© Libro N° 9713. Miss Harriet. De Maupassant, Guy. Emancipación. Marzo
19 de 2022.
Título original: © Miss Harriet. Guy De Maupassant
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Guy De Maupassant
Miss Harriet
Guy De Maupassant
Guy De Maupassant
(Tourville-sur-Arques, Francia, 1850 - Passy,
París, 1893)
Miss Harriet (1883)
(“Miss Harriet”)
Originalmente publicado, como “Miss Hastings”, en
el periódico Le Gaulois
(9 de julio de 1883);
Miss Harriet
(París: Victor-Havard Éditeur, 1884, 348 págs.)
A la señora…
Éramos
siete en el coche, cuatro mujeres y tres hombres, uno de los cuales iba en el
pescante junto al cochero, y subíamos al paso de los caballos la gran cuesta
por la que serpenteaba la carretera.
Habíamos salido de Étretat al alba para ir a visitar las ruinas de
Tancarville, y estábamos aún dormitando, entumecidos por el fresquito de la
madrugada. Sobre todo las mujeres, poco acostumbradas a los madrugones del
cazador, cerraban a cada momento los párpados, inclinaban la cabeza o bien
bostezaban, insensibles a la emoción de la salida del sol.
Era
otoño. A ambos lados del camino se extendían los campos desnudos, amarillentos
por los rastrojos de avena y de trigo segados que cubrían el suelo como una
barba mal afeitada. La tierra calinosa parecía humear. Unas alondras cantaban
en los aires, otros pájaros piaban en los matorrales.
Finalmente, se alzó el sol delante de nosotros, todo rojo en la línea
del horizonte; y a medida que ascendía, haciéndose cada vez más claro, parecía
que también la campiña se despertara y sonriera, se sacudiera y se quitara,
como una muchacha que abandona el lecho, su camisa de blancos vapores.
El
conde de Étraille gritó desde el pescante: “¡Miren, una liebre!”, y extendió el
brazo a la izquierda, en dirección a un campo de trébol. El animal corría, casi
oculto por la hierba, dejando ver tan sólo sus grandes orejas; luego huyó
velozmente a través de un campo arado, se detuvo, volvió a partir en una loca
carrera, cambió de dirección, se detuvo de nuevo, inquieto, espiando todo
posible peligro, indeciso sobre el camino a tomar; echó de nuevo a correr con
grandes saltos de las patas traseras y desapareció en un vasto campo de
remolachas. Todos los hombres se despertaron, siguiendo la marcha del animal.
René
Lemanoir manifestó:
—No
somos galantes esta mañana. —Y mirando a su vecina, la pequeña baronesa de
Sérennes, que luchaba contra el sueño, le dijo a media voz—: Piensa usted en su
marido, baronesa. Tranquilícese, no volverá hasta el sábado. Aún le quedan
cuatro días.
Ella
respondió con una sonrisa aletargada:
—¡Qué
tonto es usted! —Luego, sacudiéndose la modorra de encima, añadió—: Veamos,
díganos algo que nos haga reír. Usted, señor Chenal, a quien se considera más
afortunado en amores que el duque de Richelieu, cuéntenos una historia de amor
que haya vivido, la que usted quiera.
Léon
Chenal, un viejo pintor que había sido muy apuesto, muy fuerte, muy orgulloso
de su físico, y muy amado, se cogió con la mano su luenga barba blanca y
sonrió; luego, al cabo de unos momentos de reflexión, se puso de repente serio.
—No
será alegre, señoras; voy a contarles el más lamentable amor de mi vida. Deseo
a mis amigos que no inspiren uno semejante.
I
Tenía
yo por aquel entonces veinticinco años y andaba pintando por las costas
normandas.
Entiendo por “andar pintando” ese vagabundear con el hato al hombro, de
posada en posada, con la excusa de hacer estudios y paisajes del natural. No
conozco nada mejor que esa vida errante, a la ventura. Uno es libre, no tiene
obligaciones de ningún tipo, ni preocupaciones, ni que pensar siquiera en el
mañana. Tomas el camino que te place, sin más guía que la fantasía, sin más
consejero que el puro recreo de la vista. Te paras porque un riachuelo te
seduce, porque hoy sale un agradable olor a patatas fritas por la puerta de una
posada. A veces la elección se hace por un perfume de clemátide o por la
candorosa mirada de una moza de posada. No son de despreciar estos rústicos
amores. Pues también esas muchachas tienen alma y sentidos, unas mejillas firmes
y unos labios carnosos; y sus arrebatados besos son sabrosos e intensos como
una fruta de bosque. El amor tiene siempre su valor, venga de donde venga. Un
corazón que palpita cuando uno llega, un ojo que lagrimea cuando uno se va, son
cosas tan raras, dulces y preciosas que no deben despreciarse jamás.
He
conocido las citas en regueras llenas de prímulas, detrás del establo donde
duermen las vacas, y en los pajares de los graneros tibios aún del calor del
día. Guardo el recuerdo de la basta tela gris sobre unas carnes elásticas y
ásperas, y nostalgias de ingenuas y francas caricias, más delicadas, en su
sincera brutalidad, que los sutiles placeres obtenidos de mujeres encantadoras
y distinguidas.
Pero
lo que sobre todo le gusta a uno en estas excursiones a la ventura es el campo,
los bosques, las salidas del sol, los crepúsculos, los claros de luna. Para los
pintores, éstos son viajes de nupcias con la tierra. Estás solo, muy cerca de
ella, en esa larga cita tranquila. Te tumbas en un prado, en medio de las
margaritas y de las amapolas, y, con los ojos abiertos, bajo un claro raudal de
luz solar, miras a lo lejos el pueblecito con su campanario puntiagudo que da
las doce del mediodía.
