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Libro N° 9038. ©  Carne Compartida. Anderson, Poul.

Libro N° 9038. © Carne Compartida. Anderson, Poul.

 


© Libro N° 9038. ©  Carne Compartida. Anderson, Poul. Emancipación. Septiembre 11 de 2021.

Título original: ©  Carne Compartida. Poul Anderson

 

Versión Original: © ©  Carne Compartida. Poul Anderson

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CARNE COMPARTIDA

Poul Anderson

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Carne Compartida

Poul Anderson

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


 

 

Moru comprendió la naturaleza de las armas. Finalmente los altos extranjeros habían demostrado a
sus guías lo que eran capaces de hacer con los objetos que llevaban en sus cinturones en un
estampido y una llamarada. Lo que no pudo saber es que las pequeñas cajas que a menudo llevaban
en sus manos, mientras hablaban en su lengua extraña, eran transmisores audiovisuales.
Probablemente creyó que eran fetiches.
Fue así que cuando mató a Donli Sairn lo hizo a la vista de la esposa de la víctima.
Esto fue una casualidad. Excepto en momentos predeterminados, a la mañana y a la tarde de los
días de veintiocho horas de ese planeta, el biólogo, al igual que sus compañeros, transmitía para su
computadora. Pero dado que hacía poco que se habían casado, y que eran tan inmensamente felices,
Evalyth solía recibir las transmisiones de su esposo siempre que le era posible escapar de sus propios
deberes.
Es necesario tener en cuenta, entonces, que la coincidencia que la hizo ser testigo de la escena no
fue demasiado manifiesta. Tenía poco trabajo. Era la técnica militar de la expedición, pues procedía
de una zona casi bárbara de Kraken, en que ambos sexos gozaban de similares oportunidades de
aprender las artes marciales adecuadas a los medios primitivos. Se hallaba dedicada a vigilar
estrechamente las construcciones de una aldea. Sin embargo, los habitantes de Lokon eran tan
sociables con los visitantes de los cielos como lo permitían los misterios que unos guardaban frente
a los otros. Todo su instinto y experiencia le señalaban a Evalyth que su reticencia no enmascaraba
otra cosa que asombro, no carente del deseo de entablar amistad. El capitán Jonafer estaba de
acuerdo. De tal modo, y viendo que su trabajo se estaba transformando en una sinecura, Evalyth
trataba de aprender lo suficiente acerca de las tareas de Donli para ser una ayudante eficiente cuando
él volviera de las tierras bajas.
Además, un análisis había confirmado que estaba embarazada. No pensaba decírselo, por lo
menos por el momento. Sería bueno esperar hasta que se hallaran juntos otra vez en el lecho, y no
transmitirlo a través de miles de kilómetros. Mientras tanto, la noción de haber comenzado una
nueva vida hacía que ella pensara constantemente en él.
La tarde del asesinato, su esposa entró al laboratorio silbando alegremente. Afuera brillaba la luz
del sol con increíble fuerza, coloreando la tierra de un tono bronceado y tiñendo las casas
prefabricadas, que se agrupaban alrededor de la nave espacial que había transportado a los hombres
y a los equipos desde la órbita donde se hallaba el New Dawn, derramándose sobre las naves
voladoras, los aparatos antigravitatorios allí estacionados, que llevaban a los hombres de un lado a
otro de la ancha isla que constituía toda la tierra habitable de este planeta, y sobre los mismos
hombres y mujeres. Más allá de los límites del campamento, las copas de los árboles, los edificios
construidos con barro y ladrillos, el murmullo de las voces y el ruido de las pisadas, así como las
vaharadas de humo negro, revelaban que entre esta zona y el lago Zelo se extendía una ciudad de
varios miles de habitantes.
El laboratorio ocupaba más de la mitad de la estructura en la que vivían los Sairn. Las
comodidades eran pocas, como correspondía a la situación en que las naves de un puñado de
culturas, que trataban de volver a la civilización, surcaban las ruinas del imperio. Para Evalyth era
suficiente pensar que éste era su hogar. Estaba acostumbrada a la austeridad. Una de las cosas que la
atrajo en Donli, cuando lo conoció en Kraken, era la alegría con que él, proveniente de Atheia, y por
lo tanto acostumbrado a retener o recapturar comodidades similares a las de la Vieja Tierra en sus
días de gloria, había aceptado la vida en su austero país.
La gravedad en este mundo era de 0,77; o sea menos de dos tercios de aquella en la cual se había
criado. Por lo tanto, se le hacía fácil caminar a través de los numerosos aparatos y especímenes. Era
una muchacha robusta y joven, de facciones un poco toscas para el gusto de los hombres que no
fueran de su pueblo. Tenía los cabellos rubios de su gente, en las piernas y en los brazos se veían los
mismos intrincados tatuajes, y la pistola de rayos que llevaba en la cintura la habían llevado a través
de muchas generaciones. Por lo demás, había abandonado los trajes que se usaban en Kraken para
sustituirlos por los simples uniformes de la expedición.
¡Qué fresca y agradablemente oscura estaba la casa! Suspiró con placer, se sentó y activó el
receptor. A medida que la imagen se formaba, tridimensional, oyó con dulce sobresalto la voz de
Donli que decía:
—... parece haberse originado en un trébol.
La imagen que observaba era la de plantas con verdes hojas trilobuladas, esparcidas entre el
pseudo-césped rojizo del planeta. Donli acercó la imagen para que la computadora registrara detalles
a fin de ser analizados posteriormente. Evalyth frunció el ceño tratando de recordar... ¡Ah, sí! El
trébol era una de las formas de vida que el hombre había traído consigo desde la Vieja Tierra, a una
innumerable cantidad de planetas, antes que sobreviniera la Larga Noche. Muy a menudo eran ya
virtualmente irreconocibles; durante miles de años la evolución las había ido adaptando a las
condiciones de cada lugar, o las mutaciones y las variaciones genéticas habían actuado sobre una
cantidad originariamente pequeña, en forma regida completamente por el azar. Nadie en Kraken
sabía que los pinos, las gaviotas y las rizobacterias eran inmigrantes alterados, hasta que llegó Donli
y las identificó. Sin embargo, ni él ni nadie de este lado de la galaxia había vuelto a la tierra madre.
Pero los depósitos de datos de Atheia estaban rebosantes de informaciones, igual que la querida
cabeza de Donli...
Ahora podía ver su mano, enorme en la pantalla, juntando especímenes. Hubiera deseado besarla.
«Paciencia, paciencia —le dijo la parte oficial de su yo a la parte de la novia—. Estamos aquí para
trabajar. Hemos descubierto una colonia perdida, la más desgraciada encontrada hasta ahora,
hundida en un verdadero primitivismo. Nuestro deber es aconsejar a la Junta acerca de si sería
adecuado enviar una misión civilizadora, o si los escasos recursos de los planetas aliados deberían
ser invertidos en otra parte, dejando a esta gente hundida en su miseria durante trescientos o
cuatrocientos años más. Para poder llegar a dar un informe honesto, para eso estoy en las bárbaras
tierras altas, mientras que él está en la jungla, entre salvajes. Por favor, termina pronto, querido.»
Oyó que Donli hablaba en el dialecto de las tierras bajas. Esta lengua se basaba en el lokonés, la
cual a su vez descendía remotamente del anglicano. Los lingüistas de la expedición desentrañaron
los secretos del lenguaje en unas pocas semanas de intensivo estudio. Entonces, todo el personal se
sometió a la programación cerebral de nuestro idioma. De todos modos, Evalyth admiraba la rapidez
con que Donli se desenvolvía, hablando con fluidez la versión de los montañeses, luego de unos
pocos días de conversación con ellos.
—¿No estamos ya llegando al lugar, Moru? Me dijiste que lo que buscábamos estaba cerca del
campamento.
—Casi estamos allá, Venido-del-cielo.
Un sentimiento de alarma comenzó a preocupar a Evalyth. ¿Donli había salido solo con uno de
los nativos, dejando atrás a sus compañeros? Rogar de Lokon les había advertido que tuvieran
mucho cuidado, puesto que podían ser traicionados por estos habitantes. Pero también recordaba que
ayer los guías habían rescatado a Haimie Fiell, cuando cayó al río de rápida corriente, aun con riesgo
para ellos...
La imagen oscilaba, puesto que Donli llevaba el transmisor en la mano. De tanto en tanto,
Evalyth, algo mareada por el movimiento, podía captar el aspecto general de la zona. Los árboles
englobaban un camino abierto por los cazadores, se veían los follajes color óxido, ramas y troncos
marrones, sombras que se movían más adelante y la ocasional y ronca llamada de algo que no se
distinguía. Evalyth podía prácticamente sentir el calor y la atmósfera pesada, oler las tufaradas
desagradables. Este mundo, que ya no tenía nombre, puesto que los habitantes se habían olvidado de
las estrellas, era poco favorable para la colonización. Con la ayuda de especies que habían traído, el
hombre sobrevivía en forma marginal. Los pioneros probablemente tendrían deseos de mejorar las
cosas. Pero luego comenzó la regresión, los hallazgos revelaban que la única ciudad había sido
destruida con misiles, y la mayoría de los habitantes muertos. Faltaban recursos para la
reconstrucción; el verdadero milagro fue que algo pudiera haber quedado del ser humano, que fuera
más que sus huesos.
—Mira aquí, Venido-del-cielo.
La escena, que giraba, se tornó más estable. El silencio llegó desde la selva hasta la cabina.
—No veo nada —dijo Donli luego de un rato.
—Sígueme. Te mostraré.
Donli colgó su transmisor de un árbol. La imagen mostró cómo él y Moru se movían cruzando
una pradera. El guía parecía tan pequeño al lado del viajero del espacio. Le llegaba escasamente al
hombro. Un hombre-niño, pensó ella, de cuerpo casi desnudo, cubierto de cicatrices, que cojeaba de
una pierna a causa de heridas padecidas, con cara abruptamente terminada en una mata negra de pelo
y barba. Este hombre, que no podía cazar, sino que tenía que mantener a su familia con lo que
pescaba, era aún más pobre que los otros nativos. Debió sentirse realmente feliz cuando las naves
aterrizaron cerca de su aldea y los extranjeros le ofrecieron fabulosos objetos a cambio que oficiara
de guía durante una semana o dos y les enseñara la zona. Donli había proyectado la imagen de la
