/* ELIMINACIÓN DE TEXTOS RESIDUALES EN EL MENÚ */ .label-size, .label-name, .label-count, .cloud-label-widget-content, .label-wrapper, .label-item, .label-head, .label-list, .feed-link, .show-more, .status-msg-wrap { display: none !important; visibility: hidden !important; height: 0 !important; font-size: 0 !important; /* Mata el texto aunque el contenedor no cierre */ margin: 0 !important; padding: 0 !important; } /* SI ES PUBLICIDAD DE ADSENSE MAL UBICADA */ ins.adsbygoogle[data-ad-status="unfilled"], .google-auto-placed { display: none !important; } /* ====== FORMATO FIJO PARA ENTRADAS ====== */ /* Títulos */ h1 { font-size: 2.2em; font-weight: bold; text-align: center; margin: 25px 0; color: #d32f2f; } h2 { font-size: 1.8em; font-weight: bold; margin: 20px 0; color: #333333; } h3 { font-size: 1.4em; font-weight: bold; margin: 15px 0; color: #555555; } /* Texto */ p { margin-bottom: 15px !important; line-height: 1.6; } strong { font-weight: bold; color: #002060; } em { font-style: italic; color: #444444; } /* Imágenes */ img { max-width: 100%; height: auto; display: block; margin: 15px auto; border-radius: 5px; /* opcional */ }

Menú

Slider

Libros Más Recientes

EMANCIPACIÓN DE YOUTUBE, OTRA MANERA DE VER LA ACTUALIDAD

Libros Más Leídos

Libro N° 14723. Límite. Schätzing, Frank. Parte I.


© Libro N° 14723. Límite. Schätzing, Frank. Parte I. Emancipación. Enero 17 de 2026

 

Título Original: © Limit. © Verlag Kiepenheuer & Witsch, GmbH & Со. KG, 2009 


Traducción: José Aníbal Campos, 2010

 

Versión Original: © Límite. Frank Schätzing. Parte I

 

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://ww3.lectulandia.com/book/limite/


 

Licencia Creative Commons:

Emancipación Obrera utiliza una licencia Creative Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única condición de citar la fuente.

La Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras, no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida su comercialización.

Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores

No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines comerciales

No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este texto.

 

Portada E.O. de:  

https://ww3.lectulandia.com/book/limite/ 

 

 

 

 

© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: 

Guillermo Molina Miranda




LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

LÍMITE

Frank Schätzing

Parte I


Límite

Frank Schätzing

Parte I

¿Qué relación tenemos con el mundo que nos rodea?

Como hizo en su impactante novela El quinto día, el magistral autor Frank Schätzing vuelve a sorprendernos con Límite, su nueva y esperada novela.

En un futuro próximo, los recursos energéticos de la tierra han sufrido una radical transformación. Los suministros tradicionales casi se han agotado y el hombre se ha establecido en la luna para extraer un combustible alternativo, de gran eficacia energética e inofensivo para el medio ambiente.

Éste es el punto de partida de Límite, una novela dinámica, trepidante, cargada de suspense y con un ritmo cinematográfico. Fruto de una rigurosa investigación científica, y con un marcado acento ecológico, Frank Schätzing invita al lector a derribar sus barreras mentales y a disfrutar sin límites de este monumental thriller de rabiosa actualidad que no dejará a nadie indiferente.

Frank Schätzing

Límite

ePUB v2.1

Sirhack 12.09.11

Título original: Limit

© Verlag Kiepenheuer & Witsch, GmbH

& Со. KG, 2009 © por la traducción, José Aníbal Campos, 2010

Con la ayuda del Colegio Europeo de Traductores de Straelen © Editorial Planeta, S. A., 2010

Diagonal, 662-664, 08034 Barcelona

(España) Primera edición: noviembre de

2010 Depósito Legal: B. 37.742-2010

ISBN 978-84-08-09669-6

ISBN 978-3-462-03704-3 editor Verlag Kiepenheuer & Witsch, GmbH & Со. KG, Colonia, edición original Composición: Víctor Igual, S. L.

Para Brigitte y Rolf, que me regalaron la vida en este mundo.

Para Christine y Clive, que me regalaron un pedazo de la Luna.

Prólogo

2 de agosto de 2024

EVA

«I want to wake up in a city that never sleeps...»

Era el viejo Frankie, el de siempre. Impasible ante el cambio urbano sufrido por la ciudad, siempre y cuando, al despertar, hubiera un trago para echarse al coleto.

Vic Thorn se frotó los ojos.

Al cabo de treinta minutos, la alarma automática sacaría de sus camas a todo el personal del turno de mañana. En rigor, a él podía darle igual; como visitante temporal era bastante libre en

sus decisiones sobre cómo deseaba pasar el día. No obstante, también los huéspedes debían ajustarse a ciertas formalidades, lo que no significaba forzosamente tener que levantarse temprano, si bien te despertarían igual.

«If I can make it there, I'll make it anywhere...»

Thorn empezó a deshacerse de las correas. Dado que el excesivo reposo en cama le parecía una depravación, no se fiaba de ningún otro automatismo que no fuera el suyo propio, a fin de pasar la menor parte de su tiempo de vida durmiendo. Teniendo en cuenta, sobre todo, que quería decidir por sí mismo

qué o quién lo devolvía a su estado de consciencia, a Thorn le encantaba cargar el archivo con sus preferencias musicales. Una tarea que él prefería asignar a la llamada «pandilla de ratas», el célebre Rat Pack, formado por Frank Sinatra, Dean Martin, Joey Bishop Sammy Davis Jr., esos héroes gamberros de una época pretérita, por la que cultivaba un apego casi romántico. Sin embargo, en un lugar como ése, no había nada, absolutamente nada, que se ajustara a las costumbres del Rat Pack. Incluso la célebre afirmación de Dean Martin, según la cual «Un hombre no está borracho mientras pueda estar en el

suelo sin tener que agarrarse a nada», experimentaba su derogación física en un estado de ingravidez, y ni hablar de cómo se hubiese esfumado repentinamente el entusiasmo del gran bebedor al ver que no podía caerse del taburete de la barra en un lugar como ése, o cuando intentara luego salir a la calle, tambaleándose. A 35.786 kilómetros de la superficie terrestre no había prostitutas esperando delante de la puerta, sino únicamente un espacio mortífero, sin aire.

«Top of the list, king of the hill...»

Thorn tarareó la melodía y masculló un «New York, New York» algo

desafinado. Con un movimiento de músculos apenas digno de mención, tomó impulso, salió flotando de su litera, se dejó llevar hasta la pequeña ventana de su camarote y miró hacia afuera.

En la ciudad que nunca dormía, el Huros-ED-4 se encaminaba hacia su próxima misión.

No le preocupaban el frío del espacio ni la absoluta ausencia de atmósfera. Los días y las noches —cuya sucesión, a esa distancia tan enorme de la Tierra, se basaba más en ciertos acuerdos y no en la experiencia sensorial— no poseían para él ninguna

validez. Su llamada para despertar tenía lugar en el lenguaje de los programadores. Huros-ED eran las iniciales de Humanoid Robotic System for Extravehicular Demands («Sistema robótico humanoide para misiones extravehiculares»), mientras que el número 4 lo clasificaba entre otras diecinueve variedades de su tipo: todas de dos metros de altura, con el torso y la cabeza bastante parecidos a los de los humanos, mientras que los brazos, demasiado largos, en estado de reposo, recordaban los órganos prensiles de una mantis religiosa. En caso de necesidad, esos brazos se desplegaban con una

agilidad sorprendente, y contaban con manos capaces de realizar operaciones sumamente difíciles. Un segundo par de brazos, más pequeño, brotaba del ancho pecho repleto de dispositivos electrónicos y servía como asistente. En cambio, el Huros-ED-4 carecía totalmente de piernas; es cierto que disponía de un talle y una pelvis, pero en el sitio donde en los humanos empezaban los muslos, al robot le brotaban unas cucharas flexibles dotadas de un dispositivo de aspiración que le garantizaba el sostén en cualquier sitio que fuera necesario. Durante los recesos, el Huros-ED-4 escogía algún

rincón protegido, conectaba sus acumuladores a la red central de electricidad, repostaba con combustible los tanques de su sistema de navegación y se entregaba a la contemplación de la máquina.

Para ese momento, su último receso había tenido lugar ocho horas antes. Desde entonces había estado recorriendo, con absoluta aplicación robótica, los puntos más disímiles de la gigantesca estación espacial. En las zonas exteriores del techo, como llamaban a la parte vuelta hacia el cénit, había estado ayudando a sustituir por unos nuevos los paneles solares

desgastados con los años; en el astillero, había ajustado la iluminación del muelle

2, donde se construía una de las naves espaciales para la planeada misión a Marte. Más tarde le ordenaron dirigirse cien metros más abajo, donde estaba la carga útil de carácter científico, fijada a lo largo de los soportes del mástil, con la misión de retirar la defectuosa placa de circuitos de un aparato de medición destinado a examinar la superficie del océano Pacífico frente a las costas de Ecuador. Tras el exitoso reacondicionamiento, su misión ahora consistía en revisar uno de los brazos manipuladores instalados en el puerto

espacial, el cual, por razones aún desconocidas, había dejado de funcionar durante un proceso de embarque.

Ir al puerto espacial significaba dejarse caer un largo trecho a lo largo de la estación, hasta un anillo de ciento ochenta metros de diámetro con ocho atracaderos para los transbordadores lunares que llegaban y partían, así como otros ocho para naves de evacuación. Si uno obviaba el hecho de que las naves que allí atracaban atravesaban el vacío en lugar del agua, el ajetreo en aquella plataforma no era muy distinto del que podía verse en Hamburgo o en Roterdam, los puertos marítimos más

grandes de la Tierra, en los que, por cierto, también había grúas y enormes brazos robóticos instalados sobre raíles, también conocidos con el nombre de manipuladores. Ahora, uno de aquellos brazos había interrumpido en plena faena la operación de carga de un transportador de mercancías y pasajeros que debía partir hacia la Luna al cabo de pocas horas. Todos los indicadores hablaban en contra de una avería. El brazo debería haber estado funcionando, pero en cierto momento se negó a hacer todo movimiento con la terquedad propia de cualquier aparato y, en su lugar, se quedó con sus efectores

desplegados, una mitad sobre el depósito de carga del transbordador y la otra mitad en el exterior, lo que tenía como consecuencia que el cuerpo abierto de la nave no pudiera cerrarse de nuevo.

A través de las rutas de vuelo prescritas, el Huros-ED-4 fue desplazándose a lo largo de varios transbordadores atracados, esclusas de aire y túneles de conexión, tanques esféricos, contenedores y mástiles, hasta llegar al brazo defectuoso, que destellaba fríamente bajo la luz no filtrada del Sol. Las cámaras ocultas tras los protectores de su cabeza y en los

extremos de sus brazos fueron emitiendo imágenes hacia la central de mando a medida que el robot se acercaba a la estructura, al tiempo que sometía a un análisis minucioso cada centímetro cuadrado de la misma, cotejando permanentemente lo que veía con las imágenes que ponía a su disposición la base de datos, y así lo hizo hasta que encontró la razón de la avería.

E l Huros-ED-4 se detuvo. Alguien en el módulo central de navegación exclamó: «¡Vaya mierda!», lo que indujo al robot a solicitar más información. Aunque estaba programado para identificar la voz humana, no fue capaz

de reconocer en esa expresión una orden con sentido. La central descartó repetirla, por lo que el aparato, en un principio, no hizo nada más que examinar los daños. Unas esquirlas diminutas se habían incrustado en una de las articulaciones del manipulador. Una alargada y profunda hendidura discurría en línea transversal a lo largo de la estructura, honda como una herida. A primera vista, los dispositivos electrónicos parecían estar intactos, por lo que se trataba de un daño de tipo meramente material, aunque lo suficientemente importante como para hacer que el manipulador se apagara.

La central le ordenó limpiar la articulación.

El Huros-ED-4 no se movió.

De haber sido humano, su comportamiento podría haberse calificado de indeciso. Finalmente pidió más información, expresando así, a su manera un tanto vaga y particular, que aquel asunto lo estaba desbordando. Por muy revolucionaria que fuera la serie de fabricación —mando a base de sensores, realimentación de impresiones sensoriales, capacidad de acción flexible y autónoma—, ello no cambiaba el hecho de que los robots eran máquinas que pensaban en patrones. El

Huros-ED-4 veía aquellas esquirlas, pero al mismo tiempo no las veía. Tal vez supiera que estaban allí, pero no sabía lo que eran. Igualmente era capaz de registrar la grieta, pero no estaba en condiciones de establecer ningún vínculo entre ésta y la información por él conocida. Debido a esto, las partes defectuosas no existían para él y, en consecuencia, tampoco podía explicarse qué era exactamente lo que tenía que limpiar. Así pues, no limpió nada.

De haber tenido un ápice de consciencia, los robots habrían percibido su existencia como una vida libre de preocupaciones.

Eso hacía que otros tuvieran que preocuparse algo más. Vic Thorn había tomado una larga ducha, había escuchado My way, se había vestido con camiseta, zapatillas deportivas y pantalones cortos, y había decidido empezar el día en el gimnasio. Pero en eso recibió la llamada de la central.

—¿Podrías ayudarnos a solucionar un problema? —preguntó Ed Haskin, bajo cuya responsabilidad se encontraban el puerto espacial y los sistemas acoplados a él.

—¿Tiene que ser ahora mismo? — repuso Thorn, vacilante—. Pensaba ponerme a correr en la cinta.

—Mejor que sea de inmediato.

—¿Qué ocurre?

—Todo parece indicar que hay algunas dificultades con su nave espacial.

Thorn se mordió el labio inferior. La mera idea de que su partida pudiera retrasarse hizo que se dispararan miles de estridentes sonidos de alarma en su cabeza. «¡Mal, muy mal!» La nave debía abandonar el puerto hacia el mediodía, con él y otros siete astronautas a bordo, destinados a relevar a la tripulación de la base lunar estadounidense, que, tras seis meses de exilio en aquel satélite, ya empezaba a alucinar con calles de

asfalto, pisos empapelados, perritos calientes, céspedes y un cielo lleno de color, nubes y lluvia. Thorn, además, era uno de los dos pilotos previstos para un vuelo que tardaría dos días y medio, y era, para colmo, el jefe de la tripulación, lo que explicaba que se dirigieran precisamente a él. Y aún había otra razón por la que cualquier retraso le resultaba más que inoportuno...

—¿Qué pasa con ese cacharro? — preguntó, poniendo énfasis de indiferencia—. ¿No quiere volar?

—Bueno, lo que es querer, quiere, pero no puede. Se ha producido una

avería durante el proceso de carga. El manipulador ha dejado de funcionar y está obstruyendo las escotillas. Ahora no podemos cerrar el depósito de carga.

—Ah, bueno. —Una sensación de alivio colmó a Thorn. Un manipulador defectuoso era algo que podía arreglarse

—. ¿Y conocéis la causa de la avería?

—Basura espacial. Un fuerte impacto.

Thorn suspiró. Basura espacial, cuya molesta omnipresencia se debía a una especie de hora punta orbital sin parangón, iniciada en la década de 1950 por los soviéticos y sus Sputnik. Desde entonces circulaban, a cualquier altura,

los restos de miles de misiones: etapas de cohetes incinerados, modelos de satélites que ya no se fabricaban o que habían sido olvidados, desechos de incontables explosiones y colisiones, desde reactores completos hasta diminutos fragmentos de fibras, gotitas de congelante congelado, tornillos y alambres, partículas de plástico y de metal, jirones de lámina metálica de color dorado y rudimentos de pintura desconchada. La constante fracturación de esos fragmentos, debido a repetidas colisiones, incrementaba su multiplicación, casi como si fuesen roedores. Para esa fecha se estimaba en

más de novecientos mil la existencia de objetos de más de un centímetro. Apenas un tres por ciento de ellos estaban sometidos a una observación permanente, pero el dudoso resto, así como otros miles de millones de partículas más pequeñas y micrometeoritos, vagaba por ahí en dirección a ellos, y lo hacía con la inexorabilidad con la que muchos insectos acaban sus días incrustados contra el parabrisas de un coche.

El problema era que una avispa que chocara contra una limusina de lujo con el impulso de un pequeño fragmento de basura espacial de igual tamaño

desplegaría la energía cinética de una granada de mano, y causaría un daño irreparable. La velocidad de objetos opuestos se incrementaba en el espacio, lo que daba lugar a una fuerza devastadora. Incluso las partículas en el ámbito de los micrómetros tenían efectos, a la larga, devastadores, rayaban los paneles solares, dejándolos inservibles, desgastaban la superficie de los satélites y raspaban la capa exterior de las naves espaciales. La basura cercana a la Tierra se deshacía a corto o largo plazo en las capas superiores de la atmósfera, pero sólo para ser más tarde sustituida por otra. A medida que se

incrementaba la altura se prolongaba la vida de esos desechos, y, en teoría, se quedaban por toda la eternidad dentro de la órbita de la estación espacial. Lo único que prometía cierto consuelo era que se conociera un número cada vez mayor de esos peligrosos objetos y se pudiera calcular sus trayectorias con semanas y meses de antelación, lo que capacitaba a los astronautas para conducir la estación entera fuera de tales trayectos. En este caso, obviamente, el objeto que había colisionado contra el manipulador no estaba entre esos últimos.

—¿Y qué puedo hacer yo?

preguntó Thorn.

—Bueno, es la hora de descanso de la tripulación —dijo Haskin, riendo nerviosamente—. Ya sabe, los recursos van escasos. El robot no consigue solucionar el asunto por sí mismo. Deberíamos enviar a alguna pareja, pero por el momento sólo dispongo de una persona. ¿Haría usted el reemplazo?

Thorn no lo pensó dos veces. Era de vital importancia que saliera de allí puntualmente; además, le gustaban los paseos espaciales.

—De acuerdo —dijo Vic Thorn.

—Saldrá con Karina Spektor.

Pues aún mejor. Había conocido a la

señorita Spektor la noche antes en el restaurante de la tripulación, una mujer de origen ruso, experta en robótica, de mentón alto y ojos verdes como los de una gata, quien, ante los intentos de flirteo de Thorn, había reaccionado con jovial disposición a contribuir al entendimiento entre los pueblos.

—¡Ya estoy en camino! —dijo

Thorn.

«... in a city that never sleeps...»

Las ciudades suelen generar mucho ruido. Calles en las que se siente una especie de hervor acústico en el aire. Gente que se hace notar tocando el claxon del coche, chillando, silbando,

parloteando, riendo, lamentándose o dando voces. El ruido como una masilla social, codificada en forma de cacofonía. Guitarristas, cantantes, saxofonistas a las puertas de los edificios o en los túneles del metro. Cornejas que expresan su malestar, perros que ladran. El eco de las maquinarias de construcción, de los martillos neumáticos, el golpeteo del metal contra el metal. Ruidos inesperados, familiares, halagüeños, estridentes, agudos, oscuros, enigmáticos, ruidos que se inflaman y decaen, que se aproximan o se alejan, algunos que ascienden como un gas y

otros que golpean el estómago y el tímpano. El rumor de fondo del tráfico: el petulante bajo-barítono de las pesadas limusinas en disputa con los gruñidos de las motos, con el estrépito de los automóviles eléctricos, con el despotismo de los coches deportivos, de las emperifolladas motocicletas, el apremiante «¡Apártate a un lado!» de los autobuses. La música de las boutiques. Los conciertos de pasos en las zonas peatonales, pasos que deambulan, que arrastran los pies, que se pavonean, que llevan prisa, y el cielo vibrante con los truenos de lejanas turbinas de aviones, y la gran ciudad como una enorme

campana.

Fuera de la ciudad espacial, sin embargo: nada de eso.

Igual de familiar que era el ruido en el interior de los módulos habitables, los laboratorios, las salas de control, los túneles de conexión, las zonas de ocio y los restaurantes, que se repartían en una superficie de doscientos ochenta metros, así de fantasmal parecía todo cuando uno abandonaba la estación por primera vez para emprender una EVA, una Extravehicular Activity («actividad extravehicular»), una misión en el exterior. Sin tránsito alguno, se estaba fuera, realmente fuera, en un espacio

exterior como el que no se encuentra en ninguna otra parte. Más allá de las esclusas de aire acababa toda acústica. No era que uno se quedara sordo del todo, por supuesto. Podías oírte muy bien a ti mismo, y se oía, además, el ronroneo del aire acondicionado instalado en el traje y, por supuesto, la radio, pero todo eso tenía lugar en el interior de aquella nave espacial portátil que llevabas puesta.

Alrededor, en el vacío, reinaba un perfecto silencio. Entonces, uno miraba hacia la imponente estructura de la estación y veía las ventanas iluminadas, los gélidos rayos de luz de las baterías

de iluminación en lo alto, donde se construían enormes naves espaciales que jamás aterrizarían en ningún planeta y sólo tendrían continuidad en la ingravidez; uno se percataba de la frenética actividad industrial, de los giros y estiramientos de las grúas en el anillo exterior, de los enlaces con el interior; se observaban robots en caída libre, lo suficientemente parecidos a seres vivos como para que uno se sintiera inclinado a preguntarles por el camino que había que seguir; y entonces, intuitivamente, fascinado por la belleza de la arquitectura, de la lejana Tierra y de las estrellas de fría mirada, cuya luz

no había sido filtrada por ninguna atmósfera, uno esperaba oír una música misteriosa o patética. Pero el espacio permanecía mudo, su carácter sublime encontraba su orquestación, únicamente, en la propia respiración.

En compañía de Karina Spektor, Thorn flotó a través del vacío y del silencio en dirección al manipulador averiado. Sus trajes, provistos de toberas de navegación, les permitían volar con precisión. Se deslizaron más allá de los muelles del enorme puerto espacial que rodeaba la estructura en forma de torre de la estación, tan ancha como una autovía. Tres transbordadores

lunares atracaban en ese momento en el anillo, dos lo hacían en las esclusas de aire; la nave espacial de Thorn estaba aparcada, y estaban, además, las ocho naves de evacuación con forma de aviones. En el fondo, todo el anillo no era más que una enorme estación de maniobras sobre la cual los vehículos espaciales podían cambiar constantemente su posición, a fin de mantener en equilibrio la estación construida siguiendo una estructura simétrica.

Thorn y Spektor se habían desplazado desde el Torus 2 —el módulo de distribución situado en el

centro del puerto— hacia una de las esclusas exteriores, desde donde estaban a poca distancia del transbordador. Blanco y voluminoso, reposaba a la luz del sol con las compuertas de carga abiertas. El brazo inmóvil del manipulador sobresalía en lo alto, se doblaba en el codo y desaparecía dentro del depósito de carga. Directamente delante de la plataforma de aterrizaje, inmóvil, estaba el Huros-ED-4. Con la mirada fija en la articulación bloqueada, su actitud tenía algo de desaprobatoria. Sólo en el último momento se apartó un poco hacia un lado para que ellos pudieran visualizar los daños.

Obviamente su comportamiento no era el resultado de un resfriado cibernético, ya que un Huras no era, ni por asomo, consciente de su propia existencia; sólo que ya nadie necesitaba sus imágenes. A partir de ese momento lo que contaba eran las impresiones que las cámaras del casco enviaran a la central.

—¿Y bien? —quiso saber Haskin—.

¿Qué opináis?

—Muy mal. —Karina Spektor rodeó con sus brazos el varillaje del manipulador y se lo acercó. Thorn la siguió.

—Es extraño —dijo—. A mi juicio, parece como si algo hubiera rozado el

brazo y abierto esa grieta, pero lo que es el sistema electrónico parece estar intacto.

—En ese caso, tendría que moverse

—objetó Haskin.

—No necesariamente —dijo Spektor. Hablaba un inglés con cierto acento eslavo, algo bastante erótico, en opinión de Thorn. En realidad era una pena que no pudiera quedarse un día más—. Con la colisión debe de haberse liberado una gran cantidad de basura microscópica. Tal vez nuestro amigo sufra de estreñimiento. ¿Ha realizado el Huros un análisis del entorno?

—Hay una ligera contaminación.

¿Qué pasa con las esquirlas? ¿Pueden haber causado el bloqueo?

—Es posible. Probablemente provengan del propio brazo. Quizá algo se haya torcido, y ahora se encuentra bajo tensión. —La astronauta examinó la articulación con detenimiento—. Por otro lado, se trata de un manipulador, no de un tenedor de postre. El objeto, a lo sumo, debía de tener un tamaño de siete u ocho milímetros. Quizá ni siquiera haya sido un impacto en toda regla, pues se supone que el aparato está en condiciones de asimilar tales colisiones.

—Conoces esto al dedillo —dijo

Thorn, en señal de reconocimiento.

—No es un gran mérito —rió ella—. Apenas me ocupo de otra cosa. Nuestro mayor problema aquí arriba es la basura espacial.

—¿Y eso de ahí? —Thorn se inclinó hacia adelante y señaló un punto en el que destacaba un fragmento diminuto y luminoso—. ¿Podría venir de un meteorito?

Spektor miró en la dirección que señalaba el índice de Thorn.

—En cualquier caso, es parte del objeto que colisionó contra el brazo. Los análisis arrojarán más detalles.

—Precisamente —dijo Haskin—. Así que daos prisa. Propongo que

saquéis esa cosa con la bomba de etanol.

—¿Tenemos algo así? —preguntó

Thorn.

—El Huros lo tiene —respondió Spektor—. Podemos utilizar para ello su brazo izquierdo, en su interior hay tanques y toberas en los efectores. Pero tenemos que hacerlo entre los dos, Vic.

¿Has trabajado alguna vez con un

Huros?

—No directamente.

—Te enseñaré. Debemos apagarlo parcialmente para poder utilizarlo como herramienta. Eso quiere decir que uno de nosotros tiene que ayudar a

estabilizarlo, mientras que el otro...

En ese preciso instante, el manipulador revivió.

El gigantesco brazo se estiró y salió del depósito de carga, golpeó hacia atrás, hizo un giro, alcanzó al Huros- ED-4, y le propinó un golpe, como si su compañía le resultara superflua. En un gesto reflejo, Thorn empujó a la astronauta hacia abajo sacándola de la zona de colisión, pero no pudo evitar que el robot rozara el hombro de la mujer y la hiciera girar como una peonza. En el último segundo, Spektor consiguió aferrarse al varillaje, pero entonces el manipulador golpeó contra

Thorn, lo arrancó del lado de la mujer y del anillo y lo catapultó hacia el espacio.

«¡Volver! ¡Tengo que volver!»

Con rápidos dedos, Thorn intentó tomar el control de sus toberas de navegación, seguido por el torso del Huros-ED-4, que se acercaba cada vez más y más haciendo piruetas, y con los gritos de Haskin y de Spektor en el oído. La parte inferior del cuerpo del robot golpeó contra su casco. Thorn se volvió y empezó a girar desesperadamente, mientras era lanzado fuera del borde de la zona del anillo y empezaba a alejarse de la estación espacial a un ritmo

terrorífico. Aterrado, comprendió que en su esfuerzo por proteger a la astronauta había desperdiciado su propia oportunidad de salvarse. Presa de un pánico desenfrenado, palpaba a diestro y siniestro, hasta que finalmente encontró los dispositivos de la tobera de navegación y los encendió, con el objetivo de estabilizar la trayectoria de vuelo por medio de breves impulsos y detener aquel movimiento giratorio; sin embargo, ya no tenía aire, y entonces comprendió que el traje se había dañado, que aquello era el fin; Thorn manoteó a su alrededor, sintió ganas de gritar...

Pero su grito se congeló.

El cuerpo de Vic Thorn fue arrastrado hacia la noche silenciosa e infinita, y todo cambió en aquellos segundos en que se produjo su muerte. Todo.

La isla

19 de mayo de 2025

ISLA DE LAS ESTRELLAS, OCÉANO PACÍFICO

La isla era poco más que un fragmento rocoso situado en la línea ecuatorial como una perla en un cordel. Comparada con otras islas de los alrededores, sus atractivos se quedaban más bien en el plano de lo modesto. Al oeste, una costa de acantilados descollaba del mar, coronada por una selva tropical oscura e impenetrable que se adhería a los agrietados flancos

volcánicos y estaba habitada casi exclusivamente por insectos, arañas y una especie notablemente fea de murciélago. Unos riachuelos habían ido dejando su rastro entre las grietas y las gargantas, y luego se unían para formar cascadas y se vertían con estruendo en el océano. Hacia el lado este, el paisaje iba cayendo en forma de terrazas y estaba surcado por elevaciones rocosas bastante desprovistas de vegetación. Quien buscara allí playas cubiertas de palmeras lo haría en vano. Una negra arena basáltica era el rasgo distintivo de las pequeñas bahías que daban acceso al interior de la isla. Sobre las

avanzadillas de piedra, en medio de la tormenta creada por el embate de las olas, tomaban el sol unos lagartos con colores de arco iris. Su rutina diaria consistía en catapultarse hasta un metro de altura y cazar insectos, precario clímax de un repertorio normalmente monótono en lo que a espectáculos naturales se refería. Vista en su totalidad, la isla apenas tenía algo que ofrecer que no pudiera encontrarse en otras partes en versiones incluso más hermosas, más grandes y más altas.

En cambio, su posición geográfica era impecable.

La isla, en efecto, estaba situada

exactamente en el centro de la Tierra, allí donde colindaban los hemisferios norte y sur, a quinientos cincuenta kilómetros al oeste de Ecuador, gracias a lo cual se hallaba bastante alejada de todas las rutas de vuelo. En esta parte del mundo no se producían tormentas. Las grandes aglomeraciones de nubes eran más bien raras, jamás relampagueaba. Durante la primera mitad del año podía llover con fuerza durante horas y horas, pero sin que el viento refrescara demasiado. Casi nunca las temperaturas bajaban de los veintidós grados centígrados, y la mayoría de las veces permanecían

mucho más elevadas. Y puesto que, además, la isla estaba deshabitada y no reportaba ningún provecho económico, el Parlamento ecuatoriano, a cambio de mejorar considerablemente las arcas del Estado, se había mostrado más que gustoso en cederla, por los próximos cuarenta años, a unos nuevos arrendatarios que lo primero que hicieron fue rebautizarla, cambiándole el antiguo nombre de isla Leona por el de Isla de las Estrellas, Stellar Island.

A continuación, una parte de la ladera este desapareció bajo un montón de acero y cristal que muy pronto atrajo la cólera de todas las protectoras de

animales. No obstante, la construcción no tuvo consecuencias ecológicas nocivas. Bandadas de ruidosas aves marinas, impasibles ante los testimonios de presencia humana, siguieron encalando la arquitectura y la roca con sus deyecciones como lo habían hecho siempre. A los animales no les preocupaban ciertas nociones sobre la belleza, y a los hombres, el sentido de lo sublime se les manifestaba allí en forma de gaviotas tijeretas y chorlitejos. De todos modos, no habían sido muchos los humanos que habían puesto un pie en la isla hasta entonces, y todo parecía indicar que aquél seguiría siendo un

lugar bastante exclusivo también en el futuro.

Al mismo tiempo, no había nada que ocupara más la fantasía de la humanidad en su conjunto que aquella isla.

Puede que fuera un escarpado montículo de mierda de pájaro o que siguiera siendo considerado el lugar más poco común y tal vez más desolado del planeta. Sin embargo, la verdadera magia emanaba de un objeto situado a dos millas náuticas frente a sus costas, una plataforma gigante apoyada sobre cinco pontones con forma de columnas tan altos como edificios. Cuando uno se acercaba a la plataforma en días

brumosos, no notaba, en un principio, su peculiaridad. Se veían construcciones bajas, centrales eléctricas y tanques, una plataforma de aterrizaje para helicópteros, una terminal aérea con su torre, antenas y radiotelescopios. Todo el conjunto recordaba a un aeropuerto, sólo que por ninguna parte se veía la pista de aterrizaje. En su lugar, se erguía en el centro una construcción cilíndrica de dimensiones colosales, un gigante reluciente de cuyos laterales salían, como meandros, varios haces de tuberías. Sólo si se aguzaba la vista, se distinguía entonces la delgada raya negra de la que salía aquel cilindro, que

se elevaba en línea recta hacia las alturas. Cuando las nubes estaban bajas, se la tragaban al cabo de pocos cientos de metros, y uno se preguntaba involuntariamente qué otra cosa podría ver luego, cuando el cielo se despejara. Aun las personas mejor informadas —en principio, cualquiera que hubiera conseguido llegar tan lejos como para franquear el perímetro de alta seguridad

— esperaban ver en qué desembocaba aquella raya, algún punto fijo al que pudiera aferrarse la fantasía superada.

Pero allí no había nada.

Ni siquiera con el sol radiante y el azul cielo despejado podía determinarse

cuál era el fin de aquella línea, que se iba haciendo cada vez más y más delgada, hasta que parecía desmaterializarse en la atmósfera. Si uno echaba mano de los prismáticos, la línea, entonces, se perdía sólo un poco más arriba. Uno se quedaba contemplándola hasta que sentía dolor en el cuello, siempre con aquel legendario comentario de Julian Orley al oído de que la Isla de las Estrellas era la planta baja de la eternidad, y era entonces cuando uno empezaba a barruntar lo que Orley había querido decir con eso.

Ese día, Carl Hanna también

abusaba de su cuello, se retorcía en el asiento del helicóptero para mirar como un idiota hacia arriba, hacia el azul del cielo, mientras que, por debajo de ellos, dos rorcuales comunes surcaban la superficie azul del Pacífico. Hanna no se dignó mirarlos ni una sola vez. Cuando el piloto, por enésima vez, le señaló a los animales, Carl Hanna se oyó mascullar que no había nada menos interesante que el mar.

El helicóptero describió una curva y tronó en dirección a la plataforma. Por un breve instante, la raya desapareció ante los ojos de Hanna, dio la impresión de disolverse, pero luego reapareció

nítidamente en el cielo, una línea recta perfecta, que parecía trazada con una regla.

Un instante después, la línea se había duplicado.

—Son dos —comentó Mukesh Nair. El indio se apartó el abundante pelo

negro de la frente. Su cara morena se veía radiante de alegría, las aletas de su bien formada nariz empezaron a hincharse como si quisiera inhalar aquel momento.

—Claro que son dos. —Sushma, su mujer, extendió el índice y el dedo corazón como alguien que tiene delante a un niño de primer grado—. Dos

cabinas, dos cables.

—¡Ya lo sé, lo sé! —exclamó Nair haciendo un gesto de impaciencia. Su boca se torció y se transformó en una sonrisa. Entonces miró a Hanna—. ¡Qué milagro! ¿Sabe usted qué grosor tienen esos cables?

—Algo más de un metro, creo —

dijo Hanna, devolviéndole la sonrisa.

—Y así y todo, desaparecieron por un breve espacio de tiempo —señaló Nair, mirando hacia afuera y negando con la cabeza—. Sencillamente, desaparecieron.

—Es cierto.

—¿Usted también lo vio? ¿Y tú?

Centellearon como una fata morgana.

¿Tú también lo has...?

—Sí, Mukesh. Yo también lo he visto.

—Pensé que eran imaginaciones mías.

—No, no son imaginaciones tuyas — repuso Sushma en tono amable, colocándole sobre la rodilla una mano pequeña y en forma de paleta. A Hanna le parecía que ambos habían sido esculpidos por Fernando Botero. La misma complexión regordeta, las mismas extremidades cortas, como si las hubieran inflado de aire.

Hanna miró otra vez por la ventana.

El helicóptero mantuvo una prudente distancia respecto de los cables mientras pasaba volando junto a la plataforma. Sólo algunos pilotos autorizados de la NASA o de Orle Enterprises podían tomar esa ruta cuando transportaban visitantes hasta la Isla de las Estrellas. Hanna intentó echar un vistazo hacia el interior del cilindro, el sitio donde desaparecían los cables, pero estaban a demasiada distancia. Un momento después ya habían dejado atrás la plataforma y puesto rumbo hacia la isla. Bajo ellos, la sombra del aparato sobrevolaba las olas de color azul oscuro.

—Esos cables deben de ser extremadamente delgados, cuando uno no los ve de costado —reflexionó Nair

—. Es decir, deben de ser planos. Quiero decir, achatados. ¿Es que son cables en realidad? —Nair soltó una carcajada y se retorció las manos—.

¿No serán cintas? Probablemente todo sea falso. Dios mío, ¿qué puedo decir? Yo crecí en el campo. ¡En el campo!

Hanna asintió. Durante el vuelo desde Quito hasta allí, habían charlado más bien poco, pero eso le bastaba a Hanna para saber que Mukesh Nair cultivaba una íntima relación con el campo. Un modesto hijo de campesino

oriundo de Hoshiarpur, en Punjab, al que le gustaba comer bien, pero que prefería para ello cualquier puesto de venta callejero a un restaurante de tres tenedores; un hombre que valoraba más las motivaciones y las opiniones de la gente sencilla que las trivialidades de las que se hablaba en las recepciones y l o s vernissages, que prefería volar en clase turista y codiciaba la ropa cara tanto como un oso tibetano una corbata. Al mismo tiempo, Mukesh Nair, con un patrimonio personal estimado en 46.000 millones de dólares, estaba entre las diez personas más ricas del mundo, y su forma de pensar era todo menos la de un

campesino. Había estudiado agricultura en Ludhiana y economía en la Universidad de Bombay, era portador del Padma Vibhushan, la segunda condecoración en importancia en la India, otorgada por méritos civiles, y era, además, el indiscutido líder del mercado en lo relativo al abastecimiento del mundo con frutas y verduras procedentes de su país de origen. Hanna conocía el curriculum de Mister Tomato

—como llamaban a Nair en todas partes

— hasta en sus detalles más nimios, del mismo modo que había estudiado las trayectorias profesionales de todos los que acudirían a este encuentro.

—¡Y ahora mire! ¡Mire usted eso!

—exclamó Nair—. Tampoco está nada mal, ¿no le parece?

Hanna estiró la cabeza. El helicóptero enfiló su rumbo hacia la ladera este de la isla, de modo que pudieron disfrutar de una perfecta vista panorámica del hotel Stellar Island. Como un varado vapor transoceánico, reposaba sobre las laderas con sus siete plantas superpuestas en forma de terrazas, que daban hacia una espaciosa proa con una enorme piscina. Cada habitación disponía de su propia cubierta. El punto más alto del edificio lo conformaba una terraza circular,

cubierta hasta la mitad por una imponente esfera de cristal. Hanna reconoció de inmediato las sillas y las mesas, las tumbonas y las mesas de bufet, así que se trataba de un bar. En medio de la nave había una parte más baja, por lo visto un vestíbulo, delimitado al norte por la construcción en forma de seto de una pista de aterrizaje para helicópteros. La arquitectura alternaba con fragmentos de piedra en bruto, como si alguien hubiera intentado trasladar un crucero directamente a las costas de la isla por medio de un haz de luz y, al hacerlo, se hubiera equivocado en unos metros

tierra adentro. Hanna estimó que partes de las instalaciones del hotel habían sido introducidas en la montaña con la ayuda de la dinamita. Un camino peatonal, interrumpido por varias escaleras, serpenteaba hacia abajo, atravesaba una superficie verde cuyo diseño parecía demasiado armonioso como para ser de origen natural, y conducía más abajo hasta desembocar en un paseo marítimo circular.

—Un campo de golf —murmuró

Nair, fascinado—. ¡Qué maravilla!

—Perdone, pero hasta ahora pensaba que prefería las cosas sencillas

—dijo Carl Hanna, y cuando el indio lo

miró sorprendido, añadió—: Bueno, según sus propias palabras. Restaurantes sencillos, gente sencilla, tercera clase...

—Está usted confundiendo las cosas.

—Si damos crédito a los medios de comunicación, es usted demasiado contentadizo como para ser una persona de la vida pública.

—¡Qué dice! Intento mantenerme alejado de eso que llaman «vida pública». El número de entrevistas que he concedido en los últimos años puede contarse con los dedos de una mano. Cuando Tomato recibe buena prensa, me siento satisfecho, lo principal es que nadie intente arrastrarme delante de una

cámara o un micrófono. —Nair frunció el ceño, que se cubrió de arrugas—. Por lo demás, tiene usted razón, el lujo no es algo que necesite para vivir. Nací en una aldea muy pequeña. Allí no importa cuánto dinero se tenga. En mi fuero interno, sigo viviendo en esa aldea, sólo que ésta ha crecido un poco más.

—Bueno, se ha incrementado en un par de regiones enteras, situadas a ambos lados del océano índico —lo atajó Hanna—. Entiendo.

—Bueno, ¿y qué? —Sonrió Nair— Como ya le he dicho, está usted confundiendo las cosas.

—¿Qué cosas?

—Mire, es muy fácil. La plataforma que acabamos de sobrevolar es algo que me interesa de verdad. De esos cables pende posiblemente el destino de toda la humanidad. Ese hotel, en cambio, me fascina como puede a alguien fascinarle el teatro, por ejemplo. Uno se lo pasa bien, por eso acude a él de vez en cuando. Sólo que la mayoría de la gente, apenas consigue hacer dinero, empieza a creer que el teatro es la verdadera vida. Prefieren vivir sobre el escenario, ponerse un disfraz nuevo cada día y representar un papel. Ahora me viene a la mente un chiste. ¿Conoce usted el del psicólogo que pretende capturar un

león?

—No.

—Bueno, ¿cómo caza un psicólogo a un león?

—No tengo ni idea.

—Es muy sencillo. Va hasta el desierto, coloca una jaula, se sienta dentro y decide que el interior es el exterior.

Hanna sonrió a medias mientras Nair se doblaba de la risa.

—¿Me entiende ahora? Esto no me interesa mucho, nunca ha sido lo mío. No quiero estar sentado en una jaula ni vivir en un escenario. No obstante, disfrutaré de las próximas dos semanas,

puede apostar por ello. ¡Antes de que amanezca, bajaré a jugar una partida de golf y estaré encantado! Pero, pasados esos quince días, regresaré a casa, a ese lugar donde uno se ríe de un chiste porque es bueno y no porque lo cuente un ricachón. Comeré lo que me gusta, no lo que es caro, y charlaré con aquellas personas que me caen bien, no porque sean famosas. Muchas de esas personas no tienen el dinero para ir a mis restaurantes, por eso yo voy a los suyos.

—Comprendo —asintió Hanna. Nair se frotó la nariz.

—Aun a riesgo de deprimirlo, debo decirle que no sé absolutamente nada

acerca de usted.

—Porque te has pasado todo el vuelo hablando únicamente de ti — apuntó Sushma en tono reprobatorio.

—¿De veras? Tiene usted que disculpar mi necesidad de comunicación.

—Está bien —dijo Hanna, con un gesto que le restaba importancia al asunto—. No hay mucho que contar acerca de mí. Trabajo más bien en el anonimato.

—¿Inversiones?

—Exactamente.

—Interesante —dijo Nair, frunciendo los labios—. ¿En qué ramo?

—En el de la energía, principalmente. Pero también un poco de todo —explicó Hanna, vacilante—. Tal vez le interesará saber que nací en Nueva Delhi.

El helicóptero descendió y puso rumbo al helipuerto. La plataforma de aterrizaje ofrecía sitio a tres aparatos del mismo tamaño y estaba marcada con un símbolo fluorescente, una O plateada rodeada por una estilizada luna de color naranja: el logotipo empresarial de Orley Enterprises. Al borde del helipuerto, Hanna reconoció la presencia de personas uniformadas: los encargados de recibir a los viajeros y su

equipaje. Una mujer esbelta, vestida con un traje de chaqueta y pantalón de color claro, se apartó del grupo. El viento levantado por las aspas del rotor tiraba de su ropa, su pelo centelleaba bajo los rayos del sol.

—¿Conque es usted oriundo de Nueva Delhi? —Sushma Nair visiblemente conmovida por aquella confesión inesperada, se acercó a Hanna

—. ¿Y cuánto tiempo vivió usted allí?

Suavemente, el aparato tocó el suelo. La puerta saltó hacia un lado y una escalera se desplegó.

—Charlaremos de ello en la piscina

—la consoló Hanna, que cedió el paso a

la pareja de indios y los siguió luego sin mucha prisa.

La sonrisa de Nair ganó en esmalte dental, mostrando a los que los esperaban, al entorno, a la vida, un aspecto radiante; inhaló el aire insular a través de las aletas de su nariz y profirió exclamaciones como «¡Ah!» o

«¡Increíble!». Apenas vio a la mujer con el traje de chaqueta y pantalón, empezó a alabar las instalaciones con las palabras más elogiosas, mientras que Sushma iba intercalando indiferentes expresiones de bienestar. La esbelta mujer dio las gracias. Nair continuó hablando sin parar, diciendo lo

maravilloso y logrado que estaba todo. Hanna ejercitó un poco su paciencia, al tiempo que dejaba que el aspecto de la mujer hiciera su efecto sobre él. Treinta y muchos años, con el pelo rubio ceniza recogido en forma de casquete, de aspecto cuidado y, a la vez, con esa gracia natural de la que ella jamás era plenamente consciente, muy bien podría haber interpretado el papel de la protagonista de La trampa de Venus en cualquier anuncio publicitario para una entidad de crédito o una marca de cosméticos. En realidad, era ella quien dirigía Orley Travel, la filial turística de Orley, lo que la convertía en la segunda

persona más importante en el imperio económico más grande del mundo.

—Carl —dijo ella, sonriendo y tendiéndole la mano. Hanna vio unos ojos de color azul marino, de una intensidad irreal, con un iris rodeado por una estela oscura. Eran los mismos ojos de su padre—. ¡Qué bien tenerlo aquí como huésped!

—Gracias por la invitación —dijo Carl Hanna, respondiendo al apretón de manos y bajando la voz a continuación para añadir—: ¿Sabe una cosa? Había preparado un par de comentarios amables sobre el hotel, pero me temo que mi antecesor ha agotado todos mis

cartuchos con sus salvas.

—¡Ja, ja, ja! —Nair le dio unas palmadas en el hombro—. Lo siento, amigo mío, pero ¡nosotros tenemos Bollywood! Su cedrino carisma canadiense no podría competir con tanta poesía y tanto pathos.

—No le haga caso —dijo Lynn sin apartar la mirada—. Yo soy muy receptiva para el carisma canadiense. También para la variante silenciosa.

—En ese caso, no me dejaré amilanar —prometió Hanna.

—Cualquier otra cosa me la tomaría a mal.

En torno a ellos, unas criaturas

serviciales se ocupaban de descargar montones de piezas de equipaje de aspecto desgastado. Hanna sospechó que pertenecían a los Nair. Piezas sólidamente trabajadas, en uso desde tiempos inmemoriales. Él, por su parte, sólo traía consigo una pequeña maleta y un maletín.

—Vengan —les dijo Lynn afablemente—. Les mostraré las habitaciones.

Desde la terraza, Tim vio a su hermana abandonar el helipuerto acompañada de una pareja de aspecto indio y un hombre de proporciones atléticas. Luego los vio dirigirse hacia

el edificio de la recepción. Él y Amber ocupaban una habitación esquinera en la quinta planta, desde donde se les ofrecía una magnífica vista panorámica. A cierta distancia relucía al sol la plataforma a la que serían trasladados a la mañana siguiente. Otro helicóptero se acercaba en ese momento a la isla, el traqueteo de las aspas anticipándose al aparato.

Tim alzó la cabeza.

Era un día de claridad cristalina poco frecuente.

El cielo se extendía sobre el mar como una cúpula de color azul oscuro. Como si fuese un ornamento o una ayuda para orientarse, de él colgaba una única

nube, una nube deshilachada y aparentemente inmóvil. Tim no pudo evitar recordar una vieja película que había visto hacía muchos años, una tragicomedia en la que un hombre crecía en una pequeña ciudad sin haber salido jamás de ella. Allí había asistido a la escuela, se había casado, había aceptado un trabajo, se reunía con amigos a los que conocía desde que era niño. Pero entonces, a la edad de treinta y cinco años más o menos, descubrió que era la involuntaria estrella de un programa de televisión y que la ciudad no era más que una colosal falsificación, un sitio lleno de cámaras, paredes falsas y focos

de plató. Todos los habitantes, menos él, eran actores con contratos vitalicios — por lo menos mientras él viviera, por supuesto—, y, en consecuencia, el cielo se reveló entonces como una enorme cúpula pintada de azul.

Tim Orley entornó un ojo y mantuvo el dedo índice derecho a cierta altura, de tal modo que la punta parecía tocar el borde inferior de la nube, que se balanceó sobre el dedo como un tapón de algodón.

—¿Te apetece tomar algo? —le gritó Amber desde el interior.

Tim no respondió; rodeó su muñeca con la mano izquierda e intentó mantener

el dedo tan quieto como fuera posible. Primero no sucedió nada, pero luego, a un ritmo infinitamente lento, la diminuta nube se desplazó en dirección al este.

—El bar está bien abastecido, hasta arriba. Tomaré un Bitter Lemon. ¿Qué te apetece a ti?

La nube se movió. Ahora continuaría desplazándose. Por razones desconocidas, contribuía bastante a la tranquilidad de Tim el hecho de que aquella nube no estuviera clavada o pintada allí arriba.

—¿Qué? —preguntó él.

—Te preguntaba si te apetecía beber algo.

—Sí.

—¿Qué?

—No tengo ni idea.

—Santo cielo. Miraré si tienen eso. Tim dedicó de nuevo su atención a

Lynn. Amber se le unió en la terraza y, con gesto tentador, balanceó ante él una botella abierta de Coca-Cola que sostenía entre el índice y el pulgar. Tim cogió la botella en un gesto mecánico, se la llevó a los labios y bebió sin mirar lo que estaba bebiendo. Su mujer lo observó. Luego dirigió su mirada hacia abajo, donde la hermana de Tim desaparecía en la recepción acompañada del pequeño séquito.

—Ah, vaya —corroboró Amber. Tim no dijo nada.

—¿Sigues preocupado?

—Ya me conoces.

—¿Por qué? Lynn tiene buen aspecto. —Amber se apoyó contra la barandilla y bebió un ruidoso sorbo de su limonada—. Si quieres que te diga mi opinión, su aspecto es incluso muy bueno.

—Y es eso precisamente lo que me preocupa.

—¿Que tenga buen aspecto?

—Sabes bien a lo que me refiero. Está intentando ser más que perfecta otra vez.

—Venga ya, Tim...

—Ya lo has vivido antes, ¿no es cierto?

—He visto, sobre todo, que lo tiene todo bajo control aquí.

—¡Todo aquí tiene a Lynn bajo control!

—Muy bien, ¿y qué es lo que debe hacer entonces, en tu opinión? Julian ha invitado a un montón de ricachones excéntricos, y ella tiene que ocuparse de los huéspedes. Él les ha prometido dos semanas en el hotel más exclusivo de todos los tiempos, y Lynn es la responsable de todo. ¿Acaso debe ponerse a hacer chapuzas, andar por ahí

despeinada y refunfuñando, desatendiendo a sus huéspedes sólo en vista de que es un ser humano?

—Por supuesto que no.

—¡Esto es un circo, Tim! Y ella es la directora de ese circo. Tiene que estar perfecta; de lo contrario, se la comen los leones.

—Ya lo sé —repuso él con impaciencia—. Pero no se trata de eso. Es que noto, otra vez, ese estrés en ella.

—A mí no me parece demasiado estresada, la verdad.

—Porque a ti puede engañarte. Porque engaña a todo el mundo. Ya sabes cuán bien se le dan las relaciones

públicas.

—Perdona, pero ¿no será que lo estás dramatizando todo un poquito?

—No estoy dramatizando nada, de verdad que no. Está todavía por ver si ha sido una idea brillante participar de toda esta chorrada, pero, en fin, eso ya no puede cambiarse. Tú y Julian me habéis...

—¡Eh! —En los ojos de Amber centelleó una mirada de advertencia—. No vuelvas a decir que te hemos engatusado.

—¿Ah, no? ¿Y qué habéis hecho?

—Nadie te ha engatusado.

—¡Venga ya, por favor! Habéis sido

endemoniadamente insistentes.

—¿Y qué? ¿Qué edad tienes? ¿Cinco años? Si no hubieras querido venir...

—Yo no quería venir. Estoy aquí por Lynn. —Tim suspiró y se pasó la mano por los ojos—. ¡Está bien, de acuerdo! ¡Ella tiene muy buen aspecto! Parece estar estable, pero así y todo...

—Tim. ¡Ella ha construido este hotel!

—Sí —asintió él—. Eso está claro.

¡Y el hotel es magnífico! Sinceramente.

—Me tomaré en serio lo que acabas de decir. Lo único que no quiero es que uses a Lynn como pretexto sólo porque no consigues apañártelas con tu padre.

Tim probó entonces el sabor amargo de la ofensa. A continuación, se volvió hacia su mujer y negó con la cabeza.

—Eso es injusto —dijo en voz baja. Amber hizo girar su limonada entre

los dedos. Durante un rato reinó el silencio entre ambos. Luego ella rodeó el cuello de Tim con el brazo y lo besó.

—Perdona.

—No pasa nada.

—¿Has hablado ya con Julian acerca de esto?

—Sí, en tres ocasiones, y adivina qué dice. Insiste en que Lynn está estupendamente. Tú opinas lo mismo. Así que, al parecer, el idiota soy yo.

—Por supuesto que lo eres. Eres el idiota más encantador que haya conseguido sacarme jamás de quicio.

Tim mostró una sonrisa algo torcida. Atrajo a Amber hacia sí, pero su mirada se dirigió más allá de la barandilla. El helicóptero que había traído al atleta y a la pareja de indios se alejaba con un sordo estruendo hacia el mar abierto. En su lugar, un nuevo aparato flotaba sobre el helipuerto, preparándose para aterrizar. Abajo, Lynn salió de la recepción para dar la bienvenida a los nuevos huéspedes. Los ojos de Tim se deslizaron a lo largo del escarpado terreno situado entre el hotel y los

acantilados, el desolado campo de golf; luego recorrieron el camino que bajaba hasta el paseo de la costa. Las dislocaciones del terreno y los desfiladeros habían hecho necesaria la construcción de varios pequeños puentes, con el resultado de que ahora uno podía recorrer a pie cómodamente todo el lado oriental de la Isla de las Estrellas. Entonces, Tim vio a alguien que avanzaba por el sendero. En dirección opuesta se veía caminar una pequeña figura cuyo blanco cuerpo centelleaba bajo el sol.

Era tan blanco como el marfil.

Finn O'Keefe la vio y se detuvo. La

mujer avanzaba a ritmo de marcha. Tenía un aspecto curioso, con unas extremidades tan delgadas como varas, casi anoréxicas, pero muy bien formadas. Tenía la piel blanquísima, y también blanco era su pelo largo y ondulante. Llevaba un traje de baño a medida de color perlado, unas zapatillas deportivas del mismo tono, y se movía con la gracia de una gacela. Era una persona acostumbrada a los titulares.

—Hola —dijo Finn.

La mujer detuvo la marcha y se acercó con paso suave.

—¡Hola! ¿Quién eres?

—Soy Finn.

—Ah, sí. Finn O'Keefe. En la pantalla tienes otro aspecto.

—Siempre suelo tener aspectos distintos.

Él le tendió la mano. Los dedos de la mujer, largos y delgados, le apretaron la suya con una firmeza sorprendente. Ahora que ella estaba tan cerca de él, Finn pudo ver que sus cejas y sus pestañas eran tan blancas como su cabello, mientras que su iris tenía cierta tonalidad violeta. Bajo la nariz pequeña y recta sobresalía una boca bastante abultada de labios casi incoloros. A Finn O'Keefe le pareció una especie de alien atractivo, cuya piel, demasiado

estirada, empezaba a arrugarse en algunos puntos. Estimó que la mujer habría superado hacía poco la barrera de los cuarenta.

—¿Y usted quién es? ¿O quién eres

tú?

—Soy Heidrun —dijo ella—.

¿También formas parte del grupo que va a viajar?

Su inglés sonaba como si recorriera unos pasadizos mellados. Finn intentó clasificar su acento. Los alemanes, en la mayoría de los casos, hablaban un inglés que sonaba como una sierra; el de los escandinavos, en cambio, era suave y melodioso. Heidrun, concluyó Finn, no

era alemana, tampoco danesa ni sueca.

—Sí —respondió él—. Yo también estoy en el grupo.

—¿Y? ¿Estás cagado de miedo?

Él soltó una carcajada. Ella no parecía impresionada en absoluto por habérselo encontrado allí. Expuesto a la agotadora admiración de incontables mujeres que preferían tener a sus maridos en el jardín o en viaje de negocios a fin de verlo a él en sus camas, Finn siempre estaba huyendo de tales muestras; por no hablar de los hombres que lo adoraban.

—Para ser sincero, lo estoy, un poquito.

—No pasa nada, yo también.

Heidrun se apartó de la frente su melena empapada en sudor, se volvió, extendió los dedos pulgar e índice de ambas manos formando un ángulo recto, juntó las yemas y observó la plataforma en medio del mar a través del recuadro. Sólo si se miraba muy detenidamente podía distinguirse aquella raya negra vertical.

—¿Y qué es lo que quiere él de ti?

—preguntó ella repentinamente.

—¿Quién?

—Julian Orley. —Heidrun dejó caer las manos y dirigió su mirada violeta hacia Finn—. A fin de cuentas, espera

algo de cada uno de nosotros.

—¿Ah, sí?

—Bueno, no hagas como si no lo supieras. En cualquier otro caso, no estaríamos aquí, ¿no te parece?

—Hum.

—¿Eres rico?

—No me va mal.

—Era una pregunta estúpida. ¡Claro que debes de ser rico! Eres el actor mejor pagado, ¿no es así? Si no te has gastado toda la pasta, debes de valer unos cuantos cientos de millones de dólares —dijo Heidrun ladeando la cabeza con curiosidad—. ¿Y bien? ¿Lo eres?

—¿Y tú?

—¿Yo? —repuso ella, riendo—. Olvídalo. Soy fotógrafa. Con lo que yo poseo no se le podría dar ni una nueva mano de pintura a esa plataforma. Digamos que me tolera. Quien le importa realmente es Walo.

—¿Y ése quién es?

—¿Walo? —preguntó ella señalando hacia el hotel—. Mi marido. Walo Ögi.

—El nombre no me dice nada.

—No me extraña. Los artistas son incapaces de pensar en el dinero, y él no hace otra cosa —dijo Heidrun, y sonrió

—. Es cierto que también tiene muchas buenas ideas sobre cómo gastarlo. Te

caerá bien. ¿Sabes quién está aquí también?

—¿Quién?

—Evelyn Chambers. —La sonrisa de Heidrun cobró cierto aspecto malicioso—. Creo que querrá apretarte las tuercas. Aquí podrás evitarla, pero allá arriba...

—No tengo ningún problema en hablar con ella.

—¿Quieres apostar a que sí lo tienes?

Heidrun le dio la espalda y empezó a subir por el camino que conducía hasta el hotel. O'Keefe la siguió. En efecto para él constituía un enorme problema

hablar con Evelyn Chambers, la presentadora de televisión más famosa de Estados Unidos. Finn detestaba los programas de entrevistas como pocas cosas en el mundo. Una docena de veces, o quizá más, ella lo había invitado a su programa, «Chambers», a q u e l striptease del alma con una audiencia enorme que todos los viernes por la noche reunía delante de las pantallas a millones de norteamericanos socialmente depravados. Él había rechazado la invitación en cada ocasión. Y ahora, allí, sin barrotes de por medio, él sería la chuleta y ella la leona.

«¡Espantoso!»

Ambos pasaron de largo el campo de golf.

—Eres albina —dijo él.

—Vaya, el listo de Finn.

—¿No tienes miedo a pillar una insolación? Debido a la... ¿Cómo lo llaman a eso?

—¿Te refieres a mi marcado trastorno de la melanina y a mis ojos demasiado sensibles a la luz? —dijo ella, recitándole la respuesta—. No, ningún problema. Llevo lentes de contacto con un filtro muy potente.

—¿Y tu piel?

—Vaya, qué halagüeño —repuso ella en tono burlón—. Finn O'Keefe se

interesa por mi piel.

—Qué tontería. Me interesa en serio.

—Está totalmente despigmentada. Sin crema solar, ardería en llamas. Por eso uso Moving Mirrors.

—¿Moving Mirrors?

—Sí, un gel provisto de nanoespejos que se acomodan según la posición del sol. Por eso puedo permanecer al aire libre durante un par de horas, pero, claro, eso es algo que no debe convertirse en un hábito. ¿Qué te parece, compañero de deportes? ¿Nos vamos a nadar?

Después de haber pasado la mayor parte del día de un lado a otro

acompañando a los huéspedes desde el helipuerto hasta el hotel y recorriendo el mismo camino una y otra vez a la inversa para ir a esperar la llegada del siguiente helicóptero, Lynn Orley sólo se preguntaba cómo aún no había abierto un surco en el suelo.

Por supuesto que, entretanto, también había hecho otras cosas. Andrew Norrington, subjefe de seguridad de Orley Enterprises, había transformado la Isla de las Estrellas en una zona de alta seguridad, hasta el punto de que uno tenía la sensación de estar en el California de la célebre canción de los Eagles, donde podías cancelar la

habitación cuando quisieras pero del que jamás podías salir. Las nociones de Lynn sobre la seguridad abarcaban la protección, pero no la exhibición de la misma, mientras que Norrington, en cambio, argumentaba que la seguridad

—la security, como él decía— no podía ocultarse en el bosque como un duendecillo. Lynn, por su parte, adujo esta vez que ya había sido suficientemente difícil convencer a los huéspedes para que renunciaran a la omnipresencia de su propio séquito de protección, y puso el ejemplo de Oleg Rogachov, que sólo había aceptado de mala gana dejar en casa a la media

docena de matones con los que normalmente solía desembarcar, y añadió, además, que la mitad del personal de servicio había sido reclutado entre francotiradores. Nadie quería encontrarse, mientras hacía jogging o jugaba al golf, con personajes tenebrosos que prácticamente llevaban en la frente la marca de un peligro inminente. Por lo demás, Lynn dijo que profesaba las mayores simpatías por los duendecillos portadores de armas que cuidaban de uno sin que uno tuviera que tropezárselos todo el tiempo en el camino.

Después de una batalla tenaz,

Norrington había dado una nueva forma a su brigada y encontrado una vía para adaptarla al entorno. Lynn sabía que le estaba poniendo las cosas difíciles al subjefe de seguridad, pero Norrington tendría que apañárselas así. Era excelente en su trabajo, muy organizado y fiable, pero también era víctima de esa contagiosa paranoia que, más tarde o más temprano, se apoderaba de los guardaespaldas.

—Interesante —dijo Lynn.

A su lado, Locatelli resoplaba como un caballo.

—¡Sí, pero ellos querían bajar el precio! Y entonces sí que me enfurecí.

Dije: «Un momento. ¡Un momentito!

¿Sabéis con quién tendréis que véroslas en esto? ¡Cabrones! ¡Primates! Yo no nací ayer, ¿de acuerdo? A mí no podéis atraerme mostrándome una zanahoria. O jugáis según mis reglas o voy a...»

Y así sucesivamente.

Lynn asentía enfáticamente mientras acompañaba a los recién llegados a la recepción. Warren Locatelli era un auténtico gilipollas. Y Momoka Omura, que no era más que la estúpida hortera que lo acompañaba, no era un ápice mejor. Pero mientras Julian les otorgara valor, ella tendría que prestar atención a un insecto parlanchín como aquél. A

Locatelli no había que entenderlo forzosamente para sostener una conversación con él. Bastaba con reaccionar al volumen, al ritmo del habla y a algunos sonidos acompañantes como gruñidos, chasquidos o risas. Cuando la avalancha verbal que caía sobre uno se diluía en regocijo, se pulsaba el botón de la carcajada. Si lo golpeaba a uno con tono de cólera, siempre se estaba del lado seguro con alguna exclamación como

«¡Inconcebible!» o «No, ¿en serio?». Si la situación requería una comprensión del contexto, se lo escuchaba. Vacilarle era legítimo, uno sólo tenía que velar

por que no lo pillaran.

En el caso de Locatelli bastaba con poner el piloto automático. Mientras no hablara de algo especializado, su tema era lo grandioso que era él mismo y la condición de mamones del resto del mundo. O de cabrones, de primates, siempre según el momento.

¿Quién sería el próximo en llegar? Chuck y Aileen Donoghue.

Chucky, el magnate hotelero. Era un buen tipo, aunque contara unos chistes pésimos. Aileen saldría corriendo de inmediato a la cocina para ver si cortaban la carne con el suficiente grosor.

Aileen: «¡A Chucky le gustan las chuletas bien gruesas! Y gruesas tienen que ser.»

Chucky: «¡Sí, gruesas! Lo que los europeos entienden por chuletas no son tales. ¿Sabéis cómo llamo yo a las chuletas europeas? ¿Queréis saberlo? Pues, ¡carpaccio!»

No obstante, Chuck era un buen tipo. Para desgracia de Lynn, Locatelli

era la reina en el tablero de ajedrez de Julian, o por lo menos una de las torres. Warren Locatelli había conseguido lo que había exasperado a generaciones de físicos antes que él, desarrollar células fotovoltaicas que transformaban en

electricidad un sesenta por ciento de la luz del sol. Con ello, y gracias a que era también un brillante hombre de negocios, Lightyears, la empresa de Locatelli, había asumido el liderazgo del mercado en el sector de la energía solar, y había hecho a su dueño tan rico que la revista Forbes lo colocaba en el puesto número cinco entre los multimillonarios del mundo.

Momoka Omura caminaba muy oronda junto a ellos con gesto de aburrimiento. Deslizó su mirada por las instalaciones y murmuró un benévolo

«Agradable». Lynn se imaginó pegándole con el puño cerrado entre las

cejas, pero se le enganchó del brazo y le hizo algún cumplido sobre su cabello.

—Sabría que te gustaría — respondió Omura con una levísima sonrisa delgadísima.

«Pues no, tienes un aspecto miserable —pensó Lynn—. Horroroso.»

—Qué bien que hayáis venido —

dijo en cambio.

En ese momento, Evelyn Chambers tomaba el sol en su terraza del sexto piso. Se esforzaba a duras penas por echar mano de sus conocimientos del ruso y tenía las orejas bien abiertas. Ella era como el sismógrafo de la alta sociedad. El más mínimo temblor era

transformado, en su personal escala de Richter, en un valor noticioso, y en ese momento el temblor era más que potente.

En la habitación contigua a la suya se alojaban los Rogachov. Las terrazas estaban separadas unas de otras por paneles insonorizados pero, a pesar de ellos, Evelyn escuchaba el jadeante sollozar de Olympiada Rogachova, a veces más próximo, otras veces más lejano. Por lo visto, la mujer caminaba de un lado a otro, como una tigresa, con un trago lleno hasta el borde en una mano, como de costumbre.

—¿Por qué? —chilló la rusa—. ¿Por qué otra vez?

La respuesta de Oleg Rogachov le llegó en un tono apagado e incomprensible desde el interior de la habitación. Fuera lo que fuese lo que había dicho, ello hizo que Olympiada erupcionara como un volcán.

—¡Pedazo de cabrón! —gritó ella

—. ¡Delante de mis propias narices! — Sonidos ahogados, jadeos—. ¡Ni siquiera te has tomado el trabajo de hacerlo en secreto!

Rogachov salió al exterior.

—Ah, ¿es que acaso quieres que me ande con secretos? De acuerdo.

Tenía la voz serena y apática, la voz adecuada para bajar la temperatura del

entorno en unos cuantos grados. Chambers lo imaginó ante sí. Un hombre de mediana estatura, poco llamativo, con el pelo rubio y ralo y una cara de zorro sobre la que reposaban dos ojos que eran como dos lagos de montaña, helados y pequeños. Chambers había entrevistado a Oleg Alexéievich Rogachov el año anterior, poco después de que adquirió la mayoría de las acciones del consorcio Daimler, y entonces conoció a un empresario cortés y sereno que respondió de buena gana a todas sus preguntas, al tiempo que parecía tan impenetrable como una superficie blindada.

Evelyn recapituló todo lo que sabía acerca de Rogachov. Su padre había dirigido un consorcio soviético del acero, más tarde privatizado a raíz de la perestroika. El modelo habitual entonces preveía la entrega a los obreros de participaciones en forma de bonos. Por un tiempo, el organismo pluricelular del proletariado tomó el mando, sólo que las participaciones de una fábrica de acero no servían para alimentar a las familias. Por tal razón, la mayoría de los trabajadores se mostraron rápidamente dispuestos a convertir aquellos papeles en dinero contante y sonante, vendiéndolos a sociedades financieras o

a sus superiores, y por los cuales, según el principio del «O comes, o mueres», recibieron sólo una fracción de su valor real. Poco a poco, las antiguas empresas estatales de la fragmentada Unión Soviética fueron cayendo en manos de firmas inversionistas y especuladores. También el viejo Rogachov se había servido y había comprado suficientes participaciones de sus trabajadores, acciones que le bastaron para arrebatarles el consorcio, con lo que se interpuso en la línea de fuego de un clan mafioso metido en la competencia. Por desgracia, lo hizo en el sentido literal de la palabra: dos balas lo alcanzaron en el

pecho y una tercera se le alojó en el cráneo. La cuarta bala, que estaba destinada a su hijo, falló el blanco. Oleg, quien hasta ese momento sólo se había dedicado a sus distracciones estudiantiles, interrumpió su carrera y se alió con un clan cercano al gobierno en contra de los asesinos de su padre, lo que culminó en un tiroteo sobre el que no existía documentación detallada. Se demostró que por esa fecha Oleg estaba en el extranjero, y a su regreso se convirtió repentinamente en presidente del consejo de administración de la empresa y en un huésped bien visto en el Kremlin.

Sencillamente, Oleg Rogachov había apostado por las personas correctas.

En los años siguientes, Rogachov se dedicó a modernizar el consorcio, hizo elevadas ganancias y se fue tragando, uno tras otro, a un gigante del acero alemán y a otro inglés. Invirtió en el aluminio, cerró contratos con el gobierno para la ampliación de la red ferroviaria rusa, adquirió participaciones en consorcios automovilísticos europeos y asiáticos e hizo una fortuna en una China hambrienta de materias primas. Por todo ello, estaba penosamente destinado a tener en cuenta los intereses de los poderosos de

Moscú. Y en gratitud, el sol brilló sobre su cabeza. Vladimir Putin le aseguró su estima; Dimitri Medvediev lo sentó a su mesa como asesor. Cuando en el año

2018 el líder del ramo en el mercado mundial, Arcelor Mittal, entró en crisis, Rogachov asumió el abatido gigante del acero y se puso a la cabeza del ramo con su empresa Rogamittal.

Más o menos para esa época, Maxim Ginsburg, el sustituto de Medvediev, había disuelto de tal modo los ya erosionados límites entre la economía privada y la política que la prensa lo calificó como el «director general de Rusia, S. A.». Rogachov, a su manera,

también rindió su tributo a Ginsburg. Una noche de borrachera salió a relucir que Ginsburg tenía una hija, Olympiada, una chica parca en palabras y de atractivos nada extraordinarios, pero a la que el presidente quería ver casada, en lo posible con una dote bien sólida. De algún modo Olympiada había conseguido terminar unos estudios universitarios de política y ciencias económicas, lo que la había llevado a la posición de diputada al Parlamento, dándole expresión a su amor paterno en forma de votos, mientras se marchitaba sin haber florecido nunca. Rogachov le hizo el favor a Ginsburg. Los

desposorios de aquellas dos fortunas privadas subieron a escena con bombo y platillo, sólo que, la noche de bodas, Rogachov evitó el lecho matrimonial y se fue a dormir a otra parte. A partir de ese día, siempre estuvo en otra parte, también el día en que Olympiada trajo al mundo al único hijo de la pareja, que fue confiado a una escuela privada y al que se había visto poco desde entonces. La hija de Ginsburg se fue quedando sola. No sabía qué hacer con el entusiasmo de su marido por los deportes de combate, las armas y el fútbol, y mucho menos sabía qué hacer con sus constantes amoríos. Entonces fue y se quejó a su

padre. Ginsburg pensó en los 56.000 millones de dólares que su yerno había puesto sobre la balanza y le aconsejó a Olympiada que se buscase un amante. Y eso fue lo que hizo la hija. Se llamaba Jim Beam, y tenía la ventaja de estar allí cuando se lo necesitaba.

¿Cómo iba a sobrevivir aquella pobre mujer los próximos catorce días?

Evelyn Chambers estiró su cuerpo de latina. No estaba nada mal para tener cuarenta y cinco años, pensó. Todo estaba terso aún, aunque en algún que otro punto podía verse el inevitable aumento de la grasa muscular y algunos síntomas de celulitis encrespaban

algunas zonas del trasero y los muslos. Evelyn parpadeó al sol. El chillido de las aves marinas colmaba el aire. Sólo entonces le llamó la atención que en el cielo sólo pudiera verse una única nube, como si el hijo de una nube se hubiese extraviado por aquellos lares. Parecía estar muy alta en el cielo, pero ¿qué significaba alto? Pronto viajaría mucho más allá del punto donde las nubes perduran.

Arriba, abajo, todo era cuestión de perspectiva.

En su mente hizo un repaso de los participantes de aquella expedición en su valor mediático aprovechable. Ocho

parejas y ocho singles, sin contarla a ella. A algunos de los presentes no les agradaría que ella participase. Finn O'Keefe, por ejemplo, que se negaba a acudir a programas de entrevistas. O los Donoghue: archirrepublicanos a los que les gustaba poco que la poderosa presentadora de televisión estadounidense militara en el bando demócrata. Era cierto que Chambers había hecho algunas incursiones activas en la política, por ejemplo, en el año

2018, cuando aspiró al cargo de gobernadora de Nueva York, en una campaña que comenzó de manera triunfal pero acabó en un auténtico

desastre, si bien su influencia sobre la opinión pública salió ilesa de todo aquello.

¿Mukesh Nair? Otro al que no le gustaba ir a los talkshows.

En cambio, Warren Locatelli y su esposa japonesa poseían cierto valor como entretenimiento. Locatelli era vanidoso y borde, pero por otro lado era genial. Existía una biografía suya ti tul a d a ¿Cómo sería el mundo si Locatelli lo hubiera creado?, en la que se expresaba, con acierto, el modo en que aquel hombre se veía a sí mismo. A Locatelli le gustaba la navegación a vela y el año anterior había ganado la Copa

América, pero su verdadera pasión era el deporte de las carreras. Omura había aparecido durante mucho tiempo en algunos indigestos experimentos cinematográficos, antes de conseguir un éxito notable con el drama artístico Loto negro. Era una persona arrogante y — hasta donde podía juzgar Evelyn Chambers— incapaz de sentir empatia.

¿Quién más? Estaba Walo Ögi, inversionista suizo, coleccionista de arte. Tenía participaciones en todos los negocios inmobiliarios imaginables, aseguradoras, líneas aéreas y empresas del automóvil, pasando también por Pepsi-Cola, empresas madereras de los

trópicos y de alimentos precocinados. Según se rumoreaba, estaba planeando la construcción de un segundo Mónaco por encargo del príncipe monegasco. Pero la que le parecía más interesante a Chambers era Heidrun Ögi, su tercera esposa, de la que se decía que había financiado su estudio fotográfico como bailarina de striptease y actriz en películas pornográficas. Del grupo también formaban parte Marc Edwards, cuya popularidad se debía al desarrollo de chips cuánticos, tan diminutos que podían activarse con un solo átomo, y Mimi Parker, creadora de la llamada

«moda inteligente», cuyas telas estaban

tejidas con los chips de Edwards. Eran personajes divertidos, atléticos y comprometidos socialmente, moderadamente interesantes. Posiblemente los Tautou daban más de sí. Bernard Tautou tenía ambiciones políticas y ganaba miles de millones en el negocio del agua, un tema que ocupaba a las organizaciones de derechos humanos con bastante regularidad.

La octava pareja provenía de Alemania. Eva Borelius era considerada la reina no coronada de las investigaciones con células madre, y su compañera, Karla Kramp, trabajaba

como cirujana. Eran dos lesbianas de exhibición. Estaban, además, Miranda Winter, ex modelo y flamante viuda de un industrial, así como Rebecca Hsu, la Coco Chanel de Taiwán. Las cuatro habían mostrado sus interioridades en el plató de «Chambers», mientras que sobre Carl Hanna, por el contrario, no sabía lo más mínimo.

Con gesto reflexivo, Evelyn Chambers se frotó la barriga con crema solar.

Hanna era un hombre extraño. Un inversionista privado canadiense nacido en Nueva Delhi en 1981, hijo de un adinerado diplomático británico. A la

edad de diez años se trasladó con su familia a British Columbia, donde más tarde estudió economía. Años de enseñanza en la India, accidente mortal de sus padres, regreso a Vancouver. Por lo visto, había sabido invertir inteligentemente su herencia, lo suficiente como para no tener que dar un palo al agua nunca más, aunque, según los rumores, estaba planeando invertir en la industria astronáutica india. Eso era todo cuanto Evelyn sabía. El curriculum de un especulador. Por supuesto que no todos tenían que ser vanidosos como Locatelli. Pero Donoghue, por ejemplo, boxeaba.

Rogachov tenía formación en todas las disciplinas deportivas imaginables y, pocos años antes, había comprado el Bayern de Munich. Edwards y Parke practicaban el buceo; Borelius, la equitación; Kramp jugaba al ajedrez, y O'Keefe podía señalar una escandalosa carrera como drogadicto y había vivido un tiempo entre los gitanos de Irlanda. Todos tenían algo que mostrar que los identificaba como personalidades de carne y hueso.

Hanna poseía varios yates.

En un principio, en lugar de Hanna, el que debería haberles acompañado en ese viaje era Gerald Palstein, jefe del

ejecutivo de EMCO, el tercer consorcio minero más grande del mundo. Un espíritu liberal que muchos años antes había meditado en voz alta sobre el fin de la era de los combustibles fósiles. A Chambers le habría gustado conocerlo, pero el mes anterior Palstein había sido blanco de un atentado, y las heridas sufridas fueron tan graves que tuvo que cancelar su participación. Hanna fue entonces a ocupar su sitio.

¿Quién era el tipo?

Chambers decidió averiguarlo, sacó las piernas de la tumbona y se acercó a la barandilla de la terraza. Muy por debajo de ella centelleaba la enorme

piscina del hotel Stellar Island. Algunos chapoteaban ya en el agua de color azul turquesa; se les acababan de unir Heidrun Ögi y Finn O'Keefe. Chamber reflexionó sobre si debía bajar donde ellos o no, pero de repente sintió vértigo ante la idea de tener que entablar una conversación y se apartó de la barandilla.

Era algo que le estaba sucediendo cada vez con mayor frecuencia. Una reina de la charla frívola con alergia a charlar. Fue a buscar un trago y esperó a que se le pasara el ataque.

O'Keefe siguió a Heidrun hasta el bar de la piscina, donde un hombre de

buen porte, de unos sesenta años, explicaba algo gesticulando mucho con los brazos. Gozaba de la atención que le prestaban una pareja de aspecto atlético que lo escuchaban con absoluta concordia, reían casi al unísono y soltaban simultáneas exclamaciones de

«¡No me diga!», dejando entrever qué clase de gente formaba parte de aquel tándem.

—Fue algo drástico, por supuesto — dijo el hombre de mayor edad, y rió—. Totalmente exagerado, pero ¡estuvo bien precisamente por eso!

Los rasgos del hombre mostraban cierta nobleza a pesar de las arrugas,

poseía una nariz robusta, romana, un mentón escultural. El cabello, surcado por hilos de plata, era recio como el alambre y estaba peinado hacia atrás con gomina; su bigote casi se correspondía con el grosor de sus cejas.

—¿Qué era exagerado? —preguntó

Heidrun, y lo besó.

—El musical —dijo el hombre, dirigiendo su mirada hacia O'Keefe—.

¿Quién es este señor, mein Schatz?

A diferencia de Heidrun, el hombre hablaba un inglés cuidado, casi sin acento. La particularidad radicaba en que había llamado «amor mío» a su esposa en alemán, «mein Schatz».

Heidrun se colocó a su lado y apoyó la cabeza sobre su hombro.

—¿Es que nunca vas al cine? —

preguntó ella—. Éste es Finn O'Keefe.

—Finn... O'Keefe. —Sobre la alta frente del caballero, las arrugas se transformaron en un signo de interrogación—. Lo siento, pero...

—Interpretó a Kurt Cobain.

—¡Oh, sí! ¡Estupendo! Me alegro de conocerlo. Yo soy Walo. Heidrun ha visto todas sus películas. Yo no, pero r e c u e r d o Hyperactive. ¡Un trabajo increíble!

—Mucho gusto —sonrió O'Keefe

No tenía ningún problema con conocer a

gente, sólo que le parecía terriblemente tedioso todo el ritual de las mutuas presentaciones; estrechar manos y asegurarle a una persona a la que jamás se ha visto antes lo grandioso que es encontrársela allí.

Ögi presentó entonces a la rubia que estaba a su lado como Mimi Parker, una all american girl de piel bronceada, con las cejas oscuras y unos dientes perfectos. «Presumiblemente californiana», pensó O'Keefe. California parecía tener una especie de patente sobre esa clase de chicas.

—Mimi hace una moda increíble —

explicó Ögi con entusiasmo—. Si lleva

usted un jersey hecho por ella, no tendrá que acudir jamás al médico.

—Oh. ¿Y cómo es eso?

—Pues muy sencillo. —Parker tenía intención de decir algo, pero Ögi se le había adelantado—: ¡El jersey mide las funciones corporales de uno! Suponiendo que se le presente a usted un principio de infarto, la prenda de ropa envía su historial clínico al hospital más próximo y llama a la ambulancia.

—Pero ¿también puede operar?

—Lleva unos transistores entretejidos en la tela —explicó Parker seriamente—. La prenda de ropa es prácticamente un ordenador con

millones de sensores. Crean una interfase con el cuerpo del portador, pero también se los puede conectar con cualquier sistema externo.

—Suena molesto, como si picara.

—Intercalamos en la ropa los chips cuánticos de Marc. Eso no pica.

—Por cierto —dijo el hombre rubio, tendiéndole la mano a O'Keefe—. Él es Marc Edwards.

—Mucho gusto.

—Mire usted —dijo Parker, señalando su traje de baño—. Solamente aquí hay dos millones de sensores. Entre otras cosas, miden mi temperatura corporal y la transforman en

electricidad. Claro que de una central eléctrica corporal sólo se obtienen cantidades ínfimas de energía aprovechable, pero ésta bastaría para caldear el bañador si fuera necesario. Los sensores reaccionan ante la temperatura del agua y de la atmósfera.

—Interesante.

—Por cierto, yo sí que he visto Hyperactive —dijo Edwards—. ¿Es verdad que aprendió a tocar la guitarra para interpretar el papel?

—El clásico caso de información errónea —dijo Heidrun, aburrida—. Finn creció con la guitarra y el piano. Tiene incluso su propia banda.

—Tuve —repuso O'Keefe al tiempo que alzaba las manos—. Tuve una banda, pero nos reuníamos en escasas ocasiones.

—La película me pareció estupenda

—señaló Edwards—. Es usted uno de mis actores preferidos.

—Gracias.

—Cantó usted magníficamente en esa peli. ¿Cómo se llamaba el grupo?

—The Black Sheep.

Edwards puso una cara como si sólo le faltara un pelín para recordar a The Black Sheep y todos sus éxitos.

—Créame, no ha oído hablar nunca nada de nosotros.

—Claro que no. —Ögi le puso un brazo sobre los hombros y bajó la voz

—. Entre nosotros, joven, todos éstos son unos crios. Apuesto cualquier cosa a que ninguno sabe quién fue Kurt Cobain.

Mimi Parker miró insegura de uno a otro.

—Para ser sincera...

—Ah, ¿es que existió realmente el tal Cobain? —se maravilló Edwards.

—Es una figura histórica. —Ögi sacó un puro, le cortó el extremo y lo prendió lentamente—. El trágico héroe de una generación que adoraba el suicidio. Un romántico bajo la túnica del nihilismo. El dolor universal, la latente

añoranza de la muerte, nada que no podamos encontrar también en Schubert o en Schumann. Una muerte fulminante.

¿Cómo se preparó usted para el papel, Finn?

—Pues...

—¿Intentó ser él?

—Para ello tendría que haberse puesto hasta las cejas de drogas —dijo Edwards—. Ese Cobain estaba todo el tiempo colocado.

—Tal vez lo hiciera —opinó Ögi—.

¿Lo hizo?

O'Keefe negó con la cabeza, riendo.

¿Cómo podía explicarles a un grupo de personas en una piscina, o a cualquiera,

la manera en que se interpretaba a Kurt

Cobain?

—¿No llaman a eso method acting?

—preguntó Parker—. El actor renuncia a su identidad en beneficio del personaje cinematográfico semanas e incluso meses antes del rodaje. Se prescribe prácticamente una especie de lavado de cerebro.

—No, no es del todo así. Yo trabajo de un modo diferente.

—¿Cómo trabaja usted?

—Según un método más profano. Es un trabajo, ¿entiende? Sencillamente eso, un trabajo.

Parker parecía decepcionada.

O'Keefe sintió que la mirada violeta de Heidrun recaía sobre él. Empezó a sentirse incómodo. Todos lo miraban.

—Usted hablaba precisamente de un musical —le dijo a Ögi, a fin de desviar el foco de la atención de su persona—.

¿De qué musical se trata?

—Nine eleven —repuso Ögi—. Lo vimos la semana pasada en Nueva York.

¿Ya lo ha visto?

—Aún no.

—Nosotros estamos pensando en ir

—comentó Edwards.

—Vaya. —Ögi empezó a soltar señales de humo—. Como le he dicho,

¡es drástico! Podrían haber hecho que la

obra derrochase piedad, pero, por supuesto, el argumento necesita una puesta en escena vigorosa.

—Dicen que la escenografía es imponente —señaló Parker, entusiasmada.

—Holográfica. Uno cree que está dentro de la trama.

—Me gusta el aria del policía y la muchacha. La pasan constantemente por la radio. «Hasta la muerte, niña mía...»

Ella empezó a tararear una melodía. O'Keefe esperó no tener que decir su opinión sobre el tema. Ni había visto Nine eleven ni tenía intenciones de ir a ver la obra.

—No vale la pena ir a verla por la trama, que es bastante kitsch —resopló Ögi—. Claro, Jimeno y McLoughli están interpretados de una manera decente, también sus mujeres, pero fundamentalmente vale la pena ir por los efectos especiales. Cuando llegan los aviones, ¡no podrían creerlo! Y también por el tipo que interpreta el papel de Osama bin Laden. Es realmente exorbitante.

—¿Es un bajo?

—Barítono.

—Me voy a nadar —dijo Heidrun

—. ¿A alguien le apetece acompañarme?

¿Finn?

«Gracias», pensó el actor.

Finn fue hasta su habitación y se cambió de ropa. Diez minutos después, ambos competían en la piscina nadando estilo libre. Dos veces seguidas, Heidrun lo dejó atrás, y sólo a la tercera consiguieron llegar simultáneamente al borde de la piscina. La mujer se apoyó en él y se elevó. Con una mano, Walo le lanzó un beso rodeado del humo del puro, para luego volverse y seguir contando sus historias con gesto grandilocuente. En ese preciso instante entraron en las instalaciones un hombre atlético y una mujer llena de curvas con una cabellera color rojo fuego.

—¿Conoces al tipo? —preguntó él.

—No —dijo Heidrun, cruzando los brazos sobre el borde de la piscina—. Deben de acabar de llegar. Tal vez sea ese inversionista canadiense. Su apellido empieza por H, Henna o Hanson. A la pelirroja creo haberla visto alguna vez, pero no recuerdo dónde.

—¿Ella? —O'Keefe se apartó el pelo chorreante de la frente—. Se llama Miranda Winter.

—¡Ah, sí! ¡Cierto! ¿No estuvo una vez bajo sospecha de asesinato?

—Sí, durante un tiempo —respondió

O'Keefe, encogiéndose de hombros—.

Puede llegar a ser muy graciosa, sobre todo después de que uno sabe que suele ponerles nombres a sus pechos y que dilapida sin orden ni concierto una herencia de trece mil millones de dólares. No tengo ni idea sobre si había o no verdad alguna en esas inculpaciones. Se escribió mucho sobre ello, pero al final salió libre.

—¿Dónde se encuentra uno con tales personajes? ¿En fiestas?

—Yo no voy a fiestas.

Heidrun se sumergió un poco más en el agua y se colocó de espaldas. Su pelo se desplegó formando una flor marchita. O'Keefe no pudo por menos que pensar

en esas historias de sirenas, criaturas seductoras que surgían de las profundidades y arrastraban a los marinos bajo el agua para robarles el aliento con un beso.

—Es cierto. Detestas ser el centro de atención, ¿no es así?

Finn reflexionó al respecto.

—En realidad, no.

—Precisamente. Lo único que te saca de quicio es que no haya por lo menos una pantalla de por medio entre tu persona y aquellos que ven tus películas, alguna clase de barrera. Disfrutas del culto que se despliega a tu alrededor, pero lo que disfrutas aún más es hacerle

creer a la gente que todo eso te da igual.

Él la miró desconcertado.

—¿Es ésa tu impresión?

—Cuando la revista People te calificó como el «hombre vivo más sexy del mundo», te encajaste una gorra de visera sobre la frente y afirmaste que no sabías por qué las mujeres se echaban a llorar cuando te veían.

—Es algo que no entiendo —dijo Finn O'Keefe—. Sinceramente no lo entiendo.

Heidrun rió.

—La verdad es que yo tampoco.

La mujer se hundió en el agua. A

medida que se alejaba, su silueta fue

descomponiéndose en varios vectores cubistas. Por un momento, O'Keefe se preguntó si le gustaba su respuesta. Entonces el tableteo de unas aspas llegó hasta donde él estaba. Miró al cielo y se vio frente a una única nube blanca.

Una pequeña y solitaria nube. El pequeño y solitario Finn.

«Tú y yo nos entendemos», pensó el actor, divertido.

El morro del helicóptero se deslizó dentro de su campo visual, pasó por encima de la piscina y continuó su descenso.

—Ya hay alguna gente en el agua —

corroboró Karla Kramp. Lo dijo con

frialdad analítica, como quien se refiere a la aparición de microbios en condiciones de humedad y calor. No sonó, por lo menos, como si tuviera intenciones de unirse a los que ya nadaban en la piscina.

Eva Borelius miró a través de la ventanilla del helicóptero y vio a una mujer de piel muy clara deslizándose a través de un fondo de color azul turquesa.

—Tal vez deberías aprender a nadar de una vez.

—Ya aprendí a cabalgar por ti — contestó Kramp sin mostrar expresión alguna.

—Lo sé —dijo Borelius, que se echó hacia atrás en el asiento y estiró sus huesudos miembros—. Pero uno nunca acaba de aprender, tesoro.

Frente a ella dormitaba Bernard Tautou; tenía la cabeza echada hacia atrás y la boca entreabierta. Tras haber dedicado la primera media hora de vuelo a hablar sobre su agotadora rutina diaria, que parecía tener lugar entre apartados pozos del desierto y veladas íntimas en su palacio de los Elíseos, se quedó rendido, y ahora podían verse sus cavidades nasales. Era un hombre bajito y delgado, de pelo ondulado y sin duda teñido, un cabello que ya mostraba

algunas entradas en las sienes. Bajo los pesados párpados, su mirada tenía algo de apática, lo que confería a sus rasgos un aire melancólico. Esa impresión se borraba en cuanto reía y sus cejas se alzaban de un modo clownesco. Y la verdad es que Tautou reía mucho. Hacía cumplidos y se mostraba interesado, pero sólo con la intención de aprovechar cada expresión de su interlocutor como trampolín para la autorreflexión. Una de cada dos frases de las que dirigía a su mujer terminaba con un exhortativo

«N'est-ce pas?», «¿No es cierto?», con lo que la función de Paulette se agotaba en la confirmación de lo dicho. Sólo

después de que él se hubo dormido, la dama se mostró más animada, habló de la amistad de ambos con el presidente francés y de lo importante que era garantizar a la humanidad el acceso al recurso más valioso y escaso. Paulette Tautou contó también que su marido, en su condición de jefe del consorcio del agua francés Suez Environnement, había conseguido urdir la toma de poder de Thames Water, con la que la nueva empresa surgida había asumido el liderazgo de los suministros de agua a nivel global, salvando al mundo por completo, o casi; casi de la misma manera en que su marido había salvado

al mundo. En su descripción, el valiente Bernard sólo se dedicaba a colocar tuberías que llegasen hasta los barrios de la gente pobre y necesitada, un santo patrono en permanente lucha contra la sed.

—¿No es el agua un recurso natural gratuito? —había preguntado Kramp.

—Por supuesto.

—¿Y se lo puede privatizar así como así?

La mirada de Paulette permaneció insondable. Con sus párpados escurridizos y su pelo peinado hacia un lado, recordaba lejanamente a la joven Charlotte Rampling, pero sin llegar a

tener su clase. Acababa de escuchar la misma pregunta que se le formulaba al ramo del agua con bastante regularidad desde hacía décadas.

—Pues, verá usted, ese debate ya ha pasado de moda, gracias a Dios. Sin privatización no habrían surgido las redes de suministros ni las plantas de tratamiento. ¿De qué le sirve el acceso libre a un recurso que está más allá de sus posibilidades de acceso?

Kramp había asentido en un gesto reflexivo.

—¿Se podría, en realidad, privatizar el aire que respiramos?

—¿Cómo? Por supuesto que no.

—Sólo intento entender. Suez

construye instalaciones de

abastecimiento, por ejemplo, en...

—Namibia.

—En Namibia, exactamente. Y esos proyectos constructivos, ¿se financian con subvenciones de la ayuda para el desarrollo?

—Sí, claro.

—¿Y luego esas instalaciones funcionan orientadas a obtener ganancias?

—Han de hacerlo así, claro.

—¿Quiere eso decir que Suez obtiene ganancias privadas que han sido subvencionadas con capitales destinados

a la ayuda para el desarrollo?

Llegados a este punto, Paulette Tautou había puesto una mirada algo ofendida y Borelius había dicho en voz baja: «Basta, Karla.» No tenía ningunas ganas, desde el propio comienzo del viaje, de entrar a analizar esas calamidades que salían a relucir casi siempre, cada vez que Karla Kramp blandía el bisturí de su curiosidad. A partir de ese momento intercambiaron algunos comentarios poco relevantes y admiraron la plataforma que se veía sobre el mar. O, para decirlo más exactamente, sus ojos y los de Karla se quedaron prendados, como en un

hechizo, de aquella infinita línea que se elevaba en el cielo, mientras que Paulette le echó una ojeada más bien recelosa y no hizo ningún ademán de despertar a su marido.

—¿No va a despertarlo? —le preguntó Borelius—. Seguro que a él le gustaría ver esto.

—Oh, no. Me alegro de que duerma. No sabe usted cuánto trabaja.

—Pronto habremos llegado, y para entonces tendrá que despertarlo de todos modos.

—Necesita cada segundo de sueño.

¿Sabe una cosa? Sólo lo despertaría por algo realmente importante.

«Algo realmente importante —pensó

Borelius—. Bueno, bueno.»

Ahora que el helicóptero descendía hacia la plataforma de aterrizaje, Paulette se dignó decir varias veces y en voz baja un «Bernard», hasta que el hombre abrió los ojos confundido y parpadeó.

—¿Hemos llegado?

—Estamos aterrizando.

—¿Qué? —dijo, incorporándose—.

¿Y dónde está la plataforma? Pensé que la veríamos.

—Estabas dormido.

—¡O h! Merde! ¿Y por qué no me despertaste, chérie? ¡Me habría gustado

mucho ver esa plataforma!

Borelius se reservó cualquier comentario. Poco antes de tocar tierra, echó un vistazo rápido a un imponente yate blanco que navegaba a lo lejos en altamar. Entonces, los patines de aterrizaje del helicóptero tocaron el suelo y la puerta lateral se abrió de golpe.

En el yate, Rebecca Hsu abandonó su despacho, atravesó el enorme salón revestido de mármol y salió a la cubierta mientras hablaba por teléfono con su central en Taipei.

—Es absolutamente irrelevante lo que quiera el jefe de distribución

francés —dijo, malhumorada—. Estamos hablando de una fragancia para chicas de doce años. Es a ellas a las que tiene que gustarles, no a él. Si empieza a gustarle a él, es porque hemos cometido algún error.

En el otro extremo de la línea alguien argumentaba de un modo vehemente. Hsu caminó con pasos rápidos hasta la popa, donde ya la esperaban el primer oficial, el capitán y la lancha rápida.

—Para mí está claro que ellos quieren realizar su propia campaña — dijo ella—. No soy estúpida. Siempre quieren tener algo propio. Esos

europeos son terriblemente

complicados. Hemos sacado esa

fragancia al mercado en Alemania, Italia

y España, sin tener que hacer nada especial, y en cada caso tuvimos éxito. No veo, por tanto, por qué precisamente en Francia... ¿Cómo?... ¿Qué fue lo que dijo?

Le repitieron la información.

—¡Eso es una chorrada! ¡Adoro

Francia! —gritó ella, indignada—.

¡Adoro incluso a los franceses! Sólo que estoy harta de esa rebelión constante. Tendrán que vivir con el hecho de que yo haya comprado su adorado consorcio de lujo. Los dejo en paz en lo que atañe

a Dior, etcétera, etcétera, pero espero una cooperación incondicional en lo que respecta a nuestras propias creaciones.

Con expresión crispada, Hsu miró hacia la Isla de las Estrellas, que se elevaba en medio del Pacífico como un monstruo marino con joroba. Ninguna brisa movía el aire. El mar se extendía de un horizonte al otro como una lámina oscura. Hsu puso fin a la conversación y se dirigió a los dos hombres vestidos con librea.

—¿Y bien? ¿Ha preguntado usted otra vez?

—Lo siento muchísimo, madame —

dijo el capitán haciendo un gesto de

negación—. No tenemos autorización.

—Me parece muy raro todo esto.

—En la Isla de las Estrellas y en la plataforma no pueden atracar barcos privados. Y lo mismo es válido para su espacio aéreo. Esta área, en su totalidad, es una zona de alta seguridad. Si no fuera usted, tendríamos incluso que esperar por su helicóptero. Han estado de acuerdo, excepcionalmente, en que la llevemos a tierra con nuestra lancha rápida.

Hsu soltó un suspiro. Estaba acostumbrada a que las normas no se dictaban para ella. Por otro lado, la perspectiva de un trayecto en la lancha

rápida le deparaba el suficiente placer como para no seguir insistiendo.

—¿Está el equipaje a bordo?

—Obviamente, madame. Espero que tenga usted unas agradables vacaciones.

—Gracias. ¿Qué tal estoy?

—Perfecta, como siempre.

«Ya me gustaría», pensó Rebecca. Desde que había superado la barrera de los cincuenta, Hsu libraba una batalla desesperada. Esa batalla tenía lugar sobre diversos aparatos de gimnasia, en piscinas con sistemas de nado contracorriente, en parcelas privadas para hacer jogging y en su yate de ciento cuarenta metros de eslora, que se había

hecho construir para poder dar la vuelta corriendo en él sin ningún obstáculo. Desde su partida de Taiwán, Hsu corría todos los días sobre esa pista. Con férrea disciplina había conseguido controlar su gula, pero ya resultaba imposible atajar la expansión de su cuerpo. Por lo menos el vestido resaltaba el resto de la cintura que aún conservaba, y era apropiadamente extravagante. El nido de pájaro que había hecho célebre su peinado en los círculos de la moda tenía su característico desorden, y en cuanto al maquillaje no había nadie que pudiera superarla.

Cuando la lancha atracó, Hsu ya estaba hablando otra vez por teléfono.

—Rebecca Hsu se aproxima —dijo

Norrington por la radio.

Lynn salió de la cocina del hotel Stellar Island, examinó los canapés de un vistazo, instruyó a su pequeño séquito de colaboradores y salió a la luz del sol.

—¿Ha traído a sus guardaespaldas?

—quiso saber Lynn.

—No. A cambio, ha querido cerciorarse varias veces de si planeábamos en serio negarle el permiso para atracar.

—¿Cómo? ¿Acaso pretende aparcar su maldito yate delante de la casa?

—Tranquilícese. Nos hemos mostrado firmes. Viene con su lancha rápida.

—Eso está bien. ¿Cuándo llegará?

—Dentro de unos diez minutos. Eso, si no se cae por la borda durante el trayecto. —La idea parecía poner de buen humor a Norrington—. No cabe duda de que hay por aquí un par de tiburones bien gordos, ¿no? La última vez que vi a esa señora, la favorita de todos, estaba muy bien para un banquete.

—Si devoran a Rebecca Hsu entonces será usted el postre.

—Usted, tan graciosa y relajada como siempre —suspiró Norrington,

poniendo así fin a la conversación.

Con paso ligero, Lynn siguió el sendero de la costa mientras su mente se escindía y empezaba a ver los fantasmas de una docena de Lynns incorpóreas y preocupadas recorriendo las instalaciones del hotel. ¿Habría pasado algo por alto? Cada una de las suites necesarias brillaba por su impecabilidad. Hasta en la decoración de las habitaciones se habían tenido en cuenta las preferencias personales de los huéspedes: lirios, litchis de montaña y frutas de la pasión para Rebecca Hsu; el champán favorito de Momoka Omura; una edición de lujo sobre la historia del

deporte de carreras sobre la almohada de Warren Locatelli; reproducciones de arte asiático y ruso en las paredes de los Ögi; viejos juguetes de latón para Marc Edwards; la biografía de Muhammad Ali, con fotos nunca antes publicadas, a fin de animar el espíritu del bueno de Chucky; esencias de baño aromatizadas con chocolate para Miranda Winter. También en el menú se reflejaban las preferencias y las aversiones de los huéspedes. Los fantasmas preocupados de Lynn suspiraron en las saunas y los jacuzzis del paisaje de gimnasio, se deslizaron por el campo de golf, se perdieron en el Stellar Island Dome, el

centro multimedia subterráneo, y en ninguna parte encontraron nada que objetar.

Lo que tenía que funcionar funcionaba.

Además, nadie vería que no habían acabado a tiempo. A menos que los huéspedes abrieran alguna de las puertas tras las cuales no se les había perdido nada. En la mayoría de las habitaciones había desorden de herramientas, se amontonaban los sacos de cemento y las labores de pintura sólo se habían terminado a medias. A sabiendas de que no podrían acabar para el día de la inauguración oficial, Lynn había puesto

todo su orgullo profesional en la terminación de las suites que necesitaban. Solamente una parte de la cocina estaba en funcionamiento, suficiente para mimar a aquel grupo de invitados, pero en ningún modo para satisfacer las necesidades de los trescientos huéspedes para los que estaba realmente concebido el hotel.

Lynn se detuvo brevemente y contempló el vapor centelleante que había crecido entre el basalto. Como si su inmovilidad constituyera una señal, centenares de aves marinas alzaron el vuelo desde un acantilado cercano, con chillidos hambrientos y agudos, y

formaron en el aire una tupida nube que se desplazó tierra adentro. Lynn se estremeció. Se imaginó a los pájaros cayendo en picado sobre las instalaciones, llenándolas de heces, picoteando y arañándolo todo, persiguiendo a las pocas personas presentes hasta que éstas se despeñaran en el mar. Vio cuerpos flotando en la piscina, vio la sangre mezclarse con el agua. Los supervivientes corrían hacia ella y le preguntaban a gritos por qué no había impedido el ataque y, de todos, el que más le gritaba era Julian, su propio padre. También los empleados del hotel se detuvieron. Sus miradas, inseguras,

alternaban entre Lynn y el hotel, ya que de repente su jefa parecía hallarse en el mismísimo Juicio Final.

Tras un minuto de total rigidez, Lynn reaccionó y continuó avanzando por el sendero de la costa en dirección al puerto.

Andrew Norrington la vio continuar. Desde aquella altura situada por encima de la piscina, donde se había apostado, tenía una vista panorámica sobre amplias zonas de la orilla oriental de la isla. En el puerto, una bahía natural ampliada a golpe de dinamita, estaban anclados varios pequeños barcos, sobre todo botes patrulla y algunas Zodiac,

todas marcadas con la característica O de Orley Enterprises. El puerto podría haberle ofrecido sitio al yate de Rebecca Hsu, pero ni en sueños pensaba Norrington en darle un trato especial a la taiwanesa. Todos los demás invitados se habían atenido al acuerdo de hacerse llevar a la isla en los helicópteros de la empresa. ¿Por qué no ella? Hsu podía darse por satisfecha de haber podido entrar con su yate en las aguas territoriales de la isla.

Mientras bajaba hasta la piscina, pensó en la hija de Julian. Aunque Lynn no le caía especialmente bien, sentía respeto por su autoridad y su

competencia. Ya en sus años jóvenes, había tenido que asumir un exceso de responsabilidades y había conseguido, a pesar de todos los envidiosos y los escépticos, poner Orley Travel a la cabeza de las empresas turísticas. No cabía duda de que el hotel Stellar Island estaba entre sus obras más brillantes, aun cuando todavía quedaran algunas cosas por hacer. De todos modos, ¡se quedaba muy corto comparado con el OSS Grand y el Gaia! Nadie habí construido algo comparable jamás. Con casi cuarenta años, Lynn se había convertido con ello en la leyenda del consorcio, y esos dos hoteles sí que

estaban terminados.

Norrington alzó la cabeza y parpadeó ante los rayos del sol. Ensimismado, se sacudió del hombro una araña del tamaño de una mano, entró al área de la piscina por un camino lateral cubierto de helechos y coníferas y sacó a patrullar su mirada. Entretanto, casi la totalidad de los integrantes de aquel grupo de viajeros se había reunido al borde de la piscina. Se repartían bebidas y canapés, y la gente se presentaba en voz alta. Julian había escogido a los participantes de manera inteligente. En conjunto, aquel grupo tan variopinto valdría unos cuantos

centenares de miles de millones de dólares: había allí idealistas como Mukesh Nair, oligarcas de la calaña de Rogachov y personajes como Miranda Winter, que por primera vez veía su cerebro de guisante ante la tarea de invertir su dinero de un modo razonable. A todos pensaba Orley aligerarlos de una parte de su fortuna. En ese momento hacía su entrada Evelyn Chambers, quien mostró a todos una sonrisa radiante. A Norrington le parecía que aún tenía una figura notable. Tal vez había engordado un poquito con los años, pero nada comparable a la progresiva forma esférica de Rebecca

Hsu.

Norrington continuó, preparado para cualquier cosa.

—¡Mimi! ¡Marc! Qué alegría veros. Chambers había conseguido

controlar su fobia y era capaz otra vez de establecer una comunicación. A Mimi Parker la unía algo parecido a una amistad, y Marc era sencillamente un buen tipo. Le dirigió una señal de saludo a Momoka Omura e intercambió unos besitos con Miranda Winter, que saludaba a cada recién llegado con un

«Guauuuuu» digno de una señal de alarma, al que luego añadía un animado

« O h , yeah!». La última vez que

Chambers había visto a Winter, ésta llevaba el pelo largo y teñido de color azul acero; hoy lo llevaba corto y teñido de rojo chillón, lo que incitaba a asociarla con una señal de alarma de incendios. La frente de la ex modelo estaba adornada con una afiligranada aplicación. Los senos habían sido metidos a la fuerza en un vestido que cubría precariamente el abultamiento planetario de su trasero, y tenía un corte tan estrecho en la cintura que uno temía que la señora Winter fuera a partirse en dos mitades de un momento a otro. Con veintiocho años, era la más joven del grupo, pero tenía tal historial de

operaciones de cirugía estética que sólo una documentación de las mismas ofrecía salario y manutención a cientos y cientos de reporteros del corazón, por no hablar de sus divagaciones, sus excesos y las repercusiones de su proceso.

Chambers señaló el detalle ornamental de la frente.

—Es bonito —dijo, esforzándose fervientemente por no sucumbir a la masiva constelación doble del escote de Winter, que parecía tirar de su mirada con violencia hacia abajo. Todos sabían que el apetito sexual de Chambers se dirigía tanto a los hombres como a las

mujeres. Haber hecho pública su vida íntima, que se supiera que vivía en un ménage à trois con su marido y su amante mujer, le había costado la candidatura en Nueva York.

—Es de la India —respondió Winter, complacida—. Ya sabes que la India está en las estrellas, ¿no?

—¿Ah, sí?

—¡Sí! ¡Imagínate! Las estrellas dicen que avanzamos hacia una era india. Es maravilloso. En la India se iniciará la transformación. La humanidad cambiará. Primero la India y luego el resto del mundo. Jamás volverá a haber guerras.

—¿Quién afirma eso, corazón?

—Olinda.

Olinda Brannigan era una inmemorial actriz hollywoodiense radicada en Beverly Hills, tan seca como un bacalao. Miranda la usaba para que le tirara las cartas y le predijera el futuro.

—¿Y qué más nos dice Olinda?

—No debemos comprar ningún artículo chino. China se hundirá.

—¿A causa del déficit comercial?

—No, de Júpiter.

—¿Y qué clase de vestido es ese que llevas?

—Oh, ¿éste? Es bonito, ¿verdad? Es

de Dolce & Gabbana.

—Deberías quitártelo.

—¿Cómo? ¿Aquí? —Winter miró furtivamente a su alrededor y bajó la voz

—. ¿Ahora?

—Es chino.

—¡Venga ya! Son italianos, ellos...

—Es chino, corazón —repitió Chambers, disfrutando el momento—. Rebecca Hsu compró Dolce & Gabbana el año pasado.

—¿Es que esa mujer tiene que comprarlo todo? —repuso Winter, quien por un momento pareció sentirse sinceramente afectada. Pero entonces su naturaleza radiante volvió a tomar el

control—. Tal vez Olinda se equivocase

—dijo extendiendo los dedos y sacudiéndolos—. ¡En cualquier caso, me alegra muchííííísimo hacer este viaje!

¡Me pasaré todo el tiempo chillando!

Chambers no dudó ni por un momento de la seriedad de la amenaza. Hizo entonces un planeo con la mirada y vio a los Nair, a los Tautou y a los Locatelli inmersos en una charla. Olympiada Rogachova se unió al grupo, mientras que Oleg Rogachov la observaba. A continuación, el ruso le hizo un gesto de asentimiento y se dirigió al bar. Poco después regresó con una copa de champán en la mano, se la

entregó y puso su habitual sonrisa de esfinge.

—De modo que también en el espacio estaremos a merced de su juicio

—dijo en un inglés marcado por un fuerte acento eslavo—. Todos tendremos que prestar mucha atención a lo que decimos.

—He venido en un viaje privado — repuso ella, dirigiéndole un guiño al ruso—. De todos modos, si tuviera usted la apremiante necesidad de confiarme alguna cosa...

Rogachov rió en voz baja sin que el frío cortante de su mirada cambiara un ápice.

—Lo haré, sin duda, sólo por contar con el privilegio de su compañía —dijo mirando hacia la plataforma. Entretanto, el sol estaba muy por debajo de la giba del volcán e iluminaba la isla artificial con colores cálidos—. ¿También tuvo que vencer usted un entrenamiento preparatorio? La gravedad no es cosa para todo el mundo.

—Sí, en el Orley Space Center — dijo Chambers, y bebió un trago—. Vuelos parabólicos, simulaciones en la piscina de buceo, todo el programa. ¿Y usted?

—Hice un par de vuelos suborbitales.

—¿Está nervioso?

—Curioso.

—Ya sabe lo que se propone Julian con este espectáculo.

El comentario se quedó flotando en el aire, listo para que alguien lo retomara. Rogachov volvió la cabeza hacia ella.

—Y a usted le interesa saber qué opinión me merece el asunto.

—No estaría usted aquí si no lo hubiera pensado seriamente.

—¿Y usted? Chambers rió.

—Olvídelo. Yo, en este grupo, soy la cenicienta, la pariente pobre. Poco

debe de haberse fijado él en mis ahorros.

—Si todas las cenicientas pudieran mostrar el estado de su fortuna, Evelyn, el mundo estaría gobernado por sirvientas.

—La riqueza es relativa, Oleg, eso no hace falta que se lo explique. Julian y yo somos viejos amigos. Me agrada repetirme a mí misma que esa circunstancia lo movió a acogerme en este grupo, pero, por supuesto, tengo claro que yo administro un capital mucho más valioso que el dinero.

—La opinión pública —asintió

Rogachov—. Yo, en su lugar, también la

habría invitado.

—¡Usted, en cambio, sí que es rico! Casi todos los aquí presentes lo son, verdaderamente ricos. Si cada uno de ustedes arroja una décima parte de su fortuna en el bote, Julian podrá construir un segundo ascensor y una segunda OSS.

—Orley no le permitirá a ningún inversionista influir de manera considerable en los destinos de su empresa. Además, yo soy ruso, y los rusos tenemos nuestros propios programas. ¿Por qué iba yo a apoyar a la industria aeroespacial estadounidense?

—¿Lo dice en serio?

—Dígamelo usted misma.

—Porque es usted un hombre de negocios. Puede que Estados Unidos tenga ciertos intereses, pero ¿de qué sirven esos intereses cuando carecen del dinero y del know-how? Julian Orley ha sacado de la ruina el programa espacial estadounidense y, con ello, ha conseguido también sellar su fin. Él es ahora el jefe. Los programas espaciales que merecen mención hoy en día están todos, casi exclusivamente, en manos privadas, y la ventaja de Julian en ese sector es astronómica. Incluso en Moscú debe de haberse difundido ya el rumor de que a él se la refanfinflan los intereses nacionales de nuestro

gobierno. Él, sencillamente, anda en busca de gente que piense de forma parecida.

—También podría decirse que a

Julian se la refanfinfla la lealtad.

—La lealtad de Julian responde a ciertos ideales, lo crea usted o no. El hecho es que él puede arreglárselas perfectamente sin la NASA, pero la NASA no puede salir adelante sin él. E año pasado presentó un plan a la Casa Blanca sobre cómo los estadounidenses podrían financiar un segundo ascensor, con lo cual, en su condición de proveedor de know-how se habría colocado voluntariamente en una fuerte

situación de dependencia. Pero, en lugar de aprovechar la ocasión, de atarlo a ellos, el Congreso vaciló y expresó sus dudas. Estados Unidos aún no ha comprendido que, para Julian, el país no es más que un inversionista.

—Y puesto que actualmente el poder de ese inversionista parece ser escaso, Julian amplía el círculo de sus posibles socios.

—Exacto. A él le da igual que los socios sean rusos o marcianos.

—No obstante, ¿por qué no iba yo a invertir en el programa espacial de mi país?

—Porque primero tendría usted que

preguntarse si pretende confiarle su dinero a un Estado que, sí, representa a su patria, pero que tecnológicamente se encuentra desesperadamente a la zaga.

—El programa espacial ruso también ha sido privatizado y tiene la misma capacidad de funcionar que el estadounidense.

—Pero ustedes no tienen a un Julian Orley. Ni tampoco hay ninguno a la vista. No lo hay en Rusia, ni en la India ni en China. Ni siquiera los franceses o los alemanes tienen uno. Japón no avanza. Si usted, sólo por orgullo nacional, invierte su dinero en el intento de inventar algo que hace mucho tiempo

que ha sido inventado por otros, entonces no podrá decirse de usted que sea un hombre leal, sino un sentimental

—dijo Chambers, mirándolo—. Y no es usted alguien que tienda a los sentimentalismos. Usted sólo se atiene a las reglas del juego en Rusia, eso es todo. Pero, aparte de eso, se siente tan poco atado a su país como Julian a cualquier otra cosa.

—Cuántas cosas cree usted saber acerca de mí.

Chambers se encogió de hombros.

—Yo sólo sé que Julian no le paga a nadie el viaje más caro del mundo por mera filantropía.

—¿Y usted? —le preguntó Rogachov a un hombre de complexión atlética que se les había unido en el transcurso de la conversación—. ¿Por qué está usted aquí?

—Por culpa de una desgracia. —El hombre se acercó y le tendió la mano a Evelyn Chambers—. Carl Hanna.

—Soy Evelyn Chambers. ¿Se refiere usted al atentado a Palstein?

—Era él quien debería haber volado en mi lugar. Sé que no debería alegrarme teniendo en cuenta esas circunstancias...

—Pero ha dado usted el paso al frente y de todos modos se alegra.

Ningún problema.

—En cualquier caso, es un placer conocerla. Veo «Chambers» siempre que puedo. —La mirada del hombre se dirigió al cielo—. ¿Va a producir algún programa desde ahí arriba?

—No se preocupe, permaneceremos en un plano privado. Julian quiere rodar u n spot publicitario conmigo en el que yo alabe las bellezas del universo, a fin de atraer al turismo espacial. ¿Conoce ya a Oleg Alexéievich Rogachov?

—De Rogamittal —dijo Hanna sonriente—. Por supuesto, creo incluso que compartimos una misma pasión.

—¿Cuál sería? —preguntó

Rogachov con cautela.

—El fútbol.

—¿Le gusta el fútbol?

La impenetrable cara de zorro del ruso se puso en movimiento. «Vaya», pensó Chambers. En su mente se abrió el curriculum de Hanna. Interesada, la presentadora contempló al canadiense, cuyo cuerpo parecía estar compuesto únicamente de músculos, pero sin tener ese aspecto desmañado típico de los fisioculturistas. El pelo y la barba estaban cortados al milímetro. Con sus pobladas cejas y su hoyuelo en el mentón, podría haber actuado en el reparto de cualquier película de guerra.

Rogachov, que más bien se comportaba de un modo distante frente a los desconocidos, sacó a relucir casi un gesto eufórico al oír hablar de fútbol. De repente empezaron a hablar de cosas que Chambers no entendía. Entonces Evelyn se despidió y continuó su recorrido. En el bar, fue a parar directamente a los brazos de Lynn Orley, que la presentó a los Nair, a los Tautou y a Walo Ögi. enseguida le cayó bien aquel suizo que hablaba por los codos. Autosuficiente y con cierta tendencia burlesca al patetismo, el señor Ögi se reveló de inmediato como un hombre mundano y, al mismo tiempo, cortés,

aunque de una manera un tanto pasada de moda. En general no se hablaba de otra cosa que del inminente viaje. Para su deleite, Evelyn Chambers no tuvo que esperar mucho para llamar la atención de Heidrun Ögi, ya que ésta le hizo una jovial seña para que se acercara y presentarle, con picara alegría, a un Finn O'Keefe que la observó con mirada forzada. Chambers consiguió no formularle ninguna pregunta en un espacio de cinco minutos, y llegó incluso a asegurarle al actor que eso no cambiaría.

—¿Nunca? —preguntó O'Keefe impaciente.

—Mientras duren estos catorce días

—respondió la presentadora—. A partir de entonces, seguiré probando suerte.

No mirar fijamente a Heidrun era una tarea, con mucho, más difícil que escapar al campo gravitacional de los pechos de Miranda Winter, que eran, ciertamente, ondulantes paisajes de placer con los que uno podía deleitarse, pero no perderse. Winter, en general, era un mero boceto. Tener sexo con ella, según estimaba Chambers, se asemejaría a limpiar con la lengua una tarrina de miel, una tarrina de la que no saldría otra cosa aparte de miel, algo dulce y tentador, pero profano al cabo de un

rato, aburrido incluso, siempre asociado al peligro de empacharse. El cuerpo despigmentado y anoréxico de Heidrun, en cambio, su pelo blanco, tan blanco como la nieve, prometía una experiencia erótica extrema.

Chambers suspiró en su interior. En un círculo como ése no podía permitirse ciertos deslices, sobre todo teniendo en cuenta que la suiza parecía llevar escrito en la frente que no le interesaban las mujeres.

Por lo menos, no en ese sentido.

Un poco más allá, Chambers vio la descuellada figura de tonel de Chuck Donoghue. Su mentón brotaba hacia

adelante como el de un general, el pelo rojizo y cada vez más ralo había sido peinado a golpe de secador y le confería un aspecto ecuestre. Había iniciado un tronante ataque verbal contra dos mujeres, una alta y huesuda, con cabellos rojos, y la otra morena y menuda, aparentemente salida de una pintura de Modigliani. Eran Eva Borelius y Karla Kramp. A intervalos regulares, la disertación de Chuck quedaba contrarrestada por el falsete maternal de Aileen Donoghue. Con sus mejillas sonrosadas y su tupé plateado, uno esperaba verla salir pitando en cualquier momento y servirse el pastel

de manzana hecho por ella misma, algo que, según se rumoreaba, hacía con sumo entusiasmo, siempre y cuando no estuviera ayudando a Chuck a dirigir el imperio hotelero de ambos. Para hablar con Borelius, Chambers habría tenido que tolerar los pésimos chistes de Chuck, por eso salió en busca de Lynn y la encontró sumida en una charla con un hombre que se le parecía llamativamente. Tenía el mismo pelo rubio ceniza, los ojos azul marino, era la doble hélice de los Orley. Justo en el instante en que Evelyn Chambers se les acercó, Lynn decía lo siguiente:

—No te preocupes, Tim, nunca he

estado mejor.

El hombre volvió la cabeza y le dirigió una mirada de reproche.

—Perdonen —dijo Chambers, haciendo ademán de alejarse—. Estoy molestando.

—Para nada —repuso Lynn, sosteniéndola por el brazo—. ¿Ya conoces a mi hermano?

—Mucho gusto. No habíamos tenido el placer.

—Yo no formo parte de la empresa

—dijo Tim, muy estirado.

Chambers recordó que el hijo de Julian le había dado la espalda al consorcio hacía varios años. La relación

de ambos hermanos era muy íntima, pero entre Tim y su padre había algunos problemas que comenzaron cuando la madre de Tim murió en un estado de demencia, según se rumoreaba. Lynn nunca le había revelado nada más, sólo que Amber, la esposa de Tim, no compartía los resentimientos de su marido para con su padre, Julian.

—¿Sabes por casualidad dónde está

Rebecca? —preguntó Chambers.

—¿Rebecca? —dijo Lynn, frunciendo el ceño—. Supongo que bajará en cualquier momento. Acabo de dejarla en su suite.

En realidad, a Chambers le daba

absolutamente igual dónde estuviera Rebecca Hsu o con quién estuviera hablando por teléfono. Sólo que tenía la sensación de ser tan poco bienvenida en aquella conversación como la culebrilla, y buscaba un motivo para desaparecer de nuevo de una manera elegante.

—Y, en general, ¿te gusta?

—¡Es estupendo! Oí decir que Julian no llegará hasta pasado mañana, ¿es cierto?

—Ha tenido que quedarse en Houston. Nuestros socios americanos le están causando un poco de estrés.

—Lo sé, se ha estado comentando.

—Pero estará aquí para el gran

espectáculo —declaró Lynn, sonriendo

—. Ya lo conoces. Le gusta hacer su entrada a lo grande.

—Pero, ante todo, es tu espectáculo

—dijo Chambers—. Todo ha quedado fantástico, Lynn. ¡Te felicito! Tim, puede usted estar orgulloso de su hermana.

—¡Gracias, Evy! Muchas gracias. Tim Orley asintió. Chambers se

sintió menos bienvenida que nunca. «Es curioso —pensó—, en realidad no es un chaval poco simpático. ¿Cuál es su problema? ¿Tendrá algún problema conmigo? ¿Dónde me he metido?»

—¿Viajará usted con nosotros? —

preguntó la presentadora.

—Yo, eh... Sí, claro, es el gran momento de Lynn. —Tim luchó consigo mismo para arrancarse una sonrisa, le pasó el brazo a su hermana por encima de los hombros y la atrajo hacia sí—. Y créame, estoy infinitamente orgulloso de ella.

Había tanto afecto en sus palabras que Chambers habría tenido todos los motivos para sentirse conmovida. Sólo el tono de voz de Tim le decía:

«Lárgate, Evelyn.»

Evelyn Chambers regresó a la fiesta;

en cierto modo, estaba desconcertada.

La fase del crepúsculo fue breve pero de ensueño. El sol mostró un

derroche de colores violetas y rosas antes de hundirse en el océano Pacífico. La oscuridad sobrevino en cuestión de pocos minutos. Condicionado por la posición del hotel Stellar Island en la ladera, el crepúsculo, para la mayoría de los presentes, no tuvo lugar en el mar, sino que se fue deslizando tras la giba volcánica de la elevación, de modo que sólo O'Keefe y el matrimonio Ögi pudieron disfrutar de la magnífica puesta de sol. Se habían apartado del grupo y habían subido hasta la cúpula de cristal desde la cual podía verse la isla entera, con una vista panorámica al inaccesible lado occidental, cubierto de una selva

tropical.

—Dios mío —dijo Heidrun mirando fijamente a lo lejos—. Hay agua por todas partes.

—No es una conclusión que asuste demasiado, cariño. —La voz de Walo Ögi sonó desde la nube de humo de su puro. Había aprovechado la ocasión para cambiarse de ropa, y ahora llevaba una camisa de color azul acero con un pañuelo atado alrededor del cuello, un atuendo algo anticuado.

—Eso, según se mire, hombre que apesta a tabaco —dijo Heidrun volviéndose hacia él—. Estamos sobre una maldita roca en medio del Pacífico

—rió—. ¿Tienes claro lo que eso significa?

Ögi exhaló una galaxia de espirales hacia la noche que se cernía sobre ellos.

—Mientras no se acaben los habanos, eso querrá decir que estamos a resguardo aquí.

Mientras la pareja charlaba, O'Keefe deambulaba por allí sin rumbo. La terraza estaba cubierta hasta la mitad por una imponente cúpula de cristal a la que debía su nombre. Sólo unas pocas mesas estaban listas para la cena, pero Lynn le había dicho que, cuando el lugar estuviera en pleno funcionamiento, habría sitio allí para trescientos

comensales. Finn miró en dirección al este, donde la plataforma flotaba iluminada sobre el mar. Ofrecía una vista algo fantástica. Sólo la línea era absorbida por la oscuridad de la noche.

—Tal vez muy pronto sentirás deseos de regresar a esta maldita roca

—dijo el actor.

—¿Ah, sí? —repuso Heidrun mostrándole los dientes—. Tal vez sea yo quien tenga que sostenerte la manita, Perry.

O'Keefe sonrió. Después de haberse sumergido durante años, con la testarudez de un lemming, en los abismos del cine no comercial,

escogiendo sus papeles según el criterio del chico inadaptado, Finn era el primer sorprendido tras haber ganado el Oscar por su interpretación de Kurt Cobain. Hyperactive se convirtió en la certificación de su talento. Nadie podía ignorar ahora que la apoteosis del tímido irlandés de mirada ambarina, de rasgos uniformes y labios sensuales, se había consumado hacía mucho tiempo en una abultada lista de producciones de bajo o de ningún presupuesto, en crípticas películas de autor y en desenfocados dramas al estilo Dogma. El antiguo veneno de las taquillas se había convertido ahora en una adicción.

Inteligentemente, después de aquello, Finn había evitado coquetear con los videoclubes, y había seguido interpretando los papeles que le gustaban, sólo que ahora esos papeles le gustaban de repente a todo el mundo. De manera invariable, los directores de Azerbaiyán podían contratarlo por cuatro reales cuando a él le gustaba el argumento. Cultivó su origen e interpretó el papel de James Joyce. Se comprometió con los sin techo y las víctimas de las drogas. Hacía tantas cosas buenas delante y detrás de las cámaras que su pasado se cubrió de una especie de nebulosa: nacido en Galway,

en la provincia de Connacht; su madre, periodista, y su padre, cantante de ópera, tenor; a temprana edad aprendió a tocar el piano y la guitarra, hizo teatro con el propósito de dominar su timidez, hizo de extra en series de televisión y en películas publicitarias; en el teatro Abbey, de Dublín, fue abriéndose camino con papeles secundarios y protagónicos, brilló con The Black Sheep en un pub llamado O'Donoghue compuso letras de canciones y escribió cuentos breves; vivió un año entero entre los tinkers, los gitanos irlandeses, por mera alianza romántica con la buena y antigua Éire; finalmente, fue tan

convincente en su papel del hijo rebelde de un campesino en la serie televisiva

«Mo ghrá thú», que lo llamaron desde

Hollywood.

Dijeron que sonaba bien y que de algún modo encajaba.

Pocas veces se mencionaba que el tímido Finn, siendo niño, tendía a perder los papeles y a romperles los dientes a sus compañeros de clase, que era considerado vago en el aprendizaje y que, debido a sus dificultades para decidir lo que quería ser, no hacía absolutamente nada. Tampoco se decía nada de sus desavenencias con sus padres, de su desmedido consumo de

alcohol y drogas. No recordaba nada de su primer año entre los tinkers, ya que se había pasado la mayor parte del tiempo borracho, colocado o ambas cosas a la vez. Después de un exitoso proceso de reinserción social en el Abbey Theatre, un productor alemán lo consideró para el papel protagonista en la versión cinematográfica de un clásico de Patrick Süskind, El perfume, sólo que, mientras Ben Wishaw decía su parte, O'Keefe estaba drogado y dormido encima de una prostituta dublinesa y no acudió a la cita. Tampoco se decía una palabra sobre la manera en que había perdido su contrato

debido a otros deslices similares, ni que huyó de la serie, a lo que siguieron otros dos años de desamparo entre el pueblo gitano, hasta que por fin decidió reconciliarse con sus padres y se dejó convencer para someterse a un tratamiento de desintoxicación.

Sólo entonces empezó a construirse el mito. Desde el éxito de Hyperactive hasta aquel memorable día de enero de

2017 en que a un guionista de origen alemán sin empleo le cayó en las manos un folleto con cincuenta años de antigüedad que marcaría el comienzo de todo un fenómeno literario sin parangón, un galáctico culebrón que jamás se había

publicado en Estados Unidos y que, no obstante, podía reclamar con todo derecho su condición de ser la serie de ciencia ficción más exitosa de todos los tiempos. Su protagonista era un astronauta llamado Perry Rhodan, al que O'Keefe había interpretado con desenfado, como siempre, sin preocuparse un comino por el éxito que pudiera tener. Interpretó el papel de tal modo que el perfecto Perry se convirtió en un osado idiota que, por un descuido, construyó en el desierto de Gobi una ciudad llamada Terrania, la capital de la humanidad, para desde allí salir a vagar por la anchurosa Vía Láctea.

La llegada a los cines superó todo cuanto se conocía antes. Desde entonces, O'Keefe había interpretado el papel de héroe del espacio en otras dos películas. Había aprobado un entrenamiento en el centro Orley Space y luchado con sus mareos a bordo de un Boeing 727 adaptado para realizar vuelos parabólicos. En esa ocasión había conocido a Julian Orley y aprendido a apreciarlo, y con él había iniciado una cordial amistad basada en su amor común por el cine.

«Tal vez sea yo quien tenga que sostenerte la manita...»

«¿Por qué no?», pensó O'Keefe

pero se reservó la réplica que ya tenía preparada a fin de no violentar a Walo; también porque sospechaba que Heidrun amaba a aquel jovial caballero suizo. No era necesario conocerlos mejor a ambos para darse cuenta. Ello se ponía de manifiesto no tanto en lo que se decían, sino más bien en la manera en que se miraban y se tocaban mutuamente. Era mejor no meterse en ningún flirteo.

De momento...

En el espacio las cosas podrían ser bien diferentes.

El paraíso

20 de mayo de 2025

SHENZHEN, PROVINCIA DE GUANGDONG, SUR DE CHINA

Owen Jericho sabía que tenía buenas posibilidades de llegar ese día al

«paraíso». Y aborrecía la idea.

A otros, sin embargo, la idea les resultaba fascinante. Para llegar allí se necesitaba una libido irrefrenable, cierto sabor dulzón y corrupto derivado de un amor por los niños mal encauzado, cierta propensión al sadismo y un ego lo

suficientemente deformado como para sentimentalizar cualquier acto aborrecible que uno perpetrara. No pocos de los que ansiaban entrar se veían como luchadores por la liberación sexual de aquellos de quienes abusaban. El control les importaba por encima de todo. Y en eso, la mayoría de ellos se veían como gente normal, mientras que consideraban a los que se les interponían en el camino de su autorrealización como los verdaderos pervertidos. Otros reclamaban su derecho legítimo a ser perversos, y había algunos que se consideraban simplemente hombres de negocios. Sin

embargo, apenas había entre ellos alguno capaz de aguantar la humillación de ser calificado como una persona débil o enferma. Sólo cuando se veían ante un tribunal, recurrían a algún que otro informe pericial sobre su incapacidad para resistirse a la llamada de su naturaleza, se estilizaban como gente marginal, digna de toda la compasión, con derecho a ser comprendida y curada. Sin embargo, mientras nadie los identificaba y estaban en plena posesión de sus facultades mentales, regresaban con sumo gusto al terreno de juego de sus retorcidas fantasías, al «paraíso de los pequeños

emperadores», un paraíso que sólo era tal desde las atalayas de aquellos clientes, pero que no tenía nada de paradisíaco para los propios pequeños emperadores.

Para ellos, en todo caso, era el infierno.

Owen Jericho vaciló. Sabía que a partir de allí ya no podría continuar siguiendo a Animal Ma. Dando elípticos bandazos con el trasero y las caderas, vio cruzar la plaza al hombre cuyos ojos aparecían aumentados en una expresión de perpetua perplejidad, debido a los gruesos cristales de unas gafas bastante anticuadas. Su manera de andar,

parecida a la de un pato, se debía a un padecimiento de la cadera que causaba la errónea impresión de que se trataba de una presa fácil. Pero Ma Liping, que era su nombre verdadero, no llevaba su apodo por gusto. Se lo consideraba un tipo agresivo y peligroso. En realidad, alardeaba del hecho de haber sido bautizado con el nombre de «Animal», un acto de extravagante pavoneo, ya que al mismo tiempo fingía que le daba vergüenza su alias. Ma, además, era muy astuto. Tenía que serlo, de lo contrario no podría haber adormecido a las autoridades durante tantos años con el cuento de que había abjurado de la

pederastia. Como prueba viviente de un logrado experimento de reincorporación a la sociedad, trabajaba para la policía en la lucha contra la pornografía infantil, que se expandía por China como una epidemia, proporcionaba pistas útiles para la detención de pejes menores y aparentemente lo hacía todo para escapar a la proscripción social.

«Cinco años de cárcel por pederastia —solía decir— son como quinientos años en una cámara de torturas.»

Aquel lugar marcado por las construcciones funcionales y ubicado en la periferia del tejido urbano de

Shenzhen —una ciudad del sur de China que se expandía a un ritmo de enfermedad infecciosa— le había facilitado a Ma, oriundo de Pekín, un nuevo comienzo. Allí nadie lo conocía, ni siquiera las autoridades locales contaban con un expediente suyo. En la capital sabían cuál era su nuevo domicilio, pero el vínculo se había aflojado bastante, ya que la escena de los pederastas estaba en constante reestructuración, y Ma podía aducir, con argumentos creíbles, haber perdido el contacto con los círculos más íntimos. Ya nadie le prestaba atención, había otras cosas que hacer. Los nuevos

abismos facilitaban la mirada hacia ciertos universos de depravación humana ante los que uno no tenía más remedio que vomitar.

Universos como el del «paraíso de los pequeños emperadores», por ejemplo.

Chapoteando en el pantano de aquella exigencia excesiva de proteger, controlar y hacer la vida imposible simultáneamente a mil cuatrocientos millones de individuos, con toda su carga de conflicto social, las autoridades chinas contrataban cada vez en mayor número a investigadores privados para que las apoyaran. Debido

a la progresiva digitalización, se servían para ello de los detectives cibernéticos, especialistas en todo tipo de delitos y tendencias sospechosas en la red, y Owen Jericho gozaba de la fama de tener dotes extraordinarias en ese sentido. Su curriculum era impecable en lo que atañía al esclarecimiento de cuestiones como el espionaje en la red, el phishing, el ciberterrorismo, etcétera. Se infiltraba en comunidades ilegales, en blogs, en foros de chat y mundos virtuales, seguía el rastro de personas desaparecidas a partir de las huellas que habían ido dejando en el universo digital y asesoraba a algunas empresas en la

protección ante ataques electrónicos, troyanos, o ante los llamados

«encubridores», los rootkits. En Inglaterra se había ocupado en algunas ocasiones de casos de pornografía, así que cuando un equipo de investigadores escandalizados descubrió el infierno de los «pequeños emperadores», acudieron a Jericho y le solicitaron su apoyo a petición de Patrice Ho, un funcionario de alto rango de la policía de Shanghai al que lo unía una buena amistad con Jericho. Como resultado de esa solicitud, ahora estaba allí, siguiendo a Animal Ma en su camino hasta la vieja y abandonada fábrica de bicicletas.

Owen Jericho se moría de frío a pesar del calor. Aceptar ese encargo había conllevado hacer una visita al

«paraíso de los pequeños emperadores». Una experiencia que dejaría huella para siempre en su corteza cerebral, aunque desde el principio siempre había tenido claro dónde se estaba metiendo. «Pequeños emperadores», así llamaban los chinos a sus niños, en una muestra de insensatez que parecía más bien italiana. Sin embargo, había sido imprescindible viajar al «paraíso», conectarse y ponerse las gafas holográficas para comprender a quién estaba buscando.

Animal Ma cruzó el portón de entrada de la fábrica.

