© Libro N° 7980.
Karl Marx O La Subjetividad Práctica Como
Fundamento. Candioti, Miguel. Emancipación. Noviembre
21 de 2020.
Título
original: ©
Karl Marx O La Subjetividad Práctica Como
Fundamento. Miguel Candioti
Versión Original: © Karl Marx O La Subjetividad Práctica
Como Fundamento. Miguel Candioti
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KARL MARX O LA
SUBJETIVIDAD PRÁCTICA COMO FUNDAMENTO
Miguel
Candioti
Karl Marx O La Subjetividad
Práctica Como Fundamento
Miguel Candioti
En 1888 Friedrich Engels añadía
como apéndice a su Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica
Alemana una versión levemente modificada de once notas inéditas
de Marx contra la filosofía de Feuerbach, que
serían popularizadas desde entonces como las Tesis sobre Feuerbach.
Las notas originales habían sido apuntadas por Marx en
Bruselas allá por 1845 como uno de los primeros borradores de La
ideología alemana, obra que él redactaría inmediatamente después, entre ese
mismo año y el siguiente, junto al propio Engels. Sin embargo,
como Marx mismo explica en 1859, la publicación de esta
voluminosa obra no pudo concretarse en su momento, y sus autores, conformes con
haber logrado a través de ella esclarecer sus propias ideas, la entregan “a
la crítica roedora de los ratones” (cfr. Marx, 1976: 519). Resulta entonces
paradójico que el viejo Engels “más de cuarenta años más
tarde” (Engels, 1976: 354), se decidiera a dar a conocer las Tesis,
pero silenciosamente retocadas por su pluma y completamente aisladas de La
ideología alemana, cuya publicación él desdeñó explícitamente alegando que
“en el manuscrito no figura la crítica de la doctrina feuerbachiana” (ibid.).
Hoy sabemos que esto último no es cierto, aún
cuando sí lo sea que “la parte dedicada a Feuerbach no está terminada” (ibid.).
Como es sabido, por otra parte, debieron pasar nuevamente “más de cuarenta
años” para que finalmente su publicaran –en 1932– tanto La
ideología alemana como la versión original de las Tesis redactada
por Marx. Esto significa que durante casi noventa
años tanto los seguidores como los detractores de las ideas de Marx y
de Engels se vieron privados de cotejar estos dos textos
mellizos en donde nuestros autores llevaron a cabo nada menos que su “ajuste
de cuentas” con la “conciencia filosófica anterior” (Marx, 1976:
519). Y también significa que durante “más de cuarenta años” se accedió
únicamente a las Tesis (y en la versión publicada por Engels),
lo cual produjo como consecuencia toda una serie de malos entendidos de enorme
trascendencia. En efecto, una gran parte de los intelectuales entre finales del
siglo XIX y comienzos del siglo XX, encontraron en las Tesis (tal
como las dio a conocer Engels) nada menos que los
fundamentos de la teoría de Marx. Este hecho ha generado una serie de
confusiones lamentables, pero no porque en las Tesis no estén
expresados los fundamentos de la teoría de Marx, sino porque la
forma en que éstos se presentan allí –tanto en la versión original de Marx como
en la modificada por Engels– resulta sumamente fragmentaria y
ambigua si no se cuenta con la posibilidad de confrontarla con el texto
de La ideología alemana.
No cabe duda de que el eje de las Tesis está
dado por la afirmación del carácter fundamental de la práctica (Praxis).
Sin embargo, lo que allí resulta problemático es precisamente la definición
marxiana de la práctica como “actividad humana sensible” (sinnlich
menschliche Tätigkeit), fórmula que muchos pensadores han erróneamente
interpretado como el rechazo de todo materialismo y como la
adhesión a un subjetivismo sensista (forma de idealismo) por
parte de Marx. Ahora bien, ¿cuál es realmente la relación que Marx establece
aquí entre el concepto de actividad y el de sensibilidad?
¿A qué se refiere Marx con eso de que la práctica es la actividad humana sensible?
¿Acaso a que la práctica es “sensible” en tanto actividad propia de los
sentidos humanos? ¿O simplemente a que la práctica es “sensible” en
tanto actividad humana patente a los sentidos? ¿Se trata aquí
de la práctica humana como la actividad del sentir (o percibir sensiblemente),
o bien de la práctica humana como actividad sentida (o percibida sensiblemente, empíricamente)?
