a sus socios
americanos en el negocio del Lend-Lease. La bolsa de Nueva York
empezó a reflejar este hecho; las cotizaciones subieron cuando el
avance nazi en Rusia empezó a ralentizarse, pero se hundieron de nuevo cuando
algún nuevo éxito de la Wehrmacht hizo declarar a Hitler que
la guerra en el este estaba ganada. Pero la entrada victoriosa de
sus ejércitos en Moscú no estaba prevista por el destino. La Unión Soviética
sería el primer país en detener la maquinaria de guerra de Hitler y el 5 de
diciembre de 1941, el ejército rojo lanzó su contraofensiva. El fracaso de
la Blitzkrieg de Hitler en el este, constituyó el verdadero
punto de inflexión de la guerra, aunque esto no se reconoció con carácter
general en aquel momento.
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Las noticias del este fueron debidamente registradas en Washington y en
todos los Estados Unidos, sin duda incluyendo las centrales de las principales
corporaciones. Era evidente que los alemanes iban a estar preocupados durante
algún tiempo en el frente oriental. Esto significaba que el socio británico,
que había sobrevivido a las adversidades de 1940 no sin dificultades, podía
continuar soportando la guerra indefinidamente, sin que fuera necesaria la
intervención de los yankees para salvarle la piel. La Unión
Soviética se hizo útil contribuyendo poderosamente a la supervivencia militar y
económica del supremo cliente de América y la industria americana se
beneficiaría de la situación. Pero el panorama se hizo aún más ventajoso para
EE. UU. cuando se comprobó que también se podían hacer negocios con los
soviéticos. En noviembre de 1941, cuando poco a poco fue quedando claro que la
Unión Soviética no iba a caer, Washington acordó extender su crédito a Moscú y
se firmó un acuerdo de Lend-Lease con la URSS. Así América se
asoció con un estado que previamente había sido despreciado por
Washington y la Élite del Poder americana. Sintomático de la nueva situación
fue el trato dado a Maxim Litvinov, el nuevo embajador soviético, que llegó a
Washington para presentar sus credenciales en diciembre de 1941. En fuerte
contraste con su predecesor, según escribe el conocido periodista David
Brinkley, Litvinov fue festejado por la cúpula social, que «ahora veía en Rusia
un aliado, un enemigo de su enemigo y por tanto un amigo».
Dentro de la Élite
del Poder americana ya no estaba bien visto expresar admiración por Hitler,
aunque con su ataque a la URSS el dictador alemán había hecho exactamente lo
que los círculos del poder en América habían esperado de él. Un triunfo nazi
sobre los soviéticos había dejado de ser deseable, porque ahora ya no
resultaría tan beneficioso para los negocios y deterioraría los beneficios
del Lend-Lease. Una victoria alemana sobre la URSS sería desastrosa
en términos de cuenta de resultados, algo mucho más cercano a los corazones de
los curtidos hombres de negocios que cualquier consideración ideológica.
Aunque la situación
aconsejaba una pose antifascista, en lo profundo de sus corazones, estas élites
continuaban siendo convencidos anticomunistas. En cuanto a la titánica lucha en
el frente oriental, no deseaban una clara victoria por parte de ningún contendiente,
sino que los
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antagonistas mantuvieran la guerra tanto tiempo como fuera posible, lo
que terminaría por debilitar a ambos. La esperanza de un largo conflicto entre
Berlín y Moscú se reflejaba ampliamente en los periódicos y en la muy difundida
nota puesta en circulación por el senador Harry S. Truman el 24 de junio de
1941, sólo dos días después del comienzo de la «Operación Barbarroja», el
ataque nazi a la Unión Soviética: «Si vemos que Alemania está ganando,
ayudaremos a Rusia y si Rusia está ganando, ayudaremos a Alemania, de forma que
ambos bandos se desgasten lo más posible». Todavía el 5 de diciembre de 1941,
justo dos días antes del ataque japonés contra Pearl Harbor, el cual, como
dicen los historiadores americanos Clayton R. Koppes y Gregory D. Black, «puso
formalmente a los americanos en el mismo barco antifascista de los británicos y
los rusos». Una caricatura del Chicago Tribune de Hearst,
sugería que lo ideal para la civilización sería que esas «dos peligrosas
bestias se destruyeran mutuamente». Si esto se hiciese realidad, la propia
América, con Gran Bretaña a su lado, podrían crear un nuevo orden en Europa. Al
final de 1941 realmente parecía que esto podría pasar.
Militar y
políticamente las cosas estaban yendo bien para EE. UU. y económicamente sus
negocios se beneficiaban de la guerra en el frente oriental, dónde la Unión
Soviética, ahora asociada al sistema Lend-Lease, constituía un
nuevo mercado para la industria americana. Los Estados Unidos, junto con Canadá
y Gran Bretaña, suministrarían a la URSS, no precisamente armas, sino
Studebakers y otros camiones, jeeps, ropa y comida enlatada.
El Lend-Lease abrió unas perspectivas, previamente
impensables, de atraer al gigante soviético a la esfera de influencia económica
americana después de la guerra, tema que trataremos más tarde.
A veces se piensa
que la Unión Soviética sólo logró sobrevivir a los tanques nazis gracias a la
ayuda americana, pero esto es extremadamente dudoso, debido a un buen número de
razones. Primero, la entrega de material americano no fue significativa antes de
1942, o lo que es lo mismo, mucho después de que los soviéticos hubieran
detenido el avance de la Wehrmacht y hubiesen lanzado su
primera contraofensiva. Ya entonces, cuando la Blitzkrieg contra
los soviéticos fracasó, muchos generales alemanes se dieron cuenta de que podía
ser que no ganaran la guerra en el este. Segundo, la ayuda americana nunca
representó más del
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cuatro o el cinco por ciento de la producción total soviética en tiempo
de guerra, aunque es admisible considerar que ese pequeño porcentaje podría ser
crucial en una situación de crisis. Tercero, los propios soviéticos fabricaron
sus vehículos pesados y ligeros de alta calidad, tales como el tanque T-34,
probablemente el mejor tanque de la Segunda Guerra Mundial, que fue la clave
del éxito contra la Wehrmacht. Finalmente, la tan aireada ayuda a
la URSS fue en gran manera compensada por la asistencia, discreta, no oficial,
pero muy importante, prestada a los alemanes. En 1940 y 1941 la industria
americana se benefició principalmente de su negocio con Gran Bretaña, pero esto
no impidió que las grandes petroleras concluyeran lucrativos negocios también
con la Alemania nazi. Se suministraron grandes cantidades de petróleo a
Alemania, a través de países neutrales como España, algo que era perfectamente
conocido por la Casa Blanca. La participación americana en las importaciones
alemanas de productos petrolíferos, creció rápidamente de un 44% en Julio de
1941 a no menos del 94% en Septiembre del mismo año. Los panzers alemanes nunca
hubieran llegado a las puertas de Moscú sin el combustible suministrado por las
petroleras americanas, de hecho sin este combustible Alemania no podría haber
atacado a la Unión Soviética y la mayoría de sus operaciones militares en 1940
y 1941 no hubieran sido posibles, como señala el historiador alemán Tobias
Jersak, una autoridad en el tema del «petróleo para el Führer».
Gracias a la guerra
en Europa, América estaba emergiendo de la Gran Depresión. Gran Bretaña y la
Unión Soviética se habían convertido en mercados para los productos
industriales americanos. Pero también había otros mercados potenciales en el
mundo, así como fuentes de suministro de materias primas baratas, tales como el
caucho y el petróleo, las cuales se hacían cada vez más necesarias para la
floreciente industria de EE. UU. Ya en el Siglo XIX, América había extendido su
influencia económica y a veces política a través de océanos y continentes. Esta
política agresiva desarrollada por presidentes como Theodore Roosevelt, había
generado muchos derramamientos de sangre y había conducido a los americanos a
controlar antiguas colonias españolas, como Puerto Rico, Cuba y Filipinas, así
como otros territorios que habían sido siempre independientes, como las Islas
Hawai. Los Estados Unidos desarrollaron su influencia no sólo en América Latina
y el Caribe, sino que dejaron sentir su poder en el Océano
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Pacífico e incluso en el Extremo Oriente. Todo esto, sin embargo, no
impidió a los Estados Unidos, antigua colonia británica, presentarse como una
nación luchadora contra el colonialismo, campeona en la causa de la libertad y
defensora de los derechos de las naciones oprimidas. La etiqueta del
imperialismo americano difería de la variedad europea, como señala
sarcásticamente el historiador estadounidense William Appleman Williams, en que
«nosotros hemos enmascarado la verdad de nuestro imperialismo con la retórica
de la libertad». De esta expansión imperialista americana los primeros
beneficiarios habían sido los empresarios. Por ejemplo, el éxito de Dole, el
rey americano de la piña en lata, no habría sido posible sin la tierra (robada)
y el trabajo (forzado) de los indígenas hawaianos, que hoy en día cuentan poco
en sus propias islas, excepto por supuesto como bailarines de hula-hula o
instructores de surf.
Las tierras que
albergaban las lejanas playas del océano Pacífico, jugaron un papel cada vez
más importante como mercado para la exportación de productos americanos, así
como fuentes de materias primas y mano de obra barata. Pero América tenía que
enfrentarse allí con la competencia de un rival agresivo, que también buscaba
satisfacer sus ambiciones imperialistas en China y perseguía el petróleo y el
caucho en el rico sudeste asiático. Este competidor era Japón, la tierra del
sol naciente, que no reparaba en medios, aunque fueran violentos, con tal de
conseguir su propia esfera de influencia. Lo que preocupaba en EE. UU. no era
que los japonenses abusaran de sus vecinos chinos y coreanos, sino que en esa
parte del mundo ellos construyeran su propia «economía cerrada» dónde la
competencia americana no encontraría la puerta abierta. Cuando los americanos
protestaron por esta situación, Tokyo se ofreció a aplicar en China «el
principio de las relaciones comerciales no discriminatorias», a condición de
que los americanos hicieran lo mismo con su propia esfera de influencia en
Latinoamérica. Sin embargo, Washington quería aplicar ese principio en las
zonas de influencia de los demás, pero no en sus propios feudos. La oferta
japonesa fue rechazada.
Desde ese momento,
Estados Unidos comenzó a incordiar a su competidor asiático con métodos que los
japoneses encontraron especialmente provocadores. Ya en el verano de 1941,
Estados Unidos, en colaboración con sus aliados británicos y holandeses en el
lejano oriente,
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impuso severas sanciones económicas a Japón, incluido el embargo de los
imprescindibles productos petrolíferos. Tokyo reaccionó preparándose para una
guerra que daría a Japón el control sobre el resto del sudeste asiático. El
gobierno japonés tuvo bastante cuando el 26 de noviembre de ese año recibió de
Washington una «Nota de Diez Puntos», que era totalmente inaceptable para
Japón, porque demandaba su retirada de China. El gobierno americano y los
mandos militares sabían muy bien que debido a esa nota habría riesgo de guerra,
pero fingieron sorprenderse ante el repentino ataque a su base naval de Pearl
Harbor, cerca de Honolulú, el domingo 7 de diciembre de 1941. El pueblo
americano se conmocionó con una acción que no podían saber que era provocada en
cierto modo por su propio gobierno. En cualquier caso, ahora los Estados Unidos
estaban en guerra con su rival del otro lado del Pacífico, que tenía una
alianza no oficial con la Alemania nazi.
Algunos
historiadores revisionistas americanos, ponen atención en el desagradable y
poco conocido hecho de que los Estados Unidos no declararon la guerra a Japón
como respuesta a una agresión no provocada, o por sus horribles crímenes de
guerra en China, sino a causa de su ataque a una posesión imperial americana.
Howard Zinn, probablemente el historiador radical más conocido de América
observa:
«No fueron los
ataques de Hitler a los judíos lo que llevó a Estados Unidos a entrar en la
Segunda Guerra Mundial… Lo que les hizo participar plenamente en la guerra fue
el ataque japonés sobre la base naval de Pearl Harbor… Fue el ataque japonés a
un enclave del Imperio Americano en el Pacífico».
Y Noam Chomsky
apunta que Oahu, la isla donde está situada Pearl Harbor, había sido tomada a
los hawaianos (junto con el resto de sus antes idílicas y ahora totalmente
comercializadas islas), medio siglo antes «por medio de la violencia y el
subterfugio». Porque lo que estaba en juego no era una cruzada contra la
injusticia y la dictadura, sino el propio interés, en el momento del ataque a
Pearl Harbor, Washington no consideró declarar la guerra a la Alemania nazi,
aunque sus relaciones con Berlín se habían
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deteriorado a causa del su activo apoyo a Gran Bretaña, llegando hasta
la «guerra naval no declarada» en el otoño de 1941. Como hemos visto, en la
guerra europea las cosas estaban yendo muy bien para EE. UU. sin necesidad de
intervenir militarmente. Sin embargo, fue el propio Hitler quien declaró la
guerra a los Estados Unidos el 11 de diciembre de 1941, cuatro días después de
Pearl Harbor. Probablemente especuló con que este gesto gratuito de solidaridad
induciría a su aliado oriental a declarar recíprocamente la guerra a los
enemigos de Alemania, lo que obligaría a los soviéticos a la extremadamente
peligrosa situación de mantener dos frentes de guerra. Tal ayuda japonesa
habría sido particularmente bienvenida en Berlín, ya que cuatro días antes, el
5 de diciembre, los soviéticos habían lanzado su primera contraofensiva. Hitler
probablemente creyó que podría exorcizar el espectro de la derrota del este, ya
anunciada como probable por sus propios generales, colocando a los japoneses
sobre la vulnerable frontera siberiana de la Unión Soviética. De acuerdo con el
historiador alemán Hans W. Gatzke, el Führer estaba convencido
de que «si Alemania fracasaba en unirse a Japón (contra Estados Unidos), sería
el fin de toda esperanza de que los japoneses les ayudasen en su guerra contra
la Unión Soviética». Pero Japón no picó en el anzuelo de Hitler. Tokio, por
supuesto, despreciaba a los soviéticos, pero la tierra del sol naciente no
podía permitirse el lujo de mantener dos frentes de guerra y prefirió poner
todo su dinero en su estrategia «meridional», esperando ganar el gran premio
del Sudeste Asiático, en lugar de embarcarse en una aventura en las poco
hospitalarias llanuras siberianas. Sólo al final de la guerra, después de la
rendición de la Alemania nazi, habría algunas hostilidades entre Rusia y Japón.
Pero teniendo en cuenta la innecesaria declaración de guerra de Hitler,
acompañada de una singularmente frívola declaración de guerra italiana, los
Estados Unidos tomaron parte activa en la guerra de Europa, con Gran Bretaña y
la URSS como aliados. La guerra que había sido europea, se había convertido en
una genuina guerra mundial.
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6. LUCHA
DE CLASES EN EL FRENTE INTERNO AMERICANO
SI LA guerra en
Europa había sido buena, la guerra mundial sería
maravillosa para la
industria americana, que funcionaba a toda velocidad. El resultado fue una
expansión económica sostenida que significó un crecimiento imprevisible en el
empleo y en los beneficios. El número total de personas sin empleo en los EE.
UU. decreció en los años de guerra de más de 8 millones en 1940 a 5,5 en 1941,
2,6 en 1942, 1 en 1943 y 670 000 personas en 1944, bajando los porcentajes de
desempleados desde un 15% de la fuerza del trabajo en 1940 al 1,2% en 1944.
Sólo el ejército absorbió a millones de hombres y mujeres, que de otro modo
podrían haber tenido dificultades para encontrar empleo: ¡no menos de 16
millones de americanos se apuntaron a las fuerzas armadas durante la guerra! El
péndulo del empleo osciló de un extremo al otro y pronto hubo carencia de
trabajadores en algunos sectores, tales como la construcción de aviones, y cada
vez más mujeres fueron movilizadas para trabajar en las fábricas. Los
trabajadores americanos tenían ahora amplias oportunidades de empleo, salarios
más altos (también elevados precios) y una prosperidad sin precedentes. Ningún
plan interno había acabado con la Gran Depresión; la pesadilla de los «sucios
treinta» terminó gracias al conflicto del otro lado del océano. Escribe el
autor americano Studs Terkel que «la guerra fue como un alquimista que
transformase los Malos Tiempos en Tiempos Buenos».
Fue bueno para los
americanos de a pie, pero los principales beneficiarios del boom de
la guerra fueron incuestionablemente los patronos y corporaciones del país, que
acumularon riquezas sin precedentes. Escribe Stuart D. Brandes, historiador de
los beneficios de la guerra para EE. UU., que «durante los cuatro años de
guerra, 1942-1945,
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las 2230 empresas americanas más grandes declararon ganancias, después
de impuestos, de 14 400 millones de dólares, un incremento del 41% sobre el
período de preguerra 1936-1939» añadiendo que, «las generosas reglas de
amortización de impuestos contribuyeron a la obtención de estas ganancias en un
20%». Los relativamente bajos impuestos simplemente sirvieron para maximizar
los beneficios generados por «el enorme crecimiento de las ventas durante la
guerra», debido al abundante programa de gastos de defensa, combinado con la
ausencia de restricciones significativas contra los beneficios y/o controles
efectivos de precios. «Si quieres ir a la guerra en un país capitalista»,
declaró el secretario de guerra de Roosevelt, Henry Stinson, «tienes que dejar
que los hombres de negocios hagan dinero durante el proceso, o no trabajarán».
Sin embargo, aunque
los beneficios después de impuestos de las corporaciones se incrementaron
considerablemente durante la guerra (más del 70% según algunas estimaciones),
la más beneficiada de esta explosión económica fue una restringida élite
corporativa: grandes negocios, en vez de negocios en general. Unas sesenta
empresas recibieron el 75% de los contratos militares y otros contratos del
gobierno y fueron estas grandes empresas las que tuvieron el privilegio de
acceder al canal de gastos de guerra del estado. IBM fue una de las grandes
empresas que supo como beneficiarse de este «marco de oportunidades», según
escribe Edwin Black:
«La guerra siempre
fue buena para IBM, los beneficios de la guerra no tuvieron igual en América. A
los noventa días de Pearl Harbor, Watson (presidente de IBM), informó a los
medios que la empresa se había asegurado más de 150 millones de dólares en municiones
y otros contratos de defensa. Las ventas y servicios en tiempo de guerra se
triplicaron, pasando de aproximadamente 46 millones de dólares anuales en 1940,
a unos 140 millones de dólares en 1945».
Las empresas
grandes y pequeñas también se beneficiaron del hecho de que durante la guerra
el estado financió nuevas tecnologías y nuevas
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fábricas, subsidiando generosamente la inversión privada y gastando más
de 17 000 millones de dólares en unos 2000 proyectos públicos de defensa. A la
empresa privada se le permitió utilizar rentables edificios públicos mediante
el pago de un modesto alquiler y como escribe Brandes, después de la guerra, el
gobierno les vendió dichos inmuebles «por la mitad o un tercio de su valor
real». Con estas operaciones, las grandes corporaciones ganaron millones de
dólares, lo que indujo a Harry Truman a declarar que esta forma de ganancia era
una «ganancia legal». Sin embargo, como apunta el periodista David Brinkley,
«los defensores de la libre empresa» que suscriben el mito de que en América la
riqueza se genera en y por el sector privado, fueron reacios a reconocer el
«golpe de suerte» que resultó esa venta a «precios de saldo».
Las corporaciones
americanas hicieron mucho dinero durante la guerra, pero también se
beneficiaron de ella por otras importantes vías. Las llamadas «leyes
antimonopolio», por ejemplo, que inhibían la libertad de las empresas, fueron
prácticamente olvidadas. Para las grandes empresas fue más fácil competir con
aquellas que no tenían tan fácil el acceso a la bolsa de los negocios con el
estado. También durante la guerra, representantes de las grandes empresas
accedieron a importantes puestos en el gobierno de Washington. Hubo un «aumento
de la influencia de las empresas en el gobierno», escribe un estudioso de la
economía americana y «elementos de Wall Street y del mundo de los negocios»
fueron adquiriendo cada vez más influencia en la política pública y especialmente
en el Departamento de Estado y en el Pentágono. Una íntima asociación entre el
gobierno y los negocios de la que el sector empresarial continuó beneficiándose
mucho después de la guerra.
El estado americano
financió sus esfuerzos bélicos más con préstamos (aproximadamente el 55% del
gasto) que con impuestos (el 45% aprox.). Los bonos de guerra de Washington,
que producían un interés relativamente alto, representaron una forma de
inversión particularmente interesante para la banca, las empresas de seguros y
los individuos con dinero. Entre los compradores de bonos de guerra estaban
principalmente los accionistas y dirigentes de las grandes corporaciones, que
hacían a la vez fortuna con los contratos del gobierno y que de otro modo no
habrían tenido la oportunidad de inversiones tan lucrativas. Para los ricos
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americanos, normalmente defensores de la empresa privada y enemigos de
la intervención del estado en la vida económica, el estado americano actuó
durante la guerra como un generoso mecenas. Puede decirse que los ricos y
poderosos americanos se hicieron más ricos y poderosos por la forma en que el
gobierno decidió financiar la guerra. C. Wright Mills señala a este respecto
que en general, «el desarrollo industrial privado en los Estados Unidos ha
estado muy asegurado por la generosidad pública y las guerras han traído muchas
oportunidades para la apropiación privada de fortuna y poder». A este respecto,
continua Mills, «la Segunda Guerra Mundial hizo que los beneficios privados
previos parecieran insignificantes ya que los resortes de los medios de
producción nacionales, fueron entregados a las corporaciones privadas».
Sin embargo, el
aspecto dorado de la explosión económica durante la guerra también tenía alguna
nube oscura. Con el final del desempleo y las necesidades de mano de obra, las
ventajas pasaron de los empleadores a los empleados, ya que el mercado libre de
trabajo determina el precio del mismo, esto es, los salarios y las condiciones
de empleo. Por primera vez los trabajadores americanos se encontraban en
condiciones de igualdad con sus jefes, como ha señalado el historiador
británico Arthur Marwick, y aprovecharon esta situación para demandar mejores
sueldos y mejores condiciones laborales. Y no lo hicieron individualmente
presentándose ante el jefe con la gorra en la mano para hacer sus peticiones,
sino que lo hicieron colectivamente, planteando sus reivindicaciones en nombre
de la plantilla entera de una fábrica, de una sucursal de empresa o de un
sindicato, es decir, por medio de la «negociación colectiva». Los trabajadores
americanos habían comenzado a entender y experimentar las ventajas de la
solidaridad y la organización durante la crisis de los «sucios treinta» y
durante la guerra se afiliaron en masa a los sindicatos que habían aprendido a
defender sus intereses. Las cifras de sindicación pasaron de aproximadamente
nueve millones de miembros en 1939 a casi 15 en 1945. En los Estados Unidos los
negocios habían sido «grandes negocios» por mucho tiempo, pero ahora el mundo
laboral se encontraba en proceso de convertirse en «el gran mundo laboral» y
este gran mundo laboral era un factor a tener en cuenta, no sólo en los
consejos de administración de las corporaciones americanas, sino también en los
círculos del poder de
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Washington, incluida la Casa Blanca, dónde hasta el momento sólo se
había escuchado la voz de «los grandes negocios».
Los patronos
americanos no se mostraban muy entusiastas ante la perspectiva de disminuir sus
beneficios a cuenta de la negociación colectiva. Los trabajadores sin embargo
no dudaron en defender sus demandas con el arma probada de la huelga, un arma
que se reveló particularmente efectiva en aquellos momentos. Fiel a su
tradición el estado intervino en el conflicto con medidas que favorecieron a
los empresarios. Poco después del ataque a Pearl Harbor, la administración
Roosevelt obtuvo de los grandes (y conservadores) sindicatos como el AFL,
conocido como «de garantía antihuelga», la promesa de no efectuar huelgas
durante la guerra. Y en 1943 el Congreso realizó otra gran contribución a las
empresas con la promulgación del Acta Smith-Connally, que declaraba fuera de la
ley ciertas formas de acción colectiva. Pero nada de esto pudo evitar la ola de
huelgas que barrió los Estados Unidos durante la guerra. Howard Zinn suministra
detalles:
«A pesar de la
arrolladora atmósfera de patriotismo y de la total dedicación a ganar la
guerra, a pesar de los discursos antihuelga del AFL y del CIO, muchos
trabajadores de la nación, frustrados por la congelación permanente de sus
salarios mientras que los beneficios de las empresas subían como cohetes,
fueron a la huelga. Durante la guerra se realizaron catorce mil huelgas en las
que participaron 6770 000 trabajadores, más que en cualquier otro período de la
historia de América. Sólo en 1944 fueron a la huelga en las minas, las
siderurgias y las industrias del automóvil y equipos de transporte, más de un
millón de trabajadores».
Los huelguistas más
fuertes fueron los mineros, liderados por el famoso John L. Lewis, del
Sindicato de Trabajadores de Minas Unidos. Es más, un número inusualmente
grande de huelgas fueron espontáneas, es decir, sin la organización ni
autorización del sindicato. La militancia de los trabajadores era tal, que los
patronos y el estado americano tuvieron que izar la bandera blanca. Las
demandas salariales fueron poco a poco
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aceptadas por todo el país y como resultado el salario promedio semanal
subió espectacularmente durante la guerra, de aproximadamente 29 dólares en
1939 a más de 44 en 1945. (Estas cantidades suponían un aumento del 65%
mientras que en el mismo período la inflación supuso sólo un 25%).
Durante la Segunda
Guerra Mundial tuvo lugar en Estados Unidos una intensa lucha de clases entre
los trabajadores y el capital y ésta es una parte importante de la historia del
papel de América en el conflicto. Esta lucha de clases se desarrolló en el frente
interno americano y sus escaramuzas y batallas consistieron en mil y una
huelgas, pequeñas y grandes. Pero en esta guerra no se enfrentaban americanos
«buenos» contra alemanes y japoneses «malos», sino que adquirió la forma de una
guerra civil social entre los propios americanos. De este conflicto no saldrían
claros vencedores o vencidos, ni terminó con ningún armisticio. Extraña un poco
que Hollywood nunca haya dedicado una película o que el país no haya erigido
algún monumento a la memoria de este dramático e importante conflicto, que fue
doloroso y que aún pervive. Igualmente es común y frecuente que la mayoría de
los textos de historia de la guerra prefieran limitarse a contar las batallas
que se libraron en lejanos lugares al otro lado de los océanos Atlántico y
Pacífico.
La Élite del Poder
de América aprendió dos lecciones importantes durante la guerra. La primera,
que la explosión económica de los años cuarenta podía suponer elevados
beneficios, pero también un virtual pleno empleo, y esto daba al mundo laboral
ventaja en sus relaciones con el capital, elevaba las demandas de los
trabajadores, reforzaba la posición de los sindicatos durante la negociación
colectiva y convertía la huelga en un arma extremadamente efectiva en manos de
los empleados. Desde entonces, los patronos de América y del resto del mundo
habían descubierto una fórmula infinitamente más ventajosa para ellos, que era
mantener una casi permanente crisis económica que, bien manejada, combinara los
elevados beneficios con altos niveles de desempleo, o con contratos a tiempo
parcial y/o de corto plazo, pobremente remunerados. En tales situaciones el
poder en la negociación está solamente del lado de los patronos, los sindicatos
pierden influencia, la huelga no se contempla y los trabajadores pueden considerarse
afortunados si son capaces de encontrar
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durante unos meses un trabajo a tiempo parcial, volteando hamburguesas,
por supuesto con un salario mínimo y sin ningún beneficio social. En Francia
este fenómeno se ha denominado «empleo precario» (la précarieté du travail)
por parte de sociólogos como Pierre Bourdieu.
A causa de su
experiencia durante la guerra, las élites económicas americanas no son
partidarias de los elevados niveles de empleo. Esto se refleja en el
comportamiento de los inversores americanos (y del resto del mundo) de hoy:
cuando el nivel de desempleo decrece se ponen nerviosos y en Wall Street las
cotizaciones bajan; por el contrario, el termómetro del Dow Jones tiende a
subir cuando el nivel de desempleo aumenta, porque esto último es más ventajoso
para los negocios. (Un razonamiento que se cita con frecuencia es que el empleo
creciente crea presión para elevar los salarios. Algo que se supone que es
perjudicial para «la economía» porque es «inflacionario»; por otro lado los
elevados beneficios nunca se perciben como «inflacionarios»). A la vista de
esto puede comprenderse que el gobierno americano, cuya primera raison
d’être es defender los intereses de los empresarios, haga que apoya el
pleno empleo como un ideal teórico, pero nunca apoye este ideal como política
práctica.
En ésta
generalmente ignorada lucha de clases que sacudió el frente interno americano
en los años cuarenta, la Élite del Poder aprendió otra lección trascendental:
que la huelga y otras acciones colectivas constituían el arma más efectiva
disponible para los trabajadores. Precisamente por esto las películas de
Hollywood sugieren una y otra vez que los problemas se resuelven mejor mediante
heroicas acciones individuales, en contraste con la supuesta apatía e
ineficacia de las masas; en las llamadas «películas de acción» todo se centra
siempre en acciones individuales, nunca en acciones colectivas. De esta forma
se busca ir minando, entre los que podrían beneficiarse de ello, el interés y
la confianza en las acciones colectivas, que causaron fuertes dolores de cabeza
a la Élite del Poder durante la guerra.
También se lanzó
una ofensiva contra la acción colectiva a nivel intelectual. En un influyente
libro publicado por la prestigiosa editorial de la Universidad de Harvard en
1965, el economista Mancur Olson asocia la acción colectiva de los sindicatos
con la coacción y la violencia,
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refiriéndose especialmente al crecimiento de los sindicatos y al éxito
de las huelgas y otras formas de acción colectiva durante la Segunda Guerra
Mundial. El libro de Olson continúa estudiándose hoy día en las universidades
americanas y es un texto recomendado en los cursos de administración de
empresas, de ciencias políticas y de teoría de la organización. Finalmente, la
repulsión de las élites americanas por cualquier clase de acción colectiva
también se refleja claramente en las despreciativas referencias que se hacen
con frecuencia en los medios de comunicación al pueblo francés, que sólo sabe
defender sus intereses con armas como las huelgas y la manif, las
manifestaciones.
Después de Pearl
Harbor los EE. UU. entraron formalmente en guerra con Japón, un país distante y
relativamente desconocido, y con la Alemania nazi, un estado sobre el que gente
influyente había dicho muchas cosas positivas muy poco tiempo antes. Por otra
parte, América ahora era oficialmente aliada, no sólo de Gran Bretaña, su
hermana anglosajona, sino también de la Unión Soviética, previamente
considerada como un paria. Se entiende que el pueblo americano necesitara una
clarificación urgente, una clarificación que llegaría pronto en forma de
campaña de propaganda que explicaba en negro sobre blanco que todo tenía un
sentido perfecto.
En aquellos días,
los carteles eran todavía un medio eficaz de propaganda. Durante los años
veinte y treinta se habían dedicado a plasmar a los malvados bolcheviques, pero
ahora retrataban a los sádicos «japs» y a los arrogantes oficiales nazis con
monóculo y la leyenda «éste es el enemigo». Los diseñadores estuvieron prestos
en corregir el error anterior, cuando consideraban a los bolcheviques como el
gran enemigo. Para instruir a la gente sobre la identidad del nuevo enemigo, el
gobierno americano encargó al conocido productor cinematográfico Frank Capra,
la realización de una serie de documentales titulados «Por qué luchamos», en
los que los nazis aparecían como individuos perversos dispuestos a esclavizar
al mundo libre y a destruir la religión. El primero de estos filmes, «Preludio
de la Guerra», fue presentado en su material promocional como «la película
sobre los mayores gangsters jamás filmada… más terrible que cualquier película
de terror que usted haya visto», explicando el ansia de apoderarse del mundo de
los «diabólicos
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monstruos». Hollywood tomó el relevo y procedió a instruir a los
americanos en la verdadera naturaleza del fascismo, por medio de películas
tales como «La Cuadrilla de Hitler», que presentaba a los nazis como gangsters
sin escrúpulos, o con películas de dibujos como «The Ducktators [3]», en la que el
personaje principal era un ave despótica llamada «Hitler Duck». Los héroes
americanos del cómic, como el Capitán América, Superman y Wonder Woman, también
hicieron su contribución a la campaña de propaganda, venciendo a astutos
agentes espías nazis. Así nació en América la imagen del nazi como un
malhechor, un villano, una caricatura; imagen que ha sobrevivido hasta nuestros
días en producciones de Hollywood del tipo de Indiana Jones. Sin embargo, esta
campaña de propaganda tan simplista, no contribuyó absolutamente nada al
genuino entendimiento del complejo fenómeno social europeo que fue el fascismo
en general y el nazismo alemán en particular.
Los soviéticos
también experimentaron una metamorfosis notable, de malvados bolcheviques a
heroicos patriotas «rusos». Hollywood, que había mostrado poco interés y aún
menos simpatía por la Unión Soviética antes de la guerra, cambió el tono,
evidentemente por indicación de Washington, con películas prosoviéticas tales
como «Misión en Moscú», «La Estrella del Norte» y «Canción de Rusia». Las
populares revistas americanas, incluida Life, Saturday
Evening Post, Reader’s Digest, que anteriormente habían difundido
con fuerza la propaganda antisoviética y anticomunista, y lo volverían a hacer
después de la guerra, dieron un giro de 180 grados ofreciendo su propia
contribución prosoviética.
Los habitantes del
lejano paraíso del trabajo, con siniestra apariencia, se presentaban ahora como
duros trabajadores apegados a la tierra. Gente decente que como señaló "Life"
en 1943, «parecían americanos, se vestían como americanos y pensaban como
americanos», que sólo esperaban el final de la guerra para graduarse en
capitalismo y democracia. (Por el contrario, los nazis se convirtieron en
bolcheviques teutónicos que no respetaban cosas tan queridas por los americanos
como la religión y la propiedad privada). Stalin se hizo popular en las
revistas estadounidenses, en dónde aparecía como el «Tío Joe» de la gran
familia americana, incluyendo favorecedoras fotos suyas en las portadas y en
1943, Time le proclamó «Hombre del Año». Los americanos
también estaban
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favorablemente impresionados por los informes que aseguraban que Stalin
sentía debilidad por los cigarrillos americanos, tales como Camel, Chesterfield
y Lucky Strike. En los años treinta, los comunistas, progresistas y radicales
americanos, tenían una idea romántica de la Unión Soviética; al principio de
los cuarenta, la URSS era considerada una tierra de promisión del capitalismo,
incluso por Hollywood y los medios de comunicación.
Y así el pueblo
americano estuvo preparado para las nuevas relaciones vis a vis de Washington
con la URSS, relaciones que tenían considerables ventajas para la industria
americana. Esto no significaba que la Élite del Poder de América ya no
despreciara al estado soviético y al comunismo, sino que se iba a beneficiar
por el cambio temporal de su retórica anticomunista. Algo parecido ocurrió en
la Unión Soviética, dónde el slogan anticapitalista de la
revolución mundial desapareció del discurso oficial y en dónde el
22 de mayo de 1943, Stalin desmanteló el Comintern, internacional
comunista que bajo la dirección de Moscú tenía como propósito fomentar la
revolución proletaria en todo el mundo.
El lavado de
cerebro colectivo que Washington administró al pueblo americano con respecto a
los soviéticos, tuvo importantes consecuencias sobre la lucha de clases que se
libró en el frente interno de EE. UU. durante la guerra. Entre los trabajadores
americanos se despertó un creciente interés por el experimento socialista
surgido en 1917. Supieron, por ejemplo, que en la URSS no había desempleo y que
sus colegas soviéticos, aún admitiendo que tenían salarios más bajos, se
beneficiaban considerablemente de precios también más bajos, educación y
sanidad gratuitas, pensiones de vejez, vacaciones pagadas y otras ventajas
sociales. Más y más americanos y no sólo obreros, comenzaron a pensar que había
llegado el momento de introducir en su país un sistema igual de generoso, de
pleno empleo y seguridad social. Después de todo ¿tenía sentido la guerra que
ellos estaban ayudando a ganar si no revertía también en una nueva «situación
social», en vez de volver a la miseria de los «sucios treinta»? Enfrentada a
tales expectativas, la Élite del Poder de América, tenía serias razones para
preocuparse. Se encontró con que estaba haciendo demasiadas concesiones,
pagando salarios considerablemente más altos y con la perspectiva nada feliz de
tener que financiar reformas
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sociales. Cuando se acercó el final de la guerra, se hizo más obvio que
había que hacer algo para evitar que América, cuna de la libre empresa, no ya
experimentara una revolución bolchevique, lo que estaba fuera de cualquier
consideración, sino que simplemente se transformara en una especie de estado
del bienestar.
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7. ¿UN
SEGUNDO FRENTE PARA STALIN, O UN TERCER FRENTE EN EL AIRE?
EN LA primavera de
1942, la Wehrmacht lanzó una nueva ofensiva
sobre el frente
oriental. Los soviéticos apenas habían conseguido sobrevivir al ataque nazi de
1941 y el Ejército Rojo continuaba luchando entre la espada y la pared. Había
comenzado a llegar ayuda material de
EE. UU. y Gran
Bretaña, pero lo que Stalin realmente quería de sus aliados era asistencia
militar efectiva; a Churchill y a Roosevelt les pedía específicamente que
abrieran un segundo frente en Europa occidental. Un desembarco angloamericano
en Francia, Bélgica u Holanda habría forzado a los alemanes a llevar tropas del
frente oriental y esto habría supuesto un gran alivio para los soviéticos.
En América y Gran
Bretaña los mandos políticos y militares estaban divididos en cuanto a las
posibilidades y conveniencia de ese segundo frente. Militarmente, en el verano
de 1942 ya era posible colocar en Francia o en cualquier otro lugar de Europa
occidental, un ejército apreciable. El ejército británico ya estaba
suficientemente recuperado de sus problemas de 1940, y desde entonces se habían
unido a él un gran número de tropas estadounidenses y canadienses. Desde los
acantilados de Dover a las tierras altas de Escocia, decenas de miles de Yanks y Canucks estaban
esperando pacientemente la orden, que llegaría tarde o temprano, de atacar a
los nazis en el continente. Se mantenían ocupados persiguiendo a las mujeres
que habían dejado atrás los Tommies que estaban defendiendo
los intereses del imperio en el norte de África y otros lugares.
«Sobrealimentados,
con sobresexo y sobre nosotros [4]», era como los
paisanos del lugar describían sarcásticamente a los soldados americanos
estacionados en Gran Bretaña.
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Los soldados sin
embargo, no se sentían satisfechos en el país con respecto al sexo, la comida o
la paga, y se quejaban de ello a su comandante en jefe el general Eisenhower y
describían su situación como «bajos en sexo, en paga, en comida y bajo Eisenhower[5]».
Se decía y aún se
sigue pensando, que en 1942 los anglo-americanos todavía no estaban preparados
para una operación de envergadura en Francia. Presumiblemente primero había que
ganar la guerra en el mar para salvaguardar el transporte transatlántico de las
tropas necesarias. Sin embargo, las tropas estaban llegando sin problemas desde
Norteamérica a Gran Bretaña y en el otoño de ese año, los anglo-americanos
fueron capaces de desembarcar un considerable ejército en el norte de África.
Aunque los nazis presumieran de la fuerza de su ejército en Francia, a nadie
podía ocultársele la realidad de que en Europa occidental tenían relativamente
pocos efectivos disponibles y de calidad considerablemente inferior en
comparación con los del frente del este. Hitler disponía de 59 divisiones en la
costa atlántica, que generalmente se consideraban como de «segunda categoría»,
mientras que en el este combatían no menos de 260 divisiones. De acuerdo con el
historiador británico Andrew Davies, «El Ejército Rojo, se enfrentaba casi
siempre a las cuatro quintas partes del ejército alemán y nunca menos que a las
tres cuartas partes».
Es un hecho que las
tropas alemanas en la costa francesa en 1942 no estaban tan fuertemente
atrincheradas como lo estuvieron después, en el momento del desembarco de
Normandia en Junio de 1944. La orden para construir las famosas fortificaciones
del Atlantikwall, no la dio Hitler hasta agosto de 1942 y su
construcción duró desde ese otoño de 1942 hasta la primavera de 1944.
Jefes y oficiales
del ejército aliado, incluidos el jefe del staff americano,
George Marshall y el propio general Eisenhower, conocían bien este estado de
cosas y estaban a favor de un inmediato desembarco en Francia. Dicho proyecto
también era apoyado por el presidente Roosevelt, al menos inicialmente. Había
prometido a Churchill que EE. UU. daría prioridad a la guerra con Alemania y se
ocuparía del Japón más tarde; a esta decisión se la conoció como el principio
de «Primero Alemania». Consecuentemente, Roosevelt estaba dispuesto a abrir un
segundo frente;
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probablemente, también existía la preocupación de que sin este segundo
frente los soviéticos podían sucumbir a la presión nazi. Otro factor en los
cálculos de los americanos podía ser la consideración de que la inmediata ayuda
militar a los soviéticos podría hacer innecesaria cualquier concesión política
posterior a Moscú. Sea como fuere, en mayo de 1942, Roosevelt prometió al
ministro soviético de Asuntos Exteriores, Molotov, que los americanos abrirían
un segundo frente antes de terminar ese año.
Sin embargo, y a
pesar del principio de «Primero Alemania», Washington no pudo resistir la
tentación de dedicar una gran parte de su ejército a la guerra del Pacífico, en
dónde los intereses de Estados Unidos estaban más directamente afectados que en
Europa. Como consecuencia de esto, abrir un segundo frente en Francia parecía
imprudente, pesando considerablemente la opinión del primer ministro británico
Winston Churchill, que se oponía claramente a ello. Algunos historiadores
sugieren que podía temer que se repitieran en Francia las tremendas matanzas
acaecidas en la Primera Guerra Mundial. Probablemente a Churchill le agradaba
la idea de que Hitler y Stalin se desgastaran mutuamente en el frente del este,
creyendo que Londres y Washington se beneficiarían del estancamiento de la
guerra en este punto. Truman y muchos otros prominentes americanos, compartían
su opinión.
Después de tres
años de experiencia de guerra, Churchill tenía mucha influencia sobre Roosevelt
que era un recién llegado a la guerra europea y así puede entenderse que
finalmente fuera la opinión del británico la que prevaleciera y que los planes
para abrir un segundo frente en 1942 se descartaran definitivamente. Al mismo
tiempo era importante prevenir cualquier repentino hundimiento del no querido
pero útil aliado soviético. Por esto, se envió a la URSS más y más equipamiento
y para mayor seguridad se desarrolló un plan de contingencia, con el nombre
clave de «Mazo», que permitiese estar preparados para abrir inmediatamente el
segundo frente en Europa occidental, en el caso de que fuera necesario salvar
la piel a los soviéticos.
Por tanto, se
esperaba que los soviéticos soportasen el peso del enorme esfuerzo requerido en
la «cruzada» contra el nazismo. Entre tanto, los americanos y sus socios
británicos esperaban pacientemente, como un
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tertius gaudens, preparándose para intervenir justo en el último
momento, de forma que les permitiese recoger los frutos de la supuesta victoria
en común. Roosevelt se daba cuenta de las ventajas de este escenario. El
presidente americano esperaba grandes dividendos de la participación de su país
en la guerra, pero era reacio a pedirle sustanciales sacrificios militares para
ganarla. Si los soviéticos podían soportar los mayores sacrificios, él podría
minimizar las pérdidas americanas y encontrarse en la mejor posición para jugar
su papel de campeón de los vencedores.
Los angloamericanos
por supuesto, no revelaban las verdaderas razones de por qué no se habría el
segundo frente. Pretendían convencer de que sus fuerzas combinadas no eran lo
suficientemente fuertes para acometer tal acción. Pero Stalin, que sabía que las
defensas alemanas en Europa occidental eran débiles, continuaba presionando a
Londres y Washington con el desembarco en Francia. Los líderes americanos y
británicos decidieron realizar una prueba convincente de su imposibilidad para
abrir ese segundo frente. El 19 de agosto de 1942, unos cuantos miles de
soldados aliados fueron enviados desde Inglaterra al puerto francés de Dieppe,
para que según lo previsto, fueran derrotados allí por los alemanes. Realmente
Dieppe era una de las posiciones alemanas más fuertes de la costa atlántica
francesa. Todo el que llegara allí por barco desde Inglaterra podía ver de
inmediato que este puerto rodeado de altos y abruptos acantilados, era una
trampa mortal para cualquier atacante. Un corresponsal de guerra alemán que fue
testigo del suceso, lo describió como «una operación que violaba todas las
reglas de la lógica y la estrategia militares». Por parte aliada, este
sangriento episodio fue descrito tímidamente como un error fatal, o defendido
con poco entusiasmo como un ensayo general del posterior desembarco en
Normandía en 1944. Hoy todavía se dice que gracias a Dieppe se aprendieron
importantes lecciones militares, por ejemplo que las defensas costeras alemanas
eran particularmente fuertes alrededor de las ensenadas. No importa que tal
información fuera ya evidente antes, o que hubiera podido confirmarse con
reconocimientos aéreos. También podría uno preguntarse, si la información
obtenida en el verano de 1942 era todavía relevante en 1944, especialmente
teniendo en cuenta la construcción durante ese tiempo del Atlantikwall.
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Es significativo también que los corderos que marcharon al matadero en
Dieppe, no fuesen estadounidenses ni británicos, sino canadienses. Los Cannucks eran
la carne de cañón perfecta para esta empresa porque sus jefes
políticos y militares no pertenecían al exclusivo club del Alto Mando
Anglo-Americano. Aún hoy muchos canadienses se sienten molestos con la versión
oficial de la operación de Dieppe y la consideran una sangría injustificable.
Pero pocos conocen el cinismo con que Churchill y otros líderes orquestaron
este episodio, líderes que son tratados como ídolos en los libros de historia
canadienses, británicos y estadounidenses.
Los soviéticos
tendrían su segundo frente mucho más tarde, cuando convino a los intereses de
americanos y británicos. En el verano de 1942, los americanos permanecieron
concentrados en su guerra contra los japoneses, a los que vencieron en
importantes batallas como Midway y Guadalcanal. Sin embargo, EE. UU. tenía
recursos más que suficientes en hombres y material, para hacer algo, junto con
su aliado británico, contra la Alemania nazi.
En 1942, las
Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos (USAF) y las Fuerzas Aéreas Reales (RAF)
abrieron lo que se llamó el «Tercer Frente», es decir, comenzaron a bombardear
las ciudades alemanas y otros objetivos. El sentido de este programa de
bombardeos estratégicos, era paralizar la industria alemana, desmoralizar a su
población y preparar el terreno para la victoria final. El creador de esta
estrategia fue el jefe del «Mando de Bombarderos» de la RAF, un hombre con gran
influencia sobre Churchill, cuya estatua fue inaugurada en Londres hace unos
cuantos años, no sin controversias y protestas. Su nombre era Arthur Harris,
pero sus hombres le llamaban «Bombardero Harris». En cuanto a los comandantes
de las fuerzas armadas americanas también tenían su propio potencial de
«bombarderos estratégicos», con el famoso cuatrimotor B-17, auténtica
«fortaleza volante». Después de la guerra los americanos siguieron creyendo,
como demuestran sus recientes acciones sobre Irak y Serbia, que las guerras
pueden ganarse desde el aire, por medio de bombarderos tripulados. Sin embargo,
las experiencias con bombardeos estratégicos en la Segunda Guerra Mundial, no
dieron del todo esa impresión.
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El programa de bombardeos estratégicos supuso el empleo de una enorme
cantidad de recursos humanos y materiales, que previsiblemente podrían haberse
utilizado de forma más eficiente para otros fines, por ejemplo para abrir el
segundo frente en Europa Occidental. Además, la USAF y la RAF sufrieron grandes
pérdidas en aviones y tripulaciones. Sólo los americanos perdieron 40 000
hombres y 6000 aviones. En un mes —julio de 1943— la USAF, que bombardeó
Alemania a la luz del día, perdió 100 aviones y 1000 soldados. La situación
mejoró hacia el final de 1943 con la introducción de los cazas P-51 Mustang,
capaces de escoltar a los gigantescos bombarderos hasta muy dentro del espacio
alemán. Aunque las espectaculares incursiones aéreas fueron un instrumento
perfecto de propaganda, así como inspiración para posteriores películas, tales
como Dambusters y La Bella de Memphis, nunca
produjeron los resultados esperados, como reconoció el estudio oficial
publicado en 1946 «Datos del Bombardeo Estratégico». El bombardeo no era muy
exacto, aunque los americanos hablaran de «bombardeo de precisión», y no
pudieron evitar el continuo incremento de la producción alemana, que no cesó
hasta el final de 1944. Por lo que respecta a la población civil alemana,
murieron a causa de los bombardeos 300 000 personas. Los bombardeos originaron
el odio de los ciudadanos alemanes hacia los aliados, pero no les
desmoralizaron, pues siguieron determinados a continuar hasta la «victoria
final», que Hitler y Goebbels seguían invocando de forma convincente.
