© Libro N° 8003.
Comunismo Y Democracia. Concheiro
Bórquez, Elvira. Emancipación. Noviembre 28 de 2020.
Título
original: ©
Comunismo Y Democracia. Elvira Concheiro
Bórquez
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Concheiro Bórquez
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Elvira
Concheiro Bórquez
Comunismo Y Democracia
Elvira Concheiro Bórquez
Igual que tras un terremoto, hay muchos escombros
que remover, mucho por reconstruir, mucho que recuperar. Al principio uno
empieza por donde puede, por lo que se intuye como más importante, pero no
siempre resulta lógico. Se trata de aquello que tiene un valor subjetivo para
reafirmar el milagro de seguir con vida cuando todo se ha desplomado. Podemos
decir que a una situación similar se han enfrentado las izquierdas en el mundo
entero después del triple derrumbe ocurrido en el último tercio del siglo XX.
Del entrelazamiento de la crisis del capitalismo de
los años setenta y de la crisis general del llamado socialismo real de fines de
los ochenta, resultó la más agresiva y profunda reconversión de la historia del
capitalismo. Dicha reconversión se fincó, primero en la derrota del movimiento
obrero, luego en el fracaso de la socialdemocracia con el consecuente triunfo
de las derechas “tacheristas” en Europa y “reganianas” en Estados
Unidos, y finalmente en el desplome del socialismo. No podemos olvidar, además,
que las primeras señales de este proceso aparecieron justamente en América
Latina con la brutal imposición de las dictaduras militares, es decir, con la
derrota de las democracias latinoamericanas. Ante esta tercera fase del
capitalismo, que se despliega sin freno gracias a esta combinación de derrotas
de significados y alcances distintos, las izquierdas de todo el mundo se
quedaron prácticamente sin referentes teóricos y políticos, sin contacto con el
programa de transformaciones de gran alcance.
En esta devastación, que arrasó con muchos de los
logros más importantes alcanzados durante el siglo XX por las izquierdas
socialistas, se ha perdido, o al menos cuestionado seriamente, el proyecto
emancipatorio mismo que les dio razón de ser. De forma que se ha caminado a
tientas, instalándose en muchos –pese al continuo reclamo– la convicción de que
no existe capacidad para ofrecer una opción global al desastre que es hoy el
mundo. Aún más, invadidos por la ideología posmoderna, muchos se cuestionan sobre
la pertinencia o necesidad de contar con un proyecto de gran alcance que diera
congruencia y relacionara las pequeñas batallas diarias. En la negación de las
pretensiones “teleológicas” y el rechazo a la conceptualización
totalizadora del régimen capitalista, se hace el elogio de la diversidad y la
pluralidad de las luchas y movimientos que se mantienen al margen de objetivos
unificadores y se exalta, en calidad de “teoría”, el navegar sin rumbo.
Ello encuentra posibilidades de recepción gracias a
la dinámica con la que se han estado produciendo los cambios que impone esta
fase capitalista. La velocidad y el alcance de modificaciones que abarcan todos
los ámbitos de la sociedad dan la apariencia de que son inabarcables e
imposibles de contener y atajar. Ante la avalancha, se nos insiste, lo que se
disemina es la resistencia, no parecen tiempos para arremeter, sino de buscar
refugio; no parece viable emprender una nueva opción, son momentos de defenderse;
no hay expectativas, hay agobio, se repite y también se pretende teorizar.
Resurge el “anticapitalismo”
Ciertamente, en estos años no han dejado de
producirse infinidad de luchas y movimientos de muy diverso tipo que,
abriéndose camino en ese ambiente desalentador, han hecho resistencia a
los devastadores cambios que ha adoptado el capitalismo de nuestros días. Estas
movilizaciones están con frecuencia impulsadas por una extensa red de numerosas
organizaciones, muchas de ellas pequeñas, que dedican sus esfuerzos a diversas
reivindicaciones concretas o locales pero que poco a poco se han ido dando
cita en instancias amplias, una de las cuales, que más relevancia ha tomado, es
el Foro Social Mundial.
Aunque está fuera de duda la importancia de estas
luchas de resistencia, también es claro que en ellas se deja ver el impacto de
la derrota sufrida, particularmente en lo que se refiere al cambio en las
condiciones de trabajo que han impactado las propias condiciones generales de
vida de la población trabajadora. Aunque los asalariados de la industria, el
comercio y los servicios no han dejado de realizar importantes luchas que, por
momentos han incidido en el ámbito político, la mayor parte han tenido que poner
toda su energía en la defensa de derechos adquiridos que hoy se regatean.
