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EL PROBLEMA DE LO ABSTRACTO
Y LO CONCRETO A LA LUZ DE «EL CAPITAL» DE MARX
Évald Vasílievich Ilíenkov
El Problema
De Lo Abstracto Y Lo Concreto A La Luz De «El Capital» De Marx
Évald Vasílievich Ilíenkov
El Problema De Lo Abstracto Y Lo Concreto A La Luz De «El Capital» De
Marx
Évald Vasílievich Ilíenkov
«El Capital
de K. Marx. Filosofía y actualidad».
Moscú, 1968,
págs. 186-213
La fuerza de la influencia ideológica de «El
Capital» es, ante todo, la fuerza de la lógica en él desplegada. «El Capital»
presenta un interés específico y tremendamente actual como uno de esos pocos y
contados acontecimientos en la historia del pensamiento científico en los que,
durante el transcurso del estudio de una teoría «particular», ha sido
consciente y sistemáticamente aplicada una concepción lógica minuciosamente
meditada y previamente formulada en todos sus puntos decisivos de forma
general, bajo un aspecto universal. Por ello, la lógica de «El Capital» (es
decir, el método de pensamiento aquí empleado, el método de desarrollo de las
definiciones científicas) posee una importancia universal. No se trata aquí de,
por medio de un análisis, extraer del texto de «El Capital» algunas
recomendaciones lógicas y metodológicas – pues en ese caso se exigiría también
especialmente demostrar que dichas recomendaciones poseen eficacia universal y
que son aplicables además fuera del campo de la economía política del
capitalismo como tal -, sino de explicar las posiciones de Marx respecto al
pensamiento en general, respecto al problema del conocimiento, etcétera; en
fin, se trata de reconstruir los puntos de vista lógicos del autor de «El
Capital». Esta tarea no puede ser resuelta sólo por medio de la simple
«interpretación lógica del texto» de la principal obra de Marx, pues «El
Capital» no versa al fin y al cabo sobre lógica, sino sobre la economía
política del capitalismo, es decir, trata de la lógica en su aplicación
específica y particular. Para extraer conclusiones del texto de «El Capital»
que tengan un sentido inmediatamente universal (lógico), es necesario estudiar
la propia obra en una relación más general, en el contexto de todo el
desarrollo de la comprensión marxiana del mundo. Para concebir en general en el
texto de «El Capital» los puntos en los que, sobre un material
particular (las categorías económicas), tiene lugar
la resolución de problemas lógico-universales ( y no sólo concretamente
económicos), es indispensable ante todo representarse clara y agudamente la
mismísima esencia de dichos problemas lógicos.
Si simplemente traducimos el movimiento de las
categorías económicas de «El Capital» al lenguaje lógico-filosófico, entonces
sólo le proporcionaremos un sentido inmediatamente universal a un hecho
particular del movimiento lógico condicionado por la especificidad del material
en cuestión, cometiendo de este modo un tosco error lógico.
Al contrario, «El Capital» y su análisis lógico
pueden aportar mucho a la creación de la teoría general de la lógica bajo la
condición de que la cuestión sea planteada desde el mismo comienzo en forma
universal como explicación y reconstrucción de la teoría general del
pensamiento que fue cultivada por Marx (aunque no fuese sistemáticamente
expuesta para su impresión) en sus trazos fundamentales hasta la redacción de
«El Capital», lo cual tuvo lugar precisamente durante el transcurso de la
elaboración materialista crítica de las nociones hegelianas sobre el
pensamiento. Pues las posiciones generales y fundamentales de su lógica fueron
configuradas por Marx al resolver una cuestión que, «de suyo, no tenía nada que
ver con la Economía Política. ¿Con qué método había de tratarse la ciencia?».1
Los conceptos «concreto» y «abstracto» fueron
cultivados por Marx justamente en el contexto de la resolución de este problema
principal, durante la crítica constructiva a las representaciones hegelianas
sobre el pensamiento, sobre el rol del pensamiento en la actividad vital
humana, sobre la función especial del pensamiento científico-teórico, sobre las
interdependencias entre la ciencia y la práctica social, etc., incluso durante
la crítica a «detalles» tales como la cuestión sobre la relación del concepto
científico con la representación formada espontáneamente, con la forma de la
intuición y con el «lenguaje». No puede perderse de vista ni por un instante
que las categorías
1 Marx, K.,
Engels, F. Сочинения. T. 13, pp. 495.
«concreto» y «abstracto», así como todas las demás
categorías lógicas de «El Capital», son categorías de la «Lógica» hegeliana
estudiadas y reformuladas de modo materialista. Sin conocer el «lenguaje» de la
filosofía clásica alemana no se puede comprender correctamente la lógica de «El
Capital» ni la lógica en la comprensión marxista en general. En la historia de
la interpretación del método de Marx dicha verdad se ha visto corroborada en
más de una ocasión: en particular, por medio de las discusiones que más de una
vez han surgido con motivo de la tan conocida tesis acerca del «ascenso de lo
abstracto a lo concreto». Se sabe que Marx apreciaba este método de desarrollo
de los conceptos científicos como «el único posible» y, en consecuencia, como
método «correcto en el sentido científico» para la reconstrucción ideal de la
realidad, como método de trabajo específicamente propio al individuo que piensa
teóricamente. Igualmente es sabido que en «El Capital» dicho método fue
empleado por Marx premeditada, sistemática y consecuentemente para la
resolución de una tarea teórica particular, el despliegue de un sistema de
conceptos científicos y, sobre todo, de una teoría económica. Por tanto, leer
«El Capital» a través de las lentes de la lógica significa estudiar la teoría
presente en él como una de las posibles aplicaciones de una concepción
lógico-universal, y en absoluto como el único fundamento para la explicación de
las ideas lógicas de Marx.
La cuestión de si resulta «aplicable» o «no
aplicable» el método de ascenso de lo abstracto a lo concreto en otras ciencias
no es más que una paráfrasis verbal de la cuestión relativa a si Marx se
equivocó o no en su crítica a la filosofía clásica alemana y, especialmente, en
su crítica a la noción hegeliana del concepto, de la relación del concepto con
las formas de la intuición y la representación, de la relación «del pensamiento
con la objetividad», etc. Si esta crítica ha resultado correcta y sus resultados
se han visto justificados por el desarrollo teórico posterior (incluido «El
Capital», aunque no sólo éste), entonces se debe estudiar el método de ascenso
de lo abstracto a lo concreto como la forma lógica del desarrollo de los
conceptos en general, y no como un «recurso metodológico» artificial
específicamente elaborado para las necesidades
particulares de la teoría del plusvalor.
Muchas incomprensiones ligadas a las
interpretaciones del método de ascenso de lo abstracto a lo concreto han
surgido y surgen precisamente en base a representaciones superficiales acerca
de la relación de Marx con Hegel y del extenso trabajo crítico que Marx llevó a
cabo con la lógica hegeliana y las definiciones de sus conceptos. Polemizando
con Hegel en lo esencial, Marx nunca y en ningún lugar entró en disputas vanas
con él con motivo de palabras o definiciones puramente nominales de algunos
términos. Al contrario, más de una vez empleó el «lenguaje» de aquél también en
los puntos en los que formulaba sus concepciones, fundamental y diametralmente
opuestas.
En virtud de esto, el lector no familiarizado con
las agudezas del lenguaje hegeliano se topa en Marx con giros inesperados que,
de repente, vuelven del revés el sentido «acostumbrado» de palabras
«habituales», sin sospechar que en este «retorcimiento» encontraron su
expresión – tanto en Hegel como en Marx – no ciertos caprichos y
arbitrariedades terminológicos, sino elementos mucho más serios, esto es, la
dialéctica real (la transformación en su propio contrario) de los elementos que
se trataban. En otros casos, el mentado lector simplemente sustituye las
fórmulas dialécticas de Marx por el significado «habitual» de los términos que
las componen, significado adquirido a través de una incorrecta pero común
utilización de las mismas y, más concretamente, a través de aquel léxico
arcaico que empleaba la lógica prehegeliana. Naturalmente que en este caso
dichas fórmulas se convierten en triviales lugares comunes al tiempo que la
lógica de Marx comienza a parecer simplemente una lógica prehegeliana
restaurada… Así, toda la dialéctica desaparece de estas fórmulas.
Esta misma operación se ha llevado a cabo numerosas
veces con respecto a la comprensión marxiana del «método de ascenso de lo
abstracto a lo concreto». De este modo, el famoso «austromarxista» Karl Renner,
habiéndose orientado filosóficamente hacia el
positivismo vulgar – sumado al hegelianismo
característico de éste político o, lo que es lo mismo, a su ignorancia en el
terreno de la historia del pensamiento dialéctico - consideraba a este método
de desarrollo de los conceptos científicos un viejo «modo de exposición de los
filósofos alemanes», que – según él – consiste en «la extracción abstracta y
deductiva» de determinaciones de hechos a partir de «conceptos generales».
