© Libro N° 12958. ¿Por Qué, Cariño? Carver, Raymond. Emancipación.
Septiembre 14 de 2024
Título original: ©
¿Por Qué, Cariño? Raymond Carver
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Original: © ¿Por Qué,
Cariño? Raymond Carver
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© Edición,
reedición y Colección Biblioteca
Emancipación:
Guillermo Molina Miranda
Raymond Carver
¿Por Qué,
Cariño?
Raymond
Carver
Raymond
Carver
(Clatskanie,
Oregon, 1938 - Port Angeles, Washington, 1988)
¿Por Qué,
Cariño?
(“Why,
Honey?”)
Originalmente
publicado en Sou’wester (1972)
Will You
Please Be Quiet, Please? (1976)
Where I’m
Calling From (1988)
Collected
Stories (2009)
Muy señor mío:
Me sorprendió tanto recibir su carta
preguntándome por mi hijo… ¿Cómo ha dado conmigo? Me vine a vivir aquí hace
años, justo después de que empezara a suceder todo aquello. Aquí nadie sabe
quién soy, pero de todas formas tengo miedo. Y de quien tengo miedo es de él.
Cuando miro el periódico me tiemblan las manos y me pongo a pensar. Leo lo que
escriben sobre él y me pregunto si ese hombre es realmente mi hijo, si de
verdad está haciendo todas esas cosas.
Era un buen chico, si dejamos aparte sus
arrebatos y el hecho de que nunca dijera la verdad. No sé por qué razón. Todo
empezó un verano, hacia el cuatro de julio, cuando él tenía unos quince años.
Nos desapareció Trudy, la gata, y no la vimos ni aquella noche ni al día
siguiente. Mrs. Cooper, la vecina de atrás, vino al día siguiente por la noche
a decirme que Trudy se había arrastrado hasta su jardín aquella tarde,
agonizando. Y que estaba muerta. Estaba destrozada, me dijo, pero aun así pudo
reconocerla. Y que la había enterrado.
¿Destrozada?, dije. ¿Qué quiere decir?
Mr. Cooper había visto a dos chicos
metiéndole petardos por las orejas y en… ya sabe dónde. Trató de detenerlos,
pero escaparon corriendo.
¿Quién, quién estaba haciéndole eso a
Trudy? ¿Mr. Cooper vio quiénes eran?
Mr. Cooper no conocía al otro chico,
pero uno de ellos salió corriendo en esta dirección, y Mr. Cooper creía que era
mi hijo.
Yo negué con la cabeza. No, era
imposible, él jamás haría algo semejante, él quería a Trudy, Trudy llevaba años
con nosotros. No, no podía ser mi hijo.
Aquella noche le conté a mi hijo lo de
Trudy, y él se mostró sorprendido y afectado, y dijo que deberíamos ofrecer una
recompensa. Escribió a máquina una nota y prometió ponerla en el tablón de la
escuela. Pero cuando aquella noche se iba a su cuarto me dijo no te lo tomes
tan a pecho, mamá, Trudy era vieja, en años de gato tendría unos sesenta y
cinco o setenta, una vida muy larga.
Se puso a trabajar las tardes y los
sábados en el almacén de Hartley’s. Una amiga mía que trabajaba allí, Betty
Wilks, me habló acerca del empleo y me prometió recomendarle. Se lo dije a él
aquella noche, y él me dijo que estupendo, que era difícil para la gente joven
encontrar trabajo.
La noche en que iba a volver con su
primera paga le preparé su cena preferida, y cuando llegó a casa se encontró
con todo listo sobre la mesa. Aquí está el hombre de la casa, le dije,
abrazándolo. Estoy tan orgullosa, ¿cuánto has cobrado, cariño? Ochenta dólares,
dijo. Me dejó pasmada. Es maravilloso, cariño, no me lo puedo ni creer. Estoy
muerto de hambre, dijo, vamos a comer.
Me sentía feliz, pero no acababa de
comprenderlo: era más de lo que yo ganaba.
Cuando fui a hacer la colada encontré en
su bolsillo la matriz del talón de Hartley’s. Eran veintiocho dólares, y él me
había dicho ochenta. ¿Por qué no me había contado la verdad? No lograba
entenderlo.
Le preguntaba ¿dónde estuviste anoche,
cariño? En el cine, respondía. Y luego me enteraba de que había ido al baile de
la escuela o de que había pasado la tarde dando vueltas en el coche de un
amigo. ¿Qué más le dará decir la verdad?, pensaba yo. ¿Por qué no es sincero?