Después de que las autoridades urbanísticas de la ciudad, tan amigas normalmente del saneamiento, no mostraron ninguna inclinación por derribar aquel conjunto de mohosas construcciones de ladrillo, se habían instalado en él algunos artistas y profesionales libres, entre ellos una parejita de gays que se dedicaban a reparar aparatos eléctricos antiguos, una banda de rock etno-metal que competía en hacer el mayor ruido posible con una mando-prog-band y que estremecía todas las noches hasta los cimientos un

abandonado gimnasio; allí también se había instalado Ma Liping con su tienda de compraventa de toda clase de artículos, desde imitaciones baratas de jarrones Ming hasta aves canoras llenas de moquillo en portátiles jaulas de bambú. En cualquier caso, su clientela, si es que la tenía, parecía haberse marchado toda de viaje. El investigador de Shenzhen con el que Jericho colaboraba había iniciado el seguimiento de Ma el día 20 de mayo, y no había perdido de vista al hombre durante dos días consecutivos, lo había seguido desde su vivienda hasta la vieja fábrica, había sacado fotos y vigilado

cada uno de sus calamitosos pasos y hecho, al final, un balance de su clientela. Según ese balance, en todo ese tiempo sólo cuatro personas se habían perdido dentro de la tienda de compraventa, una de las cuales era la mujer de Ma, una china del sur de aspecto ordinario y de una edad difícil de determinar. El escaso trasiego del local comercial llamaba tanto más la atención cuanto que ambos vivían en una enorme casa, bastante bien cuidada y amplia para las condiciones reinantes allí, una casa que Ma, con lo que daba el negocio, no podía mantener de ningún modo. La mujer, hasta donde se sabía,

no ejercía ninguna actividad ilegal, aparecía de vez en cuando por la tienda y se quedaba allí mucho tiempo, probablemente despachando asuntos de oficina o entregada al servicio de unos clientes que jamás aparecían.

Salvo aquellos dos hombres.

Por una larga serie de razones, Jericho había llegado a la conclusión de que Ma, aunque no era el único, era el principal impulsor detrás del «paraíso de los pequeños emperadores». Tras conseguir reducir el círculo de sospechosos a un puñado de pederastas que estaban actualmente muy activos en la red o que en algún momento anterior

habían llamado bastante la atención, Owen Jericho se había concentrado en investigar a Animal Ma Liping. En ese punto, sus estimaciones diferían bastante de las de las autoridades. Mientras que Jericho veía un cúmulo de indicios que apuntaban hacia Shenzhen, en opinión de la policía, la mayor parte de esos momentos sospechosos se concentraban en un hombre oriundo de aquel infierno d e l smog llamado Lanzhou, con el resultado de que en ese momento estaban llevando a cabo una redada en esa ciudad. Para Jericho, sin embargo, no cabía duda de que los policías encontrarían algunas cosas de interés,

pero no precisamente lo que estaban buscando. En el denominado «paraíso» mandaba un animal, esa serpiente llamada Animal Ma, de eso estaba seguro el detective; no obstante, le habían indicado no dar en principio ningún paso por su cuenta.

Una directiva que él pensaba ignorar de manera rotunda.

Porque, aparte de que todo aquel asunto llevaba la firma de Ma, las circunstancias de su matrimonio daban mucho que pensar a Jericho. El detective no tenía nada contra la rectificación o el cambio de un individuo, pero estaba demostrado que Ma era homosexual, un

pedófilo gay. Igualmente, llamaba la atención que los hombres que visitaron la tienda sólo reaparecieron después de transcurridas varias horas. En tercer lugar, no parecía haber, ni por asomo, algo parecido a un horario de apertura, y por último, no podía desearse un mejor sitio para llevar a cabo negocios turbios que aquella abandonada fábrica de bicicletas. Todos los demás inquilinos utilizaban secciones laterales del edifìcio con acceso directo a la calle, de modo que Ma era el único que residía en el patio interior y que, aparte de esos pocos clientes que se perdían por allí, lo cruzaba.

Ya desde Shanghai, Jericho le había encargado al investigador que hiciera una visita a la tienda, que echara un vistazo y comprara alguna bobada, en lo posible algo que Ma tuviera en abundancia en los almacenes. De modo que él ya conocía el local destinado a la venta cuando siguió a Ma esa mañana a través de la plaza. A la sombra del muro de la fábrica, Jericho esperó algunos minutos, luego cruzó el portón de entrada, atravesó la polvorienta superficie del patio, subió una corta rampa y entró a la vieja tienda, llena de estanterías y mesas. Tras el mostrador, el dueño estaba atareado con unas

prendas. Una cortina de cuentas separaba el local de venta de una habitación contigua, y por encima del pasillo saltaba a la vista la presencia de una cámara de vídeo.

—Buenos días.

Ma levantó la vista. Los ojos, aumentados de tamaño tras sus gafas de montura de carey, examinaron al visitante con una mezcla de recelo e interés. No era nadie conocido.

—He oído decir que tiene usted cosas para cualquier ocasión —le explicó Jericho.

Ma vaciló. Apartó la prenda, una baratija deslucida, y sonrió tímidamente.

—¿Y quién dice eso, si me permite la pregunta?

—Un conocido. Debió de venir ayer por aquí. Necesitaba un regalo de cumpleaños.

—Ayer... —reflexionó Ma.

—Compró un set de maquillaje. Art déco. De color verde, oro y negro. Un espejo, una polvera.

—¡Ah, sí! —La desconfianza cedió el paso a la diligencia—. Un hermoso trabajo, lo recuerdo. ¿Quedó satisfecha la señora?

—La señora agasajada era mi mujer

—dijo Jericho—. Y sí, quedó muy satisfecha.

—Qué maravilla. ¿Qué puedo hacer por usted?

—¿Recuerda el diseño?

—Por supuesto.

—A mi esposa le gustaría tener más cosas de esa serie, si es que hay más.

Ma desplegó su sonrisa, satisfecho por poder ser útil, ya que, como Jericho sabía por el investigador, todavía quedaban un cepillo a juego y un peine. Con su peculiar paso tambaleante, salió de detrás del mostrador, empujó una de las escalerillas hasta una de las altas estanterías y subió. El peine y el cepillo compartían un anaquel bastante alto, de modo que el dueño estuvo unos

segundos ocupado, un tiempo en el que Jericho pudo escanear el entorno. El espacio destinado a la venta no era más que aquello que parecía ser. El frente del mostrador era una imitación kitsch del art nouveau, y detrás de él se bamboleaba una cortina de cuentas de perlas de color marfil, más allá de la cual, apenas perceptible, había una segunda habitación, quizá un despacho. En medio de todos aquellos cachivaches, un ordenador de aspecto sorprendentemente caro adornaba el mostrador, con la pantalla vuelta hacia la pared.

Ma Liping se estiró hacia las

mercancías expuestas y las cogió con ademán ceremonioso. Jericho evitó pasar detrás del mostrador, pues era demasiado el peligro de que el hombre se diera la vuelta hacia donde él estaba justo en ese momento. En su lugar, caminó un trecho a lo largo del mostrador, hasta que el monitor apareció reflejado en una vitrina de cristal. La superficie luminosa estaba dividida en tres ventanas; una de ellas estaba llena de caracteres, y las otras dos mitades mostraban imágenes de ambas habitaciones desde la perspectiva de unas cámaras de vigilancia. Sin poder distinguir los detalles, Jericho supo que

una de las cámaras vigilaba el recinto de ventas, ya que él mismo se vio pasear de un lado a otro en la ventana. La otra habitación parecía estar en penumbra y, por lo visto, contenía poco mobiliario.

«¿Será la trastienda?»

—Son dos piezas muy bonitas — dijo Ma, que bajó de la escalera y colocó delante de él el peine y el cepillo. Jericho cogió ambas cosas, una tras otra, pasó el dedo con gesto de experto por las cerdas del cepillo e inspeccionó los dientes del peine. ¿Para qué necesitaba Ma una cámara que vigilara el recinto del fondo? La vigilancia tenía sentido hacia el lado del

patio, pero ¿acaso quería verse a sí mismo mientras trabajaba? Era poco probable. ¿Habría otro acceso desde el exterior que desembocara en esa habitación?

—Uno de los dientes está roto —

comprobó Jericho.

—Son piezas antiguas —mintió Ma

—. Es el encanto de lo imperfecto.

—¿Cuánto pide por ellas?

Ma dijo un precio descaradamente elevado. Jericho hizo una contraoferta no menos desvergonzada, como era habitual. Finalmente se pusieron de acuerdo en una suma que les permitiera a los dos salvar la cara.

—Por cierto —dijo Jericho—, ahora que me acuerdo...

Unas antenas de alarma brotaron de la cabeza de Ma.

—Mi mujer tiene un colgante... — continuó Jericho—. Me gustaría saber más de joyas pero, en fin, quisiera regalarle unos pendientes que hagan juego con ese colgante, y pensé, bueno, que... —Señaló con cierto gesto de desamparo la vitrina del mostrador.

Ma se relajó.

—Podría mostrarle algunas cosas —

dijo.

—Sí, pero me temo que sin el colgante lo que le diga no le servirá de

mucho. —Jericho hizo como si tuviera que pensarlo un momento—. La cuestión es que ahora tengo que acudir a varias citas, pero esta noche sería el momento justo para sorprenderla con el regalo.

—Si me trajera usted el colgante...

—Imposible, falta de tiempo. Bueno, espere... ¿Tiene para recibir correos electrónicos?

—Claro.

—¡Perfecto! —Jericho se mostró aliviado—. Yo le envío una fotografía y usted me busca algo apropiado. Luego sólo tendría que pasar a recogerlo. Me haría usted un gran favor.

—Hum... —Ma se tocó el labio

inferior—. ¿A qué hora pasaría usted, más o menos?

—Bueno, si lo supiera... ¿A última hora de la tarde le parece bien? ¿O a primera hora?

—Es que yo también tengo que salir. Digamos que después de las seis, ¿le parece? Para entonces ya llevaría una hora aquí.

Fingiendo gratitud, Jericho salió de la tienda de compraventa, fue hasta su coche alquilado, aparcado dos calles más allá, y condujo en busca de una joyería. Al cabo de poco tiempo encontró una, hizo que le mostraran varios colgantes de los precios más

bajos y pidió que le dejaran fotografiar uno con el móvil, a fin de, según dijo, enviárselo a su esposa para que lo viera. De vuelta al coche, le escribió un breve correo electrónico a Ma y adjuntó la fotografía, no sin antes agregarle un troyano. En cuanto Ma Liping abriera el documento, el programa espía se descargaría en su disco duro sin que él lo sospechara y empezaría a transmitir su contenido. Jericho no contaba, ciertamente, con que Ma fuera tan estúpido como para almacenar contenidos comprometedores en un ordenador de acceso público, pero tampoco se trataba de eso.

Condujo de nuevo hasta las proximidades de la fábrica y esperó.

Poco después de la una, Ma ya había abierto el archivo, y de inmediato el troyano empezó a transmitir. El detective conectó su móvil con pantalla desplegable y comenzó a recibir, con absoluta nitidez y en todo detalle, las imágenes de las dos cámaras de vigilancia. Éstas abarcaban su entorno en el modo de gran angular, pero por desgracia no transmitían sonido. En cambio, poco después tuvo la confirmación de que la cámara número dos, en efecto, vigilaba la habitación separada por aquella cortina de cuentas,

y lo supo cuando Ma desapareció de una de las ventanas y reapareció de inmediato en la otra, arrastró los pies hasta un aparador y empezó a trastear una tetera.

Jericho examinó el mobiliario. Un escritorio macizo, con sillón giratorio y varias sillas de aspecto raído que obligaban a cualquier visitante a adoptar una posición agachada y mendicante; algunos armarios ladeados, paquetes de papel apilados sobre un suelo de tablones sobrecargado, archivadores, tallas y todo tipo de cosas horrorosas como, por ejemplo, flores de tela y estatuas de Buda de fabricación

industrial. Nada hacía concluir que Ma otorgara valor alguno a darle un toque personal a su despacho. Ningún cuadro rompía la encalada monotonía de las paredes, por ninguna parte había señales de esa alianza simbiótica que surge cuando un matrimonio tiene que estar mirándose cara a cara durante las horas de trabajo.

Ma Liping, ¿felizmente casado? Era ridículo.

La mirada de Jericho se posó entonces en una pequeña puerta cerrada situada frente al escritorio. Era algo interesante, pero cuando Ma dejó el té sobre la mesa y la abrió, pudo ver

solamente, de pasada, unos azulejos, un lavabo y un pedazo de espejo. No había transcurrido todavía ni un minuto cuando el hombre apareció de nuevo, con las manos en la bragueta, y a Jericho no le quedó más remedio que aceptar que ese supuesto acceso era un servicio.

Pero ¿por qué Ma vigilaba aquel maldito cuarto? ¿A quién esperaba o temía encontrar allí?

Jericho suspiró. Durante una hora se mantuvo paciente y fue testigo del momento en que Ma, con la foto del colgante delante de los ojos, juntó una variedad de pendientes más o menos adecuados y aprovechó la inesperada

aparición de una clienta para endosarle una vajilla de notable fealdad. Observó a Ma mientras sacaba brillo a sus garrafas de cristal y comía guindillas secas de una bolsa, hasta que la lengua empezó a quemarle. Hacia las tres entró en la tienda la llamada «esposa». Supuestamente no observados, en el estado de familiaridad de un matrimonio en que ambos estaban, uno habría esperado verlos intercambiar algún beso, un pequeño gesto de intimidad. Sin embargo, se trataron como dos desconocidos, hablaron durante un par de minutos y, a continuación, Ma cerró la puerta de entrada, le dio la vuelta al

cartel de «Abierto/Cerrado» y ambos pasaron a la habitación trasera.

Lo que vino a continuación no necesitaba sonido.

Ma abrió la puerta del lavabo, dejó entrar a su mujer y echó otra ojeada vigilante en todas direcciones antes de cerrar de nuevo a sus espaldas. Jericho esperó en suspense, pero la pareja no volvió a salir. No lo hizo pasados dos minutos, ni cinco ni diez. Sólo media hora después, Ma irrumpió de repente en la habitación y en el recinto delantero, donde, al otro lado de la entrada de cristal, pudo verse la silueta de un hombre. Como hechizado, Jericho

observó fijamente la puerta semiabierta del retrete e intentó distinguir algún reflejo en el espejo del baño, pero aquel cuarto destinado a las necesidades siguió ocultándole su secreto. Entretanto, Ma había dejado pasar al recién llegado, un tipo con cuello de toro, rapado, que vestía una chaqueta de cuero; luego volvió a correr el cerrojo y caminó delante del hombre en dirección a la habitación trasera, donde ambos se dirigieron al retrete y se esfumaron en su interior.

Asombroso. O bien a aquel «trío infernal» le gustaba reunirse en un espacio más que reducido, o el retrete

era más grande de lo que pensaba.

¿Qué hacían allí esos tres? Transcurrió más de hora y media. A

las cinco y diez, el de la chaqueta de cuero y la mujer se materializaron de nuevo en el despacho y salieron a la parte delantera. Esta vez fue ella la que quitó el cerrojo a la tienda, dejó salir al calvo y lo acompañó, para lo cual cerró de nuevo la puerta cuidadosamente. Ma no se dejó ver. A partir de las seis, según estimó Jericho, su empeño estaría dedicado a los clientes y a las ventas y, más explícitamente, se concentraría en hallar los pendientes que sirvieran de complemento al colgante, pero hasta

entonces era imposible saber las monstruosidades que estaría haciendo aquel tipo. Entretanto, el detective creía haber comprendido a qué propósito servía aquella segunda cámara que vigilaba la oficina. Confiado en que nadie lo observaba cuando se sumergía en el maravilloso mundo del retrete, Ma quería evitar, igualmente, que alguien lo estuviera esperando a su regreso. Probablemente la cámara emitiera su imagen también dentro del servicio.

Jericho ya había visto suficiente. Tenía que pillar al tipo por sorpresa, pero ¿estaría Ma desprevenido? ¿Lo estaba alguna vez?

Rápidamente, deslizó el móvil en el bolsillo de su chaqueta, bajó del coche y venció en pocos minutos el camino a pie hasta el edificio de la fábrica, al tiempo que trazaba un plan de combate. Tal vez habría hecho mejor en llamar a las autoridades locales para que le sirvieran de refuerzo, pero éstas se cerciorarían antes. Si bloqueaban sus pesquisas, podría irse de regreso a Shanghai, y Jericho estaba firmemente decidido a ir hasta el fondo del misterio del cuarto trasero. Su arma era una Glock extraplana, y reposaba a buen recaudo sobre el lado de su corazón. Esperaba no tener que hacer uso de ella. Tenía a

sus espaldas demasiados años de existencia salpicada de sangre y sudor, demasiado trabajo operativo en el frente, en cuyo transcurso tanto él como sus enemigos, o ambos, habían tenido que ser tratados de urgencia. El pómulo junto a la calle adoquinada, el regusto de la suciedad y de la sangre en la boca, todo eso había acabado. Jericho no tenía deseos de volver al frente de combate. No otorgaba ningún valor a la sonrisa huesuda de aquel jovencito que había participado hasta entonces en todos los tiroteos, que había allanado cada edificio junto a él, metiéndose en todos los nidos de serpientes imaginables, sin

estar nunca nadie del lado de los que recogían la cosecha. Por última vez, en ese «paraíso de los pequeños emperadores» se dejaría mezclar con aquel calavera, con la esperanza de ganárselo como aliado, a pesar de su escasa fiabilidad.

Entró al patio de la fábrica, lo atravesó con paso decidido y subió la rampa. Como había esperado, el cartel de la tienda de compraventa anunciaba que estaba cerrada. Jericho tocó el timbre larga e insistentemente para ver si Ma se dignaba salir del lavabo o se hacía el muerto. En efecto, la cortina de cuentas se partió en dos tras el tercer

timbrazo. Ma rodeó el enorme mostrador con elegancia minusválida, abrió y clavó su mirada desfigurada por las dioptrías en el aguafiestas.

—Sin duda es un error mío —dijo en tono reprimido—. Pensé que le había dicho a las seis de la tarde, pero probablemente...

—Eso fue lo que me dijo —le aseguró Jericho—. Lo siento, pero necesito esos pendientes más temprano de lo que habíamos acordado. Le ruego perdone mi insistencia. Ya sabe, las mujeres... —Jericho extendió los brazos en un gesto de indefensión—. Ya me entiende.

Ma mostró una sonrisa forzada, se apartó a un lado y lo dejó entrar.

—Le enseñaré lo que he encontrado

—dijo—. Perdone que haya tenido que esperar tanto, pero...

—Soy yo el que tiene que disculparse.

—No, de ningún modo. Es culpa mía. Estaba en el baño. Bueno, veamos.

«¿En el baño?» Perplejo, Jericho se dio cuenta de que Ma acababa de darle la palabra clave.

—Me resulta embarazoso pedírselo

—dijo el detective, balbuceando—, pero...

Ma lo miró fijamente.

—¿Podría utilizarlo?

—¿Utilizarlo?

—Sí, su baño —añadió Jericho.

Las manos del hombre cobraron vida propia; inquietas, empujaron los pendientes sobre el ralo terciopelo de la base. Una tosecilla subió por su garganta, luego otra. Era como un conjunto de pequeños animales viscosos y huidizos. De repente, Jericho tuvo la horrenda visión de un saco de forma humanoide lleno de bichos pululantes, irisados y quitinosos que movían la envoltura de Ma Liping e imitaban los gestos humanos.

Animal Ma.

—Por supuesto. Venga.

Ma apartó la cortina de cuentas, y Jericho entró en la trastienda. La segunda cámara clavó su oscuro ojo en él.

—Por cierto, tengo que... —Ma se interrumpió—. No suelo estar preparado para esto, ya sabe. Si me espera un segundo, le buscaré una toalla limpia — dijo indicándole a Jericho el escritorio. Abrió la puerta del lavabo, pero sólo una rendija que le permitiera entrar—. Un instante, por favor —dijo, y cerró la puerta a sus espaldas.

Jericho agarró el pomo de la puerta y la abrió de golpe.

Como un rayo, examinó el escenario. Un lavabo, efectivamente, un recinto alto y estrecho. Vio las siluetas de insectos muertos en el cristal ahumado de la lámpara del techo. En algunos puntos, los azulejos se habían desprendido, había ranuras mohosas, un espejo empañado y lleno de manchas, cierto resto de óxido amarillento en el lavamanos, y el váter no era más que un agujero en el suelo. En la pared trasera, una percha para ropa, si es que podía llamársele pared a algo que estaba semiabierto; se trataba de una puerta camuflada que Ma había olvidado cerrar con las prisas por atender a Jericho.

Y en medio de todo aquello, Animal Ma Liping, que en ese instante pareció consistir únicamente en un par de ojos

—con aquella mirada aumentada artificialmente—, y una suela de zapatos que se abalanzó sobre el detective a toda velocidad y lo golpeó en el pecho.

Algo crujió. La patada le sacó todo el aire de los pulmones y lo arrojó al suelo. Jericho vio al chino aparecer en el marco de la puerta, mostrando los dientes, sacó la Glock de la sobaquera y apuntó. El otro retrocedió, se volvió. Jericho se puso en pie, pero no fue lo suficientemente rápido para evitar que su rival se le escapara a través de la

oscuridad del pasillo. La pared trasera se movió de un lado a otro. Sin detenerse ni un instante, Jericho irrumpió al otro lado, se paró en el inicio de la escalera y vaciló. Un olor peculiar le golpeó la cara, una mezcla de moho y dulzor. En lo profundo, se oyó el eco de los pasos de Ma, pero luego todo quedó en silencio.

No debía bajar allí. Fuera lo que fuese lo que se ocultara en ese sótano, ya había resuelto el misterio del lavabo. Ma estaba en la trampa. Era mejor llamar a la policía, dejarla que hiciera el resto, la parte sucia del trabajo, y permitirse un buen trago.

Pero ¿y si Ma no estaba en la trampa?

¿Cuántas entradas y salidas tenía el sótano?

Jericho recordó el «paraíso». Distribuido a través del organismo de la World Wide Web, las páginas de pedófilos se multiplicaban como heridas ulcerosas que contagiaban a la sociedad sin perspectivas de cura. La perfidia con la que se vendía la «mercancía» no tenía parangón. Y precisamente ahora, desde aquel sótano, le llegó un ruido fantasmalmente tenue. Un gimoteo que se interrumpió de manera abrupta.

Luego no se oyó nada más.

Estaba decidido.

Con el arma en ristre, Jericho fue bajando lentamente. Lo más extraño era que, a cada paso que daba, el silencio parecía condensarse más, un medio enriquecido químicamente por el moho y la podredumbre a través de la que ahora se movía, un éter que se tragaba todo ruido. El olor ganó en intensidad. La escalera se torcía en una curva, seguía bajando y desembocaba en un sótano en penumbra, sostenido por varias columnas de ladrillo. Tan silenciosamente como le fue posible, Jericho puso un pie en el suelo manchado de penumbra, aguardó y aguzó

la vista. Una tela metálica rodeaba algunas de las columnas, otras estaban unidas por tablones y eran, por su apariencia, como cobertizos provisionales. Desde el borde de la escalera no podía distinguirse lo que contenían; sin embargo, al final del recinto Jericho percibió algo que acaparó su atención.

Un plató de rodaje.

Sí, eso era exactamente. Cuanto más se acostumbraban sus ojos a la penumbra, tanto más claro veía que allí se rodaban películas. Falanges de focos apagados, colgados de atriles o del techo, iban disociándose de la

oscuridad. Había sillas plegables, una cámara sobre un trípode. El plató parecía estar dividido en secciones; algunas de ellas estaban provistas de utensilios, otras estaban vacías, probablemente fueran algo así como una green box destinada a crear ciertos ambientes virtuales. Jericho continuó avanzando, cubriéndose hacia todos los lados; identificó camas pequeñas, muebles, juguetes, un paisaje artificial con una casita para niños, céspedes y árboles, una camilla de quirófano como la de una sala forense. Algo en el suelo mostraba un inquietante parecido con una sierra. Unas jaulas colgaban del

techo, rodeadas por infinidad de aparatos y una cosa que muy bien podía ser una pequeña silla eléctrica; en la pared había herramientas en sus fundas o, mejor dicho, más que herramientas, se trataba de cuchillos, tenazas y ganchos... En fin, una cámara de torturas.

En algún punto de toda aquella locura se escondía Ma.

Jericho continuó andando con el corazón latiéndole frenéticamente, colocando un pie delante del otro con cuidado, como si atravesara una superficie de hielo que amenazara con romperse. Entonces llegó a la altura de la mazmorra. Volvió la cabeza.

Un niño lo miró.

Estaba sucio y desnudo, tendría unos cinco años. Sus dedos se habían aferrado a la tela metálica, pero sus ojos parecían apáticos, casi sin vida, como los que uno puede ver en gente que se ha sumergido en lo más hondo de sí misma. Jericho volvió la cabeza hacia el otro lado y vio, en la jaula situada enfrente, a dos niñas cubiertas únicamente con escasa ropa. Una de ellas, muy pequeña, yacía en el suelo, al parecer dormía, mientras la otra, de mayor edad, estaba sentada con la espalda apoyada contra la pared y sostenía entre los brazos un animalito de tela. Con expresión de

letargo, le mostró su rostro hinchado al detective y le clavó unos ojos oscuros y tristes. Entonces pareció comprender que aquel hombre no pertenecía al círculo de personas que frecuentaban el lugar.

La niña abrió la boca.

Jericho negó con la cabeza y se llevó un dedo a los labios. La niña asintió. Con el arma apuntando hacia adelante cuan largo era su brazo, miró en todas direcciones, cerciorándose una y otra vez, y se aventuró cada vez más en aquel infierno de pequeños emperadores. Aparecieron más niños, pero fueron pocos los que notaron su

presencia. A los que alzaban la cabeza, el detective les indicaba que guardaran silencio. De jaula en jaula, las cosas se iban poniendo cada vez peor. Suciedad, abandono, apatía, miedo. Sobre una de aquellas mantas mugrientas yacía un lactante. Algo oscuro golpeó contra uno de los barrotes y le ladró; Jericho retrocedió instintivamente, se volvió y contuvo el aliento. El olor dulzón parecía tener su origen justo delante de él. El detective oyó el zumbido de las moscas y vio algo que se arrastraba rápidamente por el suelo...

Los ojos se le salieron de las órbitas y sintió náuseas.

Ese breve instante de imprudencia le costó perder el control. Sonaron unos pasos que arañaban el suelo, una ráfaga de aire rozó su nuca, y entonces alguien saltó sobre él, lo arrastró hacia atrás y le pegó mientras gritaba palabras incomprensibles.

¡Era una mujer!

Jericho tensó los músculos y golpeó con el codo varias veces hacia atrás. La agresora soltó un alarido. Al volverse, pudo reconocerla: era la esposa de Ma, o cualquiera que fuese el papel que desempeñara en esa pesadilla. El detective la agarró, la pegó con fuerza a una de las columnas y le puso el cañón

de la Glock en la sien. ¿Cómo había llegado hasta allí? Él la había visto marcharse, pero no aparecer de nuevo.

¿Había otro acceso al sótano? ¿Se le habría escapado Ma finalmente?

¡No! ¡La culpa era suya! Había tardado algo en el camino del coche a la fábrica. Había perdido la oportunidad de tener a la vista su ordenador. En algún momento ella debía de haber regresado para...

¡Un dolor!

El tacón del zapato de la mujer se había clavado en su pie. Jericho tomó impulso y le pegó con el dorso de la mano en el rostro. La mujer se retorció

frenéticamente bajo la presión de su mano. Él la agarró por el cuello y la apretó aún más contra la columna. Ella intentó pegarle con el pie, pero luego, sorprendentemente, desistió de ofrecer resistencia y lo miró llena de odio.

En sus ojos, Jericho vio lo que la mujer veía.

Ante esa señal de alarma, la soltó, se volvió rápidamente y vio a Ma volando por los aires en una actitud grotesca, lanzándose directamente hacia donde estaban ellos, con el brazo extendido y blandiendo un enorme cuchillo. No tenía tiempo de dispararle y huir, no tenía tiempo para nada salvo...

Jericho se agachó.

El cuchillo descendió, cortó silbando el aire y se clavó en la garganta de la mujer, de la que brotó un torrente de sangre. Ma se tambaleó, había perdido el equilibrio a causa del propio salto, miró a la mujer que se desplomaba a través de las gafas salpicadas de sangre y agitó los brazos. Jericho le golpeó la muñeca con la Glock, y el cuchillo tintineó al caer al suelo. El detective lo apartó de una patada, le pegó a Ma un golpe en el estómago y otro en los hombros, hasta que el pederasta se dobló hacia adelante. El hombre gimió y cayó sobre

sus cuatro extremidades. Las gafas se le resbalaron de la nariz. Casi a ciegas, empezó a tantear a su alrededor, se incorporó alzando las dos manos, con las palmas hacia el frente.

—Estoy desarmado —balbuceó—. Estoy indefenso.

—Yo sí veo aquí a algunos seres indefensos —dijo Jericho, jadeante, con la Glock apuntando al hombre que tenía enfrente—. ¿Y qué? ¿Les ha servido eso de algo?

—Tengo mis derechos.

—Y esos niños también los tienen.

—Eso es otra cosa. Usted no puede entenderlo.

—¡No quiero entenderlo!

—No puede hacerme nada —dijo Ma, negando con un gesto—. Estoy enfermo, soy un hombre enfermo. No puede dispararle a un enfermo.

Por un momento, Jericho se sintió tan atónito que no fue capaz de responder. A continuación, mantuvo a Ma en jaque con el arma y vio cómo los labios del hombre se contraían.

—Usted no va a disparar —dijo Ma con cierto aire de seguridad en sí mismo.

Jericho guardó silencio.

—¿Y sabe por qué no? —Los labios de Ma se torcieron formando una sonrisa

burlona—. Porque lo siente. Usted también siente esa fascinación. La belleza. Si usted pudiera sentir lo que yo siento, no me amenazaría con el arma.

—Vosotros matáis niños —soltó

Jericho con voz ronca.

—La sociedad que usted representa es tan hipócrita... Usted es un hipócrita. Es lamentable. Un pobre policía, inmerso en su mundo miserable y pequeño. ¿Es que no se da cuenta de que envidia a la gente como yo? Nosotros hemos alcanzado un grado de libertad con el que ustedes sólo pueden soñar.

—Eres un cerdo.

—¡Nosotros estamos mucho más

allá!

Jericho levantó el arma. Ma reaccionó de inmediato. Asustado, alzó los dos brazos y negó otra vez con la cabeza.

—No, no puede hacer eso. Estoy enfermo, muy enfermo.

—Sí, pero no deberías haber intentado escapar.

—¿Cuándo he intentado escapar?

—Justo ahora. Ma parpadeó.

—Pero si no estoy intentando huir.

—Sí, estás intentando escapar, Ma. Intentas largarte. Justo en este momento. Por eso me veo obligado a...

—¡No, no! No puede...

Jericho disparó a la rodilla izquierda. Ma soltó un grito, cayó hacia adelante y empezó a retorcerse en el suelo y a chillar como un cerdo en el matadero. Jericho bajó la pistola y se agachó, exhausto, junto al chino. Se sentía fatal, una piltrafa. Estaba agotadísimo y, al mismo tiempo, tenía la impresión de que no podría dormir jamás.

—¡Usted no puede hacer eso! —

lloriqueaba Ma.

—No deberías haber intentado huir

—murmuró Jericho—. Hijo de puta.

La policía tardó veinte minutos en

llegar a la fábrica y, a continuación, trató al detective como si éste estuviera en el mismo bando que el pederasta. Jericho estaba demasiado cansado como para acalorarse por eso, de modo que sólo les hizo saber a los agentes que harían bien, en aras de poder seguir ejerciendo sus profesiones, en llamar a un determinado número de teléfono. El comisario a cargo puso cara malhumorada, fue a hacer la llamada y regresó convertido en otra persona. Le entregó el teléfono a Jericho casi con un respeto infantil.

—Es un honor poder hablar con usted, señor Jericho. —Era Patrice Ho

desde Shanghai, el policía de alto rango que era su amigo.

En reciprocidad por la información de que gracias a la redada en Lanzhou se había descubierto a un grupo de pedófilos sin que se pudiera demostrar un vínculo con el «paraíso de los pequeños emperadores», Jericho le alegró a Ho el fin de la jornada con la noticia de haber encontrado el «paraíso» y de haberle entregado a la serpiente en bandeja de plata.

—¿Qué serpiente? —preguntó su amigo, estupefacto.

—Olvídalo —dijo Jericho—. Tonterías de cristianos. ¿Te ocuparás de

que no tenga que echar raíces aquí?

—Te debo una.

—A la mierda. Sencillamente, sácame de aquí.

Nada deseaba más Jericho que abandonar aquella fábrica y la ciudad de Shenzhen tan rápidamente como fuera posible. De pronto gozaba de esa deferencia que se les tributa únicamente a los héroes de una nación o a los criminales muy populares, pero de todos modos sólo lo dejaron marchar hacia las ocho. Entregó el coche alquilado en el aeropuerto, tomó el siguiente avión con rumbo a Shanghai, un Mach 1 de una sola ala, y revisó en el aire sus

mensajes.

Tu Tian había intentado localizarlo. Jericho le devolvió la llamada.

—Ah, no era por nada especial — dijo Tu—. Sólo quería contarte que tu operación de vigilancia tuvo éxito. La competencia desleal ha admitido el robo de datos. Tuvimos una conversación.

—Estupendo —repuso Jericho sin demasiado entusiasmo—. ¿Y qué ha salido de esa conversación?

—Han prometido dejarlo.

—¿Sólo eso?

—Eso ya es muchísimo. Yo, por mi parte, tuve que prometerles que también lo dejaría.

—¿Cómo? —Jericho creyó haber oído mal. Tu Tian, cuya empresa había sido atacada por unos troyanos, no había tenido freno en su indignación. No había escatimado gastos para capturar a aquella «panda de miserables cucarachas que osaban codiciar sus secretos empresariales», como él mismo los llamaba—. ¿Tú también te los...?

—No sabía quiénes eran.

—¿Y qué diferencia hay, si no te importa decírmelo?

—Tienes razón, ninguna. —Tu rió dando muestras de un estado de ánimo formidable—. ¿Vendrás pasado mañana al campo de golf? Te invito.

—Muy amable de tu parte, Tian, pero... —Jericho se pasó la mano por los ojos—. ¿Puedo decidirlo más tarde?

—¿Qué pasa? ¿Estás de mal humor? Los chinos de Shanghai eran

distintos. Más directos, más francos. Casi como los italianos, y Tu Tian era posiblemente el más italiano de todos los chinos de Shanghai. Podría haber cantado el Nessun Dorma.

—Para serte sincero —suspiró

Jericho—, estoy hecho polvo.

—Por la voz, lo pareces —constató Tu—. Pareces un trapo sucio y mojado. El hombre-trapo. Parece que hubiera que colgarte para que te seques. ¿Qué

pasa?

Y puesto que el gordo Tu, a pesar de todo su egocentrismo, era una de las pocas personas a las que Jericho le permitía el acceso a su mundo interior, se lo contó todo.

—Ay, chaval, chaval... —se asombró Tu tras unos segundos de respetuoso silencio—. ¿Y cómo has hecho eso?

—Acabo de contártelo.

—No, me refiero a cómo hallaste su rastro. ¿Cómo supiste que era realmente él?

—No lo sabía, pero todo hablaba en favor de esa tesis. Ma es un tipo

vanidoso, ya lo sabes. La página web era algo más que un catálogo de horrores en preproducción, donde hay hombres que caen sobre niñas que son aún lactantes y mujeres que se dejan satisfacer por niños pequeños, antes de abalanzarse sobre ellos con el machete. Había las habituales películas y series de fotos, pero también podías ponerte unas gafas holográficas y estar allí en tercera dimensión. Muchas de las cosas sucedían en vivo, algo que a esos tipos les produce un morbo muy particular.

—Asqueroso.

—Pero sobre todo había un foro de chat, de ligue, donde la gente alardeaba.

Había incluso una sección de Second Life en la que podías adjudicarte una identidad virtual. Ma apareció por allí como un espíritu acuático. Pero la mayoría de los pederastas no están familiarizados con ese tipo de cosas; más bien son gente convencional. Además, no les gusta demasiado ponerse a parlotear por un micrófono, a pesar del distorsionador de voz. Prefieren escribir su mierda según la antigua costumbre, en un teclado, y Ma, por supuesto, lo hizo aplicadamente y se dio el tono adecuado. Y fue así como se le ocurrió poner allí sus propias contribuciones.

—¡Debes de tener el estómago revuelto!

—Tengo un interruptor en el cerebro y otro en el estómago. La mayoría de las veces consigo por lo menos desconectar alguno de los dos.

—¿Y cómo te fue en el sótano?

—Tian... —dijo Jericho suspirando

—. Si lo hubiera conseguido, no te habría contado toda esa mierda.

—Está bien, continúa.

—Pues, mira, todos los visitantes imaginables de esa página están conectados, y Ma, ese cerdo vanidoso, también lo está. Se camufla como un visitante común y corriente, pero te das

cuenta de que, simplemente, sabe demasiado, y desarrolla una enorme necesidad de comunicación, de modo que en un principio sospeché que ese tipo era por lo menos uno de los iniciadores, y al cabo de un rato ya estaba convencido de que lo era. Antes sometí sus contribuciones a un análisis semántico, particularidades de la expresión, frases hechas preferidas, gramática, y el ordenador delimitó el campo; pero luego quedaron otros cien pederastas de Internet fichados que también podrían serlo. Por eso hice que analizaran al tipo mientras estaba conectado a la red y escribía, y el ritmo

del tecleo lo delató. Entonces sólo quedaron cuatro.

—Y uno de ellos era Ma.

—Así es.

—Te convenciste de que era él.

—Al contrario que la policía. Ellos, por supuesto, estaban convencidos de que Ma era el único de los cuatro que no era.

—Por eso actuaste por tu cuenta. Hum... —Tu hizo una pausa—. Todos los honores para tu actuación, pero

¿acaso tú mismo no me dijiste hace poco que lo agradable del i-profiling era que uno sólo tenía que pelear con virus informáticos?

—No tengo ganas de pelear con nadie más —dijo Jericho en tono cansado—. No quiero volver a ver gente muerta, mutilada y vejada, no quiero tener que disparar contra nadie más, y tampoco quiero que nadie me dispare. Es suficiente, Tian.

—¿Estás seguro?

—Segurísimo. Ésta ha sido la última vez.

Ya en su casa —que al parecer ya no lo era, a juzgar por el montón de cajas de mudanza que había ido rellenando en el transcurso de varias semanas y que nivelaban su vida conservada en utensilios como si ésta hubiera salido de

un almacén y tuviera que ser devuelta a sus envoltorios originales—, a Jericho lo sobrecogió de pronto el miedo de haber tensado demasiado la cuerda.

Eran poco más de las diez cuando el taxi lo dejó delante de aquel edificio en Pudong que habría de ser abandonado en muy pocos días para ir a ocupar su vivienda ideal; pero cuando cerró los ojos, vio a aquel bebé mancillado en el sótano, el ejército de corruptores que se habían cebado con él para descomponer su carne; veía el cuchillo de Ma caer sobre él, y sentía de nuevo ese instante de miedo a la muerte, un drama cinematográfico que a partir de entonces

era presentado sin pausa, de modo que su nuevo hogar amenazaba con convertirse en el piso de sus pesadillas. Únicamente la experiencia le decía que los pensamientos, por su naturaleza, eran nubes pasajeras, y que en algún momento todas las imágenes palidecían, sólo que hasta entonces aquello podía convertirse en un prolongado y torturante sufrimiento.

¡Si al menos no hubiera aceptado aquel encargo!

«¡Falso!», se increpó a sí mismo. En ese subjuntivo, en la ampliación de otras líneas de comportamiento que no constituían alternativa alguna, ya que

todas ellas sólo tenían un único camino, acechaba una verdadera desesperación. Aunque ni siquiera era posible decir si ese camino estaba siendo recorrido o ya se habría recorrido alguna vez, si uno lo decidía o era algo que se decidía por sí solo, lo que planteaba de nuevo la pregunta sobre el quién. ¡Santo cielo!

¿Era uno el medio de ciertos acontecimientos ya predeterminados?

¿Había tenido elección al aceptar el encargo? Obviamente podría haberlo rechazado, pero no lo había hecho.

¿Acaso con ello no quedaba obsoleta cualquier noción de elección? ¿No había tenido él elección al seguir a Joanna

hasta Shanghai? Cualquier camino que uno siguiera se aceptaba, de modo que no había elección.

Banal conclusión que sólo llevaba a una verdad amarga. Tal vez debería escribir un libro de autoayuda. Las librerías de los aeropuertos estaban llenas de ese tipo de libros, y él había llegado a ver algunos incluso que alertaban contra los propios libros de autoayuda.

¿Cómo se podía estar tan despierto y a la vez tan cansado?

¿No quedaba nada por empaquetar? Jericho encendió el monitor

acoplado a la pared y encontró un

documental de la BBC —al contrario que la mayoría de la población, él podía recibir la mayoría de los canales extranjeros sin problemas, tanto los legales como los ilegales—, y fue a buscar una caja. En un principio apenas se enteró de qué se trataba, luego empezó a interesarle el tema. Era justamente lo adecuado. Agradablemente distante de todo aquello de lo que había tenido que ocuparse en esos últimos días.

—Hoy, hace un año —dijo la comentarista—, el 22 de mayo de 2024, un dramático agravamiento de las relaciones entre China y Estados Unidos

ocupó a la Asamblea General de Naciones Unidas, un agravamiento que luego llegaría a conocerse con el nombre de «crisis lunar».

CRISIS LUNAR

Jericho fue a buscar una cerveza a la nevera y se sentó sobre una de las cajas. El documental trataba del fantasma del verano anterior, pero todo había empezado dos años antes, en 2022, pocos meses después de la puesta en funcionamiento de la base estadounidense en el polo norte lunar. Por esa fecha, Estados Unidos había iniciado la extracción del isótopo del gas noble helio 3 en el Mare Imbrium, con lo que había echado a andar un proceso que hasta ahora sólo había

ocupado la imaginación de románticos de la economía y de autores de ciencia ficción. No cabía duda de que a la Luna le correspondía un papel muy especial en el estudio del sistema solar: como trampolín hacia Marte, como emplazamiento de estaciones de investigación, como ojo telescópico para llegar hasta los límites del universo. Pero, desde el punto de vista meramente económico, la Luna, en comparación con Marte, era una cosa barata. Se necesitaba menos combustible para llegar hasta ella, se la alcanzaba en un santiamén y uno podía marcharse de allí con la misma rapidez. Los filósofos

justificaban los viajes a la Luna con alusiones al valor de la empresa como alimento espiritual, esperaban encontrar pruebas de la existencia o la no existencia de Dios y, de manera más general, tener una mejor comprensión del lugar que ocupaba el Homo sapiens, como si para ello se necesitara una masa rocosa situada a 360.000 kilómetros de distancia.

Al mismo tiempo, la mirada distanciada hacia el frágil hogar común parecía estimular la formación de puntos de vista pacifistas. Lo único cuestionable era el aprovechamiento económico del satélite. No había oro

allí arriba, minas de diamantes ni petróleo. Pero aunque los hubiera, los costes habrían elevado su explotación comercial hasta el absurdo.

«Descubriremos recursos en la Luna o en Marte que superarán toda nuestra capacidad imaginativa y pondrán a prueba los límites de nuestros sueños», había dicho ya George W. Bush en el año 2004, con mirada de padre fundador, lo que sonaba interesante, ingenuo y hasta un poco aventurado. Pero ¿quién tomaba en serio a Bush? Por aquellas fechas, Estados Unidos se había enredado en varias guerras y estaba en el mejor camino para arruinar

su economía y su prestigio internacional. No había nada que pareciera más fallido que cualquier idea sobre el resurgimiento de un nuevo El Dorado; eso, sin contar con que la NASA no tenía dinero.

No obstante...

Alarmado por el anuncio de Estados Unidos de que, para el año 2020, pretendían enviar de nuevo astronautas a la Luna, el mundo entero, de repente, se vio presa de una inquieta agitación. Fuera lo que fuese lo que pudiera extraerse de la Luna, no se quería dejar una vez más el terreno libre a Estados Unidos, sobre todo teniendo en cuenta

que esta vez ya no se trataba tanto de un simbolismo de banderas y pisadas, sino de una firme política de predominio económico. La Agencia Espacial Europea (ESA) ofreció su apoyo tecnológico. La DLR alemana se enamoró de la idea de tener su propia base lunar. El caballo de tiro francés en la ESA, la EADS, prefería una solució

a la francesa. China, por su parte, dejó entrever que dentro de pocas décadas la minería lunar sería de decisiva importancia para su economía nacional, explícitamente la extracción de helio 3. Con la explotación de ese gas coqueteaban también Roskosmos y la

empresa rusa Energía Rocket and Space Corporation, que anunció la construcción de una base lunar para el año 2015, a raíz de lo cual Indien Flugs lanzó una sonda con el bonito nombre de Chandrayaan-1 a la órbita polar del satélite, a fin de ver cuáles eran sus posibilidades de explotación. Recordando el inequívoco tono de la doctrina Bush en lo relativo a dar el paso por su cuenta, se reunieron representantes de las autoridades espaciales rusas y chinas con el propósito de llevar a cabo conversaciones sobre empresas mixtas; también la japonesa JAXA entró en

acción. En fin, todos tenían una enorme prisa por hacerle una visita a la señora Luna y asegurarse sus tesoros rodeados de leyendas, como si bastara volar hasta allí sin más, extraer el recurso y lanzarlo sobre el propio territorio. Cada pronóstico superaba al otro en audacia, hasta que llegó Julian Orley y puso las cosas en claro.

El hombre más rico del mundo se había aliado con Estados Unidos.

El resultado, por decirlo de una manera suave, fue decisivo. Apenas había comenzado la carrera de las naciones por obtener aquellos recursos extraterrestres, y de pronto la

competición ya estaba resuelta, ya que el ganador, gracias a la decisión de Orley, quedó determinado de antemano. Y no fue tanto por razones de simpatía como porque la NASA, normalmente e apuros financieros, disponía de mucho más dinero y de una mejor infraestructura que todas las demás naciones con proyectos espaciales juntas. Salvo el caso, quizá, de China. Hacia finales de la década de 1990, el gigante asiático había dejado entrever sus intenciones de erigirse en potencia espacial, en una modesta autovaloración, ciertamente, y con un presupuesto total que correspondía a una

décima parte del de Estados Unidos, pero movido, en cambio, por el patriotismo y unas virulentas aspiraciones a la categoría de potencia mundial. Entretanto, después de que un tal Zheng Pang-Wang comenzó a financiar el proyecto espacial chino en el año 2014, el presupuesto y las aspiraciones estaban casi a la par, y el único déficit de China estaba en el know-how: una mácula que Pekín pensaba remediar de algún modo.

Zheng, sumo sacerdote de un consorcio tecnológico que actuaba a nivel global, cuyo mayor orgullo consistía en llevar a China a la Luna

antes que Estados Unidos y posibilitar así la extracción del helio 3, era calificado con sumo gusto por los medios de comunicación como el Orley de Oriente. Es cierto que tenía la inmensa riqueza de los británicos, y disponía, además, de un ejército de constructores y científicos de primera categoría. A continuación, el Grupo Zheng trabajó fervorosamente para hacer realidad un ascensor espacial, quizá a sabiendas de que Orley estaba haciendo lo mismo. Pero mientras este último alcanzaba su objetivo, Zheng no fue capaz de resolver el problema. En cambio, su grupo consiguió construir un

reactor de fusión, pero una vez más quedó en un segundo plano, ya que el modelo de Orley funcionaba de un modo más seguro y eficiente. El partido empezó a mostrarse impaciente. Apremiaban a Zheng para que enseñara de una vez sus logros, en caso necesario haciéndole al nariz larga una oferta que éste no pudiera rechazar. Así que el viejo Zheng se fue a comer con Orley y le hizo saber que Pekín estaba interesado en una cooperación en un futuro próximo.

Orley repuso que a Pekín podían darle por el trasero, pero que tal vez Zheng deseaba compartir todavía con él

una botella de magnífico Tignanello.

—¿Y por qué no compartirlo todo?

—preguntó Zheng.

—¿Qué, por ejemplo?

—Pues el dinero, mucho dinero. El poder, el prestigio, la influencia.

Orley dijo que él ya tenía dinero.

Sí, le dijo Zheng, pero China estaba ávida y extremadamente motivada, mucho más que los embotados Estados Unidos, con su enorme peso, que todavía seguían arrastrando las consecuencias de la crisis financiera del año 2009, de modo que todo su gesto tenía hasta el momento cierta inconsistencia. Si se les preguntaba a los estadounidenses por el

futuro, un setenta por ciento verían en él algo alarmante, mientras que en China todos miraban el día siguiente con optimismo.

Eso sonaba muy bonito, dijo Orley,

¿qué le parecía si dejaban el Tignanello y probaban un Ornellaia?

Nada de aquello sirvió. Y lo cierto era que cualquier proyecto de explotación con la tecnología de cohetes convencional era, desde un punto de vista económico, improductivo y estaba condenado a lanzar el programa espacial chino a un déficit. Sin embargo, el partido, con la obstinación de un niño con una pataleta, acordó hacer

precisamente eso, guiado por la esperanza de que Zheng y los cerebros de la China National Space Administration (la Administración Espacial Nacional de China) espabilaran en un tiempo previsible. Y dado que Estados Unidos no había mostrado escrúpulos en soltar sus máquinas de extracción justo en aquella región de la Luna que, según el criterio geológico general, prometía las mayores reservas de helio 3 —un territorio colindante con el Mare Imbrium—, los chinos, con un esfuerzo enorme, cargaron justo hasta ese lugar los componentes necesarios para construir

una base móvil, así como los hornos solares movidos por orugas, se instalaron en las mismas narices de sus indeseables rivales e iniciaron las labores de extracción el 2 de marzo de

2023. Estados Unidos se mostró primero sorprendido, pero luego se alegró. Se le dio la bienvenida a China en la Luna, se habló de herencia universal y de la comunidad de las naciones, y nadie se ocupó ya del conmovedor esfuerzo de aquellos rezagados por exprimirle al polvo lunar su ínfimo porcentaje de helio 3.

Y así se mantuvo hasta el 9 de mayo de 2024.

Ambas naciones habían ido ampliando sucesivamente sus extracciones a lo largo de los meses anteriores. Ese día tuvo lugar un intercambio de cierta urgencia entre la base lunar estadounidense y Houston. Inmediatamente después, llegó a la Casa Blanca la alarmante noticia de que los astronautas chinos, con sus máquinas de extracción, habían franqueado de modo consciente e intencionado los límites de su territorio y se habían anexado la zona perteneciente a Estados Unidos. El país se sentía provocado y amenazado. Llamaron a cuenta al embajador chino, se culpó a China de violación de

frontera y se le exigió restituir de inmediato el antiguo estado de cosas. El Partido Comunista exigió examinar el asunto y, el 11 de mayo, declaró no ser consciente de ningún grado de culpabilidad. Sin fronteras negociadas oficialmente, no podía haber tampoco ninguna violación de frontera. Añadieron, además, que Washington sabía cómo el mundo veía el hecho de que Estados Unidos, en un gesto de desprecio a todas las cláusulas de los tratados sobre el espacio, en general, y de los tratados lunares, en particular, hubiese creado tal estado de cosas, y preguntaban cómo era posible llegar a la

extravagante idea de pretender cubrir de fronteras un cuerpo celeste que, según todos esos tratados, no pertenecía a nadie. Se preguntaban, además, si lo que se deseaba efectivamente era tener una nueva y desagradable discusión, en lugar de darse por satisfechos con una condición de superpotencia que era evidente para todos.

Estados Unidos se sintió violento. La Luna estaba muy lejos, nadie en la Tierra podía decir con exactitud quién se paseaba allí por el territorio de quién, pero el 13 de mayo la base lunar estadounidense reportó la detención del astronauta chino Hua Liwei. El hombre

había estado husmeando sin previo aviso por los terrenos de la base de extracción norteamericana, una instalación automatizada, razón por la cual era poco probable que sus intenciones allí fueran charlar un poco sobre las condiciones climatológicas de la Luna mientras tomaba un té y comía unas pastas. El hecho de que Hua fuera, además, el comandante de la base china, un oficial varias veces condecorado al que no se le había dado la oportunidad de presentar su versión de los hechos, no contribuyó precisamente a quitarle hierro a la situación. Pekín se enfureció y protestó de la manera más enérgica. En

el Ministerio de Seguridad del Estado, los funcionarios se superaban en fantasía imaginando los martirios que tendría que soportar Hua en aquella apartada base polar, y se exigió su inmediata liberación, algo que Washington ignoró a propósito, a raíz de lo cual algunas unidades chinas, esta vez de manera oficial, penetraron en el territorio de Estados Unidos con vehículos tripulados y robots de extracción, o en todo caso fue así como se vendió a la opinión pública. De hecho, lo único que estaba en juego era un pequeño y desdichado robot que embistió por descuido una maquinaria estadounidense y se

convirtió de inmediato en un amasijo de chatarra. A la vista de los solitarios Land Rovers chinos que daban vueltas por allí, no podía hablarse de vehículos tripulados, y hasta las temidas unidades se revelaron luego, tras un análisis más detallado, como el resto caótico y desorientado de la tripulación de la base, dos mujeres que, en aras del forcejeo político, habían simulado una invasión. Mientras tanto, los astronautas norteamericanos en el polo lunar no entendían por qué habían tenido que tomar prisionero al pobre Hua, y ponían todo su empeño en depararle por lo menos una estancia agradable.

De todos modos, a nadie en la Tierra le interesaba el asunto.

En su lugar, algunos fantasmas que se creían exorcizados para siempre intentaron amenazarse de muerte otra vez. El imperialismo contra la invasión roja. En cierto sentido, aquel acaloramiento tenía incluso su justificación. Efectivamente, lo que menos interesaba eran un par de astronautas o algunos kilómetros cuadrados de terreno, sino, sobre todo, quién llevaba y llevaría la voz cantante allí arriba, cuando había otras naciones que intentaban tomar posesión de la Luna. Washington, por su parte, amenazó

rápidamente con aplicar sanciones, congeló las cuentas chinas e impidió que los barcos del gigante asiático abandonaran los puertos estadounidenses; además, expulsó al embajador chino, lo que dio a Pekín el motivo para devolver las amenazas de medidas drásticas contra Estados Unidos en caso de que no se liberaran de inmediato las cuentas, los buques y al propio Hua. Estados Unidos insistió en que esperaba una disculpa. Mientras no la tuvieran, no liberarían a nadie. Pekín anunció su intención de atacar la base lunar estadounidense. Sorprendentemente, nadie formuló la

pregunta sobre cómo aquellos taikonautas, totalmente estresados en el intransitable y montañoso polo norte lunar, pretendían tomar una base enorme, en parte subterránea, y después de que Washington amenazó con emprender acciones militares contra la estación de extracción china y sus instalaciones en la Tierra en caso de producirse un ataque, ya nadie estuvo interesado en formularla.

El mundo empezó a sentir miedo.

Sin inmutarse en absoluto, o incluso motivadas por ello, las archiofendidas superpotencias empezaron a atacarse unas a otras. Se acusaron mutuamente de

estar llevando adelante un rearme del espacio y de haber estacionado armas en la Luna, de modo que las noticias se llenaron de simuladas confrontaciones nucleares en el satélite, siempre asociadas al peligro de que hallaran su continuidad en la Tierra. Mientras la BBC mostraba imágenes de estaciones espaciales explotando y, con desvergonzada ignorancia de las leyes de la física, hacía que oyéramos el estruendo, a las tripulaciones de las bases lunares se les prohibió hablar entre sí. Al final, ya nadie sabía lo que estaba haciendo el otro ni de qué se trataba realmente todo aquello, salvo

mantener el tipo, claro, y fue entonces cuando la ONU consideró que era hora de ponerle fin.

El viejo jamelgo de la diplomacia fue enganchado de nuevo al deteriorado carro de la alta política, a fin de sacar a este último, una vez más, del lodazal. El

22 de mayo de 2024 se reunió la Asamblea General de Naciones Unidas China señaló que la carencia de un propio ascensor espacial le impedía transportar armas a la Luna, lo que, por el contrario, era bastante sencillo para Estados Unidos. Por tanto, era a este último país al que había que considerar un agresor, estaba claro que había

estacionado armas en la Luna y había roto una vez más los acuerdos sobre el espacio, cosa que ya era habitual. Por su parte, alegó China, no tenía ningún plan relacionado con un rearme, pero debido a las continuas provocaciones, se veía obligada a considerar la posibilidad de tener un modesto contingente destinado a la defensa del país. De manera similar se expresaron los representantes de Estados Unidos. La agresión había partido de China, y si se produjera un rearme de Estados Unidos en la Luna ello se debería a una violación de la frontera totalmente innecesaria por parte del gigante asiático.

No se había violado ninguna frontera.

Muy bien. Pues tampoco había armas en la Luna.

Sí que las había. No las había.

Sí.

El secretario general de Naciones Unidas, con pálida indignación, condenó por igual el proceder del gigante asiático y el arresto del astronauta chino por parte de Estados Unidos. El mundo deseaba la paz. Esto último era cierto. En el fondo, tanto Pekín como Washington no deseaban otra cosa que la paz. Pero ¡estaba la honra, la honra!

No fue hasta el 4 de junio de 2024 cuando China transigió de mala gana sin invocar la resolución de Naciones Unidas, cuya fuerza ya ni siquiera parecía tener un carácter simbólico. La verdad era que ninguna de las dos naciones podía permitirse ni deseaba un conflicto en toda regla. China se retiró del territorio estadounidense, lo que se solucionó haciendo que los taikonautas cargaran de vuelta con la destrozada máquina de extracción. Hua quedó en libertad, y también quedaron liberados las cuentas y los barcos chinos. También los embajadores pudieron ocupar de nuevo sus respectivos despachos. En un

principio, la situación quedó marcada por ciertos gestos de amenaza y cierto recelo. A nivel político reinaba un período de congelación, con lo que la economía también experimentó un parcial enfriamiento. Julian Orley, que en un principio pretendía inaugurar su hotel lunar en el año 2024, tuvo que interrumpir por tiempo indefinido su construcción, y ambas partes se vieron afectadas en lo relativo a la extracción del helio 3.

—No fue hasta el 10 de noviembre de 2024 —dijo la comentarista con mohín serio—, por primera vez desde que se inició el conflicto, cuando se

restableció el diálogo entre China y Estados Unidos con motivo de la cumbre económica celebrada en Bangkok, y desde entonces ese diálogo ha fluido de modo conciliador. —El tono de la comentarista se volvió entonces más amenazante y dramático—. El mundo ha evitado la escalada del conflicto, nadie puede decir cuán cerca hemos estado. — El tono se tornó más moderado—. Estados Unidos ha asegurado a los chinos una conexión más sólida a la infraestructura de la base lunar, se han firmado nuevos acuerdos para la asistencia mutua en el espacio y se han ampliado las competencias de los ya

existentes; Estados Unidos y China se han puesto de acuerdo en firmar algunos acuerdos comerciales que hasta ahora eran bastante controvertidos. —Con tono positivo, optimista, y una sonrisa de «Que duerma usted bien», la presentadora añadió—: La marejada se ha calmado. Con el mismo ahínco con que antes se pedía la cabeza, ahora sólo se ven gestos de buena voluntad. Y todo por una sencilla razón: ambas economías no pueden existir la una sin la otra. El estrecho vínculo de estos dos gigantes comerciales, Estados Unidos y China, no soportaría una guerra, que sólo conseguiría destruir posesiones

propias en un territorio supuestamente enemigo. Con moderado entusiasmo se habla ahora de una cooperación más estrecha en el futuro, lo que coloca a ambas potencias en una mejor situación para aspirar al predominio en la Luna. Mientras tanto, los países con programas espaciales continúan bregando por obtener la patente de Julian Orley, quien en estos días ha partido hacia el espacio con un ilustre grupo, curiosamente multinacional, de invitados selectos, tal vez para recapitular sobre la actitud exclusivista estadounidense, pero tal vez también para mostrarles a sus invitados, desde lejos, la visión de nuestro

pequeño y frágil planeta, y recordarles que las confrontaciones bélicas no son beneficiosas para nadie. Con ese mismo espíritu, yo les deseo a ustedes que pasen una buena noche.

Jericho sorbió el último resto de espuma de la botella.

Una raza curiosa, la humanidad. Volaba a la Luna y abusaba de niños pequeños.

Apagó el televisor, dio una patada a la caja de cartón y se fue a la cama con la esperanza de poder dormir.

El ascensor espacial

21 de mayo de 2025

LA CUEVA

—En un principio, se pensó situar el Stellar Dome en el punto más alto, allí donde ahora se encuentra el restaurante con la cúpula de cristal —explicaba Lynn Orley mientras el grupo pasaba delante hacia el vestíbulo—. Pero eso duró hasta que, durante la exploración de la isla, nos topamos con algo que nos obligó a echar por la borda todos nuestros planes previos. La montaña nos ofrecía una alternativa en la que nosotros apenas habíamos pensado.

Esa noche, la de su tercer y último

día de estancia en la Isla de las Estrellas, el grupo de viajeros esperaba disfrutar del preludio a la gran aventura. Lynn los condujo hasta un corredor amplio y cerrado situado al fondo del vestíbulo.

—Nadie debe de haber pasado por alto que el hotel Stellar Island tiene el aspecto de un vapor transoceánico varado en el volcán, que, oficialmente, está inactivo. —Lynn notó cierta inquietud entre algunos de los presentes. Sobre todo en la imaginación de Momoka Omura, quien creyó estar viendo los torrentes de lava deslizándose por el salón, estropeándole

la noche definitivamente—. Tanto en la cima como a lo largo del flanco, predominan temperaturas moderadas, agradablemente frescas y muy apropiadas para almacenar alimentos y bebidas, para alojar en ellas las bombas, los generadores y las instalaciones de depuración, la conserjería y otras dependencias. Y aquí, justo detrás de mí —dijo volviendo la cabeza hacia unas mamparas—, estaba previsto instalar las oficinas. Empezamos a perforar la roca, pero al cabo de pocos metros tropezamos con una dislocación del terreno que se ampliaba formando una

cueva, y al final de esa cueva...

Lynn Orley colocó la palma de su mano sobre un escáner y los batientes de las puertas se deslizaron hacia ambos lados.

—...estaba el Stellar Dome.

Un corredor escarpado con paredes bastamente labradas se extendía más allá de la entrada y torcía luego bruscamente, ocultando a las miradas lo que había más allá. Lynn notó la curiosidad en los rostros, vio excitación y entusiasmo previo. Sólo Momoka Omura parecía haber perdido todo interés y miraba circunstancialmente hacia el techo, sobre todo después de

haber oído que no se asaría entre piedras de lava ardiente.

—¿Alguna pregunta? —Lynn dejó que una misteriosa sonrisa rodeara las comisuras de sus labios—. En ese caso, vamos.

U n collage de sonidos la rodeó, unos sonidos que parecían todos de origen natural. Se oyeron crujidos, murmullos, ecos y goteos, y adicionalmente, unas secciones orquestales crearon una atmósfera que parecía fuera del tiempo. La idea de Lynn de accionar la tecla de las emociones sin caer en lo «disneyco» surtió su efecto: sonidos al borde del

límite de la percepción, destinados a generar con sutileza ciertos ambientes, para lo cual se había necesitado una complicada instalación técnica cuyo resultado, ahora, superaba toda expectativa. Las puertas se cerraron tras ellos y, de ese modo, quedaron aislados de la aireada y confortable atmósfera del vestíbulo.

—Esta sección sí que la construimos nosotros —explicó Lynn—. Justo detrás de ese recodo empieza la parte natural. El sistema de cuevas atraviesa todo el flanco oriental del volcán; ustedes podrían estar caminando por allí durante horas y horas, pero hemos preferido

cerrar las galerías. Por otra parte, correríamos el riesgo de que alguno se nos perdiera en el mismísimo corazón de la Isla de las Estrellas.

Más allá del recodo, el corredor se ampliaba de forma considerable. Se hacía más oscuro. Las sombras pasaban rápidamente sobre el basalto dentellado como si se tratara de animales asustados y extraños que se ponían a resguardo ante las hordas de turistas. El eco de los pasos parecía anteceder y seguir al grupo al mismo tiempo.

—¿Cómo se forman estas cuevas?

—preguntó Bernard Tautou alzando la cabeza—. He visto varias de ellas, pero

siempre he olvidado preguntarlo.

—Las causas son diversas. Tensiones en la piedra, filtraciones de agua, desprendimientos. Los volcanes son estructuras porosas, cuando se enfrían, a menudo quedan espacios huecos. En este caso, con toda probabilidad, se trata de canales de desagüe para la lava.

—Estupendo —vociferó Donoghue

—. Hemos acabado justo en el arroyo.

El pasillo describía una curva, se estrechaba y se ampliaba luego formando un espacio casi circular. A lo largo de las paredes se veían motivos que parecían salidos de los albores de

la humanidad; algunos eran pintados, otros habían sido cincelados en la roca. Estrafalarias formas de vida miraban a los visitantes desde la semipenumbra, con ojos oscuros como un abismo, con cuernos, colas y cabezas cubiertas con cosas parecidas a cascos, a las que les salían unas protuberancias con forma de antenas. Alguna vestimenta hacía pensar en trajes espaciales. Vieron criaturas que parecían acopladas a complicadas maquinarias. Un imponente relieve rectangular mostraba una figura humanoide en posición fetal que hacía uso de una palanca y un interruptor. El sonido de fondo se volvió misterioso.

—Terrorífico —suspiró Miranda

Winter, complacida.

—Espero que lo sea —sonrió Lynn

—. A fin de cuentas, hemos reunido aquí algunos de los ejemplos más enigmáticos de los albores de la creación humana. Reproducciones, por supuesto. Las figuras con los trajes de rayas, por ejemplo, fueron descubiertas en Australia y encarnan, según la tradición, a los hermanos del rayo, Yagjagbula y Yabiringl. Algunos estudiosos los toman por astronautas. Al lado está el llamado dios Marte; en su origen, era un dibujo hecho en la roca, oriundo del Sahara, y tenía seis metros

de altura. Las criaturas de la izquierda, que levantan las manos como para saludar, fueron halladas en Italia.

—¿Y esto de aquí? —Eva Borelius se había detenido delante del relieve y lo contemplaba con interés.

—¡Es nuestro mejor ejemplar! Un artefacto maya. La losa sepulcral del rey Pacal de Palenque, una antigua ciudad de pirámides en la región mexicana de Chiapas. Se supone que representa el descenso del gobernante al inframundo, simbolizado por las fauces abiertas de una serpiente gigante. —Lynn se detuvo a su lado—. ¿Qué ve usted ahí?

—Resulta difícil decirlo. Parece

como si estuviera sentado en un cohete.

—¡Exactamente! —exclamó Ögi, acudiendo presuroso—. ¿Y sabe usted una cosa? ¡Esa interpretación hay que agradecérsela a un suizo!

—Venga ya.

—¿No conoce usted a Erich von

Däniken?

—¿No era un chiflado soñador? —

dijo Borelius, sonriendo fríamente—.

¿Uno de esos que veían extraterrestres por todas partes?

—¡Fue un visionario! —la corrigió

Ögi—. ¡Uno de los grandes!

—Perdón —dijo Karla Kramp tosiendo ligeramente—. Pero su

visionario ha sido refutado con bastante regularidad.

—Bueno, ¿y qué?

—Yo sólo quiero entender por qué dice que es uno de los grandes.

—¿Cuántas veces cree usted, querida, que han refutado la Biblia? — exclamó Ögi—. Sin soñadores, el mundo sería más aburrido, mediocre y soso. ¡A quién le importa si tenía o no razón! ¿Por qué alguien siempre ha de tener la razón para ser grande?

—Lo siento. Soy médico. Si no tengo la razón, ninguno de mis pacientes, por lo general, llegaría a la conclusión de que soy grande.

—Lynn, ¿puedes venir aquí un momento? —dijo Evelyn Chambers—.

¿De dónde procede esto? Parece como si volaran.

Surgieron algunas conversaciones, los conocimientos superficiales empezaron a echar sus flores. Se admiraron motivos y se debatió sobre ellos. Lynn ofreció explicaciones e hipótesis. Era la primera vez que un grupo de visitantes recorría la cueva. Su plan de preparar anímicamente a los huéspedes para lo que vendría luego, mostrándoles dibujos y esculturas prehistóricas, estaba dando resultado. Finalmente, reunió a la tropa y la sacó

de la galería hacia el nuevo trecho del pasillo, más escarpado y oscuro...

Y también más caluroso.

—¿Qué estruendo es ése?

preguntó asombrada Miranda Winter—.

¡Bum, bum! ¿Es normal?

En efecto, un vago estruendo que salía de las profundidades de la montaña se mezclaba con el sonido de fondo y creaba una atmósfera amenazante. Unos vapores rojizos flameaban sobre la roca.

—Hay algo ahí —susurró Aileen

Donoghue—. Una luz. —Vamos, Lynn

—dijo Marc Edwards riendo—.

¿Adónde nos llevas?

—Debemos de estar en las

profundidades, ¿no? —Era la primera vez que Rebecca Hsu se pronunciaba. Desde su llegada había estado telefoneando sin parar, inaccesible para cualquiera.

—Estamos a unos ochenta metros apenas —respondió Lynn, que, con pasos largos, caminó en dirección a un nuevo recodo sumergido en la luz titilante de un fuego.

—Suspense —comentó O'Keefe.

—Venga ya, es puro teatro —replicó Warren Locatelli con altivez—. Estamos entrando en un mundo desconocido, eso es lo que debe sugerir la atmósfera. Las entrañas de la Tierra, el interior de un

planeta extraño, alguna tontería de ésas.

—Esperen —dijo Lynn.

—¿Qué otra cosa espectacular veremos a continuación? —preguntó Momoka Omura intentando quitar magia al ambiente, mientras que, por el sonido de su voz, podía inferirse que los torrentes de lava comenzaban a fluir de nuevo por su cabeza—. Una cueva, otra más. Estupendo.

El estruendo fue en aumento.

—Bueno, me parece que... — empezó diciendo Evelyn Chambers, pero se detuvo en medio de la frase y exclamó—: ¡Madre mía!

Habían dejado atrás el recodo. Un

monstruoso calor se les echó encima. El pasillo se amplió, unas brasas pulsantes lo cruzaban. Algunos de los huéspedes se detuvieron abruptamente, otros se atrevieron a avanzar con paso vacilante. A mano derecha, la roca se abría y dejaba ver una bóveda enorme y colindante de la que subían el estruendo y el bramido con una intensidad que sofocaba todas las conversaciones. Un lago resplandeciente llenaba la cámara hasta la mitad, un lago hirviente y burbujeante que escupía unos chorros de color rojo amarillento. Unas agujas de basalto se erguían desde aquel raudal viscoso hasta el techo en forma de

cúpula, que titilaba de un modo fantasmal a causa del reflejo. Con callada alegría, Lynn estudió el temor, la fascinación, el desconcierto; vio a Heidrun Ögi alzar las manos para protegerse del calor. Su pelo blanco y su piel parecían arder. Cuando se acercó con paso inseguro, por un momento pareció como acabada de salir del infierno.

—¿Qué diablos es eso? —preguntó con expresión de incredulidad.

—Una cámara de magma —explicó Lynn, muy tranquila—. Un depósito que alimenta al volcán con lava y gases. Estas cámaras se forman cuando la

piedra líquida sube desde grandes profundidades hasta las zonas blandas de la corteza terrestre. En cuanto la presión llega a ser excesiva dentro de la cámara magmática, la lava encuentra una forma de ascender y se produce la erupción.

—Pero ¿no nos había dicho que el volcán estaba inactivo? —preguntó asombrado Mukesh Nair.

—En realidad, está inactivo, así es. De pronto todos empezaron a hablar

en desorden. Fue O'Keefe el primero en sospecharlo. Había estado todo el tiempo avanzando por el pasillo con expresión pensativa, ensimismado,

guardando las distancias, pero ahora se dirigió directamente hacia allí.

—¡E h, mon ami! —le gritó Tautou

—. Cuidado no vaya a quemarse usted las cejas.

—Pas de problème. —O'Keefe se volvió y sonrió—. No creo que haya que temer nada parecido aquí. ¿No es así, Lynn?

O'Keefe extendió la mano derecha. Sus dedos tocaron una superficie. Estaba caliente, pero no quemaba. Era completamente lisa. Oprimió la palma de la mano contra ella y asintió en señal de reconocimiento.

—¿Cuándo tuvo esta montaña este

aspecto por última vez?

Lynn sonrió.

—En opinión de los geólogos, hará más de cien mil años. Pero no tan arriba. Las cámaras magmáticas están situadas por lo general a una profundidad de entre veinticinco y treinta kilómetros; además, son mucho más espaciosas que ésta.

—En cualquier caso, es holografía de la mejor calidad, la mejor que he visto hasta ahora.

—Nos esforzamos.

—¿Una holografía? —repitió

Sushma.

—Más exactamente, se trata de la

combinación de varias proyecciones holográficas con sonido, luz de color y radiadores eléctricos.

La india se detuvo junto a O'Keefe y golpeó la superficie de la pantalla de proyección con la punta del dedo, como si todavía cupiera alguna posibilidad de que el actor estuviese equivocado.

—Pero ¡si parece absolutamente auténtico!

—Por supuesto. A fin de cuentas, no queremos que ustedes se aburran.

Ahora todos querían tocar la pantalla, se retiraban con expresión de respeto y se deleitaban con la ilusión. Chuck Donoghue se olvidó de hacer

alguno de sus chistes y Locatelli olvidó decir alguna de las suyas. Hasta la propia Momoka Omura miró fijamente el lago de lava digital y casi pareció impresionada.

—Casi hemos llegado a nuestra meta

—dijo Lynn—. Dentro de pocos segundos podrán entrar a la cámara y entonces todo tendrá un aspecto muy distinto. Partiendo desde el pasado más remoto, podrán viajar al futuro de nuestro planeta, al futuro de la humanidad.

Lynn pulsó un interruptor oculto entre la roca. Al final del pasillo se abrió una grieta elevada y vertical. Una

luz tenue se filtraba desde allí. La música aumentó de volumen, poderosa y mística. La abertura se amplió dejando visible la bóveda situada detrás. En realidad, tanto por su aspecto como por sus dimensiones, se correspondía bastante exactamente con la representación holográfica, sólo que allí no había lava derramándose por todas partes. En su lugar, había una tribuna que se extendía osadamente sobre el abismo sin fondo. Unas pasarelas de acero conducían hasta unas hileras escalonadas de asientos de aspecto confortable que flotaban libremente sobre el vacío. En el centro se arqueaba

una superficie transparente de unos mil metros cuadrados. Su extremo inferior se perdía en las oscuras profundidades, mientras que el superior casi alcanzaba la cúpula del techo; los laterales, por su parte, se extendían más allá de las filas de asientos.

Sobre la tribuna había un único hombre.

Era de estatura media, algo rollizo, pero con un aspecto asombrosamente juvenil, aunque la barba y el pelo, que le cubría hasta más abajo del cuello, estaban bastante encanecidos y sólo dejaban sospechar el color rubio ceniza de años pasados. Llevaba camiseta y

americana, vaqueros y botas de cowboy. Tenía varios anillos en los dedos. Sus ojos centelleaban con picardía y su sonrisa refulgía como la luz de un faro.

—Por fin están aquí —dijo Julian

Orley—. ¡Pongámosle música a esto!

Tim se mantuvo aparte mientras contemplaba cómo su padre saludaba a sus huéspedes con abrazos o apretones de mano, según el grado de familiaridad. Julian, el gran comunicador, tendiendo trampas de amabilidad. Siempre tan entusiasmado con conocer gente, jamás ponía en duda que esa misma gente quisiera conocerlo a él, y eso era justamente lo que los atraía. La física

del encuentro conoce la atracción y el rechazo, pero eludir el campo magnético de Julian era prácticamente imposible. Cuando le presentaban a alguien, esa persona sentía de inmediato una afectuosa familiaridad. Dos o tres encuentros más, y uno ya se deleitaba hablando de recuerdos sobre épocas en común que jamás habían existido. No era mucho lo que Julian hacía para conseguirlo, no hacía comentarios ingeniosos ni ejercitaba sus discursos ante el espejo, sencillamente, daba por sentado con total naturalidad que en el sistema de Newton de los dos cuerpos él era el planeta y no el satélite.

—¡Carl, mi viejo amigo! ¡Qué alegría tenerte aquí!

»Evelyn, te ves fantástica. ¿Qué idiota fue el que dijo que el círculo era la forma perfecta?

»Momoka, Warren, bienvenidos. Ah, y por cierto, muchas gracias por la última vez, hace tiempo que quería llamar. Para ser sincero, casi no sé cómo llegué a casa.

»¡Olympiada Rogachova! ¡Oleg Rogachov! ¿No es maravilloso? En estos segundos nos estamos viendo por primera vez y mañana viajaremos juntos a la Luna.

»Chucky, mi viejo amigo. Tengo un

chiste estupendo para ti, pero para ello debemos hacer un aparte.

»¿Y dónde está mi reina élfica?

¡Heidrun! Por fin conozco a tu esposo.

¿Compró finalmente el Chagall? Claro que lo sé, conozco todas sus pasiones. Heidrun no hace más que hablar de usted.

»Finn, chaval. Ahora va en serio. Tendrás que subir ahí arriba. ¡Y esto sí que no es una peli!

»Eva Borelius, Karla Kramp Vuestra visita me ha proporcionado una especial...

Y así sucesivamente.

Julian encontró una palabra

afectuosa para cada uno; luego se dirigió a toda prisa a donde estaban Tim y Amber, con una furtiva sonrisa de «He conseguido escaparme» en los labios.

—¿Y bien? ¿Qué os parece?

—Estupendo —dijo Amber, pasándole el brazo alrededor de los hombros—. La cámara de magma es fenomenal.

—Fue idea de Lynn —dijo Julian con expresión radiante. Apenas era capaz de pronunciar el nombre de su hija sin dejar escapar una especie de suspiro melodioso—. ¡Y eso todavía no es nada! Esperad a ver el espectáculo.

—Será perfecto, como siempre —

dijo Tim con un sarcasmo apenas disimulado.

—Lo hemos concebido entre los dos, entre Lynn y yo. —Como era habitual, Julian hizo como si no hubiera notado el tono mordaz—. La cueva es un regalo del cielo, os lo digo desde ahora. Estas pocas hileras de asientos tal vez no parezcan nada, pero podemos presentar ahora mismo el espectáculo para quinientas personas, y si fuesen más...

—Pensaba que el hotel sólo tenía cabida para trescientos huéspedes.

—Así es, pero prácticamente podríamos duplicar las capacidades.

Colocar cuatro o cinco plataformas encima de nuestro vapor transoceánico, o Lynn construiría un segundo. Nada de eso constituye un problema. Lo principal es que consigamos el dinero para un nuevo ascensor.

—Lo principal es que tú no tengas problemas.

Julian miró a Tim con sus ojos azul claro.

—No los tengo. Y ahora, ¿me disculpáis? Divertíos, hasta luego... ¡Oh, madame Tautou!

Julian caminaba de un lado a otro entre los visitantes, soltando una risotada por aquí, un cumplido por allá.

De vez en cuando atraía a Lynn hacia sí y la besaba en la sien. Ella sonreía. Parecía orgullosa y feliz. Amber bebió un sorbo de su champán.

—Podrías ser un poco más amable con él —dijo en voz baja.

—¿Con Julian? —repuso Tim, resoplando.

—¿Con quién si no?

—¿Qué diferencia hay en que sea amable con él o no? Él sólo se ve a sí mismo.

—Tal vez constituya una diferencia

para mí.

Tim la miró sin comprender.

—¿Qué pasa? —dijo Amber

enarcando las cejas—. ¿Te has quedado lelo?

—No, pero...

—Por lo visto, sí. Pero te lo explicaré de otro modo. No me apetece verte de morros durante las próximas dos semanas, ¿está claro? Quiero disfrutar de este viaje, y tú también deberías.

—Amber...

—Deja tus reservas aquí abajo.

—¡No se trata de reservas! La cuestión es que...

—Siempre es algo.

—Pero...

—Nada de peros. ¡Pórtate bien y

dame la patita! Quiero escuchar un «sí». Un simple «sí». ¿Podrás hacerlo?

Tim se mordió el labio inferior. Luego se encogió de hombros. Lynn pasó junto a ellos, seguida por los Tautou y los Donoghue. La hermana de Tim les dirigió un saludo con la mano, bajó la voz y dijo tapándose la boca:

—Atención, esto sólo lo saben los más allegados. Es una información confidencial sólo para los miembros de la familia. Fila 8, asientos 32 y 33. Desde allí se ve todo mejor.

—Entendido. Cambio.

Amber se les enganchó del brazo y salió sin decir una palabra más en

dirección al auditorio. Tim la siguió al trote. Alguien se le plantó al lado.

—¿Es usted el hijo de Julian, no es cierto?

—Sí.

—Soy Heidrun Ögi. Su familia está deliciosamente chiflada. Bueno, eso no es ningún problema, está muy bien — añadió la suiza al ver que Tim no le respondía—. Me gusta la gente que está un poco chalada. Son mucho más interesantes que el resto de los mortales.

Tim la miró fijamente. Había esperado cualquier cosa de aquella mujer pálida como un hueso, ojos violetas y melena blanca: conjuros

mágicos celtas, dialectos extraterrestres, pero no aquella expresión que sonaba como si alguien golpeara un charco con la mano abierta.

—Vaya —exclamó Tim.

—¿Qué clase de chiflado es usted? Siempre y cuando iguale a Julian...

—¿Considera que mi padre está loco?

—Claro, es un genio. De modo que debe de estar loco.

Tim guardó silencio. «¿Qué clase de chiflado es usted?» Era una buena pregunta. «No —pensó—, ¡qué imputación tan idiota! Yo soy el único de la familia que no está chiflado.»

—Bueno...

—Nos vemos. —Heidrun sonrió, se alejó de él diciendo adiós con la punta de los dedos y siguió al jovial suizo que, por lo visto, era su marido.

Algo estupefacto todavía, Tim se deslizó hasta el centro de la octava fila y se dejó caer junto a Amber.

—¿Quiénes son realmente esos Ögi?

—preguntó.

Ella miró por encima del hombro.

—¿El hombre con la mujer albina?

—Mmm.

—Una parejita bastante rara. Él es el jefe de una empresa llamada Swiss Performance. Tienen participaciones en

todos los ramos imaginables, pero se supone que principalmente es un zar de la construcción. Creo que fue él quien concibió las primeras urbanizaciones sobre pontones para los territorios inundados de Holanda. Actualmente está en conversaciones con Alberto sobre la construcción de un nuevo Monaco, Monaco II.

—¿Monaco II?

—¡Sí, imagínate! Una isla enorme capaz de navegar. Salió hace poco en un reportaje. Esa cosa sólo navegará por zonas de clima benévolo.

—Ögi debe de estar casi tan chiflado como Julian.

—Puede ser. Se dice que es un filántropo. Apoya a artistas en apuros, gente del circo y acróbatas, ha fundado institutos de formación para jóvenes de las clases menos favorecidas, es patrocinador de museos y hace donaciones sin cesar. El año pasado donó una parte considerable de su fortuna a la Bill & Melinda Gates Foundation.

—¿Y tú cómo diablos sabes todo eso?

—Deberías ocuparte un poco más de la prensa del corazón.

—No mientras te tenga a ti. ¿Y Heidrun?

—Bueno... —dijo Amber, riendo con conocimiento de causa—. ¡Picante, muy picante! La familia de Ögi no está precisamente entusiasmada con su relación.

—Ilústrame.

—Es fotógrafa. Y tiene talento. Hace fotos de famosos y de gente sencilla, ha publicado libros de fotografías sobre el ambientillo en los barrios de putas. En sus años locos parece ser que se pasó de rosca, porque huyó de casa y la desheredaron. Luego empezó a financiar sus estudios actuando como bailarina de striptease, más tarde como actriz en películas de la serie edelpomo. A

principios del nuevo milenio se convirtió en una figura de culto entre el pijerío de Suiza. Nadie puede negar que es una mujer que llama la atención.

—Y de qué manera.

—Mira hacia adelante, Timmy. Con las películas porno dejó los estudios, pero siguió haciendo striptease. En fiestas e inauguraciones, por puro placer. En una de esas ocasiones, Walo se cruzó en su camino y le dio un enorme impulso a su carrera como fotógrafa.

—Razón por la cual se casó con él.

—No se la considera una mujer calculadora.

—Conmovedor —dijo Tim, y

pretendía añadir algo más cuando la luz se apagó.

De un instante a otro, se vieron sentados en un espacio enorme, negro como tinta de imprenta. Sólo se oía el sonido de un violín. Una delicada música trenzó sus hilos en la oscuridad, líneas refulgentes que se unían para formar estructuras de gran belleza artística. Al mismo tiempo, la sala empezó a iluminarse con colores azulados, como un océano misterioso y crepuscular. Desde una distancia aparentemente remota —el impresionante resultado de proyecciones holográficas sobre la enorme pared de

cristal cóncavo— empezó a acercarse algo pulsante y transparente, una nave espacial orgánica con un difuso núcleo, lleno de extraños pasajeros borrosos.

—La vida —dijo una voz— tuvo sus comienzos en el mar.

Tim volvió la cabeza. El perfil de Amber brillaba con tonos fantasmales bajo la luz azul. Fascinada, vio cómo aquella célula se agrandaba y empezaba a girar lentamente. La voz habló de las aguas primigenias y de uniones químicas selladas hacía miles de millones de años. La célula solitaria en aquel azul infinito se dividió, y la división empezó a tener lugar a una velocidad cada vez

mayor, dando lugar a un número también cada vez mayor de células, hasta que, de repente, algo alargado con forma de serpiente empezó a retorcerse en la pantalla.

—Hace seiscientos millones de años

—dijo la voz—, empezó la era de los seres vivos complejos, los pluricelulares.

Durante los minutos siguientes, la evolución tuvo lugar en la pantalla a un ritmo de vértigo. El efecto de profundidad era tan impresionante que Tim, involuntariamente, se echó hacia atrás cuando un monstruo de varios metros de longitud se catapultó hacia él

mostrando su dentadura trituradora y sus garras cubiertas de espinas; luego, el animal cambió el rumbo con un brusco movimiento de su imponente cola y, en lugar de tragárselo a él, devoró a un trilobites que se retorcía sin cesar. La era cámbrica hizo su entrada y desapareció rápidamente ante los ojos de todos, seguida del ordovícico, el silurio y el devónico. Como si alguien hubiera oprimido la tecla de búsqueda de un mando a distancia geológico, la vida empezó a pulular en el fondo azul y sufrió todas las metamorfosis imaginables, como presa de un estado de embriaguez. Medusas, gusanos, anfioxos

y crustáceos, escorpiones gigantes, calamares, tiburones y reptiles alternaban su presencia, un batracio se convirtió en un saurio, todos se trasladaron a tierra, bajo un cielo radiante cruzado de nubes que vino a sustituir la profundidad de los mares, el sol del mesozoico brilló para hadrosaurios, braquiosaurios, tiranosaurios y raptores, hasta que, en el horizonte, un enorme meteorito descendió, trayendo consigo una ola de destrucción que arrasó con todas las formas de vida. Con perfección digital, sobrevino un infierno de fuego que les cortó el aliento a los presentes, pero

cuando el polvo se asentó de nuevo, dejó a la vista la marcha triunfal de los mamíferos y todos los espectadores quedaron ilesos en sus hileras de asientos. Una figura simiesca se movió colgando de unas verdes ramas veraniegas, se irguió y se transformó en un hombre primitivo que emitía graznidos; luego el hombre se armó y se vistió, cambió de estatura, de postura, de fisonomía, cabalgó sobre un caballo, condujo un coche, pilotó un avión, flotó saludando por el interior de una estación espacial y salió al exterior a través de una escotilla, pero en lugar de llegar al espacio, se estiró para dar un salto y

apareció de nuevo entre las olas del océano. Otra vez apareció aquel azul difuso. El hombre, flotando dentro de él, les sonrió, y los presentes se sintieron tentados de devolverle la sonrisa.

—Se dice que el agua nos atrae porque de ella venimos y porque nuestro cuerpo se compone de agua en un setenta por ciento. Y, en efecto, siempre regresamos a nuestros orígenes. Pero

¿están esos orígenes únicamente en el mar?

El azul se comprimió formando una esfera y luego se encogió aún más hasta convertirse en una diminuta gota de agua en medio de la nada oscura.

—Cuando salimos en busca de nuestros orígenes, debemos remontarnos muy atrás en el pasado. Porque el agua que cubre dos tercios de la Tierra, la misma de la que estamos hechos... —la voz introdujo una pausa cargada de significado— vino del espacio.

Silencio.

Con un acorde de orquesta ensordecedor, la gota de agua se fragmentó, se descompuso en millones de chispas y de repente todo quedó de nuevo lleno de galaxias, alineadas como gotas de agua en el hilo de una telaraña. Como si estuvieran sentados en una nave espacial, se fueron acercando a una

única galaxia, se introdujeron en ella, pasaron junto a un sol y continuaron navegando hacia un tercer planeta, hasta que éste quedó ante ellos como una bola de fuego cubierta por océanos de lava hirviente. Algunos cuerpos celestes chocaban contra ella con estruendo, mientras la voz explicaba cómo el agua había llegado a la Tierra en meteoritos salidos de las profundidades del universo, acompañada de una gran variedad de enlaces orgánicos. Los presentes, entonces, fueron testigos de cómo un segundo océano de vapor de agua se depositaba sobre el lago de lava. Todo halló su punto culminante

cuando un enorme asteroide se acercó a toda velocidad, un planeta insignificantemente más pequeño que la joven Tierra y cuyo nombre era Theia. La cámara de magma se estremeció con la colisión, los fragmentos salieron volando en todas direcciones, algo que la Tierra también superó, ahora más rica en volumen y en agua, y en posesión de una Luna que se formó a partir de esos fragmentos y que giraba alrededor del planeta a gran velocidad. La granizada de proyectiles amainó; surgieron océanos y continentes. Julian, sentado al lado de Tim, dijo en voz baja:

—Eso es una estupidez, que se oiga

tal estruendo en el espacio sin aire. Lynn habría preferido atenerse a la realidad, pero creí que debíamos pensar en los niños.

—¿Qué niños? —preguntó Tim, susurrando a su vez; sólo ahora se dio cuenta de que su padre estaba sentado a su lado.

—Bueno, este viaje lo harán sobre todo los padres con sus hijos. Para mostrarles las maravillas del universo. Todo el espectáculo está orientado a niños y adolescentes. Imagina el entusiasmo.

—De modo que no es el mar lo único que nos atrae —dijo la voz en ese

preciso momento—. Una herencia aún más antigua dirige nuestras miradas hacia las estrellas. Miramos hacia el cielo de la noche y sentimos una irritante cercanía, casi una añoranza que apenas podemos explicarnos.

La nave espacial imaginaria había atravesado la recién surgida atmósfera del planeta y bajaba hacia Nueva York. En una visión impresionante, apareció el paisaje urbano de Manhattan con la iluminada Freedom Tower bajo un cielo nocturno de cuento de hadas.

—Sin embargo, la respuesta es evidente. Nuestra verdadera patria es el espacio. Somos habitantes de una isla.

Del mismo modo que los hombres, en todas las épocas, salieron en busca de lo desconocido a fin de ampliar sus conocimientos y su espacio vital, nuestros genes llevan inscritas la naturaleza del descubridor. Levantamos la vista hacia las estrellas y nos preguntamos por qué nuestra civilización tecnificada no va a conseguir lo que consiguieron los nómadas de la prehistoria con medios más rudimentarios, con botas hechas a partir de pieles de animales, en migraciones de varios meses, a pesar del viento y del clima, sólo movidos por su curiosidad, su inagotable inventiva y

el anhelo de conocimiento, el profundo deseo de entender.

—¡Y en este punto aparezco yo! — chilló un pequeño cohete que se introdujo en la imagen e hizo chasquear los dedos.

La maravillosa vista panorámica del Nueva York nocturno desapareció junto con el cielo estrellado. Algunos de los presentes rieron. El cohete tenía un aspecto realmente divertido. Era plateado, regordete y de forma cónica, una nave espacial como salida de un libro de ilustraciones, con cuatro aletas en la parte trasera sobre las que caminaba, brazos que gesticulaban

alocadamente y un rostro bastante cómico.

—Los niños lo adorarán —susurró Julian, extasiado—. ¡Es Rocky Rocket Tenemos previsto hacer unos cómics con este chaval, películas de animación, peluches, todo el programa.

Tim se disponía a responder algo cuando vio a su padre salir de la nada y detenerse al lado del cohete. También el Julian Orley virtual llevaba vaqueros, una camisa blanca abierta y unas zapatillas deportivas de color plateado. Cuando espantó hacia un lado al pequeño cohete, en sus dedos pudieron verse los anillos de rigor.

—En primer lugar, tú no tienes nada que decirnos —dijo Julian, y extendió los brazos—. Buenas noches, ladies and gentlemen, soy Julian Orley. Reciban la más cordial bienvenida al Stellar Dome. Déjense llevar a un viaje a...

—Sí, un viaje conmigo —berreó el cohete, que hizo su entrada deslizándose hacia un primer plano con los brazos extendidos, al modo típico de los grandes espectáculos y sobre aquello que los cohetes llamaban «rodillas»—. Conmigo, con quien empezó todo. Síganme hasta...

Julian apartó al cohete a un lado y éste le puso la zancadilla. Ambos

empezaron a disputar cuál de los dos estaba autorizado para guiar a los huéspedes a través de la historia de la navegación espacial, hasta que se pusieron de acuerdo en hacerlo los dos juntos. El auditorio se mostró divertido, sobre todo la risa abarcadura de Chucky tronó con cada cabriola de Rocky Rocket. A continuación pudieron verse nuevas imágenes, tales como una estación espacial en la órbita terrestre construida con ladrillos, la cual, como se encargó de apuntar Julian, provenía del relato de ciencia ficción La Luna de ladrillo, del clérigo inglés Edward Everett Hale. Como por arte de magia

Rocky Rocket sacó un perro de mirada estupefacta, lo puso en órbita y explicó que se trataba del primer satélite. El escenario cambió. Se vio entonces un cañón gigantesco cuyo tubo era llevado hasta una montaña al sur del trópico de Capricornio. Unos hombres con ropas anticuadas subieron a una especie de proyectil y fueron lanzados al espacio por el cañón.

—Eso fue en 1865, ocho años después de la publicación de La Luna de ladrillo. En sus novelas De la Tierra a la Luna y Alrededor de la Luna, Julio Verne, con asombrosas dotes de visionario, describió los comienzos de

la navegación espacial tripulada, aun cuando este cañón, debido a su longitud, jamás podría haberse fabricado. Pero, sea como sea, ese disparo de proyectil tuvo lugar en Tampa Town, Florida, y ahora piensen ustedes en el lugar donde la NASA tiene actualmente su sede. Po desgracia, en el transcurso de la historia, el mencionado perro se cayó por la borda y voló alrededor de la nave por muy poco tiempo: fue el primero de todos los satélites.

Rocky Rocket le arrojó al consternado animal un hueso que el perro intentó capturar en vano, con el resultado de que fue entonces el hueso el

que empezó a orbitar alrededor del perro.

—En varias novelas y relatos, el hombre empezó temprano a especular sobre cómo viajar a las estrellas, pero fueron los rusos los primeros en conseguir lanzar un cuerpo celeste artificial a una órbita cercana a la Tierra. El 4 de octubre de 1957, a las 22 horas 28 minutos y 34 segundos, pusieron en órbita una bola de aluminio de unos ochenta y cuatro kilos de peso, provista de cuatro antenas que transmitieron al globo terráqueo una serie de bips, ahora legendarios, en forma de señales de radio, con una

longitud de onda de entre 15 y 7,5 metros: ¡el Sputnik 1 hizo que el mundo contuviera el aliento!

En los minutos siguientes, la imaginaria nave espacial se transformó otra vez en una máquina del tiempo, ya que constantemente alguien estaba lanzando algo nuevo al espacio. Las p e r r a s Strelka y Belka ladraron alegremente a bordo del Sputnik 5. Alexei Leónov se atrevió a salir de su cápsula y flotó por el espacio colgado de un cordón umbilical, como un bebé nacido a las estrellas. Conocieron también a Valentina Vladimirovna Tereschkova, la primera mujer en el

espacio, vieron a Neil Armstrong, el 20 de julio de 1969, dejando su huella sobre el polvo lunar, y vieron asimismo toda suerte de estaciones espaciales en órbita alrededor de la Tierra. Pudieron ver transbordadores espaciales y cápsulas Soyuz llevando mercancías a la ISS, o a China lanzando su primera sonda lunar. Se iniciaba una nueva carrera de las naciones, el transbordador espacial quedó fuera de servicio, Rusia puso en marcha una ampliación de su programa Soyuz, y hacia la permanente obra en construcción llamada ISS partieron nuevos cohetes Ares; la nave espacial

Orión llevó otra vez hombres a la Luna, la Agencia Espacial Europea, la ESA se abocó a la preparación de un viaje a Marte, China comenzó la construcción de una estación espacial propia, y prácticamente todos fantaseaban con una repartición de influencias en el espacio, con alunizajes, vuelos a Marte e incursiones en galaxias «nunca antes pisadas por hombre alguno», como se decía en una serie de ciencia ficción de hacía muchos años.

—Pero todos esos planes —explicó Julian— padecían de la misma problemática, y es que no podían construirse naves y estaciones

espaciales del modo ideal en que era preciso construirlas. Algo que en ningún modo podía achacarse a la incapacidad de los constructores, sino a dos principios físicos inamovibles: la resistencia del aire y la fuerza de gravedad.

Ahora le tocaba el turno a una nueva gran actuación de Rocky Rocket, que salió balanceándose sobre un estilizado globo terráqueo sobre el que colgaba el lejano y amistoso rostro de la Luna. El satélite, inequívocamente representado en forma femenina, con el acné formado por los cráteres, pero hermoso, le hizo un guiño a Rocky y empezó a flirtear con

el pequeño cohete con tal desparpajo que éste comenzó a enviar corazones al éter con la punta erecta del cono. Tim se hundió más en su asiento y se inclinó hacia donde estaba Julian.

—Muy apropiado para los niños —

se burló en voz baja.

—¿Dónde está el problema?

—Un poco fálico todo. Quiero decir, que parece como si la señora Luna estuviese buscando fornicar. ¿O no?

—Los cohetes tienen forma fálica — refunfuñó Julian—. ¿Qué deberíamos haber hecho, según tu opinión? ¿Usar una Luna masculina? ¿Habrías preferido una Luna homosexual? Yo no.

—No estoy hablando de eso.

—No quiero una Luna homosexual. Nadie quiere ver una Luna homosexual. O una nave espacial homosexual a la que le arde el culo. Olvídalo.

—Tampoco he dicho que no me guste. Solamente digo que...

—Tú eres y seguirás siendo un escrupuloso.

Era discutir por discutir. Tim se preguntó cómo podría sobrevivir aquellas dos próximas semanas que iban a pasar juntos. Mientras tanto, Rocky Rocket cargó en su maleta todo lo que un cohete necesita para el camino, metió con esmero a un par de astronautas

dentro de ella, guardó la maleta en su barriga, soltó, al tiempo que lanzaba besos con las manos, un gracioso y pequeño rayo de fuego y luego saltó a las alturas. De inmediato, a la superficie terrestre le salieron una docena de brazos extensibles y lo trajeron de vuelta. Rocky, totalmente perplejo, lo intentó por segunda vez, pero parecía imposible escapar del planeta. Allá en lo alto, por encima de él, la zalamera Luna se sumió en una ligera depresión.

—Cuando alguien salta hacia arriba, existe un cien por cien de seguridad de que caiga de nuevo al suelo —explicó Julian—. La materia ejerce gravedad.

Cuanto más volumen reúna un cuerpo, tanto mayor será su campo gravitatorio, el mismo con el cual ata a otros objetos más pequeños.

Entonces apareció sir Isaac Newton dormitando bajo un árbol, hasta que una manzana le cayó en la cabeza y él, con rostro de conocedor, se puso de pie de un salto. «Exactamente así —dijo Newton— se comporta la mecánica celeste de todos los cuerpos. Puesto que yo soy más grande que la manzana, podría decirse que la fruta ha sucumbido a la corporalidad de mi persona. Y, de hecho, yo también ejerzo ciertas fuerzas gravitatorias modestas. Pero comparado

con el volumen del planeta, desempeño un papel subordinado para el comportamiento mecánico-gravitatorio de las manzanas maduras. En realidad, es la gravitación de nuestra Tierra frente a la que esta diminuta manzana no tiene ninguna oportunidad. Cuanta más energía aplique yo en el intento de lanzarla de nuevo a las alturas, más alto subirá, pero por mucho que me esfuerce, tendría que caer al suelo inexorablemente.» A fin de demostrar sus explicaciones, sir Isaac se ejercitó en el lanzamiento de manzanas, al tiempo que se enjugaba el sudor de la frente. «Como se ve, la Tierra vuelve a atraer la manzana. ¿Cuánta energía sería

necesaria entonces para lanzarla directamente al espacio sideral?»

—Gracias, sir Isaac —dijo Julian en tono conciliador—. De eso se trata exactamente. Si observamos la Tierra como un todo, un cohete, en comparación con ella, no nos parece esencialmente más imponente que una manzana, aun cuando éstos, por supuesto, sean más grandes que la fruta. En otras palabras: se requiere un enorme gasto de energía sólo para hacerlos arrancar. Luego se necesita una energía adicional para contrarrestar la segunda fuerza que lo frenaría en su ascenso, es decir, nuestra atmósfera.

Rocky Rocket, agotado por el esfuerzo de alcanzar a su amante celestial, se acercó a un enorme cilindro con el cartel de «Combustible» y lo vació; a raíz de ello, se hinchó hasta deformarse y los ojos se le salieron de las órbitas. Ahora por fin estaba en condiciones de crear una ignición tan potente que despegó, se fue volviendo más pequeño y no se lo vio más.

Julian presentó un cálculo.

—Si dejamos de lado el hecho de que sólo el tamaño del tanque de combustible necesario para naves espaciales interestelares se convierte en un problema a partir de cierto momento,

cada despegue que tuvo lugar en el siglo XX costó una fortuna. La energía es cara. De hecho, el gasto energético para acelerar un solo kilogramo, llevarlo hasta la velocidad de fuga y que consiga eludir la fuerza de gravedad de la Tierra oscilaba como media en unos cincuenta mil dólares estadounidenses. ¡Un solo kilogramo! ¡El cohete entero del Apolo

11, con el tanque lleno y los astronautas Armstrong, Aldrin y Collins a bordo, pesaba casi tres mil toneladas! Cualquier cosa que añadieran o llevaran consigo contribuía a disparar los costes a cifras astronómicas. Asegurar de manera suficiente las naves espaciales

contra los meteoritos, la basura espacial y las radiaciones cósmicas tuvo que parecer algo ilusorio. ¿Cómo trasladar hasta allí arriba el blindaje, si sólo un trago de agua potable, cualquier centímetro destinado a dar movilidad a las piernas podía estropear el equilibrio? Sí, está bien, compartir durante un par de días una lata de sardinas, pero ¿quién quería viajar hasta Marte en tales condiciones? El hecho de que cada vez más personas pusieran en duda el sentido de la ruinosa empresa, mientras que la mayoría de la población mundial vivía con menos de un dólar al día, era una complicación adicional.

Partiendo de todas esas consideraciones, algunos planes como los de la colonización de la Luna y su aprovechamiento económico, así como los vuelos a otros planetas, se estrellaban contra la realidad. —Julian hizo una pausa—. ¡Sin embargo, la solución estuvo todo el tiempo delante de nosotros, encima de la mesa! En forma de un ensayo escrito por un físico ruso llamado Konstantin Ziolkovski en

1895, sesenta y dos años antes del lanzamiento del Sputnik 1.

Un anciano con pelos de telaraña, barbita deshilachada y gafas niqueladas entró al escenario virtual con la gracia

de un cosaco resucitado. Mientras hablaba, empezó a crecer sobre el planeta Tierra una estrafalaria estructura de barrotes.

—Pensé en una torre —les dijo Ziolkovski a los oyentes con manos temblorosas—. Semejante a la torre Eiffel, sólo que mucho más alta. Debía llegar hasta el espacio, sería la caja de un ascensor colosal de cuyo extremo superior colgaba un cable que llegaría hasta la Tierra. Con un dispositivo así, según me parecía, tendría que ser posible trasladar objetos a una órbita terrestre estable sin necesidad de echar mano de esos cohetes ruidosos,

pestilentes, poco prácticos y muy costosos. Durante el ascenso, esos objetos, a medida que la gravedad de la Tierra fuera disminuyendo, serían acelerados de manera tangencial, hasta que su energía y su velocidad fueran suficientes para mantenerse de forma duradera en su objetivo, situado a

35.786 kilómetros de altura.

—Una idea estupenda —exclamó Rocky Rocket, ya de vuelta de su viaje de placer lunar, y le dio la vuelta a la torre a medio hacer, que, sin previo aviso, se desplomó.

Ziolkovski tembló, palideció y regresó donde sus antepasados.

—Sí —dijo Julian, encogiéndose de hombros en un gesto compungido—. Ése era precisamente el punto débil del plan de Ziolkovski. Ningún material en el mundo parecía lo suficientemente estable para una obra constructiva de esa magnitud. La torre se hundiría inexorablemente bajo su propio peso, o la harían desmoronarse las fuerzas que incidían sobre ella. La idea únicamente volvió a ganar popularidad en la década de 1950, sólo que en este caso sólo se pensó en lanzar un satélite a una órbita geoestacionaria y luego, desde allí, bajar un cable hasta la Tierra.

—Ejem... Disculpe —dijo Rocky

Rocket, carraspeando.

—¿Sí? ¿Qué pasa?

—Me resulta embarazoso, jefe, pero... —El pequeño cohete se ruborizó y movió tímidamente sus cortas aletas

—. ¿Qué significa exactamente

«geoestacionaria»?

Julian rió.

—No hay ningún problema, Rocky. Sir Isaac, una manzana, por favor.

—Ya sé —dijo Newton, y lanzó una segunda manzana al aire.

Esta vez la fruta subió bien alto, sin hacer ademán alguno de caer al suelo de nuevo.

—Si imaginamos que no existen la

Tierra ni otros cuerpos similares, la fuerza de gravedad deja de incidir sobre la manzana. Según el impulso que acelera su masa, con la ayuda de la musculatura de nuestro estimado sir Isaac Newton, la manzana volará y volará sin detenerse nunca. A ese efecto lo conocemos con el nombre de fuerza centrífuga o fuerza de fuga. Pero si añadimos de nuevo la Tierra, entra otra vez en juego la gravitación o fuerza de gravedad, la cual, en cierto modo, actúa contra la fuerza de fuga. Si la manzana se ha alejado lo suficiente de la Tierra, su campo gravitacional se habrá debilitado también lo suficiente como

para poder capturarla de nuevo, y entonces la manzana desaparecerá en el espacio. Si está demasiado cerca, la fuerza de gravedad la atraerá de nuevo hacia aquí. La órbita geoestacionaria, conocida por su abreviatura GEO, está allí donde la fuerza de atracción terrestre y la fuerza centrífuga se equilibran mutuamente con exactitud, es decir, a 35.786 kilómetros de altura. La manzana no puede escapar de allí ni puede regresar abajo. Más bien se mantendrá por los tiempos de los tiempos en GEO, mientras orbite alrededor de la Tierra de forma sincrónica a la velocidad de su rotación,

por lo que un objeto geoestacionario siempre parece estar sobre el mismo punto.

Entonces la Tierra giró delante de los ojos de todos. La manzana de Newton pareció quedarse fija por encima del ecuador, sobre una isla del Pacífico. Por supuesto que no estaba inmóvil, más bien daba la vuelta al planeta con una velocidad de 11.070 kilómetros por hora, mientras que la Tierra giraba por debajo de él a 1.674 kilómetros por hora, medidos a partir del ecuador. El efecto era desconcertante. Del mismo modo que la válvula del neumático de una bicicleta

siempre estaba en el mismo punto de la rueda cuando ésta giraba, el satélite permanecía sobre la isla como si lo hubieran clavado allí.

—Por ello, la órbita geoestacionaria se presta de manera ideal para ser usada en un ascensor espacial. En primer lugar, para erigir una especie de planta alta en situación estable, en segundo lugar, sobre la base de la posición fija de esa planta alta. Después de que se determinó, por tanto, que sólo había que dejar caer desde allí arriba un cable de

35.786 kilómetros de longitud y anclarlo luego al suelo, se planteó la cuestión sobre las cargas que tendría que

soportar un cable de esa índole. La mayor tensión surgiría en el centro de gravedad, es decir, en la propia GEO, por lo que se requería un cable que fuera incrementando su grosor o su solidez de abajo hacia arriba.

De inmediato, un cable de esa índole se tensó entre la isla y el satélite en el que, de repente, se había transformado la manzana. Se vieron entonces pequeñas cabinas que subían y bajaban.

—En relación con esto, surgió una nueva reflexión. ¿Por qué no prolongar el cable más allá del centro de gravedad? Recordemos: en la órbita geoestacionaria, la fuerza de gravedad y

la fuerza centrífuga se equilibran de manera recíproca. Más allá de ese punto, la relación de ambas fuerzas se desplaza en favor de la fuerza de fuga. Un vehículo que suba por el cable desde la Tierra sólo tendría que gastar para ello una ínfima fracción de la energía que necesitaría para catapultarse a las alturas si se impulsase por medio de una ignición. A mayor altura, la influencia de la fuerza de gravedad disminuye en favor de la fuerza de fuga, con lo que necesitará emplear cada vez menos energía, hasta que, ya en la órbita geoestacionaria, apenas necesitará ninguna. Si nos imaginamos ahora una

prolongación del cable hasta una altura de 143.800 kilómetros, el vehículo podría seguir volando más allá de la órbita geoestacionaria, iría ganando cada vez más en aceleración, ¡e incluso en energía! ¡Un trampolín perfecto para viajes interestelares, ya fuera a Marte o a cualquier otro lugar!

Ahora las cabinas transportaban a la órbita piezas de construcción que se iban uniendo para formar una estación espacial. Rocky Rocket cargaba las cabinas y sudaba copiosamente.

—De un modo u otro, las ventajas de un ascensor espacial saltaban claramente a la vista. Para trasladar un

kilo de carga útil a una altura de casi treinta y seis mil kilómetros, ya no era necesario gastar más de cincuenta mil dólares, sino sólo doscientos, y además, el ascensor podía usarse los trescientos sesenta y cinco días del año las veinticuatro horas del día. De repente parecía poco problemático construir estaciones espaciales gigantescas y suficientes naves blindadas. La colonización del espacio se ponía a tiro de piedra, lo que dio ocasión al autor británico de ciencia ficción Arthur C. Clarke para escribir su novela Fuentes del paraíso, en la que describe la construcción de tales ascensores

espaciales.

—Pero ¿por qué es preciso construir ese chisme justamente en el ecuador? — dijo Rocky Rocket, jadeando, al tiempo que se enjugaba el sudor de la punta del cohete—. ¿Por qué no en el polo norte, o en el polo sur, donde se está bien fresquito? ¿Y por qué en medio del maldito océano y no, por ejemplo, en...

—los ojos de Rocky centellearon, dio unos pasitos de baile y chasqueó los dedos— Las Vegas?

—No estoy muy seguro de que desees arrancar hacia las estrellas desde el sitio donde viven los pingüinos — respondió Julian con escepticismo—.

Pero, de todos modos, tampoco sería posible. Sólo en el ecuador puedes sacar provecho de la rotación de la Tierra a fin de alcanzar un máximo de fuerza centrífuga. Únicamente allí son posibles los objetos geoestacionarios.

—Julian reflexionó y, a continuación, dijo—: Presta atención, voy a explicártelo. Imagínate que eres un lanzador de martillo.

Al pequeño cohete pareció gustarle la idea. Se dio unos golpes en el pecho y tensó los músculos.

—¿Dónde está ese martillo?

chilló—. ¡Traédmelo!

—Hace mucho que ya no se usa un

martillo propiamente dicho, cabeza de chorlito, sólo se le llama así. Hoy en día, el martillo del atletismo es una bola de metal unida a un cable de acero. — Julian hizo aparecer el aparato de la nada, como por arte de magia, y, con firmeza, le puso a Rocky la empuñadura del martillo entre las manos—. Ahora tendrías que girar sobre tu propio eje con los brazos extendidos.

—¿Para qué?

—Para darle aceleración al martillo. Hazlo girar.

—Cómo pesa este bicho —jadeó

Rocky, y tiró del cable de metal.

Entonces empezó a dar vueltas sobre

sí mismo, cada vez más y más de prisa. El cable se tensó, la bola se separó del suelo y se puso en posición horizontal.

—¿Puedo lanzarlo ya? —preguntó

Rocky jadeando.

—Dentro de un momentito. Sólo tienes que imaginarte que no eres Rocky, sino el planeta Tierra. Tu cabeza es el polo norte, tus pies son el polo sur. En medio de ellos discurre el eje alrededor del cual estás girando. ¿Qué sería, por tanto, el centro de tu cuerpo?

—¡Uf! ¿Cómo? ¿Qué? El ecuador por supuesto.

—¡Bravo!

—Bueno, ¿puedo lanzarlo ahora?

—Espera. Desde el centro de tu cuerpo, es decir, desde el ecuador, el martillo parte en vuelo hacia el exterior, tensado por la fuerza centrífuga, y del mismo modo se tensa el cable del elevador espacial.

—Entiendo. ¿Puedo ahora?

—¡Un momento! Tus manos, en cierta manera, serían nuestra isla del Pacífico, la bola de metal es el satélite o la estación espacial en órbita geoestacionaria. ¿Está claro?

—Muy claro.

—Bien. Pues ahora alza los brazos.

—¿Eh?

—Sólo eso: alza los brazos. Sigue

girando pero levanta los brazos por encima de tu cabeza.

Rocky siguió las instrucciones. El cable de acero empezó a perder tensión y la bola cayó y se estampó contra el pequeño cohete. Rocky puso los ojos en blanco, se tambaleó y fue a parar al suelo.

—¿Crees que has entendido ahora el principio? —preguntó Julian en tono compasivo.

En silencio, el cohete empezó a agitar una bandera blanca.

—En ese caso, ha quedado aclarado. Prácticamente cualquier punto de la línea ecuatorial es apropiado para la

instalación de un ascensor espacial, pero hay que tener en cuenta algunos factores. La estación base, la planta baja, por así decirlo, debería estar en una región en la que no abunden las tormentas, ni los vientos fuertes ni las descargas eléctricas, una región en la que no haya mucho tráfico aéreo y en la que el cielo, normalmente, permanezca despejado. Esos sitios los encontramos sobre todo en el océano Pacífico. Uno de ellos está situado a quinientos cincuenta kilómetros al oeste de Ecuador, y es el lugar en el que ahora nos encontramos: ¡la Isla de las Estrellas!

De pronto, Julian apareció en la terraza del hotel Stellar Island. A lo lejos podían verse la plataforma flotante y los dos cables que se extendían desde el interior de la estación espacial hasta el azul infinito.

—Como ven, no hemos construido un solo ascensor, sino dos. Hay dos cables tensados paralelamente hacia la órbita. Sin embargo, hasta hace pocos años parecía dudoso que algún día pudiéramos disfrutar de esto que ahora vemos. Sin la labor de investigación de Orley Enterprises habríamos tenido que esperar todavía varias décadas para hallar una solución, y nada de lo que

ustedes ven aquí —dijo Julian abriendo los brazos— existiría.

La ilusión desapareció. Julian empezó a flotar en medio de una negrura bíblica.

—El problema era encontrar un material con el que se pudiera entretejer un cable de 35.786 kilómetros de largo. Éste debía ser ultraligero y, al mismo tiempo, extremadamente estable. El acero estaba descartado. Sólo debido a su propio peso, aun el cable de acero más resistente se partiría al cabo de treinta o cuarenta kilómetros. Se tomaron en consideración todo tipo de fibras sintéticas, pero también fueron

descartadas. Se soñó con la seda que producen las arañas, ya que ésta, en cualquier caso, es cuatro veces más resistente que el propio acero, pero tampoco eso le habría conferido al cable la resistencia de extensión necesaria, por no hablar de la cantidad de arañas que se necesitan para tejer un cable de

35.786 kilómetros. ¡Era frustrante! La estación base, la estación espacial, las cabinas, todo ello parecía factible. Sólo en el caso del cable el concepto parecía fracasar, hasta que, a principios del milenio, se conoció un material nuevo y revolucionario: los nanotubos de carbono.

Una estructura de rejillas luminosa y tridimensional empezó a girar en medio del negro. Con su forma tubular, recordaba lejanamente a una nasa como las que se utilizaban en la pesca.

—Esta estructura es realmente decenas de miles de veces más fina que un cabello humano. Un tubo diminuto, fabricado a partir de átomos de carbono dispuestos en forma de panal. Los más pequeños de estos tubos tienen menos de un nanómetro de diámetro. Su densidad es seis veces inferior a la del acero, lo que lo hace muy ligero y, al mismo tiempo, posee una resistencia a la extensión de cuarenta y cinco

gigapascales, mientras que el acero sólo alcanza los dos gigapascales, lo que lo convierte en una galleta quebradiza. Con los años se ha conseguido unir en un haz esos tubitos y tejer hilos a partir de ellos. Unos investigadores de Cambridge crearon en 2004 un hilo de cien metros de longitud. No obstante, parecía dudoso que tales hilos pudieran tejerse para formar estructuras mayores, sobre todo teniendo en cuenta que algunos experimentos habían demostrado que la resistencia a la rotura del hilo tejido disminuía dramáticamente en comparación con la de los tubos individuales. Se planteaba una especie

de fallo en el tejido provocado por la falta de átomos de carbono, además, el carbono estaba sujeto a la oxidación. Se erosiona, por lo que los hilos necesitaban ser recubiertos.

Julian hizo una pausa.

—Orley Enterprises invirtió muchos años en la cuestión sobre cómo corregir este fallo. Y en el año 2012 tuvimos éxito. No sólo conseguimos sustituir los átomos que fallaban, sino que, además, logramos elevar la resistencia de extensión del cable a sesenta y cinco gigapascales, gracias a las conexiones transversales. Hallamos algunas posibilidades de revestirlos y

asegurarlos contra meteoritos, basura espacial, vibraciones propias y el efecto desgastador del oxígeno atómico. Con un ancho de un metro, son más planos que un cabello humano, razón por la cual parecen desaparecer cuando se los mira de costado. A ciento cuarenta y tres mil kilómetros de distancia, donde terminan, los hemos acoplado a un pequeño asteroide que hace las veces de contrapeso. En un futuro podremos, de este modo, acelerar naves espaciales en este tramo, hasta el punto de que éstas podrán volar hasta Marte, o incluso más allá, sin realizar un gasto de energía destacable. —Julian sonrió—. En la

órbita geoestacionaria, sin embargo, hemos construido una estación espacial como nunca antes ha existido: la OSS, la Orley Space Station, a la que se llega en tres horas con el ascensor espacial y que es, a la vez, estación de investigaciones, estación espacial y astillero. Todos los vuelos de transferencia, sean tripulados o no, parten desde allí en dirección a la Luna. A su vez, el helio 3 sacado de los pozos de extracción lunares llega en estado comprimido a la OSS, luego es cargado en el ascensor espacial y enviado a la Tierra, de modo que la visión de abastecer a diez mil millones de personas con una energía limpia y

asequible se aproxima cada día más a su materialización. Puede decirse que el helio 3 ha venido a reemplazar la era de los combustibles fósiles, ya que también los reactores de fusión necesarios para ello han sido desarrollados por Orley Enterprises hasta un nivel comercializable. La importancia del petróleo y del gas ha ido disminuyendo de forma dramática. La explotación abusiva de nuestro hogar, la Tierra, se acerca a su fin. Las guerras por el petróleo formarán parte del pasado. Nada de esto habría sido posible sin el desarrollo del ascensor espacial, ¡si bien hemos acabado el sueño que movió

a Konstantin Ziolkovski y lo hemos hecho realidad!

Al instante siguiente apareció todo de nuevo: la terraza con el mirador, la pendiente de la Isla de las Estrellas, la plataforma flotante en el mar. Julian Orley, con la cabellera ondeando y los ojos refulgentes, abrió los brazos al cielo como si tocara recibir el undécimo mandamiento, y dijo:

—Hace veinte años, cuando Orley Enterprises empezó a meditar sobre la construcción de ascensores espaciales, le prometí al mundo que construiría un elevador en el futuro. En un futuro que no se atrevieron a imaginar ni nuestros

padres ni nuestros abuelos. El mejor futuro que hemos tenido jamás. ¡Y lo hemos construido! En pocos días viajarán ustedes con él hasta la OSS Verán la Tierra como un todo, nuestro hogar único y hermoso, y dirigirán asombrados la mirada hacia las estrellas, nuestro hogar del mañana.

Con sonidos dramáticos y columnas de luz roja, dos fulgurantes cabinas se elevaron desde el cilíndrico edificio de la estación y salieron disparadas hacia el cielo. Julian alzó la cabeza y las siguió con la mirada.

—Bienvenidos al futuro —dijo.

ANCHORAGE, ALASKA, ESTADOS UNIDOS

«Otra vez no —pensó Gerald Palstein

—. No por cuarta vez el mismo reproche, la misma pregunta.»

—Tal vez habría sido más inteligente, señor Palstein, darle una nueva ocupación a las personas que usted ha mandado al paro, en lugar de estar revolviendo, con una obsesión por el petróleo rayana en la adicción, los últimos ecosistemas intactos de la

Tierra. ¿Acaso no fue un error gravísimo de su departamento montar esas instalaciones como si otras fuentes energéticas como el helio 3 o la energía solar no desempeñaran ningún papel?

Recelo, incomprensión, malicia. La conferencia de prensa que estaba dando la empresa EMCO para enterrar e proyecto de Alaska había cobrado el carácter de un tribunal de justicia, y él, Palstein, era el cabeza de turco que recibía los palos. Palstein intentó que no se le notara el cansancio.

—Desde la perspectiva de aquel momento, actuamos de manera responsable —dijo—. En el año 2015 el

helio 3 era una opción que estaba en las estrellas, dicho literalmente. Estados Unidos no podía basar su política energética únicamente en la posibilidad de una genialidad tecnológica...

—Una genialidad en la que usted ahora quiere participar —lo interrumpió la periodista—. Un poco tarde, ¿no le parece?

—Sin duda, pero tal vez yo pueda recordarle a usted un par de temas que pensaba que ambos conocíamos. Por una parte, en el año 2015 yo aún no estaba al frente del departamento estratégico de EMCO...

—Pero era el vicedirector.

—La decisión final sobre lo que se construía o se dejaba de construir recaía sobre mi superior. No obstante, tiene usted razón. Yo apoyé el proyecto de Alaska, pues entonces no se podía tener en cuenta si el ascensor espacial o la tecnología de fusión funcionarían tal y como se había proclamado. Aquel proyecto respondía perfectamente a los intereses de la nación americana.

—Más bien a los intereses de algunos beneficiarios.

—Recapitule usted la situación, por favor. A principios del milenio nuestra política energética tenía como objetivo liberarnos de la dependencia de Oriente

Próximo. Además, habíamos tenido la experiencia de que quien decide las guerras por su cuenta no necesariamente gana la paz. Meternos en Iraq fue una estupidez. El mercado estadounidense no podía, ni con mucho, sacar el provecho que se esperaba de ello. Habíamos planeado enviar a nuestros hombres allí y asumir el negocio del petróleo, pero en su lugar tuvimos que ver, semana tras semana, cómo los soldados estadounidenses regresaban a casa en féretros; por tanto, vacilamos y tuvimos que presenciar cómo otros se repartían el pastel. Sólo que, después de que incluso algunos republicanos

conservadores llegaron a la conclusión de que con George W. Bush habíamos tenido que soportar a un peligrosísimo tarado que, además de nuestra economía, había arruinado nuestro prestigio en el mundo, ya nadie quiso entrar en serio en Irán con las armas en la mano.

—¿Quiere usted decir con eso que lamenta que la opción de una nueva guerra desapareciera de la agenda política?

—Por supuesto que no. —¡Increíble! Aquella mujer no escuchaba—. Yo siempre me opuse de manera vehemente a la guerra, y sigo oponiéndome hoy en día. Usted, sencillamente, debería

hacerse una idea clara del aprieto en que se hallaba entonces Estados Unidos: el hambre de Asia por las materias primas, el póquer de Rusia con los recursos, nuestra decepcionante actuación en Oriente Próximo, todo un desastre. Luego, en 2015, la revolución en Arabia Saudí. Banderas estadounidenses ardiendo en las calles de Riad, todo el folclore de la toma de poder de los islamistas, sólo que nosotros, esa vez, no pudimos echar a los tipos del poder, ya que China les había prestado el dinero y las armas. Una intervención militar oficial en Arabia Saudí habría sido equivalente a una declaración de

guerra a Pekín. Usted sabe bien cómo han estado las cosas por allí desde entonces. Puede que hoy eso no le interese a nadie, pero en aquel momento habría sido imprudente fiarnos exclusivamente del petróleo árabe. Teníamos que considerar otras alternativas. Una de ellas estaba en el mar, la otra estaba en la explotación de las arenas y las pizarras bituminosas; la tercera opción estaba en los recursos de Alaska.

Otra periodista pidió la palabra. Era Loreena Keowa, una activista medioambiental con raíces indígenas y reportera jefa de Greenwatch. Sus

reportajes tenían una enorme resonancia en la red. Era una mujer crítica, pero Palstein sabía que, en determinadas circunstancias, tenía en ella a una aliada.

—Pienso que nadie puede reprocharle a una empresa que declare muerto a un cadáver —dijo—, aun cuando ello signifique la pérdida de puestos de trabajo. Yo sólo me pregunto qué tiene EMCO para ofrecerles a esas personas que perderán sus empleos. Tal vez sea inútil hablar ahora de ciertos errores del pasado, pero ¿no fue acaso la otrora negativa de ExxonMobil a invertir en energías alternativas lo que condujo a la desastrosa situación de

hoy?

—Eso es correcto.

—Recuerdo que hace veinte años la empresa Shell señaló que ellos eran un consorcio energético y no una empresa petrolera, mientras que ExxonMobil manifestó que no necesitaba ninguna pierna de apoyo en las energías alternativas. El fin de la era del petróleo, que muchos ya veían acaecer por entonces, era, según dijeron con todas sus letras, «un malentendido bastante generalizado».

—Y esa valoración fue sin duda errónea.

—Y las consecuencias podemos

sentirlas ahora de una manera tanto más dolorosa. Tal vez sea cierto que nadie podía contar con un cambio tan radical en el mercado energético como el que se está produciendo. Pero lo que sí es seguro es que EMCO no está e condiciones de reubicar a sus empleados en otros sectores alternativos, ya que no existen esos sectores alternativos.

—Y eso es exactamente lo que queremos cambiar —dijo Palstein con gesto paciente.

—Yo sé que usted quiere cambiarlo, Gerald —dijo Keowa mostrando una sonrisa torcida—. Sus críticos

consideran que su planeada participación en Orley Enterprises no es más que una patraña.

—Un error —dijo Palstein, devolviéndole la sonrisa—. Mire usted, no pretendo justificar nada, pero en el año 2005 yo era el responsable de los proyectos de perforación en ConocoPhillips, en Ecuador; no fue hasta el año 2009 cuando pasé a la dirección estratégica. Por esa época, el negocio del petróleo y del gas estaba dominado en Estados Unidos por ExxonMobil. Las estimaciones en relación con las energías alternativas diferían bastante a un lado y a otro del

Atlántico. ExxonMobil invertía en el golfo Pérsico, intentaba asumir ciertas empresas petroleras rusas, apostaba por los altos índices de crecimiento como resultado de los elevados precios del petróleo, y le importaban un bledo la ética o la sostenibilidad. En Europa las cosas ocurrían de otro modo. La empresa Royal Dutch Shell había dado vida, ya a finales de la década de 1990, a un sector de negocios dedicado a las energías renovables. Los de BP actuaron de un modo un poco más inteligente al explorar los fondos abisales y asegurarse algunas participaciones en yacimientos rusos; por otra parte,

echaron mano de eslóganes como

«Beyond Petroleum» («Después del petróleo») e intentaron, cada vez que pudieron, diversificar sus campos comerciales.

Palstein sabía que existía una sospechosa falta de información, sobre todo, entre los periodistas más jóvenes. De un modo esquemático, estaba exponiendo cómo el proceso de consolidación había alcanzado su punto álgido inmediatamente antes de la toma del poder de los islamistas saudíes, cuando la Royal Dutch Shell fue absorbida por BP, de lo que surgió el gigante UK Energies, mientras que en

Estados Unidos ExxonMobil se fusionaba con Chevron y con ConocoPhillips para formar EMCO.

—En el año 2017 asumí la posición de vicedirector en la dirección estratégica de EMCO. Ese mismo dí llegó volando a mi mesa una nota de prensa según la cual Orley Enterprises había conseguido un éxito enorme en el desarrollo de un ascensor espacial. Propuse entonces negociar con Julian Orley acerca de una participación de EMCO en la empresa Orley Energy Recomendé, además, adquirir participaciones de la empresa de Warren Locatelli, Lightyears, o, mejor

aún, comprar la empresa entera. El liderazgo de Locatelli en el mercado de la energía fotovoltaica no le cayó del cielo, en el año 2015 habría estado dispuesto todavía a cualquier tipo de negociación.

Palstein vio la aprobación en los ojos de algunos de los presentes. Keowa asintió.

—Lo sé, Gerald. Usted intentó dirigir la nave de EMCO hacia las energías renovables. Es de todos bien conocido que ha sido usted muy crítico con el ramo al que representa. Pero también se sabe que ninguna de sus propuestas se llevó a la práctica.

—Lamentablemente, no. A los antiguos enchufes de Exxon, que todavía tenían en un puño a EMCO, únicamente les interesaba el negocio principal. Sólo cuando el mercado del petróleo empezó a desmoronarse y los de la línea dura tuvieron que dimitir y la nueva junta directiva me confió la dirección estratégica, tuve libertad para actuar. Desde entonces EMCO se h transformado. Desde 2020 hemos puesto todo nuestro empeño en recuperar el tiempo perdido en el pasado. Entramos en el ramo de la fotovoltaica, en el de la energía eólica e hidráulica. Tal vez aún no se haya corrido la voz, pero nos

vemos en muy buena situación para reubicar a nuestro personal en ramos empresariales con un gran futuro. Sólo que no se puede reparar de la noche a la mañana lo que se ha descuidado durante décadas.

Gerald Palstein sabía qué pregunta le formularían a continuación:

—¿Y se podrá reparar?

Palstein se reclinó hacia atrás. En el fondo, podía ahorrarse la respuesta. El helio 3 se estaba estableciendo como la fuente energética del futuro, eso ya nadie lo podría cambiar. Los reactores de fusión de Orley trabajaban de manera fiable a tiempo completo, los balances

energéticos y medioambientales eran positivos, el transporte de ese elemento desde la Luna a la Tierra ya no representaba problema alguno. El ramo de Palstein, por el contrario, estaba como traumatizado. Los consorcios petroleros habían contado con todo, pero ¡no con la llegada del fin de la era del petróleo sin que el petróleo y el gas se volvieran escasos! Ni siquiera los más osados visionarios de la Royal Dutch Shell o de BP habían podido imaginarse una fuente de energía alternativa que amenazara con secar tan rápidamente los pozos de su ramo. Apenas diez años antes, la UK Energies

había estimado que la participación en el mercado de las tecnologías alternativas para el año 2050 sería del treinta por ciento, incluida la energía nuclear. Del mismo modo, para todos estaba claro que la mayoría de esas tecnologías sólo podrían ser ofrecidas a precios razonables en el mercado por consorcios que operaran a nivel global. La fotovoltaica, por ejemplo, tenía la ventaja de posibilitar un rápido negocio adicional en países con abundante sol, pero requería de una actuación logística a gran escala. ¿Quién podría ser considerado para ello aparte de las grandes multinacionales del petróleo,

las cuales, en realidad, sólo tenían que ocuparse de crear el estribo para, llegado el día X, cambiar la silla de montar?

El hecho de que la mayoría de los consorcios ni siquiera estuvieran dispuestos a ello se debía a los pronósticos en forma de oráculos que vaticinaban cuándo se acabarían definitivamente el petróleo y el gas. Algunos profetas del desastre al estilo de los Testigos de Jehová, siempre cambiando la fecha del fin del mundo, habían vaticinado el fin de la era del petróleo, en los años ochenta, hacia el año 2010, en los noventa, hacia 2030, y

a principios del milenio el pronóstico se desplazó hacia 2050, y todo a pesar del visible incremento del consumo. Entretanto se determinó que las reservas sólo alcanzarían hasta el año 2080, aun cuando ya se estimaba que se habían superado los niveles máximos de extracción, mientras que los recursos prometían un alcance aún más elevado. Sólo en un punto coincidieron todos: no habría más petróleo barato. Nunca más.

Sin embargo, el petróleo se abarató. Llegó a ser tan dramáticamente

barato que el ramo empezó a sentirse como el protagonista de El increíble hombre menguante, para el que de

repente una simple araña doméstica se convertía en una amenaza mortal. Los que mejor pudieron escapar a ello fueron quienes habían invertido tempranamente en las energías renovables. UK Energies había conseguido cambiar el rumbo, el grupo francés Total había ido diversificándose a tiempo a fin de poder sobrevivir, si bien por todas partes hacía estragos la reducción de personal, semejante a un proceso de muerte celular. Por lo menos a la tecnología solar, tal y como la había desarrollado la empresa Lightyears, de Locatelli, se le veía gran eficiencia y era considerada, junto con el helio 3, algo

con mucho futuro; también se podía ganar dinero con la energía eólica. Por el contrario, la empresa mixta noruega Statoil Norsk Hydro entró en agonía, la china CNPC y la rusa Lukoil miraba desanimadas hacia un futuro sin petróleo, en una ignorancia recriminable de la legendaria frase de Ahmed al- Jamanis, antiguo ministro del Petróleo de Arabia Saudí, cuando planteó que

«La edad de piedra no había acabado porque escasearan las piedras».

Sin embargo, el problema no era tanto que no se necesitara petróleo. Aún se lo requería para la fabricación de plásticos, fertilizantes y cosméticos, en

la industria textil, en la producción media de alimentos y en la investigación farmacéutica. Todavía los éxitos de novedosos reactores de fusión de Orley eran escasos, la mayoría de los coches funcionaban con motores de combustión y los aviones caldeados usaban queroseno. Sobre todo Estados Unidos sacó un buen provecho del nuevo recurso. Se sabía con certeza que la readaptación del mundo a una economía energética basada en el helio 3 tomaría algunos años aún.

Pero no décadas.

Sólo que el hecho de que la llamada fusión aneutrónica del helio 3 con el

deuterio en reactores funcionara había provocado que el ya de por sí bajo precio del petróleo cayera por los suelos. Al final de la primera década del milenio se había demostrado que los seres humanos no estaban dispuestos a pagar cualquier suma por el petróleo; si se volvía demasiado caro, se despertaba la consciencia ecológica de la gente, se ahorraba electricidad y se impulsaba el desarrollo de energías alternativas. El concepto de los especuladores de elevar el precio del barril con compras masivas no había dado el fruto esperado. A ello se añadía que la mayoría de los países habían depositado

reservas estratégicas y no tenían que hacer nuevas compras, que las nuevas generaciones de vehículos automotores disponían de baterías con generosa capacidad de almacenamiento y repostaban electricidad no dañina para el medio ambiente en un simple enchufe, el cual, gracias al helio 3, pronto estaría en cantidades ingentes a disposición de todos. Fue precisamente Estados Unidos, que a partir de la toma de poder de Barack Obama reverdeció con colores intensos, el que apremió por conseguir acuerdos internacionales sobre la reducción de las emisiones de CO2, una sustancia a la que pronto

vieron como a la mismísima encarnación del diablo. Pocos años después de que el primer reactor de fusión movido por helio 3 se conectó a la red, ya estaba claro que con un pensamiento orientado al medio ambiente podían conseguirse ganancias astronómicas. A raíz de estos acontecimientos, EMCO, que ocupaba e puesto número uno en el ranking de los mayores consorcios mundiales del petróleo, pasó a ocupar la tercera posición, mientras que todo el ramo amenazó con encogerse en una especie de microuniverso. Atacados por la atrofia ósea de la ignorancia, EMCO empezó a dar cada vez más traspiés,

como un King Kong antes de la caída, buscando sostén ante la embotada certeza de su fracaso en sitios donde no había quedado nada más que aire.

Y ahora también habían perdido

Alaska.

Los proyectos de perforación, conseguidos tras una ardua lucha de varios años con el lobby de los ecologistas, tuvieron que ser abandonados, ya que los enormes yacimientos de gas natural existentes allí ya no le interesaban a nadie. La marmota empezó a decir adiós. Esa conferencia de prensa apenas se diferenciaba de la que ya habían tenido que ofrecer pocas

semanas antes en Alberta, Canadá, donde la explotación de las arenas bituminosas estaba paralizada; un costoso procedimiento, muy nocivo para el medio ambiente, que había deparado pesadillas, desde siempre, a los ecologistas, pero que se había podido imponer mientras el mundo siguió clamando por petróleo, como un lactante clama a gritos por su leche. ¿De qué servía que algunos representantes del gobierno canadiense compartieran las preocupaciones de EMCO, si de todos modos dos tercios de las reservas mundiales de recursos petrolíferos yacían en esas arenas, de ellas ciento

ochenta millones de barriles solamente en suelo canadiense? La mayoría de los ciudadanos canadienses se alegraron del inminente final. En Alberta, la explotación había destruido de manera continua ríos y pantanos, el bosque boreal y todo el ecosistema. Ante estos hechos, Canadá no pudo cumplir por mucho tiempo con sus compromisos internacionales. Las emisiones de tipo invernadero se habían incrementado y los acuerdos firmados se convirtieron en pasta para papel.