Pese a que se siente la necesidad de construir
alternativas generales ante el deterioro creciente de las grandes mayorías, lo
cierto es que, en términos generales, el discurso aún se pierde en múltiples e
inconexas reivindicaciones y, con frecuencia, sus análisis y denuncias de la
injusticia y la desigualdad que prevalece en el mundo se extravían en el
laberinto de la pobreza y la falta de oportunidades. Se reivindica un mundo sin
injusticia, sin miseria, sin desigualdades, sin exclusión, sin autoritarismo ni
violencia, pero ¿cómo lograrlo? Las miras, hasta ahora, se detienen en la
exigencia de una distribución más equitativa y de espacios de participación.
En estas limitaciones se expresa la desarticulación
y las derrotas sufridas por el movimiento obrero a nivel mundial o, dicho en
otras palabras, la pérdida de centralidad del conflicto entre el capital y el
trabajo. Lo cual ha provocado que aparezca en la escena política y social “una
conflictividad puntual y episódica, fuerte e impetuosa pero al mismo tiempo
incapaz de unificar un movimiento social según el objetivo de una reforma del
sistema.”1
No obstante, en los últimos años el múltiple y
disperso proceso de resistencia ha dado lugar a una terca búsqueda en la que
han empezado a reconstruirse las izquierdas y a surgir algunos movimientos que
simplemente se autodenominan “anticapitalistas”. También se han
producido un sinnúmero de movimientos y organizaciones que aunque no se
denominen de alguna forma específica, sus acciones empiezan a estar orientadas
al cuestionamiento del régimen socioeconómico de nuestros días o, al menos, de
aspectos importantes de este.
No parece ocioso, por tanto, repensar qué puede
significar hoy el “anticapitalismo”, aunque el movimiento que lo impulsa
pareciera estar aún en un momento tan inicial después del pasmo ocurrido
en los años noventa que no ha puesto entre sus urgencias definir el significado
del anticapitalismo, no le apura designarlo, atreverse a nombrarlo de nuevo de
alguna forma positiva. Sí, no parece urgente, pero también hay dificultad,
perplejidad, confusión, ausencia de debate, desconcierto, que no permiten
levantar la mirada. Y es que en esta resistencia que también es incapacidad,
hay historias con las que no se han ajustado cuentas, fenómenos que no han sido
analizados y comprendidos, particularmente en relación con el comunismo del
siglo XX, el más audaz intento de superar el capitalismo, pero también por
ello, el más frustrante y malogrado.
En cambio la derecha, las fuerzas de la
conservación, no pierden tiempo y se han apresurado a emitir su veredicto: la
muerte de toda alternativa al capitalismo, que es en lo que podemos traducir
–como dice Sánchez Vázquez— las sucesivas actas de defunción
emitidas (de la historia, de las ideologías, de las utopías… y por supuesto del
fantasma que recorría, se dice, el mundo). Pero la derecha no sólo lanzó su
ominosa sentencia tacheriana de que no existe otro camino,
sino que ha emprendido una compleja construcción ideológica y una
reinterpretación de la historia del siglo XX, siglo en el que sufrió
importantes derrotas y se vio seriamente amenazada.
Repensar el comunismo
En esta reinterpretación han jugado un papel
medular los apresurados balances y estudios sobre el comunismo. Estudios que
reflejan y apuntalan una eficaz construcción ideológica sobre el comunismo que
lo presenta como un proceso simplificado, un fenómeno reducible y claramente
identificable con las peores atrocidades cometidas en el siglo más violento y
destructor de la historia humana.
Lo peor es que esta reducción simplificadora que ha
realizado el pensamiento neoconservador ha empatado con lo que una izquierda,
ignorante pero dada a la repetición de esquemas y clichés, dice también sobre
el comunismo. De forma que estamos ante una situación en la que una rica
experiencia histórica, acontecimientos extraordinariamente complejos y
contradictorios, así como personajes con vivencias intensas quedan reducidos a
unas cuantas frases repetidas y a una trillada estigmatización.
Quizá uno de los personajes que produjo el
comunismo del siglo XX que más ha sufrido esta manipulación y vulgarización, de
un lado y de otro, ha sido Lenin. Tanto el pensamiento y
experiencia, como la propia persona del líder bolchevique han sido momificados
en ese doble juego de adoración/odio que ha permitido que hasta la fecha siga
en su mausoleo en la plaza central de Moscú.
