© Libro N° 7993.
¿Por Qué La Clase Obrera Perdió La Partida? Castel, Robert.
Emancipación. Noviembre 21 de 2020.
Título
original: ©
¿Por Qué La Clase Obrera Perdió La Partida? Robert
Castel
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Partida? Robert Castel
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¿POR QUÉ LA CLASE
OBRERA PERDIÓ LA PARTIDA?
Robert Castel
¿Por Qué La Clase Obrera
Perdió La Partida?
Robert Castel
El título de este artículo puede parecer un tanto
provocador. Pero no es ésa mi intención. Lo que intento es proponer una
hipótesis para comprender la relativa desaparición de la clase obrera en la
estructura social actual a partir del análisis sociohistórico de las
transformaciones internas del asalariado.
Todo el mundo (o casi todo) estará de acuerdo en un
punto: la clase obrera ya no ocupa la posición central que ha ocupado en la
historia social desde hace más de un siglo. Desde mediados del siglo XIX hasta
mediados del siglo XX aproximadamente, el accionar político y social, al menos
en Francia y en Europa occidental, se desarrollaba principalmente en tomo al
lugar que debía ocupar esta clase en la sociedad, a partir de la posibilidad
que tenía, o parecía tener, de promover una transformación completa del orden
social. Este diagnóstico era compartido por aquéllos que exaltaban esta
posibilidad -es la opción revolucionaria, susceptible por otra parte de
diversas variantes- y por aquéllos que la temían como suprema amenaza y hacían
todo por conjugar el riesgo de la subversión. De modo que la cuestión social
era esencialmente la cuestión obrera. Esto significa que lo esencial de la
conflictividad social estaba basado en el enfrentamiento de dos bloques
antagónicos cuya formulación más radical ha sido dada por Marx,
pero que repercutió en diferentes niveles de la lucha social y política:
¿conservación o subversión del orden social? ¿Reforma o revolución?
Nos guste o no (a algunos les alegra y otros lo
lamentan) hoy ya no estamos en el marco de esa problemática. La clase obrera ya
no aparece como portadora de una alternativa global de
organización social. Esto no quiere decir que no exista más, ni que ya no tenga
importancia social y política, y habrá que discutir su tipo de existencia
el papel que desempeña hoy día. Esta comprobación significa solamente
-pero, al mismo tiempo, es mucho- que esta clase sufre un retroceso social y
político decisivo que ha desactivado la potencialidad subversiva que parecía
poseer.
¿Por qué? Evidentemente hay múltiples razones que
pueden contribuir a la comprensión de semejante cambio, y no tengo la
pretensión de desplegarlas aquí. Sólo tiraré de un hilo de explicación, que no
es el único posible, pero que me parece muy esclarecedor. La clase obrera, al
menos en Francia y en el siglo XX, no ha sido vencida en el marco de un
enfrentamiento político directo, como pudieron serlo por
ejemplo los obreros parisienses en 1848. Mi hipótesis es que esta clase ha sido
minada, rodeada, desbordada, por una transformación sociológica profunda
de la estructura del asalariado. Ha sido asimismo desposeída, “doblada” si me
atrevo a decirlo, por la generalización y la diversificación del asalariado y
por la promoción de categorías salariales que la han relegado a una posición
subordinada, ya no central, en la configuración del asalariado.
Quisiera mostrar -o mejor, en los límites de esta
contribución, sugerir- que esta desposesión ha pasado por dos etapas
principales. La primera marca lo que se podría llamar el pasaje de la sociedad
industrial a la sociedad salarial. La segunda, en la que nos hallamos hoy, es
el efecto del sacudimiento de esa sociedad salarial, cuyas consecuencias
empezaron a hacerse sentir a partir de mediados de la década del setenta. De
suerte que una de las maneras de interrogarse sobre lo que sucede hoy con la
clase obrera, su consistencia, su impacto social y político, sería considerar
su posición en la historia del asalariado y, en particular, hoy día, tomar en
cuenta seriamente las transformaciones más recientes introducidas en la
organización del trabajo.
