© Libro N° 7998.
Economía Política Y Economía Política Marxista.
Chattopadhyay, Paresh. Emancipación. Noviembre 21 de 2020.
Título
original: ©
Economía Política Y Economía Política Marxista.
Paresh Chattopadhyay
Versión Original: © Economía Política Y Economía Política
Marxista. Paresh Chattopadhyay
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Economía Política
Y Economía Política Marxista
Paresh
Chattopadhyay
Economía Política Y
Economía Política Marxista
Paresh Chattopadhyay
La expresión “economía política” comienza a estar
crecientemente en boga en los países de habla inglesa (en la Europa continental
se ha utilizado siempre). En general, esta expresión se enarbola como un
estandarte de rebelión contra la llamada economía “ortodoxa”. Pero el
significado que se le confiere dista mucho de estar claro. Sin duda alguna, no
puede tratarse sólo de intentar contraponer el término “economía” al término
“economía política”. En las siguientes páginas intentaré plantear –de manera esquemática,
lo reconozco- algunos de los problemas que ello implica.
I
“Economía”, como es bien sabido, significaba
originariamente en griego “el arte de la administración de la casa”. A medida
que la evolución política fue siguiendo en Grecia la secuencia
casa-pueblo-ciudad-estado, el estudio de la administración de la casa quedó
englobado dentro del estudio de la “política”, y Aristóteles consideró
las cuestiones económicas en el primero de los libros de su Política.
El primer autor que utilizó la expresión “economía política” fue Antoine
de Montchrétien [1]. Su obra trataba de la
economía del Estado y el interés del autor se centraba principalmente en las
finanzas del Estado. Más de un siglo después, el artículo que escribió Rousseau sobre
el tema para la famosa Encyclopédie en realidad versaba sobre
política y no sobre economía, tal como suele entenderse habitualmente este
término. Aproximadamente por las mismas fechas, François Quesnay habló
de “gobierno económico”[2].
El primer autor que utilizó la expresión en
cuestión en habla inglesa fue James Steuart, en un libro publicado
nueve años antes de la aparición de la gran obra de Adam Smith [3]. El concepto de “economía
política” de Steuart puede considerarse una generalización del
de Aristóteles. “Economía”, escribió, “es el
arte de proveer a todas las necesidades de una familia, con la prudencia y
frugalidad…Lo que la economía es para la familia, la economía política lo es
para un estado”[4]. A su vez, Adam
Smith consideró “economía política como una rama de la ciencia
de un estadista o legislador”[5]. Aunque más adelante, en
la misma obra, Smith restringió considerablemente el alcance
del término al descargar al soberano de “la obligación de supervisar la
actividad privada, dirigiéndola hacia las ocupaciones más ventajosas a la
sociedad”[6]. Esto era tanto como dotar
de un nuevo significado al antiguo término “economía política”, tal como más
tarde señalaría correctamente Henry Sidgwick[7]. Por
otra parte, una década antes de publicarse el tratado de Smith,
Turgot ofreció una nueva concepción del alcance del tema, limitándolo
al estudio de la “producción y distribución de la riqueza”. Más tarde, Smith se
hizo eco de ello al afirmar que el propósito de la economía política era
“enriquecer al soberano y al pueblo” y equiparar el tema al estudio de “la
naturaleza y causas de la riqueza de las naciones”[8].
El cambio resulta claramente visible en el
vulgarizador de Smith en el continente, J.B. Say,
quien, en el mismo título de su obra, hablaba de la economía política como del
estudio de “la manera en que se produce, distribuye y consume
riqueza”. Como señalaría más tarde Marx, Smith “hasta
cierto punto, ha cubierto la totalidad de su territorio [del territorio de la
economía política], de forma que Say pudo resumirlo en un libro de texto,
superficialmente, pero sistemáticamente”[9]. Sobre este particular, no
encontramos ninguna diferencia esencial entre Say y Ricardo,
excepto que este último puso el acento sobre la distribución del “producto de
la tierra” como principal preocupación de la materia. Además, Ricardo,
en el título de su gran obra, separó las esferas de la economía política y del
gobierno. Más adelante, los “economistas políticos vulgares” (en el sentido
de Marx) aceptaron el alcance de la materia que así quedaba
esbozado. J. R. McCulloch, por ejemplo, definió la economía
política como “la ciencia de las leyes que regulan la producción, la
acumulación, la distribución u el consumo de los artículos o productos que son
necesariamente útiles o agradables para el hombre y poseen un valor de cambio”[10], y Nassau Senior señaló
que la ciencia de la economía política “explica la naturaleza,
producción y distribución de la riqueza”[11]. John Stuart Mill también
siguió la misma senda[12].