Frente a esta potente construcción ideológica no
sólo hace falta una rigurosa reconstrucción histórica que hoy es posible
gracias a la montaña inmensa de documentos resguardados en los archivos
comunistas abiertos apenas hace poco más de una década, sino un replanteamiento
metodológico que permita, entre otras cosas, el desmontaje de ese
encadenamiento que comparten la derecha y la izquierda dogmática, que inicia
con Marx, pasa por Lenin y llega a Stalin (y
a Mao en el caso de China), en lo que se refiere a la
emblemática personificación del comunismo; o el desmantelamiento de ese otro
encadenamiento aún más perverso que identifica el comunismo con el bolchevismo,
con el estalinismo, con el totalitarismo, en el que el terror y los
asesinatos estalinistas son principio y fin que explica todo y hace desaparecer
toda diferencia con el nazismo, arrimando hacia el olvido los millones de
muertos en la Segunda Guerra Mundial provenientes del bando comunista.
Ese nuevo enfoque metodológico debiera, por tanto,
permitirnos distinguir, en primer lugar, lo que evidentemente es distinto pero
que la ceguera ideológica no permite ver. Distinguir, por ejemplo, lo que son
numerosos actos de lucha justiciera por transformar las ominosas condiciones de
vida y trabajo, de lo que es la lógica de Estado de una gran potencia, es
decir, distinguir lo que fueron las luchas y revoluciones encabezadas por los
comunistas de lo que representó el poder injerencista del Estado soviético.
Distinguir lo que ha sido resultado de lo más avanzado del pensamiento social,
como proyecto de transformación radical, de lo que fue su uso y encajonamiento
ideológico con fines de dominio, es decir, diferenciar a Marx y
los marxistas del llamado marxismo-leninismo; así como el
pensamiento de Lenin del leninismo.
Pero estas distinciones, necesarias en honor a la
verdad más elemental, no pueden significar o estar motivadas por justificación
alguna. Se trata de que sean simplemente el soporte de las condiciones mínimas
para estar en posibilidades de analizar críticamente y comprender esa
experiencia y su derrota.
No pretendo aquí desarrollar lo planteado, sino
sólo señalar que cuando hablo del comunismo y su vínculo con la democracia,
parto de esas diferenciaciones y, por tanto, me refiero –siguiendo a Marx—
al proyecto emancipador que surge de las luchas reales por transformar el
estado de cosas, proyecto que no podemos identificar con lo que intentó el
llamado “socialismo real”, aunque lo hiciera en su nombre. Ciertamente
tenemos hoy esa experiencia frustrada que estamos obligados a analizar, pero en
los legados con que resurge el nuevo “anticapitalismo” hay más que esa
experiencia y, sobre todo, existe la necesidad de definirse frente a los nuevos
retos, ante las nuevas problemáticas que impone el capitalismo actual. En
esos términos es que pretendo aquí una reflexión sobre el vínculo entre comunismo
y democracia en la perspectiva de una reconstrucción del proyecto emancipador
de nuestros días.
Aunque el tema no es nuevo y hay muchísimo que
recuperar de los fructíferos debates realizados a lo largo de más de siglo y
medio desde que la vinculación entre comunismo y democracia apareció como un
problema de la praxis transformadora, es necesario señalar que hoy existen las
condiciones para que el conflicto que subyace en toda sociedad contemporánea
pueda ser –tal como escribe Pietro Barcellona— “rediseñado sobre
la cuestión fundamental de la actualidad del comunismo en términos
absolutamente no reconducibles a las estructuras y a las instituciones de las
experiencias de los países del Este (del socialismo estatista,
economicista y burocrático –y autoritario, agrego yo–) ni al paradigma
economicista de la redistribución compensatoria de las políticas
socialdemócratas”.2
En realidad, esta perspectiva de “actualidad del
comunismo” está dada por las propias condiciones y contradicciones que
impone hoy día el capitalismo planetario informático. Pero antes, así como es
necesario reprensar hoy el comunismo, nuestra realidad nos impone también
repensar la democracia.
