© Libro N° 7985.
Leer El Manifiesto Comunista Hoy. Capella, J.R.
Emancipación. Noviembre 21 de 2020.
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Leer El Manifiesto Comunista Hoy. J.R. Capella
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EL MANIFIESTO COMUNISTA HOY
J.R. Capella
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Comunista Hoy
J.R. Capella
1. INTRODUCCION
El Manifiesto del Partido comunista es un clásico
del movimiento emancipatorio[1]. A diferencia de otros
textos de reflexión políticosocial, éste ha sido estudiado y ha dado
inspiración no sólo a personas de oficios intelectuales sino a mujeres y
hombres carentes casi completamente de instrucción. En el pasado siglo y en
toda Europa era leído por trabajadores socialistas, comunistas y anarquistas,
pues suscitaba adhesión en todas las tendencias del movimiento obrero. Tuvo
traducciones casi inmediatas al francés, al inglés, al polaco, al italiano, al
danés y al ruso. Se comentaba en trastiendas y en tabernas, en talleres y en
barricadas. Los agitadores bakuninistas lo leían de viva voz a los braceros
andaluces. Más tarde sería recordado en las trincheras de las guerras
coloniales o mundiales. También ha sido analizado microscópicamente en
institutos de investigación; ilustrado, quemado en autos de fe; las policías
políticas y militases han desarrollado a lo ancho del mundo el pavloviano
reflejo de incautarlo y la prensa de la derecha social el de malcitarlo.
Durante siglo y medio ha inspirado la educación histórica y moral no sólo de
insurgentes latinoamericanos o asiáticos o de resistentes africanos sino
también la de personas que compartían la idealidad emancipatoria en las
barbarizadas metrópolis del capitalismo «avanzado».
Que un documento político pueda leerse desde puntos
de vista que no son los propios de los eruditos especialistas cuando ha
desaparecido gran parte del universo social que lo vio nacer revela que su
fondo se refiere a aspectos de aquel universo que han perdurado hasta el
presente. La perennidad del Manifiesto comunista se halla en el impulso moral
que lo inspira, el aborrecimiento de la injusticia -la injusticia, que ha
alcanzado en nuestro tiempo dimensiones exterministas-. Esa perennidad se debe
también a la pretensión de orientar la acción emancipatoria mediante el
conocimiento crítico, riguroso, de intención científica, no complaciente con la
falsa consciencia, con los piadosos deseos.
Y lo más importante: la referencia principal del
Manifiesto es la explotación. Específicamente, el modo de explotación de unas
personas por otras propio de la edad contemporánea. Pese a los esfuerzos de
pueblos enteros, los sistemas sociales de explotación no sólo han sobrevivido
al universo del siglo XIX sino que van a perdurar en el del siglo XXI.
El Manifiesto comunista fue originariamente, sin
embargo, un texto ocasional, de circunstancias, redactado en vísperas del
pleamar revolucionario de 1848[2] con la urgencia de
dejar atrás ideas viejas. En él se especificaba una propuesta de emancipación
social no limitada a la desigualdad política que los revolucionarios burgueses
intentaban eliminar formalmente frente a los poderes estatales absolutos de la
vieja Europa: se trataba de liberar a los trabajadores de la dependencia
intelectual y moral de la burguesía[3], de poner las condiciones
intelectuales para que elaboraran un proyecto social distinto de la reforma de
lo existente.
Lo circunstancial del texto muy pronto obligó a sus
autores a considerar obsoletas algunas de sus partes y más tarde incluso rasgos
bastante centrales de su concepción de los procesos históricos[4]. Esta obsolescencia no ha
hecho sino creces y a saltos acelerados, con la experiencia material de lo que
fuela Unión Soviética y desde el final de la segunda guerra mundial.
Por ello hoy son posibles lecturas o modos de
trabajar sobre el texto de Marx y Engels bastante diferentes entre sí. Por una
parte cabe una lectura histórica, que se esfuerce por situar el Manifiesto en
la época que lo vio nacer. Pero también es posible una lectura que sea además
política, esto es, que se interrogue sobre el modo en que es necesario plantear
hoy cuestiones que siguen siendo acuciantes aunque no puedan sostenerse en la
forma en que las pensaron Engels y Marx.
Aquí se opta por el segundo modo de trabajar. Que
implica ver desde el Manifiesto los problemas del presente, ya que de nuevo es
necesario dejar atrás ideas viejas. La lectura histórica -o incluso la lectura
filológica interna al pensamiento marxista- no se excluye, pero el punto de
vista adoptado principalmente no es éste; las cuestiones que se evocan están
determinadas sobre todo por preocupaciones de hoy y no por criterios
filológicos. Por la misma razón, algunas de las partes del Manifiesto se consideran
directamente irrelevantes para este punto de vista[5].
El estudio se articulará en torno a cuatro grandes
apartados. En primer lugar se examinarán las cuestiones relativas a lo que Marx
y Engels llamaron reiteradamente «el núcleo» del Manifiesto, su centro
doctrinal, al que daban gran importancia. Luego se enfocarán asuntos referentes
al análisis de la sociedad capitalista que aparece en el documento para seguir
después con los relativos a la concepción de las clases trabajadoras como
agente histórico de la emancipación social. Por último se verán algunas cuestiones
que no encuentran su lugar temático al lado de las anteriores.
1. El «núcleo» del Manifiesto
Las ideas centrales que corren a lo largo del Manifiesto, su
«núcleo» según reiterada expresión de Engels[6] son las siguientes:
a) que el modo económico dominante de producción y la estructura social que
se deriva de él en una época histórica constituyen el fundamento sobre el que
se basa su historia política e intelectual, la cual sólo puede explicarse a
partir de esta base; b) que la historia de la humanidad a sido
una historia de luchas entre clases explotadoras y explotadas[7]; c) que
esa historia de luchas de clases ha alcanzado una etapa en la que la clase
explotada y oprimida
-los trabajadores de la era industrial- no puede
liberarse sin liberar a toda la sociedad de la explotación y la opresión, esto
es, sin poner fin a las luchas de clases.
Merece la pena examinar detalladamente estas ideas
centrales del Manifiesto, someterlas a estudio, sobre todo
cuando la experiencia pasada muestra que entenderlas sólo a medias y aceptarlas
sin sentido crítico ha dado lugar a innumerables dogmatismos, esto es, a la
sustitución de un pensamiento vivo de intención científica por la adhesión a
una doctrina[8].
El núcleo del Manifiesto contiene
las tesis centrales de sus autores respecto del sentido de la actividad
emancipatoria. Esas tesis parecen hoy insuficientes, pero la pregunta
sobre el sentido de esa actividad es ineliminable, y
probablemente haya que encaramarse sobre este «núcleo» para ver más lejos.
2. Fundamento y sobreestructura
El primero de los componentes del «núcleo», que es
característico del pensamiento de Engels y Marx, aparece reformulado por éste
en su «Prólogo» a la Contribución a la crítica de la economía
política (1859). Allí se dice, remontándose a exigencias muy primarias
de nuestra existencia, que para producir lo necesario para su vida las personas
se relacionan necesariamente entre ellas, con independencia de su voluntad;
estas relaciones se llaman convencionalmente «relaciones de producción».
Se añade la tesis de que las relaciones de producción corresponden a
una determinada fase (histórica) de desarrollo de las fuerzas productivas. Por
«fuerzas productivas» hay que entender el arsenal de conocimientos, capacidades
e instrumental que han logrado los seres humanos para conseguir bienes a partir
del mundo material que han surgido. En dicho «Prólogo» Marx llama al conjunto
de las relaciones de producción «estructura económica de la sociedad»; en los
prólogos del Manifiesto se habla de «modo económico
predominante de producción e intercambio»[9] o de «producción
económica». Y se añade que sobre esto, calificado de base real de
la sociedad, se levantan la sobreestructura política y jurídica (las
instituciones o estructuras organizativas de la sociedad y las relaciones de
dominio político) y las formas de consciencia social determinadas que
corresponden a la base (histórica) real.
