© Libro N° 7006. Los Fundamentos Teóricos Del Marxismo. M. Tugan Baranowsky. Emancipación. Febrero 22
de 2020.
Título original: © Los
Fundamentos Teóricos Del Marxismo. M.
Tugan-Baranowsky
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Fundamentos Teóricos Del Marxismo. M.
Tugan-Baranowsky
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ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
LOS FUNDAMENTOS TEÓRICOS DEL
MARXISMO
M. Tugan - Baranowsky
BIBLIOTECA SOCIOLÓGICA
LOS FUNDAMENTOS TEÓRICOS
DEL
MARXISMO
POR
M. TUGAN
- BARANOWSKY
Prore,or de .a Universidad de Petrogrado
TRADUCCIÓN DEL ALEMÁN Y PRÓLOGO
R. CARANDE THOVAR
MADRID
HIJ~I DE
REUS, EDITORES
Caliizares, 3 dupdO.
'19'16
CS PROPIEDAD Dc LOS EDITORES
PRÓLOGO DEL TRADUCTOR
Me proponía haber ampliado' mi labor precediendo
este libro de una introducción acerca de los problemas estudiados por
Tugan-Baranowsky en la crítica de Marx que hoy presento en espailol. Causas
diversas han dete-nido la obra emprendida, ocasionalmente, con este obje-to,
por lo que no está, todavía, en condiciones de publici-dad, y su aparición
tiene que ser aplazada. El tiempo que medie, hasta cuando salga á luz, servirá
para poner ma-yores exigencias en el trabajo realizado y completar, en lo
posible, las referencias que han de ilustrarle, sobre lo esencial de las
controversias sostenidas' entre l,os econo· mistas más ó menas afines á Marx,
con motivo del análisis y la critica de su sistema.
No por tener 'pendiente este proyecto me juzgo
dispensado de escribir unas lineas, á modo de prólogo, y lo hago movido:
primero, por la conveniencia de justificar la elección de este libro, y,
además, la de añadir unas breves indicaciones referentes á su autor, y al
sentido de su crítica.
Ili¡us de Reus, illljlrc,;orc,; e.1íHZJICS, 3
uupJo. - M "DmD
Las palabras con que comienza el prólogo de
Tugan-Baranowsky, nccesitan entre nosotros algo más, sin duda,
que una ateuuación. En ningún otro pucblo CUrOpe,),
tal vez, pareccrían más ocios~s que cn el nucstro. La po-breza de la producción
científica española no puede verse desmentida, natllTalmentc, cuando se trata
de los estudios económicos. No es sorprendente, por lo mismo, que el nombre de
Marx evoque, para muchos lectores espaiio-lcs, nada más qne movimientos
políticos y organización proletaria: la IntcrnaciOllal, á lo sumo. Dc Marx,
como filósofo y economista, COl1l0 forjador de la cicncia social, sabido es
quc, en Espaiia, apenas se hú escrito (1); sin
(1) De
lo, trabajos dedicados al marxismo, en general, ú ,í <llguno de sus
problemas teóric<)s, pocos pueden citarse, aun comprcndicndo todos I(J~
existenles. Merece ¡nención preferente. por ser el únicc) lrat~· do espaiiol
dedicado, cxclusiv;uncntc, al examen del marxismo cn toda su amplihld: /:1
socialismo. Fundamentos del sist..ma m,¡r.ústll. ¡'.lior y trabajo. (Madrid,
1910). debido al Sr. Pérez Diaz. Es un torno de vastas proporciones, primero de
una obra que no ha continuado publi·
c¡índose, ¡lasta la
fecba. Su anlor ha dedicado un persc\'erantc trabajo
á exponer
alguna de las categorías Ílll1damcnlales en el proceso de la producción
capitalista. SigLle fielmente, en su exposición, el orden adop· tado por Marx
en El Capital, sin que baya rebasado, hasta abara, las dos primeras secciones.
de las siele que tiene el primer tomo. (Es decir, 139 páginas de. las 739 de
dicho volumen.-Veo la ~." edición alema-na.) El aulor transcribe algunos
eapítulos íntegros, sin privarse de aña-dir, á continuación, un resumen de los
mismos. Otras veces descnvuel· ve asuntos que en El Capital aparecen nada más
que iniciados. Los úllimos capítulos los dedica á obtener algunas conclusiones
de lo ex-
puesto.
Esludios l1reves dd sentido gencral del muxis1l1o, ¡wcdcn citarse:
un
prólogo ,11'1 lraducción espaJ10la de la .1fis,'rill di' f.l ji!osof/a, debi-
da á José Mesa (:\ladrid, 18DI), en el (11lC se
atiendc, principalmente, á la pol~l1lica con Proudholl, ¡¡sunlo del libro; dos
conkrencias dd profe-S(lr D. frandsco ilcrnis (Carlos :1f,¡rx, Madrid, E)l~),
Lls que no sólo perjuicio ~le que, más de una vez, se haya proclamado, en
periódicos y conferencias, como incuestionable, la banca-rrota dcllllarxísmo.
En cuanto al caudaloso venero de in-\'estigaciones que ha brotado en muchos
países, de la po-lémica habida entre marxistas ortodoxos y heterodoxos, aquí no
ha alimentado fruto original alguno, como es con-siguicnte, ni, lo que parece
previo, han llegado á ser bien (ollocidos los frutos ajenos.
Siendo así no corre Tugan-Baranowsky el riesgo que
temc, oc cansar á sus lectores por lo dcbatido del asunto.
De los modernos críticos de Marx, es éste uno de
los más apreciados en Alemania y fuera de allí por los más coexaminan prohlemas
esenciales del sislema marxista, sino también la I;¡],or de sus clÍticos más
autorizados; y, por último, el libro del profe-sor D. Adolfo Posada, Socialismo
y reforma social (Madrid, 1901). (,'nticne un;¡ serie de estudios bleves
dedicados á analizar algunos con-eeptns fundamenlales del marxismo;
acoillpañados de numcrosas nolas
hihliográficas.
Sobre uno de los problemas capitale.s del marxismo:
la interpreta· c¡';n econúmica de la historia, publicó el mismo Sr. Posada, en
1908, un estudio preliminar en la traducción española del libro de Seligman,
muy documentada también. Algunos aftas antes. en 1905, el profesor D. Pé-lipe
S:ínchez Román leyó un discurso sobre El materialismo histórico
m relación
con algunas de las principales institucio;ICS civiles del dr' recl/o privado,
al ingresar en la Academia de Ciencias Morales y Políti-cas; en la réplica hizo
el Sr. Azcárate algunas-breves consideraciones, de interés, sobre la historia
de la concepción materialista. No recuerdo alw-ra ningún trabajo más que
estudie el marxismo en sus principios funda-mentales y teóricos. Al estudiar
otros autores el socialismo, el sindic'l-
lismo y la llamada cllestión social, citan á Man¡ y
hablan del socialismo. cielJtifico, del coleclivismo, etc., desde un punto de
visla que no es el de esla obra, por lo que se. prescinde. de citarlos aquí.
No es esla ocasión oportuna tic juzgar los trabajos
enumerados, ni lubria enllna nota cspacio para ello, pero, para terminar ésta,
he aquí una lista de las traduccione~ espailolas exi~ten~es,de las obras
teOrica nacidos economistas, sin distiución de escuelas. Kautsky, el más
autorizado intérprete de Marx, juzga que es Tu-gan de los que más hondo han
penetrado en estos pro-blcmus, y que su nombre se cuenta entre los que han
aportado algo positivo á la ciencia (1).
Tugan-Baranowsky es profesor en la Universidad de
Petrogrado, y muy ventajosamente reputado en Alema-nia desde 1900, fecha en que
publicó en alemán, á la vez que en ruso, un notable estudio sobre las crisis
co-merciales en Inglaterra (2). Ya entonces, partiendo de principios marxistas,
llega á soluciones propias que le se-paran bastante del maestro.
Aunque parezca extraño, dado 10 abundante de la
li-teratura marxista (3), es difícil encontrar una obra que,
de Marx: De El Capital, aunque únicamente del
primer tomo, hay tres.
La más antigua, debida á D. Pablo Correa y Zafrilla
(Madrid, 1886), eslá mutilada, le falta el cap. Xlii, íntegro. Hay una
completa, la única recomendable. del ilustrado socialista argentino Juan n.
Justo (Madrid. 1898), y, por último, otra del famoso compendio de Deville,
hecha por T. Alvarcz (Madrid, Sempere); La Critica de la Economla pallUca.
traducida por Bardel (Barcelona, Granada); La Miseria de [a filosofía,
tradllcida por José !Ilesa, con una breve carta de Engcls (Madrid. 1891); del
.\1ani/iesto Comunista, entre ottas, una moderna (lIladrid, 1906), de R. Garda
Ormaechea, precedida de la introducción que puso Andler á la traducción
francesa. Hay también traducciones del trabajo publicado bajo el título:
Precios, salarios y ganancias, y de los artículos sobre la revolución de 1848,
titulados, en español: Revolución y contrarrevo[ll' dón, por A. Ramfrez Tomé
(Madrid, 1904).
(1) Neue
Zeit; XX, 2, pág. 57.
(2) Stl1diell
zur T}¡eorie llnd Gcschichtc der liandelserisen ill EIl-gland. Esta obra fué
traducida inmediatamente al ingl¿s, y, hace muy poco tiempo, se ha puulicado
tambkn ea Francia.
(3) We¡¡¡er
Sombar! habla úe 300 escritos sobre lIlarx y ofrece una colección cronológica
de ellos en su Arrilio jür Soziai:;;'issenschaft ltlld Sozialpo[itik (tomo
XXI). Posteriormente, R. lIliclicls, ca el mismo Ar dentro de tan reducido
espacio, contenga un estudio tan inteligible de todo el sistema, como la
presente.
La grqn extensión del excelente libro de Hamma-cher
(1) dificulta la empresa de su versión , y , más aún , la de su publicación en
nuestra lengua. Obras como ésta encuentran pocos lectores, cuando no han sido
precedi-das de algunas que hayan presentadó el tema, facilitando sú
comprensión, y ampliando así el círculo de los intere-sados en los problemas
teóricos que investigan. Conse-guido esto, su elección seria indiscutible. De
las demás que atienden, juntamente, á las doctrinas filosóficas y eco-nómicas
de Carlos Marx, como la de Wenckstern (2). Ma-saryk (3) y Biermann (4), ninguna
ofrece, con tanta clari-dad como la de Tugan, una visión de conjunto de los
pro-blemas fundamentales; aunque no puede olvidarse Que, en algún momento, su
crítica y su exposición, indebidamente unificadas, llegan á alterar el sentido
de una interpreta-
chivo (torno XXVI), completa la serie con la
bibliografía marxista ita-liana. Tenícndo presente que lo más intenso de la
crítica del marxismo comienza después del año 1894. en, el que terminó Engels
la publica-ción de El Capital, 6, aún más tarde, en 1899, cuando Bernstein, con
sus Voraussetzungen des Sozialismus, inicia la polémica revisionista. y que la
serie de Sombart, además de no ser complel:J, tiene más de ocho años de
antigUedad, se comprenderá lo considerable de la producción científica dedicada
á Marx, la que ha formado, sin duda, el punto cen-tral de las polémicas
teórico-económicas de nuestros días.
(1) Die
philosophischókonomische Sistemdes Marxismus, Leip-zig, 1910.
(2) Marx,
Leipzig. 1896.
(3) Die
philosophisclu?II ulId soziologischen Grundlagell des Mar-xismlls, 1899. De
esta obra, que está traducida al francés, hay una crí-tica en la versión
española del libro de Labriola: Dd materialismo his. tórico, Sempere, Madrid.
(-1) Di¿
Wcltanschahung des Marxismus, 1908.
x I'W)¡OGO
ción auténtica, Ó á prescindir de extn.'lllos
escllciales, y esto explica los juicios severos forlllulados por algunos
marxistas al criticar este libro.
Cumiellza con un estudio de la concepcióll llJail:ri,¡-
lista de la historia qlle absorbe más dc la mitad de la
obra. En primer lugar presenta un úetenido análisis de
los factores sociales que, en distinta medida,
informan el curso de la historia. Sin abandonar la concepción causu-lista,
considera decreciente la importancia del momento económico inconsciente en la
determinaciLÍn del procbo histórico, llegando á descubrir, á lo largo del
mismo, una emancipación del hombre frente á las fuerzas eCOllijmicas. como
conqnista del progreso, especialmente, en cuanto se expresa en el aUlllento de
la productividJd del traiJ:ljo, al mismo tiempo que "la evolución social
va ¡¡umentando d
valor de los intereses económicos, C01110 motivo
cons-ciente de las acciones humanas". En esta doble relación desintegra
Tugan, la influencia de la eCOllomía en la his-
toria. El estudio de cada uno de los
factores que aporta
y sus numerosas referencias doctrinales y de
observación, son de gran interés; sin embargo, su mayor mérito resi~
de, tal vez, en la fijación del concepto de fuerza
produc-tiva, difícíl de hallar de un modo preciso en los escritos
de Marx. de Engcls, ni de otros autores que han
estudia-do el problema. (Hammacher ha rectificado este con-cepto.)
Su crítica de la interpretación materialista de la
his-toria no ataca la posición que han defendido los marxis-tas más
significados. Como dice Bernstein, toda la dis-cusión de I\alltsky Con los
revisionistas gira sobre el sentido
que ha de darse á la palabra
determinismo empleada por tinos y otros. Sin pretender separarse del espíritu
que informa la interpretación marxista, aceptándo-la plenamente, escribe el
mismo Bernstein: "El ma-
ll:rialislllo filosófico ó naturalista es
determinista; la iuterpretación materialista de la historia no lo es, ella no a
tribuye á la base económica de la vida de los pueblos
una iufluencia incondicionada y determinante de su
es· tructura" (1), y, después, añade: "La interpretación eco-nómica
de la historia no pretende decir que sólo deben
ser reconocidas fuerzas económicas ó motivos
económi-cos, sino, únicamente, que la economía forma la fuerza
si cmpre decisiva de la lIistoria, el eje de sus
grandes mo-v imientos. Las palabras interpretación materialista de la historia
detienen todas las malas inteligencias que, en general, ha despertado el
concepto del materialismo" (2). Ya se ve 10 lejos que están estas
conciusiones de las que Tugan defiende.
Cuando del revisionismo ha partido el
reconocimien-to de que en ningún momento desconocieron Marx ni Engels la
influencia de factores no económicos en el curso de la historia, sino que
siempre los tuvieron pre-sentes, y que tan sólo se trata de medir el alcance
que ha de atribuirse á las fuerzas ideológicas en la evolución de la historia,
sorprende que Tugan, buen conocedor de Marx, pueda aceptar la censura fácil de
los que afirman que Marx y Engels han partido de una concepción muy baja de la
naturaleza hum:ma y que "ignoraron, si no ne-garon, los más elevados
impulsos de nuestras acciones", Censura doblemente injustificada si se
tiene presente que Tugan sostiene que de la concepción materialista de la
historia podría hacerse, sin dificul1ad, mediante su recons-trucción, una
doctrina científica muy utilizable, y toda la modificación propuesta se reduce
á ampliar el concepto de economía hasta comprendcr en él todo trabajo huma-no
dirigido á vencer la resistencia de la naturaleza exte-rior; reforma, por otra
parte, bien ociosa, puesto que Marx, como Tugan reconoce, ya había elaborado
este concepto (1).
(1) Vorallssetzungen
des Sotialismus, pág. H.
(2) ¡dent,
id., pág. 7.
Así como Tugan acepta, con las reservas indicadas,
la ~ interpretación económica de la historia, rechaza en cambio,
terminantemente, la teoría del valor-trabajo de Marx como equivocada, y la de
la plus-valia como insu-ficiente para explicar la explotación capitalista. En
cuan-to á la teoría del valor-trabajo, que élllall1aabsoluta-por entender que
Marx acepta ese único elemento corno constitutivo del trabajo y diferenciarla
así de la relativa de Ricárdo-, la abandona, cediendo su puesto á la teoria de
la utilidad-límite. Tugan considera ésta como una de las conquistas definitivas
de la ciencia económica é in-conciliable con la teoría marxista del valor. En
afirmar esta incompatibilidad coincide con Kautsky defensor, en toda su pureza,
del criterio marxista.
Para Bernstein, cuya posición frente al problema
acredita su sagacidad y también su espiritu ecléctico, no
(1) Véase
Vorliinder. Kantund Marx, 1911.
PRÓLOGO XIII
existe semejante
incompatibilidad, sino que ambas
teo-
rías corresponden á distintos factores en la
determinación del valor; factores que, ni se excluyen, ni pueden ser con-
fundidos: los costos y la utilidad; lo que podría
llamar-se la materia, ó contenido del valor, trabajo acumulado, según la
terminología marxista, y la forma, ó sea la utili-
dad (valor en uso), segundo factor, que se
determina en el mercado. Pero donde reside lo más personal de Bernstein es,
seguramente, en proclamar que Marx "ha incluído siempre, resueltamente, en
el concepto del tiempo de trabajo social necesario, determinante del valor, el
mo-mento de la necesidad (Bedarjsmoment). (1); y, única-
mente, atendie,ndo á que esta relación permanece
siem-pre indeterminada en la naturaleza de las mercancías, hace Marx
abstracción de ella, en su determinación del valor como la suma de trabajo
social necesario de que la sociedad dispone; pero en ningún caso desconoce
aque-lla relación.
En lo que Tugan y Bernstein concuerdan es en
dis-cutir á la teoría del valor el carácter de imprescindible para demostrarla
explotación capitalista, que otros marxis-tas le reconocen. Tugan, llegando
mucho más lejos que Bernstein, afirma que la teorIa de la plus-valla es
super-flua como base explicativa de la explotación capitalista. De aquélla no
acepta más que su contenido social; no su fundamentación económica. La ley de
la ptus-valfa no
explica por qué'su tot2lidad cae en manos de los capita-
(l) Su artículo • Arbeltswert oder Nul:twerlr (Zur
Theorie und (jesc!licllte des Socialismus, Tel1 I1I), que ratififa y amplía las
conclusio-nes de las VoraussetZlI1lgcn, es del mayor interés,
XIV PRÓLOGO
listas. Marx mismo, dice Tugan, tielle que explicar
este fenómeno en otra sección de El Capital, al tratar del pro-ceso de la
acumulación; y es que la distribución de la riqueza no está en relación de
dependencia con ninguna teoría del valor. Este es el punto de partida de uno de
sus trabajos más recientes, donde pretende fijar la base social del provecho y
del salario, distanciándose en igual medi-da de la escnela psicológica y de la
marxista, respectiva-mente, en cada problema. Su estudio (1), ha sido l11uy
cri-ticado por los marxistas; principalmente, por prescindir del valor como
factor determinante de la distribución (2). Precisamente, de lo inadecuado de
la teoría del valor como clave de la economía capitalista parte Tugan cuan-do
niega al marxismo el carúcter de socialismo científico y defiende, en su lugar,
las anteriores concepciones so-cialistas llamadas utópicas (3).
En la sección tercera y última de su libro, Tugan
examina la teoría de la descomposición del capitalismo, y apoyándose en su
propia teoría de las crisis, presenta puntos de vista seiJaladamente
personales. Por lo pronto rechaza la concepción generalmente aceptada por los
eco-nomistas, sin distinción de escuelas, de la necesaria co-rrespondencia
entre la producción y el consumo de la ri-queza, y dentro de ella,
particularmente, la doctrina de la falta de salida para los productos
capitalistas-incensante
(1) Sozialc [¡¡carie ,1<'r V,'rlei/¡/llg, I3erJín, 1913.
(2) Sirva de ejemplo
];1 de BlIcll"rill, Eill<' Okollomh' Olllll! Iral.
Die Nelle Zeit. (XXXIl, 3d., 1).
(3} Sobre el particul¡¡r: La evolución histórica
d~l Jocíali~mo ma-d1!TII0, delmísll\o autor. pcndicntc de traducción
castellana.
PRÓLOGO XV
y anárquicamente lanzados al mercado-,
doctrina que.
coma es sabido, representan no solamente los marxistas.
TlIgall piensa que aquella correlacióu no es
esencial para el capitalismo por ser éste un sistema económico antagónico, es
decir, un sistema en el cual el sujeto cco-nómico-capitalista-, no coincide con
el trabajador, y posee la fuerza de hacer de éste un simple medio eco-nómico.
En su consecuencia, su objetivo, el destino de sus productos, no es el consumo,
silla la producción mis-ma. Y, siendo así, no puede darse el anunciado
conflic-to por la falta de mercado. El capitalismo obtiene, ante todo, medios
de producción, y como el incremento de la producción no tiene otro límite que
el de las fuerzas productivas, aún decreciendo el consumo social, puede
aumentar la demanda social de mercancías, por muy ex-trafto que esto parezca.
El hecho se explica porque la misma marcha ascendente de la producción
capitalista crea un mercado de medios productivos-material de ul-teriores
elaboraciones-, como ocurre con las industrias del hierro y del acero; todo á
expensas de una reducción de los productos dedicados al consumo, y de este modo
todo riesgo de una superproducción resulta imaginario. La
producción capitalista se crea un mercado propio
-mer-cado de productores-, el consumo no es más que uno de sus momentos y la
acumulación capitalista, con inde-pendencia de las formas actuales del
beneficio y del con-"111110, puede pro!ongarse hasta el infinito; el
riesgo de ulla superproducción sólo puede aparecer como una
mentánea falta de proporcionalidad en las
inversiones de capilal puestas en curso. Este es, trazado á grandes ras-
XVI PRÓLCGO
gas, el proceso
que sigue y el porvenir libre de toda in-
quietud
quc, según Tugan, se prcsenta á la
producción
ca pita lista ,
Muchos de los elcmcntos de que Tugan sc sin'e SOl]
puramente
marxistas; personal es, en cambio, el empico
quc hace de ellos, y, consiguientemente, las
conclusio ncs que obtiene. El incremcnto dcl capital constante (má-quinas,
mcdios dc producción, ctc.), á costa del variable (salarios), cs una expresión
capitalista ~e la crcciente productividad del trabajo, fcnómeno que se daria
aún en mayor escala, dentro de un orden socialista~armónico, según la
terminología de Tugan~descartados alli SLlS presentes conflictos. Es una ley,
la del constante dCSCCll-so de los medios de consumo, establecida por Marx como
csencial, aunque á Tugan corresponde haberla IIt'-vado á extrcmos paradójicos.
En cuanto á la proporcio-nalidad que se da en los esquemas marxistas de la
rcpro-ducción ampliada, prescntados por Tugan, llega á teucr lugar en un caso
posible y único, según Kautsky; pero Tugan cifra en dicha proporcionalidad la
ley inmancnte de la evolución capitalista. Mal se aviene, desde luego, esa
normal proporcionalidad, que Tugan sostiene, con la apariciólT histórica de
crisis de superproducción que si-guen inqefectiblemente á todo periodo de
prosperidad industrial en los países en que impera la gran industria; fenómeno
que no ha llegado á eliminarse con la expansión del mercado capitalista en
países económicamente inferio-res. Además, este mismo hecho, el haber
intensificado las industrias capitalistas la elaboración de medios de
producción, que se exportan á otros países, en lugar de
PRÓLOGO XVII
los artículos de consumo,
sólo muestra que la órbita del
capitalismo se ha ampliado,
y que muchos de estos paí-
ses, antes tributarios, producen hoy ya lo
necesario para su consumo, y pronto su misma industria producirá los materiales
que hoy compra y se irán cerrando así otros tantos mercados, haciéndose cada
vez más dificil la reali-zación del capital acumulado. De la confrontación de
sus esquemas con la realidad, prescinde Tugan.
De este modo, aceptando como ilimitado el proceso
de acumulación del capital, desecha el supuesto de que el fin del capitalismo
pueda estar determinado por moti-vos económicos. "La economía capitalista
no lleva consi-go elemento alguno que en un momento haga su vida
imposible" (pág, 258). Contra 10 que pudiera pensarse no es esto
profetizar para el capitalismo una vida ilimitada; lIlás aún, el orden
económico socialista tiene que suceder-le necesariamente. Esta necesidad fatal
la descubre Tugan fuera del mundo de la economia; reside, en el antagonis-mo
del orden económico reinant~ con concepciones jurí-dico-morales cada día más
extendidas. Tugan intenta dar una fundamentación ética al socialismo, empresa
en que le acompañan prestigiosos socialistas que no han renun-ciado por eso al
marxismo (1).
La necesidad imperiosa de que el capitalismo
termine nace de la contradicción del principio fundamental capi-talista, que
hace del hombre un simple medio económico,
(1) Sobre
el asunto véase, en
el libro citado de Vorl,índer,
abun-
dante bibliografía.
XVlll PRÓLOGO
con la norma ética fundamental, según la cual, el
hombre, como sér de razón, es siempre fin en sí (I(ant).
Lo qu~ no puede, seguramente, proclamarse, es el
an· tagonismo de esta I10nna con la doctrina de Marx. ALIIl cl\.lndo en los
escritos de Marx no llegue á formularse una cimcntación del socidisll1o sobre
principios éticos-pues Sil labor fué por Il1UY diverso camino, se encuen, tran
en ellos pasajes quc revelan su visión del pro blema en términos clarísimos:
"La transforlllacíó 11 del obrero en una bestia de trabajo es un método
para preci-pitar la propia realización del capital: la producción de plus-valía;
y humanizar al trabajador en el proceso de la produccióu es un derroche, sin
fin y sin sentido" dice en El Capital-tomo III, pág. 61-. Algo más
adelante: que "la producción capitalista, mucho llIás que ninguna otra, es
una disipadora de hombres y de trabajo viviente; disi-padora, no sólo de carne
y de sangre, sino de nervios y cerebro. -tomo III, pág. 63-. Sobre tales
afirmaciones, es aventurado asegurar que Marx haya juzg-ado demasia-do
favorablemente al capitalismo (1).
Hay una serie de postulados éticos de los q uc no
se puede prescindir al fundamentar el socialismo como aspi-ración ideal á un
orden social más justo, ellos preparan su implantación, que sólo se realizará
mediante cOlldicio-
(1) Pasajes
citados por Vorliindcr: Kant u/Ul .IJarA'. Culibro de 1111 marxista,
consagrado, en gran park, al proil]cm:J de la reconstrllcciól1 del marxismo
sobre la ética de Kanl, r.': .11"rxistisrf¡, ProUlelllf, Stll!lgart, 1913.
Sil autor, I\\JX Adlcr, considera esla rcconslrllcdón no
.ólo
posible, sino necesaria.
PRÓLOGO XIX
nes económicas
que determinen la
desaparición del capi-
talismo.
y aquí termino, pues sólo me propuse con estas
indi-caciones, seflalar, por el sentido de este libro, principal-mente, la
peculiar posición de Tugan frente al marxismo, comparándola con la propia de
los marxistas puros y los revisionistas. Sólo me resta expresar mi gratitud al
autor por las facilidades que ha dado- para la traducción, y mis (!eseos de que
ésta sea de utilidad para los lectores espa-flOlcs.
R. CARANDE THOVAR.
Madrid. Noviembre 1914.
PRÓLOGO
La aparición
de un nuevo libro consagrado á la
crítica
del marxismo
necesita tal vez una
justificación. El públi-
co está al
parecer cansado de la lucha
constante entabla~
da entre
"ortodoxos" y "revisionistas", en la que también
han tomado vi va parte varios
economistas "burgueses".
Con todo, la crítica del marxismo no puede terminar
mien-
tras esta contienda no quede definitivamente resueIta,
porque no en vano está el marxismo en el punto
céntrico
de las actuales investigaciones, gracias á su
enorme tras-
cendencia como doctrina
científica y como movimiento
social. Esto explica por qué "la literatura de polémica de
nuestra época es por antonomasia la marxista., como
re-
cientemente dijo un teórico distinguido y vehemente
enc-
lIligo de la misma. .
El presente
escrito persigue no sólo fines
de polémi-
ca, que si en él se hace la crítica de las
doctrinas de Marx,
es intentando
poner, junto á la negativa.
crítica positiva
también y aspirando á valorar y desarrollar lo sano
ycxac-
t o del marxismo.
Adopté esta actitud en presencia de las
.teorías críticas existentes, por lo mismo que
quería servir
.á las
grandes y nobles causas que el mismo Marx tan biell
2 PRÓLOGO
ha defendido. Mis ataques polémicos no los dirijo á
Marx como socialista; por el contrario, cuando me pronuncio contra la
fundamentación marxista del socialismo, es sólo con la intención de cooperar á
una fundamentación del socialismo mejor y más adecuada al moderno estado de la
ciencia.
La selección que hago de las doctrinas de Marx, me
fué dictada por la siguiente consideración: en el sistema marxista, en tanto
que no es un sistema de politicJ social, hay que distinguir la teoría
abstracta, social y econó-mica, de la investigación bistórica y de las
tendencias evolutivas del capitalismo. Lo mismo ha de decirse de la crítica; la
de la parte abstracta del sistema puede fun-damentarse en consideraciones
generales económicas y sociológicas, mientras que el juicio de las
construccio-nes históricas de Marx, es inseparable de una investi-gación de la
historia concreta del capitalismo. En esk escrito se trata solamente de lo
primero: de la parte ge-neral del marxismo.
EL AUTOR.
Berlln 13
;-'¡uvicmbre IjO~.
SECCIÓN PRIMERA
CONCEPCIÓN MATERIALISTA
DE LA HISTORIA
CAPÍTULO f RIMERO
LAS iDEAS FUNDAMENTALES DE LA CONCEPCIÓN
MATERIALISTA
DE LA HISTORIA
l. Conccpto d{~ la fuer~a productiva: Distinción entre las
concepciont;>1:
malt"riali~ta ~
id':Jlist<J 1I~ la historia.~Fuerza:;
id-eológíc.as.-Ciencla.-Condkionl:"s m.alcriall.::i.
del
L1~..arroll0 suc:bl. -
11. Factol
es
reales de
la
economía
como fueraIs prodllctirms:
-'~p~cllJ
.sodal y maleria] de
la tconomla. -
Producción y
cambio. -
Dj~trihuci611.
13J::>l::! nt;,.¡lcrlah:s de la econornla.-La
raza cOmo potencia cconómi¡';'I.-1l1. La
dodn'·
/la de la !I~cha de cIases: La clase en
formación y clase constituida. ~ El
fundamentn
llc la uposíclón de clases.-Condencia é ín1ercses de dase.-Lucha de cluse-s.
La concepción
materialista de la historia pertenece
á
aquellas construcciones científicas cuyo juicio debe co-
menzar con la fijación de su contenido. Ninguna otra ex-
plicación
filosófica de la historia
ha obtenido una litera-
tura critica más
extensa, ni ha motivado mayores equivo-
caciones. Cada
expositor ó cada critico ha dado su pe-
culiar explicación de la célebre teoría, lo que es en parte
debido á los defectos de forma en que
incurrieron Marx
y Engels cuidándose poco de dar una
formulación precisa
á sus ideas.
Así se explica que los criticas se vean pre~ (isados á buscar, de cuenta
propia, una mayor precisión que sirva de base firme á su trabajo.
6 EL MAHXIS.\IO
Conocida es la importancia que el concepto de las
fuerzas productivas tiene en la filosofía de la historia de Marx. La evolución
social toda, COIl sn complicación in-finita, descansa, según él, ell el
desarrollo de las fnerzas productivas, ó mejor, como Marx repite. de las
fuerzas productivas materiales. Pero no encontramos en sus es-critos-como
tampoco en los de Engelsuna definición exacta de este concepto; ni se puede
siquiera discutir que Marx haya usado este término en diversas y aun
contra-dictorias acepciones. A veces comprende entre las fuerzas productivas
los medios de producción y circulación, en otras ocasiones algo más
indeterminado y amplio. Asi,lee-mos en su escrito contra Proudhon que "de
todos los ins-trumentos de producción, la mayor fuerza productiva es' la misma
clase revolucionaria n (1). Evidentemente llama el antor aquí fuerza productiva
á todo aquello que fa\'o-rece á la producción social; sólo en este sentid,)
pucde de-signar como fuerza producti I'a á una de las cl;¡ses de la sociedad.
En este mismo sentido habla Marx á menudo de "la fuerza productiva del
trabajo,. como equivalente á la productividad del mismo.
Pero dilatado de tal modo el concepto de fuerza
pro-ductiva, desaparece toda diferencia entre la concepción materialista de
Marx y las dominantes explicaciones "ideológicas n ó idealistas de la
historia. En este sentido, ¿á qué 110 puede llamarse fuerza productiva?
Religión,
EL JllARXISMO 7
moral, ciencia, constitución política, derecho,
etc., ejer-cen una influencia indiscutible sobre la producción social y SOIl,
por lo mismo, otras tantas fuerzas productivas. Si llamamos fuerzas productivas
á los mismo grupos so-ciales, se convierte al materialismo histórico en una
mera tautología, en la inocente afirmación de que la evo-lución social está
determinada por la de los grupos so-ciales.
Ciertamente que Marx quiso decir otra cosa cuando
en su escrito contra Proudhon, estampó la siguiente frase: "Con la
adquisición de nuevas fuerzas productivas trans-forman los hombres su manera de
producir, y con esta va-riación en el modo de procurarse el sustento, cambian
todas sus relaciones sociales n (1). Cometeríamos el mayor de los errores si
quisiéramos dar al pensamiento de Marx tal significación, ó que la adquisición
de nuevos conoci-mientos, el progreso de la ciencia, formase el momento culminante
de la evolución históríca. Con esto quedaría cortado todo el sentido del
materialismo histórico, y la peculiar teoría marxista de la evolución social,
convertida en su contraria, en la usual interpretación "ideológica de la
historia lO' _ . Al cerebro. - dice Engels-, á la evolu-ción y actividad del
entendimiento, se atribuyeron todos los méritos de una civilización progresiva;
los hombres se acostumbraron con ello á explicar su vida por su pen-samiento,
en vez de hacerlo por sus necesidades-las que ciertamente en el cerebro llegan
á hacerse cons-cientes-, y así nació con el tiempo aquella concepción idealista
que, desde el ocaso del mundo antiguo, ha
(1) Marx, La miseria lit' la ji/osa/la, pág. IG9. (1) Obra citada, pág, 9G.
EL
MA¡¡XIS~IO
sido dominante (l). En el prólogo de su
"Crítica de \i.¡ Economia Política", ha formulado lvlarx la idea
funda-mental de S1l filosofía de la historia, con sus conücid¡¡$ palabras:
"No es la concicncia del hombre lo que dder-mina su sér, sino, por el
contrario, su sér social lo que determina su conciencia".
¿Qué otra cosa sino una mala inteligencia significa
la afirmación del más saliente representante del moderno marxismo, Carlos
Kautsky, cuando dice: "el cstado actual de las matemáticas pertenece tanto
á las condiciones eco-nómicas de nuestra sociedad, como el dc la técnica
me-cánica ó el del comercio mundial" (2). Con las matemá-ticas cuenta
Kautsky la química y, sobre todo, la ciencia natural, en1re las fuerzas
económicas, por la sencilla ra-zón de que tanto una como otra influyen en la
econol11i~L Con la misma justicia podría considerar al Derecho y tam-bién al
Estado, y, en general, á todas las ideologías C0ll10 "condiciones
económicas de la sociedad existente por ser indiscutible la poderosa influencia
que todas ellas ejercen sobre la economía". Y de este modo se consigue,
como ya hemos dicho, suprimir toda distinción entre las concep-ciones
materialista é idealista de la historia.
El mismo Marx parece que no estaba libre de tales
rec-tificaciones. "La Sagrada Familia~descansa ya en su nueva filosofía de
la historia, y, sin embargo, en este estudio en-cuéntrase el siguiente pasaje:
"lO cree la crítica haber comenzado siquiera á conoc'er la realidad
histórica mien-tras excluya del movimiento histórico las relaciones teó-
(1) Engels.
La participación de! trabajo en la trans.!ollllllrió,,¡ del mOl/O, Nlln'o
1'iempo, XIV, tomo, n. pág. 551.
(2) Kautsky,
Qué quiere y qué consiglle la concepciól/ ItIllreria-¡¡SIn de la historill.
Nllevo Tiempo, XV, torno 1, páf:. 231.
EL blARXISMO 9
ricas y prácticas del hombre con la naturaleza, la
ciencia natural y la industria?" (1).
Por consiguiente, la cicncia natural y la industria
SOII las (unzas motoras de la historia. Este dualismo hace re-corúar á
Saiut-Simon que igualmente descubría en la cieu-cia y la industria las dos
bases del orden social. Pero el lIIaterialismo histórico es una construcción
monista y pre-cisamente considera como decisiva la práctica de la vída, y tIO d
pensamiento teórico. Si es la ciencia natural una fuerza independiente, alIado
de la industria, ¿por qué no ha de serlo también la filosofía cuya historia tan
unida está con la de la ciencia? Y en este caso, ¿qué subsiste de la frase
marxista sobre la conciencia y el sér social?
La ciencia natural, como el pensamiento teórico en
ge-neral, considerados desde el punto de vísta del materia-lismo histórico, son
un producto más bien que una causa de la evolución histórica. Es, con todo,
mUY,característi-ca esta vacilación que reina en derredor de las ideas
fun-damentales de la concepción materialista de la historia. La vaguedad del
concepto de fuerza productiva, pone á la mentada doctrina en peligro de perder
su debida exac-titud.
Esta misma circunstancia ha prestado á algunos
marxis-tas un servicio no pequeño, permitiéndoles designar to-das las cosas del
mundo como fuerzas productivas y ex-plicar así fácilmente todas las
dificultades del materia-lismo histórico.
Así, por ejemplo, estas enigmáticas fuerzas
producti-vas tienen en los escritos de Plechanow, el mismo papel
(l) Colección de los escritos de Marx y Ellgels. tomo 11,
1902, pá-
¡.;iJlJ 259.
10 EL
MARXISMO
que las fuerzas vitales en la vieja
psicología. Tacto se
explica con ellas, pero callando siempre sobre lo
que ellas seau y sus condiciones. Las fuerzas productivas son antepuestas á la
e\'olllción social como su momento de-terminante, )' al mismo tiempo se las
designa, con sor-prelJllente lógica, como fuerzas sociales é históricas
mu-dables.
En" El ma nifiesto comunista" y otros
escritos, ba ce en ~ tender Marx que las fuerzas productivas no son otra cosa
que los medios de producción y circulación. Bien podría aceptarse esta fijación
del concepto si \la fuera el más apro-piado para causar nuevos errores. Por
medios de produc-ción se entiende corrientemente los instrumentos de tra-bajo,
primeras materias y materias auxiliares; pero no las condiciones naturales de
la producción, como clima, si-tuación geográfica del país, etc. Y la naturaleza
es, cierta· mente, un~ fuerza productiva en sentido marxista, como Engels lo
reconoce (1).
La identificación del concepto fuerzas producti\'as
COIl medios de producción y circulación, tro pieza toda via con otras
dificultades. ASÍ Engels llama "á la división del tra-bajo y á la
cooperación de trabajadores en una manufac-tura" (2), nuevas fuerzas
productivas puestas en movi-miento por la burguesía. La adquisición de nuevas
fuer-zas productivas no es idéntica á la introducción de nuevos Ínstrumentos de
trabajo, porque la manufactura en esta relación, se distingue muy poco del
oficio. Ciertamente que el mismo Marx, con su modo de expresarse, ha mo-tivado
una tal acepción del materialismo histórico, como
(1) Carta de
El1geIs á Slarkenburg.
DocullIe!ltos de'! sodalis-
1/10,
1902, lomo 11, pág. 73.
(2) Engds,
Luis FC/lcrbach, 2." edic., 18115.
p.íg...S.
EL MARXISMO 11
si él viese en
el descubrimiento y empleo en la produc-
ción de un
lluevo instrumento de trabajo la, única fuerza
impulsora del progreso histórico (1). Con su
reconoci-miento ete la manufactura como una llueva fuerza produc-tiva, prueba,
pues, Engels, que su acepción de la doctrina !lO corresponde, en este punto, á
su espíritu. Asi lo con-firIlla Marx cuando dice: "También en una
constante for-ma de trabajo puede, el empleo simultáneo de un número n¡¡¡yor de
trabajadores causar una revolución en las con· diciones rcales del proceso del
trabajo mismo. (2).
Puede, por tanto, revolucionars~la producción sin
qne los útiles del trabajo cambien, Ó, con otras palabras, es posible la
evolución de las fuerzas productivas, aun sobre la base de UIlOS mismos
instrumentos.
Es por lo demás manifiesto que el empleo de
nue-\'OS instrumentos, en ningún caso deberá ser reconocido como fuerza
dominante de la evolución social. Sólo en los tJempos más recientes se suceden
rápidamente las inven-ciolles técnicas, mientras que antes corrían los siglos
sin que se introdujesen modificaciones esenciales en los ins-tiUmentos de
producción, y no por esto se ha detenido Lt marcha de la historia. El paso del
oficio á la manu-factura; la reunión de los que antes eran pequeños
pro-ductores independientes, en un gran' taller bajo la di-
.. (l) Así dice, por ejemplo, Kelles:Krauz, que la
forma de la produc-Clan. conforme á la concepción materialista de la historia,
está condicio-nada por "los útiles de la producción, por el equipo de
instrumentos•.-KeIles-Kra.uz, ¿.Qué es el materialismo económico? Nuevo Tiempo.
XIX, tIlma 11, pago 6<12. También, según la opinión de Kautsky, 'la
cvolución cconólllica. no es, en último extremo, otra cosa que el desarrollo de
la
t~c?ica. el
proceso de descubrimientos é invenciones.
Xv. tomo 1,
pág. 231.
t2) El
Capital, tomo I. pág. 288,
12
recclOn de un capitali5ta, fué un momelito de la
mayor importancia en el progreso económico y social; pero la extensión de la
manufactura no puede ligar5e á invención técnica alguna. Entre todas las formas
de explotación 50]0 hay una - la fábrica - cuya caraclt.'rística consiste en el
instrumento qne empica. El nacimiento del oficio, la ex-pansión de la
illllllstria doméstica (\1 l..:rlagssyslctl1), esta evolución industrial
milenaria, n0 está en uepl..:I1dencia al· "una con invenciones técnicas.
~ "Nada
puede ser más equivocado-dice con razón (nr-los I3ücher-que aquella5
construcciones doctrinaks que fijnn nucvas épocas de cultura con el comienzo de
la alfa· rería ó del trabajo en hierro, la invención del arado ó del molino de
mano. Pueblos que sabcn trabajar el hierro y hacen de él hachas y otros
instrumentos, se sir-ven,sin embargo, todavía de flechas y lanzas de madcra, Ó
cultivan la tierra con azada de madera tamlJién,
aun te-niendo bueyes que podrían tirar del arado" (1). Esto no dice nada
ciertamente contra la concepción materialista de la historia, pero si contra la
interpretación de la mis-ma, que quiere descubrir en las invcnciones técnicas
la fuerza más decisiva de la historia.
II
Así como Marx, en la formulación de su filosofía de
la historia, insiste siempre sobre las fuerzas productivas como el más
considerable poder histórico-en su hllnoso prólo-go á la "Crílica de la
economía política" --, Engel5 prdier<.'
(1) Slícher.
TraiJajoy ritmo, 3.' edic., 1902,
pago 10.
EL MARXISMO 13
designar á "la producción y después al cambio.
(1) como verdadera base del orden social. Cierto que esta distin-ción de los
dos autores en la manera de formular una doc-trina común no tiene un sentido
fundamental, aunque no carece de interés para la comprensión de la misma.
En-gels presintió que el concepto de fuerzas productivas es dcmasiado vago é
indeterminado para dar al lector una d:Jfa idea de los fundamentos del
materialismo histórico, y prefirió por ello hablar de la producción y del
cambio cn lugar de las fuerzas productivas. Esto, sin embargo, na puede
considerarse como un perfeccionamiento de la doctrina.
Este, sólo se ha conseguido sacrificando su
primitiva construcción marxista. No uno, sino dos momentos-la producción y el
cambio-son reconocidos por Engels como decisivos, sin determinar, precisamente,
la relación entre ambos. Ciertamente con su forma de expresar-se -"después
de la producción el cambio. ·-da Engels
á entender que
el segundo juega un papel secundario en la determinación del orden social; esto
no obstante, el
cambio, parece ser tamhién, en cierto modo, un
factor in-dependiente de la producción. Así, critica Engels con agudeza la
concepción de Dühring, en la cual se conside-ra al cambio como una segunda
parte de la producción, porque á ésta corresponde todo el prace'so que lleva el
producto al consumidor. Y á ello observa Engels:" Cuando Dühring unifica
los dos procesos, esencialmente diversos., y al mismo tiempo mutuamente
condicionados, la· pro-ducción y la circulación, y serenamente afirma que la
(1) Engels,
Revo!ución de la ciencia de Eugenio Dührj/lg. 3." edi-ción, 1¿,9 l, pág.
286.
11
omisión de este orden ., sólo desorden ocasiona ..
, prueba con ello, sencillamente, que desconoce ó no comprende el desarrollo
colosal que ha experimentado la circulación en los cincuenta aíios últimos (l).
Pero si el cambio cs. como picnsa Engels, "un proceso escncialmente
distinto de la producción" no más condicionado por ella que Jo qne
mutuamente estén ambos, se equivocilba }\I\arx cuan-do afirmaba que "la
fOrJIlil de prodnccirin de la vida ma-terial condicionil, en general, el proceso
de la vida social, intelectual y política" (2), porque entonces cerca de
1;1 producción colabor<l el cambio.
Si, por el contrario, tiene razón Marx, y el cambio
está condicionado por la producción como todos los I.kl1lás pro-cesos sociales,
el cambio deja de ser un factor social tan considerable, y por parte de Engels
la fórmula materialis-ta de la historia queda metodológicamente invertida por
considerar el cambio á la altura de la producción misma. Con la r,lisma razón
hubiera él podido decir que la base del orden social SOll, no sólo la
producción yel cambio, silla ambos y la distribllción, ó producciólI, cambio,
distribución y constitución política, etc., etc., pues no discutiría Engels que
ellas, corno otras muchas cosas. tienen acción considerable en la vida social.
Pero lo que es aún más importante, la definic;ón de
Engels, quiebra la concepción materialista de la historia. Es lllUY poco decir
que designamos á la prod ucción como base de la vida social. La producción es
un proceso cco-nómico regulado por la sociedad. El estado de la pro-ducción
depende de diferentes momentos sociales del
(1) EngeJs,
ob. cit., pág. 157.
(2) l\larx,
Critica de la Ecollornla PoIllica, 1859, prólogo.
EL MARXISMO 15
estado
de la ciencia, del derecho y
costumbres reinan-
tes, etc. Si el orden social queda determinado por
las con-
Llicioncs de
producción, también la producción, segura-
mente, depende de las condiciones del orden socia!.
Entre las condiciones de la producción, hay que contar,
por tanto, el orden social reinante.
No basta, pues,
atribuir á las condiciones de la pra-
L! ucciólI
la fuerza social
determinante, el problema
está
en avcriz'-uar á cuáles de estas condiciones reales
ó socia-les corre~ponde aquella eficacia. Lá concepción materia-
lista de la historia responde á esto
calegóricamente, pero esta solución no se encuentra en la fórmula que da
Engels.
Engcls anade después que "las últimas caUsas
de todas las alteraciones y revoluciones polític.as y sociales, no han de
buscarse en el cerebro de los hombres, ni en su cre-ciente aspiración á la
verdad y á la justicia, sino en las transformaciones de la producción y del
cambio" (1). Esta afirmacióri está rectificada en seguida por el mismo
Engels, en su Llescripción de los conflictos entre las fuerzas pro-ductivas y
el modo de producir en la sociedad burguesa. Este conl1icto se produce, según Engels,
por la evolución de las fuerzas productivas y termina con el cambio de los
modos de producción. Si así es, es inexacto designar á los modos de producción
como -la última causa w de las alteraciones sociales, pu'esto que las mismas
están deter-minadas, según él reconoce, por otras causas más profun-das á
saber: el estado de las fuerzas productivas.
Volvemos, pues, á la fórmula marxista de la
evolución de las fuerzas productivas. El concepto de las fuerzas pro-
(1) Engels,
oo. cit., pág. 286.
IG
ductivas forma la base del materialismo histólico,
y des-pués de lo dicho, no ha de ser difícil determinarle C011
toda
precisión.
Uno de los puntos débiles de la formulación de la
idea fundamental del materialismo histórico de Marx, está en que ella no supo
dar al cambio un lugar jUl1to ::í la pro-ducción. Marx habla sólo de modos de
producir, como si los lIJodos del cambio fueran sólo un efecto pasivo de la
producción. Engcls quiso llenar este vacío, pero lIO lo consiguió, pues 110
decidiéndose ú romper con la fórmula marxista, no dijo nada preciso. Las formas
del camllio ticllen, sin embargo, en la evolución social y económica, según la
descripción del mismo Marx, un papc!no menos importank que las de la
producción. En sus investigacio-
nes históricas está Marx muy lejos de menospreciar
la importancia del comercio. "No hay dnda alguna~-diccen el tcrcer tomo de
El Capital--quc las grandes revolucio-nes que los siglos XVI y XVII, con sus
descubrimientos geogrúficos produjeron al comercio, acrecentando rópida-mente
la evolución del capital mercantil, forman un lJIU" ¡)lento decisivo en el
paso de la producción feudal á la ca-
pitalista (1).
La importancia del cambio, pues, en la evolución
eco-nómica, no es por tanto secuIldari<l, sino decisiva á me-nudo y
promovedora de transformaciones en la forma de la producción. No hay razón
alguna para que las icorias sociológicas que reconocen la economía como base
del orden social, atiendan menos al cambio que á la producción al formular su
respectiva influencia en la evolución social. Ciertamente que constituye la
produc-
(1) Marx, El Capital, tomo IlI. parle 1.", pág. 317.
EL MARXISMO 17
'ción un momento previo en el proceso económico,
pues las cosas, para entrar en circulación, necesitan primero ser producidas.
Esto no justifica en ningún caso el primado económico de la producción, lo que
también implicaría el de la agricultura, sobre la industria, cuando ahora
precisamente es á ésta á la que corresponde el predo-minio. "La industria
forma la fuerza motriz, no sólo de su propia evolución. sino también de la
agrícola" (1). Este es el más importante resultado de la valiosa investigación
de I\alltsky sobre la cuestión agraria.
El trabajo económico en su totalidad, desde su
primer momento, el desprendimiento del pr,?ducto de la madre tierra, hasta el
último, cuando el producto llega al consu-midor y pasa al consumo, es un
proceso unitario, una cadena, en la que cada eslabón es indispensable para la
existencia del todo. La producción no depende menos del comercio que él de
ella. Que un momento del total pro-ceso económico tenga una significación
decisiva depende de concretas circunstancias histórkas en cada caso; es un
problema que no se puede resolver de un modo general, y COI1 una fórmula
aplicada á todas las épocas históricas y
á todas las
sociedades. Toda discusión sobre ello resulta-ría ociosa. Ello ha sido, además,
reconocido por Marx cuando dice: M Antes de nacer la sociedad capitalista
do-minaba el comercio á la industria; en la sociedad moder-na ocurre lo
contrario~ (2).
Ni producción ni cambio han de ser considerados
independientemente por sí solos y separados corno bases del orden social, sino
algo mayor que ambos y más com-
(1) Kautsky.
La cuestión agraria. 1899. pág. 292. {2) .\larx. El Capital, tomo 111, part(!
1.". pág. 314.
IX EL
,\\ARXIS.\lü
prcnsívo, á saber: la economía, ó más cxactJllIenk,
las condiciones del trabajo económico. f~stas son lIiversas y
jH\étkn ser,
desde Illego, divididas Cll
cspiritu;¡ks y
ll:ri;]ics. La cOllcepciólI maleri,,]ista dc la
hist<Hi~1 recu nocc Illanifiestamente como predomina lItes las úllillla~.
Así cousigo la siguien1c definicióu del cunceptLl funda-mental de la filosofía
de la historia marxista. Las cniglllj-tieas fuerzas productivas materiaks que,
sl'gún la conccp-ción de Marx dominan la villa social, no son más qUl' el
compendio de todos los factores reales del tral)<ljo econó-mico. Por
consiguiente, no todo lo que iulluye sobre el trabajo económico, sino una parte,
la parte rl'al, es lu qUé integra estl: concepto de fuerzas productivas
materialtés. Por dio, con toda razón, hablaba Engels de una conccp-ción
materialista de la historia, como él la llamaba. El hombre social vive en Ull
medio tan espiritual como 1I1a-terial. Elllledio espiritual le integra la
influencia que la sociedad donde vive ejerce sobre él.
Pero el trato espiritual de los hombres es sólo
posi-b e con la mediación de agentes materiales. Unu de otro no pueden
separarse; y el material no es otra cosa quc el resultado de los [actores
reales que obrau solnc lus hOIll-brtés. A l'l corresponde d preLlolllinio,cn
opini6n dI: 1\;\<lr;-;. y sería no obstante una grave equivucacioll
idténtificar al marxismo con aquellas teorías filosóf.jco-históricas que
quieren explicar el orden social por la influencia iumté-cliata de la
naturaleza sobre el hombre.
Como el más caracterizado representante de esta
direc-ción puede citarse á H. Bucklé, que relaciona la tendCll-cín á la
superstición de los espailOlcs y su intolerancia religiosa, con los frecllentes
tcrrelllonos reinant..:s en este país; y cxplica la rdigióII antropomorfisla de
los lIélcllos
EL ~\ARXIS,\IO 19
por la influcncia de la hermosa y tibia naturaleza
griega, dcékra (1).
l~dra consiguén tales intentos probar la inf1lltéllcia
illI1lctliaLl de la naturaleza extcrior-situación
geogr:lfic¡j, clima, etc.----sobre d cstado de la vida social. Se puede
CLJIIVl'¡¡jr con Hatzel, cuando (lice: "La
acción ele la natu-raleza sobre el eslado corporal ó espiritual del hombre, ha
sufrido el destino más desventurado para un problema científico; fué discutido
detenidamente, y desde distintos puntos de vista, antes de que se llegase á
analizarlo con los útiles de la investigación científica, y se penetrara en
su interior
,\ I marxismo no puede confundírsele con estas
tcorías. La historia de la Illll11unidad no es, desde el punto de vis-
ta de
Marx, un efecto
pasivo de la naturaleza exterior,
porque el hombre
social cambia la naturaleza misina
y
crea su Ilistoria. "La doctrina materialista - dice Marx--
que hace á los hombres producto de las
circunstancias y de la educación, y distintos, según ellas, olvida que las
circunstancias son también transformadas por los hom-bres" (3).
El marxismo no niega la infiuencia de la naturaleza
cxkrior sobre la historia humana; pero á lIiferencia dté aquella CUllctépción
histórica que Paul Barth, CII su "Fjlo-sofia de la historia tomo
soci%gio" llama antropogco-gráfica, hace resaltar Marx, no la influencia
inmediata, sino la mediata, ejercida á través de la economía, por
(1) V
~Jse 13\1ckle, lJistorÚl dI! la civilización en Inglaterra,
¡1i.')7,
\'01. J. cap. 11; yol. 11, cap.
L
(2) I<alzcl, Alltropogl'Ogmffa. II\U9; lomo 1, p¡í~.11.
(3) illdrx,
soiJre FC\lerlJilcli. Suplemento al !./lis fi.'Il<,,-blll 11,
dl'En-gel" ".íl.;- ¡,O.
20 EL ,\\AHXh\\O
las condiciones de la natura1cza sobre el hombre. Toda
economía descansa sobre bases materiales lLHJas por la
naturaleza exterior. La esencia de la e(llllOlllia
cOllsiste en ia transformación (k aquéllas; así se Lrcad pur J;¡ acti\'i-d.lll
CCOJIÚlllica UII llllCVO medio arU,;tico, cw¡"¡ l'\'olllcióI1 pUlle l'n
IlIovilllielltu la hi,;loria de la humallidad, en su consecuéllcia el
lIIall'rialisl1lo histórico,
Las cOlldiciones materia1cs del trabajo JIU son
Ulla cosa inal!erable y rígida, no son 1\11 decto pasivo de la natma!cza
exterior, sinu 1111:1 e\'1l111l'i,'J11 lit) illlCrruJnpida de creacioncs
históricas del Hombrc mismo.
Es de la mayor imporLincia distinguir radicalmente,
las condiciones rC<Jles dc la l'COllOlIlía, dc la,; cspirituales, y,
cspccialmclltc, de las sociales; la ccoJlumia CS, j la vez, UlI proceso real y
socÍ<lI. El hombre cambia 1,1 natu-raleza real, esto es, la parte real de la
economía; pero al mismo ticmpo se cambi¡¡ él mismo y lus otros hombres, y cs!c
es el lado social de la ccollomia. Estas condiciones económicas sociales y
rea!cs esLin cstrcciJalllcllte unidas y recíprocamente se innuyen. Se puede
considerar á la producción y al cambio como la parte real de la econo-mia, y á
la distribución de los objetos prodllciuos como la social. (Más exactamente
dicho, tienen también la pro-ducción y el cambio su parte social, en cuanto
formall un proceso social. La distribución frente á ellas. aun repre-sentando
la parte social de la economía, puede igual-mente ser considerada como real en
virtud de las dife-rentes operaciones técnicas necesarias para que el pro-ducto
llegue al consumidor.) Si la producción y el cambio influyen considerablemente
sobre la distribución, ésta, á su vez, reacciona sobre aqudlas. Ya dice Engcls:
"La dis-tribución no es un mero producto pasivo de la proUUCciÓlI
EL MAHXISMO 21
y del cambio, sino que obra á su vez sobre ellos.
Cada nueva forma de la producción ó del cambio es detenida en sus comienzos,
110 sólo por las antiguas y sus corres-pondientes instituciones políticas, sino
también por la forma de distribución existente, y con ella tiene que lu-c!lélr
hasta que se instaure la que corresponde" (1). A pesar de todo, la
concepción materialista de la historia consideraba decisivas la producción y el
cambio, pero no la distribución. ¿Por qué esto? Sin duda porqne prodllc~ ció n y
cambio representan el lado real de la economía, mientras que la distribución es
un momento social por ex-celencia. Más exactamerite: no la pruducción y el
cambio, sino sus factores ó condiciones reales, son reconocidos por el marxismo
como funuamentos del orden social Las condiciones sociales de la producción y
del cambio serán
á su vez
determinadas, lo mismo que la distribución por los factores reales de la
economía. El estado de la ciencia,
el derecho reinante, la constitución politica,
etc., influyen también poderosamente sobre la producción social. La concepción
materialist~ de la historia no niega esta in-fluencia, pero considera en última
instancia como decisivo el efecto resultante de los factores reales de la
producción (y del cambio) sobre la vida social; N\arx y Engels esta-ban
inclinados á considerar la raza como un factor econó-mico independiente.
En una carta del año 1894 dice expresamente Engels
que "la raza es un factor económico" (2). Algo semejante dijo también
Marx: "Independienteme!lte de la forma más l') menos desarrollada de la
producción social-Icemos cn
(1) Engels,
ob. cit., pág. 151.