I
Partamos entonces de la época en que, en la
sociedad industrial, la clase obrera parecía representar un bloque portador de
una alternativa global de organización de la sociedad. Se podría tomar como
punto de referencia el año 1936, cuando la clase obrera aparece en Francia
consciente de su fuerza, dotada de una ideología propia, y apoyada sobre sus
propios aparatos, partidos y sindicatos. Al mismo tiempo, permanece socialmente
subordinada, privada de las principales posiciones que dan acceso a la riqueza,
el prestigio y el poder, incluso a pesar de mostrarse como la principal
productora de la riqueza social. Es en el contexto de la lucha de
clases, portadora de la esperanza, o del temor, donde podría cambiar
la situación, y donde los que han sido desposeídos del fruto de su trabajo
podrían invertir el proceso y tomar el mando de la sociedad.
Esa representación de la clase obrera se apoya
sobre la composición sociológica del conjunto de asalariados de la época. El
asalariado obrero representaba entonces el 60% de los asalariados, y casi el
75% si se agregan los obreros agrícolas. El conjunto de los asalariados no
obreros era entonces netamente minoritario, y se componía sobre todo de
pequeños empleados cuyo status era también modesto, apenas superior al de los
obreros. Los obreros constituyen, pues, la gran mayoría del conjunto de los
asalariados, a partir de la cual está pensada y representada la categoría
general de trabajador asalariado. Por cierto que esa mayoría no es
completamente homogénea, ni sociológica ni ideológicamente; por otra parte, es
sabido que nunca lo fue. Pero reúne a lo esencial de las fuerzas productivas de
la sociedad industrial en una sociedad que todavía está industrializada a
medias, puesto que en los años treinta los asalariados representan apenas la
mitad de la población activa.
Si tomamos ahora la situación en 1975,
cuantitativamente, el número de obreros no ha cambiado mucho, incluso ha
aumentado ligeramente. Pero cualitativamente se ha producido una transformación
decisiva en la estructura del mismo. El asalariado obrero ha perdido su
hegemonía y ha sido atrapado por el desarrollo espectacular de categorías de
“profesiones intermedias”, y de personal jerárquico medio y superior, es decir,
estratos profesionales cuyo ingreso y status son superiores a los del
asalariado obrero. De aquí en adelante, estas categorías desempeñan, para
utilizar una palabra que Luc Boltanski aplicó antes al
personal jerárquico, un papel “atrayente ” para el conjunto de
los asalariados Es en este sentido que yo decía que la clase obrera se ha hecho
“doblar”. Incluso independientemente de las transformaciones internas ocurridas
en su seno -y que evidentemente habría que analizar-, ha sido sobrepasada y se
ha encontrado aplastada bajo el peso de un conjunto de asalariados de más alto
rango. El asalariado obrero -desplegado él mismo en diferentes categorías- en
lugar de estar en el centro se encuentra en la parte más baja de la escala,
cada vez más diferenciado del conjunto de los asalariados, tanto más cuanto que
el asalariado agrícola, cuyo status era inferior al suyo, prácticamente ha
desaparecido.
Esta estructura es la de la sociedad
salarial: un continuum diferenciado de posiciones vinculadas por las
características comunes de la condición salarial, en particular el derecho
laboral y la protección social. Pero este continuum resulta muy estratificado y
mantiene grandes desigualdades. Este modelo de sociedad salarial no entraña,
entonces, una homogeneización social. Tampoco implica una sociedad apaciguada,
el fin de la conflictividad social. Impone, en cambio, una redistribución de
esta conflictividad, que ya no se cristaliza alrededor de dos bloques
antagónicos, obreros y burgueses, trabajo y capital, sino que se distribuye
sobre la escala salarial y se desarrolla en buena parte a través de la
concurrencia entre los diferentes estratos salariales. De ahí la forma que toma
la negociación entre los “participantes sociales”. Negociación conflictiva,
podría decirse, a través de la cual cada categoría reivindica la “participación
en los beneficios” del crecimiento, piensa que nunca recibe bastante, pero también
puede pensar que en el futuro obtendrá más. Y efectivamente se observa que
durante el período que siguió al fin de la segunda guerra mundial, cada
categoría socio-profesional ha visto mejorar su situación, al tiempo que las
disparidades entre las categorías permanecían casi sin cambios.