El trabajo de estudio sobre este componente del
«núcleo» tiene que iniciarse buscando una comprensión precisa de las varias tesis
que lo componen, y proseguir con su examen crítico.
Se trata de tesis muy generales sobre las
sociedades humanas, de afirmaciones abarcantes de realidad histórica muy
amplia, que por consiguiente sólo tienen sentido («tener sentido» no prejuzga
que sean verdaderas o falsas) mientras la reflexión se mantenga en ese plano
abstracto y general; si se concreta, hay que especificar y matizar las tesis
históricamente.
Así, que los hombres entran necesariamente en
relaciones de producción es verdadero siempre, aunque la necesidad es
distinta si se está pensando en el carácter social natural del trabajo humano,
necesidad entonces análoga a la que hace social el trabajo en otras especies
(por ejemplo, el trabajo de caza de los lobos), o en la necesidad de
entrar en relaciones de producción cuando los medios para realizarla no se
hallan a disposición inmediata de todas las personas, como ocurre en las
sociedades que han dejado atrás organizaciones sociales primitivas. Puede
decirse que el trabajador esclavo entra en una relación social natural para
trabajar, pero para que trabaje como esclavo ha de entrar
también en una relación social histórica, no natural, y lo hace empujado no
sólo ya por la necesidad natural sino por una compulsión de otro tipo,
económico-política, adicional, de cambiantes características históricas.
La correspondencia de las
relaciones de producción con la fase histórica de desarrollo de las fuerzas
productivas es otra tesis abstracta de las componentes del primer elemento del
«núcleo». Puede examinarse desde varias perspectivas; a una de ellas en
particular, la que atienda a las fuerzas productivas contemporáneas, se aludirá
más adelante[10]. De momento, el estudio
puede tener en cuenta las dos cuestiones siguientes:
Primera cuestión: que la «correspondencia» de las
relaciones de producción con el grado de desarrollo de las fuerzas productivas
ha de verse como un límite a la variedad de modelos de relaciones de
producción viables puesto por el grado de desarrollo de las fuerzas
productivas, y no como un paralelismo de
hechos históricos. Pues grados análogos de desarrollo genérico de esas fuerzas
han dado de sí, en sociedades distintas, relaciones de producción históricas
diferentes (por ejemplo, esclavistas o de tipo «asiático»[11]. La palabra
«correspondencia» que emplearon Marx y Engels para expresar su tesis no era,
pues -por decirlo suavemente-, muy adecuada: en manos de lo que podemos llamar
la escolástica marxista ha engendrado innumerables estupideces.
Segunda cuestión: que el nivel de desarrollo de las
fuerzas productivas, esto es, las capacidades humanas para la transformación de
la naturaleza, es función del instrumental y del saber de que disponen las
gentes. Ahora bien: el instrumental y el saber forman parte también de
la historia intelectual de la sociedad. Habrá que tener esto en cuenta al
examinar la relación entre la «base económica» y la «sobreestructura
institucional e intelectual».
Además, se da como componente de la «base» material
de la sociedad, en el mencionado «Prólogo» de Engels a la edición alemana
del Manifiesto de 1883, la estructura social derivada
de las relaciones de producción, esto es, las clases sociales correspondientes.
El asunto de las clases merece consideración
separada[12]. Y aunque su inserción
como componente de la «base» de la sociedad no carece de problemas, de momento
completa la visión de los elementos materiales que Marx y Engels veían como
fundamentantes de los demás aspectos de la vida social.
Veamos ahora las tesis relativas a la sobreestructura (o
«superestructura»), aún en el primer componente del «núcleo» del Manifiesto. Por
«sobreestructura» puede entenderse las relaciones de naturaleza política y
jurídica, de un lado, y de otro las formas de consciencia social (ideas
morales, concepciones del mundo, cosgomonías, saberes, etc.). Si se atiende no
sólo al Manifiesto si no también a otros lugares de la obra de
Marx[13], parece como si en esta
metáfora tectónica se incluyeran, sobre la «base» o fundamento, dos estratos
sucesivos: el inferior, integrado por las relaciones jurídicas y políticas, que
se articulan en instituciones[14], y el superior, formado
por elementos de naturaleza ideal, esto es, que existe fundamentalmente
informando los contenidos de consciencia y su comunicación.
Lo primero que se advierte es que cualquier aspecto
del método histórico social (no natural), cualquier cosa que se haya dado en la
historia como producto del hombre, tiene ubicación en esta metáfora como
perteneciente a la base o a la sobreestructura de la sociedad (pero a veces
también, como se ha visto, ambas a la vez).
La tesis central de este elemento del núcleo del
pensamiento de Marx y Engels consiste en que la «base» fundamenta la
«sobreestructura», o que ésta corresponde a aquélla, o que los
elementos del ser social determinan sus
elementos de consciencia[15]. Dígase como se quiera, la tesis establece una relación entre
«base» y «sobreestructura» en la que ésta aparece de algún modo como
dependiente de la «base».
3. El papel de los factores sobreestructurales
El entendimiento incorrecto de esta última tesis ha
facilitado la conversión de cierto marxismo en una escolástica que se
caracteriza por atribuir la causación de cualquer aspecto de las relaciones
político-jurídicas o de la consciencia social directamente a la «base»
económica, evitando además la fatiga de la investigación.
Que no era éste el sentido que daban a la tesis los
autores del Manifiesto lo pone en evidencia que en este mismo
texto se mencionen dos hechos «sobreestrurctuales» de los que se afirma que han
contribuido decisivamente al cambio histórico de la «base» social: el
«descubrimiento de América y la circunnavegación de África.
Por ello el estudio ha de empezar por historizar la
tesis: su formulación obedece a propósitos en parte de lucha de ideas y en
parte de principio metódico de análisis en un contexto cultural caracterizado
por el predominio de la metafísica idealista[16] de la filosofía
clásica alemana. La especulación idealista de la época invertía las relaciones
entre el mundo del que se habla o el que se piensa y el habla o el pensamiento:
en ella el ser aparecía determinado por la consciencia, tesis que Marx y Engels,
con Feuerbach, rechazaron enérgicamente.
En nuestro tiempo tanto el pensamiento
irracionalista, que desprecia los procedimientos de contrastación de hipótesis
de los científicos, cuanto el «realismo» positivista, que se atiene a «lo dado»
como si no fuera susceptible de cambiar, desempeñar una función social parecida
a la de la metafísica idealista en el siglo XIX.
De todos modos, el materialismo expresado en la
tesis marxiana de la relación entre «base» y «sobreestructura» se separa
bastante del materialismo positivista corriente. El materialismo vulgar
prescinde de la historia natural y social, y considera lo que hay bajo la forma
de objetos inertes, que se pueden contemplar más bien
directamente. Pero los objetos no son así, sino cambiantes
históricamente (también los conceptos: por ejemplo, una clase de insectos, o
América), tanto si son naturales como producto humano. El materialismo
positivista ve sólo una fotografía de su realidad, y tiende a
prescindir de lo que lleva de un fotograma a otro. Por eso Marx insiste en
construir un modo de concebir los objetos no contemplativo sino práctico (la
práctica incluye el trato, la actividad con el objeto, además del
momento especulativo), intentando captar el lado activo de lo que hay. Ese
intento de no atenerse al ser aparente, sino a su dinámica interactiva, es lo
aludido por la pretensión dialéctica[17].