(2) Documentos
del socialismo, 1902, tomo 11, pág. 7·1.
El Capitilf·-, la producti\'idad del trabajo está
unida á cOlHliciolles natura1cs: ellas hacen relaci(llI, hiell ~1 la
na-luralcl;¡ del hombre InislI\(). como );¡ raza, dc., hien á la
n¡¡tllTille¡;¡ que le rodea" (1). La raDl es,
plles. se;.:ún En-gch, un factor ecoll<Ílnico, y par,l I\Llrx U:l
ll¡ulllClllu (k-tCrInill,llltc de la prodlldil'idad del Ira!J;¡jo ,:umparabk ;1
la lIatuLlh'/a eX!l'rior.
Tambiéll
illgllllOS ll1;nxistas cuelltilIl
la rala como
1111
momellto indepellllienle que determina la \'ida
social; ¡¡sí el soci(ilogo italiilllo Alltonio Lahriola (2). ¿Concuerda, sin
emhargo, tal cOllcepLi,íll con el pellsamiento fUllda-IIlellt;11 del
ll1ateri¡¡lismo ilistúrico?
De nillgún modo,
por lus motivos qlle siguen:
Cierto que la capacidad de trahajo dclllOlllllle
depende en alto grado de la razaáque pcrtencce. Es conlJcir!,) que ~i
1lIJlnilres de distinta raza corrC:ijll'llClc nl1a fl1crza lnllscu1ar IlIcdia
diferente, distinto dcsarrul10 cerehral, ek.; diferen-cias físicas constituyell
los rasgos ral'ia1cs, 'lile deben estar acampanados de diversa capelcidad
intelectual. De esto no ha de deducirse que la taza, desde el punto de vista
cle la concepción materialista .de la historia, deba ser reconocida como un
factor económico de igual calidad que la naturaleza exterior; igualmente
influyen otras mu-chas fuerzas ideológicas-como el clcrecho, el Estado, la
religión, etc.~. que no son factores económicos, sohre la productividad del
trabajo y la ecollomia social. La esen-cia de la filosofía de la historia
marxista, consiste preci-samC:llte en reconocer la reacción de estos diferentes
fac~ tOles sobre la economía, pero afirmando siempre el pri-
(1) El
Capital, lomo 1, pág. HG.
(2) Véase
su escritJ D,'l f11ll1,'rilllismo histd¡ico. Dilucidaciones prelimil1¡lres,
Holtla, lWll, p:ig. 1:::8.
23
mado de ésta. Las condiciones de trabajo dadas por
la naturaleza exterior, son factores económicos primarios, porque la economía
no oscila en el aire, sino que descan-sa sobre bases reales.
La raza para el materialismo histórico, no es nn
factor prímiH·io, sino secundario, COI1\O la moral, el derecho, el Estado, elc.
Los caracteres de raza no son algo rígido
é inmovil,
están siempre en un proceso; no son una callsa definitiva, sino un resultado de
la evolución del grupo de hombres respectivo, la cual á su vez está
deter-minada en último recurso por las condiciones de existen-cia del mismo
grupo. "Diferentes situaciones sociales obran favorable ó adversamente,
precipitándolo ó dete-niéndolo sobre el proceso etnológico y así producen
ca-racteres étnicos. En muchos casos donde se habla de "raza", sería
más adecuado hablar de "clase". En todos los pueblos acompañan á la
particularidad de la situación, distinciones corporales, las cuales, tanto más
profundas son, cuanto más lejos están los pueblos de la cultura y de la
libertad" (1).
El llamado espíritu nacional, que de seguir la
opiJ.1ión de muchos historiadores todo lo explica y se manifiesta en todos los
campos de la vida social, determinándola, es
cOllsiderado desde el punto de vista del
materialismo his-tórico, como una muy complicada resultante de la~ con-diciones
sociales y especialmente económicas de la vida de cada pueblo. Cierto que no
pueden ser explicados to-dos los caracteres de raza meramente por las
condiciones económicas sobre las cuales un pueblo vive, ya que en los
caracteres heredados queda la huella de anteriores
(1) Rntzel, Antropogeografla. 2." parte, 189], pág.
590.
2-! El
JIIARXIS,\lO
condiciciones de su existencia, ya desaparecidas.
Las pro-piedades del espíritu nacional pueden, por tanto, explicar-se, así por
las presentes, como por anteriores circunstan-cias económicas, lo mismo que
otros .productos históricos: costumbres, derecho, etc. Y si Marx y Engels
descubrcn en la raza un factor económico de la misma calidad que la naturaleza
exterior, esto sólo prueba que los mis-mos progenitores de la teoría fueron
infieles á sus bases.
III
La doctrina de las fuerzas productivas, de la
decisiva significación en la vida social de [as condiciones materia-les del
trabajo económico, es la base de la filosofia de la historia marxista. Sin
embargo, esta doctrina no queda agotada por aquélla; forma otra de sus partes,
la llamada de la lucha de clases.
La evolución de condiciones económicas reales, es
la fuerza decisiva de la historia, aun obrando inconsciente-mente. En la
conciencia humana el conflicto de una llue-va forma económica con otra vieja,
hace que choquen in-tereses de diferentes grupos sociales y toma la forma de
una lucha de clases. La doctrina de las fuerzas producti-vas ha esclarecido
sólo la parte material é inconsciente del proceso histórico; tiene que ser
completada COIl otra doctrina que explique la reflexión de este proceso objeti-vo
en la conciencia del hombre. Este tema es el que re-suelve la doctrina de la
lucha de clases.
Concepto fundamental de ella es el concepto de
clase socÍt.l1. En el "Manifiesto comunista. figura esta cortante frase:
"la historia de todas las sociedades es la histo-
El MARXISMO 25
ria de la lucha
de clases". Algo más oscuro es compren-
der qué entienden Marx y Engels por clase social.
"¿Qué forma una clase?,,; con esta pregunta y
sin con-
testación comienza. el
tercer tomo de El Capital.
Sólo
a \'eriguamos que el reducido concepto de clase no
puede ser confundido con el más amplio de grupo social. Los médicos y los
empleados forman dos grupos sociales dis-tintos, pero no dos clases. La
división social del trabajo es cosa muy distinta de la composición de las
clases de la sociedad. En la sociedad primitiva se vislumbraban ya los
comienzos de una especialización de los oficios, sin que
á ellos
correspondiese una sociedad de clases. Lo mismo podrá decirse de la futura
sociedad socialista que á pesar de eliminar de ella las clases, na ha de verse
libre cier-
tamente de la división del trabajo.
Sabemos, pue~, lo que no es la clase. Qué sea na
está precisamente determinado por Marx en El Capital, ni en otros escritos
suyos. Hasta parece que empleó este concepto en sentidos diversos y aun
contradictorios.
Así dice en su Revolución y reacción en Alemania
que al estallar la revolución estaba compuesto el pueblo ale-mán de las
siguientes clases: la nobleza feudal, la bur-~uesia, la pequeña burguesía, los
grandes y los pequeños labradores, los campesinos libres, los siervos de la
gleba, los trabajadores del campo y los industriales (1). En total no cuenta
Marx menos de ocho clases. Igualmente des-cansa su análisis del movimiento
social y político coetá-neo y posterior á la revolución de Febrero en Francia,
so-bre la distinción de clases numerosas dentro del pueblo
(1) Marx,
Revolución y reacci6n en Alemania, trad. alemana de Kaulsky, 1896, páginas
7-11.
21; EL ;'lAHX¡';,\\O
francés, y
cntn.: ellas presta particular atcllcil)n ú la ll1í~
siólI
süci;¡j de la peljlleila buq.;llesia y ú lus
pequcllO:' la-
bradores.
El punto brillan1c
de este allú)isis lo [orma
precisamente la ~ellial caracterización ele la
peqncila hur-guesía COIllO ulla específica clase social. La PUlllelIa bu
f-gllesía y diferentes grupos de labradores soll siempre considerados como
clase independiente. En lo que se 1'1.> fiefe j los lahradores de parcelas,
ks atribllye cunllJ C];ISL' social 1111 papel decisivo ell el origen del
IIl1pelio. "Bulla-
parle
representa11;¡ un,1
c!¡lSe··-dil'l' Mar., 1.1 C];¡Sl' In,t.;
IIIIIIIL'IOS:¡ de la sociedad france"a, 1;1
de lus clIlli\illlurL'"
de p;lrceLls" (1).
Después de todo esto se sorprendcf:í el lcc\(lr,
siu duda, Clldlldu lea en el mismo escrito qlle los clllti\'adu-res de
parcelas, en cierto seutido, no forman una clase. "En tanto qlle milloncs
de familias \'i\'cn hajo condicio· nes eeol1,'lIl1ieas quc separan su moJo dL:
vida, inkréSL':'> y educación, de las de otras clases, y los colocan en
riv;l-lidad frente j ellas, forman ;í su vcz una clase. Mielllras que entrc los
cultivadores de parcelas sólo existe una local dCI)('ndellcia y qlle la
particularidad de SLlS
reses 110 produce lIillguna comunidad, ni unión
l1acio~ lIal, ni org-anizaci,'Jn política, y así no forman clase al~l1
na" (2). En resumen, queda sin determinar, precisamente, después de ver
que sí en un sentido, y que no en otro,
si los cultivadores de parcelas forman ó nO
lIna clase.
Pero si no son una clase
porque la particularidad de
sus intereses no produce ninguna comunidad, ni
unión nacional, ni organización política entre ellos", también
(1) E/l8
Brulflario, 3." eúic., 1885,
pág. ~7.
(2) lúcm. íd., íd.
EL MARXISMO 27
';l.:r:1 discutible que la pequeiJa burguesía forme
una clase. \' sicnuu ciertamente los pequeños burgueses alemanes de la
rc\"olLlcilÍn de Marzo tan incapaces de formar un partido politico
independiente COIllO los agricultores cita-dos del tiempo de Bonaparte, podría
decirse, que en cier-tü selltido tampoco formaban ellos una clase. Por este
ca-mino quedarían e':cluídas muchas de las Jlumerosas eJl-(1!Iltradl$ por Marx
en el seno de la sociedad moderna. ProhalJlcmcllll; quedarían de todas ellas sólo
las tres cé-Icllles citadas ya por Adam Sl1lith, grandes tcrratenientes,
l"apítali,;las y trabajadores. Yaun no todas. La cualidad de cla,;c dc los
trabajadores no está, ni con mucllO, des-n/JItada.
CiL:rtamente que Marx habla innumerables veces de
1\)s trahajadores y del prolf.tariado, como clase reconocida. 1~lmbil'JI se
dijo esto de los labradores, y ya hemos visto, sil! CIIlj¡~lfgO, que poco
correspondían sus pretensiones á los caracteres de clase; y de no ser éstos y
los pequeños hurgueses otras tantas clases, no tenemos ningún derecho
á considerar
como tal al proletariado antes de que llegue :1 deÍl'rmi!Jado momento de su
evolución. En el Manifiesto CLJIlZilllista consla que el proletariado, en el
tiempo de su redacciól!, no era aún una clase. En este famoso escrito se Ice,
qne "el fin más inmediato de los comunistas, como de todos los restantes
partidos proletarios, es: formar la clase proletnria", y que "la
organización del proletariado como cIase, y con ello como partido político, ha
de alcanzar-se con la concordancia entre los trabajadores mismos" (1). Si,
pu<.:s, la organización del proletariado comO clase es
(1) El
.Hllllilicsto COlflllllis!n, 1891,
páginas 16 y 18.
2/l
un fin á conseguir. es, naturalmente, porque no ha
llegado aún á formarla.
La clave de todas estas extrañas contradicciones de
Marx, puede encontrarse en ~u e:scríto de polémica
tra Prollllhon: "Las relacioncs
cconómicas-dice Marx-hall convertido, desde luego, á la lIlasa de la población,
en trabajadores. La soberanía del capital les ha creado una comunidad de
situación y de intereses; asi ha lle-gado á cOllstituir esta masa ulla clase
frente al capital, pero no en y para !'ímisma. En las fases de la lucha qUe
hemos señalado, ella se encuentra unida, constituida por si misma en clase. Los
intereses que ella ddiende, devie-nen intereses de clase. Pero la lucha de una
clase frente j otra, es una lucha politica" (JJ. Olro tanlo Jluede decirse
de la burguesia. En su evolución, distingue Marx dos fa-ses: "una en la
que, bajo la soberanía del feudalismo y de la monarquía absoluta, se constituye
en clase; y otra, cuando ya constituida, derriba aquellos poderes para
con-vertir la sociedad en una sociedad burguesa. La primera de estas fases fué
la más larga, y exigió grandes esfuer-zos. También la burguesía comenzó con
coaliciones par-ciales contra los seiiores feudales, (2).
Las clases sociales presentan dos fases en su
evolu-ciún; primero se afirman frente á las demás sin ser aún propiamente
clases y sólo más tarde, llegan á constituir-se como clases en si, con una
organización propia. Cuan-do Marx negaba á los cultivadores de parcelas la
cualidad de clase, quería decir, que no formaban una clase organi-zada y por
si; mas con todo, lo eran frente i las otras.
(1) Milrx.
La Miseria de la Filoso/la, piÍ¡:. ¡/lO.
(~) "-km, íd., íd.
EL MARXISMO 29
Igualmente, el proletariado, en los tiempos del
"Manifies-to comunista" no era tampoco una clase por sí, aun
sién-dolo frente á la burguesía.
Esta dislinción entre clase para 105 otros y clase
para sí, descansa, notoriamente, sobre la doctrina hegeliana dé! puro sér, que,
mediante su negación, llega al sér para los 01ros y por la negación de la
negación al sér para si.
Cuandü Marx, llama al mislllo grupo social una vez
clase, y 1L1e~o lL; niega esta propiedad, lo hace desde el punto
de "ista de los diversos estadios que su
evolución reco-rre. Dd mismo modo ponemos frente á frente una larva, y el
anilllJI maduro en que luego se tnll1sforma, y, sin emhargo, cuando comparamos
una larva con otros orga-Ilisltlos distinlos, le adjudicamos ya el nombre de lo
que al términu de su transformación ha de llegar á ser.
De aquí se deduce, que lo que en las exposiciones
de f\larx subre la cualidad de clase de los diferentes grupos sociales l)lldo
ser considerado como una contradicción ló-¡.:ica, se reduce, más bien, á cierta
ambigüedad en la forma de expresarse. Las clases sociales están, según Marx,
COlllO todo en el mundo, sometido á las leyes de la evolución, y cada UnO de
los momentos en la evolución c1e una clase, contiene caracteres decisivos que
faltan á las otros.
Esto debe tenerse siempre presente para compren-der
bien la doctrina marxista de la lucha de clases. La lucha de clases, dice Marx,
es siempre una lucha políti-c¡¡; esto no puede afirmarse sin embargo de las
contien-ltas ocurridas entre representantes de clases sin cons-tituir. Antes de
la revolución de Febrero no tuvo el prole-tariado ninguna acción importante en
la vida política. A pesar de c:so, las contiendas de los trabajadores con los
3D EL ~IAIlXIS.\\O
capitalistas SOI1 tan viejas como la producción
capit<llisla misma. Pero l<ls huelgas de grupos de trabajadores
aisla-dos, aun cuando estén organizados en federaciones, nO forlllan todavia
una lucha dc clases ni, pur consiguiente, ulla lucha política. Mientras la
clase no csLi constituida, mientras sus representantes no se sienten IInido.s
cumo un grnpu firllle, por sus intereses opilestos illus de I,IS dem:l:>
c1ascs, privan á [a correspundiente cl)lllienda del c¿¡rjckr dc lucllU de
clase. Pur eso L1icell M¡¡rx y Eubcls en el "Manifiesto comunista",
que el tema llIás illlpol!anle ucl partido cOlllullista es: "centralizar
las luchas locales dc [os trabajadores cn lllla lucha de cl<lses, 0, Jo que
es 1,) mismo, convertir la contienda puramente económica en
ulla lucha política, organizar al proletariado y,
con ello, como partiuo politico".
La diferencia entre el concepto de clase, y el mis
;,;c-neral, de gfl1po SOCial, esUí, por lu pronto, en que 105 in-léreses
econlÍmicos de diferentes grupos :;ociale5 pueden c,¡incidir, mielltras que los
de una clase Se encueutr¡ln ne-cesariamente en oposición frente á los de la5
demiÍs (1). Pero, ¿sobre qué descansa esta inevitable oposición de intereses
que forma la característica decisiva de la socie-dad de clases? La contestación
marxista es clara y preci-sa: Toda la oposición entre las clases no es otra,
CJue una expresión del antagonismo fundamental de la sociedad IlIodema, que
consiste en la apropiación por unos grupos sociales del pltls-trabajo de otros.
La composición de cla-ses de la sociedad es, por consiguiente, una expresión
so-cial de la reinallte y antagónica forma de la producciíSn;
(1) \'~a,"
K;mtsky, lllh'reses J¿ e/liS", illta,'s,s pUrliCIIII/¡,S ,; ill-lern,'S
'Oll/lII1CS. Ylln'v Tiempo, XXI. tomo!l, p;Íg. 211.
EL MARX[~MO 31
mientras subsista
el plus-trabajo no pagado,
conservará
la sociedad
su estructura de clases.
Enla sociedad primitiva que no conocía el
plus-trabajo
faltaba
también, naturalmente, esta
división de cla-
ses
Sólo por la
violencia, de cualquier suerte que sea,
puede obtenerse del trabajador este
plus-trabajo, y esta
vi'l1cncia produce el inevitable choque de
intereses de los explotadores y de los explotados. Así nace la sociedad de
clases.
¿Qllé es, según esto, una clase social? Un grupo
so-cial formado por miembros que sostienen una posición económica análoga en el
proceso de [a apropiación que llevan á cabo unos grupos sociales del
plus-trabajo de otros; en Sil consecuencia, la clase tiene comunes iutere-ses
económicos y comunes antagonismos. La explotación constituye la esencia de la
formación de clases, pues, la rclacilÍn económica y social de la apropiación
del plus-tra-baio eS una relación de explotación. Sobre esta base se divide la
sociedad moderna en clases; unas que prestan Sll plus-trabajo y otras que se lo
apropian. En la sociedad presente, apoyada sobre la producción capitaHsta,
forman los as¡¡lariados como explotados, y [os capitalistas y los propietarios
del suelo como explotadores, las tres grandes clases características de nuestra
forma de producir. Pero, aparte de est<:lS clases fundamentales, dividese la
concre-ta sociedad c<lpitalista contemporánea también en otras clases,
restos de las anteriores formas de la producción. Todo otro grupo económico
particular que existiese inde-
pendiente de las
relaciones de explotación
no sería una clase. Esto es desde
luego imposible en una sociedad cons-truida sobre el plus-trabajo no pagado,
pues la característi· . ca de clases es
un sello que lleva la completa
vida social.
32 EL MAHX[S.~IO
Así, por ejemplo, no formaban los pequeiios
produc-tores de la sociedad primitiva clase algunu. J Joy encon-tramos dentro
del capitalismo, también pcqueiJos produc-tores que hasta representan la
mayoría de la población en los mús de los Estados europeos, Y que han llegado á
ser clase gr,lcias al orden económico reinante Las parcelas de los lahradores
franceses no les libra de la sooc:raní,¡ del C<1pital. "Las parcelas de
los labradores son sólo el pretexto que permite á los capitalistas sacar de la
tierra provecho, interés y renta y mostrar al lalJr,¡dor cómu g;1llél .su
salario. La deuda hipotecaria que embargaba el suelo impuso {¡ los labradores
franceses un interés tall crecido como el interés anual de toda la deuda
británica
nacional"
(1).
Del mismo modo forma la pequeña burguesía en la
so-ciedad capitalista una clase intermedia entre dos extre-!1l0S el capital y
el proletariado-, pero una clase con todos lo,; intcrcses y antagonismos que le
son propios. Arlcsanos(l/Illldwcrf:er) Y tenderos, que forman el espina-7.0 de
esta clase, son empresarios capitalistas, y. como tales, están frente á frente
de los asalariados; sin embar-go, tienen que temer, más que nadie, de la
competencia del gran capital. Ellos explotan al trabajador, pero son arruinados
por el capital; los más dichosos ascienden al
rango de burgueses, mientras los desgraciados bajan
á ser proletarios. Esta situacipl1 oscilante de la pequeña burguesía, determina
el tipo social de esta clase, que no es capaz de levantarse sobre los
antagonismos de clase y colocarse fuera de las rclaciones de explotación
reinan-tes en la sociedad moderna.
(1) ,\larx,
El 18 Bmmario. p.ig, 101.
EL MARXISMO 33
Los llamados
intelectuales y representantes de las pro-
Ic:siones liberales, consagrados al trabajo
intelectual, no
forman por
si una clase independiente, por la
razón sen-
cilla de que
su trabajo no es trabajo económico. A pesar
de ello, 110 están fuera de la oposición de clases,
por verse obligados, mediante la fuerza de las relaciones económi-cas, á
incorporarse á u na ó á otra. Los más de ellos pertenecen, por su origen, á la
burguesía, y están estre-ch<1mellte unidos á ella por intereses económicos;
otra parte más reducida, pero siempre creciente, se adhiere al proletariado. De
este modo se separa toda la sociedad cn clases con determinados y opuestos
intereses econó-micos. La oposición que produce la apropiación del plus-trabajo
no pagado, es la causa del antagonismo que rcina en toda la vida social.
Pero no dehe olvidarse que una clase tiene que
reco-rrer l/lla larga evolución anícs de constituirse como tal. Esta
l'\'olución se manifiesta en la creciente conciencia de clase que va
adquiriendo. Alas que todavía no están constituidas falta la concienciá de sus
intéreses de clase,
ó lo que es lo
mismo, de la oposición reinante entre ellos y los de las existentes. PÚr eso
una clase no cons-
tituida es
incapaz de toda lucha política. .
La conciencia de su sú es lo que informa á una clase
y la constituye.
La conciencia consiste no tan
sólo en el
sentimiento de solidaridad con los miembros que la
inte-gran, ya que la simpatía por aquéllos'que· se encuentran en semejantes
condiciones dé vida, no es más que un sen-timiento natural á cada hombre
norniaI, yen nada influye para él la conciencia de clase. Para esta es exigible
algo más, á saber, el conocimieílto de. que la situación de los representantes
de la respectivd clase 'está dorilinada y de-
3
31 El.
MAllXIS.\\O
terminada por el lugar que ocupa en el orden
económico reinante. Así, es necesario, para que el proletariado ad-quiera su
conciencia de clase, no sólo que los proletarios sientan su solidaridad, sino
que se recotlozcan explotados por el capital. La conciencia dc clases es, pues,
sinónimo de la conciencia dc la oposición de clases; dc lo inevita-ble de la
lucha de clases.
Toda lucha de clases es una lucha politica, ya que
sicndo el Estado un órgano de la dominación dc clase~, las clases explotadas,
sólo mediante la revolución social pucden cambiar en su provecho, su situación
en el orden económico reinante. La clase dominante utiliza el poder del Estado
corno medio de fundar su soberanía económi-ca, y sólo apoderándose de él pueden
liberarse económica mente las clases oprimidas. El despertar de la conciencia
de clases es, pues, equivalente á la transformación de la lucha económica en
lucha política.
¿En qué sentido afirmaba Marx que la historia de
to-das las sociedades ha sido la historia dc la lucha de cIa-ses? Ya sabemos
quc una clase, sólo en cierto periodo de su desarrollo, es capaz de una lucha
de clases; que este estadio es de menos duración que aquellos durante los
cuales aun no posee conciencia alguna, y 110 puede, por tanto, luchar como
clase. ¿Cómo ha de conciliarse esto con la afirmación marxista?
Ciertamente, no quiso Marx decir que todo
movimien-to social fuese una lucha de clases. Cuán lejos estaba Marx de este
absurdo, 10 prueba el mismo Manifiesto co-mUl/ista,donde se persigue la
transformación de las luchas locales de los trabajadores en una lucha de
clases, como el fin más inmediato dclmovimiellto comunista. Más bien aparecen
en la concepción marxista las luchas d~ clases.
EL MAHXISMO 35
como fenómcnos poco frecuentes en el CUrso de la
histo-lÍa; cllo no fué nunCa discutido por Marx detenidamente. Si quisiéramos
construir con sus manifestaciones, á ve-ú~s contradictorias, una teoría lógica
y coherente, po-dríamos darle la siguiente contextura: la evolución his-lórica
culmina en lucha de clases, aunque ciertamente, 110 cOlista exclusivamente de
ellas. Las luchas de clases ~on los precursores de las conmociones políticas y
socia-ks y ícrminan "con una transformación revolucionaria de l~l socieliacl
toda, ó con el ocaso de las clases luchado-fas" (1). Y como la historia no
son sólo revoluciones cla-mOrosas, de aquí que no conste, exclusivamente de
lucha de clases. Sin embargo, puede descubrirse el contenido de la historia en
la l,ueha de clases, ya que éstas forman sus acontecímientos 'más importantes y
decisivos, y todo ti resto debe ser considerado desde este punto de vista.
Asi, el
ITlovimiento de los trabajadores de la primera
IJ1ltad del siglo XIX, sin ser una lucha de clases,
fué una preparación para ella; si bien los choques eco~ómicosde
los grupos de obreros desorganizados con
capitalistas aislados, no tiene carácter de lucha de clases, forman, sin
embargo, una parte muy importante y necesaria en la his. toria de clase del
proletariado por preparar la futura re-volución proletaria. Asi entendida, se
convierte toda la historia universal en la historia de la lucha de clases es
decir, .en la historia del lento desarrollo de las clases ,'del paulatino
despertar de la conciencia de clase, que condu-ce á la lucha de clases y
culmina en la revolución social.
Sólo interpretándola así puede tener validez
científica la doctrina marxista de la Iuc!la de clases. Forma COn la
(l) El
manijiesto comllnista, pág. 10.
EL .\L\
lüIS,\\O
de las
fuerzas productivas la segunda parte integrante de
la concepción materialista de la histuria; illll!>as tl'orias
5011
cOllsideradas y abarcadas por
sus fLlIl(Jaílon:s (únw
un todo indivisible. Si lo forman en
realidad es lo qUl' in-
tentar.' demostrar en las siguientes
investigaciones.
CAPÍTULO II
El. PUNTO DE PARTIDA PSICOLÓGICO
Die LA C00iCEPCJÓN MATERIALISTA DE LA HISTORIA
.\I.H.'\ '.i H ..·.~d,- \\,IUIl1~d y Tazón como fuerzas
conductoras d¿ la hi':'lori.:l.-LIldirec-
(j"r'; \'lllulltHistJ.~a 14 p~icologia y SLI rdacíón con ::\!arx.--lo común en);¡~
vision€'s
p,i")\ó~kJS de los pensadores del siglo XVlJl
(Aufklarer) y J\Jan.
Marx procede de la escuela hegeliana y es
reconocido
generalmente
como "joven hegeli<ino n " No se
puede ne-
gar,
ciertamente, alguna influe!,!cia de la filosofía hegelia-
na sobre las concepciones de Marx. Esta influencia no
cs, sin embargo, tan profunda como algunos críticos
pre-
tenden. Es, por eje~plo,
muy exagerada la
afirmación
de Eugenio Dühring
que hace descansar toda la filosofía
de la
historia de Marx sobre la negación de la negación
de Hegel, y que ella subsiste ó cae con la
dialéctica hege-
liana (1).
Con mucha
más razón afirma Marx, en el
prólogo á la
segunda edición del primer
tomo de El Capital, que su
1l1Ctodu dialéctico, "por su
fundamento, es liO sólo dife-
(t) Véase Dilhril1g. Historia critica de
la economía naciol/al J'
del socialismo, 3.' edic., 1879, pág. 487.
El.
.'L\liXIS.\\(l
rente, sino contrario al de Hegel". y quc el
tan S,))IJ lia "coqueteadu" con las CXIHcsíolles hegdiallas ...
¡\lIlltjllC Marx designa al proceso como ncgación de la negaciólI-dice
Engcls--, no piensa COll ello dClllOstrar1u como !lis-t,'¡ricamcntc necesario.
Por el contrario; dCSP1l0s Oc liabel probado históricamente que el proceso oe
!Jecho en P;Ulc
, se ha
realizado, y cn parte ticnc que realizarse, k desig-na como 1111 proccso quc se
lleva á cabo conforme ;1 un;1 determinada ley dialéctica" (1).
La observación de Engels es muy característic,\ y
descubre la verdadera sitllación de cada tll10 de los fundadores de la
cOllcepción Illalt:ríalista de la Ili:-:tori;, frente á la dialéctica
hegeliana. Eu la "negacióll de la ne-gación" no descubre ElIgcls una
ky de lo que realmente acontece, ;lUnque sí una "ley dialéctica".
¡E"tralla ley que no puede ser aportadn corno prueba, ni autoriza prcfjjar
un supuesto!
Esta es, acaso, la mejor muestra del papel que ha
teni-do la dialéctica hegeliana en la construcción filosófica de la historia de
Marx. A quedarse completamente libre de esta dialéctica no podía decidirse
Marx. Hasta su muerte continúa siendo, en cierto modo, hegeliano, aunque, al
final, sólo en la forma de expresarse. Pero con la cubierta hegeliana envolvió
Marx otra sustancia que no tenía nada de COmún con el ideal de la filosofía de
Hegel. No sólo era Hegel un metafísico idealista, mientras Marx pertene-ce á
aquellos pensadores que podrían llamarse metafísicos
materialistas, sino que, además, en sus
concepciones psi-cológicas y filosófico-históricas, fueron ambos pensadores
fundamentalmente oistintos. Como psicólogo y filósofo
(1) Engcls.
en su obra contra Dühring. pág. 136
EL MARXISMO 39
:lc la historia, tenía Hegel de común con
los pensadores
lid siglo XVIII, ver como éstos, en el intelccto,
la fuerza motriz de la vida consciente y de la historia; "c'est
l'apt-Ilion qui gallvcme le monde.: á esta se reducía la psicolo-gía y la
filosofía de la historia del siglo de la gran revo-lución. También era para
Hegel el proceso del pensamien-to "el demiurgo de 10 real., que decía
Marx. Esta filosofía de la historia intelectualista estaba íntimamente ligada
con la psicología intelectualista, que reinó hasta tiempos llIuy recientes.
A Fichte, y, más aun, áSchopenhauer, corresponde la
creación de una nueva corriente. en la psicología científi-ca. A Schopenhauer,
que fué el primero en afirmar que, no la razón, sino la voluntad forma el
elemento predomi-liante de la vida consciente. "El conocimiento en
gene-ral-dice- tanto racional como empirico, procede ori-ginariamente de la
voluntad, pertenece á la esencia de los llIás elevados estadios de su
objetivación, como un mero fJ-v.""r" un medio para la
conservación del individuo y de la especie, como otro cualquiera órgano del
cuerpo. Origi-nariamente, pues, al serviciode la voluntad, determinado al
cumplimiento de sus fines, continúa también á su ser-vicio casi universal y
completo, así en todos los animales como en casi todos los hombres (1).
E~to es una inversión completa del punto de vista
de Hegel. A la voluntad, y no á la razón, cQrresponde el primado de la vida
humana. Marx, en este terminante punto de vista psicológico, no está con Hegel,
sino con Schopenhauer.
(1) Schopenhauer,
El mundo como voluntad y representación, edic. 8.",1891, pág. 181.
10 El M,\HX¡S/lIO
No hay motivo para aceptar que Marx haya estaLlo
di-rectamente influido por Schopenhauer; pero está, fuera de toda duda, que
reconocía. tan decididamente como ésk, el primado de la voluntad sobre la
inteligencia . "La idea-dice, por ejemplo, en su polémica con Bruno
Bauer-, se compromete siempre que se distingue de los .. intereses".
Además,es fácil comprender que cada "interés" cualltiu~o
históricamente logrado, cuando aparece por primera vez en el mundo como
"idea" ó "representación,,, excede en mucho de sus verdaderos
límites y se confunde general-mente con los intereses humanos. Esta ilusión
forma lo que Fourier llama el tono de cada época histórica" (1).
El aspecto psicológico de la concepción
materialista de la historia, ticnc su expresión más penetrante eu la tesis de
Marx sobre Feuerbach, citada por Engels ... El de-fecto capital de todo
materialismo ha sido-dicc Marx ..-concebir la efectividad objetiva y real, sólo
en forma de objeto ó de intuición sensible, pero no como actividad humana y
sensibl~; práctica, no subjetivamente. De aqui procede que la parte activa fué
desarrollada por el idealis-mo en oposición al I1laterialismo, pero sólo de un
modo abstracto, naturalmente, ya que el idealismo no conoce la actividad real,
sensible como tal.. ... El problema de si el entendimiento humano puede lograr
la verdad objetiva, no es teórico, sino práctico. El hombre tiene que probar en
la práctica la ve~dad de su pensamiento, es decir, su efectividad y poder, su
aplicabiljdad á los problemas de
este mundo. La discusión sobre la realidad ó no
realidad '.'.
de un pensamiento que
se separa de la práctica, es Ulla
~l) La Sagrada Familia, Colección de los escritos de Marx}' En-
gels,
1902, tomo n, pág. 182.
H
.'IAllXISMO 11
cucstión
puramente escolástica •.... La
vida social es esen-
cialmente práctica. Todos los misterios que
conducen las teorias al misticismo, tienen su solución racional en la práctica
humana, y en la comprensión de ella" (1).
Todo esto parece haber sido aportado precisamente
por richte. El menosprecio del momento intelectual en la vida de los hombres,
en comparación con el de los intere-ses prácticos, es muy característico para
el marxismo.
EsÍl: parentesco de la visión filosófico-histórica
de Marx, C01l algunas doctrinas psicológicas de Fichte y Scllopcnllaucr, no se
puede designar. precisamente, como el punto más débil del marxismo. Sobre la
base de la filo-sofía hegeliana, no se puede construir hoy ningún sistema
cicntífico, porque ésta puede considerarse ya como supe-rada. Lo contrario
puede afirmarse de la psicología vo-luntarista de Schopenhauer. A ella
pertenece el presente y parece ser que el futuro.
Se pueden distinguir tres direéciones importantes
en la psicología científica: la intelectualista, la materialista y la
voluntarista. La intelectualista tuvo un predominio duradero.
Los representantes de las asociaciones de
psicología inglesas, fundadas por v. HartIey y Hume, co'mo los me-tafisicos
alemanes del siglo XVIIl, pertenecen á esta co-rriente. La psicología
materialista se desarrolló principal. mente en Francia. Pero la nueva
psicología no es materia-lista, ni intelectualista, sino voluntarista. HEl
voluntarismo es quizás la tendencia más pronunciada en la psicología del siglo
XIX; es la forma como la ciencia émpírica se
(1) Engels, Luis Feuerbaclz, 1895; lHarx
soPre Feuerbacfl. pági-
nas 59 y 61. .
EL ,\1 ARX1S,\\Q
apropió la inversión de Kant y Fichte, que hace
pasar el punto de vista filosófico de la razón teórica á la razón práctica. En
Alemania han contribuído, principalmente
á esta
dirección, la metafísica de FiclJte y de Schape-nhauer" (l). El
racionalismo unilateral del siglo XVIII po-nía, en primer término del proceso
psíquico, á la razón; la vida afectiva del hombre no tenía junto á ella
justifica-
ción. Pero no ¡Í la
razón, ni al scntimientu, quc por
lo mcnos
forma un perfecto
proceso psiquico indepen-
diente, sino á la voluntad, debió considerar C01110 fllll-
damento de h vida consciente. "Lo espiritual,
dice Wuudt, cs el ímperio de la voluntad. Ni la idea, ni la inteligen-cia ó el
pcnsamiento deciden" (2). "Si alguna de las trcs especies de
elementos conscientes -- conocer, sentir y quercr~tu\'iese que ser considerada
como forllla ftllld¡¡-mental de la vida consciente, tendría que serlo la
"oJun-tad" (3), observa el conocido filósofo danés 11. H;¡ffding en
su Psicologia. Lo insostenible de la explicación In-varita de los filósofos ingleses,
del proccso intelectual como una pasiva asociación de representaciones, ha sido
magistralmente demostrado por Windelband en uno de sus geniales ensayos. El
pensar no se da en la realidad sin el sentimiento. "En el torneo de la
vida anímica son las ideas sólo la celada que oculta al verdadero luchador, el
sentimiento, á los ojos de la conciencia. Pero ¿qué son estos intereses, estos
sentimientos, cuya intluencia en la marcha real de nuestras ideas tiene una
significación
. (1) W.
\\'indelband, Historia de [a
Filosojia, 1900, p:íg. 518.
(2) W. Wundt,
Logica, 2. a edic .. 1895 .
•lktodo!ogia. 11. pág.
17.
(3) ¡Wffding,
Psicologf¡¡. 3." edic. alemana,
1901. pág. 134.
43
tan incognoscible? No son otra 'cosa que formas y
excita-ciones de la voluntad inconsciente" (1).
Cada organismo está expuesto al influjo de las
infini-las tuerzas de la Naturaleza que le rodean. Todo está en la Naturaleza
en una comunidad universal--este principio, asentado por Kant (2) como tercera
analogía de la expe-riencía, en su Critica de la razón pura, ha sido totalmente
cOllfirmado por la llueva ciencia natural~. La más lejana cslrélla no vibra sin
ac~ión sobre nuestro organismo y sin recihir, por pequefía que sea, una acción
refleja del mis-1Il0; todo está compleja y dependientemente entrelazado. En el
medio que vivimos se entrecruzan las fuerzas innu-merables de la Naturaleza, y
las infinitas sacudidas del lllUIHlo maierial golpean sin ces~r la envoltura
material de nuestro espíritu. Pero nuestra vida consciente no muestra una tan
grande diversidad. Sólo una parte insignificante de lus encantos del mundo
exterior son recogidos por nuestra sensibilidad. Para todos ios otros,
incomparable-lIlente nllmerosos, permanecemos ciegos y mudos; no afec-tan á
nuestros órganos sensorios y no los observamos,
(1) WindcJband,
Preludios, 2.' edlc., 1903, pág. 229. Riehl indica los méritos de Schopenhauer
como fundador del moderno voluntarfsmo.
• Del campo
filosófico nadie ha comprendido estas relaciones con tanta profundidad, ni las
ha representado con tanta claridad como Scho-penhauer. Sus manifestaciones
están, haciendo abstracción de la meta· fisica de la voluntad, en completo
acuerdo con nuestras acll.IJles ideas sobre la significación funcional de la
conciencia ..... El intelecto es, según su concepción. como según la de la
ciencia actual, una consecuencia, un resultado, un producto de la organización,
no sú productor mismo. Tiene como supuestos, la existencia y la vida, y sería,
por consiguien-le, eq ui vocado anteponcrle á la existencia y á la Vida mismas.
A. Richt,
El cristicislIlo jifosójico, !l, pág. 204.
(~I \' éasc Kant, Critica de la razón pura. Ed.
Kirchmann, 5." edi· ción. 18S1, pág. 223.
11 El. ,'lA RX IS.\\O
,'l)IllO si no existiescn. Frenk
á la cOlllpllcac'j'J:t iniiniLI
de la natura1cza extnior, posecrnos sólo Ull
reducido nú-
mero de sentidos,
poco diferenciados. y wt!t)
lo '111(' no
les akcta no
tiene existencia para nuestra
conciencia.
Pero, ¿qué
determina la selección
éntre aquellos en-
cantos que percibimos y los que no percibimos?
0Jada Ineis que el interés práctico de la vida. Los scntideb,
~eneral, la conciencia, son elaborados por la
Incita por la cxistencia de los organismos. La conciencia existe para a~egl\far
la vida al correspondiente organislllo', es, senci Ilamente un medio para la
conservación de la vida. La,; ,ellsaciones del tacto, gusto y olfato; la vista
y el oído sirven originariamente tan sólo para facilitar j los anima-le, d
hallazgo de alimentos, Li huida ante los enemigos, la aproximación del macho ;Í
la hembra. etc. La \'oluntad de vivir preside el desarrollo de la vida
consciente , .v IlU al contrario. El interés práctico determina qLlé encantos
dd mundo
exterior han de ser aceptados por la concien-cia y cuáles no; el organismo está
sólo interesado en c1i~
tinguir y percibir en el medio exterior aquello que
pued,' favorecer los movimientos de la conciencia. La (oncien cia es, por
consiguiente, desde el pInto lié vista hiológi-co, un regulador de los
movimientos dd organismo, lo,; que por su parte están determinados por la
voluntad de vivir (1).
Ciertamente que Marx no ha sido discípulo de
Scho-penhauerj pero estuvo, como éste, sacudido por la corrien-te de ideas del
siglo XIX, que en muchos aspectos signi-ficaba una reacción contra la filosofía
racionalista del
(1) Véase
A. FouiIJée. La psicologia de llls id,'ols fuerzas, L~93, tomo 1, pág. 12.
EL MARXISMO 4.5
"igl(J de la gran Revolución. L'esprit classiquc del si-
glo XVIII, dice Taillc, recelaba de todo lo
individual, concreto. históricamente diferente. El hombre fué conside-rado como
una abstracción vacía, como una máquina ra-I.Onadora, y definido como "un
sér sensible y pensante qLle huye del dolor y busca el placer., Todas las
diferen-,:ias de costumbres, condiciones de vida naturales y so-ciales,
tradiciones históricas, etc., fueron ignoradas, y 'lila se [l'conOCieroll las
diferencias de cultura, á las que se consideró como clave de todas las otras.
Basta con extender la cultura en la masa popular para obtencr un lluevo orden
social racional. El Estado, según su sér, no es otra cosa más que un contrato
social entre los que pertenecen á él, Y sólo la ignorancia de la masa popular
hace ljue este contrato no corresponda á los intereses de la mayoría (1).
Marx ha descubierto, que ni el estado de la
cultura, ni las opiniones, ni las ideas de los hombres, sino sus inte-reses,
dominan el curso de la historia, y con ello se puso l:11 manifiesta
contradicción con la filosofía idealista. Me-diante el reconocimiento del
primado de la voluntad sobre la razón acató Marx, como se ha dicho, la
psicología vo-luntarista del siglo XIX (2). Sin embargo, Marx no rom-pió
completamente con la psicología de la época idealis-ta. Cierto que consideraba
la práctica ~e la vida social como lo originario y primordial, y la conciencia
sólo Como un momento secundario de la vida social; pero lo
(1) Véase Taine, Los or/genes de la
Francia contemporánea. El
I/I/tiguo régimen,
1885, lib. III. '
, (2) Sobre el
parentesco de Marx yel votuntarismode Sehopenhauer, ln~~ste l\1asaryk. Véase su
escnto, Losfundamentos sociológicos y filo-
SOJleos ciel mar.>;ismo, 1899, pág. 156.
El••\IARXJS;I\O
característico de las concepciones psicológil'as de
Marx, consiste también en ignorar lo complicado de lus intere-ses humanos, lo
que hace recordar el esprit clt¡si'jlle de los enciplopedistas. Del tejido
varío qne constituyen los motivos hunJ:;lllos, Marx no atiende más qne á lJI!
aspecto, el interés económico en su más cstrecho sCLltido, pues por él
entiende, la tendencia á la inmediata conservación. Hasta parece que la
psicología marxista es más pobre que la de los enciclopedistas; éstos
ree0Lluc:ian sólo lllJ;l ca lisa del comercio humano, la aspiración al placer;
y, Marx derra la voluntad humana en IlLl círculo toda ría más ce¡¡ido, pues
sólo tiene en cuenta una c]¡¡se de placer--c1 de I¡¡ propia conservadón-, á la
que cOllsidera como su-premo resorte social del obrar humano (1). Cierto que no
niega la diversidad de las necesidades y apetitos huma-nos; pero cree que el
interés económico,es bistórÍl:amclIÍt.:, el más poderoso y decisivo de todos
ellos. De este 1110do simplifica aún más que los enciclopedistas el contenido
de la vida consciente humana.
(1) Véase
Wundl, luca, HliJ3, pago 510.
CAPITULO III
LAS
NECESIDADES COMO FUERZAS CONnUCTOHAS
DE LA EVOLUCIÓN SOCIAL
[ 'v1'Cl'.'údadn" p_)icológicas de propia conservacioll y goces sensibles: Prod
uc:ríón d~
IJ vid.:t ínml:diata.-El papel de las dis.tfntas
necesidades en la evolución de la eco-nOIllÍ<l.,-L.I inOlltoncia de- las
necesid::l:des de adquidr el sustento €n la vida sod31.-
11. Ll
iI¡:;(into sexual: Hambre y amar.-La evolución de la. famili:J.-Esquema de
,:\t(,q:Jn. -Sil in<:on5istcncla.~Lade'pendenda de las formas famlliJres de
1;..1 vid:l ec.o-numic;),.-IU. Instintos de simpatfa: Su odgen.-Amor materno y
compañerísmo.-S.... nlimientos al~rujslas.-IV.Instin.tos ego-altru{sta: Su
iignificadón como fuerzas eJe la historl.a.~LJ aspiración al Poder,- V.
instintos desinteresados: El juego.-Su esen~
Ci3 y Su orlgcll.-EI arte.-El sabe r.-El pa-pel de
105 Inteff~ses prácticos en el nacimien-to de la ciencia ....-Ellnterls por la
verdad.-La necesidad religjosa~ su bi1SC y signífi-cllc1nn social.
Hemos recono~ido que la voluntad constituye el
ele-mento decisivo de la vida consciente. Pero la voluntad consciente es
determinada por motivos; los cuales tienen en el hombre individual la forma de
necesidades é instin-tos, El primado de la voluntad sobre la razón es, por
con-siguiente, el primado en la vida consciente de los instin-tos y las
necesidades que son los últimos resortes de las acciones humanas. Y ya que la
sociedad consta de indivi-duos aislados, movidos cada uno por sus instintos,
110 puede el comercio social tener otro fin que la satisfacción de las
múltiples necesidades de estos individuos. De las
·l~ EL .'¡ARXIS~IO
nCCesidades bumanas pueden hacerse los siguientes
gru-pos principales:
l." Necesiuades psicológicas de la
propia CO¡berl';¡
l ¡fin y goces sensibles.
.).. Instinto
sexual.
3. " Instintos de
simpatía.
-1." Instintos
ego-altruístas.
5.° Instintos
desinteresados; esto (:s, que
no descan-
san en un interés
práctico.
El primer grupo tic neCl'siuades forma la base
psicoJú-gica de la vida individual, y es común <JI hombre y al reino anima\.
Y, por correspolH.ler á la satisfacción de esta ne-ccsidad de la conservación
de la vida una sensación de placer, se cambi<J en otra unida estrechamcllte
con ella, la que tiende á los goces sensibles y á la más total y com-pleta
satisfacción de las necesidades fisiológicas del or-ganismo,lo que no siempre
corresponde, y á veces-como en los excesos sensuales de toda clase-, se opone á
la propia cOllservacipn de a(lué\.
A la satisfacción de este grupo de necesidades
sirve aquella actividad que Marx y Engels nombraron: "pro-ducción de la
vida inmediata" y, en general, identificaron con la actividad económica.
Claro está que la inmediata conservación, la producción de los medios de
susteuto, es una condición previa de toda otra actividad. De la espe-cial
urgencia de las necesidades de este grupo tom<J ElIgels su importante
argumento que en defensa del mate-rialismo histórico no se cansa de repetir,
casi literallllen~
EL MARXISMO 49
te, en diversas ocasiones. Este argumento consiste
en de-cir: • que los hombres necesitan comida, bebida, casa y yc:sti do antes
de hacer política, ciencia, arte,religión, etc., que, por consiguiente, la
producción de los medios de vida materiales é inmediatos, y con ello,el
correspondien-te estadio del desarrollo económico de un pueblo ó de un período
bistórico, forma la base sobre que se desarrollan las instituciones políticas y
jurldicas, el arte, y, aun las ideas religiosas de [os hombres que en él viven"
(1).
No se puede discutir á Engels, que sin comer y
beber es imposible hacer política. Pero con esta verdad pro-fllnda no queda
resuelto sin más el problema de las rela-ciones entre la ·producción de la vida
inmediata" y la política, arte, religión, etc., ya que estas relaciones no
son en realidad tan sencillas como Engels piensa. La pro-ducción de los medios
de vida necesarios, no es el único fundamento de la política, religión, etc.,
sino que, por el contrario, también estas son bases de aquélla.
Tomemos por ejemplo la producción del vestido, que
forma una de las partes.más importantes de la producción económica. Estamos
acostumbrados á considerar el ves-tido como una .de las nec~sidades
indispensables de la vida; sin embargo, es un hecho comprobado por la mo. derna
ciencia etnológica, que "el hombre se ha procura-do adorn os antes que,
vestidos. y que el vestido es, en parte, sólo un desarrollodeLadorno mismo.
(2). Hay pue-blos en los que no.seencuentra huella'de vestido alguno; pero en
ninguno faifa una forma cualquiera de tosco ador-
(1) El
demócrata social, 1883, núm. 13: "Discurso de Engels 'ante la tumba de
Marx•• cllado en. Woltmasm; El materialismo histórico, 1900. pág, 213.
(2) l.ippert,
La historia de la cultura, 1885, tomo 1, pág.
175 ..
4
50 EL MARXISMO
no.
"Esta primitiva inclinación
del hombre á
sobre:;alir
individualmente,
á hacerse visible
como individuo me·
diante algún distintivo que no provenga de sll
natura-
leza, esta originaria aspiración del hombre,
distingue su
especie de
las de los
animales más inmediatos á él de
una
manera tan peculiar
como el liSO de herramien-
tas. (1). Lo mismo indica
Ralzel cuando observa
la ali-
ción de los australianos al adorno, aun estando
faltos de vestido, en un clima frío. u Llevan más adorno que ves-tido. (2). Lo
que también puede aplicarse á muchos pue-blos de negros de Afeica; consideran
el traje como adorno, y van desnudos en el mal tiempo, y, en cambio,
ostentosa-mente vestidos cuando el tiempo es más hermoso (3).
Hoy no puede afirmarse que el vestido primitivo no
sirviese más que para reservar al cuerpo del frío. Otra cosa ocurrió más tarde;
lo que primero fué sólo cosa ho-norífica y de adorno, se convirtió, con el
tiempo, en una
necesidad indispensable para la vida.
Sería, sin embargo, absurdo medir el sentido
estético
de los pueblos primitivos por su afición al adorno.
No por consideraciones estéticas estimaban estos pueblos el propio adorno, sino
por sentimientos bien distintos como la vanidad, el deseo de imponerse á los
demás, etcétera. El traje primitivo no era un medio de aparecer hermo-so á los
demás, sino de hacer impresión sobre ellos. El adorno predominaba como un
distintivo social-así
como hoy las condecoraciol1es~,
selial de la soberanía
La
historia de la cultura, 1885,
(l) Lippcrl, lomo 1, páginas 17,'}
y 176. RalLel,
Etnologla, 1886, tomo n, pág. 38. ,
(2)
(3) Spencer,
Los principios de la
Sociología, 1879, parle -L" pa·
gina 180.•.
EL ,\lARXISMO 51
de clase; en muchos pueblos, ciertos adornos, eran
privi-legio de las clases dominantes. Las pieles de animales selváticos eran
distintivo de los caudillos y bucnos gue-rreros. "En el proceso evolutivo
de la necesidad del ves-tido, que está tan estrechamente unido con la
inclinación 1l1Lmana al adorno, se reconoce claramente la aspiración social á
la importancia, separación por rango, y acentua-ción de las posiciones
culminantes en la sociedad .. (1). Por consiguiente, ha representado la
política un papel capital en el origen del vestido; la política, y hasta un
cierto gra-do la religión. u Muchas manifestaciones del adorno hu-manO
pertenecen originariamente al campo del culto, Ó t.:stán en tan íntima unión
con él, que no se puede com-probar cuánto tienen de culto, y cuánto de amor al
ador-no tales fenómenos" (2).
También el desarrollo de la producción de alimentos
se ha realizado bajo la influencia pode~osa de necesida-
des, que no tienen nada común con la de
alimentarse. Un estadio muy importante de la evolución económica fué el paso á
la domesticación de ganados y al pastoreo. Y está comprobado, sin embargo, que
ningú·n miramiento econó-mico llevó los hombresá este progreso. upoppillg,
llama
á los indios
sudamericanos maestros en el arte de la doma', pero hace notar que se
consagraban á este arte, general-mente, con monos, papagayos y otros
compaiieros de juego. Sus chozas están repletas de estos animales. Bien se
puede pensar, que el poderoso instinto de -sociabilidad condujo más bien, á los
hombres, en sus primeros pasos para lograr animales domésticos, q¡.te nt'>
la consideración
. (1) Gurewitsch, La ~volución de las necesidades humanas, 1891,
pag.56. .
(2) Lippcrl,
ob. cH., pág. 177.
52 El. ,\\AHXISlIlO
de la
utilidad que reportasen, y que sólo después debió
aparecer ésta. En general, el hombre, cU:lIldo se
encuen-tra <.'n un lli\'el de cultura inferior. hace primeru lo que le
agrada, y sólo después, obligado por la necesidad, busca lo útil" (1).
Según la opinión de Lewis ]\'1organ: "En el comienzo dI.: la dumeslicaciún
se hizo la dd jll.:rru, para kner 1111 CUnlp,¡nero de caza; así como en otros
IKTÍodos la presa y educación de las crias dI.: otros animalt.::s, quid sólo
correspondió al ingenuo deseo de poseerlos" (2). "La inclinación de
los hombres á tener animales bajo su dominio, observa Lippert 110 podría ser
dl.:scubierta desde sus comienzos: se pierde confundida con la in-clinación
infantil al juego ..... Así, hoy toda\"ia, trae á
veces el
cazador un raposo á casa,
sólo con ánimo de dar
á sus hijos un
juguete" (3).
Puede, pues, pensarse que al instinto del juego
co-rresponde tal vez la más grande influencia cn la domesti-cación de animales.
La religión ha colaborado con él en buena parte. El perro-el primer animal
doméstico-, ¡ué considerado por diversos pueblos como animal sagrado, y, con
otros muchos, cuidadosamente atendido. La \'ani-dad y la aspiración al poder
social movieron por su parte
á los hombres
primitivos á domesticar animales feroces. En muchos pueblos primitivos era
costumbre de sus cau-dillos, y lo ha seguido siendo hasta nuestro tiempo, tener
lobos, leones ó leopardos domesticados, y, ciertamente, su aparición en
compañía de alguna fiera produciría profun-da impresión en las muchedumbres.
(1) HalzcI, Alltropogeografia, tomo l, 2.' edic. 1899,
pág. 49-1.
(2) l\\organ,
La sociedad primith'a, trad. alemana de Liclihoff, 1891, páginas 35 y 36.
(.3)
Lípperl, ob. cit., páginas 128 y
129.
EL MARXISMO 53
Se ve, por c.onsiguiente, el poderoso influjo que
han ejercido sobre la evolución económica, motivos que nada tenían de
económicos. Las necesidades menos imperio-sas, como la de adornos y
distintivos, han favorecido di-rectamente ralllas de la producción de los
medios de vida lllds necesarios. Los hombres prefieren á menudo, contra lo que
Ellgels piensa, lo inútil á lo provechoso; ya vemos, por ejemplo, cómo la cría
de animales 110 fué introducida por los inmensos beneficios económicos que
reportó des-pués, sino, sencillamente, por el humor infantil de tener en dIos
compañeros de juego. Desde luego, no es muy cuerdo proveerse de cosas
secundarias, cuando se carece de las indispensables; pero no debe perderse de
vista, par3 comprender bien el curso irracional de la historia, que los
hombres, los primitivos en particular, son seres de suyo poco razonables.
No quiere decirse con esto, que la producción de
los medios de vida no sea una base de la vida social. La vida de los hombres
primitivos está casi en absoluto con-sagrada á la busca de alimentos. La lucha
por la existen-cia, que según las modernas concepciones, tiene tan gran papel
en la evolución de los organismos, es, pri'mera-mente, lucha por el alimento.
Desde luego que la vida de los hombres, aun de los más primitivos, es
incomparable-mente más rica que la de los animales, y no se reduce al cuidado
de la propia conservación; pero estas atenciones forman aun para la mayor parte
de los hombres civiliza-dos su ocupación más importante. En su consecuencia,
ella exige al hombre, tanto mayor tiempo de trabajo, cuan-to menor es la
productividad del mismo. "Antes de la invención de herramientas y del
aprovechamiento del fuego, aun en ¡as comarcas privilegiadas, las necesidades
;jI El MARX1S.\lO
de alimento y descanso exigían á los hombres todo
su tiem po" (1) _ "Los rendimientos de la caza y de la cría~dice
Grosse-soll tan insl'guros, que <'1 mClludo no bastan para los tiempos de
escasez. Con razón cuidan los bosquimanos y australianos de llevar un
CillltIrÓn contra el hambre. Los habitantes de la tierra del fuego padecen cnsí
constantemente la miseria; y en Ins nnrraciones de los esquimales, es asunto
tan frecuente el hambre, que fácil-mente puede deducirse el terrible p<lpel quc
tienc ell su \'ida" (2), La falta de alimentos accesibles condiciona
tod<l la vida de estos pneblos. Así no pueden nunca formar grandes núcleos
de población donde sólo pueden encon-trar alimcntos para una peql1eíia horda; y
llevan siem-pre vida nómada, ya que la permanencia en un mismo Itl~ar acabaría
por agotar los pocos mcdios de sustento que alJj tuviesen. Sólo pueblos ricos
son capaces de tomar parte en 1<1 cultura matcrial y espiritual: para ello,
es con-dición necesaria que el trabajo haya conseguido ulla cier· ta productividad.
Las condiciones de la produccióll d~ alimentos, y, en general, de los medios de
vida necesa-rios, pueden ser, bajo ciertas circunstancias, un factor social-
importantísimo, sobre todo cuando el respectivo gíUpO social padece la carencia
de estos medios. Pero cuando no amenaza al hombre el peligro de la miseria,
des-piertan en él necesidades múltiples, que no tienen nada de común con la
necesidad de alimentarse, y que ejer-cen, como se ha indicado, el mayor influjo
en el desarro-llo de la "producción de la vida inmediata".
(1) Lippcrt, Historia de/a Cultura. 111, pág.
uS.
(2) Grussc,
LIIS formas de la familia J' llls de
la eco/Jomía, 1896.
pág. 36.
El MARXISMO 55
11
Junto á la necesidad de alimentarse, hay en el
hom-bre otro instinto poderoso, no menos indispensable para la conservación de
la especie, que es el instinto sexual. El hambre y el amor son, según la
conocida frase de Schiller, las dos fuerzas que mueven la naturaleza. Am-bas
arraigan en lo hondo de la naturaleza animal del hombre. Es muy característico
que los autores del mate-rialismo histórico en su preferencia por la
explicación científico-natural de la historia del hombre ai'ladiesen este
segundo instinto humano, totalmente fisiológico, recono-ciendo su decisiva
fuerza social. Esta nueva manifesta-ción del materialismo histórico fué
desarrollada por En· gels, comO ya se sabe, en su obra El origen de la familia,
de la propiedad privada y del Estado. De este modo des-apareció el primitivo
monismo riguroso de la concepción materialista de la historia.
