© Libro N° 14489. La Universidad del Porvenir. Ingenieros, José. Emancipación. Noviembre 15 de 2025
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LA UNIVERSIDAD DEL PORVENIR
José
Ingenieros
La
Universidad del Porvenir
José Ingenieros
Renovación. Boletín mensual de ideas, libros y revistas de la América Latina
Buenos Aires, 20 de enero de 1923año I, número 1
páginas 5-6
José Ingenieros
La Universidad del Porvenir
I
La crisis de las universidades contemporáneas
Los grandes cambios sociológicos suelen coincidir con variaciones
fundamentales del pensamiento colectivo. Cada época tiene su ideología. El
devenir de nuevas condiciones sociales determina la renovación incesante de las
ideas, engendrando orientaciones que corresponden a la realidad que siempre se
transforma y excluyendo las rutinas que traban la acción continua del hombre
sobre la naturaleza que le rodea.
En las naciones civilizadas contemporáneas, la Universidad aspira a ser
el laboratorio donde se plasma la ideología social, recogiendo todas las
experiencias, auscultando todas las aspiraciones, elaborando todos los ideales.
Ningún problema vital para la sociedad puede serle indiferente; si pensar bien
es la única manera de obrar con eficacia, la Universidad debe ser una escuela
de acción social, adaptada a su medio y a su tiempo.
Las corrientes ideológicas no se forman al azar. Los hombres de genio
las comprenden antes que otros o las expresan mejor que los demás, pero no las
determinan arbitrariamente; llegan hasta ellos desde la experiencia social
misma, encendiéndolos, como la invisible corriente eléctrica se torna luminosa
cuando atraviesa el carbón sensible de una lámpara. Cada sociedad, en cada
época, engendra “sistemas de ideas generales” que influyen de manera homogénea
sobre la conciencia colectiva son aplicados a la solución de los problemas que
más vitalmente la interesan.
Ese conjunto de ideas generales constituye su pensamiento y presenta
varios aspectos. En primer lugar es un “cuerpo de doctrinas”, en el que se
sintetizan las verdades fundadas en la experiencia; en segundo lugar es un
“plan normativo”, que establece los medios de conducta individual y de acción
social; en tercer lugar es una “previsión de ideales”, que elabora futuros
perfeccionamientos derivándolos de la experiencia.
La ideología de un pueblo, en cada momento de su devenir, compónese de
las doctrinas, normas e ideales que se elevan hasta la conciencia social; la
función específica de la Universidad consiste en coordinar esos elementos,
organizándolos en disciplinas científicas, conforme a los métodos más eficaces
para cada una.
Reflexionando con amplitud de criterio llegamos a comprender que las más
de las Universidades contemporáneas no llenan su función, por dos causas: 1.º,
la arquitectura de sus estudios no concuerda con los resultados menos inseguros
de las ciencias; 2.º, la finalidad de sus aplicaciones no está adaptada a las
sociedades en que funcionan. Podemos expresar mejor estas ideas diciendo que,
en general, la enseñanza en las Universidades no se ajusta a los
modernos sistemas de ideas generales; y que, en particular, cada Universidad no
desempeña las funciones más necesarias en su propia sociedad.
❦
Atrasadas por su ideología, inadaptadas para su función. Son esos los
términos precisos del problema. En su casi totalidad, las Universidades son
inactuales por su espíritu y exóticas por su organización. Las de nuestra
América, en particular, han sido instituidas imitando modelos viejos y
conservan el rastro de la cultura medioeval europea.
Justo es reconocer que, en muchas de ellas, las Facultades que se
destinan a la formación de profesionales están excelentemente organizadas y
producen abogados, ingenieros, médicos, &c., cuya preparación es muy
completa. Pero lo que ha desaparecido, al mismo tiempo que se han desenvuelto
esas excelentes Facultades, es la Universidad: actualmente no existe una
organización de las escuelas especiales de acuerdo con una ideología que sea
actual (es decir, científica) y social (es decir, americana).
Las ciencias, al renovar ciertos dominios de la enseñanza pública
superior, disgregaron la vieja arquitectura universitaria sin reemplazarla por
otra nueva. Cada Facultad especial, instituto técnico o escuela profesional, se
ha organizado separadamente, prescindiendo de todas las demás; no existe una
dirección sintética del conjunto, según el nuevo “sistema de ideas generales”
que va reemplazando al antiguo. El desarrollo de las Escuelas
profesionales ha muerto a la vieja Universidad, pero no ha creado todavía la
nueva; la agrupación de altos estudios que conserva ese nombre no responde
ya al sistema de ideas que era propio de la teología medioeval, pero aún no ha
sido organizada de acuerdo con las nuevas orientaciones ideológicas.
En la actualidad, en casi todo el mundo, la Universidad es un simple
engranaje administrativo, parásito de las Escuelas especiales; creemos
innecesario insistir sobre la diferencia que existe entre una dirección
ideológica y un mecanismo burocrático.