Así, se puede entender que ciertos elementos
sobreestructurales objetivados, corno el desarrollo científico alcanzado en
momento histórico concreto, entren en la composición de un elemento de la
«base», como las fuerzas productivas; o por qué se atribuye capacidad de
modificación de la base económica a hecho; sobreestructurales como la
comunicación estable con América. Estos no son ejemplos aislados o marginales
en la obra de Marx: cuando, en El Capital, éste explica la
implantación histórica de las relaciones de producción capitalista, recurre a
factores políticos y jurídicos (sobreestructurales) y no sólo a los económicos;
también en El Capital, para establecer el concepto
económico fundamental de su modelo explicativo, el concepto de valor; ha
de recurrir a factores sobreestructurales[18].
Estos argumentos deberían bastar para evitar una
interpretación dogmática de la metáfora sobre las relaciones entre base y
sobreestructura. Los fenómenos sobreestructurales sólo se vinculan con la base
a través de innumerables pasos intermedios (que en la jerga «marxista» suelen
llamarse «mediaciones»). La determinación opera más bien negativamente, como un
límite a lo sobreestructuralmente posible dada una base material -ésta abre un
abanico de posibilidades aunque sólo una llegue a realizarse por efecto de
numerosas interacciones mediadoras-, pero no positivamente, generando
concreciones sobreestructurales materializadas directamente a partir de ella.
Como principio metódico, la tesis que se está
estudiando tiene una consecuencia para el proceso de análisis de
la realidad social, que Sacristán expresaba mediante un lema para la
investigación y el estudio: todo lo que pueda explicarse sólo por razones
internas a la sobreestructura no debe explicarse por la base. Esto es: la
investigación debe proceder en un orden exactamente inverso al del proceso de
concreción real.
[1] Hace más de treinta
años Manuel Sacristán Luzón elaboró un guión para la lectura del Manifiesto
Comunista que constituye la fuente de inspiración -no sólo formal- del presente
texto. Aquel trabajo circuló ampliamente en copias mecanografiadas o más tarde
ciclostiladas (en una época anterior a los medios de reproducción fotomecánica)
entre los estudiantes y trabajadores vinculados a la lucha antifranquista,
constituyendo un instrumento de gran valor para su educación social y moral.
Las copias de dicho texto que se han conservado presentan interpolaciones,
variantes y a veces incluso disparates conceptuales reveladores de un trabajo
de «reedición» mecanográfica debido a diferentes copistas y grupos de estudio,
y significativos también de su influencia. Desde el punto de vista material el
presente trabajo, que se aparta de aquél, es fuertemente deudor del pensamiento
de Manuel Sacristán y de su impulso para la renovación de la idealidad
emancipatoria. Y pretende ser un pequeño pero afectuoso homenaje a su memoria.
[2] La Liga de los
Comunistas, la primera asociación internacional de trabajadores, organización
secreta, («clandestina», diríamos hoy) dadas las condiciones políticas, había
encargado a Marx y a Engels en noviembre de 1847 la redacción de un programa teórico
y práctico, destinado a la opinión pública, en su congreso de Londres. El
manuscrito (alemán) con que cumplimentaron el encargo fue enviado a Londres
para su publicación a finales de enero de 1848; pocas semanas antes de la
insurrección obrera francesa de junio de ese año, la primera que se propuso
específicamente derrocar el dominio de la burguesía, se publicó una traducción
en París (vid. el «Prólogo» de Engels a la edición inglesa de
1888 y el de Marx y Engels a la edición alemana de 1872).
[3] El capítulo III del
Manifiesto, «Literatura socialista y comunista», está destinado específicamente
a criticar las manifestaciones de esta dependencia, en el movimiento obrero de
su época. Hoy, al menos en el mundo industrializado, tal dependencia, expresada
paradigmáticamente por el consumismo, es mucho más profunda.
[4] Así, el «Prólogo» a
la edición alemana de 1872, que es relevante para conocer la opinión que de la
caducidad del Manifiesto tenían sus autores, señala que las medidas
revolucionarias propuestas al final del capítulo II habrían de ser
ya distintas en muchos aspectos, al igual que las observaciones acerca de la
posición de los comunistas en relación con otros partidos. Estos elementos no
se considerarán en el presente texto. Además, en el prólogo a la edición rusa
de 1882 del Manifiesto se pone en duda incluso el modelo de desarrollo
histórico occidental sostenido en él como base de la transformación
revolucionaria.
[5] Así, no se examinarán
el capítulo III ni las propuestas con que finaliza el capítulo II, aunque los
párrafos finales del presente trabajo han de verse en relación con estas
últimas.
[6] Vid «Prólogo» a la
edición alemana de 1883 y a la edición inglesa de 1888.
[7] Excluyendo las
comunidades primitivas, que poseían en común los medios de producción.
[8] La conversión del
pensamiento vivo en un credo, en un conjunto de dogmas, es la condición
intelectual de la utilización de ideologemas de raíz marxista como doctrina
oficial de Estado, según se ha practicado enla URSS, China, Cuba y otros
países. La «dogmática (pseudo)marxista no es sin embargo exclusiva de los
Estados: doctrinarios o divulgadores, como L. Althusser o M. Harnecker, han
tendido a presentar el pensamiento marxista como una «ciencia».
[9] Por «modos de
producción» se significan modelos conceptuales de relaciones productivas que
tienen en cuenta la no disponibilidad directa de los medios de producción por
todos los miembros de la sociedad; quienes carecen de ellos han de entrar en relaciones
no meramente de trabajo sino político-económicas con quienes los poseen
(convirtiéndose sus esclavos, sus siervos, sus asalariados, etc.) para poder
trabajar y por tanto subsistir. Que se hable de «modo económico predominante de
producción e intercambio» en alguno de los prólogos al Manifiesto muestra
simplemente que sus autores tienen consciencia de que en una sociedad histórica
dada pueden coexistir relaciones reales correspondientes a modos de producción
(modelos) diversos (por ejemplo, capitalista y esclavista, como en los USA
anteriores a su Guerra Civil). Vid. infra, en el cuerpo del texto.
[10] Vid., infra, «La
“base” hoy: una corrección ecológica al Manifiesto», pp. 166-169.
[11] Sobre los modos de
producción de tipo «asiático» puede verse K. Marx, Formaciones económicas
precapitalistas.
[12] Vid. infra, «Las
dos clases únicas», pp. 185-187.
[13] Señaladamente, al
mencionado «Prólogo» de Marx a su Contribución a la crítica de la
economía política de 1859.
[14] Por ejemplo,
empresa, familia, esclavitud, Estado …
[15] Dicho en términos del
mencionado «Prólogo» de Marx a su Contribución a la crítica de la
economía política; la tesis de fondo había sido formulada ya por Marx con
anterioridad al Manifiesto, hacia 1845, en los escritos realizados en
colaboración con Engels de La ideología alemana, que dejaron inéditos.
[16] Hoy al usar
«idealismo, se piensa sobre todo en moral; el idealismo alemán, sin embargo,
se entiende mal partiendo de este uso, pues era fundamentalmente epistemológico
e incluso ontológico.
[17] 17. La lectura del
Manifiesto no es el mejor punto de partida para comprender la problemática
del uso de «dialéctica», en Marx. Como ulterior
lectura puede verse M. Sacristán zón, «El trabajo científico de Marx y su
noción de ciencia», en M. Sacristán Luzón, Sobre Marx y marxismo.
Panfletos y materiales I, Icaria, Barcelona, 1983. Son ideologemas clásicos de la dogmática pseudomarxista la
suposición de que hay una «lógica dialéctica», distinta de la lógica formal,
una «ciencia dialéctica» distinta de las ciencias(L. Althusser sostuvo tesis
así). La pretensión de apoderarse intelectualmente de la compleja dinámica
interactiva de la realidad concreta (lo que Marx llamaba «dialéctica») no puede
realizarse al margen del esfuerzo científico, que procede por ensayo y error,
rectificando hipótesis, etc.; se avanza en el conocimiento
«dialéctico» de lo que llamamos un «objeto» mediante proyectos de estudio que
abarquen los conocimientos de ese «objeto» obtenidos desde los puntos de vista
de varias ciencias, insertándolo en su «contexto», etc., y tratándolo
prácticamente.
