© Libro N° 14482. Un Conocido. Karaváieva, Ana Alexándrovna. Emancipación. Noviembre 15 de 2025
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UN CONOCIDO
Ana Alexándrovna Karaváieva
Un Conocido
Ana Alexándrovna Karaváieva
UN CONOCIDO
Ana
Alexándrovna Karaváieva
Octubre 18,
2011
Perm (Mólotov) Rusia, 1893-Moscú, 1979
Nace en Perm (hoy Mólotov). Su padre era un modesto
empleado. Ana Alexándrovna Karaváieva empieza a publicar sus escritos en 1922.
Sus primeras novelitas ("El pabellón"), 1923; "El hogar",
1926, entre otras) giran en torno a la vida de los pequeños propietarios,
condenados a desaparecer como tales por la evolución de la sociedad. En
"La serrería" (1928) trata del renacimiento de una empresa
abandonada. En 1943 aparece la primera parte de su trilogía "La
Patria" (1943-1950) consagrada a la "gran emigración de las
fábricas" a los Urales al principio de la guerra, a la evolución interior
de los hombres al adquirir conciencia de la importancia de su trabajo, a las
vicisitudes de la guerra y a la reconstrucción del país. Por su libro "La
Patria", fue galardonada en 1951 con el premio Stalin. El breve relato que
a continuación se inserta, "Un conocido", fue publicado en 1947.
Apoyadas en la pared de un henil, junto a la
carretera, dos muchachas buscaban refugio contra la lluvia.
-Es inútil esperar - dijo una de ellas, rubia,
tocada con boina roja -. ¡Tenemos lluvia para todo el día!
-No pasa ni una triste camioneta; ni que fuera un
castigo... Podríamos pedir que nos llevaran -prosiguió contrariada su amiga,
pelirroja, fea, que se cubría la cabeza con un pañuelo a cuadros, a la moda.
-¡Mira, Tonia, mira! -exclamó de pronto,
vivamente-. ¡Un coche! ¡Sale del bosque y tuerce por la carretera, hacia aquí!
-¡Madre mía... es un conocido, Katia!
-Mejor. ¿Por qué te disgusta? - repuso su amiga,
sorprendida.
Tonia hizo un gesto de mal humor y añadió:
-Para ti es fácil hablar, pero a mí me ha ocurrido
con él una historia desagradable. Tú hace poco que vives por aquí y hay muchas
cosas que aún no sabes.
-¿Qué historia es ésta, si no se trata de un
secreto? - preguntó Katia.
-¡Bueno está el secreto!... Todo el mundo sabe que
estuvimos a puntos de casarnos, que nos habíamos prometido. Entonces acabó la
guerra y muy pronto regresó Seriozha... el que había sido mi novio...
-¿Cómo te metiste en un lío semejante? - le
reprochó la amiga.
-Que quieres que te diga... fue así... -contestó
Tonia, suspirando cohibida-. Se recibió carta de un camarada de Serguéi, del
frente. Decía que Serguéi había perecido. Se lo escribió a la madre. Todos lo
lloramos, mas... pasó el tiempo y volvió hecho un héroe... Y hemos seguido
siendo novios, como antes... Ya llega mi conocido... En mala hora nos hemos
puesto aquí... ¡Qué lata!
Uno de los coches delComité del distrito avanzaba
dando saltos por la carretera,negra como el alquitrán, erosionada por las
lluvias. El chofer se asomó por la ventanilla y gritó, jovial:
-¡Tonia, Tonia! ¿Qué haces ahí, mojándote? ...
¡Subid, os llevaré!
-A lo mejor no vas por nuestro camino... - balbuceó
Tonia indecisa -. Nosotras tenemos que ir a Kúzovlevo... Para ti sería un
rodeo.
-Es poca cosa. No vale la pena hablar de ello.
Subid, subid.
L amiga se sentó detrás; Tonia, al lado del chofer.
Este la miró de soslayo y le puso sobre los hombros su chaqueta de cuero.
-Te has quedado helada, Tonia.
-¿Y usted?
-No te preocupes, el motor me sirve de estufa.
Se callaron. El chofer comprobó si estaba bien
cerrada la puerta del lado de sus acompañantes, y dijo con forzada sonrisa:
-Hacía mucho que no te veía, Tonia. Desde la
primavera. Una vez, al pasar por delante de vuestra Estación de Maquinaria
Agrícola, pregunté por ti. Iván Alexéich, el administrador, me explicó que ya
no trabajas con ellos.
