© Libro N° 7991.
El Trabajo De Las Mujeres: Produccion Y
Reproduccion. Carrasco, Cristina.
Emancipación. Noviembre 21 de 2020.
Título
original: ©
El Trabajo De Las Mujeres: Produccion Y
Reproduccion.
Cristina Carrasco
Versión Original: © El Trabajo De Las Mujeres: Produccion
Y Reproduccion. Cristina Carrasco
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PRODUCCION Y
REPRODUCCION
Cristina
Carrasco
El Trabajo De Las Mujeres:
Produccion Y Reproduccion
Cristina Carrasco*
1. INTRODUCCION: EL MARCO DE ANALlSlS
Con independencia de los estudios o problemas
particulares que luego se aborden, mejor aún, precisamente para enmarcar dichos
problemas en el contexto de interrelaciones en que se hallan inmersos, es
importante plantear, en primer lugar, lo que constituye el marco general de
análisis utilizado como referencia de investigación. La generalidad y la
abstracción característica de un tratamiento de este tipo, permiten, por una
parte, mantener una visión global sobre el fenómeno y, por otra parte, tener
presente las coordenadas bajo las cuales se sitúa el problema objeto de
estudio. El peligro de esquematismo – que a veces se arguye- se diluye al
entrar en el análisis de aspectos particulares de la realidad que exige mayor
concreción y profundidad a la vez que el estudio se enriquece y cobra mayor
realismo al tener en consideración las interrelaciones del objeto particular
con el fenómeno general del cual participa.
Dicho esto, entremos en materia. Nuestro objetivo
es diseñar un esquema general de referencia que nos permita estudiar “el
trabajo de las mujeres”. Para ello, vamos a considerar, en primer lugar, y
haciendo uso de un elevado nivel de abstracción, a todo sistema social como un
conjunto de subsistemas sociales y económicos relacionados entre sí a través de
una compleja red de interacciones. Dos son los subsistemas esenciales: el de
producción material y el de reproducción humana. Toda sociedad para su perpetuación,
ha requerido necesariamente reproducir dos elementos básicos: la especie, por
una parte, y los bienes materiales para su subsistencia, por otra. Estos
subsistemas -como elementos autónomos- desarrollan unas determinadas relaciones
internas de producción o reproducción pero -como elementos constitutivos de un
sistema global- se articulan entre sí estableciendo una interdependencia de la
cual depende la existencia de ambos, así como la propia existencia de la
sociedad.
Dependiendo del lugar y de la época, estos procesos
asumen características particulares, es decir, cada sistema social real está
históricamente determinado. De aquí que sea necesario identificar su estructura
particular en cada caso concreto.
Ahora bien, toda sociedad que pretenda asegurar un
mínimo de continuidad tiene como premisa básica su reproducción, proceso que
implica la reproducción de los bienes de consumo y de producción, de la fuerza
de trabajo y de las relaciones de producción. Un sistema incapaz de reproducir
sus condiciones de producción es inviable y está condenado a desaparecer. En
todo caso, la reproducción de la vida humana es el objetivo último, la
condición de posibilidad de la reproducción de cualquier sistema social ya que,
en última instancia, son los individuos (mujeres y hombres) los que como
agentes productores y reproductores aseguran la continuidad del trabajo y la
producción. El problema de la reproducción humana y, en particular, el
reemplazamiento de la fuerza de trabajo tiene dos aspectos a considerar, uno
referido a su relación con el subsistema de producción material y otro referido
a sus propias relaciones internas. En cuanto al primero, todas las sociedades
deben establecer una relación global entre los requerimientos de fuerza de
trabajo en la producción y la reproducción de ésta en los grupos familiares. El
segundo aspecto se refiere a la necesidad de toda sociedad de mantener una
determinada estructura familiar para asegurar la fuerza de trabajo exigida. En
el interior de esta estructura -particular para cada sistema social real- tiene
lugar una fuerte división sexual del trabajo que conduce a que la posición de
las mujeres en cualquier sociedad esté íntimamente ligada al constructor de
género/madre. El rol de las mujeres como madres, afectará en mayor o menor
grado a su relación con los medios de producción de acuerdo al marco
institucional y a la forma de producir de cada sociedad.
