© Libro N° 14483. El Telegrama. Paustovski, Konstantin Gueórguieivh Emancipación. Noviembre 15 de 2025
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EL TELEGRAMA
Konstantin Gueórguieivh Paustovski
El Telegrama
Konstantin Gueórguieivh
Paustovski
EL TELEGRAMA
Konstantin
Gueórguieivh Paustovski
Octubre 14,
2011
Moscú-Rusia, 1892-
Hijo de un empleado de ferrocarriles, nació en
Moscú en 1892. Estudió en Kiev, empezó a publicar sus relatos en 1911, más
comprendió que para ser escritor hace falta beber el grancáliz de la vida! y se
dedicó a a recorrer su país (costas del Mar Caspio, Cáucaso, y Armenia,
Carelia, los Urales). Fue conductor de tranvías, cazador, obrero de una fábrica
de calderas,marinero y maestro de escuela. Desde 1925 se consagra a la
literatura. Entre sus principales obras figuran "Kara-Bugaz" (1932),
primera que dedica los esfuerzos del hombre para transformar la naturaleza,
"El Mar negro" (1936), "Relato del Norte" (1o3o),
"Relato sobre los bosques" (1948), "Nacimiento de una mar
(1952), Se le deben también novelitas biográficas e históricas: "El
destino de Charles Lonceville" (1932), "Isaak Levitán" (1937),
"Tarás Shevchenko" (1939) y las obras dramáticas "El teniente
Lérmontov" (1941) y "Nuestro contemporáneo "Pushkin)" (1949)
Gozan de gran popularidad sus relatos, de lso que se incluyen a continuación os
escritos en 1939 ("La barca vieja" y "El riachuelo donde saltan
las truchas"), uno en 1946 ("El telegrama") y otro en 1955
("Viaje de noche en diligencia")
Octubre se presentó frío y lluvioso como pocas
veces. Las tablas de los tejados se pusieron oscuras. La enmarañada hierba del jardín quedó
aplastada, todo acababa de florecer y se deshojaba, excepto un pequeño girasol
que había crecido junto a la valla.
Sobre los prados, viniendo del otro lado del río,
se arrastraban muelles nubes que quedaban prendidas en las ramas desnudas de
los sauces blancos. Llovía sin cesar.
Los caminos estaban a intransitables, no había
manera de pasar por ellos ni a pie ni en carruaje. Los rebaños ya no iban a
pacer.
El cuerno del pastor había enmudecido hasta la
primavera siguiente. A Katerina Petrovna todavía se le hizo más difícil
levantarse por las mañanas y ver siempre lomismo: habitaciones impregnadas por
el acre olor de las estufas apagadas, el "Mensajero de Europa"
cubierto de polvo,las tazas amarillentas sobre la mesa, el samovar falto de
limpieza desde hacía mucho tiempo y los cuadros de las paredes. Es posible que
la penumbra de las habitaciones fuera excesiva, y que la gota serena hubiera
aparecido ya en los ojos de Katerina Petrovna; quizá los cuadros se habían
empañado por la acción del tiempo. El hecho es que ella ya no podía distinguir
las pinturas. Sólo por el recuerdo sabía Katerina Petrovna cuál de los cuadros
era el retrato de su padre y cuál - pequeño, con marco dorado - era un regalo
de Kramskói, un esbozo de "Desconocida con abrigo de terciopelo".
Katerina Petrovna acababa los últimos días de su
vida en una vieja casa construida por su padre, pintor de fama.
En la vejez, el pintor dejó Petersburgo para volver
a su aldea natal, donde vivió en paz y se dedicó al cuidado del jardín. Ya no
podía pintar. Le temblaban las manos, veía mal y a menudo los ojos le dolían.
Como decía Katerina Petrovna, la casa era
"memorativa" y se hallaba bajo el amparo del Museo regional, mas su
última moradora no estaba segura de lo que sería de la casa cuando falleciera.
En la aldea - se llamaba Zaborie - no había nadie
con quien poder hablar de cuadros, de la vida petersburguesa, del verano que
Katerina Petrovna pasó en París acompañando a su padre y del sepelio de Víctor
Hugo, que tuvo ocasión de presenciar.