-Es verdad. Ahora trabajo en otra Estación. En la
de Piotr Páulovich.
-¿Cómo no hiciste buenas migas con Iván Alexéich?
Es una buena persona.
-¿Buena persona, eh? - la muchacha hizo un esfuerzo
para mantenerse recta, a pesar de la oscilación del coche -. Pues conmigo se
portó mal. Distribuyó el terreno para labrar de modo que ningún tractorista
pudiese quejarse, pero a mí me mandó sólo por campos malos. No había ni un
trozo de llano. Debía de haberle dado vergüenza obrar de ese modo. Sabía quién
era yo. Estuvo en la comisión de exámenes y me asó a preguntas, hasta
convencerse de que me conozco el tractor al dedillo. Me puso por las nubes delante
de todos, me dio la nota de "sobresaliente", y ¡luego me manda al
peor de los sectores! Naturalmente, me piqué. ¡Yo también tengo mi orgullo!
-¡Ah,tontuela! ¿Y si lo que quería era probarte? No
puedes negarme que Iván Alexéich es hombre de mucha cabeza, y ha formado decena
de excelentes tractoristas:
-A la gente no se la enseña ofendiéndola.
-Otra vez a lo tuyo... Iván Alexéich tiene razón.
¡Vaya tractorista el que sabe conducir su máquina sólo por terreno liso! ¡No,
señor! Demuestra que para ti no hay obstáculos.
-Si fuera así, como usted dice, Andréi Ivánich,
podía habérmelo explicado...
-Has de comprenderlo tú misma. Ya tienes veinte
años, ya eres mayor de edad. Recuerda lo que en más de una ocasión te he dicho:
hay que saber distinguir y comprender las intenciones y los actos de las
personas: si no, te equivocas a cada paso. ¿Acaso no tengo razón, Tonia?
-Usted siempre me ha dado buenos consejos... -
respondió quedamente la muchacha, bajando la cabeza-. De no haber sido usted,
me habría costado mucho abrirme camino... Huérfana, tan poquita cosa...
-¡Déjate de tonterías! - la interrumpió el chofer
con su voz de bajo, e incluso la amenazó con el dedo... -. ¡Vaya manera de
hablar! Claro que diez años atrás eras pequeña y había muchas cosas que aún no
podías entender. Pero acabaste la escuela de siete años, luego hiciste unos
cursos de tractorista, entraste en el sindicato, dominas una especialidad
importante... ¿Entonces?
-todo esto es verdad, Andréi Ivánich.
Enmudecieron. Andréi Ivánich miraba de reojo el
perfil de la redonda mejilla de la joven, la nariz respingona y los labios
regordetes aún como los de un niño. Luego tosió levemente y preguntó:
-¿Tú querías seguir estudiando, ¿no es verdad,
Tonia?
-¡Sin falta! Quiero ser ingeniero de transporte
automóvil - respondió la joven, animándose.
-Si lo quieres de verdad, lo serás; pero has de
trabajar a conciencia. Tienes el camino abierto a todas partes. Vosotras no
podéis quejaros. No tenéis idea de lo dura que fue nuestra juventud. Si parece
que ha hemos llegado a viejos...
-Aún le falta mucho para llegar a viejo, Andréi
Ivánich - le respondió Tonia, alentadora, con cierto tono de compasión en la
voz.
-¡Qué va a faltar!... - masculló el chofer.
Se le contrajo la mejilla, de pómulo saliente, en
la que se notaba un rasguño de la navaja de afeitar; era como si le dolieran
las muelas. Tonia le dirigió una mirada tímida, quiso decirle algo, mas se echó
sobre el respaldo del asiento y se acurrucó bajo la chaqueta de cuero.
-¿Tienes frío? le preguntó el chofer, al notar su
movimiento.
-No... me pongo cómoda, nada más...
Seguía lloviendo. El viejo coche entró ruidosamente
en un bosquecillo. Los árboles que crecían a ambos lados del camino, teñidos de
rojo purpurino y de amarillo, mojados y sacudidos por el viento, se
balanceaban, como borrachos, rociando la carrocería del vehículo con grandes
gotas de agua fría.
