© Libro N° 7979.
El Carácter Enigmático De Las Tesis Sobre Feuerbach
Y Su Secreto. Candiotti, Miguel.
Emancipación. Noviembre 21 de 2020.
Título
original: ©
El Carácter Enigmático De Las Tesis Sobre
Feuerbach Y Su Secreto. Miguel Candiotti
Versión Original: © El Carácter Enigmático De Las Tesis
Sobre Feuerbach Y Su Secreto. Miguel Candiotti
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EL CARÁCTER
ENIGMÁTICO DE LAS TESIS SOBRE FEUERBACH Y SU SECRETO
Miguel
Candiotti
El Carácter Enigmático De
Las Tesis Sobre Feuerbach Y Su Secreto
Miguel Candiotti
Los breves rayos de luz que se encuentran en las
Tesis sobre Feuerbach
encandilan a todos los filósofos que se le acercan,
pero todos sabemos que un
rayo enceguece en lugar de iluminar, y que nada es
más difícil de situar
en el espacio de la noche que un estallido de luz
que la rompe. Será sin duda
necesario hacer visible, algún día, lo enigmático
de esas once
tesis falsamente transparentes.
LOUIS ALTHUSSER (1967, 29).
Como se sabe, Marx no escribió
las Tesis sobre Feuerbach (TF) con la idea de
publicarlas, sino más bien como un material preparatorio para la redacción
de La ideología alemana (IA), que iniciaría más tarde
durante el mismo año –1845– junto a Engels. Sin embargo, esta
voluminosa obra no pudo ser editada en esos tiempos, y sus autores, conformes
con haber logrado a través de ella esclarecer sus propias ideas, abandonaron la
pretensión de publicarla (cf. Marx, 1981a, 519). Paradójicamente, en 1888, más
de cuarenta años más tarde, el viejo Engels se decidió a dar a
conocer las TF, pero silenciosamente retocadas por su pluma y
completamente aisladas de IA, cuya publicación desestimó alegando
que “en el manuscrito no figura la crítica de la doctrina feuerbachiana”.
Hoy sabemos que esto último es falso, aunque sea cierto, en efecto, que “la
parte dedicada a Feuerbach no está terminada” (Engels, 1981, 354). Debieron
pasar otros cuarenta años hasta que por fin se publicaron –entre 1924 y 1926–
tanto la versión original de las TF redactada por Marx como
la parte de IA que contiene las críticas a Feuerbach 1.
Esto significa que durante unos ochenta años –que es casi la
mitad del tiempo que lleva vivo el materialismo histórico– tanto sus seguidores
como sus detractores se vieron privados de la lectura y la confrontación de
estos dos textos mellizos, en los que nuestros autores llevaron a cabo nada
menos que su “ajuste de cuentas” con la “conciencia filosófica
anterior” (Marx, 1981a, 519). Y también significa que durante casi cuatro
décadas se accedió únicamente a las TF –y en la versión publicada
por Engels–, lo cual trajo como consecuencia algunas serias
confusiones. Porque si bien Engels acierta al señalar que este
escrito posee “un valor inapreciable, por ser el primer documento en que se
contiene el germen genial de la nueva concepción del mundo”, también
atina al advertir que se trata de “notas tomadas para desarrollarlas más
tarde, notas escritas a vuelapluma y no destinadas en modo alguno a la
publicación” (1981, 354). Ahora bien, precisamente por esto último, resulta
lamentable que él no pudiera prever los malentendidos que
tales notas generarían mientras no pudieran ser cotejadas con la sección
dedicada a Feuerbach de IA 2.
Probablemente el mayor de estos equívocos es el que
se ha producido en torno a la definición marxiana de la práctica (Praxis)
como “actividad sensible” (sinnliche Tätigkeit), en la primera,
la quinta y la novena de las TF. Una actividad sensible que, de
acuerdo con la primera tesis, es también una “actividad objetiva” (gegenständliche
Tätigkeit) que debe ser captada “de manera subjetiva” (subjektiv)
(cf. Marx, 1958a, 5–7). ¿Qué significa todo esto? ¿En qué sentido debe
entenderse que esta actividad es sensible (sinnliche)?
¿En tanto una actividad que puede ser percibida por medio de los
sentidos, o en tanto la actividad perceptiva propia de los sentidos
mismos? ¿Es ella “objetiva” en el sentido gnoseológico o
en el sentido ontológico del término? Y, finalmente, ¿por qué
se dice, al mismo tiempo, que es “subjetiva”?
Nadie que haya podido leer otros textos escritos
por Marx en la misma época –y sobre todo IA–
debería dudar de que con esta calificación de la práctica como la “actividad
sensible” que, en tanto tal, es a un tiempo “objetiva” y “subjetiva”,
él no se estaba refiriendo a ninguna actividad cognitiva o interior –que,
como veremos, es lo que muchos han creído–, sino simplemente al conjunto de la
práctica social humana en tanto actividad tangiblemente transformadora
del “mundo exterior sensible” (sinnliche Außenwelt) (Marx, 1978,
350; cf. 1968, 512). Lejos de pretender destacar allí una determinada forma de
actividad intelectual-cognoscente, lo que hace Marx es, por el
contrario, anteponer a todo acto de conocimiento la actividad material
humana que lo hace posible y lo condiciona desde el principio. Tomemos
como ejemplo el siguiente pasaje de IA:
Feuerbach habla especialmente de la contemplación [Anschauung] de la naturaleza por la ciencia,
cita misterios que sólo se revelan a los ojos del físico y del químico, pero
¿qué sería de las ciencias naturales, a no ser por la industria y el comercio?
Incluso estas ciencias naturales «puras» sólo adquieren su fin como su material
solamente gracias al comercio y a la industria, gracias a la actividad sensible
de los hombres [sinnliche Tätigkeit der Menschen]. Y hasta tal punto es
esta actividad [Tätigkeit], este continuo laborar y crear sensibles [sinnliche
Arbeiten und Schaffen], esta producción, la base de todo el mundo sensible [sinnlichen
Welt] tal y como ahora existe, que si se interrumpiera aunque sólo fuese
durante un año, Feuerbach no sólo se encontraría con enormes cambios en el
mundo natural, sino que pronto echaría de menos todo el mundo humano y su
propia capacidad de contemplación [Anschauungsvermögen] y hasta su
propia existencia. (Marx y Engels, 1981, 25 [trad. rev.]; cf. 1958,
44)
La profunda “revolución teórica” de la que
parte Marx consiste precisamente en el reconocimiento de que,
al contrario de lo que se había creído hasta entonces, la actividad
intelectual humana siempre está precedida, desbordada y condicionada por la
actividad práctica, aun cuando el conocimiento pueda a su vez
orientar parcialmente a esa acción que tiene lugar fuera de él
mismo. En efecto, es innegable la existencia de este momento de influjo de la
actividad intelectual sobre la material, pero la lección de Marx es
que no se trata en absoluto del momento primario o fundamental, como se había
creído hasta él. El pensamiento tradicional sólo había considerado la práctica
como subordinada a la teoría, como una mera aplicación o realización –más o
menos imperfecta– de ésta; y tal teoricismo (o intelectualismo)
le impedía por completo concebir la acción material-sensible como lo que es:
una actividad enteramente diferente y prioritaria frente al
conocimiento.
Sin embargo, Marx no plantea de
ningún modo que exista una separación de hecho entre la vida
espiritual-intelectual y la vida material-práctica, entre el hacer interior y
el hacer exterior, puesto que la actividad humana concreta es siempre la unidad
inescindible de ambos géneros de actividad; lo que él demuestra es más bien la
posibilidad y la pertinencia de distinguirlos analíticamente reconociendo
la especificidad y la importancia propias de cada uno de ellos. Dicho de otro
modo, el planteamiento marxiano no supone en absoluto un nuevo dualismo entre
“cuerpo” y “alma”, o entre “materia” y “espíritu”,
etc., sino más bien la afirmación de una única realidad natural e
histórica, dentro de la cual los seres humanos desarrollan su actividad que
es práctica por fuera de su cabeza, e intelectual por
dentro de ella. La actividad humana total no se reduce, pues, ni a la práctica
(exterior) ni al conocimiento (interior): es la unidad permanente de ambos
momentos, que se acompañan e interactúan sin perder su diferencia, y siempre
bajo la primacía de la práctica, o sea, de la actividad humana material,
sensible, exterior, objetiva y… subjetiva. Ha llegado
ahora el momento de detenernos a considerar el carácter ambiguo de cada uno de
estos calificativos de la Praxis.
