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Libro N° 7984. La Problemática Medio-Ambiental: Notas Para Una Cultura Ecosocialista. Capella, Juan Ramón.

 


© Libro N° 7984. La Problemática Medio-Ambiental: Notas Para Una Cultura Ecosocialista. Capella, Juan Ramón. Emancipación. Noviembre 21 de 2020.

Título original: ©  La Problemática Medio-Ambiental: Notas Para Una Cultura Ecosocialista. Juan Ramón Capella    

 

Versión Original: © La Problemática Medio-Ambiental: Notas Para Una Cultura Ecosocialista. Juan Ramón Capella

Circulación conocimiento libre, Diseño y edición digital de Versión original de textos:

https://kmarx.wordpress.com/2009/11/04/la-problematica-medioambiental/

 

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA PROBLEMÁTICA MEDIO-AMBIENTAL:

NOTAS PARA UNA CULTURA ECOSOCIALISTA

Juan Ramón Capella  

   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La Problemática Medio-Ambiental:

Notas Para Una Cultura Ecosocialista

Juan Ramón Capella

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Introducción

 

En el coloquio sobre “La estrategia democrática en una sociedad cambiante” organizado por el Centro di Riforma dello Stato me ha sido asignado el tema “El problema del medio ambiente”. Se trata de una problemática muy amplia y que puede abordarse desde dis-tintos puntos de vista.

 

El alud de publicaciones sobre los distintos problemas ecológicos globales -por no hablar de los específicos y locales- es imposible de seguir no sólo para una persona sino para equipos de investiga-ción enteros. Por otra parte, la extensión del área de actividad “verde”, tanto políticamente en Europa -particularmente en Alemania- como sobre todo socialmente en Norteamérica, o ambas cosas a la vez en el plano mundial, a través de la multitud de organizaciones no gubernamentales que se manifestó el la Conferencia de Río sobre el Medio Ambiente, haría excesivamen-te prolija una relación de las principales propuestas de este movi-miento y de sus diversas orientaciones. No voy, pues, a centrar mi aportación en lo uno ni en lo otro, aunque ambas cosas -la porme-norizada problemática ecológica y el movimiento social engendra-do a partir de ella- habrán de ser tenidas en cuenta como telón de fondo necesario.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ponencia para el Congreso Internacional "La strategia demo-cratica nella società che cambia". Extraemos este texto del libro de Juan Ramón Capella titulado Grandes esperanzas, publicado por la editorial Trotta. Madrid, 1996.

 

 

78 nº 1

 

 

Juan Ramón Capella

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

"El universo industrial sobre

el que nuestra civilización se

funda ha entrado en colisión con las

bases ecológicas naturales

 

 

 

Intentaré, en cambio, argumentar dos asuntos.

 

En primer lugar, que la gravedad de la problemática medioam-biental, con las transformaciones que exige de nuestra civiliza-ción, es un problema en sí mismo, de gran entidad para la vida social; un problema que además puede llegar a constituir una seria amenaza para lo que hoy parece un aún muy insuficiente proceso de democratización en las sociedades del “Norte” industrializado.

 

En segundo lugar, poniendo la hipótesis de que la materialización de un proyecto político y metapolítico de naturaleza ecosocialista, de participación democrática masiva, es un instrumento exigido para afrontar emancipatoriamente esta crisis de civilización y sus consecuencias, trataré de esbozar algunas consideraciones sobre los cambios de acento fundamentales de una cultura emancipato-ria que esté atenta a esta problemática.

 

I. La problemática medioambiental 1.1 Caracterización

 

Nuestra civilización se ha basado en el crecimiento económico cuantitativo ilimitado sobre un Planeta que es, en sí mismo, un mundo limitado. El crecimiento económico viene exigido por la lógica del sistema capitalista de producción. El universo industrial sobre el que nuestra civilización se funda -esto es, la civilización del “norte” industrializado de la Tierra, con tendencia a mundiali-zarse- ha entrado en colisión con las bases ecológicas naturales que han hecho posible la vida de nuestra especie, y de otras espe-cies complejas, sobre el planeta. Los problemas ecológicos gene-rales son de dos órdenes interrelacionados: de recursos y sobre todo de residuos, de un lado; demográfico, de otro.

