© Libro N° 8004.
Las Clases Sociales Como Problema Político. Notas
Sobre Marx, A Propósito Del Presente. Cortés, Martín.
Emancipación. Noviembre 28 de 2020.
Título
original: ©
Las Clases Sociales Como Problema Político. Notas
Sobre Marx, A Propósito Del Presente. Martín Cortés
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Político. Notas Sobre Marx, A Propósito Del Presente. Martín Cortés
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LAS CLASES
SOCIALES COMO PROBLEMA POLÍTICO
Notas Sobre
Marx, A Propósito Del Presente
Martín Cortés
Las Clases Sociales Como
Problema Político
Notas Sobre Marx, A
Propósito Del Presente
Martín Cortés 1
Acerca del “marxismo”
El físico observa los procesos de la naturaleza
donde se presentan en la forma más precisa y menos velada por influencias
perturbadoras, o, cuando es posible, efectúa experimentos en condiciones que
garantizan el desarrollo puro del proceso. Lo que pretendo indagar en esta obra
es el modo de producción capitalista y sus correspondientes relaciones de
producción y de circulación. Hasta ahora su sede clásica es Inglaterra. Esta es
la causa de que este país sirva de principal ilustración a mi exposición teórica.
No obstante, si el lector alemán se encogiese farisaicamente de hombros con
respecto a la situación de los obreros industriales y agrícolas de Inglaterra,
o se tranquilizase, optimista, pensando que aún no están tan mal las cosas en
Alemania, me vería entonces obligado a gritarle: De te fabula narratur! En
realidad no se trata aquí del grado mayor o menor de desarrollo de los
antagonismos sociales nacidos de las leyes naturales de la producción
capitalista, sino de las leyes mismas, de las tendencias que actúan y se
imponen con férrea necesidad. El país industrialmente más desarrollado no hace
sino mostrar al menos desarrollado la imagen de su propio futuro (Marx, 2007: 16-17).
Esta cita, presente en el prólogo de Marx a
la primera edición de El Capital, podría considerarse una síntesis
perfecta de un modo de leer la obra de este autor. El paralelismo entre su
trabajo y el de un físico que observa “los procesos de la naturaleza”,
la noción de “leyes naturales”, la “férrea necesidad”, la
expresión latina por la cual se sugiere que el país menos desarrollado ve su
futuro en el más desarrollado: no es descabellado leer en esta enumeración
de Marx una mirada fatalista de la historia que presagia una
condena indiferenciada al advenimiento de un capitalismo arrollador y sin
matices internos. Este texto, del año 1867, podría ponerse en serie con un
conjunto de enunciados de Marx (más aun de Engels)
en virtud de los cuales las naciones periféricas ven su futuro y su potencial
emancipación atada a algo que sucede más allá de sus fronteras.
Lo que aquí se vislumbra como un modo de concebir
la historia, entraña también una forma de entender la nación y las clases
sociales. Supeditadas a una férrea teoría del progreso, éstas aparecen
obligadamente como un proceso que alcanza su cénit en el capitalismo
desarrollado. Esto que permite incluir a Marx en las llamadas
“filosofías de la historia” que los siglos pasados nos han legado puede
encontrarse en otros conocidos fragmentos de su obra. El caso más saliente
posiblemente sea el de su trabajo como corresponsal del New York Daily
Tribune, donde aparecen sus célebres escritos sobre la India, referidos a
las consecuencias de la dominación del Imperio Británico. Es allí donde aparece
más marcada una veta del pensamiento de Marx que, si no
podemos llamar positivista, sí estamos en condiciones de hablar de una lectura
demasiado acrítica del concepto hegeliano de “pueblos sin historia”. En
dos artículos sucesivos, la India y su vieja organización social son
sacrificadas al dinamismo de la dominación colonial de Inglaterra, en tanto
Nación histórica, “instrumento inconsciente de la historia”, que las
llevará hacia un estado civilizado. Si bien Marx no ignora la
masacre que esto implica, parece no poder resolver esa tensión, acercándose a
la aceptación de la misma por los frutos que brinda en términos de
modernización –disolución de “esas pequeñas comunidades semi-bárbaras y
semicivilizadas”- y, luego, posibilidad de emancipación (en Marx y Engels,
1973) 2.
Unos años antes, en 1847, una reflexión a propósito
de la situación polaca dejaba bien claro el sentido general de la relación
entre clases, naciones y progreso:
[…] de entre todos los países, Inglaterra es aquel
donde el antagonismo entre proletariado y burguesía está más desarrollado. Por
tanto, la victoria de los proletarios ingleses sobre la burguesía inglesa será
decisiva para la victoria de todos los oprimidos sobre sus opresores. Éste es
el motivo por el cual la lucha de emancipación polaca no se resolverá en
Polonia, sino en Inglaterra (Marx y Engels, citado en Levrero, 1979: 16,).
Una lectura demasiado asentada en estos fragmentos
de la obra de Marx nos devuelve, como decíamos antes, una
filosofía de la historia, entendiendo por ello un entramado teórico con dos
características centrales: por un lado, la existencia de un sentido, esto es,
una dirección ascendente que discurre de menor a mayor (en este caso, de menor
a mayor desarrollo). Por otra parte, implica también la existencia de un centro
que anima dicho despliegue: en este caso, es a partir del creciente desarrollo
de las fuerzas productivas que se suceden las contradicciones estructurales que
van dando lugar al discurrir del proceso histórico. Si el progreso gobierna la
posibilidad de emancipación, se constituye una concepción unilineal del
desarrollo, de lo cual se derivan dos consecuencias políticas importantes
ligadas con el espacio y el sujeto de la transformación social: será el
proletariado de las naciones más desarrolladas el que cuente con el privilegio
teórico para llevar adelante la misión histórica de la revolución.
Evidentemente, numerosas razones históricas han
permitido que esta interpretación de la obra de Marx perviva y
resulte hegemónica durante más de un siglo. Su punto de partida podría
colocarse en la consolidación del “marxismo” a manos del poderoso
Partido Socialdemócrata alemán, poco después de la muerte del autor de El
Capital. Demasiado parecida a las filosofías positivistas de la época, esta
doctrina desarrollada bajo la palabra autorizada de Engels hacía
de la relación originaria entre la teoría de Marx y el
movimiento obrero europeo occidental una verdad teórica que operaba como espejo
y modelo a seguir. De ese modo, esta relación se “mitifica”:
universaliza un supuesto camino a la revolución y opaca otros: el desarrollo
económico y, con él, la centralidad de la clase obrera europea constituyen el
espejo frente al cual deben mirarse todos los socialismos del mundo,
postergando sus dilemas específicos 3.
