© Libro N° 7984.
La Problemática Medio-Ambiental: Notas Para Una
Cultura Ecosocialista. Capella, Juan
Ramón. Emancipación. Noviembre 21 de 2020.
Título
original: ©
La Problemática Medio-Ambiental: Notas Para
Una Cultura Ecosocialista. Juan Ramón Capella
Versión Original: © La Problemática Medio-Ambiental: Notas
Para Una Cultura Ecosocialista. Juan Ramón Capella
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LA PROBLEMÁTICA
MEDIO-AMBIENTAL:
NOTAS PARA
UNA CULTURA ECOSOCIALISTA
Juan Ramón
Capella
La Problemática
Medio-Ambiental:
Notas Para Una Cultura
Ecosocialista
Juan Ramón Capella
Introducción
En el coloquio sobre “La estrategia democrática en
una sociedad cambiante” organizado por el Centro di Riforma dello Stato me ha
sido asignado el tema “El problema del medio ambiente”. Se trata de una
problemática muy amplia y que puede abordarse desde dis-tintos puntos de vista.
El alud de publicaciones sobre los distintos
problemas ecológicos globales -por no hablar de los específicos y locales- es
imposible de seguir no sólo para una persona sino para equipos de
investiga-ción enteros. Por otra parte, la extensión del área de actividad
“verde”, tanto políticamente en Europa -particularmente en Alemania- como sobre
todo socialmente en Norteamérica, o ambas cosas a la vez en el plano mundial, a
través de la multitud de organizaciones no gubernamentales que se manifestó el
la Conferencia de Río sobre el Medio Ambiente, haría excesivamen-te prolija una
relación de las principales propuestas de este movi-miento y de sus diversas
orientaciones. No voy, pues, a centrar mi aportación en lo uno ni en lo otro,
aunque ambas cosas -la porme-norizada problemática ecológica y el movimiento
social engendra-do a partir de ella- habrán de ser tenidas en cuenta como telón
de fondo necesario.
Ponencia para el Congreso Internacional "La
strategia demo-cratica nella società che cambia". Extraemos este texto del
libro de Juan Ramón Capella titulado Grandes esperanzas, publicado por la
editorial Trotta. Madrid, 1996.
78 nº 1
Juan Ramón Capella
"El universo industrial sobre
el que nuestra civilización se
funda ha entrado en colisión con las
bases ecológicas naturales
Intentaré, en cambio, argumentar dos asuntos.
En primer lugar, que la gravedad de la problemática
medioam-biental, con las transformaciones que exige de nuestra civiliza-ción,
es un problema en sí mismo, de gran entidad para la vida social; un problema
que además puede llegar a constituir una seria amenaza para lo que hoy parece
un aún muy insuficiente proceso de democratización en las sociedades del
“Norte” industrializado.
En segundo lugar, poniendo la hipótesis de que la
materialización de un proyecto político y metapolítico de naturaleza
ecosocialista, de participación democrática masiva, es un instrumento exigido
para afrontar emancipatoriamente esta crisis de civilización y sus
consecuencias, trataré de esbozar algunas consideraciones sobre los cambios de
acento fundamentales de una cultura emancipato-ria que esté atenta a esta
problemática.
I. La problemática medioambiental 1.1
Caracterización
Nuestra civilización se ha basado en el crecimiento
económico cuantitativo ilimitado sobre un Planeta que es, en sí mismo, un mundo
limitado. El crecimiento económico viene exigido por la lógica del sistema
capitalista de producción. El universo industrial sobre el que nuestra
civilización se funda -esto es, la civilización del “norte” industrializado de
la Tierra, con tendencia a mundiali-zarse- ha entrado en colisión con las bases
ecológicas naturales que han hecho posible la vida de nuestra especie, y de
otras espe-cies complejas, sobre el planeta. Los problemas ecológicos
gene-rales son de dos órdenes interrelacionados: de recursos y sobre todo de
residuos, de un lado; demográfico, de otro.
