© Libro N° 8002.
Federico Engels Y El Partido. Concheiro, Elvira.
Emancipación. Noviembre 28 de 2020.
Título
original: ©
Federico Engels Y El Partido. Elvira Concheiro
Versión Original: © Federico Engels Y El Partido. Elvira
Concheiro
Circulación conocimiento libre, Diseño y edición
digital de Versión original de textos:
https://kmarx.wordpress.com/2012/10/10/federico-engels-y-el-partido/
Licencia Creative Commons:
Emancipación
Obrera utiliza una licencia Creative
Commons, puedes copiar, difundir o remezclar nuestro contenido, con la única
condición de citar la fuente.
La
Biblioteca Emancipación Obrera es un medio de difusión cultural sin fronteras,
no obstante los derechos sobre los contenidos publicados pertenecen a sus
respectivos autores y se basa en la circulación del conocimiento libre. Los
Diseños y edición digital en su mayoría corresponden a Versiones originales de
textos. El uso de los mismos son estrictamente educativos y está prohibida
su comercialización.
Autoría-atribución: Respetar la autoría del texto y el nombre de los autores
No comercial: No se puede utilizar este trabajo con fines
comerciales
No derivados: No se puede alterar, modificar o reconstruir este
texto.
Portada E.O. de Imagen original:
https://www.freepik.es/vector-gratis/vector-fondo-colorido-diseno-memphis_3893585.htm#page=1&query=fondo&position=2
https://kmarx.files.wordpress.com/2012/10/organise_now_join_a_union.jpg?w=300&h=166
© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
LEAMOS SIN RESERVAS,
ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
Elvira
Concheiro
Federico Engels Y El
Partido
Elvira Concheiro
Durante la centuria que ha transcurrido desde la
muerte de Federico Engels, los partidos políticos, especialmente aquellos que
de una u otra forma se reconocían o reconocen como partidos de la clase
trabajadora, han cumplido todo un ciclo. Fundados en el último tercio del siglo
pasado, los partidos obreros vivieron un período -una parte
del cual Engels fue testigo directo- de gran crecimiento, vitalidad e
influencia, pasando por una crisis de carácter histórico -que produciría una
ruptura del movimiento obrero europeo que hasta nuestros días no termina de
zanjarse-, hasta arribar a una nueva corriente política identificable por un
modelo de partido -el de los comunistas, o el que solía designarse como
modelo leninista-, que parece estar en sus momentos terminales. En
todo este ciclo, es evidente la influencia de las ideas y experiencias
políticas de Engels, en sus más diversas lecturas e interpretaciones.
Los partidos marxistas, actores
destacados de la lucha política desarrollada a lo largo del siglo XX, se
encuentran en nuestros días ante el imperioso requerimiento de una revisión a
fondo de su papel, sus estructuras, sus propios objetivos. El enorme cúmulo de
transformaciones sociales y políticas que se han estado operando en el mundo de
este fin de siglo nos proporciona ahora condiciones privilegiadas para repensar
la experiencia práctica y el aporte teórico que nos ha dejado un pensador y
revolucionario tan importante corno Federico Engels.
Es necesario señalar que al intentar esta reflexión
sobre el aporte específico de Engels en nuestra temática, nos topamos con la
dificultad de que tanto en su experiencia práctica como en su elaboración
conceptual este hombre estuvo siempre estrechamente vinculado a Carlos Marx.
Como sabemos, a través de una amistad excepcional, la cual ha sido un paradigma
en la historia, todo lo que Engels escribió y realizó políticamente (salvo unos
cuantos años al principio de la década de los cuarenta del siglo pasado y de la
última docena de años que vivió tras la muerte de su amigo) lo hizo al lado de
Marx en una mutua colaboración.
Es por esto que resulta difícil intentar un
análisis exclusivo de Engels, al menos en la temática del partido político. Sin
embargo, después de explicar lo que consideramos fundamental en la concepción y
la práctica política de los dos revolucionarios alemanes, aquí hemos de
realizar un intento de atender en especial la contribución de Engels.
Otra dificultad que se nos presenta es que la
visión dominante del marxismo como un cuerpo doctrinal cerrado, que tanto peso
tuvo en nuestro siglo (aunque nunca haya sido la única visión), difundió por
todo el mundo, gracias al poder ideológico que le otorgaba el contar con una
revolución obrera triunfante, que en materia del partido político las
elaboraciones de Marx y Engels no habían sido más que elementos sueltos de una
rica experiencia práctica (la Liga de los Comunistas y la Asociación
Internacional de Trabajadores), que serían recuperadas, asimiladas y -esto fue
lo peor- sistematizadas y completadas por Lenin, en una
verdadera teoría del partido, la cual fue encarnada por la
organización de los comunistas. A partir de esta idea, los marxistas de este
siglo han analizado poco y aprendido menos sobre los conceptos de Marx y Engels
acerca del partido, los cuales contienen aspectos centrales de su propuesta
teórica y política.
Muchos estudiosos de la obra de los dos
revolucionarios alemanes han considerado, además, que el aporte de éstos en la
temática del partido no podía ser profuso, dado el escaso desarrollo de la
organización partidista, y que muchas de sus formulaciones al respecto son, por
tanto, imprecisas o vagas. Los más de cien años de experiencia partidista de
los trabajadores de todo el mundo, con muchos rasgos comunes y muchas más
diversidades, son un material inigualable para el estudio de los partidos
políticos alternativos a los poderes establecidos, con el que no contaron los
fundadores del socialismo crítico revolucionario. Pero esta obviedad no implica
que su legado sea escaso o irrelevante. Como intentaremos demostrar, el
análisis de la obra teórica y práctica de Federico Engels no sólo nos
proporciona una gran cantidad de elementos respecto del partido político, sino
que éstos son de especial actualidad ahora que la lucha política socialista se
enfrenta a una severa crisis y que, por tanto, incursiona en nuevos e inéditos
caminos.
¿De qué partido hablamos?