Con excepción de sus relaciones administrativas, las escuelas especiales
son autónomas de hecho. Cada Facultad aislada se interesa solamente por un
aspecto particular de las cosas y de las ciencias, mirando un fragmento del
saber o de la vida social, y siempre con el criterio incompleto del
especialista. Se desconoce el trabajo ajeno y no se sospecha la posibilidad de
una colaboración, Se olvida que cada grupo de ciencias se renueva aprovechando
los resultados obtenidos por las ciencias de otros grupos; ignorar el horizonte
de los demás importa estrechar considerablemente el propio. La función de la
Universidad debe consistir en la coordinación del trabajo de los Institutos y
Facultades especiales conforme a un criterio general, procurando la
convergencia de todos los esfuerzos hacia determinados fines. Cuanto más se
divide el trabajo, más necesario es conservar el espíritu de síntesis. Y
si cada Facultad debe dar la competencia necesaria para ejercer
dignamente una profesión de utilidad social, no debe olvidarse que
ella debe ser, al mismo tiempo, la parte de un todo más amplio y más alto:
la misión de la Universidad consiste en fijar principios, direcciones,
ideales, que permitan organizar la cultura superior en servicio de la sociedad.
❦
El siglo XIX ha introducido en todos los ramos del saber humano un
anhelo de renovación incesante, extendido por igual a los fenómenos que son
objeto de la experiencia actual y a las hipótesis que sirven de orientación
hacia la experiencia futura. En la ideología social domina ese mismo concepto:
ideas nuevas rectifican sin cesar a las viejas, permitiendo un mejor
conocimiento de la naturaleza en que vive adaptándose la especie humana. Esta
continua perfección no ha sido uniforme en el tiempo ni homogénea en el
espacio: en determinarlas épocas el ritmo innovador se ha acelerado; en ciertas
sociedades la renovación ha presentado variaciones especiales.
Desde la sacudida vigorosa del Renacimiento, y con el pujante impulso de
la Revolución Francesa, dos tipos de civilización se encuentran en lucha: la
sociedad feudal y la cultura teológica, frente a la sociedad democrática y la
cultura científica. En esa lucha secular, que se prolongará todavía durante
muchas décadas, han sido grandes las alternativas entre el misticismo
supersticioso y el idealismo experimental; entre esas ideologías opuestas se
han inventado, en vano, los más absurdos eclecticismos para conciliar lo viejo
con lo nuevo, los dogmas fundados en el absurdo y las hipótesis surgidas de la
experiencia.
Los hombres de mayor estudio y de más libre criterio afirman que la
humanidad civilizada está en vísperas de una honda renovación social e
ideológica; desde hace medio siglo ha sido prevista, como consecuencia de una
guerra general entre las naciones europeas. La crisis contemporánea
determinará una aceleración del ritmo innovador durante algunos lustros;
parece justo pensar que en los diez o veinte años que seguirán a esta crisis,
la organización democrática de las naciones encontrará nuevas formas de equilibrio
y se acentuará definitivamente el predominio de los métodos científicos
modernos sobre los dogmatismos dialécticos medioevales.
Podemos prever, en general, esa renovación de las instituciones y de las
ideas; sería arriesgado definir, en particular, las formas y los límites que le
fijará la experiencia social. Partiendo de las orientaciones generales ya
definidas podemos, sin embargo, preguntarnos: ¿de qué manera deberían
evolucionar las Universidades para ser la expresión organizada de la nueva
ideología? Pues, entiéndase bien, quien dice ideología nueva, dice nueva
Universidad: con nueva arquitectura, con nuevos métodos, con nuevas
aplicaciones.
II
Renovación de la ideología universitaria
Adoptando un punto de vista estrecho –y erróneamente llamado práctico–
podría decirse que las naciones democráticas solamente necesitan buenas
escuelas técnicas destinadas a preparar profesionales competentes. Según ese
modo de ver, la Universidad sería inútil; bastarían las escuelas autónomas y
habría que trabajar con toda lealtad por la supresión de las Universidades.
Creemos que ningún hombre ilustrado se atrevería a sostener ese
programa.
La Universidad es útil; pero conviene cambiar radicalmente las ideas
relativas a su organización y sus funciones. La Universidad debe representar el
saber organizado y sintetizar las ideas generales de su época: ideas que son
productos de la sociedad, derivadas de sus necesidades y aspiraciones. Para
ello necesita adaptarse incesantemente a las nuevas orientaciones ideológicas;
si no lo hace, deja de ser un instrumento útil para la civilización, es un
obstáculo antes que instrumento de progreso.
La ideología contemporánea implica un nuevo modo de plantear, tratar y
resolver todos los problemas que interesan al hombre y a la sociedad; la
Universidad deberá reflejarla, o no tendrá razón de existir como nexo entre las
Facultades especiales. La Universidad debe ser una entidad viva,
pensante, actuante, capaz de imprimir un ritmo homogéneo a la enseñanza de
todas sus escuelas.
❦
Los viejos sistemas de ideas, cuya inexactitud está probada, no pueden
servir de esquemas para la reconstrucción ideológica de la Universidad; sus
síntesis carecen de interés constructivo desde que se ha probado la inexactitud
de sus elementos particulares. No hay error más funesto que confundir la
cultura actual con la historia de las culturas precedentes, o la filosofía
actual con la historia de las precedentes filosofías.
Las ideas sobre la naturaleza, la sociedad y el hombre, profesadas en
otros siglos, correspondían a la experiencia de sus épocas respectivas; las
ideas actuales, cimentadas en un caudal de experiencia infinitamente mayor
obligan a plantear y resolver de muy distinta manera todos los problemas
naturales, sociales y morales.
