© Libro N° 7986.
Una Lectura De “Americanismo Y Fordismo” De Antonio
Gramsci. Capella, J. Ramón. Emancipación. Noviembre
21 de 2020.
Título
original: ©
Una Lectura De “Americanismo Y Fordismo” De
Antonio Gramsci. J. Ramón Capella
Versión Original: © Una Lectura De “Americanismo Y
Fordismo” De Antonio Gramsci. J. Ramón Capella
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UNA LECTURA DE
“AMERICANISMO Y FORDISMO” DE ANTONIO GRAMSCI
J. Ramón
Capella
Una Lectura De
“Americanismo Y Fordismo” De Antonio Gramsci
J. Ramón Capella
Para alguien con afición a la lectura de los Quaderni de
Antonio Gramsci, la de las páginas que componen Americanismo y fordismo no
deja de plantear ciertas dificultades. A la admiración que habitualmente
suscita aún hoy la fuerza del pensamiento de Gramsci, que puede llegar a ser
particularmente intensa en este caso, se añade precisamente aquí un sentimiento
contrapuesto, distinto, que impone cierto distanciamiento en el lector y señala
inmediatamente la necesidad de realizar una evaluación crítica del texto al
mismo tiempo a admirado. Explicar esta contraposición sentimental –así
manifestada, en las emociones inmediatas, como reveladoras de nudos teoréticos-
es el objeto de estas líneas, las cuales no pueden componer más que una
lectura, esto es, una interpretación esencialmente diacrónica, desde
la problemática del Presente.
El lector percibe en seguida ciertas oscilaciones
en el punto de vista desde el que se escriben los textos sobre Americanismo y
fordismo. Estas oscilaciones se explican sólo en parte por la
discontinuidad de la redacción, realizada al hilo de lecturas y en momentos muy
distintos, y también, en parte, por tratar una serie de problemas “cuyas
resoluciones se intentan y se plantean en las condiciones contradictorias de la
sociedad moderna” por decirlo con palabras de Gramsci. Pero eso no lo explica
todo. A mi modo de ver, la autocensura del escribir carcelario impide la
manifestación clara de las distintas preocupaciones del autor,
que permanecen casi sumergidas, responsables principales de la oscilación de
puntos de vista.
LOS TRANSFONDOS
Una de las preocupaciones de Gramsci la constituye
la política de industrialización de la Unión Soviética. El epígrafe ‘Racionalización
de la producción y del trabajo” permite comprender sus razones.
Gramsci señala que la tendencia política representada por Trotski planteaba
correctamente problemas (mediados los años veinte) respecto de esa
industrialización, pero propugnaba soluciones prácticas profundamente equivocadas.
Según Gramsci esta tendencia manifestaba el proyecto insuficientemente
racionalizado de dar la primacía a la industrialización en la Unión
Soviética. Esta “racionalización insuficiente” se traducía en la propuesta de
acelerar la implantación de la disciplina y el orden industriales y promover la
correspondiente adecuación de las costumbres sociales con métodos
coercitivos exteriores al proceso de producción, según un modelo
militar. Gramsci creía que una política así solo podía dar lugar al
bonapartismo, y de ahí la necesidad de derrotarla políticamente, esto es, de
superarla.
Si entendemos que la política aplicada por Stalin
tras la derrota como grupo político de la tendencia encabezada por Trotski
consistiría precisamente en eso (con la variante stajanovista, de emulación
destajista apoyada coercitivamente por el Estado, en vez de los “ejércitos del
trabajo” de Trotski), y que esa política condujo efectivamente al bonapartismo
staliniano, se comprenderá el alcance de la posición de Gramsci. Éste, que en
1926 se había manifestado claramente contrario a la de Trotski, se opuso con
energía no menor a los métodos burocráticos empleados para
zanjar el problema político sin resolverlo materialmente en la III
Internacional y en la Unión Soviética.