Sólo si recurrimos al texto de La ideología alemana, obtenemos una
respuesta contundente. Allí Marx rara vez emplea la infausta
fórmula “actividad sensible” (sinnlich Tätigkeit), sino que
utiliza otras expresiones más concretas como: “acción” de los “individuos
reales” frente a “sus condiciones materiales de vida, tanto aquellas con
que se han encontrado como las engendradas por su propia acción”, “su
comportamiento hacia el resto de la naturaleza”, “la modificación que [los
fundamentos naturales] experimentan en el curso de la historia por la
acción de los hombres”, más concretamente por “la industria y el
comercio”; todo lo cual es comprobable “por la vía puramente empírica”
(cfr. Marx-Engels, 1969: 20-21, 43-44). Y refiriéndose abiertamente a Feuerbach,
escribe allí Marx, por ejemplo, lo siguiente:
No ve que el mundo sensible que le rodea no es algo
directamente dado desde toda una eternidad y constantemente igual a sí mismo,
sino el producto de la industria y del estado social, en el sentido de que es
un producto histórico, el resultado de la actividad de toda una serie de
generaciones, cada una de las cuales se encarama sobre los hombros de la
anterior, sigue desarrollando su industria y su intercambio y modifica su
organización social con arreglo a las nuevas necesidades. Hasta los objetos de
la «certeza sensible» más simple le vienen dados solamente por el desarrollo
social, la industria y el intercambio comercial. Así es sabido que el cerezo,
como casi todos los árboles frutales, fue transplantado a nuestra zona hace
pocos siglos por obra del comercio y,
tan sólo por medio de esta acción de una determinada sociedad
y de una determinada época, fue entregado a la «certeza sensible» de
Feuerbach. (Marx-Engels, 1969: 43)
Parece, pues, del todo evidente que con “actividad
sensible” Marx no se refiere a ninguna actividad
propia de los sentidos, como no sea la mera certificación,
comprobación o (re)conocimiento de la existencia de algo que los trasciende, a
saber, la actividad práctica en tanto acción humana que
transforma permanentemente el mundo material del que ella misma forma parte, y
que al hacerlo excede y condiciona a toda la actividad
cognoscente de los sentidos y del pensamiento (aunque esta actividad
pueda, a su vez, guiarla parcialmente).
El elemento novedoso que el planteo de Marx introduce
y destaca en oposición al idealismo y al materialismo precedente no es otro,
pues, que la actividad práctica humana –la subjetividad
práctica– como distinguible de la teórica o cognoscente, y como su
condicionante relativo. Lo que Marx viene a decir,
precisamente, es que no basta con ocuparse de la subjetividad teórica,
ya sea como actividad cognoscente abstracta o como contemplación sensible
de naturaleza, sino que es preciso percatarse, afinando a la vez la
sensibilidad y el pensamiento, de que ante todo existe la
subjetividad práctica que forma parte de la realidad objetiva,
a la cual modifica constantemente con una actividad que es bien tangible,
patente a los sentidos, sensible, y no una actividad sensorial
o de los sentidos. Lo que Marx está
destacando es pues la importancia decisiva de la actividad práctica
humana, que es susceptible de ser comprobada en la experiencia sensible –es
decir, empíricamente–, y que siempre precede a la actividad cognoscente: todos
somos sujetos prácticos antes de ser sujetos teóricos.
Lo que también puede expresarse de manera espacial:
nuestra subjetividad cognoscente es siempre interior a
nuestra subjetividad práctica, aunque no se confunde con ella.
Por tanto, no cabe ninguna duda de que ese “lado activo” (tätige Seite)
que, en la primera de las Tesis, Marx exige al
materialismo desarrollar en contraste con la actividad meramente teórica y
abstracta del idealismo, no está en los sentidos sino en lo que ellos captan,
esto es, no está en la subjetividad cognoscente o teórica (el sujeto supuestamente “puro”),
sino en la subjetividad práctica (el sujeto-objeto), cuya actividad
transformadora del mundo es preciso asumir y orientar en un sentido
revolucionario. Tal es la tarea de ese nuevo tipo de materialista que debe ser
el comunista: un “materialista práctico” (cfr. Marx-Engels,
1969: 42) que desarrolle una revolucionaria “actividad
práctico-crítica” (cfr. Marx, 1962: 5). Marx funda así,
pues, un inédito materialismo anticontemplativo o antiteoricista que
se opone, por un lado, al objetivismo del materialismo
tradicional, que olvida tanto la subjetividad cognoscente como la práctica, y,
por otro lado, al subjetivismo (o idealismo subjetivo) que
reduce toda actividad humana a mera actividad cognoscente, puramente subjetiva.
