© Libro N° 7994.
La Teoría Marxiana Del Valor-Trabajo. Reflexiones
A La Luz De La Obra De Isaak Ilich Rubin. Castien Maestro, Juan Ignacio. Emancipación.
Noviembre 21 de 2020.
Título
original: ©
La Teoría Marxiana Del Valor-Trabajo. Reflexiones
A La Luz De La Obra De Isaak Ilich Rubin. Juan Ignacio Castien Maestro
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Reflexiones A La Luz De La Obra De Isaak Ilich Rubin. Juan Ignacio Castien
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LA TEORÍA
MARXIANA DEL VALOR-TRABAJO
Reflexiones A
La Luz De La Obra De Isaak Ilich Rubin
Juan Ignacio
Castien Maestro
La Teoría Marxiana Del
Valor-Trabajo
Reflexiones A La Luz De La
Obra De Isaak Ilich Rubin
Juan Ignacio Castien
Maestro
1. Fecundidad de la teoría marxiana del valor
La teoría del valor-trabajo de Marx constituye
un instrumento analítico de primer orden para desentrañar la naturaleza de la
sociedad capitalista. Por ello mismo, puede resultar de gran utilidad para
comprender las relaciones salariales, al ser éstas uno de los principales
elementos constituyentes de este modelo de sociedad. En este artículo vamos a
explorar brevemente algunas de las virtualidades que encierra esta teoría. Para
ello vamos a servirnos en parte de algunas de las ideas aportadas por Isaak
Ilich Rubin (Rubin, 1974), autor soviético asesinado por el régimen
stalinista y que todavía permanece en gran medida desconocido para la comunidad
investigadora.
Rubin nos
ofrece una lectura marcadamente original de la teoría del valor de Marx,
que subraya su fecundidad sociológica, frente a las interpretaciones
estrechamente «economicistas», que la reducen a un intento de
explicar los precios relativos por los que se intercambian las distintas
mercancías. Para Rubin, aunque ciertamente la teoría marxiana del
valor permite explicar, en última instancia y de manera general, tales precios,
éste no es ni su principal objetivo ni su principal aportación científica. La teoría
del valor aspira ante todo a dar cuenta de la dinámica global de la economía
capitalista. Se interesa por los continuos vaivenes y oscilaciones en la
importancia relativa de las distintas ramas de la producción; vaivenes a través
de los cuales se reconstruye de manera incesante la división social del
trabajo, es decir, la distribución de las distintas porciones del trabajo
social global entre las distintas actividades económicas concretas. A su vez,
el esclarecimiento de esta primera cuestión revela algunas de las
características fundamentales de la sociedad capitalista, que la diferencian
radicalmente de todas las demás sociedades históricamente dadas. Y este
esclarecimiento nos ayuda asimismo a entender ciertos procesos ideológicos
estrechamente ligados al capitalismo, como ocurre en especial con los
fetichismos de la mercancía y del capital.
La teoría marxiana del valor no es, por lo tanto,
una teoría «económica», en el sentido estrecho en el que
habitualmente se entiende este término. Es por el contrario, en primer lugar,
una teoría sociológica, dirigida a desentrañar la naturaleza de las relaciones
sociales capitalistas, entre las que figuran en primer término las relaciones
salariales. Constituye, así, un aspecto particular de la teoría social más
global de Marx, es decir, del materialismo histórico. De este modo,
la teoría del valor opera como el hilo conductor que conecta los análisis más
aparentemente «técnicos» de Marx sobre
cuestiones como el ciclo económico y la evolución de los precios y de las tasas
de inversión, con su concepción más general sobre el ser humano y la vida
social, sin que ello implique, por otra parte, que tales análisis se puedan
deducir directamente de su antropología filosófica, lo cual supondría un
reduccionismo de signo contrario. A este respecto, merece la pena recordar
con Samir Amin (Amin, 1981: 8-9) que el subtítulo de El
capital, «crítica de la economía política», no implica únicamente
una crítica a las teorías económicas rivales, sino ante todo un cuestionamiento
radical de lo «económico», en cuanto que realidad separada del
resto de la vida social y regida por una leyes presuntamente independientes de
las relaciones de poder, las luchas de clases y las ideologías hegemónicas.
Por todo ello, cuando la teoría del valor se reduce
a un intento de explicación del valor de cambio específico de cada mercancía,
el análisis se cierra a muchas cuestiones que esta teoría puede ayudarnos a
explorar. Una perspectiva de este tipo, voluntariamente limitada en sus
objetivos, trabaja sobre el supuesto de una economía capitalista ya
perfectamente constituida, de la que sólo cabe estudiar entonces algunos
aspectos de su funcionamiento. Esta limitación puede ser metodológicamente
legítima en ciertos casos, pero entraña el peligro de hacer del capitalismo una
realidad dada, existente de por sí, en vez del resultado, tanto de un largo
proceso histórico de varios siglos, como de un complejo proceso de reproducción
social permanentemente actualizado. Con ello, al igual que el economista
convencional, el marxista economicista acaba haciendo también de la vida social
una «segunda naturaleza», una suerte de mecanismo automático,
independiente de la práctica y el pensamiento de las personas inmersas en ella.
Restringir la aplicabilidad de la teoría del valor
a la explicación de las tasas de intercambio entre distintas mercancías puede
propiciar también otros efectos perversos. Con frecuencia, se constata una
acusada disparidad entre los valores de las mercancías, derivados de la
cantidad de trabajo abstracto cristalizado en ellas, y sus precios reales en el
mercado, los cuales oscilan para colmo con bastante intensidad. De aquí se
deduce para muchos el carácter fallido de la teoría del valor-trabajo en relación
con lo que parece ser su función exclusiva. Esta es justamente la opinión de
muchos críticos del marxismo y de la economía política clásica. Para ellos la
teoría del valor resulta empíricamente falsa y no es, por ello, más que un mero
lastre metafísico. El economista con vocación científica debe limitarse a
estudiar los procesos de formación de los precios reales, sirviéndose de
instrumentos analíticos más convencionales, como el coste de producción y la
utilidad marginal. Curiosamente, éste es también el punto de vista de ciertos
defensores del marxismo, en especial de ciertos «marxistas analíticos»,
como John Roemer (Roemer, 1989) y, en menor medida, Erik
Olin Wright (Olin Wright, 1994) y Gerald A. Cohen (Cohen,
1985), a los que nos referiremos más adelante. En nuestra opinión, por el
contrario, los críticos de la teoría del valor-trabajo en vez de desprenderse
de ella con tanta desenvoltura, deberían esforzarse en elaborar primero una
alternativa teórica solvente, capaz de explicar no sólo los precios concretos,
sino también la naturaleza fundamental de las relaciones sociales capitalistas
y su dinámica interna.
2. El valor y la dinámica del capitalismo
Frente a quienes se sirven del desajuste entre
valores y precios como un argumento supuestamente decisivo para refutar
empíricamente la teoría del valor-trabajo y también frente a quienes se
desentienden alegremente de este desajuste, Rubin tiene el
gran mérito de subrayar que es precisamente a través de este desajuste como
funciona en gran media el capitalismo. Lo que para unos constituye la gran
falla de la teoría del valor-trabajo para este autor se convierte en su fuerza.
Ciertamente, de acuerdo con Marx, a la larga y en general, el valor
de una mercancía viene a constituir el pivote en torno al cual bascula su
precio. Pero lo que le interesa a Rubin no es demostrar sobre
esta base que la oscilación de los precios no desmiente la ley del valor, sino
ahondar en sus causas y en sus efectos.
