© Libro N° 9511. Memorias De Un Hombre De Acción: Los
Recursos De La Astucia. Baroja, Pio. Emancipación. Enero 22 de 2022.
Título original: © Memorias De Un Hombre De Acción: Los Recursos
De La Astucia. Pio Baroja
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Memorias De Un Hombre De Acción:
LOS RECURSOS DE LA ASTUCIA
Pio Baroja
Memorias De Un Hombre De Acción:
Los Recursos De La Astucia
Pio Baroja
Title: Memorias de un
Hombre de Acción: #5 Los Recursos de la Astucia
Author: Pío Baroja
Release Date: October 4,
2015 [EBook #50126]
Language: Spanish
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LOS RECURSOS DE LA ASTUCIA
MEMORIAS DE UN HOMBRE DE ACCIÓN
LOS RECURSOS DE LA ASTUCIA
RENACIMIENTO
MADRID BUENOS AIRES
SAN MARCOS, 42 LIBERTAD, 172
1915
Imprenta Renacimiento, San Marcos, 42.—Teléfono
4.967.
LA CANÓNIGA
Vulnerant omnes ultima necat: Todas hieren; la última, mata.
(Leyenda de algunos relojes.)
PRÓLOGO
Don Pedro Leguía y Gaztelumendi, verdadero y
auténtico cronista de la vida de Aviraneta, escribió unas líneas preliminares
para explicar la procedencia de los datos utilizados por él en esta narración.
Por lo que dice, las bases de su relato fueron la
historia que le contó en Cuenca un constructor de ataúdes, y los comentarios y
antecedentes que aportó á esta historia D. Eugenio de Aviraneta en Madrid.
Valiéndose del indiscutible derecho del narrador, Leguía antepuso los
antecedentes de Aviraneta á la narración del constructor de ataúdes, proceder
no desprovisto de lógica, pues la faena de un constructor de ataúdes debe ser
siempre una faena final y epilogal. El lector, si es un tanto aviranetista, quizá
encuentre medianamente interesante la transcripción del preámbulo de Leguía.
Unos años antes de la Revolución de Septiembre—dice
Leguía—me encontraba en Madrid triste y débil, retraído de la vida pública por
el fracaso de mis correligionarios y casi retraído de toda vida privada por
padecer las consecuencias de un catarro gripal. En esto, un amigo senador se
presentó en mi casa y me instó á que le acompañase á una finca suya, enclavada
en el centro de los pinares de la serranía de Cuenca.
Tanto insistió y con tan buena voluntad lo hizo,
que acepté y marché con él á su finca.
Pasé allí cerca de un mes. Cuando comencé á
aburrirme y al mismo tiempo á restablecerme en aquella soledad, perfumada por
el olor de los pinos, sentí la necesidad de salir y andar. Mi amigo visitaba
los pueblos de su distrito, y alguna vez le acompañaba yo.
Estuvimos en Salvacañete unos días, y luego en
Moya, en donde supe con sorpresa que mi tío Fermín Leguía había sido comandante
del fuerte de este[8] pueblo y dejado en él cierto
renombre. Un viejo boticario de Moya le recordaba muy bien. Por lo que me
contó, la villa de Moya, en tiempo de la Guerra civil, era un refugio de las
familias liberales de los contornos, mientras Cañete constituía el gran
baluarte defensivo de las familias carlistas. Moya goza de una gran posición
estratégica, y tiene larga historia de sitios y de defensas en tiempo de los
moros, y de las rivalidades entre aragoneses y castellanos.
En 1837—como digo—se hallaba de comandante del
fuerte de Moya Fermín Leguía. En Octubre de este año, la partida mandada por el
cabecilla Sancho, á quien se apodaba el Fraile de la Esperanza, se
acercó á la villa y la sitió. El Fraile de la Esperanza sabía
muy bien no era lo mismo sitiar estrechamente aquella plaza que tomarla; las
fortificaciones del pueblo para entonces tenían gran valor, y como el que
intentaba abrir las ostras por la persuasión, él quiso tomar el pueblo por el
mismo procedimiento.
El Fraile envió á Leguía un oficio
exhortándole á rendirse, con frases en latín, que creía le llegarían al alma.
Leguía le contestó diciéndole que él no se rendía, y añadió que D. Carlos era
un babieca; Cabrera, un bandolero; los carlistas, hordas salvajes y partidas de
foragidos, y el latín un idioma ridículo para el que no lo entendía. El Fraile
de la Esperanza, á este oficio contestó con un segundo muy respetuoso,
diciendo á don Fermín no comprendía cómo un[9] hombre
distinguido calificaba de babieca á un Rey como Carlos V, espejo de la
cristiandad, ni llamaba bandido al ilustre Cabrera, ni tenía tan mala idea de
la lengua del Lacio. Leguía leyó la segunda carta, y mirando fieramente al
parlamentario del Fraile, le dijo:
—Dígale usted al frailuco ese que no soy ningún
académico ni quiero discutir esas cosas, y añada usted que si me manda otro
correo lo fusilaré sobre la marcha. ¡Con que hala!
El correo desapareció de prisa, y el Fraile
de la Esperanza abandonó pronto el sitio de Moya.
Varias anécdotas me contó el boticario de mi tío
Fermín que retrataban su genio vivo y sus resoluciones prontas.
Después de la temporada transcurrida en los
pinares, y ya completamente restablecido, determiné ir unos días á Cuenca, á la
capital, que no conocía. La ciudad me gustó mucho, y estuve en ella un par de
semanas.
Mi amigo el senador me había recomendado á varias
personas, entre ellas á un cura joven recién llegado al pueblo. Este curita se
hizo muy amigo mío.
Salíamos juntos, veíamos todo lo notable de la
catedral, de los conventos y de las casas particulares. Una tarde, al volver á
la fonda al obscurecer, se me acercó una vieja y me dijo que si quería ir á su
casa podría enseñarme algo que me conviniera. Supuse trataría de proponerme la
venta de algún cuadro ó talla antigua; le dije que iría, y me dió las señas de
su casa.
Al día siguiente, por la tarde, paseaba en compañía
del cura joven cuando recordé el ofrecimiento de la vieja. Era ya entre dos
luces.
—¿Estará por aquí cerca la calle de la
Moneda?—exclamé yo.
—Sí, creo que sí—me contestó el cura—;
preguntaremos á estos chicos.
Los chicos nos indicaron la calle.
El cura y yo entramos en ella, buscamos el número y
nos detuvimos delante de un estrecho portal obscuro. Había un hombre denegrido,
demacrado, con aire de padecer tercianas, vestido con harapos, un pañuelo atado
á la cabeza.
—¿La señora Cándida?—le pregunté.
—¿Vienen ustedes á verla?
—Sí.
—Aquí es.
El hombre, volviéndose al interior de la escalera,
gritó:
—¡Señora Cándida!
Esperamos un rato, y poco después bajó por una
escalera estrecha, alumbrándose con un candilejo de hoja de lata, la vieja que
me había hablado la tarde anterior.
—¿No viene usted solo?—me preguntó con gran
sorpresa.
—No.
—Bueno, pasen ustedes.
La presencia del cura dejó atónita á la señora
Cándida.
Estuvimos un momento en el estrecho zaguán
vacilando si seguir adelante ó no. La luz del candil iluminaba el grupo. La
señora Cándida era una mujer adiposa, encorvada, con la cabeza metida entre[13] los hombros, la cara roja, con dos ó tres lunares
en la barba; tenía el pelo blanco, el cuerpo pesado y torpe, la sonrisa maligna
y cínica, los labios rojos y lubrificados. A veces, á través de los párpados
abultados y rojizos, lanzaba una mirada suspicaz, llena de claridad.
—Bueno, suban ustedes—repitió.
Subimos la escalera del tabuco negra é insegura;
las ráfagas de aire amenazaban con matar la luz del candil.
—¡Demonio cómo sopla el cierzo!—dije yo.
—Sí, esta es la casa de los cuatro vientos—contestó
la señora Cándida.
Tras de subir dos pisos llegamos á un cuartucho tan
sucio, tan vacío, que nos sorprendió desagradablemente.
Recorrimos tras de la vieja unos pasillos
tortuosos. En la casa había únicamente un cuarto un tanto limpio y curioso.
Este cuarto tenía una mesa, un canapé y varias estampas; comunicaba con dos
alcobas blanqueadas, cada una con su cama de colcha roja de percal desteñido.
Una de las alcobas tenía un gran espejo dorado, que parecía estar allá
asombrado de verse en tan mísero rincón. La señora Cándida nos llevó por la
casa, en la que reinaba la más negra y trágica miseria, y en un guardillón nos
mostró unos cuantos lienzos pintados. Eran cuadros sin ningún valor.
La vieja me preguntó:
—¿Qué le parecen á usted?
—No me gustan, la verdad.
—¿No quiere usted comprarme nada?
—No.
La señora Cándida suspiró.
Bajamos de nuevo la escalera hasta el portal. Al
salir di una pequeña propina á la vieja por la molestia, y al recibirla,
agarrándome de la manga y llevándome á un rincón, me dijo:
—Venga usted otro día solo, y verá usted.
—¿Tiene usted algo más en casa?—dije yo.
—En casa ó fuera de casa, es igual. Allí donde yo
voy me abren.
Me chocó bastante lo enigmático de la frase y salí
con mi acompañante.
Hablamos de la decadencia horrible de las mujeres
viejas cuando caen en la miseria, mucho mayor aún que la de los hombres.
—Por fortuna, para esta gente—dije yo—la costumbre
de la miseria los hace insensibles.
Me despedí del amable clérigo, y al día siguiente
cuando vino como de costumbre á mi casa, dijo:
—¿Sabe usted que ayer hicimos una pifia gorda?
—¿Por qué?
—Porque estuvimos en casa de una Celestina.
—¿De manera que la vieja... la señora Cándida?
—Sí, es una Celestina á quien llaman la Canóniga.
Parece que ha tenido fortuna y buena posición.
—De modo que no acertamos en nuestras suposiciones.
—Nada. Absolutamente nada.
—¿Le han contado á usted su historia?
—Sí, sin muchos detalles; me han dicho también que
un viejo carpintero que hace ataúdes conoce su vida. Si le interesa á usted,
iremos á verle.
—Bueno; iremos.
Fuimos, efectivamente, á una tienda de ataúdes del
callejón de los Canónigos.
Estaba esta tienda en una casa antigua y negra, de
piedra, con un arco apuntado á la entrada.
El taller se hallaba en el portal, un portal
pequeño y cubierto de losas, con un banco de carpintero en medio y algunas
herramientas del oficio en las paredes.
A un lado tenía un cuarto con una ventana, que daba
á una hendidura, por donde se veía la Hoz del Huécar y por donde entraba el
sol. Un chico nos hizo pasar á este cuarto. Había aquí una estantería con unos
féretros pequeños de muestra, que hubieran podido servir para enterrar muñecas;
había también varios relojes, de distintos tipos y clases: cuatro ó cinco, de
esos pintados que se construyen en la Selva Negra, con las pesas y el péndulo
al descubierto; dos ó tres, de cuco; otros de pared, cerrados, que los ingleses
llaman reloj del abuelo, y entre todos ellos se destacaba uno alto de autómatas
y de sonería, con el péndulo dorado y esmaltado en colores.
Este reloj tenía una caja de color de caramelo
obscuro llena de pinturas con guirnaldas y flores. Fijándose bien, en cada
guirnalda se veía disimulado en ella un atributo macabro: aquí, una calavera
con dos tibias; allí, un ataúd; en este rincón, un esqueleto. El péndulo tenía
en medio de la lenteja una barca de latón sujeta con un tornillo y un
contrapeso por dentro que hacía subir y bajar la proa y la popa
alternativamente al compás de los movimientos del péndulo. En la barca había
una figurita de Caronte. La esfera, de cobre, estaba rodeada de una orla de
bronce con la efigie de Cronos, viejo haraposo y meditabundo, con unas alas en
la espalda y un reloj de arena en la mano. Debajo, en una cartela con letras
negras, se leía este apotegma de los antiguos relojes de sol de las iglesias:
«Vulnerant omnes ultima necat: Todas hieren;
la última, mata.»
Sin duda el constructor de aquella máquina tenía un
gusto pronunciado por lo macabro. Había hecho algo como los cuadros de Valdés
Leal, de la Caridad de Sevilla: algo alegre de color y triste de intención.
Correteando por el portal, saltando de un reloj al armario de los féretros y de
éste á otro reloj, andaba un cuervo, grande y negro, que se dedicaba al
monólogo y á veces al diálogo, mientras un gato negro, viejo y escuálido, con
los ojos amarillos, le contemplaba atentamente.
El constructor de ataúdes me mostró el reloj de[17] autómatas y sonería, del que estaba muy orgulloso,
y después, sentándose entre un ataúd grande de un hombre y otro pequeño de un
niño, y tomando el gato cariñosamente en un hombro y al cuervo en el otro, se
puso á hablar sonriendo con una amable sonrisa.
Hablaba, como un discípulo de Séneca, de la
inestabilidad de las cosas humanas, de lo fugaz del placer y del roer del
tiempo con sus horas fatídicas.
Su reloj de figuras, su cuervo, á quien llamaba
Juanito, y su gato negro, Astaroth, tenían para él, por lo que vimos, la
importancia de divinidades siniestras y macabras que presidían sus momentos.
El hombre de los ataúdes nos contó la historia de
la Canóniga y la suya, adornando ambas con sus fúnebres
pensamientos.
Meses después en Madrid, á principios de otoño, fuí
á casa de Aviraneta, que vivía en la calle del Barco con Josefina, su mujer.
Don Eugenio tenía entonces más de setenta años y
estaba hecho una momia grotesca. Sus piernas se negaban á sostenerle, y para
andar marchaba apoyado en un bastón grueso, dando golpes en el suelo como un
ciego. Su cara, seca, arrugada, aparecía debajo de una gran peluca roja; su
nariz, grande y también roja, amenazaba caer sobre el labio; sus ojos brillaban
de inteligencia y de malicia.
A pesar de su edad y de sus enfermedades, Aviraneta
conservaba brío y tenía las facultades tan despiertas como en sus buenos
tiempos de conspirador.
Me encontré á Aviraneta en el cuarto de sus bichos.
Era este un chiscón aguardillado con jaulas, donde tenía ratas sabias
domesticadas, loros, cacatúas y una porción de cajitas con mariposas disecadas,
escarabajos, moscones, conchas y espumas de mar.
[20]Don Eugenio acababa de volver de los baños de
Trillo, adonde iba todos los años á curarse el reúma, y, á pesar de que no
hacía todavía frío, estaba envuelto en la capa y al lado del brasero. Hablaba á
sus bichos, les echaba migas de pan y los observaba. Esta era una de sus
principales ocupaciones; la otra, la de leer folletines.
Hablamos; le conté mi historia de Cuenca, y después
de oirla, dijo riendo, con su risa sarcástica, que se convertía en algunos
momentos en tos:
—Aun podría añadir yo algo á tu historia.
—Pues añada usted lo que sea.
Aviraneta explicó algunos antecedentes políticos
que el viejo carpintero de Cuenca ignoraba y que don Eugenio conocía por haber
convivido con algunos personajes de la época.
He aquí lo que me contó Aviraneta.
—En 1822—dijo don Eugenio—estuve yo en París,
enviado por don Evaristo San Miguel, con el objeto de enterarme de los trabajos
de los absolutistas españoles y franceses para provocar la intervención de Luis
XVIII en España.
Algo averigüé, é hice cuanto pude para recabar el
apoyo de los liberales franceses, aunque no conseguí gran cosa.
Sabía yo, como sabía todo el mundo, que habían ido
varios delegados realistas españoles á París en busca de protección del
Gobierno francés; lo que no supe, hasta pasado algún tiempo, fué de dónde salió
el dinero que tuvieron para realizar sus planes.
Pagés, el secretario de D. Vicente González Arnao,
á quien tú conociste en aquel restaurant de la calle de
Montorgueill, el Rocher de Cancal; Pagés, á quien no hace muchos
años vi en San Sebastián, ya viejo y enfermo, me lo contó.
La Regencia de Urgel había enviado en 1822 á D.
Fernando Martín Balmaseda á París en busca de recursos para la Restauración
española.
Balmaseda se dirigió á los absolutistas, desde los
más altos á los más bajos; llamó á todas las puertas, y recogió una abundante
cosecha de votos, promesas, protestas de amistad, manifestaciones de
entusiasmo, etc., etc.
Balmaseda buscaba esto; pero buscaba también un
préstamo de trescientas á cuatrocientas mil pesetas para la Regencia de Urgel,
con las cuales pudiera comenzar sus trabajos.
Balmaseda vió, sin gran sorpresa, que á pesar de
los grandes ofrecimientos, el dinero no aparecía por ningún lado.
Inventó algunas combinaciones, pero nadie cayó en
el lazo.
Un día, en el hotel, ya en pleno desaliento,
recibió la visita de un español que se llamaba Toledo. Toledo había huído de
España por varias estafas, pero se hacía pasar por emigrado político realista.
Balmaseda tuvo la corazonada de oír á su
compatriota, de darle una moneda de cinco francos y de explicarle las
dificultades con que tropezaba para encontrar dinero.
Toledo le dijo:
—¿Ha visto usted á Fernán-Núnez?
—Sí.
—¿Y á los demás realistas ricos?
—A todos.
—¿Y nada? ¿No están en fondos?
—Nada.
—¿Sabe usted lo que haría yo?—dijo Toledo.
—¿Qué?
—Ir á ver á la princesa de Caraman Chimay.
—¿Y qué tenemos que ver con ella?
—La princesa de Caraman Chimay es nuestra
compatriota, Teresa Cabarrús, madame Tallien.
—¡La revolucionaria!—exclamó Balmaseda.
—¡Bah! ya no es revolucionaria—replicó Toledo.—No
hay princesas revolucionarias. Además ésta se va haciendo vieja, y como no
tiene adoradores de carne, se dedica á los santos, y sustituye el boudoir por
la iglesia.
Balmaseda, que era hombre un tanto de sacristía
torció el gesto con la explicación, y preguntó secamente:
—¿Y qué puede hacer por nosotros Teresa Cabarrús?
—Mucho. Teresa Cabarrús ha sido la amante del
banquero Ouvrard. Ouvrard es el único hombre capaz de prestar para una cosa así
una millonada. Si Teresa se lo indica, lo hace.
Toledo se marchó, y Balmaseda quedó pensando que el
consejo de aquel perdulario no dejaba de tener interés, y tras de vacilar un
tanto, se decidió á escribir á la bella Teresa explicándole su misión y
diciéndole lo que esperaba de ella.
La bella Teresa, la célebre Notre-Dame de
Thermidor, que había lanzado á Tallien con un puñal contra Robespierre, estaba
aquel día para salir de[24] París á su palacio de
Menars, cerca de Blois, pero había retrasado el viaje por la indisposición de
un hijo suyo.
Teresa leyó la carta, y con una esquela suya mandó
que se la enviaran á Ouvrard.
Ouvrard entonces era el lion de la
especulación, el hombre de negocios de la época, un Law injerto en un Petronio.
Ouvrard fué uno de los primeros banqueros de París,
uno de los que comenzaron el reinado de la plutocracia.
Ouvrard vivió como un nabab: dió las fiestas más
espléndidas y ricas, alternó con la alta aristocracia. Ouvrard era hijo de sus
obras; la suerte y el amor le favorecieron.
Ouvrard había sido una de las bellezas masculinas
del Consulado; había sido llamado el bello Ouvrard. El bello Ouvrard tuvo
amores con la bella Teresa Cabarrús, y de esta conjunción del Apolo bretón y de
la Venus española nacieron varios hijos.
Bonaparte, celoso de la fortuna y de los éxitos del
bello Ouvrard, lo prendió, lo desterró, lo anuló; pero Waterloo permitió al
especulador entrar en Francia, y pronto volvió á brillar en París.
Al día siguiente de escribir Balmaseda á Teresa
Cabarrús, el delegado realista español recibía una carta del banquero francés
citándolo en su casa.
Balmaseda se presentó al banquero, y en pocas
palabras le explicó lo que necesitaba.
—Soy delegado de la Regencia de Urgel—le dijo—y he
venido para pedir al Gobierno francés un auxilio de dos millones de francos,
orden para el paso de armas por la frontera, dos regimientos suizos, un buque
de transporte y una fragata para auxiliar á los realistas de España.
—¿Y el Gobierno se lo ha concedido?
—En parte sí, en parte no. El dinero no lo tenemos
aún, y como los trabajos urgen, he pensado si usted podría anticiparnos
trescientos mil francos á cuenta de los dos millones que tenemos que cobrar.
—Amigo mío—dijo Ouvrard, sonriendo—su proposición
me prueba que no es usted un hombre de negocios.
—¿Por qué?
—Porque yo no le puedo prestar trescientos mil
francos; la Regencia los tragaría en un momento, y yo perdería mi dinero. Usted
necesita cuatrocientos millones de francos, y yo se los puedo proporcionar á
usted en ciertas condiciones.
El español, estupefacto, murmuró:
—Veamos en qué condiciones.
—Estas condiciones son: Primera. La Regencia de
Urgel se llamará desde luego Regencia de España.
—Esto no creo que sea difícil—dijo Balmaseda.
—Segunda. La Regencia será reconocida con
personalidad por el Congreso de Verona y por Francia.
—Trabajaré en ello. El ministro Villele parece que
se muestra propicio.
—Tercera—siguió diciendo el banquero—. Se asegurará
una amortización del 2 por 100.
—Está bien.
—Cuarta. Se pagará un interés del 5 por 100. De
aceptar, M. Rougemont de Lowenberg será el banquero.
—Por ahora no encuentro nada imposible.
—Y quinta y última. El Gobierno español me
reembolsará las sumas que le he prestado anteriormente, con los intereses.
A esto Balmaseda calló un momento y dijo, después
de pensarlo, que no tendría más remedio que consultar con la Regencia.
—Consúltelo usted, y tráigame cuanto antes la
contestación—replicó Ouvrard, levantándose é inclinándose fríamente.
Balmaseda comenzó al momento sus trabajos con gran
diligencia. Escribió al Gobierno de Luis XVIII pidiendo que reconociese la
Regencia de Urgel, pero Villele se negó á ello.
Al mismo tiempo comunicó al triunvirato de la
Regencia: Eroles, Mataflorida y Creux, la proposición de Ouvrard. Estos no
creyeron que podían comprometerse á tanto como pedía el banquero. Algunos
emisarios del Gobierno francés, entre ellos el vizconde de Boiset, intentaron
convencer á los miembros de la Regencia absolutista de las ventajas de la[27] proposición Ouvrard; pero ellos, sobre todo
Mataflorida y Creux, no quisieron ceder.
Balmaseda fué á ver á Ouvrard, se cambiaron las
condiciones del empréstito, se prescindió de la Regencia de Urgel, se hizo que
Eguía y sus amigos garantizaran la operación, y se firmó el compromiso el 1.º
de Noviembre de 1822.
Desde aquel momento el papel de la Regencia de
Urgel comenzó á bajar y el de los amigos de Eguía á subir.
El empréstito de Ouvrard, lanzado á la publicidad,
tuvo sus dificultades. Nuestro embajador, el duque de San Lorenzo, denunció á
Ouvrard ante el fiscal; el banquero M. Rougemont no quiso tomar parte en el
negocio, y Ouvrard le sustituyó por M. Tourton, Ravel y Compañía; el Gobierno
francés estaba indeciso, pero el empréstito se cubría.
En este lapso de tiempo la Regencia de Urgel, huída
de Cataluña, se estableció en Tolosa de Francia, y después en Perpiñán.
Ouvrard, viendo que el Gobierno francés no se
decidía á declarar la guerra á España, envió sus agentes á Eguía y á Quesada
para activar las operaciones.
Quedaron de acuerdo en prescindir de la Regencia de
Urgel y en obrar sin contar con ella para nada.
Los agentes de Ouvrard propusieron el que los
generales realistas hicieran una intentona y se acercaran á Madrid.
Ni Eguía ni Quesada estaban en condiciones de
intentar esta correría, y se decidió que la hiciera Bessieres.
Ouvrard mismo se vió con Bessieres y conferenció
con él. Se sorprendieron ambos al saber que los dos eran masones. El banquero
expuso su proyecto. Se trataba de reunir diez ó doce mil hombres, acercarse á
Madrid, entrar en la capital y disolver las Cortes.
Bessieres, que era hombre de instinto militar, vió
que el proyecto era factible, y expuso su plan. Formaría él un núcleo de tres ó
cuatro mil hombres en Mequinenza y marcharía hacia el centro. En el camino se
le reunirían las fuerzas realistas de Valencia, Aragón y el Maestrazgo, y todas
juntas, en número de seis á ocho mil, avanzarían sobre la capital. Era, poco
más ó menos, la misma operación militar que hicieron los aliados al mando de
Stanhope y otros jefes en la guerra de Sucesión.
—Veamos el presupuesto de esta maniobra—dijo el
banquero.
Bessieres, reunido con su lugarteniente Delpetre,
su sobrino Portas y otros varios realistas, hizo este presupuesto:
|
Francos. |
|
|
A Jorge Bessieres, para organizar una
brigada y hacer varios trabajos de compra y espionaje. |
200.000 |
|
A Bartolomé Talarn y sus fuerzas. |
100.000 |
|
A Sempere, el Serrador, Royo de
Nogueruelas, Arévalo el de Murviedro, etc. |
100.000 |
|
Al coronel D. Nicolás de Isidro. |
50.000[29] |
|
A Chambó, Forcadell, Peret del Riu,
Tallada, Perciva (el Fraile), y Viscarró (alias Pa Sech). |
100.000 |
|
A Capape, Carnicer y el Organista. |
100.000 |
|
A Ulman. |
50.000 |
|
Total. |
750.000 |
Ouvrard encontró que la suma era muy crecida, y
Bessieres la rebajó.
Después de regatear el cabecilla y el banquero
quedaron de acuerdo en que Ouvrard iría girando cantidades á medida que
Bessieres avanzara.
Así salió Bessieres, enviado por Ouvrard en
enfant perdu—como decía el banquero—para pulsar al enemigo.
Bessieres tomó la parte del león, del dinero
enviado por Ouvrard. Cincuenta ó sesenta mil duros fueron á parar á su
bolsillo. Así se explica el lujo de sus uniformes, sus bordados y sus
magníficos caballos en esta época. Corría por debajo el dinero de los tenderos
y de los porteros de París después de pasar por la bomba aspirante de Ouvrard.
—Esta explicación—terminó diciendo Aviraneta con su
voz ronca—no añade ni quita nada á la historia que me has contado; pero aclara
un punto que siempre tiene interés: la procedencia del dinero. Así como en la
averiguación de los crímenes se ha dicho: buscad á la mujer, en la
investigación de las intrigas políticas, revolucionarias ó reaccionarias hay
que decir: buscad el dinero.
—¡Qué rarezas tiene el Destino!—exclamé yo—. Un
capricho de Teresa Cabarrús, en París, produce la catástrofe de dos enamorados
en Cuenca.
—Es la Fatalidad, la Ananké—exclamó Aviraneta, que
sabía lo que significaba esta palabra por haberla leído en Nuestra
Señora de París, de Víctor Hugo.
—Extrañas carambolas.
—Sí, muy extrañas; y Aviraneta se frotó las manos,
movió con la paleta la ceniza del brasero y se echó el embozo de la capa sobre
las piernas.
I.
CUENCA
Cuenca, como casi todas las ciudades interiores de
España, tiene algo de castillo, de convento y de santuario. La mayoría de los
pueblos del centro de la península dan una misma impresión de fortaleza y de
oasis; fortaleza, porque se les ve preparados para la defensa; oasis, porque el
campo español, quitando algunas pequeñas comarcas, no ofrece grandes atractivos
para vivir en él, y en cambio la ciudad los ofrece comparativamente mayores y
más intensos.
Así, Madrid, Segovia, Cuenca, Burgos, Avila
presentan idéntico aspecto de fortalezas y de oasis en medio de las llanuras
que les rodean, en la monotonía de los yermos que les circundan, en esos
parajes pedregosos, abruptos, de aire trágico y violento.
En la misma Andalucía, de tierras fértiles, el cam[32]po apenas se mezcla con la ciudad; el campo es para la
gente labradora el lugar donde se trabaja y se gana con fatigas y sudores; la
ciudad, el albergue donde se descansa y se goza. En toda España se nota la
atracción por la ciudad y la indiferencia por el campo. Si un hombre desde lo
alto de un globo eligiera sitio para vivir, en Castilla elegiría la ciudad: en
aquella plaza, en aquel paseo, en aquella alameda, en aquel huerto; en cambio,
en la zona cantábrica, en el país vasco, por ejemplo, elegiría el campo, este
recodo del camino, aquella orilla del río, el rincón de la playa... Así se da
el caso, que á primera vista parece extraño, la llanura monótona sirviendo de
base á ciudades fuertes y populosas; en cambio, el campo quebrado y pintoresco
escondiendo únicamente aldeas.
La ciudad española clásica colocada en un cerro, es
una creación completa, un producto estético, perfecto y acabado. En su
formación, en su silueta, hasta en aquellas que son relativamente modernas, se
ve que ha presidido el espíritu de los romanos, de los visigodos y de los
árabes.
Son estas ciudades, ciudades roqueras, místicas y
alertas: tienen el porte de grandes atalayas para otear desde la altura.
Cuenca, como pueblo religioso, estratégico y
guerrero, ofrece este aire de centinela observador.
Se levanta sobre un alto cerro que domina la
llanura y se defiende por dos precipicios, en cuyo fondo corren dos ríos: el
Júcar y el Huécar.
Estos barrancos, llamados las Hoces, se limitan por
el cerro de San Cristóbal, en donde se asienta la ciudad y por el del Socorro y
el del Rey que forman entre ellos y el primero fosos muy hondos y escarpados.
El foso, por el que corre el río Huécar, en otro
tiempo y como medio de defensa podía inundarse.
El caserío antiguo de Cuenca, desde la cuesta de
Vélez, es una pirámide de casas viejas, apiñadas, manchadas por la lepra
amarilla de los líquenes.
Dominándolo todo se alza la torre municipal de la
Mangana. Este caserío antiguo, de romántica silueta, erguido sobre una colina,
parece el Belén de un nacimiento. Es un nido de águilas hecho sobre una roca.
El viajero al divisarlo recuerda las estampas que
reproducen arbitraria y fantásticamente los castillos de Grecia y de Siria, los
monasterios de las islas del Mediterráneo y los del monte Athos.
Desde la orilla del Huécar, por entre moreras y
carrascas, de abajo á arriba, se ve el perfil de la ciudad conquense en su
parte más larga.
Aparecen en fila una serie de casas amarillentas,
altas, algunas de diez pisos, con paredones derruídos, asentadas sobre las
rocas vivas de la Hoz, manchadas por las matas, las hiedras y las mil clases de
hierbajos que crecen entre las peñas.
Estas casas, levantadas al borde del precipicio,
con miradores altos, colgados, y estrechas ventanas,[34] producen
el vértigo. Alguna que otra torre descuella en la línea de tejados que va
subiendo hasta terminar en el barrio del Castillo, barrio rodeado de viejos
cubos de murallas ruinosas.
Salvando la hoz del Huécar existía antes un gran
puente de piedra, un elefante de cinco patas sostenido en el borde del río que
se apoyaba por los extremos, estribándose en los dos lados del barranco.
Este puente, que servía para comunicar el pueblo
con el convento de San Pablo, había sido costeado por el canónigo D. Juan del
Pozo en el siglo XVI. A fines del XVIII el puente del Canónigo se rompió,
derrumbándose el primer machón y el segundo arco del lado de la ciudad, y quedó
así roto durante muchos años.
De los dos ríos conquenses, el Huécar fué siempre
utilizado en el pueblo para mover los molinos y regar las huertas. El Júcar,
más solitario, era el río de los pescadores. Se deslizaba por su hoz tranquilo,
verde y rumoroso. Desde su orilla, al pie del cerro donde se asienta Cuenca, se
veía el caserío del pueblo sobre los riscos y las peñas, y en la parte más alta
se destacaba la ermita de Nuestra Señora de las Angustias.
Como casi todas las ciudades encerradas entre
murallas, Cuenca sintió un momento la necesidad de ensancharse, de salir de su
angosto recinto, de bajar de su roca á la llanura. Tal necesidad la expe[35]rimentó más fuertemente á principios del siglo XIX, y
creó un arrabal ó ciudad baja.
En estos pueblos, con ciudad alta y ciudad baja, se
da casi siempre el mismo caso: en lo alto, la aristocracia, el clero, los
representantes de la milicia y del Estado; en lo bajo, la democracia, el
comercio, la industria.
En estos pueblos el pasado está siempre en alto y
el presente siempre en bajo. No hay que extrañar que el espíritu de su
vecindario sea casi siempre retrógrado.
El arrabal de Cuenca, formado principalmente por
una calle larga á ambos lados del camino real, se llamó la Carretería.
Desde principio del siglo el arrabal comenzó á
tener importancia. En las luchas constitucionales únicamente la Carretería daba
voluntarios para la Milicia Nacional.
La Carretería era progresiva; la ciudad alta era
perfectamente reaccionaria, perfectamente triste, estancada, desolada y
levítica.
Aquel Belén de nacimiento vivía con un espíritu de
inmovilidad y de muerte.
En el arrabal se sentía de cuando en cuando alguna
agitación: llegaba hasta allá la oleada del mundo, se hablaba, se discutía, se
leían gacetas; en el Belén alto no había más agitación que la del aire cuando
sonaban las campanas de la catedral, de las iglesias y de los conventos, cuando
el organista to[36]caba sus motetes y sus fugas y sonaba
la campanilla del Viático por las calles.
En el arrabal había movimiento: pasaba la
diligencia con el correo, y muchos carros y caballerías sueltas que se detenían
en las posadas y figones; en la plaza y en las calles próximas no se veía casi
nunca á nadie: únicamente dos ó tres viejos que tomaban el sol, los chicos que
salían de la escuela y tiraban piedras á los gorriones y á los perros; alguno
que otro militar, y, á ciertas horas, grupos de curas que entraban en la
catedral.
El mayor acontecimiento de este barrio era la
salida y llegada del señor obispo en su carruaje.
Al anochecer solía pasar por las calles y
callejones de la ciudad vieja un ciego con su guitarra que cantaba oraciones y
milagros de los santos, con una magnífica voz de barítono.
Este ciego, el Degollado, tenía el
cuello lleno de grandes cicatrices, la cara marcada con un taraceo de puntos
azules producidos por granos de pólvora, los ojos huecos y la barba negra, de
profeta judío.
Según algunos, el Degollado había
quedado así en tiempo de la guerra de la Independencia; otros afirmaban que
había pertenecido á una compañía de bandoleros, á la que hizo traición y que
sus antiguos cómplices por venganza le dejaron como estaba.
El Degollado solía ir por las
tardes por el pueblo, envuelto en su capa, tanteando con el bastón y[37] abriendo las puertas de las tiendas y cantando un
momento delante de ellas...
De noche la ciudad alta quedaba aislada y encerrada
en sus murallas. Su recinto tenía seis puertas y tres postigos. De estas seis,
exceptuando la de Valencia y la de Huete, las demás, la del Castillo, la de San
Pablo, la del Postigo y la de San Juan, se cerraban á la hora de la queda.
Los postigos de las casas estaban tapiados y hacía
tiempo que no se abrían.
Cuenca tenía á principios del siglo XIX pocas
calles, y éstas estrechas y en cuesta. Quitando la principal, que, con
distintos nombres, baja desde la Plaza del Trabuco hasta el Puente de la
Trinidad, las demás calles del pueblo viejo no pasaban de ser callejones.
Las cuestas y desniveles de la ciudad hacían que la
planta baja de una casa fuera en una calle paralela un piso alto; así se decía
de Cuenca que era pueblo en donde los burros se asomaban á los cuartos y
quintos pisos, y era verdad.
En 1823, época en que pasa nuestra historia, Cuenca
era una de las capitales de provincia más muertas de España.
Entre los arrabales y la ciudad apenas llegaban sus
habitantes á cuatro mil.
Tenía catorce iglesias parroquiales, una
extramuros; siete conventos de frailes, seis de monjas, cinco ó seis ermitas y
la catedral. Con este cargamento[38] místico no era
fácil que pudiera moverse libremente.
En esta época había llegado la ciudad á la más
profunda decadencia: las fábricas de paños y de alfombras, que en otro tiempo
trabajaban para toda España, y la ganadería, tan importante en la región,
estaban arruinadas.
Durante la guerra de la Independencia, los saqueos
de los mariscales Moncey, Víctor y Caulaincourt precipitaron la ruina de
Cuenca...
Si por su poca vida comercial é industrial Cuenca
estaba entre las últimas capitales de España, por su aspecto dramático y
romántico podía considerársela de las primeras.
Recorrer las dos Hoces desde abajo, entre los
nogales, olmos y huertas de las orillas del Júcar y del Huécar, ó contemplarlas
desde arriba, viendo cómo en su fondo se deslizaba la cinta verde de sus ríos,
era siempre un espectáculo sorprendente y admirable.
También admirable por lo extraño era recorrerla de
noche á la luz de la luna, y, sentándose en una piedra de la muralla mirarla
envuelta en luz de plata hundida en el silencio.
Poco á poco, para el paseante solitario y nocturno,
este silencio tomaba el carácter de una sinfonía, murmuraban los ríos,
estallaba el ladrido de un perro, sonaba el chirriar de las lechuzas, silbaba
el viento en la copa de los árboles y se oía á intervalos[39] el
cantar agorero del buho como el lamento de una doncella estrechada en los
brazos de un ogro en el fondo de los bosques.
En aquellas noches claras, las callejas solitarias,
las encrucijadas, los grandes paredones, las esquinas, los saledizos,
alumbrados por la luz espectral de la luna, tenían un aire de irrealidad y de
misterio extraordinario. Los riscos de las Hoces brillaban con resplandores
argentinos, y el río en el fondo del barranco murmuraba confusamente su eterna
canción, su eterna queja, huyendo y brillando con reflejos inciertos entre las
rocas.
En una calle estrecha, próxima á la plaza, no lejos
del Seminario, existía por entonces una casa antigua, alta, de color gris. Por
su aire medioeval y por su altura recordaba los palacios sombríos de Florencia;
tenía varios pisos con ventanas estrechas, y únicamente en el principal dos
balcones de mucho vuelo, con hierros labrados.
En la fachada, sobre el arco de la puerta de
grandes dovelas, ostentaba un escudo, probablemente más moderno que la casa,
con varios cuarteles; en el principal ó jefe se veía una sirena con un espejo y
un peine, y en los demás un sol, varios dardos y una granada.
La sirena, sobre todo, estaba muy finamente
esculpida: tenía una expresión libre y burlona; los pechos salientes y
abultados, el cabello en desorden, y aparecía, con su cuerpo mixto de mujer y
de pez escamoso, sobre el mar.
Al parecer se habían hecho varias suposiciones
acerca de esta sirena, de aire erótico y picaresco; unos sospechaban indicaba
la procedencia marina de la familia fundadora de la casa; otros afirmaban que
esta figura simbólica era el blasón del valle de Bertiz Arana, en Navarra, y
que el fundador de la familia procedería de allí; lo cierto era que los dos ó
tres eruditos del pueblo no estaban de acuerdo en la historia ni en la
genealogía de aquella burlona dama del mar llevada tan tierra adentro.
La gente denominaba la casa con el nombre de la
Casa de la Sirena. La fachada de esta era de piedra sillería, admirablemente
labrada; tenía ménsulas con figuras que sostenían los balcones y canecillos
debajo del alero.
En el piso bajo ostentaba una reja labrada, y los
batientes de la puerta estaban llenos de clavos repujados que parecían
florones.
Por la parte de atrás, la casa daba á la hoz del
Júcar, y desde sus ventanas, sobre todo de las altas, se dominaba el barranco,
en cuyo fondo corría el río de un verde lechoso.
La casa de la Sirena era por dentro estrecha,
obscura y sombría. Los muros, espesos, hacían que las ventanas pequeñas
parecieran saeteras, por donde apenas entraba la luz; por todas partes olía á
humedad y á cerrado. Sin duda el que mandó construir la casa temía al viento,
que azotaba allí de firme, y no era muy apasionado del sol.
Los pisos de la casa, sobre todo los dos más altos,
se hallaban desmantelados y con los suelos deshechos y los cristales rotos; en
cambio, el piso principal estaba restaurado. Una escalera apolillada, que se
torcía en unos tramos á la derecha y en otros á la izquierda, iba desde el
zaguán enlosado hasta la guardilla.
Los cuartos altos daban una impresión de abandono y
de pobreza. Las habitaciones eran pequeñas, con muchos tabiques que dejaban
rincones y pasillos obscuros y sombríos; los techos se venían abajo y las
paredes se cuarteaban.
De noche las ratas se paseaban por todas partes,
corriendo, rodando, trotando y chillando.
La guardilla estaba abandonada á una tribu de
lechuzas que tenían allí su vivienda. Casi todas las tardes, al anochecer,
sobre la chimenea ó sobre la veleta roñosa, que ya no giraba, se colocaba una
lechuza, grande y gris, de observación, y al hacerse de noche se lanzaba al
aire con su vuelo tardo y pasaba á veces chirriando y dando aletazos cerca de
las ventanas.
En el tejado se alojaban también una nube de
golondrinas y vencejos que habían obturado con sus nidos las cañerías y las
chimeneas.
El piso principal era el único arreglado en esta
casa vetusta; se le habían abierto ventanas anchas y simétricas á la calle y al
callejón, y embaldosado y empapelado algunas habitaciones. El mobiliario era[44] también nuevo constituído por muebles recién
barnizados, armarios grandes, cómodas ventrudas, veladores y canapés.
La casa de la Sirena de antiguo pertenecía á la
familia de Cañizares.
Los Cañizares aparecían en Cuenca desde la
Conquista.
Esta familia, emparentada con los Albornoces y los
Barrientos, se había distinguido en la historia de la ciudad.
El último vástago de los Cañizares conservaba el
derecho de entrar en la capilla de los Caballeros de la catedral.
Por los Barrientos, los Cañizares eran
descendientes de una dama, Doña Inés de Barrientos, que en en tiempos de Carlos
V se distinguió por su fiera venganza.
A raíz de la formación de las Comunidades de
Castilla se puso al frente del movimiento, en Cuenca, un caballero de gran
posición, D. Luis Carrillo de Albornoz. Este caballero, poco satisfecho del
giro democrático y antirealista que tomaba la revuelta comunera, se retiró á su
casa abandonando el mando á los regidores populares. Los regidores, deseando
que los gobernara un caudillo de su clase, nombraron á uno de oficio frenero.
Carrillo estaba casado con Doña Inés de Barrientos,
hembra brava y orgullosa.
Al dejar de ser jefe de los comuneros el pueblo[45] señaló á Carrillo con su odio, y no había día en
que no le insultara y le zahiriese públicamente.
Doña Inés, iracunda, juró vengarse, y para ello
preparó su plan. Decidió mostrarse más comunera que su marido y ganarse la
amistad de los trece regidores del Municipio. Ellos, satisfechos de verse
atendidos y contemplados por una dama de tan alta alcurnia, iban con frecuencia
á su palacio.
Una noche, Doña Inés convidó á cenar á los trece.
Los regidores bebieron de más, se turbaron, y al salir, uno á uno, Doña Inés
los hizo matar por sus criados, y después mandó colgarlos, por el cuello, de
los balcones de su casa. A la mañana siguiente el pueblo quedó atónito al ver
los trece cadáveres balanceándose en los balcones del palacio.
La familia de los Barrientos había sido de las más
poderosas y ricas. En uno de los esquileos de la casa, á mediados del siglo
XVIII, registró veinticuatro mil cabezas de ganado merino.
A fines del mismo siglo los Barrientos y los
Cañizares comenzaron á decaer, y en tiempo de la guerra de la Independencia los
Barrientos desaparecieron y los Cañizares quedaron completamente arruinados.
Por esta época el jefe de la casa era D. Diego
Cañizares, militar que llegó á coronel en 1813. Don Diego se hallaba casado con
Doña Gertrudis Arias. En su juventud, D. Diego había sido un calavera, y
devorado su fortuna. A los treinta años, al entrar los franceses en España, se
alistó en el ejército; peleó[46] en Arapiles y
Vitoria, y fué ganando sus grados hasta coronel en el campo de batalla.
D. Diego, que en la guerra de la Independencia, á
juzgar por su hoja de servicios, tuvo momentos de heroicidad, al concluir la
campaña se presentó en Cuenca y volvió á seguir su vida de calavera.
No veía la diferencia que hay entre un joven
vicioso y un viejo perdido, y que lo que en uno parece ligereza en el otro
semeja cinismo.
D. Diego recurrió á todos los medios para
procurarse dinero, y se hizo jugador, tramposo y prestamista.
Su mujer, Doña Gertrudis Arias, era una señora
severa y orgullosa que había sufrido en silencio los ultrajes inferidos por su
esposo.
D. Diego y Doña Gertrudis tuvieron un hijo,
Dieguito, que fué el retrato achicado y degenerado del padre. Dieguito era un
alcohólico, un perturbado. A los veinticinco años le casaron con una señorita
de Barrientos, prima suya en segundo grado, y de este matrimonio hubo una hija
llamada Asunción.
La madre de Asunción murió poco después de la
guerra de la Independencia.
El viejo D. Diego consideró indispensable que su
hijo, viudo, se casara con alguna mujer rica, y se entendió con un contratista
de la Carretería llamado el Zamarro y arregló el matrimonio de
su hijo, con la hija del contratista. Pensaba explotar al consuegro mientras
pudiera.
El matrimonio de Dieguito y la hija del Zamarro no
pudo ser más lamentable.
Dieguito iba en camino de la parálisis general,
estaba tonto, alelado; la hija del Zamarro, la Cándida, era una
muchacha joven, guapa y fuerte.
Con un intervalo muy corto de días, en 1819,
murieron los dos Cañizares, Diego y Dieguito, y quedaron viudas Doña Gertrudis
y Cándida, la hija del Zamarro.
La hija de Dieguito, Asunción, quedó de quince años
huérfana de padre y madre.
En la casa de la Sirena el piso principal lo
ocupaban Cándida y su hijastra Asunción; en el segundo estaba el archivo de un
escribano; en el tercero vivían dos señoritas viejas solteras, y en el cuarto
Doña Gertrudis. Los pisos más altos estaban inhabitables.
Doña Gertrudis era una vieja arrugada, seca, con el
pelo blanco, un tanto fatídica.
Arruinada por su marido, no contaba para vivir más
que con la viudedad que le pasaban.
Doña Gertrudis tenía una cara pálida, dura,
impasible, surcada por arrugas rígidas.
Cuando salía á la ventana de su cuarto se la
hubiera tomado por una gárgola gótica ó por un espectro.
En la casa, la Cándida vivía con la mayor comodidad
y lujo.
La Cándida era una mujer poco inteligente, de[48] gustos bajos y vulgares. Su padre, el
Zamarro, había sido un tendero que, en tiempo de la guerra de la
Independencia, hizo algunas especulaciones afortunadas y reunió un capital
bastante grande para un pueblo.
El Zamarro dió á su hija, al
casarse, una dote de treinta mil duros.
La Cándida había sido siempre una muchacha mimada.
Su padre, hombre burdo, tosco, excitó en ella
únicamente la vanidad.
—Tú serás rica—le decía—; tú podrás lucir.
Y ella, sin educación ninguna, había llegado á
pensar que lo principal en el mundo era lucir. Para satisfacer esta ansia de
elevación se casó con Dieguito. El aparecer dueña de una casa principal como la
de Cañizares la seducía.