Tanto para Feuerbach como Marx,
“material” significa en general lo que no es algo meramente
pensado, interior o espiritual, sino además algo real, sensible,
exterior y objetivo 3. Tampoco en el caso de Feuerbach esto
equivale a sostener un dualismo ontológico según el cual el pensamiento humano
constituye una realidad espiritual paralela a la realidad material. Para ambos
autores la sociedad forma parte activa de una única naturaleza que es toda
ella material (e histórica, añadirá Marx),
incluidos los procesos psíquicos imperceptibles que tienen lugar en el interior
de los cuerpos humanos: “Porque la única ‘propiedad’ de la materia con cuya
admisión está ligado el materialismo filosófico, es la propiedad de ser una
realidad objetiva, de existir fuera de nuestra conciencia [individual – MC]”
(Lenin, 1974, 335). Sin embargo, lo que puede llevar a confusión es que en
realidad hay dos acepciones materialistas de lo “material” que
suelen aparecer entremezcladas. Desde el punto de vista gnoseológico,
lo “material” significa sólo lo real sensible, lo que no es puro
pensamiento. Pero desde el más amplio punto de vista ontológico,
toda la realidad, incluso la actividad intelectual, inmediatamente velada a los
sentidos, es material (e histórica). Ahora bien, el hecho de que esta última
sea también real y material no equivale a afirmar que su contenido lo
sea. En efecto, hay aquí otra ambigüedad frente a la que es preciso estar
alerta: mientras que el “pensamiento” entendido como la actividad misma
del pensar siempre es real, en cambio, el “pensamiento” entendido
como aquello que se piensa nunca es real en sí mismo. El contenido
del pensamiento sólo puede ser verdadero, en la medida en que
represente correctamente algún aspecto de un fenómeno material (en
sentido amplio, ontológico), es decir, algo real en tanto exterior al
pensamiento mismo. Éste es precisamente el uso que Marx hace
del término Denken en la segunda de las TF: “La
cuestión de si puede atribuirse al pensamiento humano una verdad objetiva no es
una cuestión teórica, sino una cuestión práctica. Es en la práctica donde el
hombre debe demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poder, la
terrenalidad de su pensamiento. La disputa en torno a la realidad o irrealidad
del pensamiento —aislado de la práctica— es una cuestión puramente escolástica“
(Marx, 1958a, 5). De este modo, Marx completa la vieja idea de
la “comprobación empírica”. No basta con superar prejuicios y excesos
especulativos yendo a observar lo que ocurre en la realidad: además es preciso
advertir que eso que ocurre “no es algo directamente dado desde toda una
eternidad y constantemente igual a sí mismo” (Marx y Engels, 1970, 47),
sino el producto de la práctica histórica humana (y de las luchas que ésta
conlleva).
La problemática palabra alemana sinnlich,
o alguna de sus declinaciones, aparece en las TF siete veces
en total (ocho en la versión de Engels) 4. Cuando este
término cumple la función de adjetivo es susceptible de ser comprendido y
traducido al castellano de dos maneras muy diferentes. Por un lado, como “sensible”,
es decir, que puede ser captado por los sentidos. Por otro, como “sensorial”,
esto es, propio de los sentidos mismos y su actividad perceptora. Y
lo mismo vale para los casos en los que sinnlich funciona como
adverbio: puede leerse como “sensiblemente” o como “sensorialmente”. En cambio,
la forma sustantivada, Sinnlichkeit, presenta una ulterior
dificultad. Para su traducción al castellano podemos optar simplemente por
colocar el artículo neutro “lo” delante de “sensible” o de “sensorial”,
con lo cual el único obstáculo que nos queda por superar sigue siendo la
necesidad de decidirnos por uno de esos dos significados. Pero si, en cambio,
pretendemos traducirla utilizando un sustantivo propiamente dicho, nos veremos
ahora ante una palabra castellana que presenta la misma ambigüedad que el
término alemán. En efecto, si descartamos formas forzadas, como “sensoriedad”
o “sensorialidad”, y nos limitamos a utilizar “sensibilidad”,
notaremos que se trata de un término equívoco que puede significar ya la capacidad
de sentir, ya las cosas sensibles en cuanto tales (cf.
Althusser, 1960, 6). Y aunque tal vez esta segunda acepción nos pueda resultar
un poco inusual en castellano, el caso es que Feuerbach y Marx utilizan
habitualmente Sinnlichkeit para aludir precisamente al “mundo
sensible” (sinnliche Welt) (cf. Althusser, 1960, 8) en
contraposición con el imaginario orden suprasensible de la
religión tradicional, de la metafísica, del pensamiento especulativo y del
idealismo filosófico en general.
Ahora bien, ¿por qué debemos saber distinguir entre
lo sensorial y lo sensible, entre los propios
sentidos y lo que ellos captan? ¿No es esto acaso poco dialéctico?
Pues no, o al menos no desde el punto de vista materialista, el cual acepta que
la realidad conocida a través de los sentidos no es una mera producción de
éstos: los excede. Si de veras admitimos que en la percepción nuestros sentidos
captan algo que está más allá de ellos mismos, necesitamos empezar por
reconocer resueltamente que hay dos lados diferentes
implicados en esa unidad –aunque ésta sea de hecho inescindible–, y no hacer de
ella una mera confusión entre lo sensorial y lo sensible.
No se trata de que sea posible distinguir acabadamente entre lo que aportan a
nuestra experiencia los sentidos y lo que ofrece la realidad exterior, sino
simplemente de tener presente que el contenido de esa experiencia sensible es
siempre una compleja relación entre mundo interior y mundo
exterior. Desconocer esa relación como tal conduce a absolutizar uno de sus
términos negando el otro. El hecho de que nuestra actividad
cognoscente se halle inevitablemente situada en el extremo interior no le
impide reconocer elementos que sólo pueden ser aportados por un extremo
exterior. Y el hecho de que aceptemos una parte de exterioridad en lo que
percibimos no debe llevarnos a olvidar nuestra propia intervención cognoscente,
esto es, la mediación que establece nuestra actividad cognitiva, que vuelve
imposible todo acceso puro o absoluto al mundo exterior.
Para acabar de mostrar que la distinción entre “sensible”
y “sensorial” no constituye ninguna perogrullada, basta con añadir un
nuevo elemento: el concepto de actividad humana. Resulta entonces
evidente que hay una enorme diferencia entre la actividad sensorial
humana, propia de los sentidos, y la actividad sensible humana,
sólo perceptible por los sentidos. Pues bien, de estas dos formas de actividad
humana, en las TF Marx no se refiere en absoluto a
la primera –que pertenece al ámbito de la mera actividad
intelectual-cognoscente estudiada por la filosofía tradicional–, sino únicamente a
la segunda, que no es otra que la práctica en tanto acción
material, exterior, objetiva, que precisamente desborda y condiciona a todo
conocimiento. Es sólo ésta la actividad humana que, como bien denuncia la
primera tesis, el materialismo anterior (incluido el de Feuerbach)
no ha sabido reconocer en su carácter específico y fundamental, mientras que el
idealismo (hegeliano) sólo ha sido capaz de concebirla de una manera abstracta,
distorsionada, como algo completamente subordinado al pensamiento,
puramente espiritual 5.
En lo que respecta a los términos “exterior”
y “objetivo” (gegenständlich, y no objektiv), Feuerbach y Marx los
utilizan en el sentido de “material” y “sensible”, esto es, de “independiente
de la abstracción y del pensamiento” (Feuerbach, 1976b, 41), “pues la
característica esencial de una existencia objetiva, de una existencia exterior
al pensamiento o la representación, es la sensibilidad.” (Feuerbach, 1976b,
35–36). Objetivo o exterior es, pues, aquello que no es mero producto del
sujeto cognoscente, es decir, aquello que no puede ser reducido a lo
subjetivo-interior, por más esfuerzos que en tal sentido haya hecho el
idealismo6. Ahora bien, Marx completa, enriquece y
también descentra este esquema materialista básico. En efecto,
para él ya no se trata sólo de discernir entre lo pensado de lo
percibido, sino ante todo de diferenciar entre el conocimiento en su conjunto y
la práctica que lo precede, excede y condiciona. Ya no se trata sólo de
superar el idealismo con el materialismo, sino de superar todo el teoricismo filosófico
tradicional con un inédito materialismo centrado en la práctica,
esto es, un pensamiento que se reconoce condicionado por la actividad humana
exterior y que, en consecuencia, se pone al servicio de una transformación
material emancipadora. Desde el interior del sujeto cognoscente, la
especificidad de la práctica sólo puede ser percibida como una
actividad humana material, sensible, exterior y objetiva que transforma de
manera profunda y constante el mundo social-natural. Sólo a partir de ese
primer momento en que el conocimiento comprueba empíricamente el poder de la
práctica y su propia dependencia respecto de ella –comprobación que Feuerbach no
logró hacer–, sólo entonces el conocimiento puede intentar convertirse a su vez
en una guía consciente de esa práctica en un sentido revolucionario.
