© Libro N° 8001.
A 150 Años Del Manifiesto: La Cuestión Del Partido
De Cara Al Nuevo Milenio. Concheiro, Elvira.
Emancipación. Noviembre 28 de 2020.
Título
original: ©
A 150 Años Del Manifiesto: La Cuestión Del
Partido De Cara Al Nuevo Milenio. Elvira Concheiro
Versión Original: © A 150 Años Del Manifiesto: La Cuestión
Del Partido De Cara Al Nuevo Milenio. Elvira Concheiro
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A 150 AÑOS DEL
MANIFIESTO: La Cuestión
Del Partido De Cara Al Nuevo Milenio
Elvira
Concheiro
A 150 Años Del Manifiesto:
La Cuestión Del Partido De Cara Al Nuevo Milenio
Elvira Concheiro
Introducción
En los últimos tiempos, no han sido pocas las
voces que, desde posiciones diversas, se han levantado reclamando la superación
de los partidos como forma de acción política de la sociedad y sustento de los
órganos estatales de representación. En realidad, desde sus más remotos
orígenes, las formaciones partidistas fueron vistas con recelo, como expresión
de una diversidad y una confrontación no deseadas, pero realmente existentes.
No fue hasta que, casi dos siglos de por medio, la democracia se entendió como
pleno reconocimiento de la lucha política entre segmentos de la sociedad,
cuando los partidos pasaron a ser considerados factores indispensables del
propio desarrollo democrático. Sin embargo, en el seno de estos regímenes
competitivos, también han surgido posturas que ven en los partidos un elemento
distorsionador o limitante de la libertad política y de la democracia.
En particular, desde hace ya muchos años los
partidos que surgieron y se desarrollaron a partir de las ideas expuestas en el
Manifiesto se han topado con una situación crítica. Muchos de estos partidos
han sufrido importantes transformaciones cuando no han desaparecido, de forma
que las tradicionales alineaciones que los definieron durante casi todo este
siglo, lo mismo que los preceptos sobre los cuales diseñaron sus formas de
organización interna, carecen hoy de sustento. Debiéramos, por tanto, reconocer
que un largo ciclo de la organización política, si contamos a partir del
surgimiento de los primeros partidos obreros, se ha cerrado.
No es aquí el lugar para analizar esa larga y
compleja trayectoria, llena de vicisitudes marcadas por las particularidades de
los procesos de cada país y por las diferentes circunstancias históricas en las
que actuaron esos partidos. Pero es indispensable señalar que su propia crisis
nos ubica ante un momento propicio para reexaminarlo todo. Ciertamente, la
lucha política de hoy y, específicamente, la lucha encaminada a la supresión
del capitalismo en las condiciones actuales, exige la mayor inventiva posible
para lograr una profunda readecuación de los instrumentos organizativos
tradicionales. Lo cual ha de pasar, necesariamente, por la revisión de la
conceptualización que ha hecho el marxismo de los partidos.
Suele olvidarse que Marx y Engels fueron
hijos de su época, individuos que actuaron bajo determinadas circunstancias y
de acuerdo al impulso histórico de la sociedad de la que eran parte. Su
trascendente elaboración teórica, lo mismo que su aporte político concreto a la
lucha y a las organizaciones revolucionarias de su momento, están signados por
el movimiento social desde el cual ellos realizan su análisis y su actividad.
Por lo mismo, su concepto de partido obrero no es separable del movimiento y la
lucha de la clase obrera, pese a lo cual tampoco es reducible uno en la otra.
El partido es, por tanto, una categoría histórica que no existe por sí misma en
una suerte de definición o generalización abstracta, sino que es consecuencia
de la lucha concreta en la que aquél toma parte y se desenvuelve. De la misma
manera en que las clases no existen sino en su relación viva y, por tanto,
estrictamente histórica, los partidos deben su existencia a la acción de las
fuerzas sociales que encarnan y las funciones concretas que en ellas realizan.
Desde esta perspectiva, resulta asombroso
cuan actual aparece lo propuesto por el Manifiesto del Partido Comunista.
I. ¿A qué partido se refiere el
Manifiesto ?
La mayoría de las interpretaciones, incluso
francamente contrapuestas, sobre la concepción de Marx y Engels acerca del
partido obrero parten de lo expuesto en el Manifiesto del Partido Comunista y,
con frecuencia, se reducen casi exclusivamente a ello. Es cierto que en pocos
textos de nuestros autores encontramos tan claramente expresado lo que ellos
entendían entonces por partidos obreros y las relaciones que consideraban que
los comunistas, también como partido, debían mantener con aquéllos. Pero si,
como pensamos, no existe en Marx y Engels una concepción del partido
revolucionario para todo tiempo y lugar, ¿en qué reside la vigencia de lo
planteado en su obra, específicamente en el Manifiesto, sobre este tema ?
Para respondernos es necesario entender de qué partido se nos habla.
Pocas revoluciones han sido tan previstas
como las que ocurrieron en Europa a partir del año de 1848. En la víspera, el
avance del capitalismo, con su inmensa cauda de nuevos trabajadores libres,
barriadas miserables, campesinos arruinados, nuevas comunicaciones, impetuoso
comercio mundial, emigración laboral, depresiones económicas, miles de
periódicos, novedosos conocimientos científicos y ampliación del mundo
conocido, generaban las condiciones para un nuevo y gran ataque contra las
monarquías. Pero ahora, hacía su ingreso en la historia la clase más
reciente : el proletariado.