De esta manera, Marx perturba
radicalmente el debate filosófico clásico señalando como elemento fundamental
algo que siempre había sido visto como secundario o derivado, a saber: la subjetividad
práctica. Marx la descubre en tanto subjetividad
primordial, claramente distinta y profundamente condicionante de la subjetividad
teórica. El mundo de la práctica es el mundo material de las relaciones con
el medio socio-político que nos constituye, la suma de todas las acciones que
nos producen y también de lo que nosotros hacemos por fuera de nuestra mera
actividad psíquica. Es, pues, un mundo complejo poblado por múltiples sujetos
que son al mismo tiempo objetos, a diferencia del abstracto mundo del
conocimiento, protagonizado cada vez por un único sujeto teórico-cognoscente
que aparece, por definición, como un puro sujeto, puesto que no
existe directamente como objeto empírico de sí mismo, sino que es más bien
aquello a lo que todo lo demás se opone como su objeto, y hasta como su
producto (en el caso del subjetivismo). Marx desmiente esta
ilusión de pureza y superioridad del sujeto teórico, que había sido propia de
la filosofía a lo largo de toda su historia, y revoluciona el conocimiento
precisamente porque lo destrona, mostrando que la subjetividad cognoscente siempre
se encuentra fuertemente condicionada por la subjetividad práctica,
esa que es social, material e histórica.
Marx trasciende
así tanto el idealismo como el materialismo precedente en tanto supera el teoricismo,
esto es, la perspectiva que todo lo reduce en última instancia a sujeto o a
objeto de conocimiento. Ahora bien, esto no debe llevarnos al
absurdo de deducir que nuestro autor pretende dejar de lado toda forma de
teoría para pasar a ocuparse exclusivamente de la práctica. Nada más falso,
pues el principal legado de Marx es precisamente una teoría
que se ha dado en llamar “materialismo histórico”; sin embargo, se trata
de una teoría antiteoricista en la medida en que es capaz de
reconocer la primacía de la materialidad práctica por sobre el conocimiento. En
otros términos, el antiteoricismo de Marx no equivale a un
rechazo de todo tipo de teorización, sino a una crítica de toda teoría que no
se sepa subordinada a la práctica.
Por lo demás, el hecho de que la actividad
cognoscente se encuentre condicionada por la práctica no significa que no pueda
incidir, a su vez, sobre ésta. Aún cuando no sea el “primer motor inmóvil”
el conocimiento funciona siempre como guía parcial de la subjetividad
práctica, es decir, orientando en cierta medida a esa otra actividad
que transforma la materialidad desde la materialidad misma. Esto significa que
la actividad cognoscente nunca incide directamente en la objetividad material,
pero sí lo hace indirectamente, a través de su orientación parcial de la
práctica. Y más aún: todo parece indicar que la actividad práctica
sólo puede transformar satisfactoriamente el mundo material con la ayuda de la
actividad cognoscente. Por lo tanto, teoría y práctica son
perfectamente distinguibles –y deberían ser cuidadosamente
distinguidas– pero, al mismo tiempo, ambas son afortunadamente inseparables entre
sí, aún cuando parecen divorciarse por completo. Porque la práctica sin teoría
es pura conducta inconsciente; mientras que la teoría responde siempre a
intereses suscitados en el ámbito de la práctica y –consciente de ello o no–
busca prolongarse en una intervención activa en esa realidad; aunque sólo logra
hacerlo indirectamente, precisamente a través de la práctica, a la cual sirve
siempre de orientación parcial (“parcial” en el doble sentido
de que no guía completamente y de que no es neutral).