Te
sientas al borde de una fuente que mana al pie de un roble, en medio de una
melena de frágiles hierbas, altas, relucientes de vida. Te arrodillas, te
inclinas, bebes esa agua fría y cristalina que te moja nariz y bigote, la bebes
con placer físico, como si se besara el mismo manantial, boca con boca. A
veces, cuando encuentras un pozo, a lo largo de estos estrechos cursos de agua,
te zambulles, totalmente desnudo, y sientes en la piel, de pies a cabeza, como
una caricia helada y deliciosa, el estremecimiento de la corriente viva y
ligera.
Estás
alegre en una colina, melancólico a orillas de los embalses, exaltado cuando el
sol desaparece en un mar de nubes sanguinolentas y lanza sobre los ríos
reflejos rojos. Y, por la noche, bajo la luna que cruza el alto cielo, piensas
en las mil cosas extrañas que nunca se te pasarían por la cabeza a la ardiente
claridad del día.
Y he
aquí que, vagando así por estas mismas tierras en que estamos este año, llegué
un atardecer al pueblecito de Bénouville, en la Falaise, entre Yport y Étretat.
Venía de Fécamp siguiendo la costa, la escarpada costa recta como una muralla,
con sus salientes de rocas yesosas que se recortan a pico sobre el mar. Llevaba
caminando desde la mañana por aquel césped corto, fino y mullido como una
alfombra, que crece al borde del abismo bajo el viento salino del mar abierto.
Y cantando a voz en grito, caminando a grandes zancadas, mirando ya la fuga
lenta y arqueada de una gaviota que pasea por el cielo azul la blanca curva de
sus alas, ya, sobre el verde mar, la vela parda de una barca de pesca, había
pasado un día feliz de despreocupación y de libertad.
Me
indicaron una pequeña alquería donde se daba hospedaje a los viajeros, una
especie de posada regentada por una campesina, en medio de un patio a la
normanda rodeado de una doble ringlera de hayas.
Dejando el acantilado, llegué, pues, al caserío encerrado dentro de sus
grandes árboles y me presenté en casa de la tía Lecacheur.
Era
una vieja mujer de campo, arrugada, severa, que parecía recibir siempre a los
clientes de mala gana, con una especie de desconfianza.
Estábamos en mayo, los manzanos en flor cubrían el patio con una
techumbre de flores aromáticas, derramando sin cesar una lluvia de
revoloteantes pétalos rosas que caían sin fin sobre la gente y la hierba.
Pregunté:
—Señora Lecacheur, ¿tendría una habitación para mí?
Asombrada de ver que conocía su nombre, respondió:
—Depende, está todo ocupado, pero se podría intentar arreglar la cosa.
En
cinco minutos nos pusimos de acuerdo y fui a dejar mi hato sobre el suelo de
tierra batida de una habitación rústica, amueblada con una cama, dos sillas,
una mesa y un aguamanil. Daba a la cocina, grande y ahumada, donde los
huéspedes comían con el personal de la hacienda y con la dueña, que era viuda.
Me
lavé las manos y salí. La vieja estaba preparando un guiso de gallina para
cenar en su ancha chimenea de donde pendía una cadena renegrida por el humo.
—¿Así
que tiene otros viajeros en este momento? —pregunté.
Ella
respondió con su aire disgustado:
—Tenemos a una señora, una inglesa de edad. Ocupa la otra habitación.
Con un
suplemento de cinco sueldos al día tuve el derecho a comer solo en el patio los
días de buen tiempo.
Me
prepararon la mesa delante de la puerta y comencé a despedazar a dentelladas
los entecos miembros de la gallina normanda, bebiendo una sidra clara y
masticando un pan blanco de cuatro días atrás, pero muy bueno.
De
pronto la cancela de madera que daba al camino se abrió y una extraña persona
se dirigió hacia la casa. Era de una extrema delgadez, muy alta, tan arrebujada
en un chal escocés a cuadros rojos que se la hubiera creído privada de brazos
de no haberse visto asomar una larga mano a la altura de las caderas, que
sujetaba una sombrilla blanca de turista. Su cara de momia, enmarcada por unos
largos bucles grises que parecían morcillas y que saltaban a cada paso que
daba, me hizo pensar, quién sabe por qué, en un arenque ahumado con bigudíes.
Pasó por delante de mí a paso vivo, los ojos gachos, y entró en la casa.
Aquella extraña aparición me alegró; era sin duda mi vecina, la vieja
inglesa a la que se había referido nuestra posadera.
No la
volví a ver aquel día. Al siguiente, cuando estaba instalado para pintar al
fondo de aquel valle encantador que ya conocen y que desciende hasta Étretat,
al levantar de repente la vista vi algo extraño enhiesto en la cresta de la
ladera; se hubiera dicho un mástil empavesado. Era ella. Al verme, desapareció.
Volví
a mediodía para comer y me senté a la mesa común, para así poder conocer a esa
vieja original. Pero ella no respondió a mis gentilezas, se mostró insensible a
mis pequeñas atenciones. Yo le ponía siempre agua, le pasaba solícitamente los
platos. Un leve cabeceo, casi imperceptible, y una palabra inglesa susurrada en
voz tan baja que no la oía, eran sus únicas muestras de agradecimiento.