El problema de recursos viene dado por el
agotamiento previsible en pocas generaciones de ciertas materias primas -las
energías fósiles en particular-, que han hecho posible el industrialismo, y la
incertidumbre acerca de si es posible su sustitución sin vulnerar la
racionalidad tecnológica o sin generar problemas ecológicos adi-cionales. El
problema de residuos consiste, ahorrando detalles, en una degeneración
generalizada del ambiente que puede hacerse irreversible: de los acuíferos,
especialmente, y de la atmósfera (lluvias ácidas deforestadoras, agujeros en la
capa de ozono pro-tectora), así como en la introducción de radioactividad en un
medio carente naturalmente de ella. El problema demográfico, constituido por
una duplicación de la población mundial cada treinta o cincuenta años (según
las fuentes), agrava extraordinariamente las cosas, ya que, según parece, el
Planeta puede alcanzar sus límites físicos de producción alimentaria durante la
primera mitad del siglo XXI.
[De la ominosidad de esta problemática hablan las
numerosas especies animales, experimentos irrepetibles de la Naturaleza,
extinguidas durante la fase industrial de la civilización; de su
labe-rinticidad social, de las complicaciones que va a suscitar social-mente su
tratamiento, da un ejemplo la estimación de la OMS según la cual el cereal del
que se alimenta el ganado del que se ali-menta la población europea occidental
podría alimentar a toda la población humana de Africa.]
El lado ecológico de la crisis civilizatoria es de
una parte “dialécti-co”, en el sentido de la interactuación de unos fenómenos
sobre otros (presión por recursos y energía de una población creciente como
nunca en la historia de la especie; impulso a la construcción correspondiente;
crecimiento de los residuos; avance de la deserti-zación, polución y
agotamiento de los acuíferos, de la atmósfera y de la vital protección ozónica;
urbanización; disminución de tie-rras cultivables). La crisis es por otra parte
de efecto acumulativo acelerado, exponencial -como prefiere decir Wallerstein-.
Y se debe señalar también que sus manifestaciones en el plano local son aún de
efecto muy variable, con grandes diferencias y pro-blemáticas distintas en el
“norte” y “sur” -geosocialmente entendi-dos- del mundo, en la polarización
“centros”/”periferia”.
Que la problemática de la Naturaleza no se cierra
en sí misma al margen de la historia, es decir, que la índole de la crisis es
ecoso-cial y no meramente ecológica, no parece precisar aquí mayor
argumentación: su génesis se halla en el modo de vida que cono-cemos, en la
producción por la producción característica del capi-talismo postmercantil, con
su indefinida expansión de las lábiles necesidades humanas, expansión impulsada
a su vez ahora mediante la industria publicitaria por el sistema económico. La
raíz de la problemática “verde” es ese industrialismo del creci-miento
capitalista, básico para nuestra civilización, que se muestra eficaz tanto en
términos de producción cuanto en términos de des-trucción. Una destrucción que
ha sido vista durante décadas, a través de los cristales deformantes de la
ideología del progreso, como inocua transformación.
La agudeza de esta problemática, su carácter
esencial y prioritario para nuestra especie, puede quedar obnubilada además por
factores varios: así, por la propaganda tranquilizadora de estados y empresas
(por ejemplo, los automóviles supuestamente “construi-dos con material
reciclable”, las medidas de descontaminación); por las alteraciones políticas
del final de la guerra fría; y obnubila-da sobre todo por ser también muy aguda
e inmediata la problemá-tica del paro estructural generado por la tercera revolución
indus-trial realizada en el interior de un sistema social de capitalismo “duro”
(aparición de tecnologías que ahorran tiempo de trabajo en términos absolutos
sin que el trabajo humano deje de valorarse como una mercancía más, ahora en
proceso de depreciación).
