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Libro N° 14499. Lo Lógico Y Lo Histórico. Ilíenkov, Évald Vasílievich.


© Libro N° 14499. Lo Lógico Y Lo Histórico. Ilíenkov, Évald Vasílievich. Emancipación. Noviembre 15 de 2025

 

Título Original: © Lo Lógico Y Lo Histórico. Évald Vasílievich Ilíenkov

 

Versión Original: © Lo Lógico Y Lo Histórico. Évald Vasílievich Ilíenkov

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://www.marxists.org/espanol/ilienkov/lo-logico-y-lo-historico.pdf


 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

LO LÓGICO Y LO HISTÓRICO

Évald Vasílievich Ilíenkov


 

 

Lo Lógico Y Lo Histórico

Évald Vasílievich Ilíenkov

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lo Lógico Y Lo Histórico

Évald Vasílievich Ilíenkov

Cuestiones De Materialismo Dialéctico. Elementos De Dialéctica. Moscú, 1960, Pp. 310-343

 

 

 

La cuestión relativa a la relación entre lo lógico y lo histórico o, como lo planteó Marx, entre el desarrollo científico y el desarrollo de la realidad, es una de las problemáticas filosóficas relativamente más recientes. En la historia de la filosofía se conocen dos modos de planteamiento y resolución del problema entre lo lógico y lo histórico. Nos referimos aquí a la dialéctica idealista alemana, que se encuentra totalmente representada en el sistema de Hegel, y la dialéctica materialista marxista.

 

La filosofía clásica alemana planteó la cuestión desde el comienzo de una forma estrecha (si tenemos en cuenta el rico acervo filosófico con el que contaba hasta entonces). La evolución y la historia auténticas se contemplaban totalmente en la esfera de los fenómenos espirituales. Solamente el espíritu, pero no la naturaleza por sí misma, era concebido por los representantes de la filosofía clásica como la realidad que atraviesa la historia en el sentido más riguroso de esta palabra. La naturaleza comienza a evolucionar únicamente en tanto es incorporada al proceso de desarrollo del espíritu y se convierte en su forma externa, en material para la manifestación del desarrollo histórico del espíritu. La evolución de la cultura espiritual de la humanidad toma así sus contornos sobre el telón de fondo de una naturaleza material inmóvil, detenida en el tiempo e igual a sí misma por los siglos de los siglos.

 

La cristalización consecuente de este punto de vista encontró su lugar en la concepción hegeliana. Los sistemas científicos, las formas de organización legislativas y políticas, los sistemas de normas morales y éticas, las etapas evolutivas del arte y la industria; todo ello se presentó en calidad de productos de la actividad de la razón lógica, la cual supondría el centro, el núcleo, la “esencia” del ser humano.

 

Lo “lógico”, es decir, las leyes y formas de la actividad mental, se transforma ante los ojos del idealista en el origen y la ley suprema que rige el desarrollo histórico de la humanidad. Lo “histórico” en general se representa como algo secundario y derivado de lo “lógico”, siendo entonces su manifestación externa, su revelación, su apariencia.

 

Bajo estas coordenadas, la concepción hegeliana incorpora también a la órbita de su interpretación la naturaleza fuera del individuo. Es cierto que el desarrollo de la naturaleza, tomado por sí mismo, no es tenido en cuenta en esta concepción y queda fuera del campo de visión de Hegel. Pero, prestando atención a la actividad viva del ser humano dirigida a la transformación de la naturaleza, Hegel introduce idealistamente la noción del desarrollo también en la comprensión de la naturaleza, esto es, toma en consideración la evolución de los conocimientos acerca de la naturaleza. Y aquí, como en todo lugar, Hegel descubre de nuevo una ley lógica en forma de ley inmanente al espíritu.

 

Más allá de lo que Hegel dijera, el asunto versa aquí esencialmente acerca de relación de la lógica del pensamiento desarrollado con la historia de la formación de dicha lógica. Naturalmente, aquí la historia real se comprende de modo extremadamente unilateral y abstracto, como una sucesión de etapas por las que la conciencia humana asciende hasta la comprensión de la ley de su propia evolución y de su propia actividad.

 

El sistema de formas y categorías de la lógica se convierte así en la causa última del proceso histórico real. Toda la riqueza de los acontecimientos históricos reales se reduce al papel de medio de manifestación de la naturaleza lógica del espíritu absoluto, el cual se exterioriza en la autoconciencia del individuo. La razón lógica se “aliena” a sí misma hacia afuera en forma de acontecimientos históricos y se contempla en ellos a sí misma, llegando de este modo a su autoconocimiento. De modo consecuente, en el transcurso de este autoconocimiento ella trata inconsciente y automáticamente a la historia empírica como un producto colateral, como una herramienta mediante la cual llevar a cabo dicho comprenderse a sí misma. La

 

realidad empírica objetiva comienza a adquirir el aspecto de un simple espejo pasivo en el que se refleja la evolución de la razón lógica en desarrollo.

 

Lo “histórico” resulta ser el reflejo de lo “lógico”, y por tanto su auténtica relación se invierte.

 

Pero, por mística que fuese esta concepción, en ella fue puesta por primera vez la cuestión de la coincidencia dialéctica entre el desarrollo lógico y el proceso histórico real, cuestión que hasta entonces no había sido planteada por nadie.

 

En la solución dada por Hegel al problema entre lo lógico y lo histórico – que, aparentemente, se resolvía del todo sobre la mentada base errónea – podía hallarse una semilla racional, advertida por Lenin.

 

La lógica del pensamiento desarrollado (y, por tanto, también la lógica como teoría) es realmente un resultado, un producto, es la deducción de toda la historia del desarrollo práctico y espiritual de la humanidad, es la expresión general de leyes reales a las que se somete la evolución de la cultura humana en su totalidad.

 

Pero en tanto el desarrollo de la cultura material e intelectual de la humanidad en general se halla sometido a las mismas leyes generales que cualquier otro proceso, él también se realiza acorde a las leyes de la naturaleza y nunca puede traspasar sus fronteras; así, al encontrar la forma más general para expresar la ley de desarrollo de la cultura humana, la filosofía encuentra también las leyes a las que se somete igualmente la evolución de cualquier proceso, sea este natural, social o intelectual.

 

De este modo, en la lógica convergente con la dialéctica objetiva, la filosofía halla la expresión de la forma universal en la que se realiza la evolución histórica de la naturaleza, del organismo social y de la propia capacidad de pensar. Pero esta forma, en virtud de su universalidad absoluta, resulta, en relación a cualquier proceso particular de desarrollo tomado por separado, algo esencial, “natural”, primario.

 

Por supuesto, el sentido y la importancia del planteamiento hegeliano del problema entre lo lógico y lo histórico pudo ser comprendido en esta forma racional sólo como resultado de su crítica desde las posiciones del materialismo dialéctico.

 

Junto con la revelación de su semilla racional se hizo además evidente la tremenda limitación del planteamiento hegeliano.

 

En Marx y Engels la cuestión aparece sobre una base totalmente diferente. Ante todo, el propio problema de la relación entre lo lógico y lo histórico se plantea, desde el punto de vista de la dialéctica materialista, como un problema mucho más complicado y rico de lo que parecía desde las posiciones hegelianas. A todas las condiciones de este problema se añadía aquí además un factor más complejo e importante que Hegel no señaló en profundidad durante sus investigaciones. Este factor era la evolución histórica de la propia realidad objetiva que se produce de manera totalmente independiente de la conciencia y la voluntad del ser humano.

 

Hegel identificó abstractamente la historia del objeto con la historia de los conocimientos humanos acerca del objeto. Por ello, en él toda la cuestión se reducía esencialmente a desvelar la necesaria ligazón en la que se encuentran el conocimiento teórico y la historia de la formación de este conocimiento.

 

Desde el punto de vista del materialismo dialéctico, lo anterior presenta un aspecto más complicado. Es el propio objeto el que se desarrolla, el que atraviesa la auténtica historia, y después se desarrollan los conocimientos acerca de él.

 

Así, la cuestión consiste en comprender la conexión necesaria en la que la teoría se encuentra, primeramente, junto a la historia del objeto y, de segundas, junto a la historia de los conocimientos humanos acerca de dicho objeto, junto a la historia de la teoría.

 

Aquí nos topamos inmediatamente con una dificultad específica. El desarrollo científico, el análisis científico de las formas objetivas de

 

existencia del objeto, como regla, “toma un camino opuesto al seguido por el desarrollo real”1.