En una economía mercantil real el ajuste entre
precios y valores ha de ser siempre un ajuste inestable y efímero, que tan
pronto como se alcanza se aleja de nuevo. La razón de este curioso fenómeno
reside, ante todo, en el desajuste igualmente permanente entre las necesidades
sociales y la producción de las distintas ramas de la economía. Cualquier
incremento o disminución en la demanda de una específica mercancía provoca
respectivamente una elevación o una caída de su precio, que determina que,
según el caso, los productores de la misma reciban una magnitud de valor
superior o inferior a aquella que habría de haberles «correspondido», de
acuerdo con la cantidad de trabajo socialmente necesario requerida para su
producción. Así, a causa de estos desajustes algunas ramas productivas se
apropian de una magnitud extra de valor, a costa de otras que han de
conformarse con recibir menos de lo que han aportado. En función de estas
ganancias y pérdidas relativas, las distintas ramas productivas alcanzan una
rentabilidad mayor o menor, que les otorga igualmente un mayor o menor
atractivo para los distintos productores, con lo cual, a su vez, la proporción
del trabajo social global que se les asigna aumenta o disminuye también. Es de
este modo como tiene lugar un reajuste permanente entre la importancia de las
distintas necesidades sociales y el peso relativo de los diversos sectores
productivos. Vemos así cómo la ley del valor constituye un mecanismo subyacente
capaz de explicar con gran sencillez y parsimonia el modo en el que se
distribuye el trabajo entre las distintas ramas de la economía capitalista.
En nuestra opinión, la superioridad de un enfoque
explicativo basado en la teoría del valortrabajo sobre cualquier enfoque
teórico que recurra únicamente a la oscilaciones entre la oferta y la demanda,
con sus pertinentes ganancias y pérdidas para los sectores que disfrutan de una
mayor o menor demanda social, radica en que la introducción del concepto de
valor permite entender no sólo el hecho de la ganancia de los unos frente a las
pérdidas de los otros, sino asimismo, las ganancias de los primeros como el
resultado de las pérdidas de los segundos, siendo estas ganancias y estas
pérdidas, en definitiva, ganancias y pérdidas en trabajo social general, de tal
modo que los perdedores acaban trabajando indirectamente en beneficio de los
ganadores. Como la actividad económica es siempre en definitiva un intercambio
de trabajo entre los distintos sectores de la sociedad, si ligamos el valor al
trabajo, obtendremos una visión más clara y totalizadora de la dinámica global
del capitalismo, por más que se pueda seguir debatiendo luego sobre la
capacidad de la teoría del valor para explicar el precio de una mercancía
particular en un lugar y en un momento dados.
De igual manera, la lectura que hace Rubin del
planteamiento de Marx pone de manifiesto la importancia de la
demanda en la regulación del proceso productivo capitalista. Así, en contraste
con numerosos críticos de Marx, el interés por la demanda resulta
perfectamente compatible con el análisis marxiano y se articula además de un
modo enormemente fecundo con la ley del valor. El hecho de que en los momentos
iniciales de su análisis Marx se haya desentendido del estudio
de la demanda no implica que, en un momento posterior del desarrollo de su
planteamiento, el estudio de la misma no pueda, y deba, ser reintegrado dentro
de su modelo de análisis, a fin de poder entender mejor la dinámica global del
capitalismo.
En función de todo lo anterior, podemos entender
ahora la afirmación de Marx, retomada por Rubin (Rubin,
1974: 131), de que el mecanismo de los precios opera como una suerte de «barómetro»,
que revela el grado de correspondencia entre la demanda de una determinada
mercancía y la oferta de la misma en un momento dado y, por lo tanto, entre su
necesidad social y la cantidad de trabajo asignado a su satisfacción. Pero este
mecanismo no es solamente un instrumento de medida. También, y a diferencia del
barómetro real, opera como un mecanismo correctivo, al impulsar a los
productores y consumidores a actuar de un modo tal que desemboca en un mayor
ajuste entre producción y necesidades, si bien este ajuste siempre resultará
efímero y aproximativo. Un ajuste pleno y estable sólo sería posible para este
autor en el supuesto de una economía estacionaria, en la que no se produjesen
cambios en la oferta y en la demanda de ningún producto, en la que no se
modificasen las necesidades sociales, ni apareciesen mejoras técnicas que
permitiesen incrementar la producción en una determinada rama de la economía.
Pero esta economía basada en la reproducción simple, en donde la distribución
de las cuotas de producción estuviese rigurosamente fijada de antemano para
cada sector, no podría ser nunca una economía capitalista, en donde la
implacable competencia entre los productores propicia una revolución incesante
de las fuerzas productivas, que termina por trastocar irremediablemente
cualquier posible equilibrio alcanzado en un momento dado.
Cuando existe progreso tecnológico y éste es
desigual, de tal forma que unas ramas productivas progresan en ciertos momentos
con más rapidez que otras, y dentro de cada rama ciertos productores se
muestran también más dinámicos que los demás, los incrementos en la
productividad del trabajo alcanzados en una determinada rama de la producción
permiten a los productores más eficientes reducir la magnitud de trabajo
abstracto invertido en la producción de un determinado tipo de mercancía y, en
consecuencia, rebajan el valor de la misma. Se produce, así, un desajuste
temporal entre el valor medio de las mercancías comercializadas por ese sector
de la producción y el valor de las mercancías producidas por estos productores
más aventajados. A partir de un complejo proceso de ajuste entre los valores de
las mercancías comercializadas por los productores más y menos productivos se
establece finalmente un precio comercial, relativamente unificado para todo el
sector y superior al valor de las mercancías que han requerido una menor
cantidad de trabajo abstracto, pero inferior al de aquellas en donde la
magnitud cristalizada de este trabajo abstracto es superior. Ello permite a los
agentes más productivos apropiarse de una magnitud de valor mayor que la
poseída por las mercancías que producen, a costa de sus competidores menos
avezados. Pero finalmente la innovación técnica acabará difundiéndose a todo el
sector. Cuando así ocurra, tendrá lugar una disminución de los precios, acorde
con la de los valores, lo cual tenderá a reducir de nuevo la brecha entre
precio y valor. El incremento de las ganancias de estos productores más
innovadores habrá sido pasajero. Habrá que esperar a la introducción de la
próxima mejora técnica para que de nuevo los productores más eficientes puedan
beneficiarse temporalmente de la misma.
Al tiempo, la disminución del valor del producto en
cuestión permitirá el acceso al mismo de ciertos sectores de la población que
antes se veían excluidos a causa de lo elevado de su precio. De este modo, se
incrementará su demanda y crecerá, por lo tanto, su producción, pasando a
absorber una mayor proporción de la actividad laboral global de la sociedad.
Posiblemente, el número de quienes se sientan entonces incitados a pasar a
producir este artículo en concreto acabará superando el necesario para satisfacer
la demanda social existente, ahora ampliada. Como consecuencia de este exceso
de oferta, los precios disminuirán entonces y también lo hará, por
consiguiente, la magnitud de valor recolectada por los productores. Así se
recuperará el equilibrio… hasta que haga su irrupción el próximo adelanto
tecnológico.