Repensar la democracia
Es necesario insistir, en primer lugar, que la
democracia es, realmente, el espacio de lucha en el que se expresa de manera
muy sensible lo que Gramsci llamaba “la correlación de
fuerzas”. La sociedad moderna está en una permanente tensión entre
intereses y proyectos diferentes y con frecuencia contrapuestos. Dicha tensión
limita o expande la democracia de acuerdo a la situación de las fuerzas en
lucha. Sabemos que para el capital ha sido siempre necesaria una cierta dosis
de democracia que deje establecido en la esfera jurídica la igualdad requerida,
en primer lugar, para la compra-venta de la fuerza de trabajo y la libre
circulación de las mercancías. En términos generales, el resto de lo
conquistado ha sido obra de la lucha de amplios sectores de la sociedad, y
particularmente de los trabajadores, y sus limitaciones, resultado de la
incapacidad o derrota de esas luchas.
Dicho en otras palabras, corresponde a la
naturaleza del capital la limitación permanente de la democracia a sus términos
más estrictamente jurídico-procedimentales, mientras que para las fuerzas del
trabajo la expansión democrática es elemento vital en la superación de su
condición enajenada. Para estas últimas permite –en primer lugar– su
autorreconocimiento como fuerza diferenciada con proyecto propio. Ha sido a
través de su autoorganización y la conquista de la libre expresión, que estas
fuerzas han podido abrir espacios para su participación en los asuntos
públicos, conformando su propia fuerza e incidiendo con sus propios programas.
En estos términos, el contradictorio proceso de
conquista de la democracia, su permanente cuestionamiento, sus avances y
retrocesos, a la vez que expresan la escisión contrapuesta que caracteriza a la
sociedad moderna, capitalista, dan cuenta de la situación de la lucha soterrada
o abierta que dicha escisión genera.
Por lo mismo, las izquierdas socialistas han
realizado siempre la crítica de las limitaciones que impone a la democracia el
dominio del capital. Sin embargo, una cosa es el señalamiento crítico para
encaminarse a superar sus límites y distorsiones mercantilistas, y otra el
menosprecio de los valores democráticos y lo que representan en tanto
prefiguración social. El que el dominio del capital haya escindido el mundo
social del mundo político, la esfera pública de la esfera privada, no puede
llevar a negar el valor de la representación democrática en sociedades
complejas como las actuales y menos aún a olvidar cómo se construye los propios
sujetos de la transformación.
En nuestros días ocurre un proceso paradójico:
mientras, por un lado, los movimientos populares cada vez centran más en la
democracia el foco principal de sus luchas; reclaman más espacios democráticos
y con frecuencia los construyen en los hechos; por el otro lado, se refuerzan
ciertas actitudes de menosprecio a los valores democráticos y se expresan en la
acción, viejas formas intolerantes y autoritarias. De varias formas reaparece
en el discurso de las izquierdas la falsa disyuntiva entre una democracia “directa”,
“participativa”, “verdadera” y una democracia “representativa”,
“procedimental”, “formal”.
Esta tentación dicotómica se explica por la
castración creciente de que es objeto la democracia en el capitalismo de
nuestros días, en la que juega un papel determinante la mercantilización y la
corrupción de la política que han logrado los señores del dinero.
En palabras de Boaventura de Sousa: “Lo
que ha pasado desde los años 80 hasta ahora es que el mercado económico empezó
a contaminar al mercado político, el mercado político hoy en día es cada vez
más económico, las ideologías desaparecieron, los votos y las posiciones
políticas de los partidos tienen precio; […] la corrupción, que a veces es
legal, como en el caso de las Estados Unidos. Entonces la democracia
representativa se ha mostrado extremadamente vulnerable a la fuerza de los
grandes poderes económicos, y esto es el resultado del proceso que ha creado la
contaminación entre el mercado económico y el político, que se refleja en las
privatizaciones de los servicios públicos, las leyes de financiación de los
partidos, la mediatización de la política. Todo esto, de hecho, ha dado un
poder enorme a grandes actores económicos y sociales, que de alguna manera
ejercen funciones políticas privadas.”3
Sin embargo, esta “contaminación” de la
política no puede ser enfrentada más que en su propio terreno. Ninguna
expresión de la democracia puede ser excluida o desechada, sino enriquecida y
ampliada por la lucha de quienes buscan la emancipación humana. Emancipación
que no sólo se representa en un acto, o en la toma del poder, sino en el
dificultoso y constante proceso de construcción de una fuerza política y
también moral, humana en tanto universal, que logre conformar un poder
constituyente, que sólo puede alcanzarse y desplegarse generando las
instituciones y prácticas democráticas que le dan forma.