Todos los famosos fundadores de la escuela
marginalista –Menger, Jevons, Walras– dieron a sus tratados el título
de “economía política”[13], la cual, en su
forma “pura”, según Walras, era la “teoría de
la riqueza social” (empleándose el término “social” en el sentido de
“agregado”)[14], aunque su manera de
tratar el tema difería básicamente de la manera en que lo trataron los
clásicos. Lo mismo puede decirse de los representantes destacados de la
“segunda generación” de marginalistas. Wicksell, Wicksteed y Pareto. Marshall,
desde luego, rechazó deliberadamente la “economía política” a
favor de la “economía”, pues la palabra “política” le
parecía inconveniente[15]. Bajo la influencia
de Marshall, la “economía política” quedaría
desplazada posteriormente, en general, por la “economía” [economics: lo
económico] en la literatura anglo-norteamericana, pese a que el propio Marshall trató
a la “economía” y la “economía política” como equivalentes en su definición de
la materia. Por nuestra parte, empero, no vemos motivo alguno para que una obra
neomarginalista como Value and Capital [Valor y capital] de Hicks (1939)
o Fundamentos del análisis económico de Samuelson (1947)
no pudiera haberse titulado “Teoría (o Principios) de economía política”,
siguiendo los pasos de sus antecesores. Así ocurre precisamente con el gran
tratado de James Meade que en estos momentos se está
publicando en varios volúmenes[16]. De hecho, la “economía
política” continuó su existencia en la Europa continental independientemente de
los cambios introducidos en su alcance y objetivos.
Por lo que respecta a la posición marxista sobre
este tema, Marx en general no habló de “economía política”
como tal, sino de la “crítica de la economía política”, empleando
la expresión sobre todo en relación a los autores clásicos. Marx nunca
definió la economía política, pero Engels sí lo hizo. Según
este último, la economía política estudia “las leyes que rigen la
producción y el intercambio de los medios materiales de vida en la sociedad
humana”[17]. Más tarde, Oskar
Lange, en su obra inacabada sobre la materia, en la cual adoptó una
posición marxista (en contraposición a su posición anterior esencialmente
burguesa de las décadas de 1930 y 1940), definió la economía política
como “la ciencia de las leyes sociales que rigen la producción y la
distribución de los medios materiales que sirven para satisfacer las
necesidades humanas”, y argumentó que su definición era equivalente a la
de Engels[18]. Si comparamos el campo de
la materia así delimitada con el que se fija la economía política clásica o
incluso vulgar, antes citados, no encontramos ninguna diferencia esencial entre
ellos, formalmente hablando (recuérdese la definición de riqueza que ofrecía Marshall como “bienes
materiales que satisfacen las necesidades humanas”[19]). La siguiente frase
de Sidgwick resume muy correctamente toda la situación: “desde
Smith en adelante, las relaciones y actividades sociales de que se ocupa
principalmente la economía política se han concebido habitualmente como
actividades y relaciones conectadas con la riqueza; y los autores del siglo XIX
las han clasificado normalmente bajo cuatro epígrafes, a saber, producción,
distribución, intercambio y consumo; o bajo tres de estos cuatro, omitiendo con
frecuencia uno u otro de los dos últimos como apartado separado”[20].
II
Como ya hemos indicado antes, la economía era una
parte integrable de la política y generalmente estaba subordinada a ésta dentro
de la tradición de la economía política anterior a Turgot y Smith. A
partir de estos autores, y particularmente de sus sucesores inmediatos, esta
tradición por lo general se perdió. Más tarde, y pese a que se seguía empleando
el mismo término, esto es, “economía política”, para designar la materia, su
contenido experimentó una transformación fundamental en la economía política vulgar
comparada con la economía política clásica. (Empleo estos términos en el
sentido de Marx. Como es bien sabido, para Marx la
economía política clásica investigaba las relaciones reales de
la producción burguesa, la economía política vulgar se preocupaba sólo de
la apariencia de estas relaciones.