Los obreros socialistas de Europa, con su
incipiente y rudimentario arsenal, tenían puestos los ojos en la abolición del
capitalismo, en la revolución social emancipadora. Los viejos grupos
conspiradores, veteranos de otras luchas, entre ellas la revolución de 1830,
velaban sus armas atentos al momento más propicio de asaltar el poder e imponer
la anhelada justicia. Reducidos a pequeños grupos, a la manera burguesa y
pequeñoburguesa de la época, con sus clubes y periódicos, apelaban al estado de
ánimo que se iba creando irremediablemente entre grandes masas de ciudadanos
sin derechos. Eran los partidos proletarios de entonces.
En la decisión de Marx y Engels de
incorporarse en 1847 a la Liga de los Justicieros, condicionada al cambio de
una serie de preceptos y características de esta organización, existía la idea
de realizar una actividad política que les permitiera a ellos influir en aquel
movimiento y dar a conocer su nueva concepción. No era la Liga, por cierto, la
primera organización en la que participaban, ni tampoco en la que veían reunido
a todo el movimiento comunista, al que tiempo atrás y con gran optimismo notaban
crecer en diversos lugares.
No es casual que Marx y Engels hayan titulado
este documento con el nombre de Manifiesto del Partido Comunista. Como bien
puede extraerse de éste, hay una reiterada preocupación por atraer hacia el
nuevo programa a las demás organizaciones que reivindicaban la lucha obrera y
el comunismo. Años después, en la edición alemana del Manifiesto, Engels
comenta al respecto : “…cuando este Manifiesto vio la luz, no
pudimos bautizarlo de Manifiesto socialista. (…) En 1847, el socialismo
designaba un movimiento burgués, el comunismo un movimiento obrero (…) Y como
para nosotros era ya entonces firme la convicción de que ‘la emancipación de
los trabajadores sólo podía ser obra de la propia clase obrera’, no podíamos
dudar en la elección del título. Más tarde tampoco se nos pasó nunca por las
mientes modificarlo.” (1)
Tal como se expresa en el Manifiesto, Marx y
Engels distinguían entre los diversos sistemas utópicos, ubicando aquellos que
efectivamente proyectaban sus ideales de emancipación desde la clase obrera en
movimiento y que se designaban, diferenciándose de los socialistas, con el
nombre de comunistas (2). Siempre insistieron en que éstos representaban
la “infancia del movimiento proletario”, es decir, que expresaban las
aspiraciones de un movimiento que, si bien comprendía la lucha que se presentaba
en la sociedad entre las clases y pugnaba por una solución, aún no dejaba de
buscarla en su propia cabeza.
El Manifiesto pretende ser el programa de un
partido nuevo, no mandado a hacer por nadie, sino que nace de la capacidad del
proletariado de emprender “una acción histórica independiente, un movimiento
político propio y peculiar” (3), lo cual, precisamente, no alcanzaban a
ver los comunistas utópicos. No se refiere, por tanto – como han sostenido
versiones “oficiales” del marxismo (4) -, tan sólo a la Liga de los
Comunistas, a la cual veían como una de las agrupaciones que podían expresar
ese nuevo partido.
Poco después de redactado el Manifiesto se
produciría la revolución europea del cuarenta y ocho, en la cual la
organización de la Liga resultó ampliamente rebasada por el movimiento de los
obreros, y sólo en el caso de Alemania logró existencia real relativamente
importante. Entonces, Marx ubica en Francia a Blanqui y sus compañeros como
“los verdaderos jefes del partido proletario”, en contraposición a los
socialistas doctrinarios : “…el proletariado va agrupándose más y más
&endash escribe &endash en torno al socialismo revolucionario, en torno
al comunismo, que la propia burguesía ha bautizado con el nombre de Blanqui.
Este socialismo es la declaración de la revolución permanente, de la dictadura
de clase del proletariado como punto de transición para la supresión de las
diferencias de clase en general, para la supresión de todas las relaciones de
producción en que éstas descansan, para la supresión de todas las relaciones
sociales que corresponden a esas relaciones de producción, para la subversión de
todas las ideas que brotan de esas relaciones sociales.” (5)
Se trata, por tanto, en el Manifiesto, de una
concepción amplia de partido, que trasciende – aunque pretende unirlas
alrededor de un nuevo programa y una nueva visión – a las diversas
organizaciones específicas en las que en determinados momentos y circunstancias
se expresa esa tendencia histórica de lucha obrera por su emancipación y, por
consecuencia, por la superación del capitalismo. No es, pues, que para Marx y
Engels existiera o fuera a existir un único partido, con formas predeterminadas
de organización, que pensaran denominar Partido Comunista. Si bien se
comprometen sin reservas y dedican enormes esfuerzos militantes en todas las
organizaciones políticas de las que fueron parte destacada, desarrollando en
ellas profundas polémicas que abrieron paso a su concepción, no existe nada más
ajeno a ellos que la idea de perpetuación de alguna forma, diferenciada del
movimiento, de organizarse para la lucha contra el capital. No es atribuible,
en consecuencia, a los autores del Manifiesto ninguno de los modelos que
surgirían, en una historia posterior, entre los partidos marxistas.