“Mi tesis –concluye de Sousa
Santos— es que en las condiciones objetivas de nuestro tiempo, es
posible crear una democracia de alta intensidad, combinando, articulando en una
complementariedad confrontacional y creativa la democracia representativa y la
democracia participativa”.4
Efectivamente, a la par del desarrollo creativo de
nuevas formas participativas, no se puede renunciar a la lucha electoral pese a
sus enormes deficiencias y descomposición actual, por varias razones, pero
señalaré dos:
a) Las elecciones son un derecho conquistado en
un sinnúmero de difíciles combates de los trabajadores y de otros sectores
sociales; abandonar ese derecho, y junto con él la construcción de la
ciudadanía universal, sería un retroceso en la lucha por alcanzar la
transformación social. Es falso considerar el abstencionismo (cuando éste no es
convocado organizadamente) como actitud rebelde, cuando de lo que se trata es
de incapacidad para tener opción propia. Y al tratarse, como generalmente
ocurre, de una difusa expresión de desinterés, incredulidad, apatía, más bien
se debería ver como triunfo de las fuerzas dominantes que, aunque requieran de
un mínimo de legitimidad (y ese mínimo puede ser muy mínimo) no están
interesadas en alentar la participación y la construcción de opciones
políticas. Hoy podemos observar cómo los medios de comunicación se han
convertido en el principal vehículo de ese desaliento, enmascarado en una
severa crítica a la política y los políticos. Frente a lo cual el reto −como
siempre− es la construcción de fuertes opciones político-electorales propias
que hagan frente a la descomposición y corrupción que hoy campea.
b) En una perspectiva más general, el asunto es que
las formas representativas no son, en las sociedades complejas y abigarradas de
nuestros días, prescindibles en una ampliación democrática. Es decir, en la
construcción de una nueva sociedad empeñada en la superación de toda forma
enajenada los procesos de elección y la propia delegación de funciones no
desaparecerán, sino que dejarán de ser la forma privilegiada o única de
democracia, para ser complemento de una multiplicidad de medios de participación
directa en los asuntos colectivos.
Al respecto habría que tener presente y analizar
críticamente el papel determinante que significó el régimen de partido único y
la consecuente ausencia de verdaderos procesos de elección en el enorme déficit
democrático general que caracterizó a los países del llamado socialismo real.
En realidad, como hemos dicho, el rechazo a los
procesos electorales que ha vuelto a aparecer y amenaza con acrecentarse, no
expresa sino la crisis por la que atraviesa hoy la acción política en general,
y los partidos políticos, en particular. Pero no entender el trasfondo de esta
crisis, no empeñarse en buscar una diferente solución a ella que no implique el
abandono de este espacio sustantivo de la lucha, de la disputa entre intereses
contrapuestos y de sus formas organizativas, no logrará más que consolidar el
retraimiento, el retorno de la política a sus términos decimonónicos.
Hay que tener claro que el nuevo predominio del
pensamiento liberal promueve, justamente, el descrédito que sufre actualmente
la política, a la cual se le presenta como algo ajeno a la sociedad y
perjudicial para la misma. En realidad, este hecho no corresponde propiamente
al razonamiento original del liberalismo, sin embargo es claro que la
ampliación de la democracia como resultado de la actuación organizada de los
trabajadores en el seno de sus partidos socialistas y comunistas, los cuales
conquistaron una serie de reformas que permitían ampliar la participación y la
representación, convirtió durante el siglo XX a la política en una actividad de
grandes sectores de la población. Con este hecho, la visión liberal de la
política, como una actividad de la mayor importancia y, por eso mismo, como un
asunto de elites, se vio radicalmente transformada.
En ese proceso, sobre todo en Europa, se formaron
complejos sistemas políticos pluripartidistas y muchos de los partidos
constituyeron grandes organizaciones de masas. Incluso los movimientos no
partidistas que se desarrollaron a lo largo del siglo pasado, tuvieron un
componente fuertemente político y organizaciones como los sindicatos se
volcaron abiertamente a la acción política como medio de conseguir sus demandas
económicas o sociales.
Pero la gran derrota de la lucha sindical de los
años setenta, la descomposición y corrupción de varios de los sistemas
políticos europeos y la crisis mundial en la que se vieron envueltos los
partidos de izquierda tras los acontecimientos de 1989, trilogía a la que ya
nos hemos referido, creó las condiciones para que el discurso actual que
denigra a la política tenga eco suficiente en ámbitos muy diversos de la vida
social, provocando un mayor vaciamiento de la democracia.