Los hombres y el
material que no se usaron para el segundo frente europeo fueron en cierto
sentido derrochados en el bombardeo estratégico. Y precisamente por esta fuerte
inversión militar en los planes de Harris, ese segundo frente era una opción
cada vez menos posible. No obstante, en noviembre de 1942 los americanos
introdujeron un gran ejército en África del Norte. No sin algunas dificultades
estas tropas arrebataron al tutelaje de Vichy las posesiones coloniales
francesas y —en cooperación con fuerzas británicas, que avanzaban desde Egipto—
dominaron lo que quedaba del ejército de Rommel en el Norte de África.
La operación
«Antorcha», como se denominó la campaña africana, ofreció innegables
beneficios. Por ejemplo, fortaleció grandemente la posición británica en el
estratégicamente importante Gibraltar, en Egipto,
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en el Canal de Suez y en todo el Oriente Medio, rico en petróleo.
Probablemente a causa de los intereses británicos fue por lo que Churchill
estuvo profundamente implicado como gran valedor de la operación «Antorcha» y
en la estrategia mediterránea en general. Otra ventaja de la «Antorcha» fue que
ahora los angloamericanos amenazaban directamente al débil aliado de Alemania,
Italia, donde desembarcaron las tropas en el verano de 1943. Churchill creía
firmemente que tenía más sentido atacar al monstruo nazi vía su flanco débil
del Mediterráneo que vía un segundo frente en Francia. Sin embargo, la estrecha
y montañosa península italiana resultó ser un gran obstáculo, fácilmente
defendida por relativamente pocas tropas alemanas después de la caída de
Mussolini. El camino a Berlín (y/o Viena) vía Italia se revelaría como
una vía dolorosa sin fin. Por tanto la incursión a través del
Norte de África no tuvo beneficios significativos, a excepción de salvaguardar
los intereses británicos en la zona y en el vecino Oriente Medio. Es más, la
operación «Antorcha» trajo consigo considerables desventajas.
Ahora que los anglo
americanos habían mostrado su estrategia, los alemanes sabían que por el
momento, no habría segundo frente en Francia, ni en otra parte de Europa
occidental. Por tanto para los soviéticos la operación «Antorcha» no supuso
ninguna mejora. Stalin estaba extremadamente enfadado y llegó a la conclusión
de que en la lucha sin cuartel contra los nazis sólo podía contar con su propia
fuerza militar, el Ejército Rojo de la Unión Soviética y que no podía confiar
en sus aliados. En este contexto, se podría argumentar que Stalin mostró su
inseguridad firmando un tratado con Hitler, pero en 1939 los aliados
occidentales, en aquel entonces sólo Gran Bretaña y Francia, no consideraban a
Stalin como un aliado y no tenían ningún interés en ofrecerle una coalición
contra Hitler. Como consecuencia, en 1939 el líder soviético tampoco tenía
ningún compromiso con Londres o París y por eso decidió firmar un tratado con
Hitler con objeto de ganar no sólo tiempo, sino espacio, un glacis en
Europa oriental, sin los cuales la URSS probablemente no habría sobrevivido
al ataque nazi de 1941.
Si los
angloamericanos hubieran abierto un segundo frente en 1942, en vez de seguir
invirtiendo esfuerzos y capital militar en el bombardeo estratégico y en la
guerra en el norte de África, hubieran tenido más fácil
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negociar con Stalin más tarde. Además sus tropas hubieran penetrado en
Europa occidental mucho más fácilmente de lo que lo hicieron en 1945, aunque
todo esto nunca lo sabremos con certeza porque el segundo frente no se hizo
realidad en 1942, ni tampoco en 1943.
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8. LA
UNIÓN SOVIÉTICA DE STALIN: UN ALIADO NO QUERIDO, PERO ÚTIL
POCO después de que los americanos hubieran desvelado sus
intenciones, no
sólo a los alemanes, sino también a los soviéticos con su penetración en el
norte de África, la situación en el teatro de la guerra más lejano de Europa
cambió radicalmente. En el distante frente oriental y alrededor de la ciudad de
Stalingrado, un ejército alemán no menor de 300 000 hombres fue derrotado por
el Ejército Rojo después de una larga y cruenta batalla. La sentimental
«Canción del Volga» de la opereta de Franz Lehar, "Es Steht ein Soldat
am Wolgastrand" fue uno de los mayores éxitos en el Heimat alemán
durante el invierno de 1942/43, pero lo que ocurrió en las orillas de aquel río
ruso significó una catástrofe para Alemania. El fracaso de la Blitzkrieg de
Hitler en la Unión Soviética en diciembre de 1941 supuso el verdadero punto de
inflexión en la guerra, aunque hasta el final de 1942 todo parecía posible.
Pero en las orillas del Volga, junto a la ciudad con el nombre del líder
soviético, la marea cambió en el sentido de que todo el mundo se dio cuenta de
que el ejército alemán había recibido un golpe del que le sería extremadamente
difícil recuperarse. Cuando relativamente poco después, en el verano de 1943,
esta vez junto al Kursk, los soviéticos alcanzaron otra gran victoria, causando
enormes pérdidas a la Wehrmacht, estuvo claro que el hundimiento de
la Alemania nazi era sólo cuestión de tiempo.
En lo que se
refiere a las relaciones entre los aliados, Stalingrado representó igualmente
un punto crucial. Lo que Churchill llamó la «Gran Alianza» —es decir, la
alianza entre los EE. UU., Gran Bretaña y la URSS
— él la veía como
«una combinación sólida y dominante angloamericana junto a una pedigüeña Unión
Soviética». Hasta el invierno de 1942/43 la realidad parecía confirmar esta
imagen. Realmente Stalin había jugado
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hasta ese momento el papel de mendicante en compañía de ricos aliados, y
había suplicado el favor de un segundo frente. Washington y Londres dominaban
la coalición porque no se sentían directamente amenazados por los nazis y
disponían de inmensos recursos en hombres y material; los angloamericanos
podían esperar a intervenir en el continente a su debido tiempo, como un deus
ex machina, para imponer su voluntad a los exhaustos soviéticos, así como a
los derrotados nazis. Sin embargo, después de Stalingrado la situación era
radicalmente diferente. El Ejército Rojo ya no luchaba entre la espada y la
pared, estaba saliendo adelante sin haber contado con el segundo frente y
caminaba lentamente pero con seguridad hacia Berlín. Dentro de la «Gran
Coalición» Stalin ya no podía seguir siendo dominado; para Roosevelt y
Churchill en lo sucesivo era un socio en igualdad de condiciones, que tenía que
ser tratado con respeto.
Desde una
perspectiva puramente militar, Stalingrado había sido un gran paso adelante
para los aliados occidentales, porque había debilitado la máquina de guerra
nazi también a su favor. Los líderes angloamericanos no estaban particularmente
felices con la nueva situación y con las implicaciones que este cambio podría
traer consigo en los acuerdos de posguerra, ahora que la derrota nazi parecía
inevitable. En los EE. UU. la Casa Blanca se inundó de advertencias por parte
de los mandos militares, los Servicios Secretos, los altos estadistas y los
líderes aliados como Sikorski, sobre la amenazante ocupación de Alemania por el
Ejército Rojo y la posibilidad de expansión soviética «hasta el Rin, o quizá
más allá», como William C. Bullit, antiguo embajador en la URSS dijo a
Roosevelt en un memorando. En Londres también reinaba una gran preocupación.
Antes de la guerra Churchill había temido que el intento de algunos de que
Hitler eliminase a la Unión Soviética, podía terminar haciendo que el tiro
saliera por la culata y el comunismo soviético se extendiera hacia el oeste.
Ahora odiaba pensar que los soviéticos tenían la posibilidad de ganar la guerra
sin la ayuda de sus aliados, pudiendo llegar a dominar Alemania y el resto del
continente europeo.
Pero las cosas
todavía no habían ido tan lejos. En el frente oriental los soviéticos
continuaban luchando contra la «arrolladora mole» del ejército alemán, como ha
observado el historiador británico Clive Ponting, mientras que en el oeste los
aliados nunca se enfrentaron a más del diez
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por ciento de las fuerzas totales de la Wehrmacht. (En el
frente del este Alemania perdió no menos de diez millones del total de trece
millones y medio de alemanes que murieron, fueron heridos o hechos prisioneros
durante la Segunda Guerra Mundial). Los soviéticos todavía tendrían las manos
ocupadas durante mucho tiempo, y entretanto podían ocurrir toda clase de cosas
en el oeste de Europa. Mediante un desembarco en el norte de Francia o en
Bélgica los angloamericanos podían invadir Alemania y posiblemente alcanzar
Berlín antes que el Ejército Rojo. En este sentido, un segundo frente en
Francia se hacía cada vez más interesante para los aliados occidentales. Sin
embargo, habiendo optado por la estrategia del ataque por el sur, los
británicos y los americanos tenían sus equipos de desembarco ocupados en el
Mediterráneo, por lo que el segundo frente occidental no era posible en 1943.
Después de
Stalingrado los aliados occidentales se enfrentaban a tres posibles escenarios
principales. En el caso peor, los soviéticos vencerían ellos solos a la
Alemania nazi y se convertirían en los «dueños de Europa», como Bullit avisó en
enero de 1943, cuando se entendió la importancia de Stalingrado. Sin embargo,
ni siquiera el mejor escenario era atractivo para Washington y Londres. Aunque
los americanos y los británicos invadieran Alemania, vía Italia o vía Francia,
y se las arreglaran para ganar la guerra junto con los soviéticos, Stalin
tendría considerable ventaja en los arreglos de posguerra para Alemania y el
resto de Europa. La perspectiva de tener que compartir el papel de guardián de
Europa en la posguerra con el Kremlin, era aún más penosa teniendo en cuenta
que poco antes parecía que al final de la guerra los angloamericanos serían
capaces de imponer su voluntad, tanto a los derrotados alemanes como a los
exhaustos soviéticos.
Estos dos
escenarios preocupaban enormemente a los líderes occidentales de cara al
futuro. Adicionalmente podían verse inmersos en un tercer escenario realmente
indeseable, que era la posibilidad de que Stalin volviera a pactar con Hitler.
Un americano experto en historia de la Segunda Guerra Mundial, Warren F.
Kimball, escribe:
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«Una pesadilla persistente para Roosevelt y Churchill durante toda la
guerra fue pensar en la posibilidad de un acuerdo germano-soviético… Durante
toda la guerra, y particularmente después de la victoria del Ejército Rojo en
Stalingrado, la inteligencia americana expresó su preocupación ante el posible
hecho de que, después de que los soviéticos expulsaran a los alemanes de su
territorio, [Stalin] podría minimizar sus pérdidas y buscar un acuerdo
favorable, dejando a los aliados que se enfrentaran solos a Hitler. Esa
preocupación jamás abandonó a Roosevelt».
Roosevelt y
Churchill se daban cuenta de que una repetición del pacto Hitler-Stalin de 1939
no era algo imposible, ya que la alternativa para soviéticos y nazis, continuar
el derramamiento de sangre en el frente oriental, no era muy tentadora. Es más,
un acuerdo con la Alemania nazi después de Stalingrado, hubiera supuesto
mayores concesiones para la Unión Soviética. En comparación con ése
posiblemente muy ventajoso acuerdo con Hitler, ¿podía ver Stalin alguna ventaja
en continuar con su alianza con americanos y británicos, a quienes hasta ahora
había sacado las castañas del fuego, y que se habían negado a ayudarle abriendo
un segundo frente? Un nuevo pacto de no agresión entre nazis y soviéticos
hubiera dado fin a la guerra en el este y habría capacitado a la Alemania nazi
a volver el (considerable) poder que le quedaba contra americanos y británicos;
para Londres y Washington eso hubiera sido obviamente una terrible calamidad.
(Había un precedente histórico para esta clase de situación: el tratado germano-soviético
de Brest-Litovsk en 1918; éste tratado permitió a los alemanes lanzar una
potente ofensiva sobre el frente del oeste, lo que estuvo a punto de darles la
victoria al final de la Primera Guerra Mundial).
Al Secretario
General del partido comunista de la URSS no le importaba que Washington y
Londres estuvieran preocupados, au contraire. Esto le permitía
presionar a sus socios occidentales, obtener más ayuda de ellos y
hacerles más receptivos a los deseos soviéticos. Cuanto más subía la ansiedad
de Roosevelt y Churchill, más seguro se sentía Stalin dentro de la coalición.
Para mejorar aún más su posición, podía
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incluso haber hecho correr rumores de negociaciones entre representantes
nazis y soviéticos en la neutral Suecia. Sin embargo, hay razones para creer
que Stalin nunca pensó abandonar a sus aliados anglo-sajones. En 1941 ya había
experimentado de forma traumática la informalidad de Hitler, con quien había
llegado a un acuerdo dos años antes. Además el comportamiento bárbaro de los
nazis en la guerra en el este había revelado demasiado claramente las
intenciones de Hitler respecto a la URSS, por lo que las posibilidades de un
nuevo pacto entre Berlín y Moscú prácticamente eran inexistentes. En vista de
lo cual es comprensible que cierto número de «indagaciones de paz»
extraoficiales alemanas no recibieran respuesta de Moscú. Después de
Stalingrado y Kursk, el Ejército Rojo continuó batallando ferozmente en el
frente oriental contra la Wehrmacht, por lo que Washington y
Londres sintieron un considerable alivio al darse cuenta de que
Stalin no les dejaba en la estacada.
En este contexto se
puede entender que inmediatamente después de Stalingrado, con ocasión de la
Conferencia de Casablanca, el 14 y 15 de enero de 1943, Roosevelt propusiera
que los aliados prometieran no negociar nunca separadamente con la Alemania
nazi, y que sólo aceptaran una rendición «incondicional» de su común enemigo.
Stalin declinó asistir a la reunión en el puerto marroquí, lo que probablemente
incrementó la preocupación acerca de sus intenciones. Los aliados occidentales
respiraron tranquilos cuando el líder soviético dio su acuerdo a la fórmula de
la rendición incondicional. No obstante Roosevelt continuó inquieto ante el
espectro de un nuevo pacto entre Berlín y Moscú hasta bien entrado el otoño de
1943. En cuanto a la fórmula de la rendición incondicional, se argumentó que no
era una demanda muy adecuada, ya que podría prolongar la resistencia alemana;
en la primavera de 1945, cuando la Alemania nazi estaba finalmente dispuesta a
arrojar la toalla, la teoría de la Declaración de Casablanca no se pudo poner
fácilmente en práctica, como veremos más adelante.
Por tanto, el nuevo
pacto entre Stalin y Hitler nunca se llevó a cabo. No obstante, americanos y
británicos ahora comenzaban a estar más y más preocupados por las
contraprestaciones que el «Tío Joe» podía reclamar al final de la guerra por su
contribución a la victoria. Stalin mantenía ciertas expectativas que los
aliados difícilmente podían negarle, aunque estaban
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poco dispuestos a certificarlas. Era obvio, por ejemplo, que las
fronteras occidentales de la Unión Soviética serían revisadas. Las intenciones
de la URSS a este respecto se le habían comunicado claramente en el verano de
1941 al secretario británico de Asuntos Exteriores, Anthony Eden. A causa de la
guerra civil y la intervención extranjera, la URSS había perdido amplios
territorios —en comparación con las fronteras de su predecesor, el estado
zarista— en los Países Bálticos y Polonia a principios de los años veinte. La
frontera con Polonia se había movido a una considerable distancia hacia el este
de la llamada «Línea Curzon», identificada después de la Primera Guerra
Mundial, en nombre de los poderes occidentales, por el secretario británico de
exteriores, Lord Curzon, como la frontera óptima entre la URSS y Polonia a
nivel étnico y lingüístico. Tristemente para Polonia y los Países Bálticos,
después de la guerra la frontera de la URSS se iba a mover de nuevo hacia el
oeste. Polonia, no obstante, podía ser compensada con territorios alemanes al
este de los ríos Oder y Neisse. Este arreglo podía no ser bueno, pero era
perfectamente racional desde la perspectiva de los principios del vae
victis practicados por todas las partes en la Primera Guerra Mundial y
de nuevo en la Segunda, incluida Alemania mientras fue victoriosa. Stalin
también tenía claro que en los países vecinos, como Polonia, no estaba
dispuesto a tolerar ninguna clase de régimen antisoviético como ocurría antes
de 1939. Ésta era una expectativa contra la cual los aliados occidentales
difícilmente podían poner objeciones.
Las
reivindicaciones de Stalin no eran menos razonables o más extravagantes que las
de los aliados occidentales que iban encaminadas a recuperar sus posesiones
imperiales, tales como Hong-Kong y Singapur por parte británica, la colonia
francesa de Indochina, la holandesa de Indonesia y Filipinas en el caso de los
EE. UU. Cuando los japoneses le hicieron abandonar estas islas, el general
McArthur declaró que volvería allí, y su afirmación «volveré» fue muy celebrada
en América haciéndole famoso al instante; nadie se preocupó de saber si el
pueblo filipino anhelaba el regreso de sus amos americanos. Los británicos y
americanos veían sin embargo mucho más difícil validar la misma clase de
privilegios territoriales en el caso de los soviéticos, aunque en su caso los
privilegios contravenían claramente las reglas básicas de la democracia
occidental, así como la celebrada Carta Atlántica, y por supuesto no
consideraban para
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nada la opinión de millones de seres colonizados y mucho menos la
celebración de elecciones.
Si los
angloamericanos se daban cuenta de que no podían poner objeciones a las
expectativas soviéticas, no era porque entendieran todo esto, sino porque
sabían que una victoria final contra Alemania y Japón, condición para recobrar
sus posesiones coloniales, iba a requerir muchos más sacrificios soviéticos.
Roosevelt calculaba fríamente que se iban a necesitar muchos más esfuerzos y
sacrificios soviéticos para ganar la guerra sin derramar mucha sangre
americana. En este contexto se puede mencionar que en la Segunda Guerra
Mundial, por cada americano que «dio su vida», como suele decirse, no menos de
53 soldados soviéticos dieron la suya; mientras que un total de 600 000
británicos y americanos morían en todos los frentes, incluida la guerra contra
Japón, más de trece millones de soviéticos cayeron en el frente oriental. Sólo
la ciudad de Leningrado tuvo más pérdidas humanas que los EE. UU. y Gran
Bretaña en toda la guerra. Para seguir contando con los servicios del «Tío Joe»
era necesario olvidar de momento los intereses de los polacos y los bálticos.
Puede decirse que se sacrificó la soberanía de Polonia y los Países Bálticos,
no en el altar de las ambiciones soviéticas, como se decía popularmente durante
la Guerra Fría, sino en el altar de los intereses angloamericanos.
Hay un factor final
que ayuda a explicar la actitud de los aliados occidentales respecto a los
objetivos de la Unión Soviética: la seguridad de que al final de las
hostilidades, los territorios en cuestión iban a estar ocupados por el Ejército
Rojo. Siendo realista, «la posesión es el noventa por ciento de la ley», como
los abogados americanos saben muy bien, y cualquier esfuerzo por deshacer
este fait accompli está condenado al fracaso de antemano. Por
todas estas razones, ni Londres ni Washington podían permitirse decir nyet a
Stalin con respecto a sus aspiraciones territoriales, no importaba que les
gustase o no.
Los británicos,
explícita o implícitamente, ya habían reconocido ciertas expectativas
soviéticas en 1941 y 1942, por ejemplo en el tratado anglo-soviético del 26 de
marzo de 1942. El presidente Roosevelt también demostró entender los puntos de
vista soviéticos y siguió el ejemplo
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británico. Sin embargo, con objeto de protegerse contra la potencial
reacción negativa por parte del pueblo americano descendiente de polacos,
formuló ciertas objeciones y maniobró lo más posible con objeto de posponer los
acuerdos definitivos hasta el final de las hostilidades, es decir hasta que los
soviéticos ya no fueran necesarios y fuera posible entrar en discusión con
ellos. En cualquier caso, prácticamente todas las aspiraciones de Stalin fueron
aprobadas en la primera reunión de los «Tres Grandes», que tuvo lugar en la
capital de Persia, Teherán, desde el 28 de noviembre al 1 de diciembre de 1943,
durante la cual Roosevelt y Stalin congeniaron muy bien.
Pero ¿qué iba a
ocurrir en Alemania y en los países liberados? Al menos con respecto a algunos
puntos había unanimidad. Primero, el régimen nazi desaparecería y sus
protagonistas y partidarios serían juzgados como criminales de guerra; en los
países liberados se daría el mismo tratamiento a todos los nazis, fascistas y
colaboradores. Segundo, como ocurrió después de la Primera Guerra Mundial, a
Alemania se le presentaría la factura por daños de guerra y tendría que pagar
reparaciones. Pero ¿qué regímenes políticos se instaurarían en la derrotada
Alemania y en los países liberados de Europa? Claramente, las ideas americanas
y británicas en este aspecto diferían drásticamente de las soviéticas. Sobre
este tema se limitaban a piadosas pero vagas declaraciones, como la Carta
Atlántica, con las que todos estaban de acuerdo. Por ejemplo, todos estaban de
acuerdo en permitir a los países liberados, y a Alemania, que restauraran
formas de gobierno «democráticas» bajo supervisión aliada. Para Roosevelt la
democracia significaba «democracia al estilo americano», Churchill tenía en la
mente las bellas tradiciones democráticas británicas y para Stalin la
democracia era la de los bolcheviques, democracia de y para los trabajadores,
campesinos y soldados, que sería más tarde conocida en Europa como «democracia
del pueblo». Todo el mundo conocía estas diferencias, pero nadie quería
discutir este problema, porque de hacerlo se hubiera roto la cooperación de la
cual dependía la victoria aliada.
En Teherán,
Roosevelt congenió con Stalin. El presidente americano, que ya estaba seguro de
que no habría pacto Hitler-Stalin, encontró las demandas de Stalin razonables y
moderadas. Es más, estuvo encantado
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con que el «Tío Joe» apoyara una petición americana. Stalin prometió
declarar la guerra al enemigo de América en el lejano oriente, Japón, cuando
Alemania fuera derrotada. Roosevelt estaba en el séptimo cielo. Sin embargo,
cuando en la primavera de 1945, después de la derrota nazi, Stalin estuvo
dispuesto a mantener su promesa, el sucesor de Roosevelt en la Casa Blanca no
vio bien la perspectiva de compartir la gloria y los beneficios de la victoria
sobre Japón con los soviéticos, como veremos más tarde.
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9. LA
LIBERACIÓN DE ITALIA: UN FATAL «HECHO CONSUMADO»
LO QUE fuera a
ocurrir con las fronteras de los países liberados,
Alemania y el resto
de Europa después de la guerra estaría determinado en teoría por los acuerdos
alcanzados por los aliados en Teherán y otros lugares. Por otra parte
dependería también de la forma en que la guerra se desarrollara militarmente,
más específicamente en dos factores. Primero, los respectivos éxitos militares
(o fracasos) de los aliados occidentales y del Ejército Rojo en la fase final
de la guerra podían originar ciertos faits accomplis, los cuales
podían influenciar la interpretación de los acuerdos previos, a
menudo vagamente formulados, así como los detalles de posibles nuevos acuerdos.
Un segundo factor importante podía ser la praxis actual de la liberación, es
decir la forma en que los aliados iban a comportarse en los países liberados y
en Alemania, lo que potencialmente iba a originar precedentes trascendentales.
En lo que se
refiere a los aliados occidentales, estaba claro que era importante igualar los
resultados del Ejército Rojo en la fase final de la guerra, liberar tanto
territorio europeo como fuera posible y también intentar llegar a Berlín antes
que los soviéticos. Esta tarea habría resultado mucho más sencilla si se
hubiera abierto el segundo frente en 1942, pero los americanos y británicos
eligieron la opción del desembarco en el Norte de África, así que debían
continuar con la «Estrategia del Sur», un camino que les llevaría en el verano
de 1943 desde el norte de África a Sicilia y al sur de Italia. Por otra parte,
finalmente se hacían planes para abrir el segundo frente en Francia, aunque
estaba claro que esto no se planeaba para hacer un servicio a Stalin. Los
soviéticos inevitablemente se beneficiarían de esta operación, ya que la Wehrmacht se
vería obligada a transferir considerables fuerzas del frente oriental al
occidente europeo,
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pero ahora ya no estaban ansiosos por recibir esta ayuda, por la que
suspiraron hasta hacía poco tiempo. El segundo frente en Europa Occidental era
ahora cada vez más vital para los angloamericanos. Habían comenzado a darse
cuenta de que por la vía mediterránea, casi con toda seguridad alcanzarían
Alemania demasiado tarde para evitar que los soviéticos llegaran a Berlín
como cavalier seul y cosecharan todo el prestigio y los
beneficios de la victoria sobre el común enemigo nazi. Sólo mediante el
desembarco en Europa Occidental —que no estaba separada de Alemania por una
cadena de montañas, como Italia— podrían americanos y británicos competir con
el Ejército Rojo en la no declarada carrera hasta Berlín, y posiblemente
ganarla, en lo que estaba en juego tanta gloria y tantos beneficios. En un
mensaje a Roosevelt y a otros líderes occidentales, el general de las fuerzas
aéreas americanas Henry Arnold avisaba, en la primavera de 1943, que era
necesario abrir pronto un segundo frente, ya que «mientras estamos discutiendo
[la operación del cruce del Canal], los rusos están marchando sobre Berlín».
Sin embargo, transcurriría bastante tiempo hasta que el material necesario
pudiera ser trasladado desde el Mediterráneo hasta Inglaterra, ya que se
necesitaba en Italia para las operaciones efectuadas en el verano de 1943. Sólo
en la primavera de 1944 los aliados occidentales pudieron por fin saltar el
Canal de la Mancha, un salto que pasaría a la historia como «Operación Overlord
[6]».
Hasta entonces los
aliados occidentales también tuvieron ciertas ventajas por su presencia en el
área mediterránea. Mientras que el Ejército Rojo continuaba la lucha en su
propio país, los americanos y británicos tenían la oportunidad de dejar a
Italia fuera de combate. Ganaron el prestigio, y también la responsabilidad, de
ser los primeros en eliminar un régimen fascista y restaurar la democracia en
un país europeo, un país grande e importante. Desgraciadamente no puede decirse
a este respecto que los aliados occidentales hicieran en Italia un buen
trabajo.
Desde un punto de
vista militar, la campaña fue muy dura: después de que los italianos arrojaran
la toalla, los alemanes todavía fueron capaces de ofrecer una resistencia
efectiva, con relativamente pocas tropas, hasta casi el final de la guerra, de
forma que nunca hubo esperanza de que los aliados realizasen un avance rápido
desde Italia hasta el lejano Berlín. Sin
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embargo, es mucho más importante el hecho de que los aliados
políticamente cometieron un error. El curso de los acontecimientos durante la
liberación de Italia añadió tensión adicional a las relaciones con sus socios
soviéticos, y creó un precedente que significaría la desdicha para otros muchos
países liberados más tarde.
El brutal y
corrupto régimen fascista de Mussolini era despreciado por la mayoría de los
italianos, que dieron la bienvenida a su caída en el verano de 1943 con alivio
y entusiasmo. Sus liberadores, americanos y británicos, tenían ahora la
oportunidad de ayudar a los italianos a reemplazar el régimen fascista
del Duce por un sistema democrático de gobierno. Las tropas
canadienses también jugaron un importante papel en la campaña italiana, pero
Washington y Londres no involucraron a Ottawa en el proceso político de toma de
decisiones. Política y militarmente se había producido en Italia un
significativo movimiento de resistencia antifascista. Este movimiento gozaba de
un amplio apoyo por parte de la población, y reclamaba un papel preponderante
en la reconstrucción del país. Sin embargo los aliados se negaron a cooperar
con el frente antifascista: era demasiado de izquierdas para su gusto y no sólo
porque los comunistas tuvieran en él un importante peso. Era obvio que la
mayoría de los antifascistas italianos estaban a favor de reformas radicales,
tanto sociales como políticas y económicas, incluyendo la abolición de la
monarquía. Según se afirma, Churchill estaba particularmente obsesionado por el
espectro de tales reformas radicales, que para sus conservadores principios
podía suponer la implantación del comunismo (o bolchevismo) en Italia. Así
pues, ni los planes y deseos de los italianos, ni los méritos y aspiraciones
del movimiento antifascista, se tuvieron en cuenta. En vez de eso, se llegó a
un acuerdo con personalidades y políticos que representaban las élites
tradicionales, tales como la monarquía, el ejército, los grandes
terratenientes, los banqueros, los industriales y el Vaticano. No parecía
preocupar a los aliados que hubieran sido precisamente estas élites las que
hicieron posible la llegada al poder de Mussolini en 1922, las que se habían
beneficiado largamente de su régimen y las que por todo ello eran despreciadas
por la mayoría de los italianos. Los partisanos italianos fueron desarmados militarmente
y neutralizados políticamente, excepto por supuesto los que permanecían detrás
de las líneas alemanas en el norte de Italia, que seguían siendo una fuerza con
la que contar. A Marshall
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Badoglio, antiguo colaborador de Mussolini, se le permitió ser el primer
jefe de gobierno de la Italia posfascista y en la parte liberada de Italia, el
nuevo sistema se parecía sospechosamente al antiguo, por lo que fue rechazado
por muchos como fascismo senza Mussolini, fascismo sin Mussolini.
En Italia en
general y en Sicilia en particular, los americanos también colaboraron
íntimamente con la mafia, que percibían como «bastión anticomunista». Entre los
protagonistas de esta «Operación Mafia» se incluían notorios gangsters de Nueva
York, como Lucky Luciano, e irónicamente, personajes como J. Edgar Hoover, del
FBI. Esta iniciativa siciliana inauguró una vergonzosa, íntima y larga
cooperación de posguerra entre los servicios secretos americanos y el hampa
internacional, sobre todo en el lucrativo campo del tráfico de drogas. Durante
muchas décadas, la CIA pudo usar el beneficio generado por esta colaboración
para financiar sus actividades contrarrevolucionarias en el mundo, sin —o más
probablemente con— el conocimiento de presidentes como Ronald Reagan. Dos
ejemplos: Los atentados contra la vida de Fidel Castro, planeados en directa
colaboración con la Mafia y la guerra secreta contra los Sandinistas en
Nicaragua. Eran las llamadas «Operaciones de Cobertura» que violaban la
legislación americana y que por tanto, no podían financiarse por medio de
asignaciones aprobadas por el Congreso.
Lo que los aliados
occidentales hicieron en Italia después de la caída del régimen fascista de
Mussolini, ciertamente no fue del todo correcto. Sin embargo fue muy
instructivo para prever como iban a comportarse en adelante. Los británicos y
americanos no aceptaron de los soviéticos ninguna opinión, de hecho apenas les
consultaron. Moscú tenía derecho a ser escuchado en el debate italiano, ya que
tropas italianas habían luchado con los nazis en el frente oriental. Es más,
los vagos acuerdos interaliados preveían la creación de «Reuniones Aliadas de
Control», donde se suponía que los tres aliados «juntos», guiarían a los países
liberados por el camino hacia la democracia. Este principio teóricamente noble,
fue primeramente implantado en Italia. Los angloamericanos organizaron allí una
«Reunión de Control», a la que se permitió asistir a un representante soviético
pero al que no se dejó hablar. Los americanos y británicos, veían claramente
que la Italia postfascista se encontraba en su exclusiva esfera de influencia
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y, como observa el historiador americano Warren F. Kimball, «excluyeron
a los rusos de cualquier papel significativo en la organización de Italia». De
esta forma se erradicó el fascismo y se restauró la democracia en el primer
país liberado por lo aliados.
Sin duda Stalin
había observado con gran interés el desarrollo de los acontecimientos al otro
lado de los Alpes. No podía estar muy satisfecho con la forma en que los
libertadores angloamericanos habían dejado a un lado, no sólo a los comunistas
italianos y otros grupos antifascistas de izquierdas, sino a sus propios
aliados soviéticos. Sin embargo, el Secretario General no quiso enemistarse con
sus socios occidentales a cuenta de la lejana Italia y se resignó con el fait
accompli, con el hecho consumado y ante la consternación de los comunistas
italianos, reconoció oficialmente al régimen de Bodoglio en marzo de 1944.
Stalin vio en los acontecimientos italianos un precedente de cómo los vagos
acuerdos interaliados se iban a poner en práctica. Escribe Kolko que «Los rusos
aceptaron la fórmula italiana sin mucho entusiasmo, pero tomaron nota
cuidadosamente del precedente para futuras referencias». Más tarde, cuando en
1944 y 1945 el Ejército Rojo liberaba los países de Europa oriental, Stalin
procedía de la misma manera y esperaba que esta vez los americanos y británicos
se resignaran igualmente. Sin embargo los aliados occidentales se quejaron
amargamente cuando los soviéticos procedieron en Europa oriental a erradicar el
fascismo a su manera y a introducir su propio estilo de democracia. Los
americanos y británicos olvidaron que ellos habían dado el ejemplo con su
comportamiento en Italia en 1943 y que habían seguido la misma línea en otros
países liberados del occidente europeo. En todas partes, tanto en el occidente
como en el oriente de Europa, los libertadores iban a construir un sistema
político, social y económico a su manera, sin tener en cuenta los intereses de
la población liberada ni los de sus socios aliados. De acuerdo con Milovan
Djilas, Stalin formuló en palabras el principio puesto en práctica primeramente
por británicos y americanos:
«Esta guerra no es
como otras guerras del pasado. Cuando uno ocupa un territorio, introduce en él
su propio sistema social.
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Todos introducen su sistema en los territorios controlados por su
ejército. Simplemente, no hay otro camino».
En la Europa del
Siglo XVI, durante los preocupantes tiempos de la Reforma Protestante y la
Contra-Reforma Católica, los reyes y mandatarios forzaban a sus súbditos a
practicar su propia religión, algo particularmente antidemocrático que fue
conocido como el principio de cuius regio eius religio. Durante la
liberación de Europa, desde 1943 hasta 1945, un principio análogo e
igualmente antidemocrático determinó que a cada país liberado se le impusiera
el sistema sociopolítico y económico del liberador.
La situación
militar de los aliados occidentales en Italia al principio de 1944 no era
precisamente idónea. Los alemanes oponían fuerte resistencia y la larga y
sangrienta lucha en Monte Casino, entre Nápoles y Roma, podía compararse con
las cruentas batallas de la Primera Guerra Mundial. Se hacía evidente que
Berlín no se alcanzaría a través de la bota italiana, al menos no antes de que
el Ejército Rojo llegara allí, por lo que se aceleraron los preparativos para
la «Operación Overlord», el desembarco en la costa atlántica francesa, que
permitiría a americanos y británicos liberar Europa occidental, marchar sobre
Alemania y competir con los soviéticos en la carrera hacia Berlín. Esta tarea
se hizo más urgente cuando, en la primavera de 1944, el Ejército Rojo avanzó
sistemáticamente a lo largo de todo el frente oriental disponiéndose a invadir
Hungría y Rumania. Los historiadores americanos Peter N. Carroll y David W.
Noble escriben: «Cuando las tropas rusas empezaron a hacer retroceder a los
alemanes, se hizo imperativa para americanos e ingleses (sic) la estrategia del
desembarco de tropas en Francia, que les condujera a Alemania y mantuviera la
mayor parte de ese país fuera de las manos comunistas». Americanos y británicos
tenían además la preocupación de que Alemania se derrumbase antes de que ellos
pudieran abrir el segundo frente. En ese caso, el Ejército Rojo hubiera sido
capaz de ocupar rápidamente toda Alemania y aún liberar Europa occidental.
Entonces podrían hacer lo que quisieran, exactamente como ellos habían hecho en
Italia. «La posibilidad de una victoria rusa completa sobre Alemania, antes de
que las fuerzas americanas desembarcaran en el continente, era una
Página 100
pesadilla para Washington», escribe el historiador americano Mark A.
Stoler. Y por supuesto para Londres, pero había que tener en cuenta esa
posibilidad. Se prepararon planes de contingencia para un desembarco prematuro
en la costa de Francia y el subsiguiente uso de tropas aerotransportadas
apoyadas por unidades acorazadas, con objeto de ocupar tanto territorio como
fuera posible en Alemania y el resto de Europa occidental, antes de la llegada
de los soviéticos. Esta operación tuvo el nombre clave de «Rankin» y las tropas
estuvieron en estado de alerta para el «Rankin» hasta tres meses después del
desembarco en Normandía.
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10. EL LARGO VERANO
DE 1944
LA «OPERACIÓN
Overlord», el largamente esperado desembarco
aliado en Francia,
se hizo realidad el 6 de junio de 1944 en las playas de Normandía. Esta
operación especialmente espectacular, fue celebrada en Hollywood en los años
sesenta con la superproducción «El Día más Largo» y conmemorada en 1994, medio
siglo después de los hechos, con gran cantidad de fanfarria, sugiriendo que en
toda la Segunda Guerra Mundial no tuvo lugar otro acontecimiento más dramático
y decisivo. Sobre el entorno político del «Día D» sin embargo no se dijo nada
en esa ocasión. No obstante, los condicionantes políticos habían sido parte
importante en las mentes de las autoridades políticas y militares que planearon
«Overlord».
El propósito del
desembarco en Normandía era permitir a los aliados occidentales llegar a Berlín
antes que el Ejército Rojo. Por otro lado, esta operación haría posible para
americanos, británicos y canadienses liberar Francia y el resto de Europa
occidental, llevando a cabo ventajosos faits accomplis, como ya
habían hecho antes en Italia. Sin embargo, al principio las cosas
no parecían ir bien en Normandía para los aliados. Los desembarcos se llevaron
a cabo satisfactoriamente, estableciéndose una considerable cabeza de playa,
pero los alemanes parecían controlar eventualmente la situación y evitaban los
avances.
De repente, en los
primeros días de agosto, la resistencia alemana en Normandía se derrumbó tras
fuertes combates en el sector de Caen-Falaise. Como consecuencia, los
americanos, británicos y canadienses fueron capaces de avanzar más rápidamente
de lo que cualquier previsión optimista hubiera esperado. París fue liberado el
25 de agosto y unos días más tarde los tanques británicos entraban en Bélgica,
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dónde encontraron más molestias con el infame empedrado del país que con
el enemigo alemán. Bruselas fue liberada y Amberes, el principal puerto del
país, cayó en manos de los libertadores virtualmente intacto. Estos éxitos
parecían hacer posible que la guerra terminase antes de fin de año mediante una
incursión rápida de los aliados al corazón de Alemania. En ese caso, los
americanos y británicos tendrían las mejores cartas en su partida de poker con
los soviéticos, para reorganizar Alemania y el resto de Europa en la posguerra.
Esto originó
«Market Garden», el espectacular intento anglo-americano, en septiembre de
1944, de cruzar los grandes ríos holandeses, incluido el Rin y el Arnhem, cerca
de la frontera alemana, mediante tropas aerotransportadas e incursiones por
tierra. El propósito de esta operación era nada menos que abrir un camino hacia
el centro neurálgico de la industria alemana, la comarca del Ruhr y de aquí a
Berlín. «Market Garden» inspiró una pretenciosa superproducción de Hollywood
llamada «Un Puente muy Lejano». Desde el punto de vista de Tinseltown, la
película fue un éxito espectacular, pero en el otoño de 1944 la ambiciosa
empresa en tierras holandesas acabó en un tremendo fracaso. Y así se disipó el
corto sueño de una rápida ofensiva final en Europa occidental durante 1944.
Mientras tanto, en
el frente oriental el Ejército Rojo no se había dormido en los laureles. El 22
de junio de 1944, poco después del desembarco en Normandía, los soviéticos
lanzaron una ofensiva, conocida con el nombre clave de «Bagration», que evitó
que los alemanes transfirieran tropas desde el frente del este hasta Francia;
el propio general Eisenhower reconoció más tarde que ésta había sido una
condición sine qua non para el éxito de la «Operación
Overlord». Una vez más la Wehrmacht fue aplastada por el
Ejército Rojo y los soviéticos consiguieron avanzar más de 600
kilómetros, desde el interior de Rusia hasta las afueras de la capital polaca,
Varsovia, entrando en Rumania y Bulgaria y alcanzando las fronteras de Hungría
y Yugoslavia.
Para evitar que los
soviéticos actuaran unilateralmente en estos países, haciendo lo mismo que
habían hecho los angloamericanos en Italia, Churchill se tomó la molestia de
visitar a Stalin en Moscú y, con el
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consentimiento de Roosevelt, ofreció al Secretario General un acuerdo
que asegurara el grado de influencia de cada uno en los países liberados de los
Balcanes. Los aliados occidentales y sobre todo los británicos, que parecían
tener un interés especial en esta parte de Europa, tuvieron razones para estar
contentos de que Stalin aceptara el acuerdo, que fue aprobado oficialmente en
octubre de 1944. Los angloamericanos permitían a la URSS un porcentaje más alto
de influencia en Rumania, Bulgaria y Hungría, pero Gran Bretaña obtenía un 50%
de influencia en Yugoslavia, y no menos del 90% en Grecia. Lo que la gente de
esos países pensara sobre este acuerdo no era tenido en cuenta, ni por Stalin,
de quien se nos ha dicho una y otra vez que era un dictador, ni por Churchill,
que según se afirma fue uno de los más grandes demócratas del Siglo XX. Después
Roosevelt también daría su bendición a este acuerdo. En cualquier caso,
permanecían abiertas muchas posibilidades de cara al futuro, porque, a pesar de
los extremadamente precisos porcentajes, no estaba nada claro como se iba a
poner en práctica este acuerdo.
En Grecia, país
mediterráneo donde Churchill planificó colocar a Gran Bretaña como «poder
dominante» después de la guerra, los británicos actuarían como en Italia, pero
mucho más implacablemente. El movimiento de resistencia antifascista griego
contaba con un amplio apoyo popular, pero era demasiado de izquierdas para el
gusto de Londres y por lo tanto los libertadores británicos lo dejarían de
lado, instaurando un régimen autoritario de derechas, formado por muchos
antiguos elementos fascistas y excolaboradores del fascismo, en otras palabras,
badoglios griegos. Stalin no se sintió muy feliz con que los comunistas fueran
el primer objetivo de la represión británica en la recién liberada Grecia, pero
no hizo nada para ayudar a sus camaradas helénicos; en vez de eso se limitó a
cumplir cuidadosamente con el acuerdo firmado con Churchill. Desde ese momento
el Secretario General se sintió libre para apoyar enérgicamente los intereses
soviéticos en los países liberados o conquistados por el Ejército Rojo y por tanto,
situados dentro de la esfera de influencia soviética. Aún así, Stalin actuó con
gran precaución en esos países; no fue hasta más tarde cuando instauró en ellos
regímenes comunistas.
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Al final del verano de 1944 les tocó el turno de su liberación a Francia
y Bélgica. Los americanos y sus socios británicos tenían ahora la oportunidad
de decidir el modelo de sistema político, social y económico a implantar en
estos países. Su atención, naturalmente, se centró en Francia, un país que unos
pocos años antes todavía era considerado una potencia del calibre de EE. UU. y
Gran Bretaña. En Francia sin embargo la situación era extremadamente compleja.
En Vichy el Mariscal Petain presidía un régimen colaboracionista que apoyaba
las tradiciones conservadoras del Ancien Regime francés, es
decir las tradiciones anteriores a la gran revolución de 1789 y que se
consideraba a sí mismo y también era considerado por muchos franceses, como el
gobierno legítimo del país. Pero en Londres un tal Charles De Gaulle, también
conservador, tronaba tanto contra Vichy como contra los alemanes y a través de
las emisiones en francés de la BBC, clamaba elocuentemente por un renacimiento
de Francia que podía y debía hacerse realidad bajo su autoritario mandato. En
la propia Francia ocupada, había en activo una gran variedad de grupos de
resistencia. El Frente de Resistencia, un amplio movimiento en el que los
comunistas jugaban un papel importante, aunque no lo dirigían, estaba decidido
a que después de la guerra el reloj no volviera simplemente hasta 1939, sino
que, en contraste con Petain y De Gaulle, soñaba con toda clase de reformas más
o menos radicales. Reformas sociales y económicas que se conocieron como la
«Carta de la Resistencia» de marzo de 1944. Casi todos los miembros de la
Resistencia despreciaban a Petain y muchos de ellos encontraban a De Gaulle no
sólo demasiado autoritario políticamente, sino socialmente demasiado
conservador. La personalidad de De Gaulle por tanto no dominaba la Résistance,
como a muchos se les hizo asumir después de la guerra, y en la propia
Francia los gaullistas fueron siempre una minoría. Como escribe Kolko, «aunque
no existen cifras exactas, dentro de Francia los grupos Gaullistas de la
Resistencia fueron siempre una pequeña minoría y en muchos puntos clave del
país ni siquiera existieron».
A pesar de ello, De
Gaulle contaba con considerable influencia en la Resistencia, principalmente a
causa de sus contactos en Gran Bretaña, que era quien controlaba el suministro
de armas a los patriotas en Francia. Churchill esperaba manipular a De Gaulle
para sus propios propósitos; no sólo para eliminar la influencia comunista en
Francia, sino para integrarla
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en el bloque de países de Europa Occidental que, bajo el liderazgo de
Londres, serían capaces de hacer de contrapunto a EE. UU. y a la URSS, los dos
países cuya emergencia como superpotencias Churchill preveía y temía. En
Londres, el primer ministro belga Spaak se reveló como el más devoto defensor
de este gran proyecto de Churchill, que representaba una especie de embrión de
la Comunidad Europea y también de la OTAN después de que el plan de Churchill
fuera usurpado por los americanos y adaptado a los propósitos de la Guerra
Fría. El oportunista Spaak, quizá el socialista belga más radical antes de la
guerra, sirvió a Washington en este sentido con la misma devoción que antes
había servido a Londres, y fue recompensado con el prestigioso y lucrativo
cargo de Secretario General de la OTAN.
Los americanos eran
poco sensibles y tampoco entendían el embrollo francés. Les parecía raro que
los patriotas franceses parecieran querer prolongar más de lo justo la
desaparición de los alemanes de su país, la vuelta al status quo anterior
y a su baguette diaria con Camembert acompañada de un vaso
de vin rouge. A los americanos les preocupaban como a Churchill las
tendencias radicales en general y la influencia comunista dentro de la
Resistencia en particular, así como sus planes socioeconómicos para el futuro.
Tales planes podían contar con amplio apoyo popular dentro de Francia, pero no
cuajaban dentro de la visión conservadora de los libertadores. Los americanos,
incluyendo el presidente Roosevelt, preferían al colaboracionista Petain antes
que a la Resistencia de tendencias izquierdistas y también antes que a De
Gaulle. En la Casa Blanca este último se consideraba casi intolerable y no sin
razón le veían como un potencial muñeco de Churchill, que favorecería los
intereses británicos antes que los americanos en el período de posguerra.
Washington hubiera
preferido librarse de De Gaulle, hasta el punto de que hubo un momento en el
que Roosevelt propuso a Churchill que le nombrara ¡gobernador en Madagascar! En
la época de los desembarcos en el norte del África francesa, que hicieron que Vichy
rompiera relaciones diplomáticas con Washington, los americanos no informaron a
De Gaulle de sus planes. Prefirieron negociar con el petenista François Derlau,
que fue asesinado poco después posiblemente por agentes de De Gaulle.
Washington empezó a comprender muy lentamente que no habría sitio
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para el régimen colaboracionista de Vichy en la Francia de posguerra.
Como consecuencia, los americanos dilataron mucho su decisión, antes de dar su
apoyo a De Gaulle. No le tenían simpatía, lo mismo que De Gaulle a ellos y por
eso, después también seguirían teniendo problemas con él.
No sin razón, los
americanos consideraron a De Gaulle un arrogante megalomaníaco. «Un fanático
francés de mente estrecha, con mucha ambición personal y dudosas ideas
democráticas», como lo definió en su diario el Secretario de Guerra Henry L.
Stinson, haciéndose eco de la opinión de Roosevelt. Sin embargo, De Gaulle
ofrecía a Washington dos ventajas: primero, su reputación no estaba empañada
por el colaboracionismo, como era el caso de petainistas como Darlan. Segundo,
sus planes para la Francia de la posguerra no incluían experimentos
socioeconómicos radicales y revolucionarios como era el caso de la izquierdista
Resistencia. La primera cualidad le hacía aceptable para los propios franceses,
la segunda le hacía admisible para americanos y británicos. «De Gaulle es malo,
pero no contar con él es peor», decía Stinson en su diario. Realmente, los
ultraconservadores y reaccionarios petainistas que contaron inicialmente con el
favor de los americanos, eran totalmente inaceptables para los franceses, pero
la Resistencia no gaullista era una amenaza para los intereses de EE. UU. Los
planes de reforma económica y social de esta última se percibían en Washington
como de inspiración comunista y la perspectiva de una revolución roja en
Francia preocupa profundamente a los líderes americanos, incluido el presidente
Roosevelt. Otra amenaza que parecía percibirse para los intereses americanos
era que los partisanos aparentemente deseaban establecer relaciones de amistad
con la Unión Soviética. Un informador de la inteligencia americana en Berna
comunicó que «El Comité National de Liberación (no gaullista), tenía una
peligrosa tendencia a fortalecer el sentimiento proruso entre los franceses».