Sin embargo, de lo analizado hasta aquí emerge
también la existencia de una clara desproporción entre el poder de nuestro
conocimiento, por un lado, y el de nuestra práctica, por otro. Mientras que el
primero no es capaz escapar a los límites impuestos por sus maneras parciales
de captar el mundo y comprenderlo, la práctica, sólo imperfectamente guiada por
él, transforma ese mundo más allá de lo conocido. No sabemos
exactamente lo que hacemos por fuera de nuestra mera actividad cognoscente (la
cual constituye un “hacer” completamente diferente del hacer práctico).
Porque aún cuando la práctica siempre esté acompañada de algún grado de
conocimiento, sencillamente no podemos conocer lo que ella hace más allá de la
limitada relación de conocimiento que establecemos con la realidad material.
De cualquier manera, más allá de esta
desproporción, la práctica y el conocimiento siempre conviven como ámbitos
diferentes de la actividad total de los sujetos, y conviene evitar los
reduccionismos que impiden comprender su especificidad y su mutua relación. Ya
se mencionó que Marx no postula de ningún modo que se pueda y
se deba abandonar la teoría para pasar a la pura práctica –como
tantos necios activistas creyeron (y acaso continúen creyendo) al leer
superficialmente la onceava de las Tesis. Queda claro asimismo que
también se rechaza la posibilidad opuesta, sostenida “ingenuamente” por
los pensadores tradicionales, a saber: consagrarse a la pura teoría
permaneciendo completamente ajeno a la práctica. Pero aún hay otros dos
modos desmesurados de interpretar la relación entre teoría y práctica, los
cuales se originan en una confusión básica entre ambas, esto es, en un
desconocimiento de las particularidades que diferencian a estas dos actividades
humanas. Tales perspectivas consisten, pues, en reducir ya la
teoría a práctica, ya la práctica a teoría.
Una reducción de la teoría a práctica es
la que lleva a cabo Louis Althusser, por ejemplo, cuando introduce
la categoría de “práctica teórica”, demostrando así no haber comprendido
el enorme alcance de la distinción marxiana entre una parte de la actividad
humana que es meramente cognoscente y otra que, en cambio, es empíricamente
real y objetivamente transformadora. Lejos de subrayar la importante
especificidad de la práctica señalada por Marx, eso que la diferencia
completamente de la teoría –aunque no la separe de
ella–, Althusser confunde “practica” con “actividad” en
general. Esto equivale sin más a totalizar arbitrariamente
la práctica, la cual deja ya de constituir sólo la parte
fundamental de la actividad humana, y se amplia hasta el punto de
abarcar también el muy distinto ámbito de la actividad cognoscente, de lo teórico (ya
sea “científico” o “ideológico”):
Por práctica en general entenderemos todo proceso de transformación de
una materia prima determinada en un producto determinado, transformación
efectuada por un trabajo humano determinado utilizando medios (de producción)
determinados. En toda práctica así concebida el momento (o el elemento)
determinante del proceso no es la materia prima ni el producto, sino la
práctica en sentido estricto: el momento mismo del trabajo de transformación,
que pone en acción, dentro de una estructura específica, hombres, medios y un
método de utilización de los medios. (Althusser, 1970: 136)
En relación con lo dicho anteriormente,
entenderemos por teoría una forma
específica de la práctica, perteneciente también a la unidad compleja
de la “práctica social” de una sociedad humana determinada. La práctica teórica
cae bajo la definición general de la práctica. Trabaja sobre una materia
(representaciones, conceptos, hechos) que le es proporcionada por otras
prácticas […]. (Ibid.: 137)
Existe, por lo tanto, una práctica de la teoría. La
teoría es una práctica específica que se ejerce sobre un objeto propio y
desemboca en un producto propio:
un conocimiento. Considerado en sí mismo, todo trabajo teórico
supone, en consecuencia una materia dada y “medios de producción” (los
conceptos de las “teorías” y su modo de empleo: el método). (Ibid.:
142)
Althusser es consciente de estar proponiendo algo novedoso al
“entender” la práctica en un sentido tan amplio, desde el cual se
considera a la actividad teórica ya no como relativamente condicionada por la
práctica, sino como un caso de la práctica misma. Y no es
improbable que, de este modo, reduciendo toda actividad humana a la práctica “así
entendida”, Althusser crea estar siendo más coherentemente
marxista que el mismo Marx. Sin embargo, parece no entender que la
idea central condensada en las Tesis sobre Feuerbach es
precisamente la necesidad de distinguir claramente entre la mera actividad (o
subjetividad) cognoscente –el mero “hacer” o “comportarse” teóricamente–
y la decisiva actividad (o subjetividad) práctica, el fundamental hacer real. Marx no
pretende reducirlo todo a una forma de práctica, sino precisamente subrayar y
diferenciar completamente la “actividad humana sensible”, empíricamente
real, objetivamente transformadora, práctica, de aquella que no lo
es, de la mera actividad teórica, de la contemplación, de la interpretación. Lo
que no significa –insistimos– que esos distintos se
puedan separar, que puedan dejar de darse juntos en
esa unidad teórico-práctica que constituye siempre la
subjetividad humana.