Los nuevos sistemas de ideas tienden a ser antidogmáticos, críticos,
perfectibles; partiendo de ellos será más fecunda la función social de la
Universidad, como organismo de coordinación y de síntesis. No es de temer que
ella obstruya la tarea particular de las escuelas especiales, cuyos dominios
podrán anastomosarse, sin confundirse. Las ciencias físicas procurarán conocer
cada vez mejor el sitio de la tierra entre los otros cuerpos del universo que
sobre ella influyen. El estudio de la configuración geográfica y de los otros
seres vivos que habitan cada región será el fundamento para apreciar las
condiciones de existencia de la sociedad que la habite: el suelo, la fauna, la
flora, elementos esenciales para la adaptación y subsistencia de un pueblo en
una zona cualquiera de la superficie terrestre. Las ciencias biológicas
permitirán conocer a la humanidad como especie zoológica y al hombre como
individuo de esa especie, así como el desarrollo de las funciones psíquicas
destinadas a la mejor adaptación de las variedades y razas que componen la
especie. Las ciencias sociales, partiendo de las precedentes, mostrarán las
causas y resultados de la asociación de los individuos en la lucha por la vida,
el crecimiento de la solidaridad social dentro de cada sociedad y entre las
diversas sociedades, la formación de una ética en cada agregado social como
resultado de su propia experiencia, y el perfeccionamiento indefinido de las
hipótesis colectivas sobre el ideal moral, abstractamente representado por la
virtud individual y la justicia social.
Cada uno de esos grupos de ciencias será cultivado en escuelas
especiales: la función de la Universidad consistirá en mantener la
unidad dentro de la variedad y coordinar la síntesis sobre la especialización.
❦
Nunca se insistirá bastante sobre la conveniencia de la educación
integral, más necesaria en los estudios universitarios que en los elementales e
intermedios. Las facultades autónomas tienden a formar especialistas, sin
preocuparse de formar hombres; esta última tarea debe incumbir a la Universidad
y es la razón que justifica su existencia.
Lejos estamos, sin embargo, de considerar deseable una regresión a las
humanidades clásicas, que todos los misoneístas recomiendan como una defensa
del espíritu conservador contra el espíritu de renovación. Esas viejas
humanidades tendían a ejercitar el ingenio en una elegante gimnasia espiritual,
juego de imaginación y de retórica, que se desarrollaba principalmente en el
comentario y la glosa del pensamiento, llamado clásico, de los antiguos. Ese
culto de lo que otros hombres pensaron, en otro tiempo y en otro medio, impedía
hacer de nuevo lo que ellos habían hecho: construir el saber sobre las ciencias
de su época. Y el objeto esencial de ese viejo humanismo no era enseñar a
pensar bien, observando y experimentando, sino enseñar a hablar bien sobre lo otros
pensaron, sin pensar por cuenta propia, sin observar ni experimentar.
Los problemas de la naturaleza y de la sociedad, que los humanistas
clásicos plantearon con sofismas y resolvieron con palabras evasivas, pueden
hoy plantearse con otros criterios y resolverse con otros métodos. Las ciencias
físicas, sociales y biológicas siguen renovando toda nuestra concepción del
universo, de la sociedad y del hombre; los problemas, planteados ahora de muy
distinto modo, exigen ser estudiados por hombres que tengan un sentido de la
verdad fundado en la experiencia, que deseen conocerla de manera clara y
exacta, y que sepan utilizar los métodos menos inseguros para alcanzarla en
cada dominio.
Este nuevo tipo de cultura consolidará necesariamente sistemas
ideológicos esencialmente experienciales e imprimirá nuevos caracteres a la
Universidad, permitiendo unificar las ideas generales de las ciencias y
restaurar sus síntesis de conformidad con los resultados de una experiencia
incesantemente perfectible.
Esa renovación es indispensable para coordinar eficazmente los dominios
particulares de la Universidad, representados por sus Escuelas Técnicas y sus
Facultades. La nueva orientación, el nuevo “sistema de ideas” es lo esencial;
de otro modo las partes procurarán en vano ir hacia adelante mientras el
conjunto se retrovierte o permanece estacionario.
❦
Al decir que la ideología contemporánea debe ser el armazón de la nueva
arquitectura universitaria, afirmamos criterios, métodos e ideales cuyas líneas
directrices ya están claramente definidas: poner la experiencia como
fundamento de la investigación y de la enseñanza, extender la aplicación de los
métodos científicos, aumentar la utilidad social de los estudios universitarios.
El nuevo criterio importa la necesidad de que
todas las escuelas se desprendan del verbalismo racionalista heredado de los
siglos pasados, poniendo sus bases en la observación y en el experimento; las
viejas “ciencias de palabras” deben transformarse en “ciencias de experiencia”.
Es indudable que algo se ha avanzado en esa orientación; pero se engañaría
quien creyese que la renovación es ya completa, pues son muchas las
resistencias de la rutina y no escasas las argucias capciosas con que el
palabrismo antiguo conspira contra las ideas modernas. Las ciencias abarcan
todos los problemas reales que se refieren al universo, al planeta que
habitamos, a la vida, a la función de pensar, al desenvolvimiento social; los
abarcan, aunque no los resuelvan; indican los caminos menos inseguros para
resolverlos; sus resultados, aunque incompletos, son los puntos de partida para
imaginar hipótesis legítimas que los exceden, sin contradecirlos. En la
Universidad del porvenir todas las disciplinas naturales, sociales y morales
serán “ciencias de experiencia”, antidogmáticas, críticas, incesantemente
perfectibles. La ideología de cada época, elaborada por hombres que evolucionan
en un ambiente que también evoluciona, representa un equilibrio inestable entre
la experiencia que crece y las hipótesis que se rectifican.