Se necesitaba alguien, observa Kolko, «que pudiera salvar a Francia de la
izquierda», alguien «cualificado para controlar» las influencias comunistas
dentro de la Resistencia y el desagradable De Gaulle parecía ser el único que
podía llevar a cabo esa misión. Kolko observa: «Si a los americanos no les
gustaba De Gaulle, les gustaban mucho menos los bolcheviques».
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Por eso, desde el verano de 1944, Washington fue siguiendo poco a poco
el ejemplo de Londres apoyando la ambición de De Gaulle para convertirse en
líder de la posguerra en Francia. Finalmente, el 23 de octubre de ese año,
Washington le reconocería como legítimo jefe del gobierno francés.
Ya poco antes del
desembarco en Normandía, De Gaulle fue repatriado a su tierra natal con el
propósito de presentarle al pueblo francés como héroe y líder de la Resistencia
y que se le aclamara como jefe de gobierno de la liberada y rejuvenecida
Francia. Pero en Francia y particularmente dentro de la Resistencia, hubo mucho
menos entusiasmo por esta ceremonia prefabricada de coronación de lo que
generalmente hoy se cree. Se confeccionaron planes alternativos. En París, por
ejemplo, la Resistencia se levantó en armas contra la guarnición alemana cuando
los aliados se acercaban ya a la capital francesa. Esa iniciativa costó la vida
a muchos partisanos. ¿Por qué estos patriotas no esperaron unos días hasta que
los alemanes fueran arrojados de la ciudad y los tanques aliados rodaran por
ella, celebrando entonces la fiesta de la liberación? Para muchos franceses era
muy importante ser ellos mismos quienes liberaran la capital, corazón y símbolo
de la nación. A la vez, probablemente también querían evitar que la orden de
destrucción dada por Hitler se llevara a cabo. Que esto último era todo lo que
los partisanos parisinos tenían in mente es lo que
equivocadamente sugería la película de los años sesenta «¿Arde París?». Sin
embargo, el que la resistencia más radical se levantara en armas no fue una
coincidencia. Sabían que junto con el ejército aliado venía el conservador y
autoritario De Gaulle, y que los aliados planeaban colocarle en el poder,
eliminando políticamente a los líderes de izquierdas de la Resistencia y
terminando con los planes de reforma que tenían para la posguerra. La
Resistencia radical de izquierdas aspiraba a apropiarse rápidamente del poder
en París, la ciudad que controlaba el fuertemente centralizado aparato del
estado francés, como una araña en su tela, y así crear un fait accompli que
los aliados —y su protegido De Gaulle— hubieran encontrado muy difícil
contrarrestar.
Del mismo modo, los
luchadores de la Resistencia polaca intentaron liberar Varsovia en agosto de
1944, antes de la llegada del Ejército Rojo, pero el levantamiento en la
capital polaca terminó en un baño de sangre. El
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principal determinante de este fracaso fue que los soviéticos no
llegaron para ayudar. Stalin sabía que la Resistencia polaca era anticomunista
y antisoviética, en marcado contraste con la situación de París, y que buscaba
en Varsovia un fait accompli desfavorable para los soviéticos.
Además no le preocupaba el hecho de que los nazis terminaran con los partisanos
polacos. Sin embargo, también es cierto que el Ejército Rojo no hubiera sido
capaz de intervenir con éxito en Varsovia, aunque su vanguardia estaba ya
posicionada en las afueras de la ciudad. La estrategia militar soviética
después de Stalingrado se caracterizaba por gigantescas ofensivas a lo largo de
un frente extremadamente ancho, extendiéndose desde el Báltico hasta el Mar
Negro. Tales ofensivas, uno de cuyos ejemplos fue «Bagration», producían
enormes ganancias territoriales y normalmente se alternaban con pausas muy
largas, necesarias no sólo para que las exhaustas tropas descansaran, sino
también para fortalecer las líneas de suministro entre el frente y los centros
de producción industrial en el interior de la Unión Soviética. El levantamiento
de Varsovia tuvo lugar durante una de esas pausas. Para el Ejército Rojo una
intervención hubiera sido arriesgada en muchos aspectos y podría haber ofrecido
a la debilitada pero todavía poderosa Wehrmacht la posibilidad
de un contraataque.
En París los
aliados iban demasiado deprisa para los partisanos. Los tanques Sherman
rodeaban la Ciudad Luz antes de que los alemanes la hubieran abandonado
completamente. Después de todo De Gaulle entraba triunfalmente, dando la
impresión de que era el salvador que la patriótica Francia había estado
esperando durante cuatro largos años. Se dice que el general se aseguró de que
durante su marcha por los Campos Elíseos los líderes de la Resistencia no
fueran junto a él y que, cuando intentaron hacerlo, se les colocó detrás a
respetuosa distancia. El autoritario De Gaulle, «un general que nunca había
dirigido una batalla y un político que jamás se presentó a unas elecciones»,
como el historiador británico A. J. P. Taylor señala con ironía, fue
introducido con calzador por los libertadores angloamericanos. De Gaulle tuvo
en cuenta alguna idea de los comunistas y otros grupos de izquierdas de la
Resistencia para introducir alguna reforma política, pero sin él hubiera subido
al poder un gobierno mucho más radical y quizá se hubieran hecho realidad las
reformas previstas en la «Carta de la Resistencia».
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Como en el caso de
Italia, la conducta de americanos y británicos en Francia estuvo lejos de ser
intachable, al menos en el sentido de que difícilmente podía reconciliarse con
el principio de que los libertadores debían permitir a los pueblos liberados restaurar
la democracia en su país. Es cierto que los aliados occidentales no actuaron
tan crudamente en Francia como en Italia y en Grecia, pero esto se debió menos
al tacto angloamericano que al hecho de que, después de la liberación de París,
los comunistas franceses estuvieron particularmente dóciles; es cierto que se
comportaron de ese modo siguiendo instrucciones de Stalin, que no quería ver
deterioradas sus relaciones con EE. UU. y el Reino Unido a causa de sus
ambiciones. En cualquier caso, la Unión Soviética fue de nuevo ignorada en las
decisiones sobre un país liberado.
En Bélgica los
aliados occidentales procedieron de un modo análogo. Con la vuelta del gobierno
belga desde su exilio en Londres, el reloj político, social y económico volvió
cuatro años atrás. A los grupos de la Resistencia, que habían planeado llevar a
cabo reformas más o menos radicales después de la liberación, los libertadores
les forzaron a dejar las armas y les arrinconaron políticamente. Como Londres
veía a Bélgica como una pequeña, pero importante, parte de la futura esfera de
influencia británica en Europa, una especie de cabeza de playa británica en el
continente, fueron los británicos los encargados de restaurar el viejo orden en
el país; y lo hicieron con la «total aprobación de los americanos», que
tuvieron sumo cuidado de evitar cualquier cambio radical en Bélgica. Con el
celoso apoyo de las élites nacionales y los partidos políticos establecidos, el
deseo de cambio en el país fue mutilado y desplazado, degenerando
exclusivamente en una «cuestión real», es decir el relativamente poco importante
asunto de si la monarquía debía o no someterse a las instituciones
republicanas.
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11. LOS ÉXITOS
DEL EJÉRCITO ROJO Y LOS ACUERDOS DE YALTA
LOS acontecimientos
de los años 1943 y 1944 en países como Italia,
Grecia y Francia,
habían mostrado claramente que eran los libertadores los que decidían cómo los
fascistas eran castigados o perdonados, cómo se restauraba la democracia, qué
influencia se les permitía tener a los movimientos de resistencia antifascista y
a la población en general en la reconstrucción de su propio país y si se
introducían o no reformas económicas, políticas y sociales. La conducta poco
sutil de los aliados occidentales a este respecto, implícitamente le daba a
Stalin carte blanche para proceder de un modo similar en los
países liberados por el Ejército Rojo. Sin embargo, la simetría no era ni mucho
menos perfecta. Primero, hasta el verano de 1944 los soviéticos continuaban
luchando casi exclusivamente en su propio país. Hasta el otoño de ese año no
liberaron a países vecinos tales como Rumania y Bulgaria, estados difícilmente
comparables en importancia a Italia y Francia. Segundo, la fórmula de la esfera
de influencia acordada entre Stalin y Churchill, permitía a los aliados occidentales
un pequeño pero posiblemente importante porcentaje de intervención en algunos
países de Europa oriental, lo que no se les había permitido a los soviéticos en
ningún país de Europa occidental. Por tanto, respecto a las perspectivas de
influir en la reorganización de la Europa de posguerra, la situación de
británicos y americanos no parecía mala a finales de 1944. Y sin embargo,
también tenían razones para preocuparse.
Después de «Market
Garden» era obvio que la guerra aún estaba lejos de terminar. Una parte
considerable del continente todavía esperaba su liberación, y aún había que
conquistar la Alemania nazi. Entretanto, era evidente que Polonia sería
liberada enteramente por los soviéticos,
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perspectiva que alarmaba a muchos polacos, en particular al gobierno
polaco en el exilio en Londres, que era conservador y marcadamente
antisoviético. Este gobierno polaco no estaba formado por devotos demócratas,
como a menudo se cree, sino que representaba el régimen polaco autocrático de
antes de la guerra, un régimen que llegó a intrigar con el propio Hitler con
ocasión del Acuerdo de Munich y siguió su ejemplo apropiándose de una parte de
Checoslovaquia. Por otra parte, a principios de 1945 parecía seguro que el
prestigio de marchar victoriosamente sobre Berlín sería exclusivamente del
Ejército Rojo, y no de las tropas americanas y británicas. El avance
angloamericano hacia la capital alemana tuvo una intentona en Holanda con
«Market Garden» y fue impedido de nuevo en diciembre de 1944/enero de 1945 por
la inesperada contraofensiva de von Rundstedt en Las Ardenas. Este último
episodio estaba destinado a entrar en la conciencia colectiva americana, y en
sus libros de historia, como una gigantesca y heroica batalla, que por supuesto
sería celebrada por una producción de Hollywood. En realidad, la confrontación
de Las Ardenas supuso un serio revés para los americanos. Al final la
contraofensiva de von Rundstedt fue un fracaso, pero inicialmente la presión alemana
fue considerable. Los americanos lucharon heroicamente en muchas ocasiones, por
ejemplo en Bastogne, pero también hubo momentos de pánico y confusión, y el
peligro no desapareció totalmente hasta finales de enero de 1945.
Una vez más se
decidió pedir ayuda al útil socio soviético. Respondiendo a una petición
urgente de los americanos, el Ejército Rojo desató una importante ofensiva en
Polonia el 12 de enero de 1945, una semana antes de lo planeado. Forzada a
encarar una nueva amenaza en el este, la Wehrmacht tuvo que
derivar a esta zona recursos de su proyecto de Las Ardenas, lo que alivió
considerablemente la presión sobre los americanos. Pero en el frente oriental
los alemanes no podían detener el rodillo soviético, que avanzaba tan
rápidamente que en unas pocas semanas había llegado a orillas del Oder. A
principios de enero los soviéticos habían llegado a Frankfurt sobre el Oder,
una ciudad situada a menos de cien kilómetros de la capital alemana. Los
americanos tenían razones para estar agradecidos por el favor militar que les
había hecho Moscú, pero no les hacía felices el hecho de que, en la carrera
hacia Berlín, los soviéticos llevaran tanta ventaja a sus socios occidentales,
que
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aún no habían alcanzado las orillas del Rin y estaban separados de
Berlín por más de quinientos kilómetros. La única forma de evitar que los
soviéticos controlaran virtualmente toda Alemania, ahora que se aproximaba
rápidamente el fin de las hostilidades, era llegar a «acuerdos obligatorios»
con Stalin antes de que el Ejército Rojo penetrara más profundamente en el
corazón de Alemania.
Hay que darse
cuenta del problema creciente y desagradable que tenían
los aliados
occidentales —primero con el fracaso de «Market Garden» y después con el paso
atrás temporal de Las Ardenas— para entender por qué, en una serie de reuniones
con los representantes soviéticos en Londres, insistieron tanto en dividir
Alemania antes de su caída definitiva en tres zonas de ocupación más o menos
iguales, una para los soviéticos, una para los americanos y otra para los
británicos. (Mucho más tarde se asignaría una cuarta zona a los franceses). A
finales de 1944 y principios de 1945 parecía indudable que el Ejército Rojo iba
a controlar la parte del león del territorio alemán, por lo que, teniendo en
cuenta los precedentes de Italia y otros países, los soviéticos podían imponer
su voluntad en la Alemania de posguerra. Por tanto, el acuerdo de zonas de
ocupación propuesto era obviamente en interés de Washington y Londres, pero
Stalin graciosamente aceptó la propuesta. «En resumen», escribe Kolko, «los
rusos aceptaron no ocupar Alemania unilateralmente, a pesar de que todo
indicaba que su inminente victoria militar les hubiera permitido hacerlo así».
Una buena noticia
adicional para los aliados occidentales fue que los soviéticos también
aceptaron que la capital, Berlín, como el resto de Alemania, fuera también
dividida en tres zonas de ocupación, aunque era obvio que la ciudad iba a
quedar situada muy dentro de la zona de ocupación asignada a la URSS. Que
pudiera existir más tarde un «Berlín Occidental» en el corazón de Alemania
Oriental, se debió a la actitud acomodaticia que desplegó Stalin en el otoño de
1944 y en el invierno de 1944/45. Los acuerdos de Londres respecto a las
futuras zonas de ocupación en Alemania, así como los acuerdos alcanzados por
los «Tres
Grandes»
—Roosevelt, Churchill y Stalin— en la famosa Conferencia de Yalta, del 4 al 11
de febrero de 1945, no pueden entenderse del todo sólo bajo la perspectiva del
problema de los aliados occidentales con los
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parones de sus fuerzas armadas y los éxitos simultáneos del Ejército
Rojo en 1944/45.
A menudo se ha
dicho que en el centro turístico de Yalta en Crimea, el astuto Stalin embaucó a
sus colegas occidentales, y sobre todo al presidente Roosevelt, que ya era un
hombre muy enfermo en esos momentos. Nada más lejos de la verdad. Para empezar,
eran los angloamericanos los que no tenían nada que perder y sí mucho que ganar
en esa reunión. Lo contrario podría aplicarse a los soviéticos, a los que les
hubiera ido mejor sin la Conferencia. El avance espectacular del Ejército Rojo
hacia el corazón de Alemania puso más y más triunfos en las manos de Stalin. En
las vísperas de la Conferencia el general Zhukov alcanzó las orillas del río
Oder, a un simple tiro de piedra de Berlín. Por eso Washington y Londres, y no
Moscú, insistieron en la reunión de los líderes aliados. Precisamente porque
querían a toda costa reunirse con Stalin y alcanzar acuerdos obligatorios,
Roosevelt y Churchill aceptaron la condición de que la Conferencia se celebrase
en la URSS. Los líderes anglosajones tenían el inconveniente de un largo viaje
y permitían a los soviéticos «jugar en casa». Pero éstos eran inconvenientes
menores en comparación con las ventajas que dicha conferencia les podía traer,
y con los enormes inconvenientes asociados a la ocupación de la mayor parte de
Alemania por el Ejército Rojo.
Los acuerdos a los
que se pudiera llegar siempre serían favorables a los aliados occidentales. El
Ministro de Asuntos Exteriores de Roosevelt, Edward Stettinius, que estuvo
presente en Crimea, escribiría más tarde que en esta conferencia «la Unión
Soviética hizo más concesiones a occidente que a la inversa». Y la historiadora
americana Carolyn Woods Eisenberg señala en un libro reciente que la delegación
de EE. UU. dejó Yalta con un «espíritu exultante», convencida de que, gracias a
lo razonables que habían sido los soviéticos, no sólo los americanos, sino la
humanidad entera «habían obtenido la primera gran victoria de la paz».
Con respecto a
Alemania los acuerdos de Londres fueron confirmados oficialmente en Yalta por
los «Tres Grandes». Como ya se ha dicho, la división de Alemania en tres zonas
de ocupación fue ventajosa para americanos y británicos, porque en el otoño de
1944, y aún más en el
Página 114
momento de la Conferencia de Yalta, parecía probable que el Ejército
Rojo, que estaba en Frankfurt sobre el Oder, pudiera encontrarse al final de
las hostilidades en Frankfurt sobre el Main. Además a los angloamericanos se
les asignó la parte más rica del país, la occidental; volveremos a hablar de
esto más tarde. También se acordó en la península de Crimea que después de la
guerra Alemania debía pagar reparaciones, como en la Primera Guerra Mundial.
Roosevelt y Churchill encontraron razonable y justificado que la mitad de esos
pagos —que se estimaron en 20 000 millones de dólares— fueran a parar a la
Unión Soviética, donde los nazis se habían comportado de forma particularmente
bárbara y destructiva. (La cantidad de 10 000 millones de dólares asignada a la
URSS fue considerada por algunos demasiado alta. En realidad fue «muy modesta»,
como recientemente señaló el historiador alemán Wilfried Loth. Unos cuantos
años después de la Conferencia de Yalta, en 1947, el daño total sufrido por la
Unión Soviética se calculó de forma conservadora en no menos de 128 000
millones de dólares). Para Stalin el asunto de los pagos por reparaciones era
crucial. Es cierto que se comportó de forma acomodaticia respecto a la división
de Alemania en zonas de ocupación, pero porque exigió cooperación en el asunto
de las reparaciones económicas.
En Yalta no se
llegó a ningún acuerdo definitivo sobre el futuro de Alemania, aunque
particularmente los americanos, y en cierto modo también los soviéticos,
mostraron en aquel momento cierto interés por el plan ampliamente difundido del
Ministro de Finanzas americano, Morgenthau, que propuso resolver el «problema
alemán» simplemente desmantelando la industria del país para transformar
Alemania en un país agrario, atrasado, pobre e inofensivo. Lo que no
consideraron en ese momento ni Washington ni Moscú fueron las objeciones no
sólo morales sino prácticas que se le podían poner al Plan Morgenthau. Por
ejemplo, el plan era realmente incompatible con las expectativas de pago por
parte de Alemania de elevadas reparaciones, las cuales presuponían cierta
riqueza, que era imposible con la aplicación del Plan Morgenthau. «Lo que se
infería lógicamente de los planes de Morgenthau», escribe de forma categórica
el historiador alemán Jörg Fisch, «era que en ellos no había lugar para
reparaciones económicas». Es más, los planes de Morgenthau para «pastorear»
Alemania estaban «fuera de lugar respecto a las ideas de
Página 115
los políticos más importantes de América», que tenían buenas razones
para favorecer la opción alternativa, es decir «la reconstrucción económica de
Alemania». Ciertos políticos americanos temían que el plan pudiera conducir a
Alemania a la anarquía, el caos y posiblemente el bolchevismo. Los hombres de
negocios se daban cuenta de que sería imposible hacer negocios rentables con
una Alemania pobre. Y los americanos influyentes temían las posibles
implicaciones negativas del Plan Morgenthau respecto al destino de Opel y otras
empresas alemanas subsidiarias de corporaciones americanas. No fue una
coincidencia que precisamente los representantes de empresas con fuertes
inversiones en Alemania —como Alfred P. Sloan, el influyente presidente del
consejo de G. M., la asociada de Opel— fueran los mayores oponentes al Plan
Morgenthau. Este plan desapareció de la escena gradualmente y sin hacer ruido
en los meses siguientes a la Conferencia de Yalta. El propio Morgenthau, buen
amigo de Roosevelt, fue destituido de su poderosa posición en el gobierno el 5
de julio de 1945 por el nuevo presidente, Truman.
Por tanto, desde la
perspectiva de los aliados occidentales, los acuerdos de Yalta, a veces
vagamente formulados, con respecto a Alemania, fueron importantes y ventajosos.
Además Stalin se mostró dispuesto a discutir el futuro de los países de Europa
Oriental liberados por el Ejército Rojo, como Polonia, en una forma en la que
los «Tres Grandes» nunca habían discutido el destino de países occidentales
como Francia, Italia y Bélgica. Los británicos y americanos habían liberado
estos países, creando faits accomplis sin tener en cuenta para
nada las opiniones o deseos de los soviéticos. Stalin no se hacía
ilusiones respecto a Europa Occidental y no quería deteriorar las relaciones
con sus aliados occidentales a causa de países que estaban muy lejos de las
fronteras de la Unión Soviética, la «patria del socialismo», cuya supervivencia
y seguridad le obsesionaban desde el principio de su carrera. Respecto a Europa
Oriental en general, y a Polonia en particular, el asunto era muy diferente. La
URSS estaba muy interesada en la situación de países vecinos cuyos gobiernos
habían sido poco amistosos y a veces totalmente hostiles con la Unión
Soviética, y cuyos territorios constituían el tradicional camino de invasión
hasta Moscú. Respecto a la organización en la posguerra de Polonia y otros
países de Europa
Oriental, Stalin tenía buenas razones —además de la presencia del Ejército Rojo
en los mismos— para pedir para la URSS al
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menos la misma clase de trato que los americanos y británicos se habían
permitido en Europa Occidental. Ahora era el momento de que sus socios
occidentales le dejaran las manos libres en el este de Europa. A pesar de ello,
en Yalta Stalin se mostró dispuesto a discutir el destino de Polonia y el resto
de países de Europa Oriental, pero sus peticiones eran mínimas y tan razonables
que difícilmente Churchill y Roosevelt se podían negar a ellas: la llamada
«Línea Curzon» formaría la frontera entre Polonia y la Unión Soviética, por lo
cual Polonia recibiría una compensación en forma de territorio alemán al este
de la línea formada por los ríos Oder y Neisse, y no se tolerarían regímenes
antisoviéticos en Polonia ni en ningún otro país vecino. A cambio de acceder a
estas demandas los americanos y británicos recibían de Stalin lo que querían en
los países liberados de Europa Oriental, es decir que no habría cambios
económico-sociales de línea comunista, elecciones libres y poder seguir
interviniendo, por supuesto junto a la URSS, en los futuros asuntos de esos
países. Este tipo de formula no era irrealista y variaciones de la misma se
implantaron con éxito después de la guerra en Finlandia y en Austria. Por
tanto, los acuerdos de Yalta no le dieron a la Unión Soviética el control
monopolístico de Europa Oriental, el tipo de influencia exclusiva que habían
ejercido los americanos y británicos en Europa Occidental con la aprobación
callada de Stalin, aunque si le asignaron el «control de la influencia» en esos
países.
Los acuerdos de
Yalta representaron pues un gran éxito para los aliados occidentales. A menudo
se ha dicho que Churchill había albergado serias dudas respecto a las
«concesiones» que Roosevelt había hecho en Crimea. En realidad estaba
«totalmente eufórico» cuando terminó la conferencia, y con toda razón, ya que
los angloamericanos salieron de Yalta mejor de lo que nunca se hubieran
atrevido a esperar. La afirmación de que en Crimea el perspicaz Stalin
consiguió toda clase de concesiones de sus colegas occidentales es totalmente
falsa. Es cierto que los acuerdos de Yalta no se implantaron debidamente, por
ejemplo respecto a Polonia y otros países de Europa Oriental, pero esto tuvo
mucho que ver con la reacción de Stalin ante la «diplomacia atómica» de los americanos
en el verano de 1945, que analizaremos más tarde, y con la irreconciliable —y
también irrealista— actitud antisoviética del gobierno polaco en el exilio en
Londres. Los «polacos de Londres» no querían reconocer la «Línea
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Curzon» como la futura frontera oriental de su país, que había sido
aceptada por Roosevelt y Churchill como buena e inevitable en Yalta. A causa de
la intratabilidad de los polacos de Londres, Stalin se jugó la carta de otro
gobierno polaco, comunista y prosoviético, en el exilio, los «polacos de
Lublin», lo que condujo a la implantación de un régimen exclusivamente
comunista en Varsovia. Los americanos y británicos podían quejarse, pero su
protesta difícilmente podía ser conciliable con el hecho de que después de la
guerra ellos mismos habían apoyado regímenes dictatoriales en muchos países,
como Grecia, Turquía y China, y que en ninguno insistieron en que hubiera
elecciones libres, como ahora le pedían a Stalin para Polonia y el resto de
países de Europa Oriental.
Stalin era
realista. Con ocasión de los acuerdos de Londres y la Conferencia de Yalta
demostró acomodarse a los deseos de Churchill y Roosevelt, no porque quisiera
hacerlo, sino porque calculó correctamente que hubiera sido difícil evitarlo.
La guerra, en la que la URSS había sufrido tremendamente, escapando por poco a
su total destrucción, no había terminado aún. Por supuesto que la situación
militar de los soviéticos al comienzo de 1945 era excelente, pero todavía
podían pasar muchas cosas desagradables. Por ejemplo, cuando el final del
Tercer Reich se aproximaba, la máquina de propaganda de Goebbels intentó
agresivamente un último recurso, un proyecto de armisticio separado entre
Alemania y los aliados occidentales, seguido de una cruzada común contra el
enemigo natural de occidente, la Unión Soviética. Este plan no era tan ingenuo
y poco realista como podría parecer, porque Goebbels sabía muy bien que en los
círculos de poder británicos y prácticamente en todo el mundo occidental, el
bolchevismo era considerado como el enemigo «natural», y que la Alemania nazi
podía ser considerada como una punta de lanza en la futura cruzada
antisoviética. El Ministro de Propaganda nazi se daba cuenta de que durante la
guerra los aliados occidentales consideraban a los soviéticos un aliado útil,
pero seguían despreciando al estado comunista y estaban decididos a eliminarle
más pronto o más tarde.
En cuanto a la
URSS, todo esto significaba que después de años de esfuerzos sobrehumanos y
enormes pérdidas, cuando la victoria estaba tentadoramente cerca, el orden del
día seguía siendo la supervivencia, la supervivencia del país y del socialismo,
que siempre había sido la gran
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obsesión de Stalin. Al líder soviético le preocupaba la idea de Goebbels
y no sin razón. Entre los aliados occidentales había un cierto número de
generales y hombres de estado que le encontraban cierto atractivo. Después de
la guerra alguno podía expresar abiertamente su deseo de que los ejércitos
americanos y británicos continuaran la marcha hacia el este, preferiblemente
hasta Moscú. El propio Churchill flirteó con esta clase de iniciativa, que fue
conocida como la «alternativa alemana» o la «opción alemana».
Stalin no se hacía
ilusiones respecto a los sentimientos occidentales hacia la Unión Soviética.
Sus diplomáticos y espías le mantenían bien informado acerca de las opiniones y
movimientos en Londres, Washington y otros lugares. Para el Secretario General,
que recordaba el precedente histórico de la intervención aliada en la guerra
civil rusa, la posibilidad de un renversement des alliances, una
combinación germano-occidental contra la URSS era una pesadilla posible.
Intentó exorcizarla no dando a Churchill y a Roosevelt la más mínima excusa
para hacer algo contra la Unión Soviética. Esto hace posible entender por qué
refrenó sus críticas contra la conducta de los angloamericanos en Europa
Occidental (y en Grecia), y por qué intentó calmarles con concesiones en Europa
Oriental. Incluso es posible que en enero de 1945 Stalin ordenara al Ejército
Rojo detenerse en el Oder, en vez de continuar hasta Berlín, para evitar
humillar a sus aliados con tan espectacular éxito soviético, lo que hubiera
podido hacer más atractiva la creación de un frente común antisoviético con los
alemanes.
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12. DRESDE: UN
AVISO PARA «TIO JOE»
LA UTILIDAD militar
que potencialmente podía tener para americanos
y británicos una
«alternativa alemana», una alianza antisoviética con los alemanes, disminuyó
gradualmente según se iba sintiendo más cercano el final de los nazis y
la Wehrmacht. No obstante Churchill y Roosevelt querían dejar claro
a Stalin que con o sin ayuda alemana, su poderío militar no debía ser
subestimado, aunque sus tropas aún estuvieran lejos en el oeste, sobre —o cerca
de— la orilla izquierda del Rin. Se sabía que el Ejército Rojo disponía de gran
cantidad de infantería, excelentes tanques y una potente artillería. Los
aliados occidentales sin embargo poseían algo que no tenían los soviéticos, un
triunfo que les permitiría lanzar una oleada de devastación a gran distancia de
sus propias líneas. Ese triunfo era su fuerza aérea, la más impresionante flota
de bombarderos jamás vista. Washington y Londres querían asegurarse de que
Stalin era consciente de ello. Y para demostrarle la clase de cosas que se
podían hacer con la flota de Lancasters, Liberators y Fortalezas Volantes, la
RAF y la USAF juntas decidieron bombardear la capital de Sajonia, Dresde. Esta
operación se planeó para el 4 de febrero de 1945, precisamente el día que
comenzaba la Conferencia de Yalta; los fuegos artificiales sobre Dresde habrían
dado a Stalin algo en que pensar en aquellos momentos críticos. Sin embargo la
incursión, a causa de las condiciones atmosféricas inclementes, tuvo que
posponerse hasta la noche del 13 de febrero.
Aquella fatídica
noche de 1945 la antigua capital de Sajonia, famosa ciudad del arte —la
«Florencia alemana», como se la llamaba a veces— fue arrasada por 750 000
bombas incendiarias. Como se pretendía esto causó una tormenta de fuego que
quemó totalmente la ciudad y que fue descrita como:
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«… un tornado artificial que absorbió el aire en su centro de fuego a
una velocidad de vértigo. En Dresde los vientos de casi cien millas por hora
arrastraron los escombros y las personas hacia ese centro de fuego, donde la
temperatura superó los cien grados centígrados. Las llamas terminaron con toda
materia orgánica, todo ardió. La gente murió por miles quemada o asfixiada…»
Un americano, Kurt
Vormegut, que fue testigo del bombardeo, relató más tarde su terrorífica
experiencia en su famoso libro «Matadero Cinco».
Un número enorme de
habitantes de la ciudad, así como refugiados, de los que en la ciudad había
decenas de miles, perdieron la vida, aunque posiblemente nunca se sabrá el
número exacto. La cifra de 30 000 que se menciona a veces parece que se refiere
exclusivamente a cuerpos identificados, una pequeña fracción de las víctimas
totales que, de acuerdo con un informe secreto de la policía local, pudo haber
estado entre 200 000 y un cuarto de millón. En cualquier caso, estas
estadísticas realmente no importan mucho. Es suficiente saber que en Dresde un
gran número de personas tuvieron una muerte horrible en una matanza
aparentemente sin sentido. ¿O quizá, después de todo, el bombardeo de Dresde
tuvo algún sentido?
Desde un punto de
vista militar y estratégico, Dresde, con sus industrias de guerra marginales,
era un objetivo demasiado insignificante para justificar tal acción. Tampoco
tenía sentido como venganza por los bombardeos alemanes sobre ciudades como
Rotterdam y Coventry. Por la destrucción de estas ciudades, que fueron
bombardeadas terriblemente por la Luftwaffe en 1940, ya habían
pagado caro Berlín, Hamburgo, Colonia y otras incontables ciudades alemanas
grandes y pequeñas en los años 1942, 43 y 44. La incursión sobre Dresde
consiguió algo bueno, porque como resultado del caos durante el bombardeo,
pudieron escapar muchos judíos y miembros de la resistencia local antifascista,
que de otro modo hubieran sido ejecutados. Pero obviamente la operación no se
planeó con ese propósito.
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Otra explicación que se dio —también a las tripulaciones de los
bombarderos que fueron enviados a la misión de Dresde— fue que la capital de
Sajonia fue bombardeada para facilitar el avance del Ejército Rojo. Esto es una
absoluta tontería. Primero, porque el Ejército Rojo nunca pidió, ni se le
ofreció, tal clase de ayuda; además los soviéticos no suministraban a sus
aliados occidentales información sobre los movimientos de sus tropas. Segundo,
porque los americanos y británicos pensaban que los soviéticos ya estaban
avanzando demasiado deprisa en dirección a Berlín. Aunque Stalin hubiera
reconocido que Dresde estaba en la línea de avance del Ejército Rojo y les
hubiera pedido a los angloamericanos ayuda aérea, indudablemente éstos hubieran
encontrado cualquier excusa para no prestársela, o hubieran prestado una
pequeña ayuda, como previamente en Dieppe, pero nunca montando una operación
masiva y sin precedentes de la RAF y la USAF.
Sin embargo los
soviéticos tuvieron algo que ver con Dresde. Sus líneas estaban separadas de la
capital de Sajonia por una distancia de menos de cien kilómetros, por lo que
sobre el horizonte nocturno pudieron admirar las brillantes luces del infierno
de Dresde, que fueron visibles a más de trescientos kilómetros de distancia.
Los mandos angloamericanos pensaron que los soviéticos avanzaban hacia la
«Florencia alemana», por lo que pronto comprobarían in situ los
daños. Sin embargo, en contra de estas expectativas, el Ejército Rojo no entró
en la ciudad hasta mucho más tarde, el 8 de mayo de 1945.
El bombardeo de
Dresde no fue un error trágico, tuvo sentido y sirvió a un propósito. Años más
tarde un canadiense, miembro de la tripulación de uno de los bombarderos que
participó en la incursión, dio en el clavo cuando se le pregunto acerca del
objetivo de la misma:
«Lo que yo creo que
ocurrió es que los rusos se estaban moviendo demasiado deprisa y los aliados
decidieron demostrarles que, aunque teníamos un gran ejército, también teníamos
una tremenda fuerza aérea, así que no presumáis chicos, o veréis lo que podemos
hacer con las ciudades rusas. Esto fue lo que pensaron
Página 122
Roosevelt y el resto. Fue una atrocidad calculada, no tengo ninguna
duda».
El bombardeo de
Dresde parece que se planificó en los más altos niveles. «Bombardero Harris» en
su autobiografía dice que el ataque sobre Dresde se juzgó necesario «por gente
mucho más importante que yo». Parece obvio que sólo personas del calibre de Churchill
hubieran sido capaces de imponer su voluntad sobre el zar del bombardeo
estratégico. Se sabe que el premier británico tuvo especial interés en la
operación de Dresde y que la consideró, más que un medio para derrotar a
Alemania, un instrumento para intimidar a Stalin. «Churchill», escribe el
historiador Alexander McKee, «intentó dar una lección sobre el cielo nocturno
[de Dresde]» para que la aprendieran los soviéticos. La jerarquía
político-militar americana compartía este objetivo; les encantaba la
perspectiva, como escribe McKee, de «intimidar a los comunistas aterrorizando a
los nazis».
Dresde fue
eliminada de la faz de la tierra para intimidar a los
soviéticos con una
demostración del enorme «poder de fuego» —usando el término apropiado de la
jerga militar americana— que permitía a los bombarderos de la RAF y la USAF
llevar la destrucción y la muerte a cientos de kilómetros de distancia de sus
bases, posiblemente también más allá de las líneas del Ejército Rojo, en la
propia Rusia. El bombardeo de Dresde fue una muestra de poder que pretendía
demostrar que la fuerza aérea de los aliados occidentales era un arma que el
Ejército Rojo, no importaba lo fuerte y victorioso que hubiera sido contra los
alemanes, no podía igualar y contra la que no había defensas adecuadas.
Cuando se contempla
desde esta perspectiva, el momento del bombardeo también tiene sentido. Si
Dresde hubiera sido destruida en la fecha planificada inicialmente, el 4 de
febrero, día que comenzaba la Conferencia de Yalta, Churchill y Roosevelt
hubieran encontrado un Stalin
—alentado por sus
éxitos y con la ventaja de «jugar en casa»— más moderado y con menos confianza
como interlocutor en la mesa de negociaciones. El comandante-jefe del Ejército
del Aire de la Fuerza Aliada Expedicionaria, general David M. Shlatter, se manifestó
en este
Página 123
sentido antes del comienzo de la Conferencia de Yalta y antes por tanto
de que los bombarderos cumplieran su apocalíptica misión sobre Dresde:
«Creo que nuestra
fuerza aérea es la mejor baza que podemos aportar en la mesa del tratado de
posguerra, y que esta operación [el bombardeo sobre Dresde y/o Berlín] le
añadirá mucha más fuerza, o mejor, hará que los rusos conozcan mejor su poder».
El bombardeo se
pospuso por el mal tiempo, pero no fue cancelado. La demostración de potencia
militar seguía siendo psicológicamente útil aún después de la Conferencia de
Yalta. Se esperaba que los rusos entrarían pronto en Dresde y comprobarían los
destrozos. Después, cuando los vagos acuerdos de Yalta fueran a ponerse en
práctica, seguramente recordarían lo que habían visto y sacarían sus
conclusiones prácticas. Cuando hacia el final de las hostilidades las tropas
americanas tuvieron la posibilidad de alcanzar Dresde antes que las soviéticas,
Churchill, que estaba ansioso por ocupar tanto territorio alemán como fuera
posible, como veremos más tarde, urgió a Eisenhower para que no lo permitiera:
aún en estos últimos momentos aparentemente el primer ministro británico quería
que fueran los soviéticos quienes comprobaran los efectos del bombardeo.
El bombardeo de la
capital de Sajonia no tuvo nada que ver con la guerra contra la Alemania nazi,
una guerra que en aquel momento estaba prácticamente acabada. Ni con los
hombres, mujeres y niños de la propia Dresde, o los incontables refugiados
alemanes y de otros países del este que se encontraban al abrigo de la ciudad,
o simplemente estaban en ella de paso. Dresde fue simplemente un aviso para el
«Tío Joe», un aviso que costó la vida de decenas y posiblemente cientos de
miles de personas.
Durante la Guerra
Fría frecuentemente se sugería que al final de la Segunda Guerra Mundial el
Ejército Rojo estaba dispuesto a invadir toda Europa y que lo habría hecho si
no se lo hubieran impedido los americanos y sus socios británicos. Nada más
lejos de la verdad. La Unión Soviética había sobrevivido al ataque nazi en su
territorio gracias a esfuerzos
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sobrehumanos y enormes sacrificios. De acuerdo con las últimas
estimaciones, casi 30 millones de soldados y civiles soviéticos
—aproximadamente el
15% de la población— perdieron la vida durante la Segunda Guerra Mundial y una
parte del país fue totalmente destruida. Con su país en tales condiciones
hubiera sido insensato meterse en una nueva guerra, una guerra de conquista a
llevar a cabo a miles de kilómetros de casa y contra aliados cuya fuerza aérea
hubiera hecho a la URSS diez veces más daño que el que hizo en Dresde.
Stalin no era
tonto. Es evidente que el líder soviético era consciente de la enorme hazaña
que había sido para su país sobrevivir a la agresión nazi y emerger de una
terrible guerra con un territorio más amplio que antes y una influencia y
prestigio sin precedentes. Sabía muy bien que el Ejército Rojo no podía
competir con los ejércitos combinados angloamericanos, con su poderosa fuerza
aérea —y poco más tarde con su bomba atómica— así que lo mejor era no
enfrentarse a ellos, sino más bien buscar su favor siendo acomodaticio y
haciendo concesiones. Los americanos también sabían muy bien que militarmente
los soviéticos no eran una amenaza real; a principios de 1945 su mando militar
informó de que la Unión Soviética tenía sobradas razones para «evitar un conflicto
con Gran Bretaña y los Estados Unidos». La idea de que los soviéticos estaban
dispuestos a invadir Europa en 1945 no es más que un cuento de hadas, una de
las muchas fábulas de la abundante mitología de la Guerra Fría.
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13. ROOSEVELT
Y LA «LÍNEA BLANDA» HACIA STALIN
A principios de
1945 Churchill buscaba intimidar a Stalin por medio de
los rumores de un
posible acuerdo occidental con la Alemania nazi y/o por medio de estratagemas
más crudas como el bombardeo de Dresde. Por otro lado el presidente Roosevelt
mostraba mayor comprensión con los puntos de vista soviéticos. Ya en 1942
estuvo inclinado a responder positivamente a la urgente petición de Stalin de
un segundo frente en Europa. Teniendo en cuenta sus experiencias durante la
reunión de Teherán, el presidente americano era de la opinión de que era
posible negociar con el líder soviético: también entendía muy bien la
aportación de la URSS a la titánica lucha contra el nazismo, por lo que después
de la victoria común Stalin tenía más derecho que nadie a intervenir en el
proceso de toma de decisiones, que determinaría el destino de Alemania y de
Europa después de la guerra.
La actitud de
Roosevelt a este respecto contrastaba con la de su sucesor, Harry Truman, que
se revelaría como campeón de la línea dura churchillista respecto a Stalin. Sin
embargo, las obvias diferencias en la política respecto a los soviéticos de los
dos presidentes americanos, realmente no lo eran en función de su personalidad,
como suele sugerirse en los libros de historia del tipo «Grandes Hombres de la
Historia de la Humanidad». Los principales determinantes fueron los drásticos
cambios en las circunstancias de la guerra y otros acontecimientos con los que
se enfrentaron los líderes de Washington después de la muerte de Roosevelt, no
sólo el nuevo presidente, sino los principales consejeros que antes habían
ayudado a configurar la política exterior de su antecesor. Ellos se enfrentaban
a una situación totalmente nueva, con dificultades y oportunidades totalmente
diferentes. De forma inexorable la nueva serie de
Página 126
circunstancias originaba una nueva línea respecto a la política exterior
americana en general y a sus relaciones con la URSS en particular. ¿Qué
circunstancias cambiaron la guerra y cuáles fueron los hechos que acaecieron a
la muerte de Roosevelt y entrada de Truman en la Casa Blanca?
Primero, hasta
principios de 1945 Roosevelt estaba profundamente preocupado por un problema
que pronto dejaría de serlo para su sucesor, que era la guerra contra Japón.
Esta guerra siempre había preocupado más a los americanos que el conflicto
europeo, aunque Washington había ya acordado con Londres que primero ajustarían
las cuentas al enemigo europeo, Alemania. En esta guerra, que se llevó a cabo
en el Océano Pacifico, los Estados Unidos tuvieron serias dificultades durante
los meses siguientes al ataque japonés por sorpresa a Pearl Harbor. Los
japoneses resultaron ser unos oponentes duros, aunque la parte principal de su
ejército estaba destinada en China y por tanto apenas podía intervenir en la
lucha contra los americanos. Como consecuencia parecía que la guerra contra
Japón sería costosa y larga, y esto era motivo de gran preocupación para
Roosevelt
Para los americanos
hubiera sido extremadamente ventajoso que la URSS declarara la guerra a Japón y
atacara al ejército japonés en el norte de China. De hecho Roosevelt había
informado a Stalin en 1942 de que esperaba esta intervención soviética a cambio
de la ayuda que los soviéticos habían recibido en su lucha contra los nazis y
como un quid pro quo para la benevolencia americana respecto a
las expectativas soviéticas en Europa Oriental después de la
guerra. Sin embargo, como Japón, la URSS no podía permitirse el lujo de
mantener dos frentes de guerra. En diciembre de 1941 Tokyo evitó declarar la
guerra a los soviéticos, como Hitler había esperado que hiciera. Los japoneses
se dieron cuenta de que ya tenían bastante entre manos con la lucha contra los
americanos y sus aliados en el Pacifico, como Australia. De la misma forma,
Stalin evitaría declarar la guerra a Japón mientras el Ejército Rojo estuviera
luchando a vida o muerte con la máquina de guerra nazi.
Con ocasión de la
Conferencia de Teherán en noviembre de 1943, Stalin había prometido a Roosevelt
declarar la guerra a Japón tres meses
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después del final de la guerra en Europa. El presidente americano estaba
encantado, pero le preocupaba que Stalin no mantuviera su palabra, lo cual
podía ocurrir en el caso de que británicos y americanos no le satisficieran
suficientemente respecto a Europa Oriental. Por eso Roosevelt quería acomodarse
más a los deseos del Secretario General. En Yalta Roosevelt le recordó su
promesa e incluso le hizo ofertas adicionales, como el consentimiento americano
a que la URSS recuperase territorios del lejano oriente, que la Rusia zarista
había perdido con Japón como resultado de la guerra ruso-japonesa de 1904-1905.
Había otra razón
por la que Roosevelt estaba mucho más dispuesto que Churchill, y que más tarde
Truman, a cooperar con Stalin. Los Estados Unidos habían entrado en la guerra
en Europa relativamente tarde, pero pertenecían a la muy restringida élite de
vencedores que determinarían el destino de Europa en la posguerra, de lo que se
derivarían sustanciales beneficios, no en forma de ganancias territoriales,
pero si en forma de gran prestigio internacional y —lo que era más importante—
de toda clase de ventajas militares, diplomáticas y económicas. Después de una
intervención militar relativamente limitada, que comparativamente había
requerido ligeros sacrificios, los americanos se beneficiaban de una influencia
desproporcionadamente grande en la Europa de posguerra, o al menos en la parte
más prospera e importante del continente, Europa Occidental. Roosevelt sabía
bien lo afortunados que eran los Estados Unidos a este respecto y por eso no
escatimó a la Unión Soviética migajas tales como la Línea Curzon y su posible
considerable influencia en los asuntos de la parte menos importante de Europa,
la oriental.
Roosevelt tenía
poca o ninguna razón para seguir una línea dura en su política con Stalin y
además todavía esperaba ayuda militar de los soviéticos contra Japón. Aún así
no debe sobreestimarse la buena voluntad de Roosevelt hacia su aliado
soviético. Los argumentos de Churchill a favor de esa línea dura contaban con
la aprobación y el apoyo de un considerable número de consejeros de Roosevelt,
por lo que dichos argumentos no dejaron de influir en el presidente americano.
Hay dos maneras de hacer que un burro testarudo trabaje: con una zanahoria o
con un palo. Roosevelt prefería la zanahoria pero también estaba preparado para
coger el palo, o al menos amenazar con él. Quizá se inspiró en este
Página 128
aspecto en su homónimo y predecesor en la Casa Blanca, Theodore
Roosevelt, cuyo lema en política exterior era «habla con suavidad, pero llévate
un buen bastón». La participación americana en el bombardeo de Dresde, empresa
que muy bien pudiera haber llevado a cabo la RAF sola, demostraba que Roosevelt
no ponía objeciones al uso ocasional de estratagemas de intimidación, típicas
de la línea dura invocada por Churchill.
Roosevelt murió el
12 de abril de 1945. Su sucesor fue Harry Truman, un convencido campeón de la
línea dura con Stalin. «Si Truman trajo algo a la Casa Blanca», escribe
Parenti, «fue la urgencia de ser duro con el Kremlin». Sin embargo, esto tuvo
poco que ver con las innegables e importantes diferencias de personalidad de
ambos presidentes. La decisión de Truman de cambiar de línea la determinaron
las circunstancias de la guerra y las opciones americanas en política exterior,
que habían cambiado drásticamente durante el par de meses que transcurrieron
entre la Conferencia de Yalta y la muerte de Roosevelt.
El dialogo y la
cooperación con Stalin siempre habían contado con el favor de los aliados
occidentales mientras el Ejército Rojo hacía buenos progresos y por tanto era
capaz de crear faits accomplis ventajosos para los soviéticos.
Por el contrario, los aliados occidentales no tenían interés en el dialogo con
Stalin cuando eran los ejércitos angloamericanos los que se movían, como por
ejemplo durante la liberación de Italia y Francia. La preferencia más reciente
de Roosevelt por la línea blanda hacia los soviéticos, ejemplificada en los
acuerdos de Yalta, fue después de una serie de importantes éxitos militares del
Ejército Rojo y simultáneos pasos atrás de las tropas angloamericanas. En el
momento de celebrarse la Conferencia de Yalta, el general Zhukov ya había
llegado al Oder, a menos de cien kilómetros de Berlín, mientras que los
americanos todavía estaban curándose las heridas sufridas durante la
contraofensiva de von Rundstedt en Las Ardenas. Sin embargo, después de eso el
Ejército Rojo estuvo sin moverse durante semanas, y al morir Roosevelt las
tropas de Zhukov seguían en las cenagosas orillas del Oder.
Mientras tanto la
situación había cambiado drásticamente en el frente occidental. A primeros de
febrero americanos, británicos y canadienses
Página 129
habían lanzado una ofensiva junto al Rin. Al principio las cosas no
fueron muy bien, pero después consiguieron cruzar el río. Primero los
americanos en Remagen, cerca de Coblenza, el 7 de marzo, y después los
británicos más al norte, cerca de Wesel, el 23 del mismo mes. A partir de ese
momento hicieron un progreso excelente, ya que la resistencia alemana en el
oeste se iba diluyendo como la nieve con el sol de primavera. Los alemanes
trasladaban más y más tropas al frente oriental, como observa Carolyn Woods
Eisenberg:
«A finales de marzo
hacían frente a americanos y británicos menos de treinta divisiones, mientras
que en el este, frente a los soviéticos, batallaban más de ciento cincuenta
divisiones. Esto posibilitó la entrada de los aliados en Alemania, ganando cada
vez más terreno. Al morir Roosevelt los americanos estaban a la misma distancia
de Berlín que los soviéticos, que ahora estaban dispuestos a reanudar su propio
avance».
