© Libro N° 8014.
Gramsci Y El Análisis Del Estado: El Origen Del
Concepto De Hegemonía De La Cruz, Ángel. Emancipación. Noviembre 28 de 2020.
Título
original: ©
Gramsci Y El Análisis Del Estado: El Origen
Del Concepto De Hegemonía. Ángel De La
Cruz
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Origen Del Concepto De Hegemonía. Ángel
De La Cruz
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GRAMSCI Y EL
ANÁLISIS DEL ESTADO:
El Origen Del
Concepto De Hegemonía
Ángel De La Cruz
Gramsci Y El Análisis Del
Estado: El Origen Del Concepto De Hegemonía
Ángel De La Cruz
Introducción
Recientemente Alberto Garzón advertía en un
artículo que «la lectura que hacemos sobre la clase social y el Estado
condiciona absolutamente la práctica política de los partidos socialistas»[1]. A continuación se lamentaba de la
ausencia teórica de Marx sobre los conceptos de clase social y Estado,
destacando la diversidad táctica de éste según el contexto. Hace casi un siglo
Gramsci describió al alemán como un «maestro de vida espiritual y moral, no un
pastor con báculo»[2] y lo destacó como un «escritor de
obras históricas y políticas concretas»[3]. Hoy deberíamos hacer la misma
advertencia con el propio Gramsci, cuya obra se nos presenta como universal,
hecho que podría interpretarse como una especie de halago pero que en realidad
resta capacidad transformadora a la obra de un político intelectual
eminentemente nacional y militante.
El análisis del Estado y de los bloques dominantes
de procesos históricos como el llamado Risorgimento ocupan un lugar central en
la obra gramsciana. Este análisis fue el gran ausente en las reinterpretaciones
socialdemócratas del concepto de hegemonía en los años setenta y siguió siendo
el gran ausente en las nuevas lecturas laclausianas. En ambas
reinterpretaciones se perdía de vista el análisis –de clase– gramsciano del
Estado y la estrategia de la hegemonía se reducía a la lucha por el consenso en
el ámbito de la sociedad civil, con el objetivo de aumentar la participación y
la influencia institucional-parlamentaria. Se obviaba un análisis central del
marxismo, se redecía el Estado a «una cosa» que «se toma» o directamente se
asumía su neutralidad, sin caer en la cuenta de que dicha neutralidad era
precisamente una construcción ideológica. Antoni Domenech puso de relieve las
limitaciones de esta simplificación del Estado y de su relación con la sociedad
civil pues, entre otras cosas, olvida un detalle: «Gramsci ha escrito sus notas
encarcelado por un Estado fascista de excepción»[4].
A día de hoy, el análisis del Estado sigue siendo
crucial y de él, o de su ausencia, depende en buena medida el éxito o el
fracaso de nuestra acción política.
El origen del concepto de hegemonía
Situamos el origen del concepto de hegemonía en
Lenin, que «hallamos en su polémica con los populistas (“narodniki”) a
propósito del desarrollo del capitalismo en Rusia»[5], si bien se trata de
un concepto todavía incipiente, limitado e insuficiente para ir más allá de las
alianzas de clases. A pesar de que se asocia el marxismo oriental con la
coerción y un análisis más tosco de las cuestiones sobreestructurales
–asociación que no es completamente errónea–, el propio Lenin entendió en 1919,
en un contexto de guerra civil, que «no es sólo la violencia, ni sobre todo la
violencia lo que constituye el fondo de la dictadura del proletariado. Su
carácter principal reside en el espíritu de organización y de disciplina del
proletariado, destacamento de vanguardia, único dirigente de los trabajadores»[6]. En 1923 acabaría señalando que la
construcción del socialismo no consistía únicamente en la organización de la
población en cooperativas y en el establecimiento de una economía colectiva, ya
que sería insuficiente si no acompaña una «verdadera revolución cultural»[7]. Gramsci atribuye a Lenin la
revalorización del frente cultural en oposición a las tendencias economicistas
y «la construcción de la doctrina de la hegemonía como complemento de la teoría
del Estado-fuerza como forma actual de la doctrina de la “revolución
permanente”»[8]. Por todo ello, podemos afirmar con
Luciano Gruppi que «Gramsci no ha introducido pues ninguna ruptura en relación
a Lenin, pero enriquece su análisis subrayando otros aspectos. (…)
Encontraremos de nuevo este mismo esfuerzo a propósito de la noción de Estado»[9]
Gramsci profundiza en la afirmación marxista según
la cual los hombres toman conciencia de los conflictos fundamentales en el
terreno de las ideologías. Amplía la definición de ideología, que pasaría de
ser «falsa conciencia» y un mero artificio a una concepción del mundo. Definió
como «infantilismo primitivo» el intento de «presentar y exponer toda
fluctuación de la política y de la ideología como expresión inmediata de la
estructura»[10]. Según esta visión reduccionista,
la estructura determinaría la ideología de la misma forma que un cuerpo
determina su sombra. Si así fuera, ¿cómo se explicaría que quienes compartían
una misma posición respecto a los medios de producción y por tanto unos mismos
«intereses objetivos» no se sumaran a la revolución y que, en muchos casos, la
combatieran? Detrás de este reduccionismo se esconde la infravaloración de «lo
subjetivo», de la ideología, de la cultura y de la política en su sentido más
amplio. Por todo ello, la noción de hegemonía «exige el abandono del
materialismo mecanicista y la revalorización determinante del sujeto
revolucionario, de su iniciativa, del momento de la constancia»[11].