El nuevo método implica la conveniencia de
aceptar como instrumentos de trabajo los que ofrecen una menor inseguridad
condicionada por la experiencia; sólo cuando ésta es inaccesible, podemos
partir de sus resultados actuales para explicar lo desconocido mediante hipótesis
que no la contradigan. La exclusión de todo criterio dogmático obligará a tener
presente que los métodos científicos no pretenden resolver todos los enigmas
planteados a nuestra curiosidad, ya que un problema resuelto equivale a cien
nuevos problemas planteados; pero el resuelto queda y cada día sabemos más que
en el anterior, aunque no podamos agotar el conocimiento de la realidad porque
ella sin cesar se transforma.
El nuevo ideal se manifiesta como tendencia a
ampliar la función social de la cultura, que no debe considerarse como_un lujo
para entretener ociosos sino como un instrumento capaz de aumentar el bienestar
de los hombres sobre el planeta que habitan. Mientras la enseñanza superior fue
un monopolio reservado a las clases privilegiadas, se explicaba que las
Universidades viviesen enclaustradas y ajenas al ritmo de los problemas vitales
que mantenían en perpetua inquietud a la sociedad; las ciencias estaban reservadas
a pocos especialistas. La cuestión, en nuestros días, tiende a cambiar
sustancialmente; las Universidades comienzan a preocuparse de los asuntos de
más trascendencia social y las ciencias se conciben como instrumentos
aplicables al perfeccionamiento de las diversas técnicas necesarias a la vida
de los pueblos.
❦
Fácil es comprender que estos puntos de vista no tienden a propiciar
simples reformas administrativas o burocráticas de las Universidades actuales;
considerarnos más importante renovar el espíritu mismo de los altos
instrumentos de cultura, para que puedan seguir el ritmo de la gran
palingenesia ideológica que se está operando en la sociedad contemporánea.
Las nuevas posibilidades educacionales han sugerido el pensamiento de la
extensión universitaria, que en pocos años se ha ampliado en proporciones
imprevistas. Comenzóse por dictar cursos públicos en las Universidades del
Estado y por fundar Universidades Populares; pero, poco a poco, se ha
comprendido que el ideal consiste en utilizar todos los institutos de
cultura superior para la elevación intelectual y técnica de todo el pueblo.
Es evidente el beneficio que significa, para la sociedad, la creciente capacitación
técnica de todos los individuos. En este sentido puede afirmarse que todo
instituto habilitado para enseñar debe ser accesible a todos los ciudadanos que
están en condiciones de aprender; no para expedir, como hoy ocurre, títulos
doctorales que autorizan para practicar las llamadas profesiones liberales,
sino para que todo estudioso pueda perfeccionar su capacidad técnica de acuerdo
con el trabajo de utilidad social que desempeña. La casi totalidad de los
oficios y ocupaciones humanas pueden ser beneficiados por enseñanzas impartidas
en los institutos universitarios, sin necesidad de exigir a los oyentes otra
cualidad que el deseo de aprender. Es indudable que al efectuarse esta exclaustración
de la cultura universitaria el Estado obtendría una centuplicada
compensación, por el aumento de capacidad moral y técnica en todos los hombres
a quienes pueda extenderse su influjo benéfico.
❦
La unidad y la exclaustración de la cultura universitaria no pueden
realizarse sin una previa renovación de su mecanismo administrativo y
de su dirección ideológica. Se comprende –y poco importa– que ella no se
podrá ensayar sin hacer frente a grandes resistencias, pues en todas las
Universidades existen poderosos “intereses creados”, opuestos a todo plan de
renovación. Pero hay ya síntomas de que el nuevo espíritu universitario
reclamará nuevas formas de técnica directiva.
En las antiguas Universidades medioevales el organismo deliberativo y
ejecutivo representaba a la autoridad política o eclesiástica que lo nombraba,
sin contralor alguno. Desde la Revolución Francesa, en general, esos organismos
representaron la voluntad nacional, por delegación de las autoridades
constitucionales. Más tarde se dio alguna representación al profesorado en los
cuerpos deliberativos de las Facultades, creando consejos académicos
privilegiados que se integraban por sí mismos. Pronto se advirtió la necesidad
de extender el derecho de representación a todo el personal de profesores, que
al fin constituyó los cuerpos deliberantes y eligió las autoridades ejecutivas,
alcanzándose la llamada autonomía universitaria. Pronto se advirtió, sin
embargo, que este paso de la representación política a la representación
técnica era incompleto desde el punto de vista funcional; y con buen acierto,
en algunos países, se ha extendido el derecho de representación en los
organismos deliberativos a los profesores suplentes y a los estudiantes. Se
marcha, pues, hacia formas de representación cada vez más funcionales, que
permitan dirigir y orientar los estudios universitarios de acuerdo con
los intereses e ideales de todos los que enseñan y aprenden. No sabríamos
prever hasta qué límites convendrá extender esa nueva organización interna de
las universidades; la experiencia, y sólo ella, enseñará cuáles son los
resortes más eficaces para llegar a un nuevo estado de equilibrio que suprima
los privilegios y la coacción de cualquiera de las partes interesadas en la
vida universitaria.