 

La ciencia en general aparece cuando el proceso histórico ya ha proporcionado algunos resultados. Partiendo de estos resultados, la ciencia únicamente se va acercando a sus fuentes reales. Sólo al final del proceso reproduce ella el verdadero desarrollo en el pensamiento y en el concepto. De aquí resulta también que “... la marcha histórica de todas las ciencias sólo conduce hacia sus verdaderos puntos de partida a través de gran cantidad de pasos en zigzag. A diferencia de otros arquitectos, la ciencia no sólo traza castillos en el aire, sino que presenta también algunos pisos habitables del edificio, antes aún de asentar su piedra fundamental”2.

 

Evidentemente, surge una pregunta: si la tarea de la teoría científica es el conocimiento del objeto en su desarrollo histórico, entonces ¿no será más correcto en este caso dejar a un lado la historia de lo que ya ha sido escrito, es decir, la historia de los conocimientos humanos sobre el objeto en cuestión? ¿No convendría dirigirse directamente a los hechos y resolver la tarea mediante su estudio?

 

Semejante conclusión puede parecer natural, justa y materialista. Pero solo puede parecerlo a primera vista. El asunto reside en que el estudio de hechos relativos a la historia de la aparición y desarrollo de un objeto resulta imposible sin alguna representación clara acerca de qué es ese objeto cuya historia hay que investigar. De otro modo, es imposible determinar en general si el hecho dado se relaciona con la historia del objeto de investigación o no, si hay que tenerlo en cuenta a la hora de investigar o conviene mejor dejarlo tranquilo. Por ello el análisis de las representaciones teóricas del objeto se encuentra estrechamente ligado con el análisis de los hechos históricos y en gran medida predetermina su carácter.

 

La problemática de la relación entre el desarrollo lógico de la teoría y el desarrollo histórico real se alzó inmediatamente ante Marx durante su estudio de la economía política en relación a que “[...] Aún después

 

 

 

 

1 Marx, K. Капитал, T. I, Gospolitizdat, 1955, p. 82.

 

2 Marx, K. К критике политической экономии. Gospolitizdat, 1953, p. 46.

 

de descubierto el método, y de acuerdo con él, la crítica de la economía política podía acometerse de dos modos: el histórico o el lógico”3.

 

Resulta que saldar cuentas críticamente con las teorías precedentes no era en ningún modo para Marx una tarea accesoria o de importancia secundaria, sino ante todo la única forma posible en la que podía ser realizado un análisis teórico de hechos empíricos. No por casualidad posee “El Capital” un apellido o subtítulo: “Crítica de la Economía Política”.

 

A Marx siempre le ha sido decididamente ajena la concepción empírica vulgar según la cual es posible desarrollar una ciencia “directamente a partir de los hechos”, ignorando todo el desarrollo precedente de la teoría, los conceptos y las categorías que expresan la esencia de aquellos hechos. A este convencimiento opuso siempre Marx su propio punto de vista acerca del desarrollo de la teoría como el de un proceso histórico por el cual la nueva teoría – la nueva comprensión “lógica” de los hechos – puede surgir sólo a través de la asimilación y la crítica de las teorías precedentes.

 

La propia teoría revolucionaria aparece en base a todo el desarrollo teórico anterior y, en gran medida, asimila por medio de la crítica constructiva las auténticas conquistas de dicho desarrollo, comprobándolas mediante la práctica. Esta particularidad del marxismo fue señalada más de una vez por Lenin en su lucha contra el nihilismo del proletkult en relación a la cultura precedente.

 

En otras palabras: el análisis teórico de los hechos y la confrontación crítica con las teorías anteriores son dos momentos de la investigación indisolublemente ligados entre sí, totalmente imposibles el uno sin el otro. Por ello, también la cuestión acerca del método de crítica de la teoría precedente constituyó al mismo tiempo la cuestión del método de análisis de los hechos empíricos y del método de desarrollo de la teoría.

 

 

 

 

 

 

 

3 Ibid., p. 235.

 

En ambos casos, las categorías previamente desarrolladas por la ciencia se someten a una confrontación crítica con los hechos reales dados a la contemplación y la representación, con los hechos empíricos, con la nueva práctica. En esta relación no hay y no puede haber ninguna distinción entre los métodos “lógico” e “histórico” de análisis de las categorías y hechos.

 

La distinción se encuentra únicamente en lo que sigue. Bajo el llamado “método histórico”, la teoría de la que se dispone se confronta inmediata y críticamente con los propios hechos históricos en base a los cuales ella ha surgido. Por ejemplo, si Marx hubiera elegido este método, entonces la teoría del valor-trabajo de Smith y Ricardo habría sido comparada con los hechos contemporáneos a Smith y a Ricardo. Bajo el método “lógico” de crítica de dicha teoría, que escogió Marx, las categorías de la teoría del valor-trabajo fueron inmediatamente confrontadas por él con los hechos que él mismo observaba, con su propia realidad económica contemporánea; es decir, esas categorías fueron confrontadas con los hechos y la práctica contemplables en un estadio más desarrollado de la historia del capitalismo. Este método de crítica, tal y como demostró Engels, poseía toda una serie de ventajas en comparación con el método “histórico”. En primer lugar, los hechos contemporáneos a Marx le eran a este mucho más conocidos y, en caso de que fuese necesario, podían ser comprobados con mayor rigurosidad que los hechos de un pasado más o menos delimitado. En segundo lugar, esos hechos revelaban mucho más clara y agudamente todas las tendencias necesarias del desarrollo capitalista que los hechos conocidos y expresados teóricamente por Smith y Ricardo.

 

 

Todas las leyes y formas de la economía capitalista que a finales del siglo XVIII y a comienzos del XIX todavía se mostraban sin suficiente claridad adquirieron hacia la mitad del XIX una forma de expresión mucho más madura y clara.

 

El método “lógico” permite estudiar cada fenómeno económico (si de lo que se trata es de economía política) precisamente en el punto donde ese fenómeno ha alcanzado una expresión completamente

 

plena y madura. Es obvio que a la hora de confrontar con los hechos del capitalismo maduro fue mucho más fácil evidenciar tanto la “semilla racional” de la teoría del valor-trabajo como los errores de su edificación. Además, este método de crítica proporcionó, en calidad de resultado inmediato, una comprensión teórica de los hechos empíricos y los problemas prácticos contemporáneos a Marx, cuando habría sido imposible, utilizando el método “histórico”, conocer igual de inmediatamente los hechos de la época de Smith y Ricardo. De esta última forma, la comprensión de la actualidad quedaría como una tarea pendiente que habría que resolver de manera especial.

 

Pero estas ventajas, desde el punto de vista filosófico, permanecen incomprendidas si no se demuestra cómo y por qué el análisis “lógico” (el análisis que parte de los hechos relacionados con el nivel evolutivo históricamente más desarrollado del objeto, de los resultados del desarrollo) puede por sí mismo proporcionar una comprensión histórica en esencia – si bien lógica en su forma – también en el caso de que la historia real que ha llegado a estos resultados no sea estudiada de un modo especial.

 

Si hablamos de la relación de la teoría con el proceso histórico real, entonces resulta que son posibles fundamentalmente dos casos. Primero: la teoría evoluciona demasiado rápido como para que el mismo objeto haya podido modificarse sustancialmente de algún modo. Esto es característico de las ciencias naturales: la astronomía,

 

la física, la química, la biología... Segundo: el objeto de estudio

 

evoluciona de tal forma que los plazos de su desarrollo son comparables con los plazos de desarrollo de la teoría. Diversas etapas evolutivas de la ciencia reflejan diversas y esenciales etapas evolutivas del objeto y sus agudas transformaciones históricas durante su constitución. Esto no es sólo característico de la economía política, sino también de todas las ciencias sociales: historia, estética, derecho,

 

lógica, teoría del conocimiento...

 

 

En el primer caso, el empleo del método lógico de crítica de las teorías precedentes, desde el punto de vista de la filosofía, representa en general el único posible. Así, teóricos de diferentes siglos como

 

Newton, Einstein, Kant, Laplace u Otto Schmidt hubieron de vérselas con el mismo objeto y en el mismo nivel de su evolución histórica, objeto que no se había modificado en absoluto. El sistema solar o las leyes de correlación entre el movimiento, el tiempo y el espacio no han sufrido ninguna transformación esencial ni cambios durante el tiempo que transcurre entre Newton y Kant o entre Einstein y Schmidt. La configuración del átomo a día de hoy permanece prácticamente igual a la de los tiempos de Demócrito.