[18] Para el primero de
los ejemplos de El Capital hay que ver el capítulo del libro I dedicado a «la
acumulación originaria»: la violencia política (factor sobreestructural)
aparece como agente codeterminante de la cristalización de la «base»; para el segundo
ejemplo, en el mismo libro, puede examinarse la construcción del concepto de
«trabajo social medio necesario», en relación con la duración de la jornada de
trabajo (que depende de algo tan sobreestructural como la combatividad de las
clases trabajadoras y de otros factores culturales).
4. La base hoy: una corrección ecológica
al «Manifiesto»
Marx y Engels aportaron para siempre al saber
científico la consideración de básicas o fundamentantes de las relaciones
económicas o de (re)producción social. Esta tesis sobre el ser social se
ha convertido ya en un axioma empleado para lograr comprensión de los fenómenos
sociales incluso por quienes tratan de combatir sus consecuencias en los planos
ideológico y político.
Es cierto que las relaciones entre grupos sociales
determinados y su medio han entrado varias veces en crisis localmente en el
pasado de la humanidad, y probablemente estas crisis, en forma de agotamiento
de la fertilidad de la tierra, debido a la ignorancia agrícola, exceso de
pastoreo, de caza, etc., están en el origen de movimientos migratorios de
poblaciones agrarias desde la prehistoria.
En nuestro propio tiempo, la problemática ecológica
está pasando al primer plano de la autoconsciencia no ideológica de la
humanidad en varias formas. Algunas son ecológico-económicas, como la
incapacidad de algunos suelos para sostener a las sociedades que los habitan –
el caso de ciertas poblaciones subsaharianas-, y difieren de las crisis
ecológicas locales del pasado por haberlas engendrado la interferencia de la
economía capitalista internacional en el modo de subsistencia tradicional de
esas sociedades.
Sin embargo, la forma principal en que se presenta
hoy la problemática es la de una aguda crisis global de la relación de la
humanidad con SU medio que apuntan inequívocamente los estudios de prospectiva
para no muy avanzado el siglo XXI y que implica obviamente, la entrada en
crisis de la civilización actual (21).
Lo que amenaza el sistema de relaciones necesarias
entre los seres humanos y su medio es la gran potencialidad del artificio
interpuesto por la humanidad contemporánea en su relación con la naturaleza,
junto con la presión sobre ésta ejercida por el crecimiento demográfico (22).
Esta problemática es previa a – o más fundamental que- la de los sistemas
económico-políticos de producción social. Reconocerlo obliga a una corrección
importante del aspecto del «núcleo» del «Manifiesto» relativo a la base material
de la historia humana, en el sentido de admitir el carácter básico o
fundamentante de las relaciones ecológicas de los seres humanos con su medio
ambiente natural para cualesquiera relaciones de reproducción
económica.
El carácter básico de la ecología humana para la
vida social obligará, como veremos, a una reconsideración de otros aspectos o
tesis muy importantes del «Manifiesto» comunista.
Aquí, sin embargo, merece la pena destacar un
asunto distinto, apenas tenido en cuenta en la obra de Marx, pero que la crisis
ecológica actual obliga a señalar. Se trata de lo siguiente:
El uso de instrumentos y artificios -de medios de
producción- en la vida del animal humano ha de observar lo que llamaremos
una racionalidad tecnológica(23). El uso de medios de
producción no es un fin en sí mismo, sino que se halla al servicio de la
satisfacción de alguna necesidad. En determinadas circunstancias la obtención
del medio puede resultar incompatible con la satisfacción de otras necesidades.
La básica elementalidad de la racionalidad tecnológica restaba hasta ahora
trivial, pues hasta hace muy poco se podía suponer que los medios de producción
introducidos ahorraban en cualquier caso tiempo o esfuerzo humanos. Pero ahora
debe destacarse, dada la limitación actual del margen de maniobra tecnológico.
La civilización industrial se ha basado en el empleo de medios productivos,
tales como los recursos no renovables, cuya sustitución plantea problemas no
resueltos y acaso irresolubles en términos de tecnología productiva. La
limitación tecnológica viene dada no sólo por los condicionamientos ecológicos:
también por el carácter laberíntico de la cooperación social objetiva que hace
interdependientes los procesos productivos.
La derecha social se halla mal situada para
afrontar este género de problemas, que no pertenecen al ámbito de lo privado.
Algunas de las propuestas formuladas desde su perspectiva para afrontar la
crisis ecológica del planeta Tierra constituyen pseudosoluciones, adormideras
ideológicas, inconsistentes en términos de racionalidad técnica (24).
5. Explotadores y explotados: nuestra historia
El segundo componente del «núcleo» del «Manifiesto»
es que la historia de la humanidad ha sido una historia de lucha de clases, de
lucha entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas.
Marx y Engels no suponían que la lucha de clases
hubiera existido siempre y fuera, por tanto, «natural»: hacían una salvedad
para referirse a las «comunidades primitivas» o, a la «sociedad gentilicia»
(Engels), anteriores a la diferenciación social en clases, argumentando esta
tesis con los descubrimientos antropológicos de su época.
Sin embargo, los problemas que pueden suscitarse en
la discusión de este elemento del «núcleo» no son éstos, sino dos cuestiones
muy distintas.
Desde nuestra perspectiva contemporánea, al
observar ciertos modos de producción, como el esclavista o el feudal, la
explotación puede parecer transparente o manifiesta (esclavo y siervo se
mantienen a sí mismos con su trabajo y mantienen además a su
señor), pues se sostiene mediante relaciones de poder político-militar,
aplicando una coerción física también visible. Pero ésta es una visión
transcultural, y no está claro que las personas que entraran en tales relaciones
pudieran hacerse fácilmente con una percepción clara de las relaciones de
explotación en tales sistemas sociales. Los sistemas llamados «asiáticos» o
«tributarios» parecen aun menos transparentes, ya que las clases dominantes
participaban en la producción dirigiéndola o aportando medios necesarios para
ella -desde conocimientos hasta obras hidráulicas-. Nunca es fácil distinguir
las formas «económica» y «extraeconómica» de la coerción genérica que se ejerce
sobre las poblaciones.
En el modo de producción capitalista, las
relaciones de explotación de unas personas por otras tienden a hacerse muy
opacas y difíciles de seguir intelectualmente (la explotación no es «franca y
descarada» como dicen precipitadamente los autores del «Manifiesto» y, las
relaciones de poder político entre explotadores y explotados que las afianzan
ni son inmediatas o directas ni son la única forma de coerción ejercida sobre
los explotados.
La explotación en este sistema, sencillamente, no
está explicada en el «Manifiesto». Marx y Engels dicen en él que los
productores venden su trabajo (25) al capitalista
a cambio del salario; Marx introducirá en «El Capital» (sobre todo, pero
también antes) una importante corrección a este modo de ver, diciendo que me lo
que vende el trabajador no es su trabajo, sino su fuerza de trabajo,
su capacidad para trabajar, y acuñará para explicar la explotación el
concepto de plusvalía.
Por otra parte, en el «Manifiesto» se habla de la
explotación de unas personas por otras y de la lucha entre la clase explotadora
y la clase explotada sin tomar en consideración especial la historia de la
explotación y la opresión de las mujeres en las sociedades patriarcales o de
dominación masculina que conocemos. Este problema, como el anterior, merece
consideración separada.
6. Explotación y plusvalía
Aunque la ausencia del concepto de plusvalía en
el «Manifiesto» no es impedimento para hablar de la explotación
capitalista en términos de plausibilidad intuitiva, impide dar una explicación
de cómo se produce. Las líneas generales de esta explicación se exponen en el
libro I de «El Capital».
