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Portada E.O.:
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EL TREN VA AL SUR
Alexandr Gueórguievich Malishkin
El Tren Va Al
Sur
Alexandr Gueórguievich
Malishkin
EL TREN VA AL SUR
Alexandr
Gueórguievich Malishkin
Pcia.de Penza-Rusia, 1892-1938
Es hijo de campesinos. Nace en un Pueblo de la
provincia de Penza en 1892. Termina sus estuidos en la Facultad de filología de
la Universidad de Petersburgo. Empieza su actividad literaria en 1912. Sus
primeros relatos constituyen una protesta contra el régimen zarista (“Amor
provinciano”, 1914; “Fiesta en el campo”, 1941, etc.) Sus principales novelas:
“La caída de Dair” (1923), “Sebastopol” (1929.30), se refieren a distintos
episodios de la guerra civil, en la que participó activamente. Su última obra
importante es el primer libro de la novela “Gente de la lejana provincia”
(1937-38), libro que ocupa un lugar importante entre las novelas rusas de su
tiempo. “El tren va al Sur”, que se inserta a continuación, forma parte de los
relatos que escribió el autor en 1924. Falleció Malishkin en 1938
¿Han experimentado ustedes la sensación especial de
estar acercándose a las vacaciones? Es como si llegara hasta vosotros un cálido
viento procedente de invisibles huertos bañados de sol y os inundara de
nostalgia. El primer síntoma se percibe al comenzar la primavera, cuando la
organización sindical pide que se le reserven puestos en las casas de descanso
de Crimea, cuando las mecanógrafas se quitan las chaquetas de punto y en sus
ligeras blusas traen por las mañanas el sol de la calle. Os recuerda también
que ya se ha trasladado a su casita de campo, en los alrededores de la ciudad:
incluso encima de su mesa, sobre su venerable y ordenada mesa, sobre el grueso
fardo delos prudentes libros de contabilidad, brilla la luna de Kliasma y
susurran los abedules... Os lo evoca, asimismo, la noche vagabunda del parque,
de los rincones sin luz y delas citas de los enamorados. Llevan ustedes en la
cabeza el horario de los trenes que se dirigen hacia el Sur; las paredes de las
casas a lo largo de las calles parecen de cristal, y tras ellas se ved correr,
rauda, la fresca y anchurosa estepa...
El Sur me atraía, además, por otra circunstancia.
Hubo un tiempo en que por la estepa galopaba la
muerte, y tras cada pequeña estación de ferrocarril tomada al asalto, creía
verse lo que nunca ha existido en la tierra. ¿Recuerdan, por los partes de
guerra, el trágico acontecimiento ocurrido al sexto regimiento del Ural, junto
a la aldea de Bereznevatka? Fui yo quien logró descubrir a tiempo la traición,
después de un combate de veinticuatro horas y de romper el cerco enemigo, pude
llevar el regimiento hasta las posiciones de nuestra querida división, aun perdiendo
la mitad de la gente y con ella a mi único hermano.
Qué extraño resultaba ver de nuevo aquellos parajes
que hablaban de unos años juveniles que no pueden volver, y de la muerte. En
tres años se había olvidado ya por completo la impresión de aquella atmósfera.
Recuerdo que en vísperas de la marcha, una noche de
agosto, entré en uno de los cines del barrio del Arbat. Todo presentaba el
aspecto de siempre: por el vestíbulo se paseaba el curioso público; los arcos
de los violines se movían centelleantes al arrancar de las cuerdas las notas de
la "Bailadeira", mientras que el pianista como un poseso, se agitaba
ensimismado al compás de la danza. Tras la gigantescas ventanas, recubiertas
por altos cortinones, se elevaba el ruido de la plaza y se destacaba el
estrépito de los tranvías llenos de gente, que arrastraban por la avenida
inmediata sus ventanillas iluminadas. Me acordé de mi viaje, del Sur, y, no sé
por qué, desde el vestíbulo del cine me pareció imposible que alguna vez
hubiera existido realmente la aldea de Bereznevatka, el cerco del sexto
regimiento y el amanecer sobre Perekop humeante: mirar en ese recuerdo era
terrible, como si se tratara de una tumba abierta por sacrílegas manos. También
los renes parecían correr sacrílegos, tras la felicidad, por aquellos oscuros
campos...
¡También yo habría podido yacer allí, anónimamente!
...Quizá todo ello era fruto de un exceso de
fatiga. Al día siguiente, por la mañana, al emprender el viaje, el andén se
veía tan animado el cielo brillaba con un color azul tan alegre, que casi me
olvidé de todo en seguida. Sabía únicamente que estaba libre; arrojé del
cerebro todas las carpetas con estadísticas e informes y me puse a bailar
mentalmente sobre tanta hojarasca.
El tren de Sebastopol partía a las dos. Me senté en
mi compartimiento y esperé con ociosa curiosidad a que llegaran mis compañeros
de viaje. Los primeros en llegar fueron dos jovencitas, por lo visto de alguna
oficina importante. Las maletas amarillas, los portamantas con iniciales
bordadas y, naturalmente, las flores en la mesita, hacían pensar en una vida
limpia, cómoda, mimada por el corazón amantísimo de las manás. Y ahí estaban
esas mamás al lado del vagón: dos damas del viejo mundo, gordinflona, con el
busto apretado por el corsé, con enormes bolsos laqueados. Balbuceaban:
-¡Escribid, escribid! Zhenechka, al anochecer el
tiempo se pone fresco, ¡no dejes de ponerte la chaqueta! ¡Sonechka, no te
olvides de visitar a Sofía Andréievna, en Yalta!
Zhenechka, desnudos los brazos, besada por las
miradas de los galanes,conun lunar encantador en una mejilla, grita melosa:
-¡Recuérdeselo a Vladímir Alexándrovich!...
