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Libro N° 7007. Rosa Scheiner Y Su Legado Feminista.

 


© Libro N° 7007. Rosa Scheiner Y Su Legado Feminista. Emancipación. Febrero 22 de 2020.

Título original: © Rosa Scheiner Y Su Legado Feminista

 

Versión Original: © Rosa Scheiner Y Su Legado Feminista

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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina Miranda

LEAMOS SIN RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ROSA SCHEINER Y SU LEGADO FEMINISTA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CONTENIDO

 

 

 

 

ROSA SCHEINER

 

LA LIBERACIÓN DE LA MUJER Y LA REVOLUCIÓN PROLETARIA

 

ROSA LUXEMBURG – SÍMBOLO DE LA REBELDÍA PROLETARIA

 

ANTE LA ESPAÑA EN ARMAS

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ROSA SCHEINER

 

La Dra. Rosa Scheiner fue una cirujana dental, socialista y feminista argentina. Se adhirió al Centro Socialista Femenino en 1909. En los 1930s, fue la única mujer que escribió con nombre propio en la revista Izquierda. Junto al editor de la revista, Juan Marianetti, fue la oradora de cierre en el acto del primer aniversario de la revista. En la misma época, escribía artículos del mismo tenor en La Vanguardia y dictaba charlas y conferencias.

 

Scheiner mantuvo que el papel biológico de los sexos había presentado el pretexto para la confinación de las mujeres en el hogar y que los hombres utilizan su dominio económico para subyugarlas. Según ella, el capitalismo aparentó liberar a las mujeres al permitirles trabajar fuera de su “prisión doméstica”, pero esa era una emancipación limitada por el doble jornal impuesto sobre ellas por el requerimiento de trabajar y encima tener que mantener el hogar. Sólo con el socialismo se podría realizar plenamente la emancipación de la mujer.

 

Scheiner, naturalmente, luchó por el sufragio femenino en la Argentina. Sin embargo, consideraba que bajo un régimen burgués, el voto nunca podría cumplir la misión socialista, pero que los socialistas debían utilizar los medios ofrecido por él para propagandizar y crear consciencia.  A diferencia de muchas otras socialistas y feministas de su época, Scheiner rechazó el culto a la maternidad y no se involucró con proyectos asistencialistas orientados a defender a las madres y a la niñez.

 

Scheiner fue dura critica del reformismo burgués y fue admiradora de Rosa Luxemburgo y de Lenin y la Revolución Rusa. En 1937, ella y otros radicales, rompieron con la dirigencia reformista del Partido Socialista y formaron el Partido Socialista Obrero.

 

 

 

ESCRITOS

 

1934: La liberación de la mujer y la revolución proletaria

 

1935: Rosa Luxemburg - Símbolo de la rebeldía proletaria

 

1936: Ante la España en armas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA LIBERACIÓN DE LA MUJER Y LA REVOLUCIÓN PROLETARIA

 

 

Fuente: R. Scheiner, "La liberación de la mujer y la revolución proletaria", revista Izquierda, Año 1, Núm. 1, Buenos Aires - Argentina, Octubre 1934; págs. 7-8.

Transcripto por: Juan Fajardo, 2018.

 

 

 

 

Desde tiempos remotos el hombre había sometido a la mujer, aprovechándose de su condición biológica que la colocaba en una situación desventajosa con respecto a aquél. La pesada carga del embarazo y de la lactancia le ha impedido dedicarse a la caza y a la guerra, preferentes fuentes de sustento de los tiempos primitivos, a las que acudiera el hombre.

 

Al constituirse pues en proveedor de la mujer, al mantenerla, le exigió sumisión incondicional y la obtuvo. He aquí cómo una simple razón económica echa las bases del imperio masculino.

 

Esa situación se fue perpetrando hasta culminar en el gineceo y el serrallo, en cuyos interiores sombríos se desarrollaban calladas y a veces inconscientes tragedias de seres humanos privados de la menor libertad, purgando el pretendido estigma de su sexo.

 

Exceptuando el fugaz período del matriarcado, en que la mujer, y no el hombre era la cabeza, el jefe de la familia, la mujer de todos los tiempos, de todas las civilizaciones, aun tan brillantes como la árabe o la griega, estuvo a merced del hombre.

 

El cristianismo en su época de mayor poder, el de la Edad Media, lleva su desprecio por la mujer a su grado máximo, declarándola vaso de impurezas, nido de pecados, morada de demonios, etc.; olvidando que la “buena nueva” de Jesucristo, el pretendido o o real fundador de la religión cristiana, ha encontrado en las mujeres de su tiempo la más fervorosa adhesión.