 

Aquí nos enfrentamos con el caso que fue considerado principalmente por el planteamiento hegeliano de la cuestión acerca de la relación de lo “lógico” con lo “histórico”: el objeto es, en un intervalo de tiempo dado, una imagen inalterada, pero los conocimientos y la teoría acerca del objeto sí se desarrollan. En un caso tal se comprende y se justifica la utilización del método lógico de crítica de teorías creadas decenas, centenares e incluso miles de años atrás. La vieja teoría y sus categorías, al confrontarse con los hechos observables a día de hoy, se interpreta naturalmente como un reflejo del objeto incompleto, unilateral y abstracto. La nueva teoría interviene en este caso como la expresión teórica más completa y concreta del mismo objeto. Por ello, todo lo positivo de la teoría anterior se incluye dentro de la nueva teoría como momento abstracto. Se desecha únicamente la representación de que la vieja comprensión era definitiva y concreta, tal y como así le parecía al teórico que la había creado.

 

La vieja teoría (no toda, sino todo lo que es admisible en ella, todo lo que encierra una verdad relativa) se convierte en uno de los casos particulares de la nueva teoría. Así, las posiciones que en un determinado tiempo parecían ser la expresión “lógicamente” primaria de la ley universal de existencia del objeto, en el interior de la nueva teoría aparecen como expresiones derivadas de una ley más profundamente imbricada en el objeto, como la manifestación abstracta de otra ley universal-concreta.

 

Un ejemplo característico de semejante relación entre las posiciones de la vieja y la nueva teoría lo ofrece el conocido “principio de causalidad” al que ha llegado la física actual.

 

Por otro lado, el asunto puede darse como en el segundo caso. Aquí puede surgir una duda: ¿no hemos cometido un error o una injusticia hacia el objeto y sus estudiosos del pasado al criticar una teoría elaborada decenas, centenares o miles de años atrás desde el punto de vista de hechos que podemos observar a día de hoy?

 

Pero bajo un examen más cercano resulta que estamos enfrentándonos al mismo objeto, solo que en diferentes etapas de su evolución y madurez históricas y, por consiguiente, este segundo caso no solo se puede, sino que se debe reducir metodológicamente al primero como siendo más simple. Pues la teoría, esto es, la comprensión lógica y sistemáticamente desarrollada del objeto tiene que ver exclusivamente con las formas universales y las leyes del objeto, las cuales conforman en su totalidad concreta la estructura a él inherente. Ellas no pueden desaparecer sin que desaparezca, sin que se “destruya” el propio objeto como objeto dado, concreto y específico.

 

Por otro lado, las formas y leyes que tienen lugar en cierto nivel de desarrollo histórico del objeto y desaparecen sin dejar rastro en el siguiente ya muestran objetivamente por el simple hecho de su extinción que no se cuentan ni entre las condiciones internas y necesarias del ser concreto ni entre las condiciones universales y necesarias de su desarrollo.

 

Por este motivo la utilización del método “lógico” de análisis de hechos y conceptos (categorías) se justifica por completo también en este segundo caso. Y no solamente puede, sino que debe someter a la crítica las categorías creadas por la ciencia decenas, centenares o miles de años atrás desde el punto de vista de su correspondencia con los hechos contemporáneos al teórico y que se relacionen con la etapa evolutiva madura y desarrollada de aquel mismo objeto.

 

Marx, al analizar lógicamente las teorías de sus predecesores, se guio consciente y sistemáticamente por las anteriores consideraciones.

 

 

Esto no significa, por supuesto, que él dejase a un lado por completo el método “histórico” de crítica. Marx se sirvió de él continuamente donde le fue necesario, mostrando las circunstancias históricas bajo las cuales habían nacido las teorías y categorías desmontadas por él, trazando los contornos del telón de fondo histórico y concreto de su aparición. Sin embargo, el método “histórico” juega en Marx en todo momento sólo un papel subordinado, el papel de medio auxiliar o de instancia comprobatoria. El camino principal para el análisis crítico de hechos y categorías sigue siendo en todo momento el método “lógico” de crítica. Y esto se ve de modo especialmente claro en “El Capital”. Aquí, el método de análisis “lógico” abre camino a la correcta comprensión de la historia y de los hechos del pasado, proporcionando una clave metodológica fiable para su entendimiento. “La anatomía del hombre es la clave para la anatomía del mono”4; así expresa Marx esta circunstancia aforísticamente. Los “indicios de lo superior”, el “embrión” de este “superior” pueden ser observados en el pasado solo cuando dicho “superior” es analizado, comprendido y conocido por sí mismo. La propia historia empírica se comprende correctamente sólo en caso de que haya sido correctamente comprendida (de modo histórico-concreto) la “esencia” del objeto, la historia de lo que se quiere estudiar. Y esta última sólo puede ser hallada mediante el método “lógico”. Marx demostró concretamente la justeza de este camino en “El Capital”.

 

Como es sabido, el esbozo histórico de la época correspondiente a la “acumulación originaria” se encuentra expuesto en “El Capital” en el capítulo XXIV. A este último preceden veintitrés capítulos consagrados a la exposición “lógica” de la esencia de las relaciones capitalistas. La respuesta a la pregunta acerca de las circunstancias históricas en las que nace el capital sólo es dada después de haber obtenido una clara respuesta a la pregunta “¿qué es el capital?”. En el orden inverso, no habría sido posible hallar respuestas para ninguna de las dos cuestiones.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

4 Ibid., p. 219.

 

De esta forma, la cuestión de la relación de lo “lógico” con lo “histórico” se yuxtapone inmediatamente a la pregunta acerca de cómo y por qué el análisis “lógico” (el análisis de hechos relacionados con el estadio evolutivo superior correspondiente a la madurez histórica del objeto) puede proporcionar una comprensión histórico-concreta también en el caso de que la historia, el “pasado” que yace detrás del “presente”, no se estudie específicamente5.

 

Es decir, todo el asunto reside en comprender el “presente” en esencia, históricamente. Y para llevar esto a cabo, no es para nada necesario adentrarse en las profundidades de los siglos y estudiar en detalle la historia empírica que precede al presente. Mucho mas bien al contrario, la comprensión correcta del presente deja entreabierta la puerta a los secretos del pasado.

 

“No es, por lo tanto, necesario, para desarrollar las leyes de la economía burguesa, escribir la historia real de las relaciones de producción. Pero la concepción y la deducción correcta de las mismas, en cuanto relaciones desarrolladas históricamente conduce siempre a ecuaciones primeras – como las cifras empíricas, por ejemplo, en la ciencia natural

 

– que apuntan hacia un pasado, que yace tras este sistema. Esta indicaciones, juntamente con la concepción correcta del presente, ofrecen la clave para la comprensión del pasado [...]”6, hizo notar Marx en sus trabajos preparatorio de “El Capital”.

 

Engels tampoco hizo escasa contribución en este aspecto. Lenin, por su parte, escribió basándose en los materiales acerca de la historia del capitalismo ruso su trascendente obra “El desarrollo del capitalismo en Rusia”.

 

Por tanto, el “momento histórico” se halla contenido en la propia forma del análisis “lógico”. Además, el método “lógico” de análisis en

 

 

 

5 No se estudia porque, o bien la historia se conoce menos que el “presente”, o bien se desconoce en absoluto. Con esto último choca, por ejemplo, la cosmología, que en base a la investigación de la situación actual de los sistemas cósmicos pretende reproducir lógicamente la imagen de su formación y evolución históricas.

 

6 Marx, K. Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie. Moskau, Verlag für fremdsprachige Literatur, 1939, pp. 364-365.

 

su comprensión dialéctico-materialista no era para Marx “más que el método histórico, despojado únicamente de su forma histórica y de las contingencias perturbadoras”7.

 

¿Qué significa esto? ¿En qué se fundamenta esta misteriosa capacidad del “método lógico de crítica” para proporcionar una comprensión histórica de hechos incluso sin estudiar la “historia” de su aparición y desarrollo? Es evidente que dicho método sólo puede apoyarse en la circunstancia real de que, en los resultados del proceso histórico, de alguna manera o bajo algún aspecto modificado se encuentra, se “conserva” la historia de su procedencia. Por ello, el problema que a primera vista se presenta como puramente “gnoseológico” se torna en otro problema: el problema de la relación objetiva y necesaria en la que se encuentran, uno frente a otro, el proceso histórico del desarrollo real y sus propios resultados.

 

Más arriba señalamos que todos los momentos auténticamente necesarios (universales) que caracterizan al objeto como un “todo” dado histórico-concreto se conservan en él en toda la extensión de su evolución histórica, configurando la ley de su existencia y desarrollo.

 

Por consiguiente, es imprescindible aclarar exactamente bajo qué aspecto se conservan las condiciones universales y necesarias de aparición y desarrollo del objeto en sus fases evolutivas superiores, bajo qué aspecto estas condiciones se reproducen objetivamente en cada punto de la evolución, en cada estadio de la madurez histórica del objeto estudiado.