Era evidente que
ahora los soviéticos ya no serían capaces de crear faits accomplis favorables
a sus deseos. Sólo poco antes se había temido que el Ejército Rojo
liberase también Dinamarca, con lo que después de la guerra hubieran podido
dominar Escandinavia. Sin embargo esta situación la evitó un rápido avance
británico en la costa báltica, junto a Lübeck, que fue posible gracias a la
carencia de resistencia alemana seria. Más al sur los americanos hicieron
buenos progresos en dirección a Pilsen y Praga, en Checoslovaquia, otra pieza
del entramado europeo que británicos y americanos no se hubieran atrevido a
ambicionar unos meses antes. Al final, y después de todo, el Ejército Rojo fue
el primero en entrar en Berlín. Los soviéticos abrieron fuego sobre la capital
alemana el 20 de abril. Cerraron el cerco a la ciudad el 25 de abril, el mismo
día que su vanguardia encontró a exploradores americanos más al suroeste, en la
ciudad de Torgan, sobre el Elba. Berlín capituló el 2 de mayo de 1945, pero la
captura de la capital alemana costó al Ejército Rojo no menos de 100 000
hombres. Este precio fue casi tan alto como las pérdidas totales americanas en Europa
durante toda la Segunda Guerra Mundial.
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Por tanto hacia el final de la guerra en Europa la situación de los
aliados occidentales, comparada con la de los soviéticos, había mejorado
drásticamente en sólo dos meses. El Ejército Rojo se instaló cómodamente en
Berlín, pero los americanos, los británicos y sus aliados canadienses y
franceses habían conquistado una parte de Alemania mucho más importante de la
que nunca se hubieran atrevido a soñar en Yalta. En algunas zonas las tropas
americanas habían colocado su demarcación mucho más al este de la línea de
ocupación acordada en Yalta, línea que entonces pareció muy ventajosa para los
aliados occidentales. La vanguardia del ejército americano se encontraba en
Leipzig, esto es, en medio de la zona de ocupación reservada para los
soviéticos. Ni a Churchill ni a ciertos líderes americanos (como el general
Patton) les gustaba la idea de evacuar este territorio a favor de los
soviéticos, y los «luchadores de la Guerra Fría» lamentarían más tarde con
frecuencia el que no se permitiera prevalecer las ideas de estos halcones. Sin
embargo una violación de los acuerdos de Yalta de ese calibre hubiera sido
contraproducente, ya que entonces los soviéticos se hubieran negado a
establecer un sector occidental en Berlín (más tarde Berlín oeste) como se
había acordado en Yalta. Por eso a mediados de junio de 1945, y después de
muchas dilaciones, el presidente Truman dio la orden a las tropas americanas de
retirarse tras la línea de demarcación de lo que más tarde sería la frontera
entre Alemania Occidental y Alemania Oriental.
Ahora que las
tropas americanas y británicas habían conquistado la parte más grande e
importante de Alemania y habían penetrado profundamente en Europa Central, la
línea blanda respecto a Stalin no tenía sentido. El presidente americano de
nuevo cuño, Truman, un político simplista, procedente del no muy cosmopolita
estado de Missouri, no había estado implicado en las delicadas negociaciones de
los Tres Grandes. Es más, entendía poco o nada las preocupaciones y
aspiraciones de Stalin, el líder de un país que había sacado las castañas del
fuego a los aliados, pero que a pesar de todo era considerado por Truman como
la Babilonia bolchevique, el «imperio del mal», como lo denominaría cuarenta
años más tarde el presidente y exactor Ronald Reagan, en lenguaje de películas
como «La Guerra de las Galaxias». En contraste con Roosevelt, el nuevo
presidente americano no apreciaba las ventajas de la zanahoria y los riesgos
del palo en sus relaciones con los soviéticos.
Página 131
Además, poco después de su llegada a la Casa Blanca, Truman se daría
cuenta de que dentro del previsible futuro, probablemente tendría a su
disposición un nuevo instrumento para imponer la voluntad de Washington sobre
la URSS. Este instrumento era la bomba atómica, aunque ésta todavía, en la
primavera de 1945, no jugaba un papel significativo en la diplomacia americana.
Sólo durante los últimos meses de guerra, es decir en el verano de 1945, Truman
jugaría la carta de la «diplomacia nuclear», lo cual analizaremos más tarde.
Página 132
14. ¿UNA
CRUZADA ANTISOVIÉTICA JUNTO CON LOS ALEMANES?
LOS aliados
occidentales estuvieron obsesionados durante algún tiempo
por la seductora
posibilidad —invocada de vez en cuando por el ministro de propaganda nazi
Joseph Goebbels— de un armisticio separado con Alemania. Tal acuerdo ofrecía la
perspectiva de la cooperación angloamericana con los alemanes para sacar de
Europa Oriental al Ejército Rojo e incluso la posibilidad de eliminar al estado
soviético —un puñal clavado en el costado del orden capitalista del mundo desde
1917— de la faz de la tierra. Aún en pura teoría, la posibilidad de tal renversement
des alliances era útil para americanos y británicos porque suponía un
motivo
de preocupación
para Stalin —como lo fue la demostración de Dresde— y le mantenía más
acomodaticio en el momento de los grandes éxitos del Ejército Rojo. La llamada
«opción alemana» constituía un elemento importante de la línea dura con la
URSS, el «palo» por el que americanos y británicos optaban cada vez más en la
primavera y principios del verano de 1945. Lo que es más, tal escenario se
hacía cada vez más posible durante los días finales de la guerra en Europa.
Que Washington y
Londres pudieran llegar a un acuerdo «con los nazis» era simplemente
impensable. Pero el servicio secreto americano, la OSS (Oficina de Servicios
Estratégicos, predecesora de la Agencia Central de Inteligencia, CIA) ya venía
considerando durante algún tiempo la posibilidad de que pudieran llegar al
poder en Berlín personas que, al contrario que los nazis, fueran socios
aceptables para americanos y británicos. Esto podía ocurrir por medio de
un coup d’etat, quizá organizado por la Wehrmacht. Con
tales interlocutores los americanos ya podían hablar de cosas como: la
capitulación alemana en el frente occidental, la rápida ocupación del
territorio alemán por los aliados
Página 133
occidentales después de la capitulación, la posibilidad de que la Wehrmacht pudiese
continuar la lucha en el frente oriental y, eventualmente, el
acuerdo de una postura común frente a los soviéticos. No fue una coincidencia
que la OSS estuviese interesada en tal situación; de acuerdo con el historiador
alemán Jürgen Bruhn, esta organización secreta era:
«Socialmente
hablando, una mezcla de altos dirigentes de la industria americana, banqueros y
abogados de Wall Street, científicos, militares de alta graduación, políticos y
los llamados Intelectuales de la Defensa. La OSS obviamente representaba los
círculos de poder de América… Los hombres de la OSS estaban todavía preocupados
con el trabajo de derrotar al nacionalsocialismo, pero a la vez también
planificaban cómo liquidar a la Unión Soviética como entidad política, o al
menos reducir al mínimo su influencia en la posguerra».
La política de la
OSS estaba muy influenciada por un grupo de hombres de negocios, abogados
(incluyendo al último Secretario de Estado, John Foster Dulles) y políticos que
ya eran conocidos por su actitud antibolchevique y filofascista mucho antes de
estallar la Segunda Guerra Mundial y que durante la guerra continuaron
manteniendo sus conexiones con alemanes «respetables», a través de países
neutrales. La OSS había establecido contacto con ciertos líderes políticos y
militares alemanes que constituían lo que en la historia se conoce como
«oposición antinazi», aunque la mayoría de estos hombres habían apoyado a
Hitler con gran entusiasmo en el momento de sus triunfos. Los miembros de este
grupo heterogéneo recibían el nombre de «rompedores» por parte de Allen Dulles,
agente de la OSS en Suiza y hermano de John Foster Dulles, así como antiguo
socio suyo en Nueva York en la firma de abogados Sullivan & Cronwell. Unos
cuantos de estos «rompedores» tenían grandes esperanzas en su propia versión de
la «Opción Alemana», que consistía en reemplazar a los nazis por una junta
militar que llegara a un acuerdo antisoviético con los aliados occidentales.
Así esperaban mantener para Alemania la mayor parte posible de las conquistas
territoriales
Página 134
conseguidas por Hitler en Europa Oriental. Sin embargo, los contactos
entre la OSS y los «rompedores» no habían producido ningún resultado concreto y
las perspectivas de este tipo de acuerdo germano-americano parecían
virtualmente nulas después de que los líderes de la oposición alemana fueran
eliminados por los nazis, como resultado del atentado fallido contra la vida de
Hitler, el 20 de julio de 1944.
Después del
suicidio de Hitler, el 30 de abril de 1945, a los americanos y británicos se
les presentó una nueva y quizá última oportunidad de encontrar interlocutores
respetables en Alemania. Nazis como el jefe de las S. S. Heinrich Himmler
también ofrecieron sus servicios, pero carecían del requisito crucial de
respetabilidad. Por otra parte, generales de la tradicional aristocracia
prusiana, oficiales de alto rango de la Wehrmacht que habían
adquirido reputación de honorabilidad, con o sin razón, en el mundo occidental,
también hubieran podido ser socios alemanes conservadores para los aliados
occidentales, que habrían hecho posible la firma de un armisticio y el inicio
de una cruzada común contra el Ejército Rojo. En cualquier caso, esta opción se
convirtió en una propuesta realista para la política americana durante los
últimos días de la guerra en Europa, cuando el sucesor de Hitler parecía no ser
otro fanático nazi sino un respetable militar, el almirante Dönitz. No parece
imposible que Hitler tuviera prevista esta situación y por tanto hubiese
escogido como sucesor al almirante, en vez de a uno de sus leales nazis.
Nunca se hizo
realidad la monstruosa alianza entre angloamericanos y alemanes contra los
soviéticos. Sin embargo, el interés demostrado por Washington y Londres en ella
no fue puramente teórico; se llevaron a cabo preparativos para la misma «por si
acaso», solía decirse. Por ejemplo, es un hecho que muchas unidades alemanas se
mantuvieron secretamente dispuestas para su posible uso contra el Ejército
Rojo. Churchill, que no sin razón tenía en alta estima la capacidad de lucha de
los soldados alemanes, le dio al Mariscal Montgomery una orden en ese sentido
durante los últimos días de guerra, lo que se supo mucho más tarde, en
noviembre de 1954. Dispuso que tropas de la Wehrmacht, que se
habían rendido en el noroeste de Alemania y en Noruega, retuvieran sus
uniformes e incluso sus armas y permanecieran bajo el mando de sus propios
oficiales, porque pensaba en su potencial utilización si se generaban
hostilidades contra los
Página 135
soviéticos. En Holanda, a las unidades alemanas que se habían rendido a
los canadienses se les permitió usar sus armas, el 13 de mayo de 1945, para
ejecutar a dos de sus propios desertores. Generales como Kesselring tuvieron
permiso de los americanos para permanecer al mando de sus tropas capturadas y
moverse libremente entre sus soldados. El mismo tratamiento inusual se dio al
propio sucesor de Hitler en el sector británico. El almirante Dönitz declaró en
una emisión de radio que, en adelante, Alemania sólo querría luchar contra el
bolchevismo. Aparentemente, él y sus más allegados se veían así mismos como
potenciales socios de los aliados occidentales contra los soviéticos. Por otro
lado, los británicos, con su característica debilidad por los marinos, probablemente
creían ver en el almirante al respetable líder alemán con quién se podría
llegar a acuerdos antisoviéticos. En cualquier caso, al sucesor de Hitler y a
sus colegas inicialmente se les trató por parte británica con guantes de seda.
Sólo fueron puestos bajo arresto el 23 de mayo de 1945, dos semanas más tarde
de la capitulación alemana y sólo después de que el general Eisenhower diera
una orden específica a tal efecto.
Se mantuvieron
soldados alemanes dispuestos para su uso contra el Ejército Rojo, pero eso no
fue todo. Oficiales alemanes prisioneros recibieron instrucciones para escribir
informes sobre sus experiencias en la guerra contra la URSS en el frente
oriental. Informes con títulos tales como «Batallas en los Bosques y Pantanos
Rusos» o «La Guerra en los Territorios del Extremo Norte». La información
recogida en estos informes fue particularmente interesante para los mandos del
ejército americano, porque se estaba contemplando una nueva versión de la
«Operación Barbarroja», el ataque de Hitler a la Unión Soviética. Para evitar
una repetición del fracaso de la «Barbarroja» original, las autoridades
americanas estaban dispuestas a utilizar cualquier posible ventaja. Sin ningún
pudor usaron espías nazis, como Reinhard Gehlen y personal de alto rango de las
SS, que estaban dispuestos a compartir su experiencia en la guerra contra la
URSS con los servicios de información americanos y a poner a estos servicios en
contacto con agentes nazis tras las líneas del Ejército Rojo. Incluso muchos
criminales de guerra notorios (como Mengele y Barbie) estuvieron bajo la
protección de los americanos; después de informar se les suministró
documentación falsa y se les envió a una nueva y segura vida en América del
Sur, o del Norte.
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Este coladero
americano de toda clase de criminales de guerra de Europa Central y Oriental
(no sólo de Alemania, sino también de Croacia, Ucrania y otros lugares como por
supuesto Italia), contó con la activa cooperación y visto bueno del Vaticano,
que había simpatizado con los poderes fascistas antes y durante la guerra y que
ahora estaba ansioso por salvar a los nazis y a sus colaboradores cuyos
crímenes de guerra habían hecho mirar diplomáticamente para otro lado al Papa
Pío XII. La ayuda americana a conocidos criminales de guerra puede parecer
extraña a primera vista, pero no es difícil de entender cuando uno se da cuenta
de que en la primavera de 1945 los líderes americanos y británicos pensaban
seriamente en el proyecto de una cruzada antisoviética junto con los alemanes y
que por tanto, hacían preparativos para tal eventualidad.
Sin embargo, era
extremadamente dudoso que la opinión pública americana y la de los países
liberados en Europa, hubiera tolerado tal aventura junto a los alemanes. Había
que tener en cuenta, por ejemplo, el precedente histórico de la intervención
antibolchevique en la guerra civil rusa justo después de la Primera Guerra
Mundial. Esta intervención hubo de abandonarse debido a la ausencia absoluta de
apoyo popular en todos los países occidentales. Además, desde el final de 1941
el gobierno y los medios de comunicación americanos habían estado convenciendo
a la gente de que «el enemigo» no eran los soviéticos sino los nazis y que los
hombres del Ejército Rojo habían luchado hombro con hombro con sus soldados por
la justicia y la libertad. También es cierto que en EE. UU. se dio pronto la
señal para el nuevo lavado de cerebro colectivo de la población, mediante el
cual, los villanos eran los soviéticos y no los nazis. Pero en la primavera de
1945 todavía el aliado soviético contaba con el aprecio del pueblo americano,
así como de los soldados americanos estacionados en Europa. Una encuesta Gallup
en marzo de 1945 reveló que no menos del 55% de los americanos deseaba que su
país siguiera manteniendo a la URSS como aliado después de la guerra. En cuanto
a los soldados americanos, sentían por sus camaradas del Ejército Rojo, casi
sin excepción, una mezcla de simpatía, admiración y respeto. Recordando aquella
época, un veterano de guerra americano expresaba sus sentimientos como sigue:
Página 137
«Sabíamos que los rusos habían tenido enormes pérdidas en el frente
oriental y que realmente habían roto al ejército alemán. Nosotros hubiéramos
pasado infinitamente más penalidades y miseria de no haber sido por ellos.
Recuerdo haber dicho que si los encontrara no dudaría en besarles. No oí nada
contra los rusos. En la campaña final en Baviera estábamos en el ejército de
Patton. Patton dijo que debíamos continuar [hasta Moscú]. Para mi ésa era una
idea impensable. Los rusos nos habrían liquidado. No creo que nadie tuviera
estómago para luchar contra ellos. Estábamos bien informados por los periódicos
y los noticiarios sobre Stalingrado».
Los sentimientos
positivos de los soldados americanos respecto a los soviéticos se reflejaban
claramente en los resultados de las encuestas de opinión, a las que las
autoridades políticas y militares americanas prestaban mucha atención en la
primavera de 1945. Washington era muy sensible a la forma de pensar del pueblo
y del ejército. Además al final de la guerra, y a través de claras peticiones y
demostraciones, en otras palabras, por medio de la temida arma de la acción
colectiva, quedó claro que los soldados no estaban dispuestos a ser utilizados
en aventuras antisoviéticas en Europa ni en ninguna otra parte. Bajo estas
circunstancias la cruzada antisoviética junto con los nazis, o con quien quiera
que les sucediera en Berlín, era un sueño imposible en la primavera de 1945, no
importa lo atractiva que tal cosa pareciera a los ojos de ciertos líderes
americanos y británicos.
Los angloamericanos
parecían encantados con las propuestas de una rendición exclusivamente en el
frente occidental, propuestas que hacían los alemanes una y otra vez a
condición de que se le permitiera a la Wehrmacht seguir
luchando contra los soviéticos en el frente oriental. Tal capitulación
violaba claramente los acuerdos entre los aliados, pero sus ventajas
potenciales eran particularmente atractivas para americanos y británicos.
Hubiera significado por ejemplo que habrían caído en manos británicas y americanas
muchas más unidades de la Wehrmacht que las capturadas por el
Ejército Rojo, cuyo uso hubiera sido posible en la cruzada de Alemania
Occidental contra los soviéticos. Esta posibilidad era
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objeto de grandes esperanzas por parte de Dönitz y muchos otros
generales alemanes, pero también por parte de numerosos oficiales de alto rango
de los aliados occidentales, que soñaban con una marcha hasta Moscú, hombro con
hombro con la Wehrmacht, en una conversación telefónica con el
general Joseph T. McNarney, el general Patton mencionaba este hecho:
«Vamos a pelear
contra ellos [los soviéticos] más pronto o más tarde… ¿Por qué no ahora, que
nuestro ejército está intacto y podríamos hacer volver a Rusia en tres meses a
los malditos soviéticos? Podemos hacerlo fácilmente con la ayuda de las tropas
alemanas que tenemos, sólo con armarlas y llevarlas con nosotros; odian a esos
bastardos. En diez días podría crear los suficientes incidentes como para
entrar en guerra con esos hijos de perra y echarles la culpa a ellos. Así
tendríamos una completa justificación para atacarles».
Patton podría
considerarse un caso extremo pero, como dicen los historiadores americanos
Russel D. Buhite y W. Christopher Hamel, «no fue sólo el sin par general quién
comenzó a considerar una guerra preventiva contra la URSS en 1945».
Desde la
perspectiva de los aliados occidentales, las ofertas alemanas de rendición en
el frente occidental eran tentadoras aún cuando no se pensara en una posterior
cruzada antisoviética común. Mientras que los soviéticos hubieran tenido que
luchar durante muchos días extra para vencer los últimos focos de resistencia
de la Wehrmacht, los americanos y británicos podrían ya haber
comenzado a recuperarse de sus esfuerzos. Cuanto más débiles terminaran la
guerra los soviéticos, mejor para Washington y Londres. Aunque Moscú siguiera
siendo un socio, se prefería un socio débil a uno fuerte porque del débil sería
más sencillo obtener concesiones durante las negociaciones venideras sobre
asuntos delicados, tales como la modificación de fronteras, el problema polaco,
las reparaciones alemanas, etc.
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Había también otras razones para que las ofertas alemanas de rendición
en el frente occidental despertaran el interés de los americanos. El prestigio
de los aliados occidentales se incrementaría en proporción directa al número de
unidades del ejército alemán que se les rindiesen. Esto podría compensar el
hecho de que el Ejército Rojo había obtenido la gloria de tomar Berlín. Una
consideración de cierta importancia para el futuro era además que, aceptando
las ofertas alemanas de capitulación, los americanos y británicos podían
comenzar a captar sentimientos de aprecio por parte de la población alemana,
que había sufrido terriblemente sus bombardeos aéreos. Los civiles alemanes
estaban obsesionados con la Russenangst, es decir, el temor
justificado a la venganza de los invasores soviéticos, porque
conocían muy bien lo que los nazis le habían hecho a la Unión Soviética.
Pensaban que era posible escapar a esta venganza si británicos y americanos
aceptaban las ofertas que en número creciente iban recibiendo de las
autoridades civiles y militares alemanas. Como consecuencia, la capitulación
alemana en el oeste parecía contener gran potencial como instrumento de
relaciones públicas, porque permitiría a los angloamericanos aparecer ante el
mundo, no sólo como los orgullosos conquistadores de la Alemania nazi, sino
también como los magnánimos protectores de la población alemana contra las
hordas bolcheviques, descendientes de Gengis Khan.
Una rendición
general alemana no podía ser aceptada por americanos y británicos sin la
presencia de su socio soviético, porque eso habría constituido una violación
demasiado flagrante de los acuerdos interaliados. Sin embargo, en presencia de
los soviéticos no se podían tomar acuerdos que fueran ventajosos para el lado
occidental y los alemanes y no para los soviéticos. Por otra parte, nada podía
impedir a americanos y británicos aceptar una rendición «local» o «separada»,
de la que se derivaran para ellos ciertos beneficios.
Los americanos no
esperaron hasta los últimos días de la guerra para hablar con los alemanes
sobre rendiciones «individuales». Ya en marzo de 1945, tuvieron lugar
negociaciones en Berna, capital federal de la neutral Suiza, entre el agente
del Servicio secreto americano Allen Dulles y el general de las SS (y notorio
criminal de guerra) Karl Wolf. Dulles era el agente de la OSS que previamente
había estado en contacto con los
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«rompedores» alemanes; más tarde, como jefe de la CIA, reclutaría a
antiguos nazis y todavía más tarde sería el responsable del fracasado intento
de Bahía Cochinos en la Cuba de Fidel Castro. Las negociaciones de Berna,
conocidas con el nombre clave de «Operación Amanecer», contemplaban la
posibilidad de una capitulación alemana en el frente italiano. Los americanos
perseguían dos ventajas que comprensiblemente deseaban mantener secretas para
los soviéticos y por las cuales Wolf esperaba un quid pro quo para
sí mismo por parte americana, en forma de inmunidad para sus crímenes de
guerra. (Como comandante de un Einsatzgruppe de las SS en la
Unión Soviética, Wolf había sido responsable de la muerte de unas
300 000 personas). Los dos beneficios perseguidos por los americanos eran:
primero, que en el caso de rendición alemana en el norte de Italia, los
influyentes partisanos comunistas fuesen eliminados como factor político y
militar con ayuda alemana; segundo, que la capitulación alemana permitiese a
los ejércitos británicos y americanos estacionados en Italia avanzar
rápidamente hacia el norte para detener el progreso que habían hecho los
partisanos del comunista yugoslavo Tito en dirección a las fronteras italiana y
austríaca.
Los soviéticos
fueron eventualmente informados de los asuntos de Berna, pero su petición de
participar en las negociaciones fue denegada. Hubo una protesta del receloso
Stalin y Roosevelt no quiso arriesgarse a una confrontación con Moscú por este
tema. Como ya habían surgido algunas dudas sobre la utilidad de los contactos
de Dulles, la «Operación Amanecer» se dio por terminada sin más. Mientras
tanto, Dulles y Wolf se habían hecho buenos amigos y el futuro jefe de la CIA,
ayudaría a que después de la guerra el general de las SS no fuera molestado a
causa de sus crímenes de guerra. El resultado de la iniciativa de Berna fue el
deterioro de las relaciones entre los aliados occidentales y sus socios
soviéticos; desde entonces los soviéticos estuvieron particularmente suspicaces
siempre que se hablaba de capitulaciones separadas. Aún así los angloamericanos
fueron incapaces de resistir la tentación de responder a las ofertas alemanas,
a espaldas de su aliado soviético. Cuanto más se aproximaba el fin para los alemanes,
más ofertas de capitulación llegaban al mando aliado occidental.
Página 141
Durante los primeros días de mayo de 1945, un alto oficial americano
aceptó una rendición «local» de los alemanes a orillas del Elba. El resultado
fue que el grueso del doceavo ejército del general Wenck, que hasta ese momento
había estado luchando contra los soviéticos, pudo deslizarse tras las líneas
americanas. Esta indulgencia americana fue un alivio para sus enemigos
alemanes, que escaparon a miles de ser hechos prisioneros por los soviéticos,
pero creó problemas a estos últimos, que tuvieron que estar tres días más
haciendo frente a la retaguardia de Wenck. La capitulación, o más bien el
rescate del ejército de Wenck, no fue un incidente aislado. De acuerdo con el
general alemán Kurt von Tippelskirch «batallones alemanes enteros
desaparecieron en el último momento tras las líneas americanas» durante los
días finales de la guerra. Esto incluía a cientos de miles de soldados
alemanes, aproximadamente la mitad de las tropas de la Wehrmacht que
habían estado luchando en el frente oriental.
Se había sugerido
que los oficiales americanos que aceptaron estas rendiciones separadas se
movieron exclusivamente por consideraciones humanitarias, es decir, para
permitir escapar a los refugiados civiles alemanes a la sed de venganza
soviética. Pero este argumento no es convincente considerando ciertos factores.
Primero, los términos de las rendiciones individuales usualmente daban
prioridad a los militares, por lo que los civiles a veces eran incapaces de
atravesar a tiempo las líneas americanas. Segundo, los refugiados alemanes a
veces tenían que hacer frente a un destino peor, por ejemplo, cuando los
soviéticos al darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, bombardeaban las rutas
de escape con fuego extra de artillería. En el caso del rescate del ejército de
Wenck, no sólo civiles alemanes, sino también soldados americanos perecieron en
las orillas del Elba por esta causa. Tercero, si bien es cierto que los
soviéticos infligieron un terrible castigo durante el invierno de 1944-45
cuando invadieron Prusia oriental, que afectó a inocentes civiles, a partir de
ahí se restauró la disciplina en el Ejército Rojo. En la primavera de 1945, la
conquista soviética de Alemania, transcurrió generalmente sin atrocidades, por
lo que la intervención «humanitaria» americana, no era necesaria. Cuarto, este
humanitarismo americano podría aliviar a los alemanes, es decir, a sus
enemigos, pero también causaba pérdidas innecesarias a sus aliados, los
soviéticos. El autor alemán de un estudio sobre el asunto del ejército de Wenck,
señala que el papel americano en esta rendición fue
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«incuestionablemente incorrecto respecto a su aliado soviético». Si
hubiera habido algún humanitarismo en él, habría sido muy selectivo, es decir,
con fines antisoviéticos.
También hay que
considerar otro factor. Mientras que podría ser cierto que civiles inocentes
escaparan a teóricas penalidades gracias a las rendiciones locales, tales
rendiciones también permitieron eludir el castigo a los criminales de guerra,
ya que los Mengeles y Barbies jamás hubieran obtenido de los soviéticos
billetes para América del Sur. Además, con respecto al humanitarismo también
hay que apuntar que los prisioneros de guerra alemanes eran frecuentemente
maltratados por los propios americanos, como el historiador canadiense James
Bacque ha señalado en un controvertido estudio.
Finalmente, una
observación respecto a los cientos de miles de soldados alemanes que no
lograron escapar al oeste o que habían sido capturados ya antes por los
soviéticos. Los soviéticos sabían que las rendiciones individuales en el frente
occidental no eran por humanitarismo, sino una maniobra deliberada por (entre
otras cosas) conseguir el máximo posible de unidades alemanas, para usarlas
potencialmente en una empresa común contra la URSS. Ya en ese momento, y
también mucho más tarde, cuando la remilitarización de Alemania Occidental,
Moscú debía considerar la posibilidad de que los círculos revanchistas y
militaristas alemanes pudieran intentar una nueva edición de la «Operación
Barbarroja» con los auspicios occidentales. Teniendo esto en cuenta, se puede
entender que los soviéticos dudaran durante mucho tiempo si liberar a sus
prisioneros de guerra alemanes, que podrían volver a utilizarse en una nueva
cruzada antisoviética. Los cientos de miles de alemanes que perecieron en
cautividad con los soviéticos o que no pudieron regresar a sus hogares hasta
muchos años después de la guerra, pagaron en cierto modo el precio de que en la
primavera de 1945 a muchos de sus camaradas se les permitiera desaparecer tras
las líneas angloamericanas.
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15. EL
TORTUOSO CAMINO HACIA LA (S) RENDICIÓN (ES) ALEMANA (S)
LAS negociaciones
más o menos secretas con los alemanes interesaron
en muchos aspectos
a americanos y británicos durante los meses finales de la guerra en Europa. Se
podía discutir cómo evitar que unidades de la Wehrmacht cayeran
en manos de los soviéticos y como mantenerlas disponibles y en buen
orden para su eventual utilización. También se podía hablar de la posibilidad
de un frente común contra los soviéticos, sobre las formas de eliminar a los
radicales, y por tanto odiosos, grupos de resistencia tras las filas alemanas
(como en Italia) antes de la llegada de los libertadores americanos y
británicos, etc. Tales contactos violaban obviamente los acuerdos entre los
aliados que databan del tiempo de la Conferencia de Casablanca y que
estipulaban que no podía haber negociaciones por separado con los alemanes.
Sin embargo, en
algún momento tenía que haber una capitulación incondicional alemana ante los
Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética. Por razones que ya han sido
citadas, los aliados occidentales preferían que esto ocurriera en el frente
occidental. Los contactos angloamericanos con los alemanes interesaban a
aquéllos, no sólo por las posibles rendiciones individuales, sino también a la
vista de la inminente, y supuestamente incondicional, capitulación general,
cuyos detalles importantes, tales como el lugar de la ceremonia, podían quizá
determinarse por anticipado sin intervención soviética. Había muchas
posibilidades e este respecto, porque los propios alemanes tenían la esperanza
de firmar un armisticio por separado con los poderes occidentales, o si eso no
podía ser, hacer que tantas unidades de la Wehrmacht como
fuera posible cayeran en manos de americanos y británicos, mediante
rendiciones individuales.
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La «Gran Guerra» de
1914/18 terminó con un claro e inequívoco armisticio, en forma de rendición
incondicional alemana, que todo el mundo sabe que tuvo efecto a las 11 horas
del 11º día del 11º mes de 1918. La Segunda Guerra Mundial sin embargo iba a
terminar —al menos en Europa— en medio de intrigas y confusión, y aún hoy
continua habiendo malentendidos respecto al momento y lugar de la capitulación
alemana. La Segunda Guerra Mundial en su «escenario europeo» terminó no con
una, sino con varias capitulaciones alemanas, con una verdadera orgía de
rendiciones.
Comenzó en Italia
el 29 de abril con la capitulación de los ejércitos alemanes del sur de Europa
ante las fuerzas aliadas del mariscal de campo británico Alexander. Entre los
firmantes por el lado alemán estaba el general de las SS Karl Wolf, que antes había
llevado a cabo negociaciones ocultas con los agentes del servicio secreto
americano en Suiza, sobre asuntos como la neutralización de los antifascistas
italianos, para los que no había lugar en los planes angloamericanos de
posguerra en ese país. Stalin volvió a expresar su preocupación por los
arreglos que se estaban llevando a cabo entre los alemanes y los aliados
occidentales en Italia, pero al final dio sus bendiciones a esta capitulación.
Mucha gente en Gran
Bretaña cree aún hoy que la guerra contra Alemania terminó con la rendición
alemana en el cuartel general de otro mariscal de campo británico, Montgomery,
en Luneburg Heath. Obviamente no saben que esta ceremonia tuvo lugar el 4 de mayo
de 1945, es decir, al menos cinco días antes de que los cañones callaran
definitivamente en Europa, y sólo afectó a las tropas alemanas que habían
estado luchando contra el 21° Cuerpo de Ejército británico-canadiense en
Holanda y el norte de Alemania. Por otro lado los canadienses aceptan hoy la
fecha del 5 de mayo como el día de la capitulación separada de las tropas
alemanas en Holanda, en la ceremonia que tuvo lugar en Wageningen, en la
provincia oriental holandesa de Gelderland. Para los británicos es importante y
más agradable creer que los alemanes pidieron el armisticio en el cuartel
general de su propio mariscal de campo Montgomery, lo que para él suponía un
prestigio, ya que su reputación estaba algo deteriorada tras el fracaso de la
«Operación Market Garden», de la que él fue principal artífice.
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En América y en
Europa Occidental el acontecimiento de Luneburg Heath se vio exclusivamente
como una capitulación local, aunque se reconoció que había servido como una
especie de preludio de la definitiva capitulación alemana y el correspondiente
cese del fuego. Por lo que se refiere a americanos, franceses, belgas y otros,
la definitiva rendición alemana tuvo lugar en el cuartel general del general
americano Eisenhower, comandante supremo de las fuerzas aliadas en el frente
occidental, que era una modesta escuela de la ciudad de Reims, el 7 de mayo
1945, por la mañana temprano. Pero este armisticio no tuvo efecto hasta el día
siguiente, 8 de mayo, a las 23:01 horas. Por esta razón aún hoy las ceremonias
conmemorativas en EE. UU. y Europa Occidental tienen lugar el 8 de mayo. Pero
el importante acontecimiento de Reims no fue la ceremonia final de la
rendición. Con el permiso del sucesor de Hitler, el almirante Dönitz, enviados
alemanes llamaron a la puerta de Eisenhower para intentar de nuevo concluir un armisticio
exclusivamente con los aliados occidentales o, caso de fracasar en ese intento,
intentar rescatar de manos soviéticas el mayor número posible de unidades de
la Wehrmacht, mediante rendiciones locales en el frente occidental.
Eisenhower ya no estaba dispuesto a consentir más rendiciones separadas, pero
se daba cuenta de las ventajas potenciales de que podía beneficiarse si el
grueso de la Wehrmacht caía en las manos angloamericanas en
vez de en las soviéticas. También sabía que ésta era una oportunidad única para
inducir a los desesperados alemanes a firmar la rendición general incondicional
en su cuartel general, en forma de un documento que cumpliera con los acuerdos
entre los aliados; este detalle obviamente mejoraría mucho el prestigio de los
Estados Unidos.
El escenario se
preparó en Reims. Primero se hizo venir desde París a un oscuro oficial de
enlace soviético, el general Ivan Susloparov, con objeto de salvar las
apariencias de la participación aliada colegiada. Segundo, mientras que se
dejaba claro para los alemanes que no había lugar a capitulaciones separadas en
el frente occidental, se les hacía una concesión en la forma de convenir que el
armisticio entraría en vigor 45 horas más tarde. Esto se hizo para acomodarse
al deseo alemán de dar la oportunidad al mayor número de unidades de la Wehrmacht de
rendirse a los americanos y británicos. Este intervalo hizo posible trasladar
tropas del
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este, donde se continuaba luchando, al oeste, donde después de las
firmas de Luneburg y Reims apenas se disparó un solo tiro. Los alemanes, cuya
delegación fue encabezada por el general Jodl, firmaron el documento de
capitulación el 7 de mayo a las 2:41 horas, pero las armas no callaron hasta el
8 de mayo a las 23:01 horas. Los jefes locales americanos sólo dejarían de
permitir la huida alemana tras las líneas aliadas cuando la capitulación fue
efectiva. Podría decirse por tanto que el acuerdo firmado en la ciudad de la
Champagne no constituyó una capitulación totalmente «incondicional».
El documento
firmado en Reims dio a los americanos precisamente lo que querían, es decir el
prestigio de la firma de la rendición general alemana en el frente occidental
en el cuartel general de Eisenhower. Los alemanes también consiguieron lo mejor
que podían esperar —ya que su sueño de capitulación sólo a los aliados
occidentales estaba fuera de lugar— que fue un «retraso en la ejecución» de
casi dos días. Durante este tiempo, la lucha continuó sólo en el frente
oriental, e incontables soldados alemanes tuvieron la oportunidad de
desaparecer in extremis tras las líneas angloamericanas.
Sin embargo el
texto de la rendición de Reims no estaba completamente conforme con lo acordado
previamente por americanos, británicos y soviéticos. También era cuestionable
si el representante de la URSS, Susloparov, estaba realmente cualificado para
firmar el documento. Además se comprende que los soviéticos no estuvieran muy
contentos con que a los alemanes se les concediera la posibilidad de seguir
luchando contra el Ejército Rojo dos días más, cuando en el frente occidental
la lucha virtualmente había cesado. La impresión por tanto era que lo que se
había firmado en Reims era de hecho la rendición alemana sólo en el frente
occidental, algo que violaba los acuerdos entre los aliados. Para aclarar las
cosas se decidió organizar una última ceremonia de capitulación, de forma que
lo de Reims quedó como una especie de preludio de la rendición final y/o una
rendición puramente militar, aunque los americanos y los europeos occidentales
continúan conmemorándolo como el verdadero final de la guerra en Europa.
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Fue en Berlín, en el cuartel general del mariscal Zhukov donde se firmó,
el 8 de mayo de 1945, la capitulación final general política y militar alemana
o, dicho en otras palabras, donde se ratificó por parte de todos los aliados el
acto de Reims. Los firmantes por parte alemana, en nombre del almirante Dönitz,
fueron los generales Keitel, von Friedenburg (que había estado presente en
Reims) y Stumpf. Como Zhukov tenía un rango militar inferior al de Eisenhower,
este último tuvo una excusa perfecta para no asistir a la ceremonia entre los
escombros de la capital alemana. Envió al mariscal británico Tedder, lo que por
supuesto quitó lustre a la ceremonia de Berlín respecto a la de Reims.
Por lo que respecta
a los soviéticos y a la mayoría de los países de Europa Oriental, la Segunda
Guerra Mundial terminó con la ceremonia de Berlín el 8 de mayo de 1945, que
supuso que se abandonaran las armas al día siguiente, 9 de mayo. Para los
americanos y la mayoría de los europeos occidentales «la realidad» fue y sigue
siendo que terminó con la firma de Reims el 7 de mayo, siendo efectiva el día 8
de mayo. Mientras que aquellos conmemoran el fin de la guerra el 9 de mayo,
éstos lo hacen el día
8. (Los
holandeses lo hacen el día 5). Que uno de los más grandes dramas de la historia
del mundo tuviera tan confuso e indigno final en Europa fue consecuencia, como
dice Gabriel Kolko, de la forma en que durante los últimos días de guerra los
americanos y británicos quisieron conseguir toda clase de grandes y pequeñas
ventajas, relegando a los soviéticos, en los detalles de la inevitable
capitulación alemana.
La Primera Guerra
Mundial terminó de facto con el armisticio del 11 de noviembre
de 1918 y de jure con la firma del Tratado de Versalles del 28
de junio de 1919. La Segunda Guerra Mundial terminó con una larga serie de
rendiciones, pero nunca hubo un tratado de paz à la versaillaise,
al menos respecto a Alemania. (Los tratados de paz se firmaron con Italia,
Japón, etc). La razón para ello fue que los vencedores —los aliados
occidentales por un lado y los soviéticos por otro— fueron incapaces de llegar
a un acuerdo sobre el destino de Alemania. Como consecuencia, unos pocos años
después de la guerra surgieron dos estados alemanes, lo que virtualmente
imposibilitaba la firma de un tratado de paz que reflejara un acuerdo aceptable
por todas las partes implicadas. Por eso un tratado de paz con Alemania, esto
es, un acuerdo final que contemplara todos los
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puntos sin resolver después de la guerra, tales como la cuestión de la
frontera oriental alemana, sólo fue posible cuando la reunificación de las dos
Alemanias pareció algo factible, a raíz de la caída del muro de Berlín. Y fue
posible en las negociaciones de los «Dos más Cuatro» del verano/otoño de 1990,
negociaciones llevadas a cabo por un lado por los dos estados alemanes y por
otro por los grandes vencedores de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos,
Gran Bretaña, Francia y la Unión Soviética, que impusieron sus condiciones para
la reunificación alemana y clarificaron el estatus del nuevo país reunificado,
teniendo en cuenta no sólo sus propios intereses sino también los de otros
países europeos implicados, como Polonia. El resultado de estas negociaciones
fue una convención que se firmó en Moscú el 12 de septiembre de 1990, la
cual, faute de mieux, puede considerarse el tratado de paz que puso
oficialmente fin a la Segunda Guerra Mundial, al menos respecto a
Alemania.
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16. AMÉRICA
ENTRE LA CONFIANZA Y LA PREOCUPACIÓN
EN LA primavera de
1945 la Alemania nazi se hundió y todo el mundo
sabía que la guerra
contra Japón no iba a durar mucho más. En América se pensaba cada vez más en la
situación de la posguerra. Contemplando el futuro los líderes de EE. UU. eran
optimistas y estaban llenos de confianza, pero también tenían algunas razones
para preocuparse…
Para entonces ya
era más que obvio que los Estados Unidos iban a emerger del conflicto mundial
en mejor forma que ningún otro país. «Cuando [la guerra] terminó», escribe el
historiador americano Richard B. Du Boff, «los enemigos de América estaban
aplastados y los aliados económicamente rotos». Alemania y Japón estaban
derrotados y en ruinas, Francia era una sombra de la antigua grande
nation que fue y Gran Bretaña, exhausta y virtualmente en bancarrota
había cambiado su antiguo estatus de potencia mundial por el papel de socio
pequeño de una fuerte pero asimétrica alianza angloamericana. En cuanto a la
Unión Soviética que había sufrido enormes pérdidas, no parecía que pudiera ser
un rival potencial para los Estados Unidos al final de la guerra. El producto
nacional bruto de América era tres veces más grande que el de la URSS y cinco
veces más grande que el de Gran Bretaña. Los Estados Unidos habían sufrido
relativamente poco —unos 300 000 muertos y un millón de heridos— y tenían a su
disposición no sólo un fantástico poderío militar, sino también un potencial
industrial sans pareil. América era la envidia del mundo entero a
causa de sus enormes reservas de dólares y capital en general, ¡incluyendo dos
terceras partes de todas las reservas de oro y tres cuartas partes de la
inversión total de capital del mundo!
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América era el gran vencedor. Los Estados Unidos se habían convertido en
la mayor potencia del mundo, la única «superpotencia». «Mientras que el resto
del mundo salía [de la guerra] herido, asustado y casi destruido», decía mucho
más tarde un veterano de guerra americano, «nosotros salíamos con la más
increíble maquinaria, herramientas, personal y dinero». Los americanos estaban
en lo alto del mundo y lo sabían. Podían hacer frente al futuro con confianza,
sabiendo que nada ni nadie podía evitar que hicieran lo que quisieran. En los
Estados Unidos se esperaba que el Siglo XX fuese el «Siglo Americano», como el
editor de Life, Henry Luce, predijo en 1941.
A muchos americanos
les gustaba creer que su nación había sido «bendecida por el destino», esto es,
tenía el mandato de llevar a cabo una misión divina en la tierra. En el Siglo
XIX esta misión había consistido en abrir el gigantesco continente norteamericano
«de costa a costa», y ellos habían empujado la frontera del «Salvaje Oeste»
hasta las distantes playas del Pacifico, aunque fuera en detrimento de la
población indígena. Esta tarea ya estaba concluida al cambiar el siglo, por lo
que los americanos se embarcaron en un nuevo mandato divino. Durante la Primera
Guerra Mundial el presidente Wilson predicaba que era el deber de los EE. UU.
enseñar al mundo los beneficios de la democracia y al final de la Segunda
Guerra Mundial a muchos americanos les motivaban esas mismas ideas. La
Humanidad había escapado a las amenazas del fascismo europeo y el militarismo
japonés gracias a los Estados Unidos, y los americanos se sentían llamados a
promocionar sus propias ideas sobre la libertad, la justicia y la democracia en
todas partes, en otras palabras, a crear un nuevo mundo acorde con su propia
visión. Un escritor americano, Lewis Lapham, ha comentado a este respecto que
«los Estados Unidos heredaron la tierra» y que en aquellos momentos los
americanos creían que «habían sido ungidos por Dios».
La primavera de
1945 encontró a los líderes americanos y al pueblo en general con talante
optimista, pero no totalmente libres de preocupaciones.
La crisis de los
años treinta —esencialmente una crisis de superproducción
— había pasado.
Durante la guerra el estado había eliminado el problema clave, el déficit de
demanda, por medio de los contratos de lend-lease, así como los
contratos del propio Departamento de Guerra americano, por uno
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de los cuales se había construido el edificio del Pentágono en
Arlington, a las afueras de Washington. Los gastos militares de la nación se
habían multiplicado por seis entre 1940 y 1941, y entre 1940 y 1945 el estado
americano gastó no menos de 185 000 millones de dólares en tanques, aviones,
barcos y toda clase de material de guerra. Esto supuso un «poderoso estimulo»,
como escribe un historiador americano, para la economía del país. La
participación de los gastos militares en el PNB americano —que había subido
entre 1939 y 1944/45 de aproximadamente 90 000 millones a 200 000 millones de
dólares— se incrementó de un insignificante 1,5% en 1939 a casi un 40% en
1944/45. Para hacer posible este crecimiento, la capacidad industrial del país
se había extendido en forma de incontables fábricas nuevas, más grandes, más
modernas y más productivas. El valor añadido de todas las fábricas americanas y
otros «lugares de producción» había subido de 40 000 millones de dólares en
1939 a 66 000 millones en 1945. De esta forma la economía americana desarrolló
una peligrosa dependencia durante los años de guerra, la dependencia de los
gastos militares del estado.
No sin razón el
«pavo frío» de la posguerra constituía una seria preocupación. Con el final de
la guerra a la vista la perspectiva era que la fuente de los contratos del
Pentágono amenazaba con secarse. Precisamente en ese momento en que el
suministro de productos industriales era más alto que nunca, la demanda
amenazaba con colapsarse. Inevitablemente tendrían que cerrar sus puertas
innumerables factorías, despidiendo a sus empleados, a la vez que cientos de
miles de soldados desmovilizados volvían a casa buscando empleos civiles. El
desempleo resultante de esa temida combinación minaría el poder de compra de
los americanos con lo que decrecería sensiblemente la demanda. Kolko escribe a
este respecto:
«Desde 1942 cundió
la preocupación entre los planificadores de la economía a cuenta del gran
desempleo que podía producirse y hubo una cascada de estudios y opiniones
pesimistas tanto de agencias oficiales como privadas sobre los peligros del
comercio insuficiente, el acceso a las materias primas y las oportunidades de
inversión después de la guerra»
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Paul Samuelson, por
entonces un joven y despreocupado economista, destinado a hacerse famoso y muy
rico como autor de libros de texto para la Universidad, fue uno de los expertos
preocupados por las negras perspectivas; predijo «que cinco millones de americanos
perderían sus empleos o al memos sufrirían una gran reducción en su tiempo de
trabajo como resultado de los recortes del gobierno» cuando terminaran las
hostilidades.
Para la Élite del
Poder americana y para las grandes corporaciones en particular, la reconversión
de la economía americana a las condiciones de los tiempos de paz, amenazaba con
poner un abrupto fin a la bonanza económica de los tiempos de guerra y a los
grandes beneficios que conllevaba. La vuelta a la paz podía enfrentarles a
problemas de desempleo, incluyendo demandas de cambios revolucionarios. América
podía estar condenada a entrar en una crisis aún más traumática que la Gran
Depresión de los «sucios treinta».
Sin embargo
existían medios para hacer que este escenario no se convirtiera en una
realidad. Los gastos militares, por ejemplo, posiblemente podían mantenerse al
nivel requerido después de la guerra. Esto fue una realidad cuando ya en el
momento de la derrota de la Alemania nazi estalló la llamada «Guerra Fría»
contra un antiguo aliado y nuevo enemigo: la Unión Soviética. La bonanza
económica también podía prolongarse si la industria americana podía encontrar
la forma de comercializar sus productos en todo el mundo, lo que anularía la
amenaza de caída de la demanda. Dean Acheson, ayudante del Secretario de Estado
y en aquel momento influyente político, ya había subrayado en noviembre de 1944
ante un comité del Congreso que los Estados Unidos «no podían tener pleno
empleo y prosperidad sin los mercados extranjeros». La mayoría de los líderes
políticos e industriales americanos compartían esa opinión; algunos miembros de
la Élite del Poder americana iban aún más lejos al declarar dramáticamente que
la preservación del sistema capitalista en América dependía de la considerable
expansión del comercio a todo el mundo.