Debemos a Maximilien Rubel un gran
trabajo de “marxología” que insiste en mostrar el exceso de tensiones
–y, por ello, de riqueza- de la obra de Marx respecto del “marxismo”. Rubel sitúa
muy especialmente el problema en la distinción entre Marx y Engels,
ya que el segundo mostraba una tendencia mucho más marcada a reducir la teoría
de su compañero a una filosofía de la historia basada en el progreso. Y
sería Engels, en este sentido, el auténtico “fundador” del
marxismo:
Chargé d’être le gardien et le continuateur d’une
théorie à l’ebaoration de laquelle il avouait n’avoir contribué que pour une
modeste part, et persuadé de réparer un tort en glorifiant un nom, Engels a
encouru le risque de favoriser la genèse d’une superstition dont il ne pouvait
mesurer les conséquences nefastes (Rubel, 1974: 21)4 [“Encargado de ser el
guardián y continuador de una obra a la cual él mismo reconocía no haber
contribuido sino en una modesta parte, y persuadido de reparar el daño glorificando
el nombre de Marx, Engels incurrió en el riesgo de favorecer la génesis de una
superstición, de la cual no podía suponer sus nefastas consecuencias”,
traducción nuestra].
En un sentido absolutamente confluyente, José
Aricó señalaba el peso que tuvo Engels y el clima
alemán de finales del siglo XIX en la “sistematización” del pensamiento
de Marx:
Me atrevería a decir que el conocimiento de la obra
de Marx que tienen la Segunda y la Tercera Internacional es un conocimiento que
ignora la naturaleza real del proyecto de Marx; es un conocimiento limitado y
deformado del pensamiento de Marx, circunscrito a la recepción de ciertas ideas
de Marx, muy fundamentalmente a aquellas que popularizó Engels de la obra de
Marx. Por eso no es casual que aun cuando El Capital fuese la biblia (siempre
cerrada), el libro fundamental para la socialdemocracia, el libro permanentemente
abierto al que siempre se refirió era el Anti-Dühring de Engels, que contiene
una exposición global de la sociedad capitalista; debe agregarse esa otra tan
famosa y leída titulada El origen de la familia, la propiedad privada y el
Estado. Es curioso que en las obras escritas por Engels aparezca muy
frecuentemente la palabra “origen”, mientras que en las que escribe Marx
aparezca la palabra “crítica”. En Engels hay una concepción de una u otra
manera positivista o evolucionista que lo lleva a creer que el análisis de los
orígenes permite tener acceso a las explicaciones; en Marx, en cambio, la idea
de crítica implica siempre que es a partir de la crítica de la manifestación
actual como puede lograr descubrirse la naturaleza real de un proceso (Aricó, 2011: 58-59).
Volveremos al final sobre la preminencia del
presente que aparece en la segunda parte de la cita de Aricó. Por
el momento, nos interesa retener que, para pensar la cuestión de las clases
sociales, las consecuencias de esta lectura de Marx son
sabidas: se opera una suerte de reducción “sociológica” que lee la
oposición entre proletariado y burguesía a partir del modo específico en que
estas clases se constituyeron en la Europa desarrollada del siglo XIX. Detrás
de la brutal sugerencia a los polacos de esperar que sus dilemas políticos
fueran resueltos por la clase obrera inglesa, se asoma la percepción normativa
de que no hay política posible allí donde no se constituyeron las condiciones
económico-sociales que permiten pensar la emancipación.
Pero no es este el único modo en que aparece
en Marx la cuestión de las clases. Es más fácil, por supuesto,
emprender esta lectura del marxismo como “sistema”, pues los bordes
coinciden entre sí y la filosofía que se obtiene de ello es inmediatamente
autoevidente. Son otros los resultados si enfocamos privilegiadamente en
aquello que José Aricó llamaba los “puntos de fuga” del
pensamiento de Marx. Aquellos refieren a “desvíos” no
siempre atendidos –mucho menos privilegiados- de los intereses de Marx,
que pueden constituir verdaderos golpes letales al corazón del “marxismo”:
Porque si esto es así, si existe una parte
soslayada de Marx en la que aparece como un agudo crítico de sí mismo y del
“marxismo”, sólo reincorporando al debate esa parte se puede llegar a formular
una propuesta de análisis de Marx y del marxismo que retenga la multiplicidad
de perspectivas, de núcleos problemáticos, de centros de tensión, de puntos de
fuga en ellos potencialmente encerrados. Si las contradicciones están –y es
lógico que así sea- en la propia teoría, si el marxismo no es un edificio perfecto
pero inacabado, sino un laberíntico pueblo de modelos, mostrar que el problema
ya estaba instalado en Marx obliga a introducir el principio de la crítica
–categoría tan cara al pensamiento marxiano, aunque por completo menospreciada
en su reconstrucción posterior- en una teoría por no decir una ideología,
colocada al margen de la contienda y elevada al nivel de espíritu
absoluto (Aricó, 1981: XIV-XV)
Bucear en estos “puntos de fuga” no implica
pretender hacer justicia a la letra de Marx, sino en todo caso
mostrar la riqueza y complejidad de su obra. Resulta interesante, en esta
dirección, partir de una circunstancia llamativamente sintomática en la obra
magna del hombre de Tréveris: el capítulo de El Capital destinado
a tratar precisamente el problema de las clases sociales ocupa una sola hoja al
final de la magna obra de Marx, para acabar, con un gesto casi
irónico, en una aclaración encorchetada de Engels que afirma:
“aquí se interrumpe el manuscrito”. Esta llamativa “falta” podría
leerse como un efecto de las distracciones políticas o de la carencia de
tiempo, o de los simples límites biológicos de toda vida; o, por el contrario,
como lo hace sugestivamente Oscar del Barco, como un síntoma: la
imposibilidad de concluir El Capital es al mismo tiempo la
resistencia de Marx a clausurar una búsqueda siempre
interminable. Ello se debe a que la opacidad y permanente mutabilidad del
objeto (el capitalismo) tornan estéril todo intento de encerrar el análisis en
fórmulas acabadas. Si se trata de crítica, afirma del Barco, no es
posible dar cuenta del objeto si no es a través de un discurso que en su propia
forma subraye las fracturas de aquello que se postula como Sistema: “el
discurso que da cuenta de ese objeto no puede presentarse como un todoteórico,
sino que está constreñido a ser un discurso molecular, genealógico”; a la
manera de Freud con el inconsciente, Marx se
acerca al discurso capitalista “a través de los restos y las fracturas, los
deslizamientos, las fallas y los desechos” (del Barco, 2008a: 22). Por esto
resultan tan fundamentales los textos “fragmentarios” de Marx:
inéditos, cartas, borradores, etc. (que atenderemos especialmente en lo
sucesivo). Estos operan como “síntomas” que resultan disruptivos para
los intentos de construir un marxismo como sistema. Según del Barco, Marx no
concluyó tantos y tan importantes textos porque no podía hacerlo, pues su
crítica fue tomando más y más la forma del rastreo de un objeto en fuga. Del
Barco coloca 1867 en un espacio singular de la trayectoria marxiana.