No es menos importante la necesidad de imprimir a cada Universidad una
dirección ideológica concordante con las necesidades y los ideales del medio
social en que funciona; es forzoso reconocer que ello dependerá del grado de
exclaustración que alcancen los estudios universitarios, tomando contacto con
el pueblo, sirviendo sus intereses, reflejando sus aspiraciones, comprendiendo
sus problemas vitales. No es posible, desgraciadamente, contar siempre con el
factor extraordinario y providencial representado por los hombres de genio,
cuya función consiste en ver más lejos y adelantarse a su tiempo,
III
Adaptación de las universidades al medio social
No bastará renovar la enseñanza universitaria de acuerdo con la
ideología contemporánea; la crisis actual reconoce, además, otra causa
fundamental: las Universidades no desempeñan las funciones culturales más
necesarias en su propia sociedad.
Los ideales comunes a toda la humanidad asumen caracteres propios en
cada pueblo, conforme a las variadas condiciones de su medio físico y de su
organización social. La especie humana no evoluciona homogéneamente en la
superficie habitada del planeta; existen variedades regionales que determinan
formas distintas de experiencia social, creando nacionalidades sociológicas que
no coinciden con los estados políticos. De estas heterogeneidades naturales
dependen legítimas diferencias ideológicas que conviene sean reflejadas en cada
Universidad o grupo de Universidades; baste pensar que los estudios de minería
son tan indispensables en una región minera como superfluos en una región
agrícola; la investigación de las enfermedades tropicales será más útil en las
Universidades de la zona tórrida que en las de climas subpolares; la
arqueología incásica se estudiará con mayor provecho en el continente americano
que en el asiático; la oceanografía no puede estudiarse en regiones que carecen
de costas marítimas.
Las diferencias sociológicas naturales permiten, pues, concebir que
las Universidades de cada continente y de cada región deben adaptarse a
las funciones culturales más necesarias en sus respectivos ambientes.
Comparando las Universidades de diversos países europeos se advierte que ellas
se han diferenciado progresivamente, al adaptarse a medios sociales que no han
evolucionado de manera homogénea; la constante internacionalización de la
cultura artística, científica y filosófica no ha excluido la acentuación de
variedades regionales, que se han formado exactamente como las razas diversas
de una especie que se adapta a medios diferentes. En este sentido, puramente
natural y de ningún modo político, puede asegurarse que existe para las
Universidades de nuestra América un punto de vista americano, sin que él
excluya un punto de vista regional propio de cada Universidad.
❦
Las sociedades americanas se han constituido diversamente de las
naciones orientales y europeas, en otro medio y con otra amalgama inicial. El
ambiente, los elementos étnicos en él refundidos, los orígenes de su cultura,
las fuentes de su riqueza, la evolución de sus ideales directivos, todo lo que
converge a plasmar una mentalidad propia, difiere en mucha parte de los modelos
conocidos. Por eso –aunque incesante en la humanidad y distinta en cada punto
del espacio o momento del tiempo– la renovación de las ideas generales
podrá operarse en el continente americano con ritmo diverso que en las naciones
formadas por elementos y tradiciones distintas.
No implica ello que nos falte una orientación ideológica: significa que
la existente es pequeña. Y si esto puede ser motivo para no envanecernos del
pasado, como acostumbran los que no tienen porvenir, bien podría serlo de
regocijo: es de óptimo presagio para un mañana inminente. Nos faltan las malas
rutinas y la herencia medioeval, que tanto pesan sobre las naciones europeas
que están por cerrar su ciclo en la historia humana; tenemos, en cambio, el pie
ligero para encaminarnos hacia eras nuevas y ocupar un puesto de
avanzada en la cultura humana, que los siglos renuevan sin descanso.
No tendremos el trabajo de olvidar: lucha agotadora para los que viven
de recuerdos. De la ideología contemporánea tomaremos todo lo que sirva,
desechando cualquiera filtración dogmática que la contradiga: lo que sea
futuro, en el mundo de la experiencia y del ideal, podremos sembrarlo en
nuestra virgen mentalidad, libre de ideales muertos que impiden sembrar
ideales vivos.
Cuando esa hora llegue –que llegará, en años o en décadas– los nuevos
pueblos americanos podrán tener sistemas de ideas generales propios, que se
reflejarán necesariamente en las obras de sus grandes pensadores e influirán
sobre la arquitectura ideológica de sus Universidades.
❦
Por una mentira convencional muy difundida, cada pueblo se inclina a
creer que posee una cultura superior a todos los demás, suponiendo que siempre
ha sido así y deduciendo que no perderá esa hegemonía en el porvenir. Esta
absurda ilusión, fomentada por las castas políticas que se atribuyen el mérito
de esa excelencia tradicional, tiene su desmentido en la historia humana, cuyo
estudio permite corregir los frecuentes espejismos de cada historia lugareña.
La cultura de la humanidad, además de variar de siglo en siglo, se intensifica
y especializa diversamente en pueblos varios; su centro de mayor irradiación
nunca ha sido fijo, emigrando de raza en raza, de nación en nación. Ninguna
sociedad humana ha conservado perennemente la hegemonía de la cultura. La
historia del pensamiento remonta hasta las civilizaciones primitivas, toma
grandes nombres en Oriente, se detiene en Grecia, observa en Roma y asiste al
crepúsculo transitorio en que se constituyen las teologías medioevales; renace
con el espíritu y los métodos de las ciencias, ora en Italia, ora en Francia;
se desenvuelve con solidez en Inglaterra y se abstrae nebulosamente en
Alemania; encuentra, al fin, un relativo equilibrio en la Europa contemporánea,
inquietada por el conflicto entre las ideologías medioevales que aún perduran y
las modernas que comienzan a consolidarse.