No iba a hablar de ello con Mániushka, la hija del
zapatero del koljós, que vivía al lado y que todos los días le iba a buscar
agua al pozo, le barría la casa y le encendía el samovar.
Katerina Petrovna no tenía dinero y regaló a
Mániushka, por sus servicios, guantes deslucidos, plumas de avestruz y un
sombrero con adornos de azabache.
-¿Para qué quiero estas cosas? - exclamó Mániushka,
con voz de falsete y haciendo ruido al respirar por la nariz -. ¿Acaso soy una
presumida?
-Véndelas, niña -musitó Katerina Petrovna, que se
sentía muy débil hacía ya un año y no podía hablar en voz alta -. Véndelas.
"Las llevaré a la trapería", se dijo
Mániushka mientras tomaba los regalos y se iba.
De vez en cuando entraba a verla Tijón, hombre
enteco, pelirrojo, guarda del material contra incendios en el koljós. Tijón
recordaba aún al padre de Katerina Petrovna cuando regresó éste de Petersburgo,
construyó la casa y plantó el jardín.
En aquel entonces Tijón era un niño, mas toda la
vida conservó profundo respeto hacia el viejo pintor. Al contemplar sus
cuadros, suspiraba y decía en voz alta.
-¡Son como el natural!
A menudo Tijón se mostraba diligente por compasión,
sinhacer nada de provecho, mas, a pesar de todo, prestaba buena ayuda, pues
talaba los árboles que se secaban en el jardín, los aserraba y los cortaba para
leña. Al marchar, se detenía siempre enel umbral de la puerta y preguntaba:
-Katerina Petrovna, no me ha dicho si Nastia
escribe o no.
Katerina Petrovna callaba, sentada en el diván
-encorvada, diminuta-, revolviendo unos papelitos en su bolso de cuero
amarillo. Tijón se sonaba calmoso, sin moverse de su sitio.
-Bueno, paciencia -decía sin esperar respuesta-.
Ahora tengo que irme, Katerina Petrovna.
-Vete, Tijón - balbuceaba ella -. ¡Que Dios te
bendiga!
El se iba, cerrando cuidadosamente la puerta, y
Katerina Petrovna se ponía a llorar en silencio. El viento silbaba tras las
ventanas, en las ramas desnudas, y se llevaba las últimas hojas. La mariposa de
petróleo oscilaba sobre la mesita de noche. Parecía el único ser vivo de la
casa abandonada. Sin esa débil lucecita, Katerina Petrovna no sabría cómo vivir
hasta la mañana siguiente.
Las noches eran largas, pesadas, como el insomnio.
El crepúsculo matutino avanzaba cada vez más lentamente, se rezagaba, y apenas
lograba sembrar de gotitas los cristales de las ventanas sin lavar, entre cuyos
dobles marcos, sobre una capa de guata, desde el año anterior yacían las hojas
ya podridas y negras, en otro tiempo amarillas, otoñales.
Su hija, Nastia, la única persona que le quedaba en
el mundo, vivía lejos, en Leningrado. La había vistado por última vez hacía
tres años.
Katerina Petrovna sabía que Nastia no podía
ocuparse de ella, viejecita. Los jóvenes tienen sus preocupaciones, sus
intereses, incomprensibles, su propia felicidad. Es mejor no estorbar. Por esto
Katerina Petrovna escribía muy raras veces a su hija, mas todos los días
pensaba en ella cuando, sentada en el extremo del hundido sofá, permanecía tan
ensimismada que de detrás de la estufa salía un ratoncito, engañado por el
silencio reinante, se levantaba sobres sus patas traseras y alargaba el hocico
husmeando largo rato el aire viciado.
Nastia tampoco escribía, pero cada dos o tres meses
el joven y alegre cartero Vasili entregaba a Katerina Petrovna un giro de
doscientos rublos, y le guiaba solícito la mano para que ella firmara donde se
requería.