choza de Moru para Evalyth, sus pobres posesiones, su mujer gastada por el intenso trabajo, sus
hijos que a la edad declarada de seis o siete años, que eran equivalentes a doce o trece, no eran más
que gnomos arrugados.
Rogar pareció declarar, ya que la lengua lokonesa no podía ser entendida a la perfección, que los
habitantes de las tierras bajas podrían ser menos pobres si no fuesen tan viciosos, siempre en guerra
unos contra otros. «Pero realmente —pensó Evalyth—, ¿qué amenaza podían ser?»
El equipo de Moru consistía en un taparrabos que sujetaba con una cuerda alrededor de sus
riñones, un lazo para preparar trampas, un cuchillo de obsidiana y una bolsa tan usada y engrasada
que podría contener líquidos. Los otros hombres de su grupo, capaces de perseguir y cazar animales
o de participar en el botín por haber luchado, se hallaban, evidentemente, en mejor posición. Sin
embargo, su aspecto no era muy diferente. Con tan poco lugar y población, los nativos debían
casarse entre ellos.
El hombrecillo se puso en cuclillas y apartó un arbusto con las manos.
—Aquí —dijo, y se puso nuevamente de pie.
Evalyth conocía bien la curiosidad que ardía en Donli. A pesar de esto se volvió, mirando
directamente al transmisor y dijo en el idioma de Atheia:
—Tal vez estés mirando, querida mía. Quisiera compartir esto contigo. Parece ser un nido de
pájaros.
Evalyth recordó vagamente que la existencia de pájaros constituiría un importante dato ecológico.
Pero lo que realmente importaba era lo que él acababa de decirle.
—¡Oh, sí, sí! —hubiera querido gritar, pero este grupo tenía solamente dos aparatos receptores
con él, y Donli no llevaba uno.
Lo vio agacharse sobre la larga y extrañamente coloreada vegetación. Lo vio también apartar, con
la dulzura que le conocía, las ramas del arbusto.
Y entonces vio como Moru saltaba a la espalda de Donli, sujetándolo con las piernas, tiraba de su
cabello hacia atrás, con el puñal en la otra mano.
La sangre brotó de la garganta de Donli. No pudo gritar, luego de recibir tal herida. Sólo emitió
un sonido gorgoteante y un graznido, mientras que Moru agrandaba la herida. Trató de alcanzar su
pistola, pero Moru le sujetó los brazos. Rodaron por el suelo. Donli perdía fuerzas y Moru no soltaba
su presa. Los arbustos temblaron y los escondieron, hasta que Moru se levantó, respirando
fatigosamente, chorreando sangre y Evalyth gritó frente al transmisor y frente al universo entero, y
continuó gritando y luchando con ellos cuando trataron de arrancarla de la escena de la pradera, con
Moru prosiguiendo su carnicería, hasta que algo la chocó con su frío y se deslizó hasta el fondo de su
universo que había perdido para siempre sus estrellas.
Haimie Fiell dijo, con los labios blancos por la tensión:
—No, por supuesto que no lo supimos hasta que ustedes nos avisaron. Donli y ese ser se hallaban
a varios kilómetros de nuestro campamento. ¿Por qué no nos permitió ir tras él inmediatamente?
—Debido a lo que vimos en la transmisión —le contestó el capitán Jonafer—. Sairn estaba
irremediablemente muerto. Ustedes hubieran podido caer en una emboscada, recibir flechas
disparadas a sus espaldas o algún otro tipo de agresión al tratar de avanzar por esos estrechos
senderos. Fue mejor que se quedaran donde estaban, cuidándose mutuamente, hasta que pudiéramos
mandarles un vehículo.
La mirada de Fiell abarcó al robusto capitán de cabellos grises, y al paisaje que se extendía fuera
de la casilla de comando, al resto de las construcciones y al despiadado sol del mediodía.
—Pero lo que ese monstruo estaba haciendo mientras tanto... —Abruptamente se calló.
Con similar rapidez, Jonafer le dijo:
—Los otros guías se escaparon, de acuerdo con sus informaciones, tan pronto como se dieron
cuenta que ustedes estaban enojados. Acabo de recibir un informe de Kallaman. Su grupo voló hasta
la aldea. Está desierta. Toda la tribu ha huido. Tienen miedo a que nos venguemos, evidentemente.
Si bien el moverse no es una pesada tarea cuando se pueden llevar todas las pertenencias en la
espalda y fabricar una nueva casa en un día.
Evalyth se inclinó hacia adelante:
—No evadan el problema. Díganme qué le hizo Moru a Donli que ustedes hubieran podido
impedir, de haber llegado a tiempo.
Fiell continuó mirando a través de ella.
—Nada, realmente —murmuró—. Nada que hubiese tenido importancia una vez que el asesinato
estuvo cometido.
—Quiero preguntarle qué tipo de honras fúnebres le quiere dispensar, teniente Sairn —dijo
Jonafer—. ¿Desea que enterremos aquí sus cenizas, que las diseminemos en el espacio, o que las
llevemos a casa?
Evalyth lo miró.
—Nunca autoricé su cremación, capitán —dijo lentamente.
—No, pero es necesario ser realista. Primero la mantuvimos bajo anestesia, luego bajo fuerte
sedación, mientras recuperamos el cuerpo. No disponemos de facilidades para realizar..., um...,
reparaciones cosméticas ni amplios espacios refrigerados, y con este calor...
Desde que había sido dada de alta en la enfermería, Evalyth se hallaba algo atontada. No podía
comprender del todo que Donli no estaba más con ella. Parecía que en cualquier momento se iba a
abrir la puerta y él iba a aparecer, con el sol iluminando sus hombros, y la llamaría, riéndose, para
consolarla de esa pesadilla sin sentido. Éste era el efecto de las psicodrogas, pensó, y maldijo la
benevolencia de los médicos.
Se sintió feliz cuando se dio cuenta que comenzaba a enojarse. Esto quería decir que el efecto de
las drogas estaba pasando.
—Capitán —dijo ella—, yo lo vi matar. He visto morir gente antes. A algunos en circunstancias
muy impresionantes. No ocultamos la verdad en Kraken. Me han robado el derecho de dar a mi
hombre el último adiós y de cerrar sus ojos. No me quitarán el de hacer justicia. Quiero saber
exactamente qué ha sucedido.
Jonafer golpeó el escritorio con sus puños.
—Me resulta verdaderamente difícil contarle.
—Pero deberá usted hacerlo, capitán.
—¡Bien! ¡Bien! —gritó Jonafer. Luego continuó, casi escupiendo las palabras como disparos—.
Vimos toda la escena por el transmisor. Desnudó a Donli, lo colgó de un árbol con la cabeza para
abajo y recogió toda su sangre en su bolsa. Le cortó los genitales y los arrojó dentro de la bolsa.
Luego abrió el cuerpo y cortó el corazón, los riñones, los pulmones, la tiroides, la próstata y el
páncreas, y lo fue arrojando todo en su bolsa. Luego corrió hacia los árboles. ¿Ahora comprende por
qué no le permitieron seguir viendo lo que estaba pasando?
—Los lokoneses nos advirtieron que tuviéramos cuidado con la gente que habitaba en la selva —
dijo Fiell con tono sombrío—. Debimos haberlos escuchado, pero nos parecieron unos pobres
enanos patéticos. Y me rescataron del río. Cuando Donli les preguntó acerca de la existencia de
pájaros, describiéndolos, como usted se dará cuenta, Moru dijo que él había visto algo así, pero que
eran poco numerosos y tímidos; si íbamos todos los asustaríamos; pero si solamente un hombre lo
acompañaba, él sería capaz de hallar un nido y tal vez entonces podría ver algún pájaro. La palabra
que él dijo fue casa, pero Donli pensó que podía estarse refiriendo a un nido. O por lo menos eso nos
dijo. Había estado hablando con Moru, pero manteniéndose apartados. Podíamos verlos pero no
oírlos. Tal vez eso nos debió haber alertado, y pudimos haberle preguntado al resto de los hombres
de la tribu. Pero no vimos razón para tal cosa. Quiero decir... Donli era tan fuerte, tanto más robusto,
e iba armado con una pistola de rayos. ¿Qué salvaje se atrevería a atacarlo? Además, habían sido
verdaderamente amistosos, hasta podríamos decir juguetones, una vez que perdieron su miedo
inicial. También mostraban un gran deseo de establecer relaciones más amistosas con nosotros y...
—su voz se hizo inaudible.
—¿Robó armas o herramientas? —preguntó Evalyth.
—No —contestó Jonafer—. Tengo todo lo que llevaba su esposo, que deseaba hacérselo llegar a
usted.
Fiell dijo:
—No creo que éste sea un acto de odio. Pienso que Moru debe haber actuado por alguna
superstición.
Jonafer asintió:
—No podemos juzgarlo de acuerdo con nuestros patrones.
—¿Por cuáles lo haremos, entonces? —dijo Evalyth. Supertranquilizante o no, se sorprendió de la
tranquilidad con que hablaba—. Yo vengo de Kraken, no olviden. No pienso quedarme de brazos
cruzados mientras el hijo de Donli crece sabiendo que su padre fue asesinado y que nadie trató de
hacer justicia.
—No puede vengarse sobre toda la tribu —dijo Jonafer.
—No pienso hacerlo, pero capitán, no desestime el hecho que el personal de esta expedición
proviene de diferentes planetas, y cada uno posee sociedades características. Los artículos de las
reglamentaciones especifican que las normas esenciales de cada miembro deberán ser respetadas.
Quiero que se me releve de mis deberes habituales hasta que haya podido arrestar al asesino de mi
marido y haya hecho justicia.
Jonafer bajó la cabeza.
—Tengo que otorgarle lo que usted me pide —dijo por lo bajo.
Evalyth se levantó:
—Gracias, caballeros —contestó—. Comenzaré mis investigaciones inmediatamente.
Mientras todavía era una máquina, antes que pasara el efecto de las drogas.
En las tierras altas, más secas y bajas, la agricultura había seguido siendo posible a pesar que las
colonias habían perdido su civilización. Algunos campos y quintas, cultivadas trabajosamente con
armas neolíticas, apoyaban una serie de villorrios y a la capital Lokon.
Las gentes tenían un parecido familiar con los habitantes de la selva. Pocos moradores habían
llegado a sobrevivir para dar la bienvenida a los antepasados de la humanidad de ese planeta. Pero
los habitantes de las tierras altas estaban mejor nutridos, eran más altos y de mejor porte. Usaban
túnicas y sandalias teñidas de colores alegres. Los más ricos añadían joyas de plata y oro. Los
cabellos se veían recortados y las caras afeitadas. La gente caminaba audazmente, sin el miedo
constante de los salvajes a perecer en una emboscada, y hablaban con alegría.
Indudablemente, todo esto era en lo que se refería a las personas libres. Tan pronto como los
antropólogos del New Dawn comenzaron a estudiar los detalles de la cultura, hallaron que Lokon
mantenía una gran cantidad de esclavos. Algunos cuidaban y servían en las casas. La mayoría,