Hay un hecho, sin embargo, que es común en la experiencia de todos los
tiempos y lugares. Los intereses creados en cada sociedad madura, se han
convertido siempre en obstáculo para el florecimiento de ideales nuevos; la
verdad imperfecta de ayer se opone a la verdad de hoy, que se opondrá a su vez
a la verdad menos imperfecta de mañana. Por eso las sociedades de más
reciente formación son las más propicias al progreso de la cultura y al
florecimiento de las nuevas ideologías.
Los grandes problemas son hablados, por cada época, en un idioma nuevo.
Las razas viejas y sus filósofos, tienen ya su idioma enmohecido y siguen
pensando en él; las nuevas, que aún no tienen definido uno propio, aprenden a
pensar en el de su época. En la continuidad de la reflexión humana sobre los
grandes problemas que son el coronamiento de la experiencia, las razas viejas
no consiguen pensar con un idioma nuevo, y si lo hacen, no pierden el acento
originario; ellas van pasando la antorcha simbólica a las razas jóvenes, que lo
adoptan más fácilmente y en él expresan sus nuevas maneras de pensar, hasta conformarse
a otro tipo, más consonante con la ideología de su época.
Estas reflexiones autorizan a creer que las Universidades nuevas tienen
más posibilidades de renovarse que las viejas, adoptando criterios actuales y
adaptándose mejor a su medio; así lo confirman ciertas novedosas Universidades
de los Estados Unidos, libres del rutinario tradicionalismo que traba el paso a
las otrora famosas Universidades europeas.
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No es aventurado suponer que cuando nuestros pueblos americanos hayan
definido su constitución social, podrán imprimir algún carácter propio a las
corrientes ideológicas que incesantemente se renuevan en la humanidad; y lógico
será que sus Universidades lo reflejen, con las variantes propias de cada
adaptación regional. En las naciones nuevas están menos arraigados los gérmenes
seniles y sus pueblos tienen la mente libre para, en la hora oportuna, seguir
las orientaciones de las ideas venideras; es probable que en el porvenir puedan
definirse matices particulares según los climas, las regiones, las razas.
Esto no significa que todo será autóctono en el ritmo de sus ideales, en
la visión de sus pensadores o en la arquitectura de sus Universidades. No hay,
sin duda, una ciencia europea y otra americana, una verdad distinta para cada
raza, una cultura y una ideología específica de cada continente; el
conocimiento relativo de la naturaleza en que vivimos y la elaboración de
ideales humanos como resultado último de la experiencia, son una obra de
progresiva integración, en la que se suma el esfuerzo de todas las razas de
todos los tiempos. Pero los aspectos experimentales e ideales de la cultura
humana se presentan diversamente según el punto de vista desde donde se los
observa, su función difiere en cada medio, e impulsa desigualmente a plantear y
resolver problemas que para cada sociedad son distintos; por eso cada una, al
constituir su mentalidad, orienta en algún sentirlo nuevo la ideología de su
época. Concebimos los “ideales americanos” como el sentido propio que
los pueblos nacientes en estas partes del mundo podrán imprimir a los ideales
de la humanidad.
Y decimos, por ende, que al adaptarse al medio, las Universidades
americanas desempeñarán mejor las funciones culturales necesarias en sus
sociedades respectivas.
IV
Arquitectura de la Universidad
¿Cuál es el camino para acercarse a ese resultado? Sería, sin duda,
prácticamente imposible reorganizar fundamentalmente, por decreto, las
Universidades existentes, pues sus Facultades tienen intereses muy difíciles de
remover. Por otra parte, además de su función profesional, cada Facultad tiene
su mentalidad propia, fundada en diferencias naturales que no podrían borrarse,
ni convendría hacerlo aunque se pudiera; lo pertinente es infundirles el
espíritu común de la época y del medio, haciéndolas converger hacia nuevos
métodos y direcciones, Sin necesidad de una subversión brusca, pueden
efectuarse cambios graduales, en serie, no sujetos a un plan definitivo o
inmutable; a medida que se realicen, la experiencia sugerirá las variaciones
convenientes.
En síntesis: los institutos existentes pueden y deben usarse,
para ir dando a las Universidades una nueva arquitectura espiritual, conforme a
las modernas corrientes de ideas generales.
❦
Nos parece fácil de explicar.
Cada Facultad consta actualmente de dos clases de estudios: los técnicos
o profesionales y los generales o científicos.
La distinción es fácil: en las facultades jurídicas es profesional el
derecho de minas y es general la sociología; en las médicas es profesional la
anatomía topográfica y es general la fisiología; en las físico-matemáticas es
profesional la resistencia de materiales y es general la física, &c.
Cada Facultad especial podría tener dos órdenes consecutivos de estudios
y expedir dos clases de títulos: el uno habilitaría para el ejercicio
profesional (abogado, ingeniero, médico, &c.) y el otro constituiría el
doctorado respectivo (en Ciencias Jurídicas, Biológicas, Físico-Matemáticas,
&c.).
Para el primero bastaría cursar un plan técnico establecido por cada
Facultad; para el segundo, además del perfeccionamiento en los estudios
científicos de la Facultad propia, sería indispensable cursar las materias
generales de las otras Facultades.
Según este modo de ver, cada carrera profesional sería
organizada por su Facultad respectiva, pero los doctorados de altos estudios
serían coordinados por la Universidad. Las Facultades prepararían técnicos
en un dominio especial; la Universidad, hombres de ciencia sólidamente
preparados por una cultura general en las diversas disciplinas científicas.