 

La gran Revolución Francesa, con todas sus proyecciones entre otros pueblos, trajo sin duda en soplo renovador respecto a la situación de la mujer, pero rozó el problema en una forma superficial. En los salones de la burguesía ilustrada alternaban mujeres con literatos, políticos, artistas, comentando acaloradamente los acontecimientos de aquella hora singular.

 

Alguna vez hombres y mujeres de todas las categorías sociales fraternizaron al conjuro de la embriaguez revolucionaria.

 

Pronto resonaron algunas voces autorizadas (Stuart Mill en Inglaterra, Fourier en Francia), llegando hasta abogar por el sufragio femenino.

 

Parecía que el advenimiento de la burguesía en medio de tantas declaraciones patéticas y generosas iban a significar el fin de la servidumbre femenina.

 

Pero ocurrió con las proclamaciones de las burguesías lo que en su oportunidad con la prédica del cristianismo: una vez victoriosa, no pensó más que en ensanchar sus privilegios y halagar sus apetitos de clase dominante. Así como no tuvo escrúpulo alguno en hacer caer sobre la masa obrera que tuviera a sus órdenes, el mazaso de una brutal opresión, así no se desveló en ningún momento para destruir, en nombre de la famosa triada de “Libertad, igualdad, fraternidad”, la más oprobiosa delas desigualdades: la desigualdad de los sexos.

 

Al fin de cuentas, la decantada civilización burguesa, que tan bellas palabras profiriera, tiene en el fondo el mismo concepto sobre la mujer, que cualquier civilización bárbara.

 

Este concepto lo ha concentrado muy bien, aunque en una forma poco elegante para algunos oídos ceudo artísticos, el griego Demócrito: La mujer, dijo, es una mesa bien servida que se ve de una manera distinta antes y después de la comida.

 

Se puede resumir esa eruda metáfora democristiana así: la mujer interesa sólo como hembra.

 

Pero el capitalismo moderno adjudicó a la mujer otra misión ajena: la de ser una pródiga fuente de lucro en su calidad de asalariada.

 

Millones de mujeres están encadenadas a la gigantesca producción capitalista y a sus ramas colaterales. A cambio de remuneraciones irrisorias se exprime de ellas recónditas energías ¿Qué obrero, ni el más inepto, se resignaría con el salario que recibe la obrera, aun la más hábil? Por algo florece tanto en el “progesista” mundo burgués la prostitución con todas sus terribles consecuencias.

 

El progreso exhibe ante la obrera famélica y miserable todos sus portentos: viviendas espléndidas, vestidos magníficos, joyas, flores, manjares … Como otro Mefistófeles, el progreso, el mentido progreso burgués la tienta y la fascina. Y la pobre mujer, generalmente ignorante, aprovecha la primera oportunidad – aun la más engañosa, para correr en pos de la quimera de la felicidad, que su pobre pocilga sin alegría, sin belleza y sin pan no podrá brindarle nunca …

 

El tan mentado progreso necesitó de largas décadas para plasmar, pregonadas por las luchas obreras, algunas pocas leyes de protección para la madre obrera, leyes que como todas las que benefician a la clase proletaria, se violan descaradamente a la primera oportunidad.

 

El decantado liberalismo burgués necesitó del ciclópeo esfuerzo femenino en los horrendos años de la última guerra, para concederle al fin en algunos países los derechos políticos …¡Qué sarcasmo! Al poco tiempo de brindárseles esa tardía “recompensa” , la burguesía proclama su “dernier cri” del fascismo, que decapita solemnemente las llamadas libertades democráticas y entre ellas el sufragio, el parlamentarismo.

 

En los países en que la máscara democrática aun pende de los frontispicios políticos, se busca por el intermedio del voto femenino el apuntalamiento de la reacción, y nada más que eso.

 

De cualquier manera, con sufragio o sin él, práctica y teóricamente el actual momento burgués sueña con reeditar prácticamente para la mujer la época del gineceo o del serrallo, o sea de la esclavitud.

 

Los poetas, los oradores y los filósofos de la burguesía fascista son encargados de adornar ese grosero ideal de todo ornamento verbal que hace falta para espiritualizarlo y engañar a las y a los incautos.

 

 

 

La masa femenina que trabaja, nada puede esperar del régimen burgués.

 

Las escasas y pobres reivindicaciones que lograran, no habrán de modificar el fondo del doloroso problema de la desigualdad sexual que es consecuencia de la desigualdad social.

 

Eso no significa que la masa laboriosa femenina como la masculina, deba despreciar la lucha por esas pequeñas conquistas arrancadas a la burguesía. Al contrario. Pero es necesario no hacer de ellas un fin y sí servirse de dichas conquistas como un medio para preparar obras fundamentales, incompatibles desde luego con el orden capitalista; que no va más allá de la igualdad ante la ley – y eso en teoría por lo general.