delgados y desnudos, trabajaban en los campos, las canteras y las minas, bajo los latigazos de los
guardianes y la vigilancia de los soldados, cuyas lanzas y espadas estaban hechas de antiguo metal
imperial. Pero ninguno de los viajeros del espacio se asombró demasiado. Habían visto situaciones
más graves que esa. Había datos históricos sobre lugares de la antigüedad llamados Atenas, India,
América.
Evalyth caminó por las calles tortuosas y polvorientas, entre las paredes pintadas con colores
chillones de las casas, cúbicas y sin ventanas, construidas con adobe. Si bien ya nadie temía que los
extranjeros les fueran a hacer daño, ella era más alta que el más alto de los hombres, su cabello era
color metal y sus ojos azules. Llevaba en su cintura la fuerza del relámpago, y quién sabe qué otros
poderes similares a los de los dioses.
Era así que los soldados y los nobles también doblaban la rodilla a su paso, mientras que los
esclavos se agachaban hasta tocar el suelo. Cuando apareció, ya no se sintió más el parloteo alegre
de la vida diaria, los negocios de la plaza hicieron un alto en sus transacciones, los niños dejaron de
jugar y huyeron, mientras ella se movía en silencio, un silencio similar al que sentía en su alma. Bajo
el sol y el cono de hielo del monte Burus se cernía el horror. Porque ahora la gente de Lokon sabía
que uno de los hombres de las estrellas había sido asesinado por un bruto de las tierras bajas y, ¿qué
llegaría a pasar?
Las noticias deben haber llegado hasta Rogar, puesto que la esperaba en su casa cerca del lago
Zelo, cercano al Lugar Sagrado. No era rey, ni presidente de consejo, ni sumo sacerdote, pero tenía
algo de cada uno de esos cargos, y fue él quien trató más con los extranjeros.
Su casa era similar a las otras, algo más grande pero igualmente estrechada por las paredes
adyacentes. Éstas incluían un edificio grande, con varias divisiones, al cual los extranjeros no fueron
admitidos. En sus puertas se hallaban guardias, con túnicas escarlatas y cascos de madera
grotescamente trabajados. Hoy había el doble de vigilancia, y otros se hallaban flanqueando las
puertas de Rogar. El lago brillaba como el acero pulido a sus espaldas. Los árboles a lo largo de la
costa se veían igualmente rígidos.
El mayordomo de Rogar, un esclavo gordo y ya entrado en años, se postró en la entrada cuando
vio aparecer a Evalyth y le dijo:
—Si la venida-del-cielo se digna seguir a este servidor, la conduciré hasta donde aguarda Klev
Rogar. Los guardias bajaron las lanzas, saludando a su paso. Sus ojos demostraban el miedo que
sentían.
Como las otras casas, ésta llevaba hacia adentro. Rogar se hallaba sentado en un cuarto que se
abría sobre su patio. Parecía doblemente fresco y sombreado, en contraste con el brillo del sol en el
exterior. Evalyth casi no podía distinguir los frescos de las paredes, ni los dibujos de la alfombra. De
todos modos, los creyó toscos. Su atención se centró en Rogar. Éste no se levantó, pues allí tal cosa
no era signo de respeto. Inclinó en cambio la cabeza de cabellos grises, sobre sus manos cruzadas. El
mayordomo le acercó un asiento, y la más importante de las mujeres de Rogar le acercó una
bombilla de té de hierbas antes de abandonar el cuarto.
—Te saludo, Klev —dijo Evalyth, con formalidad.
—Te saludo, Venida-del-cielo. —Ahora estaban solos, debajo del cruel sol, y mantuvieron un
momento ritual de silencio.
Luego, Rogar dijo:
—Es terrible lo que ha sucedido. Tal vez tú no lo hayas notado, pero llevo una túnica blanca y
mis pies descalzos, en señal de duelo, como haría si hubiera muerto alguien de mi propia sangre.
—Eso está bien —le contestó Evalyth—. No lo olvidaremos.
El hombre dijo, ya sin dignidad:
—Te das cuenta que no hemos tenido nada que ver con este crimen, ¿verdad? Esos salvajes son
también nuestros enemigos y tenemos que luchar contra ellos como si fueran una plaga. Nuestros
antepasados capturaron algunos y los guardamos como esclavos. Pero no sirven para nada más. Yo
advertí a tus compañeros que tuvieran cuidado con ellos.
—Eso trataron de hacer —dijo Evalyth—. Pero ahora mi deseo es vengar a mi hombre. —No
sabía si el lokonés tenía una palabra para designar la justicia. No importaba. Gracias a las drogas,
que aumentaban las facultades de pensar lógicamente, hablaba lokonés con bastante fluidez.
—Podemos mandar soldados para ayudarles a matar unos cuantos de ellos —ofreció Rogar.
—No es necesario. Con esta arma puedo, yo sola, destruir a más hombres que todo un ejército de
los tuyos. ¿Cómo puedo hacer para hallar a quien mató a mi hombre?
Rogar frunció el ceño:
—Los salvajes saben la forma de huir a selvas donde no podremos hallarlos, Venida-del-cielo.
—¿Y podrán también ocultarse de otros salvajes?
—¡Ah! Bien pensado. Estas tribus están siempre matándose entre ellos. Si podemos tomar
contacto con una, tal vez sus cazadores puedan averiguar dónde se ha ocultado el asesino. —Ahora
volvió a fruncir el ceño—. Pero temo que se hayan ocultado hasta que vean que ustedes se han ido.
Tal vez sea imposible encontrar a un solo hombre. Los salvajes se ocultan por necesidad.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, piensa en un hombre que está cazando —contestó Rogar, sorprendido que Evalyth no
lo entendiera—. No puede ir con compañeros, pues la presa puede sentir su olor y escaparse, así que
a menudo está solo en la selva. Otro de otra tribu puede caer sobre él. Un hombre que se ha matado
luego de acecharlo es tan útil como uno que se ha muerto en la batalla.
—Pero, ¿por qué esta incesante matanza?
La mirada de Rogar creció en asombro.
—¿Y en qué otra forma van a conseguir carne humana?
—Pero, ¿no se alimentan de eso?
—No, indudablemente no, a menos que sea necesario. Pero esta necesidad se presenta varias
veces en la vida. Sus guerras son la forma más habitual de capturar hombres; el botín es importante,
también, pero no lo más importante. El que mata a un hombre se queda con su cuerpo, y lo divide,
naturalmente, entre sus familiares más cercanos. Sin embargo, no todos tienen suerte en la batalla.
Por tal razón, los que no han podido matar a nadie en la guerra, salen a cazar juntos, dos o tres
hombres uniéndose para tratar de hallar a un miembro de otra tribu. Por esto quería decirte que los
habitantes de las tierras bajas son muy hábiles para esconderse.
Evalyth no se movió ni habló.
—Venida-del-cielo —dijo Rogar, continuando su explicación mientras inspiraba
profundamente—, cuando supe de las malas noticias me puse en contacto con gente de tu compañía.
Ellos me dijeron lo que habían visto desde lejos gracias a los milagrosos medios que poseen. De tal
forma veo claro lo que ha sucedido. Este hombre..., ¿cómo se llama? Sí, Moru, es un lisiado. No
tenía otra esperanza de matar a un hombre como no fuera a traición, acechándolo. Cuando vio la
oportunidad, lo hizo.
Sonrió débilmente.
—Esto no hubiera sucedido en las tierras altas —declaró—. No peleamos, salvo en caso que nos
ataquen, ni cazamos a nuestros semejantes como si fueran animales. Como la vuestra, la nuestra es
una raza civilizada —sus labios se abrieron, descubriendo sus blancos dientes—. Pero, Venida-delcielo,
tu hombre fue muerto. Te propongo que te vengues no solamente de su asesino, sino también
de toda su tribu. Nosotros la hallaremos y te lo comunicaremos. Eso les enseñará a todos los salvajes
a no traicionar a sus superiores. Luego, compartiremos la carne, mitad para tu gente y mitad para la
nuestra.
Evalyth sólo supo demostrar un asombro intelectual. Sin embargo, sentía como si se hubiese
desbarrancado por un abismo. Se quedó mirando las sombras, luego la cara seria de su interlocutor, y
después de un largo rato se oyó musitar:
—¿Ustedes... también... comen... carne humana?
—Sí, la de los esclavos —dijo Rogar—, no más de lo indispensable. Uno de ellos alcanza para
cuatro niños.
Llevó la mano a la pistola. Rogar se puso de pie alarmado.
—¡Venida-del-cielo! —exclamó—. ¡Ya te he dicho que somos civilizados, y que no debes temer
un ataque nuestro! Nosotros...
Ella también se alzó, muy por encima de él. ¿Leería el hombre su pensamiento en su cara? ¿Era el
terror que sentía, miedo por su propia gente? El hombre se echó atrás, acobardado y sudando.
—Venida-del-cielo, tú no tienes nada que reprocharnos. No, déjame que te muestre, déjame que
te lleve al Lugar Sagrado, aunque no seas una iniciada..., seguramente tú eres bienvenida por los
dioses, los dioses no se ofenderán por lo que hago. Déjame que te muestre lo que sucede, quiero
probarte que no hay razón ni necesidad para que seamos enemigos...
Entonces las escenas se sucedieron: las puertas que Rogar abrió para que Evalyth pasara, las caras
escandalizadas de los guardias y las promesas de sacrificios para aplacar a los Poderes. El pavimento
de piedra, caluroso y de hueca resonancia. Los ídolos que sonreían malignos alrededor de un templo
central. La casa de los acólitos que realizaban el trabajo y que se encogieron de miedo cuando vieron
que el maestro traía consigo a la extranjera. Las barracas de los esclavos.
—Ves, Venida-del-cielo, son bien tratados. ¿No es verdad? Es cierto que se nos hace necesario
aplastarles las manos y los pies cuando son elegidos para este destino. Piensa lo peligroso que sería
tener cientos de hombres y de jóvenes aquí. Pero los tratamos correctamente si se comportan bien.
¿Ves qué gordos están? Su propia Comida Sagrada es especialmente honorable, pues son cuerpos de
hombres de todos los grados, que han muerto en la plenitud de sus fuerzas. La mayoría están
contentos con su suerte, Venida-del-cielo. Pregúntaselos, y luego recuerda que su mente es pobre,
pues haraganean año tras año. Los matamos rápida y humanitariamente, al principio de cada verano,
nunca más de los necesarios para la cantidad de muchachos que entran en la pubertad, y a razón de
un hombre cada cuatro muchachos, no más. Y el rito es muy hermoso, con días de festejos y
alegrías. ¿Comprendes, Venida-del-cielo? No somos salvajes, que guerreamos o caemos sobre otros
para conseguir la carne que necesitamos. Somos civilizados, no igual que ustedes, que son como
dioses, pero civilizados (no te enojes, no digo que seamos iguales). Pero, ciertamente, somos
merecedores de vuestra amistad. ¿No lo crees? ¿No lo crees, Venida-del-cielo?
Chena Darnard, que encabezaba el equipo antropológico cultural, le dio a la computadora los