Prometió interesarse - y añadió algo más acerca del sindicato, al que había que
comunicar algo, y acerca de Járkov, desde el que sin falta, ¡sin falta!,
mandaría una tarjeta postal.
La segunda doncella es una jugosa gordita con falda
de seda.
¡Oh, de ella saldrá una excelente mamá! Una e esas
buenas mamás de ciudad y casita de campo que siempre van cargadas de bolsas y
paquetes y corren sofocadas par ano llegar tarde al tranvía. Sonechka sólo
movía con movimiento afirmativo su mata de cabellos rubios
-Mamá, no te olvides de dar de comer al Tusk
-gritó, no obstante, también ella.
A las dos les briilan los ojos, como si estuvieran
ebrias. ¡Me imagino las habitaciones que acogerán a estas doncellas! Deben de
ser semejantes a un museo de muebles, lleno de fundas, de repisas, de objetitos
que que conservan el hálito del viejo señoritismo de los funcionarios,
habitaciones del mil novecientos diez al mil novecientos catorce, que han
pasado felizmente por el torbellino de la revolución y han llegado hasta
nuestros días sosegados y sin peligros. Después de esos años terribles, por
primera vez iban a Crimea, como antes.
Llegó un militar, con galones de comandante de
regimiento, un mozo de unos treinta años, con cara de aldeano, algo femenina,
curtida por el viento, que a todo sonreía de antemano con sonrisa bondadosa y
cohibida. Media hora más tarde ya me había enterado de que se llama Grigori
Ivánich, que se preparó para ingresar en la academia, pero le tumbaron en
cultura general, y se está preparando para presentarse otra vez, y ahora
aprobará, seguro que aprobará, a despecho de esas elegantes maletitas y de
todas las mamás del mundo.
-¿También va usted a reponerse? –me preguntó
Grigori Ivánich con amable voz atenorada, poniéndose sobre las rodillas las
enormes manos purpúreas.
-Sí, al Sur. – le respondí, y pensé,contemplándole
con envidiosa admiración: “¡Diablo! Pues sí que necesitas reponerte, tú!”
De pronto, como si respondiera a mi pensamiento, se
sonrió con una sonrisa terrible que le contrajo los pómulos por un instante,
como se sonríen los que han sufrido ciertas duras contusiones:; es una sonrisa
que se ha de disimular, como una lágrima. A través de aquella sonrisa se asomó
la noche de algún combate, una oscuridad dantesca, la muerte como si se
arrastrara por todas partes...
“¡A-ah! – pensé -. ¡Tú también conoces esto!”
Entró, por fin, una pareja, marido y mujer, con
cara de pocos amigos. A juzgar por su aspecto, dolorido y fatigado, el destino
los había arrojado al diablo sabe dónde: a Voronezh, como tenderos; a la caja
de una cooperativa rural; a Moscú, para trabajar en el ferrocarril, y en todas
partes encontraban bajo amenaza de despido y de quedarse sin un céntimo...
Sonaron, gozosas, las últimas campanadas, se agitaron las mamás, con los
pañuelitos en alto, a punto de ser derribadas por las locas carretillas de los
mozos. Ya resuenan con estrépito los vagones, ya nos zambullimos enelvacío
dorado y polvoriento...
-¡Hasta la vista, Moscú!
Grigori Ivánich yyo nos levantamos y miramos por
encima de las cabezas de las doncellas el sinfín de tejados que desfilan ante
nuestros ojos como enselñal de despedida. De pronto veo de reojo que Grigori
Ivánich caza conlos ojos el lunar de Zhenechaka y, desconcertado, se lo está
robando a lo niño, aprisa yamendrentado...
“No vale laa pena, Grigori Ivánich – me apetecía
decirle-. Es gente mimada, encontrarás a su lado habitaciones para ti
incomprensibles, perfumes finos y palabras que te alterarán la imaginación; tú
tienes tus escrúpulos al emprender este Viaje y estás pensando de qué modo
podrás ahorrar unos rublos para mandarlos a tu aldea natal: que tu viejecita
pueda arreglarse la habitación y pasar mejor el invierno. Tu sencillez
campesina le sorprenderá y le aburrirá, Grigori Ivánich...”
Pasamos veloces por los apeaderos de los poblados,
dond emucha gente d ela capital tiene sus casitas de campo para la temporada de
verano, cruzamos los bosques solitarios, húmedos ysombríos, y en todas partes
dejamos una estela de ruidos, de estrépito y de polvo.
Las señoritas están cansadas, se sientan una frente
a la otra, a cada lado de la mesita, y mientras se arreglan el cabello, que el
viento les ha despeinado, nos miran indiferentes. Grigori Ivánich se siente
inspirado, se agacha y saca una tetera de debajo del banco. Pronto llegaremos a
Sérpujov.
Grigori Ivánich extiende la mano sin vacilar hacia
la tetera esmaltad de las señoritas.
-¿Me permiten que les traiga agua también en su
tetera?
Zhenechka se lo queda mirando, sorprendida.
-Por favor...
Cuando el tren se para, las espuelas del comandante
y las teteras resuenan presurosos por el pasillo del vagón. Zhenechka se asoma
a la venta y grita:
-¡Que no le escape el tren”
A mi me da miedo mirar; temo que Grigori Ivánich dé
un traspiés emocionado por tanta felicidad.