Esta reflexión crítica contra el reduccionismo,
escrita en 1916, representa el origen de la idea central del concepto de
hegemonía en Gramsci:
«El hombre es sobre todo espíritu, o sea, creación
histórica, y no naturaleza. De otro modo no se explicaría por qué, habiendo
habido siempre explotados y explotadores, creadores de riqueza y egoístas
consumidores de ella, no se ha realizado todavía el socialismo. La razón es que
sólo paulatinamente, estrato por estrato, ha conseguido la humanidad
consciencia de su valor y se ha conquistado el derecho a vivir con
independencia de los esquemas y de los derechos de minorías que se afirmaron
antes históricamente. Y esa consciencia no se ha formado bajo el brutal
estímulo de las necesidades fisiológicas, sino por la reflexión inteligente de
algunos, primero, y, luego, de toda una clase sobre las razones de ciertos
hechos y sobre los medios mejores para convertirlos, de ocasión que eran de
vasallaje, en signo de rebelión y de reconstrucción social. Eso quiere decir
que toda revolución ha sido precedida por un intenso trabajo de crítica, de
penetración cultural, de permeación de ideas a través de agregados humanos al
principio refractarios y sólo atentos a resolver día a día, hora por hora, y
para ellos mismos su problema económico y político sin vínculos de solidaridad
con los demás que se encontraban en las mismas condiciones»[12].
¿Por qué, habiendo explotados y explotadores, no se
ha realizado todavía el socialismo? Una reflexión que acabó tomando tintes
dramáticos después de la oleada de derrotas que sufrió el movimiento obrero tan
sólo unos años más tarde.
Gramsci pronto se da cuenta de que la estrategia
bolchevique basada en el choque frontal o en la guerra de maniobras no se
podría exportar a Occidente al tratarse de sociedades más desarrolladas con un
Estado en los cuales
«la “sociedad civil” se ha convertido en una
estructura muy compleja y resistente a los asaltos catastróficos del elemento
económico inmediato (crisis, depresiones, etc.): las superestructuras de la
sociedad civil son como el sistema de trincheras de la guerra moderna»[13].
El desarrollo del concepto de Estado
En Oriente, detrás del Estado, entendido únicamente
como el conjunto de aparatos institucionales y represivos, no había nada, si
acaso una sociedad «gelatinosa». Sin embargo, en Occidente «el Estado era sólo
una trinchera avanzada, detrás de la cual se encontraba una robusta cadena de
fortalezas y fortines»[14]. Gramsci actualiza la definición
leninista del Estado, sin desprenderse de su carácter de clase[15], para ampliarla a la suma de la sociedad
política y la sociedad civil, sintetizada en la expresión «hegemonía acorazada
de coerción»[16].
La sociedad política agrupa el conjunto de
actividades encargadas de la coerción y de la represión con el objetivo de
mantener el poder establecido y aplastar cualquier conato de rebelión. Sin
embargo, estas actividades coercitivas no tienen por qué ser necesariamente de
carácter militar o paramilitar, también abarcan el ámbito jurídico: la coacción
legal ejercida contra huelguistas en momentos de excepción aunque no
necesariamente, por ejemplo. Gramsci rescata la metáfora del centauro
maquiavélico con doble personalidad[17] para explicar el carácter dual del
Estado y de la hegemonía: en este caso, la sociedad política estaría
relacionada con la parte animal, con la fuerza y con la coerción.
Por otra parte, la sociedad civil es el espacio en
el que se pugna por el consenso, por el sentido común, y en el que se reviste
al Estado de un contenido ético-cultural. En ella actúan organismos e
instituciones que refuerzan la hegemonía del grupo dominante. Gramsci atribuye
a la Iglesia un papel crucial ya que detrás de su propaganda ideológica hay
toda una organización social con distintos canales de difusión. Por otra parte
estarían el aparato escolar, los periódicos “independientes” que actúan como verdaderos
partidos, los medios de comunicación social y las organizaciones culturales.
También los sindicatos y los partidos. En definitiva, la sociedad civil es el
conjunto de fortalezas mediante las cuales el grupo dominante legitima su
acción política-económica. Debido a esta complejidad que presentan las
sociedades desarrolladas, en casos de crisis económica la política «va con
retraso sobre la economía»[18] y no necesariamente en una
dirección democrática.