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En los años treinta todos los países buscaron proteger su industria
enferma por medio de aranceles y otras medidas proteccionistas. Un buen ejemplo
podrían ser los aranceles británicos de «Preferencia Imperial», que ya se han
mencionado. Con el Acta de Hawley-Smoot de 1930 los Estados Unidos
incrementaron sus aranceles no menos del 50%. Si fuera posible eliminar estas
prácticas después de la guerra y en vez de eso se aceptara con carácter general
el principio del libre comercio, la industria americana podría hacer grandes
negocios en todo el mundo. La razón para ello era que, como la mayor industria
de la tierra que era, contaba con grandes ventajas competitivas asociadas a lo
que los expertos llaman «economías de escala». Además la modernización y
racionalización requeridas durante la guerra hacían de la americana una
industria eficiente y sumamente competitiva. En el Siglo XIX el Imperio
Británico había propagado activamente el principio del libre comercio, porque
como mayor poder industrial esto le beneficiaba. Exactamente por la misma
razón, cien años más tarde, al final de la Segunda Guerra Mundial, el
gobierno americano
—representado sobre todo por su Secretario de Estado, Cordell Hull— predicaba
ansiosamente el evangelio del libre comercio universal. El libre comercio se
presentaba para los americanos como el remedio contra todos los males
económicos y aún políticos que infectaban el mundo. Algo simplistamente, el
libre comercio fue comparado con la paz entre las naciones, mientras que el
proteccionismo se asociaba al conflicto, la crisis y la guerra.
Los americanos no
esperaron al final de la guerra para establecer las bases del nuevo orden
económico mundial. La ayuda del lend-lease que se proporcionó
a Gran Bretaña se hizo bajo ciertas condiciones que suponían la apertura de la
«economía cerrada» del Imperio Británico a la importación de productos
americanos a largo plazo. Similares expectativas eran aplicables a los acuerdos
de lend-lease con la Unión Soviética. Muchos otros países que,
como Gran Bretaña, estuvieron en una situación económica delicada durante la
guerra y dependieron de la ayuda americana, estaban dispuestos a aceptar las
reglas del futuro orden económico mundial. Acerca de esto el historiador Howard
Zinn escribe lo siguiente:
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«Tras los titulares de batallas y bombardeos, los diplomáticos y hombres
de negocios americanos trabajaban duro silenciosamente para asegurarse de que
al final de la guerra el poder económico americano no tuviera igual en el
mundo… La política de puertas abiertas se extendería de Asia a Europa…»
El principio de
puertas abiertas —una nueva política de libre comercio que abriría todas las
puertas para los productos e inversiones americanas— fue ratificado en una
conferencia que tuvo lugar en el verano de 1944 en Bretton Woods, en New
Hampshire, en la que participaron no menos de 44 países. Esta conferencia creó
los mecanismos institucionales que servirían para poner en práctica los
principios de la nueva política económica, sobre todo el Fondo Monetario
Internacional (FMI) y el Banco Mundial, organizaciones internacionales que
siempre fueron dominadas por los Estados Unidos y continúan siéndolo hoy. Por
razones económicas y políticas muy similares, el gobierno americano defendió la
creación de las Naciones Unidas (ONU) y consiguió que la central de esta
organización internacional se estableciese en Nueva York; pero ésta es una
historia que va más allá de la cobertura de este estudio.
De los países que
habían sido liberados por América, Washington esperaba cooperación respecto al
libre comercio y puertas abiertas a la inversión de capital americano. Hay que
decir que los americanos se aseguraron de que en esos países llegaran al poder
sólo gobiernos que estuvieran de acuerdo con esa política. Además los
americanos también esperaban que en otros países de Europa, como Alemania y los
países de Europa Oriental, los gobiernos que llegaran al poder después de la
guerra tuvieran una actitud positiva respecto a la política económica liberal,
de la que los EE. UU. esperaban obtener tan buenos dividendos. Sobre todo la
reconstrucción de la derrotada nación alemana prometía generar oportunidades de
negocio sin precedentes, que la industria americana estaba dispuesta a
aprovechar. En el Siglo XIX la frontera del «Salvaje Oeste» funcionó como
generador económico y social; después de la Segunda Guerra Mundial parecía como
si la providencia hubiera traído una nueva frontera oriental de América en Europa,
sobre todo en
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Alemania, una frontera que proporcionaría a América un ramillete de
oportunidades económicas sin límites.
Posiblemente
también habría fabulosas perspectivas de negocio con la reconstrucción de la
URSS. La participación americana en esta tarea hercúlea todavía pertenecía al
reino de las posibilidades y «la perspectiva de un comercio lucrativo a gran
escala con Rusia» hacía relamerse a muchos magnates industriales americanos.
Esto también era aplicable a aquellos que poco antes no tenían ningún reparo en
demostrar su odio al sistema soviético. Se estimaba que el valor de las futuras
exportaciones a la Unión Soviética estaría entre mil y dos mil millones de
dólares, pero el futuro de los acuerdos con Alemania, Europa Oriental y la
propia URSS dependía en gran medida de la cooperación del gobierno soviético.
Que Moscú no necesariamente iba a cooperar como se esperaba era virtualmente
impensable para los americanos, cuyo país después de todo era el más poderoso
de la tierra. La cuestión era sólo si los soviéticos cooperarían
voluntariamente o tendrían que ser obligados a hacerlo.
En 1945 América no
era sólo el país más poderoso de la tierra, sino también el más próspero y el
más rico. Para mantener la buena fortuna y la
buena salud de los
Estados Unidos, la industria americana —corriendo a toda velocidad— necesitaba
salidas para sus productos en todo el mundo, y una salida potencial era el
continente europeo sacudido por la guerra y que por tanto necesitaba una
reconstrucción total urgente. El poderío político y militar de América hacía
posible abrir los mercados de Europa a la industria americana. La ideología
americana, que llevaba en su estandarte la libertad individual, la democracia,
la libre empresa y el libre comercio, funcionaba para promover el nuevo orden
económico de América en Europa y en toda la tierra, y por último y no menos
importante, en los propios EE. UU. Esta visión del mundo, que parecía tan
ventajosa para la Élite del Poder americana de hecho era la única Weltanschaung posible
a los ojos de los líderes de América. Que algunas personas tuvieran
otras ideas, por ejemplo los luchadores de la resistencia europea, que soñaban
con un «nuevo orden» económico y social radicalmente diferente del sistema
capitalista americano, era para Washington sencillamente impensable; tales
esquemas eran tan extraños y antiamericanos para ellos como ciertas ideas y
pensamientos fueron
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aberrantes y antialemanes para los nazis. Los líderes americanos
entendían poco o nada los programas socioeconómicos radicales y progresistas
—como los de la
«Carta de la Resistencia» en Francia— que pedían la socialización de algunos
sectores industriales y que por tanto ofendían los principios de la libre
empresa. Les disgustaban igualmente los moderados, aunque con ideas más o menos
de izquierdas, socialistas o socialdemócratas europeos. Pero el credo más
aberrante para un americano era el comunismo, una ideología revolucionaria que
rechazaba el capitalismo in toto, una ideología cuyos seguidores se
habían ocupado desde 1917 en la URSS de la construcción de un sistema
socioeconómico radicalmente diferente, que constituía para el capitalismo un
competidor indeseable.
En los años veinte
y treinta las élites políticas e industriales americanas habían sido
anticomunistas y por tanto filofascistas. Después de Pearl Harbor los fascistas
sin embargo se habían convertido en enemigos de América, mientras que la Unión
Soviética se había metamorfoseado por caprichos de la guerra en un aliado del
Tío Sam. Sólo por esta razón durante la guerra las luces anticomunistas se
habían debilitado. Aún así la mayoría de los líderes religiosos, políticos y
militares de América siguieron considerando al comunismo como el verdadero
enemigo. Todavía después de Pearl Harbor, los periodistas católicos tendieron a
permanecer leales a la ortodoxia de antes de la guerra, que prefería el
fascismo al comunismo. Muchos líderes americanos lamentaron públicamente que
EE. UU. hubiera entrado en guerra contra el «enemigo equivocado» y el senador
Taft declaró que «una victoria del comunismo sería mucho más peligrosa para
Estados Unidos que una victoria del fascismo». En la Academia de West Point,
donde se formaba la élite militar del país, un grupo de generales en un acceso
de candor se lamentó abiertamente de que América hubiera entrado en la guerra
en el lado equivocado; la culpa de este patinazo cayó de lleno sobre los
hombros del presidente Roosevelt, conocido como «el judío Franklin D.
Rosenfelt», casi exactamente como lo denominó Hitler. «Debemos luchar contra
los comunistas, no contra Hitler» fue la conclusión de los generales.
Todo esto significó
en la práctica que durante la guerra los comunistas reales o imaginarios y los
agentes soviéticos tuvieron muchos más
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problemas con las autoridades que los fascistas, los nazis americanos o
los espías alemanes. La caza del comunista fue y continua siendo, una
especialidad del FBI de J. Edgar Hoover, pero durante la guerra el Federal
Bureau of Investigation tuvo en este aspecto una creciente competencia con
el llamado Comité de Actividades Antiamericanas. Este Comité del Congreso que
se suponía creado para perseguir a los fascistas, se convirtió después de la
guerra en un genuino instrumento anticomunista bajo la dirección del infame
senador McCarthy. Escribe un erudito americano, Noah Isenberg, que «una de las
grandes ironías de la historia [de EE. UU. ]», es que el FBI y el Comité de
Actividades Antiamericanas persiguieran a alemanes que habían escapado de la
dictadura nazi «por asuntos políticos o de raza» y que se habían asentado en
los EE. UU., como Thomas y Heinrich Mann, Erich María Remarque y Bertolt
Brecht. Los hombres de J. Edgar Hoover, nombrado a sí mismo protector de la
nación ante la amenaza de la infiltración comunista, espiaron a estos
refugiados alemanes y frecuentemente los hostigaron, no porque se supusiera que
eran agentes nazis, sino porque sus ideas políticas eran demasiado
izquierdistas para el gusto de las autoridades.
La alianza con la
URSS nunca fue «de corazón», como dijo un miembro de la Cruz Roja americana. La
guerra contra la Alemania nazi no fue más que una anomalía para la Élite del
Poder americana, un interludio no planificado, no querido e inesperado, que interrumpió
temporalmente los enraizados planes y pensamientos anticomunistas, pero que no
evitó que se volviera a ellos una vez que el conflicto con el «enemigo
equivocado» terminó. Con la derrota del fascismo en Europa en la primavera de
1945 se crearon de nuevo las condiciones para revivir el anticomunismo en
América. El comunismo era lo más detestado porque se le veía como un competidor
ideológico manifiestamente ateo, archienemigo de la democracia, de la libertad
individual, de la propiedad privada y del libre comercio, en el cual la
industria americana y la Élite del Poder, habían depositado tan grandes
esperanzas. En el «valiente mundo nuevo [7]» que iba a surgir,
bajo los auspicios americanos, de las cenizas de la Guerra Mundial, en el
«Siglo de América», del que se suponía que 1945 era el año cero, no había lugar
para el comunismo.
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17. DE LA
DIPLOMACIA NUCLEAR A LA GUERRA FRÍA
CON la capitulación
alemana a principios de mayo de 1945, terminó la
guerra en Europa.
Los vencedores, los «Tres Grandes», hacían frente ahora al complejo y delicado
problema de la reorganización de la Europa de posguerra. En Europa Occidental
los americanos y los británicos ya habían creado un nuevo orden casi un año antes
y Stalin había aceptado ese arreglo. En Europa Oriental el Secretario General
tenía una clara ventaja gracias a la presencia del Ejército Rojo. Aún así, en
ese momento los aliados occidentales todavía esperaban poder intervenir en la
reorganización de esa parte del continente. Stalin había maniobrado allí a
favor de los comunistas y sus simpatizantes y en contra de aquellos que, con
razón o sin ella, se suponía que eran antisoviéticos o anticomunistas, pero no
había efectuado faits accomplis. Es más, respecto a Europa Oriental
los occidentales tenían un pie en la puerta, por así decirlo, gracias a los
acuerdos previos, tales como el de Yalta y la fórmula de Churchill del círculo
de influencia. En cuanto a Alemania, los aliados occidentales contaban con una cierta
ventaja sobre su colega del Kremlin, porque como resultado de esos acuerdos
previos, ratificados en Yalta, los americanos y británicos juntos ocupaban la
parte más grande e importante del país, así como la parte del león de la ciudad
de Berlín.
En Europa
Occidental todo estaba ya hecho, pero en Europa Oriental y Alemania todavía
todo era posible. Estaba lejos de ser inevitable el que Alemania permaneciera
mucho tiempo dividida en zonas de ocupación o que Europa Oriental estuviera
medio siglo bajo el puño de hierro soviético. Stalin, que después recibiría
todas las culpas de esa desagradable situación, tenía en ese momento razones
para ser flexible en Alemania y Europa Oriental. El Secretario General estaba
enterado de que las
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recalcitrantes y nada razonables demandas de los angloamericanos
entrañaban grandes riesgos. Como Dresde había demostrado, la conducta contraria
podía ser ruinosa para la Unión Soviética. Además, Stalin esperaba que la buena
voluntad y la cooperación, junto con la promesa de declarar la guerra a Japón,
podrían ser fructíferas en la forma de ayuda americana a la tarea sobrehumana
de la reconstrucción de la Unión Soviética.
Motivado por esta
combinación de temor y esperanza, Stalin estaba preparado para cooperar con
americanos y británicos, pero también esperanzado en alcanzar algunos
beneficios a los que los vencedores tenían derecho. Por ejemplo, esperaba
ciertas ganancias territoriales (o compensaciones por la pérdidas territoriales
previas de la Unión Soviética o de su predecesor, la Rusia zarista),
considerables reparaciones por parte de Alemania, reconocimiento de su derecho
a no tolerar regímenes antisoviéticos en sus países vecinos y por último, la
posibilidad de seguir construyendo la sociedad socialista en la URSS. Sus
socios occidentales nunca indicaron a Stalin que consideraran estas
expectativas poco razonables. Por el contrario, la legitimidad de las mismas
había sido reconocida repetidas veces, implícita o explícitamente en Teherán,
Yalta y en todas partes.
Era posible hablar
con Stalin, pero este diálogo requería paciencia y comprensión del punto de
vista soviético y el conocimiento de que la Unión Soviética no podía abandonar
la mesa de conferencias con las manos vacías. Truman, sin embargo, no deseaba
entrar en ese tipo de diálogos. No entendía ni aún las más básicas expectativas
de los soviéticos y aborrecía pensar que la Unión Soviética pudiera recibir
reparaciones por sus sacrificios, dándole la oportunidad de continuar con su
proyecto de sociedad comunista. Como otros muchos líderes americanos, el
presidente esperaba que sería posible echar a los soviéticos de Alemania y de
Europa Oriental sin ninguna compensación y además poner fin al experimento
comunista, que era fuente de inspiración en todas partes, incluidos los Estados
Unidos.
Como Churchill,
Truman pensaba que el «palo» de la línea dura era mucho más prometedor que la
«zanahoria» de la línea blanda. Ya hemos
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visto que esto tenía mucho que ver con el hecho de que la situación
militar de los aliados occidentales en Alemania había mejorado enormemente
entre marzo y abril de 1945. Sin embargo esto era una ventaja sin importancia
en comparación con el potencialmente fantástico triunfo que el nuevo presidente
americano esperaba poder jugar en su partida con Stalin. El 25 de abril de 1945
Truman fue informado de la marcha del secreto «Proyecto Manhattan» o S-1,
nombres clave del proyecto de fabricación de una bomba atómica. Los científicos
americanos habían estado trabajando en esta potente y nueva arma durante años y
ya estaba casi lista, pronto sería probada y en poco tiempo estaría disponible
para su utilización. La bomba atómica iba a jugar un papel enormemente importante
en el nuevo curso dado a la política americana en la primavera de 1945, en
Europa y en el lejano oriente. Truman y sus consejeros estaban hechizados con
lo que el historiador americano William Appleman Williams ha llamado la «visión
de la omnipotencia». Estaban totalmente convencidos de que la bomba atómica
doblegaría la voluntad de la Unión Soviética. La bomba atómica era «un
martillo», como el propio Truman la denominó, que colgaría sobre las cabezas de
«esos chicos del Kremlin».
La posesión de la
bomba atómica permitía abrir toda clase de perspectivas favorables para los
artífices de la línea dura. Gracias a la bomba sería posible forzar a Stalin, a
pesar de los acuerdos previos, a retirar al Ejército Rojo de Alemania y a
negarle la intervención en los asuntos de ese país de cara a la posguerra.
También parecía una opción factible instaurar regímenes prooccidentales, e
incluso anticomunistas, en Polonia y el resto de Europa Oriental, evitando que
Stalin tuviera ninguna influencia en esos países. Incluso era imaginable que la
Unión Soviética abriera sus puertas a la inversión de capital americano, así
como a la influencia política y económica de América, y que el hereje comunista
se convirtiera a la iglesia del capitalismo universal. «Hay evidencias»,
escribe el historiador alemán Jost Dülffer, «de que Truman creía que el
monopolio de la bomba nuclear sería la llave para que los Estados Unidos
implantaran su nuevo orden mundial».
En comparación con
la política delicada y a menudo difícil de la línea blanda de Roosevelt, la
política de la línea dura —es decir, la política del todopoderoso «palo» que la
bomba nuclear prometía ser— parecía muy
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simple, efectiva y tremendamente atractiva. Truman no tenía experiencia
en el uso de la «zanahoria». Para este nada sofisticado hombre de Missouri, la
simplicidad y el potencial de la línea dura parecían irresistibles. Y así nació
la «diplomacia atómica», que ha sido explicada de forma clara por Gar
Alperovitz.
Se suponía que el
monopolio de la bomba atómica iba a permitir a América imponer su voluntad
sobre la URSS. Sin embargo en el momento de la rendición alemana en mayo de
1945 la bomba todavía no estaba lista, aunque Truman sabía que tendría que
esperar poco tiempo. Por tanto no prestó atención a los consejos de Churchill
para discutir lo antes posible con Stalin el destino de Alemania y de Europa
Oriental, «antes de que se disolvieran los ejércitos de la democracia», es
decir antes de que las tropas americanas salieran de Europa. Truman estaba de
acuerdo con una reunión de los «Tres Grandes» en Berlín, pero no antes del
verano, cuando se suponía que la bomba ya estaría lista.
En la Conferencia
de Potsdam, que duró del 17 de julio al 2 de agosto de 1945, Truman recibió el
mensaje tan largamente esperado de que la bomba atómica había sido probada con
éxito el 16 de julio en Alamogordo, Nuevo México. El presidente americano se sentía
ahora lo bastante fuerte para hacer sus movimientos. Ahora sería él quien
realizara toda clase de demandas y al mismo tiempo rechazaría todas las
propuestas soviéticas, como por ejemplo las relativas a los pagos alemanes por
reparaciones, incluyendo todas las que estaban basadas en los acuerdos previos
de Yalta, Sin embargo, la esperada actitud de capitulación de Stalin falló
incluso cuando Truman intentó intimidarle susurrándole al oído que América
poseía una increíble arma nueva. La esfinge soviética, que por supuesto ya
estaba informada del «Proyecto Manhattan» por sus espías, escuchó imperturbable
en silencio. Truman sacó la conclusión de que sólo una demostración del poder
de la bomba atómica persuadiría a los soviéticos a cambiar de actitud. Como consecuencia,
no se llegó a ningún acuerdo en Potsdam.
Entretanto, los
japoneses seguían combatiendo en el Lejano Oriente, aunque su situación era
totalmente desesperada. De hecho estaban preparados para la rendición, pero
insistían en una condición: que se
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garantizase la inmunidad del Emperador Hirohito, lo que iba en contra de
la petición americana de capitulación incondicional. Aun así, hubiese sido
posible terminar la guerra sobre la base de la propuesta japonesa. La rendición
alemana en Reims tres meses antes tampoco había sido completamente
incondicional, como ya hemos visto. Además, la condición de Tokio no era en
absoluto esencial: más tarde, tras la rendición incondicional de los japoneses,
los americanos nunca hicieron cargos contra Hirohito, que gracias a Washington,
permaneció como emperador durante muchas décadas.
¿Por qué pensaron
los japoneses que podrían permitirse el lujo de poner una condición a su oferta
de capitulación? La razón era que la parte principal de su ejército permanecía
intacta en China; creían que podían usar este ejército para defender Japón y esto
costaría un alto precio a los americanos hasta su inevitable victoria final.
Pero esto sólo funcionaría si la Unión Soviética no entraba en guerra en el
lejano oriente. En otras palabras, la neutralidad de la Unión Soviética,
permitiría a Tokio una pequeña esperanza; no una esperanza de victoria, por
supuesto, sino una esperanza de poder negociar con EE. UU. alguna condición
favorable en su capitulación.
En cierto sentido,
la guerra con Japón continuaba porque la URSS no se había involucrado en ella.
Pero ya en Teherán, en 1943, Stalin había prometido declarar la guerra a Japón
a los tres meses de la capitulación alemana y el Secretario General había reiterado
este compromiso recientemente, el 17 de julio en Potsdam. Como consecuencia,
Washington contaba con un ataque soviético a Japón a mediados de agosto. Por
tanto los americanos sabían muy bien que la situación de los japoneses era
desesperada. A su vez, la Armada americana aseguró a su gobierno que era capaz
de evitar que los japoneses trasladaran sus tropas desde China para defender su
país de la invasión americana. Por último, hasta era cuestionable si la
invasión de Japón sería necesaria, ya que la Armada americana podía simplemente
bloquear las islas y poner a los japoneses en la disyuntiva de capitular o
morir de hambre.
Para terminar la
guerra con Japón sin hacer más sacrificios, Truman tenía varias opciones muy
atractivas. Podía aceptar la trivial condición
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japonesa respecto a la inmunidad de su emperador; también podía esperar
a que el Ejército Rojo atacara a los japoneses en China, forzando a Tokyo a
aceptar después de todo la rendición incondicional; y podía condenar a Japón a
morir de hambre o rendirse más pronto o más tarde, mediante un bloqueo naval.
Truman y sus consejeros no eligieron ninguna de estas opciones. En vez de eso,
decidieron atacar Japón con la bomba atómica. Esta fatídica decisión, que costó
la vida de cientos de miles de personas, ofrecía a los americanos considerables
ventajas. La primera, que la bomba podía forzar a Tokio a rendirse antes de que
los soviéticos se vieran envueltos en la guerra en Asia. En este caso no sería
necesario permitir a Moscú intervenir en las decisiones de posguerra respecto a
Japón, como en lo referente a los territorios ocupados por Japón (Corea y
Manchuria, por ejemplo), o cualquier otro asunto que afectase al extremo
oriente o al Pacífico en general. De ese modo, EE. UU. contaría con total
hegemonía en esa parte del mundo.
Este punto requiere
un examen más detallado. En lo que a los americanos se refería, la intervención
de los soviéticos en la guerra en oriente, amenazaba con darles las mismas
ventajas que la intervención relativamente tardía de los americanos en la guerra
de Europa les dio a éstos, es decir, un puesto en la mesa de negociaciones,
decisión sobre fronteras, determinación de las estructuras político sociales
posteriores a la guerra; en definitiva supondría para ellos grandes beneficios
y prestigio. Por tanto, Washington no deseaba que la Unión Soviética se
beneficiase de esta clase de situación. Los americanos habían eliminado a su
gran rival «imperialista» en esa parte del mundo y no podían aceptar la idea de
que un nuevo rival potencial les hiciera sombra, un rival además, cuya
detestable ideología comunista podía influir peligrosamente en muchos países
asiáticos.
Los líderes
americanos eran de la opinión de que después de la ruina japonesa en China, la
humillación de las tradicionales potencias coloniales como Gran Bretaña,
Francia y Holanda y tras su victoria final sobre Japón, sólo se precisaba la
eliminación de la URSS de esa parte del mundo, lo que parecía una mera
formalidad. Su desencanto y disgusto fueron grandes cuando después de la
guerra, los soviéticos se las arreglaron para mantener su influencia en Corea
del Norte y cuando China «se perdió» en manos de
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los comunistas de Mao. Para hacer las cosas peores, en Vietnam (antes
conocido como la Indochina francesa), un movimiento popular bajo el liderazgo
de Ho Chi Min desarrollaría un sistema incompatible con las grandes ambiciones
asiáticas de los Estados Unidos. No es de extrañar que acabara en guerra en
Corea y Vietnam y que estuviera a punto de otro conflicto armado con la «China
Roja».
Gracias a la bomba
atómica, América esperaba actuar en extremo oriente como un cavalier
seul, es decir, sin que le estorbaran para nada los no deseados soviéticos.
Pero la bomba nuclear ofrecía a Washington una segunda e importante ventaja. La
experiencia de Truman en Potsdam le había convencido de que sólo la
demostración de la nueva arma haría domeñable a Stalin. La explosión nuclear de
Japón fue por tanto un aviso para el Kremlin, una señal que haría que lo de
Dresde pareciese un simple guiño. Truman no usó la bomba atómica para forzar a
Japón a ponerse de rodillas, sino por otras razones. La bomba nuclear forzaría
a Japón a rendirse incondicionalmente, desde luego, pero además mantendría a
los soviéticos fuera de extremo oriente y por último haría prevalecer la
voluntad de Washington sobre la del Kremlin en los asuntos europeos. Hiroshima
y Nagasaki fueron pulverizados por estas razones. Muchos historiadores
americanos se han dado cuenta de esto; por ejemplo, Sean Dennis Cashman
escribe:
«Con el paso del
tiempo, muchos historiadores han llegado a la conclusión de que la bomba se usó
por razones políticas… Vannevar Bus [Jefe de la Oficina Americana de
Investigación y Desarrollo Científicos] declaró que la bomba estuvo dispuesta a
tiempo, de forma que no hubiera que hacer ninguna concesión a Rusia después de
la guerra». El Secretario de Estado [de Truman] James F. Byrnes nunca negó la
afirmación que se le atribuía de que la bomba se utilizó para demostrar a la
Unión Soviética el poderío americano con objeto de hacer más manejables [a los
soviéticos] en Europa.
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Sin embargo, el propio Truman declaró hipócritamente en aquellos
momentos que las dos bombas nucleares fueron para «traer a los chicos a casa»,
es decir para terminar rápidamente la guerra, sin más pérdida de vidas
americanas. Esta explicación fue propagada por todos los medios americanos,
dando lugar a un mito desarrollado por la mayoría de historiadores americanos,
que todavía es creído en el día de hoy.
La bomba atómica
estuvo disponible justo a tiempo para su uso antes de que la URSS entrara en
guerra en el lejano oriente. Aún así, la explosión nuclear de Hiroshima, el 6
de agosto de 1945, llegó demasiado tarde para evitar que los soviéticos
entraran en guerra contra Japón. Esto arruinó los delicados planes de Truman,
al menos parcialmente. A pesar de la terrible destrucción de Hiroshima, Tokio
aún no había tirado la toalla cuando, el 8 de agosto de 1945, exactamente tres
meses después de la capitulación alemana en Berlín, la URSS declaró la guerra a
Japón. Al día siguiente, el Ejército Rojo atacaría a las tropas japonesas
estacionadas en Manchuria, al norte de China. Washington había anhelado
largamente la intervención soviética, pero cuando ésta llegó Truman y sus
consejeros estaban lejos de sentirse contentos por el hecho de que Stalin
mantuviera su palabra. Ahora era crucial terminar la guerra lo antes posible
para limitar el daño que haría la intervención de la URSS en la misma.
Tokio no reaccionó
inmediatamente al bombardeo de Hiroshima con la esperada capitulación
incondicional. En apariencia, el gobierno japonés no entendió inicialmente lo
ocurrido en Hiroshima, ya que muchos bombardeos convencionales habían producido
parecidos resultados catastróficos; por ejemplo, un ataque de miles de
bombarderos sobre la capital japonesa el 9 y 10 de Marzo de 1945, originó el
mismo número de víctimas que las de Hiroshima. Las autoridades japonesas no
podían saber con certeza de forma inmediata que esta vez el daño lo había
producido una sola bomba. Por esto la rendición incondicional anhelada por los
americanos, se tomó algún tiempo. A causa de ese retraso, la URSS se vio
envuelta después de todo en la guerra contra Japón. Esto hizo que Washington se
impacientara. Un solo día después de la declaración soviética de guerra, el 9
de agosto de 1945, se arrojó una segunda bomba, esta vez sobre la ciudad de
Nagasaki. Sobre este bombardeo, en el que
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perecieron muchos católicos japoneses, un antiguo capellán del ejército
americano diría:
«Ésta es una de las
razones por las que creo que se lanzó la segunda bomba. Para ir más deprisa.
Para conseguir la rendición antes de que llegaran los rusos».
No obstante,
pasaron otros cinco días, hasta el 14 de agosto, antes de que los japoneses se
rindieran. Entretanto el Ejército Rojo había conseguido hacer algún progreso,
con gran disgusto de Truman y sus consejeros.
Y así los
americanos tuvieron después de todo un socio soviético en extremo oriente, lo
que no evitó que Truman hiciera las cosas a su manera. Ya el 15 de agosto
Washington rechazó la petición de Stalin de ocupar una zona en la tierra del
derrotado sol naciente. Y cuando el 2 de septiembre de 1945 el general McArthur
aceptó oficialmente la rendición japonesa a bordo del buque de guerra
«Missouri», sobre la bahía de Tokio, los representantes de la Unión Soviética
—y de otros aliados como Gran Bretaña y Holanda— fueron aceptados como simples
e insignificantes extras. Japón no se dividió en zonas de ocupación como
Alemania, sino que fue ocupado enteramente por los americanos y, como un
«virrey» americano en Tokio, el general McArthur aseguró que a pesar de las
contribuciones de los demás a la victoria común, nadie sino los EE. UU.
intervendría en los asuntos de posguerra en Japón.
Los conquistadores
americanos recrearon la tierra del sol naciente conforme a sus ideas. En
septiembre de 1951 la satisfecha América firmaría un tratado de paz con Japón.
La URSS, cuyos intereses nunca fueron tenidos en cuenta, no firmó ese tratado.
Los soviéticos salieron de China, pero se negaron a evacuar los territorios
japoneses de Sakhalin y las Kuriles, que habían sido ocupados por el Ejército
Rojo durante los últimos días de la guerra. Por ello fueron criticados sin
piedad por los Estados Unidos, como si la actitud del gobierno americano no
hubiera tenido nada que ver con el asunto. Después de la guerra la declaración
de
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guerra soviética a Japón se presentó como un ataque cobarde contra un
país vencido, aunque Washington había urgido a Moscú durante años a que diera
ese paso.
América debía, al
menos parcialmente, su monopolio de poder en Japón a la bomba atómica. Pero en
Europa la «diplomacia nuclear» de Truman le traería trágicas consecuencias. El
sucesor de Roosevelt en la Casa Blanca esperaba que la demostración nuclear forzaría
a Stalin a plegarse a sus demandas en Alemania y Europa Oriental, pero esta
expectativa no se cumplió. Inmediatamente después de las bombas sobre Japón el
«Tío Joe» pareció estar intimidado y dispuesto a hacer concesiones, pero cuando
los americanos hicieron sus nuevas peticiones y dejaron claro que Washington no
estaba interesado en ninguna forma de dialogo o cooperación, su actitud se hizo
rápidamente más dura.
Sin duda Stalin
quería entablar un dialogo, un dialogo entre iguales, entre vencedores de la
guerra contra la Alemania nazi. Aún mucho más tarde seguía interesado en esa
clase de dialogo, como se reflejó en los acuerdos razonables respecto a
Finlandia y Austria. El Ejército Rojo salió de estos países sin dejar tras él
regímenes comunistas. No fue por tanto Stalin sino Truman quien en 1945 (y
después) fracasó en demostrar su interés por un dialogo entre iguales. Con la
pistola nuclear al cinto, el presidente americano no pensaba que tuviera que
tratar a los «chicos del Kremlin», que no tenían ese arma, como a sus iguales.
«Los líderes americanos», escribe Kolko, «se negaban a negociar de una forma
seria debido a su propia confianza en ser los dueños de los poderes económicos
y militares y sentir que Estados Unidos podía definir el orden mundial».
Desde el punto de
vista soviético la diplomacia nuclear americana no era sino un chantaje
nuclear. Stalin se negó a aceptar este chantaje y Truman nunca fue capaz de
recoger los frutos de su política nuclear. Primero, los estrategas soviéticos
—y algunos analistas militares occidentales— se negaban a creer que se pudiera
ganar una guerra exclusivamente desde el aire, aún con bombas atómicas.
Segundo, Stalin era de la opinión de que la mejor defensa contra la amenaza
nuclear consistía en tener al Ejército Rojo siempre tan pegado como fuera
posible a las líneas americanas en los territorios liberados y/o ocupados de
Europa
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Central y Oriental. Bajo estas circunstancias los bombarderos americanos
no sólo tendrían que hacer un largo viaje hasta poder arrojar sus bombas sobre
la URSS, sino que en caso de ataque sobre las líneas del Ejército Rojo
inevitablemente pondrían en riesgo a sus propias tropas. (Sólo en las
producciones de Hollywood, como la realista «Salvad al soldado Ryan», los
aviones sueltan sus bombas con perfecta precisión sobre el enemigo que combate
frente a frente con los soldados americanos).
Esto supuso que el
Ejército Rojo procedió a atrincherarse a lo largo de la línea de demarcación
entre las zonas de ocupación de los aliados occidentales y la suya propia. En
1944 y 1945 Stalin no había hecho ningún cambio político-social en los países
que había liberado u ocupado el Ejército Rojo, tales como Hungría, Rumania y la
zona soviética de ocupación de Alemania, y aún había consentido ciertas
actividades antisoviéticas y anticomunistas. Todo eso cambió radicalmente bajo
la presión de la diplomacia nuclear americana. Se instauraron en todas partes
regímenes comunistas e incondicionalmente prosoviéticos y no se toleró ninguna
oposición. Sólo en ese momento, hacia el final de 1945, descendió el «telón de
acero entre Stettin en el Mar Báltico y Trieste en el Adriático». Esta
expresión la utilizó por primera vez Churchill el 5 de marzo de 1946, con
ocasión de una charla en Fulton, una ciudad del estado de Truman, Missouri. En
cierto modo fue adecuada, aunque sin la diplomacia nuclear de Truman, Europa nunca
hubiera estado dividida por ese «telón de acero».
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18. UN NUEVO
ENEMIGO ÚTIL
LA GUERRA Fría, que
duró casi medio siglo, y logró que el mundo
viviera bajo
permanente amenaza de guerra nuclear, comenzó cuando los líderes de América
creyeron que con la ayuda de la bomba atómica podían imponer su voluntad a los
soviéticos. Pronto estuvo claro que la diplomacia nuclear de Washington no iba
a dar los frutos deseados. Sin embargo el concepto de Guerra Fría fue muy útil
en otros sentidos para la Élite del Poder americana. Era difícil explicar al
pueblo americano y al de Europa Occidental que el nuevo conflicto con los
soviéticos lo había originado la política de Washington. Era mejor echar la
culpa de lleno sobre las espaldas del Kremlin, lugar de donde se suponía salían
todas las intenciones agresivas. Hasta hacía poco los soviéticos habían sido
considerados como heroicos aliados en la cruzada contra el nazismo. Ahora había
que transformar a la URSS en la gran pesadilla del «mundo libre», porque la
Élite del Poder americana esperaba obtener considerables beneficios de esa
metamorfosis. De ahora en adelante la Unión Soviética hostil era más útil que la
Unión Soviética aliada. Primero, eso hacía posible desacreditar como traidores
antiamericanos no sólo a los comunistas sino, lo que era más importante, a los
numerosos americanos con convicciones radicales o más o menos de izquierdas.
Segundo, la existencia de una URSS hostil podía también justificar los enormes
gastos de «defensa», gastos que podían servir para mantener la economía del
país funcionando a toda velocidad después de la guerra. Debemos poner atención
a estos dos importantes puntos.
A pesar de sus
grandes deficiencias, la URSS, o al menos una versión idealizada de la misma,
había funcionado antes de la guerra como fuente de inspiración y esperanza, no
sólo para el relativamente pequeño número de comunistas americanos, sino
también para los líderes sindicales y para
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los americanos progresistas y radicales, es decir para un gran número de
americanos que soñaban con una alternativa económico-social de izquierdas
contra el fuerte sistema capitalista de su país. Además el estado bolchevique
había resistido la terrible prueba del ataque nazi, y después de Stalingrado
los resultados industriales y económicos soviéticos eran excelentes. Este logro
parecía demostrar la viabilidad y méritos del experimento bolchevique y
mejoraba el prestigio y la popularidad de la Unión Soviética entre la población
americana. Como hemos visto antes, el gobierno americano, los medios de
comunicación y Hollywood, hicieron una significativa contribución a la mejora
de imagen de la URSS en los
EE. UU. En
cualquier caso el éxito soviético sirvió para remover los espíritus de todos
los radicales de izquierdas y sindicalistas.
Durante la guerra
los trabajadores americanos desarrollaron una conciencia de clase al estilo
marxista, como ha observado el historiador británico, no marxista, Arthur
Marwick. Esta conciencia de clase encontró su expresión en palabras y en
hechos. Los trabajadores americanos utilizaban cada vez más palabras como
«trabajadores» y «clase trabajadora» y para el poder establecido americano esto
sonaba a idioma militante de lucha de clases, a lenguaje perturbador del que la
Unión Soviética era modelo e inspiración. (Palabras que reflejaban la realidad
social, pero que evocaban algo que había sido prohibido en el discurso diario
de América: los conceptos «trabajador» y «patrono», desde antiguo antagónicos,
se habían reemplazado por el dócil «empleado» y el benevolente «empleador»). En
países como Alemania, Holanda y Bélgica esta nueva clase de lenguaje era aún
más «funcional» en el sentido marcusiano: a los que en el proceso productivo
aportaban el capital se les llamaba de forma inexacta «proveedores del trabajo»
(Werkgeber en alemán, werkgevers en holandés)
mientras que a los que realmente aportaban el trabajo se les llamaba
erróneamente «aceptadores del trabajo» (Werknemer, werknemers).
Había otros síntomas alarmantes de una conciencia de clase militante. Durante la guerra los trabajadores americanos se afiliaron masivamente a sindicatos más o menos radicales y principalmente por medio de huelgas, incluidas huelgas salvajes, fueron capaces de conseguir salarios más altos de sus empleadores. Muchos americanos conservadores creyeron ver tras este tipo de acontecimientos la mano de Moscú, aunque los comunistas americanos (que temían que las huelgas pudieran deteriorar la ayuda americana a la URSS), eran sin duda los elementos más moderados del movimiento sindical. En 1944/45, aún antes de alcanzarse la victoria final en la guerra, una nueva oleada de huelgas parecía indicar que el mundo laboral estaba preparado para una ofensiva mayor en el frente social. Ya no eran sólo salarios más altos, los trabajadores americanos pedían ahora los mismos beneficios sociales que sus colegas soviéticos ya disfrutaban desde hacía algún tiempo, por ejemplo pensiones, desempleo, sanidad y vacaciones pagadas, etc. Una encuesta llevada a cabo durante los años de guerra reveló claramente que los americanos como promedio sentían gran admiración por los logros soviéticos, tales como la «redistribución de la riqueza, la igualdad social, la seguridad económica y el sistema de educación gratuita», así como otras «oportunidades educativas».
No sólo los
trabajadores, sino toda clase de intelectuales, líderes religiosos, políticos e
incluso hombres de negocios comenzaron a adquirir ideas progresistas durante la
guerra. Estos llamados «liberales» de la clase media americana pedían un
sistema nacional de seguridad social, pleno empleo, «democracia industrial» y
como consecuencia un papel más activo del estado en la vida social y económica;
se inspiraban, al menos aparentemente, en el modelo romántico de la Unión
Soviética. (Como los intelectuales, los líderes económicos americanos
tradicionalmente habían sido devotos de la «libre empresa», pero durante la
guerra algunos de ellos, por ejemplo Alvin Hansen, cambiaron la sintonía y
comenzaron a defender políticas poco ortodoxas, como la consecución del pleno
empleo. Los conservadores americanos conocían la diferencia entre los
«liberales» y los verdaderos comunistas, o «rojos», pero despreciaban a todos,
tachándoles de «compañeros de viaje» del bolchevismo y muñecos de Moscú.
Después de la
tristeza de los «sucios treinta» y los sacrificios realizados durante la larga
oscuridad de la guerra, un amplio segmento de la población, no sólo en los EE.
UU. sino en todo el mundo occidental esperaba un nuevo amanecer social. En Gran
Bretaña esta esperanza de un «nuevo orden» social se vio cumplida largamente,
aunque los líderes conservadores como Churchill se opusieran; por esa razón el
pueblo
En los años de
posguerra, el modelo británico inspiró similares reformas sociales en muchos
países de Europa occidental, así como en Canadá y en Australia, pero no en los
Estados Unidos. Esto no se debió al innato individualismo americano, como a
menudo se sugiere; el estado del bienestar americano no llegó porque la Élite
del Poder americana encontró un camino para escapar a la presión por las
reformas sociales, que fue la Guerra Fría. Alarmados por las «tendencias hacia
el socialismo», los líderes de las corporaciones americanas respondieron con
una campaña polifacética para defender «el sistema económico americano»,
caracterizado por la «libre empresa». Dentro de este contexto, tenía mucho
sentido demonizar a la URSS, un país que hasta hacía muy poco había sido
idealizado. Declarando a la Unión Soviética el enemigo natural de América, se
hacía posible condenar como antiamericanas todas las ideas radicales, las
peticiones sindicales y cualquier forma de seguridad social vagamente asociada
con el bolchevismo y con la URSS, tachando de traidores y por tanto
desacreditando y persiguiendo, no sólo a los comunistas americanos, sino a
todos los radicales, líderes y miembros sindicales y cualquier intelectual
«liberal».
La demonización de
la Unión Soviética era también útil porque su sistema político encarnaba el
«dirigismo» del estado, la planificación estatal y la intervención del gobierno
en la vida económica de la nación. En los años treinta, América ya había pasado
por la experiencia de la planificación estatal en la forma del «Nuevo Orden» de
Roosevelt y durante los cuarenta, el gigantesco esfuerzo militar e industrial
se coordinó de esa forma. Los «liberales» americanos contaban con un «estado
activista» que hiciera realidad sus esperanzas de futuro social y económico en
el país. Pero la Élite del Poder temía, no sin razón, que después de la guerra,
los privilegios de la «libre empresa», es decir, los privilegios de los hombres
de negocios y las corporaciones, podían erosionarse a causa de la intervención
del estado, de la planificación centralizada, del dirigismo y
Página 173
del crecimiento de la economía «por mandato». Con la dirigista Unión
Soviética como enemigo era posible condenar todas las formas de economía
estatal por comunista o al menos por antiamericana y por tanto, defender la
«libre empresa» como un derecho inalienable de todos los patriotas americanos,
como «el sistema de vida americano», criticado sólo por los traidores a las
barras y las estrellas.
Y por eso se lanzó
una campaña anticomunista y antisoviética en los Estados Unidos, aún antes de
que se disparase el último tiro en la guerra. Esta campaña ha pasado a la
historia como «mccarthysmo», porque el senador McCarthy, protagonista del
Comité de Actividades Antiamericanas del Congreso, jugó el papel de Torquemada
en esta Inquisición. Los nobles ideales de libertad de conciencia y libre
expresión, de los que América era teóricamente devota, los bellos principios de
la Carta Atlántica, por los que se suponía que América había entrado en guerra,
se violaron una y otra vez durante la caza de brujas de McCarthy, que duró
muchos años. La persecución de McCarthy iba dirigida no sólo contra los
comunistas americanos, sino contra los progresistas, los radicales, aquellos
ciudadanos socialmente comprometidos e incluso políticos poco ortodoxos, contra
el movimiento laboral, los científicos, los intelectuales y la vida cultural.
(Einstein, Charlie Chaplin y Brecht tuvieron que abandonar Estados Unidos a
causa del mccarthysmo). Lógicamente, la caza de brujas afectó en gran escala a
los sindicatos. Una sofocante atmósfera conformista imperó hasta bien entrados
los años sesenta en la tierra que se consideraba a sí misma cuna de la libre
expresión y el individualismo. El ejemplo americano inspiró similares (aunque
no tan histéricas) campañas anticomunistas y antisoviéticas en otros lugares
del llamado «mundo libre».
Se pensaba que no
sólo el éxito y el prestigio de la Unión Soviética, sino su propia existencia,
alentaban a las fuerzas político sociales de izquierdas. Sin embargo, la URSS
continuó existiendo durante medio siglo, por lo que en el mundo «occidental» fue
imposible aplacar a los trabajadores con salarios, jornadas laborales,
vacaciones, pensiones, etc. que no fueran al menos igual de favorables que las
que se disfrutaban al otro lado del «telón de acero». Para la rica República
Federal Alemana y para los ricos Estados Unidos, resultaba una vejación que
aunque los
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trabajadores de la mucho más pobre República Democrática Alemana ganaran
menos dinero que sus colegas del oeste, disfrutaran en cambio de servicios y
garantías sociales muy superiores a los de la Alemania Occidental.
Con salarios más
altos (como en EE. UU.) o con un sistema más o menos adecuado de seguridad
social (como en Gran Bretaña, Canadá y la mayoría de los países de Europa
Occidental) era posible asegurarse la lealtad de la mayoría de la población
respecto al sistema económico y social existente. Cuando uno se da cuenta de
estos importantes hechos históricos, se puede entender por qué desde la caída
de la Unión Soviética, tanto los empleados, como los desempleados y colectivos
frecuentemente discriminados, como las mujeres, se hayan agarrado con uñas y
dientes a los beneficios sociales conseguidos durante la época de la Guerra
Fría en casi todas las partes del «mundo libre». Porque el orden socioeconómico
capitalista existente, ya no hace frente a ninguna competencia, ya no tiene
alternativa o «modelo contrario», ya no necesita esforzarse para asegurarse la
lealtad de la población por medio de elevados salarios o altos niveles de
servicios sociales. Escribe Michael Parenti, «cuando todavía existía la Unión
Soviética, fue la presión de estar en competencia con un sistema económico
alternativo, lo que puso límites al maltrato que los líderes
político-económicos occidentales daban a la clase trabajadora». Ahora que ya no
existe la Unión Soviética, añade Parenti, estos mismos líderes sienten que ha
llegado el momento
«de eliminar
cualquier freno y golpear a esta clase trabajadora porque en sus corazones y en
sus mentes, la competencia ha desaparecido. No hay sistema alternativo. El Gran
Capital ha obtenido una gran victoria y ahora puede hacer su propio juego, en
casa y en el extranjero. Ya no hay que acomodarse…»
Durante la guerra
la unión Soviética fue útil para América como aliado. Después de la guerra,
pronto fue útil como enemigo. Si tras la Segunda Guerra Mundial no hubiese
existido una URSS, los americanos hubieran tenido que inventar un «imperio del
mal», ya que como enemigo
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de Estados Unidos la Unión Soviética fue también extremadamente útil por
una segunda razón. Sólo era posible justificar las enormes sumas gastadas en
«defensa» y continuar con el programa armamentista si los
EE. UU. se
sentían amenazados por un poderoso y peligroso enemigo. Cuanto más se exageraba
el «peligro rojo», más fácil era convencer al Congreso para aprobar toda clase
de partidas al Pentágono, que usaría el dinero para mejorar sus bombas, aviones
y tanques. Este esquema era conocido como «Keynesianismo Militar», «Sistema
Pentágono», «Economía de guerra» o, en contraste con el estado del bienestar,
«Estado de Guerra[8]».
Gracias a este
sistema se aseguraba que después de la guerra la industria americana no entrara
en crisis. Los primeros beneficiarios eran, por supuesto, las grandes
corporaciones que siempre habían ejercido gran influencia en Washington;
durante la guerra aprendieron a hacer negocios altamente rentables con el
Pentágono y gracias a la Guerra Fría aún consiguieron beneficios más grandes.
El Sistema
Pentágono, equivalía y lo sigue haciendo, a un esquema de «subsidio público,
beneficio privado», un sistema en el que los impuestos que paga el público en
general, permiten a algunos individuos y empresas privadas llenarse los
bolsillos de ganancias. Ya durante la guerra, el armamento (pronto denominado
eufemísticamente «defensa»), fue el generador de la economía americana. Después
de la guerra, ésta economía siguió siendo una «economía de guerra», en otras
palabras, se hizo aún más dependiente de los pedidos del Pentágono.
Como consecuencia,
el poder en los EE. UU. se concentró cada vez más en manos de los generales,
burócratas y dirigentes de las corporaciones que colectivamente formaban el
«Complejo Militar-Industrial», contra el cual el Presidente Eisenhower dio un
noble aviso, por desgracia después de haber demostrado ser un devoto del mismo
durante sus ocho años en la Casa Blanca.
