Libro N° 7978. Dialéctica Sin Dogma. Candel, Miguel.
© Libro N° 7978.
Dialéctica Sin Dogma. Candel, Miguel.
Emancipación. Noviembre 21 de 2020.
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Dialéctica Sin Dogma. Miguel Candel
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Miguel Candel
Dialéctica Sin Dogma
Miguel Candel
Escribíamos en nuestra última entrada sobre el
enésimo año de la guerra entre clases. Y como en todas las guerras hay
perdedores y víctimas. La primera y monumental derrota viene con la reforma de
las pensiones. Según la memoria del anteproyecto de la reforma remida al
Consejo Económico y Social (CES) el “ahorro” acumulado entre 2014 y 2022 será
de 33.000 millones de euros. ¿La fórmula? Desvincular la actualización de las
pensiones del IPC (¡prepárense ancianos y ancianas de este país! -a lo peor aún
les toca buscar un minijob-). La segunda es la desaparición del IPC como índice
de referencia, y como resume el experto Emilio Ontiveros, presidente de AFI
“esto es un claro exponente de la pérdida de la capacidad de negociación y
defensa de los perceptores de rentas más bajas”. La tercera viene de la mano
del panel que elabora la Fundación de las Cajas de Ahorros (Funcas): prevé
modestas tasas de crecimiento en los próximos trimestres. Tres ejemplos de la
pretendida superioridad del capitalismo y bla, bla, bla.
Para nuestra entrada de hoy retomamos un concepto
importante no sólo para el marxismo sino para la historia de la filosofía: la
dialéctica. Con un breve pero interesante texto de Miguel Candel, filósofo y
helenista, militante de EUiA y del PSUC-Viu damos un repaso a lo largo del
pensamiento filosófico.
Saludos. Toni Olivé
***
En su uso prefilosófico, dialéctica parece
haber designado una simple técnica de debate o confrontación de tesis opuestas
(la tradición doxográfica atribuye la paternidad de la dialéctica a Zenón
de Elea, por sus célebres argumentos contra la posibilidad del
movimiento). Platón, en cambio, hace de ella la forma suprema del
saber humano, caracterizada por su capacidad reductora de las formas (no
meramente ideales, sino reales) a principios elementales comunes a todas
ellas. Aristóteles le restituye su carácter instrumental aun
concediendo al uso platónico una parte de verdad, a saber: la función de la
dialéctica como examen interdisciplinario o “transversal” de los puntos de
partida de las diversas ciencias particulares, pero rebajando sus pretensiones
de ciencia suprema al modesto papel de una disciplina auxiliar.(1)
Al final de la Antigüedad la dialéctica había
quedado fijada como una de las tres disciplinas que integraban el trivium.(2) De
hecho, quedó constituida en precursora directa –o equivalente práctica– de la
lógica, cuyo objeto era, en la concepción tradicional de la misma, el arte de
la argumentación.
En Kant, el término “dialéctica”,
gracias al previo desgajamiento escolástico de la lógica como estudio de las
“reglas del pensamiento”,(4) había recuperado su carácter de forma
discursiva abierta, no constreñida por ningún concepto previo.(5) Sobre
esa base dinámica (y sobre la de una recuperación de la dialéctica metafísica
de Platón según la versión del neoplatónico Proclo)
construyó Hegel su peculiar dialéctica como intento de
superación, a la vez, de la metafísica dogmática tradicional y del criticismo
kantiano o, si se prefiere, de la escisión, no salvada por aquélla ni por éste,
entre objeto y sujeto. El recurso para ello utilizado, al modo de los antiguos
filósofos griegos que atribuían, frente a Parménides, igual
importancia al no ser que al ser –identificando
el no ser, físicamente, con el vacío (Demócrito y Epicuro),
y lógicamente, con el error (Pirrón de Élide y los escépticos en
general)– consiste en recuperar la negatividad como elemento
esencial tanto de lo real (el ámbito del objeto) como de lo ideal (el ámbito
del sujeto) tendiendo, de paso, un sólido puente entre ambos. En efecto, lo
real se niega en la medida en que cambia; y de
hecho, como ya sostenía Platón, la realidad empírica, la realidad
que percibimos, está en cambio incesante: la realidad, por tanto, es proceso.