El americano Margan puede ser considerado como
pre-cursor en este punto. En su famosa obra La sociedad anti-gua, hizo el
atrevido ensayo de construir una historia de la evolución de la familia válida
para todo el mundo. Sobre la creencia en la unidad del origen de las razas,
afirmó la absoluta identidad de 105 períodos de evolución de la fa-milia en
todos los pueblos del globo. por muy diferentes que sean sus condiciones de
vida (1). Encontró en todas partes las mismas formas familiares que con férrea
nece-sidad se sucedían en un proceso inaltp.rabl'e.
(1) ¡\lorgan,
La sociedad primitiva, pág .. 319,
56 EL
I>\ARX¡SI>\O
El intento de
Margan puede hoy considerarse decidi-
damente COl1l0 fracasado. Las más recientes
investigacio-nes etnológicas prueban, con evidencia, lo insostcnibk de todo sn
proceso evolutivo, cuyo punto de partida es la "familia
consanguínea", por más que su existencia, según concesión del mismo
Margan, "debe ser probada por otros medios que la alegación de esta forma
de familia" (l). Más exactamente, que ella sólo existía en la fantasía del
autor de La sociedad primitiva. Después aparecen, en 10-; esqne-mas de Margan,
otras formas familiares encontradas cn diferentes pueblos, y con todas ell'ls
se hace una scrie aplicable para todos los pueblos existentes.
Es ciertamente extraño que por esta vacilante
cons-trucción se vieran en el caso Marx y Engcls de abando-nar los pensamientos
capitales de su filosofia de l'l histo-ria. ¿Qué otra cosa sino tal abandono,
significa la siguien-te afirmación de Engels?: "Las instituciones
sociales, bajo las cuales viven los hombres de una epoca y país deter-minado,
son condicionadas por ambas formas de la pro-ducción: por el momento de
evolución del trabajo, por una parte, y de la familia por otra, Cuanto más
atrasaclo está el trabajo, cuanto más limitados son sus prod uctas y la riqueza
de la sociedad, por consiguiente, tanto más ef~c tivamente dominado por la
familia aparece el orden so-cial" (2). Por consiguiente ya no un sólo
momento-los factores materiales de la economia-, sino dos distintos é
independientes dominan la vida social.
Pero. ¿merecían las afirmaciones de Margan una alte-
(1) Morgan,
ob. cit., p,ig-. 337.
(2) Engcls,
El oligen de la ja 111 ilia. de la propi<'dacl pri¡'acl'l JI del
Es/ario, 8." cuic., pág. Vil!.
EL MARXISMO 57
ración
tan importante como la llevada
á cabo en los fUll-
damcntos de la concepción materialista de la
historia? Lo insostcnible dc aquellas puede hoy asegurarse, como queda dicho.
Hasta parece, que si en algún campo de la vida social son decisivas las
condiciones económicas, es precisamente en la familia.
"En la misma medida que el conocimiento de los
hcchos etnológícos va ganando terreno-dice con razón Grosse-. va perdiendo
prestigio la teoria de Margan" (1). El investiuador americano consideraba
al matriarcado
"'.
como Ulla forma originaria de la familia que
precedió en mucho al patriarcado. Esto parece ser erróneo: una obser-vación
detenida de las relaciones familiares en los pue-blos más inferiores, ha
demostrado que la familia patriar-cal es en ellos la regla. La mujer es en
tales pueblos una csclava de su marido, quien dispone de su vida y trabajo
COIllO de la de sus hijos (2). El mayor error de Margan era su idea capital, su
punto de partida: la creencia en la semejanza y aun identidad de la evolución
de la familia en todos los pueblos. Los hechos han demostrado que esto carecía
de base sólida. No hay un proceso evolutivo de la familia que tenga validez
universal, estando deter-minadas las formas de la misma en los diferentes
pueblos por sus particulares condiciones de existencia. La familia no es un
fenómeno social independiente de los demás; está incluido en la acción
recíproca que á todos alcanza,
(1) Grossc, Las formas de la familia, pág. 4.
(2) En
los cstados más atrasados, 'cl único poder 6 soberanía es el del hombrc sobre
la mujer y cl niño, podcr in.condicional é ilimitado por consiguientc •. R.
Hildcbrand, Dl!I'echo y moral en los dijert!lItcs pe-rlodos económicos,
1&96, pág. 5.
58 EL
MARXISMO
lo que hace imposible fijar leyes especiales que
presidan su evolución,
Así, por ejemplo, se explica, por meras condiciones
económicas, el predominio en algunos pueblos de la ge-neraCiÓI1111aterna
(J1uttersippe), que puede tomar la forma de un "erdadero matriarcado, Los
i\1utfl!rsippe!l son una aparición tardía que sólo se encuentra en pueblos
agri-cultores. En los cazadores, dominan las familias aisladas presididas por
el padre; y en los dedicados al pastoreo toma el patriarcado sus formas más
rígidas,. Todas estas difercncias tiencn su explicación en las condiciones eco-nómicas
de los pueblos rcspectivos, Caza y pastorco son ocupaciones masculinas;
mientras que en la agricul-tura, originariamente, se ocupaban las mujeres en
las fun-ciones de la recolección. Por esta razón no es raro ver cómo los
pueblos agricultores consideraron la tierra pro-piedad de la mujer, y de aqui
que apoyada en la supre-macía económica, alcanzara la mujer la soberania de la
familia y de la tribu. La agricultura primitiva exigía la cooperación de muchos
trabajadores, y esto explica tam-bién la mayor comunidad de unas familias con
otras. Así nace, de la familia patriarcal del cazador, que por su mis-ma forma
de adquirir los alimentos no podía vívir en grandcs grupos, la familia más
extensa que comprende los paricntes consanguíneos, constituyendo Mutfersippe,
tipo de los pueblos agricultores,
Es, por consiguiente, muy natural que el abandono
en que Marx y Engels dejaron su propia teoría para recoger la de Margan, no
haya conseguido la aprobación de los más de sus adictos. Cunow, el mejor
conocedor, indiscu-tiblemente, entre 10s marxistas, de las condiciones de vida
de los pueblos primitivos, apoya la evolución de la
EL MARXISMO 59
familia sobre las condiciones económicas. Con él
Con-cuerda Grosse, cuya opinión, no siendo la de un partidario del materialismo
histórico, resulta aquí más importante. De su notable in vestigación de las
formas de la familia en los diferentes pueblos, obtiene el siguiente resultado:
"Que en cada estado de cultura predomina aquella forma en la organización
familiar que más se adapta á sus rela-ciones y necesidades económicas (1).
No hay, pues, fundamento para considerar la
evolu-ción de la familia como un proceso independiente de las condiciones
económicas. El instinto sexual, como el de conservación, son indispensables
para que la especie se perpetúe; pero tienen en la evolución social una muy
di-versa importancia. Mientras la tendencia á mejorar las condiciones
económicas es el aguijón que mantiene á la humanidad en lucha constante con la
naturaleza, y le pre-senta nuevos fines, y exige nuevas fuerzas, apenas canse·
guido un ascenso. en el desarrollo de la economía; el ins-tinto sexual es
conservador y llega pronto á saciarse. Así como en la esfera de la economía la
humanidad tiene tra-zado un recorrido casi infinito y siempre progresivo; en su
vida sexual podría decirse que camina sobre un círcu-lo. Las formas de la
familia en algunos pueblos primitivos se diferencian poco de las d~ nuestras
naciones civiliza-das; y, en cuanto se refiere á la situación de la mujer en la
familia, con toda nuestra civilización, estamos acaso más atrasados que algunos
pueblos descritos de mano maestra por Margan. Esto es lo que mejor prueba qué
poca parte ha tomado el amor familiar en el il1considerable
(1) Grosse, Las formas de la familia, pág 2·t5.
(iO EL "¡'\RXIS.\\O
progreso alcanzado desde entonCes. Igualmente, lo
equivo-cado que seria conceder la misma importancia al "amor" que al
"hambre" cn su calidad de fadorés sociales.
III
Que hay en la naturaleza humana instintos de
simpa-tia independientes y distintos de los enunciados, no ofrece ninguna duda.
Ticncn, al parecer, un doble origen. Por lo pronto, se han desarrollado de uno
de los más subli-mes sentimientos del hombre: del amor materno. Esté es tan
e1emcntul y originaría como los dos ya estudiados. En llIucllas especies
animales se encuentran, como es sabido, ejemplos muy seilalados de amor
materno. mientras en otras carecen por completo los padres de todo apego á sus
crías, lo que ticnc su mcjor explicación en la selección na· tmal. Cuando es
necesaria para la conservación de la espe-cie el cuidado de los padres, las
crias SOIl atendidas por ellos, especialmente por la madre; en otros casos
desapa-rece, desde luego, entre ellos toda relación. Así ocurre, por ejemplo,
en las especies que ponen huevos en tal cantidad, que se hace: superflua toda
esmerada solicitud.
El hombre recién nacido necesita de llIuchos más
cuidados que las crías de cualquiera otra especie. Sin el amor materno no
hubiera podido existir la especíe huma-na, y ello explica la fuerza con que ha
arraigado este sen-timiento en nuestras almas. Sobre esta base se desarro-llan
los sentimientos de simpatia entre los consanguíneos
y parientes.
Otra raíz de este sentimiento que une, no sólo
allega-dos, sino también extraños con estrecho vinculo, está en
EL
IIIARXISMO 61
el instinto
de sociabilidad, tan elemental
como el amor
materno.
Es también común
á otras muc?as especies.
Asi como hay
animales que sólo viven en grupos, otros
no sicntcn
ninguna inclinación á
la vida social;
lo que
forzosamente
depende de las condiciones en que se
da la lucha
por la existencia. Los carniceros,
como los
leones y tigres, son insociables, lo que fácilmente
se com-prende ya que sus presas, siendo escasas en grandes ex-tcnsioncs, no
bastarian nunca para alimentar á un gran
g-rupo. Búfalos, caballos salvajes, antílopes,
etc., viven, por el contrario, en grandes rebaños, y muestran la ma· yor
inclinación á vivir reunidos, ya que por ser herbivo-ros cnCllentran siempre
alimento en abundancia, y tam-bién para de este modo amedrentar y poder
defenderse fácilmente de los ataques de otrás fieras. Sólo en rebaños pueden
vivir, y por eso, sin duda, se ha desarrollado en
ellos el instinto
gregario (1). .
Este instinto,
según opinión de Groos, está formado
de otros dos más elementales, "el de acercarse
á sus con-géneres, y el de cambiar entre sí llamadas de seducción ó de
alarma" (2). Estos instintos son comunes á todos los animales sociales, y
entre ellos al hombre en primer lu-gar. No se conoce raza humana alguna cuyos
miembros no vivan reunidos en asociaCiones mayores ó menores. La necesidad de
vivir en sociedad con nuestros semejan-tes ha hecho en el hombre del instinto
de sociabilidad una de las más sentidas necesidades, cuya no satisfacción llega
á ser tortura incomparable.
(1) Véase
Spencer. Principios de sociologla, 1872, 2.'_ edic., par-te 8.', cap. V;
también Ammon, El origen del instinto social. Revisia para ciellcias sociales,
190L
(2) Carlos
Gro05, Los juegos de los hombres, 1839, p~g. 431.
62 EL
MARXISMO
El amor á los consanguineos y el instinto de
sociabi-lidad, constituyen las bases psicológicas más importantes de la
comunidad humana. Entre los hombres nacidos en la misma comunidad se
desarrollan sentimientos de sim-patía de distinta intensidad, naturalmente, y
el amor reci-proco que AugustoComte designó altruismo, en oposición al egoísmo.
La preexistencia de sentimientos altruistas en la naturaleza humana es
innegable. El problema está sólo en saber qué fuerza alcanzan en realidad, y si
puede reconocerse en ellos un factor histórico poderoso.
Un sociólogo inglés-Benjamin I(iúd-ha pretendido
demostrar recientemente que los sentimientos altruistas predominan en la
sociedad moderna (1). Ha llegado á esta conclusión fundándose en originales
consideraciones so-ciológicas, cuyo pensamiento central está en descubrir, en
el sentido moral de un pueblo y na en su capacidad intelectual. la clave de su
victoria en la lucha por la exis-tencia.
Ello es exacto, hasta cierto punto. Pero Kidd se
equi-voca al determinar las cualidades morales que conducen al triunfo en la
sociedad actual. Mientras no desaparezca la guerra de la Historia universal, un
desarrollo próspero de los sentimientos altruistas será difícilmente favorecido
por la selección natural. Dureza de carácter, impasibilidad ante los
sufrimientos del enemigo, son cualidades necesa-rias á un buen guerrero. Kidd
tiene muy elevada opinión del carácter nacional de los anglo-sajones, y descubre
en el altruismo la principal causa de sus· éxitos políticos y económicos. Es
muy posible; pero ciertamente, sólo su
(1) B.
Kidd, Evolución social, trad. alemana de P!lelderer, 1895. pág. j.l7.
EL MARXISMO 63
amor patrio le ha infundido la creencia de que las
exce-lencias de los anglo-sajones están en su abundancia de sentimientos
altruistas. No el altruismo, sino la tenacidad en la persecución de fines
egolstas, en su mayoría; la per-severancia y valor para vencer' obstáculos y
resistencias, explican mejor sus victorias en la lucha por la existencia. Lo
que Kidd cuenta del solícito amor de las clases domi-nantes, en el orden social
actual basado sobre la explo-tación, es tan ingenuo que no necesita ser
refutado.
Precisamente las condiciones de la lucha. por la
exis-tencia de muestran por qué los sentimientos altruistas en-cuentran terreno
tan poco favorable en la sociedad pre-sente. "Entre las tribus salvajes -
observa con razón Spencer-, prosperaron los brutales en las luchas con los
generosos, á ellos pertenecen las primeras asociaciones; y durante el curso más
amplio de la historia, se ve mucho tiempo á la opresión y á la violencia como
compañeros inseparables de la evolución política. Las gentes que for-maron las
sociedades mejor organizadas no fueron origi-nariamente, y mucho tiempo
después, otros que los salva-jes más fuertes y astutos. Y aun ,hoy, cuando se
sienten libres de la influencia exterior que ha cambiado su aspec-to, no se
muestran mucho mejores .. (1).
y como la
organización política de la sociedad camina del brazo de la guerra, es natural
que los pueblos más guerreros, los más crueles, por consiguiente, alcancen la
civilización. Hoy mismo hay muchos pueblos primitivos. que muestran un grado de
altru[smo sorprendente y que supera en mucho al de las modernas nacion~s
civilizadas;
(1) Spencer.
Principios de Sociotog/a; 1882, parte 5.'. pág. 258.
pero es característico que poseen una organización
po-lítica muy abandonada (1).
La moderna sociedad capitalista es tan poco
adecuada para el desarrollo de los sentimientos altruístas, COIllO el antiguo
despotismo guerrero. Cierto que las .costun:bres son más pacificas; el
homicidio y otras méllllkstaclOnes de la violencia física son cada día más
abominados, y sólo en casos excepcionales, como en la guerra. frente á los
enemigos, se les reconoce licitud. Las mismas guerras se dan con menOS
frecuencia y duración. Somos, ciertamcnte,
menos crueles que nuestros predecesores. Mas para
la ex-pansión del verdadero altruismo, de la bene\'o~cIlcia des-
interesada entre los hombres, deja poco espacIO el
orden social capitalista. La violencia ha tomado formas más tem-
pladas; pero no ha terminado, ni con mucho, ya que
la so-ciedad capitali~tase apoya, no menos que la de esclavos y
la feudal, en la' explotación por unos pocos, de la
gran mayoría de los hombres. La despiadada compet.cn~ia que
hace del capitalismo la ley del medro economlCO, se
manifiesta como una colosal acentuación y desdoblamien-to de las asperezas de
la lucha por la existencia, que si ha revestido una apariencia menos cruel,
.exige, en cambio, un mayor esfuerzo por parte del individuo. Sobre lo q~e
Carlyle llamaba cash-nexlls, difícilmente se desarrollaran
sentimientos altruistas.
No parece, pues, que los sentimientos altruístas
hayan tenido nunca en el curso de la historia tanta fuerza como para ~er
poderosos motores de la evolució? so:ial se. ne-cesita. Esto puede decirse
tanto de la hlstona antIgua
(1) Véase
Spenccr, ab. elt., párrafos 437 Y 57-1.
Principios de Étj·
~a, pár.
153.
EL M,\RXISMO 65
como de la
moderna. Sólo en grupos reducidos llega á
tener gran importancia el sentimiento de simpatía
como cimicnto del comercio entre los hombres. La participación CII los
sufrimientos y alegrías de los demás descansa en la capacidad de los hombres de
reflejar en la propia la vida consciente del prójimo. Capacidad que presupone,
natLlfalmente, estar identificados lo suficiente con otros hOlllbres, tener
mncho de común en sus intereses espiri-tuales. Cuanto más estrecho es el
círculo en que los hom-bres se relacionan, tanto más fuertes sentimientos de sim-patia
hay entre eilos. En el seno de la familia se dan los más poderosos; y sólo en
este estrecho círculo enCOll-tramos u n amor recíproco, verdadero é intenso,
desinte-resado y dispuesto al sacrificio. Los hombres de una mis~ llIa clase
simpatizan también. por regla general, con más i ntcnsidad entre si que los
representantes de clases diver-sas. De este modo nace un sentimiento de clase
que, unido
á otros
scntimientos cgoístas y ego-altruistas, llega á ser uno de los más poderosos
resortes de la Historia. El amor patrio no es tampoco un sentimiento altruísta
p'uro, le integran elementos, como el orgullo nacional, que son más bien
ego-altruistas.
No es extraño ver en la nacionalidad el límite
máximo de la simpatía entre hombres modernos. Entre miembros d.; razas
diferentes puede faltar completamente, lo que ex-plica, ya que no puede
justificar, fa crueldad de los euro-peos con hombres de otro color.
(;t;
IV
A::;í como el hombre 1Il0defllO no e:> capaz de
simp;¡-tizar en a110 grado con los sufrimientos d~ un e:;traiJo, es, sin
embargo, muy sensible al ¡¡precio ó desconsideración que knga éste para su
persona ó sus actos. Aspira ,;iem-pre á ser considerado, atendido, premiado,
quierc ser obedecido. Envidia á los que disfrutan l1e una gr;lI~ popu-laridad y
aspira á poseer fama y poder ::;ocial, ~".~I" ;'1 la mayor felicidad.
Todos estos sentimientos, lIamndos por Spencer ego-altruistas, constituyen
otros tan tus Illütivos importantes de la conducta de los hombres civiliz;lllOS
y de los I·rimitivos.
"El hombre más rudo-~dice Lipper- 110 se
COl110fl11a con existir como los animales. quiere scr observad .. , te-ner
algún valor ante sus semejantes" (1). "Por grande que sea la vanidad
de los hombres civilizados, corre~;pol1de á la de los que no lo son" (2),
escribe también Spencer. "En adornarse á si mismo se ocupa y'preocupa mas
\111 caudillo salvaje que cualquier dama elegante de nuestro tiempo". No
le importan nada las penas físicas del tatuaje y otras torturas á que se
somete, con tal de que Sil aspecto sea llamativo é impresione. ".;lgún
caudillo salvaje que adorna su peinado COI1 magníficos penachos de cerdas 110
pllede recostar la cabeza para descansar y tiene que con-tentarse con dormir
apoyando la cerviz en un tronco. Tam-poco el anillo de la nariz y los tajos que
los botocudas se hacen en cllabio inferior, ni los adornos cortantes y pun-
(1) l.ippcrt,
¡lislOr;" ti<' /,' w/ttlm. IOl!1O
1. p;;¡;- 171;,
(2) Spcncer, Principios d,'soci%git!. lb/ti,
vol. I. pág. /1.
EL MARXISMO 67
ti agudos COn que los malayos coronan sus dientes
deben reportar Ull particular agrado á su existencia y 5011, sin cmbargo,
soportados como una tortura inevitable, pareci-da á los sufrimientos á que los
hombres se sometían para ser propicios á la voluntad de los dioses" (1).
Esta vanidad de los hombres pril)litivos, explica
la alta estimación que les merecen los adornos y fruslerías aportadas por los
europeos. No son ciertamente mira-mientos estéticos los que mueven á un
caudillo negro á aparecer orgullosamente vestido de europeo ante sus súb-ditos;
sino el mismo motivo que hace tan codiciado para
un
bllrgués francés el célebre
También se ocupa Spencer, en sus Principios de
socio-¡,gil?, de lo importan1c que ha sido y es, para la conducta
dd homhre,
e1miedo á la opinión pública. De muy pro-llullciados sentimientos altruistas
son capaces pocos hom-bres; pero apenas hay uno que permanezca indifdente al
menosprecio ó desconsideración de la opinión pública, lo que tiene su
explicación en las condiciones sociales que
1105 envuelven. Cuanto más firme es la organización
inter-na de una sociedad, tanto mayor es la dependencia del in. dividuo del
todo social, y el fundamento que le hace temer la opinión ajena y regular por
ella su conducta. Cada so~ ciedad, políticamente organizada. posee la fuerza
para Obligar á sus individuos á la obediencia. A lo terrible de la pena es
propo'rcionada la recompensa de los que someten sus obras á la imposición
social. La lucha de clases y la guerra, al oponer una valla á la expansión de
los senti-mientos ego-altruístas, han favorecído en alto grado el desarrollo de
la ambición, que ha llegado á ser hoy el sen-
(1) \Vunt,
i.:tica, tomo r, 1953, pág. 152.
68 EL .I\.\HX 15,\1O
ti miento dominante entre los hOll1l)[,~s. La
afirlllación de Nietzsche, se.l~(¡lI la que "la aspirac¡LÍI] al
poder" es la \'el-dadera esencia del Illundo, tiene mucho de \'l:rdadel'a.
El ideal dL: la moral cristiana halla su expresión
en el más desinteresado amor á los hOlllbl'l:s, e1m<Ís e1e\'adü al-truismo:
pl:TO la conducta dedi\'a del hombre actual, n" está ciertamente dominada
por este ideal ético. :\si, la re-- ligión cristi<.tnil prescribe perdOlwr
las ofensas; y la ';llcil'-dad presente, por el contrario, ha fOllllulado en su
clidi¡..;o
dd honor
como lel mayor afrenta este pl:rdol!, r poco,; tie-nen t:l valor de seguir
frente á él el mandato de Cristl!. Frente al precepto: "ama ;Í tu
prójimo", ordelw el Estado matarle en la guerra, y sin misL:ricordia
guerreal! lus pue-bias cristianos. La moral cristiana prescribe la renullcia de
las riquezas, y considera como el mayor pecado dellegar la limosna; las
costumbres reinantes protegel} la riqueza, y castigan la ml~ll¡Jicidad como un
crimen. La mural (ris-tialla, en una palabra, va minando los cimientos de
nlle~
tra sociedad, que si, apesar de toJo, se sostiene,
es grd-cias á que los hombres han inspirado su conúuela en otras normas que
nada tielH:n de análogo con aquéllas, y cuya base psicológica está formada,
ante todo. por sentimien-tos ego-altruistas, tales como la ambición (1).
El sentimiento de clase, el de solidaridad entre
los per-tenecientes á una misma clase social, es algo muy compli-cado y donde
se unen los más diferentes elementos, pre-dominando siempre sentimientos
egoístas y ego-altruistas.
La recíproca simpatía, tan natural entre hombres
que viven bajo iguales condicionl:s, tiene cierta parte en la existencia de
este sentimiento, pero no forma, sin duda,
(1) V
~a:ic. Srcncc.r. Principios de! Psicologia, párrafos 52t y
521.
El. MARX15i\1O
5n esencia; la falta de una ayuda mutua y
desinteresada entre los miembros de cada clase lo prueba diariamente así. Esta
poderosa simpatía mutua, difícilmente puede desarrollarse con fuerza, ya que
los compañeros de clase son concurrentes que con más frecuencia se temen que se
aman. Sólo frente á las demás clases muestran un podero-so sentimiento de
solidaridad, en la defensa valiente de sus intereses de clase con verd-adero
espíritu de sacrificio. Buen ejemplo presenta de ello la nobleza francesa en los
días de la revolución. El sentimiento de su hOllor de clase, la aspiración á
mantener su conducta en armonia con el juicio que su clase merecía á la opinión
pública, y, en no menor grado, la conciencia de la reciprocidad de sus
inte-reses egoístas y sus intereses de clase, determinaron su comportamiento.
Las mismas gentes, bien escasas, que desafían la
opi-nión pública de su tiempo, no son capaces de verse libres del todo de su
influencia. Si desprecian el presente es por tener muchas esperanzas en el
porvenir. Así, se hacen independientes de la opinión pública de sus
contemporá-neos, mientras se representan otra opinión ideal futUra á la que se
sienten subordinados (1).
El sentimiento de nacionalidad es, igualmente, un
conglomerado de elementos altruístas, egoístas y ego-altruístas, con marcado
predominio de los últimos. Más que amor por los compatriotas hay en él,
despego, ene-mistad y, á veces, hasta odio, para los hombres de nacio-nalidad
distínta. El orgullo de pertenecer á una nacionali-dad poderosa, la aversión
por las costumbres y la vida
(1) Véase Lacombe,
La historia considerada como
dencia, 1894,
cap. 1/1.
70 1'1. MAHXIS.\\O
extrafias é incomprensibles de los d~más, la
conciencia de los inlereses comunes, que tan cgoístamente une á los hombres á
SLl nación, son las principales razones de este sentimiento que tanto papel ha
tenido en la Historia.
La aspiración al poder social junto á la tendcnc¡a
á la propia cousen'ación y á los placeres sensibles, son los motivos más
importantes del comercio social. La luciJa por distinguirse es tan violcnta
entre los hombres, como la lucha por la exisÍl:ncia. Este es llllO de los
It.:nómenos característicos de la historia hlll11alla, y lo quc la distingLlc
dc la historia dc la cvolución tic (ualquicr otra especie animal.
La misma aspiración á la riqueza, al bicnestar
econó-mico, que se acostuJllura á poner frenk j la del poder su-cial, cstá, en
gran partc, producida directamcnte por ésta última. La riquczJ cs apetecida, no
tan sólo por los goces que hace posibles, sino también por el poder social que,
inevitablemen!c, trae consigo. La psicología de la avaricia se explico.
capitalmente por este motivo (1). Si el ansia dl' riqueza lo fuera tan sólo de
goces sensibles, tendria los
mismos límites que éstos; limites que,
decididamente no (Q1l(,ce.
Está fuera de duda que todos los grandes
movimien-tos sociales están en relación directa con la aspiracióll al poder de
los individulJs y de las muchedumbres. Cierta-mente que seria erróneo explicar
la guerra exclusivamente por este motivo; pero no puede negarse que la ambición
de los particulares, como la de las naciones, constituye un momento
importantísimo en el origen de toda guerra.
(1) Véase Gurcwitsch.
El d,'Jarro[[o de [as
I/Ncsidadcs lilllIlalllls.
1900. pág. -18.
EL MARXISMO 71
La historia universal social y política, hubiera
tenido muy otro carácter de no representar los sentimientos ego-al-truistas un
papel tan dominante en la vida de los hom-bres.
v
Los intereses prácticos dominan la vida consciente,
pero no la agotan. Los hombres tienen necesidades que no pertenecen á la vida
práctica, y que pueden ser desig. uadas de necesidades desinteresadas. La más
sencilla de ellas es el juego.
El juego no es, seguramente, tan viejo como la vida
consciente ya que los animales inferiores no juegan. En los primeros estadios
las atenciones de la vida absorben todas ¡as fuerzas del organismo; en ellos
sobra el juego. Muy pronto, sin embargo, comienza á ser el Juego, en la
evolución del reino animal, una actividad
independiente. El animal juega siempre que hace movimi~ntos inútiles;
cnJudo salta. corre, simula una caza, etc., siempre
sin otro fin que el placer de moverse. La causa de esta acti-vidad parece ser
que radica en un sobrante de fuerzas vi-tales no empleadas, y que á falta de un
trabajo útil, se aprovechan en este libre y desinteresado ejercicio, sin otro
fin que el placer que reporta. Por ello, tanto más se tiende al juego, cuanto
mayor sobrante de fuerzas no apli-cadas acumula un organismo.
Los animales más activos y laboriosos son también
los que muestran mayor inclinación al juego; los animales de presa, sobre todo,
y característicamente los gatos. El salvaje también ama el juego. ~Conocido
es-dice C. Bil-cher~que de las ocupaciones de los pueblos primitivos,
EL ~lARXISMO
las más análogas al juego son las que ejercitan con
mayor celo y con una persistencia incomprensible para nosotros. Entre ellas el
baile, en primer término ..... Todos los pue-
blos salvajes bailan
con locura hasta que, agotadas
sus
fuerzas, caen
los bailadores rendidos ..... n
Apoyándose en un copioso material dc hechos y do
cllmclltos, llega Bücher á la conclusión de "que en los primeros tiempos
de la evolución lHlIllana el juego y el trabajo no se distingui¡¡n" (:!).
Esta difcrellciaciólI L'ntre el trabajo c(onólllico y el juego pertenece á
épocas poste-riores. El salvaje juega tan seriament'C como nosotros
tra-bajamos, y rodea amenudo su trabajo de elementos de distracción y juego. El
canto acompafla al trabajo del hombre primitivo, qlle en muchos casos se confunde
con el baile.
En estadios superiores, cuando trabajo y juego
estiln perfectamente separados, pierden su significación las for-maS primitivas
del juego. Solo raramente se descubre en los pueblos cultos un interés tan
desarrollado por los jue-gos físicos, que merezca la consideró.lciól1 de fuerza
bist,;-rica influyente: tal lo fué en Roma y Bizancio donde lus juegos dd circo
fueron acontecimientos de una significl ción politica incomparable~.Palien¡ el
circC/iscs-; esta equivalencia entre el alimento y el juego no puede su más
característica en la antigua Roma.
Pero el juego es, sobre todo, importante allí donde
ha llegado á producir actividades del espíritu tan valios¡¡s como el arte.
Sobre esta relación del juego Con la activi-
(1) BUcher.
Trabajo y ritmo, 3;' edie., pilg. 10. (::!) Idclll, id. id., pág. 295.
EL MARXIS1I10 73
dad estética ha llamado la atención Schiller (1)
desarro-Ilalldo algunas ideas capitales de la Crítica de/juicio, de l\an1. El
alllor á lo bello es desinteresado y libre, y como allí "donde se da una
actividad pura y por el gusto de ejercitarse, está el juego. (2), bien podemos
considerar al ,ntc COI1\O lllH.l forma del juego. A la misma conclusión, y pur
camino distinto que Schíller, ha llegado Spencer pos-teriorlllcllte.
Lel Ilotable investigación de Biicher ha mostrado
que originariamente la m úsica y la poesía estaban estrecha-lIlente ligadas con
el trabajo económico. Hasta parece que el ritmo, que constituye la ciencia de
la música y de la poesia, procede generalmente de los movimientos rítmi-cos del
trabaju (3), Con el tiempo la música, que fué una mera ayuda del trabajo
económico, se ha convertido en unó.l de las bellas artes. Pero esto ha elevado
muy poco Sil significación como fuerza social. La música procura quizás el más
puro placer estétiro, y en este sentido nunca puede ser bastante estimada; pero
su influencia sobre las formas de la vida social no es fácil de descubrir. Es,
por ejemplo, imposible determinar qué consecuencias desfavorables al desarrollo
social de Inglaterra haya reportado la poca ca-pacidad musical de su pueblo, ó
las ventajas que Italia ó los judíos hayan conseguido con su gran disposición.
Si unas y otras fueran considerables, se podrían fácilmente determinar, mas no
parece ser este el caso (4).
(1) Véase
Schiller. Sobre la educación estética de los hombres, cartas 15-26 y 27.
(2) C. Graos,
Losjllegos de los hombres, pág. 7.
(3) Véase C. Bücher,
Trabajo y lilmo, ,cap; VII y
otros.
(-1) LlS investigaciones de Spencer para demostrar
la gran utilidad social de lit música me parecen totalmente t'quivocadas. Véase
Spcnccr, Origell y función de la mlÍsica, Ensayos, vol. 11, 1907.
71
Lo mismo puede decirse de las demás bellas artes,
aunque en menor grado, ya que la música es, cntre ellas, la que está más lejos
de los intereses prácticos de la vida. En lo que á la literatura concierne,
tiene, sin duda, una considerable Illerza social, mas sólu purque la literatura
cncierra en su forma artística UII cierto contenido ideal; ideas que son
comunes, con la literatura, á otros campus del pensamiento social, como la
filosúfia y la ciellcia. Sólo mediante esle contenido intelectual, y 110 j causa
de su peculiar elemento estético-la forma ~ha llegado ;i ser la literatura ulIa
fuerza históriGI tan grande.
El dominio de la estética pura no ejerce una
influencia considerable sobre la vida práctica lo que es natural, ya que la
esencia de lo bello consiste en su indepcllLiencia de todos los ill\en.'ses
prácticos. Ikllo es, según lu c~k bre definición de Kant, lo que gusta
desinteresadameu-te (1). Existe, en efecto, una cierta relación entre lo bello
y lo bueno, porque el placer cstdico conliene algo CIlllO~ blecedor, y por ser
la vida estética, como Kant y Schiller han acentuado, el medio más eficaz para
elevar á la ética al hombre sometido á la sensualidad. Paliemos reconocer con
Schiller, en un alma hermosa el más elevado ideal humano, sin que esto nos
mueva á descubrir en lus eh:~ mentas estéticos del arte una gran fuerza
histórica. La realidad de la vida está IllUY alejada del ideal, y si el arte
ejerce una acción moral ennoblecedora, es poca su tra,;-cendencia considerada
desde un punto de viSla sociológi-co, como también la validez que en la
sociedad moderna logran los sentimientos altruistas. La vidi.l social se red u-
(1) "La
eomplJecncia qlle determina el juicio dd gllstO. e.lrcCC de todo interés ••
Kant. Critica del juicio. Ed. <le Kchrb:lcll, pjg. 11.
EL MARXISMO 75
ce, hasta hoy ante todo, á una IUl:ha cruel por la
existen-cia y por la fuerza, y junto á ellas el interés por lo bello tiene
solamente un papel secundario.
La vocación científica tiene de común con la
necesidad estética el ser igualmente desinteresada, ó poderlo ser cuando menos.
Se puede saber para uno mismo, sin pre-tensión :llguna utilitaria, por
complacerse íntimamente sa-lJiendo. "Lo mismo que naturalezas poéticas y
niusicales, las hay también intelectuales, para las que la contradíc-ción,
oscuridad ó incoherencia, son tan dolorosas como una desafinación ó un mal
verso" (1). Hombres de tal na-turaleza aspiran á la verdad porque la aman.
La vocación científica es, en efecto, mucho más débil originariamente; alln
de~pués, la mayoría d~ los hombres sienten con más fuerza las nccesidudes
estéticas. Las naturalezas intelec-tuales son mucho más escasas que las
musicales y poéti-cas. Nunca despert~rá un trabajo puramente cientifico tanto
interés en el pueblo como una gran novela ó un trozo de música. Mas aun
reconociendo que el amor al saber se da muy débilmente en la mayoría, no puede
ser eliminado de las necesidades personales del espíritu.
Seria) sin embargo, equivocado poner el nacimiento
y evolución de la ciencia exclusivamente en el haber de esta necesid:td. La
ciencia no ha sido producida por inte ~ reses teóricos, por el amor al
conocimiento objetivo de la verdad, sino por intereses prácticos de atender á
la vida material. Tanto puede decirse esto de las ciencias puras y abstractas,
como de las disciplinas de aplicación y prác-ticas. Los intereses prácticos
predominan en todos los campos de la ciencia en sus primeros pasos. La historia
(1) H¡¡Cfding,
Psic%gia, pág. 359
7ti EL .\L\IlXIS.\IO
de las
ciencias lo prueba así. "Las dos ralllas principa-
les de la vieja matemática-Aritmética y Geometria--
deben su separación y formación independiente á !¡¡s múl-tiples exigencias del
tráfico comercial y á los problenws
que la agrimensura presentó al <.Jrte
¡te las Cllcnt¡¡S"
Las necesidades de la agrimensura y dc la
constrllC-ciólI dieron el sér á la Geometria, mientras que la :\rit-mélica se
desarrolló con las cuentas de valores. También la ciencia natural procede ele
necesidades prácricas. "Cómo ha de a~oyarse un cuerpo de determinada forma
para c\'í-tar su caída; cómo ha de ponerse en movimiento una fuerza dada; cómo
ha de aumentar la tirantez de la cuerda de un arco si la fuerza alcanzada crece
tanlo Ó cllanto; estos problemas, y otros parecidos, Ilan guiado á un Ar-químedes
y á Herón de c\lejandria en sus in\'cstigaciones mecánicas" (2).
En el nacimiento de la mecánica ha tomado buena
parte la necesidad de pesar diferentes ubjetos Lie valor. "La mecánica
racional no pudo tener otro punto de parti-da que la balanza" \3). El
origen de la Astronomía hay que buscarlo igualmente, en los intereses prácticos
de la vida. "Los intereses teóricos por los fenómenos celestes habían dado
bastante de sí, con las representaciones imprecisas que de los movimientos de
los astros se tenía en tiempo de Platón y Aristóteles; mas para lograr una
división exacta del año, se necesitaban determinaciones cuantita-tivas que se
enc~ntrarol1 finalmente, con la mayor exac-
(1) Wundt,
Lógica. tomo 11, parte L pág. 91.
(2) Idem, íd., id., pág. 263.
(3) SpCllccr, El/sayos,
1901, voL 11. Lf} géll<'sis
di' la ciellcia,
pá-
gina 50.
EL MARXISMO 77
titud posible, dados los medios de la época, en los
siste-mas astronómicos de Hiparco y Ptolomeo" (1).
No intereses teóricos, sino los intereses prácticos de
encontrar
un medio de convertirlo todo en oro, dieron
vida ¡'I la alquimia, de la cual
ha salido la química cien-
ti rica. Las ciencias
biológicas teóricas se
desarrollaron
hajo la
gr<lll influen;:ia de sus ramas prácticas: Medicina,
Zootecnia, Agronomía, etc. "Las ciencias están
ligadas inseparablemente con las artes técnicas, y sólo conven-cionalmente
pueden ser consideradas como independien-teS_ Originariamente fueron una sola
cosa. Como fijar [os uías de las festividades religiosas; cuando se habría de
sembrar; coma pesar las mercancías, como medir los arcos, etc ..... , todas
estas eran cuestiones prácticas
que dieron vida á la Astronomía, la Mecánica y la
Geo-ll1etría" (2).
No fué otro el origen de las ciencias del espíritu.
Los temas éticos y políticos han llegado á ser, relativamente tarde, objeto de
reflexión científica. "Sólo en el siglo V, cU<Inuo los sofistas,
maestros públicos de elocuencia po-litica, dejando á un lado comO inútiles
todas las especu-laciones sobre la conexión de los fenómenos naturales,
consagraron su actividad á problemas prácticos, y, espe- • cialmente. á la
formación política del individuo; sólo entonces despertó el interés por los
problemas teóricos que estaban en relación con la actividad retórica y
políti-ca .. (3). Obligados, comO maestros prácticos de elocuen-cia, á estudiar
y analizar los elementos de su lengua. á
(1) Wundt,
Lógica, tomo 11, pág. 263.
(2) Spcnccr,
ob. cit., pág. 69,
(3) Wundt, Lógica, Metodología,
11,.pág. 2.
.
78
ellos se debe también la Filologia como ciencia particular.
Igualmente la cienCIa
del Derecho ha
n<lcido y se ha desarrollado
estrechamente ligada cun la
práctica jurídi· ca. En
este respecto, es característico ,'er como entre los romanos alcanzaron
primero elaboración
cil'ntifica aque-llas secciones
del Derecho más íntimamente relacionadas con 1;1 vida cC':)JIómica, el derecho pri vado,
esp~ciallllente. mientras que el
público carece entre
ellos de tolla dispo-sición
sistemática. La otra gran rallla de
las ciencias so-ciales-
la ciencia económica·-·, tielle
igualmente sus raíces en
las necesi¡Jades pr<icticéls de
la vida social
y
hasta hoy está
estrechamente ligada con ellas.
La historia de las ciellcias confirrn<l, pues,
plenamen-te, el primado de los interl'ses prácticos sobre los teóri-cos, el de
la voluntad sobre la razón. T¡¡nto ell el campo del saber como en el del arte:
"El scntimicnto estético es Ull producto y des<lrrol!o de los instintos
que guíall á la conservación del individuo y de la especie. Pre:mponc un
sobrante de energías quc, no siendo consnlllidas en la lucha de la vida, se
aprovechan de este moLlo., (1). En lo que á la pura aplicación cientifica se
rdiere, es un pro· dueto posterior del poderoso desarrollo del intelecto
hu-mano, el cual está condicionado por la importancia pre-dominante del
~nlendimiento para la vida práctica. Sin embargo, hay que considerar también al
interés teórico como una fuerza motriz independiente é inLlispensable del
conocimiento cientifico, ya que sin estas aspíraciones, en absoluto
desinteresadas, ninguna ciencia prosperaría. En los primeros mOlllentos de la
ciencia el intcr~s teórico es débil, y sólo á medida que la ciencia progresa,
va ha-
(1) H¡jllding. Psicología, págin1J$, 3tiO ) 30l.
~L ,\IARXIS,\1ü 79
ci0nl1ose poderoso. Originariamente, estuvieron las
cien-cias !córic,ls subordinadas á las prácticas; más tarde con-siguen aqudlas
la soberanía. En esto consiste precisa-Illcnte la evolución natural de la
ciencia. Las invenciones técnicas tienen un doble origen. La práctíca de la
vida pucde presentar á la conciencia popular un probll"ma prác-tico
determinado, á cuya solución se consagran muchos hombres hasta conseguir
resolverlo. De este modo tuvie-ron lugar las grandes invenciones técnicas del
sigloXVIII, quC' trajeron consigo la revolución industrial. Así la má-qnina de
hilar fué descubierta para responder á una gran dellland~1 dc hilo que tuvo
lugar en Inglaterra; igualmente, la j]('L'.'~idad de precipitar la elaboración
de tejídos aportó la l1Júquina de tejer.
Mas las invenciones técnicas pueden tener también
otro origen. Frecuentemente aparecen como consecuencias inespl'radas é
imprevistas de conocimientos teóricos. Las investigaciones llevadas á cabo en
vista de intereses teó-ricos, reportan á veces también soluciones impensadas de
problemas prácticos. Inventos de esta índole son tan ca-racterbticos del siglo
XIX, como los conseguidos por ca-minos prácticos lo son del XVlII. Así procede
la Electro-técnica de las investigaciones y trabajos teóricos de Volta, Faraday
y otros. El máS grande de los recientes descu-brimientos, la telegrafía sin
hilos, está. en estrecha co-nexión con los experimentos de Hertz, dedicados á
solu-cionar problemas teóricos sobre la naturaleza eléctrica de la luz. También
las investigaciones teóricas de Crookes facultaron á Rontgen el descubrimiento
deJos rayos X. Igualmente una serie de trabajos científicos sirvieron
va-liosamente á Hoffmann para solucionar un problema emi-nentemente práctico.
80 EL
;\1.·\HX1S.\\O
Si la
cicncia procc(1e, pues, de necesidades prácticas
de la vida, también
ha revolucionado ésta y se
ha des--
arrollado hasta llegar á ser por sí UIl prupio fin.
El hombre lIO estudia sólo por obtener al¡.;:una utilidad inmediata, sino
también por el placer noble de canocn. r\unque, efectivamente, aun en 105
paises mas progresivos son pocas las gentes sensibles en alto grado él este
placer. Pero por muy tenuemente qne csta necesidad se sienta, su significación
sociohígíca, como fncrza implilsora de la Historia, es considerable: la
satisfacción del anhelo cicn-tífico de UllOS pocos hombres inflllye,
decisivamente, sobre el destino de la inmensa mayoría que desconoce la
necc-sidad de la ciencia. Con el trabajo solitario de llllOS cllan-tos
investigadores se constfllye el 5Oberbio edificio de la ciencia que protege la
suerte de la humanidad. El amor j la verdad ó á la lógica, como el placer
estético es uesillte-resada. No es la alegría sentida 3nk la utilidad
inmedia-ta, la correspondiente al trabajo del pensamientll. Sig-wart
caracteriza muy adecuadamcnte, como sigue, los rasgos generales de la
e\'olución de nuestros intereses teóricos y prácticos: "Primero toman las
exigencias y ne-cesidades de la vida al pensamiento ú su servicio, ponién-dole
fines que ha de prohijar y perseguir ..... Después el
conocimiento exacto de las cosas y sus relaciones,
exige del impulso científico una tarea que excede de los límites de los
problemas prácticos; nuestro pensamiento tie-ne entonces que consagrarse al
puro conocer para des-entrañar la naturaleza de las cosas y presentar, á nues-
tro saber subjetivo, un
cuadro fiel y completo del
do real. La satisfacción, pues, del ansia de
conocer, lleva en si la de aquellos fines prácticos del pensamien-tOj el
conocimiento de lo que es, es el fin illmediato que
EL MARXISMO 81
pone á nuestro pensar en movimiento y determina su
rumbo" (1).
La necesidad más elevada del alma humana es la
reli-giosa. Cierto que no es propia de todos los hombres; pero lo mismo pasa
con las necesidades intelectuales y esté-ticas. La definición más justa del sér
de la religión, la dió, en mi opinión, Schleiermacher, llamándola: "el sen
ti-¡niento de la absoluta independencia" ó "la conciencia inmediata
de la existencia general de todo lo finito en lo infinito y de todo lo temporal
en lo eterno. (2). Como es-pecíficos sentimientos religiosos merecen
consideración lus de sumisión, que no en menos grado que los de
reco-nocimiento, sobre los que la vida social descansa, perte-necen á los
instintos fundamentales de la naturaleza hu-!llana (3).
La religión, en este sentido, no puede
identificarse con la creencia en poderes ultraterrenos; "la creencia en el
demonio testimonia ciertamente la emoción del temor y del espanto; pero
difícilmente se encuentra en ella ni se-fJal de sumisión religiosa. (4).
Los pueblos inferiores creen en el poder de los
muer-tos, en el encantamiento de sus sacerdotes, ofrecen sa-crificios á sus
ídolos, pero carecen de religión en nuestro concepto. Los principales motivos
que determinan su adoración á los espíritus son completamente otros; no la
sumisión desinteresada, ni el sentimiento de la indepen-dencia absoluta. El
hombre primitivo, m"édiante la con-
(1) C.
Sigwart, Lógica, tomo J, edic. 2.",1889, pág. 4.
(2) Schleiermacher, D,iSClll'SOS 'sobre la Religión,
4.' edic .. pági-
11'1 -12,
citada por Wundt, Etica, 1, pág. -12.
(3) Wundt, Élica,
1, pág. 273.
(-1) ¡dcm,
íd., íd.
templación de algunos fenómcnos naturales, llega á
crccr en la inmortalidad de su alma. El culto primitivo se re-duce al
"cuidado del alma" de los Illuertos, á los que Sl: teme por los males
que pueden acarrear; motivos, por tanto, puramente egoístas dan vida j este
culto. Estus hombres se conducen COII Dios cn ]a misma forma que con un
poderoso enemigo viviente, haciendo lo posible para ganar su valimiento con
tributos, y sintiendo ante él m,ls
temor que reverencia.
Tanto puede decirse de la religión aparente de
muchas gentes civilizadas. El sociólogo francés Lacombe descu-bre:,
acertadamcnte, motivos egoístas en lus lid s importan-tes actos religiosos de
);1 mayoría de las gentes. Pero tam-bién se excede al considerar la religión
como 11na especie de medio de vid<l, Una economía figurada: cumo siendo la
actividad religiosa para cada hombre únicamente cl medio de conseguir ciertos
beneficios con la ayuda de supuestos poderes sobrenaturales, sin que exista cn
la naturaleza humana ningún sentimicnto religioso cspecifico (1).
Esta manera de· considerar la religión es
totalmente equivocada. Cierlo que con frecuencia el culto religioso está
mantenido por motivos extrarreligiosos; mas junto á esta religión aparente hay
otra verdadera, en nada común con la economía, por atender ésta sólo á los
intereses prácticos, mientras descansa la religión verdadera en la más
desinteresada devoción. No á todos afecta el senti-miento de la independencia
absoluta; pero quien lo sien-te pone en Dios su ideal más elevado, nunca un
medio
(1) Véase Lacombe,
Líl histori,¡ (ullsid<T<ld,¡ (011/0 d,>flcia, e¡¡p. VI.
p úr. 9."
El. MARXISMO 83
para otros fines, sino un fin en si, el más remoto
y supe-
rior, un
objeto de la mayor veneración.
Este sentimiento puede aprobarse ó no,
naturalmente, pero su existencia real no puede ser puesta en duda. No porque
las naturalezas verdaderamente religiosas sean es-casas dejan de darse. En el
ascetismo lucha la religión con el amor á la vida y le vence. Y tampoco tenemos
base para afirmar la carencia absoluta de opiniones religiosas en la mayoría de
los hombres. Si asi fuese no seria expli-L'<llJlc la tenacidad de la
creencia en poderes ultraterrenos ~n pueblos civilizados; pues el conocimiento
positivo di-fícilmcnte podría dar fundamento á tal fe.
La moralidad se ha desarrollado bajo una
predominan-'e influencia religiosa. "La moralidad sazonada es el hijo
emancipado de la religión y de las costumbres n (1). No pOlkmos representarnos
la conciencia del deber sin la ve-nuación que es, á Sil vez, el sentimiento
religioso especí-fico. Es evidente que en la moralidad de los actuales hom-bres
civilizados tiene más parte la religión que los senti-mientos altruistas.
Éstos, como ya se ha dicho, en el orden social reinante, tienen tan sólo
eficacia en círculos corno el familiar, muy estrechos. La opinión religiosa, en
sus formas, más ó menos puras, es, en cambio, común á gran-des masas. Rara vez
vemos que los hombres obren por puro altruismo; en cambio, ha despertado el
entusiasmo religioso, repetidamente, grandes movimientos populares, en los que
han manifestado los hombres un suhlime espí-ritu de sacrificio. La religión fué
siempre y sigue siendo tino de los mayores motores de la Historia.
No debe olvidarse, en efecto, que en muchos 1l1ovi-
(1) \Vundt,
t'tica, 1, p~g. 276.
Hl EL MA~XIS,\1O
mientas rclig¡osos, como gucrras, persccución de
herejes, etcétera, no predominaban motivos genuinamente reli-giosos. El
poderoso sentimiento ego-altruista del honor sc liga fácilmcntc con cl
scntimiento rcligioso, yen \'irtud de esa unión se fortalccc hasta tales
extremos el fanatis-mo religioso. El L1nático ve cn la exteriorización de la
fe' ajena una ofcnsa a sn Dios, y dla le cs más sensible qUl' las hechas á su
persona. Esto explica la acritud que ca· racteriza á las luchas religiosas. Al
perseguir el fanático, con todo el odio de que es capaz, al enemigo de su Dios,
persigue, en reali'dad, á su propio enemigo, quc, con el menosprecio al objeto
de Slll11ayor \'clleraciól1, k ha ofen-dido en lo más sellsibk.
CAPÍTULO IV
ECONOMÍA Y
VIDA SOCIAL
1,.l lHdl.~ llOf l.! L"xlskllCiLl en d mundo
or..:iÍ;nico y el1 la hisloriJ.~I. COfra'pto de la l'UI/Unll'l1:
D..:h·l'.lo:>del conrL'ptode li..l cconomia de En~ds.-C.:trJcteresde la
aClivi-11.111 vnftlt',mü';I.--!;(lrlt1i1Sd~ )a l'eonomla.~II. La r'coflomill
como JUlldlll1i.nlto de
rodll.-" llis dl'lIuis(l¡'ti!'ida,k'\:
Ell'apcl -dI;;'la cronomia en la satisfacción
de las diferclI·
ks 111.;,'o.;'SHSildi.::-i.-La economia corno base
de la fuerta
Mci31.-Fundamenlos reales
.Id :Irll'y lit:
b cienria.-La posidón
cen1ral de la econom'.:I en
la vida soci.,1.-
11 I. 1_11
I'((Hlom."a (omo ocu.pación prúlópaf
efe la mayor a de la
población: LQ in-
iiw.."IH'ia ¡ud irt'cla dc la l'COnOmiil sobre
otras actividades socíall;;'s.-La
~éol1omia y el
B1L"dio ~:,>piritItJí.-1 V" El momento
n'al de la ccollom{a: La naturaleza extedor.-Su inntl¡,;n(ij dircetíJ é
ind¡r~>:til ~ohrc la vjda s'ltial.-Plleblos salvajes y pueblos bárba.
rn'i.-L~ rdJtlV¡l lihl:rad6n de los hombres del poder dt: la naturdleziJ.-V.
COIJ-dl'/ICÜJ .l'sér soda{: Pro~íe~os genéticos y teleológlcos. - ('omllnid¿H.I
y ~oeietlad. - El rdnu de la IIhi..:~idad y el de la libertud.
Oc las diferentes aétividades sociales ha hecho
resaltar Marx la producción de los medios para la subsisténcia, considerándola
como la fundamental. La propia conser-vación de nuestra vida domina la conducta
hUmana. La lucha por la existencia entre los individuos aislados y los grupos
socialcs tiene, opina Marx, tan absorbente papel ell la historia del hombre
como la evolución histórica de los organismos en la doctrina de I?arwill.
y hasta es de creer que aun para la biología la
lucha por la existencia es un concepto demasiado limitado y que entre los
organismos no sólo se lucha por existir, SillO
1:.L
.\IAHX[S~IO
para hacerlo del modo más próspero posible. Cada
orga-nismo tiende á asegurar algo mejor y más completo que la lIuda existencia;
y lucha tellJZlllentc por conseguir el libre desarrollo de todas sus fuerzas, y
la sntisfacción de sus ncccsidades é i11c1inaciol1l's (1 j. De aquí que esta
lucha no termine, y que illlpubc siemprc plOgn:sivamcllk al mundo orgánico.
Cada triunfu conscguiJo es punto l1L pnrtida de lIuevos esfucrzos, y lIue\'JS
luchas sc siguen sin ccsar.
\' si de todos los orgallíslllOS se afirma, ¡con
cuánta mayor razón del homore! El tiene múltip!cs lIecesidades aparte de la de
cOllsen'arsc y aspira sicmpre á verlas col-madas. Cierto que es la de
alimcntarse la más aprcmiante; pcro tiene sólo un carácter absorbcnte cuando
elhallllJre le amenaza. El becho de que el hombre no sólo COI11C, Silll) que
hacc politica, ciencia, arte, religióll, ete., prueba qnl' la alternativa entre
comer ó filosofar se le presenta sólo en casos contados.
Se ha ccnsurado frecuentemente al materialismo
his-tórico que parte de una concepción muy inferior d¡: la na-turaleza humana,
y por lo menos ignora, si no niega, la~ causas más elevadas de las acciones
humanas. En cuanto
á Marx y
Engels se refiere, es cierta esta crítica. De toda la compleja diversidad de
motivos psicológicos del co-mercio humano, han recogido sólo el instinto de
conser-vación, esperando haber encontrado en él la clave de todos los problemas
de la historia universal. Con ello el marxis-mo contradice los hechos de la
vida social que mues-tran otros motivos no l1lellO~ poderosos del comercio hll-
mano;
además de que á
la apreciación objetiva de la
His-
(1) VéJSC FOllilkc, Las id",/s fuerzas. J. pág.
78.
EL MARXISMO 87
toria no escapa la importancia decisiva que tienen
para el destino dcl hombre otros instintos más débiles en él. (omo el deseo de
conocer. Si no existiese en el espíritu humano la curiosidad desinteresada, la
alegria de poeeer la verdad, no hubiera conseguido ninguna otra necesi-dad
práctica el grandioso desarrollo del intelecto humano c.:reador de tantas
civilizaciones. No se debe encarecer la importancia de las necesidades
prácticas de la vida. El hombre-el natural sobre todo-es un sér indolente que
empicza llIuy á disgusto todo cuanto no le reporta una satisfacción inmediata.
"Cada vez sorprende más-dice Ratzel--el reducido número de inventos de los
pueblos atrasados que no ven ni lo que les rodea" (1).
Todas las descripciones de los salvajes coinciden
en negarlos previsión ante el porveuir. Con tales dotes psi-cológicas es
inverosímil que hagan cualquier invención útil que no ofrezca á su
entendimiento un placer inme-diato. Menos aun pueden explicarse por la utilidad
prác-tica de la ciencia los éxitos que ella logró posteriormente. El trabajo
intelectual es para todo nrdadero investigador la mayor satisfacción que
psicológicamente nada tiene de común con el instinto de conservación.
Según esto, ¿ha de rechazarse la concepción
materia-lista de la Historia, pura y llanamente, como un sistcma unilateral y
extraviado? No lo creo. Creo más bien que este sistema es susceptible de una
reconstrucción que le haga más utilizable ,como teoría científica.
(11 Ratzcl, Arlfropogeografla, n, pág. 711.
811 EL
.\tAHXIS.\\O
( amo
elemento inservible del materialismo
histórico
considero, ante todo, el equivocado concepto de
econo-mía de que hall partido Marx y Enge!s en su filosofía de la llistoria.
Sabida es la importancia que para cada ciencia tiene poseer un concepto claro y
preciso de sus elementos fundamentales. De la ciencia económica puede decirse
lo mismo que Kant afirmó de la filosofía del derecho de S1I época; hoy todavía
se discute sobre el concepto funda· mental de la ciencia económica; sobre que
sea la eco-nomía. De las confusiones á que esto puede conducirnos ha dado
recientemente buen ejemplo Stallll1ller con su cri-tica de la concepción
materialista de la. Historia, crítica en otros muchos aspectos meritísima. El
muyor delect(, de ella está precisamente en su concepto completamenÍL'
equivocado de la economía social.
Muchos economistas-Marx y Engels entre ellos creen
encontrar en la clase de las necesidades que se sa-tisfacen la característica
de la economía. Según la opinión de los creadores del materialismo histórico,
la activida,j humana es económica cuando se dirige á la satisfacción de
necesidades de su organismo, tales como el alimento, habitación, vestido.
Cuando sirve á otras superfluas dlja de serlo.
Así dice Engels que "la producción de la vida
inme-diata", la cual forma el mamen o determinante de la Hi~~ toria,
consiste en "la obtención de medios de existenci¡¡, alimentos, vestido,
habitacíón y de las herramientas que éstos exigen" (1). Lo mismo repite en
sus cartas dd año 1894: "Entendemos por relaciones económicas-de-
(1) Engels, El origen de la familia, de 1.1 propiedad privada y deL
Estado, 8." edic., prólogo, pág. 8.
f9
terminantes de la base social-la forma y modo cómo
los hombres (k una sociedad dada, producen sus medios de viua y cambian entre
sí sus productos" (l).