datos necesarios para buscar entre los registrados. Tal como las otras, esa computadora era portátil, y
el centro se hallaba en el New Dawn. En ese momento la nave espacial se hallaba sobre el hemisferio
opuesto, y pasó bastante tiempo antes que la información llegara y retornara, a lo largo de las
unidades intermedias.
Chena se echó hacia atrás y miró a Evalyth que estaba sentada enfrente de su escritorio.
La muchacha de Kraken se hallaba muy tranquila. Parecía poco natural, a pesar que las drogas
que todavía se hallaban circulando en su sangre mantenían cierto poder. Indudablemente, Evalyth era
considerada aristocrática en una sociedad de guerreros. Además, en los diferentes mundos pueden
existir disímiles rasgos tanto psicológicos como fisiológicos. No se sabía mucho sobre estos
problemas, aparte de los casos extremos de Gwydion o este planeta. A pesar de todo, Chena pensó
que sería mejor si Evalyth pudiera demostrar su pena o si diera muestras del golpe que fue para ella
la pérdida sufrida.
—¿Estás segura de los datos que me has dado, querida? Quiero decir, si bien ésta es la única isla
que es habitable, es grande, su topografía ofrece dificultades, las comunicaciones son primitivas y la
gente de mi grupo ha identificado varios tipos de cultura.
—Interrogué a Rogar durante más de una hora —respondió Evalyth con la misma voz
inexpresiva, con una mirada también inexpresiva en sus ojos—. Sé de técnicas de interrogación, y
estaba muy aturdido. Habló.
—Los lokoneses no son tan atrasados como su tecnología podría sugerir. Vivieron durante siglos
entre salvajes que amenazaban sus fronteras. Esto los ha obligado a desarrollar una buena
inteligencia. Rogar me describió en detalle su funcionamiento. Se hallan bien informados de todo lo
que sucede. Además, si bien las costumbres tribales varían de uno a otro pueblo, el canibalismo es
universal. Por tal razón, ninguno de los lokoneses creyó necesario mencionárnoslo. Dieron por
establecido que nosotros teníamos nuestros propios medios de proveernos de carne humana.
—¿Los métodos de conseguirla son entonces..., mmm..., diferentes?
—¡Oh, sí! Aquí crían esclavos para ese propósito, pero en las tierras bajas la economía es
demasiado precaria como para que puedan hacer lo mismo. Algunos de ellos recurren entonces a la
guerra y al asesinato. Otros lo resuelven dentro de la misma tribu, por combates anuales. O bien...,
¿qué más da? El hecho es que en todas partes, no importa cuál sea la forma, los muchachos pasan
por un rito de pubertad que involucra comer la carne de un hombre adulto.
Chena se mordió el labio.
—¿Por qué causas habrán comenzado esta costumbre? ¡Computadora! ¿Tienes los datos?
—Sí —dijo la voz de la máquina, surgiendo del aparato que había sobre su escritorio—. Los
datos sobre el canibalismo en el ser humano son comparativamente escasos, puesto que es muy raro.
En todos los planetas conocidos por nosotros se lo ha prohibido en todas las etapas de la historia, si
bien se llegaba a disculpar cuando no había otros medios de mantener con vida a alguien. Existen
muy limitados antecedentes de una forma de canibalismo ceremonial, como por ejemplo, beber
pequeñas cantidades de sangre durante el ritual de la hermandad entre los falkens de Lochlanna...
—No importa eso —dijo Chena. Sentía la garganta tensa, y su tono se hizo duro—. Parece que
solamente aquí se ha degenerado de tal forma. ¿Es degeneración? ¿Regresión, tal vez? ¿Qué tienes
registrado de la Vieja Tierra?
—La información es fragmentaria. Aparte de lo que se perdió durante la Noche Larga, los datos
son pocos porque las últimas sociedades primitivas de allí desaparecieron antes que comenzaran los
viajes interestelares. Pero existen algunas informaciones que han sido recogidas por antiguos
historiadores y científicos.
«El canibalismo era una parte ocasional de los sacrificios humanos. Como regla, la
víctima era abandonada sin comer. Pero en algunas religiones, seguidas por una minoría,
los cuerpos o determinadas partes de ellos eran consumidos por la comunidad en general
o por una clase especial. Generalmente esto se consideraba una teofagia. De tal forma,
los aztecas de México ofrecían miles de víctimas anualmente a sus dioses. Los
requerimientos de tales sacrificios los llevaba a provocar guerras y rebeliones, lo que en
último término los puso a merced de los conquistadores europeos, gracias a las alianzas
con otras tribus. La mayoría de los prisioneros eran simplemente asesinados, y su
corazón se entregaba directamente a los ídolos. Pero en por lo menos uno de los cultos,
el cuerpo se dividía entre los adoradores.
»El canibalismo también podía ser una forma de ritual mágico. Comiéndose a alguien se
suponía que se adquirían las virtudes de esa persona. Éste era el principal motivo de los
caníbales de África y Polinesia. Observadores contemporáneos informaron que las
comidas eran especialmente apreciadas, pero esto es fácil de comprender, sobre todo en
zonas donde había escasez de proteínas.
»El único caso registrado de canibalismo no ceremonial sistemático se halló entre los
indios caribes de América. Comían carne humana porque era su plato preferido.
Gustaban especialmente de los niños, y solían capturar mujeres a fin de obligarlas a
tener niños para tal fin. Los hijos varones de estas esclavas eran generalmente castrados
a fin que fueran dóciles y tiernos. Sobre todo debido a la aversión que tales prácticas
despertaron en los europeos, los caribes fueron totalmente exterminados.»
El informe llegó a su fin. Chena dijo:
—Puedo comprender bien el sentimiento de los europeos.
Evalyth podría, en otro momento, haber alzado sus cejas con asombro, pero su cara mantuvo una
expresión neutra y fija cuando habló.
—¿No deberías opinar como un científico, objetivamente?
—Sí, sin duda. Pero todavía existen juicios de valores. Y además, mataron a Donli.
—No todos. Solamente uno de ellos. Y pienso encontrarlo.
—No olvides que es sólo una criatura de esta cultura, querida, enferma como todos ellos.
Chena aspiró, tratando de recobrar la calma.
—Es obvio que la enfermedad se ha tornado una forma cultural —dijo—. Creo que tal vez se
haya originado en Lokon. La irradiación cultural se hace, prácticamente siempre, de la gente más
avanzada a la menos avanzada. Y en esta única isla, luego de los siglos, nadie escapó a la infección.
Los lokoneses luego elaboraron y racionalizaron la práctica. Los salvajes la conservaron en toda su
crueldad. Pero tanto para un habitante de las tierras altas como de las bajas, esas prácticas han sido la
base de toda una forma de vida.
—¿Puede llegar a enseñárseles otra cosa? —preguntó Evalyth sin verdadero interés.
—Sí. A su debido tiempo, y teóricamente hablando, por supuesto. Bien, sin embargo conozco lo
sucedido en la Vieja Tierra y en otras partes, cuando las sociedades avanzadas tomaron a su cargo la
reforma de las primitivas. Toda la estructura fue destruida. No quedaba otra posibilidad. Piensa en el
resultado si tratáramos de hacerle entender a esta gente que desistan del rito de la pubertad. No nos
escucharían. Es más, no podrían. Deben llegar a abuelos. Saben que un niño no va a alcanzar la
virilidad a menos que haya comido parte de un hombre. Tendríamos que conquistarlos, matar a una
gran cantidad y convertir a los otros en desesperados prisioneros. Y cuando la próxima generación
de muchachitos pudiera llegar a la madurez sin la comida mágica..., ¿qué pasaría? ¿Puedes
imaginarte la desmoralización, la sensación de completa inferioridad, la pérdida de la tradición, que
es el núcleo de la identidad personal? Tal vez sería más piadoso si bombardeáramos esta isla hasta
dejarla estéril.
Chena movió la cabeza.
—No —dijo con rudeza—, la única manera decente de proceder sería actuar gradualmente.
Podríamos mandar misioneros. Con su ejemplo y por sus preceptos haríamos que los naturales
comenzaran a analizar el problema luego de dos o tres generaciones. Y la verdad es que es un
esfuerzo que no podremos permitirnos. No durante mucho tiempo. No con tantos otros mundos en la
galaxia que merecen más atención de la que podemos darles. Pienso recomendar que este planeta sea
dejado a su propia evolución.
Evalyth la miró un momento antes de hablar.
—Esto, ¿no es parte debido a tu propia reacción?
—Sí —admitió Chena—. No puedo ocultar mi sensación de desagrado. Y eso que, tal como tú lo
dijiste, soy, supuestamente, dueña de una objetividad científica. Por lo tanto, pienso que aunque la
Junta quisiera reclutar voluntarios para llenar las plazas de misioneros, no tendría éxito. —Titubeó
antes de hablar—. Tú misma, Evalyth...
La muchacha de Kraken se puso de pie.
—Mis emociones no interesan —dijo—. Pero mi deber sí. Te agradezco tu ayuda. —Se dio vuelta
y salió con arrogante paso militar.
Las barreras químicas que la mantenían sedada se comenzaban a derrumbar. Evalyth se detuvo
por un momento frente al pequeño edificio que había sido de ella y de Donli, temiendo entrar. El sol
ya estaba bajo, así que las construcciones se llenaban de sombras. Un animal de alas correosas
atravesó el cielo en silencio. Desde afuera de la empalizada se oía el ruido de pies y de voces
extrañas, el gemido de una flauta de madera. El aire se tornaba frío. Evalyth tembló: su hogar le
parecía demasiado vacío.
Alguien se acercaba. Reconoció en seguida a Alsabeta Mondain, de Nueva América. Evalyth
pensó que si escuchaba sus condolencias, bien intencionadas pero tontas, se sentiría peor que si
entraba. Así lo hizo, entonces, cerrando la puerta tras ella.
Donli ya no volverá aquí. Nunca más.
Pero la cabina no estaba privada de su presencia. Al contrario, más bien se diría que Donli estaba
presente en todas partes. La silla en que solía sentarse leyendo el volumen de poesías que ella no
podía comprender, y por lo que siempre le hacía bromas, la mesa, a través de la cual se habían
enviado besos, y en la que Donli había brindado por ella, el ropero donde estaban colgados sus
trajes, el usado par de chinelas, la cama, todo ello gritaba su presencia. Evalyth se dirigió
rápidamente a la sección de laboratorio de la pequeña casa y corrió las cortinas que separaban los
ambientes. Los anillos hicieron ruido al correr sobre la varilla, y el estruendo pareció llenar el
crepúsculo.