—Se podrá reparar —dijo Palstein con voz firme—. Las negociaciones con Orley Enterprises están a punto de

cerrarse. Les prometo que seremos el primer consorcio petrolero que participará en el negocio del helio 3 y, además, ya estamos discutiendo con los estrategas de otros consorcios sobre la posibilidad de nuevas alianzas.

—¿Qué pueden ofrecerles ustedes, concretamente, a Orley Enterprises? — quiso saber un periodista.

—Algunas cosas.

El hombre no cedió.

—El problema de las multinacionales es que no tienen ni idea acerca del negocio de la fusión. Quiero decir, algunos de esos consorcios se han lanzado a la fotovoltaica, a la energía

eólica e hidráulica, al bioetanol y todo eso, pero la tecnología de la fusión y la navegación espacial... Discúlpeme, pero está mucho más allá del horizonte de su competencia.

Palstein sonrió.

—Puedo informarle de que Julian Orley está actualmente muy activo buscando nuevos inversionistas para un segundo ascensor espacial, entre otras cosas, para ampliar la infraestructura destinada al transporte del helio 3. Por supuesto que estamos hablando de una cantidad enorme de dinero, pero nosotros contamos con ese dinero. La cuestión es cómo queremos invertirlo.

El ramo al que pertenezco está sufriendo actualmente un shock. Era necesario desde hacía tiempo, podría decirse, así que, ¿qué cree que deberíamos hacer, según su opinión? ¿Hundirnos entre lamentos? EMCO no va a alcanzar una posición de liderazgo en la energía solar por mucho que nos esforcemos en echar raíces en ese sector. Hay otros que se nos anticiparon históricamente. O bien podemos ver impasibles cómo vamos perdiendo un mercado tras otro, hasta que nuestros recursos sean devorados por los programas sociales, o invertimos nuestro dinero en un segundo ascensor y organizamos ciertos procesos logísticos

en la Tierra. Como he dicho, las conversaciones están casi cerradas, y la firma de los acuerdos es un hecho inminente.

—¿Cuándo llegará ese momento?

—En este instante, Orley está en la Isla de las Estrellas con un grupo de potenciales inversionistas. Desde allí partirá en viaje hacia la OSS a fin de inaugurar el Gaia. Sí, señor. —Palstein se encogió de hombros en un gesto rayano en la melancolía y el fatalismo

—. Yo debía estar en ese grupo. Julian Orley no sólo será nuestro futuro socio, sino que es también un amigo personal. Me duele no poder emprender este viaje

junto a él, pero usted sabe muy bien lo que ha ocurrido recientemente en Canadá.

Con esas palabras, Gerald Palstein había hecho sonar la campana que daría inicio al segundo round. Todos empezaron a hablar desordenadamente.

—¿Se sabe ya quién le ha disparado?

—¿Aguantará su salud las semanas que se le avecinan? ¿Acaso la herida...?

—¿Cómo debemos tomarnos las suposiciones de que el ataque puede estar relacionado con su decisión de que EMCO y Orley Enterprises se...?

—¿Es cierto que un obrero del

petróleo, furioso con...?

—Usted se ha hecho una enorme cantidad de enemigos debido a sus críticas contra el ramo petrolero. ¿De cuál de ellos podría...?

—Ante todo, díganos cómo se encuentra, Gerald —preguntó Keowa.

—Gracias, Loreena; me encuentro muy bien, dadas las circunstancias. — Palstein levantó la mano izquierda hasta que se hizo de nuevo el silencio. Llevaba el brazo derecho en cabestrillo desde hacía cuatro semanas—. Por turnos. Responderé a todas las preguntas, pero entiendan que evite hacer ningún tipo de especulación. Por

ahora no puedo sino decir que yo soy el primero al que le gustaría saber quién lo hizo. Lo único que se sabe es que he tenido una suerte casi desvergonzada. Si no hubiera tropezado en la escalera mientras subía al podio, el proyectil me habría acertado en la cabeza. No fue una advertencia, como han opinado algunos, sino una ejecución en toda regla, que por esta vez fracasó. El objetivo del ataque era, sin duda, poner fin a mi vida.

—¿Cómo se está protegiendo ahora?

—Con optimismo —dijo Palstein, sonriendo—. Y con un chaleco antibalas, para hacer honor a la verdad. Pero ¿de qué sirven estos chalecos

contra los tiros a la cabeza? ¿Acaso debo ocultarme? ¡No! Peter Chaikovsky dijo: «No se puede ir de puntillas por la vida por miedo a la muerte.»

—Formularé la pregunta de otro modo —dijo Keowa—, ¿quién sacaría provecho de que usted desapareciera de la faz de la Tierra?

—No lo sé. En caso de que alguien quiera impedir nuestra alianza con Orley Enterprises, destruiría con ello la mayor y quizá la única oportunidad de EMCO para sanearse rápidamente.

—Tal vez sea eso, precisamente, de lo que se trate —gritó una voz—. Destruir EMCO.

—El mercado se ha vuelto demasiado pequeño para los consorcios petroleros —dijo otra persona—. En realidad, la extinción de un consorcio sería un paso en el sentido de la evolución económica. Alguien se quita un rival del medio para...

—O hay alguien que quiere afectar a

Orley a través de usted. Si EMCO...

—¿Cómo es el ambiente en su propia empresa? ¿A quién ha estado usted incomodando, Gerald?

—¡A nadie! —repuso Palstein sacudiendo la cabeza enérgicamente—. La junta directiva ha dado su visto bueno a mi modelo de saneamiento en

todos sus puntos, y en primer lugar a nuestro compromiso con Orley. Con tales suposiciones está usted hurgando en aguas un tanto turbias. Hable con las autoridades; ellos están siguiendo todas las pistas.

—¿Y qué le dice su intuición?

—¿Sobre el agresor?

—Sí. ¿No hay ninguna sospecha que se imponga?

Palstein guardó silencio durante un rato. Entonces dijo:

—Yo, personalmente, sólo puedo imaginármelo como un acto de venganza. Alguien que está desesperado, que ha perdido su trabajo y posiblemente todo,

y ha proyectado su odio sobre mí. Eso lo entendería. Soy consciente de la situación en la que estamos. Mucha gente lucha por su existencia, una existencia que nos fiaron en épocas mejores. —Hizo una pausa—. Pero seamos sinceros, esas épocas mejores empiezan justamente ahora. Quizá yo no sea la persona adecuada para decirlo, pero un mundo que pueda cubrir sus necesidades energéticas a partir de recursos ecológicos renovables hace que la economía basada en el petróleo parezca algo arcaico. No puedo más que enfatizar una y otra vez que pondremos todo nuestro empeño, absolutamente

todo, para asegurar el futuro de EMCO.

¡Y con él, el de todos nuestros empleados!

Una hora después, Gerald Palstein descansaba en su suite, con el brazo derecho bajo la nuca y las piernas muy estiradas, como si le costara un esfuerzo enorme cruzarlas. Muy cansado y exhausto, estaba tumbado sobre la colcha mirando fijamente el cielo de travesaños de la cama con dosel. Su delegación se alojaba en el Sheraton Anchorage, uno de los lugares más elegantes de esa ciudad no precisamente bendecida con hazañas arquitectónicas. Todo lo que había en cuanto a

patrimonio construido había sucumbido al terremoto del año 1964. El

«terremoto de Viernes Santo», como lo llamaban, el hipo más violento que los sismógrafos habían registrado en territorio de Estados Unidos. Ahora sólo había un edificio realmente bonito, y era, precisamente, el hospital.

Al cabo de un rato, Palstein se levantó, fue hasta el cuarto de baño, se echó agua fría en la cara con unas palmaditas de la mano abierta y se contempló en el espejo. Una gota colgaba temblorosa en la punta de su nariz. Palstein se la retiró. A Paris, la mujer con la que estaba casado, le

gustaba contar que ella se había enamorado de sus ojos, que eran de un discreto color marrón como el de la tierra, unos ojos grandes de reno bajo los tupidos párpados, casi como los de una mujer. Había una perenne melancolía en esos ojos. Demasiado hermosos, demasiado intensos para aquel rostro amable pero insignificante que los rodeaba. Tenía la frente alta y lisa, y la nuca rodeada por un pelo muy cortito. Desde hacía poco tiempo su pequeño cuerpo había cobrado cierto aspecto de asceta, consecuencia de la falta de sueño, de una alimentación irregular y de la estancia en la clínica en

la que, hacía cuatro semanas, le habían sacado la bala alojada en su hombro. Palstein sabía que debería comer más, pero no sentía ningún apetito. Dejaba intactos la mayoría de los platos que le servían. Un inquietante y obstinado caso de agotamiento lo paralizaba como si un virus se hubiera apoderado de él, un virus que no podía remediarse con ocasionales pausas de sueño en un avión.

Se secó la cara, salió del baño y se asomó a la ventana. Un pálido y frío sol de verano cubría el mar con estrías resplandecientes. En el norte se superponían unas sobre otras las

cumbres nevadas de la cordillera de Alaska. No lejos del hotel pudo identificar la antigua sede de ConocoPhillips. Ahora relucía allí el logotipo de EMCO, en una arrogante autoafirmación frente a un cambio que se había consumado hacía mucho tiempo. En el edificio de la Peak Oilfield Service Company había oficinas en alquiler. UK Energies había instalado en el antiguo cuartel general de BP un departamento de su división solar y el resto lo había alquilado a empresas turísticas, aunque también en él había muchas dependencias vacías. Todo se iba a pique. Algunos carteles habían

desaparecido por completo: Anadarko Oil, por ejemplo, o Doyon Drilling y Marathon Oil Company. La región amenazaba con perder su posición como el estado federal económicamente más exitoso de Estados Unidos. Desde la década de 1970, más del ochenta por ciento de todos los ingresos estatales salidos del negocio con los combustibles fósiles habían fluido hacia el Alaska Permanent Fund, en el que todos los habitantes tenían una participación proporcional. Ingresos a los que deberían renunciar próximamente. A medio plazo, a la región sólo le quedaban sus metales, la

pesca, la madera y un poco del comercio con pieles. También le quedaban, por supuesto, el petróleo y el gas, pero en cantidades muy limitadas, y a precios tan bajos que era mejor dejar el producto bajo tierra.

Los periodistas y activistas con los que Palstein había tenido que verse en las últimas horas no representaban en ningún modo la opinión pública cuando celebraban con júbilo el final de la economía del petróleo y le planteaban que jamás debería haberse iniciado esa explotación. En realidad, el helio 3 provocaba en Alaska un eco en sordina, del mismo modo que el entusiasmo por

esa nueva fuente energética era bastante limitado en el golfo Pérsico. Los jeques ya se veían relanzados a una monótona existencia en el desierto, como en años anteriores, cuando los únicos que se interesaban por sus territorios eran los escorpiones y los escarabajos de arena. El fantasma del empobrecimiento les quitaba el sueño a los potentados de Kuwait, Bahrein y Qatar. Apenas había nadie que quisiera instalarse seriamente en Dubay. Pekín había suspendido su apoyo a los islamistas saudíes, Estados Unidos ya no parecía tener en cuenta siquiera que existía el norte de África, mientras que en Iraq, los suníes y los

chiíes se tiraban de los pelos unos a otros, como siempre, e Irán promovía la inquietud del mundo, como de costumbre, con sus programas nucleares, mostrando los dientes en todas direcciones y buscando la proximidad de China, que, junto a Estados Unidos era la única nación que extraía helio 3 en la Luna, si bien lo hacía en cantidades muy pequeñas. Los chinos no tenían un ascensor espacial ni sabían cómo construir uno. Nadie, aparte de Estados Unidos, disponía de un aparato como aquél, sobre cuya patente estaba sentado Julian Orley como una gallina sobre sus polluelos, razón por la cual

China seguía dependiendo de la obsoleta tecnología de cohetes, con sus correspondientes balances deficitarios.

Palstein miró el reloj. Tenía que ir hasta el edificio de EMCO, donde lo esperaban para una reunión. Como de costumbre, se le haría tarde. Llamó al centro de negocios y dio instrucciones para que lo comunicaran con el hotel Stellar Island, en la Isla de las Estrellas Allí había tres horas de más y una temperatura de veinte grados centígrados. Un lugar mejor que Anchorage. Palstein habría preferido estar en cualquier otro sitio antes que en Anchorage.

Por lo menos quería desearle un buen viaje a Julian.

ISLA DE LAS ESTRELLAS, OCÉANO PACÍFICO

Si había sido espectacular introducirse en las entrañas del volcán, la salida, en cambio, tuvo lugar de un modo poco excitante. Claro que había vías de escape. Cuando las luces se encendieron de nuevo, el grupo abandonó la cueva a través de un corredor recto y discretamente iluminado que más bien hacía sospechar que toda la montaña consistía, a fin de cuentas, en papel

maché y andamios. Era lo suficientemente ancho para, en caso de emergencia, facilitarles la fuga a un centenar de personas en estado de pánico, que tropezaran unas con otras y se golpearan. Al cabo de unos ciento cincuenta metros, el pasillo desembocaba en una sección lateral del hotel Stellar Island.

Chuck Donoghue se abrió paso para situarse al lado de Julian.

—Mis respetos —tronó—. No está nada mal.

—Gracias.

—¿Y habéis encontrado la cueva tal y como está? ¡Venga ya! ¿No le habéis

hecho nada? ¿Ninguna carga explosiva por aquí o por allá?

—Sólo para las salidas de emergencia.

—Vaya suerte. Supongo, chaval, que tienes claro que voy a copiarte la idea.

¡Ja, ja! Pero no temas, que todavía me quedan algunas ideas propias. Dios mío,

¿cuántos hoteles habré construido en toda mi vida? ¿Cuántos?

—Treinta y dos.

—¿En serio? —murmuró Donoghue, perplejo.

—Sí, y tal vez tengas ganas de construir algo en la Luna —dijo Julian, sonriendo—. Por eso estás aquí, viejo.

—¡Ah, vaya! —Donoghue soltó una risa aún más estruendosa—. Y yo que pensaba que me habías invitado porque te caía bien.

Con sesenta y cinco años, aquel zar del ramo hotelero era el mayor del grupo de viajeros; le llevaba cinco años a Julian, quien, en cambio, parecía diez años más joven. La insignificante diferencia de edad no le impedía a Donoghue llamar «chaval» al hombre más rico del mundo con la jabonosa jovialidad de un barón ganadero.

—Claro que me caes bien —dijo Julian alegremente mientras seguían a Lynn hacia los ascensores—. Pero sobre

todo quiero enseñarte mis hoteles para que inviertas en ellos tu dinero. Ah, seguro que ya conoces el chiste del hombre en una encuesta de opinión.

—¡Cuéntalo!

—A alguien le preguntan: «¿Qué decidiría usted si tuviera dos opciones? A: Tener sexo durante toda una noche con su mujer o B:...» A lo que el hombre responde: «B. ¡Definitivamente, B!»

Era un chiste pésimo, pero era justo el adecuado para Chucky, que se quedó atrás, riendo a carcajadas, dispuesto a contárselo a Aileen. Julian no necesitó volverse para ver la cara de su mujer cuando mordiera la lima de la

indignación. Los Donoghue dominaban tres docenas de entre los más imponentes, caros y horteras hoteles de todos los tiempos, habían construido diversos casinos de juego, dirigían una agencia de artistas que operaba a nivel internacional y en la que entraban y salían algunas estrellas internacionales del mundo de las variedades, artistas de circo, cantantes, bailarines y domadores de fieras, y, por supuesto, también se podían reservar espectáculos en los que no abundaba la ropa. Pero Aileen, la buena y regordeta de Aileen, tan aficionada a hornear pasteles, se sentía a gusto en esa auténtica pudibundez de los

estados del sur, como si no hubiera decenas de coristas bailando todas las noches con los pechos al aire, saltando en varios escenarios de Las Vegas y cuyos contratos llevaban su firma. Aileen otorgaba valor al temor a Dios, a tener armas en cantidades suficientes, a la buena comida, las buenas obras y la pena de muerte, cuando no quedaba más remedio. ¿Y cuándo quedaba remedio? Ponía la moral por encima de todo. Aparte de eso, aparecería en la cena como si la hubieran embuchado en un penoso vestidito con el que acapararía los cumplidos de hombres jóvenes hacia su terso escote a base de rayos láser.

Entonces empezaría su cruzada de mimos maternales y seguiría contando el estúpido chiste entre risitas y bufidos, para al final ir a buscar tragos para todos y mostrar esa otra cara suya, marcada por la preocupación sinceramente sentida por el bienestar de cada criatura, y así facilitar que no sólo se la soportara, sino que la gente sintiera simpatía por ella.

Las cabinas de cristal de los ascensores se llenaron de gente y de parloteos. Tras un breve trayecto, soltaron a la tropa en la terraza con el mirador, sobre la que se extendía ahora el sueño hollywoodiense de un cielo

nocturno. Una mujer con vestido de noche, madura y hermosa, dirigió con majestuosa dignidad a media docena de camareros para que atendieran a los invitados. Se sirvió champán, cócteles, se repartieron prismáticos. Un cuarteto de jazz tocaba el tema Fly me to the moon.

—¡Señores! —gritó Lynn alegremente—. ¡Miren hacia mí! Miren al este.

Complacidos, los huéspedes siguieron las instrucciones. A lo lejos, sobre la plataforma, se habían encendido otras luces, unos dedos luminosos que apuntaban hacia el cielo

de la noche. Diminutas como hormigas, se veía a las personas caminar de un lado a otro entre las edificaciones. Un gran buque, un carguero a juzgar por su aspecto, reposaba voluminoso sobre la mar tranquila.

—Queridos amigos. —Julian dio un paso al frente con una copa en la mano

—. Todavía no os he mostrado todo el espectáculo. En otra versión, habríais conocido además la OSS y el hotel Gaia, pero tales versiones están pensadas para visitantes que no tendrán el privilegio de vivir vuestras experiencias. Familiares de viajeros que pasan un par de días en la isla para

luego regresar de nuevo a casa. A vosotros, en cambio, quería mostraros el ascensor. ¡Para todo lo demás no necesitáis películas, porque lo veréis con vuestros propios ojos! ¡Jamás podréis olvidar las siguientes dos semanas! ¡Os lo prometo!

Julian puso al desnudo su dentadura impecable. Hubo aplausos, primero de manera aislada, pero luego todos empezaron a dar palmadas con entusiasmo. Miranda Winter dejó escapar su característico «Oh, yeah!». Lynn se colocó junto a su padre, ferviente de orgullo.

—Y antes de que les pidamos que

pasen a cenar, hay una pequeña degustación previa del viaje que nos aguarda —dijo Lynn, echando un vistazo al reloj—. En los minutos siguientes se espera la llegada de las dos cabinas provenientes de la órbita. Ambas traen a la Tierra, entre otras cosas, el helio 3 comprimido con el que han sido cargadas en la OSS. Pienso que a parti de ahora es recomendable alzar la cabeza no sólo para beber...

—Aun cuando yo, en principio, recomiendo que lo hagáis —dijo Julian, y brindó a la salud de los presentes.

—Claro —dijo Lynn, riendo—. Lo que él todavía no les ha contado es que

en la OSS restringiremos de manera drástica el consumo de alcohol.

—Qué pena. —Bernard Tautou hizo una mueca, se bebió su copa de un trago y miró a Lynn con expresión radiante—. En cualquier caso, debemos ir tomando precauciones.

—Pensé que su pasión era el agua

—se inmiscuyó Mukesh Nair.

—Mais oui! Especialmente cuando lleva algo de alcohol.

—Las copas, cuando están vacías, no reportan ya ningún placer —declamó Eva Borelius con una sonrisa hanseática.

—Pardon?

—Es una frase de Wilhelm Busch.

Usted no lo conoce.

—¿Se puede tener resaca en un estado de ingravidez? —preguntó Olympiada Rogachova tímidamente, lo que dio pie a su marido para darle la espalda y mirar con expresión esforzada las estrellas.

Miranda Winter chasqueó los dedos como una escolar:

—¿Y qué pasa cuando uno vomita en la ingravidez?

—Pues que tu vómito te seguirá adondequiera que vayas —la aleccionó Evelyn Chambers.

—Esferoidización —asintió Walo

Ögi, y dibujó con las dos manos una

hipotética pelota de vómito—. El vómito se aglutina formando una bola.

—Creía más bien que se esparcía —

dijo Karla Kramp.

—Sí, hasta el punto de que todos se llevan su parte —asintió Borelius—. Un tema muy agradable, por cierto. Tal vez deberíamos...

—¡Mirad ahí! —exclamó Rebecca

Hsu—. ¡Ahí arriba!

Todas las miradas siguieron la mano extendida de la taiwanesa. Dos puntitos de luz habían empezado a moverse en el firmamento. Durante un rato parecieron desplazarse sobre un trayecto orbital en dirección al sureste, sólo que ambos se

fueron agrandando cada vez más, una visión que contradecía todos los hábitos visuales. Obviamente, había algo allí que no encajaba en un cubo dimensional, todo parecía haberse salido de quicio. Y entonces, de golpe, todos comprendieron que aquellos cuerpos estaban bajando desde el espacio en posición vertical, en una vertical perfecta. Como si las estrellas bajasen hasta ellos.

—Ya vienen —susurró Sushma Fair, absorta.

Se alzaron los prismáticos. Al cabo de pocos minutos pudieron identificarse, incluso sin aumento, dos estructuras alargadas, en posición simétrica, que

recordaban a los transbordadores espaciales, sólo que ambas se erguían sobre la popa y sus partes inferiores terminaban en unas plataformas saledizas en forma de platos. Las puntas, de forma cónica, estaban bien iluminadas, las luces de posicionamiento parpadeaban con la regularidad de unos latidos a ambos lados de los cuerpos cilíndricos. A una velocidad de vértigo, las cabinas iban acercándose a la plataforma, y cuanto más bajaban, tanto más intensamente vibraba el aire, como salido de unas enormes dinamos. Satisfecho, Julian comprobó que ni siquiera su hijo había

sido capaz de resistirse a tal fascinación. Los ojos de Amber se habían dilatado como si estuvieran a la espera de los regalos navideños.

—Es maravilloso —dijo la mujer de

Tim en voz baja.

—Sí —asintió Julian—. Es tecnología, pero así y todo es una maravilla. Ninguna tecnología lo suficientemente avanzada puede diferenciarse sustancialmente de la magia, eso dijo Arthur C. Clarke. ¡Un gran hombre!

Tim se mantuvo en silencio.

Y de repente Julian percibió el avinagrado bufido de un enfado mal

digerido. Sencillamente, no comprendía lo que pasaba con aquel muchacho. El hecho de que Tim no quisiera asumir la posición que le correspondía dentro de las empresas Orley era su problema. Cualquier persona debía andar su propio camino, y aunque Julian no quería entender del todo que hubiera otros caminos aparte de un futuro en el consorcio, ¡lo tendría todo regalado! Además, ¿qué diablos le había hecho él a Tim?

A partir de entonces, todo sucedió con suma rapidez.

Se oyó a los presentes tomar aire y ésa fue la introducción de la fase final.

Por un momento pareció como si las cabinas fueran a golpear la terminal circular con dos impactos, hundiendo toda la plataforma en el mar, pero entonces, abruptamente, se hicieron más lentas, primero una de ellas, luego la otra, y redujeron su velocidad hasta entrar en el cono de luz de los reflectores de tierra y posarse casi suavemente en el redondel de la estación espacial, desapareciendo en ella de forma consecutiva. Hubo nuevos aplausos, interrumpidos por exclamaciones de «¡Bravo!». Heidrun se acercó a Finn O'Keefe y silbó con la ayuda de dos dedos.

—¿Estás segura de que todavía quieres subir a ese chisme? —preguntó él.

Ella lo examinó burlonamente.

—¿Y tú?

—Claro.

—¡Fanfarrón!

—Alguien tendrá que estar al lado de tu marido cuando empieces a arañar el revestimiento de las paredes.

—Ya veremos quién se caga en los pantalones.

—En caso de que fuera yo —dijo O'Keefe sonriendo—, no olvides tu promesa.

—¿Cuándo te he prometido yo algo?

—Antes. Querías sostenerme la manita.

—Ah, sí. —Las comisuras de los labios de Heidrun se sacudieron en una expresión divertida. Por un momento pareció reflexionar seriamente sobre el asunto—. Lo siento, Finn. ¿Sabes? So una mujer aburrida y chapada a la antigua. En mi película, la mujer cae del caballo y el hombre la salva de los indios. Y, por supuesto, mientras tanto chilla a más no poder.

—Qué lástima, jamás he trabajado en películas de ese corte.

—Pues habla con tu agente.

Heidrun alzó la mano en un gesto

lleno de gracia, le acarició suavemente la mejilla con el dedo índice y lo dejó plantado. O'Keefe la siguió con la mirada mientras ella se dirigía hacia Walo. Entonces, una voz a sus espaldas dijo:

—Qué lamentable, Finn. Le has entrado y has fracasado.

Él se volvió y vio el rostro hermoso y arrogante de Momoka Omura. Se conocían de aquellas inevitables fiestas que O'Keefe, en realidad, evitaba como a las salas de espera en épocas de resfriado. Pero cuando asistía a alguna, se cruzaba a Momoka con tediosa regularidad, como había sucedido hacía

poco, durante la celebración del ochenta y ocho cumpleaños de Jack Nicholson.

—¿No tendrías que estar rodando?

—preguntó el actor.

—Todavía no he ido a parar al mercado masivo, como tú, si es que te refieres a eso. —Ella contempló sus uñas. Una sonrisa maliciosa rodeó sus comisuras—. Pero podría darte unas clases extras de flirteo.

—No, gracias —dijo O'Keefe devolviéndole la sonrisa—. No es bueno liarse con las profesoras.

—Sólo teoría, idiota. ¿Crees en serio que te dejaría entrarme?

—¿Ah, no? —dijo, alejándose—.

Pues eso me tranquiliza.

Omura echó la cabeza hacia atrás y resopló. En su condición de segunda mujer que lo dejaba plantado en un espacio de tiempo de pocos minutos, ella caminó muy oronda hacia donde estaba Locatelli, que disertaba frivolamente y a voz en cuello sobre reactores de fusión en compañía de Marc Edwards y Mimi Parker, y se le enganchó del brazo. O'Keefe se encogió de hombros y se unió a Julian, que estaba con Hanna, Rebecca Hsu, Lynn y el matrimonio Rogachov.

—Pero ¿cómo consigue llevar las cabinas hasta ahí arriba? —quiso saber

la taiwanesa, que parecía un tanto pasada de rosca y dispersa—. Ese cable apenas podrá hacerlas flotar hacia lo alto.

—¿No la vi a usted antes en la presentación? —preguntó Rogachov con cierto tono irónico.

—Estamos introduciendo una nueva fragancia —dijo Hsu, como si con eso lo explicara todo.

En efecto, se había pasado medio espectáculo mirando el monitor de su ordenador de bolsillo, corrigiendo planes de marketing, mientras presentaban el principio de funcionamiento: durante el despegue,

parecía como si las placas en forma de plato situadas en la popa de la cabina emitieran unos rayos luminosos de color rojo, pero en realidad era al revés. La parte inferior de esas placas estaban revestidas con células fotovoltaicas, y los rayos brotaban de enormes láseres situados en el interior de la estación. La energía generada por el disparo ponía en marcha el sistema de arranque, seis pares de ruedas comprimidas unas contra otras en cada cabina, entre las cuales se tensaba la cinta. Cuando se ponía en marcha un lado de las ruedas, la otra giraba automáticamente en dirección contraria, y el ascensor

trepaba por la cinta hacia arriba.

—De ese modo, va ganando en velocidad —explicó Julian—. Y al cabo de pocos centenares de metros, alcanza...

Un pitido sonó en su chaqueta. Julian enarcó las cejas y sacó su móvil.

—¿Qué pasa?

—Disculpe la molestia, señor —

dijo alguien desde la central telefónica

—. Tiene una llamada.

—¿No puede esperar?

—Es Gerald Palstein, señor.

—Oh. Por supuesto. —Julian sonrió a los presentes en gesto de disculpa—.

¿Me permiten abandonarlos por un

momento? Rebecca, no se aleje. Le explicaré el principio una vez más en todos sus detalles cada hora, o con más frecuencia, si eso la hace feliz.

Con paso rápido, Julian se dirigió a una pequeña habitación situada detrás del bar, metió el móvil en una consola y proyectó la transmisión sobre una pantalla mayor.

—Hola, Julian —dijo Palstein.

—Gerald. ¿Dónde estás, por el amor de Dios?

—En Anchorage. Hemos tenido que dar sepultura al proyecto de Alaska. ¿No te había hablado de ello?

El directivo de EMCO parecí

derrotado. Se habían visto por última vez unas semanas antes del atentado. Por lo visto, Palstein lo llamaba desde la habitación de un hotel. A través de una ventana situada al fondo, se veían las montañas cubiertas de nieve bajo un cielo pálido y frío.

—Sí, claro —dijo Julian—. Pero eso fue antes de que te dispararan. ¿De verdad tienes que hacerte esto?

—No es para tanto —repuso Palstein con un gesto de rechazo—. Tengo un agujero en el hombro, no en la cabeza. Con eso se puede viajar, pero no precisamente a la Luna. Lamentablemente.

—¿Y cómo ha ido todo?

—Digamos que Alaska se prepara con cierta dignidad para un renacimiento del negocio de las pieles. Entre los representantes sindicales presentes, la mayoría habrían terminado con gusto lo que el francotirador de Canadá no acabó.

—¡No te hagas reproches! Nadie ha sido tan crítico con el ramo como tú, y a partir de ahora van a escucharte. ¿Les has hablado de la participación prevista?

—La noticia ya ha salido. Ése fue uno de los temas.

—¿Y? ¿Cómo la acogieron?

—Como un esfuerzo por reorientar el rumbo. En cualquier caso, es vista con buenos ojos por la mayoría.

—¡Eso está bien! En cuanto regrese, firmamos esos acuerdos.

—Otros lo toman por patrañas — dijo Palstein vacilante—. No nos hagamos ilusiones, Julian. Es extremadamente útil para nosotros que nos permitáis subir a ese barco...

—¡Es útil para nosotros!

—Pero esto no obrará ningún milagro. Hemos estado demasiado tiempo cabalgando sobre nuestras malditas competencias centrales. Pero, bueno, lo principal es que evitemos la

quiebra. Prefiero un futuro como empresa media a que el gigante se vaya ahora a la ruina. Las consecuencias serían espantosas. Yo no puedo cambiar nada en relación con la caída, pero a lo mejor puedo evitar la colisión. O por lo menos atenuarla.

—Si alguien puede conseguirlo, ése eres tú. ¡Caramba, Gerald! ¡Qué pena que no puedas estar aquí!

—La próxima vez será. Por cierto,

¿quién ha ocupado mi lugar?

—Un inversionista canadiense llamado Carl Hanna. ¿Has oído hablar de él?

—¿Hanna? —Palstein frunció el

ceño—. Sinceramente...

—No pasa nada. Yo tampoco lo conocía hasta hace unos pocos meses. Es uno de esos que se han hecho ricos en silencio.

—¿Está interesado en la navegación espacial?

—¡Eso es precisamente lo que lo hace tan interesante! A él no hay que despertarle el gusto por el tema. Quiere invertir como sea en la astronáutica. Por desgracia, pasó su juventud en Nueva Delhi y, debido a esa vieja alianza, siente la responsabilidad de subvencionar el programa lunar de la India. —Julian sonrió—. De modo que

tendré que gastar algunas energías para convertir a ese joven misionero.

—¿Y el resto de la banda?

—Oh, en el caso de Locatelli estoy seguro de que participará con una suma de ocho cifras. Ya su delirio de grandezas le recomienda erigirse un monumento en el espacio, además, nuestras instalaciones están equipadas con sus sistemas. Su participación sólo sería una consecuencia lógica. Los Donoghue y Marc Edwards me han prometido bajo cuerda algunas grandes sumas; en estos casos sólo se trata de los ceros detrás de la cifra. Un tipo interesante es Walo Ögi, un suizo. Lynn

y yo conocimos a su mujer hace dos años en Zermatt, y ella me fotografió en varias poses. También tenemos a Eva Borelius a bordo, tal vez la conozcas, es una científica alemana, del ramo de las investigaciones con células madre...

—¿No será que has copiado la lista de la revista Forbes?

—No fue del todo así. La empresa de Borelius, Parma, me fue recomendada por nuestro departamento estratégico, y lo mismo pasa con Bernard Tautou, el zar del agua en el canal de Suez. Otro al que puedes pillar por su ego. O Mukesh Nair...

—Vaya, Mister Tomato —dijo

Palstein enarcando las cejas en señal de reconocimiento.

—Sí, un tipo majo. No tiene ningún interés en la astronáutica, así que sirve de poco que sea tan rico; deberíamos poner en juego otros criterios. Por ejemplo, el de pretender garantizarle a la humanidad un futuro más digno de ser vivido. En eso están de acuerdo incluso todos los aguafiestas de la navegación espacial: Nair con la alimentación, Tautou con el agua, Borelius con los medicamentos, y yo con la energía. Eso nos une, y ellos ya están dentro. A todo esto se añaden algunas fortunas privadas como las de Finn O'Keefe, Evely

Chambers y Miranda Winter...

—¿Miranda Winter? ¡Madre mía!

—¿Qué? ¿Por qué no? Ella, en su simpleza, no sabe qué hacer con todo su dinero, y yo la invito a que lo averigüe. Créeme, la combinación es perfecta. Tipos como O'Keefe, Chambers y Winter relajan a los presentes de buena manera, el asunto se vuelve sexy con ellos, ¡y al final los tendré a todos! Rebecca Hsu, con sus marcas de lujo, tiene poco que ver con la energía, pero en cambio la alucina el tema del turismo espacial, casi como si la idea fuese suya. Está totalmente obsesionada con la idea de que en el futuro podrá beberse

Moët & Chandon también en la Luna.

¿Has echado un vistazo a su cartera? Kenzo, Dior, Louis Vuitton, L'Oréal Dolce & Gabbana, Lacroix, Hennessy... por no hablar de sus propias marcas, Boom Bang y todas ésas. Entre nosotros encontrará un mercado de prestigio como no lo hallará en ningún otro lugar. Sólo a través de los contratos publicitarios que cerraré con ella, sale rentable la mitad del OSS Grand.

—¿Y no has invitado también a esos rusos? ¿Los Rogachov?

Julian sonrió.

—Ése será un desafío muy personal. Si consigo que él meta sus miles de

millones en mis proyectos, me pondré a dar volteretas en la ingravidez.

—Moscú no se lo permitirá.

—¡Te equivocas! Lo estimularán a que lo haga mientras crean que conmigo podrán entrar en el negocio.

—Algo que sólo ocurrirá si tú les construyes un ascensor espacial. Hasta entonces, para Rogachov será como ver fluir su dinero, a través de ti, hacia la aeronáutica estadounidense.

—Tonterías. Le parecerá que su dinero está fluyendo hacia un negocio muy lucrativo, ¡y ése será exactamente el caso! ¡Yo no soy Estados Unidos, Gerald!

—Lo sé, pero Rogachov, en cambio...

—Él también lo sabe. ¡Alguien como él no es en absoluto tonto! Ninguna nación del mundo está actualmente en condiciones de realizar vuelos espaciales serios basándose en los presupuestos estatales. ¿Crees realmente que esa jovial comunidad de naciones que antes daba sus retoques en íntima concordia a la ISS se inspiraba en un fervor por lo multicultural? ¡Una mierda! Nadie tenía el dinero para hacerlo por sí solo. Era el único camino para poder lanzar algo hacia allá arriba sin que E. T. se partiera de la risa. Pero

para ello tuvieron que tirar de la misma cuerda, mostrarse mutuamente las cartas, con el resultado de que apenas se pudo echar a andar nada. Carecían de todo, cualquier porquería era presupuestada, no únicamente la navegación espacial. Sólo los empresarios privados consiguieron cambiar ese estado de cosas, desde que Burt Rutan, en el año

2004, consiguió hacer el primer vuelo suborbital privado con SpaceShipOne

¿Y quién lo financió entonces? ¿Fueron acaso los Estados Unidos de América?

¿La NASA?

—Lo sé —suspiró Palstein—. Fue

Paul Alien.

—¡Justamente! Paul Alien,

cofundador de Microsoft. Los

empresarios privados le mostraron a la

política cómo se trabaja de un modo más rápido y eficiente. Como vosotros, cuando el ramo todavía representaba algo. Vosotros habéis creado presidentes y derrocado gobiernos. Ahora son gente como yo los que pagan a ese montón de arruinados estatales, dudosos y nacionalistas. Tenemos más dinero, buen know-how, tenemos el mejor personal, un clima más creativo. Sin Orley Enterprises no habría ascensor espacial ni turismo a la Luna, la investigación sobre reactores no

habría llegado tan lejos, nada habría llegado tan lejos. La NASA, con su escasos fondos, seguiría responsabilizando de cada pedo que se le escapa a cualquier comisión de control incompetente. ¡Nosotros, en cambio, no nos dejamos controlar por ningún gobierno del mundo! ¿Y por qué? Porque no estamos comprometidos con ningún gobierno. Créeme, Rogachov también está receptivo para eso.

—No obstante, no deberías ponerle en la mano de inmediato el manual de instrucciones de la OSS. Podría ocurrírsele la idea de copiarlo.

Julian rió, divertido. Pero luego, de

repente, se puso serio.

—¿Hay alguna novedad en relación con el atentado?

—No realmente —dijo Palstein, negando con la cabeza—. Ahora ya están en cierto modo seguros de dónde salió el disparo, pero eso tampoco les sirve de mucha ayuda. A fin de cuentas era un acto público. Había una cantidad enorme de personas.

—Todavía me resulta un enigma quién podría tener interés en matarte. A vuestro ramo se le ha acabado el aliento. Eso nadie podrá cambiarlo asesinando a los ejecutivos de las petroleras.

—Los seres humanos no piensan de

modo racional —sonrió Palstein—. De lo contrario te habrían matado a ti. Tú has hecho posible la transportación del helio 3 a gran escala. Tu ascensor se ha llevado a mi ramo económico al sótano.

—A mí podrían asesinarme miles de veces, pero el mundo, a pesar de eso, se adaptaría y usaría el helio 3.

—Exacto. Esos actos no suceden por cálculo, sino por desesperación. Por puro odio.

—No lo entiendo. El odio jamás ha servido para mejorar nada.

—Pero se ha cobrado hasta hoy la mayoría de las víctimas.

—Hum, eso sí. —Julian guardó

silencio y se frotó el mentón—. No soy una persona proclive al odio. Es un sentimiento que me resulta ajeno. ¡Puedo enfurecerme! Desear ver a alguien en el infierno y mandarlo allí directamente, pero sólo cuando tiene algún sentido. El odio es algo completamente sin sentido.

—Por tanto, no encontraremos al asesino mientras sigamos buscándole un sentido a esto. —Palstein se acomodó el lazo que sostenía su brazo—. ¿Qué más da? En realidad, sólo he llamado para desearos un buen viaje.

—¡La próxima vez estarás con nosotros, sea como sea! En cuanto te sientas mejor.

—Me encantaría ver todo eso.

—¡Lo verás, hombre! —Julian sonrió—. ¡Saldrás a dar un paseo por la Luna!

—Bueno, mucha suerte. Sácales la pasta a ésos.

—Que te vaya bien, Gerald. Ya te llamaré. Desde allí arriba.

Palstein sonrió.

—Tú ya estás bien arriba.

Julian miró pensativo la pantalla vacía. Hacía más de una década, cuando el ramo del petróleo ocupaba a los cargos de los cárteles con sus réditos y sus alzas de precios, Palstein había aparecido un día en su despacho de

Londres, curioso por saber en qué se estaba trabajando allí. En ese momento, precisamente, la materialización del ascensor había sufrido un duro revés, ya que el nuevo y esperanzador material con el que debía confeccionarse el cable mostraba irreparables errores de construcción en sus cristales. El mundo ya sabía que el polvo lunar estaba impregnado de cantidades ingentes de un elemento que prometía ser la solución a todos los problemas energéticos. Sin embargo, sin un plan sobre cómo extraer esa sustancia y transportarla a la Tierra, a lo que se añadía la escasez de reactores probados en la práctica, el

helio 3 no parecía desempeñar ningún papel. No obstante, Julian había seguido investigando en todos los frentes, ignorado por el ramo del petróleo, que ya tenía bastante con desbancar a otras tendencias alternativas como la energía eólica o la fotovoltaica. Apenas había nadie que se tomara realmente en serio los esfuerzos de Julian. Sencillamente, parecía poco probable que tuviera éxito.

Palstein, por el contrario, lo había escuchado todo pacientemente y había recomendado al consejo de administración de su empresa, recién fusionada con ExxonMobil para formar EMCO, tener una participación en Orle

Energy y en Orley Space. Finalmente, la dirección de la empresa no lo hizo, pero Palstein mantuvo el contacto con Orley Enterprises, y Julian aprendió a apreciar y a querer a aquel hombre melancólico que siempre parecía estar mirando hacia una lejanía incierta. A pesar de que en todos aquellos años apenas habían pasado juntos tres semanas de su tiempo, casi siempre en comidas convocadas de manera espontánea, en algún que otro acto y muy raras veces en un marco privado, los unía algo parecido a la amistad, independientemente del hecho de que la tenacidad de uno de los dos ramos le había abierto al otro,

definitivamente, el camino hacia la irrelevancia. En los últimos tiempos Palstein se había visto obligado cada vez más a dar a conocer la renuncia o la restricción de varios proyectos de extracción, como estaba sucediendo ahora en Alaska o como había sucedido tres semanas antes en Alberta, donde había tenido que plantarse delante de centenares de personas muy enfurecidas y donde, de repente, había recibido un disparo.

Julian sabía que el directivo tenía razón. Una participación en Orley Enterprises no salvaría EMCO, pero ta vez sería de provecho para Gerald

Palstein. Entonces Julian se puso de pie, salió de la habitación situada detrás del bar y regresó donde sus huéspedes.

—...dentro de tres cuartos de hora nos vemos aquí entonces para la cena — estaba diciendo Lynn—. Ustedes pueden quedarse, disfrutar de las bebidas y la vista o asearse y cambiarse de ropa. Pueden incluso trabajar, si es ésa su adicción, también hemos creado las condiciones óptimas para ello.

—Y eso se lo pueden agradecer a mi fanática hija —dijo Julian rodeando a Lynn con el brazo—. Ella es deslumbrante. Ella ha creado todo esto. Para mí, es la más grande.

Los huéspedes aplaudieron. Lynn bajó la cabeza, sonriendo.

—Nada de falsas modestias —le susurró Julian—. Estoy muy orgulloso de ti. Lo puedes todo. Eres la más grande. Eres perfecta.

Poco rato después, Tim caminaba a lo largo del pasillo de la cuarta planta. Por todas partes reinaba una pulcritud antiséptica. Por el camino se tropezó con dos agentes de la seguridad y con un robot de limpieza que buscaba vestigios inexistentes o ya eliminados de un universo parcialmente habitado. La laboriosidad zumbante con que la máquina cumplía con el propósito de su

existencia le confería algo profundamente desalentador. Como un Sísifo que arrastra cuesta arriba la piedra hasta la cima de la montaña, pero luego ya no tiene nada más que hacer.

Tim se detuvo delante de la habitación de ella y tocó el timbre. Una cámara enviaba su rostro al interior, y entonces se oyó la voz de Lynn que decía:

—¡Tim! Entra.

La puerta se deslizó hacia un lado. Él entró en la suite y vio a Lynn, que le daba la espalda mientras caminaba de un lado a otro delante de la ventana panorámica y llevaba puesto un largo y

sexy vestido que llegaba hasta el suelo. Tenía el pelo suelto, y éste le caía en suaves ondas. Cuando ella le dedicó una sonrisa por encima del hombro, sus ojos brillaron como dos aguamarinas. Con un giro rápido, Lynn se dio la vuelta y le presentó su escote. Tim lo ignoró, mientras su hermana miraba brevemente hacia un punto situado detrás de él y su sonrisa se perdía de pronto en una zona cercana al límite del embotamiento. Tim se acercó a un sillón en forma de bola, se inclinó hacia abajo y le dio a la mujer repantigada en él —ésta iba vestida escasamente con un quimono de seda, tenía las piernas en ángulo y la cabeza

echada hacia atrás— un beso en la mejilla.

—Estoy impresionado —dijo él—. De verdad.

—Gracias. —Aquella cosa vestida de noche seguía caminando oronda de un lado a otro, giraba y daba media vuelta, se bañaba en su ego rebosante, mientras que la sonrisa de la auténtica Lynn comenzaba a deformarse en las comisuras de los labios.

Tim se sentó en una banqueta y señaló al álter ego holográfico de su hermana.

—¿Es eso lo que te pondrás esta noche?

—Todavía no lo sé. —Lynn arrugó la frente—. ¿No será quizá demasiado formal? ¿Quiero decir, para una isla del Pacífico?

—Curiosa reflexión. Ya habéis derogado todas las normas habituales del romanticismo sobre los mares del sur. Es magnífico, póntelo. ¿O acaso hay otras alternativas?

El pulgar de Lynn se deslizó por el mando a distancia. Sin tránsito alguno, el aspecto exterior de su avatar cambió. La Lynn holográfica llevaba ahora puesto un mono ceñido de color albaricoque, sin mangas ni hombreras, que la versión holográfica de su

hermana portaba con la misma gracia vacía que el anterior vestido de noche. Su mirada iba dirigida a imaginarios admiradores.

—¿Puedes programarla para que mire a alguien así?

—¡Qué va! ¿Piensas que quiero estar mirándome a mí misma todo el tiempo?

Tim rió. Su avatar era una figura de la época de las películas animadas en dos dimensiones, Wall-E, un robot de aspecto destartalado cuya amabilidad no guardaba ninguna relación con su aspecto exterior. Tim había visto la película de niño, y se había enamorado inmediatamente del personaje. Tal vez

porque, en aquel mundo de Julian, abocado a mover montañas y a bajar estrellas del cielo, él mismo se sentía una figura destartalada.

—Mira —dijo Lynn—. ¿Y así?

La cabellera suelta y ondulada del avatar cambió y dejó ver un peinado recogido.

—Mejor —contestó él.

—¿De verdad? —Lynn dejó caer los hombros—. Mierda, lo he llevado recogido todo el día. Pero tienes razón. A menos que...

El avatar presentó ahora una blusa ajustada de color azul turquesa, combinada con un pantalón de tono

achampanado.

—¿Y así?

—¿Qué ropas son ésas? —quiso saber Tim.

—Mimi-pijadas. La actual colección de Mimi Parker, Mimi Kri se llama. Ha traído todos sus cachivaches, y me ha obligado a prometerle que llevaría puesto alguno de ellos. Su catálogo es compatible con la mayoría de los programas de avatar.

—Entonces, ¿el mío también podría llevar esa ropa?

—Siempre y cuando pudiera coserse sobre orugas y palas de buldóceres. Qué chorrada, Tim, sólo funciona con

avatares humanos. El programa, por cierto, es implacable. Cuando estás demasiado gorda o eres demasiado bajita para las creaciones de Mimi, se niega a hacer los cálculos. El problema es que la mayoría de la gente embellece tanto sus avatares que en el ordenador todo encaja y luego, aun así, el aspecto es un desastre.

—Ellos mismos tienen la culpa — dijo Tim, entornando los ojos—. ¡Oye, pero tu avatar tiene un trasero demasiado pequeño! La mitad del tuyo. No, un tercio. ¿Y dónde está tu tripa? ¿Y tu celulitis?

—Idiota —rió Lynn—. ¿A qué has

venido en realidad?

—Oh, nada.

—¿Nada? ¿Ésa es una razón para venir a visitarme?

—Bueno —dijo él, vacilante—. Amber me dijo que estaba exagerando con mis preocupaciones.

—No, está bien.

—No tenía intenciones de sacarte de quicio antes.

—Es amable de tu parte que te preocupes. De verdad.

—No obstante, tal vez... —Tim se retorció las manos—. ¿Sabes una cosa? Yo le achaco a Julian una absoluta ceguera en lo que a su entorno se refiere.

Puede que él sea capaz de seguir el rastro de átomos aislados en una estructura espacio-tiempo, pero cuando estés muerta delante de él en tu tumba, se quejará porque no lo has escuchado como es debido.

—Estás exagerando.

—En cualquier caso, no tengo en cuenta aquella crisis. Recuérdalo.

—De eso hace cinco años —dijo Lynn suavemente—. Y él no tenía experiencia previa.

—Tonterías. ¡Él lo negó! ¿Qué experiencia especial se necesita para reconocer un desplome con depresiones y ataques de angustia sino reconocer lo

que hay? En el universo de Julian, nadie se desploma, ése es el punto. Él sólo conoce superhéroes.

—Tal vez le falte cierto regulativo. Tras la muerte de mamá...

—La muerte de mamá ocurrió hace diez años, Lynn. ¡Diez años! Y desde que fue consciente de que ella, en algún momento, había dejado de respirar, de hablar, de comer y de pensar, se puso a follar por ahí y...

—Eso es asunto suyo. De verdad, Tim.

—Sí, me callaré la boca —dijo el hermano, mirando al techo, como si pudiera encontrar allí algunos indicios

sobre el verdadero motivo de su visita

—. En realidad sólo he venido para decirte que tu hotel es fantástico. Y que me alegra hacer este viaje.

—Eres un cielo.

—¡En serio! Lo tienes todo bajo control. ¡Todo está organizado fabulosamente! —Tim sonrió—. Hasta los invitados son soportables en cierta medida.

—Si alguno no te cae bien, lo arrojaremos al vacío —dijo su hermana entornando los ojos, y añadió con voz funesta—: ¡En el espacio nadie te oye gritar!

—¡Uhhhh! —rió Tim.

—Me alegra que vengas con nosotros —añadió ella en voz baja.

—Lynn, prometí cuidar de ti, y es lo que estoy haciendo. —Tim se levantó, se inclinó hacia su hermana y le dio otro beso—. Bueno, hasta ahora. Ah, y ponte el pantalón con la blusa. Con ellos, el pelo suelto se ve de maravilla.

—Era eso, exactamente, lo que quería oír, hermanito.

Tim se marchó. Lynn hizo que su avatar siguiera modelando un poco más y se probara algunas joyas. Tradicionalmente, los avatares eran asistentes virtuales, programas convertidos en personajes que ayudaban

a organizar la vida cotidiana de gente muy atareada, y creaban la ilusión de tener un colega, un mayordomo o un compañero de juegos. Administraban datos, recordaban citas, proporcionaban informaciones, navegaban por la red y hacían propuestas que se correspondían con el perfil de personalidad de sus usuarios. No había límites para su diseño, de lo que formaba parte también el clonarse virtualmente, ya fuera porque uno estaba enamorado de sí mismo o, sencillamente, para ahorrarse el viaje hasta la boutique. Al cabo de cinco minutos, Lynn telefoneó a Mimi Parker. El avatar se encogió y la imagen se

congeló, y en su lugar apareció en la pantalla holográfica la californiana, que chorreaba agua y llevaba una toalla alrededor de las caderas.

—Acabo de salir de la ducha —dijo a modo de disculpa—. ¿Has encontrado algo bonito?

—Esto —dijo Lynn, y le envió un archivo JPEG del avatar, que pudo verse en el monitor de la Parker al instante.

—Oh, buena elección. Te queda estupendo.

—Muy bien. Se lo diré a los del servicio. Pronto irá alguien a recogerlo a tu habitación.

—Vale. Entonces, hasta luego.

—Sí, hasta luego —sonrió Lynn—.

¡Y gracias!

La proyección desapareció. Al mismo tiempo desapareció la sonrisa de Lynn. Su mirada se extravió. Con expresión vacía, miró fijamente hacia adelante y recapituló en su mente el último comentario de Julian antes de que ella abandonara la terraza mirador:

«Estoy muy orgulloso de ti. Lo puedes todo. Eres la más grande. Eres perfecta.»

Perfecta.

¿Por qué ella entonces no se sentía así? La admiración de su padre hacia

ella pesaba sobre Lynn como una hipoteca sobre una casa de brillante fachada y tuberías y cables en mal estado. Desde que había entrado en la suite, ésta se había vuelto como de cristal, como si el suelo pudiera resquebrajarse bajo sus pies. Lynn se incorporó, corrió al cuarto de baño y tomó dos pequeñas pastillas verdes que ingirió con avidez. Luego se quedó pensativa y se tomó una tercera.

«Respirar, sentir el cuerpo. Respirar bien con el diafragma.»

Después de pasar un rato mirándose fijamente al espejo, sus ojos se deslizaron hasta sus dedos. Éstos

rodeaban el borde del lavabo, en el dorso de sus manos destacaban los tendones. Sopesó brevemente la posibilidad de arrancar el lavabo de su anclaje, algo que de todos modos no conseguiría, sólo que eso le evitaría ponerse a dar gritos.

«Eres la más grande. Eres perfecta.»

«Que te den, Julian», pensó.

En ese preciso instante sintió cómo una cálida oleada de rubor recorría su cuerpo. Con el corazón palpitante, se dejó caer al suelo e hizo, entre jadeos, treinta flexiones. Encontró en el bar una botella de champán y se bebió una copa, aunque normalmente eran pocas las

veces que tomaba alcohol. El agujero negro que se había abierto ante ella sin previo aviso empezó a cerrarse de nuevo. Llamó al personal de servicio, les ordenó que fueran a la suite de Mimi Parker y se metió debajo de la ducha. Un cuarto de hora más tarde, cuando entró en el ascensor vistiendo la blusa y el pantalón, con el pelo suelto, ya aguardaba dentro Aileen Donoghue, que parecía haber estado esperándola. De los lóbulos de sus orejas colgaban dos bolas navideñas. El profundo valle de su busto devoraba un collar.

—Oh, Lynn, estás... —Aileen luchó por encontrar las palabras—. Dios mío,

¿qué puedo decir? ¡Maravillosa! ¡Ah, eres una chica tan guapa! Déjame abrazarte. Con razón Julian está tan orgulloso de ti.

—Gracias, Aileen —sonrió Lynn, un poco abrumada.

—¡Y el pelo! Suelto te queda mucho mejor. No quiero decir que siempre haya que llevarlo suelto, pero así resalta tu feminidad. Si no estuvieras... Oh.

—¿Sí?

—Nada, nada.

—Dilo.

—¡Ah, cariño, es que vosotras las jóvenes estáis todas tan delgadas!

—Aileen, peso cincuenta y ocho

kilos.

—¿Sí? ¿En serio? —Obviamente no era la respuesta que Aileen quería escuchar—. Bueno, muy pronto, cuando estemos allí arriba, te prepararé un plato. ¡Tienes que comer, cariño! Las personas tienen que comer.

Lynn la miró y se imaginó arrancándole aquellas bolas de Navidad de las orejas. «Zas, zas», lo haría tan a prisa que le desgarraría los lóbulos y una niebla de finas salpicaduras de sangre se depositaría sobre el cristal del espejo del ascensor.

Lynn se relajó. Las pastillas verdes empezaban a hacer su efecto.

—Estoy muy ilusionada con lo de mañana —dijo cordialmente—. Cuando partamos. ¡Será muy bonito!

La estación

23 de mayo de 2025

ESTACIÓN ESPACIAL ORLEY (OSS), ÓRBITA GEOESTACIONARIA

Evelyn Chambers tuvo un sueño.

Se encontraba en una habitación muy singular de aproximadamente cuatro metros de altura, unos cinco de profundidad y más o menos seis de ancho. La única superficie recta la formaba la pared del fondo, el techo y el suelo se fundían en innumerables superficies cóncavas, lo que le hacía

pensar que se encontraba en el interior de un tubo elíptico. En cada uno de sus extremos, los constructores habían instalado una mampara circular de unos dos metros de diámetro. Ambas mamparas estaban bloqueadas, pero Evelyn no se sentía por ello encerrada; al contrario, le transmitían la certeza de estar alojada a muy buen recaudo.

En cuanto a la decoración de la estancia, los planos parecían haberse vuelto al revés de vez en cuando. Con la obviedad de una alfombra voladora, había una cama salediza que flotaba muy pegada al suelo, había también un escritorio y varios asientos, un puesto de

trabajo con ordenador y un enorme monitor. Una discreta luz iluminaba el cuarto, y una puerta de cristal opaco ocultaba la ducha, el lavabo y el váter. Todo hacía pensar en un camarote de barco diseñado en un estilo futurista, sólo que las cómodas sillas de extensión acolchadas, de color rojo, colgaban bajo el techo y estaban dispuestas al revés.

Lo más curioso de todo, sin embargo, era que Evelyn Chambers recibía todas esas impresiones sin haber tenido contacto con la habitación o los objetos de su decoración con ninguna célula de su cuerpo. Desnuda, tal y como la habían creado la selecta combinación

de genes españoles, indios y estadounidenses, no rodeada por nada más salvo un aire fresco y agradable a

21 grados centígrados de temperatura, Evelyn flotaba por encima del convexo cristal panorámico de la parte delantera y contemplaba un cielo estrellado de una claridad y una plenitud tan inusual que sólo podía tratarse de un sueño. A unos treinta y seis mil kilómetros debajo de ella refulgía la Tierra, y era como la obra de un impresionista.

Tenía que ser un sueño.

Sin embargo, Evelyn no estaba soñando.

Desde su llegada el día anterior no

se había cansado de contemplar lo que veía de su lejano hogar. Nada le distorsionaba la visión, ningún mástil de barrotes, ninguna antena, ningún módulo, ni siquiera el cable del ascensor espacial, que se perdía en el nadir. En voz baja, dijo: «Apaguen la luz», y la luz se apagó. Es cierto que había un mando a distancia manual para controlar los sistemas de servicio, pero por nada del mundo ella correría el riesgo de cambiar su posición privilegiada trasteando aquel aparato. Tras quince horas a bordo de la OSS había empezado a acostumbrarse lentamente a la ingravidez, si bien la pérdida del

sentido de arriba y abajo la seguía irritando. Tanto más la sorprendía no haber padecido el tristemente célebre

«mal del espacio», como le había sucedido a Olympiada Rogachova, que yacía en su cama atada con correas y sólo deseaba, entre lloriqueos, no haber nacido nunca. Chambers, por el contrario, sólo sentía la más pura sensación de bienestar, la alta potencia de lo que ella, recordando ciertos momentos infantiles, denominaba

«sensación de hogar navideño», pura alegría destilada en forma de droga.

Apenas se atrevía a respirar. Mantenerse quieta sobre un mismo

punto no era una tarea tan sencilla, como comprobó la presentadora. Involuntariamente, se adoptaba en la ingravidez una especie de postura fetal, pero Chambers había estirado las piernas y cruzado los brazos sobre el pecho como un buzo que nadaba por encima de unos arrecifes. Cualquier movimiento brusco podía tener como consecuencia que empezara a girar o que se apartara del cristal. Ahora que todas las luces se habían apagado y que la habitación, junto con su mobiliario, se habían sumido en una cuasi existencia, deseaba saborear, con cada célula de su sistema cortical, la ilusión de que lo que

había en torno a ella no era una cápsula protectora, sino que, como el hijo de las estrellas de Kubrick, flotaba sola y desnuda por encima de ese maravilloso planeta. De repente vio aquella diminuta y brillante bolita que salía rodando y comprendió que se le habían saltado las lágrimas de los ojos.

¿Acaso se lo había imaginado todo de ese modo? ¿Podría haberse imaginado algo hacía veinticuatro horas, cuando el helicóptero descendió hacia la plataforma situada sobre el mar y los viajeros...

...bajaban, mientras la noche se subía los vestidos y un suntuoso

amanecer fracasaba al querer atraer las miradas hacia sí? Desde lejos, la plataforma tenía un aspecto imponente y misterioso, y también insuflaba un poco de miedo, ahora ejerce una fascinación de otra índole, mucho más amable. Por primera vez tiene la sensación de que esto no es una especie de Disneylandia y de que no hay vuelta atrás, de que muy pronto cambiará este mundo por otro distinto, más extraño. A Chambers no le sorprende ver a algunos integrantes de los del grupo mirando una y otra vez hacia la Isla de las Estrellas. Olympiada Rogachova, por ejemplo, o Paulette Tautou, y hasta la propia Momoka

Omura, que dirige miradas furtivas a la agrietada roca, donde las luces del hotel Stellar Island, de forma algo inesperada, irradian cierto aire acogedor, como si les alertaran para que desistieran de hacer aquel viaje descabellado y regresaran a casa, donde estaban los zumos recién exprimidos, la leche solar y el chillido de las aves marinas.

«¿Por qué nosotras? —se pregunta con enfado—. ¿Por qué son precisamente las mujeres las que tenemos malos presentimientos ante la idea de subir al ascensor? ¿Es que de verdad somos tan miedosas? ¿O es que hemos sido forzadas por la evolución a

ser criaturas notoriamente escrupulosas, ya que nada debe poner en peligro la cría, mientras que los hombrecitos (prescindibles en cuanto se los despoja de su esperma) se adentran tranquilamente en lo desconocido con todos los permisos para palmarla allí?» En ese preciso momento, a Evelyn le llama la atención que Chuck Donoghue esté sudando de una manera desproporcionada, que Walo Ögi dé muestras de un claro nerviosismo; Chambers, en cambio, ve la tensión expectante en los rasgos de Heidrun Ögi, el entusiasmo pueril de Miranda Winter, el interés guiado por la inteligencia en

los ojos de Eva Borelius, y gracias a ellos se siente reconciliada con las circunstancias. Juntos se dirigen hacia el imponente cilindro de la estación, con sus varias plantas, y de repente ve con claridad por qué acaba de sentir tal excitación.

Resulta embarazoso, pero ella también está muerta de miedo.

—Honestamente —dice Marc Edwards, que camina a su lado—, todo esto no me hace sentir muy bien que digamos.

—¿Ah, no? —responde Chambers sonriendo—. Pensé que eras un aventurero.

—Bueno.

—Por lo menos eso contaste en mi programa. Búsqueda de pecios, buceo en cavernas...

—Creo que esto es algo muy distinto de bucear. —Edwards observa con expresión pensativa su índice derecho, al que le falta la primera falange—. Algo muy distinto.

—Por cierto, nunca me revelaste lo que sucedió ese día.

—¿No? Fue un pez globo. Lo hice enfadar en unos arrecifes cerca de Yucatán. Cuando uno les golpea el hocico, se enfurecen, se retiran hacia atrás y se inflan. Y yo estuve

golpeándolo una y otra vez —Edwards hace como si molestara a un pez globo imaginario—, sólo que había corales por todas partes y el pez no podía seguir retrocediendo, así que, en la siguiente ocasión, lo único que hizo fue abrir completamente la boca. Mi dedo desapareció dentro de ella por un instante muy breve. Sí. Nadie debería intentar sacar un dedo de una boca cerrada, y mucho menos tirando con violencia. Cuando logré sacarlo, sólo relucía el hueso.

—Ahí arriba no tendrás que temer nada parecido.

—No —dice Edwards, riendo—,

probablemente sean las vacaciones más seguras de nuestra vida.

Entran en la estación. Es circular y por dentro parece aún mayor de lo que aparenta por fuera. Unos potentes reflectores iluminan dos estructuras situadas frente a frente, ambas idénticas en sus detalles, sólo diferenciadas por la posición que ocupan, como dos espejos contrapuestos. En el centro de cada una se tensa hacia arriba, en posición vertical, la cinta que los ancla al suelo, rodeada por tres estructuras en forma de toneles que, por su aspecto, oscilan entre cañones de luz y reflectores de búsqueda, y tienen las bocas dirigidas

hacia lo alto. Un doble enrejado del tamaño de un hombre se extiende alrededor de cada uno de los dos dispositivos. Es lo suficientemente ancho en sus celdas como para que un hombre pueda colarse a través de ellas, pero indica de manera inequívoca que lo mejor sería no hacerlo.

—¿Y sabéis por qué? —exclama Julian con un humor deslumbrante—. Porque el contacto directo con la cinta os podría costar una parte del cuerpo. Debéis tener en cuenta que, con un ancho de más de un metro, es más fina que una cuchilla de afeitar, pero de una dureza increíble. Si pasara un destornillador

por el canto exterior, podría reducirlo a virutas. ¿Alguien tiene ganas de intentarlo con el dedo? ¿Quiere alguien deshacerse de su pareja?

A Chambers no le queda más remedio que recordar las palabras de un periodista que dijo en cierta ocasión:

«Julian Orley no tiene que subir a un escenario, el escenario lo sigue dondequiera que vaya.» Acertado, pero la verdad tiene un aspecto algo distinto. Es cierto que la gente confía en ese hombre, cree cada una de sus palabras, ya que su mera autoconfianza basta para deshacer las dudas, las sospechas, los peros, las negativas y los quizá con la

irreversibilidad de un ácido.

A veinte metros sobre el suelo terrestre, los dos ascensores están pegados a sus cintas transportadoras como dos polillas. Vistos de cerca, apenas recuerdan a unos transbordadores espaciales, ya que les falta el empenaje y las alas. En cambio, lo que destacan son las amplias partes inferiores, dotadas con células solares. En comparación con el aterrizaje de hace dos días, apenas han variado su aspecto, después de que los tanques con el helio 3 licuado fueron sustituidos por abultados módulos de pasajeros sin ventanas. Unas pasarelas de acero

conducen desde una alta balaustrada hasta unas escotillas de acceso situadas en la panza de las cabinas.

—¿Es suya la tecnología? — pregunta Ögi, que camina al lado de Warren Locatelli con la mirada puesta en los colectores solares de los ascensores.

Locatelli se estira un poco, se hace más o menos 1 centímetro más alto. A Chambers, al verlo, no le queda más remedio que pensar en el fallecido Muammar al-Gadafi. El parecido es asombroso, también lo es la pose de amo y señor.

—Por supuesto —replica Locatelli

en tono despectivo—. Con la chatarra tradicional, esas cajas no subirían ni diez metros.

—¿Ah, no?

—No. Sin mi empresa, Lightyears aquí no funcionaría nada.

—¿Me está diciendo usted en serio que ese ascensor no funcionaría sin usted? —pregunta sonriendo Heidrun.

Locatelli la examina como a una especie rara de escarabajo.

—¿Qué entiende usted de esto?

—Nada. Pero me parece como si estuviera usted ahí con una guitarra eléctrica alrededor del cuello y afirmara que con una guitarra acústica sólo se

puede hacer porquería. Por cierto, ¿su nombre es?

— P e r o, mein Schatz. —El tupido bigote de Walo Ögi se sacude de pura diversión—. Warren Locatelli es el Capitán América de las energías alternativas. Multiplicó por tres el rendimiento de las células solares.

—¡Bueno, está bien! —murmura

Momoka Omura, que camina a su lado

—. Pero no espere demasiado de ella.

Ögi enarca las cejas.

—Usted tal vez no lo creerá, mi querida flor de loto, pero mis expectativas acerca de Heidrun quedan superadas con creces cada día.

—¿En qué, por ejemplo? —Omura tuerce los labios en un gesto burlón.

—Su fantasía no alcanza para eso. Pero es amable que lo pregunte.

—De todos modos, con el rendimiento energético convencional, esos chismes, si acaso, se arrastrarían por el cable hacia arriba —dice Locatelli, como si la disputa no tuviera que ver con él—. Necesitaríamos días para llegar. Me gustaría explicárselo con sumo gusto, si es que le interesa.

—¿Y lo entenderíamos? —pregunta Heidrun vuelta hacia Ögi, en voz alta y con gesto de preocupación.

—No estoy seguro, mein Schatz.

Mira una cosa, nosotros somos suizos, y somos muy lentos en todo. Por eso construimos hace años aquel acelerador de partículas.

—¿Para producir suizos más rápidos?

—Exactamente.

—¿No es el acelerador que siempre se está averiando?

—Sí, ése.

Chambers se mantiene pegada a ellos y va libando como una abeja su néctar. Eso le gusta. Así sucede siempre. Cuando hay muchas aves del paraíso en una misma jaula, enseguida empiezan a volar las plumas.

La ropa que les asignan les da una idea de lo que está por venir. Todos son envueltos en unos monos de color naranja y plateado, los colores de Orley Enterprises, entonces el grupo entero sube hasta la plataforma de donde bajan las pasarelas hasta los ascensores. A continuación conocen a un negro de complexión fuerte al que Julian les presenta como Peter Black.

—Lo de «black» era fácil adivinarlo

—dice Black jovialmente, y estrecha la mano a cada uno—, pero pueden llamarme Peter a secas.

—Peter es uno de nuestros dos pilotos y jefe de la expedición —les

explica Julian—. Él y Nina... ¡Ah, por ahí viene!

Una mujer rubia con el pelo corto y la nariz respingona llena de pecas sale de la escotilla del ascensor y se les une. Julian coloca un brazo sobre los musculosos hombros de la mujer. Chambers entorna los ojos y apuesta su trasero a que Nina hace su aparición de vez en cuando por el dormitorio de Julian.

—Permíteme presentarte: Nina

Hedegaard, de Dinamarca.

—¡Hola! —Nina saluda a los presentes.

—Cumple la misma función que.

Peter, es piloto y jefa de expedición. Ambos estarán a vuestro lado durante las próximas dos semanas, cada vez que os apetezca salir a esas vastedades infinitas. Ellos os mostrarán los puntos más bellos de nuestro satélite y os protegerán de criaturas espaciales misteriosas como, por ejemplo, los chinos. Perdóneme, Rebecca... ¡Me refiero a los chinos rojos, por supuesto!

Rebecca Hsu levanta la mirada del monitor, como si la hubiesen pillado in fraganti.

—No tengo conexión —dice con tono fervoroso.

El interior de la cabina del ascensor

es algo estrecho. Es preciso trepar. Seis hileras de cinco asientos cada una están dispuestas una encima de otra, comunicadas por una escalerilla. El equipaje ha sido cargado en el otro ascensor. Evelyn Chambers está sentada en una misma fila junto a Miranda Winter, Finn O'Keefe y los Rogachov. Se reclina hacia atrás, estira las piernas. En comodidad, los asientos pueden competir con la primera clase de cualquier aerolínea.

—Uyyy, qué agradable —se regocija

Winter—. Una danesa.

—¿Le gusta Dinamarca? —pregunta

Rogachov con fría cortesía, mientras su

mujer, Olympiada, tiene la mirada clavada al frente.

—¡Vamos, por favor! —Winter abre unos ojos como platos—. ¡Yo soy danesa!

—Tiene usted que disculpar mi ignorancia, vengo del ramo del acero.

—Rogachov tuerce las comisuras en una sonrisa—. ¿Es usted actriz?

—Bueno, sí. Tal vez haya algunas opiniones divergentes. —Winter ríe con desparpajo—. ¿Qué soy yo, Evelyn?

—¿Un factor de entretenimiento? —

propone Chambers.

—Bueno, en realidad soy modelo. En fin, he hecho de todo, claro que no

siempre fui modelo, antes fui dependienta en un mostrador de venta de quesos, y en McDonald's trabajé como encargada de las patatas fritas, pero luego me descubrieron en un casting y Levi's me contrató de inmediato. ¡Por mi culpa se produjeron accidentes de tráfico! Quiero decir que, con uno ochenta y tres de estatura, joven, guapa y con tetas, tetas auténticas, ¿me entiende?, auténticas, no podía pasar mucho tiempo hasta que Hollywood me llamara.

O'Keefe, repantigado en su asiento, levanta una ceja. Olympiada Rogachova parece haber llegado a la conclusión de

que no se puede negar la realidad apartando la vista.

—¿Qué papeles ha interpretado? — le pregunta Olympiada a Winter con tono apagado.

—Oh, mi primer éxito lo tuve con Pasión criminal, un thriller erótico. — Winter sonríe melosamente—. Hasta me dieron un premio por ella, pero no hace falta hablar en más detalle de ese tema.

—¿Por qué? Pero si eso es... estupendo.

—Oh, no, lo que me otorgaron fue la Frambuesa de Oro por la peor actuación. —Winter suelta una carcajada y lanza las manos al aire—.

¿Qué más da? Luego vinieron comedias, pero no tuve buena suerte con ellas. No hubo ningún éxito, y fue entonces cuando empecé a beber. ¡Mala cosa! En ocasiones llegué a parecer un pastel con pasas en lugar de ojos, hasta que una noche, totalmente borracha, corría con el coche por Mulholland Drive y atropellé a un indigente. ¡Dios mío, pobre hombre!

—Espantoso.

—Sí, pero tampoco tanto, pues, entre nosotros, debo decir que sobrevivió e hizo un montón de dinero gracias a ello. No es que ahora yo quiera justificar nada, pero juro que así fue. Entonces

hice que grabaran mi estancia en la prisión desde el primero hasta el último segundo. Podían entrar hasta en la ducha. ¡Tuve una audiencia de muerte en el mejor horario! Así que volví a estar en la cima. —Miranda suspira—. Y fue entonces cuando conocí a Louis. Louis Burger. ¿Lo conoce?

—No, yo... Lo siento, pero...

—Ya sé. Es usted del ramo del acero o, mejor dicho, su marido, en donde no se conoce a ese tipo de gente. Aunque Louis Burger es un gran industrial, un magnate de las inversiones...

—De verdad que no...

—Sí, creo conocerlo —dice Rogachov pensativo—. ¿No hubo algo sobre un accidente mientras nadaba?

—Correcto. Nuestra felicidad duró solamente dos años... —Winter mira hacia adelante. De repente, se sorbe los mocos y se enjuga algo en el rabillo del ojo—. Sucedió en las playas de Miami. Un infarto mientras nadaba, e imagínese lo que hicieron sus hijos, ¡esas malditas serpientes! Es decir, no los nuestros, nosotros no tuvimos hijos en común, sino los del matrimonio anterior de Louis. ¡Pues van y me acusan! ¡A mí, a su esposa! Dijeron que yo había contribuido a su muerte. ¿Pueden

creerlo?

—¿Y lo hiciste? —pregunta O'Keefe con tono inocente.

—¡Estúpido! —Por un instante, Miranda Winter parece afectada en lo más profundo—. Todo el mundo sabe que fui absuelta. ¿Qué culpa tengo yo de que me dejara en herencia trece mil millones? ¡Jamás fui capaz de hacerle daño a nadie, ni siquiera a una mosca!

¿Sabe una cosa? —dice Winter mirando a Olympiada profundamente a los ojos

—. En realidad no soy capaz de nada... Pero ¡lo de la herencia sí que lo llevo bien! ¡Ja, ja, ja, ja! ¿Y usted?

—¿Yo? —Olympiada parece cogida

por sorpresa.

—Sí. ¿Qué hace usted?

—Yo... —Olympiada mira a Oleg reclamando ayuda—. Nosotros somos...

—Mi esposa es diputada en el Parlamento ruso —dice Rogachov sin mirarla—. Es sobrina de Maxim Ginsburg.

—¡Joder! ¡Vaya! ¡Guauuu!

¡Ginsburg, uyyyyyy!—Winter aplaude, le hace un guiño de complicidad a Olympiada, reflexiona brevemente y luego pregunta con cordialidad—: ¿Y ése quién es?

—El presidente de Rusia —la instruye Rogachov—. Por lo menos

hasta el año pasado. El nuevo se llama

Mijaíl Manin.

—Ah, sí. ¿Ése no estuvo ya una vez?

—Más bien no —sonríe Rogachov

—. Posiblemente usted se refiera a

Putin.

—No, no, fue mucho antes; era también un nombre con «a» y con un

«in» al final. —Winter repasa toda la pequeña galería de su cultura general—. Qué va, no consigo recordarlo.

—¿No te estarás refiriendo, por casualidad, a Stalin? —pregunta O'Keefe impaciente.

Los altavoces ponen fin a la especulación. Una voz suave y oscura de

mujer les da algunas instrucciones de seguridad. Casi todo lo que dice le recuerda a Chambers la letanía normal de los aviones. Se abrochan los cinturones, puros arreos para caballos. Delante de cada fila de asientos centellean unos monitores que transmiten imágenes muy plásticas del mundo exterior, de modo que uno tiene la sensación de tener auténticas ventanas. Se ve el interior del cilindro, cada vez más iluminado por el sol naciente. La escotilla se cierra, y con un zumbido se encienden los sistemas de soporte vital. Entonces los asientos se vuelcan hacia atrás, de modo que todos quedan en una

postura parecida a la que se adopta cuando uno va al dentista.

—Dime, Miranda —susurra O'Keefe con la cabeza vuelta hacia Winter—.

¿Todavía les pones nombres?

—¿A quiénes? —pregunta ella, también en voz baja.

—A tus tetas.

—Ah. Por supuesto. —Sus manos se transforman en dos bandejas de presentación—. Ésta es Tita, y esta otra es Tati.

—¿Y qué hay de Toti?

Ella lo mira con los párpados entornados.

—Para Toti tendríamos que

conocernos mejor.

En ese momento se produce una sacudida que recorre las cabinas, un temblor, una vibración. O'Keefe se hunde más en su asiento. Chambers contiene la respiración. El gesto de Rogachov no muestra nada, mientras que Olympiada ha cerrado los ojos. En alguna parte, alguien ríe nerviosamente.

Lo que sigue a continuación no tiene nada, absolutamente nada que ver con el despegue de un avión.

El ascensor acelera tan rápidamente que por un rato Chambers se cree clavada al asiento. Algo la empuja contra el mullido cojín, hasta que brazos

y piernas parecen formar un todo. El vehículo sale disparado del cilindro en posición vertical. Bajo ellos, desde la perspectiva de una segunda cámara, se va encogiendo la Isla de las Estrellas y convirtiéndose en un terrón oscuro y alargado con un puntito azul turquesa en el medio: la piscina. ¿Fue realmente ayer cuando ella estuvo tumbada ahí abajo examinando su barriga con mirada crítica, lamentando esos cuatro kilos de más que la obligaron recientemente a cambiar el biquini por un bañador, mientras que su entorno no se cansaba de enfatizar que ese aumento de peso le sentaba la mar de bien y resaltaba su

feminidad? «A la mierda esos cuatro kilos», piensa. Ahora mismo podría jurar que pesa toneladas. Tan pesada se siente que teme despeñarse en cualquier momento a través del suelo del ascensor y caer en el mar, desatando un tsunami de grado medio.

El océano se vuelve una superficie uniforme, con finas estrías, la luz del sol matutino se vierte sobre el Pacífico con una sonrisa radiante. El ascensor sube por el cable a una velocidad inimaginable. Pasan volando junto a elevados campos de bruma, mientras el cielo va cambiando de tonalidades, se va haciendo más azul, azul oscuro, azul

intenso. ¡Un anuncio en el monitor les hace saber que están viajando a una velocidad tres veces mayor —no, cuatro veces, ocho veces— que la velocidad de la luz! La Tierra va cobrando su forma redonda. Las nubes se reparten hacia el oeste como copitos de algodón depositados sobre el agua. La cabina incrementa de nuevo la velocidad y sube hasta los 12.000 kilómetros por hora. Luego, muy lentamente, la presión asesina va disminuyendo. El asiento empieza a expulsar a Chambers nuevamente, y la presentadora vuelve a sufrir la metamorfosis invertida de dinosaurio a ser humano para quien

cuatro kilos tienen cierta relevancia.

—Ladies and gentlemen, bienvenidos a bordo del OSS Spacelif One. Hemos alcanzado ahora nuestra velocidad de crucero y hemos atravesado la órbita terrestre inferior, en la que hace su trayectoria la estación internacional ISS. En el año 2023 e funcionamiento de la ISS fue suspendido oficialmente, y desde entonces sirve como museo, con piezas provenientes de la época inicial de la navegación espacial. Nuestro viaje durará aproximadamente tres horas, los pronósticos sobre basura espacial son ideales, y todo parece indicar que

llegaremos puntualmente a la OSS, la Orley Space Station. En estos minutos comenzamos a cruzar el cinturón de radiación de Van Alien, un manto depositado alrededor de la Tierra lleno de partículas de fuerte carga y que tiene su origen en las erupciones solares y la radiación cósmica. Sobre la superficie de la Tierra estamos protegidos de esas partículas, pero una vez superados los mil kilómetros de altura, éstas ya no son desviadas por el campo magnético de la Tierra y se adentran directamente en la atmósfera. Aquí, por ejemplo, o más exactamente, a setecientos kilómetros de altura, empieza el cinturón interior. Se

compone esencialmente de protones cargados de energía, con concentraciones máximas de entre tres mil y seis mil kilómetros de altura. El cinturón exterior se extiende entre los quince mil y los veinticinco mil kilómetros de altura y es dominado por electrones.

Chambers comprueba con asombro que la presión ha desaparecido completamente. O, mejor dicho, ¡es algo más que eso! Por un momento cree que está cayendo, hasta que ve con claridad de dónde proviene esa extraña sensación de estar desligada de su propio cuerpo. Lo ha experimentado por un breve

espacio de tiempo durante los vuelos paralelos. Está en estado de ingravidez. En el monitor principal ve el cielo estrellado, un polvo de diamantes sobre una tela satinada de color negro. La voz de los altavoces cobra un tono conspirativo.

—Como algunos de ustedes quizá habrán oído, los cinturones de Van Alien son considerados por los críticos de la navegación espacial tripulada como un obstáculo insuperable en el camino hacia el espacio sideral, debido a la concentración de radiación allí reinante. Para los teóricos de la conspiración, esos cinturones constituyen incluso una

prueba de que el hombre jamás estuvo en la Luna. Supuestamente, atravesarlo sólo es posible tras dos metros de gruesas paredes de acero. Pero tengan la seguridad de que nada de eso es cierto. Lo cierto es que la intensidad de la radiación oscila mucho, algo que guarda proporción con la actividad solar. Pero aun bajo condiciones extremas, la dosis, siempre y cuando se esté rodeado de una capa de aluminio de tres milímetros de grosor, se sitúa en la mitad de lo que las disposiciones generales sobre protección de radiaciones en la vida laboral establecen como permisible. ¡A veces alcanza menos de un uno por

ciento! Para garantizar la protección óptima de su salud, las cabinas de pasajeros de este ascensor están blindadas de la manera que corresponde, y ésa, por cierto, es la razón por la que hemos renunciado a poner ventanas. Así que, mientras no se les ocurra la idea de querer bajar, les garantizamos una absoluta ausencia de reparaciones durante nuestra travesía por el cinturón de Van Hallen. Y ahora, disfruten de su viaje. Los brazos de sus asientos contienen auriculares y monitores. Tienen ustedes acceso a ochocientos canales de televisión, películas de vídeo, libros y juegos...

En fin, todo el programa. Al cabo de un rato, Hedegaard y Peter Black entran flotando, reparten bebidas en pequeñas botellas de plástico de las que hay que sorber el líquido para poder sacar algo, cosas para comer con las manos y toallitas refrescantes.

—Nada que pueda manchar ni desmigajarse —dice Hedegaard con una áspera ese escandinava.

Miranda Winter contesta algo en danés; Hedegaard le responde, ambas sonríen. Chambers se apoya hacia atrás y también sonríe, a pesar de que no ha entendido ni una palabra. Sencillamente, tiene ganas de sonreír. Está volando

hacia el espacio, hacia la lejana ciudad de Julian, en la que...

...ahora se sentía como si estuviera a solas con el planeta Tierra. Éste yacía tan en lo profundo, parecía tan pequeño, que creaba la impresión de que ella sólo tenía que estirar el brazo para que el planeta se deslizase suavemente sobre la palma de su mano. Poco a poco la oscuridad iba desapareciendo en el oeste e iba dejando relucir el océano Pacífico. China dormía mientras los que trabajaban en Norteamérica ya estaban telefoneando o corrían hacia su pausa del mediodía, al tiempo que en Europa la gente rotaba en dirección contraria,

hacia el final de la jornada. Perpleja, Chambers veía con claridad que entre ella y aquella bola azul y blanca había sitio para otros tres planetas, aunque estarían un poco apretados. A casi treinta y seis mil kilómetros por encima de su hogar, la OSS se movía en dirección al espacio. Sólo ese dato llevaba su capacidad imaginativa hasta sus límites, y aún era necesario viajar un trecho diez veces mayor para llegar a la Luna.

Al cabo de un rato, Evelyn Chambers se apartó de la superficie que imitaba la ventana y flotó hacia una de las tumbonas montadas al revés. De un

modo poco elegante, logró acomodarse en ella. A decir verdad, en un sitio como ése los muebles tenían muy poco sentido. A diferencia de lo que sucedía bajo el agua —cuya fuerza de ascensión compensaba la gravitación de tal modo que uno entraba en un estado parecido a la flotación pero seguía sometido a influencias tales como la densidad del agua y las corrientes—, en la ingravidez no había ninguna fuerza que ejerciera su efecto sobre el cuerpo. Uno no pesaba nada, no se inclinaba hacia ninguna dirección, no necesitaba silla que lo protegiera de caer sobre el trasero, no se necesitaba el confort de los

acolchados, ni camas para tenderse sobre ellas. A decir verdad, habría bastado con quedarse sencillamente con los brazos y las piernas en ángulo en la mera nada, sólo que el más mínimo impulso de movimiento, un estremecimiento muscular bastaba para hacer derivar el cuerpo, de manera que siempre se estaba en peligro de golpearse en el cráneo mientras se dormía. Además, estaban los 6,5 millones de años de disposición genética para yacer sobre algo, aun cuando ese algo estuviera en posición vertical y pegado al techo. Aunque, a decir verdad, un concepto como

«vertical» no desempeñaba ningún papel en el espacio, los seres humanos estaban acostumbrados a ciertos sistemas de referencia. Algunas investigaciones habían demostrado que a los astronautas una tierra sobre sus pies les parecía más natural que otra flotando por encima de sus cabezas, razón por la cual los psicólogos apremiaban para que se aplicaran los llamados métodos de construcción orientados a la gravedad, a fin de crear la ilusión de un suelo. En la cama, uno se ataba con correas; en el sillón, uno hacía como si estuviera sentado, y al final uno se sentía casi como en casa.

Chambers se estiró, dio una voltereta y decidió ir a desayunar, o más bien salir flotando hacia el desayuno. La pared rectificada tras la que se suponía que estaban los sistemas de soporte vital ocultaba un armario de ropa del que escogió un pantalón de tres cuartos y una camiseta que le hiciera juego, así como unos mocasines bien ajustados. Luego fue dando brazadas hasta la mampara y dijo:

—Evelyn Chambers. Ábranme.

El ordenador verificó la presión, la atmósfera y la estanqueidad; a continuación, el módulo se abrió, dejando a la vista un tubo de varios

metros de diámetro. Muchos kilómetros de esos tubos se extendían por toda la estación comunicando los distintos módulos entre sí y con la estructura central, creando vías de conexión y de salida. Todo estaba sujeto al principio de la redundancia. Siempre había por lo menos dos posibilidades para salir de un módulo, cada sistema informático encontraba su equivalente en sistemas de juego, sistemas de soporte vital existentes en diferentes versiones. Meses antes del viaje, Chambers había intentado aproximarse mentalmente a esa enorme construcción, y lo había hecho estudiando ciertos modelos y

documentos, sólo para comprobar ahora que la fantasía quedaba ensombrecida por la realidad. En el retiro de la parcela que habitaba, apenas podía imaginarse el coloso que sobresalía encima, sus dimensiones, su complejidad ramificada de distintas formas. Lo único cierto era que la antigua ISS, al lado de eso, parecía un juguete de envoltorio transparente.

Se encontraba a bordo de la mayor estructura en el espacio creada por manos humanas.

Paralelamente a la concepción del ascensor espacial, sus constructores habían colocado a la OSS en la vertical

Tres imponentes mástiles de acero, cada uno de doscientos ochenta metros de altura y posicionados en un mismo ángulo respecto de los otros, formaban la espina dorsal, unidos por la base y la cabeza, de modo que formaban una especie de túnel a través del cual discurrían los cables del elevador. Como las plantas de un edificio, unos elementos en forma de anillos llamados Tori rodeaban los mástiles, los cuales definían los cinco niveles de la instalación. En el nivel más bajo se encontraba el OSS Grand, el hote espacial. El Torus 1 albergaba cómodas salas de estar, un bar y una cafetería, un

salón con chimenea con fogata holográfica, una biblioteca y una guardería de aspecto desolado que Julian, no obstante, pensaba ampliar:

«¡Porque vendrán niños, y adorarán este sitio!» Y, en efecto, desde su inauguración hacía dos años, el OSS Grand estaba reservado a tope, sólo que faltaban las familias. A casi nadie le gustaba la idea de dejar su descendencia al albedrío de una caída libre, algo que Julian tildaba con una incomprensión vociferante: «¡No son más que prejuicios! La gente es tan estúpida... Aquí arriba no es más peligroso que en las Bahamas, todo lo contrario. Aquí no

hay bicho que pueda picarte, no te puedes ahogar ni contraer una ictericia, los nativos son amables. ¿Qué es lo que hay que pensar, entonces? ¡El espacio es el paraíso para los niños!»

Tal vez todo radicara en que los seres humanos, desde siempre, habían mantenido una relación turbulenta con el paraíso.

Como un pez depredador, Chambers fue serpenteando a través del tubo. Se podía ser increíblemente rápida en la ingravidez si una se lo proponía. Por el camino, pasó junto a esclusas numeradas detrás de las cuales había suites como la suya. En cada caso, había cinco módulos

que conformaban la unidad, repartidos en dos unidades habitacionales cada uno y todos situados de tal modo que sus inquilinos podían disfrutar de una perfecta visión de la Tierra. A mano derecha se abría la conexión con el Torus; pero Chambers tenía pensado desayunar, y siguió el trayecto del túnel. Éste desembocaba en el Kirk, uno de los dos módulos más espectaculares de la OSS. Con forma de disco, descollaban muy por encima de las zonas de habitaciones, de modo que, a través del suelo acristalado, podía verse la Tierra. El Kirk servía como restaurante; su homólogo, situado en el lado norte y

bautizado de manera bien pensada con el nombre de Picard, era una mezcla de sala de espera, club nocturno y centro multimedia.

—El acristalamiento ha rozado los límites de lo factible —no se cansaba de resaltar Julian—. ¡Toda una batalla! Todavía hoy tengo en los oídos las quejas de los constructores. «Bueno, ¿y qué? —les dije—. ¿Desde cuándo nosotros nos ponemos límites? Los astronautas siempre desearon tener ventanas, grandes ventanales panorámicos, sólo que las latas de sardinas volantes del pasado no ofrecían la resistencia adecuada en las paredes.

Con el ascensor, ese problema ha quedado resuelto. ¿Que necesitamos volumen? Pues adelante. ¿Queremos ventanas? Instalemos algunas. —Y luego, como en cada ocasión, bajaba la voz y susurraba en un tono casi respetuoso—: Construirlo así fue idea de Lynn. Qué chica tan estupenda. ¡Ella tiene lo que hace falta! Ya os lo digo yo.

La escotilla de conexión con Kirk estaba abierta. Con demasiado retraso, Chambers recordó los inconvenientes de su recién ganada libertad, intentó agarrar el marco de la esclusa para frenar su vuelo, pero falló y pasó disparada a través de ella, pataleando, muy pegadita

a un camarero que no pareció alarmarse demasiado. Entonces alguien consiguió agarrarla por el tobillo.

—¿Es que pretendes llegar volando por tu cuenta hasta la Luna? —oyó decir a una voz familiar.

Chambers se quedó perpleja. El hombre tiró de ella y la bajó hasta la altura de sus ojos.

Sus ojos...

Por supuesto que lo conocía. Todos lo conocían. Aquel hombre había estado sentado en su programa por lo menos una docena de veces; no obstante, hasta hoy ella no había podido acostumbrarse a esos ojos.

—¿Qué haces aquí? —exclamó

Evelyn, asombrada.

—Formo parte del programa nocturno —dijo él, sonriendo—. ¿Y tú?

—Yo soy la animadora para aguafiestas de la navegación espacial. Julian y los medios de comunicación, ya sabes. —Sacudió la cabeza y rió—. Es increíble. ¿Alguien te ha visto ya?

—Todavía no. Finn está aquí; eso he oído.

—Sí, se mostró totalmente consternado al encontrarme aquí, pero entretanto se ha amansado bastante.

—No adoptar pose alguna es también una pose. A Finn le gusta el

papel de marginal. Cuanto menos le preguntes, tanto más responderá.

¿Quieres desayunar?

—Con mucho gusto.

—Excelente. Yo también. ¿Y adónde vas luego?

—Al centro multimedia. Lynn nos hará una introducción en la estación. Nos han dividido. Algunos se instruirán en el aspecto científico, los otros irán fuera, a jugar.

—¿Y tú no?

—Sí, claro, pero más tarde. Sólo pueden sacar a seis personas a la vez.

¿Tienes ganas de venir?

—Ganas sí, pero no tengo tiempo.

Estamos rodando un vídeo en el Torus 4.

—Oh, ¿estás haciendo algo nuevo?

¿En serio?

—Sí, pero no lo divulgues —dijo él sonriendo y llevándose un dedo a los labios. Sus ojos la secuestraban y la arrastraban hasta otra galaxia. El hombre que había caído del cielo—. Alguien tiene que abastecer al mercado de los pensionistas.

Lynn sonreía, respondía preguntas, sonreía.

Estaba orgullosa del centro multimedia, del mismo modo que sentía una especie de orgullo ferviente por todo el OSS Grand, el hotel Stella

Island y el lejano Gaia. Sin embargo, al mismo tiempo, las tres cosas le insuflaban un miedo terrible, como si hubiera erigido una Venecia sobre fundamentos hechos a base de cerillas. Apenas era capaz de ver en su actuación algo más que su mala calidad. Se desgastaba hasta el agotamiento imaginando escenarios de horror, y no tenía esperanza alguna de hacer catarsis mientras sus peores temores siguieran en pie. Era evidente que estaba en una trampa, intentaba mosquearse, al tiempo que se perseguía y huía de sí misma. Cuantos más argumentos oponía a sus temores, tanto más monstruosos se

inflaban éstos, como si estuviera alimentando un agujero negro.

«Voy a perder el juicio —pensaba

—. Igual que mamá. No cabe duda de que voy a volverme loca.»

Sonrisas, sonrisas.

—Muchas personas ven la OSS como un hongo —dijo—. O como una sombrilla, un árbol con una copa achatada. Una mesa de pie. Otros identifican la forma de una medusa.

—¿Qué es una medusa, tesoro? — preguntó Aileen, como si hablara de una especie de accesorio inútil que se ha puesto de moda y al que la gente joven, por falta de un conocimiento más

profundo, presta toda su atención.

—Uno de esos bichos gelatinosos — respondió Ed Haskin—. Como una sombrilla de gelatina con tentáculos y otras partes viscosas.

Lynn se mordió los labios. Haskin, que era antes director del puerto espacial y desde hacía unos meses era el responsable de todo el departamento tecnológico, era simpático y competente, pero, por desgracia, poseía el tacto de un neandertal.

—Son, por cierto, criaturas muy bonitas —añadió.

Como dos satélites, ambos rodearon un modelo holográfico de la OSS; el

modelo tenía cuatro metros de altura y había sido proyectado sobre el centro del Picard. Detrás de ellos, flotaban por el espacio virtual Walo Ögi, Aileen y Chuck Donoghue, Evelyn Chambers Tim y algunos científicos franceses recién llegados. El Picard tenía un diseño diferente del Kirk, que estaba más comprometido con la estética clásica de los restaurantes. Islas flotantes para pasar una velada amigable se repartían a través de varios niveles, sumidas en una luz atenuada, y eran vistas desde lo alto por una barra salediza que pedía a gritos ser habitada por unas Barbarellas armadas con una

gruesa capa de sombra de ojos. Apretando un botón podía cambiarse todo el diseño, hasta el punto de que era posible agrupar las mesas y los asientos en forma de atrio.

—Medusa, mesa o sombrilla, todas esas asociaciones se las debemos a la forma de construcción vertical y a la simetría de la estación —dijo Haskin—. No hay que olvidar que las estaciones espaciales no son edificios con fundamentos sólidos. Es cierto que no poseen fundamento alguno, pero están expuestas a las constantes redistribuciones de la masa y a toda suerte de sacudidas, desde los que hacen

jogging en las cintas de correr hasta los transbordadores lunares en el momento del acoplamiento. Todo ello sitúa la estructura en un estado de autooscilación, y una construcción simétrica es la más apropiada para redistribuir esas energías oscilantes. La vertical contribuye a la estabilización y hace justicia al principio del ascensor espacial. Como ven, el más mínimo momento de inercia está orientado hacia la Tierra.

Muy abajo podía verse el Torus del hotel con sus salientes para las suites, y encima descollaban el Kirk y el Picard. A lo largo de los mástiles de rejas se

apilaban los módulos con los gimnasios, los alojamientos individuales, los almacenes y las oficinas, hasta llegar arriba, al Torus 2, en cuyo centro estaba el ascensor espacial. Unas rampas transitables conectaban el módulo en forma de rosquilla con las cabinas.

—Éste es el sitio por el que llegamos ayer —les explicó Lynn—. El Torus 2 sirve como recepción del OSS Grand, es, además, terminal de pasajeros y de carga. Como ven, de allí parten, en radiales, algunos corredores que van hasta un anillo de mayor tamaño que está en constante rotación. —El movimiento de su mano recorrió una de

las estructuras de rejas que rodeaban el Torus a todo lo ancho—. Es nuestro puerto espacial. Esas cosas que parecen aviones son las naves de evacuación, y esas pequeñas latas son los transbordadores espaciales. Con uno de ellos, el Charon, partiremos mañana hacia el satélite.

—Debería haber hecho dieta —le dijo Aileen a Chuck, acalorada—.

¿Cómo voy a caber en una cosa así? Un trasero como el mío podría hacer estrellarse hasta al cometa Halley.

Lynn rió.

—Qué va. Son bastante amplios. Y

muy cómodos. El Charon mide más de

treinta metros de largo.

—¿Y eso de allí? —Ögi había descubierto unas grandes estructuras parecidas a grúas sobre la parte superior del anillo y a lo largo de los mástiles. El suizo se acercó flotando, se metió por un instante dentro de] haz de luz de la proyección y apareció como un megamonstruo cósmico dispuesto a atacar la OSS.

—Manipuladores —respondió Haskin—. Brazos robóticos sobre raíles. Descargan los transbordadores de carga que llegan, sacan los tanques con el helio 3 comprimido, los transportan hasta el interior del Torus y

los anclan en los ascensores.

—¿Qué ocurre exactamente cuando un transbordador atraca?

—Pues que hace ruido —dijo

Haskin.

—Pero, entonces, ¿la estación no tiene sobrepeso de un solo lado? Allí no siempre hay la misma cantidad de naves atracadas.

—Eso no constituye ningún problema. Todos los puntos de atraque pueden ser desplazados libremente a lo largo del anillo. Siempre podemos restituir el equilibrio. Pero es una buena observación, por cierto. —Haskin parecía impresionado—. ¿Es usted

arquitecto?

—Inversionista. Pero he construido algunas cosas. Módulos de vivienda para algunas grandes urbes, se las engancha en estructuras ya existentes o se colocan sobre los techos de los edificios, y cuando uno se muda, sencillamente, se lleva consigo la cabaña. Los chinos lo adoran. He construido también urbanizaciones aptas para resistir inundaciones junto al mar del Norte. Ya sabe, Holanda se está hundiendo, y ¿qué van a hacer los holandeses? ¿Irse todos a Bélgica? Las casas están situadas junto a embarcaderos y flotan cuando el nivel

del agua sube.

—También está construyendo un segundo Mónaco —apuntó Evelyn Chambers.

—¿Y para qué se necesita un segundo Mónaco? —preguntó Tim.

—Pues porque el primero revienta ya por todas sus costuras —lo aleccionó Ögi—. Los monegascos se han ido apilando sobre los Alpes, y Alberto y yo hemos estado hojeando nuestros viejos libros de Julio Verne. ¿Habéis oído hablar alguna vez de La isla de hélice?

—¿No es ésa la historia del capitán loco en ese extraño submarino? — preguntó Donoghue.

—¡No, no! —protestó uno de los franceses—. ¡Ése era el Nautilus! El capitán Nemo.

—¡Chorradas! Ésa yo la vi. Es una peli de Walt Disney.

—¡No, no! ¡Walt Disney, no! Mon

Dieu!

—La isla de hélice es una ciudad móvil —le explicó Ögi a Donoghue, tan poco ducho en cuestiones literarias—. Una isla flotante. Resulta imposible seguir ampliando Monaco, ni siquiera con islas situadas frente a sus costas. Por eso se nos ocurrió la idea de construir un segundo Monaco que navegue por el Mediterráneo.

—¿Un segundo Monaco? —Haskin se rascó el cráneo—. ¿Quiere decir un barco?

—No sería un barco, sino una isla. Con montañas y costas, una linda ciudad capital y unas bodegas para el viejo príncipe Ernesto de Hannover. Sólo que todo sería artificial.

—¿Y cómo funciona eso?

—¿Y es precisamente usted quien me lo pregunta? -—dijo Ögi, riendo y abriendo los brazos como si quisiera abrazar contra su pecho toda la OSS—

¿Dónde está el problema?

—No hay ningún problema —rió

Lynn—. ¿O es que parecemos tener

problemas?

Su mirada se posó en Tim. ¿Notaría su hermano realmente lo que le estaba pasando? Su solícita preocupación la sacaba de quicio, la conmovía y la avergonzaba en igual medida, ya que Tim tenía todos los motivos para estar preocupado desde aquel día, desde aquel terrible momento, hacía cinco años, que cambiaría su vida, poco antes de las seis de la tarde, cuando Lynn...

...está en medio de un atasco, diez carriles cubiertos con un amasijo de latón que emite ruidos explosivos, se infla y se acalora, que repta con la lentitud de un glaciar a lo largo de la

M25 en dirección al aeropuerto de Heathrow, bajo un desconsolador y frío sol de febrero que mira desde lo alto, desde un cielo chernobilesco cubierto de una capa amarilla. Y de repente sucede. Ella tiene que ir a una reunión en París, siempre tiene que asistir a alguna reunión, pero entonces, sin previo aviso, alguien apaga la luz en su cabeza, así sin más, y todo se sumerge en una marisma de desesperanza. Una tristeza abismal la sobrecoge, seguida de diez mil voltios del más puro pánico. Más tarde no podrá decir cómo consiguió llegar hasta el aeropuerto, pero de todos modos no coge el vuelo,

se queda en la terminal, acurrucada, despojada de todas las certezas salvo de una: que no podrá soportar las circunstancias de su existencia ni un segundo más, que no quiere seguir viviendo con tanta tristeza y tanto miedo. A partir de ese momento, su memoria se interrumpe hasta la mañana siguiente, cuando amanece vestida y tirada en el suelo de su ático de Notting Hill, con el buzón de voz, el correo electrónico y el contestador automático a reventar con la irritación de otras personas. Entonces sale a la terraza, bajo la lluvia diagonal y helada que ha empezado a caer, y se pregunta si esas doce plantas bastarán.

Luego tomaría otra decisión y llamaría a Tim, con lo que les ahorró una visión bastante horrible a los viandantes.

A partir de entonces, cada vez que sale a relucir el tema de su enfermedad, Julian invoca algún virus misterioso o algún resfriado contraído por ahí para hacerse plausible, y hacérselo a otros, aquello que afecta tan terriblemente a esa figura luminosa que es su hija y que hace que Tim tenga en boca sin cesar palabras como «terapia» o «psiquiatra». El estado de su hija le resulta enigmático, y lo que él sospecha en lo más hondo queda reprimido en su subconsciente, del mismo modo que lo

hizo con la muerte de Crystal. Hacía diez años que la madre de Lynn y de Tim había muerto en un estado de demencia, pero Julian desarrolló una notable capacidad de negación. No porque estuviera traumatizado, sino porque realmente es incapaz de relacionar una cosa con la otra.

Son Tim y Amber los que atajan a Lynn. Puesto que su hermana no siente otra cosa que un desnudo horror por la pérdida de toda sensación, Tim camina con ella durante horas, dándole la vuelta a la manzana, bajo el sol o la lluvia torrencial, y fuerza al espíritu de Lynn a recobrar presencia, hasta que ella por lo

menos sea de nuevo capaz de sentir el frío y la humedad o, simplemente, el metálico sabor del miedo en sus papilas. Cuando Lynn cree que no va a poder dormir ni probar bocado nunca más, cuando los segundos se dilatan una eternidad y todo a su alrededor —la luz, los colores, las fragancias, la música— emite amenazantes ondas de choque, cuando el techo de cualquier edificio, cualquier barandilla o cualquier puente la invita a completar el golpe de su caída, cuando teme volverse loca como su madre, llenarse de una furia asesina, matar gente, él, su hermano, le hace ver que ningún demonio la posee, que

ningún monstruo la persigue, y que ella no le va a hacer daño a nadie, que tampoco se lo hará a sí misma, y entonces, poco a poco, Lynn empieza a creerlo.

Las cosas mejoran, y Tim sigue sacándola de quicio. La apremia para que busque por fin ayuda profesional y se tumbe sobre el diván. Lynn se niega, reprime la pesadilla. ¿Investigar las causas? ¿Para qué? No está dispuesta en lo más mínimo a mostrar respeto por esa fase miserable de su vida normalmente perfecta. Sus nervios se han desquiciado, ha sido el exceso de trabajo, una ensalada de sinapsis,

cualquier mezcolanza bioquímica, lo que sea. Un motivo más de vergüenza, un motivo para no revolver profundamente en esa fosa de la que ellos han sacado la carretilla uniendo las fuerzas de ambos.

¿Por qué iba a hacerlo? ¿Para hallar qué? Puede alegrarse y estar agradecida de que el consorcio desplegara sobre ella una red de camuflaje llena de explicaciones: un resfriado, una gripe gravísima, neumonía, pero todo ahora, cuando ella sonríe de nuevo y estrecha manos. La crisis ha sido superada, la muñeca rota ha sido reparada. Otra vez Lynn se ve a sí misma como la ve Julian, una perspectiva que la hija había

perdido de manera temporal. ¿A quién le interesa si se gusta en ese papel o no?

¡Julian la adora! Verse a través de sus ojos resuelve todos los problemas. La insípida familiaridad de toda desvalorización personal, con ello se puede vivir de maravilla.

—...y allí están los comedores y las salas de estar de la sección científica — se oye decir Lynn.

A continuación, hace subir un poco más el holograma, desde el Torus 3 hasta las instalaciones deportivas en el Torus 4, hasta las decenas de módulos de vivienda y de laboratorio que Julian ha alquilado a instituciones de

investigación científica privadas y estatales de todo el mundo, la NASA, la ESA, Roskosmos, o a sus propias filiales Orley Space, Orley Travel y Orley Energy. Con las mejillas ardiendo, Lynn señala los huertos y los módulos de cría de animales de consumo, situados en las biosferas que están encima del Torus 4; les deja echar un vistazo en los observatorios, los talleres, las salas de control y de reunión del quinto Torus, el último, desde cuyo centro salían de nuevo los cables del ascensor, que luego continuaban viaje hacia el infinito, o hacia ese sitio que el habitante del

momento llamado hombre consideraba como tal. Lynn quedó fascinada y dejó fascinados a los visitantes con el universo en forma de disco que hacía las veces de techo, con sus cientos de metros de diámetro, sus astilleros, en los que esperaban los transbordadores lunares y se construían naves espaciales interplanetarias, donde los robots, con esmerada laboriosidad, cruzaban el vacío a toda prisa, mientras los paneles solares respiraban la luz del sol para que la estación, durante las horas en que

Riendo ante el abismo, Lynn presentó la OSS, la Orley Space Station, ese luga que la NASA tanto desearía haber construido para convertirse en su dueña. Pero un proyecto semejante debería haber estado bajo la responsabilidad de los políticos, figuras que, por su naturaleza, eran periódicas y fugaces, cuya imagen de sí mismos estaba marcada principalmente por cuestionar las visiones y las promesas de sus antecesores. Por eso, al final, fue un inversionista privado el que allanó el sueño de la colonización del espacio, creando, de pasada, las premisas para una transformación maremótica del

sector de la energía, lo que hacía plantearse una pregunta:

—¿...qué intereses estamos subvencionando realmente si decidimos invertir en Orley Enterprises?

—Bueno, sobre todo los nuestros —

dijo Locatelli—. ¿O no?

—Estoy plenamente de acuerdo — replicó Rogachov—. Sólo que me gustaría saber a quién más beneficio con eso.

—Mientras esto le asegure el liderazgo del mercado a Lightyears, me importan un carajo los intereses de cualquier otro probable ganador en esto, si es que me permiten expresarme con

toda claridad en este retiro geoestacionario.

—Ryba ischtschet gde glubshe, a tschelowek gde lutsche. —Rogachov sonrió débilmente—. El pez busca el sitio más profundo, el hombre busca el mejor. Yo, por mi parte, preferiría tener una visión de conjunto mayor.

Locatelli resopló.

—Pero no la tendrá viéndolo todo desde fuera. La perspectiva se deriva de la posición.

—¿Y cuál sería esa posición?

—La de mi empresa, lo que a mí me concierne. Ya sé que usted se caga de miedo sólo de pensar que puede

favorecer indirectamente a la NASA o a Washington si le entrega su dinero a Julian. Pero ¿eso qué importa? Lo principal es que a final del año el balance sea positivo.

—No estoy seguro de que las cosas puedan verse de ese modo —dijo Marc Edwards, que de inmediato cobró consciencia de la insustancialidad de su observación y dedicó su atención, muy interesado, a los pares de botas que Hedegaard les puso delante.

—Yo puedo verlo de ese modo. Él no —dijo Locatelli, señalando al ruso con el pulgar extendido y soltando una carcajada pastosa—. Él, literalmente,

está casado con la política.

Finn O'Keefe intercambió una mirada con Heidrun Ögi. Rogachov y Locatelli lo estaban sacando de quicio. Discutían sobre un tema que, en su opinión, debía tratarse al final del viaje. Tal vez él fuera demasiado ingenuo como para analizar la naturaleza del meneo de cola, pues ignoraba totalmente la condición del perro; no obstante, no pensaba hacer otra cosa durante los próximos días que divertirse de lo lindo y rodar obedientemente aquella peliculilla publicitaria que le había prometido a Julian: Perry Rhodan en la Luna, la de verdad, cantando las loas de

una experiencia auténtica. Según le parecía, aquella cháchara de inversionistas estaba fuera de lugar en el

«ropero de EVA», el sector donde se hallaba la ropa apropiada para realizar las actividades extravehiculares.

—¿Y usted? —le preguntó Locatelli, mirándolo fijamente—. ¿Cómo ve Hollywood este asunto?

O'Keefe se encogió de hombros.

—Con serenidad.

—Julian también quiere su dinero.

—No, él quiere mi imagen, quiere que les haga creer a algunos ricachones como nosotros que tienen que ir a la Luna. En ese sentido, tiene usted razón.

—O'Keefe frotó el índice con el pulgar

—. Yo le conseguiré dinero. Pero no el mío.

—Qué listo, el tío —comentó Locatelli dirigiéndose a Rogachov—. Probablemente hasta le paguen por lo que hace.

—No me pagan.

—¿Y qué cree usted realmente del asunto? ¿Quiero decir, del turismo espacial, los viajes lunares privados?

O'Keefe miró a su alrededor. Había esperado ver colgados en el ropero trajes espaciales completos, astronautas fláccidos e inmóviles, pero en aquella sección de iluminación estéril se

respiraba más bien la atmósfera de una boutique. Monos de todas las tallas, bien dobladitos en las estanterías, cascos alineados uno junto a otro, un emparrado de guantes y botas, secciones para el blindaje...

—No tengo ni idea —dijo—. Pregúnteme otra vez dentro de dos semanas.

Su pequeño grupo, formado por Rogachov, Locatelli, Edwards, Parker, Heidrun Ögi y el propio Finn O'Keefe se había reunido en torno a Nina Hedegaard, y se esforzaba por no empezar a girar en desorden debido a cualquier movimiento torpe. Con cada

hora que pasaba, O'Keefe dominaba mejor aquella danza espacial, y lo mismo sucedía con Rogachov, quien, en medio de las aguas turbulentas de la conversación nocturna, se había dejado arrastrar a la enumeración de sus intereses personales, de modo que ahora, aparte del fútbol, salió a relucir también su predilección por todos los deportes de combate. En general, el ruso sólo parecía poseer su cuerpo para subordinarlo a un control de reptil. Sus sentimientos, si es que tenía alguno, yacían ocultos bajo el hielo de unos ojos azules y claros. Marc Edwards y Mimi Parker, ambos apasionados buceadores,

lo hacían de manera regular, mientras que Heidrun ponía todo su empeño y el ímpetu de Locatelli encerraba un buen potencial de futuras lesiones.

—Permítanme pedirles que se acerquen más —dijo Hedegaard en voz alta.

—Señores, entre nosotros... —Mimi Parker bajó la voz—. Corren algunos rumores, y no tengo idea de si hay algo de verdad en ellos, pero algunos vaticinan que a Julian se le está acabando el aire...

—¿Y eso qué quiere decir?

—Que está casi arruinado.

—Eso todavía no es nada —susurró

Heidrun—. ¿Queréis saber a quién se le está acabando el aire de verdad?

—Claro —dijo Parker, inclinándose hacia adelante—. Suéltalo.

—A vosotros, cotillas. Y se os acabará ahí fuera si no termináis de decir tonterías.

Rogachov la contempló con la expresión divertida de un gato rodeado de ratones que le gruñen.

—Su actitud es muy refrescante, señora Ögi.

Ella le sonrió radiante, como si él la hubiera coronado como Miss Moscú. Rogachov enarcó las cejas, divertido, y se acercó flotando a Hedegaard.

Heidrun lo siguió torpemente. Sus miembros parecían haberse alargado en la ingravidez, parecían aún más delgados. La guía danesa esperó a que todos formaran un semicírculo a su alrededor, dio unas palmadas y envió a los presentes una referencia sobre la calidad de su dentista.

—¡Pues bien! —Una ese áspera, típica de los escandinavos—. Están ante su primer paseo espacial. ¿Están todos excitados?

—¡Claro! —exclamaron Edwards y

Parker al unísono.

—Relativamente —sonrió Rogachov

—. Ahora que hemos sido confiados a

su encantadora custodia.

Locatelli infló las aletas nasales; estar excitado, por lo visto, era algo que estaba muy por debajo de su dignidad. En su lugar, alzó la cámara que se había comprado, apta para sacar fotos en el vacío, y disparó. Hedegaard acogió las respuestas y las reacciones de los huéspedes arrugando la frente en una expresión divertida.

—Pues sí que deberían estar un poco excitados, ya que las actividades extravehiculares están entre las más complicadas que conoce la navegación espacial tripulada. A fin de cuentas, estarán ustedes adentrándose en el

vacío; además, se verán expuestos a cambios de temperatura extremos.

—Ah —se asombró Parker—. Siempre pensé que en el espacio, sencillamente, hacía frío.

—Desde el punto de vista puramente físico, en el espacio no predomina ninguna temperatura. Lo que nosotros calificamos como temperatura es la medida de la energía con la que se mueven las moléculas de un cuerpo, un líquido o un gas. Un pequeño ejemplo. En el agua hirviendo, las moléculas se mueven a toda velocidad de un lado a otro, en el hielo permanecen casi inmóviles, de modo que nosotros

percibimos una cosa como fría y la otra como caliente. En el vacío, por el contrario...

—Vamos, vamos... —masculló

Locatelli, impaciente.

—...casi no existen moléculas. De modo que tampoco hay nada que se pueda medir. En teoría, con cero grados llegamos a la escala de Kelvin, que corresponde a menos doscientos setenta y tres grados centígrados, el punto cero absoluto. De todos modos, registramos la llamada radiación de fondo cósmica, una especie de hervor proveniente de los tiempos del big bang, cuando el universo era todavía inimaginablemente

denso y caliente. Ésta alcanza apenas unos tres grados. Eso no hace que la temperatura sea precisamente más cálida. No obstante, ahí fuera, pueden achicharrarse o congelarse, eso depende.

—Eso ya lo sabemos todos —la apremió Locatelli—. A mí más bien me interesaría saber de dónde...

—Bueno, pero yo no lo sé —dijo

Heidrun, volviendo la cabeza hacia él

—. Y a mí me gustaría saberlo. Como puede imaginar, tengo cierta predisposición a las insolaciones.

—Pero ¡si todo lo que está contando es cultura general!

Heidrun le clavó los ojos. Su mirada le decía: «¡Que te den, sabihondo!» Hedegaard sonrió con expresión apaciguadora.

—En fin, en el vacío cada cuerpo, ya sea una nave espacial, un planeta o un astronauta, adopta la temperatura que corresponde a su entorno. Ésta se calcula a partir de factores como la radiación solar y la reflexión o la rerradiación hacia el espacio. Por eso los trajes espaciales son blancos, a fin de reflejar la mayor cantidad de luz posible, gracias a lo cual se calientan menos. No obstante, se han medido hasta más de ciento veinte grados centígrados

sobre la parte vuelta hacia el Sol de los trajes espaciales, mientras que en la parte de sombra había menos ciento un grados.

—Brrrr —exclamó Parker.

—No tenga miedo, usted no notará nada de eso. Los trajes espaciales están climatizados. En su interior habrá unos soportables veintidós grados. Únicamente, por supuesto, si el traje está bien puesto. Cualquier descuido puede significar la muerte. Más tarde, en la Luna, encontrarán condiciones muy similares, en las regiones polares hay cráteres que, con sus menos doscientos treinta grados, están entre las regiones

más frías de todo el sistema solar. En ellos jamás incide la luz. Como promedio, la temperatura del día en la superficie lunar alcanza unos ciento treinta grados, y por las noches desciende a unos menos ciento sesenta grados, lo cual, por cierto, es una de las razones por las que los alunizajes de los Apolos tuvieron lugar durante la mañana lunar, cuando el Sol está bajo y todavía no hace un calor tan extremo. No obstante, cuando Armstrong se situó en la sombra de su módulo lunar, la temperatura de su traje descendió de golpe de sesenta y cinco grados a menos cien grados centígrados. ¡Sólo con un

paso! ¿Alguna otra pregunta sobre esto?

—Sobre el vacío —dijo Oleg Rogachov—. Se dice que uno revienta cuando se expone sin protección al espacio sin aire.

—No es así de dramático. Pero sí que moriría en cualquier caso, de modo que es mejor llevar siempre el casco. La mayoría de ustedes conocen ya los viejos trajes espaciales, en los que uno se ve como una nube de algodón. Inflados de tal manera que los astronautas tenían que desplazarse de un lado a otro saltando, ya que las perneras del pantalón no se doblaban. Para misiones de corta duración y

ocasionales excursiones por el espacio, eso estaba bien. Pero en ciudades del espacio permanentemente habitadas, en la Luna o en Marte, esos monstruosos trajes serían impensables.

Hedegaard señaló el mono que ella misma llevaba. Estaba hecho de un material grueso parecido al neopreno y cubierto por una red de líneas oscuras. Unas duras conchas protegían los codos y las rodillas. Aunque con él la mujer parecía haberse metido a la fuerza en tres trajes de buceo, el conjunto le confería, en cierto modo, un aspecto sexy.

—Desde hace poco se emplean estos

trajes. Se los llama «biotrajes», y han sido desarrollados por una hermosa mujer, la profesora Dava Newman, del MIT, el Instituto Tecnológico de Massachusetts. Son bonitos, ¿no? — Hedegaard giró sobre sí misma lentamente—. Me preguntarán cómo se crea la presión necesaria. Es muy simple. En lugar de gas, las innumerables partes rígidas metálicas que no se pueden expandir producen una contrapresión mecánica. Sólo en los puntos donde la piel se mueve mucho, el material se mantiene flexible, pero en todas las demás zonas es rígido, de modo que es prácticamente como un

exoesqueleto.

A continuación, Hedegaard sacó del armario más próximo un revestimiento en forma de tórax.

—Al traje básico se le pueden acoplar toda suerte de aplicaciones y blindajes, como esta protección torácica hecha con fibra de carbono. Una mochila para los sistemas de soporte vital está conectada a los enchufes de la espalda; además, el aire es bombeado hacia el interior del casco y reconducido a través de unas tuberías hasta las botas y los guantes, las únicas zonas en las que aplicamos presión de gas adicional. El sistema de enfriamiento de antes, tan

ruidoso, ha dado paso a una nanopelícula climatizada. Hay otros revestimientos adicionales para las articulaciones, como los que conocemos de las armaduras medievales, sólo que éstos son incomparablemente más ligeros y resistentes. En el espacio exterior se está expuesto a la radiación cósmica, los micrometeoritos vuelan alrededor de uno; en la Luna les dará la lata el regolito, el polvo lunar. Mientras que la movilidad de sus pies apenas desempeña un papel en el vacío, es de una importancia decisiva en las superficies planetarias. Para facilitarla, los biotrajes han sido concebidos según

el principio de construcción modular. Decenas de elementos se pueden combinar a gusto, de manera rápida y con pocas maniobras. Lo que se respira es la misma mezcla de nitrógeno y oxígeno a la que estamos habituados en la Tierra, por lo que luego, a bordo, no es necesario someterse a esa infinita espera en las cámaras de presión.

Hedegaard empezó a ponerse las botas y los guantes, acopló la mochila con los sistemas de soporte vital a la placa de la espalda del traje y enchufó todas las conexiones.

—Facilísimo, diría Dava Newman pero cuidado: no intenten hacerlo solos.

No esperen que yo tenga que recoger a alguno de ustedes ahí fuera completamente deforme o deshidratado.

¿Todo claro? ¡Bien! Los biotrajes son fáciles en su mantenimiento, en este sentido, una cosita más: el que sienta alguna necesidad fisiológica durante el paseo, sencillamente, que la deje salir. Su valioso pipí quedará recogido en una gruesa capa de poliacrilato, nadie debe temer que le corra por las piernas. Esto de aquí —dijo Hedegaard, señalando dos consolas situadas debajo de las muñecas— son elementos de mando para un total de dieciséis toberas de navegación situadas en la zona de los

hombros y las caderas. Los astronautas ya no cuelgan como recién nacidos de un cordón umbilical, sino que navegan por repulsión. Las igniciones son breves, se las puede soltar de modo manual o dejar el cálculo a criterio del ordenador. Esto último es nuevo. En cuanto la electrónica llega a la conclusión de que alguno de ustedes ha perdido el control, esa persona queda estabilizada por la vía automática. Sus ordenadores están en red con el mío y, además, son dirigidos a distancia, así que, en rigor, nadie corre el riesgo de perderse. Y aquí —la mano de la danesa se deslizó sobre otra consola emplazada a lo largo

del antebrazo— encontrarán ustedes treinta pequeños campos, cada uno de ellos con las opciones para hablar y recibir. Con ellos pueden decidir con quiénes quieren comunicarse. Se llaman Talk to all («Hable con todos»), o Listen to all («Escúchelos a todos»). Para soltar alguna declaración de amor, elijan la conexión individual y dejen fuera al resto. —Hedegaard sonrió—.

¿Alguien tiene alguna objeción en presentarse ante mí en paños menores?

¿No? Entonces, ¡fuera esa ropa! Dispongámonos a salir.

—¿Y las gallinas? —preguntó

Mukesh Nair.

—Una idea descabellada —repuso Julian—. Todavía nos quedan cuatro. Y dos de ellas, incluso, siguen poniendo huevos, pequeñas bolitas con el valor nutricional de pelotas de golf. En el caso de las otras, la musculatura de la cadera se ha atrofiado demasiado como para poder expulsar nada a presión.

—A eso se reduce el tema de la natalidad en el espacio —dijo Eva Borelius—. Expulsar, expulsar. Pero

¿con qué?

—¿Y la caca de las gallinas? —A Karla Kramp el tema parecía fascinarle de un modo muy especial.

—Oh, lo que es caca, sueltan más de

la que nos gustaría —respondió Julian

—. Hemos intentado limpiarlo con la aspiradora, pero hay que prestar atención para no arrancarles a los pobres animales las plumas del trasero. Es todo un tanto complicado. Para ser sincero, no sé cómo criar gallinas en estado de ingravidez. A ellas no les gusta, chocan constantemente unas contra otras, es preciso atarlas, parecen atontadas. ¡A diferencia de los peces, por cierto! A ellos parece darles exactamente igual, viven de todos modos en una especie de estado de flotación. Estamos pensando más en la perspectiva de criar peces.

—Aún no hemos agotado todas nuestras municiones —les aseguró Kay Woodthorpe, una mujer robusta con la fisonomía de un perro chihuahua y colaboradora del grupo de investigaciones sobre sistemas biorregenerativos—. En el peor de los casos, probaremos con la gravedad artificial.

—¿Y cómo pretenden hacerlo? -— preguntó Carl Hanna—. ¿Pondrían a rotar la OSS?

—No —dijo Julian, negando con la cabeza—. Sólo el módulo de cría, lo desacoplaríamos y lo situaríamos a algunos kilómetros de distancia. Una

estructura como la OSS no se presta mucho para ser una peonza. Para ello se necesitaría una rueda.

—¿Como en las películas de ciencia ficción?

—Exacto.

—Pero eso ya lo tienen aquí — objetó Tautou—. No tendrán una rueda, cierto, pero sí elementos de eje simétrico...

—Usted habla de una esfera de Bernal, amigo mío. Eso es otra cosa. Una rueda cuyo momento giratorio se corresponde con la velocidad de rotación de la Tierra. —Julian arrugó la frente—. Imagínese una rueda de coche

o un cuerpo cilíndrico. Cuando éste gira, surgen en la pared interior, es decir, en el lado opuesto al eje, fuerzas centrífugas. Allí reina un estado similar al de la gravedad. Como en una de esas ruedas para hámsteres, podría usted recorrer una superficie cerrada en sí misma, un excelente tramo para hacer jogging, por cierto, mientras que la fuerza de gravedad va disminuyendo hacia el eje. En un principio es realizable. El problema viene dado por el tamaño y la estabilidad requeridos en una estructura de esa índole. Una rueda, pongamos, de cien metros de diámetro tendría que girar alrededor de sí misma

en catorce segundos, y probablemente la fuerza de gravedad ejercería a sus pies una influencia mayor que en la cabeza, ya que su cuerpo estaría siendo acelerado con intensidad disímil. Además, cuando se hace rotar algo así, y eso lo conoce usted por la conducción de los coches, cuando un neumático no está equilibrado, pega unos bandazos infernales, pues ahora imagínese una estación rotando que empieza a tambalearse. Hay mucha gente moviéndose por ahí, ¿cómo va a conseguir que siempre estén distribuidas de forma pareja? Lo que allí tendría lugar en forma de autooscilaciones sería

imposible de calcular, todos se marearían y en algún momento el chisme, probablemente, se partiría en dos...

—Pero vosotros habéis superado ya la era de las construcciones ligeras — dijo Hanna—. Con el ascensor podéis transportar a la órbita volúmenes en cantidades ilimitadas. Construid entonces una más grande, más estable.

—¿Sería eso posible? —preguntó Tautou, lleno de asombro—. ¿Un chisme como el de 2001: Una odisea del espacio?

—Sin duda -—dijo Julian, asintiendo con la cabeza—. Yo conocí a

Kubrick. El viejo lo había estado reflexionando mucho, o digamos mejor que hizo que otros reflexionaran por él sobre el tema. Yo siempre soñé con construir una réplica de su estación. Esa imponente rueda que gira al compás de los valses y que se puede recorrer a la redonda. Pero tendría que ser enorme. Con muchos kilómetros de diámetro. Una órbita elevada, fuertemente blindada. Un lugar en el que cabría una ciudad entera con sus barrios residenciales, sus áreas verdes, incluso con un río...

—A esto me parece suficientemente fascinante —le dijo

Sushma Nair a su esposo, y apretó su brazo, ferviente de entusiasmo—. Mira eso, Mukesh. ¡Espinacas, calabacines!

El grupo flotaba a lo largo de una pared de cristal de varios metros de altura. Tras ella se veía crecer, enroscadas, toda suerte de plantas, retoños, frutas.

—Una labor pionera, Julian —le dijo Mukesh en gesto de aprobación—. Consigue usted impresionar a un simple campesino.

—Del mismo modo que usted ha impresionado al mundo —sonrió Julian.

«Nair, miserable estafador», pensó

Hanna.

Mientras un grupito de gente resuelta exploraba en esos minutos el vacío, él, Eva Borelius, Karla Kramp, Bernard Tautou y los Nair recorrían bajo la guía experta de Julian y de Kay Woodthorpe las dos biosferas, esos gigantescos módulos en forma de bolas en los que el Departamento de Sistemas de Soporte Vital Biorregenerativo experimentaba con la agricultura y la cría de animales útiles. La biosfera A unía en cuatro plantas calabacines, coles chinas, espinacas, tomates, pimientos y brócoli, un auténtico surtido de vegetales de todo tipo en el que había además kiwis y fresas, todo ello poblado por una fauna

de ajetreados robots que no paraban de plantar, abonar, escardar, cortar o cosechar. A Hanna no le habría asombrado ver conejos reforzados con fibra de carbono y orejas radiotelescópicas mordisqueando una lechuga y luego escapando del lugar en el momento en que ellos se acercaban. El canadiense alzó la cabeza. Un nivel por encima de ellos, se estiraban unas ramitas nudosas de pequeños manzanos rebosantes de frutas con forma de porras.

Al principio, según les contó Woodthorpe, había habido enormes problemas. Los antecesores de aquellos

invernaderos, llamados «máquinas de ensalada», eran menos que unos anaqueles normales en los que abundaban los tomates y las lechugas. Como las plantas, al igual que prácticamente todos los seres vivos, se orientaban por la gravedad, y por tanto, sabían hacia dónde tenían que estirarse y en qué dirección debían echar raíces; la pérdida del arriba y el abajo iba aparejada de una espantosa proliferación de maleza, por desgracia en detrimento de los frutos, que en medio de aquel monstruo de raíces de aspecto tumoral llevaban una lamentable vida guerrillera. Presas de la confusión,

hasta las espinacas sólo llegaron a producir unos retoños fibrosos como madera con tal de aferrarse a alguna parte, hasta que a alguien se le ocurrió la idea de someter los campos de cultivo a temblores artificiales, breves sacudidas como consecuencia de las cuales las frutas y las verduras buscaron el sostén allí donde todo se movía, es decir, abajo.

—Desde entonces tenemos bajo control la proliferación excesiva, y ahora podemos ver la calidad —les explicó Woodthorpe—. Claro que sigue siendo comida de invernadero: las fresas tienen cierto sabor acuoso, y no

habrá posibilidades de ganar ningún premio con los pimientos...

—Pero los calabacines son estupendos —dijo Julian.

—Sí, y el brócoli también, y asombrosamente también los tomates. Todavía no sabemos muy bien por qué unas cosas se dan mejor que otras. En cualquier caso, los invernaderos nos dan motivos para confiar en que podremos cerrar en un futuro los sistemas de soporte vital que aún siguen abiertos. En la Luna ya casi lo hemos conseguido.

—¿A qué se refiere con «cerrar»?

—preguntó Karla Kramp.

—Lo mismo que en la Tierra. Cerrar

el ciclo, que nada se pierda. La Tierra es un sistema cerrado en sí mismo, todo es procesado constantemente. Tenemos que ver la estación espacial como una pequeña copia de nuestro planeta, con sus correspondientes recursos limitados de agua, aire y combustible, sólo que nosotros, en el pasado, no éramos capaces de reciclar esos recursos. Constantemente necesitábamos provisiones nuevas. El dióxido de carbono, por ejemplo, se desbordó. Hoy, con la ayuda de reactores, podemos descomponerlo y liberar el oxígeno contenido en él para reutilizarlo en nuestra respiración, o hacer enlaces

con el hidrógeno para crear agua; luego, los restos de carbono pueden sintetizarse con el metano y ser convertidos en combustible. También podemos separar los componentes del agua y liberarla de todas sus impurezas. Sólo se perdería un poco de sludge, de aguas residuales, pero sería una cantidad tan ínfima que ni siquiera merece la pena mencionarla. El problema es más bien poner el tamaño y el consumo de los reactores en una proporción convincente con su grado de eficacia. Por eso lo estamos intentando con procesos de regeneración naturales. Y en ello también nos ayudan las

plantas. Es nuestra propia selva tropical, si así lo prefieren. En la Luna tenemos invernaderos más grandes, allí ya estamos casi a punto de cerrar esos ciclos de un modo completo.

—No habrá mercado entonces para un suministrador de agua —dijo Tautou, riendo.

—No, la OSS va camino de la autarquía.

—Hum, autárquico. —Kramp reflexionó—. Quiere decir que el satélite podría declarar su independencia, ¿no? O tal vez la Luna entera. Y si se diera el caso, ¿a quién pertenecería la Luna realmente?

—A nadie —respondió Julian—. Según el tratado lunar.

—Qué interesante. —Las cejas sobre el rostro modiglianesco de Kramp se alzaron, unos arcos de asombro, un óvalo lleno de óvalos—. Para no pertenecer a nadie, es mucha la gente que anda por ella.

—Es cierto. Y el tratado tendrá que reformularse de manera urgente.

—¿Tal vez añadiendo que la Luna pertenece a todos?

—Correcto.

—Es decir, a aquellos que llegaron allí los primeros. O que ya están instalados: Estados Unidos y China.

—De ningún modo. Cualquiera puede ir después.

—¿De verdad que cualquiera puede ir después? —preguntó ella, al acecho.

—Ése es, querida Karla —sonrió Julian—, el punto alrededor del cual gira todo.

Finn O'Keefe buscó sostén en la física.

El procedimiento de vestirse se había prolongado, hasta que por fin quedaron embutidos y con los cascos puestos en el hermético retiro de la esclusa de aire, un espacio vacío, con iluminación de hospital, lleno de aristas redondeadas. A lo largo de las paredes

discurrían unos asideros para agarrarse, y un monitor les proporcionaba información sobre la presión, la temperatura y la composición atmosférica. Hedegaard les explicó que la esclusa era algo más grande que las demás salidas distribuidas por toda la OSS. Después de que Peter Black se le unió, el grupo contaba con ocho personas. Un siseo tenue, que al final se extinguió, les indicó que estaban extrayendo el aire, y entonces las escotillas exteriores se abrieron sin hacer ruido.

O'Keefe tragó en seco.

Bajo el hechizo de aquellas visiones

primeras del hombre sobre los abismos y los pasos en falso, con un hormigueo en la barriga, miró hacia afuera. Ante sus ojos se extendía una parte del techo. No sabía qué esperaba ver, un descansillo, un balcón, una pasarela, eso sin tener en cuenta que nada de eso tenía sentido allí arriba. Pero aquella superficie redonda reveló no tener fondo: una estructura abierta de cuatrocientos metros de diámetro, rodeada por un anillo de acero lo suficientemente macizo como para resistir el paso de un ferrocarril, dotado con cargas útiles y manipuladores. Una construcción radial de estructuras de

soporte llevaba desde el Torus hasta los sectores exteriores. Más allá refulgían al sol los parques solares, circulaban radiadores y colgaban tanques esféricos con salientes en forma de grúas. Unas baterías de reflectores iluminaban los enormes hangares, lugar de gestación de futuras naves. Unos astronautas de aspecto diminuto patrullaban bajo la panza del gigante de acero y supervisaban los brazos robóticos mientras éstos colocaban filas de asientos. Estrafalarias maquinarias, mitad hombres y mitad insectos, atravesaban el espacio, acercaban elementos constructivos en brazos de

saltamontes, se aferraban a los barrotes y los marcos con garras segmentadas, realizaban labores de soldadura y enlazaban componentes prefabricados. No cabía duda de que sus rostros de androides se habían inspirado en la figura de Boba Fett, el siempre encasquetado asesino a sueldo de La guerra de las galaxias, y eso lo llevaba a la conclusión forzosa de que Julian Orley había participado en su creación... Orley y su entusiasmo por las películas de ciencia ficción, un hombre que, como ningún otro, conseguía convertir en innovaciones ciertas referencias cinematográficas.

Más allá de la esclusa abría su boca el abismo.

A casi trescientos metros se extendía la estructura vertical de la OSS bajo los pies de O'Keefe y, debajo, a una distancia inimaginable, estaba la Tierra. Finn vaciló, sentía el golpeteo de su corazón. Aunque sabía la irrelevancia de su peso, le parecía una auténtica locura traspasar aquel borde, algo prácticamente equivalente a despeñarse desde un rascacielos.

«Física —pensó—. Ten fe en el libro de las leyes de Dios.»

Pero Finn O'Keefe no creía en Dios. A su lado, lentamente y en dirección

al exterior, navegaban Nina Hedegaard y Peter Black, que giraban y le presentaban los espejos frontales de sus cascos.

—La primera vez es siempre una prueba de superación —oyó decir a la danesa—. Pero no pueden caerse. Intenten no pensar.

«Me ha pillado», pensó O'Keefe.

Un momento después recibió un empujón, se deslizó por encima del borde hacia afuera, en dirección a los dos guías, y pasó junto a ambos. Perplejo, intentó tomar aire, ofreció resistencia al movimiento de vuelo, pero nada lo frenó. Enviado a un viaje sin

retorno, se fue alejando. Lo sobrecogió vivamente la idea de perderse en el espacio, de ser lanzado hacia la nada, y entonces empezó a manotear y a patalear frenéticamente, como si eso sirviera de algo salvo para potenciar aún más su inmersión en el ridículo.

—Vamos —dijo Laura Lurkin sonriendo—. Si es el programa femenino.