Por entonces, al quedar viuda, la Cándida era una
mujer rozagante, de unos veintisiete ó veintiocho años, ajamonada, la nariz
respingona, los labios rojos y gruesos, muy abultada de pecho y de caderas, los
ojos negros, brillantes; el tipo basto de buena moza que producía grandes
entusiasmos cuando pasaba por la calle entre los estudiantes, los oficiales
jóvenes y la clase de tropa.
La Cándida pensaba volver á casarse si topaba con
algún militar ó persona de posición que le conviniese. Hubiera querido
encontrar un marido y quedarse á vivir en la casa de la Sirena.
La Cándida, mujer voluble y sensual, se manifestaba
á ratos seca, á ratos afectuosa. Tenía cierto talento de seducción; halagaba á
todo el que quería sin medida.
A Asunción, su hijastra, comenzó á mimarla al
principio, adornándola, dándole golosinas; luego, sin motivo, la desdeñó y la
olvidó.
La Cándida quería que todo el mundo se ocupara de
ella; necesitaba sentir la oficiosidad de la gente, el vaho de la adulación.
Al ver que su suegra y su hijastra no se
entregaban, comenzó á mirarlas con antipatía, y al último, experimentó por
ellas verdadero odio, sobre todo por doña Gertrudis.
Este odio, cada vez más fuerte, hizo que suegra y
nuera no se hablaran y después no quisieran verse.
La Cándida intentó obligar á la vieja á que se
fuera de la casa, pero la casa era de Asunción, y ésta, hasta llegar á su
mayoría de edad, para lo que le faltaban cuatro años, no podía venderla.
La vida de Asunción, colocada entre los odios de su
abuela y de su madrastra, fué triste y melancólica. Toda la existencia de la
muchacha estaba saturada de impresiones penosas y tristes.
En su infancia había presenciado la muerte de su
madre, la enfermedad del padre; luego, riñas entre la abuela y el abuelo,
apuros pecuniarios; después, la llegada á la casa de la madrastra y la guerra
sorda entre ésta y su abuela.
A pesar de su aspecto débil, Asunción tenía gran
resistencia y una personalidad fuerte.
El tipo físico suyo, al decir de los amigos de la
casa, recordaba el de su madre.
Era muy esbelta, delgada, con una palidez de cirio;
el óvalo de la cara, muy largo; los ojos, grandes, negros, inquietos; los
labios, de un rosa descolorido; la expresión, de seriedad y de reserva.
En la calle, y endomingada, parecía insignificante:
una señorita de pueblo agarrotada en un traje nuevo; en casa, y vestida de
negro, estaba muy bien; se comprendía al verla que una vida sana podía hacer de
esta niña clorótica una mujer hermosa.
La Cándida, que se creía á sí misma un modelo, y
que tenía una idea de la belleza de la mujer ordinaria y grosera, decía á su
doncella la Adela:
—¿Qué te parece á ti la Asunción? No va á ser guapa
esta chica, ¿verdad?
—Claro, al lado de la señorita—contestaba la
doncella.
—No, no; yo no soy guapa. ¡Luego, Asunción es tan
huraña! Parece una cabra.
Ciertamente. Asunción se mostraba áspera y poco
amable con las personas á quienes trataba por primera vez. Su vida solitaria le
daba gustos de recogimiento.
Asunción apenas salía de casa; su madrastra le
había señalado en el piso principal un cuarto elegante, empapelado y con
cortinones, que tenía un balcón[51] que hacía
esquina; pero ella prefería dejar este cuarto elegante é ir á las habitaciones
desmanteladas del piso, donde vivía doña Gertrudis, su abuela.
En casa de Doña Gertrudis había un viejo mirador,
casi colgado sobre un abismo, que daba encima de la Hoz del Júcar. Desde allá
arriba se veía el barranco y el río; las golondrinas y los vencejos pasaban
rozando con el ala el barandado, y á veces los milanos se acercaban tanto, como
si tuvieran curiosidad de saber lo que pasaba en el interior.
Asunción solía estar allí mucho tiempo.
Doña Gertrudis vivía en su cuarto alto sola, sin
criada. Esta señora parecía la estampa de la severidad. Cobraba del Gobierno
una pensión de veintidós duros al mes y la ahorraba íntegra: se alimentaba de
la pequeña renta de una tierra.
Doña Gertrudis había llegado á odiar profundamente
á su nuera. Esta dió á su marido al casarse diez mil pesetas para levantar una
hipoteca que gravaba sobre la casa de la Sirena. Doña Gertrudis quería reunir
las diez mil pesetas, devolvérselas á la Cándida y entregar á su nieta la finca
sin gravamen, para que fuese ella la dueña absoluta.
Doña Gertrudis estaba fuerte: barría, hacía su cama
y su comida en un hornillo pequeño; después, sentada en un sillón frailero, con
los anteojos puestos, leía y rezaba una novena cada día.
Tenía una colección de libros amarillentos y
usados, impresos en letras grandes. Hacía también que[52] su
nieta le leyera unas viejas ejecutorias que sacaba de un armario, y las
escuchaba siempre como si fuera la primera vez que las oía.
Doña Gertrudis, seca, arrugada, dura, parecía el
espíritu de la tradición de la casa; la Cándida era á ansiosa advenediza, que
intentaba apoderarse de la vieja morada de la Sirena.
Entre estas dos mujeres, que se odiaban, vivía
Asunción su vida humilde, como las plantas que nacen en la hendidura de dos
losas, sin espacio para desarrollarse. Asunción cosía, bordaba, cuidaba de los
tiestos y leía las ejecutorias que sacaba su abuela.
Tal era la situación de la casa de la Sirena cuando
aparecieron nuevos elementos que influyeron en ella. Uno de estos fué un joven
calavera, Miguelito Torralba, que un día, por entretenimiento, comenzó á seguir
y á galantear á Asunción. Ella, asombrada, manifestó primero sorpresa, luego un
gran desdén; pero Miguelito, hombre perseverante, cuando se proponía algo, no
cejó. Siguió mirando á la muchacha, paseándole la calle á pesar del desprecio
que ella le demostraba. Miguelito era hijo de una viuda y vivía con ella y con
un hermano más joven llamado Luis.
Los Torralbas poseían una casa antigua en la calle
de Caballeros, con un huertecito. Eran parientes lejanos de los Cañizares y
Barrientos.
La viuda, madre de Miguel, señora de escaso
patrimonio, había gastado mucho con su hijo mayor, enviándole á estudiar á
Salamanca.
Miguelito hizo poca cosa de provecho en la vieja[54] ciudad universitaria; derrochó su dinero, corrió
la tuna y volvió á Cuenca á los cuatro ó cinco años con un criado que había
recogido, á quien llamaba su escudero.
Miguelito volvió con muchas habilidades de poca
utilidad práctica, entre ellas hacer versos y tocar la guitarra.
La madre se resignó al ver que el dinero empleado
por ella no había servido á su hijo para alcanzar una posición, y pensó que al
menos le habría hecho ilustrado.
Por uno de estos espejismos maternales frecuentes,
la madre de Torralba creía que su hijo mayor era una lumbrera y que el pequeño,
en cambio, valía poco.
No existía ningún motivo para creerlo así; pero la
madre de Torralba suponía que esta diferencia era evidente. Pensaba que con el
tiempo, don Miguelito protegería á Luis y le ayudaría á desenvolverse en la
vida.
La madre pidió al mayor que enseñara lo que sabía á
su hermano menor, y el mayor accedió.
Miguel enseñó á Luis á traducir el latín y alguna
que otra cosa que el muchacho aprovechó.
—¡Qué bondad la de mi hijo mayor!—pensó la madre.
Los dos hermanos eran muy distintos: Miguel, alto,
esbelto, moreno, petulante, se las echaba de lechuguino. Solía tener con
frecuencia diviesos en el[55] cuello que le
obligaban á llevarlo vendado. Luis, más bajo, rechoncho, tirando á rubio, era
muchacho sencillo y no pensaba en darse tono.
Miguel estaba siempre fuera de casa; Luis, en
Cuenca, gustaba de trabajar en el huerto, y en el campo, de recorrer la
hacienda.
Miguel era aficionado á las indumentarias
teatrales; gastaba chambergo de ala ancha, capa de mucho vuelo y presumía de
pie largo y estrecho.
Don Miguelito tenía en Cuenca, entre unos, fama de
Tenorio; de atrevido entre otros, y de majadero entre algunos.
Don Miguelito era ridículo para casi todo el
pueblo, menos para su hermano y para los amigos. Algunos de éstos le tenían por
un genio; y cuando Miguelito peroraba le miraban pensando.
—¡Qué hombre! ¡Qué tipo!
La cabeza de don Miguelito era un lugar de
confusión de ideas y sentimientos. Hubiera querido encontrar algo para
dedicarse á ello con toda su alma.
Don Miguelito era impertinente sin notarlo, y
excepción hecha de su madre, de su hermano y de algún amigo, quedaba con
frecuencia mal ante las personas, demostrando su falta de discreción y de
sentido. Su petulancia molestaba á la gente.
La madre le consideraba como un portento; pensaba
que el día que adquiriera gravedad sería una maravilla. Estaba convencida de
ello y tenía en esto tanta fe como en un dogma.
La estancia de don Miguelito en Cuenca, de vuelta
de la Universidad, se distinguió por sus extravagancias y sus disparates.
Al principio se manifestó liberal, republicano y
habló con énfasis de Catón, de Bruto y de Aristogiton.
En algunas partes, y excitado por sus mismas
palabras, no se contentó con esto, sino que aseguró que era discípulo de
Robespierre y de Marat y que consideraba la guillotina como la más sublime y la
más humanitaria de las invenciones del hombre.
Afortunadamente para él la gente de Cuenca apenas
tenía idea de Marat y de Robespierre, y no le hizo caso.
Cansado de perorar sin éxito, don Miguelito se
lanzó á la crápula, y excepción hecha de los días que iba á los montes á cazar
con sus dos perros, Gog y Magog, solía emborracharse con frecuencia y volvía á
casa de madrugada.
Le acompañaba su escudero, el mozo perdido, llamado
Garcés, á quien don Miguelito había encontrado muerto de hambre en Sevilla en
una de sus expediciones de tuna. Garcés era hijo de una familia acomodada de un
pueblo próximo á Cuenca llamado Pajaroncillo. Había estudiado en el seminario y
sido un buen estudiante en los primeros años; luego con una transición brusca,
se hizo un perdido, y comenzó á beber, á jugar, á frecuentar los garitos y por
último, á robar. La familia de Garcés lo retiró al pueblo; el muchacho se
arrepintió, entró de novicio[57] en un convento y
pocos meses más tarde se escapaba y volvía á su vida de tunante.
Unos años después de su escapada, Miguel Torralba
lo encontró en Sevilla enfermo, lloroso y arrepentido, y lo llevó con él.
Garcés tenía la especialidad del arrepentimiento y
de las lágrimas. Inmediatamente que le salía algo mal, se sentía contrito y
marchaba á confesarse.
Don Miguelito, á poco de llegar á Cuenca, tenía una
corte de ocho ó diez amigos desocupados como él, noctámbulos y holgazanes.
Paseaban éstos en cuadrilla por las dos Hoces del
pueblo, por el alto de las murallas ó por el fondo del barranco, contemplando
las rocas vivas y los matorrales á la luz de la luna.
Robaban gallinas y quesos; clavaban una noche la
puerta ó la ventana de la vivienda de un pobre hombre; interceptaban una
chimenea con trapos; sujetaban un coche á una anilla de una casa con una
cuerda; metían un gato en un gallinero y hacían todas las clásicas calaveradas
de todos los calaveras del mundo.
Alguno que otro tenía predilección por asustar á la
gente haciendo de fantasma; habían formado también una rondalla de guitarras y
bandurrias, y por las noches daban serenata á sus Dulcineas.
—Es don Miguelito y sus amigos—decían los vecinos,
y muchos añadían:
—¡De casta le viene al galgo!—, porque los Torral[58]bas de Cuenca se habían distinguido siempre por su
extravagancia.
Algunos llamaban á Miguel, Miguelito Caparrota, y
le pronosticaban el mismo fin que al bandido andaluz, que, como se sabe, murió
en la horca á pesar de que su asunto se arregló.
Don Miguelito había formado una asociación
burlesca, de la que era presidente, cuyo objeto principal era beber y cantar.
En las cenas celebradas por esta asociación se entonaba el viejo canto
estudiantil, común á todas las Universidades de Europa, y que aun se recordaba
en Salamanca á principios del siglo XIX.
Gaudeamus igitur.
juvenes dum sumus.
También con grotesca solemnidad se hacía la
salutación al vino en latín macarrónico:
Ave, color vini clari
Ave, sapor sine pari
tua nos inebriari
digneris potentia.
La preocupación de Miguelito era mandar, demostrar
su superioridad, producir asombro, sobre todo entre los suyos; así, para
dirigirlos y admirarlos obraba y pensaba para ellos.
Era capaz de leer un libro largo y pesado con la
esperanza de encontrar un par de frases con que sor[59]prender
á su auditorio. Don Miguelito vivía sólo para la galería.
Tal necesidad de producir expectación le impulsaba
á hacer muchas necedades.
Una vez se lanzó al Júcar á salvar á un pescador de
caña, sin saber nadar, y estuvo á punto de ahogarse; en otra ocasión salió
fiador de un granuja, y estuvo á punto de arruinar á su madre. Poco después
escribió un romance contra algunas viejas murmuradoras del pueblo. Este
romance, que tituló Las Comadres de Cuenca, dió mucho que hablar y
le conquistó una malísima fama.
Miguelito celebró exageradamente la hostilidad
popular.
Todos los amigos encontraron que Torralba era un
excelente versificador y que debía cultivar con más asiduidad el trato íntimo
de las Musas.
Miguelito trabajó algunos días y sometió al juicio
de sus camaradas varias poesías, como A ella, Noche de luna, la
Hoz del Júcar, que fueron consideradas como obras maestras.
Por entonces un condiscípulo que había encontrado
en su casa varios libros de astrología judiciaria y un astrolabio, se los envió
á don Miguelito.
Este, ante el nuevo mundo que se abría á sus ojos,
decidió con la mayor seriedad hacerse astrólogo.
Leyó la Astrología, de Pisanus; el
libro De præcos gnitione futurorum, de Molinacci; el epítome Totiuastrologiæ
judiciales, de Juan de España; los Dis[60]cursos
astrológicos, de Juan de Herrera; el libro de Paracelso, De
generatione rerum naturalium, y las Profecías, de Nostradamus.
Después, para unir la teoría y la práctica, llevó
al terrado de su casa el astrolabio, y allí se dedicaba á medir los ángulos y
ver la conjunción de las estrellas.
Después de aprender á determinar el aspecto de los
astros se dedicó á la predicción del porvenir. El horóscopo de su madre y el de
su hermano resultaron felices; en cambio el suyo, dominado por Marte, fué
completamente nefasto. Probablemente él mismo se había preparado en el
horóscopo el final trágico, cosa que á sus ojos y al de sus amigos le hacía más
interesante.
A juzgar por lo que dijo, la línea de su vida
cruzaba la casa de las enemistades, pasaba por la de la amistad y el amor,
rondaba la casa de las dignidades y caía en la de la muerte.
Las lecturas astrológicas se notaron en don
Miguelito y en sus amigos. Se habló durante algún tiempo de horóscopos y
conjunciones; á una taberna de un hombrecito pequeño, que se llamaba el tío
Guadaño, se le llamó desde entonces la taberna del Homunculus, y á
otra, de la tía Lesmes, la taberna Sibilina.
Una de las gracias de Miguelito era asegurar que
al Homunculus de la taberna, el ex tío Guadaño, lo había
creado él con una fórmula de su maestro Paracelso.
También decía que á una moza del partido le había
dado él la suerte entregándole un trozo de vitela con la palabra mágica
Abracadabra, escrita en forma triangular y con sangre de niño.
La muchacha, siguiendo las instrucciones de
Miguelito, había llevado nueve días la vitela como un escapulario, colgada al
cuello, y al noveno la había echado al río sin volver la cabeza. Don Miguelito
había tenido sus dudas acerca del punto dónde debía echarla, porque era
indispensable arrojarla en unas aguas que corrieran hacia Oriente; pero al fin
encontró el sitio verdadero.
La operación dió resultado, porque un mes después
un comerciante rico se llevó á la muchacha á Madrid y la puso un gran tren.
Entre algunas mozas del pueblo, compañeras de la
otra, se supo lo ocurrido, y se creyó que don Miguelito tenía algo de brujo.
Los amores de don Miguelito eran como no podían
menos de ser extraordinarios y raros.
Don Miguelito había galanteado durante algún tiempo
á una gitana del barrio del Castillo, á quien llamaban Fabiana la Cañí.
Esta Fabiana era una muchacha preciosa, de piel
cobriza y ojos verdes.
Don Miguelito había llegado á hacerse amigo
del Ajumado, un esquilador de burros, padre de la Fabiana.
El Ajumado y don Miguelito se
entendían; al es[62]quilador le parecía natural que al
payo le gustara la mocita de su casa, y se dejaba convidar y contemplar.
La madre de la Fabiana, la Pelra, era
una gitanaza que se dedicaba á comprar y á vender viejos cachivaches, á freír
morcillas y churros; á la abuela, gitana legítima, que odiaba el trabajo como
buen ejemplar de su raza, la decían en la calle la Zincalí, y tenía
por oficio echar la buenaventura en las ferias, vender la raíz del Buen Varón y
la Hierba de Satanás y arrobiñar lo que podía.
Don Miguelito hablaba con la vieja gitana de magia
y de astrología, y la dejaba llena de espanto.
El le enseñó en qué ocasiones se debían emplear las
siete palabras mágicas principales: Abracadabra, Jehová, Sator, Arepo, Tenet,
Opera y Rotas.
También le dió la frase sacramental para todos los
conjuros, que es ésta: Nomem Dei et Sancte Trinitatis quod tamen in
vanum assumitur, contra acerrimum summi legislatoris interdictum.
La gitana temblaba al oír á Miguel. Todos los
hombres y mujeres de la casa odiaban y temían á Torralba, á quien llamaban
el Busnó. Miguelito sentía por ellos un profundo desprecio.
En esto se presentó en Cuenca un calderero gitano,
el Romi, hombre cobrizo como sus calderas, alto, mal encarado.
La familia del Ajumado concertó la
boda de la Fabiana con el Romi, y á la zambra que hubo asistió[63] Miguelito, cosa que hizo reir á sus amigos, que
consideraron la asistencia de Torralba á la fiesta como una prueba de serenidad
admirable.
Alguno le dijo después á Miguelito que no se fiara
con el Romi, pero Miguelito despreció la advertencia.
Iba declinando el entusiasmo por la gitanería y la
astrología cuando don Miguelito se fijó en Asunción y con la violencia
característica de sus inclinaciones decidió que desde entonces ella sería la
dama de sus pensamientos.
Los amores comenzaron con todo el aparato de
absurdidades propias y naturales de don Miguelito. Varias veces escribió á la
muchacha con la arrogancia de un hombre grande y extraordinario; pero como ella
no le contestaba se fué desesperando, y concluyó por tomar una actitud
exageradamente humilde.
Cómo conoció Asunción que en el fondo de aquel
calavera botarate había un hombre, un hombre valiente, un hombre digno, difícil
es saberlo, lo cierto fué que lo conoció.
Don Miguelito todavía hizo alguna simpleza al verse
atendido por la muchacha; pero pronto se tranquilizó y tomó el aspecto de una
persona sensata.
Al comenzar á hablar con Asunción pensó que toda su
juventud había sido una pobre majadería, y decidió abandonar á los amigos y al
escudero Garcés. Les dijo que iba ir al yermo, que estaba harto de vanidades.
Un amor vulgar y corriente por una[64] señorita del
pueblo le hubiera dejado en mal lugar entre los camaradas que le veían como
hombre extraordinario, raro, lunático y nigromántico. Todavía no se atrevía á
afrontar su desdén.
Al poco tiempo la gente averiguó el noviazgo, los
camaradas le desdeñaron y las personas que pasaban por serias comenzaron á
decir:
—No, no, Miguel no es tonto; si quiere se hará un
hombre de provecho.
Miguelito dejó de frecuentar sus antiguos amigos, y
reanudó sus amistades con un clérigo que había estudiado con él en la escuela.
Este clérigo, D. Víctor, vivía en casa del guardián de la Catedral, y era
hombre estudioso é ilustrado.
A Miguelito le trataba muy ásperamente.—Botarate,
aprendiz de mago, majadero—le solía decir con voz iracunda.
—Sí, tienes razón—contestaba Miguel—; soy un
mentecato.
—Vale más que lo confieses—le decía el cura.
—Pues lo confieso. He llegado á los veintisiete
años sin oficio ni beneficio. He perdido el tiempo en pasear, en hablar y en
hacer versos...
—Y versos malos.
—Cierto, versos malos. Te advierto que todas mis
vanidades antiguas se han deshecho: no me importa que me llames mal poeta ni
mal astrólogo. No me hace mella.
Miguel no pensaba más que en encontrar un me[65]dio de ganar la vida con independencia ¡tenía tan poca
base! ¡Era tan difícil hacer algo de provecho en Cuenca! Se le ocurrió
marcharse á Madrid, pero no se atrevió á decírselo á su madre, porque hubiera
sospechado que el viaje era pretexto para otra calaverada.
Miguelito consultó con Asunción, y los dos en sus
conversaciones y cartas se ocuparon de este magno asunto. Pensaron varios
medios para resolver el problema.
Pronto estos amores los conoció todo el pueblo, y
también la abuela y la madrastra de Asunción. Asunción contó, temblando de
miedo, á su abuela la historia de sus amores, y Doña Gertrudis dió el visto
bueno.
—Si es un caballero, aunque sea pobre, no
importa—dijo la vieja severamente.
—Pues caballero lo es.
—Entonces puedes estar tranquila.
Asunción abrazó y besó á su abuela con entusiasmo.
Se decidió que D. Miguelito visitara á Doña
Gertrudis, y en la entrevista que tuvieron ambos quedaron muy amigos y de
acuerdo.
La madrastra de Asunción, la Cándida, quizás por
llevar la contraria á su suegra, se puso en contra del noviazgo, y como no
conocía el carácter de hierro que había en el fondo del cuerpecillo anémico de
su hijastra, quiso convencerla de que su novio,[66] D.
Miguelito, era un perdido, un vagabundo, viejo, cínico, sin oficio ni
beneficio, que quería vivir á su costa.
Desde aquel momento Asunción juró romper con su
madrastra y no volver á dirigirla la palabra. Empezó á faltar á todas horas del
primer piso de la casa; luego, más tarde, se trasladó definitivamente al cuarto
de la abuela á vivir con ella.
IV.
SANSIRGUE EL PENITENCIARIO
En 1821, el penitenciario de la catedral, D. Manuel
Rizo, que estaba enfermo desde hacía tiempo, murió en un pueblo de la sierra,
donde había ido á reponerse, y fué nombrado para el cargo D. Juan Sansirgue.
Sansirgue venía del Burgo de Osma, y al llegar á
Cuenca se dijo de él que era liberal. Fué una de esas voces que corren por los
pueblos, sin base ni razón alguna.
Don Juan era hombre de unos cuarenta años de edad
de estatura media, más bien bajo que alto y tirando á fornido.
Tenía el pelo rojo oscuro, los ojos verdes, la cara
cuadrada y pecosa, las pestañas rojizas, el cuello de toro, los brazos largos,
las manos gruesas y los pies grandes.
Se veía en él al lugareño nacido para destripar
terrones. Llevaba gafas, aunque no las necesitaba, [68]sin
duda con el objeto de darse un aire doctoral, y miraba siempre de través.
Pronto se averiguó su vida, con toda clase de
detalles.
Sansirgue, hijo de un campesino muy pobre de
Priego, terminó la carrera casi de limosna. Tras de obtener un curato en el
campo y una parroquia en Almazán, había sido nombrado canónigo racionero del
Burgo de Osma, y después, penitenciario de Cuenca.
Sansirgue, al decir de sus colegas, demostró ser
bastante fuerte en latín y cánones, y como predicador se dió á conocer como
hombre arrebatado y de tosca elocuencia. La gente pronosticó que llegaría á
obispo.
En la vida social el nuevo penitenciario se
desenvolvió como un perfecto intrigante, adulador y un tanto bajo. Acostumbrado
al servilismo del ambicioso pobre que escala su posición lentamente y con
grandes esfuerzos, en muchas ocasiones ponía en evidencia su naturaleza
lacayuna.
A los seis meses de permanencia en el pueblo,
Sansirgue lo conocía á fondo y comenzaba á dominarlo. Algunos otros canónigos,
dirigidos por el lectoral, intentaron atajarle el paso; pero Sansirgue,
sostenido por el obispo, por su secretario Portillo, joven ambicioso, y por la
gente rica, marchaba adelante.
El confesionario le daba la clave de cuantos
conflictos interiores en las familias y en los matrimonios ocurrían en el
pueblo. Esta arma de inquisición y de[69] dominación
teocrática Sansirgue la empleaba con paciencia y con método.
Tenía la sagacidad y la malicia del lugareño, é iba
perfeccionando y alambicando su sistema de inquerir con el esfuerzo y la
perseverancia.
Sansirgue había ido á vivir á casa del pertiguero
de la catedral.
Ya por costumbre inveterada, desde hacía muchos
años, se alquilaba una habitación grande á un canónigo en casa del pertiguero
Ginés Diente.
El más notable de estos canónigos hospedados en
ella fué D. Francisco Chirino.
Don Francisco dejó al morir fama de hombre de gran
virtud y sabiduría. Chirino fué magistral desde fines del siglo XVIII hasta
poco después de la guerra de la Independencia; estuvo prisionero y á punto de
ser fusilado por las soldados de Caulaincourt.
La leyenda aseguraba que Chirino se salvó
asombrando á los franceses con un discurso en latín y otro en francés que les
dirigió.
En un viaje hecho á Valencia murió Chirino, y dejó
en casa de Diente una biblioteca muy nutrida de libros de historia, de
teología, y algunas ediciones raras que los herederos no se cuidaron de
recoger.
Después de Chirino ocupó la habitación el canónigo
Rizo, y tras de la muerte de éste vino Sansirgue á posesionarse del cuarto que
por tradición pertenecía á un canónigo.
En aquella casa vieja de una calle sombría, el
penitenciario Sansirgue, como una gruesa araña peluda, plantó su tela espesa
dispuesto á mostrarse clericalmente implacable para la mosca que cayese en
ella.
La callejuela tortuosa, en cuesta, partía de la
plazuela del palacio del Obispo por una escalera, y terminaba en un camino de
ronda de la muralla.
En este callejón, llamado de los Canónigos porque
antiguamente había varios que tenían allí su casa, vivía el guardián y
pertiguero de la catedral, Ginés Diente.
Ginés era hijo de pertiguero y nieto de pertiguero.
La pértiga constituía una institución en la familia
de los Dientes. Se podía decir que los Dientes vivían de ella y comían de ella.
Ginés el guardián era por este tiempo un viejo
seco, flaco, de nariz aguileña, afilada y roja, el pelo gris, el mentón
saliente, con claros en la barba, y picado de viruelas. Gastaba anteojos de
plata gruesos para leer.
Solía usar á diario, fuera de las grandes
ceremonias, calzón oscuro, media negra, zapatos rojos[72] con
hebillas de plata, balandrán de color negro pardusco, en la cintura una faja
azul y encima una correa con ganchos, en los cuales fijaba varios manojos de
llaves.
Ginés tenía cerca de sesenta años. Conocía la
catedral mejor que su casa.
Era hombre de mucho gusto para la lectura, y muy
liberal.
Desde hacía tiempo, cuando concluía sus faenas, iba
al cuarto del canónigo Chirino, se ponía sus anteojos de plata gruesos,
compuestos con hilo negro, cogía algún libro y lo leía muy despacio. Cuando
terminaba dejaba una señal, y al día siguiente comenzaba de nuevo la lectura.
Lo que no entendía bien lo volvía á leer.
Así había pasado cerca de un año con el Teatro
Crítico, de Feijóo; pero se había enterado tan perfectamente de las
opiniones y doctrinas del autor, que desde entonces podía pasar por un erudito.
Su hija Dominica regañaba á su padre por su afán de
leer.
—No sé para qué lee usted tanto, padre—le decía—.
Deje usted eso á los que saben.
—Los que saben son los que leen—contestaba Ginés—;
sean canónigos ó pertigueros.
Ginés era viudo; la Dominica, su hija, estaba
casada con un carpintero, constructor de ataúdes.
La Dominica, la guardiana, mujer muy morena,
juanetuda, fea, con una fealdad simpática, tenía unos[73] ojos
grandes, negros, muy expresivos y una sonrisa de bondad. Era muy activa y
trabajadora y más fuerte que un hombre.
La Dominica se ocupaba de limpiar la iglesia, y
tenía también el cargo de funeraria. Ella se entendía con la familia del muerto
para disponer cómo había de ser la caja, el coche, el número de hachones y la
importancia del funeral, que se clasificaba en de tercera, de segunda, de
primera, solemne y solemnísimo.
La guardiana revelaba un gran espíritu de dominio.
Casada á los treinta años, cuando todo el mundo creía que ya no se casaría, no
había tenido hijos. Su marido, el carpintero constructor de ataúdes, era un
buen hombre, fantástico y un tanto borracho.
La Dominica, sentía gran amor por la catedral y por
todo lo que tuviese relación con ella.
A los canónigos que hospedaba en su casa los
trataba como á hijos.
Hablaba constantemente del canónigo Chirino, cuya
ciencia y virtud habían quedado como legendarias.
El buen señor éste era tan inútil para las cosas de
la vida, que no sabía atarse un botón, afilar un lápiz ó tallar una pluma.
La Dominica había sido el factótum de Chirino y del
canónigo Rizo. Les atendía, les ordenaba como si fueran chicos.
Una necesidad de mando tal no era cosa muy có[74]moda para la guardiana, porque la obligaba á trabajar
como una negra.
Todo lo contrario de ella se manifestaba Damián, su
marido, el constructor de ataúdes. Este era vago, poltrón, ocurrente, y siempre
estaba inventando pretextos para dejar el trabajo é ir á la taberna.
El ser, además de carpintero, relojero de la
catedral le permitía andar siempre de un lado á otro.
Damián era chiquito, moreno, de cara muy correcta,
pero de una expresión de rata. Era hombre de gran paciencia, domesticaba
pájaros y toda clase de bichos. Tenía un cuervo, Juanito, que hablaba mejor que
algunos hombres y que le conocía, y un gato negro, con ojos de oro, á quien
Chirino había bautizado con el nombre fenicio de Astaroth.
Este constructor de ataúdes solía ir á veces con
Juanito en un hombro y Astaroth en el otro á beber con un compadre sepulturero,
con quien tenía grandes amistades.
—A mí que no me den un armario ni una mesa que
hacer—decía Damián á sus amigos cuando estaba inspirado—; lo que más me llena
es hacer una caja fúnebre. Hay que ver la cantidad de filosofía que hay dentro
de un ataúd... ¡ja... ja!
—¡Bah! No tanta como en una sepultura—saltaba el
sepulturero su amigo que quería poner también muy en alto su profesión.
—¡Más, mucho más!—replicaba el carpintero
dulcemente hundiendo su mirada en el oscuro amatista[75] de
un vaso de vino—. Yo, cuando veo las tablas que traen á mi taller, pienso: esto
era un árbol que estaba en un bosque... ¡ja... ja!..., y en ese bosque había
pájaros, alimañas, leñadores, serradores, y estos árboles los había plantado
alguno. ¿Los había plantado alguno, ó habían crecido solos? No se sabe...
¡ja... ja!... ¡Qué filosofía! ¡Y los clavos! Estos clavos, que al clavarlos con
el martillo la familia del difunto cree que suenan de otra manera... ¡ja... ja!
¡Superstición! ¡Superstición! Estos clavos los han trabajado en una fragua,
donde saltaban chispas; han sacado el metal de una mina, donde andaban los
hombres como los topos... ¡ja... ja! ¿Y la tela? Esa tela negra que se va á
descomponer en la fosa, ¿de dónde viene? Viene de un telar, de una fábrica que
quizá es un hormiguero... de gente trabajadora... ¡Qué filosofía tiene esto!
¡Ja... ja... ja, ja!
Y Damián se reía, con una risa mecánica y triste.
—A mí si me sacan del ataúd, soy hombre
muerto—añadía.
—Como á mí, si me sacan de la sepultura, no sé qué
hacer, no le encuentro encantos á la vida—aseguraba el sepulturero.
—En esto nos diferenciamos del resto de los
hombres, á quienes pasa todo lo contrario... ¡ja... ja... ja!—exclamaba Damián.
—Somos gente superior—añadía el sepulturero.
—Es que nuestros oficios tienen más fondo, más
filosofía. El fondo de una fosa. ¡Hermoso fondo! ¿Vas[76] á
tener tú la insustancialidad de un peluquero? No. ¿Voy yo á compararme con un
sastre? Tampoco. El hace una envoltura pasajera; yo no, yo la hago
definitiva... ¡Ja... ja! ¡Qué filosofía tiene esto!
Damián sentía tanto entusiasmo por los ataúdes, que
echaba la siesta dentro de uno de ellos, vigilado por Juanito y por Astaroth.
El enterrador admiraba á Damián. En cambio su
mujer, la Dominica, le despreciaba y le dirigía constantemente una lluvia de
sarcasmos, que él oía indiferente.
En la casa del pertiguero lo más transcendental era
la habitación del señor canónigo. La Dominica fregaba todas las semanas el
suelo, y en el verano todos los días; limpiaba los cristales, sacudía los
colchones y la alfombra, y pasaba el plumero por los libros.
La habitación del canónigo, la mejor de la casa,
era espaciosa y clara. La luz entraba en ella por un gran balcón y por una
ventana pequeña. Esta ventana pequeña daba hacia la Hoz del Huécar que se veía
sobre el solar de una casa derruída convertida en huerto. El huertecillo,
limitado por cuatro tapias cubiertas de hiedras, estaba lleno de zarzas y de
rosales silvestres.
Tenía la habitación una chimenea de piedra con el
hogar cubierto durante el verano por una mampara de papel vieja, con una
estampa en colores desteñida, y dos bolas de cristal azul.
En un ángulo estaba la cama, de madera, con
colgaduras verdes descoloridas, y en las paredes, un armario de varios cuerpos,
también con cortinas. El suelo era de ladrillos grandes, rojos, que se
desmoronaban, y la pared, tapizada de un papel dorado, con arabescos negruzcos.
Esta habitación canonical tenía seis sillas de
damasco, ya tan ajadas, que apenas se podía notar su primitivo color, y un
canapé de paja, con un almohadón rojo, completamente desteñido. Delante de la
ventana pequeña, por donde el sol entraba al amanecer, había una vieja mesa
tallada, y junto á ella, un sillón frailero con clavos dorados.
Allí el canónigo Chirino pasó toda su vida dedicado
á la lectura, mientras Astaroth, acurrucado, le contemplaba con sus ojos de
oro.
Unicamente al atardecer solía asomarse al balcón á
contemplar las rocas de la Hoz del Huécar, que se veían desde allá, y á oír las
oraciones del Degollado, á quien solía echar una moneda. La
Dominica conservaba la habitación siempre limpia, pero no podía luchar con la
polilla que corroía sus viejos muebles, ni con el olor á rancio que exhalaban
los volúmenes alineados en los estantes.
En vida de Chirino uno de los muebles más curiosos
de su despacho era un gran reloj, que cuando murió el canónigo pasó al taller
de Damián. Este reloj de pared tenía música y varias figuras que aparecían al
dar las horas. En el péndulo, Caronte se[78] agitaba
en su barca, y en la orla de bronce que rodeaba la esfera, se leía: Vulnerant
omnes, ultima necat. Damián, el marido de la Dominica, había arreglado el
reloj y hecho que se movieran las figuras. Estas eran un niño y una niña, un
joven y una doncella y un viejo y una vieja seguidos de la Muerte, representada
por un esqueleto con su sudario blanco y su guadaña. Cuando desaparecían las
edades de la vida seguidas de la Muerte, se abría una ventana y aparecía la
Virgen. Al mismo tiempo que estas figuras pasaban por delante de la esfera del
reloj sonaba una música melancólica de campanillas.
Damián, que había visto el reloj parado, lo llevó á
su taller, lo desarmó, lo volvió á armar y consiguió que marchase, que se
moviesen los muñecos automáticos y funcionase la sonería.
Chirino le dijo que al morir él, le dejaría el
reloj como recuerdo, y, efectivamente, cuando desapareció el canónigo, Damián
se apoderó del reloj y lo llevó al cuarto pequeño próximo al portal donde solía
trabajar.
Damián se encontraba en aquel cuarto satisfecho; el
ataúd grande donde solía dormir la siesta, el armario con los ataúdes pequeños,
el cuervo, el gato negro y el reloj; no podía pedir más. A no estar enterrado
de verdad no era fácil alcanzar un mayor grado de perfección funeraria.
Siempre que pasaba por delante del reloj del
canónigo Chirino, Damián lo contemplaba con entusias[79]mo.
Las guirnaldas de calaveras y tibias, entre flores, su carácter macabro y la
salida de la Muerte le entusiasmaban. Se le antojaba una de las más bellas y
geniales ocurrencias que podía haber salido de la cabeza de un hombre.
Le habían dicho lo que significaba el letrero en
latín, y le parecía admirable. Vulnerant omnes, ultima necat: Todas
hieren; la última, mata.
El constructor de ataúdes repetía la frase
sonriendo, con un tono de salmodia triste como un cartujo el: Hermano, morir
tenemos.
Damián, y quizás también su cuervo, se extasiaban
pensando en la profundidad de aquella sentencia.
Al llegar el penitenciario Sansirgue á ver la casa,
le parecieron las condiciones de la Dominica muy buenas, y decidió quedarse
allá, encargando á la guardiana que quitara dos ó tres armarios para dejar más
espacio en el cuarto.
Sansirgue examinó los libros de Chirino, vió muchos
volúmenes de Historia, Cánones y Teología, que no le interesaban, y tomos de
colección de sermones de predicadores célebres.
Estos libros estaban señalados y anotados, así que
era muy fácil y cómodo consultarlos.
Siguiendo las indicaciones del penitenciario, que
hizo una selección rápida, se quitaron tres cuerpos del armario, y se llevaron
los libros en cestos á un cuarto interior.
[80]Hecho el traslado pedido, Sansirgue se instaló en
la casa. Por diez reales al día la guardiana le daba la comida, la ropa y el
fuego en el invierno. El penitenciario comería aparte de la familia, en la
sala, y los domingos tendría un plato extraordinario.
Segundito, un sobrino de Ginés, estudiante de cura,
serviría al canónigo de paje para llevar cartas y hacer los recados.
Además de Ginés el pertiguero, de la Dominica y de
su marido, el constructor de ataúdes y relojero, vivía en la casa el cura amigo
de Miguel Torralba. Este cura, sobrino de la mujer de Ginés, se llamaba D.
Víctor, y era capellán de un convento de monjas.
Don Víctor, á pesar de ser estudioso y listo, no
había prosperado, quizás por falta de simpatía, quizás sencillamente por mala
suerte.
Era D. Víctor hombre pequeño, moreno, muy vivo de
movimientos y de ademanes.
Había estado algún tiempo en Madrid, hecho un viaje
á Roma, y durante algún tiempo había sido secretario del obispo de Plasencia.
Era el capellán hombre inteligente, trabajador,
austero, á quien la injusticia había hecho quisquilloso. Se había encontrado
siempre postergado, humillado, y en la lucha por la vida, adquirió una actitud
de agresividad, más ó menos velada, poco simpática á[82] sus
superiores. Ya en su época de estudiante se distinguió por sus protestas contra
sus profesores, imbéciles; luego tuvo que servir y obedecer á obispos
orgullosos é ignorantes que trataban á los individuos del bajo clero como á
criados.
Quizás en ocasiones consideró sus votos
sacerdotales como grillos, como eslabones de una cadena que le herían; pero aun
así amaba la cadena martirizadora.
El catolicismo, como todas las sectas cristianas,
es en el fondo la escuela de la humillación. Su plan último consiste en
quebrantar la individualidad. Su ideal, hacer del hombre perinde ac
cadaver.
Para el catolicismo la salud es soberbia, la
confianza en sí mismo orgullo, el valor jactancia, todas las virtudes nobles
son despreciadas y afeadas; en cambio, las miserias tristes se explican, se
justifican y se alaban: el pecador humilde, el miserable humilde, el crapuloso
humilde, el imbécil humilde siempre tienen su defensa y hasta su apología.
Esta táctica de humillación, unida al espionaje, al
servilismo y á la pedantería, ha sido la seguida siempre en los seminarios: la
táctica de la Compañía de Jesús cuando al hombre de valer de su sociedad ha
antepuesto un estólido cualquiera para mortificar la soberbia del primero.
Don Víctor notó en el seminario y fuera del
seminario la antipatía que producía.
—¿Cómo?—pensaban sus superiores. ¿Este hombre de
clase humilde, cree que sabe latín? ¿que sabe[83] teología?
¿que es capaz de predicar elocuentemente? Arrinconémosle. Que aprenda á tener
humildad.
Aprender á tener humildad, quiere decir: aprender á
estar descontento, á ser miserable, á ser vil.
Este fondo de rencor que guarda el cristianismo á
todo lo noble, lo sereno, lo tranquilo, viene sin duda de su tradición
semítica, de los siglos en que vivió en las leproserías y en los suburbios de
Roma, en los agujeros infectos donde se corrompían los parias y los esclavos.
Don Víctor, como hombre de cierta sensibilidad,
sufrió grandes choques en su carrera. En Madrid tuvo que alternar con curas
cortesanos que se burlaron de él, de su pedantería y de sus latines.
Don Víctor, al volver á Cuenca, hizo el
descubrimiento al ver á sus antiguos condiscípulos y compararse con ellos, que
él, como los demás, tenían los mismos lugares comunes de expresión, los mismos
gestos y ademanes aprendidos en el seminario. Todos imitaban, sin querer, á un profesor
de teología y casi decían las mismas frases en latín, y todos se ponían las
manos en el abdomen y daban palmaditas una sobre otra.
Don Víctor, al notarlo, hizo un gran esfuerzo para
cambiar sus frases de cajón y suprimir estos ademanes que eran los bienes
mostrencos obtenidos en el seminario, y lo consiguió.
Don Víctor, en Cuenca, apenas podía sostenerse con
el sueldo mísero que le daban las monjas y con[84] el
pequeño estipendio de la misa, y fué á vivir á casa de la Dominica, que era
algo pariente suya. Por cinco reales la guardiana le tenía de huésped y el cura
vivía como si fuera de la familia.
La Dominica oía las quejas de D. Víctor y le
recomendaba siempre que cediese á sus superiores; pero D. Víctor se irritaba y
echaba largos y pedantinos discursos empedrados de latinajos: Odi
profanum vulgo, decía con frecuencia, y para elogiar su pobreza
repetía: Omnia mecum porto (llevo todos mis bienes conmigo).
Don Víctor era un temperamento batallador y amigo
de luchar.
No tenía el espíritu filosófico y generalizador
necesario para ver las grandes injusticias sociales, pero en cambio las
pequeñas injusticias de detalle le herían y le mortificaban.
Lo sancionado por la fuerza de la costumbre, aunque
fuera una enormidad, siempre le parecía bien; la transgresión nueva le
indignaba.
Don Víctor era atrevido y valiente. En un período
de guerra no hubiese tenido inconveniente en lanzarse al monte.
A pesar de haber sido laminado y destrozado por la
educación teocrática, D. Víctor era archiabsolutista y teócrata; creía que la
iglesia debía ser Imperium in imperio, y que era ella la única
encargada de dirigir la vida de los hombres hasta en sus más pequeños detalles.
Don Víctor y Ginés se entendían bien. Discutían y á
veces se insultaban, porque Ginés se sentía bastante anticlerical. Ginés le
llamaba á D. Víctor curiato, clericucho, y D. Víctor le decía chupacirios,
sacaperros, menos cuando le quería halagar, porque entonces le llamaba fortunate
senex, y algunos otros elogios en latín.
Don Víctor era hombre aficionado á paseos
solitarios; salía por la tarde á las afueras y volvía al anochecer curioseando,
mirando al fondo de las tiendas, de las tabernas y de las botiguetas de las
calles.
El cuarto que la Dominica destinó á D. Víctor en su
casa fué un guardillón bajo de techo y lleno de armarios, que tenía dos
ventanas enrejadas abiertas sobre el solar de la casa derruída, convertida en
huerto.
Este camaranchón grande, la mitad sin cielo raso y
parte sin suelo, había sido el depósito de la biblioteca del canónigo Chirino,
el sitio donde éste almacenaba sus libros. Había allí muchos volúmenes,
probablemente cuatro ó cinco mil, unos metidos en los armarios, otros apilados
en el suelo, todos llenos de polvo.
Don Víctor, al llegar á casa del pertiguero,
conocía los libros estudiados por él en su carrera, pero nada más. El tener
allí otros á mano le indujo á leerlos, primero sin mucha gana, luego con gusto,
después con pasión, hasta hundirse en la biblioteca de Chirino como un centauro
en un bosque ó un tritón en las olas de un mar antiguo.
Tras de muchas investigaciones, D. Víctor encontró
el catálogo de la biblioteca del canónigo. En la que había sido su habitación
principal, la que luego ocupó Sansirgue, tenía el difunto canónigo los libros
clásicos de un cura erudito; en el depósito, que habitaba ahora D. Víctor,
estaban los libros de historia, de filosofía y de moral, algunos encuadernados
sin rótulo.
Don Víctor comenzó por leer tratados de confesión,
obras de casuística de los Padres Escobar, Sánchez, Molina, el Salmanticense y
otros célebres teólogos fundadores de la moral laxa de los jesuítas. Al hojear
estos libros le sorprendieron las notas de Chirino contra los autores. También
le asombró leer las burlas que dedicaba á las Cartas del filósofo rancio del
padre Alvarado.
¿Sería el canónigo Chirino, muerto casi en olor de
santidad, un hereje?
Don Víctor se propuso averiguarlo y seguirle en sus
notas con el celo de un inquisidor.
Al principio había considerado su cuarto como un
rincón, únicamente bueno para dormir; después comenzó á encontrarlo un lugar
admirable de esparcimiento, mandó poner cristales á las rejas, que no tenían
más que maderas, y encargó al marido de la Dominica una camilla para leer
delante de la reja con los pies calientes.
Don Víctor metía el brasero debajo de la mesa y se
ponía á leer. Comenzó á mirar uno por uno los[89] libros
de la biblioteca, principalmente los anotados por el canónigo.
En casi todos ellos Chirino había puesto notas
marginales, casi siempre racionalistas y burlonas.
El canónigo se valía de ingeniosos anagramas para
despistar á cualquiera en cuyas manos, por casualidad, cayera uno de sus
libros.
La idea del anagrama vino á la mente de D. Víctor
al comprender qué escritor se ocultaba en las notas de Chirino con el nombre de
Viralteo.
Al principio D. Víctor, que no conocía á los
filósofos racionalistas, supuso que Viralteo sería uno de tantos, después miró
este nombre en el Teatro Crítico de Feijóo, y no lo encontró. Pensando en
Viralteo, vió que podía descomponerse en: ¡O alte vir! (¡oh
alto varón!).
Estuvo pensando quién podría ser este alto varón,
hasta que comprendió era el anagrama de Voltaire. Vió también que E. Moras era
Erasmo, y que así estaban disfrazados muchos nombres.
Hallados unos, supuso que toda palabra sin sentido
claro que el canónigo ponía en sus notas marginales había que descomponerla,
buscarle un significado esotérico y así encontró los anagramas de la Religión,
Dios, clero, etc., empleados por Chirino. Muchas veces para indicarlos no ponía
más que la inicial.
Las notas del canónigo Chirino sorprendían á D.
Víctor. ¡Qué curiosidad la de aquel hombre! Fi[90]losofía,
matemáticas, ciencias naturales, viajes, todo lo había leído en su rincón y
todo lo había comprendido.