Corremos por la llanura que se extiende más allá de
Sérpujov. No falta el blanco resplandor de la luna ni la neblinosa superficie
donde se hunden las pequeñas iglesias de las aldeas, los poblados y los campos
que desaparecen tras la bruma. Mientras bebemos el té, Grigori Ivánich habla
con más aplomo con las jóvenes. Pero yo no tengo ninguna confianza en la
desmesurada atención de Zhenechka ni en la bondadosa sonrisa de sus redondos
ojos. Probablemente, con el mismo sentimiento agita un pañuelito rojo durante
una manifestación y coquetea con el presidente del comité sindical... ¡Oh, la
astuta doncella sabe cómo ha de comportarse con quienes tienen el mando!
También nos enteramos de que Zehnechka y Sonechka van a Alupka y luego a la
costa meridional de Crimea, que alli estuvieron ya cuando aún eran niñas, en el
año catorce;
-¿Te acuerdas, Sonia, de la Puerta de Baidar, en
las montañas de Crimea?
-¡Oh, la puerta de Baidar!... – la rubita fruncipó
el ceño, entusiasmada.
-¿Ustedes van también a Sebastopol? – pregunta
Zhenechka, y mira de frente, tal como mira sentada al pianoi, bajo los flecos
de la pantalla; ¿a cuántos ojos no se habrá dirigido con el mismo juego en la
mirada?
- No, yo paso por Sinferópol. Esa puerta... esa
puerta de Baidar, ya la he visto. Con mi brigada recorrimos todos estos
lugares...
Grigori Ivánich se esfuerza por contar algo
interesante.
-Tengo anotado lo que encontraremos en cada lugar.
¡Es muy intersante! Después de Járkov, se puede comprar pollo asado enlas
estaciones. ¡Podrá comer cuanto quieran! Ja-ja-ja - Grigori Ivánich tenía una
risa amable, ronca, mujeril-. Y después de Melitopol venden gobios fritos, ya
ven, gobios, ¡ja-ja-ja!
No puede estarse quieto en su asiento, estalla de
satisfacción, se dirige a los malhumorados vecinos invitándoles una y otra vez
a beber té.
Estos, al principio, declinan el ofrecimiento, pero
luego sacan de una bolsa grandes potes y, cohibidos, los presentan por turno a
Grigori Ivánich. Este empieza a servir el té, lo vierte pacientemente, hasta
que empieza a dolerle la mano por elesfuerzo de mantener la tetera inclinada.
Pero diríase que los potes no tienen fondo. Grigori Ivánich comienza a sentirse
avergonzado, pero hacer una pausa aún resultaría más vergonzoso, y lo sería
también para la mujer que tiende, confusa, la mano con el pote y que se sonríe
tristemente mostrando sus negros dientes. Después de esta invitación, Grigori
Ivánich permanece callado en su asiento, como si le hubieran escupido la cara;
habría sido mejor que la tierra se lo hubiera tragado.
Al oscurecer llegamos a Tula, la ciudad provinciana
que a aquella hora nos hace guiños con sus numerosas lucecitas. Las dos jóvenes
bajan al andén a respirar el aire fresco a la luz de las farolas, y se pasean
lentamente, como si no nos conocieran. Después de lo que ha pasado con los
potes, Grigori Ivánich no se atreve a acercarse y se queda apartado, en triste
soledad. Yo me siento feliz: por fin, en esta fresca oscuridad, desaparecen
paredes y tabiques, y tras cada una de las estaciones creo ver una ciudad
inmensa, con millares de vidas, cada una de las cuales podría cruzarse con la
mía. Bereznevatka, todavía lejana, más allá de la línea curva y oscura de la
tierra, sigue viva, envuelta en esta brumosa tristeza.
Zhenechka se pone la chaqueta d epunto y se va al
pasillo, donde hay una ventanilla abierta. Allí la noche se va haciendo fría,
desfilan rápidos y sin término bosques maravillosos, y, sin saber cómo, el alma
se pone a cantar por sí sola. ¡Era aquél el lugar a propósito para contemplar
el verdadero rostro de la doncella, lleno de juvenil confusión! Pero Grigori
Ivánich no está, da rienda suelta a su congoja hablando en algún otro
compartimiento. En una parada se detiene bajo la ventanilla un joven bien
afeitado que viaja en primera clase. Viste con elegancia: probablemente levanta
hasta Zhenechka sus ojos profundos, sumidos en la penumbra, y se pone a cantar
una canción maravillosa. Ustedes ya conocen esta canción, al pie de una
ventanilla. Susurran los árboles y alguien pasa con su sorprendente alegría por
delante de ustedes, en medio de la noche. ¡Pobre Grigori Ivánich! Avanza
solemnemente por el pasillo del vagón, sofocado; probablemente ha tenido el
tiempo justo de subir, estando ya el tren en marcha; lleva bajo los brazos dos
enormes sandías.
-¡Qué me dicen de estas sandías! – nos grita; sin
poder contenerse suelta otra vez su ronca carcajada, y sin soltar las sandías
se deja caer sobre el asiento con todo el peso de su cuerpo.
-¡Ciudadana! ¡No sé cuáles son su nombre y
patronímico! ¡Ahí, en la ventanilla, le entrará polvo en los ojos! ¡Mire, qué
dos ejemplares he comprado por veinte kopeks!
Zhenechka vuelve a la luz con ojos sombríos,
todavía soñadores, y mueve la cabeza: no, no quiere, se nota frío... Y se
estremece como si tiritara.
-Sonia, ¿ya quieres echarte a dormir?
Mas en Grigori Ivánich se despierta un ansia
misteriosa, y él no está dispuesto a rendirse por nada del mundo.
-¡Mire qué sandía! – chilla entusiasmado.
De pronto le da un golpe seco sobre la rodilla. La
sandía se parte por la mitad, con crujido jugoso y maduro, y ofrece su pulpa
desgarrada, roja, azucaradísima. Con la punta del cuchillo, Grigori Ivánich
tiende el mejor pedazo a Zhenechka.
