© Libro N° 14576. El Cosmopolitismo, Arma Ideológica Del Imperialismo. Azcarate, Manuel. Emancipación. Diciembre 13 de 2025
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EL COSMOPOLITISMO, ARMA IDEOLÓGICA DEL IMPERIALISMO
Manuel Azcarate
El
Cosmopolitismo, Arma Ideológica Del Imperialismo
Manuel Azcarate
Cuadernos de Cultura
Madrid 1954número 15
páginas 7-10
Manuel Azcarate
El Cosmopolitismo, Arma Ideológica Del Imperialismo
«Es necesario, a la hora actual, ayudar a las naciones a cumplir el
último gesto necesario: el de morir decentemente» (Eugenio d'Ors, Arriba, 4
de octubre de 1953). La «hora actual» a la que se refiere Eugenio d'Ors tiene
un sentido muy concreto pues el artículo citado fue publicado ocho días
exactamente después de la firma del pacto yanqui-franquista. Nos hallamos,
pues, ante una interpretación de dicho pacto. Y no ante una interpretación
puramente personal.
La idea expresada por d'Ors con una claridad desacostumbrada en él, la
enuncia Franco, con más rodeos y envolturas en el mensaje que envió a sus
«Cortes de procuradores» –de jaleadores sería más preciso– al remitirles, por
formula, el texto del pacto. He aquí alqunas de sus palabras: «Hoy apuntan en
el horizonte internacional nuevas formas de vida supranacional. A
este signo de los tiempos nuevos ha de ajustarse la política exterior de las
naciones y desterrar los conceptos viejos y los nacionalismos aldeanos, incompatibles
con la hora que nos tocó vivir».
Es patente el propósito de los jerarcas y «teóricos» del franquismo de
vestir la infame venta de España al imperialismo yanqui con el ropaje
ideológico del cosmopolitismo burgués. Intentan convencer a los españoles de
que las naciones no tienen ya razón de ser en la época presente de la historia;
de que la soberanía nacional es un concepto «viejo», sobrepasado por la
evolución de la humanidad. El objetivo que persiguen al difundir esa ideología
cosmopolita salta a la vista: hacer que los españoles se resignen a la
liquidación de la independencia y soberanía nacionales; prepararles
ideológicamente para que doblen la cerviz bajo el yugo de la opresión
extranjera.
Es cierto que en la argumentación empleada por el franquismo en defensa
del pacto de guerra concluido con los EEUU, al lado de las manifestaciones de
cosmopolitismo como las señaladas mas arriba, figuran asimismo afirmaciones,
tan solemnes como hueras, de que «la independencia nacional ha sido
salvaguardada», &c., &c. Y a este propósito, cumple hacer las
siguientes preguntas: Si efectivamente hubiese sido salvaguardada la
independencia de la nación, ¿a qué esforzarse por legitimar lo contrario, hablando
de la caducidad tas naciones? O, dando vueIta la medalla: Si las naciones no
tienen ya razón de ser en la época presente, ¿a qué proclamar que la
independencia nacional ha sido salvaguardada? Estas contradicciones flagrantes
en las que incurren los jerarcas y plumíferos del régimen se deben a que estos
no pueden, de un día a otro, renunciar a la demagogia chovinista desenfrenada
con la que han venido encubriendo su política real de servidumbre a
imperialismos extranjeros. El franquismo derrochó una demagogia nacionalista
desbocada al sublevarse contra la República –el régimen que el pueblo español
se había dado libremente– presentando a las fuerzas obreras y republicanas como
«antinacionales». Mientras abría las puertas de la patria a las tropas alemanas
e Italianas, mientras hundía a España en una sima de terror y de sanqre, el
franquismo hacía cala del chovinismo más exacerbado. Alentado por las
ambiciones hegemónicas del hitlerismo, a cuyo servicio actuaba en aquel
período, Franco se presentaba como el adalid de un nuevo «imperio, español» que
iba a someter a su dominación a diversos pueblos de África y de América, e
incluso territorios de Francia.
Hoy, el franquismo se ve obligado a hacer un viraje en redondo. ¡Qué
lejos ha quedado la faramalla nacionalista sobre «España grande, España
imperio», &c., &c.! Ahora se trata de justificar la transformación de
España en una colonia del imperio yanqui. Ante el hecho evidente, que millones
de españoles pueden comprobar con sus propios ojos, de que España es ocupada
por tropas yanquis, el franquismo recurre, para intentar legitimar su política
de traición, a las ideas del cosmopolitismo, que preconizan abiertamente el
«recorte» o la supresión de la independencia y soberanía de las naciones. De
ahí ese maridaje que realizan los franquistas, entre las consignas chovinistas
y las consiqnas del cosmopolitismo. En la perspectiva es muy probable que los
esfuerzos por difundir la «ideología» cosmopolita en España tomen mayor
amplitud y por eso es tan importante salir desde ahora al paso de ese veneno
ideológico que el imperialismo yanqui engendra y propaga por todos los medios.