Ahora bien, una característica común a todas las
sociedades desde las primitivas sociedades agrícolas hasta el sistema feudal es
que ambos procesos -producción material y reproducción humana- se desarrollan
en un mismo espacio físico sin que exista una clara separación entre ellos. De
esta manera, las relaciones de producción y las relaciones familiares se
confunden y se hace difícil distinguir unas de otras. Durante el proceso
socio-económico que ha venido a denominarse “protoindustrialización” y que se
presenta como una fase de transición entre las sociedades agrarias
precapitalistas y el capitalismo industrial, la producción, el consumo y la
reproducción van progresivamente desligándose de su base agraria y comienzan a
estar determinadas por el mercado, aunque la cohesión funcional y estructural
de la familia continúa manteniéndose. En la medida que se desarrolla la
sociedad mercantil, el proceso de diferenciación adquiere cada vez mayor
importancia, pero no será hasta el desarrollo y generalización del capitalismo
que no se consolide la total división entre el lugar donde se realiza la
producción para uso privado y el lugar donde se realiza la producción orientada
al mercado. Así, las circunstancias históricas y económicas de la aparición del
capitalismo y el hecho de que producción material y reproducción humana
aparecen por primera vez claramente diferenciadas permiten que este nuevo
sistema emergente no necesite plantearse la reproducción como problema
fundamental a resolver, de hecho, el capitalismo se encuentra con el problema
de Ia reproducción “ya resuelto”.
Si adaptamos ahora el esquema general expuesto a
las sociedades occidentales actuales, el sistema económico se puede entender
formado por los dos subsistemas básicos ya señalados que denominaremos esfera
industrial -que produce para el exterior- y esfera doméstica -que produce para
el autoconsumo familiar-. Además se puede incorporar un tercer subsistema: la
esfera pública, que tiene un papel fundamentalmente redistributivo. En la
esfera industrial tiene lugar el proceso de producción y reproducción material,
es decir, de bienes y servicios orientados al mercado. En la esfera doméstica
tiene lugar el proceso de producción y reproducción de los individuos. Aunque
aparentemente ambos procesos aparecen como paralelos, independientes y no
relacionados, desde su funcionalidad reproductiva, ambos sectores están
totalmente integrados, más bien, son dos aspectos de un proceso único.
En la esfera industrial se producen las mercancías,
proceso que requiere de mercancías y de fuerza de trabajo. Esta última,
necesaria para el funcionamiento de la economía, se reproduce al margen de las
normas de producción de dicho sistema: su reproducción y mantenimiento se
realizan en la esfera doméstica. A su vez, la esfera doméstica, para reproducir
a los individuos y reproducirse a sí misma, depende de la producción
industrial, relación que se concreta en las variables distributivas: salarios y
beneficio. Al no cubrir, por lo general, el salario los costes de reproducción
de la fuerza de trabajo, las unidades familiares se ven en la necesidad de
transformar en bienes terminados los bienes no directamente consumibles
adquiridos en el mercado. Finalmente, la esfera que hemos denominado pública, a
la cual suponemos razonablemente como “no productiva”, tiene como función
prioritaria la redistribución del ingreso: recauda impuestos que reviertan
sobre la esfera doméstica en forma de servicios públicos gratuitos.
Tenemos pues dos relaciones básicas de intercambio
entre ambas esferas productivas: salario que se intercambia por fuerza de
trabajo y mercancías que se intercambian por dinero. En conjunto representan la
reproducción de mujeres y hombres (fuerza de trabajo y/o trabajadora/es
domésticas/os) y bienes por medio de mujeres, hombres y bienes.