Vasili se iba y Katerina Petrovna, confusa, se
sentaba con el dinero en las manos. Luego se calaba las gafas y leía una y otra
vez las contadas palabras escritas en el impreso del giro. Siempre decían lo
mismo, que las ocupaciones eran muchas y que faltaba tiempo, no ya para hacer
un viaje, sino incluso para escribir una verdadera carta.
Katerina Petrovna pasaba la mano temblorosa por los
suaves billetitos. Se olvidaba, por vieja, de que aquel dinero no era el que
Nastia había tocado, y la parecía notar la fragancia de los perfumes de su
hija.
Una noche, a finales de octubre, alguien llamó
largo rato dando fuertes golpes a la puerta condenada del jardín.
La anciana se sobresaltó; se envolvió la cabeza con
un pañuelo de lana, lo cual le llevó no poco tiempo; se puso un viejo abrigo, y
por primera vez salió aquel año a la calle. Caminaba despacito, a tientas. El
aire era frío, le dolía la cabeza. Las olvidadas estrellas miraban la tierra,
penetrantes. Las hojas caídas le entorpecían la marcha.
Cerca de la puerta condenada, Katerina Petrovna
preguntó, con un hilito de voz: "¿Quién llama?". Mas nadie respondió
del otro lado dela valla.
"Habrá sido una alucinación", se dijo
Katerina Petrovna, y volvió sobre sus pasos. Se ahogaba, se detuvo junto a un
viejo árbol, apoyó la mano en una rama fría y húmeda. era un arce. Lo había
plantado ella misma hacía mucho tiempo, cuando todavía era joven y su risa
cantarina alegraba la casa. Ahora el árbol estaba desnudo, frío; no tenía donde
huir de aquella noche ingrata.
Tuvo lástima del árbol. Pasó la mano por el rugoso
tronco del arce; entró en la casa y aquella misma noche escribió a Nastia.
"Hija entrañable -escribió Katerina Petrovna-.
No resistiré el invierno. Vente, aunque no se más que por un día. Deja que te
contemple, que te tome de las manos. Estoy tan vieja y débil que se me hace
difícil permanecer sentada o echada, no ya caminar. La muerte se ha olvidado
del camino que lleva a mi casa. El jardín se seca, es muy distinto de lo que
fue. Además, no lo veo. El otoño es malo. Qué tristeza. Ni todos los años de la
vida parecen tan largos como este otoño."
Mániushka llevó la carta a correos. Después de
pelear un buen rato para echarla en el buzón, intentó mirar lo que había dentro
de aquella caja, mas no vio nada; sólo el vacío, limitado por la hoja de lata.
Nastia era secretaria de la Unión de PIntores y
Escultores. Tenía mucho trabajo. Por sus manos pasaba todo lo que se refería a
la organización de exposiciones y concursos.
Cuando recibió la carta de Katerina Petrovna estaba
en la oficina. Nastia la guardó en el bolso. Decidió leerla después, terminada
su labor. Las cartas de su madre le hacían dar un suspiro de alivio. Si escribe
es que está viva. Pero a la vez la llenaban de sorda inquietud, como si cada
carta fuera un mudo reproche.
Después del trabajo tenía que visitar el estudio
del joven escultor Timoféiev para informar luego a la Unión de cómo vivía éste.
Timoféiev se quejaba de que en el estudio pasaba frío y, en general, de que le
tenían relegado a un segundo término y ponían obstáculos en su camino.
En uno de los descansillos, Nastia tomó un
espejito, se dio unos toques con la borla de la polvera y se sonrió. Se gustaba
a sí misma. Los artistas la llamaban Solweig por sus cabellos rubios y por sus
ojos grandes y fríos.
Le abrió la puerta el propio Timoféiev, hombre
pequeño y enérgico. Estaba furioso. Llevaba el abrigo puesto y se había
envuelto el cuello con una bufanda. Nastia observó que el joven escultor se
había calzado botas de fieltro como las que usan las damas.
-No se quite el abrigo - gruñó Timófeiev-. Incluso
llevándolo puesto se quedará usted helada. ¡Pase!