La clase y el partido
Existe la idea (la cual, por cierto, generó
en décadas anteriores varios significativos debates) de que para Marx y Engels
el partido es la clase obrera misma, que uno y otra configuran conceptos
intercambiables (6). Para ello, se nos remite, precisamente, a la frase
del Manifiesto “la organización del proletariado en clase y, por tanto en
partido político”, así como a expresiones similares expuestas en algunos otros
momentos, en particular, a partir de la Conferencia de Londres de 1871.
En el Manifiesto, Marx y Engels hacen un
breve esbozo histórico de las luchas de los obreros contra la burguesía, de las
distintas formas que aquéllas fueron adquiriendo, para concluir que, con la
unión cada vez mayor que de ello se había derivado entre los trabajadores, se
producen luchas que adquieren carácter nacional, es decir, que trascienden el
nivel de una fábrica o de una localidad. A partir de este momento, la lucha es
propiamente política, pues los trabajadores se enfrentan ya no con uno u otro de
los dueños de las empresas, sino con el poder del Estado, como poder que
defiende los interés colectivos de la clase capitalista ; es éste
propiamente el terreno de la lucha de clases, tal es el sentido de lo expuesto
en este escrito y que concluye escuetamente : “Mas toda lucha de clases es
una lucha política” (7).
Por eso, en múltiples ocasiones Marx señala
que la clase del proletariado es propiamente aquella que ha superado su esencia
exclusivamente social y se convierte en un conglomerado nacional, es decir,
político. Conviene recordar que cuando se refiere a otras clases, o sectores de
ellas, Marx no se limita exclusivamente a su referente económico y da
importancia, en el caso de una clase que es o busca ser dominante, a las
transformaciones políticas, jurídicas y culturales que logra en su proceso de ascenso (8).
De igual forma, sostiene que no conforman una clase quienes no logran su
integración nacional y los medios para expresar, por sí mismos, sus intereses,
por lo que no pueden más que ser representados, aunque tengan idénticas
condiciones de vida y trabajo (9).
Cuando Marx, en su polémica con Proudhon,
quien, precisamente, rechazaba la acción política de los obreros, señaló la
diferencia entre “clase en sí” y “clase para sí” (10), buscaba la manera
de sintetizar un proceso en el cual media la acción política y la conciencia
extraída de la experiencia. No es que Marx considere separadas en la realidad
la clase que se constituye en forma objetiva en el proceso de producción de
mercancías y la clase que ha de llevar a cabo la transformación revolucionaria
para superar ese régimen. Para él se trata, sin duda, de los mismos individuos,
de ahí su reiterada frase “la emancipación de los trabajadores ha de ser obra
de los propios obreros.” Es ésta una de las preocupaciones principales de Marx
y Engels frente a los “reformadores sociales”, que depositan en los
representantes de las clases “cultas”, la capacidad de conducir la lucha
emancipadora.
Pero eso no lo lleva a confundir el proceso
social que tiene su fundamento en la producción material, con el movimiento que
de ahí se desprende, superando las enormes limitaciones que impone el
“despotismo fabril”, para adentrarse en la acción que supera, por un lado, la
competencia entre obreros y, por el otro, la lucha de éstos con el patrón en lo
individual. No se identifica, por tanto – contra toda visión “determinista”-,
la formación objetiva de la clase de los obreros, en la cual éstos son sólo
“clase con respecto al capital” (11), con su propio movimiento,
necesariamente político, base del partido proletario (12).
En El Capital se analiza el proceso de
desarrollo capitalista de la sociedad, como proceso “histórico-natural”, del
que se deriva la conformación, junto a la burguesía moderna, de la clase
obrera. En lo que se refiere a las clases, Marx señala desde el Prólogo a la
primera edición :
“Pero adviértase que aquí sólo nos referimos a las personas en cuanto
personificación de categorías económicas, como representantes de determinados
intereses y relaciones de clase. Quien como yo concibe el desarrollo de la
formación económica de la sociedad (13) como un proceso histórico-natural,
no puede hacer al individuo responsable de la existencia de relaciones de que
él es socialmente criatura, aunque subjetivamente se considere muy por encima
de ellas.” (14)
Para Marx, a partir del momento en que el
obrero como individuo dispone sólo de su fuerza de trabajo para ser vendida al
capitalista como mercancía, es cuando “la producción de mercancías se
generaliza y se convierte en forma típica de producción ; es a partir de
entonces cuando todos los artículos se producen desde el primer momento para el
mercado y cuando toda la riqueza producida transcurre por los cauces de la
circulación. Sólo ahí donde tiene por base el trabajo asalariado se impone la
producción de mercancías a toda la sociedad y sólo allí desarrolla sus
potencias ocultas.” (15)
El curso histórico de las transformaciones
operadas en las formas de trabajo, dieron como resultado la conformación de
peculiares características en el obrero. En gran medida, el obrero se moldea
por las formas de su quehacer productivo, determinadas, a su vez, por el
capital. De una parte, al obrero, disociado del proceso material, se le
presenta éste como algo que les es ajeno ; es “mutilado”, pues depende de
otros obreros y, más aún, de la máquina, para la ejecución de su trabajo ;
la miseria le corrompe, no sólo física, sino también espiritualmente (16).