Dejé
de ocuparme de ella, por más que inquietaba mi pensamiento.
Al
cabo de tres días sabía sobre ella tanto como la propia señora Lecacheur.
Se
llamaba miss Harriet. Buscando un pueblo perdido donde pasar el verano, se
había detenido en Bénouville, seis semanas antes, y no parecía dispuesta a
irse. No hablaba nunca en la mesa, comía deprisa, mientras leía un librito de
propaganda protestante. Repartía esos libritos entre todo el mundo. El cura
mismo había recibido cuatro traídos por un chaval al que ella pagó dos sueldos
por hacer el encargo. Decía a veces a nuestra posadera, de golpe, sin que nada
justificara tal declaración: “Yo amar al Señor más que a nada; yo admirar a él
en toda su Creación, adorar a él en toda su naturaleza, yo llevar a él siempre
en mi corazón”. Y le entregaba acto seguido a la atónita campesina uno de sus
folletos destinados a convertir al Universo.
En el
pueblo no caía bien. Desde que el maestro había dicho: “Es una atea”, pesaba
sobre ella una especie de reprobación. Consultado por la señora Lecacheur, el
cura había respondido: “Es una hereje, pero Dios no quiere la muerte del
pecador, y creo que es una persona de una perfecta moralidad”.
Las
palabras “atea-hereje”, cuyo preciso significado se ignoraba, hacían dudar a la
gente. Se decía, por otra parte, que la inglesa era rica y que se había pasado
la vida viajando por todos los países del mundo, porque su familia la había
echado. ¿Por qué la había echado su familia? Por su impiedad, naturalmente.
Era,
en verdad, una de esas fanáticas de principios, una de esas puritanas
contumaces como produce tantas Inglaterra, una de esas insoportables solteronas
respetables que infestan todas las casas de huéspedes de Europa, que echan a
perder Italia, envenenan Suiza, vuelven inhabitables las deliciosas ciudades
del Mediterráneo, llevan a todas partes sus extrañas manías, sus costumbres de
vestales petrificadas, su indescriptible vestimenta y un cierto olor a caucho,
que haría creer que de noche duermen dentro de un estuche.
Cuando
descubría a una en un hotel, me largaba como los pájaros que ven un
espantapájaros en un campo.
Ésta,
sin embargo, me parecía tan singular que no me desagradaba en absoluto.
La
señora Lecacheur, hostil por instinto a todo cuanto no fuera rural, sentía en
su mentalidad estrecha una especie de odio por las poses extáticas de la vieja
solterona. Había dado con un término para calificarla, un término despectivo
sin duda, que quién sabe cómo había llegado a sus labios, quién sabe por medio
de qué confusas y misteriosas elucubraciones mentales. Decía: “Es una
demoníaca”. Y esta palabra, aplicada a ese ser austero y sentimental, me parecía
de un cómico irresistible. Yo ya no la llamaba sino “la demoníaca”, sintiendo
un extraño placer en pronunciar muy alto estas sílabas apenas la veía.
—¿Qué
ha hecho hoy nuestra demoníaca? —preguntaba yo a la señora Lecacheur.
Y la
campesina respondía con aire escandalizado:
—¿Se
creerá usted, señor, que ha recogido un sapo al que había aplastado una pata,
se lo ha llevado a su habitación, lo ha puesto en el aguamanil y le ha hecho
una cura como si fuera un ser humano? ¡No me dirá usted que esto no es un
verdadero sacrilegio!
En
otra ocasión, mientras paseaba por el pie del acantilado, había comprado un
gran pez recién pescado, nada más que para volver a echarlo al mar. El
pescador, por más que había sido pagado con largueza, la había cubierto de
insultos, más cabreado que si le hubiera cogido el dinero del bolsillo. Al cabo
de un mes seguía siendo incapaz de hablar de ello sin montar en cólera y sin
proferir insultos. ¡Oh, sí! Miss Harriet era una demoníaca, la tía Lecacheur
había tenido una ocurrencia genial bautizándola así.
El
mozo de cuadra, al que apodaban Zapador porque había servido en África en sus
años mozos, era de muy otra opinión. Decía con expresión maliciosa: “Es una
vieja que ha vivido lo suyo”.
¡Si la
pobre se hubiera enterado!
La
joven moza Céleste no la servía de muy buena gana, sin que yo hubiera podido
comprender la razón. Tal vez era sólo porque era extranjera, de otra raza, de
otra lengua y de otra religión. ¡Era una demoníaca, en fin!
Pasaba
su tiempo vagando por los campos, buscando y adorando a Dios en la naturaleza.
Me la encontré, una tarde, arrodillada ante un matorral. Habiendo distinguido
algo rojo a través de las hojas, aparté las ramas, y se levantó miss Harriet,
confusa de haber sido vista así, clavando en mí unos ojos espantados como los
de los autillos sorprendidos a plena luz del día.
A
veces, cuando yo trabajaba en medio de las rocas, la veía de repente en el
borde del acantilado, semejante a una señal de semáforo. Ella miraba
apasionadamente el vasto mar dorado de luz y el gran cielo enrojecido de fuego.
A veces la distinguía al fondo de un pequeño valle, caminando deprisa, con su
paso elástico de inglesa; e iba hacia ella, atraído no sé por qué, nada más que
para ver su rostro de iluminada, su rostro enjuto, indescriptible, que irradiaba
una íntima y profunda alegría.