Y por otro lado lo ideal o racional, que “en el fondo” coincide con lo real (es
“el fondo de lo real”), aun sin cambiar, se articula mediante un juego de
contraposiciones o negaciones que se manifiesta ya en la
simple división de un género en sus especies, cada una de las cuales es
negación de las demás; v.g.: en el árbol de Porfirio, animal se
divide en racional (rama de la que supuestamente pende
el hombre) e irracional (rama sin duda mucho más
robusta pese a su negativa denominación, pues debe soportar a todos los demás
inquilinos del Arca de Noé). Sobre esas vetustísimas observaciones de filósofos
precedentes, pero animado por una sublimación laica de su primeriza vocación teológica de
estudiante del seminario evangélico de Tubinga, construye Hegel su
concepción de la dialéctica como movimiento por el cual lo real, a través de su
constante autonegación (el cambio interno y el choque externo), acaba
recuperando la unidad, entendida no ya como simple afirmación de su ser, ni
tampoco, claro está, como simple negación –o, como dice Hegel,
negación determinada–, sino como negación de todas sus
negaciones, o identidad que contiene en sí, superándolas, todas las
diferencias. Recuérdese la tesis de Spinoza según la
cual omnis determinatio est negatio: lo indeterminado es también lo
infinito, que al determinarse se limita, negando por tanto su infinitud; para
recuperarla debe negar esas determinaciones-negaciones, pero no para retroceder
al vacío estadio primigenio de indeterminación, sino para avanzar hacia un
nuevo estadio de plenitud donde todas las determinaciones se funden sin perder
sus contenidos. A lo largo de ese proceso la realidad deviene consciente y
dueña de sí, se hace espíritu, síntesis de realidad e idealidad:
Dios, en una palabra.
Puede decirse con bastante aproximación que es de
esa versión hegeliana de la dialéctica de donde procede el actual uso “común”
del término. Se considera, pues, dialéctica una noción cuyos perfiles no son
fijos, sino que muestra sucesivamente facetas diferentes, pero no de manera
aleatoria, sino con arreglo a una pauta consistente en que la consideración de
cada una de las facetas lleva necesariamente a considerar su complementaria (es
decir, su negación) y, por ello mismo, a situarse en la óptica del universo
discursivo que engloba ambas.6 Dado que esa dinámica entraña sucesividad en el
pensamiento, incorporando la temporalidad como rasgo inherente a la
representación de lo real, la perspectiva dialéctica parece especialmente
idónea para el estudio de los procesos históricos. Hijo, pues, de ese uso de la
dialéctica es el historicismo, presente ya como rasgo fundamental
en la filosofía de Hegel, y consistente en la generalización de la
perspectiva histórica para aplicarla a cualesquiera fenómenos.
Marx, en su
crítica de las ideas sociales y económicas de la burguesía triunfante, recurre
al enfoque historicista hegeliano –si bien depurado del idealismo de su versión
original– para negar el carácter “natural”, permanente, de las formaciones
sociales y los modos de producción. Con ello mantiene dentro de una concepción
materialista no dogmática la obvia distinción entre fenómenos históricos y
fenómenos naturales. Distinción que luego ciertos seguidores suyos acabarían
difuminando al tratar de aplicar la dialéctica también a los procesos
naturales.
Una muestra del abuso de la dialéctica en cierta
tradición marxista, incluso en el estudio de fenómenos sociales, es el uso de
términos como “contradicción” para referirse, por ejemplo, a los antagonismos
de clase. Es éste uno de los aspectos “negativos” (no negado a su vez) de la
herencia hegeliana: consiste en asimilar a una contradicción, que es en puridad
la afirmación y negación simultáneas de un mismo contenido
proposicional, (7) lo que no es sino una oposición de fuerzas,
tan afirmada la una como la otra. En realidad, tampoco atendiendo al plano
meramente discursivo tiene sentido hablar de “contradicción” en la dinámica
dialéctica de afirmación, negación y negación de la negación, pues éstas
corresponden a momentos sucesivos de la conciencia y, en
último término, se refieren a realidades complementarias que
integran una unidad de orden superior. Podría incluso decirse que, precisamente
porque la contradicción es imposible, es decir, porque no pueden coincidir
plenamente algo y su negación, por eso la realidad se dilata en el tiempo: para
poder desarrollar todas las potencialidades que, de darse concentradas en un
punto, se anularían recíprocamente.