Para avanzar una versión simplificada de ésta,
necesaria al objeto de proseguir críticamente la lectura del «Manifiesto
comunista», podría decirse lo siguiente.
Supongamos una sociedad, la mayoría de cuyos
miembros (los trabajadores) no tiene acceso a medios de producción ni a medios
de vida porque todos se hallan en manos de una clase social (minoritaria) de
empresarios capitalistas. Por supuesto, una situación de partida así exigiría
previamente el ejercicio de una enorme violencia (26). Para acceder a los
medios de vida los trabajadores venden a los empresarios lo único que poseen,
es decir, su capacidad para trabajar durante un cierto tiempo: eso significa que
pondrán esa capacidad a disposición de un empresario durante, por ejemplo, una
jornada y que éste detentará al final de la misma la producción que resulte de
aplicarla a los medios de producción (materias primas, maquinaria, etc.) que
tiene. El valor de la capacidad para trabajar durante una jornada equivale a la
masa de medios de vida necesarios para que consumiéndolos el trabajador posea
de nuevo capacidad para trabajar a la jornada siguiente; por debajo de unos
mínimos la fuerza de trabajo no podría reproducirse y cesaría la producción
capitalista. En realidad los mínimos dependen de varios factores históricos que
de momento no se considerarán. Suponiendo que la fuerza de trabajo se vende por
su valor, el empresario entrega a cambio de ella (dinero para comprar) una masa
de bienes cuyo consumo la reponga.
Se ha usado la expresión «equivale a»; este uso
exige saber dar respuesta a la pregunta acerca de cómo se mide el
valor, eso que «equivale a». La tesis de Marx, lo que se ha llamado la teoría
del valor-trabajo, sostiene que lo que hace intercambiables en forma de
mercancías a los distintos bienes es que en la producción de cada uno se ha
consumido una cantidad determinada de tiempo de trabajo humano, que incorporan
una determinada cantidad de trabajo medio medible en tiempo. Por supuesto,
«trabajo medio», o «trabajo social medio», es una abstracción: supone una
cierta homogeneización tanto de las actividades y de las capacidades de las
personas, por una parte, como de un nivel «medio» de técnica generalmente
aplicada. Aun así la tesis permite reconducir un bien a la suma de cantidades
de tiempo de trabajo empleadas en la obtención de las materias primas que lo
componen, en la fracción del utillaje desgastado para su producción y en el
tiempo exigido por ésta; responde a la intuición de que en todo bien cristaliza
una cantidad determinada de tiempo de trabajo humano, y suponiendo que las
mercancías se intercambian por su valor explica sus razones de intercambio:
así, se supone que un bien que incorpora 8 horas de trabajo puede
intercambiarse por 8 bienes de l hora, 4 de 2 horas, etc. La mediación del
dinero o mercancía universalmente intercambiable y los engaños o errores
respecto del valor real de cada bien resultan, por tanto, secundarios respecto
de esta lógica mercantil fundamental. La tesis supone que el valor sólo se crea
en la producción de los bienes, no en su circulación en el mercado; y supone
(aunque no segaremos aquí esta complicación) que el valor creado en la
producción puede distribuirse mediante la circulación mercantil entre distintos
sujetos económicos (27).
El concepto de plusvalía y la
explotación capitalista pueden entenderse fácilmente en términos de la teoría
del valor trabajo. Hay plusvalía si los trabajadores venden su
capacidad para trabajar durante una jornada de n lloras a cambio de (dinero
para comprar) una masa de bienes cuya producción ha cristalizado en menos de n
horas.
Los conceptos de valor y plusvalía permiten
explicar la forma que adopta en el capitalismo la explotación. La fuerza de
trabajo o capacidad para trabajar se vende por su valor (por
lo que cuesta reponerla), pero ella misma es creadora de nuevo valor ya que,
puesta a exposición del empresariado, este grupo social vela para que el tiempo
de trabajo que ha comprado cristalice en una masa de bienes mayor que el que
repone la fuerza de trabajo. Esa diferencia, en realidad tiempo de trabajo
cristalizado en bienes de que se apropia(n) (los) capitalista(s), es la
plusvalía.
Hay que decir en seguida que lo que objeta el
pensamiento emancipatorio a la explotación capitalista no es que el trabajo
humano se utilice como un recurso para obtener un excedente económico, esto es,
que al final de un ciclo económico haya más bienes que los que han posibilitado
iniciarlo. Ello es indispensable para cualquier crecimiento económico. Tampoco
se objeta que no toda la producción vaya a parar a manos de los trabajadores,
pues aparte de reponer los medios de producción una parte del producto social
ha de destinarse a satisfacer necesidades comunes (28). Lo que el movimiento
emancipatorio objeta es la apropiación del sobretrabajo por una minoría social
integrada por los propietarios privados, con todo lo que ello implica para el
dominio de las condiciones de existencia de los demás, y también los procesos
de ajuste violento de las decisiones productivas privadas.
Dadas unas condiciones determinadas del proceso de
producción, y sin suponer innovaciones técnicas, los capitalistas pueden
aumentar la magnitud del sobretrabajo de que se apropian mediante una
prolongación de la jornada (29),y en cierto modo también pueden hacerlo acaso
mediante una intensificación de los ritmos del trabajo, exprimiendo el tiempo
de trabajo por todos sus poros: en ambos casos obtienen más bienes y en el
primero más valor de la fuerza de trabajo que han comprado. Por eso puede
hablarse de plusvalía absoluta. No siempre están en
condiciones de ejercer la coerción (económica y extraeconómica) necesaria para
acrecentar su ganancia por estos procedimientos. (Pero debe advertirse que no
todo aumento de la producción significa mayor plusvalía obtenida, pues ésta es
en realidad un diferencial entre el tiempo de trabajo entregado por los
trabajadores y el cristalizado en los bienes que pueden consumir a cambio de
ese tiempo).
Más segura para la reproducción del dominio social
es la obtención de plusvalía relativa: supóngase que la clase
de los capitalistas está en condiciones de introducir innovaciones técnicas en
el proceso productivo de modo tal que se incremente el rendimiento de la fuerza
de trabajo. Suponiendo incambiada la cantidad de tiempo de trabajo empleado, la
innovación permite conseguir ahora un número de bienes mayor, y es posible,
manteniendo intacta la tasa de explotación, que los trabajadores obtengan más
bienes que antes mediante la venta de su capacidad para trabajar, y también que
la ganancia del capital se materialice en mayor número de bienes. La metáfora
que suele emplearse es la de la tarta que crece: la tarta -la producción total-
es resultado del tiempo de trabajo de los trabajadores; supóngase que una mitad
de la tarta se les distribuye (mediando siempre el dinero) en forma de medios
de vida y que la otra mitad va a parar a los titulares del capital en forma de
bienes de producción y bienes de lujo; si el pastel crece, y sin que descienda
la tasa de explotación, los trabajadores pueden percibir un pedazo de pastel
mayor que antes incluso manteniéndose fijas las proporciones del reparto (30).
La plusvalía relativa, que es la forma de explotación
característica del capitalismo maduro en su centro metropolitano, hace opaca,
laberíntica, la explotación en el sistema, que es compatible con el crecimiento
del consumo obrero. Sobre todo cuando interviene el Estado con políticas
redistributivas. Y también, muy fundamentalmente, porque las innovaciones
tecnológicas desempeñan un papel muy fundamental en el proceso (31).