La cuestión socio-política esencial que se plantea
en este contexto ya no es la de la revolución, sino de la redistribución más
equitativa de la riqueza social, o la reducción de las desigualdades. Ya no se
trata tampoco del cambio del lugar que ocupa la clase obrera como tal en la
sociedad, sino más bien de la mejora de la condición salarial en general. Para
resumir ese desplazamiento se podría decir que la clase obrera ha dejado de
servir como referente hegemónico a la vez para la lucha política y para el
análisis sociológico de la sociedad. La gama de posiciones salariales que la ha
sustituido parcialmente es más amplia, más diferenciada, menos dividida
ideológica y socialmente, sin que por eso esté más armoniosamente unificada.
Así expresado, este análisis resulta demasiado
esquemático. Habría que precisar y matizar algunos puntos. En particular sobre
la cronología. Al tratarse de un proceso, es difícil determinar el momento del
vuelco. Esta generalización -diferenciación de los asalariados que no
pertenecen al proletariado obrero- se inicia en los años treinta, se hace más
notable después de la segunda guerra mundial, y comienza a imponerse en los
años sesenta (el debate de entonces sobre la “nueva clase obrera” lo señala). Pero
incluso después de que, desde un punto de vista sociológico, la clase obrera
hubiera perdido su hegemonía entre los asalariados, la referencia a un
mesianismo obrero logró mantenerse en el plano político y en las luchas
sociales, sostenido por el Partido comunista y la CGT. Fue quizás,
paradójicamente, alrededor de 1968 cuando se hizo visible la pérdida de la
posición central por parte de la clase obrera. Paradójicamente, porque mayo del
68 marcó “la huelga más grande” del movimiento social, y se obtuvieron ciertas
reivindicaciones concernientes en primer lugar a los obreros, como el
relevamiento sustancial del SMIC. Pero no por ello se puede hablar de una
victoria de la clase obrera como tal. Mayo del 68 realizó más bien un
aggiornamento de la sociedad salarial, o si se prefiere, una etapa importante
en el proceso de modernización de la sociedad francesa en la cual la clase
obrera no fue ni el desencadenante (como se sabe, fueron los estudiantes
quienes asumieron este papel), ni el actor privilegiado, ni el beneficiario
principal. Con respecto a la tensión entre reformismo y revolución, que
atravesaba desde hacía más de un siglo la historia social (y el movimiento
obrero mismo), el fin de los años sesenta parece marcar la victoria del
reformismo. Esta victoria significa que la clase obrera puede continuar sacando
beneficios de los cambios sociales que parecen encaminados en la vía del
progreso social, pero que ya no es más el centro de gravedad de este proceso
histórico.
II
Si yo hubiera intentado este análisis a fines de
los años sesenta o principios de los setenta, me hubiese quedado ahí. O más
bien hubiese invitado a interrogarnos sobre el lugar que podría ocupar la clase
obrera en una sociedad que parecía empeñada en una transformación de tipo
social-demócrata: cierta reducción de las desigualdades, una consolidación del
derecho laboral y a la protección social, el refuerzo del papel de la
negociación social, una representación más democrática de la importancia de los
diferentes “partenaires sociales”, etc. En este contexto,
¿hubiera mantenido la clase obrera cierta unidad y cierta especificidad? ¿o
bien se hubiera fundido en una especie de gran clase media, como lo soñaban en
los años sesenta ciertos ideólogos del fin de la lucha de clases, como Jean
Fourastié? Me parece que las cosas no eran tan sencillas, y que alguna
reducción de las desigualdades y de las injusticias sociales no significa
necesariamente una homogeneización de las condiciones de existencia y una
unificación de los modos de vida.
Pero de todas maneras, no es en estos términos que
se plantea hoy el problema. Desde mediados de los años setenta (a partir de lo
que se llama la “crisis” pero que es mucho más que un episodio transitorio), se
produjo una bifurcación en el proceso de transformación de la sociedad
salarial. La trayectoria ascendente de la consolidación del grupo salarial se
interrumpió, reabriéndose la cuestión de la asociación creciente del trabajo y
de las protecciones que el progreso social parecía promover. La consecuencia
fue, a mi entender, una agravación muy profunda del proceso de subordinación y
de disociación de la clase obrera iniciado cuando el pasaje de la sociedad
industrial a la sociedad salarial.