Contra esta concepción de la esencia de la economía
puede arglllllentarse lo siguiente: por lo pronto es impo-sible tra zar ulla
línea de separación definida entre las ne-cesidades vitales y otras menos
apremiantes. ¿A cuáles pe rtenccell, por ejemplo, las de tener vestidos
elegantes, ¡oY'as, IlllH:blcs de lujo, etc.? Desde luego que no á la pri-mera
clase, pero la producción de vestidos la incluye En-gels en la economía.
Además, casi todo objeto puede ser-
vir á las necesidades más diversas; desde el punto
de vista ,Ié Engels, resulta, pues, imposible precisar si tal ó cual actividad
pertenece ó no á la economía. Con la piedra
igual puede construirse una fábrica que un templo;
de un lienzo pueden hacerse sacos de patatas ó un cuadro tam-bién; de la madera
lo mísmo se sacan síllas y mesas que instrumentos de música, por ejemplo, y así
sucesivamente. Toda la producción, por consiguiente, puede también ser contada
entre las actividades no económicas, ya que puede
servir á
otros fines que no son
estrictamente indispensa-
bles para
vivir. .
Partiendo de estas consideraciones renuncia
Stammler
j toda
distinción entre actividad económica y nO econó-mica y designa como economía
social á la externa y re-~ulada "cooperación dirigida á satisfacer las
necesidades humanas. (2). Por consiguíente, toda actividad social es
economía-materia de la vida socíal-en oposición al de-recho, que es la forma de
la misma. Una guerra, una feria,
(1) Documentos
de! socialismo, 1902, tomo n, pág. 73.
(2) Sta:¡
miel, Ecoflom{a)' Derecho, 1896, pág.
139.
~JO
una representación teatral, pertenecen,
según Stammler,
j la economía
social, concepto que cOlllprellde toLla la vida social, menos el Derecho.
La arbitrariedad de esta terminología es
manifiesta. Stammlcr necesita el cOllcepto marcrill d,' /11 -uida socia!
y le d:1 el nombre dL economia social. Cada
cscrilur es muy dueiio de crear una lIue\'a termíllología, pno es cvi-dente,
que economía en cl sentido (!lo Slalllm\cr, es algo lllUY diferente de lo que
gellerallllenk se comprende con este concepto. La economía, en sentido usual,
110 coincide COI1 la materia de la vida social, forma sólo una parte de ella.
La ciencia, COl1l0 el uso corriente, entiendell por eCu-nomía, en mi opinión,
no otra cosa que el compendio de las acciones humallas dirigidas sobre d mUllljo
exterior para crear condiciones aplicables ;1 la satisfacción de las
necesidades del hombre. La aclividad ecunómica se dis-tingue de la que no lo
es, ante todo, en dos momentos:
1." La actividad económica es siempre un
metlio para algo. nunca un fin en si. La economia crea medios para la
satisfacción de nuestras necesidades; pero por si, 110 las satisface. En esto
se diferencia la economía del juego y del arte, como el} general de tollas
aquellas actividades que son en sí mismas un fin. Por eso el pintar de un
ver-dadero artista, no es economía, y lo es, en cambio, di-bujar la muestra de
una fábrica. C. Bücher ve en la eco-nomia un fenómeno histórico y llega á no
consilierar tra-bajo, sino juego, la actividad del hombre primitivo. "El
juego-dice-es más viejo que el trabajo, anterior el arte
á la
producción de cosas útiles. (1). Esto me parece una exageración, porque la
obtención de alimentos para el
(1) lliichcr, El rlllcilllil'rdo de la ,'corlomill,
2." elHc., pág, 31.
EL
~\.-\RXISMO 91
salvaje, más que juego, es un trabajo muy
considerable. Pero ciertamente que Bücher tiene razón al afirmar que el trabajo
y el juego en los pueblos primitivos están poco diferenciados, y á menudo es
dificil hallar la línea que 105 separa. Hasta este punto carece la actividad de
aquellos 11Omlm:s de carácter económico.
El consumo 110 es una economía, puesto que es por
sí mismo un fin. La actividad económica termina en el mo-melito qU2 el consumo
comienza; si no, casi toda la acti-\'idad humana sería economía, ya que cada
empresa hu-ilIalla puede ser considerada como un consumo de objetos de ulla Ú
otra clase (1).
:2." La ecollomia se dirige siempre sobre la
naturale-za exterior, sobre el medio en que se da nuestra existen-cia Esto
distingue la economía de aquellas otras activi-dades 4ue tiencn al hombre por
objeto; un maestro, un juez, UIl sacerdote ó un médico al enseñar, juzgar,
etc., no obran económicamente.
Scgún su contenido, consiste la actividad económica
en la transformación de la naturaleza exterior (producción y transporte de
mercancías), en la traslación de los hombres de un sitio á otro (transporte de
personas) y en la altera-ción de las relaciones de propiedad entre los hombres
y los
(1) "Todas
las formas de satisfacción de las necesidades, de la más noble á la más
grosera, asi como todas las actividades de las que no dis-ponemos como de
nuestra capacidad de trabajo para obtener un res"lta-do arbitrario ó
justificado. sino en las c"ates la personalidad se mani-líesta y
desarrolla. no son de naturaleza económica ..... Los mismos actos de consumo y
de goce realizados con la ayuda de bienes econó-micos no son económicos, como
cualquier acto de goce en general.. Fr. \', \Yicser, Sobre d origen del valor
económico, 1884. pág. 77.
92 EL "lARXIS.\1O
bienes (cambio). En todos los casos sigue siendo el
fin dC" la economía la creación de [as condiciones reales más fa-vorables
á la satisfncción de lus necesidades humanas (1 J.
11
Es un error manifiesto aceptar que la economía
sirve exclusivamente al instinto de conservación; y tal le co-metieron Marx y
Engels al identificar la economia con la "producción de la vida
inmediata". Ellos cn tienden por condiciones de la producción~dominantes
de la vida so-cial-aquéllas referentes tan solo á los bienes indispen-sables
para la conservación de la vida como el alimento, el vestido y la habitación.
Por ello consideramos al ma-terialismo histórico como ulla filosofia de la
Historia tan unilateral que descansa sobre el desconocimicnto de la verdadera
psicología humana. El instinto de conservación es tan sólo uno de los muchos
que determinan la conduc·
(1) H.
Dietzel define la economia como ·el conjunto de acciones con las que un sujeto
cuhre sus necesidades de bienes material~s". 1;(0-/lamia social reórica,
1895. tomo 1, pág. 159. Contra esta definiCión que tiene algo de ¡;Orntlll con
la mia, tengo que decir lo siguiente: Dietzci incluye al consumo en la
e¡;onomia, habla hasta del respirar como aClo económico (ob. cit., pág. 159),
lo que me parece tan equivocado que dc esta mauera se llegaría á suprimir toda
línea de separación entre [a eco-nomía y lo que no lo es. Además la definición
de Díetzel supone que la economia sirve siempre á la satisfacción de las
necesidades del propio sujeto. lo que no es exacto. porque puede teuer corno
fin lambi~n las de otras personas: asi los cstah!cdnlicntos de beneficencia
obran económi-camente al satisfacer las necesidades de aIras personas distintas
del sujeto económico. y, por último, desde su plInto de vista es t1ilicil
re-conocer como actividad económica el viaje de una pCrS01U pilra sus ne-gados,
y fuera de toda duda, Jo es.
EL MARXISMO 93
ta humana, y sus manifestaciones están bajo [a
influencia poderosa de [a satisfacción de otras necesidades.
Esta parcialidad de [a concepción materialista de
la Ilistoria es una consecuencia del falso concepto de la eco-IIOIllía sobre
que descansa. Pero si se considera económi-co á todo trabajo, en cuanto va
dirigido á vencer la re-sistencia de la naturaleza exterior, independiente de
las llecesidades á cuya satisfacción sirva, caen por sí solas muchas de las
objecciones hechas al materialismo histó-rico. Así enil1endado, cubre el vacío
psicológico de que alItes adolecía, cuando sólo tenía en cuenta el momento de
la propia conservación, y no niega la elevada signifi-cación social de los
motivos ideales de nuestra conducta; pues la ecollomía, dominante en la vida
social, es, si se la juzga acertadamente. no menos adecuada para nuestros fines
ideales que para nuestra conservación.
Queda ciertamente por averiguar si también tomada
en este amplio sentido puede ser reconocida la economía como base del orden
social. Pero esta nueva disposición del materialismo histórico le libra de la
censura tan repe-tida y justa de desconocer la compleja diversidad de los
motivos conscientes de nuestra conducta.
Es, por consiguiente, erróneo dividir en dos·
grupos las necesidades sociales en económicas (de conservación de la
existencia) y no económicas (las restantes). No hay ninguna clase de
necesidades á cuya satisfacción no con~ tribuya la economía.
Así el instinto
sexual despierta una
muy diversa y COnsiderable actividad
económica. La mayor
parte del adorno, en los trajes
de mujer especialmente, hay que re-lacionarla con este motivo psicológico. La producción de .objetos de adorno es una
industria importantísima, tanto
I
91 EL
,\IARXr~.\\O
que en el comercio de Francia, por ejemplo, la
exportación de telas de seda figura en primer lugar. Millones de traba-¡adores
se ocupan en nuestros paises civilizados
cn la ela-boración de objetos
de adorno -el traje mismo
110 ha per-dido hasta ahora su primer carácter de prenda de adorno. De los instintos sociales el más poderoso es,
sin (hala,
el amor familiar. llno de los motivos más
cOIlsiderables del comercio económico. La aspiración de asegurar á la familia
el bienestar es la más apropiada para vcncer la in-
dolencia y despertar llna incesante actividad
econ<llllica. Una institución social tan importante corno la hercncia, una
de las bases del orden económico reinante, tiene su motivación psicológica ell
el amor familiar. Sin los senti-mientos de simpatía y de solidaridad no podría
conseguir la economía uu desarrollo superior, pues la presencia in-evitable de
la mnerte ante cada individuo quitaría todo fin racional á las acciones
ecollómicas que se cifrasen en un p,)rvenir remoto. El ejercicio lie industrias,
tales COtllO la forestal, jardinería, etc., descansan en la buena \'olull-tad
de los hombres que s;lcrifican sus intereses de 1110-mento por los de otras
personas, de su familia sobr.: todo. Otro tanto puede decirse en cierto modo de
la acumula-ción de ·capitales. Si el hombre estuviera movido exclusi-vamente
por motivos egoístas, hubiese imprimido á sus acciones económicas una dirección
muy distinta de la que observamos. La Roma de la decadencia nos ofrece un
. buen cuadro del carácter pródigo de aquella
economía regida predominantemente por un apetito egoísta depla-ce res
sensibles.
No es menos claro que la tendencia á distinguirse
so~ cialmente está ell estrecha conexión con la actividad eco-nómica. La
riqueza es y fué siempre ulla gran fuerza social,
EL MARXISMO 95
especialmente coma tal es apeticida. Desde luego que no
es el pl<Jcer de atesorar riqueza el que
mueve á un millo-
nario á
acumular más capital cada día, ni la necesidad eco~
nómica á extender su empresa con móviles de
competen-
cia, pues cada capitalista afortunado podría
cambiar cuando
quisiera su vida diligente que
tanta tensión de fuerzas
exige, por la de un rentista, cómoda y descansada. La am-
bición y no
la sensualidad ni el instinto de conservación
es el resorte psicológico más importante de la
acumulación
capitalista. Jay GOllld fué un hombre muy
sobrio y su
apetito
de riqueza desconsiderado é insaciable sólo podía
explicarse Cal!
una ambición ilimitada. La riqueza no es
sólo ill~tmmentode
placer, sino también de
fuerza. Este
carácter de
la riqueza se muestra con toda claridad en el
campo de la
política, ya que la fuerza
política de cada Es-
tado descansa, sobre todo, en su situación económica. La
elal:oración
de materiales de guerra es
una industria im-
portantísima y, muy significativo para el
capitalismo mo-
derno, que
las explotaciones de Krupp
pertenezcan á Ale-
mania.
También las necesidades estéticas pueden consi-
derarse comu influyentes en la vida económica. En la
arquitectura se manifiesta, particularmente, la
relación de
la economia con el arte; pero hasta un arte tan lejano á la
lucha por la
existencia, como la música, necesita de base
económica.
Pianos y órganos son instrumentos cuya com-
plicación
exige, para ser elaborados, un estado progresiv()
de la técnica
industria\. El placer que nos procura la au-
dición de una
ópera hermosa, no consta,
ciertamente, de
elementos económicos; mas púa disfrutarla no bastan el
talento del compositor y las' dotes
del cantante; se nece-
sita, además, disponer de medios materiales
obtenidos por
el trabajo económico. instrumentos musicales y construs",
EL
MARXIS.'\O
ciones que reunan aquellos requisitos técnicos que
una re-presentación musical exige.
La ciencia igualmente se levanta sobre lIlla base
ma-terial creada por la economía. La imprenta, quc eS un;) industria como todas
las demás, debe su ill\'encilÍn á mo-tivos complctamente económicos; á la
aspiración dc un hombre emprendedor á reducir los costes de producción de los
libros.
El saber tiene sus mcdios de trabajo materiales,
sus instrumentos, como la industria t¡(lle los snj"os. Y <lsí como
puede juzgarse de la economía de una época pur sus herramientas, igualmcnte los
instrumentos de una ciencia son testimonio del proi-{reso científico. Por
pcrll:-ncccr á la economía la producción de estos mcdios de trabajo, constituye
también esto la base real del cono-cimicnto.
La misma religión tíene su base económíca. 1.<1
arqui-tectura nació de la cOllstrucción de templos, y basta buy siguen siendo
los templos 103 lIlás grandiosos productos del arte de construcción. En Rusia
hay pueblos enteros, cuyos habitantes se ocupan, exclusivamente, en la
cons-trucción de imágenes, industria que descansa en Ulla di-visión del trabajo
IllUY desarrollada.
Todas las necesidades de los hombres, pues, son
mo-tivo de trabajo económico que de este modo llega á ser la base universal de
cada actividad humana. La mayor in-fluencia de la economía en la vida social no
está precisa-mente en que "los hombres tienen que comer, bebery vestirse
antes de hacer política, ciencia, arte, religión, et-cétera", sino también
en que ~Ia politica, ciencia, etc.,,, deben su base real á la economia y SOIl
inseparables de ella. Cualquier rama de la vida soci<11 que consideremos
EL MARXISMO 97
ha de mostrarnos siempre que su primer paso
consiste en la adaptación de sus condiciones reales á fines determi-nados y
especiales, en la economía, por tanto.
En esto consiste la situación central de la
economia en la vida social. Desde este centro económico parten en to-das
direcciones radios que equivalen á otras tantas acti-vidades sociales
distintas. Asi como el centro es el punto de unión de todos los radios, que
sólo en el centro se en-cuentran, la economía social une á todas las
actividades sociales que tienen en ella su punto común de relación. Todo lo que
en el centro ocurre tiene que reflejarse en los radios. Cada alteración
profunda de la economía social tiene igualmente que ocasionar alteraciones en
todas las ramas de la vida social.
Sin embargo, no puede olvidarse que la vida social
no coincide con la economía en toda su extensión, sólo en cl centro coinciden
los radios, después se separan cada vez más uno de otro. La significación del
estadio económico es muy distinta en los diferentes campos de la actividad
social. El trabajo para la propia conservación, es sólo eco-nomía. De las demás
actividades que sirven á la satisfac-ción de otras necesidades sociales no
puede decirse lo mismo. Así la aspiración al poder social solicita muy di-versas
acciones del hombre. necesitadas de la base eco-nómica, en efecto; pero que
exceden en mucho de ella. Una empresa guerrera no es tampoco exclusivamente
economía, ni los éxitos guerreros se deben tan sólo á la posición económica de
los combatientes. Así los bárba-ros aniquilaron al imperio romano. La
administración de justicia tampoco es meramente una economia. Ciertamen-te que
el mantenimiento del derecho presupone una base económica; por ejemplo, el
derecho penal moderno no se
concibe sin prisiones, las que tienen que 5e r
con5truidas, por tanto; pero la misión del juez, cxcede mucho de esta
órbita.
El Arte v la Ciencia tienen también un gran
contenido extracconó~lÍco.La relación de la ('(onomia eDil todas las
bellas artes se accntúa particularmente eDil la
arquitectu· ra. La arquitectura griega, por ejemplo, 110 podría des-
arrollarse en un país quc careciese de piedra de
construc-ción, como RlIsia. A su vez la arquitectura rusa está en
intima conexión con la riqueza en bosqlles del
país. Pero tampoco la arquitectura C0ll10 arte bello es UIl ~lIero pro-
ducto de la economía. El capitalismo moderno, ;¡ pesar de
toda su fuerza
económica, se muestra incapaz de crear IIn
lluevo estilo, viéndose obligado j seguir eclécticameJlte
los de épocas pasadas. . .
Tampoco el florecimiento de la
filosofía y de. la CICII~1a
de ende exclúsivamente de la riqueza económIca. La
ln-ca~acidad de los Estados Unidos, el país del lTI un d.o de
mayor poderíO económico, de hacerse
cllltl1T<llmente .1Ilde-pendiente de la vieja Europa, es un ejemplo palmano.
El capitalismo ha aumentado y perfeccionado enormemcnte los medios materiales
de trabajo intelectual; con todo, el siglo XIX no puede vanagloriarse de poseer
titell.les .del pen-samiento como Platón, Aristóteles, Newton, Lelblllz, Kant.
En lo que á la religión concierne, ninguna ~a~edral
ducirá
creencias religiosas si faltan
otras condICIOnes.
prA .
El entusiasmo religioso fué muy
grande en los prltlleros
años del cristianismo, aunque el culto era muy
sencillo y carecía de toda suntuosidad; mientras que en nuestros días los más
hermosos tem plos no son capaces de vencer
la creciente indiferencia religiosa.
Las diferentes actividades, cuyo contenido constituye
LL
,\\ARXISMO 99
el comercio social, forman como una escalera cuyos
pel-daflOs i¡¡feriores son la producción de los mcdios de vida IllÚS
indispensables, que no son otra cosa que economía; lIIientras,J medida que se
asciende, el trabajo económico \LI siendo una parte cada vez más reducida de la
corres-pondiente actividad. Cllanto más elevada es una necesi-d.ld, menor es el
papel que tiene el trabajo económico en la satisfacción de la misma. Las
actividades superiores licnen lIna significación personal, independiente de la
eco-Jlümia, y seria absurdo considerarlas como un producto pa::;ivo ó un mero
reflejo dc la economía. Pero como el progreso histórico consiste precisamente
en la espiritua-lización del hombre, en trasladar el punto de gravedad de su
vida, de las necesidades fisiológicas inferiores de la :iustl:ntación á las
necesidades superiores del espíritu, parece que tendrá también que decrecer, en
el curso de la Iiistoriu, la significación social del momento económico.
III
Además de la relación directa existente entre la
eco-nomía y todas las demás manifestaciones de la vida, hay que considerar otra
mediata entre ellas, y que procede de haber sido y ser la economía la ocupación
de la gran ma-yoría de la población.
El número de las personas libres de todo trabajo
eco-nómico es muy reducido yera todavía antes relativamen-te menor en
comparación con las clases trabajadoras. Así, cada cien personas de la Í'ltal
población prusiana, aten-diendo á su actividad, estaban repartidas de esta
forma(J):
(1) SOlllbarl,
La economla alemana en el siglo
XIX, 1903. pági-
na ·191.
100 EL ,'1 ARX IS~\O
1843 1895
1. En
ocupaciones económic¡¡s (agricultu-ra,
industria, comercio, transportes y
servicio domésticol ,
. . . . .. 95,5 liH,3
11. En
ocupaciones 110 económicas (sen'ido milit.a.
emplc.¡<llls <le la
';lHte, del Estado, del
/llunidpio, de la Iglesia,
profesiones liberales, sin profesión). l,,') 11,1
Cierto que 110 puede la cstadística de oficios
constatar la relativa importancia social de las diferentes activida-des, ya que
el valor social de cada una no debe medirse por el lIúmcro de 110mbres ocupados
en ella. Los trabajos de un Pastcur Ó Ull Wcrner Siemens, aun desde el punto de
vista de su importancia para la riqucza social, ticllen más valor quc el
trabajo económico de miles de obreros fabriles. Que el número de los hombres
ocupados en tra-bajos no económicos sea peqlleiío no dice nada sobre su menor ó
mayor valor social, sino tan sólo la superioridad cuantitativa del trabl¡jo
económico. La mayor parte de la fuerza de trabajo de que dispone la sociedad es
acapa-rada por la economía, lo que se explica de un lado por la particular
urgencia de las neccsidadcs imprescindibles para la conservación de la vida, y
de otro por el gasto de fuerzas que ellas exigen debido al escaso grado de
pro-ductividad de trabajo hasta ahora conseguido.
El hombre está y estuvo siempre solicitado, ante
todo, por trabajos económicos; todo lo demás, por muy intere-sante que sea,
exige tan sólo un gasto de fuerzas incom-parablemente menor por parte de la
sociedad. Pcro sien-do la vida del hombre inseparable de su actividad, y
te-niendo ésta predominantemente carácter económico, se
EL MARXISMO lO!
lleva á cabo una influencia indirecta de las
condiciones dd trabajo económico sobre las restantes actividades.
La acción directa del trabajo económico sobre las
de-más actividudes tiene un carácter más exterior, y no de-krmina su contenido
más íntimo. Cierto que la economía da lienzo y colores á la pintura, mármol á
la escultura, instrumentos á la música y á la literatura papel y demás útiles;
pero el cuadro que haya de pintarse, la escultura que salga del bloque de
mármol, el trozo musical ó lite-rario que resulte, no dependen inmediatamente
de la ad-quisición de la base material del arte. El predominio social de la
economía, como principal ocupación del hombre, tiene como consecuencia, que e\.
contenido del arte esté también determinado por las condiciones económicas de
la vidil del hombre. El artista vive en un medio que espi-ritual y
materialmente ejerce la mayor influencia sobre sus creaciones. Taine ha
descrito perfectamente la importancia que el medio espiritual de una época
histórica tiene para el carácter de su arte. Sólo una parte muy pequeña del
tesoro espiritual de cada hombre, no excluyendo á los genios, puede ser
considerada como su dominio individual; todo el resto se lo debe al ambiente,
al contacto Con los demás hombres y al conocimiento de los productos de su
acti-vidad. "Así como hay una temperatura física-escribe Taine-que con sus
alteraciones hace posible la aparición de esta ó aquella especie vegetal, hay
también una moral que determina la aparición de distintas formas artís-ticas_
(1).
Wundt llega á considerar como una abstracción que
no
(1) H.
raine, Filoso/la del arte, 2." edic. alemana. pág. U, citada por Wundt,
Lógica, tomo JI. pár. 2.Q , pág. 326.
102
corresponde á la realidad, el concepto aislado del
alma in-dividual, "porque la realidad consiste precisamente en nu-merosos
procesos l'spirilllalcs de natur;¡!l:za cllll1pleja el] cuya prodLlcciLíll
p,trticipa una pllll,t1itl;ld tic intli\'itllllis que esUn eu recíproca
<IL'cilín espirilllitl lI11llS sllhre otros" ([¡.
Literatura, arte, filosofía, ciencia, rc!igilin y
moral ídad 5011 productos co!ecti\'os de la COIJ1l1llidad L'~piritual <k los
hombres. "E[ iclionw, las costumbres, la fe, formall pilra cilda hombre
como una ;¡tmósfcra L'spiritnal. sin la cual su propia individualidad 110
podría darse, y que, aun esca-pando á toda exacta valoración cn;1Il1itali\'a,
puede de-cirse que probablemente determina su car{¡eter ell mayor escala que
cualquier otra influencia cSPCCi;ll" (2).
El medio espiritual no es con todo 1111 momento
social originario que no permita UI1 anitlisis mas completo. S,ílo le forman
los hombres y sus productos espirituales. Ante todo depende de la posición
ecolll)mica de cada hombre estar sometido á I1nas Ú otras influencias
espirituales. Así, el medio espiritual de un obrero fabril, que trabaja en un
local cerrado junto á innumerables compañeros, que vive en una gran ciudad con
instituciones de cultura, teatros, reuniones políticas, á la vez que tabernas y
prostitutas; ante el diario contraste de su miseria y la ostentosa ri~ queza de
los poderosos, es completamente distinto al de un campesino que, aislado,
cultiva su tierra, vive en la aldea donde nació, y ha de morir sin otra
influencia espi-ritual próxima que la compatible con la tranquila y monó-tona
vida rural. Son tilIl1bién distintos el ambiente de un
(1) Wunu[. Lógica,
tomo 11, pár. 2", pcig. 293.
(2) Idetll, íd., pág.
35.
EL MARXISMO 103
fabricante y el de sus trabajadores. La necesidad
económi-ca en el orden social presente sujeta con sus apremios á la mayoría de
la población al fatigoso trabajo físico, no permitiendo ocios que consagrar á
actividades más eleva-das y convirtiendo así al hombre en una bestia de carga.
La miseria hace, además, imposible toda cultura intelec-tual. De este modo está
el medio espiritual de cada hom-bre estrechamente ligado á las condiciones
económicas de su existencia.
Esta predominante influencia de las condiciones
eco-nómicas en la vida del hombret iene como consecuen-cia que su marca quede
impresa en todos los dominios de la vida consciente. El conjunto de las
cualidades psicoló-gicas que distingue á un pueblo de los demás y constitu-ye
el llamado carácter nacional, depende, en primer tér-mino, de las condiciones
económicas del mismo. Pero el papel conductor de la economía, como ocupación
predo-minante de la población, con el progreso histórico tiende
á reducirse.
El desarrollo de la productividad del trabajo reclama cada día más actividades
que van saliendo de la economía. Los representantes de trabajos no económicos
aurneutan de día en día; en Prusia, por ejemplo, el tanto por ciento de
personas ocupadas en trabajos no económi-cos ha subido de 4,5 (1843) á 11,7
(1895) (1).
Por tanto, la parte del trabajo económico, dentro
de la
(l) El
hecho, aparentemente contradictorIo., de que actividades no económicas. como el
baile y el juego. consuman en la vida de algunos pueblos tropicales prlmitivos
casi tanto tiempo como la economia, se explica por las favorables condiciones
naturales que les rodean y que les permiten atender á su subsistencia con un
mínimo gasto de fuer~as. por lo tanto. debido á la mayor producllvldad relativa
del trabajo eco-nómico ell los trópicos.
1Oc! EL MARXISJIIO
total actividad social, decrece con el curso de la
Historia. El ascenso de la productividad del trabajo mina la prc~ ponderancia
social de la economia, y las actividades no económicas consiguen figurar más
cada vez como fuerzas motrices de la Historia.
IV
La concepclOn materialista de la Historia considera
como momento determinante de la vida social no á la economía en general, sino á
sus factores reales. Es de im-portancia capital no desatender esta distinción.
En un pa-saje de El Capital, da Marx la siguiente fundamentación al
materialismo histórico:
"El trabajo es, en primer término, un proceso
entre el hombre y la naturaleza, en el cual el hombre, mediante sus propios
actos, concilia, regula y comprueba su asimi-lación con la naturaleza. Frente á
la naturaleza se como porta como una fuerza natural, poniendo en movimiento su
organismo, los brazos, las piernas, las manos, la ca-beza para aprovechar la
fecundidad natural en la forma más utilizable á su vida. Así, mientras él con
su labor opera sobre la naturaleza exterior y la transforma, modi-fica también
la suya propia."
Aquí se manifiesta una particularidad del proceso
eco-nómico, que le distingue fundamentalmente de las restan-tes actividades
hUmanas. El proceso económico se lleva á cabo entre dos polos, á saber: la
naturaleza y el
bre; la Economía social comprende, pues, no sólo
¡as re-laciones de los hombres entre sí, sino también las pen-dientes con la
naturaleza.
EL MARXISMO 105
De aquí que pueda ser considerado desde dos puntos
de vista distintos y dar materia de
investigación á diferen-
tes ciencias: corno proceso social á las ciencias
sociales, y á las naturales corno proceso físico.
Esta particularidad de la economía la crea una
posi-ción peculiar entre los fenómenos sociales. La economía liga de un modo
inseparable el medio material con el so-cial y espiritual. Todos los momentos
sociales se deter-minan mutuamente y están comprendidos en una acción
recíproca; pero la economía queda fuera de ella porque éste su aspecto real le
da una mayor complejidad. Efec-tivamente que la naturaleza sufre transformación
es me-diante el trabajo económico; pero estas transformaciones proceden sólo de
las cualidades de la naturaleza exterior, que forman un momento objetivo de la
economía, indepen-diente por completo del hombre; también el hombre, á la vez
que modifica á la naturaleza, permanece sometido á sus leyes.
En la evolución histórica se transforman las
costum-bres, las constituciones politicas, las normas jurídicas, las doctrinas
científicas y filosóficas, las formas artísti-cas, etc., etc. Todas las
categorías sociales puras están en constante cambio. El orden social de cada
pueblo se mo-difica totalmente en los diferentes estadios de su evolu-ción, y
no hay elemento puramente social que permanez-ca estacionado é inmutable en el
curso de la Historia.
Pero la economía tiene una parte extraña á este
pro-ceso evolutivo y que se conserva independiente de él y constituye el
aspecto objetivo de la economía y está con-dicionado por las propiedades de la
naturaleza exterior. No se modifica Con la evolución social, porque no toma
parte en ella.
101; EL J\lARX1S,'lO
Como proceso entre el hombre y la naturaleza,
tielle la economía su último límite eulas propiedades de aquélla. La situación
geográfica de 1111 país, Sil sudo, su clima, el trazado de sus costas, la
estructura lIe SIlS montauas, et-cétera, son totalmente independientes de los
acontecimien-tos históricos. u Así como en una roca dc cierta forma las ulas
chocan y rompen siempre de [a misma lllJner;l, mnes-twn las cundicioncs
natllra!cs siclIlpre llli mislllO camino al curso de la vida, marcándole
constan\cmente, en el mis-1110 scntido, límites y condiciones. Alcan/an con
ello 1111 valor qlle excede al que tielle la escena de cualquier
acun-tecimicnto eoucreto, y son lo pem¡al1ellte frcute á los cambios de la
historia univer~al" O).
La naturaleza ejerce una doble
influcncia, inlllelli:lla
ó mcdiata,
sobre el hombre. La primcra cOllsiste en la ac-ción delmcdio natural en que
vive sobre el cuerpo yes-píritu del individuo; pero el efecto mediato de la
natura lcza sobre el hombre es mucho más importante, á saber, el ejercido por
las acciones conscientes de los demás.
La na! uraleza determina los fines externos y
condicio-nes de la actividad humana, y de este modo influyc acti, vamente en
toda la vida del hombre y en sus cualidades fisicas y psíquicas. Esta segunda
influencia de la natura· leza se lleva á cabo primeramente á través de la
eco-nomia (2).
El defecto capital de la concepción de la historia
de Paul Barth, llamada antropogeográfica 1 está en el deseo·
(1) Ratzel,
Antropogeografía. l. pág. 13.
(2) "La
mayor parte de la influencia de la naturaleza sobre la vida espirilu¡d, tiene
lugar mediante las relaciones económicas y sociales, las que por Sll parte
están enfre sí ínlimamente ligadas., dice cün razón Ralzel. Véase su
Alltropogeografía, 1, pág. 51.
EL MARXISMO 107
l1ocimiento de esta acción indirecta de la
naturaleza sobre la \'ida social, que es decisiva. En lo que á la directa se
rdiere, no se puede negar ciertamente; pero la ciencia contemporánea no ha
logrado descifrarla. Así no ofrece c1l1da. por ejemplo, que el clima ejerce una
accíón inme-diaLI sobre el organismo del hombre; en qué consiste esta
<lL:ci,jn no puede nadie decirlo exactamente. Los cnsayos de Buclde y otros
autores para descubrir la relación inme· diata exisÍCnte entre las condiciones
naturales y el estado social de un pueblo determinado, pueden considerarse
fracasados; la cicllcia sociológica no ha obtenido con ellos progreso al guno.
Por el contrario, las relaciones entre las
cualidades del sucio, del clima, de la situación geográfica, etc., y la
eco-nomía reinante son claras é indiscutibles. Mediante la cconomía determina
la naturaleza las formas de la vida social. Es manifiesto, por ejemplo. que las
condiciones de la producción de subsistencias son las mismas de la vida social.
El hombre puede adaptarse á diferentes c1i-lllas; pero no á la carencia de
alimentos. "Aislado, ó en pequeños grupos, podría vivir el hombre en el
Polo Nor-te, alimentándose con los abundantes animales marítimos allí
existentes; pero donde haya de vivir en mayor núme-ro necesita de un suelo
fecundo. (1). En las regiones más frías y más secas, la población es siempre
muy poco densa; la vida del hombre depende más de la humedad ó sequía de una
región que de las oscilaciones de su temperatura. "El calor puede ser
suplido. hasta cierto grado con la casa, el vestido y el fuego; pero el agua
tiene que llegar de las Ilubes ó sacarse del suelo. Fuentes terrestres se dan aún
(1) Ralzel, Antropogeografla, 11, pág. 205.
108 El MAHXIS.\1O
en lugares donde las celestes están casi agotadas;
pen-semos cn los oasis del desicrto; pero cuando también éstas faltan, la falta
de humedad no puede ser reemplazada con naJa; nos hallamos en el desierto
implacable, donde la vida del hombre, de los animales y de las plantas acaba
inevitablemente" (1).
La naturaleza pone límites exteriores á la
actividad hnmana que 110 puede trasponer la Historia. De este modo determina y
regula á la vida social la fuerza de l¡¡s condi-cioues económicas naturales. Un
pueblu quc no ocupa la costa, jamás podrá emprender pesca ni comcrcio
maríti-mo; como otro, pobre en yacimientos minerales no podrá explotar la
minería; del mismo modo cada cultivo dc plantas tiene sus límites naturales,
fuera de los cuales no puede prosperar, ctc., etc. La historia de cada pueblo
des-cansa sobre las bases inalterables de su existencia mate-rial, las cuales,
mediante la economía, delimitan las po-sibilidades del mismo.
Conocidas son las particularidades de un tipo de
vida social tan persistente como el nómada. A través de siglos conservan los
pueblos nómadas la misma forma de vida, de familia, instituciones sociales,
etc. "Lo que los anti-guos nos dicen de los sauromatas y de los
hamaxobitas de otras edades, puede todavía aplicarse hoy á ciertos pobla-dores
de la Crimea con sus Filzjurfen sobre coches de dos ruedas n (2). El nómada
está ligado estrechamente á determínadas condiciones naturales, y sólo en
extensas estepas puede llevar esta vida errante un pueblo de pas-tores.
(1) Ratzcl, Antropogeografla, 11, pág. 207.
(2) ldern,
Id .• 1, pág. 156.
EL MAHXISMO 109
Los bosquimanos ofrecen otro buen ejemplo de la
re-lación íntima del tipo social con las condiciones natura-les de su
existencia. El bosque deja su huella en la vida de algunos pueblos, como los
indios del Brasil, los caza-dores de la selva del interior de Africa y los del
Norte de Asia y América. "El bosque dispersa á sus pobladores en pequeñas
tribus, es un obstáculo para toda organización política superior, dificulta el
tráfico, y detiene el desarro-llo del cultivo y de la ganadería. Esta dependencia
inme-diat¡¡ de la naturaleza explica también la conocida com-paración de la
vida de los negritos con la de los animales selváticos" (1).
La vida de los pueblos primitivos está subordinada
en mayor grado á las condiciones naturales que les rodean. "La gran
cantidad de roateriales tomados del reino ani-mal y vegetal para construciones,
vestido, menaje y ar-mas, liga tan íntimamente los caracteres etnográficos de
estos pueblos con el medio natural en que viven, que lle-gan á tener los mismos
rasgos, y en algunos casos po-dría hablarse con igual justicia de la cultura
del bambú ó de las conchas, que de la de pueblos ganaderos ó pas-tares"
(2).
Sin embargo, una dependencia tan estrecha entre las
condiciones naturales y las formas de la vida social, sólo se encuentra en los
primeros estadios de la evolución his-· tórica. y caracterizándbse el progreso
económico por el creciente poder del hombre frente á la naturaleza, la
evo-lución histórica tiene que colocar al hombre en una rela-tiva independencia
de las fuerzas naturales. En el curso
(1) Ratzei. Antropogeografla. 1, páginas 478 y 479.
(2) Idcrn,
Id., pág. 502.
110 EL ,\lA RXJS;\IO
de la Historia han de transformarse todas las
condiciones sociales, incluso la economía, y sobre las mismas bases naturales
se resolverán aquellas formas económicas que no tiellell nada [1c común entre
si. La naturi.ilcz,¡ deja, por
consiguiente, á la vida social desarrollo Iiistóri«j llll
círculo cada vez más amplio, que va lknáuduse
progresi-vamente de otras condiciones que anles estaban excluí-das por la
inmediata y exclusiva influencia de la natu-raleza.
Cuanto más atrasado es el estado cultura], mayor es
la dependencia de la vida social de las cualidades natllra1cs que la envuelven.
Vemos, por ejemplo, que las I'Ías de comunicación y tráfico en los períodos
primitÍ\'os esLín casi reducidas á las que la naturaleza estableció: las
cos-tas, los ríos, las faldas de las montafias y los desfiladeros son las
primeras que se conocen, en cuyos pUlltos de em-palme lIacen las ciudades. El
desarrollo económico crea con el tiempo caminos artificiales, que á partir de los
fe-rrocarriles se separan más cada dia de biS vías de comu-nicación
originarias; se perforan montañas, se abren ca-nales, y el tráfico puede
extenderse en todas direcciones. Así ha ofrecido el canal de Suez un nuevo
camino de comercio mundial. La comparación de un mapa de los ca-minos del
Imperio romano con uno de las modernas rutas, muestra como á pesar de
conservarse ciertos puntos de reunión comunes, la dirección de las vías de
tráfico ha lle-gado á ser muy distinta.
"La importancia de los cursos fluviales es
capital en los comienzos de un pais. A ellos se reducen las primiti-vas
comunicaciones, qne se realizan sobre las aguas del rio ó sobre sus orillas. En
ellas se densifica más pronto la población y se señalan las primeras fronteras
sencilla é
EL MARXISMO 11J
inalterablemente.
Sólo más tarde la evolución se desen-
vuelve: la población abandona los valles y las
hondona-das á medida que crece; los caminos, siguiendo las Curvas de los ríos,
comienzan á parecer demasiado largos, y se busca manera de acortarles, y las
fronteras rebasan las líncas que los ríos marcan y que no pueden servir de
obs-tácnlo al tráfico cada dia creciente. (1).
Así se emancipa la sociedad cada vez más de su
ori-ginaria dependencia con la naturaleza exterior, la que, to-talmente, no
llega á desaparecer. La naturaleza limita el círcnlo de la vi?a social; pero
este círculo de acción es cada dia más amplio. La cadena que une á la sociedad
con la naturaleza exterior no se rompe nunca; pero sí se hace más larga y la
evolución social deviene relativamente más libre, en el sentido de que se rige
cada vez más por sus fuerzas propias, internas, espirituales y no por las aje-nas,
exteriores y materiales que la determinaban antes. "Pueblo en estado
natural no debe llamarse al que está en relación más íntima con la naturaleza,
sino, si se per-mite la expresión, al que vive bajo su yugo. Por consi-guiente,
cuando los etnógrafos dicen que en oposición á esto el desarrollo de la cultura
consiste en su emancipa-ción de la naturaleza, hay que acentuar que la
diferencia entre un pueblo en estado de naturaleza y uno culto, se ha de
buscar, no en el grado, sino en la forma de su de-pendencia de la misma. La
cultura es libertad de la natu-raleza, no en el sentido de una total
independiencia, sino en el de su unión múltiple y extensa" (2).
Podemos, por
consiguiente, llegar á la conclusión de
(1) Ratzel.
Antropogeograf/a, n, pág. 535.
(2) Idcm,
íd., J, pág. 65.
112
que la preponderancia del momento económico en la
vida socia 1, tiene que decrecer con los progresos históricos.
Primeramente está la vida social dominada por la
eco-nomía; pero después va siendo progresivamente detcrnli-nada la economía por
otros fenómenos sociales, y ante todos por la ciencia. La economia va quedando
así redu-cída á una acción recíproca en la vida social, convirtién-dose de
causa ell efecto de la evolución histórica.
v
Hemos estudiado tres argumentos capitales,
favora-bles al materialismo histórico:
1." Lo indispensable del trabajo económico
para hacer posibles las bases materiales de cualquiera otra ac-tividad.
2." La preponderancia cuantitativa dd trabajo
eco-nómico en toda la vida social.
3." La preexistencia en el proceso económico
de un elemento material independiente y determinante de la evolución social.
Después de analizar detenidamente estos argumentos
hemos encontrado que, sin negar su validez, ellos mis-mos prueban que con el
proceso histórico el papel pre-dominante de la economia decrece
inevitablemente. Cuan-to menor es la productividad del tra Lajo, más estrecha
es la dependencia de la evolución social de los factores na-turales; y la
evolución misma crea las condiciones de la relativa emancipación de la sociedad
frente al poder de la economía. Por eso está el conocimiento sólo en los
pri-meros momentos pendiente de las necesidades prácticas,
EL M.AkXl~M.O 113
:conómicas
sobre todo. Más tarde
ya la relación
se in-
licrte y la economía queda dirigida y regulada por
la (iencía. El deseo de conocer primitivamente débil ad-:¡[liere poco á poco
importancia social y rige eficazmente, ,nediante la ciencia, á todas las demás
actividades.
"No es la conciencia la que determina al sér,
sino al ulltrario, el sér social á la conciencia., ha dicho una vez \larx. Pero
esta terminante contraposición olvida, y por
'so se equivoca, que el sér social no es sólo la causa, sino 1:lIl1 bién el
producto de la
cOllciencia; y esto
debe ser ,;pecialmente acentuado:
la creciente importanCia de las
','yes propias de la conciellcia en la
determinación del sér ,ocial.
La disti
lIción del sociólogo americano Lester Ward
,le d.o: clases de progresos sociales, pasivos,
naturales; ,;enellCOS UllOS, y activos. artísticos y teleológicos otros, ,s
completamente exacta (1), La evolución social estuvo :¡asta ahora muy poco
dirigida por la voluntad conscieu-:~ del hombre, á pesar de estar formada la
sociedad de ¡,Idividuos aislados y perseguir todos sus fines conscien-;cs. Pero
"la colisión de voluntades y acciones de illl1Ume-
í-Ibles in di viduos colocan á la Historia en una
situación parecida á la de la naturaleza inconsciente. Los fines que I:¡s
acciones persiguen son buscados, pero sus resultados Icales imprevistos; y
aunque á veces aparentan confor-ill:nse.con los fines pretendidos, tienen, por
último, COllse-
UCIlClas muy distintas" (2).
Esta observación de Engels es s610 en parte exacta.
,\lJ.s cierto sería decir que hasta ahora la Historia en
--~
(~~ Véase
Lester Ward, Sociologla dindmica.
1883. vol. 1, inlro-
,luCCIOII. ~_... _
(2) Engels,
Luis Feuerbach. pág. 44.
114 EL MARXISMO
conjunto no ha resultado conscientemente elaborada
por los hombres, pero que ha de acercarse cada día más á ello. Aquí, como en
todas partes, el progreso consiste en la mayor eficacia de la voluntad
consciente sobre I~s fner-zas elementales. La evolución social va ganando
siempre un mayor carácter artístico y teleológico, a~ercando pro-gresivamente
el resultado directo y pretendIdo por el co-mercio humano.
n La antigua filosofía del derecho se babia puesto
el problema de si el derecho es un producto n,.!t¡nal .ó. ar-tislico. A él
contestan las teorías contemporáneas, diCien-do: que todo lo que procede ó
informa la voluntad hu-111ana "5~ , a' la \'CZ , naturnl y artístico. En
Sil desarrollo, sin embargo, la parte artística va aumentando frente á la
natural, á medida que la participación de la voluntad y de su fuerza mental es
mayor, hasta que, finalmente, logra una libertad, relativa, de su base natural
y llega á ponerse en oposición con ella" (1).
Según la acertada descripción de Tlinnies toda forma·
ción social comienza por una comunidad elemental no
arbitrariamente creada, sino debida á las inclinaciones
naturales
del hombre. El progreso social consiste en 1:1
t
nsformación de esta originaria
comunidad natural en
ra 1 . d' 'o
la
asociación cada vez más autónoma
de os In ¡VI nos,
en una sociedad,
ó más bien,
en un sistema de socieda-
des soble la base
de un acuerdo libre.
Cierto que la
sociedad no se desprende jamás
de Sil
base e1cmental originaria para llegar á ser un
contrato so-cial absolutamente libre, igualmente que el individuo
nunca se redime totalmente de
sus instintos naturales.
"" .
(1) Fernando
Tbnnies, COl/lunidady Sociedad, 1887, pág. 235.
El MARXISMO
Il.'i
Pero asi como
la voluntad que interviene reflexionando
proyectando y decidiendo, y es inseparable de la
concien~
cia de su autonomía, toma con el desarrollo de esta COll-
ciellcia cada
vez más espaCio del ocupado antes por los
instintos y tendencias originarios, del mismo modo la
l'\'Oluciün
social deviene en progresión
ascendente el pro-
ducto de la voluntad humana relativamente conscía y li-
bre. La necesidad económica, que 110 es otra cosa que
l'Ipoder de la
naturaleza exterior dominando á
los hom-¡~or medio de la
economía, va cediendo Sil pue~toal
IIllperro de la libertad
condicionada, á la
creación Cons-
l"jcntc de sus condiciones de existencia
mediante los hombres.
Este pensamiento, que significa tanto cama la
disolu-ción de la idea fundamental del materialismo histórico , aUllque parezca
extraño, no fué completamente descono-l~ido para sus.fundadores. "El
Estado es todavía hOY-dice l:ngcls-en tiempo de la gran industria y de los
ferroca-rriles, á grandes rasgos, sólo el reflejo, en forma COmpen-(!lada, de
las necesidades económicas de la clase domi-nante dentro de la producción
capitalista, y lo sería toda-vía mucho más en una época en que los hombres
tuvieran que consagrar una mayor parte de su vida en satisfacer sus
necesidades, que estuviera, por consiguicnte, más suuor-dinado á cl1asque hoy
nosotros. (1). Lo que quiere decir que I,IOY somos más independientes que
antes, Ó, lo que es lo llIlsmo, que Engels reconoce la tendencia de la evolu-
ción social á minar el predominante carácter social
de la econolllfa.
--Conrelación
al porvenir se expresa
Engels aún con
(1) L.
Fe/lerbach, pág. 50.
116 EL MARXISMO
más decisión. El socialismo ha de traer consigo la
total liberación del hombre del yugo económico. "La sociali-zación de los
hombres que hasta ahora les fué impedida por la naturaleza y la historia será
su propia obra. Las fuerzas extrailas objetivas que dominaron la Historia
cac-rán bajo la inspección del hombre. Sólo uesde Cl1tOllCC~ elaborarán los
hombres con plena conciclIcia su historia, comenzarán á predominar las causas
históricas pllestas por ellos en acción y su eficacia será creciente. Es el
sal-to de la humaniuad, del reino de la lleccsidad al de la
libertad.
(1).
Nada podria adncirse contra esta descripción de la
so-ciedad futura si no la diese Engels una expresión tan ab-soluta. El
socialismo c5tá tan lej05 ,le 5cr nn orden social absolutamente libre de
condiciones económicas objetivas, como el capitalismo de su total sumi5ión á
ellas. La eman-cipación completa del poder de la naturaleza no ha de
conseguirla jamás el hombre; una libertad relati \'a no la consigue, tan sólo
con este enigmático "salto. futuro. El defecto de la descripción
engebialla consiste precisamen-te en representar Engels el progreso social, no
como un proceso lento, sino como un salto. En la realidad la evo-lución social
se lleva á cabo continuamente, sin interrup-ción; el reino de la libertad crece
paulatinamente, pero en el seno de la necesidad, inevitablemente, hace ya
siglos, y cada paso de la humanidad hacia adelante es un nueva dominio de la
libertad conquistado por los hombres á la necesidad ciega.
(1) Engels.
Re[}olución de la ciencia de Eugenio Düllrillg. pági-nas 305 y 306.
CAPÍTULO V
LAS CLASES
SOCIALES Y LA LUCHA
DE CLASES
I ;¡
<':Or1Jpo~icidn de tlascs de la sociedad actua1.~l. Los motitJos di la tacha socia!:
Lo}
Illcllü ¡HJr 1,\ riqtle.zJ y ti. lucha por d
podt!r.-Luc:ha polllica.-La guerra en los [Jue· 1J1os c;Jz,ldorL's. en Jos
nómadil5. en los agricultores y en los dviILz.ados_-Difercntes III(Jtivos lIt::
l.as guerrils..-U. El punta de vista de clase erl-los dijert!ntes dominios de
la acliuidad t'spiriWQ[; La deneld.-La verdad lóg:k'a y los int~res€5 de
cJase.- V~Hde¿;
olljt:tkva de las leyes dd pensar.-La moral.
Universalidad de l.as normas éticas.-Concilmcia del d1:lber.-La
religi6n.-Innuencia de ha condiciones. ~conómicas en la
llIofil.lúl¡¡¡.J y
l¡J rt:li~i6n .-EI arte. -1 11. La l/lcha de clas~~s y los
movimil'lltos soc!ail'$
dt' muslro tiempo; El movimlecto
cooperilllvo.~E¡socialismo moderno. La inte1i~en· da sociJlista. La reforma
socíal. la leg-¡s.lací(jn protectora de trabajo.- La reciente agndización de:
la lucha de c1l1ses.-Su5 causas,- Los interest:s económkos y los fae· tort'S
reales de la economía.
En el Estado moderno son manifiestas las
diferencias referentes á la situación jurídica de los distintos grupos sociales
debidas á la nacionalidad, religión, cultura, pro-fesión, etc; pero de todas
estas diferencias, una sobre todo es señalada y trascendental, la diferencia
económica de pertenecer á esta ó aquella clase social.
La composición de clases de la sociedad es una
expre-sión del hecho social de la apropiación por unos grupo5 sociales del
plus-trabajo de otros. Pero las clases sociales no se disti~guen solamente por
su papel en la economía
por su bienestar económico; cada una representa
llB EL MARXISMO
un tipo social especial y complejo, y, sobre la
distinta si-tuación económica, aparecen diferencias de costumbres, opiniones, y
forma de vida de la clase correspondiente. Lo que llamamos moderna cultura es
propiedad casi ex-clusiva de las clases más ricas. La pobreza está casi
siem-pre acompañada de rudeza y no pocas veces de salvajis-mo. En los grados
más inferiores de la escala social rara mente consigue transformaciones el
progreso, y en las sociedades más civilizadas de nuestro tiempo se encnen-tra,
con toda su crudeza, el contraste entre el ni vel de culo tura de las clases
elevadas y el de las inferiores.
Partiendo del hecho exacto de que las diferencias
eu la situación económica tienen que estar acompañadas de diferencias
culturales, y de que los intereses económicos de las clases diversas se
encuentran en oposición, han identificado, los fundadores del materialismo
histórico, la historia universal con la historia de la lucha de clases por la
riqueza.
"La historia de toda sociedad existente, es la
historia de la lucha de clases., dice el famoso Manifiesto comu-nista. En su
polémica con Dühring, afirma Engels que el "poder es sólo el medio, y fin,
por el contrario, el prove-cho económico., y que "la servidumbre
(Unterjoclllll1g, dice Düring) fué siempre un medio para conseguir el sus-tento
.•
Esta es la idea fundamental de la doctrina de la
11IClHl de clases; pero la exposición que hace de ella Engels ne-cesita por
parte de la lógica algunas serias objeciones.
E.L MARXISMO 119
Puede conducir á error contraponer "el poder.
- la fuerza polílica,-á la "ventaja económica.-la riqueza;-ya que el
poder, puede ser, y es con frecuencia un fin mientras que la riqueza es siempre
un medio para algo (l).Por con-siguiente, no "la ventaja económica., sino
aquello para que sirve, por ejemplo, el propio sostenimiento ó los pla-ceres
sensibles, puede ser contrapuesto á la aspiración al poder como fin
independiente y definitivo.
Es evidente que el instinto de conservación no
cons-tituye el único, ni el más importante motivo de la lucha de clases. Sólo
los menesterosos luchan por la mera existen~ cia; los demás, hasta entre los
trabajadores medianamente cualificados, luchanno sólo por la existencia, sino
por ele~ varla y hacerla más digna del hombre. Para las clases pu-dientes la
necesidad de sustentarse no cuenta, naturalmen-te, entre las causas de la lucha
de clases. Un rico no quiere enriquecerse más para sustentarse, puesto que sin
nece-sidad de ello tiene bastante asegurada su existencia. La aspiración á
gozar tiene en este respecto un mayor va-lor, aunque es también muy individual
y no puede ge-neralizarse como explicación. Es verosímil que sólo los
sentimientos ego-altruistas, los que se manifiestan por as-pirar á distinguirse
y lograr una fuerza social, sean los fundamentos psicológicos más import:mtes
del apetito de riquezas; la riqueza se busca frecuentemente más bien como medio
de dominar, que no, á la inversa, la fuerza como medio de enriquecerse.
(1) Von
Ehrenfels distingue "los valores propios. (Eigenwerti.') de los 'valores
eficaces. (Wirkungswerte) ó para la acción. El poder puede poseer valor propio
(para valuarse así mismo), mientras que la riqueza sólo posee valor de
eficacia; es estimada sólo como medio para obtener algún fin distinto de ella
misma. Véase su Sistema de la leorla del valor, 1897. pág. 77.
120 EL
MARXISMO
Á pesar
de Engcls, es, por consiguiente, falso que -el poder sea sólo el medio y la
ventaja económica e[ fin"; con mayor frecuencia es "la ventaja
económica. el medio para el "poder.,-Ia fuerza. Con otras palabras, la
historia poli· tica no es una historia encubierta de la lucha de clases por
intereses económicos, porque los hombres no sólo luchan por la riqueza, sino
por el poder también. La historia po-lítica conserva, por tanto, su
independencia en el mismo plano que [a economica.
En e[ primer término del escenario histórico nos
en· contramos con la guerra, que tan importante pape 1 ha te-nido siempre en la
consolidación de los diferentes grupos sociales como Estados, unidades
políticas organizadas. ¿Qué es, pues, la guerra? ¿Solamente una lucha por
inte-reses económicos, ó algo de mayor complejidad?
Para los pueblos salvajes no es la paz, sinola
guerra su estado normal. "En teoría-dice Morgan- cada tribu india que no
ha estipulado con las demás un contrato de paz, se encuentra en estado de
guerra. Cada una es libre de organizar sus tropas de guerra y emprender las
cam-pañas á su gusto (1). Otro tanto asegura Spencer, de dife-rentes pueblos
primitivos (2).
Este incesante estado de guerra de los pueblos
primi· tivos está favorecido por la caza, que es la forma de su economia. En
una y otra ocupación utilizan las mismas armas y desarrollan y ejercitan la
misma capacidad espiri. tual y corporal; el mejor cazador es, al mismo tiempo,
el primer guerrero. La economía dominante secunda, en
cierto modo, las empresas guerreras .
•
(1) Morgan,
La Sociedad primitiva, pág. IOQ.
(2) Spcnccr,
Principios di! socio!ogltJ, pár. ·152.
EL MARxrSMO 121
Sin embargo, es claro que el motivo económico tiene
un papel muy reducido en las guerras de los pueblos ca-zadores, ya que éstos no
poseen gran cantidad de subsis-tencias que pudiera apropiarse el vencedor
mediante la guerra. Tampoco puede decirse que las guerras se deban en ellos á
oposición de intereses de clase, no existiendo en el estadio de estas tribus
semejante diferenciación. Na-die ha descrito con mayor vigor que Engels el
orden so-dal armónico de estos pueblos. Reína en ellos una paz interior absoluta,
el pueblo no está dividido en explota-dores y explotados, todos son libres é
iguales, y esta vida idílica sólo se ve perturbada por la permanente situación
de guerra con las tribus vecinas. El poder no podría ser considerado en estos
pueblos como medio de "provecho económico., puesto que ninguno especial
nace de eJ. Con todo se muestra en ellos una gran inclinación al poder. Mas no
moviéndolos una oposición de intereses, ¿qué les impulsa á atacarse mutuamente
con tanta afición?
Primeramente parece que el placer de guerrear. Es
para ellos la guerra una especie de sport. Los juegos de combate forman una
buena parte de los preferidos por hombres y animales. La inclinación á la lucha
es tan fuerte entre los hombres que "apenas existe una forma de juego que
no pueda tomar fácilmente el caracter de combate, especialmente, si aparecen
dificultades que vencer ó sur-ge algún peligro que evitar" (1). Las luchas
de los gladia-dores en la antigua Roma, las de los caballeros germanos, [os
torneos de la Edad Media, los asaltos de nuestros dias, y muchos otros
ejemplos, son buena prueba de lo arraigado que está .en el hombre de todos
tiempos el
(1) Groos,
Les juegos de los hombres, pág.217.
122 El MAIlXIS~10
instinto de lucha. De aqui que los pueblos
primitivos se ataquen primeramente por el placer de luchar.
Se juntan, naturalmentc, otros muchos motivos,
entre ellos el sentimiento de venganza, tan poderoso ell los pueblos salvajes;
eOIl ocasión de los pasados cOlllbates lIace el dcseo del desquite, La
aspiración a distiuguirsl',
á la gloria,
es acaso la causa más frecucntc dc las gue-rras entre los pueblos primitivos.
La vanidad de los sal-vajes es lo primero tIue sorprende á los obsef\'udorcs de
~ll vida, y nada les parece llIiÍs adecuado para
satisfacer-la que los éxitos guerreros. Asi se comprclldt: que á pe-SiH de !a
n:laliva illlJtiliJad l'COIIlílllica qUl' la gnerra tic-l\(; para ellus, vivan
combatiendo coustantemente.
No son menas guerreros llIuchos pueblos pastores,
lu que l'stá en estn:clia re!<lci,'lII cun las cOlHliciolll'S ccu-nómicas de
su vida lIómada, YJ que cl pastor fácilmcnte se cOllvierll: clI guerrero. Pcro
entre ellos tiene cier!J-mcnte la guerra un sentido económico lIIás preciso. No
dejan de motivar sus guerras, como las dc los anteriores, la vanidad, el amor á
la lucha y la venganza; mas cl fac-tor económico interviene en mayor cscala
porque 1<1 gue-
rra entre pueblos nómadas tiene en los ganados un
pre-cioso botín. "El bandido árabe~dice I3urckhardt- consi-
dera l!ol1orable su industria, y cl nombre
haralll)' (ban-dido) es el titulo más lisonjcro que se puede adjudicar á un
joven caudillo. El árabe roba indistintamente á sus enemigos, allegados ó
vecinos, siempre que no se encucn-tren en su propia tienda, donde la propiedad
es sagra-da" (1). No extraña, pues, "que las tribus árabes se
cn-cuentren en perpetuo combate y tIue sus gnerras, de cor-
(1) Grossc,
Las formas dI! la ¡ámilia, páginas 97
r 90,
1-.1. MARXISMO 123
ta duración, se sucedan con breves intervalos de
paz, rotos por el llJenor motivo". Estas mismas cualidades dis-tinguen á
los pueblos nómadas americanos. "Los pobla-dores de las Pampas viven más
de la rapifla de ganados q lle dl'1 p<lstoreo. Sus guerras, interminables,
emprendi-das con extraordinaria bravura, tienen casi como único objeto hacer
acopio de caballos (1).