2. LOS TRABAJOS PRECARIOS O “INFORMALES”: EL
TRABAJO
DOMESTICO
Una de las características que, desde determinado
grado de abstracción, ha sido señalada como fundamental del capitalismo -en
contraste con sistemas anteriores- es que las trabajadora/es de forma creciente
no tienen otra alternativa que no sea vender su fuerza de trabajo a cambio de
un salarlo. El trabajo asalariado, que se convertiría en la forma predominante
de trabajo, posee una característica interesante: puede ser adquirido por una
cantidad menor que el valor de lo que produce, pero suficiente para reponer la
fuerza de trabajo. De esta manera, la mayor parte de la supervivencia y
reproducción estaría asegurada a través de la compra de bienes y servicios en
el mercado y la mayor parte de la población dependería de empleadores que
ofrecen trabajo asalariado. No obstante, la realidad discrepa de la teoría. Es
posible que la forma salarial sea la fuente más común y más importante de
renta, pero no es menos cierto que las sociedades occidentales actuales
utilizan para su funcionamiento -además de lo que podríamos llamar la
producción formal- una serie de trabajos o producciones precarias o
“informales” cuya característica fundamental es su invisibilidad. Estos
trabajos son realizados fundamentalmente por las mujeres y/o asignados
socialmente a ellas. Según el grado de desarrollo de la sociedad (mayor o menor
industrialización) y/o de las condiciones socio-económicas de un período
determinado (auge o crisis), variará la importancia que tales producciones
tienen en la producción total. Por lo general, estos trabajos se realizan en
condiciones mucho más difíciles que las que imperan en el sector “formal”,
entre otras razones porque no están protegidos por asociaciones o formas
legales.
Producciones “informales” (que, de facto, se
corresponden con la producción que no aparece incluida en el PNB) o “economía
complementaria” como se ha denominado en tono sui generis son
la economía sumergida, algunas economías familiares de subsistencia, el trabajo
doméstico y el trabajo voluntario. Las dos primeras se integran dentro de lo
que hemos designado esfera de producción material y los dos últimos
participarán fundamentalmente en la esfera de reproducción humana. De todos
estos trabajos precarios, lo más revelantes por su magnitud y contribución a la
reproducción global del sistema son la economía sumergida y el trabajo
doméstico. Ambas producciones tienen una serie de características que las
diferencian, a saber, la forma de remuneración (dineraria o en bienes), el tipo
de actividades a considerar como trabajo, producción para el exterior o para el
autoconsumo, etc. Nos interesa, sin embargo, destacar una diferencia que a nuestro
objeto cobra interés. La economía sumergida por tener carácter de ilegal es por
definición una economía oculta. En cambio, la producción doméstica tiene una
caracterización distinta. De entrada, no es ilegal. Básicamente es un trabajo
privado aislado de la producción social. Aunque desde la consolidación del
nuevo sistema económico, muchos bienes, en cantidades cada vez mayores son
adquiridos como mercancías, la producción doméstica que proporciona los bienes
necesarios para el consumo inmediato permanece, pero ahora con una categoría de
trabajo sin importancia y marginal. El hecho de que producción material y
reproducción humana aparezcan históricamente por primera vez claramente
diferenciadas ha contribuido a que los estudios económicos se centraran en la
producción. Así, cuando el proceso de reproducción desaparece como tema
analítico y al trabajo doméstico se le niega la categoría económica, la
producción doméstica se transforma en una producción invisible. Sin embargo, lo
que quisiéramos remarcar es que lo que realmente se oculta no es el trabajo
doméstico en sí,-de hecho, nadie niega la existencia de este tipo de trabajo-
sino la relación capitalista entre producción y reproducción; el vínculo
esencial que representa el trabajo doméstico entre la esfera de producción
material y la esfera de reproducción humana: permite producir mercancías no
directamente consumibles, pagar salarios más bajos; etc., en definitiva, es una
condición de posibilidad de la reproducción del sistema en su conjunto. Es esta
relación “olvidada” la que hace que “el trabajo de las mujeres -realizado en
ambas esferas- cobre vital importancia y debiera ser tema central de análisis
de cualquier sistema económico.
De las dos producciones “precarias” que señalamos
anteriormente como más revelantes dedicaremos aquí algunas líneas al trabajo
doméstico y comentaremos aspectos de la economía sumergida en el próximo
apartado al tratar las distintas formas de participación laboral de las
mujeres.
El intento de definición del trabajo doméstico se
justifica por varias razones. En primer lugar, porque es determinante para el
funcionamiento de la esfera doméstica, en segundo lugar, porque es el trabajo
que socialmente se asigna a las mujeres, en tercer lugar, por la magnitud que
representa (aproximadamente un 35 % del PNB) y, finalmente, porque aunque es la
actividad fundamental de la mayoría de las mujeres, se la ha mantenido como
categoría marginal y ha sido menos estudiada.