 

Ningún proceso histórico-concreto de evolución real comienza en el vacío ni mucho menos en el éter de la razón pura, sino dentro y en base a determinadas premisas conformadas por procesos que las precedieron en el tiempo. La evolución biológica (la historia de la vida) presupone condiciones químicas conformadas totalmente al margen de la vida, por no hablar de las condiciones específicas que tomaron forma en algunos cuerpos celestes. La sociedad comienza su propia historia sobre la base de premisas y condiciones creadas por la

 

 

 

 

7 Marx, K. К критике политической экономии, p. 236.

 

naturaleza. Y toda su historia consiste en que estas premisas y condiciones son reconstruidas y transformadas por el ser humano. En general, cualquier forma de movimiento nueva pero que haya recorrido cierto tramo de tiempo desde su aparición, así como cualquier forma de movimiento más amplia y complejamente organizada por su propia naturaleza, aparece en base a formas menos complejas y continúa su evolución en una interacción constante y delicada con ellas. Pero aquí es donde comienza la dialéctica de la evolución.

 

La cosa es que la forma evolutiva nueva, más compleja y última en sentido histórico, no permanece sólo como “resultado” o como “efecto” pasivo del proceso de evolución previo. El “resultado” transforma activamente las condiciones bajo las cuales él apareció originalmente. Es más, si esta forma evolutiva descubierta (sea en la naturaleza, en la sociedad o en el pensamiento) resulta ser el comienzo de una nueva direccionalidad de la evolución o de una forma de interacción cualitativamente nueva, entonces ella transforma necesariamente las formas evolutivas históricamente precedentes en formas externas de su propia existencia, en formas secundarias de su existencia concreta, en “órganos de su cuerpo”.

 

Cada forma evolutiva nueva y superior comienza, con su propio movimiento, a conservar y reproducir todas las condiciones auténticamente necesarias de su existencia, comienza a “engendrar” a partir de sí misma todo lo que ha sido creado antes de ella por la evolución precedente. Ella reproduce activamente las condiciones necesarias de su existencia concreta heredadas del desarrollo previo. El movimiento, en este caso, sigue la espiral característica de cualquier evolución auténticamente dialéctica y progresiva.

 

En “El Capital” demostró Marx de forma concreta y hasta en los más ínfimos detalles cómo sucede esto, revelando al mismo tiempo una ley dialéctica universal (y por tanto también una ley lógica). El capital se afirma a sí mismo como la fase nueva y cualitativamente superior en el desarrollo económico en tanto somete a su movimiento y a las exigencias imbricadas en su naturaleza específica todas las premisas y

 

condiciones necesarias bajo las cuales él surgió inicialmente. El capital comienza a reproducir activamente todas esas condiciones necesarias para su existencia. De esa manera, al mismo tiempo las depura de su forma histórica, en la cual habían existido hasta él. La fuerza de trabajo como tal, como capacidad general del ser humano para trabajar, pertenece a aquellas premisas históricas de surgimiento del capital tanto como la tierra, los recursos naturales, el aire, el sol o las máquinas. El capital no reproduce fuerza de trabajo como tal; reproduce fuerza de trabajo como mercancía, esto es, reproduce la forma en la que la fuerza de trabajo funciona en calidad de elemento del capital.

 

De este modo, se revelan las condiciones histórico-concretas de existencia del capital a diferencia de las condiciones o “premisas” puramente “históricas” de su existencia. Lo mismo sucede con la forma mercancía, con el dinero, con la ganancia comercial o con la renta. Como tales, estos elementos aparecen antes que el capital, pero se generan con el movimiento del propio capital y reflejan, cada uno a su manera, el movimiento específico de aquél.

 

De aquí resulta que todas las premisas y condiciones realmente necesarias para el surgimiento histórico del capital se observan en la superficie del capital ya desarrollado y “depuradas de su forma histórica”. Igualmente, las premisas y condiciones que no eran absolutamente necesarias para el nacimiento del capital – aunque estuvieran presentes de modo general – desaparecen en el proceso evolutivo del capital, se “disuelven” y no vuelven a aparecer en las fases superiores de su madurez histórica

 

Precisamente por ello el análisis “lógico” no necesita “depurar” específicamente la “lógica del objeto” de las contingencias puramente históricas ni tampoco de su forma de aparición puramente histórica. Esta “depuración” ya se la ahorra el propio proceso histórico objetivo al investigador. Marx, en sus trabajos preparatorios para “El Capital”, señaló en este sentido lo siguiente: “Si en el sistema burgués acabado cada relación económica presupone a la otra bajo la forma económico-burguesa, y así cada elemento puesto (jedes Gesetzte) es al

 

mismo tiempo supuesto (Voraussetzung), tal es el caso con todo sistema orgánico”8.

 

Esto es interesante por el hecho de que la ley, según la cual toda condición histórico-concreta para la existencia de la cosa aparece al mismo tiempo como producto histórico concreto, como efecto condicionado por la existencia de la cosa, se afirma directamente como ley universal que se refiere a “todo sistema orgánico”.

 

Y, en efecto, el “sistema orgánico” real (un sistema concreto de fenómenos en interacción) no puede aparecer si no tiene lugar una “inversión” dialéctica de las premisas de existencia de los objetos en efectos o consecuencias. Esto se aplica a la naturaleza, a la evolución social y a la historia del conocimiento.

 

El cuerpo albuminoso original, la célula de la vida, aparece de modo totalmente independiente a cualquier proceso biológico como producto del quimismo, y además como un producto extremadamente inestable en sentido químico. No sabemos exactamente como apareció por primera vez sobre la Tierra la estructura albuminosa más simple. La química, a día de hoy, no está en condiciones de reproducir artificialmente las condiciones bajo las cuales lo inorgánico pudiera transformarse en orgánico. Pero en el interior de cualquier cuerpo orgánico se halla la necesaria totalidad de estas condiciones, el propio organismo modifica activamente las sustancias que recibe desde el exterior sin esperar a que el entorno químico existente genere una molécula albuminosa viva. Dicha molécula, la forma de vida más simple, se reconstituye dentro del organismo y en virtud de sus fuerzas. Si esto no fuese así, si la forma de vida más simple no se reconstituyese como efecto, como producto de la propia vida, sino que se engendrase como antes, como en los albores de la evolución biológica – fuera del organismo y totalmente independiente a él, por la pura vía química -, entonces la evolución de la vida no se habría movido del sitio. La vida entonces permanecería siendo para siempre meramente un producto superfluo y más o menos contingente que, en virtud de su inestabilidad, retornaría todo

 

 

 

 

8 Marx, K. Grundrisse der Kritik der politischen Ökonomie, p. 189.

 

el tiempo a su configuración original pero que en ningún caso podría avanzar a las formas de existencia más complejamente organizadas que suponen los cuerpos albuminosos. Así que la vida se afirma en tanto que el organismo vivo reproduce activamente células, en tanto que los procesos químicos se vuelven formas “subordinadas” de manifestación del proceso vital.

 

El individuo, mediante su trabajo, conserva, reproduce y genera todas las condiciones necesarias para su existencia humana específica, es decir, transforma activamente las condiciones dadas a él por la naturaleza en condiciones que suponen un producto de su propia existencia; en la medida en que las condiciones naturales hayan sido modificadas por el ser humano, estas suponen las condiciones reales de su existencia específicamente humana.

 

Marx mostró en detalle la dialéctica de la aparición y desarrollo del capital. El capital surge en las entrañas de las formaciones precapitalistas y depende de condiciones que no han sido creadas por él. Al comienzo, su existencia depende totalmente de, por ejemplo, el número de campesinos huidos desde la villa medieval a la ciudad. Inicialmente, las fuentes de la fuerza de trabajo eran muy diversas. En trabajador podía convertirse un campesino huido del feudo, un artesano arruinado, un vagabundo, etcétera. Pero cuando caían bajo el proceso de producción de plusvalía, entonces se volvían ellos mismos una premisa para el surgimiento del capital. Más adelante, el capitalismo les dejaba salir igual de libres de propiedad sobre los medios de trabajo como habían llegado inicialmente.

 

Y en tanto el capital es capaz en su evolución de reproducir las condiciones de su existencia específica que originalmente no fueron creadas por él, sino por otros procesos ajenos, en esta medida es él capaz de “sostenerse por su propio pie”. Sólo aquí el capital se vuelve independiente de la benevolencia de circunstancias ajenas no dominadas por él, sometiendo a estas y creando nuevas condiciones necesarias para sí mismo. Este acto señala el verdadero comienzo de su auténtica historia.

 

En la evolución del pensamiento, un principio teórico descubierto recientemente (un concepto o teoría nuevos), al surgir en base a toda la evolución precedente del conocimiento, de los conceptos y de las representaciones anteriores, tampoco permanece (si es correcto) sólo como un resultado, como un producto o como un efecto.