Ahora bien, llegamos a otra problemática que ronda
siempre en la cabeza de buena parte de las izquierdas y que, al menos en otros
tiempos, las llevó a ver con recelo la lucha por la democracia, cuando no a
rechazarla en nombre de un valor supremo.
¿La democracia excluye la revolución?
Si, como pensamos, la revolución no es un acto violento
de conquista del poder, preparado pacientemente por un grupo disciplinado y
consciente que un día a una cierta hora se lanza a la hazaña preconcebida de “asalto
al cielo”, sino la transformación profunda de toda la vida
social que se realiza por la actuación de grandes sectores de la sociedad a
través de diferentes medios y formas de lucha en correspondencia con la
situación concreta en la que esta ocurre y, en particular, frente a la
capacidad de respuesta de quienes se oponen a dicha transformación, podemos
entender que la revolución no sólo no es contraria a la democracia, sino que la
requiere esencialmente en la consecución de sus fines.
Ciertamente, la transformación social de raíz que
permita superar el capitalismo representa un acto de fuerza, de la misma manera
que es la fuerza hegemónica que mantiene el capital la que lo impide, mientras
puede y, tal como lo muestra la historia, recurriendo a los medios que sean
necesarios. Y es acto de fuerza porque trasgrede los límites establecidos, las
reglas acordadas, aunque ejerza la llamada soberanía popular.
Ese ejercicio de poder constituyente –en los
términos en que apunta Pietro Barcellona— que se permite reformular
las pautas de organización social puede ser considerado, desde la perspectiva
de la democracia liberal, como trasgresor de la propia democracia. Pero no
porque necesariamente haga uso de la violencia, ya que las formas o los medios
utilizados han sido históricamente diversos e, incluso, en no pocas
circunstancias poco o nada violentos, sino porque se sale de las reglas
establecidas.
Sin duda alguna, las revoluciones del siglo XX en
su intento por superar el capitalismo, hicieron uso de la fuerza y del poder “constituyente”
y aquellas que lograron triunfar, mostraron contar con la capacidad y
legitimación necesarias. Sin embargo, fue la acción violenta de respuesta y
atropello a esas voluntades mayoritarias la que desató guerras civiles de
extraordinaria violencia, con las cuales se identificó, después, a la propia
revolución. El problema, por tanto, estriba en que la ampliación de la democracia
a través de la creciente participación de la sociedad en sus asuntos,
despojando al Estado del monopolio de la administración y gestión de la “cosa
pública”, llega necesariamente a un punto de modificación radical del orden
existente, a la revolución.
En esos términos, la revolución no puede ser
entendida más que como estallido del conflicto social en el que se sustenta la
sociedad moderna, su “momento extraordinario” que rompe con las normas
que “regulan” dicho conflicto, en la búsqueda de su superación. Es por
ello, un acto con frecuencia imprevisto; nadie puede determinar de antemano el
momento preciso en el que el desarrollo del conflicto se topa con un “límite”
que se siente necesario, incluso vital, transgredir y trascender.
Más allá de cualquier sublimación del concepto de
revolución, en el que cierta izquierda se empeña en buscar su identidad
diferenciada de los “otros”, y en tiempos en los que la revolución no
parece tener actualidad (según los términos utilizados por Lukács),
es necesario reconocer que las revoluciones, en plural, como hechos concretos,
diversos e históricamente determinados, han representado actos radicales de
asunción del papel protagónico de sectores de la sociedad que se rebelan a un
orden existente que los excluye. Esas acciones representan, entonces, un
ejercicio pleno de autodeterminación y, por tanto, de soberanía democrática.
La lucha por la ampliación permanente de la
democracia y su continua reinvención es, por tanto, el camino de las
transformaciones radicales. Al hacer manifiestas y nítidas las contradicciones
en que se sustenta el régimen capitalista, la democracia es también el terreno
práctico de su superación, el camino de conocimiento y adquisición de las
experiencias necesarias que permiten trascender el solo ámbito de lo político
para abrir paso a la revolución social, a la restitución
comunitaria con fundamento en la libre asociación de los
productores que han superado el trabajo enajenado, de la que
habló Marx.
¿Qué emancipación?