Cosmopolitismo y traición a la patria
En diversos períodos de la historia, teorías e ideas son en cierto modo
un antecedente del cosmopolitismo actual han sido utilizadas al servicio de las
empresas de dominación de una potencia sobre otros países. Nos limitaremos a
citar dos ejemplos que han afectado de modo directo y trágico a nuestro país. «Yo
quería preparar la fusión de los grandes intereses europeos… de tal forma que
pronto Europa no hubiese sido más que un solo pueblo». Esta frase no está
tomada de la última conferencia de prensa de Foster Dulles, sino del Memorial
de Santa Elena, de Napoleón. Y ningún español ignora lo que significó
para España ese plan de Napoleón. Ya hubo entonces españoles que traicionaron a
su país y se pusieron al servicio del extranjero, principalmente la monarquía y
las castas feudales, los príncipes de la Corte y de la Iglesia, la
aristocracia. Como a franco, al comprensivo Carlos IV le parecía «aldeano» el
concepto de independencia nacional.
Al constituirse en 1815 la Santa Alianza, los reyes absolutistas que la
integraron negaban la soberanía de las naciones y proclamaban principios
parecidos a los que hoy airean los cosmopolitas. Los monarcas afirmaron que «se
consideraban a sí mismos y a sus pueblos como miembros de una y la
misma nación cristiana». En 1820, en el Congreso de Troppau, la Santa
Alianza proclamó el «derecho de intervención», en virtud del cual, si en un
país el pueblo se levantaba contra la tiranía, las tropas de los demás miembros
de la Alianza intervendrían para restablecer el trono y el absolutismo de ese
país. En 1823, los «cien mil hijos de San Luis» entraban a saco en España para
derrocar el régimen liberal que los españoles se habían dado, para restablecer
el poder del siniestro Fernando VII y abrir una era de terror y oscurantismo
inquisitorial. Las castas feudales no dudaban, para conservar sus privilegios
de clase, en llamar a las tropas extranjeras y en sacrificar la independencia
de sus países.
En el período actual, en la parte del mundo aun sometida al capitalismo,
los grandes trusts imperialistas, como pulpos gigantes, aprisionan con sus
tentáculos las fuentes de materias primar y los mercados de numerosas naciones,
explotan ferozmente a millones de trabajadores de diversas nacionalidades. Su
acción traspasa las fronteras nacionales y se extiende en muchos casos a
continentes enteros. Los gobiernos de los países capitalistas son instrumentos
de la gran Banca y de los trusts. La ideología del cosmopolitismo se desarrolla
sobre el terreno de las uniones monopolistas que tienen en sus manos el mercado
capitalista y encubre la lucha de las potencias imperialistas por la dominación
mundial. El imperialismo, en efecto, exacerba las contradicciones y los
conflictos entre las naciones. Un puñado de naciones se convierten en potencias
dominantes y el resto del mundo capitalista se halla sometido a ellas, de forma
más o menos abierta. En la época del imperialismo la esencia de la política o
de las principales potencias imperialistas es la lucha por la dominación
mundial. En consecuencia, la ideología de la burguesía imperialista tiene como
rasqo dominante el chovismo belicista y el racismo más feroz. Tales eran las
ideologías de los hitlerianos y de los militaristas japoneses. Tal es hoy en
esencia la ideología del imperialismo yanqui que abriga el demencial propósito
de imponer al mundo su dominación. En esta lucha por la dominación mundial, los
imperialistas se esfuerzan por destruir los sentimientos patrióticos de las
masas, el amor a la independencia de la patria, la cultura nacional. Con ese
fin difunden la ideología antipatriótica del cosmopolitismo, especie de
narcótico que intentan administrar a los pueblos para poder subyugarles mas
fácilmente. Lo mismo que el hitlerismo utilizó consignas cosmopolitas como «el
nuevo orden europeo», &c., para encubrir su sanguinaria opresión de otros
países, los EEUU pregonan hoy teda clase de consignas cosmopolitas, como la
«unidad europea», «la comunidad europea de defensa», la «comunidad occidental»,
&c. A este respecto, veamos lo que escribe el «teórico» del partido
republicano de los EEUU, James Burnham, inspirador de la política de Eisenhower
y de Dulles, en un libro cuyo título –«Por la dominación mundial»– no puede ser
más expresivo: «Yo entiendo por «imperio mundial» un Estado no necesariamente
mundial por su extensión física, pero cuyo poder político dominará el mundo,
poder impuesto en parte por la coacción, probablemente por la guerra, en todo
caso, por la amenaza de guerra… No hace falta decir que el intento de
establecer un imperio mundial no se realizará pregonando abiertamente que se
tiende a un imperio mundial. Se utilizarán frases más aceptables como
«Federación mundial», «República mundial», «Estados Unidos del mundo»,
«Gobierno mundial», o Incluso «Naciones Unidas».