A
menudo me la encontraba también junto a una alquería, sentada en la hierba, a
la sombra de un manzano, con su librito bíblico abierto sobre las rodillas, y
la mirada perdida a lo lejos.
Tampoco yo me iba ya de allí, apegado como me sentía a aquel tranquilo
pueblo por mil lazos de amor por sus amplios y agradables paisajes. Estaba bien
en aquella alquería ignorada, lejos de todo, cerca de la tierra, de la buena,
sana, hermosa y verde tierra que nosotros mismos un día abonaremos con nuestro
cuerpo. Tal vez, debo confesarlo, me retenía también un poco la curiosidad en
casa de la tía Lecacheur. Me hubiera gustado conocer un poco a esa extraña miss
Harriet y saber lo que pasa en las almas solitarias de esas viejas inglesas
trotamundos.
II
Entablamos relación de un modo bastante singular. Acababa yo de terminar
un estudio que me parecía bastante original, y lo era. Fue vendido quince años
después por diez mil francos. Era más simple, por otra parte, que dos y dos son
cuatro y al margen de las reglas académicas. Todo el lado derecho de mi tela
representaba una roca, una enorme roca llena de protuberancias, cubierta de
algas pardas, amarillas y rojas, sobre las que se derramaba el sol como si fuera
aceite. La luz, sin que se viera el astro oculto tras de mí, caía sobre la
piedra y la doraba de fuego. Eso era todo. Un primer plano impresionante de
claridad, encendido, magnífico.
A la
izquierda, el mar, pero no el mar azul, color de pizarra, sino el mar de jade,
verduzco, lechoso e incluso áspero bajo el cielo oscuro.
Estaba
tan contento de mi trabajo que bailaba mientras lo traía a la posada. Quería
que todo el mundo lo viera enseguida. Recuerdo que se lo enseñé a una vaca que
había al borde del sendero, gritándole:
—Mira
esto, bonita. No verás muchos parecidos.
Al
llegar delante de la casa, llamé enseguida a la tía Lecacheur chillando a voz
en grito:
—¡Eh!
¡Eh!, posadera, venga corriendo a ver esto.
La
campesina llegó y examinó mi obra con su mirada de pasmarote que no distinguía
nada, que no veía siquiera si eso representaba un buey o una casa.
Miss
Harriet, de vuelta, pasaba por detrás de mí justo en el momento en que,
sosteniendo yo mi tela en el extremo del brazo, se la enseñaba a la posadera.
La demoníaca no pudo dejar de verla, pues yo había procurado presentarla de
modo que no pudiera escapar a su mirada. Se detuvo en seco, impresionada,
estupefacta. Era su roca, al parecer, aquella a la que ella trepaba para soñar
a sus anchas.
Murmuró un “¡oh!” británico tan acentuado y tan halagüeño, que me di la
vuelta hacia ella sonriendo; y le dije:
—Es mi
último estudio, señorita.
Ella
murmuró, extasiada, cómica y enternecedora:
—¡Oh!,
señor, usted comprender la naturaleza de manera palpitante.
Me
ruboricé, a fe mía, más emocionado por este cumplido que si hubiera provenido
de una reina. Estaba seducido, conquistado, vencido. ¡Le habría dado un beso,
palabra de honor!
En la
mesa me senté a su lado, como siempre. Por primera vez habló, continuando en
voz alta su pensamiento:
—¡Oh!,
¡yo amar tanto la naturaleza!
Le
ofrecí pan, agua, vino. Ella aceptaba ahora con una sonrisita de momia. Y yo me
puse a hablar del paisaje.
Tras
la comida, nos levantamos al mismo tiempo y nos pusimos a pasear por el patio;
luego, atraído sin duda por el maravilloso incendio provocado en el mar por el
sol poniente, abrí la pequeña cancela de la parte del acantilado, y salimos
juntos, uno al lado del otro, contentos como dos personas que se han
comprendido y compenetrado.
Hacía
una tarde tibia, agradable, uno de esos atardeceres de bienestar que hacen
felices la carne y el espíritu. Todo es disfrute y encanto. El aire suave,
embalsamado, lleno de olores a hierbas y a algas, acaricia el olfato con su
fragancia salvaje, acaricia el paladar con su sabor marino, acaricia la mente
con su penetrante dulzura. Ahora andábamos por el borde del abismo, sobre el
vasto mar que, cien metros por debajo de nosotros, encrespaba sus olitas. Y con
la boca abierta y los pulmones dilatados bebíamos ese viento fresco que había
atravesado el océano y acariciaba lentamente nuestra piel, salino por el largo
beso de las olas.
Arrebujada en su chal a cuadros, en actitud inspirada, con los dientes
al viento, la inglesa miraba cómo el enorme sol descendía hacia el mar. Delante
de nosotros, allí en el fondo, en el límite donde alcanzaba la vista, un buque
de tres palos con las velas desplegadas dibujaba su contorno en el cielo en
llamas, y un vapor, más próximo, pasaba dejando detrás de sí una nube infinita
de humo que cortaba el horizonte.
El
globo rojo seguía descendiendo lentamente. Y no tardó en alcanzar el agua,
justo detrás del navío inmóvil que apareció, como en un marco de fuego, en
medio del astro refulgente. Se hundía poco a poco, devorado por el océano. Lo
vimos descender, disminuir, desaparecer. Se había acabado. Sólo el pequeño
velero se recortaba sobre el fondo dorado del cielo lejano.
Miss
Harriet contemplaba con mirada apasionada el espléndido final del día. Y sin
duda sentía un inmenso deseo de abrazar el cielo, el mar, el horizonte entero.