Acompañó a Nastia por un oscuro corredor, subió
unos peldaños y abrió la estrecha puerta del estudio.
se notaba un acre olor a petróleo. En el suelo,
junto a una barrica de arcilla húmeda, ardía un hornillo. Sobre los bancos de
trabajo había esculturas cubiertas con trapos mojados. Al otro lado del ancho
ventanal caía la nieve al sesgo; cubría, como niebla, el ríoNevá y se fundía en
sus aguas oscuras. El viento silbaba y movía viejos periódicos esparcidos en el
suelo.
-¡Dios mío, qué frío hace aquí! -exclamó Nastia,
sintiendo que en el estudio el frío era todavbía más intenso de lo que podía
esperarse, debido a los blancos bajorrelieves de mármol colgados
desordenadamente por las paredes.
-¡Contemple, recréese! - dijo Timoféiev, acercando
a Nastia un sillón manchado de arcilla -. No comprendo cómo aún no he estirado
la pata en este cubil. En cambio, Pershin, en su estudio tiene caloríferos que
dan tanto calor como los vientos del Sahara.
-¿No estima a Pershin? - preguntó circunspecta
Nastia.
-¡Es un advenedizo! -respondió Timoféiev, enojado
-. ¡Un artesano! Sus figuras no tienen hombros, son como perchas para el
abrigo. Su koljosiana es una mujer de piedra con el delantal doblado. Su obrero
se parece a un hombre de Neanderthal. No sabe lo que es modelar. ¡Pero es
astuto como un cardenal!
-Muéstreme su Gógol -dijo Nastia para cambiar de
conversación.
-¡Pase ahí! -ordenó taciturno el escultor- Por aquí
no, por ahí. A ese rincón. ¡Bien!
Quitó los trapos húmedos de una de las figuras, la
examinó puntilloso desde todos los lados, se sentó en cuclillas cerca del
hornillo de petróleo, se puso a calentarse las manos y exclamó:
-Aquí lo tiene. ¿Qué me dice usted?
Nastia se estremeció. Un hombre cargado de espaldas
y nariz afilada la contemplaba burlonamente, descubriéndole los más íntimos
repliegues del alma. En la sien del cáustico escritor distinguió Nastia una
fina vena esclerótica.
"Pero la cartita sigue en el bolso, sin abrir
- le decían los ojos de Gógol, penetrantes como un taladro-. ¡Ah,
pajarraca!"
-¿Qué me dice usted? -preguntó Timoféiev-. Es un
tío serio, ¿no?
-¡Es magnífico! -respondió Nastia, haciendo un gran
esfuerzo-. Es realmente admirable.
Timoféiev se rió amargamente.
-¡Admirable! - repitió -. Todos dicen
"admirable", como Pershin y Matiash y como todos los entendidos de
todos los comités. Total, ¿para qué? Aquí se dice y se repite
"admirable", y allí donde se decide mi suerte como escultor, allí, ese
mismo Pershin se limita a emitir un sonido vago, y al agua todo. ¡Pershin emite
un sonido vago! -Timófeiev pronunció estas últimas palabras a gritos y se puso
a dar zancadas por el estudio y a patalear con sus botas de fieltro -. Tengo
las manos reumáticas por la arcilla húmeda. Me he pasado tres años leyendo
cuanto se ha escrito sobre Gógol. ¡Hasta sueño con jetas monstruosas!
Timófeiev levantó de la mesa unos libros, l,os
sacudió en el aire y los arrojó otra vez a su sitio con fuerza, esparciendo el
polvo del yeso que la cubría.
-Todos los libros de este montón tratan de Gógol -
añadió de pronto, sosegándose-. ¿Qué? ¿La he asustado? Perdóneme, Nastia; pero
lo juro que estoy dispuesto a batirme.
_Está bien, nos batiremos juntos - dijo Nastia
levantándose.
Timoféiev la despidió con un fuerte apretón de
manos, y Nastia se fue con el decidido propósito de sacar del anonimato a aquel
artista de talento.
Nastia volvió a la Unión, entró en el despacho del
presidente y se estuvo largo rato hablando con él, demostrándole vehementemente
que era necesario organizar una exposición de los trabajos de Timoféiev, sin
demora alguna. El presidente la escuchó dando golpecitos sobre la mesa con el
lápiz, hizo sus cálculos, y al final estuvo conforme.