Agradezcamos a Burnham el cinismo con que descorre los telones de la
política americana esas construcciones «supranacionales» presentadas como la
panacea para resolver todos los problemas no son más que las pantallas
cosmopolitas para disimular la delirante carrera del imperialismo
norteamericano en pos de la dominación mundial. Cuando Franco dice que ajusta
su política a las «nuevas formas de vida supranacional» ello se traduce en la
transformación de España en una colonia del imperio yanqui.
Los cosmopolitas realizan una intensa propaganda en pro de la
liquidación de la soberanía de las naciones de la desaparición de las
fronteras… El geopolítico americano Weller expone sin tapujos el objetivo de
esa propaganda en su libro «Bases de ultramar» ¿Dónde están –escribe– en
nuestro días, las fronteras, americanas? .No las hay. Están en todos lados,
América lucha por el globo entero». España, en virtud del ominoso pacto
yanquifranquista, se encuentra ya integrada dentro de esas «fronteras» americanas…
es decir, que ha perdido su independencia y ha sido transformada en una base
estratégica del Pentágono.
En el período, actual, la lucha de los imperialistas yanquis por la
dominación mundial no se limita a arrancar colonias o zonas de influencia a sus
competidores, sino que tiende también a liquidar la independencia soberanía de
naciones desarrolladas y constituidas históricamente desde hace mucho tiempo.
Resulta difícil, por ello, recurrir a los viejos pretextos colonialistas como
la «obra civilizadora», &c. ¡De ahí que el cosmopolitismo sea hoy el
camuflaje principal utilizado por los imperialistas yanquis para encubrir su
política de sojuzgamiento de otros países.
El cosmopolitismo y la guerra
Para que la ideología cosmopolita cumpla su papel de socavar los
sentimientos patrióticos de las masas populares, los agentes del imperialismo
se esfuerzan por presentarla desligada de las odiadas cadenas del imperialismo.
Para engañar más pérfidamente a los pueblos, los putrefactos manjares del
cosmopolitismo se cocinan con diversas salsas y condimentos.
Los cosmopolitas intentan, por ejemplo, presentarse como amigos de la
paz. Pero los hechos desmienten rotundamente tales alegaciones y demuestran que
el cosmopolitismo es una ideología de guerra y de agresión, que está
directamente al servicio de los planes americanos de precipitar a la humanidad
en una nueva hecatombe. Al calor de las consignas cosmopolitas, las tropas
americanas se han instalado según datos oficiales hechos públicos en
Washington, en 49 países. 1.680.000 soldados americanos ocupan diversos
territorios fuera de su país. El cosmopolita «bloque atlántico» capitaneado por
los americanos, con graves quebrantos para la soberanía de las naciones que lo
componen es un bloque agresivo formado por países que se han puesto al servicio
de los designios bélicos del Pentágono, incluidos países tan «atlánticos» como
Italia, Grecia y Turquía. Los proyectos cosmopolitas de «unidad europea»
persiguen un objetivo diametralmente opuesto al título que ostentan: tienden a
enfrentar unas naciones europeas con otras. El plan cosmopolita de «comunidad
europea de defensa» está dirigido a restaurar al militarismo revanchista
alemán, a reconstruir una nueva Wehrmacht hitleriana, lo cual constituye una
amenaza gravísima para la seguridad de todos los países de Europa y para la paz
del mundo.