Por lo demás, Althusser, de un modo
paradójico, a la vez que totaliza la práctica tiende a reducirla al proceso
de trabajo, el cual, aún siendo la más fundamental forma de práctica, esto
es, de transformación de la realidad, no es la única. Asimismo, a
partir de todo lo dicho más arriba, podemos ver claramente que esa
consideración de la actividad teórica como “proceso de producción de
conocimiento” no es más que una metáfora tan “ingeniosa” como aberrante.
Porque, exactamente al revés de lo que afirma Althusser, lo
decisivo –“el momento (o el elemento) determinante del proceso”–
no es la actividad misma – “el momento mismo del trabajo de transformación”–,
sino precisamente la “materia prima” y el “producto”, que en el
caso de la “práctica teórica” tienen la peculiaridad de no ser
materiales o reales, en tanto meros contenidos de la actividad cognoscente.
Pero este “pequeño detalle” que llevó a Marx a escribir
las Tesis sobre Feuerbach, parece no bastar para que Althusser se
abstenga de llamar “práctica” a la actividad teórica.
En el extremo opuesto se sitúa la otra confusión
entre teoría y práctica, esto es, la reducción de la práctica a teoría,
tal como resulta de la errónea interpretación subjetivista de
las Tesis sobre Feuerbach. Como mencionara al comienzo, el problema
es aquí suscitado por la definición marxiana de la práctica como “actividad
humana sensible” (sinnlich menschliche Tätigkeit) o incluso, según
algunas traducciones, como “actividad humana sensorial”. Influenciados
por un ambiente cultural idealista y antipositivista, algunos importantes
autores marxistas como Gramsci o el joven Lukács creyeron
encontrar aquí un subjetivismo, de raíz hegeliana aunque orientado al sensismo,
el cual implicaba la producción de toda la realidad por parte del sujeto
cognoscente y, por tanto, la negación de toda objetividad natural o realidad
material subsistente por sí misma, es decir, más allá del acto de ser conocida.
Esta concepción mezcla y confunde las elaboraciones propias de la actividad
cognoscente con las transformaciones reales propias de la actividad práctica,
pero finalmente acaba por remitir al sujeto de conocimiento como fundamento último
de la realidad, como aquel que construye el mundo todo con su “actividad
sensible” o “sensorial”. Quizás los escritos del joven Giovanni
Gentile sobre las Tesis constituyan la teorización
más explícita de esta curiosa concepción idealista (y, por tanto, teoricista)
de la praxis. En su traducción del texto al italiano, Gentile “aclara”
en una nota a pie de página que cuando Marx escribe que no se
ha sabido captar la praxis como “actividad objetiva” se está refieriendo
a una actividad “que haga, ponga, cree al objeto sensible” (Gentile,
1959: 79; la traducción es mía). Además, en su comentario se leen pasajes como
el siguiente:
Así el puro objeto y la intuición son los
caracteres del objetivismo, […] al cual Marx quiere contraponer el
subjetivismo. Se ha concebido hasta ahora, dice (tesis 1), la realidad como
objeto, como intuición, no como actividad humana, como praxis, no subjetivamente. La
realidad por tanto, según él, es una producción subjetiva del hombre; pero una
producción de la actividad sensitiva (sinnliche Tätigkeit); no del
pensamiento, como creían Hegel y los otros idealistas (Gentile, 1959:
78; la traducción es mía)
La originalidad de Marx, según este
pasaje, residiría en haber sido capaz de distinguir entre: por un lado, el
pensamiento abstracto y, por el otro, la realidad sensible como “praxis”,
esto es, como “producción de la actividad sensitiva”. Esto significa que
no se trataría aquí de la praxis como transformación objetiva de la realidad
externa por parte de los sujetos-objetos, sino directamente la creación de
la realidad sensible o “material” por parte de la actividad sensitiva
del sujeto cognoscente.