 

El nuevo principio teórico, que supone la deducción final de toda la evolución teórica precedente, pasa de ser una hipótesis abstracta a convertirse en una teoría concreta y desarrollada cuando con su ayuda se alcanza la explicación de todos los fenómenos particulares que antes se explicaban desde las posiciones de otros principios.

 

Justamente así interpreta Lenin la historia de la transformación de los principios del materialismo histórico desde una hipótesis hasta una teoría demostrada. La nueva teoría, que parte de un principio recientemente descubierto, sustituye a la antigua sólo cuando proporciona una nueva explicación concreta de todos aquellos casos “particulares” que antes se explicaban por la otra de manera incompleta y abstracta. Sin lo anterior, el nuevo principio teórico permanece únicamente como una hipótesis, mientras que la vieja teoría desplegada se asienta con firmeza. Un individuo, señalaba irónicamente Hegel, no se contenta con que le enseñen una bellota cuando lo que quiere ver es un roble; esto es, no nos contentamos con el principio abstracto y sin desplegar en lugar del sistema de fenómenos concretamente interpretados con su ayuda.

 

Marx en “El Capital” mostró concreta y claramente que sólo desde tales posiciones en el conocimiento puede ser realizado un historicismo auténtico – esencialmente concreto – para la comprensión de las cosas. El historicismo “en general” o abstracto es tan viejo como la propia filosofía. Semejante “historicismo” no le es ajeno a la comprensión metafísica del mundo.

 

En nuestros días, la idea del desarrollo en general es reconocida por cualquier metafísico que gustosamente discuta sobre la necesidad de la aproximación “histórica” a la cosa y realice excursiones a la “historia” del objeto, introduciendo en sus representaciones fundamentaciones “históricas”. Y diferenciar el historicismo auténtico

 

– concreto y dialéctico – del “historicismo” abstracto del metafísico no es tan fácil como pueda parecer en un primer momento.

 

Dejarse llevar al punto de vista del historicismo abstracto (pseudohistoricismo) no es nada complicado; de hecho, este parece natural a primera vista: si se quiere entender un fenómeno históricamente, sólo hay que examinar la historia de su aparición. Sin embargo, el intento de realizar lo anterior se apoya sobre una dificultad irresoluble sin la ayuda de la dialéctica. Y es que cualquier realidad histórico-concreta posee tras de sí toda una historia interminable de construcción del mundo. Por ello, el intento de comprender un fenómeno “históricamente”, en el sentido de pretender estudiar todos los procesos que de una u otra forma prepararon su surgimiento, conduce inevitablemente a una “absurda infinitud” que no puede concluir en ningún resultado científico concreto y determinado.

 

Si se “retrocede” al pasado, a la historia del fenómeno, hay que detenerse en algún lugar para “empezar” desde algún punto. El lema del “historicismo” abstracto, en este sentido, no impone ni puede imponer ninguna barrera al arbitrio subjetivo. Pero esto no es todo. El punto de vista del “historicismo” abstracto, más allá de los deseos del teórico, conduce inevitablemente al más descarado antihistoricismo bajo el aspecto de la aproximación “histórica” a la cosa.

 

Es evidente que el proceso de aparición y desarrollo de, por ejemplo, el capital, no puede seguirse sin poseer el más mínimamente aproximado conocimiento de qué es el capital. Si el teórico piensa que el capital es “trabajo acumulado en general”, entonces resulta perfectamente natural que descubra el punto histórico de su aparición en el momento en el que el hombre de neandertal blandió en su mano un garrote. Pues, a fin de cuentas, el garrote es también “trabajo acumulado”. Si el capital se comprende como dinero que produce nuevo dinero al ser lanzado a la circulación, entonces su nacimiento habrá de buscarse en algún lugar de la antigua Fenicia o del Egipto de la época de los faraones. De este modo serán tomadas por leyes

 

históricas de aparición del capital las leyes de aparición de otras formas económicas (e incluso preeconómicas) totalmente diferentes, y el capital será convertido en una categoría ahistórica que, si bien no como “eterna”, al menos se presentará como mucho más antigua de lo que en verdad es.

 

Estudiemos en detalle este erróneo y vulgarmente histórico modo de discurrir tomando como ejemplo característico la así llamada acumulación originaria tanto en su comprensión por parte de los economistas burgueses como por parte de Marx.

 

Los economistas burgueses de los tiempos de Marx también se vieron obligados a estudiar el capital “históricamente” y admitir que este no es un fenómeno “eterno”, sino que apareció en algún momento y lugar. ¿Dónde y cuándo? El capital apareció “históricamente” en todo caso mediante la acumulación de los medios de producción en las manos de unos pocos. ¿Cómo sucedió esto concretamente? Por las vías más diversas: gracias al tan afamado ahorro, a la herencia adquirida del sistema feudal, a las operaciones comerciales exitosas, al engaño y, también, al robo. En cualquier caso, el capital históricamente aparece por cualquier medio excepto uno: la apropiación de plusvalía a través de la explotación del trabajador asalariado.

 

A partir de aquí, los economistas burgueses realizan la deducción “lógica” e “históricamente fundamentada” de que el capital, en virtud de su origen y, por tanto, de su “naturaleza histórica”, es cualquier cosa excepto el producto de la usurpación de plusvalía por el capitalista, cualquier cosa excepto una consecuencia de la explotación capitalista. Es el trabajo en general (apropiado por los más variopintos métodos y técnicas) el que después se transforma en trabajo del obrero asalariado. Por otro lado, el trabajador asalariado procedía históricamente del campesino fugado, del vagabundo, del artesano arruinado, etcétera, esto es, el trabajador asalariado es un “producto histórico” de cualesquiera circunstancias, excepto de la explotación capitalista. Y cuando el capitalista ofrece al vagabundo emplearse en la fábrica a cambio de una remuneración en lugar de ir arrastrándose

 

hambriento por las calles, esto ya supone, según palabras de los economistas, beneficencia.

 

El capital se representa como una relación natural y eterna gracias precisamente a argumentos “históricos”. El foco se centra en que el proceso de creación de las premisas históricas para la aparición del capital se toma como el primer estadio de la historia concreta del propio capital. Se toman por hechos de la historia del capital, como fenómenos histórico-concretos, hechos relacionados con una historia totalmente distinta, la de las formas económicas precedentes que se deshacen con la evolución del capital y sobre cuyos pedazos comienza este su propia historia concreta. Marx demostró que la auténtica evolución histórico-concreta del capital aparece cuando dicho capital comienza a “construir su cuerpo” a partir del trabajo no remunerado del trabajador asalariado.

 

La acumulación originaria de “riqueza” en las manos del futuro capitalista puede ser llevada a cabo por muchas vías y medios. Pero todas estas vías y medios de acumulación no se relacionan en absoluto con la historia del capital. El individuo que realiza la acumulación todavía no es un capitalista. El proceso de acumulación se encuentra en algún lugar bajo el “nivel inferior” de la historia del capital, de modo análogo a como la evolución biológica de los antecesores simiescos del ser humano no supone ni el primero ni ningún otro estadio de la historia humana, sino sólo su prehistoria, la historia de la maduración de las premisas históricas para la aparición de la sociedad humana.

 

El mismo punto de vista antidialéctico le es propio a los socialistas de derecha contemporáneos, que hacen pasar el proceso de maduración de las premisas económicas del socialismo (proceso que se genera, como demostró Marx, dentro del capitalismo) por el “primer estadio” de la historia del socialismo, por la “socialización” de los medios de producción. Con la ayuda de semejante acrobacia “lógica”, teóricos de la cuerda de K. Renner, D. Cole y K. Kautsky intentan suprimir la tesis de Marx acerca de que sólo la dictadura revolucionaria del proletariado es capaz de poner fin al desarrollo capitalista y de esa

 

forma dar comienzo a una fase histórica fundamentalmente nueva, el socialismo. Toda la historia de los acontecimientos del siglo XX es interpretada por estos teóricos como un proceso único de “socialización en general” que tiene lugar igualmente tanto en la U.R.S.S. como en los Estados Unidos. Sin embargo, mientras que en los EE.UU. este proceso se lleva a cabo por medios “naturales”, en la U.R.S.S. los métodos y vías de la “socialización” son “artificiales” y “forzados”. La contradicción principal que define al mundo actual – la contradicción entre el bloque de países socialistas y el bloque de países estancados en el escalón precedente de la evolución histórica – es interpretada por dichos teóricos como una irregularidad, como el resultado de la desviación subjetiva de los políticos marxistas-leninistas, como un producto de su “obstinado doctrinarismo”...