En efecto, si el desarrollo de la sociedad salarial
implicaba necesariamente, a mi juicio, la pérdida de la posición central del
asalariado obrero en la estructura social, esta subordinación no entrañaba sin
embargo una degradación del status de las categorías salariales que componen la
clase obrera. Incluso se produjo lo contrario. Las categorías obreras también
se habían beneficiado de la mejora general de la condición salarial, tanto en
términos de ingresos como de derechos sociales. Con grandes disparidades,
evidentemente, y la suerte de los OS (categoría salarial baja), por ejemplo, no
tenía nada de envidiable (por otra parte, no es casual que las grandes luchas
sociales de principios de los años setenta se relacionaran sobre todo con los
OS). Sin embargo, tratándose del período llamado, de una manera por otra parte
discutible, “los treinta gloriosos”, se puede hacer una doble observación:
– una mejora general de la suerte de las diferentes
categorías obreras en relación a su situación en la sociedad industrial, y
sobre todo en relación a los inicios de la industrialización.
– y una relativa cohesión de cada una de
esas categorías cuyo status es relativamente homogéneo y relativamente
estable. Esto es cierto, me parece, incluso para los asalariados menos
provistos, pagados por el SMIG (salario mínimo). Si el SMIG no tiene, por
cierto, nada de maravilloso, representa al menos el primer estrato de la
inscripción en la sociedad salarial, que, además del salario, implica la
participación en el sistema de derechos sociales (derecho laboral, convenciones
colectivas, protección social…). De manera que, en un período de cuasi-pleno
empleo, cuando el acceso al trabajo parece asimismo cuasi-asegurado, se hubiera
podido hablar de una especie de estatus social mínimo garantizado,
que comprende incluso las categorías inferiores del grupo asalariado (en este
contexto aquéllos que están ubicados por debajo de ese umbral están también en
lo esencial fuera del mundo del trabajo regular, y forman un “cuarto mundo”
residual).
Esta es la cuestión que parece hoy replantearse por
la degradación del status de numerosas categorías salariales. Por una parte, se
observa la multiplicación de situaciones de trabajo por debajo de ese “estatus
social mínimo garantizado” 2. Por otra parte, y de modo más
general, se observa una pulverización de la estabilidad de numerosas categorías
salariales. Los asalariados de un mismo estatus dejan de estar “cubiertos” de
manera homogénea y pueden tener un destino social completamente diferente. Este
es el efecto de dos riesgos importantes que han aparecido, o al menos que se
han agravado considerablemente, el riesgo desempleo y el riesgo precariedad, y
que tienen consecuencias particularmente desestructurantes sobre las categorías
obreras, y ello de dos maneras.
Por una parte, se sabe que el desempleo y la
precariedad afectan de diferente manera a las distintas categorías sociales
según un orden que sigue, grosso modo, la estratificación social (así la
proporción de persona] jerárquico desempleado es claramente menor que la de
obreros desempleados, y entre los obreros, los obreros no calificados están
desempleados mucho más a menudo que los obreros calificados). La nueva
coyuntura del empleo ahonda así las disparidades entre las
diferentes categorías de asalariados, en detrimento de los estratos inferiores
del grupo salarial. Se puede decir también que, a partir de “la crisis”, se han
abierto nuevas desigualdades al lado de las desigualdades
“clásicas”, como las desigualdades de ingresos, que se mantienen 3.
Al golpear con más fuerza a las categorías ya ubicadas “abajo de la escala
social”, acrecienta aún más su subordinación.
Pero el desempleo y la precariedad producen otros
efectos destructivos que, aunque no tan inmediatamente visibles, son por lo
menos igualmente graves, porque quiebran las homogeneidades Sea,
por ejemplo, dos obreros de la misma calificación (ya sean más
o menos calificados). Siendo todo lo demás igual, habrá enormes disparidades
entre la trayectoria de aquél que conserve su empleo y su estatuto profesional
toda su vida (felizmente) y el destino social del que se convierta en desempleado
de larga duración, o que alterne períodos de empleo con períodos de
inactividad. Esta desigualdad masiva entre asalariados del mismo status rompe
las solidaridades intracategoriales que se basaban en la
organización colectiva del trabajo y la homogeneidad de condiciones compartidas
por grandes conjuntos de trabajadores. Esta transformación parece poner en tela
de juicio la noción misma de “clase”, en cuanto ella entraña una des-colectivización de
las condiciones de trabajo y de los modos de organización de los trabajadores.