"El cereal del que se alimenta
el ganado del que se alimenta
la población europea occidental
podría alimentar a toda la población
humana de Africa"
"No parece que el lema "Pensar
globalmente y actuar
localmente" resulte aún
suficiente o razonable, pues
la actuación global y la reflexión local
son también imprescindibles"
1.2.Cuestiones destacables
1.2.1. Alguno de los factores que tienden a llevar
a un segundo plano en la consciencia de las culturas socialmente críticas la
pro-blemática ecológico-civilizatoria, como el mencionado en último lugar,
resulta enormemente problemático. Los trabajadores tienden aún a ver la
solución de los problemas de paro estructural en tér-minos del pasado, esto es,
a considerar deseable una fuerte rein-dustrialización para trabajar más,
producir más y vivir mejor, o, en otras palabras, a cerrar los ojos a los
efectos indeseables de una cultura algunos de cuyos logros, ciertamente, no
pueden ser aban-donados (así, la esperanza de vida, que por ejemplo para una
fran-cesa pasa de 44 años en 1880 a 80 un siglo después; o que el tiem-po de
trabajo necesario para producir un kilo de pan sea hoy la décima parte que hace
cien años).
Dicho de otro modo: aunque la problemática
ecológica se plantee sin fundamentalismos antiindustrialistas, debe tomarse
nota de un escollo importante: la contradictoriedad a primera vista entre los
intereses del empleo dentro de la lógica del sistema existente y las exigencias
de la problemática medioambiental, al menos en los países del “norte”
industrializado.
1.2.2. La problemática ecológica no es uniforme en
el planeta. Las cuestiones de interés vital para la especie se dilucidan en
escena-rios muy diferenciados socialmente, y también polarizados. Así, los
principales atentados a la atmósfera proceden de la actividad de sociedades
altamente industrializadas y consumistas, mientras que el alud demográfico se
origina en sociedades tecnológicamen-te débiles que han perdido la estabilidad
tradicional. La introduc-ción de tecnologías exógenas en sociedades tradicionales
y el cambio repentino en las relaciones productivas y sociales suele suscitar
inmediatamente catástrofes locales. Algunas sociedades diferenciadas
estatalmente poseen bienes fondo de la humanidad que tratan de explotar para
hacer frente a agudos problemas loca-les de pobreza.
La complejidad de la problemática ecológica pone de
manifiesto que su tratamiento exige la intervención en distintos planos:
gene-ral y local, cuando menos. General: mediante la elaboración de principios
y normas internacionales, y también mediante aporta-ciones de toda la humanidad
para la resolución de focos críticos inmanejables con las solas energías de una
sociedad “estatal-nacional”. Y también específica y localmente. No parece que
el lema adoptado por muchas organizaciones del movimiento ecolo-gista “Pensar
globalmente y actuar localmente” resulte aún sufi-ciente o razonable, pues la
actuación global y la reflexión sobre problemas esecíficos y locales son
también imprescindibles.
1.2.3. El aspecto multifacial de la problematica
ecológica hace necesario, en cambio, el diálogo intercultural. Para la cultura
hegemónica “del norte”, que ha generado tanto la tecnología industrial como las
relaciones sociales problemáticas, resultan invisibles o carentes de relieve
aspectos del mundo social y modos de existencia valiosos para otras culturas.
Por demás, este diálogo intercultural es necesario para la implicación de las
poblaciones en la resolución democrática -en el más amplio sentido de autogo-bierno
comunitario- de la temática en cuestión. Tras la conceptua-ción como
“atrasadas” de culturas distintas de la del “centro” -y el consiguiente
tratamiento como “infantil” de elementos de agrega-ción social muy importantes
en las culturas “periféricas”, por ejemplo, las creencias religiosas- se hallan
mitos ideológicos de las sociedades del “centro”, como la identificación del
avance tec-nológico con el progreso social o la suposición de que no hay otra
vía de desarrollo posible que la seguida por las sociedades del “centro”. La
crisis ecológica mundial no se puede afrontar soste-niendo esta última
creencia.