Las discusiones entre las autoras/es que se han
dedicado al tema han conseguido establecer una caracterización más precisa del
trabajo doméstico en cuanto a una serie de elementos que lo diferencian de la
producción asalariada. Dichas características, en líneas generales, son:
– Se produce en condiciones de relativa libertad:
la persona que lo ejerce establece su propio control, ritmo y horario; aunque
éstos se ajusten y queden limitados por las necesidades familiares.
– La retribución del trabajo doméstico no se
reconoce como tal, como un pago por una labor realizada. No hay negociación
explícita ni retribución salarial. La retribución se realiza en bienes y no
guarda relación alguna con la “productividad” del “ama de casa”, sino que
depende del status, del escenario de necesidades que garantiza
la reproducción del modo de vida de las distintas unidades familiares. No hay
un salario único y la remuneración no depende de un patrón mercantil sino del
grupo social al cual pertenece al ama de casa y/o su marido.
– Es un trabajo cuyo objetivo fundamental es la
reproducción de la fuerza de trabajo tanto a nivel diario como a nivel
generacional, lo cual tiene como consecuencia la reducción de los costes
totales de subsistencia. En este sentido se puede decir que el trabajo
doméstico garantiza la reproducción del sistema en tanto que permite unos
salarios más bajos que los que se requerirían si hubiese que adquirir todos los
bienes y servicios directamente en el mercado.
– Sin embargo, los requerimientos reproductivos del
sistema no exigen -y, por lo tanto, no explican- que el trabajo doméstico sea
realizado por la mujer. ¿De dónde surge entonces la división sexual del trabajo
que legitima la función doméstica de la mujer y su papel subsidiario en el
mercado laboral?. El debate feminista nos ofrece una respuesta: el papel de la
mujer en la reproducción, su capacidad natural de parir es el hecho fundamental
a analizar para comprender las raíces de su subordinación, su forma de
participación en la producción y su responsabilidad en todo el proceso de
reproducción de la fuerza de trabajo.
– Ahora bien, a pesar de que a las mujeres como
grupo humano les es asignada la función reproductiva, dicha actividad asume, de
hecho, características distintas según sea la clase social a la cual pertenece
el ama de casa. De acuerdo al acceso de cada familia a los recursos
productivos, el trabajo realizado por las mujeres presenta notables
diferencias. Incluso en los grupos de renta más elevada, la producción no
mercantil del hogar puede llegar a ser des preciable, ya que, por lo general,
la realiza una mano de obra asalariada: una mujer que bajo relaciones de
opresión realiza el trabajo “asignado” a otra mujer. Si entendemos la
explotación como “aquella situación en la que el individuo aporta más en
trabajo que la cantidad de trabajo incorporado en las mercancías que recibe”,
resulta bastante plausible suponer que las amas de casa de las clases altas no
están explotadas. De todos modos conviene advertir que el hecho de que no
exista explotación no quiere decir que no se den otras situaciones indeseables:
alineación, dominación o subordinación. En todo caso, cabe recordar que las
relaciones de género asumen características distintas según la clase social en
las que tienen lugar.
En definitiva, aunque se puede definir el trabajo
doméstico como el conjunto de actividades asignadas a las mujeres como trabajo
de reproducción, resulta operativa la diferenciación de ese mismo trabajo según
niveles sociales: las condiciones sociales específicas son las que estructuran
la familia y, por ende, el trabajo doméstico. Dicho trabajo contribuye así a la
reproducción de la fuerza de trabajo y a la reproducción de las clases
sociales: la producción de los futuros trabajadores -de acuerdo a las exigencias
educativas propias de cada familia- sitúa ya a los niños en la trayectoria de
clase.
– De lo anterior se desprende que el estudio del
trabajo doméstico comprende el análisis de tres aspectos diferenciados aunque
ligados entre sí:
* en primer lugar, las relaciones que tienen lugar
en el interior de la esfera doméstica que integran la división sexual del
trabajo;
* en segundo lugar, las relaciones de dependencia
entre la esfera industrial y la esfera doméstica, a saber, la participación del
trabajo doméstico en la reproducción de la fuerza de trabajo y en la
reproducción social, y
* en tercer lugar, el condicionamiento que
significa para la participación laboral de las mujeres el hecho de que tengan
asignada socialmente al responsabilidad del hogar. A este último aspecto
dedicamos el próximo apartado.