La propuesta histórica más global de las izquierdas
derivadas del pensamiento marxista, ha sido la de la emancipación humana, es
decir, la superación de la explotación y la enajenación, la reapropiación del
individuo del producto de su trabajo; la reconciliación del ser humano con la
naturaleza; la construcción de una nueva comunidad libre y autodeterminada.
Esta perspectiva emancipatoria tiene su fundamento en la crítica de la
propiedad privada capitalista, fuente, ésta, del trabajo enajenado y la
explotación.
Desde esa perspectiva, en la lucha por la
superación del capitalismo se puso en el centro el propósito de establecer la
socialización de los medios de producción y de cambio. Sin embargo, como
sabemos, la idea de “expropiación de los expropiadores” –en palabras
de Marx–, en realidad terminó en estatismo y despotismo burocrático
en las experiencias socialistas del siglo XX. Tanto en los países del
socialismo real como en muchos de los países capitalistas en los que se
desplegó un fuerte movimiento obrero, esa lucha derivó en estatización
burocrática y en un amplio sector público resultado de las nacionalizaciones de
empresas en el que no se produjo la gestión de los trabajadores.
En las últimas décadas, las regresivas reformas
económicas, financieras, fiscales y laborales que han sido aplicadas por los
Estados latinoamericanos siguiendo la pauta del llamado Consenso de
Washington, posibilitaron tanto la libre movilidad de capitales
mediante inversión extranjera directa e inversión de portafolio, como amplios
procesos de privatización que favorecieron a los grandes grupos privados de sus
respectivos países y a las empresas transnacionales, en sectores estratégicos
como el financiero, el de telecomunicaciones, el energético (electricidad, gas
y petróleo) y el sector productivo manufacturero. Por otra parte, mediante la
apertura comercial, se impulsó también un intercambio mercantil que ha
favorecido a las empresas trasnacionales y algunos grupos privados nacionales.5
Las sucesivas crisis de México, Brasil, Argentina,
Venezuela y Bolivia mostraron en América Latina que esta violenta apertura de
las economías al mercado externo ha tenido un efecto devastador especialmente
entre los asalariados y los pobres de nuestros países, a la vez que
evidenciaron los límites y las contradicciones del proceso.
En particular, es importante señalar que en el
proceso de desmantelamiento del sector público y de privatización de sectores
fundamentales de la economía de nuestros países, que en no pocos lugares
resultó un verdadero saqueo escandaloso, es el propio capital quien fija la
mira en el asunto de la propiedad. En correspondencia, por tanto, las acciones
de respuesta contra el neoliberalismo se han visto en la necesidad de poner en
el centro la defensa de la propiedad pública.
Aunque poco se discute la cuestión de fondo, al
menos parece que se intuye que en cierta forma ese tipo de propiedad en manos
del Estado representa una trasgresión de la propiedad privada, o quizá,
simplemente, se piensa que bajo el control y la lógica del capital trasnacional
es aún más difícil concebir la posibilidad de intervenir en la conducción de
las empresas y en la preservación de los recursos naturales.
No obstante, la izquierda anticapitalista no puede
pasar por alto el hecho de que, como se mostró por décadas, no es suficiente la
preservación o la recuperación de esas empresas como propiedad pública. Y no lo
es porque en el marco de un poder político estatal que no representa el interés
nacional-popular y bajo la dinámica de una economía nacional y mundial
capitalista, esas empresas no pueden actuar más que bajo la misma lógica del
capital.
Por tanto, en las condiciones actuales y como en
cierto sentido lo muestra la acción de los indígenas bolivianos, la opción que
se presenta es la lucha por el control social de esas empresas y recursos.
El problema central es que la socialización de la
propiedad tiene razón de ser sólo si conlleva la socialización de la gestión,
es decir, la intervención, la decisión y el control de la producción, sobre el
qué se produce, cómo se produce, y para qué se produce por parte de los
productores directos, como señala Marx, y la socialización del
conocimiento y la información, elemento cada día más determinante sin el cual
no es real dicha gestión.
Lo primero, la socialización de la propiedad puede
resultar –como señala Lucien Séve 6− de un acto jurídico, de
una acción del poder político que decreta la abolición de la propiedad privada
de los grandes medios de producción y de cambio (vale la pena aclarar que nunca
se ha tratado de todos los medios de producción o de toda la
propiedad privada), pero lo segundo, la socialización de la gestión y del
conocimiento, es un proceso de mayor complejidad y largo en el tiempo, que en
realidad implica a la sociedad en su conjunto, que exige la capacitación de
esta (y, particularmente, de los trabajadores), que se sustenta en la
autoorganización diversa y plural de la sociedad, y que forja y hace prevalecer
un interés colectivo a través de nuevas prácticas democráticas hasta ahora
desconocidas.