Ella
murmuró:
—¡Oh!,
gustar…, gustar…, gustar… —Vi unas lágrimas en sus ojos. Prosiguió—:Yo querer
ser una avecilla para volar hacia el firmamento.
Y
permanecía de pie, como la había visto a menudo, como enhiesta en el
acantilado, roja también ella con su chal de púrpura. Me dieron ganas de
hacerle un esbozo en mi cuaderno de apuntes. Se hubiera dicho la caricatura del
éxtasis.
Me
volví para no sonreír.
Luego
le hablé de pintura, como habría hecho con un colega, haciendo notar las
tonalidades, las relaciones, las intensidades, usando expresiones técnicas.
Ella me escuchaba con atención, comprendía, trataba de penetrar en el oscuro
significado de las palabras, de entender mi pensamiento. De vez en cuando
decía:
—Sí,
comprender…, comprender. Ser muy palpitante.
Regresamos.
Al día
siguiente, apenas me vio vino a mi encuentro tendiéndome la mano. Y enseguida
nos hicimos amigos.
Era
una buena persona que tenía una especie de alma que funcionaba por impulsos,
con arrebatos de entusiasmo. Carecía de equilibrio, como todas las mujeres que
están solteras a los cincuenta años. Parecía cristalizada en una inocencia
agriada; pero había guardado en su corazón algo de muy joven, de exaltado.
Amaba la naturaleza y los animales, con un amor fanático, fermentado como una
bebida demasiado añeja, un amor sensual que no había dado a los hombres.
Era
evidente que el ver a una perra amamantando, a una yegua corriendo por el prado
con su potro entre las patas, un nido lleno de pajarillos piando, con el pico
abierto, la cabeza enorme, el cuerpo totalmente desplumado, la hacía palpitar
con una emoción exagerada.
¡Pobres seres solitarios, errantes y tristes de las casas de huéspedes,
pobres seres ridículos y lamentables, os amo desde que la conocí a ella!
Pronto
me di cuenta de que tenía algo que decirme, pero que no se atrevía, y encontré
divertida su timidez. Cuando yo me iba por la mañana con mi caja a la espalda,
ella me acompañaba hasta el extremo del pueblo, muda, visiblemente ansiosa y
buscando sus palabras para comenzar. Luego me dejaba bruscamente y se iba
rápido, con su paso saltarín.
Finalmente, un día cobró valor:
—Querer ver cómo usted pintar. ¿Posible? Yo sentir mucha curiosidad. —Y
enrojeció como si hubiera dicho algo muy audaz.
La
llevé hasta el fondo del Petit-Val, donde empecé un gran estudio.
Permaneció de pie detrás de mí, siguiendo cada uno de mis gestos con
reconcentrada atención.
Luego
de repente, temiendo tal vez molestarme, me dijo: “Gracias”, y se fue.
Pero
en breve me tomó más confianza y empezó a acompañarme todos los días, con
evidente gusto. Llevaba bajo el brazo su silla de tijera, no quería que la
ayudase, y se sentaba a mi lado. Se estaba inmóvil y silenciosa durante horas y
horas, siguiendo con la mirada cada movimiento del pincel. Cuando conseguía
obtener, aplicando directamente con la espátula una amplia capa de color, un
efecto apropiado e inesperado, dejaba escapar sin querer un pequeño “oh” de asombro,
de alegría y de admiración. Tenía por mis telas un sentimiento de afectuoso
respeto, un respeto casi religioso por aquella representación humana de una
partícula de la obra divina. Mis estudios le parecían como una especie de
cuadros de santidad; y a veces me hablaba de Dios, tratando de convertirme.
¡Oh!
Era un tipo curioso ese Dios suyo, una especie de filósofo de pueblo sin
grandes medios ni grandes poderes, pues ella se lo imaginaba siempre afligido
por las ofensas cometidas ante sus ojos, como si no hubiera podido evitarlas.
Por
otra parte, estaba en excelentes términos con él, y parecía incluso la
confidente de sus secretos y contrariedades. Decía: “Dios así lo quiere” o
bien: “Dios no lo quiere”, como el sargento que anuncia al recluta: “El coronel
así lo ordena”.
Deploraba de corazón mi ignorancia de los designios celestes que ella se
esforzaba en revelarme; y cada día encontraba en mis bolsillos, en mi sombrero
cuando lo dejaba en el suelo, en mi caja de pinturas, en mis zapatos lustrados
delante de la puerta, esos pequeños folletos píos que sin duda ella recibía
directamente del Paraíso.
Yo la
trataba como a una vieja amiga, con una franqueza cordial. Pero no tardé en
darme cuenta de que sus modales habían cambiado un poco. En los primeros
tiempos no presté atención a ello.
Mientras trabajaba, ya fuera al fondo de mi valle, ya en algún sendero
encajonado, la veía aparecer de improviso, con su andar rápido y acompasado. Se
sentaba bruscamente, jadeando como si hubiera corrido o como si la agitase
alguna honda emoción. Estaba muy roja, de ese rojo inglés que ningún otro
pueblo tiene; luego, sin mediar razón para ello, palidecía, se volvía de color
terroso y parecía a punto de desfallecer. Poco a poco, sin embargo, la veía
recobrar su fisonomía habitual y se ponía a hablar.
Luego,
de repente, dejaba una frase a medias, se levantaba y se largaba tan rápida y
extrañamente que yo me ponía a pensar si había hecho algo que hubiera podido
desagradarle o herirla.