Amber creyó sentir físicamente el desmoralizador efecto de aquella burla. Sabía por Lynn que la entrenadora del gimnasio, un escultural fragmento humano con espalda de luchadora, brazos enormes y voz arrulladora, no

estimaba especialmente a los turistas espaciales. Su actitud se basaba en la convicción de que a los particulares no se les había perdido nada fuera de las rutas de vuelo habituales. Lurkin era una antigua marine, forjada en el fuego de los conflictos geopolíticos. Cuando Rogachova, Winter, Hsu, Omura y Amber entraron a la zona del gimnasio, como una delegación de primeras damas ávidas de diversión, la primera reacción lógica de Lurkin fue burlarse de ellas, si bien lo hizo de una manera que podía tomarse por amabilidad o, incluso, por camaradería. A fin de cuentas, estaba familiarizada con la labor de mantener

en forma a los viajeros orbitales, no de deprimirlos.

—¡Tienes que ir, Amber! ¡Por favor! Tenemos la EVA, la visita guiada por el departamento científico, la presentación multimedia; me alegraría poder repartir a esas estúpidas mujeres en uno de los tres grupos, pero ellas quieren cumplir con su programa de belleza. Me alegra poder prescindir de nuestra Paulette, pero...

—En realidad me gustaría más ir a tu presentación, Lynn.

—Lo sé. Y lo siento, créeme. Pero alguien tiene que transmitirles a esas cuatro la sensación de que son tan

bienvenidas como el resto, gente que espera algo más de un viaje orbital que sudar, hacerse peelings y dejarse exprimir los granos. ¡Lo asumiría yo, pero de verdad que no puedo!

—Ah, Lynn. ¿Es preciso hacerlo? Tim y yo...

—A ti te aceptan como representante, como anfitriona.

—Pero yo no soy la anfitriona.

—A sus ojos, sí lo eres. Eres una Orley. ¡Por favor, Amber! Esa manera de suplicar...

—Bueno, está bien. Pero, ¡a cambio, estaré esta tarde en el segundo paseo espacial!

—¡Oh, Amber, déjame darte un beso! ¡Puedes irte de paseo hasta Júpiter si quieres, yo misma te prepararé el bocadillo! ¡Gracias! ¡Gracias!

Pues eso, el programa femenino.

El Wellness-Center abarcaba dos módulos, aplanados de forma elíptica como los tubos habitacionales. En la parte superior había una típica sauna en la que habían renunciado a los bancos para sentarse, pero a la que, en cambio, habían dotado de pasadores para sostenerse con pies y manos, de ventanas de generoso tamaño, así como de una sauna de vapor cuyas paredes redondeadas aglutinaban la luz de las

estrellas formando centenares de lamparitas eléctricas. En la caverna de cristal uno podía deslizarse a través de gotas de agua helada, una agua que era pulverizada dentro del recinto y luego absorbida de nuevo; luego, en la zona de descanso, podía oírse música esférica, leer o dormitar. Una planta por debajo, diversos aparatos de gimnasia, salones de masaje y potentes manos aguardaban a los astronautas afectados por el estrés.

—...es imprescindible en el espacio

—decía Lurkin en ese instante—. La ingravidez es algo bonito, pero encierra una serie de peligros que no deben infravalorarse cuando se está expuesto a

ella por un tiempo muy prolongado. Seguramente ya habrán notado ciertos cambios en su cuerpo. Calores en la cabeza y el pecho, por ejemplo. Inmediatamente después de entrar en caída libre, más de medio litro de sangre sube desde las regiones inferiores del organismo hasta el tórax y la cabeza. Entonces, la cara se hincha, las mejillas se te ponen como manzanas, y aparece lo que los astronautas d e n o mi n a n puffy face, una cara ligeramente hinchada. Un efecto agradable, por cierto, porque compensa las arrugas y las hace parecer más jóvenes, sólo que no se mantiene por

mucho tiempo. Una vez regresen a la Tierra, la gravedad tirará del tejido, como siempre ha hecho, así que disfruten del momento.

—Tengo un frío tremendo en las piernas —dijo con recelo Rebecca Hsu, que, inflada dentro de su albornoz, parecía una esponja para restregarse en la ducha—. ¿Es normal?

—Totalmente normal. Debido a la redistribución de los fluidos corporales, las piernas empiezan a sentir un poco de frío. Pero uno se acostumbra a ello, al igual que se acostumbra a las sudoraciones y a la temporal pérdida de orientación. He oído decir que una de

ustedes lo ha pasado bastante mal, ¿no es así?

—Madame Tautou —asintió Miranda Winter—. ¡Uy! La pobre tiene que estar yendo constantemente... — Miranda bajó la voz—. Bueno, también pasa ahí abajo, lo cierto es que pasa en todas partes.

—Es el llamado mal del espacio — asintió Lurkin—. No es motivo para avergonzarse, hasta los astronautas experimentados lo padecen. ¿Quién más tiene algún síntoma?

Olympiada Rogachova levantó la mano con vacilación. Al cabo de unos segundos, Momoka Omura levantó su

dedo índice y volvió a esconderlo de inmediato.

—Irrelevante —dijo.

—Bueno, en mi caso sucede lo siguiente —dijo Hsu—. Mi sentido del equilibrio se ha descontrolado un poco. En realidad estoy acostumbrada a las fuertes marejadas.

—Me alegro de que todo permanezca dentro —suspiró Rogachova.

Lurkin sonrió. Por supuesto, ya le habían informado de que la mujer del oligarca ruso tenía un problema de alcoholismo condicionado por su desgaste mental. En buena lid,

Olympiada Rogachova no debería estar allí, sin embargo, durante los catorce días de entrenamiento sólo había bebido té y desmentido a todos los escépticos. Por lo visto, también podía funcionar sin vodka ni champán.

—No es para tanto, señoras. A más tardar pasado mañana estarán inmunizadas contra el mal del espacio. Lo que afecta a todo el mundo son los cambios fisiológicos de larga duración. En la ingravidez disminuye su masa muscular. Sus pantorrillas se encogen hasta parecer patas de gallina, el corazón y la circulación sanguínea se sobrecargan más de la cuenta. Sólo por

esa razón, practicar deporte diariamente es un deber sagrado de cada astronauta, es decir, ergómetro, gimnasia, levantamiento de pesas, siempre bien sujetas con correas, se entiende. En las misiones de larga duración se ha comprobado, además, que se produce una considerable atrofia de la sustancia ósea, principalmente en la zona de la columna vertebral y de las piernas. El cuerpo pierde hasta un diez por ciento de calcio durante medio año en el espacio, aparecen trastornos inmunológicos, la cura de cualquier herida se vuelve más lenta, son todos fenómenos secundarios sobre los que

Perry Rhodan guarda silencio desvergonzadamente. Ustedes estarán sólo pocos días en estado de ingravidez, no obstante, les recomiendo firmemente practicar deporte. Así que, ¿con qué empezamos? ¿Remo, bici, jogging?

Omura miró fijamente a Lurkin, como si la entrenadora hubiera perdido el juicio.

—Con nada de eso. ¡Yo quiero ir a la sauna!

—Irá usted a la sauna —repuso Lurkin como si hablara con una niña pequeña—, pero primero haremos una ronda de ejercicios, ¿de acuerdo? Así son las cosas a bordo de las estaciones

espaciales. El instructor tiene la última palabra.

—Bien —dijo Amber, estirándose

—. Yo iré al ergómetro.

—Y yo a la bicicleta estática —

exclamó Miranda Winter, complacida.

—Un ergómetro es una bicicleta estática —dijo Omura torciendo el gesto, como si se estuviera cometiendo con ella una grave injusticia—. ¿Por lo menos se puede nadar aquí?

—Pues claro. —Lurkin abrió sus musculosos brazos—. Si en un estado de gravitación cero encuentra usted una vía para mantener el agua en la piscina, podremos hablar sobre ello.

—¿Y aquello? —dijo Hsu, mirando hacia una máquina situada en el techo, justo encima de ella—. Parece un stepper.

—¡Bingo! Es para entrenar el trasero y los muslos.

—Justo lo que necesito. —La taiwanesa se deshizo de su albornoz como si éste fuese una segunda piel—. No se debe desaprovechar ninguna oportunidad de contrarrestar el deterioro. ¡Ya es lo suficientemente dramático! Entretanto, me parece que lo único que evita el ensanchamiento incontrolable de mi cuerpo es la ropa elástica usada contra las trombosis.

Amber, que conocía a Hsu de los medios de comunicación, enarcó las cejas. No cabía duda de que la reina del lujo había acumulado mucha grasa en los últimos años; sin embargo, su piel parecía tersa y henchida como la de un globo. ¿Qué acababa de decir Lurkin acerca de la cara hinchada? ¿Por qué iba el efecto a limitarse únicamente a la cara? Claro que los brazos no temblaban en la ingravidez, que los pechos se alzaban cuando dejaban de buscar el centro de la Tierra; claro que todo se redondeaba y se estiraba de un modo apetitoso. Rebecca Hsu parecía ahora, toda ella, hinchada, puffy.

—No se preocupe —dijo Amber—. Está usted muy bien.

—Para su edad —añadió Omura con suficiencia.

Hsu se encaramó al stepper con la ayuda de Lurkin, se dejó poner el cinturón y desde allí, boca abajo, dedicó una sonrisa a Amber.

—Gracias, pero cuando se ha llegado al punto de que los paparazzi tienen que acercarse en helicóptero para tomar una foto de cuerpo entero de una, es que ha llegado la hora de afrontar la verdad. Empiezo a convertirme en alimento de los dioses. Distribuyo productos anticelulíticos milagro de

algunas de las firmas de cosméticos más prestigiosas del mundo, pero si alguien me pega un azote en las nalgas, tiene que esperar un cuarto de hora para que las ondas dejen de expandirse.

Y entonces Hsu empezó a patear como un vinatero en una tina, mientras que Miranda Winter se partía de la risa y Amber se hacía partícipe de la diversión general. La mímica de Omura atravesó diferentes estadios de la humanidad, pero luego también ella soltó una carcajada. Algo en el ambiente se relajó, un temor profundo e inconfesado, y entonces aquellas mujeres empezaron a moverse entre

cacareos y jadeos.

Lurkin aguardó con expresión de indulgencia, con los brazos cruzados.

—Menos mal que estamos de acuerdo —dijo la entrenadora.

—Fuera.

Fueron las palabras de Heidrun, seguidas de un barboteo de alborozo. Fue lo último que O'Keefe oyó antes de salir por la esclusa. «¡Heidrun, pedazo de cabrona!» Frank Poole, el desdichado astronauta de 2001: Una odisea del espacio, había sido víctima de un ordenador paranoico, él lo era de una suiza que representaba un peligro para la colectividad. Los dedos de Finn

O'Keefe rodearon los controles de las toberas de navegación. El primer apretón detuvo su vuelo; el segundo, pensado para darse de nuevo la vuelta hacia la esclusa, provocó que empezara a girar sobre sí mismo.

—Muy bien —oyó decir a Hedegaard, como si la danesa fuera un hada con las alas de hada plegadas y estuviera sentada ahora mismo en algún rincón de su casco—. Una rápida capacidad de reacción para ser un principiante.

—Venga ya, no me vacile

refunfuñó el actor.

—No, en serio. ¿Conseguirá también

detener ese movimiento giratorio?

—¿Por qué? —rió Heidrun—. Si se ve muy bien. Eh, Finn, ahora deberías buscarte un satélite que gire a tu alrededor.

Finn giraba en el sentido de las manecillas del reloj; de modo que había que maniobrar en sentido contrario.

Funcionó. De pronto quedó colgando inmóvil y vio a los otros salir de la esclusa como objetos a la deriva. Esa nueva generación de ajustados trajes espaciales tenía la ventaja de no conferirles un aspecto igual a todos sus portadores. Uno podía inferir quién estaba delante, aunque las caras eran

apenas identificables debido al cristal de espejo que había en los cascos. Heidrun, blindada como un guerrero galáctico, se descubría ella sola por su amarfilada figura anoréxica. En ese instante, Finn habría querido propinarle un puntapié.

—Ya te la cobraré en casa — murmuró, pero en ese mismo momento no tuvo más remedio que sonreír.

—Pero, ¡Perry! Mi héroe.

Ella continuó soltando risitas, entró en una posición torcida y empezó a ponerse de cabeza. Otro que podría ser Locatelli, Edwards o Parker, se las arregló para emprender la retirada hacia

la esclusa. Un tercero movía los brazos como si estuviera remando. Nada de ello parecía espontáneo. Salvo Hedegaard y Black, sólo había un participante en el paseo que dejaba entrever un control de sus actos, ya que describió un impecable vuelo semicircular y se mantuvo quieto junto a los dos guías. O'Keefe no dudó ni un instante que se trataba de Rogachov, pero de pronto todos, como movidos por la mano de un espíritu, consiguieron juntarse.

—Peligroso, ¿no? —dijo Black, riendo—. No hay nada comparable a navegar en el vacío. No hay fricciones,

ni corrientes que se lo lleven a uno, ni presión opuesta. En cuanto uno se pone en movimiento, se sigue la trayectoria hasta que se produce algún impulso correspondiente o se entra en el ámbito de influencia de algún cuerpo celeste, el cual se ocupa de que uno termine como una estrella fugaz o abra un bonito y pequeño cráter en alguna parte. Manejar las toberas de navegación requiere una ejercitación que ustedes no tienen. Por eso, a partir de ahora no tendrán que hacer nada más. El mando a distancia asume el control. Durante los próximos veinte minutos los pondremos bajo la guía del rayo directriz, lo que quiere

decir que pueden disfrutar relajadamente de las vistas.

Todos se pusieron en movimiento y volaron hacia el exterior, hacia el nivel artificial y la nave espacial a medio acabar. Una quietud ingrávida reinaba entre los mástiles de los reflectores.

—Por supuesto que intentamos limitar las EVA al mínimo absolutamente imprescindible —les explicó Hedegaard—. Actualmente los pronósticos de tormentas solares son lo bastante fiables como para tenerlo en cuenta en el plan de misiones. De todos modos, ningún astronauta sale al exterior sin un dosímetro. Si se produjeran

erupciones de manera inesperada, quedaría suficiente tiempo para llegar al interior de la estación; aparte de eso, sobre las paredes exteriores de la OSS hay distribuidos decenas de storm shelters, compartimentos blindados por si en algún momento alguien se ve en apuros. Por otro lado, aun el traje más sofisticado, a la larga, no protege de los daños causados por la radiación, por eso se ha incrementado el uso de robots.

—¿Son esos chismes que vuelan por ahí? —preguntó Locatelli con voz débil, señalando en dirección a dos máquinas sin piernas que cruzaban su ruta a cierta distancia—. Parecen dos jodidos aliens.

—Sí, es asombroso. Desde que la realidad se emancipó de la ciencia ficción, la primera ha echado mano de las ideas de la segunda. Por ejemplo, al reconocer que los aparatos de aspecto humano satisfacen en muchos sentidos los anhelos de sus creadores.

—La creación a imagen y semejanza

—dijo Mimi Parker—, tal y como aprendimos de nuestro jefe supremo hace seis mil años.

Algo vibraba en aquella expresión coloquial libremente elegida, algo que dejó perplejo a Finn O'Keefe. El acto decidió que más tarde reflexionaría sobre ello. Entonces, el grupo tomó una

curva bastante pronunciada y puso rumbo hacia la nave espacial. Uno de los autómatas se había enganchado a la cubierta exterior como una garrapata. Sus dos extremidades principales desaparecían dentro de una tapa abierta en la que, obviamente, el aparato intentaba instalar algo, ya que otros dos brazos de tamaño más pequeño mantenían listas unas piezas. La parte delantera de la cabeza en forma de casco estaba adornada con las ranuras de visión de cristal negro.

—¿Son capaces de pensar, esos bichos? —preguntó Heidrun.

—Son capaces de calcular

respondió Hedegaard—. Son robots de la serie de fabricación Huros-ED Humanoid Robotic System for Extravehieular Demands («sistema roboticohumanoide para misiones extravehiculares»). Son muy precisos, absolutamente fiables. Hasta ahora sólo se ha producido un único incidente que involucrara a un Huros-ED, si bien no fue el robot el que lo provocó. A raíz de eso, se les ampliaron los circuitos con un programa de salvamento. Los usamos en toda clase de misiones, inspección, mantenimiento y construcción. Si algo los lanzara a ustedes al espacio, habría muchas posibilidades de que fuese un

Huros el que fuera a recogerlos y los trajera de nuevo a la nave, sanos y salvos.

Ahora el camino los llevó hacia arriba, en vertical, a todo lo largo de uno de los mástiles lumínicos y por encima de la parte posterior de la nave.

—Con los transbordadores se necesitan entre dos y tres días para llegar a la Luna. Son vehículos espaciosos, como ustedes mismos verán; no obstante, si quieren pasarlo bien, deben imaginarse que están viajando hasta Marte. ¡Seis meses metidos dentro de una caja como ésa es el más puro horror! Los seres humanos no somos

máquinas, necesitamos contacto social, una esfera privada, espacio, música, buena comida, bonitos diseños, alimento para los sentidos. Por eso, la nave espacial que están construyendo aquí no puede compararse con ninguna otra nave tradicional. Una vez terminada, será de un tamaño fuera de lo común, aquí sólo están viendo el elemento del fuselaje, que tiene unos doscientos metros de largo. Más exactamente, se trata de varios elementos individuales acoplados entre sí, en parte tanques desgastados de antiguos transbordadores espaciales, en parte módulos nuevos, de mayor tamaño. En conjunto, conforman la sección de

trabajo y de mando. En ella habrá laboratorios y salas de reuniones, invernaderos e instalaciones de depuración. Los módulos para dormir y entrenar rotan en torno al fuselaje fijados a saledizos centrífugos, de modo que allí predomina una débil gravedad artificial comparable a la de Marte. En un siguiente paso, la estructura será ampliada hacia adelante y hacia atrás con mástiles de varios centenares de metros de longitud.

—¿Varios centenares de metros? — repitió Heidrun, como un eco—. ¡Santo cielo! ¿Qué longitud tendrá ese chisme?

—Se habla de un kilómetro, sin

contar las alas solares, los generadores. Sólo dos tercios corresponden al mástil frontal, en cuyo extremo habrá un reactor nuclear que se ocupará de la propulsión. De ahí esa estructura tan particular. Los hábitats deben estar por lo menos a setecientos metros de la fuente de radiación.

—¿Y cuándo tendrá lugar ese vuelo?

—quiso saber Edwards.

—Los más realistas apuestan por el año 2030. A Washington le gustaría que fuese antes. No sólo hay competencia por llegar a la Luna. Estados Unidos mira al Planeta Rojo y pondrá todo su empeño para...

—...apoderarse de él —dijo Rogachov, completando la frase—. Eso está claro. ¿Es que Orley le ha alquilado todo el astillero al gobierno de Estados Unidos?

—Una parte —respondió Hedegaard

—. Otras secciones de la estación están alquiladas por estadounidenses, alemanes, franceses, indios y japoneses. También hay rusos. Todos poseen estaciones de investigación aquí arriba.

—¿Sólo los chinos no están?

—Sí, son los únicos que faltan. Rogachov se dio por satisfecho con

la respuesta. Entonces el vuelo los condujo a través de los astilleros en

dirección al anillo exterior, con sus talleres y manipuladores. Hedegaard llamó su atención sobre los lejanos extremos de los mástiles, de los que brotaban unas estructuras esféricas:

—El sistema de posicionamiento y de regulación de la órbita. Los tanques esféricos alimentan las toberas de navegación con las cuales la estación, en caso de necesidad, puede bajar, subir o desplazarse de lugar.

—¿Y eso para qué? —preguntó O'Keefe—. Pensé que tenía que permanecer exactamente a esta altura.

—De hecho, sí. Pero, por otro lado, en caso de que se abalance sobre ella un

meteorito o cualquier otro fragmento grande de basura espacial, tendríamos que estar en condiciones de corregir el trayecto de la nave. Por lo general, lo sabemos con semanas de antelación. La mayoría de las veces basta con una reubicación en la vertical, pero en ocasiones es más razonable apartarse un poco a un lado.

—¡Ah, por eso la estación de anclaje es una isla flotante! —exclamó Mimi Parker—. Para poder desplazarla de manera sincronizada con la OSS.

—Exacto —dijo Hedegaard.

—¡Tremendo! ¿Y eso pasa con frecuencia? ¿Esa clase de bombardeos?

—Raras veces.

—¿Y se conocen las trayectorias de todos los objetos? —insistió O'Keefe.

—Bueno. —Black vaciló—. La de los objetos más grandes. Los pequeños pasan junto a nosotros constantemente sin que nos enteremos: nanopartículas, micrometeoritos...

—¿Y qué sucede si uno de esos chismes me golpea el traje?

—De repente la voz de Edwards sonaba como si estuviera deseando regresar al interior de la estación.

—Pues que tendrías un agujero más en tu cuerpo —dijo Heidrun—, y ojalá sea en un sitio bonito.

—No, el traje lo rechazaría. Los blindajes están diseñados para asimilar las nanopartículas, y en caso de que realmente se abra un agujero en el traje del tamaño de una aguja, no por eso muere uno de inmediato. El tejido está relleno por debajo con una capa sintética cuyas cadenas de moléculas se disparan en cuanto el material alcanza su punto de fusión. Y eso, en caso de un impacto de meteorito, se produce debido al calor de la fricción. Tal vez le causaría una pequeña lesión, pero lo mismo le sucedería si pisa un erizo de mar o si un gato le da un zarpazo. Las oportunidades de cruzarse con un

micrometeorito son, con diferencia, menores que las de ser devorado por un tiburón.

—Qué tranquilizador —dijo

Locatelli con voz forzada.

El grupo había cruzado ya el borde exterior del anillo, y siguió el transcurso de otro de los mástiles de rejas. A O'Keefe le habría gustado volverse. Desde allí, desde lo alto, se tendría seguramente una vista fantástica sobre todo el Torus, pero su traje era como el caballo del proverbio, que conocía él solo el camino, y por delante de él se extendía el ajetreo de pájaros de oscuro brillo y envergaduras míticas que

vigilaban ese memorable remanso de civilización en medio del espacio sideral. Más allá de los paneles solares que abastecían de energía la estación sólo estaba el anchuroso espacio.

—Este departamento debería interesarle particularmente a usted. ¡Es su obra, mister Locatelli! —dijo Black

—. Con la energía solar tradicional deberían haberse instalado cuatro o cinco veces más colectores.

Locatelli dijo algo así como que lo que estaba diciendo el guía era absolutamente cierto, y luego añadió un par de comentarios más. O'Keefe creyó entender los vocablos «revolución» y

«humanidad», seguidos de algo parecido a «hiedra biliar», aunque seguramente se tratara de «piedra miliar», o lo que fuera. Por alguna razón, sus palabras se agolpaban en una especie de popurrí gutural.

—Puede estar usted realmente orgulloso de ello, señor —dijo Black—.

¿Señor?

El alabado alzó ambos brazos como si se dispusiera a dirigir una orquesta. Unos gusanos de sílabas subieron por su garganta.

—¿Está todo bien, señor?

Locatelli gimió. Entonces se oyó una arcada eruptiva.

—B-4, hay que abortar —dijo Hedegaard con absoluta tranquilidad—. Es Warren Locatelli. Lo acompañaré hasta la esclusa. El grupo seguirá según el plan.

Un día, contaba Mukesh Nair, cuando aún estudiaba en la universidad, en la pequeña aldea de Loni Kalbhor, alguien cortó la soga con la que su tío se había ahorcado en el travesaño de su choza. Los suicidios estaban entonces a la orden del día entre los campesinos, era la amarga cosecha de la crisis agraria en la India. Mukesh había estado vagando por algunos campos de caña de azúcar en barbecho y se preguntaba qué

se podía hacer contra aquella avalancha de importaciones baratas provenientes de las llamadas naciones desarrolladas, cuya agricultura reposaba sobre el cómodo lecho de plumas de las generosas subvenciones estatales e inundaba el mundo con frutas y verduras a precios ridículos, mientras que los granjeros indios no encontraban ninguna otra salida de sus trampas de deudas salvo la de quitarse la vida.

Por entonces había cobrado consciencia de que no se podía malinterpretar la globalización como proceso iniciado, acelerado y controlado a su antojo por políticos y

empresas. La globalización no era algo que pudiera quitarse y ponerse, no era la causa, sino el síntoma de una idea tan antigua como el propio género humano: la del intercambio de culturas y mercancías. Rechazarla habría sido tan ingenuo como llevar a juicio al estado del tiempo por las malas cosechas. Desde el propio día en que unas personas empezaban a frecuentar el territorio de otras, ya fuera para practicar el comercio o para llevar adelante una guerra, de lo que se trataba siempre era de disponerlo todo para tomar parte en ese territorio y sacar de él el máximo provecho posible. Nair

había comprendido que la miseria de los campesinos no podía atribuirse a un pacto siniestro entre los Estados del llamado Primer Mundo, sino a la incapacidad de los gobernantes de Nueva Delhi para conjugar los puntos fuertes de la India. Y uno de esos puntos fuertes —aun cuando el país históricamente representara como ningún otro el hambre en el mundo— consistía en su capacidad para alimentar al planeta.

Fue por entonces cuando Nair, en compañía de otras personas, inició la llamada Revolución Verde. Se fue a las aldeas, animó a los campesinos para que

dejaran de cultivar caña de azúcar y empezaran a plantar chiles, tomates, berenjenas y calabacines, los abasteció de semillas y fertilizantes, los familiarizó con las nuevas tecnologías, les consiguió créditos baratos para paliar sus deudas, les aseguró cuotas mínimas de venta y les ofreció participación en las ganancias que él, con la ayuda de modernas técnicas de refrigeración, empezó a sacar del suelo, y a las que bautizó con el nombre de su hortaliza preferida: Tomato. Gracias a una logística muy bien pensada, los productos hasta entonces corruptibles hallaron una rápida vía para llegar de

los campos de cultivo a los mostradores de los mercados de Tomato, hasta el punto de que todos los productos de importación, en comparación con los de Nair, parecían caducados o podridos. Algunos jornaleros desesperados, puestos a elegir entre irse a las ciudades y convertirse en asalariados o ahorcarse en un desván, se hicieron empresarios. Tomato experimentó todo un boom. Empezó a abrir cada vez más filiales, y era cada vez mayor el número de campesinos que se convertían en seguidores de Nair en una India deseosa de crecer.

—Los habitantes de nuestras cálidas

ciudades infestadas de microbios quedaron encantados desde el principio con aquellos mercados de productos frescos climatizados y limpios —dijo Nair—. Claro que tuvimos alguna competencia que seguía los mismos conceptos, en parte con ayuda de gigantescos consorcios extranjeros. Sin embargo, yo siempre vi en mis competidores unos aliados. En el momento decisivo, nosotros estábamos bastante más por delante.

Entretanto, Tomato actuaba a nivel global. Nair se había tragado a la mayoría de sus competidores. Mientras que los productos agrarios indios eran

exportados a los rincones más apartados del mundo, ya Mukesh Nair había descubierto para sí hacía tiempo otro campo de actividad, se había metido en el ramo de la ingeniería genética y había regalado a las regiones costeras de su país, siempre en peligro de sufrir inundaciones, una variedad de arroz resistente al agua salada.

—Y es eso, precisamente, lo que nos une —dijo Julian.

Estaban viendo un pequeño robot cosechero que estaba ocupado en recoger tomates cherry de sus estacas, ayudado por sus afiligranados brazos, para de inmediato aspirarlos hacia su

interior antes de que los frutos pudieran salir volando.

—Tomaremos posesión del espacio, poblaremos la Luna y Marte. Tal vez el proceso sea más lento de lo que hemos soñado, pero ocurrirá, y sólo por el hecho de que existe una serie de razones sensatas para ello. Estamos en los inicios de una era en la que la Tierra será sólo uno de los muchos lugares habitables posibles, uno de los muchos centros industriales.

Julian hizo una pausa.

—No obstante, Mukesh, dentro de un tiempo previsible no podrá hacer usted fortuna con frutas y verduras fuera del

globo terráqueo. ¡Nos queda un buen trecho para ver una filial de Tomato en Marte! Usted, Bernard, puede poner a disposición agua para la Luna (un producto imprescindible para cualquier proyecto), pero apenas ganará dinero con ello. En lo que a su trabajo se refiere, Eva: las estancias de larga duración en el espacio, en la Luna y en la superficie de otros planetas, situarán a la medicina ante desafíos completamente nuevos. No obstante, la investigación será en un principio un negocio subvencionado, del mismo modo que yo subvenciono la navegación espacial en Estados Unidos, a fin de

agilizar el fomento de los recursos más importantes para un abastecimiento de energía limpia y sostenible, o al igual que he financiado el desarrollo de los reactores necesarios para ello. Todo lo revolucionario, lo que transforma el mundo, precisa al principio de una inversión de dinero. Tú, Carl, has hecho una fortuna con inversiones muy inteligentes en el ramo del petróleo y del gas, pero luego te has pasado a la tecnología solar; sin embargo, en el espacio no es posible hacer ganancias dignas de mención con esas nuevas tecnologías. ¿Por qué, entonces, deberían ustedes invertir en Orley

Enterprises?

Julian miró a todos los presentes, uno tras otro.

—Les diré por qué. Porque nos unen más cosas de las que fabricamos, financiamos o investigamos: la preocupación por el bienestar de todos. Tenemos a Eva, quien ha logrado producir piel artificial, nervios y células cardíacas. Algo lucrativo, muy lucrativo, pero ésa es sólo una verdad a medias, porque eso, sobre todo,

¡significa esperanza para muchas personas con riesgo de infarto, enfermos de cáncer y víctimas de quemaduras! Y he aquí a Bernard, un hombre que les

facilita el acceso al agua potable a los más pobres entre los pobres. O Mukesh, que ha creado nuevas perspectivas de vida para los campesinos indios, que está dando de comer al mundo. O Carl, cuyas inversiones en energías renovables ayudan a que éstas puedan establecerse más fácilmente. ¿Y cuál es mi sueño? Lo conocen. Saben por qué estamos aquí. Desde que los expertos empezaron a reflexionar sobre tecnologías de fusión menos contaminantes y arriesgadas, o cuando pensaron en cómo transportar de la Luna a la Tierra el combustible del futuro, el helio 3, me he quedado prendado de la

idea de abastecer nuestro planeta con esa nueva energía inagotable. Dediqué muchos años de pérdidas a la labor de desarrollar reactores que pudieran construirse en serie y a construir el primer ascensor espacial que funcionara, y todo para facilitarle a la humanidad un trampolín hacia el espacio. ¿Y saben una cosa?

Julian chasqueó la lengua, satisfecho, y aguardó unos segundos.

—Ese idealismo ha quedado compensado. ¡Ahora quiero ganar dinero con ello, y lo ganaré! ¡Y todos ustedes deben ganar dinero con ello! Con Orley Enterprises, el más importante forjador

de nuevas tecnologías del mundo. Es gente como nosotros la que hace que ese planeta que ahora se encuentra a treinta y seis mil kilómetros por debajo de nosotros se mueva o se detenga. Depende de nosotros. Si unimos nuestras fuerzas, tal vez podrán vender una insignificante cantidad mayor de verduras, de agua o de medicamentos, pero estarán participando en el mayor consorcio mixto del mundo. El día de mañana, Orley Energy, con sus reactores de fusión y su electricidad ecológica, asumirá el liderazgo mundial en el mercado del sector energético. Con la ayuda de nuevos ascensores y estaciones

espaciales, Orley Space acelerará la conquista del sistema solar y la pondrá en provecho de toda la humanidad y, en conjunto con Orley Travel, ampliará el ramo del turismo espacial. ¡Y, créanme, todo eso en conjunto da beneficios! Todos quieren llegar a la órbita, todos quieren ir a la Luna, a Marte o más allá, todos, tanto hombres como naciones. Hacia comienzos del milenio pensábamos que ese sueño ya había llegado a su fin; sin embargo, ¡sólo había comenzado, amigos míos! Pero únicamente muy pocos países disponen de las tecnologías necesarias, y en este aspecto, Orley ha conseguido una

posición delantera inalcanzable. Son nuestras tecnologías las que todo el mundo necesita. ¡Y todos, sin excepción, pagarán el precio!

—Sí —dijo Nair con expresión de respeto—. ¡Sí!

Hanna sonrió y asintió.

«Todos pagarán el precio...»

Todo cuanto Julian había expuesto con su habitual elocuencia y capacidad de persuasión se reducía en sus oídos a esa última frase. Ésta expresaba lo que había ido dejando tras de sí el abandono de los gobernantes de los procesos de globalización, la independización de la economía y la privatización de la

política: un vacío que ahora se llenaba con los hombres de negocios. Esa frase definía el futuro como mercancía. Tampoco los días siguientes cambiarían nada, por el contrario. El mundo sería subastado una vez más.

Sólo que de un modo muy distinto de como Julian Orley se lo imaginaba.

—Ya estoy de vuelta —gorjeó

Heidrun.

—¡Oh, mein Schatz! —El bigote de Ögi se erizó de deleite—. Sana y salva y de una sola pieza. ¿Cómo ha sido?

—¡Estupendo! Locatelli tuvo que vomitar cuando vio sus colectores solares.

Heidrun se acercó volando y le dio un beso a su marido. La acción provocó un rechazo, y poco a poco la mujer se fue alejando de nuevo, estiró la mano hacia el respaldo de un asiento y se ató otra vez.

—¿Warren sufrió el mal del espacio? —preguntó Lynn.

—¡Sí, fue genial! —dijo Heidrun radiante—. Nina se deshizo de él y fue entonces cuando el paseo se volvió realmente agradable.

—Bueno, no sé. —Donoghue frunció los labios. Con los cachetes rojos y mofletudos, reinaba en la nada con la nobleza de un Falstaff, el cabello

abombado como si un animal se le hubiera muerto en la cabeza—. A mí me suena peligroso eso de que uno vomite dentro del casco.

—Tú no tienes por qué salir —opinó

Aileen con voz aguda.

—Tonterías. No quería decir con eso que...

—Tienes sesenta y cinco años, Chucky. No hay necesidad de participar en todo.

—¡He dicho que suena peligroso!

—rugió Chuck Donoghue—. ¡No que tuviera miedo a hacerlo! ¡Aunque tuviera cien años, saldría! Y, a propósito de la edad, ¿conocéis el chiste

del viejo matrimonio ante el juez del divorcio?

—¡Juez del divorcio! —Haskin soltó un anticipo de carcajada—. Cuéntenoslo.

—Pues la pareja va a ver al juez del divorcio y éste mira a la mujer y le dice:

«Dios santo, ¿qué edad tiene usted?»

«Oh, tengo noventa y cinco.» «Vaya, ¿y usted?» El marido reflexiona y dice:

«¡Noventa y ocho!» «Dios Todopoderoso —dice el juez—, no puedo creerlo. ¿Y por qué quieren divorciarse a esta edad?» «Ah, ¿sabe usted, ilustrísima...?»

Tim enseñó los dientes. No podía

soportarlo más. Sin piedad, desde hacía dos horas, Chucky soltaba un petardo de chiste tras otro.

—«...queríamos esperar a que nuestros hijos murieran.»

Haskin dio un salto acrobático. Por supuesto que todos rieron. El chiste, a fin de cuentas, no era tan terrible, por lo menos no lo suficientemente malo como para atribuirle a Donoghue la culpa absoluta del estado de ánimo apocalíptico de Tim. Pero acababa de ver a Lynn allí sentada, como si fuese de piedra y su mente estuviera en otra parte. La mirada de su hermana terminaba a pocos centímetros de su

propia cara. Por lo visto, estaba completamente absorta. Entonces, de repente, ella también rió.

«Puede que me equivoque —pensó Tim—. Esto no tiene que significar necesariamente que todo va a empezar de nuevo desde el principio.»

—¿Y qué habéis hecho en este tiempo? —preguntó Heidrun mirando con curiosidad a su alrededor—.

¿Habéis recorrido la estación a través de la maqueta?

—Sí, ahora mismo podría reproducirla pieza por pieza —se pavoneó Ögi—. Una obra grandiosa. Tengo que confesar que estoy

asombrado con las medidas de seguridad.

—¿Y por qué le sorprende eso? —

preguntó Lynn.

—La privatización de la navegación espacial da pábulo por ahí al temor de que todo se haga con un par de puntadas.

—¿Y estaría aquí si de verdad eso fuese un serio motivo de preocupación para usted?

—Eso también es cierto —rió Ögi

—. No obstante, han sido ustedes rápidos. Extraordinariamente rápidos. Aileen y Chuck, aquí presentes, saben de sobra lo que son las normativas de construcción, los informes periciales y

los gastos...

—¿Que si lo sabemos? —gruñó Chucky—. ¡Podríamos escribir todo un tratado al respecto!

—Cuando concebimos el Red Planet, les pareció que el proyecto era irrealizable —confirmó Aileen—.

¡Menudo hatajo de cobardes! Tardamos una década desde que empezamos los bocetos hasta que iniciamos la obra, y ni siquiera después nos dejaron en paz.

El Red Planet era la joyita de los Donoghue, un hotel de lujo en Hanoi que imitaba el paisaje de Marte.

—Hoy en día se lo considera una joya de la estática —dijo la mujer con

expresión triunfal—. ¡Jamás ha habido un incidente en ninguno de nuestros hoteles! Pero ¿qué sucede? Cada vez que planeas algo nuevo, ellos se acercan tambaleándose como zombis e intentan devorarte, minar tu entusiasmo, tus ideas, la creatividad que has tomado prestada al Creador. Uno llega a pensar que con los años ha acumulado un patrimonio en referencias, pero es como si no percibieran en lo absoluto la obra de toda tu vida. Sus ojos están muertos, y sus mentes están llenas de eso, de normativas.

«Oh, por favor», pensó Tim.

—Sí, sí —dijo Ögi, frotándose el

mentón en un gesto pensativo—. Sé muy bien a lo que se refiere. En ese sentido, mi querida Lynn, no es que me proponga verter el agua del escepticismo en el vino de la admiración. Como he dicho, ustedes han hecho posible la estación en un tiempo extremadamente rápido. También podría decirse que sospechosamente rápido, comparado con la ISS, que es mucho más pequeña, y que tardó mucho más tiempo.

—¿Quiere una explicación para ello?

—Corriendo el riesgo de abusar de usted...

—Usted no abusa de mí, Walo, de

ningún modo. La presión de la competencia es la madre de toda chapuza. Sólo que Orley Space no tiene competidores. Jamás hemos tenido que ser más rápidos que otros.

—Hum.

—Fuimos rápidos gracias a la perfecta planificación, de modo que la OSS al final casi se construyó por sí sola. No tuvimos que coordinar nada excepcional con una docena de rígidas autoridades ni nos vimos obligados a movernos por las arenas movedizas de la burocracia. Sólo teníamos un socio en este negocio, los Estados Unidos de América, que habrían vendido hasta el

mismísimo Monumento a Lincoln con tal de verse libres de la trampa de las materias primas. Nuestros acuerdos se complementaban a la perfección. Estados Unidos construye su base y proporciona la tecnología para la explotación del helio 3, y nosotros ponemos en marcha nuestros reactores aptos para el mercado, un sistema de transporte rápido y barato hasta la Luna y, otra cosa que no se puede olvidar,

¡mucho dinero, un montón de dinero! La aprobación intermedia por parte del Congreso fue sólo un trámite.

¡Perspectivas grandiosas para todos! Para unos, la monopolización del

negocio de los reactores; para otros, el regreso a la cima de las naciones con programas espaciales y la solución de todos los problemas energéticos. Créame, Walo, con tales posibilidades a la vista, no hay otro camino que valga, salvo el de ser rápidos.

—¡Cuando se tiene razón, se tiene!

—dijo Donoghue con voz de trueno—.

¿Cuándo el asunto ha sido si algo se puede construir o no? A fin de cuentas, todo depende siempre, única y exclusivamente, del maldito dinero.

—Y de los zombis —asintió briosamente Aileen—. Hay zombis por todas partes.

—Perdona —dijo Evelyn Chambers levantando la mano—. Tal vez tengas razón, pero por otro lado nosotros no estamos aquí para tirarnos flores mutuamente. Se trata de inversiones. Mi inversión en vosotros es mi credibilidad, de modo que deberíamos poner todas las cartas sobre la mesa. ¿O qué crees tú?

Tim observó a su hermana. Obviamente ella no sabía a lo que aludía Evelyn Chambers, pero se mostró franca e interesada.

—Por supuesto. Pero ¿de qué me estás hablando?

—De fallos.

—¿Y cuáles serían esos fallos?

—Vic Thorn, por ejemplo.

—Claro. Está en la agenda. —Lynn no movió ni una pestaña—. Más tarde iba a referirme a él, pero podemos adelantarlo.

—¿Thorn? —Donoghue frunció el ceño—. ¿Y quién se supone que es ése?

—Ni idea —dijo Ögi encogiéndose de hombros—. Pero me gustaría oír algo acerca de esos fallos. Sólo para reconciliarme con los míos propios.

—Nosotros no tenemos secretos — dijo Haskin—. El año pasado la noticia llenó todos los telediarios. Thom pertenecía a la primera tripulación a

tiempo completo de la base lunar estadounidense. Había hecho un trabajo excelente, por eso lo propusieron para que pasara allí otros seis meses, esta vez con el cargo de director. Él aceptó y viajó hasta la OSS para, desde allí continuar vuelo hacia la base.

—Es cierto, ahora el asunto me suena familiar—dijo Heidrun.

—A mí también —asintió Walo—.

¿No hubo problemas con una misión en el exterior?

—Con uno de los manipuladores, para ser exactos. El aparato bloqueó las escotillas de carga del transbordador que debía llevar a los hombres de Thorn

hasta la Luna. Se había quedado paralizado en pleno movimiento, después de que un fragmento de basura espacial impactara con él. Enviamos un Huros...

—¿Un qué? —preguntó Aileen.

—Un robot humanoide. El Huros encontró algunas esquirlas en una de las articulaciones, las cuales, por lo visto, habían hecho que el manipulador se desconectara.

—Eso suena muy razonable.

—Las máquinas no tienen noción alguna de lo que es razonable o no — dijo Haskin, y examinó a la mujer como si ésta hubiera insinuado que no se debía

mandar a los robots al exterior sin ponerles antes unos calcetines calientes

—. Acordamos que era preciso limpiar la articulación, pero el Huros no podía hacerlo, por eso enviamos a Thorn y a otra astronauta. Sólo que el manipulador no se había desconectado: se había sumido provisionalmente en una especie de coma eléctrico. De repente despertó de nuevo y lanzó a Thorn hacia el vacío. Por lo visto, sus sistemas de soporte vital se habían dañado. Perdimos el contacto con él.

—Qué horrible —susurró Aileen con voz apagada.

—Sí. —Haskin guardó silencio por

un instante—. No debió de sufrir durante mucho tiempo. Posiblemente su visor recibió un golpe.

—¿Posiblemente? ¿Es que no pudieron...?

—Por desgracia, no.

—Siempre pensé que simplemente era posible seguirlo. —Aileen extendió el pulgar y el índice de su mano derecha para formar las alas de un avión y cruzó el aire con ellos—. Como en el cine.

—En el cine, sí —dijo Haskin con expresión recriminatoria.

—Pero también deberíamos contar que la actual generación de Huros, los de esta nueva serie de fabricación, sí

que probablemente podrían haberlo salvado —dijo Lynn—. Además, el control a distancia de los trajes espaciales ha seguido perfeccionándose. Por lo menos, podríamos haberlo traído de vuelta.

—Si no recuerdo mal —dijo

Chambers—, hubo una investigación.

—Cierto —asintió Lynn—. Y terminó con una demanda nuestra a una firma japonesa de robótica. Ellos habían construido el manipulador. Era inequívocamente un caso de responsabilidad ajena. La muerte de Thorn fue una tragedia, pero los que hacemos funcionar la OSS, es decir,

nosotros, fuimos absueltos de toda responsabilidad.

—Gracias, Lynn. —Chambers miró a unos y a otros—. En fin, a mí me basta como explicación. ¿O no?

—Las hazañas de los pioneros siempre exigen sacrificios —bramó Chuck Donoghue—. El primer pájaro captura al gusano, y a veces es devorado por éste.

—Bueno, pero miremos esto un poco más —propuso Ögi.

—¿No está usted convencido? —

preguntó Lynn.

El suizo vaciló.

—Sí, creo que sí.

Y entonces sucedió. Fue un descarrilamiento apenas perceptible en la comisura de sus labios, la fusión nuclear del pánico en la mirada de Lynn, cuando ella...

...siente esa fuerza de absorción, como ya había ocurrido en otro momento, cuando se vio arrastrada al infierno, y se pregunta entonces, horrorizada, en qué se ha metido. Hace ya algunas semanas que ha empezado a ver algunos puntos débiles en su trabajo, sobre todo en aspectos donde esos puntos débiles no existen. Estaría dispuesta a afirmar bajo juramento que la estación espacial de Julian va a

sobrevivir a toda la estúpida humanidad, mientras que, en la parte oculta, entre bambalinas, sólo ve a cada instante algo que explota o que se quiebra. ¿Y por qué?

Porque esa parte es la única que ella ha concebido, no Julian, porque es sobre la que recae toda su responsabilidad.

Sin embargo, en ella han trabajado los mismos diseñadores, los mismos arquitectos, ingenieros, las mismas cuadrillas de obreros. Los módulos de su estación apenas se diferencian de los restantes: idénticos sistemas de soporte vital, los mismos métodos constructivos. No obstante, a Lynn la atormenta la idea

de que puedan tener un fallo. Cuanto más alaba su trabajo Julian, tanto más profundamente la devoran en su mente las dudas sobre sí misma. Se pasa todo el tiempo esperando lo peor. Su prudencia, normalmente tan encomiable, va creciendo hasta convertirse en una paranoia de constante recelo, busca como obsesionada cualquier indicio de su fracaso y se pone tanto más nerviosa cuantos menos encuentra. El OSS Gran se infla hasta convertirse en un espantajo de su superioridad, antes de explotar como una pompa de jabón, lo que querría decir asumir la responsabilidad por la muerte de decenas de personas.

Los remaches, los puntales, los aislantes, los ventiladores, los aparatos electrónicos, las bombas de circulación, las esclusas de aire, los corredores, en todos ve ella el constructo de sí misma, algo que intenta resquebrajarse. Su excitado hipotálamo erosiona el bombardeo de adrenalina y cortisona en cuanto ella piensa en esos dos hoteles, el del espacio y el de la Luna. Si el miedo, según el concepto teológico, es lo contrario de la fe, la separación de lo divino, entonces Lynn se ha convertido en la pagana por antonomasia. El miedo a la destrucción. El miedo a ser destruida. Una y la misma cosa.

En algún momento, ya en el fondo de la desesperación, el demonio se le acercó bajo el ropaje de sus pensamientos y le susurró que el miedo al infierno sólo se supera cuando uno se adentra en él por su propio pie. ¿Cómo escapar al ciclo del miedo a que algo espantoso ocurra? ¿Qué salida nos queda antes de perder por completo la razón? ¿Cómo se libera uno?

¡En la medida en que sucede!

La pregunta es, naturalmente, ¿qué quedará de ella si su obra se revela como perecedera? ¿Es ella algo más que una invención de Julian, un personaje cinematográfico? ¿Qué ocurre si Julian

deja de pensarla, pues ella se revela como indigna de ser pensada? ¿La amenaza en ese caso un sufrimiento constante? ¿La condena eterna? ¿Una existencia banal? ¿O es que acaso tiene que perecer para renacer más radiante que nunca? Si llega a su fin todo aquello a través de lo cual ella misma se define y la definen otros, ¿podrá por fin salir a la luz la verdadera Lynn, si es que existe?

—¿Señorita Orley? ¿No se siente usted bien?

—Cariño, ¿qué te pasa? —Era el falsete maternal de Aileen—. Estás blanca como el papel.

—¿Lynn? —Tim apareció a su lado. La suave presión de sus dedos en su brazo. Poco a poco, empezaron a girar como dos estrellas hermanadas.

«Lynn, oh, Lynn. ¿En dónde te has metido?»

—¡Eh, Lynn! —Unos dedos blancos y delgados le acariciaron la frente, unos ojos violetas la miraban—. ¿Va todo bien? ¿Has fumado algo de mala calidad?

—Lo siento —dijo ella, parpadeando—. Me habéis pillado.

—¿En qué te hemos pillado, cariño? La sonrisa regresó a los labios de

Lynn. Un caballo que conocía el camino.

Tim la observaba con ojos penetrantes. Estaba a punto de decirle que él sabía bien lo que pasaba, pero no debía decir ni preguntarle nada. Lynn se estiró, se apartó de aquella fuerza que la absorbía. Una victoria momentánea.

—Mal del espacio —dijo—. Qué tontería, ¿no es cierto? Pensé que jamás me pasaría, pero me habré equivocado. Las luces se han apagado por un momento.

—En ese caso, yo también puedo admitirlo —dijo Ögi, sonriendo—. Yo también me siento un poco pachucho.

espacio?

—Pues sí.

—¿Y por qué no has dicho nada?

—Agradécelo. Llegará el día en que sean mis enfermedades las que hablen por mí. ¿Está usted mejor, Lynn?

—Sí, gracias. —Lynn apartó la mano de Tim—. Planifiquemos el día.

Su hermano la miraba fijamente.

«Claro —le decía su mirada—, tienes el mal del espacio. Y yo soy el hombre de la Luna.»

Tim consiguió atajar a Julian cuando éste salía de su suite, una hora antes de la cena. El padre de Tim llevaba puesta una camisa cortada a la moda, con

corbata, los obligados vaqueros y unos elegantes mocasines con el emblema de Mimi Kri.

—Tú también puedes vestirte con su ropa si quieres —dijo Julian con jovialidad—. Mimi ha creado una colección para la estancia en la ingravidez y en gravitación reducida. Está bien, ¿no? —Entonces giró sobre sí mismo—. Reforzado con fibras, nada puede revolotear. Ni siquiera la corbata.

—Julian, escucha...

—Ah, antes de que me olvide, ella también ha traído algo para Amber. Un vestido de noche. Vaya, qué estúpido soy. Quería que la sorprendiera, pero ya

ves cómo está todo aquí. Esta turba no me deja ni un minuto de paz. Por lo demás, ¿todo bien, hijo?

—No, tengo que...

—Vestidos de noche en la ingravidez, ¡imagínatelo! —Julian sonrió—. ¿No es algo descabellado? ¡Es una locura! Sin esos refuerzos podrías mirar bajo la falda de cualquiera. Marilyn Monroe estaría indefensa frente a esto, allí de pie sobre ese respiradero, cuando la ráfaga de aire le levanta el vestido, ya sabes. —No, no lo sé.

Julian frunció el ceño. Por fin parecía percibir la presencia de Tim en su conjunto, un mono estrujado con una

mancha rojiza en la parte superior, algo que no prometía nada bueno.

—Probablemente no conozcas la película, ¿o sí?

—Padre, me importa una mierda a quién se le suba la falda. Tienes que ocuparte de tu hija otra vez, maldita sea.

—Y lo hago. Desde que vino al mundo, para ser más exactos.

—Lynn no está bien.

—Ah, es eso. —Julian miró su reloj

—. Sí, me lo ha contado. ¿Vienes con nosotros al Kirk?

—¿Qué te ha contado? —preguntó

Tim, perplejo.

—Que ha tenido el mal del espacio.

—Julian rió—. Hasta ahora no lo había sufrido. ¡A mí también me daría rabia!

—No, espera. —Tim negó con la cabeza en un gesto de impaciencia—. Tú no lo entiendes. Lo que tuvo Lynn no fue el mal del espacio.

—¿Ah, no? ¿Y qué fue, entonces?

—Que esto la supera. Que está al borde de un ataque de nervios.

—Puedo entender que te preocupes, pero...

—¡Ella no debería estar aquí, padre! Se está desgastando. Dios mío, cuántas veces tendré que decírtelo: Lynn está en las últimas. No podrá aguantar todo esto. Nunca se trató seriamente lo de

hace cinco años...

—¡Eh! —Julian lo miró fijamente—.

¿Se te ha ido la olla? Éste es su hotel.

—Bueno, ¿y qué?

—¡Es su obra! ¡Santo cielo, Tim! Lynn es la presidenta de Orley Travel, tiene que estar aquí.

—¡Tiene...! ¡Ya, claro!

—¡No me vengas ahora con ésas!

¿Has tenido tú que hacer algo conmigo alguna vez? ¿Acaso te he impedido que seas maestro o que te metieras en la maldita política local, a pesar de que tenías todas las puertas abiertas en Orley?

—Ahora no se trata de eso.

—Nunca se trata de eso, ¿verdad? Tampoco se trata de que tu hermana tenga más éxito que tú y que eso, en el fondo, te joda, ¿no?

—¿Ah, sí? ¿Eso crees?

—Claro que sí. ¡Lynn no tiene ningún problema! ¡Tú sí que tienes algunos! Intentas presentarla como débil porque tú mismo no consigues hacer nada.

—Ésa es probablemente la mayor tontería que he... —Tim hizo un esfuerzo por controlarse y bajó la voz—. Por mí, puedes creer lo que quieras, me da igual. Pero ¡préstale atención a ella! ¿Es que ya no recuerdas lo que sucedió hace

cinco años?

—Por supuesto que lo recuerdo. En aquella ocasión estaba exhausta. Si fueras tú el que tuvieras que asumir parte de su carga...

—No, Julian, no fue que estuviera exhausta. ¡Estaba quemada! Estaba enferma, psíquicamente enferma.

¿Cuándo entenderás eso? ¡Tenía una grave depresión! ¡Corría el riesgo de cometer suicidio!

Julian miró a su alrededor, como si las paredes tuvieran oídos.

—Escucha, Tim, y presta atención

—le susurró su padre—. Lynn ha trabajado duro por conseguir esto. La

gente la admira y la respeta. Éste es su gran momento. No permitiré que se lo estropees sólo porque te pasas la vida viendo fantasmas por todas partes.

—Mira que llegas a ser arrogante.

¡Estás completamente pirado!

—No, el que está pirado aquí eres tú. ¿Por qué viniste, si puede saberse?

—Para cuidar de ella.

—Oh. —Julian soltó una risa burlona—. Y yo que pensé que, aunque fuera un poquito, tenía algo que ver con mi persona. Perdona este ataque de sentimentalismo, pero ¿qué más da? Hablaré con ella, ¿de acuerdo? Le diré lo estupendamente que lo ha hecho todo,

que es perfecto que el mundo la tenga en sus brazos. ¿Está bien así?

Tim guardó silencio mientras Julian, visiblemente malhumorado, desaparecía en dirección a la esclusa. Por el otro lado se acercaba O'Keefe.

—Eh, Tim.

—Hola, Finn. ¿Todo bien?

—Estupendo, gracias. ¿Viene usted con nosotros al Picard a tomar algo?

—No, nos veremos más tarde durante la cena. —Tim se quedó pensativo—. Necesito conseguir una corbata con refuerzo de fibras. Sin esos refuerzos no se puede aguantar la estancia aquí.

AL ANOCHECER

El hombre de los ojos de distinto color se interesaba mucho por el arte de preparar filetes a treinta y seis mil kilómetros de la Tierra, de tal modo que éstos quedaran crujientes y tostados por fuera y mantuvieran su color rosadito por dentro sin que la carne derramara una sola gota de su jugo.

Quería saber, además, lo que despertaba esa atracción de la gente por Marte.

—La vida —le dijo Julian—. Si encontrásemos vida allí, eso cambiaría

nuestra imagen del mundo de manera fundamental. Yo había pensado que a ti, precisamente, la idea te fascinaba.

—Y así es. ¿Qué dicen los expertos?

¿Hay vida en Marte?

—Claro —sonrió Julian—. Arañas.

—Arañas marcianas. —El otro le devolvió la sonrisa—. Seguro que podría hacerse algo con eso.

Por su parte, muchos de los integrantes del grupo se interesaban también por el hombre de los ojos de distinto color. Por desgracia, Walo Ögi, su mayor admirador, fue arrastrado por Bernard Tautou y Oleg Rogachov hacia el carril de los temas económicos,

mientras que Winter y Hsu, con la aprobación inexplicable de Momoka Omura, analizaban el efecto terapéutico del lujo en las depresiones de otoño. Faltaba Warren Locatelli, quien, al igual que Paulette Tautou, había sucumbido a las fuerzas aliadas del nervio vago y de diversos neurotransmisores que impulsaban el vaciado de sus estómagos desde una región del tronco encefálico conocida con el nombre de «centro del vómito».

Dejando de lado tales detalles, fue una cena brillante.

Habían bajado la intensidad de las luces, de modo que la Tierra relucía

como un gigantesco farolillo a través del suelo de cristal. Por primera y última vez hubo bebidas alcohólicas, un champán servido en unos biberoncitos provistos de tubuladuras de aspiración. Al igual que la noche anterior, la comida impresionaba por su asombrosa calidad. Para el tiempo que durase la estancia, Julian había hecho venir a un estelar cocinero alemán, portador de numerosos premios, un suabo llamado Johannes King, que había incrementado la eficiencia de la cocina en un trescientos por ciento y era capaz de hacer, como por arte de magia, cosas tan asombrosas como verduras trufadas con bechamel,

con auténticas trufas de Périgord, por supuesto, las cuales, después de varios experimentos, habían sido adaptadas a los inconvenientes de la ingravidez.

—Y es que cualquier salsa, es decir, cualquier cosa líquida o cremosa, se independiza en el estado de caída libre

—dijo el cocinero mientras realizaba su vuelo de recorrido. Era un personaje vivaracho, de una movilidad inquieta, y parecía sentirse tan a gusto en la ingravidez como un pez en el agua—. A menos que le demos una consistencia que le permita quedarse adherida a la carne o a la verdura. Sin embargo, si la capa es demasiado espesa, tampoco

sabe muy bien, de modo que es como andar por la cuerda floja.

Tautou propuso que la Guía Michelin se ampliara con un capítulo dedicado a la «Periferia próxima a la Tierra». Y es que, según el francés, ¿qué cosa podía haber más sensata que otorgar estrellas «allí arriba»? A continuación, no le dio vergüenza alguna seguir vertiendo en el oído de todos, con cansino entusiasmo, aquella floja analogía, al tiempo que les iban sirviendo, sucesivamente, paté de jabalí con arándanos, filetes, gratinado de patatas y un cremoso tiramisú.

—¡En cambio, no verán nada de

cebolla, ni alubias, nada que produzca gases! La salida de flatulencias corporales, en condiciones de vida tan apretadas, crea un auténtico problema, y gracias a eso las personas se han vuelto menos violentas. Por cierto, lo que ustedes están comiendo ahora aquí en la Tierra les parecería demasiado condimentado, pero en el espacio las papilas gustativas trabajan a fuego lento. Y otra cosa, a partir de ahora deben comer despacio. Tomar cada bocado con parsimonia, llevárselo a la boca con cuidado, luego meterlo dentro de forma rápida y decidida y masticarlo bien.

—En cualquier caso, estos filetes

son obra de Dios —opinó Donoghue.

—Gracias. —King hizo una reverencia, se volcó hacia adelante y realizó una especie de salto mortal—. En realidad, se trata de productos sintéticos esterilizados, provenientes de la cocina molecular. Pero permítanme decirles que estamos muy orgullosos de ellos.

Donoghue guardó silencio durante los siguientes diez minutos, sumido en un estado de profunda reflexión.

O'Keefe tomó un sorbo de champán. El actor se esforzaba por mantener

intacta su actitud de enfado. Tal vez se había dado cuenta de que Heidrun estaba

sentada a su lado o, mejor dicho, que la suiza había encajado sus piernas en el entramado previsto para ello. A pesar de que eso le agradaba, él la castigaba con su desprecio y charlaba con expresión ostentosa con el huésped sorpresa. La suiza, por su parte, no hizo ningún ademán de dirigirle la palabra. Sólo después de haber comentado todas las vivencias del día, cuando las conversaciones empezaron a convertirse en fractales de sí mismas, Finn se dignó dedicarle un comentario sibilante:

—¿Qué diablos estabas pensando esta mañana?

Ella se mostró perpleja:

—¿De qué hablas?

—Mira que empujarme fuera de la esclusa.

—Oh. —Heidrun guardó silencio por un momento—. Ya entiendo. Estás enfadado.

—No, pero tengo dudas de tu buen juicio. Eso fue bastante peligroso.

—Chorradas, Finn. Puede que yo tenga una mente infantil, pero no estoy loca. Nina me contó ayer que los trajes eran dirigidos por un control remoto.

¿Crees en serio que dejarían a merced de sí mismos, ahí fuera, a un paquete de turistas cuyo mayor mérito deportivo es haber aprobado el examen básico de

natación?

—Entonces, ¿no querías matarme? Eso me tranquiliza.

Heidrun sonrió enigmáticamente para sí.

—Creo que sólo quería ver dónde acababa Perry Rodhan y dónde empezaba Finn O'Keefe.

—¿Y?

—Sería más plausible si interpretaras al personaje como a un imbécil.

—¡Un momento! —protestó O'Keefe

—. Un imbécil que a la vez es un héroe.

—Sí, claro. Además, cogiste la curva con suficiente rapidez y destreza

como para que en una futura adjudicación de mujercitas ávidas de apareamiento no quedes fuera de la competencia. ¿Satisfecho?

Finn sonrió. En la pausa que se sucedió a continuación, oyó a Eva Borelius que decía:

—No es una cuestión teológica, Mimi, sino una pregunta sobre los orígenes de nuestra civilización. ¿Por qué los seres humanos ansían superar ciertos límites? ¿Qué buscan en el espacio? A veces tengo ganas de sumarme al coro de la indignación por los millones y millones de personas que pasan hambre, que no tienen acceso al

agua potable...

—Sí lo tienen —graznó Tautou, interrumpiéndola, pero de inmediato fue puesto en firme otra vez por el pistoletazo de Karla Kramp, que le espetó: «¡No lo tienen!»

—...mientras que toda esta diversión consume sumas astronómicas de dinero. Nosotros, sin embargo, tenemos que investigar. Toda nuestra cultura se basa en el intercambio y la propagación. A fin de cuentas, en lo desconocido nos buscamos a nosotros mismos, nuestro significado, nuestro futuro, como ya lo hizo Alexander von Humboldt, o como lo hace Stephen Hawking...

—Yo no estaría aquí si tuviera algo en contra de la propagación de la raza humana —dijo Mimi Parker en tono mordaz.

—Pero ha sonado de ese modo.

—¡Para nada! Sólo que me opongo a ese principio obtuso de pretender indagar en algo que es obvio. Yo, por mi parte, estoy aquí para asombrarme, para admirar su obra.

—Obra que, según su criterio, tiene seis mil años de antigüedad.

—También podrían ser diez mil. Consideramos que podrían ser diez mil, no somos dogmáticos ni mucho menos.

—¿Y no más? ¿No serán, por lo

menos, un par de millones de años?

—De ningún modo. Lo que yo espero encontrar aquí fuera...

«Ajá —pensó O'Keefe—. Ahora lo recuerdo: "La creación a imagen y semejanza, tal y como aprendimos de nuestro jefe supremo hace seis mil años." Parker es, a bordo, la representante de los creacionistas.»

—¿Y qué esperas encontrar tú aquí?

—le preguntó Finn a Heidrun, que reía por algo que acababa de decir Carl Hanna.

—¿Yo? —La suiza volvió la cabeza. Su larga trenza blanca coleteó tras ella

—. Yo no he traído expectativa alguna.

—¿Y por qué estás aquí, entonces?

—Porque invitaron a mi marido. En estos casos, deben cargar conmigo, lo quieran o no.

—Bien, pero ahora estás aquí.

—Hum. A pesar de eso, no confío demasiado en las expectativas. Prefiero que me sorprendan. En cualquier caso, hasta ahora todo ha sido estupendo. — Heidrun vaciló y se acercó un poco a él

—. ¿Y tú? ¿Qué buscas tú?

—Nada. Yo hago mi trabajo.

—No lo entiendo.

—¿Qué es lo que hay que entender? Estoy aquí para hacer mi trabajo y punto.

—¿Tu... trabajo?

—Sí.

—¿Llamas trabajo a dejarte enyuntar al carro de Julian? —Por eso estoy aquí.

—Santo cielo, Finn. —Heidrun negó lentamente con la cabeza en un gesto de incredulidad. De repente, a él lo sobrecogió la embarazosa sensación de haber pulsado la tecla equivocada—.

¡Eres un tremendo gilipollas! Cada vez que empiezas a caerme bien...

—¿Por qué? ¿Qué he hecho esta...?

—¡Esa pose distanciada! Siempre impasible ante todo, ¿no es eso? Con la gorra de béisbol calada hasta la nariz, siempre avanzando por otros caminos.

Precisamente a eso me refería antes.

¿Quién es este O'Keefe?

—El que está sentado delante de ti.

—¡Y una mierda! Eres alguien que tiene una vaga idea de cómo debería ser ese O'Keefe para que todos lo vean como a un tipo superguay, un rebelde cuyo problema es que no existe realmente nada contra lo que pueda rebelarse, salvo tal vez el tedio.

—¡Eh! —exclamó Finn, inclinándose hacia adelante—. ¿Qué te hace pensar que soy así, maldita sea?

—Tu jodida actitud.

—Tú misma lo has dicho...

—He dicho que no tenía ninguna

expectativa, lo que quiere decir que estoy abierta a todo. Y eso es mucho. Tú, por el contrario, afirmas que para ti no es más que un trabajo. Según el principio de que Julian es simpático y la Luna es redonda, y ahora todos nos mantendremos cogidos de las manos hasta que la cámara se apague y yo pueda irme por fin a tomar una copa.

¡Eso es asqueroso, Finn, infinitamente poco! ¿Cuán saturado estás realmente?

¿Es que pretendes contarme en serio que estás a merced de las pocas perras que Julian piensa pagarte por la diversión?

—Tonterías. No voy a cobrar un céntimo por esto.

—Entonces, dime, es tu última oportunidad. ¿Qué estás haciendo aquí arriba? ¿Qué sientes, por ejemplo, al contemplar la Tierra?

O'Keefe dejó pasar un rato que aprovechó para reflexionar. Con expresión ensimismada, miró hacia abajo a través del suelo de cristal. Su problema era que no se le ocurría ninguna respuesta convincente. La Tierra era la Tierra.

—Distancia —dijo finalmente.

—Distancia —repitió Heidrun, que, al parecer, saboreó la palabra—. ¿Y qué tipo de distancia? ¿Una agradable distancia o una distancia de mierda?

—Vamos, Heidrun. Por mí puedes llamarlo pose, pero yo sólo quiero que me dejen en paz. Piensas que soy un tipo aburrido y presuntuoso que ha perdido todo placer en buscar la confrontación. Tal vez tengas razón. Hoy en día soy una persona dócil y compatible. Soy el amable Finn. ¿Qué esperas?

—No lo sé. ¿Qué esperas tú?

—¿Por qué te interesa tanto saberlo? Apenas nos conocemos. —Porque tú me interesas... Todavía.

—Yo tampoco lo sé. Sólo sé que hay directores que trabajan con presupuestos ínfimos y hacen películas estupendas, a pesar de todas las circunstancias en

contra. Otros hacen música que nadie quiere oír, salvo un par de locos tal vez, pero siguen mostrándose imperturbables con lo que hacen, se mueren por hacerlo. Alguna gente apenas puede costearse el matarratas que le permite seguir escribiendo, pero cuando encuentras algo de ellos en la red por casualidad y te lo descargas, te sientes especialmente conmovido al ver cómo en ellos el concepto de humanidad va aparejado con algo no comercializable, y entonces comprendes con claridad que los grandes sentimientos siempre germinan en lo pequeño, en lo íntimo, en la desesperación. En cuanto les añades una

orquesta, se vuelven patéticos. Visto así, la mujer más hermosa no puede medirse con la más infame prostituta. No existe ningún lujo que te proporcione mejor la sensación de estar vivo que una borrachera después de haber estado bebiendo en demasía con el tipo adecuado, o cuando te palpas el hueso nasal tras haber estado con los inadecuados. Vivo en los mejores hoteles del mundo, pero estar con alguien que alimenta un sueño en un cuarto trasero con olor a moho, en uno de esos barrios en los que no entra voluntariamente ninguna persona decente, me conmueve más que un viaje

a la Luna.

Heidrun reflexionó sobre lo dicho por Finn.

—Qué bonito cuando uno puede permitirse el romanticismo de la pobreza —afirmó la suiza.

—Sé a lo que te refieres, pero yo no hago eso. Yo no crecí en circunstancias humildes. No soy portador de ningún mensaje, no tengo rabia social, y no estoy situado en ningún vector de la política. Tal vez se trate de una falta de compromiso, pero a mí no me lo parece. Nos lo pasamos bien cuando estamos rodando «Perry Rhodan», de eso no hay duda. Yo soy el último que dice «no» el

día de cobro. Me da placer incluso ahora ser un buen chico, un chico majo y rico que puede viajar a la Luna gratuitamente. Me doy cuenta de todo eso y pienso: «Mira tú, el pequeño Finn.» Luego me encuentro con mujeres que querrían estar conmigo porque les parece que yo formo parte de sus vidas, lo que, en cierto modo, es verdad. Yo las acompaño a lo largo de esta vida insignificante, una vida, en mi criterio, estupenda, estoy constantemente con ellas, en el cine, en las revistas, en Internet, en las fotos. Por las noches, cuando se desvelan, me confían sus secretos. En sus crisis vitales, mis

películas se vuelven importantes para ellas. Leen entrevistas conmigo y piensan a cada frase: «¡Vaya, este tío me entiende! ¡Sabe exactamente cómo me siento!» Por eso luego, cuando se encuentran conmigo, están convencidas de tener delante a un conocido, a un amigo, alguien que piensa igual que ellas. Creen conocerme, pero yo a ellas no las conozco. Yo lo significo todo para ellas, pero ellas significan muy poco para mí. No estuve presente cuando tuvieron su primer orgasmo, por más que mi póster estuviera colgado en la pared de su habitación y, al tenerlo, tal vez pensaran en mí. Ellas no forman

parte de mi vida. No hay nada que nos una. —Finn hizo una pausa—. Y ahora dime tú, ¿qué pasó cuando Walo se cruzó en tu camino? ¿Qué pensaste?

¿«Vaya, qué bien, qué interesante, alguien nuevo»? ¿«Quién es él, me gustaría averiguarlo»?

—Sí, más o menos así fue.

—Ya ves. Y él seguro que pensó lo mismo. Es la bendición de la primera impresión. Yo, por el contrario, me encuentro con desconocidos que viven con la ilusión de conocerme. Para decir adiós del todo a esta vida, tendría que dejar de formar parte de todo eso, pero, en cambio, sigue reportándome placer.

Por eso bailo, grito y mantengo las distancias.

—Es lo que pasa con la fama —dijo Heidrun. Esta vez su tono no sonaba burlón, sino que más bien parecía asombrarle la enumeración de tantas banalidades. Pero era exactamente así: banal. Vista en su conjunto, no había nada más banal que la fama.

—Sí —convino él—. Así es.

—De modo que no se nos ocurre nada más original que lo que la doctora ha dicho hace un momento: en lo desconocido, nos buscamos a nosotros mismos.

Finn vaciló. Luego mostró su célebre

sonrisa tímida.

—Tal vez buscamos encontrar alguna alma gemela.

Los ojos violetas de Heidrun reposaron en los suyos, pero ella quedó debiéndole una respuesta. Ambos se miraron, envueltos en la crisálida de una rara atmósfera que hizo que O'Keefe sintiera inquietud y excitación al mismo tiempo, un asomo de timidez. Por lo que parecía, estaba a punto de enamorarse locamente de una acusada falta de melanina.

Casi sintió alivio cuando las palmadas de Julian le hicieron sobresaltarse.

—Queridos amigos, jamás lo habría esperado siquiera.

Se hizo el silencio de nuevo.

—Y juro que yo no se lo he pedido. Sólo di instrucciones de mantener lista una guitarra, ¡por si acaso! Y ahora vemos que incluso él ha traído la suya.

Julian dedicó una sonrisa a los presentes. Su mirada se dirigió hacia donde estaba el hombre de los ojos de distinto color.

—En el año sesenta y nueve, cuando yo acababa de cumplir tres años, este hombre vio en el cine 2001: Una odisea del espacio (el filme que luego se convertiría en mi película favorita), y de

inmediato decidió rendir un gran tributo a su director. Casi un cuarto de siglo más tarde, tuve, por mi parte, la oportunidad de rendirle honor a Kubrick diseñando mi primer restaurante de acuerdo con los bocetos de su estación espacial, un local al que, aludiendo a su epígono musical, bauticé con el nombre de Oddity. Kubrick vivía por entonces en Childwickbury Manor, su propiedad en las cercanías de Londres, un lugar del que casi nunca salía. El director, además, detestaba los aviones. Creo que desde que se mudó de Nueva York al Reino Unido jamás puso entre su persona y el suelo británico una

distancia que no pudiera vencerse con un salto. También se lo consideraba extremadamente tímido, de modo que nunca esperé que se dejara ver por el Oddity. Sin embargo, una noche, para mi sorpresa, apareció por allí, un día en que David también estaba sentado en la barra. Charlamos, y en algún momento no pude aguantarme más y le dije que quería llevarlos a ambos a la Luna, que sólo tenían que decir que sí y volaríamos hasta allí. Kubrick se rió, dijo que tan sólo la falta de comodidades lo asustaría. Por supuesto que se tomó mis palabras como un chiste. Yo llegué a afirmar incluso que,

antes de que acabara el milenio, construiría una nave espacial con todas las comodidades, si bien por entonces no tenía ni la más remota idea de cómo lo lograría. Había cumplido los veintiséis, ya era productor de películas, hacía de director con más penas que glorias, lo intentaba con la actuación. Había llevado al cine una nueva versión de la película de Fritz Lang La mujer en la Luna, con David como protagonista, había acumulado algunos puntos entre la crítica y el público, pero ahora me adentraba a tientas en el terreno de la gastronomía. Orley Enterprises estaba todavía muy lejos, a una nebulosa

distancia. No obstante, era un piloto apasionado y seguía soñando con viajar al espacio, algo que también fascinaba a Kubrick. Fue así como conseguí, finalmente, arrancarles una apuesta a David y al director: si antes del año

2000 conseguía construir la prometida nave espacial, ellos dos tendrían que venir en el vuelo. Si no lo conseguía, yo financiaría el cien por cien de la siguiente película de Kubrick y el próximo álbum de David.

Julian se acarició la barbilla, transportado al pasado.

—Por desgracia, Stanley murió antes, y mi vida había cambiado

radicalmente desde aquella noche. Seguía produciendo películas, pero sólo como algo secundario. Partiendo de una pequeña agencia de viajes en el Soho, que había adquirido a principios de los años noventa, había surgido Orley Travel. Poseía dos aerolíneas y había comprado un complejo de estudios abandonados para llevar adelante el desarrollo de ascensores y estaciones espaciales. Con la fundación de Orley Space nos adentramos en el mercado de las tecnologías. Algunas de las mejores cabezas de la NASA y la Agencia Espacial Europea trabajaban para nosotros, también lo hacían expertos de

Rusia, Asia y la India o ingenieros alemanes, ya que nosotros pagábamos mejores salarios, creábamos mejores condiciones de investigación, éramos más entusiastas, rápidos y eficientes que sus antiguos empleadores. Ya nadie dudaba de que la navegación estatal espacial necesitara con urgencia una inyección de células frescas con fondos provenientes de la economía privada, pero ¡yo me había trazado el objetivo de reemplazarla! Quería dar comienzo a una auténtica era espacial, sin los titubeos de los burócratas, la crónica falta de dinero y la dependencia de los cambios políticos. Convocamos premios

en metálico para jóvenes ingenieros, les dejamos desarrollar aviones en forma de cohetes, ampliamos nuestra oferta turística con algunos vuelos suborbitales. En varias ocasiones, yo mismo piloté algunos de esos aparatos. Tal vez aquellos no fueran todavía verdaderos vuelos espaciales, pero sí que constituyeron un comienzo fulminante. ¡Todos querían volar! El turismo espacial prometía réditos astronómicos si se conseguía reducir los costes de despegue. —Julian rió en voz baja—. Ahora bien, aparte de eso, en un principio yo había perdido mi apuesta. En el año 2000 no había llegado tan

lejos. Por eso le ofrecí a David pagar mi deuda. Él no quiso. Todo cuanto dijo fue: «Guarda tu dinero y regálame un pasaje cuando lo hayas conseguido.» Lo único que hoy puedo decir es que su presencia aquí honra a la OSS y me hace profundamente feliz. Todo lo demás que pudiera añadirse sobre su grandeza, su importancia para nuestra cultura, para el estado de ánimo de varias generaciones, lo expresa, mucho mejor de lo que yo sería capaz, su propia música. Por eso ahora cierro el pico y dejo la palabra a... Major Tom.

En todo ese tiempo, el silencio había ido cobrando cierta aureola sagrada.

Alguien pasó una guitarra. Durante la alocución de Julian, las luces se habían ido atenuando. El Pacífico brillaba como si alguien lo hubiese bruñido. A través de las ovaladas ventanas laterales brillaban unos granos de azúcar dispersos sobre un fondo negro.

Más tarde, en aquellos segundos en que David Bowie tocaba las notas iniciales de Space oddity —alternando acordes en fa mayor séptima y mi mayor, primero de un modo delicado y cohibido, luego en un potente crescendo, como si se acercara al laborioso ajetreo en torno a la rampa de despegue desde el ajeno silencio del espacio, hasta el

momento en que el control de tierra y Major Tom inician aquel diálogo memorable—, O'Keefe creería estar viviendo el último —sino el único— instante armonioso de su viaje. Con ingenua satisfacción, olvidó de qué se trataba realmente la empresa de Julian Orley: catapultar a gente desde el globo terráqueo hasta un entorno hostil a la vida, hasta un satélite que, en efecto, había conferido a sus visitantes una aureola de espiritualidad, pero sin el que ninguno de ellos quería regresar. Sentía claramente que cualquier búsqueda de sentido que se emprendiera abandonando la Tierra tendría su punto

culminante, únicamente, en poder estar viéndola a cada instante a su alrededor, en poder volver la cabeza a cada momento para verla; entonces, de repente, la idea de alejarse tanto de ella, hasta el punto de perderla de vista, le insufló desconsuelo y miedo.

«And the stars look very different today...»

Luego, cuando la balada de Tom acabó y ya el desdichado Major se hubo perdido en la nada de sus exageradas expectativas, él, en lugar del esperado encantamiento, sintió una especie de desilusión casi cercana a la morriña, a pesar de que sólo estaban a treinta y seis

mil kilómetros del hogar. El borde derecho del planeta había empezado a oscurecerse, China yacía bajo la penumbra del atardecer. Finn miró a Heidrun, que inhalaba el momento con los labios entreabiertos, dirigiendo su mirada alternativamente a Bowie y al mar de estrellas situado más allá de la ventana lateral, mientras que los suyos se veían atraídos hacia abajo, de un modo casi mágico, y entonces comprendió que la suiza ya se había reencontrado hacía rato consigo misma, que viajaría con entusiasmo hasta el borde del universo, pues llevaba el hogar consigo, razón por la cual había

alcanzado, con toda certeza, un grado de libertad mayor que el suyo. En ese momento Finn deseó estar en el piso de arriba de algún pub dublinés, donde alguien lo acogía en sus brazos sobre un colchón desvencijado.

Esa noche, muchos tuvieron la misma idea.

Tal vez fuera la manera en que Amber había intentado consolarlo después de que él se hubo desahogado todo cuanto quiso sobre la ignorancia de Julian, o que el consuelo de ella animara también al Tim físico con sus besos, sus abrazos, la suave elasticidad de sus brazos, cultivada en el gimnasio; tal vez

se debiera a que las fantasías de Tim, tras tantos años de rutina matrimonial, siguieran girando exclusivamente en torno a ella, hasta el punto de que no le interesaba acariciar otro trasero ni deslizar su mano en otro delta que no fuera el de Amber, lo que lo calificaba para deslices amorosos como una locomotora de vapor para salir de un andén; o porque él, en los momentos de soledad, de autosatisfacción, no quería imaginarse a nadie más que no fuera Amber; tal vez porque el corte dorado de su figura no había sufrido ninguna merma a pesar de los años que se le habían añadido, y porque sus pechos —

¡vivan los genes!—, desafiando la fuerza de la gravedad, siempre encontraban aquella posición legendaria que le había hecho creer, al principio de la relación, que abrazaba dos melones maduros: tal vez, también, se tratara de que, al intentar abrir los cierres del albornoz de Amber, se había visto arrastrado hasta el extremo opuesto del módulo, lo que no hizo sino excitarlo aún más, ya que su mujer quedó entre el aleteo de la bata abierta, como un ángel dispuesto al pecado. Fuera cual fuese la razón, su cuerpo, en cualquier caso, a pesar de todos los inconvenientes de la ingravidez, a pesar de la escasa

irrigación sanguínea en la zona inguinal, de la desorientación y del ligero mareo, reaccionó eyectando un auténtico cohete lunar en forma de mástil.

Tim remó hacia donde estaba su mujer y la rodeó a la altura de los brazos. Mondarla completamente de aquel albornoz fue una cosa, pero el intento de Amber de quitarle los pantalones y la camiseta fracasó debido al ya conocido efecto de rechazo. Una y otra vez se alejaban el uno de la otra, a la deriva, hasta que por fin Tim consiguió patalear y situarse sobre la cama, completamente desnudo y haciendo un esfuerzo desesperado por

meterse bajo la manta. Ella examinó con interés su erección galáctica, con una expresión tan desconcertada como divertida.

—¿Y qué hacemos ahora con eso?

—dijo Amber, riendo.

—Tiene que haber una forma — afirmó él—. Los hombres deben de haber reflexionado ya sobre esto.

—Eso espero, porque sería una pena.

Tim se colocó de cabeza y cavó un surco en dirección a ella. Esta vez consiguió agarrarla por las caderas y hundió la cara entre sus piernas, que Amber abrió y cerró de inmediato a fin

de retener la cabeza de su marido. En consecuencia, la sangre hirvió en las orejas de Tim. Con la lengua girando, se precipitó hacia allí, tomó posesión de la diminuta colina situada bajo el bosquecillo, cuya densidad amenazó con robarle el aliento debido al modo en que oprimió su nariz dentro, por miedo a terminar de nuevo en el otro extremo del módulo. Tim se dejó embriagar por el aroma estimulante del placer que ella mostraba y comentó los primeros suspiros de satisfacción —si es que sus oídos, atrapados entre la carne de los muslos de Amber, no lo engañaban— con unos sordos gemidos de aprobación.

Una sobredosis de oxígeno parecía mezclarse con el aire del módulo, ¿o acaso era la escasez de oxígeno lo que lo hacía sentirse de repente eufórico como un adolescente? ¡Daba igual!

¡Igual! Alegremente extasiado, siguió abriéndose paso hacia abajo, jadeando, gruñendo y haciendo volar de un modo decidido la punta de su lengua. En el momento en el que se abrió para él la humedad tropical de otras regiones situadas en lo más profundo, Tim creyó oír una declaración de amor, y entonces él también, sin detenerse, profirió un

«Yo también» y recibió, a cambio, un enigmático:

—¡Ayyy, ayyyyy!

Algo había salido mal. Tim alzó la vista. Y al hacerlo cometió el error de aflojar el agarre. Amber, que pataleaba como alguien que se está ahogando, lo apartó de un empujón. Mientras era arrastrado lejos, Tim vio que su mujer se frotaba el cráneo muy cerca del escritorio. Ajá. Podría haberlo pensado antes: en el ardor del combate, quedarían a la deriva y se alejarían. Lección número uno: no bastaba con aferrarse el uno al otro, había que fijarse en el espacio. A Tim no le quedó más remedio que reír como un tonto. Amber frunció el ceño, y entonces la mirada de

él se posó en algo que prometía acudir en su auxilio.

—¡Mira!

—¿Qué?

Con la mano derecha, Amber se aferró al cabello de Tim e intentó morderle la nariz, pero al hacerlo quedó boca abajo. Tim avanzó como una rana hasta la cama y arrastró consigo a Amber, que todavía estaba al revés.

—¿Qué dices? ¿Atarnos? —resopló ella en gesto de desaprobación—. Qué poco erótico. Es como hacerlo en el coche. Apenas podremos mover...

—No, tonta, no con los cinturones de dormir. ¿No lo ves?

La expresión de Amber se iluminó. Encima de la cama, a intervalos, habían montado unas asas.

—Espera. Creo que he visto algo más.

Amber salió disparada hacia el armario, lo abrió, revolvió un momento en él y sacó varias cintas alargadas de un material parecido a la goma. Eran de color rojo, amarillo y verde, y tenían una información impresa.

—Love belt, «cinturón del amor» —

leyó en voz alta.

—Ya ves —sonrió Tim—. Los hombres sí que han reflexionado sobre el asunto. —Por primera vez desde el

inicio del viaje, Tim se sentía a gusto y relajado, un estado de ánimo que hacía menos de una hora creía haber perdido para siempre. No es que el tema de Lynn hubiera dejado de tener importancia, pero se había desplazado a una insignificante región de su corteza cerebral que nada tenía que ver con los aromas que emanaban de Amber y los deseos de hacer el amor con ella—. Parece que tendremos que atarte las muñecas, cariño. Bueno, las muñecas y los pies. Como en las cámaras de tortura de la Inquisición.

Amber empezó a pasar las correas a través de las asas.

—Creo que no te has enterado de algo —dijo ella—. Es a ti a quien habrá que atar.

—¡Un momento! Eso debemos discutirlo.

—¿Crees que él tiene ganas de ponerse a discutir? —preguntó ella señalando con un gesto de la cabeza su enorme miembro—. Creo que a él le apetece otra cosa, y lo quiere ya.

Una tras otra, Amber fue atando las cintas de goma alrededor de las muñecas de Tim y repitió la operación, entre risas, con los pies de su marido, hasta que éste quedó colgado en medio de la habitación con las extremidades

extendidas. Lleno de curiosidad, Tim dobló las rodillas y los codos y notó que las cintas eran extremadamente elásticas. Podía moverse, y podía hacerlo, incluso, en un radio bastante amplio. Lo único que le impedían aquellas cintas era salir volando.

—¿Crees que fue idea de Julian? —

preguntó él.

—Me atrevería a apostarlo.

Amber flotó en dirección a él como si cabalgara sobre un rayo, abarcó sus hombros y le rodeó las caderas con las piernas. Brevemente, balanceó su sexo sobre el de Tim, como una acróbata sobre la nariz de un león marino.

—Creo que las maniobras de acoplamiento están entre las más complicadas del espacio —le susurró ella, se apretó contra él, se hundió y lo acogió dentro de sí.

Fueron bastantes más los que tuvieron la misma idea, pero sólo unos pocos tuvieron el privilegio de hacerla realidad. También Eva Borelius y Karla Kramp encontraron las cintas y supieron hacer lo propio con ellas; lo mismo les pasó a Mimi Parker y a Marc Edwards si bien a este último la redistribución de más de medio litro de sangre desde las regiones bajas hasta las partes superiores del cuerpo le dio más que

hacer que a Tim, mientras que Paulette Tautou, probablemente, le habría metido la cabeza a su Bernard en la ya para ella tan familiar taza del inodoro si éste se le hubiera acercado con tales intenciones.

Inteligentemente, Tautou no intentó nada por el estilo. Más bien decidió iniciar esa noche el viaje de regreso a casa, en consideración al delicado estado de Paulette.

La suite número 12 fue escenario de semejantes padecimientos, sólo que Locatelli jamás habría claudicado ante algo tan profano como el mal del espacio. Un silencio apacible reinaba en la suite 38, donde los Ögi yacían

acurrucaditos como dos ratones de campo en el invierno. Una planta más arriba, Sushma y Mukesh Nair, en un estado apacible, disfrutaron de la caída de la noche sobre la Isla de las Estrellas. Aileen Donoghue, en la suite

17, se había agenciado unos tapones para los oídos, lo que dio a Chuck la oportunidad para poner a prueba, con estruendo, sus vías respiratorias.

En el lado opuesto del Torus, Oleg Rogachov miraba fijamente por la ventana mientras su mujer, Olympiada, tenía la vista clavada en ninguna parte.

—¿Sabes lo que me gustaría saber?

—murmuró la rusa al cabo de un rato.

Él negó con la cabeza.

—Cómo se llega a ser como

Miranda Winter.

—Nadie llega a ser así —dijo él sin volverse—. Se es así.

—No me refiero a su aspecto — resopló Olympiada—. No soy imbécil. Me gustaría saber cómo se puede llegar a ser tan invulnerable, tan consecuentemente blindada ante el dolor. La veo como si fuera un sistema inmunológico andante, acorazada contra cualquier tipo de problema, es la despreocupación en persona, y yo... Figúrate que hasta les pone nombres a sus pechos, ¿entiendes?

Rogachov giró lentamente la cabeza.

—Nadie te impide a ti hacer lo mismo.

—Tal vez ello esté asociado a cierto grado de estupidez —reflexionó Olympiada, como si no hubiera escuchado a su marido—. ¿Sabes una cosa? Creo que Miranda es bastante estúpida. ¿Qué digo estúpida? Es una imbécil redomada. No cabe duda de que carece de toda educación, pero tal vez eso sea una ventaja. Quizá sea positivo incluso ser estúpido, es una condición a la que vale la pena aspirar. Estúpida, ingenua y un poco calculadora. Una siente menos. Miranda sólo se quiere a

sí misma, mientras que, en mi caso, tengo la sensación de estar arrojando todos mis sentimientos y todas mis fuerzas en un perol agujereado. En alguien como Miranda, tus crueldades no tendrían el menor efecto, Oleg, serían como pinchazos en una capa de grasa de ballena.

—Yo no soy cruel contigo.

—¿Ah, no?

—No. Me muestro desinteresado, que no es lo mismo. No se ofende a ninguna persona por el hecho de no mostrar ningún interés por ella.

—¿Y eso no es una crueldad?

—Es la verdad. —Rogachov

observó a su mujer fugazmente. Olympiada se había enterrado en su saco de dormir, sujeta por correas y fuera de todo alcance. Por un momento, a Oleg Rogachov se le ocurrió pensar qué pasaría si el saco explotara al día siguiente y dejara salir una mariposa, todo un mérito de una imaginación como la del ruso, más bien retardada. Pero Olympiada no era una crisálida, y él no tenía intención alguna de tocarla en su envoltorio—. Si nos casamos, fue a causa de una medida estratégica. Yo lo sabía, tu padre lo sabía, y tú lo sabías. Así que deja ya de compadecerte de ti misma.

—Un día te estrellarás, Oleg —le espetó ella con rabia—. Acabarás como una rata. Como una maldita rata en una alcantarilla.

Rogachov volvió a mirar por la ventana, extrañamente poco conmovido ante la visión del planeta que se oscurecía allí abajo.

—Búscate un amante de una vez —

le dijo él con voz sorda.

En efecto, Miranda Winter no tenía ningún plan de acostarse tan pronto, para enorme contento de Rebecca Hsu, que padecía el mal de no saber estar sola. El inconveniente era ella misma. Una pobre mujer rica, como solía decirse,

divorciada dos veces, con tres hijas a las que veía vergonzosamente muy poco; una mujer que pasaba tanto tiempo por ahí, en compañía de otros, hasta que al último se le cerraban los ojos, y que luego, gracias al carácter multinacional de su grupo empresarial, telefoneaba a todas las regiones horarias hasta que ella misma perdía la batalla contra el cansancio. Durante todo el día, cada vez que se abría alguna brecha en su agenda estrictamente organizada, se pasaba el rato discutiendo por teléfono planes de marketing, analizando inicios de campaña, sopesando compras, ventas y participaciones y viajando por su

imperio; una mujer obsesionada con el control y que temía la idea de haber espantado a sus ex maridos y a sus hijas con su maníaco estilo de trabajo.

Con Winter, por lo menos, podía charlar acerca de la escasez de maridos sin tener que sumirse más tarde en la melancolía. Además, en la cabina de Miranda habían aparecido, casi de milagro, algunos de aquellos biberones de Moët & Chandon, lo que alegró particularmente a Hsu, ya que la marca le pertenecía desde hacía bastante tiempo.

Finn O'Keefe, por su parte, no sabía qué pensar ni qué sentir, de modo que

estuvo un rato escuchando música y luego se quedó dormido.

Evelyn Chambers yacía despierta, si es que podía hablarse de «yacer».

No tenía ningunas ganas de atarse a aquella cama como una loca frenética. Descubrió las cintas de goma más bien de manera casual, y empezó a atarse a las abrazaderas cercanas al ventanal a fin de poder saborear la sensación de caída libre también durante el sueño. Sin embargo, cuando cerró los ojos, su cuerpo pareció acelerarse bajo la barahúnda de un mercadillo, como si entrase en un triple looping, y sintió mareos.

No sin esfuerzo, se inclinó hacia adelante para desatarse las cintas de las anillas de los tobillos, y sólo entonces le llamó la atención el letrero: «Love belt». De pronto comprendió cuál era el propósito de aquellas correas, y sintió un profundo malestar por no poder coronar de la manera debida la exorbitante experiencia de la ingravidez. Interesada, se preguntó si los demás lo estarían haciendo, y luego, en una consideración un tanto osada, se preguntó a sí misma con quién lo haría ella... Sus pensamientos pasaron rápidamente de Miranda Winter a Heidrun Ögi y retornaron otra vez a su

punto de origen, ya que Heidrun no estaba disponible, y Miranda mucho menos, puesto que carecía de inclinación por las mujeres.

¿Y Rebecca Hsu? «¡Por el amor de

Dios!»

Apenas calentado, el suflé de su voluptuosidad se desinfló de nuevo. Sin embargo, después de que su bisexualidad le costase el cargo de gobernadora, Evelyn había resuelto firmemente empezar a divertirse de lo lindo. Seguía siendo la presentadora de televisión más querida e influyente de Estados Unidos. Tras su Waterloo político, ya no se sentía comprometida

con ningún código conservador. Lo que había quedado de su matrimonio apenas justificaba la confesión de la monogamia, sobre todo teniendo en cuenta que el hombre al que llamaban su

«marido» invertía el dinero de ambos en múltiples y cambiantes relaciones. No es que le molestara. El amor había desaparecido hacía muchos años, sólo que ella, por muchas ganas que tuviera, no quería irse a la cama con cualquiera ni estar cambiando de pareja a cada instante.

De todos modos, estaban en circunstancias excepcionales...

«¿Finn O'Keefe?» Habría que

intentarlo. Por supuesto que sería divertidísimo pillarlo precisamente a él, pero la idea sólo quedó ahí, en conserva.

«¿Julian?»

Obviamente, a él le encantaba flirtear con ella. Pero, por otro lado, Julian flirteaba con todo el mundo por motivos profesionales. Así y todo, era un hombre sin compromiso, eso sin tener en cuenta sus amoríos con Nina Hedegaard, si es que de verdad tenían algo y ella no había estado sintiendo crecer la hierba allí donde sólo había una superficie de hormigón. Si cedía al flirteo de Julian, corría escaso riesgo de

hacer infeliz a otra persona; además, se lo pasarían bien, de eso no le cabía la menor duda. Tal vez más tarde, incluso, llegarían a algo más, pero si no era así, también estaba bien.

Sin vacilar, marcó el número de su suite.

Nadie le respondió, la pantalla permaneció a oscuras. De repente Chambers se sintió como una idiota, un pajarillo que buscaba entre las mesas del restaurante las migas caídas de los platos, y por eso se apresuró a reptar hasta su saco de dormir.

—¿Estás seguro?

—Absolutamente seguro.

—Bernard Tautou me ha dicho que madame desea que regresen juntos a la Tierra. Que si teníamos algún hueco libre. —Julian sorbió de su botella—. Menuda estupidez. Pero ¡olvídate de los Tautou! Claro que tendríamos capacidad aun si los franceses quisieran volar con nosotros. Para ti siempre tendré un hueco.

Eran los únicos que seguían allí, sentados en el Picard, ahora escasamente iluminado, sorbiendo algunos de aquellos cócteles sin alcohol. Bowie hacía girar la botella entre sus dedos con gesto pensativo.

—Gracias, Julian. De verdad que

no.

—¿Por qué no, hombre? Es tu

oportunidad de viajar a la Luna. ¡Tú eres el hombre de las estrellas, el que cayó del cielo, Ziggy Stardust! ¿Quién sino tú? ¡Tienes que venir a la Luna!

—Ante todo, tengo setenta y ocho años.

—¿Y qué? Nadie lo nota. Una vez dijiste que llegarías a cumplir trescientos. Así pues, eres todavía un niño.

Bowie rió.

—¿Y bien? —preguntó el cantante, cambiando de tema—. ¿Conseguirás reunir el dinero para tu nuevo ascensor?

—Por supuesto —murmuró Julian—.

¿Quieres apostar algo?

—No más apuestas. ¿Y qué pasa con los chinos? Se dice que están dándote la lata con ofertas.

—Oficialmente no lo están haciendo, pero bajo cuerda me hacen la pelota todo lo que pueden. ¿Te dice algo el nombre de Zheng Pang-Wang?

—No mucho.

—Del Zheng Group.

—¡Ah! —Bowie enarcó las cejas—. Sí, creo que sí. Es otro de esos consorcios tecnológicos, ¿no es cierto?

—Zheng es la fuerza motriz detrás de la navegación espacial china, un

empresario privado comprometido con el Partido, ambos con un mismo objetivo. No pierde oportunidad de infiltrarse en mis filas, pero mis cortafuegos siguen en pie, así que lo intenta con la conspiración. Por supuesto que lo que los chinos querrían sería ganarme de manera exclusiva para ellos. Dinero tienen, más incluso que los estadounidenses, sólo que carecen de las patentes del ascensor y no tienen la masa encefálica necesaria para construir unos reactores de fusión que no se desactiven tras el primer intento. Hace pocas semanas me reuní con el viejo Pang- Wang en París. Es un tipo simpático, de

verdad. Una vez más intentó que yo saboreara el conteo de dinero con palillos, y apeló a mi alma cosmopolita, ya que, a fin de cuentas, los suministros de energía no contaminante son un tema que interesa al mundo entero. Me preguntó si no me parecía obsceno ver el helio 3 ensartado sólo en el ojo de la aguja de los estadounidenses. Yo, por mi parte, le pregunté qué pensarían los chinos si fueran los rusos o los indios los siguientes a los que yo les vendiera la patente, o a los franceses, los alemanes, los japoneses y los árabes.

—Yo me pregunto más bien qué pensarían los norteamericanos de eso.

—La pregunta hay que formulársela de otro modo: ¿quién tiene la sartén por el mango? A mi juicio, la tengo yo, con lo que, por supuesto, podría crear circunstancias geopolíticas completamente nuevas. ¿Es eso lo que quiero? La mayor parte del tiempo he vivido en una especie de simbiosis con Estados Unidos, siempre para ventaja de ambos. Recientemente, desde la llamada

«crisis lunar», rondan de nuevo en Washington los fantasmas de la pequeña depresión de los años 2008-2010. Creen que algo se desmadraría si se le entregara a un solo consorcio tanto poder. Lo cual es una absoluta tontería,

¡porque yo les he entregado a ellos su poder! El poder para poner allí arriba sus reivindicaciones. ¡Usando mis medios, mis conocimientos! Sin embargo, ahora están obsesionados con eso de querer controlar más los consorcios. —Julian resopló—. En su lugar, los gobiernos deberían ocuparse de la infraestructura, la seguridad social y la educación. Deberían construir carreteras, guarderías, viviendas, residencias para ancianos, y aun para ello la economía privada tiene que acudir a echarles una mano. Así que,

¿qué se figuran? Los gobiernos han demostrado su incapacidad para llevar

adelante los procesos globales, sólo conocen las disputas, las dilaciones y los compromisos vagos. En su ridículo convenio ni siquiera consiguieron ponerse de acuerdo respecto del medio ambiente, y ahora, con voz quebradiza, piden sanciones contra los Estados corruptos o los que inicien cualquier guerra, pero no hay dios que los escuche, todos se rearman, se bloquean mutuamente los mercados. Desde que la empresa Gazprom se fue a pique, los rusos ya no tienen dinero para proyectos espaciales; sin embargo, el que aún tienen bastaría para darme un poco a mí y a Estados Unidos y, a cambio, poder

hacer uso del siguiente ascensor espacial. En ese caso, tendríamos un nuevo compañero de equipo en la Luna. Y a mí me parecería bien.

—Pero a Estados Unidos no.

—No, ellos me tienen a mí. Es cierto que nosotros juntos no necesitamos a nadie más, y en una situación como ésa, Washington me trae al retortero y exige más transparencia.

—¿Y qué te propones hacer ahora?

¿Atraer a los rusos a tu bando sin contar con el beneplácito de Estados Unidos?

—Si Estados Unidos no quiere jugar con los rusos y continúa bloqueando mis ideas... Ya ves, he invitado a algunas

personas ilustres. Zheng tiene incluso razón, sólo que de un modo diferente de como él cree. ¡En realidad estoy hasta las narices de que la extracción no avance! La competencia animaría el negocio. Pero me parecería miserable dejar a Estados Unidos ahora y pasarme al bando de los chinos, con los mismos idiotas a uno y otro lado; sin embargo,

¡eso de poder ofrecerles a todas las naciones el nuevo ascensor...! La idea tiene su punto.

—¿Y así se lo has dicho a Zheng?

—Sí, y él creyó haber entendido mal. Lo último que habría querido era incitar ese cambio en mi forma de

pensar pero, por supuesto, en eso se sobrestima. Es una idea que hace tiempo que está fermentando dentro de mí. Él sólo vino a reafirmarla.

Bowie guardó silencio durante un rato.

—Tendrás claro que estás jugando con fuego —dijo el músico al cabo.

—Sí, con fuego solar—repuso Julian, imperturbable—. Con el fuego de los reactores. Estoy acostumbrado a él.

—¿Saben tus amigos estadounidenses algo acerca de tus planes?

—Puede que lo intuyan. A fin de cuentas, no es ningún secreto quiénes

son las personas con las que daré este paseo en góndola hasta la Luna.

—Tú sí que sabes hacer enemigos.

—Yo viajo con quien quiero. Es mi ascensor, mi estación espacial, mi hotel. Por supuesto que están de todo menos felices, pero me da igual. Deberían hacerme mejores ofertas y dejar esos jueguecitos cuyo propósito es controlarme. —Haciendo ruido, Julian chupó de su botella y se pasó la lengua por los labios—. Está rico esto, ¿no te parece? En la Luna tenemos vino hecho con un sucedáneo de alcohol. ¡Es la leche! Tiene un 1,8 por ciento, pero es potente. ¿Estás seguro de que quieres

perdértelo?

—No te cansas nunca, ¿verdad? —

dijo Bowie, riendo nuevamente.

—Jamás —sonrió Julian.

—Pero llegas demasiado tarde. No me entiendas mal, adoro la vida, es demasiado corta, y todo eso está bien. Llegar a los trescientos años sería maravilloso, ¡sobre todo en esta época! Pero yo... En fin...

—...nada, que finalmente has dejado de ser un extraterrestre para convertirte en un terrícola —dijo Julian, completando la frase con una sonrisa.

—Jamás fui otra cosa.

—Eras el hombre que había caído

del cielo.

—No. Sólo alguien que intentaba disimular sus dificultades para establecer contacto haciendo creer que era dueño y señor de sí mismo, según el lema de: «Siento mucho que no podamos establecer comunicación, es que soy de Marte.» —Bowie se pasó la mano por el pelo—. ¿Sabes una cosa? Durante toda mi vida he absorbido con entusiasmo todo cuanto enardecía al mundo, lo que lo electrizaba; he acumulado modas y estados de ánimo como otros coleccionan arte o sellos. Llámalo eclecticismo, pero en eso ha consistido mi mayor talento. Nunca fui un

innovador, sino más bien un objetivo administrador del presente, un constructor que hacía confluir ciertos estados de ánimo y ciertas tendencias, de tal modo que hacía surgir la ilusión de algo nuevo. Mirándolo en retrospectiva, diría que ésa era mi manera de comunicarme: «¡Eh, señores, entiendo lo que los conmueve, miren y escuchen esto, he hecho una canción con ello!» Algo por el estilo. Pero durante mucho tiempo no pude hablar con nadie acerca del tema. Sencillamente, no sabía cómo hacerlo, cómo funcionaba una simple conversación. Tenía miedo a establecer relaciones, era incapaz de

escuchar a otros. Para alguien con tales características, el escenario (o mejor dicho, el planeta arte) es la plataforma perfecta, la forma ideal para hacer sus monólogos. llegas a todos, pero nadie llega a ti. ¡Eres el Mesías! Un espantajo, por supuesto, un ídolo, pero precisamente por eso no puedes dejar que nadie se te acerque demasiado, porque entonces saldría a la luz que, en realidad, eres un hombre tímido e inseguro. Y es así como, con el tiempo, te conviertes efectivamente en un extraterrestre. Ya ni siquiera tienes que ponerte un disfraz, si bien eso ayuda enormemente. Si te sientes tan mal entre

la gente como yo me sentía entonces, estilizas el espacio sideral y lo conviertes en tu patria, buscas respuestas en criaturas superiores o haces como si fueras una de ellas.

Julian dio unos golpecitos a su botella, la dejó elevarse un poco en el aire y la atrapó de nuevo.

—Tus palabras suenan terriblemente adultas —dijo.

—Soy terriblemente adulto —repuso

Bowie, riendo, rebosante de buen humor

—. ¡Y es magnífico! Créeme, toda esa búsqueda espiritual para averiguar lo que vincula al hombre con el universo, por qué nacemos y adónde vamos

cuando morimos, lo que confiere significado a nuestras acciones, si es que tiene alguno... Es decir, ¡a mí me encanta la ciencia ficción, Julian, me encanta lo que has conseguido! Pero todo eso del espacio no fue para mí más que una metáfora. Sólo se trataba de una búsqueda espiritual. Los planos de las iglesias, en cambio, me parecían dibujos un tanto burdos, llenos de calles de una sola dirección y callejones sin salida. No deseaba que me prescribieran nada sobre dónde y cómo buscar. Siempre hay dos opciones: puedes ritualizar o interpretar a Dios. Y esto último no es posible por caminos previamente

trazados, sino que exige adentrarse en la maleza. Eso fue lo que hice, y me fui agenciando cada vez nuevos trajes espaciales a fin de explorar este cosmos vacío e infinito en el que esperaba encontrarme, me disfracé de hombre de las estrellas, de Ziggy Stardust, de Aladdin Sane, de Major Tom. Y entonces, un buen día, te casas con una mujer preciosa, te mudas a Nueva York y, de repente, compruebas que ahí afuera no hay nada, que todo está sobre la Tierra. Conoces gente, charlas, te comunicas, y lo que antes te resultaba difícil fluye ahora con maravillosa ligereza. Tus miedos, antes inflados, se

encogen y se convierten en preocupaciones absolutamente normales, el antiguo coqueteo con la muerte, el pathos del suicidio rocanrolero, del Rock'n'Roll Suicide, se desvela como el estado de ánimo no especialmente original de un adolescente desconcertado e inexperto, y entonces ya no te despiertas con el temor de volverte loco, no piensas ya incesantemente en la miseria de la existencia humana, sino en el futuro de tus hijos. ¡Y te preguntas qué diablos buscabas en el espacio!... ¿Lo entiendes? He aterrizado. Jamás me ha reportado tanto placer vivir en la Tierra, entre los hombres. Si gozo de buena

salud, podré disfrutarlo todavía otro par de años. Ya es suficientemente jodido que sólo puedan ser diez o doce más y no trescientos, por eso disfruto cada instante. Mencióname una sola razón por la que ahora, después de haber llegado abajo, a casa, deba viajar a la Luna.

Julian reflexionó sobre esto último. Se le ocurrieron mil razones sobre por qué él deseaba viajar a la Luna, pero de repente comprendió que ninguna de ellas tendría relevancia para el anciano que tenía delante. Sin embargo, Bowie no tenía en absoluto aspecto de anciano; parecía más bien haber renacido hacía poco tiempo. Sus ojos mostraban la

misma mirada curiosa, pero ya no era la de un observador extraterrestre, sino la de un habitante del planeta Tierra.

«Eso nos diferencia —pensó Julian

—. Yo siempre fui un absoluto terrícola. Siempre en el primer frente, el gran comunicador, impasible ante los miedos o las dudas sobre mí mismo.» Y entonces pensó cómo sería si, un buen día, llegara a la conclusión de que todo ese melodrama espacial, cuyo director y protagonista era él, sólo había servido al propósito de acercarlo más a la Tierra; pensó si le gustaría llegar a tal conclusión.

¿O acaso no era más que un alien

egocéntrico que ni siquiera entendía lo que estaba pasando con sus propios hijos? ¿Cómo lo había formulado Tim?

«Mira que llegas a ser arrogante.» Julian torció el gesto. Luego también

rió, pero sin auténticas ganas, levantó su botella y brindó a la salud de Bowie.

—Salud, viejo amigo —dijo.

Poco después, Amber abrió los ojos y vio que la Tierra había desaparecido. El miedo la sobrecogió. Había dormido toda la noche anterior, y por la mañana el planeta había estado allí, por lo menos la mitad. Pero ahora mismo no se veía ni rastro de él.

Por supuesto que no. La noche se

cernía sobre la mitad del Pacífico, y las luces de la civilización ya no se percibían desde aquella altura geoestacionaria. No había motivo alguno para inquietarse.

Amber giró la cabeza. A su lado, Tim tenía la vista clavada en la oscuridad.

—¿Qué pasa, mi héroe? —susurró ella—. ¿No puedes dormir?, ¿Te he despertado?

—No, me desperté sola. —Se acercó más a él y apoyó la cabeza sobre su hombro.

—Estuviste muy bien —dijo Tim en voz baja.

—Oh, tú estuviste bien. ¿Estás preocupado?

—No lo sé. Tal vez Julian tenga razón. Tal vez esté viendo fantasmas donde no los hay.

—No, no lo creo —dijo ella al cabo de un rato—. Está bien que mantengas los ojos abiertos. Sólo que, si sigues tratándolo como a un enemigo, él también se comportará como tal.

—No lo trato como a un enemigo.

—Pero no eres precisamente un campeón de la diplomacia.

—No —rió él en voz baja—. Tampoco lo sé, Amber. De algún modo, tengo un mal presentimiento.

—Es la falta de gravedad — murmuró ella, que casi se estaba quedando dormida de nuevo—. ¿Qué puede pasar?

Tim guardó silencio. Su mujer parpadeó, alzó la cabeza y vio que antes se había equivocado. En el borde derecho podía verse una hoz delgada de color blanco y azulado. Todo estaba en orden. La Tierra seguía en su sitio.

«Duerme, corazón», pensó decirle, pero el cansancio se cernió con tal fuerza sobre ella que sólo pudo pensarlo. Antes de quedarse dormida, vio cómo un paño negro se depositaba sobre ellos dos. Y luego ya no hubo

nada más.

Carl Hanna no conseguía dormir, pero tampoco lo necesitaba. Uno tras otro, se deslizaron entre sus dedos los objetos, los contempló con mirada escrutadora, los hizo girar, les dio la vuelta y los guardó de nuevo con cuidado: el pequeño frasco con la loción para después del afeitado, el bote de gel de baño y el de champú, los tubos de crema hidratante, distintos paquetitos con medicamentos contra el dolor de cabeza, el mareo y los trastornos estomacales, bastoncillos de algodón, tapones para los oídos, suaves y moldeables, cepillo de dientes y

dentífrico. Había metido en la maleta incluso seda dental, unas tijeras y una lima de uñas, un espejo de mano, su máquina de cortar el pelo y tres pelotas de golf. Entre las instalaciones de las Orley Towers había un campo, como le había explicado Lynn, el Shepard's Green, y a Hanna le gustaba jugar al golf; además, otorgaba mucho valor a tener una buena apariencia. Aparte de eso, ninguno de aquellos cachivaches era lo que parecía ser. Tampoco la guitarra era una guitarra de verdad, y Carl Hanna no era quien fingía ser. Ni ése era su verdadero nombre ni su curriculum era nada más que una historia

fabricada.

Hanna pensó en Vic Thorn.

Habían contado con todo, pero no con que Thorn sufriría un accidente. Su misión había sido preparada de forma modélica, con mucha antelación. Nada tenía por qué haber fallado; sin embargo, un diminuto fragmento de basura espacial había dado un giro inesperado a todo en unos pocos segundos.

Hanna miró hacia afuera, hacia el espacio.

Thorn estaba allí en algún sitio. Había pasado a formar parte del inventario del cosmos, convertido en un

asteroide con una trayectoria desconocida. Muchos suponían que se había quedado en el campo gravitacional de la Tierra, lo que significaría que podría encontrarse su cuerpo en órbita con una frecuencia cíclica. Pero Thorn seguía sin aparecer. Era posible que un día muy lejano se despeñara en el Sol. También era probable que, dentro de un par de millones de años, apareciera en el entorno de algún planeta habitado por una inteligencia no humana, provocando así un enorme desconcierto.

Hanna sostuvo en alto un tubo de desodorante, le quitó la tapa, la puso de

nuevo y lo guardó.

Esta vez iba a funcionar.

La misión

26 de mayo de 2025

XINTIANDI, SHANGHAI, CHINA

Chen Hongbing llegó a la habitación con esa postura encorvada propia de la gente cuya estatura está en permanente conflicto con los marcos de las puertas y las lámparas demasiado bajas. De hecho, era extraordinariamente alto para ser chino. Por otra parte, al arquitecto que había construido aquella casa estilo shikumen no podía reprochársele que no hubiese mostrado consideración por ciertas tallas un tanto extravagantes. El dintel medía tres metros, y no hacía

necesarios aquellos hombros encorvados ni la barbilla estirada hacia adelante, próxima al esternón, que parecía servir de sostén a toda aquella posición irresoluta. A pesar de su estatura, Chen mostraba un aspecto demacrado y sumiso. Su mirada parecía estar siempre al acecho, como si esperase recibir una paliza o algo peor. A Jericho le dio la impresión de que había estado toda la vida hablando desde un asiento con una persona que estaba de pie.

Chen Hongbing rozó fugazmente el marco de la puerta con la punta de los dedos, como si quisiera asegurarse un

sólido sostén ante la perspectiva de un desplome repentino, observó con inquietud la pila de cajas de mudanza y cruzó el umbral con la cautela de un equilibrista. La claridad del sol del mediodía inundaba el salón, una escultura de luz fragmentada miles de millones de veces por los remolinos de polvo. En medio de ella, Chen parecía un fantasma que entornaba los ojos. Parecía más joven de lo que se lo había descrito Tu Tian. Tenía la piel tersa sobre los pómulos, y una frente y una barbilla que resultaban difíciles de surcar con arrugas. Solamente alrededor de los ojos se entretejían los hilos de un

delicado macramé, que, más que arrugas, parecían dar forma a una superficie agrietada. Para Jericho, eran los testimonios de una vida rota y vuelta a recomponer.

—Ta chi le hen duo Ku —le había dicho Tu Tian—. Hongbing ha probado la amargura durante muchos años, Owen. Todas las mañanas se le repite, y él se la traga de nuevo; un buen día se va a ahogar. Ayúdalo, xiongdi.

Probar la amargura. En China, hasta la miseria se comía.

Jericho miró indeciso la caja que sostenía en sus manos y meditó por un instante si debía ponerla sobre el

escritorio, como había planeado, o si la devolvía a la pila. Chen llegaba en un mal momento. El detective no lo esperaba tan temprano. Tu Tian le había hablado de una visita por la tarde, pero todavía no eran las doce. A Jericho le sonaban las tripas, la frente y el labio superior mostraban un brillo aceitoso. Cuanto más se pasaba la mano por el rostro y el cabello, mezclando el polvo con el sudor, menos se parecía a alguien que estaba a punto de tomar posesión de su alojamiento en el elegante y caro barrio de Xintiandi. Los tres días sin afeitarse comenzaban a hacer sus estragos. Envuelto en aquel trapo de

camiseta —a la que, más que el color que había poseído alguna vez, podían identificársele los treinta y siete grados de temperatura y el 99,9 por ciento de humedad relativa—, tras casi veinticuatro horas sin comer, Jericho no veía el momento de acabar cuanto antes la mudanza, terminar con aquella caja, bajar a uno de los quioscos de la calle Taicang Lu, ducharse y afeitarse.

Ése era su plan.

Pero cuando vio a Chen bajo aquel halo de luz polvorienta, se percató de que no debía deshacerse del visitante y citarlo para más tarde. Chen era de esas personas que luego se le aparecían a uno

en sueños si antes la habías echado de casa. Además, hacerlo habría sido una descortesía para con Tu Tian. Por tal razón, el detective colocó la caja sobre la pila y adoptó su sonrisa de categoría B: cordial pero reservada.

—Es usted Chen Hongbing, supongo. El aludido asintió con la cabeza y miró atónito aquel hacinamiento de cajas y muebles. Tosió ligeramente. Luego

retrocedió un poco.

—Llego en mal momento...

—No, en absoluto.

—Todo surgió así, yo... estaba por aquí cerca, pero si molesto, también podría volver más tarde...

—No me molesta usted en absoluto.

—Jericho miró a su alrededor, acercó una silla y la puso delante del escritorio

—. Tome asiento, honorable Chen, siéntase como en su casa. Me acabo de mudar, de ahí el desorden. ¿Puedo ofrecerle algo?

«No puedes ofrecerle nada —pensó Jericho—; para ello tendrías que haber hecho la compra, pero eres un hombre.»

Cuando las mujeres se mudaban, se aseguraban de tener una nevera llena antes de que bajaran la primera caja del camión de la mudanza, y si no la tenían, la compraban y la conectaban de inmediato. Entonces el detective se

acordó de la media botella de zumo de naranja. Estaba desde el día anterior por la mañana en el poyo de la ventana del salón, lo que significaba que llevaba dos días de existencia bajo un sol intenso y que en su interior podría haberse desarrollado alguna forma de vida inteligente.

—¿Café, té? —preguntó Jericho de todos modos.

—No, gracias, muchas gracias. — Chen se dejó caer en el borde de la silla y se dedicó a contemplar su rodilla. Apenas era imposible determinar desde el punto de vista físico si su cuerpo, realmente, había entrado en contacto con

el asiento—. Un par de minutos de su tiempo es más de lo que podría esperar en estas circunstancias.

Había un recio orgullo en sus palabras. Jericho acercó otra silla, la colocó junto a Chen y vaciló. En realidad, el sitio delante de su escritorio debería estar ocupado por dos cómodos sillones que estaban al alcance de la vista, transformados en dos bultos informes de plástico de burbujas envueltos en cinta adhesiva.

—Para mí es un placer poder ayudarlo —dijo al tiempo que daba un poco más de margen a su sonrisa—. Nos tomaremos el tiempo que sea necesario.

Chen se deslizó lentamente en la silla y se apoyó con suavidad sobre el respaldo.

—Es usted muy amable.

—Y usted está incómodo. Discúlpeme nuevamente. Permítame ofrecerle un asiento más cómodo. Es que todo está embalado, pero...

Chen levantó la cabeza y lo miró con un parpadeo. Jericho se sintió molesto por un momento, pero luego se dio cuenta de que Chen, en general, tenía muy buen aspecto. En otros tiempos debía de haber sido uno de esos hombres a los que las mujeres suelen llamar guapos. Hasta el día en que algo

transformó sus bien proporcionados rasgos en una máscara. Ahora había algo grotesco en su rostro, carecía de toda gestualidad, a menos que se tuviera en cuenta aquel parpadeo nervioso.

—No permitiría de ninguna manera que por mi culpa usted...

—Para mí es un placer.

—De ningún modo.

—De todos modos, en algún momento tendré que desembalarlos.

—Eso es cierto, pero ya lo hará en el momento que usted elija. —Chen sacudió la cabeza y se levantó de nuevo. Sus articulaciones crujieron—. ¡Se lo ruego! He venido demasiado temprano,

usted está en medio del trabajo y no le habrá causado mucho entusiasmo verme.

—¡De eso nada! Me complace su visita.

—No, debería volver más tarde.

—Querido señor Chen, no podría haber llegado usted en un momento más oportuno. Por favor, quédese.

—No puedo pedirle esto. Si lo hubiera sabido...

Y así sucesivamente.

En teoría, aquel juego podía continuar indefinidamente. No es que alguno de ellos tuviera dudas sobre la posición del otro. Chen sabía muy bien que había sorprendido a Jericho en un

momento inapropiado, y eso no cambiaría por mucho que el otro lo negara. A su vez, para Jericho era evidente que Chen habría estado más cómodo sentado en una tabla con clavos que en cualquiera de las sillas de su cocina. La culpa la tenían las circunstancias. La presencia de Chen allí se debía a un sistema de vida en el que los favores se daban caza unos a otros como cachorros juguetones. Chen se sentía avergonzado por haberlo estropeado todo. Estaba allí como resultado de uno de esos favores, había sido torpe y llegado demasiado temprano, en medio de una mudanza, con

lo que hacía quedar mal al mediador y ponía a su contacto en una situación poco agradable al obligarlo a interrumpir el trabajo por su culpa. Porque, claro, Jericho no iba a despacharlo y citarlo para más tarde. El ritual de la cortesía preveía toda una larga serie de expresiones: «¡No, pero claro, de ninguna manera, sin duda, sería un honor para mí, de ningún modo, sí, no, sí!» Era un juego que requería años de práctica para ser dominado. Si uno era un peng you, un amigo en el sentido de «contacto útil», actuaba de un modo diferente que si era un xiongdi, una persona de toda confianza. La condición

social, la edad, el género, el objeto de la conversación, todo se incluía en las coordenadas de la decencia.

Tu Tian, por ejemplo, había acortado el juego al pedirle a Jericho sin rodeos aquel favor y, sencillamente, llamarlo xiongdi. Ante un alma gemela uno podía ahorrarse las comedias de la diplomacia. Quizá lo hubiera hecho porque en realidad había algo en Chen que lo conmovía, o tal vez porque sencillamente no quería interrumpir su partida de golf con un ritual demasiado largo y cuyo resultado ya estaba previsto. Cuando Tian le planteó el asunto, un sol amarillo como la yema de

un huevo se alzaba por entre las abombadas nubes que se alejaban amablemente, y la luz inundó el ambiente con los colores de la pintura paisajística italiana del Renacimiento. Por fin cesaba una lluvia que había durado dos días, y Tu —quien, comme il faut, había empezado diciendo: «Owen, sé que estás demasiado liado con la mudanza, y en circunstancias normales no me atrevería a molestarte»— alzó los ojos al cielo, adoptó su voz de bajo y concluyó con esta frase lapidaria: «Pero creo que podrías hacerme un favor, xiongdi.»

Tu Tian en el campo de golf Tomson

Shanghai Pudong, dos días antes, muy concentrado.

Sea cual sea el favor, Jericho se somete a la espera. Tu se encuentra temporalmente como en otro planeta, toma impulso para dar un drive, un rítmico giro que parte de la espalda, con los músculos y las articulaciones automáticamente en armonía. Jericho es un tipo con talento, hace dos años que tiene el honor de jugar en los mejores campos de golf de Shanghai, cada vez que alguien como Tu lo invita, y si no lo invitan, juega en el prestigioso pero asequible club de Luchao Harbour City. La diferencia entre él y Tu Tian es que

uno nunca podrá alcanzar lo que al otro parece haberle sido dado por genética. Ambos han resuelto tardíamente lanzar aquellas pelotitas blancas a una velocidad de más de doscientos kilómetros por hora con el fin de colarlas en los pequeños agujeros del terreno. Sólo que Tu, el primer día que pisó un campo de golf, debió de experimentar una especie de morriña. Su juego tiene una nobleza que está más allá de la habilidad y la elegancia. Tu ha jugado desde que nació, del mismo modo que nadan los bebés. Él es el juego.

Jericho observa con devoción cómo

su amigo lanza la bola en una parábola perfecta. Tu permanece unos segundos en posición de saque y deja caer luego el palo Big Bertha con expresión más que satisfecha.

—Has dicho algo acerca de un favor

—dice Jericho.

—¿Cómo? —Tu frunce el ceño—.

¡Ah, sí! No es nada del otro mundo, ya sabes...

Tu comienza a moverse con largos pasos, siguiendo el rastro de su pelota. Jericho marcha a su lado. No sabe nada, pero intuye lo que está por venir.

«¿Cuál será el problema de ese hombre? —piensa el detective, mirando

el azul del cielo—. ¿O el de esa mujer?»

—Es un hombre, un amigo. Su nombre es Chen Hongbing. —Tu sonríe

—. Pero no es necesario que resuelvas por él este último asunto.

Jericho es consciente del componente mordaz que encierra dicha observación. El nombre es como una broma de mal gusto de la que no pueden reírse sobre todo aquellos a quienes les ha sido impuesto el apelativo. Chen, probablemente, nació a finales de los años sesenta del siglo pasado, cuando los guardias rojos asolaban el país con el terror, y los recién nacidos recibían los nombres más estrafalarios para

mayor gloria de la Revolución y del Gran Timonel, Mao Zedong: no era raro encontrar a alguien que, a una edad en que aún ni siquiera era capaz de controlar el esfínter, se llamara «Abajo Estados Unidos», «Honor al Gra Timonel» o «Larga Marcha».

En realidad, era el miedo el que adjudicaba esos nombres. Había que arreglárselas. En 1969, antes de que el Ejército Popular de Liberación pusiera un sangriento fin a los guardias rojos, reinaba la incertidumbre sobre quién llevaría la voz cantante en una futura China. Tres años antes, Mao Zedong, en cierto modo, había descendido donde el

resto de los mortales en la plaza de la Paz Celestial, al colocarse un trozo de tela roja a modo de brazalete alrededor de la manga, situándose de forma simbólica a la cabeza de los guardias rojos, un grupito de alrededor de un millón de fanáticos, en su mayoría pubertarios desertores de las escuelas y las universidades, que rapaban a sus profesores, los golpeaban y recorrían las calles como bestias de carga, ya que cualquiera que tuviera los más mínimos conocimientos y no fuera campesino ni obrero era considerado un intelectual y tomado por subversivo. No fue hasta la primavera de 1969 cuando terminó la

pesadilla, o por lo menos ésta, ya que el fantasma de la denominada Banda de los Cuatro continuó haciendo sonar las cadenas entre bastidores. Los guardias rojos sufrieron el mismo destino que sus propias víctimas y se vieron encerrados en campos de reeducación, lo que, en opinión de muchos chinos, fue peor. Jiang Qing, la mujer de Mao, empezó a delirar con las llamadas «óperas revolucionarias», e hizo su calentamiento con algunas de las peores atrocidades en la historia de China. Pero, por lo menos, el tema de los nombres empezó a normalizarse.

Según estimaba Jericho, Chen había

visto la luz del mundo entre los años

1966 y 1969: una época en que su nombre era tan poco frecuente como los gusanos en una lechuga. Hongbing significa literalmente «Soldado Rojo».

Tu mira hacia el sol.

—Hongbing tiene una hija. —Suena como si ese solo hecho fuera algo digno de la historiografía. Los ojos de Tu se iluminan, pero luego él mismo se llama al orden—. Es una joven muy guapa y, por desgracia, también demasiado imprudente. Hace dos días desapareció sin dejar rastro. Por lo general confía en mí, puedo decir incluso que confía más en mí que en su padre. Pero, en fin, al

parecer, no es la primera vez que desaparece, aunque antes solía avisar. A Chen, a mí o al menos a uno de sus amigos.

—Y esta vez se ha olvidado de hacerlo.

—O no tuvo la oportunidad. Hongbing está terriblemente preocupado, y con razón, por cierto. Yoyo tiende a meterse con las personas equivocadas. O digamos sencillamente que se mete con las personas con las que tiene que meterse.

Con esas palabras, Tu ha esbozado el problema a su manera. Jericho permanece callado. Sabe lo que se

espera de él. Además, el nombre de

Yoyo ha desatado algo en su interior.

—Y yo debo buscar a la chica.

—Me harías un gran favor si recibieras a Chen Hongbing. —Tu divisa con alegría su pelota y apura el paso—. Por supuesto, sólo si ves alguna posibilidad.

—¿Qué es exactamente lo que ha hecho? —pregunta Jericho—. Me refiero a Yoyo.

Tu se detiene junto a aquella cosa blanca que resalta en el césped, mira a su amigo a los ojos y sonríe. Su mirada significa que quiere hacer un hoyo. Jericho le devuelve la sonrisa.

—Dile a tu amigo que será un honor para mí.

Tu asiente como si no hubiese esperado otra cosa. Llama a Jericho por segunda vez xiongdi y le dedica toda su atención al palo y a la pelota.

Los chinos de las generaciones más jóvenes apenas conocían las reglas del juego. Su tono se había globalizado. Si alguno quería una cosa de otro, por lo general iba al grano. Con Chen Hongbing era muy diferente. Sus costumbres lo identificaban como al representante de una antigua China, en la que, por miles de razones diferentes, podías perder tu prestigio. Jericho se

mostró irresoluto por un momento, pero entonces tuvo una idea sobre cómo quitarle hierro a la situación a favor de Chen. Se agachó, sacó un cúter de la caja de herramientas situada junto al escritorio y, con cortes rápidos, empezó a retirar el plástico que envolvía uno de los sillones.

Chen alzó las manos, horrorizado.

—¡Se lo suplico! Esto me avergüenza muchísimo...

—No tiene por qué —dijo Jericho con jovialidad—. Para serle franco, he estado especulando con la idea de que me ayude usted. En la caja de herramientas hay otro cúter. ¿Qué le

parece que nos unamos y hagamos un poco habitable esta estancia?

Fue un ataque por sorpresa. Al mismo tiempo, le ofrecía a Chen una salida del embrollo en el que él mismo se había metido: tú me ayudas y yo te ayudo, aunque sea contribuyendo a mi mudanza con el fin de que ambos podamos sentarnos cómodamente. Quid pro quo.

Chen se mostró inseguro. Se rascó la cabeza, se incorporó, sacó el cúter de la caja y se hizo cargo del otro sillón. Mientras cortaba la cinta, pareció relajarse.

—Realmente agradezco mucho su

ofrecimiento, señor Jericho. Lamentablemente, Tian no tuvo oportunidad de contarme lo de la mudanza.

Eso equivalía a decir, más o menos, que el idiota de Tu no le había dicho nada.

Jericho se encogió de hombros y tiró del plástico de su sillón.

—Él no sabía nada al respecto. Tampoco eso era cierto, pero con

ello la reputación de Tu quedaba salvada por ambas partes, y él y Chen podían dedicarse a asuntos más importantes. Uno tras otro, empujaron los sillones y los colocaron delante del

escritorio.

—No está mal —dijo Jericho sonriendo—. Ahora lo que necesitamos es algo que nos dé fuerzas. ¿Qué le parece? Podría ir a buscar un café. En la planta baja hay una pastelería donde hacen un...

—No se preocupe —lo interrumpió

Chen—. Yo iré a buscarlo.

«¡Ah, sí! El juego.»

—¡De ninguna manera!

—Pero claro.

—No, es para mí un placer, usted es mi invitado.

—Y usted me recibió sin cita previa. Como ya le he dicho...

—Es lo mínimo que puedo hacer por usted. ¿Cómo quiere su café?

—¿Cómo quiere usted el suyo?

—Muy amable, pero...

—¿Quiere nuez moscada en el suyo? Era el último grito: nuez moscada en

el café. Se decía que, gracias a ello, la cadena Starbucks había evitado la quiebra el pasado invierno. Ahora, de un tiempo a esa parte, todo el mundo tomaba café con nuez moscada y juraba que sabía delicioso. Jericho recordaba aquella moda del café expreso estilo Sichuán que había recorrido el país unos años antes, transformando el disfrute del café italiano en una versión asiática del

infierno de Dante. En una ocasión, Jericho había probado un sorbo del borde de la taza y, días después, aún mantenía la sensación de poder arrancarse a tiras la piel de los labios.

—Un capuchino normal sería magnífico —aceptó—. La pastelería está en la planta baja, a la izquierda.

Chen Hongbing asintió.

Y de repente también sonrió. La piel de su rostro se estiró de tal modo que Jericho temió que fuera a rasgarse, pero se trataba de una sonrisa amistosa y digna de ver que se perdía en el desierto agrietado situado bajo los ojos.

—En realidad ella no se llama Yoyo

—dijo Chen una vez se sentaron juntos a tomar su café. Entretanto, Jericho había encendido el aire acondicionado y ahora había una temperatura bastante soportable. Chen adoptó tal postura en su asiento que parecía que el mullido sillón de cuero fuese a expulsarlo de un momento a otro, pero, comparado con el hombre que hacía quince minutos había cruzado el dintel de la puerta, daba una impresión casi equilibrada.

—¿Cuál es su verdadero nombre?

—Yuyun.

—«Nube de Jade» —Jericho alzó las cejas en señal de reconocimiento—. Una buena elección.

—¡Oh, lo estuve pensando mucho! Debía ser un nombre fácil y fresco, lleno de poesía, lleno de... —La mirada de Chen se cubrió con un velo y se perdió en una lejanía indeterminada.

—...de armonía —añadió Jericho.

—Eso, de armonía.

—¿Por qué se hace llamar Yoyo?

—No lo sé —suspiró Chen—. La verdad es que sé muy poco acerca de ella, ése es el problema. No se entiende a una persona por el mero hecho de ponerle una etiqueta. El titular no determina el contenido. Porque, dígame,

¿qué son los nombres? Palabras de aliento para gente perdida, y eso en el

mejor de los casos. Sin embargo, uno espera una excepción con los propios hijos, nos quedamos como atontados. Como si el nombre pudiera cambiar algo. ¡Como si cada nombre ocultara una verdad!

Chen tomó de forma ruidosa un sorbo de su café.

—¿Y Yoyo..., Yuyun desapareció?

—Sigamos mejor con Yoyo. Aparte de mí, nadie la conoce por el nombre de Yuyun. Sí, hace dos días que ni la veo ni hablo con ella. ¿Tu Tian no le ha contado nada?

—Muy poco.

Por razones desconocidas, eso

pareció alegrar a Chen. Entonces Jericho recordó algo. ¿Cómo se lo había dicho Tu? «...puedo decir incluso que confía más en mí que en su padre.» Cualquiera que fuese la relación que unía a Tu y a Chen, por muy estrecho que fuera el vínculo entre ellos, esa predilección por Yoyo se interponía entre ambos. Y ahora Chen tenía la agradable certeza de que Tu tampoco sabía nada esta vez.

—Bueno, teníamos una cita — continuó Hongbing—. Anteayer; se suponía que nos encontraríamos para comer en Liaoning Lu. Esperé más de una hora, pero ella no apareció. Primero

pensé que era a causa de nuestra discusión, que todavía estaba enojada, pero después...

—¿Tuvieron una discusión?

—Estuvimos evitándonos durante un tiempo, cuando me vi enfrentado a las circunstancias de su partida de casa hará unos diez días; sucedió así, sin más. Ella no consideró necesario escuchar mis consejos sobre el asunto, tampoco aceptó mi ayuda.

—¿Usted no estaba de acuerdo?

—Me pareció precipitado, y se lo dije. ¡Con toda claridad! Le dije que no había el menor motivo, que estaba más a salvo conmigo que en esa cueva de

ladrones que frecuenta desde hace años; le dije también que no sacaría nada bueno de esos tipos... En fin, que no era prudente. —Chen miró el vaso de plástico que tenía en la mano.

Se hizo el silencio durante un tiempo. Unos universos de polvo se formaron de repente y desaparecieron bajo la luz del sol. Jericho sintió un cosquilleo en la nariz, pero contuvo las ganas de estornudar. En su lugar, intentó recordar dónde había leído ya el nombre de Yoyo Chen.

—Yoyo tiene muchos talentos — prosiguió Chen en voz baja—. Quizá la he limitado demasiado, pero no tenía

otra opción. Ella provocaba la indignación de los círculos más poderosos, el juego se fue haciendo cada vez más peligroso. Hace cinco años la... Y todo por no querer seguir mi consejo.

—¿Qué delito cometió?

—¿Delito? Ella hizo caso omiso de mis advertencias.

—Sí, lo sé. Pero eso no es un delito.

¿Por qué la arrestaron?

Chen parpadeó con recelo.

—Yo no he sido tan explícito.

Jericho frunció el ceño. Se inclinó hacia adelante, unió las puntas de los dedos y miró a Chen a los ojos.

—Escuche, no quiero presionarlo de ninguna manera, pero así no llegaremos muy lejos. No creo que haya venido usted a contarme que el Partido le colgó una medalla del cuello a Yoyo, así que hablemos claro. ¿Qué fue lo que hizo su hija?

—Ella... —Chen pareció buscar una frase en la que no aparecieran términos como «disidencia».

—¿Puedo expresar una suposición? Chen vaciló. Luego asintió.

—Yoyo es una disidente. —Jericho sabía que así era. ¿Dónde demonios había leído su nombre?—. Critica al sistema desde Internet. Lleva años

haciéndolo. Ha llamado la atención de muchas maneras, pero hasta anteayer había salido bien parada. Ahora es posible que haya ocurrido algo. Y a usted le preocupa que la hayan detenido.

—Ella dijo que yo era la última persona que debería recriminarla por eso —susurró Chen—. Pero lo único que yo hacía era intentar protegerla. Discutimos por eso muchas veces, muchas, y ella me gritaba. Me dijo que era inútil, que yo no dejaba que nadie se me acercase, ni siquiera a mi propia hija, y que cómo precisamente yo... Me dijo que mi prédica era como la del gallo que critica el canto matutino de

otros gallos.

Jericho esperó pacientemente. De pronto, la expresión de Chen se endureció.

—Pero no quiero importunarlo con tales historias —concluyó—. El hecho es que lleva dos días sin dar señales de vida.

—Tal vez las cosas no sean tan graves como usted se las imagina. No sería la primera vez que un chico desaparece después de una discusión. Se refugian en sus amigos, fingen estar muertos durante un tiempo, sólo para darles una lección a sus padres.