La economía política marginalista fue,
naturalmente, una derivación de la economía política vulgar y todavía se
diferenció más tajantemente de la economía política clásica. (A mi entender, el
término “neoclásica” resulta algo engañoso cuando se emplea para designar a la
escuela marginalista, por cuanto la contrarrevolución marginalista supuso un
rechazo prácticamente total de los principios básicos de la economía política
clásica). La distinción que establece Luigi Pasinetti entre el
“tipo de escasez” de los marginalistas y el “tipo de producción” de los
clásicos tiene su sentido, aunque a mí me parece excesivamente simplificada[21]. Fundamentalmente,
intervienen dos rasgos diferenciadores. En primer lugar, los marginalistas
abandonaron las condiciones de la producción a favor de las condiciones del
consumo, como determinantes del valor. En segundo lugar, para ellos la
distribución no significaba el reparto del producto nacional entre las tres
clases principales de la sociedad burguesa, sino la determinación de los
precios de los servicios de los “factores de producción” como una parte más de
la teoría general de los precios; en otras palabras, consideraban que la
distribución emanaba de las relaciones de intercambio haciendo abstracción de
las relaciones de producción. Estas dos características procedían de Say.
La relación entre la economía política vulgar
y Marx es demasiado conocida y se comprende lo suficientemente
bien para que no sea necesario discutirla aquí. En cambio, valdría la pena
decir algunas palabras sobre la relación de Marx con la
economía política clásica, vista la existencia de algunos malentendidos
bastante generalizados sobre este tema.
Incluso entre personas que miran con simpatía el
marxismo, existe la fuerte impresión de que Marx fue un
“heredero” de la escuela clásica y, en particular, de Ricardo, aun
cuando fuera un heredero crítico. Maurice Dobb ofrece un buen
ejemplo en este sentido. “Marx”, escribió, “tomó (la
teoría del valor) de la economía política clásica”[22]. Más de treinta años
después, el mismo autor hablaba de la “tradición del valor y la
distribución de Ricardo-Marx” y de “un retorno a Ricardo y
Marx”[23].
Marx, desde
luego, fue un gran admirador de la economía política clásica y le movieron a
ello dos razones fundamentales: primeramente, su método científico (con todas
sus limitaciones) y, en segundo lugar, el hecho de que pusiera al descubierto
las relaciones reales de producción de la sociedad burguesa. Estas dos
características alcanzaron su culminación en Ricardo[24]. Pero la gran admiración
que sentía Marx por la economía política clásica (y por Ricardo en
particular) no debe hacernos olvidar el hecho de sus diferencias fundamentales con
aquélla, diferencias que equivalen a lo que Althusser ha
designado recientemente como un “corte (coupure) epistemológico” en
la continuidad de la economía política.
La crítica de la economía política clásica
por Marx tuvo dos vertientes. En primer lugar, la economía
política clásica, como parte de la concepción burguesa del mundo, sufría las
mismas limitaciones que esta última, a saber, sus categorías, al igual que
todas las instituciones burguesas, se consideraban “eternas” y no “históricas”,
una manifestación particular de lo cual era que el capital apareciera tratado
en la economía política clásica como un instrumento de producción y no como
una relación social definida. En segundo lugar, y
en relación con lo anterior, está la crítica inmanente de Marx a
la economía política, esto es, a la ley del valor, y a partir de ella a la
plusvalía. La posición de Marx sobre este tema estaba, citando
a Engels, “en directa contraposición con todos sus
predecesores. (…) Para saber qué era la plusvalía, (Marx) tenía que saber qué
era valor. Y el único camino que se podía seguir, para ello, era el
de someter a crítica, ante todo, la propia teoría del valor de Ricardo”[25]. Esta “contraposición directa” queda de manifiesto
en la severa crítica que hace Marx a la economía política
clásica por su confusión, así como por su falta de distinción, entre el trabajo
y la fuerza de trabajo, entre el valor y la forma valor, entre el precio de
coste y el valor, entre la plusvalía y sus formas de existencia. Igualmente
severa fue la crítica de Marx a las incapacidad de los
clásicos para distinguir entre capital constante y capital variable y al hecho
de que no tuvieran en cuenta el capital constante dentro del proceso de
acumulación, por una parte, y a su confusión del capital constante con el
capital fijo y del capital variable con el capital circulante, por otra[26]. Cualquiera que lea
atentamente a Marx debería comprender que estas no son simples
cuestiones de detalle, sino que expresan una crítica fundamental de
la doctrina clásica.