-¡Ciudadana!...
Y nos reparte la sandía entre todos, como si
repartiera felicidad. Zhenechka, después de unas tontas carcajadas, no puede no
aceptar. También toma sandía la ceremoniosa gordita, y la tomamos nosotros, la
pareja malhumorada y yo. Todos comemos el fruto agradable, que huele a nieve
derretida en primavera. Grigori Ivánich harto de permanecer callado, habla y
ríe por cinco.
-El tren se para entre huertos sumidos en la
oscuridad de la noche.
También yo bajo al andén. A la luz mortecina de los
faroles, encuentro elnombre de la estación. En otro tiempo pasaron por aquí
Denkin y Mámontov y trepidaron nuestros trenes. Me puse de espaldas a la luz,
entorné los ojos y quise representarme las cosas tal como fueron: los cristales
rotos, la luz oscilante de una lámpara de petróleo en la pequeña sala donde los
combatientes, greñudos y piojosos, se echaban al suelo recogiendo los fusiles
bajo sus cuerpos, esperando el momento de emprender la marcha hacia Moscú; el
bramido de las locomotoras, amenazadas de muerte. Pero me resultaba imposible
evocar nítidamente el pasado; el frío se apoderaba de mí, como una corriente de
agua; en los sombríos huertos, las hojas se agitaban ruidosamente, con ruido
denso y juvenil Qué delicia, dejarse caer sobre la hierba y dormir acariciado
por el viento de la estepa...
Reconocí de lejos a Grigori Ivánich. Se dirigía al
vagón saltando de júbilo, apretando contra el vientre una monstruosa sandía.
Casi tropezamos al pie del estribo, pero él cedió el paso apartándose hacia un
lado; parecía como si mirara bajo el vagón, inclinando la cabeza.
En el oscuro compartimiento donde nuestros
compañeros de viaje ya estaban durmiendo, me tocó el hombro.
-¡Qué pena! He llegado tarde, y la sandía es
riquísima, ¿quiere? – Y me preguntó en voz muy baja, turbado -. ¿Qué he de
hacer con mis botas altas, por la noche? Los pies me huelen...
-Vaya tontería – le respondí.
Pero así se acostó, como un mártir, con los pies
enfundados en las pesadas botas, sacándolos por el extremo de la litera.
Me quedé solo. El tren, ululando, avanzaba
siguiendo las huellas de Mámontov. Se me apareció un campo oscuro, que se
arrastró, como una nube, extendiéndose por caminos, ciudades y sueños.
Los amarillentos rastrojos se extendían por
centenares de verstas, hasta perderse en el horizonte; se acababa de recoger la
cosecha, rumorosa como las aguas de un río; las estaciones, ocupadas por los
bandidos, estaban rodeadas de álamos y de arbustos; por los andenes aparecían
mujeres descalzas con comida, tarros de leche cuajada, sandías, con la riqueza
de aquellas aldeas y huertos; las mujeres tenían las caras sonrosadas, como las
ciruelas; lucía el sol sobre las estaciones y sobre los caminos por donde no
hacía mucho los más famosos atamanes de bandidos habían pasado despistando a
los destacamentos de castigo... Por el blando polvo de un camino, unos bueyes
somnolientos arrastran un carro cargado de hierba y un joven desmovilizado, con
su guerrera desteñida, va echado encima de la hierba, mirando con ojos
inexpresivos y ahitos el tren que corre por la línea férrea; en las zanjas,
hacia las que se inclinan las viejas estacas con alambre espinoso comido por la
herrumbre, han crecido espesas las hierbas, sobre todo las matas de lampazo y
de ortigas, formando un entretejido por el que cloquean las gallinas.
Todo volvió a brotar en aquella ubérrima tierra,
rica y provinciana. Otra vez comimos sandía en nuestro compartimiento y pollos
asados a buen precio, no lejos de Járkov, a pesar de que ya no me apetecía ni
comerlos ni siquiera mirarlos, y bebimos té que Grigori Ivánich nos ofrecía de
su tetera sin cesar. El buen comandante no se apartaba de las jóvenes, hacía
resonar las espuelas con acento protector, y se ofreció para acompañarlas hasta
el buzón de correos en Járkov. Al pasear al lado Grigori Ivánich, Zhenechka no
hacía sino reír, reía a carcajadas y dirigía miradas juguetonas a la ventanilla
del vagón de primera clase.
También yo me divertía a costa de Grigori Ivánich.
¡No quiso hacerme caso! Aunque... él no estaba. ¿Acaso era el auténtico Grigori
Ivánich el que se reía con voz ronca y hacía sonar las espuelas?
Saliendo precisamente de estas tierras ubérrimas y
provincianas, entró en nuestro compartimiento una nueva familia en sustitución
de los malhumorados pasajeros que desaparecieron imperceptiblemente en Járkov.
La mujer, robusta y enojada, llevaba un niño de pecho, el marido, un mozo de
ojos negros, pareciendo a un gitano, la seguía llevando de la mano a una niña
de cuatro años. Metieron en el compartimiento cestos, sacos, mantas; en seguida
los bártulos y el llanto de la criatura tomaron posesión de la litera de la
jovencita rubia. La mujer, sin sentirse cohibida en lo más mínimo, se
desabrochó la blusa y presentó su abultado seno al niño. En todas las paradas,
el marido bajaba solícito en busca de algo para comer y de agua hirviendo. Yo
tenía la impresión de haber visto ya a ese hombre pacífico, que atendía a toda
su familia sin chistar, sumiso.
Las dos jóvenes pusieron mala cara, se encogieron
de hombros y contrajeron los labios con un leve rictus de mordacidad. Las
señoritas estaban descontentas.