Todo materialismo acepta, pues, la existencia de
una realidad que es objetiva en tanto es exterior a la
conciencia. Ahora bien, el materialismo práctico-histórico fundado por Marx va
mucho más allá porque reconoce que si bien la realidad material es exterior
a la conciencia, de ningún modo es exterior a la práctica. En
efecto, la práctica es precisamente la actividad humana material, sensible y
objetiva que habita ese mundo externo transformándolo profundamente. Hablar de
una realidad exterior a la práctica humana constituye, pues,
un auténtico absurdo. Mientras que, en cambio, continúa siendo esencial a toda
concepción materialista el reconocimiento de que hay un mundo externo con
relación a nuestra actividad meramente cognitiva. Por lo tanto, debería evitarse
caer en la trampa que supone el uso de fórmulas ambiguas como “exterior al
hombre” o “independiente del ser humano”, puesto que no distinguen
entre un caso y el otro.
Marx advierte,
pues, que la totalidad del mundo y de la actividad humana como un conjunto
indistinto habían sido reducidos por el idealismo a pura actividad cognoscente,
y que frente a eso el materialismo Feuerbach, en lugar de destacar
la actividad humana material, sensible, práctica, que es diferente y
prioritaria con respecto al conocimiento, se ha quedado a mitad de camino: sólo
ha llegado a afirmar la primacía de la realidad material, sensible, exterior y
objetiva, sobre la actividad del pensamiento especulativo. De este modo, si
bien Feuerbach, por un lado, objeta al idealismo la incapacidad de
aceptar la percepción de un mundo sensible que evidentemente excede al
pensamiento, por otro lado, aún le concede que la única actividad humana
propiamente dicha es la teoría, pues considera que la práctica es una actividad
secundaria, egoísta y despreciable (cf. primera TF). Es en este
último punto, el de la estrechez de miras en relación con la práctica y su
importancia, donde Marx se aparta decididamente de su segundo
gran maestro. Porque un materialismo que no logra captar la actividad práctica
humana en toda su magnitud histórica, es un materialismo todavía incompleto, abstracto, teoricista,
que es incapaz de superar del todo al idealismo 7.
Para una adecuada comprensión de este punto resulta
oportuno traer a colación otro término alemán que también ha alimentado la
confusión entre los exegetas de las TF. Nos referimos a Anschauung,
que suele ser traducido como “intuición” o como “contemplación”,
pero que tanto en Feuerbach como en Marx tienen
más bien el sentido exacto de percepción, como aquello que se
distingue del pensamiento propiamente dicho –es decir, de la representación y
el concepto–, y constituye la única vía mediante la cual recibimos –en bruto–
la información del mundo exterior que luego es elaborada por el
pensamiento. Feuerbach lo expresaba del siguiente modo:
En la percepción soy determinado por el objeto; en el pensar
soy yo quien determino al objeto; en el pensar yo soy
yo; en la percepción soy no yo. Sólo desde la negación del
pensar, desde el ser-determinado por el objeto, desde la pasión, desde
la fuente de todo deseo y necesidad, se engendra el pensamiento verdadero y
objetivo, la filosofía verdadera y objetiva. La percepción proporciona la
esencia inmediatamente idéntica con la existencia; el
pensamiento proporciona la esencia mediatizada por la
diferenciación, por la separación, de la existencia. (1976 a, 16; cf.
1950 a, 68) 8
¿Rechaza Marx el sentido general
de esta distinción feuerbachiana entre pensamiento (Denken) activo y
percepción (Anschauung) pasiva? Aunque –como veremos– muchos
así lo han creído, la verdad es que Marx no sólo no objeta
tal diferenciación, sino que también él la considera básica, como lo muestra su
famoso texto titulado “El método de la economía política”. Allí Marx pone
verdaderamente a Hegel sobre sus pies, al aceptar su
metodología pero adaptada a una perspectiva materialista que distingue
expresamente entre la realidad concreta y el pensamiento concreto de esa
realidad. En ambos casos, acepta Marx, nos hallamos ante una
totalidad altamente compleja, rica en atributos, plena de contenido: “Lo
concreto es concreto porque es la síntesis de múltiples determinaciones, por lo
tanto, unidad de lo diverso.” (Marx, 1971, 1: 21; cf. 1961, 632). Ahora
bien, el proceso histórico-práctico de producción (o “síntesis”) de lo
concreto real es anterior, exterior y, sobre todo, diferente del
procedimiento teórico-metodológico que, yendo de lo abstracto a lo concreto,
permite en cierto modo reproducir en el pensamiento la complejidad de cualquier
realidad histórica que se pretenda conocer. Se trata, pues, de dos desarrollos
bien diversos, que sólo tienen en común el hecho de que ambos suponen un
proceso de complejización creciente:
He aquí por qué Hegel cayó en la ilusión de
concebir lo real como resultado del pensamiento que, partiendo de sí mismo, se
concentra en sí mismo, profundiza en sí mismo y se mueve por sí mismo, mientras
que el método que consiste en elevarse de lo abstracto a lo concreto es para el
pensamiento sólo la manera de apropiarse lo concreto, de reproducirlo como un
concreto espiritual. Pero esto no es de ningún modo el proceso de formación de
lo concreto mismo. (ibid.)
A Hegel “el movimiento de las
categorías se le aparece como el verdadero acto de producción […] cuyo
resultado es el mundo”, aunque en realidad lo único que produce ese
movimiento dialéctico de conceptos es una reproducción meramente pensada (y
aproximada) del mundo, el cual ya existía y se movía por sí mismo desde antes.
Por lo tanto, el método en cuestión resulta ciertamente eficaz para el
conocimiento de la realidad histórica, pero conviene no confundirlo con la
creación de la misma, ni con un proceso autosuficiente:
[…] la totalidad concreta, en cuanto totalidad de
pensamiento, es en realidad un producto del pensamiento, de la concepción;
pero, en modo alguno, es el producto del concepto que se piensa y se engendra a
sí mismo al margen de y por encima de la percepción [Anschauung] y de la representación, sino el
producto de la elaboración de la percepción [Anschauung] y de la
representación en conceptos. (Marx, 1977, 25; cf. 1961, 632; 1971, 1:
22) 9
Como vemos, Marx nunca reniega de
la primacía de lo sensible (Sinnlichkeit) ni, por consiguiente, de la
percepción (Anschauung) como componente básico del conocimiento. Jamás
critica de Feuerbach el sensismo materialista que lo ha
llevado a romper con la filosofía especulativa hegeliana y a devolver al mundo
sensible su prioridad, pues también Marx considera que la
captación de la realidad exterior empírica es siempre el punto de partida de la
ciencia. En cambio, lo que sí le reprocha duramente es que esa vuelta hacia la
realidad sensible sea puramente teórica o contemplativa, ajena
a la acción humana transformadora de esa misma realidad a lo largo de
la historia. Efectivamente, con respecto a esta actividad práctica humana,
que Hegel había captado sólo distorsionadamente como actividad
del Espíritu, Feuerbach permanece más bien completamente ajeno (o alienado)
en un doble sentido. Desde el punto de vista práctico, esa acción le es
extraña porque él mismo, al igual que Hegel, es todavía un
filósofo tradicional que no la ejerce, que no participa de
ella más que en una medida irrisoria. Mientras que, desde el punto de
vista teórico, le es ajena porque no la reconoce en
su real magnitud. Acepta que el ser humano es un animal social que ocupa un
lugar destacado en la Naturaleza; pero sólo alcanza a registrar superficiales
relaciones entre individuos sueltos y a concebir la práctica como actividad
degradante y prescindible, mientras eterniza como “natural”
lo que es en realidad un producto social histórico. En otros
términos, para Marx el problema no es que Feuerbach reafirme
la percepción (Anschauung) frente a los excesos del idealismo,
sino que se limite a percibir y que además no perciba bien; esto
es, que además de no participar abiertamente en la actividad sensible, en la
práctica transformadora del mundo, ni siquiera sea capaz de percibirla
–ejercida por otros–, de reconocerla en esa realidad material que él mismo se
limita a conocer, a contemplar. Y es precisamente aquí donde debemos afinar
nuestra comprensión del concepto de Anschauung que, como ya se
señaló, también significa contemplación. El planteamiento, por
parte de Marx, de la primacía de la acción material sobre el mero
conocimiento implica la superación del teoricismo-intelectualismo y,
con él, de toda actitud contemplativa o pasiva en el terreno de la
práctica. Ahora bien, esto no significa en absoluto haber superado también
la necesidad de la percepción en el ámbito del conocimiento. Pues
sin la captación, hasta cierto punto pasiva, de la
realidad material- sensible que excede a nuestra conciencia, falta el punto de
partida para toda superación del idealismo, para toda distinción auténtica
entre lo concreto real y lo concreto pensado, entre actividad práctica y
actividad cognoscente, etc. En efecto, aunque esto pueda, a simple vista,
espantar a muchos activistas a ultranza, también el
materialismo de Marx tiene, como el anterior –incluido el
de Feuerbach– un momento puntual de pasividad en
el plano del conocimiento. Pero ese momento no es más (ni menos) que el
primerísimo punto de arranque de toda actividad teórica posible: también de
aquella que no lo acepta como tal (el idealismo), y ciertamente de aquella que
se propone orientar una práctica revolucionaria (el materialismo
práctico-histórico) 10.