Los partidos políticos existentes hacia mediados
del siglo XIX eran formaciones muy incipientes, con escaso desarrollo
organizativo y compuestos, en general, por reducidos grupos de personas cuya
identidad se limitaba a proyectos sociales y políticos relativamente poco
desarrollados y, con frecuencia, vinculados sólo a la función pública y a los
asuntos del Estado. Por su parte, las agrupaciones de obreros de la época
tendían casi siempre a apoyar a los partidos que expresaban de alguna forma los
intereses populares o, en términos más amplios, representaban las posturas más
progresistas de entonces. Aunque en la clase trabajadora existía ya una larga
historia de formación de círculos revolucionarios, concebidos al margen de la
actividad estatal, es decir, ilegales y con una extraordinaria vocación
conspirativa, sectores obreros más amplios estaban aún lejos de verse a sí
mismos como fuerza independiente y con alternativa propia.
Para que esto último ocurriera habrían de mediar
muchas luchas y varias revoluciones. En medio de la convulsión europea de 1848
y ante la incapacidad de otras fuerzas sociales, grandes masas de trabajadores
insurrectos realizan una importante experiencia propia y ensayan sus primeros
pasos como fuerza política diferenciada del resto[1].
Aunque esto casi no ocurrió todavía a través de
agrupaciones claramente estructuradas y organizadas, Engels y Marx extraen
valiosas experiencias que confirmaban mucho de lo planteado por ellos en su
famoso Manifiesto del Partido Comunista, parecido en el
momento mismo en que se abrían las puertas de dicho movimiento.
Después de que fue puesta a prueba por el
movimiento revolucionario aquella primera organización partidista en la que
Engels y Marx participaron en forma muy destacada (la recién designada
como Liga de los Comunistas), ambos arriban, a partir del
análisis puntual del desenvolvimiento del proceso revolucionario, a la
conclusión de que los partidos de la aristocracia, representantes de los
poderes establecidos, tanto como los de la emergente burguesía y pequeña
burguesía, se definen esencialmente en torno al Estado y la legalidad de éste,
tal como se había mostrado en 1848 en Francia y en 1849 en Alemania. La
actividad secreta e ilegal que estos partidos habían ejercido en determinadas
circunstancias no los alejaba de una definición central en los términos de la
existencia dada del Estado. En cambio, el partido obrero, al que, como hemos
dicho, comienza a vérsele en ciertos episodios de esas revoluciones,aprende y
actúa de acuerdo con otro patrón,en la medida en que representa,o puede
representar,el rompimiento más profundo de lo establecido. De esta manera, el
cambio radical que se propone dicho partido es, a la vez, una forma de conocer
y de actuar.
La experiencia revolucionaria había mostrado que la
independencia del proletariado no está dada en forma natural o automática, ni
tampoco en los términos de la difusión de una doctrina. Se requiere la
conjunción de medios de conocimiento y de acción política, ya que unos y otros
no están definidos de antemano. En esta visión, la independencia del partido
obrero no es gremialista, como tampoco un medio para mantener la pureza de
algunos postulados doctrinales, sino que es el producto del análisis realizado
cuando los intereses de las clases y sus conductas políticas son más nítidas y
conocibles: el momento de la crisis, la circunstancia de la revolución.
La valoración del partido como instrumento de la
lucha emancipadora de los trabajadores no llevó a Marx y Engels, sin embargo, a
la adoración de alguna de las organizaciones partidistas en las que
participaban o con las que mantenían relación. Por el contrario, éstas fueron
sometidas por ellos al más severo análisis y crítica[2]. De esta forma, mientras
la revolución aún estaba en curso, plantearon la reestructuración de la Liga con
el objetivo de lograr convertirla en el instrumento capaz de disputar la
dirección de los obreros al partido democrático de la pequeña burguesía, es
decir, lograr mantener y desplegar la independencia política de los
trabajadores. Pero en el momento en el que los autores del Manifiesto llegan
a la conclusión de que la revolución ha sido derrotada y que, además, las
condiciones de recuperación económica alejaban toda posibilidad de un nuevo
ascenso revolucionario, sostienen una áspera lucha contra las tendencias
conspirativas y voluntaristas que proliferaron entonces entre sus compañeros de
lucha, lo que llevaría a la división de ese partido y, finalmente, a su
disolución. Lo mismo sucedería con el intento articulador de las principales
fuerzas revolucionarias europeas de la época, que tomó cuerpo en la
brevísima Liga Universal de los Comunistas Revolucionarios[3].
Como sabemos, las primeras grandes organizaciones
políticas de obreros comienzan a gestarse años después, al calor de una serie
de luchas gremiales que desembocarían en la formación, en 1863, de la Asociación
Internacional de Trabajadores y, especialmente, después de la
primera revolución obrera de la historia emprendida por los comuneros
parisinos. Efectivamente, durante la década de los setenta y ochenta del siglo
pasado comienza la formación de lo que durante todo el siglo XX, conocimos,
propiamente, como partidos obreros.
En toda la rica experiencia de Engels y Marx, tanto
la que extraen de su participación en organizaciones específicas de diverso
carácter como aquella de los períodos en los que se mantienen al margen de toda
militancia directa en alguna organización, es posible observar la clara
diferenciación que realizan los autores del Manifiesto entre
dos modalidades, por así decirlas, de partido: por una parte, la que llamaremos
«partido en sentido histórico» y, por la otra, el «partido en sentido efímero»[4].
La conceptualización realizada por Engels y Marx
sobre el partido político es, en su sentido más estricto, de carácter
histórico. Es decir, no existe para ellos un determinado partido para todo
tiempo y lugar, como tampoco una determinada teorización universal e inmutable.
Por el contrario, los partidos son expresión del movimiento político real y del
desarrollo de la elaboración teórica y de la experiencia práctica que se
realiza desde una ubicación específica a partir de la que se conoce la realidad
social, lo cual, a su vez, la diferencia y le otorga singularidad y carácter de
clase.
Para Engels, como veremos, es de particular
importancia el rechazo a todo espíritu de conservación de formas de lucha y de
normas organizativas concretas de los grupos revolucionarios, las cuales deben
estar siempre en directa dependencia de los nuevos y cambiantes requerimientos
del movimiento revolucionario. Así, el partido «en sentido efímero» o
«episodios en la vida del partido» (en sentido histórico) es aquella estructura
organizativa que responde a condiciones políticas precisas, que cambian continuamente
conforme se modifican esas mismas condiciones.