«Marx – escribía – parte en sus raíces de una época primordialmente filosófica…
El espíritu y el método de la primera mitad del siglo pasado dejan su estampa
en «El Capital»2. Partiendo de eso, Renner prefiere abandonar el «modo de
exposición» de Marx y orientarse hacia la «ciencia contemporánea», la cual –
afirma
- «no sólo en
la descripción de los fenómenos, sino también en la investigación teórica
utiliza un método inductivo, no deductivo; ella parte de los hechos de la
experiencia inmediatamente contemplables, los sistematiza y después los
introduce poco a poco en el nivel de los conceptos abstractos».3
De modo análogo interpretaba Rudolf Hilferding el
método de ascenso de lo abstracto a lo concreto empleado por Marx en «El
Capital», caricaturizándolo previamente como una «deducción», como un
movimiento puramente formal «de lo general a lo particular». Hilferding niega
categóricamente a este método la significación de método de investigación.
Éste, dice, «es más bien simplemente un método de exposición científica que al
final podrá efectivamente avanzar de lo general a lo particular sólo bajo la
condición de que en el pensamiento le haya precedido una «inducción», un
ascenso de lo particular a lo general, de lo concreto a lo «abstracto».4
Es evidente que ambos «comentaristas» de Marx
parten de la representación corriente tanto de lo «abstracto» como de lo
«concreto», introduciendo en estos términos su propio significado, en absoluto
coincidente ni con Hegel ni con Marx, ese mismo significado que al lector poco
informado le puede parecer el más «natural», el
2 Renner, K.
Теория капиталистического хозяйства. Moscú, 1926. P. XIX.
3 Ibid., pp.
XVIII-XIX.
4 Основные
проблемы политической экономии. Moscúú, 1922, p. 178.
único correcto y legítimo. Pero semejante
interpretación de estos importantísimos conceptos lógicos, que sólo a primera
vista puede parecer «natural» y «contemporánea», realmente se corresponde con
la misma antigua época en el desarrollo del pensamiento lógico que caracterizó
a la filosofía clásica alemana desde Kant hasta Hegel. Esta es la misma
comprensión sobre la que se asientan hasta nuestros días todas aquellas
escuelas y estudiantes de lógica que no han extraído ninguna conclusión de la
crítica hegeliana a la vieja lógica formal medieval. Para los estudiantes
seguidores de tales escuelas, los razonamientos de R. Hilferding y K. Renner
suenan completamente convincentes, y las ideas dialécticas de Marx, por
supuesto, se asemejan más a un «hegelianismo» que ensucia el lenguaje de la
«ciencia contemporánea» y lo único que hace es entorpecer la «correcta»
comprensión de la teoría del plusvalor… Precisamente a este tipo de lectores se
dirigía K. Renner cuando redactó en el prefacio del citado libro: «El propio
Marx ha dificultado el acceso a su obra magna a una incontable cantidad de
rigurosos lectores», «ha colocado un ciclópeo muro ante el camino de los que
desean acercarse a él con el fin de que sólo unos elegidos puedan acceder…»5.
Y, en efecto, «El Capital», y concretamente la
lógica empleada en él, no son sencillos de asimilar correctamente, y el
«ciclópeo muro» que encontramos en este camino no es más que la asimilación de
la terminología utilizada por Marx. Esta terminología fue en gran medida
cultivada por la filosofía clásica alemana, y es necesario conocerla para no
introducir en las fórmulas de Marx un sentido por completo ajeno al suyo.
Aparte de lo anterior, dicha terminología, incluso
desde el punto de vista puramente formal, se encuentra mucho más precisa y
rigurosamente elaborada que la vaga y mal utilizada terminología corriente, que
parece definida sólo a primera vista, pero que en verdad refleja en sí toda la
debilidad y la ambigüedad (en absoluto «dialéctica») de las representaciones
habituales acerca del mundo y su conocimiento.
5 Renner, K.
Теория капиталистического хозяйства. P. XIX.
Así, lo «concreto» en este uso del lenguaje aparece
como sinónimo de lo «sensiblemente perceptible», de lo «dado» o de lo
«evidente» en general, sin sombra de diferenciación acerca de sí aquí se trata
de cosas reales sensiblemente perceptibles o únicamente de la capacidad de
«experimentación» de estas cosas por el sujeto, del «complejo de sensaciones».
Evidentemente, lo «abstracto» se entiende aquí como sinónimo de lo «puramente
pensado» o del «significado de conceptos generales» no representable sensorialmente,
como fenómeno que existe sólo en la conciencia del teórico, en el reino de los
«significados trascendentales», al que en la realidad le corresponde, como
mucho, un parecido a las cosas «en uno u otro modo»…
Naturalmente, cuando se empieza a leer a Marx desde
semejante representación de partida sobre lo «abstracto» y lo «concreto»,
entonces uno inmediatamente cae en tesis inesperadas y paradójicamente
altisonantes, sobre todo en lo relativo a la expresión «trabajo abstracto»,
ligado mediante formulaciones a posiciones fundamentales de la teoría del
valor-trabajo, donde el epíteto «abstracto» figura en calidad de determinación
de una forma objetiva de trabajo que crea «valor», y no del trabajo del
científico o del teórico que produce «abstracciones».
Para comprender correctamente tanto la teoría del
valor como la teoría del concepto expuestas por Marx, es necesario antes de
nada quitarse definitivamente de la cabeza la comprensión corriente de las
categorías de lo abstracto y lo concreto (que parece «natural», pero cuyo uso
se ha hecho habitual solo a partir de unas concepciones lógico-filosóficas
determinadas e irrevocablemente anticuadas) y asimilar el significado
rigurosamente definido de estos «términos» en los que se expresa, desde los
tiempos de Hegel, la comprensión esencial de estas categorías.
Lo «concreto» en el diccionario de lógica
dialéctica en ningún caso se postula como lo «sensiblemente perceptible», como
lo «dado sensorialmente», como forma de contemplación y representación en
contraposición a su «concepto». Aquí se entiende como «unidad en la
diversidad», y bajo esta comprensión se convierte en una de las
categorías lógicas centrales, esto es, en la
expresión de lo universal-real que le es propia tanto a la realidad (es decir,
a la naturaleza y a la sociedad) como a la conciencia (es decir, tanto a la
esfera de la contemplación como a la esfera del pensamiento). Las categorías
lógicas (universales) en general no expresan la «especificidad» de uno u otro
objeto particular de investigación, sino precisamente lo universal, lo
«inmutable» en el movimiento de cualquier objeto, sea éste un auténtico
desarrollo o un desarrollo del pensamiento (del conocimiento).
Lo mismo sucede con la comprensión de lo
«abstracto». Lo «abstracto» también es una categoría lógica, y como tal ella no
expresa la «diferencia específica» entre la forma del pensamiento y la forma de
la realidad junto con su «asimilación sensorial», sino todo lo contrario:
expresa la forma general («idéntica») tanto al movimiento de la realidad como
al movimiento de la conciencia. Se comprende por ello que en este caso el
concepto «abstracto» se emplea igualmente en calidad de característica del
concepto como en calidad de característica de los fenómenos del mundo real, de
la realidad objetiva, y por tanto también de las formas de contemplación y
representación que aparecen como copias de estos fenómenos.
Con lo anterior se relacionan las expresiones de
Marx: «trabajo humano abstracto», «forma abstracta del modo de producción
burgués», «riqueza abstracta», «individuo abstracto», «aspecto puro
(determinación abstracta) bajo el cual en el mundo antiguo aparecen los pueblos
comerciales», «relación abstracta y unilateral de una totalidad viva ya dada»,
etcétera. Bajo lo «abstracto» se comprende aquí claramente todo lo separado, lo
aislado, lo que existe «por sí mismo», en su independencia relativa de todo lo
demás; cualquier «lado», aspecto o parte de un auténtico todo, cualquier
fragmento determinado de la realidad o su reflejo en la conciencia.
Por ello, en Marx la cuestión de la relación entre
lo «pensado» y lo «sensorialmente percibido» no aparece bajo el aspecto del
problema de la relación entre lo «abstracto» y lo «concreto», sino como otro
problema mucho más amplio y rico, el problema de la división interna
de cualquier objeto y su reproducción teórica en el
movimiento de conceptos rigurosamente definidos. La cuestión de la relación de
lo «concreto» con lo «abstracto» se presenta aquí como la cuestión de la
relación del «todo» con sus propios momentos, los cuales se dividen
objetivamente en su interior.