Para D. Víctor, el canónigo Chirino era un amigo y
un enemigo.
—¡Ah, canalla!—exclamaba.—¡Cómo te ocultas! ¡Cómo
te defiendes!
El canónigo Chirino hacía juegos malabares en sus
notas. Muchas veces interrumpía un pensamiento puesto al margen de una página y
lo seguía en otra.
Don Víctor comprendía la eficacia de la inquisición
para ahogar este sentido de crítica y de duda.
Chirino era uno de esos espíritus agudos,
inquietos, vulnerantes, educados en las marrullerías de los casuístas, por los
que tenía un odio y un desprecio terribles.
Varias veces D. Víctor encontraba referencias á
libros que no se hallaban en la biblioteca con la indicación de la página.
Por las notas del canónigo esto parecía indicar que
se encontraban allí y que los había consultado; sin embargo, D. Víctor no daba
con ellos.
Don Víctor hizo una nueva requisa y no encontró
nada, hasta que por casualidad, empujando una tabla del fondo de un armario,
ésta corrió un poco. Don Víctor agrandó la abertura y apareció una alacena
formada en el hueco de la pared y llena de libros.
Estaban allí las obras de Spinoza, el Entendimiento
Humano, de Locke; el Diccionario filosófico,[91] de
Voltaire; las Cartas provinciales, de Pascal; El Espíritu
del Clero y La impostura Sacerdotal, del barón de
Holbach; Los Coloquios y el Elogio de la Locura de
Erasmo; el Espíritu, de Helvetius; la Historia natural del
alma, de La Mettrie; el Diccionario Crítico-burlesco, de
Gallardo, y otras obras francamente antirreligiosas.
En esta alacena había también una colección de
folletos y periódicos franceses y españoles liberales y varios números
del Amigo del Pueblo, de Marat.
En las notas de estos libros escondidos, el
canónigo Chirino aparecía ya claramente como un incrédulo simpatizador de los
enemigos de la Iglesia: espíritu satírico y zumbón que no respetaba nada.
Don Víctor ante esta colección de libros prohibidos
por la Iglesia vaciló en leerlos; pero decidido se lanzó á ellos.
Para D. Víctor tuvieron aquellas obras el gran
encanto de ser fruta prohibida.
La impresión que le produjo la lectura del Diccionario
filosófico, de Voltaire, fué imborrable. La proximidad que tenían para
Voltaire las controversias religiosas hacía que D. Víctor leyera la obra como
un escrito del día.
Aquella anécdota que cuenta tan graciosamente
Voltaire, en la que Pico de la Mirandola dice al propio Papa Alejandro VI que
cree que su Santidad no es cristiano, y el Papa reconoce de buen grado lo que
dice Pico, le dejó atónito.
A pesar de que D. Víctor comprendía la sagacidad,
la erudición y el buen sentido de Voltaire, no quería seguirle, y le indignaba
como una cosa personal, como una injuria hecha á la familia, la veneración del
canónigo Chirino por él. Chirino acompañaba al patriarca de Ferney en sus notas
marginales con una unción, con un respeto que irritaban á don Víctor. Apenas se
atrevía á indicar una inexactitud y á señalar algún ligero olvido de su ídolo.
—Lo que no concede á los doctores de la Iglesia, lo
concede á Voltaire—decía amargamente don Víctor.
Y esto le molestaba más que como una herejía, como
una traición al espíritu de cuerpo, tan fuerte en los curas.
El nuevo penitenciario, D. Juan Sansirgue, se
estableció á sus anchas en casa de Ginés Diente el pertiguero. Pronto se vió no
era de la raza de los hombres como el canónigo Chirino, aficionados á la
lectura y á la soledad.
Sansirgue pasaba poco tiempo leyendo en su
despacho; comía mucho, bebía bien, escribía con frecuencia largas cartas y á
todas horas se le veía entrar y salir en el palacio del obispo.
Sansirgue no tenía la amabilidad de Chirino ni la
llaneza de Rizo. No se paraba un momento en el taller de Damián, ni acariciaba
á los chicos en la calle, ni quiso dar una limosna al Degollado,
que se pasó varias horas por la tarde cantando oraciones á la puerta. Sansirgue
ahuyentó de su cuarto al espíritu familiar de la casa, al infernal Astaroth,
con su traje negro y sus ojos de oro.
Sansirgue no quiso tampoco tener intimidad con[94] familia del pertiguero. Supo que en casa de la
Dominica había un capellán de un convento de monjas de huésped; pero no le dió
importancia ni pensó en conocerle, ni menos en convidarle alguna vez á su mesa.
Don Víctor no le perdonó el desvío, y desde aquel
momento comenzó á sentir por el penitenciario uno de esos odios clericales
profundos y contenidos.
Don Juan y D. Víctor tenían que sentirse hostiles.
D. Juan, hombre de suerte, al mes de estar en Cuenca entraba en todas partes,
tenía influencia, era de los familiares del obispo y subía como la espuma; en
cambio, D. Víctor parecía la representación de la desdicha.
Una de las cosas que indudablemente se refleja
mejor en el rostro es el éxito ó el fracaso.
La fisonomía del penitenciario tomaba una expresión
de contento y de triunfo á medida que adquiría importancia; en cambio, la del
capellán de monjas era un puro vinagre. Su nariz iba adquiriendo el aspecto de
un pico, y su color verdinegro se hacía cada vez más obscuro y bilioso.
Don Víctor, que columbraba desde una de las rejas
de su cuarto la habitación de Sansirgue, comenzó á espiarle. Le veía pasear,
escribir cartas, fumar sentado en la butaca. Si el penitenciario predicaba,
sabía de dónde había tomado las frases de su último sermón, las citas que había
equivocado y los errores de concepto que había vertido. Sabía, ade[95]más, quién le visitaba y lo que hacía hora por hora.
Sansirgue era muy visitado y consultado.
El penitenciario era un hombre caído con buen pie
en la ciudad. En su confesonario las señoras hacían cola para confesarse con
él; en el púlpito había tenido gran éxito. Se le consideraba como orador de
fuerza. Era de los predicadores que gritan y apostrofan, y que son los más
admirados. El público de los sermones no acepta más que el sermón almibarado ó
el colérico, y, generalmente, éste le gusta más.
Sansirgue extremaba su nota colérica; era de los
declamadores dionisíacos, insultaba, amenazaba, arrastraba por el fango á sus
oyentes, sobre todo á las mujeres, para quienes manifestaba su mayor desprecio.
La figura tosca y plebeya de aquel hombre, sus
gritos, sus apelaciones á la cólera divina entusiasmaban. Cuando golpeaba el
púlpito con sus manos de patán y pintaba los horrores del infierno, las mujeres
suspiraban y se oían lamentos y quejidos ahogados en el ámbito de la catedral.
Este sentido de esclavitud, propio de la mujer y
más de la mujer católica, hizo que las señoras de Cuenca se entusiasmasen y se
acercasen con admiración á aquel ensoberbecido patán.
Uno de los sitios donde fué presentado y recibido
con entusiasmo Sansirgue fué en casa de Doña Cándida, la madrastra de Asunción.
El penitenciario, al conocer aquella mujer, vió[96] pronto su flaco. Poseía Sansirgue esa sagacidad
que los hombres de iglesia, y sobre todo los jesuítas, han desarrollado en la
práctica del confesonario; tenía también la mala opinión que los curas tienen
casi siempre de las mujeres, opinión que según los bromistas proviene de la
comunidad de faldas.
La intimidad entre Doña Cándida y Sansirgue fué
haciéndose mayor; el penitenciario tomó la costumbre de ir á la casa de la
Sirena todos los días por las mañanas y después al anochecer, y por la puerta
del callejón, para que no le viesen.
No era seguramente raro ni extraño en un pueblo de
clerecía el que un cura visitara á una señora rica, ni aun siquiera que la
galantease; lo que sí pareció extraordinario fué que inmediatamente se
comenzara á murmurar y á contar mil cuentos en todo el pueblo de las relaciones
entre Doña Cándida y el canónigo.
La causa de una expansión tan rápida de la
maledicencia se debió á una vecina y antigua amiga de la Cándida, que tenía una
confitería frente por frente de la casa de la Sirena.
La confitera había prestado al abuelo de Asunción,
D. Diego Cañizares, por dos veces, cinco mil pesetas en hipoteca sobre la casa
de la Sirena en pacto de retroventa, y ya la miraba como suya.
El tener la hermosa casa de piedra sillería delante
había dado á la confitera una gran ambición de poseerla. Había hecho sus
proyectos de trasladar su establecimiento á casa de la Sirena, ensanchar el ta[97]ller y alquilar los pisos altos. Este plan, acariciado
días y noches con tenacidad en la calma de la vida provinciana, se frustró y se
desvaneció al casar D. Diego á su hijo con la Cándida.
El Zamarro proporcionó el dinero
necesario para levantar la hipoteca, y su hija se quedó á vivir en casa de la
Sirena.
Desde entonces la confitera dedicó á su antigua
amiga el más profundo odio; consideraba que le había robado la casa. De la
rabia, enflaqueció, palideció, quedó hecha un espectro.
La confitera comenzó á tratar á su marido, que era
un pobre calzonazos, alto y triste, á puntapiés.
Por envidia y por celos, día y noche se puso á
espiar á la Cándida desde el fondo de la tienda y desde las ventanas de su
primer piso. La veía vestirse, peinarse, adornarse; aquilataba los detalles más
pequeños de la indumentaria y del tocado. La Cándida no sospechaba que en la
casa de enfrente latiera un odio tan profundo contra ella.
En estos pueblos tranquilos, donde pasan pocas
cosas ó no pasa nada, fermenta el odio y la envidia con una enorme virulencia.
En la vida de las ciudades y de los pueblos
pequeños apenas se da un caso de amor fuera de inclinación sexual; en cambio el
odio inmotivado crece con una lozanía extraordinaria.
El ingenuo que descubre este fondo de odio se
pregunta: ¿Qué motivo puede haber para ello? Nin[98]guno.
El motivo de existir otros hombres y otras mujeres es suficiente.
Es curioso cómo se odia en los pueblos, y cómo,
debajo de la farsa cristiana de la caridad y del amor al prójimo, aparece de la
manera más descarnada y terrible la envidia y el odio. Probablemente, sólo la
vanidad y el deseo de lucir pueden mitigar este odio nacido del fondo del
hombre.
La exaltación de las pasiones sociales es, sin
duda, lo único que ha de moderar el egoísmo.
La mayor posibilidad de que el rico propietario sea
un tanto humano es que se sienta vanidoso. Así, si tiene hermosos caballos,
querrá que los vean los demás; si posee un bello parque, hará que la gente lo
pueda contemplar; en cambio, el buen rico, cristiano, modesto y no vanidoso,
cerrará su huerto con una alta tapia, y además la erizará de pedazos de
cristal.
Hay que reconocer que esta predicación cristiana,
con su palabrería mística, al cabo de veinte siglos no ha conseguido no ya que
los hombres se amen un poco los unos á los otros, sino ni siquiera que esos
pobres ricos cristianos no pongan unos agudos pinchos y unos hermosos cristales
en las tapias de sus propiedades para desgarrar las manos de los rateros y de
los vagabundos que intenten coger una fruta.
En los pueblos donde no hay apenas pasiones
sociales el odio y la envidia predominan.
Si se pudiera recoger la oleada de rabia y de ren[99]cor contenida en una aldea ó en una ciudad pequeña, se
quedaría uno asombrado. En las grandes ciudades hay, sin duda, más vicios, más
irregularidades y anomalías; pero tanta cantidad de odio, tanta virulencia,
imposible...
Las dos personas que olfatearon al momento la
intimidad de la Cándida y Sansirgue fueron las dos personas que más les
odiaban: la confitera y don Víctor.
La confitera contó á todo el mundo lo que había
visto: las entradas en la casa, á escondidas, de Sansirgue; las cartas que se
cruzaban entre la viuda y el canónigo, las golosinas, y sobre todo, la cantidad
de anisete y de licores que llevaba Adela, la doncella, para su ama.
La confitera propaló la voz de que Doña Cándida era
aficionada al vino y á los licores. Una semana después, todo el mundo en Cuenca
llamaba á la Cándida la Canóniga, decía que era borracha y que
estaba enredada con el penitenciario.
Años antes había habido una obispa; luego, una
capuchina; después, una vicaria, y por último, una canóniga.
Para pueblo de clerecía, no era mucho.
Desde que Miguelito cambió de vida y formalizó sus
relaciones con Asunción iba con mucha frecuencia á ver al cura D. Víctor y á
charlar con él.
Los amigos del ex calavera lo habían abandonado, y
tomaron como cabeza del grupo al capitán Lozano, un jugador empedernido,
borracho, alegre é inconsciente.
El escudero Garcés vagaba por Cuenca, como alma en
pena, sin saber qué hacer, y cuando estaba muy apurado pedía á su antiguo amo
un par de pesetas para ir pasando.
Don Miguelito y D. Víctor hablaron varias veces de
lo que se empezaba á murmurar de la Cándida y del penitenciario.
Miguelito se alarmaba pensando en su novia,
colocada entre el odio de la madrastra y de la abuela. Suponía que cualquier
día Doña Gertrudis iba á provocar un escándalo á la Canóniga.
Don Víctor se dedicó á espiar á Sansirgue. Lo
consideraba peligroso.
Desde su cuarto podía oírle, y desde la reja verle
á través del patio.
Conocía los hábitos del canónigo.
—Latet anguis in herba—decía D. Víctor, y
pensaba que aquella serpiente escondida entre la hierba había de hacer algún
daño y producir grandes males.
Un día D. Miguelito contó á su amigo D. Víctor que
doña Gertrudis había tenido al fin una explicación borrascosa con la Cándida.
En su disputa se dijeron las dos cosas muy duras.
D. Víctor, en parte por mala intención, y también por favorecer á su amigo,
escribió un romance, del que pensó hacer tres copias, y mandarlas una á la
Cándida, otra al obispo y otra á Sansirgue. El romance se llamaba A la
Canóniga, y empezaba así:
En un caserón vetusto
más alto que la Mangana,
más negro que un solideo
y un escudo en la fachada
con un sol, una sirena,
dos dardos y una granada,
una vieja pergamino,
siete lustros en cada anca,
echando lumbre los ojos
y temblándole la barba,
á su zamarresca nuera
enderezó esta soflama:
"Nunca fueron tradiciones
[103]de las fembras de mi casa
servir en la clerecía
á tenor de barraganas.
Nunca doncellas ni viudas,
ni casadas, sin ser santas,
fueron viribus et armis
sin gracia canonizadas.
Non son los limpios blasones
de vieja estirpe fidalga
el contar en ella obispas,
canónigas ni vicarias".
Después de largas insinuaciones malévolas, en que
aparecían D. Juan y la Canóniga, concluía diciendo la vieja á su
nuera en el romance del cura:
"Marchad, señora canóniga,
al cabildo ó á la tasca,
que si no os marcháis aína
yo os echaré noramala".
Terminado y corregido el borrador, D. Víctor hizo
las tres copias, desfigurando la letra, las escribió en trozos de papel
antiguo, y las envió al obispo, á la Cándida y al penitenciario.
Al día siguiente se puso á estudiar el efecto.
El canónigo volvió de la catedral tarde; estaba
preocupado. Después de comer no salió de casa, y anduvo paseando arriba y abajo
por el cuarto.
Sansirgue, al leer el romance, quedó al principio
atónito; después se puso á cavilar quién podía ser el autor de estos versos.
Su instinto le decía que aquel papel provenía de
algún clérigo. ¿Pero de quién? No tenía ningún enemigo, no conocía tampoco á
nadie aficionado á satirizar en verso á la gente. El que había escrito aquéllos
había, sin duda, leído é imitado los romances de Quevedo.
El autor de A la Canóniga demostraba
una malevolencia grande, cierta facilidad de pluma que no tenían sus colegas, y
un desprecio por el clero poco natural.
Por exclusión, vino á creer Sansirgue que el autor
del romance era Miguelito Torralba. No podía comprender una imprudencia así en
D. Miguelito. Sin embargo, no encontraba otro á quien achacar la culpa. Miguel
había escrito antes Las Comadres de Cuenca en el mismo estilo;
él, sin duda, era el autor de los versos A la Canóniga.
Sansirgue quedó preocupado y asustado. Al mismo
tiempo sintió un feroz instinto de vengarse.
Se veía cazado como un conejo; comprendía que había
dado un mal paso, que su carrera podía truncarse. Como buen plebeyo ansioso de
una posición elevada, temblaba pensando en la opinión ajena, y este miedo le
excitaba más la furia vengativa.
¡Ah! ¡Si hubiera conocido al autor! ¡Se hubiera
lanzado á él á deshacerlo, á pulverizarlo! D. Juan supo que la Cándida había
recibido un papel igual, y Portillo el secretario del obispo, amigo de
Sansirgue, le entregó, sonriendo con cierta sorna, otro.
El penitenciario estuvo ocho días inquieto,
entregado al miedo, á la desesperación y á la ira. D. Víctor le oía pasear
arriba y abajo, como un lobo en la jaula.
Sansirgue dejó de ir á casa de la viuda: temía
mucho que ésta hiciese alguna tontería comprometedora; pero la Cándida
discurría como mujer, y como mujer solicitada y guapetona; y al ver que el
canónigo la abandonaba aceptó los homenajes del capitán Lozano, el jefe de los
calaveras del pueblo, y sustituto en este transcendental puesto de D.
Miguelito.
Sansirgue, que no tenía afecto ninguno por la
viuda, se alegró.
—La viuda se entiende con el capitán—le dijo
Portillo á Sansirgue, unos días después—. Aproveche usted esta conyuntura.
Escríbala usted, hágase usted antipático á ella, y luego visítela usted.
Sansirgue escribió un anónimo á la Cándida,
acusándose á sí mismo de que hablaba mal de ella.
A los pocos días la hizo una visita. La Cándida le
recibió muy mal y Sansirgue salió cariacontecido. En varios sitios manifestó
hipócritamente su tristeza al ver que no había podido llevar por buen camino á
la viuda, y mucha gente lo creyó.
Cuando en 1822 se fué viendo en España el fracaso y
la debilidad del Gobierno Constitucional, comenzaron á formarse juntas
absolutistas en casi todas las capitales de provincia.
En Cuenca se constituyó la Junta Realista en el
obispado. El obispo, un viejo raído y rapaz, puso la diócesis á contribución;
recibió dinero de la provincia y de fuera, y guardando parte, entregó cincuenta
mil reales para los primeros trabajos de los realistas puros.
El secretario Portillo comenzó la organización de
la Junta, de la que formaron parte los canónigos Salazar, Gamboa, Perdiguero,
Sansirgue, Trúpita y Sagredo.
Todo el clero y las personas visibles de la ciudad
se adhirieron á la Junta.
La ciudad alta, en bloque, se manifestó absolutista
y enemiga del Gobierno; en el arrabal se experi[108]mentó
cierta agitación entre los constitucionales que se desvaneció en figuras
retóricas de la época.
Como el obispado y el clero temían la
responsabilidad, en caso de fracaso, la Junta delegó sus poderes en tres
representantes ó testaferros que se pondrían en comunicación con la gente.
Después de muchas vacilaciones fueron nombrados: el
Chantre, brazo de Portillo, para entenderse con el clero; D. Miguelito, para
avistarse con el elemento civil, y el capitán Lozano, para el militar.
Esta comisión comenzó á funcionar y á reunirse en
una casa antigua medio arruinada de la calle de los Canónigos, en cuya puerta,
en el dintel, se leía una hermosa inscripción en letra gótica. Esta casa había
pertenecido al Arcipreste de Moya.
La comisión terminó sus gestiones rápidamente; y en
la segunda sesión de la Junta Realista, celebrada en el obispado, cada uno de
los delegados explicó sus trabajos.
El Chantre dijo que había recibido más de
quinientas cartas de curas de pueblo dispuestos á lanzarse al campo, formando
partidas. Aun pensaba que llegarían á más las adhesiones.
El obispo prometió dar otros cincuenta mil reales
para que se compraran armas, y que además, dirigiría una pastoral comunicada á
los curas de la diócesis.
Después del Chantre, D. Miguelito explicó su
gestión. Excepto el jefe político, todos los demás[109] empleados
estaban dispuestos á derribar el Régimen constitucional.
—Las condiciones que ponen son éstas—señaló
Miguel—: El contador de la policía quiere ser ascendido á comisario ordenador;
el Cachorro, Salinier y Alaminos dicen que fiarán el dinero necesario si se les
nombra después intendentes de ejército; José Auzá aspira á ser contador de la
policía; el armero de la Ventilla, el Zagal, dice que proporcionará
armas á los voluntarios si le conceden el retiro de sargento á que tiene
derecho; los demás empleados y paisanos adheridos están en esta lista cada cual
con sus condiciones.
Después de D. Miguelito habló el capitán Lozano.
Este no había tenido dificultades: la guarnición se hallaba dispuesta á pasarse
al campo realista desde el momento que hubiese garantías de éxito. Las
condiciones eran: el coronel sería ascendido á general; los dos comandantes del
batallón, á jefes de brigada; los capitanes Lozano, Arias y Vela, á
comandantes; los tenientes, á capitanes, y los sargentos, á oficiales.
Aprobados en la Junta los trabajos de los
delegados, siguieron éstos maniobrando; el pueblo lo tenían por suyo: los dos
secretarios de policía y los tres celadores obedecían á la Junta Realista más
que al jefe político.
El pueblo entero estaba preparado para levantarse
contra el Gobierno á la primera señal.
Siendo éste el espíritu de las personalidades de
Cuenca, no era de extrañar que la plebe fanática y brutal se encontrase
soliviantada.
Al saberse la expedición de Bessieres y de los
demás cabecillas realistas hacia el centro de España, la gente se alborotó.
Contribuía á ello la época, que era de Cuaresma, y
la cruzada que los curas, y sobre todo los frailes, hacían desde los púlpitos y
confesonarios.
Era una oratoria de energúmenos la que utilizaban
los frailes en sus sermones: gritos, pasmos, insultos, chocarrerías, absurdos,
todo se consideraba como buen medio para atacar el liberalismo y la
Constitución.
Cuál sería el sistema de predicación frailuna, que
los curas más fanáticos quedaban como tibios y poco fervorosos en la defensa de
las prerrogativas del trono y del altar.
El secretario Portillo, que no encontraba bien que
el clero secular fuese así oscurecido por el regular, encargó al canónigo
magistral Gamboa pronunciara un sermón enérgico. El magistral quiso hacerlo;
pero le faltaban medios oratorios: tenía la voz seca, el ademán frío, y el
público no se entusiasmó con su oración.
Entonces Portillo encargó á Sansirgue otro sermón,
recomendándole diera la nota aguda.
—Aunque se comprometa usted un poco no le
importe—dijo Portillo—. El Gobierno no se atreve con nosotros.
—No le tengo miedo.
—Puede usted desmandarse impunemente. Hágalo usted
así como si las frases se le escaparan á usted involuntariamente, ex
abundantia cordis. Le conviene esto. Con la alocución la gente olvidará las
hablillas de las que doña Cándida y usted han sido víctimas.
Esta palabra víctimas, el secretario del obispo la
recalcó con cierta ironía.
Sansirgue aceptó el pensamiento de Portillo y se
puso á preparar su plática, tomando párrafos de aquí y de allí, en la colección
de sermones que guardaba Chirino. Escribió el comienzo y el final de su
discurso y se los aprendió de memoria.
El secretario hizo correr la voz por el pueblo de
que el sermón del penitenciario produciría gran efecto, y el domingo el público
llenó la catedral.
Don Víctor fué de los que con más atención
contempló á su orgulloso compañero de hospedaje. Estaba con Miguel y Luis
Torralba cerca de una columna de la nave central.
Subió Sansirgue las escaleras del púlpito con un
aire de orgullo, de terquedad y de dominio.
—Es un patán que va á trabajar al campo—dijo D.
Víctor—no el inspirado que se dispone á hablar al pueblo desde la montaña.
Comenzó su discurso Sansirgue con una voz ronca y
áspera que quería ser insinuante. No dominaba bastante la técnica oratoria para
redondear los períodos, ni se valía con oportunidad de los silencios estudiados
y sabios, ni tenía ademanes sencillos; no sabía hacer un sermón de orador
artista, pero estuvo relativamente bien.
Rezó después, y al levantarse comenzó la segunda
parte del discurso. Se vió aquí que ya no repetía lo aprendido de memoria, sino
que improvisaba. Las oraciones salían á veces cojas y defectuosas, las
repeticiones abundaban; pero la temperatura del sermón subía y llenaba la nave
de la catedral. La cólera daba elocuencia y fuerza al penitenciario. Su voz se
había entonado, caldeado, y vibraba en el ámbito de la iglesia como una
trompeta guerrera.
Dijo que los liberales eran ateos, sacrílegos,
impíos, vasos de todo crimen é impureza, dignos de los mayores tormentos,
serpientes venenosas, perros sarnosos; que la Filosofía era la ciencia del mal,
que[114] con los impíos no se debía tener unión ni
en el sepulcro.
Pintó á los liberales como monstruos que se
acercaban traidora y cobardemente á atacar el trono y el altar, y exhortó á los
fieles á que salieran á la defensa de los sacrosantos principios de la Religión
y de la Monarquía con todos los medios y con todas las armas.
Esta segunda parte de su oración la dijo Sansirgue
con una violencia extraordinaria, gritando y levantando los brazos al cielo,
dando puñetazos al borde del púlpito. Parecía que quería clavar sus ideas á
golpes de martillo en la cabeza de los fieles.
Sansirgue, después de esta hora de gritos é
improperios, sudaba y estaba sofocado. Su silueta fuerte y sanguínea aparecía
roja y congestionada en el púlpito.
Concluída su catilinaria, el canónigo tuvo un largo
silencio y siguió de nuevo el sermón, ya con voz suave y cansada; comentó la
frase del padre Alvarado, el filósofo rancio: "Más queremos errar con San
Basilio y San Agustín que acertar como Descartes y Newton"; y afirmó que
la verdad en boca de un filósofo liberal es siempre el error y la impostura, y
el error en boca de un ministro del Señor puede ser la verdad. Con esto y una
invocación á la Virgen acabó su discurso y bajó del púlpito.
Don Víctor, á pesar de su enemistad, no pudo menos
de reconocer que el sermón de Sansirgue era[115] el
que se pedía en aquel momento. Todo el mundo decía que el penitenciario había
estado admirable; los hombres se sentían entusiasmados y las viejas encantadas.
—Si alguien ahora recuerda lo de la Canóniga se
le tendrá por liberal—saltó Luis Torralba.
—Ah, claro—dijo D. Víctor.
—Es una bonita manera de discurrir—añadió Luis—. Le
dicen á uno: "Tu héroe es liberal, pero es un ladrón y lo voy á
probar." Es que tú eres absolutista. "Tu héroe es absolutista, pero
es un bandido." Es que tú eres liberal.
—Qué quieres—murmuró D. Víctor—. El pueblo discurre
así; tiene que ser amo ó esclavo, y si alguien independiente se le pone en el
camino á decirle la verdad lo odia y lo desprecia.
—La Iglesia en ese sentido debe ser también muy
pueblo—dijo Luis Torralba.
Don Víctor refunfuñó y no replicó nada claro.
Cuando Jorge Bessieres vió cerrado el camino de
Madrid y sus tropas dispersadas, decidió separarse de los demás cabecillas y
tomar, á poder ser, una importante plaza fortificada. Cuenca era la que estaba
en mejores condiciones para un golpe de mano, y á ella dirigió sus miras.
Bessieres se enteró de que existía en Cuenca una
Junta realista, y la envió un oficio dándole cuenta de sus planes.
Este oficio lo recibieron el Chantre, Miguelito y
el capitán Lozano, y lo tomaron en consideración.
Al mismo tiempo, O'Donnell oficiaba al jefe
político comunicándole la dirección que llevaba Bessieres, y Aviraneta por
orden del Empecinado enviaba una carta al alcaide de comuneros de Cuenca,
explicándole con detalles la huída de Bessieres, de Priego y de Huete, y
advirtiéndole que llevaba pocas fuerzas.
Por tres conductos y á tres centros diferentes
llegó la noticia de la alarma de Bessieres.
Los representantes de la Junta realista decidieron
mandar un aviso al cabecilla francés, indicándole que al acercarse á Cuenca se
avistarían con él y verían la manera de que los realistas se apoderaran de la
ciudad.
Pensaron en enviar un propio; pero Miguelito dijo
que era mejor se presentara él al general realista.
Miguelito así lo hizo; inventó un pretexto para no
alarmar á la familia y á la novia, y de noche, á caballo, escoltado por Garcés
el Sevillano, que se había vuelto á reunir con él, se presentó en
el campamento del francés.
Bessieres le recibió muy amablemente; Bessieres
debió quedar bien impresionado del aire de seguridad y de dominio de Miguelito,
y le habló como á un hombre que venía á proponerle una cosa importante.
El advenedizo francés tenía simpatía por la gente
improvisada, y creyó encontrar en Torralba un buen auxiliar, un hombre como él,
sin prejuicios ni supersticiones de moral.
Bessieres le dijo á Miguelito que volviera á Cuenca
y le trajera un plan bien meditado para apoderarse de la ciudad. Si lo
conseguía, haría que inmediatamente se le nombrara capitán y que al año fuera
comandante.
Don Miguelito volvió entusiasmado á Cuenca y[119] lleno de grandes esperanzas. Se reunió en
seguida con el Chantre y con el capitán Lozano, y entre los tres comenzaron á
hacer gestiones para madurar un plan. Luis Torralba, al saberlo, desaprobó la
actitud de su hermano.
—¿Has sido liberal y ahora por conveniencia vas á
tomar partido con los absolutistas? Me parece mal, muy mal.
Miguel quiso explicar su conducta; pero esto era
explicar lo inexplicable.
El jefe político, al conocer la noticia de la
aproximación de Bessieres, llamó al comandante de la plaza, y al decirle éste
se redoblaría la vigilancia, se tranquilizó.
No se quedó tan tranquilo el alcaide de los
comuneros, á quien había escrito Aviraneta por orden del Empecinado.
El tal alcaide era al mismo tiempo jefe de la
Milicia nacional, y se llamaba Cepero, el ciudadano Cepero.
El ciudadano Cepero no hubiera sido muy temible
para los absolutistas sino hubiera tenido un hijo furioso jacobino.
Cepero, padre, hombre ordenancista y poco
inteligente, suponía que las órdenes de la Confederación de comuneros eran
dictadas por grandes sabios.
Cepero, padre, en el fondo hombre incapaz de
discurrir por su cuenta, creía lo que le decían. Tenía un almacén de harinas en
el arrabal, y era due[120]ño de tierras, algunas
procedentes de las ventas de los bienes monacales.
Cepero, hijo, era entonces un joven de unos
veintitrés años, sombrío y ambicioso. Hubiera querido dominar el pueblo por el
terror; pero no tenía medios ni colaboradores, porque los demás liberales no
pasaban de ser pobre gente, entre la que había varios que se habían hecho
milicianos por envidia ó por utilidad.
El ciudadano Cepero supo las noticias de la
persecución y fuga de Bessieres, desde Guadalajara, por Sacedón y Priego, y que
las huestes realistas se habían dividido.
Bessieres no llegaba á contar más que con unos mil
quinientos hombres. De acercarse con las fuerzas reunidas de los cabecillas
realistas, Cuenca, con su guarnición y la milicia, no hubiera podido resistir;
pero con tan poca gente, la cosa variaba.
—Creo que le haremos frente á Bessieres—dijo Cepero
solemnemente á su hijo.
—¡Bah!—contestó éste—. ¿Usted cree que podemos
contar con la guarnición?
—Yo, sí.
—Pues está usted en un error.
—¿Por qué?
—Porque la guarnición de Cuenca está vendida á los
absolutistas.
—¡Qué falsedad! ¡Qué calumnia!
—Nada de eso. Realidad. El coronel, los dos[121] comandantes, el capitán Lozano, el capitán
Arias... casi todas los oficiales están dentro de la conspiración; dispuestos á
levantarse contra el Régimen.
Y Cepero, hijo, dió una porción de detalles que
demostraban los manejos realistas de los militares.
Cepero, padre, temía á su hijo. Este le motejaba
siempre de tibio y de moderado.
Cepero, padre, se agitó; fué á ver á los oficiales
liberales de la guarnición, reunió á la Milicia nacional y alarmó al jefe
político.
Don Miguelito, después de tener una larga
conferencia con el Chantre y con el capitán Lozano, se avistó con el comandante
de la plaza, y entre los dos discutieron varios proyectos para sorprender y
apoderarse de Cuenca. Por último quedaron de acuerdo.
La entrada de los absolutistas se verificaría por
la puerta de San Juan, y de noche.
El comandante mandaría á esta puerta al capitán
Lozano con una sección, y tendría la tropa avisada para pronunciarse y prender
á los oficiales, y desarmar á los soldados de la milicia nacional.
A las doce de la noche, Miguelito se presentaría en
la puerta de San Juan con un pelotón de soldados de caballería de Bessieres;
daría el santo, la seña y la contraseña, y pasaría adentro. Un segundo pelotón
entraría después, y por último, toda la fuerza realista.
Aunque el plan era sencillo, había que combinar[124] muchas cosas y atar varios cabos para ponerlo en
ejecución.
Se decidió lo siguiente: á las diez de la noche se
encendería una luz en una ventana alta del palacio del obispo, y otra, poco
después, en la muralla, lo que querría decir: "Todo está preparado".
Miguelito, en compañía de Garcés, se apostaría
delante del convento de San Pablo.
En el instante que vieran las dos señales, Garcés
iría á avisar al campamento de Bessieres, y vendría con un escuadrón de
lanceros. Dirigidos por Miguelito, darían la vuelta al pueblo, pasarían el
puente de San Antón é irían á colocarse en la orilla derecha del Júcar; luego
cruzarían el río por el puente de los Descalzos, volviendo de nuevo á la orilla
izquierda, y de aquí subirían, al paso, divididos en varios pelotones, á la
puerta de San Juan. Llamarían, y al preguntar los de dentro: "¿Quién?",
contestarían con este santo y seña:
—Daniel, Cuenca y Bessieres. Debellare
superbos.
Esta frase de "debelar á los soberbios",
en boca de un hombre como Miguel, era un poco absurda.
Dicho el santo y seña, entrarían y avisarían para
que pasaran las fuerzas de Bessieres. Se apoderarían del cuartel de infantería,
próximo á la puerta de San Juan; desarmarían la milicia nacional, y prenderían
á los oficiales afectos al Régimen.
El plan era realmente fácil y muy asequible.
Pasó un día, pasaron dos, y la Junta no dió la or[125]den de ejecución. Se esperaba no se sabía qué.
Bessieres estaba impaciente.
La causa del retraso fué que Portillo, á nombre del
obispo, había escrito á la Junta Realista de Madrid pidiendo informes acerca de
Bessieres y de su correría. Sin duda los informes no fueron del todo
satisfactorios, porque el secretario del obispo apareció de pronto poco
entusiasmado con la idea de entregar la ciudad á los realistas.
Portillo consultó con Sansirgue, y le explicó el
proyecto, en el cual D. Miguelito iba hacer el primer papel. Portillo aseguró
que el proyecto estaba mal preparado, que era sospechoso porque había quien
aseguraba que Bessieres se hallaba en relación con los masones, y que, á no ser
por no perjudicar á un amigo como Miguel Torralba, lo hubiera denunciado al
jefe político en un anónimo.
Sansirgue, al oír esto, miró á Portillo con
ansiedad. El secretario del obispo estaba impasible.
Echada la semilla, germinó pronto. Sansirgue vió
que podía hacer un servicio á Portillo, á quien consideraba omnipotente, y al
mismo tiempo satisfacer su venganza contra Miguelito, que le había perjudicado
en la carrera con sus versos A la Canóniga, y no vaciló. Se marchó
á su casa, se encerró en su cuarto, y, después de redactar varias veces el
aviso, escribió dos anónimos: uno al jefe político, otro al ciudadano Cepero.
En los anónimos no omitía un detalle de cuanto[126] tramaban los conspiradores; citaba la lista de
todos los que pertenecían á la Junta, incluso el suyo. Este rasgo de astucia le
hizo suponer que nadie sospecharía de él. Logró también disfrazar la letra
escribiendo con la mano izquierda.
Don Víctor, que había visto ir y venir al
penitenciario, ceñudo y preocupado, por su habitación, y que sabía, casi minuto
por minuto, lo que hacía, redobló su espionaje. Sintió que estaba escribiendo.
Cuando concluyó, Sansirgue salió de su casa, se fué al palacio del obispo, y D.
Víctor esperó en la calle. Era ya el anochecer cuando salió el penitenciario.
Don Víctor dejó el atrio y siguió á Sansirgue. Este
avanzó, mirando á derecha é izquierda, se acercó al correo y echó una carta al
buzón.
Poco después volvió de nuevo á su casa, y media
hora más tarde entró D. Víctor. El capellán pasó una porción de horas de
insomnio pensando qué podía haber escrito el canónigo.
Todo le hacía creer que era algo serio é
importante; las cartas ordinarias se las llevaba Segundito, el paje; aquélla, ó
aquéllas, las había echado él, y con gran cuidado de que nadie le viera. ¿Para
qué tantas precauciones?
Al día siguiente D. Víctor fué á ver al Zagal,
al armero de la Ventilla.
Este era amigo de uno de los secretarios de la
policía, y por él había sabido que el complot de Miguelito acababa de ser
descubierto.
Inmediatamente D. Víctor supuso que D. Juan había
delatado á los realistas.
Al llegar á casa, á la hora de comer, expuso sus
sospechas á Ginés y á la Dominica, y ésta sobre todo, rechazó con indignación
tales suposiciones.
Ginés, que no tenía grandes simpatías por el
canónigo Sansirgue, dijo:
—Vamos á su cuarto cuando salga él, y veamos si
queda algún indicio.
Lo hicieron así: entraron en el cuarto, y no vieron
nada. Ginés, que era un espíritu metódico, sacó la mampara de la chimenea, y
vió sobre la piedra del hogar que había unas pavesas negras. Don Víctor las
cogió con gran cuidado, y á la luz llegó á leer escritos con tinta varios
nombres, entre ellos el de Torralba.
Don Víctor quedó convencido de la delación del
canónigo.
Pensó las providencias que podía tomar para evitar
que á Miguelito le hicieran víctima de la emboscada traidora que le preparaban.
Lo primero que hizo al día siguiente fué marchar á
la calle de Caballeros, á casa de los Torralbas.
Allí le dijeron que no estaba ninguno de los dos
hermanos. Sin duda Miguel no quería ser detenido antes de intentar la aventura,
en la que tenía tantas esperanzas.
Don Víctor preguntó por la madre de los Torralbas,
y la habló; pero esta señora no sabía nada ó desconfiaba de D. Víctor, y se
limitó á decir que ninguno de sus dos hijos estaba en Cuenca.
Después de comer, don Víctor se dirigió á la
catedral á buscar al Chantre.
Se acercó á la capilla de los Caballeros y se
arrodilló delante de la verja.
[130]Esta capilla, fundada por un Albornoz, estaba
trabajada en piedra blanca, y en su portada tenía esculpidos varios atributos
militares, y en la clave del arco, un esqueleto.
En el frontispicio se leía esta inscripción, que
canta el triunfo de la muerte:
Victis militibus mors triumphat: Vencidos los soldados triunfa la muerte.
Don Víctor estuvo pensando, divagando sobre esta
sentencia. Contempló las dos urnas sepulcrales de mármol, con sus estatuas de
caballeros yacentes, las pinturas de los altares; luego rezó maquinalmente, y
como el rezo no lo sentía, por su preocupación, volviéndose contempló la nave
de la catedral.
Hacía un día de sol espléndido. La luz entraba de
los altos ventanales de la iglesia y producía anchas sábanas luminosas entre
las columnas oscuras.
Don Víctor sentía negros presentimientos; una serie
de ideas angustiosas y deprimentes le sobrecogían. Se sentía como vencido,
aniquilado, descontento, sin fe en nada.
De pronto vió al Chantre, corrió hacia él y le dijo
que estaba descubierto el complot de Miguelito.
—¿Quién ha podido descubrirlo?—exclamó el Chantre.
—No lo sé.
—Voy á decírselo á Portillo.
El Chantre fué al palacio del obispo; pero encontró
que había dos agentes de la policía del jefe polí[131]tico
paseándose por delante de la puerta del palacio en la plazoleta.
Uno de la policía le advirtió al Chantre que no
entrase.
El Chantre contó á D. Víctor lo que pasaba.
Don Víctor no quería dejar la cuestión así, y se
dirigió á ver al capitán Lozano.
Le dijeron que el capitán estaba en casa de Doña
Cándida....
La tarde de primavera estaba hermosa y triste, el
sol amarillo dorado iluminaba los aleros y los pisos altos.
Don Víctor entró en la confitería de enfrente á la
casa de la Sirena. La confitera, que repartía su atención entre los dulces y el
espionaje, le dijo que el capitán Lozano estaba en la casa y que no había
salido. D. Víctor esperó horas y horas sentado junto al mostrador....
La confitera encendió una lámpara, y su luz
mortecina comenzó á iluminar la tienda; del fondo del taller venía un olor á
cera, á azúcar y á retama quemada.
En un convento una campana sonaba aguda y
constante.
En la calle, el Degollado cantaba,
acompañado de la guitarra, la oración de San Antonio de Padua:
Su padre era un caballero
cristiano, honrado y prudente,
que mantenía su casa
con el sudor de su frente.
[132]Y tenía un huerto
en donde cogía
cosecha del fruto
que el tiempo traía.
La canción, la hora, el tañido de la campana
entristecieron á D. Víctor; todo aquello le recordaba su infancia, el corretear
de chico por las calles al anochecer; le sacaba á flote un poso de una amargura
interior.
El Degollado seguía una tras otra
sus coplas. La confitera abrió la puerta de la tienda y dió un maravedí al
ciego.
Este siguió su canto con la relación del milagro de
los pajaritos:
Mientras yo me vaya á misa
gran cuidado has de tener;
mira que los pajaritos
todo lo echan á perder.
Entran por el huerto,
pican lo sembrado;
por eso te digo
que tengas cuidado.
Don Víctor sentía una tristeza tumultuosa en el
fondo del alma. El Degollado se alejó, dando golpes con el
bastón en la acera; se calló la campana y no se oyó en la tienda más que el
revoloteo de las moscas entre los papeles de los dulces secos.
Eran ya cerca de las nueve, y en vista de que el[133] capitán no salía, D. Víctor cruzó la calle y
entró en el portal de la casa de la Sirena. Llamó, salió la doncella, la Adela,
que negó que estuviera allí el capitán; pero ante la insistencia del cura, le
dijo que aguardase. Esperó D. Víctor en el descansillo de la puerta hasta que
se presentó Lozano con su puro en la boca, con el aire de un hombre que goza de
la vida.
Era Lozano un tipo sensual, alegre, perezoso y
amigo de divertirse y de beber. Tenía unos ojos claros de perro fiel, una
sonrisa afectuosa y una actitud de hombre á quien todo le parece indiferente.
Lozano era capaz de cualquier barbaridad por inconsciencia; para él todo era
fácil y factible.
A pesar de que nadie podía ignorar su condición de
borracho y jugador, era el capitán cajero de su regimiento.
Don Víctor contó lo que sabía, y mientras hablaba
apareció Doña Cándida, á quien el capitán explicó de qué se trataba.
La Canóniga no quedó nada
sorprendida al saber que era Sansirgue el denunciador de la empresa realista.
Doña Cándida se manifestó delante del capellán como muy enamorada de Lozano, y
rogó á don Víctor convenciera á su amante de que abandonara el complot.
Lozano explicó á don Víctor cómo se había preparado
la entrada por la puerta de San Juan. Si á él le relevaban al mediodía era
señal de que no se[134] intentaba la sorpresa, y
entonces él mismo se lo avisaría á don Víctor.
Con esta seguridad, don Víctor se fué de casa de la
Sirena á la suya.
Don Víctor explicó á Ginés y á la Dominica lo que
ocurría. Ya todos miraban á Sansirgue como un traidor. La Dominica, aun no del
todo convencida, fué á ver á la confitera, con quien tenía grandes relaciones
por la cuestión de las velas y cirios que se necesitaban en los funerales, y
hablaron las dos.
La Dominica se persuadió de que el canónigo era un
bandido, un verdadero Sacripante.
La Dominica, como mujer decidida y valiente, se
dispuso á vigilar al canónigo, á espiarle, y en último término, si era
necesario, á luchar con él á brazo partido hasta vencerle.
Al día siguiente salió D. Víctor, por la mañana, á
decir su misa; y al volver, la Dominica le dijo que al mismo tiempo que él,
Sansirgue había salido de casa, pasado por el correo y echado otra carta.
Don Víctor quedó asombrado y fué á buscar al
capitán Lozano.
Lozano estaba en su casa de huéspedes, en la cama.
Se había acostado tarde. Le dijo al cura que por la noche había habido una
serie de cabildeos entre el comandante de la plaza, el jefe político y el de la
Milicia nacional.
El coronel había llamado á Lozano para advertirle
que se aplazaba el movimiento realista hasta nueva[135] orden.
El coronel había intentado persuadir al jefe político que lo del complot era
una fábula, y el jefe político se hubiera persuadido á no ser por Cepero, hijo
y por dos subtenientes liberales que se habían presentado en el Gobierno civil
á denunciar al comandante de la plaza y á la oficialidad como absolutistas,
ofreciéndose ellos á prenderlos si les daban autorización.
Los amigos de Cepero, de la Milicia nacional,
querían preparar un lazo á los absolutistas.
—Dicen que se ha recibido un papel explicando las
señas convenidas—terminó diciendo Lozano—; es posible que sea de su canónigo.
Don Víctor dejó al capitán en la cama; salió á la
calle y fué á ver al Zagal, al armero de la Ventilla. Este, por
unos milicianos, sabía que D. Miguelito iba á intentar de noche entrar por la
puerta de San Juan, y que, si lo intentaba, se le prendería.
Los dos directores de la Milicia que querían cazar
á Miguelito eran Cepero hijo, y un joven, Nebot.
El motivo que impulsaba á Cepero hijo era puramente
patriótico; el que arrastraba á Nebot, no.
El padre de Luis Nebot se había ido lentamente
apoderando de una posesión que la familia de Miguel tenía en Torralba.
Miguel Torralba, al encontrarse que la tierra de su
familia se hallaba ocupada por el intruso, quiso llegar á una avenencia con él,
pero Nebot, padre, dijo[136] que no, que la finca
era suya, pues había prestado por ella lo que valía y aun más.
Miguel le hizo observar que era imposible, puesto
que la finca aparecía en el Registro de la propiedad como de su madre. Nebot,
sin atenderle, comenzó á construir una gran tapia; Miguel mandó hacer un
boquete en ella. Entonces Nebot provocó el pleito, y lo perdió en muy malas
condiciones; hubo que medir las tierras de las propiedades colindantes, y la
finca de los Torralbas, á la cual habían ido bloqueando los vecinos, recuperó
todo su antiguo terreno.
Nebot no sólo perdió sus tierras, sino la
estimación de la gente de la vecindad. El aldeano puede perdonarlo todo menos
la torpeza. Aquellos vieron que perdían los campos de que se habían apoderado
por una maniobra inoportuna. De esperar unos años la propiedad de los Torralba
hubiera prescrito.
Resuelto el pleito, la madre de Miguelito empleó
gran parte de su dinero en cercar la finca. Nebot, padre é hijo, se
consideraron enemigos á muerte de los Torralbas y se trasladaron á Cuenca, y el
hijo Luis se hizo miliciano nacional.