Cerró los ojos y los puños y se quedó parada, respirando con anhelo.
«No pienso volverme débil —se dijo—. Tú siempre me aseguraste que me querías por mi fuerza,
aparte de por otras deseables virtudes, agregabas con tu lenta sonrisa, pero recuerdo bien todo eso
y no pienso perder nada de lo que tú amaste.»
—Tengo que apurarme —le dijo al hijo de Donli—. El comando de la expedición actuará de
acuerdo a los consejos de Chena, y pronto recomendará que se regrese a casa. No tengo muchos días
para vengar a tu padre.
Sus ojos se abrieron por la sorpresa. «¿Qué hago? —pensó—, estoy hablando con un muerto y
con un embrión.»
Prendió la luz de fluoro y se dirigió hacia la computadora. No era diferente a las otras. Donli la
había usado, y Evalyth no podía apartar su vista de las raspaduras y pequeñas abolladuras que
presentaba, como no podía escapar de su microscopio, los quimioanalizadores, rastreadores de
cromosomas y especímenes biológicos... Se sentó. Tal vez un trago le hubiese venido muy bien, pero
quería pensar con claridad.
—¡Activación! —ordenó.
Se prendió la luz de encendido. Mientras se acariciaba la barbilla tratando de hallar las palabras
adecuadas, Evalyth pensaba. Finalmente dijo:
—El objetivo es hallar a un nativo de las tierras bajas que consumió varios kilos de carne y sangre
de alguien de esta partida, y que luego escapó a la selva. La muerte tuvo lugar hace unas sesenta
horas. ¿Cómo podría ser hallado?
Un zumbido le contestó. Pensó en los numerosos pasos: hasta el transbordador, luego a través del
espacio hasta la próxima unidad intermedia, luego a la siguiente, luego alrededor del vientre
moteado del planeta, cerca del sol y de las inhumanas estrellas, hasta llegar a la nave madre. Más
tarde, hasta un cerebro no viviente, que deglutía la pregunta y la hacía llegar hasta un depósito
apropiado de conocimientos, luego a los aparatos de rastreo cuyas energías resonantes iban de
molécula a molécula, identificando más cantidad de información de la que sería imaginable
enumerar, datos almacenados de miles de mundos, datos preservados luego del hundimiento de un
imperio y de las edades oscuras que le siguieron, datos que procedían de una Vieja Tierra que tal vez
no existiera más. El pensamiento la abrumó, y deseó estar de vuelta en el querido Kraken.
«Iremos allí —le prometió al hijo de Donli—. Te criarás lejos de todas estas máquinas, y
crecerás tal como los dioses lo desean.»
—Es extraño —dijo la voz artificial—. ¿Cuál era el origen de la víctima de este asalto?
Evalyth tuvo que mojarse los labios antes de proseguir:
—Atheiano. Era Donli Sairn, tu amo.
—En tal caso, la posibilidad de hallar al habitante local mencionado bien puede existir. Se
computarán las posibilidades. Mientras tanto, ¿se desea saber la base de tal posibilidad?
—Sí.
—La bioquímica de los Atheianos se desarrolló en una forma muy similar a la de la Tierra —dijo
la voz—, y los primeros colonos no tuvieron dificultades para introducir especies terrestres. De tal
forma, gozaron de un ambiente familiar, en donde la población muy pronto fue lo suficientemente
grande como para obviar el peligro de las modificaciones raciales por mutación y/o por desviaciones
genéticas. Además, ningún tipo de fuerza de selección tendió a producir un cambio. Por tal razón,
los habitantes de la Atheia actual son muy poco diferentes de sus antecesores de la Tierra, por lo que
su fisiología y características bioquímicas se conocen con todo detalle.
ȃste ha sido el caso, esencialmente en la mayor parte de los planetas colonizados, para los que
existen registros. En los casos en que se originaron razas diferentes de hombres, la causa ha sido,
habitualmente, que los pobladores originales eran grupos altamente seleccionados. El azar, la
adaptación y posterior evolución en nuevas condiciones han producido muy pocas veces cambios
radicales en el biotipo. Por ejemplo, la robustez del habitante promedio de Kraken es una respuesta a
la gravedad comparativamente alta; su tamaño les ayuda a resistir el frío, y el hecho que sean rubios
es favorable cuando los rayos del sol son pobres en radiaciones ultravioletas. Pero sus antecesores
fueron personas que ya tenían las condiciones naturales para un mundo tal. Las desviaciones de la
norma no son extremas. No interfieren con su posible vida en otros planetas similares a la Tierra o
en su mezcla con los habitantes de estos mismos.
»Ocasionalmente, sin embargo, se han producido variaciones más importantes. Parecen deberse a
una pequeña población original o a condiciones no terrestres. La población puede haber sido
pequeña porque el planeta no podía mantener más habitantes, o tal vez puedan haber disminuido
como resultado de acciones hostiles luego de la caída del imperio. En el primer caso, los accidentes
genéticos han podido llegar a ser importantes; en el segundo, las radiaciones pudieron producir una
alta cantidad de nacimientos de mutantes entre los sobrevivientes. Las variaciones son, más
probablemente, sutiles modificaciones de las calidades endocrinas y enzimáticas, que pueden afectar
la fisiología y la psicología, y hay menos posibilidad que los cambios afecten a partes importantes de
la anatomía. Los casos bien conocidos incluyen la reacción de los gwydionas a la nicotina y a ciertos
índigos, y los requerimientos de los ifrianos de cantidades pequeñas de plomo. A veces los
habitantes de los dos planetas son estériles entre ellos debido a sus diferencias.
»Si bien este mundo recién ha sido estudiado muy superficialmente... —Evalyth fue arrancada de
un sueño en el que la lectura de estos datos la había sumergido—, ciertos hechos son claros. Han
podido prosperar pocas especies terrestres; sin duda otras fueron introducidas originariamente, pero
se perdieron cuando no se dispuso de la tecnología necesaria para mantenerlas. El hombre ha sido
entonces forzado a depender de la vida autóctona como forma de hallar comida. Esta vida es
deficiente en varios elementos necesarios para la nutrición humana. Por ejemplo, la única Vitamina
C que existe parece hallarse en plantas inmigrantes. Sairn observó que la gente consume grandes
cantidades de pasto y hojas de estas especies, y la radioscopia ha indicado que esta práctica ha
modificado en forma importante el tracto digestivo. No se pudieron hallar dadores de muestras de
piel, sangre ni esputos, ni siquiera se pudieron obtener de cadáveres. («Tienen miedo de la magia —
pensó Evalyth con tristeza—, sí, pienso que han vuelto también a este temor».) El análisis de los
habituales animales que se consumen, demuestra que se hallan casi carentes de tres aminoácidos
esenciales, y que la adaptación a esto debió haber producido modificaciones considerables a niveles
celulares y subcelulares. Se computarán los probables tipos de extensión de tales modificaciones.
»Los cálculos se han completado —cuando la computadora comenzó a resumir, Evalyth aferró los
apoyabrazos de su sillón y comenzó a respirar con dificultad—. Las respuestas tienen una buena
probabilidad de ser correctas y de ayudar en la búsqueda. En efecto, la carne de un atheiano es
extraña en este lugar. Puede ser metabolizada, pero el cuerpo de su consumidor, si es de este planeta,
exhalará un olor característico, debido a la excreción de ciertos compuestos por la piel y respiración,
al igual que por la orina y por las heces. Hay buenas probabilidades de detectar estas características
por la técnica neofreeholderiana, a distancia de varios kilómetros, durante sesenta o setenta horas.
Pero dado que las moléculas en cuestión se degradan en forma estable, disipándose, se recomienda
que la acción sea inmediata.»
Encontraré al asesino de Donli. La oscuridad rugió alrededor de Evalyth.
—¿Deseas que se ordenen los organismos y que se los programe adecuadamente para la
búsqueda? —preguntó la voz—. Pueden estar listos en aproximadamente tres horas.
—Sí —balbuceó Evalyth—. ¡Oh! Por favor. ¿Tienes alguna otra..., algún otro..., consejo?
—El hombre no debe ser muerto, sino que se lo deberá traer para ser examinado, a fin de
cumplimentar los fines científicos de la expedición.
—Es una máquina que habla —casi gritó Evalyth—, está programada para ayudar en la
investigación, y para nada más. —Pero era la de Donli. Y la respuesta era tan propia de él, que
Evalyth no pudo ya reprimir las lágrimas.
La única luna se alzó casi llena, poco después del crepúsculo. Ahogó con su luz la de la mayoría
de las estrellas; la selva abajo se hallaba cubierta de plata y envuelta en oscuridad. El cono de nieve
del monte Burus flotaba, casi irreal, en el límite no visible de ese mundo. El viento zumbaba
alrededor de Evalyth cuando se acuclilló en el aparato antigravitatorio, trayendo olores ácidos y
dando la sensación de frío, aunque no lo era. El viento reía entre dientes a su espalda. En alguna
parte algo chilló cada tantos minutos, y algo le contestó.
Evalyth protestó enfrentándose a los indicadores de posición que brillaban en el panel. ¡Maldición
y caos! ¡Moru tenía que hallarse en esta área! No podía haber escapado a pie del valle en el poco
tiempo que había tenido, y su esquema de búsqueda cubría prácticamente toda esta extensión. Si no
podía hallarlo antes de agotar el material, ¿debía presumir que había muerto? Tendrían que poder
hallar su cuerpo no importa cómo, ¿no es verdad? A menos que hubiera sido enterrado a mucha
profundidad. Aquí. Puso el aparato ajustado para que se quedara suspendido, tomó la siguiente
redoma y esperó.
Las pequeñas motas se desparramaron, numerosas y minúsculas como el humo a la luz de la luna.
¿Otro fracaso?
¡No! ¡Un momento! ¿No distinguía un buen número de esas motas danzando hasta formar un haz
visible bajo la luna, que se desvanecía hacia abajo? Con el corazón latiéndole con fuerza se volvió
hacia el indicador. Su neurodetector, provisto de una antena, no señalaba a cualquier parte, sino que
indicaba un punto situado al oeste-nordeste, declinación treinta y dos grados por debajo de la
horizontal. Sólo una importante concentración de las motitas indicadoras podía hacer que se
comportara de tal manera.
Y sólo una especial mezcla de moléculas, a las cuales las motitas habían sido sensibilizadas, para
actuar en unas pocas partes por millón, o con más sensibilidad aún, podrían hacerlas converger sobre