Lo abstracto y lo concreto aquí sirven como
categorías que expresan contradicciones internas en cuyo movimiento se
manifiesta la vida (el automovimiento) del objeto de la investigación, del
objeto de la teoría. No son simplemente definiciones psicológicas del modo de
operar de la cabeza humana, no son conceptos de los cuales uno expresa el modo
de asimilación sensorial («lo concreto») y el otro el modo de elaboración de
los datos sensoriales. No son definiciones de distintos fenómenos en el
interior del individuo cognoscente, sino definiciones de los diversos momentos
de la realidad que se reflejan en el conocimiento, de su división interior
dentro de la cabeza humana.
A primera vista pudiera parecer que, bajo semejante
interpretación de estos conceptos, el problema de la relación entre lo
«abstracto» y lo «concreto» se reduce enteramente a la tradicional cuestión
relativa al «todo y las partes», y lo «concreto» se convierte simplemente en un
sinónimo del «todo» mientras que lo «abstracto» se transforma en aquellas y,
por tanto, quiere el adjetivo superfluo de «parcial».
En realidad estos problemas se solapan en gran
medida el uno al otro, ya que lo «abstracto» se entiende ante todo como lo
dividido objetivamente, como el momento (la «parte») aislado externamente pero
dependiente internamente del todo concreto, el cual se entiende como la «unidad
en la diversidad». Si en verdad la cuestión se agotase en estos términos,
entonces podríamos apañarnos tranquilamente sin utilizar los conceptos de
«abstracto» y «concreto» y así evitar una carga innecesaria al lenguaje.
Ya Hegel, tras haber analizado las mencionadas
categorías, estableció que los conceptos «parte» y «todo» - que expresan bien
lo esencial cuando se trata acerca de algún «todo mecánico», de algún agregado
de partes cada una de las cuales puede existir también fuera de dicho agregado
(gracias a lo cual se puede desmontar un coche y volver a
montarlo después) – pueden volverse muy inestables
y ambiguos cuando el asunto se refiere a un «todo orgánico», a un «organismo»
como, por ejemplo, un individuo biológico.
Aquí ya no se puede decir que el todo del organismo
«consiste en partes» y que por tanto puede estar «compuesto» de ellas. El todo
orgánico desarrolla a partir de sí mismo sus propias partes (una imagen
evidente de esto es la evolución de una célula en un nuevo individuo). Las
«partes» del organismo no existen y no pueden existir fuera de este organismo.
Fuera de él, separadas de él, aquellas se transforman en algo completamente
diferente: una mano separada del cuerpo sigue siendo una «mano» sólo por el nombre.
En efecto, ella es más bien el cadáver de una mano, y no una mano como tal… Su
propia esencia precisamente como parte del cuerpo se ha quedado en ese mismo
cuerpo del que ha sido separada; así, ha resultado que su «determinación
principal» se encontraba y se encuentra fuera de ella. Por consiguiente,
también su definición específica – que expresa su esencia – no es más que una
definición particular del cuerpo en general. Esta definición de la mano es de
tal particularidad que en ella no se expresa la mano a sí misma, sino otra cosa
a través de ella.
Hegel ilustra esta dialéctica con el ejemplo del
químico que pretende comprender qué es la «carne» descomponiéndola en sus
elementos químicos. «Pero estas sustancias abstractas no son ya la esencia de
la carne»6 y ni siquiera partes de la carne, sino partes de cualquier otra
«síntesis». De su estudio – incluso del más concienzudo – no se pueden sustraer
aquellas características gracias a cuya existencia hayan ellas formado previa y
precisamente «carne».
Por esta razón, también Marx, cuando se trata
acerca de un todo orgánico, no habla de sus «partes», sino de momentos
abstractos en los que y a través de los que se manifiesta precisamente el
«todo» dado, vivo y concreto, la «totalidad», como gustaba de expresar Marx.
Por supuesto, sería absurdo hablar del «valor de
cambio» como se habla de una «parte» de una familia, de una comuna urbana o de
6 Hegel, G. W.
F. Сочинения, т. I. Moscúú — Leningrado, 1929, p. 333.
cualquier otro todo social, aunque dicho valor sea
en efecto una relación unilateral de un todo dado. Por otro lado, el mismo
valor de cambio en la sociedad burguesa no resulta ser en absoluto la relación
«parcial», sino universal entre las personas. Aquí «la forma de valor asumida
por el producto del trabajo es la forma más abstracta, pero también la más
general»7 del modo de producción. Así que en un contexto lo «abstracto» puede
intervenir como sinónimo de «parcial» y en otro como sinónimo de lo «general».
Y tanto en uno como en otro contexto dicho concepto conserva el mismo sentido
rigurosamente definido: el de momento dividido objetivamente dentro de un
«todo», el de forma internamente dependiente pero externamente aislada, el de
elemento indispensable de una estructura dada.
Semejante comprensión (y su lenguaje
correspondiente) supone un empleo totalmente intencionado de las ventajas del
«lenguaje» hegeliano como lenguaje de la dialéctica. Como tal, dicho lenguaje
no le es propio en absoluto solamente a Marx.
Lo mismo sucede con Engels. Su posición acerca de
que «la ley general de los cambios de forma del movimiento es mucho más
concreta que cualquier ejemplo «concreto» singular de ella»8 puede resultar
extraña únicamente al lector acostumbrado a pensar que lo «abstracto» es
sinónimo de lo «general» y de lo «idéntico» y que lo «concreto» es meramente el
nombre que se le da a la cosa, fenómeno, acontecimiento, «ejemplo», etcétera,
singular que se asimila sensorialmente. En este caso, el asunto se comprende justamente
al revés.
También V. I. Lenin comprende lo «abstracto» de
modo totalmente objetivo (es decir, como característica de la realidad
objetiva): «La naturaleza es a la vez concreta y abstracta»9. Esto no significa
en absoluto que la naturaleza sea a la vez «sensorialmente perceptible» y
«pensable». Significa que en la naturaleza son igualmente reales tanto
7 Marx, K.,
Engels, F. Сочинения, t. 23, p. 91, nota 32.
8 Ibid.., t.
20, p. 537.
9 Lenin, V.I.
Полное собрание сочинений, t. 29, p. 490.
la interacción universal (la «unidad») de todas las
formas de movimiento como el «aislamiento» relativo, la «separación» de todos
sus eslabones entre sí - en virtud de la cual ellos no se fusionan en un «uno y
lo mismo» indiferenciado -, así como también la continuidad de todos sus
diversos tránsitos y transformaciones y la «discreción» o delimitación mutua de
sus formaciones singulares.
Lo «general», sin duda, no es automáticamente
«concreto», así como cada singular no es «abstracto». Lo general se vuelve
«abstracto» en caso de que se tome (igual sucede con lo «singular») en su
aislamiento, en su separación, fuera de la ligazón con su contrario: la
particularidad, la singularidad. Siendo comprendido como una ligazón universal
y una interacción entre cosas, acontecimientos y fenómenos
– particulares y singulares – totalmente definidos,
éste «general» ya no se enfrenta a ellos y se concibe precisamente como su
«general», es decir, de manera totalmente concreta.
Justamente con dicha comprensión de estas
categorías se relacionan las conocidas posiciones de la dialéctica materialista
sobre la diferencia entre la universalidad «general-abstracta» y la
universalidad concreta del auténtico concepto científico y sobre que «no hay
verdad abstracta», que «la verdad es siempre concreta». «Los conceptos lógicos
son subjetivos mientras permanecen «abstractos», en su forma abstracta, pero al
mismo tiempo expresan también las cosas en sí. La naturaleza es a la vez
concreta y abstracta, a la vez fenómeno y esencia, a la vez momento y relación.
Los conceptos humanos son subjetivos en su abstracción, en su separación, pero
objetivos en su conjunto, en el proceso, en el total, en la tendencia, en la
fuente»10.
También en Lenin lo «abstracto» se comprende como
«separación», como aislamiento de la forma subjetiva tanto de otras formas como
de todo el proceso que conecta el movimiento de los conceptos con el movimiento
de las cosas, es decir, del proceso de reflejo de estas en su comprensión
dialéctico-materialista. Separado del proceso del movimiento real del
conocimiento y opuesto a él, el «concepto» se
10 Ibid..
torna «abstracto», esto es, «subjetivo». Si se toma
y se comprende como un eslabón de dicho proceso no le amenazará este destino.
En general, la expresión «universalidad concreta»
puede tener sentido si a ella se le enfrenta no solo la «universalidad
abstracta», sino también la «singularidad abstracta» (recordemos la expresión
de Marx del «individuo abstracto», que significa: un individuo unilateral y
deformemente desarrollado – a diferencia del individuo concreto, es decir, del
individuo multilateral y «totalmente» desarrollado -, una persona en la que se
da una única capacidad hipertrofiada a costa de todas las demás; esta es la típica
imagen del individuo de la sociedad burguesa y del mundo de la propiedad
privada).