La prospección de la evolución de la problemática
ecológica en los próximos cincuenta años hace inevitable la doble conclusión
siguiente: los modos de vida de los “centros” no son universaliza-bles; los
propios “centros” no pueden mantener sin fuertes correcciones los modos de vida
que conocemos.
1.2.4. La anterior afirmación significa, en sentido
fuerte, que la civilización actual es, en suma, insostenible. Si se mantienen
las pautas actuales de producción y consumo “centros” y “periferia”
"Los modos de vida de los
"centros" no son universalizables"
"Las generaciones
futuras de nuestra especie
han de estar "representadas"
en la democracia presente"
pasarán a ser estercoleros materiales y junglas
sociales. Por supuesto, se puede producir y vivir en tal ambiente, como se
puede trabajar y amar en un campo de concentración. La insoste-nibilidad de la
civilización presente se refiere a la conservación de lo que concesivamente
podríamos llamar sus cualidades. Por otra parte, la afirmación de la
insostenibilidad de esta civilización en modo alguno puede interpretarse como
afirmación de una “lógica del derrumbe” de la estructura de las relaciones
sociales. Al con-trario: una crisis con gran desequilibrio de fuerzas
político-socia-les daría ocasión a un reforzamiento ulterior de las estructuras
del capitalismo, del autoritarismo y de los instrumentos de opresión.
1.2.5. La crisis ecosocial pone de manifiesto la
existencia de un gran sujeto ausente en la teoría de la democracia: las
generacio-nes futuras, cuyas condiciones de existencia pueden quedar
fuerte-mente condicionadas por decisiones irreversibles de las generacio-nes
actuales.
Dicho de otro modo: si son condiciones de la
decisión democráti-ca sobre los asuntos comunes 1) que tales decisiones sean
adopta-das por quienes van a quedar afectados por ellas y 2) que las
deci-siones mismas sean reversibles, entonces deja de ser democrática cualquier
decisión que suponga un deterioro irreversible del medio ambiente.
Las generaciones futuras de nuestra especie han de
estar “repre-sentadas” en la democracia del presente mediante un catálogo de
limitaciones fundamentales (deberes) de las generaciones actuales; un catálogo
que incluya además el derecho fundamental de resistir a los atentados
ecológicos y la objeción de conciencia ecológica.
II. La reorientación de la cultura emancipatoria
Me propongo enumerar a continuación algunas de las
temáticas que la crisis ecosocial exige reconsiderar a las culturas críticas y
emancipatorias.
Estas temáticas aparecerán aquí simplemente
esbozadas, apunta-das esquemáticamente y sin la más remota pretensión de
estable-cer un catálogo completo. Su característica común es que adquie-ren
relieve a partir del momento en que una cultura crítica no se define meramente
como socialista, sino que a la problemática de la tradición del socialismo le
añade la preocupación medioambien-tal. Esto es: cuando trata de juntar lo viejo
y lo nuevo en un pro-yecto de naturaleza ecosocialista.
2.1. Se exige una nueva estimación del papel de los
procesos sociales objetivos, en sentido distinto del que ha sido dominante en
la cultura marxista.
Esta tradición de pensamiento ha visto en la
“liberación de las fuerzas productivas” una condición de la emancipación
social, y ha creído además que esta última consistía en la conjunción de una
subjetividad transformadora con una transformación objetiva que el progreso
tecnológico pondría en su camino. Pues bien: más de un siglo de progreso
tecnológico no ha desarrollado el proceso de emancipación social sino que lo ha
vuelto más problemático y ha suscitado involuciones. Se hace necesario, pues,
tomar en cuenta el lado destructivo de toda producción, o, en otras palabras,
que el progreso tecnológico puede ser destructivo. La cultura emancipa-toria ha
de adoptar un punto de vista crítico y no optimista respec-to de la
objetividad. Ha de ser menos fáustica (respecto de la tec-nología) y menos
dionisíaca (respecto de la orgía de “necesida-des”).