La verdad era que cayeron por el suelo cortezas de
sandía, e incluso trozos de pulpa y algo a medio masticar; bajo los pies se
formó una capa viscosa y sucia por la que saltaba a placer la niña de cuatro
años, con una gran tajada de sandía en la mano. Esa misma niña se las arregló
para verter bajo la rubia gordita el agua caliente de la tetera.
La joven rubia protestó:
-Esto no se puede tolerar; no lo comprendo... lo
ensucian todo, lo meten todos patas arriba, mancha la ropa a la gente. Me voy a
quejar.
La matrona siguió acunando al crío, sin hacer el
menor caso a las lamentaciones de la joven; ni siquiera le dirigió la mirada.
-Ciudadana - le dije, creyéndome en el deber de
intervenir - La van a multar. ¡Mire lo que ha hecho usted en el compartimiento!
Por fin rompió su irritado silencio.
-¿Y qué? ¡Qué me multen! - gritó -. ¿No ven ustedes
que viajo con niños? si viajar aquí es incómodo, vayan a primera clase. ¡Viaja
cada tipo!
El marido estaba de pie, apoyado de codos en la
litera superior, y se limitaba a sonreír. No estaba claro si aquello era
insolencia o simplicidad. Le miré, serio. En respuesta él continuó sonriendo
bondadosamente, con aquella sonrisa que yo creía recordar como si la hubiera
visto hacía mucho tiempo en un momento de peligro. repliqué a la mujer:
-Ciudadana, no somos tipos, sino unos empleados del
Estado. Téngalo en cuenta.
-¡Y ustedes solos han ocupado todo el asiento
inferior! - gritó otra vez entre lágrimas la joven rubia, a la vez que se
sacudía la falda mojada.
No me hacía ninguna gracia aquella disputa que se
iniciaba, y salí del compartimiento. No sé cuántas horas permanecí de pie ante
la ventanilla de la plataforma.
Se sucedían los campos solitarios. Las líneas
azulinas de unos montes se elevaban en la lejanía, en una zona sumida en blanco
resplandor. Parecía que el ejército de algún cuento fantástico pasaba por
aquella carcova hacia el amanecer; los rostros de los soldados eran sonrosados,
debido a la luz del sol, aún invisible. Aquello era el primer hálito de
Bereznevatka, de la tierra que había acogido en su seno a trescientos camaradas
a quienes conocía sin excepción. El tren debía cruzar por la noche esa tierra
llevando ya apagadas las luces de sus compartimientos.
...Por la noche -hacía poco de ello- había habido
alarma.
En el trayecto comprendido entre Serebrianoe y
Bereznevatka apareció una banda, y la noche anterior asaltó al expreso. Por
esto, en una de las estaciones subió a nuestro tren un destacamento de guardia
armada. Corrió por el vagón el soplo de una tempestad ya olvidada, algo del año
mil novecientos diecinueve. Los pasajeros formaron grupos en los
compartimientos mal alumbrados; los jóvenes se reían; un ciudadano con barba y
lentes, que ocupaba una litera superior, se inquietaba:¡Vaya usted a saber! A
lo mejor se han escondido ya en algún lugar bien elegido y se preparan de
antemano..." "Debes de llevar la bolsa muy repleta, si sientes tanto
miedo", le dijo, tomándole el pelo, un joven patizambo que llevaba
pantalones de montar.
En nuestro compartimiento encendimos un cabo de
vela, y la matrona, de nuevo, acunó a su criaturita sin parar mientes en nadie.
¡Que noches más opacas le quedaban a ella en la vida! El mozo, con la misma
solicitud dio de cenar a todos los suyos, preparó las camas, fue por agua. Yo
me sofocaba entre ellos.
La noche era oscura, una auténtica noche de
bandidos. La gente se apresuró a acostarse, para olvidar la alarma, para
despertarse cuanto antes al amanecer. La rubia solitaria se destacaba
voluminosa y enojada en la segunda litera, interceptando todo el compartimiento
con sus anchas caderas maternales. No tenía yo con quien pasar aquella noche.
Necesitaba hallar a Grigori Ivánich. El tren corría
por una pendiente y me hacía tambalear por el pasillo. La puerta de la
plataforma se me abrió, dejando entrar en el vagón una ráfaga de viento y de
frío. El estaba allí, pero no se encontraba solo. Estaban los dos de pie,
inclinados enel ángulo que seguía a la ventanilla en la feliz estrechez de la
oscuridad.
De momento no lo comprendí. Naturalmente, aquello
se debía a que Zenechka temía de verdad a los bandidos: entonces necesitaba la
poderosa fuerza tranquilizadora de alguien. ¿Qué otra cosa hubiera podido
impulsarla, de pronto, hacia un muiik?
-La estación está más lejos, ya se le enseñaré... -
decía Grigori Ivánich, y su voz era la del Grigori Ivánich que yo esperaba -.
Ya ve usted, estoy vivo, y me voy a una casa de descanso. Y quién sabe,quizá
dentro de tres años volveré a pasar por aquí y ya no podré reconocer nada, y ya
sabré dos idiomas...
-Cuénteme más cosas... -oí que pedía en voz baja
Zenechka, o decía alguna otra cosa con humildad.
No me habían visto; cerré la portezuela
sigilosamente...
No sé por qué, me sentí invadido entonces por una
profunda tristeza. Quizá porque no llegaba a adivinar nada y la vida pisoteaba
con facilidad mis endebles pensamientos; quizá porque a mí mismo me habría
gustado caminar por la vida como vencedor.
Volví al compartimiento, a mi rinconcito, en un
extremo del banco, y me adormilé. Todos dormían. Dormía también el obediente
mozo, sentado delante de mí, inclinaba la cabeza sobre una barra de hierro.