 

Esta es la “lógica” según la cual habría que ver en el ser humano solamente un simio grotesco a la vez que los rasgos específicamente humanos se considerarían desviaciones enfermizas y artificiales de la forma natural simiesca.

 

De modo más suavizado, la misma lógica sirve a la confección de las más novedosas teorías revisionistas, las cuales se esfuerzan en representar el tema de forma que entre el sistema socialista y el imperialismo exista, en esencia, poca diferencia. En ambos casos existe Estado, salario y demás. El pensamiento se orienta aquí mediante abstracciones en las que se afirma rigurosamente lo “común” a ambas fases fundamentalmente distintas de la evolución histórica. Como resultado, no se comprende correctamente ni el socialismo ni el imperialismo. El “socialismo”, según estas teorías, comienza sólo donde desaparece y se “extingue” el Estado y la planificación estatal. Es obvio que, en la práctica, la “extinción” de la planificación estatal no puede conducir a ningún otro punto que no sea el regreso a la situación que antecede al socialismo, a saber, a los elementos que componen la sociedad mercantil capitalista.

 

Aquí hallamos de nuevo la misma lógica, que toma las premisas históricas como formas “naturales” de desarrollo y por ello se dirige contra las auténticas formas de evolución histórica calificándolas de

 

artificiales. Esta es la lógica del mono que no quiere evolucionar en ser humano y ve en las formas simiescas de la vida el ideal “natural”. Esta es la consecuencia inevitable de la forma del pseudohistoricismo, el historicismo abstracto.

 

El historicismo, en sentido dialéctico-materialista, es concreto. Él obliga a razonar no acerca de la historia “en general”, sino acerca de la historia concreta del objeto concreto, exige comprender la historia no como una sucesión evolutiva fluida, sino como una serie de estados cualitativamente particulares que se sustituyen los unos a los otros. Así, cada uno de los estadios evolutivos histórico-concretos (en la naturaleza, en la sociedad o en el pensamiento) es comprendido como un estadio para el que son características leyes específicas. La historia concreta de cada uno de esos estadios posee su “comienzo” universal objetivamente constatable cuyo surgimiento significa una fractura cualitativa en el tránsito del desarrollo universal, un “salto”, una revolución.

 

Este nuevo “comienzo”, apareciendo únicamente como uno de los productos “secundarios” de la historia precedente, adquiere después el rol de principio universal, dominante y determinante, que transforma todas las premisas previamente desarrolladas en formas accesorias de su propia existencia, en parte destruyéndolas sin contemplación, en parte arrastrándolas todavía tras de sí hasta alcanzar completa significación aquello que en ellas estaba presente en forma de tendencias y posibilidades no desarrolladas. Por esto el proceso histórico se presenta como una sucesión ininterrumpida de transformaciones orgánicas en cuyo tránsito lo históricamente precedente se convierte en forma “secundaria” de su propio producto histórico, se vuelve “lógicamente subordinado”. Esta “inversión” de lo históricamente precedente en lógicamente subordinado expresa la “inversión” objetiva real del papel de determinados fenómenos dentro de un sistema históricamente autoconstituyente de fenómenos en interacción. Esto no es en absoluto un “recurso” artificial de investigación lógica, sino la expresión inmediata de la dialéctica real de la evolución histórica concreta. La coherencia “lógica” de las categorías en el sistema de la ciencia expresa la coherencia real del

 

proceso de formación del sistema histórico-concreto de fenómenos en interacción que se estudia en este caso.

 

Y todo el asunto reside en que esta “coherencia” objetiva y real en la que acontece la formación de la estructura interna del objeto no es tan fácil de distinguir en la contemplación del complejo y tremendamente enrevesado cuadro del proceso histórico. No se puede llegar a ella sin una aproximación conscientemente dialéctica.

 

La así denominada secuencia “natural” de acontecimientos en el tiempo, es decir, la secuencia que puede ser observada en la superficie del proceso histórico por el ojo no “equipado” teóricamente, no coincide en ningún caso con la auténtica secuencia oculta de dichos acontecimientos en su “esencia”. Además, el orden de desarrollo de los acontecimientos “en esencia” resulta a veces directamente contrario al orden de su desarrollo fenoménico. Por ejemplo, la crisis general de superproducción se revela en primer lugar en forma de colisiones y contrariedades en la esfera de los movimientos dinerarios y las operaciones bancarias; después, esta crisis atrapa también a la esfera comercial y, en último lugar, ya aparece bajo el aspecto de la superproducción de mercancías. Un espectador superficial, para el cual la llamada “sucesión natural” de los acontecimientos en el tiempo le parece el punto de vista del “historicismo sensato”, extrae de aquí la conclusión de que la “causa”, el punto de partida o “comienzo” de la crisis general es la crisis en la esfera de las relaciones dinerarias. Como resultado, el “juicioso empirismo” conduce al mismo resultado que la escolástica cuidadosamente refinada: la auténtica “causa” de los acontecimientos comienza a parecer la consecuencia de su propia consecuencia. El empirismo tosco se convierte inevitablemente en la más pura escolástica en cuanto se le ensalza como principio de explicación teórica de los acontecimientos.

 

Desde el punto de vista del auténtico historicismo concreto la cosa se presenta al revés. Es completamente evidente que la superproducción de mercancías en verdad ha tenido lugar antes de manifestarse en forma de crisis monetaria. Es obvio que la crisis monetaria sólo ha expresado, con su lenguaje específico, un hecho ya antes realmente

 

acaecido, pero en ningún caso lo ha provocado. En este punto brota la expresión “lógica” de la inversión secuencial de los acontecimientos en el tiempo, la cual en absoluto contradice al orden auténtico y objetivo (aunque se halle este oculto a la observación empírica) de su sucesión, sino a la apariencia superficial, a lo visible. Este fenómeno es también objetivo, no una ilusión que aparezca sólo en la conciencia, sino la forma superficial en la que se revela la “esencia” del proceso. Y si se toma la forma aparente del discurrir de los acontecimientos históricos como la forma “natural” de la evolución histórica de los acontecimientos en el tiempo, si estos no se aprehenden en calidad de hilo conductor de la expresión “lógica” de la historia, entonces se obtendrá inevitablemente no una convergencia de lo “lógico” con lo “histórico”, sino el efecto contrario.

 

La expresión “lógica” de la historia que se guíe por este mezquino principio resultará en todo caso antihistórica en esencia. Y, al contrario, el desarrollo “lógico” de las categorías que a primera vista parece desligarse de la secuencia “histórica” (temporal) es en verdad la auténtica y objetiva expresión de la historia del objeto. La secuencia de acontecimientos (fenómenos) “lógicamente” expuesta descubre por primera vez el secreto de su auténtica inversión secuencial y coincide con lo “histórico”, comprendido y expresado en su “esencia”. Además, ofrece la posibilidad de comprender la propia secuencia temporal de acontecimientos científica y no empíricamente. Marx formula categóricamente esta circunstancia, la cual posee una importancia decisiva desde el punto de vista del método histórico del estudio de hechos: x [...] Sería impracticable y erróneo alinear las categorías económicas en el orden en que fueron históricamente determinantes. Su orden de sucesión está, en cambio, determinado por las relaciones que existen entre ellas en la moderna sociedad burguesa, y que es exactamente el inverso al que parece ser su orden natural o del que correspondería a su orden de sucesión en el curso del desarrollo histórico”9.

 

 

 

 

 

 

 

9 Marx, K. К критике политической экономии, p. 221.

 

En otras palabras, se puede llegar al descubrimiento del auténtico orden “histórico” del desarrollo de unas formas de existencia del objeto a partir de otras de sus formas sólo a través del análisis “lógico” del objeto en el nivel superior de su madurez. El proceso histórico aparece en sus resultados objetivos bajo una forma que desnuda su propia “esencia”. El estudio del “presente” arroja luz sobre el “pasado”.