Por lo demás, y para desconcierto de muchos, no
es Marx sino el mismo Feuerbach –completamente
pasivo en la práctica– quien se ocupa de aclarar que la percepción
(Anschauung) no es la pura pasividad del conocimiento
humano, pues conlleva también una actividad sensorial, perceptiva
del mundo exterior. Se trata precisamente de la actividad de los
sentidos (Sinnentätigkeit), esa de la cual Marx –a
diferencia de lo que frecuentemente se cree– no escribe ni una sola palabra en
las TF, que se ocupan, en cambio, de destacar sólo la actividad
sensible (sinnliche Tätigkeit), objetiva, material, práctica,
exterior al conocimiento. Veamos, pues, como Feuerbach, siempre
dentro de los límites del teoricismo que le impidió ir más allá de la mera
actividad cognoscente humana, distingue dentro de ella entre
la actividad pensamiento (pura actividad) y la de los sentidos
(actividad-pasividad):
En el pensamiento yo soy sujeto absoluto, otorgo
validez a todo sólo como objeto [Objekt] o
predicado mío, del pensante; soy intolerante. En la actividad sensorial [Sinnentätigkeit],
en cambio, soy liberal; permito que el objeto [Gegenstand] sea lo que yo
mismo soy: sujeto, ser real que actúa por sí mismo [Subjekt, wirkliches,
sich selbst betätigendes Wesen]. Sólo los sentidos, sólo la percepción
[Anschauung], me dan algo en tanto que sujeto [Subjekt]. (Feuerbach,
1976b, 73 [trad. rev.]; cf. 1950b, 131)
Este fragmento presenta un enorme interés y nos
invita a ocuparnos ahora de precisar en qué sentido afirma Marx en
la primera de las TF que la práctica, de la que ya sabemos que
es material, sensible, exterior y objetiva, es al mismo tiempo subjetiva. Marx atribuye
desde un principio a Feuerbach el mérito de recuperar –
frente Hegel– la primacía de la objetividad material-sensible-exterior
–es decir, del mundo que existe más allá del sujeto de conocimiento–, y
asimismo el de señalar el lugar central que ocupan dentro de esa objetividad el
ser humano y las relaciones interpersonales 11. Así, en los Manuscritos
de París llega a reconocerle nada menos que el “haber fundado el verdadero
materialismo y la ciencia real, al convertir la
relación social «del hombre con el hombre» en el principio fundamental de la
teoría” (1978, 412). Sin embargo, sólo un año más tarde, en la sección de
la IA sobre Feuerbach –escrita por el
mismo Marx–, se advertía ya con claridad que con aquello no
bastaba:
Es cierto que Feuerbach les lleva a los
materialistas «puros» la gran ventaja de que ve cómo también el hombre es un
«objeto sensible» [sinnlicher
Gegenstand]; pero, aun aparte de que sólo lo ve como «objeto sensible» y no
como «actividad sensible» [sinnliche Tätigkeit], manteniéndose también
en esto dentro de la teoría, sin concebir los hombres dentro de su trabazón
social dada, bajo las condiciones de vida existentes que han hecho de ellos lo
que son, no llega nunca, por ello mismo, hasta el hombre realmente existente,
hasta el hombre activo [tätigen Menschen], sino que se detiene en el
concepto abstracto «el Hombre», y sólo consigue reconocer en la sensación [Empfindung]
el «hombre real, individual, corpóreo»; es decir, no conoce más «relaciones
humanas» «entre el hombre y el hombre» que las del amor y la amistad, y además,
idealizadas. (Marx y Engels, 1970, 48–49; cf. 1958, 44)
En este fragmento Marx empieza por
lamentar que Feuerbach vea al ser humano solamente “como
«objeto sensible» y no como «actividad sensible» [sinnliche Tätigkeit],
manteniéndose también en esto dentro de la teoría”. Pues bien, esta es
exactamente la misma idea que expresa de manera ligeramente diversa al inicio
de la primera de las TF:
La falla fundamental de todo el materialismo
precedente (incluyendo el de Feuerbach) reside en que sólo capta la cosa [Gegenstand], la realidad, lo
sensible [Sinnlichkeit], bajo la forma de objeto [Objekt]
o de percepción [Anschauung], no como actividad
sensiblemente humana [sinnlich menschliche Tätigkeit],
como práctica [Praxis]; no de un modo subjetivo [subjektiv]. (Marx,
1958a, 5)
A partir de todo lo expuesto más arriba, resulta
evidente que en estas líneas Marx no está reclamando a la
filosofía anterior ninguna actividad sensorial del conocimiento,
sino más bien el (re)conocimiento de la actividad sensible,
material, exterior, objetiva, práctica, que altera profundamente la
realidad material que se encuentra más allá –y más acá– de toda actividad
cognoscente. No se trata, pues, de dejar de percibir e
interpretar una realidad objetiva, sino de dejar de sólo
contemplarla. En efecto, lejos de pretender eliminar toda Anschauung de
lo sensible, lo que Marx propone es más bien afinar esa
percepción de la objetividad hasta reconocer dentro de ésta la
fundamental acción objetiva, sensible, exterior, material de los
seres humanos, para así poder sumarse conscientemente esa
práctica transformadora de la realidad, dándole una orientación
crítica y revolucionaria. Por tanto, tampoco se trata de que los seres humanos
no sean objetos sensibles, sino de advertir que su misma objetividad sensible
incluye una actividad propia que los vuelve a la vez sujetos,
pero en un sentido material-sensible-exterior-objetivopráctico que precede y
excede a la actividad intelectual-cognitiva. Pues, en su superación del
teoricismo-intelectualismo filosófico tradicional, Marx rompe
de manera parcial (e implícita) con el clásico esquema kantiano de
sujeto-objeto, dentro del cual el sujeto era siempre sujeto de conocimiento, es
decir, actividad cognoscente. Para Marx, sujeto es
siempre sinónimo de ente activo, agente, “ser real
que actúa por sí mismo”. Sin embargo, como venimos mostrando, a diferencia
de Feuerbach y de toda la filosofía clásica alemana Marx reconoce
un género de actividad diferente y más fundamental que el conocimiento: la
práctica humana. Por lo tanto, desde este nuevo punto de vista, antes y más
allá de ser un sujeto cognoscente, el ser humano es un sujeto
práctico, o sea un sujeto material, sensible, exterior,
objetivo (o, si se prefiere, un objeto-sujeto o sujeto-objeto,
pero con la condición de que se dé a estas fórmulas un sentido materialista
de agente-paciente, que sustituya al de la vieja filosofía de
la identidad entre pensamiento y ser, la cual consiste en una reducción
del ser a conocimiento, o una disolución del objeto en el puro
sujeto cognitivo).
Ahora bien, ¿acaso el mismo Feuerbach no
afirmaba ya –en el último fragmento citado– que, a diferencia del pensamiento,
“sólo los sentidos, sólo la percepción, me dan algo en tanto que sujeto”
y permiten, por tanto, captar al ser humano no sólo como objeto sensible, sino
también como “sujeto, ser real que actúa por sí mismo”? Así es, sin
duda, y hubiera sido justo que Marx también se lo reconociera
explícitamente, ya que es probable que él mismo haya tomado inspiración de esos
pasajes y, de hecho, utiliza en sus textos un lenguaje bastante similar 12.
No obstante, es preciso advertir en seguida que esa concepción de la
subjetividad sensible-objetiva en Feuerbach dista aún mucho de
ser la de Marx. Y también dista mucho de ser novedosa. En efecto,
ante los excesos del idealismo alemán, lo que hace aquí Feuerbach es
dar un prudente paso hacia atrás, volviendo básicamente a la vieja
idea del ser humano como animal racional. Así continuando la
tradición filosófica, él sólo es capaz de concebir el sujeto de una única
manera, a saber: como sujeto de conocimiento. Su merito en este punto
consiste solamente en restituir plenamente esa subjetividad a
los cuerpos humanos –de los que había sido arrancada por el idealismo–,
volviéndola así objetiva, real y múltiple.