la fuente.
¡Ya..., a..., ah! No pudo evitar dar un grito como el de un halcón que avista a su presa. Pero de allí
en adelante, mordiéndose los labios hasta que la sangre le corrió por la barbilla, siguió manejando su
vehículo en silencio.
La distancia era de unos pocos kilómetros. Llegó a un lugar situado sobre un claro del bosque, y
allí suspendió el vehículo. Varios charcos de agua sucia relucían a la luz de la luna. Los árboles
configuraban una pared casi sólida a su alrededor. Evalyth extrajo de su casco los anteojos especiales
para la noche, y se los colocó sobre los ojos. Así pudo visualizar una plataforma apresuradamente
hecha con enredaderas y ramas, sujeta a un par de los árboles más robustos, para que sus ramas la
ocultaran a la vista de quien sobrevolara. Allí se dirigían las motitas indicadoras.
Evalyth hizo descender al vehículo hasta llegar a un metro del suelo y bajó a tierra. Una pistola
paralizadora pasó de la cartuchera a su mano. Con la otra mano sujetaba la pistola lanzacabos.
Los dos hijos de Moru saltaron del refugio. Las motitas danzaban alrededor de ellos formando
una niebla que ocultaba en parte sus cuerpos. «Por supuesto —pensó Evalyth, sintiendo que su odio
crecía junto con su sorpresa—. Debí haber pensado que ellos serían los devoradores.» Más que
nunca los vio ahora asemejarse a gnomos: las delgadas piernas y grandes cabezas de la
hiponutrición. Los muchachos de Kraken de su misma edad serían el doble de robustos, y ya
mostrarían evidentes señales de estar convirtiéndose en hombres. Estos cuerpos desnudos eran de
niños, salvo su grotesca apariencia de duendes.
Los padres los siguieron, y fueron ignorados por las motitas rastreadoras. La madre gemía.
Evalyth identificó algunas palabras: «¿Qué pasa? ¿Qué son esas cosas...? ¡Oh! ¡Socorro!». Pero ella
miraba solamente a Moru.
Cojeando fuera del refugio, parado para tratar inútilmente de proteger la entrada, parecía un
enorme escarabajo que se hubiera arrastrado saliendo de un montón de desperdicios. Pero hubiera
reconocido su cabezota peluda aunque su cerebro se le hubiera estado cayendo a pedazos. Llevaba
un cuchillo toscamente labrado con una piedra, seguramente el arma con que atacó a Donli. «Se lo
quitaré, y con el cuchillo también le arrancaré la mano —pensó Evalyth casi llorando—, lo voy a
mantener vivo mientras lo descuartizo, y mientras tanto me verá desollar a su repulsiva prole.»
La mujer gritó desesperada. Había visto la cosa metálica y a la gigante parada en la plataforma,
con una rara cabeza y ojos que brillaban bajo la luz de la luna.
—He venido por ti. Tú has matado a mi hombre —dijo Evalyth.
La madre volvió a gritar y trató de cubrir a sus hijos con su cuerpo. El padre trató de correr para
protegerlos pero su pie inválido se torció y cayó en uno de los charcos. Mientras Moru trataba de
salir del lecho de barro Evalyth disparó sobre la mujer. No se oyó ruido alguno. Cayó al suelo y allí
permaneció sin moverse.
—¡Corran! —gritó Moru. Trató de abalanzarse sobre el vehículo. Evalyth presionó un botón, y el
artefacto se movió en círculo alrededor de los muchachos. Les disparó desde arriba, donde Moru no
podría alcanzarla.
El padre se arrodilló cerca del más próximo, tomó al muchacho en sus brazos y miró hacia arriba.
La luz de la luna lo iluminaba.
—¿Qué más puedes hacerme ahora? —gritó.
Evalyth lo paralizó a él también, bajó y rápidamente los amarró a los cuatro. Luego los fue
llevando hasta el vehículo, sorprendida de hallarlos tan livianos.
El sudor la cubría, hasta que su uniforme quedó totalmente empapado. Comenzó a temblar como
si tuviera fiebre. Sus oídos zumbaban.
—Te hubiera destruido —dijo. Su voz sonaba lejana y desconocida. Una parte de sí misma se
preguntaba por qué se molestaba en hablarles a figuras inconscientes, y en su propia lengua, por si
esto fuera poco—. Ojalá no te hubieras comportado como lo hiciste. Eso me hizo recordar las
palabras de la computadora, respecto a que los amigos de Donli te necesitaban para estudiarte.
»Eras una presa demasiado fácil, supongo. Luego de lo que has hecho, tenemos el derecho, de
acuerdo con las reglas de los Aliados, de hacerte prisionero, y ninguno de tus amigos se va a
preocupar demasiado por tus problemas.
»Por otra parte, no serán inhumanos: unas pocas muestras, celulares, una serie de pruebas,
anestesia siempre que sea necesario, nada que los perjudique, nada más que una serie de exámenes
clínicos tan exhaustivos como sea posible.
»No hay duda que recibirán más alimentos de lo que nunca hayan podido conseguir, y tampoco
cuestiono que los médicos hallarán en ustedes una serie de anomalías que podrán curar. Y luego,
Moru, soltarán a tu mujer y a tus hijos.
Escrutó su fea cara.
—Lo que me alegra —dijo—, es que para ti, que no comprenderás nada de lo que está
sucediendo, será una muy mala experiencia. Y cuando hayan terminado, Moru, insistiré en que te
entreguen a mí. No me lo podrán negar. Hasta tu propia tribu te ha rechazado, ¿verdad? Mis colegas
no me permitirán hacer otra cosa contigo que matarte, pero pienso insistir para que me permitan
ejercer tal derecho.
Se dirigió entonces hacia Lokon a toda velocidad, tratando de llegar mientras pudiera satisfacerse
con ese único castigo.
Y pasaron los días sin él, los interminables días sin él.
Las noches eran más fáciles de soportar. Si no había trabajo hasta llegar a agotarse, siempre podía
tomar una píldora. Raramente lo veía en sueños. Pero tenía que pasar cada día, y no quería ahogar
sus recuerdos en drogas.
Afortunadamente, había mucho trabajo, cumpliendo con los preparativos para la partida, cuando
había pocas personas para muchas tareas que debían realizarse en corto tiempo. Los instrumentos
debían ser desarmados, empacados, llevados al transbordador y almacenados. El New Dawn tenía
también que ser preparado, reacondicionado, comprobándose el estado de numerosos sistemas. Su
entrenamiento en tecnología militar le permitió a Evalyth cumplir funciones de mecánica, piloto o
transportadora de cargas. Además, realizaba los trabajos rutinarios de la defensa del campamento.
El capitán Jonafer objetaba, con poca energía, estas últimas ocupaciones.
—¿Para qué molestarse, teniente? —le decía—, los naturales se hallan terriblemente asustados.
Saben lo que usted hizo, y todas esas idas y venidas por el cielo, los robots y las maquinarias pesadas
en acción, las luces que inundaban los claros de la selva, los tienen realmente aterrorizados. Tengo
que esforzarme para persuadirlos que no abandonen la ciudad.
—Déjelos que lo hagan —le dijo ella—. ¿Qué importa?
—No hemos venido aquí a traerles la ruina, teniente.
—No, pero a mi juicio, capitán, estarían muy felices si pudieran destruirnos a nosotros. Imagínese
qué virtudes especiales debe tener su cuerpo.
Jonafer suspiró y desistió de convencerla. Pero cuando no quiso recibir a Rogar, en su siguiente
visita, el capitán le ordenó que lo hiciera y que se comportara correctamente.
El Klev entró en el biolaboratorio, pues ella no lo había querido recibir en su vivienda, portando
un regalo: una espada de metal del imperio. Evalyth se encogió de hombros: sin duda un museo
recibiría el objeto con alegría.
—Déjalo en el suelo —le dijo.
Ella ocupaba la única silla, por lo cual Rogar debió mantenerse de pie. Se lo veía pequeño y viejo,
vestido con su túnica.
—Estoy aquí —dijo casi en un susurro—, para expresar nuestra alegría porque la Venida-delcielo
ha podido cumplir con su venganza.
—Está cumpliendo —lo corrigió ella.
Rogar no podía mirarla a los ojos. Evalyth se quedó mirando con el ceño fruncido su cabello
descolorido.
—Puesto que la Venida-del-cielo ha podido..., tan fácilmente..., hallar a los que buscaba,
pensamos que conoce la verdad, y que sabe que nuestros pensamientos no han entrañado nunca
peligro para ella o para sus iguales.
Eso no parecía necesitar una respuesta.
Rogar se retorció las manos.
—Entonces, ¿por qué nos has olvidado? Cuando viniste por primera vez, cuando los conocimos y
vimos que hablaban nuestro idioma, dijeron que se quedarían durante muchas lunas, y que luego
enviarían a otros como ustedes para que nos enseñaran y para comerciar. Nuestros corazones se
regocijaron. No fue solamente que ustedes traían maravillosas mercancías que tal vez algún día
podríamos comprar, ni tampoco que sus hombres sabios hablaban de formas de terminar con el
hambre, la enfermedad, los peligros y las penas. No, nuestro júbilo y agradecimiento se debían
principalmente a las maravillas que nos dejaron entrever. De pronto el mundo, que había sido tan
estrecho, se tornó enorme. Y ahora se van. Cuando me he atrevido a preguntar, aquellos de ustedes
que me contestaron me hicieron saber que no iban a volver. ¿En qué los hemos ofendido, y cómo
podemos hacer para desagraviarlos, Venida-del-cielo?
—Primero de todo, no deben tratar a sus semejantes como si fueran animales —le dijo Evalyth,
notando que le costaba pronunciar las palabras.
—He llegado a darme cuenta..., con dificultad..., que los visitantes de las estrellas no están de
acuerdo con lo que hacemos en el Lugar Sagrado. ¡Pero eso sucede una sola vez en nuestras vidas,
Venida-del-cielo, y solamente porque no tenemos otra opción!
—No tienen necesidad ninguna de tal horror.
Rogar se postró delante de ella.
—Tal vez los Venidos-del-cielo sean así —suplicó—, pero nosotros somos simples hombres. Si
nuestros hijos no entran en la edad viril, nunca podrán engendrar, y el último de nuestra raza morirá
solo, en un mundo acabado, sin que nadie esté allí para abrirle el cráneo y dejar escapar el alma. —
Se atrevió a echarle una mirada a Evalyth, pero lo que vio lo hizo gemir y arrastrarse hacia atrás,
quedando ahora a plena luz del sol.
Más tarde Chena Darnard vino a buscar a Evalyth y tomaron juntas una copa. Hablaron un rato
del tema, hasta que la antropóloga dijo:
—Fuiste muy brusca con el jefe hoy, ¿verdad?
—¿Cómo supiste...? —comenzó a decir Evalyth, hasta que se dio cuenta que la entrevista se
había grabado, para ser estudiada a posteriori—. ¿Qué piensas que tenía que hacer? ¿Besar la boca
de ese devorador de carne humana?
—No —Chena parpadeó—. Supongo que no.
—Tu firma encabeza la lista de la reclamación oficial para que abandonemos este planeta.
—Sí, así es. Pero ahora..., ya no sé qué pensar. Me sentí asqueada. Sin embargo... He estado