Querían considerar los Nebot que lo ocurrido á
ellos era una de las mayores injusticias que podían pasar en España. Cepero,
Nebot y un joven llamado Bellido dispusieron preparar un lazo á los realistas,
hacer la señal convenida para que se acercaran, emboscarse en la puerta de San
Juan, y sorprenderlos.
Cuando D. Víctor fué á su casa se discutió entre[137] la familia del guardián los medios para salvar á
Miguelito. No se sabía dónde se habían de hacer las señales.
Saldrían Ginés, Damián, la Dominica y D. Víctor, de
noche, á buscar á Miguelito, al azar, y á decirle, si lo encontraban, que
suspendiera su aventura.
Rondarían de lejos el camino que lleva á la Puerta
de San Juan, sin acercarse mucho, por el temor de que hubiese vigilancia.
A las siete de la noche, después de dar de cenar al
canónigo Sansirgue, la Dominica, con su padre, Damián y D. Víctor salían del
pueblo y marchaban al arrabal.
La noche estaba obscura, pesada y sofocante;
grandes masas de nubes negras pasaban por el cielo, y, á veces, salía la luna
en cuarto creciente. Algunos relámpagos lejanos, anchos, en forma de sábanas,
iluminaban la tierra, é iban seguidos de un sordo rumor. Pronto llegó el
viento, y comenzó á murmurar, á gruñir, á zumbar, golpeando puertas y ventanas.
Desde el arrabal, cada uno de los amigos de
Miguelito se dirigió á distinto punto. Don Víctor fué hacia el convento de San
Pablo; Ginés, por la Hoz del Júcar, y la Dominica y Damián, por la del Huécar.
A eso de las nueve, la tormenta se acercó;
comenzaron á brillar los zig-zags de las chispas eléctricas encima de Cuenca,
retumbaron los truenos in[140]mediatamente después de
los relámpagos, y descargó una de esas lluvias de primavera, tibias y
torrenciales.
Mientras las personas de casa del guardián
marchaban por el campo en busca de Miguelito, unos cuantos milicianos, al mando
de Cepero hijo, entraban por el arco de la puerta de San Juan y se estacionaban
en él, resguardándose del chaparrón.
La puerta estaba abierta, y por ella se entreveía,
en las sombras el camino, estrecho y pendiente, que va bajando á la orilla del
Júcar.
Mientras los milicianos, resguardados bajo el arco,
esperaban, la tempestad envolvía con sus ráfagas de lluvia y de viento la
ciudad, asentada sobre sus rocas; el viento huracanado hacía golpear una
puerta, derribaba una chimenea, balanceaba los faroles de las calles, colgados
por cuerdas.
Don Miguelito y Garcés salieron á las diez de la
noche del campamento de Bessieres, y á las diez y media estaban delante del
convento de San Pablo.
Don Miguelito iba muy alegre y decidido, pensando
en que pronto se uniría á Asunción.
Estaban amo y criado en el cerro, al borde del
barranco, cuando Miguelito dijo que se veía luz en el palacio del obispo;
Garcés no la había visto: después se vió claramente una antorcha en la muralla.
—¡Vamos!—dijo Miguelito.
Marcharon al campamento de Bessieres.
Un escuadrón estaba preparado.
Había que dar la vuelta al pueblo, á caballo, sin
llamar la atención de los centinelas, y se dispuso que fuera uno á uno, á la
deshilada.
Al pasar el puente de San Antón, Ginés Diente vió,
á la luz de un relámpago, á un lancero realista á caballo: quiso alcanzarle y
preguntarle dónde estaba don Miguelito; pero el soldado, sin oírle, de un
empellón, derribó al pertiguero.
Este se puso á gritar y á llamar; pero ya no vió á
nadie. La lluvia imposibilitaba seguir ninguna pista; el rumor del viento
ocultaba el ruido de las herraduras de los caballos, y la negrura de la noche
impedía ver nada.
Don Miguelito y su escolta se colocaron en la
orilla derecha del Júcar; luego cruzaron el río por el puente de los Descalzos,
volviendo de nuevo á la orilla izquierda.
Se esperó á que se reuniese el escuadrón; se le
dividió en tres pelotones, y á la cabeza del primero Miguelito, y á su lado,
Garcés, comenzaron á subir la cuesta hasta la puerta de San Juan.
Miguel se acercó á ella rápidamente, y dió dos
golpes sonoros con el bastón.
—¿Quién vive?—dijo Cepero.
—Daniel, Cuenca y Bessieres. ¡Debellare
superbos!—gritó Torralba.
—¡Ríndete!—dijo Cepero abriendo la puerta y
avanzando.
—¿Yo rendirme? ¡Jamás!—contestó Miguel.
—¡Huye! ¡Te han vendido!—dijo una voz.
Lo que ocurrió después no se pudo poner en claro.
Algunos dijeron que los lanceros de Bessieres, con
Miguelito á la cabeza, intentaron avanzar; otros afirmaron que no hubo tal
intento; el caso fué que sonaron cuatro ó cinco tiros simultáneos, que un
hombre cayó del caballo, y que los demás, volviendo grupas, huyeron.
El hombre caído era Miguelito: lo recogieron, le
llevaron al cuartel de Infantería, y llamaron de prisa á un médico que vivía en
la plaza; otros avisaron á un cura.
Cuando llegaron, Miguel Torralba había muerto.
Al día siguiente, Bessieres levantaba su campamento
y desaparecía de los alrededores de Cuenca.
Unas semanas después, el día 2 de Mayo, volvía de
nuevo, atacaba el arrabal, y era rechazado.
En el pueblo se dijo que Cepero hijo, Nebot y
el Romi el gitano, eran los que habían disparado contra
Miguel.
La madre de Torralba soportó la muerte de su hijo
con gran entereza y resignación.
Con aquel espejismo maternal suyo, pensó que Miguel
se había sacrificado por ellos. No quería suponer que su hijo mayor tuviera más
fines que su madre y su hermano. Según ella, Miguel había entrado en el complot
de Bessieres para obtener un cargo y levantar la situación de la familia.
Luis no intentó convencerla de lo contrario.
En la casa de la Sirena la noticia de la catástrofe
llegó por Lozano, y la Cándida tuvo la crueldad y la torpeza de divulgarla á
voz en grito.
Asunción, al saberlo, sintió que el golpe tronchaba
su vida. Se vistió de luto, y no salió de casa.
Unos días después de la muerte se celebraron las
exequias de Miguel Torralba en la catedral. Asistió todo el pueblo alto, y se
notó que, entre los canónigos del coro, faltaba Sansirgue. De las señoras faltó
la Cándida.
Asunción y su abuela estuvieron en el funeral
rezando, arrodilladas, en un rincón de la capilla de los Caballeros.
Toda la ceremonia Asunción la pasó llorando, y al
rezar los responsos se escaparon de su garganta algunos sollozos ahogados.
—Per in secula seculorum—exclamaba el cura
con voz potente, agitando el hisopo.
—Amen—clamaba el coro de voces, acompañado
del órgano.
Al salir la gente, se contó, y se hizo cargo de
quiénes faltaban. Quitando los nacionales del arrabal, todos los demás estaban
allí.
Pasados los días ceremoniosos en que la familia no
debía salir de casa, para recibir el pésame de los amigos, D. Víctor fué á ver
á Luis Torralba y á decirle lo que sabía.
Luis le confesó que su proyecto era desafiar al
joven Cepero y luego á Nebot, á quienes culpaba de la muerte de su hermano;
pero D. Víctor le demostró que Cepero no había contribuido á la muerte de
Miguel y que su objeto se había limitado á prenderle. Cepero fué el que intentó
hacer que Miguel se rindiera, prueba clara de que no quería matarlo. Los
motivos de obrar suyos eran también nobles, porque obraba arrastrado por su
fanatismo político.
Respecto á Nebot, era un impulsivo y un bruto, á
quien no había que tomar en cuenta.
El culpable de todo, según D. Víctor, era San[145]sirgue, el monstrum horrendum, que había
entrado en Cuenca para desgracia de todos. Este, llevado por su maldad
diabólica, había denunciado la forma en que se iba á hacer la sorpresa.
—¿Pero, por qué? ¿Qué motivo ha podido tener
Sansirgue para odiar á mi hermano?—preguntó Luis.
Don Víctor creía en la maldad desinteresada del
canónigo, cosa poco lógica.
Los argumentos de D. Víctor no convencieron á Luis,
y el cura le propuso ir á ver á Cepero. La visita era violenta para Torralba,
pero al fin accedió.
El joven Cepero recibió á los dos secamente.
—Supongo la comisión que ustedes traen—les dijo—;
pero tengo que advertirles que considero que he cumplido con un deber de
ciudadano y de liberal, y que mil veces que se presentara el mismo caso, mil
veces obraría lo mismo.
—Está usted en un error—dijo don Víctor—al pensar
que nosotros entramos aquí en son de amenaza. Este hábito que yo llevo no es
para venir con desafíos. Usted ha cumplido su deber de ciudadano y de liberal.
Cierto. Pero usted sabía que Miguel Torralba no era el mayor culpable, y no
podía desear su muerte.
—No la deseaba. Al acercarse á la puerta de San
Juan, yo le dije: "Ríndete". El quedó inmóvil, sin duda perplejo.
Entonces sonaron los tiros.
—¿No sabe usted quién disparó?—preguntó Luis.
—No lo sé. Si lo supiera, tampoco lo diría.
Luis hizo un movimiento de impaciencia, y don
Víctor intervino de nuevo.
—Otra pregunta tenemos que hacer á usted.
—Ustedes dirán.
—Mi amigo Luis, naturalmente, entristecido por la
muerte de su hermano, ha supuesto que un amigo suyo y mío fué el delator del
complot en que intervino Miguel. Yo le he dicho que no, que todo el mundo ha
afirmado que el jefe político y su padre de usted recibieron un anónimo. ¿Puede
usted decirnos si es verdad?
—Es verdad.
—¿Lo guarda usted?
—Sí.
—¿Podría usted enseñárnoslo para desvanecer las
dudas de mi amigo?
—¿Porqué no? No tengo inconveniente.
Cepero, hijo, entró en su casa y volvió con el
anónimo. La letra estaba disimulada, pero el papel y la tinta eran de
Sansirgue: no había duda.
En el anónimo estaba explicado cómo se verificaría
la sorpresa con todos sus detalles. Lo firmaba: Un amante del orden.
Don Víctor y Luis Torralba se despidieron del joven
Cepero y se marcharon á su casa.
Esta intervención de Sansirgue puso á Torralba
fuera de sí: que Cepero hubiese obrado como había, le parecía natural, dado su
fanatismo político; que el mismo Nebot hubiera disparado en la puerta de San[147] Juan, lo comprendía por su odio á los Torralbas;
lo que no se explicaba era la acción de Sansirgue, siendo él realista y estando
en el complot. ¿Sería un espía del Gobierno? ¿Tendría algo contra su hermano?
Luis Torralba fué á visitar á Asunción y á su
abuela, y les contó lo ocurrido y los datos que tenía para creer en la
intervención del canónigo.
Doña Gertrudis supuso que sería su nuera, la
Cándida, la que había inspirado al canónigo el odio por Miguel. Asunción calló,
dando á entender que creía lo mismo.
La abuela, que sentía aumentado su odio por
la Canóniga, llamó unos días después á Luis Torralba y le encargó
que vendiera una huerta y varias alhajas. Luis hizo el encargo rápidamente, y
entregó á doña Gertrudis seis mil pesetas. La vieja sacó cuatro mil que tenía
guardadas, y reuniendo las diez mil que había prestado Doña Cándida para la
hipoteca, se las devolvió, encargándola que abandonara la casa lo antes
posible.
Doña Cándida gritó, alborotó, dijo horrores; pero
no tuvo más remedio que marcharse. La Canóniga fué á otra casa
mejor. El escándalo en el pueblo tomó grandes proporciones. Todo el mundo
relacionó la muerte de D. Miguelito con la expulsión de la Canóniga,
y muchos sospecharon algo de la verdad.
La Cándida, abandonada al consejo del capitán
Lozano y de Adela, su doncella, hizo una porción de locuras. Casi todos los
días daba banquetes y ce[148]nas, y muchas noches la
llevaban á la cama borracha.
El canónigo Sansirgue notó que en la casa de la
Dominica se le miraba de mala manera, é intentó mudarse; pero Portillo le
indicó que esperara unos días.
Efectivamente, una semana después, Portillo, que
había sabido hacer valer ante el Gobierno liberal el servicio prestado por él
cuando la intentona de Bessieres, fué nombrado obispo de Osma, y Sansirgue
quedó interinamente de secretario del obispo de Cuenca.
Sansirgue supo que en casa de Ginés el Pertiguero
se hablaba constantemente contra su persona, y se dispuso á castigar á la
familia. Consiguió que en el convento de monjas se destituyese á D. Víctor, y
después le nombró párroco de Uña, pueblo miserable de la Sierra, adonde D.
Víctor tuvo que ir, á trueque de perder las licencias eclesiásticas.
Después quiso echar de la catedral y de la casa á
Ginés Diente, pero el obispo se opuso.
Sansirgue supo también que Garcés el Sevillano hablaba
pestes de él y le atribuía la muerte de Torralba, y consiguió que el jefe
político prendiera á Garcés y lo metiera en la cárcel.
En el tiempo que medió entre la expedición de
Bessieres y el triunfo de los Cien mil hijos de San Luis, el penitenciario tuvo
mucho poder en Cuenca, pero al consolidarse el absolutismo, el obispo fué
trasladado, y Sansirgue se eclipsó.
En aquella demagogía negra que gobernaba el pueblo
y toda España, no era fácil desviarse sin peligro. Sansirgue se hubiera
acercado á los voluntarios realistas, pero le era imposible, porque entra ellos
estaba Garcés el Sevillano, compañero en la aventura de la puerta
de San Juan con D. Miguelito, á quien él había llevado á la cárcel.
Sansirgue, separado de los absolutistas puros, tuvo
que formar grupo, bien á su pesar, con los fernandinos transigentes. Estos
tenían en Madrid como agente á D. Cecilio Corpas. En cambio, Portillo, que
estuvo un momento con los liberales, había hecho una segunda evolución al más
terrible ultramontanismo, y[150] se distinguía en
su diócesis por sus pastorales contra los moderados y los exaltados.
Portillo, desde Osma, y el lectoral de la catedral
de Sigüenza y presidente de la Junta realista de aquella ciudad, D. Felipe
Lemus de Zafrilla, movían todos los resortes para que los franceses no
intentaran implantar un sistema de absolutismo templado. Tenían en Madrid á D.
Víctor Sáez y á otros que daban la consigna.
Unos días después de la reintegración de todos los
derechos autocráticos á Fernando, se celebró en Cuenca una solemne función de
desagravio al Santísimo Sacramento, en la cual predicó D. Juan Sansirgue.
Sansirgue achicó al mismo padre Manuel Martínez,
redactor del Restaurador, con sus apóstrofes á los constitucionales
y sus loas á Fernando. Le llamó pío, feliz, restaurador, magnánimo, bondadoso.
A pesar de todos estos ditirambos, la gente oyó el
sermón con indiferencia. Corría la voz entre los voluntarios realistas de la
traición de Sansirgue en tiempo de Bessieres.
Garcés el Sevillano, para exagerar sus
méritos, había pintado la aventura suya y la de D. Miguel como algo muy
transcendental que había malogrado Sansirgue, que estaba vendido á los
liberales, y que le había perseguido y encarcelado á él para reducirle al
silencio. Esta versión hizo que todo Cuenca se pusiera contra el canónigo.
—Es un espía, es un espía de los masones—aseguraba
todo el mundo.
El penitenciario, al comprobar lo que se decía de
él, quedó desesperado.
Escribió á Portillo para que influyese en sus
amigos poderosos y le trasladasen de Cuenca, y Portillo no contestó; escribió
después á D. Víctor Sáez, el ministro universal de Fernando VII, y á D. Cecilio
Corpas.
Los dos le contestaron fríamente.
La entrada en el poder de los voluntarios realistas
hizo que Sansirgue perdiese toda influencia. Torralba consiguió por un amigo
que á D. Víctor le sacasen de Uña y volviese á Cuenca. Por entonces entre los
realistas comenzaba á funcionar la Sociedad El Angel Exterminador. Muchos se
afiliaron á ella. Don Víctor y Garcés el Sevillano, se convirtieron
también en exterminadores, é hicieron un alegato contra Sansirgue, como
denunciador de los realistas en tiempo de Bessieres. Se encontró en casa de los
Ceperos, que habían huído del pueblo y traspasado su comercio, el papel que les
había mandado Sansirgue.
Desde entonces el penitenciario comenzó á recibir
anónimos insultándole, amenazándole por su traición con terribles castigos
terrenos y ultraterrenos.
Sansirgue, asustado, hizo gestiones desesperadas
para que le trasladasen de Cuenca.
En la primavera de 1824 el penitenciario fué
destinado á Sigüenza, sin ningún ascenso. Sansirgue pre[152]paró
el viaje sigilosamente; temía que, al saber su escapada, los voluntarios
realistas quisiesen agredirle.
Alquiló dos mulas, y con un mozo alcarreño de
confianza que conocía bien el camino se puso en marcha, sin despedirse de
nadie.
El canónigo pensaba pararse en Priego, su pueblo, á
ver á su familia.
La primera noche descansaron amo y criado en
Torralba, nombre poco grato á los oídos del canónigo.
El siguiente día paró Sansirgue en Priego, en su
casa, en compañía de la familia; pero la pobreza de ésta y la tosquedad de su
padre y de sus hermanos le molestaba, y con el pretexto de que tenía prisa dejó
Priego y se puso en camino por la tarde.
El cielo estaba muy azul; el campo, hermoso y
sonriente. El penitenciario no tenía nada que temer, ya lejos de Cuenca; pero
aun así sentía miedo: tales cosas se contaban de las venganzas de los
realistas. Al llegar á la bifurcación de los caminos miraba con cuidado á un
lado y á otro por si aparecía alguna figura sospechosa...
Al acercarse á una aldea al caer de la tarde,
dejando un camino carretero, Sansirgue y su criado tomaron por una senda que
pasaba por un erial. Las digitales purpúreas esmaltaban la tierra con sus
campanillas, y las flores violetas del brezo brillaban entre los ribazos.
A mano derecha se abría un gran valle poblado[153] de matas que nacían entre piedras y cerrado por
montes cubiertos de árboles. Un rebaño se derramaba por una ladera, y se oía á
lo lejos el tintineo de las esquilas.
A la revuelta del sendero se encontraron con una
ermita. En un azulejo blanco, con letras azules, empotrado en la pared, se leía
el nombre: ermita del Salvador.
Tenía ésta por un lado la espadaña, con su campana
sobre un tejado terrero, y delante una cruz de piedra y una pila de agua
bendita; por el otro lado, protegida del viento, estaba la entrada de la
capilla: un arco de piedra con restos de pintura roja y una puerta con clavos.
A un lado de la puerta había una reja, á través de la cual se veía el interior
de la capilla con el altar desmantelado y unos santos siniestros.
Adosado á la ermita había una casa pequeña con un
huertecillo abandonado.
—Aquí vivía un ermitaño—dijo Sansirgue.
—Sí—contestó el mozo.
—¿Habrá muerto?—preguntó el canónigo.
—No; le mataron—contestó el criado.
—¿Quizás para robarle?
—No; parece que fué venganza de los realistas.
Dicen que el ermitaño había dado informes á los constitucionales.
Sansirgue se estremeció.
—Bueno, vamos de aquí—dijo.
[154]Siguieron andando. El sol se iba poniendo en un
cielo incendiado, lleno de nubes rojas; los pájaros cantaban entre las ramas;
el perfume del romero y del cantueso llenaba el aire; á lo lejos se oía el
tañido de una campana.
A medida que avanzaban el canónigo y su criado el
sol iba desapareciendo del valle. Al anochecer entraron en un bosque de
encinas, monte bajo y carrascas. El sendero corría ahora lleno de sombra por en
medio de los árboles; á trechos se torcía hasta salir á la luz, al borde mismo
del bosque, y pasar por encima de un barranco escarpado.
Sansirgue marchaba arreando á su mula, ansioso de
llegar á sitio habitado.
De pronto oyó ruido entre el ramaje, cerca de él, y
se detuvo, inquieto.
—No es nada—se dijo.
Siguió marchando, y en esto, al mirar hacia
adelante, vió dos figuras que interceptaban la senda. Volvió la vista hacia
atrás y vió otras dos.
—¡Alto!—le gritaron.
—Alto estoy—murmuró el canónigo.
Los cuatro hombres estaban enmascarados. Sansirgue
pensó que había caído entre bandidos; comprendió que allí era imposible
defenderse ni escapar, y repitió que se entregaba.
Los hombres, sin hacer caso del criado, cogieron al
canónigo, le bajaron de la mula, le ataron las manos y le llevaron cuesta
arriba, cruzando el bosque,[155] hasta un
descampado, donde había una tenada. Desde allí se dominaba el valle. El cielo
iba obscureciendo, y las luces rojas del crepúsculo tomaban tonos cárdenos y
violáceos.
Al entrar en la choza Sansirgue se estremeció. En
una mesa, á la luz de dos velas verdes, estaban sentados cinco hombres, con la
cara cubierta por un antifaz. Enfrente de la mesa había un banco de madera, y
sobre él caía una cuerda atada en una viga del techo.
—Sentad al acusado—mandó el que presidía.
Sansirgue se sentó sin protestar.
El presidente, levantando la cabeza al cielo,
exclamó:
—Dominus regnat: (El Señor reina.)
El que estaba á su derecha dijo.
—Dominus imperat: (El Señor impera.)
El de la izquierda repuso:
—Angelus vincet: (El Angel vencerá.)
El de la extrema derecha añadió:
—In gladio... (Con la espada.)
Y el de la extrema izquierda terminó la frase
murmurando:
—... indignationis ejus: (De su
indignación.)
Sansirgue estaba delante de un Tribunal del Angel
Exterminador. El enmascarado que presidía, en pocas palabras acusó al
penitenciario de traidor, de espía de los liberales, de vendido al Gobierno
masón.
Sansirgue intentó sincerarse, negar los hechos;
pero el presidente los conocía á fondo. El canónigo intentó seguir hablando;
pero el presidente le impuso silencio.
—¿Qué pena se le impone al acusado?
Los cuatro asesores del Tribunal, sin pronunciar
una palabra, bajaron la cabeza gravemente, y un momento después el presidente
hizo lo mismo.
Dos de los enmascarados que habían prendido al
canónigo le pusieron la mano en el hombro. Al sentirlo, Sansirgue dió un salto
hacia atrás dispuesto á escapar. Entonces los cuatro esbirros se echaron sobre
él, y forcejeando llegaron á sujetarle y á atarle los pies. Luego le pusieron
la cuerda al cuello, y tirando de ella lo izaron en alto.
—¡Confesión! ¡Confesión!—gritó el canónigo con voz
ahogada.
—Concluid—dijo el jefe de los exterminadores.
Dos esbirros se colgaron de las piernas del
ahorcado: las vértebras crujieron, crujió también la viga del techo, y después
el cuerpo de Sansirgue quedó inmóvil.
Los exterminadores fueron saliendo de la tenada.
Uno de ellos, el jefe, quedó para dar las últimas disposiciones. Los esbirros
bajaron el cadáver, y tomándolo en brazos cruzaron el bosque hasta el sendero
que corría al borde del barranco y desde aquí lo arrojaron al fondo. Se oyó el
ruido del cuerpo que caía arrastrando piedras.
El jefe se acercó á mirar hacia abajo. La claridad
del sol había huído del valle, y la oscuridad y la sombra reinaban en él.
El exterminador se persignó, murmuró algo como una
oración y á caballo desapareció rápidamente.
La noticia de la muerte del canónigo produjo en
Cuenca gran sensación.
Se inventaron mil hipótesis y cábalas acerca de las
causas de la muerte y del autor ó autores del misterioso crimen; pero no se
averiguó la verdad.
Pocos días después de este suceso el capitán Lozano
hizo una de las suyas, que dió mucho que hablar.
El capitán había arrastrado á la Cándida á una vida
completa de crápula. La casa de la Canóniga era un ir y venir
de jóvenes calaveras, que comían y bebían allí.
El capitán Lozano, entrampado en el juego, había
sacado á la Canóniga cinco mil duros para pagar sus deudas.
Por lo que se supo luego, en vez de pagar se jugó la cantidad, y la perdió.
Entonces no se le ocurrió cosa mejor que robar la
caja del batallón y escaparse con la Adela, la doncella de la Cándida, que era
una muchacha muy bonita.
Lozano se proveyó de papeles falsos; fué á Orán,
donde tuvo un café, y años después se alistó como voluntario en el ejército
francés y murió en una emboscada de los moros.
La Adela, que había seguido con el café de Orán, se
casó con el dependiente, un francés trabajador, y se hizo rica.
La Cándida, al saber la fuga del capitán con su
doncella Adela, á quien consideraba tan fiel, sintió grandes accesos de
melancolía, que intentó curárselos á fuerza de alcohol.
Alguien le indicó que llamara á la Zincalí,
la vieja gitana, que tenía filtros para curar el mal de amores. La Cándida la
llamó, y la gitana entró en la casa y llegó á apoderarse del ánimo de la Canóniga con
sus mentiras y sus arrumacos.
La casa llegó á ser un asilo de la gitanería del
pueblo.
La Zincalí se encargó de
proporcionar amantes á la Cándida y de sacarle el dinero.
El pueblo entero la había aislado, como á una
apestada.
La Canóniga se trasladó á un
casucho del barrio del Castillo, que se convirtió en mancebía.
Un proceso que se entabló contra ella y la vieja
gitana, acusadas por un médico de dar bebedizos y de hacer abortar con la
hierba del Buen Varón, les obligó á las dos á ir á la cárcel, y arruinó por
completo á la Cándida.
Desde entonces, la pobre mujer comenzó á oficiar de
Celestina.
Luis Torralba desapareció de Cuenca, al morir su
madre, y fué á establecerse á Valencia.
La abuela de Asunción murió. Asunción, sin familia,
vivió sola en la casa de la Sirena hasta que recogió la herencia de un pariente
lejano, lo que le permitió mejorar de posición.
Entonces llevó á vivir con ella una sobrina pobre y
la prohijó. Ya vieja, con el pelo blanco, siempre vestida de luto, se la veía
pasear con su sobrina. A veces, al sentarse á descansar sobre una roca de la
Hoz, su cara afilada reposaba sobre su mano, y sus ojos tenían una gran
expresión de melancolía.
Durante mucho tiempo, únicamente la casa del
pertiguero del callejón de los Canónigos siguió igual: el viejo Ginés leyendo,
la Dominica trabajando, el constructor de ataúdes filosofando, D. Víctor
comentando al canónigo volteriano, el Degollado cantando en la
calle con su hermosa voz las oraciones, Astaroth roncando y mirando el vacío
con sus ojos de oro, y el cuervo monologando.
Al comenzar la guerra civil, el viento de la muerte
sopló sobre la casa. Ginés y la Dominica murieron; D. Víctor se unió al
canónigo carlista Batanero, y peleó con él en la guerra civil. Luego, no
queriendo aceptar el Convenio de Vergara, fué internado en Francia y conducido
á Alenzon, donde murió.
Astaroth, el espíritu familiar de la casa, desapare[162]ció un día misteriosamente, y se lo encontró pocos
días después muerto en la calle; dejando el campo libre á Juanito, el cuervo,
que tenía cuerda más larga para la vida.
Damián, el carpintero, fué únicamente el que
sobrevivió á la familia de Ginés, y siguió construyendo sus ataúdes, grandes y
pequeños, de hombres, de mujeres y de niños, negros y blancos, en su portal de
la casa del callejón de los Canónigos.
Mientras trabajaba, Juanito el cuervo mascullaba
palabras confusas desde lo alto del armario de los féretros; en el reloj del
canónigo Chirino las edades de la vida seguían huyendo ante la Muerte con su
sudario y su guadaña; Caronte se balanceaba en su barca; el viejo Cronos, alado
y haraposo, meditaba con el reloj de arena en la mano; la música de campanillas
tocaba su sonata melancólica al salir la Virgen, y seguía brillando en la orla
de bronce la terrible sentencia sobre las horas: Vulnerant omnes, ultima
necat.
Todas hieren; la última, mata.
Los
guerrilleros del Empecinado en 1823
I.
NUEVA COMISIÓN
En apariencia la vida de un hombre de acción es un
juego de azar, una lotería en la que se emplea mucho dinero y sólo de tarde en
tarde toca un premio pequeño, en realidad la vida de un hombre de acción, si es
una lotería, es una lotería que toca siempre, porque el jugador lleva el mayor
premio en el máximo esfuerzo.
La acción por la acción es el ideal del hombre sano
y fuerte; lo demás es parálisis que nos ha producido la vida sedentaria.
Unos días después de recibir la visita de Cugnet de
Montarlot, el Empecinado y el Lobo se presentaban en casa de
Aviraneta.
[164]Al día siguiente el general y D. Eugenio iban al
Ministerio de Estado á conferenciar con D. Evaristo San Miguel.
Se habló entre los tres largo rato de la situación
de España y de la invasión francesa, que parecía inminente.
Don Evaristo tenía alguna esperanza en el fracaso
de la Intendencia de los ejércitos que había de mandar Angulema.
Esto unido á la oposición de los liberales,
pensaba, podría influir en el Gobierno francés.
—¿Es que no tienen víveres?—preguntó Aviraneta.
—Eso me comunican los agentes—contestó el
ministro—, pero no hay que abrigar mucha confianza. Es posible que mis agentes
estén en relación con los realistas.
—Es muy probable—añadió Aviraneta.
—Casi valdría la pena de que fuera usted otra vez á
Francia—dijo de pronto San Miguel.
—¿A París?
—No; á la frontera.
—Pues si usted quiere, voy. ¿Qué hay que hacer?
—Primero averiguar cómo va la cuestión de la
Intendencia del ejército de Angulema, y si no hay esperanza en esto, marchar á
San Sebastián y ayudar á los emigrados franceses, que parece que van á hacer un
intento.
—Muy bien. Estoy á la orden de usted.
—Pues cuanto antes. Si se puede hoy, mejor que
mañana. Me conviene que vaya usted en seguida. En cuanto llegue usted á la
frontera, que le tengan una silla de postas preparada, é inmediatamente que
sepa usted algo definitivo me avisa.
—Y en San Sebastián, ¿qué haré?
—En San Sebastián activará usted la gestión de los
carbonarios. Usted creo que es carbonario también.
—¿Por dónde lo sabe usted?—dijo Aviraneta algo
alarmado.
—Amigo, un ministro tiene sus informes secretos.
—Yo creí que en España los ministros eran los
últimos que se enteraban de las cosas—replicó sarcásticamente Aviraneta.
—Como ve usted, no siempre—dijo D. Evaristo,
riendo—. Cuando llegue usted á San Sebastián se pondrá usted al habla con el
jefe político y el militar. Usted, como hombre más expeditivo, les aconsejará
que obren con rapidez, aunque sea saltando por encima de la ley.
—Mala opinión tiene usted de mí, D. Evaristo.
—No, hombre, no. Muy buena.
—¡Hum! ¡Qué sé yo! Creo que me considera usted como
un apreciable granuja.
—Bien. Ya discutiremos eso con más tiempo. Ahora
voy á hacer que escriban los reales decretos: uno para usted, Aviraneta; otro
para usted, D. Juan Martín.
—¿Qué ha pensado usted para mí?—preguntó el
Empecinado.
—Haré que el rey le autorice á usted para el
levantamiento y organización de guerrillas en Castilla la Vieja y la Nueva,
para oponerse á la invasión de los franceses.
—¿Querrá?
—¡Qué remedio le queda!—exclamó irónicamente San
Miguel—. ¡Mientras esté con nosotros! Esperen ustedes un momento aquí. Yo mismo
voy.
Quedaron solos Aviraneta y el Empecinado.
—De manera que eres carbonario—preguntó D. Juan
Martín.
—Sí.
—¿Y por qué no me lo has dicho?
—Hombre. ¿Para qué?
—Yo no he tenido secretos para ti.
Aviraneta no contestó. Esperaron cerca de una hora
y al cabo de este tiempo, volvió el ministro, un poco nervioso y sofocado, con
los dos despachos.
En el uno mandaba á los gobernadores, alcaldes y
justicias del reino que obedecieran las órdenes de D. Eugenio de Aviraneta; en
el otro nombraba comandante general de todas las columnas patrióticas que se
organizasen en ambas Castillas, con facultades extraordinarias para crear
cuerpos y premiar el mérito militar hasta coronel inclusive, á D. Juan Martín,
el Empecinado.
—Espero que harán ustedes maravillas—dijo el
ministro.
—Haremos lo que podamos—replicó D. Juan Martín.
—Se acerca el momento de prueba—repuso el
ministro—. Quiera Dios que salgamos con bien. Hasta la vista, señores.
—Adiós.
Se estrecharon las manos, y D. Juan Martín y
Aviraneta salieron de Palacio.
—Iremos juntos hasta Valladolid—dijo el Empecinado.
—Bueno, iremos juntos—contestó Aviraneta.
Salieron Aviraneta, el Empecinado y el Lobo,
á caballo, con una escolta de lanceros, y el primer punto en donde hicieron una
parada larga fué en la finca de Castrillo, de D. Juan Martín.
El Empecinado había pensado en reunir á sus
antiguos guerrilleros. Efectivamente, mandó recado á los amigos de toda la
comarca: unos no estaban en sus casas, otros habían muerto, otros no podían.
De Castrillo se pasó á Aranda, y aquí también,
excepción hecha de Diamante, Valladares y alguno que otro miliciano nacional,
no acudió nadie al llamamiento.
Se decidió nombrar jefe de la Milicia del partido
de Aranda á Diamante y encargarle de la organización de una columna patriótica.
El Lobo aprovechó su estancia en
Aranda para traspasar su posada y su fragua á un pariente, y decidió, en espera
de los sucesos, llevar su familia á un [170]pueblo
de la provincia de Burgos, de donde era su mujer.
Casi con la seguridad de que la comarca del Duero
no respondería al llamamiento para luchar por la Constitución, se siguió á
Valladolid.
El Empecinado y Aviraneta giraron una visita á los
cuarteles y á los parques de la ciudad castellana, y recibieron una impresión
desconsoladora.
Les acompañó un oficial de Estado Mayor, ex
ayudante de Zarco del Valle.
Los informes de éste les sirvió para darse cuenta
de la situación. No había en los parques material de artillería: los cañones
eran malos y viejos, perfectamente inútiles, y faltaban las municiones.
Respecto á la caballería, estaba en cuadro, y hacía mucho tiempo que no
maniobraba.
Lo mejor era la infantería, y aun así, escaseaban
fusiles, cartuchos, uniformes y armas blancas.
En cuestión de competencia, según el oficial de
Estado Mayor, se estaba á la altura de lo demás; los oficiales conocían
únicamente la guerra de guerrillas y de pequeños grupos. El Estado Mayor no se
hallaba constituído científicamente: parecía un cuerpo sin más objeto que
llevar un uniforme lujoso.
Los generales y jefes políticos querían resolver en
un momento lo que no se había resuelto en años, y daban constantemente órdenes
diversas y contradictorias.
Para obviar la falta de uniformes y armas, las au[171]toridades decidieron abrir las cuadras, conventos é
iglesias arruinadas, donde se habían almacenado los despojos del ejército de
Napoleón, y comenzaron á aparecer, con gran regocijo de la gente, cascos,
chacós, morriones y turbantes de polacos, alemanes, mamelucos y franceses. Al
mismo tiempo salieron lanzas, alfanjes, espadines y gumías.
Un gran motivo de confusión y de desorden en las
ciudades eran las Sociedades secretas, que obligaban á sus afiliados á adoptar
una actitud especial ante los sucesos. En el ejército, casi todos los oficiales
y jefes pertenecían á algún grupo político.
Los generales habían dado el ejemplo.
Mina era carbonario; O'Donnell, San Miguel, O'Daly
y Montijo, masones; Ballesteros, el Empecinado y Palarea, comuneros; Morillo,
anillero.
Una divergencia parecida á la de los jefes de altos
cargos existía entre los oficiales subalternos, que intrigaban abiertamente
contra la política de los unos ó de los otros.
Para mayor confusión, los liberales exaltados de
los Ayuntamientos, casi todos ellos de la Milicia nacional, viendo la
indiferencia y pasividad del ejército, pretendían dirigir y preparar la defensa
de los pueblos con planes absurdos y descabellados.
Estos milicianos pensaban que los jefes no
manifestaban bastante ardimiento en la defensa de la libertad. En los pueblos
se veía ir y venir á los exaltados seguidos de sus grupos.
Algunos de estos ciudadanos, con su indumentaria
napoleónica, sus casacas, sus morriones, sus tricornios, sus corazas, sus
sables corvos de mameluco, parecían comparsas de carnaval.
El mayor contingente de soldados espontáneos lo
daba la clase media; los pobres, en general, odiaban á los liberales como se
odia á los tiranos: no los tenían por gente del pueblo, sino por aristócratas
extranjerizados, enemigos de todo lo popular.
Había, además de causas de simpatía espiritual,
otras más materiales para explicar el odio de la plebe feota á los liberales:
el liberal, en aquella época, mandaba, el realista obedecía; el miliciano
estaba bien vestido; en cambio el soldado de la fe andaba roto y haraposo. El
feota quería cambiar su camisa desgarrada y sucia por la casaca abrigada del
audaz matareyes y del impío matafrailes.
Por entonces empezaba á generalizarse la
palabra negro para llamar al liberal, palabra que tuvo su
expansión con la entrada triunfal de los franceses con Angulema.
En los liberales de los pueblos había las mismas
divisiones que en los de Madrid.
Los masones eran las personas más ilustradas; los
comuneros, los radicales y los lectores del Zurriago, formaban una
turba de demagogos callejeros, escandalosos y chillones, que gritaban en las
tabernas y se confundían con la gente clerical.
En el ejército había muchos oficiales enemigos de[173] la Constitución. Estos no se recataban en decir
que veían próximo y deseaban el triunfo de los franceses.
Los oficiales liberales entusiastas buscaban la
manera de preparar una resistencia seria; pero se encontraban hundidos en aquel
pantano de debilidades, de desconfianzas y de intrigas.
Por otra parte, los sargentos y cabos de milicianos
comuneros y zurriaguistas creían que las tropas de Angulema estaban en la
frontera únicamente para intimidar á los descamisados españoles; pensaban que
el ejército francés era un ejército falso, inventado por los pasteleros
masones.
Con este ambiente de indisciplina, de vacilaciones
y desconfianzas, era imposible que el país y el ejército hiciesen algo serio.
Así, el fracaso constitucional fué consumado de una
manera pobre, triste y grotesca, sin grandeza en el vencedor ni heroísmo en el
vencido.
Dejando á don Juan Martín muy desalentado,
Aviraneta, en compañía del Lobo, marchó á Burgos; se detuvo unas
horas en Miranda y en Vitoria, y llegó á San Sebastián.
Estaba de jefe político un navarro llamado
Albistur, y mandaba la guarnición el brigadier de Caballería don Pablo de la
Peña, que tenía á sus órdenes los regimientos incompletos de Valencey, España,
Salamanca é Imperial Alejandro.
Aviraneta conferenció con los dos jefes y les
explicó su misión de averiguar lo que ocurría con la Intendencia del ejército
de Angulema.
—El ministro supone—dijo Aviraneta—que si el
Gobierno francés no resuelve este punto, su empresa morirá por consunción antes
de nacer.
—Yo creo que lo resuelve—repuso el brigadier Peña.
[176]—Entonces ustedes, los militares, tendrán la
palabra—contestó Aviraneta.
—¿No es usted militar?
—Militar de afición. He sido guerrillero.
—¿Durante la guerra de la Independencia?
—Sí.
El brigadier Peña contempló á Aviraneta con
curiosidad.
—¿Y qué pretende el ministro?—repuso.
—El ministro desea que se den facilidades al
proyecto de los republicanos franceses, que intentan hacer desistir á sus
paisanos de la invasión.
—Estoy enterado de ese proyecto—dijo el brigadier.
—Yo también—repuso el jefe político—, y ayudaré con
mis medios.
—Entonces de acuerdo—añadió Aviraneta—; yo me voy á
Bayona y la primera noticia definitiva que sepa la enviaré con un propio á
Behovia.
—Entonces yo me encargo de recogerla y hacer que la
lleven por la posta á Madrid—dijo el jefe político.
Aviraneta dejó al Lobo en San
Sebastián y se dirigió á Irún. Encontró allí á su amigo Juan Olavarría, quien
se manifestó muy pesimista. Creía que Angulema entraría sin dificultades, y que
el ejército español no sabría defenderse.
Los liberales de Irún habían publicado una
alocución que terminaba diciendo:
"Si á pesar de todo la libertad sucumbiera,
aun nos quedaría un arbitrio que se burla de todos los tiranos: perecer, como
Leonidas, bajo las ruinas de la República."
Aviraneta tenía poca fe en las frases, y no hizo de
ésta mucho caso.
Aviraneta alquiló una barca en Fuenterrabía, pasó á
Hendaya, y en un cochecito fué á San Juan de Luz.
Aquí se detuvo en la casa donde vivía la viuda de
Ignacio Arteaga. Encontró á Mercedes como siempre muy guapa. Corito, la ahijada
de don Eugenio, tenía ya tres años y estaba muy bonita, hablaba mucho; contaba
largas historias. Aviraneta comió con la viuda y pasó unas horas en la terraza
de la casa, con la niña en brazos, mirando el mar.
Recordó los tiempos en que solía estar en compañía
de Lara y de Fermina la Navarra, con la hija de Martinillo el
pastor, en un pueblo de la provincia de Burgos.
En aquellos momentos, en su imaginación se fundían
la hija de Teodosia y Corito, y eran la misma persona.
Por la noche llegaron á casa de Mercedes su tío don
Francisco Ramírez de la Piscina con el señor Salazar, dos personalidades de
Laguardia.
Ramírez de la Piscina era un señor vestido de traje
negro, algo raído, con calzón corto, casaca larga y aire clerical, frío y
solemne.
El Sr. Salazar contrastaba con él por su aspecto[178] elegante. Salazar parecía salir de una fábrica
recién construído y barnizado. Iba muy elegante: vestía pantalón estrecho con
trabillas, levita azul estilo inglés, botas que le sonaban al andar, cuello de
camisa limpísimo y corbata brillante de muchas vueltas. Sobre el chaleco
rameado llevaba una gruesa cadena de reloj con muchos dijes, y en los dedos,
una porción de sortijas.
El Sr. Salazar iba tan empaquetado, que cualquiera
hubiese temido que iba á hacer crac y á romperse por alguna parte.
Ramírez de la Piscina era realista; el Sr. Salazar
figuraba entre los anilleros y se tenía por hombre que miraba los
acontecimientos con frialdad y buen sentido. Hablaba de una manera un tanto
pedantesca.
—Yo entiendo—le dijo el Sr. Salazar á Aviraneta—que
la Constitución de Cádiz tiene poca vida.
—¿Por qué?
—Porque no la han de dejar robustecerse,
reconstituirse: ó ha de vencer, y para eso no tiene fuerza, ó ha de morir de
anemia. Dentro tiene como enemigos al rey y á la corte, que trabajan de consuno
con su dinero y su influencia en su descrédito, y, á mayor abundamiento, á los
frailes, á los afrancesados, á los realistas, á los moderados. ¿No es cierto?
—Sí.
—Fuera tiene como enemigos á la Santa Alianza, á
Francia, que hoy está bajo una dinastía restaurada; á Inglaterra, gobernada por
una aristocracia[179] tory, á la prensa
europea y al comercio de todo el mundo. Esto hace pensar que no vivirá.
—¿De manera que vamos al absolutismo, al gobierno
de los frailes?
—Algunos afirman que el Gobierno de Luis XVIII ha
ofrecido una Carta otorgada por el rey, á estilo francés, con dos Cámaras; pero
que las Cortes no la aceptan. Esto no es óbice para que este sistema se acepte
tarde ó temprano en España.
—No sé; lo que no creo es que el ofrecimiento sea
cierto—replicó Aviraneta—.Los políticos franceses suponen que España no puede
salir del absolutismo. Piensan que á los españoles nos viene grande, no una
Constitución democrática como la de Cádiz, sino una sombra de Parlamento
vigilado por el Gobierno.
Tras de las divagaciones de Salazar, el Sr. Ramírez
de la Piscina contó á Aviraneta las postrimerías de la regencia de Urgel. Esta
regencia, después de haber trabajado por el absolutismo y la intervención,
tomaba á última hora una actitud casi facciosa ante los realistas.
Uno de los directores, Eroles, había abandonado á
sus compañeros y se había unido á Eguía. Los otros dos, los más acérrimos, el
marqués de Mataflorida y el arzobispo Creux, habían salido de Toulouse motu
proprio, estableciéndose en Perpiñán.
Estando allí se les presentó el general Bordesoulle
y les invitó á que regresaran á Toulouse inmedia[180]tamente
á cumplimentar al duque de Angulema.
La decadencia de la regencia de Urgel daba más
importancia al general Eguía. Este escribía á Mataflorida diciéndole:
"Renuncie V. E. á toda idea de sostener la
regencia que formó, dejando obrar libremente la que yo debo presidir."
Mataflorida, indignado, comunicó á sus amigos que
Eguía era partidario de la Carta y de las dos Cámaras, cosa horrible para un
realista puro, y les advirtió que pensaba entrar en Navarra á desenmascarar á
los traidores. Eguía, incomodado, contestó dando orden de prenderlo si se
presentaba en Navarra. Mataflorida dirigió una protesta al duque de Angulema, y
éste, en vez de escucharle, mandó confinar al marqués y al arzobispo
absolutistas en el interior de Francia.
Eguía triunfó en toda la línea, y con Calderón,
Juan Bautista Erro y el barón de Eroles fundó la Regencia provincial, que
comenzó en Bayona y se instaló después en Oyarzun.
Con sentimiento dejó Aviraneta San Juan de Luz y se
dirigió á Bayona. Tomó un cuartucho alto en la fonda de San Esteban, que fué lo
único que pudo encontrar, pues todos los hoteles estaban ocupados, y se dispuso
á enterarse de cuanto pasaba.
Su primera gestión fué ir á casa de Juan Bautista
Beunza, que vivía en la calle de los Vascos, y encargarle que le tuviera
constantemente preparado un tílburi para salir en cualquier momento y á toda
prisa para España.
Hecha esta diligencia se dedicó á husmear por el
pueblo. El ejército francés de ocupación estaba distribuído por las plazas del
Mediodía de Francia. El duque de Angulema iba á ponerse al frente de cinco
cuerpos de ejército. El primero se hallaba á las órdenes del mariscal duque de
Reggio, con los tenientes generales conde de Autichamp, Bourke, vizconde de
Obert y Castex. Este era el destinado á mar[182]char
sobre Madrid. Los otros los mandarían el general Molitor, el príncipe de
Hohenlohe, el mariscal Moncey y el general Bordesoulle.
El general Guilleminot, hombre sagaz y de talento,
distinguido como militar y como político, había sido nombrado mayor general.
Además del gran número de jefes y oficiales
franceses reunidos en Bayona, estaba toda la flor y nata del absolutismo
español, excepto los pocos que quedaban fieles á la Regencia de Urgel. Eguía,
Erro, Quesada, Longa, José O'Donnell, el Trapense, Josefina
Comerford, Urbiztondo, Corpas y otros muchos andaban por allí reunidos con sus
partidarios, preparándose é intrigando.
El ejército francés, paralizado en la frontera, y
la nube de cortesanos realistas, hacía que Bayona fuera un gran foco de
noticias falsas.
Constantemente se decía que el ejército iba á
salir, y al mismo tiempo se aseguraba que no podía marchar porque no tenía
víveres ni para los hombres ni para los caballos, y que faltaban almacenes,
carros y toda clase de medios de transporte.