Lejos del pretendido cenit teórico por la edición de su obra magna –ese año se
publica el primer tomo de El Capital-, pareciera iniciarse allí el
recorrido del “otro” Marx, un Marx perplejo
ante los enigmas de una realidad inasible. De allí el hombre de las miles de
páginas en manuscritos, el investigador fascinado por Rusia, por la
antropología, por la etnología, etc.: “Marx está obsesionado por el todo,
pero el todo-no-está; de allí lo imposible y su consecuencia: la imposibilidad
de cierre. La Obra se le escapa de las manos. El Capital no se termina porque
el capital es interminable” (del Barco, 2008b: 43). Lo llamativo de esta
novedad, una vez más, es que sólo desdibujándola es posible construir el “marxismo”
como sistema positivo, vale decir, como filosofía de la historia: “Mientras
Marx seguía los desplazamientos cada vez más enigmáticos del objeto, los
‘marxistas’ no sólo fijaron el pensamiento de Marx sino también el
objeto-social cuyo ‘funcionamiento’ se trataba de comprender. De allí la
infalibilidad como atributo de la Obra”. Unas líneas más abajo completa, no
sin un dejo de provocación, la idea:
Mucho se habló de la “astucia” de la razón
burguesa-hegeliana, pero hoy debemos reconocer que lo hegeliano no fue ninguna
astucia burguesa sino su positivo-real y que la verdadera astucia de la
burguesía fue el “marxismo”: esa operación mediante la cual se desprendió al
marxismo de su cuerpo sometiéndolo al enrejillado propio del sistema fue,
debemos reconocerlo, una obra maestra de la astucia de un sistema que supo
encarnar su lógica en el pensamiento de quienes precisamente querían
destruirlo (del Barco, 2008b:
45)
Profundicemos entonces en esta senda de lectura que
se nos sugiere para abordar la obra de Marx. ¿Qué sucede en esos
desvíos a los que se refiere Oscar del Barco, ignorados en la
operación consolidación del “marxismo”? Numerosos autores centraron su
atención en el Marx posterior a la edición del primer tomo de El
Capital, momento en que comienza a atender de manera casi obsesiva los
dilemas políticos y económicos de algunas formaciones sociales capitalistas
periféricas, en donde se destaca especialmente la mencionada Rusia. La fecunda
perplejidad en la mirada de Marx quedó registrada en una serie
de borradores e intercambios epistolares donde es posible observar un evidente
“viraje” del foco de atención de Marx hacia el
movimiento popular ruso que se articulaba en la defensa de la comuna rural. El
“problema ruso” que se le presentó a Marx estaba ligado
con la cuestión del desarrollo del capitalismo en dicho país y sus
consecuencias sobre el campo, sobre todo a partir de la abolición de la
servidumbre en 1861. La década de 1870 encontrará a Marx progresivamente
interesado en Rusia, especialmente en la obschina o comuna rural, donde
persistían relaciones comunales y en torno de la cual se articulaba un
movimiento político de resistencia al desarrollo capitalista, con el cual
sobrevendrían la propiedad privada de la tierra, la desarticulación de las
comunidades y la “proletarización” de sus miembros. En ese marco, Marx descubría
que al lado del país zarista guardián de la reacción europea, tal como solían
considerarlo con Engels, se posaba un interesante movimiento
revolucionario y una cantidad no menor de intelectuales que seguían sus pasos
(la primera traducción de El Capital, curiosamente, se publicó en
ruso). Theodor Shanin, el investigador inglés que popularizó la
noción de “Marx tardío”, nos recuerda que en 1870 Marx comienza
a estudiar ruso, como un modo de sumergirse en la realidad de dicho país
–contra la irritación que esta “distracción” le producía a Engels-,
acercándose además a los textos de los intelectuales radicales de la historia
rusa, tales como Aleksandr Herzen y Nikolai
Chernishevski (Shanin, 1990). Tal como muestran el propio Shanin y Andrzej
Walicki (1971), el campo revolucionario ruso presentaba diversos
matices en aquél entonces, articulados por el clivaje fundante entre “populistas”
y “marxistas” – aunque no faltaban las divisiones internas dentro de
cada una de estas corrientes-. Para un mayor detalle de ellas reenviamos a los
mencionados autores, aquí basta con señalar que el movimiento en su conjunto se
debatía entre la búsqueda de un desarrollo no capitalista basado en la
vitalidad de la comuna rural y la idea de la inevitabilidad de un período de
desarrollo capitalista –incluidas allí las funestas consecuencias sociales
sobre la población rusa- entre el derrocamiento del zarismo y la posibilidad
del socialismo. Esta última posición era defendida por la gran mayoría de los
llamados marxistas, liderados por Georg Plejanov.
Por su parte, los populistas presentaban una
ideología reivindicatoria del campesinado ruso. Este movimiento, que tomaba su
nombre de la idea de “ir hacia el pueblo”, se preguntaba por la forma de
evitar la desarticulación de la cultura campesina, pensando a partir de ella la
posibilidad de la transformación social. En ese contexto, una de las referentes
del movimiento populista, Vera Zasulich lo convida a Marx a
participar de la polémica que, parcialmente, se hacía en su propio nombre.
La carta de Vera Zasulich a Marx es tan breve como
interesante. En una hoja, le reconoce la importancia que El Capital está
teniendo en Rusia, al tiempo que lo advierte de las interpretaciones que de ese
libro se están llevando adelante, sobre todo en lo relativo a la “cuestión
agraria”, por lo cual lo conmina a resolver con el peso de su nombre los
dilemas del socialismo ruso:
Sea como quiera, de usted depende en esta cuestión
incluso el destino personal de nuestros socialistas revolucionarios. Una de
dos: o bien esta comuna rural, libre de las exigencias desmesuradas del fisco,
de los pagos a los señores de la administración arbitraria, es capaz de
desarrollarse en la vía socialista, o sea de organizar poco a poco su
producción y su distribución de los productos sobre las bases colectivistas, en
cuyo caso el socialismo revolucionario debe sacrificar todas sus fuerzas a la
manumisión de la comuna y a su desarrollo. O si, por el contrario, la comuna
está destinada a perecer no queda al socialista, como tal, sino ponerse a hacer
cálculos, más o menos mal fundados, para averiguar dentro de cuántos decenios
pasará la tierra del campesino ruso de las manos de éste a las de la burguesía
y dentro de cuántos siglos, quizá, tendrá el capitalismo en Rusia un desarrollo
semejante al de Europa occidental. Entonces deberán hacer su propaganda tan
sólo entre los trabajadores de las ciudades, quienes continuamente se verán
anegados en la masa de los campesinos que, a consecuencia de la disolución de
la comuna, se encontrarán en la calle, en las grandes ciudades, buscando un
salario. En los últimos tiempos hemos solido oír que la comuna rural es una
forma arcaica que la historia, el socialismo científico, en una palabra, todo
cuanto hay de indiscutible, condenan a perecer. Las gentes que predican esto se
llaman discípulos por excelencia de usted: “marxistas”. El más poderoso de sus
argumentos suele ser: “Lo dice Marx” (Carta de Vera Zasulich a Karl Marx, en Marx y Engels, 1980: 29-30).
¿Hay una prescripción de un destino ineluctable en
la obra de Marx? Independientemente de sus intenciones, la carta
de Zasulich revela que era esa la lectura que los “marxistas”
rusos estaban difundiendo. Marx planeaba tomar provecho del
interrogante que se le había planteado para realizar un trabajo acerca de la
temática. Sin embargo, tal trabajo tampoco llega a ser concluido, y Marx responde
con una breve carta donde se disculpa –en razón de “una enfermedad nerviosa
que me viene aquejando periódicamente en los diez últimos años”- por no
poder atender al tema con la densidad que merece, aunque plantea allí, grosso
modo, una respuesta contundente. Citando el texto mismo de El Capital, Marx aclara
que la expropiación en tanto fatalidad está restringida expresamente a los
países de Europa Occidental:
El análisis presentado en El Capital no da, pues
razones, en pro ni en contra de la vitalidad de la comuna rural, pero el
estudio especial que de ella he hecho, y cuyos materiales he buscado en las
fuentes originales me ha convencido de que esta comuna es el punto de apoyo de
la regeneración social en Rusia, mas para que pueda funcionar como tal será
preciso eliminar primeramente las influencias deletéreas que la acosan por
todas partes y a continuación asegurarle las condiciones normales para un
desarrollo espontáneo (Carta de
Karl Marx a Vera Zasulich, en Marx y Engels, 1980: 61).