El cosmopolitismo sirve para reclutar fuerzas mercenarias al servicio de
los planes agresivos del imperialismo yanqui contra la URSS y todos los países
pacíficos. Un ejemplo concreto lo hemos tenido con la guerra de Corea. Era
manifiestamente imposible justificar sobre la base del interés nacional el
envío a Corea de soldados turcos, franceses, ingleses o colombianos. El
imperialismo yanqui, violando la Carta de las Naciones Unidas y traicionando
los objetivos originarios de esa organización, utilizó la bandera de las
«Naciones Unidas» y las enseñas cosmopolitas al uso para reclutar en diversos
países cipayos que fueron enviados a morir en interés de los multimillonarios
americanos. Ese mismo destino sería el de millones de españoles si el verdugo
Franco y sus amos yanquis pudiesen llevar a cabo los planes definidos en el
pacto militar firmado el pasado 26 de septiembre.
El cosmopolitismo intenta presentarse también con vestiduras
democráticas. En el campo antifranquista español, ciertos dirigentes
socialistas, nacionalistas vascos y republicanos dan su adhesión oficial a los
planes cosmopolitas «europeos» adornándoles con faramallas antifranquistas.
Pero a la luz de los hechos –en nuestro caso, vergonzoso sostén yanqui a
Franco– el cosmopolitismo aparece como una ideología medularmente
antidemocrática, como una ideología que está enteramente al servicio de la más
negra reacción y del fascismo.
¿Quiénes son en España los principales gonfaloneros de la ideología
cosmopolita? En primer lugar la oligarquía financiera que, según la acertada
expresión de Dolores Ibárruri, no tiene «ni dios, ni patria, ni nación, ni
pueblo». Su cosmopolitismo se ha manifestado de modo inequívoco durante las dos
últimas décadas. Muchos tiburones de las finanzas españolas, ligados
tradicionalmente con la City de Londres, se convirtieron a partir de 1936 en
agentes de negocios de los hitlerianos, y hoy, actúan al servicio de la
«Standard Oil», la «General Electric», la «Westinqhouse», la «Banca Morgan» y
demás trusts yanquis que clavan sus garras insaciables en nuestro país. Ese
cosmopolitismo de la oligarquía financier, y de los gobernantes franquistas que
están a su servicio, refleja el entronque estrecho entre los grandes
capitalistas españoles y los trusts internacionales cuyos enmarañados hilos van
a parar a la Meca imperialista de Wall Street.
En el plano internacional, más concretamente en Europa, los principales
propagandistas del cosmopolitismo son las fuerzas reaccionarías y fascistas. La
Iglesia católica y el Papa desempeñan un papel de primera fila en la
realización de los planes políticos del imperialismo americano. El Vaticano es
una de las mayores potencias financieras del mundo capitalista y sus intereses
están ensamblados con los de la gran Banca americana, y por eso no puede causar
sorpresa el comprobar que el Vaticano es uno de los pilares e instrumentos de
la política de dominación y de preparación de la guerra que realizan los
multimillonarios de Wall Street.
Para defender las tesis cosmopolitas, el Vaticano esgrime a veces como
modelos la autoridad supranacional del Papa y la tradicional posición de la
Iglesia católica que que, de siempre, ha traicionado los intereses nacionales
por obedecer a las órdenes de Roma. Los hombres y los partidos políticos
dependientes o estrechamente vinculados con el Vaticano, como, el M.R.P
(Movimiento Republicano Popular) en Francia, la «democracia cristiana» en
Italia, Adenauer en Alemania, Van Zeeland en Bélgica, Franco y Artajo aquí… son
lo que sirven más perrunamente al imperialismo yanqui. Traicionando a sus
respectivos países, son los defensores más acérrimos de los planes dirigidos a
zurcir esa Europa «unida» en la cual los pueblos que aún gozan de libertades
democráticas las perderían. En esa Europa yanquizada, el Vaticano y las
fuerzas, clerical-fascistas ocuparían un puesto dirigente, como los lacayos más
devotos del amo americano. En efecto ¿quiénes más calificados que los
descendientes de la Inquisición para actuar a las órdenes de Eisenhower y de
Mac Carthy? Esos planes cosmopolitas de «unidad europea» y de «comunidad
occidental», lejos de significar un debilitamiento de la tiranía a la que
estamos sometidos los españoles, tienden a reforzarla y a prolongar en consecuencia
la asfixia de todas las libertades en las tinieblas del oscurantismo
clerical-franquista.
En la coyuntura actual de nuestro país, la necesidad, no solo de
repudiar, sino de luchar activamente contra las reaccionarias ideas
cosmopolitas se presenta, pues, como un problema importante para los
intelectuales españoles. Esa lucha ideológica puede y debe ser una contribución
de gran valor a la causa de la liberación de España. Y decimos más: en las
condiciones presentes de descomposición del régimen franquista, los
intelectuales patriotas tienen, pese a la censura y a la represión,
posibilidades no despreciables de golpear la ideología cosmopolita, de salirle
al paso.