Este sencillo mecanismo no ha sido comprendido en
absoluto por ciertos críticos de Marx. Una primera objeción, que
sugiere Raymond Aron (Aron, 1980: 191-193), haciéndose eco
de Schumpeter, consiste en que si la magnitud de trabajo abstracto
cristalizado en ella constituye el fundamento del valor de la mercancía,
cualquier mejora productiva supondría una disminución del valor de la misma y,
por lo tanto, de la ganancia del capitalista, mientras que a todas luces ocurre
lo contrario. Parece existir, así, una contradicción entre las tasas de
plusvalor previstas por la teoría y las tasas de ganancia observadas
empíricamente, fundamento de una pretendida contradicción interna en El
capital. Se olvida así este autor de minucias tales como las ganancias extras
de valor de las que se apropian en cada rama de la producción los capitalistas
más productivos a costa de los demás, de su capacidad para hacerse además con
una mayor cuota de mercado, gracias a sus precios más competitivos, y del
incremento de la demanda global del producto y, por lo tanto, de las ganancias
para el conjunto de sus productores, a la que da lugar a más largo plazo la
disminución del valor de este producto. Todos estos factores vuelven, desde
luego, muy atractiva la inversión productiva para el capitalista y promueven
además el dinamismo del sistema en su conjunto. Son también todos estos
factores quienes favorecen que las tasas de ganancia de los sectores económicos
más dinámicos tiendan a elevarse, si bien luego la competencia entre capitales
propicia una igualación de la tasa de ganancia para el conjunto de las ramas
productivas.
Si Aron parece no ver las
consecuencias positivas que en el modelo de Marx se derivan de
la innovación tecnológica, Luis Angel Rojo (Rojo, 1984: 75-76)
cae en una unilateralidad de signo contrario, ya que parece no percibir sus
contrapartidas negativas, cuando descarta que la introducción de estas
innovaciones pueda ocasionar a más largo plazo una disminución de la tasa de
ganancia, ya que «todo cambio técnico que reduzca los costes de
producción a los precios y salarios existentes eleva la tasa uniforme de
beneficio». Esto es cierto sin duda, pero también lo es el que las
mejoras técnicas tienden precisamente a hacer descender estos precios, cuando
se aplican en condiciones de competencia, y que el afán por rebajarlos, e
incrementar, así, su cuota de mercado, es una de las principales motivaciones
que guían a los capitalistas a la hora de introducir estas innovaciones. Esta
reducción de los precios estrecha de nuevo la distancia entre éstos y los
costes unitarios. Con ello, a más largo plazo, toda mejora productiva, al
generalizarse, propicia una disminución de las ganancias del productor
individual, al otorgarle una menor magnitud de valor por cada mercancía
vendida. No obstante, pese a los efectos a la larga «contraproducentes» de
las innovaciones técnicas, es de esperar que, con el tiempo, una nueva
innovación técnica vuelva a poner en marcha todo el proceso, otorgando pingües
ganancias a los capitalistas más dinámicos.
El progresivo incremento en la productividad del
trabajo para el conjunto de la economía que se va alcanzado a través de este
tortuoso proceso implica además una cantidad creciente de valores de uso a
cambio de una cantidad progresivamente menor de trabajo abstracto y, por lo
tanto, un claro progreso tecnológico para el sistema en su conjunto, así como
una clara mejora del nivel de consumo global de la población, favoreciendo un
aumento de la demanda para las ramas ya existentes, así como la creación de otras
nuevas, gracias al desarrollo de nuevas necesidades sociales. En suma, el
modelo analítico de Marx rehuye todo optimismo o pesimismo
extremos, reemplazándolos por una dialéctica incesante entre los factores que
favorecen y que obstruyen el desarrollo de las fuerzas productivas en el marco
del capitalismo.
El análisis marxiano revela, como hemos visto, una
clara conexión entre los movimientos de los precios y los cambios tecnológicos
que repercuten en la productividad del trabajo. El concepto de valor, al hacer
depender el precio de la mercancía del trabajo socialmente necesario invertido
en ella, entre otros factores, pone de manifiesto con especial claridad esta
conexión lógica. Como señala Rubin (Rubin, 1974: 119) «la
fuerza motriz que modifica todo el sistema de valor se origina en el proceso
técnico-material de la producción». Abre la vía, asimismo, y como
señala Samir Amin (Amin, 1981), a un análisis comparativo
entre diferentes economías capitalistas, separadas en el tiempo y en el
espacio. Nuevamente los críticos de la teoría del valor podrían argumentar que
la admisión de la importancia de los cambios en la productividad laboral para
explicar los movimientos en los precios y, por ende, en la distribución social
del trabajo, no les obliga a hacer lo mismo con el concepto de valor. Pero
pensamos que el rol de intermediario entre la productividad y los precios que
desempeña este concepto permite entender todo el mecanismo económico de manera
más sencilla y parsimoniosa, a la vez que le otorga también un papel clave como
mediador entre la dimensión más técnica y material de la actividad productiva y
sus dimensiones más sociales. Esta constatación nos conduce de nuevo al
convencimiento de que, lejos de constituir un engorroso lastre metafísico, la
teoría del valor nos ayuda a alcanzar una visión a la vez más clara y más
global del funcionamiento del capitalismo. Por ello mismo, cuando Baran y Sweezy (Baran
y Sweezy, 1968), en una obra por lo demás valiosa, reemplazan sin más el
concepto de plusvalor por el de «excedente», renuncian, en nuestra
opinión, no sólo a una categoría analítica muy rica y muy bien elaborada, sino
también a todo el entramado teórico tejido alrededor de la categoría de valor,
y con respecto al cual el concepto de plusvalor no es más que uno de sus
corolarios. Todo ello se hace además en beneficio de un concepto un tanto tosco
y difuso, como el de «excedente», con lo cual se empobrece nuestra
visión de la dinámica del capitalismo, incluida la del capitalismo «monopolista».
La dinámica de la producción y circulación de esa
peculiar mercancía que es la fuerza de trabajo, y sobre la que volveremos más
adelante, también se vuelve más fácilmente comprensible cuando se la aprehende
a partir del sistema de conceptos organizado alrededor de la categoría de valor
(Castillo Mendoza y García López, 2001). De este modo, la relación salarial es
una peculiar relación mercantil en la que se alquila la mercancía fuerza de
trabajo. Existe siempre un ajuste imperfecto entre las necesidades sociales de
determinadas modalidades de fuerza de trabajo y la oferta de las mismas. Por
ello mismo, los precios de estas modalidades concretas de fuerza de trabajo,
los salarios, no se van a corresponder nunca más que muy imperfectamente con el
valor que habría de corresponderles, en función del tiempo de trabajo
socialmente necesario para su reproducción. Pero en el caso de la mercancía
fuerza de trabajo, su centralidad dentro del sistema favorece además el
concurso de otros factores determinantes, en especial las luchas entre
capitalistas y asalariados y también las que se producen entre distintos
colectivos de asalariados, todas las cuales contribuyen a configurar las
políticas estatales mediante las que se establecen los salarios mínimos, las
jornadas laborales y los diferentes criterios para determinar los grados de
cualificación, y de remuneración, adscritos a las distintas ocupaciones. Todo
ello nos muestra la necesidad de reemplazar el mero análisis de los procesos
estrictamente mercantiles por otro más amplio, que incluya también las luchas
sindicales y las políticas estatales. Pero también nos vuelve a enseñar que la
inclusión del concepto de valor dentro del análisis de todos estos complejos
procesos sociales le otorgará al mismo una mayor sencillez y globalidad. De
este modo, el concepto de valor ayuda a entender no sólo las dinámicas sociales
de carácter estrictamente mercantil, sino también otras más amplias en las que
a la acción de los mecanismos del mercado se suma la de otros dispositivos institucionales
diferentes.