 

El problema de recursos viene dado por el agotamiento previsible en pocas generaciones de ciertas materias primas -las energías fósiles en particular-, que han hecho posible el industrialismo, y la incertidumbre acerca de si es posible su sustitución sin vulnerar la racionalidad tecnológica o sin generar problemas ecológicos adi-cionales. El problema de residuos consiste, ahorrando detalles, en una degeneración generalizada del ambiente que puede hacerse irreversible: de los acuíferos, especialmente, y de la atmósfera (lluvias ácidas deforestadoras, agujeros en la capa de ozono pro-tectora), así como en la introducción de radioactividad en un medio carente naturalmente de ella. El problema demográfico, constituido por una duplicación de la población mundial cada treinta o cincuenta años (según las fuentes), agrava extraordinariamente las cosas, ya que, según parece, el Planeta puede alcanzar sus límites físicos de producción alimentaria durante la primera mitad del siglo XXI.

 

[De la ominosidad de esta problemática hablan las numerosas especies animales, experimentos irrepetibles de la Naturaleza, extinguidas durante la fase industrial de la civilización; de su labe-rinticidad social, de las complicaciones que va a suscitar social-mente su tratamiento, da un ejemplo la estimación de la OMS según la cual el cereal del que se alimenta el ganado del que se ali-menta la población europea occidental podría alimentar a toda la población humana de Africa.]

 

El lado ecológico de la crisis civilizatoria es de una parte “dialécti-co”, en el sentido de la interactuación de unos fenómenos sobre otros (presión por recursos y energía de una población creciente como nunca en la historia de la especie; impulso a la construcción correspondiente; crecimiento de los residuos; avance de la deserti-zación, polución y agotamiento de los acuíferos, de la atmósfera y de la vital protección ozónica; urbanización; disminución de tie-rras cultivables). La crisis es por otra parte de efecto acumulativo acelerado, exponencial -como prefiere decir Wallerstein-. Y se debe señalar también que sus manifestaciones en el plano local son aún de efecto muy variable, con grandes diferencias y pro-blemáticas distintas en el “norte” y “sur” -geosocialmente entendi-dos- del mundo, en la polarización “centros”/”periferia”.

 

Que la problemática de la Naturaleza no se cierra en sí misma al margen de la historia, es decir, que la índole de la crisis es ecoso-cial y no meramente ecológica, no parece precisar aquí mayor argumentación: su génesis se halla en el modo de vida que cono-cemos, en la producción por la producción característica del capi-talismo postmercantil, con su indefinida expansión de las lábiles necesidades humanas, expansión impulsada a su vez ahora mediante la industria publicitaria por el sistema económico. La raíz de la problemática “verde” es ese industrialismo del creci-miento capitalista, básico para nuestra civilización, que se muestra eficaz tanto en términos de producción cuanto en términos de des-trucción. Una destrucción que ha sido vista durante décadas, a través de los cristales deformantes de la ideología del progreso, como inocua transformación.

 

La agudeza de esta problemática, su carácter esencial y prioritario para nuestra especie, puede quedar obnubilada además por factores varios: así, por la propaganda tranquilizadora de estados y empresas (por ejemplo, los automóviles supuestamente “construi-dos con material reciclable”, las medidas de descontaminación); por las alteraciones políticas del final de la guerra fría; y obnubila-da sobre todo por ser también muy aguda e inmediata la problemá-tica del paro estructural generado por la tercera revolución indus-trial realizada en el interior de un sistema social de capitalismo “duro” (aparición de tecnologías que ahorran tiempo de trabajo en términos absolutos sin que el trabajo humano deje de valorarse como una mercancía más, ahora en proceso de depreciación).