Y en tal concepción de la “materia” –no como
algo existente en sí, sino como puramente puesta por
la “praxis” sensorial– residiría el nuevo “materialismo” de Marx que
–según nos previene Gentile– no sería en realidad más que una forma
torpemente inadvertida de idealismo. Asistimos así a la reducción de la
práctica a teoría por parte del subjetivismo, posición que fetichiza la
actividad del sujeto cognoscente hasta el punto de ser incapaz de reconocer la
fundamental subjetividad práctica, material y objetiva que Marx resalta
en las Tesis.
Como ya se señaló, el nuevo materialismo
práctico de Marx supone la superación del
subjetivismo y del objetivismo que son las dos variantes del teoricismo,
esto es, el del privilegiamiento de la subjetividad cognoscente por sobre la
práctica. Por ser así un materialismo de la práctica social
humana, un materialismo centrado en las transformaciones prácticas del mundo
material, el nuevo materialismo de Marx es un materialismo
histórico. Y viceversa, por ser un materialismo histórico que
no se limita a contemplar ingenuamente el estado actual de la sociedad –como el
materialismo clásico–, sino que alarga su mirada, comprueba los profundos
cambios realizados por la “humanidad social” a lo largo de la historia,
se reconoce en ellos y se suma a ellos, es un materialismo práctico.
La centralidad que Marx otorga en las Tesis al
concepto de práctica –a partir de una argumentación que, sin
dejar en absoluto de ser filosófica, ciertamente se aparta mucho de la
filosofía tradicional– hizo posible que también se denominara a su pensamiento
“filosofía de la práctica” (o de la “praxis”). Por todo lo que
hemos estado tratando hasta aquí, es posible considerar esa fórmula como
exacta, y como un feliz complemento de la de “materialismo histórico”,
aún cuando no haya sido acuñada por Marx o por Engels, sino
por el primer gran marxista italiano, Antonio Labriola, quien la utilizara
por primera vez en 1897 (cfr. Labriola, 1968: 207). Constituye un gran acierto
de Labriola reconocer que el eje de la nueva filosofía
marxista está dado por la categoría de práctica, y por la
aceptación de que el pensamiento no existe por sí mismo, no precede ni escapa a
los condicionamientos de la vida material, práctica e histórica. Sin embargo,
ni siquiera el materialismo histórico está a salvo de recaer en el teoricismo
y, más concretamente, en un objetivismo similar al del viejo materialismo. Tal
recaída se produce de la mano del cientificismo, cuando un excesivo celo por
determinar las “leyes objetivas del movimiento histórico” acaba por
imponerse y delimitar el poder transformador de la práctica.
En este sentido, la idea de que es posible realizar
una simple inversión de la dialéctica de Hegel en
sentido materialista es propia de un marxismo objetivista y
dogmático, puesto que, cuando esa materialización de la dialéctica
hegeliana pasa de ser una metáfora (poco afortunada) a pretenderse un
“modelo científico” serio, lo que sucede es que automáticamente
pierde toda centralidad la subjetividad práctica y su transformación
de la objetividad material en la cual se mueve. Porque la práctica no sólo
participa del movimiento y la transformación natural de las “cosas” –que
excede al pensamiento–, sino que además es capaz de transformar ese
mismo movimiento, de alterar la forma misma de la transformación
objetiva, el así llamado “curso de los acontecimientos”. Si, por el
contrario, concebimos la práctica como una “cosa” más, es decir, como
fatalmente sometida a dogmáticas “leyes objetivas del movimiento”,
estamos recayendo inconscientemente en el materialismo
contemplativo premarxiano, aún cuando llamemos al marxismo
“filosofía de la praxis”.