No puede haber, por tanto, emancipación alguna sin
la intervención conciente de los individuos en el propio proceso liberador.
Ello implica, necesariamente, la participación democrática. Pero, a la vez, la
emancipación que hoy se requiere presupone la superación de las limitaciones
actuales de la democracia.
“Si el proyecto emancipatorio –escribe Adolfo
Sánchez Vázquez—consiste en liberar al hombre como ciudadano, es decir,
políticamente –que tal fue la gran conquista de la Revolución francesa–, la
democracia quedará limitada a la esfera política. Si se trata de una
emancipación radical, humana, que entrañe la transformación profunda de todas
las esferas de la vida social, la democracia no puede detenerse –como se
detiene la democracia política que surge de la revolución burguesa—ante las
fronteras de la propiedad privada y de la desigualdad de la sociedad dividida
en clases.” 7
De esa forma, la socialización planteada tiene como
correlato el acotamiento del Estado. Si este se mantiene, como se mantuvo en el
llamado socialismo real, como una gigantesca maquinaria de confiscación de la
intervención y decisión de la sociedad sobre los asuntos comunes, a través de
la representatividad formal, la centralidad burocrática, la verticalidad
administrativa, la autoridad impositiva, no hay posibilidad alguna de que la
socialización sea verdadera.
Por eso, como también afirma Séve, “ir
a una apropiación efectivamente social del aparato productivo exige nada más y
nada menos que desestatizar el Estado mismo en beneficio de los ciudadanos
puestos en posesión de un poder político de nuevo tipo” 8, es
decir, de un poder verdaderamente democrático que no escinde, como
señalaba Marx, lo público de lo privado, lo político de lo social,
los dirigentes de los dirigidos, escisión cuyo fundamento es el predominio de
la propiedad privada.
En su obra, Marx quitó el velo de
los procesos contradictorios y enfrentados que la forma fetichizada del capital
oculta, mostrando “la violencia originaria del vínculo social”. Pero no
sólo, sino también “formuló un proceso material, práctico, de reapropiación
comunitaria del Estado por medio de la reconciliación de la producción con la
vida colectiva y del hombre con la naturaleza.”9
Como explica Barcellona, en la
experiencia socialista del siglo XX se produjo un intento por llevar a cabo esa
nueva “comunidad de iguales” pero, contradictoriamente, se le atribuyó
al Estado la capacidad para autoextinguirse y dar paso a una sociedad de
hombres libres, con lo cual, lejos de constreñir al Estado, encaminarlo (como
vio Marx que había hecho la Comuna de París) a ser un
no-Estado, éste se transformó en una maquinaria coercitiva omnipotente que
asfixió a la sociedad entera. Por tal razón, podemos coincidir con este autor
en que el “comunismo real es la tragedia moderna de la comunidad imposible
dentro de la estructura del Estado omnipotente.”10
De la crítica de esta experiencia es que el nuevo
proyecto emancipatorio debe sacar su fundamento; aprender que en la intrínseca
relación entre la democracia y el comunismo como construcción revolucionaria de
una nueva comunidad de hombres y mujeres libres está el camino práctico de su
realización.
NOTAS
1 Pietro Barcellona, Posmodernidad y comunidad. El retorno de la
vinculación social, Ed. Trotta, Madrid, 1992, p.
2 Pietro Barcellona, op.cit., p. 135.
3 Boaventura de Sousa, Conferencia: Globalización y
democracia. Colombia, mimeo., s/f, p.6
4 Ibid, p.10.
5 Cfe. Carlos Morera, Memoria, num. 197, México, julio de
2005, p.6.
6 Lucien Séve, en Socialización, democracia, autogestión. Un
debate marxista en tiempos de la izquierda plural, Ed. Viejo Topo, Madrid,
2004, 51-54.
7 Adolfo Sánchez Vázquez, El valor del socialismo, Ed Itaca,
México, 2000, p. 111.
8 Lucien Séve, op.cit., p. 55.
9 P. Barcellona, op. cit., p. 60.
10 Ibid., p. 61.

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