observando al grupo de médicos cuando trabajaba con los prisioneros. ¿Tú los has visto?
—No.
—Deberías hacerlo. Verías cómo se lamentan y gritan, tratando de protegerse los unos a los otros,
cuando son atados a las camillas en el laboratorio. Y luego, cómo se abrazan desesperados cuando
los vuelven a dejar en la celda.
—No se les causa dolor ni se los mutila, ¿verdad?
—Por supuesto que no. Pero no creen a los científicos cuando les aseguran que no van a sentir
nada. Y no se les pueden dar tranquilizantes, pues eso perturbaría los resultados. Tienen terror y
pánico a lo desconocido. Te digo, Evalyth, que tuve que dejar de observarlos. No podía resistirlo. —
Chena miró largamente a la otra mujer—. Tal vez tú sí podrías. —Evalyth movió la cabeza
negativamente.
—No me complazco con su sufrimiento. Pienso matar al asesino porque el honor de mi familia
así lo exige, pero los otros quedarán en libertad. Aun a pesar de lo que comieron. —Se sirvió una
buena ración y la bebió de un trago. Sintió el líquido quemarle la garganta.
—Ojalá no lo hicieras —le dijo Chena—. A Donli no le hubiera gustado. Tenía un proverbio, que
según él decía, era muy antiguo. Era de mi misma ciudad, ¿recuerdas?, y yo lo conocí... En realidad
lo conocí mucho más que tú, querida mía. Muchas veces se lo oí repetir: ¿No es verdad que destruyo
a mis enemigos si los convierto en mis amigos?
—Piensa en un insecto venenoso —respondió Evalyth—. No haces amistad con una criatura así.
La aplastas con la bota.
—Pero un hombre hace lo que hace por lo que la sociedad le enseña —la voz de Chena reflejó su
angustia. Se inclinó hacia delante y asió las manos de Evalyth, que no respondió—. ¿Qué significado
tiene la vida de un solo hombre frente a todos los que lo rodean y a todos los que han vivido antes?
No habríamos hallado caníbales por todas partes, en esta isla, si cada uno de estos grupos, por otra
parte con grandes diferencias culturales, no lo considerara como el imperativo racial más arraigado
que poseen.
Evalyth sonrió con una mueca de creciente cólera.
—¿Qué tipo de raza es la que cultiva tales imperativos? ¿Por qué negarme el privilegio de obrar
de acuerdo a mis propias necesidades culturales? Ahora iré a mi país, a criar al hijo de Donli lejos de
vuestra civilización sin entrañas. No crecerá con la deshonra de saber que su propia madre fue
demasiado débil como para lograr que su padre fuera vengado. Ahora, si me disculpas, tengo que
levantarme temprano para llevar otra carga a la nave espacial y acomodarla a bordo.
Este trabajo requería bastante tiempo. Evalyth retornó cuando el sol se ocultaba, al día siguiente.
Se sentía más cansada que lo habitual, pero más en paz. La herida que había sufrido comenzaba a
cicatrizar lentamente. No pudo evitar el pensar, en forma abstracta pero no lacerante: «Soy joven.
Dentro de unos años conoceré a otro hombre. No te amaré menos por eso, querido.»
El polvo crujía bajo sus botas. El campamento estaba ya medio vacío, y la parte correspondiente
de los ocupantes se hallaba en la nave. La noche llegaba desde un cielo que amarilleaba lentamente.
Solamente unos pocos miembros de la expedición se afanaban alrededor de las máquinas y del resto
de los edificios. Lokon se hallaba sumida en el silencio típico de estos últimos tiempos. A Evalyth le
llegó como un alivio el resonar de sus pasos sobre los escalones que llevaban a la oficina de Jonafer.
El capitán estaba sentado; obviamente la esperaba, robusto e inmóvil tras su escritorio.
—He cumplido la tarea asignada sin inconvenientes —le dijo Evalyth.
—Siéntese —fue la respuesta.
La muchacha obedeció. El silencio creció, rodeándolos. Finalmente, Jonafer dijo con expresión
rígida:
—El equipo clínico ha terminado su trabajo con los prisioneros.
En cierta forma, esas palabras sorprendieron a Evalyth.
—¿No es demasiado pronto? Digo, no tenemos mucho material, y solamente hay dos personas
que pueden dedicarse a los estudios más delicados, incluso sin Donli como experto en biología de la
Tierra. Yo pensaba que un estudio bien hecho, llevado hasta un nivel cromosómico, e incluso más
allá, algo que realmente los antropólogos pudieran utilizar, tomaría más tiempo.
—Eso que dice es correcto —replicó Jonafer—. No se ha hallado nada de importancia
significativa, pero tal vez sí se hubiera descubierto si el grupo de Uden tuviera idea de lo que
deseaba hallar. Dada tal situación, podrían haber formado hipótesis y haberlas probado en el
contexto de un organismo íntegro, llegando a alguna comprensión de sus sujetos como seres
funcionales. Tiene usted razón. Donli Sairn poseía la intuición profesional que hubiera resultado
adecuada para guiarlos. Sin ella, y sin ninguna clave en particular, tuvieron que probar y sondear casi
al azar. Llegaron a establecer ciertas peculiaridades digestivas, si bien nada que no hubiera podido
predecirse en base a la ecología ambiente.
—Entonces, ¿por qué interrumpieron los estudios? Estaremos aquí durante una semana más, por
lo menos.
—Lo hicieron a pedido mío, luego que Uden me mostró lo que estaba sucediendo, advirtiéndome
que abandonaría el trabajo, fueran cuales fuesen mis órdenes.
—¿A qué se refiere...? ¡Ah! —dijo con cierto desdén en la voz—. Usted quiere mencionarme la
tortura psicológica.
—Sí. Observé cómo esa pobre mujer era atada a una mesa. Su cabeza y su cuerpo se hallaban
cubiertos de conductores conectados a los aparatos registradores que zumbaban. Ella no me vio a mí,
sin embargo. Sus ojos estaban llenos de terror. Supongo que creería que le estaban robando
lentamente el alma. O tal vez todo fuera aún peor, porque no alcanzaría a saber lo que estaba
sucediendo. Vi a los niños en la celda, tomados de las manos. No tenían otro apoyo en todo lo que
constituía su universo. Se hallan en la pubertad, ¿cómo va a afectar esto su futuro desarrollo
psicosexual? Vi a su padre yacer vencido por las drogas luego de haber tratado de luchar abriendo un
camino a través de la pared. Uden y sus ayudantes me explicaron la forma en que trataron de hacerse
amigos y fallaron. Porque, naturalmente, los prisioneros piensan que están en poder de quienes los
odian en forma tal que su aversión llegaría más allá de la tumba.
Jonafer hizo una pausa.
—Pienso que hay límites para todo, teniente. Incluso para la ciencia y para el castigo.
Especialmente cuando, después de todo, las posibilidades de descubrir algo poco habitual son
remotas. Ordené que se concluyera entonces la investigación. Los niños y la madre serán llevados a
la zona de donde provienen por vía aérea, y liberados durante el día de mañana.
—¿Por qué no hoy mismo? —preguntó Evalyth, presintiendo cuál sería la respuesta.
—Tengo la esperanza —le dijo Jonafer— que usted permitiría que liberáramos también al padre.
—No.
—¡En nombre de Dios!
—Su Dios. —Evalyth desvió la vista—. No voy a alegrarme por cumplir con mi deber. Comienzo
a desear no tener por delante esta triste obligación. Pero esto no es lo mismo que si Donli hubiera
sido muerto en una honesta guerra o lucha. Ha sido objeto de una muerte como la que se le da a los
cerdos. Esto es lo terrible del canibalismo. Hace que el ser humano sea nada más que un animal cuya
carne se consume. No puedo devolverlo a la vida, pero por lo menos haré que las cosas se
emparejen, convirtiendo a su asesino en una fiera salvaje que debe ser destruida.
—Ya veo —dijo Jonafer, mirando tal vez con demasiada fijeza al exterior, por la ventana. A la
luz del crepúsculo su cara parecía una máscara de metal—. Bien —dijo finalmente y con frialdad—,
de acuerdo con la Carta de la Alianza y a los reglamentos de esta expedición, no me queda otra
alternativa. Pero no quiero ninguna ceremonia truculenta, ni tampoco que usted se sienta centro de la
situación. Le llevaremos al prisionero a su lugar de residencia luego de oscurecer. Usted lo eliminará
inmediatamente y dispondrá lo necesario para que sus restos sean cremados.
Evalyth sintió que las palmas de sus manos se humedecían. «¡Nunca antes he dado muerte a un
hombre indefenso! —pensó—. Pero él sí», se respondió inmediatamente.
—Comprendo, capitán —dijo a Jonafer.
—Muy bien, teniente. Puede subir ahora y comer con el resto de la gente, si así lo desea. No le
anunciará a nadie lo que va a suceder. Este asunto deberá realizarse a las... —Jonafer miró su reloj—
, 2600 horas.
Evalyth trató de tragar, y sintió la garganta seca.
—¿No es un poco tarde?
—Así es. Quiero que el campamento duerma. —Ahora la miró—. Y quiero que usted tenga
tiempo para pensarlo mejor.
—¡No! —Se puso en pie de un salto y fue hacia la puerta.
La voz del capitán la persiguió:
—Esto es lo que le hubiera pedido a Donli que hiciera.
La noche llenó el cuarto de sombras. Evalyth no se levantó a encender la luz. Era como si la silla,
que había sido la preferida de Donli, no la dejara escapar.
Finalmente recordó las psicodrogas. Todavía le quedaban algunos comprimidos. Uno de ellos
haría que la ejecución fuera más fácil. Sin duda, Jonafer dispondría que también Moru fuera
adecuadamente tranquilizado ahora, por fin, antes de traerlo. Entonces, ¿por qué habría ella de
procurar sentirse más calmada?
No sería justo.
¿Por qué no?
«No sé. Ya no comprendo nada. ¿Y quién comprende? Solamente Moru. Él sabe por qué mató y
destrozó como a un animal a un hombre que confiaba en él. —Evalyth se dio cuenta que estaba
sonriendo en la oscuridad—. Su guía es la superstición. Ya ha visto cómo sus hijos comenzaban a
mostrar signos de madurez. Tal vez eso lo consuele un poco.»
Era lamentable que el difícil tiempo de la adolescencia tuviera un comienzo tan triste. Lo más
lógico hubiera sido que los signos de la madurez se hubieran retardado. Claro que los cautivos
habían recibido una dieta balanceada adecuadamente y que las medicinas que se les habían
administrado podían actuar contra infecciones leves pero no crónicas. De todos modos, se hallaba
sorprendida por la aparición de los indicios de virilidad en los muchachos. Por otra parte, en
condiciones normales otros niños no hubieran desarrollado signos apreciables exteriormente en tan
poco tiempo. Seguramente éste era un problema que hubiera intrigado mucho a Donli. Casi podía
verlo, frunciendo el ceño y frotándose la frente mientras sonreía, complacido por tener que hallar
una explicación.