La unidad del pensar y el ser sólo tiene sentido y
verdad cuando se concibe el hombre como fundamento, como
sujeto de esta unidad. Sólo un ser real reconoce cosas
reales; sólo donde el pensar no es sujeto para sí mismo, sino predicado de
un ser real, sólo allí el pensamiento tampoco está
separado del ser. […] ¿Cómo no podría aprehender cosas y seres reales el
pensar, en cuanto actividad de un ser real? […] Sólo te elevas al objeto (Objekt) rebajándote
para ello a objeto, siendo Tú mismo objeto para otro. Tú sólo piensas
porque tus pensamientos mismos pueden ser pensados, y
éstos sólo son verdaderos si pasan la prueba de la objetividad, si asimismo los
reconoce otro fuera de Ti, para el que ellos son objeto (Objekt). Tú
sólo ves en la medida en que tú mismo eres un ser visible; sólo sientes, en la
medida en que eres un ser susceptible de ser sentido. Sólo está abierto el
mundo para la cabeza abierta, y las únicas aberturas de la
cabeza son los sentidos. Mas el pensamiento aislado
para sí y encerrado en sí mismo, el pensamiento carente
de sentidos, carente del hombre, el pensamiento exterior al hombre,
es sujeto absoluto, que no puede ni debe ser objeto para otro,
mas, precisamente por ello, e incluso a pesar de todos los esfuerzos, no
encuentra ni ahora ni nunca una transición al objeto (Objekt), al
ser; de la misma manera que una cabeza que esté separada del tronco
tampoco encuentra una transición para la apropiación de un objeto (Gegenstand), pues
le faltan los medios, los órganos de aprehensión. (Feuerbach, 1976b,
105–106 [§ 51]) 13
Como puede comprobarse, Marx llevaba
razón en el sentido de que Feuerbach sólo tiene ojos para
la subjetividad cognoscente humana, mientras que se le escapa
por completo la objetividad de la subjetividad práctica y su
carácter preexistente, preeminente y extraconsciente. Es por eso que, al final
de la primera tesis, Marx insiste:
Feuerbach quiere objetos sensibles, realmente
distintos de los objetos conceptuales, pero no concibe la actividad humana
misma como una actividad objetiva [gegenständliche Tätigkeit14].
Por eso él trata en La esencia del cristianismo sólo el
comportamiento teórico como auténticamente humano, mientras la práctica es
captada y fijada sólo bajo su forma sórdidamente judía de manifestarse. Por eso
Feuerbach no comprende la significación de la actividad “revolucionaria”,
“prácticamente crítica” [der „revolutionären“, der „praktisch-kritischen“
Tätigkeit]. (Marx, 1958a, 5)
No reconocer el carácter fundamental de la
subjetividad práctica, de la actividad material-sensible-exterior-objetiva,
equivale a ser incapaz de entender la historia humana en tanto producto suyo y,
por consiguiente, a no concebir siquiera la posibilidad de una acción
transformadora radical –“prácticamente crítica”– que cancele los
aspectos negativos del presente ordenamiento social. He ahí la gran carencia
del materialismo aún contemplativo o abstracto de Feuerbach:
No nos ofrece crítica alguna de las condiciones de
vida actuales. No consigue nunca, por tanto, concebir el mundo sensible [sinnliche Welt] como la actividad sensible
[sinnliche Tätigkeit] y viva total de los individuos que lo forman,
razón por la cual se ve obligado, al ver, por ejemplo, en vez de hombres sanos,
un tropel de seres hambrientos, escrofulosos, agotados por la fatiga y
tuberculosos, a recurrir a una «concepción más alta» y a la ideal «compensación
dentro del género»; es decir, a reincidir en el idealismo precisamente allí
donde el materialismo comunista ve la necesidad y, al mismo tiempo, la
condición de una transformación radical tanto de la industria como de la
organización social. En la medida en que Feuerbach es materialista, no aparece
en él la historia, y en la medida en que toma la historia en consideración, no
es materialista. Materialismo e historia aparecen completamente divorciados en
él, cosa que, por lo demás, se explica por lo que dejamos expuesto. (Marx
y Engels, 1970, 49; cf. 1958, 44–45)
El materialista abstracto se limita, pues, a
percibir e interpretar el mundo, “cuando de lo que se trata, en realidad y
para el materialista práctico, es decir, para el comunista, es de revolucionar
el mundo existente, de atacar prácticamente y de hacer cambiar las cosas con
que nos encontramos” (Marx y Engels, 1970, 46)15. Asimismo, cabe destacar
que el progreso desde la concepción feuerbachiana de unas relaciones
superficiales entre individuos aislados hasta el reconocimiento de las
relaciones sociales histórico-prácticas propiamente dichas, supone para Marx no
solamente otorgar primacía a la subjetividad práctica sobre la
cognitiva, sino también destacar sobre la subjetividad práctica individual
la subjetividad social “como la actividad sensible y viva
total de los individuos”. Ya la sexta de las TF afirmaba
que la esencia humana sólo puede concebirse como “el conjunto de las
relaciones sociales” (Marx, 1958a, 6), y la octava aclaraba que esa
totalidad de relaciones sólo puede concebirse de manera activa y
objetiva-material: “Toda vida social es esencialmente práctica. Todos
los misterios que inducen la teoría al misticismo encuentran su solución
racional en la práctica humana y en la comprensión de esta práctica.”
(1958a, 7). Es por eso que no debe sorprender que en “El método de la economía
política” –ese notable texto en el que, a diferencia de las TF,
Marx sí se ocupa de la actividad teórico-cognitiva humana– sólo se
mencione un sujeto en sentido estricto: la sociedad humana
en su actividad objetiva, exterior, material; es decir, ya no representada de
manera teoricista y abstracta como Espíritu, sino más bien como subjetividad
práctica total, “fundamento y sujeto de todo acto de producción social”
(Marx, 1977, 24; cf. 1961, 631), incluida la producción de conocimiento:
El todo, tal como aparece en la mente como todo del
pensamiento, es un producto de la mente que piensa y que se apropia el mundo
[…]. El sujeto real [Das reale
Subjekt] mantiene, antes como después, su autonomía fuera de la mente, por
lo menos durante el tiempo en que el cerebro se comporte únicamente de manera
especulativa, teórica. En consecuencia, también en el método teórico es
necesario que el sujeto, la sociedad [das Subjekt, die
Gesellschaft], esté siempre presente en la representación como
premisa. (1971, 1: 22; cf. 1961, 632–633)
Habiendo llegado a este punto, es oportuno abordar
otro malentendido habitual, a saber: el de creer que Marx utiliza
como equivalentes los conceptos de práctica y trabajo.
En realidad, ambos conceptos se desbordan mutuamente, aún cuando se solapen en
parte. Por un lado, la idea de “práctica” es más amplia que la de “trabajo”,
en la medida en que abarca también actividades no necesariamente laborales,
como la acción política. Por otro lado, el concepto de “trabajo” es más
extenso que el de “práctica”, en tanto en cuanto todo trabajo incluye también
un elemento intelectual. En efecto, la actividad consciente es
inherente a cualquier trabajo humano, ya sea que lo predominante en él sea esa
misma actividad intelectual (interior), o bien una actividad practica
(exterior) coordinada con ella:
No hemos de referirnos aquí a las primeras formas
instintivas, de índole animal, que reviste el trabajo. La situación en que el
obrero se presenta en el mercado, como vendedor de su propia fuerza de trabajo,
ha dejado atrás, en el trasfondo lejano de los tiempos primitivos, la situación
en que el trabajo humano no se había despojado aún de su primera forma
instintiva. Concebimos el trabajo bajo una forma en la cual pertenece
exclusivamente al hombre.
Una araña ejecuta operaciones que recuerdan las del tejedor, y una abeja
avergonzaría, por la construcción de las celdillas de su panal, a más de un
maestro albañil. Pero lo que distingue ventajosamente al peor maestro albañil
de la mejor abeja es que el primero ha modelado la celdilla en su cabeza antes
de construirla en la cera. […] Además de esforzar los órganos que trabajan, se
requiere del obrero, durante todo el transcurso del trabajo, la voluntad orientada
a un fin, la cual se manifiesta como atención. Y tanto más se
requiere esa atención cuanto menos atrayente sea para el obrero dicho trabajo,
por su propio contenido y la forma y manera de su ejecución; cuanto menos,
pues, disfrute el obrero de dicho trabajo como de un juego de sus propias
fuerzas físicas y espirituales. (Marx, 1975, 1: 216)
Mientras en las TF y en la IA 16 Marx resaltaba
la actividad humana práctica, material, sensible, exterior, en su
transformación objetiva de la realidad, esto es, independientemente de la
actividad intelectual de los sujetos involucrados en ella, en este fragmento
de El Capital se ocupa, en cambio, del trabajo.
Pues no le interesa, en este caso, limitarse constatar una transformación
práctica objetiva, al margen o en contra de toda intencionalidad consciente
–como cuando señalaba, en otro lugar del mismo libro: “No lo saben, pero lo
hacen” (Marx, 1975, 1: 90)–, sino precisamente asomarse también a la
subjetividad intelectual que es propia del trabajo humano. Obviamente esto no
significa que la noción de “práctica”, a diferencia de la de “trabajo”,
remita necesariamente a “formas instintivas, de índole animal”, ajenas a
toda orientación intelectual. Como indicamos más arriba, la actividad humana es
siempre una inseparable unidad de práctica y teoría, las cuales siempre se
suponen y condicionan recíprocamente, pero sin dejar de ser distintas.