Chen negó con la cabeza.

—Yoyo, no. Ella nunca tomaría una pelea como pretexto para hacer algo así.

—Usted mismo ha dicho que conoce muy poco a su hija...

—Pero en este sentido la conozco bastante bien. En muchos aspectos nos parecemos. Yoyo odia las niñerías.

—¿Les ha preguntado a las autoridades?

Chen apretó los puños. El blanco de los nudillos resaltó en su mano, pero su rostro permaneció inexpresivo. Jericho sabía que se estaban acercando al punto decisivo, la verdadera razón por la que Tu le había enviado a su amigo.

—Les ha preguntado, ¿verdad?

—¡No, no lo he hecho! —Parecía que Chen rumiaba las palabras antes de soltarlas—. ¡No puedo hacerlo! No puedo indagar con las autoridades sin ponerlas sobre la pista de Yoyo.

—Entonces..., ¿no es seguro que

Yoyo haya sido arrestada?

—La última vez pasé semanas sin saber con certeza en qué comisaría la tenían retenida. Pero que estaba detenida lo supe pocas horas después de su arresto. Debe usted saber que durante años tuve el privilegio de hacer algunos contactos importantes. Hay personas que están dispuestas a hacer valer sus influencias por mí y por Yoyo.

—Como Tu Tian, por ejemplo.

—Él y otros. Gracias a eso supe que Yoyo estaba en la cárcel. Me informé con esos... amigos..., pero ellos afirman no saber nada sobre el paradero de mi hija. No me sorprendería que, una vez más, les haya dado a las autoridades motivos para perseguirla, pero tal vez todavía no se han enterado.

—¿Cree usted que Yoyo, simplemente, sintió miedo y que, por seguridad, se ha ocultado por un tiempo?

Chen se amasó los dedos. A Jericho le pareció como si estuviera tensando un arco. Luego suspiró.

—Si yo acudiera ahora a la policía

—prosiguió Chen—, podría estar sembrando el recelo en el terreno de la ignorancia. Una vez más, le echarían el ojo a Yoyo, independientemente de que hubiera cometido o no un delito. Para ellos, cualquier motivo sería perfecto. Yoyo ha estado evitando provocarlos por un tiempo, y a mí me pareció que ha aprendido la lección y hecho las paces con su pasado, pero... —Chen miró a Jericho desde sus apagados ojos oscuros. Esta vez no parpadeó—.

¿Entiende usted mi dilema, señor

Jericho?

El detective lo observó en silencio. Se echó hacia atrás en el sillón y

reflexionó. Mientras Chen siguiera tratando el asunto con rodeos, como un lobo alrededor de un fuego, no llegarían a ninguna parte. Hasta ahora, su huésped sólo había hecho un par de insinuaciones. Jericho dudaba de que Chen fuera consciente de ello. Había interiorizado de tal modo el andarse con zigzags, que por lo visto ahora le parecía que caminaba en línea recta.

—No quiero presionarlo, señor Chen... Pero ¿es posible que sea usted la persona equivocada para acudir a las autoridades en busca de información sobre un tema relacionado con actividades subversivas?

—¿Qué quiere decir?

—Simplemente estoy expresando la presunción de que a Yoyo no sólo la persiguen por lo que ella hace.

—Entiendo. —Chen lo miró fijamente—. Tiene razón, no todo lo que hice en el pasado es ahora una ventaja para Yoyo. En cualquier caso, no le haría ningún favor yendo a la policía.

¿Podríamos dejarlo aquí por ahora?

Jericho asintió con la cabeza.

—¿Conoce usted el tema central de mi trabajo? —preguntó—. ¿Tian lo ha puesto al corriente de la situación?

—Sí.

—Mi coto de caza es la red.

Supongo que él me ha recomendado porque Yoyo se ha vuelto muy activa en Internet.

—Él le estima muchísimo. Piensa que es usted el mejor.

—Y eso me honra. ¿Tiene usted alguna foto de su hija?

—¡Oh, tengo más que eso! ¡Tengo vídeos! —dijo Chen, que metió la mano en su chaqueta y sacó un móvil.

Era un modelo antiguo que aún no tenía la opción para hacer proyecciones en tres dimensiones. Con su ya familiar parpadeo, Chen empezó a trastear el aparato, presionando varias teclas de forma sucesiva, pero nada sucedió.

—¿Puedo ayudarlo? —le sugirió

Jericho.

—Es un regalo de Yoyo, pero no lo uso con frecuencia. —Un asomo de timidez recorrió fugazmente los rasgos de Chen Hongbing. Luego le entregó el dispositivo a Jericho—. Sé que esto es ridículo. Pero pregúnteme acerca de coches, coches antiguos; conozco todos los modelos, pero estas cosas...

«Estás cosas ya están pasadas de moda —pensó Jericho—, por si no se ha enterado.»

—Ah, ¿le interesan los coches? —

preguntó el detective.

—¡Soy un experto! Trabajo en

Historical Beauties, en el Beijing Donglu. ¿No ha estado nunca allí? Dirijo la sección de atención técnica al cliente. Debe usted hacerme el honor de una visita, el mes pasado recibimos un Rolls-Royce Corniche de color plateado, con madera y asientos de cuero rojo, un primor. Nos llegó de Alemania, un anciano lo vendió. ¿Le gustan los coches?

—Son útiles.

—¿Me permite preguntarle qué coche tiene?

—Un Toyota.

—¿Un híbrido?

—Funciona con células de

combustible. —Jericho le dio la vuelta al móvil y miró las conexiones. Con un adaptador podría proyectar el contenido sobre su nueva pantalla holográfica, pero no se la entregarían hasta el atardecer. Luego entró en la memoria, donde estaban guardados los archivos

—. ¿Puedo?

—Por favor. Sólo hay tres vídeos, todos de Yoyo.

Jericho dirigió el dispositivo hacia la pared opuesta y activó el proyector digital incorporado. Ajustó la imagen al tamaño de la pantalla plana convencional, de modo que la imagen mantuviera la suficiente brillantez a

pesar de la incidencia de la luz solar, e inició la primera película.

Tu Tian tenía razón.

¡O no! Más bien se había quedado corto: Yoyo no sólo era hermosa, sino que su belleza era extraordinaria. Durante su estancia en Londres, Jericho se había familiarizado con las más diversas teorías sobre la esencia de la belleza: la simetría de los rasgos faciales, la expresión de características específicas tales como los ojos o los labios, la proporción del cráneo o la parte correspondiente al llamado

«esquema infantil», planteado por

Konrad Lorenz. En la lucha psicológica

contra el crimen se trabajaba con estudios de ese tipo, los cuales, además, servían de base para hallar la pista de personas que se camuflaban con personalidades virtuales. Algunos estudios modernos arrojaban como resultado que la perfecta belleza femenina se caracterizaba por los ojos grandes y redondos, una frente alta y ligeramente abombada, mientras que la nariz debía ser afilada y el mentón pequeño pero notable. Al procesar rostros femeninos con un programa Morphing y añadirle cierto porcentaje del «esquema infantil», incrementaba la aceptación de los hombres de forma

espontánea a un nivel muy elevado. Los labios carnosos vencían a las bocas pequeñas, mientras que los ojos muy juntos perdían la batalla frente a los que estaban algo más separados. La venus perfecta tenía los pómulos prominentes, las cejas estrechas y oscuras, las pestañas largas y el cabello copioso y brillante cortado de un modo parejo.

Yoyo era todo eso, pero al mismo tiempo no lo era.

Chen la había filmado durante una actuación, en un club con mala iluminación y acompañada por músicos que probablemente fueran hombres. En esos días, los jóvenes de sexo masculino

tendían cada vez más a adoptar un estilo andrógino y llevaban los cabellos largos hasta la cintura. Quien quería valer algo en el ambiente del mando prog tenía en todo caso la opción de raparse y ponerse aplicaciones en el cráneo. El pelo corto seguía siendo indiscutible. Igual aceptación tenían los avatares que se inclinaban sobre las guitarras o los bajos mediante simulaciones holográficas, aunque el gasto era enorme. Sólo algunos músicos muy exitosos podían permitirse tener uno o varios avatares, como era el caso del rapero estadounidense Eminem, quien, a pesar de pasar ya de los cincuenta, había

querido probar y hacía proyectar sobre el escenario algunas versiones de sí mismo, las cuales se servían de todo el instrumental, bailaban y, por desgracia, mostraban una mayor movilidad que el propio maestro.

Pero todo eso —el sexo, la carne, la sangre, los bits y los bytes— perdía significado ante aquella cantante. Yoyo llevaba el cabello peinado hacia atrás y recogido sobre la nuca en cuatro trenzas que saltaban de un lado a otro con cada movimiento. Su andar era opulento y vigoroso. Entonaba una nueva versión de una viejísima canción del cantante Shenggy. Hasta donde permitía adivinar

la precaria calidad de grabación del móvil, contaba con una buena voz, aunque no tan notable. Y aunque la falta de luz no permitía distinguirla con claridad sobre la escena, Jericho vio lo suficiente como para darse cuenta de que era tal vez la mujer más hermosa que había visto en sus treinta y ocho años de vida. Sólo que la belleza de Yoyo echaba por tierra todas las teorías sobre lo bello.

En eso, la imagen se volvió temporalmente borrosa cuando Chen intentó aproximar a su hija con la ayuda del zum. Los ojos de Yoyo llenaron la pantalla: mirada aterciopelada,

párpados estrechos, pestañas como cortinas que descendían y se alzaban de nuevo con rapidez. La cámara se movió, Yoyo salió del encuadre y la grabación se detuvo.

—Ella canta —dijo Chen, como si fuese necesario aclararlo.

Jericho reprodujo el siguiente vídeo. Mostraba a Yoyo en un restaurante, sentada frente a Chen, con el cabello suelto. La joven ojeaba un menú, pero entonces se percató de la presencia de la cámara y sonrió.

—¿A qué viene esto? —preguntó.

—Te veo con poca frecuencia —

respondió Chen—. Así, por lo menos, te

tengo en conserva.

—¡Ah! Una Yoyo enlatada.

Ella se rió. Bajo sus ojos se formaron dos arrugas transversales que no aparecían en los manuales de belleza de los psicólogos, pero que a Jericho le parecieron muy excitantes.

—Además, así puedo presumir de hija.

Yoyo le hizo una mueca a su padre y empezó a bizquear.

—No hagas eso —dijo la voz de

Chen.

La grabación finalizó. La tercera película mostraba de nuevo el restaurante, al parecer, en un momento

posterior. La música se mezclaba con el ruido. En un segundo plano, los camareros corrían por entre las mesas llenas. Yoyo daba una calada a un cigarrillo y balanceaba un trago en su mano derecha. Entonces abrió los labios y dejó escapar un delgado hilillo de humo. No pronunció una sola palabra durante toda la filmación. Posaba la mirada en su padre, una mirada llena de amor pero que, al mismo tiempo, encerraba una extraña tristeza, por lo que a Jericho no le habría sorprendido nada ver correr unas lágrimas por sus mejillas. Sin embargo, nada de eso sucedió. Yoyo dejaba caer de vez en

cuando los párpados, como si pudiera borrar cuanto veía con sus espesas pestañas; luego tomó un sorbo de su bebida, dio otra calada al cigarrillo y exhaló el humo.

—Voy a necesitar estas grabaciones

—dijo Jericho.

Chen se levantó de su sillón, fijó los ojos en la pared, ahora vacía, como si todavía pudiera ver allí a su hija. Su expresión parecía más rígida que nunca. Sin embargo, Jericho, aun sin conocer las circunstancias, sabía que había habido épocas en las que ese rostro había quedado deformado por el sufrimiento. En Londres había visto

caras similares. Víctimas, familiares de las víctimas, criminales que eran víctimas de sí mismos. Fuera lo que fuese lo que hubiera petrificado las facciones de Chen, él confiaba encarecidamente en estar bien lejos el día en que esa rigidez se distendiera otra vez. Por nada del mundo quería ver lo que saldría más tarde a la luz.

—Puedo darle otras —dijo Chen con voz sorda—. A Yoyo le gusta fotografiarse. Pero son mucho mejores las películas. No éstas. Yoyo ha hecho grabaciones para Tu Tian como guía turística virtual. De alta resolución, como me dijo ella misma. Y, en efecto,

si usted recorre con ese programa el Museo del Urbanismo o entra en el ojo del World Financial Center, es como si estuviera allí en persona. Tengo algunas de esas grabaciones en casa, pero seguramente Tian puede entregarle mejor material. —Chen hizo una pausa

—. Por supuesto, sólo en caso de que usted se muestre dispuesto a encontrar a Yoyo.

Jericho cogió su vaso, miró el resto de café frío y lo puso de nuevo en su lugar. Una brillante luz solar inundaba el salón. Miró a Chen y supo que su huésped no preguntaría por segunda vez.

—Voy a necesitar más que las

películas —dijo el detective.

TORRE JIN MAO

En ese preciso momento, una camarera japonesa se acercó a la mesa de Kenny Xin llevando consigo una bandeja de sushi y sashimi. Xin, que la vio aproximarse por el rabillo del ojo, se abstuvo de dirigirse a ella. Sus ojos se posaron en la franja azul grisácea del Huangpu, situado a trescientos metros por debajo de él. En ese momento había mucho tráfico de embarcaciones en el río. Chalanas con forma de juncos, acopladas en cadena, seguían su curso como lentas serpientes acuáticas;

grandes cargueros que se dirigían con su pesada carga hacia los muelles situados al este del recodo. Entre ellos se agolpaban los ferris, los taxis fluviales y los cruceros en su ruta hacia el puente Yangpu y las grúas de descarga, pasando frente al idílico parque Gongqing hasta llegar a la desembocadura, donde, en un turbio juego de colores, se mezclaban las aguas aceitosas del río Huangpu con las aguas fangosas del Yangtsé, para luego repartirse por todo el mar de China Oriental.

Al cauce derecho del río, bien definido y casi dispuesto en un ángulo

agudo, había que agradecer que el distrito financiero y económico de Shanghai, Pudong, estuviera ubicado en una especie de península, lo que permitía tener una vista panorámica de la avenida Zhongshan Lu, que discurría junto al río, con sus bancos coloniales, sus clubes y hoteles: reliquias de un período posterior a las guerras del opio, cuando los gigantes europeos del comercio se repartieron el país entre sí y comenzaron a construir monumentos a su poder en la ribera occidental de la arteria fluvial. Más de cien años antes, aquellas construcciones debían de haber superado en magnificencia y tamaño a

todo cuanto las rodeaba. Ahora, sin embargo, parecían juguetes si se las comparaba con la estalagmítica aglomeración de acero, cristal y hormigón que se extendía por detrás de ellas, surcada por autopistas, trenes magnéticos y los llamados skytrains, rodeada por vehículos volantes, minicópteros con forma de insecto y zepelines de carga. Aunque el tiempo estaba inusualmente despejado, no podía distinguirse el horizonte. Shanghai se disolvía en la niebla, se difundía en los bordes y formaba un todo con el cielo. Nada hacía pensar que más allá de aquellas edificaciones hubiera otra cosa

que no fueran más edificios.

Xin contempló todo aquello sin dignarse tener en cuenta la presencia de la mujer que le servía el sushi. Su concentración era inalienable, y en ese momento estaba concentrado en cuál podía ser el paradero de aquella chica que estaba buscando en una megaciudad de veinte millones de habitantes. No estaba en su casa, ya había preguntado allí. Si aquel estudiante con el estúpido apodo de Grand Cherokee Wang no le había mentido, existía una posibilidad de ir estrechando el círculo en torno al lugar donde estaría la joven. Tendría que aferrarse a esa endeble información,

aunque aquel chico le pareciera poco de fiar: era uno de los compañeros de piso de Yoyo y estaba claramente coladito por ella, aunque estaba aún más coladito por el dinero, lo que lo hacía actuar como si tuviera alguna información para ofrecer. Sin embargo, era evidente que no sabía nada.

—Hace tiempo que Yoyo no vive aquí —le había dicho—. Le encantan las fiestas, es una gallina marchosa.

—Y nosotros somos los «cabezas de gallina» —dijo el otro joven, riendo y dejando ver su campanilla, aunque de inmediato pareció cobrar consciencia de que había hecho una broma de mal gusto.

«Gallina» era el calificativo que usaban los chinos para referirse a las prostitutas, mientras que los llamados

«cabezas de gallina» eran los proxenetas. Al parecer, de repente, a Zhang Li le había pasado por la mente lo que Yoyo haría con él si Xin la ponía al corriente de aquella pequeña grosería.

Entonces le preguntó a Xin si debían transmitirle algún mensaje a la chica.

Xin, a su vez, les pregunta cuándo habían visto a la joven por última vez.

La noche del 23 de mayo. Habían cocinado juntos y bebido algunas cervezas. Luego Yoyo se marchó a su habitación y esa misma noche abandonó

la casa.

¿Cuándo?

Tarde, cree recordar Grand Cherokee. Alrededor de las dos o las tres de la madrugada. El otro joven, Zhang Li, se encoge de hombros. Desde entonces, nadie la ha visto.

Xin reflexiona.

—Posiblemente —dice— vuestra compañera de piso esté metida en problemas. De momento no puedo adelantaros nada más, pero su familia está muy preocupada.

—¿Es usted policía? —quiere saber

Zhang.

—No. Me han enviado para ayudar a

Yoyo —dice Xin, lanzando una mirada significativa a uno y a otro—. Estoy autorizado, además, para mostrar de forma adecuada mi gratitud a quien nos preste ayuda. Decidle, por favor, a Yoyo que puede localizarme a cualquier hora en este número. —Xin le entrega a Grand Cherokee una tarjeta en la que sólo aparece un número de móvil—. Y si recordarais algo sobre dónde podría encontrarla...

—No tengo ni idea —dice Zhang, visiblemente desinteresado, y desaparece en la habitación contigua.

Grand Cherokee lo sigue con la vista y se apoya sobre la otra pierna. Xin

sigue de pie frente a la puerta abierta del piso, quiere darle a Grand Cherokee la oportunidad de pasar a la ofensiva. Tal y como era de esperar, el joven adopta un tono susurrante en cuanto su compañero desaparece.

—Yo podría averiguar algo para usted —dice—. Por supuesto que costará lo suyo.

—Por supuesto —repite Xin con una leve sonrisa.

—Sería sólo para cubrir gastos, ya sabe. Eh... En fin, hay algunos indicios sobre dónde puede estar, y yo podría...

Xin desliza su mano derecha en la chaqueta y la saca de nuevo sosteniendo

un par de billetes.

—¿Sería posible echar un vistazo en su habitación?

—Oh, no puedo hacer eso —dice Grand Cherokee, asustado—. Ella nunca lo...

—Es por su propia seguridad — añade Xin bajando la voz—. Entre nosotros, la policía podría aparecer por aquí. Y no quiero que encuentren nada que incrimine a Yoyo.

—Sí, claro. Sólo que...

—Entiendo. —Xin hace ademán de guardar el dinero.

—No, espere... Yo...

—¿Sí?

Grand Cherokee mira el dinero y trata de comunicarle algo a Xin sin decir palabra. Su deseo es evidente. El lenguaje de la avaricia no necesita palabras. Xin mete de nuevo la mano en su chaqueta e incrementa la cantidad. El joven se muerde el labio inferior, coge los billetes y le hace un gesto con la cabeza para que entre.

—Es la última puerta a la derecha.

¿Quiere que le...?

—No, gracias. Me las arreglaré. Y como te he dicho... Si tuvieras algún indicio...

—¡Los tengo! —Los ojos de Grand

Cherokee comienzan a brillar—. Sólo

debo hacer un par de llamadas, localizar a algunas personas. ¡Oiga, lo llevaré hasta Yoyo tan pronto como sea posible! Sólo que...

—¿Sí?

—Tal vez necesite sobornar a alguna gente.

—¿Hablamos de un anticipo? — Algo así.

Xin ve la mentira reflejada en los ojos de Grand Cherokee. «Tú no sabes nada —piensa—, pero al menos cabe la posibilidad de que averigües algo movido por tu codicia. De cualquier manera, contactarás conmigo. Estás loco por cobrar tu parte.» Xin pone dos

billetes más en las manos de su interlocutor y se marcha.

Eso había sido el día anterior.

Hasta ahora el joven no lo había llamado, pero Xin no estaba preocupado. Contaba con la llamada en algún momento durante la tarde. Entonces dedicó toda su atención al sushi, hecho exclusivamente a base de atún, salmón y macarela, todos de una calidad impresionante. A la cocina del restaurante japonés situado en la planta cincuenta y seis de la torre Jin Mao podían ponérsele pocos reparos, salvo, quizá, ciertos descuidos a la hora de disponer los platos. El restaurante

pertenecía al Jin Mao Grand Hyatt, que ocupaba toda la planta cincuenta y tres del que otrora fue el edificio más alto de China. Entretanto, la torre había quedado varias veces superada en altura sólo dentro de la propia ciudad de Shanghai, la primera vez en el año 2008, a cuenta de su edificio vecino, el World Financial Center, que también albergaba un Hyatt; sin embargo, el ambiente añejo de la vencida torre tenía aún cierto aire exorbitante. Reflejaba la época en que China había empezado a buscar una nueva concepción de sí misma a través de una combinación de las tres C: comunismo, confucianismo y capital, y

terminó encontrándola tanto en ciertas reminiscencias de su pasado imperial como en la estética del art déco del colonialismo. A Xin le gustaba aquello, si bien tenía que admitir que se vivía con más estilo en los edificios situados al otro lado. Lo que lo había llevado hasta allí era la idea de poder someter su existencia a un concepto no impregnado por emociones, sino por la fría aceptación de los principios del orden, que era, a fin de cuentas, la fórmula secreta de la perfección. Kenny Xin había nacido en el año 1988, y la torre Jin Mao estaba tan relacionada con el número ocho como un hombre con su

genoma. A los ochenta y ocho años de edad, Deng Xiaoping había aprobado el diseño del edificio; el 28 de agosto de

1998 tuvo lugar su inauguración. Los ochenta y ocho pisos de la torre se apilaban unos sobre otros y formaban una estructura en la que cada segmento era un octavo más estrecho que la base, con sus dieciséis plantas. Las vigas de acero sobre las que descansaba la torre medían ochenta metros. En cada detalle podía identificarse la presencia del ocho. Hasta el año 2015, el edificio contó con un total de setenta y nueve ascensores, una mácula en cuyo auxilio acudió la instalación de un ascensor

adicional.

Por supuesto, quedaban algunos detalles que afeaban la, por lo demás, modélica concepción inicial. Por ejemplo, el hecho de que la torre, en caso de tormenta o terremoto, oscilara como máximo unos setenta y cinco centímetros. Xin se preguntaba cómo era posible que los constructores no se hubieran percatado de ese error, un intruso en aquel modelo de belleza matemática. Xin no era arquitecto. Quizá las cosas no podían ser de otro modo, pero ¿qué eran cinco centímetros frente a la primacía de la perfección? Ante el orden del cosmos, hasta una obra como

la torre Jin Mao se parecía al desorden en el cuarto de un niño.

Con sus dedos bien cuidados, Xin desplazó la bandeja de sushi hacia la izquierda, luego colocó la botella de cerveza Tsingtao y el vaso detrás, a la misma distancia. Así le gustaba más. Nada más ajeno a su voluntad que rendir tributo a los obscenos principios del orden de la gente que solía colocarlo todo en un ángulo recto. De vez en cuando, él era capaz de vislumbrar el más puro orden dentro de un caos aparente. Nada había más perfecto que la homogeneidad absoluta, sin superficies rugosas, del mismo modo

que una mente absolutamente en blanco equivalía al ideal cósmico, y cada pensamiento era igual a un acto de contaminación, a menos que uno lo invocara de manera consciente y luego lo soltara de nuevo, a su arbitrio. Controlar la mente equivalía a controlar el mundo. Xin sonrió mientras hacía nuevas correcciones que lo llevaron, por ejemplo, a mover de su sitio el pequeño cuenco con la salsa de soja, a girar unos pocos grados el florero con la orquídea solitaria y a separar los palillos y colocarlos en posición paralela delante de él. ¿Acaso Shanghai, a su manera, no constituía un caos maravilloso? ¿O era

más bien un orden de la arbitrariedad que se revelaba únicamente al observador entrenado, como un plan secreto?

Xin separó algunos granos de arroz sobre la tabla de madera hasta que quedó satisfecho con su aspecto.

Sólo entonces empezó a comer.

XINTIANDI

Mirando en retrospectiva, a Jericho su vida en China se le antojaba una caótica sucesión de actos temerarios y huidas, rodeado por paredes insonorizadas y obras en construcción, a cuya sombra él se esforzaba, con la laboriosidad de un animal que cava su propia guarida, por mejorar su situación financiera. Al final, el trabajo duro había dado sus resultados. Su banquero empezaba a hablarle con el tono de un amigo. Continuamente le llegaban documentos sobre inversiones en barcos, plantas

para el tratamiento de aguas, centros comerciales y rascacielos. Todo el mundo parecía estar dispuesto a familiarizarlo con las posibilidades de invertir su dinero. Acogido en el seno de la mejor sociedad, respetado y agotado por el exceso de trabajo, Jericho reposaba sobre lo conseguido en todo ese tiempo con una pesantez de plomo, demasiado cansado para añadir un último capítulo a la cronología de su vida nómada y mudarse a un lugar en el que valiera la pena envejecer. Aquel paso llegaba con retraso, la idea de hacer de nuevo las maletas lo narcotizaba, por lo que prefería

tumbarse por las noches en el sofá mientras los reflectores y el ruido de las obras en construcción lamían las cortinas, ver alguna película y recitar de nuevo el mantra de «Tengo que salir de aquí» para quedarse dormido con él.

Era el momento en que Jericho empezaba a dudar seriamente del sentido de su existencia.

Sin embargo, no había dudado cuando Joanna lo había llevado a Shanghai para, tres meses más tarde, dejarlo plantado. Tampoco había dudado cuando cobró consciencia de que no tenía dinero para el vuelo de regreso ni para abrir de nuevo la tienda

que acababa de cerrar en Londres. No había dudado ni siquiera en su primer alojamiento en Shanghai, viviendo sobre alfombras húmedas e intentando cada mañana exprimir de la ducha unos pocos litros de agua sucia, mientras las ventanas tintineaban ligeramente a causa del incesante tráfico de la vía rápida de dos niveles que pasaba directamente por delante del edificio.

En aquella ocasión se había dicho que las cosas no podían sino mejorar.

Y así había sido.

Al principio, Jericho ofreció sus servicios a las empresas extranjeras que habían llegado a Shanghai para hacer

negocios. Muchas de ellas no encontraban sostén en el frágil marco de la legislación china sobre la protección de la propiedad intelectual. Se sentían espiadas y estafadas. Con el tiempo, sin embargo, aquella mentalidad de autoservicio del dragón chino había dado paso a una etapa de profunda contrición. A principios del milenio, China plagiaba con desenfado todo cuanto los piratas informáticos eran capaces de sacar de los bancos globales de ideas, pero los propios empresarios chinos empezaron a desesperarse cada vez más por la incapacidad de su gobierno para proteger sus ideas. «Nos

pareció digno de imitación», decían, lo que era una versión amable de «Por supuesto que le hemos robado, pero le admiramos por haberlo inventado». Durante años se rechazaron con indignación los reproches de los narices largas, que planteaban que ciertas empresas e instituciones chinas les habían estado robando su propiedad intelectual. A veces el gobierno ni siquiera se dignaba comentar tales acusaciones; sin embargo, Jericho comprobó que eran especialmente esas empresas chinas las que mayor necesidad tenían de contratar a detectives cibernéticos. Los empresarios

nacionales reaccionaron con entusiasmo al hecho de que Jericho, durante su labor para Scotland Yard —cuando había colaborado en la creación del Departamento de Delitos Cibernéticos

—, se hubiera lanzado a una lucha sin cuartel contra ellos mismos. Les parecía que sólo podía redundar en su beneficio que sus patentes estuvieran protegidas por alguien que con tanto acierto había sabido ponerles freno en el pasado.

Pero el problema —¡un problema que era como un monstruo inquieto, proliferante, infinitamente voraz y prácticamente incontrolable!— consistía en que la élite creativa de China había

estado devorándose a sí misma mientras seguía esperando la imposición de un sistema de protección de la propiedad intelectual que fuera viable y reconocido tanto a nivel nacional como internacional. Aunque era algo sabido desde siempre, a nadie le había interesado realmente que el capitalismo

—prácticamente reinventado por China

— se basaba en los derechos de propiedad, que una economía cuyo capital más importante era el know-how no podía existir sin la protección de marcas, patentes y derechos de autor, y todo ello duró hasta que ese propio capitalismo se vio víctima de las

circunstancias. Entretanto, el mayor perjuicio económico causado por el espionaje chino lo estaba experimentando la propia China. Cada uno cavaba en el jardín del otro, preferiblemente con una pala electrónica. La cacería tenía lugar en la red global, y Owen Jericho estaba entre los cazadores contratados por otros cazadores que tenían la impresión de estar siendo cazados.

Después de que Jericho se convirtió en parte de esa red, sin la cual no se hacían favores ni se cerraban negocios en China, su ascenso se consumó con la dinámica de un cohete en despegue. Se

había mudado cinco veces en cinco años, dos por voluntad propia, y las otras veces porque el edificio donde vivía en ese momento, por razones que jamás pudo memorizar, debía ser demolido. Se mudó a barrios mejores, a calles más amplias, a edificios más bonitos, se fue acercando cada vez más a la materialización de su sueño: ocupar una de aquellas casas rehabilitadas de e s t i l o shikumen, con sus cercas de piedra y sus apacibles patios interiores en el vibrante corazón de Shanghai, y aunque a veces tuviera que hacer algunas concesiones, jamás le cupo la menor duda de que algún día lo lograría.

Un buen día, su banquero le preguntó por qué no se decidía de una vez. Jericho respondió que aún no había llegado el momento, que algún día sería. El banquero lo puso al corriente sobre el estado de su cuenta y le dijo que ese día había llegado. Jericho se dio cuenta entonces de que el exceso de trabajo no lo había dejado ver las muchas posibilidades que ahora se le ofrecían, así que salió del banco y regresó a casa como atontado.

No se había dado cuenta de que había llegado el momento.

Con esa certeza llegaron también las dudas. Éstas reivindicaban el haber

estado siempre allí, aunque él se hubiera negado a afrontarlas. Le susurraban:

«¿Qué demonios estás haciendo aquí?

¿Cómo has llegado hasta este sitio?

¿Cómo pudo pasarte esto?»

También le sugerían que todo había sido en vano, y que la peor situación en la que podía verse un ser humano era haber alcanzado su meta. La esperanza florecía bajo el amparo de lo provisional, a menudo durante toda la vida. Ahora, de repente todo se volvía vinculante. Debía convertirse en un habitante de Shanghai, pero ¿había querido serlo alguna vez? ¿Vivir en una ciudad a la que nunca se habría mudado

sin Joanna?

«Mientras estuviste en el camino — le decían las dudas—, jamás tuviste que preocuparte por la meta. Bienvenido al reino de lo vinculante.»

Por último —ya por entonces vivía en un representativo edificio de varios pisos situado en la retaguardia de Pudong, el distrito de los negocios, cuya única mácula consistía en la construcción de otros altos edificios alrededor, con el correspondiente ruido y el fino polvo color marrón que se depositaba en las rendijas de las ventanas y en las vías respiratorias—, fue necesario un nuevo desalojo de la

administración municipal para sacarlo de su letargo. Dos hombres sonrientes le hicieron una visita, se hicieron servir un té y le explicaron que el edificio donde vivía debía ceder su sitio a otra edificación totalmente nueva y magnífica. Si lo deseaba, le reservarían con sumo gusto una plaza en el nuevo inmueble. A lo largo del año, sin embargo, sería inevitable una nueva mudanza. Mientras tanto, el ayuntamiento estaba muy feliz de poder proporcionarle al señor Owen Jericho un piso cerca de Luchao Harbour City, a tan sólo unos sesenta kilómetros a las afueras de Shanghai, un lugar que no

podía considerarse realmente parte de la periferia en una metrópoli que, en su proceso de expansión, acogía cariñosamente entre sus brazos a otras ciudades. Ah, y en un plazo de cuatro semanas querían empezar las obras, así que si él, hasta entonces... Bueno, él ya sabía. No era la primera vez, y ellos lo sentían mucho, aunque en realidad no sentían nada.

Jericho había mirado fijamente a aquellos dos delegados, al tiempo que experimentaba la maravillosa certeza de estar despertando de un coma. El mundo empezó a oler nuevamente, cobró sabor, se hizo palpable. Agradecido, había

estrechado la mano de aquellos hombres perplejos y les había asegurado que le habían prestado un gran servicio y que, desde ese punto de vista, podían enviarlo a Luchao Harbour City cuando quisieran. Seguidamente telefoneó a Tu Tian y, cumpliendo con todo el ritual de la cortesía, le preguntó si conocía a alguien que conociera a alguien que, a su vez, supiera si en algún animado rincón de Shanghai había alguna casa shikumen rehabilitada o de nueva construcción que estuviera libre para ser ocupada a muy corto plazo. El señor Tu, que se vanagloriaba de ser el cliente más satisfecho de Jericho y, al mismo

tiempo, se consideraba un buen amigo del detective, era la persona adecuada para hacer averiguaciones de esa índole. Dirigía un mediano consorcio de tecnología, mantenía muy buenas relaciones con las autoridades de la ciudad y siempre se mostraba alegremente dispuesto a «averiguar».

Catorce días después, Jericho estaba firmando el contrato de arrendamiento de una segunda planta en una de las más hermosas casas shikumen, ubicada en uno de los barrios más populares de Shanghai, Xintiandi, con la posibilidad de ocuparla inmediatamente. Se trataba, por supuesto, de una edificación nueva.

Hacía tiempo que las casas shikumen auténticas habían desaparecído. Las últimas habían sido demolidas poco después de la Exposición Universal de

2010; no obstante, podía decirse que Xintiandi era un bastión de la arquitectura shikumen, del mismo modo que se llamaba casco antiguo a la parte vieja de la ciudad de Shanghai, aunque fuera de todo menos antiguo.

Jericho no se preguntó quién tenía que abandonar el inmueble. Confiaba en que la vivienda estuviera realmente vacía, así que plasmó su firma en el documento y no se detuvo a pensar siquiera en el favor que Tu Tian le

pediría a cambio. Sabía que le debía algo a Tu, así que preparó su mudanza y quedó a la espera de lo que vendría.

Y la verdad es que llegó antes de lo esperado. Llegó bajo la figura de Chen Hongbing y tenía por contenido un encargo desagradable que no podía evitar acometer si no quería ofender a

Tu.

Poco después de que Chen se hubo marchado, Jericho instaló su ordenador. Se lavó la cara, puso orden en sus pelos desgreñados y se cambió la camiseta por una limpia. Luego se acomodó delante de la pantalla y dejó que el sistema marcara un número de teléfono.

En la pantalla aparecieron dos T entrelazadas, el logotipo de Tu Technologies. Al instante apareció la sonrisa de una cuarentona atractiva. Estaba sentada en un recinto decorado con sumo gusto, con mobiliario de sala vip y amplios ventanales a través de los cuales se alcanzaba a ver el paisaje urbano de Pudong; la mujer bebía algo en una diminuta taza de porcelana. Jericho sabía que era té de fresa. A Naomi Liu le pirraba el té de fresa.

—Buenos días, Naomi.

—Buenos días, Owen. ¿Cómo va la mudanza? —Estupendamente, gracias.

—Me alegro. El señor Tu me ha

dicho que recibirá usted una de nuestras nuevas grandes terminales.

—Espero que sea esta noche.

—Qué emocionante —dijo la mujer, y colocó la taza sobre una superficie transparente que parecía flotar en el aire; a continuación, miró a Jericho con los párpados caídos—. Entonces pronto podré verle de la cabeza a los pies.

—Pero no será nada comparable con poder verla a usted —respondió Jericho al tiempo que se inclinaba hacia adelante y bajaba la voz—. Todos jurarán que está usted sentada en persona en mi casa.

—¿Y eso le bastará? —Por supuesto

que no.

—Me temo que sí. Le bastará, y entonces ya no verá ninguna razón para invitarme a que vaya personalmente. Creo que tendré que convencer a mi jefe para que no le envíe ese equipo.

—No hay ningún programa holográfico capaz de igualarle, Naomi.

—Pues eso dígaselo a él —repuso la secretaria haciendo un gesto en dirección a la oficina de Tu—. De lo contrario, puede ocurrírsele la idea de sustituirme por una de esas imágenes.

—En ese caso, rompería de inmediato todo tipo de relación con él. Por cierto...

—Sí, está aquí. Que le vaya bien, Owen. Le paso.

A Jericho le gustaba aquel ritual de coqueteos. Naomi Liu era el ojo de la aguja a través del cual pasaban todas las relaciones con Tu Tian. Su buena disposición podía ser muy útil. Aparte de eso, Jericho no dudaría ni un momento en pedirle que fuera a su casa, sólo que ella no aceptaría la invitación. Estaba felizmente casada y era madre de dos niños.

Brevemente apareció en la pantalla, otra vez, la doble T de la empresa, y a continuación se vio en ella el cráneo macizo de Tu. Lo que quedaba de sus

cabellos se concentraba en una región por encima de las orejas, donde el pelo reposaba gris y cerdoso. Unas pequeñas gafas se balanceaban sobre su nariz. La patilla izquierda parecía sujeta con cinta adhesiva transparente. Tu se había arremangado la camisa y comía unos macarrones de aspecto pegajoso que iba pescando con los palillos en un envase de cartón. El gran escritorio situado a sus espaldas estaba repleto de pantallas y proyectores holográficos, entre los cuales se apilaban discos duros, mandos a distancia, folletos, vasos de cartón y restos de otros envases.

—No, no me molestas —murmuró

Tu con la boca llena, como si Jericho hubiera expresado alguna preocupación en ese sentido.

—Ya lo veo. ¿Has estado alguna vez en la cafetería de tu empresa? Allí cocinan alimentos frescos.

—¿Y a mí qué?

—Comida de verdad.

—Esto es comida de verdad. Les vertí agua hirviendo por encima y se convirtieron en algo comestible.

—¿Y sabes por lo menos qué cosa es? ¿Indica algo el paquete?

—Cualquier cosa. —Tu continuó masticando de forma regular. Sus gruesos labios se movían como dos

tubos de goma en plena cópula—. Tal vez la gente con un horario anárquico como el tuyo no lo comprenda, pero hay razones para comer en la oficina.

Jericho se dio por vencido. Desde que conocía a Tu, jamás lo había visto ingerir una comida saludable y apetitosa. Parecía como si el empresario se hubiese impuesto la tarea de arruinar él solo la reputación de la cocina china como la mejor, más variada y más fresca del mundo. Puede que Tu fuese un inventor genial y un talentoso jugador de golf, pero desde el punto de vista culinario, Kublai Khan, a su lado, nos habría parecido el padre de todos los

gourmets.

—¿Qué habéis estado celebrando?

—preguntó Jericho con la mirada puesta en el caos reinante en la oficina de Tu.

—Hemos estado probando algo nuevo. —Tu cogió una botella de agua, se enjuagó los macarrones de la boca como era debido y soltó un sonoro eructo—. Policías holográficos. Un encargo de la Oficina de Seguridad Vial. En la oscuridad trabajan perfectamente, pero la luz del sol les sigue creando algunas dificultades. Los desintegra. — Tu rió jubiloso—. Como a los vampiros.

—¿Qué pretende el ayuntamiento con esos polis holográficos?

Tu lo miró con asombro.

—Regular el tráfico, ¿qué otra cosa podía ser? La semana pasada volvieron a atropellar a un poli de verdad, ¿no lo has leído? Estaba parado en la intersección de Siping Lu con Dalian Xilu cuando un camión que transportaba muebles se le echó encima y esparció sus vísceras por el pavimento. ¡Una guarrería, hubo niños llorando, cartas de protesta! Ya nadie quiere regular el tráfico de forma voluntaria.

—¿Y desde cuándo la policía se ocupa de que uno haga algo de forma voluntaria?

—No se trata de eso, Owen, es una

cuestión económica. Están perdiendo demasiados agentes. El trabajo de agente de tráfico ocupa los primeros puestos en el escalafón de las actividades más peligrosas, la mayoría preferirían perseguir y atrapar a asesinos en serie. Además, uno también es humano, es decir, nadie quiere en realidad que mueran policías. Los polis holográficos no tienen ningún problema en ese sentido: si les pasas por encima, siguen transmitiendo. La proyección envía una señal al ordenador, incluida la marca del vehículo y la matrícula.

—Interesante —dijo Jericho—. ¿Y

qué hay de las guías turísticas

holográficas?

—Ah. —Tu se limpió las comisuras de la boca con una servilleta que, al parecer, había tenido que asistirlo en otras comidas—. Veo que has tenido visita.

—Sí, he tenido visita.

—¿Y bien?

—Tu amigo tiene una tristeza que da miedo. ¿Qué le pasó?

—Ya te lo dije. Ha probado la amargura.

—Y todo lo demás no me incumbe, ya comprendo. Pero, en fin, hablemos de su hija.

—Yoyo. —Tu se pasó la mano por

la barriga—. Sinceramente, ¿no es sensacional?

—De eso no cabe duda.

Jericho sentía curiosidad por saber si Tu se atrevería a hablar de la joven por una línea telefónica que era de conocimiento público. Era cierto que las autoridades grababan todas las conversaciones telefónicas pero, en la práctica, el apartado de vigilancia apenas daba abasto para analizarlas todas, aun cuando sus sofisticados programas preseleccionaran los registros. Desde finales del siglo pasado, los servicios de inteligencia de Estados Unidos habían empleado, como

parte de su programa global Echelon, un software que identificaba palabras clave, pero el resultado del mismo fue que una persona pudiera ser detenida si, durante los preparativos del cumpleaños de un sobrino, pronunciaba tres veces seguidas la frase «pistola de agua». Los programas modernos, por el contrario, eran capaces, dentro de ciertos límites, de entender el significado de una conversación y confeccionar listas de prioridades. No obstante, seguían siendo incapaces de captar una ironía. Eran ajenos al humor y al doble sentido, lo que obligaba a los espías a escuchar directamente, a la vieja usanza, cuando

se mencionaban palabras o frases tales como «disidente» o «masacre de Tiananmen». Como era de esperar, Tu sólo dijo:

—Y ahora quieres una cita con la pequeña, ¿no?

Jericho sonrió sin ganas. Lo había presentido. Había dificultades.

—Si se puede concertar, por supuesto.

—Bueno, esa chica tiene sus exigencias —dijo Tu con astucia—. Tal vez debería darte algunos consejos útiles, pequeño Owen. ¿Estarás cerca en las próximas horas?

—Tengo algunas cosas que hacer en

el Bund. Pero hacia la hora de la comida espero estar libre.

—¡Excelente! Coge el ferri. Hace buen tiempo, nos encontraremos en Lujiazui Green.

PUDONG

Lujiazui Green era un bonito parque rodeado de altos edificios y situado no lejos de la torre Jin Mao y del World Financial Center. Tu estaba sentado en un banco junto a la orilla del pequeño lago y tomaba el sol. Como de costumbre, llevaba unas gafas de sol por encima de las gafas normales. La camisa arrugada había conseguido salirse de la cintura del pantalón y se tensaba entre los botones, creando unas aberturas a través de las cuales se le veía la barriga de color blancuzco. Jericho se sentó a su

lado y estiró las piernas.

—Yoyo es una disidente —dijo.

Tu volvió la cabeza hacia él con gesto apático. Era imposible ver sus ojos tras aquel ladeado constructo formado por las gafas normales y las de sol.

—En realidad pensé que eso te había quedado ya claro cuando estábamos en el campo de golf.

—No se trata de eso. Lo que quiero decir es que este caso es muy distinto de los habituales. Debo buscar a una disidente para protegerla.

—Una antigua disidente.

—Su padre ve las cosas de otro

modo. ¿Por qué Yoyo ha tenido que pasar a la clandestinidad si no es por miedo? A menos que la hayan detenido. Tú mismo has dicho que tiene cierta inclinación a molestar a la gente equivocada. Tal vez alguien le ha situado en su punto de mira, y esta vez se trataba de un pez demasiado gordo para ella.

—Bueno, ¿y qué piensas hacer?

—Sabes muy bien lo que voy a hacer

—resopló Jericho—. Por supuesto que buscaré a Yoyo.

Tu asintió.

—Es un gesto noble de tu parte.

—No, es algo que se sobrentiende.

El único inconveniente en todo el asunto es que esta vez tendré que trabajar al margen de las autoridades. De manera que necesito toda la información imaginable sobre Yoyo y su entorno, y para ello estoy a merced de tu ayuda. La impresión que me causó Chen Hongbing es que es un hombre demasiado honrado e introvertido. Tal vez esté hasta un poco ciego de un ojo; en cualquier caso, tuve que tirarle de la lengua.

—¿Qué te contó?

—Me dio la nueva dirección de Yoyo, un par de vídeos y fotos. Hizo un montón de insinuaciones.

Tu toqueteó con los dedos las gafas

de sol sobre su nariz e intentó colocar las otras gafas en una posición medio horizontal. Jericho comprobó que su primera impresión no lo había engañado: la patilla derecha de las gafas, en efecto, estaba envuelta con cinta adhesiva. En alguna ocasión se había preguntado por qué Tu no se sometía a una operación de la vista o se pasaba a las lentes de contacto autograduables. Apenas había ya nadie que usara gafas para ver mejor. Mantenían su existencia como artículos de moda, y Tu estaba tan lejos de las cosas de la moda como un hombre de Neandertal de la era atómica.

Por un momento reinó el silencio. Jericho parpadeó hacia el sol y siguió con la mirada un avión que pasaba.

—Pues bien —dijo Tu—. Formula tus preguntas.

—No hay nada que preguntar. Cuéntame algo sobre Yoyo, algo que yo todavía no sepa.

—Su nombre verdadero es Yuyun...

—Eso ya pudo revelármelo Chen.

—...y forma parte de un grupo que se hace llamar Los Guardianes. Eso no te lo dijo él, ¿no es cierto?

—Los Guardianes. —Jericho dejó escapar un leve silbido.

—¿Has oído hablar de ellos?

—Y tanto. Son guerrilleros de la red. Actúan en favor de los derechos humanos, sacan a la luz viejas historias como la de Tiananmen, organizan ataques a las redes del gobierno y de la industria. En realidad, ponen en apuros al Partido.

—Y el Partido, en correspondencia, se muestra nervioso. Los Guardianes son de un calibre distinto que el de nuestra dulce Ratón de Titanio.

Liu Di, la mujer que se hacía llamar Ratón de Titanio, estaba entre las pioneras de los disidentes de Internet. A principios del milenio había comenzado a publicar en la red varios comentarios

breves pero mordaces sobre la élite política del país, todavía bajo el seudónimo de Ratón de Acero. La dirigencia de Pekín empezó a horrorizarse ante la idea de no poder encarcelar a las personas virtuales con tanta facilidad como a las de carne y hueso. Mostraban su presencia sin estar presentes. El jefe de la policía de Pekín se dio cuenta de que esa nueva amenaza les daba serios motivos de preocupación, pues no había nada peor que un enemigo sin rostro, con lo que sobrestimó desmedidamente a la primera generación de disidentes de Internet, ya que a la mayoría ni siquiera

se les ocurrió la idea de camuflar su identidad, y quien lo hacía cometía algún error más tarde o más temprano.

Ratón de Acero, por ejemplo, cayó en la ratonera cuando le brindó su apoyo al fundador de un nuevo partido demócrata, sin saber que éste era un agente infiltrado que había sido designado para contactar con ella. A raíz de eso, se la llevaron a la comisaría y la mantuvieron detenida durante un año sin iniciar contra ella ningún proceso judicial. En lo sucesivo, sin embargo, el Partido aprendió su siguiente lección: se podía hacer desaparecer a gente tras los muros de una prisión, pero eso era

imposible en la red. El caso de Liu Di alcanzó una gran resonancia allí, dio la vuelta a China y atrajo la atención de la prensa extranjera. En consecuencia, el mundo tuvo conocimiento de la existencia de una tímida joven de veintiún años que no se había tomado aquello tan en serio. Y ése era el poderoso enemigo sin rostro que ponía a temblar al Partido.

Tras su liberación, Liu Di cambió el acero por un metal mucho más resistente. El Ratón de Titanio había aprendido algo. Le declaró la guerra a un aparato que Mao no podría haber concebido ni en sus sueños más

delirantes: la Cypol, la policía cibernética de China. Liu Di creó foros de Internet a través de servidores extranjeros, y diseñaba sus blogs con la ayuda de programas que filtraban las palabras capciosas ya desde el momento en que se escribían. Otros siguieron su ejemplo, se volvieron cada vez más refinados, y entretanto el Partido sí que empezó a tener verdaderas razones para preocuparse. Porque, mientras las veteranas como Ratón de Titanio no hacían nada por ocultar su identidad real, Los Guardianes empezaron a recorrer la red como una especie de fantasmas. Para seguirles el rastro

habrían necesitado trampas mucho más sofisticadas, trampas que Pekín ponía una y otra vez, pero sin que nadie, hasta el momento, hubiera caído en ellas.

—Hasta el día de hoy, el Partido no tiene ni idea de cuántas personas integran el grupo. A veces se cree que son varias decenas, otras veces esperan vérselas con individuos aislados. En cualquier caso, se trata de un tumor cancerígeno destinado a corroer desde dentro nuestra boyante y sana República Popular. —Tu sorbió una porción de mocos y los escupió delante de sus pies

—. Ahora bien, se sabe lo que nos llega de Pekín, sobre todo rumores y cosas

poco concretas, pero no cuán grande es realmente la organización.

Jericho reflexionó sobre esto último. No recordaba haber oído hablar de ningún arresto a alguno de Los Guardianes.

—¡Bueno, lo que suelen hacer es apresar a cualquiera y decir que pertenece a la banda! —dijo Tu, como si acabara de leerle el pensamiento a su amigo—. Pero, en fin, yo sé muy bien que hasta el día de hoy no han conseguido detener a nadie. Inconcebible, ¿verdad? Quiero decir, persiguen a un ejército, debería haber al menos algún prisionero de guerra.

—Persiguen algo que se asemeja a un ejército —lo acotó Jericho.

—Estás bastante cerca.

—Ese ejército no existe. Son sólo unos pocos, pero saben escabullirse de los investigadores a través de la red. De modo que se les da más importancia, se los presenta como más peligrosos y astutos de lo que son, y así desvían la atención del hecho de que hasta hoy el gobierno no ha conseguido sacar de circulación a un puñado de hackers.

—¿Y qué conclusión extraes tú de eso?

—Pues que tú, para ser un honorable caballero al servicio de Pekín,

sospechosamente sabes demasiado acerca de un montón de disidentes cibernéticos. —Jericho miró a Tu con el ceño fruncido—. ¿Sólo me lo parece, o tienes algunas cartas en ese juego?

—¿Por qué no me preguntas directamente si pertenezco al grupo?

—Es lo que acabo de hacer.

—La respuesta es no. Pero puedo decirte que toda esa tropa está formada por seis personas. Nunca fueron más.

—¿Y Yoyo es una de ellos?

—Bueno. —Tu se frotó la nuca—. Eso no es del todo exacto.

—¿Entonces?

—Ella es la cabecilla. Yoyo fue

quien dio vida a Los Guardianes.

Jericho sonrió. En ese espejo distorsionado que era Internet, todo era posible. La presencia de Los Guardianes ponía en evidencia que tenían que vérselas con un grupo de mayores dimensiones, gente capaz, en caso de duda, de espiar los secretos del gobierno. Sus acciones estaban bien pensadas, y lo que publicaban estaba respaldado por pesquisas impecables. Daban la impresión de ser una red muy bien ramificada, en realidad todo se debía a un número variado de simpatizantes que no estaban unidos al grupo ni poseían ningún conocimiento

sobre su estructura interna. Bien mirado, todas las acciones de Los Guardianes podían reducirse a un pequeño colectivo de hackers confabulados. No obstante...

—...tienen que estar constantemente informados sobre los últimos acontecimientos —murmuró Jericho.

Tu le dio un codazo en el costado.

—¿Hablas conmigo?

—¿Qué? No. ¿Qué edad tiene Yoyo ahora mismo?

—Veinticinco.

—Ninguna chica de veinticinco años es tan astuta como para burlar a los servicios de seguridad por demasiado tiempo.

—Yoyo destaca por tener una inteligencia sobresaliente.

—No me refiero a eso. Puede que el gobierno tenga dificultades para seguir el rastro a los piratas informáticos, pero tampoco es tonto del todo. Con los métodos tradicionales resulta imposible burlar el Escudo de Diamante, y en algún momento tendrías a la policía cibernética encima. Yoyo debe de tener acceso a programas con los que siempre están un paso por delante de los polis.

Tu se encogió de hombros.

—Lo que, necesariamente, nos dice que la chica conoce bien esos programas

—añadió Jericho, tensando el hilo un

poco más—. ¿Quiénes son los otros miembros?

—Unos tipos. Estudiantes como

Yoyo.

—¿Y cómo sabes tú todo eso?

—Yoyo me lo ha contado.

—Ella te lo ha contado —repitió Jericho, e hizo una pausa—. Pero a Chen no se lo contó, ¿no?

—Lo intentó, sólo que Chen no quiso saber nada del asunto. Él no la escucha, por eso ella acudió a mí.

—¿Y por qué precisamente a ti?

—Owen, no tienes por qué saberlo todo...

—Sólo intento entender.

Tu suspiró y se pasó la mano por la calva.

—Digamos que ayudo a Yoyo a comprender a su padre. Eso es, en todo caso, lo que ella espera de mí. —Tu alzó un dedo—. Y ahora no me preguntes qué es lo que hay que entender. Eso no te incumbe en absoluto, maldita sea.

—Hablas con acertijos, al igual que

Chen —gruñó Jericho de mal humor.

—Al contrario, te estoy mostrando un exceso de confianza.

—Pues, en ese caso, sigue confiando. Si debo encontrar a Yoyo, tengo que conocer los nombres de los

demás Guardianes. Tengo que ir a verlos, preguntarle a alguien.

—Parte de la idea, sencillamente, de que los demás también han pasado a la clandestinidad.

—O que han sido enchironados.

—Apenas. Hace algunos años tuve oportunidad de echar un vistazo en la maquinaria de la «generosa» asistencia social de nuestro gobierno, ese sitio donde te miran a la cabeza y siempre te encuentran afectado por algún tipo de trastorno mental. Conozco a esos tipos. Si hubieran apresado a Los Guardianes se habrían jactado de ello a voz en cuello desde hace mucho. Una cosa es

hacer que cierta gente desaparezca, pero cuando alguien se burla de ti en tus propias narices y te hace quedar en público como un imbécil, pones su cabeza en una lanza en cuanto lo tienes en tus manos. Yoyo ha conseguido hacer rabiar al Partido, y ellos no van a permitir una cosa así.

—¿Cómo fue que Yoyo se metió en esto?

—Como suele meterse en tales líos la gente joven: contrajo la epidemia de l a zi you, la libertad. —Tu metió los dedos por entre los botones de la camisa y se rascó la barriga—. Hace ya algunos años que vives aquí, Owen, creo que

entiendes bastante bien a mi pueblo. O digamos mejor que entiendes lo que ves. Pero hay un par de cosas que siguen estando veladas para ti. Todo lo que está sucediendo hoy en el Imperio del Centro es la consecuencia lógica de procesos y rupturas de nuestra historia. Sé que eso suena a guía turística. Los europeos piensan constantemente que toda esa pose del yin y el yang, esa insistencia en las tradiciones es una chorrada folclórica, destinada a confundir y a ocultar el hecho de que somos una banda de plagiarios avariciosos que quieren dejar su impronta en el mundo, que violan sin

cesar los derechos humanos y que, desde Mao, ya no cuentan con ningún ideal. Sin embargo, durante dos mil años Europa fue un caldero en el que constantemente estuvieron echando cosas nuevas. Un tejido improvisado que unía varios estados de ánimo identitarios y que intentaba, además, convertirse en una alfombra. Os habéis pisoteado mutuamente, os habéis apropiado de las costumbres y las tradiciones de vuestros vecinos, incluso mientras todavía combatíais contra ellos. Imperios gigantescos surgieron y desaparecieron a un ritmo vertiginoso. En cierta época fueron los romanos, otras veces los

franceses, los alemanes o los británicos los que llevaron la voz cantante. Habláis de una Europa unida, pero continuáis hablando en varios idiomas, más de los que sois capaces de comprender, y por si eso no bastara, importáis a Asia, Estados Unidos y los Balcanes. Os esforzáis de corazón en venderle al resto del mundo, como un patriotismo sano, vuestros himnos y consignas, el«Vive la France», el«God save the Queen» y el

«Deutschland, einig Vaterland», pero al mismo tiempo despedazáis vuestra singularidad a partir del criterio de su valor comercial y no con su respectiva historia como trasfondo. No podéis

comprender cómo a un pueblo que casi todo el tiempo se bastó a sí mismo, porque le parecía que el centro no necesitaba conocer sus periferias, le cueste tanto trabajo aceptar cosas nuevas, sobre todo cuando éstas no son traídas desde el exterior.

—Eso sabéis disimularlo de manera magistral —resopló Jericho—. Conducís coches alemanes, franceses y coreanos, calzáis zapatos italianos, veis películas estadounidenses, la verdad es que no conozco ningún otro pueblo que se haya proyectado hacia el exterior tanto como el vuestro.

—¿Proyectado hacia el exterior? —

Tu rió secamente—. Lo has dicho muy bien, Owen. Pero ¿qué es lo que sale a la luz cuando te proyectas hacia el exterior, cuando te vuelves del revés? Las vísceras. ¿Y qué ves tú? ¿Qué es, concretamente, lo que proyectamos hacia el exterior? Pues sólo lo que vosotros sois capaces de identificar.

¿No queríais que nos abriéramos? Pues lo hicimos, empezamos en la década de

1980, bajo el liderazgo de Deng Xiaoping. ¿No queríais hacer negocios con nosotros? Los hacéis. Todo lo que los emperadores chinos no quisieron de vosotros durante milenios os lo hemos comprado en un plazo de pocos años, y

vosotros habéis estado encantados de vendérnoslo. Ahora nosotros os lo vendemos de vuelta, ¡y vosotros lo compráis! Además, queríais tener una buena ración de la auténtica China. Y también la tenéis, pero no os gusta demasiado. Os acaloráis desmedidamente por el hecho de que pisoteemos los derechos humanos, pero, en el fondo, lo que no entendéis es que alguien pueda ser detenido por sus opiniones en un país en el que se bebe Coca-Cola. Eso no cabe en vuestras mentes. Vuestros etnólogos denuncian la desaparición de los últimos caníbales y abogan por que se preserve su hábitat,

pero ay si de repente esos mismos caníbales empiezan a hacer negocios y a llevar corbata. En ese caso, enseguida pretendéis que, de golpe, empiecen a comer gallinas y verduras.

—Tian, de verdad que, por mucho que lo intente, no sé...

—¿Tienes realmente claro que el término zi you no fue exportado a China hasta la mitad del siglo diecinueve? — continuó Tu, implacable—. Durante cinco mil años de historia china no hubo la menor oportunidad para que ese concepto aflorara entre nosotros, y la misma suerte corrieron otros conceptos como min zhu, democracia, o ren quan,

derechos humanos. Ahora bien, ¿qué quiere decir zi you? Más o menos significa «ser fiel a ti mismo». Situar tu persona y tus puntos de vista como punto de partida de toda reflexión y no seguir el dogma del pensar y el sentir de la masa. Puedes decirme que la demonización del individuo es una invención de Mao, pero eso sería engañoso. Mao Zedong no fue más que una horrorosa variante de nuestro ancestral miedo a ser nosotros mismos. Tal vez fuera un castigo justo para nosotros, ya que nos habíamos congelado en la convicción de que, aparte de los chinos, sólo existían los

bárbaros. Cuando China, forzada por las circunstancias, se abrió a las potencias occidentales, ello tuvo lugar en medio de un absoluto desconocimiento de lo que cualquier otro pueblo con experiencia colonial sabe por mera intuición. Nos creíamos anfitriones, mientras que los huéspedes, hacía tiempo, se habían convertido en propietarios. Mao quiso cambiar ese estado de cosas, pero, sencillamente, no sólo intentó dar marcha atrás a la rueda de la historia, como hicieron más tarde los ayatolás en Persia. Sus esfuerzos tenían como objetivo suprimir la historia y aislar a China en la cumbre de su

ignorancia. Y eso no funciona con gente que piensa, siente y critica. Eso sólo funciona con autómatas. Pu Yi no fue nuestro último emperador, sino Mao, si es que entiendes lo que te quiero decir. Él fue el más cruel de todos, nos lo robó todo: la lengua, la cultura, la identidad. Traicionó cualquier ideal y sólo nos dejó un montón de escombros.

Tu Tian hizo una pausa. Sus labios carnosos temblaron. Una capa de sudor brillaba en su calva.

—Preguntas cómo Yoyo pudo convertirse en una disidente. Pues te lo voy a decir, Owen. Sencillamente, porque no quiere vivir con un trauma

que ni mi generación ni la de mis padres podrá superar. Pero para ayudar a su pueblo a encontrar su identidad, no puede invocar el espíritu de la Revolución francesa, ni el establecimiento de la democracia en España, ni el fin de Hitler y Mussolini ni la caída de Napoleón ni el desmoronamiento del Imperio romano. Mientras que la historia de Europa se dotó de una elocuencia inimaginable a fin de formular sus aspiraciones, a nosotros, durante mucho tiempo, nos faltaron las palabras más elementales para expresarlas. ¡Oh, sí, China resplandece! China es rica y bella, y

Shanghai es el centro del mundo, el sitio donde todo está permitido y nada es imposible. Nos igualamos con Estados Unidos, dos gigantes económicos con la misma estatura, y ahora estamos a punto de convertirnos en el número uno. Sin embargo, en medio de todo ese esplendor, vivimos empobrecidos por dentro, y somos conscientes de ese empobrecimiento. Nosotros no nos proyectamos hacia afuera, Owen, es sólo apariencia. Si realmente nos proyectáramos hacia afuera, sólo se vería un vacío, como sucede cuando vuelves del revés un calamar. Nuestro modelo es el extranjero, ya que el último

modelo chino que tuvimos nos traicionó. Yoyo sufre a causa de ser la hija de una época corroída por dentro, y lo sufre más de lo que pueden imaginar los autocomplacidos críticos de la globalización y de las violaciones de los derechos humanos en Europa y Estados Unidos. Vosotros veis únicamente nuestras faltas, no los pasos que damos. No veis lo que hemos conseguido hasta ahora, ni el esfuerzo inconcebible que supone abogar por ciertos ideales sin tener un legado para ello, ¡o incluso formularlos!

Jericho parpadeó bajo la luz deslumbrante del sol. Le habría gustado

preguntarle a Tu en qué momento le arrancaron a Chen Hongbing el corazón, pero evitó hacer cualquier comentario. Tu soltó un resuello y se pasó la mano por la cabeza calva.

—Eso es lo que enfurece a gente como Yoyo. A quienes se lanzan a la calle en Inglaterra para exigir libertad, se les preguntará en todo caso para qué lo hacen. En China nos hemos dejado llevar por la ilusión de que nuestro desenfrenado despunte económico nos traería consigo la libertad de un modo automático, sólo que no teníamos una idea clara de lo que es realmente la libertad. Desde hace más de veinte años,

todo en nuestro país gira en torno a ese concepto, todos alaban las satisfacciones del cambio individual de vida, pero a fin de cuentas se refieren a poder participar de la libertad. A nadie le gusta hablar demasiado de la otra libertad, ya que eso implicaría la cuestión sobre el derecho que tiene un partido comunista que ya no lo es a pretender tener el dominio absoluto. La dictadura de izquierdas se convirtió en una de derechas, Owen, y de ello ha salido un poder, a su vez, vacío de contenido. Vivimos bajo el dictado del goce, y pobre del que llegue y se ponga a criticar diciendo que ahí están todavía

los campesinos, los trabajadores emigrantes, las ejecuciones y el apoyo económico a los Estados canallas.

Jericho se frotó el mentón.

—Me considero dichoso de que te dignes darme todas esas explicaciones

—dijo—. Pero mucho más dichoso me sentiría si pudieras retomar el hilo de nuevo en relación con Yoyo.

—Perdona a este anciano, Owen. — Tu lo miró con el ceño fruncido—. Pero he estado hablando de Yoyo todo el tiempo.

—Pero sin describirme sus antecedentes personales.

—Owen, ya te lo he dicho...

—Sí, ya lo sé —dijo Jericho, suspirando. Su mirada se deslizó por la fachada de acero y cristal de la torre Jin Mao—. Eso no me incumbe.

TORRE JIN MAO

Tras una de las ventanas estaba Xin, que observaba la sauna en la que se cocía la ciudad de Shanghai aquella tarde. Se había retirado a su espaciosa suite estilo art déco, situada en la planta número setenta y dos del edificio. Dos de sus lados estaban acristalados hasta el suelo, pero incluso desde esa atalaya expuesta lo que se ofrecía a sus ojos no era más que arquitectura. Cuanto más alto se estaba, más uniformes se volvían los edificios de viviendas y de negocios de diseño exclusivo, como si miles y

miles de colonias de termitas se hubiesen alojado unas junto a otras.

Xin marcó en su móvil un número protegido contra escuchas.

Alguien respondió. La pantalla permaneció en negro.

—¿Qué ha averiguado sobre la chica? —preguntó Xin sin perder tiempo en las formalidades de un saludo.

—Poca cosa —la voz en su oído le respondió con una diferencia de tiempo apenas perceptible—. En realidad, se ha confirmado lo que ya me había temido: es una activista.

—¿Conocida?

—Sí y no. Algunas cosas en sus

archivos nos permiten concluir que tenemos que vérnoslas con la miembro de un grupo de disidentes de Internet que se llaman a sí mismos Los Guardianes. Una pequeña agrupación que incomoda al Partido exigiendo más democracia.

—¿Cree usted entonces que Yoyo no nos buscó con un propósito concreto?

—Eso podríamos concluir. Ha sido pura casualidad. Logramos escanear su disco duro antes de que ella pudiera desconectarse, lo que nos permite deducir que el ataque la sorprendió. De todos modos, no hemos conseguido destruir su ordenador. Debe de contar con un sistema de seguridad muy eficaz,

y eso, por desgracia, no promete nada bueno. Entretanto, estamos convencidos de que en el ordenador de Yuyun..., digo, de Yoyo, han quedado por lo menos algunos fragmentos de nuestros datos de transmisión.

—Poco podrá hacer ella con eso — dijo Xin en tono despectivo—. La clave fue sometida a las pruebas más duras.

—Si las circunstancias fueran otras, le daría la razón. Pero por el modo en que está instalado el sistema de seguridad de Yoyo, podría disponer de programas de descodificación que están muy por encima de los habituales. No le habríamos pedido que viniera hasta

Shanghai si no estuviéramos seriamente preocupados.

—Yo estoy por lo menos tan preocupado como usted. Pero lo que más me preocupa es la precariedad de sus informaciones, si me permite que se lo diga francamente.

—¿Y usted, por su parte, qué ha podido averiguar? —preguntó la voz sin prestar atención al comentario de Xin.

—Estuve en ese piso compartido. Hay otros dos inquilinos allí. Uno no sabe nada, y el otro hace como si pudiera llevarme hasta ella. Y pide dinero, por supuesto.

—¿Confía en él?

—¿Está usted loco? Estoy obligado a aprovechar cualquier oportunidad. El chico me llamará, pero no tengo ni idea de lo que saldrá de ahí.

—¿La joven no ha hablado con ninguno de los dos sobre algún pariente?

—Yoyo no parece ser muy comunicativa. Estuvieron bebiendo juntos, pero luego ella desapareció en la noche del 23 al 24 de mayo, en algún momento entre las dos y las tres de la madrugada.

Hubo una breve pausa.

—Eso podría encajar —dijo la voz en tono reflexivo—. Poco antes de las dos, hora de China, tuvo lugar el

contacto.

—E inmediatamente después, la joven desaparece. —Xin sonrió débilmente—. Una chica lista.

—¿Y dónde más ha estado usted?

—Entré en su habitación. Nada. No había ordenador. Lo limpió todo con esmero antes de desaparecer. Tampoco hay rastro de ella en la universidad, ni posibilidades de echar un vistazo a su expediente. Esto último podría arreglarlo, pero preferiría que usted se ocupara de ello. Seguramente podrá colarse en la base de datos de una universidad.

—¿De qué universidad se trata?

—La Universidad de Shanghai, en

Shangda Lu, en el distrito de Bao Shan.

—Kenny, no es necesario que le explique lo urgente que es todo esto. Así que acelere un poco el ritmo. Necesitamos el ordenador de esa chica.

¡Como sea!

—Lo tendrá, y también tendrá a la chica —dijo Xin poniendo fin a la conexión.

Luego volvió a mirar hacia afuera, hacia aquel desierto urbano.

El ordenador. No cabía duda de que Yoyo lo tenía consigo. Xin se preguntaba cuáles podrían ser las razones para esa huida tan precipitada.

Esa chica tenía que saber muy bien que no sólo habían notado su intrusión e iniciado un contraataque en su sistema, sino que se habían descargado sus datos y, por tanto, se conocía su identidad. Eran motivos para preocuparse, pero no para emprender la huida de golpe y porrazo. Había muchas redes que se protegían desconectando en un ataque relámpago el ordenador de quienes, de forma intencionada o no, penetraban en sus sistemas, y descargándose, si tenían la oportunidad, los datos del intruso. Pero eso solamente no bastaba. Otra cosa había hecho temer a Yoyo que, a partir de ese momento, ya no estaría

segura ni un minuto más.

Y sólo había una explicación.

Yoyo había leído algo que no debería haber leído.

Eso quería decir que la clave de codificación había estado temporalmente desactivada. Un fallo en el sistema. Un agujero que se había abierto de forma inesperada y le había permitido a ella echar un vistazo dentro. Si eso era cierto, ¡las consecuencias podrían ser espantosas! La cuestión ahora era averiguar con cuánta rapidez se había cerrado de nuevo el agujero. No lo suficientemente a prisa, eso ya se sabía, y ese breve vistazo al interior

había bastado para que la joven se diera a la fuga.

Ahora bien, ¿cuánto sabía realmente ella?

Xin necesitaba algo más que el ordenador. Tenía que encontrar a Yoyo antes de que ella tuviera oportunidad de pasar a otros lo que sabía. La única esperanza, por ahora, estaba en Grand Cherokee Wang. Una esperanza endeble, ciertamente, pero ¿desde cuándo la esperanza era algo más que una hermana pobre de la certeza? En cualquier caso, ese chico vendería a Yoyo y a su ordenador en cuanto ésta se dejara ver por el piso que compartían.

Xin frunció el ceño. De repente había algo que no le gustaba del lugar donde estaba parado. Se movió un paso hacia la izquierda hasta que quedó exactamente entre dos de los puntales de la ventana, con las puntas de los zapatos a la misma distancia del borde.

Así estaba mejor.

PUDONG

—Conozco a Yoyo desde que nació — dijo Tu—. Hasta la adolescencia, tuvo un desarrollo normal, si bien tenía el cerebro reblandecido por ciertas ideas románticas. Luego tuvo una vivencia que fue clave. No fue nada espectacular, pero creo que fue una de esas encrucijadas de la vida en las que se decide quién vas a ser. ¿Conoces a Mian Mian?

—¿La escritora?

—Exacto.

Jericho reflexionó.

—Hará una eternidad que leí alguno de sus libros. Ella era todo un reclamo del ambientillo intelectual, ¿no es así? Bastante popular en Europa. Todavía recuerdo que me preguntaba cómo había conseguido burlar la censura.

—Oh, sus libros estuvieron prohibidos mucho tiempo, pero ahora puede hacer lo que le dé la gana. Cuando Shanghai se proclamó la

«capital de la fiesta», ella representaba el campo de tensión entre la marginalidad y el glamour, ya que conocía los dos extremos y podía hablar de ambos de manera convincente. Hoy es algo así como la santa patrona de la

escena cultural aquí. Cincuenta y tantos años, bien establecida, hasta el Partido se engalana con ella. En el verano de

2016 leyó fragmentos de una nueva novela en Guan Di, en el parque Fuxing poco antes de que lo demolieran, y Yoyo asistió. Al final tuvo oportunidad de hablar con Mian Mian, lo que culminó en un tour de varias horas por clubes y galerías. A raíz de eso, quedó como embriagada. Tienes que hacerte una idea clara de la coincidencia simbólica. Mian Mian había empezado a escribir con dieciséis años, como consecuencia directa del suicidio de su mejor amiga, y Yoyo acababa de cumplir entonces los

dieciséis.

—Y decidió hacerse escritora.

—Decidió cambiar el mundo. Por un lado, sus motivaciones eran románticas, pero por otro, tenía una mirada admirablemente clara acerca de la realidad. Más o menos por esa fecha empezó mi propio ascenso. Conocía a Chen Hongbing desde la década de

1990, me caía muy bien, y él me confió a su hija porque creyó que conmigo podía aprender algo. Yoyo siempre había tenido cierta afición por la virtualidad, vivía prácticamente en Internet. Lo que más le interesaba era la disolución de las fronteras entre el mundo real y el

artificial. En el año 2018 me convertí en miembro de la junta directiva de Dao It, mientras Yoyo empezaba su carrera universitaria. Chen la apoyaba como podía, pero ella otorgaba valor al hecho de ganar su propio dinero. Cuando se enteró de que yo había asumido la dirección del Departamento de Desarrollo de Entornos Virtuales, me atosigó para que le consiguiera un trabajo.

—¿Qué estudió ella?

—Periodismo, política y psicología. Lo primero, para aprender a escribir; lo segundo, para saber sobre qué. Y la psicología...

—Para comprender a su padre.

—Ella lo expresaría de otra forma. A sus ojos, China es un paciente en peligro constante de entrar en un estado de locura. Por eso anda en busca de diagnósticos para la enfermedad de nuestra sociedad. Y es ahí cuando entra en el juego Chen Hongbing.

—Entonces, sus herramientas las adquirió contigo —reflexionó Jericho.

—¿Herramientas?

—Claro. ¿Cuándo fundaste Tu

Technologies?

—En 2020.

—¿Y Yoyo estuvo allí desde el principio?

—Por supuesto. —La expresión de

Tu se iluminó—. ¡Ah, eso!

—Ella os ha estado observando detenidamente todo el tiempo desde hace años. Vosotros desarrolláis programas para todo lo imaginable.

—¡Tengo claro el papel que desempeñamos para Los Guardianes!

¡Involuntariamente, por supuesto! Pero, aparte de eso, puedo asegurarte que a ninguno de mis hombres se les habría ocurrido la idea, ni en sueños, de proporcionar herramientas a una disidente.

—Chen dijo que a esa chica la habían detenido en varias ocasiones.

—En realidad, fue durante la carrera cuando Yoyo comprendió en qué medida las autoridades censuraban Internet. Para alguien que tiene la red como su hábitat natural, las puertas cerradas son algo enormemente frustrante.

—Entonces conoció el Diamond

Shield, el «Escudo de Diamante».

Cualquiera que recorriera las autopistas de datos de China se encontraba una y otra vez ante barricadas virtuales. A principios del nuevo milenio, el Partido, temeroso de que ese nuevo medio de comunicación pudiera sacar a la luz ciertos temas candentes, desarrolló un bien

pertrechado programa para censurar la red, el Golden Shield o «Escudo de Oro», al que le siguió, en el año 2020, el Diamond Shield. Con su ayuda, más de ciento cincuenta mil policías rebuscaban en los espacios de chat, en los blogs y en los foros de Internet. Si el Golden Shield había sido una especie de perro rastreador que olisqueaba todos los rincones de la red en busca de términos conflictivos como «masacre de Tiananmen», «Tibet», «revuelta estudiantil», «libertad» y «derechos humanos», el Diamond Shield podía identificar en los textos, hasta cierto grado, algunas conexiones de sentido.

Con él, el Partido reaccionaba ante los llamados «programas escoltas». La disidente Liu Di, por ejemplo, más conocida ahora por su seudónimo Ratón de Titanio, había sabido, tras su puesta en libertad, colgar textos críticos en la red en los que no aparecía ni una sola palabra que pudiera llamar la atención del Golden Shield. Para ello se había servido de los programas escolta, que eran capaces incluso de reprenderla, por así decirlo, si llegaba a teclear algún término capcioso; en esos casos, el programa escolta lo borraba y la protegía de sí misma. Por consiguiente, el Diamond Shield dejó de prestar tanta

atención a las palabras clave y, en su lugar, hacía un balance de textos enteros, relacionaba giros y comentarios, visualizaba lo que se escribía en busca de dobles sentidos o de códigos y hacía sonar la voz de alarma cuando sospechaba de algún indicio de subversión.

Irónicamente, a ese cancerbero se le debían sobre todo ciertos progresos memorables de la época en la escena de l o s hackers, a fin de poder soltar la mayor cantidad de crítica posible con un mínimo de riesgos. Por otra parte, el Diamond Shield bloqueaba también los motores de búsqueda y las páginas de

agencias de noticias extranjeras. Todo el mundo había visto el atentado a Kim Jong-un y el desplome de Corea del Norte, sólo que en la red china no se encontraba nada al respecto. Las sangrientas revueltas contra la Junta de Birmania habían tenido lugar en el planeta Tierra, pero no en el planeta China. Quien intentara bajarse las páginas de Reuters o de CNN podía contar con represalias. En la misma medida que la muralla china se desmoronaba, la otra muralla, la erigida por el Diamond Shield alrededor de todo el país, ganaba solidez; no obstante, el miedo de las autoridades iba

en aumento cada día. No sólo la comunidad de los hackers chinos parecía haber hecho un juramento solemne de volar en mil pedazos aquel

«muro de diamante», sino que también algunos activistas alrededor del planeta estaban trabajando en ello, así como muchas oficinas de consorcios europeos, indios y estadounidenses, servicios secretos e instancias gubernamentales. El mundo se hallaba en medio de una guerra cibernética, y China, en su condición de agresor de primera hora, era el primer objetivo de ataque.

—Comparado con eso —explicó Tu

—, los primeros pasos de Yoyo en la

red eran cosa de niños. Con los ojos desorbitados por la indignación, la emprendió contra la censura y firmó con su nombre en letras bien grandes. Abogó por la libertad de expresión y exigió el acceso a los bancos de información de Google, Alta Vista, etcétera. Inició un diálogo con otras personas que pensaban de manera similar y que opinaban que los espacios de chat podían cerrarse contra intrusos indeseados, del mismo modo que se le pone un candado a un cuarto de utensilios de limpieza.

—¿Era realmente tan ingenua?

—Al principio, sí. Por supuesto que quería impresionar a Hongbing, su

padre. Pensaba absolutamente en serio que estaba actuando según los principios de Chen, que él estaría orgulloso de su pequeña picapleitos. Pero la reacción de Hongbing fue de horror.

—Intentó prohibirle sus actividades.

—Yoyo se mostró totalmente perpleja. No podía entenderlo. Chen se puso terco, y te aseguro que ese hombre puede ser más terco que una mula. Cuanto más lo apremiaba Yoyo para que justificara su actitud de rechazo, tanto más inflexible se mostraba el padre. Ella presentó sus argumentos. Él le gritó. Ella lloró, él dejó de hablarle. Claro que Yoyo comprendía que su

padre temía por ella, pero la joven no había clamado por un derrocamiento del gobierno, sólo había expresado algunas críticas.

—Entonces Yoyo se sinceró contigo.

—Me expresó sus sospechas de que su padre, sencillamente, fuera un cobarde. Una idea que tuve que quitarle de la cabeza no sin dolor. Le expliqué que entendía mejor que ella los motivos de Hongbing, lo que la amargó bastante. Quiso saber, por supuesto, por qué Hongbing no confiaba en su propia hija. Y yo le respondí que su silencio no tenía nada que ver con falta de confianza, sino con la esfera privada. ¿Tienes hijos,

Owen?

—No.

—¡Son los «pequeños emperadores», Owen!

«Pequeños emperadores.» Jericho se puso rígido. ¡Menudo idiota! Hacía apenas un par de horas que las imágenes vistas en aquel sótano de Shenzhen habían dejado de atormentarlo, y ahora Tu empezaba a hablar de «pequeños emperadores».

—Es algo tan brillante como exigente —continuó Tu—. También Yoyo. Ahora bien, yo le aclaré que su padre tenía derecho a decidir por su vida, la de él, pero que la circunstancia

de que ella hubiera nacido no le daba a Chen ningún derecho a entrar en los palacios secretos de su alma. Los hijos no entienden eso. Creen que los padres son una especie de empleados de servicio, y que sólo existen para estar pegados a sus traseros, lo que es útil al principio, pero luego resulta pesado y, al final, llega a ser embarazoso. Ella replicó diciendo que Hongbing era el causante de toda la disputa, que intentaba controlar su vida, y en eso, estúpidamente, tenía la razón. Hongbing debería haberle explicado a su hija qué era lo que tanto lo enfadaba.

—Pero no lo hizo. Entonces, ¿qué?

¿Lo hiciste tú?

—Él jamás habría permitido que yo hablara sobre ese tema con Yoyo. ¡Con nadie! Por eso tendí mis puentes. Le hice saber a Yoyo que, en cierta ocasión, su padre había sido víctima de una enorme injusticia, que nadie sufría aquel silencio suyo más que él mismo. Le pedí que fuera paciente con él. Con el tiempo, Yoyo empezó a respetar mi actitud, se volvió muy reflexiva. Y a partir de entonces empezó a abrirse conmigo con frecuencia, lo que me honraba, pues yo no había hecho demasiado por merecerlo.

—Y entonces Hongbing se puso

celoso.

Tu rió en voz baja; era una risa extraña, triste.

—Él jamás lo admitiría. Lo que nos une a él y a mí es algo muy profundo, Owen. Pero, por supuesto, aquello no le gustó. Fue inevitable entonces que los frentes se volvieran menos flexibles. Yoyo decidió subir el tono en la red, empezó a poner a prueba la paciencia de las autoridades. A su vez, escribía sobre cosas cotidianas, sobre el mundillo del arte, sobre música, sobre películas y viajes, escribió poemas y relatos breves. Estimo que no tenía demasiado claro lo que quería ser: una periodista

seria, una disidente o, simplemente, una niña más de Shanghai.

—«Niña de Shanghai.» ¿No era ése el título de un libro de...?

—De Mian Mian —asintió Tu—. A principios del nuevo milenio, así se les llamaba a las jóvenes escritoras de la ciudad. Entretanto, el término ha pasado de moda. Pero, bueno, tú la has visto. Ella se hizo un nombre en los círculos artísticos, atrajo el interés de los intelectuales, pero ¿escritora? —Tu negó con la cabeza—. Jamás fue capaz de producir una buena novela; sin embargo, sí que la creo capaz de esclarecer el asesinato de John F.

Kennedy. Es brillante en las pesquisas, en el ataque. Los censores se dieron cuenta de eso desde muy temprano. También Hongbing lo sabe. Por eso tiene tanto miedo, y porque Yoyo es una persona a la que los demás siguen. Tiene carisma, es creíble. Cualidades muy peligrosas a los ojos del Partido.

—¿Cuándo quedó fichada?

—En un principio no pasó nada. Las autoridades se mantuvieron a la espera. Yoyo formaba parte, prácticamente, del inventario de mi empresa, había mostrado un interés excepcional por las holografías y nos ayudaba a desarrollar programas extremadamente divertidos, y

el Partido no sabe cómo manejar la diversión, no sabe cómo tomársela. Los hace sentir inseguros que los chinos puedan ver la diversión, por primera vez en su evolución cultural, como un valor.

—Aristóteles escribió un libro sobre la risa —dijo Jericho—. ¿Lo sabías?

—Conozco mejor a mi Confucio.

—Casi ningún otro libro provocó más disgustos a la Iglesia que ese tratado. En él decía que quien ríe al final también se ríe de Dios, del papa y de todo el aparato del poder clerical.

—O del Partido. Es cierto, existen ciertos paralelismos. Por otra parte, quien se divierte se muestra menos

iracundo y se politiza menos. En ese sentido, al Partido la diversión le parece bien, y Yoyo es realmente una persona divertida. En algún momento se pasó al campo de la canción y fundó una de esas mando-prog-bands que ahora proliferan por doquier. ¡No hay fiesta en la que Yoyo no esté! Si te mueves por ese mundillo, no podrás evitar encontrártela. Tal vez los del Partido pensaron entonces que, cuanto más se divirtiera la chica, menos habría que temer de ella. Y yo considero que si hubieran dejado en paz a Yoyo, la cuenta les habría salido incluso bien.

Tu sacó un pañuelo que alguna vez

fue blanco desde las profundidades de su pantalón y se enjugó el sudor de la frente.

—Pero una mañana, hace cinco años, le bloquearon todos sus blogs y todas las entradas con su nombre de la red. Ese mismo día la detuvieron y la llevaron a una comisaría, donde en un principio la tuvieron en ascuas. La acusaron de ser una amenaza para la seguridad del país y de estar azuzando al pueblo a la subversión. Pasó un mes allí sin que Hongbing supiera, en un principio, dónde la tenían. ¡El hombre estuvo a punto de volverse loco! Todo aquel asunto le recordaba fatalmente el

caso de Ratón de Titanio. No había denuncia, no había proceso, no había condena, nada. La propia Yoyo no sabía lo que había hecho. Estaba en su celda hacinada con dos yonquis y una mujer que había apuñalado a su marido. Los policías se mostraron amables con ella, y al final le explicaron por qué estaba allí. Había protegido a un roquero amigo suyo, un chico que estaba en la cárcel por no sé qué impertinencia. Era ridículo. Según la Constitución, el fiscal tiene que decidir en un plazo de seis semanas si se abre un proceso o se deja en libertad al detenido. Al final tuvieron que sobreseer el caso por falta de

pruebas, Yoyo recibió una advertencia y pudo irse a casa.

—Huelga decir que Hongbing le prohibió realizar cualquier otra actividad crítica en la red... —supuso Jericho.

—Con lo cual consiguió todo lo contrario. Es decir, en un principio se mostró obediente como un corderito, escribió artículos para periódicos digitales, incluso para órganos del Partido. Al cabo de pocas semanas dio con el caso de un vertido de residuos tóxicos en el lago del Oeste. Una empresa de productos químicos próxima a Hangzhou, todavía por entonces en

manos del Estado, había transportado hasta allí sus desperdicios y los había vertido en el lago, a raíz de lo cual a los habitantes del lugar se les empezó a caer el pelo y a ocurrirles otras cosas peores. El director de la empresa...

—...era un primo del ministro de Trabajo y Seguridad Social —concluyó Jericho—. ¡Por supuesto! Yoyo lo sabía, pero a pesar de eso abordó el tema.

Tu lo miró perplejo.

—¿Cómo sabes tú eso?

—¡Por fin he recordado de qué conocía el nombre de Yoyo! —Jericho disfrutó el momento, ahora que su cerebro levantaba el bloqueo y dejaba

en libertad a la memoria—. Jamás vi una foto de la chica, pero sí que tengo presente el escándalo de los residuos tóxicos. Se habló de ello en la red, vertido ilegal. A Yoyo quisieron hacerle creer que se había equivocado. Y ella los mandó a hacer gárgaras, así que la detuvieron de inmediato.

—Después de que Yoyo se puso terca, sólo transcurrieron unas horas hasta que todos sus enlaces en la red quedaron borrados de nuevo. Esa misma noche la policía secreta estaba en la puerta de su casa, y una vez más la chica se vio en una celda. Tampoco esa vez pudieron acusarla de nada. Su error

había sido haberse metido en la red de la corrupción. El fiscal exigió saber qué tontería era aquélla, un año antes habían investigado a la joven sin haber encontrado nada, pero lo presionaron y presentó la acusación en contra de su voluntad.

—Lo recuerdo. La chica tuvo que ir a prisión.

—Podría haber sido peor. Hongbing tiene un par de contactos, y los míos son aún mejores. Así que le conseguí a Yoyo un buen abogado que logró negociar su condena y reducirla a seis meses.

—Pero ¿por qué la condenaron?

—Por divulgar secretos de Estado,

como siempre. —Tu se encogió de hombros y sonrió con amargura—. La fábrica de productos químicos había creado una empresa mixta con una empresa británica, y Yoyo había visitado a uno de los ingleses para acopiar información sobre aquella acción alevosa. Eso bastó. Y bastó también que los medios presentaran el caso con carácter de titular. Los periodistas chinos ya no se dejan intimidar tan fácilmente como en los años 2005 o 2010. Cuando uno de los suyos es puesto en la picota, enseguida empiezan a sentirse los aullidos, y en casos de corrupción el Partido se

muestra dividido. El asunto llegó al extranjero, Reporteros sin Fronteras salió en defensa de Yoyo, el primer ministro británico, de visita en Pekín, dejó caer un par de comentarios al margen de algunas conversaciones bilaterales. Al cabo de tres meses, Yoyo estaba de nuevo fuera.

—Y el director de la fábrica apareció flotando en el lago, ¿no? Se dijo que se había suicidado.

—Fue más bien un caso de eutanasia. —Tu rió con sarcasmo—. Las autoridades no habían contado con tanta presión por parte de la opinión pública. Obligados por las circunstancias,

tuvieron que iniciar una investigación. Supongo que aparecieron muchos nombres, pero después de que el canalla apareció flotando en sus propias aguas residuales, era difícil preguntarle, así que despidieron, por si acaso, al vicedirector y al jefe de planta, y con ello suspendieron las investigaciones. En el año 2022, Yoyo retomó sus estudios universitarios. ¿Has vuelto a leer su nombre desde entonces?

Jericho reflexionó.

—No, que yo recuerde.

—Exacto. Se volvió una chica obediente, por lo menos cada vez que su nombre aparecía al final de alguno de

sus textos. Informaba sobre viajes y temas culturales, era la propagadora de la nueva cultura del ocio china. Paralelamente, se adjudicó una serie de seudónimos y empezó a adoptar otros tonos. Se comunicaba a través de servidores extranjeros. Cada vez que podía, pateaba al sistema en el trasero.

¡Se convirtió en una especie de... —Tu rió, extendió ambos brazos y empezó a aletear— chica murciélago, una batgirl! De cara al exterior, era una mosquita muerta del ambientillo cultural, pero en secreto había empezado una cruzada de revancha contra la tortura, la corrupción, la pena de muerte, el crimen legalizado,

las agresiones al medio ambiente, todo el repertorio. ¡Exigió democracia, una democracia al estilo chino, que se entienda! Yoyo no desea la vía occidental, desea que le arranquen al país esa muela cariada llamada Partido, para que los verdaderos valores vuelvan a tener una oportunidad. Para que no se nos vea solamente como un gigante económico, sino como representantes de una nueva humanidad.

—Que el Señor nos proteja de los misioneros —murmuró Jericho.

—Ella no es ninguna misionera —

dijo Tu—. Va en busca de la identidad.

—Una identidad que su padre no

puede darle.

—Posiblemente Hongbing sea su principal fuerza motriz, tal vez sólo tengamos que vérnoslas con una niña que quiere tomarnos el pelo. Pero Yoyo no es en absoluto ingenua. ¡Ya no! Cuando dio vida a Los Guardianes sabía muy bien lo que quería. Un comando fantasma. Quería convertirse en una fuerza dentro de la red, una fuerza que le metiera el miedo en el cuerpo al Partido, y para ello debía poner al descubierto sus maniobras y dañar su reputación, para, de ese modo, salvar la reputación de China. Necesitó todo un año para armar tecnológicamente a Los

Guardianes.

Jericho hundió los mofletes. Sabía que la conversación había acabado. Tu no soltaría nada más.

—Necesito todas las grabaciones de Yoyo a las que puedas darme acceso — pidió el detective.

—Hay algunas cosas —dijo Tu, y estiró la mano hacia un lado, abrió una gastada cartera de cuero y sacó de ella unas gafas y un lápiz holográficos. El lápiz era más pequeño que los modelos habituales, y las gafas tenían un elegante diseño—. Estos son prototipos. Aquí están grabados todos los programas en los que utilizamos a Yoyo como líder

virtual. Con esto, si quieres, podrás seguirla por los clubes, y visitarla en la torre Jin Mao y en el World Financial Center, pasear por el jardín Yu o entrar al MOCA de Shanghai. —Tu sonrió— Te divertirás con ella. Yoyo escribió sus propios textos. En el lápiz encontrarás, además, su expediente personal, los apuntes de sus conversaciones, fotografías y películas. No tengo nada más.

—Son bonitos —dijo Jericho al tiempo que daba vueltas al lápiz entre los dedos y contemplaba las gafas—. Yo tengo también unas gafas holográficas.

—Pero no como ésas. Habíamos

contado firmemente con que los sospechosos habituales espiarían sus progresos. Pero tú, con tu última acción, pareces haberles hecho emprender la retirada. Dao It todavía se está frotando los moratones.

Jericho sonrió satisfecho. Dao It, el antiguo empleador de Tu, se había mostrado poco entusiasmado con la idea de perder a su jefe del Departamento de Desarrollo de Entornos Virtuales al independizarse éste. Desde entonces, el consorcio había irrumpido de varias formas en el sistema de Tu Technologies, a fin de descargarse secretos de la empresa. En cada

ocasión, los piratas informáticos habían conseguido borrar las huellas con habilidad, de modo que Jericho tuvo que emplear toda su capacidad para demostrar su culpabilidad. Tu se presentó ante un tribunal con pruebas, y Dao It tuvo que pagar una millonaria indemnización.

—Por cierto, me han hecho una oferta —dijo Jericho como de pasada.

—¿Quién? —Tu, de pronto, se había sentado derecho como una vela—.

¿Dao?

—Sí. Ya sabes, quedaron impresionados. Dijeron que si yo conseguía seguirles el rastro, era mejor

saberme de su lado.

El empresario alzó aquel constructo suyo en forma de gafas. Chasqueó un par de veces la lengua y carraspeó.

—No te avergüenzas, ¿verdad?

—Yo, por supuesto, la rechacé — dijo Jericho arrastrando las palabras. La lealtad era un bien delicioso—. Sólo pensé que te interesaría saberlo.

—Claro que me interesa —dijo Tu, y sonrió. Luego soltó una carcajada y le dio una palmadita a Jericho en el hombro—. Así que a trabajar..., xiongdi.

WORLD FINANCIAL CENTER

Grand Cherokee Wang se movía al ritmo de una música beat inaudible. Asentía con la cabeza a cada paso como si intentara reafirmar que era un tipo estupendo. Con rodillas flexibles que tocaban unos instrumentos imaginarios, bailoteaba a lo largo del corredor de cristal, chasqueaba la lengua, se permitía insinuar un golpe de cadera y mostraba los dientes. ¡Oh, cuánto se adoraba a sí mismo! Grand Cherokee Wang, el amo del mundo. Le gustaba

más ir allí de noche, cuando su figura se reflejaba en las superficies de cristal, a través de las cuales se divisaba ese mar de luces de la ciudad de Shanghai, que le hacían creer que se elevaba desde aquel océano como un gigante. No había escaparate en Nanjing Donglu en el que Grand Cherokee olvidara hacerse un homenaje, rendir tributo a su rostro de rasgos perfectos, con las aplicaciones de oro en la frente y en los huesos del mentón, su largo pelo de color negro azulado, que le caía sobre los hombros, y la gabardina charolada que, a decir verdad, era demasiado calurosa para esa época del año. Wang y las superficies

que lo reflejaran estaban hechos el uno para las otras.

Estaba muy arriba.

Por lo menos trabajaba muy arriba, en la planta noventa y siete del World Financial Center, ya que los padres de Wang, para financiarle la carrera, habían puesto como condición que él se mostrara dispuesto a contribuir con lo que él mismo ganara. Y así lo hizo. Y lo hizo con tal dedicación que su padre empezó a suponer muy en serio que su vástago, normalmente poco agradable, amaba el trabajo porque sí. En realidad, eran más bien las circunstancias especiales de ese trabajo las que hacían

que Grand Cherokee Wang pasara más tiempo ahora en el World Financial Center que en las salas de conferencias de la universidad, donde su presencia habría sido necesaria. Por otro lado, no cabía duda de que para un futuro ingeniero electrónico y de construcción de maquinarias no había mejor clase práctica que la planta noventa y siete del World Financial Center.

A su abuela, que se había quedado ciega a principios del milenio, es decir, antes de que terminaran el edificio, Wang había intentado describirle el asunto como sigue:

—¿Recuerdas todavía la torre Jin

Mao?

—Claro, no soy ninguna estúpida. Tal vez estoy ciega, pero ¡lo recuerdo todo con suma exactitud!

—Pues ahora imagínate un abridor de botellas situado directamente detrás de la torre. Ya sabes que lo llaman el abridor de botellas porque...

—Sólo sé que lo llaman así.

—Pero ¿sabes por qué?

—No, pero tampoco podré evitar que tú me lo digas.

La abuela de Wang afirmaba que su ceguera había venido aparejada con una serie de ventajas, y la más satisfactoria de todas era no tener que seguir

condenada a ver a los miembros de su familia.

—Pues, atiende, se trata de un edificio alto y esbelto, con una fachada hermosamente arqueada. Todo liso, sin salientes, sólo de cristal. El cielo se refleja en él, los edificios de los alrededores, también la torre Jin Mao.

¡Es increíble! Tiene casi quinientos metros de altura, ciento una plantas.

¿Cómo podría describirte su forma? Tiene una planta cuadrada, en realidad es una torre completamente normal, pero a medida que va subiendo, hay dos lados que se van achatando, de modo que el edificio se va haciendo más delgado

hacia arriba, mientras que el tejado forma un canto alargado.

—No estoy segura de que quiera saberlo con tanto lujo de detalles.

—¡Por supuesto! Tienes que ser capaz de imaginártelo para que entiendas lo que han construido allí arriba. Originalmente, bajo el canto estaba prevista una abertura redonda, con cincuenta metros de diámetro, pero entonces el Partido dijo que eso no podía ser, debido al simbolismo. Lo redondo recordaba al sol naciente de Japón...

—¡Esos diablos japoneses!

—Eso, por dicha razón se construyó

una abertura rectangular, de cincuenta por cincuenta metros. Un agujero en el cielo. Y con esa abertura, toda la torre se asemeja a un enorme abridor de botellas en posición vertical; cuando la concluyeron en el año 2008, la gente empezó a llamarla así, y ya no hubo nada que hacer. La parte situada debajo del agujero es un mirador, atravesado por una pasarela de cristal. Arriba, donde se cierra, es también un techo de cristal, con suelo de cristal incluso.

—¡Yo jamás subiría hasta allí!

—Y atiende, que ahora viene lo mejor. En el año 2020 a alguien se le ocurrió la idea de colocar en la abertura

la montaña rusa más alta del mundo, el Dragón de Plata. ¿Has oído hablar de él?

—No. O sí. No lo sé.

—Para instalar una montaña rusa completa, el agujero era demasiado pequeño. Quiero decir, es enorme, pero ellos tenían en mente algo más grande aún, por eso construyeron la estación en la abertura y colocaron la montaña rusa alrededor del edificio. Desde el corredor de cristal, subes al vagón y sales, diez metros por encima del canto del edificio, describes un amplio arco alrededor del pilar lateral hasta la parte trasera de la torre. Te ves colgando

libremente sobre Pudong, ¡a medio kilómetro de altura!

—¡Menuda insensatez!

—¡Menuda locura! Por la parte de atrás, la montaña rusa sube en vertical en dirección al tejado, rodea el pilar derecho y desemboca en una larga transversal que se apoya en el canto del tejado. ¿No es alucinante? ¡Sales a pasear por la azotea del World Financial Center!

—Antes de llegar me habría muerto.

—Es cierto, la mayoría de la gente se muere de miedo en los primeros metros, pero eso todavía no es nada. Más allá del canto, sin previo aviso, el

tren cae en picado. ¡En una empinada curva! ¡El tobogán cae a toda velocidad!

¿Y sabes qué? Entra recto y a toda máquina en el agujero, en ese enorme agujero, bajo el eje del tejado, y luego sube de nuevo, sube y sube, porque te encuentras en un maldito bucle, sale luego por encima del techo y vuelve a bajar en picado, rodeando el pilar derecho, y sólo entonces regresa a la recta y a la estación, y eso lo hace durante tres vueltas. ¡Es tremendo!

Cada vez que Grand Cherokee hablaba del tema, sentía calor y frío a causa del entusiasmo.

—Dime una cosa: ¿no deberías estar

estudiando?

¿Debería? Allí, en la pasarela de cristal, meneando las caderas, a la vista de la fila de personas que se agolpaba delante de la barrera, con todas las miradas puestas en él —miradas, algunas, descarriladas por un estado intermedio entre la alegría previa y el pánico apresurado; algunas heladas por el shock; otras radiantes, como las de un adicto—, Grand Cherokee sentía una insalvable distancia respecto de las mezquindades de los estudios. La universidad estaba a medio kilómetro por debajo de él. Una existencia en las salas de conferencias no era algo digno

de Grand Cherokee. A fin de cuentas, el mero hecho de que empollar lo capacitara para crear cosas más grandes que el Dragón de Plata lo reconciliaba precariamente con la realidad. Grand Cherokee se fue abriendo paso por entre las personas que esperaban y caminó en dirección a la puerta de cristal que separaba el corredor de la estación, la abrió y sonrió a los presentes.

—Tenía que orinar —dijo en tono jovial.

Algunos se apretujaron hacia adelante. Otros dieron un paso atrás, como si él hubiera dado la orden de ejecución. Cherokee cerró la puerta a

sus espaldas, entró en el recinto acristalado que estaba al lado, donde se hallaba la consola con el ordenador, y despertó al Dragón. Las pantallas se encendieron, las luces parpadearon cuando se cargaron los sistemas. Varios monitores mostraban los tramos individuales de la montaña rusa. El Dragón de Plata era fácil de manejar, en rigor estaba hecho a prueba de idiotas, pero los que estaban ahí fuera no lo sabían. Para ellos, él era un mago en su celda de cristal. ¡Él era el Dragón de Plata! Sin Grand Cherokee Wang, no habría paseo.

Wang hizo que los vagones

acoplados se desplazaran un poco hacia atrás, hasta el único tramo cubierto completamente de cristal. Las cabinas brillaron al sol en un parpadeo prometedor, eran algo más que unas tablas de surf plateadas y montadas sobre raíles. Del mismo modo que los pasajeros estaban asegurados con estribos que los mantenían fijos a sus asientos, la montaña rusa estaba concebida como algo abierto. No había barandilla que transmitiera la ilusión de que uno podía sostenerse en cualquier parte en el momento en que el aparato describiera el bucle; no había nada apropiado para atraer las miradas hacia

abajo. El Dragón no conocía la piedad.

Wang abrió la puerta de cristal. La mayoría de los presentes sostuvo sus móviles o sus tickets electrónicos delante del escáner; otros habían comprado sus entradas en el vestíbulo del edificio. Después de que aquella media docena de adictos a la adrenalina traspasó la barrera, Grand Cherokee volvió a cerrar la puerta. Una barrera cromada se deslizó hacia atrás y dejó el paso libre hacia el Dragón. Cherokee ayudó a los pasajeros a subirse a los asientos, comprobó los soportes y lanzó miradas de ánimo a cada par de ojos. Una turista, que parecía escandinava, le

sonrió tímidamente.

—¿Miedo? —le preguntó el joven en inglés.

—Excitada —le susurró ella.

¡Oh, estaba aterrada! ¡Genial! Grand

Cherokee se inclinó hacia ella.

—Cuando acabe el viaje, te mostraré la sala de control —le dijo—.

¿Te apetece ver la sala de control?

—Oh, eso sería... sería estupendo.

—Pero sólo te la enseñaré si te muestras valiente. —Grand Cherokee sonrió y le regaló a continuación otra sonrisa de conquistador. La rubia dejó salir el aliento que había retenido y le devolvió la sonrisa, agradecida.

—Lo seré. Lo prometo.

¡Grand Cherokee Wang! El amo y señor del Dragón.

Con pasos rápidos, llegó de nuevo a la cabina. Sus dedos volaron por encima de la consola del ordenador. Desbloqueó el seguro de los raíles, arrancó la montaña rusa. Así de sencillo era todo. Así de rápido podía enviarse a la gente a un recorrido inolvidable entre el cielo y el infierno. El Dragón abandonó su jaula de barrotes y se desplazó por el borde de la plataforma, aceleró y desapareció de su campo visual. Grand Cherokee se volvió. A través del corredor de cristal podía ver

los dos imponentes pilares laterales, segmentados en plantas del tamaño de un apartamento; encima de él, la altura de vértigo del mirador con suelo de cristal. Los visitantes se movían por allí como si caminaran sobre una acera helada, miraban hacia donde estaba el corredor, situado unos cincuenta metros más abajo, con la estación de la montaña rusa, donde ya se apilaban los próximos valientes. Y todos miraban ahora a la torre de la izquierda, tras la cual el aparato avanzaba lentamente, listo para trepar la transversal y llegar al tejado, donde escaparía de nuevo a las miradas de todos.

Grand Cherokee echó un vistazo al monitor.

Los vagones se acercaban al final del tejado. Allí detrás harían el giro. Wang esperó. Era el momento que él más disfrutaba, cada vez que se le ofrecía la oportunidad de montar en el Dragón. La primera fila era la mejor. Esa impresión de que los raíles terminaban en la nada, para luego despeñarse a lo largo del borde sin ningún sostén. Pensar lo impensable poco antes de que el vehículo diera media vuelta y la mirada saliera disparada hacia adelante, hacia la empinada curva que llevaba hasta el

abismo, antes de que la hirviente adrenalina borrara toda idea clara de las circunvoluciones del cerebro y los pulmones se ensancharan en un grito. Uno caía de cabeza en dirección a la estación, luego era lanzado hacia arriba, se veía ingrávido sobre el tejado, para luego, de inmediato, continuar el viaje hacia abajo a toda velocidad.

Los vagones entraron en su campo visual.

Fascinado, Grand Cherokee miró hacia arriba. El tiempo pareció dilatarse hasta el infinito.

Entonces el Dragón de Plata se despeñó hacia abajo e inició el célebre

bucle.

Wang oyó los gritos a través del cristal.

¡Qué momento, ése! ¡Qué demostración del poder del cuerpo y del espíritu, y, a su vez, qué triunfo cabalgar y controlar aquel dragón! Una sensación de invulnerabilidad invadió a Grand Cherokee. Por lo menos una vez al día intentaba conseguir un sitio en la montaña rusa, porque no tenía miedo, no tenía vértigo, del mismo modo que no tenía dudas de sí mismo, ni vergüenza, ni escrúpulos, ni escuchaba la voz crítica de la razón.

Y tampoco tenía precaución.

Mientras, por encima de él, dos docenas de jinetes cabalgaban sobre el Dragón y experimentaban un infierno neuroquímico, Grand Cherokee sacó su móvil y marcó un número.

—Tengo algo que ofrecerle —dijo, e intentó extender sus palabras para darle un tono de hastío.

—¿Sabes dónde está la chica?

—Creo que sí.

—Genial. ¡De verdad, genial! —La voz del hombre sonaba aliviada y agradecida.

Grand Cherokee torció las comisuras de los labios. Aquel tipo podría intentar hacerse pasar por un tío

amable cuantas veces quisiera, pero seguramente no andaba detrás de Yoyo para llevarla en palmitas. Probablemente fuera de los servicios secretos o de la policía. Eso era lo de menos. El hecho era que tenía dinero y estaba dispuesto a soltar una parte. A cambio, recibiría información que Grand Cherokee no poseía en absoluto, ya que en realidad no tenía ni la más remota idea de dónde podía estar Yoyo. Mucho menos sabía quién o qué había motivado a la chica a ocultarse, y ni siquiera sabía si en realidad se estaba ocultando o, simplemente, se habría marchado de vacaciones sin avisar. Su

grado de conocimientos se asemejaba a su cuenta bancaria: no había nada que sacar.

Por otro lado, cómo sonaría si dijese la verdad:

—Yoyo trabaja en el World Financial Center, en Tu Technologies, un poco más abajo. Yo estoy arriba, soy el encargado de la montaña rusa, para aquellos que gustan mearse de miedo en el vacío. Así fue como la conocí. Ella apareció por aquí, porque quería montar en el Dragón. Así que la dejé subir y al final le mostré cómo se manejaba el aparato, y a ella le pareció... Bueno...

«¡La verdad, Grand Cherokee, la

verdad!»

—...le pareció en muchos sentidos más excitante que yo, aunque ese truco, normalmente, siempre funciona, quiero decir, lo de dejarlas viajar gratis, y luego un viajecito conmigo, y después salir a tomar algo, ¿entiende? Ella estaba loca con el Dragón, y buscaba un lugar donde quedarse, pues no se entendía muy bien con su viejo, y Li y yo teníamos precisamente algo libre. Aunque... Li se mostró menos entusiasta. Le parece que las chicas estropean la química, sobre todo cuando tienen el aspecto de Yoyo, pues entonces uno piensa con la polla y las amistades se

rompen, pero yo insistí y Yoyo se mudó. De eso no hace ni dos semanas.

Fin de la historia. Tal vez otra cosa:

—Pensé que si Yoyo vivía con nosotros, me la llevaría a la cama, pero de eso nada. Le encantan las fiestas, canta y le parece bien todo lo que a mí me parece bien, así que en realidad no lo entiendo.

Y otra cosa más:

—A veces la he visto andando con tipos de los barrios de los perdedores, motoristas. Podría ser una banda. Llevan unos bordados en sus chaquetas: City Demons, creo; sí, eso es, los City Demons, los Demonios de la Ciudad.

Y ésa era, en realidad, la única información que poseía Grand Cherokee y que merecía llevar ese nombre.

Pero por eso no le darían dinero. De modo que era hora de inventarse algo.

—¿Y dónde está la chica en este momento? —quiso saber la voz en el móvil.

Cherokee vaciló.

—Eso no deberíamos discutirlo por...

—¿Dónde estás tú? Podría ir a verte ahora mismo.

—No, no, no. Hoy no podré. Digamos que mejor mañana temprano, hacia las once.

—Las once no es temprano. —El otro hizo una pausa—. Si te he entendido bien, quieres ganar dinero, ¿no es cierto?

—¡Eso lo ha entendido usted bien! Y

usted quiere algo de mí, ¿no es así?

¿Quién pone entonces las reglas del juego?

—Tú, amigo mío. —¿Se equivocaba o había oído al hombre reír en voz baja?

—. No obstante, ¿qué te parece a las diez?

Grand Cherokee reflexionó. A las diez tenía que inspeccionar la montaña rusa. A las once abría. Por otro lado, tal vez no fuera nada estúpido hablar a

solas con Don Pasta Gansa. Cuando unos billetes cambian de manos, es preciso mantener bien baja la cifra de espectadores, y a las diez ambos estarían solos, él, el hombre y el Dragón.

—Vale. —Además, hasta ese momento ya se le ocurriría algo—. Le diré dónde tiene que venir.

—Bien.

—Y traiga usted un monedero bien cargado.

—No te preocupes. No tendrás oportunidad de quejarte.

Eso había sonado muy bien.

¿Sonaba bien? Los vagones se

acercaron a toda velocidad y frenaron. El paseo había terminado. Grand Cherokee vio veinticuatro pares de piernas temblorosas. Mentalmente, se preparó para servir de apoyo a los casos más graves.

¡Sí, eso sonaba muy bien!

JERICHO

El piso compartido donde vivía Yoyo estaba ubicado en Tibet Lu, en medio de un barrio de torres de hormigón, todas de idéntico aspecto. Hasta hacía pocos años, allí había un mercado nocturno. Las encorvadas casas con frontones se habían ido amontonando a la sombra de los rascacielos, una isla de miseria y deterioro en apenas cuatro kilómetros cuadrados, con insuficiente suministro de agua y cortes constantes de electricidad. Los comerciantes extendían sus mercancías sobre la acera, los

comercios y las puertas estaban abiertas, de modo que el espacio habitable asumía al mismo tiempo la función de almacén y puesto de venta, o el edificio entero había sido reconvertido, sencillamente, en una cocina callejera. Prácticamente se vendía de todo: artículos domésticos, hierbas medicinales, raíces para fortalecer la libido, extractos contra los malos espíritus, souvenirs para los turistas que casualmente se perdían por allí y no podían diferenciar los budas de plástico de los antiguos. Había ollas humeantes por todas partes, una mezcla de grasas de freír y caldos inundaba las

callejuelas. No era en absoluto desagradable, según recordaba Jericho, cuando, poco después de haber llegado, se puso a deambular por el lugar. Algunas de las cosas por las que había pagado sabían realmente muy bien.

No obstante, era preciso tildar una vida de miserable cuando ésta obligaba a las personas a compartir entre diez un retrete perpetuamente atascado; eso, siempre y cuando la casa en la que vivieras dispusiera del lujo de tener un váter. Lógicamente, cuando las agencias inmobiliarias y los representantes de las autoridades urbanísticas cayeron por allí con sus ofertas, debían de esperar que se

produjera una especie de éxtasis colectivo. Se habló de pisos luminosos, de cocinas eléctricas y duchas. Sin embargo, no hubo ojos que reflejaran el esplendor de aquella promesa de carácter sanitario. No hubo alegría ni resistencia. La gente firmó los contratos, se miraron unos a otros y supieron que había llegado la hora. La vida anterior había tocado a su fin, pero, en definitiva, había sido una vida. Aquellos edificios humildes habían vivido tiempos mejores, antes de que China, a comienzos de la década de 1990, empezara a acelerar por la recta de la vía económica. Estaban deteriorados,

eso seguro, pero con un poco de buena voluntad a aquello se le podría llamar hogar.

Meses después, Jericho había regresado al mismo sitio. Primero creyó que se había producido un bombardeo. Un ejército de obreros se ocupaba de reducir el barrio a ras de suelo. Su sorpresa inicial se había transformado más tarde en incrédula perplejidad cuando se dio cuenta de que la mitad de los habitantes seguían viviendo allí y continuaban llevando a cabo sus actividades habituales, mientras que por todas partes colgaban bolas de demolición, los muros se desplomaban y

los volquetes transportaban toneladas de escombros.

De repente Jericho habría querido saber qué pasaría con las personas cuando el barrio entero hubiese desaparecido.

—Se mudarán a otro —le explicó uno de los obreros de la construcción.

—Pero ¿adónde?

El obrero quedó debiéndole la respuesta, y Jericho se puso a vagar por el barrio, atónito, mientras la oscuridad empezaba a depositarse sobre el lugar y ocupaba la escena un mercado nocturno amputado, cuyos protagonistas parecían negar con tozudez aquella obra de

destrucción. A cualquiera que le preguntara, le respondía con indiferencia o amabilidad que las cosas eran como eran. Al cabo de un rato, el detective había llegado a la conclusión de que no podía deberse únicamente a la dialéctica de Shanghai el hecho de que, en cada ocasión, sólo entendiera una misma frase, la reacción estandarizada ante cualquier catástrofe o injusticia:

«Mei you banfa», «No hay nada que se pueda hacer».

Al caer la noche, algunas personas se volvieron más locuaces. Una señora ya madura y regordeta, que preparaba deliciosas albóndigas en salsa, le hizo

un cálculo a Jericho que demostraba que la indemnización dada por las autoridades urbanísticas no bastaba, ni mucho menos, para comprar un piso nuevo. Tampoco bastaba para alquilar una vivienda por un tiempo indefinido. Una segunda mujer se les unió y se encargó de informarle que, al principio, habían ofrecido a cada uno de los habitantes de la zona una suma más alta, pero nadie había recibido la cantidad prometida. Un joven sopesó la idea de presentar una queja, lo que la mujer regordeta descartó con un apático gesto de la mano. Su hijo se había quejado cuatro veces, dijo. Cada una de las

quejas fue desestimada, pero la cuarta vez lo encerraron durante cuatro días en una celda y, más tarde, le enseñaron el camino de vuelta, no sin antes propinarle unas cuantas patadas.

Al final Jericho abandonó el barrio tan desconcertado como había llegado allí. Ahora regresaba por tercera ocasión, y no había nada que le indicara que hubiese habido allí alguna vez otra cosa que no fueran torres con aire acondicionado delante de las ventanas. Los edificios estaban numerados pero, bajo el crepúsculo que se avecinaba, los números se borraban sobre el fondo. A algún idiota le había parecido chic

pintarlos con colores pastel sobre un fondo también color pastel, con caracteres enormes, ciertamente, pero, como las liebres blancas sobre la nieve, apenas identificables cuando las condiciones de luz eran difusas. Jericho ni siquiera se tomó la molestia de recorrer las calles. Sacó el móvil, introdujo el número del edificio y dejó que el GPS indagara la posición. En la pantalla apareció un fragmento de la ciudad desde una perspectiva de satélite. Jericho proyectó el mapa sobre la pared del siguiente edificio. El rayo beam era lo suficientemente potente para generar una imagen brillante de dos por

dos metros. Atravesando la pared del edificio discurría la calle en la que se encontraba, situada junto a otras calles contiguas y paralelas. Jericho activó el zum. Una señal parpadeante le indicó su posición con exactitud, otra marcó la dirección de Yoyo.

—Por favor, camine cien metros en línea recta —dijo el móvil amablemente

—. Luego doble a la derecha...

El detective desactivó la voz y se puso en camino. Le bastaba con haber visto que el bloque de viviendas de Yoyo se encontraba al doblar la esquina y que llegaría a él muy pronto.

Dos minutos después tocó el timbre.

Era una visita sorpresa y, por tanto, era una especie de inversión. Las pocas probabilidades de encontrar a alguien allí quedaban compensadas con el efecto sorpresa. El visitado, si es que estaba en casa, no tendría oportunidad alguna de prepararse, de hacer desaparecer cosas o de estudiar sus mentiras. Según las pesquisas de Jericho, los compañeros de piso de Yoyo no tenían antecedentes ni habían llamado nunca la atención. Uno de ellos, Zhang Li, estudiaba empresariales e inglés, el otro se había matriculado en construcción de maquinarias y electrónica. Las autoridades lo conocían con el nombre

de Wang Jintao, pero el chico se hacía llamar Grand Cherokee. Nada poco habitual. En la década de los noventa, muchos jóvenes habían empezado a anteponer nombres occidentales a sus apellidos chinos, una costumbre que no siempre se manejaba con estilo. Por ignorancia de su verdadero significado, podía suceder, por ejemplo, que algunos hombres se llamaran como una marca de compresas o una comida para perros, mientras que, por el lado de las mujeres, no era una rareza encontrarse una Pershing Song o una White House Liang. Wang, por su parte, había escogido como nombre de pila un

modelo de todoterreno americano. Si daba crédito a lo que decía Tu, ni él ni el tal Li podían clasificarse dentro de la categoría del tipo hogareño, lo que hacía temer a Jericho que había recorrido todo aquel camino en vano. Sin embargo, cuando tocó el timbre por segunda vez, se llevó una sorpresa. Sin que nadie se informara antes por el interfono, le abrieron la puerta. Jericho entró en un vestíbulo desolado con olor a coles, cogió el ascensor hasta la séptima planta y se vio en un corredor revocado de blanco, cuya luz de neón titilaba nerviosamente. Un trecho más adelante se abrió una puerta. Un joven salió al

pasillo y examinó al detective con indiferencia.

¡No cabía duda!

Aplicaciones metálicas en la frente y en el mentón, algo que estaba muy de moda. La aparición de dicha tendencia puso fin a la era de los piercings y los tatuajes. Cualquiera que se pusiera un aro en las cejas o algo de plata en la lengua era considerado un hortera. También el peinado, liso y largo, respondía a la tendencia vigente. Estilo indio, como lo llevaban la mayoría de los jóvenes en todo el planeta, salvo los propios indios, que rechazaban tener cualquier tipo de responsabilidad en

ello. Una camiseta pintarrajeada resaltaba la musculatura de Wang, los pantalones, de cuero negro arrugado, daban la impresión de estar en uso día y noche. A decir verdad, el chico no tenía mal aspecto, pero éste tampoco era bueno del todo. A su figura marcial le faltaban diez centímetros de estatura, y los rasgos, que podían gustar por su aspecto anguloso, hacían que se echara de menos cierta elegancia proporcionada.

—¿Usted es? —preguntó el joven reprimiendo un bostezo.

Jericho le puso el móvil delante de las narices y proyectó una imagen en tres

dimensiones de su cabeza, así como el número de registro policial en la pantalla desplegada.

—Owen Jericho, detective cibernético.

Wang entornó los ojos.

—No me diga —dijo el joven, intentando parecer irónico.

—¿Tendría un momento?

—¿Qué es lo que pasa?

—Éste es el piso de Chen Yuyun,

¿no es cierto? Alias Yoyo.

—Error. —El hombre pareció masticar su respuesta antes de soltarla

—. Este piso es mío y de Li, el sitio donde esa pequeña ha depositado sus

libros y sus ropas.

—Pensé que vivía aquí.

—Vamos a dejar una cosa clara, ¿de acuerdo? No es su piso; yo le conseguí a ella la habitación.

—Entonces debe de ser usted Grand

Cherokee.

—Yeah! —La mera mención de su apodo provocó que su dueño, de repente, abriera el cajón de la amabilidad—. ¿Ha oído hablar de mí?

—Sólo maravillas —mintió Jericho

—. ¿Me revelaría usted dónde podría encontrar a Yoyo?

—¿Dónde encontrar a...? —Grand

Cherokee se atascó. Por razones

inescrutables, la pregunta parecía sorprenderle—. Eso es... —murmuró—.

¡Vaya cosa!

—Tendría que hablar con ella.

—Eso no es posible.

—Sé que Yoyo ha desaparecido — añadió Jericho—. Y por eso estoy aquí. Su padre la busca, está muy preocupado. Si sabe usted algo sobre su paradero...

Grand Cherokee lo miró fijamente. Algo en aquel chico, o más bien en su comportamiento, irritaba a Jericho.

—Como le he dicho —repitió el detective—, si usted supiera...

—Un momento —dijo Grand

Cherokee alzando la mano. Por unos

segundos se mantuvo en esa posición, luego sus rasgos se distendieron.

—Yoyo —dijo riendo con jovialidad—. Por supuesto. ¿No le apetece pasar?

Todavía algo irritado, Jericho entró en el estrecho vestíbulo del que partían varias habitaciones. Grand Cherokee caminó de prisa delante de él, abrió la última puerta y le indicó que pasara con un movimiento de la cabeza.

—Puedo mostrarle su habitación. Poco a poco, Jericho empezaba a

verlo todo con claridad. Tanta cooperación rayaba con el cálculo. Lentamente, entró en la habitación y

miró a su alrededor. Nada relevante. Aparte de unos pocos pósteres que mostraban a algunos de los representantes más populares de la escena del mando prog, apenas había nada que permitiera concluir qué tipo de persona vivía allí. En uno de los carteles podía verse a la propia Yoyo, en pose de escenario. En un corcho colgado sobre un escritorio barato había un papelito. Jericho se acercó un poco más y estudió las escasas letras.

—«Aceite de sésamo oscuro —leyó

—. Trescientos gramos de pechuga de pollo...»

Grand Cherokee soltó una discreta

tosecilla.

—¿Sí? —Jericho se volvió.

—Yo podría proporcionarle algunos indicios sobre el paradero de Yoyo.

—Estupendo.

—Bueno... —dijo Grand Cherokee extendiendo los dedos de manera significativa—. Ella me contó muchas cosas, ¿sabe? Quiero decir, le caigo bien a esa chica. Estaba muy confiada en los últimos días.

—¿Y usted, también estaba confiado?

—Digamos que tuve la oportunidad.

—¿Y?

—¡No de verdad, se trata de una

cuestión de confianza, hombre! —Grand Cherokee luchaba visiblemente por mostrarse indignado—. Claro que podemos hablar de cualquier cosa, pero...

—No, está bien. Si es una cuestión de confianza... —Jericho lo dejó plantado.

Tal como se temía, el joven quería hacerse el importante. Uno tras otro, fue abriendo los cajones del escritorio. Luego fue hasta el pequeño armario de la pared que estaba junto a la puerta y lo abrió también. Vaqueros, un jersey, un par de zapatillas deportivas que ya habían dejado atrás sus mejores años,

dos botes de ropa pulverizante. Jericho los agitó. Estaban medio llenos. Por lo visto, Yoyo había recogido parte de sus cosas a toda prisa y había dejado la casa apresuradamente.

—¿Cuándo vio usted a su compañera de piso por última vez?

—¿Por última vez? —repitió Grand

Cherokee.

—Por última vez. —Jericho lo miró

—. Es el momento en el que usted dejó de ver a Yoyo. ¿Cuándo fue eso?

—Bueno, pues... —Grand Cherokee parecía emerger de un lago de aguas espesas—. La noche del 23 de mayo. Teníamos una pequeña fiesta. En algún

momento Li se fue a la cama, y Yoyo seguía conmigo. Estuvimos charlando y bebimos algo, entonces ella se fue a su habitación. En algún momento la oí trasteando y abriendo el armario. Poco después se cerró la puerta del piso.

—¿Cuándo exactamente?

—Entre las dos y las tres, creo.

—¿Cree?

—En todo caso, fue antes de las tres. En vista de que Grand Cherokee no parecía hacer ningún esfuerzo por impedírselo, Jericho siguió registrando el cuarto de Yoyo. Por el rabillo del ojo podía ver al estudiante moviéndose de un lado a otro, en una actitud irresoluta.

El desinterés de Jericho por su persona parecía confundirlo.

—Podría contarle más cosas —dijo Grand Cherokee al cabo de un rato—. Si es que le interesan.

—Suéltelas.

—Tal vez mañana.

—¿Y por qué no ahora?

—Porque tendría que telefonear a un par de personas para... Quiero decir, tengo claro dónde está Yoyo, pero antes... —El joven extendió los brazos y volvió las palmas de las manos hacia arriba—. Digamos, sencillamente, que todo tiene su precio.

Más claro, el agua.

Jericho puso fin a su observación y regresó al vestíbulo.

—Siempre y cuando lo valga —dijo

—. Por cierto, ¿dónde está ahora su compañero de piso?

—¿Li? No tengo ni idea. Pero ése no sabe nada.

—¿Me lo parece o usted tampoco sabe nada?

—¿Yo? Claro que sé.

—¿Pero?

—No hay ningún pero. Sólo pensé que a usted podría ocurrírsele una manera de soltar un conocimiento que está ahí, bien sólido —dijo Grand Cherokee, y le sonrió desde abajo.

—Entiendo —dijo Jericho,

devolviéndole la sonrisa—. Quiere

negociar un anticipo.

—Llamémosle una contribución para gastos.

—¿Y para qué, Grand Cherokee, o comoquiera que se llame usted? ¿Para que usted me vacile con su desbordante fantasía? ¡Usted no sabe nada!

Jericho se dio media vuelta dispuesto a marcharse. Grand Cherokee parecía desconcertado. Por lo visto, se había imaginado de otro modo el transcurso de aquella conversación. Retuvo a Jericho por el hombro y negó con la cabeza.

tío!

—¡Yo no quiero vacilarle a nadie,

—Entonces no lo haga.

—Pero ¡venga ya, hombre! ¡Una

carrera como la mía no se paga sola! Averiguaré lo que usted quiere saber.

—Negativo. Usted no tiene nada para venderme.

—Yo... —El estudiante luchaba por encontrar las palabras adecuadas—. Está bien. Si le revelo algo que lo haga avanzar en esto, aquí y ahora, ¿confiará en mí? Ése sería mi anticipo,

¿entendido?

—Lo escucho.

—Mire, hay una banda de motoristas

con la que Yoyo se reúne frecuentemente. Ella también conduce una de esas motos. Son los City Demons; en todo caso, es el nombre que llevan en sus chaquetas.

—¿Y dónde puedo encontrarlos?

—Ése era mi anticipo.

—Mire, ahora me va a escuchar usted a mí —dijo Jericho señalando a su interlocutor con el dedo índice—. No voy a pagarle nada, porque usted no tiene nada. Ni lo más mínimo. Si, movido por su buen corazón, consiguiera realmente alguna información, ¡y me refiero a informaciones genuinas!, podríamos

hacer negocios en determinadas circunstancias. ¿Está claro?

—Clarísimo.

—Entonces, ¿espero su llamada?

—Mañana por la tarde. —Grand Cherokee se frotó la barbilla—. O no, más temprano. Tal vez. —El joven miró a Jericho con ojos penetrantes—. Pero

¡después vendrá el día del pago, tío!

—Luego vendrá el día del pago — dijo Jericho dándole unas palmaditas en los hombros—. Una suma apropiada.

¿Quería decir algo más?

Grand Cherokee negó en silencio.

—En ese caso, hasta mañana.

«En ese caso, hasta mañana...»

Mientras el detective bajaba, Grand Cherokee se quedó en el rellano como si hubiese echado raíces allí. Oyó el suave traqueteo del ascensor en la caja mientras sus pensamientos se sucedían en desorden.

¡Tal vez eso sí fuera algo!

Pensativo, fue hasta la cocina, sacó una cerveza de la nevera y se llevó la botella al cuello. ¿Qué estaba pasando?

¿Qué delito había cometido Yoyo, que ahora todo el mundo se interesaba por su desaparición? Primero aquel tipo elegante y ahora ese detective. Y lo que era más importante aún: ¿quién podía sacar provecho de todo ello?

No sería del todo fácil. Grand Cherokee no se hacía grandes ilusiones de que el nivel de sus conocimientos fuera más allá de cero, no creía que eso fuera a cambiar demasiado en las próximas horas. Por otro lado, todo podía irse a pique si desde ese instante hasta la mañana siguiente no se le ocurrían un par de historias falsas y sustanciosas. Mentiras del tipo que nadie puede probarle a uno, según el lema: mis informaciones son de primera mano, pero no lo sé, por lo visto Yoyo se ha olido algo y nos han tomado el pelo, etcétera, etcétera.

Tenía que elevar el precio. ¡Tenía

que aprovecharse de ambos tipos! Había hecho bien en no contarle nada al detective sobre la visita de Xin. Se podían decir muchas cosas acerca de él, pero no que tuviera un pelo de tonto.

«Soy demasiado listo para vosotros», pensó.

«Así que empezad a contar el dinero.»

El satélite

26 de mayo de 2025

LA LLEGADA

Como si desde el año 2018 decenas de pares de botas no hubieran marcado el suelo lunar con el relieve de las hazañas humanas, Eugene Cernan, el comandante del Apolo 17, seguía siendo considerado el último hombre que había pisado el satélite. Como un monumento aparecían en el paisaje de la historia norteamericana los años que iban desde

1969 hasta 1972, una época breve pero mágica de misiones tripuladas que contrastaba de manera surrealista con el pilotaje fallido de Nixon y que había

acabado cuando Cernan apagó las luces allí arriba. Él había sido y seguía siendo el último de su milenio. Como undécimo astronauta de las misiones Apolo, había salido a pasear por el Mare Serenitatis y había tenido la oportunidad de dar centenares de aquellos pequeños pasos que Neil Armstrong había imaginado tan grandes para la humanidad. Su equipo reunió más piedras lunares y venció misiones exteriores más largas que cualquier otro equipo anterior. El comandante mismo había conseguido protagonizar el primer accidente de coche en un extraño cuerpo celeste, cuando le pegó un trompazo a la parte

trasera izquierda del guardabarros de su Rover y la remendó luego con el talento improvisador de un Robinson Crusoe. Nada de aquello parecía apropiado para reavivar el interés público. Una era llegaba a su fin. Cernan, con la oportunidad histórica de eternizarse en un tronante panegírico en las enciclopedias y los libros de texto, encontró, en su lugar, palabras de notable desconcierto.

—La mayor parte del viaje de regreso la pasamos discutiendo sobre el color que tenía la Luna —dijo.

Suficiente. ¿Sería ése, pues, el resumen de seis costosísimos aterrizajes

sobre un fragmento de roca situado a cien mil kilómetros de distancia? ¿Que ni siquiera sabían qué color tenía aquel lugar?

—A mí me parece amarillenta — dijo Rebecca Hsu después de haber estado mirando en silencio, durante un buen rato, a través del pequeño ojo de buey.

Entretanto, a casi nadie le atraía la opción de acercarse a la hilera de ventanas situada enfrente. En los últimos dos días, desde el desacoplamiento, habían visto desde allí cómo el planeta que les servía de hogar se había ido empequeñeciendo poco a poco, en un

fantasmal encogimiento de lo familiar destinado a dividir de manera paritaria las simpatías a medio camino entre la Tierra y la Luna, para luego, por fin, poder sucumbir del todo a la fascinación del satélite. Desde los diez mil kilómetros de distancia se lo podía ver todavía como un todo, nítidamente delimitado contra la negrura del espacio circundante. Sin embargo, aquel objeto de contemplaciones románticas se había ido inflando hasta convertirse en una esfera de amenazante presencia, un campo de batalla marcado por miles de millones de años de constante asedio. En medio de un absoluto silencio, lejos

de la banda sonora de la civilización, viajaban a toda velocidad hacia un mundo desconocido. Sólo el rumor de los sistemas de soporte vital, un rumor parecido al de los acúfenos en el oído, les indicaba que había a bordo algo parecido a una actividad técnica. Aparte de eso, el silencio hacía que los latidos de un corazón sonaran como señales de tambor y que la sangre hirviera en las venas, despertando el cuerpo hacia una parlanchina voluntad de comunicación sobre el estado de sus fábricas químicas y reconduciendo los pensamientos hasta el borde de lo imaginable.

Olympiada Rogachova se acercó

aleteando con los brazos, como una tímida nadadora en la ingravidez. Entretanto, ya estaban a mil kilómetros de distancia del satélite, y sólo se veían tres cuartas partes del mismo.

—Yo no identifico nada amarillo —

murmuró—. Para mí es gris ratón.

—Gris metálico —la corrigió su marido con tono frío.

—Bueno, no sé yo. —Evelyn Chambers miró hacia allí desde la ventana de al lado—. ¿Metálico?

—Sí, sí. Mírelo usted. Arriba, a la derecha, esa parte grande y redonda. Es oscura como el hierro fundido.

—Ha pasado usted mucho tiempo en

el ramo del acero, Oleg. Vería algo metálico hasta en un flan de chocolate.

—La cuchara, por supuesto.

¡Uyyyyy! —Miranda Winter dio una voltereta y soltó un gritito jubiloso.

A esas alturas del viaje, las acrobacias de la caída libre se habían vuelto aburridas para la mayoría de ellos. Sólo Winter no parecía cansarse y, por lo visto, les daba la murga a los demás. No era posible sostener con ella ninguna conversación sin que se pusiera a rodar por los aires, chillando y cacareando, al tiempo que repartía codazos en las costillas y ganchos al mentón de sus compañeros de viaje.

Chambers sintió que le clavaba un tobillo en la columna y dijo:

—No eres un carrusel, Miranda. Para ya de una vez.

—¡Pues me siento como si lo fuera!

—Entonces deja que te hagan una revisión general o retírate de la circulación. Este lugar es muy estrecho.

—Eh, Miranda. —O'Keefe alzó la vista de su libro—. ¿Por qué no imaginas que eres una ballena azul?

—¿Qué? ¿A qué viene eso?

—Las ballenas azules no hacen eso. Se quedan flotando más o menos inmóviles en el sitio, comen plancton y con eso quedan satisfechas.

—Y lanzan chorros de agua —soltó Heidrun—. ¿Quieres ver a Miranda soltando chorros de agua?

—¿Por qué no?

—Sois unos estúpidos —afirmó Winter—. A mí me parece, por cierto, que tiene una tonalidad azulada. La Luna, quiero decir. Es casi fantasmal.

—Uhhhhhhh —exclamó O'Keefe.

—Entonces, ¿qué color tiene? —

quiso saber Olympiada.

—Todos y ninguno —sentenció Julian Orley, que entró flotando en ese momento por la escotilla de comunicación que separaba la sección habitable del Charon del módulo de

alunizaje—. La verdad es que no se sabe.

—¿Cómo es eso? —inquirió Rogachov arrugando la frente—. ¿No han tenido bastante tiempo para averiguarlo?

—Por supuesto, pero el problema es que hasta ahora ningún ser humano la ha observado sino a través de ventanas o de visores pintados o cubiertos de filtros. Y con ellos la Luna no muestra ni siquiera un elevado albedo...

—¿Un qué? —preguntó Winter, rotando como un cochinillo en un asador.

—El albedo es la relación,

expresada en porcentaje, de la radiación que cualquier superficie refleja sobre la radiación que incide sobre la misma. La parte de la luz que incide sobre una superficie y luego es reflejada por ésta. Los índices de reflexión de la roca lunar no son muy elevados, sobre todo en los maria...

—No entiendo ni una palabra.

—En los mares lunares —explicó Julian pacientemente—. A la totalidad de los mares lunares se los denomina maria. Un número variado de mares. Parecen más oscuros que los anillos montañosos de los cráteres.

—¿Y por qué entonces la Luna, vista

desde la Tierra, parece blanca?

—Porque no tiene atmósfera. La luz del Sol incide sobre su superficie sin haber sido filtrada. Y así mismo, sin filtrar, incidiría en las retinas no protegidas de los astronautas. La radiación ultravioleta aquí fuera es mucho más peligrosa para nuestros ojos que en la Tierra, por eso las ventanas de nuestra nave espacial también han sido oscurecidas.

—Sin embargo, se ha trasladado a la Tierra una gran cantidad de rocas lunares —dijo Rogachov—. ¿Qué color tienen éstas allí?

—Gris oscuro. Pero eso no quiere

decir que toda la Luna sea de ese color. Tal vez, en efecto, se mezclen en ella ciertos tonos marrones o amarillos.