—Me gustaría tratar de averiguar algo yo mismo —le pareció oírle decir a Uden, sobre una
cerveza y un cigarrillo—. Podría llegar a alguna conclusión.
—¿Cómo? —le hubiera contestado el médico—. Eres un biólogo. Pienso que la fisiología
humana, y sobre todo sus detalles sutiles, se te escapará.
—Humm..., m..., sí y no. Mi trabajo es estudiar las especies de origen terrestre y la forma en que
se han adaptado a nuevos planetas. El hombre va incluido.
Pero Donli ya no estaba y ningún otro miembro de la expedición tenía la competencia suficiente
como para hacer su trabajo, ni siquiera para poder cumplirlo parcialmente. Pero trató de no pensar en
eso, ni en lo que debería hacer dentro de poco rato. Intentó concentrarse en comprender que alguien
del equipo de Uden había tratado de aplicar los conocimientos de Donli. Tal como había dicho
Jonafer, Donli podría haber tenido una buena idea que sugerir, poco ortodoxa pero llena de
inteligencia, que tal vez habría conducido al descubrimiento de los hechos desconocidos, si es que
existían. Uden y su equipo eran investigadores rutinarios. Ni siquiera habían pensado que podían
averiguar los datos que se hallaban almacenados en la computadora de Donli, y que podrían haberlos
guiado con sus informaciones. ¿Por qué hacerlo, si pensaban que su problema era únicamente
médico? Y, no quedaba duda, no eran crueles. La angustia que causaban los había llevado a escapar
de cualquier idea que hubiera demandado mayor cantidad de pruebas para su determinación. Donli
hubiera enfrentado el problema en forma diferente desde el comienzo.
Súbitamente las sombras se espesaron. Evalyth sintió que se quedaba sin aliento. Demasiado
caluroso y calmo; demasiado tiempo por esperar todavía. Debía hacer algo si no quería que las
fuerzas le fallaran en el momento de apretar el gatillo.
Se puso de pie, vacilante, y entró en el laboratorio. Las luces la cegaron por un momento cuando
las encendió. Luego le dio la orden de activación a la computadora.
No tuvo otra respuesta que la luz del indicador. Las ventanas dejaban ver la total oscuridad del
exterior. Las nubes habían ocultado la luna y las estrellas.
—¿Qué...? —notó que su voz no era más que un graznido. Pero entonces le asaltó una idea
liberadora: Domínate, estúpida, o no serás digna de criar al hijo que llevas en tu cuerpo. Entonces
pudo formular la pregunta—: ¿Qué explicaciones pueden darse, en lo que a la biología se refiere,
para el comportamiento de la gente en este planeta?
—Tales interrogantes son tal vez resueltos si nos atenemos a la psicología o a la antropología
cultural —respondió la voz.
—Tal vez sí —dijo Evalyth—. Pero tal vez no. —Trató de ordenar algunos pensamientos y los
mantuvo liderando otros que se presentaban—. Los habitantes pueden haber degenerado, y no ser ya
realmente humanos. (Ojalá Moru lo sea). Investiga todos los hechos registrados acerca de ellos,
incluyendo las detalladas observaciones clínicas que se hicieron en cuatro naturales durante los
últimos días. Compáralos con los datos básicos que se poseen de la Tierra. Dame todas las hipótesis
que puedan ser razonables. —Vaciló—. Corrijo: me refiero a posibles hipótesis. Todo lo que no
contradiga de plano los hechos establecidos. Ya hemos investigado las ideas aparentemente
razonables.
La máquina comenzó a zumbar. Evalyth cerró los ojos y se aferró al borde del escritorio. Donli,
por favor, ayúdame.
Del otro lado le llegó la voz:
—El único elemento de comportamiento que no parece ser fácilmente explicable por postulados
que se refieran a problemas del medio y de los acontecimientos históricos accidentales es el rito
caníbal de la pubertad. De acuerdo con la computadora antropológica, éste puede haberse originado
como una forma de sacrificio humano. Pero la computadora hace notar ciertos elementos ilógicos en
la suposición, a saber:
»En la Vieja Tierra las religiones que sacrificaban seres humanos se asociaban normalmente a las
sociedades agricultoras, que dependían más vitalmente de la fertilidad y del buen tiempo que de los
cazadores. Incluso para estos, los sacrificios humanos llegaron a ser completamente desventajosos,
tal como lo demuestra el ejemplo de los aztecas. Lokon ha racionalizado la práctica hasta cierto
punto, haciéndola formar parte de un sistema de esclavitud y reduciendo el desagrado que podría
causar en la generalidad de los habitantes. Pero para los que viven en las tierras bajas es un
verdadero mal, una fuente de perpetuo peligro, una forma de diversificar esfuerzos que son muy
importantes para asegurar la supervivencia de la raza. No es lógico que tal costumbre, aun imitada
en Lokon, se haya mantenido entre todas las tribus, sin excepción. Sin embargo, así ha sucedido. Por
tales razones, es indudable que debe tener algún valor, y el problema es determinar ese valor.
»El método para obtener víctimas varía mucho, pero los requerimientos parecen ser los mismos.
De acuerdo con lo dicho por los lokoneses, el cuerpo de un hombre adulto es suficiente para cuatro
muchachos. El asesino de Donli Sairn no se pudo llevar todo el cuerpo. Lo que eligió de él es muy
sugestivo.
»De tal forma, es posible que haya aparecido un fenómeno dipteroide en los hombres de este
planeta. Tal cosa es desconocida entre los animales superiores, pero no deja de ser concebible. La
causa estaría en una modificación del cromosoma Y; la prueba para determinar si existe o no tal
modificación, y por lo tanto, la prueba de tal hipótesis, es fácilmente realizable.»
La voz se detuvo. Evalyth sintió que la sangre se detenía en sus venas.
—¿Qué quieres decir? —preguntó.
—Este fenómeno se puede hallar entre animales inferiores de varios planetas —le informó la
computadora—. Es poco común y por lo tanto no es muy ampliamente conocido. Su nombre deriva
del de los dípteros, un tipo de mosca de la Vieja Tierra.
La luz relampagueó.
—¿Moscas? ¡Bien, sí!
La máquina comenzó a explicar.
Jonafer trajo a Moru. Las manos del salvaje se hallaban atadas detrás de la espalda, y el hombre
del espacio parecía enorme a su lado. A pesar de eso y de las lastimaduras que se había producido,
cojeaba a su lado sin aflojar el paso. Las nubes se disipaban y la luz de la luna brilló, blanca como el
hielo. Mientras Evalyth aguardaba, del lado de afuera de la puerta de su casa, vio cómo el
campamento se extendía hasta la barrera, de aspecto de sierra, donde sobresalía un soporte como si
fuera una horca. El aire se iba tornando frío, pues el planeta giraba hacia el otoño, y una brisa se
había levantado y gemía detrás de los rastros de polvo que se alzaban del suelo. Se oían claras las
pisadas de Jonafer.
La vio y se detuvo. Moru hizo lo mismo.
—¿Qué descubrieron? —le preguntó ella.
El capitán movió la cabeza afirmativamente.
—Uden se puso a trabajar en cuanto usted lo llamó —dijo—. La prueba es más complicada de lo
que la computadora decía, pero, bien, me supongo que tal afirmación sería cierta si contáramos con
la destreza de Donli y no con la de Uden. Si no hubiera sido por su ayuda, nunca la hubiera hecho.
Sí, la hipótesis es cierta.
—¿Cómo es eso?
Moru esperaba, mientras lo envolvían palabras en un lenguaje que no comprendía.
—No soy médico —Jonafer mantuvo su tono inexpresivo—. Pero por lo que me dijo Uden,
parece ser que las gónadas masculinas no pueden madurar en este planeta de forma espontánea.
Necesitan que se les dé una cantidad extra de hormonas y mencionó testosterona y androsterona,
además de otras que no recuerdo, para que comiencen las modificaciones de la pubertad. Si no las
tienen, los niños serán eunucos. Uden piensa que la población sobreviviente luego que la colonia fue
bombardeada era tan pequeña que durante las dos primeras generaciones, aproximadamente,
tuvieron que recurrir al canibalismo. En tales circunstancias se produjo una mutación que de otra
forma se habría eliminado a sí misma, transmitiéndose luego a todos los descendientes.
Evalyth asintió.
—Ya veo.
—Comprende entonces lo que esto significa —dijo Jonafer—. No habrá problema para eliminar
tal práctica. Simplemente les diremos que tenemos una comida sagrada mejor que la de ellos, y la
reemplazaremos por unas cuantas píldoras. Luego pueden introducirse animales de tipo terrestre para
suplir las necesidades. Y finalmente, no dudo que nuestros geneticistas podrán corregir los
cromosomas Y defectuosos.
No pudo contenerse más. El capitán abrió la boca y pareció que se había abierto una herida en la
cara.
—Tendría que alabarla por haber salvado a todo un pueblo, pero no puedo. Por favor, haga de una
vez lo que quiere hacer.
Evalyth se plantó enfrente de Moru. Éste tembló pero no desvió la mirada.
—¿No lo ha drogado? —dijo ella.
—No —contestó Jonafer—. No quise ayudarla —escupió.
—Bien, me alegro —se dirigió a Moru en su lenguaje para que la entendiera—: Mataste a mi
hombre. ¿Es lógico que yo ahora te mate a ti?
—Sí, está bien —contestó él, casi tan imparcialmente como ella había hablado—. Te agradezco
que hayas dejado libres a mi mujer y a mis hijos —se mantuvo callado durante un segundo o dos—.
He escuchado que tu gente puede mantener los cuerpos sin que se pudran durante mucho tiempo.
Conserva mi cuerpo y dáselo a tus hijos.
—Los míos no lo necesitarán —le dijo ella—, ni tampoco los hijos de tus hijos.
Ahora la ansiedad tiñó sus palabras.
—¿Sabes por qué maté a tu hombre? Fue bueno conmigo, para mí era casi un dios. Pero soy
lisiado y no vi otra forma de conseguir lo que mis hijos necesitaban. Si pasaba mucho tiempo más,
ya hubiera sido tarde y jamás se hubieran convertido en hombres.
—Donli me enseñó —dijo Evalyth— lo bueno que es ser hombre.
Se volvió hacia Jonafer y le dijo:
—Ya sé cuál será mi venganza.
—¿Cuál? —preguntó el capitán.
—Luego de enterarme sobre el fenómeno dipteroide —dijo ella—, todo lo que debo hacer es
guardar silencio. Moru, sus hijos, y toda una raza seguirán siendo presas de caza durante siglos, o tal
vez para siempre. Estuve sentada durante una hora, creo, pensando en mi venganza.
—¿Y luego? —dijo el capitán.
—Me sentí satisfecha y pude empezar a pensar que existía la justicia —dijo Evalyth.
Sacó un cuchillo. Moru se puso tenso. Evalyth se acercó por detrás de él y cortó sus ligaduras.
—Vete a casa —le dijo—. Y no lo olvides.

 


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