Acabé
por convencerme de que aquéllos debían de ser sus modales normales, seguramente
algo modificados en mi honor en los primeros tiempos de conocernos.
Cuando
volvía a la alquería después de haber caminado durante horas por la costa
azotada por el viento, sus largos cabellos retorcidos en espirales a menudo se
habían soltado y colgaban como si su muelle se hubiera roto. Antes a ella esto
la traía sin cuidado y venía tranquilamente a sentarse a la mesa, en el estado
en que la había dejado su hermana la brisa.
Ahora,
en cambio, subía a su habitación para reajustar lo que yo llamaba sus tubos de
lámpara; y cuando le decía, con una galante familiaridad que siempre la
escandalizaba: “Hoy está hermosa como una estrella, miss Harriet…”, un ligero
arrebol teñía sus mejillas, arrebol de jovencita, arrebol de quinceañera.
A
continuación se volvió de nuevo completamente huraña y dejó de venir a verme
pintar. Pensé: “Es una crisis, ya se le pasará”. Pero no se le pasaba en
absoluto. Cuando le dirigía la palabra, ahora, me respondía, ya con una
indiferencia afectada, ya con sorda irritación. Se mostraba brusca, impaciente,
nerviosa. Tan sólo la veía en la mesa y ya no hablábamos. Acabé por convencerme
de que la había ofendido de algún modo, y una tarde le pregunté:
—Miss
Harriet, ¿por qué ha cambiado tanto conmigo? ¿Acaso he hecho algo que le ha
desagradado? Lo siento muchísimo.
Respondió, con una entonación colérica bastante divertida:
—Con
usted yo ser siempre igual. No ser cierto, no cierto. —Y corrió a encerrarse en
su habitación.
A
veces me miraba de extraño modo. Me he dicho a menudo, desde entonces, que los
condenados a muerte deben de tener esa mirada cuando les anuncian su último
día. Había en su mirar una especie de locura, una locura mística y violenta; y,
otra cosa más, ¡una fiebre, un deseo exasperado, impaciente e impotente de lo
irrealizado y de lo irrealizable! Y me parecía que había también dentro de ella
una pugna en la que su corazón luchaba contra una fuerza desconocida que ella
quería domeñar, y tal vez algo más… ¡Qué sé yo! ¡Qué sé yo!
III
Fue
verdaderamente una extraña revelación.
Desde
hacía algún tiempo estaba trabajando, todas las mañanas desde la aurora, en un
cuadro del siguiente tema:
Una
barranca profunda, encajonada, dominada por dos ribazos llenos de zarzas y de
árboles, se alargaba, perdida e inmersa en ese vapor lechoso, en ese algodón
que flota a veces sobre los valles, al romper el día. Y al fondo de esta niebla
espesa y transparente se veía, o mejor dicho, se adivinaba a una pareja, un
joven y una muchacha, ella con la cabeza levantada hacia él, él inclinado hacia
ella, boca con boca.
Un
primer rayo de sol, filtrándose por entre las ramas, atravesaba aquel vapor de
la aurora, lo iluminaba de reflejos rosados detrás de los dos rústicos
enamorados, teñía sus sombras inciertas de un plateado fulgor. En mi opinión,
estaba muy logrado.
Trabajaba en la pendiente que lleva al vallecito de Étretat. Por suerte
para mí, aquella mañana había precisamente la niebla adecuada.
Algo
se alzó delante de mí, como un fantasma: era miss Harriet. Al verme, quiso
huir. Pero la llamé a voz en grito:
—Venga, venga, señorita, tengo un pequeño cuadro para usted.
Ella
se acercó, como a pesar suyo. Yo le alargué mi esbozo. Ella no dijo nada, pero
permaneció largo rato inmóvil mirando, y bruscamente rompió a llorar. Lloraba
con espasmos nerviosos como alguien que ha luchado mucho contra las lágrimas y
que ya no puede más, que se abandona resistiendo aún. Yo me levanté como movido
por un resorte, yo mismo emocionado por esa tristeza que me resultaba
incomprensible, y le cogí las manos en un impulso de afecto brusco, un verdadero
impulso de francés que actúa más rápido de lo que piensa.
Ella
dejó por unos segundos sus manos en las mías, y las sentí temblar como si todos
sus nervios se hubieran retorcido. Luego las retiró bruscamente, o más bien,
las arrancó.
Yo
había reconocido ese estremecimiento por haberlo ya sentido; y nada podía
llamarme a engaño. ¡Ah! El estremecimiento de amor de una mujer, ya tenga
quince o cincuenta años, ya sea de una pueblerina o de una mujer de mundo, me
llega tan directamente al corazón que nunca dejo de reconocerlo.
Todo
su pobre ser había temblado, vibrado, desfallecido. Yo l o sabía. Ella se fue
sin que hubiera dicho una palabra, dejándome sorprendido como ante un milagro,
y desolado como si hubiera cometido un crimen.
No
regresé para comer. Me fui a dar una vuelta por el borde del acantilado, con
ganas tanto de llorar como de reír, pareciéndome la aventura cómica y
deplorable, sintiéndome ridículo y considerándola a ella desgraciada hasta el
punto de poder volverse loca.
Me
preguntaba qué debía hacer.
Consideré que no me quedaba más remedio que irme, y me decidí enseguida.
Tras
haber estado vagando hasta la hora de cenar, un tanto triste, un tanto soñador,
volví a la hora de la cena.