Estas ideas llevaron a Engels a compartir
plenamente con Marx la decisión de disolver varios agrupamientos aunque no
hubiese otro que los sustituyera de inmediato. De esta forma, tras la derrota
de la revolución alemana de 1849, la Liga de los Comunistas fue disuelta;
posteriormente, la Asociación Internacional de los Trabajadores, después de un
largo período de disputa con los bakuninistas y bajo la derrota de la Comuna de
París, también fue disuelta; y respecto al Partido Socialdemócrata Alemán,
tardaron bastante en discernir si sería o no el instrumento organizativo
adecuado a la lucha de los trabajadores de aquel país.
Con la misma actitud analítica, Marx y Engels
prestaron cuidadosa atención a todo elemento en el que se expresara ese
«movimiento real» producto de la sociedad moderna, en el que se incubaran los
elementos de la superación de todos los «poderes establecidos». De acuerdo a la
concepción por ellos fundada, esto es posible en la medida en que se disponga
del conocimiento científico para la comprensión de los procesos reales de la
sociedad y sus contradicciones, al tiempo que se actúa prácticamente por lograr
tal superación. Por tanto, el partido «en sentido histórico» es entendido
como la actividad teórico-política, que con
frecuencia requiere de un cauce organizativo preciso aunque cambiante,
encaminada a lograr la comprensión de las condiciones realmente existentes que
posibilite la emancipación social de los hombres. La crítica teórica y la
práctica política son entonces actividades estrecha e ineludiblemente
vinculadas, interdependientes, dirigidas a lograr la superación del modo de
vida dominante.
De esta forma, El Capital representa
para su autor «una victoria científica» y la Comuna de París es «la hazaña más
gloriosa […] desde la insurrección de junio en París» de ese partido «en el
gran sentido histórico», puesto que, aunque de diversa índole, en ambas obras
está contenida esa tendencia histórica anticapitalista y emancipadora que
contiene la lucha de los trabajadores.
Las cambiantes situaciones de cada momento y país,
que reclaman soluciones distintas respecto a la modalidad partidista, abren
todo un campo a la existencia de organizaciones de la más variada índole. Los
medios de la lucha política tienden a modificarse en forma incesante. Ahora
bien, el contenido de la lucha política misma, en la medida en que busque la
superación del estado de cosas, que explore sus capacidades alternativas al
capitalismo, va creando los instrumentos organizativos necesarios. Por esto, el
«partido en sentido efímero» recoge al partido «en sentido histórico» pero no
lo agota. Es decir, las organizaciones específicas pueden proponerse desempeñar
un papel relevante en la lucha revolucionaria, e incluso, lograrlo en un
determinado momento, pero el movimiento tenderá a generar expresiones que irán
más allá de los partidos organizados. La gran tarea de descubrir las
condiciones reales de existencia del proletariado, así como el esclarecimiento
de sus posibilidades como clase en el marco de un enramado social complejo,
rebasan por sí solas el alcance de las organizaciones específicas.
Lo importante, insistimos, no es entonces la
actuación de una u otra organización partidista específica, sino la tendencia
histórica que se expresa en la lucha política de los trabajadores por la
superación del régimen capitalista. En los momentos en que se despliega una
auténtica revolución con dicho propósito, el partido «en sentido histórico» y
la clase en movimiento efectivamente coinciden y, como se pudo observar a lo
largo de las revoluciones del siglo XX, pueden llegar a ser una y la misma
cosa.
ENGELS: MILITANTE DE ORGANIZACIONES «EFIMERAS»
Es conocido que Engels, aun antes que Marx, entró
pronto en contacto con esas diversas agrupaciones revolucionarias que en
términos más o menos definidos expresaban el pensamiento revolucionario de los
obreros europeos. En realidad es él quien introducirá Marx al mundo
conspirativo-revolucionario y lo entusiasmará para organizar sus propios
instrumentos de acción, con los cuales ambos iniciarían una intensa actividad
política, en un momento especialmente propicio para ello.
Estando en Londres, a principios de los años
cuarenta, Engels entró en relación con el cartismo, al cual denominaría más
tarde «el primer partido obrero de nuestra época». Engels entiende que la
situación social explica el surgimiento del cartismo, y comienza a sentirse
identificado con la lucha que éste representa, aunque todavía considere que su
carácter obrero lo aislaba de los sectores cultos. El cartismo, como partido
que se deriva del partido democrático, había pasado a ser un verdadero
movimiento de los obreros, y es en esa cualidad que Engels lo conoce y, de
inmediato, brinda su colaboración a una de las primeras y mejores publicaciones
cartistas, el Norther Star, periódico fundado en 1837 y
dirigido por George Julian Harney y J. Hobson. Con esa colaboración, Engels
adquiere un nuevo compromiso político, ya no con una corriente ideológica, como
lo había hecho en Alemania, sino con un verdadero movimiento político-social
que involucraba a miles de trabajadores.
Al mismo tiempo, su adhesión a las ideas
comunistas, iniciada en Alemania aun antes de su traslado a Inglaterra,
llevaría a Engels a mantener contacto y participar en actividades
propagandísticas de algunos círculos de trabajadores. Además de la difusión que
entonces hiciese de las colonias comunistas norteamericanas y de la de Owen, a
través del alemán socialista Mosses Hess, conoce a la Liga de los Justos
(organización que Engels definiría como «un brote alemán del comunismo obrero
francés»), a la que Hess pertenecía.
Por aquellos años (en septiembre de 1844, para ser
precisos) Engels pasa unos días en París con Marx. De aquella primera visita,
en la que ambos constatan la identidad de sus concepciones y deciden elaborar
un escrito crítico de la corriente filosófica de la que procedían, se inicia,
como sabemos, la larga y estrecha colaboración entre los dos revolucionarios
alemanes. En su encuentro en Bruselas realizado en la primavera del año
siguiente, es cuando, tras la redacción conjunta de la Ideología alemana, esbozan
los caminos por donde decidieron avanzar en la construcción de su nuevo
planteamiento teórico.