La dinámica de la producción y circulación de esa
peculiar mercancía que es la fuerza de trabajo, y sobre la que volveremos más
adelante, también se vuelve más fácilmente comprensible cuando se la aprehende
a partir del sistema de conceptos organizado alrededor de la categoría de valor
(Castillo Mendoza y García López, 2001). De este modo, la relación salarial es
una peculiar relación mercantil en la que se alquila la mercancía fuerza de
trabajo. Existe siempre un ajuste imperfecto entre las necesidades sociales de
determinadas modalidades de fuerza de trabajo y la oferta de las mismas. Por
ello mismo, los precios de estas modalidades concretas de fuerza de trabajo,
los salarios, no se van a corresponder nunca más que muy imperfectamente con el
valor que habría de corresponderles, en función del tiempo de trabajo
socialmente necesario para su reproducción. Pero en el caso de la mercancía
fuerza de trabajo, su centralidad dentro del sistema favorece además el
concurso de otros factores determinantes, en especial las luchas entre
capitalistas y asalariados y también las que se producen entre distintos
colectivos de asalariados, todas las cuales contribuyen a configurar las
políticas estatales mediante las que se establecen los salarios mínimos, las
jornadas laborales y los diferentes criterios para determinar los grados de
cualificación, y de remuneración, adscritos a las distintas ocupaciones. Todo
ello nos muestra la necesidad de reemplazar el mero análisis de los procesos
estrictamente mercantiles por otro más amplio, que incluya también las luchas
sindicales y las políticas estatales. Pero también nos vuelve a enseñar que la
inclusión del concepto de valor dentro del análisis de todos estos complejos
procesos sociales le otorgará al mismo una mayor sencillez y globalidad. De
este modo, el concepto de valor ayuda a entender no sólo las dinámicas sociales
de carácter estrictamente mercantil, sino también otras más amplias en las que
a la acción de los mecanismos del mercado se suma la de otros dispositivos institucionales
diferentes.
3. El valor y la naturaleza del capitalismo
La economía capitalista se rige por la ley del
valor no por casualidad, sino como resultado de su propia constitución interna.
Por ello mismo, esta ley no tiene por qué operar en sociedades no mercantiles;
no lo ha hecho en las sociedades precapitalistas históricamente conocidas y
tampoco debemos esperar que vaya a regir ninguna formación social que
eventualmente pueda suceder al capitalismo. La razón de que la ley del valor
organice las economías capitalistas estriba en que en estas economías los productos
del trabajo humano se presentan bajo la forma de mercancías. Este hecho no es
tampoco casual, pues la sociedad mercantil es una sociedad de productores
independientes y desvinculados entre sí. Si bien es cierto que cada productor
individual ejecuta realmente una porción particular de la producción social
global, también lo es, sin embargo, el que lo hace de manera aislada, y guiado
por sus propios criterios e intereses (Marx, 1975: Cap. I). Su trabajo no se
encuentra vinculado al del resto de los productores a través de una serie de
instrucciones explícitas y claras acerca de lo que debe producir y de la medida
y el modo en que debe hacerlo. No forma parte, pues, de una organización de
productores que trabajan de una manera planificada. Tampoco obedece a ninguna «costumbre
establecida», es decir, a un conjunto de reglas consuetudinarias, que
determinen qué, cómo y para qué se debe producir y cuya infracción pueda ser
objeto de sanciones, a la manera de lo ocurrido en muchas economías
precapitalistas. Por el contrario, en el capitalismo cada productor se guía por
su propia conveniencia y por sus objetivos personales, de tal modo que el
proceso económico global emerge únicamente de la articulación entre una
multitud de decisiones individuales. El trabajo concreto de cada productor
individual, en su calidad de copartícipe del trabajo social global, tan sólo
pasa a ser parte efectiva de este trabajo social, es decir, se inserta en el
sistema de producción colectivo, en la medida en que sus resultados, su producción,
se intercambian en el mercado. Dicho de otro modo, es a través del intercambio
mercantil como se establece la soldadura entre los productores individuales. Es
este intercambio mercantil el tipo específico de relación que en la sociedad
capitalista dota al sistema económico de una unidad de conjunto.
Esta recreación de la unidad social mediante el
intercambio mercantil se encuentra en la base de dos rasgos distintivos de esta
sociedad, como lo son la aparición del valor y del fundamento sobre el que
reposa el mismo, que no es otro sino el trabajo abstracto 1. Cuando
los sujetos intercambian sus bienes y servicios, intercambian también en última
instancia sus diversos tipos de trabajo concreto, es decir, los distintos tipos
de trabajo que han dado lugar a los diferentes valores de uso de los que cada
uno de ellos es portador. Este es el hecho que la teoría del valor de Marx tiene
el mérito de poner siempre de manifiesto y que puede quedar fácilmente
oscurecido por un análisis de la dinámica capitalista basado únicamente en el
movimiento de los precios. Continuando con nuestro argumento, para que el
intercambio entre diferentes formas de trabajo resulte posible ha de existir
forzosamente un aspecto común que los iguale a todos ellos; han de tener algo
en común, más allá de sus notorias diferencias cualitativas. Este rasgo
consiste, según Marx, en el hecho de que todos ellos son reducibles
en última instancia a tiempo de trabajo humano. En este trabajo humano
genérico, despojado de toda particularidad concreta, estriba el trabajo
abstracto. Al ser esto así, todos los trabajos concretos se presentan como
poseedores en diferente medida de una misma propiedad común. De este modo, el
valor de toda mercancía va a consistir únicamente en la específica magnitud de
trabajo abstracto invertido en la producción de un tipo medio de la misma, es
decir, en el tiempo de trabajo socialmente necesario requerido para crearla.
Solamente el trabajo, en este sentido abstracto, es
común a las diferentes mercancías. Por ello, es él la cualidad común a la que
pueden ser reducidos todos ellos. Pretender, como parece hacer Roemer (Roemer,
1989: 202-203), que esta misma operación se podría realizar con otros elementos
distintos supone ignorar que cualquiera de tales elementos en los que podamos
pensar, como alimentos, combustibles, materiales de construcción, etc, sólo van
a poder servir como denominador común de una parte de las mercancías y no de
todas, al contrario que el trabajo humano y que, asimismo, estos mismos
denominadores pueden ser también reducidos al trabajo abstracto, por lo que el
recurso a los mismos resulta completamente superfluo tanto desde un punto de
vista teórico, como desde un punto de vista práctico.
El valor se expresará luego como valor de cambio al
pasar a la esfera de la circulación. Las relaciones entre el valor de cambio,
en cuanto que concepto abstracto ideado con unos fines analíticos muy precisos,
y los precios empíricos de las mercancías es una cuestión enormemente compleja,
que aquí no vamos a intentar dilucidar. Sin querer embarcarnos aquí en ningún
análisis de las relaciones entre precios y valores, sí nos parece que, pese a
sus límites, la labor realizada por el propio Marx (Marx,
1975: Libro III), por Rubin (Rubin, 1974), por Amin (Amin,
1981) y, desde una perspectiva más economicista, por Sweezy (Sweezy,
1982), abre una vía de investigación de gran interés. En cualquier caso, los
problemas existentes a la hora de transformar los valores en precios no
autorizan una desestimación de la teoría del valor, habida cuenta de su
utilidad para abordar otras muchas cuestiones diferentes. Asimismo, no resulta
realista suponer que, siendo la actividad económica en suma un intercambio
entre diferentes tipos de trabajo, la cantidad de trabajo humano en un sentido
genérico requerida para la producción de las distintas mercancías no constituya
uno de los determinantes fundamentales del precio de las mismas. El valor no
es, así, una construcción metafísica desvinculada del mundo real de los
precios. Es establecido en el marco de un modelo de análisis muy simple y
abstracto, que luego se va complejizando y aproximando a los precios reales,
cuyas oscilaciones logra aprehender en buena medida. Coincidimos nuevamente
con Samir Amin (Amin, 1981: 15) en que muchas de las críticas
a la teoría del valor basadas en la divergencia entre precios y valores se
asemejan a un eventual rechazo de la ley de la gravedad en virtud del hecho de
que la velocidad a la que caen los cuerpos a la tierra viene determinada
también por factores como la resistencia del aire y la dirección y la fuerza de
los vientos.