La plusvalía relativa facilita el enmascaramiento
de la relación de explotación; cuando los trabajadores ven aumentar su consumo,
tienden a creer que se suaviza su explotación cuando de hecho puede mantenerse
intacta o incluso arreciar. Ello invalida, dicho sea de paso, una de las
afirmaciones del «Manifiesto»: que el sistema capitalista pone la explotación
al descubierto. Pero un tratamiento más completo del asunto desborda las
posibilidades de este comentario, ya que habría que tomar en consideración los problemas
cíclicos del sistema y sus crisis, en las que gran parte de la fuerza de
trabajo se convierte súbitamente en una mercancía invendible y los trabajadores
en posición más débil quedan condenados masivamente al paro -esto es: tienen
vedado el acceso a los medios de producción, que detenta el capital- y, por
tanto, al subconsumo incluso de lo necesario.
Al reflexionar contemporáneamente sobre
la explotación en el sistema capitalista, se hace necesario tener en cuenta el
«universo de discurso» abarcado, esto es, el ámbito sobre el que se extiende la
reflexión. Una reflexión «local», centrada en la población de un territorio
estatal rodeado de barreras aduaneras puede resultar plausible en muchos casos
si lo que se tiene ante los ojos es una sociedad capitalista concurrencial
decimonónica. Pero en nuestro tiempo el universo discursivo ha de ensancharse
al contempla ciertos temas, como el de la plusvalía relativa. Es probablemente
cierto que los trabajadores de las metrópolis capitalistas rinden una plusvalía
así, pero ésta no es toda la verdad. Que los trabajadores de las metrópolis
consuman bienes como el petróleo, obtenidos fuera de ellas, y que en general
las materias primas necesarias para la industria avanzada de las sociedades más
intensamente industrializadas las aporte el trabajo de gentes de los países
pobres son hechos que ponen de manifiesto la universalización de las relaciones
de producción.
El universo de discurso ha de sobrepasar hoy el
marco de las sociedades nacionales metropolitanas si quiere seguir siendo
veraz, ya que las relaciones productivas que se dan en estas sociedades no son
independientes de las que se dan en los países de la pobreza. Es posible que la
explotación de los trabajadores cobre en ellos en muchos casos los rasgos de la
extracción de sobretrabajo en términos absolutos, aunque sin duda en otros
funcionan los mecanismos descritos como de obtención de plusvalía relativa. Ahora
bien: si se observa lo que ocurre en el intercambio mercantil entre países
ricos y pobres, con tasas de plusvalía distintas, se percibe
el resultado: cristalizadas en los bienes que se intercambian
internacionalmente, cada hora de trabajo muy cara del país rico se intercambia
por muchas horas de trabajo baratas del país pobre. Esta consideración es
relevante para examinar una cuestión de creciente importancia hoy: los
trabajadores de las metrópolis capitalistas ¿constituyen –hasta qué punto- un
proletariado parasitario de las poblaciones de las zonas pobres del mundo?
(32).
Es esencial comprender, además, que desde un punto
de vista limitado a lo estrictamente económico -si puede decirse así- nada
impediría la universalización de la explotación del hombre por el hombre en
términos sólo relativos, de plusvalía relativa.
Lo que genera el mantenimiento de relaciones de
explotación internacionales en términos de plusvalía absoluta no es
«estrictamente» económico: se trata de un problema más complejo. Una de las
claves para adentrarse en esta complejidad puede darla la reflexión siguiente:
Las decisiones acerca de lo que se ha de producir
no son tomadas en este sistema por los trabajadores, sino por los empresarios
capitalistas, que lo hacen por ramas de producción, por empresas, etc. Y a
pesar de que las necesidades básicas de los animales humanos son muy
semejantes, las decisiones de producción en las sociedades capitalistas
contemporáneas atienden preferentemente a las que pueden satisfacerse
individual y diferenciadamente, generando una demanda cuantitativa mayor a los
bienes que aseguran mayor ganancia.
La «ganancia», naturalmente, la contabilizan las
empresas privadas. Ahora bien: en la contabilidad de las empresas sólo se
incluye como coste de la producción aquello que tiene voz para figurar como
tal: todas las mercancías -incluida la fuerza de trabajo- que la empresa ha
tenido que comprar. Y ello introduce una distorsión en la concepción de lo que
es un coste de la producción. Ciertos bienes son adquiridos
gratuitamente por las empresas y gastados sin reponerlos: la industria emplea
aire, agua que devuelve contaminados; a menudo agota los acuíferos. Abandona
los residuos, afea tierras y paisajes sin coste alguno que no
sea a lo sumo meramente simbólico y político. Puede utilizar procesos
productivos de intensísimo consumo energético sin preocuparse de que las
energías no renovables no deben ser agotadas sólo por unas
pocas generaciones; destruye para siempre posibilidades de producción
alternativas sin que ese coste, como los anteriores, figure en
sus libros de contabilidad. La agregación de todos estos procesos que se dan en
el ámbito de las industrias individuales produce costes ulteriores
(33). Esos costes encubiertos que las empresas consiguen
eludir no son pequeños pues generan un alud de otros costes inducidos al
deteriorar las condiciones de vida y de trabajo de las poblaciones, generar
enfermedades, destruir posibilidades de existencia de las generaciones futuras.
En los paraísos de la plusvalía relativa, ciertos
bienes cuya posesión garantiza la diferenciación clasista son escasos,
artículos de lujo: así, los bienes de cultura. Los bienes consumidos
socialmente se deterioran: los espacios urbanos, las aguas, las viviendas, la
salud pública, la seguridad, la tranquilidad. En cambio se hipertrofia el
consumo de otros bienes: los automóviles la energía, los gadgets electrónicos,
los productos químicos, etc., por no hablar de las armas. Por razones
ecológicas es imposible la generalización de este modelo de producción y
consumo a todos los habitantes del planeta (la Tierrasería inhabitable si
indios, chinos, latinoamericanos y africanos consumieran lo que los
norteamericanos, japoneses y europeos occidentales). Pero la generalización de
este modelo de producción y consumo también es imposible por razones relativas
a la estructura social y política de los países pobres. En muchos de ellos la
estructura productiva, basada en grandes propiedades agrarias en manos de terratenientes
o de capital extranjero, se mantiene por el empleo directo del terrorismo de
Estado o privado. Por razones de este tipo el capitalismo contemporáneo
compatibiliza los dos tipos de explotación.
La comprensión del funcionamiento del sistema
económico capitalista ha de dar, sin embargo, un paso más si quiere tener en
cuenta los fenómenos más significativos en este ámbito que se dan en las
metrópolis del capitalismo maduro, aunque no sólo en ellas, debido a la
internacionalización del capital.
A medida que se desarrolla la industria, la
producción de bienes depende cada vez menos del tiempo y la cantidad de trabajo
de las personas vivas empleadas en la producción, y cada vez más de otros
factores que el trabajo de estas personas pone en movimiento: factores como el
nivel general de comprensión científica del mundo, de la tecnología, de la
aplicación de la ciencia al proceso productivo. La eficacia productiva de estos
factores no tiene que ver con el tiempo de trabajo que ha costado obtenerlos.
Se llega así a la paradójica situación de que estos
factores tecnocientíficos, para cuya existencia han sido necesarios el trabajo
y el sobretrabajo pasados, materializados por una parte en los medios
productivos, en la maquinaria empleada -ordenadores, comunicaciones, industria
química, etc.- y de otra en el saber ambientalmente contenido en la sociedad
–desde su desarrollo científico hasta la creciente capacitación de los
trabajadores mismos-, predominan sobre el trabajo vivo que los pone en
movimiento en el proceso social de producción.
Como apunta Marx (en sus trabajos preparatorios de
«El Capital»), la riqueza real, la producción real, muestra una enorme
desproporción con el trabajo utilizado actual y efectivamente. El trabajo de
los seres humanos contemporáneos tiene una eficacia que hace unos pocos cientos
de años hubiera parecido mítica. Pues el proceso industrial de producción se
basa menos en el trabajo inmediato de hombres y mujeres que en su fuerza
productiva general: son los logros de la especie en
su comprensión de la naturaleza, en su capacidad para
utilizarla como organismo social (ya no individualmente), lo que se ha
convertido en el fundamento de la producción contemporánea.