❦
Utilizar lo existente, como punto de partida, no importa creer que ello
basta. Si la Universidad ha de expresar una síntesis harmoniosa de la cultura,
es conveniente vincular a ella las academias, ateneos, museos, conservatorios
que pueden elevar la mentalidad del pueblo, educando los sentimientos
estéticos, y también las instituciones de economía social que representan
verdaderos campos de experimentación para las doctrinas.
Las letras y las artes son el complemento necesario de toda educación
integral. Enseña la historia que casi todos los grandes renacimientos se han
extendido simultáneamente a diversos dominios; y la observación diaria
demuestra que los más grandes ingenios son poliédricos, multiformes, aunque su
obra culmine en un ramo particular del saber.
Llevados por su pequeñez mental, los especialistas de cada arte o
ciencia, suelen mostrarse reacios a toda iniciativa de coordinación harmónica:
temen, acaso, que la competencia técnica directiva disminuya por el contacto
forzoso con las demás especialidades. La observación sería justa si los
instrumentos directivos de la vida universitaria conservaran su forma actual;
dejará de serlo, sin embargo, cuando la organización universitaria perfeccione
su tipo federativo, respetando la autonomía técnica para lo particular y
estableciendo la unidad ideológica para lo general.
Concebida cada Escuela como una realidad diferenciada dentro de la
unidad del conjunto, parece necesario que ella tenga su representación propia
dentro de los Consejos Superiores universitarios; este principio de la
representación funcional, admitido ya en muchas Universidades, podría
extenderse a las instituciones de índole artística y literaria que se le fueran
incorporando.
Se comprende fácilmente que la dirección universitaria tendría
más alto vuelo y más vastos horizontes cuando entraran en su composición
elementos de vida intelectual menos estrecha que los actuales especialistas de
tres o cuatro profesiones técnicas. No es admisible que los abogados, médicos,
ingenieros o veterinarios representen la ideología de su época; parece evidente
que la presencia de representantes de las artes y de las letras elevaría el
nivel de la dirección universitaria.
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Estos primeros aspectos del problema, cuya practicabilidad no puede
ponerse en duda, necesitan complementarse con otro, también fundamental.
El instrumento ideológico de la nueva Universidad, adaptada al tipo de
cultura moderno, debería coordinarse en torno de una Facultad que existe ya en
muchas Universidades y que podría organizarse sin erogación sensible en las que
aún no la tienen: la Facultad llamada de “Ciencias Morales”, de “Humanidades” o
de “Filosofía y Letras”.
Donde actualmente existe –no lo ocultemos– es una Facultad de lujo. Sus
profesores son prestados por otras facultades, sus alumnos escasean, su función
es casi nula; con buen propósito algunas Universidades han optado por
convertirla en instituto superior de pedagogía. Las que aún conservan su vieja
estructura, se van convirtiendo en organismos inútiles, simples prolongaciones
de la cultura medioeval entre las otras facultades que procuran difundir la
cultura moderna. Prescindiendo de las cátedras literarias y científicas que se
le incorporan sucesivamente, rompiendo la unidad de su vieja arquitectura, su
función es todavía la antigua: estudiar la filosofía con un concepto
retrospectivo, en relación estrecha con las disciplinas históricas y
literarias.
En este dominio particular de las llamadas “humanidades” puede
efectuarse la transubstanciación de la Universidad. Las disciplinas
filosóficas, como suele estudiárselas actualmente, carecen de vinculación con
las corrientes ideológicas contemporáneas. Suelen ser disciplinas muertas,
historias, glosas, críticas, comentarios de los sistemas de ideas generales
propios de otros siglos y de otros medios, que fueron utilísimos para la
cultura de su tiempo, pero que no se han renovado siguiendo el ritmo del pensamiento
contemporáneo.
Fácil será transformar las Facultades de Filosofía en organismos
destinados a la coordinación de las ideas generales que excedan los dominios
particulares de cada Facultad profesional, manteniendo en ellas la
especialización en las disciplinas propiamente filosóficas.
❦
En esta arquitectura universitaria las Facultades de Filosofía pasarían
a ser los ejes espirituales de las Universidades; pero no debe olvidarse que se
trataría de organismos nuevos, juveniles, en constante desarrollo, muy
distintos de los que actualmente conocemos. Se comprende que al hablar de
estudios filosóficos no hacemos referencia a los literarios e históricos,
aunque los tres grupos suelen coexistir bajo una misma administración.
Ciertos estudios preliminares, peldaños indispensables de las
disciplinas propiamente filosóficas, podrían cursarse en las otras Facultades;
comprenderían materias de todas ellas, con exclusión de las técnicas o
profesionales. El doctorado en Filosofía obtendríase cursando previamente las
materias generales de las Facultades de Ciencias físico-matemáticas,
jurídico-sociales, médico-biológicas, &c. No se trataría de enseñar todos
los detalles particulares de cada ciencia y todos los aspectos técnicos de las distintas
profesiones, sino de presentar sistemáticamente los grandes resultados de la
experiencia, formando un criterio general y adquiriendo un método que más tarde
podría ser aplicado a los campos de investigación filosófica que cada cual
desee explorar. Se enseñaría, de esa manera, a mirar la realidad, y a inferir
los posibles perfeccionamientos de la adaptación humana a la naturaleza,
haciendo trabajar la imaginación sobre la base de la experiencia.