Cuando no existe un intercambio generalizado entre
los productos del trabajo humano, en el seno de un mercado poblado por
vendedores y compradores independientes y que persiguen exclusivamente la
satisfacción de sus distintas necesidades, intercambiando los productos
particulares de su trabajo, tampoco existe ninguna razón para que se produzca
la igualación entre los distintos trabajos concretos como distintas magnitudes
de trabajo abstracto y, por lo tanto, tampoco la hay para que exista el valor.
De lo anterior se deduce por fuerza que el valor no es una propiedad intrínseca
de los productos del trabajo humano; no es algo que éstos posean de por sí y ni
siquiera algo de lo que estén dotados por el hecho de ser el resultado de una
serie de operaciones materiales. Es por el contrario una propiedad social de
las que se les inviste en el marco de unas determinadas relaciones sociales.
Marx ha
insistido repetidamente a lo largo de su obra en la necesidad de disociar
analíticamente el proceso de producción material de su vertiente social, la
cual varía históricamente en función de los diferentes modos de producción. Un
productor que realiza un mismo conjunto de operaciones técnicas puede ser,
según el caso, un esclavo, un artesano independiente, un siervo o un
asalariado, en función de las específicas relaciones sociales que mantenga con
los demás partícipes del proceso productivo. De igual manera, los productos del
trabajo humano se presentan bajo diversos ropajes externos en las distintas
formas sociales. No es lo mismo el tributo entregado al Inca o al Faraón que la
mercancía. Esta última posee un valor; el primero no.
En nuestra opinión, la razón de esta diferencia
estriba en que en una economía no mercantil, aunque pueda existir una división
del trabajo muy desarrollada, no se produce para vender y, por lo tanto, no se
persigue por parte de cada productor y consumidor individual el mejor arreglo
comercial posible. Al ser esto así, no existe tampoco ya razón alguna para que
la circulación de los productos se rija por la tendencia al intercambio de
magnitudes de trabajo equivalentes. Puede ocurrir muy bien, por el contrario,
que los mecanismos que determinen lo que ha de producirse y las recompensas que
han de otorgarse a los productores consistan, en cambio, en la costumbre, o en
las órdenes impartidas por una autoridad central. En ambos casos, los objetivos
básicos que orienten la producción y la distribución pueden ser también
marcadamente diferentes de los del capitalismo. Puede importar ante todo
preservar las buenas relaciones con los vecinos, potenciar el poder de la clase
dominante o garantizar a los dominados unos mínimos de subsistencia en aras de
la estabilidad política. Por ello mismo, los criterios aplicados para regular
el proceso productivo consistirán preferentemente en reglas de reciprocidad muy
simples, normas de reparto de carácter jerárquico o equitativo y estrategias
para maximizar el prestigio social o para obtener aliados políticos.
En cuanto a las modernas economías estatalizadas y
planificadas de un modo autoritario, que en ocasiones han sucedido, al menos de
manera temporal, al capitalismo, el proceso productivo se halla orientado en
parte por objetivos parecidos a los anteriores, junto con otros nuevos, tales
como la determinación de alcanzar a toda costa un elevado nivel de desarrollo
industrial y militar, el afán por preservar ciertos niveles de igualdad social
y el deseo de ejercer un estricto control sobre la población, limitando su
acceso a cualquier bien al que se considere capaz de incrementar su autonomía
personal. De este modo, para bien y para mal, en las economías de planificación
centralizada junto a la optimización de recursos, también figuran, e incluso
priman, otros objetivos diferentes. Esto mismo ocurre incluso en las propias
formaciones sociales capitalistas, que evidentemente son irreductibles al modo
de producción capitalista en cuanto que modelo abstracto, tal y como nos ha
mostrado ya el análisis anterior acerca de las dinámicas salariales. En estas
sociedades, a la hora de regular el proceso productivo, las empresas y las
autoridades estatales «corrigen» parcialmente los resultados
del mercado a fin de favorecer, por ejemplo, el desarrollo de ciertas áreas
empobrecidas, dentro y fuera de las fronteras del Estado, preservar ciertas
actividades consideradas de importancia estratégica o garantizar una
cierta «paz social», asegurando unos mínimos niveles de consumo a
ciertas capas de la población. Para entender correctamente el funcionamiento de
la ley del valor es preciso delimitar antes su influencia real, separando
analíticamente sus efectos específicos de los debidos a la acción de otros
factores diferentes.
La ley del valor ni siquiera opera siempre que
existe el comercio. Únicamente lo hace cuando éste ha dejado de ser algo
marginal y constituye el mecanismo básico de distribución de los productos del
trabajo humano. Como señala Samir Amin (Amin, 1979: 47), en
las antiguas formaciones sociales tributarias el comercio, especialmente el
comercio de bienes de lujo a larga distancia, no se regía por la ley del valor,
dado su carácter esporádico y marginal dentro del conjunto del sistema económico.
Ante la imposibilidad de calibrar la cantidad de trabajo que podría invertirse
en la fabricación de cualquiera de estos productos, al alcance en general sólo
de los más ricos, el criterio básico a la hora de determinar el precio de estos
bienes consistía, paradójicamente, en su utilidad marginal. De igual manera,
tal y como se desprende de los análisis de Marshall Sahlins (Sahlins,
1977: 297-337) acerca del «comercio primitivo», las partes
implicadas en las transacciones comerciales renuncian de manera recurrente a
obtener mayores ganancias, cuando se les presenta la oportunidad, con el
objetivo de preservar su relación de alianza política con sus socios
comerciales.
Los análisis de estos dos autores resultan
complementarios, al enfatizar distintas facetas del comercio no organizado por
la ley del valor. En el caso estudiado por Samir Amin la ley
del valor no puede hacerse efectiva debido a que, aunque productores y
consumidores persiguen las tasas de intercambio más favorables para sí mismos,
carecen de la información necesaria para calcular los costes en trabajo de los
productos que intercambian. A ello se va añadir seguramente el hecho de que
unos u otros, según el caso, pueden ocupar una posición monopolista, y tampoco
habrá que descartar, en aras de un mayor realismo, su interés por preservar o
entablar ciertas alianzas políticas a través de este comercio. Este último
aspecto de la transacción, en el que insiste Sahlins, nos muestra
cómo, aunque pueda darse una cierta competencia entre distintos productores y
distintos consumidores y aunque unos y otros puedan calcular aproximadamente
los costos de producción relativos de los diferentes productos, estas
consideraciones pueden ser sacrificadas finalmente en beneficio de otros
objetivos distintos. Este curioso desinterés resulta posible gracias a que en
realidad sólo una reducida fracción del producto social es objeto de esta
comercialización. Es esto lo que pone de manifiesto Godelier (Godelier,
2000: 290-295), cuando señala que las proporciones en las que se intercambian
ciertos productos entre las poblaciones papúes a las que estudia son muy
desfavorables, en términos de horas de trabajo, para una de las partes involucradas,
pero que ello no preocupa a los propios implicados, ya que la fabricación de
los productos en sí sólo les exige unas pocas jornadas de trabajo al año,
mientras que a través suyo obtienen los bienes que necesitan y preservan de
paso ciertos vínculos estratégicos con otras aldeas.
De todo lo anterior se desprende que la existencia
de ciertas formas de comercio no implica la presencia de la ley del valor.
Estas formas de comercio sólo se parecen en ciertos aspectos al que estructura
las modernas sociedades capitalistas, al tiempo que difieren de él en varias
facetas decisivas. Resulta igualmente claro que en las sociedades no
mercantiles no se puede hablar, más que de manera puramente metafórica, de
trabajo abstracto y de valor En estas sociedades no opera la ley del valor, ni
existe el trabajo abstracto en cuanto que factor orientador en última instancia
de la actividad productiva socialmente organizada.