La disidencia de Gramsci en este punto es central,
pues toca un punto neurálgico de su innovadora concepción de las relaciones
político-sociales: Trotski, y también Stalin, abordaron el problema de la
industrialización soviética desde el punto de vista del dominio político
de este proceso; Gramsci lo hace desde el punto de vista mucho más complejo de
la hegemonía, de la búsqueda no ya de mero consenso político
sino de identificación autónoma de la sociedad con un proyecto, capaz por tanto
de materializar las condiciones metapolíticas sin las cuales este último se
vuelve irrealizable. Es ésta una de sus preocupaciones en el
análisis del americanismo, aunque, con referencia a los textos, es una
preocupación que está en segundo plano.
Y hay también otra distinta, cuya
clave puede buscarse en ciertos pasajes de “Autarquía financiera de la
industria”, que tiene la forma de un largo comentario de una idea de M. Fovel,
en el que tanto al principio como al final se plantea la cuestión de si este
autor, cuya biografía político-social traza de paso cuidadosamente, habla por
sí mismo o expone ideas de “determinadas fuerzas económicas” -esto es, de la
patronal industrial italiana. Pues lo que se examina es en realidad la idea
de pacto social sobre la base del crecimiento económico para
la modernización económico-social de Italia. Una modernización que, como señala
inmediatamente Gramsci, es crecientemente incompatible con un Estado
corporativo que además crea nuevas formas de actulación parasitaria. Gramsci
considera pues la posibilidad de que las exigencias de la modernización
italiana faciliten a los trabajadores posiciones más activas socialmente y
conviertan al Estado fascista en un estorbo para los empresarios industriales.
De este trasfondo doble pero emparentado -se trata
en ambos casos de modernización industrializadora- nacen las oscilaciones en
los énfasis de los textos de Americanismo y fordismo. Que
hay que leer además tomando en consideración el convencimiento gramsciano de
que la época de los ataques por sorpresa, de los asaltos revolucionarios, había
quedado cerrada (tal es su lectura estratégica de la política de frente
único que había defendido junto a Lenin en la dirección de la III
Internacional) y se entraba en una época definida con la metáfora de la “guerra
de posiciones”: una época de avances y retrocesos microscópicos y de
cambios lentos en la correlación de fuerzas político-sociales.
Una etapa histórica en la que se hace relevante comprender la estrategia
igualmente de movimientos microscópicos, “de guerra de posiciones”, del
adversario político-social, pues es a éstos a los que hay que adecuar el propio
combate y la propia energía. Gramsci inventa, para designar la guerra de
posiciones del adversario, el concepto de “revolución pasiva’ .
AMERICANISMO Y REVOLUCIÓN PASIVA
En la última redacción de los textos que se
comentan aquí lleva antepuesta unas líneas introductorias en las que Gramsci
señala el motivo de interés por la socioeconomía y la política implicadas en
las innovaciones técnico-productivas y económico productivas del empresariado
norteamericano de punta, por el modelo americano. Éste tiende
a organizar una economía programada. Los problemas examinados han de verse como
pasos de la transición del individualismo económico (o concurrencia de muchos
capitales) al capitalismo organizado (y también, en los pasajes con clave
“soviética”, como problemas generales de la industrialización, aunque ello es
textualmente secundario).
Gramsci plantea en forma de dilema el
significado futuro de aquella transición. Una posibilidad es
que el conjunto de cambios cree las condiciones de una explosión revolucionaria
“de tipo francés” -dice con su inteligente autocensura carcelaria-: las
condiciones de un cambio revolucionario, en el sentido de una “revolución según
El Capital de Marx”. La otra posibilidad es que los cambios de esa
transición sean precisamente una revolución pasiva, una contrarrevolución
social innovadora. No resuelve el dilema en e1 texto, pero todo indica que
consideraba el fordismo como elemento de una revolución pasiva (al menos para
todo un período histórico).