El capital, sin embargo, necesita segur
revalorizándose como tal. Para ello ha de impedir que las enormes fuerzas
sociales obtenidas pierdan la forma de mercancías. Ha de medir su valor
de intercambio por el tiempo de trabajo o ha de intervenir autoritariamente en
el intercambio mediante sus poderes políticos: mediante sus Estados.
7. El «productivimo» del «Manifiesto comunista» y su «núcleo
moral»
Al finalizar el siglo XX, no parece excesivo
calificar de productivista la perspectiva desde la que está
escrito el «Manifiesto». Marx y Engels compartían en buena medida la opinión
dominante en su época acerca del progreso técnico: incluso en la forma
aberrante de socialización producida por el capitalismo, las relaciones entre
el hombre y la naturaleza resultaban alteradas por la gran industria moderna.
Las infranqueables fronteras de la sumisión a la necesidad natural parecían
trasladadas por el industrialismo a algún lugar distante, y en el espacio así
conquistado, mediando el Deus ex machina de la revolución social de las clases
trabajadoras, sería posible lograr que las fuentes de la riqueza colectiva
-como escribiría Marx al final de su vida- manaran en abundancia.
Marx y Engels creyeron así que la base objetiva, no
imaginaria -esto es, una parte de las condiciones necesarias-, para una
sociedad comunista la daría el desarrollo ulterior de las fuerzas productivas:
el incremento de la capacidad intelectual y técnica para obtener
cooperativamente y en condiciones de trabajo -de esfuerzo- humanamente
aceptables bienes suficientes para todos. A partir de este aspecto de sus
creencias, indebidamente privilegiado por muchos respecto del conjunto de
ellas, el movimiento de los trabajadores ha creído nadar con la corriente, esto
es, ha creído en la existencia de fuerzas objetivas que llevaban la historia de
la humanidad hacia un final feliz.
Esa simplificación ha ignorado que la gran
productividad del trabajo en la civilización industrial, que ha dado de sí el
mundo que conocemos, se ha basado en amplia medida en el empleo indiscriminado
de las reservas de energía fósil (en forma de carbón, petróleo, gas, etc.), que
en cantidades finitas y no renovables existen en el planeta. Otro tanto se
podría decir de las materias primas.
El componente energético de la productividad del
trabajo es independiente en sí mismo del fenómeno de la explotación de unas
personas por otras. Su utilización no es en cambio independiente de los
mecanismos sociales de producción. El helenismo esclavista conoció la fuerza
del vapor y no la aplicó a actividades productivas; el móvil de lucro
específicamente capitalista, que busca ahorrar mano de obra humana, induce en
cambio al empleo inmediato e indiscriminado de todos los recursos disponibles,
aunque sea a costa de agotarlos para el futuro.
Respecto de las reservas del planeta Tierra, la
civilización industrial que conocemos, que ha alcanzado a unas pocas
generaciones del linaje humano, se ha encontrado con un auténtico Jardín del
Edén: los frutos estaban ahí casi al alcance de la mano. Esta cultura se ha
comportado con ellos como los primitivos que agotaban y desertizaban las
tierras de cultivo.
Desde el punto de vista de la economía ecológica,
el modelo teórico que construiría Marx en «El Capital» no tiene mucho que
decir.
Por otra parte, en nuestro propio tiempo el grado
de desarrollo de las fuerzas productivas (las «fuentes de la riqueza», aunque
no colectiva) es muy superior al de la época en que fueron compuestos el
«Manifiesto» y el conjuto de la obra de Marx; pero este desarrollo objetivo no
ha dado lugar todavía a una socialización no injusta del esfuerzo humano y de
su producto, sino sólo a predación dela Naturaleza y al mantenimiento de la
desigualdad social para la mayoría de los habitantes del planeta.
Peor aún: las «necesidades» humanas han resultado
ser, si nos atenemos a los fenómenos que se manifiestan en el mundo altamente
industrializado, inverosímilmente elásticas y crecientes, sin mesura. Pues para
los seres humanos no resulta utilizable el concepto de «necesidad» que bastaría
para calificar las de otras especies vivientes -necesidades animales de
alimentos, guarida, calor …, u otras condiciones de existencia de necesaria
satisfacción-, sino que sus necesidades son históricas, culturales. Incluso el
modo de satisfacer las necesidades básicas es funcional a la estructura
organizativa histórica de las relaciones sociales.
Marx expondría en «El Capital» lo que puede
definirse como «necesidad» dentro del modo de producción existente y todavía
dominante: un bien es necesario en función de la reproducción de las relaciones
capitalistas de producción, Si con él puede obtenerse sobretrabajo. Desde este
punto de vista, el juguete que construye un padre para un hijo no es necesario,
mientras que los fabricados por los asalariados para su venta en el mercado sí
lo son, como medios para la reproducción ampliada de las relaciones de producción.
Este punto de vista intrasistémico es necesario para comprender el papel que
desempeña en las sociedades capitalistas contemporáneas la industria de
producción de sentimientos de necesidad, como tal inexistente en el siglo XIX.
Los «sentimientos de necesidad», o de carencia, son producidos por una rama
industrial especializada (de la «publicidad» etc.) y, como tales, adquiridos en
el mercado por las empresas productoras de otras mercancías para asignarlos a
la población susceptible de comprarlas y satisfacer aquéllos. Dentro del
sistema económico existente, los «sentimientos de carencia» son así necesarios, lo
cual pone la base de la hybris específica de las
poblaciones de las metrópolis del capitalismo maduro. Esta asociación de
mecanismos económico-políticos, industriales y psicológicos suscita la
expansión de las «necesidades» y los permanentes sentimientos de insatisfacción
de las barbarizadas poblaciones del «primer mundo», la plétora miserable.
A la universalización de las relaciones de
producción no corresponde ni puede corresponder, sin embargo, la
universalización de los modos de vida de las sociedades técnicamente
adelantadas, Esta universalización es imposible por topar con los finitos límites
del planeta. El «progreso» objetivo ha conducido a una situación crecientemente
incivilizada en que las «necesidades» inducidas industrialmente en las
metrópolis del sistema se traducen en incapacidad para satisfacer incluso las
«necesidades animales» de las poblaciones pobres (34), la mayoría de la Tierra,
y en el deterioro de las condiciones de existencia –agua y
atmósfera no contaminadas, ausencia de radiactividad, etc.- para todos.
Nada de esto fue percibido por los autores del
«Manifiesto», que podían referirse acríticamente a la creación por la burguesía
de «fuerzas productivas más masivas y colosales que todas las generaciones
pasadas juntas», o al «sojuzgamiento de las fuerzas de la naturaleza». Sólo al
final de su vida tuvo Marx atisbos de estas dificultades ecológicas (35).
Pero el aspecto objetivo de los procesos históricos
no es lo único de ellos destacado en el «Manifiesto». En este texto hay también
un núcleo moral irreductible, referido lado subjetivo de esos mismos procesos.
Este núcleo es la voluntad moral de no aceptar un mundo de desigualdad
socialmente reproducida, de injusticia, explotación y opresión de unas personas
por otras, de jerarquización social debida a una participación esencialmente
desigualitaria en la producción social, y la distribución injusta consiguiente
de todos los bienes, incluidos los de cultura. Dicho de otro modo: en el
«Manifiesto» hay también un proyecto, de carácter político-moral, consistente
en impulsar un proceso de humanización real de la especie humana, que legar a
las generaciones futuras.