Así se podría dar a la Universidad el espíritu de generalización y de
síntesis del que tienden actualmente a apartarse las Facultades profesionales,
y al mismo tiempo reemplazar los restos fósiles de la cultura medioeval
por los resultados ilimitados y siempre renacientes de la cultura contemporánea.
Los grandes problemas ideológicos serían estudiados con criterios y
métodos actuales.
El problema del Universo y de la materia se comprendería con el auxilio
de las disciplinas físico-matemáticas, únicas que pueden ayudar a resolverlo.
El problema de la vida en general, y de la humana en particular, sería
abordado con los métodos de las ciencias biológicas; y las funciones todas del
hombre, considerado como un ser vivo que se adapta a un ambiente físico,
encontrarían en ellas su punto de partida.
El problema de la vida social, con sus aspectos numerosos y siempre
variables en cada particular sociedad humana, sería estudiado con los criterios
de las disciplinas sociológicas, cuyos horizontes se renuevan sin cesar.
Con ello se evitará la situación ridícula de ciertas Facultades
contemporáneas, en que se discute del universo sin saber astronomía, de la
materia sin saber física, de la vida sin saber biología, del hombre sin saber
antropología, del alma sin saber fisiología y de lo ideal sin conocer lo real.
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Surge naturalmente de lo expuesto una conclusión esencialísima: la
interdependencia ideológica de las diversas Facultades e Institutos de cada
Universidad, muy distinta de su actual nexo administrativo o
burocrático. Cada estudiante debe seguir algunos cursos en otras Facultades que
no sean la de su carrera profesional; para los doctorados esa necesidad es
mayor. Esto permitirla corregir la inútil repetición de cátedras análogas en
Institutos diferentes de la misma Universidad, despilfarro debido a una falsa
interpretación de la autonomía de cada Facultad que se resuelve en una
disolución de la unidad universitaria.
Conviene atribuir mucha importancia al intercambio de alumnos entre las
diversas escuelas; en la actualidad no existen estudiantes universitarios, sino
estudiantes de una profesión determinada. Conviene que los jóvenes posean un
espíritu integral, que sólo pueden adquirir contemplando variados horizontes
ideológicos. Cierta educación literaria mejora los resultados de los estudios
científicos y el conocimiento de los métodos científicos aumenta la eficacia de
los estudios literarios. La cultura unilateral es contraria a la amplitud de
criterio e impide abarcar los diversos aspectos de cualquier problema. Es
seguro que muchos ingenios especializados se malogran por no sospechar siquiera
las cuestiones que podrían resolver si tuvieran una cultura general en camino,
pierden su tiempo en estériles tanteos por ignorar la existencia de otros
métodos que multiplicarían el resultado de sus esfuerzos. En cualquier dominio
analítico son de inestimable utilidad los conocimientos sintéticos; cada
disciplina es auxiliar de las demás, en ciertos casos por la extensión posible
de sus propios resultados, en otros porque sugiere fecundas analogías de
principios o de métodos.
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La especialización directa, sin una base previa de cultura general, es
contraria al desenvolvimiento de la personalidad. Los especialistas son amanuenses perfeccionados, ruedas de un vasto
engranaje, piezas de un mosaico; pueden ser utilísimos al servicio de otros,
sin tener conciencia de la obra a que contribuyen con su esfuerzo. Es
preferible que todos los que cooperan en la investigación o en la enseñanza
posean un concepto global de la obra común, para que, además de trabajar, sepan
para qué trabajan. Se puede ser especialista sin ignorar que existen más vastos
dominios en las ciencias, en las letras y en las artes; se puede tallar una
piedra y conocer los planos del edificio a que está destinada.
La ética de los hombres de estudio se ennoblece por la cultura integral,
pues enseña a valorar con exactitud los méritos de la obra propia y de la
ajena. El especialista cree que su hoja es la principal de todo el árbol, sin
sospechar que todas las demás, como la suya, reciben la misma savia desde
raíces comunes, por troncos y ramas que viven en armónica interdependencia. La
Universidad debe readquirir la unidad de espíritu que ha perdido por
inadaptación a la época y al medio; y debe, a su vez, infundir en todos los que
la frecuenten, –profesores, alumnos, oyentes– esa cultura general que refluirá
sobre toda la sociedad cuya ideología aspira a representar.
Renovar la Universidad es un problema de moral y de acción. Las
instituciones se tornan inútiles cuando permanecen invariables en un medio
social que se renueva. La educación superior no debe mirarse como un
privilegio para crear diferencias en favor de pocos elegidos, sino como el
instrumento colectivo más apropiado para aumentar la capacidad humana frente a
la naturaleza, contribuyendo al bienestar de todos los hombres. Las
ciencias no son deportes de lujo, sino técnicas de economía social. La
filosofía no es un arte de disputar sobre lo que se ignora, sino un proceso de
unificación de ideas generales para ensanchar el horizonte de la experiencia
humana. La Universidad no debe ser un cónclave misterioso de iniciados, sino el
organismo representativo de las más altas funciones ideológicas: elaboración de
doctrinas, determinación de normas, previsión de ideales. Hará más dignos a los
hombres, aumentando su capacidad para la vida civil; hará más justa a la
sociedad, multiplicando los vínculos de la solidaridad humana.
El mundo ha entrado a una era de reenovaciónmás importante que el
Cristianismo, el Renacimiento y la Revolución Francesa. Sería estéril seguir
escuchando a sofistas y escépticos, envenenados por la ideología del pasado: en
horas como ésta conviene escuchar a los optimistas y a los creyentes, iluminados
por la ideología del porvenir.
FIN

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