—Exacto —dijo O'Keefe desde detrás de su libro.

—Todos la ven de un modo diferente. Cada uno tiene su propia Luna. —Julian se unió a Chambers Debajo de ellos, muy en lo hondo, se abría un cráter enorme. Una luz fluida parecía derramarse desde sus laderas en dirección a la llanura que lo rodeaba—. Por cierto, ése es Copérnico. Según el criterio general, es el más espectacular de todos los cráteres lunares, surgido hace más de ochocientos millones de

años. Tiene noventa kilómetros de diámetro y unas paredes que harían sudar a cualquier alpinista, pero lo realmente impresionante es su profundidad. ¿Veis esa enorme mancha de sombra en su interior? Baja hasta casi cuatro kilómetros, hasta llegar al fondo de la depresión.

—Hay montañas en su centro —

comentó Chambers.

—¿Cómo es posible tal cosa? — preguntó Olympiada—. ¿En medio del lugar del impacto? ¿No debería estar todo aplastado?

Julian guardó silencio durante un rato.

—Imaginaos lo siguiente —dijo—. La superficie lunar, tal y como la veis, pero sin Copérnico. ¿Vale? Todo es quietud y paz. ¡Por ahora! Porque desde las profundidades del universo llega, a toda velocidad, un trozo de roca con un tamaño de once kilómetros que avanza a setenta kilómetros por segundo, doscientas veces la velocidad del sonido; además, no hay ahí ninguna atmósfera, nada que pueda frenarlo. Y ahora imaginaos la manera en que ese objeto colisiona contra la llanura. La colisión en cuanto tal tiene lugar en pocas milésimas de segundo, el meteorito se adentra en la superficie

unos cien metros, lo que no es mucho, podría decirse; a fin de cuentas, un agujero de once kilómetros de diámetro es algo que puede sobrellevarse... Sólo que las cosas funcionan de un modo diferente. Lo complicado de los meteoritos es que, en el momento del impacto, transforman toda su energía cinética en calor. En otras palabras: ¡el chisme explota! No es tanto el impacto en sí como la explosión la que abre esos agujeros diez o veinte veces más grandes de lo que miden sus causantes. Millones de toneladas de roca saltan hacia todas partes, y con la velocidad de un rayo se forma una pared alrededor

del cráter. Sin embargo, todo ha ocurrido de manera muy rápida, así que esas cantidades enormes de basalto lunar desplazado no tienen tiempo para formar capas, y el suelo se hunde de golpe y se comprime a una profundidad de varios kilómetros. Y mientras las gigantescas nubes de material expulsado suben por el lugar del impacto, el suelo se encoge de nuevo; el meteorito, entretanto, se ha transformado completamente en calor y ya no está allí, asciende rápidamente y se apila formando un macizo montañoso en el centro del agujero. Al mismo tiempo, las nubes de roca se expanden con rapidez.

Una vez más se hace notar la ausencia de una atmósfera que sirva de freno, que contenga el radio de la expansión. En su lugar, los escombros son lanzados hacia afuera sin cesar antes de que puedan asentarse, y se propagan a cientos de kilómetros a la redonda, como miles de millones de proyectiles. Ese material expulsado podéis verlo todavía hoy en forma de aureola, sobre todo en la fase de luna llena. Tiene un albedo distinto que el basalto más oscuro que la rodea, y por eso parece tener luz propia. En realidad, sólo refleja un poco más de luz solar. Más o menos así tenéis que imaginaros el surgimiento de Copérnico.

Victor Hugo, por cierto, vio en él un ojo que observa a quien contempla la Luna.

—Ajá —dijo Olympiada con desgana.

Julian sonrió para sus adentros, saboreando con deleite el silencio que se hizo a raíz de su explicación. A su alrededor, las bombas cósmicas chocaban entre las circunvoluciones del cerebro de los presentes, convirtiendo la energía cinética en preguntas como, por ejemplo, si en caso de producirse un impacto como ése en la Tierra era mejor esconderse en el sótano o salir rápidamente a tomar otra copa.

—Creo que nuestra atmósfera no

serviría de mucho en ese caso, ¿o sí? —

supuso Rebecca Hsu.

—Bueno —dijo Julian, frunciendo los labios—. Constantemente hay meteoritos que caen sobre la Tierra, unas cuarenta toneladas cada día. La mayoría tienen la envergadura de un grano de arena o de un guijarro, y se deshacen antes de llegar. De vez en cuando llega abajo alguno con el tamaño de un puño, y ocasionalmente los más grandes impactan en la tundra o en el mar. De todos modos, en el año 1908 un fragmento de cometa de sesenta metros explotó sobre Siberia y arrasó un territorio con la superficie de Nueva

York.

—Recuerdo haber oído algo al respecto —dijo Rogachov secamente—. Perdimos una parte de bosque, un par de ovejas y a un pastor.

—Habrían perdido mucho más si hubiera impactado contra Moscú. Pero, en fin, en esencia, el universo ha salido de lo más basto. Fragmentos como éste, al que le debemos Copérnico, se han vuelto una rareza.

—¿Cuan raros realmente? — preguntó Heidrun, alargando sus palabras.

Julian hizo como si tuviera que pensarlo.

—El último representante digno de mención cayó hace sesenta y cinco millones de años sobre el territorio del actual Yucatán. La onda de choque dio una vuelta entera al globo terráqueo, le siguió un invierno de varios años al que sucumbieron considerables reservas de la fauna y la flora de entonces, entre ellos, por desgracia, casi todos los saurios.

—Eso no responde a mi pregunta.

—¿En serio quieres saber cuándo impactará el próximo meteorito?

—Pues sí, para planificarme mejor.

—Bueno, según los recursos estadísticos, se produce una catástrofe

global cada veintiséis millones de años. Las dimensiones de la catástrofe, sin embargo, dependen del tamaño del cuerpo que impacte. Un asteroide de setenta y cinco metros de diámetro tiene la fuerza explosiva de mil bombas como la lanzada en Hiroshima. Todo lo que supere los dos kilómetros puede desencadenar un invierno de impacto a nivel mundial, y estaría en condiciones de impedir que la humanidad siguiera existiendo.

—Según esa teoría, estamos en peligro desde hace cuarenta millones de años —afirmó O'Keefe—. ¿Qué tamaño tenía aquel asesino de dinosaurios?

—Diez kilómetros.

—Gracias, Julian. Qué bien que nos hayas sacado de allá abajo.

—¿Y qué se puede hacer contra eso?

—preguntó Hsu.

—Poco. Las naciones con programas espaciales han vivido sumidas en el letargo durante muchos años y no han hecho frente al problema; prefieren enfrentarse entre sí y ponerse delante de las narices una costosa falange de cohetes de medio alcance. Para evitar la catástrofe, necesitaríamos con urgencia un sistema defensivo contra meteoritos, un sistema que funcione. Cuando ese martillo nos caiga encima, dará lo

mismo que seas musulmán, judío, hinduista o cristiano, ateo o fundamentalista, dará lo mismo con quién estés a la gresca, nada de eso importará un comino. ¡Bum, y se acabó! No necesitamos armas para combatirnos los unos a los otros, necesitamos un arma que nos salve a todos.

—Muy bien dicho. —Rogachov lo miró con ojos inexpresivos, luego se acercó flotando, tomó a Julian por el brazo y lo apartó un poco de los demás.

—Pero ¿es que usted no la tiene desde hace tiempo? —le preguntó en voz baja—. ¿No estaba usted trabajando en desarrollar armas contra los

meteoritos?

—Hemos creado un grupo —asintió

Julian.

—¿Está usted desarrollando armas en la OSS?

—Sistemas de defensa.

—Qué tranquilizador para todos nosotros —dijo el ruso, sonriendo débilmente—. Y por supuesto que lo está haciendo a solas, como todo lo demás que ha hecho.

—Es sólo un grupo de investigación, Oleg.

—Se dice que el Pentágono se interesa mucho por ese grupo de investigación.

—Relájese —dijo Julian devolviéndole la sonrisa—. Conozco los rumores. Rusia y China nos reprochan con regularidad estar produciendo armas espaciales para Estados Unidos. ¡Todo eso son chorradas! El objeto de nuestras investigaciones servirá únicamente en el caso de que las estadísticas tengan razón. Joder, a mí me gustaría poder disparar si un chisme como ése entra en una trayectoria de colisión.

—Las armas pueden usarse contra cualquier cosa, Julian. Usted le ha asegurado a Estados Unidos la hegemonía en el espacio. Usted mismo

aspira al dominio de los suministros energéticos, controlando las tecnologías necesarias para ello. Usted ejerce demasiado poder, ¿y me va a decir que no persigue intereses propios?

—Mire por la ventana —dijo Julian serenamente—. Eche un vistazo a esa joya de color azul.

—La estoy viendo.

—¿Y? ¿Qué siente?, ¿nostalgia? Rogachov vaciló.

—No domino tales términos.

—Puede usted creerlo o no, Oleg, pero cuando haya acabado este viaje, será usted otra persona. Habrá reconocido que nuestro planeta es una

pequeña bola navideña, muy frágil, cubierta por una capa muy fina de aire r e s p i r a b l e , todavía respirable. Sin fronteras ni Estados nacionales, sólo tierra, mar y un par de miles de millones de personas que tienen que compartir esa bola porque no tienen otra. Cualquier decisión que no tenga como objetivo preservar ese planeta, cualquier agresión por causa de un recurso natural o por una idea específica de Dios, le resultará repugnante. Tal vez se detendrá usted en la cima de algún cráter y llorará, o simplemente se hará un par de preguntas sobre el sentido de las cosas, pero la experiencia lo

cambiará. Después de que uno ha visto la Tierra desde el espacio, desde la distancia que la separa de la Luna, ya no hay vuelta atrás. No podrá usted hacer otra cosa más que enamorarse de ella.

¿Cree usted en serio que dejaré que alguien haga un uso indebido de mis tecnologías?

Rogachov guardó silencio durante un rato.

—No creo que usted quiera permitirlo —dijo al fin—. Pero me pregunto si tiene elección.

—La tendré cuantos más amigos gane.

—Pero ¡si es usted campeón del

mundo en hacerse enemigos! Sé que tiene revoloteando a su alrededor una liga de caballeros extraordinarios, un ejército de inversionistas independientes, pero a cambio interviene usted masivamente en ciertos intereses nacionales. ¿Cómo encaja una cosa con la otra? Usted quiere mi dinero ruso, pero, por otro lado, no quiere tener nada que ver con Moscú.

—¿Se trata de dinero ruso sólo por el hecho de que es usted ruso?

—En mi país, por lo menos, verían con mejores ojos que yo invirtiera mi dinero en la astronáutica nacional.

—Pues páselo bien. Hágamelo saber

cuando consigan construir por sí solos un ascensor espacial.

—¿No nos cree capaces?

—¡Ni usted mismo se lo cree! Yo poseo las patentes. No obstante, tengo que admitir que, sin la participación de Estados Unidos, no habría llegado tan lejos. Ambos hemos invertido sumas astronómicas en la navegación espacial. Pero Rusia está en la ruina. Putin basó su Estado mafioso, en el pasado, en el petróleo y el gas, algo que ahora ya nadie quiere. Han jugado ustedes sus cartas y han perdido. No olvide, Oleg, que Orley Enterprises es diez veces mayor que Rogamittal. Somos el mayor

consorcio tecnológico del mundo, y así y todo, mis inversionistas y yo nos necesitamos mutuamente. En cambio, a usted en Moscú nadie le dará nada. Sería tal vez un gesto patriótico subvencionar la ruinosa astronáutica rusa, pero su dinero se esfumaría. No podría aguantar mucho tiempo en el intento por igualarme, su gobierno le habría sacado antes hasta la última gota sin que hubiera resultados aprovechables.

Esta vez el ruso guardó silencio durante un tiempo más prolongado. Luego sonrió de nuevo.

—Moscú le daría más libertad que

Washington. ¿No le apetece cambiar de bando?

—Supongo que estaba obligado a preguntarme eso.

—Me pidieron que sondeara su disposición.

—En primer lugar, ya no existe la guerra fría. En segundo lugar, Rusia no puede darse el lujo de tener mi exclusividad. En tercer lugar, no estoy en el bando de nadie. ¿Respondida su pregunta?

—Formulémosla de otro modo.

¿Estaría usted dispuesto, bajo determinadas circunstancias, a vender sus tecnologías también a Rusia?

—¿Estaría usted dispuesto a participar en mi proyecto? Usted no está aquí porque tenga miedo de Moscú. Rogachov se frotó el mentón.

—¿Sabe una cosa? —dijo—. Propongo que aplacemos esta reunión y nos tomemos un descanso por ahora.

E l Charon era, en esencia, un tubo dividido en tres segmentos con siete metros de diámetro, veintiocho de largo y un módulo de aterrizaje acoplado. Era como un ómnibus volante, con un salón dormitorio y una cabina de mando, un bistró y un salón al que sus creadores habían negado la bendición de la aerodinámica, ya que el aparato jamás

pasaría por el trance de atravesar una atmósfera. Tampoco las cápsulas del Apolo ni el transbordador originalmente concebido para sucederlos, el Orion, habían satisfecho precisamente las expectativas de los adeptos al cine mimados con el diseño, pero por lo menos habían podido presentar un redondeado y pequeño morro que, al entrar en la termosfera, empezaba a ponerse al rojo vivo. El Charon, por su parte, irradiaba la elegancia de un aparato doméstico. Una tonelada de color blanco y gris, liso en algunas partes y estriado en otras, con una sección llena de combustible y la otra

llena de astronautas, y adornado, además, con la O de Orley Enterprises.

—Preparados para la maniobra de frenado —dijo la voz de Black a través de los altavoces.

Dos días y medio en un transbordador espacial, por muy espacioso que éste fuera y por mucho que los psicólogos hubiesen participado en la elaboración del diseño de colores, hacían surgir inevitablemente la asociación con un centro penitenciario. El desencantamiento de lo extraordinario, producido por la estrechez y la monotonía, se manifestaba en ciertos debates sobre el estado del

planeta, en camaraderías inesperadas y en aversiones expresadas con absoluta franqueza. Sushma y Mukesh Nair, dotados con el carisma de la modestia, agrupaban a su alrededor a las personas de buena educación entre ellas Eva Borelius, Karla Kramp, Marc Edward y Mimi Parker. Mantuvieron una charla relajada hasta que Parker se empeñó en iniciar un debate sobre el darwinismo en su conjunto, ese callejón sin salida al que habían ido a parar las ciencias naturales debido a la arrogancia atea, un callejón del que sólo era posible salir ahora por medio de la visión del mundo creacionista. La vida, concluía Mimi,

era demasiado compleja como para que hubiera nacido por casualidad en medio de un océano primigenio, y mucho menos hacía cuatro mil millones de años. La réplica de Kramp a tales manifestaciones no pudo ser otra que poner en duda la complejidad de algunos de los presentes, lo que desató violentas reacciones en cuyo transcurso Parker recibió el respaldo de Aileen Donoghue, que no quería aferrarse a un par de miles de años más o menos, pero que sí ponía en duda cualquier tipo de parentesco entre las especies. Para ella, todas las criaturas vivas habían sido creadas por Dios de un plumazo. Kramp

comentó que el parentesco de Parker con el mono saltaba a la vista. Dijo, además, que los dos primeros capítulos del libro de Moisés trataban la creación del hombre de una manera divergente, y que ni siquiera en el Antiguo Testamento había unanimidad sobre el orden de la creación, si es que era posible basar los conocimientos científicos serios en un único libro bastante cuestionable desde el punto de vista histórico.

Mientras tanto, se habían ido formando algunos bandos zigzagueantes entre Rebecca Hsu, Momoka Omura Olympiada Rogachova y Miranda Winter. Evelyn Chambers se entendía

bien con todos excepto, quizá, con Chuck Donoghue, que le había contado a Parker, en confianza, que tenía a Chambers por una atea, lo que ésta transmitió de inmediato a Olympiada y a Amber Orley, quienes, a su vez, se lo contaron a Evelyn. Locatelli, curado ya de su mal del espacio, desplegó su plumaje, habló de yates de vela y de motor, de cómo había ganado la Copa América, de su amor por los coches de carreras, esos bólidos movidos por energía solar, y de la posibilidad de extraer de una garrapata energía suficiente para que ésta también pudiera aportar lo suyo a los suministros

mundiales.

—Cada cuerpo, también el cuerpo humano, es una central energética —dijo

—. Y las centrales energéticas proporcionan calor. Vosotros no sois más que centrales energéticas, meros calentadores. Os lo aseguro: si se pudiera unir a todos los seres humanos para formar una única y gigantesca central eléctrica, podríamos prescindir del helio 3.

—¿Y qué pasa con el alma? —quiso saber Parker, indignada.

—¡Bah, el alma! —Locatelli separó los brazos, voló hacia atrás y se dio un porrazo en la cabeza—. El alma es un

software, querida. Carne pensante. Pero si hubiera alguna, yo sería el primero que construiría una central energética a partir del alma. ¡Ja, ja, ja!

—Locatelli ha contado cosas muy interesantes —le diría más tarde Heidrun a Walo—. ¿Sabes lo que eres?

—¿Qué, mein Schatz?

—Un radiador. Ven aquí, sé bueno y caliéntame.

Parker y Kramp firmaron la paz, Hanna tocó la guitarra, consiguiendo la concordia de los presentes a un nivel musical y ganándose un nuevo fan en la figura de Locatelli, que empezó a hacer fotos sin cesar, mientras O'Keefe leía

algunos guiones. Todos hacían como si no percibieran aquella mezcla de sudor, olores íntimos, pedos y grasa capilar que se hacía a cada hora más intensa y contra la cual luchaba en vano hasta el más sofisticado sintetizador de olores de a bordo. La navegación espacial podía ser fascinante, pero entre sus desventajas estaba el hecho de que nadie podía abrir una ventana para dejar entrar una bocanada de aire fresco. Chambers se preguntó cómo funcionaría el tema de los olores y de la creciente irritabilidad en misiones de larga duración. ¿No había dicho hacía tiempo un cosmonauta ruso que todas las premisas para un

asesinato estaban dadas cuando se encerraba a dos hombres en una estrecha cabina y se los dejaba solos durante dos meses? Aunque tal vez para esas misiones designaran a otra clase de personas. Nada de gente individualista, ningún montón de chiflados ricachones y famosos. Por lo menos Peter Black, su piloto, transmitía una impresión equilibrada, podría decirse que hasta poco imaginativa. Un hombre que sabía trabajar en equipo, sin ninguna tendencia a la extravagancia o al alarmismo.

—Iniciamos la maniobra de frenado. Desde los doscientos veinte kilómetros de distancia sólo se veía la

mitad de la Luna, pero ya se revelaban algunos detalles grandiosos. A pesar de su escasa envergadura, parecía tan redonda que uno temía volcarse hacia un lado al alunizar, ya que no parecía haber ningún sitio que ofreciera sostén. Nina Hedegaard se acercó aleteando y los ayudó a ponerse los trajes presurizados, que también contaban con unas bolsas para orinar.

—Es para después, para cuando alunicemos —dijo la danesa con una sonrisa enigmática.

—¿Y quién nos dirá cuándo tenemos que hacerlo? —preguntó Momoka Omura con aires de superioridad.

—La física. —Los surcos en la frente de Hedegaard se arrugaron aún más—. Su vejiga puede usar la gravedad como motivo para vaciarse sin haberlo consultado antes. ¿O acaso quiere mojar su traje presurizado?

Omura miró hacia abajo, como si ya hubiera sucedido.

—En cierto modo, a toda esta empresa le falta elegancia —dijo, y se puso lo que tenía que ponerse.

Hedegaard azuzó a los viajeros lunares para que, a través de la esclusa de conexión, entraran en el vehículo de alunizaje, que también era como un tonel de forma cónica, dotado con cuatro

fuertes patas de telescopio. En comparación con el módulo habitacional, el vehículo ofrecía el radio de movimiento de una lata de sardinas. La mayoría de los viajeros soportaron el proceso de abrochado de los cinturones con la expresión facial de una vieja liebre embalsamada; a fin de cuentas, habían estado atados unos junto a otros de forma similar desde hacía dos días y medio, a la espera de que el transbordador se catapultara hacia el espacio con una potente ignición desde el puerto de despegue de la OSS. E contra de todas las expectativas, la nave se fue separando de allí lentamente,

como si lo que importara fuera poner pies en polvorosa sin llamar la atención. Black sólo encendió las toberas de aceleración cuando se encontraban a una distancia prudencial de la ciudad espacial, luego aceleró al máximo, apagó los motores y volaron a toda velocidad a través del espacio, sin hacer ruido, rumbo a su objetivo picado de viruelas.

Se había acabado la tranquilidad, cosa que alegraba a todo el mundo. Les sentaba bien llegar por fin.

De nuevo, algo los comprimió con fuerza contra el asiento, hasta que Black, a una distancia de setenta kilómetros

sobre la Luna, frenó la nave y redujo la velocidad hasta los cinco mil seiscientos kilómetros por hora, hizo un giro de ciento ochenta grados y estabilizó la órbita. Debajo de ellos pasaban cráteres, formaciones montañosas y llanuras cubiertas de un talco gris. Al igual que en el ascensor espacial, unas cámaras transmitían todas las imágenes del exterior a través de unos monitores holográficos. Dieron una vuelta de honor de dos horas alrededor del satélite, durante la cual Nina Hedegaard les explicó las particularidades de algunos lugares de interés en aquel universo desconocido.

—Ya saben ustedes, por los entrenamientos preparatorios, que un día lunar es un poco más largo que un día en la Tierra —empezó diciendo en su inglés con acento escandinavo—. Son catorce días terrestres, dieciocho horas, veintidós minutos y dos segundos, para ser exactos, e igual de larga es una noche lunar. A la línea de separación entre la parte iluminada y la parte a oscuras lo llamamos «terminador». Éste se desplaza con una lentitud extrema, y eso quiere decir que no tendrán ustedes que temer que los sorprenda el crepúsculo durante un paseo. Ahora bien, cuando oscurece, lo hace de

verdad. El terminador es drástico: hay luz o sombra, nunca crepúsculo. En el calor incandescente del mediodía, los lugares de interés pierden atractivo, por eso veremos los sitios más interesantes en horas de la mañana lunar o del atardecer, cuando las sombras se alargan.

En ese momento divisaron debajo de ellos otro imponente cráter, seguido de un paisaje insólitamente accidentado.

—Los Apeninos lunares —les explicó Hedegaard—. Todo este territorio está surcado por las llamadas rimae, estructuras con forma de surcos. Los astrónomos de épocas pasadas las

habían tomado por vías de comunicación de los selenitas. ¡Un paisaje fantástico! El ancho valle que se arquea hacia arriba es Rima Hadley, conduce a través del llamado Palus Putredinis o pantano de la Putrefacción, un nombre divertido, ya que no se trata de un pantano ni hay nada en él en estado de putrefacción. Pero así son las cosas en la Luna: hay mares que no son tales, etcétera. ¿Ven ustedes las dos montañas situadas a un lado del Rima? Es el monte Hadley, y debajo de él se encuentra el monte Hadley Delta. A ambos se los conoce por fotografías, a menudo se los ve con un vehículo lunar en un primer plano. No

lejos de allí alunizó el Apolo 15. El armazón del vehículo lunar todavía se encuentra allí, así como todas aquellas cosas que dejaron los astronautas.

—¿Qué cosas dejaron? —preguntó

Nair con los ojos resplandecientes.

—Una cagada —bramó Locatelli.

—¿Por qué se muestra usted tan derrotista?

—No lo soy en absoluto. Pero ellos dejaron allí su mierda, eso lo sabe todo el mundo. Cualquier otra cosa habría sido descabellada, ¿o no? Créame, dondequiera que haya un armazón así, hay mierda de astronautas por los alrededores.

Nair asintió. Hasta eso parecía fascinarle. A buen paso, la nave espacial continuó sobrevolando otros surcos, montañas y cráteres, y al final llegaron a la orilla del Mare Tranquillitatis. Hedegaard les señaló un pequeño cráter bautizado en honor de Moltke y conocido por sus sistemas cavernosos creados por ríos de lava en tiempos inmemoriales.

—Sistemas parecidos se han encontrado en las paredes y las mesetas del cráter Peary, en el polo norte, donde han erigido la base lunar estadounidense. El cráter Moltke lo visitaremos cuando irrumpa la noche

lunar y el terminador esté justo encima del cráter. ¡Es un espectáculo excepcional! Y luego está también el museo, que desde el punto de vista del paisaje es un páramo, pero es visita obligada, ya que...

—Déjeme adivinar—exclamó Ögi

—. El Apolo 11.

—Correcto —asintió Hedegaard, radiante—. Es preciso saber que las misiones Apolo estaban obligadas a alunizar en el estrecho cinturón ecuatorial. Por entonces no se debatía sobre sitios espectaculares en los que alunizar, sino de poner un pie en la Luna. Por supuesto que lo que hoy

predomina es el valor simbólico del museo. Entretanto podrán encontrarse a cada paso con testimonios de antiguas visitas en sitios mucho más interesantes, pero las huellas del pie de Armstrong..., ésas sólo las encontrarán allí.

El vuelo los condujo un poco más abajo, a través del Mare Crisium o mar de las Crisis, el más oscuro de los mares lunares, en el cual, según les explicó Hedegaard, predominaba la mayor fuerza de gravedad registrada en la superficie de la Luna. Durante un tiempo no vieron más que paisajes muy agrietados y sombras que se volvían cada vez más largas, vertiéndose

inexorablemente sobre valles y llanuras, formando extensas manchas y llenando los agujeros de los cráteres, hasta que sólo los bordes más elevados quedaron bajo la luz del sol. Chambers sintió un escalofrío ante la idea de tener que vagar en medio de aquellas tinieblas sin contornos; luego desaparecieron también las últimas islas iluminadas y una negrura enigmática se depositó sobre los monitores, se filtró por las arterias y las circunvoluciones cerebrales de los viajeros, absorbiendo el último vestigio de tranquilidad del alma.

—The dark side of the moon —

suspiró Walo Ögi—. ¿Alguien conoce el

disco? ¿Pink Floyd? Un álbum formidable.

Lynn, que durante todo el viaje se había sentido bastante estable, estaba agazapada en el abismo de sí misma. De nuevo parecía que le habían absorbido todas las ganas de vivir. En la cara oculta de la Luna ya no se veía la Tierra y, por desgracia, tampoco el Sol. «Si existe un infierno —pensaba—, no será caluroso y llameante, sino frío, de una negrura nihilista. Para imaginarlo no son necesarios los diablos ni los demonios, ni los bancos de tortura, las hogueras y los calderos hirvientes. La ausencia de lo familiar, tanto del mundo interior

como del exterior, el fin de toda capacidad de sentir, eso es el infierno. Algo semejante a la ceguera total. La muerte de toda esperanza, un consumirse en el miedo.

«Respirar profundamente, sentir el cuerpo.»

Necesitaba movimiento, necesitaba salir de allí y andar, porque quien andaba ponía a arder de nuevo el frío que albergaba dentro, pero Lynn permaneció atada en su asiento mientras e l Charon atravesaba la penumbra a toda velocidad. «¿De qué está hablando Ögi? The dark side of the moon. ¿Quién es Pink Floyd? ¿Por qué Hedegaard no

para de decir tonterías? ¿Es que no hay nadie capaz de hacer callar a esa estúpida? ¿Retorcerle el cuello, arrancarle la lengua?»

—La cara oculta de la Luna no es forzosamente oscura —susurró ella—. Sólo que el satélite le ofrece a la Tierra siempre la misma cara.

Tim, que estaba a su lado, volvió la cabeza.

—¿Qué has dicho?

—La Luna siempre le ofrece a la Tierra la misma cara. La cara oculta no se ve, pero ésta está iluminada tantas veces como la cara visible. —Lynn soltó aquellas palabras sin aliento—. La

cara oculta no es oscura, no necesariamente. La Luna sólo le ofrece a la Tierra...

—¿Tienes miedo, Lynn?

La preocupación de Tim... Era una cuerda que le estaban tendiendo.

—Chorradas —dijo, llenando de aire sus pulmones—. He hecho este viaje tres veces. No hay nada que temer. Pronto estaremos de nuevo del lado de la luz.

—...asegurarles a ustedes que están perdiéndose mucho —estaba diciendo Hedegaard en ese instante—. La parte visible es, con diferencia, más interesante. Curiosamente, no hay en la

cara oculta casi ningún mar. Está salpicada de cráteres, es bastante monótona, en realidad es el sitio ideal para construir un telescopio espacial.

—¿Y por qué precisamente allí? —

preguntó Hanna.

—Porque la Tierra es para la Luna lo mismo que la Luna para la Tierra: un farolillo que ilumina su superficie de vez en cuando. Incluso durante la medianoche lunar, la superficie permanece bajo la poca luz residual de la Tierra. En cambio, la cara oculta, como ven, es de noche tan negra como el espacio que la rodea. No hay luz solar ni terrestre que ilumine la mirada hacia las

estrellas. A los astrónomos les gustaría instalar aquí un puesto de observación, pero por ahora tienen que conformarse con el telescopio situado en el polo norte. En cualquier caso, es una solución intermedia, el Sol está muy bajo, y uno puede mirar al cielo estrellado situado detrás.

Lynn agarró la mano de Tim y la apretó. Sus pensamientos giraban en torno a la Luna y la destrucción.

—No sé cómo te sientes —le dijo Tim en voz baja—, pero yo siento esta negrura como algo bastante opresivo.

«¡Vaya, el listo de Tim! Te haces pasar por un aliado.»

—Yo también —dijo ella, agradecida.

—Supongo que es normal, ¿no? — No durará mucho.

—¿Y cuándo entraremos de nuevo en la parte iluminada? —preguntó Winter en ese momento.

—Antes de una hora —le contestó

Hedegaard con su siseo.

«"Antezzz", ha dicho esa tonta — pensó Lynn, imitando en su mente el acento de Hedegaard—. El estúpido y pequeño pasatiempo de Julian.» Sin embargo, confiada al apretón de mano de Tim, empezó a relajarse, y de repente recordó que la danesa, en realidad, le

caía bien. ¿Por qué reaccionaba entonces con esa violencia, con esa agresividad? ¿Qué le ocurría?, pensó.

«¿Qué diablos me pasa?»

Desde que la superficie de la Luna había dejado de tener imágenes para ofrecerles, las cámaras del exterior transmitían las vistas del cielo estrellado hacia el interior del Charon; O'Keefe, por su parte, sintió un inesperado asomo de familiaridad. Cuando estaban en la OSS, había sentido ganas de regresar a la Tierra al instante. Pero ahora lo invadía una vaga añoranza. Tal vez porque las miríadas de luces allí fuera no diferían mucho de

la visión de lejanos edificios y calles iluminadas, o porque ese animal acuático llamado hombre, según su origen real, era un hijo del cosmos, formado a partir de sus elementos. La contradicción de sus sentimientos lo irritaba, como un niño que siempre quiere coger el brazo que no se está balanceando. Intentó reprimir aquel pensamiento, pero luego, durante una hora, pensó y pensó sin cesar en lo que en realidad quería y en el sitio adonde pertenecía.

Su mirada vagó hasta encontrar a Heidrun. Dos filas por delante de él, la mujer escuchaba a Ögi, que le contaba

algo en voz baja. O'Keefe arrugó la nariz y miró fijamente el monitor. La imagen cambió. En un primer momento no supo qué significaban aquellas manchas luminosas, pero luego vio con claridad que estaba viendo unas cumbres iluminadas por el Sol que descollaban en medio de aquella tinta de sombras. Una exhalación de alivio recorrió el Charon. Volaban de nuevo hacia la luz, rumbo al polo norte.

—Sólo acoplaremos el módulo de alunizaje —dijo Black—. La nave matriz permanecerá en órbita hasta que atraquemos allí dentro de una semana. Nina los ayudará a ponerse los cascos.

Puede que a ustedes no se lo parezca, pero seguimos volando a una velocidad cinco veces superior a la del sonido, así que prepárense para la siguiente maniobra de frenado total.

—Eh, Momoka —susurró O'Keefe. La japonesa volvió la cabeza con

gesto apático.

—¿Qué pasa? —¿Va todo bien?

—Claro. O'Keefe sonrió.

—Pues entonces no vayas a mojar el traje.

Locatelli dejó escapar una ronca carcajada de camaradería. Pero antes de que Omura pudiera reprenderlo,

apareció Hedegaard y le colocó el casco en la cabeza. Al cabo de pocos minutos, ya sentados con idénticas cabezas esféricas, oyeron un siseo cuando se cerró la escotilla de conexión entre la nave matriz y la unidad de alunizaje, y luego un sonido seco. El módulo de alunizaje se separó y se alejó flotando lentamente. Todavía no se sentía nada de la anunciada acción de frenado total. El paisaje estaba cambiando nuevamente. Las sombras se alargaban otra vez, un indicio de que se estaban acercando a la región polar. Llanuras de lava alternaban con cráteres y crestas montañosas. O'Keefe creyó ver una nube

de polvo muy a lo lejos, una nube achatada que se cernía sobre el terreno; entonces llegó aquella presión, el ya casi familiar maltrato del tórax y los pulmones, sólo que esta vez los motores sonaron con mucho mayor estruendo que dos horas antes. Inquieto, el actor se preguntó si habría problemas, hasta que comprendió que hasta ese momento las que estaban encendidas eran las toberas de la unidad habitacional, situadas muy atrás, al fondo del todo. Por primera vez el módulo de aterrizaje maniobraba por su cuenta, con sus propios motores, situados directamente debajo de ellos.

«Black nos está pegando fuego en el

culo», pensó.

Con un infernal impulso en contra, la unidad de alunizaje continuó reduciendo velocidad mientras se despeñaba rápidamente contra el suelo, muy rápidamente. Un anuncio en la pantalla iba descontando kilómetro a kilómetro.

¿Qué estaba sucediendo? Si no aminoraban pronto, abrirían su propio cráter. O'Keefe pensó en la explicación dada por Julian sobre la transformación de la energía cinética en calor, sintió cómo su pecho se comprimía e intentó concentrarse en el monitor. ¿Le temblaban los globos oculares? ¿Qué les habían dicho en los cursos? No se era

apto para ser astronauta si uno no era capaz de controlar sus ojos, ya que el temblor de las pupilas provocaba falta de nitidez y doble visión. Debían fijarse en los instrumentos de a bordo. En los instrumentos correctos, de eso se trataba. ¿Cómo podía uno pulsar los botones relevantes si los veía dobles?

¿Le temblaban los globos oculares a

Peter Black?

Al instante siguiente, Finn O'Keefe se avergonzó y sintió rabia de sí mismo.

¡Era un pedazo de idiota! En la centrífuga del pabellón de ejercicios, durante el despegue del ascensor, cuando frenaron en la órbita lunar, en

cada una de esas ocasiones la sobrecarga, más elevada incluso, había ejercido su efecto sobre él. Era para que ahora se convirtiera en la calma personificada, pero el nerviosismo se apoderaba de él con dedos cargados de electricidad, y tuvo que admitir que su falta de aire no era resultado de la presión, sino simplemente del miedo de estrellarse contra la Luna.

Otros cinco kilómetros, cuatro...

El segundo anuncio le explicó que estaban disminuyendo la velocidad paulatinamente; entonces Finn respiró aliviado. Toda aquella preocupación por nada. Faltaban todavía tres

kilómetros para alunizar. Una cresta montañosa entró en la imagen, era una alta meseta, divisó luces que segmentaban un aeródromo enmarcado entre unos muros de protección. Se vieron tubos y cúpulas agazapados entre la roca como cochinillas al acecho de una presa inocente; bajo la luz rasante del sol centelleaban campos de paneles solares, mástiles y antenas, una construcción con forma de bidón coronaba una colina cercana. A mayor distancia podían identificarse unas estructuras abiertas parecidas a hangares y enormes máquinas que se deslizaban por una especie de mina a cielo abierto.

Un sistema de raíles conectaba los distintos entornos con el puerto espacial y desembocaba en una plataforma; luego se ramificaba y se iba alejando en una amplia curva. O'Keefe vio escalerillas, plataformas elevadoras y brazos manipuladores que señalaban hacia un puesto de carga; también vio algo blanco desplazarse por una calle y dirigirse hacia un puente: era un aparato con altas y anchas ruedas, tal vez un vehículo tripulado, o tal vez un robot. El Charon se sacudió y descendió en dirección al suelo. Por un breve instante se vio un paisaje urbano de imponentes torres, con grandes y macizos aparatos de vuelo en

medio de ellas, tanques y contenedores, cosas enigmáticas. Un chisme que parecía una mantis religiosa sobre ruedas trotaba lentamente por el aeródromo, cuyas dimensiones se hacían ahora evidentes, unos tres o cuatro campos de fútbol; los terrenos adyacentes y las construcciones desaparecían tras las vallas en forma de muro, y entonces la nave espacial en la que viajaban se posó en el suelo con cuidado, casi con la elegancia de una pluma, se balanceó un poco, de un modo casi imperceptible, y se quedó quieta.

Algo tiró con fuerza de O'Keefe

Primero no fue capaz de clasificar el

efecto, por eso le sorprendió ver lo simple que era la explicación. ¡La fuerza de gravedad! Por primera vez desde el despegue en la Isla de las Estrellas, sin contar las maniobras de aceleración y de frenado, no estaba en la ingravidez. Su cuerpo volvía a tener peso, si bien tan sólo una sexta parte de su peso en la

Tierra, pero era algo maravilloso pesar algo, ¡era una liberación después de todos aquellos días flotando por ahí!

«Hasta la vista, Miranda —pensó—. Se acabó la acrobacia, ya no habrá más volteretas ni ataques con codazos.» Una racha de ruido disminuía en sus conductos auditivos, un rescoldo

sináptico, ya que los motores habían estado apagados durante mucho tiempo, sólo que él aún no había podido creerlo.

—Ladies and gentlemen —dijo Black, no sin cierto patetismo—. ¡Los felicito! Lo han conseguido. Nina y yo sólo los ayudaremos a ponerse los sistemas de soporte vital, a regular el oxígeno, el aire acondicionado y la presión, y luego activaremos sus conexiones para que puedan hablar. Más tarde haremos algunas pruebas de estanqueidad, es algo que ya conocen por la salida al exterior en la OSS, pero en caso de que no lo conozcan, no hay motivos para inquietarse. Estaremos

atentos a cada uno de sus pasos. En cuanto acabemos con las pruebas, bombearé aire de la cabina y fijaremos el orden por el que bajarán. No tomen como un gesto poco galante que sea yo el primero en bajar, pues sólo tiene como fin preservar su hazaña, ya que filmaré el momento en que abandonen el Charon; además, guardaremos sus palabras por radio para la posteridad.

¿Entendido todo? ¡Bienvenidos a la

Luna!

A la Luna.

Estaban en la Luna.

Realmente habían aterrizado en la maldita Luna, y la sexta parte de la

gravedad del satélite tiraba de O'Keefe con la suavidad de una amante; tiraba de sus miembros, de su cabeza, de sus órganos internos y sus fluidos corporales; ah, sí, los fluidos corporales: algo le salía de dentro y llegaba afuera antes de que pudiera comprimir las nalgas. Cálido y feliz, el líquido fluyó hacia la bolsa prevista para tales menesteres, un surtidor de alegría, un hurra a la fuerza de gravedad, un regalo de visitante para aquella chica gris y arrugada, cuya superficie podrían habitar ahora durante una semana. Finn dirigió una mirada furtiva a Momoka Omura, como si cupiera la posibilidad

de que ella se volviera, lo mirara a los ojos y lo supiera.

Luego se encogió de hombros.

¿Quién, estando fuera de la Tierra, no habría mojado los pantalones? La compañía, sin embargo, podía ser peor.

BASE PEARY, POLO NORTE

Dejar huellas de botas formaba parte de los privilegios de los pioneros, lo que dejaba opciones bastante cómodas para ese tipo humano clasificado como administrador. Este último conocía los riesgos, pero no estaba expuesto a ellos. Estaba familiarizado con los fenómenos naturales, con el apetito y el armamento de la flora y la fauna autóctona, sabía adaptarse a la reticencia de los nativos, pero debía sus conocimientos a una curiosidad febril y potencialmente

asesina, la que posee ese otro tipo de hombre, el descubridor, ese que no puede ni quiere otra cosa más que pasar su vida sobre la cuerda floja que se tensa entre el triunfo y la muerte. Ya en el caso del modelo antecesor, el del Homo erectus —y de eso estaban seguros los antropósofos—, la humanidad había mostrado cierta tendencia a la escisión entre una mayoría administradora y un pequeño grupo, el de los hombres incapaces de permanecer de brazos cruzados. Estos últimos poseían un gen especial, conocido como gen de Colón, Novelty- seeking-gene («gen buscador de

novedades») o, simplemente, el gen D4DR en versión prolongada, lo cual era un código de la extraordinaria disposición a traspasar límites y asumir riesgos. Por naturaleza, aquel puñado de atrevidos era menos apropiado para cultivar los territorios conquistados. Preferían explorar cualquier territorio ignoto, se dejaban picar por cualquier bicho desconocido y creaban, en definitiva, las premisas para que la parte conservadora continuara avanzando. Eran los eternos exploradores, para quienes una huella en terra incógnita lo significaba todo. De modo inverso, formaba parte de la naturaleza del

administrador someter todo cuanto

existiera en términos de cosas

desconocidas y amorfas —el barro, los

pantanos, la arena, los guijarros y el légamo— a los dictados de las superficies allanadas. Así, cuando Evelyn Chambers bajó por la pasarela d e l Charon y, presa de un profundo respeto, pisó por primera vez el suelo lunar, no pudo dejar ninguna huella duradera, pues se encontró de nuevo sobre una superficie de sólido hormigón.

Por espacio de un segundo se sintió decepcionada. También hubo otros que, en un acto reflejo, miraron hacia abajo, como si poner un pie en la Luna

estuviera indefectiblemente asociado a apisonar el regolito.

—Dejaréis vuestras huellas bastante pronto —dijo la voz de Julian, que estaba conectado con todos los cascos.

Algunos rieron. El momento de las expectativas insatisfechas pasó y dejó sitio a un asombro incrédulo. Evelyn dio un paso vacilante, otro más, amortiguó y..., entonces, gracias a la musculatura de sus pantorrillas, se elevó más de un metro.

«¡Increíble! ¡Absolutamente increíble!»

Después de más de cinco días en la ingravidez, sentía de nuevo el familiar

peso de su cuerpo, pero, al mismo tiempo, no lo sentía del todo. Era como si un dudoso rayo salido de una revista de cómics la hubiese dotado de fuerzas superiores. Por todas partes a su alrededor la gente daba saltitos. Black iba de uno a otro, haciéndoles la pelota y tomando imágenes con su cámara.

—¿Dónde está la bandera de las barras y las estrellas? —tronó Donoghue

—. ¡Quiero clavarla en el suelo!

—Llega usted con cincuenta y seis años de retraso —rió Ögi—. Sin embargo, la bandera suiza...

—Imperialistas —suspiró Heidrun.

—Ninguno de los dos tendría

oportunidad alguna —dijo Julian—. A menos que queráis clavar vuestras banderas dinamitando antes el suelo.

—Eh, mirad eso —exclamó Rebecca

Hsu.

Su figura rellenita salió disparada por encima de las cabezas de los demás y movió los brazos como si éstos fuesen las aspas de un molino. Si es que aquella persona era Hsu. Lo cierto es que no era posible determinarlo con exactitud. A través de los visores de espejos apenas podían identificarse los rostros, sólo la forma marcada sobre el blindaje del pecho desvelaba la identidad del portador.

—Adelante —rió Julian—.

¡Atreveos!

Chambers tomó impulso, realizó una serie de torpes saltos, salió disparada de nuevo hacia lo alto y giró sobre sí misma, ebria de alegría. Pero el giro le hizo perder el equilibro y cayó al suelo en una especie de vuelo de descenso meditabundo. No supo hacer otra cosa más que romper a reír tontamente, mientras caía con suavidad sentada sobre el trasero. Maravillada, permaneció allí, dispuesta a disfrutar de aquel espectáculo surrealista que se ofrecía a sus ojos. Al cabo de unos pocos segundos, todo el grupo de recién

llegados se había transformado en una horda de chicos de primaria, compañeros de colegio en medio de un enorme alboroto. Evelyn Chambers se puso en pie por sí misma.

—Bien, muy bien —los alabó Julian

—. El ballet Bolshói no es más que un hatajo de torpes en comparación con vosotros, pero ahora tenemos que interrumpir temporalmente la sesión de ejercicios. Tenemos que irnos al hotel, así que prestad atención a Nina y a Peter.

Fue como si hubiera emitido por una frecuencia equivocada. Con la terquedad de unos críos a los que acaban de llamar

para comer, se hicieron bastante de rogar, fueron acercándose con cuentagotas y agrupándose en torno a sus guías. La algarabía dio paso a una imagen de secta secreta; tal y como se los veía allí, parecían buscadores del Grial ante el panorama de unos castillos voladores. Chambers dejó vagar la mirada. De la base no había ni rastro. Sólo la plataforma de la estación descollaba, imponente, hacia el interior del aeródromo, erigida sobre unos pilares de quince metros de altura, tal y como les había explicado Hedegaard. Unas escaleras de metal y un ascensor abierto llevaban hasta los andenes, los

tanques esféricos se apilaban por todas partes. Se veían dos manipuladores agazapados como aves jurásicas y unas máquinas semejantes a abejorros que estaban situadas de cara a las plataformas de carga. Chambers supuso que su tarea consistía en recoger la carga que les entregaban los manipuladores y viceversa, según si las mercancías debían ser despachadas o colocadas sobre las vías.

Evelyn Chambers intentó aquietar el ritmo de su respiración. Al final, la estrechez del módulo de alunizaje se le había vuelto insoportable. La noche anterior había soñado frenéticamente.

Unas fuerzas superiores habían abierto e l Charon con un enorme abrelatas, dejando a sus tripulantes a merced del vacío, que ahora se revelaba como una multitud de criaturas lejanamente parecidas a seres humanos que los miraban boquiabiertas y que, además,

¡estaban todas en pelotas! Sí, era una tontería, pero así y todo... Con una coloración verde y azulada, el tobillo de Miranda Winters había quedado marcado en su cadera. ¡Estaba harta, allí dentro! Por eso, tanto más le asombraba ahora el verdadero tamaño de la nave alunizada, que se veía descollar en la anchura del aeródromo. Era una

imponente torre montada sobre unos sólidos trípodes, casi como un pequeño edificio. Se veían otras naves espaciales repartidas por el área, algunas con las escotillas abiertas y los interiores vacíos, a la espera en ese momento de acoger su carga. Algunos aparatos más pequeños estiraban sus patas de araña o miraban a ninguna parte con sus ojos de cristal. A Chambers le vino a la mente la imagen de un repelente de insectos.

—Por el aspecto de los habitantes de la base, verán que nadie se acercará a estrecharles la mano —dijo Black—. Aquí sólo se sale al exterior cuando es absolutamente imprescindible. A

diferencia de ustedes, las personas permanecen seis meses en la Luna. Una semana de radiación cósmica no puede hacerles daño, siempre y cuando no se vean ustedes sin protección en medio de una tormenta solar. Pero las estancias de larga duración son otro cantar. Dado que vamos a visitar la base el día de nuestra partida, hoy no habrá ningún comité de bienvenida.

Uno de los robots con aspecto de abejorro se puso en movimiento como activado por una mano fantasma, enfiló hacia el Charon y sacó de su compartimento de carga unos grandes contenedores de color blanco.

—Es su equipaje —les explicó Hedegaard—, que aquí arriba está expuesto al vacío; pero no tengan miedo, esos contenedores están presurizados. De otro modo, sus cremas nocturnas se derramarían sobre sus camisetas. Vengan por aquí.

Fue como sumergirse en el agua, pero sin la presión reinante en el entorno líquido. Excitada, Chambers se dio cuenta de que ya no pesaba sesenta y seis kilos, sino tan sólo once, lo que prometía una sextuplicación de su fuerza corporal. Ligera como una niña de tres años, fuerte como una supermujer, llevada en brazos por una oleada de

felicidad infantil, siguió a Black en dirección al ascensor, entró saltando en la espaciosa jaula y vio emerger de nuevo los módulos habitables de la base cuando ascendieron por encima del borde de la valla de protección y entraron en la plataforma de la terminal ferroviaria. Había varias vías férreas por allí arriba. Un tren vacío e iluminado los esperaba, bastante parecido a un tren de levitación magnética como los de la Tierra, sólo que su forma era menos aerodinámica, lo que, curiosamente, le confería cierto aspecto anticuado. Además, ¿para qué hacerlo aerodinámico? Allí arriba no

había viento, ni siquiera había aire.

Evelyn miró a lo lejos.

Las impresiones la asediaban, como en un ataque. Grandes secciones del entorno podían verse muy bien desde allí arriba. Era una altiplanicie. Había colinas y crestas, la silueta recortada de las alargadas sombras; había cráteres como piscinas llenas de tinta negra; un sol blanco y resplandeciente, rasante, disolvía los contornos del horizonte, y el paisaje contrastaba con el espacio como un decorado de teatro. No había bruma, ni atmósfera que difuminara la luz, todo parecía al alcance de la mano, no importaba la distancia real a la que

estuvieran los objetos, sus contornos eran nítidos. Más allá del aeródromo, las vías del tren magnético giraban hacia un valle cubierto de una negrura espesa y, gracias a la altura de sus pilares, se reafirmaban durante un rato frente a la oscuridad, para luego ser tragadas por ella sin previo aviso.

—No nos encontramos ni a quince kilómetros del polo norte geográfico de la Luna —dijo Black—. Estamos sobre una meseta situada en el borde noroccidental del cráter Peary, donde éste colinda con su vecino, el Hermite. A la región se la conoce con el apodo de

«montaña de la Luz Eterna». ¿Alguien

tiene idea de por qué?

—Explícalo en términos sencillos, Peter —dijo Julian suavemente.

—Pues bien, a principios de la década de 1990, empezó a despertarse un interés muy particular por los polos lunares, a raíz de que se comprobó que los bordes de los cráteres y las cumbres estaban permanentemente bañados por la luz del Sol. El problema de una base lunar habitada siempre había sido el suministro de energía, y se quería evitar trabajar con reactores nucleares. Ya en la Tierra había muchísimas iniciativas en contra, pues se temía que una nave espacial con un reactor de esa índole a

bordo pudiera despeñarse y caer sobre una región poblada. Cuando se planeó la estación, el helio 3 era aún una opción muy vaga, por lo que se seguía apostando por la energía solar. Sólo que los colectores solares son un invento magnífico, pero totalmente inservibles de noche. Durante algunas horas se pueden recargar con baterías, pero la noche lunar dura catorce días. Fue entonces cuando los polos atrajeron la atención de todos. Es cierto que aquí el rendimiento de la luz es algo menor que en el ecuador, ya que los rayos solares inciden en una línea demasiado inclinada, pero en cambio se los tiene a

disposición todo el tiempo. Si fijan su mirada en esas alturas, verán campos enteros de colectores que ajustan su posición todo el tiempo según la inclinación del Sol.

Black hizo una pausa y les dejó tiempo para que examinaran las colinas en busca de los colectores.

—No obstante, los polos no tienen la posición ideal para instalar una base. La altura del Sol es demasiado inclinada, como ya hemos dicho, están bastante alejados del tiro, por lo que era preferible instalar el telescopio lunar en la cara oculta. Los críticos censuran, además, que inmediatamente antes de

empezar a construir la base, la explotación del helio 3 ya era una posibilidad tangible, de modo que deberían haberse echado por la borda los planes iniciales y haber construido la base allí donde preferían tenerla, abastecida todo el tiempo por un reactor de fusión. En efecto, suena paradójico que el helio 3 no fuera utilizado precisamente en la Luna, sino que se siguiera con los planes originales. Existe, sin embargo, otra razón que habla en favor de los polos: la temperatura. Para las circunstancias de la Luna, ésta es allí moderada, entre unos cuarenta y sesenta grados

constantes al Sol, mientras que en el ecuador, en pleno mediodía, oscila sobre los cien grados. Por las noches, en cambio, el termómetro baja hasta menos ciento ochenta grados. No hay ningún material al que le gusten esas variaciones, que lo harían dilatarse desmedidamente y luego encogerse, con lo cual se volvería quebradizo, se agujerearía. Y una reflexión más que favorecía a los polos: en un lugar donde el Sol pasa tan rasante por encima del horizonte, tenía que haber regiones que jamás fueran iluminadas por el astro rey. En caso de que sí, existía la perspectiva de encontrar en ellas algo que en

realidad no podía haber en la Luna:

agua.

—¿Y por qué no puede haberla aquí? —preguntó Winter—. ¿Por qué no hay por lo menos un río o un pequeño lago?

—Porque se evaporaría de inmediato bajo el Sol y desaparecería en el espacio. La gravedad lunar no basta para retener los gases volátiles, y ésa es una de las razones por las que la Luna no tiene atmósfera. Sólo podía contarse con la presencia de agua congelada en esas zonas eternamente oscuras, enlazada a nivel molecular con el polvo lunar, llegada aquí con algunos

meteoritos. La existencia de esos abismos permanentemente cubiertos de sombras podía demostrarse de manera rápida, como esos agujeros de impacto en la base del cráter Peary, es decir, al doblar la esquina. Y, en efecto, algunas mediciones parecían confirmar la presencia de agua, lo que habría favorecido de un modo considerable la construcción de una compleja infraestructura. La alternativa era bombearla desde la Tierra, lo que es una locura sólo por su coste.

—¿Y se ha encontrado agua? —

preguntó Rogachov.

—Hasta ahora, no. Se han

encontrado, eso sí, grandes cantidades de hidrógeno depositado, pero no agua. No obstante, la base se erigió aquí porque de ese modo el transporte desde la Tierra, gracias al ascensor espacial, era más sencillo y económico de lo previsto. Ahora llega en tanques hasta la OSS y, desde allí, el volumen ya no desempeña ningún papel. No obstante, se sigue buscando fervorosamente cualquier rastro de H20. Además —

Black señaló a lo lejos, hacia la estructura en forma de bidón—, se ha empezado la construcción de un pequeño reactor que funciona con helio 3, como una reserva para la creciente demanda

energética de la base.

—Pues, para ser sincera —comentó Momoka Omura con tono de crítica—, me había imaginado una base lunar como algo más imponente.

—A mí me parece muy imponente —

dijo Hanna.

—Y a mí —exclamó Winter.

—Absolutamente —confirmó Nair, riendo—. ¡Todavía no puedo creer que esté aquí, en la Luna, que haya seres humanos viviendo aquí! Es algo único.

—Pues esperen a ver el Gaia —dijo

Lynn en tono misterioso—.

Probablemente luego no querrán

marcharse.

—Si tiene el mismo aspecto que ese montón de trastos de ahí abajo, querré marcharme de inmediato —resopló Momoka Omura.

—Oye, corazón —dijo Locatelli en un tono más acre que de costumbre—, estás ofendiendo a los anfitriones.

—¿Por qué? Yo sólo...

—Hay ocasiones en que hasta tú deberías cerrar el pico, ¿no te parece?

—¿Cómo? ¡El pico lo cerrarás tú!

—Te gustará el hotel, Momoka —

dijo Lynn, apresurándose a intervenir—.

¡Te gustará mucho, incluso! Y no, no tiene el mismo aspecto que la base lunar.

Chambers sonrió. Por cuestiones de oficio, le alegraban las pequeñas rencillas como ésa, sobre todo teniendo en cuenta que Locatelli y su musa japonesa mostraban casi siempre unanimidad en cuanto se trataba de poner verdes a otros. De todos modos, tenía planes de pedirle a Locatelli que acudiera a una de sus próximas emisiones, que pensaba titular «La guerra de los pequeños salvadores del mundo. Cómo el fin del ramo del petróleo atiza las luchas de poder entre quienes ofrecen energías alternativas». Tal vez se podría insertar alguna que otra pregunta privada en el entramado de

la conversación.

Chambers siguió a Black con el mejor humor.

EL EXPRESO LUNAR

Subieron al tren a través de una esclusa presurizada y se deshicieron de los cascos y los blindajes. El aire había sido acondicionado a una temperatura agradable, y las dimensiones de los asientos eran las apropiadas para acoger el sobrepeso, como comprobó Rebecca Hsu, entre suspiros que pretendían despertar la compasión de los presentes. Así se lo comentó Evelyn a Amber Orley, con la que Chambers apenas había charlado hasta el momento.

Amber, sin embargo, era amable con todo el mundo, y hasta el propio hijo de Julian, al principio un tanto retraído, se había revelado como una persona afable, si no se tenía en cuenta la preocupación plomiza que lo afectaba en lo relativo a su hermana. Esa preocupación les estropeaba el buen humor a él y a su mujer; además, parecía hacer mella en la relación de Tim con su padre. Nada de eso se le había escapado a Chambers. Desde su punto de vista, Lynn había simulado aquel ataque de mal del espacio en el Picard. Algo le pasaba a esa chica, y Chambers estaba decidida a averiguarlo. Mukesh Nair

había acaparado a Tim y le hacía saber cuánto gozaba de la vida, de modo que Chambers se sentó junto a Lynn.

—A menos que quiera usted que su marido...

—¡No, de ningún modo! —dijo Amber, acercándose—. Estamos en la Luna. ¿No es grandioso?

—¡Es total! —afirmó Chambers.

—Y primero el hotel —dijo Amber haciendo girar los ojos con dramatismo.

—¿Usted ya lo conoce? Hasta ahora han hecho un misterio enorme de ello. No hay fotos, ni películas...

—Hay momentos, aunque raros, en los que la parentela tiene alguna ventaja.

Lynn nos enseñó los planos.

—¡Reviento de curiosidad! Eh, ya nos movemos.

De manera imperceptible, el tren se había puesto en movimiento. Una música etérea inundó el espacio interior, una música suave y dilatada, como si la orquesta tocase bajo los efectos de alguna droga.

—Precioso —dijo Eva Borelius detrás de Chambers—. ¿Qué pieza es?

—Aram Jachaturian —respondió Rogachov—. Adagio para solo de violonchelo y cuerdas, de la suite Gayaneh.

—Bravo, Oleg —dijo Julian

dándose la vuelta—. ¿Puede decirme también qué grabación es?

—Supongo que será la Filarmónica de Leningrado bajo la dirección de Guenadi Rozhdéstvenski, ¿no?

—Dios mío, qué culto —exclamó Borelius, que parecía totalmente perpleja—. Usted sí que es un conocedor.

—Conozco sobre todo las preferencias de nuestro anfitrión por cierta película —dijo Rogachov, inusualmente alegre—. Digamos que he venido preparado.

—No sabía que se interesaba usted tanto por lo clásico...

—Pues no —se le oyó decir a Olympiada—, la verdad es que uno no lo cree capaz de tanto.

«Uy —pensó Evelyn Chambers— Esto se pone cada vez más interesante.»

Lynn se apostó en el pasillo intermedio.

—Tal vez les haya llamado la atención —dijo la hija de Julian hablando por un pequeño micrófono— que siempre me toque a mí hablar cuando se trata de las comodidades del alojamiento. Les anticipo que lo que van a vivir en este viaje tiene carácter de premier. Ustedes fueron los primeros huéspedes en el hotel Stellar Island, y

ahora serán los primeros en pisar el Gaia. Con ello, automáticamente, están disfrutando, en primicia, de un viaje en el expreso lunar que recorrerá los mil trescientos kilómetros que nos separan del hotel en menos de dos horas. La verdadera función de la estación que acabamos de dejar atrás es la de un lugar de transbordo. En el Mare Imbrium o mar de las Lluvias, situado al noroeste, extraen el helio 3. A través de las vías férreas llegan hasta aquí los tanques, se cargan en las naves espaciales y son enviados a la OSS. La vía de los trenes de carga discurrirá durante un tiempo paralelamente a la

nuestra, pero luego, poco antes de que lleguemos a nuestro objetivo, se desviará hacia el oeste, de modo que es probable que nos crucemos con algún tren de mercancías durante el camino.

En las ventanas laterales podía verse todavía el aeródromo con sus muros de protección. El tren magnético aceleró, se alejó de la base describiendo una amplia curva descendente y avanzó hacia el reino de sombras del valle.

—Nuestra llegada al hotel está prevista para las 19.15 horas; ustedes no tendrán que ocuparse del equipaje. Mientras los robots lo trasladan a sus habitaciones, nos reuniremos en el

vestíbulo, conoceremos al personal, visitaremos las instalaciones y, a continuación, tendrán oportunidad de asearse. La cena, excepcionalmente, está prevista hoy para un poco más tarde, sobre las 20.30. Después, lo más recomendable es irse a dormir. El viaje ha sido agotador, y ustedes estarán cansados; además, Neil Armstrong contó que la primera noche en la Luna pudo dormir extraordinariamente bien. ¿Hay alguna pregunta por el momento?

—Sólo una. —Donoghue levantó una mano—. ¿Se podrá beber un trago?

—Cerveza, vino, whisky —dijo

Lynn, radiante—. Pero todo sin alcohol.

—Lo sabía.

—Te hará bien —le dijo Aileen, muy satisfecha, mientras le acariciaba el muslo a su marido.

Donoghue gruñó alguna grosería. Como castigo, la oscuridad se los tragó. Durante un rato pudieron verse todavía los altos bordes de los cráteres bajo la intensa luz del sol, pero poco después también los perdieron de vista. Nina Hedegaard repartió unos aperitivos. Muy apropiado con aquellas tinieblas infernales, se oyó la música del Réquiem de György Ligeti, se notaba que estaban descendiendo, mientras que el expreso lunar aceleraba cada vez más

y más. Black explicó que avanzaban por una especie de corredor situado entre el Peary y el Hermite. Luego pasaron volando otra vez por una zona soleada, junto a dentadas formaciones rocosas, en dirección a una hondonada muy accidentada. Una vez más los cubrió la oscuridad cuando pasaron por el lado interior de un pequeño cráter. Evelyn Chambers había estado sondeando con avidez la vida familiar de Amber, pero ahora sólo sentía deseos de admirar aquel paisaje extraño y virgen, el aspecto brutalmente arcaico de sus paredes verticales y las crestas elevadas, la aterciopelada mudez de

aquellos valles y llanuras cubiertos de polvo, la total ausencia de color. Con una luz fría, el sol iluminaba los bordes de aquellos agujeros provocados por los impactos, y el tiempo parecía fundirse bajo su rescoldo. Nadie tenía ganas de charlar, y hasta el propio Chucky interrumpió uno de sus chistes antes de llegar al clímax, por demás falto de gracia, y miró hechizado hacia afuera, donde una joya de resplandor blanco azulado aparecía por el horizonte e iba ganando en altura con cada kilómetro que iban dejando atrás en dirección sur. Era el hogar de todos ellos, infinitamente lejano, un sitio de una

belleza sublime y punzante.

Hedegaard y Black iban rellenando, con diligencia, sus lagunas culturales. Se mencionaron los nombres de otros cráteres: Byrd, Gioja y Main. Las cumbres se redujeron a colinas, los abismos dieron paso a llanuras desoladas. Al cabo de una hora llegaron a una extensa pared, Goldschmidt, en cuyo extremo occidental se abría la boca del Anaxágoras, que, según Hedegaard, era el recuerdo dejado por un impacto reciente, lo que movió a algunos a alzar las cabezas hacia el cielo, pues la palabra «reciente» sonaba casi como

«ahora», y no como algo ocurrido cien

millones de años antes. Hubo tosecillas y risitas de nerviosismo. Atravesaron Goldschmidt y volaron a través de un paisaje desértico de coloración más oscura, y fue entonces cuando Julian se puso de pie y los felicitó por haber atravesado su primer mar lunar, el Mare Frigoris o mar del Frío.

—¿Y por qué razón llaman mar a un desierto tan corriente como éste? — quiso saber Winter, con lo que les evitó a sus compañeros de viaje, más cultos, tener que formular la pregunta.

—Porque se cree que estas oscuras llanuras de basalto fueron océanos en épocas pasadas —explicó Julian—. Se

partía de la idea de que la Luna debía de haber sido un sitio parecido a la Tierra. En consecuencia, se creía distinguir mares, lagos, bahías y pantanos. Lo interesante en todo esto es la nomenclatura; por ejemplo, esta cuenca se conoce como el mar del Frío. Pero existe también un mar de la Tranquilidad, el Mare Tranquillitatis, que ha pasado a la historia gracias al Apolo 11, razón por la cual hay tres cráteres diminutos cercanos al lugar del aterrizaje que han sido bautizados, casi por deber, con los nombres de Armstrong, Aldrin y Collins; también hay un mar del Silencio, un mar de la

Serenidad, un mar de las Nubes y otro de las Lluvias, un mar de las Tormentas, un mar de las Espumas, un mar de las Olas, etcétera, etcétera.

—Suena como un parte meteorológico —dijo Hanna.

—Has dado en el clavo —sonrió Julian—. La culpa la tiene un tal Giovanni Battista Riccioli, un astrónomo del siglo diecisiete y contemporáneo de Galileo Galilei. Su ambición era bautizar cada cráter y cada cadena montañosa con el nombre de algún gran astrónomo o matemático, pero en algún momento se le acabaron los astrónomos. Mala suerte. Más tarde, los rusos y los

estadounidenses retomaron su sistema. Hoy podemos encontrar en la Luna nombres de escritores, de psicólogos, de exploradores polares, hay Alpes lunares, Pirineos y Andes. En cualquier caso, Riccioli tenía claro que las oscuras llanuras tenían que ser mares. Ya Plutarco lo creía así, y Galileo opinaba que si la Luna era una segunda Tierra, sus partes iluminadas tenían que ser forzosamente masas de tierra, y las partes más oscuras serían aguas. Claro que también Riccioli quiso dar a sus maña algunos nombres distinguidos, pero ¡en eso cometió un gravísimo error! Creía haber reconocido que el clima en

la Tierra se regía de acuerdo con las fases de la Luna. Es decir, que el buen tiempo significaba Luna creciente...

—Y la Luna menguante significaba un tiempo de perros.

—¡Así es! Desde entonces, los mares de la hoz lunar situada al este llevan la tranquilidad y la armonía en sus nombres, mientras que en el occidente todos son tormentas y lluvias a más no poder, y un mar en la cercanía de los polos tenía que ser frío, por supuesto, de ahí el nombre de Mare Frigoris, mar del Frío. ¡Oh, mirad! Creo que algo nos sale al encuentro.

Chambers estiró el cuello. En un

primer momento no vio nada salvo el serpenteante trayecto de las vías a lo lejos, pero entonces algo le saltó a la vista. Era un puntito que se aproximaba a toda velocidad, que volaba por encima de los raíles y se iba convirtiendo en algo alargado, con los faros encendidos. Mientras intentaba dilucidar algunos detalles, el tren de mercancías llegó donde ellos estaban y pasó veloz por su lado. Se habían cruzado a una velocidad de mil quinientos kilómetros por hora, pero no habían oído ni sentido el menor ruido.

—El helio 3 —dijo Julian con tono reverencial—. El futuro.

Y entonces se sentó, como si no hubiera nada más que añadir a eso.

El expreso lunar continuó avanzando. Poco tiempo después empezó a dibujarse en el horizonte una maciza cresta montañosa que fue ganando en altura a una velocidad poco habitual, como si el mar del Frío fuese realmente un mar y aquel macizo saliera de sus profundidades. Chambers recordaba haber oído que tales efectos se debían a la fuerte curvatura del satélite. Black les hizo saber que se trataba del cráter Plato, un magnífico ejemplar de más de cien kilómetros de diámetro, con paredes de hasta dos mil

quinientos metros, otra formación fragmentaria que permanecía oculta en alguna parte de la inflamada corteza cerebral de Chambers. Con agilidad, el expreso lunar se fue adentrando en el Mare Imbrium, la desértica llanura colindante. Las vías de la línea de carga se separaron como les habían anunciado y desaparecieron hacia el oeste, mientras ellos rodeaban Plato y se situaban detrás del cráter. En el horizonte se agolpaban nuevas montañas, los Alpes lunares, intensamente iluminados y cruzados por arterias de sombras. En osada trayectoria, las vías serpenteaban por

aquel paisaje montañoso, con los pilares del tren eléctrico aferrados a la dentada roca. Cuanto más alto llegaban, tanto más desconcertante era el panorama: agrestes cumbres de dos mil metros, salientes de estructura cubista, espinas dorsales erizadas de dientes. Una última mirada a aquella alfombra de polvo del Mare Imbrium, y a partir de entonces se adentraron en una curva en el interior, entre cumbres y mesetas, en dirección al borde del Gran Cañón lunar, y allí...

Chambers no daba crédito a lo que veían sus ojos.

Un suspiro de emoción recorrió el tren. Apenas perceptible, el zumbido del

motor se mezclaba con el misterioso y grave bajo del tema de Zaratustra, mientras el expreso lunar iba disminuyendo la velocidad y empezaban a oírse los primeros chisporroteos de las fanfarrias. Puede que Richard Strauss tuviera en mente el amanecer de Nietzsche, y Kubrick, la transformación del genio humano en algo nuevo, más sublime; pero Chambers, en ese instante, pensaba en Edgar Allan Poe, cuyo abismo narrativo ella había recorrido con entusiasmo durante su juventud, y que había quedado en su memoria con una sola frase, el escalofriante final de su libro Las aventuras de Arthur

Gordon Pym: «Pero he aquí que surgió en nuestra senda una figura humana amortajada, de proporciones mucho más grandes que las de ningún habitante de la Tierra. Y el tinte de la piel de la figura tenía la perfecta blancura de la nieve.»

Evelyn Chambers contuvo el aliento. A unos diez o doce kilómetros de distancia, sobre la cima de una meseta y muy por encima del saliente en forma de terraza, más allá del cual el cañón caía en vertical, había algo que reposaba y

miraba hacia la Tierra.

Era un ser humano.

No, era la silueta de un ser humano. No era un hombre, sino una mujer de

proporciones perfectas: la cabeza, los miembros y el cuerpo brillaban luminosos ante aquel infinito mar de estrellas. Despojada de toda mímica, sin boca, nariz ni ojos, aquella figura tenía algo de ensueño, cierta añoranza en la manera en que doblaba las piernas sobre el borde y mantenía los brazos apoyados sobre los codos, entregada por completo al silencioso y lejano planeta que flotaba sobre ella y que jamás pisaría.

Tenía por lo menos doscientos metros de altura.

DALLAS, TEXAS, ESTADOS UNIDOS

Si Loreena Keowa no hubiese sido ya el emblema de Greenwatch, habría sido necesario inventarla.

Sus raíces eran inconfundibles. Era tlingit hasta la médula, pertenecía a un pueblo cuyo espacio vital abarcaba desde hacía generaciones las franjas costeras del sureste de Alaska y partes del territorio del Yukón y de la Columbia Británica, en el lado canadiense. Apenas quedaban unos ocho m i l tlingit, y la tendencia era a

desaparecer. Sólo unos pocos centenares de ancianos dominaban todavía la melódica lengua na-dené, pero eran cada vez más los jóvenes como Keowa los que, en unos verdeantes Estados Unidos, se entendían a sí mismos como los portadores del estandarte de la autoafirmación étnica.

Keowa era oriunda de un clan de Hoona, el «Pueblo sobre los Acantilados», una colonia de tlingits en la isla Chicagof. Entretanto, cuando no estaba en Vancouver —la sede principal de Greenwatch—, vivía a unos ochenta kilómetros al oeste de Hoona, en Juneau. El corte de su cara, inequívocamente

indio, tenía también rasgos de su herencia blanca, aunque, hasta donde ella sabía, jamás un blanco se había introducido en su clan por la vía del matrimonio. Aunque no era guapa en un sentido clásico, irradiaba un excitante y ligeramente romántico aspecto salvaje. Su pelo, largo, negro y brillante, respondía a la idea que tienen los corredores de Bolsa neoyorquinos sobre el pelo de los indios tanto como su estilo a la hora de vestirse, que contradecía todos los clichés acerca del

«buen salvaje». Por su aspecto, parecía que la protección del medio ambiente podía practicarse también vestida de

Gucci y Armani. Clara en su temática, apenas resultaba polémica. Sus reportajes eran considerados bien fundamentados e implacables, pero al mismo tiempo conseguía no condenar a nadie de manera definitiva. Sus detractores la calificaban como una andante solución de compromisos para suavizados activistas ecológicos de Wall Street, mientras que sus partidarios apreciaban su potencial integrador. Aparte de lo que hubiera de cierto en ambas opiniones, era indiscutible que el éxito de Greenwatch se debía en gran medida a la labor de Loreena Keowa. En los últimos dos años, el otrora

pequeño canal de Internet se había situado a la cabeza de todas las emisoras ecologistas de Estados Unidos y, curiosamente, en muy pocas ocasiones se había visto obligado a corregirse, algo que no era en absoluto obvio, ya que la competencia en Internet por obtener exclusivas generaba muchas veces una preocupante precariedad en las investigaciones.

Algo típico de Greenwatch era que, en el canal, se le profesaba una especial simpatía a Gerald Palstein, el jefe del departamento estratégico de EMCO, la empresa que, en realidad, representaba al malvado enemigo. Sin embargo,

Palstein defendía posiciones ecologistas, y en Calgary se había convertido en una víctima al haber puesto fin a algo que hacía que los defensores del medio ambiente enrojecieran de rabia. A principios del nuevo milenio, algunos consorcios como ExxonMobil, animados por la administración Bush, tan renuente a todo lo que fuese ecología, habían dado vida de nuevo a lo que prácticamente era un terreno abandonado: la explotación de las arenas bituminosas, una mezcla de arena, agua e hidrocarburos que iban desde el carbón bituminoso hasta el petróleo crudo, cuyos mayores

yacimientos estaban, entre otros lugares, en Canadá. Se estimaba que sólo las reservas de las regiones de Athabasca, Peace River y Cold Lake alcanzaban los veinticuatro mil millones de toneladas, con lo que el país pasaba a ocupar el segundo puesto después de Arabia Saudí en la lista de los países ricos en petróleo. Extraer el oro negro de la arena costaba, sin embargo, tres veces más que la extracción tradicional, una pérdida para el negocio mientras los precios del barril de crudo oscilaran entre los veinte y los treinta dólares. Pero la rápida subida de los precios había terminado legitimando aquel

costoso procedimiento, favorecido por la proximidad de Canadá a Estados Unidos, un país consumidor, siempre sediento de petróleo, y que agradecía cualquier fuente de crudo no procedente de los países árabes. Con el símbolo del dólar en los ojos, los consorcios se habían lanzado sobre aquellas reservas en estado de modorra, lo que había provocado, en un plazo muy corto de tiempo, la destrucción total del bosque boreal, de los paisajes de las marismas y de las aguas. Además, por cada barril de ese petróleo sintético y obtenido por dicho procedimiento, llegaban a la atmósfera de la Tierra más de ochenta

kilogramos de gases de efecto invernadero, así como cuatro barriles de agua contaminada a lagos y ríos.

Sin embargo, el precio del barril se había desplomado, y esta vez para siempre. De la noche a la mañana, aquella explotación al aire libre había encontrado su fin sin que las empresas que la habían practicado se vieran en condiciones de restituir los ecosistemas dañados. Todo lo que había quedado eran paisajes desolados, un incremento de los índices de cáncer entre la población y firmas como Imperial Oil, una empresa de larga tradición con sede en Calgary, que había ganado su dinero

durante un siglo y medio con la extracción de gas natural y de petróleo, su proceso de refinado y, en los últimos años, con las arenas bituminosas. Aunque aún era la punta de lanza del ramo, las luces también se habían apagado allí, y Palstein, en su función de director estratégico de EMCO —la empresa que, con dos tercios de todas las acciones, era la principal propietaria de Imperial Oil—, tuvo que viajar hasta Alberta para anunciarle a la dirección (y a un personal en estado de shock) que esa vez iba a dejarlos en la estacada.

Tal vez porque era más eficaz en su resultado dirigir la rabia contra un solo

hombre y no contra la lejana Luna, a cuyos recursos se debía ahora su desastre, alguien había disparado a Palstein en Calgary. Había sido el acto de una persona desesperada, o por lo menos así se le presentó a la mayoría.

Loreena Keowa, en cambio, prefería mostrarse escéptica.

No es que tuviera una respuesta, pero ¿cuánto tiempo podría haber evitado la captura un desempleado enfadado? Hacía ya un mes del atentado. Algunos detalles de la teoría del solitario fuera de sí no tenían ningún sentido, y ya que Keowa estaba trabajando en un reportaje titulado «La

herencia del monstruo», sobre los daños al medio ambiente provocados por los consorcios petroleros, le pareció sensato seguir el caso a su manera. Ya antes de que apareciera el helio 3, Palstein había apremiado para buscar un rumbo alternativo al ramo petrolero. Estaba demostrado que nunca había sido un adepto del negocio con las arenas bituminosas, y en la conferencia de prensa ofrecida en Anchorage había salido muy mal parado, algo, por demás, bastante inmerecido, según le parecía a Loreena. Por eso la periodista le había ofrecido al empresario realizar un retrato televisivo que mostrase una

mejor imagen suya. A cambio, Loreena esperaba obtener algunas informaciones internas sobre el gigante EMCO, ahora en plena decadencia, pero lo que más la excitaba era la perspectiva de contribuir al esclarecimiento del atentado, dentro de la mejor tradición del periodismo de investigación estadounidense.

O incluso, tal vez, resolver el caso. Palstein había dudado un tiempo,

pero al final la invitó a que lo visitara en Texas, donde se estaba recuperando de las heridas y de las malas noticias en la casa que tenía a orillas del lago Lavon. Eso sí, la invitó con la condición de que, para esa primera conversación,

la periodista se presentara sin su equipo de filmación.

—Necesitaremos las imágenes —le había dicho Keowa—. Somos un canal de televisión.

—Tendrá algunas, pero siempre y cuando yo me lleve la impresión de que está actuando usted con sinceridad. Hasta un hombre como yo sólo puede aguantar cierto nivel de palizas, Loreena. Así que hablaremos durante una hora, y luego usted podrá traer a su gente. O no.

Ahora, sentada en el taxi que la llevaba desde el aeropuerto hasta el centro de la ciudad de Dallas, Keowa

repasaba por última vez sus documentos. El cámara y el técnico de sonido dormitaban en el asiento trasero, abatidos por el calor y la humedad relativa que ese año azotaban Texas con bastante prontitud. EMCO tenía su sede principal en la vecina Irving, pero Palstein tenía su casa al otro lado de la ciudad. En el Sheraton Dallas tomaron una frugal comida, y luego, como le habían anunciado, apareció el chófer de Palstein para recoger a Keowa. Abandonaron la ciudad y atravesaron las zonas de la periferia, cubierta de vegetación, hasta que se hizo visible, por el lado izquierdo, la superficie

reluciente del lago rodeado de árboles. Después del turbulento vuelo, y tras haberse sumergido en la sauna de las temperaturas locales, Loreena disfrutaba ahora del viaje en el monovolumen eléctrico con aire acondicionado. Al cabo de un rato, el conductor dobló por una pequeña calle y tomó luego un sendero privado que llevaba directamente hasta el lago y la casa de Palstein. En ese momento la periodista pensó que todo aquello se correspondía muy bien con lo que se había imaginado. Era imposible imaginarse a Palstein en un rancho decorado con astas de búfalos y terraza techada. La aireada

disposición de elementos cubistas con sus ventanales de cristal, interrumpida por algunas áreas verdes, la afiligranada viguería y las paredes de aspecto casi ingrávido encajaban mejor con la imagen de aquel hombre.

El chófer la hizo bajar. Un hombre fornido con pantalón de traje y camiseta se le acercó y le pidió cortésmente que le mostrara su identificación. Cerca de la orilla patrullaban otros dos hombres. Por lo que parecía, Palstein había confiado su seguridad a unos guardaespaldas. Loreena le entregó al hombre su identificación, y éste la colocó sobre el escáner de su teléfono

móvil. Lo que la pantalla le mostró pareció satisfacerlo, pues le devolvió el documento con una sonrisa y le hizo una seña para que lo siguiera. Atravesaron un jardín japonés y llegaron a un embarcadero, pasando antes junto a una piscina.

—¿Le apetece hacer una excursión? Apoyado sobre un bolardo, Palstein

la esperaba frente a un estrecho yate de color blanco, con un elevado mástil y las velas recogidas. Llevaba vaqueros y un polo, y tenía un aspecto más saludable que durante su último encuentro en Anchorage. El cabestrillo del brazo había desaparecido. Keowa le

señaló el hombro.

—¿Mejorando?

—Sí, gracias. —Él la tomó de la mano y se la sacudió brevemente—. Todavía tira un poco. ¿Ha tenido un buen viaje, Shax'saani Keek'?

Keowa rió, algo desconcertada.

—¿Conoce usted mi nombre indio?

—¿Y por qué no?

—¡Casi nadie lo conoce!

—La cortesía nos obliga a informarnos. Shax'saani Keek', que en la lengua de los tlingit quiere decir «la más joven de las hermanas», ¿no es así?

—Estoy impresionada.

—Y yo, probablemente, no sea más

que un viejo fanfarrón —sonrió Palstein

—. Bueno, ¿cómo lo haremos? No puedo ofrecerle una excursión a vela, todavía no puedo hacerlo, debido a la herida del hombro, pero el motor fuera borda funciona, y tenemos bebidas frías a bordo.

En otras circunstancias, Keowa habría empezado a sospechar. Pero lo que en cualquier otro habría parecido una estrategia de manipulación era, en el caso de Palstein, lo que era: la invitación de un hombre al que le gustaba conducir embarcaciones y que le pedía que lo acompañara.

—Bonita casa —dijo Keowa

después de que se hubieron alejado un trecho de la orilla.

El calor se cernía sobre el agua como un pesado bloque, ni una bocanada de agua encrespaba la superficie del lago, pero de todos modos era más soportable que en tierra. Palstein echó un vistazo hacia atrás y guardó silencio durante un minuto, como si contemplara su propiedad por primera vez, desde el punto de vista de que pudiera ser bonita.

—El proyecto se inspira en Mies

Van der Rohe. ¿Lo conoce?

Keowa negó con la cabeza.

—A mis ojos, el arquitecto más importante de la modernidad. Un

alemán, un gran lógico y constructivista. Su objetivo era traducir el desbordante destape de la civilización tecnológica a estructuras ordenadas, si bien su concepción del orden no estaba en el enclaustramiento, sino en la creación de la mayor cantidad de espacios libres, en una confluencia aparentemente sin suturas entre el mundo exterior y el interior.

—¿También entre el pasado y el futuro?

—¡Exacto! Su trabajo es atemporal, pues hace justicia a cada época. Van der Rohe jamás dejará de influir a nuevos arquitectos.

—A usted le gustan las estructuras claras.

—Me gusta la gente con visión de conjunto. Por cierto, estoy seguro de que conoce usted su máxima más famosa:

«Menos es más.»

—Oh, sí —asintió Keowa—. Por supuesto.

—¿Sabe lo que pienso? Si nuestra concepción del mundo se basara en los mismos principios que rigen la obra de Van der Rohe, percibiríamos mucho mejor las relaciones profundas entre las cosas, y llegaríamos a otras conclusiones. La claridad mediante la reducción. El conocimiento por medio

de la supresión. La matemática del pensamiento. —Palstein se detuvo—. Pero usted no ha venido hasta aquí para hablar conmigo sobre la belleza de los números. ¿Qué desea saber?

—¿Quiere saber quién le disparó? Palstein asintió, casi con un gesto de

decepción, como si hubiera estado esperando algo más original.

—La policía está buscando a un agresor solitario, alguien frustrado y furioso.

—¿Y usted comparte aún esa valoración?

—He dicho que la comparto.

—Pero ¿se atrevería a revelarme lo

que piensa realmente?

Palstein apoyó el mentón sobre las manos.

—Digámoslo de este modo: si usted pretendiera despejar una ecuación, necesitaría conocer las variables. Por tanto, fracasaría si se enamorase de una de esas variables y le otorgara una importancia que tal vez no tiene, y eso es justamente, a mi juicio, lo que está haciendo la policía. Lo más estúpido es que yo tampoco tengo una mejor respuesta que ofrecer. ¿Qué cree usted?

—Bueno. La industria va en picado, y usted viaja por todas partes como su enterrador, diciéndoles a las personas

que perderán su trabajo, cerrando instalaciones, desmantelando empresas, aunque, a decir verdad, no es usted el enterrador, sino el médico de urgencias, por supuesto.

—Todo es una cuestión de percepción.

—Precisamente. ¿Y por qué no puede ser entonces un padre de familia desesperado? Lo único que me asombra es que hayan transcurrido cuatro semanas y que todavía no hayan encontrado a nadie. El atentado fue filmado por varios canales de televisión, tendrían que haber visto a alguien. Alguien que levantase

sospechas, que sacara un arma, que echase a correr, algo por el estilo.

—¿Sabe usted que frente a la tribuna, al otro lado de la plaza, hay un complejo de edificios...?

—...y la policía cree que dispararon desde allí. También se dice que nadie se acuerda de haber visto a nadie que entrara o saliera después del atentado. Había policías en los alrededores, por todas partes había alguno. ¿No le parece raro eso? ¿No parece todo como una acción realizada por un profesional, algo largamente planeado?

—Lee Harvey Oswald también disparó desde un edificio.

—¡Un momento! Lo hizo desde su lugar de trabajo.

—Pero no lo hizo por un arranque. Debió de preparar su acción; no obstante, son pocos los indicios de que fuera un asesino a sueldo profesional, aunque a millones de teóricos de la conspiración les gustaría que así fuera.

—Estoy de acuerdo. No obstante, me pregunto a quién había que acertar.

—Se refiere a si la bala iba dirigida a mí, como persona privada, como representante de EMCO o como símbolo del sistema, ¿no?

—Usted no es un símbolo del sistema, Gerald. Los ecologistas

militantes buscarían a otro y no a la única persona con la que, en determinadas circunstancias, pueden contar. Tal vez sea justo al revés, y es usted una paja en el ojo de los representantes militantes del sistema.

—Habrían tenido oportunidad de clavarme una daga mientras había todavía algo que decidir en EMCO — respondió Palstein haciendo un gesto de rechazo con la mano—. Como bien ha dicho usted, llevo a Imperial Oil ante el paredón y pongo fin a nuestro compromiso con las arenas bituminosas. Si lo hubiera hecho antes de que apareciera el helio 3, tendría algún

sentido quitarme de en medio, a fin de poder seguir escarbando en ese barro impregnado de petróleo, pero ¿hoy en día? Cualquier decisión impopular que tomara, las circunstancias hablarían en mi favor.

—Bien, pues echemos un vistazo a Palstein, el hombre privado. ¿Qué tal una venganza?

—¿Una venganza personal contra

mí?

—¿Ha estado usted desafiando a

alguien?

—No, que yo sepa.

—¿No hay nada de nada? ¿No le quitó la mujer a nadie? ¿O el trabajo?

—Créame, en la actualidad, nadie quiere mi trabajo, y no me queda tiempo para quitarle la mujer a nadie. Pero aun si alguien tuviera motivos personales,

¿por qué busca un sitio tan complicado, un lugar público? Podría haberme liquidado en el lago, con toda tranquilidad.

—Está usted muy bien vigilado.

—Pero sólo desde lo sucedido en

Calgary.

—¿Tal vez alguien de dentro, de sus propias filas? ¿Y si usted representa algo que ciertos representantes influyentes de EMCO independientemente de la situación, no

quieren de ningún modo?

Palstein entrelazó los dedos. Había apagado el motor fuera borda, y el pequeño yate reposaba como pegado a la superficie reflectante del agua. Detrás de la cabeza de Keowa se perdió el bondadoso zumbido de un abejorro.

—Hay algunos en EMCO, po supuesto, que opinan que deberíamos descartar del todo el tema del helio 3 — dijo Palstein—. Les parece una idiotez participar en la empresa de Orley. Pero es una postura poco realista: estamos en bancarrota, no podemos descartar nada.

—¿Y su muerte habría cambiado algo en especial para Imperial Oil?

—No habría cambiado nada para nadie. Únicamente no podría haber asistido a un par de citas. —Palstein se encogió de hombros—. Bueno, aun así, no he podido asistir a algunas.

—Usted debía viajar con Orley a la

Luna. Él lo había invitado.

—Para ser fiel a la verdad, fui yo quien le pedí que me permitiera estar en ese viaje. Me habría gustado muchísimo volar hasta allí arriba. —La mirada de Palstein cobró una expresión soñadora

—. Además, hay gente muy interesante en esa comitiva, tal vez podría haber hilado alguna que otra empresa mixta. Oleg Rogachov, por ejemplo, con una

fortuna de cincuenta y seis mil millones de dólares, el mayor proveedor de acero del mundo. Muchos intentan hacer negocios con él. O Warren Locatelli, que no vale menos.

—EMCO y el líder del mercado mundial en células solares —sonrió Keowa—. ¿No le enfurece que su ramo, antiguamente tan poderoso, tenga que estar rogando ahora los favores de esa gente?

—Lo que me enfurece es que EMCO no me escuchara entonces. Yo siempre quise colaborar con Locatelli. Deberíamos haber comprado Lightyears en su momento.

—Cuando ellos todavía tenían algo que ofrecer.

—Sí.

—Es absurdo, ¿no? ¿No le parece una ironía de la historia que precisamente los capos del petróleo, quienes determinaron durante casi un siglo los derroteros del mundo, no estuvieran en condiciones de influir en el proceso en el sentido que les interesaba?

—La decadencia es el fin de todo dominio. En cualquier caso, lamento no poder servirle de mucho con otros detalles ocultos sobre el atentado. Me temo que tendrá que hacer sus pesquisas

en otra parte.

Keowa guardó silencio. Tal vez había sido ingenuo esperar que Palstein, con voz tronante, fuera a revelarle allí, en medio del silencio del lago Lavon, ciertos detalles espeluznantes relacionados con el atentado. Entonces se le ocurrió una idea.

—EMCO tiene dinero todavía, ¿no es así?

—Y tanto.

—Ya lo ve —dijo ella sonriendo con expresión triunfal—. De modo que usted ha tomado una decisión para la cual existe una alternativa.

—¿Y cuál sería esa alternativa?

—Si usted invierte en Orley Enterprises, estará pensando en sumas considerables.

—Claro. Pero ni siquiera para eso existe una alternativa real.

—Eso depende de hacia dónde se orienten los intereses, diría yo. No tiene por qué tratarse forzosamente de preservar EMCO.

—¿Sino?

—De cerrar el negocio y emplear el dinero en otra parte. Quiero decir,

¿quién podría tener interés en acelerar la caída de EMCO? ¿Tal vez alguien a quien usted se le interpone en el camino con sus planes de saneamiento?

Palstein la miró con ojos melancólicos.

—Interesante pregunta.

—¡Piénselo! Hay miles de desempleados a los que les parecería mucho más sensato que EMCO invirtiera su dinero en garantizar su seguridad social, por lo menos hasta que consiguieran un nuevo trabajo, luego el buque cisterna podría hundirse si quiere. Hay algunos feligreses que no quieren ver su dinero en la Luna. Hay un gobierno que, sin pestañear, ha dejado que usted se hunda. ¿Por qué? EMCO tiene un buen know-how.

—No tenemos know-how. No en la

Luna.

—¿No se trata de extraer materias primas lo que están haciendo allí arriba?

Palstein negó con la cabeza.

—En primer lugar, se trata de navegación espacial. En segundo lugar, las tecnologías usadas en la Tierra no pueden aplicarse en la Luna al cien por cien, y mucho menos las nuestras. La gravedad reducida, la ausencia de atmósfera, todo eso plantea desafíos propios. Algunas personas del ramo de la extracción de carbón están en ello, pero en la mayoría de los casos se han desarrollado métodos completamente nuevos. La razón por la que han dejado

que nos hundamos es, a mi juicio, otra muy distinta. El Estado quiere controlar la extracción del helio 3, y quiere hacerlo al cien por cien. Por eso en Washington han tomado la oportunidad por los pelos, no sólo para deshacerse del agarre de Oriente Próximo, sino también para quitarse de encima la dependencia de los consorcios petroleros.

—Muerte a quienes llevaron al rey hasta su trono —dijo Keowa burlonamente.

—Por supuesto —asintió Palstein casi con euforia—. El petróleo puso en el cargo a varios presidentes, pero a

ningún presidente le gusta hacer el papel de títere de la economía privada, a menos que él sea el jugador más grande. Es algo intrínseco a la naturaleza del asunto que el rey, siempre que pueda, se deshaga primero de quienes lo entronizaron. Recuerde usted la situación de los rusos en la década de

1990, Vladimir Putin... Pero, qué va, es usted muy joven para recordarlo...

—He estudiado las circunstancias de Rusia —sonrió Keowa—. Puede que Putin haya hecho el papel de títere de los oligarcas, pero ellos se equivocaron con él. Tipos como ese del nombre impronunciable...

—Chodorkovski.

—Correcto, uno de los hampones de la era Jelzin. Al poco tiempo de llegar Putin, Chodorkovski se vio encerrado en un campo de prisioneros de Siberia. A muchos les pasó lo mismo.

—En nuestro caso, el problema se ha resuelto por sí solo —sonrió Palstein con ironía.

—No obstante —insistió Keowa—, en la gran crisis que tuvo lugar hace dieciséis años, los gobiernos de todo el mundo pusieron paquetes de miles de millones de dólares para salvar a los bancos en bancarrota. Se habló de instituciones financieras en la miseria,

como si las instituciones y sus ejecutivos hubieran padecido esa miseria y no el ejército de inversionistas, a los que nadie les compensó sus pérdidas con garantías estatales. Sin embargo, los gobiernos ayudaron a los bancos. Y ahora no hacen nada. Dejan que las multinacionales del petróleo se vayan al diablo. A pesar de todos los esfuerzos por independizarse, eso no puede responder a los intereses de Washington.

Palstein la observó como a un bicho interesante, un pez que acababa de sacar del agua de forma inesperada.

—Usted lo que quiere es una historia

a cualquier precio, ¿verdad?

—Si esa historia existe, sí.

—Y para ello mezclará las peras con las manzanas si es preciso. Lo sucedido con los bancos fue algo muy distinto. Los bancos son los sostenes ancestrales de un sistema llamado capitalismo. ¿Cree usted en serio que se trató, en aquella ocasión, de salvar instituciones individuales o de proteger a ciertos directores y especuladores poco simpáticos que hacían pagar sumas astronómicas por unos méritos que jamás habían tenido? Se trataba de mantener el sistema que, a fin de cuentas, sostiene a la política, se trataba

de mantener la estática del templo capitalista y, en última instancia, de la influencia de los gobernantes sobre el capital, una influencia que se había perdido con el tiempo. No nos hagamos ilusiones, Loreena, los consorcios petroleros jamás desempeñaron un papel comparable. Sólo eran síntomas del sistema, nunca fueron sus pilares. Es magnífico poder prescindir de nosotros. Aquellos que no conseguimos dar a tiempo el salto al ramo alternativo nos revolcamos ahora en nuestra propia agonía. ¿A santo de qué iba el Estado a salvarnos? Nosotros no tenemos nada que ofrecerle. Antes le pagábamos, y era

una situación cómoda, pero ¿por eso debe protegernos ahora? ¡A nadie le interesa! El Estado fomenta la explotación del helio 3 porque ve en él una oportunidad de volver a convertirse en empresario. Para Estados Unidos se ofrece la única oportunidad de tomar en manos del Estado su suministro de energía y, de ese modo, impedir que surjan nuevos creadores de reyes.

—Lo que tal vez cumpla con el objetivo de la patraña —dijo Keowa en tono de menosprecio—. Mencióneme un único sistema basado en el capitalismo en el que los que ocupan el poder no sean automáticamente un producto del

capital y, con ello, la propia economía privada. Estados Unidos ha sustituido EMCO por Orley Enterprises, eso e todo. Orley los llevará a la Luna, construye reactores a fin de trasladar ese nuevo producto hasta la Tierra, hace lo que debe hacer. Sin el apoyo de la economía privada, toda esa empresa no habría prosperado en mucho tiempo. Y ahora el nuevo hacedor de reyes está sentado sobre sus patentes y les dicta a sus socios el orden del día. Sin él no tendrían otros ascensores espaciales, reactores...

—Julian Orley no es creador de reyes en el sentido clásico del término.

Es un alien, si así lo prefiere, una fuerza extraterrestre. ExxonMobil y más tarde EMCO eran Estados Unidos, empresa que ejercían influencias en las elecciones estadounidenses y que suministraban armas y dinero a los golpistas del extranjero. Orley, en cambio, se entiende a sí mismo como un Estado, un poder mundial autónomo. Algo con lo que siempre coquetearon los grandes consorcios. Sin responsabilidad alguna con nadie que no sea él mismo. Julian Orley jamás intentaría derrocar a un presidente que no sea del gusto de Estados Unidos, y no lo haría, también, por consideraciones

de tipo moral. El, sencillamente, rompería las relaciones diplomáticas con Washington y nombraría a su propio embajador.

—¿Orley se ve realmente como un... Estado?

—¿La asombra? El ascenso de Julian quedó programado cuando los gobiernos todavía se frotaban los ojos, atontados, y exigían tener más voz y voto en el sector bancario. Ellos mismos habían forzado la situación por la cual todo se privatizaba a su alrededor, viendo entonces cómo el Estado social se les escapaba de las manos. Por tanto, de repente se pretendió tener una mayor

participación del Estado, que la estatalización del capital pusiera freno a aquellas fuerzas que se multiplicaban, y regresar al orden. De manera cómoda se presentó la depresión de los años 2008 a 2012 como el desbordamiento de un sistema normalmente impoluto. La oportunidad de reinventar el capitalismo fue regalada, con lo que se perdió también la posibilidad de fortalecer al Estado de un modo duradero.

La mirada de Palstein vagó. Su voz había cobrado cierto tono aleccionador, analítico, pero sin empatía alguna.

—En aquella fecha, los capitales privados terminaron quitándoles el cetro

de la mano a los gobernantes. Los seres humanos se convirtieron en recursos humanos. Mientras los partidos de los países gobernados democráticamente se desafiaban unos a otros y los gobernantes totalitarios, como siempre, aparecían como empresarios de sus propios intereses, los consorcios penetraban en todos los ramos del orden social y erigían el supermercado de la sociedad moderna. Asumieron el suministro de agua, la medicina y los recursos alimenticios, privatizaron la educación, construyeron universidades propias, hospitales, residencias de ancianos, cementerios, todos más

bonitos, más grandes y mejores en comparación con las instituciones estatales. Se comprometieron contra la guerra, iniciaron programas de ayuda para los más desfavorecidos, tomaron las riendas de la lucha contra el hambre, la sed, la tortura, contra el calentamiento global, contra la pesca indiscriminada y la explotación abusiva, contra la división entre ricos y pobres. Pero del mismo modo favorecieron esa división al decidir quién tenía acceso y quién no. Dotaron la investigación con generosos presupuestos y, de ese modo, la sometieron a sus objetivos. Esa herencia de la humanidad, la Tierra, se convirtió

en una herencia de la economía. Exploraron todos los rincones, todos los recursos. Y al mismo tiempo cuantificaron cada cosa según su valor monetario, desde las fuentes de agua potable hasta el genoma humano, transformaron el mundo libremente asequible en un catálogo provisto de indicaciones de propiedad, tasas de aprovechamiento y permisos de acceso, dotaron la Creación, si me permite esta disquisición patética, con un torniquete. Dividieron la humanidad en autorizados y no autorizados. Hasta el propio acceso a la educación y el agua potable gratuitos es, a fin de cuentas, en cuanto

la gente la acepta, una oferta que está sometida a una ideología comercial, la visión de una marca.

—Pero ¿acaso eso no fue siempre así? —preguntó Keowa—. ¿No fueron siempre muchos los recompensados cuando seguían las ideas de unos pocos y, cuando no lo hacían, tenían que contar con la exclusión y el castigo?

—Usted habla de la cola de pavo real de las dictaduras. Tutankamón, Julio César, Napoleón, Hitler, Saddam Hussein.

—Hay también formas más suaves de dictadura.

—La antigua Roma fue una de esas

formas suaves —dijo Palstein, sonriendo—. Los romanos se sentían los hombres más libres. Es algo muy distinto, Loreena. Yo estoy hablando de la toma de poder por parte de esos gobernantes cuyas naciones no están en ningún mapa. El hecho de que los consorcios petroleros amenacen con perder la batalla no quiere decir que la influencia de los consorcios en la política haya disminuido, al contrario. Ello es testimonio de una transferencia de poderes. En esta tienda por departamentos llamada Tierra han ganado en influencia otros jefes de departamentos, y en ese sentido tiene

usted toda la razón: Orley en lugar de EMCO. Sólo que EMCO actuaba en e sentido conveniente a Estados Unidos, porque nuestros hombres ocupaban cargos en el gobierno, mientras que Orley ni siquiera quiere entrar. Y eso lo hace muy impredecible. Los gobiernos temen eso. Y ahora plantéese usted, con esta crónica del fracaso del Estado, la pregunta sobre si esa forma de tomar el poder es realmente tan negativa.

—¿Cómo? —Keowa ladeó la cabeza—. ¿No estará diciéndolo en serio?

—No intento venderle nada. Sólo quiero que vea el asunto como una

ecuación matemática, que sopese cada una de sus variables, sin rechazo, sin simpatías. ¿Puede hacerlo?

Keowa reflexionó. Era una discusión realmente curiosa aquella en la que Palstein la había involucrado. Ella había ido allí para entrevistarlo y analizarlo, y ahora él le daba la vuelta a la tortilla.

—Creo que sí —dijo Loreena.

—¿Y?

—No existe ninguna situación ideal, pero hay aproximaciones. Muchas de ellas se han conseguido gracias a una lucha muy ardua. Con la abolición de la esclavitud se impuso en todas las capas de la sociedad la idea del ciudadano

libre. Como ciudadano de un Estado legitimado democráticamente, uno está sujeto a leyes, pero es en principio libre. ¿Correcto?

—D'accord.

—Como miembro de un colectivo de consorcios se es, por el contrario, una propiedad. Ése es el cambio que se está produciendo.

—También es correcto.

—Romper con eso me parece asociado a dificultades parecidas a las que tendríamos si intentáramos derogar las leyes de la naturaleza. La libertad del individuo sólo es aún una idea. Habitamos una esfera. Las esferas, en sí

mismas, son sistemas cerrados; por tanto, no hay oportunidad de derramarse, y la esfera está dividida. En el mismo instante en que estamos analizando esto, en este hermoso lago, la Luna, la otra esfera más próxima, está siendo dividida en una lejana trayectoria orbital. Ya no ha quedado ningún espacio que no sea comercial.

—Es cierto.

—Lo siento, Gerald, estoy siendo muy concreta... Pero contra eso yo voy a luchar hasta el final.

—Está en su derecho. Puedo entenderla. Sin embargo, piénselo. Se puede odiar la idea de ser propiedad de

alguien, o llegar a un acuerdo con ella.

—Palstein dejó que un cabo de cuerda se deslizara por entre sus dedos y sonrió. De repente parecía muy relajado, como un buda en reposo—. Y tal vez el acuerdo sea la mejor alternativa.

GAIA, VALLIS ALPINA, LA LUNA

El Sol perdía peso.

Con cada minuto que pasaba, su manto perdía sesenta millones de toneladas de sustancia, protones, electrones, núcleos de helio, así como algunos elementos secundarios, ingredientes de aquella misteriosa receta de la niebla primigenia, reputada por haber sido la creadora de todos los cuerpos celestes. El viento solar fluía a borbotones e incesantemente hacia el espacio, desviaba las estelas de los

cometas y ardía en forma de luz polar en el firmamento terrestre, purificando los espacios interplanetarios de gases acumulados y llegando más allá de la órbita de Plutón, hasta la nube de Oort. La radiación cósmica de fondo, débil pero omnipresente, se mezclaba, en un flujo tan rápido como la velocidad de la luz, con las historias de antiguas supernovas, de estrellas neutrónicas, de agujeros negros y de las épocas más remotas del universo.

A todos esos influjos estaba expuesta la Luna, indefensa desde que la Tierra, a raíz de sus desposorios con un pequeño planeta llamado Gaia, la

engendró. Constantemente, el aliento del Sol la rozaba. Ningún campo magnético desviaba el flujo de partículas cargadas de energía, y aunque éstas sólo penetraban a unos pocos micrómetros de profundidad, el polvo lunar estaba saturado hasta el fondo de ellas, removidas una y otra vez por cuatrocientos cincuenta mil millones de años de impactos de meteoritos que habían sacado a la superficie lo que yacía en lo más profundo. Desde que el satélite cobró su forma, había tragado tanto plasma solar que éste bastaba para atraer a una humanidad ávida de materias primas, que ahora llegaba hasta

ellos con naves espaciales y máquinas extractoras, con el propósito de arrancarle su herencia.

A veces se producían tormentas en el Sol.

Entonces su cuerpo se cubría de manchas, imponentes arcos de plasma se tensaban sobre los océanos de su brasa, y el Sol lanzaba al espacio una radiación incrementada miles de veces, mientras el viento solar cobraba proporciones de huracán y recorría el sistema solar al doble de velocidad. Durante esas tormentas era recomendable confiar a los astronautas a la protección de sus alojamientos y, a

ser posible, no andar vagando por ahí en una nave espacial. Cualquier partícula ionizada que chocara contra una célula humana dañaba la sustancia genética de un modo irreparable. Cada once años aparecían los huracanes solares con una frecuencia concentrada; en 2024 habían paralizado por un tiempo el tráfico de transbordadores y habían obligado a los habitantes de la base lunar a meterse bajo tierra. Ni siquiera a las máquinas les gustaban esas tormentas de partículas, ya que dañaban su recubrimiento exterior, borraban los datos almacenados en sus microchips, provocaban conexiones erróneas y

desataban reacciones en cadena indeseadas.

Las tormentas solares —en eso todos estaban de acuerdo— constituían el mayor riesgo de la navegación espacial tripulada.

El 26 de mayo de 2025, la respiración del Sol era tranquila y acompasada.

Como era habitual, se vertía sobre la heliosfera, llegaba hasta Mercurio, se mezclaba con el dióxido de carbono de Venus y de Marte, con el aire de la Tierra, atravesaba las fundas de gas que envolvían Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno, se depositaba sobre las

superficies de sus satélites y llegaba también, claro está, hasta el satélite terrestre, la Luna terrestre, cada partícula a una velocidad de cuatrocientos kilómetros por segundo. Las partículas colisionaban contra el regolito, se adherían al polvo gris, se distribuían por las llanuras y las paredes de los cráteres, y algunos billones de ellas colisionaban con una colosal señora sentada al borde del Vallis Alpina, en el norte lunar, sin poder perforar su piel, o por lo menos no allí donde su cuerpo estaba blindado con hormigón lunar. Impasible ante la granizada cósmica, Gaia continuaba

sentada en el saliente de su roca, con su rostro sin mirada vuelto hacia la Tierra. Era la mujer de Julian en la Luna.

Y la pesadilla de Lynn.

El transoceánico varado en la ladera del volcán de la Isla de las Estrellas y el hotel OSS Grand habían madurado ambos en la imaginación de Lynn. El Gaia, en cambio, era el fruto de un sueño de su padre, que había visto a su hija sentada en la Luna, como una figura de luz contra el brocado negro salpicado de estrellas del espacio. Era típico de Julian ver a Lynn en una especie de sublimación metafórica, como el ideal de una humanidad en expansión,

purificada. Cuando despertó, llamó a su hija desde la cama y le contó su visión. Lynn, por supuesto, acogió con entusiasmo la idea de construir un hotel con forma humana, felicitó a su padre y le prometió realizar de inmediato los primeros bocetos. Sin embargo, aquella visión edulcorada de sí misma le provocó tal vuelco en el estómago que la joven se pasó toda una semana sin dormir, cultivó sus trastornos alimentarios con un enorme grado de negatividad y empezó a tomar unas pequeñas píldoras verdes a fin de dominar su miedo al fracaso; no obstante, de algún modo, consiguió

colocar aquella figura colosal al borde del Vallis Alpina, una mujer gigantesca bautizada con el nombre de la mítica madre Tierra de los antiguos griegos.

Gaia.

¡Y vaya si había conseguido aquella mujer! En el frenesí de la realización, se le evaporaron las últimas reservas de energía, pero, en cambio, pudo contemplar su obra maestra. Por lo menos a todos les parecía que lo era. Ella, sin embargo, no estaba tan segura. Según la lógica de Julian, el Gaia debería haberla sanado, ya que él veía el proyecto como una medida terapéutica contra las reminiscencias de

aquella extraña enfermedad recién superada, cuya naturaleza él veía, más o menos, como si su hija hubiese sido temporalmente secuestrada por unos extraterrestres que se la habían llevado a otro planeta. También típico de Julian era aferrarse a la creencia de que los padecimientos de su hija radicaban en una falta de retos, un opresivo exceso de rutina que espesaba su sangre, normalmente tan ágil y fluida. Durante años, Lynn había dirigido ejemplarmente Orley Travel, el consorcio turístico del grupo. Era posible que añorara algo excitante y nuevo. Tal vez se sintiera poco estimulada. Administraba el

mundo, pero ¿era el mundo suficiente? Vuelos suborbitales privados, excursiones pagadas a la OSS, viajes a los pequeños hoteles situados en la órbita, todo eso formaba parte del ámbito de responsabilidades de Orley Space, pero a decir verdad se trataba de turismo.

Y fue así como Julian decidió confiar a su hija no Orley Space, sino la mayor aventura en la historia de la construcción de hoteles.

Lo que simplificó la planificación del titánico proyecto fueron las libertades en la estática, ya que en la Luna todo pesaba únicamente una sexta

parte de lo que pesaba en la Tierra. El trabajo se dificultó a causa de la total ausencia de experiencia en grandes construcciones lunares. Grandes secciones de la base lunar estadounidense fueron instaladas bajo tierra, y el resto de los edificios eran increíblemente achatados. China había renunciado por completo a tener un emplazamiento fijo, y dio cobijo a su base exterior en unos vehículos acoplables con forma de camiones cisterna que seguían a las máquinas de procesamiento no lejos de la zona de extracción. En el polo sur lunar, sobre los bordes de los cráteres de la cuenca

Aitken, una pequeña estación alemana compartía su lugar bajo el sol con su equivalente francés, cada una concebida para una tripulación de un solo hombre; en el Oceanus Procellarum, por su parte, una cosa de aspecto vivaracho, laboriosa y automatizada, exploraba los terrenos ideales para una base rusa que jamás sería construida. El mar de la Serenidad ofrecía hogar y pasatiempo a un robot indio, mientras que Japón habitaba un entorno desolado —por vacío— al doblar la esquina. La Luna no tenía mucho patrimonio construido para exhibir. No obstante, el tren de alta velocidad demostraba que las

estructuras elevadas y afiligranadas tenían consistencia en su campo gravitatorio, estructuras que en la Tierra se habrían venido abajo por su propio peso.

Y el Gaia iba a ser grande. No sería una pequeña pensión con desayuno incluido, sino un monumento para mayor gloria de la humanidad..., y para alojar en él a doscientos de sus más solventes representantes.

Con abnegación, Lynn había reunido a diseñadores y expertos en estática, había empezado con los planos, todo bajo el más estricto secreto. Muy pronto se puso de manifiesto que una figura de

pie sería demasiado alta. Por eso, como solución alternativa, se diseñó una Gaia sentada, lo que contó sobre todo con la aprobación de Julian, que había soñado con su hotel en esa postura y no en otra. Y puesto que no había desacuerdo en representar el cuerpo humano con fidelidad a los detalles, lo primero que hizo el equipo de ingenieros fue fundir las piernas de la mujer para crear un imponente complejo que parecía llevar una falda muy ajustada, al que colocaron sobre el borde de un saliente. El trasero y los muslos formaban la parte del edificio que reposaba en posición horizontal, sección que, más allá de la

rodilla, doblaba hacia el abismo que se abría debajo sin establecer ningún contacto con la roca situada detrás. Esta osadía de la estática bastó para que Lynn, a ratos, tuviera que buscar sostén en la taza del inodoro, donde la joven echara de nuevo, a medio digerir, lo poco que había conseguido tragar con mucho esfuerzo. Para contrarrestar esto, incrementó el consumo de pastillas, pero Julian estaba entusiasmado, mientras los expertos decían que sí, que claro, que el proyecto era factible.

Huelga recalcar que «factible» era la palabra favorita de Julian.

A continuación, tocó poner de

manifiesto los atributos femeninos, para lo que se concentraron en el torso, en esencia un edificio de varias plantas, con curvas en lugar de paredes en línea recta. La figura adquirió un talle y la insinuación de unos senos en torno a los cuales se debatió mucho. A los dibujantes masculinos, los pechos les salieron demasiado grandes. Lynn les dijo que no tenía intenciones de establecer una lucha a muerte con la estática en aras de conseguir las tetas ideales de una estrella del porno, y todo para poder alojar en ellas a un par de personas más. Por tanto, las censuró. De repente, toda aquella idea de poner a

una mujer en la Luna le pareció horriblemente obtusa. En eso intervino Julian, quien dijo que la eliminación del torso hacía que la figura pareciera un hombre, y preguntó si no era ya hora de que fuera una mujer la que representara a toda la humanidad. Un arquitecto insinuó que Lynn era demasiado mojigata. La hija de Julian se acaloró. Dijo que no estaba para nada en contra del placer, y mucho menos estaba poco dotada, pero que le dijeran qué diablos debía encarnar Gaia. ¿Un monumento a un par de melones? ¿A la voluntad de expansión de los pechos femeninos? «En fin, algo curvado», opinó Julian. «De

acuerdo, pero casi con el aspecto de un jovencito», replicó Lynn. «Pero sin aspecto andrógino», protestó el jefe del equipo encargado de la fachada. «Sí, pero bajo ningún concepto algo que sobresalga demasiado», insistió Lynn.

«Que sea entonces algo discreto», propuso Julian, lo que sonaba de maravilla, sólo que... ¿Qué significaba

«discreto»?

Una joven que hacía sus prácticas acudió rápidamente en auxilio de todos, se sentó sin decir palabra ante el ordenador y dibujó una curva. Todos la contemplaron. Les gustó. Era algo juvenil, pero no andrógino. Aquella

curva satisfizo a todos los presentes, y el tema quedó dado por zanjado.

Femeninos, pero sin ser demasiado estrechos, salieron los hombros, con unas torres en ángulo que iban rejuveneciendo hacia el suelo y desembocaban en la estilización de las dos manos apoyadas. Al torso le surgió un cuello esbelto y, encima de él, una cabeza en perfecta proporción con el cuerpo, una cabeza sin pelo y sin rostro, no más que el noble perfil de un cráneo en estado puro, ligeramente apoyado sobre la nuca, de modo que Gaia tuviera siempre la Tierra en su campo visual. Todo aquello, el modo en que fue

cobrando forma en el ordenador, le deparó a Lynn cólicos y sudoraciones, pero con paciencia se enfrentó también al nuevo reto: usar la mayor cantidad posible de cristal con la protección óptima contra la radiación. El «rostro» de Gaia, anunció, debía ser transparente, pues pensaba instalar allí los restaurantes y los bares; la parte trasera de la cabeza, en cambio, sería el reino de los cocineros, y debía estar blindada. El cristal se extendió entonces a lo largo del cuello y sobre la ondulación del pecho, donde se encontraban las suites, y como joya de la corona servía un gigantesco ventanal de corte gótico para

la hendidura de la barriga, cuatro niveles con la recepción, el casino, pistas de tenis y sauna, así como un gran ventanal de cristal en la espinilla y otras ventanas en los lados exteriores de los brazos. Julian objetó que aquel inmenso ventanal le recordaba las detestadas visitas a la iglesia en tiempos en que todavía no podía negarse a ir, y entonces Lynn sustituyó la aguja del ventanal por un arco románico, y la ventana se quedó.

El resto —la fachada posterior, los hombros, la zona de las costillas, el cuello, los muslos y los brazos interiores— estaría revestido con placas blindadas de hormigón fundido, hecho a

partir del regolito, y reforzado con planchas de cristal con agua en el medio a fin de absorber las partículas y evitar la pérdida de calor. El hormigón, dando por sentada la aprobación de Estados Unidos, debía obtenerse en las instalaciones ya existentes en el polo norte, y se elaboraría sin necesidad de añadirle agua, sólo por medio del calentamiento; luego los componentes constructivos serían rundidos en una fábrica de montaje automatizada. El hormigón lunar tenía la reputación de ser diez veces más resistente que el hormigón normal, resistente contra la erosión, la radiación cósmica y los

micrometeoritos; además, era barato.

El esqueleto de Gaia cobró forma: primero fue un imponente soporte principal en forma de espina dorsal, a través del cual discurrían todos los conductos y las cajas, así como tres ascensores de alta velocidad; de esa espina dorsal partían unas costillas de acero que sostenían la cubierta exterior y las plantas, así como unos anclajes que se hundían en lo más profundo de la meseta rocosa. En un principio no parecía que hiciesen falta puntales cruzados, hasta que alguien se dio cuenta de que la estructura estaría sometida a una carga mucho más elevada de lo que

se había pensado en un inicio, ya que el vacío circundante no tendría nada que oponer a la presión de la atmósfera artificial creada en el interior. Algunas de las medidas tomadas perdieron vigencia, se calcularon de nuevo con fervor todos los parámetros, hasta que los expertos dieron el problema por resuelto. Después de eso, la reserva de fantasías apocalípticas de Lynn se amplió con un hotel más, otro hotel que en algún momento estallaría.

Sin embargo, Gaia resplandecía. Brillaba desde su interior, y brillaba

también gracias a unos potentes reflectores que bañaban su impecable

blancura exterior con una suave luz. Tras años de esfuerzos, Lynn lo había conseguido. Había terminado la mujer ideal de Julian, o al menos lo había conseguido en la mayoría de sus aspectos. Algunas de las habitaciones más baratas carecían todavía de servicio de agua y de eliminación de residuos, y la iglesia mixta, preparada para acoger todas las religiones y situada allí donde las rodillas de Gaia se doblaban en ángulo, necesitaba unos sistemas de soporte adicionales que debían satisfacer del todo los estándares de seguridad; en cuanto a la banalidad de construir un puerto espacial, tal vez

algún día levantarían uno, pero eso sería en el futuro, con el propósito de facilitar las conexiones directas entre el Gaia y la OSS. Por otra parte, el expreso luna superaba en calidad a cualquier vuelo directo. Llegar con él era mucho más placentero y, además, ya tenían un aeródromo para el tráfico interlunar. Todo estaba bien.

El único lugar donde no estaba bien era en la mente de Lynn.

En sus pesadillas, el Gaia se había venido abajo ya tantas veces que la joven veía sobrevenir la catástrofe con ojos febriles. Toda una oficina llena de informes periciales decía que eso no

sucedería, pero ella sabía más. La idea de haber descuidado algún detalle la había arrojado a la locura, y la locura era destructiva.

«Ninguno de vosotros está seguro», pensaba al tiempo que presentaba a la mujer:

—...la que, con su equipo, se ocupará las veinticuatro horas del día de su seguridad y de que ustedes se sientan bien. Queridos amigos, me alegra poder presentarles a la directora de nuestro hotel o, mejor dicho, a la gerente del Gaia: Dana Lawrence.

El expreso lunar había llegado a la estación del hotel según el plan. Durante

un rato habían viajado por el borde de la garganta, de modo que pudieron disfrutar de unas vistas espectaculares de la obra arquitectónica que tenían enfrente; atravesaron sus estribaciones exteriores y se aproximaron al Gaia describiendo una amplia curva. Directamente delante del hotel, el terreno se elevaba, una circunstancia que había incitado a los constructores, que no deseaban llevar las líneas del tren cuesta arriba, a hacerlas desembocar en un túnel y construir la estación bajo tierra. Trescientos metros antes de llegar a la gigantesca figura, las vías terminaban su trayectoria en el

interior de una sobria nave. Esta vez no era necesario atravesar ningún vacío al bajar. A través de unas pasarelas, llegaban a un corredor ancho y presurizado, con pasarelas rodantes que conducían en línea recta hasta los sótanos del hotel, desde donde se cogían los ascensores para subir al vestíbulo, un entorno orgánicamente diseñado, con toda clase de servicios y lleno de oasis con asientos y elegantes escritorios. Tras los cristales de un acuario nadaban unos peces. Unos coquetos arbolitos de color verde primaveral flanqueaban una recepción arqueada, sobre cuya redondez —y en equivalencia con el

sistema solar—, unos planetas animados con técnicas holográficas giraban en torno a un astro rey muy iluminado del que brotaban unas protuberancias. Si uno alzaba la cabeza, el espacio parecía perderse en un mikado de puentes de cristal. El hecho de que la recepción estuviera situada en la barriga acristalada de Gaia, donde se alzaba el enorme ventanal románico, le confería a la estancia cierto aspecto catedralicio. Más allá de la garganta podía verse la cara iluminada por el Sol y los pilares del tren, que se alejaban hacia el interior. En el cielo se veía el brillo hogareño de la Tierra.

Dana Lawrence hizo un gesto de asentimiento a los presentes.

Tenía los ojos de un color gris verdoso y una mirada escudriñadora, la cara era ovalada, y llevaba el cabello cobrizo cortado por encima de los hombros. Los elevados huesos del mentón y las cejas en forma de arco le conferían cierta frialdad británica, casi rayana en lo inaccesible. Ni siquiera la sensual curva de sus labios podía hacer mucho por cambiar tal cosa. Sólo cuando gastaba una sonrisa se esfumaba aquella impresión, pero Lawrence no solía derrocharlas. Era muy consciente de su presencia y de lo impregnada que

estaba por su competencia y su seriedad, aspectos a los que la gente que solía volar a la Luna otorgaba bastante valor.

—Gracias, Lynn —dijo Dana dando un paso hacia adelante—. Espero que hayan tenido un viaje agradable. Como quizá ya sepan, este hotel podrá acoger en el futuro a doscientos huéspedes y cien empleados. Y puesto que ahora lo tendrán para ustedes solos durante una semana, hemos podido enviar a la Tierra a una parte del personal sin que por ello vayan ustedes a carecer de nada. Nuestros empleados tienen experiencia en satisfacer deseos antes de que alguien los exprese. Sophie Thiel...

Dana Lawrence volvió la cabeza hacia un grupito de jóvenes que competían a ver cuál de ellos sonreía más, todos vestidos con los colores de Orley Enterprises. Una mujer pecosa y de aspecto juvenil dio un paso adelante.

—...mi mano derecha, dirige la conserjería y se ocupa de que los sistemas de soporte vital funcionen sin fricciones de ningún tipo. Ashwini Anand —una mujer delicada, de aspecto indio y mirada orgullosa inclinó la cabeza— es la responsable del servicio de habitaciones y se ocupa, junto con Sophie, de la tecnología y la logística. En el pasado, los astronautas tuvieron

que aguantar muchas cosas, sobre todo en cuestiones culinarias. El camino desde el menú envasado en tubos hasta la cocina de lujo fue largo, pero ahora, en cambio, pueden ustedes escoger entre dos excelentes restaurantes bajo la dirección de nuestro chef principal, Axel Kokoschka. —Un hombre rechoncho y de aspecto tímido, con cara de bebé y completamente calvo levantó la mano derecha y cambió su postura de una pierna a otra—. Le asiste nuestro segundo chef, Michio Funaki, quien, entre otras cosas, les demostrará que es posible preparar en la Luna un sushi con pescado fresco.

Funaki, flaco y con el cabello cortado muy corto, sacó el torso y lo retiró rápidamente hacia atrás.

—Los cuatro forman parte del personal de dirección y tienen la escuela de los mejores hoteles y cocinas del mundo; además, han pasado un curso de formación de dos años en el Orley Space Center; de modo que son probados astronautas, tan familiarizados con los sistemas del Gaia como con los medios de desplazamiento del lugar. En un futuro, Sophie, Ashwini, Axel y Michio trabajarán en los niveles medios de la administración del Gaia, pero durante los próximos días estarán

exclusivamente a su disposición. Lo mismo es válido en mi caso. Así que, por favor, no duden en dirigirse a mí cada vez que lo necesiten. Para nosotros es un honor tenerlos como huéspedes.

Una sonrisa, en una dosis homeopática.

—Si no hay ninguna pregunta más por el momento, me gustaría enseñarles el hotel. Dentro de una hora, a las ocho y media, los esperamos para la cena en el Selene.

Bajo el vestíbulo se encontraba el casino, una sala de baile con escenario, un bar de copas y mesas de juego, y una planta más abajo empezaba el bajo

vientre de Gaia, el sitio donde la dama empezaba a ensancharse hacia la zona de las caderas, de modo que, para sorpresa general, uno se encontraba de repente en medio de dos pistas de tenis.

—Fuera hay otras dos —dijo Dana Lawrence—. Pero eso es para los más duros. Jugar con el traje espacial no es ningún problema, las dificultades las crean las pelotas. En la Luna, éstas suelen volar varios cientos de metros, por eso hemos cercado los terrenos.

—¿Y qué hay del golf? —quiso saber Edwards.

—¿Golf en la Luna? —dijo Parker, soltando una risita—. No volverías a

encontrar la bola.

—Claro que sí —replicó Lynn—. Lo hemos intentado con pelotas dotadas con transmisores, a través del LPCS. Y funciona.

—¿LP qué?

—Lunar Positioning and Communication System, Sistema Luna de Localización y Comunicación. Alrededor de la Luna hay diez satélites en órbita que garantizan que podamos comunicarnos y orientarnos aquí de manera razonable. El campo de golf está situado al otro lado de la garganta, en el Shepard's Green. También lo llamamos el «Lugar de los Largos Caminos».

—¿Y a quién debe su nombre? —

preguntó Karla Kramp.

—Al viejo Alan Shepard —dijo Julian riendo—. Un auténtico pionero, aterrizó con el Apolo 14 en la altiplanicie, al sur de Copérnico. El muy canalla había traído un par de pelotas de golf y la cabeza de un palo de seis. Hizo un tiro y gritó: «Ahí va, a volar kilómetros y kilómetros...»

—Yo no pienso jugar al golf aquí arriba, ni hablar —dijo Aileen Donoghue con firmeza.

—No es para tanto. Alan no fue a buscar las bolas, pero éstas no debieron de volar más de doscientos o

cuatrocientos metros. El golf en la Luna es divertido, el arte consiste en no golpear demasiado fuerte.

—¿Y las pelotas, no se hunden en el polvo?

—Son demasiado ligeras — respondió Lawrence—. Inténtelo. También tenemos en el hotel un campo holográfico. ¿Quieren ver la zona de gimnasios y de belleza?

Por debajo de los campos de golf se extendía un paisaje de saunas, pero lo que más impresionaba era la piscina, situada en el trasero de Gaia. Casi abarcaba toda la superficie. Paredes y techos simulaban el cielo estrellado, y

una imagen holográfica de la Tierra irradiaba una luz suave, mientras que el suelo y el entorno imitaban el regolito lunar, con agrestes cadenas montañosas en el horizonte. Un doble cráter formaba la piscina como tal, tan grande como un lago y rodeada de tumbonas. La ilusión de estar bañándose en la superficie de la Luna era perfecta.

Heidrun volvió su blanco rostro hacia O'Keefe y sonrió:

—¿Qué tal nuestro gran héroe?

¿Echamos una carrera a nado?

—Cuando quieras.

—¡Cuidado! Sabes que soy mejor que tú.

—Esperemos a ver cómo funcionan las cosas con gravedad reducida — sonrió Ögi—. Posiblemente os derrote a ambos.

—Bueno, en cualquier caso, tenemos que organizar una competencia de natación —anunció Miranda Winter desplegando los dedos—. ¡Adooooooro estar en el agua!

—Entiendo. Tita y Tati —dijo O'Keefe, bajando la mirada a sus pechos con cara de circunstancias—. Tus aves acuáticas.

A continuación visitaron, sucesivamente, la sección con los salones de conferencias, la iglesia

mixta, un centro de meditación y una enfermería impecable que transmitía gran confianza; luego fueron en ascensor hasta el tórax de Gaia. El grupo estaba alojado entre los niveles 14 y 16, en la bóveda exterior formada a la altura del busto. Casi cincuenta metros por debajo de ellos estaba el vestíbulo. Desde los ascensores, había un camino que conducía hasta las suites, a través de unos puentes acristalados. Otros puentes discurrían en las plantas situadas debajo, cruzaban de un lado a otro, se interconectaban y, por lo visto, estaban dispuestos de un modo arbitrario. Ninguno tenía barandilla.

—¿Hay alguien que padezca vértigo? —preguntó Dana Lawrence.

Sushma Nair levantó la mano con gesto vacilante. Otros mostraron miradas inseguras. Esta vez Lawrence compuso una sonrisa un poco más afectuosa.

—Deberían saber lo siguiente: si ustedes, en la Tierra, saltan desde un muro de dos metros de altura, alcanzan el suelo en 0,6 segundos. En ese tiempo, su cuerpo se ha acelerado a veintidós kilómetros por hora. En la Luna, el mismo salto tarda tres veces más, y la velocidad final se reduce a la mitad. Es decir, tendrían que saltar desde una

altura de doce metros para alcanzar el efecto de un salto desde dos; dicho de otro modo, en la Luna podrían ustedes saltar, sin tener que preocuparse, desde la cuarta planta de un edificio común y corriente. No tendrían que coger constantemente el ascensor cuando deseen bajar. Pueden ir saltando de puente en puente, entre ellos sólo existe una separación de cuatro metros, una minucia. ¿Hay alguien que quiera intentarlo? —Yo —dijo Carl Hanna.

La mujer lo examinó con la mirada. Alto, musculoso, con movimientos controlados.

—Los más hábiles son capaces

incluso de saltar hacia arriba —añadió

Dana con expresión elocuente.

Hanna sonrió con ironía y entró al puente más cercano.

—En caso de que nos haya mentido

—les gritó a los otros—, la arrojáis después de que yo salte. ¿De acuerdo?

Hanna tomó impulso, llevado en peso por la carcajada tronante de Donoghue, cayó y descendió cuatro metros sin pestañear ni una sola vez.

—Es como saltar desde el bordillo de una acera —gritó desde abajo.

En ese momento O'Keefe voló por encima del borde, seguido de Heidrun. Ambos aterrizaron como si jamás

hubieran conocido otra forma de locomoción.

—Madre mía —dijo Aileen—.

¡Madre mía! —repitió, tras lo cual miró a todos de uno en uno, con un «¡Madre mía!» para cada uno.

—Adelante, señores —tronó Chucky

—. ¡Demuestren su habilidad! ¡Arriba!

—Tenéis que hacernos sitio —dijo Hanna espantándolos con la mano. Todos dieron un paso atrás. Con gesto pensativo, miró fijamente el borde. Cuando alzó los brazos por encima de la cabeza, midió unos dos metros cincuenta, de modo que sólo le quedaba por vencer un metro y medio.

—¿Cuánto mides? —le preguntó

O'Keefe, inseguro.

—Uno noventa.

—Hum. —El irlandés se frotó el mentón—. Yo mido uno setenta y cinco.

—Un poco escaso. ¿Y tú, Heidrun?

—Uno setenta y ocho. Pero da igual. Quien no lo consiga paga una ronda.

—Olvídalo. —O'Keefe hizo un gesto de rechazo—. Aquí todo es gratis.

—Entonces la paga en la Tierra. ¡En Zúrich! ¿Vale? Una ronda de ragú en el Kronenhalle.

—Pero ¡la pagará para todos! —

gritó Julian.

—Bien, saltaremos juntos —propuso

Hanna—. Moveos hacia allí, para que no tropecemos. ¡Eh, vosotros ahí arriba, dad un paso atrás! ¿Listos?

—Sí, maestro —sonrió Heidrun con sarcasmo—. Lista.

—¡Pues arriba!

Hanna tomó impulso con fuerza. Fue increíblemente fácil. Con la serenidad de un superhéroe voló hacia el borde, se aferró a él, tomó nuevo impulso y aterrizó de pie. Junto a él, Heidrun se acercó aleteando, a fin de mantener el equilibrio. Las manos de O'Keefe amenazaron con resbalarse del borde, pero luego, con sobria elegancia, consiguió subir.

—Lo siento —dijo—. Lo de la ronda de ragú en el Kronenhalle se ha cancelado.

—No obstante, estáis invitados — gritó Ögi con el tono de alguien que abraza el mundo—. Nunca antes una suiza ha logrado saltar cuatro metros de altura sin tomar impulso. ¡Nos vemos en Zúrich!

—Qué optimista —dijo Lynn en voz tan baja que sólo Lawrence la oyó.

La gerente del hotel se quedó perpleja. Hizo como si no hubiera oído aquella breve y pálida frase que ocultaba cierta insidia.

¿Qué le pasaba a la hija de Julian

Orley?

—Piensen ustedes —dijo Dana en voz alta dirigiéndose a los presentes— que con gravedad reducida su cuerpo también pierde masa muscular. En el Gaia hay dos ascensores para los huéspedes, el E1 y el E2, así como un elevador para el personal. No obstante, recomendamos hacer mucho deporte y tomar el atajo con frecuencia, saltando entre los puentes. Pero ahora hablaremos una vez más de las comodidades y les mostraremos las habitaciones.

Hanna dejó que Sophie Thiel lo instruyera en los secretos de su

habitación. No había nada esencial que diferenciara aquellos sistemas de soporte vital de los de la estación espacial.

—La temperatura está fijada en veinte grados centígrados, pero se puede regular —le explicó Sophie con una sonrisa panorámica, al tiempo que le indicaba un pequeño botón situado junto a la puerta; al hacerlo, se acercó a Hanna lo suficiente como para que todavía fuera compatible con la manera en que habían descrito su trabajo en el hotel, que todo funcionara «sin fricciones»—. Su suite dispone de un control propio de agua, un agua

maravillosamente esterilizada...

—Eso no debería vendérselo así a la gente —dijo Hanna mientras miraba a su alrededor y sentía en su espalda el libidinoso rayo de calor de la mirada de la mujer. No cabía duda, a la señora Thiel le gustaban los músculos—. Suena como si quisiera envenenar a alguien con ella.

—Bien, digamos que es, simplemente, agua fresca. Ja, ja.

Él se volvió hacia ella. Las medias lunas de sus ojos apenas dejaban identificar su color, en cambio, la mujer contaba con sesenta y cuatro piezas dentales blancas como la nieve y

parecía disponer de inagotables recursos para el alborozo. No tenía un ápice de guapa, pero era muy atractiva. Era una especie de Pipi Calzaslargas, o como se llamara aquella chiquilla sueca. En una noche de domingo en Alemania, después de haber tenido que esperar horas y horas por alguien que llevaba muchísimo tiempo flotando inerte en el Rin, había dado con la película y, curiosamente, se había quedado conmovido y prendado de ella. Una cinta infantil y anticuada, pero la infancia que allí se mostraba se revelaba tan escandalosamente distinta de la suya que casi rayaba con la ciencia ficción.

En ningún momento había podido cambiar de canal. Nunca antes había visto una película para niños, por lo menos no una como ésa.

Y nunca volvió a ver otra.

Thiel le hizo una demostración de cómo funcionaba el regulador de la luz, abrió un respetable minibar y le explicó qué número tenía que marcar si necesitaba cualquier cosa. Su mirada le decía que también podía ser en cualquier otra circunstancia. «He trabajado en los mejores hoteles del mundo —parecía decir—. Nunca con los clientes.» Así que no se le podía reprochar que se le estuviera insinuando

de un modo agobiante. Era profesional y amable, pero era como un libro abierto.

Sin embargo, Hanna no estaba allí para divertirse.

—Si deseara alguna otra cosa...

—No, por el momento, no. Me las arreglaré.

—¡Ah, casi lo olvido! Abajo, en el armario de la ropa, hay unas pantuflas lunares —dijo Sophie arrugando la nariz

—. No se nos ha ocurrido un nombre mejor para ellas. Las suelas están recubiertas de plomo, en caso de que quiera usted pesar un poco más.

—¿Y por qué iba a quererlo?

—Algunas personas prefieren

moverse en la Luna como por la Tierra.

—¡Ah, ya! Eso es ser previsor.

La mirada de Sophie, entonces, pareció decirle: «En fin, si te esforzaras un poco...»

—Pues bien... A las ocho y media en el Selene.

—Sí, muchas gracias.

Hanna esperó a que la mujer se marchara. La suite representaba el mismo estilo elegante y sobrio del vestíbulo. Hanna no entendía mucho de diseño, en realidad no entendía nada, pero los que habían trabajado allí eran verdaderos maestros, y eso lo notaba hasta él. A fin de cuentas, para su papel

había tenido que adquirir ciertos conocimientos y cierta noción del estilo. Además, le gustaban los espacios de contornos nítidos, abarcables con la vista. Por mucho que amara la India, siempre se había sentido molesto por la recargada y desbordante comodidad con que solían decorar las habitaciones.

Su mirada se dirigió entonces al gran ventanal.

No habían podido encontrar un mejor emplazamiento para el hotel, pensó. La llanura situada bajo el Gaia, a la que podía llegarse con un ascensor, se adentraba bastante en la garganta, con sus desoladas pistas de tenis. Desde allí,

seguramente, tendría una magnífica vista hacia la escultura iluminada del hotel. A mano izquierda, donde confluían las paredes de roca y acababa la garganta, un sendero de aspecto natural conducía hasta el otro lado en una amplia curva.

¿Qué acababa de decir Lynn Orley? Tras la garganta estaba el campo de golf.

¡Un campo de golf en la Luna!