Para comprender mejor todo esto, es necesario que
volvamos al punto de partida, a la primera de las Tesis, y
entendamos más exactamente en qué consiste la novedad del materialismo prácticocrítico propuesto
por Marx frente al tradicional materialismo contemplativo u
objetivista. La falla clásica del materialismo –nos explica allí Marx–
consiste en captar la objetividad, la realidad, lo sensible,
bajo la forma del mero objeto de conocimiento, sin percatarse
de que una parte de esa misma objetividad material es la actividad humana real
que la transforma, la subjetividad práctica. Por eso él postula
precisamente un materialismo práctico, uno que gira en torno a
la subjetividad práctica como motor principal de la realidad
histórica. El nuevo materialismo propuesto por Marx es, pues,
un materialismo histórico en tanto es también un
materialismo práctico-crítico, anticontemplativo,
antiobjetivista, revolucionario. El materialismo de la práctica no
puede no ser a la vez un materialismo histórico: lo implica. Pero el
problema reside en que esta relación no es reversible: el materialismo
histórico, en cambio, sí que puede no ser un materialismo de la práctica.
Esto significa que es perfectamente posible un objetivismo histórico
o historicista, esto es, un materialismo contemplativo que ya no conciba la
realidad como eternamente igual a sí misma, sino como histórica y cambiante,
como un proceso “dialéctico” objetivo sujeto a férreas “leyes
evolutivas”, dentro del cual se capta a la práctica humana ya no como subjetividad
práctica capaz de subvertir tal “orden de cosas”, sino
precisamente como otra cosa en movimiento, como un mero engranaje
del mecanismo histórico natural.
El gran descubrimiento de que no sólo la sociedad
humana tiene historia, sino que toda la naturaleza es histórica, ha constituido
un gran avance para el materialismo; pero también ha contribuido ulteriormente
a reforzar esa reducción de la práctica a puro objeto de conocimiento,
a mero fenómeno histórico-natural sometido inexorablemente a las “leyes”
que rigen los procesos reales, sin ninguna posibilidad de alterar o subvertir
esos mismos procesos, de violar esas supuestas “leyes”, por más que
estas se reconozcan ahora como “históricas” y ya no como “eternas”.
No basta, pues, con historizar o “dialectizar” la
materia para distinguirse del materialismo contemplativo o teoricista. Es
decir, no basta con reconocer el movimiento, el cambio en la realidad social y
natural, para ser marxista, esto es, revolucionario, materialista
práctico-crítico, antideterminista, antiobjetivista. En
otras palabras, sólo habría de ser considerado genuinamente marxista un
“filósofo de la praxis” que no quite a la praxis ese carácter fundamental en
cuyo señalamiento ha consistido la auténtica “revolución teórica” de Marx.
En suma: no se trata sólo de interpretar adecuadamente
el mundo, historizándolo y “dialectizándolo” –algo que ya Hegel había
hecho, a su modo–, sino también de transformarlo mediante una
actividad práctico-crítica revolucionaria.
Referencias bibliográficas
§ ALTHUSSER, L. (1970), La Revolución Teórica
de Marx [Pour Marx, 1965-67] trad. cast. de Marta
Harnecker, México, Siglo XXI.
§ ENGELS, F. (1976), “Ludwig Feuerbach y el fin de la
filosofía clásica alemana” [1886-88] en MARX, K.-ENGELS, F., Obras
Escogidas, Moscú, Ed. Progreso, t. III, pp. 353-395.
§ GENTILE, G. (1959), “La Filosofia di Marx : studi
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§ LABRIOLA, A. (1968), “Discorrendo di socialismo e
di filosofia” [1897], en Saggi sul materialismo storico, Roma,
Editori Riuniti, pp. 169-279.
§ MARX, K. (1962), “Thesen über Feuerbach” [1845],
según la publicación del Instituto Marx-Engels-Lenin, Moscú, 1932, en Karl
Marx-Friedrich Engels, Werke, Berlín, Dietz, vol. 3, pp. 5-7.
§ MARX, K. (1970), “Tesis sobre Feuerbach” [1845],
publicada en el “Apéndice” de MARX, K.-ENGELS, F. (1970), pp. 665-668
§ MARX, K. (1976) “Prólogo de la Contribución
a la crítica de la economía política” en MARX, K.-ENGELS, F., Obras
Escogidas, Moscú, Ed. Progreso, t. I, pp. 516-520.
§ MARX, K.-ENGELS, F. (1969), “Die
deutsche Ideologie” [1845-46] en Werke, Berlín, Dietz, vol. 3,
pp. 12-530.
§ MARX, K.-ENGELS, F. (1970), La ideología
alemana [1845-46], trad. cast. de Wenceslao Roces, Barcelona,
Grijalbo.

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