3. LA CATEGORIA “TRABAJO DE LAS MUJERES”
Desde que hace un par de décadas, economistas
feministas y/o marxistas comienzan a debatir sobre el trabajo doméstico hasta
hoy en que es difícil negar abiertamente su importancia se ha recorrido un
Iargo camino. A lo largo de este proceso, la introducción del término “trabajo
de las mujeres” (doméstico y mercantil) en los análisis económicos ha ido
planteando problemas en relación a la definición misma del concepto trabajo.
Simultáneamente ha puesto de relieve las limitaciones de los estudios sobre mercado
laboral al estar realizados estos últimos en base a definiciones del concepto
trabajo útiles para estudiar la participación de los hombres pero no de las
mujeres. Los datos y estadísticas -al no considerar el trabajo doméstico ni
otros trabajos precarios- no reflejan la participación real de las mujeres en
la producción como tampoco la interacción entre los cambios en la estructura
familiar, la situación económica general y la participación de las mujeres en
la economía formal de mercado. Si no se tiene en consideración el trabajo
doméstico asignado, asumido y realizado por las mujeres y las relaciones
sociales que esto implica, no es posible entender en toda su magnitud la
participación de las mujeres en la fuerza de trabajo. Más aún, los análisis
quedan incompletos y desfiguran la realidad.
Estudios-realizados en esta línea muestran que la
responsabilidad prioritaria en la reproducción asignada a la mujer determina
los términos y condiciones de su integración en el mercado laboral. Además, se
ha podido constatar que tanto empresarios como el Estado han ido implementando
medidas que colaboran en legitimar esta situación: o bien en relación con la
reorganización de la estructura laboral o bien sustituyendo producción
doméstica por servicios estatales o bienes de mercado que “ayudan” a las mujeres
a integrar sus responsabilidades domésticas con su participación en el mercado
laboral. Todo esto queda reflejado en los análisis realizados sobre la
segmentación del mercado laboral, la jornada a tiempo parcial, la integración
de la mujer en el sector terciario, las nuevas formas de flexibilidad
introducidas para reducir costes, la utilización por parte de los empresarios
de determinadas estrategias de contratación cuando emplean a mujeres, etc. Para
ejemplificar, señalamos algunos de los aspectos que han revelado estos
estudios.
Las teorías sobre la segmentación del mercado
laboral -aunque criticadas por sectores feministas- han realizado un intento de
explicación de la estructuración del mercado de trabajo en sectores primarios y
secundarios y de la concentración mayoritaria de las mujeres en este último.
Tal vez la crítica más revelante es la que acusa a dichas teorías de haber
considerado en el análisis sólo los factores que condicionan la demanda de
fuerza de trabajo y haber olvidado los condicionamientos de la oferta. Los requerimientos
del sistema económico (por ejemplo, fluctuaciones de la demanda dirigida a
algún sector), por una parte, y el intento de crear jerarquías y divisiones
entre las trabajadora/es de acuerdo a raza y sexo, por otra, serían las razones
que conducirían a que las mujeres se concentraran en determinados sectores o
determinadas industrias, generalmente más inestables y de salarios más bajos.
Pero esto sería sólo una explicación parcial de la participación de la mujer en
el mercado laboral. El análisis del lado de la oferta de fuerza de trabajo
muestra que la principal característica que distingue a las mujeres
trabajadoras de los hombres es la responsabilidad que ‘tienen las primeras en
la reproducción’ social. Las mujeres, -en general, para realizar el trabajo de
mercado desarrollan estrategias que tienen en consideración todos los aspectos
familiares, lo cual limita su forma de participación, su tiempo, su
capacitación, sus posibilidades de movilidad, etc. Por otra parte, a pesar de
que los cambios en la estructura familiar ocurridos en los últimos tiempos en
los países desarrollados -como la caída de la natalidad o el incremento de las
familias monoparentales- pueden ser significativos, han tenido poco impacto en
la forma de participación laboral de la mujer. En cambio, la crisis económica
general ha tenido una fuerte repercusión en la estructura de la demanda de
fuerza de trabajo femenina.
El trabajo a tiempo parcial ha sido el sector de
empleo que más ha aumentado desde 1970 en la mayoría de los países europeos. Un
alto porcentaje de los trabajadores del sector son mujeres, lo cual es
resultado de presiones tanto del lado de la oferta como del lado de la demanda:
permite a las mujeres combinar el trabajo de mercado con sus responsabilidades
domésticas a la vez, al menos en algunos países, reduce costos laborales al
estar las trabajadoras a tiempo parcial excluidas de determinados programas sociales.