En las expresiones «universalidad concreta» y
«singularidad abstracta» puede, sin duda, concebirse nada más que «un modo
hegeliano de expresión» y su manía de «identificar contrarios». Pero sin este
modo de expresión no es posible reflejar en el lenguaje de las categorías
lógicas la auténtica dialéctica de la realidad y del conocimiento de esta,
donde las contradicciones se «identifican» a cada paso.
El problema del valor, en particular, resultó
irresoluble para todos los economistas antes de Marx precisamente porque en la
expresión de dicho problema el pensamiento se chocaba con una cuestión
eminentemente dialéctica. El «valor» expresado por el lenguaje «corriente»
inmediatamente resulta ser un completo «misticismo»: aquí lo «abstracto» no es
un «aspecto o propiedad de lo concreto», sino justo al contrario: lo
sensorialmente concreto es únicamente una máscara, una envoltura temporal con
la que se reviste lo Abstracto para completar el proceso de su
«autovalorización»…
«Esta inversión (Verkehrung) por la cual lo
concreto-sensible cuenta únicamente como forma en que se manifiesta lo
general-abstracto y no a la inversa, lo general-abstracto como propiedad de lo
concreto, caracteriza la expresión de valor. Y es esto también lo que dificulta
su comprensión. Si digo que tanto el derecho romano como el derecho germánico
son derechos los dos, afirmo algo obvio. Si digo, en cambio, que el derecho
(Das Recht), ese ente abstracto (Abstraktum),
se efectiviza en el derecho romano y en el derecho
germánico, en esos derecho concretos, la conexión se vuelve mística…»11.
En verdad, todo el misterio de la forma de valor
del producto del trabajo reside en que «el trabajo concreto se convierta en la
forma en que se manifiesta su contrario, el trabajo abstractamente humano»12.
En efecto, tal y como solo logró demostrar Marx –
precisamente en virtud de que él empleó la comprensión dialéctica de estas
categorías -, en dicha expresión se refleja de manera totalmente fiel un hecho
real. Este hecho es el dominio, esto es, el rol decisivo del «todo» sobre sus
«partes» o «componentes» propios y aparentemente independientes entre sí, la
importancia determinante de las fuerzas social-colectivas - «agregadas» - en
relación a cada trabajo particular y su producto. Bajo esta forma se revela la
circunstancia de que «el trabajo privado adopta la forma de su contrario, del
trabajo bajo la forma directamente social»13.
El «trabajo privado» - la sastrería, la tejeduría,
la composición de tratados de lógica, etc. – que a los ojos de la mirada
estrecha resulta totalmente «concreto» cae finalmente bajo la influencia
decisiva de las fuerzas de las interdependencias sociales.
Y «estas relaciones de dependencia materiales, en
oposición a las personales (la relación de dependencia material no es sino el
conjunto de vínculos sociales que se contraponen automáticamente a los
individuos aparentemente independientes, vale decir, al conjunto de los
vínculos de producción recíprocos convertidos en autónomos respecto de los
individuos) se presentan también de manera tal que los individuos son ahora
dominados por abstracciones, mientras que antes dependían unos de otros»14.
Los individuos, apresados por los poderosos
torbellinos de estas dependencias «materiales», es decir, por las fuerzas de la
«concreción» auténtica y real que ellos ni comprenden ni conciben, prosiguen
11 Marx, K.
Das Kapital. Hamburgo, 1867, p. 771.
12 Marx, K.,
Engels, F. Сочинения, t. 23, p. 68.
13 Ibid..
14 Архив К.
Маркса и Ф. Энгельса, t. IV Moscúú, 1933, p. 103.
considerándose ilusoriamente a sí mismos como
«individuos concretos», aunque el proceso que les tiene atrapados ya hace
tiempo que ha convertido a cada uno de ellos en un individuo extremadamente
«abstracto», en ejecutor de operaciones parciales y unilaterales, en sastre, en
tejedor, en panadero o en tornero. Todos los restantes tipos de individuo,
excepto los puramente profesionales, desde el punto de vista del proceso en su
totalidad se vuelven completamente insignificantes e inesenciales, cayendo en una
misma estampa en la que pueden ser diferenciados por una nariz o el color de
unos ojos.
Y si a semejante individuo – aparentemente
concreto, pero en realidad conducido («reducido») a su único rol dentro del
todo – le parece que sobre su destino ha adquirido un completo poder alguna
Abstracción sin rostro que le maneja como a una marioneta, entonces, en efecto,
es su propia unilateralidad la que le enlaza a otros individuos igual de
reducidos que él. Así como un perno no tiene ningún sentido sin una tuerca, un
destornillador o una llave inglesa, así tampoco lo tiene el tornero sin un
fundidor, un panadero o un ingeniero, y esta dependencia multilateral-concreta
aparece en su conciencia como el poder de lo Abstracto sobre cada uno de ellos.
En realidad, esto no es más que la fuerza de la
auténtica concreción del organismo social (de la «totalidad», del «todo
internamente dividido») y la debilidad de la auténtica «abstracción» que es el
individuo (esto es, de la extrema unilateralidad, del carácter de la actividad
particular y parcial y de su producto).
Precisamente aquí se revela toda la perfidia
retórica de las representaciones corrientes – no dialécticas – sobre lo
«abstracto» y lo «concreto».
El individuo realmente abstracto (estrechamente
parcial, unilateralmente desarrollado) sigue concibiéndose como una
«personalidad concreta» tomando como fundamento que él es único, perceptible,
que es un individuo evidente y contemplable, que es un «Yo» irrepetible. Y si
admitimos esta ilusión suya, entonces habrá que
admitir también que él es también un esclavo de lo
Abstracto, que él es dominado por lo Abstracto.
En realidad, su «trabajo concreto» adquiere sentido
y reconocimiento social solo en y por la medida en que dicho trabajo representa
una porción conocida de «trabajo abstracto» y es la forma de expresión y
«manifestación» de su contrario, de lo Abstracto.
Y lo «abstracto» en el léxico del individuo que
desconoce la filosofía dialéctica es sinónimo de concepto, de lo «pensado». De
aquí se desprende muy fácilmente la concepción de que en el mundo (o, por lo
menos, en el mundo social) rige el Concepto, la Idea, el Pensamiento. Por este
motivo el empirista, que resopla desdeñosamente ante el «hegelianismo» y los
«invertidos» conceptos hegelianos, se vuelve esclavo de las desviaciones
hegelianas tan pronto como él reconoce claramente en dichas categorías la situación
fáctica dentro de la cual vive, tomándola por una organización del mundo
autoevidente y «natural».
Pero en realidad dentro de este mundo ha tenido
lugar una auténtica «inversión» gracias a la cual cada individuo «concreto» y
su trabajo juegan solo el rol de «momento abstracto», es decir, poseen sentido
sólo como «manifestaciones» parciales de lo Abstracto (del «trabajo abstracto»
y de formas semejantes de expresión de interdependencias sociales).
Y para librarse de estas ilusiones, aunque sólo sea
«teóricamente», en la conciencia, hay que librarse en la teoría del poder de
las representaciones usuales de lo abstracto y lo concreto y tomar la
comprensión y definición dialécticas de estas categorías que parten desde Hegel
hasta Marx.
Por paradójico que suene, sólo con la ayuda de los
conceptos hegelianos y sus definiciones fue posible librarse de las
desviaciones hegelianas y superarlas críticamente. Y, por el contrario, el
desdén a los méritos de la lógica hegeliana desde el punto de vista de las
actuales representaciones («autoevidentes») condujo y conduce inevitablemente
en la práctica al mismo hegelianismo trivial, a las imágenes místicas sobre el
dominio del Concepto, de la Idea y de lo
Abstracto sobre lo Concreto, sobre la diversidad
sensiblemente perceptible de los hechos, fenómenos y acontecimientos
empíricamente dados.
Desde la posición de la comprensión dialéctica de
las categorías de la lógica (lo «concreto» como «unidad en la diversidad» y lo
«abstracto» como momento exteriormente aislado, pero interiormente inseparable
de aquella unidad) la situación arriba descrita se concibe muy distintamente.
Desde esta posición, el conocimiento de las diversas particularidades, por muy
evidentes y precisas que estas sean, sin la comprensión del «todo» resulta tan
«abstracto» como al contrario, el conocimiento del «todo» sin sus «partes»
separadas en el conocimiento.
Representarse la «unidad» sin la comprensión de la
diversidad que la constituye significa poseer el mismo conocimiento abstracto
que en el caso de conocer una masa de diversos hechos sin comprender su ligazón
interna, su unidad interior.
Ni aquí ni allá hay un conocimiento concreto o, lo
que es lo mismo, un conocimiento de lo Concreto.