III
Finalmente, podríamos preguntarnos qué aportan a
“la economía política” aquellos miembros de la profesión académica que en estos
momentos han declarado la guerra al llamado sistema “neoclásico” (incluida su
versión neo-neoclásica). Los llamados neo-keynesianos de Cambridge, que
encabezan esta rebelión, han puesto claramente de relieve la extremada
irrealidad y mistificación de la postura “ortodoxa”. Esta última ha sido
atacada por diversos motivos y el punto de partida de las críticas ha
consistido en negar la construcción teórica habitual de una economía
perfectamente competitiva (en particular en su versión de “equilibrio general”)
que aseguraría, simultáneamente, una asignación eficiente de los bienes y
recursos así como la soberanía del consumidor (desembocando finalmente en la
llamada “optimalidad de Pareto”), construcción que era de hecho una
racionalización del orden social capitalista[27]. Se ha puesto de relieve
que los supuestos básicos de la teoría económica “ortodoxa” o bien son
imposibles de verificar, como ocurre con la maximización de la utilidad por
parte de los consumidores, o bien entran en contradicción directa con la
experiencia real, como ocurre con la divisibilidad perfecta, las funciones de
producción homogéneas de primer grado y continuamente diferenciables, el
perfecto conocimiento de los precios relevantes, las previsiones perfectas,
etc. Recientemente se ha dirigido un considerable número de críticas contra la
teoría “neoclásica” de la productividad marginal aplicada a la distribución,
sobre todo por lo que respecta al capital. Esta crítica incluye, en primer
lugar, el rechazo de la noción de una “función de producción” (la cual implica
la igualdad entre la relación de los productos marginales y la relación de los
precios de los “factores”); y, en segundo lugar, una cierta circularidad del
razonamiento inherente a la postura “neoclásica” sobre el capital, a resultas
del hecho de que no es posible medir el capital si no se conoce el tipo de
interés, el cual, a su vez, se supone que viene determinado por una función de
producción en la que el capital interviene como input. En
tercer lugar, los economistas “ortodoxos” han legitimado la existencia del
beneficio como renta de la propiedad a través de una confusión deliberada entre
el capital en tanto que bienes de equipo y materiales físicos que incorporan
unos conocimientos técnicos y el capital como fondos financieros materializados
en la organización empresarial.
La anterior exposición parece cubrir –reconozco que
de forma excesivamente simplificada- los principales aspectos de la crítica de
Cambridge a la teoría económica “ortodoxa”, crítica que iniciaron Piero
Sraffa y Allyn Young en la década de 1920 y que, más
tarde, han continuado principalmente Joan Robinson, Nicholas
Kaldor y Luigi Pasinetti, aun cuando existen importantes
diferencias entre ellos. Ahora bien, esta crítica antimarginalista, aunque sin
duda es significativa, sin embargo no puede considerarse fundamental. En
primer lugar, en su crítica de lo que ellos consideran la teoría “neoclásica”
del valor, los “neokeynesianos” paradójicamente aceptan el punto de vista
“neoclásico” en sí –el cual, dicho sea de paso, es característico de la
economía política vulgar-, a saber, la identificación del valor con los precios
relativos[28].
De hecho, esta crítica anti-“ortodoxa” no
representa más que el rechazo de una estructura particular de
mercado, esto es, de la competencia perfecta que defienden los “ortodoxos”,
junto con sus supuestos implícitos. Básicamente, ambas partes conciben el valor
como una relación entre mercancías que son objeto de inteercambio y no como una relación
social entre las personas en tanto que productoras. Los “rebeldes” no
aceptan que el valor viene determinado por el tiempo de trabajo –excepto, tal
vez, en el caso muy especial y poco probable de una igualdad entre el producto
nacional y los salarios (como sostiene Sraffa y Joan
Robinson) – y Robinson, la más locuaz de los tres, lo rechaza
deliberadamente.
Su posición al respecto representa un retroceso en
relación a Ricardo (al cual admiran), quien partió de la
determinación del valor según el tiempo de trabajo, lo cual, según Marx,
constituye “el fundamento, el punto de partida de la fisiología del sistema
burgués”[29]. “Las mercancías”,
escribió Marx, resumiendo las ideas de Ricardo, “tienen
valor únicamente en tanto que representantes de trabajo humano, no en tanto que
son cosas en sí mismas, sino en tanto que son encarnaciones de trabajo social”[30]. Como es bien sabido, el
hecho de mantener consecuentemente este concepto de valor es lo que distingue
a Ricardo de los restantes economistas burgueses y lo que le
valió ser atacado por la economía política vulgar con la misma intensidad con
que le admiraba Marx[31]. El “sistema patrón”
de Sraffa –que supuestamente representaría un avance con
respecto a la “teoría del valor trabajo”- de hecho no viene a representar más
que una evasión de las relaciones de producción y, por tanto, un rechazo del
valor como relación social.