¿Qué razón hay para mentirle a su madre?
Recuerdo una vez que se suponía que
volvía de una excursión al campo, y yo le pregunté si habían visto algo
interesante en la excursión. Se encogió de hombros y me dijo que formaciones de
tierra, rocas y cenizas volcánicas, y que les habían enseñado dónde había
habido un gran lago un millón de años atrás, y que ahora no era más que un
desierto. Me miró a los ojos y siguió hablando. Al día siguiente recibí una
nota de la escuela pidiendo mi autorización para una excursión al campo; si
autorizaba a mi hijo para que fuera.
Hacia finales de su último año en la
escuela se compró un coche y se pasaba el día fuera de casa. Yo estaba
preocupada por sus notas, pero él se reía. Sabrá usted que era un excelente
estudiante: si sabe algo de él, seguro que no lo ignora. Y luego se compró una
escopeta y un cuchillo de caza.
Yo detestaba ver aquellas cosas en la
casa, y se lo dije. Se rió, siempre tenía una risa para todo. Me dijo que
guardaría la escopeta y el cuchillo en el maletero del coche, que además allí
los tendría más a mano.
Un sábado no vino a dormir a casa. Me
preocupé terriblemente. A la mañana siguiente, hacia las diez, entró en casa y
me pidió que le preparara el desayuno, que se le había abierto el apetito
cazando, que sentía mucho no haber vuelto en toda la noche, que había tenido
que ir muy lejos en el coche para llegar al sitio de la caza. La cosa me sonó
extraña. Y él estaba nervioso.
¿Adonde fuiste?
Hasta Wenas. Disparamos unos cuantos
tiros.
¿Con quién estuviste, cariño?
Con Fred.
¿Con Fred?
Se quedó con la mirada fija y no dijo
nada más.
Al domingo siguiente entré de puntillas
en su cuarto a coger las llaves del coche. Me había prometido que al volver del
trabajo la noche anterior compraría unas cosas para el desayuno, y pensé que
quizá las había dejado en el coche. Vi sus zapatos nuevos sobresaliendo de
debajo de la cama y cubiertos de barro y arena. Abrió los ojos.
Cariño, ¿qué ha pasado con tus zapatos?
Míralos.
Me quedé sin gasolina, y tuve que ir
hasta una gasolinera. Se incorporó en la cama. Además, ¿a ti qué te importa?
Soy tu madre.
Mientras estaba en la ducha cogí las
llaves y fui hasta el coche. Abrí el maletero. No encontré las cosas del
supermercado. Vi la escopeta sobre una colcha y el cuchillo y una de sus
camisas hecha un ovillo, y la extendí y vi que estaba llena de sangre. Húmeda
aún. La solté y se me cayó de las manos. Cerré el maletero y volví hacia casa y
le vi en la ventana mirándome, y luego me abrió la puerta.
Se me olvidó contártelo, dijo. Me estuvo
sangrando la nariz de mala manera. No sé si se podrá lavar esa camisa. Tírala,
dijo, y sonrió.
Unos días después le pregunté qué tal le
iba en el trabajo. Muy bien, me dijo. Dijo que le habían subido el sueldo. Pero
me encontré con Betty Wilks en la calle y me dijo que en Hartley’s todos
sentían mucho que mi hijo se hubiera ido, que todo el mundo le apreciaba, dijo
Betty Wilks.
Dos noches después estaba yo en la cama
sin poder dormir. Con la mirada fija en el techo. Oí que el coche subía hasta
la entrada, y escuché y oí cómo abría la puerta con la llave y entraba y pasaba
por la cocina y por el pasillo y entraba en su cuarto y cerraba la puerta. Me
levanté. Vi luz por debajo de la puerta, toqué y entreabrí la puerta y le dije:
¿Te apetece una taza de té calentito, cariño? No puedo dormir. Estaba inclinado
sobre la cómoda, y cerró un cajón de golpe y se volvió y me gritó: ¡Fuera!
¡Fuera de aquí! ¡Estoy más que harto de que no dejes de espiarme!, me gritó. Me
fui a mi cuarto y lloré hasta quedarme dormida. Aquella noche me destrozó el
corazón.
A la mañana siguiente, antes de que
pudiera verle, ya se había ido. Pero a mí me pareció bien. En adelante lo
trataría como a un huésped, a menos que decidiera cambiar de actitud. Ya no
podía soportarlo más. Tendría que disculparse si quería que fuéramos algo más
que extraños que viven bajo el mismo techo.