Pero, por la otra, todos los mecanismos que están encaminados al desarrollo del
régimen de producción, conforman a la clase obrera como la única que conlleva
su ser colectivo, su ser eminentemente social (17), producto de su propia
situación, del carácter que adquiere el trabajo que desempeña.
En realidad, toda la obra de Marx parte de la
conclusión de que en este sistema los procesos definitorios son eminentemente
sociales, es decir, colectivos y generalizados (18). Por ello, insiste en
que la conformación del proletariado como clase (como clase social) parte de
transformaciones operadas a nivel de la sociedad y, específicamente, del
proceso de socialización del trabajo.
A Marx le preocupa no sólo describir las
características y la situación objetiva que definen al obrero en el
capitalismo, sino, al igual que en los otros procesos que estudia, encontrar
las contradicciones que permiten la superación de lo existente. Los utopistas
no vieron “en la miseria más que la miseria”, pero de lo que se trata, para él,
es de encontrar en esas mismas condiciones el aspecto revolucionario que
conllevan (19). Las bases sobre las cuales surge y se desarrolla la
conciencia en la clase obrera están dadas por su existencia objetiva : la
explotación, la opresión del capital, la organización del trabajo, la
generalización del trabajo colectivo, etcétera. Sin embargo, ello no garantiza
por sí mismo que se tenga una visión exacta del significado y consecuencias de
esa existencia. De hecho, en el curso de la lucha obrera han surgido
innumerables interpretaciones teóricas, concepciones y prácticas que tienen la
misma base material, pero que no se les puede considerar igualmente válidas.
“Las aspiraciones y las tendencias generales -escribió Marx – de la
clase obrera emanan de las condiciones reales en que se encuentra. Por esto,
dichas aspiraciones y tendencias se hallan presentes en toda la clase, si bien
el movimiento se refleja en sus cabezas en las formas más diversas, de una
manera más o menos fantástica, o en un modo que corresponde más o menos a las
condiciones reales.” (20)
Y esto es así porque el mismo proceso
material oculta los verdaderos mecanismos de producción de la riqueza, de la
explotación, presentando lo que en realidad son procesos sociales, es decir,
generalizados, como relación de compra-venta entre individuos aislados ; a
la plusvalía como ganancia del dueño del capital, o como renta del dueño de la
tierra, o como interés del dueño del capital-dinerario ; al capital como
generador de nuevo valor ; a la ciencia y la técnica como fuerzas productivas
por sí solas, etcétera (21). En este sentido, toda la obra principal de
Marx está encaminada a descubrir los procesos tal cual transcurren realmente,
quitando el velo que los oculta, lo que le fue posible no sólo como señalaba
René Zavaleta por su genialidad intelectual, sino por la ubicación desde la que
conoce, el “horizonte de visibilidad” que adopta, o sea, el de la clase obrera,
el de la producción de plusvalía, que ya no el de la ganancia, el de la
burguesía, a la cual le es imposible, llegado un límite, conocer “contra sí
misma” (22).
Pero las diversas visiones que se generan en
la clase obrera no sólo tienen para Marx un origen en la enajenación del
trabajador, en la transfiguración de las relaciones materiales, sino también en
la influencia que sobre ella ejercen otras clases o sectores de clase, otras
ideas, otros programas y realizaciones políticos y sociales. La historia de los
agrupamientos en los que Marx y Engels participaron, les permitió conocer la
gran cantidad de elementos que interfieren en la configuración de una conciencia
revolucionaria entre los obreros. Bástenos recordar la polémica con los
sindicalistas británicos, por un lado, y con los anarquistas, por el otro, para
reconocer cuán lejos estuvo, de la conducta política de los autores del
Manifiesto, una reducción a los aspectos económicos.
Años después, Engels señalaría en polémica
con el determinismo económico, que la abstracción de elementos circunstanciales
(incluso económicos), con el fin de encontrar las regularidades que definen un
periodo histórico determinado, había que entenderla como requerimiento del
método histórico de Marx. Por ello, explica, el método se limita “con harta
frecuencia, a reducir los conflictos políticos a las luchas de intereses de las
clases sociales y fracciones de clases existentes, determinadas por el desarrollo
económico, y a poner de manifiesto que los partidos políticos son la expresión
política más o menos adecuada de estas mismas clases y fracciones de
clases.” (23)
¿Partido-vanguardia ?
Muchas de las opiniones que se sostienen
-pretendidamente a partir del Manifiesto – en el sentido de que Marx identifica
a la clase con el partido, buscan con ello combatir la concepción vanguardista
que se produjo a partir del postulado kautskiano de que la teoría y el programa
de una organización revolucionaria constituyen “factores externos a la clase
obrera”. (24)
En el Manifiesto, Marx y Engels señalan que,
si bien “los comunistas no forman un partido aparte, opuesto a los otros
partidos obreros”, tienen una serie de peculiaridades entre las que resalta el
que “teóricamente, tienen sobre el resto del proletariado la ventaja de su
clara visión de las condiciones, de la marcha y de los resultados generales del
movimiento proletario.” (25) A raíz de este planteamiento, efectivamente
se desarrolló la concepción de que el partido socialdemócrata, primero, y el
comunista, después, en la acepción que adquirió en el siglo XX, era portador
externo del “socialismo científico” (forma con la que se denominó al marxismo)
en la clase obrera, la cual, se agregó, era incapaz por sí sola de arribar al
conocimiento científico. A partir de ello, el partido de los marxistas fue
definido como el terreno de la fusión entre la teoría revolucionaria y el
movimiento obrero, como la “vanguardia del proletariado”.