El estudio de Rubery et. al. sobre el trabajo a tiempo parcial y la desigualdad
de género señala una serie de aspectos interesantes de remarcar: en primer
lugar, no se puede afirmar que el trabajo a tiempo parcial sea una alternativa
al trabajo a tiempo completo en todo tipo de ocupaciones, más bien aparece como
altamente segregado y confinado principalmente a ocupaciones feminizadas en el
sector servicios. Además, se distingue del trabajo a tiempo completo en que
implica tareas y responsabilidades de características bien diferenciadas, lo
cual significa que constituye algo más que simplemente una forma distinta de
participación en el trabajo. En segundo lugar, la segmentación del mercado
laboral en trabajo a tiempo parcial y trabajo a tiempo completo se presenta
relacionada con una segmentación par el lado de la oferta de fuerza de trabajo:
los trabajos a tiempo parcial son ocupados mayoritariamente por un determinado
sector de la población compuesto por mujeres y/o por hombres no integrados en el
sector formal y que tienen su actividad o renta principal en otras fuentes, a
saber, estudiantes, pensionistas, etc. Sin embargo, si se analizan las
diferencias entre las propias mujeres, se ve que su participación en trabajos a
tiempo parcial y tiempo completo no está básicamente relacionada con
características tales como cualificaciones o clase sino más bien tiene relación
con su situación en el ciclo vital especialmente con su responsabilidad
con hijos pequeños. Pero, la cuestión grave a destacar es que la
entrada al trabajo a tiempo parcial en una etapa de la vida conduce a
desventajas en el mercado laboral en cuanto a capacitación, responsabilidad,
etc., lo cual sumado a las oportunidades más limitadas por la edad de
reintegro, hace que muchas mujeres permanezcan confinadas en el trabajo a
tiempo parcial no representa para ellas simplemente una fase de transición,
sino a menudo una situación permanente o al menos con efectos permanentes sobre
el salario y el tipo de empleo.
Otra/os autoras/es han analizado las
características y los efectos la recesión sobre el trabajo de las mujeres en
distintos países europeos. Los elementos comunes a todos ellos son los salarios
más bajos, la segregación en los empleos de baja categoría y la concentración
en sectores específicos como servicios. Sin embargo, también existen
diferencias importantes. Estas están relacionadas con los distintos sistemas
productivos y los distintos sistemas de Estado y familia de cada país; es
decir, en cada país específico, los sistemas de producción y reproducción
social se interrelacionan de una forma particular para proporcionar un sistema
coherente de organización de la producción. Así, cada uno ha enfrentado la
recesión desde una perspectiva diferente en términos de la posición de la mujer
en la estructura social y económica. Esto significa que existe un amplio rango
de formas de organización del trabajo de las mujeres que no es fruto de un
determinismo económico sino resultado del ajuste -conflictivo o no- entre los
requerimientos- del sistema productivo que incluye todas las formas de empleo
precario que caben en lo que se ha denominado “la flexibilización de los
mercados de trabajo” y la oferta del sistema reproductivo condicionado por
factores institucionales como las formas impositivas, el régimen de seguridad
social, las prestaciones sociales, los sistemas de guarderías, las ayudas
familiares, etc.
A modo de ejemplo: el análisis de las tasas de
participación femenina, mostró que en Francia ésta estaba afectada
fundamentalmente por el número de hijos y no por la edad del hijo menor, que,
en cambio, era el factor más importante en Gran Bretaña. La probable
explicación era el sistema de guarderías mucho más extenso mantenido en Francia
y el alto subsidio recibido por las familias con número elevado de hijos, lo
cual permitía a las mujeres en esta situación retirarse del mercado laboral. A
su vez, la elevada tasa de participación de las mujeres en Gran Bretaña era
resultado del importante desarrollo de los trabajos a tiempo parcial, que han
sido mucho más escasos en Francia. Por su parte, Italia tenía tasas de
participación más bajas que los países anteriores. Esto ha sido consecuencia de
estructuras de empleo relativamente rígidas y mayor protección de los
trabajadores/as del sector formal, lo cual se ha traducido en un mayor
crecimiento de la economía sumergida que ha absorbido gran parte del trabajo femenino.