Nastia regresó a su casa, a su anticuada habitación
de la calle de la Moika, con su techo de molduras doradas, y sólo allí leyó la
carta de su madre.
-¡Cómo voy a ir ahora! - se dijo levantándose-.
¡Acaso hay manera de escapar de aquí?
Pensó en los trenes repletos de gente, en el
transbordo al ferrocarril de vía estrecha, en las sacudidas del carricoche, en
el jardín seco, en las inevitables lágrimas maternales, en el aburrimiento
sinfin de los días en la aldea, sin nada que los amenice, y guardó la carta en
el cajón de la mesa escritorio.
Nastia se pasó dos semanas organizando la
exposición de Timoféiev.
Durante las dos semanas, varias veces riñ{o e hizo
las paces con el insociable escultor. Timoféiev envió sus obras a la
exposición, y cuando lo hizo puso tal cara como si las hubiera condenado a una
destrucción interminable.
-Le saldrá un churro, Nastia -le decía rencoroso,
como si ella organizara su propia exposición y no la de él -. Pierdo el tiempo
en vano, palabra de honor.
Al principio, Nastia se desesperaba y se sentía
ofendido, hasta que llegó a comprender que tales caprichos no valían un comino,
que eran fingidos y que, en el fondo Timoféiev estaba encantado con su próxima
exposición.
La apertura se efectuó al atardecer, Timoféiev se
irritó y dijo que era imposible contemplar las esculturas iluminadas con luz
eléctrica.
-¡Es una luz muerta! -refunfuñaba-. El efecto será
catastrófico. Hasta la luz del petróleo es preferible.
-¿Qué luz quiere? ¡Es usted inaguantable - replicó
Nastia, sin poderse contener.
-¡Velas, hacen falta velas! - exclamó Timoféiev con
aire dolorido -. ¿A quién se le ocurre alumbrar a Gógol con luz eléctrica? ¡Es
absurdo!
Al acto de apertura acudieron escultores y
pintores. El profano, al oír los comentarios de los artistas, no habría podido
adivinar, a veces, si alababan o censuraban los trabajos de Timoféiev, pero
éste comprendió que la exposición era un éxito.
Un artista impulsivo, un pintor entrado en años, se
acercó a Nastia y, dándole unas palmaditas en la mano, le dijo:
-Gracias. He oído decir que ha sido usted quien ha
sacado a Timoféiev a la luz del día. Ha hecho muy bien. Ya sabe usted lo que
pasa entre nosotros. Todo es hablar de cuidados y preocupaciones por los
artistas, y cuando llega la hora de la verdad el viento se lleva las palabras.
Una vez más le doy las gracias.
Comenzó el debate. Se habló mucho, se pronunciaron
palabras elogiosas, la discusión fue acalorada, pero la idea del anciano pintor
acerca del trato solícito que se debía al hombre y que se merecía el joven
escultor injustamente olvidado, se repitió en todos los discursos.
Timoféiev permanecía en su asiento, taciturno, la
vista clavada en el parquet, si bien miraba de reojo a los oradores sin saber
si podía creerlos o si era pronto para ello.
En la puerta apareció la ordenanza de la Unión,
Dasha, mujer buena, aunque de pocas luces. Hizo unas señas a Nastia. Esta se le
acercó y Dasha, sonriente, le entregó un telegrama.
Nastia volvió a su sitio, abrió el telegrama
disimuladamente, lo leyó y no entendió nada:
"Katia se muere. Tijón".
"¿Qué Katia? -pensó Nastia, desconcertada-.
¿Qué Tijón? El telegrama no debe ser para mí."
Miró la dirección. El telegrama era para ella. Sólo
entonces, distinguió las finas letras del sello puesto sobre la cinta de papel:
"Zaborie".
Nastia estrujó el telegrama y frunció el ceño.
Hablaba Pershin.