Contrariamente a la versión de que Marx y
Engels manejan en forma difusa o ambigua el término partido obrero, es claro
que, como demuestra Lowy, tanto en la Ideología como en el Manifiesto, aquel se
refiere a organizaciones precisas entonces ya constituidas : “los
cartistas de Inglaterra y los partidarios de la reforma agraria en América del
Norte” (26) (National Reformer Association). En ambos casos, Marx y Engels
consideraron correcto que quienes mantenían una postura comunista no se desprendieran
de esas organizaciones, que en realidad eran auténticos movimientos políticos
de los obreros. De esta manera, las referencias a la relación de los comunistas
con los partidos obreros está directamente inspirada en la relación que
establecieron los Fraternal Democrats (en cuya constitución, como sabemos,
participaron Marx y Engels), con el cartismo, negándose a constituir “un
partido en el partido” (27).
Además, no hay que olvidar que los aspectos
que se señalan como característicos de los comunistas tienen la finalidad de
superar las concepciones sectarias que definían a los grupos comunistas de la
época, de los cuales Marx y Engels critican, precisamente, su desvinculación
con el movimiento real y, derivada de ello, su vocación redentora y
conspirativa.
Una respuesta mundial
Por otra parte, es importante detenerse en el
carácter internacional del partido obrero que impulsó el Manifiesto.
A partir de la formación de la Asociación
Internacional de los Trabajadores (AIT), ocurrida quince años después de la
revolución europea del 48, fue ampliamente recogida la idea, expuesta en el
Manifiesto, de que las formas para alcanzar la meta de la emancipación de los
trabajadores son nacionales, mientras que su contenido es, lo mismo que el
capital, de carácter internacional (28). Como se sabe, los partidos
socialistas y comunistas no solamente recogieron la divisa de la Liga :
“Proletarios de todos los países, uníos”, sino que de asumieron que la
organización de los comunistas fuese de carácter internacional.
Marx defendió persistentemente la idea de que
la naturaleza cada vez más internacional del capital, ya desde mediados del
siglo XIX, requería una respuesta que desbordara las fronteras nacionales, sin
eludir la existencia de Estados específicos y rasgos nacionales inconfundibles
en la lucha política de cada país. Por ello, mientras la comunicación y
coordinación internacionales eran un requerimiento de las luchas de los
obreros, el marco nacional al que se ciñe la forma específica del esfuerzo por
lograr la emancipación de los trabajadores, obligaba a basarse en la iniciativa
política y programática de las organizaciones locales de los obreros. Es decir,
el carácter internacional de la organización obrera no eliminaba o suplantaba
la dimensión nacional, por el contrario, era su complemento.
“Frente a la fuerza del capital -escribió Marx años después a los
miembros de la AIT -, la fuerza individual del hombre desaparece y el
trabajador, en las manufacturas, no es ya más que un engranaje de la
maquinaria. Para recobrar su individualidad, los trabajadores deben agruparse y
formar cooperativas en defensa de su vida y de su salario. Hasta ahora, estas
asociaciones tenían más bien carácter local ; solamente el capital,
gracias a los nuevos inventos industriales, ve crecer diariamente su fuerza, lo
que hace que gran número de cooperativas nacionales hayan caído en la
impotencia. Estudiando las luchas de la clase obrera inglesa, se advierte cómo
los dueños de las fábricas, para hacer frente a sus obreros, recurren a los
obreros extranjeros y a las mercancías por ellos elaboradas, allí donde los
salarios son más bajos. Frente a esta situación debe la clase obrera, si quiere
proseguir su lucha con perspectivas de éxito, transformar sus asociaciones
nacionales en agrupaciones internacionales.” (29)
El carácter internacional de las agrupaciones
obreras, como fueron los Demócratas Fraternos, la Liga de los Comunistas y,
finalmente, la AIT, fue entendido por Marx y Engels como una ventaja en
determinados momentos -se puede decir que iniciales- de la lucha obrera, pero
con el desarrollo de ésta cuidaron que fuera complemento de la organización
nacional dada la complejidad y expansión de la lucha política en los marcos de
cada nación.
Así, en los años posteriores a la Comuna de
París y habiéndose disuelto la AIT, Marx y Engels realizan una intensa
actividad con los dirigentes de muchos de los partidos obreros que entonces
comenzaban a surgir. La permanente preocupación de los autores del Manifiesto,
en el sentido de descubrir las peculiaridades de cada país, de forma que no se
trasladaran mecánicamente experiencias válidas para determinados lugares a
otros en los que la situación exigía soluciones originales, se expresó de la misma
forma en la cuestión del partido. Así, por ejemplo, mientras que para naciones
como Francia y Alemania consideraron de vital importancia establecer con clara
precisión los objetivos obreros revolucionarios, para lo cual impulsaron la
diferenciación orgánica de sus seguidores respecto a otras posiciones de los
trabajadores (lasallistas, anarquistas o reformistas), para lugares como
Inglaterra y Estados Unidos lo que les importó fue la constitución de una
amplia agrupación, independiente y unitaria, de los trabajadores, y no la
postura teórica o la definición programática de ésta. Asimismo, en el caso de
Rusia, país del que esperaban una pronta revolución, llegaron a considerar
válida, incluso, la organización conspirativa que tanto combatieron en otros
lugares y momentos.