 

 

 

 

"El cereal del que se alimenta

el ganado del que se alimenta

la población europea occidental

podría alimentar a toda la población

humana de Africa"

 

"No parece que el lema "Pensar

globalmente y actuar

localmente" resulte aún

suficiente o razonable, pues

la actuación global y la reflexión local

son también imprescindibles"

 

1.2.Cuestiones destacables

 

1.2.1. Alguno de los factores que tienden a llevar a un segundo plano en la consciencia de las culturas socialmente críticas la pro-blemática ecológico-civilizatoria, como el mencionado en último lugar, resulta enormemente problemático. Los trabajadores tienden aún a ver la solución de los problemas de paro estructural en tér-minos del pasado, esto es, a considerar deseable una fuerte rein-dustrialización para trabajar más, producir más y vivir mejor, o, en otras palabras, a cerrar los ojos a los efectos indeseables de una cultura algunos de cuyos logros, ciertamente, no pueden ser aban-donados (así, la esperanza de vida, que por ejemplo para una fran-cesa pasa de 44 años en 1880 a 80 un siglo después; o que el tiem-po de trabajo necesario para producir un kilo de pan sea hoy la décima parte que hace cien años).

 

Dicho de otro modo: aunque la problemática ecológica se plantee sin fundamentalismos antiindustrialistas, debe tomarse nota de un escollo importante: la contradictoriedad a primera vista entre los intereses del empleo dentro de la lógica del sistema existente y las exigencias de la problemática medioambiental, al menos en los países del “norte” industrializado.

 

1.2.2. La problemática ecológica no es uniforme en el planeta. Las cuestiones de interés vital para la especie se dilucidan en escena-rios muy diferenciados socialmente, y también polarizados. Así, los principales atentados a la atmósfera proceden de la actividad de sociedades altamente industrializadas y consumistas, mientras que el alud demográfico se origina en sociedades tecnológicamen-te débiles que han perdido la estabilidad tradicional. La introduc-ción de tecnologías exógenas en sociedades tradicionales y el cambio repentino en las relaciones productivas y sociales suele suscitar inmediatamente catástrofes locales. Algunas sociedades diferenciadas estatalmente poseen bienes fondo de la humanidad que tratan de explotar para hacer frente a agudos problemas loca-les de pobreza.

 

La complejidad de la problemática ecológica pone de manifiesto que su tratamiento exige la intervención en distintos planos: gene-ral y local, cuando menos. General: mediante la elaboración de principios y normas internacionales, y también mediante aporta-ciones de toda la humanidad para la resolución de focos críticos inmanejables con las solas energías de una sociedad “estatal-nacional”. Y también específica y localmente. No parece que el lema adoptado por muchas organizaciones del movimiento ecolo-gista “Pensar globalmente y actuar localmente” resulte aún sufi-ciente o razonable, pues la actuación global y la reflexión sobre problemas esecíficos y locales son también imprescindibles.

 

1.2.3. El aspecto multifacial de la problematica ecológica hace necesario, en cambio, el diálogo intercultural. Para la cultura hegemónica “del norte”, que ha generado tanto la tecnología industrial como las relaciones sociales problemáticas, resultan invisibles o carentes de relieve aspectos del mundo social y modos de existencia valiosos para otras culturas. Por demás, este diálogo intercultural es necesario para la implicación de las poblaciones en la resolución democrática -en el más amplio sentido de autogo-bierno comunitario- de la temática en cuestión. Tras la conceptua-ción como “atrasadas” de culturas distintas de la del “centro” -y el consiguiente tratamiento como “infantil” de elementos de agrega-ción social muy importantes en las culturas “periféricas”, por ejemplo, las creencias religiosas- se hallan mitos ideológicos de las sociedades del “centro”, como la identificación del avance tec-nológico con el progreso social o la suposición de que no hay otra vía de desarrollo posible que la seguida por las sociedades del “centro”. La crisis ecológica mundial no se puede afrontar soste-niendo esta última creencia.