-¡Ay! - exclamó Tonia, estremeciéndose de frío; y
como si quisiera justificarse, dijo: -Nada es peor que el otoño cuando dura
tanto... En la aldea, cuando llueve, está todo tan desanimado, ni dan ganas de
mirar a la calle. Nuestro administrador, Piotr Pávlich, ha estado en Moscú hace
poco y lo ensalza mucho. Dice que otra vez es muy hermoso. Ha visto la nuevas
estaciones del metro. Todo está hecho con gusto, por todas partes hay mármoles,
como en un palacio...
-Así tiene que ser... Por algo es Moscú la capital
del país.
-En Moscú, probablemente, el otoño ni se nota...
¿Le gustaría vivir en Moscú Andréi Ivánich?
-Moscú es una ciudad espléndida, naturalmente... -
respondió Andréi Ivánich, moviendo la cabeza en señal de admiración -. Pero yo
soy un chofer de aldea, y no estimo menos estos rincones. Aquí me sé de memoria
todos los caminitos. Todo el mundo me conoce y yo conozco a la gente. Cuando
recorro el distrito, siempre encuentro algo interesante, hablo con personas
distintas. Es tan agradable hallar su sentido en todas las cosas... Tú te
lamentas: "el otoño, el otoño"... ¡Si el otoño es la época de la
abundancia!
-Nadie lo discute... - Y Tonia, de pronto, se puso
a reír.
-¿De qué te ríes? - preguntó Andréi
Ivánich,sonriéndose a su vez y contemplando a la joven.
Ella se reía a carcajadas. Se le dibujaban dos
hoyitos diminutos en las mejillas, algo más arriba de los ángulos que formaban
sus labios sonrosados. Sus anchas cejas de color castaño brillante oscilaban,
alegres, sobre la blanca frente. Dejó de ver, provocativos, sus pequeños y
regulares dientes, cual granitos de arroz.
-Pero, dime, ¿por qué te ríes? - preguntó el chofer
por segunda vez, contemplándola embelesado, y a la vez, melancólico.
-Fue ayer... - se puso a contar Tonia, sin dejar de
reírse -. Yo pasaba por delante de la casa de los Lubkov. Oigo risas y batir de
palmas. Entro curiosa. Y me veo al viejo Lubkov danzando en medio de una
habitación. Sin embargo, parece que está enfadado. No comprendo lo que ocurre.
Luego me lo explican. El viejo danza porque perdió una apuesta. La hizo con su
hijo, Dmitri Fiódorovich, en primavera. Tuvieron una gran discusión...
-Ya estoy enterado - se sonrió el chofer, de buen
humor -. Dmitri Fiódorovich habló del asunto en un artículo que publicó en el
periódico local al comenzar la primavera. Lo recuerdo perfectamente. Se refería
a las patatas...
-¡Esto es, a las patatas! -asintió Tonia, sin dejar
de reírse -. Dmitri Lubkov, como buen kolkosiano, se preguntaba por qué en los
huertos individuales las patatas se dan bien, grandes y de buena calidad, y en
los campos del koljós resultan de calidad tan distinta, en unos sitios grandes,
en otros medianas y en otros tan pequeñas que no valen nada: parecen guisantes.
"¿No podríamos cuidar bien todos los campos de patatas del koljós'",
decía Lubkov. "Deseo confiar sólo en lo que recojamos todos y no en lo que
me da el huerto propio", añadía. "Voy a sacar con mi brigada patatas
excelentes, yh en mi huerto ni siquiera las sembraré..."
-¡Así fue! - confirmó Tonia.
-"Lo que yo quiero (decía Lubkov) es recibir
buenas patatas por mis días de trabajo en el koljós, que al Estado se le
entreguen de la misma clase. En mi huerto, en vez de patatas, plantaré
bayas." afirmó...
-¡Exactamente! Y el viejo Lubkov se puso hecho una
furia. No hacía más que llamar tonto y estúpido a su hijo... Pero éste se
plantó en sus trece y dijo al padre: "padre, vas as quedar mal,
perderás". Entonces el viejo salió de sus casillas y le soltó, de golpe:
"¡Si con todas etas locuras te pones en ridículo, te haré bailar una hora
ante todo el pueblo, como el más tonto de los tontos!" El hijo se rió y le
respondió: "Pero si tengo éxito, vas a ser tú, padre, el que se pasará la
hora danzando, a pesar de tener sesenta y cinco años."
-La brigada de Dmitriev ha sido premiada. Incluso
un periódico de la capital ha hablado de él -dijo el chofer, sonriéndose.