2.2. Se exige una reconsideración histórica y
crítica del proceso de la lucha de clases, que excluya igualmente su
automatismo “objetivo”, ya que en los países “centrales” del sistema mundial no
es descabellada la hipótesis de un proletariado parasitario de la periferia,
esto es, aliado con el capital transnacional para el mante-nimiento de
condiciones de vida privilegiadas respecto de las que afectan al proletariado
periférico.
Es obvio sin embargo que la desigualdad de
condiciones objetivas entre los trabajadores de los “centros” y de la
“periferia”, que padecen los últimos, es también amenazante para los primeros,
y que la mejora de las condiciones de existencia de los trabajadores de la
periferia, tanto laborales como ecológicas, favorece indirec-tamente a los
trabajadores de los “centros”. Se da, pues, una rela-ción laberíntica que sin
embargo permite trabajar para impedir que la hipótesis del proletariado
parasitario cristalice duraderamente, siempre que un nuevo internacionalismo,
transcultural, exista en la conciencia de los trabajadores.
Por otra parte el trabajo de conservación del medio
ambiente y la transformación tecnológica correspondiente pueden ser
generado-res de empleo si llegan a ser vistos generalizadamente como una
necesidad. Cierto que ello exige el paso a políticas económicas reguladoras
(frente a la desregulación presente), y, por tanto, una decidida intervención
política internacional que los particularistas poderes hegemónicos del presente
tratan de reducir y de aplazar.
"La
problemática Medioambiental parece exigir
también una feminización de
la cultura crítica"
"Lo que nos está exigido es cambiar nuestra
manera de vivir"
2.3. Se exige una reconsideración del papel de la
subjetividad en la crítica y la emancipación social.
Las personas que trabajan como asalariados se veían
en el pasado como potenciales agentes de cambios sociales en función de una
subjetividad puramente negativa, en el límite por “no tener nada que perder”.
Hoy parece necesario considerar de otro modo la sub-jetividad de las personas
que trabajan como asalariados o que rea-lizan un trabajo análogo al de los
asalariados.
Los trabajadores y trabajadoras constituyen la
categoría social más directamente imprescindible para la supervivencia material
de la especie. Realizan las tareas de producción y reproducción social más
directas y menos mediadas, menos abstractas. Los componen-tes de esta categoría
social, vistos en su positividad, son los con-servadores de la vida.
Constituyen el grupo que mejor percibe y
experimenta vitalmente la inacabada democratización de la vida social: tanto en
el trabajo (asignado y retirado autoritariamente), como en otras relaciones
sociales (con menor acceso a la instrucción completa, con acceso vedado a
relaciones interclasistas que impliquen afectos), como en las relaciones con el
poder estatal (policía, jueces, administración y poderes políticos).
2.4. La problemática medio-ambiental parece exigir
también una feminización de la cultura crítica más allá del mero antisexismo:
en el sentido de que los valores de mesura, cooperación, sentido grupal,
continuidad intergeneracional y sensibilidad para los pro-blemas de la vida,
entre otros, que han subsistido especialmente en las subculturas femeninas,
deben ser generalizados y compartidos. Se trata de los valores que se oponen a
la desmesura, al individua-lismo, a la competitividad y a la agresividad característicos
de las subculturas masculinas.
2.5. Una cultura crítica debe asumir como materia
especialmente problemática la cuestión de la violencia. No puede sostener sin
más, como hizo su tradición en el pasado, la tesis de la legitimidad de la
“violencia revolucionaria”. Ni puede deslegitimar la violen-cia empleada para
evitar la degradación y la muerte (ejemplo reciente: la rebelión de Chiapas).