 

La igualdad ante la ley no pasa de ser una fórmula vacía, mientras no esté respaldada por la igualdad económica. Y esta materia sólo será posible en una sociedad socialista, que comenzará por extirpar de raíz la propiedad privada, origen primero de la desigualdad.

 

Sólo el régimen socialista asegura para la mujer la entera posesión de su propia individualidad: de su cuerpo, de su mente, de su voluntad. Sólo en una república socialista no habría lugar para la diferenciación de los sexos en superior e inferior. Sólo la organización socialista construirá las relaciones entre el hombre y la mujer sobre los indestructibles cimientos de la fuerte estima, del auténtico compañerismo.

 

Nos ofrece una magnífica prueba de ello la Eurasia Soviética, donde laboriosa pero firmemente se está estructurando el socialismo.

 

En pocos años de nuevo régimen, nuevo como no lo hubo nunca en la historia, la mujer rusa se ha ubicado en un nivel que ni remotamente pueden soñar las mujeres de las seculares “democracias” de Europa y América.

 

Es que no basta ni con el más aparatoso contenido jurídico-institucional, para solucionar las fallas básicas de las consabidas democracias capitalistas. El prejuicio de la inferioridad de la mujer es mantenido artificialmente por la ideología burguesa. Así la economía capitalista puede envilecer sus salarios y desalojar de la producción grandes masas de obreros, más conscientes de sus intereses que las obreras y más dispuestos a resistir la explotación.

 

La servidumbre de la mujer tiene, pues, hoy como ayer, una razón económica. La educación que se le dé a la mujer en la sociedad burguesa, la intervención que en ella tiene el clero, las limitaciones y trabas con que se la rodea, todo concurre a paralizar su inteligencia, su personalidad, su resistencia. Todo tiende a formar de ella un ser pasivo, todo resignado, que todo lo soporta: la humillación, el dolor, la miseria y hasta la guerra, que le hiere en sus propias entrañas.

 

Lenin, el formidable jefe de la revolución rusa, pudo decir que aún falta mucho para que la mujer recobre la verdadera libertad; y lo decía nada menos que refiriéndose a la mujer rusa en cuyo favor se ha dado una legislación admirable. Al lado de esa afirmación valiente de Lenin, qué ridículo se nos ocurren las solemnes alabanzas prodigadas a las “grandes democracias”, apenas ellas hagan a favor de la obrera o del obrero algo de lo mucho que queda por hacer.

 

¡Ay de la clase trabajadora que se fíe de la buena disposición de las “grandes democracias”! … ¡Ay de la que se deje acariciar por la esperanza de la consabida evolución! La evolución … Sólo los ilusos no ven que su ciclo se ha cerrado, para dejarnos a las puertas de la revolución. Bajo su bandera y sobre el terreno de la lucha de clases comenzará la redención de la mujer a través de la redención proletaria.

 

 

 

ROSA LUXEMBURG – SÍMBOLO DE LA REBELDÍA PROLETARIA

 

 

 

 

Fuente: R. Scheiner, "Rosa Luxemburg – Símbolo de la Rebeldía Proletaria", revista Izquierda, Año 1, Núm. 4, Buenos Aires - Argentina, Febrero-Marzo 1935; págs. 13-16.

Transcripto por: Juan Fajardo, 2018.

 

 

 

 

 

 

Entre la magnífica pléade de mujeres que han consagrado sus vidas a la causa proletaria, la figura de Rosa Luxemburgo se destaca en su extraordinaria intelectual y moral.

 

Cada aniversario de su asesinato por las hordas contrarrevolucionarias alemanas, (15 de Enero de 1919), renueva a la admiración por esa mujer símbolo.

 

Desaparecía a una edad temprana. Contaba 48 años, cuando al ser transportada a la cárcel durante los luctuosos días de la insurrección espartaquista, en Berlín, fue ultimada por la soldadezca de la guardia y arrojada al canal.

 

Su sangre generosa cae sobre los Noske, Scheidemann y Cía., los pretendidos socialistas que, fieles a su fobia revolucionaria, solo supieron hacer desde el poder una reedición de las más inhumanas represiones burguesas contra las luchas obreras por la redención de su clase.

 

Socialismo de contrabando, que no sirvió sino para eliminar vidas tan fecundas, inteligencias tan claras y nobles, como la de Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht y a centenares de camaradas abnegados que les acompañaron en la lucha heroica.

 

Triste debut que tiene su lógica consecuencia al avasallamiento actual del pueblo alemán por la dictadura “nacional-socialista” de la burguesía.

 

ROSA ROJA

Una vida de pasión y de sacrificio – tal fue la de Rosa Luxemburgo. “Rosa Roja” la llamaron los obreros a partir del año 1905, después de verdaderas proezas que realizara en aquella memorable jornada de la Revolución Rusa en San Petesburgo, adonde fuera apenas estallado el movimiento.