Naturalmente, el conocimiento científico concreto
(el auténtico conocimiento de lo concreto) puede aparecer sólo como resultado,
como meta, como producto de una labor especial, y el abstracto como su comienzo
y material. Por ello precisamente el «ascenso» de lo abstracto a lo concreto
era definido por Marx como el «único medio posible» y «correcto en el sentido
científico», con ayuda del cual la cabeza teóricamente pensante puede asimilar
lo concreto y reproducirlo (reflejarlo) intelectualmente como tal en el sentido
exacto y riguroso que este concepto posee en la lógica dialéctica.
Esta idea cuidadosamente formulada por Marx ha sido
numerosas veces sometida a falsas interpretaciones en el sentido de que el
«ascenso de lo abstracto a lo concreto», aunque se reconoce como un apreciado
método de desarrollo del pensamiento, se postula meramente como un modo de
formalización definitiva de conocimientos obtenidos previamente por alguna otra
vía.
El proceso de conocimiento científico en semejante
interpretación es descrito así: al comienzo, por vía de la «inducción» se
confecciona un cúmulo de «definiciones abstractas», y después ya llega la etapa
de la «deducción», el procedimiento de ordenación formal y sistematización de
estos conceptos preparados y previa e independientemente elaborados, su
exposición en orden jerárquico, comenzando por los más y terminando con los
menos generales…
El método de ascenso de lo abstracto a lo concreto
se ve así felizmente privado de su importancia como método de estudio y se toma
sólo como un tipo de «modo de exposición» o de demostración puramente formal,
de «deducción» de conceptos a partir de conceptos, en fin, se interpreta como
un procedimiento secundario y, a la postre, no necesario.
Este es el típico ejemplo de adaptación de las
fórmulas dialécticas marxistas a la representación de sistemas ya sometidos a
la crítica por Hegel: al comienzo la «inducción», y después la «deducción».
Para Marx, el de ascenso de lo abstracto a lo
concreto es ante todo el único método científicamente correcto de elaboración
de la contemplación y la representación en el concepto, el método de auténtico
movimiento del pensamiento, la forma de desarrollo específica para la teoría
que reproduce en el movimiento de los conceptos la forma de desarrollo de la
realidad.
En ningún caso se le puede caricaturizar como modo
de exposición literaria o de demostración de resultados obtenidos por un camino
precisamente opuesto, a saber: el ascenso desde la variedad de hechos
sensiblemente contemplables a su «expresión abstracta»; «de lo concreto a lo
abstracto». Comprender así a Marx es comprenderlo del revés.
Nunca ha sido una tarea especial ni un fin de la
ciencia la «reducción» o el hallazgo de lo general-abstracto, lo semejante o lo
común. Esto no tiene ninguna dificultad: qué hay más sencillo que encontrar un
«rasgo» común tanto a un mamífero como a un cepillo…De la ciencia es
característico precisamente el esfuerzo contrario: la reconstitución ideal, la
reproducción intelectual de ese mismo «todo» concreto que
el acto de abstracción destruye. La ciencia desde
el mismo comienzo está orientada a esta reconstitución, a la «restauración» en
el concepto del todo concreto hecho pedazos por la fuerza de la abstracción en
sus miembros aislados, está orientada a la revivificación de estos membra
disjecta, a la síntesis de las partes separadas en el interior de un todo vivo.
Las categorías de la lógica son justamente estas
formas universales de síntesis de representaciones abstractas-generales en la
unidad del concepto.
La lógica dialéctica (tanto la de Hegel como la de
Marx, independientemente de ulteriores diferencias relacionadas en concreto con
la oposición entre el idealismo y el materialismo) en general parte de que la
«universalidad abstracta» (la igualdad o identidad abstracta) todavía no es en
ningún caso una forma de concepto y no supone para este nada específico15
La universalidad abstracta no es más que la forma
general de representación, es decir, la forma de un estadio precientífico del
desarrollo de la conciencia y el conocimiento. El tránsito de la representación
al concepto está precisamente relacionado con la superación de esta forma de
«identidad abstracta» en la identidad concreta, en la unidad del concepto y de
los contrarios.
Por esta razón el ascenso de lo abstracto a lo
concreto no es sólo el movimiento en la esfera del «concepto puro», sino
precisamente el proceso «de elaboración de la representación en el concepto»
(K. Marx).
En calidad de criterio lógico fundamental de
aproximación teórica (científica) a los fenómenos de la realidad, Marx asume –
siguiendo aquí a Hegel – el principio lógico de la identidad concreta (la
identidad de los contrarios), y aquí reside el tránsito desde la simple
«descripción» acrítica de los hechos evidentes para todos hasta su comprensión
teórica.
15 Hegel, G.
W. F. Сочинения, T. 1, p. 268.
Marx no «reveló» la «dualidad» de la mercancía,
bien conocida por todos; ya antes de Marx, de Ricardo y de Smith se sabía
perfectamente que la «mercancía», por un lado, representa «valor de uso» y
puede concebirse como algo «valioso» desde el punto de vista de su utilización
y que, por otro lado, representa «valor de cambio» o valor desde el punto de
vista de los intereses del intercambio o del cambio por otra cosa «menos
valorada por su uso» aunque «igualmente valiosa» desde el punto de vista del
dinero o del «precio».
Así que el juicio según el cual la «mercancía» es
«por un lado valor de uso y por otro valor de cambio» no posee por sí mismo
nada en común con la premisa teórica de un economista en relación a la
naturaleza del «valor» en general… La comprensión teórica en sí del «valor»
yace en el hecho de que el «valor de uso» de la cosa que funciona como
mercancía en el mercado no es otra cosa que el medio o la forma de
manifestación de su propio contrario, de su «valor de cambio» o, mejor dicho,
simplemente de «valor».
Esto sí es el tránsito de lo «abstracto» (de dos
representaciones igualmente abstractas) a lo «concreto» (a la unidad del
concepto, al concepto de «valor»).
Para un espíritu poco versado en lógica este
tránsito debe necesariamente resultarle un simple juego escolástico con el
concepto. Sin embargo, este es el único paso posible (y por ello el único
correcto en sentido científico) en el camino desde la «representación» hasta el
«concepto», desde lo «abstracto» hasta lo «concreto».
El ascenso de la plenitud concreta de hechos
empíricos sensorialmente perceptibles a su expresión abstracta tiene lugar en
cualquier teoría, en cualquier simple y sencilla descripción, en cualquier
expresión de hechos a través de la forma del lenguaje. Pero si se diferencia la
«descripción» del conocimiento «teórico», vale decir, si se diferencia la
reproducción acrítica de hechos en el discurso de su análisis crítico en el
concepto, entonces bajo ninguna circunstancia puede hacerse pasar un momento
general-abstracto por la forma específicamente inherente al conocimiento
científico, ni en el proceso de descripción ni en el proceso de análisis
científico-crítico.
La ciencia en su movimiento también produce
«abstracciones», es decir, cada uno de sus verdaderos avances es al mismo
tiempo un acto de formación de «abstracciones», un acto de «reducción» de
hechos sensorialmente (empíricamente) dados a su expresión abstracta. La propia
forma de «elaboración» de lo concreto a lo abstracto es como mucho premisa y
condición para el desarrollo de la ciencia, pero nada más que eso. Si se la
toma como fundamento y método de desarrollo de la ciencia entonces ella se
transforma inmediatamente en un método de pensamiento incorrecto en sentido
científico. En este caso, dicha forma no es más que un medio de descripción
acrítica de hechos asumido como método de estudio teórico de los mismos.
Desde luego, la ciencia no se sitúa desde su
aparición en el camino científicamente correcto, sino que lo alcanza poco a
poco y no sin grandes esfuerzos. Durante mucho tiempo, como muestra Marx en
Teorías sobre la plusvalía, el análisis propiamente científico se confundió con
la simple descripción acrítica de fenómenos tal y como estos están dados a la
contemplación inmediata. Como justificación histórica (en ningún caso teórica)
de esta confusión sirve la circunstancia de que Adam Smith, por ejemplo, se vio
obligado a comenzar su trabajo teórico bajo la ausencia de tales
«descripciones», y por ello fue no sólo «el primero en describir» ciertos
fenómenos, sino incluso el primero en «encontrar la nomenclatura y los
conceptos intelectivos adecuados a estas manifestaciones, tratando así de
reproducirlas en parte, por vez primera, en el lenguaje y en el proceso
discursivo»16.
Este trabajo – la elaboración de las
determinaciones abstractas («intelectivas»), de la «nomenclatura», de la
terminología, de todo lo relacionado con la expresión de hechos en el lenguaje
– fue considerado por Marx como el momento «vulgar» de la estructura de los
sistemas clásicos. Esta tarea se reduce a la simple «explicación», a la
aclaración y clasificación de las determinaciones abstractas que emplea, sin
fijarse demasiado, todo individuo «práctico».