4. Valor y plusvalor
La economía capitalista es una economía basada en
el intercambio de valores equivalentes, derivados del trabajo cristalizado en
ellos. Según Marx, una de las mercancías que se intercambian, la
fuerza de trabajo, crea además valor, y por lo tanto, puede crear más valor que
aquel que contiene, el cual viene determinado en este caso por el coste de los
distintos bienes y servicios necesarios para su reproducción, bajo unas
condiciones objetivas y unos estándares de vida dados. La afirmación de que la
fuerza de trabajo crea valor ha sido entendida por muchos críticos de Marx como
si «por decreto» se le hubiese investido a ésta de una especie
de propiedad mágica. En realidad, dado que el valor deriva del trabajo y el
trabajo es un resultado de la aplicación de la fuerza de trabajo, resulta
totalmente lógico que la fuerza de trabajo «cree» valor, como
también lo es el que este valor así «creado» vaya a ser mayor
o menor en función de la complejidad del trabajo desarrollado en cada caso.
El capitalismo requiere de la disponibilidad en
gran escala de la mercancía fuerza de trabajo, como capacidad laboral
susceptible de aplicarse a la ejecución de diversos trabajos concretos. Es de
todos sabido que esta disponibilidad se logró históricamente mediante un
proceso de proletarización en gran escala. (Marx, 1967 y 1975: Vol.III). En lo
que no se repara tan a menudo es en que no bastaba con disponer de esta gran
masa de población obligada a emplearse como asalariada. Era asimismo
absolutamente preciso que tuviese lugar también una homogeneización de las
diferentes actividades productivas, de tal forma que resultase posible
compararlas entre sí, reduciéndolas a distintas magnitudes de tiempo, y
haciendo lo propio con el proceso de adquisición de las específicas habilidades
necesarias para ejecutarlas. De lo contrario, no hubiera podido aparecer nunca
un mercado de trabajo en gran escala. Su nacimiento fue, por ello, el resultado
de la interacción entre procesos sociales tan complejos como el desarrollo de
los métodos de gestión fabril, la disolución de los antiguos gremios y
corporaciones artesanales, la creación de los modernos sistemas de enseñanza y
el desarrollo de un pensamiento capaz de formalizar y cuantificar los
diferentes aspectos de la realidad, incluidas las diferentes actividades y
capacidades humanas (Cf. Lago: en este monográfico). En suma, la creación de la
mercancía fuerza de trabajo se encuentra ligada a la aparición del moderno
trabajo, como actividad progresivamente secularizada, despojada de sus antiguos
rasgos litúrgicos e independizada de las viejas formas de transmisión esotérica
(Eliade, 2001: 157-159).
Todo ello pone aún más claramente de manifiesto las
profundas diferencias entre la sociedad capitalista y las otras sociedades que
le precedieron en el tiempo, y nos ayuda a precavernos contra cualquier
tentación de extrapolar a estas últimas de manera acrítica no sólo los
conceptos de valor y trabajo abstracto, sino también los de fuerza de trabajo y
trabajo. Asimismo, la argumentación anterior nos pone en el camino de una
comprensión más profunda del nexo histórico entre el desarrollo del capitalismo
y el proceso de racionalización estudiado por Weber (Weber,
1993), vínculo éste explorado en su momento con especial perspicacia por Lukács (Lukács,
1985: Vol. II. 7-36).
En la medida en que al asalariado no se le
recompensa por todo el valor que ha creado, sino sólo por el valor de su fuerza
de trabajo, se genera un plusvalor. El valor de la fuerza de trabajo es
ciertamente variable y negociable, pero, para que el capitalismo resulte
viable, ha de ser siempre lo suficientemente bajo, en términos relativos, como
para permitir una tasa de ganancia atractiva, que motive a los capitalistas a
invertir sus capitales. El plusvalor constituye, pues, el fundamento del
beneficio capitalista. Desde el momento en que las relaciones salariales
encuadran a la inmensa mayoría de la población, este plusvalor constituye
además el agente activador del sistema, circulando constantemente por el
interior del mismo y manteniéndolo en funcionamiento.
Por esta razón, la tasa de plusvalor, es decir, la
proporción entre el capital invertido en recompensar la fuerza de trabajo, el
capital variable, y el plusvalor recabado, constituye uno de los parámetros
básicos que regulan el funcionamiento del sistema capitalista. Esta tasa de
plusvalor determina, a través de una serie de mediaciones en las que no vamos a
entrar aquí, la tasa de beneficio y, por lo tanto, el ritmo de acumulación. Su
elevación supone, ceteris paribus, un incremento de este beneficio y de este
ritmo de acumulación, pero puede bloquear, en contrapartida, la expansión de la
producción, ya que la demanda viene determinada en gran medida por la masa
salarial, dado que la mayoría de los clientes son también asalariados. Esta
centralidad de la tasa de plusvalor no tiene nada de sorprendente, ya que el
sistema capitalista, al igual que cualquier otro sistema social, es un sistema
basado en la actividad productiva humana, que en su caso concreto, se presenta
bajo la forma de trabajo asalariado. La distribución de las recompensas
derivadas de la comercialización de los frutos de este trabajo, bajo la forma
de plusvalor y de salarios, constituye, por ello, el mecanismo básico que
regula el conjunto del proceso productivo.
Son muchos los factores que determinan la tasa de
plusvalor. Ante todo, es el resultado de la productividad del trabajo y de la
valoración social atribuida a las diferentes formas de fuerza de trabajo. Esta
valoración se determina de acuerdo a criterios muy complejos y depende en gran
parte, como ya vimos, de la capacidad de los diferentes colectivos de
trabajadores y empresarios para defender sus propios intereses. De este modo,
el valor de la fuerza de trabajo es determinado, en parte, por la lucha de clases,
dentro de la cual figuran ciertas «luchas simbólicas», en el
sentido que otorgaba Pierre Bourdieu (Bourdieu, 1991) a este
término. Profundizando un poco más, podemos decir también que la tasa de
plusvalor es fruto de la compleja dinámica de las relaciones salariales, que
resulta de la interacción, junto a los determinantes técnicos y las luchas
político-sindicales más directas, de una pléyade de factores, como los procesos
de internacionalización de capitales, las migraciones nacionales e
internacionales, la evolución de las pautas de consumo, ligadas a los estilos
de vida, y, en consecuencia a la evolución de los «sistemas culturales» en
un sentido más amplio, así como el contexto político general, con su pluralidad
de fuerzas políticas enfrentadas, a las que no podemos remitir mecánicamente
bajo ningún concepto a las distintas clases sociales (Poulantzas, 1972), y la
evolución de los sistemas educativos.
Estas constataciones, al igual que las expuestas un
poco más arriba con relación al proceso de construcción del mercado de trabajo,
nos obligan a introducir dentro del análisis del funcionamiento del
capitalismo, y precisamente en lo que atañe a la regulación de uno de sus
parámetros fundamentales, una serie de elementos supuestamente «no
económicos» y «superestructurales». Todo ello nos muestra
la necesidad de integrar la economía dentro de un marco de análisis más amplio
y de subordinar el análisis «estrictamente económico» a una
teoría sociológica más global, al tiempo que delata asimismo la tosquedad de
esas versiones del marxismo basadas en una separación radical entre la
supuesta «base» económica y material y la «superestructura» política
e ideológica.