Nos
sentamos a la mesa como de costumbre. Miss Harriet estaba allí, comía con
expresión seria, sin hablar con nadie ni levantar los ojos. Tenía, por otra
parte, su aspecto y sus modales habituales.
Esperé
a que terminara la cena, luego me volví hacia la posadera:
—Bien,
señora Lecacheur, no tardaré en dejarla.
La
buena mujer, sorprendida y apenada, exclamó con su voz tonante:
—Pero
¿qué habla usted, señor mío, de dejarnos? ¡Pero si estamos tan acostumbrados a
usted!
Miré
con el rabillo del ojo a miss Harriet; su rostro permanecía impasible. Pero
Céleste, la joven moza, acababa de alzar los ojos hacia mí. Era una gorda
muchacha de dieciocho años, coloradota, lozana, robusta como un caballo, y
aseada, cosa rara. La besaba algunas veces por los rincones, por costumbre de
frecuentador de posadas; nada más.
Terminó la cena.
Me fui
a fumar en pipa bajo los manzanos, paseando adelante y atrás de un extremo al
otro del patio. Todas mis reflexiones durante el día, el extraño descubrimiento
de la mañana, ese amor grotesco y apasionado por mí, los recuerdos que se
habían sucedido a raíz de esta revelación, recuerdos encantadores y turbadores,
tal vez también esa mirada de moza levantada hacia mí al anuncio de mi marcha,
todo ello mezclado y combinado me había puesto en el cuerpo un ardor, un
prurito de besos en los labios y, en las venas, esa cosa inexplicable que
empuja a hacer tonterías.
Caía
la noche, insinuando sus sombras bajo los árboles, y vi a Céleste que iba a
cerrar el gallinero por el lado opuesto del cercado. Me lancé a toda prisa,
corriendo con paso tan ligero que ella no oyó nada, y, cuando se alzaba tras
haber cerrado la puertecita por la que entraban y salían las gallinas, la cogí
entre los brazos, haciendo caer sobre su rostro ancho y mofletudo una lluvia de
besos. Ella se debatía, riendo a pesar de todo, acostumbrada a ello.
¿Por
qué la dejé de golpe? ¿Por qué me volví de repente? ¿Cómo presentí que había
alguien detrás de mí?
Era
miss Harriet que entraba, y nos había visto, y que permanecía inmóvil como ante
un espectro. Luego desapareció en la noche.
Volví
adentro avergonzado, turbado, más disgustado por haber sido sorprendido de
aquel modo que si me hubiera visto cometer una acción criminal.
Dormí
mal, nervioso en exceso, acosado por tristes pensamientos. Me pareció oír
llorar. Sin duda me equivocaba. También varias veces creí que alguien andaba
por la casa y que abrían la puerta exterior.
Hacia
el amanecer, muerto de cansancio, el sueño me venció. Me desperté tarde y no
bajé hasta la hora de comer, confuso aún e inseguro acerca de cómo comportarme.
No
habían visto a miss Harriet. La esperamos; no apareció. La tía Lecacheur entró
en su habitación, la inglesa se había ido. Debía de haber salido al amanecer,
como hacía a menudo, para ver la salida del sol.
Nadie
se asombró y nos pusimos a comer en silencio.
Hacía
calor, mucho calor, era uno de esos días abrasadores y pesados en los que no se
mueve ni una hoja. Se había sacado la mesa afuera, bajo un manzano; y de vez en
cuando Zapador iba a llenar a la bodega la jarra de sidra, de tanto como se
bebía. Céleste traía los platos de la cocina, un guiso de cordero con patatas,
un conejo salteado y una ensalada. Luego nos puso delante un plato de cerezas,
las primeras de la temporada.
Como
yo quería lavarlas y refrescarlas, le rogué a la joven moza que fuera a sacar
un cubo de agua muy fría.
Volvió
a los cinco minutos declarando que el pozo estaba seco. Tras dejar descender
toda la cuerda, el cubo había tocado fondo, subiendo luego vacío. La tía
Lecacheur quiso cerciorarse por sí misma de ello, y fue a mirar por la boca del
pozo. Regresó anunciando que se veía algo extraño al fondo de su pozo.
Seguramente algún vecino había echado dentro una gavilla de paja por venganza.
También yo quise mirar, esperando poder distinguir mejor y me incliné
sobre el borde. Percibí vagamente un objeto blanco. Pero ¿qué era? Entonces se
me ocurrió la idea de introducir una linterna atada en el extremo de una
cuerda. El resplandor amarillo bailaba en las paredes de piedra, hundiéndose
paulatinamente. Estábamos los cuatro inclinados sobre la abertura. Zapador y
Céleste se habían unido a nosotros. La linterna se detuvo encima de una masa
indistinta, blanca y negra, singular, incomprensible. Zapador exclamó:
—Es un
caballo. Veo la pezuña. Se habrá caído esta noche tras haber escapado del
prado.
Pero
de repente me estremecí hasta los tuétanos. Acababa de reconocer un pie, luego
una pierna levantada; el cuerpo entero y la otra pierna desaparecían debajo del
agua.
Balbuceé, muy bajito, y temblando tan fuerte que la linterna bailaba
como loca encima del zapato:
—Es
una mujer lo que…, que…, que hay aquí dentro…, es miss Harriet.
Zapador fue el único que ni pestañeó. ¡Había visto otros casos parecidos
en África!
La tía
Lecacheur y Céleste se pusieron a lanzar agudos gritos y huyeron a todo correr.