Lo interesante aquí no solamente radica en parte de
la respuesta de Marx en que toma posición decididamente por
los populistas, sino también en lo que se deduce respecto de los “modos de
leer” El Capital. El primer renglón recién citado es bien claro
respecto de la imposibilidad de encontrar allí respuestas para problemas que
requieren un “estudio especial”. De otro modo, estaríamos frente a un
procedimiento deductivo, que toma el caso allí estudiado (Inglaterra y, en
menor medida, Europa Occidental), como expresión de una filosofía de la
historia que prevé para todos los países el mismo camino.
En la senda de visitar papeles perdidos, es
interesante revisar los borradores de la carta enviada por Marx a Zasulich.
Se trata de cuatro textos plagados de revisiones, tachones y reescrituras. Una
de las principales cuestiones que se destacan allí remite al problema de la “contemporaneidad”
de las formas productivas, vale decir, al hecho de que la comuna rural coexista
con el desarrollo capitalista, no solamente en otros sectores de la economía
rusa, sino en Europa en general. Marx es consciente de que esta
convivencia no supone una inexorable disolución a favor del “progreso”
lineal, y que ella misma es testimonio de la posibilidad de “combinación”
entre formas productivas, con lo cual concluye de manera contundente:
Respondo: porque en Rusia, gracias a una
excepcional combinación de circunstancias, la comuna rural, establecida todavía
en escala nacional, puede irse desprendiendo de sus caracteres primitivos y
desarrollando directamente como elemento de la producción colectiva en escala
nacional. Es precisamente gracias a la contemporaneidad de la producción
capitalista como puede apropiarse todas sus adquisiciones positivas y sin pasar
por sus peripecias espantosas (Marx y Engels, 1980: 32,)
Corresponden estas palabras al primer borrador, en
la medida en que avanzan las reescrituras este argumento va quedando más claro,
alejando más y más a Marx de los “marxistas” rusos
–como una nota más relativa a este distanciamiento, vale también citar esta
frase de Marx en el segundo borrador: “Los ‘marxistas’
rusos de quienes me habla me son totalmente desconocidos. Los rusos con los que
mantengo relaciones personales tienen, que yo sepa, opiniones completamente
opuestas” (Marx y Engels, 1980: 47) –. Lo que Marx va
dejando en claro en sus notas es que no existe “astucia de la razón”
posible en una eventual disolución de la comuna rural frente a las expansivas
relaciones sociales capitalistas. Por el contrario, son estas las que
–externamente– amenazan las potencialidades transformadoras que allí anidan:
Lo que pone en peligro la vida de la comuna rusa no
es ni una fatalidad histórica, ni una teoría: es la opresión por el estado y la
explotación por intrusos capitalistas, hechos poderosos por el mismo estado a
costa de los campesinos (Marx y
Engels, 1980: 51,)
Marx no se
encuentra debatiendo en términos de “ciencia económica” la cuestión de
las posibilidades de desarrollo capitalista en Rusia, sino que, fiel a su
estilo, lo que lo convoca son las condiciones políticas –vale decir, la
existencia de una fuerza social organizada políticamente– que permitirían
evitar a Rusia la “necesidad histórica” de desarrollar el capitalismo
para alcanzar formas más avanzadas de producción. Es la intervención política
(la revolución) la que permitiría combinar el carácter colectivo de la
propiedad comunal de la tierra con los avances que el capitalismo ha producido:
Hagamos por el momento abstracción de los males que
aquejan a la comuna rusa para no ver más que sus posibilidades de evolución.
Ocupa una situación única, sin precedentes en la historia. Es la única en
Europa que todavía constituye la forma orgánica, predominante, de la vida rural
de un imperio inmenso. La propiedad común de la tierra le ofrece la base
natural de la apropiación colectiva, y su medio histórico, la contemporaneidad
de la producción capitalista, le presta ya listas las condiciones materiales del
trabajo cooperativo, organizado en amplia escala. Entonces puede incorporarse
las adquisiciones positivas elaboradas por el sistema capitalista sin pasar por
sus horcas caudinas (Marx y
Engels, 1980: 55-56)
La cuestión no se posa en una negación in toto del
problema del progreso, sino en una crítica de la pretensión de existencia de
una razón suprahistórica y universal. Lo que le interesa a Marx aquí
es la posibilidad política de hacer saltar el continuum que las fatalidades
capitalistas prometen. Este modo de plantear la cuestión, por su parte, se
articula con otras aristas de este “Marx tardío”, que abre sus
investigaciones en buena medida como producto del “desvío ruso”,
produciendo múltiples materiales que pocas veces recibieron la atención
merecida. En este plano puede incluirse el trabajo pionero de Lawrence
Krader, quien introduce y publica algunas secciones de los cuadernos de
lectura de etnólogos contemporáneos que Marx realizó en los
años 1880, 1881 y 1882. La etnología y la antropología se encontraban en un
momento de gran impulso y productividad, brindando a Marx elementos
concretos para enriquecer su pensamiento acerca de la historia. Anotando y
comentando libros de Lewis Morgan, John Phear, Henry
Maine y John Lubbock, Marx indaga en el
problema de la evolución y el fatalismo histórico. Aunque, afirma Krader,
queda la pregunta de si aquél pretendía escribir algo al respecto o si
utilizaría esos materiales como apoyatura para otro tipo de reflexiones, lo
interesante son las reflexiones de Marx respecto del problema
del evolucionismo, el desarrollo, la linealidad histórica y el progreso
(Krader, 1988). En un sentido similar, incluso completando la tarea de Krader, Alvaro
García Linera realizó un trabajo de interpretación del llamado “Cuaderno
Kovalevsky”, que consistía en una serie de anotaciones en torno del
libro Obshchinnoe Zemlevladenie (“Posesión comunal de la
tierra”) que Maksim Kovalevsky, un historiador ruso, le había
obsequiado a Marx en 1879. El cuaderno, afirma García
Linera, reafirma la existencia de una concepción multilineal de la historia
en Marx, vale decir, rechaza el fatalismo en virtud del cual existe
una sola vía posible –e inevitable– de desarrollo, demostrando incluso que las
formas de acceso al capitalismo han diferido en los distintos países, con las
consabidas consecuencias políticas que ello supone: “En particular, Marx
rechaza que el único camino posible de salida, cuando un pueblo con una forma
de producción distinta somete a otro, sea el de la imposición de la forma de
producir de los dominantes sobre los dominados, como en Irlanda” (García
Linera, 2009:45). Es preciso agregar aquí, en estrecha relación con lo que
venimos sosteniendo, el trabajo de Umberto Melotti, que realiza una
detallada investigación en los textos de Marx, al menos desde
los Grundrisse, para refutar la idea de que éste tuviera una rígida
concepción unilineal de la historia. Melotti demuestra las
distintas “vías de acceso” al capitalismo que Marx describe
a lo largo de sus obras (Melotti, 1974).