Faltaba poco para llegar a Bereznevatka. ¿A
Berenevatka? ¿Así, pues, existía de verdad en la tierra?
...A medianoche, una patrulla armada pasó para
comprobar la documentación.
Los vacilantes reflejos del farol irrumpían a
medias en las conciencias dormidas de los pasajeros. El mozo también se
despertó con dificultad, me pidió fuego y empezó a hurgar parsimoniosamente en
los bolsillos.
-De momento aquí tenéis el carnet del partido -
dijo por fin -; ahora buscaré el pasaporte.
Dos de las patrullas, frente contra frente,
examinaron el documento a la luz del farol.
-Es suficiente - dijeron con grave deferencia.
Volvimos a quedar solos en el silencio dormido,
monótono y raudo. Sentí que los ojos del pasajero, sentado delante de mí, me
llamaban.
-Camarada - me dijo de pronto a media voz,
inclinándose-. Quisiera disculparme por lo que ha pasado esta tarde, por mi
mujer. Está un poco... así - se rió bondadosamente -. Sufre de los nervios,
¿sabe?: Perdió la salud en el trabajo clandestino.
Me quedé un poco sorprendido, pero me apresuré a
tranquilizarle diciéndole que ya estaba todo olvidado. Por lo visto, él deseaba
charlar. recordó a los bandidos. Yo le dije que conocía muy bien aquellos
lugares, que pronto llegaríamos a una cuestecita frente a Bereznevatka y que el
tren pasaría por una hondonada que es el lugar más a propósito para el ataque.
Yo estuve aquí con el sexto ejército que rompió las fortificaciones de Perekop.
Mi compañero de viaje se alegró.
-Lo sé, lo sé. Luego entró en Crimea, yo soy
natural de estos lugares.
El mozo me citó el nombre de algunas personas del
Estado Mayor del ejército, de la sección especial y de algunos jefes de
división. Mi apellido no lo recordaba.
-Quizá haya oído hablar de mí. Soy Yákovlev, el
guerrillero. Nos unimos al sexto ejército, cerca de Sinferópot.
Un escalofrío me recorrió la espalda. ¡Aquél mozo
era Yákovlev? Sí, claro, lo recuerdo. Una vez, en la compañía de exploradores
de la división contemplamos con ávida curiosidad la fotografía de este hombre
poco agraciado, que jugaba con la horca, jefe de un ejército que se movía por
la retaguardia de Wrangel sin que nunca había oído hablar de él y de su marcha
legendaria por las cimas invernales de Yaila, por senderos helados, conocidos
únicamente de las fieras? A su hermano lo ahorcaron en Sebastopol.
-Lo más duro fue el invierno, pero a pesar de todo
nos escabullimos. Nos escondimos en una cueva,no lejos de Baidar. La que es
ahora mi mujer, nos mantenía en relación con el comité de Sebastopol.
Yo escuchaba a aquel hombre con salvaje emoción. La
noche del tren ya no existía, Bereznevatkame rodeaba con sus tierras y sus
espectros. Me contó aún que había sido jefe de las milicias del orden público
en el partido judicial de Kupianks, y que iba trasladado a su tierra natal,
cerca de Yalta; que él y su mujer habían elegido adrede el camino por
Sebastopol y Baidar. El zumbido del tren comenzó a resonar como música potente
y triste. Entre sueños vi llegar a Grigori Ivánich de puntillas, y se volvió a
marchar una vez hubo alcanzado su capote; probablemente abrigaba ahí, junto ala
ventanilla, unos hombros sumisos.
Entre sueños vi emerger en la noche un edificio
bajo, moteado de lucecitas inquietas, y reconocí la estación de Bereznevatka.
Soñé que entraba corriendo en la sala cubierta de
escupitajos, donde había un diván barnizado lleno de agujeros; unos soldados
estaban de pie junto ala manivela del teléfono, todos con fusil. En la estancia
contigua, otros soldados arrastraban los pies y gritaban airados, como antes de
lanzarse a un progrom. Entré en el cuarto donde estaba el telégrafo: allí
permanecía el armenio de nariz corva, como la de un grajo, dando golpecitos con
el dedo en el Hughes, con mucho celo, para demostrarme que el alma se le iba
tras esas clavijas de hueso.
-No hay enlace - me dijo.
Ni lo habrá - le respondí -. Nos replegamos.
Galopé tras el batallón que se retiraba por la
corcova de la montaña, huyendo de la catástrofe. Los rostros de los
combatientes eran sombríos y a la vez estaban sonrosados por la luz del sol, de
un sol frío, que alumbraba los campos de la muerte.
-¿Dónde está el destacamento del comandante? -
pregunté -. Su jefe era mi hermano.
Nadie supo contestarme. Abajo, tras los setos,
sostenían el fuego unos batallones, los batallones predestinados a sucumbir.
Pasé a caballo frente a los soldados echados de cara al suelo, semejantes
amontones de trapos, todavía vivos, tenaces, ignorantes aún de lo que ocurría.
Mi hermano se levantó y se dirigió corriendo hacia un seto, se apoyó en él con
las manos para saltarlo.
-¡Alexéi! - le grité -. ¡No es por ahí, Alexéi!
No volvió la cabeza y quedó extendido sobre el
seto, como estaba. Llegué hasta allí y le quité la gorra; los cabellos de la
nuca se le habían pegado con la roja sangre gelatinosa; por debajo de los
cabellos se abría un amplio orificio.
El tren rodó por encima de tumbas que nunca he
visto; todos dormían acunados por el movimiento de los vagones. también yo
dormí.
Pasado Perekov y el Sivash, amanece. se extiende
por una llanura sin riberas una cálida hierba seca; vuelan los pájaros.