-Y el viejo ha tenido que bailar... ¡Qué risa daba
verlo, Andréi Ivánich!... Sobre la mesa, unos bocadillos; alrededor, invitados,
y el viejo bailando como un joven... Baila, se limpia el sudor con un pañuelo.
"¡Eh, mozos, que ase me cansan las piernas!" Dmitri Fiódorovich,
riéndose, le responde: "¡Padre, más despacio, que aún te quedan veinte
minutos!" Los invitados brindan a la salud del viejo,baten palmas y
gritan: "¡Bravo! ¡Bis!" A mí me hicieron sentar a la mesa y también
me puse a gritar: "¡Bravo!"... ¡Qué risa, madre!...
Tonia volvió a prorrumpir en carcajadas. Una
sacudida del vehículo la inclinó sobre el hombro del chofer, quien se
sobresaltó y apretó los labios.
-Perdón, Andréi Ivánich... - dijo ella confusa,
apartándose.
Andréi Ivánich agarró con más fuerza el volante y,
atravesando con la mirada la densa cortina de lluvia, salvó hábilmente un bache
abierto en el extremo de unos rastrojos.
_Estos caminos tan bien trazados... - refunfuñó,
contrayendo la mejilla con un tic involuntario -. ¡No me los aprendo por más
que paso por ellos!
Tonia asintió con un movimiento de cabeza. Se quedó
seria y empezó a pestañear, desconcertada. El chofer la miró varias veces, como
si quisiera decirle algo. Por fin se decidió.
-Qué, Tonia. ¿Ya te has casado? - le preguntó,
carraspeando torpemente.
Aún no. Pronto... - contestó la joven en voz baja,
a la vez que se ponía a mirar hacia otro lado, agachando la cabeza.
-Muy bien... ¿Así, pues, con Serguéi? - prosiguió
el chofer, fija la mirada en el camino.
-Sí... con él.
-Muy bien... Y qué, ¿ya tiene mejor carácter desde
que ha vuelto de la guerra?
-¿Qué quiere decir? ¿Acaso tiene nada de especial
su carácter?
-Se dice que le gusta beber, y que cuando está
borracho pierde los estribos. Cuidado, que no te salga rana, Tonia... Perdona
que te lo diga.
-¡Ba-ah! - respondió evasivamente la joven.
Sacó un espejito del bolsillo y se puso a
arreglarse los cabellos que se le habían salido por debajo de la boina. El
chofer la miraba por el rabillo del ojo. Luego se sonrió, apenado, y añadió:
-¿Otra vez te has enfadado? Bueno, perdona. No te
lo he dicho con mala intención...
-No... ¿Por qué he de enfadarme? - replicó Tonia,
suspirando-. Otros me dicen lo mismo: es malo, no te conviene... ¿Pero cómo
encontrar buenos maridos para todas? también los malos tienen derecho a la
vida...
-¡Lo que significa el amor!... - repuso el chofer,
entre triste y envidioso -. Naturalmente, es cosa tuya. Sólo dudo que con él
puedas estudiar y hacerte ingeniero de transporte automóvil.
-Me ha prometido no oponerse para nada en esta
cuestión - respondió Tonia , un si es no es despechada.
-Bueno... Otro te habría dicho: prometo ayudarte
con todas mis fuerzas para que progreses y llegues a un lugar más elevado...
¡Ay, Tonia, Tonia!
La joven puso la vista en el caviloso semblante del
chofer.
-¡No se enoje conmigo, Andréi Ivánich!... Yo misma
no sé cómo ha ocurrido todo esto...
-¿Por qué he de enfadarme?... ¿Me he bebido la
razón, acaso, par ano comprender lo que pasa? ¡Qué va!... Viudo, con cuarenta
años cumplidos, sin bailar en las fiestas... no sé cantar ni tocar el
acordeón... Soy un hombre aburrido, en una palabra...
-No, Andréi Ivánich, usted de ningún modo es un
hombre aburrido... Con usted siempre me he sentido bien... yo... - Tonia se
turbó, se puso colorada y por poco se echa a llorar. Llegó a sollozar en
silencio.
-Basta, basta... ¿A santo de qué te emocionas? -
dijo el chofer, preocupado, e hizo un gesto con la cabeza para animar ala noven
-. Te repito que no lo he dicho con mala intención... tú misma lo comprendes.