La teoría del plusvalor de Marx es
un corolario lógico de su teoría sobre el valor-trabajo. Si se rechaza esta
última, será muy difícil sostener que existe una explotación de la fuerza de
trabajo en el capitalismo, no en el sentido vulgar de una recompensa por debajo
del «salario justo», por culpa de ciertos capitalistas
desaprensivos, sino en el sentido de una transferencia de trabajo intrínseca al
sistema. Por esta razón, quienes niegan la existencia de esta explotación han
tratado casi siempre, con total coherencia, de refutar la teoría del valor y de
demostrar que el capital es intrínsecamente productivo. Al hacerlo, confunden,
en nuestra opinión, el hecho de que el capital sirva para obtener valor, al
movilizar la fuerza de trabajo que lo crea, con el hecho de que lo cree por sí
mismo, así como también la necesidad, en una economía capitalista viable, de
recompensar al capitalista por su inversión, dado el riesgo y la renuncia a un
consumo más inmediato que la misma le suponen, con su supuesto merecimiento de
esta recompensa en función de una moral universal y ahistórica.
Quienes, como ciertos marxistas analíticos, a los
que aludimos ya al comienzo de este trabajo, prescinden también de la
teoría del valor se ven luego en grandes aprietos a la hora de dar cuenta de la
posible existencia de explotación en el capitalismo. Roemer (Roemer,
1989: 201- 203), por ejemplo, tras declarar inútil la teoría del valor,
sin tomarse la molestia de explicarnos a fondo sus motivos, se embarca en una
ingeniosa aplicación de la teoría de los juegos. De acuerdo con ella, se puede
hablar de una relación de explotación cuando el presunto explotado sufre
un acceso restringido a diferentes bienes productivos— fuerza de trabajo o
medios de producción—, de lo cual quienes disfrutan de un mayor control
sobre los mismos salen ganando, de tal modo que, si pudiera abandonar esta
relación, él saldría beneficiado y los otros perjudicados. Es lo que ocurriría
con el siervo, si le dejarán deshacerse de su señor, recuperando el
control sobre su propia capacidad laboral, o con el proletario, si le
permitiesen hacerse con la propiedad de los medios de producción en manos
de los capitalistas. En ambos casos esta apropiación se impide por la
fuerza, lo cual constituye para Roemer el tercer rasgo definitorio de una
situación de explotación.
Pero al adentrarse por este camino, este autor, y
como señala muy acertadamente Erik Olin Wright (Olin
Wright, 1994: 82 y ss), está describiendo más bien una situación de opresión
económica. Expone algunas de las condiciones que hacen posible la explotación,
junto con algunos de sus efectos finales, pero no nos explica en qué
consiste realmente esta explotación.
Explotación es para nosotros, ante todo, un
intercambio desigual, entendido en un sentido amplio, de trabajo, en el
que unos reciben más de lo que dan y viceversa. La teoría del plusvalor
explica a las mil maravillas cómo ocurre esto en el caso concreto del
capitalismo. La teoría de Roemer no hace nada de esto. Sólo
describe con una mayor precisión formal algunas de las condiciones sobre
las que puede basarse esta explotación, así como algunos de sus resultados. Por
ello, aunque resulta ingeniosa y ayuda a presentar ciertos hechos de manera más
sistemática, no da cuenta realmente ni de la explotación capitalista ni de la
no capitalista. En su pretensión de «teoría general de explotación y de las
clases» resulta totalmente fallida.
Asimismo, el hecho de que en los diferentes modelos
ideales de Roemer ciertas coaliciones de jugadores se
encuentren inmersas en una situación que les perjudica, en la misma
medida en que beneficia a los otros, sólo podrá considerarse explotación,
y no sólo una dolorosa desigualdad, incluso aunque haya sido impuesta por la
fuerza, si se demuestra que la desposesión relativa que sufren estos jugadores
no sólo se correlaciona con el privilegio de los otros, sino que es la causa de
este privilegio. En lo que respecta a los asalariados en el capitalismo, los
marxistas han sostenido siempre que la desposesión de los medios de producción
que padecen no sólo se correlaciona con el disfrute de los mismos por
parte de los capitalistas, sino que, asimismo, constituye la causa de este
disfrute. Son los trabajadores los que, en su conjunto, han creado,
mediante una parte del plusvalor que se les ha extraído, estos mismos medios de
producción. Por tanto, si se apropiaran de ellos, estarían recuperando,
como clase, lo que han creado ellos mismos. Vemos así, como la teoría del
plusvalor, basada en la del valor, y, de una manera más general, la descripción
de la explotación como un intercambio desigual de trabajo, podría ser útil
incluso para complejizar y dar cuenta de un modelo como el de Roemer que
pretende constituir una alternativa a la misma.
En nuestra opinión, solamente el uso de un marco
teórico basado en los conceptos de valor y plusvalor, o en otros
conceptos analíticos, eventualmente forjados, que recogiesen toda su riqueza,
puede dar cuenta de los procesos mediante los que se generan las clases
sociales en el capitalismo, en cuanto que conjuntos de individuos que
ocupan posiciones distintas en el proceso de producción y polos diferentes en
el seno de relaciones de explotación. Sobre la base de la teoría del valor se
puede dar cuenta además no sólo de la extracción de plusvalor, sino asimismo de
las diferentes formas de transferencia de valor entre distintos agentes
productivos, derivadas de las disparidades entre precios y valores, y que han
encontrado un desarrollo muy fecundo en las teorías del intercambio desigual
entre economías con distinto nivel de desarrollo (Amin, 1986).
Quienes desaprovechan la teoría del valor, como es
el caso de Gerald A. Cohen (Cohen, 1985) y de Erik
Olin Wright (Olin Wright, 1994), han de conformarse, por ello, con un
análisis meramente descriptivo y estático de la estructura de clases del
capitalismo. Se limitan a constatar que en el capitalismo los
capitalistas poseen los medios de producción y los trabajadores su fuerza de
trabajo, del mismo modo que los siervos poseen un cierto control sobre sus
medios de producción, compensado por un menor control sobre su capacidad
laboral y los esclavos están desprovistos de lo uno y de lo otro. Pero no
aciertan a dar cuenta del proceso social mediante el que se recrea
continuamente esta desigualdad en el capitalismo y mediante el cual la
desposesión de los unos genera la posesión de los otros. Justamente por ello, y
de manera bastante tosca, hacen del capitalista un poseedor de medios de
producción, en vez de un poseedor de capital, es decir, un poseedor de una suma
de valor, con la que puede activar un proceso productivo en beneficio propio,
para hacerse con más valor del que poseía inicialmente. Pero para concebir de
esta última forma al capitalista, y al conjunto de las relaciones de producción
en las que éste se mueve, es preciso dotarse primero de una concepción más rica
de la teoría social que la que poseen los marxistas analíticos. Los integrantes
de esta corriente han emprendido la encomiable tarea de definir el contenido de
la tradición marxista de un modo más preciso y operacionalizado y, por lo
tanto, más científico. Sin embargo, han tendido a hacerlo a partir de una
lectura un tanto pobre de esta tradición teórica, que no ha tomado en
consideración su carácter dialéctico. El resultado de su trabajo ha sido, por
ello, con bastante frecuencia una operacionalización empobrecedora que ha
privado a los conceptos utilizados por Marx de una gran parte
de su carga significativa, y que coincide en su metodología y en sus efectos
con esas prácticas características de la sociología más convencional que ya denunciase
en su tiempo Herbert Marcuse (Marcuse, 1985: 134-150).
Para no caer en el mismo error, es preciso dotarse
de una concepción teórica que reconozca la interacción entre los hechos
simbólicos y los materiales. Es así cómo se puede entender el hecho de
que la dinámica capitalista sea activada por entidades como el dinero, el valor
o el capital, dotadas de una indudable dimensión simbólica. Ello supone
trascender cualquier pretensión de una preeminencia en bloque de lo «material» sobre
lo «ideal».