-En nuestros días - decía, balanceándose y
sosteniendo las gafas con una mano -, la preocupación por el hombre se
convierte en una espléndida realidad que nos ayuda a desarrollarnos y nos
estimula a trabajar. Me siento feliz al observar que también en nuestro
ambiente, entre escultores y pintores, se manifiesta dicha realidad. Pienso, al
decir esto, en la exposición de esculturas del camarada Timoféiev. La debemos
por entero (y que no se ofenda la dirección por mis palabras) a una de las
colaboradoras de base de nuestra Unión, a nuestra simpática Anastasia
Semiónovna.
Pershin se inclinó reverente hacia Nastia y todos
los presentes aplaudieron con prolongado aplauso. Nastia se turbó hasta el
punto de que le asomaron las lágrimas a los ojos.
Alguien sentado a su espalda le apretó el brazo
delicadamente. Era el viejo pintor impulsivo.
-¿Qué pasa? -preguntó en voz baja, mostrando con
los ojos el telegrama arrugado en la mano de Nastia -. ¿Algo desagradable?
-No - respondió Nastia -. Esto es... De una
conocida...
-¡Ah! - balbuceó el vejete, y otra vez se puso a
escuchar a Pershin.
Todos estaban pendientes del orado, pero Nastia
sentía constantemente sobre sí la mirada severa y penetrante de alguien: temía
levantar la cabeza. "¿Quién puede ser? - pensaba -. ¿Es posible que
alguien haya adivinado? Qué tontería. Otra vez me dominan los nervios."
Levantó con dificultad los ojos y en seguida volvió
a bajarlos: la estaba mirando Gógol, con burlona sonrisa. parecía que en la
sien del cáustico escritor palpitaba penosamente la fina vena esclerótica.
Nastia creyó entender que Gógol decía muy quedo, a través delos apretados
dientes:
-¡Ah, paja...!
Se levantó rápidamente, abandonó el salón, se puso
el abrigo en el vestíbulo, sin detenerse un segundo, y salió corriendo a la
calle.
Caía aguanieve. La catedral de San Isaac
presentábase cubierta de escarcha grisácea. El cielo encapotado descendía cada
vez más sobre la ciudad, sobre Nastia y sobre el río.
"Hija entrañable -recordaba Nastia, evocando
la carta recibida no hacía mucho-. ¡Entrañable!"
Se sentó en un banco del square cercano al
Almirantazgo y prorrumpió en largo llanto. La nieve se le derretía en la cara,
mezclándosele con las lágrimas.
Nastia se estremeció de frío y comprendió de golpe
que nadie la quería tanto como aquella decrépita anciana, abandonada por todos
allí, en el aburrido Zaborie.
-¡Ya es tarde! A mamá ya no la veré - se dijo, y
recordó que en el transcurso del último año por primera vez pronunciaba esta
conmovedora palabra infantil: "mamá".
Se levantó bruscamente y se puso a caminar aprisa
contra la nieve, que le azotaba la cara.
"¿Cómo es posible, mamá? ¿Cómo? - pensaba, sin
ver nada -. ¡Mamá! ¿Cómo ha podido ocurrir esto? Sin o tengo a nadie en la
vida. No hay ni habrá nadie que me sea tan entrañable. Si por lo menos llegara
a tiempo, si por lomenos pudiera verme, si por lo menos me perdonara."
Nastia salió a la Avenida de Nevski y encaminó sus
pasos a la estacion del ferrocarril.
Llegó tarde. Ya no había billetes.
Se quedó de pie ante la ventanilla. Le temblaban
los labios, no podía hablar. Sentía que si pronunciaba una sola palabra,
prorrumpiría enllanto.
La expendedora de los billetes,mujer entrada en
años y con lentes, miró por la ventanilla.
-¿Qué le pasa, ciudadana? - preguntó malhumorada.
-Nada -respondió Nastia -. Mi mamá...
Se volvió rápidamente y se dirigió hacia la salida.
-¿Adónde va usted - le gritó la expendedora -.
Tenía que haberlo dicho en seguida. Espere un instante.
Aquella misma tarde Nastia se puso en camino.