Hoy, más de medio
siglo después del final de la Segunda Guerra Mundial y una década después del
final de la Guerra Fría, la máquina del keynesianismo militar continúa haciendo
funcionar todos sus cilindros, si
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es necesario con la ayuda de nuevos enemigos como Saddam Hussein, o
crisis como la de la Guerra del Golfo en 1991, el conflicto de Kosovo en 1999 y
el reciente ataque terrorista del 11 de Septiembre de 2001. El presupuesto del
Pentágono en 1996 suponía no menos de 265 000 millones de dólares [9], pero si añadimos
a esta cifra los gastos no oficiales, como el interés de los bonos del gobierno
que financiaron los gastos militares anteriores, entonces el coste del
keynesianismo militar en los EE. UU. en 1996 se eleva a 494 000 millones de
dólares, ¡1353 millones de dólares diarios! Durante la Segunda Guerra Mundial y
durante la Guerra Fría los gastos militares constituyeron una fuente increíble
de beneficios para las grandes corporaciones y sirvieron para llenar los
bolsillos de los ricos propietarios y accionistas. Además estos gastos se
continúan financiando principalmente por medio de préstamos cuyos intereses se
abonan a los individuos y empresas que pueden permitirse comprar los bonos. De
esta manera la deuda pública americana, que subió enormemente durante la
Segunda Guerra Mundial, ha continuado incrementándose desde 1945 y después de
la Guerra Fría, en 1990.
Pero en los medios
de comunicación y en los libros de texto, ésta anomalía no se achaca al
catastrófico Sistema Pentágono, sino según se dice, a los inevitables gastos en
servicios sociales. En cualquier caso el ciudadano medio es el que, le guste o
no, paga esta deuda pública a través de sus impuestos. Economistas como el
famoso Paul Samuelson, autor de los libros de texto utilizados por millones de
estudiantes universitarios, argumenta que «defensa» es uno de los bienes
públicos cuyo coste inevitablemente deben soportar todos los ciudadanos que se
benefician de él; sin embargo nadie dice que mientras los beneficios del
Sistema Pentágono se «privatizan» convenientemente a favor de las corporaciones
y los americanos ricos, los costes se «socializan» sin misericordia en
detrimento del americano de a pie.
La Guerra Fría hizo
posible que el motor industrial americano continuara funcionando a toda
velocidad después del final de las hostilidades con Alemania y Japón para
beneficio de las corporaciones de América. Pero el conflicto todavía hizo otro
buen servicio a la Élite del Poder americana. A causa de la Guerra Fría, la
URSS, que nunca dispuso del mismo nivel de riqueza que el acumulado por los
Estados Unidos, sino
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que salió virtualmente arruinada de la guerra, se vio forzada a invertir
la parte del león de su riqueza nacional en armamento durante un período de
tiempo indefinido, en un desesperado intento de mantener con los americanos una
constantemente acelerada «carrera armamentista». (La expresión «carrera
armamentista» crea la falsa impresión de que afecta a una voluntaria y bonita
competición entre dos competidores iguales). Cada vez era más difícil para los
soviéticos construir con éxito su sociedad socialista y debido a esta carrera
todo hacía pensar que el proyecto terminaría fracasando, lo cual ocurrió
finalmente, aunque la Élite del Poder americana tuvo que esperar casi cincuenta
años para saborear su triunfo.
Página 178
19. LA
COLABORACIÓN CORPORATIVA Y LA LLAMADA «DESNAZIFICACIÓN» DE
ALEMANIA (I)
COMENZANDO en la
primavera de 1945, los americanos tuvieron la
oportunidad de
arreglar cuentas con el nazismo en Alemania, y este episodio ha pasado a la
historia con el nombre de «desnazificación». Pero sería un gran error creer que
la desnazificación llevaba consigo un esfuerzo consistente para erradicar los
vestigios del nazismo. Los Estados Unidos no se vieron envueltos en la guerra
por sus sentimientos antinazis. En los años treinta los poderes americanos
habían desarrollado cierta simpatía por el nacional-socialismo de Hitler y por
el fascismo en general porque estos movimientos eran anticomunistas y
antisoviéticos por naturaleza. Además los estados fascistas ofrecían plenitud
de oportunidades para hacer negocios rentables y estas oportunidades fueron
aprovechadas por subsidiarias y sucursales de las grandes corporaciones
americanas. Si Washington se vio envuelto en la guerra contra la Alemania nazi
(y contra la Italia fascista) fue porque el apoyo al enemigo de Alemania, Gran
Bretaña, abría más perspectivas de negocios rentables, sin dañar la lucrativa
conexión alemana.
Cuando los nazis
cayeron oficialmente en desgracia, hubo que hacer un esfuerzo grande para
convencer al pueblo americano que el enemigo era la Alemania de Hitler y no la
vilipendiada URSS. Se presentó a los nazis como sádicos, gangsters, criminales
y aventureros sedientos de sangre cuya llegada al poder en Alemania había sido
una trágica pero misteriosa peculiaridad de la historia; los nazis en otras
palabras eran sabandijas que había que exterminar. En América las élites no
eran capaces, ni querían, entender el nazismo (y el fascismo en general) como
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un fenómeno político-social reaccionario, que había sido posible gracias
a las intrigas políticas de elementos conservadores, como banqueros,
industriales, grandes terratenientes, militares y, tanto en Italia como en
Alemania, la Iglesia Católica. Estos mismos elementos conservadores también
habían simpatizado con fascistas de otros países, incluidos los Estados Unidos,
porque los fascistas defendían el orden económico-social existente y eran
enemigos mortales de los sindicatos, de los socialistas y de los comunistas.
Cuando se vio que los nazis y los fascistas eran monstruos criminales, sus
respetables maestros conservadores procedieron a distanciarse de su creación a
lo Dr. Frankenstein. Las élites americanas debían divorciarse de un movimiento
que antes había contado con su simpatía y apoyo. Los americanos se convencieron
a sí mismos de que Hitler y los nazis eran unos canallas sedientos de poder,
que habían aparecido no se sabe de dónde y que actuaban por su propia cuenta
dentro de una especie de vacío socioeconómico. Vista desde esta perspectiva, la
tarea de desmantelar el nazismo era simple; consistía en llevar a los culpables
ante un tribunal e imponerles un castigo que desalentara a posibles imitadores,
con lo que la pesadilla alemana llegaría a su fin.
Hubo una serie de
juicios a criminales de guerra, cuyo ejemplo más espectacular fue el célebre
juicio de Nüremberg, con el que prominentes (y menos prominentes) nazis
recibieron un severo castigo, incluida la pena de muerte. Sin embargo otros
valedores y colaboradores de los nazis salieron con penas menores o absueltos,
ante el disgusto de muchos. El banquero de Hitler, Schacht, resultó absuelto,
así como el astuto político Von Papen, que fue quien preparó el terreno a
Hitler. Los límites del desmantelamiento nazi fueron particularmente evidentes
cuando hubo que castigar a banqueros y corporaciones, cuyos responsables,
propietarios, directivos, principales accionistas, habían apoyado a los nazis a
veces desde 1933, y que se habían beneficiado del programa armamentista de
Hitler y de sus conquistas de guerra.
En muchos casos
también supieron sacar provecho a su estrecha colaboración con el partido nazi
y las siniestras SS de Himmler. Por ejemplo, empresas importantes alemanas
establecieron factorías y laboratorios cerca de los campos de concentración y
exterminio (incluido Auschwitz) y por una modesta aportación financiera a las
SS se les
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permitía utilizar a los presos como esclavos y en algunos casos como
cobayas humanos en vivisecciones. Después de la guerra, estas empresas apenas
fueron molestadas por las autoridades de ocupación americanas; de hecho, fueron
defendidas frecuentemente con energía por los americanos contra los
antifascistas alemanes, supervivientes de los campos, organizaciones judías y
soviéticos, que consideraban a estos hombres de negocios criminales de guerra
de la misma naturaleza que los propios nazis. En una serie de juicios
posteriores al de Nüremberg, deliberadamente organizados sólo por los
americanos y descritos más tarde por el fiscal americano como «medidas
simbólicas», los industriales y banqueros con conexiones nazis fueron tratados
con guantes de seda y frecuentemente absueltos. Todos aquellos que recibieron
(generalmente ligeras) sentencias se beneficiarían a los tres años de la
promulgación de una amnistía, cortesía de las autoridades americanas de
ocupación. Por tanto, la élite de los negocios alemana, que había apoyado a
Hitler y se había beneficiado de su dictadura, recibió del Tío Sam una especie
de «amnistía de facto» como la llamó el historiador americano
Christopher Simpson.
Hoy muchas empresas
alemanas que colaboraron activamente con los nazis y las SS, continúan haciendo
magníficos negocios gracias a los americanos, no sólo en Alemania, sino en toda
Europa y el resto del mundo. Un buen ejemplo es IG-Farben, gran empresa alemana
que apoyó a Hitler con gran devoción y obtuvo grandes sumas de dinero por parte
de las SS con la venta del gas venenoso «Zyklon-B» fabricado en su planta de
Degesch, el gas de las cámaras de Auschwitz. De hecho, los americanos llevaron
a IG-Farben a los tribunales, pero los responsables principales de la empresa
salieron con condenas «tan ligeras que hubieran contentado a un ladrón de
gallinas», como afirmó el acusador Josiah Dubois. La gran empresa se dividió en
un cierto número de «empresas sucesoras» (Nachjolgegesellschaften), pero
de forma tan superficial que la propiedad y el poder corporativo se
mantuvieron, a pesar de las demandas populares de drásticas reformas. A los
directores de IG-Farben también se les permitió continuar trabajando en esas empresas
sucesoras, con la ayuda de banqueros y economistas como Josef Abs y Ludwig
Erhard, que antes habían hecho un trabajo útil para el régimen nazi. Las
principales de esas llamadas «nuevas empresas», Bayer, Hoechst y BASF,
continúan hoy día
La notable película
«La Lista de Schindler» puede estar basada en hechos reales, pero de
alguna manera viola la verdad histórica ya que se crea la impresión de que la
colaboración entre los hombres de negocios alemanes y las SS fue algo puntual
(la iniciativa de un individuo) y que sirvió para salvar vidas. En realidad,
las SS colaboraron sistemáticamente con incontables empresas alemanas, grandes
y pequeñas y esta colaboración costó la vida a muchos miles de personas que
sirvieron como esclavos o como conejos de Indias. Es una lástima que Hollywood
nunca haya hecho una película sobre las verdaderas relaciones de las SS y las
principales empresas alemanas, incluidas las sucursales y subsidiarias de las
corporaciones americanas.
Después de la
guerra, EE. UU. se apropió de todos los avances científicos y técnicos
obtenidos por las empresas alemanas durante la misma, gracias a su colaboración
con las SS y también, por supuesto, por medio de la investigación convencional.
Comenzando en la primavera de 1945, los americanos confiscaron patentes,
fábricas y toda clase de conocimientos (no sólo en su zona de ocupación) y los
pusieron a disposición de sus empresas más importantes. Esto constituyó un
auténtico saqueo intelectual o, como prefirió llamarlo John C. Green, del
Departamento de Comercio de EE. UU., «reparaciones intelectuales». Además, un
gran número de doctores de los campos de concentración, que habían estado
envueltos en experimentos con cobayas humanos, así como otros científicos y
expertos fueron enviados tan rápido como fue posible a los EE. UU. Esta
operación tuvo los nombres clave de «Encapotado» y después «Sujetapapeles». Se
hicieron oídos sordos al pasado nazi de toda esta gente, se les suministraron
los documentos de inmigración necesarios y muchos de ellos recibieron la
ciudadanía americana. A cambio, trabajaron para el Pentágono y otras
instituciones americanas, públicas y
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privadas. Por ejemplo, Washington tenía un vivo interés en la tecnología
alemana de cohetes (disciplina que era la especialidad de un antiguo hombre de
las SS, Wernher Von Braun), así como en la producción de gas venenoso y toda
clase de armas químicas y bacteriológicas. A muchos nazis con horribles
crímenes en sus conciencias se les permitió llevar una vida larga y feliz en el
país que presumiblemente había ido a la guerra por su repulsión contra el
nazismo.
Los americanos
sabían bien que durante la época del Tercer Reich la élite industrial alemana
se había guiado por el lema «los negocios, como siempre». Después de todo, las
grandes corporaciones americanas también habían sabido beneficiarse de la
guerra. Además los líderes americanos veían en las grandes empresas alemanas
los socios indispensables para la construcción de la nueva Alemania, en la que
la propiedad privada y la libre empresa serían tan sacrosantas como en los
Estados Unidos. El pasado nazi de las principales de estas firmas se ocultó
bajo la alfombra, porque la ardua tarea que prometía ser la reconstrucción del
país presumiblemente no podría llevarse a cabo sin la ayuda de estos
«expertos». Todos los que pidieron las cabezas de los financieros de Hitler, de
los responsables de IG-Farben, del fabricante de armas Krupp, etc. fueron
denunciados como enemigos de la libre empresa, como comunistas.
Por último, pero no
menos importante, la magnanimidad de los americanos también se debió al hecho
de que empresas americanas como Standard Oil de New Jersey, General Motors, IBM
e ITT mantenían intimas y altamente rentables relaciones con muchas firmas alemanas,
antes, durante y después de la guerra. Como hemos visto antes, ya en los años
veinte las corporaciones americanas habían fundado sucursales y subsidiarias en
Alemania o habían establecido pactos estratégicos con empresas alemanas; aún en
los años oscuros de la Gran Depresión habían hecho negocios lucrativos a cuenta
de factores tales como la eliminación de los sindicatos por parte de Hitler y
su masivo programa de rearme. Después de estallar la guerra, y aún después de
Pearl Harbor, estas conexiones alemanas siguieron existiendo de un modo u otro.
La planta de
Coca-Cola en Essen, por ejemplo, prosperó a cuenta de la guerra, porque sus
ventas y operaciones de embotellado subieron
Página 183
considerablemente cuando la subsidiaria alemana siguió a la
victoriosa Wehrmacht a los países ocupados, como Francia y
Bélgica. Cuando fue imposible importar el sirope de Coke de los
Estados Unidos, después de Pearl Harbor, continuó haciendo negocio con una
nueva bebida refrescante, Fanta, de la que se vendieron en 1943 casi tres
millones de cajas. La conducta de Coca-Cola durante la guerra en tierras del
enemigo nazi no fue muy compatible con su imagen en los Estados Unidos, donde
la bebida refrescante de Adanta «simbolizaba la libertad de América y todas las
cosas buenas por las que luchaban los soldados americanos». La conexión de
Coca-Cola con la esvástica es un ejemplo sin importancia de las actividades de
las corporaciones americanas en la Alemania nazi, al menos comparado con
empresas como IBM, ITT, Ford y General Motors.
De acuerdo con
Edwin Black, autor de un reciente estudio muy completo sobre las actividades de
IBM en la Alemania nazi, la tecnología de esa empresa americana capacitó a los
nazis para que su maquinaria de guerra fuera «metódica, veloz y eficiente».
Black señala que IBM, vía su subsidiaria alemana Dehomag, no sólo puso el
relámpago en la Blitzkrieg" [10], sino que su
tecnología de tarjetas perforadas, precursora del ordenador,
también capacitó a los nazis para una «persecución automatizada». IBM se dice
que «puso los fantásticos números al holocausto», porque suministró al régimen
de Hitler las calculadoras Hollerith y otros equipos que se usaron para
«generar listas de judíos y otras víctimas, que se usaron para su deportación»
y «para registrar prisioneros [de los campos de concentración] y hacerles
trabajar como esclavos». Sin embargo, los críticos del estudio de Black
mantienen que se habría conseguido la misma mortal eficiencia sin contar con la
tecnología IBM. En cualquier caso, está claro que IBM se las arregló para
continuar sus negocios con la Alemania nazi después de Pearl Harbor, «usando
como fachada sus subsidiarias europeas», y que la corporación ganó millones de
dólares en ese proceso.
ITT, dirigida por
el filofascista Sosthenes Behn, había adquirido la cuarta parte de las acciones
de la fábrica de aviones Focke-Wulf en los años treinta y por tanto estuvo
involucrada durante la guerra —al menos indirectamente— en la construcción de
cazas que derribaron cientos de aviones aliados. (Un ingrediente importante del
combustible que
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necesitaba la Focke-Wulf de ITT, así como otros aviones de guerra
alemanes, era el tetraetilo sintético; se producía en una empresa llamada Ethil
GmbH, que era una filial del trío formado por Standard Oil, el socio alemán de
Standard, IG-Farben y General Motors). Hasta muy al final de la guerra las
plantas de producción de ITT en Alemania, así como en países neutrales como
Suiza, Suecia y España, suministraban a las fuerzas armadas alemanas, no sólo
aviones sino otros materiales bélicos. Charles Higham da detalles:
«Después de Pearl
Harbor el ejército alemán, la armada y las fuerzas aéreas contrataron con ITT
la fabricación de conmutadores, teléfonos, sistemas de alarma, boyas, equipos
de alerta aérea, equipos de radar y treinta mil espoletas mensuales para
proyectiles de artillería… que se incrementaron a cincuenta mil por mes en
1944. Además ITT suministró componentes para los cohetes que cayeron sobre
Londres, placas de selenio para rectificadores, equipos de radio de alta
frecuencia y sistemas de comunicaciones de campaña. Sin estos materiales
imprescindibles hubiera sido imposible para la fuerza aérea alemana exterminar
tropas americanas y británicas, para el ejército alemán luchar contra los
aliados, Inglaterra no habría sido bombardeada y los barcos aliados no hubieran
sido atacados en el mar».
Sin los
sofisticados equipos de comunicaciones suministrados por ITT en los primeros
pasos de la guerra Alemania no habría sido capaz de infligir a sus enemigos las
mortales derrotas con lo que se conoció como krieg, que necesitaba
ataques altamente sincronizados por aire y por tierra. Después de
Pearl Harbor ITT suministró a Alemania los sistemas de comunicación más
avanzados, en detrimento de los americanos, cuyo código diplomático fue
descifrado por los nazis con la ayuda de estos equipos.
El gigantesco
fabricante de vehículos GM constituye quizá el ejemplo más espectacular de
actividades ilícitas americanas y «grandes negocios» en tierras del enemigo
nazi, pero su competidor, Ford, también hizo una
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contribución considerable al esfuerzo de guerra alemán. Durante la
guerra Ford fabricó no sólo incontables camiones, sino motores y toda clase de
piezas para la Wehrmacht; y lo hizo no sólo en su factoría de
Colonia, sino también en sus plantas de los países ocupados, como Francia,
Bélgica, Holanda y Dinamarca, así como en Finlandia, Italia y otros países
aliados de la Alemania nazi. Las fábricas alemanas de General Motors se
convirtieron enteramente en productoras de equipos bélicos tras la reunión de
Hitler y Göring con el ejecutivo de GM Mooney, el 19 y 20 de septiembre de 1939
en Berlín. El resultado fue que la factoría Opel de Brandenburgo, fundada en
1935, pasó a producir el «Blitz», modelo de camión para la Wehrmacht,
mientras que la Opel de Rüsselsheim comenzó a trabajar principalmente para
la Luftwaffe, ensamblando aviones como el JU-88, caballo de batalla
de la flota de bombarderos de la Luftwaffe. Hubo un momento en que
General Motors y Ford juntas fabricaron no menos de la mitad de la producción total
de tanques en Alemania. Además los tanques alemanes eran de mejor calidad que
los que se fabricaban en los
EE. UU., como
el Sherman, que los soldados americanos llamaban irónicamente el «Ronson»,
porque los bazookas alemanes lo «encendían» al primer intento.
Un reclamo parecido fue utilizado por el encendedor Ronson en una campaña
publicitaria de la época.
Expertos bien
informados acerca de estas cosas son de la opinión que las mejores innovaciones
tecnológicas de GM y Ford durante la guerra beneficiaron prioritariamente a sus
fábricas de Alemania, más que a sus factorías en los Estados Unidos y Gran
Bretaña, que producían para el ejército aliado. Como ejemplo citan los camiones
Opel con tracción a todas las ruedas que fueron muy útiles a los alemanes en
los barrizales del frente oriental y en el desierto del norte de África, así
como los motores para el nuevo ME-262, el primer caza a reacción, también
ensamblados por Opel en Rüsselsheim. En cuanto a la Fordwerke de Colonia,
estuvo envuelta a través de su asociada Arendt en el desarrollo ultrasecreto de
turbinas para las terribles V-2 que devastaron Londres y Amberes. No sin razón
las subsidiarias alemanas de empresas americanas fueron mencionadas como
«pioneras del desarrollo tecnológico» por los planificadores del Ministerio de
Economía del Reich y por otras autoridades nazis envueltas en la producción de
material de guerra,
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Muy poca gente sabe que GM, Ford, ITT y otros gigantes de las
corporaciones americanas funcionaron durante la guerra como una especie de
«arsenal del nazismo». Estas empresas naturalmente siempre se han mantenido
mudas acerca de este delicado tema. Es más, incluso los pocos cognoscenti suelen
asumir que las subsidiarias alemanas fueron confiscadas sin
paliativos por los nazis después de Pearl Harbor y sólo volvieron al control de
sus propietarios y directores americanos después de la guerra. Éste no fue el caso.
Un experto alemán, Hans Helms, escribe categóricamente que «ni siquiera durante
su régimen de terror los nazis hicieron el más mínimo intento de cambiar el
estatus de la propiedad (Eigentumsverhältnisse) de Opel o Ford». Incluso
durante la guerra Ford mantuvo el 52% de las acciones de Fordwerke en Colonia y
General Motors siguió siendo el único propietario de Opel. Los propietarios y
directivos americanos siguieron manteniendo a veces altas cotas de control
sobre sus factorías en Alemania, incluso después de la declaración de guerra
alemana a los Estados Unidos. Las sedes centrales en América y sus sucursales
alemanas estuvieron siempre en contacto, unas veces indirectamente a través de
subsidiarias en la neutral Suiza y otras directamente por medio de modernos
sistemas de comunicación. Estos últimos fueron aportados por ITT en
colaboración con Transradio, empresa resultante de la asociación de la propia
ITT con otra corporación americana, RCA, y las empresas alemanas Siemens y
Telefunken. Edsel Ford, hijo de Henry Ford, intervino personalmente en la
dirección de la Fordwerke de Colonia y las plantas de Ford en la Francia
ocupada. Como IBM, cuyo director general para Europa, el holandés Jurriaan W.
Schotte, destinado en Nueva York, pudo «continuar manteniendo regularmente la
comunicación con sus subsidiarias en territorio nazi, en su Holanda natal y en
Bélgica». IBM también pudo «controlar los acontecimientos y ejercer su
autoridad en Europa a través de sus subsidiarias en países neutrales», y
especialmente a través de su sucursal suiza de Ginebra, cuyo director, suizo,
«viajaba libremente a Alemania, a los países ocupados y a los neutrales».
Finalmente, como muchas otras grandes empresas americanas, IBM pudo contar con
los diplomáticos destinados en los países ocupados o neutrales para enviar
mensajes por valija diplomática. Edwin Black concluye que «a pesar de la
apariencia de no estar implicada, IBM continuó jugando un papel principal en
las operaciones del día a día de sus
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subsidiarias [en Alemania y el resto de Europa]… los negocios
continuaron como siempre durante la guerra».
Los nazis
permitieron graciosamente a los empresarios americanos mantener la posesión de
sus subsidiarias en Alemania y aún les concedieron un cierto control sobre su
administración. Es más, en algunos casos como el de Opel y Fordwerke, la
intervención nazi en la dirección fue mínima. Después de la declaración de
guerra a los Estados Unidos los miembros americanos de la dirección
desaparecieron de escena, pero los directores alemanes existentes, confidentes
de los jefes en Estados Unidos, generalmente permanecieron en sus cargos y
continuaron con los negocios, guardando en sus mentes el interés corporativo y
los accionistas americanos. En el caso de Opel la central en EE. UU. mantuvo
virtualmente el control sobre los directivos de Rüsselsheim. Al menos ésta es
la opinión del historiador americano Bradford Snell, que ya prestó atención a
este asunto en los años setenta, pero cuyos hallazgos fueron negados por GM.
Sin embargo un estudio reciente de la investigadora alemana Anita Kugler
confirma la exactitud de las afirmaciones de Snell y suministra una información
más detallada y matizada. Después de la declaración de guerra alemana a los
Estados Unidos, escribe, los nazis no molestaron para nada inicialmente a la
dirección de Opel. Fue el 25 de noviembre de 1942, casi un año después de Pearl
Harbor, cuando Berlín nombró un «custodio de los activos enemigos» (Feindvermögensverwälter),
pero la significación de este hecho fue meramente simbólica. Los nazis sólo
querían crear una «imagen alemana» de una empresa que era 100% propiedad de
General Motors, y que permaneció así durante la guerra. Kugler da detalles:
En contraste con la
leyenda promovida por Opel y General Motors, la verdad es que no hubo una
represión dictatorial de los nazis… El custodio no era autocrático, sino
alguien que había sido seleccionado en 1935 por los propios americanos como
miembro del consejo de dirección y nombrado por ellos en un puesto dirigente.
Además de facto y también de jure estaba
subordinado a las directrices del consejo de dirección… No tenía la categoría
de Director General.
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En la Fordwerke un
tal Robert Schmidt, ardiente nazi, estuvo como director general durante la
guerra y su actuación satisfizo tanto a las autoridades de Berlín como a los
directivos de la Ford en América. Los signos de aprobación e incluso
felicitaciones, firmadas por Edsel Ford, llegaron regularmente desde la central
de Ford en Dearborn, Michigan. Los nazis también estaban muy contentos con el
trabajo de Schmidt; a su debido tiempo fue recompensado por sus servicios al
Tercer Reich con el pomposo pero prestigioso título de «líder en el campo de la
economía militar» (Wehrwirtschaftsführer). Aun cuando, meses después de
Pearl Harbor, fue nombrado un custodio para supervisar la fábrica de Ford en
Colonia, Schmidt mantuvo sus prerrogativas y su libertad de acción. Después de
la guerra Schmidt prefirió desaparecer de la escena durante un tiempo a causa
de su devoción por el nacional-socialismo y su activa colaboración con las SS,
pero desde 1950 volvió a su puesto directivo en Fordwerke y permaneció allí
hasta su muerte en 1962.
La perspectiva de
tener un custodio de los activos del enemigo supervisando sus subsidiarias no
era muy aberrante para las corporaciones americanas, que tenían razones para
esperar que las propiedades del enemigo fueran tratadas en Alemania como lo
fueron en la Primera Guerra Mundial, y como las inversiones alemanas fueron
tratadas de hecho en América durante la Segunda Guerra Mundial. Los inversores
de ambos lados esperaban que sus propiedades en territorio enemigo «fueran
salvaguardadas, manejadas adecuadamente… y devueltas intactas cuando el
conflicto hubiera terminado», liberando el bloqueo de los beneficios al final
de las hostilidades. Como los americanos, los nazis suscribían las reglas
escritas o no del capitalismo internacional, y era de esperar que manejaran de
forma diligente las subsidiarias del enemigo. El nombramiento de un custodio,
como señala Edwin Black, traía consigo una considerable ventaja, la «negativa
admisible»: la presencia de un custodio de los activos del enemigo hacía
posible que los propietarios y dirigentes siguieran haciendo dinero a través de
la colaboración con el enemigo, mientras que podían seguir negando cualquier
responsabilidad en los hechos que se perpetraban durante este proceso.
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En lo que se refiere a IBM, su experiencia en tiempo de guerra con los
custodios de Axis en Alemania, Francia, Bélgica y otros países, no puede
decirse que fuera traumática. De acuerdo con Edwin Black «protegieron
celosamente los activos e incrementaron la productividad y los beneficios»;
además, «los directores de IBM se mantuvieron como tales para el día a día y en
algunos casos fueron nombrados ayudantes de los custodios». Del custodio de
Dehomag, Hermann B. Fellinger, Black escribe que «funcionaba con mucho más celo
comercial y dedicación a IBM que cualquier directivo de alto rango que Watson
hubiera seleccionado personalmente». En vista de ello no es sorprendente que se
mantuviese a Fellinger en un puesto directivo de Dehomag después de la
capitulación alemana.
Los nazis estaban
mucho menos interesados en la nacionalidad de los propietarios o la identidad
de los directivos que en la producción, porque después del fracaso de la Blitzkrieg en
la Unión Soviética esperaban una necesidad creciente de aviones y camiones.
Desde que Henry Ford fuera pionero en el uso de la cadena de montaje y otras
técnicas «fordistas», las empresas americanas habían sido líderes en la
producción industrial masiva y las plantas de dichas empresas en Alemania,
incluida la Opel, subsidiaria de GM, no eran una excepción a esta norma
general. Los planificadores nazis como Göring y Speer lo sabían y por eso
entendían muy bien que cualquier cambio radical en la dirección de Opel podía
afectar a la producción en Brandenburgo y Rüsselsheim. Para mantener los altos
niveles de productividad en Opel, a la dirección que había se le permitió
continuar porque estaban familiarizados con los métodos de producción
americanos particularmente eficientes. Ésta fue la principal razón de por qué
en las plantas de Opel las cosas continuaron bajo el lema «los negocios, como
siempre», aún después de Pearl Harbor. Se excedieron las cuotas de producción
señaladas por Berlín, por lo que las autoridades nazis recompensaron a la
subsidiaria de GM con el título honorífico de «empresa bélica modelo» (Kriegsmusterbetrieb).
Los directores de Opel tuvieron tanto éxito en la producción que los nazis cada
vez les permitían mayor libertad. La investigadora alemana Anita Kugler llega a
la conclusión de que la Opel «puso a disposición de los nazis toda su
producción y esfuerzo investigador, por lo que, hablando objetivamente,
contribuyó a mejorar su capacidad bélica».
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Para los
propietarios y directores de GM y Ford, era importante mantener las líneas de
producción y ensamblaje en sus filiales alemanas y les importaba poco o nada
que esto sirviese para alargar la guerra. Lo que contaba para ellos y para los
accionistas eran los beneficios. Poca gente sabe que las fábricas de las
corporaciones americanas en Alemania alcanzaron considerables «ganancias»
durante la guerra y que éstas no se las embolsaron los nazis. De Fordwerke
están disponibles los números exactos. En 1943 «ganó» aproximadamente 2,17
millones de marcos de un volumen total de facturación de 184 millones; esto
suponía casi el doble de beneficios de los que la empresa tuvo en 1939 y
aproximadamente seis veces los que tuvo en 1933, año en que el amigo de Henry
Ford, Hitler, llegó al poder. Las subsidiarias de Ford en los países ocupados,
Francia, Holanda y Bélgica, donde el gigante americano también hizo su
contribución al esfuerzo de guerra nazi, tuvieron igualmente un éxito
extraordinario. Ford Francia, por ejemplo, que no era una empresa floreciente
antes de la guerra, se hizo muy rentable después de 1940, gracias a la
colaboración incondicional con los alemanes; en 1941 registró unas ganancias de
58 millones de francos, un resultado por el que Edsel Ford les felicitó
cordialmente.
No hay detalles
disponibles sobre los beneficios de Opel, pero se sabe que la sucursal alemana
de GM también lo hizo muy bien. De acuerdo con Anita Kugler, pocas empresas
alemanas podían igualar el «flujo de caja» de Opel durante la guerra, que
acumuló más y más liquidez cada mes. Los beneficios de Opel, subieron como un
cohete hasta el punto de que el Ministerio de Economía nazi (Reichswirtschaftsministerium)
prohibió su publicación; esto se hizo para evitar la «mala sangre» (böses
Blut) en la población alemana, a la que se pedía que se apretasen el
cinturón cada vez más y que probablemente se darían cuenta de que los
beneficios de la factoría americana no se correspondían con los de sus
camaradas teutónicos.
En cuanto a IBM,
Edwin Black escribe que las ganancias de su sucursal alemana se dispararon
durante la guerra. Dehomag ya había registrado unos incrementos de beneficios
récord en 1939, y durante la guerra «crecieron más rápidamente, especialmente
como resultado de la invasión nazi de Bélgica, Polonia y Francia», por lo que
el valor de la
Página 191
subsidiaria de IBM en el Tercer Reich «se catapultaba diariamente». Como
en el caso de Ford, los beneficios de IBM en la Francia ocupada subieron
principalmente por el negocio que generó su estrecha colaboración con las
autoridades de ocupación alemanas, por lo que pronto fue necesario construir
nuevas factorías. Pero sobre todo, si creemos a Edwin Black, IBM prosperó en
Alemania y en los países ocupados porque vendió a los nazis las herramientas
tecnológicas necesarias para identificar, deportar, apresar, esclavizar y al
final exterminar, a millones de judíos europeos, en otras palabras, para
organizar el holocausto.
Los nazis no tenían
nada contra el hecho de que la inversión de capital americano diera
considerables beneficios durante la guerra. Esto no era una sorpresa teniendo
en cuenta el respeto a las reglas del juego capitalista que ya tenían los
fascistas antes de la guerra y que los industriales alemanes habían admirado y
apoyado. Estas reglas, que los propios nazis resumían en el lema «a cada cual
lo suyo» (Jedem das Seine), fueron seguidas por Hitler y sus acólitos
hasta el amargo final. Los nazis no eran comunistas, y para el tercer Reich los
asuntos de empresa no eran cuestión de estado (como a menudo se afirmó
erróneamente en los medios de más allá del Atlántico), ni de los trabajadores,
sino de los propietarios y los accionistas. Esto era y siguió siendo así en el
caso de las sucursales americanas, aunque los beneficios no se transfirieran
directamente a las centrales corporativas en los Estados Unidos.
No está muy claro
lo que ocurrió con los beneficios originados en Alemania durante la guerra por
las subsidiarias de las corporaciones americanas, pero han alcanzado la luz del
día algunas briznas de información. Ya antes de la guerra, en los años treinta,
las corporaciones americanas habían desarrollado estrategias para saltarse el
embargo nazi a la repatriación de beneficios. Por ejemplo, la central de IBM en
Nueva York tenía costumbre de facturar regularmente a Dehomag por los conceptos
de «derechos», de amortizaciones de préstamos ficticios y otras tasas y gastos.
Esta práctica y otras «transacciones entre compañías» también reducían los
beneficios en Alemania y funcionaban simultáneamente como un instrumento muy
efectivo para reducir impuestos. Es improbable que IBM fuera la única
corporación que desarrollara tales «transformaciones de cuentas» tales
«complicadas
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maniobras interempresas», que fueron predecesoras de los «precios de
transferencia» y otros trucos, que son utilizados ampliamente en la actualidad
por las multinacionales de la «aldea global» para evitar impuestos y maximizar
beneficios.
En cualquier caso,
ya hemos visto que había otras maneras de manejar el embargo de los beneficios,
tales como la reinversión en la propia Alemania, pero después de 1939 esta
opción ya no estaba permitida, al menos en teoría. No obstante muchas
subsidiarias americanas se las arreglaban para incrementar sus activos de ese
modo. Opel por ejemplo, compró una fundición en Leipzig en 1942. Y por supuesto
seguía siendo posible usar las «ganancias» para mejorar y modernizar la
infraestructura de las factorías existentes. Eso también se utilizó en el caso
de Opel. En cuanto a Fordwerke, el valor de la subsidiaria alemana de Ford «se
elevó a más del doble durante la guerra». Además, existían oportunidades de
expansión en los países europeos ocupados. La subsidiaría de Ford en Francia
utilizó sus beneficios en 1941 para construir una fábrica de tanques en Oran,
Argelia; esta planta según se afirma suministró al Afrika Corps de Rommel los
equipos necesarios para su avance camino de El Alamein. Como Fordwerke en Colonia
mantenía estrechos contactos con Ford Francia, no es imposible que la aventura
argelina fuera financiada parcialmente con beneficios originados en la Alemania
nazi.
Tampoco es
imposible que una parte de esos beneficios se transfirieran de algún modo a los
Estados Unidos, por ejemplo a través de la neutral Suiza. Muchas corporaciones
estadounidenses mantuvieron oficinas allí, que servían como enlace entre las
oficinas centrales y sus subsidiarias en los países enemigos u ocupados y que
estaban envueltas en la «evasión de beneficios», como escribe Edwin Black en
relación con la sucursal suiza de IBM. Con el propósito de repatriar
beneficios, las corporaciones también podían contar con los expertos servicios
de las sucursales en París de algunos bancos americanos, tales como Chase
Manhattan y J. P. Morgan y cierto número de bancos suizos. El Chase era parte
del imperio Rockefeller, como la Standard Oil, socio americano de IG-Farben; su
sucursal en el París ocupado permaneció abierta durante toda la guerra y se
benefició sensiblemente de su estrecha colaboración con las autoridades
alemanas. Por parte suiza también hubo algunas instituciones financieras
Página 193
que, sin hacer preguntas difíciles, estuvieron envueltas en la custodia
del oro robado por los nazis a sus víctimas judías. A este respecto, jugó un
importante papel el Bank for International Settlements (BIS)
de Basilea, un banco internacional fundado en 1930 sobre la base del Plan
Young, con el propósito de facilitar los pagos por reparaciones alemanas
después de la Primera Guerra Mundial. Banqueros americanos y alemanes (como
Schacht) dominaron el BIS desde el principio y colaboraron amistosamente en esta
aventura financiera también después de Pearl Harbor. Durante la guerra, un
alemán miembro del partido nazi, Paul Hechler, funcionó como director del BIS,
mientras que un americano, Thomas M. McKittrick, fue su presidente. McKittrick
era buen amigo del embajador americano en Berna y del agente de la OSS en
Suiza, Allen Dulles. Como socio de la firma de abogados de Nueva York, Sullivan
& Cromwell, Dulles se había especializado en manejar inversiones americanas
en Alemania, antes de que su país entrara en la guerra; mientras tanto, su
hermano John Foster Dulles se había hecho abogado corporativo del BIS en Nueva
York. Es bien conocido que durante la guerra el BIS manejó enormes cantidades
de dinero y oro con origen en la Alemania nazi. Hay indicios de que esto
también tuvo que ver con los beneficios de las empresas americanas en Alemania,
es decir, con el dinero acumulado por los clientes y asociados de los ubicuos
hermanos Dulles. No es sorprendente que las corporaciones y bancos que
participaban en esas transacciones observaran siempre una gran discreción, pero
no obstante, se sabe que después de la guerra, la compañía americana Du Pont
recibió 520 000 dólares en concepto de inversiones y patentes que fueron
rentables en la Francia ocupada. La central de Ford en Dearbon se las arregló
para embolsarse beneficios de la Fordwerke en Colonia. Dearbon reconoció
oficialmente haber recibido después de la guerra la modesta suma de 60 000
dólares como dividendos alemanes. Aquí, como en el caso de Du Pont, no es irrazonable
asumir que nos enfrentamos al proverbial iceberg, pero la verificación es
imposible, ya que Ford, un negocio familiar hasta 1956, mantiene fuertemente
cerrados sus libros correspondientes a ese período.
Página 194
20. LA
COLABORACIÓN CORPORATIVA Y LA LLAMADA «DESNAZIFICACIÓN» DE
ALEMANIA (II)
EL FENÓMENO
contemporáneo conocido como «reconversión», que
requiere un
constante descenso del número de trabajadores para garantizar los beneficios
cada vez más elevados de los empresarios (y de los inversionistas, de casa o
extranjeros), demuestra claramente que los beneficios dependen, no sólo de los
elevados precios y las materias primas baratas, sino también, y en gran medida,
de los costes salariales bajos [11]. Cuanto más bajo
es el coste laboral, más altos son los beneficios del capital. A este respecto,
los que practican la reconversión pueden aprender algo de la experiencia de las
subsidiarias americanas en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, para las
que el lema era «beneficios über alles». Ya antes de la guerra la
mayoría si no todas las empresas alemanas se habían beneficiado del
gran favor otorgado por los nazis, es decir, la eliminación de los sindicatos.
Esta medida arbitraria había mutilado la fuerza laboral del Tercer Reich y la
había transformado en una «pandilla» (Gefolgschaft) sin poder alguno
que, de acuerdo con el principio autoritario del mando (Führerprinzip),
que prevalecía tanto en la vida pública como en la privada, estaba
incondicionalmente a disposición de sus jefes, esto es, los empleadores. No
puede sorprender que en la Alemania nazi los salarios reales declinaran
rápidamente, mientras que los beneficios aumentaran de la misma forma.
Durante la guerra,
los trabajadores alemanes fueron carne de cañón. Se suponía que esto iba a ser
una inconveniencia temporal, ya que el concepto de Blitzkrieg suponía
una guerra corta seguida de una victoria total, pero el fracaso de esta táctica
en la Unión Soviética impidió la vuelta de millones
Página 195
de hombres al mundo laboral. Como consecuencia de la carencia de
trabajadores, la ley de la oferta y la demanda normalmente hubiera supuesto una
escalada en los costes salariales, y por tanto una reducción en los beneficios.
Sin embargo los nazis evitaron esta desagradable situación promulgando una
moratoria para los incrementos de precios y salarios el 4 de septiembre de
1939. En la práctica los precios continuaron subiendo, mientras que los
salarios se deterioraron gradualmente y las horas de trabajo aumentaron. Ésta
fue también la experiencia en el grupo de las subsidiarias americanas. Por
ejemplo, en mayo de 1940 los trabajadores de Opel tenían que trabajar 60 horas
por semana por un sueldo bajo, un «salario de robo» (Lohnraub), como lo
llamaban ellos mismos, que llevó a muchas protestas. Aún así las horas de
trabajo en Rüsselsheim fueron creciendo hasta llegar a finales de 1942 a 66
horas por semana.
Para combatir la
escasez de trabajadores en las fábricas, los nazis recurrieron cada vez más a
mano de obra extranjera que trabajaba frecuentemente en condiciones
infrahumanas. Junto con cientos de miles de soviéticos y otros prisioneros de
guerra, así como internos de los campos de concentración, esta Fremdarbeiter formaba
un gigantesco grupo de trabajadores forzados que podían ser explotados ad
libitum por cualquiera que los reclutase, a cambio de un modesto pago
a las SS. Además las SS mantenían la disciplina requerida con mano de hierro.
Los costes salariales por tanto bajaron a niveles que ni soñarían los actuales
reestructuradores elevando las ganancias corporativas de forma proporcional.
Mantener el control de millones de Fremdarbeiter fue posible
gracias a la tecnología de IBM a través de su subsidiaria Dehomag.
Las sucursales de
las empresas americanas en Alemania también hicieron buen uso de los
trabajadores esclavizados por los nazis, no sólo en forma de Fremdarbeiter,
sino en forma de prisioneros de guerra e internos de los campos de
concentración. Por ejemplo la Yale & Towne Manufacturing Company, radicada
en Velbert, en tierras del Rin, contó con la «ayuda de trabajadores de Europa
Oriental» para alcanzar sus considerables beneficios, y Coca-Cola se dice que
se benefició de la utilización de trabajadores extranjeros y prisioneros de
guerra en sus plantas de Fanta. Sin embargo los ejemplos más espectaculares del
uso de trabajadores forzados por subsidiarias americanas lo constituyen Ford y
Página 196
General Motors. En la Fordwerke se sabe que desde 1942 se utilizaron
«celosamente, agresivamente y con éxito» Fremdarbeiter, así como
prisioneros de guerra de la Unión Soviética, Francia, Bélgica y otros países
ocupados y aparentemente con el conocimiento de sus centrales en los Estados
Unidos. Karola Fings, una investigadora alemana que ha estudiado cuidadosamente
las actividades de Fordwerke durante la guerra, escribe:
[Ford] hizo
magníficos negocios con los nazis. Porque la aceleración de la producción
durante la guerra abrió oportunidades totalmente nuevas para mantener bajos los
niveles de costes salariales. Desde 1941 se congelaron los sueldos en la
Fordwerke. Sin embargo los mejores márgenes de beneficios se consiguieron
mediante el uso de los llamados Ostarbeiter [trabajadores
forzados de Europa Oriental].
Los miles de
trabajadores forzados extranjeros puestos al servicio de la Fordwerke fueron
mantenidos, a veces durante años, en «condiciones infrahumanas», obligados a
trabajar 12 horas todos los días, excepto domingos sin recibir salario alguno.
Presumiblemente el tratamiento reservado para el pequeño número relativo de
internos del campo de concentración de Buchenwald puesto al servicio de
Fordwerke en el verano de 1944, fue aún peor. Cuando un grupo de trabajadores
forzados que sobrevivieron a esta terrible experiencia intentó recientemente
obtener una indemnización, el director de Fordwerke prometió permitir una
investigación en los archivos de la empresa, tanto en los Estados Unidos como
en Alemania, para verificar sus alegaciones.
Al contrario que
Fordwerke, Opel nunca abusó de la utilización de internos de los campos de
concentración, al menos no en las factorías principales de Rüsselsheim y
Brandenburgo. Sin embargo la subsidiaria alemana de GM tuvo un apetito
insaciable de otro tipo de trabajadores forzados, como los prisioneros de
guerra, y este primer Kriegsgefangeneneinsatz incluía
franceses. Después se les uniría un gran número de soviéticos,
aunque por regla general a los soviéticos
Página 197
simplemente se les dejaba morir de hambre. También fueron puestos al
servicio de Opel trabajadores civiles deportados principalmente de Europa
Oriental, y también de la Occidental. Los Westarbeiter venían
de Francia, Bélgica y Holanda, mientras que los Ostarbeiter procedían
principalmente de la Unión Soviética. Típico del uso de esta mano de obra en
las factorías de Opel, especialmente si incluía rusos (los llamados Russeneinsatz era
su «máxima explotación, el peor trato posible y… la pena de muerte aún en el
caso de ofensas menores». La Gestapo estaba a cargo de la supervisión de los
trabajadores extranjeros. Enfrentada a tales horrores, GM ha comisionado
recientemente al historiador de la Universidad de Yale, Henry Turner, con la
tarea de investigar el papel de Opel durante el Tercer Reich. Una elección
inteligente, ya que Turner es conocido como amigo leal del mundo de los
negocios; en una serie de estudios ha conseguido con éxito exculpar a la élite
industrial de Alemania, contra todas las evidencias, del cargo de ayudar a
Hitler a subir al poder y beneficiarse de su régimen. En cualquier caso, en
contraste con Fordwerke, Opel se ha mostrado dispuesta a contribuir, junto con
Volkswagen, BMW y muchas otras grandes empresas alemanas, así como con el
gobierno alemán, a un fondo de más de 5000 millones de dólares con objeto de
indemnizar a los trabajadores forzados supervivientes.
Por tanto, durante
la guerra las grandes corporaciones americanas se las arreglaron para hacer
dinero negociando con el enemigo tanto como con el aliado. Sin embargo las
famosas escuelas de negocios de los Estados Unidos, como la de la Universidad
de Harvard, donde los jóvenes ambiciosos (y adinerados) tanto extranjeros como
americanos se ponen al corriente de los trucos empresariales americanos, no
parecen poner atención a esta historia de éxito particularmente interesante e
instructiva. Y las crónicas más o menos oficiales de estas corporaciones, así
como las biografías de Henry Ford y otros gigantes industriales, generalmente
aportan poca o ninguna luz a este tema. En lo que se refiere a los medios de
información norteamericanos, están dispuestos a aportar grandes detalles sobre
las dificultades de los bancos suizos que se quedaron con el oro robado por los
nazis a sus víctimas judías, o los problemas de ciertas empresas alemanas, como
Volkswagen, que se benefició de trabajadores forzados durante la guerra, pero
apenas dicen una sola palabra sobre las conexiones de las empresas americanas
con los nazis. En los Estados
Página 198
Unidos y en su vecino Canadá, donde Ford y GM poseen importantes
subsidiarias, la universalmente pregonada libertad de prensa (y de expresión en
general) parece tener sus límites cuando los periódicos, revistas y emisoras de
TV se ven amenazados con perder facturación por publicidad si molestan a las
empresas con grandes presupuestos publicitarios, como Ford y Coca-Cola,
intentando hurgar en su pasado. Una autocensura parecida puede observarse
también en las universidades, donde la libertad académica es la reina suprema,
al menos en teoría. Un americano experto en la historia del Tercer Reich y la
Segunda Guerra Mundial ha conseguido recientemente y con éxito escribir un
libro de más de mil páginas sobre la guerra sin mencionar a Fordwerke o Ford en
general, ni a General Motors o su subsidiaria Opel, ni una sola vez. Esto puede
entenderse si se sabe que hizo su carrera en Michigan, una de las universidades
cuya financiación depende en gran medida del patrocinio de los mayores mecenas
del estado, los fabricantes de automóviles. Los que sabiamente, aunque tal vez
de forma inconsciente, practican este tipo de autocensura pueden tener
oportunidades en los Estados Unidos de ver publicado su trabajo por los
departamentos de publicaciones de prestigiosas universidades, cuyos directivos
cuentan con representantes de las grandes corporaciones de la nación y cuya
cátedra de historia (y otras) se financian por medio de asignaciones de las
mismas. Finalmente, sólo se recompensan con lucrativos y prestigiosos premios
los estudios que evitan ofender la sensibilidad de estas empresas, que a su vez
son las que dotan los mismos.