«Estábamos obligados -escribiría Engels mucho
después- a razonar científicamente nuestros puntos de vista, pero
considerábamos igualmente importante para nosotros ganarnos al proletariado
europeo, empezando por el alemán, para nuestra concepción. Apenas llegamos a
conclusiones claras para nosotros mismos, pusimos manos a la obra».[5]
En medio de esto y durante sus dos primeros años de
colaboración, siguiendo la tradición obrera y jacobina del siglo XVIII, Engels
y Marx se abocan a la organización de lo que llamaron Comité de
Correspondencia Comunista, el cual les permitióestablecer relaciones
con dirigentes de trabajadores de diversos países, aunque principalmente de
Alemania, entre quienes buscaban difundir sus nuevas concepciones y llevar a
cabo una acción política que superara las tradiciones utópicas.
Es entonces cuando también fundan la Asociación de
Obreros Alemanes. Además, en 1846, propician junto a
los cartistas la formación de la Sociedad de los Demócratas
Fraternos, organización de carácter internacional con sede en Londres,
que reunía, además de a los cartistas de izquierda, a varios grupos de
demócratas exiliados de diversos países. Es probable que en estas
organizaciones estuvieran pensando Marx y Engels cuando en El Manifiesto se
refieren al «partido comunista».
Poco antes del estallido de la revolución en
Francia, la Liga de los Justicieros había vivido un proceso de reestructuración
y debate sobre el carácter de la organización y sus propósitos. En dicho
proceso, como sabemos, fueron invitados a colaborar Marx y Engels. A partir de
ese momento (que Marx ubica cuando los miembros de la Liga «aceptaron la
condición de que se eliminase de los reglamentos todo lo que favorecía a la
superstición autoritaria»), los autores del Manifiesto tendrán
un papel principal en su condición, dándole una mayor proyección
propagandística durante los embates revolucionarios en Alemania con la
publicación de La Nueva Gaceta Renana.
Después de la disolución de la Liga, Engels se
dedica durante dos décadas casi exclusivamente a sus estudios y a la dirección
de la empresa de su padre, con lo cual pudo ayudar económicamente a Marx, quien
redactaba en ese tiempo el primer tomo de su más importante obra, El
Capital.
Es por ello que Engels no se incorpora a la Asociación
Internacional de Trabajadores sino hasta 1870, cuando
se traslada de Manchester a Londres, aunque se había mantenido siempre al tanto
de los asuntos de ésta a través de la intensa correspondencia que mantenía con
Marx. Durante los dos últimos años de existencia de la Internacional, Engels
fue miembro de su Consejo General con el cargo de secretario, primero para
Bélgica y, después, para España e Italia, países estos últimos donde la fuerza
adquirida por los bakuninistas representaba, entonces, un serio riesgo para la
dirección encabezada por Marx. La actuación de Engels fue, por tanto, decisiva
en la Historia del último período de vida de la Internacional.
Su activa participación en el debate sobre algunos
planteamientos de Bakunin, tales como la abstención en la lucha política y la
posibilidad de abolir el Estado, así como en la elaboración (junto a Marx) de
los principales documentos oficiales del Consejo General sobre la disputa con
el revolucionario ruso y sus seguidores, llevó a Engels a tener una intensa
comunicación con miembros de la Internacional de diversos países, la cual
mantuvo y desarrolló, una vez disuelta esa agrupación, con el objetivo de apoyar
la construcción de partidos políticos, lo que ocurrió en la mayor parte de los
países europeos y en algunos de América (de manera destacada en los Estados
Unidos) durante los años setenta y ochenta.
De especial interés resulta la actitud mantenida
por el revolucionario alemán en este proceso en el que surgen los partidos
obreros. Para Engels, lo principal es descubrir las peculiaridades de cada
país, de tal forma que nunca se trasladaran mecánicamente experiencias,
solamente adecuadas a las circunstancias precisas de determinados lugares, a
naciones donde había la exigencia de soluciones originales. De esta forma,
Engels promovió en los casos de Francia y Alemania, dada la maduración de la
lucha obrera en esos países, una mayor precisión en sus programas políticos y
la diferenciación orgánica de quienes representaban la postura más avanzada e
independiente de los trabajadores, respecto de otras posiciones obreras (de los
lasallistas alemanes, de los reformistas franceses, de los anarquistas).
«El desarrollo del proletariado -escribía Engels a
Bebel, refiriéndose a la división ocurrida en Francia con los posibilistas- se
realiza en todas partes en medio de luchas internas y Francia, que está
formando ahora por primera vez un partido obrero, no hace excepción. En
Alemania hemos superado la primera etapa de la lucha interna y nos esperan
otras fases. La unidad es algo muy bueno mientras sea posible, pero hay cosas
más elevadas que la unidad.»[6]
En cambio, en otros casos, como los de Inglaterra y
Estados Unidos, para Engels carecía de especial relevancia la precisión teórica
o programática, puesto que el nivel de la lucha obrera ponía en primer plano la
creación de su organización autónoma, lo más amplia y unitaria posible.
«Nuestra teoría es una teoría de desarrollo, no un
dogma a aprender de memoria y a repetir mecánicamente. Cuanto menos se les
machaque a los norteamericanos desde afuera cuanto más la pongan a prueba con
su propia experiencia -con ayuda de los alemanes- tanto más profundamente se
incorporará a su carne y su sangre. Cuando nosotros volvimos a Alemania en la
primavera de 1848, nos unimos al Partido Democrático por ser éste el único
medio posible de llegar a la clase obrera; fuimos el ala más avanzada de ese partido,
pero al fin y al cabo un ala. Cuando Marx fundó la Internacional, redactó las
reglas generales de manera que pudieran ingresar todos los socialistas obreros
de esa época: proudhonistas, lerrouxistas e incluso el sector más avanzado de
las trade unions inglesas; y fue gracias a esa
amplitud que la Internacional llegó a ser lo que fue; fue el medio para
disolver y absorber gradualmente a todas esas sectas secundarias, con excepción
de los anarquistas, cuya repentina aparición en varios países no fue sino el
efecto de la violenta reacción burguesa que sucedió a la Comuna y que por eso
podíamos dejar que se marchitasen solos, como ocurrió. Si de 1864 a 1883
hubiésemos insistido en trabajar sólo con quienes adoptaban ampliamente nuestra
plataforma, ¿dónde estaríamos hoy? Creo que toda nuestra experiencia ha
mostrado que es posible trabajar junto con el movimiento general de la clase
obrera en cada una de sus etapas sin ceder u ocultar nuestra propia posición e
incluso nuestra organización, y temo que si los germanoamericanos eligen una
línea distinta cometerán un grave error.»[7]
Respecto a Rusia, país en el que ya entonces se
esperaba una inminente revolución contra el zarismo, es decir, se acercaba «a
su 1789» y, ello obligaba a que también la alternativa organizativa fuera
original, Engels decía que era «uno de esos casos excepcionales en que a un
puñado de gente le es posible hacer una revolución, es decir,
hacer que con un pequeño empujón se derrumbe todo un sistema que (para emplear
la metáfora de Plejánov) está en un equilibrio más que inestable, liberando,
así, de un golpe, en sí insignificante, fuerzas explosivas incontrolables.