Hubo
que repescar a la muerta. Até firmemente al mozo por la cintura y a
continuación lo descendí por medio de la polea, muy lentamente, viéndole
hundirse en lo oscuro. Mantenía en mis manos la linterna y otra cuerda. Pronto
su voz, que parecía provenir del centro de la tierra, exclamó: “Pare”; y vi que
repescaba alguna cosa en el agua, la otra pierna, luego ató los dos pies juntos
y exclamó de nuevo: “Tire”.
Le
ayudé a subir; pero me sentía los brazos rotos, los músculos flojos, temía que
se me soltara la cuerda y dejarle caer. Cuando apareció la cabeza a la altura
del brocal le pregunté: “¿Qué?” como si esperase noticias de la que había allí
al fondo.
Subimos los dos sobre el reborde, uno enfrente del otro, e, inclinados
sobre la oquedad, comenzamos a tirar del cuerpo hacia arriba.
La tía
Lecacheur y Céleste nos espiaban a distancia, escondidas detrás del muro de la
casa. Cuando vieron, saliendo de la boca del pozo, los zapatos negros y las
medias blancas de la ahogada, desaparecieron.
Zapador la aferró por los tobillos y la sacamos fuera, a la pobre y
casta soltera, en la postura más inmodesta. La cabeza estaba espantosa, negra y
rasguñada; y sus largos cabellos grises, sueltos, lisos para siempre, pendían,
goteantes y fangosos. Zapador dijo con tono despectivo:
—¡Por
Dios, qué flaca está!
La
llevamos a su habitación, y, como las dos mujeres no reaparecían, el mozo de
cuadra y yo preparamos a la muerta.
Yo
lavé su triste cara descompuesta. Bajo la presión de mi dedo, un ojo se abrió
un poco, que me miró con esa mirada pálida, esa mirada fría, esa mirada
terrible de los cadáveres, que parece venir de más allá de la vida. Arreglé
como pude sus alborotados cabellos, y, con mis manos inhábiles, compuse sobre
su frente un peinado nuevo y singular. Luego le quité sus ropas empapadas de
agua, descubriendo un poco, con vergüenza, como si cometiera una profanación, sus
hombros y su pecho, y sus largos brazos delgados como ramas.
Luego
fui a buscar unas flores, amapolas, acianos, margaritas y hierbas frescas y
aromáticas, con las que cubrí su lecho fúnebre.
A
continuación tuve que llevar a cabo las formalidades de rigor, al ser el único
que la conocía. En una carta encontrada en uno de sus bolsillos, escrita en el
último momento, pedía ser enterrada en aquel pueblo donde había pasado sus
últimos días. Un pensamiento espantoso me encogió el corazón. ¿No habría sido
yo la causa de que ella quisiera quedarse en aquel lugar?
Hacia
la noche, las comadres del vecindario vinieron para ver a la difunta; pero yo
impedí que entrasen; quería permanecer solo a su lado; y la velé toda la noche.
Contemplé al resplandor de las velas a aquella miserable mujer
desconocida de todos, muerta tan lejos, tan lastimosamente. ¿Dejaba amigos,
parientes en alguna parte? ¿Qué infancia y vida había tenido? ¿De dónde
provenía, tan sola, errabunda, perdida como un perro expulsado de su casa? ¿Qué
secreto sufrimiento y desesperación guardaba en ese cuerpo poco agraciado, en
ese cuerpo llevado, como una tara vergonzosa, durante toda su vida, ridícula
envoltura que había mantenido alejado de ella cualquier afecto o amor?
¡Qué
desdichadas pueden ser las personas! ¡Yo sentía pesar sobre esa criatura humana
la eterna injusticia de la implacable naturaleza! ¡Para ella todo había
terminado, sin que, quizá, hubiera tenido nunca lo que sostiene a los más
desheredados, la esperanza de ser amada una vez! Pues ¿por qué se ocultaba así,
huía de los demás? ¿Por qué amaba con una ternura tan apasionada todas las
cosas y todos los seres vivos que no fuesen hombres?
Comprendía que creyera en Dios y hubiera esperado en otro mundo la
compensación a su miseria. Ahora estaba a punto de descomponerse, y convertirse
a su vez en planta. Florecería al sol, sería pacida por las vacas, llevada en
semilla por los pájaros, y, carne de las bestias, volvería a convertirse en
carne humana. Pero lo que llamamos el alma se había apagado en el fondo del
pozo oscuro. Ya no sufría. Había trocado su vida por otras vidas que nacerían
de ella.
Pasaban las horas en aquel estar a solas siniestro y mudo. Una pálida
luz anunció el alba; luego un rayo rojo llegó hasta el lecho, imprimiendo una
barra de fuego sobre la sábana y las manos de ella. Era la hora que tanto le
gustaba. Los pájaros, despertados, cantaban entre los árboles.
Abrí
de par en par la ventana, descorrí las cortinas para que el cielo entero nos
viese e, inclinándome sobre el cadáver helado, cogí entre las manos esa cabeza
desfigurada y lentamente, sin miedo ni repugnancia, deposité un largo beso en
aquellos labios que no habían recibido nunca ninguno…
Léon
Chenal calló. Las mujeres lloraban. Se oía al conde de Étraille, en su asiento,
sonarse una y otra vez. Sólo el cochero dormitaba. Y los caballos, al no sentir
ya el látigo, habían demorado la marcha y tiraban débilmente. La pequeña
diligencia apenas si avanzaba, vuelta pesada de repente, como si estuviese
cargada de tristeza.


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