 

La comprensión teórica del “presente” (es decir, su estudio “lógicamente sistemático”) resulta ser la llave para la correspondiente comprensión del pasado. Esta aproximación da la posibilidad de estudiar el proceso histórico (el “pasado”) desde el punto de vista de sus propios resultados objetivos, de sus tendencias estrictamente necesarias, de su regularidad, la cual se abre camino a través de una masa de circunstancias ajenas y externas. En el estudio “lógico” del nivel evolutivo superior del objeto se descubre, ante todo, el auténtico “comienzo” del proceso que realmente ha creado dicho objeto. El “comienzo” objetivo e histórico-concreto de la historia del objeto en cuestión aparece aquí como la forma de interacción universal y dominante sobre todas las demás, como la “sustancia” más elemental de todas las otras formas de existencia del objeto. Marx escribía: “En todas las formas de sociedad existe una determinada producción que asigna a todas las otras su correspondiente rango e influencia, y cuyas relaciones por lo tanto asignan a todas las otras el rango y la influencia. Es una iluminación general en la que se bañan todos los colores y que modifica las particularidades de éstos. Es como un éter particular que determina el peso específico de todas las formas de existencia que allí toman relieve”10. Esta relación no le es únicamente propia a la historia de la humanidad. En la naturaleza (y también en el pensamiento) el desarrollo auténticamente dialéctico ha lugar del mismo modo y no de otra forma. En el proceso evolutivo de la vida orgánica también se produce “un éter particular que determina el peso específico de todas las formas de existencia que allí toman relieve”. Y este “éter particular”, es decir, el “comienzo” histórico-concreto de la forma de

 

 

 

 

 

 

 

 

 

10   Ibid., p. 220.

 

movimiento nueva y superior (más compleja a nivel organizativo y posterior en relación a su nacimiento), no puede ser en absoluto comprendido como producto de la tranquila evolución de las formas de movimiento históricamente precedentes. Dicho “comienzo” puede ser científicamente comprendido sólo “a partir de sí mismo”, debe ser examinado antes, fuera e independientemente de las formas que le preceden en el tiempo pero que también configuran la premisa histórica de su aparición.

 

La renta como forma de la economía mercantil-capitalista no puede ser comprendida antes que el capital o abstraída de él. Pero tampoco se puede comprender en qué consiste la esencia de la renta sin haber comprendido qué es el capital, aunque históricamente aquella haya nacido antes que este último y se haya contado de modo general entre las condiciones “históricas” de su aparición. No fueron pocos los terratenientes que, tras haber acumulado rentas feudales, comenzaron a emplearlas a modo de capital. Lo mismo sucede con la ganancia comercial.

 

El destino histórico tanto de la renta como de la ganancia comercial puede ser superficialmente comparado con el destino de un pedazo de mármol a partir del cual el escultor obtiene una estatua. La forma concreta que adquiere el trozo de mármol no puede ser de ningún modo explicada a partir de las propiedades naturales del mármol. Sí puede ser comprendida (científicamente explicada) a partir de las particularidades de la evolución artística, a partir de un proceso que tiene lugar en el tiempo mucho más tardíamente que la historia natural y físico-química del pedazo de mármol.

 

De este modo, el orden “lógico” de desarrollo de las categorías en la ciencia no contradice a la auténtica historia concreta del objeto, sino sólo a la apariencia externa del proceso histórico, sólo a la “historia en general” abstractamente (falsamente) comprendida y expresada.

 

En la superficie de los fenómenos, el capital industrial – el capital que realmente crea plusvalor – aparece como “producto histórico” o consecuencia de la evolución del capital comercial o la renta. Pero, en realidad, la esencia de este hecho reside en el proceso contrario:

 

aquella consiste en que el capital industrial somete a sí la forma del capital comercial y la convierte en forma secundaria de la expresión de su propio movimiento, en producto y efecto de su propia existencia, en “órgano de su cuerpo”.

 

Está claro que el auténtico “comienzo” histórico-concreto de la nueva y superior forma evolutiva puede ser descubierto más fácilmente en tanto más avanzada se encuentre esta evolución y más completamente dicho “comienzo” haya sometido a sí y haya transformado todas las condiciones y premisas de su nacimiento históricamente precedentes en sus formas de expresión, en efectos de su propia existencia.

 

En lo anterior se fundamenta la conocida posición metodológica de Marx acerca de que la comprensión auténticamente histórica del objeto sólo puede ser alcanzada por medio del análisis “lógico” de dicho objeto en el punto superior de su desarrollo

 

 

 

* * *

 

 

 

La comprensión lógicamente concreta del “presente”, esto es, la comprensión “lógica” en forma e “histórica” en esencia, termina por ser el único camino correcto hacia la comprensión histórico-concreta del “pasado” (hacia la comprensión “histórica” en esencia y forma). Todo el asunto, por tanto, consiste en que la aproximación “histórica” tenga lugar sobre todo en relación a la actualidad, al presente.

 

La comprensión ahistórica del presente conduce irremisiblemente a la comprensión igualmente ahistórica del pasado, a la representación antihistórica de la propia historia. La “historia”, así, se vuelve sólo un medio con cuya ayuda el “presente” es expuesto como la cima del desarrollo, incapaz de una ulterior evolución.

 

“La así llamada evolución histórica reposa en general en el hecho de que la última forma considera a las pasadas como otras tantas etapas hacia ella misma, y dado que sólo en raras ocasiones y, únicamente en

 

condiciones bien determinadas, es capaz de criticarse a sí misma [...] las concibe de manera unilateral”11.

 

La actitud crítica revolucionaria hacia el presente es una condición sin la cual no existe y no puede existir una aproximación histórica y objetiva hacia el pasado (entendido este como realidad objetiva, así como su ciencia correspondiente).

 

La vulgar actitud apologética hacia lo existente, hacia el nivel de desarrollo dado, se expresa de modo que este “existente” es representado sin contradicciones que puedan suponer un resorte para una evolución ulterior. Lo existente se convierte en una especie de ideal, y toda la evolución precedente comienza a concebirse sólo como un proceso de progresivo acercamiento de la realidad a dicho “ideal”. Con esto, cualquier etapa evolutiva ya transcurrida se comprende de manera extremadamente unilateral y sólo desde la perspectiva que la interpreta como un presente todavía no desarrollado en su totalidad. Todo lo demás se ignora y se trata de “inesencial”. Mientras, dentro de ese saco de lo “inesencial” caen precisamente las contradicciones histórico-concretas que dieron lugar a esa etapa ya transcurrida y que junto a ella desaparecieron, cediendo su puesto a otras contradicciones histórico-concretas.

 

Semejante “historicismo” abstracto y, por tanto, falso, es característico de toda la ciencia y filosofía burguesas y corresponde a la esencia de la actitud burguesa hacia el presente, el pasado y el futuro. Dicha aproximación dejó su impronta también en la comprensión hegeliana del problema de la relación entre lo lógico y lo histórico. La realidad contemporánea a Hegel, reducida a su expresión lógica y abstracta (una realidad idealizada en forma de lógica), aparece en sus sistema como el fin inmanente de toda la evolución de la naturaleza, la sociedad y el pensamiento.

 

La historia, según Hegel, se relaciona sólo con el pasado, no con el presente y mucho menos con el futuro. Categorías que en verdad no expresan más que las formas de existencia histórico-concretas de la

 

 

 

 

 

11   Ibid., p. 219.

 

realidad burguesa coetánea a Hegel, tales como “libertad”, “igualdad”, “derecho”, “valor”, “capital” y demás, se tornan en categorías suprahistóricas, eternas, que supuestamente expresan el “auténtico” sentido oculto de toda la historia precedente.

 

La historia, comprendida de manera abstracta y unilateral por un lado y, por otro, mediante una actitud apologética hacia la actualidad, es así completada por ambos polos. De esta manera, el pensamiento se mueve en círculos, no pudiendo proporcionar una comprensión concreta ni del pasado, ni del presente ni mucho menos del futuro.

 

Marx consiguió romper ese círculo sin salida lógica no sólo gracias a las fuerzas de su mente teórica, sino sobre todo gracias a una actitud crítica revolucionaria hacia lo existente.

 

En la ciencia (en el estudio lógico-teórico) esta actitud crítica revolucionaria se expresa ante todo en el hecho de que el estado de cosas actual (de la vida social, de una determinada esfera de existencia natural o del desarrollo científico) se estudia como una fase históricamente de tránsito hacia el siguiente y superior estado de cosas.

 

Dicho de otra forma, el pasado, en primer lugar, se estudia desde la posición del resultado alcanzado (desde el presente) y, en segundo lugar, el presente se estudia sobre todo desde la posición del futuro, del cual dicho presente está preñado.

 

La imagen del futuro se revela en el presente en forma de las contradicciones histórico-concretas internamente existentes en él que exigen con gran insistencia su resolución real. El único medio de resolver las contradicciones del presente es el tránsito a un nuevo estado de cosas en el que dichas contradicciones desaparezcan y sean reemplazadas por otras.

 

Pero dicho tránsito configura también un punto de vista totalmente nuevo sobre el pasado. Las épocas evolutivas históricamente precedentes ya no aparecen sólo como fases de madurez del presente o de aproximación al estado de cosas actual. Ahora ellas son comprendidas como etapas históricas particulares cada una de las

 

cuales apareció sobre las ruinas de todo lo precedente, vivió la era de su juventud, el tiempo de su madurez y, finalmente, la hora de su ocaso, preparando de este modo las premisas y condiciones para el nacimiento de la siguiente y superior forma evolutiva. Cada escalón del desarrollo histórico (en la naturaleza, en la sociedad o en la evolución de los conocimientos) es comprendido en sus propias contradicciones inmanentes y en su regularidades histórico-concretas, que nacen junto con este escalón y junto con él desaparecen. Esta “desaparición” puede tener lugar de forma literal o por medio de la conversión de aquellas en formas “subordinadas” de un sistema más desarrollado, al modo en que, por ejemplo, las regularidades químicas van “desapareciendo” en la evolución de la vida.