Por tanto, los conceptos de “trabajo” y de “práctica” constituyen
sencillamente categorías diversas, enfoques diferentes de la actividad humana.
Lo práctico-material-exterior se distingue analíticamente –aunque
no se separe realmente– de lo cognitivo-intelectual- interior; mientras que
el trabajo sólo se define por oposición al ocio, y
suele ser –al igual que este último– práctico e intelectual a la vez.
A continuación, luego de haber analizado el
carácter equívoco de los términos con los cuales Marx caracteriza
la práctica (Praxis), pasaremos a ocuparnos de mostrar cómo tales
conceptos ambiguos efectivamente han dado lugar a malentendidos en una serie de
pensadores que, como consecuencia de ello, han producido malas interpretaciones
de la noción marxiana de Praxis y de las TF en
general. Son autores que han creído entender que en las TF Marx
subrayaba la actividad del conocimiento humano y no –o no
sólo– el (re)conocimiento de la actividad humanamaterial-sensible-objetiva-exterior-práctica y
de su primacía sobre toda actividad teórica-cognoscente. Se trata así de una de
las mayores paradojas de la historia del marxismo teórico: las TF,
precisamente el texto en donde Marx enfatiza como en ningún
otro la primacía de la práctica sobre la teoría, son interpretadas en
clave intelectualista, y hasta manifiestamente idealista.
El caso más paradigmático de esta mala
interpretación subjetivista es también el más temprano de
todos, pues corresponde al primer ensayo que se haya dedicado al análisis de
las TF. Nos referimos al texto que Giovanni Gentile,
filósofo neoidealista, crítico del marxismo, publicara en 1899 bajo el título
“La filosofia della prassi” 17 (1959, 59–165), incluyendo
además en sus primeras páginas la primera traducción italiana de las notas
de Marx (en la única versión entonces conocida, la de Engels) 18.
Si la primera tesis no sólo es la más extensa y rica en conceptos (cf. Labica,
1987, 25), sino también la más confusa de todas, la traducción de Gentile la
vuelve unívocamente subjetivista. Gentile vierte Gegenstand como
“termine del pensiero” y wirkliche, sinnliche Tätigkeit como
“attività reale sensitiva”. Luego traduce correctamente gegenständliche
Tätigkeit como “attività oggettiva”, pero añade una nota a pie
de página donde indica que con esa expresión hay que entender una “attività
che faccia, ponga, crei l’oggetto sensibile” (Gentile, 1959, 68–69). La
aparente banalidad de este error de lectura-traducción de la primera de
las TF –y con ella de todas las demás– da rápidamente lugar a
la consideración gentileana de toda la filosofía de Marx como
un idealismo inconsciente y, por tanto, inconsecuente. En la interpretación
de Gentile la prassi aparece claramente como
la actividad “sensitiva”, o sea sensorial, del mero sujeto
de conocimiento. Esta peculiar praxis de los sentidos sería la que crea todo
el llamado mundo “material”, incluyendo “i fatti economici, che sono
i prodotti dell’attività sensitiva umana” (1959, 156): todo se reduce,
pues, en última instancia, a la activa sensación de las
necesidades y los intereses humanos… En resumen, según Gentile, lo
que Marx sostiene en las TF es “il
carattere produttivo dell’attività sensitiva, formatrice di tutta la realtà.”
(1959, 81), una actividad a la que llama específicamente “praxis”.
Resulta evidente que nos hallamos ante una interpretación de las TF que
sólo puede llevarse a cabo si se las tergiversa y se las aísla de otros textos
de Marx y de Engels (incluso de los ya
publicados por entonces). No obstante, esta lectura-traducción gentileana
tendría gran difusión y fortuna en la Italia de inicios del siglo XX, donde –en
un clima de crisis del marxismo positivista de la Segunda Internacional y
hegemonía cultural del neoidealismo croceano y gentileano– incluso autores
marxistas, y muy diversos entre sí, como Rodolfo Mondolfo y Antonio
Gramsci, desarrollaron concepciones de la “filosofía de la praxis”
con rasgos fuertemente subjetivistas 19.
Sin embargo, fuera de Italia y de la influencia de
la lectura-traducción gentileana, también ha habido múltiples intérpretes intelectualistas de
las TF. Incluso entre pensadores en lengua alemana. En Historia
y conciencia de clase, Georg Lukács también subsumió por
completo la práctica a la conciencia, como él mismo admitiría más tarde 20.
La profunda lectura de las tesis que hace Ernst Bloch, por su
parte, no está exenta de los problemas de interpretación que aquí nos
ocupan 21. Y tampoco la que propone Wolfgang Fritz
Haug 22. En cambio, el joven Karl Korsch es un
excelente lector de las TF, y un profundo pensador de la “dialéctica
materialista”, precisamente en el sentido de la interrelación que en la
sociedad se produce constantemente entre la práctica y la teoría, una totalidad
inseparable de actividades que son distintas entre sí 23.
Entre los intelectuales francoparlantes, cabe
mencionar ante todo a Georges Labica, quien no obstante ser el
autor de un estudio pormenorizado de las TF también cae en las
trampas conceptuales aquí apuntadas 24. Tampoco escapa a
ellas Michael Löwy (cf. 1973, 170–174). Pero el
ejemplo más extremo –sólo comparable al de Gentile– lo ofrece el
filósofo Michel Henry (cf. 1976). En cualquier
caso, antes que ellos tres, Louis Althusser había demostrado
ya su sustancial incomprensión de las TF acuñando su absurda categoría
de “práctica teórica” (cf. 1967, 134–181). Por último, también en
nuestro idioma encontramos exégesis similarmente defectuosas. Aquí nos
limitaremos a mencionar sólo dos: la de Adolfo Sánchez Vázquez (cf.
1980, 152 y ss.) y la de Darío Mesa (cf. 2002, 80–100).
A partir de estas interpretaciones
intelectualistas, el nuevo materialismo planteado por Marx en
las TF –el materialismo práctico-histórico– se vuelve
necesariamente un misterio, un auténtico enigma, que sólo parecen
llegar a comprender acabadamente en su coherencia unos pocos iniciados capaces
de encontrarla… Y la deplorable consecuencia ético-política de
esta situación es que, de tal suerte, la base misma de la teoría revolucionaria
de Marx inevitablemente “permanece como patrimonio de
pequeños grupos intelectuales” (Gramsci, 1975, 1378) o sectas políticas. Es
por eso que consideramos oportuno promover una relectura de las TF con
particular atención ya no sólo a la coherencia en relación con el resto de las
obras de Marx y de Engels –especialmente las
más próximas en el tiempo–, sino sobre todo a la endiablada ambigüedad de
varios de los conceptos básicos utilizados tanto por estos dos autores como por
sus maestros filósofos.
**Publicado originalmente en ISEGORÍA. Revista
de Filosofía Moral y Política N.º 50, enero-junio, 2014
NOTAS
1 Ambos textos aparecieron por primera vez en el
vol. 1 de la revista Archiv K. Marksa i F. Engel’sa, editado
en 1924 por el Instituto Marx-Engels de Moscú bajo la dirección de David
Riazanov. La versión marxiana de las TF se publicó allí en
alemán y en ruso (pp. 200-210), mientras que la parte de IA que
se ocupa de Feuerbach (“I. Feuerbach. Oposición entre las concepciones
materialistas e idealistas”) vio la luz primero en ruso, en el citado volumen
de 1924 (pp. 212-256), y sólo dos años más tarde en alemán, en el Marx-Engels-Archiv.
Zeitschrift des Marx-Engels- Instituts in Moskau, vol. 1 (Frankfurt am
Main: Marx-Engels-Archiv Verlagsgesellschaft, 1926, pp. 230-306) (cf. Burkhard,
985; Labica, 1987; Carver, 2010; González Varela, 2012).
2 Por lo demás, la existencia de dos versiones de
las TF no ha sido jamás –hasta donde sabemos– reconocida o
suficientemente destacada por quienes han publicado el texto en castellano,
empezando por las casas editoras de Moscú, que propagaron también este descuido
en otras lenguas. Así, aun luego de que la versión de Marx viera la luz en
1924, ha seguido publicándose la de Engels de manera acrítica, predominante y
hasta exclusiva. La primera presentación en castellano del escrito original –y
también la única hasta el día de hoy, si dejamos de lado apariciones
fragmentarias contenidas en la bibliografía crítica– es la de Wenceslao Roces
incluida como apéndice en la primera edición integral de la IA en
nuestra lengua, realizada por la editorial Pueblos Unidos (Montevideo) en 1958
y reproducida más tarde por Crítica-Grijalbo (cf. Marx y Engels, 1970,
665–668). Es posible, pues, en principio, remitir a esta edición como
traducción de la versión original de las TF, y a las diversas
ediciones en castellano realizadas en Moscú, como traducción de la versión
retocada por Engels (cf. Marx, 1981b; Marx y Engels, 1974, 7–12). Sin embargo,
debe tenerse presente que, como veremos, todas estas traducciones son
considerablemente defectuosas. Por este motivo nosotros hemos optado por
revisarlas considerablemente; tanto que no nos parece lícito remitir a ellas en
nuestras citas, sino directamente a una reconocida edición en alemán (Marx,
1958a; 1958b), haciéndonos así plenamente responsables de los posibles errores
de traducción. Para un cotejo y análisis detallado las diferencias entre la
versión marxiana y la versión engelsiana de las TF, remitimos
principalmente a los minuciosos trabajos de Arrigo Bortolotti (1976) y Georges
Labica (1987).