Pero si en los clásicos – Smith y Ricardo – esto es
solo un «momento vulgar» o una tendencia que aparece junto al contenido
propiamente
16 Marx, K.,
Engels, F. Сочинения, T. 26, vol.. II, p. 478.
científico de sus concepciones, en los economistas
burgueses contemporáneos esta tendencia se convierte en el único contenido de
sus obras. Aquí no existe ciencia como tal, y Marx define a este estadio de
desarrollo de la economía política burguesa como proceso de exposición teórica,
como descomposición en sus «partes fundamentales», en abstracciones. Aquí
prevalece el método de pensamiento incorrecto en sentido científico, el método
de la simple «reducción» de hechos «concretos» contemplables a su expresión
abstracta en el lenguaje y en el pensamiento.
Y este método de pensamiento incorrecto sirve
claramente a una tendencia apologética del propio «pensamiento»: a la tarea de
la descripción de fenómenos completamente acrítica.
Al último estadio de este proceso - «la tumba… de
la ciencia» - Marx lo denomina como «forma profesoral» de exposición de la
teoría, cuyo única meta es precisamente la ordenación formal de las
representaciones abstractas que también posee sin necesidad de ninguna teoría
cualquier empresario, agente de bolsa o «manager».
De hecho, el momento teórico de Smith y Ricardo les
parece a aquellos profesores «un filosofar escolástico y separado de la vida»,
«una especulación con los conceptos» y demás.
A esta tendencia corresponde la representación
«lógica» según la cual el objetivo de la ciencia es la reducción de lo concreto
a lo abstracto, la forma acrítica de descripción de fenómenos tal y como estos
aparecen ante los ojos de cualquiera.
Al contrario, al análisis críticamente teórico, a
los fenómenos y a sus conceptos corresponde únicamente la forma de desarrollo
del pensamiento que Marx define como el «ascenso sistemático de lo abstracto a
lo concreto». Marx descubre este método de pensamiento como tendencia tanto en
Smith como en Ricardo, demostrando que, por este camino, el pensamiento de los
clásicos llega naturalmente allí donde ellos de manera más o menos consciente
perseguían otra tarea: ellos se esfuerzan en recorrer «la ligazón interna de
las categorías económicas» o, lo que es lo mismo, «la estructura oculta del
sistema
económico burgués»17, intentan penetrar «en la
fisiología interna de la sociedad burguesa»18. El tránsito de lo abstracto a lo
concreto es también el tránsito de la comprensión de las «partes» aisladas, de
los fenómenos separados y de las definiciones intelectivo-nominales que los
expresan a la comprensión de estas «partes» (de estas categorías aisladas) y de
su ligazón general, de su acoplamiento conjunto dentro de una «totalidad». Y,
en este sentido, el camino «de lo particular a lo general» es el camino de lo
general-abstracto a lo universal-concreto, de la representación al concepto.
Solo aquí comienza la ciencia como tal y no allá
donde a los fenómenos se les da una «expresión abstracta»; esto ya se da
durante mucho tiempo antes de la ciencia, únicamente allí donde tiene lugar un
proceso de superación de la «abstracción» de las representaciones
precientíficas, únicamente allí donde los fenómenos aislados (y, por tanto, las
«categorías abstractas» que los expresan) se colocan en una conexión necesaria
y se comprenden dentro de un «todo», de una «totalidad», de una «unidad». En
otras palabras, todo esto se da allí donde aquellas representaciones se
comprenden no simplemente como «fenómenos diversos» expresados por «conceptos
diversos», y sólo allí donde todas las categorías singulares se conciben como
diferencias necesarias dentro de un todo y el mismo, o, empleando el lenguaje
de Spinoza, como modos de una y la misma substancia.
Este es el rasgo fundamental, aunque solo sea a
nivel formal, de la perspectiva científico-teórica sobre un objeto a diferencia
de la «descripción» acrítica, que sólo enumera, clasifica y sistematiza en
catálogos los «fenómenos diversos» y los «conceptos diversos» en la misma
relación en la que se le ha presentado a la contemplación estrecha de miras.
Cuando un economista vulgar pronuncia el juicio:
«el trabajo genera salario, la tierra renta, y el capital beneficio» entonces
está diciendo una «verdad» que describe con total precisión hechos que están
dados en la superficie fenoménica y dando a estos hechos una «expresión
17 Ibid., t.
26, vol. 2, p.177.
18 Ibid., p.
178.
abstracta». Y nada más. Por ello aquí no puede
encontrarse ni el más mínimo grano de comprensión teórica. Aquí salta a la
vista la misma ligazón «sólida» que entre una oveja churra y otra merina19 o,
como dice Marx, entre los aranceles, la remolacha y la música.
No es necesaria una gran cultura «lógica» para ver
y expresar abstractamente semejante tipo de ligazón entre «distintas»
categorías. Esto es igual de sencillo que decir que «la nieve es blanca» o que
«Nueva York es una gran ciudad». Para esto solo hace falta saber expresar las
impresiones sensoriales propias en términos tomados del idioma materno. Aquí no
hace falta ninguna lógica.
Muy otro es el asunto cuando se pretende comprender
categorías «diversas» como estructuras particulares con uno y el mismo origen
general-abstracto, como modos de una y la misma sustancia, como diferencias
parciales dentro de uno y el mismo objeto. Pero aquí comienza inmediatamente la
dialéctica. Ricardo, el primero en hollar este camino, precisamente por ello se
topó con contradicciones, con relaciones paradójicas entre categorías
económicas, por lo que empezó a conectarlas sistemática y conscientemente como
diferencias parciales dentro de una y la misma «unidad». Comenzó a construir un
sistema de categorías que partía de un punto rigurosamente fijado: la
determinación del valor por el trabajo. Él empezó a estudiar cada categoría
particular (beneficio, salario, renta, etc.) como diferentes modificaciones del
«valor», como «formas concretas» de un mismo origen «abstracto», como una
suerte de ápeiron económico: el trabajo.
Aquí tiene comienzo la ciencia en clara y evidente
oposición a la simple «descripción», precisamente en aquellos tiempos en los
que todavía Adam Smith confundía y entrelazaba ambos modos de relacionarse con
el asunto, apareciendo uno en el lugar del otro, contradiciéndose ambos
continuamente. En este aspecto, Smith – siguiendo la filosofía de su maestro
John Locke – ni siquiera sospechaba de la auténtica «dialéctica» de los
conceptos con los que
19 En el
original: entre un saúco en el huerto y un tío en Kiev (между бузиной в огороде
и дядькой в Киеве). Esta expresión se emplea para hacer referencia a cosas que
no guardan relación. Se ha decidido sustituir esta por la conocida frase que
puede encontrarse en el texto para facilitar la comprensión al lector en
castellano (N. del T.)
operaba. En Ricardo, dicha dialéctica fue llevada
hasta su expresión certera y su reconocimiento claro precisamente gracias a que
él empezó a construir un sistema:
«El fundamento, el punto de partida de la
fisiología del sistema burgués – de la comprensión de su trabazón orgánica
interna y de su proceso de vida – es la determinación del valor por el tiempo
de trabajo. De esto parte Ricardo, obligando ahora a la ciencia a dejar a un
lado su pacotilla anterior y a rendir cuentas acerca de [cómo y] hasta qué
punto las restantes categorías desarrolladas, expuestas por ella – las
relaciones de producción e intercambio – corresponden a este fundamento, a este
punto de partida o se hallan en contradicción con él […]»20. Aquí reside el
mérito de Ricardo como teórico.
Sin embargo, la lógica que de forma consciente
utiliza Ricardo no le otorga la posibilidad de resolver correctamente la tarea
planteada. Ricardo no desarrolla categorías más «concretas» a partir de las
definiciones generales-abstractas del sistema, sino que directamente aplica
esta categoría general-abstracta a relaciones más concretas, lanzando a estas a
una confrontación directa e inmediata con el fin de comprobar en qué medida
ellas se «corresponden» o «contradicen» a aquella. Como resultado, la dialéctica
objetiva de lo «abstracto» y lo «concreto» - de lo universal y lo particular,
del todo y las partes, de la sustancia y los modos – se expresa en Ricardo en
forma de antinomias inesperadas hasta para él, en forma de paradojas, de
contradicciones lógicas. Resulta que las categorías más concretas, como por
ejemplo el beneficio y el salario, no sólo se contradicen entre ellas, sino
también con su propia definición «universal».
Aquí se localizaba un problema totalmente
irresoluble para el pensamiento que deposita toda su fe en la lógica
antediluviana y en sus representaciones metafísicas de lo abstracto y lo
concreto o de la correlación entre lo universal y lo particular, siendo sin
embargo aquel problema únicamente resoluble para la lógica dialéctica y su
comprensión característica de dichas categorías y de su dialéctica inmanente.