Las reflexiones dispersas de Marx en
los borradores y su breve respuesta a Vera Zasulich encuentran
unidad en otra carta también publicada en el número 90 de los Cuadernos,
aquella que Marx envía en 1877 al periódico ruso Otiéchestviennie
Zapiski (Anales de la Patria). Este texto es de suma importancia, no
sólo porque muestra importantes consideraciones de Marx respecto
de las formas de interpretar su obra, sino porque también revela que, todavía
en vida, éste debió rectificar a quienes pretendían hablar en su nombre (o en
nombre del “marxismo”). Frente a una fuerte crítica que recibe El
Capital, un redactor del periódico publica una defensa de dicha obra, en la
que “explica” la inevitabilidad, en todo ambiente histórico, del proceso
de disgregación de las economías basadas en la unidad de los productores y los
medios de producción. Marx redacta una carta que apunta,
aunque resulte paradójico, a corregir a su “defensor” antes que a
responder a las críticas que se le habían formulado. Frente a la querella en
torno de cómo intrepretarlo afirma sin rodeos, en el mismo sentido en que lo
haría luego en la carta a Vera Zasulich, que Rusia puede recoger
los frutos del desarrollo capitalista sin “conocer todos los tormentos de
este sistema”. Afirma, a su vez, que ello depende de la capacidad política
de interrumpir el proceso de disolución de la comuna rural:
Pero como a mí no me gusta que nadie “adivine” lo
que pienso, voy a expresarme sin rodeos. Para poder enjuiciar con conocimiento
propio las bases del desarrollo de Rusia, he aprendido el ruso y estudiado
durante muchos años memorias oficiales y otras publicaciones referentes a esta
materia. Y he llegado al resultado siguiente: si Rusia sigue marchando por el
camino que viene recorriendo desde 1861, desperdiciará la más hermosa ocasión
que la historia ha ofrecido jamás a un pueblo para esquivar todas las fatales
vicisitudes del régimen capitalista (Marx y Engels, 1980: 63).
Sobre la base de esta aclaración, Marx afirmará
de manera incontestable los peligros que entraña la generalización del
desarrollo inglés que explica en El Capital. El alcance
teórico-filosófico de sus propias palabras es evidente:
Ahora bien, ¿cuál es la aplicación que mi crítico
puede hacer a Rusia de este bosquejo histórico [de los orígenes del capitalismo
en Europa Occidental]? Solamente ésta: si Rusia aspira a convertirse en un país
capitalista calcado sobre el patrón de los países de la Europa occidental –y
durante los últimos años, hay que reconocer que se han inflingido no pocos
daños en este sentido-, no lo logrará sin antes convertir en proletarios a una
gran parte de sus campesinos; y una vez que entre en el seno del régimen
capitalista, tendrá que someterse a las leyes inexorables como otro pueblo
cualquiera. Esto es todo. A mi crítico le parece, sin embargo, poco. A todo
trance quiere convertir mi esbozo histórico sobre los orígenes del capitalismo
en la Europa occidental en una teoría filosófico-histórica sobre la trayectoria
general a que se hallan sometidos fatalmente todos los pueblos, cualesquiera
que sean las circunstancias históricas que en ellos concurran, para plasmarse
por fin en aquella formación económica que, a la par que el mayor impulso de
las fuerzas productivas, del trabajo social, asegura el desarrollo del hombre
en todos y cada uno de sus aspectos (Esto es hacerme demasiado honor y, al
mismo tiempo, demasiado escarnio) (Marx y Engels, 1980: 64-65).
Quisiéramos remarcar especialmente dos cuestiones
de este párrafo. En primer lugar, el carácter político que, hemos mencionado,
rodea al problema de las “leyes inexorables”. Se trata, para Marx,
de evitar el capitalismo, es decir, dichas leyes, y no de pasar a través de
ellas como lo supondría una interpretación fatalista. Este Marx es
definitivamente más afín al Walter Benjamin que alertaba sobre
el mito de “nadar a favor de la corriente”. Si existen leyes de la
historia, ellas están escritas por los vencedores y conducen a la catástrofe,
la política revolucionaria nunca puede situarse en esa dirección, sino
precisamente en la contraria. En segundo lugar, la resistencia de Marx a
que su obra se interprete como una teoría filosófico-histórica coloca
inmediatamente una cuestión de método que su propio texto sugiere: en la medida
en que aclara, tanto en su carta a Vera Zasulich como en la
que ahora estamos analizando, que ha estudiado el idioma y los materiales
originales, es evidente que se posa en las antípodas de la idea de una teoría
general de la que se “deducen” prescripciones para los casos históricos
“concretos”. La carta se cierra, de hecho, con una breve lección de
metodología:
Estudiando cada uno de estos procesos históricos
por separado y comparándolos luego entre sí, encontraremos fácilmente la clave
para explicar estos fenómenos, resultado que jamás lograríamos, en cambio, con
la clave universal de una teoría general de filosofía de la historia, cuya
mayor ventaja reside precisamente en el hecho de ser una teoría
suprahistórica (Marx y
Engels, 1980: 65).
La precaución de Marx frente a
este tipo de interpretaciones se vio más que justificada por el destino
histórico que tendrían las cartas que hemos citado: esta carta, al parecer, no
fue enviada, sino que fue hallada por Engels unos años más
tarde, y enviada a Vera Zasulich en 1884. Sin embargo, en el
marco del exilio suizo, ésta, junto con Georg Plejanov y Pavel
Axelrod, abandonan el populismo e inician su tránsito al “marxismo”,
fundando en 1883 el grupo “Emancipación del Trabajo”. Este deslizamiento
en las posiciones teóricas puede situarse incluso un tiempo antes, posiblemente
en torno de la época del intercambio epistolar con Marx. Aunque
resulte paradójico, o más bien sintomático, tanto aquella respuesta de Marx como
esta carta al periódico “Anales de la Patria” son deliberadamente
ocultadas por el grupo de Plejanov, pues contradecían de principio
a fin la posición de los “marxistas” en sus debates con los populistas
acerca del capitalismo en Rusia 5.
Algo más sobre la política
Este largo “rodeo” intentó mostrar la
riqueza y complejidad que anida en la obra de Marx. Y que algo que
podríamos pensar como la irrupción de la política en la historia aparece como
la clave para abrir las interpretaciones más esclerosadas que ella ha sufrido y
auspiciar una fuga respecto de los intentos de sistematización de esta gran obra.
Abierta a un devenir que no es predecible, ciertamente ella pierde la capacidad
de proveer garantías, de modo que se trata, como afirmaba Louis
Althusser, de una teoría “finita”, lo cual implica:
[…] sustentar la idea esencial de que la teoría
marxista es todo lo contrario de una filosofía de la historia que pretende
“englobar”, pensándolo efectivamente, todo el devenir de la humanidad, y capaz
por lo tanto de definir anticipadamente de manera positiva el punto de llegada:
el comunismo (Althusser,
1982: 12).