Porque si alguna vez el blanquismo -la fantasía de revolucionar toda una
sociedad por acción de una pequeña conspiración- ha tenido alguna justificación
es, por cierto, en el caso de Petersburgo».[8]
De esta forma, con la lúcida idea de no apartarse
de la divisa de «representar el movimiento del futuro en el movimiento del
presente», Engels buscó contribuir a la formación del instrumento necesario, de
acuerdo a las circunstancias políticas y sociales dadas, combatiendo toda
rigidez en la estructura y el carácter de los partidos emergentes, pese a lo
cual la idea de un «modelo de partido» fue abriéndose camino.
ENGELS: COFUNDADOR DEL PARTIDO «EN SENTIDO HISTÓRICO»
Como hemos señalado, no podemos entender el
concepto de partido en Engels más que en su historicidad concreta, es decir,
que no existe en sí mismo, que no es una generalización abstracta, sino parte
de la conceptualización de un movimiento concreto, realmente existente y
circunscrito en su momento histórico; movimiento real en el que Engels
participa y se desenvuelve.
Aún con la «huella de la filosofía clásica
alemana», es decir, bajo la influencia política de la izquierda hegeliana y la
concepción del materialismo feuerbachiano, el encuentro de Engels con la
realidad industrial de Inglaterra producirá en él una rápida transformación de
su visión de la sociedad. Con tan sólo veintidós años de edad, el joven alemán
introduce en el análisis de la realidad de la clase obrera inglesa y descubre,
por así decirlo, el capitalismo.
Se trata no sólo de la Inglaterra posterior a la
reforma de 1832, que la hacía el país de mayor desarrollo político de Europa,
con libertad de prensa, de reunión y de asociación, derechos prácticamente
desconocidos en el continente, sino también de una Inglaterra que vivía ya sus
primeras convulsiones sociales, producto de los efectos de la revolución
industrial, en la que aparecía un nuevo actor: el proletariado industrial. Unos
meses antes de la llegada de Engels a Manchester, ocurrida a fines de 1842, se
había producido un gran movimiento huelguístico en las principales ciudades
industriales inglesas, lo cual generó algunos brotes insurreccionales. Es el
momento en que el cartismo rompe con aquellos sectores de la
burguesía con los que había lanzado años antes la iniciativa de la Carta del
Pueblo, convirtiéndose, como lo señala Engels, en «un movimiento
exclusivamente obrero».
Impactado por el desarrollo capitalista de
Inglaterra y, particularmente, por las enormes desigualdades sociales que éste
había producido, Engels escribe muchos artículos periodísticos acerca de las
condiciones de vida de los obreros, así como sobre la vida política de aquel
país. Las relaciones que pronto establece con esa izquierda obrera del cartismo
y con los owenistas le permiten percatarse en forma directa del mundo
proletario que le rodea y conocer al comunismo como corriente política y no
filosófica, como ocurría en Alemania, reafirmando su adhesión a éste.
En mayo de 1843 Engels escribe:
«Sabido es que, en Inglaterra, los partidos se
identifican con los escalones sociales y las clases; que los tories son idénticos a la nobleza y a la
beata y rígidamente ortodoxa fracción de la alta iglesia, mientras que
los wights se reclutan entre los fabricantes,
comerciantes y dissenters y, en general, entre la
alta clase media, la baja clase media, los llamados “radicales” y el
cartismo, por último encuentra su fuerza entre los trabajadores, entre los
proletarios […l. El socialismo no forma un partido político cerrado, pero se
recluta, generalmente, entre la baja clase media y los proletarios.»[9]
En aquel primer momento, Engels se sorprende de la
realidad inglesa. Aún está convencido entonces de que los intereses materiales
no aparecen nunca como afines independientes y orientadores», sino que «sirven
siempre consciente o inconscientemente, a un principio, que es el que guía los
hilos del progreso histórico»[10]. Por ello se limita a
constatar esa realidad como un hecho peculiar de Inglaterra y como motivo del
«atraso» espiritual de la sociedad inglesa, con respecto al continente y,
especialmente, a Alemania. De esto, Engels concluye que la revolución que se incuba
entre los ingleses no tendrá un carácter político, sino social.
No obstante, y aún bajo esa óptica, Engels hace una
aguda descripción de los partidos políticos ingleses, la cual, años más tarde,
valoraría como decisiva en su proceso personal de evolución intelectual y consideraría
significativa en la nueva concepción que elaboraría al lado de Marx.
En 1885, Engels escribe al respecto:
«Viviendo en Manchester, me había yo dado de
narices con el hecho de que los fenómenos económicos, a los que hasta allí los
historiadores no habían dado ninguna importancia, o sólo una importancia muy
secundaria, son, por lo menos en el mundo moderno, una fuerza histórica
decisiva; vi que esos fenómenos son la base sobre la que nacen los antagonismos
de clase actuales y que esos antagonismos de clase, en los países en que se
hallan plenamente desarrollados gracias a la gran industria y, por tanto, principalmente
en Inglaterra, constituyen a su vez la base para la formación de los partidos
políticos, para las luchas de los partidos y, por consiguiente, para toda la
historia política.»[11]
Simultáneamente, Engels se adentra al estudio de la
clase obrera inglesa, tan diferente al artesanado alemán que él conoce. En su
extenso escrito La situación de la clase obrera en Inglaterra, analiza
los cambios operados en la producción material con la introducción de la gran
maquinaria en la industria, cuyo primer producto es, precisamente, la clase
obrera industrial. Cierto es que todavía reducirá su análisis al identificar a
esta clase simplemente con los sectores pobres de la sociedad, lo cual a partir
del empirismo que marca a esa que es su primera obra importante respondía a las
condiciones reales del proletariado inglés.