Pero debe ser consciente de que la cultura de la violencia forma parte ella
misma de la cultura de la explotación, la opresión y la degradación. Precisa explorar
vías alternativas a la acción violenta, en particular la desobediencia civil y
el pacifismo revolucionario (en la línea de Thoreau, Gandhi, A.K. Muste, Martin
Luther King, E.P. Thompson, etc.).
2.6. Economicismo y subjetividad en la cultura
emancipatoria
En el pasado el análisis social de la tradición
emancipatoria ha estado centrado en la economía, a la que se veía como el
principal factor objetivo de las relaciones sociales.
El análisis económico ha llegado así a convertirse
en dogmático y esencialmente productivista. Ha ignorado la problemática
ecológi-ca y ha marginado de su campo de visión la destrucción de los bie-nes
que el sistema de empresas no incluía en la contabilidad dine-raria. La actitud
de los economistas respecto de los recursos económicos finitos y no renovables
(bienes-fondo) es aún, en general, ciega y acientífica, más propia de una casta
sacerdotal que de analistas. Pues lo único que el análisis económico ha sido
capaz de hacer respecto de tales recursos ha consistido a lo sumo en valorarlos
(esto es, en expresar numéricamente una relación teórica de intercambiabilidad
con bienes cualesquiera), cuando el comportamiento racional, respecto de bienes
insustituibles, no puede consistir en valorarlos, sino sólo en conservarlos y
mejorar-los.
La ceguera del análisis económico es tan grande que
apenas hay indicios de una contabilidad ecológica, base de conocimiento
indispensable para una correcta orientación empresarial, sindical y política
respecto de los problemas del medio ambiente. La redefi-nición ecológica de la
economía exige reorientaciones estructura-les según principios claros: moderar,
reducir, eliminar. El afronta-miento en profundidad de la problemática
medioambiental no puede limitarse sin embargo a mero ecokeynesianismo, pues exige
transformaciones sociales, ya que lo que nos está exigido es cam-biar nuestra
manera de vivir.
Para la cultura crítica adquieren un relieve nuevo
las temáticas centradas de una parte en la subjetividad y el imaginario de las
poblaciones -ya que son éstos los ámbitos donde se despliegan los proyectos
morales y políticos-, y de otra en las instituciones que agregan la actividad
social.
Muerto todo deus ex machina de la historia -en
forma de “Dios vengador” o de “factores objetivos”-, y obligada finalmente a
vivir fuera de la escatología, la cultura emancipatoria sólo puede apo-yarse en
vínculos sociales voluntarios.
2.7. El “sector público voluntario”
Si hay un fenómeno de creación popular destacable
es el auge de
"Si hay un fenómeno de
Creación popular destacable es el
auge de los grupos de
actividad que realizan trabajo
de interés comunitario"
los grupos de actividad que realizan trabajo de
interés comunitario al margen de la privacidad y también relativamente al
margen de los estados: se trata de lo que se han llamado “organizaciones no
gubernamentales”, o “tercer sector” (por contraposición a los sec-tores público
y privado de actividad), “voluntariado social” o tam-bién “sector público
voluntario”.
Grupos ecologistas, feministas, pacifistas,
juveniles y de iniciati-vas ciudadanas, aun siendo minoritarios socialmente, se
contrapo-nen al pasivo ciudadano-espectador mayoritario en las sociedades de la
tercera revolución industrial. Realizan tareas de satisfacción de necesidades
sociales que ni el estado ni el mercado son capaces de afrontar. Representan
una nueva cultura, en general aún pre-política, de intervención en los asuntos
públicos.
Las personas que trabajan en el “sector público
voluntario” son un aspecto nuevo de la organicidad emancipatoria (en el sentido
gramsciano de “orgánico”), una importante variación respecto de la militancia
política y sindical.
La consolidación y extensión de este sector obliga
a plantear en términos nuevos la institucionalización política de la izquierda
social. Exige además una distinta cultura política y una nueva manera de hacer
política.

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