En segundo lugar, a menos que se acepte la
determinación del valor por el tiempo de trabajo, es imposible demostrar
lógicamente que las relaciones de distribución son un
resultado de las relaciones de producción, tal como queda patente en las
teorías de la distribución propagada por los críticos de Cambridge. Si bien el
“modelo de Cambridge” de la distribución de la renta rechaza justificadamente
la llamada función de producción agregada “neoclásica” (con la teoría asociada
de la productividad marginal) y destaca la participación de las clases en el
producto nacional, al mismo tiempo pretende demostrar que la distribución del
producto nacional viene determinada por las operaciones de ahorro e inversión
realizadas fuera del proceso de producción en sí. Así, en el
modelo de Kaldor-Pasinetti, se establece una relación directa entre
la relación beneficio/renta y la relación inversión/renta (y una relación
inversa entre la primera y la propensión al ahorro de los capitalistas). Sin
embargo, como señala Kaldor, “el modelo presenta la parte
de los beneficios, la tasa de de beneficios sobre la inversión y la tasa de
salarios reales como funciones de una relación inversión/producto que, a su
vez, viene determinada independientemente”[32]. Pasinetti lo
expresa más sucintamente: “El volumen de inversiones, como proporción
de la renta total, viene determinado únicamente desde el exterior del sistema
económico”[33]. Sraffa deja
bien clara la independencia de las relaciones de distribución con respecto a
las relaciones de producción cuando escribe que: “El tipo de
beneficio…es así susceptible de ser determinado desde fuera del sistema de
producción”[34], y Kaldor y
Pasinetti lo ponen en práctica en cierto sentido al postular la
independencia de la cantidad de inversión con respecto a la participación de
los beneficios[35], en clara contraposición
con el supuesto de la economía política clásica de la relación directa entre la
acumulación de capital y la participación de los beneficios. Puede señalarse,
sin embargo, que Kaldor, de manera algo inconsecuente, hace
depender parcialmente la inversión de la tasa de beneficio al menos en una
versión de su modelo de crecimiento, en contraposición a su modelo de
“distribución”[36].
De todo lo cual parece seguirse que las
realizaciones de los “rebeldes” de Cambridge, que tanto entusiasmo manifiestan
por la economía política clásica, no están ni mucho menos a la altura del
elevado puesto alcanzado por esta última, sobre todo con Ricardo,
quien analizó las relaciones de distribución sobre la base de las relaciones de
producción y el cual, pese a todo su énfasis sobre la distribución del
“producto de la tierra”, fue calificado significativamente por Marx como “el
economista de la producción par excellence”[37]. Es innecesario añadir que
los “rebeldes” de Cambridge comparten con sus oponentes (y, en términos
generales, con el resto de la economía política burguesa) la noción de que el
capital es un factor o instrumento de producción, una cosa, y
no una relación (social) de producción.
Podríamos añadir de paso que si esta es la posición
de los “neo-keynesianos”, peor resulta aún la posición de aquellos “marxistas”
que encuentran, a la manera de Proudhon, aspectos buenos y aspectos
malos tanto en la economía “neoclásica” como en la marxista e intentan llevar a
cabo un maridaje entre las dos, sobre la base de sus respectivos aspectos
positivos[38]. (Los economistas
“neo-keynesianos” burgueses son sin duda más radicales que estos “marxistas” en
su crítica de la posición ortodoxa).
En resumen, haciendo abstracción de la fase
preclásica de la materia, podemos comprobar que existen distintos tipos de
“economía política”, la clásica, la vulgar, la marxista, la marginalista
(“neoclásica”), la neomarginalista (“neo-neoclásica”) y la neokeynesiana, para
usar ñas categorías más amplias. Todos estos distintos tipos, exceptuando la
economía marxista, entran dentro de la categoría de la economía política
burguesa. Y siempre que se utiliza el término “economía política”, es preciso
procurar dejar bien claro en qué sentido se está empleando. La expresión en sí
no posee ninguna virtud especial.
NOTAS
[1] Traicté de
l’économie politique (1615)
[2] Maximes générales
du governement économique d’un royaume agricole (1753).
[3] An Inquiry into
the Principles of Political Economy (1761)
[4] Ibid. Vol.
I, págs.. 15-16 de la edición de Skinner (1966).