Otra forma de trabajo precario tiene lugar en el
campo de la economía sumergida. El mayor volumen de bibliografía publicada
respecto a este tipo de trabajo me permite señalar aquí sólo algunas
características interesantes de remarcar. En primer lugar, el sector sumergido
funciona reduciendo costes y redistribuyendo el excedente en favor de la
burguesía: está “exento” de impuestos y los salarios pueden ser bastante más
bajos porque, además de no estar regidos por contrato laboral, parte importante
de los trabajadores del sector tienen alguna otra forma de subsistencias o
ayuda social. En segundo lugar, nunca funciona como campo de aprendizaje ni
capacitación, lo cual significa que la expulsión del sector primario de la
economía hacia la economía sumergida puede ser muy probablemente un viaje sin
retorno.
Ahora bien, aunque parece ser que en la mayor parte
de los países desarrollados la proporción de hombres y mujeres que participan
en la economía sumergida es semejante, hay una diferencia importante: la gran
mayoría de las mujeres incorporadas en este sector están casadas y tienen hijos
pequeños y realizan trabajo a domicilio en su propio hogar, en cambio, los
hombres trabajan fuera de casa, lo cual les permite mayor movilidad y libertad
para negociar tipo de trabajo y remuneración.
Finalmente, un comentario en relación a los
salarios de las mujeres.
Como es sabido, la media salarial de las mujeres es
menor que la correspondiente de los hombres en la mayoría de los países. Para
mantener esta afirmación no se puede considerar sólo el sector formal de la
economía puesto que parte importante de las mujeres participa en trabajos
precarios y es ahí donde se dan las diferencias salariales más importantes; de
hecho, las mujeres que reciben salarios más elevados están más cercanas a la
tasa salarial masculina que aquéllas de bajos salarios. En todo caso, lo que se
ha podido constatar es que las diferencias salariales de las mujeres respecto
de los hombres están más afectadas por tendencias generales dentro del proceso
de determinación salarial que por políticas específicas relacionadas con el
género. De aquí que, para entender el fenómeno es crucial considerar todo el
sistema de determinación salarial y su relación con la forma social de
organización del trabajo. Nuevamente la explicación del fenómeno surgirá de una
combinación de factores que atañen tanto a la esfera reproductiva como a la
productiva; es decir, los salarios de las mujeres están influenciados tanto por
su posición respecto a la familia como por el sistema de determinación salarial
y protección de empleo que prevalezca en el mercado laboral. Existe un
considerable número de trabajos empíricos que avalan esta hipótesis. Por
ejemplo, se ha constatado que muchos trabajos que se consideran femeninos están
clasificados como trabajos no cualificados aunque requieran algún grado de
capacitación, de aquí el fenómeno de la sustitución de mano de obra masculina
por femenina, “la feminización” de ciertos sectores o plantas. En todo caso y a
pesar de ello, se ha llegado a comprobar que las variables que guardan mayor
relación con el nivel salarial, más que el grado de cualificación requerido,
son las características y poder de negociación de la fuerza de trabajo
utilizada, que es claramente menor en el caso de la mano de obra femenina.
Además, muchas mujeres, al no considerar su salario como sustento principal familiar
están dispuestas a aceptar salarios incluso por debajo el mínimo establecido al
participar en trabajos no regulados que, por lo general, son los sectores más
fragmentados y más desprotegidos.
De todo lo anterior se desprende la necesidad de
redefinir la categoría
“trabajo de las mujeres” de modo que incorpore la
dualidad de la actividad de las ‘mujeres: trabajo mercantil y trabajo
doméstico. Es importante mantener la globalidad de análisis y restaurar
la integridad de los conceptos de trabajo y producción. Es necesario centrarse
en la articulación de las relaciones entre producción y reproducción para poder
analizar las relaciones de género, es decir, se hace obligado considerar en
conjunto la situación de lados individuas/os tanto en el interior de la familia
como en la producción. Es imposible explicar la base de dichas relaciones
dentro de la fuerza de trabajo sólo en términos de producción mercantil ya que
están totalmente mediatizadas por las relaciones de género que tienen lugar en
el núcleo familiar. De hecho, las relaciones de género abarcan todos los
espacios sociales y la división sexual del trabajo surge en la intersección de
las distintas formas sociales que organizan la producción.