-Lo comprendo... - balbuceó Tonia, cubriéndose el
rostro con las manos.
-Te digo... que si algún día necesitas ayuda... en
este mundo todo puede ocurrir... no vaciles en acudir a mí, Tonia. ¿De acuerdo?
- Gracias, Andréi Ivánich... - murmuró ella.
En sentido contrario avanzaba un coche, hendiendo
los charcos; mas se salió del reborde del camino y se atascó.
-¡Este no sabe lo que se hace! - gritó enojado
Andréi Ivánich-. La lluvia ha estropeado el suelo, las ruedas patinan, y este
borrego quiere hacer pasar el coche por el borde de los sembrados.
-¡Eh! - gritó a plena voz, haciendo una señal con
la mano a una persona, apenas visible a través de los cristales mojados de la
ventanilla -. ¡Tienes la cuneta detrás, cabeza de alcornoque! Tira hacia la
izquierda, pasa por el rastrojo; si no, te metes en la zanja... ¡Qué bruto!
¡Habrá que sacarlo a remolque!
Se acercó, ayudó a salir del mal paso al chofer
desconocido y luego lo despidió contento.
-Menos mal, no le ha pasado nada... No hace falta
mucho para echar a perder un coche o la propia vida. Te equivocas de camino,
una maniobra falsa, y te quedas estropeado para siempre...
Tonia se estremeció, y de pronto, con desesperada
resolución, dijo:
-Si se supiera todo lo que va a ocurrir y dónde
hace falta dar la vuelta... ¡Ay, Andréi Ivánich! A veces pasan cosas raras en
la vida: te sientes atraída por una persona, cada vez con más fuerza, y no hay
manera de oponerse a este sentimiento. está una contenta y descontenta a la
vez, y ni siquiera llega a comprender si será por su bien o por su mal. De
tener familia, no encontraría tantas dificultades; pero estoy sola en el
mundo...
-Bueno, ¿ahora soy yo quien tiene que enojarse? -
dijo Andréi Ivánich, interrumpiéndola sin brusquedad -. ¡Así, pues, no tienes a
nadie en quién confiar? ¿Para qué estoy yo, pues? ¿Es posible que no lo
comprendas?
-Lo comprendo, claro,lo comprendo todo - balbuceó
la joven -. Créame, Andréi Ivánich, le digo la verdad...
-Está bien, Tonia, está bien...
De nuevo enmudecieron. La lluvía seguía azotando el
parabrisas del coche. Fruncido el ceño, el chofer conducía su cochecito viejo a
través de la triste cortina de lluvia, densa y turbia, como la bruma. Apenas se
divisaban los contornos de los pequeños setos mojados, de los oscuros arbustos
que poblaban la serpenteante orilla de un río, las cercas de los huertos de las
afueras de una aldea. El negro camino, aceitoso y frío, brillando bajo los
raudales de agua, diríase que pesado por los efectos de la humedad, ascendía
suavemente.
-¡Qué tiempo, Andréi Ivánich!... Parece que nunca
va a terminar de llover...
-Es el otoño, querida; hay que tomarlo como viene -
respondió el chofer en el mismo tono.
En fondo se divisó la aldea.
-Ya estamos en Kúzovlevo - dijo Tonia, empezando a
quitarse de los hombros la chaqueta de cuero -. ¡Gracias por todo, Andréi
Ivánich!
-¡Por muchos años!... Y si quieres seguir, ya
sabes: no me estorbas - dijo él en son de broma, mientras la despedía con un
fuerte apretón de manos -, ¡Que seas muy feliz Tonia!
-Gracias, Andréi Ivánich, gracias por todo... -
respondió ella, estremecida por el golpe que dio la portezuela del coche al
cerrarse.
El chofer agitó la gorra. El coche se puso en
marcha y de nuevo volvió a saltar por el negro y resbaloso camino.
-¿Ves?... Ya te decía yo que eras una tonta al
asustarte de un conocido - empezó a decirle su amiga, pero se calló en seco al
ver bañados en lágrimas los ojos de Tonia.
-¡Madre mía! ¿Pero por qué lloras, criatura? No te
ha dicho nada que pudiera agraviarte, al contrario...
-Sí... por esto lloro, porque ha sido al
contrario... - balbuceó Tonia con temblorosos labios, y se puso a llorar con
más fuerza.
El coche corría por el camino, cada vez más lejos,
y al poco rato desapareció en una vuelta.
FIN

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