 

La prospección de la evolución de la problemática ecológica en los próximos cincuenta años hace inevitable la doble conclusión siguiente: los modos de vida de los “centros” no son universaliza-bles; los propios “centros” no pueden mantener sin fuertes correcciones los modos de vida que conocemos.

 

1.2.4. La anterior afirmación significa, en sentido fuerte, que la civilización actual es, en suma, insostenible. Si se mantienen las pautas actuales de producción y consumo “centros” y “periferia”

 

 

"Los modos de vida de los "centros" no son universalizables"

 

 

"Las generaciones

futuras de nuestra especie

han de estar "representadas"

en la democracia presente"

 

 

pasarán a ser estercoleros materiales y junglas sociales. Por supuesto, se puede producir y vivir en tal ambiente, como se puede trabajar y amar en un campo de concentración. La insoste-nibilidad de la civilización presente se refiere a la conservación de lo que concesivamente podríamos llamar sus cualidades. Por otra parte, la afirmación de la insostenibilidad de esta civilización en modo alguno puede interpretarse como afirmación de una “lógica del derrumbe” de la estructura de las relaciones sociales. Al con-trario: una crisis con gran desequilibrio de fuerzas político-socia-les daría ocasión a un reforzamiento ulterior de las estructuras del capitalismo, del autoritarismo y de los instrumentos de opresión.

 

1.2.5. La crisis ecosocial pone de manifiesto la existencia de un gran sujeto ausente en la teoría de la democracia: las generacio-nes futuras, cuyas condiciones de existencia pueden quedar fuerte-mente condicionadas por decisiones irreversibles de las generacio-nes actuales.

 

Dicho de otro modo: si son condiciones de la decisión democráti-ca sobre los asuntos comunes 1) que tales decisiones sean adopta-das por quienes van a quedar afectados por ellas y 2) que las deci-siones mismas sean reversibles, entonces deja de ser democrática cualquier decisión que suponga un deterioro irreversible del medio ambiente.

 

Las generaciones futuras de nuestra especie han de estar “repre-sentadas” en la democracia del presente mediante un catálogo de limitaciones fundamentales (deberes) de las generaciones actuales; un catálogo que incluya además el derecho fundamental de resistir a los atentados ecológicos y la objeción de conciencia ecológica.

 

II. La reorientación de la cultura emancipatoria

 

Me propongo enumerar a continuación algunas de las temáticas que la crisis ecosocial exige reconsiderar a las culturas críticas y emancipatorias.

 

Estas temáticas aparecerán aquí simplemente esbozadas, apunta-das esquemáticamente y sin la más remota pretensión de estable-cer un catálogo completo. Su característica común es que adquie-ren relieve a partir del momento en que una cultura crítica no se define meramente como socialista, sino que a la problemática de la tradición del socialismo le añade la preocupación medioambien-tal. Esto es: cuando trata de juntar lo viejo y lo nuevo en un pro-yecto de naturaleza ecosocialista.

 

2.1. Se exige una nueva estimación del papel de los procesos sociales objetivos, en sentido distinto del que ha sido dominante en la cultura marxista.

 

Esta tradición de pensamiento ha visto en la “liberación de las fuerzas productivas” una condición de la emancipación social, y ha creído además que esta última consistía en la conjunción de una subjetividad transformadora con una transformación objetiva que el progreso tecnológico pondría en su camino. Pues bien: más de un siglo de progreso tecnológico no ha desarrollado el proceso de emancipación social sino que lo ha vuelto más problemático y ha suscitado involuciones. Se hace necesario, pues, tomar en cuenta el lado destructivo de toda producción, o, en otras palabras, que el progreso tecnológico puede ser destructivo. La cultura emancipa-toria ha de adoptar un punto de vista crítico y no optimista respec-to de la objetividad. Ha de ser menos fáustica (respecto de la tec-nología) y menos dionisíaca (respecto de la orgía de “necesida-des”).