 

Magnífica rosa roja cultivada no en tibios invernáculos por manos amorosas; no. Su jardinero fué la vida misma, una vida dura, accidentada, temeraria, henchida de emociones y aprendizajes.

 

El suelo que la nutrió fue la aspereza de la lucha, regado pródigamente por las lágrimas y la sangre de los oprimidos.

 

Pasando por las lóbregas celdas de las cárceles, respirando su aire infecto, creció en lozanía y esplendor la rosa proletaria, para ser dehojada brutalmente en la plenitud de su belleza…

 

Unía a un temperamento apasionado y enérgico, una poderosa inteligencia, ya austera, ya irónica, pero de una ironía juguetona y amable. Y por sobre todo, emanaba de ella un irresistible don de simpatía.

 

Nidia Lamarque dice en su hermosa semblanza de Rosa publicada en la revista peruana “Amauta”, fundada por José Carlos Mariátegui: “Pero hundida en su celda, se halla más presente que nunca entre sus correligionarios: porque en la cárcel es donde especialmente le sirve su innato poder de seducción. No tiene carceleros, tiene amigos; los más rudos guardianes, los carceleros más brutales se sienten desarmados delante de esa gracia sonriente, de esa profunda simpatía humana. Así sus cartas son más numerosas de lo que permiten los reglamentos, sus escritos burlan la censura, su espíritu vuela al otro lado de los sombríos muros de la cárcel.”

 

Sin embargo “su innato poder de seducción” no pudo impedir que en toda su agitada vida fuera atacada, y, a veces duramente, por sus camaradas de lucha. Y es que Rosa no acepta autoridad ideológica alguna. Desde su iniciación como socialista revela un profundo espíritu analítico y una absoluta franqueza en manifestar su pensamiento.

 

Tal carácter le depara sinsabores sin cuenta. Esto no la amilana, naturalmente. Mujer fuerte, las dificultades, los choques no hacen más que templar su espíritu de luchadora.

 

Poco menos que adolescente, no vacila en plantarse frente al Partido Socialista de Polonia (su país natal), señalando su carácter aburguesado, sin asomo de orientación marxista. Hay quien afirma que el mote de social-patriota fué lanzado por Rosa, aplicándolo a los socialistas polacos.

 

No tardó en agrupar en torno suyo a un pequeño núcleo de compañeros, que se separó del Partido Socialista polaco.

 

Obligada, a los 18 años de edad, a huir de Polonia, a raíz de las persecuciones zaristas, Rosa Luxemburgo se radica en Zurich (Suiza), Meca de los refugiados políticos. Pocos años después se realiza en esa ciudad el 2º. Congreso de la IIa Internacional (1893). Rosa, representando el minúsculo grupo disidente, se presenta al Congreso pidiendo su admisión. Se le rechaza. No se conoce más Partido Socialista que el consagrado. Al mismo tiempo se le hace el cruel agravio, y estando presente Engels, invitándola a abandonar el Congreso. “Puede ser que llorara, dice Riazanov(1) refiriéndose al episodio, pero no abandonó ni a Marx, ni a Engels, ni al socialismo científico”. Y agrega el mismo autor: “Rosa Luxemburgo probó ser verdaderamente discípula de Marx y Engels, representantes de los intelectuales revolucionarios, cuya principal misión es la de ayudar a la clase obrera a tener conciencia de sí misma y hacer de los obreros-revolucionarios no intelectuales, sino obreros ilustrados”.

 

Rosa Luxemburgo hizo más: no satisfecha, le dió continuos ejemplos de heroísmo, con un completo olvido de sí misma. El nuevo Plutarco a quien tocara hacer las “Vidas paralelas” de la epopeya revolucionaria obrera anti-capitalista, tendría un la exaltada figura de Rosa un rico material humano.

 

 

 

ROSA – POLEMISTA

Estudiosa a carta cabal, su privilegiada inteligencia no se dio reposo hasta conocer a fondo todo itinerario ideológico trazado por el genio de Marx. Admiradora fervorosa, jamás lo fue incondicional; jamás descendió hasta el fetichismo marxista. Tuvo bastante independencia intelectual para no callar su desacuerdo con algunos puntos del “Capital” y, si bien sin tocar las líneas fundamentales, que siempre encontró magistrales. No faltaron entre sus camaradas más ilustres, y no eran pocos, los que le llenaron de ataques e improperios … A fuerza de “ortodoxos” no perdonaban a Rosa ese rasgo de autonomía mental. Sin embargo muchos de ellos traicionaron a la postre los grandes postulados marxistas, que Rosa supo honrar hasta el instante último de su existencia.