Probablemente ven las montañas y el paraíso azul en la otra vertiente. El sol
lanza de pronto sus rayos sobre nuestro ten en Dzhankoi. Las paredes de la
estación empiezan a brillar, de repente, como al mediodía. En el asfalto del
andén se extiende una abundante sombra negra. Parece que la han regado con
agua. En la sombra venden rosas. ¡Sí, estamos frente a las puertas del paraíso
azul! Otra vez penetramos en la cálida estepa gris. Allí el viento, incluso el
de la mañana, sopla siempre desde tierras incandescentes. Este viento impulsa a
sacar los brazos por la ventanilla, apoyar la mejilla en el marco, a soñar y a
dejar que cante el alma... Yo percibo en mí mismo, emocionado, el paso de la
noche, aguzo el oído, pero por de pronto no existe sino la velocidad que nos
acuna.
No lo creo: aún va a salir de algún rincón oscuro,
aún va cernerse sobre el mundo alguna aciaga sombra...
Se despiertan los niños, se dejan oír bajo nuestras
literas; los Yákovlev empiezan su trajín...
-¡Es el Chatir-Dag! - exclaman entusiasmadas las
jóvenes y se asoman a mi ventana con grandes muestras de admiración, hasta el
punto de apretar contra mí, sin darse cuenta, el suave calor de sus muelles
senos. Tras ellas aparece la cara sonriente, sonrosada, matinal, de Grigori
Ivánich.
-¿Falta mucho para llegar a Sinferópol? - me
pregunta disimuladamente.
-Cerca de una hora.
El pobrecito tendrá que despedirse pronto de
nosotros.
En una parada,el camarada Yákovlev, jefe de un
ejército de guerrilleros, recorre los puestos de fruta y vuelve co la gorra
llena de enormes ciruelas violáceas y un gran paquete de uvas. Las golosinas se
colocan en la falda de la mujer, maternalmente extendida entre las rodillas, y
de allí las toman todos los miembros de la familia, que comen sin prisas y en
silencio. Por entre los extremos de las mantas que cuelgan frente a la
ventanilla, se ve salir una montaña caliza azulada, una tierra deslumbrante:
Crimea. Todos hemos olvidado ya hace mucho a los bandidos y a la noche. El sol
entra a raudales en el vagón, el calor es sofocante, los hombres se abanican
sin energía, con los cuellos de las camisas desbrochados: mejor sería
arrancarlos por completo.
En Sinferópol, Grigori Ivánich desaparece. Su ropa
de cama se halla cuidadosamente atada con unas correas y está en un extremo de
la litera, junto con la maleta. Desde el pasillo veo el cuello desnudo y la
delgada espalda de Zhenechka, que lleva un aéreo vestidito de percal, con los
brazos al aire, inclinados sobre el indócil peinado. Discute ofendida con su
rubia amiga.
-¡Sonechka, querida, sé perfectamente lo que me
hago, y te ruego, por Dios, que no me vengas con sermones!
Grigori Ivánich regresa muy turbado antes de la
última señal de partida.
-He tomado billete hasta Sebastopol - dice
sonriéndose, como si hubiera cometido alguna travesura -. La verdad es que
quiero contemplar esa puerta de Baidar, esa maravilla.
La rubia le pinchó, celosa e irritada:
-¿Pero, no dijo usted que ya la había visto?
-Se trata de otro lugar. El nombre es muy parecido
- responde Grigori Ivánich, desconcertado -. Se me olvidaba. Es otro lugar.
Los pétreos desfiladeros se elevan hasta el cielo,
a un lado y a otro del ferrocarril. El cálido y festivo mediodía queda prendido
en su lejana altura - parece cercenada - cubierta de hierba. Los túneles
retumban como alegres instantes de la noche, y, cada vez que se entra en ellos,
de las tinieblas del pasillo llega la cosquilleante sonrisa de las jóvenes. En
el andén ya dan probablemente la seña: llega el tren de plazas reservadas
Moscú-Sebastopol. ¡Allí está el fin soleado del camino, en el que tantas veces
se ha soñado! El tren lanza gritos de alegría con toda la fuerza de sus
pulmones de hierro, y con alborozado entusiasmo se adentra por el laberinto de
vías y coches de la última estación.
Las manchas de luz juguetean en las puertas
barnizadas, en el asfalto de la sala vacía, de ventanas con cortinones, al otro
lado de la cual se ve arder la salida a la plazoleta de la estación bañada de
sol. Allí, todo queda recalentado por los rayos solares y se piensa en las olas
enormes, que se deshacen en la orilla.
Esperamos el automóvil de doce plazas que ha de
llevarnos a nuestro punto de destino; lo esperamos sentados en nuestros
bártulos, como refugiados. Por todas partes, desde los carteles de propaganda,
se derrama Crimea: las leyendas de los blancos muros destacados sobre un fondo
de añil; la sombra crepuscular de los palacios, tras los cuales se extienden el
mar y las flores de la tierra ardiente. De esos paraje van llegando hasta
nosotros automóviles con personas que tomarán el tren de la noche, personas apresuradas,
curtidas por el sol y el aire, con el polvo de la rocosa costa en el rostro.
¡Qué acongojadora impresión, la que producen! ¡Ya tienen que alejarse del mar!
El camarada Yákovlev habla conmigo como con un
antiguo conocido, mientras su mujer cambia de ropa a las criaturas. Hace tiempo
que soñaba con trasladarse a Crimea. Aquí encuentra el aire de la tierra natal,
aquí los hijos se criarán, y el servicio en las milicias del orden público no
fatiga. ¡Qué acontecimientos pueden producirse aquí! Y tanto él como su mujer
han de ocuparse de su instrucción. Ya hace tiempo que deberían de haber
empezado.