 

En lo anterior reside la particularidad diferencial de la aproximación auténticamente histórica a las cosas. Bajo este aspecto es el historicismo del estudio lógico totalmente inherente a la dialéctica materialista de Marx, Engels y Lenin.

 

Aquí, la llave para la comprensión del pasado ya no es sólo el “presente”, sino la comprensión histórica del presente. El estado actual de cosas, a partir de cuya posición se valora y se analiza la historia pasada, es asimilado ante todo desde el lado de las tendencias evolutivas objetivas. Y estas tendencias, que siempre existen en forma de contradicciones maduradas a lo largo del camino del propio proceso histórico, exigen su resolución práctica y teórica.

 

La situación actual de las cosas (tanto en la realidad como en la ciencia, su reflejo teórico) aquí ya no se idealiza, como sucede inevitablemente bajo el influjo de los historicistas y filósofos burgueses, sino que se estudia como fase pasajera del movimiento histórico, como etapa de lucha de lo nuevo con lo viejo, del presente con el pasado.

 

No es difícil notar que semejante historicismo se halla orgánicamente ligado con el punto de vista de la práctica, de la transformación revolucionaria del mundo en la dirección que dicta el propio proceso histórico.

 

Esta particularidad del historicismo marxista-leninista se evidencia claramente en obras como El 18 de Brumario de Luis Bonaparte de Marx, así como en Dos tácticas de la socialdemocracia en la revolución democrática o La bancarrota de la II Internacional de Lenin. La historia en estas obras es escrita “con el cadáver aún caliente”, en el propio fragor de los acontecimientos, armando a los participantes de los mismos con la comprensión del sentido de su propio actuar histórico.

 

Como documentos históricos destacables e inspirados en la aproximación histórico-concreta para el análisis de la actualidad destacan en nuestro tiempo las resoluciones de los congresos del PCUS. En el informe de N. S. Jruschov para el XXI Congreso del Partido, en las resoluciones que en el mismo se encuentran, el análisis estrictamente científico de la situación existente a día de hoy se halla íntimamente enlazado con la explicación acerca de las perspectivas necesarias del desarrollo ulterior de los acontecimientos históricos. Una vez más, estos documentos demuestran convincentemente que el comunismo es ante todo una necesidad históricamente madura que determina el carácter del mundo contemporáneo y la dirección que toman todos los acontecimientos relevantes de nuestros días, y no un “ideal ético”, como se esfuerzan en aseverar los críticos del marxismo-leninismo burgueses y revisionistas, acusando a los comunistas de subjetivismo y “doctrinarismo”.

 

Todo el asunto se encierra en el hecho de que el análisis teórico (“lógico”) de los acontecimientos revela la tendencia principal o central del desarrollo histórico, siendo así su expresión. De este modo, aquél proporciona la posibilidad de valorar justamente el rol y el lugar que ocupan los acontecimientos aislados y su peso específico en el cuadro general del proceso histórico, así como permite advertir perspicazmente los embriones de la futura sociedad, separar los fenómenos verdaderamente progresivos y contribuir a su despliegue.

 

 

 

 

 

 

 

* * *

 

 

 

Sólo en base a la resolución dialéctica de la cuestión entre lo lógico y lo histórico ha podido ser también hallada la solución a la cuestión de la previsión científica del futuro.

 

Esta problemática surge en la ciencia cuando el pasado comienza a analizarse “desde el final”, desde el punto de vista de su resultado: ¿existe en la situación de partida, en el estado de cosas actual, la necesidad de que finalmente se alcance un resultado determinado que era posible prever con antelación?

 

El pensamiento metafísico no puede apañárselas con este problema. Este pensamiento, o bien se vuelve hacia el punto de vista toscamente teleológico, o bien se ve obligado a rechazar la misma posibilidad de previsión estrictamente científica junto con la representación de las “causas finales”. En realidad, si la historia se reduce a una simple sucesión de acontecimientos causalmente condicionados, entonces de este modo se suprime la cuestión acerca de la tendencia universal del desarrollo, en cuya dirección tiene lugar toda la evolución en su totalidad. Pues reducir la necesidad a la “causalidad” metafísicamente comprendida significa reducirla a la pura casualidad.

 

Así, para el materialista del siglo XVIII, la formación del cerebro durante el proceso evolutivo de la materia es una mera contingencia, si bien causalmente condicionada.

 

Desde las posiciones de semejante comprensión abstracta de la necesidad no se puede hablar en absoluto de que dentro del actual estado de cosas exista un futuro objetivamente determinado (y, por tanto, científicamente determinable). La dirección evolutiva se coloca en completa dependencia de sus “causas eficientes” y de la combinación en que estas tengan lugar. Y esto es imposible de prever con antelación.

 

La dialéctica materialista, rechazando la representación teleológica, ofrece una explicación razonable para el hecho de que cualquier fase de desarrollo (cualquier estado de cosas) encierra en sí, como un

 

“embrión”, un futuro objetivamente determinado y científicamente determinable.

 

Las categorías “causa eficiente” y “causa final” son retiradas por la dialéctica materialista en virtud de la categoría “interacción”. El proceso histórico en su totalidad comienza así a parecer no una fluida sucesión evolutiva de acontecimientos, sino un proceso de continua “regeneración” orgánica de un sistema de fenómenos en interacción en otro tal sistema histórica y concretamente determinado, de una “concreción” en otra “concreción”.

 

Evidentemente, la forma de interacción que finalmente se torna universal y dominante (aquél “éter particular que determina el peso específico de todas las formas de existencia que allí toman relieve”) inicialmente aparece como uno de los aspectos particulares del sistema de fenómenos en interacción histórico-concreto precedente, como una de sus “consecuencias” particulares.

 

El proceso ulterior aparece, bajo semejante comprensión, como la transición de esta forma de interacción potencialmente dominante y universal en actualmente dominante y universal.

 

Es decir, la previsión científica se reduce al descubrimiento de la forma de interacción real que, en su tendencia, es dominante y universal, si bien realmente aún no es ni una ni otra, sino sólo un momento abstractamente sometido a lo histórico-concreto existente ahora.

 

Pero ya en este punto se puede anticipar teóricamente adónde conduce tendencialmente el proceso de su transformación en la forma real y actualmente universal de interacción, se puede prever teóricamente (evidentemente, en trazos muy generales) la forma de la realidad que se obtendrá como resultado de dicho proceso.

 

Por esa razón nosotros, individuos de mediados del siglo XX, podemos, en base al análisis teórico de los hechos contemporáneos, elaborar una representación general acerca de la estructura de la futura sociedad comunista, de la forma histórico-concreta de vida social cuyas leyes podrán ser formuladas cuando el principio de la propiedad

 

colectiva finalmente someta a sí y modifique conforme a sus necesidades todas las esferas de la vida social.

 

 

 

* * *

 

 

 

La solución dialéctico-materialista al problema de la relación entre lo lógico y lo histórico, fundamentada en el reconocimiento de la primacía del desarrollo histórico real sobre el desarrollo lógico-teórico, al mismo tiempo revela toda la complejidad de su relación regulativa. La convergencia entre lo “lógico” y lo histórico se comprende por primera vez sobre la teoría materialista del reflejo y configura el principio de partida de la lógica del marxismo-leninismo.

 

La relación entre la lógica del pensamiento desarrollado (la lógica dialéctica) y la historia del pensamiento, así como la relación de ambas con la historia real de la naturaleza y la sociedad, es una cuestión que converge con el problema de la estructura de la dialéctica como lógica, como teoría del conocimiento del marxismo-leninismo. Este problema es el de la coherencia de los elementos de la dialéctica en su exposición sistemática. Lo “lógico” aparece como expresión teórica general del proceso histórico real en el que se forma la realidad concreta, expresión depurada de su forma histórica y de sus contingencias perturbadoras.

 

Sobre esta base se comprende también la relación entre la teoría del objeto y la historia de ese mismo objeto. Aquí también se da una convergencia en la propia esencia del asunto. La teoría (la forma de conocimiento lógicamente sistematizada) revela las leyes del desarrollo. La historia como ciencia también descubre estas leyes, de otro modo no sería ciencia, sino únicamente una recopilación desordenada y ecléctica de hechos extraídos aleatoriamente.


FIN

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