Estas últimas noticias, unidas á las diferencias y
al odio que se tenían los realistas españoles entre sí, alimentaban las
esperanzas de los liberales. Por otro lado, algunos suboficiales y veteranos
franceses decían que no querían batirse con generales de sacristía.
Aviraneta fué á casa de Basterreche y á la logia[183] de Bayona, á la librería de Gosse y á la de
Lamaignere. Todas las logias del Mediodía de Francia se habían movilizado.
Quedaba todavía en ellas un rastro republicano, un residuo de la tendencia
girondina. En la parte vasca dominaban dos hombres: Garat y Basterreche; en las
Landas quedaban algunos amigos de Ducos, y en la parte gascona persistía la
influencia del convencional Barère, que vivía por entonces, ya viejo, en
Bruselas.
A pesar de su versatilidad, de haber sido
girondino, jacobino, bonapartista y hasta haberse ofrecido, según algunos, á
los Borbones, Beltrán Barère era muy querido por los gascones, que veían en él
un regionalista entusiasta y un enemigo de la centralización y de la supremacía
de París sobre la provincia.
Tanto á Garat como á Barère se les consideraba por
su influencia y su grado en la masonería, como acerrimi libertatis et
veritatis defensores: acérrimos defensores de la libertad y de la verdad.
Estas logias de los pueblos del Mediodía de Francia
se cambiaban órdenes y mandaban impresos asegurando que las tropas no entrarían
en España y que los soldados franceses no querían ser criados de los jesuítas.
Al segundo día de llegar, en casa de Basterreche le
dijeron á Aviraneta que el banquero Ouvrard acababa de presentarse en Bayona.
La noticia era grave, porque Ouvrard tenía fama de ser hombre expeditivo y
capaz de resolver las mayores dificultades.
El día siguiente, 4 de Abril, Aviraneta se puso en
campaña para seguir los pasos de Ouvrard. No era fácil, ni mucho menos. El
banquero venía con su socio Seguín, su sobrino Víctor, una docena de criados, y
estaba muy vigilado por la policía. Ouvrard tuvo varias conferencias con el
intendente Sicard, con el duque de Bellune y con el general Tirlet.
El día 5, por la mañana, Aviraneta supo en la
librería de Gosse que el príncipe generalísimo de las tropas francesas había
llamado á conferencia á Ouvrard, y poco después se aseguró que se enviaba la
caballería hacia las llanuras de Tarbes, porque no había forrajes suficientes
para ella.
El mismo día por la noche Aviraneta tuvo la gran
sorpresa de ver entrar en la fonda de San Esteban á la Sole con el marqués de
Vieuzac.
Ella le conoció en seguida; el marqués, no.
Aviraneta, por uno de los mozos del hotel, afiliado á la masonería, mandó á la
Soledad un recado diciéndola que quería tener con ella una entrevista. La
Soledad, sin duda, se alarmó al saber que don Eugenio estaba en el mismo hotel,
y le contestó advirtiéndole que se hallaba muy vigilada, y que si le tenía algo
que decir se lo comunicara por el mozo, sin escribirla. La Soledad no apareció
por el comedor. Comía en su cuarto con una señora parisiense que la acompañaba.
Aviraneta hubiese querido averiguar algo por la
Sole. Vieuzac, como empleado de importancia, de[185]bía
estar enterado al detalle de cuanto pensaba hacer el Gobierno francés.
El día 5, por la tarde, el mozo masón de la fonda
de San Esteban se acercó á Aviraneta y le dijo que tenía que hablarle.
Este mozo, que se llamaba Gracieux, era todo un
tipo: alto, flaco, aventurero, hombre de gran nariz y de concepciones
atrevidas. Gracieux era admirador de Aviraneta. Gracieux, con gran misterio, le
dijo á don Eugenio que iban á tener una cena en un comedorcito aparte un
ayudante del general Tirlet, el sobrino de Ouvrard, el marqués de Vieuzac y
varias damas: la Soledad con su señora de compañía, una cómica amiga de Ouvrard
y una bailarina entretenida por el ayudante de Tirlet.
El mozo masón dijo á Aviraneta que si quería le
prepararía un escondrijo, y desde él podría oír la conversación.
—Vamos á ver eso.
Entraron en el comedor.
El mozo abrió la parte baja de un armario grande.
—Aquí puede usted meterse—le dijo.
—¿Aquí?—exclamó Aviraneta.
—Sí, hay sitio. Un poco incómodo será.
—Veamos.
Aviraneta hizo la prueba y murmuró:
—La cabeza no está muy cómoda sobre un trozo de
madera.
—Le traeré á usted una almohada.
—Buena idea.
Aviraneta cogió la almohada que le dió el mozo, y
se tendió en el armario.
—¿A qué hora es la cena?—preguntó.
—A las doce.
—Tres horas de espera. Bueno. Me dedicaré á la
meditación.
—Cuando se acabe la cena y se vayan yo vendré á
sacarle á usted—dijo el mozo.
Aviraneta se tendió en su agujero y pasó las tres
horas aburrido. Sonaron las doce, y no apareció nadie; á la una se presentaron
las mujeres, y poco después de las dos llegaron los hombres.
Comenzó la cena. Vieuzac estaba galante con la
Soledad. Ella hablaba ya bastante bien el francés, y se manifestaba, como
siempre, muy mimosa, coqueta y melancólica.
Ouvrard el joven, como parisiense que encuentra que
fuera de París no se puede vivir, comenzó á hablar mal de los meridionales.
Según él, desde Angulema para abajo no se veía más que afectación, falsedad,
farsa y mentira. A alguien había oído decir Mendacia vasconica:
mentira vasca ó gascona, y repetía la frase.
Vieuzac, que procedía de Argeles de Bigorre,
defendió á los meridionales con calor.
—Defienda usted también á su paisano el regicida
Barère—dijo Ouvrard con ironía.
—Paisano y pariente—replicó Vieuzac.
—¿Es usted pariente del Anacreonte de la
guillotina?—preguntó el ayudante de Tirlet.
-Sí.
—Y creo que tiene cierto orgullo con ello—repuso
Ouvrard.
—Como ustedes, los bretones, tienen entusiasmo por
sus realistas salvajes.
—¿Vive Barère?—dijo el ayudante de Tirlet.
—Sí, en Bruselas.
—¡Qué extraña existencia la de esos hombres! ¿Usted
le conoce?
—Sí. Es uno de los tipos más sugestivos y más
amenos que se pueden tratar. En su conversación hace desfilar todas las figuras
de la historia contemporánea de Francia.
Aviraneta pensó que perdía el tiempo en su agujero
y que no se iba á hablar de la intervención; pero á los postres el ayudante de
Tirlet preguntó:
—¿Y al fin entramos ó no entramos en España?
—Sí—dijo Vieuzac—. Está decidido.
—Mañana, á las diez, se firma el tratado de mi tío
añadió Víctor Ouvrard—. Su alteza real el príncipe generalísimo pondrá él mismo
el sello en el contrato.
—¿De modo que han quedado todos los puntos
resueltos?
—Todos.
—¿Y el ministro de la Guerra?
—El mariscal Víctor—dijo Ouvrard—está enfermo de
gota, y grita á todas horas furioso que mi tío[188] es
un ladrón y que quiere quedarse con todo el dinero de la administración
militar.—Y es posible que sea verdad.
—¡Vaya un buen sobrino!—exclamó el ayudante de
Tirlet.
—Amigo de Platón, pero más amigo de la
verdad—contestó Víctor Ouvrard.
—¿Amigo de quién?—preguntó la bailarina.
—De Platón... un banquero—dijo el ayudante de
Tirlet, riendo.
—¿Rico?
—Muy rico.
—Me gustaría conocerle.
—Es incorruptible.
—¡Bah!
—Esos españoles lo están haciendo mal—exclamó
Vieuzac.
—Sí; vamos á hacer el juego á Fernando y á los
frailes—repuso el ayudante.
—Se hará lo posible para impedirlo—dijo Vieuzac—.
Mientras el ejército francés esté en España, yo creo que los realistas y los
frailes no se desmandarán, á no ser que los liberales cometan grandes
violencias.
—En fin, poco importa—exclamó el ayudante—nos
pegaremos con los españoles. Esta no es una guerra como las de Napoleón,
cierto; pero el militar no puede elegir las guerras. De todos modos habrá
ascensos y condecoraciones.
Tras de este intermedio político los comensales
volvieron á su conversación de París, y á las cuatro de la mañana abandonaron
el comedor. El mozo fué á avisar á Aviraneta que podía salir.
Este marchó rápidamente á su cuarto y luego á la
calle.
Estaba clareando. D. Eugenio fué corriendo á la
calle de los Vascos y llamó en casa de Beunza. Pronto bajó el hijo Pedro,
acompañado de un joven, de Ustaritz, llamado Cadet. Sacaron entre los dos el
cochecito, aparejado.
Aviraneta, Beunza y Cadet montaron en el coche y
salieron inmediatamente camino de la frontera.
Beunza, el joven, dirigía muy bien; el caballo
tenía mucha sangre y el tílburi marchaba á la carrera. El día estaba hermoso;
el sol brillaba en los campos.
Beunza saludaba á derecha é izquierda á las
muchachas, que salían á las ventanas y reían, y las echaba besos.
—Sabe usted que ayer hubo jaleo en el teatro de
Bayona—, dijo de pronto Pedro.
—No. ¿Qué pasó?—preguntó Aviraneta.
—Pues nada: una manifestación de hostilidad entre
los liberales y el ejército.
—Cuenta eso.
—Ayer, por la noche, se representaba una comedia
bastante sosa, llamada El interior de mi estudio, en que se habla
de la paz conyugal; y cuando se oía esta palabra paz, nosotros aplaudíamos.
Entonces un ayudante del general Autichamp, que estaba en un palco, se levantó
y gritó: A la porte la canaille! Nosotros[192] contestamos,
gritando: ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Mueran los chuanes!
—Los militares se echarían sobre vosotros.
—Sí; dos oficiales franceses vinieron á pedirnos
explicaciones á Cadet y á mí: yo le dije al mío que era una vergüenza que
fueran á matar la libertad en España. Estábamos discutiendo en tono cada vez
más agrio, cuando se presentó un señor gordo con pretensiones de elegante: gran
levitón á la inglesa y sombrero de copa. Este señor debía tener algún
ascendiente sobre los militares, porque los calmó y los hizo marcharse de allí.
—¿Usted es francés?—me preguntó luego, con un
acento muy cómico.
—No, soy español.
—¡Ah, es usted español!
—Sí.
—¿Castellano?
—No, navarro.
—¿Realista?
—Republicano.
El gordo se echó á reir y encendió una gran pipa de
ámbar que llevaba.
—¿De manera que es usted republicano?
—Sí, señor.
—Yo soy realista.
—Peor para usted.
—Sin embargo, comprendo que cada cual tiene que
tener sus ideas.
—Yo no lo comprendo—le dije.
—Es posible que haya usted oído hablar de mí—añadió
el gordo, amablemente.
—Creo que no.
—Yo soy el general Longa. Francisco Longa, el
guerrillero.
Como yo sé que Longa es además de muy valiente muy
honrado, le traté con respeto y nos hemos hecho amigos.
El joven Beunza se consideraba á sí mismo como
hombre á quien preocupaba únicamente la política, pero se le veía que se le
iban los ojos tras de las muchachas que pasaban.
En el cochecito cruzaron, de prisa, por Bidart, San
Juan de Luz y Urruña, y al llegar á Hendaya se encontraron con que estaban allí
acantonadas fuerzas de artillería, infantería y caballería francesas
preparándose para atravesar la frontera.
Aviraneta, Cadet y Beunza pasaron el Bidasoa en una
barca, y en Behovia D. Eugenio, se encontró con el correo enviado por Albistur,
el jefe político de Guipúzcoa.
Aviraneta se sentó á la puerta de un caserío y
escribió un oficio al ministro y otro al gobernador de San Sebastián.
Poco después el correo salía al galope.
Aviraneta iba á buscar un sitio donde acostarse,
cuando se encontró con el Lobo.
—¿Qué hay?—le dijo—¿Está usted aquí?
—Sí, aquí estamos con los carbonarios franceses é
italianos. Yo he venido con ellos de San Sebastián.
—¿Cuántos hay?
—Ciento y tantos.
—¿Nada más?
—Nada más.
—Mal negocio.
—Sabe usted que el jefe le conoce á usted.
—¿A mí?
—Sí.
—¿Quién es?
—Ha preguntado por usted. Si quiere usted verle...
—Sí; vamos.
El Lobo, Beunza, Cadet y Aviraneta
marcharon hacia la cabeza del puente de Behovia, roto por entonces.
Había por allí varios grupos de paisanos y de
militares con uniformes del tiempo de Bonaparte.
Los paisanos llevaban el traje clásico del liberal
de la época: levitón largo y entallado, cerrado hasta la barba, sombrero blando
y bastón de junco, con alma de plomo, sostenido en la muñeca con una cinta de
cuero.
El Lobo, Beunza, Cadet y Aviraneta
cruzaron entre el grupo, y el Lobo, señalando á uno de los
militares, dijo:
—Ese es el jefe.
Aviraneta reconoció los ojos brillantes y la cara
redonda, alegre y decidida del barón de Fabvier.
Aviraneta hizo un gesto de sorpresa y estrechó con
efusión la mano del francés.
—Usted siempre en la hora del peligro—dijo Fabvier.
Al lado de éste se hallaban el coronel Caron y un
hombre de unos cincuenta años, de tipo germánico, tostado por el sol, que
resultó ser el general Lallemand.
El barón explicó á Aviraneta su proyecto.
Pensaba invitar, desde la orilla española del
Bidasoa, á los soldados de Angulema á que abandonaran la invasión y á que se
acogiesen á la bandera tricolor que enarbolarían ellos. En el caso de que los
soldados de Luis XVIII simpatizaran, cruzarían el río en unas cuantas barcas
que tenían en la orilla, cerca de Azquen Portu.
—Si le puedo servir en algo, mándeme usted—dijo
Aviraneta.
—Tengo un aventurero francés que he encontrado por
aquí para dirigir mi pequeña flota, pero no es de confianza, no le conozco;
vaya usted y tome la dirección de las barcas. Si la cosa sale bien, yo le
llamaré para que se acerque.
—Bueno, voy en seguida.
Aviraneta con sus amigos, marchó camino de Irún, y,
al llegar á Azquen Portu, se embarcó.
VI.
EL BATALLÓN DE LOS HOMBRES LIBRES
El batallón de los Hombres libres, así se llamaba
aquel puñado de ilusos reunidos delante de Behovia, había tenido una larga y
difícil gestación.
Habían esperado los carbonarios organizadores
formar una columna de mil hombres, con armas, entre franceses é italianos
liberales. Esta tropa se iría alistando en Bilbao, Tolosa y San Sebastián.
Los jefes políticos de Vizcaya y de Guipúzcoa
tenían orden del Gobierno español de ayudarlos.
El primer núcleo del pomposo batallón de Hombres
libres fué una compañía de cazadores, formada en Bilbao con desertores
franceses y algunos napolitanos.
Mandaba esta compañía el capitán de artillería
Nantil, hombre de cierta fama. Nantil era un antiguo oficial de la legión del
Meurthe, bonapartista, que había tomado parte en Francia en el proyectado
asalto del castillo de Vincennes.
Este complot se fraguó en París antes de la
constitución del carbonarismo.
Habían ideado los revolucionarios sorprender el
castillo de Vincennes; después, Nantil y otro oficial, Capes, sublevarían sus
regimientos de guarnición en París, y con la gente de los arrabales de esta
ciudad darían el asalto á las Tullerías. Estaban complicados en la conspiración
Lafayette con sus amigos, varios generales y oficiales de alta graduación, como
Ordener, Fabvier, Caron y Dentzel. Después del movimiento en París, Argenson
debía sublevar la Alsacia, Saint-Aignan, Nantes y Corcelles Lyon.
La víspera del día fijado para sorprender
Vincennes, un polvorín de este fuerte voló por casualidad. Al hacer la sumaria,
los agentes de la policía militar y civil notaron los trabajos de los
conspiradores y las disposiciones tomadas para el asalto. Nantil y sus amigos
escaparon.
Nantil vino á España y se estableció en Bilbao, y
estuvo estudiando durante algún tiempo las fortificaciones de esta ciudad con
el barón de Condé.
Nantil, con su compañía de cincuenta ó sesenta
hombres, la bandera tricolor desplegada, pasó por las calles de Bilbao, el 20
de Marzo de 1823, al grito de ¡Viva la Libertad! ¡Viva la unión de los pueblos!
y alguno que otro de ¡Viva Napoleón segundo! Los italianos de Nantil casi todos
eran republicanos; los franceses, la mayoría, bonapartistas.
Este grupo marchó camino de Tolosa.
Pocos días después, el coronel Caron dejaba Madrid
y se trasladaba á San Sebastián, en compañía de Fabvier.
Caron era hermano del militar fusilado en
Estrasburgo á consecuencia del falso complot preparado por la policía y uno de
los jefes más importantes de los carbonarios.
Fabvier era el que aparecía como organizador y
hombre de empuje de los liberales desde la ejecución de los sargentos de la
Rochela.
El punto de cita de los Hombres libres, hasta 1.º
de Abril, fué Tolosa; pasado este día se reunirían en San Sebastián y en Irún.
El Gobierno francés no estaba tranquilo; á uno de
los militares que había salido de París, con su uniforme de oficial
bonapartista metido en la maleta, se le había ocurrido poner en ésta, para
despistar, el nombre y la dirección del general Lostende, ayudante de
Guilleminot. La maleta fué detenida por la policía, y se creyó que Lostende y
el mismo Guilleminot estaban complicados con los revolucionarios, y el ministro
de la Guerra, el mariscal Víctor, dió la orden de destituirlos.
El peligro que asustaba al Gobierno francés era
bien pequeño.
El batallón de los hombres libres marchaba muy
despacio y tenía bastante menos fuerza de lo que aparentaba.
Se había mandado aviso, por las ventas carbona[200]rias, á Cugnet de Montarlot, á Vaudoncourt y á Delon;
pero no se estaba muy seguro de que hubieran recibido el aviso, ni de que
tuvieran tiempo de presentarse en San Sebastián.
Se esperaba mucho de los tres; sobre todo, de
Vaudoncourt y de Delon.
Delon, como casi todos los oficiales franceses de
artillería cultos, era republicano, demócrata y partidario de la gente civil.
Esto separaba mucho á los republicanos de los
bonapartistas, pues aunque los bonapartistas se llamaban liberales, eran en
general enemigos de los hombres civiles.
Delon, de oficial de artillería, trabajó con
entusiasmo con el general Berton en el movimiento de Saumur. Estuvo también
complicado en el asunto de los sargentos de la Rochela; era jefe importante de
los carbonarios, y vivía desde hacía tiempo en España.
Llegado el momento, Delon no se presentó, y
Vaudoncourt, tampoco. Se vió con gran tristeza que en vez de los mil hombres
que se esperaban, apenas se reunieron en San Sebastián unos doscientos, entre
militares y carbonarios.
El último día apareció el general Lallemand, con
dos amigos. Lallemand era fundador del Campo de Asilo de Tejas, que había sido
un fracaso. Este general había iniciado una suscripción para formar una
colonia, en América, suscripción que no se llevó á[201] cabo
porque los liberales comprendieron que no les convenía enviar á los oficiales
liberales y bonapartistas, á medio sueldo, tan lejos.
Al volver á Europa y saber lo que se preparaba
Lallemand, se presentó en seguida en la frontera española.
Varios generales, coroneles y comandantes formaban
el batallón de los Hombres libres, que estuvo instalado unos días en San
Sebastián.
En un pueblo pequeño, como entonces era éste, hubo
dificultades para alojar aquellos hombres. Los liberales de la ciudad se los
repartieron, y algunos lombardos quincalleros recién venidos al pueblo tomaron
como alojados á los italianos.
El pequeño batallón de los Hombres libres se
dirigió á Irún.
Iban en él Fabvier, Lallemand, Caron, Nantil,
Berard, Lamotte, Moreau, Pombas y Armando Carrel. A pesar de su pequeñez, no se
desanimaron.
Caron, Fabvier y Lallemand tuvieron una
conferencia. Caron había recibido cartas de sus confidentes diciéndole que el
primer cuerpo de ejército, que estaba ya en Urruña, avanzaría hacia Hendaya y
las orillas del Bidasoa, el día 6 de Abril.
El día 5, por la noche, se decidió que el batallón
de los Hombres libres se presentara en Behovia. Los militares, con sus
uniformes y al frente la bandera tricolor, intentarían fraternizar con las
avanzadas francesas.
El gobernador militar de San Sebastián envió al
campo atrincherado de Irún al regimiento Imperial Alejandro, para demostrar á
los franceses de Angulema que el Gobierno español patrocinaba la empresa de los
carbonarios, y al mismo tiempo para defenderlos.
El día 6, por la mañana, el coronel Fabvier tomaba
posiciones en la cabeza del puente destruído del Bidasoa.
Al otro lado del río, y al alcance de su voz,
estaba el 9.º regimiento de Infantería ligera y de Artillería de campaña.
A primera hora de la tarde, el teniente general de
Artillería Tirlet fué á la orilla del Bidasoa, delante de Behovia, y dió las
órdenes al general Vallin para que estableciera un puente de barcas.
El general Vallin mandaba la brigada de vanguardia
del primer cuerpo, y una compañía de esta brigada comenzó los trabajos para
instalar los pontones.
Al mismo tiempo, algunas patrullas del regimiento
Imperial Alejandro se acercaron á la orilla española, en observación.
Aviraneta, Beunza, Cadet y el Lobo, en
las barcas, fueron acercándose á Behovia.
Era ya media tarde cuando apareció el grupo de
bonapartistas y carbonarios, y comenzó á llamar á los soldados de las avanzadas
francesas y á darse á conocer.
—¡Ahora vamos!—gritaron los de la orilla española.
—¡Sí, venid!—contestaron los soldados que
trabajaban al otro lado.
En esto, los carbonarios se pusieron á cantar La
Marsellesa y á agitar la bandera tricolor. Las notas del hermoso himno
se extendieron por la superficie tranquila del río.
Aviraneta dió orden á los de sus barcas para que se
acercaran á la cabeza del puente, donde se hallaban los carbonarios. En esto se
vió avanzar al galope, en la orilla francesa, un general á caballo.
Era el general Vallin. Mandó preparar una batería;
los artilleros obedecieron, y sonaron dos estampidos.
—¡Viva el Rey!—gritó el general.
—¡Viva!—contestaron los soldados, sin gran
entusiasmo.
Fabvier y sus tropas, al ver que la descarga no
había alcanzado á nadie, y creyendo que los artilleros estaban de su parte,
gritaron, agitando la bandera tricolor:
—¡Viva la Artillería francesa! ¡Viva la República!
—¡Retiraos, miserables!—oyó Aviraneta que
vociferaba el general.
—¡Viva la Libertad! ¡Viva la República!—contestaron
los hombres libres.
Entonces el general Vallin volvió á mandar cargar
los cañones, y se hicieron varios disparos, segui[204]dos
de metralla. Ocho hombres quedaron muertos en la orilla española, y veinte ó
treinta heridos.
El general Vallin mandaba hacer alto el fuego,
cuando se le presentó el cabecilla español el Trapense solicitando
permiso para pasar el Bidasoa, con ochocientos soldados de la Fe, y perseguir á
los carbonarios.
Aviraneta y los suyos iban á escapar dejándose
llevar en las barcas por la corriente; pero de la orilla francesa les habían
apercibido, y les intimaban á acercarse, si no querían recibir un tiro.
Aviraneta vió que era muy difícil escapar á
quinientas balas que podían disparar sobre ellos, y se acercó á la orilla
francesa.
La partida del Trapense quería
pasar en las mismas barcas preparadas para los carbonarios.
No hubo más remedio que conformarse.
El Trapense venía montado en un
caballo tordo, y cerca de él iba su amante, Josefina Comerford, de amazona, con
un velo en la cara.
El Trapense entró con Josefina en
la lancha.
Era el padre Marañón un hombre moreno, de ojos
negros brillantes, melenas y larga barba espesa, de obscuro color castaño.
Su indumentaria tenía de hombre de iglesia y de
bandolero de teatro. Llevaba sombrero de ala ancha, de color ceniza, con plumas
rojas y amarillas y escarapela roja; zamarra de piel negra con el entorchado de
brigadier en la ancha manga; calzones[205] bombachos,
de terciopelo azul, con muchos botones, y botas con gruesas espuelas de plata.
En la cintura ostentaba una canana y dos pistolas;
en el pecho, un escapulario de la Orden de San Francisco y un crucifijo de
metal dorado.
En vez de espada empuñaba un látigo.
Josefina Comerford entró en la lancha, y estuvo
sentada al lado de Aviraneta.
Era esta dama realista una mujer seductora: tenía
los ojos azules, la tez blanca y el pelo negro. Aunque no de gran estatura, su
talle era muy esbelto.
Llevaba traje de amazona, dormán con alamares de
oro, y una insignia de plata en la manga. Josefina, al ver que la observaban,
tomó una actitud desafiadora y orgullosa.
Beunza la estuvo contemplando con gran atención.
—Lástima que le guste ese frailazo—dijo en
vascuence; y uno de los remeros, al oirlo, se echó á reir.
Al bajar en la orilla española, el fraile enarboló
el crucifijo, y lo dió á besar á un grupo de aldeanos que se había reunido
allá.
Unos ochocientos soldados de la Fe fueron pasando,
en barcas, á ocupar Behovia.
Al terminar, viéndose menos vigilado, Aviraneta, en
su lancha se dejó llevar por la corriente, y desembarcó cerca de Irún.
Beunza y Cadet se metieron en casa de un amigo, con
la intención de volver á Francia. Los demás remeros desaparecieron, y Aviraneta
quedó en com[206]pañía de un pescador que llamaban
el Arranchale, un francés apodado Nación y
el Lobo.
En Irún se estaban haciendo preparativos para la
entrada de Angulema, y como allí Aviraneta era conocido, decidió marchar á San
Sebastián á pie.
Aviraneta y el Lobo, con los dos
hombres de las barcas, Arranchale y Nación,
tomaron el camino de San Sebastián. La noche estaba obscura, no se veía una luz
en todo el campo.
Al llegar al alto de Gainchurizqueta se desviaron
del camino, se metieron en una borda y se echaron á dormir sobre la hierba
seca.
Aviraneta estaba rendido del ajetreo de los días
anteriores.
Al amanecer se despertó el Lobo, llamó
á los compañeros y salieron de la borda.
La mañana estaba radiante, el cielo muy azul y los
campos muy verdes.
Durante la marcha fueron hablando los cuatro. El
francés, Nación, era un hombre fuerte, membrudo, sombrío, de tipo
brutal. Era del Norte, vestía un traje azul, de tela basta. Tenía los brazos
tatuados y un anillo en la oreja; fumaba en una pipa corta y negra, en la que
hundía el dedo pulgar. Nación con[208]sideraba
España y el Mediodía de Francia como países salvajes.
Aviraneta le hizo algunas preguntas que no quiso
contestar. Habló únicamente de los sitios de Europa que había recorrido, que al
parecer eran muchos, y se dejó decir que había estado en los pontones.
Aviraneta supuso que era algún forzado escapado de presidio.
El Arranchale, por el contrario
de Nación, no conocía más que su país, y no sabía hablar más que
vascuence. El Arranchale no entendía de política ni sabía lo
que querían los liberales ni los realistas: para él, unos y otros peleaban por
fantasía. El Arranchale, unos años antes, había dejado de ser
marinero y se había hecho labrador; pero su mala suerte le indujo á tomar en
arriendo un caserío de Oyarzun, en donde los blancos y los negros siempre
tenían que parar á reñir y á llevarse después lo que hubiera.
Entonces el Arranchale había
dejado su mujer y dos hijos en casa de la suegra, y andaba de un lado á otro
trabajando en Francia ó España, siempre en el país vasco á pocas leguas de su
casa.
El Arranchale no se atrevía á
alejarse mucho porque á una pequeña distancia de su pueblo ya se sentía
extranjero.
Era el Arranchale fuerte,
membrudo, sonriente y ágil como un mono. Charlando, pasaron por delante de la
bahía de Pasajes, que brillaba como un lago al sol, y se acercaron á San
Sebastián.
La ciudad en su promontorio, arrimada al Castillo,
formaba una pequeña península, unida á tierra por arenales, pero en aquel
momento de marea alta, éstos se hallaban cubiertos de agua, y el pueblo,
apoyado en el monte, parecía una isla fortificada, con sus murallas, sus
baluartes y sus cubos.
Pasaron Aviraneta y sus compañeros un puente de
barcas, se acercaron á la puerta de Tierra y entraron en la plaza.
Aviraneta fué á ver al gobernador militar. El
gobernador y el Ayuntamiento tomaban en aquel momento las más enérgicas
medidas: mandaban prender á varios frailes y curas y á otras personas
sospechosas desafectas á la Constitución, entre ellas al escribano don
Sebastián Ignacio de Alzate, tío de Aviraneta.
Siete presbíteros de los presos aquel día fueron
después fusilados y arrojados desde las rocas del Castillo de la Mota al mar.
Aviraneta explicó al gobernador militar lo ocurrido
en Behovia y el paso de los soldados de la Fe con el Trapense á
la cabeza.
—No conocía estos detalles—dijo el brigadier Peña—;
el fracaso de la empresa de los Hombres libres lo sabía porque lo han contado
ellos mismos.
—¿Han quedado aquí los carbonarios?—preguntó
Aviraneta.
—Hace un momento han embarcado. Van la mayoría á La
Coruña, á ponerse á las órdenes de sir Roberto Wilson.
—¿Y usted cómo está aquí, general? La plaza ¿se
encuentra en buenas condiciones?
—No del todo—contestó el brigadier—. Es una lástima
que le quitaran á Torrijos el mando de las provincias vascas.
—¿Lo llevaba bien?
—Muy bien. Se hubiera podido resistir mucho mejor.
Torrijos había comenzado los trabajos de aprovisionar y de defender San
Sebastián y Pamplona con método. Al mismo tiempo se había puesto al habla con
los republicanos y liberales franceses para poner obstáculos á la entrada del
ejército de Angulema. Cuando la amenaza de la invasión era ya inminente,
Torrijos consultó con los generales, y todos opinaron que lo más prudente era
retirar las tropas al interior, dejando guarnecidas las plazas. Todos opinaron
así menos él y yo. Torrijos, que consideraba este plan descabellado, envió al
Gobierno una exposición, manifestando los graves inconvenientes que tenía tal
proyecto. El Gobierno, en vez de contestarle le destituyó, nombrándole ministro
de la Guerra, y dió el mando de este distrito al general Ballesteros.
—Que no hace nada.
—¡Nada!
—Siempre lo mismo. No sabemos aprovechar la gente.
—Lo estamos llevando esto muy mal—dijo amargamente
el brigadier Peña—; me temo que esta guerra va á ser vergonzosa para nosotros.
Vamos á mo[211]rir en la ignominia. Yo pienso resistir
hasta lo último.
—¿El jefe político ha resignado el mando?
—Sí. Albistur, con el jefe político de Alava y el
de Vizcaya, se han reunido con sus fuerzas de nacionales en Vitoria. Los
milicianos de las tres provincias van hacer la campaña á las órdenes de don
Gaspar de Jáuregui, el Pastor.
—¿Y usted se podrá defender mucho tiempo?—preguntó
Aviraneta.
—Sí. Resistiré.
—¿Están bien las murallas?
—Sí. Las veremos si usted quiere.
—Sí, vamos.
Salieron del baluarte de la puerta de Tierra hacia
el Castillo, pasando por encima del puerto, dieron la vuelta al monte Urgull y
volvieron por el lado de la Zurriola otra vez á la puerta de Tierra. Peña
mostró las baterías, el hornabeque, los revellines y baluartes y expuso las
probabilidades favorables y adversas que se podían tener con aquellos medios.
Por la tarde volvió Aviraneta á visitar al
brigadier Peña, y éste le dijo que las tropas de Bourke se acercaban y habían
tomado las lomas próximas al convento de San Bartolomé.
—Si tiene usted que marcharse, Aviraneta, puede
usted darse prisa.
—Mañana me iré.
—Mañana estaremos bloqueados.
—Pero se podrá salir por mar.
—Sí, eso sí.
—Entonces no importa.
—¿A qué hora piensa usted salir?
—A la madrugada.
—Bueno, yo daré orden de que le abran.
Al día siguiente, Aviraneta, el Lobo, Arranchale y Nación esperaban
reunidos delante de la puerta del Mar.
Estaba amaneciendo; la campana de la iglesia tocaba
á la primera misa y algunas mujeres y algunos pescadores pasaban por entre la
bruma matinal como sombras.
En esto llegó delante de la puerta el Capitán de
las llaves, examinó á Aviraneta y á sus compañeros y abrió un postigo; salieron
todos al muelle, el Arranchale habló con un pescador y poco
después los cuatro fugitivos, en una trainera pequeña, con una vela, salieron
del puerto, pasaron por entre la isla de Santa Clara y el Castillo y marcharon
hacia Orio.
El Arranchale estaba alegre de
verse en el mar. Con su agilidad de mono subía y bajaba por el palo de la
lancha para arreglar la vela, riéndose.
—Aquí, aquí cerca—dijo el Arranchale á
Aviraneta—encontramos una ballena hace unos años.
—¡Una ballena tan cerca!
—Sí. E intentamos cogerla.
—¿Y la cogisteis?
—No.
—¿Y cómo fué?
—Pues pasábamos por aquí cuando la vimos dormida en
el agua. Nos acercamos á ella, y yo dije: Atadme de la cintura y me acercaré.
Llevábamos un arpón pequeño. Al llegar á la ballena di un salto desde la lancha
sobre ella, y con todas mis fuerzas le clavé el arpón. La sacudida que dió fué
terrible: yo estuve más de cinco minutos dando vueltas en la espuma, hasta que
me llevaron á la lancha, que iba volando arrastrada por la ballena. Cuando me
di cuenta de cómo íbamos dije: Cortad la cuerda. Pero no quisieron. Así fuimos
yo no sé cuanto tiempo, hasta que la cuerda se rompió, y desapareció la
ballena.
Al concluir su narración, el Arranchale se
echó á reir. El Lobo, aunque no le entendía, se rió también. Nación refunfuñó
diciendo á Aviraneta que aquel salvaje podía hablar un idioma comprensible y no
aquella jerga endiablada.
Aviraneta no hizo caso de las murmuraciones del
francés, y siguió hablando con el Arranchale, cuya alegría era
comunicativa.
Llegaron á Orio, en donde los tomaron por gentes
del ejército de la Fe; alquiló Aviraneta un coche, con un caballo, y tomando
primero la carretera de la costa hasta Zarauz, y luego abandonándola por
Cestona, Azpeitia y Elgoíbar, llegaron de noche á Vergara.
Se encontraron en las proximidades de esta villa á
trescientos hombres, mandados por Mac Crohon, que[214] habían
salido de Bilbao custodiando un convoy que debían conducir á San Sebastián. Al
saber por Aviraneta que los franceses estaban en España, Mac Crohon decidió
retirarse, y marchar en busca de don Gaspar de Jáuregui.
En Vergara, como en todos aquellos pueblos, los
absolutistas estaban entusiasmados con la entrada de los franceses: decían que
se iba á restaurar la pureza de la fe y la unidad de la patria, y pensaban
pedir el restablecimiento de la inquisición.
En la región vascongada pululaban las partidas
realistas: Quesada, O'Donnell, Zabala, Altalarrea, alias Francho Berri,
Juan Villanueva (Juanito el de la Rochapea), Fernández el (Pastor),
Castor Andechaga y el cura Gorostidi maniobraban en Vizcaya, Guipúzcoa y
Navarra.
Jáuregui, Oraá, López Campillo y Chapalangarra
luchaban contra ellos.
El 9 de Abril, don Vicente Quesada, desde su
cuartel general de Zumárraga, anunciaba la entrada en España de las tropas de
Angulema.
Al día siguiente de llegar á Vergara, Aviraneta y
sus satélites aparejaban el cochecito y salían en dirección de Vitoria.
Llegaron á esta ciudad, y Aviraneta se presentó en
el Gobierno civil. No estaba el jefe político, Núñez de Arenas; y Aviraneta
habló con un partidario liberal llamado Mantilla, venido de Murcia, á quien las
tropas del Trapense fusilaron en Julio de 1823.
Mantilla quitó toda esperanza á Aviraneta de que
Vitoria pudiera defenderse. Se entregaría al momento. En los pueblos, la
Milicia Nacional no quería que se hiciera la recluta; así que no había
esperanza alguna de tener hombres con qué resistir.
Aviraneta salió de Vitoria, se detuvo en Miranda y
en Haro, y el día 15 de Abril estaba en Logroño.
El Gobierno español había intentado organizar sus
fuerzas, y había puesto todos sus prestigios en el mando de los cuerpos de
ejército: Mina, en Cataluña; Ballesteros, en las provincias vascas; O'Donnell,
en Castilla la Nueva; Morillo, en Galicia, y Villacampa, en Andalucía.
De estos cinco hombres, de quien se esperaba mucho,
O'Donnell, eterno tránsfuga, abandonó la causa constitucional escribiendo una
carta á Montijo, en la que se manifestaba enemigo de las Cortes; Ballesteros y
Morillo capitularon; Villacampa no hizo nada, y únicamente Mina tuvo en jaque á
los franceses, y llevó la campaña con brío y con fuerza.
Cierto que tenía él mejor ejército; que sus
compañeros eran constitucionales entusiastas, y que todos lucharon hasta el
fin, excepto el general Manso, que se pasó al enemigo.
De los caudillos sueltos, Torrijos, Chapalangarra,[218] Jáuregui, Valdés, Campillo y algunos otros
fueron también intrépidos campeones de la libertad.
Entre los generales de la Independencia, don Julián
Sánchez, el Salamanquino, estaba en Logroño.
Tenía á sus órdenes dos batallones: uno de
Infantería de línea, y otro de Milicia activa; éste era el provincial de
Logroño, mandado por don Joaquín Cos-Gayón. Había también un cuerpo de
voluntarios, á las órdenes del coronel don Eugenio Arana.
En Logroño, como en casi todas las demás ciudades,
los oficiales del ejército regular se sentían desalentados, y únicamente los
voluntarios tomaban la defensa de la Constitución con calor.
Arana trabajaba con todo el entusiasmo posible:
había pedido fusiles al parque, había formado una compañía Sagrada, había
instado al Ayuntamiento á que publicase bandos llamando á los que debían
ingresar en la Milicia Nacional, y á que se reforzaran las murallas de Logroño
con las losas de la iglesia, suprimida, de San Blas.
Aviraneta, con el Lobo, Arranchale y Nación,
llegó á Logroño y se presentó en seguida á Arana. Había un cabo de la Milicia
Nacional, Pedro Iriarte, que era navarro, y Arana lo puso á las órdenes de
Aviraneta.
Iriarte se distinguía por su entusiasmo: era
silencioso, trabajador y liberal acérrimo.
Además de la Milicia de Arana, estaba en Logroño un
pequeño grupo de guerrilleros que formaba[219] la
partida del Hereje, que procedía de los pueblos de la orilla del
Ebro.
La partida del Hereje se
distinguía por su radicalismo. El nombre del Hereje tenía su
historia. Este jefe había estado de barquero en una barca del Ebro, trasladando
gente. Cobraba dos cuartos por cabeza, y un día fué un vendedor de santos con
una cesta llena de éstos, y pasó la barca.
—¿Cuánto es?—le preguntó al llegar á la otra orilla
al barquero.
El Hereje contó todos los santos
que llevaba, y dijo:
—A dos cuartos por cabeza, son catorce cabezas:
veintiocho cuartos.
El vendedor protestó, y dijo que una cabeza de
santo no podía pagar como una de persona, y añadió que no pagaba. El Hereje cogió
la cesta con los santos, y la tiró al río. Desde entonces le vino el apodo.
El Hereje era hombre pequeño,
moreno, canoso, muy vehemente y atrevido.
Su partida no tenía buena fama, porque entre los
que la formaban había gente que experimentaba gran inclinación por los bienes
ajenos.
En períodos normales, la partida del Hereje había
estado varias veces suprimida por el capitán general; pero en aquel momento era
indispensable aprovecharse de todos los recursos de que se pudiera echar mano,
y la partida del Hereje tenía libertad de acción.
Aviraneta, Arana y el Hereje intentaron
inflamar el espíritu público, y se convocó á una reunión de nacionales, que no
tuvo gran resultado. Todo el mundo estaba desalentado, cansado.
Al día siguiente, Aviraneta y Arana fueron á ver al
brigadier don Julián Sánchez. Don Julián Sánchez era hombre alto, rubio, de
ojos azules. Ya no recordaba el antiguo garrochista, brioso y hercúleo.
A pesar de su fortaleza, era tipo de hombre
distinguido, fino, cara melancólica, nariz corva y frente ancha y despejada.
Sánchez dijo que cumpliría las órdenes del general
Ballesteros, quien le había mandado que resistiera, y cuando no pudiera más, se
retirara hacia Soria.
La frialdad é indiferencia de don Julián le
preocupó á Aviraneta. La mayoría de los militares no sentían con entusiasmo la
causa liberal. Don Julián Sánchez no era ya el guerrillero arrebatado y
valiente. Ya no se podía decir de él, como en una canción popular de la guerra
de la Independencia:
Cuando don Julián Sánchez
monta á caballo
se dicen los franceses:
"Ya viene el diablo".
Don Julián no tenía por entonces ningún aire de
diablo: más parecía un buen burócrata, apagado y tranquilo.
Aviraneta y Arana se despidieron del
brigadier, [221]y pensaron en las providencias que
se podían tomar.
Aviraneta era partidario de hacer saltar el puente
de Logroño; pero Arana creía que quizás la parte reaccionaria del pueblo se
exasperaría y les atacaría. Además, no había pólvora sobrante para hacer esto.
El puente tenía dos puertas, y se dispuso
defenderlas con barricadas. Se hicieron dos parapetos, mal cimentados y sin
gran resistencia, que se fortificaron con cuerdas y alambres.
Todo el mundo tenía la impresión del fracaso, y de
que el enemigo entraría en la ciudad.
Algunos ilusos esperaban; dos mil hombres podían
hacer algo.
Cierto que escaseaban las municiones, pero
aprovechadas bien había posibilidad de detener á los franceses muchos días.
Al saberse la aproximación del enemigo, don Julián
Sánchez comenzó á preparar, con los pocos medios que disponía, la defensa de
Logroño.
Envió á la fuerza que mandaba Cos-Gayón á que
tomara posiciones cerca del Ebro, se apoderara de las barcas, é impidiera el
paso de los franceses por los vados.
El brigadier quedó para defender el interior de la
ciudad con el batallón de Infantería de línea y los milicianos.
El día 17, las tropas del mariscal de campo, conde
de Vittré, de la división del vizconde de Obert, se presentaron en los
alrededores de la ciudad.
El día 18, por la mañana, el conde de Vittré envió
un parlamentario á Sánchez, quien no lo quiso recibir.
Poco después, el primer batallón francés de ligeros
del 20 de línea tomó posiciones, y empezó á tirotearse con los españoles.
Estos contestaron al fuego con ardor, y contuvieron
á los franceses durante toda la mañana y parte de la tarde.
Comenzaban los voluntarios y milicianos á
entusiasmarse con la defensa cuando se supo, con asombro, que el batallón de
Milicia activa provincial de Logroño, mandado por Cos-Gayón, y enviado por
Sánchez á las orillas del Ebro, alejándose de la capital y dejándola abierta
por varios puntos se retiraba á Fuenmayor con ochocientos hombres y noventa
jinetes.
La voz de traición corrió entre la tropa, y el
desaliento cundió rápidamente por las filas constitucionales.
En esto, á media tarde, otra compañía francesa de
ligeros del 21 de línea intervino en el ataque. Destacaron los franceses dos
piezas de artillería, que rompieron el fuego contra la primera puerta del
puente, destrozándola, y al poco rato un pelotón de zapadores, acercándose, la
hundía á martillazos y destruía la trinchera. Sostúvose un momento desde la
plaza el fuego, pero cesó de nuevo; y entonces un cornetilla francés, subido á
los hombros de un[223] tambor mayor, escaló la
segunda puerta y la abrió.
Pronto los cazadores ligeros despejaron el puente;
los constitucionales españoles comenzaron á retirarse hacia la parte alta del
pueblo, cuando el general Vittré mandó al primer escuadrón de la Dordogne diera
una carga contra los españoles.
Sánchez, rodeándose de sus tropas, había formado el
cuadro para resistir el primer ataque de los de la Dordogne, y lo resistió
bravamente. Como los franceses tenían una superioridad de fuerzas enorme, el
general mandó al coronel Müller, de los húsares del Bajo Rhin, que atacara por
segunda vez. La caballería cargó con furia cuesta arriba; las tropas de Sánchez
se desordenaron, y el propio don Julián cayó herido de una lanzada en el
costado y fué hecho prisionero.
Aviraneta estuvo á punto de ser derribado y fué
alcanzado por una lanza, que le rompió el pantalón y le hizo un rasponazo en la
pierna.
—Al camino de Soria—gritó el Hereje á
Aviraneta.
Aviraneta, el Lobo, algunos otros
milicianos y los de la partida del Hereje se defendieron en
las esquinas de la calle del Mercado, disparando contra los franceses; al
coronel Arana se le distinguía por su pelo blanco, entre sus milicianos,
gritando y accionando, rojo de ira. Aviraneta y los del Hereje tuvieron
que escapar subiendo á la parte alta del pueblo. Aviraneta vió á Arranchale y
á Nación[224] montados á caballo,
dispuestos á huir. Aviraneta y el Lobo se acercaron á ellos,
montaron en sus mismos caballos y tomaron la carretera de Islallana.
A la media hora de salir de Logroño se encontraron
con varios milicianos, y media docena de hombres de la partida del Hereje.
Aviraneta quería reunirse con las fuerzas
constitucionales; pero, al preguntar en el camino si habían pasado por allí
soldados, le dijeron que no.
Según unos, el grueso de los liberales había tomado
en su retirada hacia Rivaflecha. Otros creían que se había dirigido á Soria,
por los montes.
Se hizo de noche. Aviraneta decidió detenerse en un
sitio de fácil defensa y aprovisionamiento, y esperar allí al Hereje.
Se formó una patrulla, compuesta de veinte hombres,
y en el camino quedó reducida á doce. A la luz de la luna pasaron Islallana y
entraron en esa zona teatral y decorativa de la Sierra de Cameros.
Al pie de estos montes, desnudos y pelados, corría
un río claro y espumoso.
Antes de Torrecilla de Cameros se detuvieron;
mandaron á uno por provisiones al pueblo, y Aviraneta dispuso ocupar unas rocas
que, como trincheras naturales, dominaban el camino.
Se pasó la noche allí, y á la mañana siguiente
Aviraneta se encontró con que de los doce hombres del piquete, más de la mitad
habían desaparecido. El coronel Arana no llegaba, y en vista de esto[225] Aviraneta dijo que cada cual hiciera lo que le
pareciese mejor. Aviraneta y el Lobo compraron por diez duros,
cada uno, dos caballos que llevaban los milicianos fugitivos, y que querían
deshacerse de ellos.
Al día siguiente se supo que las tropas
constitucionales huían á la desbandada.
Cos-Gayón dijo años más tarde que se había retirado
á Fuenmayor con el batallón de Milicia activa, siguiendo las órdenes del
general Ballesteros y que había sido atacado por los franceses que le
dispersaron sus fuerzas.
Sin embargo, todo el mundo creyó que había obrado
de acuerdo con los realistas, pues luego de la supuesta derrota, Cos-Gayón se
retiró hacia Pedro Manrique; volvió á Logroño, y unas semanas más tarde el
Gobierno absolutista le nombraba gobernador de Vitoria.