Hay pues, en este trabajo del antiguo dirigente
político de los comunistas italianos, una reflexión fundamental sobre la base
inmaterial de un replanteamiento estratégico de gran alcance. Pero se advierte
inmediatamente el carácter fragmentario e incompleto de esta reflexión, tal
como ha llegado hasta nosotros. Pues, como más adelante se advertirá, abre
numerosos interrogantes. Uno de ellos estriba en saber cómo creía Gramsci que
podía evitarse, en una revolución pasiva, que e1 movimiento emancipatorio quedara
despojado de sus dirigentes políticos y sociales o, dicho en términos mis
generales, perdiera su orientación. A Gramsci no se le escapaba que la
liquidación del Estado fascista, al tiempo que permitiría la reconstrucción de
las organizaciones del movimiento obrero, daría o bien la seña1 de partida o
bien un impulso poderoso para una innovadora restauración del “orden” del
capital.
Este interrogante remite a otras cuestiones que
exceden los límites de estas páginas, como es la concepción gramsciana del
partido emancipatorio, la cual, pese a contener un elemento innovador de
primera magnitud respecto del leninismo –la idea de intelectual colectivo
impulsor de una reforma moral y cultural-, sigue teorizándose como dotado de
consistencia ideológica (como sujeto portador de una concepción del mundo) y no
simplemente programática.
El modo de abordar Gramsci ciertas cuestiones
específicas permite establecer otras diacronías, ahora en sentido fuerte: indicaciones
de que su tiempo hizo es ya el nuestro. Para poner de relieve algunas
de ellas se agruparán los asuntos de que se ocupa principalmente Americanismo y fordismo en
torno a tres materias (que por otra parte parecen las centrales del original
gramsciano): las exigencias que la modernización productiva impone al
empresariado y al Estado, las que impone a los trabajadores y, previamente, lo
que Gramsci llamaba “una composición demográfica racional”.
“LA DEMOGRAFIA RACIONAL”
Gramsci considera que entre los Estados Unidos y la
Europade su tiempo -e Italia en particular- existe una diferencia Básica: los
Estados Unidos tienen “una composición demográfica racional”, consistente en
que no hay en su población clases numerosas sin una función en el universo
productivo, esto es, clases absolutamente parasitarias, Por el contrario, en
Europa existen clases así. Particularmente en el sur de Italia, existe una
pequeña burguesía “pasiva”, devoradora de la renta agraria, que dificulta la expansión
industrial. La consideración de Gramsci es muy lúcida en términos estrictamente
demográfico-económicos. De un modo u otro, la ulterior expansión industrial
europea ha estado condicionada por la necesidad de una reconversión ”
demográfica” de acuerdo con las características concretas de cada país: así, en
España, grandes movimientos migratorios han reducido drásticamente la población
campesina, etc.
Lo relevante, sin embargo, es una observación
lateral de Gramsci: según él, los norteamericanos que se han ocupado de la
industrialización no han tratado de este prerrequisito suyo porque la
“composición demográfica racional” en América “existe ‘naturalmente’ ”. Este
“naturalmente” va entrecomillado en el texto; por ello hay que entender que
Gramsci no consideraba “natural” en sentido estricto la demografía así
adjetivada, sino como un producto histórico que ha resultado aproblemático para
la industrialización. El quid del asunto relevante para
establecer la diacronía está ahí. Pues no hay nada de eso. El genocidio de
las naciones indias americanas, definitivamente impulsado por la construcción
de los ferrocarriles intercontinentales -esto es, por la primera
industrialización, por sus concomitantes necesidades comerciales-, es la base
de la “racional” composición demográfica norteamericana. Gramsci, simplemente,
no lo percibe o no lo toma en consideración, aunque si percibe lo que con
ironía refiere como la “riqueza” y la “complejidad” de la historia de la
civilización europea, con su comercio de rapiña, etc., que ha dejado un
mantillo de sedimentaciones demográficas pasivas.
SALARIOS Y FINANCIACIÓN INDUSTRIALES; EL ESTADO
Probablemente el mayor interés anticipatorio de los
textos de Americanismo y fordismo se
encuentra en la consideración por Gramsci de las exigencias que la
modernización productiva impone al empresario y al Estado.