En casa, en los
Estados Unidos, las corporaciones con subsidiarias en Alemania apenas tuvieron
ningún problema a cuenta de sus actividades en tierras del enemigo nazi.
Naturalmente estas corporaciones mantuvieron la mayor discreción posible, e
incluso el secreto, sobre este aspecto de sus negocios, por lo que la mayoría
de los americanos no tenían ni idea de sus conexiones durante la guerra con
Colonia, Rüsselsheim y otros lugares de Alemania. Es más, por medio de palabras
pomposas y gestos grandilocuentes, estas empresas intentaron convencer a la
opinión pública de su patriotismo, de forma que ningún americano de a pie
hubiera pensado que GM por ejemplo, que financiaba los carteles antialemanes en
casa, estaba envuelta en las distantes orillas del Rin en actividades que
constituían un cierto tipo de traición.
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Washington estaba
mucho mejor informado que John Doe, pero el gobierno americano observó la regla
no escrita que estipula que «lo que es bueno para General Motors es bueno para
América», e hizo oídos sordos al hecho de que las empresas acumularan riquezas
por medio de sus inversiones o su comercio con el Tercer Reich. La
administración Roosevelt tenía entre sus miembros de elevada posición cierto
número de antiguos ejecutivos de GM, como William S. Knudsen, amigo de Göring
en los años treinta y presidente de General Motors hasta 1940. Apenas una
semana después del ataque japonés a Pearl Harbor, el 13 de diciembre de 1941,
el propio presidente Roosevelt discretamente publicó un edicto permitiendo a
las empresas americanas hacer negocios con países enemigos (o con países
neutrales pero amistosos con el enemigo) por medio de una autorización
especial. Este decreto contravenía claramente las supuestamente estrictas leyes
contra cualquier forma de «comercio con el enemigo», y contrastaba con la forma
en que leyes análogas se aplican con respecto a Cuba en el día de hoy: a los
americanos no se les permite traer a Estados Unidos ni un cigarro habano
comprado en Canadá.
Washington también
contó con la activa colaboración de las corporaciones del país para llegar al
éxito final en la guerra. Como ha escrito Charles Higham, la administración
Roosevelt «tuvo que irse a la cama con las compañías petroleras para ganar la
guerra». Los funcionarios del gobierno no hubieran podido evitar hacer
preguntas difíciles, por lo que cerraron los ojos ante la conducta
antipatriótica de los inversores de capital americanos en el extranjero. «Para
satisfacer a la opinión pública», dice Higham, «se inició una acción legal en
1942 contra el más conocido violador de la legislación sobre comercio con el
enemigo, la Standard Oil». Pero la Standard señaló que «estaba suministrando un
alto porcentaje del combustible necesario para el Ejército, las Fuerzas Armadas
y la Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos, haciendo posible que América ganara
la guerra». La empresa de Rockefeller fue sancionada con una pequeña multa «por
haber traicionado a América», pero se le permitió continuar su rentable comercio
con el enemigo de su país. También se abortó una tentativa de investigación de
las dudosas actividades de IBM en Alemania, porque los Estados Unidos
necesitaban la tecnología de IBM, igual que les pasaba a los nazis. Edwin Black
escribe:
Página 200
«En cierto modo IBM era más grande que la Guerra. Ambos bandos no podían
prescindir de la importante tecnología de la compañía. Hitler necesitaba a IBM.
Los aliados también.»
El Tío Sam movió
levemente un dedo respecto a Standard Oil e IBM, pero la mayoría de los
propietarios y dirigentes de las compañías que hicieron negocios con Hitler no
fueron molestados nunca. Las conexiones de Sosthenes Behn, de ITT, con la
Alemania nazi, por ejemplo, eran un secreto público en Washington, pero él
nunca tuvo dificultades a causa de ello. Charles Higham explica:
«A pesar de que la
Inteligencia americana vigilaba cada paso de Behn… y en general sabía
exactamente lo que estaba haciendo, no tomó ninguna medida para detenerle.
Cuando la guerra llegaba a su fin, alguna ligera voz crítica dentro del
gobierno americano fue rápidamente silenciada ante las perspectivas de paz con
Alemania y los planes futuros de confrontación con Rusia.»
Behn cultivaba
íntimos contactos con los líderes militares americanos, e incluso recibió la
más alta condecoración civil, la Medalla del Mérito, por sus incalculables
servicios al ejército americano. Sus restos mortales descansan en el cementerio
de Arlington en Washington, no lejos de la tumba de John F. Kennedy, y junto a
las de miles de soldados americanos que perdieron la vida en la guerra contra
sus amigos nazis…
Por tanto, por
parte del estado las grandes corporaciones americanas no tuvieron serias
dificultades a cuenta de los servicios que rindieron al enemigo. Es más, los
cuarteles generales de los aliados occidentales parecían tener cuidado con las
subsidiarias americanas en Alemania. Mientras que el centro histórico de la
ciudad de Colonia era aplastado por repetidos bombardeos, la gran factoría Ford
en las afueras de la ciudad tenía la fama de ser el sitio más seguro de la
misma durante los ataques. Esto quizá era una exageración, pero es un hecho que
durante los bombardeos aliados fue destruida una parte «sorprendentemente
pequeña»
Página 201
de la Fordwerke y que «la infraestructura de la empresa permaneció
intacta», por lo que la subsidiaria de la Ford en Colonia pudo reanudar sus
operaciones prácticamente nada más terminar las hostilidades; el primer camión
de la posguerra se produjo el 8 de mayo de 1945, día de la rendición alemana.
De acuerdo con el experto alemán Hans G. Helms, Bernard Baruch, consejero de
alto nivel del presidente Roosevelt, había dado la orden de no bombardear
ciertas factorías de Alemania o de hacerlo ligeramente. No es sorprendente que
las factorías de las subsidiarias americanas estuvieran dentro de ese grupo.
Sobre Fordwerke, Helms escribe categóricamente que «no podía ser bombardeada, y
por tanto no lo fue», excepto en «ataques simulados». Los días 15 y 18 de octubre
de 1944 un terreno vecino con barracones de trabajadores fue objeto de un
ataque aéreo aliado. Otra empresa perdonada fue Bayer de Leverkusen, conectada
a Standard Oil vía IG-Farben. Helms señala que esta planta fabricaba cierto
tipo de medicamentos contra las enfermedades tropicales, que necesitaba el
ejército americano en el Pacífico y que era debidamente suministrado por
Alemania vía Suiza y Portugal. Por otro lado, la factoría Opel de Rüsselsheim
fue abundantemente bombardeada, por ejemplo el día 20 de julio y los días 25 y
26 de agosto de 1944, pero sus daños fueron muy limitados. La mitad de los
edificios fueron destruidos, pero a causa de la dispersión previa (Auslagerung)
sólo el 10% de la maquinaria y otros elementos productivos se perdió, por lo que
la producción estaba a pleno rendimiento cuando el 25 de marzo de 1945 los
soldados americanos llegaron a Rüsselsheim. La sucursal alemana de IBM también
emergió de las vicisitudes de la guerra con muy poco daño. Entre los primeros
soldados en entrar en el edificio de Dehomag en Sindelfingen, cerca de
Stuttgart, había algunos antiguos «soldados de IBM», es decir empleados de IBM
destinados temporalmente en el ejército, que encontraron todo «intacto al 100%»
y «en muy buenas condiciones», con «todos los instrumentos y todos los equipos
bien conservados y dispuestos para trabajar al momento»; también informaron al
propio Thomas Watson que «la factoría entera estaba intacta, y se había librado
por alguna razón desconocida de nuestros aviadores». Watson, que tenía acceso
privilegiado a los centros de poder de Washington, incluida la Casa Blanca,
indudablemente conocía la razón. Sin embargo la factoría de IBM de Berlín fue
destruida por los bombardeos a la capital alemana, pero no antes de que «la
mayoría de los departamentos fueran trasladados a
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diferentes lugares en el sur de Alemania» en una operación Auslagerung similar
a la que salvó la mayoría de la planta de GM en Rüsselsheim.
Después de la
guerra GM y otras corporaciones americanas que habían hecho negocios con
Alemania no sólo no fueron castigadas, sino que fueron compensadas por los
daños sufridos a causa de los bombardeos angloamericanos. General Motors
recibió 33 millones de dólares e ITT 27 millones por parte del gobierno como
indemnización, parcialmente en forma de exención de impuestos. La Fordwerke
había sufrido un daño relativamente pequeño durante la guerra y recibió más de
100 000 dólares en compensación por parte del propio régimen nazi; la sucursal
de Ford en Francia se las arregló para obtener una indemnización de 38 millones
de francos del régimen de Vichy. Ford además solicitó 7 millones de dólares en
Washington en concepto de daños, pero sólo recibió unos 500 000. Estas
compensaciones, altas o bajas, constituyeron un ejemplo particularmente
generoso de la largueza del Departamento del Tesoro americano, especialmente
teniendo en cuenta que estas empresas ya habían ahorrado impuestos durante la
guerra por sus presumibles pérdidas en Alemania. GM por ejemplo consideró
perdida su inversión completa en Opel en su declaración de impuestos de 1941,
lo que supuso una reducción de impuestos de aproximadamente 22,7 millones de
dólares. Teóricamente esto suponía que el gobierno americano podía confiscar
los activos de Opel, pero después de la guerra, en 1948, a GM se le permitió
graciosamente reponer su subsidiaria alemana mediante el pago de un impuesto de
1,8 millones de dólares, casi 21 millones menos de lo que se había ahorrado en
1941. Además la ficción judicial de que sus activos alemanes se habían perdido
posibilitó a los propietarios y dirigentes de las empresas americanas poder
negar toda responsabilidad en las actividades de sus subsidiarias en Alemania.
Si después de la
guerra las autoridades americanas hubieran causado dificultades a las empresas
alemanas que habían colaborado íntimamente con los nazis, hubieran podido salir
a la luz ciertos hechos desagradables. La opinión pública podría haberse dado cuenta
de que la industria americana había trabajado estrechamente con los nazis, de
que empresas como Ford y GM habían hecho fantásticos negocios no sólo
suministrando armas a las fuerzas americanas, sino también a la Wehrmacht,
y que
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comerciando con el enemigo no sólo habían sido antipatriotas, sino que
habían cometido un cierto tipo de traición. Una americana experta en política
de los Estados Unidos respecto a Alemania al final de la Segunda Guerra
Mundial, Carolyn Woods Eisenberg, escribe que una de las muchas razones de por
qué las autoridades americanas de ocupación en Alemania dudaron en ahondar en
las conexiones nazis de las grandes empresas alemanas, fue que «la conducta de
las empresas alemanas no podía ser fácilmente separada de las dudosas
actividades de ciertas corporaciones americanas». Una persecución judicial
consistente de firmas alemanas como IG-Farben podía haber conducido a
confiscaciones y nacionalizaciones (como ocurrió en Francia con el fabricante
de automóviles colaboracionista Renault) y en ese caso la empresa matriz
americana podría haber sufrido serias pérdidas.
Las grandes
empresas americanas con conexiones alemanas pertenecían a la élite corporativa
que había aprendido durante y a cuenta de la guerra, a multiplicar su riqueza,
su influencia y su poder. Después de la guerra esta élite tuvo una enorme
influencia en la forma en que las autoridades de ocupación americanas trataron
a la derrotada Alemania. Las autoridades de ocupación americanas (incluido el
«zar económico» de América en la tierra del enemigo derrotado, William Draper)
estaban formadas por representantes influyentes de empresas tales como GM e
ITT. De acuerdo con Carolyn Woods Eisenberg, muchos de estos hombres
«[habían sido
nombrados] por su experiencia personal en las relaciones con firmas alemanas, o
porque sus propias empresas ya habían hecho negocios con Alemania antes de la
guerra. Así que había gente… de General Motors… y ATT [filial de ITT]. El
director [William Draper, amigo de Thomas Watson, de IBM]… venía de Dillon,
Read & Company, una gran institución financiera que había hecho inversiones
considerables en Alemania en los años veinte… Muchas de estas personas tenían
conexiones personales con una u otra gran empresa…»
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Por tanto las corporaciones americanas no solamente eran capaces de
evitar la revelación de sus dudosas actividades en Alemania durante la guerra,
sino de prevenir cualquier dificultad seria de sus subsidiarias o asociadas
alemanas. Un pequeño número de nazis, como Sauckel, el tratante de esclavos que
suministró a la industria alemana durante la guerra masas de trabajadores
extranjeros, terminó merecidamente en la horca, pero las principales empresas
alemanas y subsidiarias de empresas americanas que habían utilizado a esos
trabajadores forzados fueron totalmente exculpadas.
En Japón los
americanos procedieron de modo similar después de la guerra. Un cierto número
de criminales de guerra recibió su castigo, pero muchos de los «peces gordos»
fueron tratados con poca severidad, sobre todo el emperador Hirohito. La razón
para ello era que los líderes americanos y sus autoridades de ocupación en
Japón tenían más simpatía por las élites políticas y económicas conservadoras
de ese país, aunque ellas habían originado la guerra, que por los elementos
democráticos que resurgieron después de ella con planes progresistas para un
Japón nuevo. Los americanos veían a aquéllos como hombres de negocios
respetables y serios con los que se podía trabajar por el mutuo interés, en el
enraizamiento de un sistema capitalista sólido en Japón, y como hombres de
estado con inmaculadas credenciales anticomunistas. Estos últimos sin embargo
parecían peligrosos revolucionarios de izquierdas y potenciales simpatizantes
de Moscú. Como consecuencia, bajo los auspicios del «procónsul» americano en el
Japón ocupado, el general McArthur, las purgas terminaron rápidamente y pronto
se restauró en el país su tradicional estructura autoritaria, cubierta con una
fina capa de barniz democrático; se neutralizó a los sindicatos y no se
permitió intervenir en la reconstrucción de su país a los demócratas y
antifascistas. Símbolo de esta política fue el trato dado al emperador
Hirohito. La cabeza del estado japonés, el llamado Mikado, que podía ser
considerado criminal de guerra, no tuvo ningún cargo y además ni siquiera declaró
como testigo en los juicios contra algunos de sus estrechos colaboradores
acusados de crímenes de guerra. Con este «lavado» del monarca japonés,
Washington
—afirma Chomsky—
dejó claro que en la tierra del sol naciente los Estados Unidos no iban a
permitir ningún nuevo experimento democrático,
Página 205
sino que estaban determinados a restaurar el «tradicional orden
conservador».
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21. EE.
UU., LOS SOVIÉTICOS Y EL DESTINO DE ALEMANIA EN LA POSTGUERRA
EN LOS artículos de
los periódicos europeos y americanos, en las
películas y en los
libros de historia se nos suele presentar un panorama bastante simplista de la
situación en Europa al final de la Segunda Guerra Mundial. Se nos sugiere que
los americanos sólo querían salir tranquilamente del continente liberado y marcharse
al otro lado del Atlántico, como en las viejas películas del Oeste, donde el
héroe, sentado imperturbable sobre su caballo, y ante las miradas de admiración
de los vecinos, cabalga lentamente saliendo del pueblo que acaba de limpiar de
malhechores. Pero este atractivo panorama no podía hacerse realidad a causa de
los malvados soviéticos, que se habrían aprovechado de la marcha de los
americanos para sojuzgar sin piedad a todo el Occidente. Nada puede estar más
lejos de la verdad histórica, pero esto es lo que hemos visto una y otra vez.
El tema tentador
del papel de los soviéticos y americanos en Europa después de mayo de 1945 va
más allá del contenido de este estudio sobre la Segunda Guerra Mundial, pero es
necesario poner atención por un momento al asunto de la posguerra en Alemania, porque
al final de las hostilidades había que ajustar las cuentas con el país que
comenzó la guerra, lo que parecía una tarea difícil y compleja. Los importantes
acontecimientos que tuvieron lugar entre el Rin y el Oder durante los meses y
años siguientes a mayo de 1945, acontecimientos en los que soviéticos y
americanos estuvieron envueltos íntimamente, merecen un esbozo y una breve
interpretación dentro del contenido de este estudio.
La política de los
soviéticos en la posguerra iba encaminada a la (re) creación de un solo estado
alemán, por la razón simple de que podían
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esperar más beneficios de esa solución que de una Alemania dividida. Del
derrotado enemigo alemán, Moscú, como covencedor, esperaba dos importantes
concesiones, concesiones que ya habían sido aprobadas, al menos en principio,
por sus socios americanos y británicos con ocasión de la Conferencia de Yalta:
primero, unos pagos por reparaciones considerables y segundo la seguridad de
que no habría revanchismo por parte del estado alemán de posguerra.
Las reparaciones y
la seguridad eran de vital importancia para la URSS porque harían posible la
reconstrucción del país, y más particularmente la de una sociedad socialista en
suelo soviético, sin interferencias externas. La construcción del «socialismo en
el país» era una tarea que Stalin siempre había considerado más importante que
fomentar revoluciones rojas por todo el mundo, una alternativa estratégica
comunista cuyo gran protagonista había sido el enemigo y rival de Stalin,
Trotsky. La realización de estos planes soviéticos dependía en gran medida de
la existencia de un solo estado alemán, lo bastante próspero para poder
afrontar los elevados pagos por reparaciones. A los soviéticos les importaba
relativamente poco qué tipo de estado fuese. Por supuesto no esperaban que
fuera un país comunista, porque sabían bien que si apoyaban esa opción
entrarían en conflicto con americanos y británicos. (Stalin intentó
tranquilizar a este respecto a sus socios occidentales con el sarcástico
comentario de que «el comunismo era tan apropiado para Alemania como una silla
de montar para una cerda»). Los soviéticos esperaban una versión nueva de la
República de Weimar, es decir una democracia parlamentaria de estilo occidental
que fuera aceptable para Washington y Londres. Moscú deseaba fervientemente
seguir colaborando durante mucho tiempo con los angloamericanos, ya que sólo
esa colaboración entre aliados podía asegurar que la nueva Alemania pagaría sus
reparaciones y eliminaría la amenaza del revanchismo antisoviético en la
posguerra. Los soviéticos por tanto querían una Alemania de posguerra
unida y democrática, porque ésa era la opción más ventajosa para ellos. Ésta
es la razón por la que la Unión Soviética se opuso insistentemente desde el
principio a la división de Alemania y continuó oponiéndose hasta bien entrados
los años cincuenta.
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Los planes soviéticos respecto a Alemania eran razonables y la mayoría
de los factores de estos planes ya habían sido aprobados por los aliados
occidentales en Yalta y otros lugares. Sin embargo los americanos se negaron a
aceptarlos, porque después de la derrota de Alemania tenían una visión
totalmente nueva de la situación. De la creación de un estado alemán único, los
Estados Unidos sólo podían esperar ventajas en caso de dominarlo política y
económicamente. Cuando fue obvio que esto no podrían lograrlo, ni siquiera por
medio de la agresiva diplomacia nuclear de Truman, Washington se dio cuenta de
que lo más rentable era mantener la división existente de Alemania,
supuestamente temporal, en zonas de ocupación.
La política
americana respecto a Alemania la determinaron los factores económicos. Para
evitar una nueva crisis económica interna, Washington debía abrir los mercados
del mundo a la exportación de sus productos industriales. Tenía que adoptarse
el principio de puertas abiertas, a ser posible en todo el mundo, pero al menos
en aquellos países que después de la Segunda Guerra Mundial hubieran quedado
dentro de la órbita de influencia americana. Los líderes de los EE. UU. estaban
determinados a que Alemania en particular, cuyos mercados habían estado
cerrados virtualmente para los americanos por parte de los nazis desde los años
treinta, estuviera disponible para los productos americanos, especialmente
teniendo en cuenta que la reconstrucción del país prometía convertirse en un
verdadero chorro de oro. Después de la guerra, los líderes industriales
americanos recorrieron el mundo, no sólo en busca de mercados para sus
productos, sino también en busca de oportunidades para invertir los grandes
beneficios acumulados durante la guerra. Para estos inversores, Alemania
también parecía ser la tierra prometida, Eldorado teutónico. Por tanto era
necesario integrar urgentemente a Alemania en el nuevo orden económico mundial
del libre comercio. Este esquema era difícil de reconciliar con los planes
soviéticos que, basados en los acuerdos de Yalta, esperaban que el potencial
económico de la nueva Alemania se dedicara prioritariamente a pagarles las
compensaciones, a las que se habían hecho acreedores por la contribución de su
país a la victoria final, después de los grandes sufrimientos padecidos por la
agresión nazi. Los Estados Unidos no podían hacer oídos sordos a tales
reclamaciones, pero Truman y otros líderes americanos que determinaron la
política exterior de Washington en
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1945, demostraron ser mucho más sensibles a los deseos de la industria
americana que a las necesidades de la URSS, sin importar lo legítimas que
fueran. Si Alemania compensaba a la URSS con los pagos por reparaciones durante
un período de tiempo ilimitado, difícilmente sería posible para los
exportadores e inversores americanos hacer los rentables negocios que tenían
planificados durante la reconstrucción del país. En Rüsselsheim por ejemplo la
dirección de Opel estuvo preocupada mucho tiempo después de la capitulación
alemana ante la posibilidad de que se requiriese a su empresa para contribuir a
los pagos por reparaciones. E IBM, que bajo el régimen nazi se había
beneficiado inmensamente con la ficción de que Dehomag era una empresa alemana,
estaba ahora muy preocupada de que su subsidiaria pudiera ser considerada
propiedad del enemigo, y por tanto susceptible de hacer pagos por reparaciones.
«IBM deseaba ansiosamente ser excluida [de los pagos por reparaciones]»,
escribe Edwin Black, por lo que la corporación se puso a trabajar para que su
sucursal «fuera excluida de la esfera de culpabilidad» en vez de «ser candidata
a las reparaciones». No fue una sorpresa que las poderosas corporaciones
americanas se movieran en Washington para evitar que sus sucursales alemanas se
vieran envueltas en esos pagos. Ahora que la Unión Soviética ya no era
necesaria como aliada, los anticomunistas comenzaron a ganar influencia en
América y consideraban abominable que Alemania pudiera ser esquilmada en
beneficio del comunismo de la URSS.
Había otras razones
por las que Washington estaba preocupada ante la perspectiva de los pagos por
reparaciones a la Unión Soviética. Como hemos visto, las subsidiarias de las
corporaciones americanas habían sobrevivido a la guerra virtualmente intactas, por
lo que su producción se podía reiniciar inmediatamente después del fin de las
hostilidades. Al final de la guerra, las corporaciones americanas poseían en
Alemania más activos que antes de ella y preveían obtener beneficios sin
precedentes con la futura reconstrucción del país. (Tenían razón: al final de
1946 IBM Alemania, por ejemplo, estaba valorada en 56 millones de marcos, ¡y
daba un beneficio de 7,5 millones al año!). Sin embargo, a cuenta del programa
de reparaciones acordado, este beneficio podía contribuir al pago de la enorme
deuda de guerra alemana a la Unión Soviética. Esto suponía que el capital
americano obtenido en Alemania podía servir, durante un período
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de tiempo indefinido, para financiar la construcción del comunismo en
tierras soviéticas, en vez de producir dividendos para los bolsillos de los
accionistas americanos.
No importaba que
los planes soviéticos respecto a Alemania, fueran legítimos y moderados, eran
totalmente inaceptables para el Tío Sam. En lo que a Washington se refiere, era
mejor que los soviéticos desaparecieran de Alemania dejando a los americanos la
delicada tarea de la reconstrucción de Europa. Si los soviéticos no estaban
preparados para hacerlo voluntariamente, los americanos, que contaban con la
ventaja de la bomba atómica, sí que estaban preparados para obligarles. Como ya
hemos visto, el presidente Truman, con la diplomacia nuclear, intentó
coaccionar a Stalin para que el Ejército Rojo abandonara voluntariamente
Alemania y Europa Oriental. Pero la diplomacia nuclear resultó ser
contraproducente: precisamente para defenderse de la bomba atómica Moscú
mantuvo sus tropas tan al oeste como le fue posible. Los soviéticos se
atrincheraron en su propia zona de ocupación alemana, pero en el plano
diplomático continuaron defendiendo una Alemania no dividida como su solución
favorita. Washington prefería el status quo, es decir la división
de Alemania en las demarcaciones de zonas fijadas en Yalta. Después de todo
esta división daba a los americanos (junto con los británicos y los franceses)
el control de la parte más importante del país, que incluía los grandes puertos
del norte, las regiones altamente industrializadas del Ruhr y del Saar, la
prospera Rhineland y la Texas alemana, Baviera. Por casualidad la mayoría, no
todas, las sucursales de empresas americanas estaban localizadas en esa parte
de Alemania, que más tarde sería la RFA.
El privilegio de
dominar el corazón de Alemania y poder hacer negocios allí, y como consecuencia
negarle todo esto a la URSS, merecía la pena el pequeño precio que los Estados
Unidos tenían que pagar permitiendo a los soviéticos, al menos temporalmente, hacer
lo que quisieran en su zona de ocupación, lo que incluía recuperar reparaciones
por los daños de guerra sufridos. Este precio era realmente razonable, porque
la zona soviética, más tarde la RDA, además de ser la que más daño había
sufrido en la guerra, era también la más pequeña, la menos densamente poblada y
económicamente mucho más débil que la zona occidental. (Una parte considerable
de lo que había sido Alemania
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Oriental antes de la guerra —la parte oriental de los ríos Oder y
Neisse— fue cedida, según lo acordado, a Polonia, para compensar a este país
por los territorios al este de la Línea Curzon, que recuperó la Unión
Soviética). Durante las últimas semanas de hostilidades los americanos habían
ocupado una parte considerable de la zona soviética, Turingia y gran parte de
Sajonia. Cuando la abandonaron, en junio de 1945, se llevaron al oeste más de
diez mil vagones de ferrocarril llenos del mejor y más nuevo material,
patentes, etc. de la empresa Carl Zeiss de Jena y de las factorías locales de
empresas como Siemens, Telefunken, BMW, Krupp, Junkers e IG-Farben. Este botín
incluyó el saqueo de las factorías nazis de las V-2 en Nordhausen, no sólo los
cohetes sino documentos técnicos por un valor aproximado de 400 a 500 millones
de dólares, así como unos 1200 expertos alemanes en la tecnología de los
cohetes, una de los cuales era el famoso Wernher von Braun. Finalmente los
americanos también rapiñaron una considerable cantidad de oro, una parte
relativamente pequeña pero importante del llamado Totengold der Juden,
el oro robado a los judíos por parte de las SS que no había podido trasladarse
a Suiza antes del final de la guerra. Este tesoro lo descubrieron los soldados
americanos en una mina de sal en la ciudad de Merkers, en Turingia, y en el
campo de concentración de Buchenwald. Está claro que estos traslados de
tecnología, y toda clase de material valioso, incrementaron la ya considerable
asimetría entre las zonas de ocupación alemanas.
Podríamos decir que
los americanos se aseguraron de no dejar nada de valor en esas empresas de
Turingia y Sajonia. Pero el mayor perjuicio económico lo produjo el hecho de
que los americanos se llevaran a miles de dirigentes, ingenieros, expertos y
científicos de todas clases, los cerebros del este de Alemania, sacándolos de
sus factorías, universidades y hogares en Sajonia y Turingia para ponerlos a
trabajar para ellos en occidente, o simplemente para sacarlos de allí. Un
historiador alemán menciona esta operación, en la que muy pocos de los
deportados no fueron coaccionados, como la «sangría» americana de la zona
soviética, como una «deportación forzada» (Zwangsdeportation) y como un
«secuestro» (Menschenraub); compara esta acción, de forma algo
incorrecta indudablemente, con las deportaciones de «Noche y Niebla» (Nacht
und Nebel) de la Gestapo de los oponentes del régimen nazi a los campos de concentración.
En cualquier caso no se puede negar que este traslado de
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recursos humanos y materiales fue extremadamente ventajoso para los
americanos y la RFA, pero extremadamente perjudicial para la RDA.
Abandonando a manos
de los soviéticos la parte más pobre y más pequeña de Alemania, los americanos
se quedaban con la más grande y rica del país. Pero había otras razones por las
que una Alemania dividida era más ventajosa para Washington. El nazismo, como
el fascismo en general, había sido un fenómeno de extrema derecha que no
solamente respetaba el orden socio-económico capitalista existente, sino que
prestaba sus servicios al capital eliminando los sindicatos así como los
partidos socialistas, comunistas y de izquierdas en general. Ésta era la razón
por la que el capital alemán, que tenía su ejemplo en una serie de grandes
empresas, como IG-Farben, Thyssen, Krupp, etc, había suministrado una ayuda
financiera generosa a los nazis durante su marcha hacia el poder, se había
asociado con ellos cuando llegaron al mismo y había cooperado, sacando
beneficio, en las iniciativas típicamente fascistas como la persecución de los
oponentes al régimen, la expropiación a los judíos, el rearme y la agresión
internacional. Max Horkheimer dijo una vez que los que quieren hablar de
fascismo tienen que hablar necesariamente de capitalismo, porque en un análisis
final el fascismo es una forma de capitalismo, una manifestación del mismo. En
Alemania y en el resto de Europa en 1945 todo el mundo estaba al tanto de la
conexión entre fascismo y capitalismo, del lugar que ocupaba el fascismo dentro
del orden capitalista. O, como dice Edwin Black en su estudio sobre el papel de
IBM en el holocausto, «el mundo sabía que la connivencia de las empresas [había
sido] la pieza clave del terror de Hitler». Esta idea esencial, este Erkenntnismoment,
fue olvidada poco más tarde, cuando empezó a presentarse el
fascismo —al estilo americano— como si hubiera emergido de un vacío
socio-económico, como la obra de individuos malvados, criminales,
dictatoriales, como Hitler, que había aparecido en la escena histórica
aparentemente viniendo de ninguna parte. La famosa biografía de Hitler de Alan
Bullock, publicada por primera vez en 1952 y destinada a ser imitada por otros
incontables psico-biógrafos y psico-historiadores, contribuyó en gran medida a
este proceso de «desplazamiento», a promocionar la «teoría del gángster» del
nazismo y el fascismo en general. Aún cuando los estudios sobre el nazismo
intentaban aclarar el entorno histórico de la llegada al poder de Hitler, la
influencia que en ella tuvieron
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los intereses comerciales alemanes se obvió a favor de factores tales
como los rasgos peculiares de la historia alemana, los injustos términos del
Tratado de Versalles y, por supuesto, el aparente apoyo del pueblo alemán.
Después de la caída
del nazismo alemán y del fascismo europeo en general, el Zeitgeist era
(y seguiría siéndolo durante unos cuantos años) decididamente antifascista y a
la vez más o menos anticapitalista. Casi en
toda Europa
surgieron asociaciones radicales —como los grupos antifascistas alemanes,
o Antifas— que se hicieron bastante influyentes. Los sindicatos y
los partidos políticos de izquierdas también renacieron con éxito,
especialmente en Alemania, y esto se reflejó claramente en el resultado de las
elecciones regionales, por ejemplo en la zona de ocupación británica y en
el Land central de Hesen. Los partidos de izquierdas y los
sindicatos contaban con un amplio apoyo popular cuando denunciaron a los
banqueros e industriales alemanes por su apoyo a los nazis y su colaboración
con el régimen de Hitler, y cuando propusieron reformas antifascistas más o
menos radicales, como la socialización o nacionalización de ciertas empresas y
ciertos sectores industriales. Incluso la conservadora CDU (que más tarde se
metamorfosearía en la gran defensora alemana de la libre empresa estilo
americano), fue forzada a ajustarse al Zeitgeist anticapitalista;
en su llamado Programa Ahlen de principios de 1947 criticaba el sistema capitalista
y proponía un nuevo orden económico-social. Sin embargo estos planes de reforma
(Neuordnungspläne) violaban los dogmas americanos respecto a la
propiedad privada y la libre empresa.
Los americanos no
eran muy felices con la idea de que se establecieran dentro de las grandes
empresas alemanas «consejos de trabajadores» elegidos democráticamente (Betriebsräte),
que querían intervenir en los asuntos de la empresa. Para empeorar las cosas,
los trabajadores elegían frecuentemente a comunistas para formar estos
consejos. Esto ocurría en las subsidiarias americanas más importantes, como
Fordwerke u Opel. Los comunistas jugaron un papel importante en el Betriebsräte de
Opel hasta 1948, año en que General Motors reasumió oficialmente la dirección
de Opel e inmediatamente disolvió esa institución. Estos consejos suponían una
forma de democracia industrial por la que los propietarios y dirigentes
americanos sentían muy poco entusiasmo. Es más, la Betriebsräte
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recordaba mucho a los «soviéticos», a los comités de soldados y
trabajadores de la revolución bolchevique de 1917, lo cual sabían las
autoridades americanas. Louis A. Wiesner, un especialista en asuntos laborales
del Departamento de Estado, alertó a sus superiores de que «los consejos de
trabajadores en Alemania y en Rusia después de la Primera Guerra Mundial fueron
los órganos que intentaron el cambio revolucionario» y sugirió que era «una
invitación gratuita a los trabajadores alemanes para volver a sus tradiciones
revolucionarias». Por tanto, los consejos de trabajadores inquietaban a los que
temían que la Segunda Guerra Mundial pudiera significar el renacimiento de una
revolución social, exactamente igual que la Guerra Franco-Prusiana de 1870/71 y
la Primera Guerra Mundial habían conducido respectivamente a la Comuna de París
y a la Revolución de Octubre.
Para irritación de
los lideres americanos, estos proyectos radicales no sólo contaban con la
simpatía y apoyo de las autoridades soviéticas de ocupación, sino también, al
menos temporalmente, con una cierta comprensión por parte de los británicos,
cuya política estaba dirigida, desde las elecciones generales de julio de 1945,
por el moderadamente de izquierdas Partido Laborista, liderado por el primer
ministro Clement Attlee. El gobierno laborista británico en principio no tenía
nada contra las reformas económico-sociales y se encontraba dispuesto a
introducir en la propia Gran Bretaña, no sólo las reformas sociales del estado
del bienestar, sino también un atrevido programa de nacionalizaciones. Dentro
de su zona de ocupación en el noroeste de Alemania, que incluía la
industrializada cuenca del Ruhr, los británicos estaban dispuestos en 1945/46 a
iniciar un programa de nacionalizaciones en cooperación con el grupo Antifas local,
los sindicatos, su partido homónimo, el Partido Laborista Social Demócrata
Alemán (SPD) y otras fuerzas de izquierdas. Esto significaba que los americanos
iban a encontrar difícil, si no imposible, evitar que la izquierda marcara las
pautas de un estado alemán sin dividir, e hiciera reformas con el apoyo de los
soviéticos (rojos) y de los británicos (rosas); en ese caso incluso las
subsidiarias de empresas americanas caerían víctimas de las nacionalizaciones.
Consideremos las
ventajas asociadas a la opción alternativa, es decir continuar con la división
de Alemania. Esta opción ofrecía a los EE. UU.
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la oportunidad de reforzar su poder en las zonas occidentales de
ocupación, no sólo respecto a su socio británico sino también respecto a los
alemanes de izquierdas, antifascistas y en ciertos aspectos anticapitalistas.
La forma de conseguirlo era alentar y estimular a los conservadores de derechas
«anti-antifascistas» y «anti-anticapitalistas» y si fuese necesario, ex nazis,
que eran anti-antifascistas por definición y con cuya colaboración podían
contar para anular los molestos planes de reforma. Las autoridades americanas
se opusieron sistemáticamente a los antifascistas y sabotearon sus esquemas de
reforma social y económica. Y lo hicieron a todos los niveles de la
Administración Pública, así como en la esfera privada. Por ejemplo, en la
planta de Opel en Russelsheim las autoridades americanas colaboraron de mala
gana con los antifascistas; hicieron todo lo que estaba en su mano para evitar
el establecimiento de un nuevo sindicato de trabajadores y negaron a los
«consejos de trabajadores» cualquier intervención en la dirección de la
empresa. En la Fordwerke de Colonia, la presión antifascista obligó a los
americanos a despedir al Director General nazi, pero gracias a Dearborn y a las
autoridades de ocupación americanas, el antiguo Wehtwirtschaftsfürer,
Robert Schmidt y muchos otros dirigentes nazis pronto volvieron a sentarse en
su sillón.
En vez de permitir
que florecieran las reformas democráticas planificadas, los americanos
procedieron a restaurar la estructura autoritaria «de arriba a abajo» en cuanto
estuvo en sus manos poder hacerlo. Dejaron a un lado a los antifascistas a
favor de personalidades conservadoras, autoritarias, de derechas, incluidos
muchos antiguos nazis, con cuya colaboración podían contar para mantener las
tradicionales relaciones de poder en la parte occidental de Alemania. Era la
familiar política anti-antifascista ya practicada antes de forma consistente
por los Estados Unidos en países liberados como Italia y que conoció su debut
en Alemania en el otoño de 1944, en la primera ciudad que cayó en manos
americanas, Aachen. De acuerdo con un desilusionado veterano de guerra
americano, lo mismo volvió a ocurrir una y otra vez en Alemania:
«En Alemania habían
funcionado grupos antifascistas. El crimen era que tomábamos una ciudad,
arrestábamos al alcalde y otros peces gordos y poníamos a un antifascista a
cargo de la ciudad. Si
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volvíamos tres días más tarde, los americanos habían liberado a los
funcionarios, les habían vuelto a poner en el poder y echaban a ese chico.
Invariablemente ocurría así».
Dos figuras clave
de esta política americana anti-antifascista fueron Konrad Adenauer y Ludwig
Erhard. Erhard, que según se dice fue el arquitecto del «milagro económico
alemán» de la posguerra (Wirtschaftswunder), ya se había manifestado
como un ardiente defensor de los intereses de la libre empresa, contra la
intervención del estado, en el Tercer Reich y era conocido como oponente a los
«experimentos sociales» y como adalid de la «continuidad del orden económico»;
también se le mencionó como el artífice de la partición, más aparente que real,
de IG-Farben. Adenauer, el «viejo zorro», no solamente no era antifascista,
sino que no era demócrata. Era un típico representante de la «vieja» Alemania
autoritaria y se le había descrito como «nacionalista conservador» y como «un
símbolo del conservadurismo político extremo» e incluso como un «autócrata
reaccionario». Como Canciller de la RFA, Adenauer protegió sin pudor alguno a
los banqueros y empresarios alemanes que hicieron posible la llegada al poder
de Hitler y a todo tipo de antiguos nazis, incluyendo notorios criminales de
guerra.
La RFA se fundó
bajo los auspicios de los anti-antifascistas como Adenauer. Alemania occidental
fue y permaneció anti-antifascista porque el antifascismo se asimilaba, no sin
razón, con el anticapitalismo. Por eso el antifascismo se cultivó enérgicamente
en la RDA. Sin embargo, desde la unificación de las dos Alemanias, o como
también puede decirse, desde la anexión de la RDA por la RFA, el antifascismo
ha sido atacado sistemáticamente, también en la parte oriental, por métodos
como cambiar el nombre a las calles y plazas, destruir monumentos y clausurar o
reorientar museos. Es vergonzoso cómo en Alemania en general, los nombres de
los heroicos resistentes antifascistas del país han sido borrados de la vista
pública y de la memoria oficial, mientras que importantes filofascistas de
antes de la guerra y anti-antifascistas de la posguerra, como el siniestro John
Foster Dulles han dado su nombre a calles importantes en Berlín. En Alemania
Occidental al anti-antifascismo e indirectamente al nazismo, ya se les permitió
anotarse un triunfo cuando el Presidente
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Ronald Reagan, acompañado por el Canciller Helmut Kohl, depositó una
corona de flores sobre las tumbas de hombres de las SS en Bitburg, en 1984.
¿Puede quedar alguna duda de que la campaña anti-antifascista después de la
reunificación alemana ha contribuido enormemente al resurgimiento espectacular
del neonazismo en todo el país?
Con el propósito de
implantar sus políticas anti-antifascistas, los americanos descubrieron un
socio particularmente útil y entusiasta en el Vaticano. En todos los países
dónde el antifascismo de izquierdas había ganado demasiado terreno para su
gusto, los americanos contaron con la colaboración papal para reclutar y
colocar políticos conservadores, tipo Adenauer y para organizar partidos
políticos católicos, o mejor «cristianos» dominados por católicos, como la CDU
en Alemania o la Democracia Cristiana en Italia, cuyas campañas electorales
también financiaron. En cooperación con el Vaticano, los americanos intentaron
por todos los medios a su alcance combatir y desacreditar a la izquierda, como
fue el caso de la famosa campaña electoral italiana de 1948, que amenazaban con
ganar los socialistas y comunistas. En agradecimiento a los valiosos servicios
del Vaticano a la causa anti-antifascista, las élites americanas se acordaron
de sus amigos de Roma cuando en 1949 establecieron bajo sus auspicios el estado
de Alemania Occidental. El Vaticano debió agradecer que la «Ley Básica» (Grundgesetz)
de la RFA conservara muchos de los privilegios adquiridos por la Iglesia
Católica en el Concordato con Hitler en 1933, tales como el
impuesto religioso (Kirchenstener) que continúa siendo recaudado por el
estado para irritación de muchos alemanes; éste casi medieval diezmo religioso
ha convertido a Alemania en uno de los más grandes benefactores financieros del
Vaticano, después de Estados Unidos; como un pequeño pero significativo gesto
de estima, los automóviles papales eran desde 1930 de fabricación alemana, no
Volkswagen, sino Mercedes. Además, los medios de información y los escritores
americanos han hecho su contribución a la falsedad histórica que pretende
eliminar las sucias conexiones fascistas con el Vaticano —del Papa Pío XII y de
muchos prelados de Alemania, Italia, Croacia, etc.— e incluso representarlas
falsamente como formas de resistencia frente a Hitler, Mussolini y otros
dictadores fascistas.
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Finalmente, la división de Alemania era ventajosa para los Estados
Unidos en un aspecto militar. Una Alemania única hubiera sido imparcial ante
todos los vencedores y por tanto neutral. Esa Alemania podía haber simpatizado
con la URSS si, lo que no habría sido extraño, hubiese elegido un gobierno de
izquierdas. Esto no constituía un panorama atractivo para Washington en
comparación con las oportunidades que ofrecía una Alemania dividida. La
división daba a los Estados Unidos la hegemonía sobre Alemania Occidental, que
sería el país más poderoso del continente europeo; por su localización
estratégica y por su fuerza estaba llamado a ser la pieza clave de la coalición
antisoviética y anticomunista que Washington tenía in mente para
Europa, que más tarde se haría realidad con el nacimiento de la OTAN. En otras
palabras, la división ofrecía la posibilidad de utilizar Alemania, o al menos
la parte más grande e importante del país, como baluarte contra el bolchevismo,
como bastión antisoviético. Ése era el sueño de las élites del mundo
occidental, que ejemplificó Chamberlain antes de la guerra y que revivió
después de la misma. El sueño de la integración de Alemania en un esquema
antisoviético bajo los auspicios de occidente se iba a hacer realidad cuando el
útil anti-antifascista Adenauer introdujo a una remilitarizada Alemania
Occidental en la OTAN en 1954.
Bajo estas
circunstancias no es sorprendente que fuera Washington y no Moscú la
responsable de las iniciativas que originaron que Alemania permaneciera
dividida durante medio siglo. Respecto al tema prioritario para
los soviéticos, los pagos por reparaciones, Truman ya intentó dejar claro a
Stalin en el verano de 1945 en Potsdam que no podía contar con la colaboración
americana; que podía intentar conseguir reparaciones sólo en su zona de
ocupación. Para gran disgusto de los americanos, los soviéticos recibieron
algún material industrial desmantelado de la región del Ruhr, aunque largamente
compensado con alimentos procedentes de la parte agrícola oriental de Alemania.
Finalmente, el 3 de mayo de 1946, el General Lucius Clay, gobernador militar
americano y «procónsul» en Alemania, negó unilateral y definitivamente a los
soviéticos el derecho a recibir reparaciones por parte de las zonas
occidentales de ocupación. Ese mismo año los americanos se las arreglaron para
unificar su zona de ocupación con la de los británicos; la zona francesa se
uniría más tarde, en
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abril de 1949. Fue un paso que conduciría irrevocablemente al
establecimiento oficial de la RFA, el 8 de mayo de 1949.
Otro importante
hito en el camino hacia la creación de un estado separado en las regiones
occidentales de Alemania fue el emprendido por Washington en el verano de 1947,
con la introducción del famoso Plan Marshall, del que se nos ha hecho creer que
fue una iniciativa puramente filantrópica.
Al Plan Marshall se
le suele describir ambiguamente como un proyecto a gran escala de «ayuda»
financiera para Europa. Rápidamente se asume que esto supone una ayuda
altruista, en otras palabras, un regalo del principesco Tío Sam. Sin embargo,
éste no fue el caso. El famoso plan no fue un presente gratuito, no fue un
generoso regalo de miles de millones de dólares, sino una compleja combinación
de créditos y préstamos. Muy similar a la clase de créditos y préstamos que hoy
día ofrecen las entidades financieras y toda clase de empresas, a menudo en
forma de tarjetas de crédito, a sus mejores clientes. Esta práctica refleja el
dominio de uno de los principios más importantes del marketing moderno,
que es dar créditos con el propósito de ganar clientes y de atarles a quien los
concede. El Plan Marshall fue, no exclusivamente pero sí primordialmente, una
especie de tarjeta de crédito colectiva creada para ganar a Europa Occidental
como cliente de la industria americana y para atar a esta parte del mundo a los
Estados Unidos, no sólo económicamente sino también políticamente. (La mayoría
de la llamada «ayuda al desarrollo» funciona de forma similar, para mantener a
los países del Tercer Mundo como clientes permanentes o como vasallos).
Carolyn Woods
Eisenberg ha escrito recientemente de forma certera sobre el Plan Marshall que
«el interés político y económico de América» requería que Europa se
reconstruyera de ese modo después de la guerra.
Desde el punto de
vista económico, el Plan Marshall funcionó para mantener el motor de la
industria americana trabajando a toda potencia, para hacer a Alemania
Occidental y a Europa en general más dependientes de los Estados Unidos, para
integrar a esta parte del mundo más estrechamente en el nuevo sistema
económico. Podría decirse que el tan ensalzado Plan Marshall inauguró en Europa
el proceso de
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«americanización», o como a veces se dice irónicamente del Tercer Mundo,
la «Coca-colonización». Políticamente el Plan Marshall supuso la integración de
Europa Occidental en el bloque antisoviético liderado por América. Con respecto
a Alemania, el plan representó un paso más en la creación de una Alemania
proamericana y antisoviética, así como un hito en el camino de la duradera
división del país.
Los créditos del
Plan Marshall también se los ofrecieron a la Unión Soviética, pero bajo unas
condiciones que, como los americanos sabían muy bien, eran totalmente
inaceptables y hubieran supuesto para los soviéticos abjurar de su herencia
comunista, volviendo a la verdadera fe del capitalismo. Hoy, los créditos se
conceden de forma similar por parte del FMI y del Banco Mundial a los países
del Tercer Mundo y de Europa Oriental que reniegan de cualquier forma de
comunismo o socialismo y prometen respetar las reglas del juego capitalista
internacional, reglas que, naturalmente, favorecen a los que prestan y no a los
deudores.
Los soviéticos
aborrecían la perspectiva de una Alemania dividida, por lo que alentaron a los
comunistas alemanes a que se centraran, no en la construcción del socialismo en
Alemania, sino en la preservación de la unidad alemana. No fueron los
soviéticos, sino los americanos, los culpables de la obstrucción diplomática.
Frustrados por la carencia de cooperación por parte de los americanos, los
soviéticos bloquearon Berlín temporalmente, aunque en vano; esta iniciativa fue
contraproducente, porque los americanos sacaron enormes ventajas de ella en
cuanto a sentimientos populares. Aunque seguía deseando un solo estado alemán,
después de que se creara la RFA, la URSS estableció en su zona de ocupación la
RDA y lo hizo de mala gana. Todavía en 1953 ofreció disolver la RDA y el
regreso a un único estado alemán neutral, pero los americanos se mantuvieron en
la fórmula más favorable para ellos, es decir, la división entre la grande y
rica Alemania Occidental y la pequeña y pobre Alemania Oriental, de cuyas ollas
podían alimentarse los hambrientos soviéticos.
Vista desde la
perspectiva soviética, la RDA, como ha escrito recientemente el historiador
alemán Wilfried Loth, era un «niño no querido», es decir, un niño que los
soviéticos, obsesionados por las
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reparaciones alemanas, hubieran cambiado contentos por otro menos afín
ideológicamente pero más acaudalado. Para Alemania Oriental Moscú se comportó
como la malvada madrastra, incluso después de que se implantara allí un régimen
comunista. Mientras que Alemania Occidental nadaba en la abundancia, los
soviéticos sacaban de la insignificante RDA todo lo que podía servir para
indemnizarles por los daños de guerra. Incluso desmantelaron las líneas férreas
que hubieran sido útiles para el transporte de sus propias tropas en caso de
guerra con el oeste. Bajo estas circunstancias, parece un «milagro económico»
que la RDA se las arreglara para conseguir un nivel de vida relativamente alto,
por supuesto más bajo que el de Alemania Occidental, pero más alto que el de la
propia URSS, que el de millones de habitantes de los guetos americanos, que el
de incontables americanos de raza blanca y que el de la población de la mayoría
de los países del Tercer Mundo, que habían sido integrados nolens
volens en el sistema capitalista mundial.