También Spencer se ocupa de los robos de ganado en
los pueblos nómadas. "Entre los bechuallos-dice-es la \'t:lJgallZa por
robos anteriores el motivo más frecuente de las guerras, y su finalidad no es
otra que comeler nuevos r.Jllfls. Otro tauto podría decirse de lIIuchus
]111(,'0105 elltopeos de la <llltigüeJad. (2). La guerra entre los pue-blos
nómada:; hay que considerarla hasta cierto punto cull10 I1l1a forll1<1
económica, de la que SOIl también moti-I'US poderosos la vaniJad, el amor á la
lucha, y el senti-miento de venganza.
Entre los agricultores primitivos la guerra tiene
otros distintos motivos económicos, como el robo de esclavos, las disputas
sobre los límites de sus tierras, etc. No se puede olvidar que también en
algunas tribus el hombre es objeto de caza, como entre los caníbales. "No
otra cosa que estas cacerías fueron las llamadas guerras de los aztecas, yen
carne humana pagaban sus tríbutos los so-metidos" (3). Con todo no se
puede negar que la guerra entre los pueblos agricultores sirve con menos frecuenciJ
a fines económicos que entre los nómadas.
Igualmente ocurre entre los pueblos civilizados. Los
(1) Grosse, Las formas de la familia. páginas 97 y 98.
(2) Spencer, Principios
de sociologla, 1882. parte V,
pág. 2(;7.
Véase también Lippert, Historia de la CIlltura. 1, pág. 1H.
(3) Lippen,
lfisloria de la cultura, l. pág. 61.
124 EL MARXISMO
más diversos motivos hacen que estalle una guerra;
á ve-,ces hasta el altruismo, como cuando comienza por def.:n-der á un pueblo de los ataques de que es objeto. El
fana-tismo religioso fué durante largo tiempo una
fuente fc-cunda de guerras constantes y despiadadas, El amor na-cional ofendido, el patriotismo, da,
hoy mismo, frecuente ocasión á las
guerras. Pero en general puede decirse que la motivación psicológica
de las guerras entre 105 pueblos
ci vilizados está, predominantemente, en los
sentimien-tos ego-altruístas. También los motivos económicos tie-nell junto á
ellos importancia capital; como en las gue· rras cololliales contemporáneas.
Sin embargo, una gran guerra, considerada económicamente, es en muy raroS
ca-sos, aun para el mismo vencedor, una aventura prove-chosa. Cuesta demasiado
dinero. No sill justicia IIlU" chos sociólogos (St. Simon, Comte, Buckle,
Spencer), contraponen el tipo industrial de la sociedad al guerrero,
y consideran
la guerra como la perturbación más honda del progreso industrial. Desde Adam
Smith muchos eco-nomistas se han esforzado en probar la inutilidad econó-mica
de la guerra, cuyos perjuicios económicos superan cou mucho á sus ventajas, lo
que no disuade, lo más mí-nimo, á los pueblos civilizados de arruinarse en
constan-tes guerras, dando con ello buena prueba de Que no son los intereses
económicos lo que les mueve á guerrear.
¿Qué clase social gana con una guerra?
Ciert:lInente que no es la trabajadorá. ¿Ganan los capitalistas? Sin duda, en
algunos casos; pero con más frecuencia sufren la industria y el comercio
cuanlio~as pérdidas, aun eJl los pueblos victoriosos. Aun aceptado que la
guerra fa-vorece á los intereses económicos de las clases podero-sas, esto 110
puede explicar por qué las grandes masas,
EL MARXISMO 125
que evidentemente no constan de capitalistas, son
las más veces belicosas y apoyan con su asentimiento la política gtIerrera de
los Gobiernos. Nada puede hasta hoy despertar en las masas mayor entusiasmo que
los éxitos gnerreros, y sería desconocer totalmente la naturaleza hu-lllaJla
pretender explicarle por los provechos económicos, muy dudosos, Que una guerra
pudiera reportar al vence-dor. El soldado moderno no es el mercenario de otros
tiempos, no lucha por la riqueza, sino por bienes ideales, como la honra, la
fama, el poder de su patria, etc.
El hecho social de la guerra qne no puede
explicar-se por la doctrina de'l predominio de los intereses econó-micos, tanlo
menos puede ser considerada como una lu-cha de clases; pues precisamente es
característico en la guerra la mayor ó menor solidaridad con que en ella in·
tervienen todas las clases sociales, á pesar del antagonis-mo que existe entre
sus respectivos intereses. El senti-miento de nacionalidad y otros de
solidaridad semejantes
á él, se
manifiestan en la. guerra demasiado poderosos para que junto á ellos puedan
prevalecer los debidos á la conciencia de la oposición de cIases. Aquí son
notorios los errores á que puede conducir el desconocer la impor-tancia del
factor político como poder social, independien-te é inconfundible con los
intereses económicos.
En la historia considerada como la de las luchas de
los grupos sociales, podemos distinguir luchas de dos tipos: luchas de clases
dentro de una sociedad política organiza-da y luchas de agregados políticos, de
conjuntos de cla-ses, de Estados. Ambas son, en mayor ó menor grado, lu-chas
por el poder social; pero con la diferencia de ser en las primeras la riqueza á
menudo un medio, y entonces se lucha primero por conseguirla; en las segundas,
por el
126 El MARXISMO
contrario, su objeto próximo es raramente la
riqueza, sino más bien la sumisión política inmediata del enemígo y J.¡
constitución sobre él de una soberanía política en la que todas las clases dcl
Estado vcnccdor se sientcn solidaria-mente interesadas.
La preexistcncia de una cierta solidaridad de
intereses entre las diferentes clases de un Estado no puede negar· se ni aun
dentro del dominio económico. Ello es expresa-mente reconocido por I\autsky,
quien además indica "que también la sociedacl capitalista es como toda
otra una uní· dad orgánica, en la cual los perjuicios que sufre una parlé no
dejan de dañar á las restantes" y llega á la conclusióiI de que la armonía
de intereses de las diferentes clases es "hasta cierto grado innegable ..
(1).
Por consiguiente, no tcnemos derecho á considerar
al Estado, exclusivamente, como un poder que sir\'e para la organización de la
soberanía de clases. En la (Ouserva-ción de la independencia política del
Estado están iUllal.,-mente interesadas todas las clases sociales, en Cllanto
tie-ne un valor ideal para todas. En el terreno económico el Estado no
solamellte instaura la soberania de clases, sino que favorece al desarrollo
económico y acrecienta la suma de la riqueza nacional, lo que corresponde á los
intereses de todas las clases sociales. A esto acompaña la misión cultural del
Estado, cuya aspiración primordial está en los progresos de la cultura y la
elevación del nivel intelec~ tual de sus súbditos, porque la fuerza politica y
la eco-nómica son inseparables del progreso de la cultura.
(1) Kuut:;ky.
Elproblema agrario, pág. 309.
EL MARXISMO 127
II
En relación con las más elevadas actividades del
espí-ritu-ciencia, filosofía, arte, moral, religión-, tiene to-davia menos
validez la teoría del predominio de los inte-reses de clase. El conocimiento
científico y filosófico si-gue sus propias leyes lógicas, que no tienen
comunidad alguna con los intereses de clase. Marx y Engels no se inclinaban á
dudar, desde el punto de vista de sus cono-cimientos teóricos, de la validez
objetiva de las ciencias exactas. Como materialistas creían en la existen cía
obje-tiva de la materia, cuyas leyes son descubiertas por la ciencia ... ¿Es
nuestro pensamiento capaz-pregunta En-gels-de conocer el mundo exterior;
podemos construir con nuestras representaciones y conceptos del mundo ex-terior
una imagen fiel de la realidad?" (1). Su contestación es terminantemente
afirmativa j si podemos probar la exactitud de nuestra concepción de un proceso
natural, mientras nosotros le obtenemos sacándole de sus propias condiciones,
y, además, lo hacemos servir á nuestros fines, hemos terminado con la
incognoscible "cosa en sí, kantia-na" (2). La ciencia que se apoya en
los experimentos, co-noce, según Engels, la verdad objetiva.
Siendo asi el verdadero conocimiento científico
tiene que ser también totalmente independiente de los intere-ses de clase. de
10 contrario dejarla de ser objetivo. Exis-te, por lo tanto, desde el punto de
vista mismo de los fundadores de la doctrina de los intereses de clase, por lo
(1) Ellgels.
L. Feuerbach, p¡\g. 15.
(2) Idem,
id., pág. 16.
128 EL
MARXISMO
menos un dominio de la actividad social, sobre el
cual su sentencia nO tiene validez: el del conocimiento científico, en cllanto
es objetivo. Los intereses de clase, siendo muy poderosos, no son capaces de
hacer girar al 5,01 en derre-dor de [a tierra; y como nuestras representacIOnes
y con-ceptos científicos, según la teoría del conocimiento .de Engels, son un
reflejo de la realidad, frente á ellos los 111-tereses de c1asc son igualmente
impotentes. El curso de la naturaleza, indepcndicnte de los intereses de clase,
se reproduce objetiva y necesariamente en nuestra concien-cia. Por mucho
interés que tuviésemos en negar la exac-titud de los axiomas geométricos, no
seríamoscapaces de lograrlo. Ningún esfuerzo de la voluntad conseguiría
re-presentarnos un triángulo cuyos ángulos sumasen más ó menos de dos rectos.
Por muy débil que sea la teoría del conocimiento de
Engels, por lo menos prueba, ciertamente, lo insostenible del punto de vista de
clase como criterio de verda~..
Toda teoría del conocimiento, fuera del
esceptlclsmo absoluto, está obligada á reconocer la universalidad de nuestros
procesos lógicos y la preexistencia de la verdad objetiva independiente de los
intereses prácticos de la
vida.
La única solución consecuente del marxismo sería
volver á la frase de Pitágoras: "El hombre es la medida de todas las
cosas". Pero el escepticismo fílosófico es in-conciliable con la
metafísica materialista de Marx, ya que ésta cree conocer la naturaleza de las
cosas. Así que se encuentra el marxismo ante este dilema: materialimo ó lucha
de clases. En ambos casos queda arriesgada su
suerte.
Igualmente impotente es el punto
de vista de clase
EL MARXISMO 129
con relación á la nioral, aunque Engels no lo crea
así, des-de luego. "La teoría moral de Feuerbach es, como todas las
anteriores, propia de todos los tiempos, de todos los pueblos y situaciones, y,
por lo mismo, no es aplicable nUl1ca ni en sitio alguno, y permanece frente al
mundo exterior tan impotente como el imperativo categórico de I\ant. En
realidad, cada clase y hasta cada profesión tie-ne su propia moral la que deja
de seguir siempre que pue-de hacerlo impunemente; y así el amor, que todo debe
unirlo, llega á ocasionar guerras, disputas, procesos, es-cándalos, divorcios,
ctc.,. (l).
Aquí habla Ellgels de dos cosas totalmente
distintas. Primero afirma que las normas éticas no son cumplidas ell nuestra
sociedad; después que no existen tales nor-lilas universales. Lo primero es
rigurosamente cierto, lo segundo queda desmentido por el mismo Engels cuando
añade que cada clase está dispuesta á quebrantar su pro-pia moral. Para quebrar
algo es menester que exista. Si realmente cada profesión tuviese su moral, lo
que no apa-rece claro, ¿por qué no habría de adaptarse de tal modo á los intereses
del respectivo grupo social, que hiciese in-necesaria toda posible infracción?
Cierto que las costumbres y el género de vida son
dis-tintos para cada clase social; pero con todo, ricos y po bres coinciden al
reconocer lo moralmente bueno ó malo. Desde hace siglos los hombres civilizados
consideran la moral cristiana como el ideal ético más elevado, con lo que,
naturalmente, no comulgan los pueblos salvajes. Esto no contradice lo más
mínimo la universalidad de las nor-mas éticas, del mismo modo que la renovación
de las
(1) Fl'uer/Jac/i.
págInas 34 y 35.
130 EL
MARXISMO
doctrinas científicas no desmiente la universalidad
de las leyes del pensamiento. La opinión de Buckl~, ~e que las doctrinas
morales no han experimentado casI ninguna al-teración en la Historia es
ciertamente inexacta; pero con~ tradice menos los hechos que la afirmación
opuest~ de Engels de que, no sólo cada epoca, sino cada profesIón,
tienen ulla moral propia. . .
Cada clase social tiene sus propios intereses
econaml-
cos, antagónicos
con los de las demás hasta c!erlo punto;
per O la
conciencia moral es otra cosa que los llltereses de
. . I
clase. La
esencia de la aprobación ó desaprobaclOn
mor~
consiste, precisamente, en que ciertas acciones
recono.cl-das como buenas ó malas en si, no lo son como medIOS para
determinados fincs. De este modo nace el concept.o del deber ético. de la
obligación, corno orden que c.ullIplJr por su propia validez. Efectivamente,
puedel~ lo~ mtere-
scs de clase oscurecer de
tal modo la conCIenCIa de. l.a
mo ralidad
que lleguen á ser concebidos corno norma ctl-
. .
ca' sin embargo, no serán aprobados por sí mIsmos,
SInO po'r contener cierta validez moral. El principio formal del deber supera á
todas las diferencias de clase, y en el rc-
conOClmlen.. to
del deber puro coinciden todos los .hom-
bres de conciencia moral, sin distinción de clases 11l pr~.
f · "Los deberes individuales
pueden ser deteflnI-
eSlOnes. . .
n ados
empíricamente; la conciencia del deber es a prIOri,
puede fundarse
sobre base alguna .
. á
110 em~lTlca. y m s
bihn, da ella posibilidad á los deberes especla~es~ue rc-"ben
"su contenido en
cada caso de la expenencla.
(1).
Cl • •
. Una moral de clase
consciente de SI
mIsma es una
contradictio in adjecto, porque la esencia de la
moral está,
(1) Windclband. Preludios, pág: 325.
EL M:ARXISMO 131
precisamente, en reconocer el deber y cumplirlo
como tal
y desatendiendo los intereses egoístas. La teorfa
del predomini~de los intereses de clase es tan impotente en
la fundamentación de los hechos éticos, como frente
á la ulliversalidad de las leyes del pensamiento. La prolonga-ción consecuente
del punto de vista de clase es, en resu-
Illen, equivalente á la negación de toda moral y de
toda cicncia objetiva.
Mas la teoría de los intereses de clase contradice
tam-bién, terminantemente, el contenido empírico de 105 hechos de la conciencia
moral. Cierto que son los juicios morales de los distintos pueblos diferentes;
pero sus dife-rencias van disminuyendo can el Curso de la Historia. Á medida
que progresan en su evolución, Van coincidiendo los juicios morales de los
pueblos cultos. Existe, por tanto, una dirección firme, en la que se realiza la
evolu-ción de la moral, y esta es la prueba más palpable de [a preexistencia de
una moral universal. "Quien comete una
injusticia es más desgraciado que el que la sufre.
(1), dijo D~mócrito.E[ imperativo categórico de Kant, está ya es-
Cflto en el Mahabharata casi con jas mismas
palabras (2). Desde [os Evangelios, después de diecinueve siglos de progresos
inconsiderables, la humanidad no ha señalado
novedades ni diferencias en la distinción de lo
nloralmen-te bueno ó malo.
Las normas éticas tienen un valor escaso como moti
vos del comercio humano ~n la sociedad moderna. Pero por poco cumplidas que
sean, en la vida social no puede pres---cindirsede ellas, y necesitan una
explicación científica.
(1) \Vundt,
Ética, 1, pág. 288. .
(2) Spencer,
Los principios de la .ética•. e"dicción
aleman,l 1879
l0Il1oI.pág.360.. ." " " "
132 EL ~IARXISMO
Ya que la doctrina de los intereses de clase no
puede dar!;l. se ve obligada á negar los hechos mismos. Sin embargo, los hechos
son más poderosos que todas las teorías.
La religión que tan íntimamente ligada está con la
moral, tampoco puede ser explicada por los intereses de clase. La devoción. que
es el fundamento psicológico de las creencias religiosas, pertenece á los
sentimientos primordiales del espíritu. Cierto que la composición de clases de
la sociedad influye sobre la fe como sobre las costumbres de la sociedad; en
esto tiene razón el marxis-mo; pero se equivoca al determinar el alcance de
esta in-fluencia, que no consiste en la sustitución de la moral y de la religión
en la conciencia, por intereses de clase, sino en la dependencia del contenido
concreto de ambas, de la situación económica del correspondiente grupo social.
Se puede explicar, por ejemplo, mediante los intereses de clase, por qué fué
aceptada la religión cristiana en la sociedad romana, primero por las clases
pobres. Se puede convenir con Nietzche cuando designa al Cris-tianismo comO
"ingreso (Aa/stand) de los esclavos en la moral,.. Ahora, que va mucho más
lejos cuando afirma que la base del Cristianismo originario la formaban no sólo
el temor, sino el odio de clase de los ricos á los po-bres (1). Yen ello se
engaña, porque aunque la situación de los pobres fa vorecia mucho su entrada en
la nueva re-ligión del amor, esta circunstancia no significaba un mo-tivo
consciente. El interés de clase era totalmente incon-ciliable con el t:levado
entusiasmo religioso de los prime-ros cristianos, que no sólo renunciaban á
todos los pro-
(1) VéaseNletzche,
Lagenealogla de la moral. Obras de Nielzche, tOmo VII, pág. 326.
EL MARXISMO 133
vechos
económicos, sino hasta á
su existencia terrena. Todavía tiene menor validez el punto
de vista de clase en lo que al arte se refiere.
La situación económica infor-
ma los juicios estéticos de las diferentes dalles
sociales; el! cierto sentido puede decirse que cada clase tiene su estética
propia; las ricas y cultas encuentra de mal gusto lo que en los pobres y rudos
despierta el placer estético. Sin embargo, la esencia de lo bello, como Kant ha
mos-trado, está en que "representa el objeto de una general
complacencia". Sobre lo agradable no se puede discutir; pero si sobre lo
bello "y no se puede decir, por tanto,. cada cual tiene su gusto. Ello
equivaldría á afirmar que no hay gusto alguno, esto es, ningún juicio estético
que pudiera dar conformidad á la pretensión legítima de cada 11110" (1).
La mejor prueba empírica de la universalidad de los juicios estéticos está en
que las creaciones del arte antiguo, después de todas las alteraciones que se
han dado en el orden social hasta hoy, siguen despertando la complacencia
estética. La teorla del predominio de los intereses de clase n~ es, pues, capaz
de descubrir la esen-cia íntima de la moral, de la religión, el arte y la
ciencia, por no ser el interés de clase criterio de 10 verdadero, hermoso y
bueno. La historia humana es incomparable-mente más noble y elevada que la mera
obtención de s u bsistencias.
IJI
Hay dos tipos de movimientos sociales. En uno se
manifiesta vigoroso el carácter de clase, que en el otro queda encubierto. En
la historla contemporánea el prime-
(l) Kant,
Crltica del juicio, ed. ¡\éhrbach, páginas 53-56.
134 El MARXISMO
ro ha tenido una intervención considerable; pero
lampo-ca se puede olvidar al segundo. Buen ejemplo de movi· miento social de
esta segunda clase es el moderno coope-ratismo que junto á la acción política
del socialismo y á las Trade-Unions, integra el moderno movimiento obrero,
Estos dos últimos son movimientos característicos
de la moderna lucha de clases; al contrario, el movimiento cooperativo puede
ser considerado como un ensayo, si 110 de resolver, por [o menos de contricuir
á la solución pa-cffica del problema social. El socialismo moderno es
pre-dominantemente un movimiento de clase. Exclusivamell-te no'lo es. Lo's
grandes utópicos-Owen, SI. Simón, Fourier--no predicaban odios de clase, y
estaban pro-fundamente convencidos de que la transformación se realizaria, no
por medio de la lucha de clases, sino pa· cíficamente y mediante el trabajo
solidario de lo; repre-sentantes de todas las clases. Fourier esperó toda su
vida que los capitalistas [e dieran el primer millón ne-cesario para la
fundación del primer fa[ansterio. Owcn fué un rico fabricante é intentó,
sin,éxito, fundar en el mundo capitalista la asociación pacifica del porvenir.
De las mismas aspiraciones y esperanzas estuvieron anima-dos los sansimonianos.
Todo esto puede ser utópico, pero queda e[ hecho de ser ellos los fundadores
del socialismu moderno que no ha nacido, por consiguiente, de los intere-ses
declarados de las masas oprimidas, sino de las aspira-ciones desinteresadas de
gentes de elevados sentimientos hacia un orden social justo. La fuerza del
socialismo mo-derno está no sólo en elinterés de clase de los trabajado-res,
sino también en que corresponde á la conciencia mo-ral de nuestro tiempo, que
exige iguales derechos para todos los hombres.
El MARXISMO 135
La gran masa socialista de nuestros días no consta
solamente de trabajadores. La intelectualidad socialista, en su mayoría
procedente de la burguesía, es débil en número en comparación con la masa
obrera, pero no pue-de medirse por esto su valor para el movimiento. La
inte-lectua[idad le ha provisto, por lo pronto, de caudillos. Los fundadores
del socialismo alemán-Marx, Lassalle, En-gels, Liebknecht-procedían de la clase
burguesa, y lo mismo puede decirse hoy de otros muchos.
Uno de los rasgos característicos del movimiento
so-cialista en los últimos año~ consiste en la creciente sim-patía que
despierta en los mejores representantes de las clases poderosas. El fabianismo
inglés es un ejemplo de este socialismo de los cultos.
La importancia de la colaboración de la
intelectualidad con el proletariado, ajena en sus simpatías socialistas á toda
lucha de clases, es reconocida también por los marxis-tas .• ElIa <la
intelectualidad) es aquelIa parte de la po-blacióll-dice Kautsky-que más fAcil
rebasa la limitación de clase y de estado y se siente idealmente por cima de
los intereses particulares y de momento para comprender y representar las
necesidades permanentes de la socie-dad toda. (1).
Tan injusto es negar la poderosa influencia de los
in-tereses de clase en el desarrollo de la legislación social del siglo XIX,
como querer explicarlo exclusivamente por ellos. Hasta puede. decirse que lo
más importante de lo conseguido en este punto no se debe A-1os esfuerzos de los
trabajadores. La concesión. del derecho de coalición en Inglaterra en 1824, por
eje~plo, no puede pon.erse en
(1) Kautsky,
Bernstein;' eiprog~ám~socialista. pág. 133.
135 EL
¡\lARXISI>lO
relación directa con ningún movimiento obrero.
Francís Place, un maestro sastre y patrono acomodado, á cuya energía
infatigable debe la 'clase obrera la ley de 182-1, fué un burgués radical,
discípulo de Bentham y James MilI, y consiguió la libertad de coalición para
favorecer á la clase obrera; pretendiendo de este modo acabar con la
orga-nización haciéndola libre. Era un amigo sincero de los tra-bajadores; pero
creía que Su bien no estaba en su organi-zación como clase, sino en conservar
una absoluta libertad individual, y se equivocó por completo al medir los
efec-tos prácticos que la supresión de la prohibición de coali-garse,
conseguida por él, habría de tener (1). Los trabaja, dores ayudaron muy poco á
Place en su agitación, y sólo después de conseguida la ley comprendieron todo
su valor.
"Aunque los trabajadores na habían hecho nada
por conseguir la libertad de coalición, estaban resueltos á conservarla en
vigor w (2), dicen S. y B. Webb. Sin la dis-posición de la clase obrera á
defender sus derechos con toda energía no los hubieran podido conservar. Pero
con todo, es un hecho que no fué conquistada directamente por los trabajadores,
sino por un burgués radical.
La legislación fabril se debe todavía menos á
movi-mientos obreros. Entre los jefes del movimiento encami-nado á conseguir
las leyes de protección de los trabaja-dores se encuentran gentes de distintas
clases sociales. Ricardo Oaster, uno de los campeones de [a agitación
fa-vorable á la jornada de diez horas, era un hacendado la-brador conocido como
antiguo Tory, defensor del tro-no y del altar. Este hombre generoso, que
consagró mu-
(l) Véase
Sldney y Beatriz Webb, Historia del Trade-unionismo inglés, Traducción alemana
de Bernstcin. 1895, págin3s 83 y 85.
EL MARXISMO 137
ellOS
años de su vida á luchar contra
el trabajo excesivo
de los
nillos en las fábricas, y que
murió en la
miseria,
abandonado
y olvidado de
todos, fué un amigo
de los
desgraciados como
el fabricante Roberto Owen, el otro
gran luchador de
la misma campaña. Al mismo
tipo de
hombres pertenecía el influyente caudillo del
año 30, el
pasto!' metodista Stephens (1). Estos y muchos
otros, sin ser obreros, inflamaron su simpatía por la reforma social en su amor
á la humanidad exento de odios de clase. Los obreros se mantuvieron mucho
tiempo en una actitud pa-siva frente al movimiento, y sólo después de largos
aoos de agitación comenzaron á participar en él.
Con esto no pretendo negar que el punto culminante
de la historia social de nuestros días radica en [os movi-mientos de clase; y
sin decir que nuestra historia sea sólo lucha de clases, hay que reconocer su
predominio. No es casual que precisamente en nuestro tiempo la doctrina de la
lucha de clases se haya hecho tan popular; á ello ha contribuido también en
gran parte, desde luego, el capi-
talismo, orden económico reinante. '
El capitalismo ha hecho de la lucha social la ley
fun-damental de la vida económica. La existencia de todas las clases sociales
se ha hecho mucho más insegura con el capitalismo; al mismo tiempo éste ha
abierto el camino á la clise obrera para mejorar su situación económica
me-diante la lucha organizada con los capitalistas. En cuanto
á las clases
poderosas concierne, el capitalismo ha des-pertado en ellas un ilimitado deseo
de riquezas, haciendo esta forma de producciÓn no sólo posible, sino necesaria
(1) Sobre los
caudillos del movimiento favorable á la legislación
(2) Itlern,
Id., Id, ohrera. véase la historia
de Alfrc4. de 1857,:.
138 EL
MARXISMO
como ley de concurrencia, su característica
acumulación del capital.
No puede sorprender que precisamente hoy los
inte-reses económicos aparezcan en primer término. La lucha política no ha
tenido nunca un carácter tan marcadamen-te económico, ni nunca fué la lucha de
clases tan tirante, ni tan seguida, como bajo la soberanía del capitalismo.
"Desde la introducción de la gran industria, Ó sea, por lo menos, desde la
paz europea de 1815, dejó de ser para los ingleses un secreto que allí la vida
política estaría en de-rredor de las pretensiones de la soberanía de las dos
clases dominantes: [a aristocracia de la tierra y la burguesia. En Francia, con
la restauración de los Barbones, se dió el mismo fenómeno; los historiadores de
la Revolución, des-de Thierry hasta GuilOt, Mignet y Thiers, lo consideran la
clave de la hístoria francesa desde la Edad Media. Y desde 1830 fué reGonocido
como luchador por la sobera-nía en ambos países el proletariado, la clase
obrera~ (1).
En las épocas anteriores hubo muchos objetos de la
lucha social independientes de la riqueza. Mientras fueron los derechos
políticos un privilegio de las clases domi-nantes; cuando se negaba á la gran
masa popular hasta la libertad civil, podía anteponer~e á los intereses
económi-cos la lucha por la igualdad política. Por ello no es tan fácil
desentrañar la eficacia de los intereses econó~cos de clase, en la historia
palltica del pasado. Los intereses económicos estaban á menudo encubiertos por
los polí-ticos.' Después de la revolución francesa y sus consiguien-tes
conmociones polIticas en Europa, el problema se ha modificado. La igualdad
política y jurídica de los ciuda-
(1) Engels,
L. Feuerbach, pág. 47,
EL MARXISMO 139
danos fué, aunque en, diversos grados, reconocida;
la desigualdad económica no sólo subsiste, sino que se ha agudizado gracias al
aumento colosal de la riqueza de la clase capitalista, y á la solo relativa y
escasa disminución de la pobreza de los trabajadores. Así se ha concentrado la
lucha social en este punto, constituyendo la lucha de cla-ses por los intereses
económicos el contenido predomi-nante en la historia social de cada Estado
capitalista.
Esto explica que en la actualidad los intereses
econó-micos ocupen el primer término. Ciertamente que la lucha de clases no
agota el contenido de la historia moderna, ya que los intereses de clase, ahora
como antes, no tie-nen validez alguna frente á la actividad del espíritu; pero
lo que se llama historia social, esto es, la historia de las relaciones
cambiantes de las diferentes clases que com-ponen la sociedad politicamente
organizada, está, desde que domina el capitalismo, determinado principalmente
por la lucha de clases.
y al mismo
tiempo ha llegado á estar la sociedad ac-tual relativamente libre del yugo
económico. La econo-mía tiene, ciertamente, una acciótl menos absorbente en la
sociedad capitalista que en otras épocas, pues habiendo aumentado el
capitalismo -considerablemente la produc-tividad del trabajo, ha reducido
relativamente la sumisión
á las' fuerzas
naturales. En las primeras épocas fué el orden social un producto pasivo de los
factores materia-les económicos; hoy son ellos, cada vez más, un producto
del hombre social.
De este modo, co~ 'la evolució'n social ha
aumentado el valor de los intereses económicos, como motivo conscien-te de las
acciones humanas, al mismo tiempo que el de los factores materiales,
de,laeconomfa, co~o momentos
140 EL
MARXISMO
determinantes en orden social, ha decrecido. Esta
es la mejor prueba de lo equivocado que es no distinguir unos de otros, lo
subjetivo de lo objetivo, los intereses eco-nómicos de los faclores materiales
de la economía. La concepción materialista de la historia considera estos
fac-tores reales como el momento determinante de la histo-ria; sólo en parte
considero verdadera la doctrina-para serlo por completo necesita, en mi
opinión, sólo una, pero muy importante, limitación: reconocer la tendencia á
disminuir que tiene en el curso de la historia la acción predominante de las
condiciones reales de la economía. La doctrina de la lucha de clases afirma que
el interés económico es el motivo determinante de la vida social y que la lucha
de los grupos sociales por los medios de subsistencia forma el contenido
principal de la historia. Es evidente que esta segunda doctrina no es ninguna
consecuencia lógica de la primera. El predominio de los factores materiales de
la economía no trae necesariamen-te á la conciencia el de los intereses
económicos, puesto que al hombre se ofrece inconsciente la influencia de
aquellos factores económicos. De aquí que no estemos obligados á aceptar ambas
teorías,
Esta última descansa sobre falsas suposiciones
psico-lógicas y contradice rotundamente los hechos históricos. Por lo pronto la
lucha de los grupos sociales no se limita
á los medios
de subsistencia, síno que también pretende el poder social; además esta lucha
no agota ni con mucho el contenido de la historia, ya que ante las actividades
superiores del espíritu no tiene eficacia alguna. En 'efec-to, los intereses
económicos de las difere-ntes clases se encuentran en un antagonismo insoluble;
pero no siendo los intereses económicos el único interés humano, no
EL MARXISMO 141
se deduce de este antagonismo la situación
antagónica de todas las actividades sociales, y la doctrina de la lucha de
clases es, por consiguiente. recusable por generalizar
á toda la
historia lo que s610 tiene validez en un reduci-do campo de acción (1). La
lucha de clases no se puede. ciertamente, arrojar de la historia, hasta hay que
recono-cer que recientemente ha crecido su significación consi-derablemente.
Mas con todo, hoy como ayer, no se re-duce la historia á lucha de clases, y hay
que considerar como errónea la afirmación contraria de Marx y Engels.
(1) "Entre
los intereses sociales-dice Kautsky-hay algunos más que los de clase. La
totalidad de [os intereses de las clases de una socie-dad no forman la
totalidad de los intereses sociales que en ella viven. Los intereses
artísticos. científicos, sexuales y otros muchos no entran entre los de clase.
(Nue~o Tiempo, XXI, tomo 11. pág. 261), Esto es exacto, pero en este caso, ¿qué
queda en vigor de la famosa frase del Manifiesto comunista sobre la lucha de
clases? ¿Insistirá toda via Kauts· ky cn que la historia de la humanidad se
resuelve en la historia de la 1uc ha de clases?
SECCIÓN SEGUNDA
VALOR Y
PLUS-VALÍA
CAPiTULO VI
VALOR Y COSTOS
1.1". Ir<".• I¡,orial del valor del
traba/o: La Ideallst•• la relaelv" y la ab,olula.-J. La lIoc-
Irll/a marxi.la lIel valor: El carácter histórico del valor. -
Valor y proclo.-I.a ,on·
tradicción interna del concepto marxista
del valor. -11. La
do,trilla de los costos
nlHoltftós
y rdalivps: El trabajo como costo absoluto.---Costos relatfvos.-Costos de
la producción capitalista. -Los costos absolutos
como calegorfa .ocl.l por exceloncla.
1lI. La doctriaa del vator: Del valor en general. -
El valor económico. - L. comensu··
rabilid.d de los
sentlmlenlos agradables y
desagradables.-La leorla de la utilidad
limite y la del valor dellrabajo.-l'ormaelón del precio.-El precio como expresión
de I.s reladones de poder sodal y dependencla.-El
factor Incon'ciente en la lorma·
erón del precio.
La doctrina marxista del valor encuentra en
el·trabajo
el fundamento del valor de las mercancías. Sin embargo,
llamar á
esta teoría del valor del trabajo,
es decir
muy
poco de su contenido, pues no hay una sola, sino por
lo
menos tres teorías de esta.clase. Una de ellas fué
expues-
ta ya por Tomás de Aquino, con las ,siguientes palabras:
"Oportet
ad hoc, quod sit justa .. commutatio, ut tanta
calceamenta dentur pro una domo vel pro sibo unius
bominis,
quantum' ¡f!dificator.vel. agrícola excedit coria-
rium in laboreet:Jn'experÍsis; :.quiasi h{)cnon obser~a
tur, non erit coii1Iliittatio:\;era~,,:(1).
.'EI 'cambio de los
~ • -.~;.' -°
: - . -
: . , ••', .' -.¿, ::~ .--- ~-: . .
1
(1) •
Conviene, segun:esto, ~ara:qu~sea~i~~~bIOJusto, que se den Cantas prendas de·
calzBrp.of uri~ c:'~s~·~p'Qr.~1;¡Hmentode un hombre, corno el constraetoi
ó.eFagrle~ltgr.~~1;~:~~'!t~~al~ de.! cu~to yen gas-tos, porque si est~.ttCl
esobseryadoi·~h~¡unbfo(comml¡tatio)no es
jnsto .• Citado por º1~tz~I•.
EcCiiio~Ia:-~~ci{¡l~t~d~a, 1895; pág.
207.
146 EL iIlARXISi\lO
bienes, según esta teoria, para que responda á las
exi-gencias de la justicia, debe determinarse conforme á la
cantidad qe trabajo que se necesita para
producirlos. No afirma que el precio efectivo de los bienes corroesp~nd~. á
esta exigencia; pero sí que es injusta la
detennInaclon del valor por otro criterio. El valor del trabajo es por
consiguiente, según esta concepción, no una ley de los hechos económicos, sino
la suprema norma moral que debe regirlos. De aquí que pueda ser llamada esta
teoría:
teoria idealista del valor del trabajo.
La doctrina del justo precio es caracterí stica
durante la Edad Media. El ideal económico del cristianismo estaba formulado en
la frase: "Ú cada uno según su tralJajo,,, Y ¡¡ est,e precepto fué siempre
fiel la teoría económica dc los Santos Padres. Por ser este ideal la expresión
de una norma ética universal, ha podido conservar su validez completa hasta
Iluestros días. El socialismo moderno, re-cogiéndolo, ha hecho de su
consecución su fin más
elevado.
El autor de las Contradicciones económicas- el
inteli-gente Proudhon-designa el valor del trabajo como valor constituido, Y
descubre "el progreso de la sociedad en 105 intentos tan repetidos de
resolver el problema de la cons-
titución del
valor" (1).
La constitución del valor es para Proudhon
equivalen-te á lograr un estado económico en el que desaparezca la apropiación
del trabajo por las clases ociosas, Y en el q,ue cada trabajador reciba integro
el producto de su trabaJO. No habiendo sido conseguido todavía con el reinante
or-
0(1) Promj/¡on. Sistema de (as colltradicciOlles
económicas. 188G, olomo r. p~g. 90.
EL MARXISMO 147
den económico, el valor constituido no es un hecho
que corresponda á la reaJidad presente, sino un ideal para el porvenir.
Por lo que acertaba Proudhon cuando llamaba á la
teoría del valor del trabajo, asi entendida: "la teoría re-volucionaria
del porvenir". y sólo por una mala inteli-gencia intencionada pudo Marx
comparar el valor consti-tuído de Proudholl con el valor del trabajo de la
eco-nomía clásica y "encontrar muy cándido que Proudhon considerase como
teoría revolucionaria del porvenir lo qlle I~icardo ha demostrado
científicamente como la teo-ría de la sociec!a(1 burguesa contemporánea"
(l). Hicar-do no ha demostrado, ni pretendido demostrar siquie-ra, que el
trabajador recibe en la sociedad burguesa el producto integro de su trabajo. La
teoría del valor de Ri-cardo no puede compararse con la de Proudhon por tra-tar
ambas de objetos distintos: mie"ntras Proudholl en-tiende por valor
constituido el derecho del trabajador al producto integro de su trabajo,
Ricardo aspira á fijar con su t(~oria del valor la ley de la formación efectiva
del pre-do. En la cantidad de trabajo exigida por la proauccióll de 105 bienes
ve Ricardo el más importante momento ob-jetivo, pero ni COIl .mucho el único,
para regular el pre-cio medio de todas las mercancias sujetas á la libre con-
currencia. El pensamiento de que sólo el trabajo
sea la sustancia del valor fué completamente ajeno á Ricardo, como claramente
se ve, sobre todo, en sus cartas á Mac Culloch. "A veces pienso-dice el
gran economista en ulla de estas cartas-que si se me permitiese escribir de
nnevo el capítulo de.mi,?bra sobre el valor habría de in-
(1) Marx,
Miseria de la Filoso/ta, pág. ·18.'.
, o'
148 EL
MARXISMO
sistir en que el valor relativo de los productos
está regu-lado, no por una, sino por dos causas, á saber: la can ti· dad
relativa de trabajo necesaria para la obtención del objeto, y por el provecho
que corresponde al capital em-pleado durante la producción" (1 ¡.
La ocasión es para Ricardo otro factor del valor de
las mercancías multiplicables á discreción, completamente independiente del
trabajo; el valor de las mercancías nu multiplicables se determina, por el
contrario, haciendo abstracción del trabajo que cuestan, por la oferta y la de-
manda exclusivamente.
La doctrina del valor de Ricardo puede ser llamada
re-lativa por no considerar al trabajo como un factor absolu-to, sino sólo como
el fundamento relativo más importante
del valor de las mercancías.
Hay otra teoría del valor que reconoce al trabajo
como sustancia absoluta del valor, y consiguientemente puede ser llamada teoría
absoluta del valor del trabajo. Esta es la expuesta por Rodbertus y Marx (2).
Según la teoría absoluta del valor del trabajo,
valor no es más que trabajo cristalizado en las mercancías. El trabajo, y nada
más, dete!mina el valor de las mercan-cías, ya que el trabajo es la sustancia
misma del valor.
(1) -Cartas
de D. Ricardo d J. R. Afc. Culloch, 1895, pág. 7l.
(2) Rodbertus
tuVo la lnconsec~cnda de sustentar simultáneamente
'Ias tres dlferétllesll~oiías del valor-trabajo.
EL MARXISMO 149
"Como valores son' todas las mercancías, sólo
una deter-minada cantidad de trabajo crÍstaJizado n (l).
Pero el valor es no sólo equivalente al trabajo. El
trabajo es la base de toda la economía, no una catego-ría histórica por lo
tanto. El valor, á su diferencia, es, según Marx, una categoría histórica
formada por dos di-ferentes elementos: l.", por la cantidad de trabajo
gasta-da en la obtención de un determinado producto útil, y 2.", por la
expresión de este gasto, no inmediatamente en el tiempo de trabajo social, sino
por medio de otro pro-ducto de trabajo que se cambia por el primero. Faltando
este segundo momento hist6rico, el gasto de trabajo so-cial no toma la forma de
valor. La sociedad socialista np necesitará del valor para expresar la cantidad
de trabajo invertida en la produccíón. "La producción socíal inme-diata,
así como la distribudón directa, excluyen todo cam-bio de mercancías, la
transformación de los productos en mercancías igualmente ..... , y con ello
también su con-
versión en valores. Tan pronto como la sociedad
entra en posesión de los medios productivos ylos emplea en la socialización
inmediata de la producción, el trabajo de cada uno deviene ..... desde luego, y
directamente, trabajo
social. No se necesita ya de ningún rodeo para
fijar la cantidad de trabajo encerrada en un producto; la expe-ríencia diaria
muestra inmediatamente cuanto es preciso en término med.¡o..... Las gentes
pueden hacerlo muy
sencillamente sin intervención del tan famoso
valor" (2). El valor es, según esto. una forma hist6rica por la que
(1) Marx:
Crllica4e iqE~onPinlapoIÚ¡ca',J~59,pág. 6.
(2) Engels,
LarinJólucjdri4e.li¡-¿j~~fja"tte·Elfgenjo Dühring, pá- -
glnas 334 y 336.." " . . , - . ,', .. '.. .... .. ,
, ~~.- .'
150 EL ,\IARXIS.\lO
llega á expresarse, bajo determinadas relaciones
socia-les-las de la producción de mercancías -el trabajo so-cial; es una ferma
propia de la producción de mercancías para medir el trabajo social. "La
fuerza de trabajo huma-na consumiéndose, ó el trabajo humano. crea valor; pero
no es valor. Deviene valor cristalizado en forma de pro-ducto. (1).
Mas para comprender bien la doctrina marxista del
valor, es necesario saber, 110 sólo lo que es el valor, sillo también lo que no
lo es. La particularidad de esta doctri-na está en la distinción rigurosa que
hace de los concep· tos ';'alor y precio. Mientras que otros economistas
unifi-can el valor de las mercancías en abstwcto con su expre-sión concreta en
el precio, Marx las considera como cosas distintas. Después de publicado el
tcrcer tomo de El Ca-pital han creído muchos ver la doctrina del valor de este
tomo en contradicción con la del primero, porque en el tercero expresamente
reconoce que: no los costos de tra-bajo, sino los costos de la producción
capitalista, la in-versión de capital, constituyen el punto de gravitación del
precio de las mercancías; mientras en el primero encon-traba en el trabajo la
sustancia del valor. Sin embargo, Marx había ya insistido en su primer tomo
sobre que "el precio medio de las mercancías no coincide precisamente con
su valor" (2) Y que muchas cosas tienen precio sin po-seer valor alguno
(la tierra, la vegetación espontánea, cte.). Ciertamente no precisa Marx en el
primer tomo de su gran obra la relación eX¡icta entre valor y precio; pero ya
en su doctrina general del valor estaba claro qne, segCIlI
(1) Marx,
El C<lpít<ll, I pilg. 18 ..
(2) El
Cl1pital.1. 3." edic., pág. 129
EL MARXISMO 151
su concepción, el precio de las mercancías tiene
que ser cosa muy distinta de la mera expresión en dinero del va-lor del trabajo
(1).
Después de publicado el tercer tomo de EL Capital,
es imposible toda discusión. La doctrina del precio de Marx concuerda, en todo
lo esencial, con la de Ricardo, mien-tras q lIe la te aria absoluta del valor
del trabajo sólo tiene de común el nombre con la teoría relativa del valor del
trabajo del mismo economista clásico. Ricardo ve en el trabajo sólo uno entre
varios factores del valor; para Marx lorma el trabajo la sustancia del valor
mismo,
El concepto del valor absoluto del trabajo es el
eje del sistema económico de Marx. Muchos críticos de Marx sos-tienen que su
principio económico fundamental-el valor absoluto del trabajo-es un postulado
que Marx no prueba. La observación es cierta, pero la falta de prueba de este
principio no puede considerarse como el punto débil del sistema marxista. Está
metológicamente justificado. ¿Qué debía probar Marx? ¿Qué el precio de las
mercancías coincide con los costos de trabajo? Esto no lo afirma Marx, lo niega
terminantemente.
La realidad del costo de trabajo de las mercancías
no necesita prueba alguna. Razón tenía Marx al ver en todo su sistema la mejor
prueba de su principio, en su expli-cación de las leyes de la economía
capitalista. El cimien-to de su sistema es el concepto del valor absoluto del
(1) Sí
dice Marx que "la expresión del valor de una mercaneia en oro es su forma
en dinero, 6 sea su precio. (El Capital. l, pág. 60); pero en la siguiente
página explica "que una cosa puede tener un pre-cio formal sin tener
valor., La primera afirmación queda refutada por la segunda, y proviene, sin
duda, de un descuido en la forma de ex-presarse.
152 EL
MARXIS,\lO
trabajo; si
el sistema no cae, es por descansar
sobre só-
lida base. El mentado concepto tiene que ser
considerado como un postulado de la ciencia económica; corno la con-dición de
su existencia. Henunciar á este concepto signi~ fica renunciar á la comprensión
científica de la economía capitalista.
La critica de la doctrina marxista del valor debe
con-sistir en el juicio de la utilidad científica del concepto del valor
formulado por Marx, en su eficacia como medio de investigación. En mi opinión,
encierra este concepto una contradicción interior que le incapacita de servir
para la investigación,
El valor es para Marx, como se ha dicho, no el
traba-jo simplemente, sino el trabajo objetivado en las mercan-cías. Mas, ¿cómo
puede el trabajo objetivarse en las mer-cancías? ¿En virtud de qué fundamento
aparece el trabajo en la economía de mercancías no como lo que es
real-mente-esto es, una determinada cantidad de fuerza de trabajo humana-, sino
como una propiedad del producto del trabajo, de la mercancía? Y ¿en qué
propíedad de la mercancía se manifiesta la objetivación del trabajo?
La causa de la objetivación del trabajo humano en
sus productos parece estar en que en la economía de mercan-cías es imposible la
comparación directa del trabajo em-pleado en la obtención de los diferentes
productos, por-que la economía social, en este estadio, consta de econo-mías
individuales, independientes y autónomas, entre las cuales, los objetos
cambiables, las mercancías, forman el único lazo de unión. La objetivación del
trabajo se expre-sa, por tanto, en el precio de las mercanclas. Aparte de su precio,
la mercancia no tiene propiedad alguna en la que pueda objetivarse la cantidad
de trabajo que contiene.
EL MARXISMO 153
Pero el
precio de las mercancías no expresa la canti-
dad de trabajo que contienen, sino la inversión de capi-
tal
efectuada durante su
producción (1). En el precio
de las mercancías se objetiva, no el trabajo, sino
la inver-sión de capital. Y na pudiéndose objetivar el trabajo más que en el
precio de las mercancías, se deduce que esta objetívación no tieue lugar.
La contradicción interna del concepto marxista del
valor está, por lo tanto, en lo siguíente: El valor es, se-~ún Marx, trabajo
objetivado; pero como Marx expresa-mente reconoce, el precio no coincide con el
valor del trabajo; ahora bien, el trabajo, si no en el precio, en nada puede
objetivarse Por consiguiente, el valor no es traba-jo objetivado.
Con esto queda fijado lo contradictorio del
concepto marxista del valor. Le ha puesto á Marx ante el siguiente dilema: ó
los precios de las mercancías se determinan por su valor, y en este caso el
valor lIO coincide con los cos-tos de trabajo, ó no está determinado por el
precio, e·11 cuyo caso el ~oncepto del valor, pierde todo sentido pre-ciso,
porque el valor sólo puede set pensado como fun-damento del precio.
En el primer caso, la construcción marxista del
valor se desploma; en el segundo pierde toda relación con los hechos reales del
cambio, queda sin contenido. En ambos se muestra incapaz de ser utilizada como
medio de investigación. Asi debió comprenderlo Marx, y en la im-posibilidad de
dar al formulado 'dilema una solución con- , forme á los fundamentos
del"sistema. tienen su explica-
(1) Véase
Q; :Adler, Los /unáamentos de la critica marxista de Ir¡ economla
exiJ'tenÚ;1887. pago -90. ' . _..
_ --' _.~. '. • • ' ~"': . .' " .A'
lSI l'L ,\1 AkXJS~lO
ción las contradicciones existentes en su teoria
eCOnó-mica.
En los tres tomos de El Capital vacila su autor
entn: conclusiones antagónicas: el reconocimiento Ó la nega-ción en el trabajo
de una propiedad determinante del precio. Según las Ilecesidades de su
argumentación se dccide por una ú otra. En el primero parece como si el precio
estuviese directamente determinado por el valor; en el tercero, donde se trata
de la formación del precio de las mercancías, niega que sea así. De aqlli nace
la creen-cia de que la doctrina del valor del tercer tomo contradi-ce la del primero.
En realidad, la contradicción es má~ honda, reside en el concepto del valor
absoluto del tra-baio que no determina los precios, y, sin embargo, se eX-presa
en las relacioncs de cambio de las mercancías.
Esto ha dado un sello fantástico á lJIucl¡¿JS
cOlIstruccio nes económicas de El Capitulo Después de haber ncgadu Marx
expresamente, que el precio de las mercancías gra-vita sobre los costos de
trabajo, añade una fórmula tra~ de otra, superpone teoremas, construye su
sistema que se cOllJplica cada vez más, fundado en el reconocimiento implícito
de que el precio de las mercancías..... gravita
sobre los costos de trabajo. El pensamiento se
envueh-:e siempre en este concepto contradictorio. El autor vive en un mundo
fantástico que no tiene relación alguna con el real. Fenómenos reales-como el
precio de la tierra-sol1 designados como imaginarios, mientras que conceptos
absolutamente imaginarios -como valores, en cambio. que no están en
circulación-son proclamados clave de la sabiduría económica más elevada.
EL MARXISMO 155
11
Sin embargo, con la determinación de lo que una
doctrina tenga de contradictorio, no queda rematada la (lítica de la misma.
Puede ser insostenible como conjun-to, y contener sus elementos mucho de
verdadero. Una critica 'provechosa debe no sólo rechazar lo falso de una
doctrina, sino también valorar lo que contenga de cierto.
La teoría absoluta del valor del trabajo de
Rodber-tlls-Marx es, ciertamente, como teoría del valor-como tcoria del precio,
por consiguiente, ya que el precio es Illl¿J manifestación concreta del valor
abstracto -incondi-cionalmente falsa. Pero la disconformidad de esta teoría
(011 la formación real del precio es demasiado manifiesta para poder ser
desconocida de pensadores del fuste de Podbcrtus y Marx. Si á pesar d~ esto la
mantuvieron firme, fLlé por considerarla base indispensable para su ~istema económico,
que tenía por fin la expl~cación de las rdaciones sociales del capitalismo.
Sobre la teoria
dd valor
descansa propiamente la de la plus-valía, COIl la que estos pensadores reputan
como una forma de la explotación social todo ingreso que no procede del pro-pio
trabajo.
No se puede discutir que la teoría. absoluta del
valor del trabajo contiene un fondo de verdad. "Ninguna otra cosa más que
el trabajo-dice Ro~bertus-puedecontar-se entre los costos de los bienes; eS. el
único elemento á considerar desde el punto de vista de los costos de pro-
ducción de
los mismos ..... .y siun bien cualquiera cuesta
'. , .' ."' .'
al hombre
indudablemente el trabajo que
~xige su pro-
156 El MARXIS,\IO
ducción, en
su relación con el hombre, ningún otro
ele-
mento puede encontrarse del que pueda decirse que
entra en los costos de su adquisición. No se puede llegar talll~ poco que para
la producción de un bien es necesario otr~ bien activo. El materíal necesario
para ello es aportado por la Naturaleza ..... Habria, pues, de querer hablar
siem~
pre de costos, que individualizar á la Naturaleza
para ave-riguar cuáles sqn los suyos. La materia natural no es un gasto que
haga el hombre para obtener el bien, y costos de un bien son, para nosotros,
tan sólo aquéllos que éste tiene. (1).
El proceso económico es una actividad humana que
tiene por fin la creación de los medios de satisfacer nues-tras necesidades. La
categoría del valor económico se re-fiere á estos medios; pero la misma
actividad humana no queda comprendida en la categoría del valor. Por eso
ne-cesita la comprensión científica del proceso económico, junto á la categoría
del valor, también la de los gastos de trabajo: los costos. Ambas se completan
mutuamente y forman las categorías fundamentales de la ciencia econó-mica, apareciendo
en la categoría de los costos el hombre como elemento activo de la economía, y
la del valor dis-frutando de ella. Pero, ¿eH qué consisten los costos en
sentido absoluto? Evidentemente tan sólo en gasto de tra-bajo humano, ya que
sólo el hombre es el sujeto de la economia humana. '
"Cuando Roscher afirma que las vacas y los
toros son los productores de los terneros, y Smith que en la agri-cultura no
trabaja sólo el trabajador, sino también el ga-
(1) Rodbertus, Para el
cOlloáfíriento de nuestro
estado cconómi·
ca, 1842, páginas 6-B.
El MARXISMO 157
nado ..... dan estos
autores al ganado personalidad, pues
sólo nna persona puede ser activa" (1).
Observa acertado Effertz. ¿Por qué atribuímos s610 al hombre la personali-dad?
¿Por ser el hombre el único sér de razón, el rey de la creación, etc.? Desde
luego que no. "Todo esto es fan-tasía. El verdadero motivo es mucho más
casero. El bom· bre es persona, porque estudiamos la economía humana. Si
estudiásemos la de las abejas, las abejas lo serían, y
si quisiéramos estudiar la de los bueyes, .serían
personas los bueyes. Y en ambos casos los hombres dejarían de serlo" (2).
De aqllí que ni el trabajo del caballo, ni el salto
de agua qlle mueve un molino, puedan contarse como costos en sentido absoluto.
El trabajo del caballo no eB un gasto de fuerza vital del organismo humano; por
él no siente el hombre cansado su cuerpo. El único verdadero elemento de costo
en la economía humana es, por consiguiente, el
hombre mismo.
Esta concepción parece tropezar con muchas
dificul-tades. No sólo productos del trabajo, otras muchas cosas que no se
obtienen con el trabajo tienen una gran sígnifi-cación económica para el
hombre, como el suelo, por ejemplo. El hombre tiene que ser tan ahorrativo
fre'nte al suelo cuando no queda nínguno libre ó'desocupado, como frente á todo
otro bien ecol16mico. ·5610 los bienes que cuestan trabajo son bienes
económicosw-dice Rodber-tus.-Esto es notablemente falso. El suelo es, bajo las
~, cunstancias econ6micas corrientes deJos pueblos cifill~
zados, un
bien económico. .
(1) Otto
Effcrlz, Trabá/oy~sue[(), 1897,pág. 46.
(2) Idcm,
Id., p~g, 47. ..~ . ,
158
Esta es una objeción contra la teoría absoluta del
va-lor del trabajo de Rodberlus y Marx; pero no contra la teoría absoluta de
los costos del trabajo aquí representa-da. Para el autor de las Cartas sociales
el trabajo CC>llsti-tuyó sustancia no sólo de los costos, sino del valor
tam-bién. Por eso negó Rodbcrtlls cualidades económicas-de valor-á todas las
cosas que no son productos de tra-bajo. Yo niego rotundamente que el trabajo
sea la sus-tancia del valor; sÍ es, en cambio, en mi opinión, la única sustancia
de los costos absolutos.
El error de Rodbertlls-como el de Marx-estaba en
pretender identificar dos cOllceptos totalmente distintos, el de los costos y
el del v<llor; y en considerar sin valor j los bienes gratuitos. Pero los
bienes gratuitos pueden te-ner valor porque la condición económica de los
bienes na reside en haber costado trabajo, sino en depender de su posesión la
satisfacción de nuestras necesidades. "El va-lor es un interés humano,
pensado como condición de los bienes,,-dice Wieser acertadamente (1)-. Los costos
son el hombre mismo considerado como e1e"mento activo de la economía.
Ambas categorías no sólo nO son idénticas, sino que en cierto sentido se
contradicen.
Ahora bien, de los costos absolutos-los gastos de
trabajo-, hay que distinguir los relativos. La categoría de los costos
absolutos es tan distante de [a del valor, como el hombre sujeto de la economía
lo está de los objetos de la misma. Para lograr un determinado fin es necesario
el gasto de un bien valioso; asi significa este bien el costo del fin á
conseguir. La vegetación espontánea no cuesta
(1) Véase
Wles"er. Sobre el origen JI lejes fundamentales del valor económico, 1884,
pág. 79.
EL MARXISMO 159
nada á la humanidad, sin embargo tiene valor en
cuanto se cuenta junto al trabajo al emplearla en la construc-ción de una casa.
Claro está que los costos en este senti-do tienen un carácter económico
completamente distinto que los costos absolutos del trabajo. El interés por
ellos es tan primitivo como cualquier otro interés humano. Es-timamos nuestro
trabajo no porque-ó no sólo porque-con su ayuda obtenemos bienes para
satisfacer nuestras llecesidades. Nuestro trabajo es nuestra actividad vital, y
el gasto de trabajo es el de nuestro organismo, de nos-otros mismos. Por eso
debemos ser en relación á nuestro trabajo tan moder;,dos como con nuestros
bienes; por esto son los costos del trabajo costos absolutos.
Otro carácter económico tiene el empleo de bienes
ex-teriores de valor real. Un bien gratuito como la vegetación espontánea,
continúa siéndolo siempre, también como ma-terial de construcción. Mas por
tener la madera un valor determinado significa, COmo elemento de construcción,
un determinado sacrificio económico. Los costos de esta se· gunda clase, para
distinguirlos de los costos de trabajo, [os I1amo costos relativos, relativos
porque su costabi-lidad es un derivado de su valor.
En la economía de cambio cada bien que tiene valor
puede, cambiándose, servir para la adquisición de otro bien. Todo se puede
comprar por dinero, y por eso es na-tural que dentro de las modernas
condiciones económicas los costos de todos los bienes económicos se
expresen,ge-neralmente, por la cantida.d de dinero. necesaria para com"
prarlos. ""
El suelo baldío no contiene ningún átomo de trabajo
humano. La humanid~dlo obtiene sin el menor gasto de
su fuerza vital. Pero la tierr~ tie~é .valor y
puede, en con-
'. . ,-.