En efecto, la concepción clásica de la clase obrera
se basa en último análisis en la existencia de colectivos obreros que tienen su
raíz en una determinada comunidad de condiciones y una determinada comunidad de
intereses. Siempre se supo (y Marx el primero en tener
consciencia de ello) que esta identidad nunca fue totalmente realizada, y que
la clase obrera nunca representó una unidad absoluta, ni desde el punto de
vista de las condiciones de existencia ni desde el punto de vista ideológico o
político. Sin embargo, no se podría hablar de “clase” sin plantear cierta
preponderancia de lo colectivo sobre lo individual.
Esta preponderancia es lo que hoy se debe
interrogar. El mundo obrero (en tanto haya existido como “mundo”, en todo caso
lo era sobre la base y en la medida de esta preponderancia de lo colectivo) ¿no
ha sido minado por un proceso de individualización que
disuelve sus capacidades de existir como colectivo? ¿No solamente como un
colectivo global (la clase obrera con C mayúscula), sino también como un
conglomerado de colectivos correspondientes a diferentes formas de condiciones
relativamente homogéneas capaces de unificarse en tomo a objetivos comunes?
(Una gran huelga, una “avanzada social” importante siempre han correspondido a
una cristalización de colectivos particulares en un colectivo más amplio). De
tal manera, las transformaciones más recientes de la organización del trabajo
no se traducen solamente en el desempleo masivo y la creciente precariedad de
las condiciones de trabajo. Ellas transforman también profundamente las
relaciones de trabajo. En un mercado de trabajo cada vez más competitivo, los
asalariados están sometidos a presiones demasiado fuertes para ser móviles,
adaptables, flexibles. Bajo la amenaza del desempleo (y sin duda también porque
muchos, de grado o por fuerza, se pliegan a la ideología empresarial que exalta
la flexibilidad y el espíritu de iniciativa) entran en concurrencia y se ven
llevados a jugar el juego de la competencia. Se asiste asi a un desarrollo de
la concurrencia entre iguales, es decir entre trabajadores del
mismo estatus 4. Éstos se ven conducidos a poner en juego sus
diferencias, antes que a apoyarse sobre lo que tienen en común. Hay
también una correspondencia profunda entre lo que Ulrich Beck llama
“la desestandarización del trabajo” 5 y el recurso a
estrategias individuales, antes que a estrategias colectivas, para afrontar
esas situaciones nuevas. Por una parte, el mundo del trabajo se divide con el
desarrollo de la sub-remuneración, la multiplicación de formas “atípicas” de empleo,
el trabajo parcial, el trabajo intermitente, las nuevas formas de trabajo
“independiente”, etc. Faltan entonces los puntos de apoyo para la organización
y la acción colectivas, cuyo modelo fue representado por la gran empresa. La
consecuencia de estos cambios “objetivos” es que el trabajador como persona,
cada vez más, queda librado a sí mismo, y debe movilizarse para tratar de hacer
frente él mismo a esas situaciones. Al parecer, cuanto más precarias son las
condiciones de trabajo, más los trabajadores se ven obligados a desenvolverse,
hacer de todo, tratar de salir del paso mal que bien. En estas condiciones, ¿se
puede hablar de “ciases” de individuos, o de individuos atomizados, de alguna
manera condenados a ser individuos, individuos por defecto? Cabe recordar aquí
las condiciones de contratación de la fuerza de trabajo a comienzos de la
industrialización, analizadas entre otros por Marx. También
entonces el trabajador era tratado como un individuo “libre” y sin protección,
y se sabe cuánto le costó. Fue al inscribirse en colectivos, colectivos de
trabajo, colectivos sindicales, regulaciones colectivas del derecho laboral y
de la protección social, como se liberó de las formas negativas de la libertad
de un individuo que no es más que un individuo. ¿Qué le sucede al individuo, y
qué puede hacer, cuando es desarticulado de los colectivos protectores? La
historia de la clase obrera muestra que los individuos trabajadores han podido
acceder a cierta independencia sobre la base de organizaciones colectivas y de
su inscripción en colectivos. El análisis de la reestructuración actual de las
relaciones muestra que es un proceso inverso el que domina las recomposiciones
en curso.