Así, las reflexiones gramscianas sobre los salarios
altos que las industrias de punta, “tipo Ford”, pagan a los trabajadores.
Aunque hay una línea de pensamiento en la que se indica que esos salarios altos
son propios de una situación particular, que están relacionados con el
“prestigio de empresa”, con una situación de monopolio incompleto, etc. en
esa reflexión se advierten dos novedades importantes. Los salarios altos evitan
cierto grado de coerción directa para la adaptación de los trabajadores a los
nuevos métodos industriales. Esto es: aunque Gramsci no cree que los salarios
altos (y la consiguiente elevación del consumo) sean un fenómeno primario,
percibe sus consecuencias para la hegemonía. Y, además,
superando un prejuicio, al advertir que lo dicho no basta para explicar el
fenómeno, sugiere que en las industrias fordistas hay que buscar algún
elemento nuevo que sea el origen real de los “salarios altos”:
El elemento nuevo -según sabernos hoy- es la
producción masiva a costes decrecientes, mediante una racionalización
productiva. El razonamiento no es completo aún, al menos en este punto: Gramsci
cree que la elevación de los salarios se debe a la necesidad de compensar con
un nivel de vida más alto el mayor desgaste físico y psíquico impuesto a los
trabajadores por los nuevos métodos, y propende a considerar a la economía
capitalista en su conjunto como tendente a la homogeneidad (ya que no a la
estabilidad); no percibe la necesidad de generar demanda implicada
por la expansión de la producción. Pero capta certeramente un rasgo esencial
del nuevo orden industrial, que trata de sustituir la coerción por la
persuasión indirecta, por la hegemonía. Otros rasgos, como la nueva
fragmentación del mercado de trabajo y la ampliación numérica de lo que se ha
llamado “aristocracia obrera”, privilegiada, son advertidos también
anticipatoriamente.
Esta comprensión anticipatoria de Gramsci no
termina ahí. Pues se interroga, siempre a propósito de la modernización
productiva, acerca de la posible sustitución de la financiación externa, del
capital financiero, por otra ligada directamente a las empresas industriales.
La cuestión planteada es en realidad si el desarrollo puede
partir de la interioridad del mundo industrial (empresarios, saberes técnicos,
trabajadores). Y acerca de si la lógica de la modernización exige un cambio en
las funciones del Estado: la intervención pública en el
proceso productivo.
La primera cuestión, relativa a la “financiación
interna”, amplía el razonamiento que antes se había señalado como inacabado. Se
trataría, según Gramsci, de conseguir que todas las rentas industriales
procedan de la aportación a la empresa (en forma de saberes técnicos, trabajo,
financiación) y no de la lógica del derecho de propiedad en
abstracto. Esto es en cierto modo una anticipación de las políticas
económicas keynesianas, o idea de una producción a costes decrecientes que
pudiera dar de sí más plusvalía, altas ganancias, crecimiento de los salarios
reales y cierto ahorro obrero (evitando a los ahorradores “parasitarios”
devoradores de plusvalía).
Advierte también que el Estado va a verse en la
necesidad de intervenir activamente en el ámbito económico. Llega a esta
convicción a partir del análisis de la nueva función financiera del
Estado desarrollada en la crisis del 29. E infiere las consecuencias: el
Estado, mediador financiero, no podrá limitarse a la tarea de controlar la
inversión: también tendrá que intervenir en la producción, como
regulador central. Gramsci anticipa incluso que su intervención habrá de
consistir a veces en salvar empresas en crisis, esto es, percibe que la nueva
función estatal alterará el concepto de viabilidad económica del capitalismo
concurrencial, la cual cederá el paso a la viabilidad político-económica
característica del capitalismo organizado.