 

2.2. Se exige una reconsideración histórica y crítica del proceso de la lucha de clases, que excluya igualmente su automatismo “objetivo”, ya que en los países “centrales” del sistema mundial no es descabellada la hipótesis de un proletariado parasitario de la periferia, esto es, aliado con el capital transnacional para el mante-nimiento de condiciones de vida privilegiadas respecto de las que afectan al proletariado periférico.

 

Es obvio sin embargo que la desigualdad de condiciones objetivas entre los trabajadores de los “centros” y de la “periferia”, que padecen los últimos, es también amenazante para los primeros, y que la mejora de las condiciones de existencia de los trabajadores de la periferia, tanto laborales como ecológicas, favorece indirec-tamente a los trabajadores de los “centros”. Se da, pues, una rela-ción laberíntica que sin embargo permite trabajar para impedir que la hipótesis del proletariado parasitario cristalice duraderamente, siempre que un nuevo internacionalismo, transcultural, exista en la conciencia de los trabajadores.

 

Por otra parte el trabajo de conservación del medio ambiente y la transformación tecnológica correspondiente pueden ser generado-res de empleo si llegan a ser vistos generalizadamente como una necesidad. Cierto que ello exige el paso a políticas económicas reguladoras (frente a la desregulación presente), y, por tanto, una decidida intervención política internacional que los particularistas poderes hegemónicos del presente tratan de reducir y de aplazar.

 

 "La problemática Medioambiental parece exigir

también una feminización de

la cultura crítica"

 

"Lo que nos está exigido es cambiar nuestra manera de vivir"

 

 

2.3. Se exige una reconsideración del papel de la subjetividad en la crítica y la emancipación social.

 

Las personas que trabajan como asalariados se veían en el pasado como potenciales agentes de cambios sociales en función de una subjetividad puramente negativa, en el límite por “no tener nada que perder”. Hoy parece necesario considerar de otro modo la sub-jetividad de las personas que trabajan como asalariados o que rea-lizan un trabajo análogo al de los asalariados.

 

Los trabajadores y trabajadoras constituyen la categoría social más directamente imprescindible para la supervivencia material de la especie. Realizan las tareas de producción y reproducción social más directas y menos mediadas, menos abstractas. Los componen-tes de esta categoría social, vistos en su positividad, son los con-servadores de la vida.

 

Constituyen el grupo que mejor percibe y experimenta vitalmente la inacabada democratización de la vida social: tanto en el trabajo (asignado y retirado autoritariamente), como en otras relaciones sociales (con menor acceso a la instrucción completa, con acceso vedado a relaciones interclasistas que impliquen afectos), como en las relaciones con el poder estatal (policía, jueces, administración y poderes políticos).

 

2.4. La problemática medio-ambiental parece exigir también una feminización de la cultura crítica más allá del mero antisexismo: en el sentido de que los valores de mesura, cooperación, sentido grupal, continuidad intergeneracional y sensibilidad para los pro-blemas de la vida, entre otros, que han subsistido especialmente en las subculturas femeninas, deben ser generalizados y compartidos. Se trata de los valores que se oponen a la desmesura, al individua-lismo, a la competitividad y a la agresividad característicos de las subculturas masculinas.

 

2.5. Una cultura crítica debe asumir como materia especialmente problemática la cuestión de la violencia. No puede sostener sin más, como hizo su tradición en el pasado, la tesis de la legitimidad de la “violencia revolucionaria”. Ni puede deslegitimar la violen-cia empleada para evitar la degradación y la muerte (ejemplo reciente: la rebelión de Chiapas). Pero debe ser consciente de que la cultura de la violencia forma parte ella misma de la cultura de la explotación, la opresión y la degradación. Precisa explorar vías alternativas a la acción violenta, en particular la desobediencia civil y el pacifismo revolucionario (en la línea de Thoreau, Gandhi, A.K. Muste, Martin Luther King, E.P. Thompson, etc.).