Cuando llegué aquella noche, me tenía
preparada la cena. ¿Cómo estás?, me dijo. Me ayudó a quitarme el abrigo. ¿Qué
tal te ha ido el día?
Le dije: Anoche no pude dormir, cariño.
Me prometí a mí misma no sacar a relucir el asunto, y no intento hacer que te
sientas culpable, pero no estoy acostumbrada a que me hable así mi propio hijo.
Quiero enseñarte algo, dijo, y me enseñó
el trabajo que estaba escribiendo para la clase de educación cívica. Creo que
trataba sobre las relaciones entre el Congreso y el Tribunal Supremo. (¡Era el
trabajo con el que ganaría un premio al graduarse!). Traté de leerlo, y
entonces me dije: éste es el momento. Cariño, me gustaría tener una charla
contigo. Es duro educar a un hijo estando como están las cosas hoy día, y más
duro aún para nosotros, sin un padre en la casa, sin un hombre a quien acudir
cuando lo necesitamos. Eres ya casi un hombre pero yo aún soy la responsable, y
creo que me merezco algún respeto y consideración, y he intentado ser sincera y
justa contigo. Quiero la verdad, eso es todo. Nunca te he pedido más que eso:
la verdad. Cariño, dije tomando aliento, supon que tuvieras un hijo y que
cuando le preguntaras algo, cualquier cosa, dónde ha estado o adonde va, en qué
emplea su tiempo, cualquiera de esas cosas, nunca jamás te dijera la verdad. Un
hijo que, si le preguntaras si llueve, respondiera que no, que hace un tiempo
estupendo y soleado, supongo que riéndose para sus adentros y creyéndote
demasiado estúpido o demasiado viejo para notar que sus ropas están empapadas.
¿Qué necesidad tiene de mentirme?, te preguntarías. ¿Qué es lo que gana?, te
dirías, sin entenderlo. No hago más que preguntarme por qué, pero no encuentro
respuesta. ¿Por qué, cariño?
No me contestó, se quedó con la mirada
fija, y luego se acercó y se puso a mi lado y me dijo: Lo vas a ver.
Arrodíllate, para empezar; ponte de rodillas, te lo ordeno, dijo. Ahí tienes la
razón, ¿me oyes?
Corrí a mi cuarto y cerré con pestillo
la puerta. Aquella noche se marchó de casa. Cogió sus cosas, las que le
pareció, y se fue de casa. Lo crea o no, fue la última vez que le vi. Cuando se
graduó yo también estaba, pero en medio de mucha gente. Me senté entre los
asistentes y vi cómo recogía su diploma, y el premio por ese trabajo, y le oí
pronunciar el discurso y le aplaudí junto con el resto de los padres.
Y luego me fui a casa.
Jamás le he vuelto a ver. Oh, sí, claro
que lo he visto en la televisión y en las fotos de los periódicos.
Me enteré de que se había enrolado en
los marines, y luego le oí decir a alguien que se había salido de los marines y
había vuelto a la universidad, al este, y que se casó con esa chica y que se
metió en política. Empecé a ver su nombre en los periódicos. Averigüé dónde
vivía y le escribí, le escribí una carta cada tantos meses, pero nunca me
contestó. Se presentó a gobernador y resultó elegido. Y se hizo famoso.
Entonces fue cuando empecé a preocuparme.
Me entraron todos estos miedos, me
asusté, dejé de escribirle, naturalmente, y luego confié en que pensara que me
había muerto. Me mudé aquí. Hice que me dieran un número de teléfono que no
saliera en la guía. Y al final me he tenido que cambiar de nombre. Si uno es
poderoso y quiere encontrar a alguien, acaba encontrándolo. No tiene que ser
difícil.
Debería sentirme orgullosa, pero tengo
miedo. La semana pasada vi un coche en la calle, y dentro había un hombre que
yo sabía que me estaba mirando. Me metí en seguida en casa y cerré la puerta
con llave. Hace unos días el teléfono se puso a sonar y a sonar. Yo estaba
echada. Levanté el auricular, pero nadie dijo una palabra.
Soy vieja. Soy su madre. Debería
sentirme la más orgullosa de las madres del país, pero lo único que siento es
miedo.
Gracias por escribirme. Necesitaba que
alguien supiera todo esto. Estoy muy avergonzada.
También quería preguntarle cómo ha
conseguido mi nombre y dirección. He rezado mucho para que nadie se enterara.
Pero usted lo ha averiguado. ¿Por qué lo ha hecho? Por favor, dígame por qué.
Le saluda
atentamente,


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