Mas, frente a esas ideas cosmopolitas que sirven al imperialismo y al
franquismo, ¿cuáles son las ideas que encarnan hoy los anhelos más sentidos por
nuestro pueblo? ¿Cuáles son las ideas que en la etapa histórica presente,
inspiran y estimulan a las amplias masas de la nación en su lucha contra el
ocupante extranjero y contra la tiranía franquista? Las ideas patrióticas y las
ideas democráticas.
Los pueblos que realizan grandes acciones estén siempre animados por
ideas elevadas. Para llevar adelante la gran empresa histórica de devolver a
España su independencia y soberanía, las ideas y los sentimientos del
patriotismo juegan un enorme papel movilizador, y también unificador. El
patriotismo es patrimonio común de millones y millones de españoles de muy
diferente condición social, de las más diversas creencias religiosas y
tendencias políticas. Cuantos coloquen, por encima de las diferencias de otro
orden que puedan separarles, la causa común del rescate y del bien de la
patria, podrán coincidir, entenderse, unirse y combatir juntos. El patriotismo
será un poderoso aglutinante de fuerzas y energías españolas para la lucha
nacional liberadora.
En las condiciones de nuestro país, la lucha contra el yugo extranjero
por la independencia nacional está vinculada a la lucha contra la tiranía
franquista, contra la opresión terrorista de las clases dominantes, por la
libertad y la democracia. Entre las masas, obreras y campesinas, entre los
intelectuales, y también entre sectores de la pequeña y media burguesía más
extensos cada día, hay un anhelo ferviente de reconquistar las libertades
democráticas aherrojadas por la dictadura franquista, de ver la República
restablecida en España. Los comunistas, las fuerzas de vanguardia que aspiran a
instaurar el socialismo cuando ello corresponda al desarrollo histórico de
nuestro país, luchan en primera fila por el triunfo de las libertades
democrático-burouesas, pues sólo por esa vía podrá acceder nuestro país a una
forma superior de civilización.
Las ideas democráticas encarnan, pues, los objetivos de la lucha del
pueblo español en el período presente.
Para salvar a nuestro país de la servidumbre y de la destrucción, todos
los españoles patriotas, cualesquiera que sean los regímenes o programas que
unos y otros preconicen para España, pueden ponerse de acuerdo sobre la base
del respeto a la voluntad del pueblo: una vez derrocada la dictadura
franquista, que sea el pueblo quien decida libre y democráticamente el futuro
destino de la patria. Tal es la solución patriótica, la solución auténticamente
nacional en torno a la cual pueden agruparse y luchar unidas todas las fuerzas
verdaderamente nacionales.
Definiendo la posición política del Partido Comunista en el momento
presente, la camarada Dolores Ibárruri escribe en un reciente artículo:
«El Partido Comunista declara hoy como ayer que está dispuesto a marchar
hombro con hombro sin tratar de imponer a nadie la renuncia a sus propias ideas
con todos los que quieran luchar por la independencia de España, por la paz y
por el restablecimiento de las libertades democráticas en nuestro país,
principios sagrados que están grabados a fuego en la conciencia de las masas
populares españolas».
El Partido Comunista ha sido y es el firme defensor de la independencia
nacional y de la soberanía de España. En todo momento ha combatido las
concepciones cosmopolitas, arrancando las máscaras con las que se pretende
encubrir la liquidación de la soberanía de nuestro país y su transformación en
un protectorado del imperialismo americano. Esta posición patriótica de lucha
intransigente por la independencia nacional no esta fundada en consideraciones
tácticas, sino que se basa en los cimientos mismos de su ideología
revolucionaria y científica, en los principios mismos del internacionalismo
proletario. Mas este es un tema que, por su trascendencia, habrá de ser
abordado en otro artículo.
Durante la gloriosa epopeya de la Guerra de la Independencia, cuando por
primera vez José Bonaparte consiguió instalarse en Madrid, Cabarrús ofreció en
su nombre a Jovellanos un puesto en el gobierno usurpador. El viejo liberal
rechazó airado la oferta, y en la respuesta escrita con este motivo, dice:
«la causa de la patria… será siempre la causa del honor y la lealtad, y
a la que todo trance debe seguir un buen español». ¡Qué actuales siguen
siendo estas palabras! Son una clara invitación a dar la espalda a los cantos
de sirena cosmopolitas y a dedicar energías y capacidades, a la lucha por
recuperar la independencia para España y la libertad para su pueblo.
FIN

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