La minuciosa descripción que hace Engels de la vida
obrera, de sus condiciones de trabajo, de sus primeras luchas y perspectivas,
lo lleva a descubrir las potencialidades revolucionarias de la clase obrera. En
su acuciosa observación, Engels encuentra a los proletarios como «una clase
aparte, con sus propios intereses y principios y con una concepción del mundo
propia, que los distingue de todos los poseedores» y en los que palpita «la
clara conciencia de que en ellos reside la verdadera fuerza y el
futuro de la nación».[12]
A partir de una concepción del comunismo vinculada
a la causa más general de la emancipación humana, Engels considera que el
antagonismo del proletariado con la burguesía, esa «guerra totalmente abierta
y directa de los pobres contra los ricos, que en Inglaterra es ya inevitable»,
es «legítima en su significación histórica para el presente, pero limitada en
una perspectiva de futuro, dado que genera una reacción violenta de los obreros
contra la burguesía en tanto individuos. A ningún comunista -agrega- «se le
ocurre pretender tomar venganza sobre este otro individuo, ni mucho menos que
tal o cual burgués, en las condiciones existentes, podría obrar de otro modo
que como lo hace».
«Y puesto que el comunismo está por encima del antagonismo entre el
proletariado y la burguesía, ello abrirá, evidentemente, el camino para que la
parte mejor de la burguesía-que es, sin embargo, aterradoramente reducida en
número y que sólo podrá reclutarse entre la gente joven- pueda pasar más fácilmente
al campo del comunismo que al del cartismo, por el carácter exclusivamente
proletario de éste.»[13]
Años más tarde, Engels escribió al respecto de esta
idea: «En abstracto, esta afirmación es acertada, pero en la práctica es
totalmente inútil e incluso algo peor. Mientras las clases poseedoras, lejos de
sentir la más leve necesidad de liberarse ellas mismas, se opongan con todas
sus fuerzas a la propia liberación de la clase obrera, ésta se verá obligada a
iniciar y llevar a cabo ella sola la transformación social.»[14]
Como ya hemos señalado, en el período en que Engels
se encuentra realizando el estudio de la clase obrera inglesa se produce su
encuentro con Marx. A partir de ese momento y a lo largo de cuatro décadas,
desarrollará su trabajo intelectual y político al lado de su colega alemán. No
es propósito de este trabajo el estudio específico de lo que Engels aportó, en
diversos campos, a la formulación de la nueva concepción que ambos realizaron,
ni aquilatar la importancia de dichos aportes. Bástenos señalar, por tanto,
que pese a las imprecisiones que aún pudiera contener, la obra del joven Engels
resultó de especial importancia en la construcción de lo que hemos denominado
el partido «en sentido histórico», específicamente en lo referente a tres
aspectos que aquí nos interesan en especial: 1) la conceptualización del
proletariado como una clase específica del capitalismo, con intereses definidos
pero de proyección universal; 2) el análisis de los partidos políticos como
expresión de intereses materiales que se confrontan en la sociedad, y 3)el
reconocimiento de la capacidad propia de los trabajadores para organizarse y
actuar con el fin de superar el orden social prevaleciente.
Desde diversas organizaciones políticas, desde las
páginas de la prensa de su época, desde las barricadas alemanas en la
revolución de 1849, en su apoyo a la Comuna de París y, después, a los
comuneros en el exilio, desde su correspondencia con tantos políticos
revolucionarios, en sus polémicas obras de difusión del socialismo que junto a
Marx fundara, en su incansable esfuerzo por editar y concluir el más importante
trabajo de su amigo y compañero, en suma, en prácticamente toda su obra y desde
donde pudiera, Engels luchó sin tregua en favor de ese partido «en el gran
sentido histórico».
ENGELS: FUNDADOR DEL «MARXISMO» Y FIGURA DE LOS
«PARTIDOS MARXISTAS»
Con el desarrollo democrático, los partidos,
incluidos los partidos obreros, se convirtieron en estructuras incorporadas a
los sistemas políticos, formaciones en las que se apoyó el desarrollo
parlamentario, lo que exigió entonces su consolidación como agrupamientos más
estables e institucionalizados. A la par, la experiencia y la concepción de
Marx y Engels fueron adquiriendo carta de naturalización dentro de los
agrupamientos de los obreros socialistas, dando lugar paulatinamente a la
confluencia del que podemos denominar «partido de la praxis revolucionaria»,
que vendría siendo un componente del «partido en sentido histórico», con el
partido de una organicidad y tiempos determinados, o «partido efímero». Es
decir, estamos hablando de la aparición de los partidos marxistas.
Varios son los trabajos que han abordado ya el
origen y desarrollo de la corriente de pensamiento y acción política que en sus
variadas expresiones se autodenominó marxismo. Aquí, por
tanto, sólo recordaremos que Engels participó en forma directa en los primeros
momentos de ese proceso.
Por una parte, la preocupación de Engels de dar a
conocer, entre los actores políticos de los trabajadores de su época, el nuevo
planteamiento teórico y, en particular, la obra científica de Marx lo llevó a
incursionar por el pantanoso camino de la divulgación. Así, pese a su
convicción de que el pensamiento de ambos revolucionarios alemanes no podía ser
entendido en forma cerrada y dogmática, en ocasiones Engels incurre (con la
colaboración de Marx) en una sistematización doctrinal de la teoría, la que, en
una situación para ellos novedosa, sería fácilmente aprehendida de manera
simplificadora.