Pero el uso marxista de la dialéctica admite una
generalización que, sin entrar –como parece pretender Engels en
la Dialéctica de la naturaleza– en el detalle de cada uno de los
fenómenos físicos, muestre el carácter global, es decir, la unidad de
todos los procesos que tienen lugar en el cosmos, tanto físicos como sociales.
Al referirse al cambio de talante intelectual en la Alemania de mediados del
XIX, dice Engels en un texto inicialmente concebido como
prólogo al Anti-Dühring e incluido luego en la mencionada Dialéctica
de la naturaleza:
Y con el hegelianismo se echó por la borda la
dialéctica –precisamente en los momentos en que se imponía con fuerza
irresistible el carácter dialéctico de los fenómenos naturales y en que, por
tanto, sólo la dialéctica de las ciencias naturales podía ayudar al hombre de
ciencia a escalar la montaña teórica–, para entregarse de nuevo, con gesto
impotente, en brazos de la vieja metafísica.(8)
Es decir: la perspectiva dialéctica de búsqueda de
la identidad a través de (no al margen de) las
diferencias es, al menos, útil metodológicamente para superar la unilateralidad
de cada una de las diversas disciplinas científicas. En uno de sus textos más
brillantes sobre el valor de la dialéctica para el conocimiento, La
tarea de Engels en el «Anti-Dühring», Manuel Sacristán sostiene que la perspectiva dialéctica
permite reconstruir como totalidad concreta lo que las diversas abstracciones
obtenidas por el método científico, forzosamente reductivo, habían previamente
escindido (con el riesgo de falsear irremediablemente nuestra visión de la
realidad al inducirnos a tomar por reales los simples modelos o constructos
elaborados por la razón):
Los “todos” concretos y complejos no aparecen en el
universo del discurso de la ciencia positiva, aunque ésta suministra todos los
elementos de confianza para una comprensión racional de los mismos. Lo que no
suministra es su totalidad, su consistencia concreta. Pues bien: el campo o
ámbito de relevancia del pensamiento dialéctico es precisamente el de las
totalidades concretas. Hegel ha expresado en su lenguaje poético esta
motivación al decir que la verdad es el todo. (9)
En efecto, como también señala un autor británico
de finales del XIX e impropiamente considerado “idealista”, Francis
Herbert Bradley,(10) todo concepto prescinde de la existencia,
es decir, de la individualidad concreta de la cosa. Sólo la recomposición de
los diversos predicados (abstractos per se) en una totalidad
permite superar el carácter relativo (11) de éstos y recuperar
la concreción individual del sujeto, identificado con lo absoluto o, mejor, con
un único Absoluto, pues sólo la totalidad de las cosas constituye un auténtico
y real individuo:(12) todos los conceptos, tomados
aisladamente, no son sino apariencias, en el vocabulario de Bradley.
Esta argumentación de Bradley encaja perfectamente dentro del
patrón dialéctico aquí considerado.
La idea de que la realidad no puede consistir en un
agregado aleatorio de elementos independientes meramente conectados por
relaciones extrínsecas establecidas por nuestra mente es, en el fondo, una idea
tan vieja –o más– que la filosofía. Y es probablemente (por encima del juego
ideal-discursivo de conversiones de contrarios y negaciones de negaciones) la
verdad que sigue vigente tras el término “dialéctica”.(13) De este
modo realmente “dialéctico” y no dogmático, entiende Sacristán la dialéctica
como herramienta de un pensamiento volcado sobre la praxis. Porque es
justamente en la praxis, y no en el pensamiento “puro”, donde el ser humano
realiza de facto la síntesis de los distintos enfoques y perspectivas que una
mente como la nuestra sólo sabe separar y contraponer.
Notas
1. Véase la parte final del capítulo 2 del libro I
de los Tópicos de Aristóteles.