 

Cuando en el año 18989 apareció en la “Neue Zeit” (Nuevos Tiempos), órgano social-demócrata dirigido por Karl Kautsky, la serie de artículos de Eduardo Bernstein sobre “Problemas socialistas” interpretando la oposición oportunista, Rosa participó de la agitada polémica, ocupando un puesto de primera plana junto a Kautsky, Bebel, Clara Zetkin y otros.

 

En una serie de artículos medulares hizo Rosa su réplica al padre del revisionismo.

 

Poco después, Bernstein empeñado más que nunca en “revisar” a Marx, escribía su libro “Socialismo evolucionista”, en el que a fuerza de corregir a Marx, su teoría económica y su doctrina histórico-social, presentó en su lugar un engendro ideológico que de socialismo sólo tenía el nombre. Desde entonces Rosa escribe siempre en el “Neue Zeit”, la segunda serie de artículos recopilados tanto los unos como los otros en libro titulado “Reforma … o revolución?” En ellos hace un análisis despiadado de todos los descubrimientos bernstenianos; “su peregrina teoría de la adaptación del capitalismo” a las necesidades del socialismo; su famosa divisa de “el fin no es nada, y el movimiento es todo”; su pretendida “implantación gradual” del socialismo, etc., etc. … Después de un cúmulo de mazazos formidables que Rosa asesta a las ocurrencias de Bernstein, remacha su argumentación con una frase burlona: “La sugestión de Fourier de convertir en limonada el agua del mar por medio del sistema falausteriano, fué ciertamente fantástica. Pero la idea de Bernstein de transformar el mar de amargura capitalista en uno de dulzuras socialistas, vertiendo a vasos la limonada reformista, además de ser de un dudoso gusto, no cede en fantasía a la otra”(2).

 

Al estudiar el carácter específico de la democracia en medio del auge capitalista, carácter que no comprende Bernstein como todos los reformistas de ayer y hoy, hace Rosa esta aguda observación: “La idea de una mayoría parlamentaria social-demócrata se presenta en el espíritu del liberalismo(3) solamente como una posibilidad en lo que solo al lado formal de la democracia cuenta, pero de ninguna manera su contenido real. Y entonces el parlamentarismo se presenta para nosotros no como un elemento inmediato socialista que haya de minar poco a poco la sociedad capitalista, como admite Bernstein, sino por el contrario, como un medio específico del Estado burgués que madura y que da cima a las contradicciones capitalistas.”

 

No encaja en los limitados marcos de un artículo periodístico ilustrar con citas la brillante refutación hecha por Rosa Luxemburgo del sistema bernsteiniano. Nos remitimos a la curiosidad del leader que aún no ha gustado las páginas de Rosa. Verá en ellas que buena cuenta ha dado de ese socialismo sui-géneris, que profetiza: el aplacamiento del antagonismo de clases y por ende de la lucha de clases dentro del régimen capitalista; que promete la paulatina merma de las contradicciones que chocan furiosamente en el seno de la economía capitalista; que niega la concentración del capital; que anticipa la desaparición de las grandes crisis generales; que niega el empobrecimiento de los obreros … Afirmaciones que hacen innecesario el objetivo final de la lucha proletaria, o sea la abolición de la propiedad privada e implantación de la colectiva. Consecuente con todo ese cúmulo de “postulados”, Bernstein termina por negar asimismo el “objetivo final”, confiando tiernamente en la sabiduría burguesa, que hará aparecer como pueril la “teoría del derrumbamiento” de ese viejo Marx, tan profundamente equivocado …

 

 

 

VISION PROFETICA DE ROSA

En el año 1899, el mismo de la aparición del libro de Bernstein, se realizaba en Hanover el Congreso del Partido, donde a iniciativa de Bebel se aprobó una resolución que reafirmaba la fé marxista. Esta resolución dejaba derrotado a Bernstein y sus partidarios.

 

Rosa, no satisfecha con eso, pidió la expulsión de los reformistas. Su pedido fué rechazado. Los revisionistas quedaron pues en el seno del Partido, libres de ir intoxicando la masa partidaria con su potaje descompuesto.

 

Maravilla, en verdad, como la joven revolucionaria, tildada por muchos de sus talentosos camaradas de histérica, romántica, ingenua, etc., tuvo en aquella oportunidad la visión real de la terrible descomposición que el mal reformista iba a causar al movimiento proletario del mundo, y al alemán en particular.

 

Visión que estuvo ausente de tantos “ortodoxos” de positivo talento –como Plejanow, Kautsky y otros, que aún cuando en un comienzo combatieron duramente la corriente revisionista, en última instancia, cayeron en ella.