Este análisis dual del Estado como la suma de la
sociedad política y la sociedad civil tiene algunas limitaciones. Ambas
sociedades se relacionan de manera dialéctica y no son compartimentos estancos:
en la sociedad política también aparece coerción legal y en la sociedad civil
también se dan formas terribles de dominio, por ejemplo a través de condiciones
laborales de esclavitud. Del mismo modo, un partido político puede pertenecer
al mismo tiempo a la sociedad política y a la sociedad civil. Como afirma Hughes
Portelli, «la distinción entre sociedad civil y sociedad política no es
orgánicamente completa ya que la clase dominante, en el ejercicio de su
hegemonía, utiliza y combina una y otra»[19]. La definición del paso del
socialismo al comunismo que Gramsci identifica como «sociedad regulada» sigue
originando algunos equívocos. Ésta no consistiría en la absorción del Estado
por parte de la sociedad civil, que como acabamos de ver también forma parte
del Estado, sino en la absorción de la sociedad política por la sociedad civil,
que acabaría reduciendo «gradualmente sus intervenciones autoritarias y
coactivas»[20]. Conforme disminuyan los
antagonismos de clase, disminuiría la necesidad de dominación.
Conclusiones
La grandeza del concepto de hegemonía radica en que
su definición “enciclopédica”, extraída y descontextualizada de la obra
gramsciana, no tiene un valor especialmente relevante. Sin el análisis del
Estado, del capitalismo avanzado y del contexto en el que fue desarrollado,
siempre desde un marxismo original, pierde profundidad y una parte importante
de su vocación emancipadora. En ningún momento hemos intentando resumir el
concepto de hegemonía, tan sólo hemos intentado acercarnos a otros conceptos
como el de Estado que, por un lado, resulta imprescindible para hacer un
análisis lo suficientemente amplio y, por otro, impide que el concepto de
hegemonía se desligue de su amarre socioeconómico.
El análisis del Estado sigue determinando la
estrategia. Si el Estado es un conjunto de aparatos e instituciones que se
«toman», tiene sentido centrarse en dicha toma política-institucional con
independencia de sus formas: por «asalto» o electoralmente. Si por el contrario
el Estado es la suma de esa «sociedad política» con la sociedad civil, la
estrategia será otra. ¿De qué serviría tener los aparatos gubernamentales sin
conquistar la hegemonía en la sociedad civil? La tragedia griega puede servir
de ejemplo. Si la política es principalmente una lucha permanente por la
hegemonía, la acción política no puede estar dirigida de manera exclusiva hacia
las instituciones (que, como altavoz, forman parte de la sociedad civil); del
mismo modo, si la política es una lucha permanente por la hegemonía, las
organizaciones políticas no pueden ser –principalmente– sus entramados
jurídico-administrativos, sino piezas del bloque social del que forma parte y
aspira a dirigir.
NOTAS
[1] Garzón, Alberto. (2017). ‘El Capital’
habla del capitalismo hoy. http://blogs.publico.es/economia-para-pobres/2017/09/14/el-capital-habla-del-capitalismo-de-hoy/
[2] Gramsci, Antonio. (2017). Escritos
(Antología). Madrid: Alianza Editorial, p. 70.
[3] Ibid, p. 198.
[4] Domenech, Antoni. (1977). De la vigencia de
Gramsci: esbozo para la controversia. En VVAA. (1977). Gramsci hoy.
Barcelona: Materiales, S. A. de Estudios y Publicaciones, pp. 65-66.
[5] Rodríguez-Aguilera, Cesáreo. (1985). Gramsci
y la vía nacional al socialismo. Madrid: Akal, p. 78.
[6] Luciano, Gruppi. (1981). El concepto de
hegemonía en Antonio Gramsci. En VVAA., Revolución y democracia en
Gramsci. Barcelona: Fontamara, p. 48.
[7] Frosini, Fabio. (2013). Hacia una teoría de
la hegemonía. En Modenisi, Massimo (coord.),Horizontes gramscianos. Estudios
en torno al pensamiento de Antonio Gramsci. Facultad de Ciencias Políticas
y Sociales, UNAM, p. 76.
[8] Ibid., pp. 74-75.
[9] Luciano, Gruppi. (1981). El concepto de
hegemonía en Antonio Gramsci. En VVAA., Revolución y democracia en
Gramsci. Barcelona: Fontamara, p. 48.
[10] Gramsci, Antonio. (2017). Escritos
(Antología). Madrid: Alianza Editorial, p. 198.
[11] Luciano, Gruppi. (1981). El concepto de
hegemonía en Antonio Gramsci. En VVAA., Revolución y democracia en
Gramsci. Barcelona: Fontamara, p. 51.
[12] Gramsci, Antonio. (2017). Escritos
(Antología). Madrid: Alianza Editorial, pp. 39-40.
[13] Ibid., pp. 241-242.
[14] Ibid., pp. 245-246.
[15] Portelli, Hughes. (1987). Gramsci y
el bloque histórico. México: Siglo XXI Editores, p. 69.
[16] Gramsci, Antonio. (2017). Escritos
(Antología). Madrid: Alianza Editorial, p. 253.
[17] Ibid., p. 124.
[18] Fernández Buey, Francisco. (2001). Leyendo
a Gramsci. Barcelona: El Viejo Topo, p. 117.
[19] Portelli, Hughes. (1987). Gramsci y
el bloque histórico. México: Siglo XXI Editores, p. 32.
[20] Gramsci, Antonio. (2017). Escritos
(Antología). Madrid: Alianza Editorial, p. 254.

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