Contra la “tentación” de previsión del
futuro y de respuesta a todos los dilemas de una época, el marxismo es, en
realidad, crítico y negativo: una teoría abierta que señala las contradicciones
operantes en el capitalismo y sus tendencias. Desde luego que no siempre fue
leído de este modo, y mucho tuvo que suceder para que esta operación de lectura
se tornara posible. No casualmente el texto citado de Althusser es
de fines de los años setenta, y corresponde a los mismos años de los ya citados
textos de Oscar del Barco y José Aricó. En todos
los casos, se respira la atmósfera de la “crisis del marxismo”, nombre
que tomaron una serie de debates de la época, especialmente en la Europa latina
–Italia, Francia, España– y que tuvieron un importante correlato en México, que
reunía entonces intelectuales exiliados de distintos puntos de América Latina.
La “crisis del marxismo” reunía los dilemas que emanaban de las derrotas
de las izquierdas en Occidente y del fracaso de los “socialismos reales”
en tanto realización del proyecto político que se remontaba a la tradición
de Marx:
¿Qué entender por crisis del marxismo? Un fenómeno
que concierne, en la escala histórica y mundial, a las dificultades,
contradicciones, impasses en los que hoy se encuentran comprometidas las
organizaciones de lucha de clase revolucionarias que se inspiran en la
tradición marxista (Althusser,
1980: 220).
Como toda crisis, ésta también abría una
posibilidad, a partir del estallido de las certezas que se habían tejido en la
medida en que el marxismo fue bloqueándose en una serie de fórmulas
escolásticas. La posibilidad que se abría era la de comprobar:
[…] que nuestra tradición no es “pura” sino
conflictual, que contrariamente a la expresión apresurada de Lenin, el marxismo
no es un “bloque de acero” sino que implica dificultades, contradicciones y
lagunas que jugaron también ellas en su nivel, su papel en esta larga crisis,
como habían tenido un papel bajo la II Internacional, y aun a comienzos de la
III, aún vivo Lenin (Althusser,
1980: 225).
De este modo, quedaba habilitada la posibilidad de
avanzar sobre las “lagunas” que aquejaron a la tradición marxista. En
este punto aparecerá de manera privilegiada la cuestión de la política. Además
de la crítica de la pretendida “infinitud” del marxismo, el otro gran
tema de la “crisis del marxismo” será el de la carencia o, en el mejor
de los casos, debilidad de la teoría política del marxismo. En este
punto, Althusser presenta una desafiante hipótesis: aun en su
titánico esfuerzo por pensar la lucha de la clase trabajadora, Marx permaneció
preso de cierta ilusión de transparencia entre el plano de la configuración
económica del proletariado y su actuación política. Por ello, temas como la
organización, el Estado, la transición y el partido fueron débilmente tratados,
al menos en comparación con otras dimensiones de la estructura social
(Althusser, 1982).
Si reunimos esta hipótesis con lo que venimos
afirmando, podemos pensar que el problema no está solamente en las “lagunas”
de la obra de Marx, sino en las consecuencias que algunas de estas
tuvieron, en lo sucesivo, en la consolidación del “marxismo”. De hecho,
una lectura materialista en sentido fuerte del itinerario del propio marxismo,
podría indicarnos que los dilemas teóricos no son nunca meras ideas o
reflexiones de las cabezas pensantes, sino interrogantes que la propia historia
impone. En este sentido, si Marx desarrolló poco estos
problemas políticos es quizá porque no se presentaban como urgentes en su
propio tiempo (recordemos que el mismo Marx comienza a
desplegar la cuestión de la transición sólo después de que la Comuna de Paris
la pone “a la orden del día”, e insistiendo enfáticamente en que si no
lo había hecho antes fue porque la propia práctica de la clase trabajadora no
lo había exigido –y es precisamente esa la diferencia con los proyectos del “socialismo
utópico”, que construyen sus mundos ideales separados del movimiento real
de la historia). El problema, una vez más, es que esa ausencia se “mitifica”
y consolida, de modo que no son muchos los desarrollos sobre las problemáticas
políticas hasta el momento de la “crisis del marxismo”, en el cual éstas
estallan a la luz del fracaso de la hipótesis de extinción del Estado y la
política que entrañaba el proyecto comunista, tanto en el Este (donde la URSS
había terminado por producir una máquina estatal gigantesca), como en el Oeste
(donde el crecimiento de la máquina estatal en el siglo XX obligaba a repensar
la relación entre Estado y sociedad, al tiempo que los partidos comunistas
europeos tendían cada vez más hacia estrategias estado-céntricas).
Antes que intentar “llenar” estos “vacíos”
acerca de la política -¿no implicaría eso volver a la ilusión de poder
presentar un marxismo “completo”?-, nos interesa sostener esas lagunas
como instigaciones para reordenar brevemente algunas preguntas en torno de las
clases sociales (y, al pasar, acerca de la nación), en referencia al modo en
que presentamos estos problemas al inicio del trabajo. Si el marxismo es
desplazado desde la omnisapiente filosofía de la historia al lugar de la
indicación de las potencialidades críticas que descansan en un presente
determinado; si en vez de resolver de antemano los problemas históricos y
políticos solamente coloca en ellos la búsqueda del interrogante de la
emancipación, ello implica que, como vimos en la distinción entre Marx y Engels que
sugería Aricó, es la actualidad lo que gobierna su reflexión. Es
desde la singularidad de una coyuntura 6 que cobra sentido el
análisis de clase: ¿de qué modo aparecen allí las contradicciones sociales y
qué resoluciones pueden pensarse?
Mencionamos anteriormente la “reducción
sociológica” a la que habían sido sometidas las clases sociales en su
mitificación a la luz de las condiciones históricas del surgimiento del
marxismo. Quizá haya que volver con énfasis al papel teórico que éstas juegan.
La burguesía y el proletariado, antes que objetos de la realidad, constituyen
conceptos que explican la contradicción fundante que hace al modo de producción
capitalista. Pero hay una distancia a recorrer entre esa dimensión conceptual y
la forma en que las clases aparecen en el escenario histórico. Distancia
equivalente a la que media entre el concepto teórico de modo de producción y la
noción de formación económico-social. Ésta, apenas esbozada por Marx,
profundizada por Lenin en sus escritos tempranos e
insuficientemente atendida a lo largo del siglo XX, remite a, en términos
de Emilio Sereni:
[…] la unidad de todas las esferas estructurales y
superestructurales u otras, de la vida social; de la continuidad, y al mismo
tiempo, de la discontinuidad de su desarrollo histórico […] concepto que,
justamente por esto, se eleva a la posición y al rol de categoría central y
fundamental del materialismo histórico (Sereni, 1973: 69).