2. Junto a la gramática y la retórica, con las que
podríamos decir que se repartía el estudio del lenguaje: a riesgo de incurrir
en un cierto anacronismo, podríamos decir, empleando conceptos modernos, que la
gramática se ocupaba de la sintaxis, la dialéctica de la semántica y la
retórica de la pragmática del lenguaje.
3. Aristóteles, considerado el padre de la lógica,
no utiliza ningún término común para referirse al conjunto de los diferentes
temas tratados en el Órganon, sino que habla, por ejemplo, de tópica y analítica para
designar, respectivamente, el estudio de los argumentos en general y de los
argumentos de estructura llamada silogística en particular. El
primer autor que utiliza el término “lógica” con la acepción general de
“estudio de los aspectos puramente formales de la argumentación” es el
aristotélico Alejandro de Afrodisia (siglo III d.C.).
4. Recuérdese la consagración definitiva de esa
concepción de la lógica en la llamada «Lógica de Port-Royal», de Antoine
Arnauld y Pierre Nicole, y cuyo título original es La Logique ou l’Art
de penser.
5. Lo que permitía que la razón se aventurase fuera
de los límites marcados por las categorías del entendimiento, aunque esa
“aventura” acabase de hecho en extravío, al menos en el plano estrictamente
teórico.
6. Es obviamente dialéctica, por ejemplo, la noción
de patria, pues es imposible entender su contenido positivo (“país
que nos pertenece y/o al que pertenecemos”) sin trazar, siquiera idealmente,
unas fronteras al otro lado de las cuales se halla todo lo excluido de ella. De
ahí la facilidad con que los muy patriotas se dedican a establecer exclusiones
a diestro y siniestro (sobre todo esto último). Quienes van más allá de esa
fase meramente negativa (como el propio Kant, en su momento), acaban reclamando
la constitución de un ámbito superior que permita superar el antagonismo y las
exclusiones que comportan las patrias: algo así como las hoy –¡ay!– agonizantes
Naciones Unidas(?).
7. La simultaneidad, obviamente, no puede
darse de facto, pues el discurso es lineal-sucesivo y no admite la
superposición física de segmentos distintos; pero sí se da una
simultaneidad intencional cuando uno, aun en momentos
distintos, se refiere a lo mismo y desde el mismo punto de
vista.
8. F. Engels, Dialéctica de la naturaleza,
pág. 31.
9. Manuel Sacristán, La tarea de Engels en
el “Anti-Dühring”, en Panfletos y materiales I, Barcelona,
Icaria, 1983, pág. 37. La aportación de Sacristán, como veremos en los párrafos
que siguen, supone una verdadera “superación dialéctica” de la unilateralidad
con que el pensamiento marxista español de la época (en la estela de la rudeza
intelectual estalinista, sólo comparable a su rudeza policial) utilizaba la
llamada “lógica dialéctica” contraponiéndola a la –supuestamente “burguesa”–
lógica formal.
10. Autor, entre otras obras de notable influencia
en su tiempo, de The Principles of Logic (1883, 2ª ed. aument.
en 1922), Appearence and Reality (1893, 2ª ed. en 1897), Essays
on Truth and Reality (1914). De todas ellas, James W. Allard y Guy
Stock editaron una selección comentada de textos en Oxford, Clarendon Press,
1994, bajo el título Writings on Logic and Metaphysics. La obra de
Bradley inspiró, por acción o reacción, no pocas de las ideas filosóficas de
Bertrand Russell, quien sin embargo contribuyó a endosar a Bradley el sambenito
de “idealista”.
11. Bradley es especialmente célebre por su
argumento, basado en un regreso al infinito, sobre el carácter contradictorio
y, por tanto, no real de las relaciones.
12. Esto, más que las tesis de Hegel, no puede
dejar de recordar la tesis spinoziana sobre la unicidad de la Substancia.
13. Una excelente síntesis de las diversas
concepciones de la dialéctica desde una óptica actual de “realismo crítico”
puede hallarse en: R. Bhaskar, Dialectic. The Pulse of Freedom,
Londres, Verso, 1993.