 

 

 

ACCION Y PENSAMIENTO

Rosa Luxemburgo dividía su tiempo entre el estudio y la acción. Tan intenso uno como la otra. Como agitadora y propagandista incansable ejercía una influencia electrizante, a lo que mucho debía contribuir su natural vehemencia. A partir de la revolución rusa de 1905, se vuelve poco menos el ídolo de la masa consciente. Muchas enseñanzas sacó ella de esa formidable explosión popular y de sus consecuencias –y desde entonces comienzan a acentuarse sus divergencias con Kautsky – divergencias que se ahondan cada vez, pese a la vieja y entrañable amistad que le unía a él y a su mujer. Y es que Kautsky y los suyos se alejaban cada vez más del ideario marxista, Rosa sentía plenamente identificada con él. Y para siempre.

 

Profesoara de Economía política en la Escuela Obrera Superior de Berlín desde 1907, dedicaba a su cátedra sus mejores afanes. De esa época data su “Introducción a la economía política”, obra que se ha publicado algunos años después de su muerte.

 

La obra que le coloca entre los más brillantes teóricos marxistas es “La acumulación del capital”, publicada en 1913, pocos meses antes de la gran guerra imperialista de 1914. En ese libro estudia Rosa las raíces económicas de la política imperialista del capitalismo contemporáneo.

 

“La acumulación del capital” llamó poderosamente la atención de autores socialistas, y también burgueses. Aún cuando disintieran en criterio respecto a la idea fundamental del libro, todos estuvieron de acuerdo que tenía un extraordinario valor teórico y práctico.

 

Pero … curioso destino de ese libro, hecho por una marxista aguerrida y destinado por ella a orientar la lucha del proletariado contra el avance del imperialismo! Tanto en el seno de la socialdemocracia, como más tarde en el mundo intelectual comunista y ya después de la gloriosa muerte de Rosa, “La acumulación …” ha levantado un mar de réplicas y algunas agresivas.

 

Hasta se llegó a acusarla de anti-marxista.

 

Ella critica algunos aspectos de la teoría de Marx sobre la realización de la plus-valía con miras a la acumulación del capital. No comparte su criterio –según el cual parte del beneficio que el capitalista destina a la acumulación, puede realizarse exclusivamente en un medio capitalista, es decir solamente a expensas del asalariado.

 

Rosa sostiene, y es la idea fundamental de la obra, que dicha plus-valía debe forzosamente producirse además en los países donde no existe la economía capitalista. Solo así ella se explica el afán del capitalismo de conquistar los más lejanos territorios, para convertirlos en lucrativos mercados para sus productos, y echar a la vez las bases de la producción capitalista. Esa teoría convierte Luxemburgo en el resorte íntimo del imperialismo.

 

Ella afirma que Marx ha planteado ese problema pero sin haberlo resuelto; quizás porque la muerte se lo impidiese. El propósito de Rosa fué, según sus afirmaciones, aclararlo y desarrollarlo sirviéndose de la abundante documentación, que su espíritu estudioso ha recogido en la plena apoteosis del imperialismo, que le ha tocado vivir.

 

Entre sus refutadores figuran ideólogos tan representativos como Bujarin, Otto Bauer, Elena Bauer, Julius Dickmann y otros. Lenin encontraba reparos a la teoría de Luxemburgo.

 

Entre sus apologistas figura Franz Mehring, el eminente historiador del socialismo alemán, que conceptúa “La acumulación del capital” como la obra marxista que más se acerca al “Capital”(4).

 

 

 

ROSA FRENTE A LA PSICOSIS GUERRERA

El estallido de la guerra de 1914 puso en descubierto que la gangrena reformista hacía en el voluminoso cuerpo de la social-democracia alemana. El Partido, que en el Congreso Internacional de 1907 en Stuttgart aprobara una resolución antiguerrera redactada por Bebel y completada con dos parágrafos de Lenin, Luxemburgo y Martow(5) de un contenido revolucionario; el Partido que en dos congresos posteriores (de 1910 y 1912) ratificara dicha resolución, ese Partido se encontró en Agosto de 1914 completamente desorientado e incapaz de materializar sus declaraciones antibélicas.

 

Y es que el nacionalismo iba desde hacía mucho tiempo atrás minando la ideología marxista de sus líderes y de la masa partidaria.

 

En 1914 los socialdemócratas alemanes no fueron más que alemanes a secas, tal como lo quiso el Kaiser Guillermo que en esa hora agitada anunciara desde el balcón de su palacio en Berlín, “En las luchas que se avecinan no quiero saber nada de partidos en mi pueblo. No haya entre nosotros sino alemanes”(6).

 

La psicosis guerrera se apoderó, pues, de la socialdemocracia alemana. Las CLAUDICACIONES EN LA TEORIA SE TRADUJERON, como fatalmente DEBIA OCURRIR, EN CLAUDICACIONES EN LA PRACTICA. Ya lo dijo Lenin: Sin teoría revolucionaria, no hay acción revolucionaria.

 

En esa hora trágica la socialdemocracia alemana escribió su propia sentencia de muerte. Rosa, enferma, denuncia la traición y es detenida.