Aviraneta dijo que él pensaba marchar á Aranda, y
después á Valladolid, á reunirse con el Empecinado.
El Arranchale, Nación,
el Lobo y un muchacho riojano de la partida del Hereje,
á quien llamaban el Estudiante, decidieron seguirle.
Dejaron la calzada de Cameros, que se abre entre
grandes masas de tierras rocosas, horadadas por el agua, coloreadas de rojo y
amarillo, pasaron por delante de la cueva Lúbriga, donde se detuvieron un
momento, y tomaron después á campo traviesa. No se sabía el espíritu que
tendrían los pueblos por allí, y no era muy prudente entrar en ellos.
Dos ó tres veces se comisionó al Estudiante para
que comprara pan y algunas viandas, y se hizo la comida en el campo.
—Oiga usted, capitán—dijo de pronto el Estudiante.
—¿Qué hay?—preguntó Aviraneta.
—¿Usted cree que no podremos entrar en estos
pueblos con seguridad?
—No; seguramente que no. Sabrán que los franceses
han tomado Logroño y los realistas estarán alborotados.
—Pues yo sé un sitio donde estaremos seguros.
—¿En dónde?
—En un convento de monjas. Tenemos que desviarnos
una hora de camino.
—¡Bah! No importa.
—Entonces vamos allá.
Se puso el Estudiante á la cabeza
del grupo y los demás marcharon tras él.
El Estudiante era un joven vivo de
movimientos, de estos tipos de señoritos de pueblo conquistadores y
jactanciosos. Tenía los ojos negros y los ademanes petulantes. Llevaba un
pañolito rojo en el cuello y una rosa, cuyo tallo mordía entre los dientes.
La mañana era de sol; el viento, frío y sutil, se
metía en los huesos.
Al llegar á algún grupo de casas, la patrulla lo
rodeaba sin acercarse.
Pasaron por delante de varias aldeas destacadas en
el campo verde, con un color amarillo de miel ó de pan tostado, y las dejaron
sin intentar entrar.
Al caer de la tarde llegaron al pueblo indicado por
el Estudiante. Era grande, ruinoso, colocado en un alto, con casas
amarillentas y pardas, alrededor[229] de una
iglesia enorme. De lejos parecía un montón de trigo rojizo levantado sobre la
masa cenicienta y plateada de la sierra.
Se decidió que Aviraneta y el Estudiante entraran
en el lugar, y que el Arranchale, Nación y
el Lobo quedaran cerca de un abrevadero con los caballos.
Aviraneta y el Estudiante subieron
por una rampa á la plaza del pueblo. Era ésta espaciosa, cuadrada.
En aquel instante no había en ella nadie.
Uno de los lados de la plaza lo cerraba la Iglesia,
una de esas fachadas inmensas de estilo jesuítico del siglo XVII, con dos
torres altísimas y grandes remates barrocos.
Otro de los lados lo formaba un viejo palacio
abandonado, con una soberbia arcada sostenida por columnas de piedra amarillo
rojiza.
Tenía este palacio magníficas rejas platerescas,
balcones de hierro florido y grandes escudos. Las ventanas y contraventanas
eran de cuarterones, pintadas con un rojo y un verde, desteñidos por el tiempo
y la humedad, que tenían unos tonos de nácar. Algunos huecos de la casa estaban
tapiados por dentro con paredes de ladrillo aspilleradas.
En medio de la plaza había una fuente de cuatro
caños, con un gran pilón redondo.
El ruido del agua en la taza de piedra era el único
que resonaba en aquel momento en el pueblo.
Aviraneta y el Estudiante entraron
por una calle[230] de casas grandes, ruinosas,
tostadas por el sol, con aleros artesonados, y salieron á una plazuela ó
encrucijada de la que partía una rambla pedregosa y en cuesta.
A un lado de esta rambla había un edificio de
ladrillo con una torre baja y un campanario rematado por una cruz y una veleta
con un gallo. Era el convento.
Se acercó el Estudiante á una
puerta pequeña y verde, abrió el picaporte, pasó él y tras él Aviraneta;
recorrieron un pasillo enlosado y un patio con tiestos de geranios y claveles y
llamaron en otra puerta, de la que salió una mujer flaca, atezada y sonriente.
—Ave María Purísima.
—Sin pecado concebida.
—Hola, señora Benita. Buenas tardes. ¿Cómo está
usted?
—Bien, ¿y usted?
—Bien; ¿podré hablar con Sor Maravillas?
—Sí; creo que sí.
Entraron en una habitación larga, obscura que olía
á cerrado, con dos bancos largos de nogal y el torno en el fondo.
Se avisó á Sor Maravillas, y el Estudiante pasó
al torno y habló con la monja, y se dedicó á echarla piropos con cierta
petulancia y afectación de Tenorio. Aviraneta oía la risa de Sor Maravillas.
Luego el Estudiante le contó que
había venido[231] con un amigo y que deseaba que
les permitieran pasar la noche á los dos en casa de la señora Benita. La señora
Benita era la guardiana.
—Ya se lo diré á la superiora—dijo Sor Maravillas.
Poco después volvió diciendo que podían quedarse.
El Estudiante piropeó de nuevo á
la monjita y el torno se cerró.
—Ahora quédese usted aquí—dijo el Estudiante—yo
iré á buscar á ésos, encontraré sitio para meter los caballos y vendremos
todos.
Salió Aviraneta del zaguán á un patio, y precedido
de la señora Benita subió á un cuarto alto con un balcón corrido.
Aviraneta, como hombre acostumbrado desde chico á
vivir con gente de iglesia, sabía tratarla, y habló á la señora Benita como si
hubiera sido el capellán de la comunidad. La señora Benita quedó convencida de
que era un santo varón y le estuvo explicando cómo vivían las monjas y las
rentas que tenían.
Había ya obscurecido; la señora Benita tomó su cena
y se fué á dormir. Aviraneta, esperando á sus compañeros, se asomó al balcón
corrido de madera. La luna aparecía sobre un monte iluminando el pueblo de
paredones blancos y de tejados completamente negros; abajo se veía el jardín de
las monjas con un estanque cuadrado donde brillaban las estrellas; á lo lejos,
la sierra se destacaba con todas sus[232] piedras,
como una muralla sombría que estuviera á pocos pasos.
A Aviraneta le vino á la imaginación el contraste
de la España, tal como era, soñolienta, inmutable, con la agitación política de
los últimos años; agitación que seguramente no había conmovido más que la
superficie del país.
A las nueve apareció el Estudiante con
el Lobo, Nación y el Arranchale.
Traían comestibles y vino; habían dejado los caballos en una cuadra.
Comieron, y después de comer se prepararon para
dormir; no había más que un catre con dos colchones.
Los extendieron en el suelo é intentaron tenderse
los cinco, pero no tenían espacio. Nación comenzó á
refunfuñar.
—Aquí debe haber un desván muy hermoso—dijo
el Estudiante.
Salieron á la escalera, subieron de puntillas y se
encontraron con que la puerta estaba cerrada.
—¿No se podría entrar por otra parte?—preguntó
Aviraneta.
—Por el tejado quizás.
—Veamos cómo.
El Estudiante indicó por dónde se
podía ir.
Aviraneta explicó al Arranchale lo
que decía. Este, con su agilidad de simio, salió al balcón corrido, se subió
por uno de los postes de los extremos, escaló el tejado y volvió al poco rato
diciendo que había un camaranchón magnífico.
Nación no se decidió al escalo. Aviraneta y el Lobo siguieron
al Arranchale y salieron á un desván grande, con columnas de
madera, que tenía unas figuras de monumento de Semana Santa en un rincón entre
ristras de ajos y de cebollas y grandes calabazas.
Durmieron admirablemente en un montón de paja; por
la mañana, al despertarse, abrieron la puerta del sobrado y fueron al cuartucho
en donde estaban el Estudiante y Nación.
Todos, menos el Estudiante y
Aviraneta, se trasladaron al desván, y decidieron pasar unos días allá para
descansar.
El Estudiante llevó á Aviraneta á
la botica á que le curaran el rasponazo que tenía en la pierna.
La botica, un sitio de un par de metros en cuadro,
miserable, ahogado, olía á humedad. El boticario era un viejo bajito, gordo,
rojo, con el vientre piriforme y los ojos pequeños y malignos. Por lo que dijo
el Estudiante, aquel boticario no debía saber una palabra de
farmacia, porque su mujer, una vieja flaca y triste, con una venda negra en un
ojo, hacía los récipes.
Le pusieron á don Eugenio unas hilas con ungüento
en la herida y le vendaron la pierna.
Por la tarde, Aviraneta y el Estudiante visitaron
á las monjas en el locutorio. Había ocho ó diez, todas de aire enfermizo y
triste, menos Sor Maravillas, muchacha aún de buen aspecto, de ojos negros,
brillantes, y cara ojerosa.
La historia de Sor Maravillas era tragicómica.
Había ido al convento de niña con su tía, que era
la Superiora, y de oír á todas las monjas que la vida del claustro era la
mejor, decidió profesar. Al comunicárselo á su tía la Superiora, ésta dijo que
no, que antes su sobrina tenía que ver el mundo y sus grandezas y sus
complicaciones, y un día de Agosto sacaron á la muchacha del convento en
compañía de la señora Benita y la hicieron dar una vuelta por el pueblo
desierto, polvoriento, abrasado por el calor. Sor Maravillas volvió de prisa al
convento diciendo que el mundo no le ilusionaba.
Aviraneta habló con las monjas con la mayor
amabilidad y después se retiró en compañía del Estudiante.
Al marcharse la señora Benita, Aviraneta y el Estudiante entraron
en el desván; Nación, el Arranchale y el Lobo,
habían dado por una escalera interior con la despensa de las monjas y habían
sacado jamón, bacalao, queso y dulce, y lo estaban devorando.
El Estudiante se alarmó porque
dijo que la falta se la iban á atribuir á él; Nación le
contestó con desprecio, y Aviraneta decidió que debían marcharse.
Se dispuso salir á media noche á buscar los
caballos y por la madrugada dejar el pueblo.
No conocía el Estudiante muy bien
el camino, ni Aviraneta tampoco, y en vez de marchar en línea recta á Salas,
aparecieron á media mañana en Nájera.
Entraron Aviraneta y el Estudiante en
el pueblo, y un linternero chato, de ojos negros y brillantes, pequeño,
aceitunado, que trabajaba en una tiendecilla obscura de la calle Mayor, con
quien entablaron conversación, les dió todos los informes que le pidieron. Les
tomaron á los cinco por una avanzada del ejército de la Fe, y les trataron
bien. Comieron en un cuarto de una posada, bajo de techo, con baldosas rojas y
un balcón que daba á un pedregal, cruzado por el río Najerilla, y después de
comer, se encaminaron hacia Santo Domingo de la Calzada.
A media tarde se detuvieron á descansar en la plaza
de Alesanco. Una nube de chiquillos apareció al ver los caballos. Vino el
alguacil á preguntarles qué pensaban hacer allí, y Aviraneta le dijo que se
iban á marchar en seguida.
[236]Un maestro de escuela, viejo, medio ciego, el único
liberal del pueblo, salió al encuentro de los forasteros.
Se sentaron Aviraneta y él en un tronco de árbol
que había al borde de los arcos de la casa del Ayuntamiento. El maestro tenía
un gran entusiasmo por la libertad, y le temblaban las manos al hablar del
liberalismo. Quiso traer á Aviraneta un mapa de la provincia, y se fué á
buscarlo. Aviraneta quedó solo. Enfrente veía un caserón grande y unas casuchas
de adobes, en cuyos tejados nacían verdaderos prados verdes. Vino el maestro
con su mapa, se lo dió á don Eugenio, y éste y la compañía salió del pueblo.
El viento era fuerte y frío. Después de beber un
trago, en un ventorro, se lanzaron en dirección de Santo Domingo de la Calzada,
adonde llegaron de noche; durmieron en un parador de las afueras.
Al día siguiente, con un hermoso sol, dejaron Santo
Domingo. Durante mucho tiempo estuvieron viendo su gran torre, alta y amarilla,
hasta que en la revuelta del camino la perdieron de vista.
Al mediodía llegaron á Ezcaray, pueblo bastante
grande, con una hermosa plaza, y siguieron camino de Salas.
Tardaron muchas horas en llegar á Salas; aquí tenía
el Lobo un mesón amigo donde hospedarse, y pudieron descansar.
[237]Poco después de salir de Salas les sorprendió un
temporal de lluvia y viento que duró varios días.
El campo estaba cubierto de brezos, que empezaban á
florecer. Cruzaron por Acinas, aldehuela que tiene cerca una peña con restos de
castillo, y llegaron á Huerta del Rey. Decidieron guarecerse en el pinar, en
una tenada de pastores, porque Aviraneta no tenía gran confianza en la gente de
aquel pueblo.
Entre el Arranchale y Nación robaron
un cordero, lo mataron y lo asaron.
Dejaron al mediodía el pinar de Huerta, y siguieron
su marcha.
Enfrente se veía Somosierra nevada. Pasaron por
delante de Quintanarraya, y al llegar cerca de Coruña del Conde el cielo
comenzó á obscurecer y á ponerse morado; el viento levantó remolinos de hojas
secas y de polvo en el camino, y empezó á granizar con una enorme violencia.
Se guarecieron los cinco en un soportal de una casa
del pueblo, y cuando cesó el granizo siguieron adelante.
Pasaron por Peñaranda de Duero, Vadocondes y
Fresnillo, y llegaron á Aranda por la noche.
El Lobo llevó al Estudiante y
á Nación á su antigua casa, y Aviraneta á la suya al Arranchale.
Aviraneta se lavó, se mudó de ropa, y salió á la
calle.
Habló un momento con el relojero suizo y con el[238] farmacéutico, y marchó después á ver á Diamante.
—Viene usted á tiempo—le dijo éste.
—Pues, ¿qué pasa?
—Que iba á marcharme del pueblo. La Milicia
nacional de todo el partido de Aranda está deshecha, y no hay quien la
organice. Unos la han abandonado y se han pasado á los realistas; otros se han
marchado á sus casas; el Lobo y dos ó tres más han ido á
reunirse con el Empecinado.
—Sí, ya lo sé. ¿Y Frutos?
—Ese está con los feotas. Ya tienen preparado el
batallón de voluntarios realistas, y mandan en el pueblo como si estuvieran en
el poder. El teniente de realistas va á ser don Narciso de la Muela; el
corregidor, don Manuel del Pozo, y el regidor primero, Frutos.
—¿De manera que aquí no podemos hacer nada?
—Nada, porque nadie nos obedece. Yo he intentado
restablecer la disciplina: imposible.
—Entonces, vámonos.
—Cuando usted quiera—dijo Diamante—¡Antes si
pudiéramos hacer una barrabasada aquí! Podíamos trincar á los jefes realistas,
y fusilarlos.
—No, no vale la pena—dijo Aviraneta—. Una gota más
ó menos en el mar no es cosa. Lo que hay que hacer es marcharse rápidamente.
¿No quedan caballos de la Milicia?
—Sí; cuatro ó cinco.
—¿Hay armas?
—Ninguna. Todas se las han llevado los realistas.
—Pues avise usted á los milicianos amigos, y
mañana, á la mañana, si es posible, saldremos todos para Valladolid.
—Esperaremos. Mandaré el recado de día y sin que
nadie se entere. Ahora si los feotas vieran movimiento se alarmarían y quizás
nos atacaran.
—Entonces, mañana avíseme usted cuando podamos
salir.
—Bueno.
Hablaron Aviraneta y Diamante de los
acontecimientos del pueblo y de la proximidad de la invasión francesa, y se
separaron.
Hasta las doce de la mañana Aviraneta y Diamante no
estuvieron preparados para salir. A Diamante le acompañaban tres milicianos:
uno era Valladares, el otro un exclaustrado voluntario de un convento de
Peñaranda, á quien llamaban el Fraile, y que era tipo de mala
catadura, y el tercero un cómico, que por dedicarse á representar entremeses y
sainetes de tendencia liberal en los teatrillos de los pueblos y cantar
canciones de circunstancias había tenido que alistarse entre los milicianos y huir
de todos los lugares donde le conocían.
El Cómico era un viejecillo
grotesco, flaco, estrecho, sin dientes, con la nariz en punta, los ojos
hundidos, la barba mal afeitada y blanca y anteojos. Era de esos cómicos malos
que en todas partes parecen actores menos en el teatro: hablaba como un pedante
consumado.
Su compañero el Fraile, más repulsivo,
era un[242] hombre grueso y grasiento, con la cara
ancha, de blancura mate, tachonada de pústulas; ojos negros y unas barbas
negrísimas, que parecían de alambre, con algunos hilos de plata. Este hombre,
pesado y adiposo, tenía á veces movimientos de mujer, y una mano blanca y sin
huesos.
Su conversación, mezcla de frases frailunas y de
lugares comunes del liberalismo de la época, era de lo más desagradable que
pudiera imaginarse.
Con los cuatro que llegaron con Diamante se
reunieron nueve hombres á caballo. Diamante y el Lobo llevaban
sable; los demás no tenían armas. Pasaron por Villalba, y luego, cruzando el
monte de la Ventosilla, tomaron todos el camino de Valladolid. Aviraneta
pensaba que les sería posible hacer las diez y siete ó diez y ocho leguas que
hay de Aranda á Valladolid en dos jornadas; pero no contaba con lo imprevisto,
y lo imprevisto fué que á tres de los caballos sacados de Aranda se les cayeron
las herraduras y comenzaron á marchar al paso, cojeando.
A media tarde, un poco antes de llegar cerca de
Roa, se les acercó un aldeano montado en un macho.
—¿Por aquí no podríamos herrar estos caballos?—le
preguntó el Estudiante.
—Sí; ahí mismo, en Roa, que está á un paso.
—¿Hay que entrar en el pueblo?—dijo Aviraneta.
—No; el herrador tiene la fragua en la misma
carretera.
Se acercaron á Roa. Se veía el pueblo rodeado[243] de sus viejas murallas, con sus cubos de piedra
y sus restos de un castillo.
El aldeano que les acompañaba era un hombre bajito,
amable, rasurado, que marchaba en su macho á mujeriegas, al parecer sin ganas
de entrar en conversación con los milicianos.
Le preguntaron de nuevo dónde estaba el herrador, y
él dijo que les conduciría á su fragua. Efectivamente, los llevó á todos cerca
de una de las puertas de la muralla, á un cobertizo ennegrecido por el humo, en
cuyo fondo brillaba el fuego y sonaba un martillo. Hubo que esperar largo rato
á que terminaran de herrar á un potro bravo. Un mozo con el acial revolvía
violentamente el belfo del caballo hasta hacerle sangrar; otro le había echado
un lazo en la pezuña, y le tenía con el brazuelo doblado. El potro luchaba
furioso; pero al último, estremecido y lleno de sudor, tuvo que dejarse poner
las herraduras.
Después del potro comenzaron á herrar á los
caballos de los milicianos, y cuando concluyeron era ya de noche.
Aviraneta pensaba que lo mejor era seguir; pero
el Fraile, Nación y los demás opinaron que, puesto
que estaban allí, debían cenar.
El aldeano que les había acompañado, y que hablaba
con el herrador sosteniendo su mula del diestro, les dijo que allí cerca estaba
la posada del Trigueros, y á pocos pasos una cuadra, donde podían
meter los caballos.
Dejaron los caballos y fueron á la posada del Trigueros.
Entraron en la cocina y rodearon el fogón donde
ardía la lumbre. Aviraneta, amigo de inspeccionarlo todo, entró por el pasillo
y salió á un patio y á un corral.
La posada del Trigueros era un
mesón grande, sucio y á medias derruído. Todo el mundo tenía allí mal aspecto.
La dueña parecía un buho con sus ojos redondos y obscuros y la nariz picuda. El
patrón era un hombre mal encarado, de mirada torva dirigida siempre al suelo.
Había también una criada, una muchacha morena, con
la piel de tonos de cobre. Esta muchacha tenía unos ojos negros brillantes, la
boca con una dentadura blanca, fuerte, de animal salvaje, el andar de gitana y
un aire entre misterioso y amenazador.
Algunos, y sobre todo el Fraile y
el Estudiante, comenzaron á galantearla; pero ella, por malicia ó
por indiferencia, contestaba á lo que le decían con frases que no venían á
cuento.
La rivalidad entre el Fraile y
el Estudiante ante la criada hizo que los dos se enzarzaran en
frases ofensivas, y que el Estudiante llamara Paternidad
varias veces al Fraile, y que éste quisiera tirar un plato á la
cabeza del Estudiante. Aviraneta intentó cortar la disputa, pero no
le reconocieron autoridad. Se cenó en la cocina, y la cena fué tan larga que se[245] resolvió jugar una partida al monte y quedarse
allí á dormir.
El patrón de la posada, el Trigueros,
se acercó varias veces á la mesa donde jugaban los milicianos, mirando al
suelo, y anduvo rondando junto á ella.
Aviraneta, dirigiéndose á él, le preguntó:
—Oiga usted, patrón. ¿Hay aquí tropa?
—¿Aquí tropa? A veces. ¿Es que son ustedes
milicianos?
—¿Milicianos? ¿Por qué lo ha supuesto usted?
—Qué sé yo.
—¿Es usted el alcalde del pueblo?—le preguntó á su
vez Aviraneta.
—Decía si eran ustedes milicianos.
—Yo decía si era usted el alcalde ó el juez.
El Trigueros comprendió que no le
querían contestar, y replicó con cierta sorna amenazadora:
—Aquí se asegura que son ustedes amigos del
Empecinado.
—¿Dónde es aquí?
—En el pueblo.
—¿Es que aquí le tienen mucho cariño al Empecinado?
—¿Aquí? Ninguno.
—¿Les gustará más Merino?
—Claro.
—Como cura. Es natural.
—Qué, ¿ustedes no son partidarios de los curas,
verdad?
—¿Por qué no?
—¡Como dicen que son ustedes milicianos!
—¡Bah! ¡Tantas cosas se dicen!
El Trigueros, viendo que no sacaba gran
partido con sus preguntas, escupiendo por el colmillo, se fué de allá.
Don Eugenio salió á la puerta del mesón. No tenía
gran simpatía por Roa; sabía que aquel pueblo era muy absolutista, pero en esto
no se diferenciaba de los demás. Años más tarde, cuando el capitán Abad y el
corregidor Fuentenebro llevaron al patíbulo al Empecinado, Roa tomó una fama
siniestra entre los liberales.
Después de jugar, los milicianos quedaron en la
cocina, alrededor del fuego, bebiendo y hablando. El Estudiante y
el Fraile siguieron batiéndose á sarcasmos ante la criada
agitanada.
El Lobo tenía un amigo en el
pueblo, á quien pensaba visitar.
Aviraneta quiso acompañarle. Salieron de la posada
y se metieron en Roa. Pasaron por una de las puertas de la muralla, que tenía
una imagen iluminada con dos farolillos, y por una callejuela llegaron á la
plaza; luego, de aquí marcharon hasta una encrucijada, donde vivía el amigo
del Lobo.
Aviraneta se despidió del Lobo y
volvió á la plaza Mayor.
La noche estaba obscura. Iba marchando con gran
precaución, cuando de pronto vió un grupo de sayo[247]nes,
con hopalandas negras; empuñando alabardas marchaban á la luz de unos faroles,
y se pusieron á cantar.
Aviraneta esquivó el encuentro metiéndose en el
hueco de una puerta. Aquellos sayones de las hopalandas negras, los Hermanos de
las Animas, no eran para tranquilizar á nadie.
Aviraneta tomó por un callejón pedregoso.
Al marchar por él, en la obscuridad, vió un grupo
de hombres en el fondo de una taberna que estaban hablando y discutiendo á
voces. Aviraneta se paró á ver si oía algo; pero no llegaron hasta él más que
fragmentos de frases sin ilación.
Luego siguió adelante, por calles y callejones,
hasta salir á la posada. La idea de un vago peligro le iba sobrecogiendo. Pensó
en aconsejar á los compañeros el marcharse de allí; pero no les vió.
En el pasillo de la posada del Trigueros encontró
al aldeano del macho hablando con el patrón. Tanta vigilancia aumentó sus
sospechas.
Preguntó á la patrona dónde tenía que ir á dormir,
y ella le dijo que arriba.
Había en el piso bajo dos cuartos grandes, cada uno
con dos camas, y el Fraile, el Cómico, el Estudiante y Nación se
apoderaron de ellas por medio de una propina que dieron á la criada.
En el piso alto quedaba un gabinete pequeño con una
alcoba; el gabinete tenía un canapé y la alcoba dos catres estrechos de tijera.
Se habían sacado los colchones de los catres; los
habían tendido en el suelo en el gabinete, y estaban echados en ellos el viejo
Valladares y Diamante. El Arranchale y Aviraneta disponían de
la alcoba y del lienzo de los catres.
El Arranchale roncaba al entrar
don Eugenio; Aviraneta quedó sentado en el camastro, en la obscuridad. Su
natural prudencia de zorro se alarmaba.
Un pueblo tan hostil á los liberales, sin
guarnición, con aquellas gentes misteriosas que iban y venían, ¿no haría algo
contra ellos? Realmente era una torpeza el que todos se entregaran al sueño sin
poner un centinela. El no tenía autoridad para despertar á la gente y dar
órdenes. Aviraneta encendió con una pajuela un cabo de cera y comenzó á
inspeccionar el cuarto. Salió al gabinete. La puerta cerraba mal. Volvió á la
alcoba y abrió una ventana. Daba á un patio ó corralillo.
Con la corriente de aire el Arranchale se
despertó:
—¿Qué hay?—dijo en vascuence.
Aviraneta le explicó sus sospechas y le indicó que
le parecía conveniente ver si aquel patio tenía salida á la carretera. El Arranchale no
se hizo rogar: se descolgó por la ventana y bajó.
El corral tenía una puerta á la carretera. El Arranchale cogió
del suelo un palo liso, largo, de cinco ó seis metros, de esos que suelen
servir de ánima para hacer los almiares, y lo acercó á la ventana.
—Sosténgalo usted—le dijo á Aviraneta.
Aviraneta lo sostuvo, y el Arranchale subió
por el palo y ató la punta de éste con una cuerda de esparto en los goznes de
la ventana. Hecha la maniobra, el Arranchale entró en el
cuarto con tres garrotes que había cogido en el corral, y los dejó en un
rincón; luego se tendió en el catre y se quedó dormido.
Aviraneta no tenía sueño. Seguía intrigado,
pensando en los sayones de la noche de Roa, en la supuesta hostilidad del
pueblo, en la amabilidad de aquel aldeano, en lo largo que había sido el
herraje de los caballos, en los preparativos de la cena y en el mal aspecto
del Trigueros.
Si se hubiera encontrado solo con el Arranchale y
con Diamante, en aquel mismo momento se hubiera marchado.
Estuvo por despertarlos; pero temía que le acusasen
de asustadizo y de suspicaz.
Aviraneta, preocupado con esto y deseando tener
armas, cortó unas tiras del pañuelo y se dedicó á atar con gran perfección el
puñal suyo y la navaja y la bayoneta de Valladares al extremo de los palos
traídos por el Arranchale del patio. Cerca ya de media noche,
convencido de que no pasaba nada, apagó la vela y se tendió á dormir en el
catre.
Mientras Aviraneta y los suyos dormían en la posada
de Roa se iba amontonando sobre ellos una gruesa nube próxima á estallar.
El hombre bajito que habían encontrado en el camino
montado en un mulo era uno de los realistas más exaltados del pueblo.
Hábilmente les había hecho perder tiempo, quedarse en la posada del Trigueros y
dejar los caballos en una cuadra lejana.
Este hombre, conocido por el Zocato,
porque era zurdo, fué en seguida de dejar en la posada á los viajeros á casa
del jefe realista de Roa, un tal Abad. Abad llamó á sus partidarios y tuvieron
una reunión. Se trataba de prender á los liberales llegados al pueblo y de
quitarles los caballos, que servirían para la futura tropa de voluntarios
realistas.
La gente estaba contenta con la presa, pero había
muchos á quienes no satisfacía el procedimiento de encarcelar á aquellos
hombres y preferían algo más violento y decisivo.
[252]Entre estos estaban el Zocato, un
lugarteniente de Abad, llamado Gregorio González y apodado el Buche,
y un cura joven que se distinguía por su fervor absolutista y su odio á los
impíos, á quien llamaban el Capillitas.
El Zocato, el Buche y
el Capillitas hablaron á su gente, se encontraron con los de
la Hermandad de las Animas y entraron en algunas tabernas á discutir y á
esperar el momento.
A media noche toda la tropa, en número de ochenta ó
noventa hombres, se acercaron á la posada del Trigueros cantando
la Pitita y el Serení. Los jefes colocaron á los
suyos en las esquinas, rodeando la casa.
Aviraneta, que estaba en el comienzo del sueño,
creyó oír un rumor de gentes; pensó primero que desvariaba, pero al notar el
murmullo más claro y distinto, se incorporó en el catre y escuchó.
Se oía claramente entonado á coro el estribillo de
la canción que llamaban la Pitita:
Pitita, bonita,
con el pío, pío, pon.
¡Viva Fernando
y la Religión!
—Nos querrán dar una cencerrada—pensó Aviraneta, y
se levantó á tientas, salió al gabinete y, empujando violentamente las maderas,
abrió la ventana.
Al mismo tiempo sonaron los estampidos de cua[253]tro ó cinco trabucazos, y una lluvia de metralla pasó
alrededor de Aviraneta. No le dió ni una bala. Aviraneta despertó á puntapiés á
Diamante y á Valladares. El Arranchale había saltado
inmediatamente de la cama al oír los estampidos.
Se sintió abajo un rumor de lucha y gritos agudos.
El Arranchale, Aviraneta, y después
Diamante y Valladares, bajaron rápidamente por el palo del almiar desde la
ventana al corralillo.
—¡Mueran los masones! ¡Mueran los judíos! ¡Mueran
los negros!—gritaban desde fuera.
Aviraneta miró desde una rendija de la puerta del
corral. Había un grupo de veinte ó treinta hombres. Los dirigían dos ó tres
personas, y entre ellas el Zocato.
Aviraneta dijo en voz baja:
—¡Atención! Prepararse. A correr á la derecha. Al
que quiera detenernos hay que matarlo.
Diamante tenía su sable; Valladares, el Arranchale y
Aviraneta, los palos con la bayoneta, la navaja y el puñal en la punta.
Aviraneta abrió la puerta del corral, y los cuatro
rompieron por en medio de la gente y echaron á correr. Los sitiadores no
comprendieron bien que era aquéllo, pero al poco rato un grupo de diez ó doce
salió en persecución de los fugitivos. Era gente joven, sin duda, y más ágil,
porque pronto les dió alcance.
Aviraneta gritó:
—¡Media vuelta!
Los cuatro, al mismo tiempo, hicieron frente á los
que les perseguían.
Valladares, que era un soldado viejo y manejaba
bien la bayoneta, dió un bayonetazo á uno en el muslo, y Aviraneta clavó el
puñal en la garganta de otro.
Los perseguidores vieron que sin armas les tocaba
la de perder y se retiraron. Era la noche obscura, nadie conocía el camino y no
sabían qué hacer.
Meterse por los sembrados era condenarse á no
adelantar nada, y seguir por la carretera exponerse á que con facilidad los
cogieran. Decidieron seguir por el camino hasta que aclarara, y luego
esconderse.
Antes de amanecer vieron á dos hombres que venían
corriendo. Uno de ellos era el Estudiante, que había escapado no
sabía cómo, medio desnudo y lleno de heridas; el otro, el Lobo, á
quien habían ido á buscar para matarlo á la casa de su amigo.
El Estudiante dijo que á Nación,
al Fraile y al Cómico los habían acribillado
á navajadas hasta dejarlos como una criba. Después, al Fraile le
habían vaciado los ojos y al Cómico le habían mutilado.
Al hacerse de día, los fugitivos se metieron á
campo traviesa hasta llegar á un bosquecillo de encinas y carrascas. Era este
bosquete el único que había por aquellas tierras, pero ni Aviraneta ni sus
compañeros se fijaron en ello.
Se tendieron todos á descansar un momento, y el
despertar fué terrible. Tenían delante al Buche, al Capillitas,
al Zocato y al Trigueros, con otros ocho[255] hombres más que, montados en sus caballos, los
habían perseguido hasta encontrarlos y atarlos.
El Arranchale, sin saber cómo,
desapareció. El Estudiante, loco de cansancio y de terror, se echó
á los pies del Capillitas pidiendo perdón, pero éste no estaba
para perdones.
—No, no, os vamos á fusilar á todos.
—¡A todos, á todos!—dijeron los demás.
—Va usted á fusilar á un oficial de Merino—dijo
Aviraneta.
—¿Quién es?
—Yo.
—¡Hombre! Pues no me importa nada, monín—dijo
el Capillitas—. Te contestaré con la divisa de Roa: «Quien bien
quiere á Beltrán, bien quiere á su cán». Haber salido con don Jerónimo,
amiguito, no sólo antes sino ahora que defiende la religión.
A pesar del momento, que no era para sentir
pinchazos de amor propio, Aviraneta experimentó una profunda cólera al oirse
llamar amiguito y monín.
—Este es el jefe—dijo el Trigueros mostrando
á don Eugenio—el amigo del Empecinado.
—Lo tendremos en cuenta—exclamó el Capillitas—.
Conque señores, como dentro de poco van ustedes á estar en la eternidad voy á
confesarles á ustedes. Tú, teniente de Merino.
—Yo no quiero confesarme con un hijo de perra como
tú—dijo Aviraneta—. ¡Confesarme tú! Lo más que te permitiría sería limpiarme
las botas.
Dos hombres del Buche se acercaron
á Aviraneta.
—Dejadle, dejadle—dijo el cura—; le calentaremos
los pies para que se amanse. ¿Y usted?—preguntó el cura á Diamante.
—Yo te desprecio, miserable. ¿Es que crees que me
vas á asustar á mí? A mí con amenazas.
—Otro candidato al fuego—repuso el cura.
El Lobo no dijo nada. El Estudiante y
Valladares asintieron á la confesión, y el primero se aproximó al cura,
llorando.
El Capillitas se alejó de los
demás con el Estudiante y dió á su fisonomía un aire de
hipócrita unción.
Era el cura un tipo bajito, con unos ojos grandes
negros, unos movimientos vivos y una barba muy azul del afeitado. Mientras
estaba serio tenía aire de persona, pero cuando se reía se desenmascaraba y
parecía una estúpida bestia.
Mientras el Capillitas confesaba,
el Buche contemplaba la escena apoyado en el sable con una
gran jactancia. El tal tipo tenía una cara abultada y torpe, los ojos pequeños
y la expresión de orgullo.
Al terminar la confesión el Estudiante,
le sustituyó Valladares. El Estudiante quedó paralizado de
terror.
En esto, con una rapidez inaudita, se presentaron
varios soldados constitucionales que rodearon el bosquecillo donde estaban
todos.
El Buche y sus hombres montaron á
caballo con rapidez y huyeron. El Zocato, el Capillitas y
el Trigueros fueron á hacer lo mismo; pero Diamante, el Lobo y
Aviraneta, á pesar de estar atados por las muñecas, se echaron sobre los
estribos de los caballos, é interponiéndose y mordiendo, sufriendo los golpes y
patadas de los realistas, no les dejaron montar.
El Arranchale había resuelto la
situación. Al escapar había encontrado á un campesino que le había dicho que
cerca había tropas y las había buscado y las había traído.
Era una media compañía con un capitán. Soltaron á
Aviraneta y á sus amigos y ataron al cura, al Zocato y
al Trigueros.
Aviraneta contó al oficial lo ocurrido y éste
decidió fusilar á los tres facciosos. Al oír su sentencia el cura se acobardó y
empezó á sollozar y á pedir á Aviraneta que intercediera por él. Aviraneta
volvió la espalda con desdén y miró á otro lado.
—¿Quiere usted ahora que yo le confiese padre?—le
comenzó á preguntar el Estudiante con sorna.
El cura gritaba, se tiraba al suelo llorando,
el Zocato pedía perdón y el Trigueros protestaba.
El oficial les dijo que se dejaran atar porque iba á llevarlos prisioneros.
Se dejaron atar casi satisfechos, y cuando estaban
atados los hizo ponerse á los tres junto á un árbol y mandó fusilarlos.
Luego, entre el Estudiante y unos
soldados, cogie[258]ron los cadáveres del Zocato,
del Trigueros y del Capillitas, y los colgaron por
el cuello, con gran simetría, de las ramas de una encina.
—Este amor por lo decorativo nos pierde—exclamó
Aviraneta con humor.
—No cabe duda—dijo el Arranchale á
Aviraneta en vascuence, con mucha seriedad y como quien hace un
descubrimiento—que les gustará á ustedes más ver desde aquí á esos hombres
colgados, que no que ellos les hubieran visto á ustedes en esa posición
incómoda.
Aviraneta dió una palmada cariñosa en el hombro
al Arranchale, y celebró la frase riendo.
El oficial de la tropa que los había salvado
permitió á Diamante, Aviraneta y al Lobo que tomaran los
caballos del Trigueros, del Zocato y del Capillitas y
se fueran con ellos.
El Arranchale se volvió á su país
y Valladares y el Estudiante se incorporaron á la media
compañía, mandada por el capitán.
Aviraneta, el Lobo y Diamante
llegaron á Valladolid, y se encontraron la población sin tropas liberales.
El día 25 de Abril, con la división del ejército de
la derecha, había entrado el cura Merino en Palencia con cinco mil hombres y
derribado la lápida de la Constitución. El general Morillo, conde de Cartagena,
de miedo al copo, se retiró á Galicia, y el Empecinado, viéndose sin
posibilidad de defenderse,[259] evacuó también la
ciudad y marchó á Salamanca y luego á la plaza de Ciudad Rodrigo.
Diamante, el Lobo y Aviraneta
tuvieron que seguir el mismo camino hasta unirse con el Empecinado.
Ciudad Rodrigo es una ciudad colocada en una
eminencia, rodeada de murallas, algunas antiguas, otras reconstruídas á trozos.
Tiene hermosas casas de sillería con grandes escudos, un magnífico Ayuntamiento
y un castillo derruído, el de Don Enrique de Trastamara.
En sus muros se abren tres puertas: la del Conde,
la de Santiago y la de la Colada.
La antigua Miróbriga tiene alrededor una gran vega
ancha y sonriente que se divisa como un mar verde desde lo alto de la muralla.
No era muy agradable para un ejército numeroso la
estancia en Ciudad Rodrigo.
Además de la opresión del pueblo amurallado y
estrecho estaba todo muy sucio y abandonado.
Las calles se veían siempre llenas de basura y
había un olor pestilente.
Por fortuna Aviraneta, el Lobo y
Diamante fueron [262]encargados de hacer
excursiones, para forrajear, por los alrededores, y se establecieron con un
piquete en una alquería próxima que se llamaba Pedro Tello.
Los aldeanos de los contornos manifestaban por
Aviraneta un odio terrible; pero alguno que otro se había hecho amigo suyo y
solía contarle las hazañas realizadas en Ciudad Rodrigo por don Julián Sánchez
y don Andrés Pérez de Herrasti.
Aviraneta todos los días marchaba al alojamiento
del Empecinado, y entre los dos discutían planes y proyectos. Muchas veces,
para estar más solos, iban al claustro de la catedral. Aviraneta comenzó á
redactar un periódico que hacía copiar á mano y repartía entre los soldados.
Pretendía dar confianza á las tropas, y contaba una
serie de triunfos de los constitucionales contra los franceses que no existían
más que en su imaginación.
La situación del ejército era muy mala: don Juan
Martín tenía sus cuadros de tropas de línea incompletos; las partidas de
milicianos y voluntarios patriotas muy entusiastas, muchas veces no servían; no
había dinero y era indispensable salir todas las semanas á requisar ganado y
forraje para el abastecimiento de la plaza.
El estado del país iba poniéndose desesperado.
El ejército no hacía el esfuerzo necesario para
oponerse al avance de los franceses.
No pasarán los Pirineos, se dijo primero. Se que[263]darán en las provincias del Norte. No pasarán el Ebro.
En Despeñaperros los destrozaremos.
Y los franceses pasaron los Pirineos, no se
quedaron en las provincias del Norte, cruzaron el Ebro y atravesaron
Despeñaperros.
Los liberales tuvieron que ir perdiendo sus
ilusiones en Ballesteros, en Morillo, en Montijo y en O'Donnell.
Se había creído que este último se opondría á los
franceses en Somosierra y en el Guadarrama, pero los dejó pasar sin disputarles
el terreno.
Todos estos generales eran partidarios de dar por
fracasada la Constitución del año 12. Montijo escribió una carta á don Enrique
O'Donnell, conde de la Bisbal, diciéndole que se decidiese á salvar al país y á
cumplir la voluntad del pueblo; que era que no siguiese rigiendo la
Constitución, porque ésta no afianzaba la seguridad individual ni conservaba la
dignidad de la monarquía española.
O'Donnell contestó en un sentido parecido; los
liberales, al leer su carta, se indignaron, y La Bisbal tuvo que escapar de
Madrid, resignando el mando de las fuerzas en Castelldosrius, quien también
abandonó la Corte dejando el mochuelo al general Zayas, que fué quien tuvo que
capitular.
Unicamente los guerrilleros Mina, el Empecinado,
Chapalangarra y algunos generales como Torrijos, Riego y López Baños estaban
dispuestos á defender la Constitución hasta el fin.
Mina tenía lo mejor del ejército y estaba en
Barcelona, en donde había espíritu liberal entusiasta; primero por los hijos
del país, luego por encontrarse allí hombres comprometidos en las revoluciones
de Nápoles y Piamonte; patriotas polacos, estudiantes, alemanes y franceses
obligados á dejar su patria por las persecuciones policiacas de la Santa
Alianza. Había también en Barcelona una Legión liberal extranjera, organizada
por Pacchiarotti, con un pequeño batallón de infantería y un escuadrón de
lanceros.
Muchas compañías estaban formadas por oficiales y
dos generales italianos empuñaban la lanza como simples soldados.
El Empecinado no tenía estas ventajas; no estaba
sostenido por el espíritu de una ciudad liberal: se encontraba en tierras
hostiles, sin más consejo que el de Aviraneta, y no podía aceptar siempre sus
inspiraciones.
Entre los dos había una obscura incompatibilidad.
Aviraneta sentía una mezcla de cariño, de admiración y de desdén por el
general. El verle tan tosco y muchas veces tan incomprensivo le ponía en contra
suya. Al Empecinado, por su parte, le producía su secretario un sentimiento
confuso de desconfianza y de repulsión. Sabía que Aviraneta era hombre de
probidad, pero le veía capaz de una infamia por defender su causa.
Don Juan afirmaba que, puesto que la doctrina
liberal era la mejor y la más justa, los procedimientos[265] de
los liberales debían ser también siempre claros y justos.
Aviraneta creía que el fin justifica los medios.
Con este motivo, el general y su secretario solían discutir. Uno de los sitios
de sus discusiones era el claustro de la catedral.
Aviraneta quería convencer á don Juan Martín de que
debía aceptar todos los recursos.
—El hombre de guerra, por lo mismo que vive entre
catástrofes—decía Aviraneta—tiene que ser inmoral. Esta es su superioridad.
Aquí conviene ser benévolo, se respetan las personas y las cosas; allí conviene
ser severo, se fusila á todo el mundo y se queman las casas y los campos. En
una parte, religioso; en otra, impío; aquí, blando; allí, duro. El militar es
lo arbitrario. No puede rechazar medio ninguno. Para nosotros, el fin lo
purifica todo.
—No, no—decía el Empecinado.
Aviraneta, que seguía inspirándose en los
Comentarios de César y en el Príncipe de Maquiavelo, creía que en la política
todo está permitido, y que lo que en la vida de un individuo: el engaño, el
fraude, la falsificación, es una infamia, puede en la vida pública considerarse
como una maniobra del Estado.
Don Juan Martín, por el contrario, no quería
aceptar que, para ejercer el mando con habilidad, se necesitara el empleo de
medios reprobables é inmorales; no veía que los hombres de gobierno, cuanto más[266] inteligentes y á la vez más fríos, astutos y
crueles, son los mejores políticos.
—Mientras la sociedad viva como un organismo en
perpetuo desequilibrio—decía Aviraneta—el gobierno será bárbaro y depravado;
tendrá el político algo de las atribuciones del cirujano: cortará la carne
enferma y la sana, gozará de una verdadera dictadura para el bien y para el
mal. ¿Quién le podrá atajar? ¿La opinión pública? Ilusión. Unicamente al final,
se dirá: Tuvo éxito ó fracasó. Salvó al país ó lo hundió. Si tuvo éxito se le
aplaudirá, si no se abominará de él. ¿Quién irá á comprobar los medios que empleó?
Nadie.
—¡Horror!—decía don Juan.
—Verdad, verdad—replicaba Aviraneta—. Verdad de hoy
y probablemente verdad de siempre. No hay pueblo que pueda tener un gobierno de
hombres justos. Tendría que haber un medio social sano, cuerdo, en perfecto
equilibrio. Es decir, que para sostener una utopía habría que inventar otra.
Al final de la primavera llegó á Ciudad Rodrigo la
noticia de la sublevación de algunos pueblos de Extremadura que habían
desarmado la Milicia nacional y proclamado el rey absoluto.
La primera ciudad importante que se rebeló en la
región fué Coria; á ésta, al parecer, debía seguir Plasencia, y después la Vera
y la Serranía de Gata.
El levantamiento de aquella comarca podía cortar la
comunicación de las tropas del Empecinado con el ejército de Extremadura y
dejar en el aislamiento á Ciudad Rodrigo, que á la larga hubiese tenido que
rendirse.
El Empecinado y Aviraneta decidieron marchar á
Extremadura á sofocar el incendio; y dejando la guarnición casi íntegra en la
ciudad salamanquina, se formó una columna de caballería de unos seiscientos
hombres, la mitad compuesta de jefes y oficiales que habían servido en los
cuerpos de guerrilla du[268]rante la Independencia, y la
otra mitad, por lanceros.
Iba la columna dividida en tres escuadrones: uno
mandado por el coronel Maricuela; el otro, por el coronel Dámaso Martín, el
hermano del Empecinado, y el último, por el comandante don Francisco Cañicero.
Salieron de Ciudad Rodrigo á final de Mayo, pasaron
por Fuente Guinaldo, que había sido el cuartel general de Wellington en la
guerra de la Independencia, y por Moraleja dieron la vista á Coria.
En la mañana del día primero de Junio, Aviraneta se
acercó con los exploradores á mirar con su anteojo el Castillo de Coria, y vió
que entre las almenas había gente apostada. Se aproximaron un poco más, y
entonces los del castillo les hicieron una descarga cerrada.
Dispuso el Empecinado que un parlamentario con
bandera blanca se acercase al pueblo á intimar su rendición; pero al ponerse á
tiro comenzaron á gritarle desde arriba: "No te acerques. No te
acerques". Algunos dispararon, y el parlamentario se retiró.
En vista de la resistencia, el Empecinado decidió
sitiar y atacar la ciudad. Se acampó á media legua de distancia de las murallas
y la noche del día primero se hicieron varios reconocimientos.
Cien hombres mandados por Dámaso Martín dieron la
vuelta al pueblo, y Aviraneta, con una patrulla de cinco hombres, inspeccionó
de noche la mura[269]lla y fué de una puerta á otra con
un vecino liberal de uno de los barrios de extramuros.
El resultado de las investigaciones de don Eugenio
fué que la puerta del Carmen era la más débil, que no tenía hierros, sino una
tranca, y que por ella había que hacer el intento de entrar.
Aviraneta explicó estos datos al Empecinado y se
dispuso el ataque para el día siguiente.
El Empecinado haría un amago de una manera muy
ostentosa, con todas sus tropas, por la puerta de San Francisco; Dámaso Martín
alarmaría por el lado del palacio derruído del marqués de Coria, y cuando toda
la atención de los realistas se pusiese en aquellos puntos, Aviraneta, con un
grupo de hombres, intentaría forzar la puerta del Carmen.