Dicho problema fue resuelto sólo en «El Capital»
20 Ibid.
precisamente mediante «el método de ascenso de lo
abstracto a lo concreto», el único método científicamente correcto que permite
desarrollar los conceptos.
En este punto se ve claramente que la vieja lógica
y sus definiciones orientan al teórico hacia caminos totalmente erróneos. Tras
toparse con una clara contradicción – lógica – entre la definición «abstracta»
del sistema investigado (el «valor») y las formas concretas de este mismo
«valor» («beneficio», «salario», etc.), los sucesores de Ricardo emplearon
todas su fuerzas en resolver esta contradicción. En efecto, dentro de la teoría
no deberían existir contradicciones - «lógicas» - sin resolver o la teoría
quedaría desmontada. ¿Cómo resolver entonces la contradicción indicada entre lo
«abstracto» y lo «concreto»?
La filosofía empirista y su lógica (y es menester
apuntar que toda la economía política inglesa estaba inspirada por esta
filosofía) proporcionó aquí un apunte categórico: si la definición «abstracta»
de la cosa contradice tanto a su forma «concreta» y dada a la experiencia como
a su «correcta» expresión en el lenguaje, entonces debe naturalmente adaptarse
lo «abstracto» a lo «concreto». En este caso, debe «corregirse» cuanto antes la
definición abstracta de tal forma que ella se enlace a las formas concretas sin
ninguna contradicción, sin ningún residuo.
Esta lógica es muy vivaz: si lo «abstracto» no se
corresponde con lo «concreto», entonces hay que hacer corresponder lo primero
con lo último. Siguiendo este prejuicio del empirismo, la escuela de Ricardo
llega a su bancarrota, a la pérdida de la comprensión del valor por el trabajo
y del propio concepto de «trabajo».
Así, McCulloch21, convencido de que el «beneficio»
(lo «concreto») contradice al concepto abstracto de «valor» (como porción de
trabajo socialmente necesario cosificado en el producto), se apresta a
«corregir» la comprensión del valor como «no correspondiente» y
«contradictoria» al hecho evidente. McCulloch amplía tanto el concepto
«trabajo» con el fin de que los hechos concretos que lo
21 Ibid., t.
26, vol. III, pp. 171-191
contradicen se coloquen bajo él sin ninguna
contradicción que acaba definiendo el «trabajo» como cualquier proceso en
general que tenga como resultado un «efecto útil». De esta manera, el concepto
se ajusta
– sin ninguna contradicción, ¡faltaría más! – tanto
al trabajo del asno enganchado al carruaje como al salto de agua que mueve una
turbina, así como, por supuesto, al trabajo vivo de un obrero. La contradicción
entre lo «abstracto» y lo «concreto» desaparece; pero lo hace a cambio de
eliminar todo rastro de aproximación teórica al asunto…
Aquí revela el lema del empirismo toda su vileza.
Lo «abstracto» se corrige en correspondencia con lo «concreto», con lo
«evidente», con la «situación fáctica de las cosas», no deseando repetir los
pecados del pensamiento especulativo-escolástico, que siempre se esfuerza en
desfigurar lo «concreto» en favor de lo «abstracto» y del «concepto» fijado a
priori.
Se pierden los conceptos y son sacrificados en
nombre de los «hechos», los conceptos son adaptados a la «evidencia». Pero con
todo esto se olvida que los «hechos» no son para nada el criterio absoluto al
cual debe someterse la «teoría», es decir, las definiciones universales de la
cosa estudiada, definiciones que expresan su «naturaleza inmanente».
Y la situación queda como sigue: las condiciones
bajo las cuales y mediante las cuales es realizado el trabajo de un individuo
dentro del sistema de relaciones burguesas no se corresponden en absoluto y sin
contradicciones a las definiciones universales del «trabajo», y esto encuentra
su expresión formal en la contradicción lógica entre el «concepto del trabajo»
y el «concepto del beneficio». Y en tanto el «beneficio» se considera como lo
«concreto» evidente y libre de toda duda al cual deben adaptarse todos los
«conceptos abstractos», en la misma medida el concepto de trabajo se generaliza
tanto que el trabajo humano se equipara al de una mula atada a un carro.
Esta «identificación» refleja de manera
extremadamente fiel la situación real de las cosas en una sociedad donde
gobierna el mecanismo del «valor» y del «beneficio»: el trabajo del ser humano
se degrada al nivel de las fuerzas de la naturaleza domesticadas. Aquí,
bajo estas «condiciones concretas», semejante
«identificación», semejante «abstracción» expresa magníficamente bien un hecho
empírico: la forma realmente existente del «trabajo». El trabajo es reducido al
mero gasto de energía muscular y nerviosa, se convierte en «trabajo abstracto»,
en puro empleo de «fuerza de trabajo», y todas sus determinaciones más
concretas ya no le pertenecen a él, sino a condiciones externas e
independientes de él: a las fuerzas del capital, a la ciencia, a la
reglamentación estatal colocada al servicio del capital y demás instituciones
semejantes.
Y si se pretendiese adaptar el concepto del trabajo
en general a esta «situación concreta» entonces solo se conseguirá una
abstracción que como mucho se corresponde con el modo de trabajo real del
individuo bajo unas circunstancias en las que el portador del mismo– una
persona viva – es identificado con cualquier «cosa» y por ello se le puede
medir través de bancos de betún o toneladas de carbón – a través del valor, del
dinero -, aunque no dejará de ser una abstracción de la conciencia totalmente
acrítica.
Marx también parte de la contradicción sacada a la
luz por la escuela de Ricardo, la relación antinómica entre las definiciones
del valor y las del beneficio, salario, renta y demás categorías más
«concretas». Sin embargo, el método de resolución de esta contradicción en Marx
es completamente distinto.
En su análisis económico Marx no adapta lo
«abstracto» (los conceptos valor y trabajo) a las definiciones de las «formas
concretas» a través de las que dicho «abstracto» aparece en la superficie de
los fenómenos – como así sucede en McCulloch y otros economistas vulgares – ni
desfigura lo «concreto» sólo para mantener la exactitud de la definición
abstracta, tal y como habría hecho un hegeliano ortodoxo en materia de economía
política. Aquí la definición «abstracta» de sistema (valor, forma-mercancía) se
comprende como categoría en cuyas determinaciones inmanentes ya se hallan
contenidas todas las colisiones que más tarde aparecerán como la contradicción
entre «lo abstracto y lo concreto», entre «valor y beneficio». El movimiento
«desde lo abstracto a lo concreto» por esta
razón guarda muy poco parecido con la vieja
«deducción», con la degradación del concepto general-abstracto a los hechos
particulares y singulares (al modo de: «Todos los hombres son mortales;
Sócrates es un hombre y, por tanto, Sócrates es mortal»).
Aquel movimiento es más bien el método de
desarrollo de conceptos que refleja el proceso de autodiferenciación, el cual
se realiza objetivamente en el movimiento de la realidad.
El propio «valor», en coherencia con lo anterior,
se comprende aquí no como lo «general-abstracto» que es igualmente propio a
cada hecho particular y singular en forma de rasgo general tanto de la
mercancía como del dinero, del salario, del beneficio, de la renta, del
interés, así como de las distintas formas del curso cambiario, del tipo de
descuento bancario, etc., sino como una definición rigurosamente teórica -
«abstracta», en el buen sentido de esta palabra – de una de las formas
particulares de dependencia del individuo de otros, concretamente de la forma
de la mercancía. Esa misma forma que en el sistema dado – y no en ningún otro –
es la forma más simple y abstracta de interacción entre personas en el acto de
producción, es la categoría de partida del sistema histórica y, por tanto,
también lógicamente.
En el análisis del valor (de la forma-mercancía del
producto del trabajo), es decir, en la elaboración de la definición abstracta
del sistema en su totalidad, Marx se abstrae del modo más riguroso de la
presencia de todas las otras formas más desarrolladas de relación entre
individuos. En este nivel del análisis, para él no existen ni el beneficio, ni
la renta, ni siquiera el dinero.
Aquí, ante la atenta mirada del investigador, se
encuentra sólo la mercancía, la concreción económica más simple, y las
definiciones teóricas más exhaustivas de esta concreción configuran
precisamente las definiciones del concepto «valor», esto es, la definición más
abstracta de todo el sistema, de la «totalidad» de la relaciones económicas.
Este principio de elaboración de la definición
«universal» se diferencia, como el cielo de la tierra, de la receta que
recomendaba la
antigua lógica a los teóricos: para producir una
definición general-abstracta a partir de una masa de fenómenos particulares
(concretos), hay que extraer lo general, lo común a todos ellos.
Aquí es distinto: para producir una definición
auténticamente universal (el concepto de valor) hay que separar una relación
particular, una única relación concreta, en su análisis en profundidad hay que
extraer las características universales de todo el sistema que crecen en ella.