 

2.6. Economicismo y subjetividad en la cultura emancipatoria

 

En el pasado el análisis social de la tradición emancipatoria ha estado centrado en la economía, a la que se veía como el principal factor objetivo de las relaciones sociales.

 

El análisis económico ha llegado así a convertirse en dogmático y esencialmente productivista. Ha ignorado la problemática ecológi-ca y ha marginado de su campo de visión la destrucción de los bie-nes que el sistema de empresas no incluía en la contabilidad dine-raria. La actitud de los economistas respecto de los recursos económicos finitos y no renovables (bienes-fondo) es aún, en general, ciega y acientífica, más propia de una casta sacerdotal que de analistas. Pues lo único que el análisis económico ha sido capaz de hacer respecto de tales recursos ha consistido a lo sumo en valorarlos (esto es, en expresar numéricamente una relación teórica de intercambiabilidad con bienes cualesquiera), cuando el comportamiento racional, respecto de bienes insustituibles, no puede consistir en valorarlos, sino sólo en conservarlos y mejorar-los.

 

La ceguera del análisis económico es tan grande que apenas hay indicios de una contabilidad ecológica, base de conocimiento indispensable para una correcta orientación empresarial, sindical y política respecto de los problemas del medio ambiente. La redefi-nición ecológica de la economía exige reorientaciones estructura-les según principios claros: moderar, reducir, eliminar. El afronta-miento en profundidad de la problemática medioambiental no puede limitarse sin embargo a mero ecokeynesianismo, pues exige transformaciones sociales, ya que lo que nos está exigido es cam-biar nuestra manera de vivir.

 

Para la cultura crítica adquieren un relieve nuevo las temáticas centradas de una parte en la subjetividad y el imaginario de las poblaciones -ya que son éstos los ámbitos donde se despliegan los proyectos morales y políticos-, y de otra en las instituciones que agregan la actividad social.

 

Muerto todo deus ex machina de la historia -en forma de “Dios vengador” o de “factores objetivos”-, y obligada finalmente a vivir fuera de la escatología, la cultura emancipatoria sólo puede apo-yarse en vínculos sociales voluntarios.

 

2.7. El “sector público voluntario”

 

Si hay un fenómeno de creación popular destacable es el auge de

 

 

 

"Si hay un fenómeno de

Creación popular destacable es el

auge de los grupos de

actividad que realizan trabajo

de interés comunitario"

 

los grupos de actividad que realizan trabajo de interés comunitario al margen de la privacidad y también relativamente al margen de los estados: se trata de lo que se han llamado “organizaciones no gubernamentales”, o “tercer sector” (por contraposición a los sec-tores público y privado de actividad), “voluntariado social” o tam-bién “sector público voluntario”.

 

Grupos ecologistas, feministas, pacifistas, juveniles y de iniciati-vas ciudadanas, aun siendo minoritarios socialmente, se contrapo-nen al pasivo ciudadano-espectador mayoritario en las sociedades de la tercera revolución industrial. Realizan tareas de satisfacción de necesidades sociales que ni el estado ni el mercado son capaces de afrontar. Representan una nueva cultura, en general aún pre-política, de intervención en los asuntos públicos.

 

Las personas que trabajan en el “sector público voluntario” son un aspecto nuevo de la organicidad emancipatoria (en el sentido gramsciano de “orgánico”), una importante variación respecto de la militancia política y sindical.

 

La consolidación y extensión de este sector obliga a plantear en términos nuevos la institucionalización política de la izquierda social. Exige además una distinta cultura política y una nueva manera de hacer política.

 


 

 

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