© Libro N° 7988.
Bloque Histórico, Intelectuales Y Partido En
Antonio Gramsci. Caponi, Orietta.
Emancipación. Noviembre 21 de 2020.
Título
original: ©
Bloque Histórico, Intelectuales Y Partido En
Antonio Gramsci. Orietta Caponi
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Partido En Antonio Gramsci. Orietta Caponi
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BLOQUE HISTÓRICO,
INTELECTUALES Y PARTIDO EN ANTONIO GRAMSCI
Orietta
Caponi
Bloque Histórico,
Intelectuales Y Partido En Antonio Gramsci
Orietta Caponi
La cultura y los intelectuales
En cada momento histórico, la clase dominante, que
posee el poder económico a nivel estructural, asegura su primado a nivel
superestructural gracias a la difusión de sus ideas y sus principios, asentando
de este modo su hegemonía sobre el conjunto del bloque social. Gramsci desarrolla el
concepto de bloque histórico como el complejo social, determinado por
una situación histórica dada, constituido por la unidad orgánica entre la
estructura, que es la base real de la sociedad, la cual incluye las fuerzas de
producción y las relaciones sociales de producción, y la superestructura, es
decir, el dominio ideológico cultural, constituido por las instituciones,
sistemas de ideas, doctrinas y creencias de una sociedad. Ambos elementos se
hallan en una relación de reciprocidad e interdependencia.
El poder de las clases dominantes sobre todas las
otras clases, en el sistema capitalista, no está dado simplemente a través del
control de los aparatos represivos del Estado, sino que dicho poder está dado
fundamentalmente por la “hegemonía” cultural que las clases dominantes
logran ejercer sobre las clases sometidas, a través del control del sistema
educativo, de las instituciones religiosas y de los medios de comunicación. A
través de ellos, las clases dominantes “educan” a los dominados, difundiendo
una visión política, una cultura y un sistema de ideologías que impiden que los
intereses contrapuestos exploten, creando una falsa ilusión de consenso.
Según la teoría gramsciana, un grupo establece su
hegemonía (domina y dirige) en la sociedad no sólo con el ejercicio del poder
económico y estatal sino también a través del control intelectual y moral sobre
las instituciones educacionales, culturales, religiosas, comunicacionales y
administrativas de la sociedad civil. Tener poder político hace que un grupo
sea dominante, pero para ser dirigente es necesario también que posea el poder
cultural, es decir, el poder social e ideológico. Por esta razón, una revolución
no puede ser sólo la toma del aparato estatal y transformación de las
condiciones económicas, sino que también necesariamente debe producir cambios
culturales y morales.
Como ya lo señalábamos, la clase dominante ejerce
el poder no sólo a través de la coacción sino difundiendo, gracias a sus
intelectuales, su visión del mundo, su filosofía, su moral y sus costumbres
entre los grupos dominados que terminan, de manera conformista, aceptando el
sentido común de sus dominadores. Gramsci afirma que toda
revolución tiene que estar necesariamente acompañada por un movimiento cultural
que implica la adquisición de nuevas ideas y la crítica a las condiciones
existentes. Si los grupos que han sido históricamente dominados logran llegar
al poder, es necesario que construyan una cultura alternativa liberadora que
les permita gobernar a través del consenso legítimo, por lo tanto, toda
revolución debe necesariamente ser un hecho cultural.
La crisis de hegemonía se manifiesta cuando, aún manteniendo el poder, la clase social
políticamente dominante ya no logra ser dirigente en cuanto no es capaz de
resolver los problemas de toda la colectividad y de imponer a toda la sociedad
su propia concepción del mundo. En esta situación de crisis, si una de las
clases sociales subalternas logra presentar soluciones concretas a los
problemas dejados irresueltos y logra posicionar su visión del mundo entre
otros grupos sociales, se vuelve dirigente impulsando la creación de un nuevo
bloque histórico.
La hegemonía es, por lo tanto, el ejercicio del
dominio político junto a las funciones de dirección intelectual y moral. El
problema, según Gramsci, está en analizar cómo puede el
proletariado o en general una clase subalterna, volverse clase hegemónica. Las
clases —subproletariado, proletariado urbano, rural y también la pequeña
burguesía cuando están en situación subalterna viven una ilusión de unidad, en
cuanto pueden estar realmente unificadas sólo cuando logran dirigir el Estado,
de otra forma su unión es continuamente despedazada por los grupos dominantes,
a través de las instituciones educativas, religiosas y comunicacionales de la
sociedad civil que difunden la cosmovisión de estos grupos.