El Manifiesto y los partidos de hoy
El largo proceso que habría de transcurrir
entre 1847, año en que fue escrito el Manifiesto, y la última década del siglo
XIX, cuando se consolidan los partidos obreros de masas en los que fue
predominando el marxismo, no dio como resultado lo que Marx y Engels imaginaron
o quisieron, sino lo que determinaron los diferentes requerimientos y
posibilidades del movimiento político en cada momento. De tal forma, no puede
ser atribuible a Marx ni a Engels planteamientos que se desarrollarían, en
particular en la década de los treinta del siglo XX (30) , pero tampoco,
como hemos visto, la identificación entre clase social y partido o viceversa.
Con frecuencia se olvidan las referencias que
en el último apartado del Manifiesto se hacen a la acción diversa de los
comunistas en países como Suiza, Francia y Polonia, tanto como Inglaterra,
Estados Unidos o Francia. Considerando las distintas circunstancias políticas,
actuando con diferentes fuerzas, el planteamiento general se resume en la idea
de que “los comunistas luchan por alcanzar los objetivos e intereses inmediatos
de la clase obrera ; pero, al mismo tiempo defienden también, dentro del
movimiento actual, el porvenir de ese movimiento.” (31) O bien, en
palabras de Engels, de lo que se trata es de “representar el movimiento del
futuro en el movimiento del presente”.
A ciento cincuenta años de escrito el
Manifiesto, la propuesta abierta, unitaria, solidaria, internacionalista que
éste contiene, vuelve a expresar lo más avanzado en cuanto al concepto de
partido se refiere. Comienza hoy a ser superada la historia de más de un siglo
de los partidos obreros &endash historia en no pocos casos heroica pero
también trágica &endash que los llevó a incursionar en diversas
experiencias políticas que perdieron de vista la distinción, siempre presente
en la obra y la acción de los autores del Manifiesto, entre la estructura
orgánica específica, dependiente de las condiciones políticas de cada momento,
y el partido como encarnación histórica de las ideas y la actividad
transformadora tendientes a superar el capitalismo (a los que, en cierto
momento, Marx distinguió como “partido en sentido efímero” y el “partido en
sentido histórico”).
No sólo se está, ahora, ante el reto de
aprender del pasado y comprender las nuevas condiciones y los diferentes
actores que pueden conjuntar sus esfuerzos, en una actitud plural que permita
convivir y actuar con la diversidad de los “otros” empeñados igualmente en
superar el “orden de cosas actual”. Seguramente, no serán los partidos de
diversa índole los únicos actores de esa empresa, pues nuestras sociedades son
cada vez más complejas y tienen, por fortuna, constante capacidad de inventiva
para renovar, crear, sumar, los instrumentos organizativos necesarios para
hacerse oír y cambiar el presente.
———————————–
Notes
1. F. Engels. “Prólogo a la edición alemana de 1890
del Manifiesto”, en Biografía del Manifiesto, Cía. General de Ediciones,
México, 1061, p.63.
2. “En 1847, el concepto de ‘socialista’ abarcaba
dos categorías de personas. Unas eran las que abrazaban diversos sistemas
utópicos, y entre ellas se destacaban los owenistas en Inglaterra, en Francia
los foureristas, que poco a poco habían ido quedando reducidos a dos sectas
agonizantes. En la otra formaban los charlatanes sociales de toda laya, los que
aspiraban a remediar las injusticias de la sociedad con sus potingues mágicos y
con toda serie de remedios, sin tocar en lo más mínimo, claro está, al capital
ni a la ganancia. Gentes unas y otras ajenas al movimiento obrero, que iban a
buscar apoyo para sus teorías a las clases ‘cultas’. El sector obrero que,
convencido de la insuficiencia y superficialidad de las meras conmociones
políticas, reclamaba una radical transformación de la sociedad, apellidábase
comunista. Era un comunismo toscamente delineado, instintivo, vago, pero lo
bastante pujante para engendrar dos sistemas utópicos: el del ‘ícaro’ Cabet en
Francia, el de Weitling en Alemania.” Ibid.
3. K. Marx, F. Engels, “Manifiesto del Partido
Comunista”, op.cit., p.104.
4. Nos referimos especialmente a las que se
contienen en historias del movimiento obrero y manuales de marxismo elaborados
por la Academia de Ciencias de la URSS. Cf., entre otros, Varios, Movimiento
obrero comunista y de liberación nacional. 1760-1939, Ed. Pueblo y Educación,
La Habana, 1986, p.32.
5. K. Marx, “Las luchas de clases en Francia”, en
Obras Escogidas en 2 tomos, t.1, Ed. en Lenguas Extranjeras, Moscú, p.225.