Así se hizo. Antes del amanecer cincuenta soldados,
dirigidos por Aviraneta, se establecieron en unas casas próximas á la puerta
del Carmen. Eran cinco zapadores, cuarenta fusileros, cuatro tambores y un
pito.
Debían esperar allí hasta el anochecer.
En la casa donde entró Aviraneta vivía un hombre
muy viejo, un tipo de senador romano. Este viejo, alto, tenía una cara de
medalla antigua, las cejas salientes, la nariz corva, la boca severa y estaba
ciego. Vestía una chupa de ante amarillo, con bordados abrochada hasta arriba,
casaca negra con faldones y cuello blanco. En la cabeza llevaba apretado un
pañuelo y encima un sombrero chambergo. Sobre las[270] calzas
gastaba zajones con listas doradas, y zapatos con hebillas y polainas. A pesar
de que no hacía frío se cubría con una gran capa bordada.
Aviraneta estuvo hablando con el viejo, y oyéndole
contar historias y anécdotas que se remontaban á la primera mitad del siglo
XVIII.
Aquel viejo tenía muy buena memoria, y con su
semblante severo, su hablar tranquilo, sentado en un sillón antiguo, parecía la
voz del pasado.
A media tarde Aviraneta salió de la casa del viejo
y se alejó de ella en línea recta, bajando un barranco en dirección contraria á
la ciudad; luego tomó por la izquierda, acercándose al campamento del
Empecinado, á enterarse de las circunstancias de la lucha.
El Empecinado había comenzado un ataque aparatoso.
Mandó incendiar varias casas del barrio de San Francisco y se tiroteó á gran
distancia con los realistas. Estos le insultaban furiosamente. El incendio duró
largo tiempo, pero no llegó á la puerta de San Francisco, cosa que sabía muy
bien don Juan. Al anochecer, el general fraccionó sus fuerzas é hizo que parte
se dirigiese á atacar la puerta de la Guía, mientras Dámaso Martín intentaba
escalar el cerro por las proximidades del palacio del marqués de Coria.
Aviraneta corrió á la casa del viejo á dar sus disposiciones. Era el momento en
que tenía que obrar, un centinela desde el tejado anunció que los realistas se
corrían hacia el sitio de la[271] muralla, donde
comenzaba el nuevo ataque, y que por el lado de acá no había nadie.
Aviraneta se preparó.
Cuatro zapadores avanzarían con él inmediatamente á
la puerta del Carmen y comenzarían á serrarla; veinte fusileros pasarían en
seguida que ésta se abriera, y otros veinte quedarían emboscados en la casa
para hacer fuego desde los balcones sobre los realistas que aparecieran en la
muralla.
Todo se hizo con rapidez. Aviraneta y los zapadores
llegaron á la puerta y en un momento la abrieron. Al ruido aparecieron dos
realistas en la muralla, que fueron tiroteados, y se retiraron en seguida.
Abierta la puerta, los cincuenta hombres,
precedidos por Aviraneta, pasaron, derribaron una barricada y entraron por una
calle del pueblo.
—¡Adelante!—dijo Aviraneta.
Avanzaron todos, en silencio, por la callejuela.
—Tocad el himno de Riego—añadió don Eugenio.
Coria estaba desierta. La pequeña tropa marchaba en
medio de la oscuridad al compás de su himno saltarín y bullanguero. Aviraneta
caminaba delante, con el sable desenvainado, y los soldados arma al brazo... No
sabía dónde estaba la puerta de San Francisco, y comenzaba á temer que los
realistas hubiesen cerrado la del Carmen y le hubiesen dejado dentro.
Aviraneta dividió su fuerza, é hizo que cuarenta[272] hombres se dirigiesen al pie del castillo á
abrir la puerta, mientras él, con los diez restantes y los tambores y el pito,
se dirigía por las calles haciendo que tocaran el himno constantemente.
Poco después se oyeron otros tambores. El
Empecinado entraba en Coria.
Los sublevados, desmoralizados, no intentaron
defenderse y escaparon, abandonando las armas.
Coria es una ciudad pequeña de Extremadura,
asentada sobre una colina á orillas del río Alagón.
Es ciudad antigua, de silueta castiza: tiene el
aspecto místico, estático, religioso y guerrero de casi todos los pueblos
españoles de tradición.
Coria, más que un pueblo con una catedral, es una
catedral con un pueblo.
Es una ciudad levítica por excelencia. Para unos
quinientos vecinos, que representan unos dos mil á tres mil habitantes, Coria
cuenta con la catedral, el seminario, la parroquia de Santiago, el convento de
monjas de Santa Isabel, el de San Benito y varias ermitas y capillas.
Por entonces la catedral tenía once dignidades:
deán, tesorero, arcediano de Coria, arcediano de Valencia de Alcántara, prior,
arcipreste de Coria, arcipreste de Calzadilla, chantre, arcediano de Cáceres,
arcediano de Galisteo, maestrescuela y arcediano de Alcántara.
Había, además, quince canónigos, seis racioneros,
seis medioracioneros, un beneficio curado y número competente de capellanes.
Funcionaba también en Coria el tribunal
eclesiástico, formado por el provisor, el vicario general, un fiscal, dos
notarios y tres procuradores. Estos, unidos á los profesores del seminario, á
los párrocos, curas, frailes, monjas, sacristanes, legos y monaguillos, hacía
que el obispo tuviera bajo sus órdenes un pequeño ejército.
Coria era pueblo amurallado con gruesas murallas,
algunas de las cuales databan de la dominación romana.
Entonces Coria tenía unos pequeños arrabales
extramuros que después han ido creciendo. Se asentaba la ciudad sobre una
meseta que se prolongaba en llano hacia el Norte; en cambio, hacia el Sur el
cauce del Alagón dejaba un barranco, en cuyo fondo corría el río.
Este pasaba lamiendo la base de la colina
cauriense, y tenía un magnífico puente. Con el tiempo el Alagón se desvió de su
álveo, que fué cegándose con la tierra de las crecidas, y se separó del pueblo,
dejando el puente en seco, con lo cual el antiguo cauce se llenó de huertas,
formando la Isla ó el Arenal del Río.
Esta irregularidad de encontrarse en seco el puente
daba lugar á bromas que las gentes de Coria, que no se sentían completamente
coriáceas, aguantaban[275] con poca calma. Por la
época aquella, á falta de puente, había una barca en el sitio llamado las
Lagunillas, y dos vados: el de la Barca y el de la Martina. Mirando á Coria por
el camino de Plasencia, la ciudad se presentaba en un alto, en el fondo de la
gran vega, cruzada por el río. Sobre el vértice del cerro aparecía la catedral
en medio; á la izquierda, el palacio del marqués de Coria, y á la derecha, un
edificio cuadrado, grande, con muchas ventanas: el seminario.
Desde el camino de Ciudad Rodrigo, Coria se
presentaba plana, con el castillo de piedra, en medio de la muralla dominando
los tejados, y la torre de la catedral.
Había cuatro puertas en la ciudad: la de San
Francisco, la de la Estrella, la del Carmen ó del Sol y la de la Guía ó de la
Corredera. Había además la puerta del Postiguillo, estrecha abertura entre el
seminario y la catedral.
Al entrar Aviraneta y el Empecinado en Coria, se
encontraron el pueblo que parecía desalquilado. La gente estaba escondida, las
calles tristes, sucias, completamente desiertas. En la plaza, las pocas tiendas
se veían cerradas, y únicamente se hallaba abierta la botica. La lápida de la
Constitución había sido arrancada del Ayuntamiento.
Fué un problema alojar los seiscientos hombres del
Empecinado en Coria.
Los jefes fueron á vivir á las casas de las
familias[276] liberales del pueblo, que eran cuatro
ó cinco: la de Zugasti, la de Simones, la de Medrano, la de Roda y la de uno
que se hacía llamar el Segundo Empecinado.
El Empecinado y Aviraneta fueron á parar á casa de
don Marcelo Zugasti.
Al día siguiente, domingo, se reunieron los
constitucionales del pueblo á hablar con el general. Estuvieron en la reunión
don Juan Muñoz de Roda, síndico y miliciano nacional; don Pedro José de
Medrano, médico; el farmacéutico y dos contribuyentes ricos: Sebastián Simones,
y el que se hacía llamar el Segundo Empecinado.
Zugasti explicó la situación. Este Zugasti era un
propietario liberal que se había hecho con bienes monacales, y mandaba la
Milicia de Coria.
Era un tipo de hombre flemático y sereno; tenía una
cara correcta, los ojos azules, la tez muy curtida por el sol y la expresión
fría.
Zugasti explicó cómo había empezado á armarse la
Milicia Nacional en el pueblo: al principio bien, con cierto entusiasmo. Los
curas párrocos del partido no habían tenido inconveniente en prestarse á
explicar los días festivos la Constitución; pero cuando comenzaban sus
explicaciones, la gente se marchaba. El año anterior se había uniformado la
Milicia Nacional, quedando formada por catorce hombres de caballería y
veintidós de infantería. Ya en este año, el 22, el espíritu del pueblo se había
hecho francamen[277]te hostil á la Constitución, y
cuando algún párroco hablaba de ella en la iglesia, la gente vociferaba.
Al final de 1822, el arcediano de Valencia de
Alcántara había comenzado á conspirar; don Feliciano Cuesta se pronunciaba á
favor del rey absoluto, y á principio del 23 se presentaba la facción de
Morales en los pueblos comarcanos. La Milicia de Coria, al mando de Zugasti,
salió á pelear contra ella. La partida de Morales constaba de veintitrés
hombres mal armados, é intentó sublevar Plasencia y Coria. Zugasti, con sus
milicianos, les mató un hombre y dispersó á los demás hacia la Sierra de Gata.
Desde esta época el alcalde había tenido mucho
cuidado con los facciosos, mandando cerrar las tabernas á las ocho, obligando á
los dueños de las posadas á que presentasen los pasaportes de los forasteros, y
prohibiendo que nadie saliese á la calle después de la diez de la noche sin
motivo justificado.
A pesar de esto, los absolutistas conspiraban sin
rebozo, y una mañana de Mayo se habían encontrado con el pueblo sublevado, la
lápida de la Constitución derribada y los milicianos desarmados.
El peligro, por el momento, parecía remediable. La
entrada del Empecinado en Coria había coincidido con la captura del cabecilla
Morales.
Este Morales era un guerrillero extremeño, de la
guerra de la Independencia.
En 1820 formó una partida que se llamaba Columna
real volante de Húsares de Plasencia, y los[278] años
21, 22 y 23 merodeó por la parte Norte y Sur de la Sierra de Gredos y Gata.
Unos días antes, el 30 de Mayo, en el valle de la
Corneja, cerca de Piedrahita, Morales había sido batido, hecho prisionero y
llevado á Salamanca.
Con la toma de Coria y la captura de Francisco
Ramón Morales, Zugasti suponía que el espíritu público reaccionaría.
El Empecinado escuchó la relación y murmuró:
—Bueno, señores, está bien. Lo pasado, pasado. Ya
veremos qué se hace. Vamos á misa, que hoy es fiesta y debe ser hora.
Don Juan Martín, con su Estado mayor, se dirigió á
la catedral. En el camino habló largamente con Aviraneta.
El problema para el Empecinado no estaba en
quedarse en Coria, en donde apenas había medios para alimentar á sus hombres;
lo que él pretendía era que el país sublevado no cortara las comunicaciones con
el ejército de Extremadura.
Don Juan Martín y Aviraneta decidieron estudiar el
terreno y ver si con una guarnición de doscientos hombres podría bastar para
defender Coria durante algún tiempo.
Hablando llegaron á la plaza del Obispo y á la
entrada de la catedral. Un corro de campesinos, entre los que abundaban las
mujeres y los chiquillos, contemplaban admirados á aquellos militares de
vistosos uniformes.
Esperaron en el atrio el Empecinado y su Estado
mayor, hasta que oyeron la campana, y entraron en la catedral seguidos de un
grupo de gente.
En un pueblo tan pequeño, la catedral sorprendía
por su grandeza y su magnificencia. Los canónigos con sus mucetas, estaban en
el coro. El altar mayor brillaba lleno de resplandores. Oyeron los militares la
misa y, al acabarse ésta, siguiendo la dirección de algunas personas, en vez de
salir á la plaza; aparecieron en un gran balcón de la catedral que dominaba
toda la vega. Esta terraza se llamaba en el pueblo el Paredón.
Era aquel un buen punto para darse cuenta de la
topografía de los alrededores. Aldeanos, viejas, sacristanes y monaguillos, se
presentaron á observar con espanto y con curiosidad á aquellos soldados de
Lucifer.
Aviraneta se sentó en el pretil del Paredón á
contemplar el paisaje.
Delante, como en una hondonada, se veía la vega
ancha y el río que la cruzaba, festoneado por dos franjas de arena.
El día estaba nublado, el cielo gris; el Alagón
brillaba con un color de gelatina y parecía inmóvil, como un cristal turbio. A
lo lejos se destacaban montes esfumados en la niebla.
—Bueno, vamos á almorzar—dijo don Juan Martín, y,
por la tarde, veremos qué se hace.
Don Juan Martín era hombre bueno, de gran corazón,
pero un poco absorbente, y le molestaba la tendencia centrífuga de Aviraneta.
Después de almorzar, el Estado mayor se disponía á
jugar una partida de cartas, cuando Aviraneta se levantó.
—¿Qué vas á hacer?—le preguntó el Empecinado.
—Voy á dar una vuelta por el pueblo.
—Luego la daremos.
—Bueno; pues entonces voy á echar la siesta.
—Nada, que no quieres jugar.
—No, no; me aburre.
—¡Qué gente ésta!—exclamó don Juan—. Todo le
aburre. Este es un puro vinagre. Bueno, bueno; márchate y no vuelvas.
Aviraneta se fué á tenderse á la cama. Aquellas
diversiones de cuerpo de guardia, un cuartucho lleno[282] de
humo, con la gente jugando á las cartas, fumando y bebiendo, le producía una
impresión de aburrimiento espantoso.
Estuvo Aviraneta en la cama leyendo un tomo de
Salustio, y á media tarde se acercó al comedor, en donde estaban el Empecinado
y sus oficiales.
—¿Vamos?—preguntó.
—Espera un momento. Ahora voy.
Salieron don Juan, Aviraneta, Diamante y Zugasti, á
caballo, á recorrer el pueblo. Hacía buen tiempo, había salido el sol.
Llegaron á una plaza, con una picota en medio, la
plaza del Rollo, y fueron luego hacia la puerta de la Guía. Bajaron hacia el
Alagón, al paseo de la Barca, y contemplaron desde allí el cerro de Coria, con
su catedral en lo alto; el seminario grande, con muchas ventanas, y el palacio
derruído del Marqués.
Se alejaron algo por el paseo de grandes árboles, á
orillas del río, para inspeccionar los alrededores, y, al volver, subieron por
una estrecha vereda.
Durante la marcha exploradora se había comenzado á
debatir el problema entre el Empecinado y sus oficiales de lo que se iba á
hacer. La cuestión no era, naturalmente, defender Coria, porque eso solo
significaba poco: la cuestión era tener asegurado el paso para el ejército.
Zugasti y Aviraneta eran partidarios de dejar
trescientos hombres de guarnición allí; pero don Juan Martín aseguraba que
trescientos hombres contra un[283] ejército no
harían nada encontrándose con un vecindario en su mayor parte enemigo.
Siguieron por delante de la catedral, entraron por
la puerta del Sol y dejaron los caballos en casa de Zugasti.
—Vamos á ver la muralla ahora por arriba—dijo
Aviraneta.
Marcharon á la plaza del Rollo entraron en el
castillo y subieron por una escalera de caracol. El castillo era una gran torre
pentagonal, de piedra amarillenta muy bien labrada; tenía cinco pisos, varias
pequeñas azoteas y encima una gran terraza, con un tambor almenado. Se subía á
esta terraza por una escalera muy estrecha que corría por el grueso de la
pared.
Desde el castillo á un lado y á otro corría la
muralla.
Esta muralla describía una línea de doscientas
treinta y tres toesas y era casi circular, de unos treinta y cinco pies de
alta, con un paseo de unos diez pies de ancho que corría todo á lo largo.
De trecho en trecho se elevaban torreones y cubos,
á los que había que subir por escalones.
Dieron la vuelta á la muralla, marchando
paralelamente al camino por donde habían ido extramuros, y volvieron al
castillo.
—¿De aquí no se verá Plasencia?—dijo Aviraneta.
—No. Ca.
—¿Ni habría medio de comunicarse con ella?
—Sí, por medio del castillo de Mirabel, que se ve
allí en unos montes, quizás se pudiera. Zugasti señaló un pico lejano y
Aviraneta miró con su anteojo en la dirección indicada.
—¿Y Plasencia no nos secundaría?—preguntó
Aviraneta.
—No; creo que no.
Don Eugenio se sentó en una de las almenas á mirar
con su anteojo los alrededores.
—Bueno—dijo don Juan Martín—. Eugenio quiere
dedicarse á la geografía. Muy bien, yo me marcho.
El Empecinado y Zugasti se fueron, y el Lobo,
Diamante y Aviraneta quedaron allí.
Luego dejaron el castillo bajaron á la muralla, y
fueron contemplando el paisaje y hablando.
Cruzaron la huerta de un convento y salieron al
Paredón de la catedral. Desde aquí se veía el campo, completamente distinto á
como estaba por la mañana. El cielo tenía un azul intenso, la campiña se
extendía verde y el río resplandecía como un metal fundido sobre una gran cinta
de arena dorada.
El viento levantaba oleadas en los trigales y movía
el follaje de los árboles.
Unas mujeres lavaban en el río, y las ropas blancas
y los refajos rojos brillaban tendidos en las cuerdas. Por el paseo de la Barca
volvían algunos aldeanos, hombres y mujeres en sus borriquillos.
Aviraneta se sentó en el pretil de piedra del
Paredón.
A Don Eugenio le gustaba contemplar el paisaje: le
producía, momentáneamente un olvido de todo; le recordaba los días de su
infancia cuando iba á la Peña de Aya y al monte Larun á ver el mar á lo lejos.
Ese germen ahogado que tenemos todos de otro hombre ó de otros hombres
despertaba en él con la contemplación. Aviraneta quedó inmóvil y en silencio.
Era una tarde espléndida, gloriosa: los campos
verdes relucían frescos después de la lluvia; el río venía crecido y alguna
nubecilla blanca se miraba en su superficie como en un espejo azulado. Dentro
de la iglesia, los canónigos cantaban en el coro y se oían las notas del
órgano.
En el aire pasaban las cigüeñas con ramas en el
pico y quedaban en extrañas actitudes sobre sus nidos; los gorriones y los
vencejos chillaban, y una nube de cernícalos, que al transparentarse tenían un
color morado, lanzaban un grito agudo.
Había al mismo tiempo ligeros incidentes que
animaban el conjunto: un burro que corría por los hierbales y hacía sonar un
cencerro; unas ovejas esquiladas que saltaban sobre unas piedras; un hombre que
pasaba á caballo por el puente. A lo lejos, una galera de siete mulas venía
despacio por el camino.
Este silencio, lleno de ruidos, de ladridos de
perros, de cacareo de gallos, de balidos de ovejas, del canto suave del
abejaruco, tenía un gran encanto. De[286] pronto,
las campanadas del reloj de la iglesia sonaban allí cerca con un fragor
imponente.
Aviraneta se sentía saturado de tranquilidad, de
paz, ante aquella majestuosa tarde que marchaba con su ritmo lento hacia el
crepúsculo....
—Realmente la guerra es una cosa absurda—pensó;
luego, dirigiéndose á Diamante, dijo—: ¡Qué paz! Está hermoso esto. ¿Verdad?
—Yo, como el general—contestó Diamante—, no
defendería este pueblo.
—¿Pues qué haría usted?
—Arrasaría toda esta campiña sin dejar nada y me
volvería á Ciudad Rodrigo—y Diamante pasaba su mano como con cariño por encima
del panorama.
—Pero hombre, no—exclamó Aviraneta saltando del
pretil—. Me parece un poco bárbaro. Este es nuestro país.
—Ríase usted de esas tonterías—replicó Diamante,
con un gesto entre desdeñoso y de superioridad—; todo lo que no sea hacer la
guerra de exterminio será tiempo perdido.
Aviraneta, el Lobo y Diamante
salieron de la catedral y volvieron á casa de Zugasti.
Por la noche, en el correo que vino de Ciudad
Rodrigo, Aviraneta recibió una carta de Aranda. Era del relojero suizo Schulze.
"De aquí no le puedo dar á usted más que malas
noticias—decía—. Ha habido tiros y enredos en el pueblo y han asaltado la casa
de usted, llevándose todo. Los libros y papeles se han metido en un carro por
orden del capitán general O'Donnell, que no es el O'Donnell de ustedes y los
han llevado á Valladolid."
A Aviraneta no le hizo mucha mella la noticia. Ya
todo lo ocurrido en Aranda le parecía de una vida anterior, lejana y borrosa.
Habló un momento con elLobo y Diamante
acerca de lo que podía haber ocurrido en Aranda, y, olvidando pronto esto, se
puso á planear lo que había que hacer en Coria. Después de varios proyectos,
pensó que lo conveniente sería acercarse á Plasencia[288] á
conocer el estado de esta ciudad. Plasencia, como pueblo de más importancia que
Coria, había llegado á tener una Milicia Nacional bastante numerosa y bien
organizada. Si Plasencia estaba definitivamente por el absolutismo,
indudablemente era inútil permanecer en Coria; en cambio, si los placentinos
tenían intenciones de defenderse contra los realistas, podía enviárseles una
pequeña guarnición y dejar otra en Coria.
Aviraneta habló á don Juan Martín, y éste aprobó la
idea.
Aviraneta fué encargado de marchar á Plasencia.
Llevaría una escolta de veinte lanceros al mando del Lobo. Salió
por la mañana con sus hombres, cruzaron la puerta del Sol, vadearon el río, y
al trote largo se dirigieron hacia Galisteo. Almorzaron aquí, y á media tarde
estaban en Plasencia.
Zugasti había recomendado á Aviraneta que sin
pérdida de tiempo se presentase en el palacio del marqués de Mirabel, con su
escolta.
Así lo hizo don Eugenio.
El palacio del marqués de Mirabel era hermoso,
grande, de piedra amarilla negruzca. Daba su fachada á una plaza que tenía en
medio una fuente.
Aviraneta bajó del caballo, dió la brida á un
soldado y entró por un arco del palacio, arco que continuaba en un corredor
abovedado.
A la izquierda había una puerta y llamó; abrieron y
Aviraneta pasó á un patio con una gran escalera[289] de
piedra. Preguntó al criado por el señor, y al comenzar á subir se encontró con
el marqués, que bajaba de prisa alarmado por el ruido de los caballos.
Era el marqués un hombrecito afeitado, moreno, de
cara antigua y pelo negro y ensortijado. Iba muy currutaco; llevaba calzón
corto de tafetán, medias blancas, un chaleco verde de seda y una chaquetilla
negra. Hablaba en voz baja, con una vocecita aguda.
Explicó Aviraneta en pocas palabras quién era y á
lo que iba, y el señor de Mirabel, cruzando unas cuantas habitaciones, le llevó
á una azotea, llena de flores, que caía hacia la plaza de la fuente.
—¿Quiere usted alguna cosa?—le dijo el marqués.
—Primeramente quisiera alojar á mis soldados.
—En seguida. Y usted no quiere nada, ¿Algún
refresco? ¿Café?
—Sí, tomaré café.
El marqués salió y Aviraneta estuvo contemplando la
terraza, adornada con lápidas romanas y estatuas antiguas.
Volvió el marqués y dijo:
—Ahora traen el café. Bueno, veamos que es lo que
necesita usted de mí.
—Como sabrá usted—dijo don Eugenio—las fuerzas del
Empecinado, saliendo de Ciudad Rodrigo, han entrado en Coria, que hizo alguna
resistencia. No conocemos el espíritu del país y vacilamos en tomar una
resolución.
—¿Y usted quiere saber el estado del liberalismo de
este pueblo?—preguntó el marqués con su vocecita aguda.
—Sí.
—Pues muy malo. Al comenzar el Gobierno
constitucional, aquí la gente, como en casi todos los pueblos, quedó indecisa;
entonces, veinte ó treinta plasencianos de la gente más rica nos decidimos á
ponernos el uniforme de nacionales; los demás comenzaron á seguirnos, y
llegamos á tener el año pasado más de cien infantes y cuarenta soldados de
caballería. Fundamos una sociedad patriótica que la inauguró don Laureano
Santibáñez, y tuvimos un momento dominado al pueblo. Vino la sublevación de
Cuesta y la de Francisco Morales, y empezó el tinglado á descomponerse. La
gente supo que los franceses iban á entrar en España, que los absolutistas
avanzaban y los milicianos comenzaron á abandonar nuestras filas: unos
quedándose en casa, y otros pasándose al otro bando.
—¿De manera que esto está perdido para
nosotros?—preguntó Aviraneta.
—Completamente perdido. Figúrese usted que se están
buscando firmas para pedir á la Regencia del Reino, en nombre de la ciudad, que
se restablezca la Inquisición, y firma casi todo el pueblo.
—¿Usted cree que doscientos hombres aquí de
guarnición podrían hacer algo?
—Nada.
—¿Qué harán los liberales significados de Plasencia
cuando se presenten los absolutistas?
—Tendrán que huir.
—Les voy á proponer si quieren venir conmigo á
reunirse con el Empecinado.
—Bueno. Si usted quiere, cuando tome usted café, le
acompañarán á casa del teniente.
—Muy bien.
Tomó Aviraneta su café y se levantó.
—Aquí cenará usted y dormirá—le dijo el marqués.
—Muchísimas gracias. Hasta luego.
—Adiós. Voy á ver si arreglo el alojamiento para su
tropa.
Aviraneta salió del palacio del marqués acompañado
por un criado de aire de lego, quien le llevó hasta la plaza. Entró en la
botica y salió al poco rato con un hombre de unos sesenta años, que al ver á
Aviraneta hizo un signo masónico. Le contestó Aviraneta y se dieron la mano.
Era el masón un teniente de la Milicia Nacional, don Juan Bustillo. Bustillo
era un hombre fuerte, rechoncho, bajito, de cabeza redonda, la tez quebrada,
las patillas cortas y la voz gruesa y fuerte. Era hombre cándido, entusiasta del Sistema y
que creía que era indispensable sacrificarse por las ideas.
—Vamos al Enlosado de la catedral—dijo Bustillo—.
Allí podremos hablar sin que nos espíen.
El Enlosado de la catedral era una terraza parecida
al Paredón de Coria, aunque más grande y es[292]paciosa.
Daba á esta terraza una portada del Renacimiento, adornada con grandes escudos,
una torre románica como un tambor de muralla, á la que llamaban el Melón, y
otra torrecilla cónica.
Aviraneta y Bustillo se pusieron á pasear por las
grandes piedras del Enlosado, ribeteadas de verde y de matas con flores
amarillas.
Abajo, en la campiña, el río Jerte fulguraba
reflejando los últimos rayos del sol, y brillaba en las masas verdes de los
árboles de la ribera.
Bustillo, al principio, había considerado como una
solución magnífica el que el Empecinado mandara fuerzas á Plasencia; pero
después reconoció que la cosa no tenía objeto: en el pueblo no había víveres,
la muralla no servía, no había cañones ni una posible retirada.
—Tendrán ustedes que venir con nosotros—dijo
Aviraneta.
—Yo sí, sí; iré. ¡Ya lo creo!
—Hombre, usted precisamente, no. La gente joven.
Usted tiene familia aquí.
—Antes es la libertad y la patria que la
familia—dijo el señor Bustillo solemnemente.
—Sí; pero usted es un hombre que tiene derecho al
descanso.
—Para disparar un fusil sirvo. No me diga usted que
no.
El señor Bustillo llevó á su casa á Aviraneta y le
presentó á su mujer y á sus hijas.
—Este señor es el ayudante del Empecinado—dijo con
entusiasmo.
La mujer y las hijas miraron á Aviraneta con una
mezcla de terror y de pasmo, y no se atrevieron á desplegar los labios.
Bustillo quería tener en su casa á Aviraneta; pero éste le dijo que le había
invitado á quedarse en su palacio el marqués de Mirabel.
—¡Ah! ¡El marqués! ¿Qué le ha parecido á usted?
—Bien.
—Pues es un tipo muy raro.
Y Bustillo contó sus varias manías de coleccionista
que no tenían nada de particular. Lo que sí constituía una extraña inclinación
en el marqués era la de ser peluquero de señoras. El marqués peinaba á todas
las damas del pueblo cuando iban á alguna fiesta. Esta era una de sus
ocupaciones favoritas.
Recordando su tipo no parecía nada raro que le
gustara ser peluquero.
Se despidió Aviraneta de Bustillo y fué á cenar con
el marqués de Mirabel. Realmente, éste era un bicho raro; se había educado en
Inglaterra y ofrecía una mezcla de ideas contradictorias bastante absurda.
Aviraneta no le podía mirar sin figurárselo con un peine y unas tenacillas
alisando el cabello con esa mano fría y suave de los barberos.
Después de cenar, Aviraneta marchó á una sala muy
grande, con una cama muy pequeña, y pensando en las extravagancias del
marqués-peluquero, se quedó dormido.
Al otro día, Aviraneta, con sus lanceros, hizo un
recorrido por la Vera de Plasencia, y se encontró sorprendido al oír decir á la
gente que se esperaba al Cura Merino. Aviraneta no tenía por allí ni amigos ni
confidentes, y decidió volver á Plasencia. ¿Por dónde vendría el Cura? Hubiera
sido terrible para él caer en sus garras.
Al día siguiente, con la escolta del Lobo y
unos cuantos milicianos, entre ellos el señor Bustillo, se dirigió á Coria.
La presencia de Merino en Extremadura desazonó á
don Juan Martín. Sabía que mandaba mucha gente, que llevaba las espaldas
guardadas por el ejército francés y que tenía el terreno amigo; sabía también
que pondría todos los medios para derrotarle.
Se hicieron gestiones para averiguar el paradero de
Merino, sin fruto; el Empecinado en esta época, como Mina en la Guerra civil,
se encontraban con que sus procedimientos del período de la guerra de la
Independencia flaqueaban. Durante la lucha contra los franceses, todos los
informes eran espontáneos: bastaba indicar algo para que inmediatamente se
hiciera; en el año 23 y en la Guerra carlista, ocurría lo contrario: las
indicaciones de la gente del campo eran casi siempre equívocas cuando no
falsas.
Don Juan Martín averiguó que Merino, flanqueando á
los generales franceses Vallin y Bourmont, venía persiguiendo á Zayas por la
línea del Tajo. Los absolutistas se habían corrido por Talavera de la [296]Reina, Almaraz, Trujillo y Cáceres, dejando amargo
recuerdo por donde pasaban.
A Merino le salió al encuentro López Baños, pero
ninguno de los dos se decidió á entablar la batalla. Desde entonces no se sabía
el sitio exacto donde se encontraba el Cura.
Se decía que llevaba una tropa numerosa, una
división completa, pues se habían reunido con él una porción de partidas.
Se citaban entre los cabecillas incorporados á
Merino, á Blanco, Puente Duro (el Rojo), Caraza y Lucio Nieto, que
se titulaban brigadieres; á Corral, el Gorro, los Leonardos,
el Inglés, Navaza, Mauricio y Huerta, que mandaban regimientos y
tenían el grado de coroneles, y á otros muchos.
El Empecinado, en vista de estas noticias, en junta
de oficiales decidió abandonar Coria y volver á Ciudad Rodrigo.
El 12 de Junio, por la mañana, se desalojó Coria,
se cruzó el arrabal de las Angustias, y por la tarde se entró en el pueblo
llamado Moraleja de Hoyos ó Moraleja del Peral.
Se dejó la tropa alojada en el Ayuntamiento,
cárcel, hospital de transeúntes y en la Casa de la Encomienda. Los coroneles
Dámaso Martín y Juan Maricuela quedaron encargados de buscar víveres, y el
Empecinado encargó, con gran insistencia, que se pusieran centinelas en todos
los caminos y puntos altos y se organizara una guardia volante.
A un castillejo arruinado de un cerro próximo se
envió un piquete de caballería.
Dispuesto todo para evitar una sorpresa, el general
con su escolta, Aviraneta y dos ó tres oficiales atravesaron el arroyo llamado
Ribera del Gata, por un vado, y fueron á alojarse á una dehesa grande del
camino de Perales, con una casa ancha y baja en el centro. Esta finca se
conocía con el nombre de la Dehesa de la Reina; estaba rodeada de una
extensísima tapia de adobes, cubierta de bardas de ramaje, y se hallaba próxima
al río Árrago.
Se pasó la noche con tranquilidad, y al comenzar el
día se presentó una mañana de verano ardorosa y sofocante. El sol centelleaba
en las mieses y en los barbechos; el cielo brillaba con un azul negruzco, y los
pocos árboles que se veían en el campo parecían arder con el calor.
El Empecinado había pensado no emprender la marcha
hasta la caída de la tarde.
Serían las diez, próximamente, cuando por el lado
del pueblo comenzó un ligero tiroteo, que se convirtió en furiosas descargas.
—¿Qué puede ser esto?—preguntó don Juan Martín,
alarmado.
No se sabía.
—Preparad los caballos.
Se comenzó á aparejar los caballos. El fuego se
hacía cada vez más intenso. Se iba á abrir la puerta de la casa, cuando
aparecieron delante de ella vein[298]te lanceros
constitucionales que venían huyendo al galope, perseguidos por un escuadrón de
feotas.
Pasaron adentro, se cerró la puerta del corral y se
recibió á los perseguidores con una descarga, hecha desde las tapias.
Los feotas contestaron al fuego, y se retiraron.
—Pero ¿qué pasa?—gritó el Empecinado.
Los soldados fugitivos, llenos de zozobra, contaron
á don Juan Martín que la tropa que pernoctaba en Moraleja había sido
sorprendida por el Cura Merino.
—Pero, ¿cuándo? ¿ahora mismo?—preguntó don Juan.
—Ahora mismo.
—¿Y los centinelas?
—Han dicho algunos que, al ver de lejos al enemigo,
han creído que era un rebaño.
Merino, con una fuerza de tres mil á cuatro mil
infantes y con ochocientos caballos, marchando de noche y con el mayor sigilio,
y dirigido por buenos guías, se había presentado á una legua de Moraleja en las
primeras horas de la mañana.
Pronto supo por sus confidentes que el Empecinado
no se había movido de allá, y se le ocurrió acercarse á Moraleja, echando por
delante de su tropa dos inmensos rebaños. Así lo hizo, y avanzó detrás de las
ovejas, que levantaban grandes nubes de polvo. La estratagema le dió un gran
resultado; sin ser advertido rodeó el pueblo y comenzó una metódica carnicería
de los constitucionales.
Don Juan Martín comprendió que el mal no tenía
remedio, y furioso por haber sido derrotado de una manera tan necia, mandó que
se concluyese de aparejar los caballos y se dispusiera todo el mundo á hacer
una salida. Entre los que estaban y los que habían venido se formó un pelotón
de sesenta hombres en el patio, delante de la casa.
Don Juan y unos cuantos más, gente forzuda y
fuerte, enarbolaron la lanza. Se abrió la puerta de la tapia y el piquete salió
al galope hacia el pueblo. Los realistas en el mayor desorden, se ocupaban en
matar á los constitucionales en las calles, sacándolos de las posadas y
alojamientos.
La entrada del Empecinado por el pueblo fué
trágica. A lanzadas, á sablazos, atropellando con los caballos, se abrieron
paso.
—¡Viva la libertad!—gritaba Aviraneta,
entusiasmado, levantando su sable en alto.
—¡Viva!—vociferaban todos.
Como un aluvión se pasó Moraleja y se siguió
carretera adelante hacia Hoyos. Los realistas, repuestos de la sorpresa,
reunieron doscientos jinetes, que se lanzaron en persecución de los liberales.
Afortunadamente para éstos la mayoría de los
caballos de los feotas estaban cansados de la jornada del día anterior, y no
podían darles alcance.
Llegaron un poco después del mediodía á Perales, y
una rápida inspección del pueblo hizo comprender al Empecinado que allí no
había posibilidad[300] de defensa, y se siguió
adelante hasta dar la vista á Hoyos, pueblo en la falda de la Sierra de Gata.
Desde allí se veía el castillo de Almenara sobre un
monte agudo; la Sierra de Béjar á la derecha, con algunas estrías de nieve y la
hondonada grande de Hoyos.
Se acercaron á este pueblo; pasaron á todo correr
por el Teso de las Animas, con sus cruces de piedra del Calvario; luego, por
delante del humilladero y de un convento ruinoso, y por una calle en cuesta
subieron á la plaza de la iglesia.
Serían las dos ó dos y media de la tarde cuando
llegaron. Inmediatamente tomaron posiciones. Veinte dragones de Merino entraron
casi al mismo tiempo que los sesenta jinetes del Empecinado. Estos volviéndose
contra los que les perseguían, les atacaron á sablazos y á lanzadas.
Los dragones realistas perdieron dos hombres y se
retiraron á las proximidades del pueblo. Sin duda iban á esperar á reunirse con
el grueso de su escuadrón. Don Juan Martín pensaba continuar la retirada,
cuando se presentaron treinta nacionales de Hoyos y de pueblos cercanos bien
armados. Con este refuerzo se pensó en defenderse en Hoyos.
Se ocupó la iglesia y las casas de la plaza; se
subió la gente á las ventanas y guardillas, y se dividió en dos pelotones la
caballería. Uno se colocó detrás de la iglesia y el otro en una plazoleta
próxima. Aviraneta subió á la torre y exploró el horizonte[301] con
su anteojo. A la hora ó cosa así bajó diciendo que una columna grande de
caballería venía hacia el pueblo.
Cada cual tomó posiciones, y se encargó que se
economizaran los cartuchos.
Los realistas subieron al galope hasta la iglesia;
las herraduras de los caballos hacían un ruido de campanas en las piedras. Al
desembocar en la plaza gritaron: ¡Viva el rey! ¡Viva la Inquisición!
Los liberales les hicieron una descarga cerrada,
que mató á ocho ó diez hombres. Los realistas vacilaron; algunos, no muchos,
pasaron de la plaza hacia adelante y fueron cortados y atacados por el
Empecinado al grito de ¡Viva la libertad! ¡Viva la Constitución!
Después de una hora de combate los realistas se
retiraron, dejando algunos muertos, quince á veinte heridos y otros tantos
caballos, de los que se apoderaron los liberales.
Los realistas quedaron en el Calvario y allí se
plantaron de observación.
El Empecinado, Aviraneta y el jefe de los
nacionales de Hoyos conferenciaron. Era indudablemente difícil defenderse en
Hoyos con tan poca gente; podían meterse en la iglesia y atrincherarse allí,
pero entonces se verían expuestos á un sitio; sin víveres ni municiones y sin
posibilidad de ser socorridos.
El jefe de los nacionales consideraba más fácil
defenderse en la próxima aldea de Trevejo, que, ade[302]más
de estar en un cerro con una subida difícil, tenía la ventaja de que se podía
avisar desde allá á San Martín de Trevejo, donde se hallaban refugiados algunos
nacionales de los contornos.
Se dispuso seguir este plan. Aviraneta, con los
nacionales de Hoyos, marcharía inmediatamente á Trevejo y tomaría posiciones.
Mientras tanto, don Juan Martín, con sus jinetes y con cinco ó seis fusileros,
entretendría al enemigo hasta que tuviera que retirarse, y entonces, en la
retirada, vendría el apoyo de Aviraneta con sus nacionales, que atacarían á los
perseguidores.
Se decidió hacerlo así, y sin que se enterase el
pueblo, uno por uno tomaron los nacionales el camino de Trevejo y comenzaron á
marchar de prisa. Era necesario que tuviesen, por lo menos, una hora ú hora y
media de ventaja sobre el Empecinado para que cuando éste pasase se encontraran
ellos ya atrincherados.
Serían de cuatro y media á cinco de la tarde cuando
salió de Hoyos Aviraneta con los milicianos, y próximamente las seis cuando
daban frente á Trevejo.
Trevejo es una aldea miserable asentada sobre un
cerro. Este cerro, formado por rocas obscuras, tiene graderías de piedra hechas
para sostener la tierra de algunos pequeños olivares y viñedos.
Mirando á Trevejo desde el camino de Hoyos se ve á
la izquierda de la mísera aldea un castillo negro, erguido y fantástico.
Más á su izquierda se levanta la sierra de la
Estrella, y á la derecha, el terreno se hunde en una cañada, por donde sube el
camino que continúa á San Martín.
A esta cañada, abierta entre un talud muy pendiente
y un castañar vetusto, llamaban, aunque no con mucha propiedad, el desfiladero
de Trevejo. Hoy no hay cerca de este desfiladero muchos árboles; á principios
del siglo XIX los grandes robles y[304] castaños
centenarios formaban á un lado del camino una muralla de follaje. Serían las
seis y media ó siete de la tarde cuando los milicianos llegaron á este
castañar, próximo á la calzada. Aviraneta pensó varias estratagemas para
detener á los realistas, que la mayoría tuvo que desechar, y al último se
decidió por dos.
A un cuarto de hora de Trevejo partía de la calzada
un camino que escalaba el cerro y marchaba á la aldea. Don Eugenio, á unos
trescientos pasos de la bifurcación, mandó clavar palos entre las ramas, puso
encima los morriones de los nacionales é hizo que se quedaran tres ó cuatro
allí. Después de hecho esto fué colocando sus veinticinco hombres emboscados en
el castañar. Si los realistas tomaban por el camino de la aldea, él con su
gente les atacaría por la espalda.
Aviraneta pensó que don Juan Martín y los suyos
llegarían á media tarde. ¿Pero si llegaban al anochecer? Su estratagema no
tendría entonces gran objeto. Pensando que podrían venir ya obscuro, mandó á
uno de los nacionales que fuera á Trevejo y trajera una cuerda gruesa de ocho ó
nueve varas.
El nacional volvió al poco rato con la cuerda.
Aviraneta la ató por una punta á un árbol de la calzada, del otro lado del
castañar, á una altura de dos varas, y dejó la otra punta colgando por el
suelo. La mayoría de los nacionales no comprendieron el objeto de esta
maniobra.
Se esperó bastante tiempo, y, ya obscuro, se notó
que venía don Juan Martín. Llegaba perseguido muy de cerca. Los tres ó cuatro
milicianos que estaban en el cerro dispararon varios tiros contra los
perseguidores. Los realistas, despreciando el tiroteo, avanzaron con la
esperanza de apoderarse del caudillo.
Pasaron los liberales y se acercaron á toda prisa
los realistas.
Entonces Aviraneta, levantando la cuerda, la puso
tensa, á una altura de un par de varas, y la ató al tronco de un grueso
castaño.
—Atención. Cuando yo diga—murmuró Aviraneta.
Los jinetes realistas, que iban al galope, al
llegar á tropezar con la cuerda tensa se sintieron lanzados al suelo con una
fuerza tremenda.
—¡Fuego!—dijo Aviraneta, y sonó una descarga á
quemarropa, y cayeron más de dos docenas de hombres al suelo.
Algunos valientes quisieron avanzar, y, como no
veían la cuerda, fueron despedidos con violencia. Aviraneta y los suyos
lanzaron una segunda descarga, y una tercera.
El Empecinado había vuelto grupas y se disponía á
atacar á los perseguidores.
—No se puede pasar—le dijo Aviraneta.
—¿Por qué?
—Porque hay una cuerda. Cortadla.
La cortaron de un sablazo, y don Juan Martín y sus
lanceros atacaron á los realistas y les cogieron cerca de cincuenta caballos.
El éxito de la escaramuza había producido gran
entusiasmo.
—¡Viva el Empecinado! ¡Viva Aviraneta!—gritaron los
soldados y los nacionales.
Don Juan Martín abrazó á Aviraneta y le dijo que
tenía que pedir para él la cruz de San Fernando. Los peligros, con Aviraneta,
no eran peligros.
Se había hecho de noche, las estrellas parpadeaban
en el cielo alto y claro, y Júpiter brillaba con su luz blanca.
Se descansó allí en el castañar, al borde del
camino, y se dispuso esperar unas horas por si llegaba alguno salvado de la
sorpresa de Moraleja; y, efectivamente, poco después de las diez de la noche
aparecieron hasta treinta soldados de caballería, varios oficiales y capitanes
y el comandante Cañicero.
Muchos de estos hombres, que habían venido á pie
desde Moraleja, llegaban reventados.
¿Qué se iba á hacer? El Empecinado, Aviraneta y los
oficiales conferenciaron.
Los hombres de á pie, rendidos por larga jornada
huyendo y sin comer, no podrían llegar á San Martín. Sería mejor que se
quedaran en el castillo de Trevejo, y se buscara comida para ellos. Mientras
tanto el Empecinado, con la gente montada podría seguir á San Martín.
Acordado esto, Aviraneta y el jefe de nacionales de
Hoyos, con los heridos, cansados y con los milicianos, irían á pasar la noche
al castillo de Trevejo, donde se atrincherarían. Si al día siguiente estaban
sitiados pondrían una bandera en el torreón derruído para que desde lejos
pudiese verla don Juan Martín; si no lo estaban, seguirían camino de Ciudad
Rodrigo.
Dos de los nacionales de Hoyos marcharon hacia el
castillo, con la orden de encender una tea y agitarla en el aire si no había
dificultad alguna para subir.
Al cuarto de hora, Aviraneta, los nacionales y los
lanceros aspeados, tomaron hacia arriba y hacia la izquierda, en dirección al
pueblo, y el Empecinado con su caballería siguió adelante, camino de San
Martín.
Llegaron los primeros á la aldea de Trevejo y se
detuvieron, Aviraneta y dos milicianos se encargaron de buscar provisiones.
Costó mucho tiempo: se recorrió casa por casa, y se llenó un saco de pan, medio
saco de habas, una gran cantidad de carne salada y un pellejo de vino.
Se tomaron dos calderas prestadas, se cogió leña y,
con todo lo necesario para la comida, alumbrados por un farol y varias teas de
resina, se dirigieron camino del castillo.
El castillo de Trevejo era un edificio sólido, de
piedra sillar, de más de veinte varas de altura, colocado sobre un teso ó cerro
que dominaba una gran llanada.
Como castillo roquero no era muy grande; debía
haber estado destinado en su tiempo para una guarnición pequeña: tenía torres,
muralla, barbacana, una plaza de armas, escaleras, subterráneos y galerías.
En el siglo XVIII había comenzado á desmoronarse, y
en la guerra de la Independencia se consumó su ruina.
Escalaron los milicianos el cerro del castillo,
encontraron la vereda, que daba á una brecha; pasaron y cerraron el boquete con
grandes piedras. Se instalaron en la plaza de armas.
Aviraneta puso centinelas. Se trajo leña, se
hicieron dos hogueras y se comenzó á hervir el rancho.
Se comió con un apetito voraz, y después todo el
mundo quiso tenderse. El jefe de los nacionales de Hoyos y Aviraneta
sustituyeron á los centinelas, que se dormían y se quedaron en observación del
camino.
Hablando, se les pasó gran parte de la noche. El
cielo estaba muy estrellado, muy hermoso; la Vía Láctea resplandecía con sus
millones de nebulosas; Arturus, Altair y Aldebaran lanzaban sus guiños en el
espacio, y Sirio comenzó á brillar al amanecer. Un poco antes del alba se
oyeron voces en el cerro próximo al castillo.
—¡Alto! ¿Quién vive?—dijo Aviraneta.
—¡Aviraneta!—gritó una voz—. ¿Estás ahí?
—Sí, aquí estoy ¿quién es?
—Somos nosotros: Antonio Martín, Diamante y otros
que venimos huyendo de Moraleja.