Gramsci advierte que debido a que el pueblo ha estado sometido diariamente
a la ideología de la oligarquía, es imposible pensar que una nueva cultura, una
nueva visión del mundo, surja de manera espontánea. Se necesita un arduo
trabajo de organización y esto sólo es posible a través de una nueva relación
entre intelectuales y pueblo. Al llegar al poder un nuevo grupo político debe
crear sus propios intelectuales orgánicos, para no sólo ser dominante sino
también dirigente, es decir hegemónico.
Gramsci analiza en profundidad la función organizacional y conectiva que
cumplen los intelectuales entre la base económica material y el sustrato
ideológico, que son los elementos fundamentales de un determinado bloque
histórico, en cuyo seno se desarrolla y establece la hegemonía del grupo
dominante. Para Gramsci “Los intelectuales son los
‘empleados’ del grupo dominante para el ejercicio de las funciones subalternas
de la hegemonía social y del gobierno político.”[1]
Cada grupo social tiene sus propios intelectuales
orgánicos que son los que le dan unidad y conciencia de su función en
el campo económico, social y político. En la batalla ideológica que los grupos
subalternos deben librar para la instalación de un nuevo sentido común, de
una nueva cultura nacional-popular, el papel principal es para
aquellos cuadros (intelectuales orgánicos) capaces de surgir de lo profundo del
pueblo y permanecer en contacto permanente con él.
Los intelectuales orgánicos tienen la tarea de
homogeneizar la concepción del mundo del grupo social al que están
orgánicamente ligados, es decir, lograr la correspondencia entre la función
social objetiva de esa clase, en una determinada situación histórica y su
concepción del mundo, expurgando de ella toda ideología que deforma su
conciencia y que más bien corresponde a otros grupos sociales. La función de
los intelectuales orgánicos es precisamente preservar, frente al ataque de
ideas e intereses de la clase dominante, la unidad ideológica del grupo social
al cual están ligados.
La oligarquía capitalista ha venido afirmando su
hegemonía, es decir ha logrado la gobernabilidad por medio de sus intelectuales
que han organizado y difundido sus valores en la sociedad civil, logrando el
consenso aún de aquellos grupos cuyos intereses económicos, sociales y
culturales no son compatibles con los intereses de la oligarquía.
Los nuevos grupos sociales que tienen como meta la
construcción de una sociedad socialista deben desarrollar su propio grupo de
intelectuales orgánicos que permita la creación de un nuevo bloque
intelectual-moral que haga políticamente posible el progreso intelectual de las
bases y no sólo de pequeños grupos elitescos.
Según Gramsci, el nuevo intelectual
revolucionario debe emerger del pueblo y junto al pueblo elaborar la nueva
concepción socialista como parte de la lucha concreta por superar el sistema
capitalista. Los intelectuales orgánicos de la revolución deben sentir las pasiones
y necesidades del pueblo y compartir sus aspiraciones. La falta de esta
conexión “sentimental” entre intelectuales y pueblo llevaría al establecimiento
de una nueva “casta” de intelectuales que tendría sólo una relación formal y
burocrática con el pueblo.
La tarea del intelectual revolucionario es ayudar
al pueblo a liberarse de la cultura y de los valores impuestos por la
oligarquía y tomar conciencia de su función en la sociedad y de su potencial
revolucionario, ya que una “masa humana… no se independiza en su
sentido más amplio, sin organizarse; y no hay organización sin
intelectuales…” Precisamente por su función organizativa, los
intelectuales deben ser miembros activos del Partido Revolucionario, que es el
organismo que permite crear una nueva voluntad colectiva. El Partido es, según
la teoría política gramsciana, el lugar fundamental para la formación de los
intelectuales orgánicos revolucionarios y, por lo tanto, para la difusión de la
nueva hegemonía, es decir, de la nueva cultura, de los nuevos valores, de la
nueva ideología. El Partido es la institución fundamental que tienen los
revolucionarios para lograr el control hegemónico de la sociedad civil.