——————————————————————-
NOTAS
(20) Aunque no las conceptualizara como tales, lo cierto es que Marx tenía
sensibilidad hacia problemáticas ecológicas. Así, en La Crítica del
Programa de Gotha (1875), a la afirmación economicista de que «El
trabajo es la fuente de toda riqueza y de toda cultura», opone «El
trabajo no es la fuente de toda riqueza. La naturaleza»
(los destacados son suyos). Hay, por otra parte, conciencia que hoy llamaríamos
ecológica en los manuscritos que se han publicado como libro III de El
Capital, con ocasión del tratamiento de la renta agraria. No se ha hecho
aún, que yo sepa, un análisis filológico de la obra de Marx desde ese punto de
vista (vid. Manuel Sacristán Luzón, «Algunos atisbos político-ecológicos en
Marx» , en Mientras Tanto, nº 21, 1984; reimpreso en M.
Sacristán Luzón, Sobre ecologismo, pacifismo y política
alternativa, Barcelona, Icaria, 1987). Joan Martínez Alier, en su
excelente L’ecologisme i l’economia, Barcelona, Ed. 62, 1984,
ha mostrado sin embargo que hacia la misma época la temática ecológica estaba
en primer plano en la obra de Clausius, Jevons y otros autores ocupados también
de cuestiones económicas.
(21) Este tema merece una ulterior profundización por parte del grupo de
estudio. Si no se está familiarizado con los conceptos básicos de la ecología
humana, se puede ver alguno(s) de los trabajos siguientes: B. Commoner, La
escasez de energía, Barcelona, Plaza & Janés, 1977; E. Goldsmith
et al., Manifiesto para la supervivencia (1972), Madrid, Alianza Ed.; E.
Kormondy, Conceptos de ecología (1969), Madrid, Alianza Ed.
(22) El síndrome de crisis ecológico-civilizatoria viene dado globalmente por
el crecimiento demográfico con escasez de recursos (energía, cereal, agua,
maerias primas industriales) y polución del medio, con sistemas
socioproductivos -el capitalista señaladamente- basados en el crecimiento
económico. La población humana se duplica cada treinta años aproximadamente;
los más de 5.000 millones de personas existentes, en un mundo carente de un
sistema de regulación racional global, crean una perspectiva crítica
prácticamente inmediata.
(23) Supongamos un recolector dedicado a obtener sin instrumento alguno una
producción P en un tiempo t¹. Supongamos también que la construcción de un
instrumento de trabajo M para facilitarla exige un tiempo t² y que su empleo
permite obtener P en un tiempo t³. Hay racionalidad tecnológica -siempre a
igualdad de esfuerzo energético- si y sólo si t²+ t³<t¹. Si t²+ t³>t¹ el
uso del instrumento carece de ella. El teorema de racionalidad puede
desarrollarse en sus diferentes aspectos: no es racional obtener una cantidad n
de un material o energía E si para ello hay que consumir n+1 de E, etc.
(24) De este género son las rpopuestas de colonización de otros planetas y
otras materias de pseudociencia popular izadas principalmente por los medios de
incultura de masas.
(25) Literalmente que los obreros se venden “por pieza”. Los autores
del Manifiesto afirman que los obreros «son una mercancía como
cualquier artículo del comercio». Este modo de decir tan metafórico
desaparecerá en El Capital.
(26) De hecho ha existido históricamente: vid. K. Marx, El Capital, libro I, cap. XXIV, o bien E. P. Thompson, La
formación de la clase obrera (1963), trad. cast. de Elena Grau,
Barcelona, Ed. Crítica (en prensa).
(27) P. Sraffa, La producción de mercancías por medio de
mercancías, 1960, trad. cast. Barcelona, Oikos, 1966; en la más
importante obra de teoría económica del siglo, ha elaborado una teoría del
valor distinta de la de Marx: en ella el valor de toda mercancía, incluyendo
una unidad de tiempo de trabajo, es reconductible a cantidades determinadas de
una mercancía patrón cualquiera. Seton y Morishima han mostrado que las
ecuaciones de Marx pueden transformarse en ecuaciones de Sraffa y
viceversa; en este sentido las dos terorías del valor son equivalentes. Las
formulaciones de Marx tropezaban con algunas dificultades secundarias debido
principalmente a la inexistencia en su época de instrumental matemático
adecuado para el tratamiento de ciertos problemas. El seguimiento de este
desarrollo de la teoría del valor, que exige cierta preparación mstemática,
puede hacerse leyendo la mencionada obra de Sraffa y también, p.ej., M.
Morishima, La teoría económica de Marx (1973), Madrid, Tecnos,
1977; I. Steedman, Marx after Sraffa, London, New Left Books,
1977. Como consideración marginal a propósito de estas teorías equivalentes
pero alternativas se me ocurre lo siguiente: es cierto que a efectos de cálculo
o de diseño teórico cualquier mercancía, incluida la fuerza de trabajo, es
sustituible por otra. Así, una determinada cantidad de tiempo de trabajo es
sustituible por un conjunto de mercancías cuyo consumo puede dar lugar al
aporte de aquella cantidad. Pero sólo en el cálculo: en la producción real es
imposible prescindir del tiempo de trabajo humano.
(28) Marx tuvo que ocuparse en vida de aclarar cosas como éstas frente a los
seguidores de Lassalle; vid. su Crítica al Programa de Gotha.
(29) Tal fue la tendencia histórica en la fase concurrencial inicial del
capitalismo.
(30) No me resisto a transcribir lo que me comenta Paco Fernández Buey a
propósito de la metáfora de la tarta: «[…] el profesor Sampedro, cuando era
joven, contaba la misma historia con otra metáfora (para tiempos conflictivos
ésta): érase una vez una gran jaula de dos pisos convenientemente separados
-para evitar males mayores, claro- en los que habitaban respectivamente,
pajarracos y pajaritos de pasoliniana memoria; cuando los pajarracos -que como
era de esperar, vivían en el piso superior- recibían suculenta comida, los
pajaritos del piso inferior se alegraban mucho, porque intuían con razón que
cuanto más tajada hubiera arriba más restos llegarían abajo, de manera que,
como en el caso de la tarta, también los pajaritos se sentían muy contentos de
que sus vecinos del piso de arriba se pusieran morados. Es sabido, además -y
esta es mi contribución a la metáfora del profesor Sampedro-: 1) que entre los
vicios capitales de los pajaritos no están la envidia ni la codicia, y 2) que
el “capitalismo de estado”, por otros llamado socialismo, “limpió” tan bien la
parte superior de la jaula que ya no caían ni restos […].»
(31) Marx fue un pionero también en la comprensión de este punto, al percibir
perfectamente que el progreso de la ciencia y de la tecnología no se halla en
relación con el tiempo que cuesta su obtención. Vid. el luminoso apartado
«Contradicción entre el fundamento de la producción burguesa y su mismo
desarrollo», en Líneas fundamentales de la crítica de la economía
política, trad. cast. en OME, 21 y 22 (Ed. Crítica, Barcelona), en
especial las luminosas páginas 90-92 del volumen 22 de la edición citada.
(32) La misma cuestión puede plantearse a propósito de las bolsas de miseria
que se dan en las metrópolis opulentas: los subempleados, trabajadores
extranjeros, los trabajadores en precario, los parados, ¿han de verse como
parasitados exclusivamente por las burguesías metropolitanas?
(33) Las lluvias ácidas, el deterioro de la capa de ozono de la átmosfera,
etc., figuran entre esos efectos agregados que no aparecen como coste de
empresa alguna, aunque se trate de hechos reales.
(34) En los años ecohenta, el cereal consumido por el ganado, consumido
a su vez por las poblaciones europeas, podría alimentar a toda la población
humana de África. Las previsiones de la OMS para el período 1980-2000 cifran
las muertes por hambre y enfermedades derivadas de la desnutrición en 200
millones de personas.
(35) Vid. M. Sacristán Luzón, «Sobre algunos atisbos ecológicos en Marx»,
en Mientras Tanto, nº 21, 1984; reimpreso en id., Sobre
ecologismo, pacifismo y política alternativa, Barcelona, Icaria, 1987,
págs. 139-50.

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