La formación económico-social captura en su
complejidad el movimiento histórico, con sus diferentes esferas y
temporalidades que cristaliza en una coyuntura determinada. Lenin utilizaba
para esta figura la metáfora de la carne y la sangre que este concepto permite
inyectar a los imprescindibles análisis teóricos de la estructura económica
(Lenin, 1973). Desde este punto de vista, y retornando a los distintos modos de
leer a Marx que presentamos en el apartado anterior, podríamos
afirmar que el camino abierto por el “último Marx” y sus derivas,
permite atender la diferencia existente entre el proletariado como categoría
teórica y sus formas concretas de despliegue histórico. Según el ya
citado Aricó:
Si para Marx la unidad teórico-analítica del sujeto
“proletariado” no puede ser confundida con el proletariado “concreto” de las
distintas naciones de Europa occidental, si sus atributos no pueden ser
transformados teoricistamente en atributos de la multiplicidad de
determinaciones de las fuerzas sociales revolucionarias, si es el concepto
fundamental de una matriz teórica a partir de la cual puede ser explicable el
modo de producción burgués y la posibilidad de su transformación, entre dicha
matriz y la realidad media una distancia que Marx se esforzó por recorrer en su
elaboración teórica y en su práctica política. Es lógico, por tanto, que se
haya manifestado en él permanentemente –aunque con mucha mayor claridad desde
1864 en adelante– el rechazo a todo tipo de generalización que condujera a
incluir sin los suficientes recaudos teóricos y políticos la dinámica nacional
en la teoría de la revolución. Todo lo cual permite afirmar la presencia en sus
análisis de un reconocimiento –no siempre explícito, claro está- de la
“autonomía” del campo nacional, desde la cual, y sólo desde la cual, puede
pensarse el problema de la revolución social en términos concretos, o, dicho de
otro modo, el problema de las posibilidades concretas de conjunción del combate
por la emancipación nacional con el proceso de la lucha de clases (Aricó, 1982: 93-94).
Enseguida retornaremos sobre la cuestión de la
nación que aparece al final de la cita. Por el momento conviene retener la idea
de que para Marx la universalidad no está adherida a una clase
en términos sociológicos (por caso, el proletariado inglés), sino a la
posibilidad política de la emancipación. Por eso ella puede aparecer en
Francia, Inglaterra, Irlanda o Rusia, en la medida en que se muestre allí un
sujeto político capaz de hacer la revolución. Por su parte, el “marxismo”
posterior a la muerte del autor de El Capital, especialmente el que
se consolida con la Segunda Internacional, transformaría esta percepción
marxiana en una identificación a priori del sujeto revolucionario con el
proletariado europeo-occidental y, por ende, de las posibilidades del
socialismo con los países más avanzados, condenando a todas las naciones a
inscribirse en un desarrollo histórico unilineal. Y, con ello, a todos los
proletariados a esperar la señal de la emancipación exclusivamente detentada
por el proletariado europeo occidental.
Por el contrario, una vez que se considera que el
proceso histórico capitalista, aún en su tendencia universalizante, no tiene un
centro que le provea pleno sentido, también entra en crisis la hipótesis de la
existencia de un sujeto histórico concreto privilegiado en términos de portador
de la transformación social. ¿Qué queda, entonces, de la “misión histórica”
del proletariado? Todo y nada, podríamos decir. En tanto encarna la posibilidad
de negación del sistema capitalista, su potencia de subversión es la condición
de posibilidad de la revolución; al mismo tiempo, esto debe pensarse más en el
orden teórico-analítico que histórico-concreto.
Por su parte, la nación aparece aquí invitada por
la noción de formación económico-social. No se trata ni del respeto a las
minorías nacionales ni del recurso a algún tipo de esencialismo identitario,
sino simplemente de la reivindicación de la existencia de un locus donde se
articulan las determinaciones económicas, políticas y culturales de una
coyuntura determinada. Incluso, a la luz de procesos de regionalización y de la
ya instalada globalización –aun con todas las sospechas que genera ese término-,
muchas dimensiones de las contradicciones sociales pueden exceder lo nacional.
Poco importa, lo que es preciso retener es que ellas se juegan en algún lugar.
Aquel “pensarse el problema de la revolución social en términos concretos”
reúne en su seno tanto al problema del sujeto político como al del locus de la
transformación. Ambos problemas, imposibles de ser deducidos a priori,
constituyen el desafío permanente y siempre renovado de toda pregunta por la
emancipación.
Actualidad
Los debates de la crisis del marxismo coinciden
epocalmente con el apogeo de los cuestionamientos que sufrió la categoría de
clase social –y el marxismo en general- para dar cuenta de la cambiante
realidad social del capitalismo tardío. En el marco de dicha crisis, al tiempo
que la ofensiva neoliberal a escala global empezaba a desplegarse, las
impugnaciones a la clase social se acrecentaban, tanto desde el pensamiento de
derechas que comenzaba a enterrar utopías (de los “nuevos filósofos”
franceses a los “fines de” de Francis Fukuyama), como desde
izquierdas renovadas que veían en los movimientos sociales y las luchas por
derechos de minorías formas de subjetivación política que podían ser
transformadoras sin ser, al menos inmediatamente, clasistas.
Pues bien, los ciclos de reflexión teórica son
inseparables de los momentos políticos (aunque ello no quiere decir que exista
una relación de expresión lineal entre ambos), de allí que la declinación de
las reflexiones en términos de clases se fuera consolidando en la medida en que
las posibilidades de transformación social aparecían más lejanas: esto sucedió
en tanto la ola neoconservadora se fue consolidando en los años ochenta, para
relanzarse con inusitada fuerza con la caída del Muro de Berlín en el 89 y la
descomposición de la Unión Soviética en los tempranos noventa.
Ahora bien, desde hace algunos años, el recurso a
autores y debates de la tradición marxista está recobrando lugar en las
discusiones académicas y políticas que intentan explicar las nuevas condiciones
del capitalismo internacional y su profunda crisis. Contra los numerosos y
diversos certificados de defunción expedidos, muchos de los grandes dilemas que
aparecen con Marx siguen vigentes. A su vez, los procesos
políticos latinoamericanos, que ya llevan más de una década conmoviendo las
tesis del “fin de la historia” y sus derivados, también han contribuido
a que la cuestión del socialismo volviera a aparecer. Con ello, resurgen
también los dilemas históricos de las izquierdas en parte recorridos en este
trabajo, referidos a las clases sociales, a la nación y a la política en
general. Uno de los principales efectos ideológicos de la globalización
neoliberal fue la expansión de las tesis de la crisis del poder de los Estados
y, con ellas, la caída en desgracia de la nación como significante político. En
un sentido opuesto, la aparición de un semblante latinoamericanista en las
luchas del siglo XXI devolvió a los viejos dilemas nacionales su potencia en
los debates acerca de la emancipación. En este marco, se destaca también una
cuestión que nos interesa subrayar: los procesos políticos latinoamericanos no
aparecen encabezados por clases sociales en un sentido fuerte o, al menos,
empírico. En su lugar, se observan más bien densos y enmarañados entramados
populares que se combinan con jacobinas iniciativas gubernamentales muchas
veces más radicales que lo que las fuerzas sociales en movimiento demandan. De
manera que, en su conjunto, muchos problemas de teoría política marxista pueden
examinarse desde esta vital realidad: las clases sociales, el Estado, la
nación, la transformación social. Todos ellos parecen exigir aquellas
precauciones a las que nos referimos a lo largo de este trabajo: desarticular
el relato de un marxismo constituido como filosofía de la historia, y
recuperar, en su lugar, esa inmensa tradición crítica capaz de sorprenderse
ante las formas impuras e inesperadas en que la posibilidad de la emancipación
se presenta en una coyuntura determinada.