3 Como ejemplo del uso de “material” en Feuerbach
puede citarse el siguiente pasaje: “La doctrina hegeliana, según la cual la
naturaleza, la realidad, es puesta por la idea, no es más que
la expresión racional de la doctrina teológica según la cual la naturaleza es
creada por Dios, el ser material por un ser inmaterial, es decir, abstracto”
(Feuerbach, 1976a, 20). En el caso de Marx, constituye un buen ejemplo ese
fragmento de IA en el que, luego de citar en la primera mitad
del siglo XIX algunos casos contundentes de lo que mucho después se descubriría y
vulgarizaría como “globalización”, señala que “esta transformación de la
historia en historia universal no constituye, ni mucho menos, un simple hecho
abstracto de la “autoconciencia”, del espíritu universal o de cualquier otro
espectro metafísico, sino un hecho perfectamente material y empíricamente
comprobable, del que puede ofrecernos un testimonio probatorio cualquier
individuo, con sólo marchar por la calle y detenerse, comer, beber y vestirse”
(Marx y Engels, 1970, 50).
4 Sinnlich(e) aparece tres veces
en la primera tesis y una en la quinta, donde Engels añade otro caso; mientras
que Sinnlichkeit aparece una vez en la primera, otra en la
quinta y una última en la novena (cf. Marx, 1958a; Marx, 1958b).
5 “De ahí que el lado activo [tätige] fuese
desarrollado de un modo abstracto, en contraposición al materialismo, por el
idealismo, el cual, naturalmente, no conoce la actividad real, sensible [wirkliche,
sinnliche Tätigkeit], en cuanto tal” (Marx, 1958a, 5). Cf. la sección
del tercero de los Manuscritos de París titulada “Crítica de
la dialéctica de Hegel y en general de su filosofía” (Marx, 1978, 410–432; cf.
Marx, 1968, 568–588).
6 Cf. también en este caso la sección de los Manuscritos
de París citada en la nota anterior. 7 Refiriéndose precisamente a
esta incompletud de un materialismo que se limita a la
percepción de lo dado y a la teoría, sin lograr captar ni sumarse a la práctica
histórica transformadora, la novena tesis reza: “A lo más que llega el
materialismo contemplativo [anschauende Materialismus], es
decir, el materialismo que no concibe lo sensible [Sinnlichkeit] como
actividad práctica [praktische Tätigkeit], es a la percepción [Anschauung] de
los individuos particulares y de la sociedad civil [bürgerlichen
Gesellschaft].” (Marx, 1958a, 7). En un sentido similar, veinte años más
tarde, en El Capital, volverá a distinguir su propio “método
materialista, y por consiguiente científico” de otros que no lo son
suficientemente: “Las fallas del materialismo abstracto de las ciencias
naturales, un materialismo que hace caso omiso del proceso
histórico, se ponen de manifiesto en las representaciones abstractas e
ideológicas de sus corifeos tan pronto como se aventuran fuera de los límites
de su especialidad.” (Marx, 1975, 1: 453 n.).
8 Hemos modificado ligeramente la versión
castellana citada, sustituyendo “intuición” por “percepción” como traducción
más adecuada de Anschauung.
9 Idem nota anterior.
10 “Un ser que no fuese objeto de otro supondría
que no existe ningún ser objetivo. En cuanto tengo un objeto,
lo soy de él. En cambio un ser sin objeto es algo irreal,
inmaterial, un ser de razón, es decir imaginario, un producto de la
abstracción. Ser sensible, es decir real, consiste en ser objeto de
los sentidos, objeto sensible, es decir tener objetos sensibles
exteriores, objetos de sus sentidos. Ser sensible es ser pasivo.”
(Marx, 1978, 422). Como puede apreciarse, aquí también se subraya claramente la
indispensable dosis de pasividad que implica el conocimiento
del mundo real, objetivo, exterior, material, sensible. Pero hay que entender
bien que Marx en este pasaje de los Manuscritos de 1844, al
contrario de lo que ocurre en las TF, se está refiriendo únicamente
a la actividad-pasividad del conocimiento –comprendido desde la
perspectiva materialista– y no está aludiendo en absoluto a la
práctica. Sin embargo, seguramente este texto produce enorme
perplejidad en quien no sabe distinguir entre la actividad cognoscente y la
actividad práctica, y por eso tiende a identificar el activismo político con el
idealismo filosófico.
11 Cf. sobre todo los §§ 41 y 50-64 de los Principios
de la filosofía del futuro. Citemos como ejemplo el § 59: “El hombre
particular para sí no tiene la esencia del
hombre ni en sí como ser moral, ni en sí como ser pensante. La
esencia del hombre reside únicamente en la comunidad, en la unidad del
hombre con el hombre—una unidad que, empero, no reposa sino en la realidad de
la diferencia entre el Yo y el Tú.”
(Feuerbach, 1976b, 109–110).
12 En La sagrada familia ese
lenguaje es verdaderamente muy similar: “En la sustancia, el
señor Bauer no combate la ilusión metafísica, sino el meollo mundano,
la naturaleza, la naturaleza tanto en cuanto existe fuera del
hombre, como en cuanto es la propia naturaleza de éste. No presuponer la sustancia en
ningún terreno —el señor Bauer habla todavía en este lenguaje— significa para
él, pues: no reconocer ningún ser distinto del pensamiento, ninguna energía
natural distinta de la espontaneidad del espíritu, ninguna fuerza
esencial humana distinta del entendimiento, ninguna pasión distinta
de la actividad, ninguna influencia ajena distinta
de la acción propia, ningún sentir y querer distintos
del saber, ningún corazón distinto de la cabeza,
ningún objeto distinto del sujeto, ninguna práctica distinta
de la teoría, ningún ser humano distinto del crítico,
ninguna comunidad real distinta de la generalidad
abstracta, ningún tú distinto del yo.” (Marx y
Engels, 1978, 163–164).
13 Por lo demás, a pesar de que nos resulta
evidente que esta concepción feuerbachiana implica sustancialmente un retorno a
la idea del ser humano como “animal racional”, precisamente en tanto ser
vivo sensible-sintiente y pensante, no sería honesto de nuestra parte
ocultar que el mismo Feuerbach, menos materialista que humanista,
rechaza aquella expresión: “El hombre no se distingue de ningún modo
del animal solamente por el pensar. Todo su ser constituye más
bien su diferencia con respecto al animal.” (Feuerbach, 1976b,
107 [§ 53]).
14 Nótese que la quinta tesis repite exactamente
esta misma idea, pero en términos más confusos: “Feuerbach, no satisfecho con
el pensamiento abstracto, quiere la percepción
[Anschauung]; pero no capta lo sensible [Sinnlichkeit] como
actividad práctica humano-sensible [praktische menschlich-sinnliche
Tätigkeit].” (Marx, 1958a, 6).
15 Resulta evidente que este pasaje de la IA es
mellizo de la onceava de las TF (cf. Marx, 1958a, 7). Sin
embargo, para quienes ven en estas dos obras una ruptura radical (cf.
Althusser, 1967; Bortolotti, 1976; Labica, 1987) –en lugar de una continuidad
con los escritos del período parisino (cf. Fernández Buey, 1999, 127)– tal vez
no resulte tan obvio que el siguiente texto de La sagrada
familia, aunque en un lenguaje aún demasiado “antropológico”, ya
expresaba básicamente lo mismo: “Si el hombre forma todo conocimiento,
sensación, etc., a partir del mundo de los sentidos y de los que experimenta en
ese mundo, lo que importa es, por consiguiente, organizar el mundo empírico de
tal suerte que el hombre experimente en él lo verdaderamente humano, se habitúe
a ello, que se experimente a sí mismo como hombre.” (Marx y Engels, 1978, 150).