Durante todo el trayecto le pareció que el expreso -la "Flecha Roja"
- iba a paso de tortuga, a pesar de que eltren volaba a través de los bosques
sumidos en la oscuridad de la noche, dejaba una estela de vapor y anunciaba su
presencia con estridentes silbidos.
Tijón se presentó en Correos, estuvo un rato
cuchicheando con Vasili, el cartero, tomó un impreso para telegramas y, después
de darle varias vueltas, lo llenó con irregulares letras mientras se secaba los
bigotes una y otra vez con el reverso de la mano. Luego lo dobló
cuidadosamente, se lo guardó en el gorro y se dirigió a casa de Katerina
Petrovna.,
Katerina Petrovna llevaba ya diez días sin
levantarse. No le dolía nada, pero se sentía muy débil. La debilidad le oprimía
el pecho,la cabeza, las piernas. Le resultaba muy difícil respirar.
Hacía seis días que Mániushka no se apartaba del
lado de Katerina Petrovna. Por la noche dormía vestida en el hundido sofá. A
veces tenía la impresión de que Katerina Petrovna ya no respiraba. Entonces se
ponía a gimotear, asustada, y la llamaba. Decía:
-¡Abuel! ¡Eh, abuela! ¿Estás viva?
Katerina Petrovna movía la mano bajo la manta y
Mániushka se tranquilizaba.
Desde la mañana, los rincones de las habitaciones
parecían sumirlos en la penumbra otoñal, pero la temperatura era agradable.
Mániushka encendía la estufa. Cuando la alegre llama iluminaba los troncos de
las paredes, Katerina Petrovna suspiraba circunspecta. El fuego daba a la
habitación un aire acogedor, hogareño, como lo tuvo antaño, cuando aún viví
allí Nastia. Katerina Petrovna cerraba los ojos. Una lágrima solitaria se
deslizaba por su mejilla apergaminada hasta perderse entre los blancos
cabellos.
Entró Tijón. Tosía, se sonaba y, por lo visto,
estaba emocionado.
-¿Qué pasa, Tijón? - preguntó sin fuerzas Katerina
Petrovna.
-¡Hace más frío, Katerina Petrovna - exclamó Tijón,
animoso, mirando inquieto su gorro -. Pronto va a nevar mucho. tanto mejor. Las
heladas endurecerán el camino y el viaje le será más cómodo.
-¿A quién? - Katerina Petrovna abrió los ojos y con
su mano seca empezó a acariciar convulsivamente la manta.
-¿A quién puede ser, sino a Nastia Semiónovna? -
respondió Tijón, forzada la sonrisa, sacando el telegrama del gorro -. ¿A
quién, si no a ella?
Katerina Petrovna quiso incorporarse, mas no pudo;
cayó sobre la almohada.
-¡Tome! - añadió Tijón, desdoblando con cuidado el
telegrama y tendiéndoselo.
Pero Katerina Petrovna no lo tomó ymiró suplicante
a Tijón.
-Léelo tú - dijo Mániushka con voz ronca-. La
abuela ya no puede leer. Tiene los ojos débiles.
Tijón miró asustado a su alrededor, se arregló el
cuello, se pasó la mano por los escasos cabellos pelirrojos y leyó con voz
sorda e insegura: "Espéreme, salgo, la quiere su hija amantísima
Nastia."
-¡Basta, Tijón! - exclamó quedamente Katerina
Petrovna - Basta, querido. Que Dios te bendiga. Gracias por tus buenas
palabras, por tu bondad.
Katerina Petrovna se volvió con mucha dificultad
cara a la pared y luego pareció que se quedaba dormida.
Tijón se sentó en un banco del frío zaguán; fumaba,
baja la cabeza, escupiendo y suspirando, hasta que salió Mániushka y le hizo
una señal para que entrara en la habitación de Katerina Petrovna .
Tijón entró de puntillas y se pasó la mano
extendida por el rostro. Katerina Petrovna yacía pálida, diminuta, como si
durmiera sosegadamente.
-No ha podido esperarla. - balbuceó Tijón -, ¡Qué
pena más amarga, cuánto ha sufrido sin quejarse! Y tú ten cuidado, boba - dijo
enfadado a Mániushka -; paga el bien con el bien, no seas miloca. No te muevas
de aqui mientras yo voy al soviet de la aldea a dar cuenta.