6. Cf., entre otros, a Fernando Claudín, Marx,
Engels y la revolución de 1848, op.cit.; Rossana Rosanda, “De Marx a Marx:
clase y partido”, en Teoría marxista del partido político, 3, Ed. Pasado y
Presente, México 1973; Carlos Pereyra, “La idea del partido en Marx” y Arnoldo
Martínez Verdugo, “Clase y partido en Marx”, en El partido obrero en Marx, Ed.
CEMOS-ECP, México, 1985.
7. K. Marx y F. Engels, “Manifiesto…”, op.cit.,
p.31.
8. “Las revoluciones de 1648 y de 1789 no fueron
revoluciones inglesas y francesas; fueron revoluciones de tipo europeo. No
representaban el triunfo de una determinada clase de la sociedad sobre el viejo
régimen político; eran la proclamación de un régimen político para la nueva
sociedad europea. En ellas había triunfado la burguesía; pero la victoria de la
burguesía significaba el triunfo de un nuevo régimen social, el triunfo de la
propiedad burguesa sobre la propiedad feudal, de la nación sobre el provincialismo,
de la concurrencia sobre los gremios, de la partición sobre el mayorazgo, del
sometimiento de la tierra al propietario sobre el sometimiento del propietario
a la tierra, de la ilustración sobre la superstición, de la familia sobre el
linaje, de la industria sobre la pereza heroica, del derecho burgués sobre los
privilegios medievales.” K. Marx “La burguesía y la contrarrevolución”, en
Obras escogidas, op.cit. p.58.
9. “Por cuanto existe –leemos en El dieciocho
Brumario– entre los campesinos parcelarios una articulación puramente local y
la identidad de sus intereses no engendra entre ellos ninguna comunidad,
ninguna unión nacional y ninguna organización política, no forman una clase.
Son, por tanto, incapaces de hacer valer su interés de clase en su propio
nombre, ya sea por medio de un parlamento o por medio de una Convención. No
pueden representarse, tienen que ser representados.” Op.cit., p.341.
10. K. Marx, Miseria de la Filosofía, op.cit.
p.169.
11. Ibid.
12. En un trabajo que tuvimos oportunidad de
debatir, Carlos Pereyra escribe críticamente: “La ambigüedad del vocablo
partido en los textos de Marx no proviene sólo, como se dice más arriba, de que
era una novedad terminológica a mediados del siglo pasado y de que el fenómeno
mismo de organización política en instituciones estructuradas apenas comenzaba
a manifestarse, sino de la tendencia observable en sus escritos a identificar
agentes (fuerzas) sociales con agentes (fuerzas) políticos. Por ello los términos
clase y partido son intercambiables en numerosos pasajes de su obra.” Carlos
Pereyra, “La idea de partido en Marx”, en op.cit., p.39.
13. Sin duda es más correcto, como lo han señalado
varios autores, la traducción de formación económico-social, que integra en un
solo concepto el aspecto económico y el social, de forma que, si bien se
separan con fines analíticos las relaciones materiales, éstas no son
comprendidas al margen del conjunto social. Cf. entre otros, C Luporini, El
concepto de “formación económico-social”, Ed. Pasado y Presente, México, 1978;
V. Gerratana, Investigaciones sobre la historia del marxismo II, Ed. Grijalbo,
España, 1975.
14. K. Marx, El Capital, T.I, De. FCE, México,
1974, p.xv.
15. Ibid., p.495.
16. “…todos los métodos –leemos en El
Capital–encaminados a intensificar la fuerza productiva social del trabajo se
realizan a expensas del obrero individual; todos los medios enderezados al
desarrollo de la producción se truecan en medios de explotación y
esclavizamiento del productor, mutilan al obrero convirtiéndolo en un hombre
fragmentario, lo rebajan a la categoría de apéndice de la máquina, destruyen
con la tortura de su trabajo el contenido de éste, le enajenan las potencias
espirituales del proceso del trabajo en la medida en que a éste se incorpora la
ciencia como potencia independiente; corrompen las condiciones bajo las cuales
trabaja; le someten, durante la ejecución de su trabajo, al despotismo más
odioso y más mezquino; convierten todas las horas de su vida en horas de
trabajo; lanzan a sus mujeres y sus hijos bajo la rueda trituradora del
capital.” Ibid, ps. 546-547.
17. “Es evidente que esta interdependencia directa
de los trabajos –escribe Marx en relación a los efectos que produce la
manufactura– y, por tanto, de los obreros que las ejecutan, obliga a éstos a no
invertir en su función más que el tiempo estrictamente necesario para
realizarlos, con lo que establecen una continuidad, una uniformidad una
regularidad, una reglamentación, y sobre todo una intensidad de trabajo
completamente distintas a las de los oficios independientes e incluso a las de
la cooperación simple.” Ibid, p.280. Y agrega en relación a la implantación de
la gran industria: “En la cooperación simple, e incluso en la cooperación
especificada por la división del trabajo, el desplazamiento del obrero aislado
por el obrero colectivo se presenta siempre como algo más o menos casual. La
maquinaria, con algunas excepciones…, sólo funciona en manos del trabajo
directamente socializado o colectivo.” Ibid, ps. 315-316.