LOS TRABAJDORES: TAYLORISMO Y MORALIDAD
Las cualidades anticipatorias de Americanismo y fordismo en
lo tocante a los rasgos económicos del capitalismo organizado parecen perderse
y hasta confundirse cuando Gramsci se ocupa de ciertos aspectos de la
adaptación de los trabajadores a las innovaciones tecnicoproductivas. Estos
aspectos tienen que ver sobre todo con la aclaptación psicológica al taylorismo
y con la moralidad sexual y vital del trabajador-masa.
Como es sabido el taylorismo consiste en la
descomposición analítica de las operaciones de trabajo, asignando a cada
trabajador la realización de un gesto productivo único, que se repite
infinitamente, en la cadena de producción. Se trata de los métodos de
organización laboral que el “anarquista” Chaplin satirizó en Tiempos
modernos precisamente por sus efectos sobre los trabajadores. Gramsci,
sin embargo, se abstiene de criticar los métodos gestual-repetitivos de la
organización taylorista del trabajo, basada en la utilización más intensa
posible de la energía de los trabajadores para el fin empresarial; en realidad
hace todo lo contrario. Según él, con estos métodos no muere o se embrutece la
espiritualidad del trabajador. Sólo se adapta el gesto físico (para
entendernos: como si el trabajo en esas condiciones se pareciera a la
conducción “automática” de automóviles), pero con la adaptación el cerebro
quedaría en completa libertad.
Cualquier problema de interpretación puede
descartarse aqui. Aunque en algún momento Gramsci señala que la adaptación al
industrialismo es un cambio para la humanidad tan radical como el paso del
nomadismo y el pastoreo a la agricultura y exige toda una época histórica, lo
cierto es que no está refiriéndose positivamente a la adaptación de los
trabajadores a los métodos industriales que puedan surgir a lo largo de todo
ese período histórico, sino específicamente al taylorismo de su tiempo. Y
tenemos suficiente evidencia para señalar, que Gramsci incurre en un enorme
error de juicio. Simone Weil, que quiso experimentar por sí las condiciones de
trabajo de la clase obrera precisamente en una factoría taylorizada, ha dejado
en la condition ouvrière un relato impresionante del
embrutecimiento físico y el agotamiento espiritual que estos métodos producen
en los trabajadores incluso ya “adaptados”. Los técnicos empresariales en
organización del trabajo, por lo demás, tampoco han juzgado como Gramsci: precisamente
se han esforzado por hallar formas de organización (rotación en las tareas
laborales, etc.) que palien las consecuencias indeseadas del trabajo mecanizado
en la individualidad de los trabajadores, y ni siquiera hoy consideran resuelto
el problema.
Igualmente ilustrativas de una línea de reflexión
no sólo equivocada sino incluso con inquietantes consecuencias políticas son
las consideraciones de Antonio Gramsci relativas a la moralidad sexual de los
trabajadores y también, específicamente, al prohibicionismo antialcohólico de
aquellos años.
El industrialismo es visto por Gramsci como lucha
contra la “animalidad” del ser humano. La lógica industrial exige
según él una “rígida disciplina de los instintos sexuales”, tendente a contener
los usos deportivos del sexo en beneficio de los reproductores, al objeto de
reservar para la producción la energía psico-física de los trabajadores. El
tiempo de notrabajo, en el que se repone esta energía, no es visto como “tiempo
para la libertad”, sino como un tiempo que es necesario codificar en esta clave
puritana. En tal contexto racionaliza también el prohibicionismo, considerado
no ya como exigencia ideológica sino más bien estructural, productiva. Los
nuevos métodos industriales necesitan según Gramsci la estabilidad de las
relaciones sexuales, el reforzamiento de la institución familiar y la
eliminación sin piedad de los sectores de la clase obrera que no se
adapten a esta pauta de comportamiento, cuya práctica moral contenga
rasgos libertino-libertarios.