De repente Hanna sintió cierta sensación de agobio por no poder ser allí quien todos creían que era. Borró esa sensación antes de que pudiera convertírsele en un problema serio, abrió su maleta plateada, sacó su

ordenador —un aparato de fabricación común y corriente, con pantalla táctil y el tamaño de una barrita de chocolate—, y también su bolsa de aseo, de cuyo fondo extrajo una máquina para cortar el pelo. Con un movimiento rutinario, la separó en dos mitades y extrajo de su interior una diminuta plaquita que luego insertó en el ordenador. Con un pitido poco melódico, lo encendió y vio cómo se cargaba el programa y se conectaba con el LPCS.

Unos segundos después, el aparato le informó de que había recibido un mensaje.

Abrió su bandeja de entrada. El

mensaje era de un amigo que le decía que no se olvidara de la boda de Dexter y Stacey. Impasible ante la voluntad de casarse de una pareja inexistente, filtró, a partir del blanco sonido residual adjunto al mensaje, un texto de varias líneas que no contenía nada salvo las direcciones de varias decenas de páginas web, hizo clic en el icono — varios cuellos de reptiles enredados entre sí, que parecían salir de un mismo cuerpo—, y aguardó un momento.

Algo apareció.

En una secuencia vertiginosa, las sílabas y las palabras se fueron entrelazando. Y entonces el verdadero

mensaje fue cobrando forma ante sus ojos. Mientras se realizaba la reconstrucción.

Hanna supo que habían surgido dificultades. El texto era breve pero apremiante:

El paquete se ha dañado. No reacciona al mando y no puede llegar al lugar de la misión por sí solo. Debido a ello, cambian los planes de su misión. Tendrá que repararlo o llevar el contenido usted mismo hasta el objetivo. En caso de que las circunstancias lo permitan,

puede dar preferencia al implante. Actúe de inmediato.

De inmediato.

De inmediato.

Hanna se quedó mirando fijamente el monitor. Las consecuencias saltaban a la vista como un visitante inoportuno. De inmediato significaba «ahora», o «en cuanto le fuera posible, pero sin llamar la atención». Significaba que tendría que salir al exterior y regresar más tarde, cuando todos durmieran.

De regreso a la base Peary.

CHARLAS EN LA MESA

Desde aquel vuelo de amor orbital, Tim le había ahorrado a Amber, su mujer, toda clase de especulaciones sobre el estado mental de Lynn; se decía que lo hacía por mera consideración, ya que Amber estaba firmemente decidida a disfrutar del viaje, pero, en realidad, la razón era que estaba lo suficientemente ocupado en lidiar con sus propios dilemas. Cada vez más se sorprendía a sí mismo hallando diversión en un viaje que se había propuesto aborrecer de

todo corazón: las circunstancias de su realización, la petulancia de Julian asociada a él. Pero, del mismo modo que se divertía, se apoderaba de él una pubertaria sensación de alta traición.

¡Lo habían corrompido con un simple pasaje! Tim se repetía que era el poderío de las impresiones el que ahora, de forma inesperada, le hacía sentir esos asomos de simpatía por el viejo encantador de serpientes que era su padre. ¿Acaso no había convenido consigo mismo en aborrecer a Julian, ya que, en su delirio de grandezas, su padre no era capaz de ver a las personas a las que pisoteaba en su avance hacia el

futuro, porque desatendía a sus semejantes o los convertía en fetiches, incapaz de comprender su necesidad por una simple ración de normalidad?

Había sido tan sencillo odiarlo.

Sin embargo, el Julian al que había conocido en la estrechez de la nave espacial lo hacía sentirse inseguro, ya que no era ese hombre ignorante y ególatra, por lo menos no lo suficiente como para mantener en pie la opinión destructiva que tenía acerca de él. Más bien le hacía recordar épocas de admiración infantil, le hacía recordar a Crystal, su madre, quien, hasta el momento en que vio erosionada su

razón, había insistido siempre en que no había conocido a un ser humano más cariñoso que su padre, al que ella comparaba con los rayos del Sol: bienhechores y, por desgracia, fugaces. El hombre así venerado había huido a la termosfera una hora antes de la muerte de su madre, en un avión suborbital construido por él mismo, a pesar de que sabía cuan crítico era el estado de su mujer. Julian lo sabía, y había olvidado aquel momento decisivo mientras hubiera todavía un récord que batir, un premio por ganar, con lo que consiguió convertir a su hijo en un perpetuo enemigo.

Lynn había perdonado a Julian. Tim no.

En lugar de perdonarlo, dio inicio a un proceso de demonización de su padre. Y aún no sentía ningunas ganas de perdonarlo, a pesar de que —o precisamente porque— veía ahora desmoronarse los pilares de su desprecio. Aquel hotel no podía haber surgido únicamente de la lógica del beneficio económico o de un ruinoso instinto de autorrealización. Algo más debía de ocultarse tras él, un sueño demasiado grande como para ser compartido entre un puñado de familiares. Le conviniera o no, Tim, en

secreto, empezaba a entender a su viejo, esos febriles arranques de afán descubridor, su naturaleza nómada, que le hacía encontrar caminos donde otros sólo veían muros, su compromiso con las fuerzas del progreso continuo y la renovación, y sentía entonces celos del gran amor de Julian: el mundo. Además del fuego sin llama que provocaba ese cambio en su manera de pensar, lo agobiaba también la idea de que tal vez estuviera reaccionando de manera exagerada en relación con Lynn, y que incluso —¡sin proponérselo!— estuviera usando a su hermana en contra de su padre, teniendo en cuenta menos el

bienestar de Lynn que la culpa de Julian por sus sufrimientos. Empezaba a coquetear con la idea de que a Lynn le iba tan bien como ella misma afirmaba constantemente, y de que no tenía motivos para avergonzarse de su actitud cada vez más conciliadora. Y de repente, durante la cena en la nariz de Gaia —o más bien en el sitio donde debería haber estado la nariz de la figura—, con el panorama de aquel cañón ante los ojos, no deseó otra cosa más que poder divertirse un poco, sin tener a la mesa aquellos fantasmas del pasado que lo perseguían como una mala compañía.

—Parece gustarte la comida —le dijo Amber.

Estaban sentados a una larga mesa en el Selene, bajo una atmósfera de tonalidades azules, plateadas y negras, y comían salmonete acompañado de un risotto azafranado. El pescado sabía bien, como si acabasen de sacarlo del mar.

—Ha sido criado en agua de mar —

les explicó Axel Kokoschka, el cocinero

—. Tenemos unos tanques enormes en el subsuelo.

—¿No es un poco complicado recrear aquí arriba las condiciones del océano? —preguntó Karla Kramp—. Me

imagino que no echarán sal al agua, ¿no?

Kokoschka reflexionó.

—No, no es sencillamente así.

—En la Tierra, la salinidad es distinta según cada biotopo, ¿no es cierto? ¿Acaso no se necesita una composición especial para crear un entorno en el que puedan sobrevivir los animales? Cloruro, sulfato, sodio, combinaciones de calcio, potasio y yodo, etcétera.

—Es cierto, el pez ha de sentirse como en el agua.

—Yo sólo quiero entender. ¿Acaso muchos peces no dependen de una corriente permanente, un equilibrado

suministro de oxígeno, una temperatura regulada y todo lo demás?

Kokoschka asintió pensativo, se pasó la mano por la cabeza con una sonrisa tímida, se frotó con ganas su barba de tres días y respondió:

—Exacto.

Luego, se retiró. Karla Kramp lo siguió con la mirada, llena de asombro.

—Gracias por explicármelo —le gritó.

—No parece muy amante de los grandes discursos, ¿eh? —sonrió Tim.

Karla cortó un trozo de salmonete y lo hizo desaparecer entre sus labios modiglianescos.

—Por mí, si es capaz de preparar en la Luna un pescado como éste, se puede cortar la lengua si lo prefiere.

Dos restaurantes y dos bares se repartían, en cuatro niveles, el cráneo de Gaia, totalmente acristalado en su fachada. Los cristales se curvaban hasta la parte de las sienes, de modo que, desde cualquier punto, podía disfrutarse de una vista panorámica en cinemascope. Selene y Chang'e, los dos restaurantes, ocupaban la mitad inferior, y encima se encontraba el Luna Bar, mientras que la posición más alta la ocupaba el club Mama Killa, donde se podía bailar bajo las estrellas. Desde

allí, una esclusa de aire acristalada conducía hasta el punto más elevado del hotel, una terraza mirador a la que era preciso entrar con el traje espacial puesto y que ofrecía una espectacular vista panorámica de trescientos sesenta grados. Si se obviaba la timidez de Kokoschka, tanto él como los demás, Ashwini Anand, Michio Funaki y Sophie Thiel, rodeaban de atenciones al grupo con la mayor cortesía. Lynn disfrutaba de las muestras de admiración por su hotel que le llegaban de todas partes. Con la comida delante, enfriándosele, daba diligente información a cuanto se le solicitaba, respondía con elocuencia a

las preguntas que se le hacían y se mostraba algo achispada y visiblemente halagada. Durante un buen rato no hubo otro tema de conversación que aquel extraño mundo que estaban pisando, el Gaia o la calidad del menú.

Más tarde, el foco de atención se desplazó hacia otro tema.

—Chang'e —reflexionó Mukesh Nair durante el plato principal, filete de corzo trufado cubierto con finísimas lonchas de pan tostado que relucían gracias a un paté casi líquido—. ¿No es ése un término de la astronáutica china?

—Sí y no —dijo Rogachov, y bebió un trago de un Cháteau Palmer reducido

de alcohol—. Han puesto ese nombre a algunas sondas espaciales con las cuales los chinos, a principios del milenio, exploraron la Luna. Pero en realidad se trata de una figura mitológica.

—Chang'e, la diosa de la Luna —

asintió Lynn.

—Gaia no parece tener en mente otra cosa que la mitología —dijo sonriendo Nair—. Selene era la diosa lunar de los griegos, ¿no es cierto? Del mismo modo que Luna lo fue de los antiguos romanos...

—Vaya, eso lo sé hasta yo —dijo Winter satisfecha—. Luna y Sol, la parejita. Los dioses de la eternidad, ya

sabéis, que salen y se ponen, suben y bajan sin cesar. Uno llega y el otro se va, como en un matrimonio en el que los dos trabajan en turnos diferentes.

—El Sol y la Luna, trabajadores por turnos. —Rogachov insinuó una sonrisa

—. Muy convincente.

—¡Me interesan los dioses y la astrología! Las estrellas predicen el futuro —dijo Miranda inclinándose hacia adelante, arrojando sombra a los restos del reno con aquellos dos astros que coronaban su busto, a los que, a fin de celebrar la noche, había metido a la fuerza en un reluciente y minúsculo vestido—. ¿Y sabéis otra cosa?

¿Queréis escuchar algo más? —Su tenedor cortó el aire—. Algunos, los que tenían un verdadero conocimiento en la antigua Roma, la llamaban Noctiluca, y llegaron a iluminar un templo especialmente para ella, por las noches, en el Palatino, una montaña de la ciudad. Por cierto, estuve allí, toda Roma está llena de montañas, es decir, no es una ciudad en las montañas, ya me entendéis, sino una montaña ciudad, para quien le interese.

—Debería explicarnos usted el mundo más a menudo —dijo Nair en tono amable—. ¿Qué quiere decir Noctiluca?

—«Luminaria de la noche» —dijo Winter en tono ceremonioso, y a continuación se premió con un trago de vino tinto, de un modo no muy acorde con la etiqueta.

—¿Y Mama Killa?

—Supongo que alguna madre. Julian,

¿qué quiere decir Mama Killa?

—Bueno, andábamos algo escasos de diosas lunares —dijo Julian complacido—, pero Lynn desenterró algunas: Ningal, la esposa del dios lunar asirio Sin; la Annit babilónica; Kusra, de Arabia; Isis, en Egipto...

—Pero Mama Killa fue la que más nos gustó —intervino Lynn—. Quiere

decir «Madre Luna», y es la diosa de los incas. Los descendientes de esa civilización la siguen adorando aún hoy como la protectora de las mujeres casadas...

—¿Ah, sí? —exclamó Olympiada Rogachova, prestando atención—. Creo que visitaré con preferencia este bar.

Rogachov no movió un músculo del rostro.

—Resulta asombroso que hayan considerado a una diosa lunar china — dijo Nair, retomando el hilo rápidamente, antes de que aquella situación embarazosa pudiera extenderse más.

—¿Por qué razón? —preguntó Julian, sin malicia—. ¿Acaso tenemos prejuicios?

—¡Bueno, usted es el principal rival de China!

—Yo no, Mukesh. Usted se refiere a

Estados Unidos.

—Sí, claro. No obstante, veo en esta mesa a estadounidenses, canadienses, ingleses e irlandeses, alemanes, suizos, rusos e indios, y hasta hace poco contábamos también con el placer de la presencia francesa. No veo, sin embargo, a un solo chino.

—No se preocupe, están por aquí —

dijo Rogachov imperturbable—. Si no

me equivoco, andan removiendo con diligencia el regolito a menos de mil kilómetros de aquí.

—Ya, pero no están aquí.

—Ningún chino invertiría en nuestros proyectos —respondió Julian

—. Ellos quieren tener su propio ascensor.

—¿Y acaso no lo queremos todos?

—apuntó Rogachov.

—Sí, pero tal y como usted mismo ha comprobado, a diferencia de Moscú, Pekín ya está extrayendo helio 3.

—A propósito del ascensor —terció Ögi, amontonando el hígado de pavo sobre la carne de color rojo oscuro—.

¿Es cierto que están a punto de tenerlo?

—¿Los chinos?

—Ajá.

—Es algo que difunden con suma regularidad —dijo Julian, sonriendo de un modo elocuente—. Pero si fuera así, Zheng Pang-Wang no aprovecharía la menor oportunidad para tomar el té conmigo.

—Sí, pero... —Mukesh Nair se apoyó sobre los codos y se frotó el carnoso dorso de su nariz—, ¿no es cierto también que sus amigos estadounidenses le tomarían a mal que se pusiera usted a flirtear con los chinos, sobre todo después de la llamada «crisis

lunar» del pasado año? Quiero decir que, tal vez, no es usted tan libre en sus decisiones como le gustaría, ¿es así?

Julian afiló los labios. La expresión de su rostro se ensombreció, lo que sucedía cada vez que se disponía a explicarle a alguien su independencia en relación con el poder de cualquier gobierno. Entonces extendió los brazos en un gesto fatalista y dijo:

—Mire usted, ¿cuáles son sus razones para estar aquí? Prácticamente todos los gobiernos, por muy alto que proclamen la eficacia de sus programas espaciales, tendrían que acogerse a la competencia de Estados Unidos en la

materia si se les hicieran las ofertas correspondientes. O digamos más bien que aspirarían, por lo menos, a establecer una colaboración de tú a tú, lo que no querría decir otra cosa que incrementar el presupuesto de la NASA y, a cambio, aceptar ciertos derechos de explotación. Esa oferta, sin embargo, no llega, y por una muy buena razón. Existe, no obstante, una alternativa. Se me puede apoyar a mí, una oferta que está reservada exclusivamente a inversionistas privados. Yo no transfiero ningún know-how, sino que invito a participar de él. Quien lo haga puede ganar un montón de dinero, pero

no puede pasar a nadie las fórmulas ni los planos de construcción. Ése es el motivo por el que mis socios en Washington se interesan poco por este pequeño grupo de comensales. Allí saben que ninguno de los países que ustedes representan estaría en condiciones, en un tiempo previsible, de construir un ascensor espacial, mucho menos de poner en pie toda la infraestructura imprescindible para extraer el helio 3. Carecen de las bases, de los medios, en fin, de todo lo necesario. En consecuencia, las personas como usted sólo podrían perder dinero si lo invirtieran en los

programas espaciales de sus países. Por eso Washington está dispuesto a creer que nosotros, aquí arriba, sólo hablaremos de meras participaciones. Con China, en cambio, la cosa es distinta. ¡Pekín sí que ha creado una infraestructura! Los chinos ya están extrayendo helio 3. Han preparado el terreno, sólo que su tecnología obsoleta les pone ciertos límites. Ése es su dilema. Han llegado lo suficientemente lejos como para no depender de otros, pero lo único que les falta es ese maldito ascensor. Créame, ningún chino, sea político o empresario, pondría, en esta situación, un solo yuan en mis

manos, a menos que sea para...

—Para comprarte —concluyó Evelyn Chambers, que seguía varias conversaciones al mismo tiempo—. Esa es la razón por la que Zheng Pang-Wang va a tomar el té contigo.

—Si hoy hubiera un chino sentado entre nosotros, no sería, definitivamente, para participar del proyecto. Washington llegaría a la conclusión de que me he dejado convencer por alguna oferta para hacer una transferencia del know-how.

—¿Y no es una conclusión que podrían sacar de sus encuentros con Zheng? —preguntó Nair.

—En este ramo, uno se reúne con otros colegas, en congresos, en simposios. Pero ¿y qué? Zheng es un tipo raro y divertido, me cae bien.

—No obstante, sus amigos están nerviosos, ¿no es así?

—Siempre están nerviosos.

—Y con razón. Quien ha llegado a lo alto empieza a cavar —dijo Ögi al tiempo que se limpiaba el cepillo de su barba y arrojaba la servilleta junto al plato—. ¿Por qué no lo hace en realidad, Julian?

—¿Qué? ¿Cambiar de bando?

—No, no, nadie habla de cambiar de bando. Me refiero a por qué,

sencillamente, no le vende la tecnología del ascensor a cualquier país que quiera tenerla, y de ese modo se forraría. Se produciría en la Luna una próspera competencia que animaría sobremanera su negocio con los reactores. Usted podría asegurarse participaciones de la explotación a nivel mundial, negociar contratos exclusivos para la distribución de electricidad, del mismo modo que nuestro amigo Tautou, ahora ausente, controla el agua haciéndose traspasar pozos enteros a cambio del servicio de las plantas de tratamiento y las redes de distribución.

—De ese modo no tendría que estar

moviéndose de una situación de dependencia a otra —dijo Rogachov, retomando el hilo—, sino que todos dependerían de usted. —El ruso alzó su copa con gesto burlón y brindó en honor de Julian—. Un verdadero amigo de la humanidad.

—¿Y eso podría funcionar?

intervino Rebecca Hsu.

—¿Por qué no? —preguntó Ögi.

—¿Pretende usted garantizarle el acceso a la tecnología del ascensor a China, Japón, Rusia, Alemania, India Francia y todos los demás países?

—Un acceso pagado —la corrigió

Rogachov.

—Es un mal plan, Oleg. No pasará mucho tiempo hasta que todos empiecen a darse mamporrazos aquí arriba.

—La Luna es grande.

—No, la Luna es pequeña. Tan pequeña que a mis vecinos, los chinos rojos, a sus amigos estadounidenses o al propio Julian no se les ha ocurrido nada mejor que escoger el mismo sitio para sus extracciones. ¿Tengo razón o no? Se necesitaban dos naciones —dijo la taiwanesa extendiendo el índice y el dedo medio— para desatar un conflicto cuya perífrasis, eso de «crisis lunar», es casi un halago. El mundo estuvo a punto de una confrontación armada entre dos

superpotencias, y no fue nada divertido.

—¿Y por qué ambas han venido a parar al mismo territorio? —preguntó Winter con tono de inocencia—. ¿Por descuido?

—No —dijo Julian, negando con la cabeza—. Porque las mediciones nos hacían suponer que en el territorio limítrofe entre el Oceanus Procellarum y el Mare Imbrium había depositadas grandes concentraciones de helio 3, como las que se encuentran solamente en la cara oculta. Una concentración similar parece tener también la vecina bahía Sinus Iridum, situada al este del monte Jura. Por supuesto que todos

reclamaban poder excavar allí.

Hsu frunció el ceño.

—¿Y acaso eso sería diferente si hubiera más naciones?

—Sí. Habría que dividir la Luna antes de que se pusiera en movimiento el ejército de buscadores de oro. Pero usted tiene razón, Rebecca, por supuesto. Todos tenéis razón. Tengo que admitir que la idea de que la astronáutica se convierta por fin en una oportunidad para toda la humanidad cuenta con mi aplauso.

—Es por lo demás comprensible — sonrió Nair—. Usted podría sacar mucho provecho de sus buenas acciones.

—Bueno, y también nosotros

enfatizó Ögi.

—Sí, algo muy bonito —dijo Rogachov, soltando el cubierto—. Pero sólo hay un problema en todo esto, Julian.

—¿Cuál?

—Sobrevivir a un cambio de tal índole en la manera de pensar.

HANNA

Unas pequeñas y tibias tartas de chocolate revelaron su líquido relleno, que iba penetrando, oscuro y espeso, en una papilla de frutas multicolor. Hacia las diez, un cansancio plomizo se cernió sobre los comensales. Julian anunció que al día siguiente podrían dormir hasta la mañana y que, a continuación, cada cual podía disfrutar a gusto de las comodidades del hotel o explorar el entorno más próximo. Las excursiones más prolongadas estaban previstas para dos días después. Dana Lawrence quiso

informarse de si todo estaba en orden. Todos se explayaron en alabanzas, incluido Hanna.

—De no haber hecho esa película, no creo que Cobain tuviera mucho que decirles a los chicos de hoy en día — insistió O'Keefe en el ascensor—. Y mira adonde ha ido a parar el grunge. Al cajón de la mala música. Ya nadie se interesa por tipos como él. Los chicos de hoy prefieren escuchar esa música artificial: The Week That Was, Ipanema Party, Overload...

—Pero tú mismo hiciste grunge con tu banda —le dijo Hanna.

—Sí, pero lo dejé. Dios mío, tenía

diez años, creo, cuando Cobain murió. Pregúntame lo que me interesaba el tipo.

—Pero tú encarnaste su papel.

—Un actor puede interpretar a Napoleón y no por ello intenta de inmediato dominar Europa. En todas las épocas la gente piensa que los héroes de su tiempo son importantes. ¡Importantes! En la música pop hay siempre álbumes importantes que más tarde nadie conoce.

—La gran música perdura.

—Mentira cochina. ¿Quién conoce hoy en día a Prince? ¿O a Axl Rose? ¿O a Keith Richards, del que sólo se sabe que fue el mediocre guitarrista de una banda de música que siempre sonaba

igual? Créeme, se sobrestima a los dioses del pop. Se sobrestima a todas las estrellas. Por principio. No pasamos a la historia; sencillamente, pasamos. A menos que te suicides o que alguien te mate de un disparo.

—¿Y por qué todavía hoy todos se remiten a los años sesenta y setenta? Si lo que dices fuera cierto...

—De acuerdo, están de moda.

—Lo están hace tiempo.

—Bueno, ¿y qué? Dentro de diez años serán otros los que hagan la ronda por el barrio. Nucleosis, por ejemplo, eso de ahora, dos mujeres y un ordenador, y el ordenador compone la

mitad de la porquería.

—Siempre ha habido ordenadores.

—Pero no con la función de compositores. Te lo repito: las estrellas del mañana serán las máquinas.

—Chorradas. Eso se decía también hace veinticinco años. ¿Y qué pasó? Aparecieron de nuevo los cantautores. La música artesanal no morirá nunca.

—Bueno, tal vez nosotros seamos demasiado viejos. Buenas noches.

—Buenas noches, Finn.

Hanna cruzó el puente en dirección a su suite y entró. En el transcurso de la tarde había seguido obedientemente las conversaciones en la mesa, sin

inmiscuirse en análisis demasiado complejos. Por un rato intentó compartir la pasión de Eva Borelius por los caballos, y luego la atrajo hacia el terreno de la música, para, al final, verse en el lodazal del romanticismo alemán, un tema sobre el que no entendía nada. O'Keefe acudió en su salvación con comentarios sobre el estado comatoso del britpop a finales de la década de 1990, y habló también del mando prog y del psychabilly, justamente lo adecuado cuando se tenía la mente en otra parte, y la mente de Hanna estaba en otra parte. Pronto todos se irían a dormir, eso estaba claro. En la

nave espacial los habían preparado mentalmente diciéndoles que los días en la ingravidez, las fatigas del alunizaje, los cambios corporales y el flujo de nuevas impresiones se cobrarían su tributo a la llegada. A la altura de la cama, el dormitorio estaba protegido por una capa de hormigón lunar, de modo que a lo sumo en una hora nadie podría echar un vistazo hacia el exterior, y el personal vivía más bien en el subsuelo.

Así que, a esperar.

Hanna se tumbó sobre el colchón ridículamente delgado, pero que, al mismo tiempo, bastaba para acoger con

comodidad su cuerpo, que allí pesaba solamente dieciséis kilos. El canadiense cruzó las manos detrás de la cabeza y cerró los ojos por un momento. Si se quedaba allí tumbado se quedaría dormido; además, todavía tenía bastantes cosas que hacer antes de partir. Silbando muy bajito, regresó al salón y acarició la funda de la guitarra. Sus dedos tocaron un breve aire flamenco y, a continuación, Hanna le dio la vuelta al instrumento sobre sus rodillas, palpó los bordes, apretó en determinados puntos, sacó el botón de la correa y levantó todo el fondo del estuche.

Una delgada placa con la forma de la caja de la guitarra estaba fijada a la tapa; era de color madera y estaba cubierta con una red de finísimas líneas. El servicio de seguridad de Orley no había revisado su equipaje, cosa que habría sucedido si se hubiera tratado de un turista normal; en su caso, sólo le habían hecho un par de preguntas amables. Nadie había dudado siquiera que su guitarra fuera una guitarra de verdad. Los huéspedes de Julian estaban por encima de cualquier sospecha; de todos modos, la organización no había querido asumir ningún riesgo, de manera que el examen con rayos X había

arrojado que aquel instrumento poseía un fondo más grueso de lo habitual. Eso, a un experto, le habría llamado la atención, al menos a uno que no supiera todavía que se trataba de dos fondos superpuestos y que el interior estaba hecho de un material sintético especial, extremadamente resistente.

Con ambos pulgares, Hanna empezó a presionar algunas partes de la placa. Éstas fueron desprendiéndose con un ligero chasquido y cayendo luego al suelo, donde quedaron esparcidas como si fueran los componentes de un test de inteligencia. El paso siguiente fue separar el mástil de la guitarra de la

caja, lo que dejó a la vista un tubo de unos cuarenta centímetros de largo que Hanna dividió en dos mitades de igual longitud, con lo que aparecieron un sinnúmero de tubitos más pequeños que se repartieron por todo el suelo. Hanna los juntó en un montón, abrió su maleta y vació ante sí el contenido de su bolsa de aseo. Puso al alcance de la mano el gel de ducha, el champú y los moldeables tapones para los oídos, destapó uno de los dos tubos con crema hidratante, lo apretó y sacó una franja de una sustancia transparente que comprimió contra uno de aquellos componentes, al tiempo que pegaba otro contra el primero en un

ángulo recto. En un instante, la crema y el material sintético crearon un enlace químico. Hanna sabía que no podía permitirse el más mínimo error, ya que luego no podría dar marcha atrás al montaje. Trabajaba de forma concentrada, sin prisas; a continuación, desenroscó una de las pelotas de golf, extrajo de su interior unos diminutos componentes electrónicos, le añadió otras partes y las ensambló en el conjunto. Al cabo de pocos minutos tenía en sus manos una estructura plana de la que sobresalía un fragmento de tubo que parecía el cañón de una pistola, lo que, a fin de cuentas, era: una pistola

con un aspecto curiosamente arcaico. Tenía una empuñadura, pero en lugar de gatillo contaba con una especie de interruptor. A partir de los elementos que le habían sobrado, Hanna construyó un modelo idéntico, sometió ambas armas a un detallado examen y pasó a la segunda fase de su trabajo.

Para ello continuó desmontando utensilios salidos de su neceser y juntándolos en un nuevo orden hasta completar veinte proyectiles, cada uno compuesto por unas recámaras que se rellenaban por separado. Con absoluta cautela, repartió pequeñas cantidades de gel de ducha en la recámara izquierda y

de champú en la derecha y luego selló ambos compartimentos. Dotó los pequeños cartuchos sacados del mástil de la guitarra, en el interior, de la correspondiente porción de tapones moldeables y de unas pequeñas grageas de gelatina que extrajo de un paquete de medicinas contra los trastornos tractoestomacales. Por último, selló los proyectiles, puso cinco en el mango de la pistola que había armado primero y otros cinco en la segunda. Luego colocó otra vez el fondo en la caja de la guitarra, fijó el mástil con movimientos de experto, reunió los restos de material sintético que habían quedado por el

suelo, los metió en el fondo de su maleta, guardó de nuevo los tubos y los frascos en el neceser y se detuvo cuando le tocó el turno a la loción para después del afeitado.

Sí, claro.

Pensativo, contempló el frasco. Luego levantó la tapa, lo sostuvo delante de su rostro y oprimió brevemente y con fuerza el pulverizador.

Aquello sí que era loción para después del afeitado.

No se tropezó con nadie al salir de la suite.

Vestía un traje espacial y una armadura, llevaba una mochila de

supervivencia a la espalda y el casco bajo el brazo. Una de las armas cargadas iba pegada a su muslo, oculta en un bolsillo especial de su traje, de modo que no llamaría la atención de nadie. Además, llevaba consigo otros cinco cartuchos. No creía, ciertamente, que tuviera que hacer uso de la pistola durante la madrugada. Si todo transcurría como estaba previsto, ni siquiera estaría obligado a usarla en general, pero la experiencia le enseñaba que los errores se colaban en el plan más impecable con la impertinencia de un insecto. En algún momento esa arma podría prestarle un valioso servicio, y a

partir de ese momento lo acompañaría siempre.

Del cuerpo despoblado de Gaia emanaba la atmósfera de un monumento que había sobrevivido a sus constructores. Muy por debajo estaba el desolado vestíbulo. Hanna esperó a que las puertas correderas del E2 se abrieran, entró en la cabina y pulsó el botón del primer nivel. A toda velocidad, el ascensor descendió hasta el subsuelo. Una vez llegado al sótano, Hanna bajó y siguió las señalizaciones en dirección al ancho corredor que todos habían recorrido pocas horas antes y que también estaba vacío,

sumido en una luz fría y blanquecina e inundado por un zumbido monótono. Hanna subió a una de las pasarelas mecánicas. Ésta se puso en movimiento, atravesó las esclusas que conducían hacia arriba, a la superficie lunar, cruzó el pasillo hacia el «garaje», como llamaban al aeródromo del hotel, y se adentró luego en una curva a través de la cual se llegaba a un túnel estrecho de dos kilómetros de largo y que conducía directamente hasta uno de los Pequeños reactores de helio 3 que suministraban energía al Gaia durante la noche lunar. Al final del corredor dejó la pasarela mecánica y miró hacia la nave de la

estación ferroviaria a través de una de las ventanas. El expreso lunar descansaba sobre sus raíles, unido al corredor a través de unas rampas de acceso. Hanna entró en el tren y caminó por entre los asientos vacíos hasta la cabina. El ordenador de a bordo estaba activado, y el monitor, encendido. Introdujo un código y esperó la autorización. Luego dio media vuelta, se acomodó en la primera fila de asientos y extendió las piernas.

No podría haber hecho nada parecido si hubiera sido un huésped como cualquier otro. Pero Ebola lo había preparado todo para él; Ebola se

ocupaba de que no hubiera impedimento alguno para Carl Hanna en la Luna ninguna puerta cerrada, ninguna zona vedada.

Lentamente, el expreso lunar se puso en movimiento.

A lo largo de sus cuarenta y cuatro años de vida, Hanna había sido muy consciente de la necesidad de separar las cosas. En la India había participado en una serie de operaciones encubiertas que, si en alguna ocasión hubiesen sido descubiertas, apenas habrían servido para cualificarlo como un amigo de aquel país. Al mismo tiempo, había ido construyendo un círculo de amistades

con personas nativas y vivía en concubinato con mujeres indias. Causaba perjuicios a los intereses de sus anfitriones, socavaba la autonomía económica y militar del Estado multinacional, pero, en lugar de andar frecuentando, como algunos de sus colegas, ciertos bares de mala muerte, establecimientos dudosos o clubes exclusivos con licencia para vender alcohol, en lugar de andar bebiendo aguardiente de coco y whisky, o de cubrir a los anfitriones con comentarios racistas en cuanto nadie lo estaba escuchando, él se alquilaba un bonito piso en un barrio céntrico de Nueva

Delhi y desarrollaba una auténtica pasión por el curry y los mercados de especias. Por naturaleza, no era alguien que trabara amistad con rapidez; sin embargo, con los años, había empezado a cogerle cariño a la cultura de aquel país y a su gente, hasta el punto de que a veces coqueteaba con la idea de establecerse definitivamente junto al Yamuná. Mientras no estaba realizando su trabajo, el cual requería de una gran habilidad para mentir y de un enorme grado de hipocresía, intentaba llevar una vida completamente normal, fiel a la divisa del país: «Satyameva Jayate»,

«Sólo la verdad triunfa». La doble

condición de su existencia, como una cabeza de Jano, no le estorbaba en absoluto, sino que lo ayudaba a separar consecuentemente al Hanna ciudadano del Hanna embaucador, a fin de que ninguno de los dos se interpusiera en el camino del otro.

También ahora, ante su inminente misión, disfrutó la infinita vastedad del Mare Imbrium, el juego de sombras alrededor de Platón, la amenazante rudeza de las montañas polares cada vez más próximas, el rápido ascenso. Una vez más se vio rodeado por la oscuridad del cráter en sombras, mientras el tren recorría, a setecientos kilómetros por

hora, el corredor natural situado entre el Peary y el Hermite, en dirección a la base estadounidense.

Entonces, de repente, el tren disminuyó la velocidad.

Y se detuvo.

Solitario, el expreso lunar quedó como varado en el flanco de una montaña, en medio de la tierra de nadie de la región polar de los cráteres, a menos de cincuenta kilómetros de distancia de la base. Hanna se puso de pie y caminó hasta la mitad del tren, donde unas taquillas de persianas enrollables orlaban el pasillo. El canadiense levantó unas de las persianas

y, con rápida mirada, examinó el sistema de montaje de módulos guardado en la taquilla, estudió las instrucciones de montaje pegadas a la pared trasera, sacó una plataforma oval con unas patas plegables de telescopio, ocho pequeños tanques esféricos, unas toberas rotatorias acopladas a unos brazos, dos acumuladores cargados y una barra enorme que terminaba en una empuñadura; en medio de todo brillaba un monitor. El montaje fue sencillo; a fin de cuentas, el grasshopper, aquel vehículo con forma de saltamontes, se había desarrollado para casos de emergencia, para que los viajeros, por

ejemplo, pudieran valerse por sí mismos en caso de que fallaran los guías. Una vez montado, apoyado sobre sus patas telescópicas, ofrecía sitio para dos astronautas, uno de los cuales, el delantero, debía hacerse cargo del volante. Hanna empujó el vehículo hasta la esclusa de aire, regresó a las taquillas, sacó una caja de herramientas y un aparato de medición y metió ambas cosas en un compartimento situado en el suelo del grasshopper. Luego se puso el casco y realizó las pruebas correspondientes para el traje, antes de iniciar el vaciado de aire. Al cabo de pocos segundos, se desbloqueó la

escotilla exterior. Hanna subió al

«saltamontes», sacó su ordenador, lo sujetó a un lado del panel de control y abrió la escotilla.

El aparato inició el sondeo de localización.

Atento, Hanna le dio al vehículo las coordenadas. El LPCS le permiti localizar el paquete. Aliviado, comprobó que el aparato comunicaba todavía, de lo contrario habrían perdido toda oportunidad de encontrarlo en medio de aquel páramo. Los sistemas electrónicos funcionaban, de modo que debía de ser un problema mecánico. Con una ignición, el grasshopper se alzó del

suelo y aceleró. Para no perder altura, tenía que crear un contraimpulso constante, mientras las toberas rotatorias servían para cambiar de dirección. Los aparatos voladores del formato del grasshopper estaban, por naturaleza, limitados a un radio de acción restringido, pero la ausencia de capas de aire tenía un efecto positivo, ya que no había ninguna fricción atmosférica que pudiera frenar el impulso tomado en un inicio. Los pequeños tanques esféricos permitían vencer asombrosas distancias a una velocidad máxima de ochenta kilómetros por hora.

La señal le llegaba desde unos seis

kilómetros. A la sombra de la pared del cráter, Hanna se sentía casi como un ciego, y dependía totalmente de los mortecinos conos de luz de los faros de a bordo. Como si intentasen ganarle la carrera, la luz corría a toda velocidad por delante de él. Sólo los sistemas de radar del vehículo lo protegían de colisiones con salientes de roca. A una distancia considerable, la planicie iluminada se unía al negro de nítidos contornos de la sombra de la montaña, mientras que, arriba, una cegadora luz solar salpicaba la cresta del cráter. Hacía rato que las vías del expreso lunar se habían adentrado entre las

crestas rocosas del valle vecino, en dirección a aquella planicie ligeramente elevada que conducía en línea recta hasta las alturas del Peary, el sitio hacia donde debía de estar avanzando el paquete por sus propios medios desde hacía horas; sin embargo, su señal atraía a Hanna hacia la dirección opuesta, hacia lo profundo del cráter.

Hanna moderó el impulso. El grasshopper perdió altura y sus dedos de luz palparon la agrietada roca. A su alrededor se amontonaban los afilados fragmentos rocosos, fantasmales indicios de que, no mucho tiempo atrás, se había producido allí, con estruendo,

un desprendimiento hacia el valle; o no, aquel acontecimiento había tenido lugar en medio de un absoluto silencio. Entonces el terreno se hizo más llano y la sonda radiogoniométrica le hizo saber que había llegado a su objetivo. Le faltaban pocos metros.

Activó las toberas de frenado y buscó entre los conos de luz un sitio donde posarse. Por lo visto, aún no había llegado al pie del cráter. El suelo del fondo seguía siendo demasiado escarpado y agreste como para que fuera seguro estacionar allí el grasshopper. Cuando hubo hallado por fin una plataforma más o menos llana, se vio

obligado a recorrer otro kilómetro y medio entre sacudidas y resbalones, en constante peligro de perder el equilibrio y romperse el traje con alguno de los afilados fragmentos de roca que abundaban a su alrededor. Extraviado, el rayo de luz de su casco vagó por aquellos montones de escombros descoloridos. Varias veces tropezó, revolviendo el extrafino polvo lunar, un material estáticamente cargado que se adhería a sus piernas con insistencia. Los guijarros saltaban delante de él, extrañamente animados, luego el terreno desaparecía de pronto y la luz se perdía en una negrura sin contornos. Hanna se

detuvo, apagó la linterna del casco, mantuvo los ojos bien abiertos y aguardó.

La impresión era abrumadora.

El centelleo millonario de la Vía Láctea sobre su cabeza. No había ningún tipo de contaminación debida a la luz artificial. Sólo el lejano grasshopper a sus espaldas, con sus luces de posicionamiento, formaba un pequeñísimo punto. Hanna estaba en la Luna lo más solo que puede estar persona alguna. Nada experimentado hasta ese momento podía compararse con esa experiencia, de modo que, por un momento, se olvidó de su misión.

Cualquier cosa que separara al hombre de lo experimentable se desdibujaba y se disolvía allí. Se volvía incorpóreo, formando un todo con el mundo no dual. Todo era Hanna, todo reposaba sobre él y, a su vez, él estaba presente en todo. Recordó a un sadhus, un monje hindú que hacía años le había explicado que era capaz de beberse a su antojo el océano Índico de un solo trago, una expresión de índole un tanto críptica, según le pareció a Hanna entonces. Sin embargo, ahora él estaba allí —¿lo estaba realmente todavía?—, y podía absorber el universo dentro de sí.

Aguardó.

Al cabo de un rato se demostró aquello en lo que había confiado: que la oscuridad se volvería menos impenetrable de lo que se temía. Por allí andaban sueltos algunos fotones, emitidos por la iluminada pared del cráter situado enfrente, cuyo borde asomaba un tramo por encima de la planicie. Como en una foto sumergida en el líquido del revelado, se fue perfilando un entorno que se barruntaba más que se veía, pero ello bastó para descubrir que la supuesta ladera bajo sus pies era una especie de embudo que podía recorrerse con unos pocos pasos. El canadiense encendió de nuevo la luz.

La magia se esfumó. Decepcionado, continuó avanzando sin perder de vista lo que le anunciaba el monitor de su ordenador, y caminaba tan concentradamente que sólo vio el objeto cuando ya estaba encima de él.

¡Era un varillaje grande y ancho! Hanna se tambaleó y dejó caer al

suelo la caja de herramientas y el aparato de medición. ¿Qué era aquello? El localizador situaba el objeto, por lo menos, a unos trescientos metros hacia un lado. Aquella cosa había estado a punto de aplastarle el visor. Maldiciendo, Hanna empezó a darle la vuelta. Poco después supo que la sonda

de localización no tenía la culpa. Aquel montón de chatarra no tenía el menor interés. Era un armazón de cuatro Patas, con tanques calcinados, yacía de lado y, en cierto modo, estaba casi sepultado. Su misión había sido llevar hasta el polo el contenedor que la organización llamaba «el paquete» y que era el encargado de transmitir la señal.

Pero el paquete no estaba allí. Debía de estar más abajo.

Cuando por fin lo encontró, encallado entre fragmentos de roca, el paquete ofrecía un aspecto lamentable. Partes del revestimiento lateral se habían abierto, las patas y las toberas

unidas a los brazos brotaban del interior, en parte torcidas, en parte partidas. Los tanques de combustible colgaban del bajo vientre como grandes huevos de insectos. Por lo visto, el paquete, como estaba planeado, había empezado a desplegar su vida interior, a fin de llegar al lugar determinado, pero entonces había ocurrido algo imprevisto.

Y de pronto Hanna supo también qué había sido.

Su mirada se dirigió hacia las cumbres iluminadas. No tenía ninguna duda de que la unidad de alunizaje había descendido demasiado cerca del borde del cráter. No era nada problemático en

sí. Los constructores habían calculado también algunas intolerancias, y entre ellas estaba el hecho de que el armazón y el paquete pudieran despeñarse en el cráter. Las partes mecánicas debían permanecer protegidas hasta que los sensores anunciaran una posición estable o indicaran que el alunizaje había concluido. Luego estaba previsto que el paquete se desprendiera del armazón, que desplegara sus miembros en cuanto se detuviera y continuara avanzando. Por lo visto el aparato había recibido esa orden, sólo que en el momento de desplegar los miembros una parte de la ladera se había desprendido,

arrastrando consigo toda la estructura. Las extremidades habían quedado destrozadas bajo la granizada de piedras, y el paquete había perdido su capacidad de maniobrar.

¿Había sido un temblor?

Era posible. Hacía mucho tiempo que la Luna había dejado de ser el lugar tranquilo que se había pensado que era. En contra de la opinión habitual, se producían frecuentes movimientos de tierra. Tensiones desatadas por las enormes variaciones de temperatura y que se manifestaban en violentas sacudidas; aun a grandes profundidades, las fuerzas del Sol y de la Tierra seguían

tirando de la piedra lunar, razón por la cual el método empleado en la construcción del hotel Gaia preveía la compensación de sacudidas de más de cinco grados en la escala de Richter. Hanna se puso a trastear las dañadas toberas, por lo menos para que no se dijera que no lo había intentado todo. Tras veinte minutos allí doblado, sudando, tuvo que admitir que no podía reparar los daños. La pérdida de las patas de araña se podía solucionar, pero el hecho de que una de las toberas hubiera sido arrancada en parte y que la otra estuviera desaparecida le presentaba un cuadro poco alentador.

«Mala suerte —pensó Hanna—. Primero el accidente de Thorn, y ahora esto.» Todo eso habría sido tarea suya. Un año antes, Thorn debería haber asumido la responsabilidad por el paquete, pero ahora su cadáver estaba viajando por el universo.

A la espera de nuevas sorpresas desagradables, Hanna retiró el cierre de la tapa situada en el dorso del paquete, abrió el contenedor y alumbró en su interior; todo parecía estar intacto. El canadiense soltó una exhalación de alivio. Perder la carga habría significado el fin, todo lo demás no eran más que situaciones molestas. Entonces

tomó en la mano el aparato de medición y verificó las interfaces. Intactas. Nada se había dañado.

Con cuidado, sacó el contenido.

En ese caso, él mismo tenía que llevar el paquete hasta el lugar donde estaba destinado. Tampoco era un problema. La superficie del grasshopper ofrecía sitio suficiente. Brevemente, sopesó la posibilidad de informar a quienes le habían encargado la misión, pero el tiempo se le acababa. Además, no había otra alternativa. Tenía que actuar. Era recomendable estar en el hotel antes de que los otros despertaran.

Era recomendable no haberse

marchado jamás.

Juegos

27 de mayo de 2025

XINTIANDI, SHANGHAI, CHINA

Jericho se vio de nuevo tumbado en el sofá, junto a dos botellas y una copa en la que quedaban algunos restos secos de vino tinto, así como dos bolsas abiertas de chips de mango. Por un momento no supo dónde estaba. Entonces se incorporó, proceso que sólo logró iniciar en un segundo intento y que le hizo preguntarse a qué se debía esa esponja encharcada que sentía en la cabeza. Luego recordó la gran suerte que tenía. Pero al mismo tiempo sintió cómo

se iba ensanchando la vaga sensación de pérdida. Le faltaba algo que, a lo largo de los años, había ido adquiriendo la familiaridad de los latidos de su corazón.

El ruido.

Jamás lo despertaría el estruendo llegado desde los edificios en construcción, ni el tráfico matutino de una autopista de seis carriles volvería a resonar en sus conductos auditivos antes de que el sol asomara. A partir de ese día residiría en Xintiandi, por donde vagaban las hordas de turistas, en efecto, pero ésa era una circunstancia que uno podía soportar a las mil maravillas. Por

lo general, los turistas no aparecían jamás antes de las diez de la mañana, y se retiraban a última hora de la tarde a sus hoteles, empapados en sudor y con los pies doloridos, prestos a acopiar fuerzas para la visita nocturna al restaurante. Por las noches, eran principalmente habitantes de Shanghai quienes Poblaban los locales del barrio, los bistrós, los cafés, los clubes, las tiendas y los cines. Pero al domicilio de Jericho no llegaba noticia alguna sobre esas dos invasiones. Era la ventaja de vivir en una casa shikumen: fuera, en la calle, podía estar pasando una manada de dinosaurios, que en el interior de la

casa reinaban la paz y el silencio.

Jericho se frotó los ojos. Todavía no podía decirse realmente que «viviera» allí. A lo largo del espacioso loft se acumulaban todavía las cajas sin desembalar. Por lo menos había conseguido instalar la nueva terminal mediática. El servicio a clientes de la empresa de Tu se la había entregado la noche anterior, de manos de dos ayudantes muy amables que cargaron aquel chisme por la escalera y supieron integrarlo con habilidad en el ambiente de la casa, de modo que ahora uno casi ni la veía. Inmediatamente después, Jericho tuvo que partir hacia aquella

visita inesperada al piso de Yoyo, y sólo tras su regreso consiguió hacerle los honores adecuados al nuevo juguete y, aprovechando la ocasión, celebrar su primera noche en Xintiandi. Lo había hecho a lo grande, de lo que daban fe las dos botellas de vino, y había estado todo el tiempo en compañía de Animal Ma Liping y de aquellos niños mancillados y encerrados en jaulas. También se preguntó si Joanna se habría sentido bien en aquella casa, pero finalmente decidió no someterse a esa descabellada aventura del pensamiento.

Era bueno bastarse a uno mismo. Jericho fue primero a tomar una

ducha y sólo luego encendió los sistemas. Habría preferido terminar de desempaquetar las cajas restantes, pero desde el día anterior, además de los fantasmas habituales, poblaban ahora su cabeza el de Tu Tian y el de Chen Hongbing, quienes lo apremiaban a hacer algún progreso en la búsqueda de Yoyo. En un gesto de abnegación, decidió darle prioridad a ese último asunto. Se afeitó, escogió un pantalón ligero y una camisa, cargó uno de los programas que Tu le había grabado en la patilla de sus nuevas gafas holográficas y salió de la casa.

Pasaría la próxima hora en

compañía de Yoyo.

Una de las visitas guiadas transcurría prácticamente por el barrio francés, una reliquia colonial del siglo XIX. El barrio colindaba directamente con Xintiandi, sólo estaban separados por una autovía urbana de cuatro niveles. Tras haberla cruzado por debajo y subido de nuevo a la luz del sol, Jericho caminó a lo largo de la animada Fuxing Zhong Lu y activó el programa de detección de voz.

—Iniciar —dijo el detective.

En un primer momento no sucedió nada. A través de la superficie transparente de las gafas apareció un

universo de colores y formas familiares. Personas que se deslizaban, caminaban o corrían de un lado a otro. Hombres de negocios que se comunicaban a través de sus móviles y que cruzaban las calles con las miradas puestas en los monitores y los auriculares inalámbricos en los oídos, al tiempo que conseguían la obra maestra de no ser atropellados. Vio elegantes mujeres entrando o saliendo de las boutiques de lujo de los alrededores, al tiempo que charlaban o hablaban por teléfono, y también a otras menos elegantes que entraban en manadas en los centros comerciales japoneses o estadounidenses. Grupos de

turistas que tomaban fotos de lo que ellos consideraban testimonios auténticos de la época colonial. Entre coches pequeños, monovolúmenes y limusinas, decenas de COD idénticos los llamados cars on demand, tomaban su rumbo hacia la autovía, mientras los vehículos eléctricos y los híbridos serpenteaban por los espacios vacíos que se cerraban antes de que ellos pudieran abrirse paso. Las bicicletas de guardabarros destartalados se entregaban a una competición con futuristas monopatines antigravedad. Buses urbanos y transportes se arrastraban a través de aquella multitud,

mientras una formación de vehículos volantes de la policía avanzaba por encima de Fuxing Zhong Lu y, un trecho más adelante, una ambulancia se elevaba, hacía un giro en el aire y volaba en dirección al oeste. Relucientes máquinas privadas y motocicletas volantes, las llamadas skybikes, pasaban disparadas por el cielo, llevadas por sus sistemas de conducción del aire. Por todas partes se oía el estruendo, los siseos, las bocinas de los coches, la música, el machacón sonido de los eslóganes publicitarios y las noticias que pasaban por las omnipresentes pantallas de vídeo de

gran formato.

Nada, un día tranquilo en un barrio apacible.

La doble T de Tu Technologies apareció ante los ojos de Jericho. La tecnología de proyección del sistema generaba en la retina la ilusión de que el símbolo flotaba a varios metros sobre el suelo en una reproducción tridimensional. Entonces la imagen desapareció, y el ordenador instalado en la patilla de las gafas proyectó a Yoyo sobre Fuxing Zhong Lu.

Era asombroso.

Jericho había visto muchísimas proyecciones holográficas. Las gafas, un

cristal arqueado de fibra de vidrio, funcionaban como un cine en 3D que uno sacaba a pasear sobre la nariz. Aquello ya no tenía nada que ver con los primeros y toscos aparatos de realidad virtual. El ordenador, más bien, añadía los objetos y las personas en un entorno natural, generándolas, sencillamente, en el cristal de visión de las gafas. Uno veía a alguien que no estaba presente físicamente. Podía tratarse de personas reales o artificiales y, según el tipo de programa, se las podía ver más lejos o más cerca. En esos entornos creados electrónicamente, esas personas apenas podían diferenciarse de las personas

reales. Los problemas empezaban en el mundo real, cuando el ordenador tenía que combinar los movimientos y las reacciones de los avatares con la realidad en tiempo real. Ante un fondo complejo y móvil, las figuras se mostraban transparentes, y la ilusión desaparecía del todo en cuanto alguna persona real cruzaba el espacio en el que el avatar se encontrara en ese instante. Sencillamente, caminaban a través de él. Compañeros virtuales que parloteaban alegremente no sentían nada cuando, en plena charla, eran atravesados por un pesado transporte. Si uno realizaba un rápido movimiento de

la cabeza, se movían a continuación, dejando una estela fantasmal. Constantemente había que ajustar el sistema al entorno real y sincronizarlo con el programa, a fin de armonizar apariencia y realidad, un empeño que hasta el momento había estado condenado al fracaso.

Yoyo, sin embargo, apareció sobre la acera, a un ficticio metro al lado de Jericho, sin dejar entrever ninguno de esos rasgos fantasmales de otros avatares. Vestía un ajustado mono de color frambuesa, llevaba discretas aplicaciones y el pelo recogido en una doble coleta; el maquillaje era de

colores claros.

—Buenos días, señor Jericho

dijo, sonriente.

Por detrás de ella pasaban con prisa los transeúntes. Yoyo los tapaba. Nada en ella parecía transparente, no se veía ningún elemento desenfocado. La joven se plantó delante de él y lo miró directamente a los ojos.

—¿Echamos un vistazo en el barrio francés? —A través del hueso de la sien, la patilla de las gafas llevaba el sonido de la voz de la joven hasta el oído de Jericho.

—Un poco más alto —dijo el detective.

—Con mucho gusto —repuso la voz de Yoyo, con un poco más de volumen

—. ¿Echamos un vistazo en el barrio francés? El tiempo es perfecto, no hay ni una nube en el cielo.

¿Era eso cierto? Jericho alzó la cabeza. Era cierto.

—Eso estaría bien.

—Para mí es un placer. Me llamo Yoyo. —La joven vaciló y le obsequió una miradita que oscilaba entre la coquetería y la timidez—. ¿Puedo llamarlo Owen?

—Por supuesto.

Era fascinante. El programa se había conectado automáticamente con su

código de identificación. Lo reconocía y, además, convertía la hora del día en la frase de saludo correcta, analizaba simultáneamente el estado del tiempo. Con esto, los de Tu Technologies habían alcanzado lo máximo que Jericho conocía de otros programas comparables.

—Venga —le dijo Yoyo con jovialidad.

Casi con alivio, el detective comprobó que la chica ya no parecía tener aquella belleza sobrenatural que él había visto el día anterior. De carne y hueso, viéndola reír, hablar y gesticular, se perdía aquella fascinación que había

creído ver en los vídeos de mala calidad que Chen le había mostrado. No obstante, lo que perduraba bastaba para trastornar el ritmo de cualquier viejo marcapasos.

Un momento. ¿Había dicho de carne y hueso?

¡Eran bits y bytes!

Era absolutamente asombroso. Mientras Yoyo caminaba por delante de él, el ordenador calculaba incluso la posición correcta de las sombras. No quiso seguir preguntándose cómo el programa conseguía hacerlo, sino que prefirió concentrarse en el paso de la joven, su gestualidad, su mímica. En

eso, su guía dobló a la izquierda y empezó a alternar sus miradas entre él y la calle.

—Si Nan Lu agrupa varios estilos arquitectónicos distintos, entre ellos algunos de Francia, Alemania y España. En el año 2018, salvo pocas excepciones, se demolieron los últimos edificios originales, más tarde reconstruidos según los planos iniciales, se entiende. Ahora todo es mucho más bonito y original. —Yoyo mostró una sonrisa de Mona Lisa—. En un principio, aquí residían importantes funcionarios de los partidos nacionalista y comunista. Nadie podía resistirse al

agradable ambiente del barrio, todos querían venir a Si Nan Lu. También Chu En-Lai vivió aquí por un tiempo. Esa hermosa villa con jardín que tenemos delante, con sus tres plantas, fue su domicilio. Al estilo se lo califica de forma general como «estilo francés», pero en realidad aquí se mezclan elementos del art déco con influencias chinas. La villa es una de las pocas casas que ha podido escapar hasta hoy a la fiebre de renovación del Partido.

Jericho estaba perplejo. ¿Había pasado aquello a través de la censura?

Recordó entonces que Tu le había hablado de un prototipo. El texto, por

tanto, sería modificado. El detective se preguntó entonces de quién habría sido la idea de incluir aquella incorrección política. ¿Había sido Tu quien había concebido esa pequeña broma, o era Yoyo quien lo había estimulado a hacerlo?

—¿Se puede visitar la villa? —

preguntó Jericho.

—Podemos contemplarla desde fuera —le confirmó Yoyo—. El interior se mantiene intacto. Chu llevaba un estilo de vida espartano, a fin de cuentas tenía un deber para con el proletariado. O tal vez, sencillamente, no tenía el menor interés en que el Gran Líder le

acomodara los muebles.

A Jericho no le quedó más remedio que sonreír.

—Preferiría continuar.

—De acuerdo, Owen. Dejemos en paz el pasado.

En el transcurso de los minutos siguientes, Yoyo comentó el entorno sin segundas. Después de doblar dos veces, se vieron en una animada callejuela llena de cafés, galerías, estudios de artistas y tiendas pintorescas que vendían artesanía. Jericho había estado allí a menudo. Le encantaba aquel barrio, con sus bancos de madera, sus palmeras, las casas shikumen

primorosamente rehabilitadas, con sus ventanas llenas de jardineras.

—Ésta es Taikang Lu Art Street, que hasta hace unos escasos veinte años era un sitio poco conocido de la escena de los artistas —le explicó Yoyo—. En

1998, una antigua fábrica de golosinas fue ampliada y convertida en la International Artists Factory. Se instalaron en ella algunas agencias publicitarias y diseñadores, y artistas conocidos abrieron aquí sus estudios, entre ellos algunos representantes muy prestigiosos como Huang Yongzheng, Er Dongqiang y Chen Yifei. No obstante, el barrio estuvo durante mucho tiempo a la

sombra de Moganshan Lu, situada al norte del canal Suszhou, donde se habían reunido, en una mezcla, el arte establecido, el alternativo y la vanguardia, con lo cual dominaban el mercado de Shanghai. No fue hasta el año 2015, con la construcción de la Taikang Art Foundation, cuando cambiaron esas relaciones de influencia. La fundación es ese complejo de edificios que vemos allí delante. En el argot popular se lo conoce como «La Medusa» —dijo Yoyo, señalando la imponente cúpula de cristal que, a pesar de su tamaño, seguía pareciendo ligera y afiligranada. El edificio había sido

diseñado siguiendo los principios de la biónica, y había escogido como modelo la estructura del cuerpo de una medusa.

—¿Qué había allí antes? —preguntó

Jericho.

—Originalmente, la Taikang Lu Art Street iba a dar a un hermoso mercado de pescado y anfibios.

—¿Y dónde está ahora ese mercado?

—Fue demolido. El Partido tiene una enorme goma de borrar con la que puede hacer que la historia sea irreversible. Ahora se encuentra allí la Taikang Art Foundation.

—¿Es posible visitar los talleres de los artistas?

—Sí, los talleres se pueden visitar.

¿Le apetece?

Yoyo caminó delante de él. Poco a poco, la Taikang Lu Art Street se iba llenando de turistas. Cada vez había menos sitio, pero Yoyo, mientras serpenteaba por entre la muchedumbre, mantenía un aspecto compacto y auténtico. Para ser exactos, parecía mucho más auténtica que los demás.

De pronto, Jericho quedó perplejo.

¿Acaso sus ojos le habían gastado una broma? El detective se concentró totalmente en Yoyo. Un grupo de japoneses se acercaba, hombro con hombro, ciegos para las personas que

avanzaban desde la dirección opuesta; estaban a punto de chocar con la guía. A Jericho le había llamado la atención que el ordenador le permitiera a Yoyo evitar a los demás viandantes cada vez que era necesario, pero esta vez el grupo bloqueaba la calle por ambos lados. Ahora sólo tenía dos opciones: dar un paso atrás o atravesarlos. Ni a los japoneses ni a los chinos les importaba empujarse para abrirse paso, de modo que Jericho supuso que la Yoyo de carne y hueso haría uso de sus codos. Pero los avatares no tienen codos, por lo menos no unos que se hagan notar en las costillas de otros.

Lleno de curiosidad, observó cómo la joven continuaba su camino. Un instante después, Yoyo había pasado al grupo sin causar la impresión de que alguien hubiera atravesado su cuerpo. Más bien pareció como si, por espacio de un instante, uno de los japoneses se hubiese esfumado en el aire para dar paso a la joven.

Irritado, Jericho se quitó las gafas. Nada había cambiado, salvo que

Yoyo había desaparecido. El detective se puso de nuevo las gafas, pasó como pudo a través del grupo y vio a Yoyo un trecho más adelante, en la calle. Miraba hacia donde estaba él y le hacía señas.

—¿Dónde se había metido? ¡Venga! Jericho caminó unos pasos. Yoyo

esperó a que el detective la alcanzara y se puso de nuevo en movimiento.

¡Increíble! ¿Cómo funcionaba eso? Sin una explicación, apenas podría comprenderlo, así que se concentró en poner al programa entre la espada y la pared. Desde el punto de vista puramente fáctico, era un enorme mérito de los programadores de Tu Technologies. La visita guiada contaba con una buena investigación y todo estaba estructurado de un modo fácil de comprender. Hasta ahora, todo lo que la chica le había dicho era cierto.

—Yoyo... —empezó diciendo

Jericho.

—¿Sí? —Su mirada denotó un amable interés.

—¿Cuánto tiempo hace que tiene este trabajo?

—Esta ruta es completamente nueva

—dijo ella con una evasiva.

—Entonces, ¿no hace mucho tiempo?

—No.

—¿Y qué piensa hacer esta noche?

La joven se detuvo y le dedicó una sonrisa empalagosa.

—¿Es un ofrecimiento?

—Me gustaría invitarla a cenar.

—Siento decirle que no, tengo un

estómago virtual.

—¿Le apetecería ir a bailar conmigo?

—Me encantaría.

—Estupendo. ¿Adónde vamos?

—He dicho que me «encantaría» — repuso la joven, guiñándole un ojo—. Pero por desgracia no puedo.

—¿Puedo preguntarle otra cosa?

—Adelante.

—¿Se acostaría usted conmigo?

La joven se detuvo un momento. La sonrisa dio paso a una expresión burlona y divertida.

—Se llevaría usted una decepción.

—¿Por qué?

—Porque yo no existo.

—Quítate la ropa, Yoyo.

—Puedo ponerme otra, si lo prefiere

—dijo, y la sonrisa retornó—. ¿Quiere que me cambie de ropa?

—Quiero acostarme contigo.

—Se llevaría usted una decepción.

—Quiero tener sexo contigo.

—Apáñatelas tú sólito, Owen. Ajá.

Esa, definitivamente, no era la versión oficial.

—¿Es posible visitar los talleres de los artistas? —dijo Jericho, repitiendo su pregunta de hacía un rato.

—Sí, los talleres se pueden visitar.

¿Le apetece?

—¿Quién te ha programado, Yoyo?

—He sido programada por Tu

Technologies.

—¿Eres un ser humano?

—Soy un ser humano.

—Te odio, Yoyo.

—Lo siento mucho —dijo ella, haciendo una pausa—. ¿Desea continuar la visita?

—Eres una absoluta imbécil, eres

fea.

—Me esfuerzo por satisfacerlo. Su

tono no es el adecuado.

—Disculpa.

—No hay por qué. Tal vez sea mío

el error.

—Tonta del culo.

—Gilipollas.

WORLD FINANCIAL CENTER

—Yoyo está muy solicitada, ¿no? Grand Cherokee le hizo un guiño

cómplice a Xin mientras sus dedos volaban por encima de la lisa superficie de la consola de control, dejando que el ordenador fuera comprobando, uno tras otro, los sistemas del Dragón de Plata. El día prometía ser ideal para una cabalgata en el dragón, era una jornada soleada y clara, hasta el punto de que, a pesar de la omnipresente niebla tóxica, podían verse algunos edificios muy

lejanos como el Shanghai Regent o el Portman Ritz Carlton. Las fachadas de los edificios reflejaban la luz de la mañana. Pequeños soles surgían y desaparecían sobre las carrocerías de los móviles que pasaban volando sobre el Huangpu. Si bien Shanghai iba desapareciendo hacia el interior hasta convertirse en la vaga idea de una ciudad, en la orilla opuesta, en cambio, se alineaban, tanto más claros y con vivos colores, los palacios coloniales del Bund y de la venerable y suntuosa avenida.

Grand Cherokee había ido a buscar a

Xin al llamado sky lobby, el lobby

aéreo, y mientras subían en el ascensor había hablado sin parar del honor que significaba para él tener acceso al reino del Dragón a esas horas. Sin embargo, la montaña rusa, en sí misma, no ofrecía nada excitante, le explicó Cherokee a Xin, por lo menos en lo relacionado con su recorrido: apenas había inversiones, el rizo en vertical era más bien de estilo clásico, introducido y seguido en cada caso por un heartline roll, una vuelta de corazón, que no estaba mal, pues con ello se conseguían tres puntos de gravedad cero, en los que se vivían momentos de absoluta ingravidez, pero que en realidad estaban por debajo de

los estándares. Más bien —siguió explicando Grand Cherokee mientras atravesaban el desolado corredor de cristal—, el verdadero atractivo estaba en la velocidad, combinada con la circunstancia de poder viajar tan rápidamente a medio kilómetro del suelo. Esa milagrosa obra de la producción de adrenalina —continuó su monólogo Wang mientras abría y entraba en la sala de control— era única en el mundo y, por tanto, maniobrarla era una cuestión de nervios similar a la de viajar en el propio tren, por lo que se necesitaba una fuerte personalidad para domesticar a aquel dragón.

—Interesante —había dicho Xin—. A ver, muéstramelo. ¿Qué es exactamente lo que tienes que hacer?

En ese momento Grand Cherokee se detuvo. Acostumbrado a ver su exacerbado ego en el espejo distorsionado de la realidad, a él mismo, de repente, le había resultado desagradable ese último comentario. De hecho, no había nada más sencillo que maniobrar aquella montaña rusa. Cualquier idiota capaz de tocar tres campos distintos en un monitor estaba en condiciones de hacerlo. Algo molesto, se incriminó con una autoironía y le explicó a Xin los elementos de

conexión. Le dijo que, en el fondo, lo único que había que hacer era levantar el bloqueo de seguridad, lo que, naturalmente, presuponía el conocimiento de la clave.

—Son tres cifras —le había dicho a Xin—. Las introduzco consecutivamente... Así... Luego la segunda..., la tercera..., y listo. El sistema está a punto. Si ahora activo el campo superior derecho, desbloqueo el tren, y con el de abajo inicio la catapulta; el resto lo hace el programa. Debajo de todo está el dispositivo para el frenado de emergencia. Pero ése todavía no lo hemos necesitado.

—¿Y eso para qué sirve? — preguntó Xin señalando el menú situado en el borde superior de la pantalla.

—Es el asistente de comprobación. Antes de que libere la montaña rusa para que inicie su recorrido, hago que el ordenador compruebe una serie de parámetros. Sistemas mecánicos, programas...

—Es realmente sencillo.

—Sencillo y genial.

—Es casi una lástima que no tengamos oportunidad de hacer un viajecito, pero tengo poco tiempo. Por tanto, me gustaría que...

—En principio puede subir —le dijo

Grand Cherokee, e inició el proceso de verificación—. Llevaré su trasero a pasear a toda máquina, al final ya no podrá distinguirlo de su cabeza. Pero debería contabilizarlo como viaje extra.

—No tiene importancia. Hablemos de Yoyo.

Había sido en ese punto de la conversación cuando Grand Cherokee le había sonreído a su invitado y había soltado aquel breve comentario en el que afirmaba que Yoyo parecía estar muy solicitada. Iba a añadir algo, pero se calló la boca. La expresión de su interlocutor había sufrido un cambio. Había curiosidad en ella, una curiosidad

que no sólo iba dirigida al paradero de

Yoyo, sino al propio Grand Cherokee.

—¿Quién más se interesa por ella?

—preguntó Xin.

—No tengo ni idea. —Cherokee se encogió de hombros. ¿Debía jugar su carta de triunfo ahora? En realidad, había querido presionar a Xin con la historia del detective, pero tal vez era mejor dejarlo patalear un poco—. Eso lo ha dicho usted.

—¿Qué he dicho?

—Que Yoyo necesitaba protección porque alguien andaba detrás de ella.

—Es cierto. —Xin contempló las puntas de los dedos de su mano derecha.

A Grand Cherokee le llamó la atención lo bien arregladas que las tenía. Las uñas parecían bruñidas, todas ellas cortadas exactamente a la misma longitud, con perfectas medias lunas nacaradas—. Pero tú, Wang, ibas a conseguirme cierta información. Ibas a telefonear a alguna gente o algo así. Ibas a llevarme hasta Yoyo. Todavía recuerdo un dinero que cambió de manos. Por tanto, ¿qué tienes para mí?

«Cabrón remilgado», pensó Grand Cherokee. En realidad, había urdido una historia la noche anterior. Se basaba en un comentario de Yoyo, según el cual a veces se hartaba de la vida de fiestas

que llevaba y se marchaba durante un fin de semana a Hangzhou o al lago del Oeste. ¿Acaso uno de esos estúpidos dichos que su abuela repetía sin cesar no decía que Hangzhou era el equivalente del paraíso en la Tierra? Allí, había decidido Grand Cherokee, Xin podría encontrar a Yoyo, en algún hotel romántico junto al lago del Oeste, y el hotel podría llamarse...

Un momento, no debía ser tan concreto. Alrededor del lago del Oeste había alojamientos a montones, de todas las categorías. Para mayor seguridad, había consultado en Internet y encontrado varios que hacían referencia

a árboles y plantas en sus nombres. Eso le gustaba. ¡El lugar de Yoyo destinado a la contemplación sería un hotel con un nombre floral! Algo florido, sólo que su informante no podía acordarse exactamente del nombre. No era posible averiguar más por ese par de billetes, de todos modos, era algo, ¿o no? Al imaginar a Xin recorriendo los ciento setenta kilómetros que lo separaban del lago del Oeste para visitar cada hotel que sonara a algo vegetal, Grand Cherokee no pudo evitar una sonora carcajada, sobre todo porque también pensaba mandar al detective hasta allí. Sin darse cuenta, aquellos dos memos se

estarían tropezando continuamente. Por una cantidad mayor de dinero revelaría el nombre de la banda de motoristas, pero ésa sería otra pista, ya que a los City Demons era difícil asociarlos con el lago del Oeste. Por otra parte, ¿qué tal una excursión en moto al campo?

¿Por qué no?

Xin estaba absorto en la contemplación de sus uñas. Grand Cherokee reflexionó. Poco después le contaría la misma historia a Jericho, a riesgo de que el detective se mostrara menos obsequioso.

Y aún había otra posibilidad.

—¿Sabe una cosa? —dijo el joven

lentamente, con la mayor indiferencia posible—. He estado pensando en todo este asunto. —Cherokee puso fin a la comprobación del Dragón de Plata y miró a Xin—. Y me parece que el paradero de Yoyo debería valer algo más para usted.

Xin no pareció especialmente sorprendido. Se mostró más bien como si lo asaltase el hastío de la comprensión tardía.

—¿Cuánto? —preguntó.

—Diez veces más.

Asustado por su propia insolencia, Wang sintió que su corazón latía con más fuerza. Si Xin se tragaba ésa...

Un momento. ¡Eso iba a ser mucho mejor!

—Diez veces más —repitió el joven

—, y un nuevo encuentro.

La expresión del rostro de Xin se petrificó.

—¿A qué viene esto ahora?

«¿Que a qué viene? —pensó Grand Cherokee—. Pues es muy sencillo, tonto del culo. Con esa suma correré donde está Jericho y le daré a elegir. O incrementa la cantidad y recibe la historia en exclusiva, o la rechaza y la recibes tú. Pero sólo después de haber hablado con ese detective. Y cuando Jericho haya soltado veinte veces el

precio, lo intentaremos contigo, pero treinta veces esa suma.»

—¿Sí o no? —preguntó el joven.

Las comisuras de los labios de Xin se torcieron hacia arriba de un modo casi imperceptible.

—¿De qué película has sacado eso, Wang?

—Para esto no me hace falta ver ninguna película. Usted anda detrás de Yoyo, me importa una mierda el porqué. Lo que me parece más interesante es que, por lo visto, también la policía quiere algo de ella. Conclusión: usted no es poli. Y eso quiere decir que no puede hacerme nada. Tendrá que aceptar lo

que le ofrezcan y... —Grand Cherokee se inclinó hacia adelante y enseñó los dientes— cuando se lo ofrezcan.

Con una sonrisa helada, Xin levantó la vista hacia el chico. Entonces sus ojos se posaron en la consola de control.

—¿Sabes una cosa que odio? —

preguntó el hombre.

—¿A mí? —dijo Grand Cherokee riendo.

—Tú eres un insecto, Wang; el odio te subiría de categoría. No, se trata de las manchas. Odio las manchas, y tus dedos grasientos han dejado unas feas manchas en el monitor.

—Bueno, ¿y qué?

—Límpialas.

—¿Que haga qué?

—Limpia esas manchas.

—Dime una cosa, figurín de mierda,

¿qué diablos te has...?

Algo curioso sucedió, algo que Grand Cherokee jamás había experimentado. Todo ocurrió rapidísimo, y una vez hubo pasado, el joven se vio en el suelo delante de la consola, y sintiendo la nariz como si una granada le hubiera reventado en ella. Unos rayos de colores vibraban ante sus ojos.

—Tu cara es menos apropiada para limpiar —dijo Xin, que estiró la mano

hacia abajo y alzó a Grand Cherokee como si el joven fuese un muñeco—. Oh, qué mal aspecto tienes. ¿Qué le ha pasado a tu nariz? ¿Te apetece charlar un rato?

Grand Cherokee se tambaleó y se apoyó sobre la consola. Con la otra mano se palpó el rostro. La aplicación de la frente le cayó en la palma de la mano. Estaba llena de sangre. Desconcertado, el joven miró a Xin.

Entonces, furioso, tomó impulso con el brazo.

Xin, con actitud serena, le clavó el dedo índice en el tórax.

Fue como si alguien hubiera

desconectado todos los sistemas de la parte inferior del cuerpo de Grand Cherokee. Cayó de rodillas, y un dolor llameante le quemó el pecho. Su boca se abrió para dejar escapar algunos sonidos ahogados. Xin se agachó y lo sostuvo con la mano derecha antes de que el estudiante cayera al suelo.

—Se te pasará enseguida —dijo—. Sé que por un momento tienes la impresión de que no podrás volver a hablar jamás, pero no es así. En general, este procedimiento puede ser incluso beneficioso para la comunicación. ¿Qué querías decirme?

Grand Cherokee jadeó. Sus labios

dieron forma a una palabra.

—¿Yoyo? —preguntó Xin asintiendo

—. Es un buen comienzo. Haz un esfuerzo, Wang, y sobre todo... — continuó, cogiéndolo por debajo de las axilas y levantándolo en peso— ponte de pie.

—Yoyo está... —jadeó Cherokee.

—¿Dónde?

—En Hangzhou.

—¡Hangzhou! —Xin alzó las cejas

—. Quién lo habría dicho. Pero ¿es que en realidad sabes algo? ¿Dónde de Hangzhou?

—En... en un hotel.

—El nombre.

—No tengo ni idea. —Con avidez, Grand Cherokee llenó sus pulmones de aire. Xin tenía razón, el dolor disminuía, pero no por eso se sentía un ápice mejor

—. Algo con flores.

—No seas tan complicado —dijo Xin suavemente—. Algo con flores es tan concreto como decir «en algún lugar de China».

—También puede que sea algo con árboles —salió de la boca de Grand Cherokee—. Mi informante me dijo que era algo floral.

—¿En Hangzhou?

—En el lago del Oeste.

—¿En el lago del Oeste, dónde?

¿Del lado de la ciudad?

—¡Sí, sí!

—Es decir, ¿en la orilla occidental?

—Exactamente.

—¡Ah! ¿Y es posible que sea cerca del dique Su?

—¿De...? Sí, creo que sí. —Grand Cherokee tuvo esperanzas—. Probablemente. Sí, él dijo algo de eso.

—Pero la ciudad está en la orilla oriental.

—Tal... Tal vez yo no lo entendí bien. —La esperanza se esfumó.

—Pero sí que está próximo al dique

Su, ¿no? ¿O se trata del dique Bai?

¿El dique Bai? ¿El dique Su? L

cosa se complicaba cada vez más.

¿Dónde estaban esos diques? Grand Cherokee no había meditado sobre el asunto con tanta exactitud. ¿Quién contaba con que Xin le haría aquellas preguntas?

—No lo sé —dijo el joven con voz apagada.

—Creo que tu informante...

—¡Es que no lo sé!

Xin lo miró con reprobación. Entonces sus dedos se hundieron en la zona de los riñones de Grand Cherokee.

El efecto fue inenarrable. Cherokee empezó a abrir y cerrar la boca en una rápida secuencia, como un pez al que

han sacado de su elemento; sus ojos crecían como bolas. Xin lo sostenía con mano férrea, a fin de que el chico no se le viniera abajo. Desde la perspectiva de la cámara de vigilancia, estaban allí de pie, el uno al lado del otro, como dos viejos amigos.

—¿Y bien?

—No lo sé —gimoteó Grand Cherokee, mientras una parte de él se desprendía de su ser y corroboraba que el dolor tenía un color naranja—. De verdad que no.

—¿Qué es lo que sabes en realidad, Wang?

Grand Cherokee alzó la mirada,

temblando. Podía leer en los ojos de Xin, de manera inequívoca, lo que le sucedería si volvía a darle una sola respuesta falsa.

—Nada —susurró el joven.

Xin rió con desprecio, negó con la cabeza y lo soltó.

—¿Quiere que le devuelva el dinero? —susurró Grand Cherokee, retorciéndose todavía ante el recuerdo del dolor que había sacudido todo su cuerpo.

Xin arrugó los labios. Miró hacia afuera y vio el centelleo de la ciudad.

—Hay un comentario que no se me va de la mente —dijo el hombre.

Grand Cherokee lo miró fijamente y aguardó. Una parte de su ser, la parte escindida, le indicaba que dentro de quince minutos entrarían los primeros visitantes y que, probablemente, el sitio se abarrotaría, ya que el tiempo era excepcionalmente bueno.

—Antes has dicho: «Yoyo está muy solicitada.» Creo que lo has expresado así, ¿verdad?

Faltaban quince minutos.

—Podrías probar el suelo de nuevo, Wang, así que esta vez dime la verdad.

¿Quién ha preguntado por ella?

—Un detective —murmuró Grand

Cherokee.

—Qué interesante. ¿Cuándo fue eso?

—Anoche. Le mostré la habitación de Yoyo. Hizo las mismas preguntas que usted.

—Y tú le diste las mismas respuestas. Le dijiste que podías averiguar algo y que todo eso costaba una minucia.

Grand Cherokee asintió con gesto melancólico. Si Xin iba a ver a Owen Jericho con esa información, vería cómo también el dinero del detective se le esfumaba en el aire. Con obediencia precipitada, sacó la tarjeta de presentación de Jericho y se la entregó a Xin, que la cogió con ambas manos, la

contempló con atención y la guardó.

—¿Algo más?

Claro. Podía contarle algo a Xin sobre esa banda de motoristas, la única pista que posiblemente podría llevarlo de verdad hasta Yoyo, pero no le haría ese favor a aquel cabrón.

—Que te jodan —dijo en lugar de ello.

—Es decir, nada más.

Xin pareció pensativo. Salió por la puerta abierta de la sala de control y entró en la zona situada entre el torniquete y el andén de la montaña rusa. No se dignó mirar a Grand Cherokee ni una sola vez; era como si el joven

hubiese dejado de existir. Lo que, en ese instante, tal vez habría sido lo mejor. Dejar de existir hasta que aquel bastardo abandonara la planta del edificio. No rechistar, encogerse hasta tener el tamaño de un ratón, ser menos que una huella dactilar en el monitor de un ordenador. Todo eso estaba tan claro para la parte escindida de Grand Cherokee Wang como ninguna otra cosa en el mundo; expresó incluso una bienintencionada advertencia que él, cegado por el odio, ignoró. Wang salió arrastrando los pies detrás de Xin, al tiempo que meditaba sobre cómo recuperar una dignidad —la dignidad

del encargado del Dragón—, que ahora estaba por los suelos. ¿Debía decirle:

«Es usted un hijo de puta brutal»? Xin, seguramente, era consciente de que era un tipo brutal, pero hijo de puta era una expresión demasiado inofensiva. Grand Cherokee consideraba que a Xin le importaban un comino los insultos.

¿Qué podía hacer para que aquel cabronazo se enfadara?

Y así, mientras Grand Cherokee, su parte escindida, buscaba todavía una ratonera a la que arrastrarse, oyó al otro Grand Cherokee, el bocazas, decir:

—¡No te sientas tan seguro, maldito cerdo!

Xin, que estaba a punto de cruzar el torniquete, se detuvo.

—Lo primero que haré será llamar a Jericho —ladró Grand Cherokee—. E inmediatamente después llamaré a la poli. ¿Cuál de los dos se interesará más por ti, eh? Procura salir de aquí, lo mejor sería que te largaras de Shanghai, o de China. Vete a la Luna, tal vez tengan un sitio libre para ti allí arriba, porque aquí abajo acabaré contigo. ¡Eso te lo puedo asegurar!

Xin se volvió lentamente hacia él.

—Eres un perfecto idiota, Wang — dijo el hombre; su tono era casi de compasión.

—Voy a... —soltó Grand Cherokee, pero entonces se dio cuenta de que, probablemente, acababa de cometer el mayor error de su vida. Xin caminó hacia él a paso lento. No parecía alguien dispuesto a entrar en nuevas discusiones.

Grand Cherokee retrocedió.

—Esta zona está videovigilada — dijo el joven, esforzándose por sacar un tono de advertencia que, a mitad de camino, se volvió de pánico.

—Tienes razón —asintió Xin—. Debo darme prisa.

El estómago de Grand Cherokee se convulsionó. El joven dio un salto hacia

atrás e intentó calibrar la situación. Su enemigo estaba entre él y el pasillo que daba al corredor de cristal. No había ninguna vía de escape que excluyera pasar por su lado; directamente detrás de Grand Cherokee se extendía el borde de la plataforma, al otro lado de la cual reposaba sobre sus raíles el tren de la montaña rusa. La zona en la que bajaban o subían los clientes daba hacia el abismo y estaba protegida por paredes transparentes, y a derecha e izquierda de ellas doblaban hacia el vacío las vías del tren.

La mirada de Xin no dejaba espacio a malentendidos.

De un salto, Grand Cherokee se situó en el vagón del medio. Su mirada vagó hasta la cabeza del Dragón. Los vagones, por separado, no eran más que plataformas con asientos montados, cuyos respaldos recordaban a enormes escamas o alas, lo que, desde lejos, le confería al tren el aspecto de un reptil plateado. Sólo en el extremo delantero había una estructura que insinuaba la forma de un cráneo alargado. Allí habían instalado una unidad de conducción individual, con la que se podía maniobrar un tramo el tren en caso de emergencia. No precisamente durante e l looping, pero sí a lo largo de las

rectas.

Allí donde la montaña rusa rodeaba los pilares laterales del edificio, justo antes de que empezara a ascender en un movimiento en espiral, había un paso que conducía desde las vías hasta el interior del edificio. Dentro de los pilares había instalaciones técnicas y almacenes. Los puentes de acero desembocaban en las fachadas de cristal de los pilares y servían, en caso de necesidad, para la evacuación si algo impedía al tren llegar a la terminal. A través de ellos se llegaba a una escalera independiente y a un ascensor, ninguno de los cuales podía alcanzarse desde el

corredor de cristal.

Grand Cherokee recapituló todo eso mientras permanecía en posición de acecho, con lo cual cometió su segundo error, ya que estaba perdiendo tiempo en lugar de actuar de inmediato. Xin tomó impulso y se colocó entre él y la cabeza del Dragón. Sólo dos hileras de asientos separaban a los dos hombres, y Grand Cherokee comprendió que había desaprovechado su oportunidad de alcanzar la unidad de conducción individual. Sopesó la idea de saltar de nuevo al andén, pero era evidente que, de hacerlo, tendría a Xin de inmediato subido a su cuello. Probablemente no

conseguiría siquiera llegar a la barrera con el torniquete.

Xin se acercó. Avanzó por entre las filas de asientos con tal rapidez que Grand Cherokee dejó de reflexionar y huyó hasta el final del tren. Un corto trecho más allá acababa el acristalado que protegía la estación. Allí, las vías se alejaban de la fachada del edificio, salían un buen tramo hacia afuera, describiendo un arco, y trazaban una curva de veinticinco metros que las conducía hasta la cara posterior del pilar.

—Una idea muy estúpida —dijo Xin mientras se acercaba.

Grand Cherokee miró hacia afuera, donde estaban las vías, y volvió a mirar luego a Xin. Había comprendido, desde hacía un buen rato, que había ido demasiado lejos, que aquel tipo tenía el firme propósito de matarlo. ¡Maldita Yoyo! Menuda víbora, meterlo a él en ese lío.

«Falso —constató la mitad escindida de Grand Cherokee—. Aquí el estúpido eres tú.» ¿Alguna vez se le había ocurrido la idea de arrastrarse por el aire?, preguntó esa otra mitad. Y cuando el bocazas quedó debiendo la respuesta, la otra voz, la más distanciada, añadió: «Sin embargo,

tienes una enorme ventaja. ¡No padeces vértigo!»

¿Xin tampoco?

Con la certeza de que las grandes alturas no le causaban ningún daño, desapareció la parálisis que atenazaba las extremidades de Grand Cherokee Wang. Decidido a todo, puso un pie en la vía de la montaña rusa, dio un paso, otro. Medio kilómetro por debajo de él vio la plaza con áreas verdes situada frente al World Financial Center, cruzada por varios caminos para peatones. Por la avenida Shiji Dadao, la arteria de dos niveles que conducía desde el río hasta el interior de Pudong,

los coches se desplazaban como hormigas. El sol abrasador cayó sobre el joven a través de la imponente abertura de la torre, cuando éste abandonó el cristal protector de la estación y fue siguiendo, metro a metro, el trayecto de los raíles. Unas rachas de viento cálido tiraron de él. A su izquierda, la fachada de cristal de la torre se alejaba con cada paso; o más bien se alejaba él de ella. A mano derecha podía divisar el tejado de la torre Jin Mao. Detrás de él y a su alrededor, se agrupaban los edificios comerciales de Pudong y formaba un recodo la cinta resplandeciente del río

Huangpu; la ciudad de Shanghai se extendía más allá de los límites de lo imaginable.

Con el corazón latiéndole desenfrenadamente, Grand Cherokee se detuvo y volvió la cabeza. Xin lo miraba desde el extremo del funicular.

No lo seguía.

¡Ese cabrón no tenía huevos!

Grand Cherokee dio otro paso y resbaló entre dos travesaños.

El corazón se le detuvo. Como un gato que cae al suelo, extendió sus cuatro extremidades, se agarró de las vías y, durante un momento espantoso, se balanceó sobre el abismo, antes de

alzarse otra vez, haciendo acopio de todas sus fuerzas. Jadeante, intentó incorporarse. Se hallaba a medio camino entre la estación y el trayecto de la curva, y los raíles empezaban a inclinarse. El viento golpeaba su abrigo, que ahora se revelaba como la prenda más inapropiada para salir a pasear a quinientos metros de altura.

Jadeando, Wang se volvió una vez más.

Xin había desaparecido.

«Tengo que avanzar —pensó—.

¿Cuánto falta todavía para el paso?

¿Veinticinco, treinta metros? A lo sumo. Así que, ¡adelante! Muévete, procura

vencer la curva. Ponte a resguardo. Lo que menos interesa ahora es lo que haya sucedido con Wang.»

Haciendo otra vez acopio de valor, se soltó con un balanceo. Nuevamente era dueño de sus sentidos, y entonces el ruido penetró en su oído.

El ruido.

Era una mezcla entre un zumbido y un traqueteo, iniciado por un seco clic metálico. Se alejaba en la dirección opuesta, y aunque en realidad Wang estaba familiarizado con aquel ruido, ya que lo oía varias veces al día, cada vez que estaba de servicio allí arriba, el ruido hizo que a Grand Cherokee se le

helara la sangre en las venas.

Xin había despertado al Dragón.

¡Había arrancado el tren!

A Grand Cherokee se le escapó un alarido de miedo, que fue recogido por las cálidas ráfagas de viento y repartido por todo Pudong. Gimoteando, avanzó tan a prisa como le fue posible. Su oído le indicaba que el tren desaparecía justamente detrás del pilar norte, y a continuación lo vio trepar por la superficie inclinada en el boquete. Todavía el Dragón avanzaba lentamente, pero cuando estuviera en el tejado aceleraría, y luego...

Fuera de sí, avanzó arrastrándose

hacia la sombra del pilar sur. Las vías se inclinaban visiblemente, de modo que al joven no le quedaba más remedio que moverse a cuatro patas.

Demasiado lento. ¡Demasiado lento!

«Tu corazón va a desgarrarse a causa del miedo —pensó Grand Cherokee, el siempre indiferente—. Tal vez puedas intentarlo esta vez con tus blasfemias.»

Y, en efecto, eso lo ayudó. Desgañitándose, gritó al cielo azul

terribles maldiciones, se aferró al cálido metal de los raíles y continuó dando saltitos hacia adelante, más que arrastrarse. Las vías habían empezado a

vibrar. En dos ocasiones estuvo a punto de perder el equilibrio y salirse de la curva, pero siempre logró sostenerse y avanzar un poquito más. Por encima de su cabeza, un pitido hueco le indicó que los vagones del tren habían alcanzado ya el vértice y entraban ahora en la recta del tejado; sin embargo, él aún no había llegado a su objetivo. Al intentar echar un vistazo rápido al Dragón, sólo se vio a sí mismo como un reflejo en los ventanales de la fachada del pilar, lo que, de algún modo, era como un cine jodidamente bueno. En realidad, podría haber estado divirtiéndose de lo lindo, pero la cuestión del final feliz aún no

estaba clara, y el Dragón, en ese instante, estaba pasando la catapulta.

Las vías empezaron a vibrar con violencia. Grand Cherokee continuó avanzando, soltó un ahogado «¡Por favor!» que sonó como un mantra: «Por favor, por favor, por favor...», siempre al ritmo de la vibración de los raíles.

—Por favor... —Catapram...—. Por favor... —Catapram...

Cherokee rodeó el pilar. A menos de diez metros vio el puente de acero que iba desde las vías hasta la pared del edificio.

El Dragón ya se inclinaba por encima del borde del tejado.

—Por favor...

Con un estruendo ensordecedor, el tren se despeñó hacia abajo, torció para describir el bucle y entró a toda velocidad. Toda la estructura se puso en movimiento. Ante los ojos de Grand Cherokee, las vías parecían bailotear de un lado a otro. El joven se incorporó, consiguió saltar varios travesaños a la vez y, a pesar de la posición ladeada de las vías, mantener el equilibrio.

Cinco metros. Cuatro.

El Dragón se aproximaba haciendo el looping...

Tres metros.

...tomó disparado la curva... Dos.

... se acercó volando.

En el instante en el que el tren pasó el cruce que daba acceso al puente, Grand Cherokee hizo algo casi sobrehumano. Con un alarido salvaje, tomó impulso e inició un imponente salto en el aire. Por debajo de él, la proa del vagón delantero pasó como un bólido. El joven extendió los brazos para buscar sostén en alguno de los asientos, consiguió tocar algo, pero luego perdió el contacto. Su cuerpo golpeó contra el respaldo del asiento siguiente, fue lanzado hacia lo alto y,

por espacio de un instante, pareció subir hacia el cielo azul intenso, como si hubiera decidido ponerse a disposición del espacio.

Luego cayó.

Lo último que le pasó a Grand Cherokee por la cabeza fue que por lo menos lo había intentado.

Y, a decir verdad, no lo había hecho tan mal.

Xin echó la cabeza hacia atrás. Por encima de él vio a algunas personas que entraban en el observatorio de cristal. También el corredor abriría al cabo de pocos instantes. Era hora de largarse de allí. Sabía cómo funcionaban las cosas

en las centrales de vigilancia de los grandes edificios, y sabía también que en el último cuarto de hora apenas nadie había echado una ojeada a los monitores. Pero aun cuando alguien lo hubiera hecho, no habría conseguido ver demasiado. Aparte de la manera en que Wang trabó conocimiento con el suelo de la sala de control, ambos habían permanecido todo el tiempo muy pegados el uno al otro, como dos personas que hablan con familiaridad.

Ahora, sin embargo, había puesto en movimiento el Dragón. Y antes de la hora habitual. Eso llamaba la atención. Tenía que salir de allí.

Xin vaciló.

Luego, con la manga de su chaqueta, limpió sus huellas de la pantalla, se detuvo un momento y lustró también las partes marcadas por los sucios dedos de Grand Cherokee Wang. De otra manera, corría peligro de que aquellas manchas lo persiguieran hasta en sueños. Había ciertas cosas que tendían a adherirse a su mente como sanguijuelas. Finalmente salió corriendo a lo largo del pasillo y lo abandonó por el mismo camino por el que había llegado. En el ascensor, se quitó la peluca de la cabeza, se puso las gafas, se arrancó el bigote del labio superior y volvió del revés la chaqueta.

Había sido confeccionada especialmente para él y era posible llevarla por ambos lados. La chaqueta gris se convirtió en otra de color arena, en la que metió la peluca, el bigote y las gafas. Decidió cambiar de ascensor en el sky lobby de la planta veintiocho, bajó hasta el sótano, atravesó la zona de tiendas y salió a la clara luz del sol. Una vez fuera, vio gente correr hacia el lado sur del edificio. Los gritos se hicieron más intensos. Alguien gritó algo acerca de un suicidio.

¿Suicidio? Eso estaba bien.

Mientras Xin caminaba a toda prisa bajo los árboles del parque, sacó la

tarjeta de presentación del detective.

Fantasmas

27 de mayo de 2025

GAIA, VALLIS ALPINA, LA LUNA

La mente de Julian era un generador de ideas extraordinarias, un generador que él se vanagloriaba de poder conectar o desconectar a su antojo. Cuando algunos problemas insistían en meterse con él en la cama, Julian decidía dormirse y caía en una especie de encantamiento comatoso en cuanto su cabeza rozaba la almohada. El sueño era el pilar fundamental de su salud mental y física, y en la Luna, cada vez que había ido allí, había conseguido dormir

estupendamente.

Sólo esa noche no podía.

Con los corderitos saltando la valla, Julian repasó en su mente la conversación sostenida durante la cena, o más exactamente, el comentario de Walo Ögi sobre por qué, sencillamente, no rompía su matrimonio con Washington y declaraba abierto el bazar de sus tecnologías, a fin de garantizar el acceso libre a ellas para todo el mundo. En realidad, había una diferencia entre aceptar la mejor oferta o aceptar todas las ofertas. Se trataba, incluso, de una diferencia de tipo moral. Un favoritismo unilateral en algo que atañía al bienestar

de diez mil millones de seres humanos

—aunque no cada una de esas personas quisiera instalar un ascensor espacial en el jardín de su casa— podría interpretársele como una astuta jugada pensada para sacar provecho, a él, quien, como nadie, propugnaba su autonomía empresarial y en los discursos conmemorativos soltaba bonitas frases sobre la responsabilidad global y el disparate que significaba andar siempre midiendo fuerzas.

Lo que mantenía a Julian despierto esa noche era la circunstancia de verse reafirmado, una vez más, en las reflexiones que sostenía en secreto

consigo mismo. Sobre todo teniendo en cuenta que el acceso general a sus patentes no sólo llevaría adelante la explotación económica de la Luna, sino que generaría mejores negocios, y a eso no se oponía en ningún modo la moral. El suizo había dado en el clavo: si hubiera dos o tres naciones más en posesión de un ascensor, dedicadas a extraer helio 3 de la Luna, el cambio energético en el mundo, basado en la fusión aneutrónica, quedaría consumado en muy pocos años. Orley Enterprises, o más exactamente Orley Space, podría cofinanciar la construcción del ascensor en países menos solventes, lo que le

daría a Orley Energy la oportunidad de adquirir derechos exclusivos en el suministro de electricidad. El negocio de los reactores daría réditos, y Orley Energy se convertiría en el mayor proveedor de energía del planeta. Que Washington estuviera de todo menos feliz con esa decisión era lo de menos, con eso habría que apañarse.

Pero las cosas eran algo diferentes. En varias ocasiones, Zheng Pang-

Wang había intentado emparejarlo con Pekín, algo que Julian había rechazado de manera rotunda, hasta que un día, durante un almuerzo conjunto en Hakkasan, el elegante restaurante chino

de Londres, vio de pronto con claridad que estaba engañando a sus socios estadounidenses yéndose a la cama con el otro bando. Ofrecerles sus servicios a todos, por el contrario, no era nada diferente de ofrecerle un Toyota o un Big Mac a cada persona en cada país del mundo. Washington, por supuesto, lo vería de otro modo. Usarían como argumento el haber cerrado con él un acuerdo de reciprocidad en el que —con una referencia ejemplar a la comida rápida— la carne la ponía él, mientras que el pan era garantizado por el lado estatal, de lo contrario ninguno de los dos podría actuar por su cuenta.

En un arranque de elocuencia, había hecho partícipe a Zheng de sus ideas.

Al anciano habían estado a punto de caérsele los palillos de las manos.

—¡No, no, mi estimado amigo! Es posible tener una esposa y una concubina. ¿Qué querrá cambiar la concubina en el hecho de que uno esté casado? Nada. Se alegrará de ello, de poder compartir la vida agradable de la esposa; sin embargo, su entusiasmo se esfumaría prontamente ante la idea de que pudieran existir otras concubinas. China ha invertido mucho, demasiado. Vemos con decepción, aunque con respeto, que usted se sienta tan unido a

la esposa, pero si de repente empezaran a salir ascensores del suelo y todo el mundo pudiera poner sus demandas en la Luna, tendríamos un problema comparativamente mayor. Pekín se preocuparía mucho.

Mucho.

«Sólo hay un problema en todo esto, Julian... Sobrevivir a un cambio de tal índole en la manera de pensar.» El comentario de Rogachov lo había irritado, ya que le ponía ante los ojos, una vez más, la arrogancia de los que gobernaban y sus acólitos. Eran una panda de inútiles. ¿Qué clase de globalización era ésa en la que los

actores no dejaban entrever ninguna ambición de mostrarse las cartas unos a otros y uno tenía que vivir con el fantasma de su propio asesinato si intentaba repartir el pastel de manera equitativa y justa? Cuanto más reflexionaba sobre eso, tanto más inundaban los despertadores químicos su tálamo, hasta el punto de que, poco después de las cinco, Julian ya no tuvo ganas de dar más vueltas entre sábanas y edredones. Se metió bajo la ducha y decidió aprovechar la insólita circunstancia de su insomnio para dar un paseo por el cañón. En realidad, estaba hecho polvo, por lo menos su cuerpo lo

estaba, pero así y todo se fue hasta el salón, se puso unos pantalones cortos y una camiseta, bostezó y se calzó unos ligeros mocasines.

Cuando levantó la cabeza, le pareció ver un movimiento en el borde de la ventana izquierda, el reflejo de algo que pasaba a toda prisa.

Miró hacia afuera, hacia el cañón. No había nada.

Indeciso, se detuvo, se encogió de hombros y abandonó la suite. No se veía un alma. ¿Cómo iba a verse? Todos estaban sumidos en un estado de profundo agotamiento. Julian entró en la taquilla donde estaban los trajes

espaciales y empezó a vestirse, se metió a la fuerza en el estrecho atuendo, reforzado con acero, colocó el blindaje del pecho y la mochila, se puso el casco bajo el brazo y fue hasta el sótano.

Cuando entró en el corredor, por un momento creyó estar alucinando.

De la dirección opuesta, donde estaba la estación, se acercaba un astronauta.

Julian parpadeó. El otro se aproximaba rápidamente a través de la pasarela mecánica. Una luz blanca alumbraba su silueta. De pronto tuvo la descabellada sensación de estar mirando un mundo reflejo y de estar viéndose a sí

mismo en el otro extremo del Pasillo, pero entonces la forma ovalada del cráneo, el cabello cortado muy corto, el mentón robusto y los ojos de color oscuro se unieron para formar un rostro conocido.

—Carl —exclamó, perplejo.

Hanna parecía no menos sorprendido.

—¿Qué estás haciendo aquí? — Hanna dejó la pasarela y se acercó lentamente a Julian. Este último alzó las cejas, irritado, y miró a su alrededor como si otros madrugadores pudieran empezar a salir de las paredes.

—Lo mismo te pregunto yo.

—Bueno, para ser sincero... —La mirada de Hanna adquirió cierta expresión de haber sido sorprendido in fraganti, su sonrisa se volvió estúpida

—. Yo...

—¡No vayas a decirme que has estado fuera!

—No he estado fuera —dijo Hanna alzando ambas manos—. De verdad que

no.

—Pero tenías intenciones de salir...

—Hum.

—Dímelo.

—Bueno, tenía ganas de dar una vuelta por el otro lado del cañón para contemplar el Gaia desde allí.

—¿Tú solo?

—¡Por supuesto que yo solo! —La expresión de escolar de Hanna se transformó de nuevo en la de un adulto

—. Ya me conoces, no soy el tipo de persona que duerme ocho horas. Tal vez no me he socializado lo suficiente como para participar en viajes en grupo; en cualquier caso, estaba tumbado en la cama y de repente pensé en lo que podría sentirse siendo el único hombre en la Luna. Percibir lo que se siente paseando completamente solo por ahí fuera, sin los demás. Imaginar que no hay nadie más aquí aparte de mí.

—Una idea descabellada.

—Que también podría ser tuya. — Hanna torció los ojos—. Venga, no te lo tomes así. Quiero decir, vamos a estar los próximos días dando vueltas en manada, ¿no es así? Y eso está bien, de verdad. Me caen bien los demás, no pretendo largarme ni mucho menos. Pero quería saber.

Julian se peinó la barba con la punta de los dedos.

—En realidad, no parece que haya razones para preocuparme —sonrió—. Te has extraviado antes de poder poner un pie fuera, ¿no?

—Sí, vaya estupidez, ¿verdad? — Hanna rió—. ¡Olvidé dónde están las

malditas esclusas! Ya sé que nos las habéis enseñado, pero...

—Ahí, están justo allí delante. Hanna volvió la cabeza.

—Vaya, estupendo —dijo, cortado

—. Pero si hasta lo dice en letras bien grandes.

—Menudo viajero solitario estás hecho —repuso Julian en tono burlón—. A decir verdad, tenía el mismo propósito que tú.

—¿Cuál? ¿Salir solo ahí fuera?

—No, idiota, con toda la experiencia práctica que a ti te falta.

¡Esto no es uno de esos tramos por donde sueles hacer jogging! Es

peligroso.

—De acuerdo. Pero la vida, en sí misma, es peligrosa.

—Te lo digo en serio.

—¡Chorradas, Julian, conozco el funcionamiento del traje! Hice una EVA en la OSS, otra en el vuelo hacia aquí todas ellas más peligrosas que pisar aquí un poco de regolito.

—Eso es cierto, sólo que... —«Sólo que yo también me escabullí fuera, como tú», pensó Julian—. Las normas establecen que nadie salga solo, por lo menos ningún turista.

—Pues, estupendo —replicó Hanna, muy animado—. Ahora somos dos. A

menos que tú desees estar solo...

—Tonterías —dijo Julian, riendo; fue hasta la esclusa e hizo que se levantara la escotilla interior—. Tú te has dejado pillar, así que te toca hacerme compañía, lo quieras o no.

Hanna lo siguió. La esclusa estaba concebida para veinte personas, de modo que ellos dos, allí dentro, se perdían en su enormidad, mientras los trajes efectuaban los test automáticos. Desconcertado, Hanna no dejaba de preguntarse cuán altas eran las probabilidades de ese encuentro. Si era cierto que el hombre habitaba sólo uno de los innumerables universos paralelos,

en los que tomaba su curso cada acontecimiento posible de la realidad, desde los casi idénticos a los más divergentes mundos en los que había saurios inteligentes y en los que Hitler habría ganado la guerra, ¿por qué entonces él tenía que habitar justamente en aquel universo en el que Julian, exactamente a la misma hora, cruzaría el mismo corredor que él? ¿Por qué no lo había hecho diez minutos más tarde, lo que le habría dado la oportunidad de llegar a su suite sin ser visto? El único consuelo se lo proporcionaba pensar que las cosas habrían sido mucho peores si Julian lo hubiera visto llegar con el

expreso lunar. Pero de ese detalle no parecía haberse enterado.

Tendría que prestar más atención en adelante, estar más alerta.

Él y Ebola.

XINTIANDI, SHANGHAI, CHINA

—Interesante, tu programa —dijo

Jericho.

—¡Ah! —Tu parecía satisfecho—. Ya me estaba preguntando cuándo llamarías. ¿Cuál de los programas has probado?

—El del barrio francés. No pretenderás en serio ponerlo en circulación, ¿o sí?

—Hemos suprimido cualquier detalle picante —dijo Tu, sonriendo irónicamente—. Como ya te dije, es sólo

un prototipo, estrictamente para consumo interno, así que procura no pasearte con él por ahí. Pensé que te sentaría bien un poco de diversión; además, querías conocer a Yoyo.

—¿Fue idea suya? ¿Eso de las indirectas al Partido?

—El texto íntegro es de la autoría de Yoyo. Son sólo grabaciones de prueba, improvisó bastante. ¿Intentaste por casualidad coquetear con ella?

—Por supuesto. Coqueteé y la insulté.

Tu soltó una risita.

—Impresionante, ¿verdad?

—No le iría nada mal tener un poco

de variedad en las réplicas. Pero, por lo demás, está muy logrado.

—La versión comercial trabaja sobre la base de la inteligencia artificial. Puede generar cualquier reacción sin dilaciones de tiempo. Y para ello no tendríamos ni siquiera que filmar de nuevo a Yoyo. Tampoco necesitamos sonidos en off. El sintetizador puede simular su voz, el movimiento de sus labios, sus gestos, en fin, todo. Tu versión ha sido bastante simplificada, pero en cambio has tenido a una Yoyo pura.

—Hay algo que tienes que explicarme.

—Siempre y cuando no le vendas la información a Dao It.

«Idiota», pensó Jericho, pero se lo guardó para sí.

—Sabes que jamás lo haría —dijo en su lugar.

—Sólo era un chiste —dijo Tu, trasteándose los dientes; a continuación, se sacó algo verde y lo arrojó lejos.

Jericho intentó no mirar. No obstante, fue inevitable que su mirada se dirigiera hasta el lugar donde había aterrizado aquel rudimento. Su irritación se debía al hecho de que Tu, en su nueva terminal multimedia, no sólo aparecía en tamaño natural, sino en perfecta

modulación espacial, de modo que parecía como si el loft de Jericho se hubiera ampliado temporalmente con una habitación más. En nada le habría asombrado poder ver aquel resto de comida, eliminado con tal naturalidad, sobre el parquet de su vivienda. Obviamente, el placer de poder ver a Tu en tres dimensiones no podía compararse en nada con el de disfrutar de la presencia de Naomi Liu.

Esa mujer tenía unas piernas verdaderamente bonitas.

—¿Owen?

Los párpados de Jericho empezaron a batir.

—Me ha llamado la atención que la presencia de Yoyo entre las multitudes es asombrosamente estable. ¿Cómo lo conseguís?

—Secreto de empresa —dijo Tu con voz aflautada.

—Explícamelo. De lo contrario me veré obligado a hacer una visita a mi oculista.

—Tus ojos están en perfecto estado.

—Por lo visto, no. Quiero decir, esas gafas son tan transparentes como una ventana común y corriente. A través de ellas veo la realidad. Tu programa puede proyectar algo encima, pero no cambiar la realidad.

—¿Y acaso lo hace? —dijo Tu, riendo socarronamente.

—Sabes muy bien qué hace y qué deja de hacer. Hace que la gente desaparezca temporalmente.

—¿Nunca has pensado que la realidad es tan sólo una proyección?

—¿Podrías ser un poco menos críptico?

—Digamos que podríamos dejar fuera también la superficie de cristal.

—¿Y a pesar de eso Yoyo también aparecería?

—Bingo.

—Pero ¿cómo?, ¿con qué medio?

—Aparecería, ya que nada de lo que

ves es mera realidad. En las patillas y en la montura de las gafas se ocultan unas pequeñas cámaras, diminutas, que transmiten al ordenador una imagen del mundo real, a fin de que el aparato sepa cómo y dónde tiene que añadir a Yoyo. Lo que tal vez hayas pasado por alto son los proyectores en la parte interior de la montura de las gafas.

—Lo que sé es que Yoyo es proyectada sobre el cristal.

—No, eso es precisamente lo que no sucede. —El cuerpo de Tu se estremeció a causa de la risa contenida

—. El cristal es un elemento superfluo. Las cámaras crean una imagen completa

consistente en tu entorno más Yoyo, y esa imagen es proyectada directamente a tu retina.

Jericho miró a Tu.

—¿Quieres decir que nada de lo que vi...?

—Bueno, has visto el mundo real, pero no de primera mano. Ves lo que las cámaras graban, y esa grabación es manipulable. En tiempo real, se sobrentiende. Podemos colorear el cielo de rosado, hacer desaparecer a gente o hacer que le crezcan cuernos. Transformamos tus ojos en pantallas de cine.

—Increíble.

Tu se encogió de hombros.

—Son aplicaciones de la realidad virtual que arrojan un sentido. ¿Sabías, por ejemplo, que la mayor parte de las cegueras tienen que ver con un enturbiamiento de la lente? La retina, situada debajo, puede estar en perfecto estado, y nosotros proyectamos el mundo visible directamente sobre ella. Hacemos que los ciegos vuelvan a ver. En eso consiste todo el truco.

—Entiendo —dijo Jericho, frotándose el mentón—. Y Yoyo colaboró en todo ello.

—Exacto.

—Depositas en ella una confianza

enorme.

—Esa chica es buena. Es una fábrica de ideas.

—Pero ¡es una chica que hace sus prácticas!

—Eso es irrelevante.

—No para mí. Tengo que saber con quién tengo que vérmelas, Tian. ¿Cuán mañosa es la chica realmente? ¿Es una simple di...? —Hubiera querido decir

«una disidente», pero eso habría sido un estúpido error. El Escudo de Diamante habría filtrado inmediatamente el término de la conversación y lo habría añadido a su expediente.

—Yoyo es una experta —le explicó

Tu escuetamente—. Jamás he dicho que iba a ser fácil encontrarla.

—No —dijo Jericho, casi para sí—. No lo has dicho.

—Ánimo. En cambio, he recordado algo.

—¿Y? ¿Qué es?

—Yoyo parece tener amigos entre una banda de motoristas. A mí no me presentó a los tipos, pero recuerdo que llevan en su chaqueta el nombre de City Demons. Tal vez eso te lleve a otra parte.

—Eso ya lo sé, gracias. ¿No mencionó Yoyo, por casualidad, dónde tenían su cuartel general?

—Supongo que eso tendrás que averiguarlo por tu cuenta.

—Está bien. Si se te encendieran otras bombillas...

—Te informaría. Espera.

Al otro lado de la proyección sonó la voz de Naomi Liu. Tu se puso de pie y salió del campo visual de Jericho. El detective los oyó a ambos hablar bajito, y entonces Tu regresó.

—Perdona, Owen, pero todo parece indicar que tenemos a un suicida. —Tu vaciló—. O la víctima de algún accidente.

—¿Qué ha sucedido?

—Algo horrible. Alguien se ha

despeñado de la torre y ha muerto. La montaña rusa estaba funcionando fuera de horario. Por lo visto, se trata de la persona que trabaja ahí arriba. Te llamaré de nuevo, ¿de acuerdo?

—De acuerdo.

Pusieron fin a la conversación. Jericho se quedó todavía un rato sentado frente a la pared vacía, pensativo. Algo en aquel comentario de Tu lo inquietaba, y se preguntaba cuál sería la razón. En todas partes había gente que se arrojaba de los edificios. China registraba el mayor índice de suicidios del mundo, por delante incluso de Japón, y los altos edificios ofrecían a los suicidas la

posibilidad más barata y efectiva para decir adiós a esta vida.

No se trataba del suicidio en sí.

¿De qué se trataba, entonces?

Jericho sacó el lápiz electrónico que Tu le había entregado, lo colocó sobre la superficie de la consola de trabajo e hizo que el ordenador descargara las visitas guiadas de Yoyo, su expediente personal, las actas de sus conversaciones y documentos. El expediente contenía, además, su código genético, grabaciones escaneadas de su voz y sus ojos, las huellas dactilares y el grupo sanguíneo. A partir de las visitas guiadas, el detective podía

familiarizarse con su manera de moverse, su mímica, la modulación de su voz, y a partir de los documentos y de las grabaciones de conversaciones se podían extraer las expresiones y los giros usados con mayor frecuencia, las paráfrasis y la manera de construir las frases. Con ese material, estaba en posesión de un perfil de personalidad muy útil. Una orden de busca y captura con la que se podía trabajar.

Sin embargo, tal vez debería comenzar con lo que aún no tenía.

Jericho se conectó a la red y ordenó al ordenador ir en busca de los City Demons. Sucesivamente, le fueron

presentados un club de fútbol de la ciudad de Nueva Gales del Sur, en Australia, otro en Nueva Zelanda, un club de béisbol de Dodge City, en Kansas, así como una banda de música gótica en Vietnam.

No había «demonios» en Shanghai. Después de ampliar el modo de

búsqueda y de haberlo instruido para que tuviera en cuenta cualquier error ortográfico, consiguió un primer éxito. Dos miembros de un club de motociclismo llamado City Damons se habían enfrascado en una riña a golpes, en el Club Dkd de la calle Huaihai Zhong, con una docena de norcoreanos

borrachos que se habían puesto a cantar un himno de alabanza a su asesinado líder. Los motociclistas habían salido del asunto con una amonestación, lo que había que agradecer al hecho de que la alta jerarquía china había declarado a Kim Jong-un de manera póstuma, persona non grata, a fin de rendir tributo a la atmósfera reinante en la Corea reunificada. Por muchas razones, Pekín se esforzaba por sofocar desde su origen cualquier embellecimiento nostálgico del totalitarismo norcoreano.

Los City Damons. Con «a».

Lo siguiente que encontró el ordenador fue un blog de la escena del

hip-hop de Shanghai que retomaba el tema del incidente en el Club Dkd y alababa la valerosa intervención de dos miembros de los City Demons —esta vez con «e»—, que, arriesgando su vida, habían mostrado la salida a los demonios norcoreanos. Allí había un enlace que lo llevaba hasta un foro de motociclistas que Jericho revisó de punta a cabo, con la esperanza de averiguar más cosas sobre los Demons. Allí confirmó sus sospechas de que las entradas de los City Demons habían sido colgadas en la red por ellos mismos. El foro se reveló como una plataforma de publicidad de un taller de motos

eléctricas e híbridas llamado Demon Point, y cuyo dueño, con toda probabilidad, pertenecía a los City Demons.

Y ésa era una información interesante.

Porque el taller estaba en las afueras de Quyu: un universo paralelo en el que apenas nadie poseía un ordenador propio o una conexión con la red; por otra parte, en cada esquina de Quyu había un antro oscuro con el nombre de Cyber Planet, un agujero capaz de absorber a los adolescentes para no volver a escupirlos nunca afuera. Un universo dominado por varios subclanes

de las tríadas, que a veces pactaban entre sí y, otras veces, rivalizaban y sólo se ponían de acuerdo en la práctica de todos los crímenes imaginables. Un mundo de complejas jerarquías, fuera del cual ninguno de sus habitantes valía nada. Un mundo que cada día enviaba ejércitos enteros de mano de obra barata y auxiliares no cualificados a los mejores barrios para luego absorberlos de nuevo; un mundo, finalmente, que tenía poco que ofrecer en cuanto a cosas dignas de ver, pero que, no obstante, atraía mágicamente a los representantes de otras clases más favorecidas, pues éste les ofrecía algo que ya no podía

encontrarse en una Shanghai completamente renovada: la fascinante y multicolor irisación de la corrupción humana.

Quyu era la «Zona», el mundo olvidado, el lugar perfecto si uno quería desaparecer sin dejar rastro.

El pequeño taller de motocicletas no estaba ubicado directamente en Quyu, pero sí lo suficientemente cerca como para actuar como una suerte de puerta de entrada o salida. Jericho suspiró. Se veía obligado a dar un paso que no le gustaba nada. De vez en cuando, como hacía poco, trabajaba en colaboración con la policía de Shanghai. Mantenía

con ella buenas relaciones. Que los agentes lo ayudaran o no en sus propios casos dependía de que éstos tuvieran alguna relación con los temas de espionaje o corrupción que Jericho investigaba. Sin embargo, sí que trabajaban hombro con hombro en la lucha contra monstruos como Animal Ma Liping. Pero el respeto creciente de que gozaba entre los círculos de las autoridades no databa únicamente desde que había entregado al pederasta. En el marco de algunas borracheras en conjunto, algunos agentes habían dejado entrever su disposición a suministrarle, en caso de necesidad, algunas

informaciones, y desde la pesadilla en Shenzhen, su amigo Patrice Ho, un oficial de alto rango de la policía, le debía un gran favor, y ahora ese favor podía traducirse explícitamente en echar un vistazo a las bases de datos de la policía. Con sumo gusto habría querido Jericho reclamar ahora ese favor, pero si en realidad Yoyo era buscada por las autoridades, no podía ni pensar en ello.

Y eso significaba que tendría que colarse en las bases de datos de manera ilegal, como un pirata informático.

Dos veces se había atrevido a hacerlo, y dos veces lo había conseguido.

Pero luego se juró que no lo intentaría una tercera vez. Sabía lo que le pasaría si descubrían su juego. Desde que Pekín, en el año 2007, se había introducido en las redes gubernamentales de Europa y Estados Unidos, Occidente había pasado al contraataque, apoyados por hackers rusos y árabes que trabajaban por su cuenta. En esa época, no había nada a lo que China temiera más que a los ataques cibernéticos. Y en correspondencia, quien se infiltrara en los sistemas chinos no podía esperar piedad alguna.

Con sentimientos encontrados, Jericho puso manos a la obra.

Al cabo de poco tiempo ya tenía acceso a diversos archivos. Casi cada zona de la ciudad estaba provista de escáneres que se ocultaban en las paredes de los edificios, en semáforos y señalizaciones, en manijas de puertas y letreros de timbres, en vallas publicitarias, etiquetas y espejos, paneles de control y equipos domésticos. Leían las retinas, captaban los datos biométricos, la forma de andar y los gestos, registraban voces y ruidos. Mientras que el sistema de espionaje creado según el modelo estadounidense de la Agencia de Seguridad Nacional había sido perfeccionado hacía varias

décadas, el análisis de la retina era un fenómeno comparativamente reciente: desde varios metros de distancia, los escáneres reconocían la estructura individual del iris humano e identificaban los datos de su dueño. Unos micrófonos de orientación de tamaño microscópico filtraban las frecuencias del nivel de ruido de un cruce de calle muy frecuentado, hasta que era posible oír hablar a una persona con toda claridad. En el análisis radicaba el verdadero arte de la vigilancia. El sistema reconocía a aquellas personas que eran buscadas a partir de sus patrones de movimiento,

identificaba sus rostros, aun cuando llevaran puesta una barba postiza. Una única mirada de Yoyo a uno de los omnipresentes escáneres bastaba para identificar su retina, la cual había sido fichada electrónicamente por primera vez al nacer, luego cuando se matriculó en la escuela, y más tarde, al entrar en la universidad; finalmente, la habían fichado de nuevo en el momento de su arresto y cuando fue puesta en libertad.

El ordenador de Jericho empezó a calcular.

Analizó cada vibración en el rabillo del ojo de Yoyo, se sumergió en la estructura cristalina de su iris, midió el

ángulo con el que se alzaban las comisuras de sus labios al sonreír, realizó estudios de los patrones de movimiento en su cabello cuando el viento lo revolvía, escaló por la curva de sus caderas, por el intervalo entre sus dedos al balancear el brazo, la posición de la muñeca cuando señalaba alguna cosa, la distancia media de sus pasos. Yoyo se transformó en una criatura de ecuaciones, en un algoritmo que Jericho enviaba al universo fantasmal de los archivos de espionaje de las autoridades con la esperanza de encontrar su equivalente. Redujo el período de búsqueda al momento inmediatamente

posterior a su desaparición, pero, así y todo, el sistema le devolvió dos mil coincidencias. El detective cargó los datos robados en su disco duro, los guardó en la carpeta llamada «Archivos de Yoyo» y se desconectó rápidamente del sistema. No habían notado su intrusión. Era hora de empezar el análisis.

Pero le faltaba una pieza del puzle. Por muy improbable que pareciera, tal vez aquel estudiante con un nombre tan extravagante sí que tuviera algo que ofrecer. ¿Cómo se llamaba el chico? Grand Cherokee Wang.

Grand Cherokee...

En ese preciso instante, el rayo del conocimiento alcanzó a Jericho.

Según había averiguado en sus pesquisas, Wang tenía un trabajo adicional en el World Financial Center, en el mismo edificio donde se encontraba la empresa de Tu. Era el operario del Dragón de Plata...

Y el Dragón de Plata... ¡era una montaña rusa!

«La montaña rusa estaba funcionando fuera de horario. Por lo visto, se trata de la persona que trabaja ahí arriba.»

Jericho se quedó mirando al frente. Su olfato le decía que aquel estudiante

no había saltado por voluntad propia ni había tenido un accidente. Wang estaba muerto porque sabía algo acerca de Yoyo. ¡No, no por eso! Sino porque aparentaba saber algo acerca de Yoyo.

Con ello, el caso aparecía bajo una luz completamente nueva.

Jericho atravesó su enorme loft, fue hasta la cocina y dijo:

—Un té. Lady Grey. Una taza, doble de azúcar, leche normal.

Mientras la máquina preparaba lo deseado, el detective repasó todo cuanto sabía. Quizá estuviera viendo fantasmas donde no los había, pero su talento para identificar patrones y establecer

conexiones donde otros veían meros fragmentos lo había engañado pocas veces. De lo que sí estaba seguro era de que, aparte de él, había alguien más detrás de Yoyo. En sí no era nada nuevo; tanto Chen como Tu habían expresado sus sospechas de que Yoyo estaba huyendo. Sin embargo, ambos se habían mostrado escépticos ante la posibilidad de que fuera la policía, aun cuando Yoyo pudiera creerlo. Esa vez no habían ido a buscarla unos agentes, como las dos veces anteriores, sino que más bien había desaparecido de la noche a la mañana. ¿Por qué? La decisión parecía tomada con prisa. Algo debía de haber

despertado los temores de Yoyo, el temor a recibir, en los minutos o en las horas siguientes, la visita de personas que no tenían en absoluto buenas intenciones. ¿Qué había hecho Yoyo antes de poner pies en polvorosa?

¿La habrían alertado?

¿Quién? ¿De quién? Si el tal Wang había dicho la verdad, la chica estaba sola en el momento crítico; por tanto, podría haber recibido una llamada en la que alguien le dijera: «Procura largarte.» O quizá recibió un correo electrónico. También podía ser que no hubiera recibido nada. Cabía la posibilidad de que hubiese descubierto

algo, en las noticias, en la red, algo que le insuflara miedo.

Con un discreto pitido, la cocina le hizo saber que el té estaba listo. Jericho cogió la taza, se quemó la mano, maldijo y bebió un breve sorbo. Decidió que debía llamar al servicio técnico para que reprogramaran la máquina. Si se le pedía doble de azúcar quedaba demasiado dulce; si, en cambio, lo pedías normal, quedaba demasiado amargo. Pensativo, regresó al área de trabajo. Los policías de Shanghai no eran nada remilgados, pero no solían arrojar a los sospechosos desde los tejados. Más bien Grand Cherokee

Wang se habría visto en una comisaría. El chico había querido jugar al póquer, un timador que no tenía nada para vender, sólo que esa vez, en su recorrido, había dado con la persona equivocada.

¿A quién diablos había desafiado

Yoyo?

—Noticias de última hora —dijo Jericho—. Shanghai. World Financial Center.

En la pared se agruparon los titulares y las imágenes. El detective sopló su té y le pidió al ordenador que le leyera en voz alta el último titular.

—Esta mañana, hacia las once

menos diez, hora local, un hombre se arrojó al vacío desde lo alto del World Financial Center de Shanghai, en Pudong

—dijo una voz femenina de agradable tono grave—. Según las primeras informaciones, se trata de un empleado del edificio, encargado del Dragón de Plata, la montaña rusa más alta del mundo. En el instante del incidente, el aparato estaba funcionando fuera de hora. La fiscalía ha iniciado investigaciones contra la empresa responsable. Hasta el momento no se ha podido esclarecer si se trata de un accidente o de un suicidio, aunque todo habla en favor de...

—Muestra sólo las noticias filmadas en vídeo —dijo Jericho.

Se abrió una ventana para vídeos. Una joven china se había apostado delante de la cámara a la altura de la torre Jin Mao, de manera que pudiera verse la parte inferior del World Financial Center. Bajo la capa de afectación, maquillada con descuido, la joven rebosaba de alegría por el hecho de que algún estúpido, con su muerte, le permitiese salir de un largo período de inactividad.

—Todavía no se sabe con claridad por qué la montaña rusa estaba funcionando sin pasajeros y fuera de los

horarios habituales —dijo la reportera, dándole a cada palabra la connotación de un profundo misterio—. El vídeo de un testigo ocular, que estaba filmando la montaña rusa casualmente cuando sucedió la desgracia, podría ser revelador. Sobre la identidad del fallecido no hay todavía ninguna...

—El vídeo del testigo —dijo

Jericho—. Identidad del fallecido.

—Lo lamento, pero el vídeo no está disponible. —El ordenador conseguía incluso dar un toque de aflicción a sus palabras. Jericho había programado el nivel emocional del sistema en un veinte por ciento. Gracias a ello, la voz no

tenía un sonido mecánico, sino humano y cordial. Además, el ordenador se esmeraba por aportar cierto grado de complicidad—. Sobre la identidad del fallecido existen dos noticias.

—Léemelas, por favor.

— E l Shanghai Satellite escribe:

«En el caso del fallecido, se trata por lo visto de un hombre llamado Wang Jintao. Wang es estudiante de la...»

—La siguiente noticia.

—La agencia de noticias Xinhua escribe: «El fallecido ha sido identificado con certeza como Wang Jintao. Wang, que se hacía llamar también Grand Cherokee, estudiaba...»

—Noticias sobre las circunstancias exactas de su muerte.

Como se pudo ver, había toda suerte de noticias, pero ninguna concreta. No obstante, todos esos fragmentos podían unirse para formar un cuadro interesante. Una cosa era segura: alguien había puesto en marcha el Dragón de Plata diez minutos antes de la hora habitual, antes incluso de que llegaran los primeros pasajeros. La tarea de Grand Cherokee consistía en velar por el funcionamiento del sistema y ocuparse de los visitantes que acudían al mediodía, lo que, concretamente, quería decir cobrarles y echar a andar el

aparato. En el momento crítico, nadie, aparte de él, tenía autorización para estar allí arriba; no obstante, había algunos indicios que señalaban que posiblemente allí había otra persona. Dos empleados del sky lobby aseguraban haber visto cómo Wang recibía a un hombre y desaparecía con él en uno de los ascensores. Otros indicios, al parecer, los proporcionaba la película del videoaficionado, según la cual, mientras el tren estaba funcionando, Wang andaba caminando por entre los raíles.

¿Qué diablos estaría haciendo Wang allí arriba?

Era posible que hubiera puesto en marcha la montaña rusa sin quererlo, conjeturaba un breve artículo del Shanghai Satellite. Pero el suicidio parecía una explicación más plausible. Por otro lado, ¿para qué iba un suicida a balancearse por encima de unos raíles, cuando podría haber saltado desde la estación abierta? Sobre todo, informaba otro artículo, teniendo en cuenta que había cada vez más indicios de que Wang no hubiese saltado, sino que habría sido atropellado por el tren en marcha.

¿Un accidente, entonces? En cualquier caso, nadie hablaba de

asesinato, sólo en algunas notas se decía algo acerca de una culpa ajena.

Dos minutos después, Jericho ya estaba mejor informado. Xinhua anunciaba que ya estaban disponibles las grabaciones de las cámaras de vigilancia. Wang se encontraba en compañía de un hombre alto que había abandonado la planta inmediatamente después de la caída. Por lo visto, se había producido una pelea entre ambos hombres, y, definitivamente, Wang había caminado, inseguro, por encima de las vías de la montaña rusa y había chocado con el tren a la altura de la torre sur.

Jericho terminó de beber su té y

reflexionó.

¿Por qué había tenido que morir aquel joven?

¿Quién era su asesino?

—Ordenador —dijo el detective—, abre la carpeta «Archivos de Yoyo».

Había más de dos mil coincidencias.

¿Por dónde debía empezar? Jericho decidió iniciar el grado de coincidencias con un noventa y cinco por ciento, con lo que quedaron ciento diecisiete archivos en los que el sistema de vigilancia creía haber reconocido a Yoyo.

El detective ordenó seleccionar el contacto visual directo.

Sólo había uno, directamente cerca del edificio donde vivía Yoyo, y había tenido lugar a las 02.47 de la madrugada. Jericho no era capaz de decir dónde se encontraba exactamente el escáner, pero suponía que estaba colocado en alguna señal. En un archivo separado estaban registradas las coordenadas exactas. Sin ninguna duda, la mujer que estaba al otro lado de la calle era Yoyo. Estaba sentada en una motocicleta sin matrícula, y mantenía la cabeza baja, con ambas manos rodeando el casco. Inmediatamente antes de que se sentara, alzó los ojos y miró directamente al escáner, luego bajó la

visera acristalada del casco y salió a toda velocidad de allí.

—Te he pillado —murmuró Jericho

—. Ordenador, rebobina la película.

Yoyo volvía a quitarse el casco con ímpetu.

—Para.

La joven lo miró directamente a los ojos.

—Auméntala de tamaño hasta un doscientos treinta por ciento.

La nueva pantalla le permitía proyectar a Yoyo en tamaño natural. Allí, sentada sobre la moto, en una imagen plástica y tridimensional del entorno, era como si en su loft se

hubiera abierto un portón hacia la noche. Había estimado bien el factor de aumento. En todo caso, Yoyo se manifestaba unos tres o cuatro centímetros más grande de lo que era, pero así y todo la imagen permanecía absolutamente nítida. Un sistema que era capaz de identificar la estructura del iris desde el otro lado de una calle merecía el mote que llevaba: «Cuentaporos.» Jericho sabía que, por ahora, esa mirada sería lo último que vería de Yoyo, así que intentó leer algo en ella.

«Tienes miedo —pensó—. Pero sabes ocultarlo bien.»

«Además, estás decidida a todo.»

El detective dio un paso atrás. Yoyo llevaba puestos unos vaqueros de color claro, una camiseta estampada que le llegaba hasta las caderas y una corta e inflada chaqueta de cuero que parecía salida de uno de los aerosoles que había visto en la habitación de la joven. La mayor parte de la leyenda de la camiseta permanecía a la sombra o bajo la chaqueta de cuero arrugado, era poco lo que se veía allí, en el punto donde la chaqueta se abría. El detective se ocuparía de ello más tarde.

—Busca a esta persona en la carpeta

«Archivos de Yoyo» —dijo—. Coincidencia al noventa por ciento.

De inmediato recibió la respuesta. Setenta y seis coincidencias. El detective reflexionó si debía ordenar que le mostrasen todas aquellas películas de vigilancia, pero en lugar de ello, instruyó al ordenador para que transfiriera las coordenadas de las grabaciones a un mapa de la ciudad de Shanghai. En un abrir y cerrar de ojos, el mapa apareció sobre la pantalla, provisto con la ruta de Yoyo, el camino que ella había tomado la noche de su desaparición. La última grabación había tenido lugar directamente frente al Demon Point, el pequeño taller de motocicletas híbridas y eléctricas. A

partir de ahí, se perdía su rastro.

Había entrado en el mundo olvidado. El hecho de que Yoyo tuviera oportunidades de permanecer en Quyu sin ser descubierta se debía también a la circunstancia de que allí apenas había sistemas de vigilancia. No obstante, Quyu no era un barrio de miseria en el sentido clásico, no podía equipararse a otros suburbios que proliferaban en las heridas que rodeaban Calcuta, Ciudad de México o Bombay, y que llevaban hasta el campo sus focos de infección. Shanghai, en su condición de ciudad global del rango de Nueva York, necesitaba a Quyu en la misma medida

que la Gran Manzana necesitaba al Bronx, lo que tenía como consecuencia que la ciudad dejara en paz al lugar. Ni la acosaba con sus buldóceres ni organizaba redadas allí. En los años posteriores al cambio de milenio, se habían ido demoliendo sistemáticamente los cascos históricos y los barrios pobres de los distritos interiores de Shanghai, hasta que esos territorios quedaron despojados de toda historia auténtica. Quyu había crecido allí donde el distrito exterior de Boashan colindaba con ese núcleo interno, y lo habían dejado crecer del mismo modo que se dejan crecer unos matorrales para

ahorrarse la paga del jardinero. Hacia el noroeste del Huangpu, Quyu marcaba ahora el paso en dirección a otras áreas de asentamientos provisionales, rudimentos de pueblos, ruinosos cascos históricos de pequeñas ciudades y abandonadas zonas industriales: un moloch que seguía acaparando terreno a su alrededor todos los años, tragándose los últimos restos de una región antes considerada rural.

Autárquico hacia adentro, vigilado desde fuera como una prisión, Quyu ofrecía uno de los ejemplos más asombrosos de urbanización de la miseria en el siglo XXI. La población se

componía de personas que habían tenido que abandonar sus antiguos barrios en el corazón de Shanghai y habían sido reubicadas allí, habitantes de antiguas comunidades absorbidas por Quyu, inmigrantes provenientes de provincias más pobres, atraídos por las promesas de la urbe global, con permisos de residencia temporales que ya nadie controlaba, ejércitos de trabajadores ilegales e inexistentes para las autoridades. Todos en Quyu eran pobres, algunos, incluso, menos pobres que otros. La mayor parte del dinero se ganaba con el tráfico de drogas y en el ramo del entretenimiento, que,

principalmente, abarcaba la prostitución. Era, en todos los sentidos, una sociedad informal la que poblaba Quyu, sin seguro médico, sin aspiraciones de tener un seguro de jubilación o una paga por paro.

No obstante, era algo más que una población de mendigos.

Porque la mayoría de la gente tenía trabajo. Trabajaba en las cadenas de producción continua o en los andamios, mantenía limpios sus parques y sus calles, expedía mercancías y limpiaba los pisos de los más favorecidos. Como fantasmas, esas personas aparecían en el mundo registrado, hacían su faena y se

desmaterializaban nuevamente en cuanto ya no se las necesitaba. Eran pobres, ya que todo el que vivía en Quyu podía ser reemplazado en veinticuatro horas. Y seguían siendo pobres, ya que, según la definición del anciano Bill Gates, formaban parte de una sociedad mundial que se dividía en conectados y no conectados. Y en Quyu nadie estaba conectado, aun cuando alguno tuviera un teléfono móvil o un ordenador. Estar conectado significaba participar del juego global de alta velocidad, no ceder en la atención ni un solo segundo. Significaba saber separar la información relevante de la irrelevante y sacar

ventaja de ello, ventaja que se perdía inmediatamente en cuanto uno se desconectaba de la red. Aquello requería ser cada segundo mejor, más rápido, más barato, más innovador y flexible que la competencia, y, en caso de necesidad, implicaba cambiar rápidamente de domicilio o de trabajo.

Significaba que te dejaran entrar en el juego.

El futuro, había dicho Gates, sería el futuro de los conectados. Por tanto, los no conectados no tendrían futuro. Los individuos que no estaban conectados a la red eran como arañas que no producían hilo. Nada quedaba colgado

para ellos. Se morían forzosamente de hambre.

Oficialmente, nadie en Quyu había muerto todavía de hambre. Aunque aquel territorio inexplorado hacía padecer a los gobernantes chinos, en lo que se refería a los barrios marginales u otros barrios parecidos, no dejaban que la gente se les muriera tan fácilmente en las calles de Shanghai. No tanto por amor al prójimo, sino porque eso estaba lisa y llanamente prohibido en aquel centro financiero internacional que era Shanghai. Por otra parte, las posturas oficiales respecto del tema de Quyu no tenían el menor valor. ¿Qué

informaciones oficiales podían darse de una parte de la ciudad cuya demografía estaba en la sombra, que era considerada ingobernable e incontrolable y que se administraba a sí misma de un modo enigmático, una zona en cuyo territorio la policía apenas se atrevía a entrar, mientras rodeaba sus fronteras con una suerte de barrera fortificada? Se sabía que había una infraestructura, que había viviendas, algunas incluso dignas, mientras que otras no eran más que ratoneras llenas de humedad. El agua potable escaseaba, había cortes de luz con regularidad, por todas partes faltaban las instalaciones

sanitarias. Había médicos y ambulancias en Quyu, hospitales, escuelas, cafeterías, salones de té, bares, cines, quioscos y mercados callejeros, como los que ya casi habían desaparecido del todo en el otro Shanghai. Sin embargo, nadie sabía a ciencia cierta cómo transcurría la vida en Quyu. Los crímenes allí cometidos apenas se investigaban, lo que también era una expresión de anuencia callada, la intención de dejar el barrio a merced de sí mismo y aislarlo de la dinámica de la sociedad del progreso. No había subvenciones para sus habitantes, pero tampoco se les pedía cuentas, siempre y cuando no se salieran de su hábitat.

Donde no había futuro tampoco —con mucha menos razón— podía haber pasado, por lo menos no podía existir un pasado del que uno pudiera vanagloriarse o sobre el cual fundar cosas nuevas. Como gente no conectada, se vivía fuera del tiempo, en las oscuras regiones de un universo cuyos centros luminosos estaban interconectados por autovías de varios niveles y trenes rápidos. Es cierto que los caminos más cortos desde el centro de Shanghai hasta las lujosas ciudades satélite conducían todos por barrios como Quyu, sólo que para ello no era necesario cruzar ese mundo olvidado ni tomar nota de su

existencia. Se lo cruzaba como se cruza una ciénaga.