Se fue, y Mániushka se quedó sentada en un
taburete, temblorosa, clavada la mirada en Katerina Petrovna .
La enterraron al día siguiente. Helaba. Había caído
una leve capa de nieve. Le día se puso luminoso y el cielo se quedó seco, pero
de una blancura grisácea. como si hubieran tendido sobre las cabezas de la
gente un lienzo recién lavado y expuesto al aire gélido. Al otro lado del río,
la lejanía se matizaba de color gris azulado. De aquella parte llegaba un
penetrante olor a nieve y a corteza de sauce maltratada por las primeras
heladas.
Acudieron al sepelio viejas y niños. Llevaron el
ataúd Tijón, Vasili y los dos hermanos Maliavini, dos vejetes de pelambrera
semejante a estopa pura. Mániushka sostenía con su hermano Volodia la tapa del
ataúd y miraba ante sí sin parpadear.
El cementerio se encontraba al otro lado de la
aldea, sobre el río, y crecían en él altos sauces cubiertos de líquenes
amarillentos.
Por el camino se encontraron con la maestra. Hacía
poco que había llegado del centro regional, y todavía no conocía a nadie en
Zaborie.
-¡La maestra, viene la maestra! - cuchichearon los
pequeños.
Era joven, tímida, de ojos grises, todavía una
mocita. Al ver el entierro se detuvo. Contempló medrosa a la diminuta viejecita
del ataúd. Sobre el rostro de la anciana caían punzantes copos que no se
derretían. En la ciudad había quedado la madre de la maestra, también mujer
pequeñita, con el cabello también completamente blanco, siempre preocupada por
su hija.
La maestra aguardó, y luego caminó despacio tras el
féretro. Las viejas del pueblo la miraban y cuchicheaban diciendo que era muy
joven, que tenía una expresión muy dulce y que al principio le sería difícil
dominar a los muchachos, que en Zaborie eran osados y traviesos.
Por fin, la maestra se decidió a preguntar a una de
las viejas, a la abuela Matriona:
-No tenía a nadie esta anciana, ¿verdad?
-¡Ay, hija mía! - respondió en seguida Matriona-.
es como si no tuviera a nadie. ¡Y era tan buena, tan cariñosa! Se pasaba el
tiempo sentada en el diván, sin tener con quien hablar. ¡Daba una pena! Tiene
una hija en Leningrado, pero según parece ha volado muy alto. Y ella ha muerto,
sin parientes.
En el cementerio colocaron el ataúd junto a una
tumba recién abierta. Las viejas se inclinaron ante el féretro hasta rozar la
tierra con sus oscuras manos. La maestra se acercó al ataúd, se inclinó a su
vez, y besó la mano seca y amarilla de Katerina Petrovna. Luego se irguió
rápidamente, se volvió y se arrimó a la derruida cerca de ladrillo.
Al otro lado de la cerca, bajo la nieve arrastrada
por el viento, se extendía la bien amada tierra natal, levemente entristecida.
La maestra permaneció largo rato contemplándola,
oyendo cómo a su espalda cuchicheaban las viejas y la tierra golpeaba el ataúd.
Lejos, por los corrales, los gallos cantaban con sus voces desiguales
anunciando días claros, heladas clementes, el sosiego invernal.
Nastia llegó a Zaborie dos días después del
entierro. Encontró el montículo de la tumba reciente en el cementerio -los
terrones se habían helado- y la habitación, fría y oscura, de Katerina
Petrovna. Era como si la vida hubiera abandonado aquella estancia desde hacía
mucho tiempo.
Nastia se pasó la noche entera llorando en la
habitación de su madre, h asta que tras la ventana brilló la luz pesada y
confusa del amanecer.
Se fue de Zaborie escondiéndose, procurando que
nadie la viera, sin preguntar nada. Le parecía que nadie podía librarla de su
falta irreparable, de aquella carga insufrible, si no era la propia Katerina
Petrovna .
FIN

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