De esta forma, por ejemplo, el escrito conocido
como Anti Dühring (hecho a solicitud de los dirigentes del
Partido Socialdemócrata Alemán para responder a un profesor que alardeaba con
poseer un sistema socialista completo, total), se convirtió
pronto en un verdadero manual partidista. La preocupación de Engels (compartida
por Marx) de dar a su polémica una forma sencilla y accesible fue recibida por
quienes estaban al frente del partido como un valioso instrumento que
completaba a lo que ya apuntaba a ser una poderosa maquinaria partidista.
El partido alemán estaba en un momento en el que
comenzaba a requerir fuertes elementos ideológicos cohesionadores, en la medida
en que el partido se había convertido en sinónimo de conciencia del ser obrero,
es decir, la organización en concreto pronto había ido más allá de su carácter
de instrumento de la lucha proletaria, para constituirse en instancia de
autorreconocimento de la clase de los obreros. Esto llevó de inmediato a
requerir una visión global del mundo y de la consecuente sociedad futura por la
que se luchaba. Además, ante la valoración de la ciencia como factor de
progreso que se abría paso en aquella época, el conocimiento que representaba
el marxismo era el arma que requería el partido: una
teoría social científica que se ponía a su servicio.
Por otra parte, es conocido el hecho de que, desde
el momento de la muerte de Marx, ocurrida en 1883, Engels decide propagar que
el nuevo pensamiento social que ellos expresaban había tenido un autor
principal: Carlos Marx. Con razón o no, durante la docena de años que
sobrevivió a su amigo, Engels insistió en que el papel que había jugado él
había sido secundario o, cuando mucho, complementario.
Vale la pena, aquí, recordar que en una nota a pie
de página de su trabajo Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía
clásica alemana, escrito en 1886, refiriéndose a la corriente que «va
asociada al nombre de Marx)), Engels aclara:
«Últimamente, se ha aludido con insistencia a mi
participación en esta teoría; no puedo, pues, por menos de decir aquí algunas
palabras para poner en claro este punto. Que antes y durante los cuarenta años
de mi colaboración con Marx tuve una cierta parte independiente en la
fundamentación, y sobre todo, en la elaboración de la teoría, es cosa que ni yo
mismo puedo negar. Pero la parte más considerable de las principales ideas
directrices, particularmente en el terreno económico e histórico, y en especial
su formulación nítida y definitiva, corresponden a Marx. Lo que yo aporté -si
se exceptúa, todo lo más, dos o tres ramas especiales- pudo aportarlo también
Marx aun sin mí. En cambio, yo no hubiera conseguido jamás lo que Marx alcanzó.
Marx tenía más talla, veía más lejos, atalayaba más y con mayor rapidez que
todos nosotros juntos. Marx era un genio; los demás, a lo sumo, hombres de
talento. Sin él la teoría no sería hoy, ni con mucho, lo que es. Por eso
ostenta legítimamente su nombre»[15]. Con ello, Engels, el único autorizado entonces para
hacerlo, bautizaba la teoría que durante cuatro décadas había trabajado con
Marx.
Como se sabe, Engels dedica sus últimos años a
realizar algunos trabajos suyos y, principalmente, a preparar para su
publicación la obra inconclusa de su amigo. Sin embargo, con mucha frecuencia
dirigentes socialistas de las más diversas nacionalidades buscan en él consejo
y apoyo en sus tareas políticas.
Al poco tiempo de desaparecida la Asociación
Internacional de Trabajadores y ante la insistencia de algunos de sus
compañeros de crear una nueva agrupación con ese carácter, Engels había
considerado que las condiciones que se vivían en ese momento, tras la
derrota de la Comuna y la ola reaccionaria que ello desató en toda Europa, no
lo hacían posible, pero también les había expresado su convicción de que «la
próxima Internacional –después de que los escritos de Marx hayan ejercido
influencia durante algunos años será directamente comunista y proclamará
nuestros principios…».[16] Como se sabe, en el
año 1889, en París, se reunirían los partidos obreros que, para entonces, ya se
decían seguidores de la obra teórica y política de Marx y que, continuamente,
solían buscar asesoría en el viejo Engels, quien disfrutaba de un reconocido
prestigio en todos los medios revolucionarios de finales del siglo pasado.
La Segunda Internacional, como fue
después conocida, representaría la organización propia de un nuevo momento en
el que se despliega la lucha de la clase obrera europea y norteamericana.
Engels apenas alcanzaría a ver los primeros logros de su etapa de construcción.
Satisfecho por ser testigo viviente de acontecimientos que entendía corno fruto
directo de la lucha que, a lo largo de todas sus vidas, habían dado él y Marx,
se congratula con cada uno de los avances, grandes o pequeños y, sobre todo,
con los de sus colegas alemanes. Sin embargo, fiel al contenido esencialmente
crítico de su pensamiento, en la cuestión del partido Engels no deja de
preocuparse por mantener el análisis específico de cada situación nacional y
evitar caer en una concepción del marxismo despojado de su
historicidad concreta.
Hombre que resume en forma extraordinaria lo más
avanzado de su época, Engels nos obliga a pensar en la complejidad de cada
momento histórico y, ante ello, a crear las alternativas adecuadas que hagan
posible la transformación revolucionaria de la sociedad. Ante las tareas
transformadoras de hoy, el análisis concreto, como siempre, permite descubrir
lo nuevo por donde deben discurrir las actuales fuerzas del cambio.
En estos últimos cien años, muchas de las
creaciones de la lucha de los trabajadores se fueron consolidando, otras se
modificaron, otras más han llegado a su fin. Así, la mayor parte de los
partidos políticos obreros, que fueron cada vez más espacios de identidad
ideológica de las diversas corrientes de pensamiento y acción socialistas, las
cuales se fueron confrontando, separando y dividiendo, como producto de la
propia lucha política, siguieron, primero el «modelo» de partido que representó
la socialdemocracia alemana hacia fines del siglo XIX y principios de éste y,
después, el otro «modelo» diseñado a partir de la experiencia del partido
bolchevique que había encabezado la revolución rusa de octubre de 1917 y pasó a
ser el constructor de un nuevo Estado.