Si hubiera que, por fuerza de la costumbre, esbozar
una conclusión de toda esta digresión, afirmaríamos que se trata, ante todo, de
la profunda vitalidad del legado de Marx para pensar el
presente. Si las circunstancias políticas habilitan la posibilidad de volver a
pensar el socialismo y, con él, un abordaje crítico de las relaciones sociales
capitalistas, la crítica debe ser también rigurosa con la propia historia y
tradición de las izquierdas. La coyuntura de crisis global y la potencia
política de los últimos años en América Latina permiten pensar en la crisis de
los relatos que enterraron al marxismo. Pero, al mismo tiempo, llaman a la
responsabilidad de no considerar que todo vuelve tal cual fue. Si recuperamos
algunas sendas singulares y no hegemónicas de Marx y su
legado, es para defender enérgicamente la existencia de una tradición viva, a
condición de entender por tradición aquello que José Carlos Mariátegui defendía
en su lucha por pensar desde las izquierdas la cultura popular peruana: ella no
es una herencia muerta y fija, sino un legado móvil, quizá el más importante
objeto de la lucha de los revolucionarios.
*Publicado originalmente en Revista
Theomai número 29 (primer semestre 2014)
Notas
1 Universidad de Buenos Aires- Centro Cultural de
la Cooperación
2 En un sentido similar, refiriéndose a la anexión
de California por parte de Estados Unidos, Engels afirma: “¿O acaso es una
desgracia que la magnífica California haya sido arrancada a los perezosos
mexicanos que no sabían qué hacer con ella?; ¿lo es que los enérgicos yanquis,
mediante la rápida explotación de las minas de oro que existen allí, aumenten
los medios de circulación […] abran en realidad por primera vez el Océano
Pacífico a la civilización? […] La independencia de algunos españoles en California
y Tejas sufrirá, con ella, tal vez; la “justicia” y otros principios morales
quizás sean vulnerados aquí y allá, ¿pero, qué importa esto frente a tales
hechos histórico-universales?” (en Marx y Engels, 1987: 189) Nótese no
solamente la llamativa oposición entre “pereza” (mexicanos) y “energía”
(yanquis), sino el modo en que eso se traduce en la existencia de “hechos
histórico-universales” encarnados por los enérgicos norteamericanos, frente a
los cuales las “injusticias” son meros hechos morales.
3 José Aricó, en su estudio sobre la figura de Juan
B. Justo y las primeras formaciones socialistas argentinas, revisa el sentido
casi racista con que se percibe desde Alemania el “barbarismo” inherente a los
sectores populares latinos. El problema se agudiza cuando desde el sur se
emulan dichas consideraciones, en lo que constituye uno de los dramáticos
efectos de la mencionada “mitificación” en las estrategias teóricas y políticas
del movimiento popular latinoamericano. Sólo así es posible explicar en parte
la poca atención que un hecho tan trascendente como la revolución mexicana que
atravesó la década de 1910 suscitó, no sólo en los círculos socialistas
europeos, sino incluso en las propias organizaciones latinoamericanas: “Si es
verdad que proletariado y clase obrera no coinciden necesariamente, lo que el
europeísmo a ultranza de los socialdemócratas no percibía era que ese
proletariado cuya ausencia lamentaban estaba en las masas rurales movilizadas,
que en México constituían, como es lógico, la fuerza motriz de todo proyecto
radical de transformación” (Aricó, 1999: 47-48)
4 Es interesante mencionar las circunstancias que
rodearon la presentación del texto de Rubel, pues son muy indicativas de
ciertos problemas de las “derivas” del marxismo. El autor redactó el escrito en
ocasión de la conferencia de Wuppertal por los 150 años del nacimiento de
Engels. Remitido el texto, crítico del rol de Engels como “fundador” de un modo
de lectura del marxismo que mucho había contribuido en transformarlo en
ideología justificatoria de la experiencia soviética, Rubel es recibido por los
organizadores para anunciarle que su texto no sería presentado en la
conferencia sino de manera oral y acotada. Las críticas recibidas, como podía
esperarse, se limitaron a cuestionar al autor por colocarse fuera de las
posiciones del “marxismo-leninismo”. El propio Rubel señala: “Du meme coup, ce
refus obstiné sinon insultant suffisait pour confirmer, aux yeux de
l’observateur impartial, la critique fondamentale que l’on peut diriger contre
l’emploi même du concept de ‘marxisme’, emploi dont mes ‘Points de vue’
dènoncaient précisément l’aberration” (Rubel, 1974: 18) [“Al mismo tiempo, este
rechazo obstinado si no insultante, era suficiente para confirmar, a los ojos
del observador imparcial, la crítica fundamental que puede dirigirse al uso
mismo del concepto de “marxismo”, precisamente aquello que mis ‘Puntos de
Vista’ señalaban”, traducción nuestra].
5 José Aricó, entre otros estudiosos del último
Marx, nos recuerda que este diálogo de Marx con la problemática rusa no
constituye un caso “aislado” de atención a una problemática coyuntural. Por el
contrario, se enmarca en los trabajos de largo aliento que éste llevaba
desarrollando en vistas de la redacción del tomo II de El Capital. En el
estudio de la expansión del capitalismo, aparece un reconocimiento implícito de
la desigualdad del desarrollo pues, explica Marx, el modo capitalista de
producción está siempre condicionado por modos de producción que no han
alcanzado su nivel de desarrollo pero que coexisten con él aun cuando la
tendencia es la de arrastrar toda la producción a la forma capitalista. Aricó
señala que la sección donde se contienen estas reflexiones, relativa al ciclo
de metamorfosis del capital, corresponde al manuscrito que fue redactado entre
1877 y 1878. Rusia habría permitido, entonces, un “avance en el sistema teórico
en el sentido de incorporar los efectos que tuvo sobre el propio capitalismo la
constitución del mercado mundial” (Aricó, 1982: 75). Otros estudiosos del
último Marx, entre ellos el mencionado Shanin y el japonés Haruki Wada (1990),
coinciden en enmarcar estas reflexiones de Marx en su mirada a la realidad
rusa. Según Kurt Mandelbaum, editado por Aricó como apéndice a la
Correspondencia entre Marx, Engels y Nikolai Danielson –teórico populista ruso
y traductor de El Capital- la importancia de Rusia es todavía mayor en la
redacción de El Capital, aunque no llegó a plasmarse por su interrupción al
momento de la muerte de Marx: “El mismo papel que desempeña Inglaterra en El
Capital cuando se trata del trabajo asalariado industrial debía desempeñarlo
Rusia en la sección destinada a la renta del suelo” (Mandelbaun, 1981: 347).
6 El propio Althusser había trabajado especialmente
esta cuestión en sus textos de los años sesenta. La idea de que la
contradicción de clase existe siempre-ya-sobredeterminada implica que no puede
pensarse sino como el encuentro de distintas esferas con temporalidades
diversas e irreductibles entre sí (aunque con determinaciones y dominancias que
sí pueden establecerse). De este modo, es la coyuntura (la articulación siempre
singular entre contradicción principal y contradicciones secundarias) la que gobierna
todo análisis y en la que se pone en juego la potencialidad de una lectura
crítica (Althusser, 1967).
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