'. ,-
160 EL .\lARXI5MO
secuencia, expresarse éste en un determinado
precio. Para el que ha comprado la tierra con su dinero, significa este dinero
el precio de la misma. Estos costos tienen, sin embargo, un carácter relativo,
sólo cuenta para la econo· mía privada del comprador del suelo, lo mismo que
sólo afecta á la economía pri\'ada el cambio de riqLteza rcali-do; para la
sociedad toda continÍla siendo gratuita la tie-rra; la sociedad no ha
experimentado con la adquisición del suelo el menor sacrificio.
La categoría de los costos de explotación,
considera-da como inversión del capitalista, tan característica de la economía
reinante, es una cakgoría de costos relativos. "El costo capitalista de
las mercancías-':""observa Marx-se mide en la inversión de capital;
el costo efectivo en los gastos de trabajo" (1).
Los costos de la producción capitalista-costos de
ex-plotación-no son, coma se ha dicho, costos absolutos, sino relativos. Puesto
que el capitalista, sujeto de la ex-plotación, no toma parte en el trabajo
produ.:tivo, está, naturalmente, muy poco interesado en los costos abso-lutos
del trabajo. Sólo como inversión de capital le pa-recen los gastos en trabajo,
un elemento de costo de su empresa. Desde el punto de vista capitalista el
trabajador es uno de tantos medios de producción, una forma del capital. Lo
característico de la categoría de los costos de producción en el capitalismo
consiste precisamente en desaparecer por completo la distinción económica
funda-rnental entre el hombre y los objetos de su comercio. El hombre y los
medios de producción materiales aparecen en esta categoría confundidos como
cosa de una misma
(1) J\1arx, El Capital, tomo IV. pág.
2.
El. MARXISMO 161
especie. Una tal identificación de cosas tan
heterogéneas en sí es una consecuencia de la economía capitalista, para la cual
el trabajador 110 constituye el sujeto, sino el objeto de la economía.
Ciertamente, como Rodbertus dice, en
.. contradicción con las modernas ideas
jurídicas", las Cua-ks "rl:COIlOCell el1 el trabajador la misma
personalidad
libr~ (jlle
en un rentista" (1).
Igualmente hay que
\'CJllr con l~odbertl1s en que la consideración
capitalista del trabaja.dar como un medio de producción "presupone
lllvoluntanamente la esclavitud", y que pensando así "se hace de los
trabajadores máquinas perfectas, y que sus
subsistencias dejan de ser bienes ó ingresos, para
conver-tir~e ~n el pienso ó el carbón que el animal de carga y la
maquIna consumen respectivamente" (2). Todo
esto es cierto; pero falso la conclusión, según la cual, por con-tradecir esta
concepción las modernas ideas jurídicas, con-tradice también "el estado
real de las cosas". Con éste concuerda perfectamente, por el contrario, la
realidad ca-pitalista que sólo á las primeras contradice (3).
Desde el punto de vista capitalista las inversiones de
capital; pero no los gastos de trabajo, forman los
verda-deros c~stos de la producción. Esto nos explica por qué la
categorra de los costos de trabajo es tan extrafia
á la con-den,ci~ capitalista. Y con todo, [os gastos de trabajo son
los UIllCOS costos absolutos de la sociedad
capitalista. Una ciencia objetiva de la sociedad no debe situarse en un punto,
de vista capitalista, no representando los capitalis-tas mas que una parte de
la sociedad y no á toda ella.
(1) .
Rodbertus, Para el conocimit'flto de nuestro estado eCOlló/Jl'-
(0, lli
l:¿. p.ig. 22. 1
(2) ldem.
id., id.
(3) IdellJ.
íd., id. Véase el cap. IX de la misma.
Il
EL
,\1'\RXIS.\W
162 ID resa 110 son verdaderos cos-
Los desembolsos ~e u:as~ci~mentelya que
pasan á ser
tos si se
les consld~r d I sociedad. Los medios
t os
mIembros e a el proceso
ingresos d e o r _ lidos
durante
de producción materiales,
cOllsulelllllento de los costos ah-
, t poco son un e
productivo, o
am ificandoSil consUIl1 o el del organismo hu-
solutos, no slgn no o 'onalidad alguna rcCO-
mana. La N t aleza tlelle per~
a ur _ o t los
"costos de la tierra" --El
o r 'ollslglllen e, l '
noetda y, po e _'." 'lstO de luerzas tld
SUjeto
¡ertz-no P ueden
aSlll1llar~c a g, . . l'
E el , d la economía capitalista ,1
. ' sistema e I I-Iumanidad, El
homhre
eC0I10111ICO. n stado
nada .
, 1 a a' _
, o
tierra no la ca. o t'tuy~n la única sustancia de lus
. su trabajo COI1S I l: •.
mIsmo Y s
dentro d lquier réuimcn cconoll1lCO o
bIt ecua b
costos a sO
u o gasto d t ba¡'o una categoria tan real,
l siendo el e fa C0l110 el
gasto .• '
AIII • italista ue ca-
dentro de la economla cap .' s producidas se deter-
, . recios
de las
merCal1Cla., o
pltal, los P _
d trabaJ'o sino por los de capl-
o or
los costo~ e, . o
llllllaIl, 110 P o d fuera de la conCienCia
tal. .Lo~ costos
de trabajO que an . ' .
laborándose la
fonuacion de precIOS sobre
capitalista, Y e, o 'entes
de los valores. es
la base d I s estlmaClon..:s conSCI no e'lerzan .
e a b l tos influenCia
natural qu elos
costos a so u de las '1'
d' t . mercancías. So o
algul1~ . en
los precIOs
mme. ta a ca ital
influyen los costos de trabajo
como mver~lonesde p Has inversiones el único gasto
en los precIOS, por ser aque
'd los
capitalistas. 1 categoria de los costos
conoel o por lica por .
Esto nos que a alcJ'ada de la econo-
exp hasta
a h t
absoluto~ t o ora an o
es uv L costos
absolutos nO determl-
mía política burguesa. os . , y
sobre esto realmente,
l . de 1'1s mercanclas, o
nan e pre
clO o' .. de los
precios recaen las invesU-
sob~e la de~e::~~:~~~~lde la economía política
burguesa.
gaClOl1eS 1\1 t' en relación inmediata con la
forma-Todo lo que no es a
EL MAHXISMO líi3
ciÓl1 de los precios aparece á la conciencia capitalista
como situado fuera del verdadero proceso económico;
y, de hecho, la categoría de los costos absolutos no se ma-nifiesta en la
superficie del mundo capitalista,
Sin embargo, no es menos real que la categoría del
valor. Ciertamente se objetiva el valor en los precios, y no así los costos del
trabajo; pero solo el fetichismo de las mercancías, cuya natura!cza reveló Marx
tan ~l'niaIIl1ell le, puede conducír á ocultar detrás de su precio la fuerza
l:Íecliva propia de la economía, el hombre económico, A los ojos liD
deslumbrados por este fetichismo, no puede quedar escondido en ningún caso el
valor real de los cos-tus de trab<1jo, "Eu toda ocasión-observa Marx-tiene
qu e interes¡¡r á los hombres el tiempo de trabajo que cuesta I¡¡ producción de
las subsistencias. (1). Los costos úel trabajo son la categoría social por
excelencia. La ca-legaría del v¡t1or tiene carácter de fetiche: relaciones
so-ciales están ocultas en ella con la careta de relaciones de mercancías;
detrás del precio de las mercancías no se ve al obrero, su productor. No pasa
lo mismo con los costos del trabajo: aquí aparece el hombre social descubierto,
su persona paciente y doliente en su lucha con la Naturaleza y con sus
relaciones sociales, las que nacen sobre la base de esta lucha.
El concepto de la productividad del trabajo
pertene-ce, como generalmente se reconoce, á lps conceptos fUIl-damentales de
la ciencia económica. El progreso social como el económiéo se mide,
sencillamente, por la eleva-ción conseguida en la productividad del trabajo. La
ciell-cia económica no es capaz de explicar sus doctrinas más
(1) El
Capital. 1, pág. 38.
IGl El. ~\.~IlXISMO
dementales sin este concepto. Así parte de él, en
Sil doctrina del capital, por ejemplo, un adversario tan deci-dido de la teoría
del valor del trabajo como
Bawerk, cuando descubre la Si!411ificación
económica del capital en "que se pueda obtener por medios indirectos, COIl
el mismo trabajo más producto, ó el mismo producto
con un trabajo menor" (1).
"El grado de productividad social del trabajo,
su mo dificaciólI, ele.. es lo que ·--dice Sombart-, sin Ile!4,¡r á la
cOllciencia de los agentes de la producción 6 de cualquier individuo
ecollómico, decide en última instancia sobrL~ los precios, sable la cuota de la
plus-valía, sobre toda la estructura de la vida económica, poniendo límites
precisos al arbitrio individual" (2).
Ahora bien, el concepto de la producti\'ill<Hi
del tra-bajo no es otro que el de los costos absolutos dd mismu en forma
invertida; mientras bite expresa la relación de la cantidad de trabajo con el
producto obtenido, aquél, <Í la inversa, la del producto obtenido con el
trabajo que
costó.
El valor en cambio, es una categoría histórica de
la economía, ya que ésta puede también existir sin cambio; 110 así los costos
del trabajo, que son una calegoría lógi-ca de la misma, no siendo concebible
nínguna economía sin trabajo económico. Esta categoría tiene que ser el eje de
la nueva ciencia económica .libre del fetichismo de las
(1) Bi.ihm-Bawerk, reorla positiva del
Capital, 2." cdie.,
1[102,
pág. 18.
(2) Wcrncr
Sombart, Crítica del sistema
económico de K. Man.
ArciJivo p,lra la legislación social. VII, p,íg.
577. Este notlhle a[líeul". de uno dc los más distinguidos economistas
modernos, tiene d defecto de confundir la categoría del valor con la de los
costos, y ¡lasta intenta borrar toda diferencia fLlIldamental entre ellas.
EL MARXISMO 16')
mercancías, que investigará las relaciones sociales
de los hombres ocultadas por las de las mercancías. "Una consi-ueración
justa de los fenómenos económicos desde un punto de vistl general-humano ó
social, exige que los bienes que integran la riqueza sean estimados tanto por
10 que á sus costos como á su utilidad se refiere. Uno de los más certeros
ataques, dirigidos contra los mercanti-listas, está en que se ocupaban
exclusivamente del pro-ducto obtenido y muy dcficientemente del proceso de la
producción; cifraban el bienestar de los pueblos en la can-tidad de su riqueza
material, y dejaban fuera de cuenta t'1l qué medida se obtenía este provecho
mediante una mayor duración, intensidad, monotonía y perversión del
trabajo" (1). Wieser tiene razón, ciertamente, cuando dice: "que el
interés en ahorrar dificultades al trabajo es tan verdadero é importante para
los hombres como el 'lile tienen en asegurarse la satisfacCión de sus necesi·
dades» (2). Y del mismo modo se expresa Effertz: "El bi(~nestar de un
hombre-dice-depende, estimándolo en una cantidad definida de bienes, de dos
factores: de sus ingresos, y de su jornada de trabajo. Cuanto mayor sean sus
ingresos y menor la jornada, más considerable es su bienestar. Un hombre que
tiene que trabajar dieciocho horas díarias, padece tanto como otro que no tenga
qué comer, aunque el primero posea tanta riqueza como ocio el segundo. El
bienestar es igualmente incompatible con el hambre que con el trabajo excesivo"
(3).
(1) J.llobsOll,
J. RlIskin. reformador social, traducción rusa, l89!),
pág. W.
(2) Wiescr,
Sobre el origen del valor de [os bienes económicos, pá-gina 105.
(3) Effertz, Trabajo y tierra, pág. 64.
166 EL MARXISMO
Lo último es rigurosamente cierto; pero la
afirmación de Effertz de que cada disminución del trahaio económi-co aumenta el
bienestar de los hombres, necesita algunas limitaciones. Hay ciertas clases de
trabajos económicos que por corta duración que tengan sólo cansancio y dolor
significan para el hombre. "El interés en el asunto que se trabaja tan
capaz de sustituir todo salario ó recompensa, se da en gran escala
exclusivamente en empresas creado-ras ó intelectuales. Este atractivo falta en
funciones bajas y mecánicas que generalmente lleva á cabo el proletaria-do y
que no exigen, comúl1mente, gran capacidad inte. lectual; pero sí en su lugar,
mayor esfuerzo corporal, ha-ciendo aburrida, desagradable y mecánica la jornada
.....
Trabajar todo el día en la mina, en una galería
pestilente; conducir una locomotora ante el constante peligro, ó tra-bajar en
una fábrica de productos químicos, por ejemplo, son ocupaciories que
difícilmente se conservan por mera afición. (1). Pero otras clases de trabajo
económíco como muchos agrícolas, de jardinería, caza, pesca, etc., pueden
emprenderse con mayor agrado, siempre que su dmaciólI, 11éIturalmente, no
exceda de ciertos límites.
De aquí que no pueda justificarse el considerar á
todo trabajo económico, sin excepción, como una ocupación desagradable; aunque,
desde luego, la más agradable acti. vidad excesívamente prolongada llega á
convertirse en una tortura. Y es cierto que, por lo general, toda ocupación
económica tiene que rebasar los límites, dentro de los cuales pudiera ser
agradable. Este problema lo ha tratado de mano maestra W. S. Jevolls. El
principio económico
(1) G.
Sil1l1l1eJ,.lntroduuiÓfl en la ciencia dI! la .1101'1/1, 18HZ, pá-gina4lg.
EL MARXISMO 167
exige, precisamente, que nuestro trabajo no llegue
al ex-tremo en el que la utilidad de la última unidad de trabajo
dd producto
obtenido, se identifica con el malestar que el mismo trabajo ocasiona (1).
Dentro del régimen capitalista el trabajador se ve
obligado á rebasar el límite normal más amplio del gasto del trabajo, ya que no
tiene la libertad de seflalar la du-ración de su jornada. El capitalísta no
siente el sufri· miento que ocasiona al obrero este exceso de trabajo
(Vberarbeitj y esLá directamente interesado en prolongar la jOfllada lo más que
sea posible. De este modo nace con el capitalismo la tendencia á aumentar la
jornada, contra la cual luchan tan tenazmente los trabajadores.
III
En la teoría del valor económico de los bienes no
se puede olvidar que la categoría del valor tiene eficacia no sólo dentro de la
economía. "El momento de la deter-minación del valor-dice Wundt-constituye
el carácter más decisivo de 10 espirítual frente á 10 flsico ...... El
lIIundo espiritual es el mundo de los valores. Estos
pue-
(1) Véa
se Jevons, La leorla de la economla politica, 3." edic .• 188~.
cap. V. Esta regla, establecida por J., no tiene
una validez Incondicio-nal que permita pensar las condiciones económicas tan
favorables, que el hombre podria satisfacer sus necesidades con una actividad
que le fuese agradable siempre. La actividad económfca no causarla entonces
cansancio á los hombres. Está, fuera de toda duda. por el contrario, que tal
situación económica presupone un grado tal de productividad del trabajo, que
sólo como Ideal del porvenir puede pensarse. En toda socie· dad histórica el trabajo
económico ha sido siempre una labor pesada, emprendida sólo en atención á los
ventajosos resultados que trae ci1nsigo.
168 EL MARXISMO
den darse en las más diversas modificaciones
cualitativas y en muy diferentes grados. Los valores sensibles, este-ticos,
éticos é intclectuales forman sólo los grupos más dcfinidos y salientes, entre
los cuales existen transicio~ nes que los unen. Á todos ellos es común el
moverse entre opuestos. Con esto muestran en el sentimiento la • condición
subjetiva de su existencia ..... En el mllndo es-piritual tielle todo Sil
valor, positivo ó negativo, mayor
ó menor"
(1). Windelband define la filosofía: "ciencia crítica de los valores
universales" (2). La importancia de la categoría del valor en todo el
dominio de las ciencias históricas la ha puesto en claro, mejor que nadie, H.
Hi-ckert con su notable escrito: Limites de la formación de los conceptos de
las ciencias naturales. Toda la realidad empírica es Naturaleza si se la
estudia cn lo universal, é historia cuando estudiamos lo particular. La
representa-ción de lo particular é individual es sólo posible "me-diante
una relación de los objetos con los valores" (3). El juicio de los valores
forma, por tanto, la base de toda la ciencia histórica.
En este sentido amplio se puede definir el valor
con Ehrenfels, como: ~la deseabilidad de una cosa .. (4). Y como sólo podernos
desear una cosa como medio para algo, ó como fin mismo, procede la división de
los valo-res en valores finales-valores propios-y de mediación, valores de
virtualidad, que hace el mismo Ehrenfels. El
(1) Wundt. Ldgica-metodologla, 11, pág. 16.
(2) Windclband.
Preludios, pág. 30.
(3) Rickcrt.
LImites de la formación de los cOllc<ptas de {as cielI-cias naturall's.
1902, pág. 307.
(~) Véase E/¡rcnfcls. Sistema de la tcorta dL' {os
¡·<Ilores. lB!!?, 1, pág. 5~.
EL MARXISMO 169
valor económico pertenece á esta segunda especie,
por no ser la acti vidad económica un fin en sí, sino un medio para la
consecución de otros fincs. Un objeto lleRa á ser estimado como valor económico
cuando de su disposi-ción depende la satisfacción de nuestras necesidades. El
I'alor económico es, por consiguiente, "la significación que los bicnes
concretos adquieren para nosotros cuando tel1('1I10S conciencia que de su
disposición depende la sa-tisfacción de l1uestras necesidades" (Menger).
Con la teoría de la utilidad límite, si no
completar la doctrina del valor económico, sí se ha conseguido cierta-mcnte
perfeccionarla en su esencia. Una comparación cuantitativa de nuestros
sentimielltos de agrado ó des-agrado, de calidad tan distinta, parece á muchos
ser im-posible; mas esta objeción contra la moderna doctrina del valor fué ya
desautorizada por Kant hace tiempo. "Las representaciones de los
objetos-dice el gran pen-sador-puedell ser muy desiguales .... ; sin embargo,
el
sentimiento de agrado..... es uniforme. ¿Cómo
podría si no
establecerse una comparación entre la importancia
de dos rcpresentaciones diversamente motivadas. para decidirse por la quc
poseyese mayor deseabilidad? Un mismo hom-bre pnede devolver un libro
instructivo que cae en sus ma-nos sin haberlo leído, por no renunciar á una
cacería; de-jar de escuchar un hermoso discurso por no llegar tarde al
almuerzo; suspender una interesante conversación que le agrada por sentarse
ante la mesa de juego; hasta des-atender á un pobre que le pide, yen otro caso
socorrería con gusto, por no tener más dinero que el preciso para pagar la
entrada del teatro" (1).
(1) Kant,
Crltica de la razón práctica, Ell. Reclam., pág. 26.
170 EL
MARXISMO
Como medios de disfrutar todos los bienes
económi-cos son comensurables, por muy distintos que puedan ser, y la moderna
doctrina del valor no cometé ningllna falta, al partir de la conmcnsurabilidad
dc los mismos. La aceptación general de la tcoría de la utilidad límite por
parte de los economistas, ha sido el camino que han to-
mado sus representantes para ponerse frente á la
teoría clá~ica del valor. En la teoría del valor del trabajo de
Smith-Hicardo encuentra Wieser .. uno de los más
ma-nifiestos errores de la ciencia". Esta teoría está, en Sil opinión,
"tan llena de contradicciones que un entendi ~ miento no predispuesto é
imparcial no puede llegar á com-prenderla" (1). Los juicios de Bohm-B;i
werk, y otros parti-darios de la escuela austriaca, son parecidos por su
dUreza. Estos economistas juzgan á la vieja teoría como una red de
despropósitos que no descansan sobre verdad alguna.
Pero toda esta discusión de los nuevos con los
anti· guas descansa, á mi juicio, en una mala inteligencia. Los ataques
polémicos de los austriacos á la teoría clá-sica del valor combaten
propiamente, 110 la de Smilh-Ri-cardo, sino la teoría absoluta de Rodbertus-Marx.
Esta es en realidad inconciliable con la teoría de la utilidad límite, porque
el valor no puede ser al mismo tiempo tra-bajo cristalizado y utilidad limite;
no así con la teoría re-lativa del valor del trabajo. La doctrina de la
utilidad lí· mite, no sólo no se encuentra en contradicción efectiva con ella.
sino que ambas teorías se apoyan mutua y lógi-camente. La una presupone la
otra.
El mismo Jevons, que quiere aparecer como el
des-tmctor de Ricardo, ha mostrado la plena armonía de am-
E)- MARXISMO 171
has. "El valor de un bien-dice.-depende
exclusivamen-te de su utilidad límite. Pero. ¿cómo puede alterarse esta
utilidad limite? Mediante el aumento ó la disminución de la oferta del mismo; y
esto, ¿cómo puede conseguirse? Con el aumento ó disminución de la cantidad de
trabajo cmpl<'ado en la producción del bien de qué se trata. Desde este
punto de vista hay, por lo tanto, dos etapas entre vnlor y trabajo. El trabajo
determina la oferta y la oferta determina la utilidad límite la cual fija el valor,
ó la re-lación de cambio de los bienes" (1). A Jevons le falta la
conclnsión de este silogismo. ergo: el trabajo determina el valor.
Los costos de producción de una mercancía no
in-fluyen en su precio desde el momento en que la misma aparece en el mercado;
pero la cantidad de mercancías que llegan al mismo, depende, principalmente, de
los costos de producción. Si son los costos de producción de dos mercancías
iguales, sus precios tienden también á serlo, pues si no fuese así alcanzaría
la producción de una de ell?s una ganancia más elevada que la otra. y en este
caso se invertiría en aquélla un capital mayor, hasta que las ganancias y. en
consecuencia, el precio fuera el mismo en las dos esferas de la producción.
Es muy fácil demostrar, de modo distinto que Jevons
en el pasaje copiado, cómo se llega desde la teoria de la utilidad límite á la
del valor relativo del trabajo. LOS cos-tos de producción de los bienes son
diferentes en las di-ferentes esferas productivas. El máximum de utilidad se
consigue, dividiendo la producción social de tal modo que en todas sus esferas,
en la última unidad de tiempo, las
(1) Wicscr.
Sobre elorigm de! valor, pág. 119, (1) Jcvons, Teorla de la Econom/apol/tica. páginas 16! y 165.
172
masas de productos tengan una misma utilidad.
Cuandu 110 se da estc caso aparece una producción mcnos [HOVe-dlOsa y deue scr
limitada--Io que eleva la utilidad limilL' de SilS productos -mkntras la otra
producción dcbc cx-tcnderse hasta que la utílidali de los productos o
lJtclliuus
en la última unidad de tiempo llegue á ser igual
ell bas csferas.
Los costos de producción de los respectivos
produc-tos, Ó, lo que es lo mismo, la cantidad de los mismos 011-tCllidos en la
misma unidad de tiempo, continúan síelHil) distintos. Su utiliJa¡J, COIllU se
lJa dicho, debe ser la llli"
1Il¡¡; por cOllsiguiente, tiene que estar la
utilidad de la ¡'Ji-lillla unidad de cada producto - su utilidad límite-- eH
razón inversa con la masa de productos obteni(ia en el mismo ticmpo, ó, con
otras palabras, l¡¡ utilidad límite lk cada producto tiene que corresponder
directamente á sus costos límites.
Esta rclación entre los gastos de trabajo para la
pro-ducción de un bien y su valor apareció muy clara á Her-mann Gossen, el
autor de la teoría de l;l utilidad límite: "Para obtener un máximo de
satbfaccíóll-cscribc-tielle el hombre que distribuir su tiempo y sus fuerzas de
Ld modo tn la adquisición de [os diferentes placeres que el valor del último
átomo de la satisfacción obtenida corrlS panda á la cantidad de molestia que [e
proporcionaría ob~ tenerla en el último momento del desarrollo de sus fuer-zas"
(1).
La teoría de los costos de producción de Ricardo se
separa en cierto modo de la teoría ¡Je la utilidad Iilllitc~
(1) GOSSClI,
EvoluL'iJn dé ltl lé.)' dd cOlllcrciv Jmll/af/v. NlIc\'a edi-ción ale1llilllJ.
1889, pcíg. -t5_
EL MARXISMO 173
pero no la contradice. Aquélla atiende á momentos
objeti-\'os, ésta á subjetivos de la form:tción del precio. Así como \,1
autoinspección en [a psicología no excluye la observa-ción obj 2liva del
proceso psicológíco, sino que la como pleta y rouustece, también constituye la
teoría objetiva d el valor de Ricardo un complemento necesario de la teo-ría
subjetiva de la utilidad límite.
La IllleVa teoría del valor no ha descubierto
propia. mente ningun factor objetivo del mismo. A otros méritos (klJe su
importancia. Es el primer ensayo científico hecho para explicar y demostrar el
mecanismo objetivo de la f<Jrmación del precio, hace ya lllucho tiempo
conocido, COll\O una serie necesaria de motivaciones humanas. Esta explicación
permite concebir [a llamada ley de la oferta y de la demanda como una verdadera
ley causal, empresa e n la que todos los anteriores ensayos ha bían fracasado.
La teoría de [a utilidad límite puede servir de teoria abs· tracta de [a
motivación económica, llenando así un vacío (ie la ciencia, yen calidad de tal
es también imprescindi. ble para [a comprensión del mecanísmo objetivo de la
foro mación del precio.
Pero sí la teoría clásica del valor es compatible
con la de la utilidad límite no puede, ciertamente, decirse lo mismo de la
tcoría absoluta del valor del trabajo de Marx.~ HodlJertns. Esta es con ambas
inconciliable. Es un error grosero ver en la doctrina marxista del valor, una
conti-lIuación lógica de las doctrinas ricardíanas. Las teorias absoluta y
relativa del valor tienen, como se ha dicho, casi sólo el nombre de común; sus
respectivos contenidos se contradicen rotundamente. Si el trabajo es, COIIIO Ricardo
enseña, uno de los varios factores objetivos del valor, no l)l\edc ser la
sustancia del mismo.
174 EL
,11ARX!s.\\O
El defecto de la teoría de la utilidad limite se
enCuen-tra en la excesiva acentuación con qne afirma el elemento pllralllente
uatural CJI la formacioll del precio y el! des atender, en cambio, el mOlllento
social dc la misma. "El valor de los bienes es independiente -dice Carlos
Meu . ger~dc la economía Ilumana y de sus factores socialcs, Como también del
ordcn juridico y de la e"bteucia de la Sociedad" (1). Es una doctrina
autillistórica, con valido nniversal para todos los pcríodos y sistemas
económico,;.
No se pucde negar, el] efecto, que en la
estilllacioll del valor ecoEómico Ilay factores de validez general, por-que
toda economía descausa sobre la estimacion del valor, independientemente de sns
formas históricas. Mas, junio :1 estos factores universales, Ilay tamLién otros
el! la for-¡nación del valor y del precio ecollómicos, de carácter so-cial é
histórico que uo pueden scr ignorados.
Es un mérito que corresponde á Bijhm-Bawerk
princi-palmente, haber fijado las leyes de la formación del precio, desdeel
punto de \'ista dt: la nueva doctrina del valor. Este notable investigador,
desarrolla la tcoria de la formación del precio en la economia moderna con el
ejemplo de la venta de unos caballos, en la que da por sentado que el vendedor
está dispuesto á conservar los caballos siem pre que el precio propuesto por el
comprador sea demasiado bajo (2). Manifiesto es lo crudamente que esta abstención
contradice á la realidad capitalista que produce las mer~ candas para el
mercado, y no para el uso ó consumo del productor. Pero lo erróneo del ejemplo
de 8ohm-Bawerk no tiene aqui tan grandes consecuencias como podría creerse.
(1) Mcnger. Principios dI! Ecollomla política, lb71,
pág. 80.
(2) nühm-Bawcrk, L'orla positi"tl del Capital, 1902, pág.
211.
EL MARXISMO 175
En otros escritos de los teorizantes de la utilidad
límite se corrige este defecto, reconociendo el precio del mercado dependiente,
no de las estimaciones del valor del compra-dor y vendedor, sino
~xclLlsjvamcnte de las del prime-ro (l), concesión que no perjudica lo más
minimo á la nueva doctrina del valor. En su consecuencia, se deter-mina el
precio del mercado del siguiente modo: Los con-sumidores tiene la libertad de
comprar esta ó aquella mer-cancía; cuando el precio exigido por una de ellas es
tan elevado que caso de comprarla habría que renunciar á la adquisición de otra
que proporcionase una mayor sa-tisfacción, entonces aquélla no llega á
venderse. Esto obli-ga al vendedor á bajar el precio hasta el punto en que el
consumidor no estime en menos la utilidad límite del pro-dllcto comprado por
ese precio, que la de cua·lquier otro que pueda adquirir por el mismo. El
dinero tiene en todo este proceso sólo un papel de intermediario, y no tiene
influencia alguna sobre la relativa altura de los precios de las diversas
mercancías. Así nace, sobre la base de las estimaciones subjetivas de los
consumidores y la can-tidad de productos en venta, el precio del mercado; con
lo que la influencia reguladora de los costos de produc-ción sobre el precio
del mercado sólo se puede recono-cer en cuanto determinan la cantidad de
productos ofre-cidos (2).
(1 ) Véase el articulo de ZuckerlandI, • Precio.,
en el Diccionario de Conrad.
(2) 'Puede
formularse, como regla general, qllC cllanto más breve sea cl tiempo
considerado por nosotros. mayor es Su significación al
medirse en el valor de las mercanclas en la
demanda; y cuanto mayor sea, Id duración de aqllcl tiempo, más ha dc tenerse en
cuenta para el valor· de los costos de prodllcción. A. MarshaIl, Principios de
Econ<Jmla. 18D8, edición inglesa, pág. 429.
17(, EL ,\\ARXI5MO
Mucho más
importante es otro defecto del ejemplo de
Bijhm-I3:l\verk de la venta de los caballos. El
caballo no es, ciertamente, una típica mercancía capitalista. Sin em-
bargo, B¡í]¡m-Bawerk tenía sus molí\'os para
desarrollar su tcoría de la formación del precio sobrc nna vcnta tan poco
corriente. El C<luallo aparecc en c1ml.:rcado cunlO un bicI] indivisible,
del que no se puedc, naturalmente, cumprar Jil mitad ó un LL1¡¡rto, por
ejemplo. Con e1Jo surge una gran dificultad quc entorpece el camino dé la
tcuría de la utili-dad limite. Con razón hau dicho I\olllurzynski (1) Y Stolz·
mann (2), que la utilidad límite uc una misma suma de bienes es distinta según
el tamano dd prouucto que tknl.: que ser objeto de estimación como unidad
indivisible. Cuanto mayor sea esta unidad, tanto más elevada es su
utilidad limite, el valor de todas las existencias,
por con-siguiente. Según la opinión de BiilJm-Bawcrk, CUlI!O de otros
defensores de lil teoría, el valur de los I,kues de-pende, exclusivamente, de
las relaciones élltn: la necesi-dad y su satisfacción, la escasez de los bienes
y Sll utili~ dad (3). Vemos, pues, que con ellas no quedan agotados los
elemcntos determinantes del precio; falta lino muy importante, á saber, el
tamaño de la unidad, <¡lIe según las condiciones objetivas dd mercado tienc
qlle ser fun-damento de las estimaciones del comprador.
La importancia de este elemento en la fornH~ción
del
(1) Komorzynski, El
valor en la
ecol/omia aislada, 1889,
pá-
gina 53. . '
(2) ·Conforme
sea ma)'or ó menor la canudad. de un l>JCII tomado comO LllliJad, s~
modifica la lItilidad limite y talllLJ~1I el \',dnr {le toJos
ItJs cxislenlcs tun (';ld;1 llllíJad dd
mismo." Sllllzlil.lllIl, /.11 c,l/,g,,,¡,¡ soci,¡l t'!l la ¡,col/omfa
t,'JI;"'!, lo~l(i, pág. 2W.
(3) l3¡jhrn-Bawerk. Teoria positir'a del C<l/Iilal, p:ig. 168.
EL MARXISMO 177
precio con ningún otro ejemplo aparece tan clara
como en el salario. Parece estar hoy generalmente reconocido que los obreros
oq.;anizados en sindicatos obtienen un salario más e1e\'ado de los
capitalistas, que los no organizados. ¿Dónde está, pues, la influencia de la
organización sobre cl precio ele! trabajo? Sin duda, en que los trabajadores
organizados aparecen como un todo indivisible frente á los capitalistas,
mientras que los que carecen de orga-nización tienen que negociar individual y
aisladamente con ellos. En el primer caso aparece en el mercado del trabajo un
número mayor ó menor de obreros como un bien económico indivisible; en el
segundo entra como tal un solo obrero. De no convenirse en el primer caso en
las condiciones del trabajo, se ve el capitalista, no raramen-te, obligado á
interrumpir su industria, micntras que en el SéRUllIlo no nace ninguna
perturhación. La estimación de la Int:ll:ancía trabajo por parte del
capitalista en el pri-mer caso es mucho más elevada que en el segundo, en proporción
con las dimensiones de la unidad del bien úbjeto de la estimación.
El hecho de que las organizaciones obreras influyan
tan poderosamente en el precio de la mercancía trabajo independientemente de
cualquiera otra circunstancia del mercado, muestra con claridad la enorme
trascendencia dc las relaciones de poder y dependencia social en la forma-ción
de los precios. Con la misma oferta de brazos é in· variable demanda suben los
salarios cuando la fuer;ta de los obreros aumenta gracias á su organización, y
bajan eu el caso contrario.
El mouopolista es capaz de subir el precio de la
mer-cancia monopolizada, no sólo mediante la reducción de las mercancías en
venta, sino también negándose á ven-
EL MAHXIS~lO
178
der la mercancía á menor precio, lo que obliga al
compra-dor á pagar por ella ellllayor precio posible. "Así, la al-tura dd
precio del mercado-dice Biihm -Bawerlc ~se de-termina en aquella ZOlla cn la
que la oferta y la dcmallda
lo equilibran wantitati\'amelltc" (l). Esta
zona, de¡¡:ro de la qne oscila el precio, puede ser más ó ll1ell.os allll~lla;
las
relaciones de fuerza y de dependencia soctal
deClden .eI punto, dentro de esta ZOIl:.1, donde Ira de fii~lfseel .prec:o.
. pueden la oferta y la demanda en relaclOll ,}
la mn.-
ASI \. . t
cancía trabajo,
por ejemplo, expresarse en muy ( Istl~l os
precios. El obrero aspira, naturallllente,. á conseguir, el
mayor salario; pero por mucho que deSCienda L:.l
salarIo. el obrero na puede negarse á vender su mercanCla por,dL:-
pender de ello sU vida. También el capitalista
prcfl,e:e pauar al trabajador lo menos pOSible, pero por lIluy ele vadO que sea
el salario efectivo, excepto en d caso de que le consuma todo su provecho, ha
de pref~nr el capI-
talista pagar este salario antes que tener
paralrzado su ca-pital. En este caso, la fórmula de Blihm-Bawerk ap~nas
tiene validez, pues la zona de precios fijada es demasiado , • 50'10
quedan determinados con ella los límites cx-
amp1la. . . .
tremas é impracticables de las oscilaCIOnes d,el
.salano. Qué punto de esta zona expresa el ~al.ario lo flJ~ra exclu~
sivamente la fuerza relativa, economlca y socral de
los contratantes.
La doctrina del valor de la escuela psicológica es
de-masiado abstracta y racionalista. Parte del supuesto de que el hombre mide
exactamente sus d~seos ~ prefiere siempre el 111 <lyor al menor, cuando ~n
reaItdad, a menudo duda sobre la gradación de los llllsmos. Pero, en todo
EL
1I1AI!XISMO 179
caso, no necesita de una previa mensura de sus
deseos para decidirse por uno. La rutina y las costumbres deter-lIlinan la vida
de la mayoría de los hombres. El consumi-dor adqniere ulla mercancía por un
determinado precio, 110 por estar convencido de que con el dinero gastado
lIillglllla satisfacción mayor podría obtener, silla simple-mente por seguir el
ejemplo de otros y por estar acostum-Ilrado .:í comprar esa mercanCÍa por ese
mismo precio. De
;¡ '1\1í que los precios
al detal1- de los
cuales dependen
j alllhién los
al por mayor ,- sean tan estables. La costum-
l)fe e~, pues, una
fLlerza que determina
efectivamente el
proceso colccth'o, yen parte inconsciente,
de la forma-
ción del precio.
Cierto que las estimaciones individuales forman el
fundamento del precio de las mercancías; pero tan pron-to como el precio
aparece su influencia es recíproca. Así \lace la aparente independencia del
precio de las mercan-cías de estimaciones individuales, la sustanti vación del
precio, el fetichismo de las mercancías,
Los defectos de la teoría de la utilidad límite son
los de la economía política individualista y racionalista, de la que es el
fruto más sazonado esta doctrina, Da una solu-ción ;,fortuuada al problema del
valor en su forma abstrac-ta, no histórica; para poder explicar manifestaciones
con-cretas del precio dentro de un sistema económico histórico tiene que ser
completada mediante factores sociales his-tóricos, El prer.io de las mercancías
es, como la moral y el derecho, un resultado colectivo del proceso social en
parte inconsciente, en el que se expresan las relaciones de poder y dependencia
de los grupos sociales.
(1) TI'orla
l'0silil't/ ¡JI'! ("pital, poíg.
225.
CAPÍTULO VIl
PLUS-VALíA
Ln /t'or,'a marxisla de! prOl}lyho: El
trabajo como fuente exc1u:iiva dd proveclto.-
In,l...'pdll.kneid de 10:> provect1Os de los
rapitJlistas aisL.ldos de lJ composición
de sus
1·;,¡pilJlc~. .Y
tlep~ndencia de la cuota general del
provetho de b composición dd ('.lp1-
tul
~nLLll.-lI, Lrl cuota gl'w'rltl dcl
provecho y la cQmposicion del
capita.l social
ni {Or difacnlt's ramos de la produccióll: La r.1lta de armonia entre 1J
cllota gcn~ral
(11.:1
l'rO\'edlO dt:clh'a y la rnlsma contada según la plus a vatia.-IIJ. Las
oscilaciones
dI' la (ilota
geflcral del provecho: la ley marx~sta dd pro\,-e¡;;ho
dec:recl'!:nte. Su Ln~
(GIl~bh:ncia.-AItNacionEsde la cuota del provecho
hajo la influencia: IY, tle la di:;·
milllh:idn. y 2.°, del aumento de la producth·idad
del traba)o. IV. Plus-valla y pro-
1"(('10: Ld independencia uc la cuota general del
provecho de la l;;ompCJsidól1 del (a~
pit..ll soci~I.-La inconsistencia de la distincl6n
del capital en constante y vari¡lhlc.
La doctrina de la plus-valía de Marx
descansa sobre
su teoría del valor. Aunque la teoría del valor constituye
el antecedente lógico de la doctrina de la plus-valía, hay
que considerar ésta como la parte capital de toda
la cons-
trucción
teorética á la que aquélla sirve
de fundamento.
El fin exclusivo que esta construcción persigue es
demos-
trar que el
beneficio capitalista proviene
de la explota-
ción de la
clase obrera (1).
(1) La
igualdad de los hombres..... es el fin del marxismo. Wcn-ckstcrn. 1896, pág.
137.
11i2
La teoría marxista dcl provccho ticnc quc ¡ijar
objcti-vamellte la preexistcncia de csta explotación. El concep-to del valor
absoluto del trabajo constituye la base dc esta tcoría. Partielldo dc cste
concepto, llega ¡'.'lar>:
secuentcmelltc ti la conclusión de quc el pro\'ccho
de los capitalistas, COlJlO cn g-cJlcral todo bcneficio quc no es dc-bido al
trabajo, proccdc dc la apropiación dc trabajo nu pagado á los obrcros oCllpadús
cn la produccilÍll, lil:\'a¡J;)
á cabo por los
capitalistas y otro.- propjt;li1rjos. l.a Icoria marxista dc la plus-valía que
cs, almislllO tiempo, su tcu-ria del provecho, es Ulla consecucncia nl'ccs¡¡ria
de Sll teoria del valor. La fuentc única del pro\'ccho capitalista tienc que
scr el trabajo de aquellos obrcros. Y como sólo una parte del capital se
dcstin;¡ al pago dc los trabajado-res y la otra á medios de prodllcción, el
Jlue\'o \'alor cre¡¡-do en el proceso productivo que aparcce como provecho del
capitalista procede eXclllSi\'aIllcnte de la primera parte dd capital, mientras
que la segunda tiene un papel pasivo
y no produce ningún aumento de valor. Di.: aquí que
llame Marx capital variable á la primera parte y capit;]1 constante á la
segunda. En la afirmación de que el capital constante no participa en la
creación de valores, radica la esencia de la teoría marxista dd provccho; lo
que está en la contradicción más inconciliable con todas aquellas teo-rías que
no separan en la formación del provecho, el ca-pital empleado en salarías del
dedicado á los medios de producción.
Es un hecho conocido quc l:n lo visible del mundo
capitalista no se observa distinción alguna entre capilal constante y variable,
en relación con la obtcnción del pro-
EL ,'1ARXISMO 183
vecho. Las industrias en las que el capital
variable predo-mina no arrojan mayores rendimientos que aquellas otras cn las
que predomina el constante. Este hecho no lo dis-cutc Marx, sino que busca
armonizado con su teoria del siguÍCnte modo: "A consecuencia de la diversa
composi-ción de los capitales empleados en las distintas ramas dL' la
producción ..... es también muy diverso el importe de
la plus-valía producido por ellos. Conforme con
esto las cllotas del provecho que reinan en las ramas de la pro-dllcción, son
originariamente muy desiguales; pero me-diante la concurrcncia llegan á
nivelarse en una cuota ge-ncral del provecho que equivale al término medio de
los q lle se obtienen •. Los capitalistas aislados" nO sacan la
plus-valía, y, por tanto, el provecho producido en su es-kra, si no tanta
plus-valía, ó provecho, como del valor ó bencficio total, ha sido obtenido en
ut! período determina-do por el capital total de la Sociedad, tomadas en
conjun-to todas las esferas de la producción, y que corresponde en una
distribución igual á cada parte alícuota del mismo. Por 100 obtiene cada
capital invertido en un afio, ó co· rrespondiente período, siempre el provecho
equivalente á tantas partes cuantas tenga. Los diferentes capitalistas se
conducen, en cuanto al provecho se refiere, como nuevos accionistas de una
sociedad anónima en la que la partici-pación en el producto se distribuye
conforme á su tanto por ciento" (1).
A estas consideraciones ha de contestarse, por lo
pronto, que el proceso de nivelación expuesto por Marx, y que á cansa de la
diferente composición de los capitales, por la diversa cuota originaria del
provecho, presenta
(1) Marx,.
El Capital. tomo 1Il, páginas 136 y 137.
184 EL MARXISMO
como ad hoc, es imaginaria y no corresponde en nada
á la realidad. En la realidad capitalista no se presenta ocasión ninguna para
este proceso, como tampoco se ven altera-das las cuotas "originarias"
del provecho por la cornposi~ ción de los capitales. La formación del precio y
del prove~ cho, por consiguiente, se lleva á cabo, no sobre la base del costo
absoluto del trabajo, sino de los costos de la producción capitalista. Está
fuera de toda duda que en lo que á una empresa aislada se refiere no puede observarse
en la formación del provecho diferencia alguna entre el capital constante y el
variable. "El capitalista-dice Marx~cuya visión es limitada, cree, con
razón, que su provecho no procede sólo del trabajo empleado por él, ó en su
empresa. En cuanto á su provecho medio se refie-re ticne raZÓll ..... Ahorro de
trabajo-no sólo del trabajo
necesario para obtener un producto dado, sino en el
nú-mero de obreros ell1pleados~y un mayor empleo de tra-bajo muerto (capital
constante), le parecen operaciones económicamente muy justificadas y que en
modo alguno reducen la cuota general del provecho, ni al provecho medio mismo.
¿Cómo había de ser, por consiguiente, el trabajo humano la fuente exclusiva del
provecho, cuando la disminución de la cantidad de trabajo necesaria 110 sólo no
reduce el provecho, sino que más bien, en deter-minadas circunstancias,
aparenta ser la fuente inmediata del aumento del mismo? (1).
La opinión de que el trabajo humano no es la
"fuente exclusiva del provecho., depende de la limitada visión de los
capitalistas que se dirige sobre lo particular y no sobre el conjunto. Pero
mientras que los provechos de los
(1) Marx, El Capital, tomo 111, pág. 1-19.
EL MARXISMO lB5
capitalistas aislados dependen tanto del capital
constante C0ll10 del variable, los de toda la clase capitalista están
producidos, exclusivamente, por el capital variable. La ley de la plus-valía
rige el conjunto de la distribución social, y, especialmente, de los ingresos
sociales de las
_ diferentes clases. Lo que concierne á la
posterior distribu-ción de los ingresos dentro de una misma clase, depende de
otras leyes.
Tomando las ramas de la producción en conjunto, la
suma de los precios de las mercancías equivale al valor de su traLajo; los
provechos de algunas empresas aisla-
- das que no
coinciden con la plus-valía no son capaces de anular la ley general de la
plus-valia, pues todo "se redu-ce á que lo que va en una mercancía de más
de plus-valia, quede en otra de menos, y que, por consiguiente, tam- • bién las
alteraciones de valor, representadas en los pre-cios de producción de las
mercancías, se compensan mu-tuamente. (1). De aquí que estén las cuotas
generales del provecho, en oposición á las de cada rama productora,
determinadas por la composición del capital social, á saber: "1.0,
mediante la orgánica composición del capital (valor) en las distintas esferas
de la producción; 2.°, me-diante la distribución del conjunto capital social en
las di-ferentes esferas (2).
JI
La teoría de la plus-valía puede ser refutada tan
s610 probando que tampoco la distribución de los ingresos so-ciales entre las
distintas clases sigue la ley de la plus-va-
(1) Marx,
El Capital. pág. 140.
(2) Idcrn
íd _, pág. 141.
186 EL
,\\.~I¡XIS~lO
lía, y que la cuota general del provecho, en su
situación estática, como en sus alteraciones, es también indepen-diente de la
composición del capital social. A continua-ción ha de intentarse esta prueba.
La composición del capital es muy distinta no sólo
en las empresas aisladas, sino en grupos completos de la pro-ducción social.
Podemos aceptar que el capital constante constitllye la parte principal en la
producción de medios productivos, pero la menor en la de artículos de consumo
de las clases dominantes (artículos de lujo especialmen-tel. El esquema
siguiente pone á la vista de qué manera, partiendo de esto, se reproduce y
distribuye el ingreso social.
Reproducción
y distribución de los ingresos
sociales
expresados en
sus precios el! dinero (1).
1. Producción
de medios productivos: 180 m -1- 00 s + 60 r =: 300.
11. Producción de
artículos de consumo
para los
obreros:
80 m + 80 s + .fO r == 200.
m. Producción de artículos de consumo para los ca-
pitalistas:
40 III + 60
S -1- 25 , = 125.
Con r
designaré respectivamente los medios de
producción (capital
constante), salarios (capital variable)
(1) En
la construcción <le este esquema se presupone que la socie· dad consta de
dos únicas clases, capitalistas y obreros. La diferencia entre el periodo de
circulación (Urnschiagspcriode) del capital fijo y el circulante no se señala,
aceptando que tanto uno como otro hacen aquel recorrido. La partición de la
producción sociat es en d c,quema propor-cional; la demanda de todos los
productos es igual á su oferta. ;0-.:0 se da acumulación capitalista alguna.
EL MARXISMO 187
Y renta (plus-valía). Las cifras están elegidas á
capricho y expresan en millones de marcos los precios (precios de producción)
del capital invertido, rentas y productos anual-mente olJtenidúS en el grupo
correspondiente de la pro-dllcción. La composición del capital es. conforme al
su-puesto sentado, diferente en cada grupo, predominando
d capital
constante en el primero, el variable en el ter-CCIO y equiparándose en el
segundo. Las cuotas del pro~
veclto, conforme á las leyes generales de igualdad
de las mismas, lo son también y corresponden á un 25 por 100.
El esquema expresa en sus precios todas las
relacio. \les de producción y distribución. Ahora bien, detrás de las
mercancías están los hombres, y detrás de los precios el valor de trabajo, que
no coincide con éstos. En el es-quema que sigue, el precio se sustituye con el
valor del trabajo correspondiente. Yo parto de la hipótesis que la
<.luración de la jornada y los salarios efectivos y la cuota de la
plus-valía, por consiguiente (relación de la plus-valía con el capital
variable), son iguales en todos los grupos de la producción. Queda igualmente
aceptado que en el primer grupo citado están anualmente ocupados 150.000
trabajadores. Con la ayuda de los medios de pro-ducción, cuyo precio equivale á
180 millones de marcos, obtienen una suma de productos cuyo precio es de 300
millones. Si el valor del trabajo de esta masa de valorl:s
lo llamamos X, el de los medios productivos
gastados en
· . á . 1 á 180
I a pro d ucclQn ser 19ua 300 X.
De aqui se obtiene la siguiente equivalencia:
180
""""3(j"Q X -1- 150.000
años de
trabajo (1) = X,
(1) ~a
'unidad de trabajo que se toma es un año por obrero. puesto {lile cstal!
anualmente ocupados, como se ha dicho.
lBS EL
MA¡IXIS.\W
y de aquí resulta X = 375.000 afIas de trabajo. El
valor del trabajo de los medios de consumo de los trabajadores puede fijarse
semejantcmcnte. El valor del trabajo de los
. . ~ 80.000
medios de producCIón consumidos aquí cs 37.) X -3ÓO~OO()
años de trabajo, por consiguiente, 100.000 aiios de
tra-bajo. El número de los trabajadores oClIpados CII esté grupo de la
producción corresponde á 105 dd primcr grll-
w _. _ _ W
po como -- , es,
por consIguIente, de 100.000 x '0
tiO . b
200.000. El total valor dd trabajo de los productos
dd se· gundo grupo importa 100.000 + 200.000 ~~ 300.000 aflos de trabajo.
En el tercero, el valor del trabajo de los medios
de pro-
. 3- 10 = -0000 - 1
ti' 1'1.
-~
dUCClÓll es /0:< 300 J anos lera Ja)o. : nu-
lIIero de trabajadores oCllpados es igual que en el
primero, y el valor del trabajo dé los productos obtellidos importa 50.000 +
150.000 -~ 20U.000 aiios de trabajo. La cuota de
la plus-valia social es igual 200 (ele plus-valía social)
-~.----'--
300 (de
capital ~oClal variabk)
ü6,G por 100, la que es igualmente valedera para
cada grlt-po, cuyas cuotas ue plus-valía, couforme á la hipóte~¡s sentada, son
iguales. Y así llegamos al segundo esquema de la
ReprodlJcción
y dístríbudán de los íngresos sociales
expresados en valores de trabajo.
1. Producción
de medios productivos: 225 In + 90 s + 60 r = 375.
11. Producción de medios de consumo de
los traba-
jadores:
100 In + 120 s + 80 r = 300.
El.
J\\"'HXI~MO 189
liT.
Producción de medios de consumo de
los capi-
talistas:
50 m + 90 s + 60 r = 200.
Las cifras expresan en miles
afias de trabajo; el valor
del
trabajo de los
productos obtenidos, y
constituyen,
por decirlo así, una traducción del
primer esquema, po-
niendo valor de trabajo en lugar del precio. La
compara - ción de ambos muestra que todas las relaciones en la dis-tribución
son otras, según que se expresen en una Ó ell otra forma. Así en el primer
esquema constituía el capi-tal social variable un ~~~ = 32 por 100 del precio
dd
producto total social, mientras que como valor del
traba-
jo constituye un 34
por 100 del mismo.
La cuota
dcl provecho, estimada en el precio, equivale á un 25 por
lOO, y en
el valor del
trabajo alcanza ~~~-, es decir,
G75
casi Ull 30 por 100.
Vemos, pues, que las cuotas del provecho general ó
social, se deducen del precio de las mercancías ó el valor de su trabajo. Mas,
¿cuál de ambas cuotas tiene validez real? Evidentemente la deducida de los
precios, ya quc la formación del provecho se realiza, efectivamente, sobre la
base del precio de las mercancías.
Queda, pues, comprobado que tampoco en relación al
provecho total social y á la cuota general del mismo co-rresponde mayor validez
que á los provechos y cuotas de capitalistas aislados en ramas de la producción
aisladas también. La cuota general del provecho tendría que ser completamente
distinta de lo que es, en realidad, si estu-viese determinada por la
plus-valía. Y es esto natural, ya que los precios relativos del capital
variable, constante y
HJO
provecho nO coinciden en los grllpos respectivos de
la producción social con el valor del trabajo relativo j causa de la diferente
composición de los capitales. La afirma. ción de Marx de que "las
alteraciones del valor (del tra-bajo) que se reflejan en LI precio de
producción de las mercancías se compen:;an mutuamente" es equivocada, pues
esto sólo tíenc validez en el total del producto social, pero no en sus
di\'isiolles en el capital y provecho social, mediante las que se detl'rmina la
altura de la cuota social del provecho.
111
De este modo qlleda demostrado qtlC la cllota
general del provecho no corrcspomle á la relación de la plus-va-lía COI1 el
capital :;ocial. Queda por investigar qué inflllen~ cia ejercen sobre la cuota
general dd pro\'ccllo las modi-ficaciones en la composición del capital social.
El capita-lista aislado cree, COlIJO Marx atinadallleute observa, que la
sltsliIIlCil)lI, ell Sil ellJpresa de trabajo llllJIIHUO por m;'I-quinas, no
disminuye su:; provecho:;, sino que los aumen-ta, y ve en ello la prueba de que
"el trabajo humano no es la fuente exclusiva del provecho". Y
precisamente en este punto tiene que celebrar su mayor victoria la teoría de la
plus-valía. Se ha conseguido, partiendo de sus pre-misas, descubrir la ley más
importante en el desarrollo de la economía capitalista: la ley de la tendencia
decreciente de la cuota del provecho, que Marx designa de "misterio en
torno, de cuya solución gira toda la economía polí-
tica desde Adam Smith"
(1) Fl
Capital, tonltl [11, 1':lg,193.
EL MARX1S.~\O 191
La ky es en sí muy elemental y parece derivarse con
necesidad lógica de la teoría absoluta del valor del tra-hajo. El provecho Hace
tan sólo del capital variable; si aUlllenta el capital constante social, debido
al empleo de mcdios de producción supletorios, más rápidamente que el capital
social variable, continuando inalterables las otras condiciolles, tienen que
bajar las cuotas del provecho, ya que la masa del capital social total. por lo
que tiene que dividirse la masa de los provechos para determinar su cnota,
conforme á la hipótesis sentada, aumenta más de prisa que los provechos (cuya
cantidad sólo está condi-¡:ionada por la parte variable del capital).
Esta marcha relativamente creciente del aumento de
los medios de producción empleados en el capital es con-siderada por Marx con
toda justicia como ley fundamen-tal del desarrollo capitalista. La tendencia
decreciente de la cuota del provecho está también, en consecuencia, in-tl111
,mente ligada con este desarrollo.
Esta ley de la cuota decreciente del provecho
parece ser, como se ha dicho, Ulla consecuencia lógica de la teo-ria absoluta
del valor del trabajo. Mas esta apariencia es engañosa; dicha ley no se
desprende de esta teoría. Creo hahcrlo demostrado ya en mi libro Estudios para
llna teo-ría ¿ historia de las crisis comerciales en InglaLerra. Aquí Ile de
presentar otra fase del problema intentando al mis-mo tiempo obtener la
verdadera ley del movimiento de la cuota del provecho.
Por lo pronto, la posición del tema de Marx es
falsa. No puede decirse qué influencia ha de tener sobre la cuota del provecho
la disminución del capital variable (salarios), pues aquélla tiene que ser
diversa según las causas de esta disminución. Puede acontecer por dos mo-
192 EL MARXIS,\\O
tivos,
á saber: 1.", por la disminución de la protlllctivi~
dad del trabajo social, y 2.", por su aumento.
Ambos ca-sos deben ser especialmente examinados para obtener re-sultados
utilizables.
Marx obtiene su ley por un camino muy llano.
Esta-blece que el capital ~onstante sube mientras el variable permanece
inalterable y la cllota del provccho ticne que bajar. Lo qne no dice es de qué
modo se lleva á cabo (:1 aumento del capital constante, como si este aumento
del capital cayese del ciclo. Nosotros hemos de ailalizar en todas SllS fases,
desde el comienzo hasta el final, este pro-ceso. Su comienzo está, desde luego,
en la ob[cnción del capital suplementario; Sil final en la produccióll social
sobre lluevas bases técnicas y nuevas condici()l!e~ de va-loración.
El esquema siguiente se refiere al primer caso de
la disminución del capital variable (cuota de salarios); cuan-do esta
disminución se debe á la disminución de la pro-ductividad del trabajo, lo que
equivale al aumento rela-tivo del valor del capital real. Yo parto de la
suposicióu, por ejemplo, de que á consecuencia del agotamiento de lIna mina y
del suelo, los costos de trabajo para la obten-ción de mineral de hierro,
carbón, granos ó priml.'ras ma-terias suben considerablemente, lo que conduce á
un aumento del valor del trabajo de la unidad de productos en un 25 por 100.
Esto obliga á los capitalistas á emplear una parte de su provecho para cubrir
los costos de pro-ducción con un creciente capital variable y constante. Y para
acercarnos más á la realidad capitalista supongo también que el aumento del
valor del trabajo de cada uni-dad de productos (también, por consiguiente, de
los me· dios de consumo de los trabajadores) COl1t!l¡ce á lUId mer-
EL MARXISMO 193
ma del jornal efectivo del trabajador (esto es, de
la masa de medios de consumo de que los trabajadores disponen) en UI! 10 por
lOO. El número de trabajadores continúa ~iendo inalterable conforme con la
hipótesis primera. No ticne lugar ninguna acumulación capitalista aparte de la
motivada por el aumento del valor de los medios de pro-duccióu y del salario.
Reproducción del capital social
CIlQlldo la
productividad del trabajo social disminuye.
PRIMERA FASE
I. Producción de
medios productivos:
250 m + 125 s + 125 r = 500.
11. Producción
de artículos de COnsumo de los traba-
jadores:
112 '/. m + 56 1/. s + 56 '/.r = 225.
lll. Producción
de artículos de consumo de los ca-pitalistas:
37 'l. m + 18 'l. s + 18 o/. r = 75.
SEGUNDA fASE
I. Producción de medios productivos:
277,8 m + 125 s + 97,2 r = 500.
II. ProducciÓn
de artículos de consumo de los tra-bajadores:
125 m + 56,3 s + 43,7 r = 225.
m. Producción de artículos de consumo de los
ca-pitalistas:
97,2 m + 43,7 s + 34,1 r = 175.
18
191 EL lilA RXIS.\\ O
Todas estas cifras indican el valor del trabajo de
la respectiva producción. La partición de los productos so-ciales cs
proporcional, todas las mercancías obtenidas encuentran salida. La disminución
de la productividad del trabajo tiene lugar en la primera fase. El!
consecuencia, sc ven obligados los capitalistas de las :200 ullidades de
valor de trahajo, que contarcmos como otros tantos
Ilones de marcos de su provecho total (1:25 + 5li 1
1 + 18'.J á destinar sólo á sn propio consumo 75 millones de marcos. Los
restantes 125 millolles serán empicados eH capital.