Durante un tiempo, la administración provincial de Shanghai había lanzado al gobierno de Pekín la pregunta sobre la posibilidad de que Quyu fuera la cuna de una rebelión. Nadie dudaba de que allí encontraran cobijo terroristas y criminales. Sin embargo, la exigencia de poner la zona bajo un estricto control estatal chocó con cierto escepticismo que ponía en duda que una sociedad remendada, compuesta por antiguos campesinos, trabajadores a destajo, mensajeros y obreros de la construcción pudiera unirse nunca para organizar una

revuelta proletaria. El terrorismo a gran escala podía esperarse más bien en el bando burgués, donde se tenía acceso a las pistas de datos y a la alta tecnología de toda índole. Los delincuentes convencionales, por el contrario, se sentirían mucho mejor en Quyu cuanto menor fuera el peligro que los amenazara dentro del barrio. ¿Cuándo la mafia se había levantado para organizar la lucha de clases? Al final, se impuso el criterio de que cada delincuente residente en Quyu era un delincuente más fuera de Xaxus, lo que tuvo como consecuencia una inequívoca recomendación del gobierno chino en

Pekín: olvidar Quyu.

El mundo en el que Yoyo se había sumergido formaba parte, por tanto, de esos nuevos territorios inexplorados en el mapa de la proliferación de nuevas ciudades. Jericho se preguntaba si a alguien en Quyu se le había ocurrido alguna vez la idea de que también era una forma de discriminación el no ser vigilado.

Lo dudaba.

El detective había pasado el final de la tarde buscando textos en la red que Yoyo pudiera haber redactado desde su desaparición. Para ello se sirvió de la misma tecnología empleada por el

Escudo de Diamante en su frenética búsqueda de disidentes o por los servicios secretos estadounidenses en esa espiral infinita de la lucha contra el terrorismo, la misma técnica que el propio Jericho había usado ya contra Ma Liping. Determinados ritmos en la manera de teclear tenían la misma singularidad que las huellas digitales. Era posible identificar a un sospechoso desde el propio momento en que empezaba a escribir y confiaba su texto a un explorador. Aún más interesantes eran los progresos en el análisis de las redes sociales: el vocabulario, la preferencia por determinadas metáforas,

todo dejaba huellas gramaticales y semánticas. Unos pocos centenares de palabras bastaban al ordenador para dar con el autor de un texto con una Habilidad del cien por cien. Pero la ventaja, sobre todo, era que el sistema no juntaba esas palabras a ciegas, sino que reconocía las relaciones de sentido. En cierto modo, entendía lo que el autor quería expresar: desarrollaba una inteligencia inconsciente y la capacidad para seguir el rastro a redes enteras, estructuras internacionales del terrorismo y del crimen organizado en las que vivían, alejados los unos de los otros por miles de kilómetros, grupos de

neonazis, colocadores de bombas, racistas y hooligans, gente que, en la vida real, se rompería los huesos mutuamente, pero que hallaban coincidencias en el universo virtual.

Lo que servía de ayuda para evitar atentados, seguirles la pista a los pedófilos y desvelar el espionaje económico se había convertido en una pesadilla para los disidentes y los luchadores por los derechos humanos. No era motivo de sorpresa que fueran precisamente los sistemas más represivos los que desarrollaran un marcado interés por los métodos de análisis de las redes sociales. No

obstante, Yoyo había conseguido burlar los programas de análisis de la seguridad del Estado hasta que, hacía unos pocos días, la habían descubierto e identificado. Si es que era eso lo que había sucedido. Por lo menos, Yoyo debía de haberlo supuesto, pues eso explicaba su precipitada huida.

Lo único que Jericho seguía sin comprender era cómo la joven había conseguido darse cuenta.

El detective bostezó.

Estaba muerto de cansancio. Había pasado la noche frente al ordenador, buscando huellas e indicios. Tenía claro que Yoyo no se dejaría encontrar tan

fácilmente. Durante años, la policía cibernética china se había roto los dientes con ella. Probablemente se supiera de memoria los algoritmos y los programas de análisis; además, al trabajar en Tu Technologies, había conocido por dentro un templo del conocimiento. Un tanto desconcertado, Jericho se preguntó cómo iba a conseguir algo que hasta hacía poco ni siquiera el gobierno había logrado; sin embargo, sabía que tenía de su lado una invaluable ventaja.

Conocía la identidad de Yoyo como una de Los Guardianes.

Mientras el ordenador perseguía la

sombra virtual de la chica, Jericho había aprovechado para desempaquetar las últimas cajas y transformar el loft en algo lo más parecido a una vivienda. Cuando por fin los muebles estuvieron en su sitio, los cuadros en las paredes y la ropa en el armario, cuando todo estuvo recogido y las Trois gymnopédies de Erik Satie perlaban la habitación con su tenue sonido, por primera vez en muchos días, Jericho se sintió satisfecho de nuevo, libre de aquellas imágenes traídas consigo desde Shenzhen, y libre también de todo interés en Yoyo.

Owen Jericho, envuelto en la música

y en la autosatisfacción.

—Coincidencia —anunció el ordenador.

Aquello fue molesto.

Tan molesto que el propio ordenador decidió espontáneamente establecer el nivel de complicidad del programa a un treinta por ciento. Por lo menos, ahora no sonaba de un modo que lo tentara a uno a ofrecerle un café o una copa de vino.

—Hay una entrada en un blog que nos hace pensar que se trata de Yoyo — dijo la voz cálida de mujer, casi la de un ser humano—. Ha publicado un breve texto en un blog llamado Brilliant Shit,

«Mierda brillante», un foro de la escena del mando-prog. ¿Lo leo en voz alta?

—¿Estás convencida de que es

Yoyo?

—Casi por completo. Sabe camuflarse muy bien. Creo que Yoyo trabaja con programas de distorsión.

¿Qué opinas tú?

Sin el regulador de complicidad, aquella afirmación sonaba más o menos como si dijera: «Coincidencia del 84,7 por ciento. Probabilidades de los niveles de distorsión: 90,2 por ciento.»

—Considero bastante probable que trabaje con programas de distorsión — confirmó Jericho.

Los programas de distorsión eran programas que cambiaban a posteriori el estilo personal del autor, y gozaban cada día de una mayor popularidad. Algunos de ellos transcribían textos al estilo de grandes escritores y poetas, de modo que lo que se producía con absoluta espontaneidad le llegaba al destinatario con la forma de expresarse de Thomas Mann, Ernest Hemingway o Jonathan Franzen. Otros programas imitaban a los políticos. Un tema crítico era cuando c i e r t o s hackers con intenciones siniestras descodificaban los perfiles de otros, a menudo usuarios que no sospechaban nada, y hacían uso de su

estilo. Muchos disidentes en la red trabajaban, en cambio, con programas de distorsión que emprendían correcciones con un generador de azar, para lo cual se servían de una gran variedad de estilos cotidianos. Lo decisivo era que el sentido de lo que se decía se preservara.

Y era justo ahí donde radicaba la debilidad de la mayoría de los programas.

—Algunos elementos de la entrada no son estilísticamente homogéneos — dijo el ordenador—. Eso confirma tu teoría, Owen.

Eso era amable, que usara su nombre

de pila. También era una cortesía presentarlo todo como una teoría suya, como si no fuera el ordenador el que hubiera mencionado los programas de distorsión. Un cincuenta por ciento de complicidad era, bien lo sabía Dios, suficiente. Con un ochenta por ciento, en cambio, el ordenador le haría todo el tiempo la pelota. Jericho vaciló. En realidad, ya no tenía ganas de seguir llamando a la máquina por el apelativo de «ordenador». ¿Cómo podría bautizar a aquella muchacha? Tal vez...

Jericho le programó un nombre de pila.

—¿Diana?

—¿Sí, Owen?

Magnífico. Le gustaba el nombre de Diana. Ella sería la nueva mujer que estaría a su lado.

—Por favor, lee el mensaje en voz alta.

—Con mucho gusto: «Hola a todos. Desde hace un par de días estoy de nuevo en nuestra galaxia. He padecido mucho estrés últimamente, ¿hay alguien que esté enfadado conmigo? No tuve otra alternativa, de verdad. Todo sucedió tan de prisa... Mierda. Qué rápidamente se cae en el olvido. Ahora sólo falta que me visiten de nuevo los viejos demonios. Bueno, estoy

escribiendo nuevas canciones, pero sólo con la mitad del empeño. Por si acaso alguien de la banda pregunta, actuaremos en cuanto tenga listas un par de letras que suenen bien. ¡Hagamos prog!»

Una vez más, Jericho se preguntó cómo el programa era capaz de determinar quién era el autor en un embrollo como aquél, pero la experiencia le decía que bastaba tener mucho menos. Ahora bien, no tenía por qué entenderlo. Era un usuario, no un programador.

—Proporcióname un análisis —dijo el detective. En realidad todo se hacía la

mar de cómodo si se estaba acompañado de la música de Satie y aquella voz aterciopelada.

—Con mucho gusto, Owen.

Jericho debía deshacerse de ese

«Con mucho gusto». Le recordaba a HAL 6000, el ordenador de 2001: Una odisea del espacio. Desde que se había inventado el sistema de navegación, cualquier ordenador que hablara se empeñaba en emular al chiflado HAL.

—El texto debe sonar insolente — dijo el ordenador—. Hay rupturas del estilo a través de las palabras

«rápidamente» y «que suenen bien». Lo de que «me visiten de nuevo los viejos

demonios» suena rebuscado, creo que el programa de distorsión no tiene ninguna influencia en ello. Lo demás son detalles, lo de que «tenga listas un par de letras» no se corresponde, por ejemplo, con el estilo de las frases dos y tres.

—¿Qué te dice el contenido?

—Resulta difícil. Tengo un par de propuestas para ti. Primero, «galaxia». Eso podría haber sido dicho en lenguaje vulgar o como sinónimo de algo.

—¿Por ejemplo?

—Probablemente de un lugar.

—Continúa.

—«Demonios.» Tú ya has estado

buscando algo relacionado con demonios. Supongo que Yoyo se refiere a los City Demons o los City Damons.

—Opino lo mismo. Lo de los Damons ha sido, por cierto, un golpe fallido. ¿Algo más que llame la atención?

El ordenador vaciló. Era una vacilación de complicidad.

—Sé muy poco acerca de Yoyo. Acerca de las otras expresiones y términos podría ofrecerte trescientas ochenta mil interpretaciones.

—No, para el carro —murmuró

Jericho.

—Me temo que no he entendido esto

último.

—No importa. Por favor, busca en Shanghai el término «galaxia» y relaciónalo con una localidad. Esta vez, el ordenador no vaciló.

—Ninguna entrada.

—Bien. Localiza desde dónde ha sido enviado el texto.

—Con mucho gusto.

Entonces el ordenador le mencionó unas coordenadas. Jericho se quedó perplejo. No había esperado que el recorrido del mensaje pudiera reconstruirse tan fácilmente. Era de suponer que Yoyo se comunicara desde distintos rincones a la vez.

—¿Estás totalmente segura de que no existe ningún otro explorador intermedio?

—Segura en un cien por cien, Owen. El mensaje ha sido enviado desde allí, la mañana del 24 de mayo a las 6.24, hora local.

Jericho asintió. Eso estaba bien.

¡Muy bien!

Con ello, su esperanza se convirtió en certeza.

EL MUNDO OLVIDADO

Mientras Jericho conducía el COD través de Huaihai Donglu en dirección a la vía elevada, resumió sus conclusiones de la última noche una vez más.

«Hola a todos. Desde hace un par de días estoy de nuevo en nuestra galaxia.»

Eso podía significar que estaba desde hacía unos días de nuevo en Quyu. Estaba bastante claro. Lo que no quedaba tan claro era por qué Yoyo calificaba a Quyu de galaxia. Más bien había que suponer que se refería a un

lugar específico de Quyu.

«He padecido mucho estrés últimamente, ¿hay alguien que esté enfadado conmigo?»

Estrés: estaba claro.

¿Y por qué iba alguien a estar enfadado? Eso también podía responderse con relativa facilidad. Con ello, Yoyo no estaba formulando ninguna pregunta, sino que estaba dando una información. Decía que alguien la había descubierto y que ese alguien constituía un peligro, y que, además, no estaba segura de con quién se las tenía que ver.

«No tuve otra alternativa, de verdad. Todo sucedió tan de prisa... Mierda.»

Difícil. Había emprendido la huida de manera precipitada. Pero ¿qué significaba la primera parte? ¿No había tenido otra alternativa a qué?

«Qué rápidamente se cae en el olvido.»

Eso era simple. Quyu, el mundo olvidado. Era casi poco original. Yoyo debía de tener mucha prisa cuando escribió el mensaje.

«Ahora sólo falta que me visiten de nuevo los viejos demonios.»

Eso era aún más simple: «City

Demons, sabéis dónde estoy.»

«Bueno, estoy escribiendo nuevas canciones, pero sólo con la mitad del

empeño. Por si acaso alguien de la banda pregunta, actuaremos en cuanto tenga listas un par de letras que suenen bien. ¡Hagamos prog!»

Eso debía de significar: «Estoy intentando resolver esos problemas cuanto antes, pero hasta entonces permaneceremos ocultos.»

¿Y quién era ese «nosotros»

implícito en el «permaneceremos»?

Los Guardianes.

En línea transversal a la posición de Jericho, discurría la autovía. Una carretera de ocho sendas, pero con un tráfico que podría haber llenado dieciséis carriles. La cruzaban otras

calles de varios niveles. Los coches, los autobuses y los camiones se arrastraban a través de la mañana como si avanzaran sobre gelatina. Cientos de miles de vagabundos provenientes de las ciudades satélite caían sobre el centro de la ciudad, los taxistas, embotados, tenían tiempo para meditar. Ni siquiera los motociclistas encontraban oportunidad de colarse por entre las hileras de coches. Todos llevaban protectores sobre la boca, no obstante, uno esperaba verlos amoratarse y caerse del sillín. Aunque no había ningún otro lugar del mundo donde hubiera más vehículos con células de combustible y

motores eléctricos en uso que en las metrópolis chinas, la cubierta de gases de emisión seguía pesando sobre la ciudad.

Por encima de todos discurría un trazado de vía muy particular. Reposaba sobre unas delgadas patas de telescopio y había entrado en funcionamiento hacía sólo unos pocos años: estaba reservada únicamente a los COD. En esa época las vías para los COD comunicaban todos los puntos importantes de la ciudad y llevaban hasta las afueras, a las ciudades satélite y al mar, algunas, incluso, a unas alturas de vértigo. Jericho se insertó en la siguiente subida,

esperó a que su vehículo se enchufara a las vías y, a continuación, introdujo las coordenadas. A partir de ese momento ya no tendría que conducir, algo que, por otra parte, no podría haber hecho. En cuanto el COD se conectaba al sistema el conductor ya no desempeñaba ningún papel.

En una hilera de vehículos idénticos, el COD de Jericho trepó por la pendiente. A la altura de la vía, el detective observó cómo innumerables vehículos en forma de cabinas pasaban volando a más de trescientos kilómetros por hora, brillando con destellos plateados bajo el sol en su cenit. Un

nivel por debajo, por el contrario, se había paralizado todo movimiento.

Jericho se recostó hacia atrás.

Los coches que se aproximaban por la senda externa frenaron de tal modo que le fue posible colarse en un espacio vacío con las medidas exactas para insertar su vehículo. Jericho adoraba el momento de la aceleración, cuando el COD tomaba impulso. Pronto sería comprimido hacia atrás en el asiento, y entonces el vehículo habría alcanzado la velocidad de crucero. Su móvil le hizo saber que había recibido un mensaje del ordenador. El monitor escaneó su iris. No era necesaria una autorización de

voz adicional, pero a Jericho le gustaba moverse entre dos aguas.

—Owen Jericho —dijo.

—Buenos días, Owen.

—Hola, Diana.

—He analizado la leyenda que aparece sobre la camiseta de Yoyo.

¿Quieres ver el resultado?

Le había encargado esa tarea al ordenador antes de partir. Owen conectó su móvil al enchufe que había en el cuadro de mandos del coche.

—¿Qué dice?

—Por lo visto, se trata de un símbolo.

En el monitor del COD apareció una

A de gran tamaño. Por lo menos Jericho supuso que se trataba de una A. Le faltaba la raya intermedia, pero, en cambio, un anillo elíptico y deshilachado rodeaba todo el ángulo. Debajo podían leerse cuatro letras: NDRO.

—¿Has buscado el símbolo en la red?

—Lo que ves es el resultado de una manipulación de la imagen, una aproximación con un alto grado de probabilidad. En las bases de datos, el símbolo no aparece por ninguna parte. En el caso de las letras, podría tratarse de una abreviatura o de parte de una

palabra. He encontrado la combinación NDRO varias veces en forma de abreviatura, pero no en China.

—¿Por qué palabra apuestas?

—Mis favoritas son «andrógino»,

«androide» y «Andrómeda».

— G r a c i a s , Diana. —Jericho reflexionó un instante—. ¿Puedes verificar si he dejado abierta la ventana del dormitorio?

—Está abierta.

—Ciérrala, por favor.

—Lo haré, Owen.

El COD le indicaba en ese momento que abandonarían la vía al cabo de pocos segundos. Sólo habían necesitado

unos escasos minutos para cubrir los casi veinte kilómetros hasta Quyu. Jericho desconectó el móvil del enchufe. El COD aminoró la velocidad, se salió de la fila y se unió a la hilera de vehículos que dejaban la red directamente a la altura de Quyu. Con relativa facilidad, consiguió llegar abajo, a la avenida principal, a través del acceso. También allí, tan lejos del centro, el tráfico avanzaba muy lentamente, aunque, por lo menos, avanzaba. Quyu estaba separado de la ciudad por una autovía de varios carriles. Las calles que conducían fuera de la zona se unían formando auténticos

ojos de aguja debido a los bloqueos, siempre situados muy cerca de las comisarías de policía. Había, además, varios cuarteles militares en el este y el oeste. En realidad, eran muy pocas las personas de Quyu que podían permitirse tener un coche o usar un COD, de modo que eran las líneas del metro y los trolebuses los que comunicaban el distrito con la ciudad.

El taller de los City Demons estaba a las afueras de Xaxus, en un sector histórico a menos de dos kilómetros al oeste de allí. Era uno de los últimos barrios verdaderamente antiguos. Antes había sido un pueblo o una pequeña

ciudad rural, pero más tarde o más temprano tendría que ceder su sitio a falanges enteras de edificios modernos y anónimos. Después de haber transformado todo lo que era el casco histórico de Shanghai, ahora los urbanistas se lanzaban sobre su periferia.

Sólo Quyu permanecería intacto, como siempre.

Si el detective había conseguido llegar rápidamente a través de la vía para los COD, el camino para llegar al barrio, en cambio, fue lento y tormentoso. Se trataba de un asentamiento típico, con los rasgos de

antaño. Casas de ladrillo de dos y tres pisos, con tejas de color rojo oscuro o negro, dispuestas a lo largo de animadas calles de las que partían varias callejuelas y patios interiores. Los negocios y los establecimientos de venta de comida se agazapaban bajo los toldos de colores, y los tendederos de ropa se extendían sobre la calle de un edificio al otro. El taller Demon Point ocupaba la planta baja de una casa descolorida y cubierta de hollín, cuyo primer piso estaba rodeado de balcones de madera incompletos. Las ventanas echaban de menos algunos de sus cristales, y otras estaban empañadas.

Jericho aparcó el COD en un callejón lateral y caminó hasta el taller. Varias motocicletas híbridas y eléctricas de bonito aspecto se alineaban delante de otros ejemplares menos vistosos. No se veía un alma, pero entonces un joven delgado que vestía pantalones cortos y una camiseta deforme, manchada de grasa, salió de una pequeña oficina y, armado con un paño y líquido para limpiar, se puso a sacar brillo a una de las motos eléctricas.

—Buenos días —saludó Jericho.

El joven levantó brevemente la vista y continuó con su faena. El detective se agachó a su lado.

—Bonita, la moto.

—Mmm.

—Ya veo cómo le sacas brillo.

¿Fuiste tú uno de los que le sacaron brillo a la jeta de esos norcoreanos en el Club Dkd?

El joven sonrió y continuó bruñendo la motocicleta.

—Ése fue Daxiong.

—Pues hizo un buen trabajo.

—Les dijo a esos mamones que cerraran el pico. Aunque ellos eran más. Les dijo que no tenía por qué aguantar su fascismo de mierda.

—Espero que no tuviera problemas por eso.

—Bueno, alguno sí tuvo. —Sólo en ese momento el joven pareció comprender que alguien a quien no conocía de nada había iniciado una conversación con él. Dejó caer el trapo y miró a Jericho con recelo—. ¿Y usted quién es?

—Bueno, en realidad iba a Quyu, y por causalidad he visto vuestro taller. Y después de haber leído la entrada en el blog... Me he dicho, en fin, ya que estoy por aquí...

—¿Le interesa alguna moto?

Jericho se levantó. Su mirada siguió la mano extendida del joven. En la parte trasera del taller había una imponente

chopper eléctrica levantada sobre unos tacos. Le faltaba la rueda trasera.

—¿Por qué no? —El detective se acercó a la máquina y la admiró todo cuanto pudo—. Hace tiempo que acaricio la idea de conseguir una chopper. ¿Las baterías son de litio y aluminio?

—Claro. Hace doscientos ochenta kilómetros.

—¿Y el alcance?

—Cuatrocientos kilómetros, por lo menos. ¿Es usted del centro?

—Mmm.

—Eso es un infierno para los coches. Debería pensarlo.

—Sí. —Jericho sacó su teléfono móvil—. Por desgracia apenas conozco este sitio. Debo encontrar a alguien, pero ya sabes cómo es el tema de las direcciones en Quyu. Tal vez tú podrías ayudarme.

El joven se encogió de hombros. Jericho proyectó la A con el anillo deshilachado sobre la pared trasera del taller. Los ojos del joven le revelaron que conocía el símbolo.

—¿Y quiere usted ir ahí?

—¿Está lejos?

—No realmente. Sólo tendría que...

—Cierra el pico —dijo alguien detrás de ellos.

Jericho se volvió y vio un pecho que comenzaba en alguna parte hacia la zona sureste y terminaba muy arriba, en la región septentrional. Por encima del pecho tenía que haber algo que le sirviera a aquella cosa para pensar. El detective echó la cabeza hacia atrás y vio una bola totalmente afeitada con unos ojos tan rasgados que hasta a un chino tendría que asaltarle la duda sobre si se podría ver con ellos o no. Una aplicación en el mentón, de color azulado, recordaba la barba de un faraón. La chaqueta de cuero abierta dejaba ver el nombre de los City Demons.

—Está bien —dijo el joven, mirando hacia arriba con expresión insegura—. Él sólo preguntaba...

—¿Qué preguntaba?

—Está todo en orden —sonrió

Jericho—. Sólo quería saber si...

—¿Qué? ¿Qué es lo que quiere saber?

Aquella mole no hacía ademán alguno de inclinarse hacia donde él estaba, lo que habría simplificado bastante la conversación. Jericho dio un paso atrás y volvió a dirigir el haz de luz hacia la pared.

—Siento haber llegado en un momento inoportuno. Estoy buscando

una dirección.

—¿Una dirección? —El hombre que tenía delante giró la maciza cabeza y dirigió sus ojos rasgados hacia la proyección.

—Me pregunto si eso es una dirección —dijo Jericho—. Sólo cuento con...

—¿Quién se lo ha dado?

—Alguien que tenía poco tiempo para explicarme el camino. Alguien de Quyu. Y yo pretendo ayudar a esa persona.

—¿Ayudarla en qué?

—Problemas sociales.

—¿Acaso hay alguien en Quyu que

no los tenga?

—Precisamente. —Jericho decidió no permitir aquel trato por mucho tiempo—. ¿Qué hago ahora? No me gustaría dejar esperando a esa persona.

—¡Además, le interesa la chopper!

—añadió el joven de antes, en un tono tal que parecía que le había vendido la moto a Jericho por una suma exorbitante.

La mole afiló los labios. Entonces sonrió.

El rechazo se esfumó por completo de los rasgos de su rostro y dejó paso a la más sincera amabilidad. Una enorme zarpa cruzó el universo y aterrizó con un sonoro golpe en el hombro de Jericho.

—¿Por qué no lo dijo antes?

Se había roto el hielo. La repentina cordialidad halló su reflejo no en las informaciones, sino en una detallada descripción de todas las ventajas que supuestamente ofrecía la chopper, lo que culminó en la mención de una suma exorbitante. Y, para colmo, aquel mastodonte consiguió la obra maestra de calcular, aparte del precio, la rueda que faltaba.

Jericho asentía y asentía. Al final, negó con la cabeza.

—¿No? —preguntó con asombro el gigante.

—No por ese precio.

—Está bien. Dígame usted un precio.

—Le propondré otra cosa. Una A con un cinturón deshilachado y cuatro enigmáticas letras debajo. ¿Lo recuerda? Yo voy hasta allí y luego regreso. Entonces negociaremos.

Al gigante le salieron unas arrugas en la frente. «Está meditando», supuso Jericho. Luego le describió una ruta que parecía llevarlo por medio barrio de Quyu.

¿Qué había dicho el joven hacía un momento? ¿Que no estaba lejos?

—¿Y qué significan esas letras?

—¿NDRO? —El gigante soltó un

carcajada—. Su amigo debía de tener bastante prisa. Quiere decir Andrómeda.

—¡Ah!

—Y es una sala de conciertos.

—Gracias.

—Su relación con Quyu parece estar exenta de todo conocimiento del barrio, si me permite el comentario.

Jericho enarcó las cejas involuntariamente. Tanto refinamiento en la sintaxis era algo de lo que no habría creído capaz a aquella mole y su olla pensante.

—En efecto, conozco poco el barrio.

—Entonces tenga cuidado.

—Vale. Nos veremos luego, hacia

las... ¿Cómo se llama usted?

Una sonrisa partió en dos el cráneo afeitado al cero.

—Daxiong. Es muy sencillo, Daxiong.

Ajá. Los seis coreanos que se habían llevado la paliza. Poco a poco, la incógnita se iba despejando.

Jericho no había estado nunca antes en Quyu. No tenía idea de lo que le esperaba cuando pasó con el coche por debajo de la autovía. Sin embargo, en realidad, no sucedió nada. Quyu no mostraba un comienzo definido, por lo menos no en esa parte del barrio. Sencillamente, empezaba de alguna

forma. Empezaba con unas hileras de casas bajas, muy parecidas a las que acababa de dejar atrás. Apenas había negocios; en cambio, abundaban los comerciantes callejeros, muy pegados los unos a los otros, con sus sábanas y sus alfombras desplegadas sobre el suelo y, sobre ellas, todo lo que pareciera vendible y no estuviera en condiciones de echar a andar. Una mujer sentada en un torcido sillón de juncos, que dormitaba a la sombra de un baldaquín tensado a duras penas, tenía ante sí una cesta llena de berenjenas. Un comprador cogió un par de ellas, le dejó el dinero y continuó su camino sin

despertarla. Ancianos que charlaban, algunos en pijama, otros con el torso desnudo. Empujones y apelotonamientos en las desmoronadas aceras. Atravesada en el camino, la ondeante banderola de la ropa puesta a secar, con batas y camisas cuyas mangas se saludaban unas a otras cada vez que el viento quedaba atrapado entre dos fachadas. Murmullos, chasquidos, gritos —melódicos, amenazantes, estridentes y oscuros—, todo tejido en una gran cacofonía. La chirriante omnipresencia de motocicletas baratas, el rechinar y el tintineo de viejas bicicletas, el eco de los martillos y los taladros. Ruidos de

las labores de mantenimiento, precaria conservación del deterioro. Algunos comerciantes, al ver la cabellera rubia de Jericho, le saltaban delante y, balanceando sus carteras, sus relojes y sus esculturas, lanzaban un estridente

«¡Looka, looka!» por encima de la calle, oferta que el detective ignoraba a propósito, al tiempo que se esforzaba por no atropellar a nadie. En Shanghai, en los distritos interiores de la ciudad, el tráfico era equiparable a la guerra. Los camiones perseguían a los autobuses, los buses a los coches, estos últimos acosaban a los vehículos de dos ruedas, y todos juntos se habían trazado

la misión de exterminar a los viandantes. En Quyu todo era menos agresivo, lo que no arrojaba un resultado mejor. No había ataques, sino que se ignoraba por completo al otro. Gente que hasta ese instante regateaba por el precio de una gallina o de un electrodoméstico saltaba sin previo aviso a la calle o se quedaba en grupos por los alrededores, analizando la situación meteorológica, el precio de los alimentos o el estado de salud de la familia.

Con cada tramo de calle, Jericho veía menos comerciantes interesados en abordar a los turistas. Las mercancías ofrecidas fueron haciéndose más

humildes. Del mismo modo que disminuía el número de coches, aumentaba la cifra de peatones y bicicletas, y la multitud se iba despejando. Cada vez eran más frecuentes las viviendas demolidas hasta la mitad, cuyas paredes ausentes habían sido sustituidas precariamente con cartones y planchas de latón ondulado. Todas estaban habitadas. Entre ellas se amontonaban los escombros de varios años. Como dados lanzados al azar, apareció en el borde de la calle un grupo de construcciones prefabricadas de color gris y azul ceniciento, delante de las cuales se torcían algunos árboles

artríticos, y había coches aparcados sin orden alguno. Habían surgido en la época en que Deng Xiao-ping proclamó aquel milagro económico que jamás llegó a obrarse del todo en esa parte de China.

De repente, todo se oscureció a su alrededor.

Cuanto más penetraba Jericho en el corazón de Quyu, tanto más desestructurado se le mostraba el barrio. Allí, cualquier concepto imaginable de arquitectura parecía haber sido arrojado a la basura. Edificios de varias plantas, cuya construcción había sido interrumpida, alternaban con ruinosas

edificaciones de una planta y horrendas conejeras de varios pisos, cuya fealdad quedaba subrayada por los residuos de color de la pintura desconchada. Lo que más conmovía al detective era el desamparado intento de hacer habitable lo que no lo era. De una manera casi folclórica, se distinguía el crecimiento silvestre de cobertizos improvisados, que casi nunca pasaban de ser cuatro palos clavados en el suelo y cubiertos por un toldo. Allí, por lo menos, reinaba la vida, mientras que las conejeras tenían el aspecto de grutas postatómicas.

En medio de un páramo de desechos, Jericho se detuvo y vio a mujeres y

niños que cargaban carretillas de basura con todo lo que les parecía aprovechable. Áreas enteras semejaban barrios otrora intactos que hubieran sido pulverizados por un bombardeo. El detective intentó recordar lo que sabía sobre sitios como ése. Una cifra, recogida en alguna parte, rondaba por su cerebro. En el año 2025, mil millones y medio de personas en todo el mundo vivían en barrios miserables. Veinte años antes eran mil millones. Cada año se le añadían entre veinte y treinta millones. Quien iba a parar a un lugar como aquél, tenía que abrirse paso a través de extravagantes jerarquías, cuyo

eslabón más bajo era recoger basura y fabricar a partir de ella objetos que pudieran venderse o canjearse. Según la descripción de Daxiong, el detective necesitaría todavía una hora para llegar al Andrómeda. Jericho continuó conduciendo, y pensó en aquel barrio al que la vida lo había llevado hacía algunos años, poco antes de que fuera demolido y diera paso a la urbanización en la que ahora vivía Yoyo. Entonces no había podido entender por qué los habitantes de aquella zona se aferraban tanto a sus ruinas; sólo había comprendido que no tenían otra opción. Sin embargo, algunos habían recibido

ofertas para ser alojados en otros apartamentos, comparativamente más lujosos, en las afueras de Shanghai, con agua corriente, cuartos de baño con bañeras, ascensores y electricidad.

«Aquí existimos —era la sonriente respuesta—. Ahí fuera seríamos fantasmas.»

Sólo más tarde Jericho comprendió que el nivel de degradación humana no podía medirse por el estado de las casas que uno habitaba. La escasez de agua potable, las desbordantes cloacas, las atascadas tuberías de los desagües, todo aquello merecía ser registrado en el libro del infierno. Pero, mientras, las

personas vivían en la calle, se encontraban y se reconocían unas a otras. Allí vendían sus mercancías, cocinaban para los obreros que no tenían ninguna oportunidad de prepararse sus comidas. Únicamente la preparación de comidas ocupaba y saciaba a millones de familias, una base vital que sólo podía hacerse a nivel de calle, del mismo modo que la cohesión social era una misión de la vía pública. La gente salía a las puertas de sus casas y sostenía una conversación. La vida a ras de suelo, la estructura abierta de las casas, todo ello transmitía consuelo y calidez. En la décima planta de un

edificio de viviendas nadie pasaba por la puerta para comprar algo, y quien salía a la puerta sólo veía una pared.

El camino lo llevaba ahora por una cuesta. Desde allí arriba se ofrecía una vista panorámica de los cuatro puntos cardinales, por lo menos hasta donde lo permitía la capa de niebla tóxica color marrón. El COD tenía aire acondicionado, pero Jericho creyó sentir en la piel el contacto abrasador del sol. A su alrededor se le ofrecía una imagen ya familiar. Chozas, baterías habitables, en un estado más o menos ruinoso, postes de electricidad inclinados con los cables colgando, escombros y suciedad.

¿Debía continuar avanzando? Desorientado, hizo que el móvil le

indicara la posición. La proyección lo llevó a una tierra de nadie. La zona no estaba cartografiada. Sólo cuando amplió el cuadro vio cómo se formaban dos calles misericordiosas que atravesaban Quyu, si es que los datos eran actuales.

¿En medio de esa miseria estaba oculta Yoyo?

Jericho introdujo la posición geográfica desde donde había sido enviada aquella entrada aparecida en el b l o g Brilliant Shit. El ordenador le indicó un punto que no estaba lejos del

taller Demon Point, cerca de la autovía.

Es decir, en la dirección opuesta. Maldiciendo, dio media vuelta,

evitando por los pelos una carretilla que varios adolescentes empujaban a través del camino, soportó los insultos que le dedicaron y emprendió con prisa el camino de vuelta. Al cabo de un rato, el tráfico aumentó de nuevo. Dejó a la izquierda el sitio que había atravesado antes; al principio, se embrolló en una maraña de callejuelas, vagando sin rumbo por un barrio en el que, principalmente, se confeccionaba y se vendía ropa. En eso vio un paso para coches situado entre varios tenderetes

muy concurridos y llegó a una calle ancha, cercada con muros, en la que había edificios asombrosamente bien cuidados. Allí pululaba la gente y los vehículos de todo tipo. Cadenas de comida rápida, negocios y puestos de venta dominaban la escena. Pasó junto a varias filiales de Cyber Planet. Todo parecía una variante opresiva del legendario Camden Town londinense en épocas en las que nacía allí la subcultura, treinta años antes. Se veían prostitutas recostadas a las entradas de las casas, grupos de hombres que, obviamente, no se dedicaban a nada pacífico y que permanecían sentados en

los cafés o en las cocinas con wok o deambulando por la zona con miradas controladoras. Examinaban el COD de Jericho.

Según el ordenador, el objetivo estaba muy cerca, pero el sitio parecía embrujado. Equivocaba el camino una y otra vez. Cada intento por tomar de nuevo la calle principal lo introducía aún más en las profundidades de aquel universo retorcido, dominado, al parecer, por las tríadas, y en el que vivían probablemente los capos del barrio, los príncipes de la decadencia. En dos ocasiones aparecieron unos hombres que lo detuvieron e intentaron

sacarlo del coche, por las razones que fuera. Finalmente encontró un atajo y, de pronto, el barrio quedó a sus espaldas. Vio entonces la silueta lejana y aparatosa de una antigua fábrica de acero. Sobre un terreno allanado, se dirigió a un complejo gigantesco de color óxido, con chimeneas. Un grupo de motoristas lo alcanzó, le pasó por el lado y desapareció más allá de la valla. Jericho los siguió. La calle conducía a unos terrenos que, por lo visto, constituían una especie de punto de encuentro de aquel ambientillo. Había motos aparcadas por doquier, grupos de adolescentes que fumaban y bebían. El

estruendo de la música inundaba la plaza. Los bares y los clubes se habían instalado en naves de fábricas abandonadas, había burdeles y sex- shops. El inevitable Cyber Plane dominaba una ala entera del patio interior, flanqueado por puestos de venta que ofrecían aplicaciones hechas a mano y por otra tienda que vendía instrumentos musicales usados. Frente al Cyber Planet había un complejo de edificios de ladrillo de dos plantas. Delante de la entrada abierta había aparcado un furgón, del que unas figuras de aspecto marcial sacaban equipos técnicos y los llevaban al interior.

Jericho no dio crédito a lo que vieron sus ojos.

Sobre la entrada destacaba, con el tamaño duplicado de un hombre, una enorme A, y debajo, en letras ostentosas, había una sola palabra: «Andrómeda.»

ANDRÓMEDA

Haciendo chirriar los neumáticos, Jericho detuvo el coche delante del camión, saltó afuera y retrocedió unos pasos. De repente comprendió qué significaba aquel anillo deshilachado que sustituía la raya transversal de la A. Diana había hecho cuanto había podido con el material gráfico que tenía a su disposición, pero sólo viendo el original cobraba sentido todo. El anillo era la representación de una galaxia, y Andrómeda o, mejor dicho, la nebulosa de Andrómeda, era una galaxia en

espiral en la constelación de

Andrómeda.

«Hola a todos. Desde hace un par de días estoy de nuevo en nuestra galaxia.»

¡Yoyo estaba allí!

O tal vez ya no estaba. Daxiong le había dado una dirección falsa a fin de que la joven tuviera tiempo para desaparecer. Jericho maldijo y parpadeó con la mirada puesta en el sol. La niebla tóxica embadurnaba su luz, convirtiéndola en un resplandor opaco que se clavaba en los ojos. De mal humor, el detective cerró el COD y entró en el universo crepuscular del Andrómeda. ¡Vaya cosa! Chen Hongbing

temía que su hija estuviera en alguna comisaría de policía sin ninguna inculpación oficial. Por lo menos Jericho podía quitarle esa preocupación. Por otra parte, Chen no era quien le había hecho el encargo, por lo menos no explícitamente. Jericho podía irse a casa. Había cumplido con su trabajo.

Al menos, todo parecía hablar en favor de que había encontrado el rastro de Yoyo.

Pero sólo para perderlo otra vez de inmediato.

Era una situación enojosa.

Jericho miró a su alrededor. El vestíbulo era espacioso. Más tarde, al

anochecer, sería el lugar destinado a la venta de entradas, bebidas y cigarrillos. La pared situada enfrente de la caja desaparecía tras carteles, instrucciones, murales informativos y un tablón de anuncios lleno de papelitos. Por lo visto, era una especie de bolsa de contactos. Jericho se acercó. Sobre todo se buscaban trabajos o posibilidades de pernoctación o de hacer viaje en calidad de acompañante, se ofrecían o se buscaban instrumentos musicales y programas de ordenador. Había ofertas sobre toda clase de artículos usados, o también de parejas: por una noche, por más tiempo, algunas con detallada

enumeración de preferencias. Lo que unos buscaban lo ofrecían otros. La mayoría de los anuncios estaban escritos a mano, lo que arrojaba un cuadro bastante inusual. Jericho entró en la sala de conciertos propiamente dicha, una nave sin adornos, con altos ventanales que daban todos a la plaza. La mayoría de los cristales estaban empañados o pintados, de modo que, a pesar de la intensa luz exterior, dentro la iluminación era escasa. En algún que otro Punto, unos cartones sustituían los cristales que faltaban. El extremo trasero de la nave estaba ocupado por un escenario en condiciones de ofrecer

sitio a dos orquestas sinfónicas. A ambos lados se amontonaban los altavoces. Dos hombres encaramados a unas escaleras ponían las bombillas, otros pasaban por su lado, cargando el equipo. A lo largo de la pared sin ventanas, una escalera de acero conducía a una balaustrada.

Jericho pensó en Chen Hongbing y en la desesperación que había en sus ojos.

Le debía a Tu algo más que una suposición.

Dos jóvenes pasaron junto a él empujando una enorme maleta con ruedas. Uno de ellos levantó la tapa y

sacó varios pies de micrófono que le fue alcanzando a alguien en el escenario. El otro regresó en dirección al recibidor, se detuvo, volvió la cabeza y miró a Jericho.

—¿Puedo ayudarlo? —preguntó, si bien, por el tono, parecía decir:

«Lárgate.»

—¿Quién toca esta noche?

—Los Pink Asses.

—Me han recomendado el Andrómeda —dijo Jericho—. Dicen que aquí se celebran los mejores conciertos de Shanghai.

—Puede ser.

—A los Pink Asses no los conozco.

¿Valen la pena?

El joven le arrojó una mirada despectiva. Era un tipo musculoso y atractivo, con unos rasgos faciales proporcionados y casi andróginos; llevaba el pelo a la altura de los hombros. La camiseta de color naranja, puesta sobre unos pantalones de cuero arrugado, le quedaba tan pegada al cuerpo como una segunda piel, y parecía salida de un pulverizador. No llevaba las aplicaciones obligatorias de ese ambiente ni ningún otro adorno.

—Eso depende de lo que a usted le guste.

—Todo lo que sea bueno.

—¿El mando-prog, por ejemplo?

—Por ejemplo.

—Entonces ha venido al lugar equivocado —sonrió el joven—. La música suena exactamente igual que el nombre de la banda.

—¿Como culos rosados?

—Como culos follados hasta sacarles sangre, culos de ambos sexos.

¿No ha escuchado nunca el llamado ass metal? ¿Todavía le quedan ganas de venir?

Jericho sonrió.

—Ya veremos.

El otro entornó los ojos y se marchó afuera.

Por un instante, Jericho se sintió desorientado. ¿Debería haberle preguntado al chico por Yoyo? En lugares como ése la gente podía volverse fácilmente paranoica. Todos allí parecían formar parte de un ejército en la sombra, un ejército con la misión de espantarles a las personas como él su curiosidad por Yoyo.

—Chorradas —murmuró el detective—. Esa chica es una disidente, no la reina de Quyu.

Tu había hablado de seis activistas. Seis, no sesenta. El comentario colgado por Yoyo en la red hacía suponer que los seis pertenecían a los City Demons.

Aparte de eso, puede que tuviera en Andrómeda algunas personas que la ayudaran. Pero lo más seguro era que la mayoría de la gente de allí ni siquiera supiera quién era Yoyo ni que la chica estaba escondida en la zona. El problema consistía en que los habitantes de barrios como el de Quyu no mostraban, por principios, ninguna disposición a responder preguntas.

Mientras contemplaba cómo tendían los cables y alzaban los instrumentos a la tribuna, Jericho hizo balance de sus posibilidades. Daxiong había alertado a Yoyo de que había alguien interesándose por el Andrómeda. Debió de creer que

Jericho perdería el último atisbo de orientación en el interior de Quyu, con lo que estaría neutralizado durante las próximas horas. Yoyo sería de la misma opinión.

El tiempo todavía jugaba a su favor. Jericho dejó vagar la mirada. El

espacio del escenario estaba cubierto por una especie de alcoba, tenía dos ventanas que en alguna ocasión habían tenido una vista panorámica sobre la nave, pero que ahora estaban tapiadas con ladrillos. A su alrededor, todos continuaban con su trabajo. Nadie se interesaba por él. Sin prisa, trepó por la escalera de metal y pisó la balaustrada,

que terminaba en una puerta pintada de gris. El detective accionó la manija de la puerta hacia abajo. Casi había contado con que la puerta estuviera cerrada con llave, pero ésta se abrió hacia el interior sin hacer ruido y le permitió ver un oscuro pasillo. Jericho entró rápidamente, recorrió el pasillo en dirección a la derecha y se encontró en un recinto iluminado por luces de neón, con una única ventana que miraba a la plaza.

Estaba directamente encima del escenario.

Aunque la habitación apenas estaba amueblada y su aspecto era frío y poco

acogedor, de ella emanaba cierta vida, la típica de los lugares que han sido abandonados muy poco tiempo antes. Un rescoldo energético, una memoria inconsciente almacenada en las moléculas, en los objetos palpados, en el aire respirado. El detective se acercó a una mesa rodeada de sillas de formica con las patas oxidadas; debajo había una papelera llena hasta la mitad. Algunos armarios abiertos, colchones en el suelo, de los cuales sólo uno había sido usado, a juzgar por las sábanas revueltas y las almohadas. Había también varios ordenadores portátiles en los armarios, una impresora, una pila de papel en

parte impreso, montones de cómics, revistas y libros. Como joya del mobiliario, un prehistórico equipo estéreo con radio y tocadiscos. Los discos se encontraban alineados a lo largo de la pared y, por lo visto, eran ejemplares de la época en que los CD eran todavía de escasa circulación, los mismos CD que luego desaparecieron también del mercado. En cambio, en la era de las descargas de Internet, todavía había vinilos en venta, nuevos discos de grupos nuevos.

Algunos de ellos, sin embargo, eran viejos, según comprobó Jericho al agacharse. Desplegó las fundas y leyó

los nombres de las carátulas. Entre representantes de la música pop china y la vanguardia, como Top Floor Circus, Shen Yin Sui Pian, SondTOY y Dead J había también obras de Génesis, Van der Graaf Generator, King Crimson, Magma y Jethro Tull. Apenas faltaba nada de la época de los sesenta y los setenta, cuando se inventó el rock progresivo. Luchando por una causa perdida en los ochenta frente al punk y el new wave, convaleciente en los noventa y aparentemente muerto en los primeros años del milenio, el resurgir del rock progresivo no se debía a los pinchadiscos europeos, sino a los

chinos, que hacia el año 2010 habían comenzado a combinarlo con música beat bailable. Desde entonces estaba en lo más alto el mando-prog, como se le llamaba a una rechinante mezcla de rock concertante, música disco y ópera pequinesa, cada día brotaban del suelo nuevas bandas. Músicos muy populares como Zhong Tong Xi, Thirdparty, IN3 y B6 sacaban a los complejos álbumes conceptuales de la era prog nuevas experiencias auditivas, y las superestrellas locales Mu Ma y Zuo Xiao Zu Zhou organizaban proyectos alistar con señores tan talentosos como Peter Hammill, Robert Fripp, Ia

Anderson y Christian Vander, que llenaban los clubes y las salas de conciertos.

Era la música de Yoyo.

Un zumbido omnipresente hacía cosquillas a Jericho en el oído. El detective levantó la vista, vio una nevera situada al fondo de la habitación, fue hasta allí y la abrió: estaba llena hasta la mitad, en su mayor parte comida rápida sin empezar. Había botellas llenas y medio llenas: de agua, de zumo, de cerveza, y hasta una botella de whisky chino. El detective aspiró el aire frío que salió del aparato. La nevera traqueteó. Una bocanada de aire le rozó

la nuca.

Jericho se quedó tieso.

No era la nevera la que había traqueteado.

Un instante después, el detective se vio volando a través de la habitación y aterrizando con un sonido seco sobre uno de los colchones. El golpe le había sacado el aire de los pulmones. Rápidamente, rodó hacia un lado y encogió la rodilla. El agresor se abalanzaba sobre él. Jericho le soltó una patada. El tipo saltó hacia atrás, lo agarró por los tobillos y lo arrojó por la habitación, de modo que el detective cayó boca abajo. Jericho intentó

incorporarse, pero vio cómo el otro se abalanzaba sobre él, así que empezó a soltar golpes a ciegas hacia atrás, con la esperanza de darle a algo que fuera sensible al dolor.

—Tranquilo —dijo una voz que le sonó familiar—. De lo contrario, el colchón será lo último que veas en tu vida.

Jericho se retorcía. Le comprimían el rostro contra el enmohecido colchón. De pronto ya no tuvo aire. El pánico acalambraba su cabeza y su bajo vientre. Movía las manos hacia todos lados y pataleaba, pero el tipo seguía comprimiéndolo implacablemente contra

el colchón.

—¿Nos hemos entendido?

—Mmmm —dijo Jericho.

—¿Es eso un sí?

—¡Mmmm!

Su torturador le quitó entonces la mano de la nuca. Un momento después, el peso de sus hombros había desaparecido. Tratando de coger aire, Jericho rodó y se colocó de espaldas. Sobre él estaba el joven con el que había hablado antes en la nave, que ahora le mostraba una sonrisa afilada desde arriba.

—Los Pink Asses no tocan aquí arriba, tontaina.

—Tampoco se lo recomendaría.

—¿Qué se le ha perdido aquí?

En cualquier caso, ya lo trataban otra vez de usted. Jericho se sentó y señaló los muebles a su alrededor.

—¿Sabes una cosa? Adoro el lujo. Quería que mis vacaciones...

—Preste atención, amigo. No quiero oír nada que me haga enfadar.

—¿Puedo enseñarle algo?

—A ver, inténtelo.

—Está en mi ordenador. —Jericho hizo una pausa—. Con ello quiero decir que tengo que meter la mano en mi chaqueta y sacar un aparato. Usted podría tomarlo por un arma y hacer

cualquier cosa sin pensar.

El chico lo miró. Luego sonrió.

—Cualquier cosa que haga, puede usted estar seguro de que me divertiré de lo lindo.

Jericho cargó la imagen de Yoyo en el ordenador y la proyectó en la pared contigua.

—¿La ha visto alguna vez?

—¿Qué quiere de ella?

—Eso se lo diré cuando haya respondido usted a mi pregunta.

—Es usted muy atrevido, pequeñajo.

—Mi nombre es Jericho —dijo el detective con paciencia—. Owen Jericho, detective privado. Un metro

setenta y ocho, así que no me venga con eso de pequeñajo. Y deje ya todo el teatro, no puedo concentrarme cuando alguien intenta matarme. Así que, dígame, ¿conoce a la joven, sí o no?

El tipo vaciló.

—¿Qué quiere usted de Yoyo?

—Gracias —dijo Jericho, apagando la proyección—. El padre de Yoyo, Chen Hongbing, me ha encargado buscarla. Está preocupado. Para ser más exactos, diría que la preocupación se lo está comiendo.

—¿Y qué le hace pensar que su hija está aquí?

—Entre otras cosas, la manera

afectuosa en que usted me ha tratado. Por cierto, ¿con quién tengo el placer...?

—Aquí soy yo el que hace las preguntas, amigo.

—De acuerdo —asintió Jericho, alzando las manos—. Hagamos un trato. Yo le digo a usted la verdad y, a cambio, usted no me aburre con sus diálogos de películas policíacas.

¿Estamos de acuerdo en eso?

—Hum.

—¿Se llama usted Hum?

—Mi nombre es Bide. Zhao Bide.

—Gracias. Yoyo vive aquí, ¿es correcto eso?

—Vivir sería demasiado decir.

—De acuerdo. Mire usted, Chen Hongbing tiene miedo. Hace días que Yoyo no da señales de vida, no acudió a una cita con él, el hombre está fuera de sí. Mi misión es encontrarla.

—¿Para qué?

—Para nada. —Jericho se encogió de hombros—. Bueno, la convencería para que llamase a su padre. ¿Trabaja usted aquí?

—En el sentido más amplio de la palabra.

—¿Pertenece usted a los City

Demons?

—¿A los...? —En los ojos de Zhao brilló algo parecido a la irritación—.

¿Cómo se le ocurre pensar eso?

—Es bastante obvio, ¿no le parece?

—¿Lo parezco acaso?

—No tengo ni idea.

—Precisamente. Usted no tiene ni idea.

—En este momento creo que Yoyo tiene a sus confidentes más cercanos entre los City Demons.

Zhao lo observó con desconfianza.

—Verifique mis datos —añadió el detective—. En Internet encontrará usted todo lo que debe saber sobre mí. No quiero hacerle ningún daño a Yoyo. No soy policía ni pertenezco al servicio secreto, no soy nadie a quien haya que

temer.

Zhao se rascó detrás de la oreja. Parecía un tanto desconcertado. Luego tomó a Jericho por el brazo y lo empujó hasta la puerta.

—Vayamos a tomar algo, pequeño Jericho. Si me entero de que quiere joderme, haré que lo entierren en Quyu. Y que lo entierren vivo. Para que quede claro.

Ambos se sentaron al sol en un café situado frente a la nave. Una chica, cuyo cráneo afeitado estaba dotado de aplicaciones en una forma que uno podría haberla tomado por un ciborg, trajo, siguiendo las indicaciones de

Zhao, dos cervezas heladas.

Bebieron. Durante un rato reinó el silencio.

—Encontrar a Yoyo no será nada fácil aquí —dijo Zhao finalmente; luego bebió un largo trago de su cerveza y dejó escapar un sonoro eructo—. Su padre no es el único que la ha perdido de vista. Nosotros también.

—¿Quiénes son «nosotros»?

—Pues nosotros, los amigos de Yoyo. —Zhao lo miró—. ¿Qué sabe usted acerca de la chica? ¿Cuánta información le han dado?

—Sé que está huyendo.

—¿Y sabe también por qué?

—Hombre... —Jericho enarcó las cejas—, ¿quiere usted confiarme algo?

—No lo sé.

—Yo tampoco sé si puedo confiar en usted, Zhao. Sólo sé que así no llegamos a ninguna parte.

Zhao pareció reflexionar sobre las últimas palabras del detective.

—Lo que usted sabe a cambio de lo que yo sé —propuso el joven finalmente.

—Usted empieza.

—Muy bien. Yoyo es una disidente. Durante años ha estado dándole la lata al Partido de mala manera.

—Cierto.

—Como miembro del grupo que se hace llamar Los Guardianes, ha criticado al régimen, ha exigido respeto por los derechos humanos, ha practicado el ciberterrorismo. Son puntos de vista muy simpáticos. Hasta ahora había conseguido salir a flote.

—También es cierto.

—Bueno, ahora le toca a usted.

—La noche del 25 de mayo Yoyo dejó de manera precipitada el piso que compartía con unos amigos y huyó a Quyu. —Jericho bebió un trago, dejó la botella sobre la mesa y se enjugó la boca—. Sobre las razones que tuvo para hacerlo sólo se puede especular, pero

considero que ella descubrió algo que le insufló miedo.

—Hasta ahí todo correcto.

—Descubrieron su rastro. O por lo menos ella lo cree así. Con sus antecedentes, su mayor preocupación debe de ser que la descubran. Probablemente esperaba recibir esa misma noche una visita de la policía o de los servicios secretos.

»Quyu es el lugar adonde se ha retirado. Prácticamente no hay vigilancia, no hay escáneres ni policía. Es terra incognita.

»Su primer punto de apoyo es el taller de los City Demons. Sólo que allí

a la larga, tampoco estará del todo segura. Por tanto, se aloja en el Andrómeda, como ya ha hecho con frecuencia en otras ocasiones.

—¿Y de dónde ha concluido usted que está en el Andrómeda?

—Porque les envió un mensaje a sus amigos desde allí.

—¿Un mensaje que usted ha leído?

—Él me trajo hasta aquí.

Zhao entornó los ojos con desconfianza.

—¿Y cómo accedió usted a ese mensaje? Algo así sólo lo consigue, por regla general, la seguridad del Estado.

—Tranquilo, pequeño Zhao.

Jericho sonrió—. La criptografía forma parte de mi trabajo. Soy detective cibernético, y me ocupo principalmente de esclarecer delitos de espionaje económico y violaciones del derecho de la propiedad intelectual.

—¿Y cómo fue que el padre de

Yoyo dio con usted?

—Eso no le incumbe en absoluto. — Jericho dejó caer un poco de cerveza fría por su garganta—. Usted ha dicho que Yoyo ha desaparecido de nuevo.

—Eso parece. Debería estar aquí.

—¿Cuándo desapareció?

—En algún momento del día. Es posible que sólo esté dando un paseo

por el barrio. Tal vez estemos preocupándonos innecesariamente pero, en realidad, suele avisar cuando se marcha.

Jericho hizo girar la botella entre el pulgar y el índice. Se preguntó cómo debía proceder en ese asunto a partir de ese momento. Zhao Bide le confirmaba sus sospechas. Yoyo había estado allí, pero con eso solamente no podría devolver la tranquilidad a Chen Hongbing. Aquel hombre quería certezas.

—Tal vez sea cierto que no deberíamos preocuparnos —dijo—. Los City Demons le habrán anunciado mi

visita. Puede que esta vez la desaparición de Yoyo tenga que ver conmigo.

—Entiendo. —Zhao señaló con la botella hacia el COD plateado de Jericho, que reflejaba el sol frente al Andrómeda—. Sobre todo teniendo en cuenta que, para las circunstancias de este lugar, llama usted bastante la atención. Pocas veces se pierde un COD por estos pagos.

—Es obvio.

—Tal vez Yoyo se haya marchado huyendo de los otros.

Jericho frunció el ceño.

—¿Qué otros?

La mano de Zhao se movió un poco más a la derecha. Jericho siguió el movimiento y vio, al final de la nave, otro COD aparcado. Perplejo, se preguntó si el coche ya estaba allí cuando él llegó. Había estado distraído: la sorpresa de haber encontrado el Andrómeda, asociada a la certeza de haber caído en la trampa tendida por Daxiong. El detective se puso de pie y se cubrió los ojos con la mano, a modo de visera. Por lo que podía ver, no había nadie en el otro vehículo.

¿Sería una casualidad?

—¿Lo ha seguido alguien?

preguntó Zhao.

Jericho negó con la cabeza.

—Estuve dando vueltas por todo Quyu antes de llegar aquí. No había ningún COD detrás de mí.

—¿Está usted seguro?

Jericho guardó silencio. Sabía muy bien cómo se podía seguir a alguien sin ser advertido. Fuera quien fuese el que había aparcado aquel coche allí, podía haber estado pegado a sus talones desde Xintiandi.

Entonces Zhao también se levantó.

—Lo pondré a prueba, señor Jericho

—dijo el joven—. Pero mi fe en el bien y en lo noble me dice que usted está limpio. Por lo visto compartimos la

misma preocupación por el bienestar de Yoyo, así que le propongo una colaboración temporal. —El joven sacó un bolígrafo, garabateó algo en un trozo de papel y se lo entregó al detective—. Es mi número de móvil. A cambio, me dará usted el suyo. Intentaremos hallarla juntos.

Jericho asintió. Introdujo el número en su agenda y se tomó la revancha entregándole una tarjeta al otro. Zhao seguía siendo una persona inescrutable, pero en ese momento su propuesta era lo mejor que tenía.

—Deberíamos pensar en un plan —

dijo.

—El plan será nuestro compromiso recíproco con la sinceridad. En cuanto oigamos o veamos cualquier cosa, nos informaremos de ello.

Jericho vaciló.

—¿Puedo preguntarle algo personal?

—Siempre y cuando no espere que yo le responda...

—¿Cuál es su relación con Yoyo?

—Ella tiene amigos aquí, y yo soy uno de ellos.

—Soy consciente de que la chica tiene amigos. Me refiero, explícitamente, al vínculo que lo une a ella. Usted no es uno de esos City Demons. Usted sabe que ella forma

parte de Los Guardianes, lo que no quiere decir que usted también pertenezca a ellos.

Zhao vació su botella y eructó de nuevo.

—En Quyu todos se pertenecen unos a otros —dijo con indiferencia.

—Vamos, Zhao —repuso Jericho, sacudiendo la cabeza—. Respóndame o cállese, pero no me venga con ese romanticismo de barrio marginal.

Zhao lo miró.

—¿Conoce usted a Yoyo personalmente?

—Sólo por grabaciones.

—Quien la conoce personalmente

tiene dos opciones: o se enamora o congela sus sentimientos. Y puesto que ella no va a enamorarse de mí, estoy trabajando en la segunda opción, pero de lo que estoy seguro es de que jamás la abandonaré.

Jericho asintió y no continuó con sus preguntas. Su mirada se posó otra vez en el segundo vehículo.

—Me gustaría echar otro vistazo en el Andrómeda —dijo el detective.

—¿Para qué?

—Tal vez encuentre algo que pueda ayudarnos.

—Por mí, puede hacerlo. Si hay algún problema, diga que cuenta usted

con mi autorización —dijo Zhao, dando una palmada a Jericho en el hombro, luego atravesó la plaza y se dirigió a la destartalada furgoneta.

Jericho lo vio hablar y gesticular con uno de los pipas. Parecía que estuvieran discutiendo sobre la disposición de las luces del escenario. Luego, entre los dos, sacaron otra maleta de ruedas del vehículo. Jericho aguardó un minuto y los siguió al interior del local. Cuando entró a la zona del público, estaban montando allí la cabina para el técnico de sonido. No había nadie en la balaustrada. El detective subió la escalera metálica, se deslizó a

través de la puerta de color gris, sacó un par de guantes estériles desechables y entró por segunda vez en ese día al mísero mundo de Yoyo. Lo primero que hizo fue colocar un micrófono bajo el armario. Luego echó un vistazo a las páginas impresas apiladas, a las revistas y a los libros. Nada arrojaba indicios sobre el paradero de la joven. La mayor parte de aquellos materiales trataban de música, de moda, de diseño y del ambientillo cultural de Shanghai; también se hablaba de política, de ambientes virtuales y de robótica. Era la literatura especializada que Yoyo, probablemente, leía, a fin de mantenerse

al día para su trabajo en Tu Technologies. El detective se acercó entonces al escritorio y revolvió la papelera: había paquetes rotos y estrujados, todavía con algo de comida pegada a ellos. Jericho los alisó. Muchos llevaban la etiqueta de Wongs World; junto a la tipografía había un logotipo torpemente diseñado: un globo terráqueo nadaba en un cuenco lleno de salsa y de algo que tal vez representaba unas verduras. El mundo tenía un rostro y parecía bastante deprimido.

Jericho tomó algunas fotos y salió de la habitación.

Mientras bajaba la escalera

metálica, Zhao lo miró brevemente y se volvió de nuevo hacia la cabina de sonido. Jericho pasó por su lado sin decir palabra y salió del local. En el recibidor, su mirada se posó en un póster de los Pink Asses. Era inconcebible. Realmente hacían reclamo con el término de ass metal y prometían que el sonido de su banda se le metería a la gente «directamente en el culo».

Jericho, en cierto modo, estaba seguro de que no tenía interés en escucharlos.

Mientras quitaba el seguro a su COD, examinó el entorno. El segundo vehículo seguía aparcado un poco más

allá. Alguien se le había pegado a los talones, suponer otra cosa habría sido una ingenuidad. Probablemente lo estuvieran observando en esos instantes.

Un estudiante que prometía dar informaciones sobre el paradero de Yoyo se había despeñado desde un edificio, después de haber sido atropellado por el tren de la montaña rusa que él mismo operaba. Un COD que aparecía de pronto inmediatamente después de que él llegara al Andrómeda. La nueva desaparición de Yoyo.

¿Cuántas casualidades tendrían que sucederse para sentir la apelmazada sequedad del miedo en la lengua? Yoyo

no había visto ningún fantasma. Tenía todos los motivos para ocultarse, y en ningún modo se había podido determinar quién la estaba persiguiendo. El gobierno, representado por la policía y los servicios secretos, no se inhibiría de asesinar si las circunstancias lo requerían. Pero ¿qué circunstancias podían forzar al Partido a ir tan lejos? Puede que Yoyo se hubiera ganado el rango de enemiga del Estado, pero matarla por ello no se correspondería con el estilo de un régimen que encerraba a sus disidentes, no los mataba, como se hacía en tiempos de Mao.

¿O acaso Yoyo había despertado a otro monstruo que no se sometía a ninguna regla de juego?

Lo que sí era seguro, fuera quien fuese quien la estuviera persiguiendo, era que esa persona, ahora, también tenía a Jericho en su punto de mira. Era demasiado tarde para dejar el caso. El detective arrancó el COD y marcó un número. Después de tres llamadas, oyó la voz de Zhao.

—Voy a desaparecer de aquí —dijo Jericho—. Puede usted hacer de vez en cuando algún mérito en nuestra nueva sociedad.

—¿Qué debo hacer? —preguntó

Zhao.

—Vigile ese otro COD.

—De acuerdo. Lo llamaré. Kenny Xin lo vio partir.

El destino era una amante infiel. Lo habían sacado de la noble atalaya del World Financial Center para llevarlo hasta allí, hasta la suciedad bajo las uñas de la primera potencia económica mundial. Siempre pasaba lo mismo. Apenas se sentía liberado de los brazos de esa puta sifilítica llamada humanidad, cuando ya creía que no le debía nada, que no tendría que soportar nunca más su aliento putrefacto, ella lo obligaba a entrar de nuevo en su miserable cubil.

En África había tenido que soportar su asquerosa visión, había tenido que dejarse tocar por ella, hasta sentir el temor de estar infectado en todas las partes de su cuerpo y de transformarse en una papilla ulcerosa y purulenta. Ahora había ido a parar a Quyu, y una vez más le sonreía con sarcasmo esa mueca deforme, sin que él pudiera apartar la mirada. Sintió vértigo, algo que le sucedía cada vez que se sentía incapaz de dominar el asco. El mundo parecía haberse torcido, de modo que lo asombraba no ver los edificios desmoronarse y a las gentes caerse rodando por doquier.

Se oprimió el hueso nasal con el pulgar y el índice, hasta que pudo pensar otra vez con claridad.

El detective había desaparecido. Ponerle una escucha en su COD habría sido la mar de fácil, pero Xin no tenía ninguna duda de que Jericho abandonaría Quyu y luego devolvería el coche. No necesitó seguirlo por mucho tiempo. Jericho no se le podría escapar. Su mirada vagó por la plaza y se fue liberando de su aversión enviándola en todas direcciones. ¡Cuánto odiaba a la gente de Quyu! ¡Cuánto había odiado a esas criaturas mal alimentadas, eternamente enfermas y cobardes de

África! No era que tuviera nada personal contra ellas. Eran gente desconocida que poblaban las estadísticas. Las odiaba porque eran pobres. Tanto odiaba Xin su pobreza, que hasta le dolía ver a esa gente vivir.

Ya era hora de largarse de ese lugar.

JERICHO

Dirigía el coche hacia el acceso que lo llevaría hasta la vía de alta velocidad cuando recibió una llamada. La pantalla del móvil permaneció a oscuras.

—Su perseguidor ha dejado la zona

—le hizo saber Zhao.

Involuntariamente, Jericho miró a través del retrovisor. Una idea estúpida, ya que en aquella vía sólo había otros COD de idéntico color y forma.

—Hasta ahora no he visto a nadie — dijo—. Por lo menos, no debe de haberme seguido de inmediato.

—No, esperó un rato.

—¿Puede describírmelo?

—Es un chino.

—Venga ya, hombre.

—Más o menos de mi estatura. Aspecto elegante. Alguien que, sin duda, no pertenece a Quyu. —Zhao hizo una pausa—. En eso, era usted más creíble.

Jericho creyó estar viendo la sonrisa irónica de Zhao. El COD aceleró.

—He examinado la papelera de Yoyo —dijo el detective, sin hacer caso del comentario de Zhao—. Al parecer, se abastecía de comida en un negocio llamado Wongs World. ¿Ha oído hablar de él?

—Podría ser. ¿Es un establecimiento de comida rápida?

—Es posible, o tal vez un supermercado.

—Lo averiguaré. ¿Estará localizable esta noche?

—Siempre estoy localizable.

—Lo suponía. No parece usted de los que tienen a alguien esperándolos en casa.

—¡Eh, un momento! —exclamó

Jericho—. ¿Cómo pretende...?

—Hasta luego.

«¡Imbécil!»

Los ojos de Jericho quedaron cubiertos por una roja nube de ira, pero

ésta se deshizo con rapidez y fue sustituida por una sensación de impotencia y desamparo. Lo peor era que Zhao tenía razón. Nadie lo esperaba, desde hacía años. Aquel tipo podía ser un grosero, pero había dicho la verdad. Sin embargo, la clase de hombre que era Jericho tenía bastante demanda. Atlético, rubio y con los ojos azules; siempre lo tomaban por escandinavo, y éstos gozaban de una enorme popularidad entre las mujeres chinas. Asimismo, era consciente de que apenas le dedicaba atención a la persona con la que se tropezaba cada mañana frente al espejo. Para describir su ropa bastaba el

atributo de «funcional». Se arreglaba lo suficiente como para no parecer desarreglado. Cada tres días se afeitaba el mentón y las mejillas, y le hacía una visita al peluquero cada tres meses, a fin de podar las malas hierbas, como solía decir; se compraba camisetas por docenas sin preguntarse si le quedaban bien o no. En el fondo, el gordo de Tu Tian, a pesar de su calvicie, era mucho más interesante en la manera en que cultivaba su zafiedad.

Cuando la vía de los COD volvió a escupirlo fuera a la altura de Xintiandi, su ira había dado paso a una insípida sensación de abatimiento. Intentó

imaginarse su nuevo hogar, pero tampoco así halló el consuelo. Xintiandi parecía más distante que nunca, un barrio dedicado al entretenimiento al que tampoco pertenecía, ya que el entretenimiento no era algo que pegase demasiado con su manera de ser, y nadie podía entretenerse mucho con él.

Allí estaba otra vez de nuevo la estigmatización.

Él, sin embargo, creía haberla superado. Si algo le había enseñado Joanna era que él ya no era aquel jovencito de la época de la escuela, que a los dieciocho años parecía tener todavía quince, el chico que nunca

tendría novia porque todas sus compañeras de colegio andaban siempre a la caza de otros tipos. Algo que, a decir verdad, no era del todo cierto. Ellas, tal vez, lo estimaban como al

«amigo comprensivo que era», una pérfida manera de describir un contenedor de basura, según le parecía a Jericho. Llorando a lágrima viva, algunas chicas lo habían torturado con detalles acerca de sus relaciones, le confiaban sus penas de amor en sesiones que tenían un carácter meramente terapéutico y al final de las cuales ellas le hacían saber a Jericho que lo querían como a un hermano, que era, gracias a

Dios, el mejor chico del planeta, el único que no quería aprovecharse de ellas.

Con el corazón roto, había sido capaz de poner remiendo a las almas de otros, y sólo en una ocasión se atrevió a dar un paso más, con una morena de nariz respingona a la que su antiguo novio, un notorio mujeriego, había abandonado. Bueno, para ser exactos, lo que había hecho era invitar a la chica a cenar e intentar flirtear un poco con ella. Durante dos horas todo funcionó de maravilla, pero sólo porque la de la nariz respingona, en todo ese tiempo, no se enteró de que se trataba de un

coqueteo. Ni siquiera lo notó cuando él colocó una mano sobre la suya, algo que a ella le pareció gracioso. Sólo al cabo de un rato la chica se percató de que a aquel cubo de basura también lo asaltaban ciertas necesidades, entonces ella abandonó el restaurante y jamás volvió a dirigirle la palabra. Owen Jericho había tenido que esperar a cumplir los veinte años para que la hija de un posadero galés se compadeciera de él y se dignara desvirgarlo. La chica no era guapa, pero había pasado por el mismo infierno que él, lo que, unido a algunas pintas de cerveza, creó las circunstancias propicias.

A partir de entonces las cosas marcharon mejor, y pronto irían incluso muy bien, y Jericho pudo entonces vengarse de aquel cobarde despreciable, aquel tipo blandengue que afirmaba con obstinación llamarse Owen Jericho. Con la ayuda de Joanna había conseguido enterrar a aquel chico, y, estúpidamente, lo enterró vivo, sin sospechar que sería precisamente ella la que lo haría resucitar. En Shanghai, donde el mundo se estaba inventando a sí mismo, aquel zombi saltó de su tumba para, a su vez, vengarse de él. A sus ojos, era aquel chico el que espantaba a las mujeres. Les insuflaba miedo a ellas, pero

también se lo daba a él.

Malhumorado, Jericho dirigió su vehículo hasta el punto de COD más cercano y lo conectó a la red eléctrica. El ordenador calculó lo que tenía que pagar y cargó la suma cuando el detective le puso delante el teléfono móvil. Jericho se bajó. Tenía que averiguar por qué había muerto Grand Cherokee Wang. Entonces se detuvo en medio de la calle y llamó a Tu Tian. Sólo intercambió unas pocas palabras con Naomi Liu. Por lo visto, la secretaria se dio cuenta de su mal humor, le regaló una sonrisa de ánimo y lo pasó con su jefe.

—He encontrado a la chica —dijo sin preámbulos.

Tu enarcó las cejas.

—Lo has hecho muy de prisa. — Había en su voz algo casi parecido al respeto. Entonces, a Jericho le llamó la atención su cara de enfado—. ¿Y dónde radica el problema? Si es que tenemos alguno.

—Que se me ha escapado.

—Ah. —Tu chasqueó la lengua—. Bueno, está bien. Seguro que has hecho todo cuanto estaba a tu alcance, pequeño Owen.

—No me gustaría analizar los detalles por teléfono. ¿Crees Que

debemos organizar un encuentro con Chen Hongbing, o prefieres que antes te ponga al corriente de todo?

—Es su hija —dijo Tu diplomáticamente.

—Lo sé, y voy a ser franco:

preferiría hablar contigo primero.

Tu pareció satisfecho, como si eso fuera lo que había estado esperando.

—Creo que haremos lo uno sin olvidar lo otro —dijo en tono generoso

—. Pero sería sin duda sabio que me hicieras partícipe de tus reflexiones.

¿Cuándo puedes venir?

—Dentro de un cuarto de hora, si es que no hay demasiado atasco en el

acceso a la vía. Otra cosa, Tian. El chico que cayó esta mañana del tejado...

—Sí, algo terrible.

—¿Qué sabes sobre el tema?

—Las circunstancias de su muerte, dicho con palabras suaves, son extrañas.

—Los ojos de Tu centellearon; parecía más fascinado que afectado—. El chico salió a dar un paseo por las vías del tren, ¡a casi quinientos metros de altura! Y yo me pregunto: ¿es eso normal en un estudiante que pretende ganar un par de yuanes extras con un trabajito ocasional?

¿Qué estaba haciendo allí?

—He oído decir que existe un vídeo.

—El vídeo de un testigo ocular, así

es. Salió en las noticias.

—¿Lo han exhibido?

—Sí, pero no se ve en él nada especial. Sólo que el tal..., ¿cómo se llamaba?..., el tal Grand Chevrolet, o algo parecido, estaba trepando por allí como un mono, e intentó saltar por encima de los vagones del tren.

—Grand Cherokee. Se llamaba Grand Cherokee Wang. —Jericho se masajeó la nariz—. Tian, tengo que pedirte un favor. En las noticias han dicho que las cámaras de vigilancia de la planta superior del World Financial Center mostraban a Wang en compañía de un hombre. Por lo visto, tuvieron una

pelea. Debería echar un vistazo a esas cintas y... —Jericho se detuvo—, de ser posible, también al cuerpo de Wang.

Tu lo miró fijamente.

—¿Cómo?

—Bueno, para ser más exacto...

—¿Cómo puedes pensar siquiera una cosa así, Owen? ¿Estás en tus cabales?

¿Es que debo llamar a la morgue y decir: «Hola, ¿cómo están? ¿Podrían desembalar al señor Wang, que a un amigo mío le ponen los cuerpos magullados?»

—Lo que quiero ver son sus cosas, Tian. Lo que tenía en los bolsillos. O su móvil, por ejemplo.

—¿Y cómo voy a conseguir su móvil?

—Conoces a medio Shanghai.

—Pero ¡a nadie en la morgue! —Tu soltó un resuello y se acomodó sus destartaladas gafas, que, durante la conversación, se habían ido resbalando hacia abajo por el puente de la nariz. Los carrillos de Tu temblaron—. Y en lo que atañe a las cintas de las cámaras de vigilancia, no te hagas demasiadas ilusiones.

—¿Por qué? Esas grabaciones deberían estar guardadas en el disco duro del sistema.

—Sí, pero yo no estoy autorizado a

verlas. Yo aquí soy un inquilino, no el dueño. Además, si la policía investiga, esos vídeos serían material de prueba. Tú tienes tus propios contactos en la policía.

—Pero en este caso específico sería poco inteligente aprovecharse de ellos.

—¿Por qué?

—Te lo explico más tarde.

—No sé si podré ayudarte.

—¿Sí o no?

—¡Inconcebible! —exclamó Tu, jadeando—. ¡Ésa no es manera de hablar con un chino! Nosotros no conocemos el «sí o no». Los chinos detestan la obligatoriedad, eso deberías

haberlo comprendido hace tiempo, nariz larga.

—Lo sé. Preferís un definitivo «tal vez».

Tu intentó parecer indignado. Pero entonces sonrió y meneó la cabeza.

—Debo de estar loco, pero está bien. Haré lo que esté a mi alcance. En realidad, siento curiosidad por saber qué te interesa tanto de ese funámbulo.

Durante los pocos minutos que había durado la conversación, el tráfico en la cercana avenida Yan'an Donglu se había incrementado de forma dramática. También la calle paralela, Huaihai Donglu, padecía de obstrucción

coronaria. Dos veces al día, la zona del centro de la ciudad situada entre los distritos de Huangpu y Luwan se ponía al borde del infarto. Era de ilusos echar mano del propio coche, pero cuando Jericho se dirigía de regreso al punto de los COD, tuvo que presenciar cómo otra persona se llevaba el último vehículo disponible. Ése era el problema con los COD. Por un lado, había muy pocos, y por el otro, cualquiera que no estuviera viajando por una de aquellas vías de alta velocidad significaba un coche de más en las calles.

El humor de Jericho descendió hasta su nivel cero. Cuando aún vivía en

Pudong, era mucho más fácil hacerle una visita a Tu. Ahora fue hasta la estación de metro de Huangpi Nanlu y bajó al bien iluminado subsuelo, donde centenares de personas dejaban que los llamados «empujadores» de mirada estoica las metieran a empellones dentro de los repletos vagones de la línea 1. En cuanto las puertas se cerraron, Jericho lamentó amargamente no haber recorrido a pie el kilómetro y medio que lo separaba de la orilla del río y haber tomado uno de los ferris. Por lo visto, tendría que aprender muchas cosas en lo relacionado con su nuevo barrio. Nunca antes había vivido en un sitio tan

céntrico. En general, no podía recordar haber tomado nunca antes el metro a esa hora del día. Y mucho menos podía imaginar hacerlo de nuevo.

El tren aceleró sin que ninguno de los pasajeros se tambaleara. Casi todos los hombres que estaban a su alrededor tenían los brazos alzados, de tal modo que pudieran verse sus manos. La costumbre se debía al miedo de ser inculpado de algún tipo de agresión sexual. Cuando doce hombres se agrupaban en torno a un metro cuadrado de suelo, era imposible decir a cuál de ellos se debía el apretón en la entrepierna. Las violaciones en los

trenes repletos estaban a la orden del día, y muchas veces la víctima no tenía ni siquiera la oportunidad de volverse. Cuando aumentó el número de hombres agredidos, las mujeres adoptaron también la costumbre de alzar las manos. Un viaje en el metro era un sufrimiento callado, y la peor parte se la llevaban los niños, metidos en esa mezcolanza de telas mohosas, sudor y olor a genitales que rodeaba sus cabezas.

Jericho había quedado atrapado justo detrás de las puertas. Por lógica, en la siguiente parada sería el primero al que la presión de la masa sacaría al

andén. Brevemente, el detective consideró la posibilidad de viajar sólo hasta la estación de Houchezhan, por donde pasaba el tren de levitación magnética, el Maglev. Éste comunicaba el aeropuerto de Pudong, próximo a la costa, con la ciudad de Suzhou, situada al oeste, pasaba directamente por delante del World Financial Center, y ofrecía un confortable lujo por un exorbitante precio del pasaje, razón por la cual, la mayoría de las veces, viajaba vacío. Sin embargo, con él llegaría a su destino en un minuto, sólo que el viaje hasta la estación del Maglev duraría casi lo mismo que si continuaba con el

metro hasta Pudong, de modo que no habría ganado nada. En ese preciso instante, la papilla humana lo empujó hacia la pasarela mecánica de la línea 2, y él se dejó llevar, sintiendo cierto consuelo gracias a la certeza de que el tipo que le había birlado el último COD delante de las narices no podría haber avanzado ni cien metros.

Al llegar a Pudong y salir del subsuelo climatizado, Jericho sintió como si un paño caliente lo golpeara en pleno rostro. El Sol parecía una mancha poco amable en medio de altos jirones de nubes. Lentamente, el cielo se iba cubriendo. Su mirada se dirigió hasta el

World Financial Center, que descollaba hacia un lado por detrás de la torre Jin Mao. ¿Y por allí arriba había estado balanceándose Grand Cherokee Wang?

¡Inconcebible! O se había vuelto loco, o las circunstancias no le habían dejado otra opción. Jericho se conectó a Internet y descargó el vídeo del aficionado en su móvil. La imagen estaba movida, pero era nítida y tenía un buen zum. Mostraba una figura diminuta sobre los raíles de la montaña rusa.

—Diana —dijo el detective.

—Hola, Owen. ¿Qué puedo hacer por ti?

—Procesa el vídeo que he abierto.

Sácale toda la resolución y el brillo que sea posible. Con imágenes fijas cada tres segundos.

—De acuerdo, Owen.

Jericho cruzó en dirección al

«Abrebotellas», dejó atrás la zona de tiendas y subió en el ascensor hasta el sky lobby.

TU TECHNOLOGIES

La empresa de Tu ocupaba las plantas comprendidas entre la setenta y cuatro y la setenta y siete del edificio; por encima estaba el hotel, coronado por el observatorio y la montaña rusa. Una dama le sonrió a Jericho con suma amabilidad y le deseó los buenos días. Todos la conocían. Su nombre era Gong Qing, la nueva superestrella femenina de China, que el año anterior había ganado un Oscar y tenía mejores cosas que hacer en lugar de controlar a quienes

entraban y salían de Tu Technologies. Los empleados de Tu solían responder al saludo y pasar junto a Gong Qing; a los visitantes, en cambio, se les preguntaba su nombre y se les pedía colocar su mano sobre la derecha extendida de la actriz. Así lo hizo Jericho. Por un breve instante, sintió la frialdad de la transparente pantalla de proyección donde aparecía la figura en tres dimensiones de Gong Qing. El sistema registró sus huellas dactilares y las líneas de su mano, escaneó el iris y grabó su voz. Entonces, Gong Qing comprobó que la voz ya estaba grabada y evitó preguntarle su nombre al

detective. En su lugar, una rápida y jovial señal de reconocimiento recorrió la expresión de su rostro.

—Gracias, señor Jericho. Es un placer verlo de nuevo. ¿A quién desea ver?

—Tengo una cita con Tu Tian —

respondió Jericho.

—Suba hasta la planta setenta y siete. Naomi Liu lo espera.

En el ascensor, Jericho tuvo un callado pensamiento de respeto para con su amigo Tu, por haber conseguido aquella jugada maestra de convencer cada tres meses a un nuevo famoso para que desempeñara las funciones de

recepcionista. Se preguntó cuánto le habría pagado Tu a la actriz por ello, salió del ascensor y entró en una sala enorme que ocupaba toda la planta. Los cuatro pisos ocupados por Tu Technologies estaban diseñados de la misma manera. No había divisiones territoriales entre los puestos de trabajo ni vestíbulos inanimados. Los empleados andaban como nómadas por un paisaje laboral multifuncional, asistidos por los llamados lavo-bots, unos robots con forma de contenedor que se deslizaban por las dependencias de la empresa sin hacer ruido y que albergaban en su interior un ordenador

con conexión de interfaz y capacidad de almacenamiento para el material de trabajo personal de cada empleado. Todos disponían de su propio lavo-bot, al que recogían por la mañana en la recepción y con el que, según fuera su tarea ese día, se movían de un puesto de trabajo a otro, hasta finalmente atracar en uno. Había puestos de trabajo abiertos y protegidos, sitios para el trabajo en equipo, para el brainstorming, así como despachos acristalados, insonorizados, y cuyos cristales podían oscurecerse si era necesario. En el centro de cada planta había una especie de isla dedicada al

ocio, con sofás, un bar y una cocina, reminiscencia, esta última, de aquellas fogatas alrededor de las cuales los primeros hombres se reunían hace millones de años.

«No sólo les encargamos trabajo a nuestros empleados —solía decir Tu—. Les ofrecemos un hogar.»

Flanqueada por una pantalla de curvatura cónica y dos metros de alto, Naomi Liu estaba sentada a su escritorio. Tanto la pantalla como la superficie de la mesa eran transparentes. Por ella pasaban, como fantasmas, documentos, diagramas y vídeos, elementos que Naomi abría con la yema

de los dedos, los cerraba o los dirigía con la ayuda de su voz. Al ver a Jericho, puso al descubierto sus dientes como perlas y mostró una sonrisa.

—¿Y bien? ¿Satisfecho con su nueva pantalla holográfica?

—Por desgracia, no, Naomi. La holografía no me proporciona su fragancia.

—Qué manera tan elegante tiene usted de exagerar.

—De ningún modo. Mis sentidos son más sensibles que los de la mayoría de los mortales. No olvide que soy detective.

—En ese caso, seguramente también

podrá decirme qué clase de perfume me he puesto hoy.

La mujer lo miró medio expectante, medio burlona. Jericho no se tomó ni siquiera el esfuerzo de decirle una marca. Para él, todos los perfumes olían a flores pulverizadas y disueltas en alcohol.

—El mejor —le dijo.

—Por esa respuesta tiene usted permiso para ver al jefe. Está en «La Montaña».

«La Montaña» era un paisaje amorfo con asientos, situado en la parte trasera de la planta, cuyos elementos se ajustaban a la estructura del cuerpo y

estaban concebidos para llevar una constante vida propia. Uno podía arrojarse sobre ellos, trepar o repantigarse encima. Simultáneamente, un relleno de nanorrobots se ocupaba de que la forma de la estructura —y, con ella, la postura del cuerpo de quienes habían rellenado la hendidura— fuera cambiando continuamente. Algunos expertos defendían la opinión de que se pensaba de manera más creativa si se cambiaba de posición con frecuencia, y la práctica les daba la razón. La mayoría de las ideas revolucionarias de Tu Technologies habían nacido entre la dinámica ondulante de «La Montaña».

Tu ocupaba el puesto más alto, lo acompañaban dos directores de proyectos. Allí arriba, en aquel trono, el jefe de Tu Technologies destacaba como un niño regordete y orgulloso. Cuando vio a Jericho, interrumpió la reunión, se dejó caer y se incorporó con un gemido, haciendo un intento abstruso por alisar las perneras de su pantalón, irremediablemente arrugadas. Jericho lo contempló con actitud paciente. Estaba seguro de que aquel pantalón ya tenía ese mismo aspecto por la mañana.

—Una plancha haría milagros —le dijo el detective.

—¿Por qué? —repuso Tu,

encogiéndose de hombros—. Está bien así.

—¿No estás ya un poco mayor para andar trepando ahí? —No me digas...

—Te has deslizado hacia el valle con la elegancia de un alud, si me permites el comentario. Tu disco intervertebral...

—A ti lo que pase con mi disco intervertebral te importa un comino. Ven conmigo.

Tu condujo a Jericho hasta uno de los despachos acristalados y echó el seguro de la puerta a sus espaldas. A continuación, accionó un interruptor y el cristal se oscureció; automáticamente, el

techo empezó a alumbrar. Al cabo de pocos segundos, las paredes eran opacas. Ambos tomaron asiento en torno a la mesa de reuniones, y Tu adoptó una expresión expectante.

—Bueno, ¿qué tienes?

—No creo que sean las autoridades las que buscan a Yoyo dijo Jericho—. Por lo menos no se trata de los órganos de seguridad regulares.

—¿Está libre, la chica?

—Creo que sí. Se ha ocultado en

Quyu.

Para su sorpresa, Tu asintió con un gesto, como si no hubiera esperado otra cosa. Jericho le contó lo sucedido desde

su última conversación. A continuación, Tu permaneció un rato en silencio.

—¿Y qué es lo que sospechas en relación con el estudiante muerto? — preguntó el empresario chino.

—Mi intuición me dice que ha sido asesinado.

—Tú y tu intuición...

—Era el compañero de piso de Yoyo, Tian. Quería sacarme dinero por informaciones que probablemente no poseyera. Tal vez jugó al mismo juego con alguien más, alguien que lo trató de un modo menos indulgente. O quizá, en efecto, sabía algo, y fue quitado de en medio antes de que pudiera seguir

contando lo que sabía.

—A ti, por ejemplo.

—Sí, a mí. —Jericho se mordió el labio inferior—. Está bien, es sólo una teoría, pero a mí me parece plausible. Yoyo desaparece, y su compañero de piso empieza a vaticinar posibles paraderos, exige dinero a cambio y, de repente, se cae del tejado. Eso hace que me plantee quién puede haber ayudado a ello. ¿La policía? ¡Jamás en la vida! Le habrían apretado las tuercas al chico, pero no lo habrían perseguido hasta hacerlo saltar desde ese trampolín. Aparte de que la poli sólo tendría un motivo para ir en busca de Yoyo: que la

hubiesen desenmascarado. Sin embargo,

¿algún policía se ha dejado ver por aquí?

Tu negó con la cabeza.

—Habrían venido, puedes apostar el cuello —dijo Jericho—. Yoyo trabaja para ti. Se habrían plantado delante de la puerta de Chen y habrían acosado a preguntas a los compañeros de piso de la chica. Pero nada de eso ha sucedido. Esa muchacha debe de haber desafiado a otra gente. Alguien que actúa con menos escrúpulos.

Tu arrugó los labios.

—Hongbing y yo podríamos colgar un mensaje en ese extraño foro en el que

ella ha escrito. Con ello, le comunicaríamos que...

—Olvídalo. Yoyo no necesita que contactéis con ella.

—No lo entiendo. ¿Por qué, al menos, no le ha hecho llegar un mensaje a Hongbing?

—Porque tiene miedo de involucrarlo. En este instante, toda su cabeza debe de estar concentrada en cuánto puede arriesgar sin ponerse en peligro ella misma ni poner en peligro a otros. ¿Cómo va a saber si Chen o tú mismo no estáis siendo vigilados? Por tanto, se hace la muerta e intenta acceder a cierta información. En Quyu estuvo

segura temporalmente, pero luego alguien la alertó de que yo estaba en camino hacia el sitio donde ella se encontraba. A estas alturas debe de saber que estuve allí, y también sabe que alguien me siguió. Con ello, el Andrómeda ha quedado descartado como escondite. Con el mismo sigilo con que abandonó su piso, ha desaparecido ahora también de allí.

—Ese tal Zhao Bide —dijo Tu pensativo—. ¿Qué papel desempeña, según tu opinión?

—No tengo la menor idea. Ayudaba en la preparación del concierto. Creo que tiene algo que ver con el

Andrómeda.

—¿Es un City Demon?

—Él dice que no.

—Sin embargo, por otro lado, sabe que Yoyo pertenece a Los Guardianes.

—Sí, pero mi impresión es que no conocía el mensaje que escribió en esa pá gi na , Brilliant Shit. Resulta difícil clasificarlo. Definitivamente, algunos Guardianes forman también parte de los City Demons. Pero no todos los Cit Demons son Guardianes. A su vez, hay gente que ayuda a Yoyo sin pertenecer a una asociación ni a otra. Como Zhao, por ejemplo.

—¿Y crees que él goza de su

confianza?

—Aspira a ello, por lo que parece. De todos modos, ella no le ha revelado adonde ha huido esta vez.

—Tampoco a mí ni a Chen nos ha informado de nada.

—Eso también es cierto. Sólo que eso no nos lleva a ninguna parte. — Jericho miró a su amigo con cara de reproche—. Y tú lo sabes muy bien.

Tu le devolvió una mirada de indiferencia.

—¿Adonde quieres ir a parar?

—Con cada huida, Yoyo reduce el círculo de personas a las que pone al corriente de sus pasos. Pero debe de

haber algunas que estén todo el tiempo informadas.

—¿Y?

—Y me pregunto, con el debido respeto, si tú no me estarás ocultando algo.

Tu juntó las yemas de los dedos.

—¿Piensas que conozco a los demás

Guardianes?

—Pienso que intentas proteger tanto a Yoyo como a ti mismo. Supongamos que, estrictamente hablando, jamás necesitaste de mi ayuda. No obstante, me encargas las investigaciones para no tener que participar tú directamente. Nadie debe pensar que Tu Tian se

interesa más de lo debido por el paradero de una disidente. Chen Hongbing, en cambio, es el padre de Yoyo, él puede acudir a un detective sin problemas.

Jericho aguardó para ver si Tu adoptaba alguna actitud con respecto de lo dicho, pero el chino sólo se quitó las gafas torcidas de la nariz y empezó a limpiarlas con la manga de su camisa.

—Supongamos también —continuó Jericho— que sabes dónde se mete Yoyo cuando hay problemas. Y entonces viene Chen Hongbing, que lo ignora todo, y te pide ayuda. ¿Acaso vas a contarle lo que hace su hija en la red, y

que, además, tú estás al tanto? ¿Vas a decirle que apruebas sus actividades y conoces el lugar donde se esconde? Chen se pondría fuera de sí; por tanto, le dices que vaya a verme y me das, de paso, el indicio decisivo: los City Demons. De ellos, por cierto, también me habló Grand Cherokee Wang. Y en efecto, con esa información me revelaste el sitio donde debía buscar. Tu plan era sencillo: yo encuentro a la chica, y tú no llamas la atención, no tienes que bajarte los pantalones delante de Chen, el padre tiene una certeza sobre el paradero de su hija, y el amigo paternal puede dormir tranquilo.

Tu levantó la vista brevemente y, en silencio, continuó sacando brillo a sus gafas.

—Sin embargo, no sabías ni sabes quiénes son los enemigos de Yoyo ni de qué va todo este asunto. Eso te ha intranquilizado. Ahora, después de que Yoyo abandonó también el Andrómeda, estás avanzando a tientas en la oscuridad. Las cosas se han complicado. En este momento, estás tan desconcertado y preocupado como el propio Chen; además, alguien ha muerto.

Tu arrojó su aliento sobre las gafas y las confió de nuevo a su camisa.

—Eso significa que a partir de ahora

me necesitas realmente. —Jericho se inclinó hacia adelante—. Y me necesitas para un verdadero trabajo de investigación.

El aliento, el bruñido.

—Pero ¡para ello tengo que poder investigar!

Con un crujido seco, la patilla de las gafas sujeta con cinta adhesiva se partió. Tu reprimió un improperio, carraspeó sonoramente e intentó colocarse de nuevo las gafas sobre el puente de la nariz. Estas se balancearon sobre la nariz de Tu como un coche que se ha salido de la vía y está a punto de despeñarse por un acantilado.

—También podría recomendarte una óptica —añadió Jericho secamente—. Pero antes tienes que decirme todo lo que te has callado hasta este momento. De otro modo, no puedo ayudaros.

«De otro modo —le pasó a Jericho por la cabeza—, hasta yo podría caerme pronto de algún tejado.»

Tu arrojó la patilla de las gafas encima de la mesa.

—Sabía por qué te había encargado este asunto. Sencillamente, no te serviría de nada que te dijera el nombre de los otros cinco Guardianes. Ellos también deben de haber pasado a la clandestinidad.

—En primer lugar, tengo una pista;

en segundo lugar, tengo un aliado.

—¿Zhao Bide?

—Aunque no sea uno de los City Demons, conocerá sus caras. Necesito nombres y fotos.

—Fotos... Eso llevará tiempo —dijo Tu, hurgándose dentro de la oreja—. Los nombres los tendrás. A uno ya lo has conocido.

—No me digas... —dijo Jericho, enarcando las cejas—. ¿A quién?

—Su apodo es Daxiong: «Gran

Oso.»

—¿Esa mole con un tiesto a modo de cabeza? —El detective intentó

imaginarse a Daxiong como un tipo con consciencia política, con el intelecto que lo capacitara para revolver los ánimos del Partido—. No me lo puedo creer. Estaba convencido de que una motocicleta tendría un cociente intelectual más elevado que el de ese tío.

—Eso piensan muchos —replicó Tu

—. A mí algunos me toman por un anciano vagabundo excedido de peso que no conoce ninguna óptica y come basura precocinada. Yoyo se te ha escapado, ¿y todavía crees que Gran Oso es tan estúpido? Fue él quien te envió al infierno, y tú fuiste hasta allí

como un corderito.

Jericho tuvo que admitir que era cierto.

—En cualquier caso, ahora sabes por qué no quiero abusar de mis contactos —dijo—. La policía, en cierto modo, se haría preguntas. Entretanto, puede que ya sepan que Wang era el compañero de piso de Yoyo. Harán pesquisas y averiguarán que yo también busco a la chica. Entonces, sacarán conclusiones: un estudiante muerto, posible homicidio, una crítica del régimen con antecedentes, un detective que pregunta por el primero y le sigue el rastro a la segunda. No deberían atar

esos cabos, Tian, quiero investigar sin llamar la atención. Al final les daré pie para pensar que deben ocuparse más detenidamente del caso de Yoyo.

—Entiendo. —Los dedos de Tu se deslizaron por la superficie de la mesa y la pared posterior se transformó en una pantalla—. Entonces, echa un vistazo a esto.

Desde la perspectiva de dos cámaras de vigilancia, pudo verse el corredor de cristal con la estación de la montaña rusa.

—¿Cómo has conseguido tan pronto esas grabaciones? —preguntó Jericho, lleno de asombro.

—Tus deseos son órdenes para mí

—repuso Tu, soltando una risita—. La policía les había puesto ya un sello electrónico, pero eso, para nosotros, no constituye ningún problema. Nuestra propia red de vigilancia está acoplada a la del edificio; además, hemos sido capaces de colarnos en otros sistemas. Sólo habríamos tenido dificultades si hubieran instalado un bloqueo de alta seguridad.

Jericho reflexionó. Los sellos electrónicos eran algo habitual. El hecho de que las autoridades que investigaban el caso hubieran renunciado a un mayor nivel de seguridad revelaba algo sobre

la categoría que le otorgaban al caso. Otro indicio de que la policía no tenía a Yoyo en su punto de mira.

En el corredor acristalado aparecieron dos hombres. El más bajito, que caminaba delante, llevaba el pelo largo, ropa a la moda y aplicaciones en la frente y el mentón. Era, sin lugar a dudas, Grand Cherokee Wang. Lo seguía un hombre alto y delgado que vestía un traje cortado a medida. Con el pelo engominado y peinado hacia atrás, la fina barbita y las gafas de cristales ahumados, tenía cierto aspecto de dandi. Por la manera en que volvía la cabeza al caminar, Jericho se dio cuenta de que el

hombre, mientras caminaba, iba escaneando todo el corredor y su mirada reposaba por fracciones de segundo sobre las cámaras.

—Es listo, ese tío —murmuró. Ambos anduvieron hasta el centro

del corredor y desaparecieron del encuadre de una de las cámaras. La otra mostró cuando los dos hombres entraron en la cabina de cristal con la consola de mando.

—Están charlando —dijo Tu, y oprimió el botón de la cámara rápida—. No sucede nada interesante.

Jericho vio cómo Grand Cherokee gesticulaba a cámara rápida; por lo

visto, le explicaba al otro hombre el funcionamiento de la mesa de control. Entonces pareció desarrollarse una conversación.

—Presta atención ahora —dijo Tu.

La película empezó a correr otra vez a la velocidad normal. Los dos hombres seguían de pie el uno junto al otro. Grand Cherokee dio un paso en dirección al hombre alto, quien, a su vez, tomó impulso con el brazo.

Al instante siguiente, el joven se dobló de rodillas, se golpeó el rostro con el borde de la consola y cayó al suelo. Su interlocutor lo agarró y lo puso de nuevo en pie. Grand Cherokee se

tambaleó. El desconocido lo sostuvo. Si se miraba superficialmente, parecía que este último le sirviera de sostén a un amigo que había sufrido un desmayo repentino. Transcurrieron algunos segundos y, entonces, Grand Cherokee volvió a caer de rodillas. El hombre alto se agachó junto a él y le dijo algo. Cherokee se retorció y se levantó a duras penas. Al cabo de un rato, el tipo alto abandonó la sala de control, pero sólo para detenerse y volver sobre sus pasos. Por primera vez desde que había llegado le daba de nuevo la cara a la cámara.

—Para —dijo Jericho—. ¿Puedes

aumentar el tamaño?

—Sin problemas.

Tu acercó con el zum el torso y la cara del hombre hasta que éstos llenaron la pantalla. Jericho entornó los ojos. El hombre se parecía a Ryuichi Sakamoto en el papel del invasor japonés en la p e l í c ul a El último emperador, de Bertolucci.

—¿Te recuerda a alguien?

preguntó Tu.

El detective vaciló. El parecido con el actor y compositor japonés era desconcertante. Al mismo tiempo, tenía la sensación de que se aferraba a una idea equivocada. Aquella película era

viejísima, y Sakamoto tenía ya más de setenta años.

—No realmente. Envíame la foto a mi ordenador.

Tu dejó que el vídeo continuara. Grand Cherokee Wang salió de la sala de control y fue tras el desconocido. Ambos estuvieron invisibles por un momento,  pero  luego  pudo  verse  otra vez al hombre alto, que entró en la sala de control y toqueteó algo en la consola.

—Me pregunto si el servicio de guardia no tenía que haber reaccionado ante esto —opinó Tu.

—¿Ante qué? —preguntó Jericho.

—¿Cómo  que  ante  qué?  —Tu  lo

 

miró—. ¡Ante lo que estamos viendo!

—¿Y qué estamos viendo?

—Algo ha sucedido entre esos dos,

¿no?

—¿Es eso? —dijo Jericho apoyándose hacia atrás—. Aparte de las dos veces que Wang ha caído al suelo, no   ha   sucedido   nada.   Podría   estar fumado o borracho, o, sencillamente, no sentirse bien. Nuestro amigo, el engominado, lo ayuda a ponerse de pie, eso es todo. Además, el servicio de guardia tiene que controlar cien plantas, ya sabes cómo funcionan esas cosas. No se pasan todo el tiempo mirando fijamente los monitores. Por cierto, ¿hay

 

cámaras exteriores?

—Sí, pero sólo transmiten a la sala de control del Dragón de Plata.

—¿Quiere eso decir que no podemos...?

—Ellos no pueden —dijo Tu—. Nosotros, sí.

En ese momento el hombre alto abandonaba  la  sala  de  control, atravesaba el corredor y desaparecía en la  sección  contigua  del  edificio.  Tu inició otra grabación. La pantalla se dividió en ocho ventanas con imágenes individuales, que, en conjunto, seguían el trayecto de las vías del Dragón de Plata. Una de las cámaras mostraba a

 

Grand Cherokee,        al         final     del       último vagón, mirando varias veces hacia atrás.

Luego, el joven saltó a las vías.

—Congélala —pidió Jericho—. Quiero ver su cara.

No cabía duda: los rasgos de Grand Cherokee estaban desfigurados por el pánico. Jericho sintió una mezcla de fascinación y horror.

—¿Adónde pretende ir?

—Lo que hace no está del todo mal pensado —dijo Tu con voz apagada, como si hablando en voz alta pudiera provocar la caída de aquel hombre desesperado sobre los raíles de la montaña rusa. Mientras tanto, el Dragón

 

de Plata abandonó la estación y se lo vio a través de las demás pantallas—. Al otro  lado  del  edificio  existe  una conexión entre los raíles y el interior del rascacielos. Con un poco de suerte, podría conseguir llegar allí.

—Pero  no  lo  consigue  —comentó

Jericho.

Tu negó con la cabeza sin decir palabra. Horrorizados, vieron cómo moría Grand Cherokee. Durante un tiempo ninguno dijo nada, hasta que Jericho carraspeó.

—Los códigos de tiempo —dijo—. Si los comparas, no cabe duda de que fue  el  desconocido  quien  arrancó  el

 

Dragón de Plata. Y hay otra cosa que llama la atención. Vemos su rostro sólo dos veces, y en las dos ocasiones la imagen es poco nítida. Además, el hombre  se  las  arregló  para  darle siempre la espalda a la cámara.

—¿Y qué conclusión sacas tú de ello? —preguntó Tu con voz ronca.

Jericho lo miró.

—Lo siento —dijo—. Pero tú y Chen... tendréis que haceros a la idea de que Yoyo tiene detrás a un asesino a sueldo profesional.

«No —pensó el detective—, no se trata sólo de Yoyo.»

«También de mí.»

 

Tu  Technologies  era  una  de  las pocas empresas de Shanghai que poseía una flotilla privada de vehículos voladores, los llamados skymobiles. En el año 2016, al World Financial Center, una vez construido, lo dotaron de un hangar para coches volantes, situado encima de las oficinas, en la planta setenta y ocho. El hangar ofrecía sitio para dos docenas de vehículos, la mitad de ellos en manos de la comunidad de propietarios; eran, principalmente, macizos vehículos de despegue y aterrizaje vertical, destinados a evacuaciones. Desde que los terroristas islámicos,  hacía  ya  casi  medio  siglo,

 

habían estrellado dos aviones de pasajeros contra las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York, el interés en los vehículos voladores se había intensificado año tras año, y había estimulado el desarrollo de varios prototipos. Casi todos los megarrascacielos recientemente construidos en China eran equipados, entretanto, con plataformas de aterrizaje en sus azoteas. Al Hyatt le pertenecían siete aparatos, cuatro elegantes transbordadores de  turbinas  giratorias, d o s skybikes  y  un  girocóptero,  muy parecido a un helicóptero. La flota de Tu abarcaba dos girocópteros y el llamado

 

Silver Surfer, un aparato de despegue en vertical, extraplano y reluciente. El año anterior, Jericho había podido disfrutar de algunas horas de vuelo, en reciprocidad por un trabajo que no le había cobrado a Tu, lo que lo puso en situación de poder pilotar aquel aparato obscenamente caro. Ahora era Tu el que ocupaba el asiento del piloto. Quería hacerle una visita a Chen Hongbing y, a continuación, atender unas citas de negocios en Dongtan City, una ciudad satélite de Shanghai situada en Chongming,  la  isla  del  Yangtsé,  que tenía el récord de ser la ciudad más ecológica del mundo. Tu Technologies

 

había  desarrollado  una  vía  fluvial virtual para aquella metrópoli surcada por  canales,  un  túnel  de  cristal  que creaba la ilusión de estar viajando por la época de los tres reinos, una época entre la dinastía Han y la dinastía Jin, muy gratamente recordada debido a la profusión de historias que contenía.

—Ahora, de pronto, somos el país más  contaminante  del  mundo  —le explicó Tu sobre el tema de Dongtan—. Nadie contamina el planeta de un modo tan persistente como China, ni siquiera los Estados Unidos de América. Sin embargo, por otro lado, no encuentras en ninguna  otra  parte  consecuencias  más

 

eficaces en la materialización práctica de algunos conceptos alternativos. Cualquier cosa que emprendamos siempre tiene que estar sujeta a una radicalización forzosa.  Eso  es  lo  que hoy  entendemos  por  yin  y  yang:  el sondeo de los extremos.

El gigantesco hangar estaba bien iluminado. Como ballenas varadas, los vehículos de despegue vertical de la empresa yacían uno junto al otro. Mientras Tu conducía su platija a través de la pista de despegue, el frente acristalado del hangar se deslizó hacia un lado. Entonces Tu puso las cuatro turbinas   del    vehículo   en   posición

 

horizontal y aceleró. Un rugido inundó la nave  y  acto  seguido  el Silver  Surfer salió disparado por  encima del  borde del edificio y descendió en dirección a Huangpu. A doscientos metros sobre el suelo, Tu logró asumir el control de la nave y la condujo por encima del río, describiendo una amplia curva.

—Le presentaré a Hongbing una versión dulcificada del asunto —dijo—. Le  diré  que  a  Yoyo  no  la  busca  la policía, pero que Posiblemente ella así lo cree. Y le diré que está todavía en Quyu.

—Si es que todavía está en Quyu —

repuso Jericho.

 

—Como sea. ¿Qué será lo próximo que harás?

—Husmearé en la red con la esperanza de que Yoyo haya colgado algún nuevo mensaje. Y examinaré al detalle una cadena de comida preparada llamada Wongs World.

—Jamás he oído hablar de ella.


—Probablemente sólo exista en Quyu. La papelera de Yoyo rebosaba de envoltorios de ese restaurante. En tercer lugar, necesito informaciones sobre los proyectos actuales de Los Guardianes. Y sin  vacíos  —añadió  el  detective, mirando de reojo a Tu—. Nada de correcciones cosméticas, nada de cartas

 

ocultas.

Tu parecía un globo al que le hubieran sacado el aire. Por primera vez desde que Jericho lo conocía, parecía no saber qué hacer. Las gafas colgaban inválidas de su nariz.

—Te  diré  todo  lo  que  sé  —le aseguró con el tono de un penitente.

—Eso está bien —dijo Jericho, dándose unos golpecitos con el dedo en el puente de la nariz—. Dime una cosa,

¿puedes ver algo con eso?

El chino, sin decir palabra, abrió un compartimento situado en la consola intermedia y sacó unas gafas idénticas a las  otras,  se  las  puso  y  arrojó  las

 

antiguas a sus espaldas. Jericho empleó un  instante  para  reflexionar  y  se preguntó   si   sus   sentidos   le   habían gastado una broma. ¿Había en esa guantera otra docena de gafas?

—¿Por qué  te  dedicas a  remendar gafas  desechables con cinta  adhesiva?

—le preguntó a su amigo.

—¿Cómo? Ésas todavía servían.

—No, no serví... Bueno, da igual. En lo que atañe a Hongbing, pienso que en algún momento  debería  saber  toda  la verdad. ¿No te parece? A fin de cuentas, es el padre de Yoyo. Tiene derecho a saber.

—Pero no ahora. —Tu sobrevoló el

 

Bund, hizo que el Silver Surfer siguiera descendiendo y puso rumbo al sur—. A Hongbing hay que tratarlo con guantes de seda, es preciso pensarlo bien y ver hasta dónde se le puede informar. Y otra cosa: el asunto del cuerpo de Grand Rococó, o como se llame ese chico, lo veo imposible; en cuanto a lo de acceder a sus cosas, el tema será objeto de próximas  reflexiones.  Estabas interesado sobre todo en su teléfono móvil, ¿no es cierto?

—Quiero       saber    con      quién   habló después de la desaparición de Yoyo.

—Bien, haré lo que pueda. ¿Dónde te dejo?

 

—En casa.

Tu  moderó  la  velocidad  y  enfiló hacia el puerto aéreo de Luwan, situado a unos pocos minutos a pie desde Xintiandi. Hasta donde podía verse, el tráfico se atascaba en las calles, sólo en las vías de los COD las cabinas pasaban a toda velocidad. Sus dedos tocaron el campo holográfico con los instrumentos de navegación, y entonces las turbinas adoptaron la posición vertical. Como en un ascensor, descendieron. Jericho miró por  la  ventana  lateral.  Al  borde  del campo de despegue y aterrizaje estaban aparcados dos girocópteros, ambos con emblemas  que  los  identificaban como

 

ambulancias. Otro despegaba en ese momento; ascendió muy pegado a ellos, de un modo casi inquietante, y partió con estruendo y a toda máquina en dirección a Huangpu. Jericho sintió una vibración en la zona de la ingle, sacó su móvil y vio que alguien estaba intentando localizarlo. Pulsó la tecla de «Aceptar».

—¿Qué se cuenta, pequeño Jericho?

—Zhao Bide. —Jericho chasqueó la lengua—. Mi nuevo amigo y confidente.

¿Qué puedo hacer por usted?

—¿No siente añoranza de Quyu?

—A ver, incíteme alguna.

—Los bao zi de cangrejo de Wongs

World son excelentes.

 

—Ah, encontró el local.

—Ya lo conocía, sólo que había olvidado el nombre. Está situado, digamos,   en   la   parte   civilizada   de Xaxus. Debe de haber pasado usted por allí con el coche. Es una especie de mercado callejero techado, es enorme.

—Bien. Le echaré un vistazo.

—Despacio,  señor  detective.  Hay dos mercados. La filial está una calle más allá.

—¿Y no habrá por casualidad un tercero?

—Sólo esos dos.

E    l Silver     Surfer    se     detuvo suavemente. Tu redujo la velocidad de

 

los motores.

—Me necesitan en el Andrómeda hasta las siete —dijo Zhao—. Por lo menos hasta que los Pink Asses consigan llegar al escenario, lo que no siempre es sencillo. Después estaré libre.

Jericho reflexionó.

—Muy bien. Montemos guardia. Cada uno de nosotros vigilará una de las filiales. Es posible que Yoyo y sus amigos aparezcan por allí.

—¿Y qué sacaré yo de eso?

—Pero, ¡pequeño Zhao, que no se diga! —exclamó Jericho, asombrado—.

¿Son ésas  las  palabras  de  un  amante preocupado?

 

—Son las palabras de un amante de

Quyu, pobre idealista. ¿Qué pasa ahora?

¿Quiere mi ayuda o no la quiere?

—¿Cuánto?

Zhao mencionó una suma. Jericho le regateó y la redujo a la mitad; así eran las cosas.

—¿Y dónde nos encontraremos? —

preguntó.

—Junto al Andrómeda. A las siete y media.

—Tendrá usted claro que se trata del trabajo más aburrido del mundo —dijo Jericho—. Hay que estarse sentado quieto, y vigilar y vigilar sin quedarse dormido.

 

—No se preocupe por mí.

—Por supuesto que no. Hasta luego. Tu lo miró desde la ventana lateral.

—¿Estás seguro de que puedes confiar en ese tipo? —preguntó el chino

—.     Tal       vez      se         esté      haciendo          el importante. Quizá sólo quiera dinero.

—Tal vez el papa sea un pagano — repuso Jericho encogiéndose de hombros—. Con Zhao Bide es poco lo que puedo hacer mal; él sólo tiene que estar atento, nada más.

—Tú sabrás. Mantente localizable por si encuentro el móvil de nuestro despeñado Grand Sheraton. En alguna parte entre el bazo y el hígado.

 

QUYU

 

 

 

Durante el nuevo viaje de Jericho al mundo olvidado, el tráfico avanzaba con la consistencia de la miel. Bastante bien, según la opinión de los habitantes de Shanghai. Les insinuaba la promesa de un pronto regreso a casa, una cena caliente y unos niños adormilados a los que mantenían despiertos para que mamá y papá pudieran acostarlos juntos.

Para alguien oriundo del centro de Europa, por el contrario, acostumbrado a prolongadas fases de rápido desplazamiento,  cada   minuto   en   las

 

carreteras y las calles de Shanghai formaba parte de las experiencias perturbadoras de la existencia. Las estadísticas afirmaban que un conductor habitual pasaba seis meses de su existencia urbana delante de los semáforos en rojo. Y eso todavía no era nada comparado con los sondeos sobre el desperdicio de tiempo de vida en los atascos shanghaianos. Tras haberse confirmado que los COD no eran apropiados para hacer visitas a Quyu, pues  llamaban tanto  la  atención como una rana con alas, y eso despertaría el recelo de Yoyo, a Jericho no le quedó más  remedio  que  sacar  su  coche  del

 

garaje soterrado. Por la tarde, había ordenado a Diana que se metiera en la red en busca de Zhao Bide, pero sin resultado. No había nadie registrado con ese nombre. Quyu no existía, y mucho menos existían sus habitantes.

En cambio, los nombres de los cinco restantes miembros de Los Guardianes sí que aparecían en las listas de alumnos de las universidades.

Yoyo, sin embargo, no había dejado ningún nuevo rastro después de haber colgado   aquella   entrada   en Brilliant Shit. Una vez más, Jericho se preguntó quién podía haber mandado a un asesino a     sueldo     profesional     para     que

 

persiguiera  a   una  disidente  molesta, pero no realmente tan peligrosa. Si se excluía a la policía, entraban en juego algunos estamentos del gobierno. El Partido  estaba  infiltrado  por  los servicios secretos, del mismo modo que el gorgonzola está infiltrado de moho. Nadie —probablemente ni los cuadros de mayor rango— conocía todas las dimensiones de esa urdimbre. Con tales antecedentes, se perfilaba la posibilidad de  que  estuviera  en  marcha  una operación encubierta cuyo objetivo consistía en impedir que se divulgara cierta información a la que Yoyo jamás debería haber tenido acceso.

 

Algo que requería más que matar a la chica.

Porque, en caso de que ese saber prohibido proviniera de la red, lo más probable es  que  estuviera almacenado en su ordenador. Una circunstancia que no mejoraba precisamente sus oportunidades para sobrevivir, pero sí ponía ciertas trabas a su asesinato. Mientras no se determinara dónde estaba ese ordenador, no se la podía abatir a tiros, así, sin más, en plena calle. El asesino necesitaba apoderarse de ese ordenador y, más aún, debía determinar a quiénes había pasado la información la joven.  La  misión  de  aquel  asesino  a

 

sueldo era como la de un epidemiólogo: tenía que acorralar al virus, reunir a los infectados, eliminarlos y, finalmente, neutralizar a la hospedera original.

Cabía preguntarse dónde debía de estar el epidemiólogo a esas horas.

Jericho contaba con que lo siguieran. Por la mañana, el asesino había estado por las calles con su COD, pero entretanto puede que hubiera cambiado de vehículo, como el propio Jericho. La descripción del hombre hecha por Zhao encajaba con las grabaciones en vídeo del  World  Financial  Center,  pero Jericho dudaba que aquel desconocido se  le  mostrase  en  persona.  Por  otra

 

parte, el tipo no sabía que Jericho había visto su cara, se creía de incógnito aún, y  tal  vez  cometiera  algún  descuido. Fuera  como  fuese,  debía  tratar  de  no tener demasiado éxito en su búsqueda de Yoyo y, con ello, ponerle a la chica un cuchillo en el cuello.

Dos kilómetros antes de llegar a Quyu, Tu le envió las fotografías prometidas. Además  de Daxiong Guan Guo,   en   ellas   aparejan  dos   chicas l l a ma da s Maggie  Xiao  Meiqi  y  Yin Ziyi, y los Guardianes masculinos Tony Sung y Jin Jia Wei. Además de los vídeos que mostraban al asesino de Grand    Cherokee,    estos    materiales

 

formaban la base de su búsqueda. Las gafas holográficas y los escáneres que llevaba consigo echarían mano constantemente de los datos existentes y anunciarían de inmediato cualquier coincidencia.  Por  desgracia,  las imágenes  fijas  eran de  muy mala calidad, y apenas podía esperarse que, a través de ellas, el ordenador pudiera identificar al asesino en medio de la multitud. Pero Jericho estaba firmemente decidido  a  tocar  todos  los  registros. Sólo con los escáneres, Zhao y él disponían de media docena de fiables perros rastreadores que darían la voz de alarma en cuanto Yoyo o alguno de los

 

suyos quisieran satisfacer algún antojo en las cocinas de Wongs World.

Jericho tomó la salida hacia Quyu y se detuvo en el arcén para cambiar el color  del  coche.  Unos  campos magnéticos cambiaron en cuestión de segundos la nanoestructura de las partículas de la pintura. Ese aditamento especial le había costado algunos yuanes unos años antes, y ahora su Toyota tenía la capacidad de metamorfosis de un camaleón. Mientras hablaba con uno de sus  clientes,  el  elegante  gris  plateado del coche se fue oscureciendo, dando paso  a  un  gris  marrón  salpicado  de zonas descoloridas. La parte delantera  

 

del coche daba la impresión de haber sido pintada defectuosamente. Unas manchas oscuras afeaban la puerta del conductor y creaban la ilusión de abolladuras, con los bordes desconchados. Sobre el guardabarros izquierdo trasero apareció una ralladura dentada.  Cuando  Jericho  cruzó  la frontera que separaba el reino de los fantasmas del mundo de los vivos, su coche  se  hallaba  en  un  estado lamentable, justo el adecuado para no llamar  la  atención  en  las  calles  de Xaxus.

Zhao le había descrito la ruta que debía          seguir   hasta    el         mayor  de        los

 

mercados Wong. Al llegar, reinaba todavía  una  intensa  actividad. Entretanto, el detective veía esa parte de Xaxus con otros ojos. La impresión de normalidad y el intenso ajetreo hacían olvidar  que  allí  había  un  punto  de fractura  de  la  sociedad,  más  allá  del cual los no conectados vivían bajo el dictado de las tríadas rivales, cuyos cabecillas controlaban el terreno. A la sombra de la acería abandonada, a la que  el  barrio  debía  su existencia original, florecía el tráfico de drogas, el lavado de dinero y la prostitución; la gente se anestesiaba en los Cyber Planet con     aquellas     milagrosas     drogas

 

virtuales. Sin embargo, las tríadas no mostraban casi ningún interés por las extensas estepas de miseria que Jericho había recorrido esa mañana. De modo que el barrio de Quyu era más honesto y genuino  allí  donde  era  más  pobre,  y pobre se quedaba quien intentara ser honesto.

Wongs  World  abarcaba  unos terrenos del tamaño de una manzana y se presentaba    como    un patchwork   de vaporosas cocinas, montones de conservas en enormes estanterías, jaulas apiladas con toda suerte de animales aullando, silbando y gimoteando, ladeados   chiringuitos   de   apuestas   y

 

antros en los que uno podía pillar todo tipo de colocones, de enfermedades venéreas  o  de  deudas  de  juego.  A Jericho no le cabía ninguna duda de que en Wong también se traficaba con armas. La estrechez reinante era inimaginable. Un  enjambre  de  avispones  compuesto por retazos de frases y risas resonaba por todo el mercado, atravesado por el ruido  de  la  música  de  moda  china, salida de unos altavoces sobrecargados de trabajo. Mientras buscaba a Zhao, vio a éste separarse de la multitud y cruzar la calle a paso lento. Jericho bajó la ventanilla y le hizo señas para que se acercara.  Zhao  llevaba  unos  vaqueros

 

que habían conocido mejores días y una raída cazadora, pero, por algún motivo impreciso, su aspecto era elegante. Su pelo sedoso le caía hacia atrás cada vez que alzaba la cabeza y bebía cerveza de un bote perlado por lo fría que estaba. Llevaba al hombro una raída mochila. Sin prisas, se acercó al coche de Jericho y se inclinó hacia donde estaba el detective.

—No es éste su mundo, ¿verdad?

—He estado en otros infiernos — dijo Jericho, indicándole con un movimiento de la cabeza que subiera al Toyota—.  Vamos,  suba.  Quiero mostrarle algo.

 

Zhao rodeó el vehículo, abrió la puerta del acompañante y se dejó caer en el asiento. Por un instante, su perfil se iluminó bajo la luz de un rayo de sol que se abrió paso a través del mejunje de nubes. Jericho lo miró y se preguntó por qué alguien con su aspecto físico no llevaba ya tiempo metido en el ramo de la moda o del cine. ¿O acaso había visto ya a Zhao en el mundo de la moda? ¿En la tele quizá? ¿En alguna revista? De repente se lo pareció. Zhao, un antiguo modelo venido a menos y confinado forzosamente en Quyu.

En ese instante, unas primeras gotas de lluvia cayeron sobre el parabrisas.

 

—¿Todo        en        orden? —preguntó

Zhao.

—¿Y usted?

—Los chicos están en el escenario. Este cacharro es realmente feo, por cierto. ¿Pintura variable?

Jericho estaba sorprendido.

—Usted sí que está informado.

—Un poco. Pero no tema, la ilusión es perfecta. —Zhao se inclinó hacia adelante y, con el pulpejo de la mano, limpió una mancha del salpicadero—. Engaña a cualquiera, por lo menos en tanto  que  no  haya  nadie  que  suba  al coche y vea la reluciente atmósfera del interior.

 

—Descríbame el otro mercado.

—Es más o menos tan grande como éste. Pero no hay «gallinas»; nada de putas ni proxenetas.

Jericho estiró la mano hacia atrás y le entregó a Zhao una de las gafas holográficas.

—¿Las ha usado alguna vez?

—Claro —dijo Zhao, y señaló con la cabeza la filial de  Cyber  Planet—. Ahí dentro todos llevan unas de éstas.

¿Sabe cómo llaman a estos locales aquí?

—¿A los Cyber Planet? No, no lo sé.

—Depósitos de cadáveres. Quien entra está ya prácticamente muerto. En fin, respira, pero su existencia se reduce

 

a las funciones físicas básicas. En algún momento te sacan en brazos porque has muerto  de  verdad.  Siempre  hay gente que muere dentro de los Cyber Planet.

—¿Y usted? ¿Con cuánta frecuencia ha estado ahí?

—Algunas veces.

—Pues no parece estar usted muerto. Zhao     lo         miró     con      los       ojos

entornados.

—Yo estoy por encima de cualquier adicción, pequeño Jericho. Explíqueme cómo funcionan estas estúpidas gafas.

—Efectúan una comparación biométrica. Tienen un escáner panorámico  de  ciento  ochenta  grados.

 

He cargado en el disco duro fotos de Yoyo y de los otros cinco Guardianes. Si alguno de los seis apareciera por el ámbito de registro de las gafas, éstas le conferirían un color rojo y le avisarían con  una  señal  acústica,  lo suficientemente intensa como para despertarlo en caso de que se le hayan cerrado los ojos debido al peso de la responsabilidad. El regulador situado en la patilla izquierda, además, refleja la superficie exterior, si así lo desea. — Jericho le puso las gafas en el regazo a Zhao y le mostró uno de los escáneres

—. He sincronizado tres de ellos con sus gafas. Puede utilizarlos cada vez que

 

lo desee, pero siempre, en lo posible, de tal modo que puedan captar ámbitos de registro que usted no pueda controlar. Aquí  está  el  botón  para  regular  la nitidez, con éste activa usted el mecanismo de fijación. Los escáneres transmiten directamente a sus gafas; además, las imágenes aparecen en el borde inferior del campo de visión.

—Estoy impresionado —dijo Zhao y, al decirlo, parecía como si de verdad lo estuviera—. ¿Y cómo nos comunicaremos nosotros?

—A  través  del  móvil.  ¿Sabe  ya dónde se apostará?

—Frente a mi filial del mercado hay

 

también un Cyber  Planet, con grandes ventanas para mirar afuera.

Los ojos de Jericho vagaron hasta el

Cyber Planet situado en la esquina.

—Buena idea —murmuró el detective.

—Por supuesto. Acuartélese allí, pague por veinticuatro horas; es más cómodo que estar todo el tiempo agazapado en el coche. Si se sienta usted junto a la ventana con esas gafas sobre la nariz, todos pensarán que se está follando a una puta marciana con cuatro tetas. Hay aperitivos y bebidas, aunque no precisamente deliciosos. Pero realmente debería probar usted esos bao

 

zi  de  cangrejo.  La  comida  en  Wongs

World es buena y barata.

—¿Tiene usted parientes en la cadena? —preguntó Jericho en tono burlón.

—No, pero tengo buenas papilas gustativas.  ¿Alguna  pega  en  llevarme con el coche hasta mi puesto de vigilancia?

Jericho arrancó el automóvil y se dejó guiar por Zhao hasta la otra filial del mercado. Durante el viaje, pasaron junto   a   unos   locales   de   té   y   un restaurante  japonés,  delante  del  cual unos hombres jugaban a las cartas y al ajedrez     chino,     o     hablaban     con

 

insistencia  entre  sí,  gesticulando, muchos de ellos con el torso desnudo y las cabezas rapadas.

—Los amos de Xaxus —dijo Zhao con menosprecio—. Se reparten el día entre ellos.

—¿Y usted, no tiene ambiciones de llevarse un trozo del pastel?

—¿Cómo se le ocurre?

—¿Qué queda para alguien como usted una vez que ellos se han repartido el día?

—Da igual. —Zhao se encogió de hombros—. Yo ayudo a unos idiotas drogados a subir y a bajar de un escenario. También es una labor.

 

—No lo entiendo.

—¿Qué no entiende?

—No comprendo qué está haciendo en  Quyu  alguien  como  usted.  Podría vivir en cualquier otra parte.

—¿Usted cree? —Zhao negó con la cabeza—.  Nadie  aquí  puede  vivir  en otra parte. Nadie quiere que vivamos en otra parte.

—Quyu no es una prisión.

—Quyu  es  todo  un  concepto, Jericho. Dos tercios de la humanidad viven hoy en ciudades, el campo está despoblado. En algún momento todas las ciudades desaparecerán, fusionándose unas con otras. Son como carcinomas,

 

tejido enfermo que se reproduce excesivamente; sólo los núcleos están sanos,  pero  yacen  en  medio  de desolados desiertos. Los núcleos son santuarios, templos de desarrollo mayor. Allí viven personas, verdaderas personas. Tipos como usted. El resto es ganado, animales parlantes que se revuelcan en la ridícula idea de ser amados por un dios. La gente de aquí vegeta  al  nivel  de  los  habitantes arbóreos, se multiplican, exterminan los recursos del planeta, se matan entre sí o la  diñan  a  causa  de  cualquier enfermedad. Son la escoria de la Creación.   La   parte   malograda   del

 

experimento.

—Y usted también forma parte de ello, ¿no es cierto? ¿O acaso he entendido algo mal?

—Ah, Jericho. —Zhao sonrió con autosuficiencia—. El universo tiene sus centros luminosos, y ¿por qué? Porque en medio de él reina la oscuridad. ¿Ha oído decir alguna vez que habría que iluminar la oscuridad del mundo? Es imposible. Cualquier intento de dotar de bienestar a la humanidad en su conjunto fracasa, sólo lleva a un empeoramiento de las cosas. Lo más elevado no puede equipararse a lo más bajo, tiene que desmarcarse   para   resplandecer.   No

 

existe la humanidad, Jericho, por lo menos no en el sentido de una especie homogénea. Existen ganadores y perdedores, conectados y no conectados, algunos que están en la cara iluminada y otros, la mayoría, que permanecen en el lado oscuro. La división es algo consumado. Nadie tiene intenciones de integrar a los Xaxus de este mundo, suprimir sus fronteras. Por cierto, tiene que doblar a la izquierda ahí delante.

Jericho guardó silencio; el Toyota avanzó traqueteando por una avenida ancha y mal reforzada, rodeada de naves industriales y mugrientos edificios de ladrillo.  El  sitio  en el  que  el  Wongs

 

World y la filial de Cyber Planet quedaban frente a frente se abría formando una superficie polvorienta y dejaba visible el terreno situado detrás, el de la antigua acería, donde los altos hornos se elevaban en el aire como un mausoleo.

—No lo entiendo, Zhao. ¿Quién es usted realmente?

—¿Qué cree usted?

—No lo sé. —Jericho lo miró—. Parece tener cierta debilidad por Yoyo, pero cuando se trata de encontrarla, me obliga a pagarle como a cualquier proxeneta. Vive aquí, pero desprecia a su  propia  gente.  De  algún  modo,  no

 

encaja usted con Quyu.

—Un gran consuelo —se burló Zhao

—. Es como afirmar que una hemorroide es beneficiosa para el culo en el que crece.

—¿Nació usted en Quyu o la vida lo trajo hasta aquí?

—Lo segundo.

—En ese caso, podrá marcharse otra vez.

—¿Adónde?

—Bueno... —Jericho meditó—. Existen otras posibilidades. Ya veremos cómo se desarrolla nuestra sociedad temporal.

Zhao inclinó la cabeza y enarcó una

 

ceja.

—¿Lo he entendido bien? ¿Me está ofreciendo un trabajo?

—Yo no tengo empleados fijos, pero a veces, según las características de un encargo,  creo  equipos.  Y definitivamente es usted un tipo inteligente, Zhao. Su ataque sorpresa en el Andrómeda me impresionó, tiene una buena  condición  física.  No  puedo afirmar todavía que me caiga usted simpático, pero tampoco tenemos que contraer matrimonio. Puede que lo necesite de vez en cuando.

Los ojos de Zhao se achicaron. A continuación sonrió.

 

En ese momento, Jericho sintió que estaba ante un déjà-vu. Vio lo familiar en lo ajeno. Como una gota de tinta oscura en un líquido transparente, se fue extendiendo  rápidamente  hacia  los lados, de modo que al instante siguiente ya el detective no fue capaz de decir a qué atribuir esa impresión. Todo a su alrededor parecía dirigirse con prisa hacia   un   desenlace   conocido   desde hacía mucho tiempo, como en una película que ya hubiera visto y de cuyo final no podía acordarse. No, no se trataba de una película, sino más bien de un sueño, una ilusión. Una imagen reflejada en el agua, que uno destruía en

 

el intento por retenerla.

Quyu. El mercado. Zhao a su lado.

—¿Está  todo  bien?  —le  preguntó

Zhao.

—Sí. —Jericho se frotó los ojos—. No deberíamos perder más tiempo. Comencemos.

—¿Y por qué no realiza este trabajo con uno de esos equipos?

—Porque  esta  vez  el  trabajo consiste en proteger a una disidente cuya identidad no conoce nadie, salvo un puñado de iniciados. Cuantas menos personas se ocupen de Yoyo, mejor.

—¿Quiere decir eso que no ha hablado usted sobre la chica con nadie

 

más aparte de mí?

—No. Visité a sus compañeros de piso.

—¿Y?

—No fue muy productivo. ¿Conoce a esos dos?

—De vista. Yoyo dice que no saben nada de su doble vida. Uno de ellos no tiene el menor interés en ella, y el otro se aflige porque ella no muestra ningún interés en él. Tiende a hacerse el importante.

—¿Se refiere  a          Grand  Cherokee

Wang?

—Sí, creo que se llama así. Un nombre ridículo. Es el típico fanfarrón.

 

¿Qué le contaron esos dos?

—Nada.  —Jericho hizo  una  pausa

—. En lo que a Wang respecta, él ya no podrá contar nada: está muerto.

—¿Cómo? —Zhao frunció el  ceño

—. La última vez que lo vi Parecía muy animado. Se vanagloriaba de no sé qué montaña rusa que le pertenecía.

—Nada le pertenecía —repuso Jericho, mirando en dirección a la multitud del mercado—. No pretendo engañarlo, Zhao. Lo que estamos haciendo aquí puede volverse peligroso para los que participamos. Yoyo parece haberse metido con cierta gente que camina  por  encima  de  cadáveres.  Y

 

Wang debió de morir por eso. Pensé que tenía que saberlo.

—Hum. Bueno.

—¿Sigue dispuesto a participar?

Zhao dejó transcurrir un instante. De repente, parecía algo cortado.

—Escuche una cosa, en cuanto al dinero...

—No, está bien.

—No, escúcheme, no quiero que se lleve una impresión equivocada. Lo ayudaría de todos modos aunque no sacara nada. Sólo que... necesito esa pasta, es todo. Quiero decir, ha visto usted a esos tipos al borde de la calle,

¿verdad?

 

—¿Los que se reparten el día?

—Sería fácil entrar en su juego. Siempre  cae  algo.  La  mayoría  de  la gente aquí vive de eso, de lamerles las botas. ¿Me entiende?

—Supongo que sí.

—Y usted no hace todo esto sin cobrar nada, ¿no es cierto?

—Escúcheme, Zhao, no tiene que disculparse por na...

—No me estoy disculpando. Sólo estoy aclarando algunas cosas. —Zhao metió las gafas y el escáner en la mochila—. ¿Cuánto tiempo pretende mantener la vigilancia?

—Todo el tiempo que sea necesario.

 

He pasado hasta tres semanas apostado delante de la puerta de un edificio.

—¿Cómo? ¿Y la señora de la casa no le pidió que entrara? —Zhao abrió la puerta—. Bueno, de algún modo encaja.

—¿A qué se refiere?

Zhao se encogió de hombros.

—¿Alguien le ha dicho alguna vez que  parece  usted  el  hombre  más solitario del mundo? ¿No? ¡Que le vaya bien, tontaina!

A  Jericho  se  le  agolparon,  en  la punta de los labios, miles de respuestas, pero por desgracia ninguna que diera fe de su superioridad. Vio cómo Zhao vagaba sin prisa hasta el Wongs World,

 

entonces dio media vuelta y regresó a su filial,  donde  colocó  el  Toyota  de  tal modo que el escáner dispuesto bajo el espejo interior abarcara una parte del mercado.   Entonces   bajó   del   coche, rodeó el área a pie y se decidió por dos edificios cuya situación le pareció la apropiada. Cada uno de ellos ofrecía suficientes  posibilidades  para  instalar los demás escáneres. Dejó uno bajo el desmoronado poyete de una ventana y el otro en una de las grietas. Los aparatos, unas bolitas brillantes de color negro y el tamaño de un guisante, exploraron por su cuenta el entorno y desplegaron unas diminutas  patas  de  telescopio con las

 

cuales se aferraron a la piedra.

El mundo de Wong estaba rodeado. Una  ráfaga  de  viento  recorrió  los

pervertidos desfiladeros de aquella ciudad de las tríadas, agitando toldos, prendas de ropa y nervios. Entretanto, la temperatura se había vuelto insoportablemente bochornosa, el cielo era  como  una  mortaja.  Poco  después, unas gotas aisladas y gruesas golpearon el suelo como heraldos de un diluvio anunciado por el lejano rugido de los truenos. Los negocios cerraron sus puertas.  Jericho  se  puso  sus  gafas  y entró en el vestíbulo del Cyber Planet

En principio, todas las filiales de la

 

cadena tenían el mismo aspecto. El cliente era recibido por máquinas automáticas estándares, dispuestas como adosados, con ranuras para el dinero en efectivo y aberturas electrónicas para el pago a distancia. Tras pagar, tenía lugar el  fichaje,  y  sólo  entonces  se  tenía acceso al sanctasanctórum. Dos empleados charlaban tras un mostrador sin echar  una ojeada a  los  monitores. Por  lo  visto,  muchos  de  los  usuarios eran clientes fijos. No se detenían demasiado tiempo delante de las máquinas automáticas, sino que miraban a unos escáneres de ojos, aguardaban a que las puertas de cristal blindado se

 

abrieran y entraban en la zona situada detrás, con el paso vacilante de quienes se han quedado ciegos de adultos.












Sigue Parte II






FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Suscripcion

📚 Biblioteca Emancipación

Accede y recibe automáticamente cada nuevo libro publicado

Suscríbete gratis

📩 Contacto: emancipacionbiblioteca@gmail.com