16 “Totalmente al contrario de lo que ocurre en la
filosofía alemana, que desciende del cielo sobre la tierra, aquí se asciende de
la tierra al cielo. Es decir, no se parte de lo que los hombres dicen, se
representan o se imaginan, ni tampoco del hombre predicado, pensado,
representado o imaginado, para llegar, arrancando de aquí, al hombre de carne y
hueso; se parte del hombre que realmente actúa y, arrancando de su proceso de
vida real, se expone también el desarrollo de los reflejos ideológicos y de los
ecos de este proceso de vida. También las formaciones nebulosas que se
condensan en el cerebro de los hombres son sublimaciones necesarias de su
proceso material de vida, proceso empíricamente registrable y sujeto a
condiciones materiales. La moral, la religión, la metafísica y cualquier otra
ideología y las formas de conciencia que a ellas corresponden pierden, así, la
apariencia de su propia sustantividad. No tienen su propia historia ni su
propio desarrollo, sino que los hombres que desarrollan su producción material
y su intercambio material cambian también, al cambiar esta realidad, su
pensamiento y los productos de su pensamiento.” (Marx y Engels, 1970, 26).
17 Gentile retomaba así la expresión “filosofia
della praxis”, que había sido recientemente acuñada por Antonio Labriola –el
primer gran teórico marxista italiano– para señalar “el meollo del materialismo
histórico” (Labriola, 1973, 702).
18 Ya bien entrado el siglo XX, Ernst Bloch
escribía: “Por lo que vemos, no hay todavía ningún comentario a las «Once
tesis»; sólo con él, empero, realizado desde el problema común, surge la
conexión productiva de su perspectiva como de su profundidad.” (Bloch, 2004, 1:
301). En este punto, Georges Labica corrige justamente a Bloch: “Or, certaines
traductions commentées, dont l’influence fut marquante dans le contexte
italien, avaient déjà vu le jour, bien auparavant, celles de G. Gentile (La
filosofia di Marx, 1899) et celle de R. Mondolfo (La filosofia del
Feuerbach e le critiche del Marx, 1909).” (1987, 24). Sin embargo, una
vez hecha tal aclaración, el propio Labica toma como punto de partida de su
análisis la lectura de Bloch, y sólo dedica unas pocas líneas, mucho más
adelante, a considerar un problema puntual en la interpretación de Mondolfo
(Labica, 1987, 64), dejando así completamente de lado el tratamiento de la
paradigmática lectura de Gentile.
19 En 1909 el socialista Rodolfo Mondolfo publica
su escrito “La filosofia del Feuerbach e le critiche del Marx” (cf. 1968) que,
a simple vista, aparece como una réplica especular del ensayo de Gentile, pero
pronto muestra ser menos una crítica que una reafirmación de las principales
ideas del filósofo neohegeliano sobre Marx. En efecto, el texto de Mondolfo
también ofrece al inicio una versión en italiano de las TF. Pero
ésta sigue a la gentileana en todos sus principales defectos, y además le añade
otros igualmente graves. Mondolfo acepta, pues, la lectura subjetivista, según
la cual lo que Marx reprocharía al materialismo precedente es la separación
entre el sujeto y el objeto de conocimiento, o sea, la omisión de la actividad
“sensible” (entendida como sensorial) del sujeto cognoscente que
funda al objeto: “la sensibilidad, entendida como pura pasividad del sujeto
frente al objeto, no puede de ningún modo explicar una actividad autónoma de
aquél: la conciencia puramente receptiva no es un principio de praxis
renovadora.” (1968, 12). Antonio Gramsci, por su parte, aún cuando su
pensamiento se aleje tanto de los de Gentile y Mondolfo en otros aspectos,
asume en este punto una posición similar de subordinación total de la práctica
al conocimiento. Así, el idealismo explícito de los artículos juveniles (cf.
por ej. 1984, 348–349) será tácitamente continuado en los Quaderni como
una radical crítica del materialismo, erróneamente identificado tout
court con el determinismo (cf. sobre todo 1975, 1375–1509 [cuaderno
11]; véase también Fernández Buey, 2002).
20 En el primero de los ensayos que componen el
libro, Lukács escribía: “La exigencia de Marx de entender la «sensibilidad», el
objeto, la realidad, como actividad sensible humana, significa una toma de
consciencia del hombre acerca de sí mismo como ser social, acerca del hombre
como sujeto y simultáneamente objeto del acaecer histórico-social.” (1985, 1:
95). Esto sería exacto si el autor se estuviera refiriendo a la objetividad y a
la subjetividad en sentido material y extra-cognitivo. Pero no es este el caso,
como él mismo aclara en el famoso prefacio autocrítico de 1967: “Por lo que
hace al tratamiento del problema mismo, hoy no es muy difícil advertir que se
mueve íntegramente según el espíritu de Hegel. Su fundamento filosófico último,
principalmente, es el sujeto-objeto idéntico que se realiza en el proceso
histórico. […] En resolución, la idea del proletariado como sujeto-objeto
idéntico de la real historia humana no es ninguna realización materialista que
superara la construcción intelectual idealista, sino más bien una
pluscuanhegelización de Hegel, una construcción que tiende objetivamente a
rebasar, en elevación del pensamiento por encima de toda realidad, al maestro
mismo.” (1985, 1: 45–46).
21 “En lugar de la contemplación inactiva, en la
que se encierra todo el materialismo anterior, incluido el de Feuerbach, aparece
así el factor de la actividad humana. Y esto ya dentro del saber
sensible, es decir, inmediato, como saber inicial-fundamental: la
sensibilidad como conocimiento, como base real del conocimiento, no es, por
eso, de ninguna manera, lo mismo que intuición (contemplativa).” (Bloch, 2004,
1: 302–303 [cursivas nuestras])
22 Defendiendo sin matices las críticas gramscianas
al materialismo de Bujarin, Haug escribe: “Gramsci shifts this question to a
different terrain where it loses its catechetical (indeed, nearly clerical)
character. In so doing he follows Marx who, in the first thesis on Feuerbach,
discards and leaves behind the inner world/external world scheme of what he, in
the eighth thesis, calls “contemplativematerialism” favoring, despite
all critique, even idealism over this stance. He does this because idealism conceives
of the subject as active, albeit only cognitively and not materially. The new
terrain Marx opens up is that of a practical materialism which sets out to
think the materiality of praxis and the praxis-mediatedness of our reality. ”
(2001a, 74; cf. 2001b, 86). Insistimos: en la primera tesis Marx no “supera” en
modo alguno la distinción entre interior y exterior desde el punto de vista del
conocimiento, no rescata al idealismo en tal sentido y no destaca la actividad
cognitiva sino sólo la material-sensible-exterior-objetiva-práctica. Nótese
además que la referencia marxiana al “materialismo contemplativo” no está en la
octava sino en la novena tesis.
23 “Marx critica por un lado los sistemas del
«materialismo» tradicional que culminan en Feuerbach; y por otro, somete a
crítica los sistemas del «idealismo» de Kant-Fichte-Hegel. Ambos se revelan
como falsos, y, en lugar de ellos, surge el nuevo materialismo que acaba de un
golpe con todos los misterios de la teoría, situando al hombre en el mundo como
ser pensantecontemplativo y al mismo tiempo actuante-activo y captando en
seguida la objetividad de todo este mundo como «producto» de
la «actividad» del «hombre socializado». Este cambio filosófico decisivo
encuentra su expresión más breve y concisa en la Tesis VIII: «La vida social es
esencialmente práctica. Todos los misterios que inducen a la teoría
hacia el misticismo, encuentran su solución racional en la práctica humana y en
la comprensión de esta práctica.».” (1971, 109–110).
24 Labica se empeña básicamente en plantear una
oposición entre Feuerbach y Marx a partir del carácter pasivo de
la Anschauung (“l’intuition”). Dado que él no alcanza a
distinguir entre la pasividad de la percepción, en el plano cognitivo,
y la actitud contemplativa desde el punto de vista práctico,
rechaza sin más la Anschauung –que erróneamente atribuye sólo
a Feuerbach– como absolutamente incompatible con la actividad práctica, en la
que por tanto Labica incluye también el conocimiento
como pura actividad. Esta forzada oposición pretende apoyarse
a su vez en otra, a saber, la que supuestamente Marx establecería entre
el objeto (Objekt), propio de la Anschauung feuerbachiana,
y lo objetivo (gegenständlich) propio de la Praxis: “Ce
qui importe, par contre, c’est de bien percevoir le travail auquel se livre
Marx sur le vocabulaire de sa formation et des influences reçues. Aussi parfois
durcit-il les oppositions. Ainsi, quand il dénonce la vaine tentative de
Feuerbach pour séparer le sensible du pensé, il emploie le même mot, Objekt
(sinnliche… Gedanken-), en regard duquel il dresse le gegenständlich,
l’objectif, comme l’ordre autre, irréductible celui-là, des Dinge (des
choses) et de la pratique, qui récuse toute intuition. L’activité est critère.”
(1987, 31). Para Labica, pues, la práctica equivale la
actividad humana total en la que lo sensible y lo pensado no se distinguen de
ningún modo, y por tanto tampoco se diferencian la actividad material y la
intelectual.
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