El aumento de los costos de trabJjo de los medios
de producción en un ~5 por 100, exige lIn capital supletorio para la
obtellci,)n de 1111 capital real de 100 milloncs (CH la producción de la
primera fase se invcrtían en capital constante 250 + 112 1/, + 37 I " ~
-lÚO millones de mar-cos), y el aumento por cicnto equivalente dd valor de los
artículos de consumo del trabajador aCOmpaiiJdo de la baja del salario efectivo
en 10 por 100, conduce al aumen-io del capital variable en 23 millones. (El
capital variable de la primera fase es de 125 + 56 1/. -+- 18', -- 200
mi-llones de marcos; si los trabajadores siguiesen recibiell-do después del
aumento del valor del trabajo de los ar-IiCll10S de consumo la misma cantidad
de él, el capital variable hubiese ascendido hasta 250 millones de marcos; pero
como los salarios han bajado en un 10 por 100, se-gún nuestra suposición, el
capital variable en la segunda Iase tan sólo asciende á 225 millones de
marcos.)
La segunda fase representa la prorlucción social
según la disminución de la productividad del trabajo qn...: ha tc-uido lugar.
El valor de los produclos sociales obtenidos en la segunda fase tiene que
exceder en 100 millones de
EL blARxrSMO
195
marcos sobre los de la primera. ya que si el número
de los trab~iadoresocupados en la segunda fase es igual al
de la pnmera, el valor de los medios de producción
em-pIcados en aquélla ha aumentado en 100 millones de mar-cos, (Esle valor,
conforme con la teoría del valor del tra bajo, tienc qu~ aparecer inalterable
en el valor dc los pro. duetos obtelll(los). El valor total de los productos de
Ll segunda fase importa, por tanto, 900 millones de marcos (000 del valor úe
los prodUctos de la primera fase, más 100
del
aumcuto del valor
de los medios
de producción de
la
segunda). El valor
del capital total
de la misma
es
('Ir 8 ,'-
l'r + o') 2) ~= 50 .
- 1, ~ _
d . v_, o
mIllones de marcos, capital
cOll~tallte, y (1:23 + 56,3 + 43,7) ,--,-,225 millones,
capital
vanahlc, total: 7'25 millones. 1:'1 provecho de la segunda
jase es 000 - 725
=...c 175 millones de marcos.
LJ cuota del provecho en la primera fase era
de 200
,~
33,3 por
lOO, la de la segunda es - ~~:
= 24,1 600
por 100.
I)e l1l?do que ~
pesar de la disminución de los salarios,
ha balado conslderablemente.
Con esto
tenemos ante nosotros el caso investigado
por Marx de la disminución de la cuota del provecho.
".He ~onsegtlido
acaso con lo
dicho robustecer la ley
marxista en vez de rectificarla?
No se puede discutir que en determinadas
circunstan-
cias el
aumento de la composición del capital
social está
acompañado
de la baja en
la cuota del
provecho . Pe ro,
'
~.cuales son estas condiciones? El tema investigado se re-
Ilere al caso de la disminución dc la cnota de
salarios del capital social, debida á la mengua de la productividad del
trabajo; la subida de la composición del capital social
puede ser debida á
otras causas, á saber, al mismo
196 EL MAIlXISMO
mento de la productividad. Los progresos de la
técnica conducen al aumento dei capital fijo (máquinas, herra-mientas, etc.)
empleado en la producción; y puesto que' la elevación de la productividad del
trabajo se expresa cn el aumento de la cantidad de primeras materias obtenidas,
sobre esta base crecerá el capilal circulante en rclaci6n con el variaole (de
salarios), que se lcducirci á la más pe-queña parte del capital social.
También este segundo C1,lSO del alimento de la
com-posición del capital social he de analizarlo con ayuda d~ mis esquemas. El
proceso comienza manifiestamente COll la obtención de los medios de producción
supletorios. Sil segunda fase (la cual sólo lcóricamente puede separarse de la
tercera, pues en realidad coincide con ella) radica en el consumo productivo de
ellos. En la tercera concluye el proceso: la cantidad excedente de prlltll1ctos
obtenidos ha penetrado en la producciúll y el consulIlo sociales, el valor de
105 productos ha decfl:cido en correspondencia con las nuevas condiciones de la
produccióll, y ésta se adapta á una nueva base técnica.
En el esquema inmediato he aceptado que 105
capita-listas emplean ulla vez la mitad de su provecho en la ob-tención de los
nuevos medios de producción supletorios, y después, de nuevo, su total provecho
en un consumo improductivo. El número de trabajadores continúa siendo el mismo.
Se parte de la hipótesis de que la introducción de nuevos métodos de producción
eleva la productivi-dad del trabajo en un 25 por 100 (yen la misma propor-ción
aumenta la cantidad de productos sociales). A la vez supongo, para no aparecer
como partidario de la "ley del bronce del salarion, que de la
productividad del tra-bajo se benefician también los obreros, y que sus
salarios
EL MARXISMO 197
dectivos aumentan en un 10 por 100. En su
fundamenta-ción de la ley de la cuota decreciente del provecho, parte :vlarx de
la invariabilidad de los salarios reales. Mi po-sición tiene que dar aún más
agudo realce á la ley marxista.
Reproducción del capital social cuando tiene lugar
un aumento de la productividad del trabajo social.
PRIMERA fASE
l. Producción de
medios productivos: 250 m + 125 s + 125 r = 500.
[l. Producción de artículos de consumo para los
obreros:
100 m + 50 s + 50 r = 200.
lll. Producción
de artículos de consumo para los ca-pitalistas:
SOm +25s+25r=100.
SEGUNDA FASE
I. Producción de medios productivos:
222,2 m + 88,9 s + 88,9 r = 400.
Ir. Producción de artículos de consumo para los
obreros:
97,8 m +39,1 s + 39,1 r = 176.
111. Producción de artículos de consumo para los ca-
pitalistas:.
180 m+72s+72r= 324.
198
TERCERA I'ASE
I. Producci"Hl
de medio,; prodllctil'os:
177,8 m + 78,2 s + IH r ~ -IDO,
!1. Producción de articulas de conSUll10 para los
obreros:
78,2 m + 34,4 s + 63,-1 r . 171i.
m. Producción de artículos de consulIlo para los ca
pitalístas:
144 l1l -r
63,4 s + 116,6 r '-'.=3:2-1.
La partición de la producción social es
proporcional en las tres fases. La primera termina con la obtención de medios
de producción supletorios por importe de 100 mi-llones de marcos. (Es decir, la
mitad del producto total de esta fase, que importa 125 -+- ;JO + 25
""~ 200 millones de marcos.) En la segunda fase se dedica á la
producción la suma obtenida por valor de 100 millones de marcos en medios de
producción; y en la tercera fase se modifican la relación de valores del
capital permanente y variable y del provecho, en conformidad con las l1ue\'as
condiciones de la producción.
La cantidad de los medios de producción obtenidos
al final de la primera fase permanece inalterable durante la segunda y tercera
fase-ya que este suplemento de pro-vecho, debido á la elevación de la
productividad del tra-bajo, 110 llega á ser acumulado, sino que se emplea en
los fondos de consumo de la sociedad - i el valor de esta cantidad en la
segunda fase es igual á 500 millones el ..'
marcos. Ahora bien, este valor en la lercera fase,
á secuencia de la baja del valor dd traLajo de una unidad
EL MARXISMO 199
en t/, (lo que equivale al aumento de la
productividad del trabajo en '/J,tiene que bajar á 400 millones de marcos. El
valor del capital de salarios en la primera fase era igual á 200 millones. En
la tercera el número de trabaja-dores ha permanecido inalterable. Si ellos
disponen de Iq misma cantidad dc artículos de consumo, tiene que dis-minuir el
valor de éstos (el capital de salarios, en su con-secuencia) en t/, y
reducirse, por tanto, á 160 millo-nes de pesetas. Pero como los salarios suben
en la tercera fase un lO por lOO, el capital de salarios importa en la
tercera fase 160 X ~Ó-
= 176 millones de marcos.
El valor de todo el producto social de la tercera
fase tiene que superar en 100 millones de marcos al de la pri-mera, pues estos
100 millones representan el valor de los medios de producción supletorios, y ha
de expresarse con-s iguicntemente en 900 millones de marcos.
El capital de la tercera fase es de 400 (capital
per-manente) + 176 (capital de salarios) = 576 millones de Illarcos;
obtendremos el provecho de los capitalistas si se-paramos del valor del
producto total al del capital. En su consecuencia, equivaldrá á 900 - 576 = 324
millones de marcos. La cuota del provecho antes de la introducción de nuevos
métodos de producci9n era de 33 'l. por 100
( 200) (324)
ahora
es de 56
por 100 576';
por lo tanto, á pe-
. ¡¡OO
sar de la subidq. del salario real del obrero, ha
subido con-siderablemente (1).
(1) Se
puede calcular la variación de la cuota del provecho á causa de !¡¡s
modificacloncs de la composición del capital social también más breve y
sendllalllcnte. Este cálculo dcscansa sobrc un proccdimicntoqlle, aunque
mctodológicamente, está plenamente justificada puede ocasionar dudas á los
lectores que no estén acostumbrados á las abstracciones cien-
200 El MARXISMO
Vemos que la baja de la cuota de salarios del
capital social, podrá estar acompañada de una alteración de la cuota del
provecho en sentido inverso, según la causa de aquella baja. Cuando decrece el
valor del capital incorpo-rado en los medios de producción á consecuencia de la
disminución de la productividad del trabajo social, de-crece también la cuota
del provecho; pero asciende cuan-
tíficas. Designamos con a la masa del producto
social, con lo que abs-traemos por completo la diferencia material qllC Jos
informa (ya quc esta diferenciación en nada se relaciona con el problema
económico que se in-vestiga). Si todas las relaciones de cantidad de los
respectivos productos han de aceptarse como eljlii,'alentes iÍ sus relaciones
de valor, los mcdios dI' producción en el ejemplo que investigamos, antes de la
introducciótl de nuevos métodos productivos. son también, según su cantidad,
igual (¡
~a y los medios de producción supletorios igual á +a. Si
después de
la introducción de nuevos medios de producción no
hubiese tenido lu-gar ninguna elevación de la productividad del trabajo, la
cantidad de pro-
I
duetos sociales habria
aumentado también en 8" a y consiguientemente
9
importarla
s'Mas habiendo, conforme la hipótesis sentada, aumen-
I del
producto social seria
igual á
tado la productividad en 4'la suma
9 5 45 ' .•
"8 a x "4
= 32 a.
La cantidad de medIOS de producclOn (contando los
nuevamente
aportados) importa .¡ a. La suma de los medios
de consu-
mo de los obreros
era, antes de las alteraciones llevadas á cabo,
.! a;
8
después de ellas, conforme á lo establecido, ha
aumentado en ~ , é im-
2 11 10
11
porta, por consiguiente, "8 a X 10 = 40
a. El c!llal total (constante
• • 5 11 9
Y vanable) es, segun esto, '8 a + 40 a . 10 a. El provecho de los ca-
pitalistas loobtendremos sustrayendo el capita I
del producto social; es, por
lo tanto, 45 9 81 81 9
32 a -10 a = 160
a, y la cuota del provecho 160 a ; 10 a,
aproximadamente Igual á un 56 por 100.
Sobre este
cálculo podemos establecer los valores
de trabajo defini-
El MARXISMO 201
do el aumento relativo del capital constante, á
costa del variable, sea motivo para el ascenso de la fuerza produc-tiva del
trabajo. Es, por 10 demás, bien claro que sería contrario á todas las leyes de
la economía que semejan-tes fenómenos antagónicos, como el descenso ó aumento
de la productividad del trabajo, ejerciesen un mismo efec-to sobre la cuota del
provecho.
¿Qué caso queria Marx investigar, el del descenso ó
el del aumento de la productividad del trabajo? Eviden-
tivos de los productos después de la elevación de
la productividad del mismo. La tercera fase de nuestro esquema no expresa
realmente estos valores definitivos. Yo acepto que el valor de Jos productos
sociales de esla fase importa 900 unidades de valor de trabajo (millones de
marcos), ya que en sU; obtención. además de 800 unidades de trabajo (~alor del
producto de la primera fase), se emplean 100 unidades de trabalo suple-torias
(valor de Jos medios de producción supletorios). Pero como ,este último gasto de
trabajo sólo una vez acontece, sin que llegue á repetirse, el valor de trabajo
del producto así contado tiene que decrecer en ~ada, periodo de reproducción;
el valor del trabajo definitivo puede ser deter-minado por los valores
siguientes. El número de trabajadores ocupados. conforme á la hipótesis
establecida. no experimenta variación alguna. Según la teorla de la plus-valía,
el valor del capital variable, y la pl~s vaJia en la suma del valor nuevamente
creado por los trabajadores. tle· nen que ser Iguales. SI este valor importa
antes de las alteraciones men-tadas 400 unidades de trabajo (millones de
marcos), después de ellas tiene que continuar siendo el mismo. El capital
variable se relaciona, según su
11 81
cantidad. con el
plus de producto, como 40 con 100 ' y es, por lo
tan-
to, según su valor, 140,8 millones de plus-v¡¡lla.
igual á 25:,2 millones de marcos. El capital constante se relaciona, según su
cantidad, con el
, S 11
variable,
como i con 40 ,y es. por consiguIente, Igual á 320 millones
de marcos.
El valor del trabajo del produclo social es, por consiguiente,
320 m -+- 140,8 s + 259,2 r = 720. La
cuota del provecho es 259,2
460.8
aproximadamente. igual á
un 56 por 100.
Véase, además, sobre este
problema mi
Estudio para la teorla é historia de las crisis comerciales
en Inglaterra, 1900, cap. VII.
202 EL ~\ ARX IS,\IO
temente el seglllldo, que' es el único que
corresponde á la realidad capitalista. Así dice que la relativa disminucióu del
capital variable, ell relación COII el constante, "es tan sólo otra
expresión dd desarrollo progresi \'0dc la prolluc-tividad social del trabajo,
lo que muestra COIIIO median-te un empleo creciente de maquinaria y capital
fijo, sobre todo de primeras materias y auxiliares, por el mismo nú-mero de
trabajadores y en el mismo tiempo, esto es, con menor trabajo, son convertidas
en productos" (1). Marx quería determinar la influencia de este momcnto
sobre la cuota del prov~cho; mas se ha encontrado con 1111 porten-toso quid pro
qua. En vez de la subida de la productivi-dad del trabajo, ha investigado el
caso cautrario-el del descenso de la l1lisma~, y de estc modo ha llegado á 511
fey de la cuota descendiente del provecho. Lo aquí ex-
puesto prueba no sólo qlle esta ley no es
verdadera, sino que lo contrario precisamente es lo cierto; "el progresivo
desarrollo de la fuerza productiva social del trabajo" pro-
duce la tendencia no decreciente sino ascendiente,
de la cuota del provecho.
Esta última leyes como tendencia un momento
indis-cutible y muy importante del 'desarrollo capitalista. Pero tan sólo como
tendencia, cuya acción se \"C á veces entor-pecida y compensada por otras
contrarias.
Entre estas tendencias opuestas pueden ser
especial-
mente señaladas
las siguientes: .
1." La prolongación del proceso ó recorrído (Um-
schlagszeit) del capital social. Toda sustitución
de trabajo manual por mecánico tiende á aumentar la cuota del capi-tal fijo á
costa del circulante y, por consiguiente, á hacer
(1) Marx,
El Capital, tomo 1Il. pdg. 192, cdichill
alemana.
EL MARXISMO 203
IIds lento el proceso de conversión del capital.
Por otra parte, la utilización intensiva de capital fijo, la mayor ra-pidez de
los transportes, y las mejoras de la técnica que acortan el tiempo de trabajo,
tienden á abreviar este mis-1l\0 proceso de capital social. Tenemos ante
nosotros, pues, dos distintos momentos que modifican en sentido diametralmente
opuesto el proceso de conversión del ca-pital. Parece, sin embargo, que al
primero corresponde una eficacia mayor, y que, por lo general, este proceso lIIás
bien se prolonga, lo que hay que considerar como un momento contrario :d
aumento de la cuota del pro-vecho.
2." La reducción
de la jornada de trabajo.
3." La subida del salario efectivo de los
obreros ocu-pados en la industria capitalista. Ya hemos visto que esta subida
tiene que ser muy considerable para compensar la tendencia á ascender de la
cuota del provecho. Es, con todo, probable que la subida de .los salarios
ocupados en las grandes empresas capitalistas (donde la variación de la
composición del capital se manifiesta más agudamen-le), en los últimos tiempos
ha sido bastante poderosa para poder reaccionar eficazmente contra la tendencia
ascen-dente de la cuota del provecho.
4." El aumento de otras formas de la renta á
costa del provecho; asi, por ejemplo, el extraordinario incre-mento de la renta
de grandes propiedades urbanas:
5." El aumento de la cuota que el Estado toma
del provecho capitalista mediante el impuesto, para atender
á sus
necesidades.
Todas estas tendencias, contrarias á la del ascenso
de la cuota del provecho á consecuencia del aumento de la productividad del
trabajo, llegan á compensar ésta, en
20-l El. .'IARXISMO
todo ó en parte. Pero la tendencia misma tiene quc
sub-sistir, pues no es otra cosa que una expresión específica-mente capitalista
del aumento del plus-producto de que la sociedad dispone (1).
IV
Está, por consiglliente, probado que la cnota
general del provecho, lo mismo que las parciales, dependen de la composición
del capital social. La sustitución de trabajo humano por medios de producción
materiales uo es capaz, por si sola, para hacer bajar la cuota del provecho;
ésta sube ó baja con las alteraciones de la productiviuad del trabajo, pero no
está en relación con la partición del ca-pital social en constante y variable.
Aceptemos que el número de obreros ocupados en la producción disminuya
á causa de su
sustitución mediante máq uinas y otros me-dios de producción materiales, lo que
c·onducira cierta-mente á la disminución del valor del trabajo del prove-cho;
ahora bien, como en mi libro sobre crisis expuesto queda, tal sustitución tiene
como consecuencia un des-
(1) Recientemente
he sabido que el conocido soci61ogo italiano Benedetlo Croce ha hecho at mismo
iiempo que yo una crítica análoga de la ley marxista de la cuota decreciente
del provecho. El referido tra-bajo de Croce se publicó en las Ata dell'Academia
POlltallialla en Mayo de 1899. y mi estudio en ruso sobre el mismo problema
apareció igual-
mente en Mayo de 1899, en la Revista delltlfica. Croce, como yo, llega
á la
conclusión de que la alteración de la composici6n del capital social produce
una tendencia ascendente y no decreciente de la cuota del pro-vecho. Ahora que
las prl.lcbas aportadas por Croce no me parecen con-vincentes. V~ase su estudio
Materialismo eCOllómico y ccorlOmla marxista, 1900, páginas 209·22~.
EL ~tARXtSMO :::!05
ccnso aún mayor del valor de trabajo del capital, y
de este modo la expulsión de obreros por las máquinas, sean cual-quiera las
dimensiones que alcance, no produce una ten-dencia de disminución, sino de
aumento de la cuota del provecho. Desde luego que la composición del capital
social determina el valor de trabajo del provecho, pero en Ilingún caso la
cuota del mismo.
Ya se ha insistido ant ~riormel1te en que la cuota
del provecho real y gencral á causa de las diferencias en la composición del
capital social, en algunas ramas de la producción, no coincide con la calculada
según la ley de la plus-valía. Ahora vemos cómo la modificación de la cuota
general del provecho tiene lugar independiente-mcntc de la que afecta á la
composición del capital social. Con todo, la esencia de la teoría de la
plus-valía, en cuanto debe explicar los hechos reales de la formación del provecho,
en la diferencia entre los medios de produc-ción materiales y el trabajo humano
en relación con aqué-Ila, consiste en el reconocimiento <l,el capital
variable corno única fuente del provecho. Pero ya quedó estable-cido que en lo
que á la cuota del provecho concierne no media ninguna diferencia entre los
medios de producción materiales y el trabajo humano: la relativa sustitución de
uno por otros no ocasiona ninguna tendencia decreciente de aquella cuota. Con
ello se demuestra que la teoría de la plus-valía como ley de la formación y
modificaciones de la cuota d~l provecho es, en parte errónea, y en parte sin
contenido. Marx reconocía lo limitado de la visión capitalista en su convicción
de que la cuota del provecho es totalmente independiente de la composición del
capi-ta!. Nosotros hemos demostrado que Marx, sólo mediante una serie de
errores lógic~s, ha obtenido su ley de la
206
cuota decreciente d~1 provecho. Partiendo de la
teoría de la plus-valía, hemos llegado á lu conclusión de que la opinión de los
capitalistas, en relación á la cnota gelll'ral del proveclJo, era acertada. La
diferencia lit: capital varia-ble y constante, en cuanto se refiere á la
formación del pro-vecho (y sólo en tal relación es válida), c¡¡rece de
funda-mento; la parte del capital llamada por Marx constank, es, en el mismo
grado que la variable, fuente dd prove·-cIJo. Así se descompone completamente
la tcoria dd pro-vecho de Marx; la H Economía vulgar", que cOllsiderall;j
¡jI capital total como fuente del provecho, tenía razón.
CAPÍTULO
VIII
EL
PLUS-TI<ABAJO y EL
BENEFIC!O DEL CAPITALISTA
1. /;" p{IH-frabnjo: Si~lIifi(;lc¡ónsocial del mismo. -1.01
ViOh:IH.'LI l'omofutldame-nLO dd
I'lu~.1ratJ;..¡jo.-i 1. FUlldamnrlo social etel
beneficio lid capitalista: Todo beneficio del (<IpilJli.'.t>l ¡ksc.:lnsJ
en una explotación social.-¿En qué c()nsbt~ la explotación sodal ui;sdoJ d
punto de \'isla ue las diferentes teúri.as del provecho?-IU. Callsas ddermi·
Il/lllrt'S de fa ('[¡·va ....ión del be/wficio del capitalista. (rHica de la
teoría de la produc-tiviil<Jd.- El capit~ll como medio de sustento dd obrero
y Como medio dt' pro,tucción. LJ I'H{dlldividildu¡;l triJh<1jo y la participación
de los capit;llista:i en el producto llel tfiJh;Jjo rOlllo c~us~ determinante
de la cuota del provecl;o.
Como teoria del provecho hay que rechazar,
terminan-temente la teoria de la plus-valía. Pero así como la teoría absoluta
del valor del trabajo, á pesar de todos sus defec-tos, contiene un principio
social sano, también en prin-cipio es aceptable la teoria de la plus-valía.
u Quela teoría marxista
del valor, sea
ó no cier-
ta - acentúa atinadamente Bernstein-, es completamente
indiferente para la validez de la plus-valía" (1).
El con-
cepto de la
plus-valía es taIl útil é indispensable para la
(1) Bcrnstein,
Los sI/puestos del socialismo. 1899,
página 42.
208 EL MARXiS.\lO
ciencia social como el concepto de los costos del
trabajo. Es un hecho indiscutible que en la sociedad capitalista, como en la de
esclavos, Ó en 1.1 fcudal, una parte de ella trabajaba por la otra sin recibir
Ulla prestación c~rrespon~ diente. Los trabajadores desposeíJos cstán obligados
a prestar á las clases dominantes más trabajo dé lo que ré-
ciben de ellas en forma de salario.
Este hecho es demasiado evidente para nccesitar
Hn;¡ demostracicín. Su validcz. para la cOlllprensicíll de las re
laciones sociules dd sistema económicu reinallte
110 es, sin embargo, de indiscutible claridad. Así, Bi¡hm-.Ba\\'e.r~l, por
ejemplo, no se manifiesta conforme con la aflrmaCl~ll
de Bernstein sobre el !lecho de la plus-valía.
"Notarla mente se podría afirmar con este mismo procedimie~l
to-dice-que también los fisiócratas han probado sin
superarles nadie que toda la Humanidad vi\'c de la cxp~o
tación de las clases
agricultoras; pues, finalmente,
es
dudable que con los productos del suelo qlle
extraen los trabajadores agrícolas se sustentan otras muchas gentes que no
cultivan la tierra (1). Un economista ruso, Frank, observa con razón aparente,
que "cuando ulla parte de la Sociedad da á las otras más trabajo de 10 que
recibe, tam-bién le dan á ella más capital y más suelo en cambio; y con la
misma razón podemos afirmar que los trabajado-res se a propian el plus-ca pi ta
I ó el plns ·su elo de aquellas clases que se apropiaron su plus-trabajo (2) ..
Para la producción son los factores
materiales-suelo y capital-tan imprescindibles como el trabajo. Cada uno
(1) Bohm-Bawerll,
Historia JI c~ilica. de las teorias del
j,derés del
capilal 1900,
2.n edición alemana, pago SuO. ,
(2) , Frank, Tcorla
marxista del ¡Jalor, edición Hlsa, 1900,
pago 151.
EL MARXISMO 209
de ellos pertenece á una distinta clase social.
Parece, por lo tanto, muy natural que cada clase reciba una parte de los
productos sociales; y el concepto del plus -trabajo, aunque formalmente exacto,
resulta tan inútil y vacio como, por ejemplo, los de plus-capital ó plus-suelo.
Mas, ell mi opinión, este punto de vista descansa
en un desconocimiento completo de la esencia del proble-ma. Cierto que
elcapital y el suelo son tan imprescindibles p:lra la producción como el
trabajo, mas no puede decir-se otro tanto de los propietarios y capitalistas.
También en poder de los trabajadores conservarian el capital y el sllel0 sus
virtudes productoras.
El capitalista da á el trabajador su capital, una
cosa externa que 110forma parte integrante de su persona, mien-tras que el
trabajador da á el capitalista su trabajo, es de-cir, su misma persona. Trabajo
y capital ó suelo, son in-comparables entre sí, puesto queel trabajador es un
sujeto (k derecho, una persona humana, un fin en sí, por consi-guiente,
mientras que el capital y el suelo, meros obje-tos, constituyen medios
económicos. El hecho de la apro-piación del plus-trabajo necesita la violencia
social, la dependencia de unas clases sociales de otras; tan sólo viéndose
obligado puede emplearel hombre su fuerza vital en la elevación del bienestar
económico de las personas pertenecientes á otras clases sociales. La
apropiación del
plus-trabajo prueba, por consiguiente, que la
igualdad de todos los ciudadanos, reconocida por las modernas con-cepciones
jurídicas, se ve malograda de hecho por el sis-tema económico reinante.
210 El
MARXISMO
II
El beneficio del
capitalista y la apropiación del
plus-
trabajo por las
clases ociosas, son un
mismo fC~lóIl1eno
social apreciado en dos diferentes aspectos.
Mediante. su teoría de la plus-valía ha intentado dar Marx una exphea-ción
teórica del hecho del beneficio del capitalista.
El intento
fracasó, en su mayor parte, porque
la posi-
ción
del problema era equivocada. '
Marx ,e propuso
el tema de demostrar, mediante
una
determinada doctrina del valor, que el
beneficio del capi-
talista descansa sobre
la explotación de la clase trabaja-
dora.
Ahora que, el concepto del
valor no es
apropi.ad~
par <l
descubrir el contenido social de un sistema economl-
. .
co determinado. Lo característico del concepto
economlCO del valor consiste precisamente en que el interior de todos los
momentos sociales está oculto bajo una máscara ob-jetiva. El fetichismo de las
mercancías está adherido ~: cesariamente á este concepto. Cierto que en la
relaclOn de precio se expresan relaciones sociales, pero tan sólo en la forma
de relaciones de mercancías. En CU~I.lto se su-prime la forma de mercancía,
desaparece tamblen el valor en cambio á cuya esencia corresponde esta forma.
Para esclarecer
el contenido social
del beneficio del
capitalista, no se necesita, como punto de
par.tida, de nin-guna teoría del valor. La opinión ,tan g~nerahzada de que
la crítica socialista del orden SOCIal eXIstente
debe tener como supuesto necesario la teoría absoluta del valor del trabajo,
descansa en una equivocación (l).
W "La teJria del valor-dice G. Adlcr-es el
punto de partida na-tLtraJ del socialismo cienlHíco. (Adler, Los fUlIdamentos
de la critIca
EL MARXISMO 211
Los fundadores del llamado socialismo
científico-Prolldhon, Rodbertus, Marx-han partido ciertamente de una teoría del
valor semejante. Pero esto es, en realidad, Jo anlicientífico y equivocado del
nuevo socialismo. El ';lIItigLIO, llamado utópico, era, en este punto, mucho
más científico al no qlIerer dar á sus pretensiones ético-socia-les una
fundamentación objetiva imposible.
Para probar que el beneficio del capitalista
descansa sobre la violencia, basta constatar los hechos y ver que el trabajador
no trabaja por amor á los capitalistas, ó por afición á la actividad misma,
sino obligado por la necesi-dad. Ninguna teoría del provecho ha sido capaz de
anular este fundamento social de todo beneficio del capitalista, <lu)I(jnc
muchos han intentado conseguirlo. Entre ellos J. B. Say, el fundador de la
teoría llamada por Blihm-Bawerk de la productividad, la cual ve en el salario
el interés, y en la renta de la tierra la indemnización de los servicios
productivos del trabajo, del capital y del suelo, y con ello justifica el
beneficio del capitalista. Pero la cues-tión de la productividad del capital ó
del suelo, nada tiene de común con el problema sobre el carácter social del
be-neficio del capitalista, ó del propietario del suelo. Si fuese el incremento
de valor que constituye el interés del capi-tal un producto tan natural del
mismo como la manzana del árbol, quedaría la obtención de intereses dependiente
de la posesión del capital. Se trata de averiguar
por qué el capital y el interés, por tanto, deben pertenecer á los
/Illlrxista, edición alemana, IS88, pág. 28). Con
mucha más razón obser-va H. Hcrkner que "la discusión sol>re la ley del
valor tiene una signifi-cación metodológica y económica, pero para la parte
propiamente co~ munista en el marxisto posee relativamente menos alcance.
(Herkner. Las Cuestio1les oóreras, 2." edición alemana, 1907, pág. 302.
212 EL lIlAIlXIS,\IO
capittllisttls 110 trabajadores, y no á los
productures qUé trabajan. También désde el punto dé vista dé la tcoria dé la
productividad es el provecho uu bcneficio dé los lJuc
no trabajan, ó con otras palabras, descansa en la
apropia-ción del plus-trabajo de los obreros por los capitalistas ó
propietarios.
La teoria de la rcnta de la tierra de Hic.irdo ve en las
diferencias
naturales de la productividad del sudo la cau-
sa de aquella. [<icardo define la rcuta de la
tiora, tOlllu "precio pagado por el aprovecham:ento originario é in
agotable del suelo". Con ello ha justificado
tan escasa-mente á la renta de la tierra como fuente de ingresos que,
precisamente,
partiendo de I<icardo
ha llegado Geor-
gc á
rechazar la propiedad privada
del suelo.
Es, pues, metodológicamente falso \'Cr en la teoría
de la productividad un argumento contra la teori<l de la ex-plotación. La
explotación radica, desde el punto de vista
de una teoria de la productividad bien comprendida,
nu en que el capital y el suelo produzcan un incremento de
valor, sino en que se prive de él á los
trabajadores para transmitírselo á los que no trabajan.
El más reciente y distinguido representante de la
teo-ría de la productividad, Federico von W ieser, parece que lo ha visto así.
"La atribución de los rendimientos del suelo, capital y trabajo-dicc-, en
la medida de su contribución productiva, es un progreso natural de la ciencia
valedero para toda forma económica, la actual como la comunista. Puede ser
quizás una exigencia de la justicia que el rendi-miento total de los
trabajadores pase á ser su personal be-n ~ficio; en todo caso, y también cuando
esto acontece, es una exigencia de la economía atribuir los productos á la
fuente de su rendimiento, en la medida de la colaboración
ELMIIIXISMO 213
prestada, y crearles una medida para el empleo
ulterior de I,)s medios de producción" (1).
En olr,o .p~saje insiste van Wieser en que ~el
proble-ma de la diVIsIón de los rendimientos tiene que estar COm-pletamente
sep.arado de la división de los beneficios" (2), y piute, en su
lllvestigación de la regla natural del reparlo de la contribución productiva,
de la hipótesis de un Esta-
do cOlllunista en el que todo el producto pertenece
á la comu~]ida~.trabajadora.El problema sobre las reglas para la at~lbuclOn.
del rendimiento á los factores de la pro-dUCClOl1 110 t~ene nada común con la
cuestión del origen
sOetal y sentIdo del tendicio de
los capitalistas. El suelo
~ el
capital pueden ser considerados ó no como produc-tl\'OS; los be nefici(ls de
los capitalistas y propietarios con-
t¡nl~all desc,msando, sin embargo, sobre la
explotación social.
De tan escasa eficacia, para probar como
no existente
el carácter explotador
de este beneficio, es
la teoría del
agio de Biihm-Bawerk. Pero B¡¡hm-Bawerk, á
diferencia de von Wieser, no lo comprende así. Hasta cree haber demostrado que
"no radica en la esencia del interés lo que <lparece en él como inicuo
é injusto" (3). Esto puede
ser, SI
s.eparamos el problema del interés de la persona'que
lo
perCibe. Bohm-Bawerk habla, como Wieser,
de los in-
tereses en el Estado socialista; pero quiere también
damentar la justicia del beneficio de los
capitalistas é in-curre con ello en contradicción con su propia teoría. Así
. (1) Véase
Wicser, El valor
natuf'al, edición alemana 11'89 pá-
¡¡lIJa 93. ' ,
(2) ]dcm
id., pág. 77.
(3) Blihm-Bawclk,
reorla posit.-va del capital, 2." cdíci¿:n alema-na, ]902, p¡jg. 384.
214 El MAIIXISMO
pregunta: "¿Quiénes son los capitalistas? y
contesta: "son comerciantes que venden las mercancías presentes; son
afortunados propictarios de bienes que no necesitan para sus momentáneas
necesidades personales" (1). Y, ¿quiénes son los trabajadores? Son gentes
que "ante la imposibilidad de obtener ventaja alguna trabajando por su
cuenta propia, están inclinados y dispuestos á vender conjuntamente, el
producto futuro de su trabajo por una cantidad considerablemente menor de
bienes presen-tes" (2). Por consiguiente, los capitalistas son
propieta-rios y los trabajadores no.
Pero después de haber probado Biihm-Bawerk cómo el
beneficio de los capitalistas descansa en su posesión, Y, por consiguiente, en
la violencia, llega de UI1 modo extraño á la conclusión de que la concurrencia
de los ca-pitalistas "110 deja espacio alguno para que una explota-ción de
los desposeídos tenga lugar" (3). La conclusión es bien sorprendente, pues
la concurrencia en los capita-listas no llega á hacerles perder su posesión, y
en tanto que haya gentes que posean y otras que no posean, habrá injusticia
social, y, por tanto, explotación. Los tra· bajadores hubiesen preferido
seguramente "vender las mercancías presentes" y hallarse en la
situación feliz d~ los poseedores; y lo que se opone á que los trabajadores la
consigan, no está, ciertamente, en sus cualidades per-sonales, como tampoco en
las de los capitalistas; sino que se ha de buscar en las relaciones de poder y
dependencia sociales.
(1) Büllm-Bawerk,
Tcorla positiva del capital, 2." edición alema-na, 1902, pág. 382.
(2} Idem
íd., pág. 350.
(3) Idem
id., pág. JE5.
El MARXISMO 215
Tampoco la teoría de la abstención llega
á traer más
luz á los problemas del provecho. No niega qne el
prove-cho es 1111 ingreso de los que poseen, y que la elevación del provecho
depende de la del capital. La misma "absten-ción" se expresa en muy
diferentes sumas de dinero, como el beneficio de las respectivas personas,
según la elevación del capital de que disponen. Las relaciones de posesión, por
lo tanto, de poder y dependencia social continúan siendo para esta teoría el
fundamento del beneficio capi-talista. Sólo la teoría del provecho. titulada
por Bahm-Bawerk, teoría del trabajo, la cual ve en el provecho el salario de
los capitalistas, se apoya en otro fundamento, y sólo ella niega la
preexistencia en el sistema económico capitalista del beneficio del
capitalista. Ahora que esta teo-ría q lleda refutada COIl el hecho observado de
la cnota del provecho, ya que mediante él, contando el provecho á pro-rrata
sobre el capital, depende de la cuantía del mismo. El salario de los
capitalistas no está, por lo tanto, determina-
do por
su trabajo, sino por su
posesión (1). Y con estQ
volvemos á
reconocer el beneficio del
capitalista como!9~
que es
realmente: como un beneficio de
la posesión,; y'¡:
en su consecuencia, de.1a explotación. ,
La explotación, como fundamento de todos los
bene-ficios de posesión, es tan cierta, como el hecho de que no todos los
beneficios dependen del trabajo.
(1) •
Tan Indiferente como es el Interés del capital ante todo gasto de trabajo del
capitalista, está, por el contrarIo, en relación exacta con el hecho de la
posesión y la euantla de la misma; el interés del capital no es un beneficio
del trabajo, sino de la posesión •. Bohm-Bawerk, Histo-ria y critica de las
leorlas del interés del capital, 2.· edición alema-na, 1900, pág. 373.
216 El. MARXISMO
JlI
La teoría de la productividad ha ensayado explicar
el provecho capitalista 1I[(:diante la productividad kcnica del capital. Esta
explicación parece muy plausible, ya que de hecho una distinción entre el
trabajador y sus herramien-tas no puede establecerse desde el punto de vista
del proceso técnico de la producción. Esto se maníficsta COIl toda claridad en
las máquinas que llevan á cabo las mis-mas operaciones ejecutadas antes por la
mano del hOIll-breo En tanto que el hombre participa en d proceso de la prodUCCión,
como una fuerza mecánica, se le puede equi-parar con plena iusticia á todas las
demás.
La introducción de herramientas más perfedas tiene
como consecuencia un aumento del rendimiento de la pro-duccióll, y parece
lIatural considerar estc mayor producto como resultado de los nuevos medios
técnico-producti-vos. De esta manera llega la teoría de la productividad á la
conclusión de que el mayor producto que los capitalis-tas se atribuyen (su
provecho), ha sido producido por su mismo capital.
Esta teoría es hasta hoy la reinante entre aquellos
eco-nomistas que rechazan la de la explotación. Bohm-Bawerk la ha criticado
severamente, pero su crítica ha sido poco afortunada, pues no alcanza, ni podía
alcanzar I al corazón del problema; porque el crítico sobre esta misma teoría,
constituye la base de toda su doctrina del capital. De-signa como capital, su
autor, ':la suma de los productos, intermedios que nacen en las diversas elapas
del circuito recorrido. (1). Lo que, no obstante su forma incomprensi-
(1) Teorla
positiva del capital, pág. 21.
EL MARXISMO 217
ble para muchos, no es más que un desarrollo de la
defini-ción corriente del capital como "medios de producción
producidos". Además,considera Biihm-Bawerk "como una de las
condiciones más importantes, fundamentales de toda la teoria de la producción,
que la trama del reco-rrido de la producción [el uso, por consiguiente, de me·
dios de producción] conduzca á mayores resultados" (1). ó, con otras
palabras, que "cada prolongación [natural· mente, bien elegida] del
recorrido de la producción nos lleve á la obtención de un mayor
rendimiento" (2).
Partiendo de estas frases llega Biihm-Bawerk á su
teo-ría del provecho. "El hombre-dice-puede obtener los articulas de
satisfacción apetecidos, inmediatamente, ó con la mediación de otros productos
que constituyen los bie-nes del capital. El último método exige un sacrificio
de til:l1Ipo, pero significa una ventaja en la cantidad de pro-ductos, que
depende, aunque también eu cantidad decre-ciente, de la prolongación del
recorrido de la produc-ción" (3). Este mayor producto de la producción capita-lista
forma, según Biihm-Bawerk, el provecho de los capitalistas.
Es evidente que para Biihm-Bawerk, como para van
Wieser, Marschall, Menger y otros modernos represen-tantes de la teoría de la
productividad (4), la productivi-dad técnica del capital constituye la base
natural del pro-vecho capitalista.
(1) Teorla
positiva del capital. pág. 18.
(2) Idem
íd., pág. 91.
(3) ldem
Id., pág. 97. . .
(1) La
que, en mi opinión, no puede distinguirse en prmclplo de la llamada por
Bohm-Bawerk de 13 utilidad. Ambas tienen un mismo pen-samiento fundamental.
.218
Ya se ha dicho antes que esta teoría no es capaz d~
justificar el beneficio del capitalista. Ella puede ser ciert:l y tiene que
tolerar, al mismo tiempo, la validez de la teo-ría de la explotación. Sin
embargo, á mi juicio no es ciei ta, ya que no consigue dar una explicación
satisfactoril del beneficio del capitalista. El defecto principal de la teoría
de la productividad (igual que la del agio, de BOhlll-Uawerk) consiste en poner
en relación la obtención del provecho con el uso de medios de producción más
lucra· tivos. El capital que reporta intereses aparece siempre, á los teóricos
de la productividad, en la forma de herramien-tas ó máquinas, cuyo uso hace
ascender los rendimientos de la producción. Mas es el caso que el origen del
provecho capitalista Ó, generalizando, el beueficio del mismo no tiene nada
común con la introducción de he-rramientas más perfectas. Cierto que todo
beneficio del capitalista es consecuencia de su posesióJl, pero su fun-damento
está, no tanto en la posesión de herramientas de trabajo, como en la de
artículos de consumo de los obreros.
Asi 10 presintió Jevol1s, al definir el capital
como "la suma de bienes que se empIcan eu el sostenimiento de los obreros
ocupados en la producción" (1). Así como el trabajador constituye un
factor de la producción más ori-ginario é importante que su herramienta, es,
también, el capital en la forma de medios de sustento del obrero, an-terior y
más importante que no en la forma de "medios de producción
producidos", los que, igualmente, según la definición, son producido.s por
el trabajador. Por lo tanto,
(1) Jevons, reoria
de la Economia polltica,
3." edición inglesa,
1862, pág. 222.
EL MARXISMO 219
toda teoría que pretenda explicar científicamente
el bene~ ficio del capitalista, debe investigar el mismo en una for-ma
fundamental y auténtica, es decir, en la forma de un beneficio que descansa en
la posesión de los medios de subsistencia del obrero.
Puesto así el problema resulta muy claro que la
lla-mada productividad del capital no puede explicar en lo más minimo, el
nacimiento del beneficio del capitalista. Es, pues, absurdo considerar los
medios de sustento del obrero como un factor independiente y particular de la
producción, frente á los obreros mismos. Desde luego que el obrero sin ellos no
puede existir, negándose á trabajar; pero la fuerza productiva de .los medios
de subsistencia llega á manifestarse en el esfuerzo productivo del obrero, y
seria contar dos veces una misma cosa, pretender ha-blar separadamente de la
productividad de los medios de subsistencia del trabajador, y del trabajador
mismo.
Si tenemos, por consiguiente, derecho á hablar del
trabajador com~ una fuerza productiva, no nos asiste el mismo para atribuir
también esta cualidad á sus medios de subsistencia. El pan y la carne no soll
por sí factores de l.l producción¡ pero lo es, en cambio, el obrero que los
consume.
Además, la disposición de medios de sustento es una
condición previa, necesaria para todo trabajo y para toda producción, en
consecuencia. El trabajador qúe no po-see sus medios de sustento, tiene que
caer, necesaria-mente, bajo la dependencia económica de la persona que los
posea, y ésta recibe con ello el poder de reservarse Ulla parte, mayor ó menor,
del rendimiento de la produc-ción. Lo mismo puede decirse de los medios de
produc-ción; también son indispensables para la misma, y también
220 EL .'\.~ RXIS.\1O
su poseSlon,
caso de que
el trabajador esté
pri\'ado de
ella, da al
que los posee el
poder de apropiarse
una par-
te e1el producto.
Rodbertus
ha dado al
problema del origen del
bendi·
cio
capitalista una solución definitiva. u
La renta -- dice
este notable pensador -dl:5CanSa sobre dos req
uisitos in-conciliables. Primero, no es posible renta alguna cuando con el
trabajo no se obtiene tII<Ís de lo necesario, por In menos, para la
continu;h:ión dd trabajo por el obrelO, pues es imposible que, sin un plus
semejante, nadie. sin trabajar por si mismo, pueda obtener regularmente [In
bendido. Segundo: tampoco es posible una renta sin la existencia de
instituciones que priven de este plus, ó parte de él, á los trabajadores y se
lo concedan á otros que no tra-bajan, porque los trabajadores están siempre,
por natura-leza, en primer término, t:n posesión de su producto. Que el trabajo
proporciona este plus, descansa sobre los fun-damentos económicos que elevan la
productividad del mismo. Que todo este plus, ó una parte de él, se retira á los
trabajadores adjudicándoselo á otros, se funda en el derecho positivo, el que
coaligado de antemano con el po-der, lleva ft cabo esta sustracción mediante
una continua-da violencia (1).
El beneficio de los capitalistas se divide, por lo
pron-to, en renta de la tierra y provecho. Esta divisíón se apoya en las dos
clases de medios existentes indispensa-bles para la producción y para la
existencia, unos que no son productos del hombre y dependen del suelo, y otros
producidos por aquél. Los propietarios agricolas son los
(1) Rodbertus, Para
ilustración de la
euest;óll social. 11>75,
pá-
gina 33.
EL MARXISMO 221
poseedores de los primeros; los capitalistas, de
los segun-dos medios de subsistencia y producción. Ahora bien, los rendimientos
de una misma cantidad de trabajo em-pIcado sobre diversas superficies de la
misma extensión, SOI1 lIlUY distintos á causa de la varia productividad
natu-ral del suelo. El propietario de una extensión de tierra muy productiva
está en condiciones de hacer pagar un mayor canon por el aprovechamiento de la
misma. De este modo nace la renta de la tierra diferencial, cuyas leyes fueron establecidas
por Ricardo.
De esta renta diferencial hay que distinguir la
absolu-ta, que se determina por la tierra de peor calidad, y que es una mera
consecuencia de la propiedad. "La propiedad como límite subsiste aún allí
donde la renta, como dife-rencial, desaparece. (1). El monopolio de la
propiedad, pero no las diferencias de la feracidad del suelo, produce la renta
en este caso·
El beneficio de los capitalistas, como provecho,
está determinado por otro momento. El capital no es, cierta-mente, un producto
natural, sino reproducido por el tra-bajo del hombre. Puesto que la disposición
wbre el ca-pital es un requisito necesario de la producción, los capitalistas
llevan anejo el poder de apropiarse una parte del rendimiento obtenido. La
cuantía de la cuota del pro-vecho social depende, en primer término, de dos
momen-tos: de la productividad social, mayor ó menor, del tra-bajo (de la cantidad
del rendimiento de la producci?n social, por lo tanto) y de la repartición de
este rendimien-to (excluida la parte que se reservan las otras clases 110
trabajadoras), entre capitalistas y trabajadores, esto es,
(1) Marx,
El Capital, edición alemana, tomo IV, pág. 283.
222 EI_ MARXISMO
de la cnota relativa que cada clase social tenga en
el mismo. Cuanto más productivo sea el trabajo, taI1to mayor es el
plus-producto, es decir, aquella
parte del rendimiento
de la producción que queda sobrante después de
haberse cubierto todo cuanto es necesario para la continuación de la producción
misma. (Es decir, el necesario sustento de los obreros empleados en la
prodL1Ccióll, y la reposición de los medios de producción consumidos.)
El plus-producto se reparte entre las ,diferentes
clases de la sociedad. Cada clase aspira á apropiarse una parte lo llIas grande
posible del producto social; sólo la luda puede determinar la cuantía de la
participación de cada clase. Ln cuota de los capitalistas es tanto maYal"
cuanto más poderosos aparezcan frente oí los obreros y á las res-tantes clases.
COlTíO ya se ha dicho (en el cap. VI) no hay una
regla fija que determine la cuantía del salario, cuyo límite mini-mo está
formado por lo necesario para la existencia del trabajador y, el máximo, por la
totalidad del producto del trabajo. descontados 105 medios de prodUCCión
gastados. Entre ambos extremos oscila el salario, Y como el poder social
Yeconómico de la clase capitalista predomina real· mente en todas partes, está
más cerca del primero que del segundo límite. Los salarios con el desarrollo de
la productividad del trabajo llevan una marcha ascendente; sin embargo, es de
creer que con el régimen económico capitalista nunca lleguen á rebasar un nivel
bastante bajo, pues el monopolio de los medios de existencia y de pro-ducción
tiene muy arraigada la supremacía social de la clase capitalista
También se deduce de lo dicho anteriormente que la
cuota del provecho tanto puede moverse paralelamente,
~L MARXISMO 223
como en sentido contrario al salario. Entre el
salario (se-gún su valor) y la cuota del provecho, son posibles las siguientes
conclusiones: salarios altos y provecho bajo, salarios y provecho altos.
salarios bajos y provechos al-tos, y salarios y provecho bajos.
Fundándose en lo expuesto, es bien fácil distinguir
lo verdadero y lo falso en ambas contendientes teorias: la de la productividad
y la marxista de la plus-valía. Las dos poseen un principio verdadero, pero en
s~s particularida-des son falsas. Por lo que á la primera teoría concierne, es
en un todo cierto que existe una fuente del aumento del provecho que no es la
disminución del salario, á sa-ber: alimento de la productividad, mediante la
introduc-ción de medios y métodos de producción perfeccionados, El progreso
técnico, la sustitución del trabajo manual por el mecánico producen, como se ha
visto en el capítulo an-terior, una tendencia ascendente de la cuota del
provecho, la que también es compatible con un aumento del sala-rio; no sólo del
real, sino del percibido en dinero.
Lo erróneo de la teoria de la productividad
consiste, por lo pronto, en reconocer en el capital un tercer factor
independiente, como el trabajo y la Naturaleza. El capi-tal, por el contrario,
es sólo "un producto intermedio entre la Naturaleza y el trab'ajo, y nada
más. Su propio naci-miento, su existencia y su acción sucesiva, no son más que
etapas de la acción no interrumpida de los verdade-ros elementos Naturaleza y
trabajo. Estos dos solos apor-tan, desde el comienzo al fin, todo lo que
produce los bienes económicos" (1). Pero la Naturaleza 110 constitu-ye,
como se ha dicho, un elemento de los costos absolu-
(1) Btihm-Bawerk, Teorla positiva del capital, pAgo J(l2.
221 El. I11AllXIS.\\O
tos. Como tal, cuenta sólo el trabajo humano. Esto
nos da cterecho á considerar todo el producto social como pro-ducto exclusivo
del trabajo (1).
Producto, JlO sólo de los trabajadores cmpleaclos
en la producción, sino de todo el trabajo social qlle colabora á la prosperidad
económica; por :0 tanto, en no menor es-cala, del tmhajo illtelectuaI, aplicado
á todas l;ls ramas d..: la cnltma, que del trabajo ecollómico inmediato. Los
tra~ llajadores félbriles dirigellla marcha de las m:Hlnin<ls; lilas para la
creación de éstas es necesario algo superior al cs-fllerzo muscular. Sin la
ciellcia, sin el trabajo creador dd entendimiento humano, el trabajo económico
seria tan illl-potente como un pájaro sill alas. La clase obrera cuenta, cntre
los represelltantes del trabajo creador, en tan escasa medida como la
capitalista. Las grandes invenciones y dc'scllbrimientos, como las ideas
inmortales, y Clwntü comprendemos bajo el cOllcepto de cuItllra intelectual, no
sonIa creación de una clase social determinada, sino pe~ culio de toda la
sociedad.
Es, ciertamente, equivocado considerar á los
capitalis-tas como los promotores del
progreso indnstriaI. El capi-talista se apropia sus frutos, pero
no los produce.
Muy pocos grandes inventores se enrilllleciefOn con sus inven-Y si los
millones de Ull Arkwright Ó un \Vatt,
fueron
(1) "El
suelo ó Naturaleza y el capital como factores de la produc-dún, no están en el
mismo plano que el trabajo. sino absolutamente su-bordinados á él. El trabajo
es el único factor activo de la producción; la N<ltllraleza ofrece sólo
materia para el ejercicio del trabajo Ó fuerzas libres originarias sólo
utilizables mediante aqllél. El capilal, en su aparición obetiva como elemento
en 105 meLlio5 auxiliares ya producidos, no puede ser un f.\ctor primario Lle
la producción, puesto que es ya un pr.Jdllcto •. Lexis, •• rticulo •
PIOducción. en el Dicciollllrio de Ciencias
.soriales, de Co[\[ad, \.' edic.,
tonl) V, p:ig.
2'1.
EL MARXISMO 225
creados por su genio, evidentemente no puede
decirse lo mismo de los innumerables fabricantes que desde enton-ces han usado
las máquinas de hilar y de vapor.
Es igualmcnte incxacto considerar á los
trabajadores oCllpados en la produccíqn, Como los únicos impulsores del
progreso industrial. La sociedad toda, como una uni-c1:1d cultural, piOduce el
plus-producto que han de apro-pwrse los poderosos. Este plus-producto es en la
misma
I1Iedil.la, CrCaci?ll del trabajo genial de la
inteligencia y del Ira~aJ~ mecálllco de sus inmediatos productores (1). Los
capItalistas cuenlan, en este trabajo creador,
todavia me-nos que en un segundo trabajo: el de utilizar sus frutos
romo dOI~es espontáneos de la Naturaleza, sin
aportar el menor estuerzo.
Mientras la teOlia de la
productividad ignora la' de-
pendcllcia del provecho
de la cu:¡ntía del salario, es
tan
tllll.laternl
y extraviada como su
opuesta, la de la plus-
valla de Marx, la cual no atiende
á los adelantos de J
. . a
kClllca como fuente fructífera de aumento del
provecho. Cada au.mento de la productividad del trabajo produce la
telldencla de elevar tanto la cuota del provecho , como e I
~a I .
ano. Una teoría
exacta del provecho
debe reconocer
Igualmente la influencia de ambos momentos, el
económi-
c~ (l:i\'cl. ~e la
productividad del trabajo), y
el social (la
dlstnbucloll de los rendimientos de lá producción e t
. nre
capitalistas y obreros).
La teo,ría del .provecho aquí desarrollada
coincide, por su contellldo social, en los puntos esenciales, Con la teoría de
la explotación de Rodbertus-Marx. Su fundame t
. . no
economlco es, sin embargo, otro; se ve libre
de toda re-
(1) Véase
Kuliseher, Historia del desarrollo del illterés del ca 1'( i Anuario de Eco.
PoI. y Estadistica, de Conrad, 3,' serie, pág. 2/. a ,
226 EL
¡\\ARX1SMO
lación con la teoría absoluta del valor del
trabajo, punto de partida de la teoría del provecho de estos dos grandes
socialistas mentados. Con 10 que se prueba qut' esta teo-ría del valor,
contraría á los fenómenos reales del mismo, es totalmente superflua como base
ele la kr'líaele la ex-plotación. Sólo puede servir de extravío, como hemos
visto en el ejemplo de la teoría marxista Jc la plus-valia, la que hay que
rechazar como teoria del provecho.
Además. una teoría exacta de la distribución del
be-neficio social, nunca puede ser mera conseCllcllcia lIe la
teoría del valor. Así lo ha visto Ricarllo cuando
escribe, en una de sus cartas á Mac-Culloch, la importante regla mé-todológica
que sigue: "finalmente, toJos los grandes pro-blemas sobre renta de la
tierra, salario y pru\',:cho, tienen
que ser explicadas por las proporciones eu que se
distri buye el producto totnl entre propidari0s, capitalistas y
trabajadores,
las que no están en
relación il~cesaria con
la doctrína del
valor n (1).
El entusiasmo
de muchos socialistas por la teoría del
valor del trabajo descansa en una mala illkligencia¡
las
j listas
pretensiones de la clase
obrera no neCesitan fun-
darse en esta teoría. Como teoría del valor es
equivocada y debe ceder puesto á la teoría de la utilidad límite; como teoría
de la productividad exclusiva del trabajo humano ha de ser sustituida por la
teoría de los costos absolutos del trabajo, desarrollada aquí. La explotación
continua siendo para las nuevas doctrinas el fundamento del bene~ ficio del
capitalista, y con esto se mantiene la critica so-cialista del orden económico
reinante.
(1) Cartas
de D. Ric,/rdo á J. Rams_l)' '.Hac-Calloch, ed, inglesa, 1895, pág, 72.
SECCIÓN TERCERA
LA DESCOMPOSICIÚN
DEL
ORDEN ECONÓMICO CAPITALISTA
CAPITULO IX
LA DESCOMPOSICIÓN DEL ORDEN ECONÓMICO
CAPIT ALIST A
l.iJ t:\'uludón económica y d
sodaHsmo.-J. Tt'or{a de la falta de
mercado para la fll-
dllstria cal'iialista: Manifestadones de Engels y l\1arx.
sobre el problema.-FJ punto
de
vistJ de los modernos marxistas y
de la economía "burguesa",-Clasifi-eación tIc
Jo!> sistt.:rnas
ecún6mkos. - Econornla antagónica y economla arm6nica.-l21 paradoja
f1iIHL.Hncnt¡~lde la cconomia capitalista y de
todas las antag6nicas.--Il.
Considrracio~
IIe"S /iun!t's: La d~scomposiciórt
dd (apHaJismo no es una necesidad eoConómica.- La
cOI1!r.ldiccíón dd c.apitali!:imo con Ié.! concepción reinante
del dcrecho.--La necesidad
dd ordo:n social sodalista.
Según la
concepción materialista de la historia
toda la
evolución social está determinada por la evolución
econó-
mica. No es la conciencia humana la que despierta
revo-
luciones sociales, sino los obstáculos de la vida material,
los conflictos entre las fuerzas sociales productivas
y las
relaciones de la producción. Para mostrar la necesidad de
la descomposición
de la economía capitalista y lo inevita-
ble de
su transformación en una socialista, es, ante todo,
preciso una
prueba concluyente de la imposibilidad eco-
nómica de
que el capitalismo persista después de
un mo-
mento determinado.
Una vez probada esta imposibilidad,
lo está también la necesidad de la transformación del ca-
pitalismo en su contrario
y, con ello, el socialismo sale
230
del reino de la utopía para ascender feliz al de la
ciencia. Tal era el proceso del
pensamiento de Marx y Engels, al pretender fundamentar,
sobre sus concepciones filosó-
fico-históricas, sus tonvicciones socialistas. Lo
principaí era para ellos poner cn claro la pura imposibilidad cconó-mica dc la
permanencia del capitalismo.
Es natural, por consiguiente, que Marx y ElIgels
hicie-sen muchos ensayos para cOilseguirlo. Desgranando el germen teórico de
los numerosos estudios de Marx y En-
gels sobre el asunto, llegan á encontrarse, sino dos
construcciones que están en cierta dependencia
mutua, y que poseen, también, elementos personales, qUl: 110 pue-den ser
considerados como pertenecientes á un todo inse-parable. Lila de estas
construcciones podríamos llamarla teoría de la falta de mercado para la
producción capita-lista y, la otra, teoría de la C\lota decreciente del
provecho.