No hay que tomar cualquier relación particular,
sino precisamente aquella que, siendo por sí misma «la concreción más simple»
al mismo tiempo sirve como forma «más simple y abstracta» de todos los demás
elementos del sistema dado. Las definiciones particulares (específicas) de la
forma-mercancía de un producto, sacadas a la luz y expresadas «en forma pura»
(«abstractamente»), son al mismo tiempo las definiciones universales del
sistema al completo, son las definiciones abstractas de lo «concreto», de la
«totalidad».
Consecuentemente, el método de ascenso de lo
abstracto a lo concreto es también el método de elaboración de los datos de la
contemplación y la representación en el concepto, el modo de movimiento del
pensamiento de hecho a hecho: de un fenómeno fácticamente dado (en su expresión
rigurosamente abstracta) a otro fenómeno igualmente dado (y a su
correspondiente concepto). Esto no es en absoluto un método de movimiento del
pensamiento «de concepto a concepto», ni mucho menos «del concepto a lo
empírico sensorialmente perceptible», aunque ambos aspectos están presentes,
pero precisamente como aspectos, como momentos, y en este sentido no es difícil
hallarlos. Así, todo el movimiento de las categorías en «El Capital» es, sin
duda, un movimiento desde el concepto de valor (la mercancía) al concepto del
capital y demás, o más exactamente, desde la comprensión de las leyes
rigurosamente formuladas de la esfera dineraria-mercantil a la misma
comprensión de las leyes inmanentes que regulan el intercambio de capital por trabajo
y viceversa, es decir, al concepto del plusvalor y, más adelante, al concepto
de las «formas»
en las que
este plusvalor aparece,
se reproduce y
se convierte:
beneficio, renta, interés.
Al mismo tiempo, este es también un movimiento «del
concepto al hecho» en el sentido de que el concepto previamente elaborado
(extraído por el acto de abstracción de los hechos) se vuelve la herramienta
activa de comprensión de otros datos y configura la orientación del movimiento
del pensamiento. Así, el concepto «valor», habiendo sido rigurosamente
elaborado, se transforma en el criterio teórico para el posterior movimiento
del conocimiento, permitiendo extraer activamente en formas más concretas («dinero»,
«capital», etc.) y en calidad de esenciales justamente las características que
se corresponden con el autodesarrollo del sistema concreto dado, de «la unidad
en la diversidad» dada, pero que no se «acoplan» a este sistema desde un lado
ni son productos de la interacción del sistema en cuestión con cualquier otro
sistema de fenómenos. De este modo, el dinero se entiende, digamos, no como una
cantidad de oro o como pedazos de papel impresos, sino como «medida de valor»,
como «medio de cambio» de los valores mercantiles, etc., y el capital a su vez
se entiende como «valor que se autorreproduce», como «plusvalía» acumulada, y
no como máquinas ni como «trabajo acumulado en general», no como «fábricas» ni
«bancos» y demás elementos en su aspecto inmediatamente corporal y puramente
cósico.
El concepto de partida permite también ver y
extraer en estos «elementos» aquellas y sólo aquellas características que
pertenecen al cuerpo del sistema de fenómenos dado y «autorreproductivo» y que
aparecen como definiciones de dicho sistema en cuestión.
Dicha función es realizada por el concepto de
partida precisamente porque expresa fielmente la forma real-universal del
desarrollo del objeto investigado, ya que la forma de valor resulta ser algo
así como el acceso al reino de la producción capitalista: si no han obtenido la
estampa del «valor», ni el individuo ni la cosa pueden acceder a este reino ni
pueden comenzar a funcionar en él en calidad de elementos suyos, no puede
estudiarse como momentos internos («inmanentes»)
del movimiento de este modo de producción. Y para
el investigador, dicha circunstancia, expresada en el concepto de valor y en
sus definiciones, supone un criterio firme y evidente para la distinción entre
las formas específicas de la economía que se hallan vinculadas a la «estructura
pura del capitalismo» y toda la masa heterogénea de relaciones entrelazadas
entre sí y contemplables «empíricamente».
Por ello, las definiciones de las cosas que no
suponen definiciones «desarrolladas» del valor (o «definiciones concretizadas
del valor») no entran al interior del sistema. Así, por ejemplo, el «capital»
es, sin duda, «trabajo acumulado», «máquinas», «fábricas» y demás, y en este
sentido también se puede meter en el mismo saco que el garrote del neandertal
(que también es «trabajo acumulado») o que la máquina, como elemento de
cualquier sistema técnico; como fenómeno inmediata y empíricamente contemplable,
al capital se le puede «identificar» fácilmente en una abstracción tanto con el
trabajo, como con las máquinas y con las fábricas. Pero es difícil separar
dentro del capital (es difícil extraer mediante el acto de la abstracción)
precisamente las definiciones que lo caracterizan específicamente como capital
y obtener así el concepto universal-concreto. Y este concepto no puede formarse
si previamente no ha sido desarrollado el concepto de valor. Si este último se
halla desarrollado, entonces el concepto de capital – así como el de valor
autorreproductivo – sí puede obtenerse.
Lo mismo sucede no sólo con el concepto de partida:
cada concepto ya desarrollado se convierte a su vez en punto de partida para el
ulterior desarrollo del pensamiento. De este modo, «la tasa de ganancia es
fácil de comprender una vez que se conocen las leyes del plusvalor. Si se sigue
el camino inverso, no se comprenderá ni l’un, ni l’autre [ni lo uno ni lo
otro]»22.
Describir, esto es, simplemente expresar en
«términos abstractos» lo uno y lo otro puede hacerse mediante el camino inverso
o mediante cualquier camino, sin duda, pero no se puede comprender, esto es, no
se puede reflejar en un concepto. Comprender significa desarrollar el
22 Ibid., t.
23, p. 227, nota 28.
concepto del plusvalor a partir del concepto del
valor y el concepto de ganancia desde el concepto del plusvalor. Pues el orden
de la comprensión – la coherencia del «ascenso de lo abstracto a lo concreto» -
no es casual ni arbitrario. No viene dictado por las particularidades de la
estructura del cerebro que piensa teóricamente, no viene dictado, faltaría más,
por la circunstancia de que a uno le es «más fácil» entender primero lo
«sencillo» y después lo «complejo», sino que dicho orden viene condicionado por
el orden real en el que se desarrollan las formas reales de vida del objeto
correspondientes a estos conceptos. Lo «lógico» (incluida la coherencia lógica
del desarrollo de conceptos) es lo histórico reflejado (reproducido en la
cabeza). Por ello precisamente la forma de ascenso de lo abstracto a lo
concreto no es en absoluto una herramienta psicológico-subjetiva con cuya ayuda
le es «más fácil» al individuo comprender un objeto, sino que es la única forma
lógica que permite expresar en el movimiento de los conceptos el proceso
objetivo de «autodiferenciación» por medio del cual aparece, se forma y se
diversifica dentro de sí cualquier «todo orgánico», sea el capitalismo, el
feudalismo o el socialismo, sea un todo orgánico (un organismo vivo) o cualquier
otro sistema «íntegro» de fenómenos en interacción. Por este motivo, el método
de ascenso de lo abstracto a lo concreto, empleado tan brillantemente como en
«El Capital», puede considerarse como un método de pensamiento lógico, esto es,
universal. Él exige su manejo coherente tanto en la economía política del
socialismo como en otros campos teóricos.
La lógica de «El Capital», al partir de la
definición universal-abstracta del objeto y llegar a un sistema desarrollado de
definiciones universal-concretas, al restablecer en el pensamiento (en forma de
sistema de abstracciones teóricas) el todo vivo y en «autodesarrollo» que
compone el objeto de análisis y no simplemente exponerlo en «partes
integrantes» aisladas, permanece siendo hasta nuestros días un exponente
insuperable del empleo consciente de la dialéctica como lógica y como teoría
del conocimiento para el estudio de un objeto.
Por ello V.I. Lenin le otorgó tan grande
significación a la lógica de «El Capital» en el enriquecimiento de la Lógica
con mayúsculas. Para
muchos campos de la ciencia (y, especialmente, para
la economía política del socialismo) el método de ascenso de lo abstracto a lo
concreto es el futuro. Este jugará todavía el papel de método revolucionario en
muchas otras áreas del pensamiento científico, pues sus posibilidades no se
hallan ni de lejos agotadas, no sólo en el marco de la economía política
socialista, sino tampoco en todas las otras ramas de las ciencias naturales que
actualmente se encuentran ante la tarea de analizar sistemas complejos – que se
desarrollan en el tiempo y el espacio – y sistemas orgánicos que se
«autodiferencian» dentro de sí y desarrollan «totalidades» por si mismos. Y, en
el segundo centenario de vida de este método, es de suponer que al mismo le
quedan por celebrar éxitos no menos importantes que los alcanzados en el pasado
siglo.
FIN

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