Resumiendo, si las relaciones de género impregnan
todos los campos sociales y si el trabajo incluye tanto la producción de
mercancías como la reproducción de los individuos, entonces hay que definir
“trabajo de las mujeres” de tal manera que permita analizar en conjunto trabajo
mercantil y trabajo doméstico. La igualdad entre hombres y mujeres en el
mercado laboral exige así condiciones iguales en el proceso de reproducción.
Sin este requisito, las políticas implementadas para la igualdad de oportunidades
entre sexos tienen, en la práctica, poca significación.
ORIENTACION BIBLIOGRAFICA
El modelo teórico utilizado como marco de
referencia está desarrollado en Carrasco (1988 y 1991). Algunas de las ideas
ahí contenidas en cuanto al análisis del trabajo doméstico desde una óptica
reproductiva se encuentran en Benería (1981), Picchio (1981), Benería y Sen
(1981 y 1983), Bryceson y Vuorela (1984), Humphries y Rubery (1984). Un
excelente análisis histórico del trabajo doméstico en las economías
capitalistas son la serie de artículos recogidos en la obra de Smith,
Wallerstein y Evers (1 984). Para algunos elementos sobre el desarrollo
histórico del sistema de reproducción se puede consultar Boserup (1967 y 1984),
Godelier (1977), Meillassoux (1978), Remon (1982), Evers y otros (1984).
La caracterización del trabajo doméstico es uno de
los resultados de la fructífera polémica que tiene lugar en la década de los
setenta y que ha venido a denominarse “El Debate sobre el Trabajo Doméstico”.
El desarrollo de este debate no transcurrid tranquilamente, sino que hubo
fuertes discusiones que fundamentalmente tenían su origen en ladistinta
identificación de lo que se considera al fuente principal de la “opresión de la
mujer”: o bien la familia, que implica una teoría del patriarcado o bien la producción
social, que implica una teoría de las clases sociales. La bibliografía es
amplísima y se puede consultar en Carrasco (1991). Como aportaciones más
relevantes se puede citar a Harrison (1975), Couson, Magas y Wainwright (1975).
Gardiner (1975), Seccombe (1975), Dalla Costa (1977), Humphries (1977),
Himmelweit y Mohun (1977) y Gardiner, Himmelweit y Mclntosh (1980). Molyneux
(1979) realiza un excelente balance de la discusión a la vez que plantea nuevas
perspectivas de investigación. También Rubio (1982) y Alonso (1982) son buenos
análisis de la discusión desarrollada hasta el momento. En Carrasco (1991) se
puede ver una recopilación bastante completa así como un comentario crítico
general.
Las anteriores elaboraciones han llevado a plantear
la cuestión del trabajo de las mujeres en términos de interacción entre
producción y reproducción. A este respecto se puede consultar el ya señalado
artículo de Humphries y Rubery (1984) y los trabajos de Benería (1987), Daune
Richard (1988), Beechey (1988) y Picchio (1990).
Los representantes, más genuinos de las teorías de
la segmentación del mercado, de trabajo son Piore y Doeringer cuyos artículos
básicos se encuentran en Toharia (1983). Como aportaciones desde el campo
marxista se puede citarlos artículos de Braverman, también recopilados en
Toharia (1983) y la obra de Gordon, Edwards y Reich (1986). Las críticas más
relevantes de un punto de vista feminista se encuentran, entre otras, en Rubery
(1978), Humphries y Rubery (1984) y Beechey (1988).
Los datos sobre los trabajos precarios y la forma
de participación de la mujer en el mercado laboral comentados en el texto están
basados en los estudios de Kenrick (1981), Rubery y Wilkinson (1981), Ovejero
(1985), Neubourg (1986), Ruesga (1988), Rubery (1900), Rubery y otros (1990) y
Rubery (1991). La obra de Jenson, Hagen y Reddy (1988) es una excelente
colección de artículos teóricos y empíricos que analizan la participación de
las mujeres en el mercado laboral, en particular, destacamos los trabajos de
Beechey y Daune-Richard sobre la necesidad de reconceptualizar el término
trabajo para utilizarlo en el análisis del “trabajo de las mujeres”.
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* Profesora de Teoría Económica de la
Universidad de Barcelona.

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