La primera fué ya claramente expuesta y
fundamentada por Engels en alguna de sus primeras publicaciones, es-pecialmente
en uno de sus discursos de Elberfeld (1845), publicado en el Anllario Renanp, y
también en su escrito "La ley inglesa de las diez horas" (Nueva
Revista Renana, 1850).
En el discurso de E1berfeld se propone Engels el
tema "para probar que el comunismo, si no es para Alemania una necesidad
histórica, lo es económica •. La prueba está desarrollada de este modo.
Alemania tiene que elegir entre libre cambio y proteccionismo. Si prefiere el
prime-ro la industria alemana será arruinada por la inglesa, y las
El MARXISMO 231
masas de obreros sin trabajo provocarán la
revolución social. Si se decide, en cambio, por el proteccionismo, el rápido
desarrollo de la industria alemana será la conse-cuencia; en tal medida, que el
mercado interior será pronto insuficiente para la ascendente suma de productos
industriales y Alemania .se verá obligada á buscar un mercado exterior para su
industria, lo que conducirá á una lucha á' vida ó muerte entre la industria
alemana y la inglesa.
"Cada industria tiene que progresar, para no
quedar pospuesta y perecer; tiene que conquistar nuevos merca-dos y
aumentarlos, continuamente, mediante nuevos es-tablecimientos, para poder
predominar. Pero, como desde la apertura de China ningún nuevo mercado puede
con-
- quistarse,
sino solamente explotar mejor los existentes, de aquí que, por consiguiente, la
expansión de la industria en lo futuro tenga que ser más lenta que hasta ahora,
é In-glaterra tolerará aún menos que nunca una concurrencia•. Esta lucha á
muerte de las industrias alemana é inglesa puede sólo tener una conclusión, la
ruina del concurrente más débil. Mas si el capitalismo llega á desplomarse en
un país, el proletariado de los restantes obtendrá con ello un considerable
refuerzo.
La argumentación toda le parece á Engels, en. aIto
grado, concluyente. "Con la seguridad-añade-, que de premisas matemáticas
dadas puede desarrollarse una de-rivada; con la misma se puede deducir de las
relaciones económicas existentes, y de los principios de la econo-mía, el
advenimiento de una revolución social" (1).
(1) Escritos
completos de Marx y Engels. tomo 11,
1902, páginas
393·99.-
232 EL MARXISMO
Tales afirmaciones fueron desarrolladas por Engcls.
también en sus escritos posteriores (del afio 1850), apli-cándolas entonces á
Inglaterra. Forma la esencia de SIl argumentación el principio de que "la
industria, en su e-volución actual, debido al incremento de las fuerzas
pro-ductivas, puede aumentar sus mercancías incomparable-mente más de prisa que
sus mercados". Asi llega Engcls
á la
conclusión de que "la industria inglesa, cuyos medios de producción poseen
una fuerza de expansión muy su-perior á sus salidas, se encontrará, con paso
IllUY rápi-do, en el momento en que sus medios auxiliares se ago-ten", en
el que se haga crónica su superproducción, y "toda la sociedad 1ll0dernil,
ante la superabundancia de fuerzas vitales inaplicables por un lado, y de
completa ex-tenuación en otro. vea llegada su ruina" (1), si no fuese la
revolución social la fuerza que sacase á la Humanidad del laberinto
capitalista.
La misma tcoría de la falta de mercado para los
pro-ductos de la industria capitalista, tan expansiva, forma la base teórica de
las manifestaciones sobre la necesidad
de la descomposición del orden económico
capitalista en otros escritos de Engels y Marx, como el Manifiesto comu'lista,
yen la polémica de Engels contra Dühring. En el Manifiesto comunista se lee
que" las relaciones bur-guesas han llegado á ser insuficientes para
contener toda la riqueza social producidas por ellas. ¿Cómo vence la
burguesia sus crisis? De un lado mediante la
forzosa anu-1ación de una buena parte de fuerzas productivas; des-pués, con la
conquista de nuevos mercados, é intensifi-cando la explotación de los
existentes. ¿A qué se reducen
(1) Escritos
completos de Marxy Engl!ls, tomo 111, paginas 389-94.
EL MARXISMO 233
estos medios? A preparar crisis más generales y
podero-sas, y á disminuir los medios que las previcnen. Las arIllas con que la
burguesia dominó al feudalismo, se dirigen ahora contra la burguesia misma.
(1).
En su escrito contra Dühring alude Engels á la
nece-sidad dc "cxtenderse, de la industria capitalista, que se burla de
toda presión. La presión la forman el consumo, la venta, los mercados, en los
productos de la gran indus-tria. Pero la capacidad de expansión de los
mercados, extensiva como intensiva, está dominada, desde luego, por otras
varias leyes de una eficacia mucho menOs enér· gica. La extensión de los
mercados no puede marchar á la par con la de la producción. La colisión se hace
inevita-ble, y puesto que ella no aporta solución alguna, mien-tras subsista la
producción capitalista, se repetirá periódi-camente" (2). El recorrido de
la industria capitalista es una espiral que va cerrándose y que tiene que
terminar con la superproducción crónica y la imposibilidad de un ulterior
desarrollo de la industria capitalista, esto es, 0011
la revolución social.
En el tomo III de El Capital, expone Marx que, con
la producción inmedi3ta, sólo se lleva á cabo el primer acto del proceso
económico capitalista. Falta el segundo y más dificil, la realización, la
valoración del producto ob-tenido. Las leyes de la producción capitalista y las
de la realización no sólo no son idénticas, sino que están en antagonismo. La
producción capitalista está limitada por la fuerza productiva de la sociedad;
la realización, por u la
(1) Eugenio
Dühring ó la revolllción de la ciellcia, 3.' edición alemana, 1894, pág. 296.
(2) Idcm,
id., Id.
234 EL JI\ARX¡SJltQ
proporcionalidad de las diferentes ralllas de la
produc-dón, y por la fuerza consumidora dé la sociedad. Esta lil-tima, no está
determinad", por la fuerza productiva abso-luta; ni tampoco por la fucrza
absoluta de consumo, si no mediante la fuerza de consumo, fun.dada en las
relaciones antagónicas de la distribución, que fijan el consumo dt: la gran
masa popular en un mínimulIJ, alterable tan sólo dentro de limites reducidos.
Además, sc ve limitado por la tcndencia á la acumulación y al aumento del
capital". El interior antagonismo, nacido de este modo, "busca
<:ompensarse con la expansión del campo externo de la producción. Cuanto más
se desarrolla la fuerza producti-va, mayor es el conflicto que se produce con
la estrecha base que sustenta las relaciones del consumo".
Como resultado final del análisis marxista de las
con-diciones dI.: la realización del producto capitalista, afirma su autor qut
"los verdaderos límites de la producción ca-pitalista los forma el mismo
capital,,, esto es, "que la producción es sólo producción para el capital,
y no á la inversa; y los medios de producción son precisamente medios dedicados
á una continua ampliación de la estruc-tura del proceso vital para la sociedad
de los producto-res". Los límites de la producción capitalista (la
limitada fuerza expansiva del mercado para la industria capitalis-ta) están
constantemente en pugna con la necesidad de expansión del capital. "El
medio -desarrollo incondicio - nado de las fuerzas productivas sociales-, está
en per-manente conflicto con el limitado fin, la valoración del capital
existente. (1).
La teoríu quc informa todas estas afirmaciones,
pllede
(1) El
Capilul, tomo IV, páginas 225·32.
EL MARXISMO 235
resu mirse de este
modo. La esfera
del mercado para la
producción capitalista
está determida por la capacidad del
consumo social; si aumenta la masa de productos más
rápidamente que el consumo social, una parte de los pro-. duetos obtenidos 110
puede enajenarse, y ulla parte del capital queda sin valoración. La
superproducción comien za y el capital permanece inactivo. El desarrollo de la
pro-ducción capitalista hace que esta situación sea cada vez más duradera,
puesto que el consumo social, frente á aquel desarrollo, sólo experimenta un
aumento muy reducido, mientras crece la rapidez con qlle la producción asciende.
Tiene que llega" pues, un dia en que la superproducción se haga crónica.
yel orden ('conómico capitalista, en viro tud de la imposibilidad de una
valoración continuada del capital, acumulado siempre sin cesar, llegará á srl
rUlI1a.
Estas ideas son hasta hoy las reinantes en el
pensa-miento socialista. Carlos Kautsky, está tan firmemente convencido como su
maestro, de que la economía capita-lista camina /racía una superproducción
crónica que él titula "situación de fuerza, que cuando llegue,
inevita-blemente, traerá consigo el socialismo". ~"A tals itua-ción
se llegará-añade Kautsky-, de continuar la evo-lución económica en el mismo
sentido que hasta aqul, pues el mercado interior, como el exterior, tienen sus
lí-mites, mientras que la expansi9n de la producción es de hecho ilimitada
..... La producción capitalista se hace im-
posible,en el momento histórico en que se establece
que el mercado 110 puede ampliarse á compás de la produc-ción; esto es, tan
pronto como la superproducción se haga crónica. Y este momento no ha de hacerse
esperar. La superproducción crónica, incurable, forma "el úl-
236 EL M,\¡¡X1S~1O
timo límite
el1 la capacidad vital de nuestra actual so-
ciedad"
(1).
También
Cunow cree en lo inc"itable de la fuina ca-
pitalista á consecuencia dc la falta de llIcrc3dos
de vcnta. Para él, cs s<\[o cuestionable, "cuáuto ha de durar
toda"U¡ la producción capitalista en cada país, y en qué circuns-tancias
ha de tener lugar la descomposición ..... Ahora
aquÍ, allí despues, verá una industria reducirse su
expor-tación, de la que depende su existcncia, hasta que pro-bablemente
comience IIn estado general de decadencia económica, semejante al que con
lIlucha menor fuer,a ha el~trado cn algunas ramas de nuestra 3gricultura, el
que
solo puede tener un final: la desaparición <Id
siskllLl nómico existente (2).
Por lo demás, es muy natural la fidelidad con que
I(autsky y Cunow conservan las doclrínas de sus maes-tros. Más interesante es
que el notable teórico de los "revisionistas" - l( . Schmidt- crea,
tan firmemente como Kautsky, en la posibilidad de una superproducción cróni-ca,
motivada por la poca capacidad expansiva dcl merca-do capitalista. En su
artículo sobre mi libro Las crísis co-merciales en Inglaterra, dice Schmidt,
entre otras cosas, la siguiente: "Si la opinión, representada por Tugan-Bara-l10wsky
de que toda superproducción, exclusivamente, proviene de las desproporcionadas
inversiones del nue\'o capital puesto en curso, fuese cierta, no podria tampoco
prescindirse de ver por qué el capitalismo. mediante su evolución, como Marx y
los marxistas aceptan, se cava su propia fosa. Si la miseria de las crisis
procediese sólo
(1) 8t'rllsteín
y el programa socialista, página. 1'12,-I5.
(2) Cuno\V.
"La teoría de la catástrofe., S¡¡n'o TiollpO, XVII, tomo 1, páginas ·127 y
-I28.
EL MARXISMO 237
de la falta de proporcionalidad, no se agudizarían
progre-sivamente con el incremento del capitalismo, hasta con-mover toda la
base del sistema económico reinante. OtrJ. co,a acontece cuando la exten-iíón
de la producción en-cuentra un lilllite, siquier.\ sea elástico, en la
capacidad del conSUlllO. Este es el punto de vista que muestra más palpable y
sencilla la concepción, según la cual el des-arrollo económico camina con
inevitable necesidad hacia una catástrofe económica general" (1).
Cierto que Schmidt considera tal dirección en el
des-arrollo del capitalismo, sólo como una tendencia que se cruza con otras
opuestas. Mas con todo, es bien claro quc SelJlllidt, en eslc punto, sc apoya
sobre la misma base teórica quc l\autsky. Los "revisionistas" y los
"orto-doxos" están de acuerdo en este tema.
TUllllJién algunos economistas
"burgueses" aceptan la tcoría de que la esfera de la producción
social está limi-tada por la del consumo, y que la producción social no es
c3paz de extenderse más rápidamente que el consumo. Junto. á esto, la escuela
de Ricardo~Say, no reconoce la posibilidad de una superproducción general,
cuando pien-sa que la acumulación del capital no reduce el consumo social, pues
todo el capital invertido se convierte en sala-rios y pasa, de este modo, al
consumo de los trabajado-res. El consumo de éstos aumenta, por lo tanto,
precisa-mente, en la misma medida en que el consumo de los capitalistas se
reduce, á consecuencia de la acumulación. La escuela MaIthus-Sismondi reconoce,
por el contrario, la posibilidad de una superproducción general á COl1se-
(l) "Soore
la teoría de las crisis comerciales y de la superprodl.lc-cj')Il,..
/<c"ista quincenal Socialista, de Bernstein, 1901, pág. 675.
238 El.
.\l.\flX IS MO
cuencia de la demasiado rápida acumulación del capital,
la cual conduce á un excedente
de mercancías produ-
cidas, en comparación con la
demanda efectiva. Ambas
escuelas aceptan como evidente que la
esfera de la
pro-
ducción social está determinada por la del consumo
y se mueve paralelamente con ésta.
Entre los modernos economistas que han discutido el
proLlema de la acumulación del capital con mayor dele-nimieuto, sobresale
Biihm-Bawerk, cuya teoría del capital es cousiderado¡ por llIuchos. debido j lo
profulldo de Sil análisis, como una obra maestra. Y de hecho ocupa
Aiihm-Gawerk, por lo penetrante y original de su pensa-miento, uno de los
primeros pnestos entre los modernos teóricos de la Economía. Ha llegado este
pensador, des-pués de Hila laboriosa invesligación de las condiciones
de la acumulación del capital, á la cOllc1usilin de
que: "d ingreso de 11n pueblo, á la jar~a, es idéntico cOlllos rendi-
mientos de su producción,,; y, de acuerdo con esto
otro tratadi~la, Lexis, afirma que" la suma anual del c~nsu.
mo, la de la producción y la de los ingresos
primarios, han de ser consideradas como cantidades que cuantivu-mente tiellen
casi que coincidir" (1).
Parece, por consiguiente, que la necesaria
conformi-dad entre la producción y consumo sociales, pertenece á aquellas
afirmaciones aceptadas como generales en la ciencia económica contemporánea. Se
discute que el ca-pitalismo conduzca á la limitación del consumo general, pero,
parece indiscutible que, cuando este caso llega, la producción social no puede
ya extenderse sin provocar una superproducción.
(1) B¿¡hm·Bawerk,
Tl'orfa positiva del capital. pág. 123.
EL MARXISMO 239
Teniendo presente la calidad y el número de las
auto-ridades económicas favorables á la mentada teoría, es, tal vez, una
empresa arriesgada, pretender demostrar que esta teoria es fundamentalmente
falsa. No otro ha de ser> sin embargo, el tema de cuanto sigue.
No es difícil comprender qué es 10 que ha movido, á
ecollomistas pertenecientes á distinta y aun opuesta di-rección, al unánime
reconocimiento de la tcoria que criti-camos. El asunto parece demasiado
sencillo para que pu-diera dar lugar á discusión. La actividad económica no
puede tener otro fin que la satisfacción de las necesida-des humanas. La
producción social es una actividad eco-nómica, y nada vale, cuando no sirve p
lril cubrir, con me-dios de consumo, las necesidades económicas. El consu- .•
mo, fin de la producción, aun necesitando paLl ser logrado de gran rodeo, es,
en todo caso, el único fin posible de la producción.
"¿No es toda necesidad de producción, por su
natura-leza, relativa; esto es, no cuenta en ella el capitalista con vender las
mercancías obtenidas mediante los medios de producción; mientras que la demanda
de consumo apa-rece como definitiva y absoluta, ya que en ella, como el nombre
lo indica, el consumidor no piensa en venta al-guna ulterior de las mercancías
compradas? n
"Sólo sobre esta base, y en estrecha relación
con esta demanda delinitiva, puede desarrollarse la relativa, de medios de
produc.::i6n. La demanda de medios de produc-ción es, por lo pronto, demanda de
primeras materias y auxiliares y máquinas, en las ramas que producen los
ar-ticulas que han de satisfacer el consuman. Por lo tanto. parece indudable
que "la demanda de consumo ó definiva. es la fuerza motriz que, corriendo
todas las esferas de la
210
economía, pone en marcha el inlllenso mecanismo de
la producción .. (1).
Esto asegura Sc]¡midt. Los argumentos de Kautsky no
parecen menos convincentes. "La producción es y será, para el conSUllJO
humano". Cierto que la división del tra bajo Ira conseguido dar autonomía
á la producción de ínstrumentos para el trabajo, dando lugar al nacimiento de
talleres para la producción exclusiva de herramientas, primeras materias, etc.,
pero, sin embargo, "todos ellos sólo sirven al último fin, la producción
de medios para el consulllo humano, y se paralizan tan pronto como este úl-timo
fin no basta para conservar su actividad". "Produ-cir-termina
diciendo - , es aportar articulas de consumo para uso del hombre. Este fenómeno
puede velarlo la di-visión del trabajo, pero no limitarlo ni suprimirlo"
Sería altamente absurdo pensar que el capital
acumu-lado pudiera ser utilizado duranle una disminución abso· Juta ó rdntiva
del consumo social; el asunto no requiere ningún detenido examen, pues el conce
pto lógico de la producción lo resuelve de modo definitivo.
Ahora que á mí no me parece concluyente esta
argu-mentación, Por lo pronto, tengo que protestar decidida-mente contra la
concepción antihistórica de la economía, como una categoría no histórica, sino
lógica. Es muy (:quivocado hablar de la economía en general, como si fuese la
misma en todas sus modalidades históricas. Hay economía y economía; desde el
punto de vista que nos interesa debemos distinguir dos grupos de sistemas eco-
(1) Schmidt. "Téoria
uc la superproducción,,, R<'visia
qllincenal
Socialista,
UC BCrJistcill, 1901, p~g. ti73.
(2) Kantsky. 'Teorías de crisis., -l, ""lIe,·o Tiempo,
1902, páginas
117-18.
EL MARXISMO 241
nómicos. El primero, cuya característica es la
coinciden-cia en llna misma persona, del sujeto de la economía y el trabajador
económico; lo que llamaré economia armónica. Entre los distintos sistemas
económicos que comprende este gTllpO, están:
l." La propia producción, para el consumo del
pro-ductor mismo.
2.° La economía de cambio entre pequeños
produc-tores independientes que descansa en la división social del trabajo; y
3." La producción socialista del porvenir en
la que la dirección de la producción pertenecerá á la totalidad de los
productores.
Es esencial en todos estos sistemas económicos que
los inmediatos productores disponen de los medios de producción y regulan la
marcha de la misma; esto es, la clase de artículos que han de producirse. Llamo
armó. nicos á estos sistemas, porque no presuponen como nece-saria una
oposición de intereses entre las personas que la integran, Jo que en el segundo
grupo es inevitable.
A este segundo grupo le llamo de economías
antagó-nicas. Su rasgo característico consiste en que en estos sistemas
económicos el sujeto económico y el trabajador no coinciden en una persona. El
trabajador está incluido en una economía extraña á él, cuyo sujeto es otra
persona qlle no particip¡¡ en el trabajo económico; los medios de producción no
pertenecen al trabajador, sino al sujeto económico, que determina y dirige la
marcha de la pro-ducción. Dentro del grupo están:
1.° La
economía de esclavos;
2.° la
feudal, y .
3. o el
sistema económico capitalista.
. 16
Son antagónicas, por formar su esencia la oposición
de intereses. Todas ellas presuponen la ¡Hcl'xistl'ncia de dos grupOS sociales
distintos, por lo menos, un') de l~s cuales posee la fuerza de hacer del otro
un sllnplc medIO económico. Pero comO este \'dtimo es talllbi0n fin en si
mismo, la oposición de intereses estalla ine\'itablcmentc.
Es claro que la actividad económica, en la economía
armónica, no puede servir á otro fjn que satisfacer las ne-cesidades de la
sociedad. No asi en la economía antagó-nica. En el proceso económico toman
parte, por lo menos. dos personas. cuya fIlJlci,)n econólllÍL:a es 1I1IIY
di,.;lillla.
La Ulla es snjcto ecolHimico y delérmilla la
direcl:i"J11 jdiva del proceso todo. Se encuentra en la l.ni,sl11a posi-
ción que toda persona en la economía ·arJtlOlllca.
Pero, además de esta persolla~el scilor ele los esclavos, y el
feudal, como los
capitalistas·-, participa lalllbién Ll
economía, como simple medio de prodLlcciúll, d
trabaja-dor que aporta su trabajo. Su papel es bicn distinto al del primero. Es
Ulla pieza delmccanismo económico que 110 sirve á su fin, sino al de otra
persona. En ulla palabra, el
trabajador no es el sujeto, sino el objeto de esta
econo-mía, como los animales, las herramientas y las prill1era~
materias.
Esto, por ejemplo, ocurre cuando de los esclavos se
trata. Si el esclavo continúa siendo fin en si mismo, no
ejercita. sin embargo, influencia alguna en la
dirección ob-jetiva del proceso económico, determinado ~xc~usivall1en
te por su señor. Para el señor-y, por conSIgUiente,
para la economía de escla vos-, liD hay distinción entre el con-sunlO de los
esclavos y el llamado consumo productivo-el de medios de producción- dentro del
proceso de la misma. La economía de esclavos depende tan sólo del
El. ,\1 ..\
HxrSMO 2~3
consumo ele los mismos, en cuanto éste es un
momento necesario de la producción.
El seJ10r tiene que alimentar SIIS esclavosy,
siendo pre-visor, ha de mantenerlos bien, como á bestias de carga, flor la
rnzón conocida de que la buena alimentación aumenta la fuerza de trabajo del
hombre, como de la bestia.
La cualidad económica de los esclavos, como simples
medios económicos, se manifiesta terminantemente, ob-ser"ando que el
esclavo puede ser sustituído por otro me-din de producción, sin que el fin
superior de estaeconümía sufra alteración alguna. "El primitivo arado
peruano no era más que ulla viga con un reborde en el extremo infe-rior, viga
que arrastraban sobre el campo, de seis á ocho hombres" (1). Eldueñode
losesclavospuede undíapensa¡ que los caballos cumplirían esta misión con mayor
efica-cia y aquel día sustituiría con caballos sus esclavos. Des-pués, en una
parte de sus campos cultivará, en vez de centeno, avena para dar de comer á los
caballos. Ello más que empobrecer al señor le enriquecerá, pues el cul-tivo de
sus campos dará mayor rendimiento y los prove-chos sobrantes que estén á su
disposición constituirán una mayor cantidad de medios de consumo. Obtendrá, por
consiguiente, un aumento de su consumo propio y, al mis-mo tiempo, una
disminución del de los hombres que le sirven de medios de producción. Esta
última disminuciólI,
puede ser tan considerable que la suma total del
consu-mo humano de esta economía-esto es, el consumo del señor y de los
esclavos, juntamente-experimente una ab-soluta mengua. La economía cumplirá su
fin objetivo-sa-
(1) Lippert.,
Historia de la fiviUzac:ón. 1885. tomo
1, pág . .52.
2H El. ~l"RXIS.\1O
tisfacción de las necesidades de su sujeto, el
seiior - , tan bien ó mejor, con la ayuda de otro medio de produccióll que la
fuerza humana. La cantidad dd produl:lo obtenido aumcntará; II partc
correspondiente al capital en la eco~ nomia capitalista, será productivamente
consumida, sin dejar restos (en otra forma; por caballos, en lugar de hombres)
y la cantidad de plus-producto cre2erá, igual-mente. Sólo el consumo de los
hombres, en su totalidad, disminuirá, lo que en ningÍln modo perturbará el
equili-brio de la economía de esclavos.
Pasemos ahora á la economia capitalista. Kautsky no
tiene nada que replicar contra mis esquemas sobre la acu-llIulación del capital
(que, además, fueron construidos su-bre Marx) incluidos en mi trabajo acerca de
las crisis; pero ellos prueban, según mi crítico, algo totalmcnte distinto de
lo que yo deduzco de ellos. "Los esquemas de Tu-gan-dice-muestran tan sólo
un' caso en que pucd~ dar-se, sin crisis, Ull descenso en el consumo: en el
paso de la prodLlcción sencilla á la complicada. De este único caso hace Tugan
el tipo de la realidad capitalista-cuando. por el contrario, es uno que en la
realidad no se da casi nun-ca (1)>>.
En mi opinión, sin embargo, esto que Kautsky llama
caso único y extraño á la realidad, forma una ley inmanen· te de la evolución
capitalista. Examinaré el caso más des favorable para mi teoría, á saber: la
acumulación del capi tal acompañada de un permanente y considerable deseen so
de los salarios y sin aumento alguno del consumo de los capitalistas. En el
siguiente esquema establezco que el sao lario disminuye su valor cada afío en
un 25 por 100, y el
(1) 'Teorías
de las crisis" ·1, Nuevo Tiempo, 1901, poig.
116.
El MARXISMO ~45
valor del consumo de los capitalistas, á pesar del
aumento del provecho, conserva una cuantía inalterable. Según mi
hipóll:sjs,~ del provecho total, será acumulado por
los 4
capitalistas en el primer año (esto es, empleado en
un aumento de la producción), los restantes ~ serán consu-
midos improductivamente; en los años siguientes no
ex-perimentará el consumo improductivo de los capitalistas ningÍlIl cambio en
su valor absoluto-de manera que se acumulará cada vez una parte mayor del
provecho.
E<eproduccidn del capital social en Sil mayor
escala acam-panada de un descenso de los sularios é inmovilidad del COI/S
l/IIlO improductivo de los capitalistas (1).
EL
PRIMER AÑO
1. Producción de
medios productivos.
1.632 mp + 544 s + 544 P = 2.720.
(1) Para
el primer año se supone, que en todos los grupus de la pru-dllcción social el
capital fijo-medios de producción (mp)-, es, por su valor, triple que el
capital de salarios-suma de los mismos (s)-, y el provccho (p), es igual al
capital de salarios. En el segundo año varian todas estas relaciones debido á
que lo invertido en salarios baja en l,n
25 por 100 y el provecho aum,enta, en
correspondencia: Asi vemos q¡¡C en el segundo afio, 'elcapital de salarios en
la producción de arliculos para los capitalistas, cuyo valor total no se ha
alterado, no impolta
120 (como en el primer año), sino 90 tan sólo (ha
bajado, pues, In 30 unidades, 6 sea en un 25 por 100); el provecho, en cambio,
ha aumen-tado un número igual de unidades y asciende asi á ISO. El valor del
ca-piLl1 fijo en la producción de medios de consumo para los capitalistas
perlllanece inalterable. En el tcrcer afio, el salario ha bajado de nuevo, en
el lcreer grupo de la producción social, en un 25 por lOO, es decir, 22,5
unidades; las mj~mas que h ganado el provecho; el valor del ca pi-tal lijo conlinúa
inaltcrilble.
216 EL MAIIXIS.\\O
JI. Producción de arlicul05 de CO]]5UIII0 para los
obreros.
408111p + 13G
s + 130p ~ G80.
llI. Pro1ucción de artíclllo$ de COII$UmO dl.: los
capi-talistas.
360 mp -1- 120 s -1- 120 JI --~ GOO.
SEGUNDO A¡\;O
I. Producción de medios produdL lOS.
1.987,4 fIIp + -1.96,8 s + 828, I P - - 3.JI2,3.
JI. Producción
de artículos dc consumo de los ubreras.
372,6 mp + 93,2 s + 155,2
P C-.. 621.
111. Producción de articulos de consumo de los capi-
lali$tas.
360 mp + 90s + 150 P = 600.
TERCER AÑO
l. Producción de medios productivos.
2.285,4 mp + 431,6 s - j - 1.23:) JI
- . ·LJO~).
11. Producción
dearticulos de con5 umo de los obreros.
366,9 mp + 68,9 s + 175,5 P = 611 ,3.
m. Producción de artículos de consumo de los
capi-talistas.
360 mp + 67,5 s + 172,5 P = 600.
Este esquema debe poner de manifiesto de qne
ma-nera ticllc que repartirse la produccjóll social, á fin
EL MARXISMO 247
de que, á pesar del descenso del consumo social
y la
más
rápida expansión de la producción social, no quede
Ilingún producto excedente ó sin vcnder. El
provecho obknido cn el primer año importa 800 millones de mal'-cos (5-H +.136 +
120). Un 25 por 100 de este provecho ha de ser capitalizado, conforme con la
hipótesis sentada. Por consiguiente, quedan sobrantes para el ~onsumo del
capitalista, en el segundo año, 600 millones de marcos. La misma suma importa
el consumo de los capitalistas en el año siguiente.
Al final del primer año se obtendrán 2.720 millones
de marcos, en medios de producción. Los mismos que serán consumidos en el
segundo año mediante la ampliación de la producción, porque exige, en medios de
producción, la suma de (1.987,4 + 372,6 + 360) 2.720 millones. Los artículos de
consumo para obreros, obtenidos en el pri-mer año, importarán 680 millones; de
la misma cuantía es el capital de salarios (es decir, la demanda por los
tra-bajadores de medios de consumo) en el segundo afio (496,8+93,2+90). Los
medios de consumo de los ca-pitalistas producidos en el primer año, 600
millones de marcos, serán consumidos en el segundo. De modo que la suma del
producto social del primer año, será consumi-do, sin dejar residuo, por la
producción y el consumo del segundo.
El capital de salarios del primer año es de (544 + 136
+ 120) 800
millones de marcos;
el del segundo,
de
680 millones. El consumo <te los trabajadores ha
descen-dido, por consecuencia, en 120 millones, ó sea un 15 por 100; el de los
capitalistas continúa inalterable. El produc-10 $ocial total del primer año es
de (2.720 + 680 -1- 600) ·1.000 millones, el del segundo de (3.312,3 + 621 +
(00)
248 EL MARXIS,\lO
4.533,3 millones. El valor del producto obtenido ha
aumentado, por consecuencia, en un 13 por 100.
El aumento de la producción social cOlresponde al
descenso del consumo social; la oferta y la demanda de productos continúan, sin
embargo, en perfecto equili-brio (1).
EneltercerafIo decreceel capital de salarios
á(·184,6+ 68,9 + 67,5) 621 millolles, en el cuarto á 611,3 millo-nes, etc.,
mientras que el valor del consumo de los capi-
(1) Puede
parecer que el equilibrio entre oferta y demanda no se logra en mi esquema. En
el primer año se obtienen 2.720 millones de marcos de medios de prollucción, y
para la producción de los n~islll(Js
en el seglIllllo, es necesaria
la suma de 1.9<'17,-1 millones. De
modo <] lIe
ell el cambio con Jos dcm;is productos de los
grupos 1/ y III quedariÍ la
diferencia, ósea: 2.720 ~ 1.%7,·1 = 73:2,1; millones. SimulláneamelHe,
en el segundo año,
en el mismo primer grupo de la producción social,
aumentará la
demanda de productos de los grupos JI y
JII iÍ 901,8 millo·
nes de marcos (196,8 millones de articulos de
consumo de los trabaiado-res del primer grupo y -108 millones de artículos de
consulllo de los ca-pitalistas en el mismo, puesto que éstos, según nuestra
hipótesis, consu-men 'f.de su provecho del primer año [544 millones de
pesetas]). De manera que en Jos capitalistas y trabajadores del primer grupo,
la com-pra excederá á la venia en 172,2 millones (90-1,8 -732,6 = 172,2). ¿Cómo
ha de cubrirse, pues, este déficit?
La dificultad es tan sólo aparente. El descenso de
los salarios y el estacionamiento del consumo de los capitalistas tienen como
consecuen-cia, que los capitales invertidos en la producción de los dos últimos
gru-pos sufre una disminución que pasa al primer grupo, que aumenla
considerablemente. Asi, en el segundo año, el capital fijo y de salarios del
segundo grupo es 78,2 millones menor que en el primer año, y el del tercer
grupo, en el segundo año, menor en 30 millones; además los capitalistas del 11 y
III grupo colocarán el provecho capitalizado del pri-mer año, cuyo importe
asciende en el segundo grupo á 31 millones y á 30 millones en el tercero, en el
primer grupo de [a producción social. La suma (78,2 + 30 + 34 + 30) da un total
igual á 172,2, esto es, el defi-cit aparente del primer grupo queda cubierto
con los capitales que in-gresan de los otros dos.
EL MARXISMO 249
talistas permanece inalterable y el valor del
producto so-cial total aumenta cada vez más veloz. El descenso cons-tante del
consumo social, junto á la expansión permanen-te de la producción social no es
capaz de provocar la más ligera perturbación en el proceso de valoración del
ca-pital.
Por consiguiente, á pesar del considera ble
descenso de los salarios presupuesto, que nunca tiene tanto alcance en la
realidad; 'ápesar de la disminución absoluta del con-sumo social, el capital no
encuentra dificultad alguna para valorar una suma de producto cada vez mayor.
La amplia-ción de la producción, es decir, el consumo productivo de medios de
producción, entra en el lugar del consumo hu-mano y todo continúa igual, como
si la economía na sir-viese á los hombres, sino el hombre á la economía.
Esta es precisamente la paradoja fundamental de la
economía capitalista (como en general de todas las anta-gónicas): puesto que
una parte de la sociedad constituye el sujeto económico, mientras que la otra,
mucho mayor, es objeto de la misma; se hace posible dar á la economía social
una dirección, que hace del medio de satisfacción de las necesidades humanas un
medio de expansión de la producción á costa de aquéllas, con lo que se frustra
el fin justo de toda economia. Esto no es mi "osada paradoja", como Kautsky
lo llama, sinQ una ley· económica fundada en la esencia de la economía
capitalista.
Vemos, pues, que ni junto á un descenso absoluto
tan considerable del consumo social se descompone la eco-nomía capitalista. La
ruina necesaria del orden económi-co capitalista debido á la falta de mercado,
firme creencia no sólo de los marxistas "ortodoxos., sino, al parecer, de
<llgunos "revisionistas. también, queda demostrado, con
250 EL
[·\AHXIS.'1O
el precedente análisis, que es una quimera. La
envoltura capitalista de la sociedad moderna no se descompone, ni en las
condiciones actuales que hacen imposible todo fin racional de la misma.
Para mostrar la 10tal inconsistencia de la doctrilU
marxista he analizado el caso que parece más favoralJl . lura ella. Con esto no
prdelldo decir, naturalmen1c, l]u ~ la condición establecida por mí, el
descenso de los sala rios, corresponda á la realidad capitalista. Más bien soy
de los que creen que la lIlás reciente fase de la evolución capitalista está
caracterizada por una subida considerable de los mismos. Pudiera, por lo dicho,
pensarse que mi análisis ha refutado la teoria marxista, pero sin contribuir
gran cosa á la comprensión de la realidad capitalista.
Sin embargo, no es así. La disminución relativa del
consumo social, á pes<.Jr del alilllento ;¡usoluto de los sa larios,
constituye la ley fundamental de la cvolución ca-pitalista. Hasta aquí he
prescindido delmolllentu más im-portante de la acumulación capitalista, tal y
com0 se efectúa en rcalidad; esto es, de la relativa sustitución de las fuerzas
humanas por los medios de producción. El progreso técnico consiste,
precisamente, en la entrada ell la producción de herramientas muertas, máquinas
y otros medios de producción, en el lugar que ocupaba el traba-jador. Cierto
que crece el número absoluto de obreros, pero en mucho mayor grado aumenta la
suma y el valor de los medios de producción puestos en movimiento y elab9rados
por el trabajador. La composición del capital social- para hablar COIl la
terminología de Marx-es cada vez más clevada. La consecuencia de ello es que
cada vez eorr~sponda al consulllo social u.na cnota menor del producto. El
proJueto que no se consume socialmen-
EL MARXISMO 251
te-hierro, carbón, máquinas, etc. - , crece más
rápida-mente que los artículos de consumo-alimentos, vesti-dos, etc.-Tiene
lugar, por consiguiente, una disminución relativa del consuma social; el valor
de los medios de consumo disminuye en relación con los de producción (aulI
creciendo absolutamente).
También se manífiesta el progreso técnico de la
eco-nomía armónica, en el relativo incremento de la importan-cia de los medios
de producción en el proceso productivo. Pero la diferencia consiste en que en
la economía armó-nica los medios de producción no pueden concurrir nunca con el
hombre; el consumo de hierro, carbón, etc., nunca puede tener lugar á costa de
pan, carne, etc.
En la economia capitalista maneja la clase
capitalista, en medios de producción, una parte mucho más conside-rable d~ la
que sería posible en la economía armónica. En la ceollOlIlía socialísta el
consumo social tiene que ser el Ílnico fin posible de la producción, con lo que
la expan-sión productiva á costa del consumo, es absolutamente irrealizable.
Pero en la economía capitalista los progresos de la técnica de la producción
tienen la tendencia de sus· tiluir, relativamente, el consumo humano por el consumo
de medios productivos.
¿No puede esto conducir á la formación de un
pro-ducto sobrante que no pueda venderse? No creo que, des-pués de todo lo
dicho, pueda presentarse esta pregunta. Es evidente que ninguna dificultad
ofrecerla construir un nuevo esquema, unido al anterior, para demostrar que la
lIlJxima sustitución imaginable de obreros, por medios de
p: oducción,
no es capaz de dejar sobrante, ni una sola uni-dad de valor de los últimos. Si
desapareciesen todos los obr-cros menos uno, éste solo pondría en movimiento la
?52 EL ,'1.'\RXIS.\\O
inmensa cantidad de lIláquínas y con su ayuda
elaboraria nuevas máquinas y artículos de consumo para los capita-listas. La
desaparición de la clase obrera 110 perturbaría 10 más mínimo, el proceso de
valoración del capital. Los ca-pitalistas no verían reducida la cantidad de sus
artiCll¡O~ de consumo, y el producto total obtenido en un afio seria utilizado
y consumido en el siguiente por la producción y consumo de los capitalistas
mismos. Tampoco constitui-ría dificultad alguna que los capitalistas quisieran
reducir su propio consumo; en este caso, la producción de sus medios de consumo
se limitaría, obteniéndose en cambio una parte aún mayor de medios.de
producción, que servi-rían para una extensión cada vez mayor de la misma. Así,
por ejemplo, se produciría hierro y carbón que sirvirian para aumentar, más
cada vez,laproducción de carbón y dl' hierro. La producción de este modo
ampliada de carbón y de hierro cOllsumiría la suma creciente de productos
ob-tenidos en el año anterior, y así hasta el infinito, es decir, hasta que se
agotasen las existencias de los minerales 11<;-
cesa ríos.
Todo esto parece muy extrañO y hasta se juzgará UII
inmenso contrasentido. Tal vez; pero la verdad no es siempre fácil de
comprender, sin que deje de ser verdad por eso. No designo como verdad,
naturalmente, la hipó-tesis, arbitraria y completamente ajena á la realidad, de
que la sustitución del trabajo manual por la maquinaria conduzca á una forzosa
disminución absoluta del número de trabajadores (esta hipótesis sólo me ha
servido para mostrar que, aun llevada hasta el absurdo, mi teoria no se
alteraba), sino la afirmación de que en ulla distribución
proporcional de la producción, ningún descenso del
sumo social es capaz de hacer que aparezca un sobrank
EL MARXISMO 253
de productos (1). Llamo ley fundamental de la
evolución capitalista á la disminución continua que experimenta, dentro d~ la
producción social, la cuota del consumo, sin tener un límite determinado. El
descenso relativo de la demanda de medios de consumo no perturba el proceso de
valoración del capital, y en ningún caso puede deter-minar la descomposición
del orden económico capitalista y su transformación en un mundo socialista.
La teoría aqui desarrollada del proceso de
valoración del capital coincide con los resultado~ de las investiga-ciolles
estadísticas de Werner Sombart, sobre 'la importan-cia del mercado interior
para la industria capitalista. Es creencia firme, no tan sólo de los marxistas,
sino de otros mucllos economistas, que la industria capitalista necesita cada
vez más del mercado exterior para la valoración de la suma siempre creciente de
sus productos, porque el mercado interior no es capaz de utilizarla. Sombart, ha
demostrado brillantemente que en un país tan señalada· mellte capitalista como
Alemania, es cierto, precisamente, 10 \,';ontrario. Se exporta una cuota cada
vez menor de productos de una industria, tan rápidamente expansiva, como la
alemana, mientras que en el interior del país en-cuentra mercado pr?vechoso una
parte creciente de los mismos. Desde este pJ.lnto de vista, es muy instructivo
ob· servar que el proceso de desarrollo de las diferentes in-d ustrias en su
adaptación al mercado interior es muy desigual. As!, la exportación de
artículos de hierro en el período de 1880·1900, á pesar de la extraordinaria
expan-sión de la industria alemana de.J hierro, ha descendido de
(1) Si
se consigue, yen qué medida, la proporcionalidad deJa pro-ducción social
mediante el capitalismo, es otro problema que he inten-tado resolver en mi
libro sobre las crisis.
25-1 El. ,\lAHXIS~lO
UII 29,3 á un 7,8 por
100, de la producción total respecti-
va alemaua;
la de carbón lIlilleral, (le
uu 11 á Utl
7,3 por
100 (1). Mcnos considerable es la disminución de
la cuota
de exportación en la industria textil. Según csto,
el mer-cado interior alemán se extiende lIlás rápidamente en n:-
lación al
hierro y al carbón, que 110 en
artículos de tejidos.
¿Por qué? Porque el desarrollo capitalista produce una
mayor demanda de medios de producción, pero 110 tan
considcrable de
mcdios de consulllo.
Por lo demás, es un hecllo generalmcnk conocido,
que la evolución
capitalisla lIIás recien!c
está caracteriza-
da por una
extensión llJuy rápidn
cle aquellas fillll<lS
dc
la
producción, como la
industria del hierro, de artículos
químicos, ma c¡uinarias, etc., cuyos
prouu ctos no se
des-
tillan
ni consumo humano; mientras
permanecen casi es-
tacionnuas In agricultura y la iudustria textil,
quc sirven, inmediatamente, par" el consumo dd hombre. Si Ull (1ía fué la
industria del algodón. hoyes la del hierro, la im-perante en el mundo
capitalista.
Kautsky, entre otros. en su escrito contra
Bernstcin, lo aduce también. Pero Kautsky 110 comprende la callsa de la enorme
expansión de la industria del hierro en l1ues~ tro tiempo, y exprcoa la
creencia de que pronto esta in-dustria ha de quedar en la situación actual de
la industria textil, que no lleva á cabo casi ningún progreso y, enton-ces,
veríamos acabar el capitalismo. Lo aquí expuesto prueba que ninguna
superproducción amenaza á la indus-tria del hierro, y que, en la
futuraevolucíól1 de la economía capitnlista, ha de corresponderla siempre la
supremacía.
(1) SOlllbart,
la ('corlOmfa nacional afemarw l'l1 d sigfo XIX, 1903, páginas -130 y 31. Hay
IIna nueva edición de este litr,) del all0 1909.
El. MARXISMO 255
CDnrado Schmidt, distingue dos suertes de demanda:
absoluta y relativa. La distinción es exacta, pero equivo-ca la aplicación que
Schmidt hace de ella. Cierto que la de-manda capitalista de medios de consumo,
para uso indivi - dual, ticne otro carácter económico que la de carbón para las
máquinas dc vapor; la diferencia consiste en que el consumo improductivo de los
capitalistas es, sencillamen-te, una anulación de valores que constituye et
momento terminante de la realización del capital, mientras que el COllSUIllO
productivo del carbón no destruye su valor, y forma un momento intermedio de
este proceso. De aquí que: podamos designar la primerá demanda como definitiva
y absoluta, y
la segunda como relativa, puesto que la pri-mera representa el fin objetivo de
aquella economía, mien-tras que la segunda es, tan sólo, un medio para este
fiu.
¿Delltro de cuál de ellas tenemos que contar la
deman-da del asalariado de objetos para su consumo? Según Schmidt, esta es una
demanda absoluta; pero, es bien claro que, ni el consumo del trabajador, ni la
combustión
del carbón, en el horno de una máquina de vapor, en
nin-gÍln caso llevan á cabo la realización del capital. Como el obrero su
sustento, así consume la máquina t'1carbón Si designamos la demanda de carbón
como relativa, ha de ocurrir lo mismo con la de alimentos por parte del
obre-ro, ya que el consumo de éste es un medio para la reali-zación del
capital, pero no su fin objetivo.
El aparente carácter absoluto de la demanda del
obre. ro de medios para su consumo.• es debido á que éstos son comprados por el
trabajador mismo, mientras que los
medios de prodúcción Jos compra el capitalista.
Desde el punto de vi~ta de.la realización del capital, resulta il1dif~ rcute
conoc~r quién-si el obrero ó el capitalista -apare-
256 EL MARXISMO
ce como comprador e1l clmercado. El di1lero gastaJo
por
d obrero lo
recibe éste de los capitalistas. Dentro del salariado natural ó ell especie,
desaparee.:: tambi~1I aque-lla allalogía, plles el trabajador, como el galla~o,
es sus-tentado á costa del ci¡pitalista. No es comprensible, por-·que hemos de
considerar el centeno que el agricultor ca-pitalista da á sus obreros como 1111
objeto de demanda <¡bsoluta, y la cebada que pone á sus caballos como 1111
objeto de demanda
relativa" .
Kautsky nos asegura, que "prodUCIr es oh.tener
artI~u.
los de consumo para liSO del hombre". En clcrto sentido
<2sto es exacto. j~a cuestión está
sólo el1 saber
si cada
hombre, ell todo sistema económico, cOlIsume como
tal es decir como fin de la economía. Ya he indicado ante-ríormen;e que esto
tan sólo acontece en los sistemas .eco Ilómicos que he llamado armónicos, per~
110 e~l los 111ar-mónicos. En una economía socialista es ImpOSible que la
economía social vaya dirigida hacia la disminución, y 110 al aumento de la masa
de objetos del cOllsumo hum~[~o. Ello es por el contrario posible, y, bajo
~ier~as condlclO-lL'S, necesario, dentro de la economía capltahsta, ~ues en ella
el sujeto dcl sistcma es el propietario del capital, no sicndo el trabajador,
hombre desposeído, más ~ue un ~-imple medio de esta economía, una forma del
capital. so-cial; capital variable, según la terminolog~a marxista.
Marx censuró síempre á los economIstas burgueses
que considerasen á la economía capitalista un~ economía absoluta. Él ha caído,
precisamente, en la mIsma falta, La economía absoluta no puede perseguir ningún
otro ¡in que la satisfacción de las necesidades humanas: La economía
capitalista es incompatible, hasta un cierto grado, con este fin. Marx lo
comprendió así y de ello de-
EL MARXISMO 257
dujo la consccuencia, quc la economía capitalista
oculta 1111 contrasentido económico irremediablc, incompatible con las mismas
leyes de realización dcl capital, lo que imposibilita su existencia, como
sistema económico his-tórico, después de un cierto período. Ahora bien, este
con-trasentido económico del capitalismo lo encontró Marx, por haber atribuido
al sistema económico capitalista-que pertenece al grupo de los antagónicos- los
fines de la ecoqomh armónica, que es la consíderada como eco-nomía, en absoluto.
Una vez conocido el carácter anta-gónico de la economía capitalista en todas
sus manifesta-cioncs, desaparece este contrasentido descubierto por Marx, pues
no dirigiéndose la proúucción capitalista al aumento del consumo humano, sino
al de capital (lo que correspo,nde COIl una disminución relativa del consumo
humano), no puede encontrarse en contradicción alguna
con sus principios, ni Con dificultades para la
realización de sus productos.
II
La tendencia decreciente de la cuota del provecho
constituye, según Marx, otro límite de la producción ca-pitalista,Soore su base
acontecen trastornos numerosos de la economía capitalista. Si no áumenta el
número de los trabajadores ocupados en las empresas capitalistas, Ó 110 son
capaces los capitalistas mismos de elevar el grado de la explotación, el
aumento del capital no puede ir acom-pañado del de la masa del provecho. En
estas condicio-nes 110 queda hueco alguno en la producción para nuevos capitales.
Pcro como· la acumulación capitalista no puede
17
258 EL
MARXISMO
terminar, la existencia de nuevos capitales
conduce, ante la imposibilidad de elevar la masa del provecho social, á la
paralizacióll de los capitales colocados ya en la pro-ducción y á la
superproducción absoluta del capital.
La cuota decreciente del provecho pone, por lo
tan-to, un límite á la producción capitalista; "esta particular lindera
atestigua la limitación y el carácter histórico y pasajero de la producción
capitalista; atestigua que no es una forma absoluta de producción de riqueza,
sino que más bien está en conflicto con toda ulterior duración, en cierto
momento de su desarrollo. (1).
En la primera variante de la teoría de la necesaria
descomposición del orden económico capitalista, se pone toda la fuerza en el
antagonismo existente, entre la pro-ducción capitalista y el consumo social;
pero aquí se acentúa la falta de relación entre la producción capitalis-ta y la
formación del provecho. Ya sabemos hasta qué punto es equivocada la primera
explicación; otro tanto puede decirse, como ya se ha probado antes (cap. VII),
de la segunda.
La teoría de la descomposición capitalista tiene
que srr completamente abandonada. La economía capitalista no lleva consigo
elemento alguno que en un momento dado haga su vida imposible. Engels pensaba,
hacia el año 40 del siglo pasado, que la evolución capitalista había casi
llegado á su límite, debido á la carencia de nuevos mercados, y que la
producción capitalista, en lo futuro, tendría que aUlinorar su marcha.
Evidentemente fué esta profecía muy desafortunada. La producción capitalista ha
conseguido desde entonces una extraordinaria expansión
(1) l\larx, El Capital,
tomo IV, p{¡g. 22:3.
EL MARXISMO 259
Y no ha encontrado, por esto, ninguna nueva
dificultad en la realización del capital. La IÍlisma industria capitalista se
ha creado mercado para la masa cada día más enorme de sus productos.
Sin embargo, nuevamente vuelve á asegurarnos, el
teórico hoy más conocido de la escuela marxista, que nos encontramos cerca del
último límite de expansión de la producción capitalista y que'pronto ha de
serIa impo-sible valorar su capital. ¿Puede ofrecer la menor duda, que la
profecía de Kautsky no disfrutará de mayor fortu-na que la de Engels? Una
teoría económica cierta, sólo puede presagi'ar, y con absoluta seguridad: que
el capita-lismo no llegará á su ruina por carencia de mercados.
Esto, en ningún caso quiere decir que haya de tener
el capitalismo una vida ilimitada. El orden económico socialista me parece que
ha de ser el legítimo heredero del capitalista. Considero, sin embargo,
irrealizable la hi-pótesis de una situación de violencia en la economia que
haga saltar al capitalismo, para hacer hueco á un nuevo sistema económico;
aunque reconozco la preexistencia en el sistema económico capitalista, de un
antagonismo in-terno, insoluble, que le hace llevar aparejado, con necesi-dad
fatal (aunqqe n~ económica), su propia ruina. Este antagonismo radica en que la
economla capitalista hace del hombre-trabajador un simple medio económico. y
con· duce, al ~ismo tiempo, á la difusión de la concepción ju-ridica que ve en
toda persona humana el fin supremo en sI. Esto es, pues, la contradicción del
principio funda-mental económico, con la norma ética fundamental, la cual dice:
"El hombre, Y. en general, todo sér racional existe como fin en si mismo,
no meramente como medio al servicio de esta ó aquella voluntad, sino que debe
ser
2tj(J EL MAllXISMO
considerado en todas sus acciones, dirigidas tanto
á sí mismo, como á otros seres racionales, siempre como
fi 11
(1)".
Lo anteriormente expuesto ha mostrado que el
capi-talismo, según su verdadera naturaleza, est;'! cn conflicto con esta
suprema norma ética. La escucla nwrxista juz~ó al capitalismo demasiado
favorablemente; creía qlle tam-hién la economía capitalista se vería obligada á
considerar al homure trabajador y su conSIlIllO, como 11110 de SIlS fillcs; de
110 hacerlo se descompondría á callsa de la imposibili-dad de valorar el
capital. Esta concepción descansa en un completo desconocimiento de las
verdaderas leyes de la realización del capital. El descenso del consulIlo
social, acompafIado de un simultáneo aumento de la producción capitalista,
desde el punto de vista capitalista no es nin-gún contrasentido económico, ya
qlle la economía capi~ talista no aspira á cubrir inlllediatameute la necesidad
so-cial, sino á valorar el capital, para lo cllal no llecesita del consumo
humano. El capital no ve en el hombre el único fin racional de la economía,
sino el medio económico más importante. La más poderosa de las armas económicas
empleadas por el hombre en su lucha con la naturaleza ~~ el capital-, se vuelve
así contra el hombre mismo.
La evolución económica difunde, entre las más
exten-sas capas sociales, la conciencia de esta Situación, y crea medios para
su. eleminaciÓn. El nuevo ideal social de-viene una fuerza social cada día más
considerable. "La Idea se desacredita, siempre que se la diferencia del
in-terés,,-ha dicho una vez Marx-. Ello es cierto; pero
(1) Kant, Fundamento
de la metaj/sÍCi! de ll/s
costumbres. Ed.
Kirchmann, 1897, pág. 52.
El. MARXISMO 261
también 10 ha expresado de otro modo: "Sólo en
nombre del derecho general de la sociedad puede atribuirse una clase la
soberanía sobre todas las otras,,; se refería con ello al papel emancipador del
proletariado, en la futura transformación social. Tan exacto es lo segundo como
lo primero. Un ideal social puede vencer únicamente cuando corresponda, al
mismo tiempo, á los intereses de los gru-pos sociales más poderosos y á la
concepción ética de la gencmlidad. En este caso tiene que vencer. El ideal
socia-lista posee ambas cualidades: corresponde á los intereses de las clases
obreras-la inmensa mayoría de la pobla-CíÓll-, y constituye también la
exigenCÍ;t fundamental del derecho natural. "El derecho innato es uno
sólo,,-ha di-cho el pensador más grande de la época moderna-y "la libertad
(independencia de otro poder compelente), en tanto que se armolliza con la
libertad de todos, según una ley general, es este Ílnico, originario, derecho
que corres-ponde á todo hombre, debido á sti personalidad huma-na" (1). El
capitalismo es incompatible con este derecho originario de los hombres, de aquí
que tenga que dejar su puesto á un orden social mejor y más justo. Pero la
Hu-manidad nunca recibirá el socialismo como un regalo de las fuerzas
económicas, cíegas y elementales, sino que tiene que conquistar con su trabajo
el nuevo orden social.
(1) Kant, Metajlsica
de las costllmbres. Ed. Kirchmann, 1870,
pág. ·10.
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(1) Hableodo
dado eo el texto ladas los titulas en espallol, reprodu%Co A 'OOllOIlI'
clóo 101 mismol en el IdIoma eo qlle estAD citados
por T.-B. .
lNDlCE
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INDICE
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-42,46,67,76,77,81,83,101. 102 Y 168.
ZuckerlandJ.-175.
ÍNDICE
PágInas,
Prólogo del traductor .• ..•... • ...... '
.••.. • , ......• '
..... I
Prólogo ,
•....... , " ,. 1
SECCiÓN PRIMERA
CONCEPCiÓN
MATERIALlSTA DE LA HISTORIA
Capftulo primero.-Las ideas fundamentales de la concepción
ma teri alista de la historia ,; .•. . . ...
. • • 5
l.-Concepto de la fuerza productiva. . . . .... ....•... 6
n.-Factores reales de la economla ••... •••.•... "
.•.' 12
III.-La doctrina de la lucha de clases. . ..••.... .
. •... . . 24
Cap. l/.-EI punto de partida psicológico de la
conceplón ma-
terialista de [a historia.•... •.. •
" •:..•.. ••." ... . • .... .. 37
Cap.
JI/.-Las necesIdades cómo
fuerzas conductoras de la
evolución
socIal. ••••.•• '•.• ; ., ...••...... :
•••.. '. . .•.. . . 47
l.-Necesidades
psicológicas de propia
conservación y.
goces
sensibles , '" '..
...• ..... . . ...• . . 48
II.-Ellnstlnto sexual , ' .. ..
. 55
nr.-Instintos de simpatla '. . 60
IV.-Instintos ego-altruistas.. • . .. •. 66
V.-Instintos desinteresados .•.••.•• ..•.... •
'" .• ' ' 11
Cap.
JV.-Económ[a y vidasotlJlI. . •••..
,: .•••••... ,. ...• 85
l.-Concepto de la economla................. ...... 87
n.-La
economla como fundamenta de todas
las demlis
actlvidades•••••..•••.
: .•'.•.••.•..•••• , .. .. .• 92
I1I.-La economla como ocupación pr[nclpa[ de la
mayorla
de la
población .••••.•. '. • • . • • ......... • . .... . • 99
IV.-EI momento real de la economla.... . ••..... .... .. 104
V. - Conciencia
y sér social. •.. ••••.. •.. •.••.••,
..... 112
Páginas.
Cap. V.-Las
clases sociales y la lucha de clases ....
'" . . .•. 117
l.-Los :notivos de la lucha social .•............. - ...
. llR
H.-El punto de vista de clase en los diferentes
dominios
de la actividad espiritual.. . .. ........•..... •.. 127
IIl.-La
lucha de clases
y los movimientos
sociales de
nuestro tiempo.. . . . . . . . . . . . • . . . . . ........ .... 133
SECCIÓN SEGUNDA
VALOR Y
PLUS·VALlA
Cap.
VI.-Valor y costos ....... • ..................... , . . 1-13
l.-La doctrina marxista del valor , .. I·H.,
II.-La doctrina de los costos absolutos y
relativos...... 155
IIl.-La doctrina del valor. . . . ......... ........... .... 167
Cap.
VIl.-Plus-valía................................... 1111
l.-La teoría marxista del provecho. . . •.......... ••.
. 182
H.~La cuota
general del provecho y la composición del
capital
social en los distintos ramos de la produc-
ción '" .... 18S
III.-Las oscilaciones de la cuota general del
provecho. . . 190
IV.-Plus-valía y provecho.... . .. 20-!
Cap.
VIJI.-El plus-trabajo y el beneficio del
capitalista.. •. . 207
I.--EI
plus·trabajo
........................... •.•.. 207
n.-fundamento social del beneficio del
capitalista.... . . 210
III.-Causas determInantes de la elevación del
beneficio del
capitalista................................... 216
SECCIÓN TERCERA
1.1\. DESCOMPOSICiÓN DEL ORPEN
ECONÓMICO CAPITALISTA
Cap. IX.-La descomposición del orden económico
capitalista. 229
1.-Teoria de la falta de mercado
para la industria capi·
tallsta.. . • ....••• .... .. '..................... 230
H.-Conclusiones.•.•'. • • • • • • . .•••.••.•.. ••••.
•• •. .•.. 257
tndlce de obras y aLllores. • . • •• • . . •.••••.... . ...
.•.•.••••. 263

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