 

Permanece en la cárcel desde 1915 hasta 1918 –en que, triunfante la revolución, recobra la libertad.

 

Desde la cárcel –lejos de callarse, escribió artículos fulminándolos. Desenmascara a los marxistas, a los “ortodoxos” de ayer e insiste sobre la esencia internacionalista del proletariado y su misión revolucionaria.

 

Frente a los nuevos descalabros de los socialdemócratas en el poder, frente a su política tortuosa llena de compromisos con la burguesía, Rosa se alza llena de coraje. Desde las tribunas callejeras y desde las columnas de “Rote Fahne” (Bandera Roja) –órgano del grupo Espartaco fundado al estallar la guerra y dirigido por ella, preconiza la revolución proletaria para la implantación del socialismo auténtico. El ejemplo de Rusia la anima y la exalta.

 

Su inflamada palabra siembra un entusiasmo delirante entre la masa obrera. La burguesía se enfurece por momentos. Luxemburgo y Liebknecht son acorralados, perseguidos y amenazados de muerte.

 

Rosa no cede. Sigue dirigiendo “Rote Fahne” con un soberbio desprecio del peligro.

 

La insurrección espartaquista estalla bajo su impulso electrizante, el gobierno social-demócrata, de Ebert, de Noske y demás, lleva a cabo su represión inhumana, digna de un Pobiedoustzew.

 

Contra tanta traición y tanta vergüenza se levanta Rosa, asqueada, terrible. Despliega una actitud extraordinaria. Arenga a las masas, escribe, no se dá un momento de reposo. Sus artículos son rechazados por el “Vorwärts”, órgano oficial del Partido.

 

Enferma, en medio de un recrudecimiento de una vieja afección al corazón, lucha sin desmayar un solo instante contra la gigantesca ola nacionalista que todo lo invade.

 

Hay que hacerla enmudecer. Y la detienen.

 

Poco después Rosa caía, serena y altiva como los héroes legendarios.

 

¿Fué una criatura ideal, perfecta?

 

Ni por un momento sostenemos tal absurdo, ¿Cómo iba a serlo una criatura de carne y huesos? ¿Cómo no iba a tener flaquezas y errores?

 

Pero por sobre todos los que pudiera adolecer, se erguía su espíritu viril y su fuerte intelecto, puestos al servicio de la lucha proletaria.

 

Ello basta y sobra para tributarle la más fervorosa admiración.

 

Lenin lo comprendió muy bien. En medio de los furibundos improperios que los comunistas rusos dejaron caer sobre Rosa a raíz de su actitud en el Congreso que dio por fundado el Partido Comunista Alemán, abogando ella por una Constituyente, el gran jefe de la Revolución Rusa dijo con esa diáfana manera: “No se tiene el derecho de asirse obstinadamente a sus errores. También el águila puede volar más bajo que una gallina, pero no deja de ser por eso un águila de las montañas”.

 

ROSA SCHEINER

 

 

 

 

 

______________________

 

(1) Marx y Engels – Riazanow. Claridad, pág. 180

 

(2) Reforma o Revolución? Rosa Luxemburgo, Págs. 81 y 82

 

(3) Subrayado por nosotros.  [En la revista no es evidente ningún subyarado. - Nota del transcriptor]

 

(4) Lucien Laurat – Acumulación del capital. Prólogo. Página 20.

 

(5) Max Beer – Historia general del socialismo. Página 494.

 

(6) Ferdinand Tönnies – Desarrollo de la cuestión social. Página 138.

 

(7) Ministro del Interior del zar Alejandro III, padre de Nicolás II. [En la fuente no aparece la referencia en el texto. - Nota del transcriptor]

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ANTE LA ESPAÑA EN ARMAS

 

 

 

 

Fuente: Revista Contra-Fascismo (órgano del Comité Antifascista Argentino, Buenos Aires), Año 1 – Núm. 2, Agosto-Septiembre 1936; págs. 27-28

Transcripto por: Juan Fajardo, para marxists.org, 2018.

 

 

 

 

 

 

 

La atención del mundo entero está supeditada al drama de España. Todos los países tienen momentáneamente en suspenso sus propios problemas, que palidecen ante el tremendo problema de vida o de muerte que le plantea al pueblo de España la feroz arremetida fascista.

 

Las simpatías de todas las multitudes del mundo se vuelcan hacia aquél, cuya gesta heroica siguen con emoción y ansiedad.

 

Nuestro país no puede escapar a ese estado anímico general. Nuestro pueblo, en los que tiene de más noble, está pendiente de la sangrienta epopeya ibérica.

 

En lo que a la capital federal atañe, pudimos apreciarlo en toda su magnitud a través del mitin de solidaridad con el pueblo español, organizado por el Comité Ejecutivo del partido Socialista.