—Acercáos, que os vea.
—¿Por dónde?
—Ahí encontraréis la vereda.
Aviraneta se convenció de que eran ellos y les dijo
por dónde tenían que subir al castillo. Eran seis hombres que gateando llegaron
á la plaza de armas.
—¿No os queda algo que comer?—preguntaron al
entrar.
Quedaba pan y cecina, que devoraron.
—¿Y qué ha pasado allá?—preguntó Aviraneta.
—Nada. Un estropicio—dijo Antonio Martín, el
hermano pequeño del Empecinado.
—Pero, ¿cómo no han visto los centinelas que venía
el enemigo?
—No lo sé. Yo pienso si habrá habido traición.
—No, no la ha habido—dijo un soldado—. Yo estaba
allá. El sol picaba mucho. Había mucho polvo cuando se acercó un gran rebaño de
ovejas—. Yo dije para mí: ¡Qué rebaño más grande! y cuando estaba pensando en
esto me encontré rodeado del enemigo.
—¿Se habrá perdido mucha gente?—preguntó Aviraneta.
—Mucha—contestó Martín—. Mi hermano Dá[312]maso ha muerto, el coronel Maricuela también. Hemos
perdido más de trescientos hombres. Algunos se habrán refugiado hacia
Extremadura baja y otros en la Sierra de Gata.
—¿Y el Lobo?
—El Lobo ha muerto.
—¿Y el señor Bustillo, el de Plasencia?
—También ha muerto. Lo vi en la calle atravesado á
bayonetazos.
—¡Pobre hombre! ¡Mala suerte ha tenido!
El soldado que había estado de centinela en
Moraleja contó que pasó dos horas enterrado en un pajar con el coronel Dámaso
Martín. Viéndose éste perdido había ofrecido todo lo que llevaba al patrón de
su casa, un tal Estévez, para que le ocultara entre la paja. El patrón aceptó y
tomó el dinero, y, cuando registraron la casa los realistas y se iban á
marchar, aquel canalla les dijo: "Ahí está. Ahí está el hermano del
Empecinado," y á bayonetazos lo mataron...
Lo mismo los que ya estaban en el castillo, que los
que habían venido, se fueron tendiendo en el suelo y quedaron dormidos.
El alba apuntaba y el cielo iba clareando de prisa.
Algunas nubecillas rojizas, mensajeras de la
mañana, aparecían sobre el cielo gris.
Desde allá arriba parecía encontrarse uno en un
globo; ligeras brumas vagaban por el fondo del valle. Aviraneta, asomado á un
lado y á otro, miraba á ver[313] si se acercaba el
enemigo. No venía nadie. Antes de salir el sol aparecieron otros cuatro
soldados fugitivos de Moraleja.
Estos habían pasado la tarde escondidos en una
choza, cerca de Hoyos, y dijeron que habían oído que las fuerzas de Merino
habían dejado las proximidades de la Sierra de Gata y se dirigían hacia Coria.
Efectivamente, el 16 de Junio entraba el Cura en esta ciudad.
A eso de las cuatro de la mañana uno de los
nacionales de Hoyos se levantó.
—¿Y usted no duerme?—le dijo á Aviraneta.
—¡Pse! Hay que vigilar.
El nacional era un pastor que se llamaba el Rito.
Era un hombre grueso, fuerte, con unos ojos azules brillantes, la cara ancha y
juanetuda, como de kalmuko, la barba rojiza, la manera de hablar violenta y por
sacudidas y la expresión alegre.
El Rito se puso á hablar. Era un
hombre primitivo, lleno de credulidad y de esperanza en todo. Mostró á
Aviraneta el paisaje, el campanario de Villamiel, el camino de San Martín de
Trevejo y los montes lejanos, con sus nombres.
Para cada sitio ó para cada monte tenía una
historia ó un cantar. El Rito no era muy inculto para pastor,
y estuvo explicando lo que sabía del castillo de Trevejo. En sus conocimientos
se mezclaba la fábula con la historia.
Dijo que uno de los escudos de la torre era de[314] los Borbones, y el otro, de la Orden de
Alcantara, que tenía como enseña un jaramago; habló vagamente de un gran
maestre déspota, y de sus luchas con el comendador de Santibáñez y el
corregidor de Gata.
Contó también el Rito una historia
clásica de un caballero cautivo, encerrado en el sótano del castillo, que había
escapado viendo que una serpiente entraba en un subterráneo y siguiéndola. Este
subterráneo se llamaba la Lapa de la Sierpe.
—Subterráneo que no existe—dijo Aviraneta
irónicamente.
—Sí, señor; existe.
—¿Usted lo ha visto?
—Sí, sí. Y si quiere usted se lo enseñaré.
—Vamos á verlo.
Cogió el Rito el farol y dijo:
—Sígame usted.
Se acercaron á la torre y comenzaron á bajar una
escalera de caracol, de piedra, con los escalones primeros derruídos. A poco de
descender la escalera era practicable y se podía bajar por ella con seguridad.
Bajaron cinco ó seis varas, hasta llegar á un sótano abovedado. De él partía un
pasillo y cerca se veía una poterna ferrada y llena de clavos. El Rito descorrió
un cerrojo enmohecido y apareció la boca de un subterráneo, que lanzó un hálito
de frío y de humedad.
—Aquí tiene usted la Lapa de la Sierpe—dijo
el Rito.—Si quiere usted entraremos.
—Entremos.
El suelo estaba bastante seco y se podía marchar
bien. Avanzaron un cuarto de hora.
—Ahora estaremos debajo del pueblo.
Unos minutos después salieron por entre dos piedras
al campo. El Rito apagó el farol. Escuchó por si se oía algo.
No se oía nada.
El Rito y Aviraneta anduvieron por
las proximidades del castillo, vieron la Cama del Moro, un abrevadero que á
Aviraneta le pareció un sepulcro ibérico tallado en roca.
Luego el Rito le contó la historia
de una partida que se había levantado en un monte próximo llamado Jálama, que
debía tener grandes encantos, porque el Rito decía:
Jálama, jalamea,
quien no te ve
no te desea.
Dieron la vuelta al castillo, y el Rito gritó
dirigiéndose á sus compañeros: ¡Masones! ¡Negros!
—¿Volvemos de nuevo por la Lapa de la
Sierpe?—preguntó el Rito, riendo.
—Sí; vamos por allá.
Entraron de nuevo en el largo subterráneo y
llegaron al castillo.
Algunos soldados se habían despertado y estaban
buscando á Aviraneta para decirle que habían oído gritos en el campo. Aviraneta
los tranquilizó dicien[316]do que había sido el Rito.
El sol comenzaba á brillar. Aviraneta miró á todas partes con su anteojo. No se
veía nada. Algunos soldados empezaban á despertarse y á vestirse; un murciano
cantaba:
Cartagena me da pena
y Murcia me da dolor.
¡Ay, Cartagena de mi vida,
Murcia de mi corazón!
Antonio Martín se despertó, y viendo á Aviraneta
todavía derecho le dijo:
—¿Tú no has dormido nada?
—No.
—Pues échate un rato al sol. Yo haré lo que sea
necesario.
—Bueno.
—¿Qué hay que hacer?
—Habrá que hacer un reconocimiento por el camino de
San Martín y por el de Hoyos. Si hay enemigos en gran cantidad nos encerraremos
aquí y pondremos una bandera para avisar á tu hermano; si no los hay saldremos
inmediatamente para San Martín.
—Está bien.
—Si pudierais comprar un poco de pan, vendría
admirablemente. Y para nosotros dos mira á ver si puedes traer un cacharro con
leche de cabras.
—Bueno, todo se hará.
Aviraneta se tendió al sol en un hueco entre dos
piedras, y se quedó dormido.
Soñó que echaba un discurso magnífico á una inmensa
multitud en un pueblo que tenía algo de París, de Madrid y de Vera Cruz.
Comparaba á la libertad con una mujer desnuda que va escalando un monte
pedregoso, en cuya cumbre había un castillo que no sabía si era la Justicia ó
el castillo de Trevejo. La libertad marchaba entre espinas y zarzas
desgarrándose los pies. Aviraneta se preguntaba en su discurso: ¿Por qué no
descansar en el valle? Pero no. En el valle estaba la maldad, la miseria—los
soldados de Merino—y en el monte el aire limpio y sano de la sierra de Jálama.
El recuerdo de este monte le apartó de su discurso y llevó su pensamiento á
unas escenas de caza. Estaba cobrando piezas á montones cuando oyó la voz de
Antonio Martín, que decía:
—Ya estamos aquí. Te traigo leche para el desayuno.
—¡Ah, muy bien! ¿Habéis hecho el reconocimiento?
—Sí; el enemigo ha desaparecido.
Eran las ocho de la mañana y el sol centelleaba en
la tierra. Los soldados y milicianos habían desayunado y limpiado sus uniformes
y sus armas.
Se formó al pie del castillo.
Antonio Martín dió la voz de ¡marchen! Como no
tenían música, al pasar por el pueblo, Aviraneta comenzó á cantar el himno de
Riego:
¡Soldados!: la patria
nos llama á la lid;
juremos, por ella,
vencer ó morir.
Los soldados y los milicianos cantaron á coro, y la
patrulla comenzó á desfilar al paso. Al cruzar por delante del pueblo daba más
la impresión de que iba victoriosa, que derrotada.
De Trevejo se avanzó á San Martín, y al día
siguiente, de aquí se dirigían á Ciudad Rodrigo.
El Empecinado, muy satisfecho de Aviraneta, en el
parte que dió el 20 de Junio le propuso para la cruz laureada de San Fernando,
y, en uso de las facultades que le había concedido el ministro, le nombró
capitán efectivo de caballería.
Era la segunda vez que nombraban capitán á don
Eugenio; pero ni la primera vez ni la segunda llegó á serlo de veras. Aviraneta
tenía poca suerte en la milicia.
Llegaron á Ciudad Rodrigo y se comenzaron á
organizar de nuevo las fuerzas de caballería, hasta reunir varios escuadrones.
Algunos militares liberales huídos de Valladolid
dijeron que en esta ciudad no había apenas guarnición, y que sería fácil
apoderarse de la plaza.
Con este objeto se preparó una columna de
caballería, y el mismo don Juan Martín, al mando de ella, se corrió hasta
Medina del Campo; pero al enterarse de que en Valladolid había varios
regimientos franceses y fuerzas de voluntarios realistas, desistió del
proyecto.
En Medina se encontraron con el coronel Boscan, del
regimiento de Farnesio, y algunos oficiales y soldados.
El coronel Boscan venía de Galicia y se incorporó á
la columna de don Juan Martín. Las noticias que trajo eran malas; el alto mando
del ejército se pa[320]saba al enemigo: Montijo,
O'Donnell, Morillo, Ballesteros... todos hacían traición. No quedaban más que
Mina, Riego y el Empecinado.
Se habló con Boscan de lo que se podía hacer. Para
éste lo mejor era ir hacia al Sur: seguir la misma marcha que en la guerra de
la Independencia, en lo cual estaba conforme con Aviraneta.
Al Empecinado le parecía bien; pero dijo que había
que tener en cuenta que existía un Gobierno todavía, y era necesario
obedecerle.
Se volvió á Ciudad Rodrigo, y unos días después,
aumentada la caballería con los soldados de Farnesio y con otros muchos que
desertaron de Galicia al saber la capitulación del conde de Cartagena, se
volvió á salir para Extremadura, se pasó de nuevo por San Martín de Trevejo,
Hoyos, Moraleja y Coria.
En Moraleja se buscó al Estévez, que había primero
ocultado y luego denunciado á Dámaso Martín, el hermano del Empecinado, y se
quiso quemar su casa, pero el general lo impidió.
De Coria se salió en dirección á Cáceres, donde se
entró con alguna dificultad. Se repusieron las autoridades, depuestas por el
populacho sublevado, y se impuso la paz con bastante rapidez.
En esta labor, Aviraneta se lució. Era el ministro
de la Gobernación, el alcalde y el jefe de policía, todo al mismo tiempo. No
habían tenido mayores atribuciones los tiranos de las repúblicas italianas ni
los Saint-Just y los Barras en las ciudades francesas[321] durante
la Revolución. Aviraneta satisfacía su ansia de poder. Estaba á sus anchas.
Reponía á una autoridad, prendía á otra, imponía la paz pública con sus
procedimientos, que tan pronto eran de benevolencia como del terrorismo más
puro.
Cáceres fué dominado, y quedó así hasta un día de
Octubre del año 23 en que se rebeló y hubo un encuentro con las tropas del
Empecinado, en el que se produjeron muchas víctimas.
La situación del pueblo mejoró con las medidas de
Aviraneta; pero la de la guarnición iba empeorando por días. Corrían noticias
del avance de los franceses y de su vanguardia de realistas españoles.
Bordesoulle y Bourmont se corrían por Andalucía, sin que nadie se les opusiera;
el conde de Molitor, con sus generales Lacroix y conde de Loverdo, marchaban
por donde les convenía, como en un paseo militar; únicamente Moncey encontraba
una resistencia seria y pertinaz en el ejército de Mina.
Los soldados desertaban en grupos, y el espíritu de
los pueblos era hostil á los constitucionales. La deserción había hecho que
sólo los entusiastas y fanáticos quedaran en las filas.
A final de Junio, el Empecinado al saber que
Castelldosrius era el jefe militar de Extremadura y que trabajaba en dominar el
país y en meter en cintura á Badajoz, le envió á Aviraneta para que éste
desarrollara los procedimientos que había utilizado en Cáceres.
Castelldosrius había salido con las tropas que
Zayas le había confiado poco después de evacuar Madrid, y había ido perseguido
por Vallin y Bourmont y por la vanguardia de Merino hasta Trujillo, donde
entregó el mando de su fuerza al general López Baños, marchando él á Badajoz,
de cuya comandancia militar tomó posesión en Junio.
Castelldosrius, al saber la situación de la ciudad,
pidió en seguida su exoneración. Reinaba en ella, como en casi todas las
capitales españolas, una perfecta anarquía. La deserción cundía con una rapidez
asombrosa; los realistas, alentados por el giro que tomaban los negocios
públicos, maltrataban y vejaban en la calle á los liberales.
Aviraneta, al llegar á Badajoz, se presentó á
Castelldosrius, como enviado por el Empecinado, para ver de ponerse de acuerdo.
Castelldosrius le contestó que estaba deseando
abandonar el cargo, y que pensaba que de un día á otro tendría que dejarlo. El
marqués explicó la situación anárquica en que se encontraba Badajoz.
—Estaba lo mismo Cáceres—replicó Aviraneta—, y lo
hemos dominado. A fuerza de paciencia. Yo he hecho de alcalde, de jefe de la
policía, y por ahora hay tranquilidad.
—¿De veras?
—Sí.
—¿Usted se encargaría aquí de hacer lo mismo?
—Sí; si usted lo autoriza.
—Bueno; pues haga usted lo que quiera. Véase usted
con mi ayudante González Estéfani, que le pondrá en antecedentes. Aunque sea,
fusile usted á todo el pueblo; me tiene sin cuidado.
Aviraneta se entrevistó con Antonio González
Estéfani, y entre los dos dispusieron lo que había que hacer.
Aviraneta se instaló en la Capitanía General y
llamó á las autoridades del pueblo. La mayoría no acudió.
Al día siguiente aparecía un bando terrible en las
esquinas, y veinte realistas, escoltados por bayonetas, iban á la cárcel. El
pueblo, como un caballo que siente la espuela, quiso sacudirse el jinete; pero
éste, en poco tiempo, lo supo dominar.
El 6 de Julio, Castelldosrius fué destituído y
marchó destinado como de cuartel á Barcelona.
El bando de Aviraneta sirvió luego de motivo para
que Castelldosrius fuera terriblemente perseguido en la época de la reacción de
Calomarde.
Aviraneta, sin ser conocido de nadie, ejerció
durante algunos días la dictadura. En compañía de Estéfani, González Llanos y
otros militares liberales recorrió la muralla, sus ocho baluartes, las tres
entradas de la ciudad y los dos torreones de la puerta de las Palmas, que dan
hacia el Guadiana.
Visitó también los fuertes exteriores que existían
entonces: el de San Cristóbal, en un cerro á orillas del río; el de Pardaleras,
el de la Picurina, el reve[324]llín de San Roque y la
Luneta, hecha por el mariscal Soult en 1811. Aviraneta trabajó para que se
guarnecieran estas fortificaciones y se pusieran en condiciones de defenderlas
del enemigo.
Toda esta labor era inútil; el pueblo, hostil, á la
mejor ocasión había de echar por tierra á sus dictadores.
XXII.
UN OFICIO DEL ESTADO MAYOR
Al dejar Badajoz el marqués de Castelldosrius
siguieron Aviraneta y sus amigos ejerciendo en la ciudad el mando supremo, sin
ningún título para ello.
Estaba nombrado por el Gobierno para la Comandancia
de Extremadura el general don Francisco Plasencia, que días antes, derrotado en
Despeñaperros, se había visto abandonado por sus tropas, que desertaron ante el
enemigo.
Plasencia tardó bastante en presentarse en Badajoz,
y quedó asombrado de que existiera todavía orden y disciplina en la ciudad
extremeña.
Plasencia rogó á Aviraneta y á los demás que
siguieran mandando.
La situación de España en Julio de 1823 era
malísima, y en Agosto se hizo desesperada.
Don Juan Martín envió una carta á Aviraneta,
diciéndole que hablara á todos los jefes y oficiales liberales decididos, para
ver si querían intentar un su[326]premo esfuerzo: el de
formar una columna de ocho á diez mil hombres, marchar sobre Madrid y atacarlo
á la desesperada.
Aviraneta habló á los oficiales de Badajoz, pero ya
no era posible reanimar en ellos el entusiasmo: todo el mundo veía la partida
perdida. El general Plasencia, desalentado desde que había visto en
Despeñaperros desertar á los soldados antes de entrar en fuego, creía que el
único ideal era obtener una capitulación decente y esperar mejores tiempos.
Aviraneta escribió á don Juan el resultado de sus
gestiones, y unos días más tarde recibió este oficio:
DIVISIÓN DE CASTILLA
ESTADO MAYOR
El Excmo. Sr. Comandante general, que ha salido
esta mañana para la Vera de Plasencia, me ha indicado que escriba á usted.
Se recibió su pliego en el que participaba el poco
éxito de nuestro plan de atacar Madrid, y al mismo tiempo el desfallecimiento
de las tropas constitucionales de esa zona. Nada de esto es extraño, y es
necesario un ánimo esforzado para no dejarse rendir por las noticias adversas
para nuestras armas que llegan constantemente.
El general desiste de su proyecto, y me encarga le
diga cese de practicar diligencias con este fin.
[327]Se ha celebrado ayer una junta de oficiales y jefes
de la división, y en ella se ha acordado enviar á usted á Cádiz á que se aviste
con el Gobierno, le exprese la situación de Extremadura y Castilla y pida
instrucciones acerca de la conducta que debe seguirse en lo sucesivo.
Se ha elegido á don Eugenio de Aviraneta ayudante
de campo y secretario del comandante general para esta comisión, por
considerársele de gran confianza y el más capacitado por su inteligencia para
el caso.
Es necesario, pues, salga usted inmediatamente para
evacuar tan importante comisión.
Puede usted atravesar Portugal, embarcarse en un
puerto de este país, franquear el bloqueo de la escuadra francesa y entrar en
Cádiz.
Hoy se escribe al Excmo. Sr. Marqués de
Castelldosrius para que auxilie á usted con cuantas noticias necesite del
vecino reino y para que le dé contraseñas y recomendaciones para los puertos de
Villa Real, Mértola y Tavira. Preséntese usted á Su Excelencia y pónganse de
acuerdo sobre este particular.
El general me encarga diga á usted que de ninguna
manera quiere que nadie sepa el objeto de su viaje más que el señor Marqués y
usted.
Con el sargento Sánchez, jefe de la escolta y
portador de este oficio, comunicará [328]usted al
general lo que acuerde con el señor Marqués.
Se están extendiendo todas las comunicaciones para
el Gobierno y las instrucciones que debe usted llevar, al mismo tiempo que las
recomendaciones para los sujetos con quienes tiene usted que verse.
Participe usted verbalmente al Sr. Marqués que esta
división se engruesa con las partidas sueltas procedentes del ejército de
Galicia, pero que carecemos de buen armamento.
En las comunicaciones al Gobierno va usted
altamente recomendado, y si llega á puerto de salvación con toda felicidad, no
necesita usted más para que el Gobierno premie á usted como es debido sus
muchos y distinguidos servicios en favor de la Libertad.
Dios guarde á usted muchos años. Cuartel general
del Casar de Cáceres, á 18 de Agosto de 1823.
Máximo Reynoso.
Postdata:
En este momento se reciben noticias de nuestros
confidentes de Portugal. Afirman que en Lisboa y en los Algarbes se ha
proclamado el absolutismo.
Esta nueva situación hace indudablemente difícil ó
imposible la marcha de usted, sobre todo con carácter militar y como
representante del excelentísimo comandante general. Consulte usted con el señor
Marqués y vea si pueden proporcionarle á usted papeles de comerciante, para que
disfrazado de tal y con pa[329]saporte pueda llegar á
Villa Real. En ese caso se embarcaría aquí y entraría en Gibraltar, si no
hubiese medio de meterse en Cádiz.
Hay quien supone que sería mejor que se pusiera
usted en relación con los contrabandistas de Ceclavin y atravesara Andalucía
con ellos. Estos contrabandistas conocen la ruta á palmos y marchan sin tocar
en ninguna población. Si se decidiera usted por esto último, avíselo, porque
hay en nuestra división individuos que conocen muy bien las partidas de
contrabandistas y éstos le pondrían en relación con ellas.—Vale.
Aviraneta, impaciente con una carta tan larga y tan
ceremoniosa, cogió un papel y escribió:
«Amigo Reynoso: Castelldosrius no está aquí. Para
salir por un lado ó por otro necesito dinero y no lo tengo».—Suyo,
Aviraneta.
Dos días después el mismo sargento Sánchez llegaba
á Badajoz y entregaba á Aviraneta una bolsa con veinte onzas, moneda suelta y
un sobre con documentos.
Aviraneta comenzó los preparativos para la marcha.
Compró cerca de la puerta de las Palmas una chaqueta y un pantalón ordinarios
de aldeano, una faja y un sombrero. Luego quitó á la chaqueta los botones y los
sustituyó por onzas de oro forradas de tela. En el chaleco puso monedas de
cinco duros, también recubiertas como si fueran botoncitos.
El dinero sobrante, menos unas pesetas para el
camino, hizo que se lo girasen á Mértola, en Portugal.
Luego escribió una carta dirigida á un supuesto
Domingo Ibargoyen, una carta en que el padre del tal Domingo le decía que se
escapara del servicio y abandonara á los liberales impíos y volviera á reunirse
con los absolutistas.
Hecho esto leyó todos los oficios que le había
enviado Máximo Reynoso desde el cuartel general, y los clasificó. Los dos en
donde figuraba su nombre los aprendió de memoria y los rompió.
—¡Qué falta de sentido el mandar á un hombre[332] con papeles así entre gente enemiga!—se dijo—;
¡oh manes de Cisneros, de Richelieu y de Talleyrand! Esta pobre gente no va á
saber nunca hacer bien las cosas.
Los documentos que no citaban su nombre, don
Eugenio los envolvió, los metió en un bote, que llenó de tierra, y lo envió á
Mértola, como si fuera una mercancía.
Pensaba que no llevando consigo ningún papel,
aunque le cogieran, sería imposible identificarlo. Si lo pescaban diría que no,
que no era miliciano; luego, si le registraban, le encontrarían la carta á
Domingo Ibargoyen, y ya bastaría esto para que le tuviesen por un pobre hombre
absolutista soldado de milicianos á la fuerza.
Estando en estos preparativos se le presentó
Diamante, y no tuvo más remedio que decirle que iba á ir con una comisión á
Cádiz.
Diamante se ofreció á acompañarle en el viaje. Al
advertirle Aviraneta la manera cómo pensaba hacerlo, Diamante torció el gesto.
—Es mejor que vaya usted de uniforme—dijo
Diamante—, le tendrán á usted más respeto.
—No, no. Es absurdo, hombre.
—Pues yo pienso ir de uniforme hasta Mértola, y
verá usted como llego.
—Haga usted lo que quiera; pero en ese caso, si me
encuentra usted en el camino, no diga usted que me conoce.
—No necesito de usted para nada—replicó Diamante,
con acritud.
—Bueno, bueno. Está bien.
Diamante todavía quiso hacer un esfuerzo para
convencer á Aviraneta que debía ir de modo que se le conociera que era un
oficial y no un patán cualquiera.
—¿Por qué?—preguntó Aviraneta.
—Porque á un oficial se le fusila; en cambio á un
patán, no: se le cuelga de una manera ignominiosa y vil.
—Cada cual tiene sus preocupaciones—dijo don
Eugenio—; morir de una manera ó de otra, es igual.
—Para usted será igual; para mí, no. Si le cogen á
usted le tomarán por un espía.
—O no. Yo me las arreglaré para que no me cojan. La
cuestión es que no le maten á uno.
—¡Bah! No me asusta la muerte—replicó Diamante—. Si
me prenden verá esa chusma miserable cómo muere el alférez Diamante. Pienso
decir cuatro cosas bien dichas.
Aviraneta no quiso chocar con la vanidad de su
compañero, y se citó con él en Mértola.
Si se encontraban allá, buscarían los dos el modo
de marchar á Cádiz.
Aviraneta, unas veces en coche, otras en carro,
pasó por Villaviciosa, llegó hasta Beja, y de aquí fué á Mértola. Hacía un
calor horrible. No apareció Diamante.
Recogió en casa de un comerciante liberal el bote
con sus documentos y lo volvió á reexpedir á Castro Marín.
Aviraneta se puso en camino hacia Castro Marín, á
caballo, mirando á derecha é izquierda, guareciéndose en los árboles y las
matas cuando veía á alguien. Los realistas debían tener espías á los lados del
camino, porque, á pesar de todas sus precauciones, Aviraneta cayó en manos de
una patrulla de realistas portugueses. Eran muchos para luchar con ellos, y
tuvo que entregarse.
Los realistas lo prendieron y lo tuvieron toda la
noche atado á un árbol, sufriendo una serie de chaparrones de agua tibia y
abundante. Por la mañana le hicieron marchar entre ellos. Eran aquellos
portugueses raquíticos, con un tipo agitanado, el pelo negro, la tez amarilla,
los ojos brillantes é inquietos, la expresión suspicaz y ladina. Hablaban todos
ellos con un aire entre amenazador y sonriente.
A media mañana, Aviraneta, rodeado de los
portugueses, rendido y febril, fué entregado á una partida de realistas
españoles que vigilaban la frontera. Esta partida llevaba un gran número de
presos; entre ellos se encontraba Diamante.
El jefe de estos realistas, un señorito andaluz,
bajito, rubio, que ceceaba exageradamente y sonreía al hablar con cierta
petulancia, mandó registrar al prisionero, y se encontró la carta, manoseada y
sucia, dirigida á Domingo Ibargoyen.
El aire de estupor febril que tenía Aviraneta hizo
creer al andaluz que el preso era un pobre infeliz, casi idiota.
—Es un vascongado—dijo el oficial á su gente—. Yo
le hablaré, ¿Tú ser realista ó negro?—le preguntó á Aviraneta.
Aviraneta contempló con asombro al oficial, y éste
repitió la pregunta.
Don Eugenio, viendo que le tomaban en broma, dijo
haciendo su papel:
—Yo, no entender.
—¿Cómo no entender?... ¡Granuja! Tú ser
miliciano...
—Sí, coger á uno... poner uniforme... y llevar
andando lejos, malos caminos... luego cansar... escapar campos.
El andaluz se echó á reir.
—¿Y á dónde marchar tú ahora?... ¿A dónde
marchar?...
—Yo querer ir á América...
—Realmente—murmuró el andaluz—á este desdichado es
una tontería prenderlo; pero en fin, le llevaremos á Sevilla con los demás y
allí ya verán lo que hacen con él.
Pasó la noche Aviraneta en la cárcel de Ayamonte.
No pudo dormir un momento. Estaba febril, la humedad de la noche anterior le
había producido un acceso de reumatismo, le dolía la cabeza, tenía una rodilla
hinchada y una misantropía terrible.
En medio de aquel estado de abatimiento el instinto
de conservación vigilaba.
Al día siguiente, por la mañana, Aviraneta advirtió
al jefe de los realistas que no podría marchar con la rodilla hinchada, y le
dijo que daría lo que tenía, una moneda de cinco duros si se le proporcionaba
un caballo. El oficial cogió la moneda y mandó traer un caballo viejo para
Aviraneta.
Durmieron los presos los días posteriores en las
cárceles de Gibraleón, Niebla, Palma, San Lúcar la Mayor, y al quinto día
entraron en Sevilla.
A las tres de la tarde, Aviraneta y Diamante, con
otros cuarenta ó cincuenta liberales, formando cuerda de presos, pasaban el
puente de Triana, rodeados de una multitud de hombres, mujeres y chicos que los
insultaban. Diamante iba con una serenidad olímpica, sonriendo, despreciando al
populacho.
Todos los vagos del barrio estaban en el puente. Se
oían gritos furiosos de ¡Mueran los negros! ¡Muera la nación! ¡Viva Fernando!
¡Vivan las caenas! ¡Viva el duque de Angulema!
Era el populacho amenazador, la demagogía negra
desbordada. Mujeres desarrapadas, con chiquillos en brazos, que chillaban sin
saber porqué; viejas, gitanos, frailes que pasaban dando á besar á la chusma la
cuerda de su hábito....
—¡Viva nuestra religión! ¡Viva Dios!—gritaban
algunos. Y otros decían, dirigiéndose á los liberales: ¡Al palo! ¡Al palo!
¡Canallas! ¡Mata frailes!
Unos cuantos chicos les tiraron pelotas de barro á
los prisioneros, y una vieja, acercándose á Aviraneta, le dijo:
—¡Qué mala estampa de judío tienes, ladrón!
¡Toma!—Y le escupió á la cara.
Aviraneta, con la cabeza baja y ceñudo, recibió la
injuria, al parecer, impasible.
Sentía el odio de todos reconcentrado en él. ¡Si
por un momento hubiese cambiado la situación! El en aquel instante, con diez
mil hombres y unas baterías de cañones en el puente, ¡qué sarracina! Mujeres,
viejas, chiquillos, ancianos, casas, iglesias... Todo lo hubiera barrido con la
metralla. Hubiera dejado chiquito á los Collot d'Herbois y á los Carrier.
Desarrollando esta idea de cómo sería su venganza,
pudo pasar entre la chusma y recibir los insultos y las pedradas con estiércol,
mondaduras de patata y tronchos de berza, sin protestar.
Pasaron el puente y el barrio de Triana, y entraron
en el casco de la ciudad. A cada paso se repetían los insultos y las pedreas.
Con la escolta, Aviraneta y los presos recorrieron
varias calles y fueron á parar al Salón de Cortes.
Al llegar aquí se abrió la puerta y entraron todos
en un ancho portal.
El Salón de Cortes, el punto donde se habían
celebrado las sesiones del Congreso en Sevilla en 1823, era la iglesia del
antiguo convento de jesuítas de San[338] Hermenegildo,
que estaba en la calle de las Palmas, que hoy se llama de Cortes.
Este edificio tuvo distinto empleo: primero fué
colegio de los jesuítas, luego, escuela, seminario y cuartel. Los franceses lo
desvalijaron; después la capilla se convirtió en salón de Cortes, y terminó
siendo, durante una corta temporada, teatro.
En aquel momento, el salón de sesiones estaba
destruído.
Unos días antes, los realistas sevillanos habían
entrado allí, habían asaltado el edificio y lo habían desmantelado.
Pasaron Aviraneta y sus compañeros del zaguán del
convento á un patio, y aquí uno de los jefes de los absolutistas comenzó la
distribución de los presos.
La gente distinguida iba al Salón de sesiones.
En él estaban detenidos el duque de Veragua y otros
muchos liberales aristócratas. A la gente del pueblo, milicianos y soldados, se
la dirigía á unas cuadras grandes.
Diamante fué enviado con la gente distinguida.
Aviraneta, en compañía de unos cuantos, marchó con
la morralla á un salón, que debía haber sido en otro tiempo biblioteca ó sala
capitular.
Un sargento, con una gorra de cuartel y un uniforme
lleno de manchas, les hizo formar militarmente y les dijo:
—Bueno, niños, cuidado. Antes habéis obedecido á la
Constitución; ahora vais á obedecer á ésta—y[339] les
mostró una estaca—. Conque ya lo sabéis. ¡Media vuelta á la derecha! ¡Dre!...
Al día siguiente, Aviraneta como sus compañeros,
tuvieron que dedicarse á bajos menesteres de barrer patios y cuartos.
Aviraneta en su calidad de Domingo Ibargoyen, no
tenía importancia, no ya para ser fusilado, ni aun para ser vigilado; pero no
dejaba de estar ojo avizor por si alguno le reconocía como carbonario, masón y
ayudante del Empecinado.
Entonces hubiera sido otra cosa.
Aviraneta fué destinado á barrer un corredor del
claustro y unas cuadras y á cumplir las órdenes del que hacía de alcaide de la
cárcel, un hombre á quien llamaban el señor Pepe el Tiznado.
El señor Pepe el Tiznado era un
viejo andaluz, serio, grave, profundo, un pozo de ciencia que hablaba por
apotegmas.
Algunos decían que había sido contrabandista y
ladrón, cosa muy posible; la verdad era que tenía muchos oficios, y ninguno
bueno, porque cambiaba de ellos más que de camisa.
El lugarteniente del señor Pepe el Tiznado,
que hacía de portero de la cárcel, era el Telaraña, un hombrecito
muy redicho y hablador.
El Telaraña tenía en la portería
muchos pájaros en jaulas. En sus horas de ocio se dedicaba á enseñarles á
cantar. En épocas normales el Telaraña era pajarero.
Aviraneta comenzó á ver de ganarse la confianza del
señor Pepe y del Telaraña.
Esperaba que alguno de ellos llegara á enviarle á
hacer cualquier recado fuera de la cárcel, en cuyo caso no hubiera vuelto.
A los pocos días de estar allá, Aviraneta que había
tomado un odio por Sevilla frenético, no tuvo más remedio que reconocer que
aquellos realistas andaluces, á pesar de su fanatismo y de su barbarie, eran
mucho menos brutos que los del Norte y se avenían á razones.
Aviraneta, de noche, iba á su rincón y se dedicaba
á cavilar y preparar planes de fuga. No encontraba ninguno bueno, porque le
faltaban datos; no conocía bien el edificio en donde estaba, ni sabía hacia qué
punto de Sevilla se hallaba enclavado.
Sin embargo, pensaba que, á fuerza de examinar
proyectos y estudiar sus dificultades, encontraría algo.—Mio caro studiate
la matematica, se decía á sí mismo, recordando la frase que repetía su
amigo Sanguinetti.
Aviraneta sondeó al Tiznado y
al Telaraña para saber qué harían con ellos si dejaban escapar
algún prisionero; y, al parecer, los dos estaban convencidos de que les
costaría un castigo grave, si no los fusilaban tomándolos por cómplices. Esto
hizo pensar á don Eugenio que el poco dinero que tenía no bastaba para comprar
á los carceleros.
Había que escaparse, sin contar con ellos para[341] nada; había que hacerlo á maña, como
decían los contrabandistas del Bidasoa que había conocido en la infancia cuando
no sobornaban á los guardias y tenían que andar á tiros.
Aviraneta se dedicó á cumplir las órdenes que le
daba el señor Pepe y su lugarteniente, con rapidez; se hizo amigo de los dos, y
ellos le dejaban andar de un lado á otro convencidos de que no les iba á jugar
una mala pasada. A los ocho días llegó á conseguir su confianza.
El señor Pepe el Tiznado le
trataba bien y le contaba las noticias que corrían por el pueblo. El señor Pepe
le dijo que en aquel momento estaban en capilla un oficial del regimiento de
Galicia llamado Peña, á quien le habían encontrado varias proclamas y
documentos de los de Cádiz, y un alférez del Empecinado, de apellido Diamante.
—Dicen—concluyó diciendo el señor Pepe—que el
Empecinado ha mandado á un hombre de su confianza por Portugal y que se ha
debido escapar.
—Y ese Diamante ¿qué tipo es?—preguntó el Telaraña.
—Es un gachó de cuidado—dijo el señor Pepe.
—¿Por qué?
—Porque no hay manera de confesarlo. Dice que todo
eso es pamplina, y no quiere ni arrodillarse, ni nada. Mañana yo voy á ver cómo
lo afusilan.
Efectivamente: al otro día el señor Pepe contó el
fusilamiento del alférez del Empecinado y la serenidad de éste, que había
llamado bellacos y cobardes á los realistas, y había concluído gritando: ¡Viva
la Libertad! ¡Viva Diamante!
Aviraneta oyó con curiosidad los detalles del final
de su amigo. Su deseo de escapar no le permitía el lujo de conmoverse. Siguió
pensando en sus planes de fuga; tenía el convencimiento de que pensando con
energía y de una manera metódica se encontraban soluciones para todo.
Al día siguiente del fusilamiento de su amigo vió
que había en el pasillo del claustro una puerta que daba á un sótano. La puerta
tenía un gran cerrojo y un ventanillo. De éste se veían algunos trastos viejos
amontonados.
—Con esto algo se puede hacer—pensó—. Estudiaremos
la matemática—se dijo.
Al día siguiente ya tenía su plan. Por la mañana,
al limpiar el corredor, pidió al Tiznado permiso para entrar
en el sótano y coger unas tablas. El Tiznado se lo dió, y
Aviraneta estuvo sacando fuera unos cuantos trastos viejos y observándolos como
si esperara sacar algo de ellos. Después volvió á meterlos[345] de
nuevo, cerró el ventanillo y con un poco de tocino lubrificó el cerrojo de la
puerta, hasta que comenzó á deslizarse bien.
Estaban Pepe el Tiznado y el Telaraña hablando
al anochecer en el cuarto del conserje, cuando Aviraneta se les presentó y les
dijo, mostrándoles una monedita de oro:
—Miren ustedes lo que he encontrado.
—¡Niño! ¿Dónde has encontrado esto?—exclamó el
señor Pepe el Tiznado, con severidad y con ansia—. ¡Si es oro!
—La fija... ¡ya lo creo!—exclamó el Telaraña.
—Pues lo he encontrado en ese sótano que he ido á
limpiar esta mañana.
—¿De verdad?
—Sí.
—¿Pero en dónde?
—En el suelo.
—¿En qué sitio?
—Yo se lo diré á ustedes. Pero si es oro me tienen
ustedes que dar á mí parte—dijo Aviraneta.
—Bueno, bueno; eso, ya veremos—replicó el señor
Pepe—. Primero vamos á ver dónde está.
—Yo les enseñaré el punto fijo.
Se encendió un farol, y el señor Pepe y el Telaraña,
llenos de ansiedad, cogieron, el uno una piqueta, y el otro una palanca.
Marcharon los tres por el corredor del claustro y abrieron la puerta del
sótano, y entraron. Pusieron el farol en el suelo,[346] y
Aviraneta, señalando un rincón, les dijo: Aquí, aquí mismo estaba.
El señor Pepe y Telaraña se
arrodillaron para mirar; Aviraneta, sin meter ruido, de un salto se acercó á la
puerta del sótano, salió fuera y la cerró con el cerrojo, dejando dentro á los
dos carceleros. Enseguida echó á correr, encendió una pajuela y luego una vela,
marchó al cuarto del conserje, cogió la llave, abrió las dos puertas que se
necesitaban franquear para salir á la calle, dejó el manojo de llaves en el
suelo y se largó.
Aviraneta no conocía bien Sevilla. Echó á andar
callejeando. Un sereno le detuvo, y le echó la luz del farolillo á la cara.
—¿A dónde va usted?—le dijo.
—Ando buscando posada.
—Ahí está la posada. A mano izquierda.
El sereno se alejó y cantó: Ave María Purísima. Las
diez y media y sereno. Y añadió á su cántico: ¡Viva Fernando! ¡Viva el duque de
Angulema!
Aviraneta encontró una posada de arrieros que había
cerca; entró en el zaguán, y acurrucado en un rincón esperó á que amaneciera.
La noche se le hizo eterna. Al amanecer salió de
Sevilla y compró á unos gitanos una mula.
Le costó cuarenta duros; entregó tres onzas y le
devolvieron mucha plata y cuartos.
Ya caballero, Aviraneta tomó el camino de Utrera é
hizo la larga jornada hasta Jimena, donde le de[348]tuvieron,
le quitaron la mula y todo lo que llevaba.
Le quedaba aún en la chaqueta una onza de oro y un
centén en el chaleco. Estaba sucio, lleno de polvo, con un aire de vagabundo de
camino, triste y enfermo. Se sentía desanimado. Se juraba á sí mismo no volver
á intervenir en política, no hacer caso de la palabrería de los liberales, que
al último hacían traición á sus principios, sin escrúpulos ni vergüenza.
De Jimena, Aviraneta fué á San Roque: comió y
durmió en una posada, pagó con un centén de oro y compró á un contrabandista un
puñal.
El contrabandista le dijo que para ir á Gibraltar
le convendría dirigirse á Algeciras, mejor que á La Línea, porque aquí había
mucha vigilancia.
Aviraneta siguió el consejo y se dirigió á
Algeciras.
A media tarde fué acercándose al pueblo, y esperó á
que se hiciera de noche. Estuvo contemplando durante algún tiempo el caserío
negruzco de la ciudad, alrededor de la iglesia, y cuando comenzaban á brillar
las estrellas, rodeando el pueblo, salió á la orilla del mar.
Se acercó al muelle, y á un hombre que estaba
atando un bote, le dijo:
—Oiga usted.
—¿Qué?
—¿Quiere usted llevarme á Gibraltar?
—No; vengo de allá ahora.
—Le pagaré bien.
—No.
—Le daré una onza.
—¿La tiene usted?
—Sí.
—A verla.
—Se la daré á usted á la mitad de la travesía.
—¿Será usted el general Riego?
—No; pero tengo que marchar á Gibraltar.
—Bueno, suba usted; pero deme primero la onza.
—No, no. Cuando estemos cerca de la plaza inglesa.
—Bueno.
El hombre desató su lancha, extendió una vela, y,
puesto al timón, enderezó la proa hacia Gibraltar.
A medida que avanzaban, Algeciras iba quedando
atrás, recostada en una sierra que se destacaba negra en el horizonte. Las
luces de Gibraltar brillaban enfrente.
—Me parece que estamos á mitad del trayecto—dijo el
hombre de la barca.
—Sí; eso quiere decir que exige usted la onza.
—Lo ha entendido usted muy bien.
Entregó la onza Aviraneta, y el hombre
inmediatamente se levantó é hizo arriar la vela.
—¿Qué hace usted?—le dijo Aviraneta.
—Nada, que vamos á volver.
—¡A volver!
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque queda usted preso. Yo soy uno de los
encargados de vigilar esta playa. Tú eres un conspirador que huye y te hago
prisionero.
—¡Bah! no podrás—exclamó Aviraneta, con voz sorda.
—¿No?
—No.
Y Aviraneta acercándose al hombre, en la
obscuridad, lo agarró del cuello y le puso el puñal en la garganta.
El policía pidió tregua en seguida. Aviraneta con
el puñal en una mano le registró los bolsillos y sacó de ellos una navaja y un
lío de cuerda. Con la cuerda ató los brazos y los pies del hombre y lo dejó
sentado en uno de los bancos del bote. Después izó de nuevo la vela.
La barca comenzó á marchar hacia Gibraltar. La
silueta negra del peñón se veía destacándose en el cielo estrellado. Los faros
y las luces del pueblo brillaban en el agua. Aviraneta dirigía en línea recta,
sin hacer caso de las olas que entraban en la lancha.
A pesar de que sus intenciones eran llegar
directamente, torció hacia la izquierda y fué á embarrancar en un arenal, cerca
de la Estacada.
—¿Estamos en tierra inglesa?—preguntó Aviraneta.
—Sí. ¿Ahora me desatará usted?
—Sí. Y usted me devolverá la onza de oro.
—Hombre, eso no es lo acordado.
—Tampoco estaba acordado que usted me hiciera
traición.
—Bueno, le devolveré la onza.
Soltó Aviraneta las manos del policía, recogió la
moneda y luego le soltó los pies.
—Ya se ha salvado usted—dijo el polizonte—. He sido
un tonto. Ahora dígame usted quién es.
—¡Soy el demonio!—exclamó Aviraneta con voz
cavernosa.
El polizonte debió quedar santiguándose, y
Aviraneta marchó hacia la estacada. Un soldado inglés le dió el alto y llamó al
teniente, que sabía español, y á quien explicó Aviraneta lo que le ocurría.
Aviraneta, acompañado por el soldado, fué por la
calzada del dique, entre la laguna y el mar, y pasó por la puerta de Tierra á
la ciudad...
Mientras había venido huyendo se había forjado la
idea de que estaba arrepentido y cansado de tanto ajetreo como se había dado á
sí mismo. Al poner el pie en puerto de salvación veía que no sólo no estaba
cansado de su papel, sino que estaba ansiando volverlo á tomar de nuevo.
Aquel pajarraco de Aviraneta vivía en su centro
como los albatros en los remolinos de la tempestad. Las convulsiones, los
peligros, la guerra, las cárceles, eran su elemento...
Al mismo tiempo que se burlaba de sus planes de
modificar su vida, volvía á rehabilitar sus ideas. Ya se habían borrado de su
imaginación todos los absur[352]dos, torpezas y
cobardías llevadas á cabo por los revolucionarios; la Libertad, como una diosa,
marchaba en su carro triunfante por encima de los monstruos y bestias inmundas
del absolutismo: la revolución era la salvación de España.
—Hay que implantarla cuanto antes—se dijo á sí
mismo, y convencido añadió, señalando con la mano la costa española, que se iba
ocultando entre las brumas de la noche:
—Nos veremos de nuevo.
Itzea—Septiembre, 1915
FIN DE LOS RECURSOS DE LA ASTUCIA
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Páginas. |
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5 |
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I. — |
31 |
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II. — |
41 |
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|
III. — |
53 |
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|
IV. — |
67 |
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|
V. — |
71 |
|
|
VI. — |
81 |
|
|
VII. — |
87 |
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VIII. — |
93 |
|
|
IX. — |
101 |
|
|
X. — |
107 |
|
|
XI. — |
107 |
|
|
XII. — |
117 |
|
|
XIII. — |
123 |
|
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XIV. — |
129 |
|
|
XV. — |
139 |
|
|
XVI. — |
143 |
|
|
XVII. — |
149 |
|
|
159 |
||
|
I. — |
163 |
|
|
II. — |
169 |
|
|
III. — |
175 |
|
|
IV. — |
181 |
|
|
V. — |
191 |
|
|
VI. — |
197 |
|
|
VII. — |
207 |
|
|
VIII. — |
217[354] |
|
|
IX. — |
227 |
|
|
X. — |
235 |
|
|
XI. — |
241 |
|
|
XII. — |
251 |
|
|
XIII. — |
261 |
|
|
XIV. — |
267 |
|
|
XV. — |
273 |
|
|
XVI. — |
281 |
|
|
XVII. — |
287 |
|
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XVIII. — |
295 |
|
|
XIX. — |
303 |
|
|
XX. — |
309 |
|
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XXI. — |
319 |
|
|
XXII. — |
325 |
|
|
XXIII. — |
331 |
|
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XXIV. — |
343 |
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|
XXV. — |
347 |
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End of the Project Gutenberg EBook of Memorias de
un Hombre de Acción: #5
Los Recursos de la Astucia, by Pío Baroja
*** END OF THIS PROJECT GUTENBERG EBOOK MEMORIAS DE
UN HOMBRE ***


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