Por lo demás, Gramsci percibe que los intentos de
imponer tales modelos de comportamiento realizados por los industriales
americanos técnicamente más avanzados (menciona con frecuencia el interés de
Ford por la vida privada y familiar de los obreros de sus fábricas) no han
conducido a que la contención en la conducta se convierta en una “segunda
naturaleza” para los obreros. Por ello cree que en determinadas circunstancias
por ejemplo, una gran crisis, con desempleo y desmoralización profunda de las
clases trabajadoras- las iniciativas ‘”puritanas” podrían convertirse en
función del Estado si los métodos de la sociedad civil (i.e., la
disciplina empresarial y la autoeducación obrera) resultaran insuficientes.
Estas posiciones de Gramsci pueden contemplarse
desde el punto de vista de la previsión o comprensión de los procesos sociales
y desde un punto de vista programático. Abordando ahora sólo la primera
perspectiva, puede decirse que Gramsci sobrevaloró las tendencias “puritanas”
relacionadas con el fordismo de los años veinte y treinta y las consideró
consistentes con las nuevas técnicas, vistas además -como se ha señalado-
aproblemáticamente. Con el correr de la etapa que entonces se abría, sin
embargo, el problema social ha sido precisamente el contrario: el consumismo
hedonista -fenómeno en cuyo interior el consumo” deportivo” de sexo actúa
como elemento psicomotor- ha sido fomentado hasta el paroxismo por una
producción masiva que necesita crear su propia demanda. El puritanismo
“fordista” resultó ser, en el capitalismo organizado, un falso arranque, un
elemento propio de la cultura norteamericana, derivado de sus componentes
religiosos, sin equivalente en otras sociedades (y aún así, en la forma considerada
por Gramsci, característico sólo de un periodo de la historia norteamericana)
dotadas de tecnologías industrial de punta.
GRAMSCI ENTRE DOS SOCIALISMOS
El acierto y el error de Gramsci en Americanismo y fordismo nos
permiten localizar su lugar como pensador, casi único entre los grandes, en la
historia del movimiento emancipatorio.
Gramsci se sitúa intelectual y políticamente mas
allá de lo que pudiéramos llamar el marxismo clásico y el comunismo de
la III Internacional en varios asuntos importantes, En el plano político, por
su interpretación estratégica -no táctica- de la política de frente
único (que le habría distanciado no sólo por el asunto Trotski del
zig-zag posterior dela Internacional comunista), Gramsci asumió a fondo los
supuestos de aquella política y la elaboró teoréticamente de un modo creador.
Con buen arte, en la cárcel de Turi, el cerebro que según Mussolini había de
dejar de pensar construyó los instrumentos conceptuales de “guerra de
posiciones”, de “revolución pasiva”, de “partido orgánico”, de “reforma
intelectual y moral” y sobre todo de “hegemonía” (concepto este Último capital
para la filosofía y el pensamiento políticos, hoy sin embargo trivializado
hasta un punto en que sólo lo usan fecundamente casi unos pocos historiadores),
y, con ellos, renovó la capacidad de comprensión del universo social.
Así pudo percibir anticipatoriamente Gramsci los
rasgos que iba a adoptar la adaptación correctora del capitalismo, lo que llegó
a llamarse posteriormente “Estado del Bienestar”, y comprender bien su lógica
interna: desde la autofinanciación industrial hasta la reestructuración de los
aparatos estatales para desarrollar funciones activas de intervención
económica, pasando por la atracción hacia el ideario burgués de una
aristocracia obrera ampliada. Gramsci tenía una imagen bastante completa del
terreno en que habría de librarse en el futuro la guerra de posiciones. Pocos
pesimismos de la inteligencia tan inteligentes, pues además advirtió el
carácter problemático, tanto desde el punto de vista social como desde
el punto de vista político, de una industrialización acelerada dela
Unión Soviética.
No obstante, Gramsci se mantenía aún en
la concepción del mundo característica de las Internacionales I y III (y, si
hacemos abstracción de los planos moral y político, también de la II). Pues
concebía el socialismo como interesado ante todo por el desarrollo de las
fuerzas productivas, por el progreso material. Un desarrollo y una
socialización objetiva del proceso productivo que el capitalismo inicia y
recorre a su manera. Gramsci comparte con Marx la perspectiva del comunismo
como sociedad de abundancia (“a cada cual según sus necesidades”, con una
versión en el fondo naturalista, o en todo caso poco elaborada, del concepto de
“necesidad”).