[5] Wealth of
Nations (1776). Trad. castellana: Investigación sobre la
naturaleza y causas de la riqueza de las naciones, FCE, México, 1958,
pág. 377: “La economía política, considerada como una de las ramas de la
ciencia del legislador o del estadista”.
[6] Ibid., pág.
612 de la edición del FCE.
[7] Artículo sobre
“Economía política” en Palgrave, Dictionary of Political Economy, vol.
III (1925-26).
[8] Smith, op.
cit., págs. 377 y 605 de la edición FCE.
[9] Theorien über den
Mehrwert II (Dietz), 156
[10] Principles of
Political Economy (1852), pág. 1
[11] An Outline of the
Science of Political Economy (1836), pág. 1
[12] Véase Principles
of Political Economy (1848), Ashley ed., págs.- 1, 21
[13] La traducción inglesa
del título de la obra de Menger no corresponde exactamente al original. Sería
más adecuado traducirlo como “economía política” (Volkswirtschaft)
y no “economía”.
[14] Elements
d’Economie Politique Pure (1900.1952), pág. 22
[15] The Economics of
Industry (1879), pág. 2
[16] Principles of
Political Economy (1965- ).
[17] Anti-Dühring, Grijalbo,
México, 1968, pág. 139
[18] Economía
Política, trad. castellana F.C.E., México, 1966 págs. 11 y 15.
[19] Principles of
Economics,8 th ed. (1920), Bk, II, Ch. II
[20] Sidgwick, op.
cit.
[21] Véase L. Pasinetti,
“A New Theoretical Approach to the Problems of Economic Growth”, en Study
Week on the Econometric Approach to Development Plannig (1965)
[22] Political Economy
and Capitalism (1937). Trad. castellana: Economía Política y
capitalismo. F.C.E., México, 1961, pág. 52. El subrayado es mío
[23] “The Sraffa System
and the Critique of Neo-classical Theory of Distribution” en De
Economist (1970), reproducido en Hunt y Schwartz, eds., A
Critique of Economic Theory (1972), pág. 208
[24] Véase El
Capital, Volumen I “Nachwort zur zweiten Auflage”; y Theorien
über den Mehrwert II (Dietz), 155, 157.
[25] El Capital, Volumen
II, “prólogo” (1885), pág. 19 de la edición del F.C.E. El subrayado es mío.
[26] Me abstendré de citar
referencias específicas, que son demasiado numerosas.
[27] En este contedto,
resulta perfectamente comprensible el comentario de Hicks: “Un abandono general
del supuesto de la competencia perfecta…debe tener consecuencias muy
destructivas para la teoría económica…la amenazadora destrucción es la de la
mayor parte de la teoría del equilibrio general”. (Valueand
capital, 1939, pág. 83-84).
[28] Véase J.
Robinson, The Accumulation of Capital (1956) (trad.
castellana: La acumulación de capital, F.C.E.), Prólogo; N.
Kaldor, “The Irrelevance of Equilibrium Economics” en Economics
Journal (diciembre 1972).
[29] Theorien über den
Mehrwert II (Dietz), 157.
[30] Theorien III
(Dietz), 183. El subrayado es mío.
[31] Véase ibid., pág.
181
[32] “Alternative Theories
of Distribution”, Review of Economics Studies (1955-1956). El
subrayado es mío.
[33] “Rate of Profit and
Income Distribution in Relation to the Rate of Economic Growth”, Review
of Economics Studies (1961-1962). El subrayado es mío.
[34] Production of
Commodities by Means of Commodities (1960). Trad. castellana: Producción
de mercancías por medio de mercancías, págs.. 55-56. Oikos-Tau, 1966.
[35] Kaldor y
Pasinetti, op. cit. Permítaseme señalar también la afirmación
que hace Pasinetti, en el mismo escrito, según la cual las mismas relaciones de
distribución, con intervención de las mismas categorías económicas, rigen
básicamente en el capitalismo y socialismo, si se las somete a alguna
modificación en el valor de la propensión al ahorro; aunque, para hacerle
justicia, debo decir que lo que él llama socialismo es
indistinguible del capitalismo de Estado.
[36] “A model ofEconomic
Growth”, Economic Journal (1957)
[37] Zur Kritk der
Politischen Oconomie, Einleitung, (Dietz), 225
[38] Para un ejemplo
reciente, véase, H.J. Sherman, “Value and Market Allocation” en Hunt y
Schwartz, eds. A Critique of Economic Theory.

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