5. Valor y fetichismo
Las personas intercambian sus mercancías en
determinadas proporciones porque las consideran poseedoras de unos determinados
valores 2. Estos valores se derivan de la magnitud del
trabajo socialmente necesario invertido en su producción. Es así como se las
inviste de una propiedad social, que consiste en su intercambiabilidad en
una determinada proporción, es decir, su valor. Hemos visto ya cómo la
investidura de esta propiedad social es el resultado de un proceso social un
tanto complejo. Sin embargo, las personas cuando intercambian sus mercancías no
son conscientes de este proceso social subyacente, simplemente toman nota de
los valores respectivos de sus mercancías y llegan de manera espontánea a
la conclusión de que esta propiedad social es una propiedad intrínseca y
natural de las mismas, y de que, por tanto, las mercancías valen por sí mismas.
En esto consiste, en pocas palabras, el fetichismo de la mercancía. Cuando
además existe una mercancía llamada dinero, cuyo único valor de uso consiste en
su propiedad de funcionar como equivalente general de valor de todas las
demás mercancías, como instrumento para «reflejar» el
valor de todas ellas, nos encontramos con un segundo proceso de
investidura social. Si en el caso del valor, esta investidura tenía lugar, por
lo menos, a partir de una propiedad realmente poseída por la misma, como lo era
el ser el resultado del trabajo humano en un sentido general, ahora al dinero
se le inviste de la propiedad de reflejar el valor de las otras mercancías, sin
que haya que partir de ninguna propiedad natural poseída por el mismo, salvo
sus cualidades técnicas elementales como la ligereza o la divisibilidad. De
este modo, su condición de propiedad socialmente investida se nos presenta en
este caso de una manera más clara y diáfana. Por ello, la creencia de que
el dinero posee valor por sí mismo, derivada obviamente del fetichismo de la
mercancía, revela también más claramente su carácter fetichista.
Existe por último, una tercera forma de fetichismo,
consistente en la creencia de que el capital, ese valor con el que se
adquiere fuerza de trabajo para producir más valor, posee la propiedad
intrínseca de producirlo por sí mismo, en vez de ser únicamente un vehículo
para, dentro del marco de las relaciones sociales capitalistas, poner en
marcha el proceso productivo, en su doble vertiente de proceso de
producción de valores de uso y de valor.
En todos estos casos, cada uno más complejo que el
anterior, se abstrae un elemento de la totalidad de la que forma parte y
se le atribuyen propiedades que solamente corresponden a esa totalidad. La
mercancía posee ciertamente un valor en un sistema mercantil, en el sentido de
que se le ha investido del mismo. El dinero es valioso también en el sentido de
que se le ha investido de la propiedad de reflejar el valor de las mercancías.
Incluso se puede considerar al capital «productivo», en el
sentido de que, existiendo la extracción de plusvalor, una inversión afortunada
de capital genera una suma de valor extra para su poseedor. De este modo,
siempre se atribuye a lo fetichizado una propiedad que no le es
intrínseca, sino que únicamente recibe de manera indirecta. Como resultado de
este proceso de fetichización, las relaciones de producción capitalistas se
presentan ante la persona implicada en ellas no como relaciones entre
personas, sino como relaciones entre «cosas», dotadas de
propiedades intrínsecas y existentes con independencia de la actividad de las
personas. Es como si estas «cosas» activasen la vida social,
en vez de ser únicamente agentes intermediarios en los procesos sociales.
Esta percepción fetichizada se debe, tal y como ha
sido sintetizado de manera brillante por Maurice Godelier (Godelier,
2000: 321-346) a dos razones. Por una parte, el pensamiento que se aplica
sobre estos fenómenos es él mismo un pensamiento fetichizador, inclinado a no
profundizar y a equiparar la parte con el todo, pero por la otra, los propios
fenómenos sobre los que se aplica este pensamiento se presentan también
bajo una apariencia fetichizada. Es el propio funcionamiento de la
economía capitalista el que favorece este tipo de percepción. Marx repitió
en varias ocasiones que si la apariencia y la realidad coincidiesen no sería
necesaria la ciencia. En efecto, la realidad se nos presenta con
frecuencia de una manera, pero es de otra. Esta apariencia es generada por la
propia realidad que le subyace. El pensamiento sólo puede trascender esta
apariencia cuando se dota de los instrumentos científicos adecuados y ello sólo
se consigue cuando al sujeto le interesa conocer realmente el mundo que tiene ante
sí, superando una orientación meramente pragmática. Es lo mismo que ocurre con
la percepción cotidiana del Sol como un astro que gira alrededor de la Tierra.
Ha sido necesario esperar al desarrollo de la moderna astronomía para superar
esta apariencia. Y es más, el conocimiento de la misma no nos impide
seguir viéndolo moverse por el firmamento, del mismo modo que no nos
impide tampoco, por comodidad, seguir hablando de su «salida» y
de su «puesta». Lo mismo ocurre con las apariencias
fetichizadas de la sociedad capitalista; el conocimiento del
funcionamiento real del capitalismo, no nos va a hacer dejar de pensar
cotidianamente que las cosas «valen» o que el
capital «produce».
Los fetichismos de la mercancía, del dinero y del
capital constituyen un fenómeno ideológico central dentro de la sociedad
capitalista. Autores como Lukács (Lukács, 1974 y 1985)
han tratado de derivar de ellos una amplia diversidad de fenómenos
culturales presentes en las modernas sociedades capitalistas, desde sus
vanguardias artísticas, hasta sus corrientes filosóficas. Aquí no nos interesa
discutir el valor de estos análisis. En cambio, si merece la pena, para
concluir, insistir brevemente en algunas conclusiones que se desprenden de la
argumentación anterior. En primer lugar, la investidura de propiedades
sociales de las que son objeto la mercancía y el dinero no supone en sí una
fetichización. La fetichización comienza únicamente a partir del momento en que
estas propiedades sociales son consideradas naturales. Con esta
constatación nos ponemos en guardia contra un posible deslizamiento idealista,
que presentaría al capitalismo como activado en última instancia
por «fetiches», por los productos de un pensamiento
incorrecto, como las creencias de que las mercancías valen de por sí o de que
el capital crea riqueza. Pero si ciertamente no son estas formas
fetichizadas de conciencia las que activan el capitalismo, sí es cierto, en
cambio, que este último funciona gracias a procesos de simbolización muy
complejos, que dotan a las mercancías de valor y al dinero de la
capacidad de medirlo.
Al tomar conciencia de este hecho, caemos aún más
en la cuenta de la insuficiencia de las interpretaciones del materialismo
histórico basadas en un determinismo unilateral de lo «material» sobre
lo «ideal». Por el contrario, la producción, supuestamente el
aspecto más «material» de la existencia humana, se encuentra activada por
elementos simbólicos. Del mismo modo, los procesos de fetichización que
acompañan a la actividad económica capitalista se asemejan, como su mismo
nombre nos lo indica, al fetichismo religioso. La crítica de la economía
política emprendida por Marx resulta inconcebible sin la crítica de la religión
realizada por Feuerbach (Assmann y Mate, 1975). La teoría del
valor resulta ser, así, una teoría extraordinariamente rica y compleja, cuyas
ramificaciones finales nos remiten a la naturaleza última de la vida social y
del pensamiento humano. Nada más alejado de cualquier reduccionismo
economicista.
1. La exposición que sigue a continuación es un
resumen muy esquemático del planteamiento desarrollado por Marx a lo largo
del Volumen I de El Capital (MARX, 1975).
2. De nuevo, lo que sigue a continuación es un
resumen muy esquemático de la argumentación desarrollada por Marx en el
Volumen I de El Capita. (MARX, 1975).

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