El establecimiento de esta “hegemonía civil” es
esencial para el éxito y la sobrevivencia de la clase revolucionaria como nueva
clase dirigente y, por tanto, la tarea del Partido es desarrollar y consolidar
esta hegemonía, para que los diferentes grupos de la sociedad acepten la visión
social, la política y los valores morales de la clase revolucionaria. En el
proceso de conquista de la hegemonía, que es un proceso largo y lento, el papel
de los intelectuales como miembros activos del Partido Revolucionario es
prioritario, ya que la conquista y mantenimiento de la hegemonía civil es
fundamentalmente un problema educacional. El éxito de este proceso educativo
estará definido por la formación de una nueva voluntad colectiva nacional.
En este momento en que los revolucionarios
venezolanos estamos construyendo un nuevo partido unitario, es sumamente
importante analizar la concepción gramsciana de partido como “Intelectual
colectivo”, es decir, como educador. Para construir la nueva sociedad
socialista, que es el establecimiento de la democracia efectiva basada en la
justicia social, es indispensable que el partido que coadyuve a esta
construcción sea un partido profundamente democrático.
Según Gramsci, en el Partido la
democracia debe ser concreta e incluyente, basada en un proceso de debates y
discusiones que asegure la elevación continua del nivel intelectual, moral y
político de sus miembros, sólo así la organización no se limitará a ser una
estructura de distribución de poder y adquirirá su verdadera función
educacional y emancipatoria. Esta idea está directamente ligada a la definición
gramsciana de disciplina como relación permanente entre gobernantes y
gobernados para el establecimiento de una voluntad colectiva. Según Gramsci, “Disciplina
no puede ser aceptación pasiva y servil de órdenes… ejecución mecánica de un
comando… sino… comprensión consciente y lúcida del fin a realizar”[2]
Dentro de la concepción gramsciana, la disciplina
es un elemento necesario del orden democrático que no va en contra de la
personalidad ni de la libertad individual, siempre y cuando el origen de esta
disciplina sea un liderazgo basado en el reconocimiento de la mayor habilidad,
competencia y conocimientos de las personas que ejercen la autoridad. De esta
forma la disciplina se transforma en disciplina consciente y responsable que es
la única que puede generar libertad universal, es decir, expresión individual
de la libertad colectiva. Al mismo tiempo, las personas que circunstancialmente
ejercen la autoridad no deben cristalizarse en el cargo sino cumplir una amplia
función educacional que permita preparar una constante generación de relevo.
Para prevenir la burocratización es necesario un proceso educativo constante
que promueva nuevos cuadros dirigentes. El Partido debe ser “parte” del pueblo
no un elemento externo y su tarea es elevar el nivel ideológico y político del
pueblo desde adentro.
En el Partido Revolucionario debe existir una
participación activa y directa de los miembros. Estos no deben obedecer
mecánicamente órdenes de una cúpula, sino intervenir activamente en discusiones
y aplicar estrategias y tácticas que comprenden perfectamente porque han
participado en su formulación. De esta forma todos los miembros del Partido son
realmente directivos y agentes y no ejecutores pasivos de órdenes.
La administración del Partido debe ser flexible,
democrática y desinteresada. Los diferentes niveles del Partido deben responder
a razones funcionales, a división de labores y no a estáticos privilegios.
Según Gramsci, la organización deber basarse en la aceptación de
que “la relación entre maestro y alumno es activa y recíproca, por lo
tanto, todo maestro es siempre un alumno y todo alumno un maestro” Como
vemos, para Gramsci, la función histórica del Partido
Revolucionario es precisamente desarrollar la nueva voluntad colectiva a través
de una reforma intelectual y moral que determine el establecimiento de la nueva
hegemonía en la sociedad civil y permita la creación de la nueva sociedad
socialista.
Los elementos de la teoría política de Antonio
Gramsci aquí analizados nos parecen importantes para la consolidación de
nuestro proceso bolivariano. Esta tarea tiene como arma fundamental la cultura
y como soldados a los “intelectuales orgánicos”, es decir, aquellos cuadros que
emergen del corazón mismo del pueblo para rescatar, recrear y construir un
proyecto socialista nacional, basado en la visión independentista, liberadora y
soberana de nuestro pueblo.
NOTAS
[1] Gramsci, A., Los
intelectuales y la organización de la cultura, Juan Pablos Editor, México, 1975
[2] GRAMSCI, A., Passato
e Presente, Editori Riuniti, Roma 1979, p. 82

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