Desde hace ya algunas décadas, esa compleja
estructura partidista mundial a que dio lugar la corriente comunista, creada a
partir de este último «modelo de partido, reclamaba profundas transformaciones
y venía siendo cuestionado por algunos de sus propios integrantes,
discutiéndose sus principios organizativos, su carácter e, incluso, su razón de
ser. Hoy, varios de esos partidos han desaparecido, otros se transformaron
radicalmente dando lugar a nuevas formas de organización por completo
diferentes.
La debacle de los países del llamado «socialismo
real» ha cerrado definitivamente un ciclo de las luchas por la transformación
del capitalismo. De inmediato, las fuerzas de la conservación se unieron
para declarar como inviable todo proyecto alternativo. Sin embargo, la necia
realidad de nuestras sociedades, con toda su diversidad y creatividad, hace
presente, a través de las formas más inesperadas, la emergencia, en todas
partes, de ese partido «en el gran sentido histórico». Las formas «efímeras» en
que busca expresarse –no debemos olvidarlo- no son más que eso: maneras
concretas de organización que no pueden ser las mismas para todo lugar y
tiempo.
Las crisis, decía el marxista boliviano René
Zavaleta, trastocan todo, pero permiten conocer las cosas tal como son en
realidad. Esa es la posibilidad que hoy tenemos.
NOTAS
[1] Refiriéndose a la
insurrección obrera del 25 de junio de 1848 en París, Engels escribiría, años
después, que se había tratado de la “primera gran batalla por el poder” entre
la burguesía y el proletariado. Cf. Engels, F. Introducción a las
luchas de clases en Francia, en Obras escogidas, tomo
I. Ed. en Lenguas Extranjeras, Moscú, p. 116
[2] En relación a la
actuación de la Liga de los Comunistas en la revolución
europea de 1848-1849, tiene especial relevancia el Mensaje del Comité
Central a La Liga de los Comunistas, escrito en marzo de 1850 por Marx
y Engels.
[3] Constituida en la
primavera de 1850, como resultado de los vínculos establecidos entre el Comité
Central de la La Liga de los Comunistas (a la cabeza del cual
se hallaba Marx) y la Sociedad Republicana Central (“el
verdadero partido proletario”, que tenía por jefe a Blanqui, quien lo había
fundado en 1848) y los Demócratas Fraternos (dirigida entonces
por el cartista Julian Harney), la Liga Universal fue disuelta
por Marx, Engels y Harney, tras la división entre alemanes y el conflicto que
ello provocó con los blanquistas, en octubre del mismo año.
[4] Los términos los
hemos adoptado de la carta de Marx al poeta alemán Ferdinand Freiligrath, del
29 de febrero de 1860. Ante el equívoco que se había producido entre ellos, por
una carta anterior de Marx en que quería involucrar a su amigo en la respuesta
a Karl Vogt (demostrando la falsedad de la acusación de éste sobre la supuesta
participación de Marx en la preparación de complots revolucionarios y en la
dirección de diversas sociedades secretas. Cf. Marx, K. El señor
Vogt, Ed. Juan Pablos, México, 1977). Freiligrath había respondido a
Marx que ya no mantenía, desde la disolución de la Liga, nexo
alguno con el partido. A ello, Marx respondió: “Te hago notar,
ante todo, que desde noviembre de 1852, cuando a propuesta mía la
Liga fue disuelta, nunca más pertenecí ni pertenezco a ninguna
asociación, secreta o abierta, y, por consiguiente, hace ya ocho
años que en este sentido, totalmente efímero, de la palabra, el partido dejó
de existir para mí […]. Recuerdas que recibí de los dirigentes de la Liga
Comunista de Nueva York una carta en la que me pedían reorganizar la antigua
Liga. Tardé un año en contestarles y finalmente les dije que desde 1852 no
estoy ligado a ninguna organización y tengo el conocimiento profundo de que mi
trabajo teórico es mucho más beneficioso para la clase obrera que la
participación en organizaciones cuyo tiempo ha pasado en el continente […]. Si
tú eres poeta, yo soy crítico, y la verdad sea
dicha, me basta con la experiencia de 1850-1852. La Liga, lo mismo que la
Sociedad de Estaciones y que centenares de otras sociedades, son sólo episodios
en la historia del partido que nace espontáneamente, por doquier, del suelo de
la sociedad moderna”. Y concluía: “Yo me he esforzado por disipar el equívoco
de que por “partido” entendía la Liga, cuya existencia terminó hace ocho años,
o la redacción de diario, que dejó de salir hace doce años. Por partido yo
entendía el partido en el gran sentido histórico del término”. Cf. Marx
a Ferdinand Freiligrath, del 29 de febrero de 1860, en Marx, K. y
Engels, F. Collected Works, vol. 41, Ed. International Publishers,
N. York, 1985, pp. 81-87
[5] Engels, F. Contribución
a la historia de la Liga de los Comunistas, en Obras
escogidas, en dos tomos tomo II. Ed. en Lenguas Extranjeras, Moscú, p.
364
[6] Engels, F. Carta
a Bebel, de 28 de octubre de 1882, en Carlos Marx-Federico
Engels. Correspondencia, tomo 3, Ed. de Cultura Popular, México, 1972,
p.82
[7] Engels, F. Carta
a Florence Kelly Wischnewetsky, de 27 de enero de 1887, en op.
cit., p. 142
[8] Engels, F. Carta
a Vera Zasúlich, 23 de abril de 1885, en op. cit., p.
122
[9] Engels, F. Cartas
desde Londres, en Escritos de Juventud, Ed.
FCE, México, 1981, p. 133
[10] Engels, F. Cartas
desde Inglaterra, en op. cit., p. 119
[11] Engels, F. Contribución
a la historia de la Liga de los Comunistas, en op. cit., p.
362
[12] Engels, F. La
situación de la clase obrera en Inglaterra, en Escritos de
Juventud, op. cit., p. 530
[13] Ibídem
[14] Engels, F. Prefacio, en La
situación de la clase obrera en Inglaterra, op. cit., p. 536
[15] Engels, F. Ludwig
Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana, en Obras
Escogidas, tomo II, op. cit., p. 407
[16] Engels, F. Carta
a Sorge, 12 de septiembre de 1874, en Correspondencia de
Marx y Engels, tomo 2, Ed. de Cultura Popular, México, 1972, p.
209

No hay comentarios:
Publicar un comentario