 

Un verdadero hormiguero humano desbordaba de la sede del teatro Corrientes, para volcarse hacia las dependencias y la calle.

 

Había allí hombres y mujeres de las más diversas ideologías, mentalidades, razas y nacionalidades, pero unidos todos por los vínculos de la emoción solidaria con los luchadores de la España. Todos esperaban – ¡y con qué comprensible ansiedad, los numerosos españoles ahí presentes! – , que la palabra de los oradores diera forma a esa emoción fraternal; como asimismo una interpretación clara del momento histórico no ya de España, sino del mundo entero, ensombrecido por los crímenes del fascismo.

 

Todos esperaban que la palabra de los oradores supiera pulsar las cuerdas del entusiasmo colectivo, que esperaban tensas en las conciencias de las personas que se apretujaban en aquella sala.

 

Todo esto que acabamos de decir, se desprendía del conmovedor espectáculo de millares de hombres y centenares de mujeres, que puño en alto, como un solo hombre, vivaban a España y al Frente Popular.

 

Pasemos por alto lo que se dijo en la tribuna levantada en homenaje al heroísmo de las masas españolas.

 

Apuntemos, en cambio, lo que debía haberse dicho:

 

Había que decirle a esa vibrante multitud, que su España da hoy al mundo un ejemplo de grandeza legendaria en su lucha contra el fascismo, es porque su pueblo supo precaverse a tiempo, unificando sus mejores fuerzas en su Frente Popular inconmovible.

 

Que ese Frente Popular no podría ser lo que es si haber formulado su núcleo de todas las fuerzas obreras y sus partidos políticos.

 

Que las milicias del pueblo, cuyo coraje admiramos sobrecogidos, están formadas, en su inmensa mayoría, por los trabajadores organizados en sus sindicatos y partidos políticos.

 

Que sin esa masa proletaria, esclarecida y educada revolucionariamente, le costaría bien poco a la casta clérigo-burgués-militar, adueñarse de la situación.

 

Debía haberse dicho que ningún cambio ascendiente dentro del proceso social puede prescindir del impulso creador de la clase trabajadora, y que la república democrática burguesa de Azaña no hubiera podido ser una realidad sin ser defendida y realizada por la vanguardia del pueblo, o sea el proletariado español.

 

Así lo ha entendido el gobierno de Azaña al conceder el armamento del pueblo, temperamento que había rechazado, sin embargo, en otra oportunidad, al serle requerido por Largo Caballero …

 

Debía, asimismo, haberse hecho las conclusiones concretas frente al brutal hecho de la guerra civil de España, que plantea actitudes definidas a todos amenazados en mayor o menor grado por dictaduras fascistas.

 

Había que derivar, en consecuencia, el drama de España hasta nuestro propio drama, que su aun no acusa los contornos de aquél, está en vías de tenerlos.

 

Que también nosotros tenemos ya nuestros Lerrouz, Alcalá Zamora, nuestros Gil Robles, Sanjurjo y Juan March, si bien de envergadura más débil … pero de apetitos idénticos …

 

Que si no contamos en nuestro haber con sedimentos monárquicos y nobiliarios, soportamos, en cambio, la férula de reyes sin corona, como lo son los ases imperialistas, que manejan a nuestros gobernantes mediante su oro, como a simples títeres, imponiéndoles la política reaccionaria que están desarrollando.

 

Que la descarada y progresiva anulación de nuestras elementales conquistas democráticas responde, precisamente, al propósito de romper el control popular, capaz de poner en descubierto todas las traiciones a los intereses del país, que aparte de las consumadas, entran en el vasto plan de nuestra oligarquía.

 

Que la sangrienta experiencia de España señala la necesidad impostergable de formar un Frente Popular, que no podría sino ser formado sobra la base de los partidos políticos obreros, poderoso punto de cohesión alrededor del cual se agruparán todos los demás partidos democráticos y sectores sociales que repudian al fascismo.

 

Que dicho Frente Popular, lejos de limitarse al aspecto electoral, deberá propiciar un vasto plan económico-social, tendiente a altas reivindicaciones nacionales y colectivas.

 

Que el Frente Popular estará dispuesto a usar de todos los medios que las circunstancias requieran, ya que la oligarquía fraudulenta criolla, que había tomado el poder por asalto, no se detendrá ante nada para retenerlo.

 

Que para desarrollar plan tan complejo y de tantas proyecciones, hace falta la unificación de todas las fuerzas y un espíritu indomable de combatividad, aptitud ésta plenamente demostrada por nuestro proletariado en las últimas luchas por sus reivindicaciones …

 

Que si el pueblo argentino, con su proletariado a la cabeza, no acaba con la oligarquía, ésta acabará con el pueblo.

 

 

 

Rosa Scheiner.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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