El mito de la “sociedad de la abundancia” -que
por ironía de la historia comparte con Marx la ideología hegemónica entre las
actuales poblaciones del “norte” industrializado del planeta- se halla en el
origen del acrítico productivismo, muy “hombre nuevo”, de Americanismo y fordismo. El
“desarrollo de las fuerzas productivas” entendido corno sinónimo de “progreso”
suscita una percepción selectiva de la realidad que minimiza -vistos desde la
meta, desde un tiempo siempre futuro, no desde el presente- los lados destructivos de
la industrialización. De ahí el olvido de las naciones exterminadas y la
apología del taylorismo.
Esta última resulta difícil de sopesar en Gramsci.
Su evaluación de los nuevos métodos industriales no es ciertamente idílica –la
adaptación de los trabajadores tropieza con resistencias – pero sí forzada,
hasta el punto de prescindir de importantes rasgos de la realidad. Por otra
parte, el productivismo le lleva a dejar de lado el problema constituido por el
hecho de que los nuevos métodos hacen insalvable entre clases sociales la
separación entre saber tecno-científico en la producción y saber práctico-productivo,
el saber de los trabajadores. Esto es: los nuevos métodos consolidan la
exploración del momento intelectual de la producción.
Obviamente, este problema no se puede abordar
románticamente, como se hace demasiado a menudo, con nostalgias de artesano o
de buen obrero especializado, sino como un problema de
reapropiación por el común del saber científico-técnico.
Esto es: como proyecto de decisión por un demos suficientemente
dotado de bienes de cultura (“a la altura de los tiempos”) sobre los proyectos
y programas de investigación y sobre los objetivos de la producción.
El proyecto comunista gramsciano de “reforma
intelectual y moral”, de naturaleza sobreestructural -por decirlo en el
lenguaje clásico de la tradición emancipatoria moderna- ha de contraponerse a
una lógica asimilatoria de la idealidad de las clases trabajadoras coherente
con los nuevos rasgos del capitalismo organizado: a la lógica del consumo fuera
del tiempo de trabajo, que Gramsci captó, aunque, como se ha visto,
insuficientemente (su énfasis puritano). El proyecto está pues planteado en
términos demasiados abstractos.
No se le puede hacer a Gramsci la censura de no
ver entonces lo que otros vemos hoy, pero sí
señalar lo que ya entonces era un límite interno de la
reflexión político social.
Por lo demás, concebir el industrialismo como una
lucha contra la animalidad del ser humano resulta excesivamente dionisíaco,
fáustico, Pues la naturaleza, incluida la del ser humano, es ineliminable, como
muestra el componente ecológico de la crisis civilizatoria del presente.
Ni siquiera hoy es razonable ser antiproductivista.
La producción racional de bienes es una necesidad perentoria en un sentido
único la mayoría de cuya población vive en la escasez, y en el que el número de
quienes están por debajo del nivel de subsistencia se acerca más y más al de
los pobladores “opulentos”. Esto hace necesario reexaminar, en verdad, que es
realmente producción, percibir que bienes existentes son
destruidos para que la producción tenga lugar. En este renglón hay que contar
no sólo en términos de ecología material: también se deteriora la ecología
moral de las poblaciones. El conjunto de valores morales, factores de
socialización subjetiva, que el productivismo capitalista destruye al crear
mera socialización objetiva -esto es, dependencia-, no se conserva. Ante los
problemas del presente, so1o la ecología moral de la multitud puede hacer
innecesaria para nuestra especie la intervención redistributiva “puritana” de
un poder político despótico.
Desde este punto de vista, puede decirse que el
proyecto ilustrado del que Gramsci es heredero ha de ser refundado ahorrándole
esperanzas fáusticas, apologéticas de la técnica.

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