18. Al grado de que, en el tomo III de El Capital,
al analizar el sistema crediticio y la aparición de las sociedades anónimas, de
lo que sólo vio el inicio, Marx plantea: “El capital, que descansa de por sí
sobre un régimen social de producción y presupone una concentración social de
medios de producción y fuerzas de trabajo, adquiere así directamente la forma
de capital de la sociedad (capital de individuos directamente asociados) por
oposición al capital privado, y sus empresas aparecen como empresas sociales
por oposición a las empresas privadas. Es la supresión del capital como
propiedad privada dentro de los límites del mismo régimen capitalista de
producción.” Ibid, t.3, p.415.
19. Cf. K. Marx, Miseria de la Filosofía, op.cit.,
p.121.
20. K.Marx, “Carta a Paul y Laura Lafargue”, citada
en L.Basso, Socialismo y Revolución, Ed. Siglo XXI, México, 1975, p.257.
21. Lo que denomina “fetichismo de la mercancía” es
para Marx la “apariencia material” de lo que en realidad son “condiciones
sociales del trabajo”. Al explicar la determinación del valor de las
mercancías, escribe: “Estas (las magnitudes de valor) cambian constantemente,
sin que en ello intervengan la voluntad, el conocimiento previo ni los actos de
las personas entre quienes se realiza el cambio. Su propio movimiento social
cobra a sus ojos la forma de un movimiento de cosas bajo cuyo control están, en
vez de ser ellos quienes las controlen.” K.Marx, El Capital, op.cit., p.40.
22. R. Zavaleta Mercado, “Clase y conocimiento”, en
Historia y Sociedad, No.5, México.
23. F. Engels, “Introducción a ‘Las luchas de
clases en Francia de 1848 a 1850′”, escrito en 1895, op.cit., p.113.
(Subrayados nuestros). En sentido similar se había expresado Engels en 1890 en
carta a J. Bloch, explicando la tan debatida “determinación en última
instancia”. “La situación económica –escribió– es la base, pero las diversas
partes de la superestructura –las formas políticas de la lucha de clases y
consecuencias, las constituciones establecidas por la clase victoriosa después
de ganar la batalla, etc.– las formas jurídicas –y en consecuencia inclusive
los reflejos de todas esas luchas reales en los cerebros de los combatientes:
teorías políticas, jurídicas, ideas religiosas y su desarrollo ulterior hasta
convertirse en sistemas de dogmas– también ejercen su influencia sobre el curso
de las luchas históricas y en muchos casos preponderan en la determinación de
su forma.” En Correspondencia, tomo 3, ECP, México, 1972, p.166.
24. Cfe K.Kautsky, citado por V.I. Lenin, ¿Qué
hacer?, Moscú, Ed. Progreso, 1971, p.39.
25. K.Marx y F.Engels, “Manifiesto…”, op.cit.,
p.35.
26. Op. cit., p.53. Especial interés reviste la
postura de Marx ante el movimiento que expresó la National Reformer, en su
polémica con el emigrado alemán Herman Kriege, quien tuvo importante influencia
en ese movimiento, Marx escribió, explicando su ruptura con éste: “Si Kriege
hubiera concebido el movimiento de emancipación como una primera forma del
nuevo movimiento proletario, necesaria bajo determinadas condiciones
específicas, como un movimiento que, por las condiciones de vida de la clase de
que arrancaba, estaba destinado a desarrollarse hasta convertirse en un
movimiento comunista; si hubiera demostrado cómo las tendencias comunistas en
Norteamérica tenían que empezar forzosamente asumiendo esa forma agraria,
aparentemente contraria a todo comunismo, no hubiéramos tenido nada que
oponerle.” Citado en la notas de Riazanov, en Biografía del Manifiesto,
op.cit., p.286.
27. Lowy cita un discurso de J.Harney y otro de
Jones, dirigentes cartistas que dirigieron a los Fraternal Democrats, de éste
último leemos: “En el momento de la creación de la Unión reinaba una ligera
desconfianza respecto de los Fraternal Democrats; se suponía que era una
tentativa de sustituir el movimiento cartista por otro, para crear un partido
en el partido. En la actualidad, se sabe que todo miembro de la Unión debe ser
ante todo cartista y que ser cartista es una condición para ser admitido en la
Unión.” M. Lowy, La teoría de la revolución en el joven Marx, Siglo XXI
Editores, México, 1979, p.204.
28. “Por su forma, aunque no por su contenido, la
lucha del proletariado contra la burguesía es primeramente una lucha nacional.
Es natural que el proletariado de cada país debe acabar en primer lugar con su
propia burguesía.” “Manifiesto…”, op.cit., p.33
29. K.Marx, “Llamamiento del Consejo General de la
AIT a las Secciones, Sociedades filiales y a todos los trabajadores”, en La
Internacional, FCE, México, 1988., p.521.
30. Para Stalin, en forma similar a lo que
planteara la Segunda Internacional, a una clase (el proletariado) corresponde
un partido (el partido-de-la-clase-obrera), su “vanguardia”, por ello “allí
donde no existen varias clases, no puede haber varios partidos…”, citado en M.
Johnston, Teoría marxista del partido político, op.cit., p.113.
31. K. Marx y F. Engels, “El Manifiesto…”, op.cit.,
p.54.
Dra. Elvira Concheiro

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