Las tierras
alemanas de la orilla oriental del Elba albergaron una dictadura pobre y
permanecieron así durante casi cincuenta años. De esto se echa la culpa a las
ineficacias intrínsecas al comunismo. En realidad el caso de la RDA no permite
comparaciones lógicas y para algunos gratificantes, en el sentido de concluir
que el comunismo conlleva pobreza y dictadura. Como ya hemos visto, estas dos
características negativas de la antigua Alemania Oriental se deben mucho más al
hecho incontestable de que los menos numerosos y más pobres alemanes del este,
los Ossis, pagaron la factura de las barbaridades perpetradas por
los nazis, mientras que, gracias a sus patronos americanos, los mucho más
numerosos y ricos alemanes del oeste, los Wessis, nunca tuvieron
que pagar esa factura. La RFA pagó un total de 600 millones de dólares a la
URSS «en forma de material industrial desmantelado», por ejemplo del Ruhr. El
historiador americano John H. Backer considera esta suma tan baja que concluye
que, gracias a los americanos, la RFA estuvo exenta del pago de «reparaciones
significativas». Lo contrario es aplicable a la pobre RDA, cuyos pagos por
reparaciones a la URSS han sido descritos por el experto alemán occidental Jörg
Fisch, como «extraordinariamente altos en términos relativos y absolutos».
Fisch señala que «de acuerdo con estimaciones conservadoras» tuvo que pagar no
menos de 4500 millones de dólares, o lo que es lo mismo siete veces más que lo
pagado por la RFA; y esto después
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de una sangría previa por parte de los americanos. El resultado,
escribe, fue una «considerable desindustrialización». Una Alemania Oriental
hipotéticamente capitalista se hubiera ido a la ruina debido a estos
acontecimientos, y también hubiera tenido que construir un muro para evitar que
sus habitantes buscasen la salvación en la otra más próspera Alemania. Se da el
caso de que la gente ha emigrado, y lo continúa haciendo, de los países más
pobres a los más ricos del mundo capitalista. Sin embargo los refugiados negros
de la extremadamente pobre Haití, por ejemplo, nunca han contado con la misma
clase de simpatía en los Estados Unidos y otros lugares del mundo como la que
recibieron generosamente los refugiados de la RDA durante la Guerra Fría.
Igualmente los refugiados de China ya no son bienvenidos ahora que China ha
dejado de ser «roja». Y si el gobierno mexicano decidiera construir un «Muro de
Berlín» a lo largo del Río Grande para evitar que su gente escapara al norte,
Washington no condenaría la iniciativa de la misma forma que condenó su
construcción en Berlín.
Por eso la triste
historia de la RDA no permite llegar a ninguna conclusión lógica respecto a la
eficiencia o no del comunismo, pero arroja una luz interesante sobre los
problemas internos del capitalismo americano y el comunismo soviético. Puede
decirse que los americanos obligaron a los soviéticos a presentar su
justificada factura a Alemania Oriental, mientras que ellos se llevaban
el Rheingold de la rica Alemania Occidental. Lo hicieron para
proteger al sistema capitalista americano de una nueva depresión, pero a la vez
porque también querían evitar que los soviéticos (después de los problemas sin
fin de la Revolución, la guerra civil entre rojos y blancos, la intervención
extranjera, las purgas de Stalin y la agresión criminal de Hitler), pudieran
sacar ventaja del gran capital que representaban los pagos por reparaciones en
su totalidad, para continuar con su experimento comunista y posiblemente
culminarlo con éxito. Aún entre las dos Alemanias, la URSS nunca recibió más de
5100 millones de dólares en reparaciones, que es la mitad de la relativamente
modesta suma de 10 000 millones que se acordó en Yalta. Y desde luego no llega
ni al 20% de la suma más realista estimada de daños de guerra a la URSS, que
fue de 128 000 millones de dólares. En la conferencia de Yalta los cálculos los
hizo el Departamento de Estado americano, llegando a la conclusión de que
Alemania debía pagar a la Unión Soviética 6500
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millones de dólares anuales, lo que es más de la suma total que la URSS
recibió después de la guerra.
Estos números
pueden parecer astronómicos, pero apenas reflejan la magnitud del daño
ocasionado a la URSS durante la guerra. Hay otras formas de describir la
devastación; por ejemplo, expertos americanos estiman que la Unión Soviética
perdió toda la riqueza acumulada durante la rápida (y penosa) industrialización
de los años treinta; que la economía soviética se contrajo un 20% entre 1941 y
1945; y que el daño ocasionado por la guerra no estaba reparado todavía a
principios de los años sesenta. De acuerdo con el historiador británico Clive
Ponting, los daños de guerra sufridos por los soviéticos ascendieron al
equivalente a su producto nacional bruto de no menos de 25 años.
Los soviéticos
recibieron indudablemente menos dinero por reparaciones que el que tenían
derecho a recibir y ciertamente mucho menos del necesario para reconstruir su
país. Los americanos por otra parte, que no reclamaban reparaciones, recibieron
de hecho considerables sumas por parte de Alemania, como ya hemos visto, en
forma de tecnología, no sólo de su zona de ocupación sino también de la
soviética. «El mito popular y perdurable de que los americanos recibieron pocos
(si es que hubo alguno) pagos por reparaciones de Alemania después de la
Segunda Guerra Mundial, necesita obviamente ser aclarado», escribe el experto
americano John Gimbel. Señala que ese «saqueo intelectual» supuso
«la apropiación
metódica de toda la información científica que poseían los alemanes, cubrió
virtualmente todos los aspectos de la industria y la tecnología alemanas,
incluyendo túneles de viento, grabadoras, combustibles sintéticos, motores
diésel, procesamiento de filmes en color, equipos textiles, química del
acetileno, cerámica, material óptico, prensas pesadas, extrusión del acero en
frío, maquinaria pesada, condensadores eléctricos, microscopios electrónicos,
troqueles y una larga lista de otro material».
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La ciencia y la industria americanas se apropiaron del «más valioso
capital [intelectual] de la derrotada Alemania», cuyo valor era más alto que
toda la maquinaria obsoleta que se les permitió llevarse a los soviéticos.
En resumen podemos
decir que la división de Alemania hizo posible al capitalismo americano, que se
había beneficiado de la guerra pero temía las consecuencias de la paz,
enriquecerse y rejuvenecer, mientras que los comunistas soviéticos, que
esperaban beneficiarse de la paz después de lo mucho que su país había sufrido
en la guerra, salieron con las manos vacías.
Página 225
22. LOS
OBJETIVOS DE LA ELITE DEL PODER DE LOS EE. UU. EN LA GUERRA Y AMÉRICA
EN EL MUNDO DE LA
POSTGUERRA
LA SEGUNDA Guerra
Mundial empezó en 1939 y terminó en 1945 y
los Estados Unidos
estuvieron envueltos en ella desde finales de 1941 hasta 1945. Para explicar
por qué América estuvo dudando entrar en la lucha durante dos años, y al final
lo hizo, hay que tener en cuenta acontecimientos que tuvieron lugar mucho antes
de 1939. Además, aunque las hostilidades terminaron en 1945, los EE. UU.
continuaron trabajando durante mucho tiempo para conseguir los importantes
objetivos que motivaron a Washington y a la Élite del Poder americana, a entrar
en la guerra. Esta tarea mantuvo a los Estados Unidos preocupados durante medio
siglo.
Antes de la guerra,
en los años treinta, los líderes económicos, sociales y políticos, la Élite del
Poder del país, tenían muchas razones para estar preocupados. La sociedad
americana estaba en una situación desesperada a causa de la Gran Depresión. La
administración Roosevelt buscó la salvación con proyectos keynesianos que han
pasado a la historia con el nombre de «Nuevo Orden», pero tuvo un éxito muy
limitado. La situación económica y social del país apenas mejoró y para
disgusto del poder establecido, los sindicatos hicieron toda clase de demandas,
la crítica ala izquierda del sistema capitalista americano ganó más y más
credibilidad entre la gente y todo tipo de intelectuales y partidos radicales
comenzaron a clamar por cambios socioeconómicos revolucionarios à la
russe. Las élites americanas aborrecían a la Unión Soviética, como sede del
comunismo internacional y un país que identificaban, no sólo con la antítesis
del sistema capitalista, sino también con la fuente de inspiración
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de los odiados radicales americanos. Por otra parte la Alemania de
Hitler contaba con la admiración y simpatía de la Élite del Poder americana.
Después de todo el dictador alemán había eliminado los sindicatos y los
partidos políticos de izquierdas y había tenido más éxito que Roosevelt en su
lucha contra la crisis, porque su programa de rearme a gran escala había
resucitado a la economía alemana. De este resurgir armamentista (Rüstungskonjunktur)
las subsidiarias alemanas de las corporaciones americanas se las arreglaron
para obtener considerables ventajas. Por otra parte el Führer proclamó
que más pronto o más tarde arreglaría las cuentas a la Unión Soviética y
libraría al mundo de la peste comunista.
Por tanto las
élites americanas definitivamente no estaban interesadas en una guerra contra
la Alemania nazi. Sin embargo su entusiasmo se fue enfriando cuando los
alemanes cerraron sus mercados a los Estados Unidos y se embarcaron, no sin
éxito, en la penetración económica de América Latina, que era un feudo
político-económico de los americanos. Hitler también perdió mucho aprecio en
los Estados Unidos cuando firmó un pacto con Stalin y soltó a la Wehrmacht sobre
Polonia y más tarde sobre los países del Benelux, Francia y Gran Bretaña.
La guerra europea
de Hitler se convirtió en algo llovido del cielo para la industria americana. A
causa de la cada vez más íntima y rentable conexión con Gran Bretaña, la
simpatía de los líderes americanos se deslizó irrevocablemente hacia el lado
británico, a expensas de la Alemania nazi que había contado con sus favores
poco tiempo antes. Y por el contrario, la ampliamente detestada Unión Soviética
comenzó a ganar simpatías y respeto en los EE. UU. cuando fue atacada por
Hitler en junio de 1941 y se convirtió en aliada de Gran Bretaña. Este nuevo
aliado permitió a los británicos respirar un poco y poder continuar soportando
la guerra, algo que fue cuestionable durante un tiempo. A pesar de eso, muchos
americanos influyentes seguían despreciando a los soviéticos y al comunismo tan
profundamente como antes y lo que deseaban es que los nazis y los soviéticos se
eliminaran mutuamente. Secretamente, pero con el conocimiento de Washington,
los magnates americanos del petróleo suministraban a Hitler el combustible sin
el cual no hubiera podido atacar a la URSS. Cuando estaba terminando el año
1941, las grandes corporaciones de los oficialmente neutrales Estados Unidos
estaban
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consiguiendo grandes beneficios de la venta simultánea de mercancías a
todos los países beligerantes: la democrática Gran Bretaña, la comunista Unión
Soviética y la fascista Alemania. Aunque el pueblo americano no lo sabía y el
presidente Roosevelt nunca lo mencionó, América funcionó como arsenal de la
democracia y de la dictadura.
Después del ataque
japonés por sorpresa a Pearl Harbor, que los líderes americanos habían
provocado en cierto modo a causa de su embargo, los Estados Unidos se
encontraron en guerra, no sólo con la tierra del sol naciente, sino también y
por culpa de Hitler, con Alemania. Los americanos y los británicos no abrieron
un segundo frente en Francia; durante este tiempo contaron con que la URSS, su
no querido pero extremadamente útil socio dentro de la coalición contra Hitler,
les sacara las castañas del fuego en una lucha a vida o muerte entre el
Ejército Rojo y el grueso de la Wehrmacht en el frente
oriental. Esto hizo posible a los aliados occidentales, y a los americanos en
particular, reducir drásticamente sus propias pérdidas y reservar sus fuerzas
para más adelante. Apareciendo en escena in extremis, la
revitalizada América brilló como el matador del debilitado toro nazi y, lo que
es más importante, pudo dictar las reglas de la Pax Americana en
la posguerra a los igualmente exhaustos soviéticos.
Con enemigos como
la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini, los Estados Unidos eran un
miembro bona fide del campo antifascista. Además tenían en la
URSS un aliado útil, por lo que los soldados y muchos civiles americanos
sentían admiración por ella. Sin embargo, ideológicamente, en lo hondo de su
corazón, los líderes americanos seguían siendo primordialmente anticomunistas.
La Élite del Poder no encontraba al fascismo tan abominable y era de la opinión
de que los Estados Unidos estaban haciendo «la guerra contra el enemigo
equivocado». Pensaban que después de esta guerra «equivocada» (aunque
extremadamente rentable) habría que ajustar las cuentas al odiado comunismo, el
verdadero enemigo.
Así podemos
entender que durante la liberación de Italia, los americanos se preocuparan
mucho más de neutralizar a los partisanos comunistas y otros elementos
antifascistas de izquierdas, que de castigar a
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los fascistas y a sus colaboradores. Incluso cooperaron activamente con
antiguos fascistas como Badoglio y con nazis y criminales de guerra como el
general Wolf de las SS, para asegurarse de que a ese lado de los Alpes el viejo
orden económico-social seguiría firmemente en su lugar después de la caída de
Mussolini y de la posterior capitulación alemana. También se comprende que
durante la Götterdämmerung nazi al final del invierno y
principios de la primavera de 1945, ciertos líderes americanos (y otros aliados)
estuvieran obsesionados con el proyecto tentador de la cruzada antisoviética
junto con lo que quedaba de la Alemania nazi. Finalmente la preferencia
americana por los fascistas nazis sobre los comunistas se reveló por el
reclutamiento encubierto (a cambio de inmunidad) de toda clase de
personalidades nazis de alto rango (incluidos notorios torturadores de la
Gestapo y criminales de guerra de las SS), con el propósito de utilizarles en
la planeada confrontación con la URSS.
En América se temía
que el final de la guerra trajera consigo una nueva crisis económica, a menos
que se encontrara una solución para el desequilibrio entre oferta y demanda.
Este desequilibrio se había compensado en la guerra gracias a los contratos de lend-lease y
del Pentágono. La fuente de esos contratos se secaría inevitablemente al final
de las hostilidades, pero se esperaba compensar el déficit con las
exportaciones. En otras palabras, se contaba con el comercio exterior para
nivelar la balanza, pero esto requería que los productos de la industria
americana (y los inversores de capital) encontraran las puertas de todo el
mundo abiertas, en vez de toparse con «economías cerradas» tan típicas de los
años de cruda crisis. Como consecuencia era de crucial interés para los Estados
Unidos que los elementos que llegaran al poder en todo el globo, democráticos o
no, estuvieran dispuestos a hacer negocios con los americanos y por tanto
respetaran las normas de la libre empresa y el libre comercio. Por esta razón
los americanos se oponían sistemáticamente a todos los elementos de izquierdas,
desde social-demócratas a comunistas, no importaba lo patriotas o antifascistas
que fuesen o el apoyo popular con que contasen. Tampoco importaba que las
reformas socio económicas que tuvieran in mente fueran
realmente moderadas, como en Francia y Alemania; simplemente las consideraban
incompatibles con la Pax Americana. Al mismo tiempo los americanos
favorecían y apoyaban en todas partes a los elementos conservadores
que siempre habían sabido
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seguir las reglas del juego capitalista; esto también era aplicable a
elementos que habían sido fascistas, que habían ayudado a fascistas a subir al
poder o que habían colaborado estrechamente con ellos. De los antifascistas los
americanos sabían que sólo podían esperar iniciativas más o menos
anticapitalistas e incluso simpatía por los soviéticos. De los fascistas,
exnazis y colaboracionistas, los americanos podían confiar en que seguirían una
línea socio-económica conservadora, colaborarían con el plan americano de
puertas abiertas y serían anticomunistas y antisoviéticos consistentes.
Naturalmente no
había lugar para la URSS, es decir para una Rusia comunista, en los planes
americanos sobre el nuevo orden mundial de posguerra. Los soviéticos tenían sus
propios planes económicos, que eran incompatibles con el principio de puertas
abiertas y con el capitalismo tout court. Además las élites
americanas sospechaban que los soviéticos inspirarían y
orquestarían actividades comunistas en todo el mundo, incluidos los Estados
Unidos. Ahora que la guerra terminaba y que la URSS ya no era necesaria, el
estado bolchevique se hizo útil para la Élite del Poder americana como enemigo.
Hizo posible que en los EE. UU. se tachara de antiamericano cualquier intento
de reforma del estilo del estado del bienestar, que se aplastara el creciente
poder de los sindicatos y que se pusiera fin a la tendencia dirigista de
Washington en política económica, a favor de la libre empresa, es decir hizo
posible lo que se conoció como el «estilo americano». Por último, y no menos
importante, con la Unión Soviética como enemigo amenazador, era posible
mantener después de la guerra el rentable Sistema Pentágono, que servía y
continúa sirviendo para traspasar los impuestos que paga el americano de a pie
a los bolsillos de las grandes empresas que saben cómo beneficiarse de los
gastos militares.
En el verano de
1945 parecía que el monopolio nuclear americano forzaría la voluntad de la
Unión Soviética en todos los aspectos. Por un momento pareció posible hacer que
los soviéticos abandonaran Alemania y Europa Oriental, permitiendo incluso el
sueño de una Rusia no comunista, es decir, el final de la URSS. Este sueño no
se hizo realidad, aunque continuó obsesionando a los líderes americanos. Si los
americanos negaron a la Unión Soviética el derecho a las indemnizaciones por
daños de guerra en la rica Alemania Occidental, fue porque claramente estaban
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determinados a evitar que los soviéticos construyeran con éxito su
sociedad comunista con la ayuda de los pagos alemanes, y la suspensión de
dichos pagos, decretada por el General Clay en mayo de 1945, ha sido
interpretada correctamente como una maniobra para que «retrasaran
económicamente el desarrollo de Rusia en la posguerra». Y cuando unos años más
tarde, los Estados Unidos ofrecieron la ayuda del Plan Marshall a los
soviéticos, las condiciones de la oferta eran equivalentes a la abolición del
comunismo.
Inmediatamente
después de la guerra, los americanos no fueron capaces de encontrar una
solución definitiva al problema soviético. Aun así, para la Élite del Poder
americana fue de alguna forma una época maravillosa, porque Washington alcanzó
grandes metas. La parte del león de Alemania (posterior RFA) y Japón, estaban
enteramente dominados por los Estados Unidos. Ambos países se integraron en su
sistema económico y no fueron neutrales, sino fieles paladines de EE. UU.
dentro de la coalición antisoviética. Virtualmente el mismo destino estaba
reservado para el resto de Europa Occidental. Gracias a la inyección de capital
necesario, administrado en forma de créditos del Plan Marshall, los americanos,
o al menos sus grandes empresas, hicieron grandes negocios en estos países,
conforme a las favorables reglas acordadas en Bretton Woods. Además las
tensiones de la cada vez más intensa Guerra Fría, aseguraban los contratos del
Pentágono, de manera que el armamento continuó funcionando como el generador
keynesiano de la economía americana.
En muchos aspectos,
los Estados Unidos consiguieron en los años posteriores a 1945 los importantes
objetivos planificados por los líderes americanos cuando condujeron a su país a
la Segunda Guerra Mundial. Casi medio siglo después de que se disparara el último
tiro, la Élite del Poder americana alcanzó finalmente su meta suprema. La URSS
había sufrido enormemente durante la guerra, sufrimiento que se plasmó en un
retraso de décadas en el desarrollo económico. Además de no beneficiarse de los
pagos por reparaciones que esperaban, para hacerles las cosas más difíciles, la
Guerra Fría les obligó, como observa el historiador americano James R. Miller,
a concentrar sus recursos económicos en un programa armamentístico a gran
escala que les permitiese mantener a raya la
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agresividad americana. La consecuencia directa de esto, junto con otras
causas, fue que la URSS nunca logró un alto nivel de prosperidad, aunque el
pueblo soviético disfrutara de mejores condiciones materiales que muchos
estadounidenses, que la mayoría de la población latino americana y que el resto
del llamado Tercer Mundo, por no incluir también a la mayoría del pueblo ruso
actual. La necesidad de mantener la paz con los americanos militarmente
hablando y simultáneamente tener bajo control a su propia población y a la de
sus «países satélites», requería un esfuerzo extraordinario que la URSS fue
incapaz de sostener durante largo tiempo. Por esta razón, la cuna del comunismo
arrojó la toalla hacia finales de los años ochenta, poniendo fin al proyecto
bolchevique que había llenado el mundo de horror o esperanza durante más de
setenta años. Aunque en este fracaso también jugaron sin duda su papel otros
factores, como la ineficacia de la burocracia soviética, está absolutamente
comprobado que, como ha escrito recientemente el autor alemán Jürgen Bruhn, «la
Guerra Fría supuso para la Unión Soviética una carrera armamentística hacia la
muerte» (Totrüstung).
Las conclusiones y
lecciones que se aprenden de un experimento sólo son válidas cuando el
experimento no se ve influido por ningún factor exógeno. La derrota soviética
en la Guerra Fría se ha presentado en occidente como la evidencia de que el
comunismo es intrínsecamente ineficaz, sin considerar para nada que el
experimento comunista lanzado en Rusia en 1917 fue sistemáticamente perturbado
y saboteado desde principio a fin por presiones e injerencias externas y sobre
todas ellas por la descomunal intervención armada. El sistema soviético fue de
hecho, como observa Parenti, una especie de «socialismo cerrado», una asediada
y por tanto horrible forma de socialismo. Sin embargo, esta importante idea
básica es menos relevante dentro del contexto de este estudio, que el hecho de
que la caída de la Unión Soviética realmente significó que la Élite de Poder
americana alcanzase el nec plus ultra de los objetivos que le
preocupaban en tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Los beneficios alcanzados
fueron impresionantes. Primero, la parte oriental de Alemania y el resto de la
Europa del Este se desprendían del puño soviético y por tanto podían integrarse
finalmente en el sistema económico capitalista mundial, algo que Truman había
intentado vanamente conseguir en 1945 por medio de la diplomacia atómica.
Segundo, la propia URSS se
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desmantelaba, por lo que, después de un intervalo bolchevique de siete
décadas, el capitalismo podía regresar triunfante a Rusia y al resto de países
miembros de la Unión Soviética.
La caída de la URSS
puede considerarse como el último y posiblemente más importante triunfo de la
Élite del Poder americana en la saga de la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo
para el pueblo americano en general se consideró una especie de victoria pírrica,
porque no sólo la Unión Soviética, sino también los Estados Unidos han tenido
que pagar un alto precio por los esfuerzos de la Guerra Fría. El Sistema
Pentágono, que nació en la Segunda Guerra Mundial y ha funcionado hasta el
final de la Guerra Fría, es un mecanismo keynesiano que ha
originado una
enorme deuda pública —¡unos 5,7 billones de dólares en el año 2000!— a través
del cual el estado americano se ha convertido en el mayor deudor del mundo. De
acuerdo con la teoría keynesiana Washington podía haber equilibrado sus cuentas
estableciendo tasas extraordinarias contra los beneficios de las grandes
empresas que se habían beneficiado del Sistema Pentágono, pero nunca ha
considerado tal cosa. Las corporaciones en general soportaban el 50% del peso
impositivo total de los Estados Unidos en 1945; hoy día esa cifra es menor del
10%. Después de la Segunda Guerra Mundial las grandes empresas norteamericanas
se convirtieron en «multinacionales» (o «transnacionales»), en casa, en todas
partes y en ninguna parte, como ha escrito un autor americano respecto a ITT.
Usando toda clase de trucos contables (algunos de ellos empleados por primera
vez por sus subsidiarias en la Alemania nazi) se las arreglan para evitar el
pago de grandes sumas de impuestos; el caso es el mismo en Estados Unidos, el
país donde tienen su oficina central. Las multinacionales utilizan por ejemplo
el «precio de transferencia» para demostrar año tras año que hay elevados
costes en un lugar mientras que se consiguen los beneficios en otro. No es de
extrañar que por ejemplo en 1991 el 37% de todas las multinacionales
americanas, y más del 70% de las multinacionales extranjeras, no pagaron un
solo dólar de impuestos en los Estados Unidos, mientras que otras
multinacionales pagaron menos del 1%. Los tremendamente altos gastos militares
y la deuda nacional (aproximadamente 350 000 millones anuales al comienzo del
nuevo milenio), no los soportan los que se benefician del Sistema Pentágono ni
los que cobran los intereses de esa deuda, sino los americanos de a pie. El
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Sistema Pentágono constituye una gigantesca estafa, una redistribución
perversa de la riqueza americana, para beneficio de los ricos y perjuicio del
resto. Mientras que así la élite se hace más y más rica, el nivel de vida de
las clases media y baja se deteriora cada vez más; la pobreza se extiende
consistentemente en el país más rico de la tierra, donde más de treinta
millones de personas están hoy día clasificadas como pobres.
El estado y la
gente corriente tienen menos, mientras que el rico lo es más cada vez, no a
pesar de, sino a causa de, el crecimiento económico estimulado por la Segunda
Guerra Mundial. Pero el Sistema Pentágono también ha producido otras
consecuencias negativas para los Estados Unidos. En los años siguientes a la
Segunda Guerra Mundial la industria americana se hizo demasiado dependiente de
las generosas ubres de los contratos del Pentágono como para ser verdaderamente
eficaz y competitiva respecto a la competencia extranjera. Esto se refiere en
particular a la competencia de Alemania y Japón, cuyas industrias después de la
guerra no tuvieron un Sistema Pentágono del que beneficiarse, por lo que se
vieron obligadas a comenzar con sus propios medios y hacerse especialmente
eficientes y competitivas. Los antiguos enemigos de América aprendieron a sacar
ventaja de la economía de puertas abiertas del mundo de la posguerra, tanto que
sus coches, televisores y productos electrónicos conquistaron los mercados de
los propios Estados Unidos. Es incluso posible que las industrias exportadoras
alemanas y japonesas a largo plazo saquen más partido que las americanas a la
integración de la Unión Soviética y sus satélites en la economía capitalista
mundial. Sin embargo hay que reconocer que el sistema de economía de guerra ha
beneficiado a América en algunos aspectos importantes: a causa de su
importancia militar ciertos sectores de la industria americana, como el
aeronáutico y el de ordenadores, han sido mimados tradicionalmente por el
gobierno a través de subsidios, investigación subvencionada y otros
privilegios, y esto ha hecho que esas industrias sean considerablemente
competitivas respecto a sus rivales internacionales.
Internamente,
después de la triunfante conclusión de la Guerra Fría, se hizo más difícil
justificar los enormes gastos militares de tiempo de guerra ante una población
que esperaba que el fin del conflicto produjera un «dividendo de paz». Sin
embargo la consistente desmilitarización de la
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industria americana amenazaba con traer de nuevo la crisis económica.
Por tanto fue necesario fabricar nuevas amenazas, que afortunadamente abundaban
en el Tercer Mundo. La gente de las naciones del Tercer Mundo no permanece
estática en el papel que les asigna la llamada «aldea global» de la economía
capitalista mundial y por tanto, frecuentemente estas poblaciones aparecen
agitadas y turbulentas. Un pequeño número de sus líderes, cuyos ejemplos
podrían ser Saddam Hussein y Muhamar Ghaddafi, están lejos de ajustarse a las
normas americanas del buen comportamiento internacional. Se les puede presentar
como «nuevos Hitler», como peligrosos gangsters cuyo nefasto comportamiento
sólo puede atajar el policía americano fuertemente armado. A este respecto,
Saddam Hussein resultó tan útil que al final de la Guerra del Golfo los
americanos decidieron mantenerle en el poder en Bagdad, para que continuase
apareciendo como una amenaza a la paz en Oriente Medio. Poco después apareció
un competidor a Hussein, en la persona del «nuevo Hitler» europeo, el serbio
Milosevic. A continuación China apareció (una vez más) como enemigo peligroso
de América. Y ahora son Bin Laden y el terrorismo internacional…
Por tanto el final
de la Guerra Fría no supuso el final del Sistema Pentágono, el pueblo americano
sigue soportando los costes de ese sistema y la deuda continúa creciendo. Para
poder más o menos controlar los gastos del estado, toda clase de expertos y políticos
pidieron a este que cortara drásticamente sus (ya miserables) servicios
sociales. Esto añade presión sobre prácticamente todos los americanos, excepto
los ricos que no tienen que preocuparse de esas trivialidades, y origina un
descenso del nivel de vida. El continuado aunque no rectilíneo, deterioro de la
salud de la economía americana, se refleja en el valor del dólar que, con
algunos altibajos se ha ido hundiendo durante el último medio siglo. Sin
embargo la mayoría de los economistas ha recibido cursos de Samuelson y, como
el famoso autor de libros de texto de la universidad, ven las cosas desde la
perspectiva de la Élite del Poder americana, desde la perspectiva de las
grandes empresas y acaudalados patronos. Gracias principalmente al Sistema Pentágono,
todavía es fácil obtener grandes beneficios en los Estados Unidos y
maximizarlos con las «reestructuraciones», esto es, a expensas de los salarios
y del empleo. Por eso se produce un flujo continuo de capital a los Estados
Unidos, que ha servido en los años
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recientes para elevar el valor del dólar y reforzar la apariencia de una
economía floreciente en América.
Los economistas
juzgan la salud económica de América y del resto de países, por el rasero de
los beneficios, es decir, basándose en la salud del capital en oposición a la
salud del trabajo. América no es la Meca del trabajo, pero ciertamente es la
Meca del capital, por lo que recientemente ha recibido las más altas
calificaciones por parte de los economistas. A la inversa, los economistas
empiezan a preocuparse si la economía es saludable desde la perspectiva del
trabajo, por ejemplo cuando el empleo sube a niveles considerados peligrosos
como causa de «inflación», fenómeno desagradable que por supuesto nunca
originan los beneficios empresariales elevados. Finalmente, se dice que la
economía americana tiende a experimentar minibooms, usualmente
acompañados de un resurgir del dólar, en los momentos de las intervenciones
militares, como la Guerra del Golfo o la crisis de Kosovo, pero para una
economía de guerra nada es tan bueno para los negocios como una guerra genuina.
Los historiadores
generalmente no consideran muy útil pensar en alternativas al desarrollo
histórico, en otras palabras, pensar en lo que podría haber sido. En este caso,
sin embargo, merece la pena una especulación de este tipo. Las cosas podían
haber sido diferentes. Al final de la guerra los líderes americanos podían
haber dialogado con los soviéticos, podían haber colaborado con ellos. Es
verdad que Stalin no era un interlocutor fácil, como tampoco lo eran De Gaulle
o Churchill, pero hay claras evidencias de que prefería cooperación en lugar de
confrontación con el país más poderoso del mundo. Mucho tiempo después de que
los americanos dejaran claro que no iban a permitir a la URSS que recogiera los
frutos de sus esfuerzos en la guerra, Stalin seguía dispuesto a colaborar. Esto
produjo resultados positivos respecto a Austria, un país cuya división en zonas
de ocupación acabó, saliendo de allí el Ejército Rojo a cambio de su
neutralidad, pero dejando intacto su sistema capitalista. En Viena sólo un memorial
del Ejército Rojo sirve para recordar la ocupación soviética en los años
posteriores a la guerra.
Respecto a
Alemania, la retirada soviética dependía primordialmente de una solución
adecuada al asunto de las reparaciones; en otras palabras,
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una Alemania única habría tenido que pagar por los enormes daños
causados por los nazis a la URSS. La economía de posguerra alemana
probablemente habría sido lo suficientemente fuerte para hacer frente a esos
pagos. Después de todo, una Gran Bretaña más débil tardó muchos años en reparar
los daños de la guerra, pero fue capaz de mantener un nivel alto de
prosperidad.
Ciertamente las
cosas hubieran ido mejor para la Unión Soviética después de la guerra si se
hubiese firmado un tratado de paz adecuado con Alemania, que hubiera asegurado
las reparaciones y las buenas relaciones entre los aliados, en vez de dar lugar
a la Guerra Fría. ¿No había experimentado ya la URSS un desarrollo económico
extremadamente rápido antes de la Segunda Guerra Mundial, durante la Gran
Depresión de los años treinta? Con la ayuda del considerable capital de las
reparaciones y sin la enorme carga financiera de la carrera armamentista, la
economía soviética podía haber sobresalido en los años cincuenta y sesenta, lo
que habría supuesto para el pueblo soviético un nivel de vida más alto y ¿quién
sabe?, mayor libertad individual. Sin embargo la realidad histórica fue
totalmente diferente. Sin el elixir de las reparaciones y con la carga de la
carrera armamentista, la URSS se vio forzada a concentrarse en la producción de
«cañones» en vez de «mantequilla» para su pueblo, usando la expresiva frase de
Göring para describir el programa de rearme alemán de los años treinta.
De una buena
solución al problema alemán se hubieran beneficiado el pueblo y el sistema
soviéticos, pero ése no era el caso de los Estados Unidos, porque una Alemania
única (y neutral) no habría estado tan abierta a la penetración económica
americana como lo estuvo Alemania Occidental. También podría uno preguntarse
cuales habrían sido los destinos de las subsidiarias alemanas de las grandes
corporaciones americanas, en ese estado neutral con obligaciones con la URSS y
con posibles planes de socialización. Sin un lugar económicamente privilegiado
en Alemania, los Estados Unidos quizá hubieran vuelto a la depresión económica,
pero no necesariamente. Con una Unión Soviética no hostil, que hubiese mejorado
tanto social como económicamente, los Estados Unidos podían haber hecho
negocios rentables, como es el caso con China en el día de hoy. Por otra parte,
y esto era crucial en las mentes
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de los líderes americanos, una URSS próspera hubiera servido aún más
como fuente de inspiración para los radicales y liberales de América. La Élite
del Poder americana decidió no correr ese riesgo, asociado a una solución
adecuada al problema alemán y decidió optar por el camino más seguro y más
ventajoso que suponía la división de Alemania y Europa y la Guerra Fría.
Durante una charla
en Texas, en marzo de 1947, Truman admitió que él mismo y otros líderes
americanos habían estado preocupados ante la perspectiva de un posible resurgir
económico de la Unión Soviética en la
posguerra. «En ese
caso —explicó—, el modelo de planificación económica socialista podía habernos
servido bien como ejemplo para el próximo siglo». Un ejemplo que podría haber
sido imitado en todo el mundo, incluso en Estados Unidos. Para evitar tal cosa
y salvar el sistema americano de libre empresa, el hombre de Missouri añadió
que había sólo una solución: «Que el sistema americano fuera puesto en práctica
en todo el globo, y que el modelo soviético fuera barrido de la faz de la
tierra».
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EPÍLOGO: LA GUERRA
«BUENA», LA GUERRA «PERFECTA» Y EL «FIN DE LA HISTORIA»
EN LOS estados
Unidos frecuentemente se menciona la Segunda Guerra
Mundial como la
«Guerra Buena». Sólo hace unos pocos años, un historiador americano, Michael C.
C. Adams, titulaba su libro sobre la guerra La Mejor Guerra de Siempre.
Y Howard Zinn ha utilizado unos términos casi idénticos, «la mejor de las
guerras», aunque con un toque de ironía. En muchos aspectos, la Segunda Guerra
Mundial fue verdaderamente una guerra «buena» para EE. UU. y bien puede haber
sido la mejor guerra de la historia del país.
Primero, el
conflicto mundial de 1939/45 realmente parece una guerra buena si la comparamos
con las guerras malas de la historia de América, como por ejemplo las guerras
indias contra los Cherokees y otras tribus indígenas norteamericanas. Estas
guerras indias supusieron una serie de baños de sangre y deportaciones, una
forma de genocidio, que causaron admiración a Hitler e inspiraron su intento de
conquistar «espacio vital» en Europa Oriental, en un equivalente europeo del
«salvaje oeste» americano, una vasta frontera predestinada a ser colonizada por
los alemanes a expensas de los presumiblemente inferiores nativos. En el museo
de la infamia de las guerras malas americanas, también se encuentra
naturalmente la brutal guerra del Vietnam, condenada por incontables americanos
(lo que les honra), como una empresa imperialista e inmoral.
Además, la Segunda
Guerra Mundial, fue también una guerra buena en el sentido de que se luchó
contra «un enemigo indiscutiblemente malvado» como Howard Zinn señala. Ese
enemigo era el fascismo en su variedad alemana, una ideología y un sistema que
se recordará siempre asociado a
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represión interna y agresión externa, a horribles crímenes de guerra y a
genocidio, dónde en pocos años cayeron millones de víctimas. Una guerra contra
tal perversión tenía que ser una guerra buena, aunque los vencedores,
americanos, británicos y soviéticos, no salieran con las manos limpias de esa
cruzada contra el fascismo, como nos recuerdan los nombres de Dresde, Katyn,
Hiroshima y Nagasaki. Sin embargo, no es mala cosa que no fueran los fascistas,
sino sus oponentes, los que salieran victoriosos de ese Armageddon. Nadie
entendió mejor esto que los liberados después de la noche larga y oscura de la
opresión nazi, incluidos los millones de alemanes que se opusieron al nazismo y
que padecieron bajo su tiranía.
Pero ¿en qué
aspectos la Segunda Guerra Mundial fue buena para los propios EE. UU? ¿Para
quién fue buena y por qué? Para la Élite del Poder de América y sobre todo para
las grandes empresas del país, la Segunda Guerra Mundial representó ciertamente
un excelente negocio. La guerra trajo la solución a la gran crisis del sistema
económico capitalista, una solución que además no deterioraba el propio
sistema, dicho de otra forma, una solución no revolucionaria. «La guerra
rejuveneció al capitalismo americano» observa el escritor americano Lawrence
Wittner. La guerra no sólo recondujo la demanda económica, sino que trajo a los
empresarios y a las grandes corporaciones altos beneficios, situándoles en un
lugar aún más privilegiado dentro del círculo del poder. Para ellos la guerra
no sólo fue buena, sino maravillosa. Además el Armageddon del Siglo XX terminó,
como en las películas de Hollywood, con un Final Feliz, con una victoria. Como
resultado de ese triunfo, la industria americana no sólo pudo recuperar virtualmente
intactas sus inversiones en Alemania, ahora más importantes que antes, sino que
pudo captar a los científicos nazis y su tecnología. La mayor parte de Alemania
y el resto de Europa, Japón y Asia Oriental, así como el resto del mundo
estaban esperando con las puertas abiertas los productos americanos y sus
inversiones de capital. Las empresas americanas sabían como sacar ventaja de
esta «oportunidad única»; en 1945 comenzaron a recrear el mundo con el molde
americano, a «americanizarlo» para su propio provecho. Testigos mudos de este
éxito son los «arcos dorados» de McDonald’s, que actualmente se pueden admirar
en Beijing, Buenos Aires y Bruselas igual que en Boston. A causa de ese
resurgimiento de América tras la Segunda Guerra Mundial, nos
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hemos hecho comedores de hamburguesas, bebedores de Coca-Cola, fumadores
de Marlboro, masticadores de chicle y espectadores de la CNN.
Para las clases
medias y trabajadoras de EE. UU., corrientes en vez de superiores, empleados en
vez de empleadores, trabajadores y no capitalistas, la Segunda Guerra Mundial
también fue una guerra buena. Para ellos la guerra trajo el fin de la Gran
Depresión y sus miserias, particularmente el fin del desempleo. El hambre de
los años treinta de repente fue cosa del pasado, había trabajo para todos y
gracias a la negociación colectiva y si era necesario también a las huelgas,
los salarios conocieron subidas sin precedentes. Ni siquiera los precios altos
y los impuestos, que ahora tenían que pagar los empleados, pudieron evitar que
el nivel de vida mejorara considerablemente. No sólo los trabajadores, sino
muchos representantes «liberales» de la clase media americana, comenzaron a
soñar con un sistema amplio de servicios sociales, seguro sanitario, vacaciones
pagadas y otros beneficios, es decir, con un Estado del Bienestar. Para el
americano corriente, esa guerra en Europa y Asia tenía realmente poco o ningún
sentido, pero le trajo la posibilidad de un futuro mejor, la perspectiva de un
nuevo orden social. Por tanto, para la clase media y trabajadora americana la
Segunda Guerra Mundial fue una buena guerra, pero cuando llegó el final muchas
de sus expectativas quedaron sin cumplirse.
Para la Élite del
Poder la guerra había sido buena, incluso maravillosa, pero no perfecta. Podía
haberlo sido pero no lo fue porque también dio ventajas a los empleados
trayendo consigo una modesta redistribución de la riqueza. Sin concesiones en
los salarios, las corporaciones podrían haberse embolsado riquezas aún mayores.
¿No se demostró claramente en el caso de la Fordwerke en Alemania, en dónde la
utilización de los trabajadores sin sueldo condujo a unas ganancias sin
precedentes? Las ganancias de los empleados de América representaban en cierto
modo «pérdidas» para las corporaciones americanas. Es más, las empresas estaban
profundamente preocupadas por los planes para la posguerra de los trabajadores
y miembros liberales de la clase media, planes que incluían toda clase de
servicios sociales (por los que los empresarios tendrían que pagar al menos una
parte de la factura) y por la intervención
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prevista del estado en la economía, que amenazaban con terminar con los
privilegios tradicionales de la libre empresa.
La Unión Soviética
que había sido un aliado útil durante la guerra, parecía ser la fuente de
inspiración de todas esas novedades no deseadas. Además, después del fin de las
hostilidades, la URSS no estaba preparada para aceptar el sistema de Puertas
Abiertas a las exportaciones de productos americanos y a las inversiones de
capital en la cuna del comunismo y en Europa Oriental. En vez de eso, los
intratables soviéticos parecían decididos a trabajar en la construcción de una
sociedad socialista. La supervivencia de la Unión Soviética significaba que
continuaría existiendo una alternativa al sistema capitalista mundial, un
«sistema contrario» que era como una cornada en el costado del capitalismo y
cuyo posible éxito era una amenaza mortal. Si la Segunda Guerra Mundial había
sido buena, todavía era necesario luchar en otra guerra que fuera perfecta.
Esta guerra fue la Guerra Fría, que comenzaron los americanos incluso antes de
que los nazis se rindieran. El objetivo de este nuevo conflicto era la
eliminación de la URSS, fuente de todos los problemas que quedaban y —en
contraste con el enemigo «equivocado» que fue el fascismo— el «verdadero»
enemigo. Se esperaban grandes cosas de la Guerra Fría, pero desde el principio
llevaba asociada una ventaja: la posibilidad de usar el nuevo conflicto para
mantener después de 1945 el boom económico por medio de los
contratos del Pentágono. Sólo con eso, la Guerra Fría ya era una guerra tan
buena como la Segunda Guerra Mundial, porque la carrera armamentista era una
fuente de beneficios para las empresas americanas. Además, la Unión Soviética a
largo plazo sería incapaz de soportar los costes financieros de dicha carrera.
Y así, 45 años más tarde, la «carrera armamentista hacia la muerte» de la Unión
Soviética llegó a su fin previsto.
La caída de la URSS
hizo posible eliminar las imperfecciones finales del legado de la Segunda
Guerra Mundial. Los productos americanos y su inversión de capital finalmente
podían entrar a saco en Rusia y en el resto de Europa Oriental. Y aún más
importante fue el hecho de que la desaparición del «sistema contrario» dejaba
libre al capitalismo, en
EE. UU.
y en todas partes, de la necesidad de asegurarse la lealtad de los trabajadores
por medio de mejoras económicas o sociales. El Estado del
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Bienestar, que emergió en el «mundo occidental» después de la Segunda
Guerra Mundial, siempre tuvo sus enemigos y ya sufrió un fuerte asalto en los
años ochenta bajo los auspicios de Margaret Thatcher en el Reino Unido y Ronald
Reagan en EE. UU., pero fue la desaparición de la Unión Soviética lo que hizo
posible desmantelarlo impunemente y aterrorizar a los trabajadores con toda
clase de «reestructuraciones». El final de la Guerra Fría por tanto, permitió
al capitalismo volver a convertirse en el sistema explotador que siempre fue y
que había permanecido tal cual en el Tercer Mundo. El capitalismo había
adquirido durante algún tiempo «un rostro humano», escribe Parenti, pero ahora
se revelaba de nuevo como «el capitalismo que te abofetea el rostro».
De la Primera
Guerra Mundial, propagandistas tales como el Presidente Wilson habían dicho que
fue «la guerra para terminar con todas las guerras», o también, «la guerra para
construir un mundo seguro para la democracia». De la Guerra Fría se podía decir
igualmente que fue «la guerra para terminar con todas las alternativas al
capitalismo», o «la guerra para construir un mundo seguro para el capitalismo».
Con la desaparición de la Unión Soviética las alternativas al capitalismo
aparentemente han dejado de existir. «No hay alternativa», dijo triunfal
Margaret Thatcher, y esto constituyó el fatal «así sea» de la nueva religión
capitalista del mundo, de la cual ella era el apóstol británico. Y he aquí que
el mundo pertenece al capitalismo; más específicamente a la forma dura de
capitalismo engendrada en EE. UU..
Para la Élite del
Poder americana, el final de la Guerra Fría fue un final tan feliz que hubieran
querido mantener el reloj del tiempo parado en ese bienaventurado momento. Esta
tarea la llevó a cabo un mercenario académico, Francis Fukuyama, que proclamó
«el fin de la historia» en un libro predestinado a ser celebrado por los medios
afines a las grandes corporaciones. Sin embargo, la historia ha continuado
abierta en formas que aún preocupan a los capitanes más seguros de la industria
americana. George Soros, por ejemplo, admite libremente que a largo plazo es
imposible generar los beneficios cada vez mayores que demanda el sistema
capitalista.
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Los problemas estructurales del capitalismo, que se revelaron
notoriamente con la Gran Depresión, nunca fueron resueltos genuinamente por
medio de la guerra y el keynesianismo militar del Sistema Pentágono y hoy tiene
que hacer frente a problemas económicos, sociales y ecológicos más grandes que
antes. En el Tercer Mundo, del que olvidamos con demasiada facilidad que
también es una parcela importante del sistema capitalista, la explotación de la
gente puede compararse con el trabajo forzado del Tercer Reich de Hitler. Y en
la antigua Unión Soviética, la introducción del capitalismo ha devenido en
consecuencias catastróficas para una aplastante mayoría de la población.
En cuanto al rico
mundo «occidental», a pesar de la actitud de tout-va-pour-le-mieux-dans-le-meilleur-des-mondes (todo
va bien en el mejor de los mundos) de la mayoría de los
economistas, persisten problemas muy serios, incluyendo el desempleo y el
trabajo «precario» de aquellos que lo tienen. Esto conduce a mucha gente a los
brazos del neonazismo (y otras formas de neofascismo), que echan la culpa a
víctimas
propiciatorias —como los emigrantes, ilegales o no, preferiblemente de piel
oscura o islámicos— de todos los males y buscan la salvación a través de la
opresión a los demás, justo como los fascistas y los nazis hicieron en los
sucios años treinta. Para la Élite del Poder americana e internacional el
neofascismo no es sin embargo una amenaza, sino más bien una bendición, porque
impide un diagnóstico de las causas reales de los problemas socioeconómicos,
diagnostico que podría deteriorar los privilegios de que disfrutan dentro del
sistema y que amenazan al sistema mismo. En los años treinta las élites
apoyaron a los fascistas, e incluso los llevaron al poder, porque echaban la
culpa a otros de problemas de los que eran responsables las propias élites. Hoy
los neofascistas están esperando impacientes a que las Élites del Poder
necesiten sus servicios, y no hay garantía de que su momento no llegue nunca.
Si esto ocurre, la historia no sólo no tendría final, sino que se repetiría.
Vista desde la
perspectiva de la Élite del Poder americana en general y de las grandes
empresas en particular, la Segunda Guerra Mundial no fue por la defensa de la
democracia y la justicia, sino por los negocios, el dinero y los beneficios.
Hoy esas empresas son más grandes y más
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poderosas que nunca, y su persecución obsesiva de beneficios es más
implacable. Para hacer posibles beneficios mayores ya hemos visto que las
guerras son extremadamente rentables. Además cada vez se necesitan más materias
primas y más baratas y esto afecta principalmente al Tercer Mundo. Es obvio que
los costes salariales tienen que bajar en todo el
mundo y esto se
consigue con la «reestructuración» —catalogada por el periodista canadiense
Rick Salutin como «el camino principal hacia los beneficios más altos».
Colectivamente, a estas estrategias para maximizar beneficios en todo el mundo
se les llama eufemísticamente «globalización».
FIN

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