La descolectivización actual de las relaciones de
trabajo representa así un nuevo trato susceptible de replantear la noción misma
de clase tal como fue construida históricamente. Ella desestabiliza las formas
clásicas de organización del trabajo que dieron las bases de la unificación de
los trabajadores y de su capacidad de resistencia, aunque a menudo bajo formas
muy costosas y “alienantes”, como en el caso de la organización tayloriana del
trabajo. Pero la eclosión de esas formas colectivas corre el riesgo de
acrecentar la subordinación y profundizar la desigualdad de condiciones de las
clases populares. El reverso de la descolectivización del trabajo es, en
efecto, su reindividualización, que deposita en el trabajador la
responsabilidad principal de asumir él mismo los avatares de su trayectoria
profesional. En tal sentido, los diferentes grupos sociales están desigualmente
preparados para enfrentar esas exigencias nuevas. Los menos calificados, los
que más carecen de “capitales”, no sólo económicos, sino también culturales y
sociales, son también los que más padecen cuando un modelo de individualización
de las relaciones de trabajo sustituye a uno de colectivización. Los
trabajadores menos calificados, los más precarios, son también los que parecen
más desprovistos de los recursos necesarios para estructurar colectivos
emancipadores.
Estas afirmaciones parecerían quizás exageradamente
pesimistas. Sin embargo, no queda excluido que pueda haber nuevas formas de
organización que correspondan a esas nuevas formas de desestructuración de los
antiguos colectivos. Es también, sin duda, el principal desafío por afrontar
hoy: llegar a recolectivizar situaciones que, cada vez más, se desarrollan bajo
la forma de una individualización desregulada. Fue, por otra parte, el desafío
que recogió la historia social el que permitió la constitución del grupo
asalariado obrero como clase a partir de la situación atomizada del
proletariado de comienzos de la industrialización. Entonces, no es imposible a
priori que hoy se pueda recoger un desafío análogo. ¿Pero cómo, en qué
condiciones, movilizando qué recursos, y con qué probabilidades de éxito? No
soy profeta. Me guardaré, pues, de responder a estas preguntas. Pero pienso que
en todo caso las posibilidades de promover un futuro mejor deben partir de un
diagnóstico sin complacencias sobre el presente. Éste nos muestra que la unidad
relativa de la clase obrera está deshecha; que su desestructuración corre el
riesgo de dejar que se asiente en sus márgenes un flujo cada vez mayor de
trabajadores y ex-trabajadores abandonados a sí mismos, cuya situación recuerda
a la los primeros proletarios; que la dinámica más poderosa del capitalismo
contemporáneo activada por la ideología neo-liberal, trabaja por la
desestructuración de los sistemas de regulaciones colectivas que habían
estabilizado la condición salarial; y que los contrapoderes necesarios para
dominar esos factores de individualización negativa, y que no pueden ser sino
colectivos, todavía están por encontrarse.
Publicado originalmente en Actuel Marx “Las
nuevas relaciones de clase”
NOTAS
1 Luc Boltanski, Les cadres, Paris, Editions de
Minuit, 1982.
2 Se trata del desarrollo de una especie de segundo
mercado de trabajo, o de un submercado de trabajo que proliféra por debajo
del SMIC y procura un status inferior al del asalariado completo, tanto en
términos de ingresos como de derechos. Estas formas de subempleo no se
desarrollan solamente en el marco de las prácticas del capitalismo
salvaje, como por ejemplo en ciertos sectores como la sub-contratación.
Las medidas públicas de “tratamiento social del desempleo” contribuyen
también a la constitución de un infraasalariado (cf. por ejemplo el
estatus de los CES y de diferentes formas de “empleos asistidos”).
3 Cf. también Jean-Paul Fitoussi, Pierre
Rosanvallon, Le nouvel âge des inégalités, Paris, Le Seuil, 1997.
4 Cf. Dominique Goux, Eric Maurin, La nouvelle
condition ouvrière. Nota de la Fondation Saint-Simon, Paris, octubre 1998.
5 Ulrich Beck, Risk Society, London, Sage
Publication, 1992.

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