-Hoy vamos a ver su cueva - le digo con fingida
indiferencia.
Del modo que me mire y responda depende algo que me
acongoja. El mozo se sonríe por encima de mi cabeza, mirando al cielo.
Y no dice nada.
En el automóvil, la rubia y yo nos acomodamos en
lso asientos delanteros. Me habría gustado ver a todos los pasajeros ante mí.
Pero no importa, ahora puedo verles el rostro cuando me haga falta.
La rubia, en seguida, se muestra simpática e
incluso le alegra ver las calvas montañitas de las afueras de la ciudad.
-Es magnífico, es maravilloso - musita; sus carnes
se agitan aparatosamente al compás del motor.
Nuestro automóvil corre por el húmedo valle de
Balaklava. sobre él se cierne una nubecita, las aldeas de la derecha se hallan
sumidas en la penumbra de la frondosa vegetación. Allí es donde se encuentra el
paraíso azul. Subimos en espiral. El chofer cambia de marcha, el motor rechina
acongojado, como si la altitud le afectara también el corazón. Las cimas de las
montañas se van acercando cada vez más con sus vertientes calizas, grises y
rizosas. Ya no es posible subir más: a nuestros pies tenemos el aire, matas de
arbustos,y largos valles en profundidades que provocan el vértigo. Ahora mismo
doblamos hacia allí.
-¡A-ah! - grita bromeando desde los asientos
posteriores Grigori Ivánich, si bien algo asustado.
Bajamos en el vacío, silbaban las ramas de los
arbustos, falta aire en los pulmones. Vuelvo la cabeza, Zhenechka se estrecha
contra Grigori Ivánich agarrándole del brazo, indefensa, olvidadas todas las
habitaciones y todas las mamás. Los ojos de Grigori Ivánich se encuentran con
los míos, pero no ven nada, rebosantes de felicidad.
Descansamos en Baidar. Huele a noche cercana,
llovizna un poquito, después de lo cual aparecen el sol y el viento sobre los
pinos de las alturas. Parece que nuestro viaje no tiene fin... como en sueños.
Sí, en sueños. Ahí está el desfiladero por donde en
otro tiempo pasaron los guerrilleros. Una vuelta más de la carretera, y unos
ojos adivinarán y se clavarán en la sombría hendidura debajo de los pinos en la
verde sima cortada a pico. Ya aparece la parte posterior de las montañas; por
la otra vertiente, los arbustos azules descienden al sesgo. He ahí bruma del
vacío al borde de la carretera. Yo también espero: percibo a mi espalda la
angustia ajena, la percibo repentinamente, como si fuera un cuchillo. Siento
que una luz triunfante y terrible, venida del pasado, brilla de repente de otro
modo y muestra la vida con otra faceta. ¿Pero, quizá sólo me lo ha parecido a
mí? Vuelvo la cabeza para mirar los rostros, conturbados de dos personas. Los
busco, pero en vez de esos rostros veo a Grigori Ivánich, con la sonrisa
horrible que le desfigura la cara; veo decenas de ojos que se asustan y de
pronto se vuelven azules.
¡Bajamos ala puerta de Baidar! Las paredes de las
montañas se abren de par en par. El chofer nos gasta una broma y lleva el coche
sobre el borde del precipicio, junto al vacío, que obliga al corazón a
encogerse. Ni ante nosotros, ni debajo de nosotros, vemos nada que no sea el
cielo y el oscilante color azul que cruz, triunfante, por todo el mundo.
Es el mar.
En el automóvil chillan, balbucean, se agitan. La
rubia es la primera en bajar, como un fardo, al suelo y corre con pasos
diminutos hacia el abismo.
-¡Cuánta belleza!... ¡Dios mío, cuánta belleza!...
Grigori Ivánich mira con pícaros ojos, saca el
revólver del bolsillo y miente diciendo que acaba de ver una zorra en el
barranco.
-¡No dispare, no dispare! - le grita Zhénechka, que
echa a correr tras él carretera abajo.
He de ver inmediatamente a los camaradas Yákovlev.
Oigo que ella pregunta al chofer, ami espalda, si tendrá tiempo de dar el pecho
ala criatura: "Sí, tiene tiempo", le responde el chofer. Pero no
puedo apartar la vista de aquel mundo, de infinita belleza, que acaba de surgir
ante nosotros. El mar llega de lejanías remotas; del mismo modo llegaba ayer,
cuando nosotros no lo veíamos, como hace mil años, siempre portador del mismo
silencio salvaje y bullente. En la sima verde, bajo nuestros pies, parece que
se divisan ciudades y un monasterio. Focos se ve como esculpido en la cima
mortal de una pétrea aguja. Centellea el raudo vuelo de la golondrina... Y a
pesar de todo, yo he de verlos.
...Veo la nuca de la mujer, cuidadosamente
inclinada, y sus tiernos cabellos despeinados, que le caen sobre el cuello. En
la montaña hace frío; la mujer lleva sobre las espaldas un abrigo hecho de un
capote, abrigo en cuyos pliegues se conserva el hálito de años tumultuosos e
inolvidables. El mozo está de pie a su lado. Con las manos en los bolsillos, le
mira atentamente el pecho. Al mirar, bajo las pestañas en cariñoso semicírculo.
La luz y el sosiego del mar se reflejan en ellas.
Volví la cabeza y contemplé el milagro infinito
creado por la vida, hecho con las piedras y el agua de la eternidad. La gordita
con su falda de seda,estaba intranquila junto al automóvil y preguntaba a todos
por Zhenechka. ¿Pero a quién importaba nada Zhenechka? Sólo yo veía que Grigori
Ivánich corría hacia abajo, entre los arbustos, al borde del abismo y, riendo,
llevaba en brazos a la joven.
FIN

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